Libro No. 333. Cuentos. Nabokov, Vladimir.
© Libro No. 333. Cuentos. Nabokov, Vladimir. Colección Emancipación Obrera. Agosto
18 de 2012.
Título original: ©.
Vladimir Nabokov . Cuentos
Versión Original: © Vladimir Nabokov . Cuentos
Circulación conocimiento libre, Diseño y edición
digital de Versión original de textos:
Libros Tauro.
http://www.LibrosTauro.com.ar
Licencia
Creative Commons:
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto
y el nombre de los autores
No comercial: No se puede utilizar este
trabajo con fines comerciales
No derivados: No se puede alterar,
modificar o reconstruir este texto.
Portada
e Ilustración B. E. O. de Imágen: vladimir2.jpg. arteliteral.com
© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
Vladimir
Nabokov
Cuentos
Vladimir Nabokov
Cuentos
Indice
Una carta que nunca
llegó a Rusia
¡La fantasía, el vuelo, los arrebatos de la fantasía!
Erwin los conocía muy bien. Al tomar el tranvía, procuraba sentarse sobre la
mano derecha, para estar tan cerca de la acera como fuera posible. Así, dos
veces al día, en su viaje de ida y en su viaje de vuelta de la oficina, Erwin
observaba por la ventanilla y seleccionaba su harén. ¡Dichoso Erwin, dichoso
por vivir en una ciudad alemana tan conveniente, tan propia de un cuento de
hadas!
Durante la mañana, en su viaje de ida, registraba una
acera; al atardecer, en su viaje de vuelta, la otra. A una a la ida, a la otra
a la vuelta, bañábalas el sol con una luz voluptuosa, ya que también el sol iba
y volvía. No olvidemos que Erwin padecía de una timidez tan mórbida que sólo
una vez en su vida, incitado por descarados amigotes, había abordado a una
mujer, y ella le había respondido, con toda serenidad: "Deberías
avergonzarte. Déjame en paz". A partir de tal episodio, había eludido toda
conversación con jóvenes desconocidas. A modo de compensación, separado de la
calle por el vidrio de la ventanilla, presionando sus costillas con su cartera,
con sus raídos pantalones a rayas, con la pierna estirada debajo del asiento de
enfrente (si nadie lo ocupaba), Erwin contemplaba, con toda audacia y libertad,
a las muchachas de paso, y, súbitamente, se mordía el labio inferior: esto
significaba la captura de una nueva concubina; después de lo cual, la dejaba de
lado, por así decirlo, y su rápida mirada, saltando como la aguja de una
brújula, ya emprendía la búsqueda de la siguiente. Tales bellezas estaban lejos
de él, y, por lo tanto, su huraña timidez no afectaba las dulzuras de la libre
elección. En cambio, si acaso se sentaba una muchacha en el asiento diagonalmente
opuesto al suyo, y un leve sobresalto le indicaba que era bonita, él retraía su
pierna, con una evidente hosquedad que no se avenía con su juventud, y le
resultaba imposible inventariarla: los huesos de su frente padecían
-exactamente sobre las cejas- un agudo dolor provocado por la timidez, tal como
si un casco de hierro ciñera vigorosamente sus sienes, impidiéndole alzar los
ojos; con qué alivio, luego, la veía levantarse y dirigirse hacia la salida.
Entonces, con fingida distracción, él observaba (él, el desvergonzado Erwin)
las espaldas que se alejaban, devoraba ávidamente la nuca adorable y las
pantorrillas cubiertas por medias de seda, y así, finalmente, la incorporaba a
su harén. La pierna recuperaba su sitio, la acera volvía a circular detrás de
la ventanilla, y, una vez más, apoyándose contra el vidrio en que traslucía,
aplastada, su nariz delgada y pálida, Erwin se dedicaba a recoger esclavas.
¡Así es la fantasía, el vuelo, los arrebatos de la fantasía!
Un sábado, en un frívolo atardecer de mayo, Erwin
estaba sentado ante una mesa, en la acera de un café. Observaba, a la
apresurada multitud, y, cada tanto, su incisivo mordíale fugazmente el labio.
Tintes rosados coloreaban el cielo, y, mientras crecía el crepúsculo, las luces
de la calle y los anuncios de los negocios despedían un fulgor sobrenatural.
Una muchacha, anémica pero bonita, pregonaba las primeras lilas. El fonógrafo
del café, adecuadamente, irradiaba el Aria de la Flor, de Fausto.
Una mujer madura, vestida con un traje sastre negro,
se abrió paso, meneando las caderas con pesadez, aunque no sin gracia, entre
las mesas. No había ninguna libre. Finalmente, apoyó una mano, ceñida por un
guante negro y brilloso, sobre el respaldo de la silla vacía que había frente a
Erwin.
-¿Me permite? -sus ojos, desde el velo corto de su
sombrero de terciopelo, lo interrogaron con gravedad.
-Sí, naturalmente -respondió Erwin, y se incorporó,
saludándola con una leve inclinación. La presencia de esas mujeres sólidas, con
pómulos de corte masculino, recubiertos con espeso maquillaje, no lo
perturbaba.
La mesa recibió el resuelto impacto de la enorme
cartera de la mujer, que ordenó una taza de café y una porción de tarta de
manzana. Su voz profunda era algo áspera, aunque agradable.
Las tinieblas invadieron el vasto cielo tiznado de
rosa. Crujió un tranvía que pasaba, y sus luces inundaron el asfalto con sus
lágrimas radiantes. Desfilaron bellezas con faldas cortas, seguidas por la
mirada de Erwin.
"Quiero ésta", pensó, mordiéndose el labio
inferior. "Y aquélla, también".
-Creo que podríamos solucionarlo -dijo la mujer que
tenía frente a él, con esa misma voz, ronca y severa, con que se había dirigido
al mozo.
Poco faltó para que Erwin se cayera de espaldas. La
dama le ofreció una mirada intensa, mientras se quitaba un guante para sorber
su café. Sus ojos, maquillados, ostentaban un fulgor duro y helado, suntuoso
como el de las joyas falsas. Debajo de ellos, se abultaban gruesas ojeras y
-algo muy poco frecuente en las mujeres, aun cuando tengan cierta edad-
asomaban pelos por las ventanas de su nariz felina. Al quitarse el guante,
descubrió una mano grande y arrugada, prolongada en uñas largas, hermosas y convexas.
-No te sorprendas -lo contuvo, con una torcida
sonrisa. Ahogó un bostezo y añadió-: En realidad, yo soy el Diablo.
Erwin, tímido e ingenuo, creyó que sólo era un modo de
decir, pero la dama, bajando la voz, prosiguió de este modo:
-Los que me imaginan con cuernos y una gruesa cola
cometen un gran error. Sólo una vez aparecí bajo esa forma, ante un imbécil
bizantino, y te aseguro que no me explico por qué tuvo tanto éxito. Nazco tres
o cuatro veces cada doscientos años. Hacia 1870, hace cosa de medio siglo, me
enterraron, con ceremonias muy pintorescas y gran derramamiento de sangre, en
una colina que se yergue ante un grupo de aldeas africanas que habían sido mi
reino. Ese período fue un descanso que me tomé después de encarnaciones mas
rigurosas. Ahora, soy una mujer alemana cuyo último esposo (creo que tuve tres
en total) era de origen francés: un tal profesor Monde. En los últimos años,
propicié el suicidio de varios hombres jóvenes, incité a un famoso artista a
copiar y multiplicar la imagen de Westminster Abbey que adorna los billetes de
una libra, incité a un virtuoso padre de familia... Aunque, en verdad, no hay
nada de qué jactarse. Han sido peripecias de escaso interés, y ya estoy harta.
Engulló su porción de tarta, y Erwin, murmurando algo,
buscó su sombrero, que había caído al suelo, para recogerlo.
-No, no te vayas aún -dijo Frau Monde, llamando,
simultáneamente, al mozo-. Te estoy haciendo una oferta. Te ofrezco un harén.
Y, si tienes dudas con respecto a mis poderes... ¿Ves a ese anciano con
anteojos de carey que cruza la calle? Hagamos que lo golpee un tranvía.
Erwin, con ojos vacilantes, observó la calle. Al
llegar a los rieles, el anciano extrajo su pañuelo, dispuesto a estornudar. En
ese instante, chirrió velozmente un tranvía, que pasó y siguió de largo. Desde
ambos lados de la avenida, la gente se precipitó hacia los rieles. El anciano,
sin anteojos y sin pañuelo, estaba sentado sobre el asfalto. Alguien lo ayudó a
incorporarse. Se levantó, meneando la cabeza con timidez, sacudiéndose las
mangas con las palmas de ambas manos, y estirando una pierna para comprobar su
estado.
-Dije "que lo golpee" y no "que lo
atropelle", cosa que bien pude haber dicho -señaló, fríamente, Frau Monde,
introduciendo un grueso cigarrillo en una boquilla esmaltada-. Se trata, en
todo caso, de un ejemplo.
Por la nariz dejó escapar dos columnas de humo
grisáceo y, nuevamente, fijó sus duros ojos brillosos en el rostro de Erwin.
-Me gustaste enseguida. Esa timidez, esa imaginación
audaz. Me hiciste recordar a un monje joven, ingenuo, aunque espléndidamente
dotado, que conocí en Toscana. Esta es mi penúltima noche. Ser mujer tiene
cierto interés, pero ser una mujer avejentada es infernal, si disculpas la
expresión. Además, el otro día cometí una diablura tal (de la cual no tardarás
en enterarte, a través del periódico) que es mejor que deje esta vida. Planeo
nacer el martes que viene, en otro lugar. Esa mujerzuela de Siberia que he escogido
será la madre de un hombre excepcional, monstruoso.
-Ya veo -dijo Erwin.
-Bien, muchacho -prosiguió Frau Monde, atacando su
segunda porción de pastel-. Quisiera disfrutar, antes de partir, de alguna
diversión inocente. Esto es lo que sugiero: mañana, desde el mediodía hasta la
medianoche, puedes seleccionar, de acuerdo con tu método de costumbre -con
pesado humor, Frau Monde se chupó el labio inferior con suculencia-, a cada
muchacha que se te ocurra. Antes de mi partida, las tendré reunidas, a tu
completa disposición. Las mantendrás contigo hasta que, las hayas gozado a todas.
¿Qué te parece, amico?
Bajó Erwin la mirada, y repuso suavemente:
-Si es cierto, me causaría una gran felicidad.
-Perfecto, entonces -dijo ella, y lamió el resto de
crema batida que había en su cuchara-. Perfecto. Debemos establecer, sin
embargo, una condición. No, no se trata de lo que piensas. Como te conté, ya he
dispuesto mi próxima encarnación. No tengo interés en tu alma. La condición es
la siguiente: el total de tus elecciones, entre el mediodía y la medianoche,
debe ser un número impar. Es esencial y definitivo. De otro modo, nada podré
hacer por ti.
Se aclaró Erwin la garganta, y, casi en un susurro,
preguntó:
-Pero ¿cómo sabré? Supongamos que elijo una... ¿Qué
ocurre en ese caso?
-Nada -respondió Frau Monde-. Tus sentimientos, tus
deseos, ya entrañan una orden. De todos modos, para que estés seguro de que se
cumple el trato, te haré dar, cada vez, una señal: una sonrisa, no
necesariamente dirigida a ti, una palabra dicha por alguien al pasar, una
súbita mancha de color, algo por el estilo. No te preocupes, lo sabrás.
-Y... y... -murmuró Erwin, mientras sus pies se
agitaban bajo la mesa- ¿dónde va a ocurrir... todo? Sólo dispongo de un cuarto
pequeño.
-Tampoco te preocupes por eso -dijo Frau Monde, y se
levantó, haciendo crujir su corsé-. Ahora, sería mejor que te fueras a casa. Un
buen descanso por la noche nunca viene mal. Te acercaré.
En el taxi descubierto, mientras el viento silbaba,
entre el cielo estrellado y el asfalto resplandeciente, el pobre Erwin vivía
una profunda exaltación. Frau Monde sentábase muy erguida, sus piernas cruzadas
formaban un ángulo pronunciado, y las luces de la ciudad reverberaban en sus
ojos, semejantes al rubí.
-Llegamos a tu casa -declaró, palmeando el hombro de
Erwin-. Au revoir.
La cerveza negra, mezclada con brandy, provoca sueños
disparatados. Tal fue la reflexión de Erwin cuando despertó a la mañana
siguiente: debía haberse emborrachado y su charla con esa mujer no era sino un
desvarío de su imaginación. Este giro retórico es frecuente en los cuentos de
hadas; como en los cuentos de hadas, nuestro joven amigo no tardó en comprobar
su error.
Salió al mediodía, en el preciso instante en que el
reloj de la iglesia emprendía la ardua tarea de dar las doce. Exultantes,
también repicaron las campanas dominicales, y una dulce brisa acarició las
lilas persas que rodeaban el baño público del pequeño parque cercano a su casa.
Las palomas se erguían sobre un viejo Herzog de piedra, o bien invadían el
arenero donde niños en cuclillas cavaban con palas de juguete o jugaban con
trenes de madera. El viento agitaba las hojas rutilantes de los tilos, cuyas
sombras puntiagudas herían, trémulas, el sendero de grava, y, trepándose
ágilmente a los pantalones o a las faldas de los transeúntes, corrían hacia sus
hombros o sus rostros para dispersarse sobre ellos y deslizarse una vez más
hasta el suelo, donde aguardaban, moviéndose apenas, a otro que las llevara. En
este matizado escenario, descubrió Erwin a una muchacha vestida de blanco que,
inclinada, acariciaba con dos dedos a un cachorro rechoncho y peludo, que tenía
verrugas en el vientre. Al bajar la cabeza, ella reveló su nuca, la prominencia
de sus vértebras, su esbelta lozanía, el tierno surco que le dividía la
espalda; el sol, a través de las hojas, hirió con rubios destellos su pelo
castaño. Ella se incorporó a medias, sin dejar de jugar con el cachorro, y dio
varias palmadas en el aire. El animalito rodó por la grava, se alejó unos pasos
y cayó de lado. Sentóse Erwin en un banco y observó, tímida, ávidamente, el
rostro de la muchacha.
La vio con tal claridad, con una fuerza de percepción
tan perfecta y penetrante, que, al parecer, ningún otro detalle sobre sus
rasgos le hubiera deparado años de previa intimidad. Advirtió en cada
crispación (le sus pálidos labios la aparente repetición de cada suave
movimiento del perrito; sospechó en sus pestañas vivaces parte del fulgor que
emitían sus ojos radiantes; aunque lo más encantador era, acaso, la curva de su
mejilla que ahora veía casi de perfil; por supuesto, las palabras no podían
describir la delicia de ese trazo perfecto. Mostrando sus hermosas piernas,
ella echó a correr, y el cachorro la siguió a los tropezones, tal como tina
pelota de lana. Súbitamente Erwin recordó sus milagrosos poderes; contuvo el
aliento y aguardó la señal prometida. La muchacha volvió entonces la cabeza y
dirigió una sonrisa a esa pequeña criatura rechoncha que corría
dificultosamente a su zaga.
-Número uno -díjose a sí mismo Erwin, con complacencia
inusual, y abandonó el banco.
Avanzó por el sendero de grava, arrastrando los pasos;
calzaba unos zapatos chillones, color amarillo rojizo, que sólo usaba los
domingos. Dejó el oasis de ese parque diminuto para dirigirse al Boulevard
Amadeus. ¿Estaban sus ojos al acecho? Claro que sí. Pero, probablemente a causa
de la impresión que le había causado la muchacha vestida de blanco, más honda
que cualquier otra que recordara su memoria, una mancha borrosa danzaba ante
sus ojos, impidiéndole un nuevo hallazgo. Esa mancha, sin embargo, no tardó en
disolverse, y, cerca de una columna con paneles de vidrio donde se exhibían los
horarios del tranvía, observó nuestro amigo a dos damas jóvenes -hermanas, o
aun mellizas, a juzgar por su asombrosa semejanza- que discutían sobre el
recorrido de una línea con voz vibrante y entusiasta. Ambas eran pequeñas y
delgadas, con vestidos de seda negra, con ojos provocadores, con los labios
pintados.
-Este es el tranvía que debes tomar -insistía una de
ellas.
-Las dos, por favor -apresuróse a pedir Erwin.
-Sí, por supuesto, -dijo la otra, respondiéndole a su
hermana.
Erwin continuó recorriendo el boulevard. Conocía cada
calle elegante donde hallar las mejores posibilidades.
-Tres -díjose a sí mismo-. Número impar. Hasta ahora
perfecto. Y si ya fuera medianoche...
Ella descendía, balanceando la cartera, los escalones
del Leilla, uno de los mejores hoteles locales. Su acompañante, robusto, de
barbilla azulada, se demoró para encender un cigarro. La mujer era adorable; no
usaba sombrero; del pelo rizado le pendía sobre la frente un flequillo que le
daba el aspecto de un muchacho que actúa en el papel de damisela. Mientras
caminaba (ya cuidadosamente escoltada por nuestro ridículo rival) Erwin
advirtió, simultáneamente, la rosa color carmesí que le adornaba la solapa y un
anuncio expuesto sobre un cartel: un turco de bigotes rubios, la palabra
"¡Sí!" en letra grande y, debajo, en caracteres más pequeños,
"Sólo fumo la Rosa del Oriente". Sumaban cuatro, divisible por dos, y
Erwin quiso apresurarse a volver a una cifra impar. En un callejón, fuera del
boulevard, había un restaurante barato al que solía acudir los domingos, harto
de la comida de la mujer que lo hospedaba. Entre las muchachas que una u otra
vez había escogido, hallábase una criada que trabajaba en dicho lugar. Entró y
ordenó su plato favorito: morcilla y Sauerkraut. Su mesa estaba próxima al
teléfono. Un señor con bombín marcó un número y comenzó a farfullar con tanto
entusiasmo como un sabueso que acaba de hallar el rastro de una liebre. La
mirada de Erwin solicitó el mostrador, y descubrió a la muchacha que, antes, ya
viera tres o cuatro veces. Con sus pecas, era bella sin estridencias, si es que
la belleza puede ser pelirroja y vulgar. Cuando alzó los brazos desnudos para
ubicar los vasos de cerveza recién lavados, Erwin vio el vello rojo de las
axilas.
-Muy bien, muy bien -ladró el señor al tubo
telefónico.
Con un suspiro de alivio que culminó en vómito,
abandonó Erwin el restaurante. Sentíase pesado, necesitaba una siesta. A decir
verdad, los zapatos nuevos mordían como cangrejos. Había cambiado el tiempo,
tornándose sofocante. Nubarrones en forma de cúpula crecían, acumulándose, en
el cielo cálido. Se vaciaron las calles. Las casas parecían abrumadas por los
bostezos de la siesta del domingo. Erwin trepó a un tranvía.
El tranvía avanzó, rechinando. El pálido rostro de
Erwin, perlado de sudor, procuró la ventanilla, pero no había muchachas en la
calle. Descubrió, mientras pagaba su pasaje, a una mujer, sentada en el otro
extremo del pasillo, de espaldas a él. Usaba un sombrero de terciopelo negro y
un vestido liviano ornado con crisantemos entrelazados contra un fondo color
malva, semitransparente, que delataba los breteles de su combinación. El porte
escultural de la mujer incitó a Erwin a observar su rostro. Cuando el sombrero
de terciopelo se movió y, como una nave negra, comenzó a girar, él apartó, como
de costumbre, los ojos, y fingió contemplar distraídamente sus propias uñas, a
un joven sentado frente a él, a un hombrecito de rojas mejillas que bostezaba
en la parte trasera del coche; así, fijado el punto de partida que le
permitiera proseguir con sus observaciones, dirigió Erwin su mirada casual
hacia la dama, que ahora volvía los ojos hacia él. Era Frau Monde. El calor
cruzaba su rostro, grande y envejecido, con manchas rojizas; sus cejas
masculinas enmarcaban sus ojos penetrantes una sonrisa levemente sardónica
contraía las comisuras de sus labios apretados.
-Buenas tardes -lo saludó, con un ronco susurro-. Ven,
siéntate conmigo. Ahora podemos charlar un poco. ¿Cómo van las cosas?
-Sólo cinco -respondió Erwin, un tanto incómodo.
-Excelente. Cifra impar. Te aconsejaría que te
detuvieras allí. Y, a medianoche.. . . ¡ah, sí, creo que no te avisé. A
medianoche debes ir a la calle Hoffmann. ¿Sabes dónde queda? Fíjate entre el Nº
12 y el Nº 14. El terreno baldío que hay allí será reemplazado por una villa
con jardín amurallado. Las muchachas que hayas elegido estarán esperándote,
echadas sobre alfombras y almohadones. Te encontraré en la puerta del jardín,
aunque se entiende -añadió con una sonrisa artera- que no he de entrometerme. ¿Recordarás
la dirección? Un farol nuevo iluminará la puerta desde la calle.
-Ah, una cosa -dijo Erwín, haciéndose de coraje-. Al
principio, que estén vestidas, quiero decir, que tengan el mismo aspecto que
cuando las elegí... y que estén muy alegres y obsequiosas.
-Bueno, naturalmente -ella respondió-. Todo será tal
como lo deseas, ya me lo aclares o no. Si no, no tenía sentido alguno empezar
con este asunto n'est-ce pas? Sin embargo, muchacho, confiesa que estuviste a
punto de incluirme en tu harén. No, no temas, no me burlo de ti. Bueno, aquí
debes bajarte. Ha sido, realmente, un gran día. Cinco está bien. Te veo poco
después de medianoche, ¡ja, ja!
Al llegar a su cuarto, Erwin se quitó los zapatos y se
estiró en la cama. Se despertó al anochecer. Desde el fonógrafo de un vecino,
un melifluo tenor aullaba, a todo volumen: "Quiero ser feliiiz..."
Erwin se dedicó a recordar: "La Número Uno, la
Doncella de Blanco, es la más inexperta de todas. Acaso me apresuré un poco. En
fin, no le hace. Luego, las Mellizas de la columna. Criaturas alegres y
pintarrajeadas. Con ellas estoy seguro de pasarla bien. Luego la Número Cuatro,
Leilla la Rosa, parecida a un muchacho. Esa, creo, es la mejor. Y, finalmente,
la Zorra de la cervecería. Tampoco está mal. Pero sólo cinco. ¡No es mucho que
digamos!"
Por un rato, permaneció tendido, con la nuca sobre las
manos, escuchando al tenor, que insistía en querer ser feliz.
"Cinco. No, es absurdo. Qué lástima que no sea
lunes por la mañana: esas tres vendedoras, el otro día... Ah, hay tantas
bellezas que esperan ser descubiertas! Y siempre puedo pescar, a último
momento, alguna que pasee por la calle.
Calzó los zapatos que usaba habitualmente, cepillóse
el cabello y se fue.
Hacia las nueve, ya contaba con dos más. A una, la
había visto en un café, donde había entrado por un sandwich y dos tragos de
ginebra holandesa. Ella hablaba animadamente con su compañero, un extranjero
que se acariciaba la barba, en un idioma incomprensible (ruso o polaco); era de
ojos ligeramente oblicuos, de nariz delgada y aguileña, que se arrugaba cuando
ella reía; exponía sus hermosas piernas hasta la rodilla. Mientras Erwin
observaba sus gestos apresurados, su modo incontenible de arrojar sobre la mesa
las cenizas del cigarrillo, una palabra en alemán se abrió, como una ventana,
en su lenguaje eslavo y esta palabra casual (offenbar) fue el signo
"evidente". La otra muchacha, el número siete de la lista, surgió en
la entrada, de estilo chino, de un pequeño parque de diversiones. Vestía una
blusa escarlata y una falda verde, y su cuello desnudo, se hinchaba mientras
profería alegres alaridos, tratando de apartar a dos muchachones tontos, que la
aferraban por las caderas para que los acompañara.
-¡Quiero ir, quiero ir! -finalmente gritó, y se la
llevaron.
Linternas de papel de varios colores alegraban el
lugar. Algo semejante a un trineo se arrojó, mientras sus pasajeros gritaban,
por un riel en serpentina, desapareció tras las arcadas angulares del escenario
medieval, y se sumergió en un nuevo abismo, en medio de nuevos aullidos. Dentro
de un cobertizo, cuatro muchachas montaban sendos asientos de bicicleta (no
había ruedas; sólo el armazón, los pedales y el manubrio) vestidas con sweaters
y shorts (uno rojo, uno azul, uno verde y uno amarillo). Sus piernas desnudas
trabajaban afanosamente. Sobre ellas colgaba un indicador en el que se agitaban
cuatro agujas (una roja, una azul, una verde y una amarilla). Al principio,
vencía la azul; luego la pasó la verde. Un hombre con un silbato estaba a su
lado, recogiendo las monedas de los pocos tontos que deseaban apostar.
Contempló Erwin esas piernas magníficas, desnudas casi hasta las ingles, que
pedaleaban con vigor entusiasta.
"Han de ser bailarinas estupendas", pensó.
"Podría hacerme cargo de las cuatro".
Obedientes, las agujas volvieron a unirse y se
pararon.
-¡Empate! -gritó el hombre del silbato-. ¡Un final
sensacional!
Erwin bebió un vaso de limonada, consultó su reloj, y
buscó la salida.
-Las once, y once mujeres. Creo que bastará.
Entrecerró los ojos al imaginar los placeres que lo
aguardaban. Se felicitó por haberse acordado de ponerse ropa interior limpia.
"Frau Monde lo dijo con toda astucia",
reflexionó Erwin. "Por supuesto que va a espiar. ¿Y por qué no? Le
agregará cierto sabor".
Caminaba con la vista- gacha, meneando su cabeza con
deleite, y sólo cada tanto alzaba los ojos para comprobar los nombres de las
calles. Sabía que la calle Hoffmann estaba lejos, pero aún le quedaba una hora,
de modo que no había razón para apresurarse. Tal como la noche anterior,
poblóse de estrellas el cielo y brilló d asfalto como el agua serena,
reflejando y alargando las mágicas luces de la ciudad. Pasó ante un cine
importante, cuyos fulgores inundaron la calle, y, en la próxima esquina, una
carcajada, breve e infantil, llamó su atención.
Vio ante él a un hombre alto, entrado en años, con un
traje de noche, a cuyo lado caminaba una muchacha muy joven -una niña de
catorce años, con vestido de fiesta negro, muy escotado-. Toda la ciudad
conocía a ese hombre, por sus retratos. Era un poeta famoso, un cisne senil,
que vivía, solo, en un lejano suburbio. Caminaba con una especie de hastiada
elegancia; sus cabellos, cuyo color era el del algodón sucio, cubrían sus
orejas, asomando desde el sombrero de felpa. Un botón, sobre el triángulo de su
camisa almidonada, reflejó la luz de un farol, y su nariz, larga y huesuda,
arrojó la cuña de una sombra sobre sus finos labios. En ese preciso instante,
la trémula mirada de Erwin se detuvo en el rostro de la niña que acompañaba al
poeta; había algo extraño en ese rostro, algo extraño en la mirada inquieta de
sus ojos, excesivamente brillosos, y, de no tratarse de una niña -sin duda, la
nieta del anciano- podía sospecharse el rouge en sus labios. Caminaba ella
meneando sus caderas muy, muy levemente, con las piernas muy juntas, y le
preguntaba algo a su acompañante, con voz cantarina; si bien nada ordenó Erwin
mentalmente, pudo saber que su deseo sutil se había cumplido.
-Por supuesto, por supuesto -respondió el anciano,
condescendiente, inclinándose hacia la niña.
Se fueron. Erwin olfateó el aroma de un perfume. Miró
hacia atrás y luego prosiguió.
"¡Alto, cuidado!", repentinamente meditó,
cuando cayó en la cuenta de que así sumaba doce, número par: "Debo
encontrar otra, en media hora".
Lo molestó un poco continuar la búsqueda, pero, al
mismo tiempo, lo halagó esta nueva oportunidad.
"Recogeré una en el camino", se dijo,
sofocando un asomo de pánico. "¡Estoy seguro!"
-¡Acaso sea la mejor! -señaló en alta voz, mientras
observaba la noche iluminada.
Minutos más tarde, lo sorprendió esa contracción,
familiar y deliciosa, ese estremecimiento en el plexo solar. Con pasos leves,
veloces, caminaba, frente a él, una mujer. Sólo la vio de espaldas;
difícilmente habría podido explicar qué lo indujo, con tal rigor, a alcanzarla
precisamente a ella, para observar su rostro. Podrían hallarse, naturalmente,
palabras ocasionales que describieran su porte, el movimiento de sus hombros,
la silueta de su sombrero, pero ¿de qué valdría? Algo más importante que los contornos
visibles, una especie de atmósfera especial, un etéreo entusiasmo, urgieron a
Erwin. Marchaba rápidamente, pero no podía alcanzarla; los húmedos reflejos de
luz vacilaban ante él; ella prosiguió con paso firme, y su sombra negra se
elevaba al caer en el halo de luz de un farol, deslizándose por la pared, y
doblando en sus bordes para desaparecer.
-Caramba, debo ver su rostro -musitó Erwin-, y el
tiempo vuela.
Olvidóse del tiempo. Esa extraña persecución nocturna
lo embriagó. Pudo, finalmente, alcanzarla, y avanzó sin poco más, pero le faltó
coraje para darse vuelta y mirarla; se limitó a aflojar el paso y ella, a su
vez, lo pasó, sin darle tiempo a alzar los ojos. Nuevamente la tuvo delante de
él, a diez pasos de distancia, y supo , entonces sin ver el rostro de ella, que
era su presa principal.
Las calles estallaban con sus luces de color, se
desvanecían volvían a relumbrar; cruzaron una plaza, un espacio de bruñida
tiniebla, y luego, con un leve chasquido de su zapato de taco alto, la mujer
recuperó la acera, siempre perseguida por Erwin, perplejo, desencajado, vencido
por el vértigo de las borrosas luces, de la húmeda noche, de la persecución.
¿Qué lo incitaba? Ni su modo de caminar, ni sus
formas, sino algo más: un hechizo sobrecogedor, como si un halo de tensa luz la
envolviera, tan sólo mera fantasía, acaso el vuelo, los arrebatos de la
fantasía, o, acaso, eso que, con un golpe único, divino, trastorna toda la vida
de un hombre. Nada sabía Erwin, salvo que debía apresurarse, sobre piedras y
asfalto, a los que la noche iridiscente parecía quitar consistencia.
Los árboles, los tilos primaverales, sé unieron a la
caza: avanzaron, desde todas partes, susurrando, abrumándolo con su múltiple
presencia; los pequeños corazones de sus sombras se enredaban al pie de cada
farol, y su aroma, pegajoso y delicado, renovó sus fuerzas.
Nuevamente, Erwin la alcanzó. Un paso más, y estaría a
su lado. Ella, abruptamente, se detuvo ante un portón, y extrajo unas llaves de
su cartera. Erwin la abordó con tal ímpetu que poco le faltó para tropezar con
ella. Ella se volvió hacia él: la luz de un farol se filtró entre hojas de
esmeralda y Erwin pudo ver a la muchacha que, esa mañana, jugaba con el
cachorro negro y lanudo en el sendero del parque; la recordó de inmediato, y de
inmediato comprendió todo su encanto, su tierna calidez, su irresistible
fascinación.
Quedóse mirándola, con una sonrisa lamentable.
-Deberías avergonzarte -le dijo ella con toda
serenidad-. Déjame en paz.
El portón se abrió y se cerró secamente. Erwin
permaneció allí, bajo el susurro de los tilos. Miró a su alrededor, y no supo
adónde ir. A poca distancia, vio dos burbujas ardientes: un automóvil detenido.
Se acercó y palmeó el hombro del chauffeur, inmóvil, semejante a un muñeco.
-¿En qué calle estamos? Me perdí.
-En la calle Hoffmann -respondió el muñeco con
sequedad.
Una voz ronca, calma, familiar, habló desde las
honduras del automóvil.
-Hola. Soy yo.
Erwin apoyó una mano en la puerta del auto, y apenas
atinó a responder.
-Estoy muerta de aburrimiento -declaró la voz-. Estoy
esperando a mi amante. El trae el veneno. Al amanecer, ambos moriremos. ¿Cómo
estás tú?
-Número par -dijo Erwin, abriendo, con su dedo, un
surco en el polvo de la puerta.
-Sí, ya sé -respondió Frau Monde, serenamente-. La
número trece resultó ser la número uno. Lo arruinaste iodo.
-Una lástima -dijo Erwin.
-Una lástima -repitió ella, y bostezó.
Erwin se inclinó, besó el largo guante negro, que
culminaba en cinco dedos abiertos, y, con un leve carraspeo, volvió a la
oscuridad. Caminó con pesadez; le dolían las piernas, lo agobiaba saber que al
día siguiente era lunes y que sería arduo levantarse.
En realidad se llamaba Frederic Dobson. A su amigo el
prestidigitador, solía contarle en los siguientes términos la historia de su
vida:-No había nadie en Bristol que no conociera a Dobson, el sastre infantil.
Yo soy su hijo, y estoy orgulloso de serlo por pura obstinación. Debes saber
que bebía como una esponja. En algún momento en torno a 1900, unos meses antes
de que yo naciera, mi querido padre, empapado en alcohol, armó uno de esos
ángeles de cera, ya sabes cuáles, con traje de marinero y el primer pantalón
largo... y luego se lo puso a mi madre en la cama. Fue un milagro que la pobre
no abortara en aquel momento. Como imaginarás, todo esto lo sé de segunda mano,
porque me lo han contado... ahora bien, si mis confidentes no me han mentido,
en ese hecho banal radica la razón secreta de que yo sea…Y al llegar a este
punto, Fred Dobson alzaba sus manos diminutas en un gesto bienintencionado pero
también triste. El prestidigitador se agachaba entonces y cogía en brazos a
Fred como si fuera un niño pequeño, y, suspirando, lo colocaba en la parte
superior de un armario, desde donde el pequeño enano achaparrado se encogía y
empezaba a gimotear y a estornudar suavemente.
Tenía veinte años y no llegaba a los cuarenta kilos de
peso, y sólo superaba en unos centímetros al famoso enano suizo, Zimmermann
(llamado Príncipe Baltasar). Como el amigo Zimmermann, Fred era bastante
fornido, y de no ser por aquellas arrugas de su frente y por las incipientes
patas de gallo de sus ojos, así como por una especie de tensión misteriosa que
emanaba de su figura (como si se resistiera a crecer), nuestro enano bien
pudiera haberse hecho pasar por un niño de ocho años de lo más encantador. Llevaba
brillantina en el pelo, que tenía color de paja húmeda, y se lo peinaba liso
hacia atrás, con raya en medio, que ocupaba exactamente la línea media de su
cabeza, y se prolongaba con astucia hasta la coronilla. Fred caminaba con
agilidad, tenía un porte apuesto y bailaba bastante bien, pero su primer
manager consideró apropiado que el apelativo de «elfo» fuera acompañado de un
epíteto cómico al observar la gran nariz que el enano había heredado de su
travieso y pletórico padre.
El Elfo Patata, sólo por su aspecto, despertaba una
tormenta de aplausos y de risa a lo largo y ancho de Inglaterra, y también en
las principales ciudades del continente. Se diferenciaba de la mayoría de los
enanos en que tenía un carácter suave y amigable. Le cogió un cariño inmenso al
minúsculo pony Copo de Nieve, sobre el que trotaba diligentemente en torno a la
pista de un circo danés y, en Viena, conquistó el corazón de un gigante
estúpido y taciturno oriundo de Omsk nada más verle, por el sencillo procedimiento
de correr hasta él y pedirle, como un niño le pide a su aya, que le cogiera en
brazos.
No acostumbraba a actuar en solitario. Por ejemplo, en
Viena, se presentó junto con el gigante ruso y se limitó a pasear su diminuta
figura en torno al gigante, vestido con sus pantalones de rayas, una elegante
chaqueta, y un voluminoso rollo de música bajo el brazo. Él era el encargado de
traerle al gigante su guitarra. El gigante se erguía como una estatua
impresionante y cogía el instrumento como si fuera un autómata. Un largo chaqué
que parecía de ébano, junto con unos tacones y una chistera en la que brillaban
los reflejos de las columnas acrecentaban la estatura de este imponente
siberiano de ciento sesenta kilos. Estiraba su mandíbula poderosa y empezaba a
tocar, pulsando a duras penas las cuerdas con un solo dedo. Entre bastidores se
quejaba de que padecía mareos, como una mujer. Fred se hizo muy amigo suyo e
incluso derramó algunas lágrimas cuando tuvieron que separarse, porque se
acostumbraba muy rápidamente a la gente. Su vida, como la de un caballo de
circo, no dejaba de dar vueltas y más vueltas con la más plácida de las
monotonías. Un día, en la oscuridad de los bastidores, se tropezó con un cubo
de pintura y se deslizó dentro del mismo, y volvía este suceso una y otra vez,
recordándolo siempre como un acontecimiento extraordinario.
Y de esta manera, el enano viajó por casi toda Europa
y ahorró algo de dinero y cantó con una voz argentina como de castrato, y en
los teatros de variedades alemanes la audiencia comía grandes bocadillos y
nueces dulces y en los españoles, caramelos de violeta y también dulces. El
mundo le resultaba invisible. En su memoria sólo había un único abismo, siempre
el mismo, que se reía ante su presencia y sus juegos, y después, cuando la
actuación había terminado, el eco suave y ensoñador de la noche fría que al
salir del teatro parece siempre de un profundo azul.
Al volver a Londres encontró una nueva pareja
artística en la de Shock, el prestidigitador. Shock hablaba melodiosamente
tenía unas manos delgadas, pálidas, virtualmente etéreas, y un mechón de pelo
castaño que le cubría un ojo. Parecía más un poeta que un mago y demostraba sus
habilidades con una especie de melancolía tierna y elegante, sin un ápice de
esa charlatanería rebuscada característica de sus compañeros de profesión. El
enano le *** divertido y, al final de cada actuación, siempre acababa en el gallinero
con una exclamación de alegría contenida, a pesar de que todo el mundo había
sido testigo de cómo, un minuto antes, Shock lo había encerrado en una caja
negra en mitad del escenario.
Todo esto ocurría en uno de esos teatros de Londres
donde hay acróbatas que se elevan por los aires entre el temblor y el fulos
trapecios y donde un tenor extranjero (un fracasado en su país) canta
barcarolas, y donde hay un ventrílocuo con uniforme de marino, y ciclistas, y
un inevitable payaso excéntrico que camina arrastrando los pies por la escena
con un minúsculo sombrero y un chaleco que le llega hasta las rodillas.
En los últimos tiempos, Fred se había vuelto
melancólico estornudaba mucho, en silencio y con tristeza, como un perro de
aguas japonés. Aunque no había experimentado durante meses deseo alguno por una
mujer, el virginal enano se veía asaltado de vez lo por agudos ataques de
solitaria angustia amorosa, que desaparecían tan pronto como llegaban y
entonces, durante un tiempo, ignoraba los hombros desnudos que se mostraban
blancos al otro a barrera de terciopelo de los palcos, y también a las pequeñas
acróbatas o a la bailarina española cuyos muslos esbeltos se habían revelado
por un momento cuando la rizada espuma rojo-anaranjada de los volantes de su
traje se había alzado en remolino al compás de un giro particularmente
vertiginoso.
-Lo que necesitas es una enana -dijo Shock pensativo,
con un rápido gesto del pulgar y el índice sacaba una moneda de plata de la
oreja del enano, cuyo bracito se alzó en una amplia como si se dispusiera a
cazar una mosca.
Aquella misma noche, cuando Fred, tras acabar su
número y embutirse en su acostumbrado bombín y en su gabán estrecho, se
disponía a marcharse a casa con paso vacilante, refunfuñando y sin resuello por
un pasillo mal iluminado entre bastidores, se encontró con un repentino
chasquido de luz y de alegría: una puerta se había abierto de par en par y dos
voces le llamaban y le instaban a entrar dentro. Eran Zita y Arabella, dos
hermanas acróbatas, ambas medio desnudas, morenas, de pelo negro, con
almendrados ojos azules. El camerino era como un bazar atestado donde un
desorden de farándula compitiera por compartir el aire con la fragancia de
diferentes lociones. El tocador estaba atestado de bolas de maquillaje, peines,
atomizadores de cristal, horquillas en una caja que había sido de bombones y
lápices de labios.
Nada más entrar, Fred enmudeció, incapaz de oír nada,
ante el parloteo y la cháchara de las chicas. Empezaron a tocar al enano por
todas partes y a hacerle cosquillas y éste, arrebolado y morado de deseo, se
dejaba arrullar como una pelota en los abrazos de aquellos brazos desnudos que
le engañaban con sus tretas. Finalmente, cuando la traviesa Arabella lo apretó
contra sí dejándose caer sobre el sofá, Fred perdió la cabeza y empezó a
frotarse contra ella, resoplando y agarrándose a su cuello. Al tratar de liberarse
de él, ella levantó el brazo y entonces Fred se deslizó por el hueco y pegó sus
labios al seno caliente de su axila afeitada. La otra chica, muerta de risa,
trataba en vano de arrastrarle por las piernas. En aquel preciso momento, la
puerta se abrió de golpe y el socio francés de las dos acróbatas entró en la
habitación con unas mallas ceñidas color mármol. Sin decir palabra, pero
también sin manifestar rencor alguno, agarró al enano por la nuca (sólo se oyó
el chasquido del cuello de Fred al soltarse de la botonadura) lo levantó en el
aire y lo echó de allí como si fuera un mono. La puerta se cerró de golpe.
Shock, que pasaba en aquel momento por allí, vio de refilón el brazo de mármol
y una pequeña figura negra con los pies retraídos que volaba por los aires.
Fred se hizo daño al caer y ahora yacía inmóvil en el
pasillo. No es que estuviera aturdido, pero se había quedado fláccido todo él,
con los ojos fijos en un punto perdido y los dientes castañeteando.
-Mala suerte, viejo -suspiró el prestidigitador,
levantándole del suelo. Palpó con sus dedos translúcidos la frente del enano y
añadió-: Ya te dije que no te entrometieras. Te está bien empleado. Lo que
necesitas es una enana.
Fred, con los ojos hinchados, no dijo nada.
-Esta noche dormirás en mi casa -decidió Shock, y
llevó al Elfo Patata hasta la salida.
Pero también existía una señora Shock.
Era una dama de edad incierta, con ojos oscuros mancha
dos de amarillo en torno al iris. Su cuerpo enjuto, su cutis de pergamino, su
cabello negro sin vida, aquella costumbre suya de echar el humo por la nariz
cuando fumaba, su estudiado descuido en su atuendo y en su cabello, no eran
precisamente señuelos convenidos en el juego de seducción en el que caen
prendidos los hombres, aunque parece fuera de dudas que el señor Shock los
consideraba de su agrado a pesar de que, en realidad, no pareciera prestar atención
a su mujer, ocupado siempre como estaba en inventar trucos secretos para su
espectáculo, como un ser taimado e irreal que siempre estuviera pensando en
otra cosa mientras mantenía una conversación trivial pero sin dejar de observar
con avidez cuanto le rodeaba mientras se encontraba inmerso en sus fantasías
astrales. Nora tenía que estar siempre alerta porque él nunca perdía la ocasión
de idear algún engaño mínimo, inútil, pero sutilmente ingenioso. Por ejemplo,
hubo una ocasión en que le sorprendió su glotonería: se lamía los labios llenos
de salsa, chupaba los huesos del pollo hasta dejados pelados y seguía
sirviéndose comida y más comida que se le amontonaba en el plato; luego, sin
decir nada, se levantó y se fue, tras dedicar a su mujer una mirada afligida, y
un poco más tarde, la doncella, ocultando su risa tonta tras las faldas del
delantal, informó a Nora de que el señor Shock no había tocado la cena, y que
la había dejado entera en tres cacerolas completamente nuevas debajo de la
mesa.
Ella era la hija de un artista respetable que sólo
pintaba caballos, galgos y cazadores con sus casacas rojas. Antes de casarse
había vivido en Chelsea, había admirado los atardeceres brumosos del Támesis,
había tomado lecciones de dibujo, asistido a ridículas reuniones con la bohemia
local, y fue precisamente en una de estas ocasiones cuando los ojos espectrales
y grises de un hombre silencioso y delgado se fijaron en ella. Hablaba poco de
sí mismo y nadie le conocía entonces. Algunos creían que era un compositor de
poemas líricos. Ella se enamoró de él al instante. El poeta se comprometió
distraído con ella y el primer día de casados le explicó, con una sonrisa
triste, que no sabía escribir poesía y allí mismo y sin pensarlo más, en mitad
de la conversación, transformó un viejo despertador en un cronómetro niquelado,
y el cronómetro en un reloj de pulsera de oro, que desde aquel momento Nora
llevó siempre en la muñeca. Entendió entonces que por muy prestidigitador que
fuera Shock, no dejaba de ser, a su manera, un poeta: sin embargo, a lo que no
se podía acostumbrar era al hecho de que le tuviera que demostrar su arte en
todo momento, en cualquier tipo de circunstancia. Es difícil ser feliz cuando
tu marido es un espejismo, un constante juego de manos estrafalario, un engaño
a los cinco sentidos.
Se entretenía perezosamente golpeando los dedos contra
el cristal de un cuenco en el que unos cuantos peces de colores, que parecían
recortados de una piel de naranja, respiraban al ritmo de los destellos de sus
aletas, cuando la puerta se abrió silenciosa y apareció Shock (con el sombrero
de seda ladeado y un mechón de su pelo castaño sobre la ceja) con una criatura
diminuta enroscada en sus brazos.
-Mira lo que he traído -dijo el prestidigitador con un
suspiro.
Nora pensó fugazmente: un niño. Perdido. Encontrado.
Sus oscuros ojos se humedecieron.
-Tenemos que adoptarlo -añadió suavemente Shock, de
morándose en la puerta.
Aquella cosa pequeña cobró vida de repente, murmuró
algo, y empezó a gatear por la pechera almidonada del prestidigitador. Nora
miró las botas minúsculas, sus polainas de pelo de camello, el hongo diminuto.
-A mí no se me engaña fácilmente -se rió en son de
burla.
El prestidigitador le lanzó una mirada de reproche.
Luego dejó a Fred en un sofá mullido y le cubrió con una manta.
-Blondiner le maltrató -explicó Shock, y no pudo
evitar añadir-: Le golpeó con una pesa. En el estómago.
Y Nora, que tenía un corazón de oro como suele ocurrir
con las mujeres que no tienen hijos, sintió una piedad muy especial que casi le
llevó a romper a llorar. Empezó a cuidar al enano como una auténtica madre, le
dio de comer, le hizo beber una copa de oporto, le frotó la frente con agua de
colonia, le humedeció con ella las sienes y también el dorso infantil de sus
orejas.
A la mañana siguiente Fred se levantó temprano,
inspeccionó aquel cuarto desconocido, habló con los peces de colores y, tras
estornudar un par de veces, se acomodó en el alféizar del mirador como si fuera
un niño pequeño.
Una niebla mágica en retirada bañaba los grises
tejados de Londres. En algún lugar, en la distancia, se abrió una ventana, uno
de cuyos paños atrapó el estallido de un rayo de sol. La bocina de un automóvil
cantó en la frescura y ternura del amanecer.
Los pensamientos de Fred volvían una y otra vez al día
anterior. Los acentos jocosos de las volatineras se mezclaban de forma extraña
con el tacto de las frías manos perfumadas de la señora Shock. Primero le
habían maltratado, luego le habían acariciado; y, recordad: era un enano muy
afectuoso, muy ardiente. Su imaginación se quedó prendida en la posibilidad de
rescatar a Nora algún día de las garras de un hombre fuerte, brutal, parecido a
aquel francés de blancas mallas ajustadas. Sin motivación aparente se acordó
entonces de una enana de quince años con la que había trabajado en tiempos. Era
una cosilla enferma, malhumorada, de nariz afilada. Ante los espectadores
aparecían como una pareja próxima a casarse y, temblando de asco, no le quedó
otro remedio que bailar un tango íntimo con ella.
Y de nuevo sonó un claxon solitario para después
alejarse en la distancia. La luz del sol comenzaba a penetrar la niebla que
cubría el amable desierto londinense.
Hacia las siete y media el piso empezó a dar signos de
vida. Con una sonrisa abstraída Shock se fue a una misión desconocida. Del
comedor llegaba hasta él el delicioso olor de huevos con beicon. Apareció la
señora Shock con un kimono bordado de girasoles y el pelo arreglado de
cualquier manera.
Después del desayuno le ofreció a Fred un cigarrillo
perfumado cuya boquilla parecía un pétalo rojo y, entrecerrando los ojos; hizo
que le contara cosas de su vida. En momentos narrativos como aquél, la fina voz
de Fred se hacía ligeramente más profunda: hablaba despacio, eligiendo bien sus
palabras y, por raro que parezca, aquella inesperada dignidad en su dicción le
sentaba bien. Con la cabeza inclinada, solemne y tenso aunque conservando
cierta elasticidad aun dentro de su envaramiento, se sentó a los pies de Nora.
Ella se reclinó en el diván de terciopelo, apoyándose en los brazos que dejaban
así ver sus codos desnudos. El enano acabó de contar su historia y luego se
quedó callado aunque sin dejar de dar vueltas una y otra vez a la palma de su
diminuta mano, como si quisiera continuar hablando. Su chaqueta negra, rostro
inclinado, naricilla carnosa, pelo leonado, y aquella raya en medio que
atravesaba su cabeza conmovieron vagamente el corazón de Nora. Mientras le
miraba desde la altura de sus ojos trataba de imaginarse que no era un enano
adulto el que tenía a sus pies sino su hijito inexistente a punto de contarle
cómo se habían burlado de él sus compañeros de escuela. Nora extendió la mano y
le acarició levemente la cabeza -y en ese momento, gracias a una enigmática
asociación mental, surgió en ella algo distinto, una visión extraña,
curiosamente vengativa.
Al sentir aquellos dedos ligeros sobre su cabeza, Fred
se quedó inmóvil al principio, pero luego empezó a lamerse los labios en un
silencio de delirio. Sus ojos, mirando de soslayo, no podían separar su mirada
del pompón verde de la zapatilla de la señora Shock. Y de pronto, de una forma
absurda y embriagadora, todo se puso en movimiento.
En aquel día azul de humo, en aquel sol de agosto,
Londres estaba particularmente hermoso. El cielo tierno y festivo se reflejaba
en la lisura extensa del asfalto, los brillantes buzones de correos relucían en
rojo por las esquinas, a través del tapiz verde del parque los coches
centelleaban y rodaban con un zumbido sordo. La ciudad entera hervía y
respiraba en aquella plácida calidez y había que descender bajo tierra, hasta
los andenes del metro, para encontrar una zona de frescura.
Cada día del año es un regalo que se concede tan sólo
a un solo hombre, al más feliz; el resto de la gente utiliza el día para gozar
del solo para reñir con la lluvia, sin saber, no obstante, a quién pertenece en
realidad aquel día; y a su afortunado propietario le divierte y le place la
ignorancia de los otros. Una persona no puede saber de antemano cuál será el
día que le corresponda, qué trivialidad permanecerá en su memoria para siempre:
el reflejo del rayo de sol al caer sobre un muro junto a una extensión de agua
o el remolino de la hoja del arce al caer, y a menudo lo que sucede es que sólo
reconoce su día de forma retrospectiva, mucho tiempo después de haber
arrancado, arrugado y abandonado bajo la mesa la hoja del calendario con la
fecha olvidada.
La providencia le concedió a Fred Dobson, un enano con
polainas grises color de ratón, el día festivo de agosto de 1920 que comenzó
con un bocinazo melodioso y el destello de una ventana que se abría en la
distancia. Los niños que volvían de paseo les contaban a sus padres
maravillados que habían visto a un enano con bombín, pantalones a rayas, un
bastón en una mano y un par de guantes de cabritilla en la otra.
Después de despedirse de Nora con un beso ardiente
(ella esperaba visita), el Elfo Patata salió a la calle, amplia e inundada de
sol y en ese preciso momento supo que la ciudad entera había sido creada para
él y sólo para él. Un alegre taxista bajó con un chasquido la bandera metálica
del taxímetro; la calle empezó a deslizarse ante él y Fred no paraba de
arrullarse y reírse entre dientes, mientras luchaba por no resbalarse del todo
en la piel del asiento del taxi.
Se bajó en la entrada de Hyde Park y, sin prestar
ninguna atención a las miradas de curiosidad que su persona provocaba, se puso
a caminar mesuradamente por delante de las sillas plegables verdes, por delante
del estanque y los grandes macizos de rododendros, oscurecidos a la sombra de
los olmos y tilos, sobre un césped tan brillante y mullido como un tapiz de
billar. Los jinetes pasaban cabalgando, trotando ligeros sobre sus monturas,
con un crujido de sus pantalones de montar, mientras que las cabezas ágiles de
sus corceles se alzaban al paso y las espuelas chocaban; y los lujosos
automóviles negros, con un relumbre mareante de los radios de sus ruedas,
avanzaban con sosiego a través del amplio encaje de la sombra violeta.
El enano caminaba, inhalando cálidas bocanadas de
gasolina y también el aroma del follaje que parecía pudrirse con la
sobreabundancia de savia verde, y daba vueltas a su bastón y apretaba los
labios como si estuviera a punto de ponerse a silbar, tan grande era el
sentimiento de ligereza y liberación que le poseía. Su amante le había
despedido con una ternura tan apresurada, se había reído tan nerviosa, que se
dio cuenta de cuánto temía que su anciano padre, que siempre almorzaba con
ella, empezara a sospechar algo si llegaba a encontrar a un caballero extraño
en la casa.
Aquel día le vieron por todas partes: en el parque,
donde un ama rosada con un gorro almidonado se ofreció por alguna extraña razón
a llevarle en el carrito que empujaba, y también en las salas de un gran museo;
y en la escalera mecánica que ascendía lentamente desde las cavernosas
profundidades en las que soplaban vientos eléctricos entre brillantes carteles;
y en una tienda elegante donde sólo se vendían pañuelos de seda para
caballeros; y en la cresta de un autobús, adonde le subieron unas manos amables.
Y al cabo de un rato empezó a cansarse, todo aquel
brillo y movimiento le abrumaban, aquellos ojos sonrientes que se le quedaban
mirando le ponían nervioso, y pensó que debía meditar cuidadosamente aquella
hermosa sensación de libertad, de orgullo y de felicidad que le acompañaba.
Cuando finalmente un Fred hambriento entró en el
conocido restaurante donde se reunían todo tipo de artistas de variedades y
donde su presencia no hubiera podido extrañar a nadie y cuando se detuvo a
mirar a toda aquella gente, al viejo payaso aburrido que ya estaba borracho, al
francés, un enemigo de antaño que ahora le saludó amistosamente, el señor
Dobson se dio cuenta con absoluta lucidez de que no iba a aparecer nunca más en
escena.
El lugar estaba algo oscuro, no había suficientes
lámparas encendidas en su interior y en la calle no había ya luz bastante para
alumbrarlo. El viejo payaso, que parecía más bien un banquero arruinado, y el
acróbata, que tenía un aspecto bastante vulgar vestido de paisano, jugaban en
silencio al dominó. La bailarina española, que llevaba un sombrero en forma de
rueda que proyectaba una sombra azulada sobre su rostro, estaba sola en un
rincón sentada a una mesa con las piernas cruzadas. Había media docena de
personas que Fred no conocía; examinó sus rasgos que años de maquillaje habían
difuminado; mientras tanto el camarero le trajo un cojín para que llegara a la
mesa, cambió el mantel y puso la mesa rápidamente.
Y de repente, en la profundidad oscura del
restaurante, Fred avistó el perfil delicado del prestidigitador, que hablaba a
media voz con un hombre gordo del tipo americano. Fred no había pensado en que
pudiera toparse con Shock -que nunca frecuentaba las tabernas-, en aquel lugar,
y, a decir verdad, había olvidado por completo su existencia. Ahora sentía
tanta lástima por el pobre mago que decidió ocultarlo todo en un principio pero
entonces pensó que Nora era incapaz de engañar a nadie y que probablemente se
lo contaría a su marido aquella misma noche («Me he enamorado del señor Dobson... Te voy a dejar») y que debería
evitarle una confesión difícil y desagradable porque, ¿no era él su caballero
andante, no estaba él orgulloso de su amor, no estaba, por tanto, justificado
que causara dolor a su marido, independientemente de la piedad que le
inspirara?
El camarero le trajo una ración de pastel de riñones y
una botella de cerveza. También encendió más luces. Aquí y allá, sobre el
terciopelo polvoriento, había unas flores de cristal que se encendían y el
enano observó desde lejos cómo un rayo dorado destacaba el mechón castaño del
prestidigitador, y vio también cómo las luces y las sombras se alternaban sobre
sus dedos transparentes. Su interlocutor se levantó, agarrándose al cinturón de
su pantalón y riéndose obsequiosamente, y Shock le acompañó al guardarropa. El
americano gordo se puso un sombrero de ala ancha, estrechó la etérea mano de
Shock y, sin dejar de subirse los pantalones, se dirigió hacia la salida. Por
un momento se pudo apreciar una cuña de luz detenida, mientras que las lámparas
del restaurante lucían más y más amarillas. La puerta se cerró de un portazo.
-¡Shock! -llamó el enano, meneando sus pequeños pies
bajo la mesa.
Shock se acercó. Mientras se acercaba, sacó pensativo
un puro encendido del bolsillo superior de su chaqueta, lo chupó, emitió una
bocanada de humo y lo devolvió a su lugar. Nadie supo cómo lo había hecho.
-Shock -dijo el enano cuya nariz se había enrojecido a
causa de la cerveza-. Tengo que hablar contigo. Es muy importante.
El prestidigitador se sentó a la mesa con Fred y apoyó
los codos sobre la misma.
-¿Cómo está tu cabeza hoy? ¿Te duele? -preguntó con
indiferencia.
Fred se limpió los labios con la servilleta; no sabía
cómo empezar, temiendo todavía causarle demasiada angustia a su amigo.
-A propósito -dijo Shock-, hoy actúo contigo por
última vez. Ese tipo me va a llevar a América. Las cosas marchan bastante bien.
-Te quería decir... -y el enano, haciendo migas con el
pan, luchaba por encontrar las palabras adecuadas-. En realidad es que... –Sé
valiente, Shock-. Amo a tu mujer. Esta mañana, después de que te fueras, ella y
yo, nosotros dos, quiero decir, ella...
-El único problema es que me mareo en barco -decía
pensativo el prestidigitador-, y se tarda una semana en llegar a Bastan. En una
ocasión fui en barco hasta la India. Al acabar me sentía como si todo yo
estuviera dormido, como cuando una pierna se te queda dormida.
Fred, de color púrpura, no hacía sino pasar el puño
por el mantel. El prestidigitador se reía entre dientes de sus propios
pensamientos, hasta que llegado el momento los interrumpió para preguntar:
-¿No me ibas a decir algo, amigo mío?
El enano se quedó mirando sus fantasmales ojos y negó
con la cabeza confundido.
-No, no, no era nada... No se puede hablar contigo.
Shock alargó la mano -sin duda iba a sacar una moneda
de la oreja de Fred-, pero por primera vez en largos años de magia maestra, la
moneda, que los dedos no habían agarrado con la suficiente firmeza, se cayó al
suelo. La cogió y se levantó.
-Yo no voy a comer aquí -dijo, examinando con
curiosidad la coronilla del enano-. No me gusta este lugar.
Silencioso y taciturno, Fred comía su manzana asada.
El prestidigitador se marchó discretamente. El
restaurante se fue quedando vacío. A la lánguida bailarina española del gran
sombrero se la llevó un joven tímido de ojos azules, exquisitamente vestido.
Bueno, pues si no quiere escuchar, entonces yo no
tengo ninguna obligación, pensaba el enano; suspiró aliviado y decidió que,
después de todo, Nora le podría explicar mejor las cosas. Luego pidió recado de
escribir y se dispuso a redactar una carta. Acababa así:
«Ahora comprenderás por qué no puedo seguir viviendo
como hasta ahora. ¿Qué sentirías sabiendo que todas las noches, las masas
vulgares se parten de risa al ver a tu elegido? Voy a romper mi contrato y
mañana me iré de aquí. Recibirás otra carta mía tan pronto como encuentre un
agujero apacible donde tras tu divorcio, podamos amamos, mi querida Nora.»Y así
terminó el día veloz que le fue concedido a un enano de polainas grises como un
ratón.
Oscurecía cautelosamente sobre Londres. Los ruidos de
la calle se confundían en una suave nota de timbre hueco, como si alguien
hubiera cesado de tocar pero hubiera olvidado levantar el pie del pedal del
piano. Las hojas negras de los limeros del parque se estampaban contra el cielo
transparente como ases de espadas. Al llegar a un recodo o a un rincón abrupto
o también entre las fúnebres siluetas de unas torres gemelas, se revelaba, como
una visión, un poniente en llamas.
Shock tenía la costumbre de ir a casa a cenar y a
cambiarse y, ya con el chaqué puesto, dirigirse directamente en coche al
teatro. Aquella noche Nora le esperaba impacientísima, temblando con un júbilo
maligno. ¡Qué contenta estaba de tener un secreto que sólo ella conocía! No era
la imagen del enano la que ocupaba su mente, ya la había alejado de sí. El
enano era un gusano repugnante.
Oyó la cerradura de la puerta de entrada que se abría
con su chasquido delicado. Como suele ocurrir cuando se ha engañado a una
persona, el rostro de Shock le pareció desconocido, nuevo, como si fuera el de
un extraño. Él la saludó con una inclinación de cabeza, sin hablar, como con
vergüenza, bajando los ojos con un gesto de tristeza. Ocupó su lugar en la mesa
enfrente de ella sin decir palabra. Nora se puso a examinar su traje gris claro
que le hacía parecer todavía más delgado, todavía más escurridizo. Sus ojos se
encendían en un triunfo cálido; la comisura de la boca le temblaba malevolente.
-¿Y cómo está tu enano? -le preguntó, complaciéndose
en el tono fortuito de su pregunta-. Pensé que te lo traerías contigo.
-No lo he visto hoy -contestó Shock, disponiéndose a
comer. Y justo en ese momento se le ocurrió una idea... tomó un frasco, lo
destapó con un chirrido cuidadoso y vertió su contenido sobre un vaso lleno de
vino.
Nora esperó irritada a que el vino se volviera de
color azul brillante, o transparente como el agua, pero el clarete no cambió de
tono. Shock vio la mirada de su mujer y sonrió levemente.
-Es para la digestión, son sólo unas gotas -murmuró.
Una sombra se rizó sobre su rostro.
-Mientes, como de costumbre -dijo Nora-. Tienes un
estómago a prueba de bombas.
El prestidigitador se rió suavemente. Luego se aclaró
la garganta como si estuviera en el escenario y se bebió el vaso de un trago.
-Sigue comiendo -dijo Nora-. Se va a quedar frío.
Con frío placer pensó, «¡Ah, si lo supieras!». Nunca
lo sabrás. ¡Te tengo en mi poder
¡El prestidigitador comía en silencio. De repente,
hizo una mueca, retiró su plato a un lado y empezó a hablar. Como de costumbre,
no la miraba directamente sino como por encima, y hablaba con tono suave y
melodioso. Le describió su día, le contó que había visitado al rey en Windsor,
donde había sido invitado a entretener a los pequeños duques que llevaban
chaquetas de terciopelo y cuellos de encaje. Contó todo esto con toques bien
vivos, imitando a la gente que había visto, alzando la cabeza ligeramente como
en una actitud altiva y parpadeando.
-Saqué una bandada entera de palomas de mi joroba
-dijo Shock.
Sí y también el enano tenía las palmas de las manos
todas pegajosas y te lo estás inventando todo, reflexionaba Nora como entre
paréntesis.
-Esas palomas, sabes, se pusieron a volar en torno a
la reina. Ella trataba de ahuyentarlas sin dejar de sonreír y sin perder la
compostura.
Shock se levantó, se tambaleó, se apoyó ligeramente
con dos dedos en el borde de la mesa, y dijo, como si quisiera dar por
finalizada la historia:
«No me encuentro bien, Nora. Eso que he bebido era
veneno. No deberías haberme sido infiel».
La garganta se le hinchó en espasmos convulsivos y,
llevándose un pañuelo a los labios, salió del comedor. Nora se levantó de un
salto; las cuentas de ámbar de su largo collar se enredaron con el cuchillo de
postre que descansaba sobre el plato y se lo llevaron por delante.
«Está montando otro de sus números», pensó
amargamente. «Me quiere asustar, me quiere atormentar. No, buen hombre, esta
vez no te va a servir de nada. ¡Ya verás!»
¡Qué fastidio que Shock hubiera descubierto su
secreto! Pero por lo menos ahora tendría la oportunidad de revelarle todos sus
sentimientos, de gritarle que lo odiaba, que lo despreciaba con toda su furia,
que no era una persona sino un fantasma de goma, que no aguantaba ya vivir con
él ni un minuto más, que...
El prestidigitador estaba sentado en la cama,
acurrucado y castañeteando angustiado, pero consiguió esbozar una débil sonrisa
cuando Nora entró en tromba en la habitación.
-Así que pensabas que te iba a creer -dijo, sin
aliento-. ¡No, esto es lo último! Yo también sé engañar. Me repeles, eres el
hazmerreír de todo el mundo con tus trucos fallidos...
Shock, sonriendo inútilmente todavía, intentó
levantarse de la cama. El pie rozó contra la alfombra. Nora se puso a pensar
qué otra cosa se le ocurría para insultarle.
-No lo hagas -dijo Shock a duras penas-. Si he hecho
algo que... por favor, perdóname...
En su frente se destacaba, tensa, una vena. Se encogió
todavía más, empezó a hacer ruidos con la garganta, el mechón de su pelo, todo
húmedo, empezó a moverse, y el pañuelo que se apretaba contra los labios se
empapó de bilis y de sangre.
-¡Deja de tratar de engañarme haciendo el idiota!
-gritó Nora y dio un golpe tremendo con el pie.
Él consiguió enderezarse. Tenía el rostro pálido como
la cera. Tiró el pañuelo hecho trizas a un rincón.
-Espera, Nora... No entiendes... Éste es, de verdad,
mi último truco... No haré ninguno más.
Y de nuevo un espasmo le quebró el rostro sudoroso,
terrible. Se tambaleó, se cayó en la cama y apoyó la cabeza en la almohada.
Ella se le acercó, se le quedó mirando, frunciendo el ceño. Shock yacía tumbado
con los ojos cerrados y los dientes firmes le crujían. Cuando se inclinó sobre
él, sus párpados temblaron, la miró vagamente, sin reconocer a su esposa, pero
de repente la reconoció y sus ojos relampaguearon con una húmeda luz de dolor y
ternura.
En aquel instante Nora, supo que le quería más que a
nada en el mundo. Se vio repentinamente abrumada por la piedad y también por el
horror. Empezó a dar vueltas por la habitación, echó agua en un vaso, lo dejó
en el lavabo, volvió corriendo hasta su marido que había alzado la cabeza y se
llevaba la punta de las sábanas a los labios, temblando con todo el cuerpo
mientras vomitaba, mirando sin ver con ojos vacíos ya velados por la muerte.
Entonces Nora, en un gesto animal, corrió al cuarto de aliado, al teléfono y,
con él en la mano, durante un buen rato no hizo sino marcar números
equivocados, mientras sollozaba sin aliento y volvía a marcar y a equivocarse
golpeando el teléfono una y otra vez contra la mesa; finalmente, cuando por fin
respondió la voz del médico al otro lado del teléfono, Nora gritó que su marido
se había envenenado, que se estaba muriendo: y al decido inundó el auricular
con una tormenta de lágrimas, tras lo cual, dejándolo de cualquier manera,
volvió corriendo al dormitorio.
El prestidigitador, impecable y lustroso, con un
chaleco blanco y unos pantalones negros impecablemente planchados, estaba
frente al espejo de cuerpo entero anudándose cuidadosamente la corbata. Vio a
Nora en el espejo y, sin darse la vuelta, le hizo un guiño distraído sin dejar
de silbar suavemente y de anudar con sus dedos transparentes las puntas negras
de su corbata de lazo negra.
Drowse, una ciudad diminuta en el norte de Inglaterra,
parecía en verdad tan soñolienta que uno podía llegar a sospechar que estaba
perdida entre aquellos campos brumosos de suaves colinas, en los que se había
quedado dormida para siempre. Tenía una oficina de correos, una tienda de
bicicletas, dos o tres estancos de tabaco con carteles rojos y azules, una
vieja iglesia gris rodeada de tumbas sobre las que se extendía soñolienta la
sombra de un enorme castaño. La calle principal estaba bordeada a ambos lados
por setas, jardincillos, y casitas de ladrillo ceñidas por hileras diagonales
de hiedra.
Una de ellas la había alquilado un cierto señor F. R.
Dobson a quien nadie conocía excepto su patrona y el médico local, y a éste no
le gustaba cotillear. Su patrona, una mujer grande y adusta, que había
trabajado con anterioridad en un manicomio, respondía a las preguntas casuales
de los vecinos explicándoles que Dobson era un anciano paralítico, destinado a
vegetar en silencio tras las cortinas. Nada tiene de extraño pues que los
vecinos le olvidaran el mismo año en el que llegó a Drowse: se convirtió en una
presencia inadvertida que los vecinos daban por supuesta como al obispo
desconocido cuya efigie de piedra llevaba años en su nicho sobre la portada de
la iglesia. Se pensaba que el anciano misterioso tenía un nieto -un silencioso
niño rubio que a veces, al anochecer, solía llegar a la casita de Dobson con
pasos breves y tímidos. Sin embargo, esto ocurría tan pocas veces que nadie
podía asegurar con certeza que fuera siempre el mismo niño, y ni que decir
tiene que el crepúsculo en Drowse era particularmente azulado y turbio, de
fronteras difuminadas.
Así a los perezosos y nada curiosos habitantes de
Drowse se les pasó por alto el detalle de que el supuesto nieto del supuesto
paralítico no crecía al compás de los años y que su rubio pelo no era sino una
peluca admirablemente hecha; porque el Elfo Patata empezó a quedarse calvo al
comenzar su nueva existencia y muy pronto su cabeza estuvo tan lisa y brillante
que invitaba a que la mano se posara sobre aquel globo terráqueo. En otros
aspectos no había cambiado demasiado: su estómago quizás había crecido, y en su
nariz ahora más carnosa y deslucida habían aparecido unas venas color púrpura
que cubría con polvos de maquillaje cuando se vestía de niño pequeño. Lo que es
más, Ann y también su médico sabían que los ataques cardíacos que el enano
sufría no presagiaban nada bueno.
Vivía apacible y discretamente en sus tres
habitaciones, se había hecho socio de una biblioteca de la que sacaba unos tres
o cuatro libros (fundamentalmente novelas) a la semana, había comprado un gato
negro de ojos amarillos porque le tenía un miedo mortal a los ratones (que
saltaban y corrían detrás del armario como si fueran diminutas bolas de lana),
comía mucho, especialmente dulces (a veces incluso saltaba de la cama en mitad
de la noche y se arrastraba por el suelo helado como un fantasma diminuto y destemplado
en su largo camisón, para alcanzar, como un niño pequeño, las galletas de
chocolate de la despensa) y cada vez se acordaba menos de su aventura amorosa y
de los días espantosos que pasó al llegar a Drowse.
Sin embargo, en su mesa de trabajo, entre finas
facturas dobladas cuidadosamente, seguía conservando una hoja de papel color de
melocotón con una filigrana en forma de dragón, emborronada en letra picuda y
apenas legible. Esto es lo que decía:
«Querido Señor Dobson,
Recibí su primera carta, así como la segunda, en la
que me pide que acuda a D. Todo ello, mucho me temo, ha sido un terrible error.
Por favor trate de olvidarse y de perdonarme. Mañana mi marido y yo partimos
para Estados Unidos y probablemente no volveremos en algún tiempo. De verdad
que no sé qué más decirle, mi pobre Fred.»
Fue en ese momento cuando tuvo su primera angina de
pecho. Desde entonces se le quedaron los ojos fijos en una mansa mirada de
extrañeza ante el mundo. Y en los días siguientes anduvo sin parar de un cuarto
al otro, tragándose las lágrimas y haciendo gestos ante su mismo rostro con
mano temblorosa.
Ahora, sin embargo, Fred había comenzado a olvidar. Se
había aficionado a aquella comodidad que nunca antes había conocido -a la
película azul de las llamas sobre los carbones de la chimenea, a la de los
pequeños jarrones polvorientos colocados en sus estanterías redondas, al
grabado entre las dos estanterías: un perro San Bernardo, entero con su barril,
confortando a un montañero en una roca desolada. Muy pocas veces se acordaba de
su vida pasada. Sólo en sueños veía a veces cómo un cielo estrellado cobraba
vida con el temblor de trapecios múltiples mientras le aplaudían al verle
meterse en un baúl negro: a través de sus paredes distinguía la suave voz
cantarina de Shock pero no conseguía encontrar la trampa en el suelo del
escenario y acababa sofocado en aquella oscuridad pegajosa, mientras que la voz
del prestidigitador se volvía más y más triste y más y más remota hasta que
desaparecía en la distancia, y entonces Fred se levantaba con un gemido en su
espaciosa cama, en su habitación recoleta y oscura, con su leve aroma de
violetas, jadeando y apretando su puño infantil contra su corazón vacilante, a
la luz empañada de la persiana de la ventana.
En el transcurso de los años, el anhelo por el amor de
una mujer fue debilitándose progresivamente, como si Nora le hubiera ido
secando todo aquel ardor que en tiempos le había atormentado. Es cierto que en
ocasiones, en ciertas veladas de primavera, el enano, después de ponerse los
pantalones cortos y la peluca rubia, abandonaba la casa para embutirse en la
oscuridad crepuscular y allí, escondiéndose en algún camino entre los campos,
se detenía repentinamente al contemplar con angustia una borrosa pareja de
amantes trabados el uno en los brazos del otro junto a un seto, bajo la
protección de las zarzas en flor. Ahora, incluso aquello había dejado de
sucederle; había cesado por completo de mirar al mundo. Sólo de vez en cuando
el médico, un hombre de pelo blanco con penetrantes ojos negros, venía a jugar
una partida de ajedrez, y, al otro lado del tablero, consideraba con placer
científico aquellas suaves manos diminutas, aquel rostro pequeño de bulldog,
cuyo ceño prominente se fruncía cuando el enano se ponía a pensar en la próxima
jugada.
Transcurrieron ocho años. Llegó un domingo, y ocurrió
en la mañana de aquel domingo. La mesa, dispuesta para el desayuno, esperaba la
presencia de Fred, con el chocolate humeando en su jarra cubierta con su funda
de tela, conformando el aspecto y las formas de un loro. El verde soleado de
los manzanos se filtraba a través de los cristales de la ventana. Ann, con toda
su corpulencia, se encontraba entretenida quitándole el polvo a la pequeña
pianola en la que el enano se sentaba de tanto en tanto a tocar unos valses
siempre vacilantes. Unas moscas se habían aposentado en el tarro de mermelada
de naranja y se frotaban las patas delanteras.
Fred entró en la habitación, todavía algo adormilado y
con las arrugas del sueño en su porte y hábito, calzando unas zapatillas de
fieltro y embutido en una minúscula bata negra estampada con ranas amarillas.
Tomó asiento desperezando los ojos y acariciándose la calva. Ann se fue a la
iglesia. Fred abrió la sección ilustrada del periódico dominical y sin dejar de
hacer muecas con los labios, que fruncía y estiraba a ritmo alterno, se dispuso
a leer con detenimiento toda suerte de sucesos, tales como los premios
concedidos en el último certamen canino, las piruetas de una bailarina rusa que
se doblaba hasta figurar la lánguida agonía de un cisne, los embustes y
peripecias de aquel financiero que había conseguido embaucar y engañar a medio
mundo... Bajo la mesa, la gata arqueaba el lomo y se agazapaba en caricias
contra su tobillo desnudo. Acabó el desayuno; se levantó bostezando: había
pasado muy mala noche, el corazón le había dolido más que nunca, y ahora, a
pesar de que tenía los pies helados, le daba una enorme pereza vestirse. Se
trasladó hasta el sillón que había junto al mirador y se acurrucó en él. Se
quedó allí sin pensar en nada mientras que, a sus pies, la gata negra arqueaba
el lomo y se estiraba abriendo sus minúsculas fauces rosas.
Sonó el timbre de la puerta.
El doctor Knight, pensó Fred con indiferencia. Recordó
que Ann había salido y fue en persona a abrir la puerta.
El sol se filtró a raudales. Una dama alta, vestida
completamente de negro, se erguía solitaria en el umbral. Fred retrocedió,
mascullando incoherencias entre dientes y manoseando torpemente los pliegues de
su bata. Retrocedió a toda prisa hacia el interior de la casa y en su camino
sin darse cuenta perdió una zapatilla, ya que su única obsesión en aquel
momento era que quienquiera que fuera aquella visita no notara su naturaleza de
enano. Se detuvo, jadeante, en mitad del cuarto de estar. ¡Oh, por qué no se le
había ocurrido sin más cerrar de un portazo! ¿Y quién demonios podía ser, quién
podría tener interés en venir a visitarle? Un error, sin duda.
Y en aquel momento percibió nítidamente el ruido de
unos pasos que se acercaban hasta él. Se refugió en el dormitorio: pensó en
encerrarse allí dentro pero no tenía llave. La zapatilla perdida permanecía
solitaria sobre la alfombra del vestíbulo.
-Es una situación espantosa -pensó Fred, ya sin
aliento, y se dispuso a escuchar.
El ruido de los pasos se hacía más cercano, ya sonaban
en el cuarto de estar. El enano emitió un leve gemido y se dirigió al ropero,
buscando un buen lugar donde esconderse.
Una voz, que le resultaba conocida, pronunció su
nombre al tiempo que se abría la puerta del dormitorio:
-Fred, ¿por qué me tienes miedo?
El enano, descalzo, de negro, la calva un puro tejido
de sudor, se quedó parado junto al ropero, su mano detenida en el pomo de la
cerradura. Recordó entonces con la máxima precisión los peces naranjo-dorados
en su pecera de cristal.
Ella había envejecido mal. Tenía sombras oliváceas
bajo los ojos. Los pelillos negros del bozo se destacaban más nítidos que
antes: y su sombrero negro así como los pliegues de su vestido, también negro,
emanaban un poso de polvo y de aflicción.
-No esperaba... nunca pensé que... -empezó a balbucear
Fred mientras alzaba con cautela la mirada hasta ella.
Nora lo tomó de los hombros y lo volvió hacia la luz,
y con mirada triste e impaciente examinó su rostro. El enano, confuso y un
punto azorado, pestañeó, lamentándose de que le hubieran sorprendido con la
cabeza descubierta y sin peluca y al mismo tiempo maravillado ante la emoción
que descubría en Nora. Había dejado de pensar en ella hacía tanto tiempo que
ahora no sentía sino tristeza y sorpresa. Nora, sin aflojar su abrazo, cerró
los ojos. Luego, apartó levemente al enano de su lado y se volvió hacia la ventana.
Fred se aclaró la garganta y dijo:
-Te he perdido la pista por completo. Dime ¿cómo está
Shock?
-Sigue con sus trucos de siempre -contestó Nora como
ausente-. Hace poco que hemos regresado a Inglaterra.
Sin quitarse el sombrero se sentó junto a la ventana
sin dejar de mirarle con una intensidad que tenía algo de extraño.
-Eso quiere decir que Shock... -se apresuró a
continuar Fred, incómodo ante la intensidad de su mirada.
-Sigue como siempre -dijo Nora, que sin aminorar el
brillo de sus ojos, fijos en el enano, procedió a quitarse unos guantes de un
negro brillante que luego estrujó en un revoltijo que mostraba el blanco de su
interior.
-«¿Será que me vuelve a querer de nuevo?» -se preguntó
de repente el enano.
La pecera, el aroma de la colonia, los pompones verdes
de sus zapatillas hicieron una brusca irrupción en su mente.
Nora se levantó. El rebujo negro de los guantes de
deslizó al suelo.
-El jardín no es muy grande, pero tiene manzanos
--dijo Fred mientras seguía preguntándose en su interior:
«¿Acaso habrá habido algún momento en el que yo...?
Tiene la piel un tanto cetrina y apagada. Y además, bigote. ¿Pero por qué está
tan callada?».
-Apenas salgo, sin embargo -dijo, balanceándose
levemente en la silla y tocándose las rodillas.
-Fred, ¿no sabes por qué estoy aquí?
Ella se levantó y se le acercó hasta tocarle. Fred,
con una sonrisa de apenada disculpa, trató de escaparse, y al hacerla acabó
resbalándose de la silla.
Y fue entonces cuando ella le dijo con una voz
inmensamente dulce:-Lo cierto es que tuve un hijo tuyo.
El enano se quedó helado, la mirada perdida en un
cajoncillo minúsculo de cristal cuadrado que resplandecía en el lateral de un
jarrón azul oscuro. Una tímida sonrisa de extrañeza se encendió en las
comisuras de su boca y luego se extendió hasta encender sus mejillas con un
rubor púrpura.
-Mi hijo...
Y de repente lo entendió todo, el sentido completo de
la vida, de su larga angustia, de aquella ventanita que relucía en el jarrón de
cristal.
Alzó la vista con lentitud. Nora estaba sentada de
lado en, una silla y se estremecía en sollozos violentos. La cabeza de cristal
del prendedor de su sombrero resplandecía como una lágrima. El gato,
ronroneando tiernamente, se frotaba contra sus piernas.
Corrió hasta ella y recordó una novela que acababa de
leer.
-No tienes por qué temer -dijo el señor Dobson-, no
tienes por qué temer que vaya a apartarlo de ti. ¡Soy tan feliz!
Ella le miró a través de un velo de lágrimas. Iba a
empezar a explicarle algo cuando tragó saliva... Vio entonces el resplandor que
emanaba del semblante del enano..., y no tuvo valor para explicar nada.
Se apresuró a recoger del suelo el rebujo de sus
guantes.
-Bueno, ahora ya lo sabes. Es todo. Me tengo que ir.
De repente Fred se vio herido por la saeta de un
pensamiento amargo. Una profunda vergüenza se abrió paso entre su trémula
alegría. Preguntó, manoseando al hacerla la borla de su bata:
-Y... y... ¿cómo es? No será...
-No, todo lo contrario -contestó Nora rápidamente-.Un
chico bien grande, alto, como todos los chicos -y de nuevo rompió a llorar.Fred
bajó los ojos.
-Me gustaría verlo -y al punto se corrigió feliz-:
¡Oh, ya entiendo! No debe saber que soy como soy. Pero a lo mejor lo podrías
arreglar de forma que yo...
-Sí, claro que sí, no faltaría más -dijo Nora
apresuradamente, y con un tono casi cortante mientras cruzaba el vestíbulo-:
Sí, ya lo arreglaremos de alguna forma. Pero ahora me tengo que ir. Hay unos
veinte minutos andando hasta la estación.
Volvió el rostro en la puerta de la calle y, por
última vez, ávida y tristemente, examinó los rasgos de Fred. La luz del sol
temblaba sobre su calva, y las orejas eran un puro tono rosa translúcido. El
pobre no se enteraba de nada en su sorpresa y felicidad. Y cuando se hubo ido,
Fred se quedó inmóvil durante un largo rato en el hall de entrada como si
tuviera miedo de que el corazón se le fuera a rebosar al menor movimiento de
imprudencia. Trataba una y otra vez de imaginarse a su hijo sin conseguir otra
imagen que la suya propia, bajo la apariencia y vestido de un escolar con una
peluca rubia. Y al transferir su propia forma y aspecto a su hijo dejó de
sentirse como un enano.
Se vio a sí mismo entrando en una casa, en un hotel,
en un restaurante para conocer a su hijo. Acarició con la imaginación el pelo
rubio del chico en un rapto de conmovedor orgullo paterno... y luego, con su
hijo y con Nora (¡qué estúpida había sido al pensar que él pudiera tener la
mínima intención de quitárselo!), se vio a sí mismo paseando por una calle y
entonces...
Fred se dio una palmada en el muslo. ¡Se había
olvidado de preguntarle la dirección a Nora!
Y en ese punto el tempo se aceleró a un ritmo absurdo
y enloquecido. Corrió a su dormitorio y empezó enfebrecido a vestirse a toda
prisa. Se puso lo mejor que tenía, una camisa cara almidonada a todo lujo,
prácticamente nueva, unos pantalones con rayita fina, una chaqueta hecha en
Resartre de París hacía muchos años, y conforme se iba vistiendo, no cesaba en
sus intentos de sofocar una irresistible risa apagada ni de romperse las uñas
en los resquicios de los ajustados cajones de su cómoda y hasta tuvo que sentarse
un par de veces para que su agitado corazón henchido y a punto de estallar
descansara; pero tras las pausas volvía de nuevo a saltar por el cuarto
buscando el sombrero hongo que llevaba años sin ponerse hasta que finalmente,
cuando se detuvo fugazmente a consultar el espejo en su trajín, pudo avistar la
imagen de un majestuoso caballero maduro, elegantemente vestido de etiqueta,
tras lo cual bajó corriendo las escaleras hasta el porche, deslumbrado por una
idea nueva que se le acababa de ocurrir: ¡hacer el viaje de vuelta con Nora -a
quien, con toda seguridad, alcanzaría en su camino a la estación- para ver a su
hijo aquella misma noche!
Una ancha carretera polvorienta llevaba directamente a
la estación. Los domingos solía estar más o menos desierta, pero de repente y
contra todo pronóstico apareció en un recodo un muchacho con un bate de
cricket. Fue el primero que reconoció al enano. Sorprendido ante tamaña visión
empezó a dar muestras de regocijo y burla palmeteando y agitando su gorra de
vivos colores al compás de los pasos de Fred mientras observaba el dorso de su
figura que se alejaba y el destello del chasquido de sus polainas color gris
rata.
Y en aquel preciso momento, aparecieron, Dios sabe de
dónde, una turba de chavales boquiabiertos que empezaron a seguir al enano con
cierto sigilo preñado de asombro. Él caminaba cada vez más deprisa, mirando el
reloj de tanto en tanto sin dejar de reír entre dientes presa de gran
excitación. El sol le hacía sentirse un poco mareado. Mientras tanto, el número
de chavales fue aumentando y los transeúntes que, por azar, pasaban por allí se
detenían a mirar asombrados. En algún lugar lejano se dejaron oír las campanadas
de una iglesia: la aletargada ciudad volvía a la vida cuando, de repente,
estalló en una risotada incontenible, largo tiempo contenida.
El Elfo Patata, incapaz de dominar su impaciencia,
cambió el paso y adoptó una especie de trote. Uno de los chavales se precipitó
a su paso hasta enfrentársele tratando de verle la cara: otro gritó algo con
voz hosca y grosera. Fred, haciendo muecas para defenderse del polvo, siguió
corriendo, y, de repente, se imaginó que todos aquellos chicos que se
apelmazaban en enjambre a su paso eran hijos suyos, hechos y derechos, alegres,
saludables, y sonrió con una expresión de perplejidad, sin cesar en su trote, cada
vez más cansado y jadeante, tratando de olvidar el corazón que le estallaba en
el pecho de quemazón, como un martillo pilón inmisericorde.
Un ciclista, que pedaleaba junto al enano en una
bicicleta cuyas ruedas lanzaban destellos y chispas al rodar, se llevó el puño
a la boca a la manera de un megáfono, como si estuviera animando a un corredor
en el último tramo de su carrera. Las mujeres salían de sus casas y se quedaban
de pie en los porches, riéndose abiertamente mientras comentaban unas con otras
y señalaban con el dedo -protegiendo con la mano su mirada del sol- la figura
del enano que corría a pleno mediodía. Todos los perros de la ciudad se
despertaron. Los parroquianos de la iglesia, agobiados y sofocados allí dentro,
oyeron -a su pesar los ladridos, los gritos de ánimo y el jalear de la gente
mientras que el grupo que seguía al enano se iba haciendo más numeroso y tupido
en el transcurso del camino. La gente pensaba que se trataba de una colosal
maniobra publicitaria, el reclamo de un circo o quizá el rodaje de una
película.
Fred empezaba a tener dificultades en su marcha,
tropezaba y notaba un cosquilleo musical en los oídos, la botonadura del cuello
se le clavaba en la garganta, no podía respirar. Los gritos de júbilo, la risa,
el ejército de pasos que le seguía, todo aquello le ensordecía. Pero por fin, a
través de una niebla de sudor, consiguió atisbar el vestido negro. Ella
caminaba lentamente a lo largo de una pared de ladrillos en un torrente de sol.
Se volvió a mirar el espectáculo y se detuvo. El enano entonces la alcanzó y se
agarró a los pliegues de su falda.
Con una sonrisa de felicidad alzó los ojos hasta ella,
intentando hablar sin conseguido; en su lugar alzó las cejas sorprendido y se
desplomó a cámara lenta en la acera. Al momento le rodeó con estrépito el
clamor de la gente que como hormigas se apretaron en tropel junto a su cuerpo.
Alguien, al darse cuenta de que aquello no era ninguna broma, se inclinó ante
el enano y luego silbó levemente y se quitó el sombrero. Nora contemplaba
indiferente el cuerpecillo diminuto de Fred que parecía un guante negro todo
arrebujado. Alguien la empujó. Una mano la cogió del hombro.
-¡Suélteme! -dijo Nora con voz inexpresiva-. Yo no sé
nada. Mi hijo murió hace unos días.
Se hizo el silencio. La luz de la lámpara iluminaba
despiadadamente el rostro mofletudo del joven Anton Golïy, vestido con la
tradicional blusa rusa campesina abotonada a un lado bajo su chaqueta negra,
quien, nervioso y sin mirar a nadie, se disponía a recoger del suelo las
páginas de su manuscrito que había desperdigado aquí y allá mientras leía. Su
mentor, el crítico de Realidad Roja, miraba el suelo mientras se palpaba los
bolsillos buscando una cerilla. También el escritor Novodvortsev guardaba silencio,
pero el suyo era un silencio distinto, venerable. Con sus quevedos prominentes,
su frente excepcionalmente grande y dos mechones ralos colocados de través
sobre la calva tratando de ocultarla, estaba sentado con los ojos cerrados como
si todavía siguiera escuchando, con las piernas cruzadas sobre una mano
embutida entre la rodilla y una de las lorzas de su muslo. No era la primera
vez que se veía sometido a este tipo de sesiones con sedicentes novelistas
rústicos, ansiosos y tristes. Y tampoco era la primera vez que había detectado
en sus inmaduras narrativas, ecos -que habían pasado inadvertidos para los
críticos- de sus veinticinco años de escritura, porque la historia de Golïy era
un torpe refrito de uno de sus propios temas, el de El Filo, una novela corta
que había compuesto lleno de esperanza y de entusiasmo, y cuya publicación el
pasado año no había logrado en absoluto acrecentar su segura aunque pálida
reputación.
El crítico encendió un cigarrillo. Golïy, sin alzar la
vista, guardó el manuscrito en su cartera. Pero su anfitrión se mantenía en
silencio, no porque no supiera cómo enjuiciar el relato, sino porque esperaba,
dócil y también aburrido, que el crítico finalmente se decidiera a pronunciar
las frases que él, Novodvortsev, no se atrevía ni siquiera a insinuar: que el
argumento era un tema de Novodvortsev, que también procedía de Novodvortsev la
imagen aquella del personaje principal, un tipo taciturno, dedicado en cuerpo y
alma a su padre, un hombre trabajador, que logra una victoria psicológica sobre
su adversario, el despreciable intelectual, no tanto en razón de su educación,
sino gracias a una especie de serena fuerza interior. Pero el crítico encorvado
en el sillón de cuero como un gran pájaro melancólico se empecinaba
desesperadamente en su silencio.
Cuando Novodvortsev se dio cuenta de que una vez más
no iba a oír las palabras esperadas, mientras trataba de concentrar su
pensamiento en el hecho de que, después de todo, el aspirante a escritor había
ido hasta él, y no hasta Neverov, para solicitar su opinión, cambió de postura,
volvió a cruzar las piernas metiendo la mano entre las mismas, y dijo con toda
seriedad: "Veamos", pero al observar la vena que se hinchaba en la
frente de Golïy, cambió de tono y siguió hablando con voz tranquila y
controlada. Dijo que la historia estaba sólidamente construida, que el poder de
lo colectivo se advertía en el episodio en el que los campesinos empiezan a
construir una escuela con sus propios medios; que, en la descripción del amor
que Pyotr siente por Anyuta, había ciertas imperfecciones de estilo que no
lograban acallar sin embargo el reclamo poderoso de la primavera y la urgencia
del deseo y, mientras hablaba, no dejaba de recordar por alguna razón que había
escrito a aquel crítico recientemente, para recordarle que su vigésimo quinto
aniversario como escritor era en enero, pero que le rogaba categóricamente que
no se organizara ninguna conmemoración, teniendo en cuenta que sus años de
dedicación al sindicato todavía no habían acabado...
- En cuanto al tipo de intelectual que has creado, no
acaba de ser convincente -decía-. No logras transmitir la sensación de que está
condenado...
El crítico seguía sin decir nada. Era un hombre
pelirrojo, enjuto y decrépito, del que se decía que estaba tuberculoso, pero
que probablemente era más fuerte que un toro. Le había contestado, también por
carta, que aprobaba la decisión de Novodvortsev, y allí se había acabado el
asunto. Debía de haber traído a Golïy como compensación secreta... Novodvortsev
se sintió de improviso tan triste -no herido, sólo triste- que dejó de hablar
de pronto y empezó a limpiar las gafas con el pañuelo, dejando al descubierto
unos ojos muy bondadosos.
El crítico se puso en pie.
- ¿Adónde vas? Todavía es temprano -dijo
Novodvorstsev, levantándose a su vez. Anton Goïly se aclaró la garganta y
apretó su cartera contra el costado.
- Será un escritor, no hay duda alguna -dijo el
crítico con indiferencia, vagando por el cuarto y apuñalando el aire con su
cigarrillo ya acabado. Canturreaba entre dientes, con cierto tono de asperidad,
se inclinó sobre la mesa de trabajo y luego se quedó un rato mirando una
estantería donde una edición respetable de Das Kapital ocupaba su lugar entre
un volumen gastado de Leonid Andreyev y un tomo anónimo sin encuadernar;
finalmente, con el mismo paso cansino, se acercó a la ventana y abrió la
cortina azul.
- Venga a verme alguna vez -decía mientras tanto
Novodvortsev a Anton Golïy, que primero se inclinó a saludarle con torpeza para
después erguirse como con altanería-. Cuando escriba algo nuevo, tráigamelo.
- Una buena nevada -dijo el crítico, dejando caer la
cortina-. Por cierto, hoy es Nochebuena.
Y se puso a buscar distraído su sombrero y su abrigo.
- En los viejos tiempos, al llegar estas fechas tú y
tus colegas hubierais estado produciendo a marchas forzadas manuscritos
navideños...
- Yo no -dijo Novodvortsev.
El crítico se rió entre dientes.
- Es una lástima. Deberías escribir un cuento de
Navidad. En el nuevo estilo.
Anton Golïy tosió en su pañuelo.
- En otro tiempo lo hicimos... -empezó con voz ronca,
gutural, pero luego carraspeó.
- Lo digo en serio -siguió el crítico, embutiéndose en
el abrigo-. Se puede inventar algo inteligente... Gracias, pero ya son...
- En otro tiempo -dijo Anton Golïy-. Lo hicimos. Un
maestro. Un maestro que... Se le metió en la cabeza hacer un árbol de Navidad
para los niños. En la cima. Colocó una estrella roja.
- No, eso no sirve -dijo el crítico-. Es más bien
severo para un cuento. Tienes que darle un perfil más sutil. La lucha entre dos
mundos diferentes. Todo ello contra un fondo nevado.
- Hay que tener cuidado con los símbolos, en términos
generales -dijo sombrío Novodvortsev-. Tengo un vecino, un hombre muy recto,
miembro del partido, militante activo, y sin embargo utiliza expresiones como
"el Gólgota del Proletariado"...
Cuando sus huéspedes se hubieron ido se sentó en su
mesa y apoyó la cabeza en su gran mano blanca. Junto al tintero había algo que
parecía un vaso sencillo y cuadrado con tres plumas hincadas en una especie de
caviar de bolas azules. El objeto tenía unos diez o quince años: había
sobrevivido todos los tumultos, mundos enteros habían caído despedazados en
torno de él, pero ni una de aquellas bolas de cristal se había roto. Eligió una
pluma, dispuso una hoja de papel convenientemente, metió unas cuantas hojas más
debajo de la primera para escribir sobre una superficie más blanda...
- ¿Pero sobre qué? -dijo Novodvortsev en voz alta, y a
continuación con el muslo hizo a un lado la silla y se puso a caminar por la
habitación. En su oído izquierdo sentía un zumbido insoportable.
El canalla aquel lo dijo con toda la intención, pensó,
y como si quisiera seguir los pasos del crítico fue hasta la ventana.
Tiene la pretensión de aconsejarme y de avisarme... Y
ese tono de mofa... Probablemente piensa que ya he perdido toda originalidad...
Pues haré un cuento de Navidad... Y entonces, él escribirá: "Estaba yo en
su casa una noche y, entre una cosa y otra, se me ocurrió sugerirle: Dmitri
Dmitrievich, deberías describir la lucha entre el viejo y el nuevo orden en el
entorno de un nevado cuento de Navidad. Podrías llevar hasta sus últimas
consecuencias el tema que apuntabas de forma tan extraordinaria en El Filo, ¿recuerdas
el sueño de Tumanov? Ese es el tema al que me refiero ... Y precisamente
aquella noche nació la obra que ..."
La ventana daba a un patio. No se veía la luna... No,
pensándolo bien, sí que hay una especie de brillo que sale de detrás de aquella
chimenea. La leña estaba apilada en el patio, cubierta con una alfombra
reluciente de nieve. En una ventana resplandecía la cúpula verde de una
lámpara, alguien trabajaba en su mesa, y el ábaco relucía como si sus cuentas
estuvieran hechas de cristal de colores. De repente, en el más absoluto
silencio, unos copos de nieve cayeron del alero del tejado. Luego, de nuevo, un
torpor absoluto.
Sintió el cosquilleo de vacío que siempre presagiaba
el deseo y la urgencia de escribir. En este vacío algo estaba adquiriendo
forma, algo crecía. Una especie de nuevo cuento de Navidad... La misma nieve de
siempre, un conflicto totalmente nuevo...
Oyó unos pasos cautelosos al otro lado de la pared.
Era su vecino que volvía a casa, un tipo discreto y educado, comunista hasta la
médula. En una suerte de arrebato más o menos abstracto, con una deliciosa
sensación de confianza, Novodvortsev se volvió a sentar a la mesa. El tono, la
coloratura de la obra ya empezaban a tomar cuerpo. Sólo tenía que crear el
esqueleto, el tema. Un árbol de Navidad: ése era el comienzo. Se imaginó
ciertas familias, gente que en los viejos tiempos había sido importante, gente
que estaba aterrorizada, de mal humor, condenada (se los imaginaba con tanta
nitidez ...), gente que con toda seguridad estaba ahora mismo colocando adornos
de papel en un abeto que habían cortado a hurtadillas en el bosque. En estos
tiempos ya no había dónde comprar aquellos adornos y oropeles, ya no se
apilaban los abetos a la sombra de San Isaac...
Alguien llamó a la puerta, un golpe amortiguado, como
si se hubiera cubierto los nudillos con un trozo de tela. La puerta se abrió
unos centímetros. Delicadamente, sin apenas meter la cabeza, el vecino le dijo:
"¿Le importaría prestarme una pluma? Si tiene alguna con la punta un poco
roma, se lo agradeceré".
Novodvortsev se la dio.
- Muchísimas gracias -dijo el vecino, cerrando la
puerta silenciosamente.
Aquella interrupción insignificante rompió en cierta
manera la imagen que estaba madurando en su mente. Se acordó que en El Filo
Tumanov sentía cierta nostalgia por la pompa de las antiguas fiestas. Pero no
buscaba ni quería una mera repetición. Y en aquel momento pasó por su mente
otro recuerdo inoportuno. Recientemente, en una fiesta, había oído cómo una
joven le decía a su marido: "Te pareces mucho a Tumanov en varios
aspectos". Durante unos días se sintió feliz. Pero luego conoció personalmente
a la citada señora y el tal Tumanov resultó ser el novio de su hermana. Y
tampoco ésa había sido su primera desilusión. Un crítico le había dicho que iba
a escribir un artículo sobre tumanovismo. Había algo que le adulaba
infinitamente en ese ismo y también en la t con la que la palabra comenzaba en
ruso. El crítico, sin embargo, se había ido al Cáucaso a estudiar a los poetas
georgianos. Y, a pesar de todo, no podía negar que Tumanov le había
proporcionado ciertos momentos agradables. Por ejemplo, una lista como la
siguiente: "Gorky, Novodvortserv, Chirikov..."
En una autobiografía que acompañaba sus obras
completas (seis volúmenes con retrato del autor incluido) había contado cómo
él, hijo de padres humildes, se había abierto camino en el mundo. Su juventud,
en realidad, había sido feliz. Un vigor saludable, fe, éxito. Habían
transcurrido veinticinco años desde que una aburrida revista literaria
publicara su primer relato.
A Korolenko le había gustado su obra. Había sido
arrestado un par de veces. Habían cerrado un periódico por su culpa. Ahora sus
aspiraciones cívicas se habían visto cumplidas. Se sentía libre y cómodo entre
los escritores jóvenes que empezaban. Su nueva vida le satisfacía al máximo.
Seis volúmenes. Su nombre era conocido. Y sin embargo su fama era pálida,
pálida...
Saltó de nuevo mentalmente hasta la imagen del árbol
de Navidad y, bruscamente y sin aparente razón, se acordó del cuarto de estar
de la casa de unos comerciantes, de un gran volumen de artículos y poemas con
páginas de cantos dorados (una edición benéfica para los pobres) que de alguna
forma estaba relacionado con aquella casa, recordó también el árbol de Navidad
del cuarto de estar, la mujer que él amaba en aquel tiempo, y las luces del
árbol reflejándose como un temblor de cristal en sus ojos abiertos al coger una
mandarina de una de las ramas más altas. Habían transcurrido veinte años o
quizá más, cómo se fijaban en la memoria algunos detalles...
Disgustado, abandonó este recuerdo y se imaginó una
vez más esos viejos abetos más bien ralos que, en ese mismo momento, con toda
seguridad, se veían engalanados y decorados con adornos... Pero ahí no había
ningún relato, aunque siempre se le podía dar un ángulo sutil... Exiliados que
lloran en torno de un árbol de Navidad, engalanados con sus uniformes
impregnados de polilla, mirando al árbol sin dejar de llorar. En algún lugar de
París. Un viejo general rememora al recortar un ángel de cartón dorado cómo solía
abofetear a sus soldados... Pensó entonces en un general que había conocido
personalmente y que ahora estaba en el extranjero, y no había forma de
imaginárselo llorando arrodillado ante un árbol de Navidad...
"Pero, con todo, ahora voy por buen camino."
Dijo Novodvortsev en voz alta, persiguiendo impaciente un pensamiento que se le
había escapado. Y entonces algo nuevo e inesperado empezó a tomar forma en su
imaginación -una ciudad europea, un pueblo bien alimentado, cubierto de pieles.
Un escaparate completamente iluminado. Tras él, un enorme árbol de Navidad de
cuyas ramas cuelgan frutas carísimas y en cuya base se amontonan muchos
jamones. Símbolo de bienestar. Y delante del escaparate, en la acera helada...
Todo nervioso, pero nervioso con la excitación del
triunfo, sintiendo que había encontrado la clave única y necesaria, que iba a
componer algo exquisito, que iba a describir como nadie lo había hecho antes la
colisión de dos clases, de dos mundos, empezó a escribir. Escribió acerca del
árbol opulento en el escaparate descaradamente iluminado y del trabajador
hambriento, víctima del paro, mirando aquel árbol con mirada severa y sombría.
"El insolente árbol de Navidad -escribió
Novodyortsev- ardía con todos y cada uno de los colores del arco iris."
Fue necesario cerrar la ventana: la lluvia golpeteaba
contra el alféizar y salpicaba el parquet y los sillones. Con un sonido
escurridizo y fresco, unos enormes espectros de plata corrían veloces por el
jardín, a través del follaje y a lo largo de la arena anaranjada. Los desagües
chasqueaban metálicos y se atascaban. Tú tocabas a Bach. Habían levantado la
cola laqueada del piano y bajo el ala descansaba una lira y unos pequeños
martillos desgranaban un chapoteo de oleaje sobre las cuerdas. El tapiz de brocado,
arrugado en toscos pliegues, se había deslizado en parte de la cola del piano,
dejando caer una partitura abierta sobre el suelo. De tanto en tanto, a través
del frenesí de la fuga, tu anillo tintineaba contra las teclas, mientras,
incesante, magnífica, la lluvia de junio insistía en salpicar los paños de la
ventana. Y tú, sin dejar de tocar y ladeando ligeramente la cabeza, exclamabas
al ritmo de tus dedos: «Esta lluvia, esta lluvia... voy a anegar la lluvia
hasta negarla»,
Pero no pudiste.
Abandoné los álbumes que descansaban sobre la mesa,
ataúdes de terciopelo, y me puse a observarte y a escuchar la fuga, la lluvia.
Un sentimiento de frescura fluyó en mí, como aroma de claveles húmedos que
gotearan de todas partes, de las estanterías, de la cola del piano, de los
diamantes rectangulares de la araña de cristal.
Tuve una aguda sensación de equilibrio embelesado al
percibir la relación musical existente entre los espectros de plata de la
lluvia y tu espalda inclinada, que se estremecía cuando apretabas los dedos
contra el oleaje brillante de las teclas. Y cuando luego me encerré en mí
mismo, el mundo todo parecía así —homogéneo, congruente, limitado por las leyes
de la armonía. Yo mismo, tú, los claveles, en ese momento todo ello se
convirtió en unas cuerdas verticales sobre un pentagrama musical. Me di cuenta
de que todo en el mundo era un juego recíproco de partículas idénticas que
albergaban diferentes tipos de consonancia: los árboles, el agua, tú... Todo
estaba unificado, todo era equivalente, divino. Te levantaste. La lluvia seguía
segando la luz del sol. Los charcos parecían agujeros en la arena oscura,
rendijas que nos introdujeran en otros cielos que resplandecían en su camino
subterráneo. En un banco, brillante como porcelana danesa, estaba tu raqueta
olvidada; las cuerdas se habían vuelto pardas con la lluvia y su moldura se
había combado hasta adoptar la forma del número ocho.
Cuando arribamos al camino, me sentí algo mareado con
el abigarramiento de las sombras y el aroma de los hongos que empezaban a
pudrirse.
Te recuerdo dentro de un fortuito retazo de sol.
Tenías la espalda erguida y tus ojos pálidos miraban cenicientos. Cuando
hablabas, cortabas el aire con el filo acerado de tu mano menuda y con el
destello de la pulsera que anudaba tu muñeca. Tu pelo se desvanecía al
enredarse en los rayos de sol que temblaban en el aire y en tu entorno. Fumabas
mucho y con nervios. Echabas el humo por la nariz y te desprendías de la ceniza
con un golpecillo desdeñoso. Tu casa de campo gris de paloma estaba a cinco
verstas de la nuestra. Su interior era frío, suntuoso, una pura reverberación.
Había aparecido fotografiada en una elegante revista de la ciudad. Casi todas
las mañanas me encaramaba al cuero del sillín de mi bicicleta y tomaba el
camino que crujía a mi paso y atravesaba el bosque y luego tomaba la carretera
y atravesaba el pueblo y volvía a tomar otro camino que llevaba hasta ti. Tú
contabas con que tu marido no iba a venir en septiembre. Y no temíamos nada, tú
y yo, ni las murmuraciones de tus criados, ni las sospechas de mi familia. Cada
uno de nosotros, a su manera y de forma diversa, confiaba en el destino.
Tu amor era un punto sordo, como lo era tu voz. Casi
se podría decir que amabas de soslayo, y nunca hablabas de amor. Eras una de
esas mujeres habitualmente poco habladoras, a cuyo silencio uno se acostumbra
inmediatamente. Pero, de vez en cuando, algo en ti explotaba. Y entonces tu
Bechstein gigante atronaba el espacio, o si no, mirando al infinito vagamente,
me contabas hilarantes anécdotas que le habías oído a tu marido o a sus
compañeros de regimiento. Recuerdo tus manos, manos pálidas, alargadas y sus venillas
azules.
En aquel día feliz, cuando la lluvia azotaba y tú
tocabas tan inesperadamente bien, se resolvió aquel algo nebuloso que se había
alzado imperceptiblemente entre nosotros tras nuestras primeras semanas de
amor. Me di cuenta de que no tenías poder alguno sobre mí, que no eras mi única
amante, sino que toda la tierra lo era. Era como si mi alma hubiera desplegado
infinitas antenas sensibles y yo viviera como dentro de todas las cosas,
percibiendo simultáneamente las cataratas del Niágara atronando al otro lado
del océano y también y a la vez el goteo dorado y monótono que tamborileaba
mecánicamente en el camino. Me quedé mirando la corteza reluciente de un abedul
y de repente sentí que, en lugar de brazos, poseía ramas inclinadas cubiertas
con hojas menudas y mojadas y, en lugar de piernas, miles de finas raíces,
trenzadas en la tierra, empapándose de ella. Quería transfundirme así en la
naturaleza toda, experimentar el ser de un viejo boletus, con su esponja
amarilla en el envés, o una libélula, o incluso la esfera solar. Me sentía tan
feliz que de pronto rompí a reír y te besé en el hombro y en la nuca. Te
hubiera incluso recitado un poema, pero detestabas la poesía.
Sonreíste una sonrisa leve y dijiste:
—¡Qué bien se está después de la lluvia! —y luego te
quedaste pensativa unos momentos y añadiste—: Sabes, acabo de acordarme. Me han
invitado hoy a tomar el té... cómo se llama... Pal Palych. Es muy aburrido.
Pero tengo que ir.
Pal Palych era un antiguo conocido mío. Solíamos ir a
pescar juntos y en plena pesca, de repente, se ponía a cantar con su débil voz
de tenor Campanadas nocturnas. Yo lo apreciaba mucho. Una gota ardiente
se desprendió de una hoja y me cayó directamente en los labios. Me ofrecí a
acompañarte.
Te estremeciste como en un escalofrío.
—-Nos aburriremos mortalmente allí. Es horrible
—miraste el reloj y suspiraste—. Hora de irse. Me tengo que cambiar de zapatos.
En tu dormitorio embrumado, la luz del sol, que se
filtraba por las persianas venecianas, formaba dos escaleras doradas en el
suelo. Dijiste algo con tu voz sorda. Al otro lado de la ventana, los árboles
respiraban y goteaban en un crujido de contento. Y yo, sonriendo con el crujir
de la lluvia, te abracé, levemente y sin avidez.
Ocurrió así. A una orilla del río estaba tu parque, y
también tus prados, y al otro, el pueblo. La carretera tenía baches profundos
en algunos tramos. El barro era de un color violeta exuberante, y las rodadas
se llenaban de un agua color café con leche y se cubrían de espuma. Las sombras
oblicuas de las isbas de madera negra se extendían con inusitada claridad.
Caminamos en la sombra por un sendero muy trillado y
dejamos atrás una tienda de ultramarinos, una taberna con su cartel esmeralda,
unos patios llenos de sol que emanaban aromas de estiércol y de heno fresco.
La escuela era nueva, de piedra, rodeada de arces. En
el umbral relucían las pantorrillas blancas de una campesina que se inclinaba a
escurrir un trapo en un cubo.
Tú preguntaste: «¿Está Pal Palych?». La mujer, toda
trenzas y pecas, entrecerró los ojos para protegerse del sol. «Sí, sí que
está.» El cubo tintineó con el puntapié que le dio la vieja para moverlo.
«Entre, señora. Estará en el taller.»
Nuestras pisadas crujieron al atravesar un vestíbulo
oscuro y luego una clase espaciosa.
Miré al pasar un mapa azul y pensé: así es toda Rusia
—luz de sol y un gran vacío... En un rincón brillaba un trozo de tiza
triturada.
Más allá, en el pequeño taller, había un agradable
olor a cola de carpintero y a serrín de pino. Sin chaqueta, sudoroso y
jadeante, con la pierna izquierda extendida, Pal Palych se divertía haciendo
una serie de planos en su tablero de dibujo de quejosa madera blanca. Su
coronilla, calva y sudorosa, oscilaba dentro de un rayo de sol. En el suelo,
bajo el banco del carpintero, se enroscaban unas virutas como frágiles mechones
de cabello.
Yo dije a voz en grito:
—¡Pal Palych, tienes invitados!
El dio un respingo, se azoró, tomó educadamente la
mano que tú le ofreciste con un gesto tan conocido, tan indiferente, y luego
tomó mi mano en sus húmedos dedos y la estrechó un segundo. Parecía que tuviera
el rostro moldeado en arcilla, con bigote fláccido e inesperados surcos.
—Lo siento, estoy sin vestir, ya lo veis —dijo con una
sonrisa culpable. Agarró un par de puños de camisa, que aguardaban tiesos como
cilindros en el alféizar de la ventana, y se los puso apresuradamente.
—¿En qué estás trabajando? —le preguntaste con un
destello de tu pulsera. Pal Palych se esforzaba en embutirse la chaqueta con
movimientos violentos.
—Nada, estoy enredando un poco —escupió como
atragantándose al hablar—. Es una especie de estantería sin importancia. No la
he acabado todavía. Aún tengo que lijarla y darle el barniz. Pero mirad esto,
lo llamo La Mosca... —y con un movimiento vibratorio de sus manos unidas, lanzó
al aire una especie de helicóptero de madera en miniatura, que se elevó a las
alturas con un zumbido, dio un golpe seco en el techo y cayó al suelo.
La sombra de una sonrisa pasó cortés por tu rostro.
—¡Pero qué tonto soy! —Pal Palych comenzó de nuevo—.
Os esperaba arriba, amigos... Esta puerta rechina. Lo siento. Permitidme que
vaya delante. Me temo que la casa está desordenada.
—Creo que se había olvidado de que me había invitado
—dijiste en inglés mientras subíamos las escaleras que crujían a cada peldaño.
Yo contemplaba tu espalda, los cuadros de seda de tu
blusa. Desde algún lugar en el piso de abajo, probablemente el patio, nos llegó
la poderosa voz de la campesina, «¡Gerosim! ¡Gerosim!». Y de repente se me hizo
prístinamente claro que, durante siglos, el mundo no había dejado de florecer,
de dar vueltas, de cambiar sólo para que, ahora, en este preciso instante,
pudieran combinarse y fundirse en un acorde vertical aquella voz cuya
resonancia nos llegaba desde abajo, el movimiento de tus hombros de seda, y el
aroma de las tablas de pino.
La habitación de Pal Palych era soleada y algo
abigarrada. Una estera roja con un león bordado en el centro estaba clavada en
la pared encima de la cama. En otra pared colgaba un capítulo de Anna
Karenina, enmarcado y dispuesto de tal forma que el juego de claroscuro de
los tipos y la inteligente disposición de las líneas lograban conformar el
rostro de Tolstoi.
Nuestro anfitrión, frotándose las manos, te ofreció un
asiento. Al hacerlo, un movimiento de las gateras de su chaqueta derribó un
álbum de la mesa. Lo recogió. Trajeron té, yogur y unas insípidas galletas. Pal
Palych sacó de un aparador una lata de flores con caramelos duros de Landrin.
Al agacharse, su camisa dejaba ver todo un paño de piel lleno de granos. Un
abejorro amarillo muerto había quedado apresado en la pelusa de una araña
posada en el alféizar de la ventana. «¿Dónde está Sarajevo?», preguntaste de
repente, haciendo crujir una página que con indiferencia habías cogido del
suelo. Pal Palych, ocupado en servir el té, contestó: «En Serbia».
Y, con mano temblorosa, te ofreció con sumo cuidado el
humeante vaso de cristal en su soporte de plata.
—Aquí tienes. ¿Puedo ofrecerte unas galletas?... ¿Y por qué están tirando
bombas? —se dirigió a mí con un brusco movimiento de hombros.
Yo examinaba, por centésima vez, un enorme pisapapeles
de cristal. El cristal encerraba en su interior un azul rosado y la Catedral de
San Isaac salpicada de dorados granos de arena. Tú te reías y leías en voz
alta: «Ayer, un comerciante del Segundo Gremio llamado Yeroshin fue arrestado
en el restaurante Quisisana. Resultó que el tal Yeroshin, con el pretexto
de...». Y te volviste a reír. «No, el resto es indecente.»
Pal Palych se puso nervioso, se ruborizó con un leve
tono pardo rojizo y dejó caer su cuchara. Las hojas de arce brillaron con
inmediatez junto a las ventanas. Un carro traqueteó por delante. Desde algún
lugar nos llegaba un grito tierno y lastimero: «¡Helados!».
Empezó a hablar del colegio, de las borracheras, y
también de la trucha que había aparecido en el río. Yo me dispuse a examinarle
a fondo, y tuve la sensación de que realmente lo estaba viendo por primera vez,
aunque fuéramos viejos conocidos. Una imagen suya de nuestro primer encuentro
debía de habérseme quedado impresa en el cerebro, como una foto fija
inasequible al cambio, un hecho ya definitivo, cerrado y aceptado como
cualquier costumbre. Cuando por alguna razón me había venido al recuerdo la
imagen de Pal Palych, su rostro no sólo tenía un bigote rubio pálido, sino
también una pequeña barba que hacía juego con aquél. Una barba imaginaria es
una característica de muchos rostros rusos. Pero ahora, después de haberle
concedido un aspecto concreto, por así decir, con mi mirada interna, vi que en
realidad tenía la barbilla redonda, lampiña e indecisa, ligeramente partida.
Tenía también una nariz carnosa, y me di cuenta de que, en su párpado
izquierdo, tenía un lunar que le hubiera arrancado con muchísimo gusto, pero
cortarlo hubiera significado matarlo. Aquel pequeño bulto le contenía, total y
exclusivamente. Cuando me hube dado cuenta de todo esto, y una vez que lo hube
examinado en profundidad, hice el más imperceptible de los movimientos, como si
quisiera empujar a mi alma a que se deslizara pendiente abajo, y me deslicé
dentro de Pal Palych, me puse cómodo en su interior, y desde ese lugar, sentí,
por así decir, aquel lunar de su párpado arrugado, y también las alas
almidonadas de su cuello, y la mosca que se arrastraba por su calva. Le examiné
con ojos límpidos y móviles. El león amarillo de encima de la cama me parecía
ahora un viejo amigo, como si llevara allí encima de la cama desde mi infancia.
La posta de colores, encerrada en su cristal convexo, se convirtió en algo
extraordinario, lleno de gracia, alegre. Y no eras tú la que estabas sentada
frente a mí, en una silla baja de mimbre a la que mi espalda se había
acostumbrado, sino la benefactora de la escuela, una dama taciturna a la que
apenas conocía. Y sin solución de continuidad, con la misma ligereza de
movimientos, me deslicé dentro de ti, percibí la cinta de tu liga encima de la
rodilla, y un poco más arriba, el cosquilleo de la batista, y pensé, poniéndome
en tu lugar, que era todo muy aburrido, que hacía calor, que querías fumar. En
ese preciso momento sacaste del bolso una pitillera de oro e insertaste un
cigarrillo en tu boquilla. Y yo estaba dentro de todo y de todas las cosas —de
ti, del cigarrillo, de la boquilla, de Pal Palych enredándose torpe con sus
cerillas, del pisapapeles de cristal, del abejorro muerto en el alféizar de la
ventana.
Han pasado muchos años, y no sé dónde estará ahora, el
tímido y abotargado Pal Palych. A veces, sin embargo, cuando mis pensamientos
vuelan por territorios que le son ajenos, lo veo como en un sueño, transportado
al escenario de mi existencia ordinaria. Entra en una habitación con su porte
sonriente y remilgado, con su panamá viejo en la mano; inclina la cabeza al
andar, se limpia la calva y el rubicundo cuello con un enorme pañuelo. Y cuando
sueño con él, tú apareces invariablemente atravesando mi sueño, con aspecto
perezoso y con una blusa de seda escotada.
*
* *
Aquel maravilloso y feliz día yo no estaba
especialmente locuaz. Engullí los resbaladizos trozos de requesón y me esforcé
por percibir hasta el más mínimo ruido. Cuando Pal Palych se callaba, yo oía
cómo murmuraba su estómago —un chirrido delicado, seguido de un mínimo
borboteo. Después de lo cual se limpiaba la garganta sin ningún rubor y
empezaba a hablar de cualquier cosa a toda prisa. Balbuceando, sin lograr
encontrar la palabra justa, fruncía el ceño y empezaba a tamborilear con los
dedos en la mesa. Tú estabas reclinada en el sofá bajo, impasible y en
silencio. Girando la cabeza a un lado y alzando tu anguloso hombro, me lanzabas
miradas desde el fondo de tus pupilas mientras te ajustabas las horquillas del
pelo anudado detrás de tu cabeza. Tú creías que yo me sentía molesto delante de
Pal Palych porque habíamos llegado juntos y él hubiera podido imaginarse
nuestra relación. Y a mí me divertía que tú pensaras eso, y me divertía la
forma melancólica y sorda en la que Pal Palych se ruborizó cuando deliberadamente
tú mencionaste a tu marido y su trabajo.
Delante de la escuela, el ocre caliente del sol
chapoteaba detrás de los arces. Desde el umbral, Pal Palych nos saludó y nos
dio las gracias por acercarnos, y luego volvió a saludar desde el pasillo, y un
termómetro brillaba, blanco cristalino, en el muro exterior.
Cuando dejamos atrás el pueblo, cruzamos el puente y
nos disponíamos ya a subir por el sendero que conduce a tu casa, yo te abracé y
tú me lanzaste destellos de esa mirada especial y de través tan especial y tuya
que me dijo que eras feliz. De repente tuve el deseo de contarte las pequeñas
arrugas de Pal Palych y el San Isaac con lentejuelas, pero, tan pronto como
empecé a hacerlo, tuve la sensación de que me venían a la boca las palabras
equivocadas, palabras extravagantes, y cuando tú con toda ternura dijiste
«decadente», yo cambié de tema. Sabía lo que necesitabas: sentimientos
sencillos, palabras sencillas. Tu silencio era un silencio fácil y sin viento,
como el silencio de las nubes o de las plantas. Todo silencio es el
reconocimiento de un misterio. Muchas cosas en ti parecían misteriosas.
Un trabajador con una blusa hinchada por el viento
afilaba con fuerza y con ruido su guadaña. Unas mariposas flotaban por encima
de las flores escabiosas que no habían caído con la siega. Por el camino venía
hacia nosotros una joven con una pañoleta verde claro en sus hombros y
margaritas en el pelo. Yo ya la había visto unas dos o tres veces, y su cuello
esbelto y moreno se me había quedado fijado en la memoria. Al pasar, sus ojos
un punto achinados te tocaron atentos. Y luego, saltando con cuidado la zanja,
desapareció detrás de los alisos. Un temblor de plata atravesó la maraña de
matorrales. Tú dijiste: «Apuesto a que se estaba dando un buen paseo en mi
parque. Cómo detesto a estos veraneantes...». Un fox-terrier, una perra ya
vieja, trotaba por el camino junto a su amo. Tú adorabas los perros. El
animalillo trepó hasta nosotros, apoyándose en la tripa y con las orejas
enhiestas. Se llegó hasta tu mano extendida, y empezó a dar vueltas
mostrándonos sus partes, que parecían un mapa de manchas. «Cariño», le dijiste
con esa voz tuya tan especial, cariñosa y medio enfadada a un tiempo.
El fox-terrier, después de revolcarse unas cuantas
veces, dio un exquisito chillido y se fue trotando, y de un salto atravesó la
zanja.
Cuando ya nos acercábamos a la verja del parque, tú
decidiste que querías fumar, pero, después de revolver en tu bolso, cloqueaste
dulcemente: «Qué tonta soy. Me dejé la boquilla en su casa». Me rozaste la
espalda. «Querido, corre y vete a buscarla. Si no, no puedo fumar.» Me reí
mientras besaba tus párpados palpitantes y tu estrecha sonrisa.
Me gritabas mientras corría: «¡Date prisa!». Me puse a
correr, no porque tuviera una gran prisa, sino porque todo en mi entorno corría
al unísono —la iridiscencia de los matorrales, las sombras de las nubes sobre
la hierba húmeda, las flores moradas apresurándose a encerrar sus vidas en
hondonadas y barrancos antes de que llegara el relámpago del segador.
Diez minutos más tarde, jadeando y acalorado, me
encontré subiendo las escaleras de la escuela. Golpeé con el puño la puerta
parda. El muelle de un colchón gimió en el interior. Giré la manivela, pero la
puerta estaba cerrada con llave.
—¿Quién anda ahí? —preguntó la voz sofocada de Pal
Palych.
Yo grité:
—¡Vamos ya! ¡Déjame entrar! —el colchón chirrió de
nuevo y se oyeron las pisadas de unos pies descalzos—. ¿Quieres decirme para
qué te encierras, Pal Palych? —me di cuenta al momento de que tenía los ojos
rojos.
—Entra, entra... Me alegro de verte. Ya ves, estaba
dormido. Entra.
—Nos olvidamos una boquilla aquí —dije, tratando de no
mirarle.
Por fin encontramos la boquilla de esmalte verde bajo
el sillón. Me la metí en el bolsillo. Pal Palych se sonaba estruendosamente con
un pañuelo.
—Es una persona maravillosa —dijo inoportuno,
dejándose caer pesadamente en la cama. Suspiró y miró de soslayo—. Hay algo en
las mujeres rusas, un cierto... —se levantó todo arrugado y se pasó la mano por
la frente—. Un cierto... —emitió un gruñido suave—, espíritu de sacrificio. No
hay nada más sublime en este mundo. Ese espíritu de sacrificio
extraordinariamente sutil, extraordinariamente sublime —juntó las manos detrás
de la cabeza y mudó su rostro en una sonrisa lírica—. Extraordinario... —se
quedó callado, y luego preguntó, ya con un tono diferente, uno que utilizaba a
menudo cuando quería hacerme reír—. ¿Y qué más tienes que decirme, amigo mío?
—sentí ganas de darle un abrazo, de decirle algo cariñoso, algo que le aliviara
en su necesidad.
—Deberías ir a dar un paseo, Pal Palych. ¿Por qué
encerrarte a languidecer en un cuarto cerrado?
Hizo un ademán como para despachar aquel asunto.
—Ya he visto todo lo que hay que ver. Ahí afuera todo
lo que uno hace es sofocarse... —con un movimiento descendente de la mano se
frotó sus ojos abotargados y también el bigote—. Quizá esta noche vaya a pescar
un rato —el lunar que se incrustaba en su párpado arrugado se movió.
Tenía que haberle preguntado: «Querido Pal Palych,
¿qué hacías hace un minuto tumbado en la cama y con el rostro escondido en la
almohada? ¿Es que tienes la fiebre del heno, o alguna pena profunda? ¿Has amado
a una mujer alguna vez? ¿Y por qué llorar en un día como éste, con este sol
radiante y los charcos ahí afuera?».
—Bueno, Pal Palych, tengo que irme corriendo —dije
echando una mirada a las gafas abandonadas, al Tolstoi recreado
tipográficamente y a las botas con sus lazadas como orejas debajo de la mesa.
Dos moscas se posaron en el suelo rojo. Una se subió
encima de la otra. Dieron un zumbido y se separaron volando.
—No te lo tomo en cuenta —dijo Pal Palych respirando
suavemente. Ladeó la cabeza—. Sonreiré y lo soportaré, vete, no te entretengas
conmigo.
Y de nuevo me encontré corriendo por el camino, junto
a los alisos. Sentí que me había bañado en la pena de otro, que estaba radiante
con sus lágrimas. Mi sentimiento era de felicidad, una felicidad que desde
entonces sólo he experimentado en raras ocasiones: al ver un árbol que se
inclina, un guante agujereado, la mirada de un caballo. Era un sentimiento
feliz porque fluía armoniosamente. Era la felicidad de un movimiento o de un
fulgor feliz. En una ocasión me desgarré en un millón de astillas de seres y de
objetos. Hoy soy uno; mañana volveré a desgarrarme en mil astillas. Y así todo
en este mundo se decanta y se modula. Aquel día yo estaba en la cresta de una
ola. Sabía que todo a mi alrededor eran notas procedentes de una sola armonía
siempre la misma, conocía, secretamente, su fuente y la inevitable resolución
de aquellos sonidos que se habían reunido por un instante, y conocía también el
nuevo acorde que engendraría cada una de las notas al dispersarse. El oído
musical de mi alma lo sabía y lo abarcaba todo.
Te encontré en la sección pavimentada de tu jardín,
junto a los escalones que llevan a la terraza y tus primeras palabras fueron:
«Mi marido ha llamado desde la ciudad mientras yo estaba fuera. Viene en el
tren de las diez. Debe haber ocurrido algo. Quizá lo hayan trasladado».
Un aguzanieves como un viento azul gris pasó ligero
por la arena. Una pausa, dos o tres escaleras, otra pausa, más escaleras. El
aguzanieves, la boquilla que yo tenía en mis manos, tus palabras, las manchas
de sol en tu vestido... No podía ser de otra manera.
—Sé lo que estás pensando —dijiste, frunciendo el
ceño—. Piensas que habrá alguien que se lo diga y todo eso. Pero no importa...
Sabes lo que yo...
Te miré de frente a la cara. Miré con toda mi alma,
directamente. Choqué contigo. Tenías los ojos límpidos, como si una película de
papel de seda acabara de desprenderse de los mismos —esa que protege las
ilustraciones de los libros preciosos. Y, por vez primera, tu voz era también
límpida.
—¿Sabes lo que he decidido? Escucha. No puedo vivir
sin ti. Eso es lo que le voy a decir exactamente. Me concederá el divorcio
inmediatamente. Y luego, hacia el otoño, podríamos...
Te interrumpí con mi silencio. Una mancha de sol se
deslizó desde tu falda hasta la arena al moverte ligeramente.
¿Qué podía decirte? ¿Podía invocar la libertad, el
cautiverio, decir que no te amaba lo suficiente? No, todo eso era mentira.
Transcurrió un instante. En ese instante, muchas cosas
ocurrieron en el mundo: en algún lugar un vapor gigante se hundió en el fondo
del mar, se declaró una guerra, nació un genio. El instante pasó.
—Aquí tienes tu boquilla —dije—. Estaba debajo del
sillón. Sabes, cuando entré, Pal Palych parecía como si hubiera estado...
Tú dijiste:
—Está bien. Puedes irte —te diste la vuelta y corriste
escaleras arriba. Agarraste el pomo de cristal de la puerta, y no conseguiste
abrirla. Debió de ser pura tortura para ti.
Me quedé de pie en el jardín durante un rato entre la
humedad dulce. Luego, con las manos metidas en los bolsillos, caminé por la
arena moteada en torno a la casa. En el porche de entrada encontré mi
bicicleta. Apoyándome en el manillar, me deslicé por el camino del parque.
Había sapos aquí y allá. Sin darme cuenta pasé por encima de uno de ellos. Al
final del camino había un banco. Apoyé la bicicleta contra el tronco de un
árbol y cedí a la tentación de sentarme en la madera blanca. Pensé en que
dentro de dos días tendría una carta tuya y en cómo me llamarías y yo no
volvería. Tu casa se deslizaba en una melancólica distancia con su piano de
cola, los volúmenes polvorientos de La Revista de Arte, las siluetas en
sus marcos redondos. Era delicioso perderte. Desapareciste, sacudiendo
angularmente la puerta de cristal. Pero otra tú se marchó de manera distinta,
abriendo tus ojos pálidos bajo mis besos de alegría.
Me quedé así sentado hasta que llegó la noche. Había
unos enanos, que, como movidos por hilos invisibles, no dejaban de caminar por
todos lados. De repente, en algún lugar cercano, percibí un brillo abigarrado
—era tu vestido, y tú estabas...
¿No habían muerto ya las últimas vibraciones? Por eso,
me sentí incómodo ante el hecho de que tú estuvieras allí, en algún punto a mi
lado, fuera de mi campo de visión, ante el hecho de que estuvieras caminando,
de que te estuvieras acercando. Con esfuerzo, volví el rostro. No eras tú sino
aquella muchacha con la bufanda verdosa, ¿te acuerdas, aquella con la que nos
tropezamos? ¿Y su foxterrier con aquella panza tan cómica?...
Ella pasó de largo, se perdió entre los huecos del
follaje y luego cruzó el puentecillo que llevaba a un quiosco pequeño con
ventanas de cristal emplomado. La chica está aburrida, está caminando por tu
parque; probablemente la conoceré algún día.
Me levanté despacio, despacio salí en bicicleta del
parque inmóvil hasta la carretera principal, derecho hacía una enorme puesta de
sol, y, al otro lado de una curva, adelanté a un carruaje. Era tu cochero,
Semyon, que se dirigía a paso lento hacia la estación. Cuando me vio, se quitó
lentamente la gorra, se alisó los rizos brillantes de su nuca, y se la volvió a
poner. Una manta de cuadros estaba doblada en el asiento. Un reflejo misterioso
brilló en la mirada del jamelgo negro. Y cuando, con mis pedales inmóviles,
volé colina abajo hacia el río, vi desde el puente el panamá y la espalda
doblada de Pal Palych, sentado debajo, en un poste junto al lugar reservado al
baño, con una caña de pescar en el puño.
Frené y me detuve con la mano en la barandilla.
—¡Pal, Palych! ¿Pican? —levantó los ojos, y me saludó
con un gesto amable y tierno.
Un murciélago se lanzó volando por encima de la
superficie del espejo rosa. El reflejo de las hojas parecía encaje negro. Pal
Palych, desde lejos, gritaba algo, y me llamaba con la mano. Otro Pal Palych
parpadeaba entre las olas negras. Riéndome con fuerza me separé de la
barandilla.
Pasé por delante de las isbas en un único impulso
silencioso y seguí por la tierra firme del camino. Unos mugidos flotaron en el
aire sin brillo; unas alondras volaron de golpe y con estrépito. Y luego, un
poco más lejos, en la inmensidad de la puesta de sol, entre los campos
vagamente vaporosos, no había otro habitante que el silencio.
El estanco de Martin Martinich está situado en un
edificio que hace esquina. Es natural que los estancos tengan predilección por
las esquinas a juzgar por el de Martin, porque su negocio va viento en popa. El
escaparate es de modestas proporciones, pero está bien dispuesto. Unos pequeños
espejos dan vida a la mercancía que allí se exhibe. En la zona más baja, en los
valles que se abren entre las montañas de terciopelo azul, se acomoda una
variedad de cajas de cigarrillos cuyos nombres vienen arropados por ese
elegante dialecto internacional que también se utiliza para dar nombre a los
hoteles; más arriba, los puros en hilera sonríen en sus cajas livianas.
En sus buenos tiempos, Martin era un rico
terrateniente. En mis recuerdos de infancia aparece siempre rodeado del aura
con que conducía su impresionante tractor; por el contrario, mi memoria me dice
que su hijo Petya y yo, lejos de sus hazañas, sucumbíamos simultáneamente a
Meyn Ried y a la escarlatina, por lo que tras quince años repletos de todo tipo
de acontecimientos, me gustaba pasarme por el estanco en aquella esquina llena
de vida donde Martin vendía su mercancía.
Desde el año pasado, sin embargo, compartimos algo más
que recuerdos comunes. Martin tiene un secreto y a mí me ha hecho partícipe de
su secreto.
—¿Todo va bien? —le pregunto en un susurro, y él,
mirando por encima del hombro, me contesta con el mismo cuidado.
—Sí, gracias a Dios, todo está tranquilo.
Se trata de un secreto bastante excepcional. Recuerdo
que me iba a París y que la víspera me había quedado en casa de Martin hasta
tarde. El alma de un hombre puede compararse a unos grandes almacenes y sus
ojos a dos escaparates gemelos. A juzgar por los ojos de Martin, estaban de
moda los tonos pardos, cálidos. A juzgar por esos ojos, la mercancía que
guardaba en su alma era de excelente calidad. Y qué barba tan tupida, con aquel
destello blanco que hablaba de Rusia en el gris robusto de alguna cana. Y sus
hombros, su estatura, su porte... En tiempos solían decir que podía rajar un
pañuelo con su espada —una de las hazañas de Ricardo Corazón de León. Ahora,
cualquiera de los que como él habían emigrado diría con un punto de envidia:
«¡Ahí tienes a un hombre que no ha bajado la cabeza!».
Su esposa era una amable mujer ya entrada en años y un
tanto hinchada, con un lunar junto a su fosa nasal izquierda. De sus
sufrimientos en los tiempos revolucionarios había conservado un tic en el
rostro: inopinada y furtivamente alzaba sus ojos al cielo en una ráfaga fugaz.
Petya tenía el mismo físico imponente que su padre. A mí me gustaba su dulzura
taciturna, así como su humor repentino. Tenía un rostro grande, fláccido (del
que su padre solía decir: «Vaya jeta la tuya, harían falta tres días al menos para
circunnavegar su perímetro») y el pelo rojizo, permanentemente despeinado.
Petya era propietario de un cine minúsculo, en una zona de la ciudad poco
poblada, que le proporcionaba unos modestos ingresos. Y con él se acababa la
familia.
Yo pasé aquel día, víspera de mi viaje, sentado junto
al mostrador observando a Martin y a sus clientes, primero se inclinaba
ligeramente, apoyándose en dos dedos, sobre el mostrador, y luego iba hasta las
estanterías con un gesto elegante, cogía una de las cajas y mientras la abría
con un chasquido del pulgar, preguntaba: «Einen Rauchen?». Recuerdo
aquel día por una razón especial: Petya llegó inopinadamente, desgreñado y
lívido de rabia. La sobrina de Martin había decidido volver a Moscú con su
madre y Petya venía de entrevistarse con los representantes diplomáticos.
Mientras que un diplomático le estaba informando de los pormenores, otro, que
evidentemente comulgaba con la política del gobierno, susurraba en palabras
apenas perceptibles: «Mucho cuidado, esto está lleno de esa Basura del Ejército
Blanco».
—Me hubiera gustado hacer picadillo a aquel tipo —dijo
Petya, haciendo ademán de dar un puñetazo— pero, desgraciadamente, no puedo
olvidarme de mi tía que está en Moscú.
—Ya tienes algún que otro pecado en tu conciencia
-—dijo Martin con voz cavernosa no exenta de buen humor. Aludía a un incidente
de lo más divertido. No hace mucho tiempo, en el día de su santo, Petya fue a
la librería soviética, cuya presencia mancilla una de las calles más
encantadoras de Berlín. En ese lugar no sólo venden libros sino también
distintas baratijas y curiosidades manuales. Petya eligió un martillo adornado
con amapolas y con el blasón de los martillos bolcheviques. El empleado le
preguntó si quería algo más. Petya dijo: «Sí, ya lo creo», indicando con el
gesto un pequeño busto de escayola del Señor Ulyanov. Pagó quince marcos por el
busto y el martillo, para después sin mediar palabra, allí mismo junto al
mostrador, hacer añicos el busto con el martillo, con una fuerza tal que el
Señor Ulyanov se desintegró.
A mí me gustaba aquella historia, como me gustaban,
por ejemplo, los dichos queridos, estúpidos e inolvidables de la infancia que
calientan las entretelas del corazón. Las palabras de Martin me llevaron a
mirar a Petya mientras dejaba escapar una carcajada. Pero Petya se encogió de
hombros taciturno y frunció el ceño. Martin revolvió en el cajón y le ofreció
el cigarrillo más caro de la tienda. Pero ni siquiera eso disipó la tristeza de
Petya.
Volví a Berlín seis meses más tarde. Un domingo por la
mañana sentí la necesidad de ver a Martin. Entre semana se podía entrar a su
casa a través de la tienda, ya que su piso —tres habitaciones y una cocina—
estaba justamente detrás. Pero, evidentemente, un domingo por la mañana, la
tienda estaba cerrada, y el escaparate tenía echada la reja protectora.
Contemplé fugazmente a través de la reja las cajas rojas y doradas, los puros
morenos, la humilde inscripción que se leía en un rincón, «Aquí se habla ruso»,
observé que el escaparate presentaba, de alguna forma, un aspecto más alegre, y
crucé a través del patio hasta la casa de Martin. Cosa extraña, el propio
Martin me pareció más alegre, más desenvuelto, más radiante que antes. Y Petya
estaba totalmente irreconocible: sus rizos grasientos y desgreñados estaban
peinados hacia atrás, y una amplia sonrisa, un punto tímida, se demoraba
insistente en sus labios; mantenía una especie de silencio satisfecho y un
cierto aire de divertida preocupación, como si llevara consigo una carga
preciosa, dulcificaba todos sus movimientos. Sólo la madre seguía tan pálida
como siempre, y el mismo tic, tan conmovedor, encendía su rostro como un débil
relámpago de verano. Nos sentamos en el salón donde todo estaba recogido y yo,
al pensar en las otras dos habitaciones, la de Petya y la de sus padres,
igualmente limpias y acogedoras, tuve una sensación de lo más reconfortante.
Tomé un té con limón, atendí a la meliflua conversación de Martin sin lograr
evitar la impresión de que algo nuevo había hecho irrupción en aquella casa,
algún pálpito misterioso y alegre, como ocurre, por ejemplo, en un hogar donde
hay una joven a punto de ser madre. En un par de ocasiones Martin le lanzó una
mirada preocupada a su hijo y éste reaccionó levantándose al punto y
abandonando la habitación; al volver, le hacía una seña discreta a su padre,
como si quisiera decir que todo iba a las mil maravillas.
También había algo nuevo, y a mi juicio, enigmático,
en la conversación del viejo. Hablábamos de París y de los franceses y, de
repente, preguntó: «Dime, amigo, ¿cuál es la cárcel más grande de París?». Le
contesté que no lo sabía y empecé a hablarle de una revista francesa que sacaba
mujeres pintadas de azul.
—¡Y eso te asombra! —me interrumpió Martin—. Dicen,
por ejemplo, que las mujeres rascan la pintura de las paredes de la cárcel y la
utilizan para empolvarse la cara, el cuello o lo que sea —y para confirmar sus
palabras, trajo de su dormitorio un grueso volumen escrito por un criminalista
alemán y localizó un capítulo acerca de la rutina de la vida en la cárcel.
Traté de cambiar de tema, pero, fuera el tema que fuese, Martin lo reconducía
mediante extraños rodeos y artificiales circunloquios, de forma tal que, sin
darnos cuenta, nos veíamos discutiendo de nuevo los méritos de la prisión
perpetua frente a la pena capital, o los ingeniosos métodos que los criminales
han inventado para lograr escaparse al mundo libre.
Yo estaba desconcertado. Petya, a quien le gustaban
los artilugios mecánicos, se entretenía manipulando con un cortaplumas los
muelles de su reloj sin parar de reírse entre dientes. Su madre cosía y de
cuando en cuando me acercaba una tostada o la mermelada para que comiera.
Martin, con los cinco dedos de la mano en su desaliñada barba, se me había
quedado mirando pensativo y de repente cambió de expresión como si se hubiera
liberado de una carga. Dio una palmada en la mesa y se volvió a su hijo. «Ya no
aguanto más, Petya, le tengo que contar todo o reviento.» Petya asintió en
silencio. La mujer de Martin se levantó para ir a la cocina. «Eres un
chisgarabís, todo lo cuentas», dijo moviendo la cabeza indulgentemente. Martin
me puso la mano en el hombro, y me dio tal sacudida que, si yo hubiera sido un
manzano en un jardín, las manzanas habrían empezado a caer literalmente por mi
cuerpo, y luego se me quedó mirando fijo a los ojos. «Te lo advierto —dijo—. Te
voy a contar un secreto tan increíble, tan secreto... que no sé qué hacer. Para
que lo entiendas, ¡ni una palabra a nadie! ¿Comprendes?».
E, inclinándose hasta casi tocarme, bañándome en el
aroma de tabaco y en su propio olor acre de viejo, Martin me contó una historia
verdaderamente extraordinaria.
—Sucedió —empezó Martin— poco tiempo después de que te
fueras. Entró un cliente. Obviamente, no se había percatado del cartel del
escaparate, porque se dirigió a mí en alemán. Y permíteme que subraye esto: si
hubiera observado el cartel no habría entrado en la modesta tienda de un
emigrante. Inmediatamente me di cuenta de que era ruso por su pronunciación. La
cara, además, era la de un ruso. Como es natural me lancé a hablar en ruso, le
pregunté qué tipo de tabaco quería, de qué precio. Me respondió con una mirada
de sorpresa molesta: «¿Qué le lleva a pensar que soy ruso?». Le di una
contestación amabilísima, según recuerdo, y me puse a contar sus cigarrillos.
En ese momento entró Petya. Cuando vio a mi cliente dijo con la más absoluta
calma: «Qué encuentro más agradable». Y entonces mi Petya se acercó hasta él y
le dio un puñetazo en la cara. El otro se quedó helado. Como muy bien me
explicó Petya más tarde, lo que ocurrió no fue únicamente un puñetazo de esos
en que la víctima se derrumba en el suelo, sino un golpe muy especial: parece
que Petya le había propinado un golpe de efecto retardado, y el hombre perdió
el conocimiento sin llegar a caerse. Y parecía que se hubiera quedado dormido
de pie. Y entonces, muy despacio empezó a tambalearse y a caerse despacio, de
espaldas, como si fuera una torre. Y Petya se puso entonces detrás y lo recogió
por las axilas en su caída. Todo fue bastante inesperado. Petya dijo: «Échame
una mano, papá». Yo le pregunté si sabía lo que estaba haciendo. Petya se
limitaba a repetir: «Échame una mano». Conozco muy bien a mi Petya. Con él no
sirven los rodeos y también sé que tiene los pies en el suelo, que medita sus
actos, y que no deja inconsciente a la gente por una nimiedad. Arrastramos al
inconsciente fuera de la tienda y a través del pasillo hasta el cuarto de
Petya. Y justo al llegar allí, oí un timbre. Alguien acababa de entrar en la
tienda. Tuvimos suerte, desde luego, de que no hubiera ocurrido un minuto
antes. Volví a la tienda, despaché la venta, y a continuación, afortunadamente,
llegó mi mujer con la compra e inmediatamente la dejé en el mostrador al
cuidado de la tienda, mientras que yo, sin mediar palabra, fui a todo gas hasta
la habitación de Petya. Aquel hombre estaba tendido en el suelo con los ojos
cerrados, mientras que Petya, sentado a su mesa, examinaba pensativamente
algunos objetos, como una gran purera de piel, media docena de postales
obscenas, un billetero, un pasaporte, y un revólver viejo pero aparentemente en
buen uso. Y me lo explicó todo al instante: como te habrás imaginado, esos
objetos procedían de los bolsillos de aquel hombre, y el hombre no era otro
sino el diplomático —recordarás la historia de Petya— que hizo aquel comentario
acerca de la Basura Blanca, ¡sí, sí, el mismo! Y, a juzgar por alguno de los
documentos que llevaba, era de la policía política, si no me equivoco. «Bien
hecho —le dije a Petya—, le has partido la cara a un tipo. No entro en que lo
mereciese o no, pero, por favor, explícame qué es lo que piensas hacer ahora.
Evidentemente, no has pensado para nada en tu tía de Moscú». «Sí que lo he
hecho —dijo Petya—. Tenemos que pensar algo».
Y lo hicimos. Primero le atamos con una gruesa cuerda
y le metimos una toalla en la boca. Mientras estábamos ocupados con él, volvió
en sí y abrió un ojo. Al examinarlo de cerca, déjame decirte, aquel tipo
resultó ser no sólo estúpido sino también repulsivo, con una especie de sarna
en la frente y en el bigote, y una nariz bulbosa. Lo dejamos tumbado en el
suelo y Petya y yo nos instalamos a su lado cómodamente y comenzamos nuestra
propia encuesta judicial. Discutimos durante un buen rato. Nos preocupaba no
tanto el insulto en sí —no era más que una nadería, desde luego—, sino su
profesión, por llamarlo de alguna manera, y todas las actividades que había
llevado a cabo en Rusia. Al acusado se le concedió la última palabra. Cuando
liberamos su boca quitándole la toalla, dio una especie de gemido, tuvo unas
náuseas, pero no dijo nada salvo: «Ya veréis, esperad y veréis...». Volvimos a
liarle la toalla, y la sesión continuó. Al principio los votos estaban
divididos. Petya pedía la pena de muerte. Yo pensaba que merecía la muerte,
pero propuse conmutar la pena por la de prisión perpetua. Petya lo meditó y
accedió. Yo añadí que, aunque ciertamente había cometido una serie de crímenes,
no teníamos medio de probarlos; que su profesión en sí misma constituía un crimen;
que nuestro deber se limitaba a asegurar que de ahora en adelante fuera
inofensivo, nada más. Y ahora escucha el resto.
Tenemos un baño al final del pasillo. Un cuarto
pequeño y oscuro, muy oscuro, con una bañera de hierro esmaltado. El agua se
pone en huelga con cierta frecuencia. De vez en cuando aparece una cucaracha.
El cuarto es tan oscuro porque la ventana es muy estrecha y está colocada justo
debajo del techo, y además, precisamente enfrente de la ventana, a unos tres
pies más o menos, hay un sólido muro de ladrillo. Y fue precisamente en aquel
agujero donde decidimos meter al prisionero. Fue idea de Petya, sí, sí, de
Petya, hay que dar al César lo que es del César. En primer lugar, como es
natural, había que preparar la celda. Empezamos arrastrando al prisionero hasta
el pasillo para tenerlo vigilado mientras trabajábamos. Y, en ese momento, mi
mujer, que acababa de cerrar la tienda porque ya era de noche y se dirigía a la
cocina, nos vio. Se quedó estupefacta, indignada incluso, pero luego entendió
nuestras razones. Buena chica. Petya empezó por desmembrar una mesa muy sólida
que teníamos en la cocina, le rompió las patas y la tabla resultante la clavó
en la ventana del baño, tapando el vano por completo. Luego desatornilló los
grifos, quitó el calentador cilíndrico de agua, y colocó un colchón en el suelo
del baño. Ni que decir tiene que al día siguiente añadimos toda suerte de
mejoras: cambiamos la cerradura, instalamos un cerrojo de seguridad, reforzamos
la tabla de la madera con metal, y todo ello, desde luego, sin hacer demasiado
ruido. Como sabes, no tenemos vecinos, pero, con todo, era menester actuar con
prudencia. El resultado fue una auténtica celda de cárcel, y allí metimos al
tipo de la policía política. Desatamos la cuerda, le quitamos la toalla, le
advertimos de que si empezaba a gritar, volveríamos a atarle y a amordazarle, y
por mucho tiempo; y entonces, satisfechos de que hubiera entendido para quién
era el colchón que estaba colocado en la bañera, cerramos la puerta con llave,
y, por turnos, hicimos guardia toda la noche.
Ese momento marcó el principio de una nueva vida para
nosotros. Yo ya no era simplemente Martin Martinich, sino Martin Martinich,
director de prisiones. Al principio, el preso estaba tan extrañado de lo que
había ocurrido que su comportamiento era sumiso. Pronto, sin embargo, volvió a
su estado normal, y cuando le llevábamos la comida, se entregaba a un huracán
de palabras soeces. No puedo repetir las obscenidades de ese hombre; me
limitaré a decir que puso a mi pobre difunta madre en las más increíbles situaciones.
Yo estaba decidido a dejarle bien clara la naturaleza de su estatus legal. Le
expliqué que permanecería en prisión hasta el final de sus días; que si yo
moría primero, lo dejaría en herencia a Petya; y que, a su vez, mi hijo, lo
transmitiría, como parte de su patrimonio, a mi futuro nieto y así en adelante,
convirtiéndolo en una especie de tradición familiar. Una joya de familia.
Mencioné de pasada que, en la improbable eventualidad de que tuviéramos que
mudarnos a otro piso distinto en Berlín, él sería atado, colocado en un baúl
especial, y transportado con nosotros y nuestra mudanza con toda naturalidad. Y
seguí explicándole que sólo conseguiría la amnistía si se daba una única
condición. A saber, que sería liberado el día que explotara la burbuja
bolchevique. Finalmente le prometí que le alimentaríamos bien, mucho mejor que
cuando, en mis tiempos, me vi encerrado por la Cheka, y que, como privilegio
especial, recibiría libros. Y, en verdad, que éste es el día en que todavía
estamos esperando que se queje de la comida. Es verdad que, al principio, Petya
sugirió que le diéramos cucarachas secas, pero, por mucho que buscamos, ese pez
soviético era inexistente en Berlín. Nos vimos obligados a servirle comida
burguesa. A las ocho en punto de la mañana Petya y yo entramos y dejamos junto
a su bañera un plato de sopa caliente con carne y una hogaza de pan gris. Al
mismo tiempo retiramos el orinal, un aparato de lo más inteligente que
adquirimos sólo para él. A las tres recibe una taza de té, a las siete más
sopa. El sistema alimenticio está copiado del que utilizan en las mejores
cárceles europeas.
Los libros constituyeron más problema. Tuvimos
conciliábulo familiar y para empezar seleccionamos tres títulos, Prince
Serebryanïy, las Fábulas de Krilov y La vuelta al mundo en
ochenta días. Nos anunció que no estaba dispuesto a leer semejantes
panfletos del «Ejército Blanco», pero le dejamos los libros, y todo nos hace
pensar que los ha leído con placer.
Tenía un humor cambiante. Los primeros días estuvo
bastante tranquilo. Era evidente que estaba preparando algo. Quizá pensó que la
policía iba a empezar a buscarle. Comprobamos los periódicos, pero no decían ni
una sola palabra del desaparecido agente de la Cheka. Con toda probabilidad,
los otros diplomáticos habían decidido que el hombre había desertado,
sencillamente, y habían preferido enterrar el asunto. A este período de
contemplación corresponde un intento de escapada o, al menos, de comunicarse con
el mundo exterior. Se esforzaba por caminar en la celda, probablemente se
encaramó a la ventana tratando de abrir las lajas de madera, asimismo probó a
hacerse oír con todo tipo de golpes, pero le amenazamos y los golpes cesaron. Y
en una ocasión, en que Petya estaba solo con él, le atacó. Petya lo agarró con
un dulce abrazo de oso y lo volvió a sentar en la bañera. Después de este
suceso pasó por otra fase, se volvió muy dócil, incluso llegó a contar algún
chiste alguna vez, y finalmente, intentó comprarnos. Cuando vio que esto
tampoco funcionaba, empezó a quejarse, y luego volvió de nuevo a despotricar
con todo tipo de juramentos peores que los anteriores. En estos momentos
atraviesa una fase de sumisión taciturna, que, me temo, no presagia nada bueno.
Lo sacamos a pasear por el pasillo todos los días, y
dos veces por semana le dejamos tomar el aire junto a una ventana abierta; como
es natural, tomamos todas las precauciones necesarias para impedir que se ponga
a gritar. Los sábados toma un baño. Nosotros nos tenemos que lavar en la
cocina. Los domingos le doy unas pequeñas charlas y le dejo fumar tres
cigarrillos, en mi presencia, desde luego. ¿Y sobre qué versan estas charlas?
Hay de todo. Sobre Pushkin, por ejemplo, o sobre la antigua Grecia. Sólo está
prohibido un tema: la política. Está privado de todo aquello que suene a
política. Como si la política no existiera sobre la faz de la tierra. ¿Y sabes
una cosa? Desde que tengo en prisión a un agente soviético, desde que he hecho
un acto de servicio a la Madre Patria, soy, sencillamente, un hombre diferente.
Libre, desenvuelto y feliz. Y los negocios han mejorado, así que tampoco tengo
demasiados problemas para mantenerlo. Me cuesta veinte marcos al mes, contando
la factura de la electricidad: ese agujero está completamente a oscuras, así
que desde las ocho de la mañana a las ocho de la tarde tiene una bombilla de
pocos vatios encendida.
Y me preguntarás, ¿de dónde sale un individuo así,
cuál es su entorno? Bueno, cómo te diría yo... Tiene veinte años, es un
campesino, con toda probabilidad ni siquiera acabó sus años de escuela, es lo
que se denomina un «comunista honesto», sólo ha estudiado, por así decir, el
catecismo político, ese que convierte a los tarugos en alcornoques, como
decimos tú y yo, eso es todo lo que sé. Si quieres te lo enseño, pero
acuérdate, ¡ni una palabra!
Martin salió al pasillo. Petya y yo le seguimos. El
viejo en su chaqueta cómoda de estar por casa parecía un funcionario de
prisiones de verdad. Sacó las llaves y había un cierto aire profesional en su
modo de insertarlas en la cerradura. La cerradura crujió dos veces, y Martin
abrió la puerta de un golpe. Lejos de ser un agujero oscuro y mal iluminado,
era un baño espacioso, espléndido, del tipo que se encuentra en las cómodas
pensiones alemanas. La luz eléctrica, brillante pero, sin embargo, agradable,
lucía tras una pantalla alegre y llena de adornos. Un espejo brillaba a la
izquierda. En la mesilla junto a la bañera había unos cuantos libros, una
naranja pelada en un plato lustroso, y una botella de cerveza sin abrir. En la
bañera blanca, en un colchón cubierto con una sábana limpia, con una gran
almohada detrás de la cabeza, se tumbaba un tipo bien alimentado, con los ojos
bien vivos, una barba bastante larga, con una bata (un regalo del amo) y en
zapatillas cómodas y suaves.
—Bueno, ¿qué me dices ahora?—me preguntó Martin.
La escena me pareció cómica y no supe qué contestar.
—Ahí es donde solía estar la ventana —me indicó Martin
con el dedo.
Efectivamente, la ventana estaba condenada y
perfectamente tapiada con maderas.
El prisionero bostezó y se volvió hacia la pared.
Nosotros salimos. Martin acarició la cerradura con una sonrisa.
—Pocas probabilidades tiene de escaparse —dijo, y
añadió a continuación—: Tengo curiosidad por saber, sin embargo, cuántos años
va a tener que pasar ahí encerrado...
La peluquería, con su techo bajo, olía a rosas ajadas.
Unos tábanos zumbaban pesados, insistentes. Los rayos de sol formaban charcos
relucientes de miel fundida en el suelo, pellizcaban el cristal de las lociones
con sus destellos, y se traslucían a través de la gran cortina de la entrada:
una cortina de cuentas de arcilla enhebradas en cuerdas de bambú que se
alternaban con cáñamo más grueso, y que se desintegraba en un estrépito
iridiscente cada vez que alguien la apartaba a un lado para entrar. Ante él, en
el espejo lóbrego, Nikitin vio su propio rostro atezado, los rizos brillantes y
como esculpidos de su pelo, el destello de las tijeras que chirriaban sobre sus
orejas, y sus ojos se concentraron, severos, como ocurre siempre cuando te
miras en el espejo. Había llegado a este antiguo puerto del sur de Francia el
día anterior, desde Constantinopla, donde la vida se le había empezado a volver
insoportable. Aquella mañana había estado en el consulado de Rusia, y en la
oficina de empleo, y había paseado sin rumbo por la ciudad, una ciudad que
reptaba en pendiente hasta el mar por tortuosas callejuelas, y ahora, exhausto,
postrado a causa del calor, había entrado allí a cortarse el pelo y a
refrescarse la mente. El suelo en torno a su sillón estaba ya cubierto por
pequeños ratones brillantes desparramados por todas partes —sus mechones
cortados. El barbero tomó la espuma y la extendió en su mano. Un escalofrío
delicioso le recorrió la coronilla al sentir los dedos del barbero que con
firmeza le aplicaban la espesa espuma. A continuación, un corte helado le
sobresaltó, y una toalla esponjosa le cubrió el rostro y el pelo mojado.
Abriéndose paso con los hombros por la ondulante
lluvia de la cortina, Nikitin salió a una avenida de considerable pendiente. El
lado de la derecha estaba a la sombra; a la izquierda, un arroyo estrecho
parpadeaba junto a la acera en un tórrido resplandor; una joven de pelo negro,
desdentada y con pecas oscuras recogía agua del arroyo hirviente en un cubo
metálico que guachapeaba; y el arroyo, el sol, la sombra violeta, todo fluía y
se derramaba hacia el mar: un paso más y, en la distancia, entre unos muros, se
perfilaba su brillo compacto de zafiro. Eran pocos los peatones que caminaban
por la zona de sombra. Nikitin se encontró con un negro que subía vestido con
un uniforme colonial, cuyo rostro parecía un chanclo mojado. En la acera, una
silla de paja acogía en su asiento a un gato que saltó en una especie de bote
amortiguado. Una estridente voz provenzal empezó a charlotear atropelladamente
en alguna ventana. Una persiana verde restallaba contra el marco de su ventana.
En un puesto callejero, entre los moluscos púrpura que olían a algas marinas,
los limones disparaban oro granulado.
Al llegar al mar, Nikitin se detuvo para mirar
entusiasmado al denso azul que, en la distancia, se mudaba en plata cegadora, y
también al juego de luces que delicadamente moteaba la gavia de un yate. Luego,
incómodo con el calor, fue en busca de un pequeño restaurante ruso cuya
dirección había anotado antes en un tablón de anuncios del consulado.
El restaurante, como la peluquería, no estaba
demasiado limpio y hacía también mucho calor. Al fondo, en un amplio mostrador,
se veían las frutas y los entremeses a través de olas de un percal grisáceo.
Nikitin se sentó y estiró la espalda; la camisa se le pegaba a la piel. En la
mesa vecina había dos rusos, evidentemente marineros de un barco francés, y, un
poco más allá, un tipo solitario con gafas de montura metálica dorada que no
paraba de hacer ruidos y de sorber la sopa con cada cucharada. La dueña, limpiándose
sus manos hinchadas con una toalla, miró al recién llegado con aire maternal.
Dos cachorros lanudos jugaban en el suelo en un revoltijo de cuerpos y patas.
Nikitin silbó y una vieja perra en estado lastimoso llegó hasta él y apoyó el
hocico en su regazo.
Uno de los marineros se dirigió a él en tono pausado y
sereno.
—Mándala a paseo. Te llenará de pulgas.
Nikitin acarició la cabeza de la perra y alzó sus ojos
radiantes.
—Yo no les tengo miedo... Constantinopla... Los
cuarteles... Ya se pueden imaginar...
—¿Cuándo has llegado? —preguntó un marinero. Voz
serena. Camiseta de malla. Tranquilo y competente. Pelo negro bien recortado en
la nuca. Frente despejada. Aspecto general decente y plácido.
—Ayer por la noche —contestó Nikitin.
El borscht y el vino tinto peleón le hicieron
sudar aún más. Le agradaba tener la oportunidad de relajarse y mantener una
conversación tranquila. Los rayos de sol, ardientes, penetraban por el vano de
la puerta junto con el brillo del arroyuelo del callejón; desde su esquina
debajo del contador del gas, las gafas del viejo ruso centelleaban.
—¿Busca trabajo? —preguntó el otro marinero, que era
de mediana edad, ojos azules, con un bigote color morsa pálida, y que también
tenía un aspecto limpio y arreglado, al que sin duda contribuían el sol y el
salitre marino.
Nikitin dijo con una sonrisa.
—Naturalmente que estoy buscando trabajo... Hoy fui a
la oficina de empleo... Hay trabajo, necesitan gente para colocar postes
telegráficos, para tejer guindalezas... Pero no acabo de decidirme...
—Ven a trabajar con nosotros —dijo el hombre moreno—.
De fogonero o algo así. Ése sí que es un trabajo de hombres, te doy mi
palabra... ¡Ah, ahora llegas, Lyalya, nuestros más profundos respetos!
Entró una joven con un sombrero blanco y un rostro
dulce, pero sin ningún atractivo especial. Se abrió camino entre las mesas,
sonriendo, primero a los cachorros, y luego a los marineros. Nikitin les había
preguntado algo pero olvidó su pregunta al mirar a la chica y ver ese
movimiento de sus caderas, en el que reconoció inequívocamente las cadencias de
la mujer rusa. La dueña miró a su hija con ternura, como si estuviera diciendo:
«¡Pobrecilla mía, qué cansada estás!», porque probablemente había pasado toda
la mañana en una oficina, o en unos almacenes. Había en ella algo
conmovedoramente doméstico que te llevaba a pensar en jabón de violetas o en un
campamento de verano en medio de un bosque de abedules. Ni que decir tiene que
Francia ya no estaba al otro lado de la puerta. Aquellos movimientos
cimbreantes... Espejismos solares.
—No, no es nada complicado —seguía el marinero—.
Funciona de la siguiente manera, coges un cubo de hierro y un pozo de carbón.
Empiezas a raspar. Al principio suavemente, de manera que el carbón se deslice
en el cubo por sí mismo, y luego rascas más fuerte. Cuando has llenado el cubo
lo pones en una carretilla. Y lo haces rodar hasta el fogonero mayor. Un golpe
de su pala y zas, la puerta del horno ha quedado abierta, un golpe de la misma
pala y zas, ya está dentro el carbón, ya sabes, dispuesto de tal forma en
abanico sobre el fuego que caiga proporcionadamente por todas partes. Trabajo
de precisión. No le quites el ojo a la válvula, y ya sabes, si baja la
presión...
En el marco de una de las ventanas que daba a la calle
apareció la cabeza de un hombre vestido de blanco y con un panamá.
—¿Cómo estás, mi querida Lyalya?
Apoyó los codos en el alféizar de la ventana.
—Claro que hace mucho calor, en ese lugar, es un horno
de verdad, vas a trabajar sin ropa, sólo con unos pantalones y una camiseta de
malla. La camiseta está negra cuando acabas de trabajar. Como te estaba
diciendo, hablando de la presión, se forma una especie de «pelo» en el horno,
una especie de incrustación dura como la piedra, que tienes que romper con un
atizador así de largo. Es un trabajo duro. Pero después, cuando saltas a
cubierta, el sol parece fresco incluso cuando estás en los trópicos. Entonces
te duchas, y luego bajas a tu cuarto, directo a tu hamaca, y eso es el cielo,
déjame que te diga...
Y mientras tanto, en la ventana:
—E insiste en que me vio en un coche, ¿entiendes?
(Lyalya con una voz aguda y toda excitada.)
Su interlocutor, el caballero de blanco, seguía
apoyado en el alféizar, en el exterior, el cuadrado de la ventana enmarcaba sus
hombros redondeados y su rostro afeitado y suave, iluminado parcialmente por el
sol; un ruso que había tenido suerte.
—Y me sigue diciendo que yo llevaba un vestido color
lila, cuando ni siquiera tengo un vestido lila —gritaba Lyalya—, e insiste: «Zhay
voo zasyur».
El marinero que había estado hablando con Nikitin se
volvió y preguntó:
—¿No sabes hablar ruso?
El hombre de la ventana dijo:
—Conseguí traerte esta música, Lyalya. ¿Te acuerdas?
Y entonces se produjo un aura momentánea, y parecía
que fuera casi deliberada, como si alguien se estuviera divirtiendo
inventándose a esta chica, esta conversación, este pequeño restaurante ruso en
un puerto extranjero, un aura de la cotidiana y querida Rusia provinciana, y en
ese preciso momento, y debido a una milagrosa y secreta asociación mental, el
mundo le pareció más grande a Nikitin, anheló atravesar los océanos, abordar
bahías legendarias, escuchar indiscreto las almas de todas las gentes.
—¿Nos preguntaste cuál era nuestra ruta? Indochina
—dijo espontáneamente el marinero.
Nikitin pensativo sacó un cigarrillo de la pitillera;
en la tapa de madera tenía grabada un águila de oro.
—Debe ser maravilloso.
—¿Pues qué pensabas? Claro que lo es.
—Está bien. Cuéntamelo. Cuéntame algo de Shanghai, o
de Colombo.
—¿Shanghai? La he visto. Cálidas lloviznas, arenas
rojas. Tan húmeda como un invernadero. De Ceilán, sin embargo, apenas puedo
hablar, no bajé a tierra a visitarla. Me tocaba guardia, sabes.
Con los hombros encogidos, el hombre de la chaqueta
blanca le estaba diciendo algo a Lyalya a través de la ventana, suavemente,
algo que parecía muy importante. Ella escuchaba, con la cabeza inclinada,
acariciándole a la perra en la oreja con una mano. La perra, sacando su lengua
rosa como el fuego, jadeando alegre y rápida, miraba por el resquicio soleado
de la puerta, debatiendo probablemente si merecía la pena salir a tumbarse al
sol en el quicio caliente. Y tal parecía que el perro pensara en ruso.
—¿Y dónde tengo que ir a solicitar ese trabajo?
—preguntó Nikitin.
El marinero le guiñó un ojo a su compañero como
diciendo «Ya te lo decía yo, lo he convencido». A continuación dijo:
—Es muy sencillo. Mañana por la mañana a primera hora,
con la fresca, vas al puerto viejo y al muelle dos, donde encontrarás al Jean-Bart. Habla con el
piloto. Creo que te contratarán.
Nikitin se quedó observando con mirada candida y
también intensa la frente despejada e inteligente de aquel hombre.
—¿Y antes, en Rusia, en qué trabajabas? —preguntó.
El hombre se encogió de hombros y torció la boca en
una sonrisa.
—¿Que qué es lo que era? Un estúpido —respondió por él
el del bigote caído con su voz de barítono.
Más tarde, ambos se levantaron. El joven sacó la
cartera que llevaba metida en los pantalones, detrás de la hebilla del
cinturón, como los marineros franceses. Lyalya se acercó hasta ellos y les dio
la mano (con la palma probablemente un punto húmeda) y algo ocurrió que la
llevó a reírse en tonos agudos. Los cachorros seguían retozando en el suelo. El
hombre de la ventana, se dio la vuelta, silbando distraído y tierno. Nikitin
pagó y salió despreocupado al aire libre.
Eran más o menos las cinco de la tarde. El azul del
mar, entrevisto al final de las largas callejuelas, le hacía daño en los ojos.
Las puertas circulares de los baños públicos ardían con el sol.
Volvió a su sórdido hotel y se dejó caer en la cama
estirando despacio tras su nuca sus manos entrelazadas, en un estado de
beatitud provocado por la borrachera solar. Soñó que volvía a ser un oficial,
que caminaba por las colinas de Crimea cubiertas de arbustos de roble y de
algodoncillo, segando a su paso las aterciopeladas cabezas de los cardos. Le
despertó su propia risa; se despertó y la ventana ya se había tornado azul con
el ocaso.
Se asomó al abismo de frescura, meditando: mujeres que
pasean. Algunas de ellas rusas. Qué estrella tan grande.
Se alisó el cabello, se quitó el polvo de la punta de
sus zapatos con una esquina de la manta, comprobó que su cartera seguía en su
sitio —sólo le quedaban cinco francos— y salió a vagar por las calles y a gozar
de su solitaria ociosidad.
Con la caída de la noche todo había cobrado vida. A lo
largo de las callejuelas que descendían hasta el mar, había gente sentada al
aire libre, tomando el fresco. Una chica con un pañuelo de lentejuelas... Unas
pestañas que no paraban de bailar... Un tendero con su buena barriga, sobre la
que lucía un chaleco abierto que dejaba escapar el faldón de la camisa, fumaba
sentado a horcajadas en una silla de paja, con los codos apoyados en el
respaldo vuelto contra sí. Unos niños saltaban en cuclillas mientras intentaban
que navegaran sus barquitos de papel a la luz de una farola, en el arroyuelo
negro que corría junto a la estrecha acera. Olía a pescado y a vino. De las
tabernas de los pescadores, que brillaban con un rayo amarillo, llegaba la
música de unos organillos, el ruido de las palmas golpeando las mesas, gritos
metálicos. Y, en la parte alta de la ciudad, a lo largo de la avenida
principal, las masas nocturnas paseaban y se reían, y los finos tobillos de las
mujeres junto con los zapatos blancos de los oficiales de marina brillaban en
relámpagos bajo las nubes de acacias. Aquí y allí, como si fuera un despliegue
de llamas de colores de fuegos artificiales que hubieran quedado petrificados,
los cafés resplandecían en el atardecer púrpura. Las mesas circulares
desplegadas allí mismo en la acera, las sombras de los arces reflejándose en
los toldos de rayas, todo ello iluminado desde el interior. Nikitin se detuvo,
fantaseando con una jarra de cerveza, fría como el hielo y consistente. Dentro,
junto a las mesas, un violín desgranaba sus notas como si fueran manos humanas,
acompañado del hondo resonar de las olas de un arpa. Cuanto más banal es la
música, más cerca se encuentra del corazón.
En una de las mesas del exterior se encontraba una
buscona, toda vestida de verde, balanceando la pierna y jugando con la puntera
de su zapato.
Me tomaré esa cerveza, decidió Nikitin. No, será mejor
que no... Y luego, otra vez...
La mujer tenía ojos de muñeca. Había algo que le
resultaba muy familiar en esos ojos, en esas piernas largas y bien torneadas.
Se levantó de repente agarrándose al bolso, como si tuviera prisa por ir a
algún sitio. Llevaba una especie de chaqueta larga de un tejido de seda
esmeralda que se le pegaba a las caderas. Y se fue, entrecerrando los ojos al
compás de la música.
Sería una coincidencia extraña, pensó Nikitin. Algo
semejante a una estrella fugaz se precipitó en lo hondo de su memoria, y,
olvidándose de su cerveza, la siguió en su camino a través de una callejuela
oscura y brillante. Una farola alargaba su sombra. La sombra relampagueó al
pasar por un muro y se perdió. Ella caminaba despacio y Nikitin tenía que
contener su paso, temiendo, por alguna razón, alcanzarla.
Sí, no cabe duda... Dios, esto es maravilloso.
La mujer se detuvo en el bordillo de la acera. Una
bombilla carmesí ardía sobre una puerta negra. Nikitin pasó por delante,
volvió, rodeó a la mujer y se detuvo. Con una risa arrullante ella pronunció un
término francés para seducirle.
En aquella luz macilenta, Nikitin vio su rostro
hermoso y fatigado y el brillo húmedo de sus dientes diminutos.
—Escucha —le dijo en ruso, sencilla y suavemente—. Nos
conocemos desde hace mucho tiempo, así que ¿por qué no hablar en nuestra
lengua?
Ella arqueó las cejas.
—¿Inglés? ¿Hablas inglés?
Nikitin la miró atentamente y luego repitió con una
nota de desesperación.
—Vamos, tú sabes que yo lo sé.
—¿Entonces, eres polaco? —preguntó la mujer,
arrastrando la última sílaba como hacen en el sur.
Nikitin lo dejó estar con una sonrisa sardónica, le
embutió en la mano un billete de cinco francos, y desapareció rápidamente
cruzando la plaza. Un instante después oyó unas pisadas rápidas tras de sí, y
una respiración entrecortada, y también el roce de un vestido. Se volvió a
mirar. No había nadie. La plaza estaba oscura y desierta. Una hoja de periódico
volaba por las baldosas de la plaza impulsada por el viento de la noche.
Suspiró, volvió a sonreír una vez más, se embutió las
manos en los bolsillos, y mirando a las estrellas, que lucían y desaparecían
como impulsadas por unos fuelles gigantes, empezó a bajar caminando hacia el
mar. Se sentó en el viejo muelle con los pies colgando sobre el agua,
contemplando el movimiento rítmico de las olas iluminadas por la luna, y se
quedó así sentado durante mucho rato, con la cabeza hacia atrás, apoyada en las
palmas de las manos.
Una estrella fugaz cayó despedida, repentina como un
latido perdido del corazón. Una fuerte ráfaga de viento, limpia, le atravesó el
cabello, pálido en el resplandor nocturno.
Yo trataba, pensativo, de encerrar entre mis trazos la
silueta vacilante de la sombra circular del tintero. En un cuarto lejano un
reloj dio la hora, mientras que yo, soñador como soy, me imaginé que alguien
llamaba a mi puerta, suave al principio, luego más y más fuerte. Llamó doce
veces y se detuvo expectante.
—Sí, aquí estoy, pase...
El pomo de la puerta crujió tímidamente, la llama de
la vela ya gastada se ladeó un tanto, y él entró a saltos desde un rectángulo
de sombra, jorobado, gris, cubierto con el polen de la helada noche estrellada.
Conocía su rostro. ¡Lo conocía desde tanto tiempo
atrás!
Su ojo derecho seguía en la sombra, pero el izquierdo
me escrutaba temerosamente, alargado, verde humo. ¡La pupila brillaba como si
estuviera oxidada... aquel mechón gris de musgo de su sien, la ceja de pálida
plata apenas visible, la cómica arruga junto a su boca sin bigote —todo ello
intrigaba y molestaba un punto a mi memoria!
Me levanté. Él dio un paso adelante.
Su abriguito raído estaba abotonado al revés, como los
de las mujeres. En la mano llevaba una gorra, no, era un fardo mal atado de
color oscuro, y no había la más mínima señal de una gorra...
Sí, claro que lo conocía, incluso le había tenido un
cierto aprecio, pero sencillamente no conseguía recordar dónde ni cuándo nos
habíamos conocido. Y debíamos habernos visto con frecuencia, de otra manera no
tendría aquel firme recuerdo de sus labios de arándano, de aquellas orejas
puntiagudas, de aquella nuez tan divertida...
Con un murmullo de bienvenida estreché su fría mano,
tan ligera, y luego la posé en el dorso de un sillón raído. Él se encaramó como
un cuervo en el tocón de un árbol y empezó a hablar apresuradamente.
—Dan tanto miedo las calles. Por eso vine. Vine a
visitarte. ¿Me reconoces? En otros tiempos tú y yo solíamos retozar y jugar
juntos durante días enteros. En nuestro viejo país. ¿No me dirás que te has
olvidado?
Su voz me cegó, literalmente. Me encontré turbado y
aturdido: recordé la felicidad, la felicidad reverberante, interminable,
irreemplazable...
No, no puede ser. Estoy solo... es tan sólo un delirio
antojadizo. Y sin embargo había alguien sentado junto a mí, un ser de carne y
hueso totalmente inverosímil, con botines alemanes de largas vueltas, y su voz
tintineaba, susurraba —dorada, voluptuosamente verde, familiar—, mientras que
las palabras que pronunciaba eran tan sencillas, tan humanas...
—Ya, ya te acuerdas. Sí, soy un duende del bosque, un
gnomo travieso[2].
Y aquí estoy, me han obligado a huir, como a todos los demás.
Suspiró profundamente, y volvieron a mi mente visiones
de agitados nimbos y también frondosas sierpes de arrogante follaje, y vivos
destellos de corteza de abedul como salpicaduras de espuma marina, contra el
fondo de un dulce zumbido perpetuo... Se inclinó hasta mí y me miró con dulzura
a los ojos. «¿Recuerdas nuestro bosque, los abetos tan negros, los abedules tan
blancos? Lo han talado entero. El dolor fue insoportable, vi cómo caían
crepitando mis queridos abedules ¿y qué
podía hacer yo? Me empujaron a los pantanos. Lloré y aullé, troné como un
avetoro, luego me fui corriendo a un bosque de pinos vecino.
»Y allí languidecía sin parar de sollozar. Apenas me
había acostumbrado al mismo cuando se acabaron los pinos, ya sólo quedaban
cenizas azulencas. Me vi obligado a marchar. Me encontré un bosque, un bosque
maravilloso, espeso, oscuro, fresco. Pero de alguna manera no era lo mismo. En
los viejos tiempos jugueteaba desde el alba hasta que el sol se ponía, silbaba
con furia, aplaudía sin cesar, aterrorizaba a los paseantes. Tú te acuerdas
bien, en una ocasión te perdiste en un oscuro escondrijo de mis bosques, tú y
un vestidito blanco, y yo me divertí anudando los senderos, dando vueltas a los
troncos de los árboles, haciendo guiños en el follaje. Me pasé toda la noche
disponiendo mis engaños. Pero todo lo que hacía era para divertirme, era un
puro juego, por más que me maldijerais. Pero ahora tuve que volverme serio,
porque mi nueva residencia no era un lugar divertido. Noche y día crepitaban en
mi entorno todo tipo de cosas extrañas. Al principio pensé que otro duende se
agazapaba por allí; le llamé, escuché. Algo crepitaba junto a mí, algo había
que retumbaba... Pero no, no eran los ruidos que nosotros hacemos. En una
ocasión, a la caída de la tarde, salté hasta un claro del bosque ¿y qué vi allí? Gente por el suelo,
algunos de espaldas, otros caídos de bruces. Bueno, pensé, los despertaré, ¡voy
a ponerlos en movimiento! Y empecé a trabajar batiendo las ramas,
bombardeándoles con piñas, ululando, susurrando... Trabajé así durante una hora
entera, sin conseguir nada. Luego miré detenidamente y me quedé horrorizado. Un
hombre tenía la cabeza separada del cuerpo y sólo los unía un frágil hilo
carmesí. El otro tenía una colonia de gusanos por estómago... No pude
soportarlo. Di un aullido, salté por los aires, y empecé a correr.
»Durante mucho tiempo estuve vagando por diferentes
bosques, pero no encontraba la paz. O bien era la inmovilidad completa, pura
desolación, mortal aburrimiento, o un horror tal que es mejor ni pensar en
ello. Finalmente me decidí a transformarme en un rústico, un mendigo con su
mochila, y me fui para siempre. ¡Adiós Rusia! Y entonces un espíritu amigo, el
duende de las aguas, me ayudó[3].
El pobre tipo también andaba huyendo. No salía de su asombro, no hacía sino
decir: "¡Qué tiempos nos han tocado vivir, qué calamidad!". Porque,
aunque en los viejos se divirtió tendiendo trampas a las gentes, seduciéndolas
hasta sus profundidades de agua (¡y vaya que si era hospitalario!), cuando las
tenía allí abajo las mimaba y consentía en el fondo dorado del río. ¡Qué
maravillosas canciones les cantaba para embrujarles! Ahora, dice, sólo llegan
por el agua hombres muertos, flotando en grupos, muchos, y el agua del río es
como la sangre, espesa, caliente, pegajosa y ya no puede respirar... Por eso me
llevó consigo.
»Fue a llamar a la puerta de un mar lejano, y me
asentó en una costa nubosa. "Vete, hermano, búscate una espesura
amiga." Pero no encontré nada, y acabé en esta espantosa ciudad de piedra
extranjera. Y así fue que me convertí en humano, con el atuendo completo,
cuello duro y botines, e incluso he aprendido a hablar como vosotros...»
Se quedó en silencio. Sus ojos relucían como hojas
húmedas, tenía los brazos cruzados, y a la luz vacilante de la vela que se
ahogaba, le brillaban unos mechones pálidos peinados a la izquierda.
«Sé que también tú languideces —su voz rielaba de
nuevo—, pero tu nostalgia, comparada con la mía, tempestuosa, turbulenta, no es
sino la respiración acompasada de quien duerme tranquilo. Piensa en eso: no
queda nadie de nuestra tribu en Rusia. Algunos de nosotros nos fuimos en
remolinos como espirales de niebla, otros se dispersaron por el mundo. Nuestros
ríos maternos están melancólicos, ya no hay manos retozonas que jueguen a
chapotear con los rayos de luna. Las campánulas que el azar ha querido conservar,
las que han logrado escapar a la guadaña, están silenciosas, los gusli azul
pálido que en tiempos servían a mi rival, el duende de los campos, para sus
canciones, también permanecen en silencio. El duende del hogar, desaliñado y
cariñoso ha abandonado con lágrimas en los ojos tu casa humillada y envilecida
y los bosquecillos se han marchitado, aquellas arboledas patéticamente
luminosas, mágicamente sombrías...
»Rusia, nosotros éramos Rusia, ¡tu inspiración, tu
belleza insondable, tu magia secular! Y nos hemos ido todos, desaparecidos,
empujados al exilio por un agrimensor loco.
»Amigo mío, moriré pronto, dime algo, dime que me
quieres, a mí, un fantasma sin hogar, ven siéntate a mi lado, dame la mano...».
La vela chisporroteó y se apagó. Unos dedos fríos me
tocaron la mano. Oí la vieja risotada de melancolía, tan conocida, que repicó
una vez antes de callarse.
Cuando di la luz no había nadie en el sillón...
¡Nadie!... No quedaba nada en el cuarto sino un aroma maravillosamente sutil de
abedul, de húmedo musgo...
Esto es lo que veo ahora mismo en tus ojos: una noche
lluviosa, una calle angosta, unas farolas que se pierden en la distancia. El
agua se desliza vertiginosa por las laderas de los tejados empinados hasta los
desagües. Debajo de la boca de serpiente de cada uno de los desagües hay un
cubo con un aro verde. Las hileras de cubos bordean las paredes negras a ambos
lados de la calle. Yo los observo mientras se van llenando de mercurio frío. El
mercurio pluvial va creciendo hasta desbordarse. Las bombillas desnudas brillan
en la distancia, sus rayos erizados en la lluviosa oscuridad. Los cubos ya se
están desbordando.
Y así logro entrar en tus ojos nublados, hasta llegar
a una callejuela angosta de negra luz tenue donde la lluvia nocturna borbotea y
susurra. Sonríeme. ¿Por qué me miras con expresión tan sombría y siniestra? Ya
es de mañana. Las estrellas no han cesado de chillar con sus voces infantiles
toda la noche mientras que en el tejado alguien laceraba y acariciaba un violín
con un arco afilado. Mira, el cielo cruza la pared lentamente como una vela al
viento. Tú emanas una niebla ahumada que todo lo envuelve. El polvo comienza a
tejer remolinos en tus ojos, millones de palabras doradas. ¡Sonreiste!
Salimos al balcón. Es primavera. Abajo, en medio de la
calle, un chico de rizos amarillos trabaja a toda prisa, dibujando a un dios.
El dios se extiende de una a otra acera. El chico agarra un trozo de tiza en la
mano, un trocito de carboncillo blanco, y en cuclillas, sin dejar de dar
vueltas, dibuja con amplios trazos en el suelo. Este dios blanco tiene grandes
botones también blancos y los pies abiertos. Crucificado en el asfalto, mira
hacia el cielo con ojos abiertos. Su boca es tan sólo y también un simple arco
blanco. Un puro, del tamaño de un leño, ha aparecido en su boca. Con trazos
helicoidales el chico dibuja unas espirales que quieren representar el humo.
Contempla su obra, brazos en jarras. Añade un nuevo botón... El marco de una
ventana suena en algún lugar; y una voz de mujer, enorme y feliz, llama al
muchacho. El niño se desprende de la tiza con una patada y corre a casa. El
dios blanco, geométrico, queda abandonado en el asfalto violeta, mirando al
cielo.
Y de nuevo tus ojos se volvieron tenebrosos. En
seguida me di cuenta de lo que recordaban. En un rincón de nuestro dormitorio,
bajo el icono, hay una pelota de goma de colores. A veces salta suave y triste
de la mesa y cae rodando hasta el suelo.
Vuélvela a poner en su sitio bajo el icono y luego
¿por qué no vamos a dar un paseo?
Aire de primavera. Un poco velloso. ¿Ves esos tilos
que bordean la calle? Negras ramas cubiertas con húmedas lentejuelas verdes.
Todos los árboles del mundo están viajando hacia algún lugar. Un peregrinaje
continuo. ¿Recuerdas, cuando estábamos de camino hacia aquí, hacia esta ciudad,
los árboles que corrían a lo largo de las ventanillas de nuestro vagón de tren?
Y antes de eso, en Crimea, vi una vez un ciprés que se inclinaba sobre un
almendro en flor. En tiempos, el ciprés había sido un deshollinador muy alto,
grande, con un escobón y una escalera bajo el brazo. Completamente enamorado,
pobre hombre, de una pequeña lavandera, rosa como los pétalos del almendro. Su
delantal rosa se hincha con la brisa; él se inclina tímidamente hacia ella,
como si todavía le preocupara la posibilidad de mancharla de hollín. Una fábula
de primera clase.
Todos los árboles son peregrinos. Tienen su Mesías, al
que van buscando. Su Mesías es un regio cedro del Líbano, o quizás sea un árbol
pequeño, un pequeño matorral absolutamente discreto de la tundra...
Hoy unos tilos pasan por la ciudad. Se hizo un intento
de detenerlos. Se construyeron unas vallas circulares alrededor de sus troncos.
Pero se mueven igual...
Los tejados relumbran como espejos oblicuos cegados
por el sol. Una mujer con alas está de pie en el alféizar de una ventana,
limpiando los cristales. Se inclina, hace unas muecas, se quita un mechón de
pelo llameante de la cara. El aire huele levemente a gasolina y a tilos. ¿Quién
podrá decir, hoy en día, qué efluvios saludaban al viajero que entraba en un
atrio de Pompeya? Dentro de medio siglo nadie conocerá los olores que triunfan
hoy en nuestras calles y en nuestras habitaciones. Excavarán la estatua de
algún héroe militar de piedra, de las que se encuentran a cientos en cualquier
ciudad, y suspirarán por el Fidias de antaño. Todo en el mundo es bello, pero
el Hombre sólo reconoce la belleza si la ve con poca frecuencia o desde
lejos... Escucha... ¡Hoy, somos dioses! Nuestras sombras azules son enormes.
Nos movemos en un mundo gigantesco, alegre. La columna de la esquina está
envuelta en lonas mojadas, en las que un pincel ha esparcido remolinos de
colores. La anciana que vende periódicos tiene unas canas grises en la
barbilla, y unos ojos azules con un punto de locura. Los periódicos en rebujo
se le escapan desordenadamente de la bolsa donde los lleva. Sus grandes tipos
me llevan a pensar en cebras voladoras.
Un autobús se detiene en su parada. Arriba, el revisor
golpea con la mano en la regala de hierro. El timonel da un giro de ciento
ochenta grados al timón. Un creciente lamento trabajoso, un breve chirrido. Las
anchas ruedas han dejado huellas de plata en el asfalto. Hoy, en este día
soleado, todo es posible. Mira, un hombre ha saltado de un tejado a un cable y
está caminando por él, partiéndose de risa, con los brazos extendidos, sobre la
calle que es puro movimiento. Mira, dos edificios acaban de jugar armoniosamente
a la pídola; el número tres acabó entre el uno y el dos; no cayó en el lugar
preciso. Vi un espacio vacío, una estrecha banda de sol. Y una mujer se detuvo
en mitad de una plaza, echó atrás la cabeza, y empezó a cantar; un grupo de
gente le hizo corro, y luego se marcharon: hay un vestido vacío en el asfalto,
y en el cielo una nubecilla transparente.
Te estás riendo. Cuando ríes, quiero que todo el mundo
se transforme para que te refleje como un espejo. Pero tus ojos se apagan al
instante. Dices, apasionada, temerosamente: «¿Te gustaría ir... allí? ¿No te
importa? Se está tan bien allí, todo está en flor...».
Es cierto, todo está en flor, es cierto que iremos.
Porque ¿no somos dioses tú y yo? Siento en mi sangre la rotación de universos
inexplorables...
Escucha, quiero correr durante toda mi vida, gritando
a pleno pulmón. Que toda la vida sea un aullido desbordado. Como la multitud
que saluda al gladiador.
No te pares a pensar, no interrumpas el grito,
respira, libera el éxtasis de la vida. Todo está en flor. Todo vuela. Todo
grita, y se atraganta con sus gritos. Risa. Carreras. Suéltate el pelo. Eso es
todo en lo que consiste la vida.
Llevan a unos camellos por la calle, el circo los
devuelve de nuevo al zoo. Sus pesadas jorobas se escoran y se balancean. Sus
rostros alargados y amables se alzan ligeramente, soñadores. ¿Cómo va a existir
la muerte si hay alguien que conduce unos camellos por la calle de primavera?
En la esquina, una bocanada inesperada de flores rusas; un mendigo, una
monstruosidad divina, contorsionado, con pies que le crecen en las axilas,
ofrece, con una pata mojada y peluda, un ramo de verduscos lirios del valle...
Me tropiezo con un transeúnte... Colisión momentánea de dos gigantes.
Jovialmente intenta golpearme magnífico con su bastón lacado. La punta, en su
trayecto de vuelta, rompe un escaparate detrás de él. Cruzan el cristal una
serie de zigzags. No —sólo es el chapoteo de la luz del sol que se refleja en
mis ojos. ¡Mariposa, mariposa! Negra con rayas rojas... Un trozo de
terciopelo... irrumpe en el asfalto, se eleva sobre un coche que pasa y sobre
un edificio muy alto, hasta llegar al azul húmedo de un cielo de abril. Otra
mariposa idéntica se posó en una ocasión en el borde blanco de un circo;
Lesbia, la hija del senador, grácil, de ojos oscuros, con una cinta de oro en
la frente, extasiada por las alas palpitantes, se perdió el segundo preciso, el
remolino de polvo cegador, en el que el cuello de toro de uno de los
gladiadores se rompió bajo la rodilla desnuda del otro.
Hoy tengo el alma llena de gladiadores, de sol, del
ruido del mundo...
Bajamos por una amplia escalera y llegamos a una
cámara bajo tierra, alargada, oscura. Las baldosas resuenan vibrantes bajo
nuestras pisadas. Las figuras de unos pecadores ardiendo adornan las paredes
grises. En la distancia, los truenos negros se hinchan en pliegues de
terciopelo. Todo estalla a nuestro alrededor. Corremos, como si esperáramos a
un dios. Estamos encerrados dentro de un brillo de cristal. Adquirimos
velocidad. Nos precipitamos a una sima negra y corremos en un estruendo seco
hasta las profundidades bajo tierra, colgados de cinchas de cuero. Con una
detonación las lámparas ámbar se extinguen por un segundo durante el cual unos
glóbulos frágiles se queman en luz cálida en la oscuridad —los ojos saltones de
los demonios o quizás los puros de nuestros compañeros de viaje.
Vuelven las luces. Mira, mira allí, el hombre alto del
abrigo negro junto a la puerta de cristal del coche. Apenas reconozco aquel
rostro estrecho, amarillento, el grueso puente de su nariz. Labios finos
apretados, el surco atento entre las tupidas cejas, escucha una explicación que
está dando otro hombre, pálido como una máscara de escayola, con una pequeña
barba esculpida, circular. Estoy seguro de que están hablando en terza rima.
Y tu vecina, aquella señora con aquel abrigo pálido sentada con los ojos bajos:
¿podría ser la Beatriz de Dante? Emergemos del malsano y húmedo infierno de
nuevo a la luz del sol. El cementerio está lejos, en las afueras. Los edificios
son cada vez más escasos. Hay vacíos entre los mismos, de un verde apagado. Me
acuerdo del aspecto de esta ciudad en los grabados antiguos.
Caminamos contra el viento a lo largo de vallas que
impresionan. En un día como éste, soleado y trémulo, emprenderemos viaje al
norte, a Rusia. Habrá pocas flores, sólo las estrellas amarillas de los dientes
de león a lo largo de las zanjas. Los postes de telégrafo color ala de paloma
cantarán cuando nos acerquemos. Cuando, tras la curva que tan bien conocemos,
mi corazón se vea asaltado por los abetos, por la arena roja, por la esquina de
la casa, tropezaré y me caeré de bruces.
¡Mira! Por encima de las extensiones vacías de tierra
verde, en las alturas del cielo, un avión progresa con un tañido como un arpa
eólica. Sus alas de cristal relucen. ¿Hermoso, no te parece? Oh, escucha, esto
ocurrió en París, hace ciento cincuenta años. Una mañana temprano —era otoño, y
los árboles flotaban en suaves masas naranjas a lo largo de los bulevares
elevándose hacia el cielo—, una mañana temprano, los comerciantes se reunieron
en la plaza del mercado; los puestos estaban rebosantes de manzanas relucientes
y húmedas; había ráfagas de miel y de heno fresco. Un tipo algo mayor con canas
en las orejas se ocupaba en disponer lentamente unas jaulas que contenían
diversos tipos de aves, que no paraban de moverse en el aire helado; luego se
reclinó soñoliento en una estera, porque la niebla de la aurora todavía
oscurecía las manos doradas de la esfera negra del reloj del Ayuntamiento.
Apenas se había dormido cuando alguien empezó a tirarle de la manga. De un
saltó se levantó el anciano y vio ante sí a un joven sin aliento. Era
larguirucho, enjuto, con la cabeza pequeña y una nariz puntiaguda. Su chaleco,
plateado con rayas negras, estaba mal abotonado, la cinta de su coleta estaba
suelta, una de sus medias blancas le caía toda arrugada sobre el zapato. «Necesito
un pájaro, cualquier ave me basta... un pollo servirá», dijo el joven, después
de lanzar una precipitada mirada a las jaulas todo nervioso. El anciano sacó
cautelosamente una pequeña gallina blanca de la jaula y la depositó, no sin un
combate de plumas, en las manos renegridas del joven. «¿Qué le pasa... está
enferma?», preguntó el joven, como si estuviera discutiendo la compra de una
vaca. «¿Enferma? Será de comer pescado», juró el vejete sin demasiada
convicción.
El joven le lanzó una moneda reluciente y corrió por
entre los puestos apretando la gallina contra el pecho. Luego se detuvo, rehízo
bruscamente su camino con la coleta volando al viento y corrió hasta el viejo
comerciante.
—También necesito la jaula —dijo.
Cuando por fin se marchó, con la jaula en la mano
extendida, separada del cuerpo y equilibrando el paso con el otro brazo que
balanceaba como si llevara un cubo, el viejo dio un bufido y volvió a tenderse
sobre su estera. Lo que vendiera aquel día o lo que le ocurriera después no es
asunto que deba interesarnos para nada.
En cuanto al joven, era nada más y nada menos que el
hijo del famoso físico Charles. Charles miró por encima de sus lentes a la
gallina, dio un breve golpe a la jaula con sus uñas amarillas y dijo: «Está
bien... ahora también tendremos un pasajero». Luego, con un severo destello de
sus gafas, añadió: «En cuanto a ti y a mí, hijo mío, nos tomaremos nuestro
tiempo. Sólo Dios sabe cómo será el aire ahí arriba entre las nubes».
Aquel mismo día a la hora fijada en los Campos de
Marte, ante una multitud atónita, una cúpula enorme, liviana, bordada con
arabescos chinos, que llevaba atada con cuerdas de seda una barquilla dorada,
se fue hinchando lentamente a medida que se iba llenando de hidrógeno. Charles
y su hijo trabajaban entre corrientes de humo que el viento hacía a un lado. La
gallina miraba entre los alambres de su jaula con sus ojos pequeños, y la
cabeza ladeada. En torno suyo, se movían caftanes de colores y lentejuelas, ligeros
vestidos de mujer, sombreros de paja; y cuando la esfera inició su marcha
ascendente, el viejo físico la siguió con la mirada, y luego rompió a llorar en
el hombro de su hijo, y cientos de manos empezaron a saludar por todos lados
con pañuelos y cintas. Unas nubes frágiles flotaban por el cielo soleado y
tierno. La tierra se iba alejando, temblorosa, verde clara, cubierta por
sombras que corrían vertiginosas y por las manchas encendidas de los árboles.
Abajo pasó corriendo un jinete de juguete... pero pronto la esfera desapareció
de la vista. La gallina seguía mirando hacia la tierra con uno de sus ojillos.
El vuelo duró todo el día. El día terminó con una gran
e intensa puesta de sol. Cuando cayó la noche, la esfera comenzó a descender
lentamente. En tiempos, en un pueblo a la ribera del Loira, vivía un campesino
amable y astuto. Sale al campo con las luces del alba. En medio del campo ve un
prodigio: un montón inmenso de seda de colores. Cerca, volcada, hay una pequeña
jaula. Un pollo, todo blanco, como si estuviera moldeado en nieve, sacaba la
cabeza por la malla y movía el pico intermitentemente, como si buscara algún
insecto entre la hierba. Al principio, el campesino se llevó un susto, pero
luego se dio cuenta de que era sencillamente un regalo de la Virgen María, cuyo
cabello flotaba en el aire como las telas de araña en el otoño. La seda la
vendió su mujer poco a poco en la ciudad cercana, la pequeña barquilla dorada
se convirtió en una cuna para su primer nacido envuelto en todo tipo de
pañales, y el pollo fue enviado al corral.
Escucha.
Pasó algún tiempo, y un buen día, al pasar junto a una
montañita de barcias en la puerta del corral, el campesino oyó un cloqueo de
felicidad. Se detuvo. La gallina se destacó del polvo verde y miró hacia el sol
mientras caracoleaba rápidamente no sin cierto orgullo. Entretanto, entre las
barcias, calientes y lustrosos, lucían cuatro huevos dorados. ¡No es de
extrañar! A merced del viento, la gallina había atravesado el arrebol entero
del atardecer, y el sol, un gallo encendido con cresta carmesí, había batido
sus alas sobre ella.
No sé si el campesino lo entendió. Durante mucho
tiempo se quedó inmóvil, abriendo y cerrando los ojos ante tal brillantez,
sosteniendo en las palmas de las manos los huevos todavía calientes, enteros,
dorados. Luego, arrastrando los zuecos, corrió por el patio dando tales
aullidos que el mozo pensó que se debía haber cortado un dedo con el hacha...
Ni que decir tiene que todo esto pasó hace mucho,
mucho tiempo, mucho antes de que el aviador Latham, tras caerse con su avión en
mitad del Canal de la Mancha, se sentara en la cola de libélula de su Antoinette
mientras se sumergía en las aguas, a fumarse un cigarrillo que amarilleaba
al viento, mientras observaba cómo, arriba en el cielo, su rival Blériot, en su
asco de máquina de alas rechonchas, volaba por primera vez desde Calais hasta
las costas azucaradas de Inglaterra.
Pero no consigo vencer tu angustia. ¿Por qué tus ojos
se han vuelto a llenar de oscuridad? No, no digas nada. Lo sé todo. No debes
llorar. Seguro que ha oído mi fábula, no hay duda de que puede oírla. Es a él a
quien va dirigida. Las palabras no tienen fronteras. ¡Trata de entender! Me
miras de una forma tan oscura y tan siniestra. Recuerdo la noche después del
funeral. No pudiste quedarte en casa. Tú y yo salimos al fango brillante de la
nieve derretida. Nos perdimos. Acabamos en una calle extraña, angosta. No
conseguí distinguir su nombre, pero lo que sí advertí es que estaba del revés,
como en un espejo, en el cristal de una farola. Las luces se perdían en la
distancia. De los tejados caía persistente el agua. Los cubos que se alineaban
a ambos lados de la calle, a lo largo de las paredes negras, se llenaban de
mercurio negro. Se llenaban y se derramaban. Y de repente, extendiendo las
manos indefensa, hablaste.
—Pero era tan pequeño, tan cálido...
Perdóname si soy incapaz de llorar, sencillamente de
llorar, eso tan humano, perdóname si en su lugar no hago más que cantar y
correr hacia algún sitio, agarrándome a cualquier ala que pasa, alto,
despeinado, con un ligero bronceado en la frente. Perdóname. Así debe ser.
Caminamos despacio a lo largo de las vallas. El
cementerio ya está cerca. Allí está, un islote de blanco y verde invernal entre
unos polvorientos solares vacíos. Ahora ve tu sola. Te esperaré aquí. Tus ojos
apuntan una fugaz sonrisa un punto tímida. Me conoces tan bien... El portillo
de entrada rechinó, y luego se cerró de golpe. Yo me he quedado solo, sentado
entre la hierba dispersa. A pocos pasos hay un huerto con coles moradas. Al
otro lado del solar, fábricas, monstruos de ladrillo que flotan en la niebla
azul. A mis pies, una lata aplastada reluce oxidada en un embudo de arena. A mi
alrededor, silencio y una especie de vacío primaveral. No hay muerte. El viento
me sorprende a mi espalda, cae sobre mí como una muñeca fláccida y me hace
cosquillas en el cuello con su pata velluda. No puede haber muerte.
Mi corazón, también, ha planeado en las alturas a
través de la aurora. Tú y yo tendremos un hijo nuevo, dorado, una creación de
tus lágrimas y de mis fábulas. Hoy he entendido la belleza de los cables que se
cruzan en el cielo, y el mosaico nebuloso de las chimeneas de las fábricas, y
esta hojalata oxidada con su tapa del revés, medio cortada y aserrada. La
pálida hierba corre, corre hacia algún lugar, entre las olas polvorientas del
solar. Alzo los brazos. La luz del sol resbala por mi piel. Mi piel está cubierta
por chispas de muchos colores.
Y quiero levantarme, abrir los brazos en un abrazo
inmenso, dirigir un discurso largo y luminoso a la multitud invisible.
Empezaría así:
—Oh dioses color del arco iris...
Cuando la punta curva de un esquí se cruza con la
otra, uno cae hacia delante. La nieve se le mete por las mangas, le escalda la
piel y no resulta fácil volver a ponerse en pie. Kern, que hacía mucho tiempo
que no esquiaba, empezó a sudar con el esfuerzo. Un poco mareado, se quitó de
un tirón el gorro de lana que le hacía sentir un picor en las orejas y se
limpió con él la nieve húmeda que le había quedado prendida en las pestañas.
Todo era alegría y azul delante del hotel de seis
pisos. Los árboles se elevaban incorpóreos en el resplandor del ambiente. Las
huellas de innumerables esquís cubrían como una melena de cabellos oscuros el
dorso de las colinas nevadas. Y, envolviéndolo todo, una gigantesca blancura se
precipitaba hacia el cielo y brillaba, libre, en el firmamento.
Los esquís de Kern crujían mientras trataba de
remontar la pendiente. Al observar la fortaleza de sus hombros, su perfil
aquilino, y el brillo robusto de sus pómulos, la joven inglesa que había
conocido el día anterior, al tercer día de su llegada, le había tomado por un
compatriota. Isabel, Isabel la Voladora, como la habían bautizado una
pandilla de jóvenes morenos y delgados, de tipo argentino que corrían a todas
partes detrás de ella: al salón de baile del hotel, por las escaleras, por las
nevadas pendientes en un ballet de polvo brillante. Su aspecto era impetuoso y
deportista, tenía una boca tan roja que parecía que el Creador hubiera extraído
de la tierra un puñado de tórrido carmín y se lo hubiera pasado por la parte
inferior del rostro. En sus ojos chispeantes había un apunte de risa. En su
pelo negro y brillante como el satén se erguía una peineta española, tiesa como
una ola e hincada en una onda profunda de su pelo. Así era como Kern la había
visto ayer, a la puerta de su habitación, la treinta y cinco, cuando el timbre
ligeramente sordo del gong la convocó a cenar. Y el hecho de que fueran
vecinos, y que el número de la habitación de la joven coincidiera exactamente
con el de los años que él tenía en ese momento, así como la circunstancia de
que ella estuviera sentada frente a él en la gran table d'hôte, tan
alta, vivaracha, con un traje negro escotado, y una estola de seda negra en su
cuello desnudo, todo esto le pareció a Kern tan significativo que le abrió una
fisura en la aburrida melancolía que le llevaba sofocando durante los últimos
seis meses.
Fue Isabel quien le abordó, pero él no se mostró
sorprendido. En este inmenso hotel que resplandecía, aislado, en una grieta
entre las montañas, la vida palpitaba ligera y un poco achispada después de los
años muertos de la guerra. Además, a ella, a Isabel, nada le estaba prohibido,
ni el seductor juego de pestañas, ni la melodía de risa en su voz, cuando
decía, alcanzándole el cenicero a Kern: «Creo que usted y yo somos los únicos
ingleses aquí», para luego acercársele hasta casi tocarle con su hombro translúcido
tan sólo sujeto por una cinta negra, y añadir: «Sin contar, claro está, a una
media docena de ancianas y a aquel personaje sentado más allá con el cuello
vuelto del revés».
Kern contestó: «Está equivocada. Yo no tengo patria.
Es verdad que he pasado una serie de años en Londres. Además...».
A la mañana siguiente, tras seis meses de apatía
completa, sintió de nuevo inesperadamente el placer de entrar en el cono
ensordecedor de una ducha fría como el hielo. A las nueve, después de un
desayuno copioso y prudente, salió haciendo crujir con sus esquís la arena
rojiza que habían esparcido sobre el resplandor desnudo del camino delante de
la terraza del hotel. Cuando hubo subido por la pendiente nevada, haciendo
espiga, como hacen los buenos esquiadores, allí, entre pantalones de cuadros y
rostros rubicundos, estaba Isabel.
Ella le saludó a la inglesa —se limitó a concederle un
asomo de sonrisa. Los esquís de Isabel irradiaban un dorado color oliva. La
nieve se agarraba a las intrincadas fijaciones que le sujetaban los pies. Había
una cierta energía poco femenina en sus pies y en sus piernas, bien
proporcionadas a pesar de las rudas botas y las polainas que las envolvían y
apretaban. Una sombra púrpura se deslizó tras ella por la superficie crujiente,
cuando con las manos desenfadadamente enfundadas en los bolsillos de su chaqueta
de cuero, con el esquí izquierdo ligeramente avanzado, se lanzó ladera abajo,
cada vez más rápido, con la bufanda al viento entre chorros de nieve en polvo.
De pronto, a toda velocidad, hizo un giro con una rodilla muy flexionada, se
volvió a estirar, y se lanzó pendiente abajo, dejando atrás los abetos y la
pista de patinaje turquesa. Un par de jóvenes abrigados con jerseys de vivos
colores y un famoso deportista sueco con cara de terracota y cabello incoloro,
peinado hacia atrás, fueron tras ella a toda velocidad.
Un poco más tarde, Kern se la volvió a encontrar,
cerca de una pista azulada por la que se deslizaba la gente con un débil
chasquido, bocabajo en sus trineos chatos como si fueran ranas velludas. Con un
destello de sus esquís, Isabel desapareció tras un montículo de nieve, y cuando
Kern, avergonzado de sus torpes movimientos, la alcanzó en una vaguada entre
heladas ramas de plata, ella le saludó con un gesto de los dedos, se dio
impulso con sus esquís y desapareció de nuevo. Kern se detuvo un momento entre las
sombras violetas, y de repente sintió una bocanada de aquel miedo al silencio
que tan bien conocía. El encaje de las ramas en el aire esmaltado tenía la
frialdad de un cuento de terror. Los árboles, las intrincadas sombras, sus
propios esquís, todo parecía participar extrañamente de una calidad como de
juguete. Se dio cuenta de que estaba cansado, de que tenía una ampolla en el
talón y, tras agarrarse a unas ramas para ayudarse a dar la vuelta, inició el
retorno. Los patinadores se deslizaban mecánicamente por el suave turquesa de
la pista. En la ladera nevada, el Sueco de terracota ayudaba a levantarse a un
tipo larguirucho, todo cubierto de nieve, con gafas de montura de concha, que
estaba caído entre el polvo resplandeciente como si fuera un torpe pájaro. Como
un ala que se hubiera desprendido, un esquí que se le había soltado del pie se
deslizaba colina abajo.
En su habitación, Kern se cambió y al oír el hueco
sonido del gong, llamó al timbre y pidió rosbif frío, unas uvas y una botella
de Chianti.
Tenía un dolor persistente en la espalda y en los
muslos.
Quién le mandaba a él perseguirla, pensó. Un hombre se
pone un par de tablas en los pies y procede a saborear la ley de la gravedad.
Ridículo.
Hacia las cuatro bajó al amplio salón de lectura,
donde la chimenea exhalaba un calor naranja y una serie de gente invisible
reposaba, oculta tras sus periódicos, en unos inmensos sillones de piel, con
las piernas extendidas que surgían debajo de un lugar de nadie hecho de letra
impresa. Sobre una larga mesa de roble había un montón de revistas
desordenadas, llenas de anuncios de perfumería, de chicas de cabaret y de
chisteras parlamentarias. Kern cogió un ejemplar algo estropeado del Tatler de
junio anterior y durante largo rato estuvo examinando la sonrisa de la mujer
que durante siete años había sido su esposa. Recordó su rostro muerto,
convertido en algo
Tan frío y tan duro, y algunas cartas que había
encontrado en una pequeña caja.
Dejó a un lado la revista, y la uña chirrió contra el
brillo de la página.
Luego, echó a andar con esfuerzo, dando bocanadas a su
pipa, hasta llegar a la enorme terraza cubierta, donde tocaba una orquesta
helada y la gente bebía un té muy fuerte, arropada con bufandas de vivos
colores, dispuesta a salir de nuevo corriendo al frío, a las pistas que
brillaban con insistente luz trémula a través de los grandes ventanales. Con
ojos escrutadores, recorrió la terraza con la mirada. La mirada curiosa de
alguien le traspasó como cuando una aguja alcanza el nervio de una muela.
Abandonó el lugar de inmediato.
Entró en la sala de billar, empujando con el hombro la
puerta de roble que cedió a su paso y se encontró a Monfiori, un tipo bajo,
pálido y de pelo rojo que sólo respetaba la Biblia y las carambolas de billar,
que se inclinaba sobre el tapete verde, moviendo su taco, apuntando a una bola.
Kern lo acababa de conocer y el hombre le abrumó con citas de las Sagradas
Escrituras. Dijo que estaba escribiendo un libro importante en el que
demostraba que, si analizamos el Libro de Job de una cierta manera, entonces...
Pero Kern dejó de escucharle, porque su atención quedó repentinamente prendida
en las orejas de su interlocutor, puntiagudas, llenas de polvo de color
canario, con una pelusilla rojiza en las puntas.
Las bolas chocaron y se dispersaron. Enarcando las
cejas, Monfiori le invitó a jugar. Tenía unos ojos melancólicos, ligeramente
bulbosos, cabrunos...
Kern ya había aceptado, e incluso había frotado un
poco de tiza en la punta de su taco, pero de repente sintió una ola de hastío
tremendo que le provocó un inmenso dolor de estómago y un estrépito en sus
oídos, y entonces dijo que le dolía el codo, luego contempló al pasar por una
ventana el brillo azucarado de los montes, y volvió a la sala de lectura.
Allí, con las piernas cruzadas y aguantándose el daño
que le hacía uno de sus zapatos de charol, volvió a examinar la fotografía gris
perla, los ojos infantiles y los sombreados labios de la belleza londinense que
había sido su mujer. La primera noche después de su suicidio, siguió a una
mujer que le sonrió en una esquina en la noche de niebla y se vengó de Dios,
del amor, y del destino.
Y ahora venía Isabel con aquella herida roja de su
boca. Si uno pudiera...
Apretó los dientes y los músculos de su poderosa
mandíbula se tensaron. Toda su vida anterior parecía una inestable hilera de
biombos de colores tras los que se había escudado para protegerse de las
corrientes cósmicas. Isabel no era sino el último panel, el más brillante, de
su biombo. ¡Cuántos jirones de seda como éste había tenido y cuántos había
tratado de colgar contra el agujero negro y voraz! Viajes, libros encuadernados
con exquisitez y siete años de un éxtasis de amor. Estos jirones se mecían al
compás del viento de fuera, se rasgaban, se caían uno a uno. El vacío no se
puede ocultar, el abismo respira y lo succiona todo. Esto lo comprendió cuando
el detective con sus guantes de cabritilla...
Kern sintió como una sacudida y le pareció que una
pálida joven de cejas rosas le estuviera mirando escondida tras una revista.
Cogió un Times de la mesa y abrió sus gigantescas páginas. El papel se
interponía como una sábana contra el abismo. La gente se inventa crímenes,
museos, juegos, sólo para escapar del desconocido y vertiginoso firmamento. Y
ahora, esta Isabel...
Dejó a un lado el periódico, se llevó a la frente su
puño enorme y de nuevo sintió la mirada de alguien fija en su persona. Entonces
salió despacio de la habitación, esquivando las piernas lectoras, por delante
de la mandíbula abierta y naranja de la chimenea. Se perdió por los pasillos
ruidosos, y se encontró inesperadamente en un salón donde las patas blancas y
curvas de las butacas se reflejaban en el parquet del suelo, y donde colgaba un
gran cuadro de Guillermo Tell haciendo blanco en la manzana que su hijo
sostenía en la cabeza; a continuación examinó con detenimiento la tristeza de
su rostro recién afeitado, las venillas rojas de sus ojos, su pajarita de
cuadros, en un cuarto de baño resplandeciente donde el agua borboteaba
musicalmente y una colilla dorada abandonada por alguien flotaba en el fondo de
porcelana.
Al otro lado de los ventanales, las nieves comenzaban
a empañarse y a volverse azules. El cielo se iluminaba con delicadas
tonalidades. Los batientes de la puerta giratoria que conducía al estruendoso
vestíbulo centelleaban lentos a medida que daban entrada a las nubes de vapor
que acompañaban a los esquiadores, que llegaban sin resuello y con rostros
arrebolados, fatigados de sus juegos nevados. Las escaleras respiraban con cada
pisada, con cada grito y con cada risotada. Luego, el hotel se quedó en silencio:
todo el mundo se vestía para la cena.
Kern, que se había quedado vagamente adormecido en el
sillón de su habitación a la luz del crepúsculo, se despertó con las
vibraciones del gong. Feliz con su renovada energía, encendió las luces, se
puso los gemelos en una camisa limpia y recién almidonada sacó un par de
pantalones negros del ropero. Cinco minutos más tarde, ya mucho más ligero y
seguro de sí mismo al comprobar su atuendo, el pelo firme y peinado en su
cabeza, el más mínimo detalle de su ropa perfectamente planchada, bajó al
comedor.
Isabel no estaba allí. Sirvieron la sopa, a
continuación el pescado, pero ella seguía sin aparecer.
Kern examinaba con repugnancia a aquellos jóvenes
bronceados y mates, el rostro aladrillado de una mujer mayor que se había
pintado una peca para disimular un grano, a un hombre con ojos de cabra, y dejó
que su mirada melancólica se posara en una pequeña pirámide espiral de jacintos
que surgía de una maceta verde.
Ella no se dignó aparecer hasta que, en el salón que
presidía Guillermo Tell, comenzaron a aullar y a retumbar los instrumentos de
una banda de negros.
Olía al frío del aire y a perfume. Su pelo parecía
mojado. Había algo en su rostro que le dejó pasmado.
Le dedicó una gran sonrisa y se arregló la cinta negra
que cruzaba sus hombros transparentes.
—Acabo de llegar. Apenas he tenido tiempo de cambiarme
y tomarme un sandwich a toda prisa.
Kern le preguntó:
—¿No me dirá que ha estado esquiando todo este tiempo?
Pero si está completamente oscuro allí fuera.
Ella le dedicó una intensa mirada, y Kern se dio
cuenta entonces de lo que le había chocado en ella: sus ojos, que brillaban
centelleantes como si los cubriera el polvo del hielo.
Isabel comenzó a resbalar planeando como una paloma
por las vocales del inglés:
—Desde luego. Ha sido extraordinario. Me he lanzado
como un rayo por las pendientes en la oscuridad, he volado por encima de los
badenes. He llegado hasta las estrellas.
—Podía haberse matado —dijo Kern.
Y ella, entrecerrando la suavidad de sus ojos,
repitió:
—Hasta las estrellas —y añadió, con un destello en el
hombro—, pero ahora quiero bailar.
La banda de músicos negros gritaba y aullaba en el
vestíbulo. Unas linternas japonesas flotaban llenas de color. De puntillas,
alternando los pasos cortos con otros largos y detenidos, sus manos juntas,
Kern avanzaba de la mano de Isabel, sus cuerpos juntos. Un paso más, y la
maravillosa pierna de aquella mujer se pegaría a su cuerpo, otro más, y ella se
le entregaría sin resistencia. La frescura fragante de su pelo le hacía
cosquillas en la sien, y sentía, bajo la hoja de su mano, las curvas sinuosas y
flexibles de su espalda desnuda. En silencio, entraba en los quiebros de la
música, para a continuación deslizarse de compás en compás... En su entorno
flotaban los rostros intensos de parejas de rasgos angulosos con miradas
perversamente ausentes. Y el patrón de un ritmo primitivo puntuaba sobre el
sonido opaco de las cuerdas.
La música se aceleró, creció en volumen y se
interrumpió con estrépito. Todo se detuvo. Y entonces estalló el aplauso,
pidiendo más de lo mismo. Pero los músicos habían decidido tomarse un descanso.
Kern sacó un pañuelo de la manga y se limpió el sudor,
antes de seguir a Isabel, quien, con un leve golpe de su abanico negro, se
dirigía ya hacia la puerta. Se sentaron uno junto a otro en unas grandes
escaleras.
Sin mirarle, ella le dijo:
—Lo siento... tenía la sensación de que todavía estaba
entre la nieve y las estrellas. Ni siquiera me di cuenta de si bailaba bien.
Kern la miró como si no la oyera, como si de verdad
ella estuviera inmersa en sus brillantes pensamientos, pensamientos
desconocidos para él.
Unos escalones más abajo, un joven vestido con una
chaqueta muy estrecha descansaba acompañado de una joven muy delgada con una
marca de nacimiento en la espalda. Cuando la música volvió a sonar de nuevo, el
joven invitó a Isabel a bailar un Boston. Kern tuvo que bailar con la
joven flaca. Olía a lavanda ligeramente amarga. En el salón de baile los
remolinos de serpentinas de colores se enredaban en torno a los bailarines. Uno
de los músicos llevaba un bigote blanco, postizo y, por alguna razón, Kern
sintió vergüenza ajena. Cuando acabó aquella pieza, abandonó a su pareja y se
fue corriendo en busca de Isabel. No estaba por ninguna parte... ni en el bufé,
ni en la escalera.
Claro, ya era hora de irse a dormir, pensó Kern
conciso.
De nuevo en su habitación retiró la cubierta de la
cama antes de acostarse y, sin pensar, se puso a contemplar la noche. Las
ventanas se reflejaban en la oscuridad de la nieve delante del hotel. En la
distancia, las cumbres metálicas flotaban en un resplandor fúnebre.
Tuvo la sensación de que había estado contemplando la
muerte. Cerró las cortinas de tal modo que no pudiera entrar ni el más mínimo
rayo de la noche en la habitación. Pero cuando apagó la luz y se tumbó, notó un
destello en el filo de un estante de cristal. Se levantó y se entretuvo
arreglando las cortinas junto a la ventana, maldiciendo las salpicaduras de la
luz de la luna. El suelo estaba frío como el mármol.
Cuando por fin Kern se soltó el cordón del pijama y
cerró los ojos, las laderas y pendientes empezaron a desfilar vertiginosas bajo
sus pies. En su corazón comenzó un golpeteo intenso, como si a lo largo del día
se hubiera esforzado en silenciarlo y ahora quisiera aprovecharse del silencio
reinante. Empezó a asustarse a medida que escuchaba este golpeteo. Se acordó de
cómo, hace mucho tiempo, en un día de mucho viento, al pasar con su mujer por
delante de una carnicería, una res muerta se balanceó en su gancho golpeando en
la pared con un ruido sordo. Esa misma era la sensación que ahora se había
aposentado en su corazón. Su mujer, mientras tanto, había entrecerrado los ojos
contra el viento y se sujetaba el sombrero, mientras decía que el viento y el
mar la estaban volviendo loca, que tenían que irse, tenían que irse...
Kern se dio la vuelta, con cuidado, para que no le
explotara el pecho con aquellos golpes internos.
—No puedo seguir así —murmuró a la almohada, doblando
las piernas desolado. Se quedó quieto, tumbado de espaldas y mirando al techo,
a los pálidos destellos que habían penetrado en la habitación, tan cortantes
como sus costillas.
Cuando cerró los ojos de nuevo, unas chispas
silenciosas comenzaron a deslizarse delante de él, y luego dieron paso a
espirales transparentes que se iban desenrollando sin cesar. Los ojos de nieve
de Isabel y también su ardiente boca destellaron a su paso, y luego, de nuevo
volvieron las chispas y las espirales. Por un momento su corazón se contrajo en
un nudo lacerante. Luego, se relajó y dio un fuerte latido.
No puedo seguir así, me voy a volver loco. Sin futuro,
nada más que un muro negro. No queda nada.
Tenía la impresión de que las serpentinas de colores
se iban deslizando por su rostro, crujiendo y rasgándose en jirones estrechos.
De que las linternas japonesas circulaban en ondas de colores por el parquet. Y
él mismo estaba bailando, avanzando un poco más.
Si tan sólo pudiera aflojarla, abrirla... Luego...
Y la muerte le pareció un sueño que planeaba, una
caída complaciente. Sin pensamientos, sin palpitaciones, sin dolor.
Los rayos de luna que formaban vigas en el techo se
habían desplazado imperceptiblemente. Unos pasos cruzaron silenciosos el
pasillo, en algún lugar chirrió una cerradura, se oyó un débil zumbido; y de
nuevo, pasos, el murmullo y el susurro de los pasos.
Eso quiere decir que el baile ha terminado, pensó
Kern. Le dio la vuelta a su almohada para ventilarla.
Ahora, todo era un inmenso silencio que gradualmente
iba adquiriendo tonos gélidos. Sólo se movía su corazón, tenso y pesado. Kern
tanteó la mesilla, localizó la jarra de agua, y bebió un trago directamente del
pico de la jarra. Un chorro helado le escaldó el cuello y la clavícula.
Empezó a pensar en métodos para conciliar el sueño. Se
imaginó unas olas que se montaban rítmicamente hacia la orilla de la costa. Y
luego unas ovejas grises y gordas que muy despacio iban saltando y cayendo por
una cerca. Una oveja, dos, tres...
Isabel está durmiendo en la puerta de al lado, pensó
Kern. Isabel está despierta, y lleva probablemente un pijama amarillo. El
amarillo le sienta bien. Un color español. Si rascara con las uñas la pared me
oiría. Malditas palpitaciones...
Se quedó dormido justo en el momento en que había
empezado a decidir si valía o no la pena encender la luz y ponerse a leer un
rato. Tengo una novela francesa ahí encima del sillón. El cuchillo de marfil se
desliza cortando las páginas. Una, dos...
Se despertó en mitad de la habitación; le despertó una
sensación de terror insoportable. El terror le había hecho saltar de la cama.
Había estado soñando que la pared contra la que se apoyaba su cama empezaba a
derrumbarse despacio sobre su cuerpo, y había saltado como una exhalación para
librarse del desplome.
Kern encontró el cabecero al tacto y habría vuelto a
la cama inmediatamente de no haber sido por el ruido que oyó a través de la
pared. De momento no sabía muy bien de dónde procedía el ruido, y la misma
acción de escuchar con atención hizo que su conciencia, presta a deslizarse por
las pendientes del sueño, recobrara abruptamente la lucidez. El ruido se
produjo de nuevo: un tañido vibrante, seguido por la rica sonoridad de las
cuerdas de una guitarra.
Kern recordó que era Isabel la que ocupaba la
habitación vecina. Y de pronto, como si respondiera a sus pensamientos, llegó
hasta él una carcajada de su risa. Dos veces, tres, la guitarra sonó, vibrante;
luego calló. A continuación se oyó un extraño ladrido, intermitente. Luego,
cesó.
Sentado en su cama, Kern escuchaba maravillado. Se
imaginó una escena pintoresca: Isabel con una guitarra y un inmenso gran danés
mirándola con ojos beatíficos. Apoyó el oído contra la pared helada. De nuevo
el ladrido, la guitarra que sonaba como si le hubieran propinado un capirotazo
y luego empezó a oírse un susurro ondulante como si un gran viento se
arremolinara allí mismo, en el cuarto de al lado. El susurro se fue
convirtiendo en un silbido y de nuevo la noche se llenó de silencio. Finalmente
se oyó un golpe de la ventana contra el marco: Isabel la había cerrado.
Una chica incansable, pensó —el perro, la guitarra,
las corrientes heladas.
Ahora todo estaba en silencio. Probablemente, Isabel,
tras haber expulsado todos aquellos ruidos de su cuarto, se había ido a la cama
y ahora ya dormía.
—¡Maldita sea! No entiendo nada. No tengo ni la más
mínima pista. ¡Maldita sea! ¡Maldita! —se lamentaba Kern, enterrándose en la
almohada. Una pesada fatiga le atenazaba las sienes. Le dolían las piernas y
sentía un picor insoportable. Gimió en la oscuridad durante largo rato, sin
parar de dar vueltas. Los rayos del techo hacía tiempo que habían desaparecido.
Al día siguiente Isabel no apareció hasta la hora del
almuerzo.
Desde por la mañana el cielo había estado
deslumbrantemente blanco y el sol se había mostrado con la forma y claridad de
la luna. Luego la nieve comenzó a caer, despacio y verticalmente. Los densos
copos, como topos que decoraran un velo blanco, enmarcaban en su caída la vista
de las montañas, los abetos cargados de nieve, el apagado turquesa de la pista
de patinaje. Las suaves y sordas partículas de nieve crujían en susurro contra
los cristales de la ventana, mientras caían y caían y no dejaban de caer. Si
uno se las quedaba mirando durante un rato, tenía la impresión de que todo el
hotel había empezado una lenta ascensión hacia las alturas.
—Estaba tan cansada ayer —le decía Isabel a su vecino
de mesa, un joven de amplia frente color oliva y ojos penetrantes—, tan cansada
que decidí quedarme hasta muy tarde en la cama.
—Hoy estás guapísima —dijo cansinamente el joven, con
una cortesía que resultaba exótica.
Ella hizo un gesto de desprecio.
Mirándola a través de los jacintos, Kern le dijo
fríamente:
—No sabía, Isabel, que tuviera en su habitación un
perro, ni tampoco una guitarra.
Sus suaves ojos parecieron encerrarse en sí mismos
como defendiéndose de un cierto sentimiento de vergüenza. Pero al momento su
expresión se rompió en una sonrisa, toda ella carmín y marfil.
—Ayer por la noche, Kern, se excedió usted en la pista
de baile —contestó. El joven oliváceo y el tipo bajito que sólo respetaba la
Biblia y el billar se rieron, el primero con una risa abierta y cordial, y el
segundo como en sordina, y con una expresión de sorpresa en su mirada.
Kern dijo frunciendo el ceño.
—Le pediría que no tocara la guitarra por la noche. Me
cuesta mucho dormirme.
Isabel le abofeteó la cara con una mirada desafiante,
lúcida.
—Sería mejor que se lo pidiera a sus sueños, no a mí.
Y empezó a hablar con su vecino de mesa acerca del
campeonato de esquí que iba a tener lugar al día siguiente.
En los últimos minutos Kern había sentido que sus
labios, incontrolados, se estiraban hasta adoptar una mueca involuntaria de
sarcasmo. Las comisuras de su boca se crisparon con dolor, y de repente sintió
ganas de tirar del mantel y de estampar los jacintos contra la pared.
Se levantó de la mesa tratando de ocultar el temor
insoportable que le poseía, y, sin ver a nadie, salió de la habitación.
—¿Qué me está pasando? —se preguntó con angustia—.
¿Qué está pasando aquí?
Abrió de un golpe la maleta y empezó a hacer el
equipaje. Inmediatamente se sintió mareado. Dejó lo que estaba haciendo y
comenzó a pasear por el cuarto. Irritado, llenó la pipa. Se sentó en el sillón
junto a la ventana, al otro lado de la cual la nieve seguía cayendo con
nauseabunda regularidad.
Había venido a este hotel, a este elegante refugio
invernal llamado Zermatt, para fundir la sensación de blanco silencio con el
placer que le proporcionarían una serie de encuentros diversos y
despreocupados, porque si en estos momentos temía algo, eso era la soledad
absoluta. Pero ahora comprendía que los rostros humanos también le resultaban
intolerables, que la nieve le trastornaba la mente, y que carecía de la genial
vitalidad y de la tierna perseverancia sin las cuales la pasión es impotente.
En cuanto a Isabel, probablemente, su vida consistía en una maravillosa carrera
de esquí continua, en una risa impetuosa, en un perfume y también en el aire
helado.
¿Quién es? ¿Una diva solar, que ha roto sus cadenas?
¿O la hija fugitiva de un lord arrogante y malhumorado? ¿O sencillamente, una
de esas mujeres parisinas...? ¿Y de dónde procede su dinero? Un poco vulgar,
sin embargo...
Pero, por mucho que diga, tiene un perro, y es inútil
que ella lo niegue. Será un gran danés de pelo sedoso. Con orejas calientes y
morro frío. Y sigue nevando, además, Kern pensó, casualmente. Y en mi maleta —y
justo en ese momento, algo pareció abrirse, con un chasquido, en su cerebro—
tengo una Parabellum.
Hasta la noche estuvo deambulando por el hotel, o
dedicado al crujido seco de las páginas de los periódicos en el salón de
lectura. Desde la ventana del vestíbulo vio a Isabel, al Sueco y a varios
jóvenes con sus chaquetas sobre gruesos jerseys de rayas, que se montaban sobre
un trineo con curvas de cisne. Los caballos ruanos hacían sonar sus arneses
alegres. La nieve caía silenciosa y densa. Isabel, salpicada toda de pequeñas
estrellas blancas, gritaba y se reía entre sus compañeros. Y cuando el trineo
se puso en marcha con una sacudida y empezó a acelerar, ella se echó atrás,
dando palmas en el aire con sus manos enguantadas en piel.
Kern se apartó de la ventana.
Sigue con tu juego, diviértete con tu paseo... Me es
igual.
Luego, durante la cena, trató de no mirarla. Ella
estaba dominada por una alegría festiva y un punto achispada, y no le hizo
ningún caso. A las nueve, la música negra comenzó a gemir y a sonar con
estrépito. Kern, en un estado de languidez enfermiza, se quedó de pie en el
quicio de la puerta, contemplando las parejas agarradas y el abanico rizado de
Isabel.
Una voz dulce le dijo al oído:
—¿Te apetece ir al bar?
Se volvió y vio los ojos de melancolía cabruna, las
orejas con su pelusilla rojiza.
En la penumbra carmesí del bar, las mesas de cristal
reflejaban los pliegues de las pantallas.
Había tres hombres sentados en los taburetes de la
barra metálica, los tres con polainas, y las piernas recogidas, sorbiendo las
pajas de tres bebidas de colores chillones. Detrás de la barra, donde botellas
de distintos colores brillaban en las estanterías como una colección de
escarabajos convexos, un hombre corpulento y sensual, con bigote negro, vestido
con un esmoquin color cereza, mezclaba cócteles con una destreza
extraordinaria. Kern y Monfiori eligieron una mesa escondida en las
profundidades de terciopelo del bar. Un camarero les tendió una carta abierta
con una larga lista de bebidas, reverente y cautelosamente, como si fuera un
anticuario exhibiendo un libro raro.
—Vamos a tomar todos los cócteles, una copa de cada,
copa tras copa —dijo Monfiori en su voz melancólica y ligeramente cavernosa—, y
cuando lleguemos al final, volveremos a empezar eligiendo los que más nos hayan
gustado. Quizá lleguemos a uno que nos guste mucho y nos detengamos
saboreándolo durante un largo rato. Y luego, volveremos de nuevo al principio.
Le dirigió al camarero una mirada pensativa.
—-¿Está claro?
Y el camarero, o mejor, la raya de su pelo, se volcó
en una inclinación.
—A eso se le llama la ronda de Baco —le dijo Monfiori
a Kern con una risita lastimera—. Hay gente que aborda su vida diaria de la
misma manera.
Kern contuvo un bostezo trémulo.
—Ya sabes que todo esto acaba por hacerte vomitar.
Monfiori suspiró, bebió un par de tragos, chasqueó los
labios y marcó con un portaminas una X en la primera bebida de la lista. Dos
surcos profundos corrían a lo largo de su rostro, desde las aletas de la nariz
hasta su fina boca.
Después de su tercera copa, Kern encendió un
cigarrillo en silencio. Después de su sexta copa —un brebaje de chocolate y
champán demasiado dulce—, sintió la imperiosa necesidad de hablar.
Exhaló un megáfono de humo. Entornando los ojos, dio
unos golpecitos a la ceniza de su cigarrillo con una uña amarillenta.
—Dime, Monfiori, ¿qué piensas de... de, cómo se llama,
Isabel?
—No conseguirás nada con ella —contestó Monfiori—.
Pertenece a una especie escurridiza. Todo lo que busca es un contacto fugaz.
—Pero toca la guitarra por la noche y se entretiene
con su perro. Eso no está bien, ¿no crees? —dijo Kern, mirando su copa con ojos
desencajados.
Con otro suspiro, Monfiori dijo:
—Por qué no te olvidas de ella. Después de todo...
—Eso me suena a envidia... —empezó a decir Kern.
El otro le interrumpió con suavidad:
—Es una mujer. Y yo, como ves, tengo otras
inclinaciones —y aclarándose la garganta con una cierta modestia, marcó otra X
en la carta.
Las copas de rubí fueron reemplazadas por otras
doradas. Kern tenía la sensación de que la sangre se le estaba volviendo dulce.
Una especie de bruma se le iba instalando en el cerebro. Las polainas blancas
abandonaron el bar. Los ritmos y melodías de la distante música cesaron.
—Dices que hay que ser selectivo... —su voz era espesa
y hablaba como con desmayo—, mientras que yo he llegado a un punto en que...
Mira, por ejemplo, yo estuve casado una vez. Se enamoró de otro. Y resultó ser
un ladrón. Robaba coches, collares, pieles... Y ella se quitó la vida. Con
estricnina.
—¿Y crees en Dios? —le preguntó Monfiori con el aire
de un hombre que por fin va a atacar su tema favorito—. Después de todo, Dios
existe.
Kern se rió artificiosamente.
—El Dios de la Biblia... un vertebrado gaseoso... No
soy creyente.
—Eso es de Huxley —observó insinuante Monfiori—. Y,
sin embargo, hubo un Dios bíblico... Lo que pasa es que El no es el único; hay
numerosos dioses bíblicos... Innumerables. Mi favorito es... «Estornudó y se
hizo la luz. Sus ojos son como las pestañas de la aurora», ¿entiendes lo que
esto quiere decir? ¿Lo entiendes? Y aún hay más: «... las partes carnales de su
cuerpo están sólidamente conectadas, y no se moverán jamás». ¿Qué te parece?
¿Qué te parece? ¿Entiendes?
—Espera un segundo —gritó Kern.
—No, no, tienes que meditarlo. «¡Transforma el mar en
un ungüento hirviente; deja tras de sí un rastro de resplandor; el abismo se
asemeja a una mancha de cabello gris!»
—Espera, quieres esperar —le interrumpió Kern—. Quiero
decirte que he decidido matarme...
Monfiori se le quedó mirando impertérrito, con
atención, cubriendo su copa con la mano. Se quedó un rato en silencio.
—Justo lo que yo pensaba —comentó con inesperada
amabilidad—. Esta noche, cuando estabas mirando cómo bailaba la gente, e
incluso antes, cuando te levantaste de la mesa... Había algo en tu cara... Ese
surco entre las cejas... Tan especial... Lo comprendí al momento... —se quedó
callado, acariciando el borde de la mesa.
—Escucha lo que voy a decirte —continuó, cerrando sus
pesados párpados violáceos cuyas pestañas parecían verrugas—. Voy por todas
partes buscando a los que son como tú, en hoteles de lujo, en trenes, en
lugares de veraneo, en los muelles de las grandes ciudades, por la noche —una
sonrisa de ensueño burlón pasó fugazmente por sus labios.
—Me acuerdo que una vez en Florencia... —alzó sus ojos
de liebre—. Escucha, Kern, me gustaría estar presente cuando lo hagas. ¿Te
importaría?
Kern, en un golpe de desmayo y parálisis, sintió un
escalofrío en el pecho bajo su camisa almidonada. Los dos estamos borrachos,
fueron las palabras que cruzaron por su mente, y además este tipo es
peligroso.
—¿Te importaría? —repitió Monfiori con una mueca—.
Guapísimo, por favor (y le rozó con su manita velluda y pegajosa).
Kern dio un salto y tambaleándose inseguro se levantó
de la silla.
—¡Vete al infierno! Déjame marchar... Estaba
bromeando.
La mirada atenta de los ojos de sanguijuela de
Monfiori no pestañeó, inmutable.
—¡Ya estoy harto de ti! ¡Estoy harto de todo! —Kern se
fue corriendo, haciendo un gesto como si quisiera quitarse las salpicaduras de
lodo con las manos. La mirada de Monfiori, como obedeciendo a un golpe seco,
perdió su inmutabilidad.
—¡Basura! ¡Muñeca! ¡No son más que palabras! ¡Basta!
Se golpeó la cadera contra el filo de la mesa y se
hizo daño. Aquel tipo gordo color de cereza que estaba detrás de la barra
vacilante se ahuecó la pechera de la camisa y empezó a flotar, como en un
espejo curvo, entre sus botellas. Kern atravesó las olas deslizantes de la
alfombra, y empujó con el hombro la puerta de cristal.
El hotel estaba completamente dormido. Subió las
alfombradas escaleras con dificultad y localizó su habitación. Alguien se había
dejado la llave puesta en la puerta contigua. Se había olvidado de encerrarse.
Las flores serpenteaban en la pálida luz del pasillo. Ya en su habitación pasó
un buen rato buscando a tientas en la pared el interruptor de la luz. A
continuación se desplomó en un sillón junto a la ventana.
Se le ocurrió entonces que tenía que escribir algunas
cartas, cartas de despedida. Pero las bebidas almibaradas le habían debilitado.
Tenía en los oídos un hueco clamor denso, y unas olas gélidas se derramaban por
su frente. Tenía que escribir una carta y había algo más, algo que le
preocupaba. Como si se hubiera marchado de casa sin la cartera. La negrura de
espejo de la ventana le devolvía el reflejo de su cuello de rayas y de su
frente pálida. Tenía que escribir aquella carta... no, ¡no era eso! De pronto,
algo se encendió en los ojos de su mente. ¡La llave! La llave en la cerradura
de la puerta de al lado...
Kern se levantó con esfuerzo y salió al pasillo
débilmente iluminado. De la llave enorme colgaba una placa brillante con el
número treinta y cinco. Se detuvo delante de aquella puerta blanca. Un temblor
ávido agitaba sus piernas.
Un viento helado le azotó la frente. La ventana de la
habitación, espaciosa y completamente iluminada estaba abierta de par en par. Y
en la cama, vestida con un pijama amarillo escotado, estaba tumbada Isabel. Una
mano pálida, con un cigarrillo encendido entre los dedos, colgaba a un lado de
la cama. Se debía de haber quedado dormida sin darse cuenta.
Kern se acercó a la cama. Se golpeó la rodilla contra
una silla y una guitarra soltó un débil tañido. El cabello azul de Isabel se
extendía en círculos precisos sobre la almohada. Se quedó mirando sus oscuras
pestañas, la sombra delicada entre sus pechos. Tocó la manta. Sus ojos se
abrieron inmediatamente. Entonces, inclinándose suplicante como un jorobado,
Kern le dijo: «Necesito tu amor. Mañana me voy a pegar un tiro».
Nunca hubiera soñado que una mujer, incluso
sorprendida, pudiera asustarse tanto. De entrada, Isabel se quedó inmóvil, pero
luego reaccionó como con una embestida y, sin apartar los ojos de la ventana
abierta, se bajó al instante de la cama y pasó corriendo delante de Kern con la
cabeza baja como si intentara esquivar un golpe.
La puerta se cerró de repente. Unas hojas de papel
volaron de la mesa.
Kern se quedó de pie en medio de la gran habitación
iluminada. En la mesilla unas uvas brillaban en oros y violetas.
—Está loca —dijo para que se le oyera.
Se estiró con cierto esfuerzo. Temblaba como un corcel
de frío en un escalofrío prolongado. Luego, súbitamente, se quedó inmóvil y
helado.
Al otro lado de la ventana, se acercaba una especie de
alegre ladrido que iba hinchándose y creciendo en espasmos violentos. En un
abrir y cerrar de ojos el cuadrado de negra noche del vano de la ventana se
llenó y se inflamó en un tumulto de pieles sólidas y bulliciosas. Con un único
y ruidoso movimiento aquel tosco pelaje ocultó por completo el cielo nocturno,
enmarcado en la ventana. Al momento siguiente, aquello creció, se estiró, e
irrumpió de través por la ventana, desplegándose luego. Y entre el ruido y la
agitación de aquella maraña de pieles desplegadas se dejó ver el resplandor de
un pálido rostro. Kern agarró la guitarra por el mástil y, con toda su fuerza,
golpeó aquel rostro blanco que volaba ante sus ojos. Como si se tratara de una
tempestad de pelo, la nervadura de un ala de aquel gigante le tumbó de un golpe
al suelo. Estaba abrumado por el olor de aquel animal. Kern se levantó dando
bandazos.
En el centro de la habitación había un ángel inmenso.
Ocupaba toda la habitación, todo el hotel, todo el
mundo. Su ala derecha se había quebrado, y la apoyaba en ángulo contra el
armario de luna. La izquierda no dejaba de mecerse imponente, enredándose en
las patas de una butaca volcada en el suelo. La butaca se balanceaba,
rítmicamente, en el suelo. El pelo pardo de las alas humeaba, irisado con la
escarcha. Ensordecido por el golpe, el ángel se apoyaba en las palmas de sus
manos como una esfinge. En sus manos blancas latían bien visibles e hinchadas
unas venas azules, y en los hombros, junto a la clavícula se veían zonas de
sombras. Sus ojos alargados y miopes, verde pálido como el aire que precede a
la aurora, contemplaban a Kern sin pestañear desde el fondo de unas cejas
unidas y absolutamente rectas.
Asfixiado con el penetrante olor a piel mojada, Kern
se quedó de pie e inmóvil con la absoluta indiferencia que produce el terror
límite, contemplando al gigante, sus alas humeantes y su rostro blanco.
Un ruido hueco comenzó a oírse al otro lado de la
puerta, en el pasillo y Kern se vio dominado por una emoción distinta: una
vergüenza desgarradora. Estaba avergonzado hasta el dolor, hasta el horror de
pensar que en cualquier momento alguien pudiera llegar hasta allí y encontrarle
con semejante criatura, tan absolutamente increíble.
Con un ruidoso jadeo el ángel se esforzó por moverse.
Pero tenía los brazos débiles y se desplomó sobre el pecho. Una de sus alas dio
unas cuantas sacudidas. Castañeteando, tratando de no mirar, Kern se inclinó
sobre él, agarró aquella masa de piel maloliente y húmeda, sujetándola por los
hombros pegajosos. Notó con un horror de náusea que los pies del ángel eran
pálidos y no tenían huesos, y que le resultaría imposible mantenerse en pie. El
ángel no se resistió. Kern, a toda prisa, lo empujó hacia el armario, abrió de
par en par la puerta de luna y se dispuso a meter dentro aquellas alas, que
crujían al verse apretadas en el fondo del armario. Las cogió por los nervios,
tratando de doblarlas y meterlas dentro. Pero las alas pugnaban por
desplegarse, y pelos y piel no dejaban de golpearle con sus aletazos en el
pecho. Por fin consiguió cerrar la puerta de un buen golpe. En aquel instante
se oyó un grito lacerante, insoportable, el grito de un animal aplastado por
una rueda. Al cerrar la puerta de golpe había pillado un ala, eso era. Una
puntita del ala sobresalía por una rendija. Kern abrió ligeramente la puerta y
remetió la cuña sinuosa con su propia mano. Cerró con llave.
Todo se quedó muy tranquilo. Kern sintió que unas
lágrimas ardientes le corrían por la cara. Respiró hondo y salió corriendo al
pasillo. Isabel estaba junto a la pared, un montón de encogida seda negra. La
recogió en sus brazos, la llevó a su habitación y la depositó en la cama. A
continuación cogió la pesada Parabellum de su maleta, le quitó el seguro, salió
corriendo casi sin respirar e irrumpió en la habitación treinta y cinco.
Las dos mitades de una fuente rota yacían, blancas, en
la alfombra. Las uvas estaban esparcidas aquí y allá.
Kern se vio en el espejo del armario: un mechón de
cabello sobre la ceja, una pechera de camisa almidonada y manchada de rojo, el
destello alargado del cañón de su arma.
—Tengo que rematarlo —exclamó con voz apagada, y abrió
el armario.
No había nada salvo una ráfaga, de pelusa
maloliente. Unos grasientos mechones pardos se arremolinaban por el suelo de la
habitación. El armario estaba vacío. En el suelo, una sombrerera blanca
aplastada.
Kern se acercó a la ventana y miró. Unas nubéculas
peludas se deslizaban contra la luna y proyectaban en su entorno apagados arco
iris. Cerró los cajones, volvió a poner la butaca en su sitio, y empujó a
patadas los mechones pardos bajo la cama. Luego, con cautela salió al pasillo.
Estaba tan tranquilo como antes. La gente duerme como un tronco en los hoteles
de montaña.
Y cuando volvió a su habitación lo que vio fue a
Isabel con los pies desnudos colgando fuera de la cama, temblando, con la
cabeza entre las manos. Sintió vergüenza, como unos minutos antes, cuando el
ángel le estaba mirando con sus extraños ojos verdosos.
—-Dime ¿dónde está? —le preguntó Isabel con ansiedad.
Kern se dio la vuelta, fue hasta el escritorio, se
sentó, abrió el secante y respondió:
—No lo sé.
Isabel encogió sus pies desnudos y los metió en la
cama.
—¿Me puedo quedar aquí contigo? Estoy tan asustada...
Kern asintió en silencio. Dominando el temblor de su
mano, empezó a escribir. Isabel comenzó a hablar de nuevo, con una voz apagada
y agitada, pero por alguna razón Kern pensó que su miedo era un miedo femenino,
terrenal.
—Lo conocí ayer cuando volaba en la noche sobre mis
esquís. Ayer por la noche vino hasta mí.
Tratando de no escuchar lo que Isabel decía, Kern
escribió con mano resuelta:
«Querido amigo, ésta será mi última carta. Nunca
olvidaré cómo me ayudaste cuando el desastre cayó sobre mí. Probablemente él
viva en el pico de alguna montaña donde caza águilas alpinas y se alimenta con
su carne...»
Volviendo en sí, rompió lo que acababa de escribir y
tomó otra hoja de papel. Isabel sollozaba con el rostro escondido en la
almohada.
—¿Y qué voy a hacer ahora? Volverá y me perseguirá
para vengarse... Oh, Dios mío...
«Mi querido amigo», escribió Kern deprisa, «ella buscó caricias inolvidables y ahora dará a
luz a una pequeña bestia con alas...». ¡Maldita sea! Y arrugó la hoja que
acababa de escribir.
—Trata de dormirte —se dirigió a Isabel por encima del
hombro—. Y mañana vete. A un monasterio.
Y al oírlo Isabel se encogió de hombros. A
continuación se quedó quieta y callada.
Kern escribía. Ante él sonreían los ojos de la única
persona en el mundo con la que podía hablar con toda libertad o quedarse
callado si así lo prefería. Le escribió a esa persona que la vida estaba
acabada, que últimamente había empezado a pensar que, en lugar de un futuro, lo
que se perfilaba, cada vez más próximo, era un muro negro, y que ahora había
ocurrido algo terrible, tras lo cual un hombre no puede ni debe seguir
viviendo. «Mañana, a las doce, moriré», escribió Kern, «mañana,
porque quiero morir en pleno uso de mis facultades, a la sobria luz del día. Y
ahora me encuentro en un estado de profundo shock».
Cuando hubo acabado se sentó en el sillón junto a la
ventana. Isabel seguía durmiendo, su respiración apenas se oía. Un cansancio
agobiante le atenazaba la espalda. El sueño descendió sobre él como la suave
niebla.
Le despertó un golpe en la puerta. Por la ventana se
derramaba un azul de escarcha.
—Entre —dijo estirándose.
El camarero depositó silenciosamente una bandeja con
una taza de té encima de la mesa y, con una inclinación, se retiró.
Riéndose de sí mismo, Kern pensó: «Y aquí sigo yo a
estas horas con un esmoquin todo arrugado».
Y entonces, al momento, recordó lo que había sucedido
durante la noche. Se puso a temblar y contempló la cama. Isabel se había ido.
Debía haber vuelto a su habitación con la llegada de la mañana. Y a aquellas
horas ya se habría ido, sin duda... Tuvo una visión fugaz de las derrotadas
alas pardas. Se levantó deprisa y abrió la puerta del pasillo.
—Escuche —llamó al camarero que ya se iba dándole la
espalda—. Tengo una carta para que la lleve al correo.
Fue al escritorio y empezó a buscar desordenadamente.
El tipo le esperaba en la puerta. Kern comprobó sus bolsillos y miró debajo del
sillón.
—Puede irse. Se la daré al conserje más tarde.
La raya del pelo se inclinó y la puerta se cerró con
suavidad.
Kern estaba disgustado por haber perdido la carta.
Aquella carta precisamente. Lo había formulado tan bien, tan sencilla y
llanamente, todo lo que necesitaba ser dicho. Y ahora no podía recordar las
palabras. Sólo le venían frases sin sentido. Sí, aquella carta había sido una
obra maestra.
Empezó a escribir de nuevo, pero resultó fría y
retórica. Selló la carta y copió la dirección con esmero.
Se sintió ligero, como aliviado. Se mataría de un tiro
a las doce; después de todo, un hombre que ha decidido matarse es un dios.
La nieve azucarada resplandecía al otro lado de la
ventana. Se sintió atraído por ella, por última vez.
Las sombras de los árboles cubiertos de escarcha
reposaban sobre la nieve como plumas azules. Las campanillas de los trineos
tintineaban en algún lugar, divertidas y densas. Había mucha gente, chicas con
gorros de piel que se movían timoratas y torpes sobre sus esquís, jóvenes que
exhalaban nubes de risa al llamarse los unos a los otros, gente madura,
rubicunda con el esfuerzo, y algún vigoroso anciano de ojos azules que
arrastraba un trineo cubierto de terciopelo. Kern pensó al pasar, por qué no
darle al tipo un golpe en la cara, con el dorso de la mano, simplemente para
divertirse, porque ahora todo estaba permitido. Rompió a reír. Hacía tiempo que
no se sentía tan bien.
Todo el mundo se encaminaba a la zona donde acababa de
empezar la competición de saltos. El lugar consistía en un descenso escarpado
que a mitad de camino se transformaba en una plataforma nevada que se terminaba
abruptamente, proyectándose en ángulo recto. Un esquiador se deslizó por la
sección empinada y saltó al aire volando por la rampa que se proyectaba al aire
azul. Volaba con los brazos extendidos, aterrizó de pie en la pista de nieve
que se extendía bajo la rampa, y se deslizó por la misma. El Sueco acababa de
romper su propio récord, y, más abajo, en un remolino de polvo de plata, hizo
un brusco giro extendiendo una de sus piernas doblada.
Otros dos, con jerseys negros, pasaron a toda
velocidad, saltaron y con la máxima flexibilidad golpearon el suelo.
—A continuación va a saltar Isabel —dijo una voz suave
a espaldas de Kern. Kern pensó rápidamente, No me digas que todavía está
aquí... Pero cómo puede... y se quedó mirando a la persona que había hablado.
Era Monfiori. Con la chistera encajada en sus salientes orejas, y un pequeño
abrigo negro con tiras de terciopelo ajado en el cuello, se destacaba divertido
entre los espectadores vestidos de lana. ¿Debería decírselo?, pensó Kern.
Rechazó con asco las pardas alas malolientes; no debía
pensar en eso.
Isabel subió la colina. Se volvió a decirle algo a su
compañero, alegre, tan alegre como siempre. Esta alegría le produjo a Kern un
sentimiento de miedo. Entrevió lo que parecía ser una fugaz visión momentánea
de algo ahí encima de las nieves, encima del hotel de cristal, encima de la
gente tan minúscula —un escalofrío, un resplandor trémulo...
—¿Y cómo
te encuentras hoy? —preguntó Monfiori, frotándose las manos inertes.
Y justo en ese momento unas voces exclamaron junto a
ellos: «¡Isabel!, ¡Isabel la Voladora!».
Kern volvió la cabeza. Venía lanzada por la empinada
pendiente. Por un instante vio su rostro resplandeciente, sus relucientes
pestañas. Con un suave silbido pasó rozando por el trampolín, voló y se quedó
colgada inmóvil, crucificada en medio del aire. Y entonces...
Nadie, desde luego, podía haberlo esperado. En pleno
vuelo Isabel se desplomó en un espasmo, cayó como si fuera una piedra, y empezó
a rodar entre las ráfagas de nieve que producían sus esquís al dar tumbos.
Inmediatamente quedó oculta por las espaldas de la
gente que corrió hacia ella. Kern se acercó lentamente, encorvado. Lo contempló
vivido en su mente, como si lo hubieran escrito en grandes letras: venganza,
batir de alas. El Sueco y el tipo larguirucho de gafas de montura de hueso se
inclinaron sobre Isabel. Con gestos profesionales el hombre de las gafas
palpaba su cuerpo sin vida. Murmuró: «No lo puedo entender, tiene la caja
torácica aplastada...».
Alzó la cabeza tratando de verla. Sólo vislumbró
fugazmente su rostro muerto, y aparentemente desnudo.
Kern se volvió con un crujido de talones y se encaminó
a paso decidido hasta el hotel. Junto a él trotaba Monfiori, que se le
adelantaba, queriéndole arrancar a hurtadillas lo que sus ojos decían.
—Ahora voy a subir a mi habitación —dijo Kern,
tratando de tragarse su risa y sus sollozos, tratando de contenerlos—.
Arriba... si deseas acompañarme...
La risa se acercó a su garganta y estalló. Kern subía
las escaleras como si estuviera ciego. Monfiori le ayudaba, manso y desbocado.
La primavera en Fialta es brumosa y apagada. Todo está
húmedo: los troncos descoloridos de los plátanos, los enebros, las vallas, la
arena. A lo lejos, en un panorama acuoso sobre los bordes irregulares de las
casas, ligeramente azuladas, que se han levantado temblorosas para subir la
cuesta (un ciprés les indica el camino), el borroso monte San Jorge parece más
alejado que nunca de su homólogo en la postal que, desde 1910, dicen (aquellos
sombreros de paja, aquellos juveniles cocheros de punto), había sacado a los
turistas del triste deambular de sus piernas, entre pedazos de roca de cantos
amatista y sueños de chimeneas adornadas con conchas de mar. Él aire es plácido
y tibio, con un ligero olor a quemado. El mar, con su sal sumergida en una
solución de lluvia, es más gris que glauco y con las olas demasiado perezosas
para romperse en espuma.
Fue en un día así, a principios de los años treinta,
que me encontré, espíritu abierto, en una de las empinadas callejuelas de
Fialta, captándolo todo a la vez: el rococó marino en el quiosco, los
crucifijos de coral en un aparador, el cartel deslucido de un circo visitante,
con una esquina de papel mojado despegada de la pared, y un pedazo amarillento
de corteza de naranja, aún verde, sobre la vieja acera azul pizarra que
conservaba, aquí y allá, el recuerdo desvaído de las líneas de un mosaico
antiguo. Me gusta Fialta, me gusta porque siento en el fondo de sus sílabas
violáceas la escondida dulzura húmeda de las florecillas marchitas y porque el
nombre parecido de un bello pueblo de Crimea se hace eco de su sonido; y
también porque hay algo en la somnolencia de su húmeda Cuaresma que hace el
alma más devota. Estaba contento de estar allí otra vez, de poder caminar
montaña arriba en dirección inversa a los riachuelos producidos por la lluvia,
sin sombrero, la cabeza húmeda, mi piel ya cubierta de tibieza a pesar de
llevar únicamente un ligero impermeable sobre la camisa.
Había llegado en el expreso de Capparabella, el cual,
con aquel indiferente placer de los trenes en los países montañosos, había
producido aquella noche su mejor estrépito a través de todos los túneles
imaginables. Un par de días, tanto tiempo como un respiro en medio de un viaje
de negocios me lo permitía, es lo que esperaba permanecer allí. Había dejado a
mi esposa y a mis hijas en casa, y aquélla era una isla de felicidad siempre
presente en el despejado camino de mi vida, siempre flotando junto a mí y aun a
través de mí, me atrevería a decir; pero, de todas maneras, conservándose casi
siempre en mi exterior.
Una jadeante criatura del sexo masculino, con su
pequeña y dura barriga cubierta de barro, bajó a sacudidas del rellano de una
puerta y avanzó torpemente, patituerto, tratando de llevar tres naranjas a la
vez, pero dejando caer continuamente la variable tercera, hasta que cayó
también él. Entonces apareció una muchachita de unos doce años, con una cinta
de pesados abalorios colgada de su sucio cuello y una falda tan larga como la
de una gitana, y se las llevó rápidamente, más ágil y con mayor habilidad. Cerca
de allí, en la húmeda terraza de un café, un camarero secaba las mesas y un
melancólico vendedor ambulante de caramelos del país, cosas de aspecto
primoroso y brillo lunar, había colocado una desesperanzada canasta llena sobre
la resquebrajada balaustrada, junto a la cual conversaban los dos. O bien la
llovizna se había detenido o Fialta estaba tan acostumbrada a ella que no sabía
si respiraba aire húmedo o lluvia tibia. Llenando su pipa de una tabaquera de
hule mientras caminaba, el inglés más marino de esta sólida clase exportable,
salió de los soportales y entró en una farmacia donde grandes y pálidas
esponjas, metidas en un tarro azul, morían, detrás de su cristal, de la muerte
más sedienta. ¡Qué delicioso alborozo sentía correr por mis venas, cuan agradablemente
todo mi ser respondía a las vibraciones y efluvios de aquel día gris saturado
de una esencia primaveral, que en sí parecía lenta en percibirse! Mis nervios
eran extrañamente receptivos después de una noche sin sueño, lo asimilaban
todo: el silbido de un tordo en los almendros que había detrás de la capilla,
la paz de las casas ruinosas, el pulso del mar distante palpitando en la
niebla; todo esto junto con el celoso verde de los trozos de vidrio erizándose
a lo largo de un muro y los colores sólidos de un anuncio de circo que daba
realce a un indio emplumado sobre un caballo encabritado en el acto de enlazar
una cebra claramente endémica, mientras unos elefantes, totalmente atontados,
se sentaban cavilando sobre sus tronos cubiertos de estrellas.
En aquel momento el mismo inglés pasó frente a mí.
Cuando lo estaba absorbiendo junto con los demás, me di cuenta del súbito
movimiento de sus grandes ojos azules que se esforzaban en los rabillos
enrojecidos y del modo con que, rápidamente, se humedecía los labios —por la
sequedad de las esponjas, supuse— pero al seguir la dirección de su mirada vi a
Nina.
Cada vez que la había encontrado durante los quince
años de nuestra..., me resulta difícil encontrar la palabra justa para
calificar nuestras relaciones, no había parecido reconocerme en seguida y,
también esta vez, se quedó quieta un momento en la otra acera, medio vuelta
hacia mí en una afectuosa incertidumbre mezclada de curiosidad. Únicamente su
bufanda amarilla inició un movimiento como el de aquellos perros que nos
reconocen antes que lo hagan sus amos; entonces
profirió un grito, con las manos levantadas y los diez
dedos bailando y, en medio de la calle, con la simple y franca impulsividad de
una vieja amistad (del mismo modo que hacía rápidamente el signo de la cruz
sobre mí cada vez que nos separábamos), me besó tres veces con más boca que
sentimiento. Después, caminó a mi lado, colgándose de mí, ajustando su paso al
mío, enredándose con su estrecha falda marrón superficialmente abierta en un
lado.
—Oh, sí, Ferdie también está aquí —replicó y a su vez
me preguntó rápidamente por Elena.
«Debe estar paseando por los alrededores con Segur
—siguió diciendo, refiriéndose a su marido—, tengo que hacer algunas compras,
nos marchamos después de comer. Espera un momento, ¿hacia dónde me llevas,
querido Víctor?
De vuelta al pasado, de vuelta al pasado como lo hacía
cada vez que la encontraba, repitiendo la total acumulación de la trama desde
el principio hasta el último hecho, del mismo modo que en los cuentos de hadas
rusos, donde lo ya dicho es relatado de nuevo en cada giro de la historia. Esta
vez nos habíamos encontrado en la tibia y brumosa Fialta y no podría haber
celebrado la ocasión con mayor arte; y aunque hubiese sabido que esta sería la
última vez, no lograría adornar con viñetas más brillantes la lista de los
servicios anteriores del destino. La última vez, lo sostengo, pues no consigo
imaginarme a una firma celestial de agentes que consintiese en prepararme una
cita con ella más allá de la tumba.
Mi escena introductora con Nina había sido enterrada
en Rusia hacía mucho tiempo, hacia 1917 diría yo, a juzgar por cierto retumbar
de las bambalinas teatrales de la orilla izquierda. Fue en alguna fiesta de
aniversario celebrada en la casa de campo que mi tía tenía cerca de Luga,
durante los profundos repliegues del invierno (cómo recuerdo el primer signo
percibido al acercarme al lugar: un granero rojo en medio de la blanca
extensión). Acababa de graduarme en el Liceo Imperial y Nina ya estaba prometida.
Aunque tenía mi edad, que era la del siglo, parecía tener veinte años por lo
menos, y esto a pesar o quizá a causa de su constitución esbelta, por lo que a
los treinta y dos su misma levedad la hacía parecer más joven. Su prometido era
un centinela con permiso del frente, un tipo robusto y guapo, increíblemente
educado e imperturbable, que pesaba cada palabra en la balanza del más exacto
sentido común y hablaba con un tono aterciopelado de barítono que se hacía aun
más suave al dirigirse a ella; su decencia y devoción seguramente le atacaron
los nervios. Ahora él es un ingeniero próspero, aunque algo solitario, en un
distante país tropical.
Las ventanas se iluminaron y alargaron su luminosa
extensión sobre la oscura nieve ondulante, dejando lugar entre ellas para el
reflejo de la ventanilla en forma de abanico que había sobre la puerta de
entrada. Cada una de las dos columnas laterales estaba blandamente ornada de
blanco, lo cual estropeaba las líneas de lo que podía haber sido un perfecto ex-libris
para la novela de nuestras vidas. No puedo recordar porqué habíamos
cambiado el sonoro recibidor por la quieta oscuridad poblada únicamente de abetos
que la nieve había henchido al doble de su tamaño. ¿Nos invitó el vigilante a
mirar el lúgubre reflejo rojizo del cielo, presagio de algún incendio
premeditado? Quizá. ¿Fuimos a ver una estatua ecuestre esculpida en el hielo
cerca del estanque y obra del preceptor suizo de mi primo? Posiblemente. Mi
memoria revive tan sólo el camino de vuelta a la brillante mansión simétrica;
caminábamos en fila siguiendo un estrecho surco abierto en la nieve, oyendo el
típico crash-crahs-crahs-crash único comentario que las noches taciturnas de
invierno hacen a los humanos Yo iba a la retaguardia, y a tres sonoros pasos
ante mí, caminaba una pequeña forma inclinada; los abetos mostraban gravemente
sus cargadas zarpas. Resbalé y dejé caer la lámpara con la que alguien me había
cargado; fue endemoniadamente difícil de recobrar, instantáneamente atraída por
mis denuestos, con una vehemente risa baja que se anticipaba a la diversión.
Nina se volvió un poco hacia mí. La llamo Nina aunque en aquel momento no sabía
su nombre, ella y yo aún no habíamos tenido tiempo para las formalidades.
—¿Quién es? —preguntó con interés..., y yo ya la
estaba besando en el cuello suave, ardiente por el calor de la larga piel de
zorro que adornaba su abrigo y que se interponía en mi camino, hasta que se
aferró a mis hombros y, con el candor tan peculiar en ella, gentilmente unió
sus labios generosos y sumisos a los míos.
Pero de pronto, separándonos con la explosión de su
alegría, empezó en la oscuridad a desarrollarse el tema de una pelea con bolas
de nieve y alguien, huyendo, cayendo, crujiendo, riendo y jadeando, trepó sobre
un montículo, trató de correr y lanzó un horrible quejido: la nieve profunda
había llevado a cabo la amputación de un chanclo. Poco después todos regresamos
a nuestras respectivas casas sin que yo pudiese hablar con Nina, ni hacer
planes acerca del futuro, acerca de aquellos quince deambulantes años que ya se
habían perdido en el confuso horizonte agobiado por el peso de nuestros
encuentros dispersos; y mientras la miraba entre el dédalo de gestos que
formaron el resto de aquella noche (probablemente juegos de salón con Nina una
y otra vez en el campo contrario), estaba asombrado, recuerdo, no tanto por su
poca atención hacia mí después de aquel ardor en la nieve, como por la inocente
naturalidad de aquella poca atención, porque aún no sabía que de haber
pronunciado una palabra, habría cambiado inmediatamente en un maravilloso rayo
de sol de bondad, una actitud compasiva y jovial, con toda la cooperación
posible, como si el amor de la mujer fuese agua de manantial conteniendo sales
saludables que a la menor insinuación ella daba siempre a todos para saciar su
sed.
—Déjame recordar dónde nos vimos por última vez—
empecé (dirigiéndome a la versión Fialta de Nina) para poder atraer a la
pequeña cara de pómulos salientes y labios rojo oscuro, una cierta expresión
que yo conocía. Efectivamente, el movimiento de su cabeza y el ceño fruncido
parecieron deplorar más la insulsez de un viejo chiste que implicar olvido; o,
para ser más exacto, era como si todas aquellas ciudades donde el destino había
fijado nuestras varias citas, sin jamás atenderlas personalmente, todos aquellos
andenes y escaleras, habitaciones de tres paredes y oscuras avenidas traseras,
eran deslucidos escenarios restos de alguna otra vida, todos cerrados de hace
tiempo y tan poco relacionados con la acción de nuestro propio destino a la
aventura que mencionarlos era casi de mal gusto.
La acompañé a una tienda bajo los arcos; allí, en la
semipenumbra, detrás de una cortina de abalorios, manoseó algunos bolsos de
piel roja rellenos de papel, mirando atentamente las etiquetas con el precio,
como queriendo aprender sus nombres de museo. Ella quería, dijo, exactamente la
misma forma pero de cervato. Cuando, tras diez minutos de frenéticos crujidos,
el viejo dálmata encontró tal capricho, por un milagro que me ha preocupado
desde entonces, Nina, que estaba a punto de quitarme algún dinero de la mano,
cambió de parecer y salió cruzando los móviles abalorios sin comprar nada.
Afuera estaba tan caliginoso como antes; el mismo olor
a quemado, poniendo en movimiento mis recuerdos tártaros, salía por las
ventanas abiertas de las casas descoloridas; un pequeño enjambre de mosquitos
se distraía haciendo dibujos en el aire sobre una mimosa que, con sus ramas
arrastrándose hasta el mismo suelo, había florecido indiferente. Dos
trabajadores con sombrero de cuáquero, comían queso y ajos, con la espalda
apoyada contra una cartelera de circo, que mostraba un húsar rojo y un
deslucido tigre anaranjado; cosa curiosa, en su esfuerzo de hacer muy feroz a
la bestia, el artista había ido tan lejos que acabó dando la vuelta por el otro
lado y la cara del tigre era positivamente humana.
—Au fond, lo que yo quería era un peine —dijo
Nina con tardío pesar.
Qué familiares me eran sus dudas, sus cambios de idea,
sus nuevos cambios reflejos de la idea original; efímeras preocupaciones entre
dos trenes. Siempre acababa de llegar o estaba a punto de marcharse, y se me
hacía difícil pensar en ello sin sentirme humillado por la variedad de
intrincados caminos que uno febrilmente sigue para llegar a la cita final, que
el más tenaz caminante sabe que es ineludible. De tener que someter ante los
jueces de nuestra terrenal existencia una muestra de su pose habitual, quizá la
habría colocado ante un mostrador de la Cook, con la pantorrilla izquierda
cruzada sobre la espinilla derecha, el pie izquierdo golpeando el suelo, codos
puntiagudos y monedero sobre el
mostrador, mientras el empleado, con el lápiz en la mano, examinaba con ella el
plano de un coche cama eterno.
Después del éxodo de Rusia, la vi —y aquella fue la segunda vez— en Berlín en casa
de unos amigos. Estaba a punto de casarme y ella acababa de romper con su
prometido. Al entrar en aquella habitación, la vi en seguida, y después de
mirar a los demás huéspedes, instintivamente determiné cuáles entre aquellos
hombres sabían más acerca de ella que yo. Estaba sentada en la esquina de un
canapé, con los pies levantados y su pequeño y consolador cuerpo doblado en
forma de Z; un cenicero estaba inclinado contra el sofá cerca de uno de sus
talones. Me miró de reojo y al oír mi
nombre se quitó la boquilla de los labios y empezó a gritar, lenta y alegremente:
—De toda la gente...
Inmediatamente quedó claro para todos, empezando por ella, que habíamos
estado mucho tiempo en relaciones íntimas; no había duda de que había olvidado
todo lo relativo al beso, pero en cierto modo debido
a aquel encuentro trivial, tuvo una vaga idea de
amistad tibia y agradable que en realidad jamás había existido entre los dos.
Así el cuadro total de nuestras relaciones estaba engañosamente basado en una
amistad imaginaria..., que no tenía nada que ver con su ocasional buena
voluntad. Nuestro encuentro resultó ser insignificante si se consideran las
palabras que pronunciamos, pero ya no había barreras entre los dos; y cuando
aquella noche, a la hora de la cena, me encontré sentado a su lado, probé desvergonzadamente
la amplitud de su secreta paciencia.
Después se desvaneció de nuevo y un año más tarde mi
esposa y yo acompañamos a mi hermano que se marchaba de Posen. Cuando el tren
hubo partido, fuimos hacia la salida y en el otro andén, cerca de un vagón del
expreso de París, vi de pronto a Nina con la cara hundida en un ramo de flores
y en medio de un grupo de gente con la que había hecho amistad sin yo saberlo y
que formaba un círculo boquiabierto ante ella, como los desocupados abren la
boca ante una riña callejera, un niño extraviado o la víctima de un accidente.
Alegremente me hizo señas con sus flores. Le presenté a Elena y en la atmósfera
de excitación de una gran estación de ferrocarril donde todo es algo que
tiembla sobre el borde de algo más, hasta el punto de ser apretado y
acariciado, el intercambio de pocas palabras fue suficiente para permitir a dos
mujeres totalmente dispares llamarse por su nombre de pila la siguiente vez que
se encontraron. Aquel día, en la sombra azul del vagón de París, Ferdinand fue
mencionado por vez primera: supe con una ridícula punzada de dolor que estaba a
punto de casarse con él. Las puertas habían empezado a sonar; besó a sus amigos
rápida y piadosamente, subió al vagón y desapareció; al punto la vi a través
del cristal, acomodándose en su compartimiento, habiéndose olvidado
súbitamente, o pasado a otro mundo, y nosotros, con las manos en los bolsillos,
parecíamos estar espiando una absolutamente insospechada vida moviéndose en un
acuario en la penumbra, hasta que se dio cuenta de nuestra presencia y
tamborileó sobre el cristal, después levantó los ojos, rebuscando en el marco
como si colgase un cuadro, pero no ocurrió nada. Algún pasajero la ayudó y se
asomó, audible y real, sonriendo con placer. Uno de nosotros, marchando con el
furtivamente deslizante vagón, le tendió una revista y un Tauchnitz (ella leía
inglés sólo cuando viajaba). Todo se alejaba deslizándose con bella suavidad, y
yo sostenía un billete de andén arrugado hasta ser irreconocible; mientras una
canción del siglo pasado (conectada según rumores con algún drama de amor
parisino) siguió resonando y resonando en mi cabeza, habiendo emergido Dios
sabe por qué, de la caja de música de la memoria, una balada sollozante que a
menudo cantaba una vieja tía mía soltera, a quien la naturaleza había dotado
con una voz tan poderosa y extasiante que parecía absorberla en la gloria de
una nube ardiente tan pronto como empezaba a cantar:
On dit que tu
te maries,
tu sais que j'en vais mourir,
y esta melodía, el dolor, la ofensa, el eslabón entre
el himeneo y la muerte evocada por el ritmo, y la misma voz de la cantante
muerta que acompañaba el recuerdo como única propietaria de la canción, no me
dejó reposar durante varias horas después de la partida de Nina y aun más tarde
se elevaba a intervalos cada vez más distanciados, como las últimas débiles
olas enviadas a la playa por un barco que pasa, y que llegan cada vez más
soñadoramente y con menos frecuencia, o la agonía del bronce de una campana
vibrando después de que el campanero se ha sentado de nuevo en el círculo
familiar. Y un año o dos más tarde, había ido a París por negocios; y una
mañana en el rellano del piso de un hotel, donde había estado visitando a un
actor de cine, allí estaba de nuevo, ataviada con un traje sastre gris,
esperando el ascensor para bajar, una llave colgando de sus dedos.
—Ferdinand ha ido a la esgrima —dijo en tono trivial.
Sus ojos fijos en la parte inferior de mi cara como si
me leyese los labios, y después de un momento de reflexión (su comprensión
amatoria era incomparable) dio la vuelta rápidamente y cimbreándose sobre sus
esbeltas caderas, me condujo por el pasillo alfombrado de azul. Una silla en la
puerta de su habitación sostenía una bandeja con los restos del desayuno —un
cuchillo manchado de miel, migas de pan en un plato de porcelana gris—, pero la
habitación ya había sido hecha, y debido a nuestra súbita entrada una ola de
muselina bordada de dalias blancas se revolvió con un temblor y golpe seco
entre las correspondientes mitades del ventanal, las cuales únicamente soltaron
su presa con algo semejante a un suspiro de dicha cuando hubimos cerrado la
puerta; un poco más tarde salí al diminuto balcón con barandales de hierro que
ellas ocultaban, para respirar el aroma combinado de hojas de arce secas y
gasolina, desperdicios de la calle en la mañana azul y brumosa; y como aún no
había notado la presencia de aquel sentimiento morboso que iba en aumento y
amargaría todos mis siguientes encuentros con Nina, estaba probablemente tan
tranquilo y despreocupado como ella cuando desde el hotel la acompañé a una
oficina o a otra para rastrear una maleta que se le había extraviado y después
al café, donde su marido estaba reunido con su corte del momento. No mencionaré
el apellido (y las partes de él que aquí menciono, aparecen en decoroso
disfraz) de aquel nombre, aquel escritor franco húngaro; quisiera no detenerme
en él para nada, pero no puedo evitarlo, surge bajo mi pluma. Hoy ya casi nadie
habla de él, y esto es bueno, pues prueba que yo tenía razón al resistirme a su
maligno hechizo, tenía razón al experimentar un escalofrío en la espina dorsal
cada vez que una de sus nuevas obras caía bajo mi mano. La fama de sus gustos
circuló vivamente, pero pronto se hizo pesada y se evaporó; y para la
posteridad, la historia de su vida se limitará al guión entre dos fechas. Seco
y arrogante, con el juego de palabras venenoso y siempre listo a clavarse y
rebuscar en uno con una extraña mirada de expectación en sus embotados y
velados ojos castaños, aquella falsa broma tenía —me atrevo a decirlo—, un
efecto irresistible en los pequeños roedores. Siendo maestro en el arte de la
perfecta invención verbal, estaba particularmente orgulloso de ser un tejedor
de palabras, título al que le daba más valor que al de escritor; personalmente
jamás comprendí qué tenía de bueno imaginar libros, escribir cosas que no
hubiesen ocurrido de un modo u otro; y recuerdo haberle dicho una vez al hacer
frente a la burla de sus alentadoras inclinaciones de cabeza, que de ser yo
escritor sólo le permitiría tener imaginación a mi corazón y que en lo
concerniente al resto me basaría en la memoria, esa sombra de ocaso largamente
arrastrada por la propia verdad personal.
Había leído sus libros antes de conocerle a él; una
ligera aversión estaba ya sustituyendo el placer estético que había permitido
que su primera novela me proporcionase. Al principio de su carrera había sido
posible captar quizá algún paisaje humano, algún viejo jardín, alguna
disposición de árboles vagamente familiar, en el cristal coloreado de su prosa
prodigiosa, pero con cada nuevo libro los tintes se hicieron más densos, los
gules y púrpuras cada vez más amenazadores. Hoy ya no se puede ver nada a través
de aquel blasonado y horriblemente rico cristal, y parece que si alguien lo
rompiese, nuestra alma estremecida se enfrentaría ante un negro vacío. ¡Pero
qué peligroso era en su principio, qué ponzoña emitía, con qué látigo azotaba
cuando se le provocaba! El tornado de sátira mortífera dejó un yermo desolado
en el que robles derribados reposaban en fila y el polvo seguía revoloteando
mientras el infortunado autor de alguna revista contraria, aullando de dolor,
giraba como un trompo en aquel polvo.
Cuando nos conocimos, su Passage á Niveau era
aclamado en París; estaba, como decían, «cercado», y Nina (cuya capacidad de
adaptación era un extraordinario sustitutivo de la cultura de que carecía),
había ya asumido si no la parte de una musa, por lo menos la de alma compañera
y sutil consejera, siguiendo las convulsiones creativas de Ferdinand y
compartiendo lealmente sus gustos artísticos aun cuando sea completamente
improbable que se haya nunca aventurado por uno solo de sus volúmenes, pues
tenía el mágico don de espigar los mejores pasajes a través de las tertulias de
sus amigos literarios.
Cuando entramos en el café, estaba tocando una
orquesta de mujeres; lo primero que vi fue el muslo de avestruz de una arpisa
reflejado en uno de los espejos que cubrían las columnas; después localicé la
mesa compuesta (pequeñas mesas unidas para formar una larga) en la que, dando
la espalda a la pared aterciopelada, reinaba Ferdinand. Por un momento su
actitud, la posición de sus manos separadas y las caras de sus compañeros de
mesa, convergiendo todas hacia él, me recordaron de un modo grotesco y de pesadilla
algo que no podía precisar, pero cuando lo hice retrospectivamente, la
comparación sugerida me sorprendió como mucho menos sacrílega que la naturaleza
de su mismo arte. Llevaba un jersey blanco con cuello de tortuga bajo una
americana de tweed; su cabello brillante estaba peinado hacia atrás y el
humo de su cigarrillo flotaba sobre su cabeza como un halo; su cara huesuda y
faraónica permanecía estática. Únicamente sus ojos estaban en movimiento,
llenos de sombría satisfacción. Habiendo abandonado las dos o tres evidentes
guaridas donde los cándidos aprendices de la vida de Montparnasse habrían
esperado encontrarle, había empezado a reinar en aquel establecimiento
perfectamente burgués, debido a su particular sentido del humor que le hacía
obtener una diversión brutal de la lastimosa specialite de la maison, aquella
orquesta compuesta por media docena de mujeres afectadas y de aspecto fatigado,
que entrelazaban dulces melodías sobre una plataforma atestada, sin saber, como
él había dicho, que hacer con sus maternales senos, bastante superfluos en el
mundo de la música Después de cada interpretación se convulsionaba en un ataque
epiléptico de aplausos, a los que las señoras ya no prestaban atención v que ya
estaba levantando, pensé, ciertas dudas en la mente del dueño del café y en la
de sus parroquianos habituales, pero que parecía muy divertido para los amigos
de Ferdinand Recuerdo entre ellos a un artista con una cabeza impecablemente
calva, si bien ligeramente deslucida que, con diversos pretextos, plasmaba
continuamente en sus lienzos, un poeta cuya gracia especial era la habilidad de
representar, si se le pedía, la caída de Adán por medio de cinco cerillas, un
pacifico hombre de negocios que financiaba aventuras surrealistas (y pagaba los
aperitifs) si le era permitido imprimir en una esquina algunos elogios a
la actriz que protegía, un pianista, presentable en lo que a cara se refería,
pero con dedos de expresión horrible, un escritor soviético, elegante, pero
lingüísticamente impotente, recién llegado de Moscú, con una vieja pipa y un
reloj de pulsera nuevo y que era completa y ridículamente ignorante de la clase
de compañía en la que se encontraba Había también varios hombres mas, que se
han confundido en mi memoria y no cabía duda que dos o tres de ellos habían
sostenido relaciones intimas con Nina. Era la única mujer de la mesa, se
inclino chupando ávidamente una paja y el nivel de su limonada disminuyó con
una especie de celeridad infantil Solo cuando la ultima gota hubo borbotado y
resonado y hubo empujado la paja con la lengua, solo entonces pude captar su
mirada que había estado buscando obstinadamente, aun incapaz de enfrentarme con
el hecho de que ella hubiese tenido tiempo para olvidar lo que había ocurrido
mas temprano, en la misma mañana haberlo olvidado tan completamente que al
encontrarse con mi mirada, respondió con una blanda sonrisa de interrogación y
fue únicamente después de observarme mas fijamente que recordó la clase de
sonrisa de respuesta que yo esperaba Mientras tanto, Ferdinand (las mujeres
habían abandonado temporalmente su plataforma después de dejar de lado sus
instrumentos como se abandona un mueble), estaba divirtiéndose llamando la
atención de sus cama radas hacia la figura de un anciano que comía en un rincón
apartado del café y que llevaba, como usan algunos franceses por alguna u otra
razón, una pequeña cinta roja o algo semejante en la solapa de su abrigo y cuya
barba gris, combinada con sus bigotes, formaba un agradable nido amarillento
para su húmeda y ruidosa boca De algún modo, los signos exteriores de la vejez
siempre divertían a Ferdie.
No me quede mucho tiempo en París, pero aquella semana
demostró ser suficiente para engendrar entre el y yo aquella falsa intimidad
para cuya imposición el tema tanto talento Subsecuentemente hasta llegue a
serle útil para algo: la casa donde yo trabajaba había adquirido los derechos
para filmar una de sus novelas más comprensibles (después estuvo mucho tiempo
apestando me con telegramas). Al pasar los años, nos encontrábamos de vez en
cuando sonriéndonos mutuamente en algún sitio, pero yo jamás me sentí a gusto
en su presencia, y aquel día, en Fialta, también experimente una depresión
familiar al enterarme de que vagabundeaba por los alrededores, una cosa, sin
embargo, me animaba de modo considerable el fracaso de su ultima obra.
Y ahí estaba acercándosenos, ataviado con un abrigo
absolutamente a prueba de agua, con cinturón y bolsillos de cartera, una cámara
al hombro, zapatos con doble suela de goma y chupando con una imperturbabilidad
que quería ser graciosa, un bastón de caramelo, especialidad de Fialta A su
lado caminaba el atildado maniquí sonrosado que era Segur, un amante del arte y
un perfecto loco, jamás pude descubrir a propósito de que lo necesitaba
Ferdinand y aún me parece oír a Nina diciendo con plañidera ternura que no la
obligaba a nada:
—Oh, Segur es un encanto.
Se acercaron. Ferdinand y yo nos saludamos con fuerza,
tratando de poner en el apretón de manos y los golpes en la espalda el mayor
fervor posible, sabiendo por experiencia que aquello sería todo, pero
pretendiendo que era únicamente un preludio. Siempre había ocurrido igual,
después de cada separación nos encontrábamos con un acompañamiento de cuerdas
que eran excitada-mente templadas, un movimiento de genialidad en la batahola
de los sentimientos ocupando sus asientos; pero los acomodadores cerrarían las puertas
y después de esto ya no se admitía a nadie más.
Segur se quejó del clima y de momento no supe de lo
que estaba hablando, pero que la esencia de invernáculo húmeda y gris de Fialta
pudiese ser considerada «clima», estaba igualmente lejos de cualquier otra cosa
que hubiese podido servirnos de tema de conversación, como lo estaba, por
ejemplo, el esbelto codo de Nina que yo sostenía entre el índice y el pulgar o
un pedazo de hoja de lata que alguien había tirado y que brillaba en la
distancia, en medio de la calle adoquinada.
Empezamos a caminar, con vagas adquisiciones brillando
ante nosotros.
—¡Dios mío, qué indio! —exclamó de pronto Ferdinand
con impetuosa fruición, asiéndome violentamente por el codo y señalando un
cartel. Más adelante, cerca de una fuente, le dio su bastón de caramelo a una
niña nativa, una criatura morena que lucía un collar alrededor de su lindo
cuello; nos detuvimos para esperarle, él se agachó para decirle algo a ella,
refiriéndose a sus negrísimas pestañas abatidas y después nos alcanzó sonriendo
y haciendo una de aquellas observaciones con las que le agradaba aderezar sus
discursos. En aquel momento, su atención se vio atraída por un infortunado
objeto exhibido en una tienda de recuerdos: una horrible imitación en mármol
del monte San Jorge con su túnel negro en la base, que resultaba ser la boca de
un tintero y un compartimiento para plumas imitando las vías del ferrocarril.
Con la boca abierta, tembloroso y anhelante de triunfo sardónico, le dio
vueltas entre sus manos a aquel objeto polvoriento, engorroso y perfectamente
inútil, pagó sin regatear y con la boca aún abierta salió llevándose consigo
aquel monstruo. Como algunos autócratas se rodean de jorobados y enanos, se
encantaba ante este o aquel objeto odioso; aquella infatuación podía durar de
cinco minutos a varios días o incluso más si la cosa resultaba ser animada.
Nina aludió ansiosamente a la comida y aprovechando
una oportunidad en que Ferdinand y Segur se detuvieron en el correo, me
apresuré a llevármela de allí. Aun me pregunto lo qué significaba para mí
aquella pequeña y oscura mujer de hombros estrechos y «miembros líricos» (para
repetir la expresión de un afectado poeta emigrado, uno de los pocos hombres
que habían suspirado platónicamente detrás de ella) y aún comprendo menos cuál
era el propósito del destino al reunimos constantemente. Después de mi estancia
en París, estuve bastante tiempo sin verla y un día, cuando regresaba a casa de
la oficina, la encontré tomando el té con mi esposa y examinando en su mano
enguantada de seda, a través de la cual brillaba su anillo de matrimonio, el
tejido de unas medias compradas baratas en la Tauent-zienstrasse. Una vez me
enseñaron su fotografía en una revista de modas llena de hojas secas, guantes y
campos de golf barridos por el viento. En cierta Navidad me envió una tarjeta
con nieve y estrellas. En una playa de la Riviera casi se escapó de mi
encuentro detrás de sus gafas de sol y bronceada terracota. Otro día,
habiéndome dejado caer para un intempestivo trabajo en la casa de unos
extranjeros donde se celebraba una fiesta, vi, en un perchero, su bufanda y
abrigo de piel entre espantajos ajenos. En una librería me saludó desde la
página de una de las historias de su marido, una página que se refería a una
episódica sirvienta, pero en la que se había metido Nina de contrabando, a
pesar de la intención del autor.
«Su cara, escribió, era más bien de la naturaleza de
una instantánea que de un retrato meticuloso. Trató de imaginársela; todo lo
que pudo visualizar fueron visiones fugaces de rasgos sin relación entre sí: el
contorno suave de sus pómulos en el sol, la ambarina oscuridad de sus ojos
vivos, sus labios en forma de sonrisa amistosa que siempre estaban prontos a
cambiarse en un beso ardiente.»
Una y otra vez aparecía raudamente al margen de mi
vida, sin influenciar en lo más mínimo su contexto básico. Una mañana de verano
(viernes, porque las sirvientas estaban golpeando las alfombras en el patio
soleado), mi familia había ido al campo y yo estaba tumbado en la cama fumando
indolentemente cuando oí sonar la campanilla con tremenda violencia. Y allí
estaba ella en el recibidor habiendo entrado para dejar (incidentalmente) una
horquilla para el pelo y (principalmente) un baúl cubierto de etiquetas de
hotel que, quince días más tarde, fue recuperado para ella por un simpático
muchacho austríaco, quien (de acuerdo con síntomas intangibles, pero seguros)
pertenecía a la misma sociedad cosmopolita que yo. Ocasionalmente, en medio de
una conversación se la nombraba y ella recorría los escalones de una frase
fortuita sin volver la cabeza. Cuando viajaba por los Pirineos, pasé una semana
en el castillo de unos amigos que también habían invitado a Nina y a Ferdinand.
Nunca olvidaré mi primera noche allí, cómo esperé, cuan seguro estaba de que
sin tenérselo que decir penetraría en mi cuarto, cómo no vino y el tumulto que
miles de grillos producían en la delirante profundidad del jardín rocoso y
chorreante de luz de luna, los locos riachuelos burbujeantes y mi pugna entre
la feliz fatiga meridional tras un largo día de caza entre las rocas y mi sed
salvaje por su furtiva presencia, risas bajas, tobillos sonrosados sobre la
guarnición de plumón de cisne de sus zapatillas de altos tacones; pero la noche
avanzó delirante y ella no vino, y cuando al día siguiente, durante una
excursión general por la montaña, le hablé de mi espera, unió las manos con
desmayo y al mismo tiempo con una rápida mirada, calculó si las espaldas del
gesticulante Ferdie y su amigo estaban lo suficientemente lejos. Recuerdo haber
hablado con ella por teléfono a través de media Europa (sobre los negocios de
su marido) y no reconocer al principio su voz áspera y cortante; y recuerdo que
una vez la soñé: soñé que mi hija mayor había entrado corriendo para decirme
que el portero tenía graves problemas y cuando bajé, vi metida en un baúl, con
un rollo de harpillera bajo la cabeza, los labios pálidos y envuelta en un chal
de lana, a Nina adormecida, como duermen los refugiados miserables en las estaciones
de Los Desamparados. Y sin tener en cuenta lo que me había sucedido a mí o a
ella, durante esos momentos no hablábamos de nada, como nunca pensábamos el uno
en el otro durante los intervalos de nuestro destino; pero cuando nos
encontrábamos, la vida pacífica se alteraba inmediatamente, todos sus átomos se
recombinaban y vivíamos en otro intermedio más ligero, que se medía no por las
largas separaciones sino por aquellos escasos encuentros en los que una corta y
supuestamente frívola vida, se formaba así artificialmente. Y con cada nuevo
encuentro me fui volviendo más y más aprehensivo; no, no experimenté ningún
colapso emocional interno, la sombra de la tragedia no se cernía sobre nuestras
reuniones, mi vida matrimonial seguía siendo inalterable, mientras que por otro
lado su ecléctico marido ignoraba sus relaciones casuales, aunque sacaba
provecho de ellas en la forma de agradables y útiles conexiones. Me fui
haciendo más aprehensivo porque algo hermoso, delicado y que no volvería, se
estaba desperdiciando; algo de lo que yo abusaba al tirar con gran prisa
grandes bocados sobre pequeños trozos brillantes mientras desdeñaba el modesto
pero verdadero corazón que quizá seguía ofreciéndome en un lastimoso susurro.
Era más aprehensivo porque en la larga carrera estaba en cierto modo aceptando
la vida de Nina, las mentiras, las futilidades, la incoherencia de esa vida.
Aun en la ausencia de cualquier discordia sentimental, me sentía llevado a
buscar una interpretación, si no moral, por lo menos racional de mi existencia
y ello significaba escoger entre el mundo en el que me había sentado para
retratarme, con mi esposa, mis pequeñas hijas, el Doberman (idílicas
guirnaldas, un anillo de sello, un bastón delgado), entre aquel feliz, sabio y
buen mundo... ¿Y qué? ¿Había alguna oportunidad práctica de vida con Nina? Vida
que difícilmente podía imaginar porque estaría penetrada, lo sabía, por una
amargura apasionada e intolerable y cada uno de sus instantes llevarían a
remolque un pasado uncido a socios variables. No, la cosa era absurda. Y
además, ¿no estaba ella encadenada a su marido por algo más fuerte que el amor?
La amistad entre dos convictos. ¡Absurdo! Pero, ¿entonces qué tendría que haber
hecho contigo, Nina, cómo tendría que haber dispuesto del acopio de tristeza
que se había acumulado gradualmente como resultado de nuestros aparentemente
despreocupados, pero en realidad desesperanzados encuentros?
Fialta está formada por el pueblo viejo y el nuevo;
aquí y allí, pasado y presente están entrelazados, luchando tanto para
desligarse como para eliminarse mutuamente; cada uno tiene sus propios métodos:
el recién llegado combate honestamente, importando palmeras, abriendo
inteligentes agencias de turismo, pintando con líneas claras la roja suavidad
de las pistas de tenis; mientras que el solapado viejo residente se desliza por
detrás de una esquina en la forma de alguna calleja con soportales o los tramos
de escalera que no conducen a ningún sitio. En nuestro camino al hotel, pasamos
ante una villa a medio construir, llena de escombros, en una de cuyas paredes
otra vez los mismos elefantes, con sus monstruosas rodillas infantiles
separadas, estaban sentados en inmensos tambores adornados y una amazona
envuelta en etéreas sedas (llevando ya un pintado bigote) reposaba en un brioso
corcel; un payaso de nariz roja como un tomate caminaba sobre la cuerda floja
sosteniendo una sombrilla adornada con las socorridas estrellas, vago recuerdo
simbólico de la celestial madre patria de las compañías de circo. Aquí en la
zona de la Riviera de Fialta, la grava húmeda crujía del modo más fastuoso y el
indolente suspirar del mar era más audible. En el patio trasero del hotel, un
ayudante de cocina armado con un cuchillo perseguía una gallina que cloqueaba
desesperadamente como si corriese por su vida. Un limpiabotas me ofreció su
anticuado trono con una sonrisa sin dientes. Bajo los plátanos había una
motocicleta de factura alemana, una limousine salpicada de lodo y un
largo «Icaro» amarillo que parecía un escarabajo gigante. («El nuestro, de
Segur, quiero decir—dijo Nina, y añadió—: ¿Por qué no vienes con nosotros,
Víctor?», aun sabiendo perfectamente que yo no podía ir); con el barniz de su
élitro sumergido en un gouache de cielo y ramas; quedamos un momento
reflejados en el metal de una de sus lámparas en forma de bomba, delgados
paseantes de la tierra reflejada por la superficie convexa. Dimos unos pasos
más y miré hacia atrás; vislumbré en un sentido casi óptico lo que realmente
sucedió una hora o dos más tarde: los tres, usando sus cascos de motociclista,
acercándose y haciéndome señas, transparentes para mí como fantasmas, con el
color del mundo brillando a través de sus cuerpos, pero entonces se movían,
retrocedían, disminuían (los diez dedos de Nina diciendo adiós por última vez);
pero en aquel momento el automóvil estaba quieto, suave e intacto como un huevo
y Nina, bajo mi brazo extendido, entraba por una puerta enmarcada de laureles.
Al sentarnos pudimos ver a través de la ventana a Ferdinand y a Segur, que
habían seguido otro camino, acercándose lentamente.
No había nadie en la terraza donde comimos, excepto el
inglés que había visto antes. Tenía frente a sí un gran vaso que contenía una
bebida roja brillante y producía una sombra ovalada sobre el mantel. En sus
ojos vi el mismo deseo inyectado de sangre, pero ahora no estaba en ningún
sentido relacionada con Nina, aquella mirada ávida no iba dirigida a ella, se
fijaba en el rincón superior de la derecha de la amplia ventana cerca de la
cual estaba sentado.
Habiéndose quitado los guantes dejando al descubierto
sus pequeñas y delgadas manos, Nina, por última vez, comía los mariscos que
tanto le gustaban. Ferdinand también estaba ocupado con la comida y me
aproveché de su hambre para empezar una conversación que me dio una cierta
ilusión de poder sobre él; para ser específico, mencioné su fracaso reciente.
Después de un breve período de piadosa conversión religiosa muy de moda,
durante la cual la gracia planeó sobre él y emprendió algunas dudosas
peregrinaciones que terminaron con una aventura decididamente escandalosa,
había dirigido su apagada mirada hacia el bárbaro Moscú. Ahora bien, hablando
francamente, siempre me ha molestado la complaciente convicción de que un
murmullo de corriente de conciencia, algunas sanas obscenidades y un chapoteo
de comunismo en cada viejo cubo de agua sucia produzcan alquímica y
automáticamente literatura ultramoderna, y sostendré, aunque me maten, que el
arte tan pronto como se pone en contacto con la política se hunde inevitablemente
hasta el nivel de cualquier desecho ideológico. En el caso de Ferdinand, es
cierto, todo esto era de difícil aplicación: los músculos de su musa eran
extraordinariamente fuertes, por no mencionar el hecho de que los apuros de los
desvalidos le importaban un comino; pero debido a ciertas corrientes
subterráneas de este tipo, oscuramente malignas, su arte se había vuelto aún
más repulsivo. Excepto algunos snobs, nadie había entendido la obra; yo
no lo había visto, pero podía imaginar la elaborada noche kremlinesca a lo
largo de las imposibles espirales en las que entretejió diversos giros de
símbolos desmembrados; y ahora, no sin placer, le pregunté si había leído una
pequeña crítica acerca de su obra.
—¡Críticos! —exclamó—. ¡A eso lo llaman hacer crítica!
Un aceitoso mequetrefe se cree con derecho a darme lecciones. La ignorancia de
mi trabajo es su mayor gloria. Mis libros se tocan con repugnancia, como
alguien toca algo que puede explotar, ¡Críticos! Examinan desde todos los
puntos de vista menos del esencial. Es como si un naturalista, al describir el
género equino, empezase a dar la lata acerca de las sillas de montar o acerca
de madame de V. (mencionó a una muy conocida anfitriona literaria, que en realidad
se parecía a un caballo sonriente). Quisiera también un poco de esta sangre de
paloma —continuó con la misma voz fuerte y desagradable dirigiéndose al
camarero que comprendió su deseo al seguir la dirección del dedo de larga uña,
que, sin educación, señalaba el vaso del inglés. Por una u otra razón, Segur
mencionó a Ruby Rose, la mujer que se pintaba flores en el pecho y la
conversación adquirió un tono menos insultante. Mientras tanto, el inmenso
inglés se decidió y de pronto se subió en una silla y de allí pasó al antepecho
de la ventana, se estiró hasta alcanzar aquella codiciada esquina del marco en
la que descansaba una compacta y peluda mariposa nocturna que ágilmente metió
en una caja de píldoras—. Igual que el caballo blanco de Napoleón —dijo
Ferdinand, refiriéndose a algo que discutía con Segur.
—Tu es trés hippique ce matin —le observó este
último.
Pronto salieron ambos para hablar por teléfono. A
Ferdinand le entusiasmaban las conferencias y era particularmente eficaz en su
obtención, sin importar cual fuese la distancia, empleando cuando era necesario
una amistosa cordialidad, como por ejemplo en aquel momento, para asegurarse de
que había habitaciones libres.
De lejos llegaba el sonido de la música, una trompeta,
una cítara. Nina y yo salimos de nuevo a pasear. El circo, en su camino a
Fialta, había enviado una embajada y un desfile anunciador estaba pasando. No
pudimos ver la cabeza, pues había dado la vuelta en la colina por una avenida
lateral, pero vimos alejarse la adornada parte trasera de un carruaje, un
hombre que cubierto con un albornoz conducía un camello, una hilera de cuatro
mediocres indios llevando pancartas, y detrás de ellos, con permiso especial,
el pequeño hijo de un turista, ataviado con sus galas de marinero se sentaba
reverentemente sobre un delgado pony.
Pasamos ante un café donde las mesas ya estaban casi
secas, pero vacías; el camarero examinaba (supongo que después la adoptó) un
hallazgo horrible, el absurdo tintero, dejado por Ferdinand sobre la
balaustrada al pasar. En la siguiente esquina nos llamó la atención una vieja
escalera de piedra y empezamos a trepar por ella; yo me quedé mirando el ángulo
afilado de los pasos de Nina al subir, levantando su falda, cuya estrechez
requería el mismo gesto que habría requerido de tener el antiguo largo; difundía
un calor que me era familiar y al ir a su lado, recordé la última vez que
estuvimos juntos. Había sido en París, con mucha gente a nuestro alrededor y mi
querido amigo Jules Dar-boux, deseando hacerme un favor refinado y estético, me
había tocado al hombro diciendo:
—Quiero que conozcas...
Y me condujo hacia Nina, que estaba sentada en el
borde de un canapé, su cuerpo doblado en forma de Z, con un cenicero junto a su
talón y que, quitándose de los labios la boquilla turquesa, alegre, y
lentamente exclamó:
—De toda la gente...
Y durante toda la velada, mi corazón pareció romperse,
cuando pasaba de grupo en grupo con un vaso pegajoso en la mano, mirándola una
y otra vez desde lejos (ella no miró), oyendo fragmentos de conversación y
escuchar a un hombre decir:
—Es curioso cómo huelen igual, hojas quemadas a través
de cualquier perfume que empleen, esas muchachas angulares de cabello oscuro.
Y como sucede a menudo, una observación trivial,
relacionada con algún tema que nos era desconocido, se enroscaba y aferraba a
nuestra propia e íntima reminiscencia, un parásito de su tristeza.
En lo alto de la escalera, nos encontramos con una
especie de tosca terraza. De allí podíamos ver el delicado contorno del blanco
monte San Jorge, con un racimo de manchas marfileñas (algún caserío) en una de
sus laderas; el humo de un tren invisible ondulando a lo largo de su redondeada
base y pronto desaparecido; más abajo, sobre la confusión de techumbres, se
discernía un ciprés solitario, parecido a la húmeda y retorcida punta negra de
un pincel para acuarela; a la derecha, asomaba una punta de mar gris con
arrugas plateadas. A nuestros pies había una vieja llave mohosa y en la pared
de la casa medio derruida situada junto a la terraza aún colgaban las puntas de
un alambre..., me hice la reflexión de que allí había existido vida con
anterioridad, una familia había gozado de la frescura del anochecer, niños
desmañados habían coloreado dibujos a la luz de una lámpara... Nos quedamos
allí como escuchando algo; Nina, que estaba en un escalón más alto, me puso una
mano en el hombro, sonrió y cuidadosamente, como para no ajar su sonrisa, me
besó. Con una fuerza insoportable reviví (o por lo menos me lo parece) todo lo
que había ocurrido entre los dos empezando por un beso similar y dije:
—Dime, ¿y si yo te amase?
Nina me miró, repetí las mismas palabras, quise
añadir..., pero algo como el ala de un murciélago pasó velozmente por su
rostro, una expresión rápida, extraña, casi malévola, y ella, que decía
palabras fuertes con perfecta simplicidad, se turbó y yo también me sentí
torpe...
—No te preocupes, estaba bromeando —me apresuré a
decir, asiéndola ligeramente por la cintura.
De algún sitio apareció en sus manos un pequeño ramo
de oscuras violetas generosamente perfumadas. Antes de reunirse con su esposo y
el coche nos quedamos un rato junto al parapeto de piedra y nuestro romance era
más desesperanzado que nunca. Pero la piedra tenia la tibieza de la carne y de
pronto comprendí algo que había estado viendo sin comprenderlo... por qué un
pedazo de hoja de lata había brillado tanto sobre el suelo, por qué el reflejo
de un vaso había temblado sobre el mantel, por qué el mar era ceniciento: de
algún modo, imperceptiblemente, el cielo blanco sobre Fialta se había saturado
con la luz del sol y aquella total radiación blanca fue creciendo y creciendo,
disolviéndose todo en ella, desvaneciéndose todo. Todo ya en el pasado y yo, en
el andén de la estación de Mlech, con un diario acabado de comprar en la mano,
diciéndome que el coche amarillo que vi bajo los plátanos había sufrido un
accidente cerca de Fialta; se había estrellado a toda velocidad contra el vagón
de un circo que entraba en la ciudad, un accidente del que Ferdinand y su
amigo, aquellos bribones invulnerables, aquellas salamandras del destino,
aquellos basiliscos de buena suerte, habían escapado con balance de heridas
locales y temporales, mientras que Nina, a pesar de la prolongada y leal
imitación que había hecho de ellos, había resultado, después de todo, ser
mortal.
No hace mucho
tiempo apareció en los periódicos una breve mención de que el otrora famoso
pianista y compositor Bachmann había muerto olvidado del mundo en la aldea
suiza de Marival, en el asilo de Santa Angélica. La noticia me trajo a la mente
la historia de la mujer que le amó. Me la contó el empresario Sack. Hela aquí.
Madame Perov
conoció a Bachmann unos diez años antes de su muerte. En aquellos días, el
pálpito dorado de aquella música profunda y delirante que él componía empezaba
ya a conservarse en soporte de cera, pero todavía podía escucharse en directo
en las salas de conciertos más famosas del mundo. Bueno, una noche, una de esas
noches de otoño de un azul límpido en las que se teme más a la vejez que a la
muerte, madame Perov recibió una nota de una amiga. Decía: «Quiero presentarte
a Bachmann. Vendrá a mi casa esta noche después del concierto. No dejes de
venir».
Me imagino
nítidamente sus movimientos, cómo se puso un traje negro escotado, y unas gotas
de perfume en el cuello y la espalda, tomó su abanico y su bastón con puntera
de turquesas, y se contempló con una última mirada en las profundidades de un
gran espejo de tres cuerpos, para luego hundirse en una ensoñación que se
prolongaría a lo largo del camino que mediaba hasta llegar a casa de su amiga.
Sabía que no era guapa y que además estaba excesivamente delgada y que tenía
una piel tan pálida que casi parecía enfermiza; y sin embargo, esta mujer
madura, ajada, con el rostro de una madonna que no acaba de serlo,
resultaba atractiva precisamente en razón de aquellas cosas de las que se
avergonzaba: la palidez de su cutis, y una cojera apenas perceptible, que la
obligaba a llevar un bastón. Su marido, un hombre de negocios astuto y
enérgico, estaba de viaje. Sack no le conocía personalmente.
Cuando madame
Perov entró en el salón, recoleto y violeta, en el que su amiga, una dama
corpulenta y ruidosa con una diadema de amatista, revoloteaba con ahínco entre
un invitado y otro, su atención se vio inmediatamente prendida de un hombre
alto, de rostro afeitado y ligeramente empolvado que se apoyaba con negligencia
en la cola del piano y que entretenía con sus historias a tres damas que se
apretaban junto a él. Las colas de su levita estaban rematadas con una seda
especialmente gruesa y mientras hablaba, no paraba de retirarse de la cara su
mata de brillante pelo negro mientras inflaba las aletas de su nariz blanca y
con un puente bastante elegante. Había en toda su figura algo brillante,
benevolente y también desagradable.
—¡La acústica
era horrible! —decía, encogiendo los hombros—. Todo el mundo parecía estar
resfriado. Ya saben lo que pasa: en cuanto una persona tose, hay otro y otro
que le siguen, y el concierto de toses está servido —sonrió, echando la melena
hacia atrás—. ¡Como perros que ladraran por la noche en cualquier pueblo!
Madame Perov
se acercó, apoyándose ligeramente en su bastón, y dijo lo primero que le vino a
la cabeza..
—¿Estará
cansado después de su concierto, señor Bachmann?
Se inclinó,
muy halagado.
—Se trata de
un pequeño error, madame. Me llamo Sack. Yo soy tan sólo el empresario de
nuestro Maestro.
Las tres damas
se echaron a reír. Madame Perov perdió la compostura, pero también rió. Sólo
conocía de oídas el increíble virtuosismo de Bachmann, y nunca había visto una
foto suya. En aquel momento, la anfitriona se acercó, la saludó y con un mínimo
movimiento en su mirada, como si estuviera comunicando un secreto, le indicó el
fondo de la sala, mientras murmuraba: «Está allí..., mira».
Y sólo
entonces vio a Bachmann. Se mantenía un poco apartado del resto de los
invitados. Estaba de pie, con las piernas cortas, que llevaba embutidas en unos
pantalones negros holgados, separadas y bien ancladas en el suelo, y leía un
periódico. Se había acercado la página toda arrugada a la mínima distancia de
los ojos y movía los labios al leer como hacen los que son casi analfabetos.
Era bajo y se estaba quedando calvo, salvo por un humilde mechón de pelo que
cruzaba su calva de lado a lado. Llevaba un cuello almidonado que parecía que
le estaba grande. Sin apartar los ojos del periódico se tocó la bragueta
distraídamente con un dedo y sus labios empezaron a moverse con mayor
concentración todavía. Tenía un mentón muy divertido, pequeño, redondo y azul que
le hacía parecerse a un erizo de mar.
—No se
sorprenda —dijo Sack—, es un bárbaro en el sentido literal de la palabra... tan
pronto como llega a una fiesta coge algo y se pone a leer.
De repente,
Bachmann notó que todos le miraban. Giró lentamente la cabeza y enarcando sus
tupidas cejas, sonrió con una sonrisa maravillosa, tímida, que rompió su rostro
en mil arrugas suaves.
La anfitriona
se acercó corriendo hasta él.
—Maestro
—dijo—, permítame que le presente a otra admiradora suya.
Él extendió
una mano fláccida y húmeda.
—Encantado, de
verdad, encantado.
Y de nuevo se
quedó inmerso en su periódico.
Madame Perov
se retiró. Unas manchas rosadas aparecieron en sus mejillas. El alegre vaivén
de su abanico, con destellos de azabache, agitaba los rizos rubios de sus
sienes. Más tarde Sack me dijo que en aquella primera noche ella le había
parecido una mujer extraordinariamente temperamental, como él decía, una mujer
extraordinariamente tensa, a pesar de sus labios naturales y sin pintar y de su
peinado severo.
—Esos dos
estaban hechos el uno para el otro —me confió con un suspiro—. En cuanto a
Bachmann, es un caso desesperado, un hombre carente por completo de
inteligencia. Y además, bebía, sabe usted. La noche en que se conocieron, tuve
que llevármelo por la fuerza. De pronto, pidió coñac, lo cual no era lo que
habíamos convenido, de ningún modo. En realidad, le habíamos suplicado: «No
bebas en los próximos cinco días, sólo en estos cinco días», tenía cinco
conciertos programados, sabe usted. «Es un contrato, Bachmann, no te olvides.»
¡Imagínese, un amigo poeta llegó a escribir un artículo en una revista de humor
en el que hacía un juego de palabras en torno a «andar a cuatro patas» e «irse
por patas»! Literalmente, estábamos en las últimas. Y además, sabe usted, era
un tipo excéntrico, caprichoso y muy sucio. Un individuo absolutamente anormal.
Pero cómo tocaba...
Y, sin decir
palabra, Sack se sacudió la melena y puso los ojos en blanco.
Mientras Sack
y yo mirábamos los recortes de periódico pegados en un álbum pesado como un
ataúd, me convencí de que fue precisamente entonces, en los días aquellos en
que se produjo el primer encuentro de Bachmann con madame Perov, cuando comenzó
la fama real, internacional —¡pero también transitoria!— de esa persona tan
peculiar. Cuándo y cómo se hicieron amantes, no lo sabe nadie. Pero después de
aquella velada en la casa de su amiga, ella empezó a asistir a todos los
conciertos de Bachmann, en cualquier ciudad en que tuvieran lugar. Siempre se
sentaba en la primera fila, muy erguida, bien peinada, con un traje negro y
escotado. Alguien la denominó la Madonna Coja.
Bachmann
entraba en el escenario a paso rápido, como si estuviera escapándose de un
enemigo o simplemente de unas manos molestas. Ignorando a la audiencia, corría
hasta el piano, se inclinaba sobre el taburete redondo y empezaba a dar vueltas
con dulzura al disco redondo de madera del asiento, buscando una especie de
nivel matemáticamente preciso. Y mientras se empleaba en ello, arrullaba al
asiento dulcemente pero con apremio, hablándole en tres lenguas distintas. Y,
durante un buen rato, seguía entretenido en esta maniobra. Los ingleses lo
encontraban conmovedor, los franceses, divertido, y los alemanes enojoso.
Cuando por fin hallaba el nivel adecuado, Bachmann hacía como una pequeña
caricia al asiento y se sentaba, buscando los pedales con las suelas de sus
viejos zapatos de charol. Entonces sacaba un gran pañuelo sucio y, mientras se
limpiaba meticulosamente las manos con él, examinaba la primera fila de butacas
con una mirada maliciosa aunque tímida. Finalmente imponía sus manos con
suavidad sobre las teclas. De repente, sin embargo, un músculo debajo del ojo
hacía un movimiento imperceptible; y chasqueando la lengua, se bajaba del
asiento y comenzaba de nuevo a ajustar dulcemente el disco que chirriaba a cada
vuelta.
Sack piensa
que cuando volvió a casa después de oír a Bachmann por primera vez, madame
Perov se sentó junto a la ventana y se quedó allí quieta hasta la madrugada,
sin dejar de suspirar y sonreír. Insiste en que nunca antes había tocado
Bachmann con tanta belleza, con tal frenesí, y que, a partir de entonces, con
cada concierto, su sonido se volvía más bello todavía, todavía más apasionado.
Con una maestría incomparable, Bachmann convocaba y resolvía las distintas
voces del contrapunto, conseguía que cuerdas disonantes provocaran una
impresión de armonías maravillosas y, en su Triple fuga, perseguía el
tema, jugando con él apasionadamente, con gracia, como si fuera un gato en pos
de un ratón: fingía que lo había dejado escapar para, de repente, con un
destello furtivo de regocijo, inclinarse sobre las teclas, hasta alcanzarlo con
un salto de triunfo. Luego, cuando acababa su contrato con aquella ciudad,
desaparecía durante varios días y se perdía en una borrachera continua.
Los habituales
de las pequeñas tabernas de reputación dudosa, que arden venenosas entre la
niebla de los suburbios lúgubres, veían a un pequeño hombre corpulento con el
pelo en desorden sobre la calva y ojos húmedos como heridas, que siempre elegía
un rincón apartado, pero que se prestaba a invitar a una copa a quienquiera que
fuera a importunarle. Un viejo afilador de pianos, ya en plena decadencia, que
había bebido con él en varias ocasiones, decidió que tenía que ser su colega,
ya que Bachmann, cuando estaba borracho, tamborileaba sobre la mesa con sus
dedos, y con un hilo de voz muy aguda cantaba en tono de LA sin desafinar lo
más mínimo. A veces, una prostituta aplicada de afilados pómulos se lo llevaba
a su casa. A veces arrancaba el violín al violinista de la taberna, lo
destrozaba a pisotones y como castigo recibía una paliza. Se mezclaba con
jugadores, marineros, atletas a los que alguna hernia les había dejado en dique
seco, así como con el gremio entero de ladronzuelos corteses y tranquilos.
Sack y madame
Perov lo buscaban durante noches enteras. Es verdad que Sack sólo lo hacía
cuando era absolutamente necesario ponerlo en forma para algún concierto. A
veces lo encontraban, y, a veces, sucio, sin cuello, con ojeras, aparecía en
casa de madame Perov motu proprio; la dama, dulce y silenciosa, le metía
en la cama, y dejaba pasar dos o tres días antes de telefonear a Sack para
decirle que había encontrado a Bachmann.
Combinaba una
especie de timidez misteriosa con la insolencia de un chaval maleducado. Apenas
hablaba a madame Perov. Cuando ella se lo reprochaba y trataba de asir sus
dedos, él se apartaba y la golpeaba en las manos con gritos estridentes como si
el más mínimo contacto le causara un dolor impaciente, y se metía bajo la manta
a sollozar durante un buen rato. Sack se presentaba entonces y decía que había
llegado el momento de partir en dirección a Roma o a Londres y se llevaba a
Bachmann consigo.
Su extraña
relación duró tres años. Cuando finalmente un Bachmann más o menos reanimado se
presentaba ante su público, madame Perov se encontraba invariablemente sentada
en su butaca de la primera fila. En los viajes largos ocupaban habitaciones
contiguas. Madame Perov vio a su marido varias veces durante este período. Por
descontado, él, como todo el mundo, sabía de su pasión enfebrecida y fiel, pero
no interfería para nada y llevaba su propia vida.
—Bachmann
convirtió su existencia en un tormento —repetía Sack—. Es incomprensible cómo
pudo amarle. ¡El misterio del corazón femenino! En una ocasión, cuando estaban
juntos en casa de alguien, vi con mis propios ojos cómo el Maestro le enseñaba
los dientes, como un mono, y ¿sabe por qué? Porque ella quería arreglarle la
corbata. Pero en aquellos días, el genio habitaba en sus dedos cuando tocaba.
De aquel período son su Sinfonía en Re menor y algunas de sus fugas más
complejas. Nadie le vio componerlas. La más interesante es la denominada Fuga
dorada. ¿La ha oído usted? Su desarrollo temático es absolutamente
original. Pero le estaba contando sus caprichos y su creciente locura. Bien,
así es como ocurrió. Pasaron tres años y entonces una noche, en Munich, donde
tenía que dar un concierto...
Y a medida que
Sack llegaba al final de su historia, iba apretando sus ojos con más tristeza y
con más fuerza.
Parece que la
noche en que llegó a Munich, Bachmann se escapó del hotel donde solía alojarse
con madame Perov. Quedaban tres días para el concierto y Sack, como es natural,
estaba prácticamente histérico. No había manera de encontrar a Bachmann. Era a
finales de otoño y llovía mucho. Madame Perov cogió un catarro y tuvo que
guardar cama. Sack, con dos detectives, siguió rastreando los bares.
El día del
concierto la policía telefoneó para decir que Bachmann había sido localizado.
Le habían encontrado en la calle por la noche y había dormido en la estación.
Sin decir palabra, Sack le llevó desde la comisaría al teatro, lo entregó como
si fuera un objeto a sus ayudantes y se fue al hotel a por el frac de Bachmann.
A través de la puerta, le contó a madame Perov lo que había pasado. Luego,
volvió al teatro.
Bachmann, con
su sombrero negro hundido hasta las cejas, estaba sentado en su camerino,
tamborileando con tristeza sobre la mesa con un solo dedo. La gente hablaba
preocupada a su alrededor. Una hora más tarde, el público empezó a ocupar sus
asientos en el auditorio. El escenario blanco y muy iluminado, adornado a cada
lado con los cañones del órgano, el reluciente piano negro, con la cola
levantada, y la humilde seta que constituía el asiento..., todo ello esperaba
en su perezosa solemnidad a un hombre de manos suaves y húmedas, que en un
momento podía despertar un huracán de sonidos en el piano, en el escenario y en
la enorme sala de conciertos, donde, como gusanos pálidos, los hombros de las
mujeres y las calvas de los hombres se movían y brillaban.
Y, finalmente,
Bachmann entró trotando en el escenario. Sin prestar la más mínima atención al
trueno de bienvenida que se inició como un cono compacto para disolverse
después en aplausos dispersos, cada vez más débiles, empezó a hacer girar el
disco del asiento, arrullándolo ávidamente y, tras acariciarlo, se sentó al
piano. Mientras se limpiaba las manos, miró hacia la primera fila con su
sonrisa tímida. Abruptamente, su sonrisa se desvaneció y Bachmann hizo una
mueca. El pañuelo cayó al suelo. Su mirada atenta resbaló una vez más por la
hilera de rostros y tropezó, por así decir, con la butaca vacía del centro.
Bachmann cerró el piano de un golpe, se levantó, caminó hasta el mismo borde
del escenario, y poniendo los ojos en blanco y levantando los brazos como una
bailarina de ballet, ejecutó dos o tres pasos ridículos. El público se quedó de
piedra. De los asientos posteriores surgió un conato de risa. Bachmann se
detuvo, dijo algo que nadie oyó y, a continuación, con un gesto arrogante y
teatral, enseñó la minga a todos los presentes.
—Ocurrió tan
de repente —continuó Sack— que no me dio tiempo a llegar para hacer algo. Me
tropecé con él cuando, tras el figo que no la fuga, abandonaba ya el escenario.
Le pregunté: «Bachmann, ¿adonde vas?». Y él pronunció una obscenidad y
desapareció en el camerino.
Y entonces el
propio Sack salió a escena, en medio de un torrente de ira y de júbilo. Alzó la
mano, consiguió imponer un cierto silencio, y les prometió solemnemente que el
concierto tendría lugar. Al entrar en el camerino se encontró a Bachmann
sentado como si no hubiera pasado nada, moviendo los labios mientras leía el
programa.
Sack miró a
los allí presentes, y enarcando las cejas significativamente, corrió al
teléfono y llamó a madame Perov. Durante un tiempo no obtuvo respuesta;
finalmente oyó un click y luego su débil voz.
—Venga al
momento —farfulló Sack, golpeando el listín telefónico con la mano—. Bachmann
se niega a tocar sin usted. ¡Es un escándalo terrible! El público está
empezando a... ¿Qué? ¿Qué es eso?... Sí, sí, ya le digo que se niega. ¿Hola?
¡Maldita sea! ¡Se ha cortado...!
Madame Perov
estaba peor. El médico, que la había visitado dos veces aquel día, había mirado
con consternación el mercurio que tanto había subido en la roja escalera de su
tubo de cristal. Al colgar el teléfono —lo tenía al pie de la cama—,
probablemente sonrió feliz. Trémula e insegura todavía al andar, empezó a
vestirse. Un dolor insoportable hendía su pecho, pero la felicidad la llamaba a
través de la niebla y el murmullo de la fiebre. Me imagino que, por alguna
razón, al ponerse las medias, la seda se le quedaba enroscada en los dedos de
sus pies helados. Se arregló el cabello lo mejor que pudo, se arropó con un
abrigo de piel marrón y salió con su bastón en la mano. Dijo al portero que
llamara un taxi. La acera negra brillaba. La manecilla de la puerta del coche
estaba mojada y fría como el hielo. Durante todo su viaje, aquella vaga sonrisa
de felicidad debió de permanecer en sus labios, y el sonido del motor y el
susurro de las ruedas se mezclaron con el cálido ruido de su mente. Cuando
llegó al teatro, vio masas de gente que abrían sus paraguas airadas al ser
vomitadas a la calle. Faltó poco para que la derribaran, pero consiguió abrirse
paso entre la multitud. En el camerino, Sack se paseaba de un lado a otro sin
parar, llevándose la mano tanto a la mejilla izquierda como a la derecha.
—¡Yo tenía un
ataque de auténtica rabia! —continuó—. Mientras luchaba con el teléfono, el
Maestro se escapó. Dijo que iba al servicio, y se nos escapó. Cuando llegó
madame Perov salté enfadado contra ella, ¿por qué no estaba como siempre en el
teatro? Entiéndame, ni me paré a pensar en el hecho de que estuviera enferma. Y
ella me preguntó: «¿Pero entonces, ahora está en el hotel? Si es así, nos
cruzamos en el camino». Yo estaba fuera de mí y grité: «Al diablo con los
hoteles... estará en algún bar. ¡Algún bar! ¡Algún bar!». Y ya lo dejé estar y
me fui corriendo. Tenía que prestar auxilio al hombre de la taquilla.
Y madame
Perov, temblando y sin dejar de sonreír, se fue a buscar a Bachmann. Sabía más
o menos dónde buscarle, y fue allí, a aquel oscuro y espantoso barrio donde la
llevó un chofer atónito. Cuando llegó a la calle donde, según Sack, Bachmann
había sido encontrado la noche anterior, despidió el coche, y apoyándose en su
bastón, empezó a caminar por el piso irregular de la acera, bajo los rayos
escorados de una lluvia negra. Entró en todos los bares, uno por uno. Las
ráfagas de música estridente la ensordecían y los hombres la miraban con
insolencia. Entraba en cada taberna y lo buscaba entre el humo y los colores
chillones y vertiginosos y volvía a salir a los latigazos de la noche. Muy
pronto empezó a pensar que no hacía más que entrar una y otra vez en el mismo
bar y una desesperada debilidad comenzó a descender sobre sus hombros.
Caminaba, cojeando y emitiendo unos gemidos apenas audibles, aferrando la
empuñadura turquesa de su bastón con su mano helada. Un policía que llevaba
cierto tiempo observándola, se acercó hasta ella lentamente, con aire
profesional le preguntó dónde vivía y, a continuación, con firmeza pero con
amabilidad la llevó hasta un coche de caballos que hacía servicio de noche. En
las tinieblas malolientes y crujientes del coche, se quedó dormida y cuando
despertó, se encontró con que la puerta estaba abierta y el cochero, con su
capa de hule brillante, le daba golpecitos en el hombro con la punta de su
fusta. Al encontrarse en el cálido pasillo del hotel, se vio invadida por un
sentimiento de completa indiferencia por todo y por todos. Abrió de un golpe la
puerta de su habitación y entró. Bachmann estaba en su cama, descalzo y en
camisón, con una manta de cuadros en rebujo sobre los hombros. Tamborileaba con
dos dedos en el mármol de la mesilla, mientras que con la otra mano garabateaba
unos signos en un papel de música, con un lapicero de mina indeleble. Estaba
tan absorto en lo que hacía que no se dio cuenta de que se había abierto la
puerta. Ella dejó escapar un «ach» suave, como un gemido. Bachmann se asustó.
La manta comenzó a deslizarse de sus hombros.
Creo que ésta
fue la única noche feliz en la vida de madame Perov. Creo que esos dos, el
músico medio loco y la mujer moribunda, encontraron aquella noche palabras que
los más grandes poetas nunca han llegado a soñar. Cuando Sack, indignado, llegó
al hotel a la mañana siguiente, Bachmann estaba allí sentado con una sonrisa
extática y silenciosa, contemplando a madame Perov, que estaba tendida a lo
ancho de la cama, inconsciente bajo la manta de cuadros. No había manera de
saber lo que Bachmann pensaba mientras contemplaba el rostro ardiente de su
amante y escuchaba su respiración espasmódica; probablemente, interpretaba a su
manera la agitación de su cuerpo, la agitación y la fiebre, una enfermedad
terminal ni siquiera le pasaba por la imaginación. Sack llamó al doctor. Al
principio Bachmann les miró con desconfianza, con una sonrisa tímida; pero
luego cogió al doctor por el cuello, se echó atrás para coger carrerilla, se
dio un golpe en la frente y empezó a dar vueltas y más vueltas, rechinando los
dientes. Ella murió aquel mismo día, sin recobrar la conciencia. La expresión
de felicidad nunca abandonó su rostro. En la mesilla Sack encontró una hoja de
papel toda arrugada, pero nadie fue capaz de descifrar los puntos violeta de
música desperdigados por el papel.
—Me lo llevé
inmediatamente de allí—continuó Sack—. Temía lo que pudiera suceder cuando
llegara el marido, ya me entiende. El pobre Bachmann estaba fláccido como una
muñeca de trapo y no paraba de meterse los dedos en los oídos. No dejaba de
gritar como si alguien le estuviera haciendo cosquillas. «¡Parad de hacer ese
ruido! ¡Ya vale, ya vale de música!» No puedo concebir qué es lo que le produjo
semejante shock: entre nosotros, nunca amó a aquella desgraciada mujer.
En cualquier caso, ella terminó con él. Después del funeral Bachmann
desapareció sin dejar huella. Todavía se encuentra su nombre, de vez en cuando,
en los anuncios de las casas de piano, pero, en términos generales, está
completamente olvidado. Seis años más tarde el destino nos volvió a reunir. Por
un instante, tan sólo. Yo esperaba un tren en una pequeña estación suiza. Era
una tarde espléndida, recuerdo. Yo no estaba solo. Sí, una mujer... pero ése es
otro libreto. Y entonces, no se lo creerá, veo un grupo de gente que se
arremolina en torno a un hombre bajito que lleva un abrigo negro todo raído y
un sombrero también negro. Metía una moneda en una pianola y no dejaba de
llorar desconsoladamente. Metía otra moneda, escuchaba la melodía enlatada y
lloraba. Y entonces, el rollo de la pianola, o lo que fuera, se rompió. Se puso
a golpear la máquina, y a llorar aún más efusivamente, luego, desistió de su
empresa y se fue. Lo reconocí inmediatamente, pero, como comprenderá, yo no
estaba solo. Estaba con una dama, y había gente por allí, que miraban boquiabiertos.
Hubiera resultado extraño acercarme a él y decirle: «Wiegeht's dir, Bachmann?».
Yo había heredado el estudio de un fotógrafo. Un
lienzo de tintes violáceos seguía todavía allí junto a la pared; mostraba una
balaustrada y una urna blanquecina contra el fondo de un jardín de contornos
imprecisos. Y era una silla de mimbre la que me acogía a mí aquella noche, como
si yo también me encontrara en el umbral de aquellas profundidades de acuarela,
era yo el que pasé allí hora tras hora pensando en ti, hasta que llegó la
mañana. Unas cabezas de estuco revocado empezaron a surgir gradualmente destacándose
en la oscuridad, flotando por entre la neblina de polvo. Una de ellas (casi tu
retrato) estaba envuelta en un trapo húmedo. Yo atravesé aquella cámara
nebulosa —algo se rompió y crujió bajo mis pies— y con el extremo de una larga
barra, fui enganchando y corriendo hasta abrir las negras cortinas que colgaban
como jirones de algún estandarte roto a lo largo del cristal inclinado. Cuando
hube dejado que la mañana entrara —una mañana desdichada y aviesa—, empecé a
reírme sin saber por qué; quizá era simplemente porque me había pasado la noche
entera sentado en un sillón de mimbre, rodeado de basura y de trozos de yeso de
París, entre polvo de plastilina congelada, pensando en ti.
Cada vez que se mencionaba tu nombre en mi presencia
experimentaba el mismo sentimiento: un golpe negro, perfumado, enérgico: ése
era el movimiento de tus brazos cuando te colocabas el velo. Hacía mucho tiempo
que yo te amaba; por qué, no lo sé. Teniendo en cuenta tus ardides engañosos y
tus tretas salvajes, sabiendo como sé que te pierdes y transiges en una ociosa
melancolía.
Casualmente, no hace mucho encontré una caja de
cerillas vacía en tu mesilla. Sobre la misma había un menudo túmulo funerario
de cenizas y la colilla de un cigarrillo dorado —una colilla tosca, masculina.
Te pedí una explicación. Te reíste incómoda. A continuación te echaste a llorar
y yo, perdonándolo todo, te abracé las rodillas y apreté mis pestañas húmedas
contra tu seda negra y suave. Después de aquello no te vi en dos semanas.
La mañana de otoño relucía con la brisa. Con cuidado,
dejé la barra en una esquina. Las tejas de los tejados de Berlín se dejaban ver
a través del lienzo de la ventana, sus siluetas se acomodaban a las
iridiscentes irregularidades internas del cristal; en medio de ellas, una
cúpula distante se alzaba como una sandía de bronce. Las nubes se apresuraban,
se rompían, revelando fugazmente una telaraña extrañada de azul otoñal.
El día anterior había hablado contigo por teléfono.
Era yo quien había cedido y llamado. Quedamos en vernos hoy en la Puerta de
Brandemburgo. Tu voz, a través del zumbido como de abejas, sonaba remota y con
un punto de ansiedad. Yo no paraba de deslizarme en la distancia como
desvaneciéndome. Te hablé con los ojos cerrados, y me sentía a punto de llorar.
Mi amor por ti era un pozo cálido de lágrimas que no dejaba de manar ni de
palpitar. Así es exactamente como me imaginaba el paraíso: silencio y lágrimas.
Y la seda cálida de tus rodillas. Y esto tú no lo podías entender.
Después de cenar, cuando salí a tu encuentro, con el
torrente amarillo de los rayos del sol y el aire cortante, la cabeza me empezó
a dar vueltas. Cada uno de los rayos de sol retumbaba en mis sienes. Unas
grandes hojas rojizas, crujientes, anadeaban deprisa en su carrera por las
aceras.
Mientras caminaba pensé que era probable que no
acudieras a la cita. Y que si lo hacías, volveríamos a discutir por cualquier
cosa. Yo sólo sabía esculpir y amar. Eso no era suficiente para ti.
Puertas contundentes. Autobuses hinchados de caderas
apretujándose para pasar por los arcos y deslizándose por el bulevar que se iba
esfumando en el inquieto brillo azul de aquel día de viento. Te esperé bajo una
bóveda sofocante, entre columnas heladas, junto a la verja de la ventana de la
casa del guarda. Gente por todas partes: los oficinistas berlineses abandonaban
los despachos, mal afeitados, cada uno con su cartera bajo el brazo, y, en los
ojos, la náusea densa que te atenaza cuando fumas un puro malo con el estómago
vacío —sus cansados rostros rapaces, sus cuellos almidonados eran un relámpago
incesante—; pasó una mujer con un sombrero de paja roja y un abrigo gris de
astracán; y luego un joven con pantalones de terciopelo anudados debajo de la
rodilla; y también otros.
Yo esperaba, apoyado en mi bastón, en la fría sombra
de las columnas. No creía que tú vinieras.
Junto a una de las columnas, cerca de la ventana de la
casa del guarda, había un puesto con postales, mapas, series en abanico de
fotos de colores y a su lado, sentada en un taburete, una mujer menuda,
anciana, y parda, de piernas cortas, más bien gruesa y con una cara redonda y
llena de pecas. También ella esperaba.
Me pregunté cuál de los dos esperaría más, y quién
vendría antes, un cliente, o tú. El semblante de la anciana parecía decir algo
así: «Me encuentro aquí de casualidad... No he hecho más que sentarme un
minuto... Sí, es verdad que hay un puesto aquí cerca, con excelentes y curiosas
chucherías... Pero yo no tengo nada que ver con él...».
La gente pasaba despreocupada entre las columnas,
evitando el rincón de la casa del guarda; algunos miraban las postales. La
anciana tensaba cada uno de sus músculos y fijaba sus diminutos y vivos ojos en
el transeúnte como si le estuviera transmitiendo un solo pensamiento: cómpralo,
cómpralo... Pero el otro, después de examinar brevemente las postales de
colores y también las grises, seguía su camino y ella bajaba los ojos con
aparente indiferencia y volvía a un libro rojo que tenía en el regazo.
Yo no llegaba a creerme que tú vinieras. Pero te
esperaba como nunca antes había esperado nada, sin dejar de fumar, mirando a
hurtadillas más allá de la puerta hacia la plaza abierta que iniciaba el
bulevar; y luego me retiraba de nuevo a mi escondrijo, intentando que no se me
notara que estaba esperando a alguien, intentando imaginarme que tú caminabas
hacia mí, que te acercabas mientras yo miraba a otro lado, que si echaba una
ojeada más en aquella dirección vería tu abrigo de foca y el encaje negro que desde
el ala de tu sombrero caía cubriendo tu rostro y, deliberadamente, no miraba,
empecinándome en mi querido engaño.
Hubo un golpe de viento frío. La mujer se levantó y
empezó a empujar con firmeza las postales para encajarlas en sus
correspondientes ranuras. Llevaba una especie de chaqueta de terciopelo
amarillo recogida en la cintura. El dobladillo de su falda marrón le colgaba
por detrás, lo que la hacía parecer como si caminara levantando la barriga. Yo
distinguía sin dificultad una serie de arrugas amables en su pequeño sombrero
redondo y también en sus botines gastados. Ordenaba afanosamente su mercancía.
Su libro, una guía de Berlín, estaba abandonado en el taburete y el viento de
otoño distraído hacía girar las páginas y arrugaba el mapa que se había
desprendido del grueso del libro como si fuera un tramo de escaleras.
Yo empezaba a tener frío. Mi cigarrillo ardía amargo
en la comisura de la boca. Sentí las olas de un frío hostil en el pecho. No
había aparecido ningún cliente.
Mientras tanto, la mujer de las chucherías había
vuelto a su lugar y, como el taburete estaba demasiado alto para ella, tuvo que
hacer juegos malabares, evitando que las suelas de sus burdos botines se
despegaran de la acera al mismo tiempo. Tiré el cigarrillo y lo apagué con la
punta de mi bastón, provocando una espuma de fuego.
Ya había pasado una hora, quizá más. ¿Cómo podía
seguir pensando que tú acudirías? El cielo se había transformado
imperceptiblemente en una sola nube tormentosa continua, los transeúntes
caminaban más deprisa, todos encogidos, sujetándose los sombreros, y una señora
que cruzaba la plaza abrió el paraguas. Habría sido un verdadero milagro que
hubieras llegado en ese momento.
La anciana había colocado meticulosamente una señal en
su libro y se detuvo como si estuviera abstraída en sus pensamientos. Mi
intuición me decía que estaba tratando de conjurar la presencia de un
extranjero rico procedente del Hotel Adlon que comprara toda su mercancía, que
le pagara generosamente, y que además le pidiera más, más postales y más guías
de todo tipo. Y probablemente tampoco tendría demasiado calor con aquella
chaqueta de terciopelo. Tú habías prometido
que vendrías. Recordé la conversación telefónica, y la sombra fugaz de tu voz.
Dios, cómo deseaba verte. El viento infame empezó a rachear de nuevo. Me subí
el cuello.
De repente, la ventana de la casa del guarda se abrió,
y un soldado verde saludó a la anciana. Rápidamente se revolvió en su taburete
y, con su vientre prominente, se acercó rauda a la ventana. Con ademán
tranquilo, el soldado le alcanzó un tazón humeante y cerró la ventana. Su
espalda verde se volvió y se alejó en las profundidades oscuras.
La mujer volvió a su sitio cuidando de que el tazón no
se le derramara. Era café con leche a juzgar por el marrón de nata que se le
pegaba al borde.
Y entonces empezó a beber. Nunca he visto a una
persona que bebiera con semejante y concentrado placer, puro, profundo. Se
olvidó de su puesto, de las postales, del viento helado, de su cliente
americano: se limitaba a beber, sorber, chupar, desapareció completamente en su
café, y de igual modo, yo olvidé mi vigilia y sólo veía la chaqueta de
terciopelo, los ojos ciegos de dicha, las manos callosas agarrando el tazón en
sus mitones de lana. Bebió durante mucho tiempo, bebía a sorbos lentos,
chupando con reverencia el borde con su nata pegada, calentándose las manos con
la hojalata caliente. Y un calor oscuro y dulce se derramó en mi alma. Mi alma
también bebía y se calentaba, y la anciana parda y menuda sabía a café con
leche.
Terminó. Durante un momento se quedó inmóvil. Luego se
levantó y se encaminó a la ventana a devolver el tazón.
Pero se detuvo a medio camino y sus labios se
rompieron en una leve sonrisa. Volvió rápidamente a su puesto, agarró dos
postales de colores y, corriendo hasta la reja de hierro de la ventana, golpeó
con suavidad el cristal con su diminuto puño de lana. La verja se abrió, dando
paso a una manga verde con un botón reluciente en el puño, y la anciana lanzó
tazón y postales a la oscuridad de la ventana sin dejar de mover la cabeza
apresurada. El soldado se puso a examinar las postales y volvió al interior, cerrando
suavemente la ventana tras él.
Y entonces me di cuenta de la ternura del mundo, de la
beneficencia profunda de todo lo que me rodeaba, del dichoso lazo existente
entre mi ser y toda la creación, y me di cuenta de que la alegría que había
buscado en ti no era algo que se produjera dentro de ti, sino que respiraba a
mi alrededor y por todas partes, en los ruidos veloces de la calle, en el
dobladillo de una falda que se alzaba cómicamente, en el tierno ronroneo del
viento, en las nubes de otoño hinchadas con el viento. Me di cuenta de que el
mundo no representa para nada una lucha, ni tampoco una secuencia de ávidos
acontecimientos casuales, sino una dicha trémula, una inquietud turbada y
benéfica, una dádiva que nos ha sido concedida e ignorada.
Y en aquel mismo instante llegaste, por fin o, mejor
dicho, no llegaste tú, sino una pareja alemana, él con gabardina y con las
piernas enfundadas en unas medias largas que parecían botellas verdes; ella,
alta y esbelta, con un abrigo de piel de pantera. Se acercaron al puesto, el
hombre se dispuso a seleccionar algo, y mi querida anciana jadeaba ruborizada,
levantando los ojos hasta él para después fijarlos en las postales, sin dejar
de moverse de aquí para allá, enarcando las cejas como si fuera uno de esos
viejos cocheros que trataban de espolear al caballo con todo su cuerpo. Pero
apenas había tenido tiempo el alemán para decidirse por alguna de aquellas
chucherías cuando su mujer, encogiendo los hombros, le tiró de la manga y se lo
llevó de allí. Fue entonces cuando me di cuenta de que se parecía a ti. La
semejanza no estaba en sus rasgos físicos ni tampoco en la ropa, sino en aquel
gesto remilgado y cruel, en aquella mirada indiferente, superficial. Los dos se
fueron de allí sin comprar nada, y la anciana se limitó a sonreír, volviendo a
poner las postales en sus correspondientes ranuras, y en seguida volvió a
perderse en su libro rojo. No teñía sentido alguno seguir allí esperando. Me
marché caminando por calles que ya empezaban a oscurecerse, escrutando los
rostros de los pasajeros, captando ciertas sonrisas y también algunos
movimientos ciertamente curiosos: el meneo de la trenza de una joven que
lanzaba una pelota contra la pared, la melancolía celeste reflejada en los ojos
violetas y ovales de un caballo. Capté todo aquello y lo guardé. Las oblicuas
gotas de lluvia se hicieron más frecuentes, y me hicieron pensar en la
comodidad fresca de mi estudio, en los músculos, las frentes, los mechones y
guedejas de cabello que había modelado y sentí en mis dedos el sutil hormigueo
de mi pensamiento que ya empezaba a esculpir.
Se hizo la noche. Llovía a ráfagas racheadas. El
viento me saludaba turbulento en cada esquina. Y entonces un tranvía pasó
rechinando, sus ventanas brillo de ámbar, su interior siluetas negras. Subí de
un salto y me dispuse a secarme las manos empapadas de lluvia.
La gente del tranvía estaba taciturna y se mecía
soñolienta con su movimiento. Los cristales negros de las ventanas estaban
salpicados con una multitud de diminutas gotas de lluvia, como un cielo
nocturno cubierto por un rosario de estrellas. Traqueteábamos a lo largo de una
calle surcada por una hilera de castaños ruidosos, y yo me imaginaba sus ramas
húmedas sacudiendo las ventanas como con latigazos. Y cuando el tranvía se
detuvo pude oír, por encima, cómo los castaños arrastrados por el viento golpeteaban
contra el techo del tranvía. Ploc —y de nuevo, inmutable y también suavemente:
ploc, ploc. El tranvía entonces repicaba y se ponía en marcha, los destellos de
las farolas estallaban en los cristales mojados y yo, con una sensación de
intensa y aguda felicidad, esperaba la repetición de aquellos ruidos mansos y
nobles. Chirriaron los frenos en una parada. Y de nuevo, un castaño solitario
se venció y, tras un momento, otro castaño chocó contra el tranvía en un ruido
sordo para después arrastrarse por el techo: ploc, ploc...
El último tranvía desaparecía entre el espejo de
tinieblas de la calle y, a lo largo del cable, un destello de fuego de Bengala,
crepitando trémulo, se perdía rápido en la distancia como una estrella azul.
«Bueno, será mejor que sigamos andando, aunque estás bastante borracho, Mark,
bastante borracho...»
El destello de fuego se extinguió. Los tejados
brillaban a la luz de la luna, ángulos de plata rotos por negras grietas
transversales.
Penetró en aquel espejo de tinieblas y tomó a duras
penas el camino de su casa: Mark Standfuss, un dependiente de comercio, un
semidiós, el rubio Mark, un buen tipo con suerte y cuello duro. De su nuca, por
encima de la línea de aquel cuello duro, colgaba una especie de coleta infantil
que había conseguido escapar a la navaja del barbero. Esa coleta era la que
había enamorado a Klara y juraba que era amor del bueno, que ya se había
olvidado por completo del extranjero arruinado y guapo que el año pasado le había
alquilado a su madre, Frau Heise, una habitación.
«Pero Mark, estás borracho...»
Aquella noche había corrido la cerveza y las canciones
entre los amigos en honor de Mark y de la pálida Klara, la pelirroja, y dentro
de una semana ya serían marido y mujer; entonces se iniciaría toda una vida de
felicidad y de paz, de noches junto a ella, con la llamarada roja de su melena
desparramándose por toda la almohada y por la mañana, de nuevo, su risa
tranquila, su vestido verde, el frescor de sus brazos desnudos.
En el centro de una plaza se erguía una pequeña tienda
de campaña: estaban reparando las vías del tranvía. Recordaba cómo aquel mismo
día había introducido sus labios por dentro de las mangas de Klara, y cómo
había besado la conmovedora cicatriz de su vacuna contra la viruela. Y ahora
caminaba hacia casa, se tenía en pie con dificultad en razón del exceso de
felicidad y también del exceso de bebida, balanceaba su bastón y entre las
oscuras casas de la acera de enfrente de aquella calle vacía un eco nocturno
armonizaba con el eco de sus pisadas; pero el eco desapareció cuando volvió la
esquina donde siempre le esperaba el mismo hombre con su delantal y su gorra de
visera, de pie junto a una parrilla, vendiendo salchichas, y anunciando su
mercancía en un tierno silbido como el canto de un pájaro: «Würstchen,
würstchen...».
Mark sintió una especie de piedad deliciosa por las
salchichas, por la luna, por la chispa de fuego que se había retirado junto con
el cable del tranvía, y, mientras apretaba el cuerpo contra una valla amiga, se
vio vencido por la risa; luego, se inclinó y empezó a murmurar en un pequeño
agujero que había entre las tablas de la valla: «Klara, Klara, ¡oh mi querida
Klara!».
Al otro lado de la valla, en un claro entre dos
edificios, había un solar vacío rectangular. Varios camiones de mudanzas se
recogían allí como enormes ataúdes. Estaban llenos hasta los topes con su
carga. Sólo Dios sabe qué cosas había apiladas en su interior. Baúles de caoba
probablemente, y candelabros como serpientes de hierro, y el pesado esqueleto
de una cama de matrimonio. La luna obtenía un destello duro de los camiones. A
la izquierda del solar, unos enormes corazones negros se pegaban contra una pared
desnuda; las sombras, muy ampliadas, de las hojas de un tilo que se erguía
junto a una farola en el borde de la acera.
Mark seguía riéndose entre dientes mientras subía por
las oscuras escaleras que conducían a su piso. Llegó al último escalón pero
equivocadamente levantó el pie de nuevo como para volver a subir, y el pie cayó
torpe al suelo con un golpe seco. Mientras se esforzaba en la oscuridad por
encontrar la cerradura de la puerta, se le cayó el bastón de bambú y con un
leve golpeteo empezó a deslizarse por las escaleras. Mark contuvo el aliento.
Pensaba que el bastón seguiría el movimiento de la escalera y que giraría por
sí solo en el recodo hasta llegar abajo. Pero el chasquido agudo de la madera
cesó de improviso. Debía de haberse detenido. Sonrió aliviado, y agarrándose a
la barandilla (mientras la cerveza no dejaba de cantar en su cabeza vacía),
empezó a bajar de nuevo. Apenas evitó la caída y se sentó cansado en un
escalón, mientras buscaba a tientas su camino.
Arriba, una puerta se abrió en el descansillo. Frau
Standfuss, con una lámpara de gas en la mano, a medio vestir, parpadeando, con
el pelo convertido en una especie de aureola que le salía del gorro de dormir,
se acercó y gritó: «¿Eres tú, Mark?».
Una cuña amarilla de luz envolvía la barandilla, las
escaleras y su bastón, y Mark, jadeando pero feliz, volvió a subir de nuevo
hasta el descansillo, su sombra negra y jorobada seguía sus pasos por las
paredes.
Luego, en la habitación iluminada débilmente, dividida
por una pantalla roja, tuvo lugar la siguiente conversación:
—Has bebido demasiado, Mark.
—No, no, madre... Estoy tan contento...
—Te has ensuciado todo, Mark. Tienes la mano negra...
—... tan feliz... me siento tan bien... el agua es muy
buena y está fría. Viértemela por encima de la cabeza... un poco más... Todo el
mundo me ha dado la enhorabuena, y con razón... Más agua.
—Pero dicen que hasta hace muy poco tiempo estaba
enamorada de otro, de un aventurero extranjero o algo así. Que se fue sin pagar
los cinco marcos que le debía a Frau Heise...
—Oh, ya vale, cállate, no entiendes nada... Cantamos
tanto hoy... Mira, he perdido un botón... Estoy seguro de que me van a aumentar
el sueldo cuando me case...
—Vamos, vete a la cama... Estás todo sucio, y además
son tus pantalones nuevos.
Aquella noche Mark tuvo un sueño desagradable. Vio a
su difunto padre. Su padre llegó hasta él, con una sonrisa muy rara en su
rostro sudoroso y pálido, cogió a Mark por los brazos y empezó a hacerle
cosquillas silenciosa, violentamente, sin parar.
Sólo recordó el sueño después de llegar a la tienda
donde trabajaba, y se acordó porque un amigo suyo, el buen Adolf, le saludó
dándole un golpe en las costillas. Por un momento, algo se abrió en su alma, y
se quedó allí, helado, expectante, y se cerró de nuevo. Luego, todo volvió de
nuevo a su ser, fácil y claro, y las corbatas que ofreció a sus clientes le
sonrieron radiantes, en armonía con su felicidad. Sabía que iba a ver a Klara
aquella noche, correría a cenar a casa para luego ir directamente a verla. El
otro día, cuando le decía lo tierna y cariñosamente que iban a vivir, ella se
puso de repente a llorar. Ni que decir tiene que Mark entendió que eran
lágrimas de felicidad (como explicó ella misma); ella empezó a dar vueltas por
la habitación, su falda una vela verde, y luego se fue al espejo a arreglarse
con viveza sus cabellos brillantes, color de mermelada de albaricoque. Y tenía
el rostro pálido y un aire de desconcierto, también a causa de la felicidad,
desde luego. Era tan natural, después de todo.
—¿De rayas? Por supuesto.
Le hizo el nudo a la corbata en su mano, y la volvió
de un lado y después del otro, intentando seducir al cliente. Ágilmente abría
las cajas de cartón...
Mientras tanto, su madre había recibido una visita:
Frau Heise. Había venido sin avisar y tenía el rostro cubierto de lágrimas.
Cautelosamente, casi como si tuviera miedo de romperse en mil pedazos, se dejó
caer en un taburete en la diminuta e inmaculada cocina donde Frau Standfuss
lavaba los platos. Un cerdo de madera bidimensional colgaba de la pared y en el
hornillo había una caja de cerillas semiabierta, con una cerilla usada dentro.
—He venido a traerle malas noticias, Frau Standfuss.
La otra mujer se quedó de piedra, agarrando un plato y
apretándolo contra su seno.
—Es acerca de Klara. Sí. Ha perdido el juicio. Aquel
huésped que tuve volvió hoy, ya sabe, aquel de quien le hablé. Y Klara se ha
vuelto loca. Sí, ocurrió esta mañana... Ya no quiere volver a ver a su hijo
nunca más... Usted le regaló la tela para un vestido nuevo: se la devolverá. Y
aquí hay una carta para Mark. Klara se ha vuelto loca. Yo no sé qué pensar...
Mientras tanto Mark había salido del trabajo y se
hallaba de camino a casa. Adolf, el del pelo cortado a cepillo, le acompañaba
en su recorrido. Ambos se detuvieron, se dieron la mano y Mark empujó con el
hombro la puerta que se abría al frío vacío.
—¿Por qué he de ir a casa? Al diablo. Vamos a comer
algo tú y yo —Adolf seguía allí de pie, apoyándose en el bastón como si éste
fuera su cola—. Al diablo, Mark.
Mark se frotó la mejilla dubitativo, y luego rompió a
reír.
—De acuerdo. Pero hoy invito yo.
Cuando, media hora más tarde, salió del bar y se
despidió de su amigo, el fuego de una ardiente puesta de sol llenaba la vista
del canal, y un puente veteado de lluvia en la distancia quedaba a lo lejos,
tras un marco de oro en el que se alcanzaban a distinguir unas diminutas
figuras negras.
Miró al reloj y decidió ir directo a casa de su novia
sin pasar por la de su madre. Su felicidad y la claridad del aire de la tarde
le mareaban un tanto. Una flecha de cobre brillante fue a hendir el zapato
lacado de un petimetre que descendía de un coche. Los charcos, que todavía no
se habían secado, rodeados por la magulladura de la humedad oscura (los ojos
vivos del asfalto), reflejaban la suave incandescencia de la tarde. Las casas
estaban grises, como siempre; y sin embargo, los tejados, las molduras en los
pisos superiores, los pararrayos de filos dorados, las cúpulas de piedra, las
columnas -—que nadie percibe durante el día, porque de día la gente no suele
levantar la mirada del suelo— estaban ahora bañadas en un rico tono ocre que no
era sino la ligera calidez de la puesta de sol, y parecían así inesperados y
mágicos, aquellos salientes superiores, balcones, cornisas, pilares,
contrastando abruptamente en su brillo rojizo con las pardas fachadas de abajo.
—Oh, qué feliz soy —musitaba Mark—, todo a mi
alrededor celebra mi felicidad.
Sentado con ternura en el tranvía, examinaba con
cariño a los otros pasajeros. Tenía un rostro tan joven, Mark, con granos
rosados en la barbilla, unos ojos luminosos y alegres y una pequeña coleta en
la nuca... Se podría pensar que el destino había sido generoso con él.
Dentro de unos momentos veré a Klara, pensó. Me
recibirá en la puerta. Me dirá que no sabe cómo ha podido sobrevivir hasta la
llegada de la noche.
Dio un respingo. Se había pasado la parada en la que
debía haberse bajado. En su camino hacia la salida se tropezó con los pies de
un caballero gordo que leía una revista médica; Mark quiso saludarle con el
sombrero pero casi se cae: el tranvía giraba con un chirrido. Se agarró a uno
de los tiradores del techo y consiguió mantener el equilibrio. El hombre
encogió las piernas lentamente con un flemático gruñido de irritación. Tenía un
bigote gris que se le doblaba hacia arriba belicosamente. Mark le concedió una
sonrisa culpable y caminó hasta la parte delantera del tranvía. Se agarró con
ambas manos a los pasamanos de hierro, se inclinó hacia adelante, calculó el
salto que tenía que dar. Abajo, el asfalto pasaba corriendo ante él, liso y
reluciente. Mark saltó. Sintió una quemazón provocada por la fricción producida
con la suela de sus zapatos, y las piernas empezaron a correr como si las
guiase su propio impulso, mientras los pies se estampaban contra el suelo
restallando en secos golpes involuntarios. Varias cosas extrañas e imprevistas
sucedieron a la vez: desde la parte delantera del tranvía que oscilante se
alejaba de Mark, el revisor emitió un grito furioso; el asfalto brillante voló
a lo alto como si fuera el asiento de un columpio; una formidable masa golpeó a
Mark por detrás. Sintió como si un rayo le hubiera atravesado de la cabeza a
los pies, y después nada. Estaba solo en el asfalto reluciente. Miró alrededor.
Vio, en la distancia, su propia figura, la espalda esbelta de Mark Standfuss,
que caminaba diagonalmente cruzando la calle como si no hubiera pasado nada.
Maravillado, se alcanzó a sí mismo en un periquete y ahora ya estaba
acercándose a la acera, su silueta toda imbuida de una cierta vibración que iba
decreciendo progresivamente.
—Qué estupidez. Casi me atropella un autobús...
La calle era amplia y estaba alegre. Los colores del
atardecer habían invadido la mitad del cielo. Los pisos superiores y los
tejados se bañaban en una luz radiante. Allí arriba, Mark distinguía los
pórticos translúcidos, los frisos y los frescos, enrejados cubiertos de rosas
de color naranja, estatuas con alas que se alzaban doradas hacia el cielo,
liras que relucían increíbles. En brillante ondulación, etéreos, festivos,
estos encantamientos arquitectónicos se escapaban gloriosamente en la
distancia, y Mark no conseguía entender cómo nunca se había fijado en aquellas
galerías, en aquellos templos suspendidos en las alturas.
Se dio un golpe doloroso en la rodilla. Otra vez
aquella valla negra. No pudo evitar reírse al reconocer aquellos camiones que
estaban allí de nuevo, al otro lado. Allí estaban, quietos, como ataúdes
gigantes. ¿Qué es lo que podían esconder en su seno? ¿Tesoros? ¿Los esqueletos
de algunos gigantes? ¿O quizá montañas polvorientas de muebles suntuosos?
—Oh, tengo que echar un vistazo. Si no Klara me
preguntará y no sabré qué contestarle.
Dio un ligero codazo a la puerta de uno de los
camiones y entró dentro. Vacío. Vacío, salvo por una pequeña silla de paja en
el centro, colocada cómicamente en equilibrio sobre tres de sus patas.
Mark se encogió de hombros y salió por el lado
opuesto. De nuevo el resplandor cálido de la tarde chorreó ante su vista. Y
ahora delante de él, estaba la conocida puerta de hierro forjado, y más allá la
ventana de Klara, cruzada por una rama verde. Klara en persona abrió la puerta
y se quedó de pie esperando, levantando sus brazos desnudos para arreglarse el
pelo. Los mechones rojos de sus axilas lucían a través de las aberturas
soleadas de su manga corta.
Mark, riéndose silenciosamente, corrió a abrazarla.
Apretó sus mejillas contra la cálida seda verde de su vestido.
Las manos de Klara descansaron en su cabeza.
—Me he sentido tan sola todo el día, Mark. Pero ahora
ya estás aquí.
Abrió la puerta, y Mark se encontró inmediatamente en
el comedor, que le sorprendió por lo extraordinariamente espacioso y soleado.
—Cuando la gente es tan feliz como lo somos nosotros
ahora pueden prescindir del vestíbulo —dijo Klara en un susurro apasionado, y
él sintió que sus palabras tenían un significado oculto especial y maravilloso.
Y en el comedor, en torno al óvalo blanco como la
nieve del mantel, se sentaba una serie de gente, a ninguno de los cuales Mark
había visto antes en casa de su novia. Entre ellos estaba Adolf, atezado, con
su cabeza cuadrada; también el anciano de piernas cortas y barriga prominente
que leía una revista médica en el tranvía y que seguía gruñendo.
Mark saludó a todos ellos con una tímida inclinación
de cabeza y se sentó junto a Klara, y en aquel mismo instante sintió, como un
poco antes, un golpe de dolor atroz que le atravesaba todo el cuerpo. Se
retorció y el vestido verde de Klara empezó a flotar en el aire, disminuyendo
hasta convertirse en la pantalla verde de una lámpara. La lámpara se balanceaba
en su cordón. Mark estaba tendido debajo con aquel dolor imposible destrozando
su cuerpo y no distinguía nada salvo la lámpara que oscilaba, las costillas le
estaban aplastando el corazón impidiéndole respirar, y alguien le doblaba la
pierna, se esforzaba por rompérsela, de un momento a otro se iba a quebrar.
Consiguió liberarse de alguna forma, la lámpara volvió a su verde brillante de
nuevo, y Mark se vio a sí mismo sentado un poco más distante, junto a Klara, y
en ese preciso instante en que se vio, se encontró rozando su rodilla contra la
cálida seda de su falda. Y Klara reía, echando la cabeza hacia atrás.
Sintió la urgente necesidad de decirle lo que acababa
de pasar, y dirigiéndose a todos los presentes —el bueno de Adolf, el hombre
gordo e irascible— pronunció con esfuerzo: «El extranjero está ofreciendo sus
plegarias en el río...».
Le pareció que había hablado muy claro, y que,
aparentemente, todos le habían entendido... Klara, haciendo un puchero, le
acarició en la mejilla: «Pobrecillo, todo acabará bien...».
Empezó a sentirse cansado y con sueño. Rodeó el cuello
de Klara con sus brazos, la atrajo hacia sí y se quedó tumbado. Y entonces, el
dolor volvió a asaltarle y todo se esclareció.
Mark yacía boca arriba, mutilado y completamente
vendado, y la lámpara había dejado de oscilar. El consabido hombre grueso del
bigote, ahora un médico en su bata blanca, emitía unos sonidos que parecían
gruñidos mientras escrutaba la pupila en los ojos de Mark. ¡Y qué dolor!...
Dios, en un momento el corazón se le iba a quedar empalado en una costilla y
estallaría... Dios, en cualquier momento, ya... Todo esto es estúpido. ¿Por qué
no está Klara aquí?
El doctor frunció el ceño y chasqueó la lengua.
Mark ya no respiraba, Mark se había ido —adonde, hacia
qué otros sueños, nadie lo sabe.
En la esquina de una calle cualquiera de Berlín oeste,
bajo el dosel de un tilo en plena floración, me vi envuelto en una ardiente
fragancia. Masas de niebla ascendían en el cielo nocturno y, cuando el último
hueco de estrellas fue absorbido en ellas, el viento, ese fantasma ciego,
cubriéndose el rostro con las mangas, barrió la calle desierta. En la oscuridad
mate, sobre los postigos de hierro de una barbería, su escudo colgante —una
bacía de plata— empezó a oscilar como un péndulo.
Llegué a casa y me encontré con que el viento me
estaba esperando en la habitación: golpeaba el marco de la ventana... pero en
cuanto cerré la puerta tras de mí, escenificó un reflujo inmediato. Bajo mi
ventana había un patio profundo donde, durante el día, las camisas,
crucificadas en tendederos radiantes por el sol, brillaban a través de los
macizos de lilas. De aquel patio surgían de vez en cuando voces de todo tipo:
el ladrido melancólico de los traperos o de los que compraban botellas vacías;
a veces, el lamento de un violín lisiado y, en una ocasión, una rubia obesa se
colocó en el centro del patio y rompió a cantar una canción tan hermosa que las
muchachas se asomaron a todas las ventanas, doblando sus cuellos desnudos.
Luego, cuando hubo acabado, se produjo un momento de una quietud
extraordinaria, sólo se oyó a mi patrona, una viuda desaliñada, que empezó a
gemir y a sonarse la nariz en el pasillo.
Ahora, en aquel patio iba creciendo una penumbra
sofocante; luego, el ciego viento, que se había deslizado impotente hasta la
profundidad del patio, retomó sus fuerzas, comenzó a alzarse hacia las alturas
y, repentinamente, ocupó todo el lugar, sin dejar de subir, en las aberturas
ámbar de la pared negra de enfrente, empezaron a aparecer como flechas las
siluetas de brazos y de cabezas despeinadas que trataban de alcanzar las
ventanas abiertas que el viento disparaba, para cerrar ruidosamente sus postigos
y sujetarlos firmemente. Las luces se apagaron. Justo después, la avalancha de
un ruido sordo, el ruido del trueno distante, se puso en movimiento, e inició
su marcha avasalladora a través del cielo de oscuro violeta. Y, de nuevo, todo
se quedó parado y en silencio como se había quedado cuando la mujer acabó su
canción, las manos apretadas contra sus amplios senos.
En este silencio me quedé dormido, exhausto por la
felicidad de mi día, una felicidad que no puedo describir por escrito, y mi
sueño estuvo lleno de ti.
Me desperté porque la noche había comenzado a romperse
en pedazos. Un resplandor pálido y salvaje volaba por el cielo como un rápido
reflejo de radios colosales. El cielo se rasgaba en un estrépito tras otro. La
lluvia caía en un flujo espacioso y sonoro.
Yo estaba embriagado por aquellos temblores azulados,
por el frío volátil y agudo. Me encaramé al alféizar mojado de la ventana y
respiré el aire sobrenatural, que hizo vibrar mi corazón como un cristal.
Más cerca todavía, de forma más grandiosa aún, el
carro del profeta rodaba con estrépito a través de las nubes. La luz de la
locura, de las visiones penetrantes, iluminaba el mundo nocturno, las
pendientes metálicas de los tejados, los volátiles macizos de lilas. El dios
del trueno, un gigante de pelo blanco con una barba furiosa, al viento sobre su
espalda, vestido con los pliegues flameantes de un ropaje deslumbrante, se
erguía, sacando pecho en su carro de fuego, frenando con brazos tensos a sus
enormes corceles, negros como la pez y con crines como un relámpago violeta.
Habían conseguido escapar al control de su amo, dispersaban chispas de espuma
crujiente, el carro estaba a punto de volcar, y el arrebolado profeta tiraba en
vano de las riendas. Tenía el rostro descompuesto por el viento y por el
esfuerzo; el remolino, haciendo volar los pliegues de su túnica, dejó al
descubierto una poderosa rodilla; los corceles movían sus crines llameantes y
galopaban más y más violentamente en un vertiginoso descenso por las nubes.
Luego, con cascos de trueno, se lanzaron a través de un tejado brillante; el
carro daba bandazos, Elias se tambaleó, y los corceles, enloquecidos al
contacto con el metal mortal, volvieron a saltar hacia el cielo. El profeta
salió despedido. Una rueda se soltó. Desde mi ventana vi cómo su enorme aro de
fuego caía sobre un tejado, cómo vacilaba al borde del mismo hasta caer
finalmente en la oscuridad, mientras que los corceles, tirando del carro
volcado, ya alcanzaban al galope las nubes más altas; el retumbar cesó, y el
resplandor tormentoso se desvaneció en abismos lívidos.
El dios del trueno, que había caído en un tejado, se
levantó pesadamente. Se resbalaba con aquellas sandalias; rompió la ventana de
un dormitorio con el pie, gruñó, y con un movimiento de su brazo se agarró a
una chimenea para sostenerse. Lentamente giró su rostro enfurecido mientras sus
ojos buscaban algo —probablemente la rueda que se había desprendido volando de
su eje dorado. Luego miró hacia arriba, con los dedos enganchados en su rizada
barba, movió la cabeza enfadado —ésta no era probablemente la primera vez que
esto le sucedía— y, cojeando ligeramente, empezó a descender con cautela.
Todo excitado conseguí arrancarme de la ventana, corrí
a ponerme la bata y bajé a toda prisa la empinada escalera hasta el patio. La
tormenta había pasado pero todavía permanecía en el aire una ráfaga de lluvia.
Hacia el este una palidez exquisita iba invadiendo el cielo.
El patio, que desde arriba parecía rebosar de densa
oscuridad, no albergaba, en realidad, más que una delicada niebla que ya se
estaba fundiendo. En el macizo de césped central, oscurecido por la humedad,
había un anciano magro, encorvado, vestido con una bata empapada, que no hacía
más que murmurar entre dientes y mirar en torno suyo. Al verme, cerró los ojos
enfadado y me dijo: «¿Eres tú, Eliseo?».
Yo le saludé. El profeta chasqueó la lengua sin dejar
de rascarse la calva.
—He perdido una rueda. Búscamela, ¿quieres?
La lluvia ya había cesado por completo. Unas nubes
enormes del color de las llamas se habían agrupado encima de los tejados. Los
macizos, la valla, la brillante caseta del perro, flotaban en el aire azulado y
soñoliento que nos rodeaba. Buscamos durante mucho tiempo en distintos
rincones. El anciano no dejaba de gruñir, subiéndose los faldones de su pesada
túnica, salpicándose al pasar por los charcos con sus sandalias, y una gota
brillante le colgaba de su gran nariz huesuda. Al hacer a un lado un pequeño macizo
de lilas, vi, en un montón de basura, entre cristales rotos una rueda de perfil
estrecho que debía haber pertenecido al coche de un niño pequeño. El anciano
expresó un gran alivio tras de mí. Presuroso, casi bruscamente, me hizo a un
lado y me arrebató el herrumbroso aro. Con un guiño alegre dijo: «Así es que
rodó hasta aquí».
Y entonces se me quedó mirando, sus cejas blancas se
unieron en un gesto de descontento, y como si se hubiera acordado de algo, dijo
con voz impresionante: «Vuélvete de espaldas, Eliseo».
Obedecí, incluso cerré los ojos al hacerlo. Me quedé
así durante unos minutos más o menos, pero luego ya no pude controlar mi
curiosidad.
El patio estaba vacío, a excepción del viejo perro
desgreñado con su hocico canoso que había sacado la cabeza de su caseta y
miraba hacia arriba, como una persona, con ojos asustados. Yo también alcé la
vista. Elias se había abierto camino hasta el tejado, con el aro de hierro
brillando en su espalda. Sobre las chimeneas negras se perfilaba una nube de
aurora como si fuera una montaña de tonos naranja, y más allá, una segunda y
una tercera. El perro, acallado, y yo observamos juntos cómo el profeta que había
alcanzado la cresta del tejado, se alzaba sin precipitación y con toda su calma
a la nube y cómo continuaba subiendo pisando pesadamente por masas de suave
fuego...
Los rayos de sol alcanzaron su rueda y se convirtió al
momento en algo grande y dorado, y también Elias parecía ahora como si
estuviera vestido de llamas, que se mezclaban con la nube del paraíso sobre la
que seguía caminando siempre más arriba hasta desaparecer en la garganta
gloriosa del cielo.
Y el perro decrépito esperó a ese preciso momento para
romper su silencio con el ladrido ronco de la mañana. Pequeñas olas cruzaban la
superficie brillante de uno de los charcos dejados por la lluvia. La ligera
brisa agitaba los geranios de los balcones. Dos o tres ventanas se despertaron.
Corrí sin quitarme mis zapatillas empapadas ni mi vieja bata hasta la calle
para tomar el primer tranvía que pasara, y levantándome los faldones de la
bata, sin parar de reírme de mí mismo mientras corría, me imaginé que, dentro
de unos momentos, estaría en tu casa y te empezaría a contar el accidente aéreo
de aquella noche y la historia del profeta enfadado que cayó en el patio de mi
casa.
Vivía recluido
en una cueva profunda, lóbrega, en el mismo corazón de una montaña rocosa,
alimentándose tan sólo de murciélagos, ratas y mantillo. Es verdad que,
ocasionalmente, algún cazador de estalactitas o algún viajero curioso llegaba
merodeando hasta la cueva, y su visita acababa resultando un verdadero festín.
Entre sus recuerdos más placenteros se contaba el de un bandolero que trataba
de escapar a la justicia y el de dos perros que alguien había soltado en la
cueva con el fin de asegurarse de que existía un pasadizo que llegaba hasta el
otro lado de la montaña. La naturaleza en torno a aquel lugar era salvaje, las
rocas estaban salpicadas de nieve porosa y unas cascadas batían el aire con su
rugido helado. El había sido incubado hacía unos mil años y, quizás porque su
llegada a la vida se produjo de forma bastante inesperada —el inmenso huevo se
rompió gracias al impacto de un relámpago en una noche de tormenta—, el dragón
resultó ser más bien cobarde y no demasiado inteligente. Además, la muerte de su
madre le había afectado mucho... Durante mucho tiempo su madre había sido el
terror de los pueblos vecinos, había escupido fuego por su boca, provocando el
enfado del rey que consecuentemente ordenó que su guarida estuviera
constantemente vigilada por caballeros, los cuales eran destrozados y devorados
por ella como si fueran nueces. Pero en una ocasión se tragó a un corpulento
jefe real, y después se tumbó a echar la siesta sobre una roca al sol, y el
gran Ganon en persona llegó al galope con su armadura de hierro, en un corcel
negro cubierto de malla de plata. La pobre, soñolienta, trató de retirarse, su
grupa verde y oro llameando como fuego al viento, pero el caballero cargó
contra ella y consiguió atravesar el suave pecho blanco con su lanza. Ella se
derrumbó y rápidamente el corpulento caballero surgió de la herida rosa, con el
corazón enorme y todavía humeante bajo el brazo.
El joven
dragón contempló todo esto escondido detrás de una roca y, desde entonces, no
podía pensar en los caballeros sin ponerse a temblar. Se retiró a las
profundidades de la cueva,
de la que nunca salió. Y así pasaron diez siglos, el equivalente a veinte años
para un dragón.
Y entonces, de
repente, se sintió presa de una melancolía insoportable... De hecho, el
alimento putrefacto de la cueva le producía problemas gástricos feroces,
dolores y ruidos desagradables. Tardó nueve años en tomar una determinación,
pero finalmente, al décimo año se decidió. Despacio y con cautela, con un
movimiento sinuoso de los anillos de su cola que se recogían para luego
extenderse sobre el suelo, reptó fuera de su cueva.
De inmediato
se dio cuenta de que era primavera. Las rocas negras, mojadas todavía con la
lluvia reciente, brillaban todas; la luz del sol hervía en el torrente de la
montaña; el aire estaba impregnado de caza salvaje. Y el dragón, olfateando con
todas sus fuerzas, empezó su descenso hacia el valle. Su estómago satinado,
blanco como los lirios, casi rozaba el suelo, unas manchas carmesí destacaban
en sus flancos verdes, y las duras escamas se fundían, en su espalda, en una
sierra de dientes de fuego, una cresta de rojizas grupas dobles que disminuían
de tamaño al llegar a la cola flexible, poderosa y siempre en movimiento. Su
cabeza era suave y verdosa; de su labio inferior, lleno de verrugas, colgaban
burbujas de moco llameantes y sus gigantescas patas cubiertas de escamas,
dejaban a su paso huellas profundas, concavidades en forma de estrella.
Lo primero que
vio al descender al valle fue un tren que viajaba a lo largo de las laderas
rocosas. La primera reacción del dragón fue de placer, porque confundió al tren
con un pariente con el que podía jugar. No sólo eso, pensó que bajo aquella
concha dura y brillante tenía que haber, con toda seguridad, una carne muy
tierna. Así que se dispuso a seguirlo, con sus pies abofeteando el suelo con un
ruido húmedo y seco, pero, justo cuando estaba a punto de engullir al último
vagón, el tren se metió en un túnel. El dragón se detuvo, introdujo la cabeza
en la guarida negra en la que se había perdido su presa, pero no consiguió
meterse allí dentro. Se despachó con un par de estornudos tórridos que lanzó en
aquellas profundidades y luego sacó la cabeza, se sentó en los flancos traseros
y se dispuso a esperar —quién sabe, a lo mejor volvía a salir corriendo de
aquel agujero. Después de aguardar durante algún tiempo sacudió la cabeza y
emprendió la marcha. Justo en aquel momento un tren salió a toda velocidad de
la guarida negra, emitió un furtivo relámpago de fulgor en el cristal de sus
ventanas, y desapareció tras una curva. El dragón volvió la vista herido y,
alzando la cola como una pluma, reanudó su viaje.
Caía la noche.
La niebla flotaba sobre los campos de hierba. La bestia gigante, grande como
una montaña de verdad, fue vista por algunos campesinos que regresaban a sus
casas, y que quedaron petrificados de asombro. Un cochecillo que pasaba deprisa
por la carretera vio cómo le explotaban las cuatro llantas de puro miedo, dio
una vuelta de campana y acabó en una zanja. Pero el dragón seguía caminando,
sin darse cuenta de nada; desde lejos le llegaba el aroma cálido de la masa de
humanos concentrados, y hacia allí dirigía sus pasos. Y, de nuevo, contra la
extensión azul del cielo nocturno, se alzaron frente a él las negras chimeneas
de las fábricas, guardianes de una gran ciudad industrial.
Los personajes
principales de esta ciudad eran dos: el propietario de la Compañía de Tabaco
Milagro y el de la Compañía de Tabaco Casco de Hierro. Entre ambos hervía el
odio de una hostilidad acerba y antigua como el tiempo, sobre la que se podría
escribir todo un poema épico. Rivalizaban en todo —en los colores abigarrados
de sus anuncios, en sus técnicas de distribución, en sus precios, en sus
relaciones laborales—, pero no había manera de saber quién era el ganador en
esta guerra continua. Aquella noche memorable, el propietario de la Compañía
Milagro se quedó hasta muy tarde en su despacho. Junto a él, sobre su mesa,
había una pila de anuncios nuevos, recién salidos de imprenta que los obreros
de la cooperativa iban a pegar por la ciudad al amanecer.
De repente,
una campana rompió el silencio de la noche y, unos segundos más tarde, entró un
hombre pálido, macilento, con una verruga como una bardana en la mejilla
derecha. El propietario le conocía: era el dueño de una taberna modelo que la
Compañía Milagro había abierto en las afueras de la ciudad.
—Van a dar las
dos de la mañana, amigo mío. La única justificación que se me ocurre para su
visita ha de ser un acontecimiento de inusitada importancia.
—Exactamente
—dijo el tabernero en un tono tranquilo, aunque la verruga no dejaba de
moverse. Esto es lo que contó:
Había echado a
la calle a cinco obreros completamente borrachos. Debían de haber visto algo
extraordinariamente raro en el exterior, porque todos ellos se echaron a reír:
«Oh, oh, oh —gruñía una de las voces—, igual es que he bebido de más, ya que
veo ante mis narices, grande como la vida, la hidra contrarrevoluciona...».
No tuvo tiempo
de terminar, porque se produjo un estallido, un ruido aterrador, poderoso, y
alguien dio un grito. El tabernero salió fuera a ver qué pasaba. Un monstruo,
brillando en las tinieblas como una montaña mojada, se estaba tragando algo
enorme, con la cabeza inclinada hacia atrás, dejando al descubierto su cuello
blanquecino que al moverse conformaba como una cadena de colinas; se tragaba
aquello y chupaba los huesos, sin dejar de balancearse con todo su cuerpo,
hasta que finalmente se acomodó tumbado en medio de la calle.
—Creo que se
ha quedado dormido —acabó el tabernero, sujetándose su verruga crispada con el
dedo.
El propietario
de la fábrica se levantó. Los robustos empastes de sus muelas destelleaban con
el fuego dorado de su inspiración. La llegada de un dragón de carne y hueso no
le sugería otro sentimiento distinto del deseo apasionado que guiaba su
existencia entera, el deseo de infligir una derrota a la compañía rival.
—¡Eureka!
—exclamó—. Escucha, buen hombre, ¿hay algún otro testigo?
—No creo
—replicó el otro—. Estaba todo el mundo en la cama, y decidí no despertar a
nadie y venir directamente a verle. Para evitar el pánico.
El propietario
de la fábrica se puso el sombrero.
—Espléndido.
Coge esto, no, no hace falta que cojas toda la pila, cuarenta serán
suficientes, y trae también esa lata y el cepillo. Y ahora, muéstrame el
camino.
Salieron a la
noche oscura y muy pronto se encontraron en la calle tranquila en cuyo extremo,
según el tabernero, reposaba un monstruo. Primero, a la luz de una solitaria
farola amarilla, vieron a un policía boca abajo en medio de la calzada. Luego
se supo que, mientras hacía su ronda nocturna, se había topado con el dragón y
se había dado tal susto que se quedó boca abajo petrificado en aquella
posición. El propietario de la fábrica, un hombre del tamaño y fuerza de un
gorila, lo volvió a su posición vertical y lo apoyó contra el poste de la
farola, y luego se acercó al dragón. El dragón estaba dormido, como no podía
ser menos. Resulta que los individuos que había devorado estaban empapados en
vino, y se habían reventado entre sus mandíbulas. El alcohol, en un estómago
vacío, se le había subido directamente a la cabeza por lo que había dejado caer
la fina película de sus pestañas con una sonrisa de beatitud. Estaba tumbado
con las patas delanteras recogidas bajo su panza, y el resplandor de la farola
destacaba el brillo de los arcos de sus dobles protuberancias vertebrales.
—Saca la
escalera —dijo el propietario de la fábrica—. Y yo mismo procederé a pegarlas.
Y escogiendo
las zonas planas de los flancos verdes y viscosos del monstruo, empezó a
extender sin prisa pasta de pegar en las escamas de la piel colocando después
en ella enormes carteles de propaganda. Cuando hubo utilizado todas las hojas
disponibles, le dio al tabernero un apretón de manos significativo y, dando
chupadas contundentes a su puro, volvió a casa.
Y llegó la
mañana, una magnífica mañana de primavera dulcificada con una neblina lila. Y
de repente la calle volvió a la vida con un clamor alegre, excitado, las
puertas y también las ventanas se cerraban de golpe, la gente se apresuraba a
bajar a la calle, mezclándose con todos aquellos que corrían hacia algún lugar
sin parar de reírse. Lo que veían era un dragón que parecía de carne y hueso,
cubierto completamente con anuncios de colores, que no paraba de chasquear su
cuerpo contra el asfalto. Tenía un cartel pegado incluso en la calva coronilla
de la cabeza. «FUME SÓLO BRAND», retozaban las letras azul y carmesí de los
anuncios. «LOS LOCOS SON LOS ÚNICOS QUE NO FUMAN MIS CIGARRILLOS», «LOS
CIGARRILLOS MILAGRO CONVIERTEN EL AIRE EN MIEL», «¡MILAGRO, MILAGRO, MILAGRO!».
Realmente es
un milagro, decía la gente sin parar de reír, y cómo lo habrán hecho, ¿será una
máquina o habrá gente dentro?
El dragón
estaba destrozado después de su borrachera involuntaria. El vino barato le
había revuelto el estómago, se sentía débil, y pensar en el desayuno lo ponía
peor. Además, le atormentaba un agudo sentimiento de vergüenza, la insoportable
timidez de una criatura que se encuentra por primera vez en presencia y rodeado
de una multitud. En verdad que lo que deseaba en aquel momento era volver lo
más pronto posible a su cueva, pero eso habría sido aún más vergonzante, así
que siguió con su inexorable marcha a través de la ciudad. Unos hombres que
llevaban unos carteles a la espalda le protegían de los curiosos y de los
chavales que querían deslizarse bajo su vientre blanco, encaramarse a lo alto
de su espalda o tocarle el hocico. Había música, gente que miraba asombrada
desde cada ventana, y detrás del dragón marchaba una procesión de automóviles
en fila india, en uno de los cuales iba repantigado el propietario de la
fábrica, el héroe del día.
El dragón
caminaba sin mirar a nadie, consternado ante el regocijo que había provocado.
Mientras
tanto, en una oficina soleada, el fabricante rival, el propietario de la
Compañía del Gran Casco de Hierro, recorría sin descanso y con los puños
cerrados, en un gesto de exasperación, una alfombra suave como el musgo. Junto
a una ventana abierta y sin dejar de observar tamaña procesión, se encontraba
su novia, una menuda bailarina de cuerda floja.
—Esto es un
ultraje —gritaba sin cesar el fabricante, un hombre de mediana edad, calvo, con
bolsas azules bajo los ojos—. La policía debería poner fin a semejante
escándalo... ¿Cómo y cuándo ha conseguido llenar con carteles a ese muñeco
relleno?
—Ralph —gritó
de repente la bailarina, dando palmadas—. Ya sé lo que tienes que hacer. En el
circo tenemos un número que se llama El Torneo y...
Con un suspiro
tórrido, mirándole desorbitada con sus ojos de muñeca ribeteados de rímel, le
contó su plan. El rostro del fabricante rebosaba de satisfacción. Al minuto
siguiente ya estaba en el teléfono hablando con el manager del circo.
—Ya está —dijo
el fabricante, colgando el teléfono—. El títere está hecho de goma. Veremos lo
que queda de él cuando le hayamos dado un buen pinchazo.
Mientras
tanto, el dragón había cruzado el puente, la plaza del mercado y la catedral
gótica, que le despertó recuerdos repugnantes, había continuado por el bulevar
principal y cuando se disponía a atravesar una gran plaza, apareció, abriéndose
paso entre la multitud, un caballero armado, que se dirigía a la carga contra
él. El caballero llevaba una armadura de hierro, con la visera baja, un penacho
fúnebre en el casco y cabalgaba a lomos de un impresionante caballo negro con
cota de malla. Junto a él unas mujeres vestidas de pajes portaban las armas,
con unos pendones pintorescos diseñados a toda velocidad en los que se
anunciaba: «GRAN CASCO», «FUME SÓLO GRAN CASCO DE HIERRO», «CASCO DE HIERRO ES
EL MEJOR». El jinete del circo que
se hacía pasar por caballero hincó espuelas y aprestó su lanza. Pero por alguna
razón el corcel empezó a retroceder, echando espuma, y luego, de repente se
alzó de manos para acabar dejándose caer pesadamente sobre sus cuartos traseros.
Derribó al caballero, que cayó al asfalto, con semejante estrépito que hubiera
podido pensarse que alguien había tirado la vajilla entera por la ventana. Pero
el dragón no vio nada de esto. Al primer movimiento del caballero se detuvo
abruptamente, y luego, se dio la vuelta a toda velocidad, derribando a su paso
con la cola a dos ancianas que contemplaban la escena desde un balcón, y
aplastando a los espectadores que habían comenzado a dispersarse, emprendió la
huida. De un salto, se colocó fuera de la ciudad, voló a través de los campos,
trepó como pudo por las pendientes rocosas, y se zambulló en su caverna sin
fondo. Una vez allí, se dejó caer de espaldas, con las patas encogidas y,
mostrando su blanco y satinado estómago que no dejaba de temblar bajo las
oscuras bóvedas, dio un suspiro profundo, cerró sus ojos asombrados y murió.
Por la mañana
he ido al zoo y ahora estoy a punto de entrar en una taberna con mi amigo y
compañero de copas. Un cartel azul lleva una inscripción en letras blancas en
las que dice «LÓWENBRÁU», junto con la imagen de un león que guiña el ojo y
enarbola una jarra de cerveza. Nos sentamos y empiezo a hablarle a mi amigo de
tuberías, de tranvías y de otros asuntos importantes.
Delante de la
casa en la que vivo hay una tubería negra gigante tendida a lo largo del borde
externo de la acera. A unos pies de la misma, en hilera, hay otra, y luego una
tercera y una cuarta —las entrañas de hierro de las calles, todavía ociosas,
antes de descender a la tierra, a las profundidades que se extienden bajo el
asfalto. En los primeros días, tras su descarga de los camiones que vino
acompañada de un estruendo hueco de metales, los chiquillos corrían a lo largo
de las mismas y reptaban a cuatro patas por aquellos túneles redondos, pero una
semana más tarde los niños dejaron de jugar y empezó a caer una espesa nieve; y
ahora, cuando a la luz gris y opaca de la primera mañana me aventuro hasta la
calle, sondeando precavidamente la traicionera superficie helada de la acera
con mis sólidas suelas de goma, una tira uniforme de nieve recién caída se
extiende a lo largo de la parte superior de cada una de las tuberías, mientras
que en su interior, en la boca propiamente dicha de la tubería, que se encuentra
en el lugar más cercano al punto donde los raíles dibujan una curva, el reflejo
de un tranvía que todavía no ha apagado sus luces se desliza majestuoso como un
relámpago de brillo naranja. Hoy alguien escribió «Otto» con el dedo en la tira
de nieve virgen y yo pensé que aquel nombre, con sus dos suaves oes flanqueando
la pareja de dulces consonantes, se adaptaba de forma muy hermosa a la capa
silenciosa de nieve sobre aquella tubería con dos agujeros y su tácito túnel.
El tranvía
habrá desaparecido dentro de veinte años, lo mismo que el coche de caballos ha
desaparecido hoy en día. Yo le encuentro ya un cierto aire antiguo, una especie
de encanto pasado de moda. Todo en él es un punto torpe y desvencijado y,
cuando toma una curva demasiado rápido, y el trole se sale del cable y el
revisor o uno de los pasajeros se asoma por la parte trasera del coche a mirar
a lo alto y a tirar de la cuerda hasta que consigue que el trole vuelva a su
lugar, siempre pienso que en más de una ocasión los cocheros de antaño debieron
haber perdido la fusta, ante lo cual no habrían tenido más remedio que refrenar
su tronco de cuatro caballos y mandar al mozo, sentado a su lado en el pescante
con su librea de largos faldones, a buscarla, mientras ellos seguían su camino
avisando con bocinazos estridentes cuando el coche, restallando con estrépito
sobre los adoquines, atravesara un pueblo.
El revisor que
distribuye los billetes tiene unas manos muy extrañas. Se mueven con la misma
agilidad que las de un pianista, pero en lugar de ser fláccidas, sudorosas y de
uñas suaves, las manos del revisor son tan toscas que cuando por casualidad, al
darle el dinero, le tocas la palma de la mano, que parece haber desarrollado
una dura corteza como quitinosa, sientes una especie de malestar moral. Son
unas manos extraordinariamente ágiles y eficaces, a pesar de su dureza y del
grosor de sus dedos. Yo observo lleno de curiosidad cómo agarra el billete
entre sus dedos gruesos con uñas tan negras y cómo lo pica en dos sitios
distintos, cómo registra su cartera de piel y cómo saca unas monedas para
devolver el cambio, y cómo cierra la cartera inmediatamente y tira de la cuerda
del timbre o cómo, con un simple empujón del pulgar, abre de golpe la
ventanilla de la puerta de delante para entregar los billetes a los pasajeros
de la plataforma delantera. Y mientras tanto, el coche no deja de moverse, los
pasajeros que están de pie en el pasillo se agarran a las correas del techo y
se balancean de un lado a otro, mientras que a él no se le cae al suelo ni una
moneda ni tampoco se le rompe un billete al sacarlo del rollo. En estos días de
invierno la parte inferior de la puerta delantera lleva una cortina verde, las
ventanas están cubiertas de hielo, y en todas las paradas hay un puesto de
venta de árboles de Navidad, los pies de los pasajeros están entumecidos de
frío, y a veces unos mitones de lana gris cubren las manos del revisor. Al
final del trayecto desenganchan el coche delantero que entra en otra vía, hace
un giro completo hasta llegar a la vía original y se acerca al resto de la
composición por detrás. Hay algo que recuerda a una hembra sumisa en la forma
en que el coche de atrás espera hasta que el primer coche, el macho, llega
chisporroteando en una llama, se acerca y se le engarza. Y (salvo por lo que
respecta a la metáfora biológica) me recuerdan cómo, hace unos dieciocho años
en San Petersburgo, solían desenganchar a los caballos y llevarlos alrededor
del tranvía con su panza azul.
El coche de
caballos ha desaparecido, igual que desaparecerá el tranvía eléctrico, y habrá
algún excéntrico escritor berlinés en los años veinte del siglo XXI que, cuando
quiera describir nuestra época, irá a un museo tecnológico y localizará un
tranvía centenario, amarillo, tosco, con antiguos asientos curvos, y en un
museo de trajes antiguos escarbará hasta sacar a la luz el negro uniforme de
botones brillantes de un revisor. Entonces volverá a su casa y compilará una
descripción de las calles de Berlín en los tiempos ya idos. Cada cosa, cada
minucia, tendrá su valor y su sentido: la cartera del revisor, el anuncio sobre
la ventana, aquel movimiento o traqueteo preciso que nuestros biznietos quizás
se imaginarán..., todo quedará ennoblecido y justificado en razón de su
antigüedad.
Yo pienso que
en esto radica el sentido de la creación literaria: en la descripción de
objetos ordinarios tal y como quedarán reflejados en los espejos amables de los
tiempos futuros; en encontrar en los objetos que nos rodean la ternura fragante
que sólo la posteridad podrá discernir y apreciar en los lejanos tiempos
venideros en los que cada minucia de nuestra aburrida vida cotidiana se
convertirá en algo exquisito y festivo por derecho propio: los tiempos en los
que un hombre que se haya puesto la chaqueta más común de nuestros días se
transmutará en un caballero disfrazado con las galas más elegantes y presto a
asistir a un baile de máscaras.
Aquí tenemos
una serie de ejemplos de los diversos tipos de oficios que observo desde el
tranvía abarrotado, donde siempre puedo contar con una mujer compasiva que me
ceda el asiento junto a la ventana, mientras trate por todos los medios de no
mirarme a la cara.
En un cruce,
han picado la calzada junto a las vías; cuatro obreros, por turno, tratan de
meter una estaca de hierro golpeándola con unos mazos; cuando el primero da el
primer golpe, un segundo hombre ya apresta su mazo en el aire con un movimiento
oscilante y certero; el segundo mazo se estrella con estrépito y se alza al
cielo cuando ya el tercero y el cuarto golpean por turnos en secuencia rítmica.
Yo escucho sus golpes pausados como cuatro notas sucesivas de un carillón de
hierro.
Un panadero
pasa raudo con una gorra blanca en su triciclo; hay algo angélico en un
muchacho cubierto de harina. Una camioneta pasa cascabeleando, con cajas que
contienen hilera tras hilera de botellas vacías de brillo esmeralda recogidas
en los bares y tabernas. Un largo alerce negro viaja misterioso en un carro. El
árbol descansa inmóvil; la copa tiembla levemente, mientras que las raíces
llenas de tierra, envueltas en tosca arpillera, forman en su base una enorme
esfera beige que parece una bomba. Un cartero, que ha colocado la boca de un
saco bajo un buzón color cobalto, lo vuelca desde abajo, y en secreto,
invisible, con un susurro apresurado, el buzón se vacía y el cartero cierra con
un golpe las mandíbulas cuadradas del saco, que ahora está lleno y pesado. Pero
quizás lo más hermoso de todo sean las reses abiertas en canal, amarillo cromo
con manchas rosadas y con arabescos, amontonadas en un camión, y el hombre con
el delantal y la capucha de piel con su faldón cubriéndole el cuello, que
levanta cada animal y se lo echa a la espalda y que, encogido, lo lleva por la
acera hasta la carnicería roja.
Toda ciudad
grande tiene su propio jardín del Edén en la tierra, construido por los
hombres.
Si las
iglesias nos hablan del Evangelio, los zoos nos recuerdan los comienzos
solemnes, y tiernos, del Antiguo Testamento. Lo único triste de este jardín del
Edén artificial es que todo él esta enrejado, aunque también es verdad que si
no existieran recintos cercados me vería atacado por el primer dingo con el que
me cruzara. Con todo y con ello, no deja de ser el Paraíso, en cuanto que el
hombre ha sido capaz de reproducirlo, y con toda razón el gran hotel que se
levanta frente al Zoo de Berlín recibe su nombre del citado jardín.
En invierno,
cuando han recogido a los animales tropicales, recomiendo visitar los anfibios,
los insectos y los peces. En el vestíbulo oscuro, las filas de ventanas
iluminadas tras cuyos cristales se exhiben los animales parecen las portillas a
través de las cuales el capitán Nemo contemplaba desde su submarino a las
criaturas marinas que ondeaban entre las ruinas de Atlantis. Detrás del
cristal, en recovecos iluminados, los peces transparentes se deslizan con sus
aletas relucientes, las flores marinas respiran y, en un bancal de arena vive
una estrella de cinco puntas carmesí. Aquí es, pues, donde se originó el famoso
emblema —en el fondo mismo del océano, en las tinieblas de la hundida Atlantis,
que hace muchos años sobrevivió a diversas vicisitudes, desentendiéndose de las
utopías del momento y de otras necedades que nos paralizan hoy en día.
Oh, y no se te
ocurra perderte las tortugas gigantes sobre todo cuando les están dando de
comer. Estas antiguas y pesadas cúpulas córneas fueron traídas de las Islas
Galápagos. Con cierta circunspección decrépita, una cabeza plana toda arrugada
y dos patas totalmente inútiles, emergen a cámara lenta desde su bóveda de
setenta kilos. Y con su espesa lengua de esponja que de alguna forma recuerda a
la de un idiota cacológico que vomitara sin ningún decoro su lenguaje
monstruoso, la tortuga hunde la cabeza en un montón de verduras mojadas y se
pone a masticar sus hojas sin orden ni concierto.
Pero esa
bóveda que las cubre..., ah, esa bóveda, ese bronce sin edad, patinado,
apagado, esa espléndida carga de tiempo...
—Es una guía
muy mala —me dice sombrío mi habitual compañero de copas—. ¿A quién le importa
que tomaras un tranvía para ir al Aquarium de Berlín?
La taberna en
la que estamos está dividida en dos partes, una grande, la otra algo más
pequeña. Una mesa de billar ocupa el centro de la primera; hay unas cuantas
mesas en las esquinas; una barra enfrente de la puerta de entrada, y botellas
en los estantes detrás de la barra. En la pared, entre las ventanas, cuelga una
serie de periódicos y revistas montados en una vara de madera como si fueran
estandartes de papel. Al fondo hay un pasillo amplio a través del cual se ve un
cuarto pequeño y arrebujado con un sofá verde bajo un espejo, del que sobresale
una mesa ovalada con un hule a cuadros que ocupa sólidamente el espacio delante
del sofá. Esa habitación es parte del piso modesto y exiguo del tabernero. Su
mujer, de pechos Caídos y belleza ya ajada, le está dando la sopa a un niño
rubio.
—Carece de
interés —afirma mi amigo con un bostezo lúgubre—. ¿Qué importan las tortugas y
los tranvías? En cualquier caso, el asunto en sí es aburridísimo. Una aburrida
ciudad extranjera y además cara, por no hablar de...
Desde nuestro
sitio junto a la barra se veía con toda precisión el sofá, el espejo y la mesa
al fondo, al final del pasillo. La mujer recoge la cena. Con los codos apoyados
en la mesa, el niño mira una revista ilustrada enroscada inútilmente en su vara
de madera.
—¿Pero qué es
lo que ves ahí? —me pregunta mi compañero y se da la vuelta lentamente, con un
suspiro, y al hacerlo la silla cruje ruidosa bajo su peso.
Y allí, bajo
el espejo, el niño sigue sentado solo. Pero ahora mira hacia nosotros. Desde
allí ve el interior de la taberna: la isla verde de la mesa de billar, la
pelota de marfil que tiene prohibido tocar, el brillo metálico de la barra, un
par de camioneros gordos sentados a una mesa y a nosotros dos en otra. Hace
tiempo que se ha acostumbrado a esta escena y ya no le espanta su cercanía. Y
sin embargo, hay algo que sé. Sea cual sea su vida, siempre recordará la escena
que veía todos los días de su infancia desde la pequeña habitación donde se
comía la sopa. Recordará la mesa de billar y el parroquiano que, noche tras
noche, en mangas de camisa, apoyado en la mesa de billar, echaba atrás su codo
blanco y golpeaba la bola con su taco, y el humo gris azulado de los puros, y
el alboroto de las voces, y mi manga derecha vacía y mi rostro lleno de
cicatrices, y su padre detrás de la barra, sirviéndome una jarra de cerveza de
barril.
—No entiendo
qué ves ahí —dice mi amigo, volviéndose hacia mí.
—¡Qué! ¿Cómo
demostrarle que he vislumbrado los futuros recuerdos de una persona?
Por las
mañanas, si el sol me invitaba a ello, salía de Berlín y me iba a nadar. En la
terminal de la línea del autobús, en un banco verde, esperaban los conductores,
hombres fornidos con unas enormes botas sin punta, sentados a descansar
saboreando sus cigarrillos, frotándose de cuando en cuando sus manos inmensas,
que olían a metal; contemplaban a un hombre con un delantal de piel mojado que
regaba el matorral de brezo que ya echaba sus primeras flores junto a los
cercanos raíles; el agua salía a borbotones de una manguera reluciente en una
especie de abanico plateado flexible, que lo mismo volaba bajo los rayos del
sol, como se abatía delicada sobre las ramas palpitantes. Con la toalla
enrollada bajo el brazo, yo pasaba ante ellos, caminando a buen ritmo hacia el
extremo del bosque. Allí, los esbeltos troncos de los pinos, que crecían
robustos, toscos y pardos por abajo, color carne más arriba, estaban salpicados
con fragmentos de sombra, y la hierba enfermiza bajo los pinos aparecía rociada
con jirones de periódicos y retazos de sol que parecían complementarse los unos
a los otros. De repente el cielo dividió alegremente los árboles, y yo bajé por
las olas plateadas de arena hasta el lago, donde las voces de los bañistas
rompían el aire para después apagarse, y donde unas oscuras cabezas se
divisaban moviéndose y balanceándose sobre la superficie luminosa y lisa. En la
orilla, tumbados de frente y de espaldas, los cuerpos mostraban pieles con
distinto grado de exposición solar; algunos todavía tenían una especie de
erupción rosada en los hombros, otros brillaban como el cobre o lucían el tono
fuerte del café con leche. Yo me quitaba la camisa, e inmediatamente el sol me
vencía con su ternura ciega.
Y todas las
mañanas, a las nueve en punto, el mismo hombre aparecía junto a mí. Era un
alemán mayor, un poco zambo, vestido con chaqueta y pantalones de corte casi
militar, con una gran calva que el sol había suavizado con un brillo rojizo.
Traía consigo un paraguas del color de un cuervo viejo y un fardo atado
cuidadosamente, que inmediatamente se convertía en una manta gris, una toalla
de playa y una remesa de periódicos. Extendía con cuidado la manta sobre la
arena, se quitaba toda la ropa, excepto un traje de baño que con toda previsión
llevaba bajo los pantalones, y se tumbaba cómodamente sobre la manta, ajustaba
el paraguas sobre su cabeza de manera que sólo su cara permaneciera en la
sombra, y se enfrascaba en sus periódicos. Yo le observaba con el rabillo del
ojo, fijándome en el pelo oscuro, lanudo y aparentemente peinado con esmero que
cubría sus fornidas piernas zambas, y también su barriga prominente cuyo
ombligo profundo dirigía su mirada al cielo como si fuera un ojo, y me divertía
tratando de adivinar quién podría ser aquel piadoso adorador del sol.
Pasábamos
horas tirados sobre la arena. Las nubes de verano se deslizaban en una caravana
fluctuante —nubes en forma de camello, nubes en forma de tiendas de campaña. El
sol trataba de colarse entre ellas, pero ellas lo barrían con su filo cegador;
el aire se oscurecía, y finalmente el sol volvía a madurar, pero siempre era la
orilla contraria la que se iluminaba primero; nosotros permanecíamos en la
sombra regular e incolora, mientras que al otro lado, la cálida luz ya había
comenzado a desparramarse. Las sombras de los pinos revivían en la arena; unas
figuras desnudas llamearon de repente, modeladas por el sol; y de pronto, como
un enorme óculo feliz, el resplandor se abrió paso para englobarnos también a
nosotros. Y entonces me puse de pie de un salto, la arena gris me escaldaba
levemente las plantas de los pies en mi camino hasta el agua, contra la que
chocó mi cuerpo con estrépito. ¡Qué agradable era secarse después con los rayos
ardientes del sol y sentir cómo sus labios ávidos iban bebiendo poco a poco las
perlas frescas que quedaban en tu cuerpo desnudo!
Mi alemán
cierra de golpe su sombrilla y, con las piernas todavía temblando cautelosas,
se encamina a su vez hacia el agua; llegado allí, se humedece primero la
cabeza, como suelen hacer los bañistas de una cierta edad, y a continuación
empieza a nadar con movimientos amplios y seguros. Un vendedor de golosinas
pasa por la orilla, anunciando su mercancía. Otros dos, en traje de baño, pasan
corriendo con un cubo de pepinos, y mis vecinos al sol, unos tipos algo rudos
con cuerpos muy hermosos, repiten los gritos tersos de los vendedores
imitándoles con habilidad. Un niño desnudo, completamente negro debido a la
arena mojada que se le pega al cuerpo, pasa con andares de pato delante de mí,
y su pito suave y pequeño se balancea alegre entre sus piernecitas gordas y
torpes. Cerca está su madre, una atractiva mujer joven, medio vestida; sentada,
se peina su larga cabellera oscura, sujetando las horquillas entre los dientes.
Más lejos, en el mismo borde del bosque, unos jóvenes bronceados juegan con
fuerza, lanzando la pelota de fútbol con una sola mano, en un movimiento que
revive el inmortal gesto del Discóbolo; y ahora una brisa hace bullir
los pinos con un susurro ático, y yo sueño que todo nuestro mundo, como esa
pelota grande y dura, ha vuelto a volar en sentido contrario describiendo un
arco maravilloso hasta llegar a la empuñadura de un desnudo dios pagano.
Mientras tanto, un aeroplano, con una exclamación eólica, se alza sobre los
pinos, y uno de los atezados atletas interrumpe su juego para mirar al cielo donde
dos alas azules corren veloces hacia el sol con un zumbido que es como el
éxtasis de Dédalo.
Yo le quiero
contar todo esto a mi vecino cuando sale del agua, respirando profundamente y
mostrando sus irregulares dientes, y se tumba sobre la arena, y sólo mi
precario conocimiento del vocabulario alemán impide que me entienda. Aunque no
me comprende me contesta con una sonrisa que afecta a todo su ser, la calva
brillante de su cabeza, el matorral negro de su bigote, su alegre barriga
carnosa recorrida en su centro por un sendero lanudo.
Llegué a
enterarme de su profesión tiempo después, por puro accidente. Un día, a la hora
del crepúsculo, cuando el rugido de los coches se había apaciguado y las
colinas de naranjas de los carros de los vendedores ambulantes habían adquirido
una luminosidad sureña en el aire azul, me encontré caminando por un barrio
apartado y entré en una taberna a aplacar esa sed vespertina que tan bien
conocen los vagabundos urbanos. Mi alegre alemán se erguía tras la barra
reluciente, vigilando la espita que derramaba una espesa corriente amarilla,
quitaba la espuma sobrante con una pequeña espátula de madera, permitía que se
desbordara generosamente por los bordes de la jarra. Un camionero macizo,
pesado, con un bigote gris enorme se apoyaba en la barra, observando la espita
y escuchando la cerveza que silbaba como si fuera orina. El anfitrión alzó la
vista, sonrió amistosamente y me tiró una cerveza también a mí, tras lo cual
metió de golpe en un cajón mi moneda que cayó con un ruido metálico. Junto a
él, una joven con un vestido de cuadros, rubia, con codos rosados y
puntiagudos, lavaba los vasos y los secaba luego hábilmente con un trapo
crujiente. Aquella misma noche me enteré de que era su hija, de que se llamaba
Emma, y de que se apellidaba Krause. Me senté en un rincón y me dispuse a beber
lentamente la ligera cerveza guarnecida de blanco, con su regusto un punto
metálico. Era una taberna bastante común: un par de carteles en los que se
anunciaban bebidas, unos cuantos cuernos de venado y un techo bajo y oscuro festoneado
con banderas de papel, reliquias de algún festival. Detrás de la barra, las
botellas relucían en sus estantes, y más arriba un anticuado reloj de cuco en
forma de cabaña resonaba con fuerza. Una estufa de hierro arrastraba su
chimenea redonda a lo largo de la pared para después perderla entre el
abigarramiento de las banderas del techo. El blanco sucio del cartón de los
salvamanteles destacaba entre la madera de las mesas desnudas. En una de las
mesas, un hombre soñoliento con unos apetitosos pliegues de grasa en el cuello
y un tipo taciturno de dientes blancos —un linotipista o quizá un electricista,
a juzgar por su aspecto— jugaban a los dados. Todo estaba tranquilo y en paz.
Sin apresurarse, el reloj insistía en su labor seccionando el tiempo en unidades
secas y uniformes. Emma hacía chocar los vasos sin dejar de mirar hacia un
rincón donde, en un estrecho espejo cortado en su mitad por el oro de las
letras de un anuncio, se reflejaba el perfil aquilino del electricista y
también su mano sosteniendo el negro cubo cónico con los dados dentro.
A la mañana
siguiente volví a cruzarme con los fornidos conductores, con el abanico de agua
pulverizada sobre el que se cernía momentáneo un arco iris, y me encontré de
nuevo en la orilla soleada, donde Krause ya se había instalado tumbado al sol.
Sacó su rostro sudoroso de debajo de la sombrilla y empezó a hablar —del agua,
del calor. Yo me tumbé, cerrando los ojos para defenderme del sol, y cuando los
volví a abrir todo a mi alrededor era de color azul pálido. De repente, entre
los pinos de la carretera soleada que bordeaba el lago, apareció una camioneta,
seguida de un policía en bicicleta. Dentro de la camioneta, gritando con
desesperación, se agitaba un perro pequeño que acababan de capturar. Krause se
puso en pie y gritó con todas sus fuerzas: «¡Ten cuidado! ¡Cazaperros!». Y al
momento alguien se unió a su grito y en seguida otros le imitaron, como si
todas las gargantas se hubieran puesto de acuerdo, en un arco de voz a lo largo
del lago, dejando atrás al cazador de perros, de forma que los dueños de perros,
avisados de antemano, corrieron a por sus perros, se apresuraron a ponerles un
bozal y a atarles a la correa. Krause escuchaba con placer mientras los gritos
se iban perdiendo en la distancia y finalmente afirmó con un guiño
bienintencionado: «Le está bien empleado. Ese es el último perro que va a
coger».
Empecé a
visitar su taberna asiduamente. Me gustaba mucho Emma, sus codos desnudos, su
rostro menudo y como de pájaro, sus ojos tiernos, insípidos. Pero lo que más me
gustaba era la forma en que miraba a su amante, el electricista, apoyado
perezosamente en la barra. Yo le veía de perfil —la siniestra, malévola arruga
junto a su boca, su mirada brillante, como de lobo, las cerdas azules de su
mejilla hundida y sin afeitar desde hacía tiempo. Ella le miraba con tanto
arrobo y tanto amor cuando él le hablaba, traspasándola con su mirada impávida,
y ella, entreabriendo los labios, asentía con una confianza tan absoluta, que
yo, en mi rincón, experimentaba una sensación maravillosa de alegría y de
bienestar, como si Dios me hubiera confirmado la inmortalidad del alma o como
si el alma de un genio hubiera alabado mis libros. También llegué a aprenderme
de memoria la mano del electricista, siempre húmeda con la espuma de la
cerveza; el pulgar de aquella mano apoyado contra la jarra; la inmensa uña
negra con una grieta en medio.
La última vez
que fui a aquel lugar, era una noche, recuerdo, de bochorno, y todo hacía
presagiar una tormenta eléctrica. El viento se puso a rachear violentamente y
la gente en la plaza corrió hasta las escaleras del metro; en la cenicienta
oscuridad, el viento rasgaba sus vestidos como en el cuadro de La
destrucción de Pompeya. El tabernero tenía calor en su pequeña y oscura
taberna; se había desabotonado el cuello y estaba cenando melancólico en
compañía de dos tenderos. Se estaba haciendo tarde y la lluvia rompía en
susurros contra los paños de las ventanas, cuando el electricista llegó. Estaba
completamente empapado y destemplado, y murmuró algo desagradable al ver que
Emma no estaba en la barra. Krause se mantuvo en silencio, masticando una
salchicha gris.
En ese momento
tuve la sensación de que estaba a punto de producirse algo extraordinario. Yo
había bebido mucho y mi alma —mi ser íntimo, ávido y de mirar penetrante—
ansiaba contemplar un espectáculo. Empezó de forma bien simple. El electricista
se acercó hasta la barra, se sirvió como quien no quiere la cosa una copa de
coñac de una botella chata, se lo bebió de un trago, se limpió la boca con la
manga, se echó la gorra hacia atrás y se dirigió a la puerta. Krause dejó el
cuchillo y tenedor cruzados sobre el plato y gritó con fuerza: «¡Espera! ¡Son
veinte peniques!».
El
electricista, que ya tenía la mano en el pomo de la puerta, se volvió.
—Creía que
estaba en mi casa.
—¿Es que no
piensas pagar? —preguntó Krause.
Y de repente
Emma apareció detrás del reloj en el fondo del bar, miró a su padre, después a
su amante, y se quedó inmóvil, helada. Encima de ella, el cuco salió de su
casita de un salto y volvió a esconderse.
—Ya está bien
—dijo el electricista lentamente, y salió.
Al oír
aquello, Krause, con una agilidad asombrosa, se levantó y salió corriendo tras
él, dando un tirón a la puerta que se quedó abierta.
Yo terminé la
cerveza y salí también a la calle, sintiendo el placer de una racha de viento
húmedo en el rostro.
Estaban frente
a frente, en la negra acera brillante por la lluvia, y ambos no cesaban de
gritar. Aunque yo no podía captar todas las palabras, que se iban desgranando
en crescendo en aquel jaleo atronador, sí pude distinguir una palabra
que se repetía continuamente: veinte, veinte, veinte. Había gente que ya
se había detenido a observar la pelea, yo mismo estaba cautivado con ella, con
los reflejos de la luz de la farola en sus caras distorsionadas, con el tendón
tenso del cuello desnudo de Krause; por alguna razón me recordó una pelea
espléndida que tuve yo hace años en una tasca de un puerto con un italiano
negro como la pez, en el transcurso de la cual metí la mano sin saber cómo
dentro de su boca y traté por todos los medios de apretar y desgarrar la piel
húmeda del interior de su cara.
El
electricista y Krause gritaban cada vez más. Emma se deslizó tras de mí y se
detuvo, sin atreverse a acercarse, limitándose a gritar desesperada: «¡Otto!
¡Padre! ¡Otto! ¡Padre!». Y a cada uno de sus gritos una marejada contenida de
risas agudas y como expectantes atravesaba el grupo de gente allí congregada.
Los dos
hombres se entregaron ávidos a un combate cuerpo a cuerpo, a puñetazos sordos.
El electricista pegaba en silencio, mientras que Krause emitía un gruñido breve
a cada golpe que daba. La espalda enjuta de Otto se doblaba, la sangre negra
empezó a brotar de su nariz. Repentinamente trató de asir la pesada mano que le
golpeaba en la cara, pero, al no conseguirlo, se tambaleó y se derrumbó boca
abajo en la acera. La gente corrió a su lado, apartándolo de mi vista.
Recordé que me
había dejado el sombrero en la mesa y volví a la taberna. Dentro, todo estaba
extrañamente quieto y tranquilo. Emma estaba sentada en una mesa de un rincón
con la cabeza apoyada en un brazo extendido. Alzó su rostro cubierto de
lágrimas y al momento volvió a dejar caer la cabeza. Con cuidado le di un beso
en aquel pelo que olía a cocina, fui a por mi sombrero y me marché.
En la calle
todavía quedaba un grupo de gente. Krause, jadeante, como cuando salía del agua
en el lago, le estaba dando explicaciones a un policía.
Yo no sé, ni
tampoco quiero saber, quién tenía razón o quién la dejaba de tener. Quizá la
historia pudiera presentarse bajo una perspectiva ligeramente diferente, quizá
pudiera contarse bajo una óptica de cierta compasión en la que se viera cómo la
felicidad de un joven se había visto comprometida por mor de una moneda de
cobre, cómo Emma pasó toda la noche llorando y cómo, tras quedarse dormida al
amanecer, volvió a ver, en sus sueños, la cara enloquecida de su padre mientras
golpeaba a su amante. O quizá lo que importe no sea tanto el dolor o el gozo
humanos de todo el asunto, sino más bien el juego de las sombras y las luces en
un cuerpo animado de vida, la armonía de todas las menudencias y miserias que
vinieron a sumarse en aquel día preciso, en aquel momento preciso, de una forma
única e inimitable.
1.
Sleptsov regresó del pueblo caminando a través de las
nieves que lo empañaban todo y, al llegar a su mansión campestre, se refugió en
un rincón, sentado en una butaca de terciopelo que no recordaba haber utilizado
con anterioridad. Es el tipo de cosa que sucede después de una gran calamidad.
Y no es tu hermano, sino alguien a quien apenas conoces, un vecino que vive en
la granja contigua y a quien nunca has concedido demasiada atención, alguien
con quien habitualmente apenas intercambias una palabra, quien te conforta con
sus palabras sabias y amables, y es él quien te alcanza el sombrero que se te
ha caído una vez que ha terminado el funeral, y tú estás roto de dolor, con los
dientes que te castañetean y los ojos cegados por el llanto. Lo mismo pasa con
los objetos inanimados. Cualquier habitación, incluso la más absurdamente
pequeña y acogedora, aquellos aposentos que nunca se habitan ni se utilizan en
un ala perdida de la casa de campo, pueden albergar un rincón deshabitado. Y un
rincón así era el que ahora albergaba a Sleptsov.
El ala se conectaba, a través de una terraza o galería
de madera, obstruida ahora por la nieve acumulada de nuestra Rusia del norte,
con la vivienda principal que sólo se utilizaba en verano. No había necesidad
de despertarla, de calentarla: el amo había venido de San Petersburgo a pasar
sólo un par de días y se había instalado en el anexo, donde bastaba con poner
en marcha las estufas blancas de porcelana danesa.
El amo se quedó sentado en su rincón, en aquella
butaca de terciopelo, como si estuviera en la sala de espera de la consulta de
un médico. La habitación flotaba en la oscuridad; el denso azul de las primeras
horas del crepúsculo se filtraba a través de las láminas de cristal de escarcha
del paño de la ventana. Ivan, el criado silencioso y corpulento, que se había
quitado el bigote no hacía mucho y que ahora se parecía bastante a su padre, el
mayordomo de la familia, ya fallecido, trajo un quinqué de gas, dispuesto como
es debido y rebozante de luz. Lo depositó en una mesa pequeña y silenciosamente
lo introdujo en su pantalla de seda rosa. Un espejo ligeramente inclinado
reflejó por un instante su cabello gris y el dorso de su cabeza. Luego se
retiró y la puerta se cerró con un crujido suave.
Sleptsov alzó la mano, que tenía apoyada en la
rodilla, y se dispuso a examinarla lentamente. La cera de la vela se había
derramado y una gota se le había quedado pegada endurecida entre los pliegues
de dos dedos. Extendió los dedos y la pequeña escama blanca se desprendió con
un chasquido apagado.
2.
A la mañana siguiente, después de pasar una noche
entregado completamente a sueños sin sentido, fragmentarios, sin relación
alguna con su dolor, cuando Sleptsov salió a la fría terraza, una tabla de la
madera del suelo emitió un ruido como el disparo de una pistola bajo sus pies,
y los reflejos de múltiples colores de los distintos paños de las ventanas
formaron un paraíso de rectángulos cromáticos en los asientos de madera lavada
y desnuda, sin cojines, que se alineaban a lo largo de las ventanas y bajo el
alféizar. La puerta se le resistió al principio, para luego abrirse con un
crujido como de mandíbula lasciva, y la escarcha deslumbrante le hirió en el
rostro. La arena rojiza, que alguien había arrojado providencialmente sobre el
hielo que cubría los escalones del porche, parecía canela, y de los árboles
colgaban ramas de hielo hendidas de un azul verdoso. Los muros de nieve
alcanzaban las ventanas del anexo, atrapando con fuerza la pequeña y
confortable estructura de madera en sus garras de hielo. Los pequeños túmulos
de un blanco cremoso, que albergaban lo que en verano eran macizos de flores,
se alzaban ligeramente sobre la nieve del suelo delante del porche, y a lo
lejos acechaba el resplandor del parque, donde hasta el más pequeño apéndice de
las negras ramas lucía con un borde de plata y los abedules parecían querer
recoger sus garras verdes bajo el peso de su carga brillante color de ciruela.
Con altas botas de fieltro y un abrigo de piel con
cuello de astracán, Sleptsov se encaminó en línea recta por la única senda
abierta en la nieve, hacia aquel paisaje distante y cegador. Se sorprendía de
seguir todavía vivo, y de ser capaz de percibir el brillo de la nieve y de
sentir que los dientes le dolían al contacto con el frío. Incluso se dio cuenta
de que un macizo cubierto de nieve había adquirido la forma de una fuente y de
que un perro había dejado una serie de huellas de color azafrán sobre el muro
de nieve, marcas ardientes sobre el hielo. Un poco más lejos, los postes de un
puente peatonal sobresalían por encima del manto nevado, y al llegar allí
Sleptsov se detuvo. Con amargura, con rencor, limpió a golpes la barandilla de
aquel manto velludo de nieve. Recordó con absoluta nitidez el aspecto de aquel
mismo puente en el último verano. Su hijo caminaba por aquellas tablas
resbaladizas, salpicadas de amentos, y con destreza absoluta cazó en su red una
mariposa que se había posado en la barandilla. Y en ese preciso momento el hijo
vio a su padre. En su rostro se demora juguetona una risa perdida ya para
siempre, bajo el ala de un sombrero de paja quemado por el sol; sus manos
juegan con la cadena de la bolsa de piel que lleva colgada del cinturón, y abre
las piernas tan queridas, tan suaves, morenas, en sus pantalones de lino y
sandalias mojadas, con aquella postura tan suya y tan alegre. Murió en San
Petersburgo, hace sólo unos días, después de murmurar incoherentemente en su
delirio historias diversas acerca del colegio, de su bicicleta, de un gran
insecto oriental, y ayer Sleptsov había llevado el ataúd —agobiado, parecía,
con el peso de toda una vida— al campo, al panteón familiar junto a la iglesia
del pueblo.
Estaba todo tan silencioso y tranquilo como sólo puede
estarlo un día helado de sol. Sleptsov alzó la pierna, salió del sendero
dejando tras de sí huellas azules en la nieve y se abrió camino, entre los
troncos de unos árboles inquietantemente blancos, hasta llegar al lugar donde
el parque terminaba abruptamente cortado por el río. Más abajo, los bloques de
hielo resplandecían junto a un agujero que quebraba la limpia sábana de hielo
y, en la ribera opuesta, unas columnas muy rectas de humo rosa se alzaban por
encima de los tejados nevados de las cabañas de madera. Sleptsov se quitó el
gorro de astracán y se apoyó en el tronco de un árbol. En algún lugar en la
distancia unos campesinos estaban cortando leña, cada golpe rebotaba con
estruendo hacia el cielo, y más allá de la niebla plateada de los árboles, por
encima de las isbas achaparradas, el sol hería con sus rayos ecuánimes la cruz
de la iglesia.
3.
Y allí fue donde encaminó sus pasos después del
almuerzo, en un viejo trineo de respaldo recto. La crin del caballo negro
chasqueaba con fuerza en el aire helado, las blancas plumas de las ramas
cercanas al suelo se deslizaban por encima de su cabeza, y las huellas que veía
ante sí restallaban con un brillo azul de plata. Cuando llegó se sentó durante
una hora junto a la tumba, descansando su mano enguantada y pesada en el hierro
de la baranda que le quemaba la mano a través de la lana. Volvió a casa con un
leve sentimiento de desencanto, como si allí, en el cementerio, hubiera estado
más alejado de su hijo que aquí, donde las incontables huellas veraniegas de
sus sandalias rápidas hubieran quedado preservadas intactas bajo la nieve.
Por la noche, abrumado con una especie de ataque agudo
de tristeza intensa, mandó abrir la casa principal. Cuando la puerta cedió con
un lamento poderoso, dando paso a una brizna de una rara frescura, impropia del
invierno, procedente del sonoro vestíbulo enrejado en hierro, Sleptsov tomó la
lámpara de las manos del guarda y entró solo en la casa. Los suelos de parqué
crujían fantasmales bajo sus pasos. Cuarto tras cuarto se fue llenando de luz
amarilla y los muebles bajo sus sudarios le resultaron desconocidos; del techo
ya no colgaba una araña cantarina sino una bolsa silenciosa; y la enorme sombra
de Sleptsov, con un brazo que lentamente se iba extendiendo y separando del
cuerpo, flotaba por las paredes y por los rectángulos grises de los cuadros.
Fue hasta la habitación que había constituido el
estudio de su hijo en el verano, apoyó la lámpara en el alféizar de la ventana
y, rompiéndose las uñas al hacerlo, abrió las contraventanas, a pesar de que
afuera todo era oscuridad. La llama amarilla del quinqué que ardía se reflejó
en el cristal azul en el que también y por un momento se dibujó su rostro
amplio y barbado.
Se sentó junto a la mesa vacía y, adusto, con el ceño
fruncido, examinó el pálido papel de la pared con sus guirnaldas de rosas
azuladas; un escritorio estrecho, como de oficina, con cajones de arriba abajo;
el sillón y las butacas bajo sus fundas; y de repente, dejando caer la cabeza
sobre la mesa, empezó a temblar, apasionada, ruidosamente, apoyando primero sus
labios, y luego sus mejillas mojadas contra la madera fría y polvorienta, y se
aferró entre convulsiones a las esquinas distantes de la mesa.
En la mesa encontró un cuaderno, unas planchas donde
clavar las mariposas, chinchetas negras y una caja de galletas inglesas Slue
contenía un gran gusano de seda bastante exótico que había costado tres rublos.
Al tacto tenía la consistencia del papel y parecía que estaba hecho de hojas
pardas dobladas. Su hijo lo había recordado en su enfermedad, lamentándose de
no habérselo llevado consigo, pero consolándose pensando que la crisálida que
albergaba estaba probablemente muerta. También encontró una red desgarrada: una
bolsa de tarlatana en un aro que se doblaba (la gasa todavía olía a verano y a
hierba caliente por el sol).
Luego, sin dejar de llorar con todo su cuerpo, empezó
a sacar uno a uno, inclinándose casi hasta el suelo, los cajones con cubierta
de cristal del escritorio. A la débil luz del quinqué, los archivos de
ejemplares diversos brillaban como si fueran de seda bajo el cristal. Aquí, en
esta habitación, en esta misma mesa, su hijo había instalado y extendido las
alas de sus capturas. Primero insertaba un alfiler en el insecto que había
matado con todo cuidado y lo pegaba a la tabla de corcho, entre hileras de lana
ajustable, y agarraba cuidadosamente, planas, las alas todavía frescas y
suaves. Ahora ya estaban secas, hacía tiempo que lo estaban, y habían sido
dispuestas en el escritorio —aquellas Pavo Real espectaculares, aquellas
deslumbrantes Olmeras y Nazarenas, y las distintas Falenas, algunas
montadas en posición supina para mostrar sus tripas color de madreselva. Su
hijo pronunciaba sus nombres latinos con un quejido de triunfo o con una
expresión de desdén. ¡Y aquellas mariposas, las mariposas, las primeras Aspen
Hawk de cinco veranos atrás!
4.
Había luna y la noche estaba azul como con humo; unas
nubes modestas se esparcían por el cielo sin llegar a tocar la luna, delicada,
helada. Los árboles, masas de escarcha gris, lanzaban sombras oscuras en las
paredes de nieve que destellaban aquí y allá en chispas metálicas. En la
habitación tapizada y calentada del anexo, Ivan había colocado un abedul de dos
pies en un macetero de barro sobre la mesa, y estaba poniendo una vela en la
cruz de su rama superior cuando Sleptsov llegó de la casa principal, helado,
con los ojos enrojecidos, las mejillas sucias y manchadas de gris, con una caja
de madera bajo el brazo. Al ver el árbol de Navidad sobre la mesa, preguntó
abstraído: «¿Qué es eso?».
Liberándole de la caja, Ivan contestó con voz sorda,
enternecida.
-—Mañana es fiesta.
—No, lléveselo —dijo Sleptsov frunciendo el ceño,
mientras pensaba: «¿Será posible que sea Navidad? ¿Cómo puedo haberme
olvidado?».
Ivan insistió amablemente.
—Es bonito, y además es verde. Déjelo durante un
tiempo.
—Por favor, lléveselo —repitió Sleptsov y se inclinó
sobre la caja que había traído consigo. En ella atesoraba las posesiones de su
hijo, la red para cazar mariposas, la lata de galletas con el capullo de seda,
la tabla donde clavaba las mariposas, los alfileres en su caja de laca, el
cuaderno azul. La primera página estaba desgarrada y rota por la mitad, y el
trozo que quedaba encerraba un fragmento de un dictado de francés. A
continuación había entradas y anotaciones cotidianas, nombres de mariposas que
había capturado, y otras notas:
«He caminado por el pantano hoy hasta llegar a
Borovichi...»
«Hoy ha estado lloviendo. He jugado al ajedrez con mi
padre, y luego he leído la Fragata de Goncharov, tremendamente
aburrida.»
«Un día de calor maravilloso. Por la tarde he dado un
paseo en bicicleta. Se me ha metido una mosca en el ojo. He pasado
deliberadamente junto a su casa dos veces pero no la he visto...»
Sleptsov levantó el rostro, y se tragó algo enorme y
también caliente. ¿Quién era aquella mujer a la que se refería su hijo?
«Como siempre, he dado mi paseo en bicicleta»,
continuó leyendo. «Casi nos cruzamos con la mirada. Mi amor, mi amada...»
—Esto es inconcebible —susurró Sleptsov—. No puedo ni
imaginarme...
Volvió a inclinarse, descifrando con avidez aquella
letra infantil que no conseguía mantener líneas ni márgenes.
«Hoy he visto un ejemplar de la Vanesa Atalanta. Eso
quiere decir que ha llegado el otoño. Por la noche, lluvia. Probablemente se
haya ido ya, y ni siquiera nos hemos conocido. Adiós, mi amor. Me siento
tremendamente triste...»
—Nunca me dijo nada... —Sleptsov intentó recordar,
frotándose la frente con la palma de la mano.
En la última página había un dibujo a tinta: los
cuartos traseros de un elefante, dos columnas gruesas, la punta de las orejas y
una cola diminuta.
Sleptsov se levantó. Movió la cabeza en un gesto de
desaprobación, conteniendo una nueva avalancha de gemidos despreciables.
—Ya no puedo aguantar más —se arrastraba su voz entre
gemidos, sin dejar de repetir cada vez más despacio—, ya... no... puedo...
aguantar... más...
—Mañana es Navidad —el recuerdo le invadió
bruscamente—, y yo me voy a morir. Desde luego. Es tan sencillo. Esta misma
noche...
Sacó un pañuelo y se secó los ojos, la barba, las
mejillas. En el pañuelo quedaron unas manchas, rayas oscuras.
—... muerte —dijo Sleptsov suavemente, como rematando
una frase muy larga.
El reloj dio la hora. La escarcha se imbricaba en
dibujos geométricos sobre el cristal azul de la ventana. El cuaderno, abierto,
brillaba radiante sobre la mesa; junto a él, la luz atravesaba la gasa del
cazamariposas y relucía en la esquina de la lata abierta. Sleptsov cerró los
ojos con fuerza, y tuvo una sensación pasajera de que ante él se tendía una
vida terrena, totalmente desnuda y comprensible, y también, estremecedoramente
triste, humillantemente sin sentido, estéril, desnuda de milagros...
En ese preciso momento se oyó un chasquido —un ruido
débil como el de una goma que se estira hasta romperse. Sleptsov abrió los
ojos. El gusano de seda en su lata de galletas había estallado, y una criatura
negra y toda arrugada, del tamaño de un ratón, reptaba por la pared por encima
de la mesa. Se detuvo, asido a la superficie con sus seis patas velludas, y
empezó a palpitar de forma extraña. Había surgido de su crisálida debido a que
un hombre, vencido por el dolor, había llevado una lata hasta su habitación
caldeada, y el calor había penetrado su envoltura tensa de hojas de seda; había
esperado aquel momento durante tanto tiempo, había reunido toda su fuerza con
tal furor, que ahora, habiendo conseguido surgir a la vida, no hacía sino
desparramarse lenta y milagrosamente. Poco a poco los tejidos arrugados, las
extremidades de terciopelo se fueron desplegando; las venas en forma de abanico
se fueron fortaleciendo al llenarse de aire. Imperceptiblemente, se transformó
en una cosa alada, de la misma forma en la que un rostro que está madurando se
convierte imperceptiblemente en un rostro bello. Y sus alas —todavía débiles,
todavía húmedas— no dejaban de crecer y de desplegarse, y ahora ya habían
llegado a desarrollarse hasta el límite que Dios les había puesto, y allí, en
la pared, en lugar de un terrón minúsculo de vida, en lugar de un ratón oscuro,
lo que había era una gran mariposa Attacus como esas que vuelan, como
pájaros, en torno a las lámparas en el crepúsculo de la India.
Y entonces, aquellas poderosas alas negras, cada una
con su mancha vidriosa y su vello púrpura enganchado al polvo de sus bordes,
respiraron a fondo bajo el impulso de una felicidad tierna, devastadora, casi
humana.
A veces me
ocurría lo siguiente: después de pasar la primera parte de la noche trabajando
en mi escritorio, esa parte en que la noche inicia su penoso ascenso, yo salía
del trance en el que mi trabajo me había sumergido en el momento preciso en el
que la noche alcanzaba su cima y se demoraba vacilante en su cumbre, dispuesta
a emprender el descenso hasta el aturdimiento de la aurora; entonces, me
levantaba de la silla, aterido y totalmente agotado, y al encender la luz de mi
dormitorio me veía de repente en el espejo. Lo que pasaba era lo siguiente:
durante el tiempo que había estado absorbido en mi trabajo, me había separado
de mí mismo, una sensación semejante a la que se experimenta cuando te
encuentras con un íntimo amigo después de años de separación: durante unos
pocos momentos vacíos, lúcidos pero también detenidos, le ves bajo una luz
totalmente diferente aun cuando te das cuenta de que el hielo de esta anestesia
misteriosa se derretirá y la persona a la que miras revivirá, su carne se
encenderá cálida, volverá a ocupar su lugar, y te resultará de nuevo tan
próxima que ningún esfuerzo de la voluntad podrá hacer que vuelvas a captar
aquella primera sensación fugaz de enajenamiento. Así, precisamente así, me
sentía yo, contemplando mi figura en el espejo y sin lograr reconocerla como
mía. Y cuanto más examinaba mi rostro —esos ojos extraños e inmóviles, el
brillo de unos pelillos en la mandíbula, aquella sombra que recorría la nariz—,
y cuanto más insistía en decirme a mí mismo: «Ése soy yo, ése es tal y tal»,
menos claro me parecía por qué aquél tenía que ser «yo», más difícil me
resultaba conseguir que el rostro del espejo se fundiera con aquel «yo» cuya
identidad no conseguía captar. Cuando hablaba de mis extrañas sensaciones, la
gente se limitaba a observar que el camino que yo había emprendido acababa en
el manicomio. De hecho, en una o dos ocasiones, ya muy avanzada la noche, me
detuve a contemplar mi imagen tanto rato que se apoderó de mí un sentimiento
espeluznante y tuve que apagar la luz corriendo. Y sin embargo, a la mañana
siguiente, mientras me afeitaba, no se me ocurría en absoluto cuestionar la
realidad de mi imagen.
Otra cosa más:
por la noche, en la cama, recordaba de repente que era mortal. Lo que ocurría
entonces en mi mente era muy parecido a lo que sucede en un gran teatro cuando
las luces se apagan de repente y alguien se pone a dar gritos histéricos en la
oscuridad de veloces alas, y se le unen otras voces, provocando una tempestad
ciega, en la que el trueno negro del pánico crece imparable..., hasta que de
pronto vuelven las luces y la representación retoma su curso suavemente. Del
mismo modo se asfixiaba mi alma cuando tendido boca arriba, con los ojos
completamente abiertos, trataba con todas mis fuerzas de conquistar el miedo,
de racionalizar la muerte, de enfrentarme a ella de forma cotidiana, sin apelar
a credo o a filosofía alguna. Al final, uno se dice a sí mismo que la muerte
está todavía lejos, que habrá tiempo suficiente para razonar sus términos, y,
sin embargo, uno sabe que nunca llegará a eso, y, de nuevo, en la oscuridad, en
los asientos más baratos, en el teatro privado de uno mismo donde los cálidos
pensamientos vivos acerca de las queridas minucias terrenales han desaparecido
presas del pánico, se produce un grito de terror que se apaga luego cuando uno
se da la vuelta en la cama y se pone a pensar en un asunto distinto.
Yo asumo que
esas sensaciones —la perplejidad ante el espejo por la noche o la punzada
repentina ante la anticipación de la muerte— son conocidas por muchos, y si me
detengo en ellas es sólo porque contienen una partícula pequeñísima de ese
terror supremo que el destino me concedió experimentar una sola vez. Terror
supremo, terror especial —busco a tientas el término exacto que lo defina pero
mi reserva de palabras hechas, que en vano trato de utilizar, no contiene una
sola que pueda servir para definirlo.
Yo llevaba una
vida feliz. Tenía una novia. Recuerdo bien la tortura de nuestra primera
separación. Yo me había ido en viaje de negocios al extranjero, y a mi vuelta,
me vino a esperar a la estación. La vi de pie en el andén, como enjaulada en la
leonada luz del sol, que había penetrado en un cono polvoriento a través de la
bóveda acristalada de la estación. Su rostro se movía rítmicamente al compás
del paso de las ventanillas del tren hasta que éste se detuvo lentamente. Con
ella me encontraba siempre a gusto y en paz. Sólo una vez... de nuevo me doy
cuenta al recordarlo de que el lenguaje humano es un instrumento muy torpe. Sin
embargo, me gustaría explicarlo. Realmente es tan tonto, tan efímero: estamos
solos en su cuarto, yo escribo mientras ella, con su cabeza inclinada, remienda
una media de seda extendida bien tensa sobre el dorso de una cuchara de madera;
tiene la oreja, de un rosa translúcido, medio oculta tras un mechón de pelo
rubio y las perlas menudas, que rodean su cuello, brillan de una forma un tanto
conmovedora, y sus tiernas mejillas parecen hundirse ante la persistencia con
que se empeña en fruncir los labios mientras cose. De repente, y sin razón
alguna, me aterroriza su presencia. Y mi terror es más profundo que el que
sentí cuando fui incapaz, por tan sólo un momento, de registrar su identidad en
el sol polvoriento de la estación. Me aterra el hecho de que haya otra persona
en el cuarto conmigo; me aterra la misma noción de otra persona. No me
extraña que los locos no reconozcan a sus parientes. Pero ella levanta la
cabeza, y todos sus rasgos participan de la sonrisa rápida que me dedica —y ya
no queda traza alguna del extraño terror que sentí hace un momento. Dejadme que
lo repita: esto ocurrió una sola vez y lo tomé como una estúpida jugada de mis
nervios, olvidándome de que en noches solitarias ante un espejo solitario había
experimentado algo bastante similar.
Fue mi amante
durante casi tres años. Sé que mucha gente no podría entender nuestra relación.
Se sentirían perdidos tratando de explicar qué tenía aquella doncella inocente
que atrajera y mantuviera el afecto de un poeta: ¡Dios Santo!, cómo me gustaban
su belleza sin pretensiones, su alegría, su bondad y simpatía, las emociones y
movimientos de su alma. Era precisamente la sencillez amable de su persona la
que me protegía: para ella, todo en el mundo tenía una especie de claridad
cotidiana, e incluso me parecía que ella sabía lo que nos esperaba tras la
muerte, por lo que no teníamos razón alguna para discutir el tema. Al final de
nuestro tercer año juntos me vi obligado a marcharme por bastante tiempo. La
víspera de mi partida fuimos a la ópera. Ella se sentó un momento en el pequeño
sofá carmesí del oscuro vestíbulo, algo misterioso, de nuestro palco para
quitarse sus grandes botas de nieve grises, y yo la ayudé a liberar sus
esbeltas piernas cubiertas de seda —y al hacerlo pensé en esas mariposas nocturnas
que surgen de unos enormes capullos peludos. Nos sentamos en la parte delantera
del palco. Estábamos alegres mientras nos inclinábamos sobre el abismo rosado
del teatro esperando que subiera la cortina, una sólida pantalla antigua con
decoraciones doradas que representaban escenas de diversas óperas —Ruslan con
su casco puntiagudo, Lenski con su carrick—. Al apoyar su codo desnudo
contra la barandilla aterciopelada estuvo a punto de tirar sus pequeños
prismáticos nacarados.
Luego, cuando
todo el mundo hubo ocupado sus asientos, y la orquesta ya respiraba a fondo
dispuesta a estallar en música, sucedió algo: todas las luces se apagaron en el
inmenso teatro rosado, y se abatió sobre nosotros una oscuridad tan densa que
pensé que me había quedado ciego. En esta oscuridad todo empezó de pronto a
moverse, se desató un estremecimiento de pánico que degeneró en gritos
femeninos, y como las voces de los hombres empezaron a alzarse con fuerza
pidiendo que la gente se calmara, los gritos se hicieron más y más estridentes.
Yo me reía y empecé a hablar con ella, pero me di cuenta de que me había
agarrado de la muñeca y que había empezado a desatarme los gemelos del puño de
la camisa. Cuando la luz inundó de nuevo la sala vi que estaba pálida y con los
dientes firmemente apretados. La ayudé a salir del palco. Movía la cabeza,
castigándose con una sonrisa de desprecio por su terror infantil, pero luego
rompió a llorar y me pidió que la llevara a casa. Sólo recuperó la compostura
dentro del coche cerrado, cuando se llevó el pañuelo a sus ojos bañados en
lágrimas y me empezó a explicar lo triste que estaba de que me fuera a la
mañana siguiente, y que había sido un error tremendo el pasar nuestra última
noche en la ópera, entre extraños.
Doce horas más
tarde yo estaba en el compartimiento de un tren, mirando por la ventana el
brumoso cielo invernal, el ojo inflamado del sol que se movía al ritmo del
tren, los campos cubiertos de nieve que no dejaban de abrirse ante mi vista
como un abanico gigante de plumas de cisne. Fue en la ciudad extranjera, a la
que llegué al día siguiente, donde tuve mi encuentro con el terror supremo.
Para empezar,
dormí muy mal durante tres noches seguidas y la cuarta no dormí en absoluto. En
los últimos años había perdido el hábito de la soledad y ahora, estas noches
solitarias me causaban una angustia profunda y aguda. La primera noche vi en
sueños a mi chica: la luz del sol inundaba su cuarto, y estaba sentada en la
cama con un camisón de encaje y se reía, se reía, no podía parar de reír. Me
acordé del sueño por azar, un par de horas más tarde, al pasar por delante de
una tienda de lencería y al recordarlo me di cuenta de que todo lo que en el
sueño había sido pura alegría —su encaje, su cabeza inclinada hacia atrás, su
risa—, ahora, que estaba despierto se había convertido en algo espantoso. Sin
embargo, no conseguía explicarme por qué aquel risueño sueño de encaje era
ahora tan desagradable, tan odioso. Yo tenía muchas cosas que hacer y no paraba
de fumar, y mientras lo hacía me daba cuenta de que tenía que mantener un
control rígido sobre todos mis actos por todos los medios. Al prepararme para ir
a la cama en la habitación de mi hotel, silbaba o canturreaba deliberadamente
pero me asustaba como un niño temeroso al mínimo ruido que se produjera a mi
espalda, aunque fuera el sonido sordo de mi chaqueta que se resbalaba de la
silla al suelo.
El quinto día,
después de una mala noche, me tomé mi tiempo y me fui a dar un paseo. Me
gustaría que la parte de mi historia que me propongo relatar ahora pudiera
escribirse en cursiva; no, ni siquiera la cursiva serviría: necesito una
tipografía nueva, única. El insomnio me había dejado un vacío excepcionalmente
receptivo en la mente. Parecía que tenía la cabeza de cristal y el ligero
calambre que sentía en las piernas tenía asimismo un carácter vidrioso. Tan
pronto como hube salido del hotel... Sí, ahora creo que he encontrado las
palabras adecuadas. Me apresuro a escribirlas antes de que se desvanezcan.
Cuando salí a la calle, vi de repente el mundo tal y como es realmente.
Verá usted, nos consolamos diciéndonos a nosotros mismos que el mundo no podría
existir sin nosotros, en la medida en que somos capaces de representárnoslo. La
muerte, el espacio infinito, las galaxias, todas estas cosas nos asustan,
precisamente porque trascienden los límites de nuestra percepción. Pues bien,
en aquel día terrible en el que, devastado por una noche de insomnio, salí a
una ciudad fortuita y vi las casas, los árboles, los automóviles, la gente, mi
mente se negó abruptamente a aceptarlos como «casas», «árboles» y demás —como
algo que tuviera conexión alguna con la vida humana cotidiana. Mi línea de
comunicación con el mundo se cortó, yo estaba completamente solo y el mundo lo
estaba a su vez, y ese mundo carecía de sentido. Vi la esencia real de
todas las cosas. Miraba las casas y éstas habían perdido su significado habitual
—quiero decir, todo eso en lo que pensamos cuando miramos una casa: un cierto
estilo arquitectónico, el tipo de habitaciones que hay dentro, que sea una casa
fea, o una casa cómoda—, todo ese tipo de apreciaciones se había evaporado, sin
dejar en su lugar más que una concha absurda, de la misma forma que cuando
repetimos una palabra de las más habituales durante un tiempo suficiente sin
prestar atención a su significado lo que nos resta no es sino un mero sonido,
un absurdo sonido: casa, asa asa. Pasaba lo mismo con los árboles, lo mismo con
la gente. Entendí el horror del rostro humano. La anatomía, las distinciones
sexuales, la noción de «piernas», «brazos», «vestidos», todo eso quedó abolido,
y frente a mí no había sino un mero algo —ni siquiera una criatura,
porque también eso es un concepto humano, sino sencillamente algo que se
movía allí delante. Traté en vano de dominar mi terror acordándome de cómo
cuando era niño, al despertarme una vez, alcé mis ojos todavía soñolientos
mientras apretaba la nuca contra la almohada y vi, inclinado hacia mí sobre la
cabecera de la cama, un rostro incomprensible, sin nariz, con el bigote negro
de un húsar justo debajo de sus ojos de pulpo, y con dientes que le salían de
la frente. Me enderecé en la cama con un grito e inmediatamente el bigote se
transformó en unas cejas y el rostro entero se convirtió en el de mi madre que
había entrevisto al principio y, sin quererlo, del revés.
Y también
ahora trataba por todos los medios de enderezarme mentalmente, para que
el mundo visible volviera a adoptar su posición cotidiana —pero no lo
conseguía. Al contrario: cuanto escrutaba la gente más de cerca, más absurdo me
resultaba su aspecto. Abrumado por el terror, busqué apoyo en alguna idea
básica, en algún ladrillo más sólido que el ladrillo cartesiano, con ayuda del
cual empezar a reconstruir el mundo habitual, sencillo, natural, que todos
conocemos. En ese momento estaba descansando, creo, en un banco de un parque
público. No tengo un recuerdo preciso de mis actos. De la misma forma que a un
hombre que está sufriendo un ataque al corazón en la acera le importan un
comino los transeúntes, el sol, la belleza de la antigua catedral, y sólo tiene
una preocupación, respirar, así también yo sólo tenía un deseo, no volverme
loco. Estoy convencido de que nadie ha visto nunca el mundo de la misma forma
en que yo lo vi en aquellos momentos, en toda su desnudez aterradora y en todo
su aterrador absurdo. Junto a mí un perro olfateaba la nieve. A mí me
torturaban mis esfuerzos por reconocer lo que «perro» podría significar, y como
me lo había quedado mirando fijamente, subió hasta mí confiado y me entraron
tales náuseas que me levanté del banco y me alejé. Fue entonces cuando mi
terror alcanzó su punto más alto. Dejé de luchar. Ya no era un hombre sino un
ojo desnudo, una mirada sin objeto que se movía en un mundo absurdo. La visión
misma de un rostro humano me llevaba a gritar.
De pronto me
encontré de nuevo a la entrada de mi hotel. Alguien se me acercó, pronunció mi
nombre, y me puso una hoja de papel doblada en mi mano fláccida. La abrí
inmediatamente y mi terror se desvaneció al instante. Todo a mi alrededor
recuperó su carácter ordinario y discreto: el hotel, los reflejos cambiantes en
el cristal de las puertas giratorias, la cara familiar del botones que me había
entregado el telegrama. Me quedé de pie en el centro del espacioso vestíbulo.
Un hombre con una pipa y una gorra de cuadros tropezó conmigo al pasar y me
pidió excusas muy serio. Sentí una cierta extrañeza y un dolor intenso,
insoportable, aunque muy humano. El telegrama decía que ella se moría.
A lo largo de
todo mi viaje de vuelta, y mientras estuve a la cabecera de su cama,
nunca se me ocurrió analizar el sentido del ser y del no ser, y ya no me
aterrorizaban aquel tipo de pensamientos. La mujer que era lo que más quería en
el mundo se moría. Esto era todo cuanto veía y sentía.
No me
reconoció cuando me golpeé la rodilla contra su cama. Yacía, apoyada en
inmensas almohadas, bajo inmensas mantas, tan pequeña, con el pelo estirado y
la frente despejada que dejaba ver la pequeña cicatriz de la sien que
habitualmente ocultaba con un mechón de pelo. No reconoció mi presencia real,
pero por la ligera sonrisa que se apuntó un par de veces en la comisura de sus
labios, supe que me veía en su delirio tranquilo, en su imaginación agonizante
—de forma tal que ante ella estábamos dos: yo mismo, en persona, a quien no
veía, y mi doble, invisible para mí. Y luego me quedé solo: mi doble murió con
ella.
Su muerte me
salvó de la locura. El dolor humano, puro y simple, llenó mi vida tan
completamente que no había lugar para ninguna otra emoción. Pero el tiempo
pasa, y su imagen se vuelve cada vez más perfecta dentro de mí, cada vez menos
viva. Los detalles del pasado, los pequeños recuerdos vitales, se van
desvaneciendo imperceptiblemente, desaparecen uno a uno, o de dos en dos, de la
misma forma que se van apagando las luces, ahora aquí, ahora allá, en las
ventanas de una casa cuyos habitantes se van quedando dormidos. Y sé que mi
cerebro está condenado, que el terror que experimenté en una ocasión, el
impotente miedo a la existencia, se apoderará de mí una vez más, y que entonces
ya no habrá salvación.
Mi adorable,
mi muy querida y lejana, me imagino que no habrás olvidado nada en los más de
ocho años que dura ya nuestra separación, si es que aún consigues recordar a
aquel guarda canoso con su librea azul que ni se molestaba siquiera en mirarnos
cuando hacíamos novillos para encontrarnos en aquellas mañanas heladas de San
Petersburgo, en el Museo Suvorov, tan polvoriento, tan pequeño, tan semejante a
una suntuosa caja de rapé. ¡Con qué ardor nos besábamos a espaldas de aquel
granadero engominado! Y más tarde, cuando por fin nos liberábamos de aquellas
antigüedades polvorientas y salíamos a la luz, cómo nos deslumbraba el
resplandor de plata del parque Tavricheski, y qué extraño resultaba oír los
gruñidos alegres, ávidos, profundos de los soldados, que se lanzaban unánimes a
las órdenes de su comandante, resbalando por el suelo helado, embistiendo con
su bayoneta a un muñeco de paja con casco alemán en medio de una calle de San
Petersburgo.
Sí, ya sé que
en otra de mis cartas te he jurado que no volvería a mencionar el pasado,
especialmente las naderías de nuestro pasado en común, porque se supone que
nosotros, los escritores exiliados, tenemos una especie de pudor altanero en
nuestra forma de expresarnos y sin embargo aquí estoy, despreciando, desde la
primera línea de mi carta, el derecho a toda sublime imperfección y destrozando
con epítetos vanos el recuerdo, ese recuerdo que tú rozabas con tanta gracia y
ligereza. Pero no es del pasado, mi amor, de lo que quiero hablarte.
Es de noche.
Por la noche se percibe con especial intensidad la inmovilidad de los objetos
—la lámpara, los muebles, las fotografías en sus marcos sobre mi mesa. De
cuando en cuando, el agua borbotea y chasquea en sus tuberías ocultas como si
una serie de lamentos subiera por las paredes de la garganta de la casa. Por
las noches salgo a dar un paseo. Los reflejos de las farolas rezuman brillos
intermitentes sobre el helado asfalto de Berlín cuya superficie parece una
película de grasa negra en cuyas arrugas se hubieran recostado los charcos.
Aquí y allá, una luz granate brilla sobre alguna alarma de incendios. Una
columna de cristal, llena de una líquida luz amarilla, se yergue junto a la
parada del tranvía, y, por alguna extraña razón, experimento una sensación tan
melancólica, tan placentera, cuando, de noche, ya tarde, pasa por delante un
tranvía a toda velocidad, vacío, con un chirrido al tomar la curva. A través de
sus ventanas se ven con toda claridad las filas de asientos marrones iluminadas
entre las cuales se abre camino, a contramarcha, un revisor solitario, con su
negra cartera colgando al costado, tambaleándose ligeramente, como si estuviera
un poco borracho.
Mientras paseo
por alguna calle silenciosa y oscura, me gusta oír cómo algún hombre regresa a
casa. El hombre no resulta visible en la oscuridad, y nunca sabes de antemano
qué puerta se abrirá a la vida y condescenderá a dejarse penetrar por el
chirrido de una llave, para después girar, y detenerse luego, retenida por el
contrapeso, para acabar cerrándose de golpe; la llave chirriará de nuevo desde
dentro, y, en las profundidades al otro lado del cristal de la puerta, un débil
resplandor se rezagará durante un minuto maravilloso.
Pasa un coche
sobre columnas de luz húmeda. Es negro, con una raya amarilla bajo las
ventanillas. Irrumpe ronco con su bocina en los oídos de la noche y su sombra
cruza bajo mis pies. Ahora la calle está totalmente desierta, salvo por un gran
danés cuyas patas rascan la acera mientras pasea con una bella joven distraída
y sin sombrero que lleva un paraguas abierto. Cuando pasa bajo la farola
granate (a su izquierda, sobre la alarma de incendios), sólo una parte, negra y
tensa, de su paraguas se ilumina de húmedo rojo.
Y más allá de
la curva, sobre la acera —¡y de qué forma tan inesperada!—, la fachada de un
cine se arruga con diamantes. Dentro, en su pantalla rectangular y pálida como
la luna, se ve a unos mimos más o menos hábiles: la inmensa cara de una joven,
con trémulos ojos grises y labios negros cruzados verticalmente por grietas
relucientes, se acerca desde la pantalla, y no deja de crecer mientras detiene
sus ojos contemplando la nada de la sala oscura, y una maravillosa lágrima,
brillante y larga se desliza por una de sus mejillas. Y en alguna ocasión
(¡momento celestial!) aparece incluso la vida de verdad, ignorante de que está
siendo filmada: un grupo de gente que asoma por azar, unas aguas que brillan,
un árbol que cruje silenciosa aunque perceptiblemente.
Más lejos, en
la esquina de una plaza, una prostituta corpulenta vestida con pieles negras
pasea despacio, deteniéndose de cuando en cuando delante de un escaparate
ferozmente iluminado, donde una mujer de cera muy pintarrajeada expone a los
paseantes de la noche sus enaguas de papel esmeralda y la seda brillante de sus
medias color de melocotón. Me gusta observar a esta plácida puta de mediana
edad, mientras se le acerca un hombre maduro con bigote que llegó por la mañana
de Papenburg en viaje de negocios (primero pasa por delante y luego se vuelve a
mirarla un par de veces). Ella le llevará sin apresurarse hasta una habitación
del edificio cercano, que, a la luz del día, apenas se distingue de los otros
edificios, igualmente ordinarios. Un viejo portero, educado e impasible, hace
guardia toda la noche en el vestíbulo de entrada apenas iluminado. En lo alto
de una empinada escalera otra mujer igualmente impasible abrirá con sabia
despreocupación una habitación desocupada y recibirá su pago por ello.
¡Y no sabes
qué maravilloso es el estruendo con el que el tren todo iluminado, y riéndose
por las ventanillas, atraviesa el puente por encima de la calle! Probablemente
no vaya más allá de los suburbios, pero en ese preciso momento la oscuridad
bajo el vano negro del puente se llena con una música tan poderosamente
metálica que no puedo sino imaginarme las tierras soleadas hacia las que
partiré en cuanto me haya procurado esos marcos extras que anhelo con tanta
ligereza y despreocupación.
Me encuentro
tan alegre que a veces me gusta ir a ver a la gente que baila en el café de mi
barrio. Muchos de mis compañeros exiliados denuncian con indignación (una
indignación no exenta de un punto de placer) las abominaciones de la moda,
entre las que incluyen los bailes actuales. Pero la moda es una criatura de la
mediocridad humana, de un cierto nivel de vida, es la vulgaridad de la
igualdad, y denunciarla significaría admitir que la mediocridad puede crear
algo (ya sea una forma de gobierno o un nuevo tipo de peinado) por lo que
merezca la pena preocuparse. Y ni que decir tiene que estos llamados bailes
modernos nuestros son cualquier cosa menos modernos: la moda y la locura de los
mismos se remonta a los días del Directorio, porque entonces como ahora los
vestidos de las mujeres se llevaban pegados al cuerpo y los músicos eran
negros. La moda respira a través de los siglos: la crinolina en forma de
bóveda, de moda a mediados del XIX, no era sino la máxima inhalación del
aliento de la moda, seguida por una exhalación: faldas estrechas, bailes
apretados. Nuestros bailes, después de todo, son muy naturales y bastante
inocentes y, a veces —en las salas de baile de Londres—, absolutamente
elegantes en su monotonía. Todos recordamos lo que Pushkin escribió acerca del
vals: «Monótono y loco». Todo viene a acabar en lo mismo. En cuanto al
deterioro de la moral... Esto es lo que leí en las memorias de D'Agricourt: «No
conozco nada más depravado que el minué y sin embargo nadie se opone a que se
baile en nuestras ciudades».
Y así me
divierto observando, en los cafés damants de aquí, cómo las parejas
«desaparecen veloces ante mis ojos», por volver a citar a Pushkin. Los ojos
maquillados de formas divertidas brillan de pura satisfacción, con alegría
sencillamente humana. Los pantalones negros se tocan y se enredan con las medias
ligeras. Los pies giran hacia un lado y se vuelven hacia el otro. Y mientras,
al otro lado de la puerta, me espera mi fiel noche, noche solitaria, con sus
reflejos húmedos, sus coches ruidosos, y sus corrientes de viento enfebrecido.
En una noche
de ésas, en el cementerio ortodoxo ruso que está a las afueras de la ciudad,
una anciana de setenta años se suicidó en la tumba de su marido recientemente
fallecido. Fui allí por puro azar a la mañana siguiente, y el guarda, un
veterano mutilado de la campaña de Denikin, que caminaba con muletas que
crujían al mínimo movimiento de su cuerpo, me enseñó la cruz blanca de la que
se había colgado la anciana, y los jirones amarillos que se habían quedado
prendidos en el lugar donde los cabos de la soga («totalmente nueva», dijo
amablemente) se rozaban. Pero lo más misterioso y encantador de todo, sin
embargo, eran las huellas en forma de medialuna de sus tacones, diminutas como
las de un niño, abandonadas en la tierra húmeda junto a la losa. «Pisoteó un
poco el césped, pobrecilla, pero por lo demás no ha estropeado nada», observó
el guarda tranquilamente y, mirando aquellos jirones amarillos y aquellos
lugares en que la tierra estaba un poco hundida, me di cuenta de repente de que
se puede distinguir una sonrisa inocente incluso en la muerte. Probablemente,
mi amor, la razón principal por la que te escribo esta carta es para contarte
este final tan fácil, tan dulce. La noche de Berlín quedó así resuelta.
Escucha: soy
feliz, absoluta o idealmente feliz. Mi felicidad es una especie de desafío.
Mientras deambulo por las calles y plazas y por los caminos junto al canal,
sintiendo distraído los labios de la humedad a través de mis suelas gastadas,
llevo orgulloso sobre los hombros mi inefable felicidad. Los siglos pasarán uno
tras otro, y los escolares bostezarán ante la historia de nuestras revoluciones
y miserias; todo pasará, pero mi felicidad, mi amor, mi felicidad permanecerá,
en el reflejo húmedo de una farola, en la curva precavida de los escalones de
piedra que descienden hasta las aguas negras del canal, en la sonrisa de una
pareja que baila, en todo aquello con lo que Dios tan generosamente circunda la
soledad humana.
Era camarero en el vagón restaurante internacional de
un expreso alemán. Se llamaba Aleksey Lvovich Luzhin. Había abandonado Rusia
cinco años antes, en 1919, y desde entonces, a medida que se iba abriendo
camino de una ciudad a otra, había probado un sinnúmero de oficios y
ocupaciones: trabajó de bracero en Turquía, de mensajero en Viena, fue pintor
de brocha gorda, empleado de comercio, y así sucesivamente. Pero en estos
momentos era un camarero que veía cómo a cada lado del vagón restaurante
flotaban sin cesar los prados, las colinas cubiertas de brezo, las arboledas de
pino, y el consomé humeaba y chapoteaba dentro de las gruesas tazas que él
transportaba en la bandeja con agilidad a lo largo del angosto pasillo que
separaba las mesas dispuestas junto a las ventanillas. Era un camarero que
dominaba su oficio, y lo demostraba en la maestría con que servía los filetes
de buey o de jamón que llevaba en la fuente, y los depositaba en los platos,
mientras inclinaba sin tambalearse la cabeza con su cabello bien corto, su
frente tensa y sus tupidas cejas negras.
El vagón llegaría a Berlín a las cinco en punto y a
las siete volvería a iniciar la marcha en sentido contrario, en dirección a la
frontera francesa. Luzhin vivía en una especie de sierra de acero: sólo tenía
tiempo de deleitarse en sus recuerdos por la noche, en un agujero estrecho que
olía a pescado y a calcetines sucios. Sus recuerdos más frecuentes eran de una
casa en San Petersburgo, y de su despacho en aquella casa, con sus muebles
tapizados en cuero y sus botones insertos entre las curvas y también de su
mujer Lena, de quien no había tenido noticias en cinco años. En estos momentos
sentía que estaba desperdiciando su vida. Su excesiva familiaridad con la
cocaína le había destrozado la mente; las pequeñas llagas del interior de su
nariz le empezaban a comer el tabique nasal.
Cuando reía, sus dientes relampagueaban en un
estallido blanco, y gracias a esta sonrisa de marfil ruso se había granjeado
las simpatías de los otros dos camareros, Hugo, un berlinés rubio y fuerte,
encargado de cobrar las comidas, y el pelirrojo Max, de nariz afilada y aspecto
de zorro, cuyo cometido era llevar el café y la cerveza a los distintos
compartimientos. En los últimos tiempos, sin embargo, Luzhin sonreía menos.
En las horas de recreo cuando las olas cristalinas de
la droga estallaban contra él, penetrando sus pensamientos con su resplandor y
transformando la menudencia más mínima en un milagro etéreo, anotaba con
esfuerzo en una hoja de papel las distintas medidas que pensaba tomar para
averiguar el paradero de su mujer. Mientras emborronaba las cuartillas con
todas esas sensaciones todavía felizmente vivas, sus anotaciones le parecían
sobremanera importantes y también correctas. Por la mañana, sin embargo, cuando
la cabeza le estallaba y la camisa se le ceñía pegajosa al cuerpo, miraba con
expresión de asco y aburrimiento sus notas confusas y su letra irregular.
Recientemente, sin embargo, una nueva idea había venido a ocupar sus
pensamientos. Empezó a elaborar con diligencia un plan para su muerte; dibujaba
una especie de gráfico en el que indicaba los altos y bajos de su sentido del
miedo; y por fin, como para simplificar las cosas, se ponía una fecha fija, la
noche entre el primer y el segundo día de agosto. Lo que le interesaba no era
tanto la muerte misma sino todos los detalles que la precedían, y se metía
tanto en los detalles que la muerte misma se le olvidaba. Pero en cuanto volvía
a estar sobrio, la escena pintoresca de tal o cual método de autodestrucción
palidecía, y sólo una cosa permanecía clara: su vida había ido consumiéndose en
la nada y no tenía sentido continuar con ella.
El primer día de agosto siguió su curso. A las seis y
media de la tarde, en el gran bufé mal iluminado de la estación de Berlín, la
anciana princesa María Ukhtomski estaba sentada en una mesa vacía: una mujer
gorda, vestida completamente de negro, con el rostro cetrino como el de un
eunuco. Los contrapesos de bronce de las arañas resplandecían bajo el alto
techo empañado. De cuando en cuando alguien movía una silla y el sonido hueco
reverberaba en el espacio.
La princesa Ukhtomski lanzó una mirada severa a la
manecilla dorada del reloj de pared. La manecilla dio un paso adelante. Un
minuto más tarde volvió a estremecerse. La anciana dama se levantó, tomó su sac
de voyage de brillante cuero negro, y se arrastró hasta la salida, apoyada
en su bastón masculino con su gran pomo de madera.
Un mozo la estaba esperando en la puerta. El tren
entraba de espaldas a la estación. Uno tras otro, los lúgubres coches alemanes
color de hierro pasaron ante su vista. La teca parda y ya vieja de un
coche-cama mostraba bajo la ventana central una señal donde se leía
BERLÍN-PARÍS; el coche internacional, así como el vagón restaurante con su
madera de teca, en una de cuyas ventanillas se distinguían los codos y la
cabeza del camarero de pelo color de zanahoria, eran lo único que recordaba al
elegante y severo Nord-Express de antes de la guerra.
El tren se detuvo con un chasquido metálico de los
parachoques, y un silbido largo de los frenos.
El mozo instaló a la princesa Ukhtomski en un
compartimiento de segunda clase de un vagón Schnellzug, un compartimiento de
fumadores, tal como ella había pedido. En un rincón, junto a la ventana, un
hombre en un traje beige con rostro insolente y tez olivácea estaba cortando el
extremo de un puro.
La anciana princesa se instaló enfrente. Comprobó, con
una mirada lenta y meditada, que todas sus cosas estuvieran colocadas en la red
que había sobre sus cabezas. Dos maletas y una cesta. Todo estaba allí. Y el
reluciente bolso de viaje en su regazo. Sus labios se movieron en un gesto
adusto como si estuviera mascando algo.
Una pareja de alemanes irrumpió jadeante y presurosa
en el compartimiento.
Y a continuación, un minuto justo antes de que el tren
se pusiera en marcha, llegó una mujer joven con la boca pintada y un sombrerito
negro que le cubría la frente. Dispuso sus cosas y salió al pasillo. El hombre
del traje beige se la quedó mirando. Abrió la ventanilla con sacudidas
inexpertas, y se apoyó en ella para despedirse de alguien. La princesa creyó
distinguir el repiqueteo del idioma ruso.
El tren se puso en movimiento. La mujer volvió al
compartimiento. La sonrisa que tenía en el rostro se había desvanecido, y había
sido reemplazada por una expresión preocupada. Las traseras de ladrillo de las
casas se deslizaban al otro lado de la ventanilla: una de ellas mostraba el
anuncio pintado de un cigarrillo ingente, relleno de lo que parecía paja
dorada. Los tejados, mojados con la lluvia, brillaban bajo los rayos del sol
poniente.
La anciana princesa Ukhtomski no pudo aguantar más.
Preguntó amablemente en ruso: «¿Le molesta que ponga mi bolso aquí?».
La mujer dio un respingo y contestó: «No, en absoluto,
por favor».
El hombre de beige y oliva del rincón escrutaba su
periódico con atención.
—Yo voy a París —inició la conversación la princesa
con un leve suspiro—. Tengo un hijo allí. Me da miedo Alemania, sabe usted.
Y sacó de su bolso de viaje un gran pañuelo que se
pasó por la nariz y por toda la cara.
—Sí, miedo. La gente dice que va a estallar una
revolución comunista en Berlín. ¿No ha oído usted nada?
La mujer negó con la cabeza. Miró con suspicacia al
hombre del periódico y al matrimonio alemán.
—Yo no sé nada. Llegué de Rusia, de Petersburgo,
anteayer.
El rostro cetrino y regordete de la princesa Ukhtomski
expresaba una intensa curiosidad. Sus cejas diminutas se levantaron.
—¡No me diga!
Con los ojos fijos en la punta de su zapato gris, la
mujer dijo rápidamente en una voz muy dulce:
—Sí, una persona de buen corazón me ayudó a salir.
Ahora voy a París. Tengo parientes allí.
Y empezó a quitarse los guantes. Una alianza de oro se
le deslizó del dedo. La cogió con presteza.
—No hago más que perder mi alianza. Debo de haber
adelgazado o algo así.
Se quedó en silencio, sin dejar de parpadear. A través
de la ventanilla del pasillo, al otro lado de la puerta de cristal del
compartimiento, se veía la hilera imperturbable de los hilos telefónicos que se
alzaban vertiginosos hacia arriba.
La princesa Ukhtomski se acercó a su vecina.
—Dígame —preguntó en un susurro—. A esos soviéticos no
les va tan bien ahora, ¿no es cierto?
Un poste telegráfico, negro contra el sol poniente,
pasó raudo, interrumpiendo el ascenso suave de los cables. Cayeron, como cae la
bandera cuando el viento cesa de soplar. Y luego, furtivamente, comenzaron a
ascender de nuevo. El expreso viajaba rápido entre los muros espaciosos de una
noche inmensa y encendida de fuego. Desde algún lugar en el techo de los
compartimientos, se oía un ligero tembleteo como si la lluvia cayera sobre
techos de pizarra. Los vagones alemanes oscilaban violentamente. El internacional,
tapizado de azul en su interior, se movía menos y hacía menos ruido que los
otros. Tres camareros ponían las mesas en el vagón restaurante. Uno de ellos,
con el pelo muy corto y cejijunto pensaba en el pequeño vial que guardaba en su
bolsillo. No dejaba de pasar la lengua por los labios y sorberse los mocos. El
vial contenía un polvo cristalino y llevaba la marca de Kramm. Estaba colocando
los cuchillos y los tenedores e insertando botellas cerradas en los
correspondientes aros de las mesas, cuando de repente ya no pudo más. Le
dirigió una sonrisa convulsa a Max Fuchs, que estaba bajando las persianas, y
cruzó la plataforma que conectaba los coches para llegar al vagón siguiente. Se
encerró en el baño. Calculando con cuidado los vaivenes del tren, vertió un
montoncito de polvo en la uña de su pulgar; con fruición se lo aplicó a un
agujero de la nariz y luego al otro; lo inhaló; con la lengua se limpió el
polvo brillante que se había quedado en la uña; parpadeó con fuerza un par de
veces como reacción ante el amargor gomoso y abandonó el baño, borracho y
boyante, con la cabeza llena del delicioso aire helado. Al cruzar el diafragma
en su camino de vuelta al vagón restaurante pensó: «¡Qué sencillo sería morir
ahora!». Sonrió. Sería mejor que esperara hasta que cayera la noche. Sería una
pena cortar el efecto de aquel veneno encantador.
—Dame las reservas, Hugo. Voy a distribuirlas.
—No, deja que vaya Max. Max trabaja más deprisa. Ten,
Max.
El camarero pelirrojo agarró la caja con los cupones
en su puño pecoso. Se deslizó como un zorro entre las mesas y por el pasillo
azul del coche-cama. Cinco cuerdas de arpa se alzaban distintas y precisas
contra el cielo y tras las ventanillas. El cielo se estaba oscureciendo. En el
compartimiento de segunda clase de uno de los vagones alemanes una anciana
vestida de negro, con aspecto de eunuco, escuchaba, puntuando su escucha con
unos leves suspiros, el relato de una vida distante y monótona.
—¿Y su
marido... tuvo que quedarse?
Los ojos de la joven se abrieron de par en par
mientras negaba con la cabeza.
—No. Lleva fuera bastante tiempo. Sencillamente, las
cosas ocurrieron así. Al comienzo de la Revolución viajó hacia el sur, a Odesa.
Le perseguían. Yo pensaba reunirme allí con él, pero no conseguí salir a
tiempo.
—Terrible, terrible. ¿Y no ha tenido noticias suyas?
—Ninguna. Recuerdo que un buen día decidí que estaba
muerto. Empecé a llevar la alianza en la cadena donde llevo la cruz. Temía que
también me quitaran eso. Y luego, en Berlín, unos amigos me dijeron que estaba
vivo. Alguien le había visto. Ayer mismo puse un anuncio en un periódico de
exiliados.
Apresuradamente sacó una página doblada del Rul' de
su ajado bolso de seda.
—Aquí lo tiene, mire.
La princesa Ukhtomski se puso las gafas y comenzó a
leer: «Elena Nikolayevna Luzhin está buscando a su marido Aleksey Lvovich
Luzhin».
—¿Luzhin? —preguntó, quitándose las gafas—. ¿No será
el hijo de Lev Sergeich? Tenía dos hijos. No recuerdo sus nombres.
Elena sonrió radiante.
—Oh, qué maravilloso. Esto sí que es una sorpresa. No
me diga que conocía a su padre.
—Claro que sí, desde luego —interrumpió la princesa en
un tono amable y complaciente—. Lyovushka Luzhin, antiguo Ulano. Nuestras
propiedades estaban una al lado de la otra. Solía visitarnos.
—Murió —interrumpió Elena.
—Sí, sí, eso he oído. Descanse en paz. Siempre llegaba
a nuestra casa con sus perros de caza. Pero de sus hijos no me acuerdo tan
bien. Llevo fuera del país desde 1917. El más joven era rubio, creo recordar. Y
tartamudeaba un poco.
Elena volvió a sonreír.
—No, ése era su hermano mayor.
—En ese caso, los tengo confundidos, querida —dijo la
princesa con aplomo—. Mi memoria ya no es demasiado buena. Ni siquiera me
habría acordado de Lyovushka si usted no lo hubiera mencionado. Pero ahora lo
recuerdo todo. Solía venir a nuestra casa a tomar el té y, déjeme que le
cuente... —la princesa se acercó y siguió, con una voz clara y un punto
melodiosa, sin tristeza, porque sabía que de las cosas felices sólo es posible
hablar de una forma feliz, sin dolerse porque se hayan ido.
—Déjeme que le cuente —siguió—, teníamos un juego de
platos muy divertido, con una cenefa de oro en derredor y, en el centro, un
mosquito tan realista que nadie que no estuviera al tanto escapaba al gesto de
intentar quitarlo del plato.
La puerta del compartimiento se abrió. Un camarero
pelirrojo les iba entregando las reservas de mesa para la cena. Elena cogió
una. Y lo mismo hizo el hombre sentado en el rincón, que llevaba algún tiempo
tratando de despertar su atención.
—Yo he traído mi propia comida —dijo la princesa—.
Jamón y un panecillo.
Max pasó por todos los vagones y volvió al vagón
restaurante. Al pasar, dio un codazo a su compañero ruso que estaba de pie a la
entrada del coche con una servilleta bajo el brazo. Luzhin se quedó mirando a
Max con ojos brillantes de ansiedad. Sintió que un hormigueo de vacío y de frío
se le colaba en el cuerpo y suplantaba sus huesos y sus órganos, como si todo
su cuerpo estuviera a punto de estornudar de un momento a otro, exhalando el
alma en un suspiro. Se imaginó por centésima vez cómo iba a organizar su
muerte. Calculó hasta el más mínimo detalle, como si estuviera ante un problema
de ajedrez. Planeó bajarse del tren por la noche en una determinada estación,
rodear caminando el vagón inmóvil hasta colocar la cabeza en el extremo de los
topes justo en el momento en el que otro vagón, que iban a acoplar al vagón
inmóvil, iniciara su marcha. Los topes chocarían. Entre ellos estaría su cabeza
inclinada. Estallaría como una burbuja de jabón y se convertiría en aire
iridiscente. Tendría que sostenerse con fuerza en las traviesas y apoyar la
sien firmemente contra el frío metal del tope.
—¿Es que no me oyes? Ya es hora de que llames a cenar.
Ahora era Hugo quien hablaba. Luzhin respondió con una
sonrisa asustada e hizo lo que le decía, abriendo por un momento las puertas de
los compartimientos al pasar, mientras anunciaba rápidamente y a plena voz:
—¡Primera llamada para la cena!
En uno de los compartimientos sus ojos se fijaron
fugazmente en el rostro relleno y amarillento de una anciana que estaba
desempaquetando un bocadillo. Algo en aquel rostro le resultaba familiar.
Mientras rehacía su camino atravesando los distintos compartimientos, no dejaba
de pensar en quién podía ser. Era como si la hubiera visto en un sueño. La
sensación de que su cuerpo estaba a punto de estornudarle el alma en cualquier
momento se hizo más concreta -—en cualquier momento recordaré a quién se parece
esa mujer. Pero cuanto más se esforzaba por recordar, más se le resistía el
recuerdo que parecía esfumarse en la distancia. Cuando llegó al vagón
restaurante se movía con lentitud, la nariz parecía dilatársele y sentía un
espasmo en la garganta que le impedía tragar.
—Al cuerno con ella, vaya estupidez.
Los pasajeros, caminando torpemente y agarrándose a
las barandillas de metal, empezaron a recorrer los pasillos en dirección al
vagón restaurante. En las ventanas oscurecidas empezaban a brillar diferentes
reflejos, aunque todavía se dejaba ver el rayo amarillo del sol poniente. Elena
Luzhin se fijó no sin cierta alarma en que el hombre del traje beige había
esperado a que ella se pusiera en pie para levantarse. Tenía unos desagradables
ojos saltones y vidriosos que parecían llenos de un yodo oscuro. Caminaba por
el pasillo de tal forma que continuamente se tropezaba con ella y la pisaba, y
cuando un brusco movimiento del tren le hacía perder el equilibrio (los vagones
traqueteaban violentamente), él se aclaraba la garganta mordaz como
respondiendo a no sé qué oscuras intenciones. Por alguna razón pensó que tenía
que ser un espía, un confidente, y aunque sabía que era una tontería pensar eso
—después de todo ya no estaba en Rusia— no conseguía quitarse la idea de la
cabeza.
Él dijo algo cuando atravesaron el pasillo del coche
cama. Ella aceleró el paso. Cruzó las placas metálicas traqueteantes que
conectaban con el restaurante, situado a continuación del coche-cama. Y allí,
de repente, en el vestíbulo del vagón restaurante, aquel hombre, con una
especie de ternura brutal, la cogió por el brazo. Ella ahogó un grito y liberó
el brazo de un tirón tan violento que casi la llevó al suelo.
El hombre dijo en alemán con acento extranjero:
«¡Querida!».
Elena torció el gesto intempestivamente. Volvió,
rehizo su camino a través de las planchas metálicas, a través de los distintos
vagones, a través del coche-cama. Se sentía profundamente herida. Prefería no
cenar a tener que enfrentarse con aquel monstruo de zafiedad. «¡Dios sabe por
quién me ha tomado! —pensó— y todo porque llevo carmín de labios».
—¿Qué ocurre? ¿Es que no vas a cenar?
La princesa Ukhtomski tenía un bocadillo de jamón en
la mano.
—No, ya no me apetece. Le ruego me disculpe pero creo
que voy a dormir un poco.
La anciana arqueó las cejas sorprendida, y luego
continuó con su bocadillo.
En cuanto a Elena, apoyó la cabeza en el respaldo e
hizo como si durmiera. Muy pronto cayó en un sopor. De tanto en tanto, su
rostro pálido y cansado se movía en un gesto sorprendido. Su nariz brillaba en
aquellas zonas en las que el maquillaje había desaparecido. La princesa
Ukhtomski encendió un cigarrillo con un filtro larguísimo.
Media hora más tarde el hombre volvió, se sentó
imperturbable en su rincón y se dedicó a limpiarse las muelas con un palillo.
Luego cerró los ojos, jugueteó un rato con las manos, y finalmente se tapó la
cara con la solapa del abrigo que colgaba de un gancho en la pared. Pasó una
media hora y el tren aminoró la marcha. Las luces de un andén pasaron como
espectros a lo largo de las ventanas llenas de niebla. El vagón se detuvo con
un prolongado suspiro de alivio. Se oían diversos ruidos: alguien que tosía en
el compartimiento vecino, pisadas que corrían por el andén de la estación. El
tren se quedó parado un largo rato, mientras que los silbidos nocturnos se
llamaban unos a los otros en la distancia. Luego, dio un respingo y empezó a
moverse.
Elena se despertó. La princesa seguía durmiendo, su
boca abierta una caverna negra. La pareja alemana había desaparecido. El
hombre, con la cabeza cubierta por el abrigo, tenía las piernas completamente
abiertas en una postura grosera.
Elena se lamió los labios, secos, y con preocupación
se pasó la mano por la frente. De repente dio un respingo: no llevaba la
alianza en el dedo anular.
Por un instante se quedó inmóvil contemplando su mano
desnuda. Luego, con el corazón en vilo, empezó a buscarlo apresurada por el
asiento, por el suelo. Miró las rodillas huesudas del hombre.
—¡Dios mío!, claro, debí de dejarla caer cuando iba al
vagón restaurante, cuando luché por liberarme...
Salió corriendo del compartimiento; con los brazos
extendidos, apoyándose en ambos lados del pasillo, conteniendo las lágrimas,
atravesó un vagón, y después otro. Llegó al final del coche-cama, y a través de
la puerta trasera, no vio sino aire, vacío, el cielo nocturno, la oscura cuña
del lecho vacío donde los raíles se perdían en la distancia.
Pensó que se había confundido y había tomado la
dirección equivocada. Llorando, rehizo su camino.
Junto a ella, en la puerta del baño, había una anciana
con un viejo delantal y un brazalete que parecía una enfermera del turno de
noche. Llevaba en la mano un cubo del que sobresalía un cepillo.
—Desengancharon el vagón restaurante —dijo la vieja, y
quién sabe por qué razón, suspiró—. Después de atravesar Colonia, engancharán
otro.
En el vagón restaurante que había quedado atrás bajo
la bóveda de una estación donde debería aguardar a la mañana para volver a
ponerse en camino en dirección a Francia, los camareros limpiaban y recogían
los manteles. Luzhin terminó y se quedó en la puerta abierta a la entrada del
vagón. La estación estaba oscura y desierta. En la distancia lucía una lámpara
como si fuera una estrella húmeda que atravesara una nube gris de humo. El
torrente de raíles brillaba todavía levemente. Seguía sin entender por qué el
rostro de aquella anciana del bocadillo le había trastornado tan profundamente.
Todo lo demás estaba claro, sólo aquel punto concreto permanecía oscuro.
Max, el pelirrojo de nariz afilada, salió a la puerta.
Se puso a barrer el suelo. Se dio cuenta de que había un brillo de oro en una
esquina. Se agachó. Era un anillo. Lo escondió en el bolsillo de su chaleco y
miró furtivamente para asegurarse de que nadie lo había visto. La espalda de
Luzhin seguía inmóvil en la misma puerta. Max sacó el anillo con cuidado; a la
débil luz distinguió una palabra y unos números grabados en el interior. Debe
de ser chino, pensó. En realidad la inscripción decía: «1-VIII-1915, ALEKSEY».
Se volvió a meter el anillo en el bolsillo.
La espalda de Luzhin se movió. Silenciosamente se bajó
del vagón. Caminó en diagonal hasta la próxima vía, con paso tranquilo,
relajado, como si estuviera dando un paseo.
Un tren directo, sin paradas, tronó en su entrada a la
estación. Luzhin fue hasta el borde del andén y bajó de un salto. La pista de
ceniza crujió bajo su peso.
En ese preciso instante, la locomotora lo engulló de
un golpe voraz. Max, totalmente ignorante de lo que acababa de ocurrir, miraba
desde lejos mientras las ventanas iluminadas se sucedían vertiginosamente en
una tira continua.
Ostende, el muelle de piedra, la playa gris, la hilera
distante de hoteles, todo ello rotaba despacio mientras se perdía en la niebla
distante y turquesa de un día de otoño.
El profesor se tapó las piernas con una manta de
cuadros, y la chaise longue crujió con su peso al reclinarse en la
comodidad de la lona. La cubierta color ocre-rojizo estaba atestada de gente, y
sin embargo en silencio. Las calderas palpitaban discretamente.
Una joven inglesa con medias de lana, señalando al
profesor con un movimiento de sus cejas, se dirigió a su hermano que estaba de
pie junto a ella: «Se parece a Sheldon, ¿no crees?».
Sheldon era un actor cómico, un gigante calvo de cara
redonda y fláccida. «Está gozando con la travesía y con el mar», añadió la
joven sotto voce. Y éstas fueron sus últimas palabras: con ellas, me
temo, la chica desaparece del relato.
Su hermano, un estudiante pelirrojo y desgarbado que
volvía a su universidad tras las vacaciones de verano, se quitó la pipa de la
boca y dijo: «Es nuestro profesor de biología. Un tipo estupendo. Tengo que ir
a saludarle». Se acercó al profesor quien, alzando sus pesados párpados,
reconoció en él a uno de sus peores y más diligentes alumnos.
—Va a ser una travesía espléndida —dijo el estudiante,
apretando ligeramente la fría mano que se le tendía.
—Eso espero —contestó el profesor, acariciando sus
grises mejillas con los dedos—. Sí, eso espero —repitió como ponderando sus
palabras—. Eso espero.
El estudiante lanzó una rápida mirada a las dos
maletas que estaban junto a la tumbona. Una de ellas era una digna veterana de
muchos viajes, cubierta con los blancos restos de viejas etiquetas de viaje,
como los excrementos de pájaros sobre un monumento antiguo. La otra
—completamente nueva, color naranja, con cierres brillantes— captó su atención
por alguna extraña razón.
—Déjeme que coloque esa maleta antes de que se caiga
—se ofreció, más que nada por decir algo y seguir con la conversación.
El profesor ahogó una especie de risa. Realmente se
parecía a aquel cómico de sienes plateadas, o más bien, a un boxeador ya
entrado en años...
—¿La maleta, dice usted? ¿Sabe lo que llevo en ella?
—preguntó, con un punto de irritación en su voz—. ¿A que no lo adivina? ¡Un
objeto maravilloso! Una percha especial para colgar abrigos que fabrican los
alemanes...
—¿Un invento alemán, señor? —apuntó el estudiante,
acordándose de que el biólogo acababa de estar en Berlín en un congreso
científico.
El profesor se rió de buena gana con una sonora
risotada, y uno de sus dientes de oro resplandeció como una llama. «Una
invención divina, amigo mío, divina. Algo que todo el mundo necesita. Pero
bueno, usted viaja con el mismo tipo de cosa. ¿No será usted un pólipo?» El
estudiante forzó una sonrisa. Sabía que al profesor le encantaban los chistes
oscuros. El viejo era objeto de muchos chismes en la universidad. Decían que
torturaba a su esposa, una mujer muy joven. El estudiante sólo la había visto
una vez. Una cosa flaca, con unos ojos increíbles. «¿Y cómo está su esposa,
señor?», preguntó el estudiante pelirrojo.
El profesor contestó: «Seré franco con usted, querido
amigo. Me he estado debatiendo conmigo mismo durante algún tiempo, pero ahora
me siento en la obligación de decirle... Querido amigo, me gusta viajar en
silencio. Espero que me perdone».
Y al llegar aquí, el estudiante, silbando de vergüenza
y compartiendo la suerte de su hermana, desaparece por completo de estas
páginas.
El profesor de biología, mientras tanto, se encajó el
sombrero de fieltro negro hasta sus erizadas cejas para protegerse los ojos del
vaivén deslumbrante del mar y se hundió en un sopor semejante al sueño. Los
rayos del sol, que caían en su rostro gris perfectamente rasurado, con su gran
nariz y su potente barbilla, le asemejaban a un busto que acabaran de modelar
de arcilla todavía húmeda. Cada vez que una leve nubecilla de otoño se
interponía cual pantalla contra el sol, el rostro se oscurecía de inmediato, se
secaba, adquiría la frialdad de la piedra. Todo ello era consecuencia del juego
de luces y sombras y no tenía nada que ver con lo que entonces pasaba por su
mente. Si sus pensamientos hubieran podido de verdad hallar algún reflejo en
las facciones de su rostro, la imagen del profesor no habría sido, en verdad,
un espectáculo hermoso. El problema era que había recibido unos días atrás un
informe de un detective privado que había contratado en Londres en el que se le
informaba de que su mujer le había engañado. Una carta interceptada, escrita en
su letra minúscula y familiar, comenzaba así: «Mi querido Jack, todavía estoy
llena de tu último beso». El nombre del profesor no era ciertamente Jack, ése
era el problema. Darse cuenta de ello no le produjo dolor ni sorpresa, ni
siquiera sintió herido su orgullo masculino, sino sencillamente odio, frío y
afilado, como el de un bisturí. Se dio cuenta con absoluta claridad de que iba
a asesinar a su esposa. No tenía la menor duda ni el más mínimo escrúpulo. Sólo
había que concebir el método más ingenioso, el más atroz. Mientras se reclinaba
en la tumbona de cubierta, revisó por centésima vez todos los métodos de
tortura descritos por los viajeros y por los estudiosos medievales. Ninguno de
ellos le parecía lo suficientemente doloroso. En la distancia, en el límite del
resplandor verde, las rocas almibaradas de Dover se estaban materializando y él
todavía no había tomado una decisión. Las máquinas del barco cesaron de rugir:
el vapor quedó en silencio y meciéndose suave con el oleaje, atracó. El
profesor siguió al mozo que llevaba su equipaje a lo largo de la escalerilla.
El oficial de aduanas, después de despachar los objetos cuya importación estaba
prohibida, le pidió que abriera una maleta —la nueva, la de color naranja. El
profesor dio una vuelta a la llave en la cerradura y abrió de golpe la tapa de
piel. Una señora rusa que estaba detrás de él exclamó con un grito: «¡Santo
cielo!», y empezó a reírse nerviosamente. Dos belgas, que parecían escoltar al
profesor, volvieron la cabeza a un lado y alzaron los ojos al cielo. Uno de
ellos se encogió de hombros, el otro lanzó un silbido, mientras que el inglés
se dio la vuelta con indiferencia. El oficial, atónito y sin palabras, miraba
con ojos desorbitados el contenido de la maleta. Todo el mundo se sentía muy
mal, incómodo, un punto horrorizado. El biólogo, con toda su flema, dio su
nombre y mencionó el museo de la universidad. Los rostros circundantes
volvieron a la normalidad. Sólo unas cuantas mujeres se lamentaron cuando
supieron que no se había cometido ningún crimen.
«¿Pero, por qué lo transporta en una maleta?»,
preguntó el aduanero, con un cierto reproche no exento de respeto, mientras con
toda cautela cerraba la maleta y marcaba con tiza un garabato sobre la piel.
«Tenía prisa —dijo el profesor bizqueando fatigado—. No tenía tiempo de andar
montando una jaula. En cualquier caso, se trata de un objeto muy valioso, no es
algo que yo pudiera facturar con el resto del equipaje». Y con andares cansinos
aunque enérgicos, el profesor cruzó hasta el andén de la estación dejando a un
lado a un policía que parecía un juguete del país de Gargantúa. Pero, de
repente, se detuvo como si recordara algo y murmuró para sí con una sonrisa
radiante y feliz. «Ya está... ya lo tengo. Un método de lo más inteligente.» Y
dicho esto lanzó un profundo suspiro de satisfacción y compró dos plátanos, un
paquete de cigarrillos, unos periódicos que parecían sábanas crujientes, y,
unos minutos más tarde, se encontraba en un confortable compartimiento del
Continental Express que a toda velocidad iba dejando atrás el titilante mar,
las rocas blancas y los pastos esmeraldas de Kent.
Eran unos ojos maravillosos, maravillosos de verdad,
con pupilas como manchas de tinta brillante que se hubieran vertido sobre satén
gris perla. Llevaba el pelo corto y era de tono dorado pálido, un exuberante
tocado como de pelusa. Era pequeña, estirada, plana. Llevaba esperando a su
marido desde ayer y estaba segura de que llegaría ese mismo día. Con un vestido
gris escotado y zapatillas de terciopelo, sentada en una otomana azul eléctrico
en el salón, pensando que era una pena que su marido no creyera en los
fantasmas y que despreciara abiertamente al joven médium, un escocés de
pestañas pálidas y delicadas que la visitaba de vez en cuando. Después de todo,
a ella le ocurrían cosas extrañas. Recientemente, mientras dormía, había tenido
una visión de un joven muerto con quien, antes de casarse, había paseado a la
luz del crepúsculo, cuando los frutos de la zarzamora parecen tan pálidos y
blancos. A la mañana siguiente, temblando todavía, le había escrito un borrador
de carta —una carta dirigida a su sueño. En esta carta le había mentido al
pobre Jack. Casi le había olvidado, en verdad; amaba a su insoportable marido
con un amor temeroso pero fiel y, sin embargo, quería enviar un poco de calor a
su querido visitante espectral, para tranquilizarle con unas cuantas palabras
terrenas. La carta había desaparecido misteriosamente de su bloc de
correspondencia, y aquella misma noche soñó con una larga mesa, desde cuyo
fondo emergió de repente Jack, saludándola agradecido. Ahora, por alguna razón,
se sentía incómoda cuando recordaba el sueño, casi como si hubiera engañado a
su marido con un fantasma.
El cuarto de estar tenía una atmósfera cálida y
festiva. En el amplio alféizar de la ventana reposaba un cojín de seda,
amarillo brillante con rayas violetas.
El profesor llegó justo cuando ella acababa de llegar
a la conclusión de que su barco debía de haberse hundido. Al mirar por la
ventana, vio la berlina negra de un taxi, la mano extendida del taxista y los
pesados hombros de su marido que se inclinaba a pagar. Atravesó volando las
habitaciones y trotó en dirección al piso de abajo alzando sus brazos desnudos
y delgados.
El subía hacia ella, encorvado dentro de su enorme
gabán. Detrás de él, un criado llevaba las maletas.
Ella se apretó contra su bufanda de lana mientras,
alegremente y como en broma, jugueteaba con su pierna que lanzaba hacia atrás,
embutida en sus medias grises, y la suspendía en el aire. Él besó su mejilla
cálida. Con una sonrisa amable se desembarazó de su abrazo. «Estoy lleno de
polvo... Espera...», murmuró, sujetándola por las muñecas. Ella frunció el ceño
y echó atrás la cabeza y el pálido fuego de su pelo. El profesor se inclinó y
la besó en los labios con otro amago de sonrisa.
En la cena, empezó a hablar excitado, de forma que la
blanca pechera de su camisa parecía hincharse cuando sacaba pecho y sus
mejillas brillantes no dejaban de moverse, mientras contaba los pormenores de
su breve viaje. Se mostraba alegre con un punto de reserva. Las solapas de seda
circulares de su esmoquin, su mandíbula de buldog, su calva enorme con aquellas
venas de hierro en las sienes,... Todo aquello producía en su mujer una piedad
exquisita: la piedad que siempre sentía porque, mientras él estudiaba las
minucias de la vida, se resistía a entrar en el mundo de ella, donde fluía la
poesía de Walter de la Mare y donde surgían todo tipo de espíritus astrales
infinitamente tiernos.
—Y bien, ¿te han visitado algunos de tus fantasmas
mientras yo he estado fuera? —le preguntó, como si hubiera estado leyendo sus
pensamientos. Ella quería contarle su sueño, la carta, pero de alguna forma se
sentía culpable.
—¿Sabes qué te digo? —siguió él, mientras echaba
azúcar en un poco de ruibarbo rosa—. Tú y tus amigos estáis jugando con fuego.
Pueden ocurrir realmente acontecimientos aterradores. Un médico vienes me contó
el otro día una serie de metamorfosis increíbles. Una mujer, una especie de
histérica de esas que se dedican a predecir la fortuna, se murió, creo que de
un ataque al corazón, y cuando el médico la desvistió (todo eso ocurrió en una
choza en Hungría, a la luz de las velas), se quedó petrificado al ver su
cuerno; estaba completamente cubierto con un brillo rojizo y al tacto resultaba
blando y viscoso y, al examinarlo de cerca, se dio cuenta de que aquel cadáver
tenso y pesado consistía por entero en una serie de bandas estrechas y
circulares de seda, como si hubiera sido vendado meticulosamente por una serie
de cuerdas invisibles, un poco como ese anuncio francés de ruedas de coche, ese
del hombre cuyo cuerpo no son sino neumáticos. Con la diferencia de que en su
caso los neumáticos eran muy estrechos y de color rojizo. Y, mientras el médico
proseguía su observación, el cadáver empezó a deshilvanarse gradualmente como
si fuera un inmenso ovillo de hilo... Su cuerpo era un gusano delgado,
infinito, que se desenrollaba y reptaba, resbalándose por la rendija de la
puerta, mientras que en la cama lo que quedaba era un blanco esqueleto desnudo,
todavía húmedo. Y sin embargo esta mujer había tenido un marido, que en tiempos
la había besado... había besado a aquel gusano.
El profesor se puso una copa de oporto color de caoba
y empezó a tragar el rico líquido, sin quitar sus ojos escrutadores del rostro
de su mujer. Sus hombros gráciles, pálidos se estremecieron.
—No te das cuenta de lo horrible que es eso que me
acabas de contar —dijo agitada—. Así que el fantasma de la mujer desapareció
convirtiéndose en un gusano. Es aterrador...
—-A veces pienso —dijo el profesor, subiéndose los
puños pomposamente y contemplándose las manos— que, en último término, toda mi
ciencia no es más que una ilusión vana, que somos nosotros los que hemos
inventado las leyes de la física, que puede suceder cualquier cosa, insisto:
cualquier cosa. Los que se abandonan a pensamientos semejantes se vuelven
locos...
Ahogó un bostezo, llevándose el puño cerrado a los
labios.
—¿Qué te ha ocurrido, mi amor? —exclamó su mujer con
dulzura—. Nunca habías hablado así... Yo creía que tú lo sabías todo, que
tenías todo controlado...
Por un momento el profesor empezó a mover la nariz
espasmódicamente y se dejó entrever el brillo de un colmillo de oro. Pero muy
pronto su rostro recobró su estado habitual de flaccidez. Se estiró y se
levantó de la mesa.
—No digo más que tonterías —dijo tranquilo y con
cierta ternura—. Estoy cansado, me voy a la cama. No enciendas la luz cuando
vengas. Ven a la cama conmigo... conmigo —repitió como con segundas intenciones
y con cierta ternura, en un tono que hacía tiempo que no utilizaba.
Al quedarse sola en el cuarto de estar volvió a
repetir sus palabras en su interior y éstas resonaron con una cierta ternura.
Llevaba casada con él cinco años y, a pesar del
carácter caprichoso de su marido, de sus frecuentes ataques de celos
injustificados, de sus silencios, de su malhumor, de su incomprensión, ella era
feliz porque lo amaba y tenía piedad por él. Ella, esbelta y blanca, y él,
pesado, calvo, con penachos de lana gris en medio del pecho, componían una
pareja imposible, monstruosa... y sin embargo ella gozaba con sus poco
frecuentes pero enérgicas caricias.
Un crisantemo en su jarrón encima de la repisa de la
chimenea dejó caer unos cuantos pétalos abarquillados con un crujido seco. Ella
dio un respingo y su corazón sufrió una desagradable sacudida al acordarse de
que el aire estaba siempre lleno de fantasmas y que incluso su marido, el
científico, había notado sus terribles apariciones.
Se acordó de cómo Jackie había aparecido desde debajo
de la mesa y había empezado a saludarle con tiernos movimientos de cabeza un
tanto misteriosos. Le parecía que todos los objetos del cuarto la observaban
con expectación. Se quedó helada, como atravesada por una corriente de miedo.
Abandonó el cuarto de estar rápidamente, conteniendo un grito absurdo. Se
serenó y pensó: «Qué tonta soy, de verdad...». En el baño se tomó su tiempo y
se detuvo en examinar cuidadosamente las pupilas relucientes de sus ojos. Su
rostro menudo, enmarcado en una pelusa de oro, le resultó extraño.
Se sentía ligera como una jovencita, cubierta tan sólo
con un camisón de encaje y, tratando de no tropezar con los muebles, entró en
el dormitorio a oscuras. Extendió los brazos para localizar el cabecero de la
cama y tenderse en el borde de la misma. Sabía que no estaba sola, que su
marido estaba tumbado a su lado. Durante unos momentos se quedó inmóvil con la
mirada perdida en el techo, sintiendo el latir violento y escondido de su
corazón.
Cuando sus ojos se acostumbraron a la oscuridad,
acuchillada por los rayos de luna que atravesaban la cortina de gasa, volvió la
cabeza hacia su marido. Estaba tumbado dándole la espalda, envuelto en la
manta. Sólo distinguía su coronilla toda calva, que parecía extraordinariamente
lisa, brillante y también blanca en el charco de la luna.
No está dormido, pensó con cierto cariño. Si lo
estuviera ya habría empezado a roncar, siquiera un poco.
Sonrió y entonces se deslizó hacia su marido con todo
su cuerpo, extendiendo los brazos bajo las sábanas dispuesta al abrazo de
rigor. Sus dedos tocaron unas costillas suaves. Su rodilla chocó contra un
hueso liso. Una calavera, con las cuencas negras de los ojos rotando sin parar,
cayó desde la almohada hasta sus hombros.
La luz eléctrica inundó la habitación. El profesor,
todavía vestido con su esmoquin, con su pechera almidonada, y brillantes sus
ojos y su enorme frente, surgió desde detrás de un biombo y se acercó a la
cama.
En un revoltijo, la manta y las sábanas se deslizaron
hasta la alfombra. Su mujer yacía muerta, abrazada al esqueleto blanco de un
jorobado, montado a toda prisa, que el profesor había adquirido en el
extranjero para el museo de la universidad.
[1] En el original en ruso, lleva por título Nezhits, que designa a
los personajes fantásticos de la literatura rusa, como sirenas, duendes,
brujas, etcétera.
[2] En el original en ruso da su nombre, Leshii, quien, según las
antiguas creencias eslavas, era el espíritu del bosque, hostil con las
personas.
[3] En el original en ruso se presenta como, Vodianoy, nombre por el
que el folklore eslavo conoce al espíritu de las aguas.

