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Libro No. 333. Cuentos. Nabokov, Vladimir.

Guillermo Molina Miranda febrero 02, 2025

 


© Libro No. 333. Cuentos. Nabokov, Vladimir. Colección Emancipación Obrera. Agosto 18  de 2012.

 

Título original: ©. Vladimir Nabokov  . Cuentos

Versión Original: © Vladimir Nabokov          . Cuentos

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

Libros Tauro. http://www.LibrosTauro.com.ar

 

Licencia Creative Commons:

Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los autores

No comercial: No se puede utilizar este trabajo con fines comerciales

No derivados: No se puede alterar, modificar o reconstruir este texto.

 

Portada e Ilustración B. E. O. de Imágen: vladimir2.jpg. arteliteral.com

 

© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Vladimir Nabokov

 

Cuentos

 

Vladimir Nabokov                                                                                                      Cuentos

 

 

Indice

Un cuento de hadas. 5

1. 5

2. 5

3. 8

4. 11

El Elfo Patata. 16

1. 16

2. 17

3. 18

4. 19

5. 21

6. 25

7. 27

8. 29

Cuento de Navidad. 35

Sonidos. 40

Se habla ruso. 51

El puerto. 58

El duende del bosque. 65

Dioses. 69

Batir de alas. 75

1. 75

2. 82

3. 91

Primavera en Fialta. 94

Bachman. 109

Beneficencia. 117

Detalles de una puesta de sol 122

La tormenta. 128

El dragón. 131

Guía de Berlín. 136

1. Las tuberías. 136

2. El tranvía. 136

3. Oficios. 137

4. Edén. 138

5. La taberna. 139

La pelea. 141

Navidad. 146

1. 146

2. 146

3. 148

4. 149

Terror 152

Una carta que nunca llegó a Rusia. 157

Una cuestión de suerte. 160

Venganza. 169

1. 169

2. 171

 


1

¡La fantasía, el vuelo, los arrebatos de la fantasía! Erwin los conocía muy bien. Al tomar el tranvía, procuraba sentarse sobre la mano derecha, para estar tan cerca de la acera como fuera posible. Así, dos veces al día, en su viaje de ida y en su viaje de vuelta de la oficina, Erwin observaba por la ventanilla y seleccionaba su harén. ¡Dichoso Erwin, dichoso por vivir en una ciudad alemana tan conveniente, tan propia de un cuento de hadas!

Durante la mañana, en su viaje de ida, registraba una acera; al atardecer, en su viaje de vuelta, la otra. A una a la ida, a la otra a la vuelta, bañábalas el sol con una luz voluptuosa, ya que también el sol iba y volvía. No olvidemos que Erwin padecía de una timidez tan mórbida que sólo una vez en su vida, incitado por descarados amigotes, había abordado a una mujer, y ella le había respondido, con toda serenidad: "Deberías avergonzarte. Déjame en paz". A partir de tal episodio, había eludido toda conversación con jóvenes desconocidas. A modo de compensación, separado de la calle por el vidrio de la ventanilla, presionando sus costillas con su cartera, con sus raídos pantalones a rayas, con la pierna estirada debajo del asiento de enfrente (si nadie lo ocupaba), Erwin contemplaba, con toda audacia y libertad, a las muchachas de paso, y, súbitamente, se mordía el labio inferior: esto significaba la captura de una nueva concubina; después de lo cual, la dejaba de lado, por así decirlo, y su rápida mirada, saltando como la aguja de una brújula, ya emprendía la búsqueda de la siguiente. Tales bellezas estaban lejos de él, y, por lo tanto, su huraña timidez no afectaba las dulzuras de la libre elección. En cambio, si acaso se sentaba una muchacha en el asiento diagonalmente opuesto al suyo, y un leve sobresalto le indicaba que era bonita, él retraía su pierna, con una evidente hosquedad que no se avenía con su juventud, y le resultaba imposible inventariarla: los huesos de su frente padecían -exactamente sobre las cejas- un agudo dolor provocado por la timidez, tal como si un casco de hierro ciñera vigorosamente sus sienes, impidiéndole alzar los ojos; con qué alivio, luego, la veía levantarse y dirigirse hacia la salida. Entonces, con fingida distracción, él observaba (él, el desvergonzado Erwin) las espaldas que se alejaban, devoraba ávidamente la nuca adorable y las pantorrillas cubiertas por medias de seda, y así, finalmente, la incorporaba a su harén. La pierna recuperaba su sitio, la acera volvía a circular detrás de la ventanilla, y, una vez más, apoyándose contra el vidrio en que traslucía, aplastada, su nariz delgada y pálida, Erwin se dedicaba a recoger esclavas. ¡Así es la fantasía, el vuelo, los arrebatos de la fantasía!

2

Un sábado, en un frívolo atardecer de mayo, Erwin estaba sentado ante una mesa, en la acera de un café. Observaba, a la apresurada multitud, y, cada tanto, su incisivo mordíale fugazmente el labio. Tintes rosados coloreaban el cielo, y, mientras crecía el crepúsculo, las luces de la calle y los anuncios de los negocios despedían un fulgor sobrenatural. Una muchacha, anémica pero bonita, pregonaba las primeras lilas. El fonógrafo del café, adecuadamente, irradiaba el Aria de la Flor, de Fausto.

Una mujer madura, vestida con un traje sastre negro, se abrió paso, meneando las caderas con pesadez, aunque no sin gracia, entre las mesas. No había ninguna libre. Finalmente, apoyó una mano, ceñida por un guante negro y brilloso, sobre el respaldo de la silla vacía que había frente a Erwin.

-¿Me permite? -sus ojos, desde el velo corto de su sombrero de terciopelo, lo interrogaron con gravedad.

-Sí, naturalmente -respondió Erwin, y se incorporó, saludándola con una leve inclinación. La presencia de esas mujeres sólidas, con pómulos de corte masculino, recubiertos con espeso maquillaje, no lo perturbaba.

La mesa recibió el resuelto impacto de la enorme cartera de la mujer, que ordenó una taza de café y una porción de tarta de manzana. Su voz profunda era algo áspera, aunque agradable.

Las tinieblas invadieron el vasto cielo tiznado de rosa. Crujió un tranvía que pasaba, y sus luces inundaron el asfalto con sus lágrimas radiantes. Desfilaron bellezas con faldas cortas, seguidas por la mirada de Erwin.

"Quiero ésta", pensó, mordiéndose el labio inferior. "Y aquélla, también".

-Creo que podríamos solucionarlo -dijo la mujer que tenía frente a él, con esa misma voz, ronca y severa, con que se había dirigido al mozo.

Poco faltó para que Erwin se cayera de espaldas. La dama le ofreció una mirada intensa, mientras se quitaba un guante para sorber su café. Sus ojos, maquillados, ostentaban un fulgor duro y helado, suntuoso como el de las joyas falsas. Debajo de ellos, se abultaban gruesas ojeras y -algo muy poco frecuente en las mujeres, aun cuando tengan cierta edad- asomaban pelos por las ventanas de su nariz felina. Al quitarse el guante, descubrió una mano grande y arrugada, prolongada en uñas largas, hermosas y convexas.

-No te sorprendas -lo contuvo, con una torcida sonrisa. Ahogó un bostezo y añadió-: En realidad, yo soy el Diablo.

Erwin, tímido e ingenuo, creyó que sólo era un modo de decir, pero la dama, bajando la voz, prosiguió de este modo:

-Los que me imaginan con cuernos y una gruesa cola cometen un gran error. Sólo una vez aparecí bajo esa forma, ante un imbécil bizantino, y te aseguro que no me explico por qué tuvo tanto éxito. Nazco tres o cuatro veces cada doscientos años. Hacia 1870, hace cosa de medio siglo, me enterraron, con ceremonias muy pintorescas y gran derramamiento de sangre, en una colina que se yergue ante un grupo de aldeas africanas que habían sido mi reino. Ese período fue un descanso que me tomé después de encarnaciones mas rigurosas. Ahora, soy una mujer alemana cuyo último esposo (creo que tuve tres en total) era de origen francés: un tal profesor Monde. En los últimos años, propicié el suicidio de varios hombres jóvenes, incité a un famoso artista a copiar y multiplicar la imagen de Westminster Abbey que adorna los billetes de una libra, incité a un virtuoso padre de familia... Aunque, en verdad, no hay nada de qué jactarse. Han sido peripecias de escaso interés, y ya estoy harta.

Engulló su porción de tarta, y Erwin, murmurando algo, buscó su sombrero, que había caído al suelo, para recogerlo.

-No, no te vayas aún -dijo Frau Monde, llamando, simultáneamente, al mozo-. Te estoy haciendo una oferta. Te ofrezco un harén. Y, si tienes dudas con respecto a mis poderes... ¿Ves a ese anciano con anteojos de carey que cruza la calle? Hagamos que lo golpee un tranvía.

Erwin, con ojos vacilantes, observó la calle. Al llegar a los rieles, el anciano extrajo su pañuelo, dispuesto a estornudar. En ese instante, chirrió velozmente un tranvía, que pasó y siguió de largo. Desde ambos lados de la avenida, la gente se precipitó hacia los rieles. El anciano, sin anteojos y sin pañuelo, estaba sentado sobre el asfalto. Alguien lo ayudó a incorporarse. Se levantó, meneando la cabeza con timidez, sacudiéndose las mangas con las palmas de ambas manos, y estirando una pierna para comprobar su estado.

-Dije "que lo golpee" y no "que lo atropelle", cosa que bien pude haber dicho -señaló, fríamente, Frau Monde, introduciendo un grueso cigarrillo en una boquilla esmaltada-. Se trata, en todo caso, de un ejemplo.

Por la nariz dejó escapar dos columnas de humo grisáceo y, nuevamente, fijó sus duros ojos brillosos en el rostro de Erwin.

-Me gustaste enseguida. Esa timidez, esa imaginación audaz. Me hiciste recordar a un monje joven, ingenuo, aunque espléndidamente dotado, que conocí en Toscana. Esta es mi penúltima noche. Ser mujer tiene cierto interés, pero ser una mujer avejentada es infernal, si disculpas la expresión. Además, el otro día cometí una diablura tal (de la cual no tardarás en enterarte, a través del periódico) que es mejor que deje esta vida. Planeo nacer el martes que viene, en otro lugar. Esa mujerzuela de Siberia que he escogido será la madre de un hombre excepcional, monstruoso.

-Ya veo -dijo Erwin.

-Bien, muchacho -prosiguió Frau Monde, atacando su segunda porción de pastel-. Quisiera disfrutar, antes de partir, de alguna diversión inocente. Esto es lo que sugiero: mañana, desde el mediodía hasta la medianoche, puedes seleccionar, de acuerdo con tu método de costumbre -con pesado humor, Frau Monde se chupó el labio inferior con suculencia-, a cada muchacha que se te ocurra. Antes de mi partida, las tendré reunidas, a tu completa disposición. Las mantendrás contigo hasta que, las hayas gozado a todas. ¿Qué te parece, amico?

Bajó Erwin la mirada, y repuso suavemente:

-Si es cierto, me causaría una gran felicidad.

-Perfecto, entonces -dijo ella, y lamió el resto de crema batida que había en su cuchara-. Perfecto. Debemos establecer, sin embargo, una condición. No, no se trata de lo que piensas. Como te conté, ya he dispuesto mi próxima encarnación. No tengo interés en tu alma. La condición es la siguiente: el total de tus elecciones, entre el mediodía y la medianoche, debe ser un número impar. Es esencial y definitivo. De otro modo, nada podré hacer por ti.

Se aclaró Erwin la garganta, y, casi en un susurro, preguntó:

-Pero ¿cómo sabré? Supongamos que elijo una... ¿Qué ocurre en ese caso?

-Nada -respondió Frau Monde-. Tus sentimientos, tus deseos, ya entrañan una orden. De todos modos, para que estés seguro de que se cumple el trato, te haré dar, cada vez, una señal: una sonrisa, no necesariamente dirigida a ti, una palabra dicha por alguien al pasar, una súbita mancha de color, algo por el estilo. No te preocupes, lo sabrás.

-Y... y... -murmuró Erwin, mientras sus pies se agitaban bajo la mesa- ¿dónde va a ocurrir... todo? Sólo dispongo de un cuarto pequeño.

-Tampoco te preocupes por eso -dijo Frau Monde, y se levantó, haciendo crujir su corsé-. Ahora, sería mejor que te fueras a casa. Un buen descanso por la noche nunca viene mal. Te acercaré.

En el taxi descubierto, mientras el viento silbaba, entre el cielo estrellado y el asfalto resplandeciente, el pobre Erwin vivía una profunda exaltación. Frau Monde sentábase muy erguida, sus piernas cruzadas formaban un ángulo pronunciado, y las luces de la ciudad reverberaban en sus ojos, semejantes al rubí.

-Llegamos a tu casa -declaró, palmeando el hombro de Erwin-. Au revoir.

3

La cerveza negra, mezclada con brandy, provoca sueños disparatados. Tal fue la reflexión de Erwin cuando despertó a la mañana siguiente: debía haberse emborrachado y su charla con esa mujer no era sino un desvarío de su imaginación. Este giro retórico es frecuente en los cuentos de hadas; como en los cuentos de hadas, nuestro joven amigo no tardó en comprobar su error.

Salió al mediodía, en el preciso instante en que el reloj de la iglesia emprendía la ardua tarea de dar las doce. Exultantes, también repicaron las campanas dominicales, y una dulce brisa acarició las lilas persas que rodeaban el baño público del pequeño parque cercano a su casa. Las palomas se erguían sobre un viejo Herzog de piedra, o bien invadían el arenero donde niños en cuclillas cavaban con palas de juguete o jugaban con trenes de madera. El viento agitaba las hojas rutilantes de los tilos, cuyas sombras puntiagudas herían, trémulas, el sendero de grava, y, trepándose ágilmente a los pantalones o a las faldas de los transeúntes, corrían hacia sus hombros o sus rostros para dispersarse sobre ellos y deslizarse una vez más hasta el suelo, donde aguardaban, moviéndose apenas, a otro que las llevara. En este matizado escenario, descubrió Erwin a una muchacha vestida de blanco que, inclinada, acariciaba con dos dedos a un cachorro rechoncho y peludo, que tenía verrugas en el vientre. Al bajar la cabeza, ella reveló su nuca, la prominencia de sus vértebras, su esbelta lozanía, el tierno surco que le dividía la espalda; el sol, a través de las hojas, hirió con rubios destellos su pelo castaño. Ella se incorporó a medias, sin dejar de jugar con el cachorro, y dio varias palmadas en el aire. El animalito rodó por la grava, se alejó unos pasos y cayó de lado. Sentóse Erwin en un banco y observó, tímida, ávidamente, el rostro de la muchacha.

La vio con tal claridad, con una fuerza de percepción tan perfecta y penetrante, que, al parecer, ningún otro detalle sobre sus rasgos le hubiera deparado años de previa intimidad. Advirtió en cada crispación (le sus pálidos labios la aparente repetición de cada suave movimiento del perrito; sospechó en sus pestañas vivaces parte del fulgor que emitían sus ojos radiantes; aunque lo más encantador era, acaso, la curva de su mejilla que ahora veía casi de perfil; por supuesto, las palabras no podían describir la delicia de ese trazo perfecto. Mostrando sus hermosas piernas, ella echó a correr, y el cachorro la siguió a los tropezones, tal como tina pelota de lana. Súbitamente Erwin recordó sus milagrosos poderes; contuvo el aliento y aguardó la señal prometida. La muchacha volvió entonces la cabeza y dirigió una sonrisa a esa pequeña criatura rechoncha que corría dificultosamente a su zaga.

-Número uno -díjose a sí mismo Erwin, con complacencia inusual, y abandonó el banco.

Avanzó por el sendero de grava, arrastrando los pasos; calzaba unos zapatos chillones, color amarillo rojizo, que sólo usaba los domingos. Dejó el oasis de ese parque diminuto para dirigirse al Boulevard Amadeus. ¿Estaban sus ojos al acecho? Claro que sí. Pero, probablemente a causa de la impresión que le había causado la muchacha vestida de blanco, más honda que cualquier otra que recordara su memoria, una mancha borrosa danzaba ante sus ojos, impidiéndole un nuevo hallazgo. Esa mancha, sin embargo, no tardó en disolverse, y, cerca de una columna con paneles de vidrio donde se exhibían los horarios del tranvía, observó nuestro amigo a dos damas jóvenes -hermanas, o aun mellizas, a juzgar por su asombrosa semejanza- que discutían sobre el recorrido de una línea con voz vibrante y entusiasta. Ambas eran pequeñas y delgadas, con vestidos de seda negra, con ojos provocadores, con los labios pintados.

-Este es el tranvía que debes tomar -insistía una de ellas.

-Las dos, por favor -apresuróse a pedir Erwin.

-Sí, por supuesto, -dijo la otra, respondiéndole a su hermana.

Erwin continuó recorriendo el boulevard. Conocía cada calle elegante donde hallar las mejores posibilidades.

-Tres -díjose a sí mismo-. Número impar. Hasta ahora perfecto. Y si ya fuera medianoche...

Ella descendía, balanceando la cartera, los escalones del Leilla, uno de los mejores hoteles locales. Su acompañante, robusto, de barbilla azulada, se demoró para encender un cigarro. La mujer era adorable; no usaba sombrero; del pelo rizado le pendía sobre la frente un flequillo que le daba el aspecto de un muchacho que actúa en el papel de damisela. Mientras caminaba (ya cuidadosamente escoltada por nuestro ridículo rival) Erwin advirtió, simultáneamente, la rosa color carmesí que le adornaba la solapa y un anuncio expuesto sobre un cartel: un turco de bigotes rubios, la palabra "¡Sí!" en letra grande y, debajo, en caracteres más pequeños, "Sólo fumo la Rosa del Oriente". Sumaban cuatro, divisible por dos, y Erwin quiso apresurarse a volver a una cifra impar. En un callejón, fuera del boulevard, había un restaurante barato al que solía acudir los domingos, harto de la comida de la mujer que lo hospedaba. Entre las muchachas que una u otra vez había escogido, hallábase una criada que trabajaba en dicho lugar. Entró y ordenó su plato favorito: morcilla y Sauerkraut. Su mesa estaba próxima al teléfono. Un señor con bombín marcó un número y comenzó a farfullar con tanto entusiasmo como un sabueso que acaba de hallar el rastro de una liebre. La mirada de Erwin solicitó el mostrador, y descubrió a la muchacha que, antes, ya viera tres o cuatro veces. Con sus pecas, era bella sin estridencias, si es que la belleza puede ser pelirroja y vulgar. Cuando alzó los brazos desnudos para ubicar los vasos de cerveza recién lavados, Erwin vio el vello rojo de las axilas.

-Muy bien, muy bien -ladró el señor al tubo telefónico.

Con un suspiro de alivio que culminó en vómito, abandonó Erwin el restaurante. Sentíase pesado, necesitaba una siesta. A decir verdad, los zapatos nuevos mordían como cangrejos. Había cambiado el tiempo, tornándose sofocante. Nubarrones en forma de cúpula crecían, acumulándose, en el cielo cálido. Se vaciaron las calles. Las casas parecían abrumadas por los bostezos de la siesta del domingo. Erwin trepó a un tranvía.

El tranvía avanzó, rechinando. El pálido rostro de Erwin, perlado de sudor, procuró la ventanilla, pero no había muchachas en la calle. Descubrió, mientras pagaba su pasaje, a una mujer, sentada en el otro extremo del pasillo, de espaldas a él. Usaba un sombrero de terciopelo negro y un vestido liviano ornado con crisantemos entrelazados contra un fondo color malva, semitransparente, que delataba los breteles de su combinación. El porte escultural de la mujer incitó a Erwin a observar su rostro. Cuando el sombrero de terciopelo se movió y, como una nave negra, comenzó a girar, él apartó, como de costumbre, los ojos, y fingió contemplar distraídamente sus propias uñas, a un joven sentado frente a él, a un hombrecito de rojas mejillas que bostezaba en la parte trasera del coche; así, fijado el punto de partida que le permitiera proseguir con sus observaciones, dirigió Erwin su mirada casual hacia la dama, que ahora volvía los ojos hacia él. Era Frau Monde. El calor cruzaba su rostro, grande y envejecido, con manchas rojizas; sus cejas masculinas enmarcaban sus ojos penetrantes una sonrisa levemente sardónica contraía las comisuras de sus labios apretados.

-Buenas tardes -lo saludó, con un ronco susurro-. Ven, siéntate conmigo. Ahora podemos charlar un poco. ¿Cómo van las cosas?

-Sólo cinco -respondió Erwin, un tanto incómodo.

-Excelente. Cifra impar. Te aconsejaría que te detuvieras allí. Y, a medianoche.. . . ¡ah, sí, creo que no te avisé. A medianoche debes ir a la calle Hoffmann. ¿Sabes dónde queda? Fíjate entre el Nº 12 y el Nº 14. El terreno baldío que hay allí será reemplazado por una villa con jardín amurallado. Las muchachas que hayas elegido estarán esperándote, echadas sobre alfombras y almohadones. Te encontraré en la puerta del jardín, aunque se entiende -añadió con una sonrisa artera- que no he de entrometerme. ¿Recordarás la dirección? Un farol nuevo iluminará la puerta desde la calle.

-Ah, una cosa -dijo Erwín, haciéndose de coraje-. Al principio, que estén vestidas, quiero decir, que tengan el mismo aspecto que cuando las elegí... y que estén muy alegres y obsequiosas.

-Bueno, naturalmente -ella respondió-. Todo será tal como lo deseas, ya me lo aclares o no. Si no, no tenía sentido alguno empezar con este asunto n'est-ce pas? Sin embargo, muchacho, confiesa que estuviste a punto de incluirme en tu harén. No, no temas, no me burlo de ti. Bueno, aquí debes bajarte. Ha sido, realmente, un gran día. Cinco está bien. Te veo poco después de medianoche, ¡ja, ja!

4

Al llegar a su cuarto, Erwin se quitó los zapatos y se estiró en la cama. Se despertó al anochecer. Desde el fonógrafo de un vecino, un melifluo tenor aullaba, a todo volumen: "Quiero ser feliiiz..."

Erwin se dedicó a recordar: "La Número Uno, la Doncella de Blanco, es la más inexperta de todas. Acaso me apresuré un poco. En fin, no le hace. Luego, las Mellizas de la columna. Criaturas alegres y pintarrajeadas. Con ellas estoy seguro de pasarla bien. Luego la Número Cuatro, Leilla la Rosa, parecida a un muchacho. Esa, creo, es la mejor. Y, finalmente, la Zorra de la cervecería. Tampoco está mal. Pero sólo cinco. ¡No es mucho que digamos!"

Por un rato, permaneció tendido, con la nuca sobre las manos, escuchando al tenor, que insistía en querer ser feliz.

"Cinco. No, es absurdo. Qué lástima que no sea lunes por la mañana: esas tres vendedoras, el otro día... Ah, hay tantas bellezas que esperan ser descubiertas! Y siempre puedo pescar, a último momento, alguna que pasee por la calle.

Calzó los zapatos que usaba habitualmente, cepillóse el cabello y se fue.

Hacia las nueve, ya contaba con dos más. A una, la había visto en un café, donde había entrado por un sandwich y dos tragos de ginebra holandesa. Ella hablaba animadamente con su compañero, un extranjero que se acariciaba la barba, en un idioma incomprensible (ruso o polaco); era de ojos ligeramente oblicuos, de nariz delgada y aguileña, que se arrugaba cuando ella reía; exponía sus hermosas piernas hasta la rodilla. Mientras Erwin observaba sus gestos apresurados, su modo incontenible de arrojar sobre la mesa las cenizas del cigarrillo, una palabra en alemán se abrió, como una ventana, en su lenguaje eslavo y esta palabra casual (offenbar) fue el signo "evidente". La otra muchacha, el número siete de la lista, surgió en la entrada, de estilo chino, de un pequeño parque de diversiones. Vestía una blusa escarlata y una falda verde, y su cuello desnudo, se hinchaba mientras profería alegres alaridos, tratando de apartar a dos muchachones tontos, que la aferraban por las caderas para que los acompañara.

-¡Quiero ir, quiero ir! -finalmente gritó, y se la llevaron.

Linternas de papel de varios colores alegraban el lugar. Algo semejante a un trineo se arrojó, mientras sus pasajeros gritaban, por un riel en serpentina, desapareció tras las arcadas angulares del escenario medieval, y se sumergió en un nuevo abismo, en medio de nuevos aullidos. Dentro de un cobertizo, cuatro muchachas montaban sendos asientos de bicicleta (no había ruedas; sólo el armazón, los pedales y el manubrio) vestidas con sweaters y shorts (uno rojo, uno azul, uno verde y uno amarillo). Sus piernas desnudas trabajaban afanosamente. Sobre ellas colgaba un indicador en el que se agitaban cuatro agujas (una roja, una azul, una verde y una amarilla). Al principio, vencía la azul; luego la pasó la verde. Un hombre con un silbato estaba a su lado, recogiendo las monedas de los pocos tontos que deseaban apostar. Contempló Erwin esas piernas magníficas, desnudas casi hasta las ingles, que pedaleaban con vigor entusiasta.

"Han de ser bailarinas estupendas", pensó. "Podría hacerme cargo de las cuatro".

Obedientes, las agujas volvieron a unirse y se pararon.

-¡Empate! -gritó el hombre del silbato-. ¡Un final sensacional!

Erwin bebió un vaso de limonada, consultó su reloj, y buscó la salida.

-Las once, y once mujeres. Creo que bastará.

Entrecerró los ojos al imaginar los placeres que lo aguardaban. Se felicitó por haberse acordado de ponerse ropa interior limpia.

"Frau Monde lo dijo con toda astucia", reflexionó Erwin. "Por supuesto que va a espiar. ¿Y por qué no? Le agregará cierto sabor".

Caminaba con la vista- gacha, meneando su cabeza con deleite, y sólo cada tanto alzaba los ojos para comprobar los nombres de las calles. Sabía que la calle Hoffmann estaba lejos, pero aún le quedaba una hora, de modo que no había razón para apresurarse. Tal como la noche anterior, poblóse de estrellas el cielo y brilló d asfalto como el agua serena, reflejando y alargando las mágicas luces de la ciudad. Pasó ante un cine importante, cuyos fulgores inundaron la calle, y, en la próxima esquina, una carcajada, breve e infantil, llamó su atención.

Vio ante él a un hombre alto, entrado en años, con un traje de noche, a cuyo lado caminaba una muchacha muy joven -una niña de catorce años, con vestido de fiesta negro, muy escotado-. Toda la ciudad conocía a ese hombre, por sus retratos. Era un poeta famoso, un cisne senil, que vivía, solo, en un lejano suburbio. Caminaba con una especie de hastiada elegancia; sus cabellos, cuyo color era el del algodón sucio, cubrían sus orejas, asomando desde el sombrero de felpa. Un botón, sobre el triángulo de su camisa almidonada, reflejó la luz de un farol, y su nariz, larga y huesuda, arrojó la cuña de una sombra sobre sus finos labios. En ese preciso instante, la trémula mirada de Erwin se detuvo en el rostro de la niña que acompañaba al poeta; había algo extraño en ese rostro, algo extraño en la mirada inquieta de sus ojos, excesivamente brillosos, y, de no tratarse de una niña -sin duda, la nieta del anciano- podía sospecharse el rouge en sus labios. Caminaba ella meneando sus caderas muy, muy levemente, con las piernas muy juntas, y le preguntaba algo a su acompañante, con voz cantarina; si bien nada ordenó Erwin mentalmente, pudo saber que su deseo sutil se había cumplido.

-Por supuesto, por supuesto -respondió el anciano, condescendiente, inclinándose hacia la niña.

Se fueron. Erwin olfateó el aroma de un perfume. Miró hacia atrás y luego prosiguió.

"¡Alto, cuidado!", repentinamente meditó, cuando cayó en la cuenta de que así sumaba doce, número par: "Debo encontrar otra, en media hora".

Lo molestó un poco continuar la búsqueda, pero, al mismo tiempo, lo halagó esta nueva oportunidad.

"Recogeré una en el camino", se dijo, sofocando un asomo de pánico. "¡Estoy seguro!"

-¡Acaso sea la mejor! -señaló en alta voz, mientras observaba la noche iluminada.

Minutos más tarde, lo sorprendió esa contracción, familiar y deliciosa, ese estremecimiento en el plexo solar. Con pasos leves, veloces, caminaba, frente a él, una mujer. Sólo la vio de espaldas; difícilmente habría podido explicar qué lo indujo, con tal rigor, a alcanzarla precisamente a ella, para observar su rostro. Podrían hallarse, naturalmente, palabras ocasionales que describieran su porte, el movimiento de sus hombros, la silueta de su sombrero, pero ¿de qué valdría? Algo más importante que los contornos visibles, una especie de atmósfera especial, un etéreo entusiasmo, urgieron a Erwin. Marchaba rápidamente, pero no podía alcanzarla; los húmedos reflejos de luz vacilaban ante él; ella prosiguió con paso firme, y su sombra negra se elevaba al caer en el halo de luz de un farol, deslizándose por la pared, y doblando en sus bordes para desaparecer.

-Caramba, debo ver su rostro -musitó Erwin-, y el tiempo vuela.

Olvidóse del tiempo. Esa extraña persecución nocturna lo embriagó. Pudo, finalmente, alcanzarla, y avanzó sin poco más, pero le faltó coraje para darse vuelta y mirarla; se limitó a aflojar el paso y ella, a su vez, lo pasó, sin darle tiempo a alzar los ojos. Nuevamente la tuvo delante de él, a diez pasos de distancia, y supo , entonces sin ver el rostro de ella, que era su presa principal.

Las calles estallaban con sus luces de color, se desvanecían volvían a relumbrar; cruzaron una plaza, un espacio de bruñida tiniebla, y luego, con un leve chasquido de su zapato de taco alto, la mujer recuperó la acera, siempre perseguida por Erwin, perplejo, desencajado, vencido por el vértigo de las borrosas luces, de la húmeda noche, de la persecución.

¿Qué lo incitaba? Ni su modo de caminar, ni sus formas, sino algo más: un hechizo sobrecogedor, como si un halo de tensa luz la envolviera, tan sólo mera fantasía, acaso el vuelo, los arrebatos de la fantasía, o, acaso, eso que, con un golpe único, divino, trastorna toda la vida de un hombre. Nada sabía Erwin, salvo que debía apresurarse, sobre piedras y asfalto, a los que la noche iridiscente parecía quitar consistencia.

Los árboles, los tilos primaverales, sé unieron a la caza: avanzaron, desde todas partes, susurrando, abrumándolo con su múltiple presencia; los pequeños corazones de sus sombras se enredaban al pie de cada farol, y su aroma, pegajoso y delicado, renovó sus fuerzas.

Nuevamente, Erwin la alcanzó. Un paso más, y estaría a su lado. Ella, abruptamente, se detuvo ante un portón, y extrajo unas llaves de su cartera. Erwin la abordó con tal ímpetu que poco le faltó para tropezar con ella. Ella se volvió hacia él: la luz de un farol se filtró entre hojas de esmeralda y Erwin pudo ver a la muchacha que, esa mañana, jugaba con el cachorro negro y lanudo en el sendero del parque; la recordó de inmediato, y de inmediato comprendió todo su encanto, su tierna calidez, su irresistible fascinación.

Quedóse mirándola, con una sonrisa lamentable.

-Deberías avergonzarte -le dijo ella con toda serenidad-. Déjame en paz.

El portón se abrió y se cerró secamente. Erwin permaneció allí, bajo el susurro de los tilos. Miró a su alrededor, y no supo adónde ir. A poca distancia, vio dos burbujas ardientes: un automóvil detenido. Se acercó y palmeó el hombro del chauffeur, inmóvil, semejante a un muñeco.

-¿En qué calle estamos? Me perdí.

-En la calle Hoffmann -respondió el muñeco con sequedad.

Una voz ronca, calma, familiar, habló desde las honduras del automóvil.

-Hola. Soy yo.

Erwin apoyó una mano en la puerta del auto, y apenas atinó a responder.

-Estoy muerta de aburrimiento -declaró la voz-. Estoy esperando a mi amante. El trae el veneno. Al amanecer, ambos moriremos. ¿Cómo estás tú?

-Número par -dijo Erwin, abriendo, con su dedo, un surco en el polvo de la puerta.

-Sí, ya sé -respondió Frau Monde, serenamente-. La número trece resultó ser la número uno. Lo arruinaste iodo.

-Una lástima -dijo Erwin.

-Una lástima -repitió ella, y bostezó.

Erwin se inclinó, besó el largo guante negro, que culminaba en cinco dedos abiertos, y, con un leve carraspeo, volvió a la oscuridad. Caminó con pesadez; le dolían las piernas, lo agobiaba saber que al día siguiente era lunes y que sería arduo levantarse.


1.

En realidad se llamaba Frederic Dobson. A su amigo el prestidigitador, solía contarle en los siguientes términos la historia de su vida:-No había nadie en Bristol que no conociera a Dobson, el sastre infantil. Yo soy su hijo, y estoy orgulloso de serlo por pura obstinación. Debes saber que bebía como una esponja. En algún momento en torno a 1900, unos meses antes de que yo naciera, mi querido padre, empapado en alcohol, armó uno de esos ángeles de cera, ya sabes cuáles, con traje de marinero y el primer pantalón largo... y luego se lo puso a mi madre en la cama. Fue un milagro que la pobre no abortara en aquel momento. Como imaginarás, todo esto lo sé de segunda mano, porque me lo han contado... ahora bien, si mis confidentes no me han mentido, en ese hecho banal radica la razón secreta de que yo sea…Y al llegar a este punto, Fred Dobson alzaba sus manos diminutas en un gesto bienintencionado pero también triste. El prestidigitador se agachaba entonces y cogía en brazos a Fred como si fuera un niño pequeño, y, suspirando, lo colocaba en la parte superior de un armario, desde donde el pequeño enano achaparrado se encogía y empezaba a gimotear y a estornudar suavemente.

Tenía veinte años y no llegaba a los cuarenta kilos de peso, y sólo superaba en unos centímetros al famoso enano suizo, Zimmermann (llamado Príncipe Baltasar). Como el amigo Zimmermann, Fred era bastante fornido, y de no ser por aquellas arrugas de su frente y por las incipientes patas de gallo de sus ojos, así como por una especie de tensión misteriosa que emanaba de su figura (como si se resistiera a crecer), nuestro enano bien pudiera haberse hecho pasar por un niño de ocho años de lo más encantador. Llevaba brillantina en el pelo, que tenía color de paja húmeda, y se lo peinaba liso hacia atrás, con raya en medio, que ocupaba exactamente la línea media de su cabeza, y se prolongaba con astucia hasta la coronilla. Fred caminaba con agilidad, tenía un porte apuesto y bailaba bastante bien, pero su primer manager consideró apropiado que el apelativo de «elfo» fuera acompañado de un epíteto cómico al observar la gran nariz que el enano había heredado de su travieso y pletórico padre.

El Elfo Patata, sólo por su aspecto, despertaba una tormenta de aplausos y de risa a lo largo y ancho de Inglaterra, y también en las principales ciudades del continente. Se diferenciaba de la mayoría de los enanos en que tenía un carácter suave y amigable. Le cogió un cariño inmenso al minúsculo pony Copo de Nieve, sobre el que trotaba diligentemente en torno a la pista de un circo danés y, en Viena, conquistó el corazón de un gigante estúpido y taciturno oriundo de Omsk nada más verle, por el sencillo procedimiento de correr hasta él y pedirle, como un niño le pide a su aya, que le cogiera en brazos.

No acostumbraba a actuar en solitario. Por ejemplo, en Viena, se presentó junto con el gigante ruso y se limitó a pasear su diminuta figura en torno al gigante, vestido con sus pantalones de rayas, una elegante chaqueta, y un voluminoso rollo de música bajo el brazo. Él era el encargado de traerle al gigante su guitarra. El gigante se erguía como una estatua impresionante y cogía el instrumento como si fuera un autómata. Un largo chaqué que parecía de ébano, junto con unos tacones y una chistera en la que brillaban los reflejos de las columnas acrecentaban la estatura de este imponente siberiano de ciento sesenta kilos. Estiraba su mandíbula poderosa y empezaba a tocar, pulsando a duras penas las cuerdas con un solo dedo. Entre bastidores se quejaba de que padecía mareos, como una mujer. Fred se hizo muy amigo suyo e incluso derramó algunas lágrimas cuando tuvieron que separarse, porque se acostumbraba muy rápidamente a la gente. Su vida, como la de un caballo de circo, no dejaba de dar vueltas y más vueltas con la más plácida de las monotonías. Un día, en la oscuridad de los bastidores, se tropezó con un cubo de pintura y se deslizó dentro del mismo, y volvía este suceso una y otra vez, recordándolo siempre como un acontecimiento extraordinario.

Y de esta manera, el enano viajó por casi toda Europa y ahorró algo de dinero y cantó con una voz argentina como de castrato, y en los teatros de variedades alemanes la audiencia comía grandes bocadillos y nueces dulces y en los españoles, caramelos de violeta y también dulces. El mundo le resultaba invisible. En su memoria sólo había un único abismo, siempre el mismo, que se reía ante su presencia y sus juegos, y después, cuando la actuación había terminado, el eco suave y ensoñador de la noche fría que al salir del teatro parece siempre de un profundo azul.

Al volver a Londres encontró una nueva pareja artística en la de Shock, el prestidigitador. Shock hablaba melodiosamente tenía unas manos delgadas, pálidas, virtualmente etéreas, y un mechón de pelo castaño que le cubría un ojo. Parecía más un poeta que un mago y demostraba sus habilidades con una especie de melancolía tierna y elegante, sin un ápice de esa charlatanería rebuscada característica de sus compañeros de profesión. El enano le *** divertido y, al final de cada actuación, siempre acababa en el gallinero con una exclamación de alegría contenida, a pesar de que todo el mundo había sido testigo de cómo, un minuto antes, Shock lo había encerrado en una caja negra en mitad del escenario.

Todo esto ocurría en uno de esos teatros de Londres donde hay acróbatas que se elevan por los aires entre el temblor y el fulos trapecios y donde un tenor extranjero (un fracasado en su país) canta barcarolas, y donde hay un ventrílocuo con uniforme de marino, y ciclistas, y un inevitable payaso excéntrico que camina arrastrando los pies por la escena con un minúsculo sombrero y un chaleco que le llega hasta las rodillas.

2.

En los últimos tiempos, Fred se había vuelto melancólico estornudaba mucho, en silencio y con tristeza, como un perro de aguas japonés. Aunque no había experimentado durante meses deseo alguno por una mujer, el virginal enano se veía asaltado de vez lo por agudos ataques de solitaria angustia amorosa, que desaparecían tan pronto como llegaban y entonces, durante un tiempo, ignoraba los hombros desnudos que se mostraban blancos al otro a barrera de terciopelo de los palcos, y también a las pequeñas acróbatas o a la bailarina española cuyos muslos esbeltos se habían revelado por un momento cuando la rizada espuma rojo-anaranjada de los volantes de su traje se había alzado en remolino al compás de un giro particularmente vertiginoso.

-Lo que necesitas es una enana -dijo Shock pensativo, con un rápido gesto del pulgar y el índice sacaba una moneda de plata de la oreja del enano, cuyo bracito se alzó en una amplia como si se dispusiera a cazar una mosca.

Aquella misma noche, cuando Fred, tras acabar su número y embutirse en su acostumbrado bombín y en su gabán estrecho, se disponía a marcharse a casa con paso vacilante, refunfuñando y sin resuello por un pasillo mal iluminado entre bastidores, se encontró con un repentino chasquido de luz y de alegría: una puerta se había abierto de par en par y dos voces le llamaban y le instaban a entrar dentro. Eran Zita y Arabella, dos hermanas acróbatas, ambas medio desnudas, morenas, de pelo negro, con almendrados ojos azules. El camerino era como un bazar atestado donde un desorden de farándula compitiera por compartir el aire con la fragancia de diferentes lociones. El tocador estaba atestado de bolas de maquillaje, peines, atomizadores de cristal, horquillas en una caja que había sido de bombones y lápices de labios.

Nada más entrar, Fred enmudeció, incapaz de oír nada, ante el parloteo y la cháchara de las chicas. Empezaron a tocar al enano por todas partes y a hacerle cosquillas y éste, arrebolado y morado de deseo, se dejaba arrullar como una pelota en los abrazos de aquellos brazos desnudos que le engañaban con sus tretas. Finalmente, cuando la traviesa Arabella lo apretó contra sí dejándose caer sobre el sofá, Fred perdió la cabeza y empezó a frotarse contra ella, resoplando y agarrándose a su cuello. Al tratar de liberarse de él, ella levantó el brazo y entonces Fred se deslizó por el hueco y pegó sus labios al seno caliente de su axila afeitada. La otra chica, muerta de risa, trataba en vano de arrastrarle por las piernas. En aquel preciso momento, la puerta se abrió de golpe y el socio francés de las dos acróbatas entró en la habitación con unas mallas ceñidas color mármol. Sin decir palabra, pero también sin manifestar rencor alguno, agarró al enano por la nuca (sólo se oyó el chasquido del cuello de Fred al soltarse de la botonadura) lo levantó en el aire y lo echó de allí como si fuera un mono. La puerta se cerró de golpe. Shock, que pasaba en aquel momento por allí, vio de refilón el brazo de mármol y una pequeña figura negra con los pies retraídos que volaba por los aires.

Fred se hizo daño al caer y ahora yacía inmóvil en el pasillo. No es que estuviera aturdido, pero se había quedado fláccido todo él, con los ojos fijos en un punto perdido y los dientes castañeteando.

-Mala suerte, viejo -suspiró el prestidigitador, levantándole del suelo. Palpó con sus dedos translúcidos la frente del enano y añadió-: Ya te dije que no te entrometieras. Te está bien empleado. Lo que necesitas es una enana.

Fred, con los ojos hinchados, no dijo nada.

-Esta noche dormirás en mi casa -decidió Shock, y llevó al Elfo Patata hasta la salida.

3.

Pero también existía una señora Shock.

Era una dama de edad incierta, con ojos oscuros mancha dos de amarillo en torno al iris. Su cuerpo enjuto, su cutis de pergamino, su cabello negro sin vida, aquella costumbre suya de echar el humo por la nariz cuando fumaba, su estudiado descuido en su atuendo y en su cabello, no eran precisamente señuelos convenidos en el juego de seducción en el que caen prendidos los hombres, aunque parece fuera de dudas que el señor Shock los consideraba de su agrado a pesar de que, en realidad, no pareciera prestar atención a su mujer, ocupado siempre como estaba en inventar trucos secretos para su espectáculo, como un ser taimado e irreal que siempre estuviera pensando en otra cosa mientras mantenía una conversación trivial pero sin dejar de observar con avidez cuanto le rodeaba mientras se encontraba inmerso en sus fantasías astrales. Nora tenía que estar siempre alerta porque él nunca perdía la ocasión de idear algún engaño mínimo, inútil, pero sutilmente ingenioso. Por ejemplo, hubo una ocasión en que le sorprendió su glotonería: se lamía los labios llenos de salsa, chupaba los huesos del pollo hasta dejados pelados y seguía sirviéndose comida y más comida que se le amontonaba en el plato; luego, sin decir nada, se levantó y se fue, tras dedicar a su mujer una mirada afligida, y un poco más tarde, la doncella, ocultando su risa tonta tras las faldas del delantal, informó a Nora de que el señor Shock no había tocado la cena, y que la había dejado entera en tres cacerolas completamente nuevas debajo de la mesa.

Ella era la hija de un artista respetable que sólo pintaba caballos, galgos y cazadores con sus casacas rojas. Antes de casarse había vivido en Chelsea, había admirado los atardeceres brumosos del Támesis, había tomado lecciones de dibujo, asistido a ridículas reuniones con la bohemia local, y fue precisamente en una de estas ocasiones cuando los ojos espectrales y grises de un hombre silencioso y delgado se fijaron en ella. Hablaba poco de sí mismo y nadie le conocía entonces. Algunos creían que era un compositor de poemas líricos. Ella se enamoró de él al instante. El poeta se comprometió distraído con ella y el primer día de casados le explicó, con una sonrisa triste, que no sabía escribir poesía y allí mismo y sin pensarlo más, en mitad de la conversación, transformó un viejo despertador en un cronómetro niquelado, y el cronómetro en un reloj de pulsera de oro, que desde aquel momento Nora llevó siempre en la muñeca. Entendió entonces que por muy prestidigitador que fuera Shock, no dejaba de ser, a su manera, un poeta: sin embargo, a lo que no se podía acostumbrar era al hecho de que le tuviera que demostrar su arte en todo momento, en cualquier tipo de circunstancia. Es difícil ser feliz cuando tu marido es un espejismo, un constante juego de manos estrafalario, un engaño a los cinco sentidos.

4.

Se entretenía perezosamente golpeando los dedos contra el cristal de un cuenco en el que unos cuantos peces de colores, que parecían recortados de una piel de naranja, respiraban al ritmo de los destellos de sus aletas, cuando la puerta se abrió silenciosa y apareció Shock (con el sombrero de seda ladeado y un mechón de su pelo castaño sobre la ceja) con una criatura diminuta enroscada en sus brazos.

-Mira lo que he traído -dijo el prestidigitador con un suspiro.

Nora pensó fugazmente: un niño. Perdido. Encontrado. Sus oscuros ojos se humedecieron.

-Tenemos que adoptarlo -añadió suavemente Shock, de morándose en la puerta.

Aquella cosa pequeña cobró vida de repente, murmuró algo, y empezó a gatear por la pechera almidonada del prestidigitador. Nora miró las botas minúsculas, sus polainas de pelo de camello, el hongo diminuto.

-A mí no se me engaña fácilmente -se rió en son de burla.

El prestidigitador le lanzó una mirada de reproche. Luego dejó a Fred en un sofá mullido y le cubrió con una manta.

-Blondiner le maltrató -explicó Shock, y no pudo evitar añadir-: Le golpeó con una pesa. En el estómago.

Y Nora, que tenía un corazón de oro como suele ocurrir con las mujeres que no tienen hijos, sintió una piedad muy especial que casi le llevó a romper a llorar. Empezó a cuidar al enano como una auténtica madre, le dio de comer, le hizo beber una copa de oporto, le frotó la frente con agua de colonia, le humedeció con ella las sienes y también el dorso infantil de sus orejas.

A la mañana siguiente Fred se levantó temprano, inspeccionó aquel cuarto desconocido, habló con los peces de colores y, tras estornudar un par de veces, se acomodó en el alféizar del mirador como si fuera un niño pequeño.

Una niebla mágica en retirada bañaba los grises tejados de Londres. En algún lugar, en la distancia, se abrió una ventana, uno de cuyos paños atrapó el estallido de un rayo de sol. La bocina de un automóvil cantó en la frescura y ternura del amanecer.

Los pensamientos de Fred volvían una y otra vez al día anterior. Los acentos jocosos de las volatineras se mezclaban de forma extraña con el tacto de las frías manos perfumadas de la señora Shock. Primero le habían maltratado, luego le habían acariciado; y, recordad: era un enano muy afectuoso, muy ardiente. Su imaginación se quedó prendida en la posibilidad de rescatar a Nora algún día de las garras de un hombre fuerte, brutal, parecido a aquel francés de blancas mallas ajustadas. Sin motivación aparente se acordó entonces de una enana de quince años con la que había trabajado en tiempos. Era una cosilla enferma, malhumorada, de nariz afilada. Ante los espectadores aparecían como una pareja próxima a casarse y, temblando de asco, no le quedó otro remedio que bailar un tango íntimo con ella.

Y de nuevo sonó un claxon solitario para después alejarse en la distancia. La luz del sol comenzaba a penetrar la niebla que cubría el amable desierto londinense.

Hacia las siete y media el piso empezó a dar signos de vida. Con una sonrisa abstraída Shock se fue a una misión desconocida. Del comedor llegaba hasta él el delicioso olor de huevos con beicon. Apareció la señora Shock con un kimono bordado de girasoles y el pelo arreglado de cualquier manera.

Después del desayuno le ofreció a Fred un cigarrillo perfumado cuya boquilla parecía un pétalo rojo y, entrecerrando los ojos; hizo que le contara cosas de su vida. En momentos narrativos como aquél, la fina voz de Fred se hacía ligeramente más profunda: hablaba despacio, eligiendo bien sus palabras y, por raro que parezca, aquella inesperada dignidad en su dicción le sentaba bien. Con la cabeza inclinada, solemne y tenso aunque conservando cierta elasticidad aun dentro de su envaramiento, se sentó a los pies de Nora. Ella se reclinó en el diván de terciopelo, apoyándose en los brazos que dejaban así ver sus codos desnudos. El enano acabó de contar su historia y luego se quedó callado aunque sin dejar de dar vueltas una y otra vez a la palma de su diminuta mano, como si quisiera continuar hablando. Su chaqueta negra, rostro inclinado, naricilla carnosa, pelo leonado, y aquella raya en medio que atravesaba su cabeza conmovieron vagamente el corazón de Nora. Mientras le miraba desde la altura de sus ojos trataba de imaginarse que no era un enano adulto el que tenía a sus pies sino su hijito inexistente a punto de contarle cómo se habían burlado de él sus compañeros de escuela. Nora extendió la mano y le acarició levemente la cabeza -y en ese momento, gracias a una enigmática asociación mental, surgió en ella algo distinto, una visión extraña, curiosamente vengativa.

Al sentir aquellos dedos ligeros sobre su cabeza, Fred se quedó inmóvil al principio, pero luego empezó a lamerse los labios en un silencio de delirio. Sus ojos, mirando de soslayo, no podían separar su mirada del pompón verde de la zapatilla de la señora Shock. Y de pronto, de una forma absurda y embriagadora, todo se puso en movimiento.

5.

En aquel día azul de humo, en aquel sol de agosto, Londres estaba particularmente hermoso. El cielo tierno y festivo se reflejaba en la lisura extensa del asfalto, los brillantes buzones de correos relucían en rojo por las esquinas, a través del tapiz verde del parque los coches centelleaban y rodaban con un zumbido sordo. La ciudad entera hervía y respiraba en aquella plácida calidez y había que descender bajo tierra, hasta los andenes del metro, para encontrar una zona de frescura.

Cada día del año es un regalo que se concede tan sólo a un solo hombre, al más feliz; el resto de la gente utiliza el día para gozar del solo para reñir con la lluvia, sin saber, no obstante, a quién pertenece en realidad aquel día; y a su afortunado propietario le divierte y le place la ignorancia de los otros. Una persona no puede saber de antemano cuál será el día que le corresponda, qué trivialidad permanecerá en su memoria para siempre: el reflejo del rayo de sol al caer sobre un muro junto a una extensión de agua o el remolino de la hoja del arce al caer, y a menudo lo que sucede es que sólo reconoce su día de forma retrospectiva, mucho tiempo después de haber arrancado, arrugado y abandonado bajo la mesa la hoja del calendario con la fecha olvidada.

La providencia le concedió a Fred Dobson, un enano con polainas grises color de ratón, el día festivo de agosto de 1920 que comenzó con un bocinazo melodioso y el destello de una ventana que se abría en la distancia. Los niños que volvían de paseo les contaban a sus padres maravillados que habían visto a un enano con bombín, pantalones a rayas, un bastón en una mano y un par de guantes de cabritilla en la otra.

Después de despedirse de Nora con un beso ardiente (ella esperaba visita), el Elfo Patata salió a la calle, amplia e inundada de sol y en ese preciso momento supo que la ciudad entera había sido creada para él y sólo para él. Un alegre taxista bajó con un chasquido la bandera metálica del taxímetro; la calle empezó a deslizarse ante él y Fred no paraba de arrullarse y reírse entre dientes, mientras luchaba por no resbalarse del todo en la piel del asiento del taxi.

Se bajó en la entrada de Hyde Park y, sin prestar ninguna atención a las miradas de curiosidad que su persona provocaba, se puso a caminar mesuradamente por delante de las sillas plegables verdes, por delante del estanque y los grandes macizos de rododendros, oscurecidos a la sombra de los olmos y tilos, sobre un césped tan brillante y mullido como un tapiz de billar. Los jinetes pasaban cabalgando, trotando ligeros sobre sus monturas, con un crujido de sus pantalones de montar, mientras que las cabezas ágiles de sus corceles se alzaban al paso y las espuelas chocaban; y los lujosos automóviles negros, con un relumbre mareante de los radios de sus ruedas, avanzaban con sosiego a través del amplio encaje de la sombra violeta.

El enano caminaba, inhalando cálidas bocanadas de gasolina y también el aroma del follaje que parecía pudrirse con la sobreabundancia de savia verde, y daba vueltas a su bastón y apretaba los labios como si estuviera a punto de ponerse a silbar, tan grande era el sentimiento de ligereza y liberación que le poseía. Su amante le había despedido con una ternura tan apresurada, se había reído tan nerviosa, que se dio cuenta de cuánto temía que su anciano padre, que siempre almorzaba con ella, empezara a sospechar algo si llegaba a encontrar a un caballero extraño en la casa.

Aquel día le vieron por todas partes: en el parque, donde un ama rosada con un gorro almidonado se ofreció por alguna extraña razón a llevarle en el carrito que empujaba, y también en las salas de un gran museo; y en la escalera mecánica que ascendía lentamente desde las cavernosas profundidades en las que soplaban vientos eléctricos entre brillantes carteles; y en una tienda elegante donde sólo se vendían pañuelos de seda para caballeros; y en la cresta de un autobús, adonde le subieron unas manos amables.

Y al cabo de un rato empezó a cansarse, todo aquel brillo y movimiento le abrumaban, aquellos ojos sonrientes que se le quedaban mirando le ponían nervioso, y pensó que debía meditar cuidadosamente aquella hermosa sensación de libertad, de orgullo y de felicidad que le acompañaba.

Cuando finalmente un Fred hambriento entró en el conocido restaurante donde se reunían todo tipo de artistas de variedades y donde su presencia no hubiera podido extrañar a nadie y cuando se detuvo a mirar a toda aquella gente, al viejo payaso aburrido que ya estaba borracho, al francés, un enemigo de antaño que ahora le saludó amistosamente, el señor Dobson se dio cuenta con absoluta lucidez de que no iba a aparecer nunca más en escena.

El lugar estaba algo oscuro, no había suficientes lámparas encendidas en su interior y en la calle no había ya luz bastante para alumbrarlo. El viejo payaso, que parecía más bien un banquero arruinado, y el acróbata, que tenía un aspecto bastante vulgar vestido de paisano, jugaban en silencio al dominó. La bailarina española, que llevaba un sombrero en forma de rueda que proyectaba una sombra azulada sobre su rostro, estaba sola en un rincón sentada a una mesa con las piernas cruzadas. Había media docena de personas que Fred no conocía; examinó sus rasgos que años de maquillaje habían difuminado; mientras tanto el camarero le trajo un cojín para que llegara a la mesa, cambió el mantel y puso la mesa rápidamente.

Y de repente, en la profundidad oscura del restaurante, Fred avistó el perfil delicado del prestidigitador, que hablaba a media voz con un hombre gordo del tipo americano. Fred no había pensado en que pudiera toparse con Shock -que nunca frecuentaba las tabernas-, en aquel lugar, y, a decir verdad, había olvidado por completo su existencia. Ahora sentía tanta lástima por el pobre mago que decidió ocultarlo todo en un principio pero entonces pensó que Nora era incapaz de engañar a nadie y que probablemente se lo contaría a su marido aquella misma noche («Me he enamorado del señor Dobson... Te voy a dejar») y que debería evitarle una confesión difícil y desagradable porque, ¿no era él su caballero andante, no estaba él orgulloso de su amor, no estaba, por tanto, justificado que causara dolor a su marido, independientemente de la piedad que le inspirara?

El camarero le trajo una ración de pastel de riñones y una botella de cerveza. También encendió más luces. Aquí y allá, sobre el terciopelo polvoriento, había unas flores de cristal que se encendían y el enano observó desde lejos cómo un rayo dorado destacaba el mechón castaño del prestidigitador, y vio también cómo las luces y las sombras se alternaban sobre sus dedos transparentes. Su interlocutor se levantó, agarrándose al cinturón de su pantalón y riéndose obsequiosamente, y Shock le acompañó al guardarropa. El americano gordo se puso un sombrero de ala ancha, estrechó la etérea mano de Shock y, sin dejar de subirse los pantalones, se dirigió hacia la salida. Por un momento se pudo apreciar una cuña de luz detenida, mientras que las lámparas del restaurante lucían más y más amarillas. La puerta se cerró de un portazo.

-¡Shock! -llamó el enano, meneando sus pequeños pies bajo la mesa.

Shock se acercó. Mientras se acercaba, sacó pensativo un puro encendido del bolsillo superior de su chaqueta, lo chupó, emitió una bocanada de humo y lo devolvió a su lugar. Nadie supo cómo lo había hecho.

-Shock -dijo el enano cuya nariz se había enrojecido a causa de la cerveza-. Tengo que hablar contigo. Es muy importante.

El prestidigitador se sentó a la mesa con Fred y apoyó los codos sobre la misma.

-¿Cómo está tu cabeza hoy? ¿Te duele? -preguntó con indiferencia.

Fred se limpió los labios con la servilleta; no sabía cómo empezar, temiendo todavía causarle demasiada angustia a su amigo.

-A propósito -dijo Shock-, hoy actúo contigo por última vez. Ese tipo me va a llevar a América. Las cosas marchan bastante bien.

-Te quería decir... -y el enano, haciendo migas con el pan, luchaba por encontrar las palabras adecuadas-. En realidad es que... –Sé valiente, Shock-. Amo a tu mujer. Esta mañana, después de que te fueras, ella y yo, nosotros dos, quiero decir, ella...

-El único problema es que me mareo en barco -decía pensativo el prestidigitador-, y se tarda una semana en llegar a Bastan. En una ocasión fui en barco hasta la India. Al acabar me sentía como si todo yo estuviera dormido, como cuando una pierna se te queda dormida.

Fred, de color púrpura, no hacía sino pasar el puño por el mantel. El prestidigitador se reía entre dientes de sus propios pensamientos, hasta que llegado el momento los interrumpió para preguntar:

-¿No me ibas a decir algo, amigo mío?

El enano se quedó mirando sus fantasmales ojos y negó con la cabeza confundido.

-No, no, no era nada... No se puede hablar contigo.

Shock alargó la mano -sin duda iba a sacar una moneda de la oreja de Fred-, pero por primera vez en largos años de magia maestra, la moneda, que los dedos no habían agarrado con la suficiente firmeza, se cayó al suelo. La cogió y se levantó.

-Yo no voy a comer aquí -dijo, examinando con curiosidad la coronilla del enano-. No me gusta este lugar.

Silencioso y taciturno, Fred comía su manzana asada.

El prestidigitador se marchó discretamente. El restaurante se fue quedando vacío. A la lánguida bailarina española del gran sombrero se la llevó un joven tímido de ojos azules, exquisitamente vestido.

Bueno, pues si no quiere escuchar, entonces yo no tengo ninguna obligación, pensaba el enano; suspiró aliviado y decidió que, después de todo, Nora le podría explicar mejor las cosas. Luego pidió recado de escribir y se dispuso a redactar una carta. Acababa así:

«Ahora comprenderás por qué no puedo seguir viviendo como hasta ahora. ¿Qué sentirías sabiendo que todas las noches, las masas vulgares se parten de risa al ver a tu elegido? Voy a romper mi contrato y mañana me iré de aquí. Recibirás otra carta mía tan pronto como encuentre un agujero apacible donde tras tu divorcio, podamos amamos, mi querida Nora.»Y así terminó el día veloz que le fue concedido a un enano de polainas grises como un ratón.

6.

Oscurecía cautelosamente sobre Londres. Los ruidos de la calle se confundían en una suave nota de timbre hueco, como si alguien hubiera cesado de tocar pero hubiera olvidado levantar el pie del pedal del piano. Las hojas negras de los limeros del parque se estampaban contra el cielo transparente como ases de espadas. Al llegar a un recodo o a un rincón abrupto o también entre las fúnebres siluetas de unas torres gemelas, se revelaba, como una visión, un poniente en llamas.

Shock tenía la costumbre de ir a casa a cenar y a cambiarse y, ya con el chaqué puesto, dirigirse directamente en coche al teatro. Aquella noche Nora le esperaba impacientísima, temblando con un júbilo maligno. ¡Qué contenta estaba de tener un secreto que sólo ella conocía! No era la imagen del enano la que ocupaba su mente, ya la había alejado de sí. El enano era un gusano repugnante.

Oyó la cerradura de la puerta de entrada que se abría con su chasquido delicado. Como suele ocurrir cuando se ha engañado a una persona, el rostro de Shock le pareció desconocido, nuevo, como si fuera el de un extraño. Él la saludó con una inclinación de cabeza, sin hablar, como con vergüenza, bajando los ojos con un gesto de tristeza. Ocupó su lugar en la mesa enfrente de ella sin decir palabra. Nora se puso a examinar su traje gris claro que le hacía parecer todavía más delgado, todavía más escurridizo. Sus ojos se encendían en un triunfo cálido; la comisura de la boca le temblaba malevolente.

-¿Y cómo está tu enano? -le preguntó, complaciéndose en el tono fortuito de su pregunta-. Pensé que te lo traerías contigo.

-No lo he visto hoy -contestó Shock, disponiéndose a comer. Y justo en ese momento se le ocurrió una idea... tomó un frasco, lo destapó con un chirrido cuidadoso y vertió su contenido sobre un vaso lleno de vino.

Nora esperó irritada a que el vino se volviera de color azul brillante, o transparente como el agua, pero el clarete no cambió de tono. Shock vio la mirada de su mujer y sonrió levemente.

-Es para la digestión, son sólo unas gotas -murmuró.

Una sombra se rizó sobre su rostro.

-Mientes, como de costumbre -dijo Nora-. Tienes un estómago a prueba de bombas.

El prestidigitador se rió suavemente. Luego se aclaró la garganta como si estuviera en el escenario y se bebió el vaso de un trago.

-Sigue comiendo -dijo Nora-. Se va a quedar frío.

Con frío placer pensó, «¡Ah, si lo supieras!». Nunca lo sabrás. ¡Te tengo en mi poder

¡El prestidigitador comía en silencio. De repente, hizo una mueca, retiró su plato a un lado y empezó a hablar. Como de costumbre, no la miraba directamente sino como por encima, y hablaba con tono suave y melodioso. Le describió su día, le contó que había visitado al rey en Windsor, donde había sido invitado a entretener a los pequeños duques que llevaban chaquetas de terciopelo y cuellos de encaje. Contó todo esto con toques bien vivos, imitando a la gente que había visto, alzando la cabeza ligeramente como en una actitud altiva y parpadeando.

-Saqué una bandada entera de palomas de mi joroba -dijo Shock.

Sí y también el enano tenía las palmas de las manos todas pegajosas y te lo estás inventando todo, reflexionaba Nora como entre paréntesis.

-Esas palomas, sabes, se pusieron a volar en torno a la reina. Ella trataba de ahuyentarlas sin dejar de sonreír y sin perder la compostura.

Shock se levantó, se tambaleó, se apoyó ligeramente con dos dedos en el borde de la mesa, y dijo, como si quisiera dar por finalizada la historia:

«No me encuentro bien, Nora. Eso que he bebido era veneno. No deberías haberme sido infiel».

La garganta se le hinchó en espasmos convulsivos y, llevándose un pañuelo a los labios, salió del comedor. Nora se levantó de un salto; las cuentas de ámbar de su largo collar se enredaron con el cuchillo de postre que descansaba sobre el plato y se lo llevaron por delante.

«Está montando otro de sus números», pensó amargamente. «Me quiere asustar, me quiere atormentar. No, buen hombre, esta vez no te va a servir de nada. ¡Ya verás!»

¡Qué fastidio que Shock hubiera descubierto su secreto! Pero por lo menos ahora tendría la oportunidad de revelarle todos sus sentimientos, de gritarle que lo odiaba, que lo despreciaba con toda su furia, que no era una persona sino un fantasma de goma, que no aguantaba ya vivir con él ni un minuto más, que...

El prestidigitador estaba sentado en la cama, acurrucado y castañeteando angustiado, pero consiguió esbozar una débil sonrisa cuando Nora entró en tromba en la habitación.

-Así que pensabas que te iba a creer -dijo, sin aliento-. ¡No, esto es lo último! Yo también sé engañar. Me repeles, eres el hazmerreír de todo el mundo con tus trucos fallidos...

Shock, sonriendo inútilmente todavía, intentó levantarse de la cama. El pie rozó contra la alfombra. Nora se puso a pensar qué otra cosa se le ocurría para insultarle.

-No lo hagas -dijo Shock a duras penas-. Si he hecho algo que... por favor, perdóname...

En su frente se destacaba, tensa, una vena. Se encogió todavía más, empezó a hacer ruidos con la garganta, el mechón de su pelo, todo húmedo, empezó a moverse, y el pañuelo que se apretaba contra los labios se empapó de bilis y de sangre.

-¡Deja de tratar de engañarme haciendo el idiota! -gritó Nora y dio un golpe tremendo con el pie.

Él consiguió enderezarse. Tenía el rostro pálido como la cera. Tiró el pañuelo hecho trizas a un rincón.

-Espera, Nora... No entiendes... Éste es, de verdad, mi último truco... No haré ninguno más.

Y de nuevo un espasmo le quebró el rostro sudoroso, terrible. Se tambaleó, se cayó en la cama y apoyó la cabeza en la almohada. Ella se le acercó, se le quedó mirando, frunciendo el ceño. Shock yacía tumbado con los ojos cerrados y los dientes firmes le crujían. Cuando se inclinó sobre él, sus párpados temblaron, la miró vagamente, sin reconocer a su esposa, pero de repente la reconoció y sus ojos relampaguearon con una húmeda luz de dolor y ternura.

En aquel instante Nora, supo que le quería más que a nada en el mundo. Se vio repentinamente abrumada por la piedad y también por el horror. Empezó a dar vueltas por la habitación, echó agua en un vaso, lo dejó en el lavabo, volvió corriendo hasta su marido que había alzado la cabeza y se llevaba la punta de las sábanas a los labios, temblando con todo el cuerpo mientras vomitaba, mirando sin ver con ojos vacíos ya velados por la muerte. Entonces Nora, en un gesto animal, corrió al cuarto de aliado, al teléfono y, con él en la mano, durante un buen rato no hizo sino marcar números equivocados, mientras sollozaba sin aliento y volvía a marcar y a equivocarse golpeando el teléfono una y otra vez contra la mesa; finalmente, cuando por fin respondió la voz del médico al otro lado del teléfono, Nora gritó que su marido se había envenenado, que se estaba muriendo: y al decido inundó el auricular con una tormenta de lágrimas, tras lo cual, dejándolo de cualquier manera, volvió corriendo al dormitorio.

El prestidigitador, impecable y lustroso, con un chaleco blanco y unos pantalones negros impecablemente planchados, estaba frente al espejo de cuerpo entero anudándose cuidadosamente la corbata. Vio a Nora en el espejo y, sin darse la vuelta, le hizo un guiño distraído sin dejar de silbar suavemente y de anudar con sus dedos transparentes las puntas negras de su corbata de lazo negra.

7.

Drowse, una ciudad diminuta en el norte de Inglaterra, parecía en verdad tan soñolienta que uno podía llegar a sospechar que estaba perdida entre aquellos campos brumosos de suaves colinas, en los que se había quedado dormida para siempre. Tenía una oficina de correos, una tienda de bicicletas, dos o tres estancos de tabaco con carteles rojos y azules, una vieja iglesia gris rodeada de tumbas sobre las que se extendía soñolienta la sombra de un enorme castaño. La calle principal estaba bordeada a ambos lados por setas, jardincillos, y casitas de ladrillo ceñidas por hileras diagonales de hiedra.

Una de ellas la había alquilado un cierto señor F. R. Dobson a quien nadie conocía excepto su patrona y el médico local, y a éste no le gustaba cotillear. Su patrona, una mujer grande y adusta, que había trabajado con anterioridad en un manicomio, respondía a las preguntas casuales de los vecinos explicándoles que Dobson era un anciano paralítico, destinado a vegetar en silencio tras las cortinas. Nada tiene de extraño pues que los vecinos le olvidaran el mismo año en el que llegó a Drowse: se convirtió en una presencia inadvertida que los vecinos daban por supuesta como al obispo desconocido cuya efigie de piedra llevaba años en su nicho sobre la portada de la iglesia. Se pensaba que el anciano misterioso tenía un nieto -un silencioso niño rubio que a veces, al anochecer, solía llegar a la casita de Dobson con pasos breves y tímidos. Sin embargo, esto ocurría tan pocas veces que nadie podía asegurar con certeza que fuera siempre el mismo niño, y ni que decir tiene que el crepúsculo en Drowse era particularmente azulado y turbio, de fronteras difuminadas.

Así a los perezosos y nada curiosos habitantes de Drowse se les pasó por alto el detalle de que el supuesto nieto del supuesto paralítico no crecía al compás de los años y que su rubio pelo no era sino una peluca admirablemente hecha; porque el Elfo Patata empezó a quedarse calvo al comenzar su nueva existencia y muy pronto su cabeza estuvo tan lisa y brillante que invitaba a que la mano se posara sobre aquel globo terráqueo. En otros aspectos no había cambiado demasiado: su estómago quizás había crecido, y en su nariz ahora más carnosa y deslucida habían aparecido unas venas color púrpura que cubría con polvos de maquillaje cuando se vestía de niño pequeño. Lo que es más, Ann y también su médico sabían que los ataques cardíacos que el enano sufría no presagiaban nada bueno.

Vivía apacible y discretamente en sus tres habitaciones, se había hecho socio de una biblioteca de la que sacaba unos tres o cuatro libros (fundamentalmente novelas) a la semana, había comprado un gato negro de ojos amarillos porque le tenía un miedo mortal a los ratones (que saltaban y corrían detrás del armario como si fueran diminutas bolas de lana), comía mucho, especialmente dulces (a veces incluso saltaba de la cama en mitad de la noche y se arrastraba por el suelo helado como un fantasma diminuto y destemplado en su largo camisón, para alcanzar, como un niño pequeño, las galletas de chocolate de la despensa) y cada vez se acordaba menos de su aventura amorosa y de los días espantosos que pasó al llegar a Drowse.

Sin embargo, en su mesa de trabajo, entre finas facturas dobladas cuidadosamente, seguía conservando una hoja de papel color de melocotón con una filigrana en forma de dragón, emborronada en letra picuda y apenas legible. Esto es lo que decía:

«Querido Señor Dobson,

Recibí su primera carta, así como la segunda, en la que me pide que acuda a D. Todo ello, mucho me temo, ha sido un terrible error. Por favor trate de olvidarse y de perdonarme. Mañana mi marido y yo partimos para Estados Unidos y probablemente no volveremos en algún tiempo. De verdad que no sé qué más decirle, mi pobre Fred.»

Fue en ese momento cuando tuvo su primera angina de pecho. Desde entonces se le quedaron los ojos fijos en una mansa mirada de extrañeza ante el mundo. Y en los días siguientes anduvo sin parar de un cuarto al otro, tragándose las lágrimas y haciendo gestos ante su mismo rostro con mano temblorosa.

Ahora, sin embargo, Fred había comenzado a olvidar. Se había aficionado a aquella comodidad que nunca antes había conocido -a la película azul de las llamas sobre los carbones de la chimenea, a la de los pequeños jarrones polvorientos colocados en sus estanterías redondas, al grabado entre las dos estanterías: un perro San Bernardo, entero con su barril, confortando a un montañero en una roca desolada. Muy pocas veces se acordaba de su vida pasada. Sólo en sueños veía a veces cómo un cielo estrellado cobraba vida con el temblor de trapecios múltiples mientras le aplaudían al verle meterse en un baúl negro: a través de sus paredes distinguía la suave voz cantarina de Shock pero no conseguía encontrar la trampa en el suelo del escenario y acababa sofocado en aquella oscuridad pegajosa, mientras que la voz del prestidigitador se volvía más y más triste y más y más remota hasta que desaparecía en la distancia, y entonces Fred se levantaba con un gemido en su espaciosa cama, en su habitación recoleta y oscura, con su leve aroma de violetas, jadeando y apretando su puño infantil contra su corazón vacilante, a la luz empañada de la persiana de la ventana.

En el transcurso de los años, el anhelo por el amor de una mujer fue debilitándose progresivamente, como si Nora le hubiera ido secando todo aquel ardor que en tiempos le había atormentado. Es cierto que en ocasiones, en ciertas veladas de primavera, el enano, después de ponerse los pantalones cortos y la peluca rubia, abandonaba la casa para embutirse en la oscuridad crepuscular y allí, escondiéndose en algún camino entre los campos, se detenía repentinamente al contemplar con angustia una borrosa pareja de amantes trabados el uno en los brazos del otro junto a un seto, bajo la protección de las zarzas en flor. Ahora, incluso aquello había dejado de sucederle; había cesado por completo de mirar al mundo. Sólo de vez en cuando el médico, un hombre de pelo blanco con penetrantes ojos negros, venía a jugar una partida de ajedrez, y, al otro lado del tablero, consideraba con placer científico aquellas suaves manos diminutas, aquel rostro pequeño de bulldog, cuyo ceño prominente se fruncía cuando el enano se ponía a pensar en la próxima jugada.

8.

Transcurrieron ocho años. Llegó un domingo, y ocurrió en la mañana de aquel domingo. La mesa, dispuesta para el desayuno, esperaba la presencia de Fred, con el chocolate humeando en su jarra cubierta con su funda de tela, conformando el aspecto y las formas de un loro. El verde soleado de los manzanos se filtraba a través de los cristales de la ventana. Ann, con toda su corpulencia, se encontraba entretenida quitándole el polvo a la pequeña pianola en la que el enano se sentaba de tanto en tanto a tocar unos valses siempre vacilantes. Unas moscas se habían aposentado en el tarro de mermelada de naranja y se frotaban las patas delanteras.

Fred entró en la habitación, todavía algo adormilado y con las arrugas del sueño en su porte y hábito, calzando unas zapatillas de fieltro y embutido en una minúscula bata negra estampada con ranas amarillas. Tomó asiento desperezando los ojos y acariciándose la calva. Ann se fue a la iglesia. Fred abrió la sección ilustrada del periódico dominical y sin dejar de hacer muecas con los labios, que fruncía y estiraba a ritmo alterno, se dispuso a leer con detenimiento toda suerte de sucesos, tales como los premios concedidos en el último certamen canino, las piruetas de una bailarina rusa que se doblaba hasta figurar la lánguida agonía de un cisne, los embustes y peripecias de aquel financiero que había conseguido embaucar y engañar a medio mundo... Bajo la mesa, la gata arqueaba el lomo y se agazapaba en caricias contra su tobillo desnudo. Acabó el desayuno; se levantó bostezando: había pasado muy mala noche, el corazón le había dolido más que nunca, y ahora, a pesar de que tenía los pies helados, le daba una enorme pereza vestirse. Se trasladó hasta el sillón que había junto al mirador y se acurrucó en él. Se quedó allí sin pensar en nada mientras que, a sus pies, la gata negra arqueaba el lomo y se estiraba abriendo sus minúsculas fauces rosas.

Sonó el timbre de la puerta.

El doctor Knight, pensó Fred con indiferencia. Recordó que Ann había salido y fue en persona a abrir la puerta.

El sol se filtró a raudales. Una dama alta, vestida completamente de negro, se erguía solitaria en el umbral. Fred retrocedió, mascullando incoherencias entre dientes y manoseando torpemente los pliegues de su bata. Retrocedió a toda prisa hacia el interior de la casa y en su camino sin darse cuenta perdió una zapatilla, ya que su única obsesión en aquel momento era que quienquiera que fuera aquella visita no notara su naturaleza de enano. Se detuvo, jadeante, en mitad del cuarto de estar. ¡Oh, por qué no se le había ocurrido sin más cerrar de un portazo! ¿Y quién demonios podía ser, quién podría tener interés en venir a visitarle? Un error, sin duda.

Y en aquel momento percibió nítidamente el ruido de unos pasos que se acercaban hasta él. Se refugió en el dormitorio: pensó en encerrarse allí dentro pero no tenía llave. La zapatilla perdida permanecía solitaria sobre la alfombra del vestíbulo.

-Es una situación espantosa -pensó Fred, ya sin aliento, y se dispuso a escuchar.

El ruido de los pasos se hacía más cercano, ya sonaban en el cuarto de estar. El enano emitió un leve gemido y se dirigió al ropero, buscando un buen lugar donde esconderse.

Una voz, que le resultaba conocida, pronunció su nombre al tiempo que se abría la puerta del dormitorio:

-Fred, ¿por qué me tienes miedo?

El enano, descalzo, de negro, la calva un puro tejido de sudor, se quedó parado junto al ropero, su mano detenida en el pomo de la cerradura. Recordó entonces con la máxima precisión los peces naranjo-dorados en su pecera de cristal.

Ella había envejecido mal. Tenía sombras oliváceas bajo los ojos. Los pelillos negros del bozo se destacaban más nítidos que antes: y su sombrero negro así como los pliegues de su vestido, también negro, emanaban un poso de polvo y de aflicción.

-No esperaba... nunca pensé que... -empezó a balbucear Fred mientras alzaba con cautela la mirada hasta ella.

Nora lo tomó de los hombros y lo volvió hacia la luz, y con mirada triste e impaciente examinó su rostro. El enano, confuso y un punto azorado, pestañeó, lamentándose de que le hubieran sorprendido con la cabeza descubierta y sin peluca y al mismo tiempo maravillado ante la emoción que descubría en Nora. Había dejado de pensar en ella hacía tanto tiempo que ahora no sentía sino tristeza y sorpresa. Nora, sin aflojar su abrazo, cerró los ojos. Luego, apartó levemente al enano de su lado y se volvió hacia la ventana.

Fred se aclaró la garganta y dijo:

-Te he perdido la pista por completo. Dime ¿cómo está Shock?

-Sigue con sus trucos de siempre -contestó Nora como ausente-. Hace poco que hemos regresado a Inglaterra.

Sin quitarse el sombrero se sentó junto a la ventana sin dejar de mirarle con una intensidad que tenía algo de extraño.

-Eso quiere decir que Shock... -se apresuró a continuar Fred, incómodo ante la intensidad de su mirada.

-Sigue como siempre -dijo Nora, que sin aminorar el brillo de sus ojos, fijos en el enano, procedió a quitarse unos guantes de un negro brillante que luego estrujó en un revoltijo que mostraba el blanco de su interior.

-«¿Será que me vuelve a querer de nuevo?» -se preguntó de repente el enano.

La pecera, el aroma de la colonia, los pompones verdes de sus zapatillas hicieron una brusca irrupción en su mente.

Nora se levantó. El rebujo negro de los guantes de deslizó al suelo.

-El jardín no es muy grande, pero tiene manzanos --dijo Fred mientras seguía preguntándose en su interior:

«¿Acaso habrá habido algún momento en el que yo...? Tiene la piel un tanto cetrina y apagada. Y además, bigote. ¿Pero por qué está tan callada?».

-Apenas salgo, sin embargo -dijo, balanceándose levemente en la silla y tocándose las rodillas.

-Fred, ¿no sabes por qué estoy aquí?

Ella se levantó y se le acercó hasta tocarle. Fred, con una sonrisa de apenada disculpa, trató de escaparse, y al hacerla acabó resbalándose de la silla.

Y fue entonces cuando ella le dijo con una voz inmensamente dulce:-Lo cierto es que tuve un hijo tuyo.

El enano se quedó helado, la mirada perdida en un cajoncillo minúsculo de cristal cuadrado que resplandecía en el lateral de un jarrón azul oscuro. Una tímida sonrisa de extrañeza se encendió en las comisuras de su boca y luego se extendió hasta encender sus mejillas con un rubor púrpura.

-Mi hijo...

Y de repente lo entendió todo, el sentido completo de la vida, de su larga angustia, de aquella ventanita que relucía en el jarrón de cristal.

Alzó la vista con lentitud. Nora estaba sentada de lado en, una silla y se estremecía en sollozos violentos. La cabeza de cristal del prendedor de su sombrero resplandecía como una lágrima. El gato, ronroneando tiernamente, se frotaba contra sus piernas.

Corrió hasta ella y recordó una novela que acababa de leer.

-No tienes por qué temer -dijo el señor Dobson-, no tienes por qué temer que vaya a apartarlo de ti. ¡Soy tan feliz!

Ella le miró a través de un velo de lágrimas. Iba a empezar a explicarle algo cuando tragó saliva... Vio entonces el resplandor que emanaba del semblante del enano..., y no tuvo valor para explicar nada.

Se apresuró a recoger del suelo el rebujo de sus guantes.

-Bueno, ahora ya lo sabes. Es todo. Me tengo que ir.

De repente Fred se vio herido por la saeta de un pensamiento amargo. Una profunda vergüenza se abrió paso entre su trémula alegría. Preguntó, manoseando al hacerla la borla de su bata:

-Y... y... ¿cómo es? No será...

-No, todo lo contrario -contestó Nora rápidamente-.Un chico bien grande, alto, como todos los chicos -y de nuevo rompió a llorar.Fred bajó los ojos.

-Me gustaría verlo -y al punto se corrigió feliz-: ¡Oh, ya entiendo! No debe saber que soy como soy. Pero a lo mejor lo podrías arreglar de forma que yo...

-Sí, claro que sí, no faltaría más -dijo Nora apresuradamente, y con un tono casi cortante mientras cruzaba el vestíbulo-: Sí, ya lo arreglaremos de alguna forma. Pero ahora me tengo que ir. Hay unos veinte minutos andando hasta la estación.

Volvió el rostro en la puerta de la calle y, por última vez, ávida y tristemente, examinó los rasgos de Fred. La luz del sol temblaba sobre su calva, y las orejas eran un puro tono rosa translúcido. El pobre no se enteraba de nada en su sorpresa y felicidad. Y cuando se hubo ido, Fred se quedó inmóvil durante un largo rato en el hall de entrada como si tuviera miedo de que el corazón se le fuera a rebosar al menor movimiento de imprudencia. Trataba una y otra vez de imaginarse a su hijo sin conseguir otra imagen que la suya propia, bajo la apariencia y vestido de un escolar con una peluca rubia. Y al transferir su propia forma y aspecto a su hijo dejó de sentirse como un enano.

Se vio a sí mismo entrando en una casa, en un hotel, en un restaurante para conocer a su hijo. Acarició con la imaginación el pelo rubio del chico en un rapto de conmovedor orgullo paterno... y luego, con su hijo y con Nora (¡qué estúpida había sido al pensar que él pudiera tener la mínima intención de quitárselo!), se vio a sí mismo paseando por una calle y entonces...

Fred se dio una palmada en el muslo. ¡Se había olvidado de preguntarle la dirección a Nora!

Y en ese punto el tempo se aceleró a un ritmo absurdo y enloquecido. Corrió a su dormitorio y empezó enfebrecido a vestirse a toda prisa. Se puso lo mejor que tenía, una camisa cara almidonada a todo lujo, prácticamente nueva, unos pantalones con rayita fina, una chaqueta hecha en Resartre de París hacía muchos años, y conforme se iba vistiendo, no cesaba en sus intentos de sofocar una irresistible risa apagada ni de romperse las uñas en los resquicios de los ajustados cajones de su cómoda y hasta tuvo que sentarse un par de veces para que su agitado corazón henchido y a punto de estallar descansara; pero tras las pausas volvía de nuevo a saltar por el cuarto buscando el sombrero hongo que llevaba años sin ponerse hasta que finalmente, cuando se detuvo fugazmente a consultar el espejo en su trajín, pudo avistar la imagen de un majestuoso caballero maduro, elegantemente vestido de etiqueta, tras lo cual bajó corriendo las escaleras hasta el porche, deslumbrado por una idea nueva que se le acababa de ocurrir: ¡hacer el viaje de vuelta con Nora -a quien, con toda seguridad, alcanzaría en su camino a la estación- para ver a su hijo aquella misma noche!

Una ancha carretera polvorienta llevaba directamente a la estación. Los domingos solía estar más o menos desierta, pero de repente y contra todo pronóstico apareció en un recodo un muchacho con un bate de cricket. Fue el primero que reconoció al enano. Sorprendido ante tamaña visión empezó a dar muestras de regocijo y burla palmeteando y agitando su gorra de vivos colores al compás de los pasos de Fred mientras observaba el dorso de su figura que se alejaba y el destello del chasquido de sus polainas color gris rata.

Y en aquel preciso momento, aparecieron, Dios sabe de dónde, una turba de chavales boquiabiertos que empezaron a seguir al enano con cierto sigilo preñado de asombro. Él caminaba cada vez más deprisa, mirando el reloj de tanto en tanto sin dejar de reír entre dientes presa de gran excitación. El sol le hacía sentirse un poco mareado. Mientras tanto, el número de chavales fue aumentando y los transeúntes que, por azar, pasaban por allí se detenían a mirar asombrados. En algún lugar lejano se dejaron oír las campanadas de una iglesia: la aletargada ciudad volvía a la vida cuando, de repente, estalló en una risotada incontenible, largo tiempo contenida.

El Elfo Patata, incapaz de dominar su impaciencia, cambió el paso y adoptó una especie de trote. Uno de los chavales se precipitó a su paso hasta enfrentársele tratando de verle la cara: otro gritó algo con voz hosca y grosera. Fred, haciendo muecas para defenderse del polvo, siguió corriendo, y, de repente, se imaginó que todos aquellos chicos que se apelmazaban en enjambre a su paso eran hijos suyos, hechos y derechos, alegres, saludables, y sonrió con una expresión de perplejidad, sin cesar en su trote, cada vez más cansado y jadeante, tratando de olvidar el corazón que le estallaba en el pecho de quemazón, como un martillo pilón inmisericorde.

Un ciclista, que pedaleaba junto al enano en una bicicleta cuyas ruedas lanzaban destellos y chispas al rodar, se llevó el puño a la boca a la manera de un megáfono, como si estuviera animando a un corredor en el último tramo de su carrera. Las mujeres salían de sus casas y se quedaban de pie en los porches, riéndose abiertamente mientras comentaban unas con otras y señalaban con el dedo -protegiendo con la mano su mirada del sol- la figura del enano que corría a pleno mediodía. Todos los perros de la ciudad se despertaron. Los parroquianos de la iglesia, agobiados y sofocados allí dentro, oyeron -a su pesar los ladridos, los gritos de ánimo y el jalear de la gente mientras que el grupo que seguía al enano se iba haciendo más numeroso y tupido en el transcurso del camino. La gente pensaba que se trataba de una colosal maniobra publicitaria, el reclamo de un circo o quizá el rodaje de una película.

Fred empezaba a tener dificultades en su marcha, tropezaba y notaba un cosquilleo musical en los oídos, la botonadura del cuello se le clavaba en la garganta, no podía respirar. Los gritos de júbilo, la risa, el ejército de pasos que le seguía, todo aquello le ensordecía. Pero por fin, a través de una niebla de sudor, consiguió atisbar el vestido negro. Ella caminaba lentamente a lo largo de una pared de ladrillos en un torrente de sol. Se volvió a mirar el espectáculo y se detuvo. El enano entonces la alcanzó y se agarró a los pliegues de su falda.

Con una sonrisa de felicidad alzó los ojos hasta ella, intentando hablar sin conseguido; en su lugar alzó las cejas sorprendido y se desplomó a cámara lenta en la acera. Al momento le rodeó con estrépito el clamor de la gente que como hormigas se apretaron en tropel junto a su cuerpo. Alguien, al darse cuenta de que aquello no era ninguna broma, se inclinó ante el enano y luego silbó levemente y se quitó el sombrero. Nora contemplaba indiferente el cuerpecillo diminuto de Fred que parecía un guante negro todo arrebujado. Alguien la empujó. Una mano la cogió del hombro.

-¡Suélteme! -dijo Nora con voz inexpresiva-. Yo no sé nada. Mi hijo murió hace unos días.


Se hizo el silencio. La luz de la lámpara iluminaba despiadadamente el rostro mofletudo del joven Anton Golïy, vestido con la tradicional blusa rusa campesina abotonada a un lado bajo su chaqueta negra, quien, nervioso y sin mirar a nadie, se disponía a recoger del suelo las páginas de su manuscrito que había desperdigado aquí y allá mientras leía. Su mentor, el crítico de Realidad Roja, miraba el suelo mientras se palpaba los bolsillos buscando una cerilla. También el escritor Novodvortsev guardaba silencio, pero el suyo era un silencio distinto, venerable. Con sus quevedos prominentes, su frente excepcionalmente grande y dos mechones ralos colocados de través sobre la calva tratando de ocultarla, estaba sentado con los ojos cerrados como si todavía siguiera escuchando, con las piernas cruzadas sobre una mano embutida entre la rodilla y una de las lorzas de su muslo. No era la primera vez que se veía sometido a este tipo de sesiones con sedicentes novelistas rústicos, ansiosos y tristes. Y tampoco era la primera vez que había detectado en sus inmaduras narrativas, ecos -que habían pasado inadvertidos para los críticos- de sus veinticinco años de escritura, porque la historia de Golïy era un torpe refrito de uno de sus propios temas, el de El Filo, una novela corta que había compuesto lleno de esperanza y de entusiasmo, y cuya publicación el pasado año no había logrado en absoluto acrecentar su segura aunque pálida reputación.

El crítico encendió un cigarrillo. Golïy, sin alzar la vista, guardó el manuscrito en su cartera. Pero su anfitrión se mantenía en silencio, no porque no supiera cómo enjuiciar el relato, sino porque esperaba, dócil y también aburrido, que el crítico finalmente se decidiera a pronunciar las frases que él, Novodvortsev, no se atrevía ni siquiera a insinuar: que el argumento era un tema de Novodvortsev, que también procedía de Novodvortsev la imagen aquella del personaje principal, un tipo taciturno, dedicado en cuerpo y alma a su padre, un hombre trabajador, que logra una victoria psicológica sobre su adversario, el despreciable intelectual, no tanto en razón de su educación, sino gracias a una especie de serena fuerza interior. Pero el crítico encorvado en el sillón de cuero como un gran pájaro melancólico se empecinaba desesperadamente en su silencio.

Cuando Novodvortsev se dio cuenta de que una vez más no iba a oír las palabras esperadas, mientras trataba de concentrar su pensamiento en el hecho de que, después de todo, el aspirante a escritor había ido hasta él, y no hasta Neverov, para solicitar su opinión, cambió de postura, volvió a cruzar las piernas metiendo la mano entre las mismas, y dijo con toda seriedad: "Veamos", pero al observar la vena que se hinchaba en la frente de Golïy, cambió de tono y siguió hablando con voz tranquila y controlada. Dijo que la historia estaba sólidamente construida, que el poder de lo colectivo se advertía en el episodio en el que los campesinos empiezan a construir una escuela con sus propios medios; que, en la descripción del amor que Pyotr siente por Anyuta, había ciertas imperfecciones de estilo que no lograban acallar sin embargo el reclamo poderoso de la primavera y la urgencia del deseo y, mientras hablaba, no dejaba de recordar por alguna razón que había escrito a aquel crítico recientemente, para recordarle que su vigésimo quinto aniversario como escritor era en enero, pero que le rogaba categóricamente que no se organizara ninguna conmemoración, teniendo en cuenta que sus años de dedicación al sindicato todavía no habían acabado...

- En cuanto al tipo de intelectual que has creado, no acaba de ser convincente -decía-. No logras transmitir la sensación de que está condenado...

El crítico seguía sin decir nada. Era un hombre pelirrojo, enjuto y decrépito, del que se decía que estaba tuberculoso, pero que probablemente era más fuerte que un toro. Le había contestado, también por carta, que aprobaba la decisión de Novodvortsev, y allí se había acabado el asunto. Debía de haber traído a Golïy como compensación secreta... Novodvortsev se sintió de improviso tan triste -no herido, sólo triste- que dejó de hablar de pronto y empezó a limpiar las gafas con el pañuelo, dejando al descubierto unos ojos muy bondadosos.

El crítico se puso en pie.

- ¿Adónde vas? Todavía es temprano -dijo Novodvorstsev, levantándose a su vez. Anton Goïly se aclaró la garganta y apretó su cartera contra el costado.

- Será un escritor, no hay duda alguna -dijo el crítico con indiferencia, vagando por el cuarto y apuñalando el aire con su cigarrillo ya acabado. Canturreaba entre dientes, con cierto tono de asperidad, se inclinó sobre la mesa de trabajo y luego se quedó un rato mirando una estantería donde una edición respetable de Das Kapital ocupaba su lugar entre un volumen gastado de Leonid Andreyev y un tomo anónimo sin encuadernar; finalmente, con el mismo paso cansino, se acercó a la ventana y abrió la cortina azul.

- Venga a verme alguna vez -decía mientras tanto Novodvortsev a Anton Golïy, que primero se inclinó a saludarle con torpeza para después erguirse como con altanería-. Cuando escriba algo nuevo, tráigamelo.

- Una buena nevada -dijo el crítico, dejando caer la cortina-. Por cierto, hoy es Nochebuena.

Y se puso a buscar distraído su sombrero y su abrigo.

- En los viejos tiempos, al llegar estas fechas tú y tus colegas hubierais estado produciendo a marchas forzadas manuscritos navideños...

- Yo no -dijo Novodvortsev.

El crítico se rió entre dientes.

- Es una lástima. Deberías escribir un cuento de Navidad. En el nuevo estilo.

Anton Golïy tosió en su pañuelo.

- En otro tiempo lo hicimos... -empezó con voz ronca, gutural, pero luego carraspeó.

- Lo digo en serio -siguió el crítico, embutiéndose en el abrigo-. Se puede inventar algo inteligente... Gracias, pero ya son...

- En otro tiempo -dijo Anton Golïy-. Lo hicimos. Un maestro. Un maestro que... Se le metió en la cabeza hacer un árbol de Navidad para los niños. En la cima. Colocó una estrella roja.

- No, eso no sirve -dijo el crítico-. Es más bien severo para un cuento. Tienes que darle un perfil más sutil. La lucha entre dos mundos diferentes. Todo ello contra un fondo nevado.

- Hay que tener cuidado con los símbolos, en términos generales -dijo sombrío Novodvortsev-. Tengo un vecino, un hombre muy recto, miembro del partido, militante activo, y sin embargo utiliza expresiones como "el Gólgota del Proletariado"...

Cuando sus huéspedes se hubieron ido se sentó en su mesa y apoyó la cabeza en su gran mano blanca. Junto al tintero había algo que parecía un vaso sencillo y cuadrado con tres plumas hincadas en una especie de caviar de bolas azules. El objeto tenía unos diez o quince años: había sobrevivido todos los tumultos, mundos enteros habían caído despedazados en torno de él, pero ni una de aquellas bolas de cristal se había roto. Eligió una pluma, dispuso una hoja de papel convenientemente, metió unas cuantas hojas más debajo de la primera para escribir sobre una superficie más blanda...

- ¿Pero sobre qué? -dijo Novodvortsev en voz alta, y a continuación con el muslo hizo a un lado la silla y se puso a caminar por la habitación. En su oído izquierdo sentía un zumbido insoportable.

El canalla aquel lo dijo con toda la intención, pensó, y como si quisiera seguir los pasos del crítico fue hasta la ventana.

Tiene la pretensión de aconsejarme y de avisarme... Y ese tono de mofa... Probablemente piensa que ya he perdido toda originalidad... Pues haré un cuento de Navidad... Y entonces, él escribirá: "Estaba yo en su casa una noche y, entre una cosa y otra, se me ocurrió sugerirle: Dmitri Dmitrievich, deberías describir la lucha entre el viejo y el nuevo orden en el entorno de un nevado cuento de Navidad. Podrías llevar hasta sus últimas consecuencias el tema que apuntabas de forma tan extraordinaria en El Filo, ¿recuerdas el sueño de Tumanov? Ese es el tema al que me refiero ... Y precisamente aquella noche nació la obra que ..."

La ventana daba a un patio. No se veía la luna... No, pensándolo bien, sí que hay una especie de brillo que sale de detrás de aquella chimenea. La leña estaba apilada en el patio, cubierta con una alfombra reluciente de nieve. En una ventana resplandecía la cúpula verde de una lámpara, alguien trabajaba en su mesa, y el ábaco relucía como si sus cuentas estuvieran hechas de cristal de colores. De repente, en el más absoluto silencio, unos copos de nieve cayeron del alero del tejado. Luego, de nuevo, un torpor absoluto.

Sintió el cosquilleo de vacío que siempre presagiaba el deseo y la urgencia de escribir. En este vacío algo estaba adquiriendo forma, algo crecía. Una especie de nuevo cuento de Navidad... La misma nieve de siempre, un conflicto totalmente nuevo...

Oyó unos pasos cautelosos al otro lado de la pared. Era su vecino que volvía a casa, un tipo discreto y educado, comunista hasta la médula. En una suerte de arrebato más o menos abstracto, con una deliciosa sensación de confianza, Novodvortsev se volvió a sentar a la mesa. El tono, la coloratura de la obra ya empezaban a tomar cuerpo. Sólo tenía que crear el esqueleto, el tema. Un árbol de Navidad: ése era el comienzo. Se imaginó ciertas familias, gente que en los viejos tiempos había sido importante, gente que estaba aterrorizada, de mal humor, condenada (se los imaginaba con tanta nitidez ...), gente que con toda seguridad estaba ahora mismo colocando adornos de papel en un abeto que habían cortado a hurtadillas en el bosque. En estos tiempos ya no había dónde comprar aquellos adornos y oropeles, ya no se apilaban los abetos a la sombra de San Isaac...

Alguien llamó a la puerta, un golpe amortiguado, como si se hubiera cubierto los nudillos con un trozo de tela. La puerta se abrió unos centímetros. Delicadamente, sin apenas meter la cabeza, el vecino le dijo: "¿Le importaría prestarme una pluma? Si tiene alguna con la punta un poco roma, se lo agradeceré".

Novodvortsev se la dio.

- Muchísimas gracias -dijo el vecino, cerrando la puerta silenciosamente.

Aquella interrupción insignificante rompió en cierta manera la imagen que estaba madurando en su mente. Se acordó que en El Filo Tumanov sentía cierta nostalgia por la pompa de las antiguas fiestas. Pero no buscaba ni quería una mera repetición. Y en aquel momento pasó por su mente otro recuerdo inoportuno. Recientemente, en una fiesta, había oído cómo una joven le decía a su marido: "Te pareces mucho a Tumanov en varios aspectos". Durante unos días se sintió feliz. Pero luego conoció personalmente a la citada señora y el tal Tumanov resultó ser el novio de su hermana. Y tampoco ésa había sido su primera desilusión. Un crítico le había dicho que iba a escribir un artículo sobre tumanovismo. Había algo que le adulaba infinitamente en ese ismo y también en la t con la que la palabra comenzaba en ruso. El crítico, sin embargo, se había ido al Cáucaso a estudiar a los poetas georgianos. Y, a pesar de todo, no podía negar que Tumanov le había proporcionado ciertos momentos agradables. Por ejemplo, una lista como la siguiente: "Gorky, Novodvortserv, Chirikov..."

En una autobiografía que acompañaba sus obras completas (seis volúmenes con retrato del autor incluido) había contado cómo él, hijo de padres humildes, se había abierto camino en el mundo. Su juventud, en realidad, había sido feliz. Un vigor saludable, fe, éxito. Habían transcurrido veinticinco años desde que una aburrida revista literaria publicara su primer relato.

A Korolenko le había gustado su obra. Había sido arrestado un par de veces. Habían cerrado un periódico por su culpa. Ahora sus aspiraciones cívicas se habían visto cumplidas. Se sentía libre y cómodo entre los escritores jóvenes que empezaban. Su nueva vida le satisfacía al máximo. Seis volúmenes. Su nombre era conocido. Y sin embargo su fama era pálida, pálida...

Saltó de nuevo mentalmente hasta la imagen del árbol de Navidad y, bruscamente y sin aparente razón, se acordó del cuarto de estar de la casa de unos comerciantes, de un gran volumen de artículos y poemas con páginas de cantos dorados (una edición benéfica para los pobres) que de alguna forma estaba relacionado con aquella casa, recordó también el árbol de Navidad del cuarto de estar, la mujer que él amaba en aquel tiempo, y las luces del árbol reflejándose como un temblor de cristal en sus ojos abiertos al coger una mandarina de una de las ramas más altas. Habían transcurrido veinte años o quizá más, cómo se fijaban en la memoria algunos detalles...

Disgustado, abandonó este recuerdo y se imaginó una vez más esos viejos abetos más bien ralos que, en ese mismo momento, con toda seguridad, se veían engalanados y decorados con adornos... Pero ahí no había ningún relato, aunque siempre se le podía dar un ángulo sutil... Exiliados que lloran en torno de un árbol de Navidad, engalanados con sus uniformes impregnados de polilla, mirando al árbol sin dejar de llorar. En algún lugar de París. Un viejo general rememora al recortar un ángel de cartón dorado cómo solía abofetear a sus soldados... Pensó entonces en un general que había conocido personalmente y que ahora estaba en el extranjero, y no había forma de imaginárselo llorando arrodillado ante un árbol de Navidad...

"Pero, con todo, ahora voy por buen camino." Dijo Novodvortsev en voz alta, persiguiendo impaciente un pensamiento que se le había escapado. Y entonces algo nuevo e inesperado empezó a tomar forma en su imaginación -una ciudad europea, un pueblo bien alimentado, cubierto de pieles. Un escaparate completamente iluminado. Tras él, un enorme árbol de Navidad de cuyas ramas cuelgan frutas carísimas y en cuya base se amontonan muchos jamones. Símbolo de bienestar. Y delante del escaparate, en la acera helada...

Todo nervioso, pero nervioso con la excitación del triunfo, sintiendo que había encontrado la clave única y necesaria, que iba a componer algo exquisito, que iba a describir como nadie lo había hecho antes la colisión de dos clases, de dos mundos, empezó a escribir. Escribió acerca del árbol opulento en el escaparate descaradamente iluminado y del trabajador hambriento, víctima del paro, mirando aquel árbol con mirada severa y sombría.

"El insolente árbol de Navidad -escribió Novodyortsev- ardía con todos y cada uno de los colores del arco iris."


Fue necesario cerrar la ventana: la lluvia golpeteaba contra el alféizar y salpicaba el parquet y los sillones. Con un sonido escurridizo y fresco, unos enormes espectros de plata corrían veloces por el jardín, a través del follaje y a lo largo de la arena anaranjada. Los desagües chasqueaban metálicos y se atascaban. Tú tocabas a Bach. Habían levantado la cola laqueada del piano y bajo el ala descansaba una lira y unos pequeños martillos desgranaban un chapoteo de oleaje sobre las cuerdas. El tapiz de brocado, arrugado en toscos pliegues, se había deslizado en parte de la cola del piano, dejando caer una partitura abierta sobre el suelo. De tanto en tanto, a través del frenesí de la fuga, tu anillo tintineaba contra las teclas, mientras, incesante, magnífica, la lluvia de junio insistía en salpicar los paños de la ventana. Y tú, sin dejar de tocar y ladeando ligeramente la cabeza, exclamabas al ritmo de tus dedos: «Esta lluvia, esta lluvia... voy a anegar la lluvia hasta negarla»,

Pero no pudiste.

Abandoné los álbumes que descansaban sobre la mesa, ataúdes de terciopelo, y me puse a observarte y a escuchar la fuga, la lluvia. Un sentimiento de frescura fluyó en mí, como aroma de claveles húmedos que gotearan de todas partes, de las estanterías, de la cola del piano, de los diamantes rectangulares de la araña de cristal.

Tuve una aguda sensación de equilibrio embelesado al percibir la relación musical existente entre los espectros de plata de la lluvia y tu espalda inclinada, que se estremecía cuando apretabas los dedos contra el oleaje brillante de las teclas. Y cuando luego me encerré en mí mismo, el mundo todo parecía así —homogéneo, congruente, limitado por las leyes de la armonía. Yo mismo, tú, los claveles, en ese momento todo ello se convirtió en unas cuerdas verticales sobre un pentagrama musical. Me di cuenta de que todo en el mundo era un juego recíproco de partículas idénticas que albergaban diferentes tipos de consonancia: los árboles, el agua, tú... Todo estaba unificado, todo era equivalente, divino. Te levantaste. La lluvia seguía segando la luz del sol. Los charcos parecían agujeros en la arena oscura, rendijas que nos introdujeran en otros cielos que resplandecían en su camino subterráneo. En un banco, brillante como porcelana danesa, estaba tu raqueta olvidada; las cuerdas se habían vuelto pardas con la lluvia y su moldura se había combado hasta adoptar la forma del número ocho.

Cuando arribamos al camino, me sentí algo mareado con el abigarramiento de las sombras y el aroma de los hongos que empezaban a pudrirse.

Te recuerdo dentro de un fortuito retazo de sol. Tenías la espalda erguida y tus ojos pálidos miraban cenicientos. Cuando hablabas, cortabas el aire con el filo acerado de tu mano menuda y con el destello de la pulsera que anudaba tu muñeca. Tu pelo se desvanecía al enredarse en los rayos de sol que temblaban en el aire y en tu entorno. Fumabas mucho y con nervios. Echabas el humo por la nariz y te desprendías de la ceniza con un golpecillo desdeñoso. Tu casa de campo gris de paloma estaba a cinco verstas de la nuestra. Su interior era frío, suntuoso, una pura reverberación. Había aparecido fotografiada en una elegante revista de la ciudad. Casi todas las mañanas me encaramaba al cuero del sillín de mi bicicleta y tomaba el camino que crujía a mi paso y atravesaba el bosque y luego tomaba la carretera y atravesaba el pueblo y volvía a tomar otro camino que llevaba hasta ti. Tú contabas con que tu marido no iba a venir en septiembre. Y no temíamos nada, tú y yo, ni las murmuraciones de tus criados, ni las sospechas de mi familia. Cada uno de nosotros, a su manera y de forma diversa, confiaba en el destino.

 

Tu amor era un punto sordo, como lo era tu voz. Casi se podría decir que amabas de soslayo, y nunca hablabas de amor. Eras una de esas mujeres habitualmente poco habladoras, a cuyo silencio uno se acostumbra inmediatamente. Pero, de vez en cuando, algo en ti explotaba. Y entonces tu Bechstein gigante atronaba el espacio, o si no, mirando al infinito vagamente, me contabas hilarantes anécdotas que le habías oído a tu marido o a sus compañeros de regimiento. Recuerdo tus manos, manos pálidas, alargadas y sus venillas azules.

 

En aquel día feliz, cuando la lluvia azotaba y tú tocabas tan inesperadamente bien, se resolvió aquel algo nebuloso que se había alzado imperceptiblemente entre nosotros tras nuestras primeras semanas de amor. Me di cuenta de que no tenías poder alguno sobre mí, que no eras mi única amante, sino que toda la tierra lo era. Era como si mi alma hubiera desplegado infinitas antenas sensibles y yo viviera como dentro de todas las cosas, percibiendo simultáneamente las cataratas del Niágara atronando al otro lado del océano y también y a la vez el goteo dorado y monótono que tamborileaba mecánicamente en el camino. Me quedé mirando la corteza reluciente de un abedul y de repente sentí que, en lugar de brazos, poseía ramas inclinadas cubiertas con hojas menudas y mojadas y, en lugar de piernas, miles de finas raíces, trenzadas en la tierra, empapándose de ella. Quería transfundirme así en la naturaleza toda, experimentar el ser de un viejo boletus, con su esponja amarilla en el envés, o una libélula, o incluso la esfera solar. Me sentía tan feliz que de pronto rompí a reír y te besé en el hombro y en la nuca. Te hubiera incluso recitado un poema, pero detestabas la poesía.

Sonreíste una sonrisa leve y dijiste:

—¡Qué bien se está después de la lluvia! —y luego te quedaste pensativa unos momentos y añadiste—: Sabes, acabo de acordarme. Me han invitado hoy a tomar el té... cómo se llama... Pal Palych. Es muy aburrido. Pero tengo que ir.

Pal Palych era un antiguo conocido mío. Solíamos ir a pescar juntos y en plena pesca, de repente, se ponía a cantar con su débil voz de tenor Campanadas nocturnas. Yo lo apreciaba mucho. Una gota ardiente se desprendió de una hoja y me cayó directamente en los labios. Me ofrecí a acompañarte.

Te estremeciste como en un escalofrío.

—-Nos aburriremos mortalmente allí. Es horrible —miraste el reloj y suspiraste—. Hora de irse. Me tengo que cambiar de zapatos.

En tu dormitorio embrumado, la luz del sol, que se filtraba por las persianas venecianas, formaba dos escaleras doradas en el suelo. Dijiste algo con tu voz sorda. Al otro lado de la ventana, los árboles respiraban y goteaban en un crujido de contento. Y yo, sonriendo con el crujir de la lluvia, te abracé, levemente y sin avidez.

 

Ocurrió así. A una orilla del río estaba tu parque, y también tus prados, y al otro, el pueblo. La carretera tenía baches profundos en algunos tramos. El barro era de un color violeta exuberante, y las rodadas se llenaban de un agua color café con leche y se cubrían de espuma. Las sombras oblicuas de las isbas de madera negra se extendían con inusitada claridad.

Caminamos en la sombra por un sendero muy trillado y dejamos atrás una tienda de ultramarinos, una taberna con su cartel esmeralda, unos patios llenos de sol que emanaban aromas de estiércol y de heno fresco.

La escuela era nueva, de piedra, rodeada de arces. En el umbral relucían las pantorrillas blancas de una campesina que se inclinaba a escurrir un trapo en un cubo.

Tú preguntaste: «¿Está Pal Palych?». La mujer, toda trenzas y pecas, entrecerró los ojos para protegerse del sol. «Sí, sí que está.» El cubo tintineó con el puntapié que le dio la vieja para moverlo. «Entre, señora. Estará en el taller.»

Nuestras pisadas crujieron al atravesar un vestíbulo oscuro y luego una clase espaciosa.

Miré al pasar un mapa azul y pensé: así es toda Rusia —luz de sol y un gran vacío... En un rincón brillaba un trozo de tiza triturada.

Más allá, en el pequeño taller, había un agradable olor a cola de carpintero y a serrín de pino. Sin chaqueta, sudoroso y jadeante, con la pierna izquierda extendida, Pal Palych se divertía haciendo una serie de planos en su tablero de dibujo de quejosa madera blanca. Su coronilla, calva y sudorosa, oscilaba dentro de un rayo de sol. En el suelo, bajo el banco del carpintero, se enroscaban unas virutas como frágiles mechones de cabello.

Yo dije a voz en grito:

—¡Pal Palych, tienes invitados!

El dio un respingo, se azoró, tomó educadamente la mano que tú le ofreciste con un gesto tan conocido, tan indiferente, y luego tomó mi mano en sus húmedos dedos y la estrechó un segundo. Parecía que tuviera el rostro moldeado en arcilla, con bigote fláccido e inesperados surcos.

—Lo siento, estoy sin vestir, ya lo veis —dijo con una sonrisa culpable. Agarró un par de puños de camisa, que aguardaban tiesos como cilindros en el alféizar de la ventana, y se los puso apresuradamente.

—¿En qué estás trabajando? —le preguntaste con un destello de tu pulsera. Pal Palych se esforzaba en embutirse la chaqueta con movimientos violentos.

—Nada, estoy enredando un poco —escupió como atragantándose al hablar—. Es una especie de estantería sin importancia. No la he acabado todavía. Aún tengo que lijarla y darle el barniz. Pero mirad esto, lo llamo La Mosca... —y con un movimiento vibratorio de sus manos unidas, lanzó al aire una especie de helicóptero de madera en miniatura, que se elevó a las alturas con un zumbido, dio un golpe seco en el techo y cayó al suelo.

La sombra de una sonrisa pasó cortés por tu rostro.

—¡Pero qué tonto soy! —Pal Palych comenzó de nuevo—. Os esperaba arriba, amigos... Esta puerta rechina. Lo siento. Permitidme que vaya delante. Me temo que la casa está desordenada.

—Creo que se había olvidado de que me había invitado —dijiste en inglés mientras subíamos las escaleras que crujían a cada peldaño.

Yo contemplaba tu espalda, los cuadros de seda de tu blusa. Desde algún lugar en el piso de abajo, probablemente el patio, nos llegó la poderosa voz de la campesina, «¡Gerosim! ¡Gerosim!». Y de repente se me hizo prístinamente claro que, durante siglos, el mundo no había dejado de florecer, de dar vueltas, de cambiar sólo para que, ahora, en este preciso instante, pudieran combinarse y fundirse en un acorde vertical aquella voz cuya resonancia nos llegaba desde abajo, el movimiento de tus hombros de seda, y el aroma de las tablas de pino.

 

La habitación de Pal Palych era soleada y algo abigarrada. Una estera roja con un león bordado en el centro estaba clavada en la pared encima de la cama. En otra pared colgaba un capítulo de Anna Karenina, enmarcado y dispuesto de tal forma que el juego de claroscuro de los tipos y la inteligente disposición de las líneas lograban conformar el rostro de Tolstoi.

Nuestro anfitrión, frotándose las manos, te ofreció un asiento. Al hacerlo, un movimiento de las gateras de su chaqueta derribó un álbum de la mesa. Lo recogió. Trajeron té, yogur y unas insípidas galletas. Pal Palych sacó de un aparador una lata de flores con caramelos duros de Landrin. Al agacharse, su camisa dejaba ver todo un paño de piel lleno de granos. Un abejorro amarillo muerto había quedado apresado en la pelusa de una araña posada en el alféizar de la ventana. «¿Dónde está Sarajevo?», preguntaste de repente, haciendo crujir una página que con indiferencia habías cogido del suelo. Pal Palych, ocupado en servir el té, contestó: «En Serbia».

Y, con mano temblorosa, te ofreció con sumo cuidado el humeante vaso de cristal en su soporte de plata.

—Aquí tienes. ¿Puedo ofrecerte unas galletas?... ¿Y por qué están tirando bombas? —se dirigió a mí con un brusco movimiento de hombros.

Yo examinaba, por centésima vez, un enorme pisapapeles de cristal. El cristal encerraba en su interior un azul rosado y la Catedral de San Isaac salpicada de dorados granos de arena. Tú te reías y leías en voz alta: «Ayer, un comerciante del Segundo Gremio llamado Yeroshin fue arrestado en el restaurante Quisisana. Resultó que el tal Yeroshin, con el pretexto de...». Y te volviste a reír. «No, el resto es indecente.»

Pal Palych se puso nervioso, se ruborizó con un leve tono pardo rojizo y dejó caer su cuchara. Las hojas de arce brillaron con inmediatez junto a las ventanas. Un carro traqueteó por delante. Desde algún lugar nos llegaba un grito tierno y lastimero: «¡Helados!».

 

Empezó a hablar del colegio, de las borracheras, y también de la trucha que había aparecido en el río. Yo me dispuse a examinarle a fondo, y tuve la sensación de que realmente lo estaba viendo por primera vez, aunque fuéramos viejos conocidos. Una imagen suya de nuestro primer encuentro debía de habérseme quedado impresa en el cerebro, como una foto fija inasequible al cambio, un hecho ya definitivo, cerrado y aceptado como cualquier costumbre. Cuando por alguna razón me había venido al recuerdo la imagen de Pal Palych, su rostro no sólo tenía un bigote rubio pálido, sino también una pequeña barba que hacía juego con aquél. Una barba imaginaria es una característica de muchos rostros rusos. Pero ahora, después de haberle concedido un aspecto concreto, por así decir, con mi mirada interna, vi que en realidad tenía la barbilla redonda, lampiña e indecisa, ligeramente partida. Tenía también una nariz carnosa, y me di cuenta de que, en su párpado izquierdo, tenía un lunar que le hubiera arrancado con muchísimo gusto, pero cortarlo hubiera significado matarlo. Aquel pequeño bulto le contenía, total y exclusivamente. Cuando me hube dado cuenta de todo esto, y una vez que lo hube examinado en profundidad, hice el más imperceptible de los movimientos, como si quisiera empujar a mi alma a que se deslizara pendiente abajo, y me deslicé dentro de Pal Palych, me puse cómodo en su interior, y desde ese lugar, sentí, por así decir, aquel lunar de su párpado arrugado, y también las alas almidonadas de su cuello, y la mosca que se arrastraba por su calva. Le examiné con ojos límpidos y móviles. El león amarillo de encima de la cama me parecía ahora un viejo amigo, como si llevara allí encima de la cama desde mi infancia. La posta de colores, encerrada en su cristal convexo, se convirtió en algo extraordinario, lleno de gracia, alegre. Y no eras tú la que estabas sentada frente a mí, en una silla baja de mimbre a la que mi espalda se había acostumbrado, sino la benefactora de la escuela, una dama taciturna a la que apenas conocía. Y sin solución de continuidad, con la misma ligereza de movimientos, me deslicé dentro de ti, percibí la cinta de tu liga encima de la rodilla, y un poco más arriba, el cosquilleo de la batista, y pensé, poniéndome en tu lugar, que era todo muy aburrido, que hacía calor, que querías fumar. En ese preciso momento sacaste del bolso una pitillera de oro e insertaste un cigarrillo en tu boquilla. Y yo estaba dentro de todo y de todas las cosas —de ti, del cigarrillo, de la boquilla, de Pal Palych enredándose torpe con sus cerillas, del pisapapeles de cristal, del abejorro muerto en el alféizar de la ventana.

Han pasado muchos años, y no sé dónde estará ahora, el tímido y abotargado Pal Palych. A veces, sin embargo, cuando mis pensamientos vuelan por territorios que le son ajenos, lo veo como en un sueño, transportado al escenario de mi existencia ordinaria. Entra en una habitación con su porte sonriente y remilgado, con su panamá viejo en la mano; inclina la cabeza al andar, se limpia la calva y el rubicundo cuello con un enorme pañuelo. Y cuando sueño con él, tú apareces invariablemente atravesando mi sueño, con aspecto perezoso y con una blusa de seda escotada.

*

* *

Aquel maravilloso y feliz día yo no estaba especialmente locuaz. Engullí los resbaladizos trozos de requesón y me esforcé por percibir hasta el más mínimo ruido. Cuando Pal Palych se callaba, yo oía cómo murmuraba su estómago —un chirrido delicado, seguido de un mínimo borboteo. Después de lo cual se limpiaba la garganta sin ningún rubor y empezaba a hablar de cualquier cosa a toda prisa. Balbuceando, sin lograr encontrar la palabra justa, fruncía el ceño y empezaba a tamborilear con los dedos en la mesa. Tú estabas reclinada en el sofá bajo, impasible y en silencio. Girando la cabeza a un lado y alzando tu anguloso hombro, me lanzabas miradas desde el fondo de tus pupilas mientras te ajustabas las horquillas del pelo anudado detrás de tu cabeza. Tú creías que yo me sentía molesto delante de Pal Palych porque habíamos llegado juntos y él hubiera podido imaginarse nuestra relación. Y a mí me divertía que tú pensaras eso, y me divertía la forma melancólica y sorda en la que Pal Palych se ruborizó cuando deliberadamente tú mencionaste a tu marido y su trabajo.

 

Delante de la escuela, el ocre caliente del sol chapoteaba detrás de los arces. Desde el umbral, Pal Palych nos saludó y nos dio las gracias por acercarnos, y luego volvió a saludar desde el pasillo, y un termómetro brillaba, blanco cristalino, en el muro exterior.

Cuando dejamos atrás el pueblo, cruzamos el puente y nos disponíamos ya a subir por el sendero que conduce a tu casa, yo te abracé y tú me lanzaste destellos de esa mirada especial y de través tan especial y tuya que me dijo que eras feliz. De repente tuve el deseo de contarte las pequeñas arrugas de Pal Palych y el San Isaac con lentejuelas, pero, tan pronto como empecé a hacerlo, tuve la sensación de que me venían a la boca las palabras equivocadas, palabras extravagantes, y cuando tú con toda ternura dijiste «decadente», yo cambié de tema. Sabía lo que necesitabas: sentimientos sencillos, palabras sencillas. Tu silencio era un silencio fácil y sin viento, como el silencio de las nubes o de las plantas. Todo silencio es el reconocimiento de un misterio. Muchas cosas en ti parecían misteriosas.

 

Un trabajador con una blusa hinchada por el viento afilaba con fuerza y con ruido su guadaña. Unas mariposas flotaban por encima de las flores escabiosas que no habían caído con la siega. Por el camino venía hacia nosotros una joven con una pañoleta verde claro en sus hombros y margaritas en el pelo. Yo ya la había visto unas dos o tres veces, y su cuello esbelto y moreno se me había quedado fijado en la memoria. Al pasar, sus ojos un punto achinados te tocaron atentos. Y luego, saltando con cuidado la zanja, desapareció detrás de los alisos. Un temblor de plata atravesó la maraña de matorrales. Tú dijiste: «Apuesto a que se estaba dando un buen paseo en mi parque. Cómo detesto a estos veraneantes...». Un fox-terrier, una perra ya vieja, trotaba por el camino junto a su amo. Tú adorabas los perros. El animalillo trepó hasta nosotros, apoyándose en la tripa y con las orejas enhiestas. Se llegó hasta tu mano extendida, y empezó a dar vueltas mostrándonos sus partes, que parecían un mapa de manchas. «Cariño», le dijiste con esa voz tuya tan especial, cariñosa y medio enfadada a un tiempo.

El fox-terrier, después de revolcarse unas cuantas veces, dio un exquisito chillido y se fue trotando, y de un salto atravesó la zanja.

Cuando ya nos acercábamos a la verja del parque, tú decidiste que querías fumar, pero, después de revolver en tu bolso, cloqueaste dulcemente: «Qué tonta soy. Me dejé la boquilla en su casa». Me rozaste la espalda. «Querido, corre y vete a buscarla. Si no, no puedo fumar.» Me reí mientras besaba tus párpados palpitantes y tu estrecha sonrisa.

Me gritabas mientras corría: «¡Date prisa!». Me puse a correr, no porque tuviera una gran prisa, sino porque todo en mi entorno corría al unísono —la iridiscencia de los matorrales, las sombras de las nubes sobre la hierba húmeda, las flores moradas apresurándose a encerrar sus vidas en hondonadas y barrancos antes de que llegara el relámpago del segador.

 

Diez minutos más tarde, jadeando y acalorado, me encontré subiendo las escaleras de la escuela. Golpeé con el puño la puerta parda. El muelle de un colchón gimió en el interior. Giré la manivela, pero la puerta estaba cerrada con llave.

—¿Quién anda ahí? —preguntó la voz sofocada de Pal Palych.

Yo grité:

—¡Vamos ya! ¡Déjame entrar! —el colchón chirrió de nuevo y se oyeron las pisadas de unos pies descalzos—. ¿Quieres decirme para qué te encierras, Pal Palych? —me di cuenta al momento de que tenía los ojos rojos.

—Entra, entra... Me alegro de verte. Ya ves, estaba dormido. Entra.

—Nos olvidamos una boquilla aquí —dije, tratando de no mirarle.

Por fin encontramos la boquilla de esmalte verde bajo el sillón. Me la metí en el bolsillo. Pal Palych se sonaba estruendosamente con un pañuelo.

—Es una persona maravillosa —dijo inoportuno, dejándose caer pesadamente en la cama. Suspiró y miró de soslayo—. Hay algo en las mujeres rusas, un cierto... —se levantó todo arrugado y se pasó la mano por la frente—. Un cierto... —emitió un gruñido suave—, espíritu de sacrificio. No hay nada más sublime en este mundo. Ese espíritu de sacrificio extraordinariamente sutil, extraordinariamente sublime —juntó las manos detrás de la cabeza y mudó su rostro en una sonrisa lírica—. Extraordinario... —se quedó callado, y luego preguntó, ya con un tono diferente, uno que utilizaba a menudo cuando quería hacerme reír—. ¿Y qué más tienes que decirme, amigo mío? —sentí ganas de darle un abrazo, de decirle algo cariñoso, algo que le aliviara en su necesidad.

—Deberías ir a dar un paseo, Pal Palych. ¿Por qué encerrarte a languidecer en un cuarto cerrado?

Hizo un ademán como para despachar aquel asunto.

—Ya he visto todo lo que hay que ver. Ahí afuera todo lo que uno hace es sofocarse... —con un movimiento descendente de la mano se frotó sus ojos abotargados y también el bigote—. Quizá esta noche vaya a pescar un rato —el lunar que se incrustaba en su párpado arrugado se movió.

Tenía que haberle preguntado: «Querido Pal Palych, ¿qué hacías hace un minuto tumbado en la cama y con el rostro escondido en la almohada? ¿Es que tienes la fiebre del heno, o alguna pena profunda? ¿Has amado a una mujer alguna vez? ¿Y por qué llorar en un día como éste, con este sol radiante y los charcos ahí afuera?».

—Bueno, Pal Palych, tengo que irme corriendo —dije echando una mirada a las gafas abandonadas, al Tolstoi recreado tipográficamente y a las botas con sus lazadas como orejas debajo de la mesa.

Dos moscas se posaron en el suelo rojo. Una se subió encima de la otra. Dieron un zumbido y se separaron volando.

—No te lo tomo en cuenta —dijo Pal Palych respirando suavemente. Ladeó la cabeza—. Sonreiré y lo soportaré, vete, no te entretengas conmigo.

 

Y de nuevo me encontré corriendo por el camino, junto a los alisos. Sentí que me había bañado en la pena de otro, que estaba radiante con sus lágrimas. Mi sentimiento era de felicidad, una felicidad que desde entonces sólo he experimentado en raras ocasiones: al ver un árbol que se inclina, un guante agujereado, la mirada de un caballo. Era un sentimiento feliz porque fluía armoniosamente. Era la felicidad de un movimiento o de un fulgor feliz. En una ocasión me desgarré en un millón de astillas de seres y de objetos. Hoy soy uno; mañana volveré a desgarrarme en mil astillas. Y así todo en este mundo se decanta y se modula. Aquel día yo estaba en la cresta de una ola. Sabía que todo a mi alrededor eran notas procedentes de una sola armonía siempre la misma, conocía, secretamente, su fuente y la inevitable resolución de aquellos sonidos que se habían reunido por un instante, y conocía también el nuevo acorde que engendraría cada una de las notas al dispersarse. El oído musical de mi alma lo sabía y lo abarcaba todo.

 

Te encontré en la sección pavimentada de tu jardín, junto a los escalones que llevan a la terraza y tus primeras palabras fueron: «Mi marido ha llamado desde la ciudad mientras yo estaba fuera. Viene en el tren de las diez. Debe haber ocurrido algo. Quizá lo hayan trasladado».

Un aguzanieves como un viento azul gris pasó ligero por la arena. Una pausa, dos o tres escaleras, otra pausa, más escaleras. El aguzanieves, la boquilla que yo tenía en mis manos, tus palabras, las manchas de sol en tu vestido... No podía ser de otra manera.

—Sé lo que estás pensando —dijiste, frunciendo el ceño—. Piensas que habrá alguien que se lo diga y todo eso. Pero no importa... Sabes lo que yo...

Te miré de frente a la cara. Miré con toda mi alma, directamente. Choqué contigo. Tenías los ojos límpidos, como si una película de papel de seda acabara de desprenderse de los mismos —esa que protege las ilustraciones de los libros preciosos. Y, por vez primera, tu voz era también límpida.

—¿Sabes lo que he decidido? Escucha. No puedo vivir sin ti. Eso es lo que le voy a decir exactamente. Me concederá el divorcio inmediatamente. Y luego, hacia el otoño, podríamos...

Te interrumpí con mi silencio. Una mancha de sol se deslizó desde tu falda hasta la arena al moverte ligeramente.

¿Qué podía decirte? ¿Podía invocar la libertad, el cautiverio, decir que no te amaba lo suficiente? No, todo eso era mentira.

Transcurrió un instante. En ese instante, muchas cosas ocurrieron en el mundo: en algún lugar un vapor gigante se hundió en el fondo del mar, se declaró una guerra, nació un genio. El instante pasó.

—Aquí tienes tu boquilla —dije—. Estaba debajo del sillón. Sabes, cuando entré, Pal Palych parecía como si hubiera estado...

Tú dijiste:

—Está bien. Puedes irte —te diste la vuelta y corriste escaleras arriba. Agarraste el pomo de cristal de la puerta, y no conseguiste abrirla. Debió de ser pura tortura para ti.

 

Me quedé de pie en el jardín durante un rato entre la humedad dulce. Luego, con las manos metidas en los bolsillos, caminé por la arena moteada en torno a la casa. En el porche de entrada encontré mi bicicleta. Apoyándome en el manillar, me deslicé por el camino del parque. Había sapos aquí y allá. Sin darme cuenta pasé por encima de uno de ellos. Al final del camino había un banco. Apoyé la bicicleta contra el tronco de un árbol y cedí a la tentación de sentarme en la madera blanca. Pensé en que dentro de dos días tendría una carta tuya y en cómo me llamarías y yo no volvería. Tu casa se deslizaba en una melancólica distancia con su piano de cola, los volúmenes polvorientos de La Revista de Arte, las siluetas en sus marcos redondos. Era delicioso perderte. Desapareciste, sacudiendo angularmente la puerta de cristal. Pero otra tú se marchó de manera distinta, abriendo tus ojos pálidos bajo mis besos de alegría.

 

Me quedé así sentado hasta que llegó la noche. Había unos enanos, que, como movidos por hilos invisibles, no dejaban de caminar por todos lados. De repente, en algún lugar cercano, percibí un brillo abigarrado —era tu vestido, y tú estabas...

¿No habían muerto ya las últimas vibraciones? Por eso, me sentí incómodo ante el hecho de que tú estuvieras allí, en algún punto a mi lado, fuera de mi campo de visión, ante el hecho de que estuvieras caminando, de que te estuvieras acercando. Con esfuerzo, volví el rostro. No eras tú sino aquella muchacha con la bufanda verdosa, ¿te acuerdas, aquella con la que nos tropezamos? ¿Y su foxterrier con aquella panza tan cómica?...

Ella pasó de largo, se perdió entre los huecos del follaje y luego cruzó el puentecillo que llevaba a un quiosco pequeño con ventanas de cristal emplomado. La chica está aburrida, está caminando por tu parque; probablemente la conoceré algún día.

Me levanté despacio, despacio salí en bicicleta del parque inmóvil hasta la carretera principal, derecho hacía una enorme puesta de sol, y, al otro lado de una curva, adelanté a un carruaje. Era tu cochero, Semyon, que se dirigía a paso lento hacia la estación. Cuando me vio, se quitó lentamente la gorra, se alisó los rizos brillantes de su nuca, y se la volvió a poner. Una manta de cuadros estaba doblada en el asiento. Un reflejo misterioso brilló en la mirada del jamelgo negro. Y cuando, con mis pedales inmóviles, volé colina abajo hacia el río, vi desde el puente el panamá y la espalda doblada de Pal Palych, sentado debajo, en un poste junto al lugar reservado al baño, con una caña de pescar en el puño.

Frené y me detuve con la mano en la barandilla.

—¡Pal, Palych! ¿Pican? —levantó los ojos, y me saludó con un gesto amable y tierno.

Un murciélago se lanzó volando por encima de la superficie del espejo rosa. El reflejo de las hojas parecía encaje negro. Pal Palych, desde lejos, gritaba algo, y me llamaba con la mano. Otro Pal Palych parpadeaba entre las olas negras. Riéndome con fuerza me separé de la barandilla.

Pasé por delante de las isbas en un único impulso silencioso y seguí por la tierra firme del camino. Unos mugidos flotaron en el aire sin brillo; unas alondras volaron de golpe y con estrépito. Y luego, un poco más lejos, en la inmensidad de la puesta de sol, entre los campos vagamente vaporosos, no había otro habitante que el silencio.


El estanco de Martin Martinich está situado en un edificio que hace esquina. Es natural que los estancos tengan predilección por las esquinas a juzgar por el de Martin, porque su negocio va viento en popa. El escaparate es de modestas proporciones, pero está bien dispuesto. Unos pequeños espejos dan vida a la mercancía que allí se exhibe. En la zona más baja, en los valles que se abren entre las montañas de terciopelo azul, se acomoda una variedad de cajas de cigarrillos cuyos nombres vienen arropados por ese elegante dialecto internacional que también se utiliza para dar nombre a los hoteles; más arriba, los puros en hilera sonríen en sus cajas livianas.

En sus buenos tiempos, Martin era un rico terrateniente. En mis recuerdos de infancia aparece siempre rodeado del aura con que conducía su impresionante tractor; por el contrario, mi memoria me dice que su hijo Petya y yo, lejos de sus hazañas, sucumbíamos simultáneamente a Meyn Ried y a la escarlatina, por lo que tras quince años repletos de todo tipo de acontecimientos, me gustaba pasarme por el estanco en aquella esquina llena de vida donde Martin vendía su mercancía.

Desde el año pasado, sin embargo, compartimos algo más que recuerdos comunes. Martin tiene un secreto y a mí me ha hecho partícipe de su secreto.

—¿Todo va bien? —le pregunto en un susurro, y él, mirando por encima del hombro, me contesta con el mismo cuidado.

—Sí, gracias a Dios, todo está tranquilo.

Se trata de un secreto bastante excepcional. Recuerdo que me iba a París y que la víspera me había quedado en casa de Martin hasta tarde. El alma de un hombre puede compararse a unos grandes almacenes y sus ojos a dos escaparates gemelos. A juzgar por los ojos de Martin, estaban de moda los tonos pardos, cálidos. A juzgar por esos ojos, la mercancía que guardaba en su alma era de excelente calidad. Y qué barba tan tupida, con aquel destello blanco que hablaba de Rusia en el gris robusto de alguna cana. Y sus hombros, su estatura, su porte... En tiempos solían decir que podía rajar un pañuelo con su espada —una de las hazañas de Ricardo Corazón de León. Ahora, cualquiera de los que como él habían emigrado diría con un punto de envidia: «¡Ahí tienes a un hombre que no ha bajado la cabeza!».

Su esposa era una amable mujer ya entrada en años y un tanto hinchada, con un lunar junto a su fosa nasal izquierda. De sus sufrimientos en los tiempos revolucionarios había conservado un tic en el rostro: inopinada y furtivamente alzaba sus ojos al cielo en una ráfaga fugaz. Petya tenía el mismo físico imponente que su padre. A mí me gustaba su dulzura taciturna, así como su humor repentino. Tenía un rostro grande, fláccido (del que su padre solía decir: «Vaya jeta la tuya, harían falta tres días al menos para circunnavegar su perímetro») y el pelo rojizo, permanentemente despeinado. Petya era propietario de un cine minúsculo, en una zona de la ciudad poco poblada, que le proporcionaba unos modestos ingresos. Y con él se acababa la familia.

Yo pasé aquel día, víspera de mi viaje, sentado junto al mostrador observando a Martin y a sus clientes, primero se inclinaba ligeramente, apoyándose en dos dedos, sobre el mostrador, y luego iba hasta las estanterías con un gesto elegante, cogía una de las cajas y mientras la abría con un chasquido del pulgar, preguntaba: «Einen Rauchen?». Recuerdo aquel día por una razón especial: Petya llegó inopinadamente, desgreñado y lívido de rabia. La sobrina de Martin había decidido volver a Moscú con su madre y Petya venía de entrevistarse con los representantes diplomáticos. Mientras que un diplomático le estaba informando de los pormenores, otro, que evidentemente comulgaba con la política del gobierno, susurraba en palabras apenas perceptibles: «Mucho cuidado, esto está lleno de esa Basura del Ejército Blanco».

—Me hubiera gustado hacer picadillo a aquel tipo —dijo Petya, haciendo ademán de dar un puñetazo— pero, desgraciadamente, no puedo olvidarme de mi tía que está en Moscú.

—Ya tienes algún que otro pecado en tu conciencia -—dijo Martin con voz cavernosa no exenta de buen humor. Aludía a un incidente de lo más divertido. No hace mucho tiempo, en el día de su santo, Petya fue a la librería soviética, cuya presencia mancilla una de las calles más encantadoras de Berlín. En ese lugar no sólo venden libros sino también distintas baratijas y curiosidades manuales. Petya eligió un martillo adornado con amapolas y con el blasón de los martillos bolcheviques. El empleado le preguntó si quería algo más. Petya dijo: «Sí, ya lo creo», indicando con el gesto un pequeño busto de escayola del Señor Ulyanov. Pagó quince marcos por el busto y el martillo, para después sin mediar palabra, allí mismo junto al mostrador, hacer añicos el busto con el martillo, con una fuerza tal que el Señor Ulyanov se desintegró.

A mí me gustaba aquella historia, como me gustaban, por ejemplo, los dichos queridos, estúpidos e inolvidables de la infancia que calientan las entretelas del corazón. Las palabras de Martin me llevaron a mirar a Petya mientras dejaba escapar una carcajada. Pero Petya se encogió de hombros taciturno y frunció el ceño. Martin revolvió en el cajón y le ofreció el cigarrillo más caro de la tienda. Pero ni siquiera eso disipó la tristeza de Petya.

Volví a Berlín seis meses más tarde. Un domingo por la mañana sentí la necesidad de ver a Martin. Entre semana se podía entrar a su casa a través de la tienda, ya que su piso —tres habitaciones y una cocina— estaba justamente detrás. Pero, evidentemente, un domingo por la mañana, la tienda estaba cerrada, y el escaparate tenía echada la reja protectora. Contemplé fugazmente a través de la reja las cajas rojas y doradas, los puros morenos, la humilde inscripción que se leía en un rincón, «Aquí se habla ruso», observé que el escaparate presentaba, de alguna forma, un aspecto más alegre, y crucé a través del patio hasta la casa de Martin. Cosa extraña, el propio Martin me pareció más alegre, más desenvuelto, más radiante que antes. Y Petya estaba totalmente irreconocible: sus rizos grasientos y desgreñados estaban peinados hacia atrás, y una amplia sonrisa, un punto tímida, se demoraba insistente en sus labios; mantenía una especie de silencio satisfecho y un cierto aire de divertida preocupación, como si llevara consigo una carga preciosa, dulcificaba todos sus movimientos. Sólo la madre seguía tan pálida como siempre, y el mismo tic, tan conmovedor, encendía su rostro como un débil relámpago de verano. Nos sentamos en el salón donde todo estaba recogido y yo, al pensar en las otras dos habitaciones, la de Petya y la de sus padres, igualmente limpias y acogedoras, tuve una sensación de lo más reconfortante. Tomé un té con limón, atendí a la meliflua conversación de Martin sin lograr evitar la impresión de que algo nuevo había hecho irrupción en aquella casa, algún pálpito misterioso y alegre, como ocurre, por ejemplo, en un hogar donde hay una joven a punto de ser madre. En un par de ocasiones Martin le lanzó una mirada preocupada a su hijo y éste reaccionó levantándose al punto y abandonando la habitación; al volver, le hacía una seña discreta a su padre, como si quisiera decir que todo iba a las mil maravillas.

También había algo nuevo, y a mi juicio, enigmático, en la conversación del viejo. Hablábamos de París y de los franceses y, de repente, preguntó: «Dime, amigo, ¿cuál es la cárcel más grande de París?». Le contesté que no lo sabía y empecé a hablarle de una revista francesa que sacaba mujeres pintadas de azul.

—¡Y eso te asombra! —me interrumpió Martin—. Dicen, por ejemplo, que las mujeres rascan la pintura de las paredes de la cárcel y la utilizan para empolvarse la cara, el cuello o lo que sea —y para confirmar sus palabras, trajo de su dormitorio un grueso volumen escrito por un criminalista alemán y localizó un capítulo acerca de la rutina de la vida en la cárcel. Traté de cambiar de tema, pero, fuera el tema que fuese, Martin lo reconducía mediante extraños rodeos y artificiales circunloquios, de forma tal que, sin darnos cuenta, nos veíamos discutiendo de nuevo los méritos de la prisión perpetua frente a la pena capital, o los ingeniosos métodos que los criminales han inventado para lograr escaparse al mundo libre.

Yo estaba desconcertado. Petya, a quien le gustaban los artilugios mecánicos, se entretenía manipulando con un cortaplumas los muelles de su reloj sin parar de reírse entre dientes. Su madre cosía y de cuando en cuando me acercaba una tostada o la mermelada para que comiera. Martin, con los cinco dedos de la mano en su desaliñada barba, se me había quedado mirando pensativo y de repente cambió de expresión como si se hubiera liberado de una carga. Dio una palmada en la mesa y se volvió a su hijo. «Ya no aguanto más, Petya, le tengo que contar todo o reviento.» Petya asintió en silencio. La mujer de Martin se levantó para ir a la cocina. «Eres un chisgarabís, todo lo cuentas», dijo moviendo la cabeza indulgentemente. Martin me puso la mano en el hombro, y me dio tal sacudida que, si yo hubiera sido un manzano en un jardín, las manzanas habrían empezado a caer literalmente por mi cuerpo, y luego se me quedó mirando fijo a los ojos. «Te lo advierto —dijo—. Te voy a contar un secreto tan increíble, tan secreto... que no sé qué hacer. Para que lo entiendas, ¡ni una palabra a nadie! ¿Comprendes?».

E, inclinándose hasta casi tocarme, bañándome en el aroma de tabaco y en su propio olor acre de viejo, Martin me contó una historia verdaderamente extraordinaria.

—Sucedió —empezó Martin— poco tiempo después de que te fueras. Entró un cliente. Obviamente, no se había percatado del cartel del escaparate, porque se dirigió a mí en alemán. Y permíteme que subraye esto: si hubiera observado el cartel no habría entrado en la modesta tienda de un emigrante. Inmediatamente me di cuenta de que era ruso por su pronunciación. La cara, además, era la de un ruso. Como es natural me lancé a hablar en ruso, le pregunté qué tipo de tabaco quería, de qué precio. Me respondió con una mirada de sorpresa molesta: «¿Qué le lleva a pensar que soy ruso?». Le di una contestación amabilísima, según recuerdo, y me puse a contar sus cigarrillos. En ese momento entró Petya. Cuando vio a mi cliente dijo con la más absoluta calma: «Qué encuentro más agradable». Y entonces mi Petya se acercó hasta él y le dio un puñetazo en la cara. El otro se quedó helado. Como muy bien me explicó Petya más tarde, lo que ocurrió no fue únicamente un puñetazo de esos en que la víctima se derrumba en el suelo, sino un golpe muy especial: parece que Petya le había propinado un golpe de efecto retardado, y el hombre perdió el conocimiento sin llegar a caerse. Y parecía que se hubiera quedado dormido de pie. Y entonces, muy despacio empezó a tambalearse y a caerse despacio, de espaldas, como si fuera una torre. Y Petya se puso entonces detrás y lo recogió por las axilas en su caída. Todo fue bastante inesperado. Petya dijo: «Échame una mano, papá». Yo le pregunté si sabía lo que estaba haciendo. Petya se limitaba a repetir: «Échame una mano». Conozco muy bien a mi Petya. Con él no sirven los rodeos y también sé que tiene los pies en el suelo, que medita sus actos, y que no deja inconsciente a la gente por una nimiedad. Arrastramos al inconsciente fuera de la tienda y a través del pasillo hasta el cuarto de Petya. Y justo al llegar allí, oí un timbre. Alguien acababa de entrar en la tienda. Tuvimos suerte, desde luego, de que no hubiera ocurrido un minuto antes. Volví a la tienda, despaché la venta, y a continuación, afortunadamente, llegó mi mujer con la compra e inmediatamente la dejé en el mostrador al cuidado de la tienda, mientras que yo, sin mediar palabra, fui a todo gas hasta la habitación de Petya. Aquel hombre estaba tendido en el suelo con los ojos cerrados, mientras que Petya, sentado a su mesa, examinaba pensativamente algunos objetos, como una gran purera de piel, media docena de postales obscenas, un billetero, un pasaporte, y un revólver viejo pero aparentemente en buen uso. Y me lo explicó todo al instante: como te habrás imaginado, esos objetos procedían de los bolsillos de aquel hombre, y el hombre no era otro sino el diplomático —recordarás la historia de Petya— que hizo aquel comentario acerca de la Basura Blanca, ¡sí, sí, el mismo! Y, a juzgar por alguno de los documentos que llevaba, era de la policía política, si no me equivoco. «Bien hecho —le dije a Petya—, le has partido la cara a un tipo. No entro en que lo mereciese o no, pero, por favor, explícame qué es lo que piensas hacer ahora. Evidentemente, no has pensado para nada en tu tía de Moscú». «Sí que lo he hecho —dijo Petya—. Tenemos que pensar algo».

Y lo hicimos. Primero le atamos con una gruesa cuerda y le metimos una toalla en la boca. Mientras estábamos ocupados con él, volvió en sí y abrió un ojo. Al examinarlo de cerca, déjame decirte, aquel tipo resultó ser no sólo estúpido sino también repulsivo, con una especie de sarna en la frente y en el bigote, y una nariz bulbosa. Lo dejamos tumbado en el suelo y Petya y yo nos instalamos a su lado cómodamente y comenzamos nuestra propia encuesta judicial. Discutimos durante un buen rato. Nos preocupaba no tanto el insulto en sí —no era más que una nadería, desde luego—, sino su profesión, por llamarlo de alguna manera, y todas las actividades que había llevado a cabo en Rusia. Al acusado se le concedió la última palabra. Cuando liberamos su boca quitándole la toalla, dio una especie de gemido, tuvo unas náuseas, pero no dijo nada salvo: «Ya veréis, esperad y veréis...». Volvimos a liarle la toalla, y la sesión continuó. Al principio los votos estaban divididos. Petya pedía la pena de muerte. Yo pensaba que merecía la muerte, pero propuse conmutar la pena por la de prisión perpetua. Petya lo meditó y accedió. Yo añadí que, aunque ciertamente había cometido una serie de crímenes, no teníamos medio de probarlos; que su profesión en sí misma constituía un crimen; que nuestro deber se limitaba a asegurar que de ahora en adelante fuera inofensivo, nada más. Y ahora escucha el resto.

Tenemos un baño al final del pasillo. Un cuarto pequeño y oscuro, muy oscuro, con una bañera de hierro esmaltado. El agua se pone en huelga con cierta frecuencia. De vez en cuando aparece una cucaracha. El cuarto es tan oscuro porque la ventana es muy estrecha y está colocada justo debajo del techo, y además, precisamente enfrente de la ventana, a unos tres pies más o menos, hay un sólido muro de ladrillo. Y fue precisamente en aquel agujero donde decidimos meter al prisionero. Fue idea de Petya, sí, sí, de Petya, hay que dar al César lo que es del César. En primer lugar, como es natural, había que preparar la celda. Empezamos arrastrando al prisionero hasta el pasillo para tenerlo vigilado mientras trabajábamos. Y, en ese momento, mi mujer, que acababa de cerrar la tienda porque ya era de noche y se dirigía a la cocina, nos vio. Se quedó estupefacta, indignada incluso, pero luego entendió nuestras razones. Buena chica. Petya empezó por desmembrar una mesa muy sólida que teníamos en la cocina, le rompió las patas y la tabla resultante la clavó en la ventana del baño, tapando el vano por completo. Luego desatornilló los grifos, quitó el calentador cilíndrico de agua, y colocó un colchón en el suelo del baño. Ni que decir tiene que al día siguiente añadimos toda suerte de mejoras: cambiamos la cerradura, instalamos un cerrojo de seguridad, reforzamos la tabla de la madera con metal, y todo ello, desde luego, sin hacer demasiado ruido. Como sabes, no tenemos vecinos, pero, con todo, era menester actuar con prudencia. El resultado fue una auténtica celda de cárcel, y allí metimos al tipo de la policía política. Desatamos la cuerda, le quitamos la toalla, le advertimos de que si empezaba a gritar, volveríamos a atarle y a amordazarle, y por mucho tiempo; y entonces, satisfechos de que hubiera entendido para quién era el colchón que estaba colocado en la bañera, cerramos la puerta con llave, y, por turnos, hicimos guardia toda la noche.

Ese momento marcó el principio de una nueva vida para nosotros. Yo ya no era simplemente Martin Martinich, sino Martin Martinich, director de prisiones. Al principio, el preso estaba tan extrañado de lo que había ocurrido que su comportamiento era sumiso. Pronto, sin embargo, volvió a su estado normal, y cuando le llevábamos la comida, se entregaba a un huracán de palabras soeces. No puedo repetir las obscenidades de ese hombre; me limitaré a decir que puso a mi pobre difunta madre en las más increíbles situaciones. Yo estaba decidido a dejarle bien clara la naturaleza de su estatus legal. Le expliqué que permanecería en prisión hasta el final de sus días; que si yo moría primero, lo dejaría en herencia a Petya; y que, a su vez, mi hijo, lo transmitiría, como parte de su patrimonio, a mi futuro nieto y así en adelante, convirtiéndolo en una especie de tradición familiar. Una joya de familia. Mencioné de pasada que, en la improbable eventualidad de que tuviéramos que mudarnos a otro piso distinto en Berlín, él sería atado, colocado en un baúl especial, y transportado con nosotros y nuestra mudanza con toda naturalidad. Y seguí explicándole que sólo conseguiría la amnistía si se daba una única condición. A saber, que sería liberado el día que explotara la burbuja bolchevique. Finalmente le prometí que le alimentaríamos bien, mucho mejor que cuando, en mis tiempos, me vi encerrado por la Cheka, y que, como privilegio especial, recibiría libros. Y, en verdad, que éste es el día en que todavía estamos esperando que se queje de la comida. Es verdad que, al principio, Petya sugirió que le diéramos cucarachas secas, pero, por mucho que buscamos, ese pez soviético era inexistente en Berlín. Nos vimos obligados a servirle comida burguesa. A las ocho en punto de la mañana Petya y yo entramos y dejamos junto a su bañera un plato de sopa caliente con carne y una hogaza de pan gris. Al mismo tiempo retiramos el orinal, un aparato de lo más inteligente que adquirimos sólo para él. A las tres recibe una taza de té, a las siete más sopa. El sistema alimenticio está copiado del que utilizan en las mejores cárceles europeas.

Los libros constituyeron más problema. Tuvimos conciliábulo familiar y para empezar seleccionamos tres títulos, Prince Serebryanïy, las Fábulas de Krilov y La vuelta al mundo en ochenta días. Nos anunció que no estaba dispuesto a leer semejantes panfletos del «Ejército Blanco», pero le dejamos los libros, y todo nos hace pensar que los ha leído con placer.

Tenía un humor cambiante. Los primeros días estuvo bastante tranquilo. Era evidente que estaba preparando algo. Quizá pensó que la policía iba a empezar a buscarle. Comprobamos los periódicos, pero no decían ni una sola palabra del desaparecido agente de la Cheka. Con toda probabilidad, los otros diplomáticos habían decidido que el hombre había desertado, sencillamente, y habían preferido enterrar el asunto. A este período de contemplación corresponde un intento de escapada o, al menos, de comunicarse con el mundo exterior. Se esforzaba por caminar en la celda, probablemente se encaramó a la ventana tratando de abrir las lajas de madera, asimismo probó a hacerse oír con todo tipo de golpes, pero le amenazamos y los golpes cesaron. Y en una ocasión, en que Petya estaba solo con él, le atacó. Petya lo agarró con un dulce abrazo de oso y lo volvió a sentar en la bañera. Después de este suceso pasó por otra fase, se volvió muy dócil, incluso llegó a contar algún chiste alguna vez, y finalmente, intentó comprarnos. Cuando vio que esto tampoco funcionaba, empezó a quejarse, y luego volvió de nuevo a despotricar con todo tipo de juramentos peores que los anteriores. En estos momentos atraviesa una fase de sumisión taciturna, que, me temo, no presagia nada bueno.

Lo sacamos a pasear por el pasillo todos los días, y dos veces por semana le dejamos tomar el aire junto a una ventana abierta; como es natural, tomamos todas las precauciones necesarias para impedir que se ponga a gritar. Los sábados toma un baño. Nosotros nos tenemos que lavar en la cocina. Los domingos le doy unas pequeñas charlas y le dejo fumar tres cigarrillos, en mi presencia, desde luego. ¿Y sobre qué versan estas charlas? Hay de todo. Sobre Pushkin, por ejemplo, o sobre la antigua Grecia. Sólo está prohibido un tema: la política. Está privado de todo aquello que suene a política. Como si la política no existiera sobre la faz de la tierra. ¿Y sabes una cosa? Desde que tengo en prisión a un agente soviético, desde que he hecho un acto de servicio a la Madre Patria, soy, sencillamente, un hombre diferente. Libre, desenvuelto y feliz. Y los negocios han mejorado, así que tampoco tengo demasiados problemas para mantenerlo. Me cuesta veinte marcos al mes, contando la factura de la electricidad: ese agujero está completamente a oscuras, así que desde las ocho de la mañana a las ocho de la tarde tiene una bombilla de pocos vatios encendida.

Y me preguntarás, ¿de dónde sale un individuo así, cuál es su entorno? Bueno, cómo te diría yo... Tiene veinte años, es un campesino, con toda probabilidad ni siquiera acabó sus años de escuela, es lo que se denomina un «comunista honesto», sólo ha estudiado, por así decir, el catecismo político, ese que convierte a los tarugos en alcornoques, como decimos tú y yo, eso es todo lo que sé. Si quieres te lo enseño, pero acuérdate, ¡ni una palabra!

 

Martin salió al pasillo. Petya y yo le seguimos. El viejo en su chaqueta cómoda de estar por casa parecía un funcionario de prisiones de verdad. Sacó las llaves y había un cierto aire profesional en su modo de insertarlas en la cerradura. La cerradura crujió dos veces, y Martin abrió la puerta de un golpe. Lejos de ser un agujero oscuro y mal iluminado, era un baño espacioso, espléndido, del tipo que se encuentra en las cómodas pensiones alemanas. La luz eléctrica, brillante pero, sin embargo, agradable, lucía tras una pantalla alegre y llena de adornos. Un espejo brillaba a la izquierda. En la mesilla junto a la bañera había unos cuantos libros, una naranja pelada en un plato lustroso, y una botella de cerveza sin abrir. En la bañera blanca, en un colchón cubierto con una sábana limpia, con una gran almohada detrás de la cabeza, se tumbaba un tipo bien alimentado, con los ojos bien vivos, una barba bastante larga, con una bata (un regalo del amo) y en zapatillas cómodas y suaves.

—Bueno, ¿qué me dices ahora?—me preguntó Martin.

La escena me pareció cómica y no supe qué contestar.

—Ahí es donde solía estar la ventana —me indicó Martin con el dedo.

Efectivamente, la ventana estaba condenada y perfectamente tapiada con maderas.

El prisionero bostezó y se volvió hacia la pared. Nosotros salimos. Martin acarició la cerradura con una sonrisa.

—Pocas probabilidades tiene de escaparse —dijo, y añadió a continuación—: Tengo curiosidad por saber, sin embargo, cuántos años va a tener que pasar ahí encerrado...


La peluquería, con su techo bajo, olía a rosas ajadas. Unos tábanos zumbaban pesados, insistentes. Los rayos de sol formaban charcos relucientes de miel fundida en el suelo, pellizcaban el cristal de las lociones con sus destellos, y se traslucían a través de la gran cortina de la entrada: una cortina de cuentas de arcilla enhebradas en cuerdas de bambú que se alternaban con cáñamo más grueso, y que se desintegraba en un estrépito iridiscente cada vez que alguien la apartaba a un lado para entrar. Ante él, en el espejo lóbrego, Nikitin vio su propio rostro atezado, los rizos brillantes y como esculpidos de su pelo, el destello de las tijeras que chirriaban sobre sus orejas, y sus ojos se concentraron, severos, como ocurre siempre cuando te miras en el espejo. Había llegado a este antiguo puerto del sur de Francia el día anterior, desde Constantinopla, donde la vida se le había empezado a volver insoportable. Aquella mañana había estado en el consulado de Rusia, y en la oficina de empleo, y había paseado sin rumbo por la ciudad, una ciudad que reptaba en pendiente hasta el mar por tortuosas callejuelas, y ahora, exhausto, postrado a causa del calor, había entrado allí a cortarse el pelo y a refrescarse la mente. El suelo en torno a su sillón estaba ya cubierto por pequeños ratones brillantes desparramados por todas partes —sus mechones cortados. El barbero tomó la espuma y la extendió en su mano. Un escalofrío delicioso le recorrió la coronilla al sentir los dedos del barbero que con firmeza le aplicaban la espesa espuma. A continuación, un corte helado le sobresaltó, y una toalla esponjosa le cubrió el rostro y el pelo mojado.

Abriéndose paso con los hombros por la ondulante lluvia de la cortina, Nikitin salió a una avenida de considerable pendiente. El lado de la derecha estaba a la sombra; a la izquierda, un arroyo estrecho parpadeaba junto a la acera en un tórrido resplandor; una joven de pelo negro, desdentada y con pecas oscuras recogía agua del arroyo hirviente en un cubo metálico que guachapeaba; y el arroyo, el sol, la sombra violeta, todo fluía y se derramaba hacia el mar: un paso más y, en la distancia, entre unos muros, se perfilaba su brillo compacto de zafiro. Eran pocos los peatones que caminaban por la zona de sombra. Nikitin se encontró con un negro que subía vestido con un uniforme colonial, cuyo rostro parecía un chanclo mojado. En la acera, una silla de paja acogía en su asiento a un gato que saltó en una especie de bote amortiguado. Una estridente voz provenzal empezó a charlotear atropelladamente en alguna ventana. Una persiana verde restallaba contra el marco de su ventana. En un puesto callejero, entre los moluscos púrpura que olían a algas marinas, los limones disparaban oro granulado.

Al llegar al mar, Nikitin se detuvo para mirar entusiasmado al denso azul que, en la distancia, se mudaba en plata cegadora, y también al juego de luces que delicadamente moteaba la gavia de un yate. Luego, incómodo con el calor, fue en busca de un pequeño restaurante ruso cuya dirección había anotado antes en un tablón de anuncios del consulado.

El restaurante, como la peluquería, no estaba demasiado limpio y hacía también mucho calor. Al fondo, en un amplio mostrador, se veían las frutas y los entremeses a través de olas de un percal grisáceo. Nikitin se sentó y estiró la espalda; la camisa se le pegaba a la piel. En la mesa vecina había dos rusos, evidentemente marineros de un barco francés, y, un poco más allá, un tipo solitario con gafas de montura metálica dorada que no paraba de hacer ruidos y de sorber la sopa con cada cucharada. La dueña, limpiándose sus manos hinchadas con una toalla, miró al recién llegado con aire maternal. Dos cachorros lanudos jugaban en el suelo en un revoltijo de cuerpos y patas. Nikitin silbó y una vieja perra en estado lastimoso llegó hasta él y apoyó el hocico en su regazo.

Uno de los marineros se dirigió a él en tono pausado y sereno.

—Mándala a paseo. Te llenará de pulgas.

Nikitin acarició la cabeza de la perra y alzó sus ojos radiantes.

—Yo no les tengo miedo... Constantinopla... Los cuarteles... Ya se pueden imaginar...

—¿Cuándo has llegado? —preguntó un marinero. Voz serena. Camiseta de malla. Tranquilo y competente. Pelo negro bien recortado en la nuca. Frente despejada. Aspecto general decente y plácido.

—Ayer por la noche —contestó Nikitin.

El borscht y el vino tinto peleón le hicieron sudar aún más. Le agradaba tener la oportunidad de relajarse y mantener una conversación tranquila. Los rayos de sol, ardientes, penetraban por el vano de la puerta junto con el brillo del arroyuelo del callejón; desde su esquina debajo del contador del gas, las gafas del viejo ruso centelleaban.

—¿Busca trabajo? —preguntó el otro marinero, que era de mediana edad, ojos azules, con un bigote color morsa pálida, y que también tenía un aspecto limpio y arreglado, al que sin duda contribuían el sol y el salitre marino.

Nikitin dijo con una sonrisa.

—Naturalmente que estoy buscando trabajo... Hoy fui a la oficina de empleo... Hay trabajo, necesitan gente para colocar postes telegráficos, para tejer guindalezas... Pero no acabo de decidirme...

—Ven a trabajar con nosotros —dijo el hombre moreno—. De fogonero o algo así. Ése sí que es un trabajo de hombres, te doy mi palabra... ¡Ah, ahora llegas, Lyalya, nuestros más profundos respetos!

Entró una joven con un sombrero blanco y un rostro dulce, pero sin ningún atractivo especial. Se abrió camino entre las mesas, sonriendo, primero a los cachorros, y luego a los marineros. Nikitin les había preguntado algo pero olvidó su pregunta al mirar a la chica y ver ese movimiento de sus caderas, en el que reconoció inequívocamente las cadencias de la mujer rusa. La dueña miró a su hija con ternura, como si estuviera diciendo: «¡Pobrecilla mía, qué cansada estás!», porque probablemente había pasado toda la mañana en una oficina, o en unos almacenes. Había en ella algo conmovedoramente doméstico que te llevaba a pensar en jabón de violetas o en un campamento de verano en medio de un bosque de abedules. Ni que decir tiene que Francia ya no estaba al otro lado de la puerta. Aquellos movimientos cimbreantes... Espejismos solares.

—No, no es nada complicado —seguía el marinero—. Funciona de la siguiente manera, coges un cubo de hierro y un pozo de carbón. Empiezas a raspar. Al principio suavemente, de manera que el carbón se deslice en el cubo por sí mismo, y luego rascas más fuerte. Cuando has llenado el cubo lo pones en una carretilla. Y lo haces rodar hasta el fogonero mayor. Un golpe de su pala y zas, la puerta del horno ha quedado abierta, un golpe de la misma pala y zas, ya está dentro el carbón, ya sabes, dispuesto de tal forma en abanico sobre el fuego que caiga proporcionadamente por todas partes. Trabajo de precisión. No le quites el ojo a la válvula, y ya sabes, si baja la presión...

En el marco de una de las ventanas que daba a la calle apareció la cabeza de un hombre vestido de blanco y con un panamá.

—¿Cómo estás, mi querida Lyalya?

Apoyó los codos en el alféizar de la ventana.

—Claro que hace mucho calor, en ese lugar, es un horno de verdad, vas a trabajar sin ropa, sólo con unos pantalones y una camiseta de malla. La camiseta está negra cuando acabas de trabajar. Como te estaba diciendo, hablando de la presión, se forma una especie de «pelo» en el horno, una especie de incrustación dura como la piedra, que tienes que romper con un atizador así de largo. Es un trabajo duro. Pero después, cuando saltas a cubierta, el sol parece fresco incluso cuando estás en los trópicos. Entonces te duchas, y luego bajas a tu cuarto, directo a tu hamaca, y eso es el cielo, déjame que te diga...

Y mientras tanto, en la ventana:

—E insiste en que me vio en un coche, ¿entiendes? (Lyalya con una voz aguda y toda excitada.)

Su interlocutor, el caballero de blanco, seguía apoyado en el alféizar, en el exterior, el cuadrado de la ventana enmarcaba sus hombros redondeados y su rostro afeitado y suave, iluminado parcialmente por el sol; un ruso que había tenido suerte.

—Y me sigue diciendo que yo llevaba un vestido color lila, cuando ni siquiera tengo un vestido lila —gritaba Lyalya—, e insiste: «Zhay voo zasyur».

El marinero que había estado hablando con Nikitin se volvió y preguntó:

—¿No sabes hablar ruso?

El hombre de la ventana dijo:

—Conseguí traerte esta música, Lyalya. ¿Te acuerdas?

Y entonces se produjo un aura momentánea, y parecía que fuera casi deliberada, como si alguien se estuviera divirtiendo inventándose a esta chica, esta conversación, este pequeño restaurante ruso en un puerto extranjero, un aura de la cotidiana y querida Rusia provinciana, y en ese preciso momento, y debido a una milagrosa y secreta asociación mental, el mundo le pareció más grande a Nikitin, anheló atravesar los océanos, abordar bahías legendarias, escuchar indiscreto las almas de todas las gentes.

—¿Nos preguntaste cuál era nuestra ruta? Indochina —dijo espontáneamente el marinero.

Nikitin pensativo sacó un cigarrillo de la pitillera; en la tapa de madera tenía grabada un águila de oro.

—Debe ser maravilloso.

—¿Pues qué pensabas? Claro que lo es.

—Está bien. Cuéntamelo. Cuéntame algo de Shanghai, o de Colombo.

—¿Shanghai? La he visto. Cálidas lloviznas, arenas rojas. Tan húmeda como un invernadero. De Ceilán, sin embargo, apenas puedo hablar, no bajé a tierra a visitarla. Me tocaba guardia, sabes.

Con los hombros encogidos, el hombre de la chaqueta blanca le estaba diciendo algo a Lyalya a través de la ventana, suavemente, algo que parecía muy importante. Ella escuchaba, con la cabeza inclinada, acariciándole a la perra en la oreja con una mano. La perra, sacando su lengua rosa como el fuego, jadeando alegre y rápida, miraba por el resquicio soleado de la puerta, debatiendo probablemente si merecía la pena salir a tumbarse al sol en el quicio caliente. Y tal parecía que el perro pensara en ruso.

—¿Y dónde tengo que ir a solicitar ese trabajo? —preguntó Nikitin.

El marinero le guiñó un ojo a su compañero como diciendo «Ya te lo decía yo, lo he convencido». A continuación dijo:

—Es muy sencillo. Mañana por la mañana a primera hora, con la fresca, vas al puerto viejo y al muelle dos, donde encontrarás al Jean-Bart. Habla con el piloto. Creo que te contratarán.

Nikitin se quedó observando con mirada candida y también intensa la frente despejada e inteligente de aquel hombre.

—¿Y antes, en Rusia, en qué trabajabas? —preguntó.

El hombre se encogió de hombros y torció la boca en una sonrisa.

—¿Que qué es lo que era? Un estúpido —respondió por él el del bigote caído con su voz de barítono.

Más tarde, ambos se levantaron. El joven sacó la cartera que llevaba metida en los pantalones, detrás de la hebilla del cinturón, como los marineros franceses. Lyalya se acercó hasta ellos y les dio la mano (con la palma probablemente un punto húmeda) y algo ocurrió que la llevó a reírse en tonos agudos. Los cachorros seguían retozando en el suelo. El hombre de la ventana, se dio la vuelta, silbando distraído y tierno. Nikitin pagó y salió despreocupado al aire libre.

Eran más o menos las cinco de la tarde. El azul del mar, entrevisto al final de las largas callejuelas, le hacía daño en los ojos. Las puertas circulares de los baños públicos ardían con el sol.

Volvió a su sórdido hotel y se dejó caer en la cama estirando despacio tras su nuca sus manos entrelazadas, en un estado de beatitud provocado por la borrachera solar. Soñó que volvía a ser un oficial, que caminaba por las colinas de Crimea cubiertas de arbustos de roble y de algodoncillo, segando a su paso las aterciopeladas cabezas de los cardos. Le despertó su propia risa; se despertó y la ventana ya se había tornado azul con el ocaso.

Se asomó al abismo de frescura, meditando: mujeres que pasean. Algunas de ellas rusas. Qué estrella tan grande.

Se alisó el cabello, se quitó el polvo de la punta de sus zapatos con una esquina de la manta, comprobó que su cartera seguía en su sitio —sólo le quedaban cinco francos— y salió a vagar por las calles y a gozar de su solitaria ociosidad.

Con la caída de la noche todo había cobrado vida. A lo largo de las callejuelas que descendían hasta el mar, había gente sentada al aire libre, tomando el fresco. Una chica con un pañuelo de lentejuelas... Unas pestañas que no paraban de bailar... Un tendero con su buena barriga, sobre la que lucía un chaleco abierto que dejaba escapar el faldón de la camisa, fumaba sentado a horcajadas en una silla de paja, con los codos apoyados en el respaldo vuelto contra sí. Unos niños saltaban en cuclillas mientras intentaban que navegaran sus barquitos de papel a la luz de una farola, en el arroyuelo negro que corría junto a la estrecha acera. Olía a pescado y a vino. De las tabernas de los pescadores, que brillaban con un rayo amarillo, llegaba la música de unos organillos, el ruido de las palmas golpeando las mesas, gritos metálicos. Y, en la parte alta de la ciudad, a lo largo de la avenida principal, las masas nocturnas paseaban y se reían, y los finos tobillos de las mujeres junto con los zapatos blancos de los oficiales de marina brillaban en relámpagos bajo las nubes de acacias. Aquí y allí, como si fuera un despliegue de llamas de colores de fuegos artificiales que hubieran quedado petrificados, los cafés resplandecían en el atardecer púrpura. Las mesas circulares desplegadas allí mismo en la acera, las sombras de los arces reflejándose en los toldos de rayas, todo ello iluminado desde el interior. Nikitin se detuvo, fantaseando con una jarra de cerveza, fría como el hielo y consistente. Dentro, junto a las mesas, un violín desgranaba sus notas como si fueran manos humanas, acompañado del hondo resonar de las olas de un arpa. Cuanto más banal es la música, más cerca se encuentra del corazón.

En una de las mesas del exterior se encontraba una buscona, toda vestida de verde, balanceando la pierna y jugando con la puntera de su zapato.

Me tomaré esa cerveza, decidió Nikitin. No, será mejor que no... Y luego, otra vez...

La mujer tenía ojos de muñeca. Había algo que le resultaba muy familiar en esos ojos, en esas piernas largas y bien torneadas. Se levantó de repente agarrándose al bolso, como si tuviera prisa por ir a algún sitio. Llevaba una especie de chaqueta larga de un tejido de seda esmeralda que se le pegaba a las caderas. Y se fue, entrecerrando los ojos al compás de la música.

Sería una coincidencia extraña, pensó Nikitin. Algo semejante a una estrella fugaz se precipitó en lo hondo de su memoria, y, olvidándose de su cerveza, la siguió en su camino a través de una callejuela oscura y brillante. Una farola alargaba su sombra. La sombra relampagueó al pasar por un muro y se perdió. Ella caminaba despacio y Nikitin tenía que contener su paso, temiendo, por alguna razón, alcanzarla.

Sí, no cabe duda... Dios, esto es maravilloso.

La mujer se detuvo en el bordillo de la acera. Una bombilla carmesí ardía sobre una puerta negra. Nikitin pasó por delante, volvió, rodeó a la mujer y se detuvo. Con una risa arrullante ella pronunció un término francés para seducirle.

En aquella luz macilenta, Nikitin vio su rostro hermoso y fatigado y el brillo húmedo de sus dientes diminutos.

—Escucha —le dijo en ruso, sencilla y suavemente—. Nos conocemos desde hace mucho tiempo, así que ¿por qué no hablar en nuestra lengua?

Ella arqueó las cejas.

—¿Inglés? ¿Hablas inglés?

Nikitin la miró atentamente y luego repitió con una nota de desesperación.

—Vamos, tú sabes que yo lo sé.

—¿Entonces, eres polaco? —preguntó la mujer, arrastrando la última sílaba como hacen en el sur.

Nikitin lo dejó estar con una sonrisa sardónica, le embutió en la mano un billete de cinco francos, y desapareció rápidamente cruzando la plaza. Un instante después oyó unas pisadas rápidas tras de sí, y una respiración entrecortada, y también el roce de un vestido. Se volvió a mirar. No había nadie. La plaza estaba oscura y desierta. Una hoja de periódico volaba por las baldosas de la plaza impulsada por el viento de la noche.

Suspiró, volvió a sonreír una vez más, se embutió las manos en los bolsillos, y mirando a las estrellas, que lucían y desaparecían como impulsadas por unos fuelles gigantes, empezó a bajar caminando hacia el mar. Se sentó en el viejo muelle con los pies colgando sobre el agua, contemplando el movimiento rítmico de las olas iluminadas por la luna, y se quedó así sentado durante mucho rato, con la cabeza hacia atrás, apoyada en las palmas de las manos.

Una estrella fugaz cayó despedida, repentina como un latido perdido del corazón. Una fuerte ráfaga de viento, limpia, le atravesó el cabello, pálido en el resplandor nocturno.


Yo trataba, pensativo, de encerrar entre mis trazos la silueta vacilante de la sombra circular del tintero. En un cuarto lejano un reloj dio la hora, mientras que yo, soñador como soy, me imaginé que alguien llamaba a mi puerta, suave al principio, luego más y más fuerte. Llamó doce veces y se detuvo expectante.

—Sí, aquí estoy, pase...

El pomo de la puerta crujió tímidamente, la llama de la vela ya gastada se ladeó un tanto, y él entró a saltos desde un rectángulo de sombra, jorobado, gris, cubierto con el polen de la helada noche estrellada.

Conocía su rostro. ¡Lo conocía desde tanto tiempo atrás!

Su ojo derecho seguía en la sombra, pero el izquierdo me escrutaba temerosamente, alargado, verde humo. ¡La pupila brillaba como si estuviera oxidada... aquel mechón gris de musgo de su sien, la ceja de pálida plata apenas visible, la cómica arruga junto a su boca sin bigote —todo ello intrigaba y molestaba un punto a mi memoria!

Me levanté. Él dio un paso adelante.

Su abriguito raído estaba abotonado al revés, como los de las mujeres. En la mano llevaba una gorra, no, era un fardo mal atado de color oscuro, y no había la más mínima señal de una gorra...

Sí, claro que lo conocía, incluso le había tenido un cierto aprecio, pero sencillamente no conseguía recordar dónde ni cuándo nos habíamos conocido. Y debíamos habernos visto con frecuencia, de otra manera no tendría aquel firme recuerdo de sus labios de arándano, de aquellas orejas puntiagudas, de aquella nuez tan divertida...

Con un murmullo de bienvenida estreché su fría mano, tan ligera, y luego la posé en el dorso de un sillón raído. Él se encaramó como un cuervo en el tocón de un árbol y empezó a hablar apresuradamente.

—Dan tanto miedo las calles. Por eso vine. Vine a visitarte. ¿Me reconoces? En otros tiempos tú y yo solíamos retozar y jugar juntos durante días enteros. En nuestro viejo país. ¿No me dirás que te has olvidado?

Su voz me cegó, literalmente. Me encontré turbado y aturdido: recordé la felicidad, la felicidad reverberante, interminable, irreemplazable...

No, no puede ser. Estoy solo... es tan sólo un delirio antojadizo. Y sin embargo había alguien sentado junto a mí, un ser de carne y hueso totalmente inverosímil, con botines alemanes de largas vueltas, y su voz tintineaba, susurraba —dorada, voluptuosamente verde, familiar—, mientras que las palabras que pronunciaba eran tan sencillas, tan humanas...

—Ya, ya te acuerdas. Sí, soy un duende del bosque, un gnomo travieso[2]. Y aquí estoy, me han obligado a huir, como a todos los demás.

Suspiró profundamente, y volvieron a mi mente visiones de agitados nimbos y también frondosas sierpes de arrogante follaje, y vivos destellos de corteza de abedul como salpicaduras de espuma marina, contra el fondo de un dulce zumbido perpetuo... Se inclinó hasta mí y me miró con dulzura a los ojos. «¿Recuerdas nuestro bosque, los abetos tan negros, los abedules tan blancos? Lo han talado entero. El dolor fue insoportable, vi cómo caían crepitando mis queridos abedules ¿y qué podía hacer yo? Me empujaron a los pantanos. Lloré y aullé, troné como un avetoro, luego me fui corriendo a un bosque de pinos vecino.

»Y allí languidecía sin parar de sollozar. Apenas me había acostumbrado al mismo cuando se acabaron los pinos, ya sólo quedaban cenizas azulencas. Me vi obligado a marchar. Me encontré un bosque, un bosque maravilloso, espeso, oscuro, fresco. Pero de alguna manera no era lo mismo. En los viejos tiempos jugueteaba desde el alba hasta que el sol se ponía, silbaba con furia, aplaudía sin cesar, aterrorizaba a los paseantes. Tú te acuerdas bien, en una ocasión te perdiste en un oscuro escondrijo de mis bosques, tú y un vestidito blanco, y yo me divertí anudando los senderos, dando vueltas a los troncos de los árboles, haciendo guiños en el follaje. Me pasé toda la noche disponiendo mis engaños. Pero todo lo que hacía era para divertirme, era un puro juego, por más que me maldijerais. Pero ahora tuve que volverme serio, porque mi nueva residencia no era un lugar divertido. Noche y día crepitaban en mi entorno todo tipo de cosas extrañas. Al principio pensé que otro duende se agazapaba por allí; le llamé, escuché. Algo crepitaba junto a mí, algo había que retumbaba... Pero no, no eran los ruidos que nosotros hacemos. En una ocasión, a la caída de la tarde, salté hasta un claro del bosque ¿y qué vi allí? Gente por el suelo, algunos de espaldas, otros caídos de bruces. Bueno, pensé, los despertaré, ¡voy a ponerlos en movimiento! Y empecé a trabajar batiendo las ramas, bombardeándoles con piñas, ululando, susurrando... Trabajé así durante una hora entera, sin conseguir nada. Luego miré detenidamente y me quedé horrorizado. Un hombre tenía la cabeza separada del cuerpo y sólo los unía un frágil hilo carmesí. El otro tenía una colonia de gusanos por estómago... No pude soportarlo. Di un aullido, salté por los aires, y empecé a correr.

»Durante mucho tiempo estuve vagando por diferentes bosques, pero no encontraba la paz. O bien era la inmovilidad completa, pura desolación, mortal aburrimiento, o un horror tal que es mejor ni pensar en ello. Finalmente me decidí a transformarme en un rústico, un mendigo con su mochila, y me fui para siempre. ¡Adiós Rusia! Y entonces un espíritu amigo, el duende de las aguas, me ayudó[3]. El pobre tipo también andaba huyendo. No salía de su asombro, no hacía sino decir: "¡Qué tiempos nos han tocado vivir, qué calamidad!". Porque, aunque en los viejos se divirtió tendiendo trampas a las gentes, seduciéndolas hasta sus profundidades de agua (¡y vaya que si era hospitalario!), cuando las tenía allí abajo las mimaba y consentía en el fondo dorado del río. ¡Qué maravillosas canciones les cantaba para embrujarles! Ahora, dice, sólo llegan por el agua hombres muertos, flotando en grupos, muchos, y el agua del río es como la sangre, espesa, caliente, pegajosa y ya no puede respirar... Por eso me llevó consigo.

»Fue a llamar a la puerta de un mar lejano, y me asentó en una costa nubosa. "Vete, hermano, búscate una espesura amiga." Pero no encontré nada, y acabé en esta espantosa ciudad de piedra extranjera. Y así fue que me convertí en humano, con el atuendo completo, cuello duro y botines, e incluso he aprendido a hablar como vosotros...»

Se quedó en silencio. Sus ojos relucían como hojas húmedas, tenía los brazos cruzados, y a la luz vacilante de la vela que se ahogaba, le brillaban unos mechones pálidos peinados a la izquierda.

«Sé que también tú languideces —su voz rielaba de nuevo—, pero tu nostalgia, comparada con la mía, tempestuosa, turbulenta, no es sino la respiración acompasada de quien duerme tranquilo. Piensa en eso: no queda nadie de nuestra tribu en Rusia. Algunos de nosotros nos fuimos en remolinos como espirales de niebla, otros se dispersaron por el mundo. Nuestros ríos maternos están melancólicos, ya no hay manos retozonas que jueguen a chapotear con los rayos de luna. Las campánulas que el azar ha querido conservar, las que han logrado escapar a la guadaña, están silenciosas, los gusli azul pálido que en tiempos servían a mi rival, el duende de los campos, para sus canciones, también permanecen en silencio. El duende del hogar, desaliñado y cariñoso ha abandonado con lágrimas en los ojos tu casa humillada y envilecida y los bosquecillos se han marchitado, aquellas arboledas patéticamente luminosas, mágicamente sombrías...

»Rusia, nosotros éramos Rusia, ¡tu inspiración, tu belleza insondable, tu magia secular! Y nos hemos ido todos, desaparecidos, empujados al exilio por un agrimensor loco.

»Amigo mío, moriré pronto, dime algo, dime que me quieres, a mí, un fantasma sin hogar, ven siéntate a mi lado, dame la mano...».

La vela chisporroteó y se apagó. Unos dedos fríos me tocaron la mano. Oí la vieja risotada de melancolía, tan conocida, que repicó una vez antes de callarse.

Cuando di la luz no había nadie en el sillón... ¡Nadie!... No quedaba nada en el cuarto sino un aroma maravillosamente sutil de abedul, de húmedo musgo...


Esto es lo que veo ahora mismo en tus ojos: una noche lluviosa, una calle angosta, unas farolas que se pierden en la distancia. El agua se desliza vertiginosa por las laderas de los tejados empinados hasta los desagües. Debajo de la boca de serpiente de cada uno de los desagües hay un cubo con un aro verde. Las hileras de cubos bordean las paredes negras a ambos lados de la calle. Yo los observo mientras se van llenando de mercurio frío. El mercurio pluvial va creciendo hasta desbordarse. Las bombillas desnudas brillan en la distancia, sus rayos erizados en la lluviosa oscuridad. Los cubos ya se están desbordando.

Y así logro entrar en tus ojos nublados, hasta llegar a una callejuela angosta de negra luz tenue donde la lluvia nocturna borbotea y susurra. Sonríeme. ¿Por qué me miras con expresión tan sombría y siniestra? Ya es de mañana. Las estrellas no han cesado de chillar con sus voces infantiles toda la noche mientras que en el tejado alguien laceraba y acariciaba un violín con un arco afilado. Mira, el cielo cruza la pared lentamente como una vela al viento. Tú emanas una niebla ahumada que todo lo envuelve. El polvo comienza a tejer remolinos en tus ojos, millones de palabras doradas. ¡Sonreiste!

Salimos al balcón. Es primavera. Abajo, en medio de la calle, un chico de rizos amarillos trabaja a toda prisa, dibujando a un dios. El dios se extiende de una a otra acera. El chico agarra un trozo de tiza en la mano, un trocito de carboncillo blanco, y en cuclillas, sin dejar de dar vueltas, dibuja con amplios trazos en el suelo. Este dios blanco tiene grandes botones también blancos y los pies abiertos. Crucificado en el asfalto, mira hacia el cielo con ojos abiertos. Su boca es tan sólo y también un simple arco blanco. Un puro, del tamaño de un leño, ha aparecido en su boca. Con trazos helicoidales el chico dibuja unas espirales que quieren representar el humo. Contempla su obra, brazos en jarras. Añade un nuevo botón... El marco de una ventana suena en algún lugar; y una voz de mujer, enorme y feliz, llama al muchacho. El niño se desprende de la tiza con una patada y corre a casa. El dios blanco, geométrico, queda abandonado en el asfalto violeta, mirando al cielo.

Y de nuevo tus ojos se volvieron tenebrosos. En seguida me di cuenta de lo que recordaban. En un rincón de nuestro dormitorio, bajo el icono, hay una pelota de goma de colores. A veces salta suave y triste de la mesa y cae rodando hasta el suelo.

Vuélvela a poner en su sitio bajo el icono y luego ¿por qué no vamos a dar un paseo?

Aire de primavera. Un poco velloso. ¿Ves esos tilos que bordean la calle? Negras ramas cubiertas con húmedas lentejuelas verdes. Todos los árboles del mundo están viajando hacia algún lugar. Un peregrinaje continuo. ¿Recuerdas, cuando estábamos de camino hacia aquí, hacia esta ciudad, los árboles que corrían a lo largo de las ventanillas de nuestro vagón de tren? Y antes de eso, en Crimea, vi una vez un ciprés que se inclinaba sobre un almendro en flor. En tiempos, el ciprés había sido un deshollinador muy alto, grande, con un escobón y una escalera bajo el brazo. Completamente enamorado, pobre hombre, de una pequeña lavandera, rosa como los pétalos del almendro. Su delantal rosa se hincha con la brisa; él se inclina tímidamente hacia ella, como si todavía le preocupara la posibilidad de mancharla de hollín. Una fábula de primera clase.

Todos los árboles son peregrinos. Tienen su Mesías, al que van buscando. Su Mesías es un regio cedro del Líbano, o quizás sea un árbol pequeño, un pequeño matorral absolutamente discreto de la tundra...

Hoy unos tilos pasan por la ciudad. Se hizo un intento de detenerlos. Se construyeron unas vallas circulares alrededor de sus troncos. Pero se mueven igual...

Los tejados relumbran como espejos oblicuos cegados por el sol. Una mujer con alas está de pie en el alféizar de una ventana, limpiando los cristales. Se inclina, hace unas muecas, se quita un mechón de pelo llameante de la cara. El aire huele levemente a gasolina y a tilos. ¿Quién podrá decir, hoy en día, qué efluvios saludaban al viajero que entraba en un atrio de Pompeya? Dentro de medio siglo nadie conocerá los olores que triunfan hoy en nuestras calles y en nuestras habitaciones. Excavarán la estatua de algún héroe militar de piedra, de las que se encuentran a cientos en cualquier ciudad, y suspirarán por el Fidias de antaño. Todo en el mundo es bello, pero el Hombre sólo reconoce la belleza si la ve con poca frecuencia o desde lejos... Escucha... ¡Hoy, somos dioses! Nuestras sombras azules son enormes. Nos movemos en un mundo gigantesco, alegre. La columna de la esquina está envuelta en lonas mojadas, en las que un pincel ha esparcido remolinos de colores. La anciana que vende periódicos tiene unas canas grises en la barbilla, y unos ojos azules con un punto de locura. Los periódicos en rebujo se le escapan desordenadamente de la bolsa donde los lleva. Sus grandes tipos me llevan a pensar en cebras voladoras.

Un autobús se detiene en su parada. Arriba, el revisor golpea con la mano en la regala de hierro. El timonel da un giro de ciento ochenta grados al timón. Un creciente lamento trabajoso, un breve chirrido. Las anchas ruedas han dejado huellas de plata en el asfalto. Hoy, en este día soleado, todo es posible. Mira, un hombre ha saltado de un tejado a un cable y está caminando por él, partiéndose de risa, con los brazos extendidos, sobre la calle que es puro movimiento. Mira, dos edificios acaban de jugar armoniosamente a la pídola; el número tres acabó entre el uno y el dos; no cayó en el lugar preciso. Vi un espacio vacío, una estrecha banda de sol. Y una mujer se detuvo en mitad de una plaza, echó atrás la cabeza, y empezó a cantar; un grupo de gente le hizo corro, y luego se marcharon: hay un vestido vacío en el asfalto, y en el cielo una nubecilla transparente.

Te estás riendo. Cuando ríes, quiero que todo el mundo se transforme para que te refleje como un espejo. Pero tus ojos se apagan al instante. Dices, apasionada, temerosamente: «¿Te gustaría ir... allí? ¿No te importa? Se está tan bien allí, todo está en flor...».

Es cierto, todo está en flor, es cierto que iremos. Porque ¿no somos dioses tú y yo? Siento en mi sangre la rotación de universos inexplorables...

Escucha, quiero correr durante toda mi vida, gritando a pleno pulmón. Que toda la vida sea un aullido desbordado. Como la multitud que saluda al gladiador.

No te pares a pensar, no interrumpas el grito, respira, libera el éxtasis de la vida. Todo está en flor. Todo vuela. Todo grita, y se atraganta con sus gritos. Risa. Carreras. Suéltate el pelo. Eso es todo en lo que consiste la vida.

Llevan a unos camellos por la calle, el circo los devuelve de nuevo al zoo. Sus pesadas jorobas se escoran y se balancean. Sus rostros alargados y amables se alzan ligeramente, soñadores. ¿Cómo va a existir la muerte si hay alguien que conduce unos camellos por la calle de primavera? En la esquina, una bocanada inesperada de flores rusas; un mendigo, una monstruosidad divina, contorsionado, con pies que le crecen en las axilas, ofrece, con una pata mojada y peluda, un ramo de verduscos lirios del valle... Me tropiezo con un transeúnte... Colisión momentánea de dos gigantes. Jovialmente intenta golpearme magnífico con su bastón lacado. La punta, en su trayecto de vuelta, rompe un escaparate detrás de él. Cruzan el cristal una serie de zigzags. No —sólo es el chapoteo de la luz del sol que se refleja en mis ojos. ¡Mariposa, mariposa! Negra con rayas rojas... Un trozo de terciopelo... irrumpe en el asfalto, se eleva sobre un coche que pasa y sobre un edificio muy alto, hasta llegar al azul húmedo de un cielo de abril. Otra mariposa idéntica se posó en una ocasión en el borde blanco de un circo; Lesbia, la hija del senador, grácil, de ojos oscuros, con una cinta de oro en la frente, extasiada por las alas palpitantes, se perdió el segundo preciso, el remolino de polvo cegador, en el que el cuello de toro de uno de los gladiadores se rompió bajo la rodilla desnuda del otro.

Hoy tengo el alma llena de gladiadores, de sol, del ruido del mundo...

Bajamos por una amplia escalera y llegamos a una cámara bajo tierra, alargada, oscura. Las baldosas resuenan vibrantes bajo nuestras pisadas. Las figuras de unos pecadores ardiendo adornan las paredes grises. En la distancia, los truenos negros se hinchan en pliegues de terciopelo. Todo estalla a nuestro alrededor. Corremos, como si esperáramos a un dios. Estamos encerrados dentro de un brillo de cristal. Adquirimos velocidad. Nos precipitamos a una sima negra y corremos en un estruendo seco hasta las profundidades bajo tierra, colgados de cinchas de cuero. Con una detonación las lámparas ámbar se extinguen por un segundo durante el cual unos glóbulos frágiles se queman en luz cálida en la oscuridad —los ojos saltones de los demonios o quizás los puros de nuestros compañeros de viaje.

Vuelven las luces. Mira, mira allí, el hombre alto del abrigo negro junto a la puerta de cristal del coche. Apenas reconozco aquel rostro estrecho, amarillento, el grueso puente de su nariz. Labios finos apretados, el surco atento entre las tupidas cejas, escucha una explicación que está dando otro hombre, pálido como una máscara de escayola, con una pequeña barba esculpida, circular. Estoy seguro de que están hablando en terza rima. Y tu vecina, aquella señora con aquel abrigo pálido sentada con los ojos bajos: ¿podría ser la Beatriz de Dante? Emergemos del malsano y húmedo infierno de nuevo a la luz del sol. El cementerio está lejos, en las afueras. Los edificios son cada vez más escasos. Hay vacíos entre los mismos, de un verde apagado. Me acuerdo del aspecto de esta ciudad en los grabados antiguos.

Caminamos contra el viento a lo largo de vallas que impresionan. En un día como éste, soleado y trémulo, emprenderemos viaje al norte, a Rusia. Habrá pocas flores, sólo las estrellas amarillas de los dientes de león a lo largo de las zanjas. Los postes de telégrafo color ala de paloma cantarán cuando nos acerquemos. Cuando, tras la curva que tan bien conocemos, mi corazón se vea asaltado por los abetos, por la arena roja, por la esquina de la casa, tropezaré y me caeré de bruces.

¡Mira! Por encima de las extensiones vacías de tierra verde, en las alturas del cielo, un avión progresa con un tañido como un arpa eólica. Sus alas de cristal relucen. ¿Hermoso, no te parece? Oh, escucha, esto ocurrió en París, hace ciento cincuenta años. Una mañana temprano —era otoño, y los árboles flotaban en suaves masas naranjas a lo largo de los bulevares elevándose hacia el cielo—, una mañana temprano, los comerciantes se reunieron en la plaza del mercado; los puestos estaban rebosantes de manzanas relucientes y húmedas; había ráfagas de miel y de heno fresco. Un tipo algo mayor con canas en las orejas se ocupaba en disponer lentamente unas jaulas que contenían diversos tipos de aves, que no paraban de moverse en el aire helado; luego se reclinó soñoliento en una estera, porque la niebla de la aurora todavía oscurecía las manos doradas de la esfera negra del reloj del Ayuntamiento. Apenas se había dormido cuando alguien empezó a tirarle de la manga. De un saltó se levantó el anciano y vio ante sí a un joven sin aliento. Era larguirucho, enjuto, con la cabeza pequeña y una nariz puntiaguda. Su chaleco, plateado con rayas negras, estaba mal abotonado, la cinta de su coleta estaba suelta, una de sus medias blancas le caía toda arrugada sobre el zapato. «Necesito un pájaro, cualquier ave me basta... un pollo servirá», dijo el joven, después de lanzar una precipitada mirada a las jaulas todo nervioso. El anciano sacó cautelosamente una pequeña gallina blanca de la jaula y la depositó, no sin un combate de plumas, en las manos renegridas del joven. «¿Qué le pasa... está enferma?», preguntó el joven, como si estuviera discutiendo la compra de una vaca. «¿Enferma? Será de comer pescado», juró el vejete sin demasiada convicción.

El joven le lanzó una moneda reluciente y corrió por entre los puestos apretando la gallina contra el pecho. Luego se detuvo, rehízo bruscamente su camino con la coleta volando al viento y corrió hasta el viejo comerciante.

—También necesito la jaula —dijo.

Cuando por fin se marchó, con la jaula en la mano extendida, separada del cuerpo y equilibrando el paso con el otro brazo que balanceaba como si llevara un cubo, el viejo dio un bufido y volvió a tenderse sobre su estera. Lo que vendiera aquel día o lo que le ocurriera después no es asunto que deba interesarnos para nada.

En cuanto al joven, era nada más y nada menos que el hijo del famoso físico Charles. Charles miró por encima de sus lentes a la gallina, dio un breve golpe a la jaula con sus uñas amarillas y dijo: «Está bien... ahora también tendremos un pasajero». Luego, con un severo destello de sus gafas, añadió: «En cuanto a ti y a mí, hijo mío, nos tomaremos nuestro tiempo. Sólo Dios sabe cómo será el aire ahí arriba entre las nubes».

Aquel mismo día a la hora fijada en los Campos de Marte, ante una multitud atónita, una cúpula enorme, liviana, bordada con arabescos chinos, que llevaba atada con cuerdas de seda una barquilla dorada, se fue hinchando lentamente a medida que se iba llenando de hidrógeno. Charles y su hijo trabajaban entre corrientes de humo que el viento hacía a un lado. La gallina miraba entre los alambres de su jaula con sus ojos pequeños, y la cabeza ladeada. En torno suyo, se movían caftanes de colores y lentejuelas, ligeros vestidos de mujer, sombreros de paja; y cuando la esfera inició su marcha ascendente, el viejo físico la siguió con la mirada, y luego rompió a llorar en el hombro de su hijo, y cientos de manos empezaron a saludar por todos lados con pañuelos y cintas. Unas nubes frágiles flotaban por el cielo soleado y tierno. La tierra se iba alejando, temblorosa, verde clara, cubierta por sombras que corrían vertiginosas y por las manchas encendidas de los árboles. Abajo pasó corriendo un jinete de juguete... pero pronto la esfera desapareció de la vista. La gallina seguía mirando hacia la tierra con uno de sus ojillos.

El vuelo duró todo el día. El día terminó con una gran e intensa puesta de sol. Cuando cayó la noche, la esfera comenzó a descender lentamente. En tiempos, en un pueblo a la ribera del Loira, vivía un campesino amable y astuto. Sale al campo con las luces del alba. En medio del campo ve un prodigio: un montón inmenso de seda de colores. Cerca, volcada, hay una pequeña jaula. Un pollo, todo blanco, como si estuviera moldeado en nieve, sacaba la cabeza por la malla y movía el pico intermitentemente, como si buscara algún insecto entre la hierba. Al principio, el campesino se llevó un susto, pero luego se dio cuenta de que era sencillamente un regalo de la Virgen María, cuyo cabello flotaba en el aire como las telas de araña en el otoño. La seda la vendió su mujer poco a poco en la ciudad cercana, la pequeña barquilla dorada se convirtió en una cuna para su primer nacido envuelto en todo tipo de pañales, y el pollo fue enviado al corral.

Escucha.

Pasó algún tiempo, y un buen día, al pasar junto a una montañita de barcias en la puerta del corral, el campesino oyó un cloqueo de felicidad. Se detuvo. La gallina se destacó del polvo verde y miró hacia el sol mientras caracoleaba rápidamente no sin cierto orgullo. Entretanto, entre las barcias, calientes y lustrosos, lucían cuatro huevos dorados. ¡No es de extrañar! A merced del viento, la gallina había atravesado el arrebol entero del atardecer, y el sol, un gallo encendido con cresta carmesí, había batido sus alas sobre ella.

No sé si el campesino lo entendió. Durante mucho tiempo se quedó inmóvil, abriendo y cerrando los ojos ante tal brillantez, sosteniendo en las palmas de las manos los huevos todavía calientes, enteros, dorados. Luego, arrastrando los zuecos, corrió por el patio dando tales aullidos que el mozo pensó que se debía haber cortado un dedo con el hacha...

Ni que decir tiene que todo esto pasó hace mucho, mucho tiempo, mucho antes de que el aviador Latham, tras caerse con su avión en mitad del Canal de la Mancha, se sentara en la cola de libélula de su Antoinette mientras se sumergía en las aguas, a fumarse un cigarrillo que amarilleaba al viento, mientras observaba cómo, arriba en el cielo, su rival Blériot, en su asco de máquina de alas rechonchas, volaba por primera vez desde Calais hasta las costas azucaradas de Inglaterra.

Pero no consigo vencer tu angustia. ¿Por qué tus ojos se han vuelto a llenar de oscuridad? No, no digas nada. Lo sé todo. No debes llorar. Seguro que ha oído mi fábula, no hay duda de que puede oírla. Es a él a quien va dirigida. Las palabras no tienen fronteras. ¡Trata de entender! Me miras de una forma tan oscura y tan siniestra. Recuerdo la noche después del funeral. No pudiste quedarte en casa. Tú y yo salimos al fango brillante de la nieve derretida. Nos perdimos. Acabamos en una calle extraña, angosta. No conseguí distinguir su nombre, pero lo que sí advertí es que estaba del revés, como en un espejo, en el cristal de una farola. Las luces se perdían en la distancia. De los tejados caía persistente el agua. Los cubos que se alineaban a ambos lados de la calle, a lo largo de las paredes negras, se llenaban de mercurio negro. Se llenaban y se derramaban. Y de repente, extendiendo las manos indefensa, hablaste.

—Pero era tan pequeño, tan cálido...

Perdóname si soy incapaz de llorar, sencillamente de llorar, eso tan humano, perdóname si en su lugar no hago más que cantar y correr hacia algún sitio, agarrándome a cualquier ala que pasa, alto, despeinado, con un ligero bronceado en la frente. Perdóname. Así debe ser.

Caminamos despacio a lo largo de las vallas. El cementerio ya está cerca. Allí está, un islote de blanco y verde invernal entre unos polvorientos solares vacíos. Ahora ve tu sola. Te esperaré aquí. Tus ojos apuntan una fugaz sonrisa un punto tímida. Me conoces tan bien... El portillo de entrada rechinó, y luego se cerró de golpe. Yo me he quedado solo, sentado entre la hierba dispersa. A pocos pasos hay un huerto con coles moradas. Al otro lado del solar, fábricas, monstruos de ladrillo que flotan en la niebla azul. A mis pies, una lata aplastada reluce oxidada en un embudo de arena. A mi alrededor, silencio y una especie de vacío primaveral. No hay muerte. El viento me sorprende a mi espalda, cae sobre mí como una muñeca fláccida y me hace cosquillas en el cuello con su pata velluda. No puede haber muerte.

Mi corazón, también, ha planeado en las alturas a través de la aurora. Tú y yo tendremos un hijo nuevo, dorado, una creación de tus lágrimas y de mis fábulas. Hoy he entendido la belleza de los cables que se cruzan en el cielo, y el mosaico nebuloso de las chimeneas de las fábricas, y esta hojalata oxidada con su tapa del revés, medio cortada y aserrada. La pálida hierba corre, corre hacia algún lugar, entre las olas polvorientas del solar. Alzo los brazos. La luz del sol resbala por mi piel. Mi piel está cubierta por chispas de muchos colores.

Y quiero levantarme, abrir los brazos en un abrazo inmenso, dirigir un discurso largo y luminoso a la multitud invisible. Empezaría así:

—Oh dioses color del arco iris...


1.

Cuando la punta curva de un esquí se cruza con la otra, uno cae hacia delante. La nieve se le mete por las mangas, le escalda la piel y no resulta fácil volver a ponerse en pie. Kern, que hacía mucho tiempo que no esquiaba, empezó a sudar con el esfuerzo. Un poco mareado, se quitó de un tirón el gorro de lana que le hacía sentir un picor en las orejas y se limpió con él la nieve húmeda que le había quedado prendida en las pestañas.

Todo era alegría y azul delante del hotel de seis pisos. Los árboles se elevaban incorpóreos en el resplandor del ambiente. Las huellas de innumerables esquís cubrían como una melena de cabellos oscuros el dorso de las colinas nevadas. Y, envolviéndolo todo, una gigantesca blancura se precipitaba hacia el cielo y brillaba, libre, en el firmamento.

Los esquís de Kern crujían mientras trataba de remontar la pendiente. Al observar la fortaleza de sus hombros, su perfil aquilino, y el brillo robusto de sus pómulos, la joven inglesa que había conocido el día anterior, al tercer día de su llegada, le había tomado por un compatriota. Isabel, Isabel la Voladora, como la habían bautizado una pandilla de jóvenes morenos y delgados, de tipo argentino que corrían a todas partes detrás de ella: al salón de baile del hotel, por las escaleras, por las nevadas pendientes en un ballet de polvo brillante. Su aspecto era impetuoso y deportista, tenía una boca tan roja que parecía que el Creador hubiera extraído de la tierra un puñado de tórrido carmín y se lo hubiera pasado por la parte inferior del rostro. En sus ojos chispeantes había un apunte de risa. En su pelo negro y brillante como el satén se erguía una peineta española, tiesa como una ola e hincada en una onda profunda de su pelo. Así era como Kern la había visto ayer, a la puerta de su habitación, la treinta y cinco, cuando el timbre ligeramente sordo del gong la convocó a cenar. Y el hecho de que fueran vecinos, y que el número de la habitación de la joven coincidiera exactamente con el de los años que él tenía en ese momento, así como la circunstancia de que ella estuviera sentada frente a él en la gran table d'hôte, tan alta, vivaracha, con un traje negro escotado, y una estola de seda negra en su cuello desnudo, todo esto le pareció a Kern tan significativo que le abrió una fisura en la aburrida melancolía que le llevaba sofocando durante los últimos seis meses.

Fue Isabel quien le abordó, pero él no se mostró sorprendido. En este inmenso hotel que resplandecía, aislado, en una grieta entre las montañas, la vida palpitaba ligera y un poco achispada después de los años muertos de la guerra. Además, a ella, a Isabel, nada le estaba prohibido, ni el seductor juego de pestañas, ni la melodía de risa en su voz, cuando decía, alcanzándole el cenicero a Kern: «Creo que usted y yo somos los únicos ingleses aquí», para luego acercársele hasta casi tocarle con su hombro translúcido tan sólo sujeto por una cinta negra, y añadir: «Sin contar, claro está, a una media docena de ancianas y a aquel personaje sentado más allá con el cuello vuelto del revés».

Kern contestó: «Está equivocada. Yo no tengo patria. Es verdad que he pasado una serie de años en Londres. Además...».

A la mañana siguiente, tras seis meses de apatía completa, sintió de nuevo inesperadamente el placer de entrar en el cono ensordecedor de una ducha fría como el hielo. A las nueve, después de un desayuno copioso y prudente, salió haciendo crujir con sus esquís la arena rojiza que habían esparcido sobre el resplandor desnudo del camino delante de la terraza del hotel. Cuando hubo subido por la pendiente nevada, haciendo espiga, como hacen los buenos esquiadores, allí, entre pantalones de cuadros y rostros rubicundos, estaba Isabel.

Ella le saludó a la inglesa —se limitó a concederle un asomo de sonrisa. Los esquís de Isabel irradiaban un dorado color oliva. La nieve se agarraba a las intrincadas fijaciones que le sujetaban los pies. Había una cierta energía poco femenina en sus pies y en sus piernas, bien proporcionadas a pesar de las rudas botas y las polainas que las envolvían y apretaban. Una sombra púrpura se deslizó tras ella por la superficie crujiente, cuando con las manos desenfadadamente enfundadas en los bolsillos de su chaqueta de cuero, con el esquí izquierdo ligeramente avanzado, se lanzó ladera abajo, cada vez más rápido, con la bufanda al viento entre chorros de nieve en polvo. De pronto, a toda velocidad, hizo un giro con una rodilla muy flexionada, se volvió a estirar, y se lanzó pendiente abajo, dejando atrás los abetos y la pista de patinaje turquesa. Un par de jóvenes abrigados con jerseys de vivos colores y un famoso deportista sueco con cara de terracota y cabello incoloro, peinado hacia atrás, fueron tras ella a toda velocidad.

Un poco más tarde, Kern se la volvió a encontrar, cerca de una pista azulada por la que se deslizaba la gente con un débil chasquido, bocabajo en sus trineos chatos como si fueran ranas velludas. Con un destello de sus esquís, Isabel desapareció tras un montículo de nieve, y cuando Kern, avergonzado de sus torpes movimientos, la alcanzó en una vaguada entre heladas ramas de plata, ella le saludó con un gesto de los dedos, se dio impulso con sus esquís y desapareció de nuevo. Kern se detuvo un momento entre las sombras violetas, y de repente sintió una bocanada de aquel miedo al silencio que tan bien conocía. El encaje de las ramas en el aire esmaltado tenía la frialdad de un cuento de terror. Los árboles, las intrincadas sombras, sus propios esquís, todo parecía participar extrañamente de una calidad como de juguete. Se dio cuenta de que estaba cansado, de que tenía una ampolla en el talón y, tras agarrarse a unas ramas para ayudarse a dar la vuelta, inició el retorno. Los patinadores se deslizaban mecánicamente por el suave turquesa de la pista. En la ladera nevada, el Sueco de terracota ayudaba a levantarse a un tipo larguirucho, todo cubierto de nieve, con gafas de montura de concha, que estaba caído entre el polvo resplandeciente como si fuera un torpe pájaro. Como un ala que se hubiera desprendido, un esquí que se le había soltado del pie se deslizaba colina abajo.

En su habitación, Kern se cambió y al oír el hueco sonido del gong, llamó al timbre y pidió rosbif frío, unas uvas y una botella de Chianti.

Tenía un dolor persistente en la espalda y en los muslos.

Quién le mandaba a él perseguirla, pensó. Un hombre se pone un par de tablas en los pies y procede a saborear la ley de la gravedad. Ridículo.

Hacia las cuatro bajó al amplio salón de lectura, donde la chimenea exhalaba un calor naranja y una serie de gente invisible reposaba, oculta tras sus periódicos, en unos inmensos sillones de piel, con las piernas extendidas que surgían debajo de un lugar de nadie hecho de letra impresa. Sobre una larga mesa de roble había un montón de revistas desordenadas, llenas de anuncios de perfumería, de chicas de cabaret y de chisteras parlamentarias. Kern cogió un ejemplar algo estropeado del Tatler de junio anterior y durante largo rato estuvo examinando la sonrisa de la mujer que durante siete años había sido su esposa. Recordó su rostro muerto, convertido en algo

Tan frío y tan duro, y algunas cartas que había encontrado en una pequeña caja.

Dejó a un lado la revista, y la uña chirrió contra el brillo de la página.

Luego, echó a andar con esfuerzo, dando bocanadas a su pipa, hasta llegar a la enorme terraza cubierta, donde tocaba una orquesta helada y la gente bebía un té muy fuerte, arropada con bufandas de vivos colores, dispuesta a salir de nuevo corriendo al frío, a las pistas que brillaban con insistente luz trémula a través de los grandes ventanales. Con ojos escrutadores, recorrió la terraza con la mirada. La mirada curiosa de alguien le traspasó como cuando una aguja alcanza el nervio de una muela. Abandonó el lugar de inmediato.

Entró en la sala de billar, empujando con el hombro la puerta de roble que cedió a su paso y se encontró a Monfiori, un tipo bajo, pálido y de pelo rojo que sólo respetaba la Biblia y las carambolas de billar, que se inclinaba sobre el tapete verde, moviendo su taco, apuntando a una bola. Kern lo acababa de conocer y el hombre le abrumó con citas de las Sagradas Escrituras. Dijo que estaba escribiendo un libro importante en el que demostraba que, si analizamos el Libro de Job de una cierta manera, entonces... Pero Kern dejó de escucharle, porque su atención quedó repentinamente prendida en las orejas de su interlocutor, puntiagudas, llenas de polvo de color canario, con una pelusilla rojiza en las puntas.

Las bolas chocaron y se dispersaron. Enarcando las cejas, Monfiori le invitó a jugar. Tenía unos ojos melancólicos, ligeramente bulbosos, cabrunos...

Kern ya había aceptado, e incluso había frotado un poco de tiza en la punta de su taco, pero de repente sintió una ola de hastío tremendo que le provocó un inmenso dolor de estómago y un estrépito en sus oídos, y entonces dijo que le dolía el codo, luego contempló al pasar por una ventana el brillo azucarado de los montes, y volvió a la sala de lectura.

Allí, con las piernas cruzadas y aguantándose el daño que le hacía uno de sus zapatos de charol, volvió a examinar la fotografía gris perla, los ojos infantiles y los sombreados labios de la belleza londinense que había sido su mujer. La primera noche después de su suicidio, siguió a una mujer que le sonrió en una esquina en la noche de niebla y se vengó de Dios, del amor, y del destino.

Y ahora venía Isabel con aquella herida roja de su boca. Si uno pudiera...

Apretó los dientes y los músculos de su poderosa mandíbula se tensaron. Toda su vida anterior parecía una inestable hilera de biombos de colores tras los que se había escudado para protegerse de las corrientes cósmicas. Isabel no era sino el último panel, el más brillante, de su biombo. ¡Cuántos jirones de seda como éste había tenido y cuántos había tratado de colgar contra el agujero negro y voraz! Viajes, libros encuadernados con exquisitez y siete años de un éxtasis de amor. Estos jirones se mecían al compás del viento de fuera, se rasgaban, se caían uno a uno. El vacío no se puede ocultar, el abismo respira y lo succiona todo. Esto lo comprendió cuando el detective con sus guantes de cabritilla...

Kern sintió como una sacudida y le pareció que una pálida joven de cejas rosas le estuviera mirando escondida tras una revista. Cogió un Times de la mesa y abrió sus gigantescas páginas. El papel se interponía como una sábana contra el abismo. La gente se inventa crímenes, museos, juegos, sólo para escapar del desconocido y vertiginoso firmamento. Y ahora, esta Isabel...

Dejó a un lado el periódico, se llevó a la frente su puño enorme y de nuevo sintió la mirada de alguien fija en su persona. Entonces salió despacio de la habitación, esquivando las piernas lectoras, por delante de la mandíbula abierta y naranja de la chimenea. Se perdió por los pasillos ruidosos, y se encontró inesperadamente en un salón donde las patas blancas y curvas de las butacas se reflejaban en el parquet del suelo, y donde colgaba un gran cuadro de Guillermo Tell haciendo blanco en la manzana que su hijo sostenía en la cabeza; a continuación examinó con detenimiento la tristeza de su rostro recién afeitado, las venillas rojas de sus ojos, su pajarita de cuadros, en un cuarto de baño resplandeciente donde el agua borboteaba musicalmente y una colilla dorada abandonada por alguien flotaba en el fondo de porcelana.

Al otro lado de los ventanales, las nieves comenzaban a empañarse y a volverse azules. El cielo se iluminaba con delicadas tonalidades. Los batientes de la puerta giratoria que conducía al estruendoso vestíbulo centelleaban lentos a medida que daban entrada a las nubes de vapor que acompañaban a los esquiadores, que llegaban sin resuello y con rostros arrebolados, fatigados de sus juegos nevados. Las escaleras respiraban con cada pisada, con cada grito y con cada risotada. Luego, el hotel se quedó en silencio: todo el mundo se vestía para la cena.

Kern, que se había quedado vagamente adormecido en el sillón de su habitación a la luz del crepúsculo, se despertó con las vibraciones del gong. Feliz con su renovada energía, encendió las luces, se puso los gemelos en una camisa limpia y recién almidonada sacó un par de pantalones negros del ropero. Cinco minutos más tarde, ya mucho más ligero y seguro de sí mismo al comprobar su atuendo, el pelo firme y peinado en su cabeza, el más mínimo detalle de su ropa perfectamente planchada, bajó al comedor.

Isabel no estaba allí. Sirvieron la sopa, a continuación el pescado, pero ella seguía sin aparecer.

Kern examinaba con repugnancia a aquellos jóvenes bronceados y mates, el rostro aladrillado de una mujer mayor que se había pintado una peca para disimular un grano, a un hombre con ojos de cabra, y dejó que su mirada melancólica se posara en una pequeña pirámide espiral de jacintos que surgía de una maceta verde.

Ella no se dignó aparecer hasta que, en el salón que presidía Guillermo Tell, comenzaron a aullar y a retumbar los instrumentos de una banda de negros.

Olía al frío del aire y a perfume. Su pelo parecía mojado. Había algo en su rostro que le dejó pasmado.

Le dedicó una gran sonrisa y se arregló la cinta negra que cruzaba sus hombros transparentes.

—Acabo de llegar. Apenas he tenido tiempo de cambiarme y tomarme un sandwich a toda prisa.

Kern le preguntó:

—¿No me dirá que ha estado esquiando todo este tiempo? Pero si está completamente oscuro allí fuera.

Ella le dedicó una intensa mirada, y Kern se dio cuenta entonces de lo que le había chocado en ella: sus ojos, que brillaban centelleantes como si los cubriera el polvo del hielo.

Isabel comenzó a resbalar planeando como una paloma por las vocales del inglés:

—Desde luego. Ha sido extraordinario. Me he lanzado como un rayo por las pendientes en la oscuridad, he volado por encima de los badenes. He llegado hasta las estrellas.

—Podía haberse matado —dijo Kern.

Y ella, entrecerrando la suavidad de sus ojos, repitió:

—Hasta las estrellas —y añadió, con un destello en el hombro—, pero ahora quiero bailar.

La banda de músicos negros gritaba y aullaba en el vestíbulo. Unas linternas japonesas flotaban llenas de color. De puntillas, alternando los pasos cortos con otros largos y detenidos, sus manos juntas, Kern avanzaba de la mano de Isabel, sus cuerpos juntos. Un paso más, y la maravillosa pierna de aquella mujer se pegaría a su cuerpo, otro más, y ella se le entregaría sin resistencia. La frescura fragante de su pelo le hacía cosquillas en la sien, y sentía, bajo la hoja de su mano, las curvas sinuosas y flexibles de su espalda desnuda. En silencio, entraba en los quiebros de la música, para a continuación deslizarse de compás en compás... En su entorno flotaban los rostros intensos de parejas de rasgos angulosos con miradas perversamente ausentes. Y el patrón de un ritmo primitivo puntuaba sobre el sonido opaco de las cuerdas.

La música se aceleró, creció en volumen y se interrumpió con estrépito. Todo se detuvo. Y entonces estalló el aplauso, pidiendo más de lo mismo. Pero los músicos habían decidido tomarse un descanso.

Kern sacó un pañuelo de la manga y se limpió el sudor, antes de seguir a Isabel, quien, con un leve golpe de su abanico negro, se dirigía ya hacia la puerta. Se sentaron uno junto a otro en unas grandes escaleras.

Sin mirarle, ella le dijo:

—Lo siento... tenía la sensación de que todavía estaba entre la nieve y las estrellas. Ni siquiera me di cuenta de si bailaba bien.

Kern la miró como si no la oyera, como si de verdad ella estuviera inmersa en sus brillantes pensamientos, pensamientos desconocidos para él.

Unos escalones más abajo, un joven vestido con una chaqueta muy estrecha descansaba acompañado de una joven muy delgada con una marca de nacimiento en la espalda. Cuando la música volvió a sonar de nuevo, el joven invitó a Isabel a bailar un Boston. Kern tuvo que bailar con la joven flaca. Olía a lavanda ligeramente amarga. En el salón de baile los remolinos de serpentinas de colores se enredaban en torno a los bailarines. Uno de los músicos llevaba un bigote blanco, postizo y, por alguna razón, Kern sintió vergüenza ajena. Cuando acabó aquella pieza, abandonó a su pareja y se fue corriendo en busca de Isabel. No estaba por ninguna parte... ni en el bufé, ni en la escalera.

Claro, ya era hora de irse a dormir, pensó Kern conciso.

De nuevo en su habitación retiró la cubierta de la cama antes de acostarse y, sin pensar, se puso a contemplar la noche. Las ventanas se reflejaban en la oscuridad de la nieve delante del hotel. En la distancia, las cumbres metálicas flotaban en un resplandor fúnebre.

Tuvo la sensación de que había estado contemplando la muerte. Cerró las cortinas de tal modo que no pudiera entrar ni el más mínimo rayo de la noche en la habitación. Pero cuando apagó la luz y se tumbó, notó un destello en el filo de un estante de cristal. Se levantó y se entretuvo arreglando las cortinas junto a la ventana, maldiciendo las salpicaduras de la luz de la luna. El suelo estaba frío como el mármol.

Cuando por fin Kern se soltó el cordón del pijama y cerró los ojos, las laderas y pendientes empezaron a desfilar vertiginosas bajo sus pies. En su corazón comenzó un golpeteo intenso, como si a lo largo del día se hubiera esforzado en silenciarlo y ahora quisiera aprovecharse del silencio reinante. Empezó a asustarse a medida que escuchaba este golpeteo. Se acordó de cómo, hace mucho tiempo, en un día de mucho viento, al pasar con su mujer por delante de una carnicería, una res muerta se balanceó en su gancho golpeando en la pared con un ruido sordo. Esa misma era la sensación que ahora se había aposentado en su corazón. Su mujer, mientras tanto, había entrecerrado los ojos contra el viento y se sujetaba el sombrero, mientras decía que el viento y el mar la estaban volviendo loca, que tenían que irse, tenían que irse...

Kern se dio la vuelta, con cuidado, para que no le explotara el pecho con aquellos golpes internos.

—No puedo seguir así —murmuró a la almohada, doblando las piernas desolado. Se quedó quieto, tumbado de espaldas y mirando al techo, a los pálidos destellos que habían penetrado en la habitación, tan cortantes como sus costillas.

Cuando cerró los ojos de nuevo, unas chispas silenciosas comenzaron a deslizarse delante de él, y luego dieron paso a espirales transparentes que se iban desenrollando sin cesar. Los ojos de nieve de Isabel y también su ardiente boca destellaron a su paso, y luego, de nuevo volvieron las chispas y las espirales. Por un momento su corazón se contrajo en un nudo lacerante. Luego, se relajó y dio un fuerte latido.

No puedo seguir así, me voy a volver loco. Sin futuro, nada más que un muro negro. No queda nada.

Tenía la impresión de que las serpentinas de colores se iban deslizando por su rostro, crujiendo y rasgándose en jirones estrechos. De que las linternas japonesas circulaban en ondas de colores por el parquet. Y él mismo estaba bailando, avanzando un poco más.

Si tan sólo pudiera aflojarla, abrirla... Luego...

Y la muerte le pareció un sueño que planeaba, una caída complaciente. Sin pensamientos, sin palpitaciones, sin dolor.

Los rayos de luna que formaban vigas en el techo se habían desplazado imperceptiblemente. Unos pasos cruzaron silenciosos el pasillo, en algún lugar chirrió una cerradura, se oyó un débil zumbido; y de nuevo, pasos, el murmullo y el susurro de los pasos.

Eso quiere decir que el baile ha terminado, pensó Kern. Le dio la vuelta a su almohada para ventilarla.

Ahora, todo era un inmenso silencio que gradualmente iba adquiriendo tonos gélidos. Sólo se movía su corazón, tenso y pesado. Kern tanteó la mesilla, localizó la jarra de agua, y bebió un trago directamente del pico de la jarra. Un chorro helado le escaldó el cuello y la clavícula.

Empezó a pensar en métodos para conciliar el sueño. Se imaginó unas olas que se montaban rítmicamente hacia la orilla de la costa. Y luego unas ovejas grises y gordas que muy despacio iban saltando y cayendo por una cerca. Una oveja, dos, tres...

Isabel está durmiendo en la puerta de al lado, pensó Kern. Isabel está despierta, y lleva probablemente un pijama amarillo. El amarillo le sienta bien. Un color español. Si rascara con las uñas la pared me oiría. Malditas palpitaciones...

Se quedó dormido justo en el momento en que había empezado a decidir si valía o no la pena encender la luz y ponerse a leer un rato. Tengo una novela francesa ahí encima del sillón. El cuchillo de marfil se desliza cortando las páginas. Una, dos...

Se despertó en mitad de la habitación; le despertó una sensación de terror insoportable. El terror le había hecho saltar de la cama. Había estado soñando que la pared contra la que se apoyaba su cama empezaba a derrumbarse despacio sobre su cuerpo, y había saltado como una exhalación para librarse del desplome.

Kern encontró el cabecero al tacto y habría vuelto a la cama inmediatamente de no haber sido por el ruido que oyó a través de la pared. De momento no sabía muy bien de dónde procedía el ruido, y la misma acción de escuchar con atención hizo que su conciencia, presta a deslizarse por las pendientes del sueño, recobrara abruptamente la lucidez. El ruido se produjo de nuevo: un tañido vibrante, seguido por la rica sonoridad de las cuerdas de una guitarra.

Kern recordó que era Isabel la que ocupaba la habitación vecina. Y de pronto, como si respondiera a sus pensamientos, llegó hasta él una carcajada de su risa. Dos veces, tres, la guitarra sonó, vibrante; luego calló. A continuación se oyó un extraño ladrido, intermitente. Luego, cesó.

Sentado en su cama, Kern escuchaba maravillado. Se imaginó una escena pintoresca: Isabel con una guitarra y un inmenso gran danés mirándola con ojos beatíficos. Apoyó el oído contra la pared helada. De nuevo el ladrido, la guitarra que sonaba como si le hubieran propinado un capirotazo y luego empezó a oírse un susurro ondulante como si un gran viento se arremolinara allí mismo, en el cuarto de al lado. El susurro se fue convirtiendo en un silbido y de nuevo la noche se llenó de silencio. Finalmente se oyó un golpe de la ventana contra el marco: Isabel la había cerrado.

Una chica incansable, pensó —el perro, la guitarra, las corrientes heladas.

Ahora todo estaba en silencio. Probablemente, Isabel, tras haber expulsado todos aquellos ruidos de su cuarto, se había ido a la cama y ahora ya dormía.

—¡Maldita sea! No entiendo nada. No tengo ni la más mínima pista. ¡Maldita sea! ¡Maldita! —se lamentaba Kern, enterrándose en la almohada. Una pesada fatiga le atenazaba las sienes. Le dolían las piernas y sentía un picor insoportable. Gimió en la oscuridad durante largo rato, sin parar de dar vueltas. Los rayos del techo hacía tiempo que habían desaparecido.

2.

Al día siguiente Isabel no apareció hasta la hora del almuerzo.

Desde por la mañana el cielo había estado deslumbrantemente blanco y el sol se había mostrado con la forma y claridad de la luna. Luego la nieve comenzó a caer, despacio y verticalmente. Los densos copos, como topos que decoraran un velo blanco, enmarcaban en su caída la vista de las montañas, los abetos cargados de nieve, el apagado turquesa de la pista de patinaje. Las suaves y sordas partículas de nieve crujían en susurro contra los cristales de la ventana, mientras caían y caían y no dejaban de caer. Si uno se las quedaba mirando durante un rato, tenía la impresión de que todo el hotel había empezado una lenta ascensión hacia las alturas.

—Estaba tan cansada ayer —le decía Isabel a su vecino de mesa, un joven de amplia frente color oliva y ojos penetrantes—, tan cansada que decidí quedarme hasta muy tarde en la cama.

—Hoy estás guapísima —dijo cansinamente el joven, con una cortesía que resultaba exótica.

Ella hizo un gesto de desprecio.

Mirándola a través de los jacintos, Kern le dijo fríamente:

—No sabía, Isabel, que tuviera en su habitación un perro, ni tampoco una guitarra.

Sus suaves ojos parecieron encerrarse en sí mismos como defendiéndose de un cierto sentimiento de vergüenza. Pero al momento su expresión se rompió en una sonrisa, toda ella carmín y marfil.

—Ayer por la noche, Kern, se excedió usted en la pista de baile —contestó. El joven oliváceo y el tipo bajito que sólo respetaba la Biblia y el billar se rieron, el primero con una risa abierta y cordial, y el segundo como en sordina, y con una expresión de sorpresa en su mirada.

Kern dijo frunciendo el ceño.

—Le pediría que no tocara la guitarra por la noche. Me cuesta mucho dormirme.

Isabel le abofeteó la cara con una mirada desafiante, lúcida.

—Sería mejor que se lo pidiera a sus sueños, no a mí.

Y empezó a hablar con su vecino de mesa acerca del campeonato de esquí que iba a tener lugar al día siguiente.

En los últimos minutos Kern había sentido que sus labios, incontrolados, se estiraban hasta adoptar una mueca involuntaria de sarcasmo. Las comisuras de su boca se crisparon con dolor, y de repente sintió ganas de tirar del mantel y de estampar los jacintos contra la pared.

Se levantó de la mesa tratando de ocultar el temor insoportable que le poseía, y, sin ver a nadie, salió de la habitación.

—¿Qué me está pasando? —se preguntó con angustia—. ¿Qué está pasando aquí?

Abrió de un golpe la maleta y empezó a hacer el equipaje. Inmediatamente se sintió mareado. Dejó lo que estaba haciendo y comenzó a pasear por el cuarto. Irritado, llenó la pipa. Se sentó en el sillón junto a la ventana, al otro lado de la cual la nieve seguía cayendo con nauseabunda regularidad.

Había venido a este hotel, a este elegante refugio invernal llamado Zermatt, para fundir la sensación de blanco silencio con el placer que le proporcionarían una serie de encuentros diversos y despreocupados, porque si en estos momentos temía algo, eso era la soledad absoluta. Pero ahora comprendía que los rostros humanos también le resultaban intolerables, que la nieve le trastornaba la mente, y que carecía de la genial vitalidad y de la tierna perseverancia sin las cuales la pasión es impotente. En cuanto a Isabel, probablemente, su vida consistía en una maravillosa carrera de esquí continua, en una risa impetuosa, en un perfume y también en el aire helado.

¿Quién es? ¿Una diva solar, que ha roto sus cadenas? ¿O la hija fugitiva de un lord arrogante y malhumorado? ¿O sencillamente, una de esas mujeres parisinas...? ¿Y de dónde procede su dinero? Un poco vulgar, sin embargo...

Pero, por mucho que diga, tiene un perro, y es inútil que ella lo niegue. Será un gran danés de pelo sedoso. Con orejas calientes y morro frío. Y sigue nevando, además, Kern pensó, casualmente. Y en mi maleta —y justo en ese momento, algo pareció abrirse, con un chasquido, en su cerebro— tengo una Parabellum.

Hasta la noche estuvo deambulando por el hotel, o dedicado al crujido seco de las páginas de los periódicos en el salón de lectura. Desde la ventana del vestíbulo vio a Isabel, al Sueco y a varios jóvenes con sus chaquetas sobre gruesos jerseys de rayas, que se montaban sobre un trineo con curvas de cisne. Los caballos ruanos hacían sonar sus arneses alegres. La nieve caía silenciosa y densa. Isabel, salpicada toda de pequeñas estrellas blancas, gritaba y se reía entre sus compañeros. Y cuando el trineo se puso en marcha con una sacudida y empezó a acelerar, ella se echó atrás, dando palmas en el aire con sus manos enguantadas en piel.

Kern se apartó de la ventana.

Sigue con tu juego, diviértete con tu paseo... Me es igual.

Luego, durante la cena, trató de no mirarla. Ella estaba dominada por una alegría festiva y un punto achispada, y no le hizo ningún caso. A las nueve, la música negra comenzó a gemir y a sonar con estrépito. Kern, en un estado de languidez enfermiza, se quedó de pie en el quicio de la puerta, contemplando las parejas agarradas y el abanico rizado de Isabel.

Una voz dulce le dijo al oído:

—¿Te apetece ir al bar?

Se volvió y vio los ojos de melancolía cabruna, las orejas con su pelusilla rojiza.

En la penumbra carmesí del bar, las mesas de cristal reflejaban los pliegues de las pantallas.

Había tres hombres sentados en los taburetes de la barra metálica, los tres con polainas, y las piernas recogidas, sorbiendo las pajas de tres bebidas de colores chillones. Detrás de la barra, donde botellas de distintos colores brillaban en las estanterías como una colección de escarabajos convexos, un hombre corpulento y sensual, con bigote negro, vestido con un esmoquin color cereza, mezclaba cócteles con una destreza extraordinaria. Kern y Monfiori eligieron una mesa escondida en las profundidades de terciopelo del bar. Un camarero les tendió una carta abierta con una larga lista de bebidas, reverente y cautelosamente, como si fuera un anticuario exhibiendo un libro raro.

—Vamos a tomar todos los cócteles, una copa de cada, copa tras copa —dijo Monfiori en su voz melancólica y ligeramente cavernosa—, y cuando lleguemos al final, volveremos a empezar eligiendo los que más nos hayan gustado. Quizá lleguemos a uno que nos guste mucho y nos detengamos saboreándolo durante un largo rato. Y luego, volveremos de nuevo al principio.

Le dirigió al camarero una mirada pensativa.

—-¿Está claro?

Y el camarero, o mejor, la raya de su pelo, se volcó en una inclinación.

—A eso se le llama la ronda de Baco —le dijo Monfiori a Kern con una risita lastimera—. Hay gente que aborda su vida diaria de la misma manera.

Kern contuvo un bostezo trémulo.

—Ya sabes que todo esto acaba por hacerte vomitar.

Monfiori suspiró, bebió un par de tragos, chasqueó los labios y marcó con un portaminas una X en la primera bebida de la lista. Dos surcos profundos corrían a lo largo de su rostro, desde las aletas de la nariz hasta su fina boca.

Después de su tercera copa, Kern encendió un cigarrillo en silencio. Después de su sexta copa —un brebaje de chocolate y champán demasiado dulce—, sintió la imperiosa necesidad de hablar.

Exhaló un megáfono de humo. Entornando los ojos, dio unos golpecitos a la ceniza de su cigarrillo con una uña amarillenta.

—Dime, Monfiori, ¿qué piensas de... de, cómo se llama, Isabel?

—No conseguirás nada con ella —contestó Monfiori—. Pertenece a una especie escurridiza. Todo lo que busca es un contacto fugaz.

—Pero toca la guitarra por la noche y se entretiene con su perro. Eso no está bien, ¿no crees? —dijo Kern, mirando su copa con ojos desencajados.

Con otro suspiro, Monfiori dijo:

—Por qué no te olvidas de ella. Después de todo...

—Eso me suena a envidia... —empezó a decir Kern.

El otro le interrumpió con suavidad:

—Es una mujer. Y yo, como ves, tengo otras inclinaciones —y aclarándose la garganta con una cierta modestia, marcó otra X en la carta.

Las copas de rubí fueron reemplazadas por otras doradas. Kern tenía la sensación de que la sangre se le estaba volviendo dulce. Una especie de bruma se le iba instalando en el cerebro. Las polainas blancas abandonaron el bar. Los ritmos y melodías de la distante música cesaron.

—Dices que hay que ser selectivo... —su voz era espesa y hablaba como con desmayo—, mientras que yo he llegado a un punto en que... Mira, por ejemplo, yo estuve casado una vez. Se enamoró de otro. Y resultó ser un ladrón. Robaba coches, collares, pieles... Y ella se quitó la vida. Con estricnina.

—¿Y crees en Dios? —le preguntó Monfiori con el aire de un hombre que por fin va a atacar su tema favorito—. Después de todo, Dios existe.

Kern se rió artificiosamente.

—El Dios de la Biblia... un vertebrado gaseoso... No soy creyente.

—Eso es de Huxley —observó insinuante Monfiori—. Y, sin embargo, hubo un Dios bíblico... Lo que pasa es que El no es el único; hay numerosos dioses bíblicos... Innumerables. Mi favorito es... «Estornudó y se hizo la luz. Sus ojos son como las pestañas de la aurora», ¿entiendes lo que esto quiere decir? ¿Lo entiendes? Y aún hay más: «... las partes carnales de su cuerpo están sólidamente conectadas, y no se moverán jamás». ¿Qué te parece? ¿Qué te parece? ¿Entiendes?

—Espera un segundo —gritó Kern.

—No, no, tienes que meditarlo. «¡Transforma el mar en un ungüento hirviente; deja tras de sí un rastro de resplandor; el abismo se asemeja a una mancha de cabello gris!»

—Espera, quieres esperar —le interrumpió Kern—. Quiero decirte que he decidido matarme...

Monfiori se le quedó mirando impertérrito, con atención, cubriendo su copa con la mano. Se quedó un rato en silencio.

—Justo lo que yo pensaba —comentó con inesperada amabilidad—. Esta noche, cuando estabas mirando cómo bailaba la gente, e incluso antes, cuando te levantaste de la mesa... Había algo en tu cara... Ese surco entre las cejas... Tan especial... Lo comprendí al momento... —se quedó callado, acariciando el borde de la mesa.

—Escucha lo que voy a decirte —continuó, cerrando sus pesados párpados violáceos cuyas pestañas parecían verrugas—. Voy por todas partes buscando a los que son como tú, en hoteles de lujo, en trenes, en lugares de veraneo, en los muelles de las grandes ciudades, por la noche —una sonrisa de ensueño burlón pasó fugazmente por sus labios.

—Me acuerdo que una vez en Florencia... —alzó sus ojos de liebre—. Escucha, Kern, me gustaría estar presente cuando lo hagas. ¿Te importaría?

Kern, en un golpe de desmayo y parálisis, sintió un escalofrío en el pecho bajo su camisa almidonada. Los dos estamos borrachos, fueron las palabras que cruzaron por su mente, y además este tipo es peligroso.

—¿Te importaría? —repitió Monfiori con una mueca—. Guapísimo, por favor (y le rozó con su manita velluda y pegajosa).

Kern dio un salto y tambaleándose inseguro se levantó de la silla.

—¡Vete al infierno! Déjame marchar... Estaba bromeando.

La mirada atenta de los ojos de sanguijuela de Monfiori no pestañeó, inmutable.

—¡Ya estoy harto de ti! ¡Estoy harto de todo! —Kern se fue corriendo, haciendo un gesto como si quisiera quitarse las salpicaduras de lodo con las manos. La mirada de Monfiori, como obedeciendo a un golpe seco, perdió su inmutabilidad.

—¡Basura! ¡Muñeca! ¡No son más que palabras! ¡Basta!

Se golpeó la cadera contra el filo de la mesa y se hizo daño. Aquel tipo gordo color de cereza que estaba detrás de la barra vacilante se ahuecó la pechera de la camisa y empezó a flotar, como en un espejo curvo, entre sus botellas. Kern atravesó las olas deslizantes de la alfombra, y empujó con el hombro la puerta de cristal.

El hotel estaba completamente dormido. Subió las alfombradas escaleras con dificultad y localizó su habitación. Alguien se había dejado la llave puesta en la puerta contigua. Se había olvidado de encerrarse. Las flores serpenteaban en la pálida luz del pasillo. Ya en su habitación pasó un buen rato buscando a tientas en la pared el interruptor de la luz. A continuación se desplomó en un sillón junto a la ventana.

Se le ocurrió entonces que tenía que escribir algunas cartas, cartas de despedida. Pero las bebidas almibaradas le habían debilitado. Tenía en los oídos un hueco clamor denso, y unas olas gélidas se derramaban por su frente. Tenía que escribir una carta y había algo más, algo que le preocupaba. Como si se hubiera marchado de casa sin la cartera. La negrura de espejo de la ventana le devolvía el reflejo de su cuello de rayas y de su frente pálida. Tenía que escribir aquella carta... no, ¡no era eso! De pronto, algo se encendió en los ojos de su mente. ¡La llave! La llave en la cerradura de la puerta de al lado...

Kern se levantó con esfuerzo y salió al pasillo débilmente iluminado. De la llave enorme colgaba una placa brillante con el número treinta y cinco. Se detuvo delante de aquella puerta blanca. Un temblor ávido agitaba sus piernas.

Un viento helado le azotó la frente. La ventana de la habitación, espaciosa y completamente iluminada estaba abierta de par en par. Y en la cama, vestida con un pijama amarillo escotado, estaba tumbada Isabel. Una mano pálida, con un cigarrillo encendido entre los dedos, colgaba a un lado de la cama. Se debía de haber quedado dormida sin darse cuenta.

Kern se acercó a la cama. Se golpeó la rodilla contra una silla y una guitarra soltó un débil tañido. El cabello azul de Isabel se extendía en círculos precisos sobre la almohada. Se quedó mirando sus oscuras pestañas, la sombra delicada entre sus pechos. Tocó la manta. Sus ojos se abrieron inmediatamente. Entonces, inclinándose suplicante como un jorobado, Kern le dijo: «Necesito tu amor. Mañana me voy a pegar un tiro».

Nunca hubiera soñado que una mujer, incluso sorprendida, pudiera asustarse tanto. De entrada, Isabel se quedó inmóvil, pero luego reaccionó como con una embestida y, sin apartar los ojos de la ventana abierta, se bajó al instante de la cama y pasó corriendo delante de Kern con la cabeza baja como si intentara esquivar un golpe.

La puerta se cerró de repente. Unas hojas de papel volaron de la mesa.

Kern se quedó de pie en medio de la gran habitación iluminada. En la mesilla unas uvas brillaban en oros y violetas.

—Está loca —dijo para que se le oyera.

Se estiró con cierto esfuerzo. Temblaba como un corcel de frío en un escalofrío prolongado. Luego, súbitamente, se quedó inmóvil y helado.

Al otro lado de la ventana, se acercaba una especie de alegre ladrido que iba hinchándose y creciendo en espasmos violentos. En un abrir y cerrar de ojos el cuadrado de negra noche del vano de la ventana se llenó y se inflamó en un tumulto de pieles sólidas y bulliciosas. Con un único y ruidoso movimiento aquel tosco pelaje ocultó por completo el cielo nocturno, enmarcado en la ventana. Al momento siguiente, aquello creció, se estiró, e irrumpió de través por la ventana, desplegándose luego. Y entre el ruido y la agitación de aquella maraña de pieles desplegadas se dejó ver el resplandor de un pálido rostro. Kern agarró la guitarra por el mástil y, con toda su fuerza, golpeó aquel rostro blanco que volaba ante sus ojos. Como si se tratara de una tempestad de pelo, la nervadura de un ala de aquel gigante le tumbó de un golpe al suelo. Estaba abrumado por el olor de aquel animal. Kern se levantó dando bandazos.

En el centro de la habitación había un ángel inmenso.

Ocupaba toda la habitación, todo el hotel, todo el mundo. Su ala derecha se había quebrado, y la apoyaba en ángulo contra el armario de luna. La izquierda no dejaba de mecerse imponente, enredándose en las patas de una butaca volcada en el suelo. La butaca se balanceaba, rítmicamente, en el suelo. El pelo pardo de las alas humeaba, irisado con la escarcha. Ensordecido por el golpe, el ángel se apoyaba en las palmas de sus manos como una esfinge. En sus manos blancas latían bien visibles e hinchadas unas venas azules, y en los hombros, junto a la clavícula se veían zonas de sombras. Sus ojos alargados y miopes, verde pálido como el aire que precede a la aurora, contemplaban a Kern sin pestañear desde el fondo de unas cejas unidas y absolutamente rectas.

Asfixiado con el penetrante olor a piel mojada, Kern se quedó de pie e inmóvil con la absoluta indiferencia que produce el terror límite, contemplando al gigante, sus alas humeantes y su rostro blanco.

Un ruido hueco comenzó a oírse al otro lado de la puerta, en el pasillo y Kern se vio dominado por una emoción distinta: una vergüenza desgarradora. Estaba avergonzado hasta el dolor, hasta el horror de pensar que en cualquier momento alguien pudiera llegar hasta allí y encontrarle con semejante criatura, tan absolutamente increíble.

Con un ruidoso jadeo el ángel se esforzó por moverse. Pero tenía los brazos débiles y se desplomó sobre el pecho. Una de sus alas dio unas cuantas sacudidas. Castañeteando, tratando de no mirar, Kern se inclinó sobre él, agarró aquella masa de piel maloliente y húmeda, sujetándola por los hombros pegajosos. Notó con un horror de náusea que los pies del ángel eran pálidos y no tenían huesos, y que le resultaría imposible mantenerse en pie. El ángel no se resistió. Kern, a toda prisa, lo empujó hacia el armario, abrió de par en par la puerta de luna y se dispuso a meter dentro aquellas alas, que crujían al verse apretadas en el fondo del armario. Las cogió por los nervios, tratando de doblarlas y meterlas dentro. Pero las alas pugnaban por desplegarse, y pelos y piel no dejaban de golpearle con sus aletazos en el pecho. Por fin consiguió cerrar la puerta de un buen golpe. En aquel instante se oyó un grito lacerante, insoportable, el grito de un animal aplastado por una rueda. Al cerrar la puerta de golpe había pillado un ala, eso era. Una puntita del ala sobresalía por una rendija. Kern abrió ligeramente la puerta y remetió la cuña sinuosa con su propia mano. Cerró con llave.

Todo se quedó muy tranquilo. Kern sintió que unas lágrimas ardientes le corrían por la cara. Respiró hondo y salió corriendo al pasillo. Isabel estaba junto a la pared, un montón de encogida seda negra. La recogió en sus brazos, la llevó a su habitación y la depositó en la cama. A continuación cogió la pesada Parabellum de su maleta, le quitó el seguro, salió corriendo casi sin respirar e irrumpió en la habitación treinta y cinco.

Las dos mitades de una fuente rota yacían, blancas, en la alfombra. Las uvas estaban esparcidas aquí y allá.

Kern se vio en el espejo del armario: un mechón de cabello sobre la ceja, una pechera de camisa almidonada y manchada de rojo, el destello alargado del cañón de su arma.

—Tengo que rematarlo —exclamó con voz apagada, y abrió el armario.

No había nada salvo una ráfaga, de pelusa maloliente. Unos grasientos mechones pardos se arremolinaban por el suelo de la habitación. El armario estaba vacío. En el suelo, una sombrerera blanca aplastada.

Kern se acercó a la ventana y miró. Unas nubéculas peludas se deslizaban contra la luna y proyectaban en su entorno apagados arco iris. Cerró los cajones, volvió a poner la butaca en su sitio, y empujó a patadas los mechones pardos bajo la cama. Luego, con cautela salió al pasillo. Estaba tan tranquilo como antes. La gente duerme como un tronco en los hoteles de montaña.

Y cuando volvió a su habitación lo que vio fue a Isabel con los pies desnudos colgando fuera de la cama, temblando, con la cabeza entre las manos. Sintió vergüenza, como unos minutos antes, cuando el ángel le estaba mirando con sus extraños ojos verdosos.

—-Dime ¿dónde está? —le preguntó Isabel con ansiedad.

Kern se dio la vuelta, fue hasta el escritorio, se sentó, abrió el secante y respondió:

—No lo sé.

Isabel encogió sus pies desnudos y los metió en la cama.

—¿Me puedo quedar aquí contigo? Estoy tan asustada...

Kern asintió en silencio. Dominando el temblor de su mano, empezó a escribir. Isabel comenzó a hablar de nuevo, con una voz apagada y agitada, pero por alguna razón Kern pensó que su miedo era un miedo femenino, terrenal.

—Lo conocí ayer cuando volaba en la noche sobre mis esquís. Ayer por la noche vino hasta mí.

Tratando de no escuchar lo que Isabel decía, Kern escribió con mano resuelta:

«Querido amigo, ésta será mi última carta. Nunca olvidaré cómo me ayudaste cuando el desastre cayó sobre mí. Probablemente él viva en el pico de alguna montaña donde caza águilas alpinas y se alimenta con su carne...»

Volviendo en sí, rompió lo que acababa de escribir y tomó otra hoja de papel. Isabel sollozaba con el rostro escondido en la almohada.

—¿Y qué voy a hacer ahora? Volverá y me perseguirá para vengarse... Oh, Dios mío...

«Mi querido amigo», escribió Kern deprisa, «ella buscó caricias inolvidables y ahora dará a luz a una pequeña bestia con alas...». ¡Maldita sea! Y arrugó la hoja que acababa de escribir.

—Trata de dormirte —se dirigió a Isabel por encima del hombro—. Y mañana vete. A un monasterio.

Y al oírlo Isabel se encogió de hombros. A continuación se quedó quieta y callada.

Kern escribía. Ante él sonreían los ojos de la única persona en el mundo con la que podía hablar con toda libertad o quedarse callado si así lo prefería. Le escribió a esa persona que la vida estaba acabada, que últimamente había empezado a pensar que, en lugar de un futuro, lo que se perfilaba, cada vez más próximo, era un muro negro, y que ahora había ocurrido algo terrible, tras lo cual un hombre no puede ni debe seguir viviendo. «Mañana, a las doce, moriré», escribió Kern, «mañana, porque quiero morir en pleno uso de mis facultades, a la sobria luz del día. Y ahora me encuentro en un estado de profundo shock».

Cuando hubo acabado se sentó en el sillón junto a la ventana. Isabel seguía durmiendo, su respiración apenas se oía. Un cansancio agobiante le atenazaba la espalda. El sueño descendió sobre él como la suave niebla.

3.

Le despertó un golpe en la puerta. Por la ventana se derramaba un azul de escarcha.

—Entre —dijo estirándose.

El camarero depositó silenciosamente una bandeja con una taza de té encima de la mesa y, con una inclinación, se retiró.

Riéndose de sí mismo, Kern pensó: «Y aquí sigo yo a estas horas con un esmoquin todo arrugado».

Y entonces, al momento, recordó lo que había sucedido durante la noche. Se puso a temblar y contempló la cama. Isabel se había ido. Debía haber vuelto a su habitación con la llegada de la mañana. Y a aquellas horas ya se habría ido, sin duda... Tuvo una visión fugaz de las derrotadas alas pardas. Se levantó deprisa y abrió la puerta del pasillo.

—Escuche —llamó al camarero que ya se iba dándole la espalda—. Tengo una carta para que la lleve al correo.

Fue al escritorio y empezó a buscar desordenadamente. El tipo le esperaba en la puerta. Kern comprobó sus bolsillos y miró debajo del sillón.

—Puede irse. Se la daré al conserje más tarde.

La raya del pelo se inclinó y la puerta se cerró con suavidad.

Kern estaba disgustado por haber perdido la carta. Aquella carta precisamente. Lo había formulado tan bien, tan sencilla y llanamente, todo lo que necesitaba ser dicho. Y ahora no podía recordar las palabras. Sólo le venían frases sin sentido. Sí, aquella carta había sido una obra maestra.

Empezó a escribir de nuevo, pero resultó fría y retórica. Selló la carta y copió la dirección con esmero.

Se sintió ligero, como aliviado. Se mataría de un tiro a las doce; después de todo, un hombre que ha decidido matarse es un dios.

La nieve azucarada resplandecía al otro lado de la ventana. Se sintió atraído por ella, por última vez.

Las sombras de los árboles cubiertos de escarcha reposaban sobre la nieve como plumas azules. Las campanillas de los trineos tintineaban en algún lugar, divertidas y densas. Había mucha gente, chicas con gorros de piel que se movían timoratas y torpes sobre sus esquís, jóvenes que exhalaban nubes de risa al llamarse los unos a los otros, gente madura, rubicunda con el esfuerzo, y algún vigoroso anciano de ojos azules que arrastraba un trineo cubierto de terciopelo. Kern pensó al pasar, por qué no darle al tipo un golpe en la cara, con el dorso de la mano, simplemente para divertirse, porque ahora todo estaba permitido. Rompió a reír. Hacía tiempo que no se sentía tan bien.

Todo el mundo se encaminaba a la zona donde acababa de empezar la competición de saltos. El lugar consistía en un descenso escarpado que a mitad de camino se transformaba en una plataforma nevada que se terminaba abruptamente, proyectándose en ángulo recto. Un esquiador se deslizó por la sección empinada y saltó al aire volando por la rampa que se proyectaba al aire azul. Volaba con los brazos extendidos, aterrizó de pie en la pista de nieve que se extendía bajo la rampa, y se deslizó por la misma. El Sueco acababa de romper su propio récord, y, más abajo, en un remolino de polvo de plata, hizo un brusco giro extendiendo una de sus piernas doblada.

Otros dos, con jerseys negros, pasaron a toda velocidad, saltaron y con la máxima flexibilidad golpearon el suelo.

—A continuación va a saltar Isabel —dijo una voz suave a espaldas de Kern. Kern pensó rápidamente, No me digas que todavía está aquí... Pero cómo puede... y se quedó mirando a la persona que había hablado. Era Monfiori. Con la chistera encajada en sus salientes orejas, y un pequeño abrigo negro con tiras de terciopelo ajado en el cuello, se destacaba divertido entre los espectadores vestidos de lana. ¿Debería decírselo?, pensó Kern.

Rechazó con asco las pardas alas malolientes; no debía pensar en eso.

Isabel subió la colina. Se volvió a decirle algo a su compañero, alegre, tan alegre como siempre. Esta alegría le produjo a Kern un sentimiento de miedo. Entrevió lo que parecía ser una fugaz visión momentánea de algo ahí encima de las nieves, encima del hotel de cristal, encima de la gente tan minúscula —un escalofrío, un resplandor trémulo...

¿Y cómo te encuentras hoy? —preguntó Monfiori, frotándose las manos inertes.

Y justo en ese momento unas voces exclamaron junto a ellos: «¡Isabel!, ¡Isabel la Voladora!».

Kern volvió la cabeza. Venía lanzada por la empinada pendiente. Por un instante vio su rostro resplandeciente, sus relucientes pestañas. Con un suave silbido pasó rozando por el trampolín, voló y se quedó colgada inmóvil, crucificada en medio del aire. Y entonces...

Nadie, desde luego, podía haberlo esperado. En pleno vuelo Isabel se desplomó en un espasmo, cayó como si fuera una piedra, y empezó a rodar entre las ráfagas de nieve que producían sus esquís al dar tumbos.

Inmediatamente quedó oculta por las espaldas de la gente que corrió hacia ella. Kern se acercó lentamente, encorvado. Lo contempló vivido en su mente, como si lo hubieran escrito en grandes letras: venganza, batir de alas. El Sueco y el tipo larguirucho de gafas de montura de hueso se inclinaron sobre Isabel. Con gestos profesionales el hombre de las gafas palpaba su cuerpo sin vida. Murmuró: «No lo puedo entender, tiene la caja torácica aplastada...».

Alzó la cabeza tratando de verla. Sólo vislumbró fugazmente su rostro muerto, y aparentemente desnudo.

Kern se volvió con un crujido de talones y se encaminó a paso decidido hasta el hotel. Junto a él trotaba Monfiori, que se le adelantaba, queriéndole arrancar a hurtadillas lo que sus ojos decían.

—Ahora voy a subir a mi habitación —dijo Kern, tratando de tragarse su risa y sus sollozos, tratando de contenerlos—. Arriba... si deseas acompañarme...

La risa se acercó a su garganta y estalló. Kern subía las escaleras como si estuviera ciego. Monfiori le ayudaba, manso y desbocado.


La primavera en Fialta es brumosa y apagada. Todo está húmedo: los troncos descoloridos de los plátanos, los enebros, las vallas, la arena. A lo lejos, en un panorama acuoso sobre los bordes irregulares de las casas, ligeramente azuladas, que se han levantado temblorosas para subir la cuesta (un ciprés les indica el camino), el borroso monte San Jorge parece más alejado que nunca de su homólogo en la postal que, desde 1910, dicen (aquellos sombreros de paja, aquellos juveniles cocheros de punto), había sacado a los turistas del triste deambular de sus piernas, entre pedazos de roca de cantos amatista y sueños de chimeneas adornadas con conchas de mar. Él aire es plácido y tibio, con un ligero olor a quemado. El mar, con su sal sumergida en una solución de lluvia, es más gris que glauco y con las olas demasiado perezosas para romperse en espuma.

Fue en un día así, a principios de los años treinta, que me encontré, espíritu abierto, en una de las empinadas callejuelas de Fialta, captándolo todo a la vez: el rococó marino en el quiosco, los crucifijos de coral en un aparador, el cartel deslucido de un circo visitante, con una esquina de papel mojado despegada de la pared, y un pedazo amarillento de corteza de naranja, aún verde, sobre la vieja acera azul pizarra que conservaba, aquí y allá, el recuerdo desvaído de las líneas de un mosaico antiguo. Me gusta Fialta, me gusta porque siento en el fondo de sus sílabas violáceas la escondida dulzura húmeda de las florecillas marchitas y porque el nombre parecido de un bello pueblo de Crimea se hace eco de su sonido; y también porque hay algo en la somnolencia de su húmeda Cuaresma que hace el alma más devota. Estaba contento de estar allí otra vez, de poder caminar montaña arriba en dirección inversa a los riachuelos producidos por la lluvia, sin sombrero, la cabeza húmeda, mi piel ya cubierta de tibieza a pesar de llevar únicamente un ligero impermeable sobre la camisa.

Había llegado en el expreso de Capparabella, el cual, con aquel indiferente placer de los trenes en los países montañosos, había producido aquella noche su mejor estrépito a través de todos los túneles imaginables. Un par de días, tanto tiempo como un respiro en medio de un viaje de negocios me lo permitía, es lo que esperaba permanecer allí. Había dejado a mi esposa y a mis hijas en casa, y aquélla era una isla de felicidad siempre presente en el despejado camino de mi vida, siempre flotando junto a mí y aun a través de mí, me atrevería a decir; pero, de todas maneras, conservándose casi siempre en mi exterior.

Una jadeante criatura del sexo masculino, con su pequeña y dura barriga cubierta de barro, bajó a sacudidas del rellano de una puerta y avanzó torpemente, patituerto, tratando de llevar tres naranjas a la vez, pero dejando caer continuamente la variable tercera, hasta que cayó también él. Entonces apareció una muchachita de unos doce años, con una cinta de pesados abalorios colgada de su sucio cuello y una falda tan larga como la de una gitana, y se las llevó rápidamente, más ágil y con mayor habilidad. Cerca de allí, en la húmeda terraza de un café, un camarero secaba las mesas y un melancólico vendedor ambulante de caramelos del país, cosas de aspecto primoroso y brillo lunar, había colocado una desesperanzada canasta llena sobre la resquebrajada balaustrada, junto a la cual conversaban los dos. O bien la llovizna se había detenido o Fialta estaba tan acostumbrada a ella que no sabía si respiraba aire húmedo o lluvia tibia. Llenando su pipa de una tabaquera de hule mientras caminaba, el inglés más marino de esta sólida clase exportable, salió de los soportales y entró en una farmacia donde grandes y pálidas esponjas, metidas en un tarro azul, morían, detrás de su cristal, de la muerte más sedienta. ¡Qué delicioso alborozo sentía correr por mis venas, cuan agradablemente todo mi ser respondía a las vibraciones y efluvios de aquel día gris saturado de una esencia primaveral, que en sí parecía lenta en percibirse! Mis nervios eran extrañamente receptivos después de una noche sin sueño, lo asimilaban todo: el silbido de un tordo en los almendros que había detrás de la capilla, la paz de las casas ruinosas, el pulso del mar distante palpitando en la niebla; todo esto junto con el celoso verde de los trozos de vidrio erizándose a lo largo de un muro y los colores sólidos de un anuncio de circo que daba realce a un indio emplumado sobre un caballo encabritado en el acto de enlazar una cebra claramente endémica, mientras unos elefantes, totalmente atontados, se sentaban cavilando sobre sus tronos cubiertos de estrellas.

En aquel momento el mismo inglés pasó frente a mí. Cuando lo estaba absorbiendo junto con los demás, me di cuenta del súbito movimiento de sus grandes ojos azules que se esforzaban en los rabillos enrojecidos y del modo con que, rápidamente, se humedecía los labios —por la sequedad de las esponjas, supuse— pero al seguir la dirección de su mirada vi a Nina.

Cada vez que la había encontrado durante los quince años de nuestra..., me resulta difícil encontrar la palabra justa para calificar nuestras relaciones, no había parecido reconocerme en seguida y, también esta vez, se quedó quieta un momento en la otra acera, medio vuelta hacia mí en una afectuosa incertidumbre mezclada de curiosidad. Únicamente su bufanda amarilla inició un movimiento como el de aquellos perros que nos reconocen antes que lo hagan sus amos; entonces

profirió un grito, con las manos levantadas y los diez dedos bailando y, en medio de la calle, con la simple y franca impulsividad de una vieja amistad (del mismo modo que hacía rápidamente el signo de la cruz sobre mí cada vez que nos separábamos), me besó tres veces con más boca que sentimiento. Después, caminó a mi lado, colgándose de mí, ajustando su paso al mío, enredándose con su estrecha falda marrón superficialmente abierta en un lado.

—Oh, sí, Ferdie también está aquí —replicó y a su vez me preguntó rápidamente por Elena.

«Debe estar paseando por los alrededores con Segur —siguió diciendo, refiriéndose a su marido—, tengo que hacer algunas compras, nos marchamos después de comer. Espera un momento, ¿hacia dónde me llevas, querido Víctor?

De vuelta al pasado, de vuelta al pasado como lo hacía cada vez que la encontraba, repitiendo la total acumulación de la trama desde el principio hasta el último hecho, del mismo modo que en los cuentos de hadas rusos, donde lo ya dicho es relatado de nuevo en cada giro de la historia. Esta vez nos habíamos encontrado en la tibia y brumosa Fialta y no podría haber celebrado la ocasión con mayor arte; y aunque hubiese sabido que esta sería la última vez, no lograría adornar con viñetas más brillantes la lista de los servicios anteriores del destino. La última vez, lo sostengo, pues no consigo imaginarme a una firma celestial de agentes que consintiese en prepararme una cita con ella más allá de la tumba.

Mi escena introductora con Nina había sido enterrada en Rusia hacía mucho tiempo, hacia 1917 diría yo, a juzgar por cierto retumbar de las bambalinas teatrales de la orilla izquierda. Fue en alguna fiesta de aniversario celebrada en la casa de campo que mi tía tenía cerca de Luga, durante los profundos repliegues del invierno (cómo recuerdo el primer signo percibido al acercarme al lugar: un granero rojo en medio de la blanca extensión). Acababa de graduarme en el Liceo Imperial y Nina ya estaba prometida. Aunque tenía mi edad, que era la del siglo, parecía tener veinte años por lo menos, y esto a pesar o quizá a causa de su constitución esbelta, por lo que a los treinta y dos su misma levedad la hacía parecer más joven. Su prometido era un centinela con permiso del frente, un tipo robusto y guapo, increíblemente educado e imperturbable, que pesaba cada palabra en la balanza del más exacto sentido común y hablaba con un tono aterciopelado de barítono que se hacía aun más suave al dirigirse a ella; su decencia y devoción seguramente le atacaron los nervios. Ahora él es un ingeniero próspero, aunque algo solitario, en un distante país tropical.

Las ventanas se iluminaron y alargaron su luminosa extensión sobre la oscura nieve ondulante, dejando lugar entre ellas para el reflejo de la ventanilla en forma de abanico que había sobre la puerta de entrada. Cada una de las dos columnas laterales estaba blandamente ornada de blanco, lo cual estropeaba las líneas de lo que podía haber sido un perfecto ex-libris para la novela de nuestras vidas. No puedo recordar porqué habíamos cambiado el sonoro recibidor por la quieta oscuridad poblada únicamente de abetos que la nieve había henchido al doble de su tamaño. ¿Nos invitó el vigilante a mirar el lúgubre reflejo rojizo del cielo, presagio de algún incendio premeditado? Quizá. ¿Fuimos a ver una estatua ecuestre esculpida en el hielo cerca del estanque y obra del preceptor suizo de mi primo? Posiblemente. Mi memoria revive tan sólo el camino de vuelta a la brillante mansión simétrica; caminábamos en fila siguiendo un estrecho surco abierto en la nieve, oyendo el típico crash-crahs-crahs-crash único comentario que las noches taciturnas de invierno hacen a los humanos Yo iba a la retaguardia, y a tres sonoros pasos ante mí, caminaba una pequeña forma inclinada; los abetos mostraban gravemente sus cargadas zarpas. Resbalé y dejé caer la lámpara con la que alguien me había cargado; fue endemoniadamente difícil de recobrar, instantáneamente atraída por mis denuestos, con una vehemente risa baja que se anticipaba a la diversión. Nina se volvió un poco hacia mí. La llamo Nina aunque en aquel momento no sabía su nombre, ella y yo aún no habíamos tenido tiempo para las formalidades.

—¿Quién es? —preguntó con interés..., y yo ya la estaba besando en el cuello suave, ardiente por el calor de la larga piel de zorro que adornaba su abrigo y que se interponía en mi camino, hasta que se aferró a mis hombros y, con el candor tan peculiar en ella, gentilmente unió sus labios generosos y sumisos a los míos.

Pero de pronto, separándonos con la explosión de su alegría, empezó en la oscuridad a desarrollarse el tema de una pelea con bolas de nieve y alguien, huyendo, cayendo, crujiendo, riendo y jadeando, trepó sobre un montículo, trató de correr y lanzó un horrible quejido: la nieve profunda había llevado a cabo la amputación de un chanclo. Poco después todos regresamos a nuestras respectivas casas sin que yo pudiese hablar con Nina, ni hacer planes acerca del futuro, acerca de aquellos quince deambulantes años que ya se habían perdido en el confuso horizonte agobiado por el peso de nuestros encuentros dispersos; y mientras la miraba entre el dédalo de gestos que formaron el resto de aquella noche (probablemente juegos de salón con Nina una y otra vez en el campo contrario), estaba asombrado, recuerdo, no tanto por su poca atención hacia mí después de aquel ardor en la nieve, como por la inocente naturalidad de aquella poca atención, porque aún no sabía que de haber pronunciado una palabra, habría cambiado inmediatamente en un maravilloso rayo de sol de bondad, una actitud compasiva y jovial, con toda la cooperación posible, como si el amor de la mujer fuese agua de manantial conteniendo sales saludables que a la menor insinuación ella daba siempre a todos para saciar su sed.

—Déjame recordar dónde nos vimos por última vez— empecé (dirigiéndome a la versión Fialta de Nina) para poder atraer a la pequeña cara de pómulos salientes y labios rojo oscuro, una cierta expresión que yo conocía. Efectivamente, el movimiento de su cabeza y el ceño fruncido parecieron deplorar más la insulsez de un viejo chiste que implicar olvido; o, para ser más exacto, era como si todas aquellas ciudades donde el destino había fijado nuestras varias citas, sin jamás atenderlas personalmente, todos aquellos andenes y escaleras, habitaciones de tres paredes y oscuras avenidas traseras, eran deslucidos escenarios restos de alguna otra vida, todos cerrados de hace tiempo y tan poco relacionados con la acción de nuestro propio destino a la aventura que mencionarlos era casi de mal gusto.

La acompañé a una tienda bajo los arcos; allí, en la semipenumbra, detrás de una cortina de abalorios, manoseó algunos bolsos de piel roja rellenos de papel, mirando atentamente las etiquetas con el precio, como queriendo aprender sus nombres de museo. Ella quería, dijo, exactamente la misma forma pero de cervato. Cuando, tras diez minutos de frenéticos crujidos, el viejo dálmata encontró tal capricho, por un milagro que me ha preocupado desde entonces, Nina, que estaba a punto de quitarme algún dinero de la mano, cambió de parecer y salió cruzando los móviles abalorios sin comprar nada.

Afuera estaba tan caliginoso como antes; el mismo olor a quemado, poniendo en movimiento mis recuerdos tártaros, salía por las ventanas abiertas de las casas descoloridas; un pequeño enjambre de mosquitos se distraía haciendo dibujos en el aire sobre una mimosa que, con sus ramas arrastrándose hasta el mismo suelo, había florecido indiferente. Dos trabajadores con sombrero de cuáquero, comían queso y ajos, con la espalda apoyada contra una cartelera de circo, que mostraba un húsar rojo y un deslucido tigre anaranjado; cosa curiosa, en su esfuerzo de hacer muy feroz a la bestia, el artista había ido tan lejos que acabó dando la vuelta por el otro lado y la cara del tigre era positivamente humana.

Au fond, lo que yo quería era un peine —dijo Nina con tardío pesar.

Qué familiares me eran sus dudas, sus cambios de idea, sus nuevos cambios reflejos de la idea original; efímeras preocupaciones entre dos trenes. Siempre acababa de llegar o estaba a punto de marcharse, y se me hacía difícil pensar en ello sin sentirme humillado por la variedad de intrincados caminos que uno febrilmente sigue para llegar a la cita final, que el más tenaz caminante sabe que es ineludible. De tener que someter ante los jueces de nuestra terrenal existencia una muestra de su pose habitual, quizá la habría colocado ante un mostrador de la Cook, con la pantorrilla izquierda cruzada sobre la espinilla derecha, el pie izquierdo golpeando el suelo, codos puntiagudos y monedero sobre el mostrador, mientras el empleado, con el lápiz en la mano, examinaba con ella el plano de un coche cama eterno.

Después del éxodo de Rusia, la vi —y aquella fue la segunda vez— en Berlín en casa de unos amigos. Estaba a punto de casarme y ella acababa de romper con su prometido. Al entrar en aquella habitación, la vi en seguida, y después de mirar a los demás huéspedes, instintivamente determiné cuáles entre aquellos hombres sabían más acerca de ella que yo. Estaba sentada en la esquina de un canapé, con los pies levantados y su pequeño y consolador cuerpo doblado en forma de Z; un cenicero estaba inclinado contra el sofá cerca de uno de sus talones. Me miró de reojo y al oír mi nombre se quitó la boquilla de los labios y empezó a gritar, lenta y alegremente:

—De toda la gente...

Inmediatamente quedó claro para todos, empezando por ella, que habíamos estado mucho tiempo en relaciones íntimas; no había duda de que había olvidado todo lo relativo al beso, pero en cierto modo debido

a aquel encuentro trivial, tuvo una vaga idea de amistad tibia y agradable que en realidad jamás había existido entre los dos. Así el cuadro total de nuestras relaciones estaba engañosamente basado en una amistad imaginaria..., que no tenía nada que ver con su ocasional buena voluntad. Nuestro encuentro resultó ser insignificante si se consideran las palabras que pronunciamos, pero ya no había barreras entre los dos; y cuando aquella noche, a la hora de la cena, me encontré sentado a su lado, probé desvergonzadamente la amplitud de su secreta paciencia.

Después se desvaneció de nuevo y un año más tarde mi esposa y yo acompañamos a mi hermano que se marchaba de Posen. Cuando el tren hubo partido, fuimos hacia la salida y en el otro andén, cerca de un vagón del expreso de París, vi de pronto a Nina con la cara hundida en un ramo de flores y en medio de un grupo de gente con la que había hecho amistad sin yo saberlo y que formaba un círculo boquiabierto ante ella, como los desocupados abren la boca ante una riña callejera, un niño extraviado o la víctima de un accidente. Alegremente me hizo señas con sus flores. Le presenté a Elena y en la atmósfera de excitación de una gran estación de ferrocarril donde todo es algo que tiembla sobre el borde de algo más, hasta el punto de ser apretado y acariciado, el intercambio de pocas palabras fue suficiente para permitir a dos mujeres totalmente dispares llamarse por su nombre de pila la siguiente vez que se encontraron. Aquel día, en la sombra azul del vagón de París, Ferdinand fue mencionado por vez primera: supe con una ridícula punzada de dolor que estaba a punto de casarse con él. Las puertas habían empezado a sonar; besó a sus amigos rápida y piadosamente, subió al vagón y desapareció; al punto la vi a través del cristal, acomodándose en su compartimiento, habiéndose olvidado súbitamente, o pasado a otro mundo, y nosotros, con las manos en los bolsillos, parecíamos estar espiando una absolutamente insospechada vida moviéndose en un acuario en la penumbra, hasta que se dio cuenta de nuestra presencia y tamborileó sobre el cristal, después levantó los ojos, rebuscando en el marco como si colgase un cuadro, pero no ocurrió nada. Algún pasajero la ayudó y se asomó, audible y real, sonriendo con placer. Uno de nosotros, marchando con el furtivamente deslizante vagón, le tendió una revista y un Tauchnitz (ella leía inglés sólo cuando viajaba). Todo se alejaba deslizándose con bella suavidad, y yo sostenía un billete de andén arrugado hasta ser irreconocible; mientras una canción del siglo pasado (conectada según rumores con algún drama de amor parisino) siguió resonando y resonando en mi cabeza, habiendo emergido Dios sabe por qué, de la caja de música de la memoria, una balada sollozante que a menudo cantaba una vieja tía mía soltera, a quien la naturaleza había dotado con una voz tan poderosa y extasiante que parecía absorberla en la gloria de una nube ardiente tan pronto como empezaba a cantar:

On dit que tu te maries,
tu sais que j'en vais mourir,

y esta melodía, el dolor, la ofensa, el eslabón entre el himeneo y la muerte evocada por el ritmo, y la misma voz de la cantante muerta que acompañaba el recuerdo como única propietaria de la canción, no me dejó reposar durante varias horas después de la partida de Nina y aun más tarde se elevaba a intervalos cada vez más distanciados, como las últimas débiles olas enviadas a la playa por un barco que pasa, y que llegan cada vez más soñadoramente y con menos frecuencia, o la agonía del bronce de una campana vibrando después de que el campanero se ha sentado de nuevo en el círculo familiar. Y un año o dos más tarde, había ido a París por negocios; y una mañana en el rellano del piso de un hotel, donde había estado visitando a un actor de cine, allí estaba de nuevo, ataviada con un traje sastre gris, esperando el ascensor para bajar, una llave colgando de sus dedos.

—Ferdinand ha ido a la esgrima —dijo en tono trivial.

Sus ojos fijos en la parte inferior de mi cara como si me leyese los labios, y después de un momento de reflexión (su comprensión amatoria era incomparable) dio la vuelta rápidamente y cimbreándose sobre sus esbeltas caderas, me condujo por el pasillo alfombrado de azul. Una silla en la puerta de su habitación sostenía una bandeja con los restos del desayuno —un cuchillo manchado de miel, migas de pan en un plato de porcelana gris—, pero la habitación ya había sido hecha, y debido a nuestra súbita entrada una ola de muselina bordada de dalias blancas se revolvió con un temblor y golpe seco entre las correspondientes mitades del ventanal, las cuales únicamente soltaron su presa con algo semejante a un suspiro de dicha cuando hubimos cerrado la puerta; un poco más tarde salí al diminuto balcón con barandales de hierro que ellas ocultaban, para respirar el aroma combinado de hojas de arce secas y gasolina, desperdicios de la calle en la mañana azul y brumosa; y como aún no había notado la presencia de aquel sentimiento morboso que iba en aumento y amargaría todos mis siguientes encuentros con Nina, estaba probablemente tan tranquilo y despreocupado como ella cuando desde el hotel la acompañé a una oficina o a otra para rastrear una maleta que se le había extraviado y después al café, donde su marido estaba reunido con su corte del momento. No mencionaré el apellido (y las partes de él que aquí menciono, aparecen en decoroso disfraz) de aquel nombre, aquel escritor franco húngaro; quisiera no detenerme en él para nada, pero no puedo evitarlo, surge bajo mi pluma. Hoy ya casi nadie habla de él, y esto es bueno, pues prueba que yo tenía razón al resistirme a su maligno hechizo, tenía razón al experimentar un escalofrío en la espina dorsal cada vez que una de sus nuevas obras caía bajo mi mano. La fama de sus gustos circuló vivamente, pero pronto se hizo pesada y se evaporó; y para la posteridad, la historia de su vida se limitará al guión entre dos fechas. Seco y arrogante, con el juego de palabras venenoso y siempre listo a clavarse y rebuscar en uno con una extraña mirada de expectación en sus embotados y velados ojos castaños, aquella falsa broma tenía —me atrevo a decirlo—, un efecto irresistible en los pequeños roedores. Siendo maestro en el arte de la perfecta invención verbal, estaba particularmente orgulloso de ser un tejedor de palabras, título al que le daba más valor que al de escritor; personalmente jamás comprendí qué tenía de bueno imaginar libros, escribir cosas que no hubiesen ocurrido de un modo u otro; y recuerdo haberle dicho una vez al hacer frente a la burla de sus alentadoras inclinaciones de cabeza, que de ser yo escritor sólo le permitiría tener imaginación a mi corazón y que en lo concerniente al resto me basaría en la memoria, esa sombra de ocaso largamente arrastrada por la propia verdad personal.

Había leído sus libros antes de conocerle a él; una ligera aversión estaba ya sustituyendo el placer estético que había permitido que su primera novela me proporcionase. Al principio de su carrera había sido posible captar quizá algún paisaje humano, algún viejo jardín, alguna disposición de árboles vagamente familiar, en el cristal coloreado de su prosa prodigiosa, pero con cada nuevo libro los tintes se hicieron más densos, los gules y púrpuras cada vez más amenazadores. Hoy ya no se puede ver nada a través de aquel blasonado y horriblemente rico cristal, y parece que si alguien lo rompiese, nuestra alma estremecida se enfrentaría ante un negro vacío. ¡Pero qué peligroso era en su principio, qué ponzoña emitía, con qué látigo azotaba cuando se le provocaba! El tornado de sátira mortífera dejó un yermo desolado en el que robles derribados reposaban en fila y el polvo seguía revoloteando mientras el infortunado autor de alguna revista contraria, aullando de dolor, giraba como un trompo en aquel polvo.

Cuando nos conocimos, su Passage á Niveau era aclamado en París; estaba, como decían, «cercado», y Nina (cuya capacidad de adaptación era un extraordinario sustitutivo de la cultura de que carecía), había ya asumido si no la parte de una musa, por lo menos la de alma compañera y sutil consejera, siguiendo las convulsiones creativas de Ferdinand y compartiendo lealmente sus gustos artísticos aun cuando sea completamente improbable que se haya nunca aventurado por uno solo de sus volúmenes, pues tenía el mágico don de espigar los mejores pasajes a través de las tertulias de sus amigos literarios.

Cuando entramos en el café, estaba tocando una orquesta de mujeres; lo primero que vi fue el muslo de avestruz de una arpisa reflejado en uno de los espejos que cubrían las columnas; después localicé la mesa compuesta (pequeñas mesas unidas para formar una larga) en la que, dando la espalda a la pared aterciopelada, reinaba Ferdinand. Por un momento su actitud, la posición de sus manos separadas y las caras de sus compañeros de mesa, convergiendo todas hacia él, me recordaron de un modo grotesco y de pesadilla algo que no podía precisar, pero cuando lo hice retrospectivamente, la comparación sugerida me sorprendió como mucho menos sacrílega que la naturaleza de su mismo arte. Llevaba un jersey blanco con cuello de tortuga bajo una americana de tweed; su cabello brillante estaba peinado hacia atrás y el humo de su cigarrillo flotaba sobre su cabeza como un halo; su cara huesuda y faraónica permanecía estática. Únicamente sus ojos estaban en movimiento, llenos de sombría satisfacción. Habiendo abandonado las dos o tres evidentes guaridas donde los cándidos aprendices de la vida de Montparnasse habrían esperado encontrarle, había empezado a reinar en aquel establecimiento perfectamente burgués, debido a su particular sentido del humor que le hacía obtener una diversión brutal de la lastimosa specialite de la maison, aquella orquesta compuesta por media docena de mujeres afectadas y de aspecto fatigado, que entrelazaban dulces melodías sobre una plataforma atestada, sin saber, como él había dicho, que hacer con sus maternales senos, bastante superfluos en el mundo de la música Después de cada interpretación se convulsionaba en un ataque epiléptico de aplausos, a los que las señoras ya no prestaban atención v que ya estaba levantando, pensé, ciertas dudas en la mente del dueño del café y en la de sus parroquianos habituales, pero que parecía muy divertido para los amigos de Ferdinand Recuerdo entre ellos a un artista con una cabeza impecablemente calva, si bien ligeramente deslucida que, con diversos pretextos, plasmaba continuamente en sus lienzos, un poeta cuya gracia especial era la habilidad de representar, si se le pedía, la caída de Adán por medio de cinco cerillas, un pacifico hombre de negocios que financiaba aventuras surrealistas (y pagaba los aperitifs) si le era permitido imprimir en una esquina algunos elogios a la actriz que protegía, un pianista, presentable en lo que a cara se refería, pero con dedos de expresión horrible, un escritor soviético, elegante, pero lingüísticamente impotente, recién llegado de Moscú, con una vieja pipa y un reloj de pulsera nuevo y que era completa y ridículamente ignorante de la clase de compañía en la que se encontraba Había también varios hombres mas, que se han confundido en mi memoria y no cabía duda que dos o tres de ellos habían sostenido relaciones intimas con Nina. Era la única mujer de la mesa, se inclino chupando ávidamente una paja y el nivel de su limonada disminuyó con una especie de celeridad infantil Solo cuando la ultima gota hubo borbotado y resonado y hubo empujado la paja con la lengua, solo entonces pude captar su mirada que había estado buscando obstinadamente, aun incapaz de enfrentarme con el hecho de que ella hubiese tenido tiempo para olvidar lo que había ocurrido mas temprano, en la misma mañana haberlo olvidado tan completamente que al encontrarse con mi mirada, respondió con una blanda sonrisa de interrogación y fue únicamente después de observarme mas fijamente que recordó la clase de sonrisa de respuesta que yo esperaba Mientras tanto, Ferdinand (las mujeres habían abandonado temporalmente su plataforma después de dejar de lado sus instrumentos como se abandona un mueble), estaba divirtiéndose llamando la atención de sus cama radas hacia la figura de un anciano que comía en un rincón apartado del café y que llevaba, como usan algunos franceses por alguna u otra razón, una pequeña cinta roja o algo semejante en la solapa de su abrigo y cuya barba gris, combinada con sus bigotes, formaba un agradable nido amarillento para su húmeda y ruidosa boca De algún modo, los signos exteriores de la vejez siempre divertían a Ferdie.

No me quede mucho tiempo en París, pero aquella semana demostró ser suficiente para engendrar entre el y yo aquella falsa intimidad para cuya imposición el tema tanto talento Subsecuentemente hasta llegue a serle útil para algo: la casa donde yo trabajaba había adquirido los derechos para filmar una de sus novelas más comprensibles (después estuvo mucho tiempo apestando me con telegramas). Al pasar los años, nos encontrábamos de vez en cuando sonriéndonos mutuamente en algún sitio, pero yo jamás me sentí a gusto en su presencia, y aquel día, en Fialta, también experimente una depresión familiar al enterarme de que vagabundeaba por los alrededores, una cosa, sin embargo, me animaba de modo considerable el fracaso de su ultima obra.

Y ahí estaba acercándosenos, ataviado con un abrigo absolutamente a prueba de agua, con cinturón y bolsillos de cartera, una cámara al hombro, zapatos con doble suela de goma y chupando con una imperturbabilidad que quería ser graciosa, un bastón de caramelo, especialidad de Fialta A su lado caminaba el atildado maniquí sonrosado que era Segur, un amante del arte y un perfecto loco, jamás pude descubrir a propósito de que lo necesitaba Ferdinand y aún me parece oír a Nina diciendo con plañidera ternura que no la obligaba a nada:

—Oh, Segur es un encanto.

Se acercaron. Ferdinand y yo nos saludamos con fuerza, tratando de poner en el apretón de manos y los golpes en la espalda el mayor fervor posible, sabiendo por experiencia que aquello sería todo, pero pretendiendo que era únicamente un preludio. Siempre había ocurrido igual, después de cada separación nos encontrábamos con un acompañamiento de cuerdas que eran excitada-mente templadas, un movimiento de genialidad en la batahola de los sentimientos ocupando sus asientos; pero los acomodadores cerrarían las puertas y después de esto ya no se admitía a nadie más.

Segur se quejó del clima y de momento no supe de lo que estaba hablando, pero que la esencia de invernáculo húmeda y gris de Fialta pudiese ser considerada «clima», estaba igualmente lejos de cualquier otra cosa que hubiese podido servirnos de tema de conversación, como lo estaba, por ejemplo, el esbelto codo de Nina que yo sostenía entre el índice y el pulgar o un pedazo de hoja de lata que alguien había tirado y que brillaba en la distancia, en medio de la calle adoquinada.

Empezamos a caminar, con vagas adquisiciones brillando ante nosotros.

—¡Dios mío, qué indio! —exclamó de pronto Ferdinand con impetuosa fruición, asiéndome violentamente por el codo y señalando un cartel. Más adelante, cerca de una fuente, le dio su bastón de caramelo a una niña nativa, una criatura morena que lucía un collar alrededor de su lindo cuello; nos detuvimos para esperarle, él se agachó para decirle algo a ella, refiriéndose a sus negrísimas pestañas abatidas y después nos alcanzó sonriendo y haciendo una de aquellas observaciones con las que le agradaba aderezar sus discursos. En aquel momento, su atención se vio atraída por un infortunado objeto exhibido en una tienda de recuerdos: una horrible imitación en mármol del monte San Jorge con su túnel negro en la base, que resultaba ser la boca de un tintero y un compartimiento para plumas imitando las vías del ferrocarril. Con la boca abierta, tembloroso y anhelante de triunfo sardónico, le dio vueltas entre sus manos a aquel objeto polvoriento, engorroso y perfectamente inútil, pagó sin regatear y con la boca aún abierta salió llevándose consigo aquel monstruo. Como algunos autócratas se rodean de jorobados y enanos, se encantaba ante este o aquel objeto odioso; aquella infatuación podía durar de cinco minutos a varios días o incluso más si la cosa resultaba ser animada.

Nina aludió ansiosamente a la comida y aprovechando una oportunidad en que Ferdinand y Segur se detuvieron en el correo, me apresuré a llevármela de allí. Aun me pregunto lo qué significaba para mí aquella pequeña y oscura mujer de hombros estrechos y «miembros líricos» (para repetir la expresión de un afectado poeta emigrado, uno de los pocos hombres que habían suspirado platónicamente detrás de ella) y aún comprendo menos cuál era el propósito del destino al reunimos constantemente. Después de mi estancia en París, estuve bastante tiempo sin verla y un día, cuando regresaba a casa de la oficina, la encontré tomando el té con mi esposa y examinando en su mano enguantada de seda, a través de la cual brillaba su anillo de matrimonio, el tejido de unas medias compradas baratas en la Tauent-zienstrasse. Una vez me enseñaron su fotografía en una revista de modas llena de hojas secas, guantes y campos de golf barridos por el viento. En cierta Navidad me envió una tarjeta con nieve y estrellas. En una playa de la Riviera casi se escapó de mi encuentro detrás de sus gafas de sol y bronceada terracota. Otro día, habiéndome dejado caer para un intempestivo trabajo en la casa de unos extranjeros donde se celebraba una fiesta, vi, en un perchero, su bufanda y abrigo de piel entre espantajos ajenos. En una librería me saludó desde la página de una de las historias de su marido, una página que se refería a una episódica sirvienta, pero en la que se había metido Nina de contrabando, a pesar de la intención del autor.

«Su cara, escribió, era más bien de la naturaleza de una instantánea que de un retrato meticuloso. Trató de imaginársela; todo lo que pudo visualizar fueron visiones fugaces de rasgos sin relación entre sí: el contorno suave de sus pómulos en el sol, la ambarina oscuridad de sus ojos vivos, sus labios en forma de sonrisa amistosa que siempre estaban prontos a cambiarse en un beso ardiente.»

Una y otra vez aparecía raudamente al margen de mi vida, sin influenciar en lo más mínimo su contexto básico. Una mañana de verano (viernes, porque las sirvientas estaban golpeando las alfombras en el patio soleado), mi familia había ido al campo y yo estaba tumbado en la cama fumando indolentemente cuando oí sonar la campanilla con tremenda violencia. Y allí estaba ella en el recibidor habiendo entrado para dejar (incidentalmente) una horquilla para el pelo y (principalmente) un baúl cubierto de etiquetas de hotel que, quince días más tarde, fue recuperado para ella por un simpático muchacho austríaco, quien (de acuerdo con síntomas intangibles, pero seguros) pertenecía a la misma sociedad cosmopolita que yo. Ocasionalmente, en medio de una conversación se la nombraba y ella recorría los escalones de una frase fortuita sin volver la cabeza. Cuando viajaba por los Pirineos, pasé una semana en el castillo de unos amigos que también habían invitado a Nina y a Ferdinand. Nunca olvidaré mi primera noche allí, cómo esperé, cuan seguro estaba de que sin tenérselo que decir penetraría en mi cuarto, cómo no vino y el tumulto que miles de grillos producían en la delirante profundidad del jardín rocoso y chorreante de luz de luna, los locos riachuelos burbujeantes y mi pugna entre la feliz fatiga meridional tras un largo día de caza entre las rocas y mi sed salvaje por su furtiva presencia, risas bajas, tobillos sonrosados sobre la guarnición de plumón de cisne de sus zapatillas de altos tacones; pero la noche avanzó delirante y ella no vino, y cuando al día siguiente, durante una excursión general por la montaña, le hablé de mi espera, unió las manos con desmayo y al mismo tiempo con una rápida mirada, calculó si las espaldas del gesticulante Ferdie y su amigo estaban lo suficientemente lejos. Recuerdo haber hablado con ella por teléfono a través de media Europa (sobre los negocios de su marido) y no reconocer al principio su voz áspera y cortante; y recuerdo que una vez la soñé: soñé que mi hija mayor había entrado corriendo para decirme que el portero tenía graves problemas y cuando bajé, vi metida en un baúl, con un rollo de harpillera bajo la cabeza, los labios pálidos y envuelta en un chal de lana, a Nina adormecida, como duermen los refugiados miserables en las estaciones de Los Desamparados. Y sin tener en cuenta lo que me había sucedido a mí o a ella, durante esos momentos no hablábamos de nada, como nunca pensábamos el uno en el otro durante los intervalos de nuestro destino; pero cuando nos encontrábamos, la vida pacífica se alteraba inmediatamente, todos sus átomos se recombinaban y vivíamos en otro intermedio más ligero, que se medía no por las largas separaciones sino por aquellos escasos encuentros en los que una corta y supuestamente frívola vida, se formaba así artificialmente. Y con cada nuevo encuentro me fui volviendo más y más aprehensivo; no, no experimenté ningún colapso emocional interno, la sombra de la tragedia no se cernía sobre nuestras reuniones, mi vida matrimonial seguía siendo inalterable, mientras que por otro lado su ecléctico marido ignoraba sus relaciones casuales, aunque sacaba provecho de ellas en la forma de agradables y útiles conexiones. Me fui haciendo más aprehensivo porque algo hermoso, delicado y que no volvería, se estaba desperdiciando; algo de lo que yo abusaba al tirar con gran prisa grandes bocados sobre pequeños trozos brillantes mientras desdeñaba el modesto pero verdadero corazón que quizá seguía ofreciéndome en un lastimoso susurro. Era más aprehensivo porque en la larga carrera estaba en cierto modo aceptando la vida de Nina, las mentiras, las futilidades, la incoherencia de esa vida. Aun en la ausencia de cualquier discordia sentimental, me sentía llevado a buscar una interpretación, si no moral, por lo menos racional de mi existencia y ello significaba escoger entre el mundo en el que me había sentado para retratarme, con mi esposa, mis pequeñas hijas, el Doberman (idílicas guirnaldas, un anillo de sello, un bastón delgado), entre aquel feliz, sabio y buen mundo... ¿Y qué? ¿Había alguna oportunidad práctica de vida con Nina? Vida que difícilmente podía imaginar porque estaría penetrada, lo sabía, por una amargura apasionada e intolerable y cada uno de sus instantes llevarían a remolque un pasado uncido a socios variables. No, la cosa era absurda. Y además, ¿no estaba ella encadenada a su marido por algo más fuerte que el amor? La amistad entre dos convictos. ¡Absurdo! Pero, ¿entonces qué tendría que haber hecho contigo, Nina, cómo tendría que haber dispuesto del acopio de tristeza que se había acumulado gradualmente como resultado de nuestros aparentemente despreocupados, pero en realidad desesperanzados encuentros?

Fialta está formada por el pueblo viejo y el nuevo; aquí y allí, pasado y presente están entrelazados, luchando tanto para desligarse como para eliminarse mutuamente; cada uno tiene sus propios métodos: el recién llegado combate honestamente, importando palmeras, abriendo inteligentes agencias de turismo, pintando con líneas claras la roja suavidad de las pistas de tenis; mientras que el solapado viejo residente se desliza por detrás de una esquina en la forma de alguna calleja con soportales o los tramos de escalera que no conducen a ningún sitio. En nuestro camino al hotel, pasamos ante una villa a medio construir, llena de escombros, en una de cuyas paredes otra vez los mismos elefantes, con sus monstruosas rodillas infantiles separadas, estaban sentados en inmensos tambores adornados y una amazona envuelta en etéreas sedas (llevando ya un pintado bigote) reposaba en un brioso corcel; un payaso de nariz roja como un tomate caminaba sobre la cuerda floja sosteniendo una sombrilla adornada con las socorridas estrellas, vago recuerdo simbólico de la celestial madre patria de las compañías de circo. Aquí en la zona de la Riviera de Fialta, la grava húmeda crujía del modo más fastuoso y el indolente suspirar del mar era más audible. En el patio trasero del hotel, un ayudante de cocina armado con un cuchillo perseguía una gallina que cloqueaba desesperadamente como si corriese por su vida. Un limpiabotas me ofreció su anticuado trono con una sonrisa sin dientes. Bajo los plátanos había una motocicleta de factura alemana, una limousine salpicada de lodo y un largo «Icaro» amarillo que parecía un escarabajo gigante. («El nuestro, de Segur, quiero decir—dijo Nina, y añadió—: ¿Por qué no vienes con nosotros, Víctor?», aun sabiendo perfectamente que yo no podía ir); con el barniz de su élitro sumergido en un gouache de cielo y ramas; quedamos un momento reflejados en el metal de una de sus lámparas en forma de bomba, delgados paseantes de la tierra reflejada por la superficie convexa. Dimos unos pasos más y miré hacia atrás; vislumbré en un sentido casi óptico lo que realmente sucedió una hora o dos más tarde: los tres, usando sus cascos de motociclista, acercándose y haciéndome señas, transparentes para mí como fantasmas, con el color del mundo brillando a través de sus cuerpos, pero entonces se movían, retrocedían, disminuían (los diez dedos de Nina diciendo adiós por última vez); pero en aquel momento el automóvil estaba quieto, suave e intacto como un huevo y Nina, bajo mi brazo extendido, entraba por una puerta enmarcada de laureles. Al sentarnos pudimos ver a través de la ventana a Ferdinand y a Segur, que habían seguido otro camino, acercándose lentamente.

No había nadie en la terraza donde comimos, excepto el inglés que había visto antes. Tenía frente a sí un gran vaso que contenía una bebida roja brillante y producía una sombra ovalada sobre el mantel. En sus ojos vi el mismo deseo inyectado de sangre, pero ahora no estaba en ningún sentido relacionada con Nina, aquella mirada ávida no iba dirigida a ella, se fijaba en el rincón superior de la derecha de la amplia ventana cerca de la cual estaba sentado.

Habiéndose quitado los guantes dejando al descubierto sus pequeñas y delgadas manos, Nina, por última vez, comía los mariscos que tanto le gustaban. Ferdinand también estaba ocupado con la comida y me aproveché de su hambre para empezar una conversación que me dio una cierta ilusión de poder sobre él; para ser específico, mencioné su fracaso reciente. Después de un breve período de piadosa conversión religiosa muy de moda, durante la cual la gracia planeó sobre él y emprendió algunas dudosas peregrinaciones que terminaron con una aventura decididamente escandalosa, había dirigido su apagada mirada hacia el bárbaro Moscú. Ahora bien, hablando francamente, siempre me ha molestado la complaciente convicción de que un murmullo de corriente de conciencia, algunas sanas obscenidades y un chapoteo de comunismo en cada viejo cubo de agua sucia produzcan alquímica y automáticamente literatura ultramoderna, y sostendré, aunque me maten, que el arte tan pronto como se pone en contacto con la política se hunde inevitablemente hasta el nivel de cualquier desecho ideológico. En el caso de Ferdinand, es cierto, todo esto era de difícil aplicación: los músculos de su musa eran extraordinariamente fuertes, por no mencionar el hecho de que los apuros de los desvalidos le importaban un comino; pero debido a ciertas corrientes subterráneas de este tipo, oscuramente malignas, su arte se había vuelto aún más repulsivo. Excepto algunos snobs, nadie había entendido la obra; yo no lo había visto, pero podía imaginar la elaborada noche kremlinesca a lo largo de las imposibles espirales en las que entretejió diversos giros de símbolos desmembrados; y ahora, no sin placer, le pregunté si había leído una pequeña crítica acerca de su obra.

—¡Críticos! —exclamó—. ¡A eso lo llaman hacer crítica! Un aceitoso mequetrefe se cree con derecho a darme lecciones. La ignorancia de mi trabajo es su mayor gloria. Mis libros se tocan con repugnancia, como alguien toca algo que puede explotar, ¡Críticos! Examinan desde todos los puntos de vista menos del esencial. Es como si un naturalista, al describir el género equino, empezase a dar la lata acerca de las sillas de montar o acerca de madame de V. (mencionó a una muy conocida anfitriona literaria, que en realidad se parecía a un caballo sonriente). Quisiera también un poco de esta sangre de paloma —continuó con la misma voz fuerte y desagradable dirigiéndose al camarero que comprendió su deseo al seguir la dirección del dedo de larga uña, que, sin educación, señalaba el vaso del inglés. Por una u otra razón, Segur mencionó a Ruby Rose, la mujer que se pintaba flores en el pecho y la conversación adquirió un tono menos insultante. Mientras tanto, el inmenso inglés se decidió y de pronto se subió en una silla y de allí pasó al antepecho de la ventana, se estiró hasta alcanzar aquella codiciada esquina del marco en la que descansaba una compacta y peluda mariposa nocturna que ágilmente metió en una caja de píldoras—. Igual que el caballo blanco de Napoleón —dijo Ferdinand, refiriéndose a algo que discutía con Segur.

Tu es trés hippique ce matin —le observó este último.

Pronto salieron ambos para hablar por teléfono. A Ferdinand le entusiasmaban las conferencias y era particularmente eficaz en su obtención, sin importar cual fuese la distancia, empleando cuando era necesario una amistosa cordialidad, como por ejemplo en aquel momento, para asegurarse de que había habitaciones libres.

De lejos llegaba el sonido de la música, una trompeta, una cítara. Nina y yo salimos de nuevo a pasear. El circo, en su camino a Fialta, había enviado una embajada y un desfile anunciador estaba pasando. No pudimos ver la cabeza, pues había dado la vuelta en la colina por una avenida lateral, pero vimos alejarse la adornada parte trasera de un carruaje, un hombre que cubierto con un albornoz conducía un camello, una hilera de cuatro mediocres indios llevando pancartas, y detrás de ellos, con permiso especial, el pequeño hijo de un turista, ataviado con sus galas de marinero se sentaba reverentemente sobre un delgado pony.

Pasamos ante un café donde las mesas ya estaban casi secas, pero vacías; el camarero examinaba (supongo que después la adoptó) un hallazgo horrible, el absurdo tintero, dejado por Ferdinand sobre la balaustrada al pasar. En la siguiente esquina nos llamó la atención una vieja escalera de piedra y empezamos a trepar por ella; yo me quedé mirando el ángulo afilado de los pasos de Nina al subir, levantando su falda, cuya estrechez requería el mismo gesto que habría requerido de tener el antiguo largo; difundía un calor que me era familiar y al ir a su lado, recordé la última vez que estuvimos juntos. Había sido en París, con mucha gente a nuestro alrededor y mi querido amigo Jules Dar-boux, deseando hacerme un favor refinado y estético, me había tocado al hombro diciendo:

—Quiero que conozcas...

Y me condujo hacia Nina, que estaba sentada en el borde de un canapé, su cuerpo doblado en forma de Z, con un cenicero junto a su talón y que, quitándose de los labios la boquilla turquesa, alegre, y lentamente exclamó:

—De toda la gente...

Y durante toda la velada, mi corazón pareció romperse, cuando pasaba de grupo en grupo con un vaso pegajoso en la mano, mirándola una y otra vez desde lejos (ella no miró), oyendo fragmentos de conversación y escuchar a un hombre decir:

—Es curioso cómo huelen igual, hojas quemadas a través de cualquier perfume que empleen, esas muchachas angulares de cabello oscuro.

Y como sucede a menudo, una observación trivial, relacionada con algún tema que nos era desconocido, se enroscaba y aferraba a nuestra propia e íntima reminiscencia, un parásito de su tristeza.

En lo alto de la escalera, nos encontramos con una especie de tosca terraza. De allí podíamos ver el delicado contorno del blanco monte San Jorge, con un racimo de manchas marfileñas (algún caserío) en una de sus laderas; el humo de un tren invisible ondulando a lo largo de su redondeada base y pronto desaparecido; más abajo, sobre la confusión de techumbres, se discernía un ciprés solitario, parecido a la húmeda y retorcida punta negra de un pincel para acuarela; a la derecha, asomaba una punta de mar gris con arrugas plateadas. A nuestros pies había una vieja llave mohosa y en la pared de la casa medio derruida situada junto a la terraza aún colgaban las puntas de un alambre..., me hice la reflexión de que allí había existido vida con anterioridad, una familia había gozado de la frescura del anochecer, niños desmañados habían coloreado dibujos a la luz de una lámpara... Nos quedamos allí como escuchando algo; Nina, que estaba en un escalón más alto, me puso una mano en el hombro, sonrió y cuidadosamente, como para no ajar su sonrisa, me besó. Con una fuerza insoportable reviví (o por lo menos me lo parece) todo lo que había ocurrido entre los dos empezando por un beso similar y dije:

—Dime, ¿y si yo te amase?

Nina me miró, repetí las mismas palabras, quise añadir..., pero algo como el ala de un murciélago pasó velozmente por su rostro, una expresión rápida, extraña, casi malévola, y ella, que decía palabras fuertes con perfecta simplicidad, se turbó y yo también me sentí torpe...

—No te preocupes, estaba bromeando —me apresuré a decir, asiéndola ligeramente por la cintura.

De algún sitio apareció en sus manos un pequeño ramo de oscuras violetas generosamente perfumadas. Antes de reunirse con su esposo y el coche nos quedamos un rato junto al parapeto de piedra y nuestro romance era más desesperanzado que nunca. Pero la piedra tenia la tibieza de la carne y de pronto comprendí algo que había estado viendo sin comprenderlo... por qué un pedazo de hoja de lata había brillado tanto sobre el suelo, por qué el reflejo de un vaso había temblado sobre el mantel, por qué el mar era ceniciento: de algún modo, imperceptiblemente, el cielo blanco sobre Fialta se había saturado con la luz del sol y aquella total radiación blanca fue creciendo y creciendo, disolviéndose todo en ella, desvaneciéndose todo. Todo ya en el pasado y yo, en el andén de la estación de Mlech, con un diario acabado de comprar en la mano, diciéndome que el coche amarillo que vi bajo los plátanos había sufrido un accidente cerca de Fialta; se había estrellado a toda velocidad contra el vagón de un circo que entraba en la ciudad, un accidente del que Ferdinand y su amigo, aquellos bribones invulnerables, aquellas salamandras del destino, aquellos basiliscos de buena suerte, habían escapado con balance de heridas locales y temporales, mientras que Nina, a pesar de la prolongada y leal imitación que había hecho de ellos, había resultado, después de todo, ser mortal.


No hace mucho tiempo apareció en los periódicos una breve mención de que el otrora famoso pianista y compositor Bachmann había muerto olvidado del mundo en la aldea suiza de Marival, en el asilo de Santa Angélica. La noticia me trajo a la mente la historia de la mujer que le amó. Me la contó el empresario Sack. Hela aquí.

Madame Perov conoció a Bachmann unos diez años antes de su muerte. En aquellos días, el pálpito dorado de aquella música profunda y delirante que él componía empezaba ya a conservarse en soporte de cera, pero todavía podía escucharse en directo en las salas de conciertos más famosas del mundo. Bueno, una noche, una de esas noches de otoño de un azul límpido en las que se teme más a la vejez que a la muerte, madame Perov recibió una nota de una amiga. Decía: «Quiero presentarte a Bachmann. Vendrá a mi casa esta noche después del concierto. No dejes de venir».

Me imagino nítidamente sus movimientos, cómo se puso un traje negro escotado, y unas gotas de perfume en el cuello y la espalda, tomó su abanico y su bastón con puntera de turquesas, y se contempló con una última mirada en las profundidades de un gran espejo de tres cuerpos, para luego hundirse en una ensoñación que se prolongaría a lo largo del camino que mediaba hasta llegar a casa de su amiga. Sabía que no era guapa y que además estaba excesivamente delgada y que tenía una piel tan pálida que casi parecía enfermiza; y sin embargo, esta mujer madura, ajada, con el rostro de una madonna que no acaba de serlo, resultaba atractiva precisamente en razón de aquellas cosas de las que se avergonzaba: la palidez de su cutis, y una cojera apenas perceptible, que la obligaba a llevar un bastón. Su marido, un hombre de negocios astuto y enérgico, estaba de viaje. Sack no le conocía personalmente.

Cuando madame Perov entró en el salón, recoleto y violeta, en el que su amiga, una dama corpulenta y ruidosa con una diadema de amatista, revoloteaba con ahínco entre un invitado y otro, su atención se vio inmediatamente prendida de un hombre alto, de rostro afeitado y ligeramente empolvado que se apoyaba con negligencia en la cola del piano y que entretenía con sus historias a tres damas que se apretaban junto a él. Las colas de su levita estaban rematadas con una seda especialmente gruesa y mientras hablaba, no paraba de retirarse de la cara su mata de brillante pelo negro mientras inflaba las aletas de su nariz blanca y con un puente bastante elegante. Había en toda su figura algo brillante, benevolente y también desagradable.

—¡La acústica era horrible! —decía, encogiendo los hombros—. Todo el mundo parecía estar resfriado. Ya saben lo que pasa: en cuanto una persona tose, hay otro y otro que le siguen, y el concierto de toses está servido —sonrió, echando la melena hacia atrás—. ¡Como perros que ladraran por la noche en cualquier pueblo!

Madame Perov se acercó, apoyándose ligeramente en su bastón, y dijo lo primero que le vino a la cabeza..

—¿Estará cansado después de su concierto, señor Bachmann?

Se inclinó, muy halagado.

—Se trata de un pequeño error, madame. Me llamo Sack. Yo soy tan sólo el empresario de nuestro Maestro.

Las tres damas se echaron a reír. Madame Perov perdió la compostura, pero también rió. Sólo conocía de oídas el increíble virtuosismo de Bachmann, y nunca había visto una foto suya. En aquel momento, la anfitriona se acercó, la saludó y con un mínimo movimiento en su mirada, como si estuviera comunicando un secreto, le indicó el fondo de la sala, mientras murmuraba: «Está allí..., mira».

Y sólo entonces vio a Bachmann. Se mantenía un poco apartado del resto de los invitados. Estaba de pie, con las piernas cortas, que llevaba embutidas en unos pantalones negros holgados, separadas y bien ancladas en el suelo, y leía un periódico. Se había acercado la página toda arrugada a la mínima distancia de los ojos y movía los labios al leer como hacen los que son casi analfabetos. Era bajo y se estaba quedando calvo, salvo por un humilde mechón de pelo que cruzaba su calva de lado a lado. Llevaba un cuello almidonado que parecía que le estaba grande. Sin apartar los ojos del periódico se tocó la bragueta distraídamente con un dedo y sus labios empezaron a moverse con mayor concentración todavía. Tenía un mentón muy divertido, pequeño, redondo y azul que le hacía parecerse a un erizo de mar.

—No se sorprenda —dijo Sack—, es un bárbaro en el sentido literal de la palabra... tan pronto como llega a una fiesta coge algo y se pone a leer.

De repente, Bachmann notó que todos le miraban. Giró lentamente la cabeza y enarcando sus tupidas cejas, sonrió con una sonrisa maravillosa, tímida, que rompió su rostro en mil arrugas suaves.

La anfitriona se acercó corriendo hasta él.

—Maestro —dijo—, permítame que le presente a otra admiradora suya.

Él extendió una mano fláccida y húmeda.

—Encantado, de verdad, encantado.

Y de nuevo se quedó inmerso en su periódico.

Madame Perov se retiró. Unas manchas rosadas aparecieron en sus mejillas. El alegre vaivén de su abanico, con destellos de azabache, agitaba los rizos rubios de sus sienes. Más tarde Sack me dijo que en aquella primera noche ella le había parecido una mujer extraordinariamente temperamental, como él decía, una mujer extraordinariamente tensa, a pesar de sus labios naturales y sin pintar y de su peinado severo.

—Esos dos estaban hechos el uno para el otro —me confió con un suspiro—. En cuanto a Bachmann, es un caso desesperado, un hombre carente por completo de inteligencia. Y además, bebía, sabe usted. La noche en que se conocieron, tuve que llevármelo por la fuerza. De pronto, pidió coñac, lo cual no era lo que habíamos convenido, de ningún modo. En realidad, le habíamos suplicado: «No bebas en los próximos cinco días, sólo en estos cinco días», tenía cinco conciertos programados, sabe usted. «Es un contrato, Bachmann, no te olvides.» ¡Imagínese, un amigo poeta llegó a escribir un artículo en una revista de humor en el que hacía un juego de palabras en torno a «andar a cuatro patas» e «irse por patas»! Literalmente, estábamos en las últimas. Y además, sabe usted, era un tipo excéntrico, caprichoso y muy sucio. Un individuo absolutamente anormal. Pero cómo tocaba...

Y, sin decir palabra, Sack se sacudió la melena y puso los ojos en blanco.

Mientras Sack y yo mirábamos los recortes de periódico pegados en un álbum pesado como un ataúd, me convencí de que fue precisamente entonces, en los días aquellos en que se produjo el primer encuentro de Bachmann con madame Perov, cuando comenzó la fama real, internacional —¡pero también transitoria!— de esa persona tan peculiar. Cuándo y cómo se hicieron amantes, no lo sabe nadie. Pero después de aquella velada en la casa de su amiga, ella empezó a asistir a todos los conciertos de Bachmann, en cualquier ciudad en que tuvieran lugar. Siempre se sentaba en la primera fila, muy erguida, bien peinada, con un traje negro y escotado. Alguien la denominó la Madonna Coja.

Bachmann entraba en el escenario a paso rápido, como si estuviera escapándose de un enemigo o simplemente de unas manos molestas. Ignorando a la audiencia, corría hasta el piano, se inclinaba sobre el taburete redondo y empezaba a dar vueltas con dulzura al disco redondo de madera del asiento, buscando una especie de nivel matemáticamente preciso. Y mientras se empleaba en ello, arrullaba al asiento dulcemente pero con apremio, hablándole en tres lenguas distintas. Y, durante un buen rato, seguía entretenido en esta maniobra. Los ingleses lo encontraban conmovedor, los franceses, divertido, y los alemanes enojoso. Cuando por fin hallaba el nivel adecuado, Bachmann hacía como una pequeña caricia al asiento y se sentaba, buscando los pedales con las suelas de sus viejos zapatos de charol. Entonces sacaba un gran pañuelo sucio y, mientras se limpiaba meticulosamente las manos con él, examinaba la primera fila de butacas con una mirada maliciosa aunque tímida. Finalmente imponía sus manos con suavidad sobre las teclas. De repente, sin embargo, un músculo debajo del ojo hacía un movimiento imperceptible; y chasqueando la lengua, se bajaba del asiento y comenzaba de nuevo a ajustar dulcemente el disco que chirriaba a cada vuelta.

Sack piensa que cuando volvió a casa después de oír a Bachmann por primera vez, madame Perov se sentó junto a la ventana y se quedó allí quieta hasta la madrugada, sin dejar de suspirar y sonreír. Insiste en que nunca antes había tocado Bachmann con tanta belleza, con tal frenesí, y que, a partir de entonces, con cada concierto, su sonido se volvía más bello todavía, todavía más apasionado. Con una maestría incomparable, Bachmann convocaba y resolvía las distintas voces del contrapunto, conseguía que cuerdas disonantes provocaran una impresión de armonías maravillosas y, en su Triple fuga, perseguía el tema, jugando con él apasionadamente, con gracia, como si fuera un gato en pos de un ratón: fingía que lo había dejado escapar para, de repente, con un destello furtivo de regocijo, inclinarse sobre las teclas, hasta alcanzarlo con un salto de triunfo. Luego, cuando acababa su contrato con aquella ciudad, desaparecía durante varios días y se perdía en una borrachera continua.

Los habituales de las pequeñas tabernas de reputación dudosa, que arden venenosas entre la niebla de los suburbios lúgubres, veían a un pequeño hombre corpulento con el pelo en desorden sobre la calva y ojos húmedos como heridas, que siempre elegía un rincón apartado, pero que se prestaba a invitar a una copa a quienquiera que fuera a importunarle. Un viejo afilador de pianos, ya en plena decadencia, que había bebido con él en varias ocasiones, decidió que tenía que ser su colega, ya que Bachmann, cuando estaba borracho, tamborileaba sobre la mesa con sus dedos, y con un hilo de voz muy aguda cantaba en tono de LA sin desafinar lo más mínimo. A veces, una prostituta aplicada de afilados pómulos se lo llevaba a su casa. A veces arrancaba el violín al violinista de la taberna, lo destrozaba a pisotones y como castigo recibía una paliza. Se mezclaba con jugadores, marineros, atletas a los que alguna hernia les había dejado en dique seco, así como con el gremio entero de ladronzuelos corteses y tranquilos.

Sack y madame Perov lo buscaban durante noches enteras. Es verdad que Sack sólo lo hacía cuando era absolutamente necesario ponerlo en forma para algún concierto. A veces lo encontraban, y, a veces, sucio, sin cuello, con ojeras, aparecía en casa de madame Perov motu proprio; la dama, dulce y silenciosa, le metía en la cama, y dejaba pasar dos o tres días antes de telefonear a Sack para decirle que había encontrado a Bachmann.

Combinaba una especie de timidez misteriosa con la insolencia de un chaval maleducado. Apenas hablaba a madame Perov. Cuando ella se lo reprochaba y trataba de asir sus dedos, él se apartaba y la golpeaba en las manos con gritos estridentes como si el más mínimo contacto le causara un dolor impaciente, y se metía bajo la manta a sollozar durante un buen rato. Sack se presentaba entonces y decía que había llegado el momento de partir en dirección a Roma o a Londres y se llevaba a Bachmann consigo.

Su extraña relación duró tres años. Cuando finalmente un Bachmann más o menos reanimado se presentaba ante su público, madame Perov se encontraba invariablemente sentada en su butaca de la primera fila. En los viajes largos ocupaban habitaciones contiguas. Madame Perov vio a su marido varias veces durante este período. Por descontado, él, como todo el mundo, sabía de su pasión enfebrecida y fiel, pero no interfería para nada y llevaba su propia vida.

—Bachmann convirtió su existencia en un tormento —repetía Sack—. Es incomprensible cómo pudo amarle. ¡El misterio del corazón femenino! En una ocasión, cuando estaban juntos en casa de alguien, vi con mis propios ojos cómo el Maestro le enseñaba los dientes, como un mono, y ¿sabe por qué? Porque ella quería arreglarle la corbata. Pero en aquellos días, el genio habitaba en sus dedos cuando tocaba. De aquel período son su Sinfonía en Re menor y algunas de sus fugas más complejas. Nadie le vio componerlas. La más interesante es la denominada Fuga dorada. ¿La ha oído usted? Su desarrollo temático es absolutamente original. Pero le estaba contando sus caprichos y su creciente locura. Bien, así es como ocurrió. Pasaron tres años y entonces una noche, en Munich, donde tenía que dar un concierto...

 

Y a medida que Sack llegaba al final de su historia, iba apretando sus ojos con más tristeza y con más fuerza.

Parece que la noche en que llegó a Munich, Bachmann se escapó del hotel donde solía alojarse con madame Perov. Quedaban tres días para el concierto y Sack, como es natural, estaba prácticamente histérico. No había manera de encontrar a Bachmann. Era a finales de otoño y llovía mucho. Madame Perov cogió un catarro y tuvo que guardar cama. Sack, con dos detectives, siguió rastreando los bares.

El día del concierto la policía telefoneó para decir que Bachmann había sido localizado. Le habían encontrado en la calle por la noche y había dormido en la estación. Sin decir palabra, Sack le llevó desde la comisaría al teatro, lo entregó como si fuera un objeto a sus ayudantes y se fue al hotel a por el frac de Bachmann. A través de la puerta, le contó a madame Perov lo que había pasado. Luego, volvió al teatro.

Bachmann, con su sombrero negro hundido hasta las cejas, estaba sentado en su camerino, tamborileando con tristeza sobre la mesa con un solo dedo. La gente hablaba preocupada a su alrededor. Una hora más tarde, el público empezó a ocupar sus asientos en el auditorio. El escenario blanco y muy iluminado, adornado a cada lado con los cañones del órgano, el reluciente piano negro, con la cola levantada, y la humilde seta que constituía el asiento..., todo ello esperaba en su perezosa solemnidad a un hombre de manos suaves y húmedas, que en un momento podía despertar un huracán de sonidos en el piano, en el escenario y en la enorme sala de conciertos, donde, como gusanos pálidos, los hombros de las mujeres y las calvas de los hombres se movían y brillaban.

Y, finalmente, Bachmann entró trotando en el escenario. Sin prestar la más mínima atención al trueno de bienvenida que se inició como un cono compacto para disolverse después en aplausos dispersos, cada vez más débiles, empezó a hacer girar el disco del asiento, arrullándolo ávidamente y, tras acariciarlo, se sentó al piano. Mientras se limpiaba las manos, miró hacia la primera fila con su sonrisa tímida. Abruptamente, su sonrisa se desvaneció y Bachmann hizo una mueca. El pañuelo cayó al suelo. Su mirada atenta resbaló una vez más por la hilera de rostros y tropezó, por así decir, con la butaca vacía del centro. Bachmann cerró el piano de un golpe, se levantó, caminó hasta el mismo borde del escenario, y poniendo los ojos en blanco y levantando los brazos como una bailarina de ballet, ejecutó dos o tres pasos ridículos. El público se quedó de piedra. De los asientos posteriores surgió un conato de risa. Bachmann se detuvo, dijo algo que nadie oyó y, a continuación, con un gesto arrogante y teatral, enseñó la minga a todos los presentes.

—Ocurrió tan de repente —continuó Sack— que no me dio tiempo a llegar para hacer algo. Me tropecé con él cuando, tras el figo que no la fuga, abandonaba ya el escenario. Le pregunté: «Bachmann, ¿adonde vas?». Y él pronunció una obscenidad y desapareció en el camerino.

Y entonces el propio Sack salió a escena, en medio de un torrente de ira y de júbilo. Alzó la mano, consiguió imponer un cierto silencio, y les prometió solemnemente que el concierto tendría lugar. Al entrar en el camerino se encontró a Bachmann sentado como si no hubiera pasado nada, moviendo los labios mientras leía el programa.

Sack miró a los allí presentes, y enarcando las cejas significativamente, corrió al teléfono y llamó a madame Perov. Durante un tiempo no obtuvo respuesta; finalmente oyó un click y luego su débil voz.

—Venga al momento —farfulló Sack, golpeando el listín telefónico con la mano—. Bachmann se niega a tocar sin usted. ¡Es un escándalo terrible! El público está empezando a... ¿Qué? ¿Qué es eso?... Sí, sí, ya le digo que se niega. ¿Hola? ¡Maldita sea! ¡Se ha cortado...!

Madame Perov estaba peor. El médico, que la había visitado dos veces aquel día, había mirado con consternación el mercurio que tanto había subido en la roja escalera de su tubo de cristal. Al colgar el teléfono —lo tenía al pie de la cama—, probablemente sonrió feliz. Trémula e insegura todavía al andar, empezó a vestirse. Un dolor insoportable hendía su pecho, pero la felicidad la llamaba a través de la niebla y el murmullo de la fiebre. Me imagino que, por alguna razón, al ponerse las medias, la seda se le quedaba enroscada en los dedos de sus pies helados. Se arregló el cabello lo mejor que pudo, se arropó con un abrigo de piel marrón y salió con su bastón en la mano. Dijo al portero que llamara un taxi. La acera negra brillaba. La manecilla de la puerta del coche estaba mojada y fría como el hielo. Durante todo su viaje, aquella vaga sonrisa de felicidad debió de permanecer en sus labios, y el sonido del motor y el susurro de las ruedas se mezclaron con el cálido ruido de su mente. Cuando llegó al teatro, vio masas de gente que abrían sus paraguas airadas al ser vomitadas a la calle. Faltó poco para que la derribaran, pero consiguió abrirse paso entre la multitud. En el camerino, Sack se paseaba de un lado a otro sin parar, llevándose la mano tanto a la mejilla izquierda como a la derecha.

—¡Yo tenía un ataque de auténtica rabia! —continuó—. Mientras luchaba con el teléfono, el Maestro se escapó. Dijo que iba al servicio, y se nos escapó. Cuando llegó madame Perov salté enfadado contra ella, ¿por qué no estaba como siempre en el teatro? Entiéndame, ni me paré a pensar en el hecho de que estuviera enferma. Y ella me preguntó: «¿Pero entonces, ahora está en el hotel? Si es así, nos cruzamos en el camino». Yo estaba fuera de mí y grité: «Al diablo con los hoteles... estará en algún bar. ¡Algún bar! ¡Algún bar!». Y ya lo dejé estar y me fui corriendo. Tenía que prestar auxilio al hombre de la taquilla.

Y madame Perov, temblando y sin dejar de sonreír, se fue a buscar a Bachmann. Sabía más o menos dónde buscarle, y fue allí, a aquel oscuro y espantoso barrio donde la llevó un chofer atónito. Cuando llegó a la calle donde, según Sack, Bachmann había sido encontrado la noche anterior, despidió el coche, y apoyándose en su bastón, empezó a caminar por el piso irregular de la acera, bajo los rayos escorados de una lluvia negra. Entró en todos los bares, uno por uno. Las ráfagas de música estridente la ensordecían y los hombres la miraban con insolencia. Entraba en cada taberna y lo buscaba entre el humo y los colores chillones y vertiginosos y volvía a salir a los latigazos de la noche. Muy pronto empezó a pensar que no hacía más que entrar una y otra vez en el mismo bar y una desesperada debilidad comenzó a descender sobre sus hombros. Caminaba, cojeando y emitiendo unos gemidos apenas audibles, aferrando la empuñadura turquesa de su bastón con su mano helada. Un policía que llevaba cierto tiempo observándola, se acercó hasta ella lentamente, con aire profesional le preguntó dónde vivía y, a continuación, con firmeza pero con amabilidad la llevó hasta un coche de caballos que hacía servicio de noche. En las tinieblas malolientes y crujientes del coche, se quedó dormida y cuando despertó, se encontró con que la puerta estaba abierta y el cochero, con su capa de hule brillante, le daba golpecitos en el hombro con la punta de su fusta. Al encontrarse en el cálido pasillo del hotel, se vio invadida por un sentimiento de completa indiferencia por todo y por todos. Abrió de un golpe la puerta de su habitación y entró. Bachmann estaba en su cama, descalzo y en camisón, con una manta de cuadros en rebujo sobre los hombros. Tamborileaba con dos dedos en el mármol de la mesilla, mientras que con la otra mano garabateaba unos signos en un papel de música, con un lapicero de mina indeleble. Estaba tan absorto en lo que hacía que no se dio cuenta de que se había abierto la puerta. Ella dejó escapar un «ach» suave, como un gemido. Bachmann se asustó. La manta comenzó a deslizarse de sus hombros.

Creo que ésta fue la única noche feliz en la vida de madame Perov. Creo que esos dos, el músico medio loco y la mujer moribunda, encontraron aquella noche palabras que los más grandes poetas nunca han llegado a soñar. Cuando Sack, indignado, llegó al hotel a la mañana siguiente, Bachmann estaba allí sentado con una sonrisa extática y silenciosa, contemplando a madame Perov, que estaba tendida a lo ancho de la cama, inconsciente bajo la manta de cuadros. No había manera de saber lo que Bachmann pensaba mientras contemplaba el rostro ardiente de su amante y escuchaba su respiración espasmódica; probablemente, interpretaba a su manera la agitación de su cuerpo, la agitación y la fiebre, una enfermedad terminal ni siquiera le pasaba por la imaginación. Sack llamó al doctor. Al principio Bachmann les miró con desconfianza, con una sonrisa tímida; pero luego cogió al doctor por el cuello, se echó atrás para coger carrerilla, se dio un golpe en la frente y empezó a dar vueltas y más vueltas, rechinando los dientes. Ella murió aquel mismo día, sin recobrar la conciencia. La expresión de felicidad nunca abandonó su rostro. En la mesilla Sack encontró una hoja de papel toda arrugada, pero nadie fue capaz de descifrar los puntos violeta de música desperdigados por el papel.

—Me lo llevé inmediatamente de allí—continuó Sack—. Temía lo que pudiera suceder cuando llegara el marido, ya me entiende. El pobre Bachmann estaba fláccido como una muñeca de trapo y no paraba de meterse los dedos en los oídos. No dejaba de gritar como si alguien le estuviera haciendo cosquillas. «¡Parad de hacer ese ruido! ¡Ya vale, ya vale de música!» No puedo concebir qué es lo que le produjo semejante shock: entre nosotros, nunca amó a aquella desgraciada mujer. En cualquier caso, ella terminó con él. Después del funeral Bachmann desapareció sin dejar huella. Todavía se encuentra su nombre, de vez en cuando, en los anuncios de las casas de piano, pero, en términos generales, está completamente olvidado. Seis años más tarde el destino nos volvió a reunir. Por un instante, tan sólo. Yo esperaba un tren en una pequeña estación suiza. Era una tarde espléndida, recuerdo. Yo no estaba solo. Sí, una mujer... pero ése es otro libreto. Y entonces, no se lo creerá, veo un grupo de gente que se arremolina en torno a un hombre bajito que lleva un abrigo negro todo raído y un sombrero también negro. Metía una moneda en una pianola y no dejaba de llorar desconsoladamente. Metía otra moneda, escuchaba la melodía enlatada y lloraba. Y entonces, el rollo de la pianola, o lo que fuera, se rompió. Se puso a golpear la máquina, y a llorar aún más efusivamente, luego, desistió de su empresa y se fue. Lo reconocí inmediatamente, pero, como comprenderá, yo no estaba solo. Estaba con una dama, y había gente por allí, que miraban boquiabiertos. Hubiera resultado extraño acercarme a él y decirle: «Wiegeht's dir, Bachmann?».


Yo había heredado el estudio de un fotógrafo. Un lienzo de tintes violáceos seguía todavía allí junto a la pared; mostraba una balaustrada y una urna blanquecina contra el fondo de un jardín de contornos imprecisos. Y era una silla de mimbre la que me acogía a mí aquella noche, como si yo también me encontrara en el umbral de aquellas profundidades de acuarela, era yo el que pasé allí hora tras hora pensando en ti, hasta que llegó la mañana. Unas cabezas de estuco revocado empezaron a surgir gradualmente destacándose en la oscuridad, flotando por entre la neblina de polvo. Una de ellas (casi tu retrato) estaba envuelta en un trapo húmedo. Yo atravesé aquella cámara nebulosa —algo se rompió y crujió bajo mis pies— y con el extremo de una larga barra, fui enganchando y corriendo hasta abrir las negras cortinas que colgaban como jirones de algún estandarte roto a lo largo del cristal inclinado. Cuando hube dejado que la mañana entrara —una mañana desdichada y aviesa—, empecé a reírme sin saber por qué; quizá era simplemente porque me había pasado la noche entera sentado en un sillón de mimbre, rodeado de basura y de trozos de yeso de París, entre polvo de plastilina congelada, pensando en ti.

Cada vez que se mencionaba tu nombre en mi presencia experimentaba el mismo sentimiento: un golpe negro, perfumado, enérgico: ése era el movimiento de tus brazos cuando te colocabas el velo. Hacía mucho tiempo que yo te amaba; por qué, no lo sé. Teniendo en cuenta tus ardides engañosos y tus tretas salvajes, sabiendo como sé que te pierdes y transiges en una ociosa melancolía.

Casualmente, no hace mucho encontré una caja de cerillas vacía en tu mesilla. Sobre la misma había un menudo túmulo funerario de cenizas y la colilla de un cigarrillo dorado —una colilla tosca, masculina. Te pedí una explicación. Te reíste incómoda. A continuación te echaste a llorar y yo, perdonándolo todo, te abracé las rodillas y apreté mis pestañas húmedas contra tu seda negra y suave. Después de aquello no te vi en dos semanas.

La mañana de otoño relucía con la brisa. Con cuidado, dejé la barra en una esquina. Las tejas de los tejados de Berlín se dejaban ver a través del lienzo de la ventana, sus siluetas se acomodaban a las iridiscentes irregularidades internas del cristal; en medio de ellas, una cúpula distante se alzaba como una sandía de bronce. Las nubes se apresuraban, se rompían, revelando fugazmente una telaraña extrañada de azul otoñal.

El día anterior había hablado contigo por teléfono. Era yo quien había cedido y llamado. Quedamos en vernos hoy en la Puerta de Brandemburgo. Tu voz, a través del zumbido como de abejas, sonaba remota y con un punto de ansiedad. Yo no paraba de deslizarme en la distancia como desvaneciéndome. Te hablé con los ojos cerrados, y me sentía a punto de llorar. Mi amor por ti era un pozo cálido de lágrimas que no dejaba de manar ni de palpitar. Así es exactamente como me imaginaba el paraíso: silencio y lágrimas. Y la seda cálida de tus rodillas. Y esto tú no lo podías entender.

Después de cenar, cuando salí a tu encuentro, con el torrente amarillo de los rayos del sol y el aire cortante, la cabeza me empezó a dar vueltas. Cada uno de los rayos de sol retumbaba en mis sienes. Unas grandes hojas rojizas, crujientes, anadeaban deprisa en su carrera por las aceras.

Mientras caminaba pensé que era probable que no acudieras a la cita. Y que si lo hacías, volveríamos a discutir por cualquier cosa. Yo sólo sabía esculpir y amar. Eso no era suficiente para ti.

Puertas contundentes. Autobuses hinchados de caderas apretujándose para pasar por los arcos y deslizándose por el bulevar que se iba esfumando en el inquieto brillo azul de aquel día de viento. Te esperé bajo una bóveda sofocante, entre columnas heladas, junto a la verja de la ventana de la casa del guarda. Gente por todas partes: los oficinistas berlineses abandonaban los despachos, mal afeitados, cada uno con su cartera bajo el brazo, y, en los ojos, la náusea densa que te atenaza cuando fumas un puro malo con el estómago vacío —sus cansados rostros rapaces, sus cuellos almidonados eran un relámpago incesante—; pasó una mujer con un sombrero de paja roja y un abrigo gris de astracán; y luego un joven con pantalones de terciopelo anudados debajo de la rodilla; y también otros.

Yo esperaba, apoyado en mi bastón, en la fría sombra de las columnas. No creía que tú vinieras.

Junto a una de las columnas, cerca de la ventana de la casa del guarda, había un puesto con postales, mapas, series en abanico de fotos de colores y a su lado, sentada en un taburete, una mujer menuda, anciana, y parda, de piernas cortas, más bien gruesa y con una cara redonda y llena de pecas. También ella esperaba.

Me pregunté cuál de los dos esperaría más, y quién vendría antes, un cliente, o tú. El semblante de la anciana parecía decir algo así: «Me encuentro aquí de casualidad... No he hecho más que sentarme un minuto... Sí, es verdad que hay un puesto aquí cerca, con excelentes y curiosas chucherías... Pero yo no tengo nada que ver con él...».

La gente pasaba despreocupada entre las columnas, evitando el rincón de la casa del guarda; algunos miraban las postales. La anciana tensaba cada uno de sus músculos y fijaba sus diminutos y vivos ojos en el transeúnte como si le estuviera transmitiendo un solo pensamiento: cómpralo, cómpralo... Pero el otro, después de examinar brevemente las postales de colores y también las grises, seguía su camino y ella bajaba los ojos con aparente indiferencia y volvía a un libro rojo que tenía en el regazo.

Yo no llegaba a creerme que tú vinieras. Pero te esperaba como nunca antes había esperado nada, sin dejar de fumar, mirando a hurtadillas más allá de la puerta hacia la plaza abierta que iniciaba el bulevar; y luego me retiraba de nuevo a mi escondrijo, intentando que no se me notara que estaba esperando a alguien, intentando imaginarme que tú caminabas hacia mí, que te acercabas mientras yo miraba a otro lado, que si echaba una ojeada más en aquella dirección vería tu abrigo de foca y el encaje negro que desde el ala de tu sombrero caía cubriendo tu rostro y, deliberadamente, no miraba, empecinándome en mi querido engaño.

Hubo un golpe de viento frío. La mujer se levantó y empezó a empujar con firmeza las postales para encajarlas en sus correspondientes ranuras. Llevaba una especie de chaqueta de terciopelo amarillo recogida en la cintura. El dobladillo de su falda marrón le colgaba por detrás, lo que la hacía parecer como si caminara levantando la barriga. Yo distinguía sin dificultad una serie de arrugas amables en su pequeño sombrero redondo y también en sus botines gastados. Ordenaba afanosamente su mercancía. Su libro, una guía de Berlín, estaba abandonado en el taburete y el viento de otoño distraído hacía girar las páginas y arrugaba el mapa que se había desprendido del grueso del libro como si fuera un tramo de escaleras.

Yo empezaba a tener frío. Mi cigarrillo ardía amargo en la comisura de la boca. Sentí las olas de un frío hostil en el pecho. No había aparecido ningún cliente.

Mientras tanto, la mujer de las chucherías había vuelto a su lugar y, como el taburete estaba demasiado alto para ella, tuvo que hacer juegos malabares, evitando que las suelas de sus burdos botines se despegaran de la acera al mismo tiempo. Tiré el cigarrillo y lo apagué con la punta de mi bastón, provocando una espuma de fuego.

Ya había pasado una hora, quizá más. ¿Cómo podía seguir pensando que tú acudirías? El cielo se había transformado imperceptiblemente en una sola nube tormentosa continua, los transeúntes caminaban más deprisa, todos encogidos, sujetándose los sombreros, y una señora que cruzaba la plaza abrió el paraguas. Habría sido un verdadero milagro que hubieras llegado en ese momento.

La anciana había colocado meticulosamente una señal en su libro y se detuvo como si estuviera abstraída en sus pensamientos. Mi intuición me decía que estaba tratando de conjurar la presencia de un extranjero rico procedente del Hotel Adlon que comprara toda su mercancía, que le pagara generosamente, y que además le pidiera más, más postales y más guías de todo tipo. Y probablemente tampoco tendría demasiado calor con aquella chaqueta de terciopelo. Tú habías prometido que vendrías. Recordé la conversación telefónica, y la sombra fugaz de tu voz. Dios, cómo deseaba verte. El viento infame empezó a rachear de nuevo. Me subí el cuello.

De repente, la ventana de la casa del guarda se abrió, y un soldado verde saludó a la anciana. Rápidamente se revolvió en su taburete y, con su vientre prominente, se acercó rauda a la ventana. Con ademán tranquilo, el soldado le alcanzó un tazón humeante y cerró la ventana. Su espalda verde se volvió y se alejó en las profundidades oscuras.

La mujer volvió a su sitio cuidando de que el tazón no se le derramara. Era café con leche a juzgar por el marrón de nata que se le pegaba al borde.

Y entonces empezó a beber. Nunca he visto a una persona que bebiera con semejante y concentrado placer, puro, profundo. Se olvidó de su puesto, de las postales, del viento helado, de su cliente americano: se limitaba a beber, sorber, chupar, desapareció completamente en su café, y de igual modo, yo olvidé mi vigilia y sólo veía la chaqueta de terciopelo, los ojos ciegos de dicha, las manos callosas agarrando el tazón en sus mitones de lana. Bebió durante mucho tiempo, bebía a sorbos lentos, chupando con reverencia el borde con su nata pegada, calentándose las manos con la hojalata caliente. Y un calor oscuro y dulce se derramó en mi alma. Mi alma también bebía y se calentaba, y la anciana parda y menuda sabía a café con leche.

Terminó. Durante un momento se quedó inmóvil. Luego se levantó y se encaminó a la ventana a devolver el tazón.

Pero se detuvo a medio camino y sus labios se rompieron en una leve sonrisa. Volvió rápidamente a su puesto, agarró dos postales de colores y, corriendo hasta la reja de hierro de la ventana, golpeó con suavidad el cristal con su diminuto puño de lana. La verja se abrió, dando paso a una manga verde con un botón reluciente en el puño, y la anciana lanzó tazón y postales a la oscuridad de la ventana sin dejar de mover la cabeza apresurada. El soldado se puso a examinar las postales y volvió al interior, cerrando suavemente la ventana tras él.

Y entonces me di cuenta de la ternura del mundo, de la beneficencia profunda de todo lo que me rodeaba, del dichoso lazo existente entre mi ser y toda la creación, y me di cuenta de que la alegría que había buscado en ti no era algo que se produjera dentro de ti, sino que respiraba a mi alrededor y por todas partes, en los ruidos veloces de la calle, en el dobladillo de una falda que se alzaba cómicamente, en el tierno ronroneo del viento, en las nubes de otoño hinchadas con el viento. Me di cuenta de que el mundo no representa para nada una lucha, ni tampoco una secuencia de ávidos acontecimientos casuales, sino una dicha trémula, una inquietud turbada y benéfica, una dádiva que nos ha sido concedida e ignorada.

Y en aquel mismo instante llegaste, por fin o, mejor dicho, no llegaste tú, sino una pareja alemana, él con gabardina y con las piernas enfundadas en unas medias largas que parecían botellas verdes; ella, alta y esbelta, con un abrigo de piel de pantera. Se acercaron al puesto, el hombre se dispuso a seleccionar algo, y mi querida anciana jadeaba ruborizada, levantando los ojos hasta él para después fijarlos en las postales, sin dejar de moverse de aquí para allá, enarcando las cejas como si fuera uno de esos viejos cocheros que trataban de espolear al caballo con todo su cuerpo. Pero apenas había tenido tiempo el alemán para decidirse por alguna de aquellas chucherías cuando su mujer, encogiendo los hombros, le tiró de la manga y se lo llevó de allí. Fue entonces cuando me di cuenta de que se parecía a ti. La semejanza no estaba en sus rasgos físicos ni tampoco en la ropa, sino en aquel gesto remilgado y cruel, en aquella mirada indiferente, superficial. Los dos se fueron de allí sin comprar nada, y la anciana se limitó a sonreír, volviendo a poner las postales en sus correspondientes ranuras, y en seguida volvió a perderse en su libro rojo. No teñía sentido alguno seguir allí esperando. Me marché caminando por calles que ya empezaban a oscurecerse, escrutando los rostros de los pasajeros, captando ciertas sonrisas y también algunos movimientos ciertamente curiosos: el meneo de la trenza de una joven que lanzaba una pelota contra la pared, la melancolía celeste reflejada en los ojos violetas y ovales de un caballo. Capté todo aquello y lo guardé. Las oblicuas gotas de lluvia se hicieron más frecuentes, y me hicieron pensar en la comodidad fresca de mi estudio, en los músculos, las frentes, los mechones y guedejas de cabello que había modelado y sentí en mis dedos el sutil hormigueo de mi pensamiento que ya empezaba a esculpir.

Se hizo la noche. Llovía a ráfagas racheadas. El viento me saludaba turbulento en cada esquina. Y entonces un tranvía pasó rechinando, sus ventanas brillo de ámbar, su interior siluetas negras. Subí de un salto y me dispuse a secarme las manos empapadas de lluvia.

La gente del tranvía estaba taciturna y se mecía soñolienta con su movimiento. Los cristales negros de las ventanas estaban salpicados con una multitud de diminutas gotas de lluvia, como un cielo nocturno cubierto por un rosario de estrellas. Traqueteábamos a lo largo de una calle surcada por una hilera de castaños ruidosos, y yo me imaginaba sus ramas húmedas sacudiendo las ventanas como con latigazos. Y cuando el tranvía se detuvo pude oír, por encima, cómo los castaños arrastrados por el viento golpeteaban contra el techo del tranvía. Ploc —y de nuevo, inmutable y también suavemente: ploc, ploc. El tranvía entonces repicaba y se ponía en marcha, los destellos de las farolas estallaban en los cristales mojados y yo, con una sensación de intensa y aguda felicidad, esperaba la repetición de aquellos ruidos mansos y nobles. Chirriaron los frenos en una parada. Y de nuevo, un castaño solitario se venció y, tras un momento, otro castaño chocó contra el tranvía en un ruido sordo para después arrastrarse por el techo: ploc, ploc...


El último tranvía desaparecía entre el espejo de tinieblas de la calle y, a lo largo del cable, un destello de fuego de Bengala, crepitando trémulo, se perdía rápido en la distancia como una estrella azul. «Bueno, será mejor que sigamos andando, aunque estás bastante borracho, Mark, bastante borracho...»

El destello de fuego se extinguió. Los tejados brillaban a la luz de la luna, ángulos de plata rotos por negras grietas transversales.

Penetró en aquel espejo de tinieblas y tomó a duras penas el camino de su casa: Mark Standfuss, un dependiente de comercio, un semidiós, el rubio Mark, un buen tipo con suerte y cuello duro. De su nuca, por encima de la línea de aquel cuello duro, colgaba una especie de coleta infantil que había conseguido escapar a la navaja del barbero. Esa coleta era la que había enamorado a Klara y juraba que era amor del bueno, que ya se había olvidado por completo del extranjero arruinado y guapo que el año pasado le había alquilado a su madre, Frau Heise, una habitación.

«Pero Mark, estás borracho...»

Aquella noche había corrido la cerveza y las canciones entre los amigos en honor de Mark y de la pálida Klara, la pelirroja, y dentro de una semana ya serían marido y mujer; entonces se iniciaría toda una vida de felicidad y de paz, de noches junto a ella, con la llamarada roja de su melena desparramándose por toda la almohada y por la mañana, de nuevo, su risa tranquila, su vestido verde, el frescor de sus brazos desnudos.

En el centro de una plaza se erguía una pequeña tienda de campaña: estaban reparando las vías del tranvía. Recordaba cómo aquel mismo día había introducido sus labios por dentro de las mangas de Klara, y cómo había besado la conmovedora cicatriz de su vacuna contra la viruela. Y ahora caminaba hacia casa, se tenía en pie con dificultad en razón del exceso de felicidad y también del exceso de bebida, balanceaba su bastón y entre las oscuras casas de la acera de enfrente de aquella calle vacía un eco nocturno armonizaba con el eco de sus pisadas; pero el eco desapareció cuando volvió la esquina donde siempre le esperaba el mismo hombre con su delantal y su gorra de visera, de pie junto a una parrilla, vendiendo salchichas, y anunciando su mercancía en un tierno silbido como el canto de un pájaro: «Würstchen, würstchen...».

Mark sintió una especie de piedad deliciosa por las salchichas, por la luna, por la chispa de fuego que se había retirado junto con el cable del tranvía, y, mientras apretaba el cuerpo contra una valla amiga, se vio vencido por la risa; luego, se inclinó y empezó a murmurar en un pequeño agujero que había entre las tablas de la valla: «Klara, Klara, ¡oh mi querida Klara!».

Al otro lado de la valla, en un claro entre dos edificios, había un solar vacío rectangular. Varios camiones de mudanzas se recogían allí como enormes ataúdes. Estaban llenos hasta los topes con su carga. Sólo Dios sabe qué cosas había apiladas en su interior. Baúles de caoba probablemente, y candelabros como serpientes de hierro, y el pesado esqueleto de una cama de matrimonio. La luna obtenía un destello duro de los camiones. A la izquierda del solar, unos enormes corazones negros se pegaban contra una pared desnuda; las sombras, muy ampliadas, de las hojas de un tilo que se erguía junto a una farola en el borde de la acera.

Mark seguía riéndose entre dientes mientras subía por las oscuras escaleras que conducían a su piso. Llegó al último escalón pero equivocadamente levantó el pie de nuevo como para volver a subir, y el pie cayó torpe al suelo con un golpe seco. Mientras se esforzaba en la oscuridad por encontrar la cerradura de la puerta, se le cayó el bastón de bambú y con un leve golpeteo empezó a deslizarse por las escaleras. Mark contuvo el aliento. Pensaba que el bastón seguiría el movimiento de la escalera y que giraría por sí solo en el recodo hasta llegar abajo. Pero el chasquido agudo de la madera cesó de improviso. Debía de haberse detenido. Sonrió aliviado, y agarrándose a la barandilla (mientras la cerveza no dejaba de cantar en su cabeza vacía), empezó a bajar de nuevo. Apenas evitó la caída y se sentó cansado en un escalón, mientras buscaba a tientas su camino.

Arriba, una puerta se abrió en el descansillo. Frau Standfuss, con una lámpara de gas en la mano, a medio vestir, parpadeando, con el pelo convertido en una especie de aureola que le salía del gorro de dormir, se acercó y gritó: «¿Eres tú, Mark?».

Una cuña amarilla de luz envolvía la barandilla, las escaleras y su bastón, y Mark, jadeando pero feliz, volvió a subir de nuevo hasta el descansillo, su sombra negra y jorobada seguía sus pasos por las paredes.

Luego, en la habitación iluminada débilmente, dividida por una pantalla roja, tuvo lugar la siguiente conversación:

—Has bebido demasiado, Mark.

—No, no, madre... Estoy tan contento...

—Te has ensuciado todo, Mark. Tienes la mano negra...

—... tan feliz... me siento tan bien... el agua es muy buena y está fría. Viértemela por encima de la cabeza... un poco más... Todo el mundo me ha dado la enhorabuena, y con razón... Más agua.

—Pero dicen que hasta hace muy poco tiempo estaba enamorada de otro, de un aventurero extranjero o algo así. Que se fue sin pagar los cinco marcos que le debía a Frau Heise...

—Oh, ya vale, cállate, no entiendes nada... Cantamos tanto hoy... Mira, he perdido un botón... Estoy seguro de que me van a aumentar el sueldo cuando me case...

—Vamos, vete a la cama... Estás todo sucio, y además son tus pantalones nuevos.

Aquella noche Mark tuvo un sueño desagradable. Vio a su difunto padre. Su padre llegó hasta él, con una sonrisa muy rara en su rostro sudoroso y pálido, cogió a Mark por los brazos y empezó a hacerle cosquillas silenciosa, violentamente, sin parar.

Sólo recordó el sueño después de llegar a la tienda donde trabajaba, y se acordó porque un amigo suyo, el buen Adolf, le saludó dándole un golpe en las costillas. Por un momento, algo se abrió en su alma, y se quedó allí, helado, expectante, y se cerró de nuevo. Luego, todo volvió de nuevo a su ser, fácil y claro, y las corbatas que ofreció a sus clientes le sonrieron radiantes, en armonía con su felicidad. Sabía que iba a ver a Klara aquella noche, correría a cenar a casa para luego ir directamente a verla. El otro día, cuando le decía lo tierna y cariñosamente que iban a vivir, ella se puso de repente a llorar. Ni que decir tiene que Mark entendió que eran lágrimas de felicidad (como explicó ella misma); ella empezó a dar vueltas por la habitación, su falda una vela verde, y luego se fue al espejo a arreglarse con viveza sus cabellos brillantes, color de mermelada de albaricoque. Y tenía el rostro pálido y un aire de desconcierto, también a causa de la felicidad, desde luego. Era tan natural, después de todo.

—¿De rayas? Por supuesto.

Le hizo el nudo a la corbata en su mano, y la volvió de un lado y después del otro, intentando seducir al cliente. Ágilmente abría las cajas de cartón...

Mientras tanto, su madre había recibido una visita: Frau Heise. Había venido sin avisar y tenía el rostro cubierto de lágrimas. Cautelosamente, casi como si tuviera miedo de romperse en mil pedazos, se dejó caer en un taburete en la diminuta e inmaculada cocina donde Frau Standfuss lavaba los platos. Un cerdo de madera bidimensional colgaba de la pared y en el hornillo había una caja de cerillas semiabierta, con una cerilla usada dentro.

—He venido a traerle malas noticias, Frau Standfuss.

La otra mujer se quedó de piedra, agarrando un plato y apretándolo contra su seno.

—Es acerca de Klara. Sí. Ha perdido el juicio. Aquel huésped que tuve volvió hoy, ya sabe, aquel de quien le hablé. Y Klara se ha vuelto loca. Sí, ocurrió esta mañana... Ya no quiere volver a ver a su hijo nunca más... Usted le regaló la tela para un vestido nuevo: se la devolverá. Y aquí hay una carta para Mark. Klara se ha vuelto loca. Yo no sé qué pensar...

Mientras tanto Mark había salido del trabajo y se hallaba de camino a casa. Adolf, el del pelo cortado a cepillo, le acompañaba en su recorrido. Ambos se detuvieron, se dieron la mano y Mark empujó con el hombro la puerta que se abría al frío vacío.

—¿Por qué he de ir a casa? Al diablo. Vamos a comer algo tú y yo —Adolf seguía allí de pie, apoyándose en el bastón como si éste fuera su cola—. Al diablo, Mark.

Mark se frotó la mejilla dubitativo, y luego rompió a reír.

—De acuerdo. Pero hoy invito yo.

Cuando, media hora más tarde, salió del bar y se despidió de su amigo, el fuego de una ardiente puesta de sol llenaba la vista del canal, y un puente veteado de lluvia en la distancia quedaba a lo lejos, tras un marco de oro en el que se alcanzaban a distinguir unas diminutas figuras negras.

Miró al reloj y decidió ir directo a casa de su novia sin pasar por la de su madre. Su felicidad y la claridad del aire de la tarde le mareaban un tanto. Una flecha de cobre brillante fue a hendir el zapato lacado de un petimetre que descendía de un coche. Los charcos, que todavía no se habían secado, rodeados por la magulladura de la humedad oscura (los ojos vivos del asfalto), reflejaban la suave incandescencia de la tarde. Las casas estaban grises, como siempre; y sin embargo, los tejados, las molduras en los pisos superiores, los pararrayos de filos dorados, las cúpulas de piedra, las columnas -—que nadie percibe durante el día, porque de día la gente no suele levantar la mirada del suelo— estaban ahora bañadas en un rico tono ocre que no era sino la ligera calidez de la puesta de sol, y parecían así inesperados y mágicos, aquellos salientes superiores, balcones, cornisas, pilares, contrastando abruptamente en su brillo rojizo con las pardas fachadas de abajo.

—Oh, qué feliz soy —musitaba Mark—, todo a mi alrededor celebra mi felicidad.

Sentado con ternura en el tranvía, examinaba con cariño a los otros pasajeros. Tenía un rostro tan joven, Mark, con granos rosados en la barbilla, unos ojos luminosos y alegres y una pequeña coleta en la nuca... Se podría pensar que el destino había sido generoso con él.

Dentro de unos momentos veré a Klara, pensó. Me recibirá en la puerta. Me dirá que no sabe cómo ha podido sobrevivir hasta la llegada de la noche.

Dio un respingo. Se había pasado la parada en la que debía haberse bajado. En su camino hacia la salida se tropezó con los pies de un caballero gordo que leía una revista médica; Mark quiso saludarle con el sombrero pero casi se cae: el tranvía giraba con un chirrido. Se agarró a uno de los tiradores del techo y consiguió mantener el equilibrio. El hombre encogió las piernas lentamente con un flemático gruñido de irritación. Tenía un bigote gris que se le doblaba hacia arriba belicosamente. Mark le concedió una sonrisa culpable y caminó hasta la parte delantera del tranvía. Se agarró con ambas manos a los pasamanos de hierro, se inclinó hacia adelante, calculó el salto que tenía que dar. Abajo, el asfalto pasaba corriendo ante él, liso y reluciente. Mark saltó. Sintió una quemazón provocada por la fricción producida con la suela de sus zapatos, y las piernas empezaron a correr como si las guiase su propio impulso, mientras los pies se estampaban contra el suelo restallando en secos golpes involuntarios. Varias cosas extrañas e imprevistas sucedieron a la vez: desde la parte delantera del tranvía que oscilante se alejaba de Mark, el revisor emitió un grito furioso; el asfalto brillante voló a lo alto como si fuera el asiento de un columpio; una formidable masa golpeó a Mark por detrás. Sintió como si un rayo le hubiera atravesado de la cabeza a los pies, y después nada. Estaba solo en el asfalto reluciente. Miró alrededor. Vio, en la distancia, su propia figura, la espalda esbelta de Mark Standfuss, que caminaba diagonalmente cruzando la calle como si no hubiera pasado nada. Maravillado, se alcanzó a sí mismo en un periquete y ahora ya estaba acercándose a la acera, su silueta toda imbuida de una cierta vibración que iba decreciendo progresivamente.

—Qué estupidez. Casi me atropella un autobús...

La calle era amplia y estaba alegre. Los colores del atardecer habían invadido la mitad del cielo. Los pisos superiores y los tejados se bañaban en una luz radiante. Allí arriba, Mark distinguía los pórticos translúcidos, los frisos y los frescos, enrejados cubiertos de rosas de color naranja, estatuas con alas que se alzaban doradas hacia el cielo, liras que relucían increíbles. En brillante ondulación, etéreos, festivos, estos encantamientos arquitectónicos se escapaban gloriosamente en la distancia, y Mark no conseguía entender cómo nunca se había fijado en aquellas galerías, en aquellos templos suspendidos en las alturas.

Se dio un golpe doloroso en la rodilla. Otra vez aquella valla negra. No pudo evitar reírse al reconocer aquellos camiones que estaban allí de nuevo, al otro lado. Allí estaban, quietos, como ataúdes gigantes. ¿Qué es lo que podían esconder en su seno? ¿Tesoros? ¿Los esqueletos de algunos gigantes? ¿O quizá montañas polvorientas de muebles suntuosos?

—Oh, tengo que echar un vistazo. Si no Klara me preguntará y no sabré qué contestarle.

Dio un ligero codazo a la puerta de uno de los camiones y entró dentro. Vacío. Vacío, salvo por una pequeña silla de paja en el centro, colocada cómicamente en equilibrio sobre tres de sus patas.

Mark se encogió de hombros y salió por el lado opuesto. De nuevo el resplandor cálido de la tarde chorreó ante su vista. Y ahora delante de él, estaba la conocida puerta de hierro forjado, y más allá la ventana de Klara, cruzada por una rama verde. Klara en persona abrió la puerta y se quedó de pie esperando, levantando sus brazos desnudos para arreglarse el pelo. Los mechones rojos de sus axilas lucían a través de las aberturas soleadas de su manga corta.

Mark, riéndose silenciosamente, corrió a abrazarla. Apretó sus mejillas contra la cálida seda verde de su vestido.

Las manos de Klara descansaron en su cabeza.

—Me he sentido tan sola todo el día, Mark. Pero ahora ya estás aquí.

Abrió la puerta, y Mark se encontró inmediatamente en el comedor, que le sorprendió por lo extraordinariamente espacioso y soleado.

—Cuando la gente es tan feliz como lo somos nosotros ahora pueden prescindir del vestíbulo —dijo Klara en un susurro apasionado, y él sintió que sus palabras tenían un significado oculto especial y maravilloso.

Y en el comedor, en torno al óvalo blanco como la nieve del mantel, se sentaba una serie de gente, a ninguno de los cuales Mark había visto antes en casa de su novia. Entre ellos estaba Adolf, atezado, con su cabeza cuadrada; también el anciano de piernas cortas y barriga prominente que leía una revista médica en el tranvía y que seguía gruñendo.

Mark saludó a todos ellos con una tímida inclinación de cabeza y se sentó junto a Klara, y en aquel mismo instante sintió, como un poco antes, un golpe de dolor atroz que le atravesaba todo el cuerpo. Se retorció y el vestido verde de Klara empezó a flotar en el aire, disminuyendo hasta convertirse en la pantalla verde de una lámpara. La lámpara se balanceaba en su cordón. Mark estaba tendido debajo con aquel dolor imposible destrozando su cuerpo y no distinguía nada salvo la lámpara que oscilaba, las costillas le estaban aplastando el corazón impidiéndole respirar, y alguien le doblaba la pierna, se esforzaba por rompérsela, de un momento a otro se iba a quebrar. Consiguió liberarse de alguna forma, la lámpara volvió a su verde brillante de nuevo, y Mark se vio a sí mismo sentado un poco más distante, junto a Klara, y en ese preciso instante en que se vio, se encontró rozando su rodilla contra la cálida seda de su falda. Y Klara reía, echando la cabeza hacia atrás.

Sintió la urgente necesidad de decirle lo que acababa de pasar, y dirigiéndose a todos los presentes —el bueno de Adolf, el hombre gordo e irascible— pronunció con esfuerzo: «El extranjero está ofreciendo sus plegarias en el río...».

Le pareció que había hablado muy claro, y que, aparentemente, todos le habían entendido... Klara, haciendo un puchero, le acarició en la mejilla: «Pobrecillo, todo acabará bien...».

Empezó a sentirse cansado y con sueño. Rodeó el cuello de Klara con sus brazos, la atrajo hacia sí y se quedó tumbado. Y entonces, el dolor volvió a asaltarle y todo se esclareció.

Mark yacía boca arriba, mutilado y completamente vendado, y la lámpara había dejado de oscilar. El consabido hombre grueso del bigote, ahora un médico en su bata blanca, emitía unos sonidos que parecían gruñidos mientras escrutaba la pupila en los ojos de Mark. ¡Y qué dolor!... Dios, en un momento el corazón se le iba a quedar empalado en una costilla y estallaría... Dios, en cualquier momento, ya... Todo esto es estúpido. ¿Por qué no está Klara aquí?

El doctor frunció el ceño y chasqueó la lengua.

Mark ya no respiraba, Mark se había ido —adonde, hacia qué otros sueños, nadie lo sabe.


En la esquina de una calle cualquiera de Berlín oeste, bajo el dosel de un tilo en plena floración, me vi envuelto en una ardiente fragancia. Masas de niebla ascendían en el cielo nocturno y, cuando el último hueco de estrellas fue absorbido en ellas, el viento, ese fantasma ciego, cubriéndose el rostro con las mangas, barrió la calle desierta. En la oscuridad mate, sobre los postigos de hierro de una barbería, su escudo colgante —una bacía de plata— empezó a oscilar como un péndulo.

Llegué a casa y me encontré con que el viento me estaba esperando en la habitación: golpeaba el marco de la ventana... pero en cuanto cerré la puerta tras de mí, escenificó un reflujo inmediato. Bajo mi ventana había un patio profundo donde, durante el día, las camisas, crucificadas en tendederos radiantes por el sol, brillaban a través de los macizos de lilas. De aquel patio surgían de vez en cuando voces de todo tipo: el ladrido melancólico de los traperos o de los que compraban botellas vacías; a veces, el lamento de un violín lisiado y, en una ocasión, una rubia obesa se colocó en el centro del patio y rompió a cantar una canción tan hermosa que las muchachas se asomaron a todas las ventanas, doblando sus cuellos desnudos. Luego, cuando hubo acabado, se produjo un momento de una quietud extraordinaria, sólo se oyó a mi patrona, una viuda desaliñada, que empezó a gemir y a sonarse la nariz en el pasillo.

Ahora, en aquel patio iba creciendo una penumbra sofocante; luego, el ciego viento, que se había deslizado impotente hasta la profundidad del patio, retomó sus fuerzas, comenzó a alzarse hacia las alturas y, repentinamente, ocupó todo el lugar, sin dejar de subir, en las aberturas ámbar de la pared negra de enfrente, empezaron a aparecer como flechas las siluetas de brazos y de cabezas despeinadas que trataban de alcanzar las ventanas abiertas que el viento disparaba, para cerrar ruidosamente sus postigos y sujetarlos firmemente. Las luces se apagaron. Justo después, la avalancha de un ruido sordo, el ruido del trueno distante, se puso en movimiento, e inició su marcha avasalladora a través del cielo de oscuro violeta. Y, de nuevo, todo se quedó parado y en silencio como se había quedado cuando la mujer acabó su canción, las manos apretadas contra sus amplios senos.

En este silencio me quedé dormido, exhausto por la felicidad de mi día, una felicidad que no puedo describir por escrito, y mi sueño estuvo lleno de ti.

Me desperté porque la noche había comenzado a romperse en pedazos. Un resplandor pálido y salvaje volaba por el cielo como un rápido reflejo de radios colosales. El cielo se rasgaba en un estrépito tras otro. La lluvia caía en un flujo espacioso y sonoro.

Yo estaba embriagado por aquellos temblores azulados, por el frío volátil y agudo. Me encaramé al alféizar mojado de la ventana y respiré el aire sobrenatural, que hizo vibrar mi corazón como un cristal.

Más cerca todavía, de forma más grandiosa aún, el carro del profeta rodaba con estrépito a través de las nubes. La luz de la locura, de las visiones penetrantes, iluminaba el mundo nocturno, las pendientes metálicas de los tejados, los volátiles macizos de lilas. El dios del trueno, un gigante de pelo blanco con una barba furiosa, al viento sobre su espalda, vestido con los pliegues flameantes de un ropaje deslumbrante, se erguía, sacando pecho en su carro de fuego, frenando con brazos tensos a sus enormes corceles, negros como la pez y con crines como un relámpago violeta. Habían conseguido escapar al control de su amo, dispersaban chispas de espuma crujiente, el carro estaba a punto de volcar, y el arrebolado profeta tiraba en vano de las riendas. Tenía el rostro descompuesto por el viento y por el esfuerzo; el remolino, haciendo volar los pliegues de su túnica, dejó al descubierto una poderosa rodilla; los corceles movían sus crines llameantes y galopaban más y más violentamente en un vertiginoso descenso por las nubes. Luego, con cascos de trueno, se lanzaron a través de un tejado brillante; el carro daba bandazos, Elias se tambaleó, y los corceles, enloquecidos al contacto con el metal mortal, volvieron a saltar hacia el cielo. El profeta salió despedido. Una rueda se soltó. Desde mi ventana vi cómo su enorme aro de fuego caía sobre un tejado, cómo vacilaba al borde del mismo hasta caer finalmente en la oscuridad, mientras que los corceles, tirando del carro volcado, ya alcanzaban al galope las nubes más altas; el retumbar cesó, y el resplandor tormentoso se desvaneció en abismos lívidos.

El dios del trueno, que había caído en un tejado, se levantó pesadamente. Se resbalaba con aquellas sandalias; rompió la ventana de un dormitorio con el pie, gruñó, y con un movimiento de su brazo se agarró a una chimenea para sostenerse. Lentamente giró su rostro enfurecido mientras sus ojos buscaban algo —probablemente la rueda que se había desprendido volando de su eje dorado. Luego miró hacia arriba, con los dedos enganchados en su rizada barba, movió la cabeza enfadado —ésta no era probablemente la primera vez que esto le sucedía— y, cojeando ligeramente, empezó a descender con cautela.

Todo excitado conseguí arrancarme de la ventana, corrí a ponerme la bata y bajé a toda prisa la empinada escalera hasta el patio. La tormenta había pasado pero todavía permanecía en el aire una ráfaga de lluvia. Hacia el este una palidez exquisita iba invadiendo el cielo.

El patio, que desde arriba parecía rebosar de densa oscuridad, no albergaba, en realidad, más que una delicada niebla que ya se estaba fundiendo. En el macizo de césped central, oscurecido por la humedad, había un anciano magro, encorvado, vestido con una bata empapada, que no hacía más que murmurar entre dientes y mirar en torno suyo. Al verme, cerró los ojos enfadado y me dijo: «¿Eres tú, Eliseo?».

Yo le saludé. El profeta chasqueó la lengua sin dejar de rascarse la calva.

—He perdido una rueda. Búscamela, ¿quieres?

La lluvia ya había cesado por completo. Unas nubes enormes del color de las llamas se habían agrupado encima de los tejados. Los macizos, la valla, la brillante caseta del perro, flotaban en el aire azulado y soñoliento que nos rodeaba. Buscamos durante mucho tiempo en distintos rincones. El anciano no dejaba de gruñir, subiéndose los faldones de su pesada túnica, salpicándose al pasar por los charcos con sus sandalias, y una gota brillante le colgaba de su gran nariz huesuda. Al hacer a un lado un pequeño macizo de lilas, vi, en un montón de basura, entre cristales rotos una rueda de perfil estrecho que debía haber pertenecido al coche de un niño pequeño. El anciano expresó un gran alivio tras de mí. Presuroso, casi bruscamente, me hizo a un lado y me arrebató el herrumbroso aro. Con un guiño alegre dijo: «Así es que rodó hasta aquí».

Y entonces se me quedó mirando, sus cejas blancas se unieron en un gesto de descontento, y como si se hubiera acordado de algo, dijo con voz impresionante: «Vuélvete de espaldas, Eliseo».

Obedecí, incluso cerré los ojos al hacerlo. Me quedé así durante unos minutos más o menos, pero luego ya no pude controlar mi curiosidad.

El patio estaba vacío, a excepción del viejo perro desgreñado con su hocico canoso que había sacado la cabeza de su caseta y miraba hacia arriba, como una persona, con ojos asustados. Yo también alcé la vista. Elias se había abierto camino hasta el tejado, con el aro de hierro brillando en su espalda. Sobre las chimeneas negras se perfilaba una nube de aurora como si fuera una montaña de tonos naranja, y más allá, una segunda y una tercera. El perro, acallado, y yo observamos juntos cómo el profeta que había alcanzado la cresta del tejado, se alzaba sin precipitación y con toda su calma a la nube y cómo continuaba subiendo pisando pesadamente por masas de suave fuego...

Los rayos de sol alcanzaron su rueda y se convirtió al momento en algo grande y dorado, y también Elias parecía ahora como si estuviera vestido de llamas, que se mezclaban con la nube del paraíso sobre la que seguía caminando siempre más arriba hasta desaparecer en la garganta gloriosa del cielo.

Y el perro decrépito esperó a ese preciso momento para romper su silencio con el ladrido ronco de la mañana. Pequeñas olas cruzaban la superficie brillante de uno de los charcos dejados por la lluvia. La ligera brisa agitaba los geranios de los balcones. Dos o tres ventanas se despertaron. Corrí sin quitarme mis zapatillas empapadas ni mi vieja bata hasta la calle para tomar el primer tranvía que pasara, y levantándome los faldones de la bata, sin parar de reírme de mí mismo mientras corría, me imaginé que, dentro de unos momentos, estaría en tu casa y te empezaría a contar el accidente aéreo de aquella noche y la historia del profeta enfadado que cayó en el patio de mi casa.


Vivía recluido en una cueva profunda, lóbrega, en el mismo corazón de una montaña rocosa, alimentándose tan sólo de murciélagos, ratas y mantillo. Es verdad que, ocasionalmente, algún cazador de estalactitas o algún viajero curioso llegaba merodeando hasta la cueva, y su visita acababa resultando un verdadero festín. Entre sus recuerdos más placenteros se contaba el de un bandolero que trataba de escapar a la justicia y el de dos perros que alguien había soltado en la cueva con el fin de asegurarse de que existía un pasadizo que llegaba hasta el otro lado de la montaña. La naturaleza en torno a aquel lugar era salvaje, las rocas estaban salpicadas de nieve porosa y unas cascadas batían el aire con su rugido helado. El había sido incubado hacía unos mil años y, quizás porque su llegada a la vida se produjo de forma bastante inesperada —el inmenso huevo se rompió gracias al impacto de un relámpago en una noche de tormenta—, el dragón resultó ser más bien cobarde y no demasiado inteligente. Además, la muerte de su madre le había afectado mucho... Durante mucho tiempo su madre había sido el terror de los pueblos vecinos, había escupido fuego por su boca, provocando el enfado del rey que consecuentemente ordenó que su guarida estuviera constantemente vigilada por caballeros, los cuales eran destrozados y devorados por ella como si fueran nueces. Pero en una ocasión se tragó a un corpulento jefe real, y después se tumbó a echar la siesta sobre una roca al sol, y el gran Ganon en persona llegó al galope con su armadura de hierro, en un corcel negro cubierto de malla de plata. La pobre, soñolienta, trató de retirarse, su grupa verde y oro llameando como fuego al viento, pero el caballero cargó contra ella y consiguió atravesar el suave pecho blanco con su lanza. Ella se derrumbó y rápidamente el corpulento caballero surgió de la herida rosa, con el corazón enorme y todavía humeante bajo el brazo.

El joven dragón contempló todo esto escondido detrás de una roca y, desde entonces, no podía pensar en los caballeros sin ponerse a temblar. Se retiró a las profundidades de la cueva, de la que nunca salió. Y así pasaron diez siglos, el equivalente a veinte años para un dragón.

Y entonces, de repente, se sintió presa de una melancolía insoportable... De hecho, el alimento putrefacto de la cueva le producía problemas gástricos feroces, dolores y ruidos desagradables. Tardó nueve años en tomar una determinación, pero finalmente, al décimo año se decidió. Despacio y con cautela, con un movimiento sinuoso de los anillos de su cola que se recogían para luego extenderse sobre el suelo, reptó fuera de su cueva.

De inmediato se dio cuenta de que era primavera. Las rocas negras, mojadas todavía con la lluvia reciente, brillaban todas; la luz del sol hervía en el torrente de la montaña; el aire estaba impregnado de caza salvaje. Y el dragón, olfateando con todas sus fuerzas, empezó su descenso hacia el valle. Su estómago satinado, blanco como los lirios, casi rozaba el suelo, unas manchas carmesí destacaban en sus flancos verdes, y las duras escamas se fundían, en su espalda, en una sierra de dientes de fuego, una cresta de rojizas grupas dobles que disminuían de tamaño al llegar a la cola flexible, poderosa y siempre en movimiento. Su cabeza era suave y verdosa; de su labio inferior, lleno de verrugas, colgaban burbujas de moco llameantes y sus gigantescas patas cubiertas de escamas, dejaban a su paso huellas profundas, concavidades en forma de estrella.

Lo primero que vio al descender al valle fue un tren que viajaba a lo largo de las laderas rocosas. La primera reacción del dragón fue de placer, porque confundió al tren con un pariente con el que podía jugar. No sólo eso, pensó que bajo aquella concha dura y brillante tenía que haber, con toda seguridad, una carne muy tierna. Así que se dispuso a seguirlo, con sus pies abofeteando el suelo con un ruido húmedo y seco, pero, justo cuando estaba a punto de engullir al último vagón, el tren se metió en un túnel. El dragón se detuvo, introdujo la cabeza en la guarida negra en la que se había perdido su presa, pero no consiguió meterse allí dentro. Se despachó con un par de estornudos tórridos que lanzó en aquellas profundidades y luego sacó la cabeza, se sentó en los flancos traseros y se dispuso a esperar —quién sabe, a lo mejor volvía a salir corriendo de aquel agujero. Después de aguardar durante algún tiempo sacudió la cabeza y emprendió la marcha. Justo en aquel momento un tren salió a toda velocidad de la guarida negra, emitió un furtivo relámpago de fulgor en el cristal de sus ventanas, y desapareció tras una curva. El dragón volvió la vista herido y, alzando la cola como una pluma, reanudó su viaje.

Caía la noche. La niebla flotaba sobre los campos de hierba. La bestia gigante, grande como una montaña de verdad, fue vista por algunos campesinos que regresaban a sus casas, y que quedaron petrificados de asombro. Un cochecillo que pasaba deprisa por la carretera vio cómo le explotaban las cuatro llantas de puro miedo, dio una vuelta de campana y acabó en una zanja. Pero el dragón seguía caminando, sin darse cuenta de nada; desde lejos le llegaba el aroma cálido de la masa de humanos concentrados, y hacia allí dirigía sus pasos. Y, de nuevo, contra la extensión azul del cielo nocturno, se alzaron frente a él las negras chimeneas de las fábricas, guardianes de una gran ciudad industrial.

Los personajes principales de esta ciudad eran dos: el propietario de la Compañía de Tabaco Milagro y el de la Compañía de Tabaco Casco de Hierro. Entre ambos hervía el odio de una hostilidad acerba y antigua como el tiempo, sobre la que se podría escribir todo un poema épico. Rivalizaban en todo —en los colores abigarrados de sus anuncios, en sus técnicas de distribución, en sus precios, en sus relaciones laborales—, pero no había manera de saber quién era el ganador en esta guerra continua. Aquella noche memorable, el propietario de la Compañía Milagro se quedó hasta muy tarde en su despacho. Junto a él, sobre su mesa, había una pila de anuncios nuevos, recién salidos de imprenta que los obreros de la cooperativa iban a pegar por la ciudad al amanecer.

De repente, una campana rompió el silencio de la noche y, unos segundos más tarde, entró un hombre pálido, macilento, con una verruga como una bardana en la mejilla derecha. El propietario le conocía: era el dueño de una taberna modelo que la Compañía Milagro había abierto en las afueras de la ciudad.

—Van a dar las dos de la mañana, amigo mío. La única justificación que se me ocurre para su visita ha de ser un acontecimiento de inusitada importancia.

—Exactamente —dijo el tabernero en un tono tranquilo, aunque la verruga no dejaba de moverse. Esto es lo que contó:

Había echado a la calle a cinco obreros completamente borrachos. Debían de haber visto algo extraordinariamente raro en el exterior, porque todos ellos se echaron a reír: «Oh, oh, oh —gruñía una de las voces—, igual es que he bebido de más, ya que veo ante mis narices, grande como la vida, la hidra contrarrevoluciona...».

No tuvo tiempo de terminar, porque se produjo un estallido, un ruido aterrador, poderoso, y alguien dio un grito. El tabernero salió fuera a ver qué pasaba. Un monstruo, brillando en las tinieblas como una montaña mojada, se estaba tragando algo enorme, con la cabeza inclinada hacia atrás, dejando al descubierto su cuello blanquecino que al moverse conformaba como una cadena de colinas; se tragaba aquello y chupaba los huesos, sin dejar de balancearse con todo su cuerpo, hasta que finalmente se acomodó tumbado en medio de la calle.

—Creo que se ha quedado dormido —acabó el tabernero, sujetándose su verruga crispada con el dedo.

El propietario de la fábrica se levantó. Los robustos empastes de sus muelas destelleaban con el fuego dorado de su inspiración. La llegada de un dragón de carne y hueso no le sugería otro sentimiento distinto del deseo apasionado que guiaba su existencia entera, el deseo de infligir una derrota a la compañía rival.

—¡Eureka! —exclamó—. Escucha, buen hombre, ¿hay algún otro testigo?

—No creo —replicó el otro—. Estaba todo el mundo en la cama, y decidí no despertar a nadie y venir directamente a verle. Para evitar el pánico.

El propietario de la fábrica se puso el sombrero.

—Espléndido. Coge esto, no, no hace falta que cojas toda la pila, cuarenta serán suficientes, y trae también esa lata y el cepillo. Y ahora, muéstrame el camino.

Salieron a la noche oscura y muy pronto se encontraron en la calle tranquila en cuyo extremo, según el tabernero, reposaba un monstruo. Primero, a la luz de una solitaria farola amarilla, vieron a un policía boca abajo en medio de la calzada. Luego se supo que, mientras hacía su ronda nocturna, se había topado con el dragón y se había dado tal susto que se quedó boca abajo petrificado en aquella posición. El propietario de la fábrica, un hombre del tamaño y fuerza de un gorila, lo volvió a su posición vertical y lo apoyó contra el poste de la farola, y luego se acercó al dragón. El dragón estaba dormido, como no podía ser menos. Resulta que los individuos que había devorado estaban empapados en vino, y se habían reventado entre sus mandíbulas. El alcohol, en un estómago vacío, se le había subido directamente a la cabeza por lo que había dejado caer la fina película de sus pestañas con una sonrisa de beatitud. Estaba tumbado con las patas delanteras recogidas bajo su panza, y el resplandor de la farola destacaba el brillo de los arcos de sus dobles protuberancias vertebrales.

—Saca la escalera —dijo el propietario de la fábrica—. Y yo mismo procederé a pegarlas.

Y escogiendo las zonas planas de los flancos verdes y viscosos del monstruo, empezó a extender sin prisa pasta de pegar en las escamas de la piel colocando después en ella enormes carteles de propaganda. Cuando hubo utilizado todas las hojas disponibles, le dio al tabernero un apretón de manos significativo y, dando chupadas contundentes a su puro, volvió a casa.

Y llegó la mañana, una magnífica mañana de primavera dulcificada con una neblina lila. Y de repente la calle volvió a la vida con un clamor alegre, excitado, las puertas y también las ventanas se cerraban de golpe, la gente se apresuraba a bajar a la calle, mezclándose con todos aquellos que corrían hacia algún lugar sin parar de reírse. Lo que veían era un dragón que parecía de carne y hueso, cubierto completamente con anuncios de colores, que no paraba de chasquear su cuerpo contra el asfalto. Tenía un cartel pegado incluso en la calva coronilla de la cabeza. «FUME SÓLO BRAND», retozaban las letras azul y carmesí de los anuncios. «LOS LOCOS SON LOS ÚNICOS QUE NO FUMAN MIS CIGARRILLOS», «LOS CIGARRILLOS MILAGRO CONVIERTEN EL AIRE EN MIEL», «¡MILAGRO, MILAGRO, MILAGRO!».

Realmente es un milagro, decía la gente sin parar de reír, y cómo lo habrán hecho, ¿será una máquina o habrá gente dentro?

El dragón estaba destrozado después de su borrachera involuntaria. El vino barato le había revuelto el estómago, se sentía débil, y pensar en el desayuno lo ponía peor. Además, le atormentaba un agudo sentimiento de vergüenza, la insoportable timidez de una criatura que se encuentra por primera vez en presencia y rodeado de una multitud. En verdad que lo que deseaba en aquel momento era volver lo más pronto posible a su cueva, pero eso habría sido aún más vergonzante, así que siguió con su inexorable marcha a través de la ciudad. Unos hombres que llevaban unos carteles a la espalda le protegían de los curiosos y de los chavales que querían deslizarse bajo su vientre blanco, encaramarse a lo alto de su espalda o tocarle el hocico. Había música, gente que miraba asombrada desde cada ventana, y detrás del dragón marchaba una procesión de automóviles en fila india, en uno de los cuales iba repantigado el propietario de la fábrica, el héroe del día.

El dragón caminaba sin mirar a nadie, consternado ante el regocijo que había provocado.

Mientras tanto, en una oficina soleada, el fabricante rival, el propietario de la Compañía del Gran Casco de Hierro, recorría sin descanso y con los puños cerrados, en un gesto de exasperación, una alfombra suave como el musgo. Junto a una ventana abierta y sin dejar de observar tamaña procesión, se encontraba su novia, una menuda bailarina de cuerda floja.

—Esto es un ultraje —gritaba sin cesar el fabricante, un hombre de mediana edad, calvo, con bolsas azules bajo los ojos—. La policía debería poner fin a semejante escándalo... ¿Cómo y cuándo ha conseguido llenar con carteles a ese muñeco relleno?

—Ralph —gritó de repente la bailarina, dando palmadas—. Ya sé lo que tienes que hacer. En el circo tenemos un número que se llama El Torneo y...

Con un suspiro tórrido, mirándole desorbitada con sus ojos de muñeca ribeteados de rímel, le contó su plan. El rostro del fabricante rebosaba de satisfacción. Al minuto siguiente ya estaba en el teléfono hablando con el manager del circo.

—Ya está —dijo el fabricante, colgando el teléfono—. El títere está hecho de goma. Veremos lo que queda de él cuando le hayamos dado un buen pinchazo.

Mientras tanto, el dragón había cruzado el puente, la plaza del mercado y la catedral gótica, que le despertó recuerdos repugnantes, había continuado por el bulevar principal y cuando se disponía a atravesar una gran plaza, apareció, abriéndose paso entre la multitud, un caballero armado, que se dirigía a la carga contra él. El caballero llevaba una armadura de hierro, con la visera baja, un penacho fúnebre en el casco y cabalgaba a lomos de un impresionante caballo negro con cota de malla. Junto a él unas mujeres vestidas de pajes portaban las armas, con unos pendones pintorescos diseñados a toda velocidad en los que se anunciaba: «GRAN CASCO», «FUME SÓLO GRAN CASCO DE HIERRO», «CASCO DE HIERRO ES EL MEJOR». El jinete del circo que se hacía pasar por caballero hincó espuelas y aprestó su lanza. Pero por alguna razón el corcel empezó a retroceder, echando espuma, y luego, de repente se alzó de manos para acabar dejándose caer pesadamente sobre sus cuartos traseros. Derribó al caballero, que cayó al asfalto, con semejante estrépito que hubiera podido pensarse que alguien había tirado la vajilla entera por la ventana. Pero el dragón no vio nada de esto. Al primer movimiento del caballero se detuvo abruptamente, y luego, se dio la vuelta a toda velocidad, derribando a su paso con la cola a dos ancianas que contemplaban la escena desde un balcón, y aplastando a los espectadores que habían comenzado a dispersarse, emprendió la huida. De un salto, se colocó fuera de la ciudad, voló a través de los campos, trepó como pudo por las pendientes rocosas, y se zambulló en su caverna sin fondo. Una vez allí, se dejó caer de espaldas, con las patas encogidas y, mostrando su blanco y satinado estómago que no dejaba de temblar bajo las oscuras bóvedas, dio un suspiro profundo, cerró sus ojos asombrados y murió.


Por la mañana he ido al zoo y ahora estoy a punto de entrar en una taberna con mi amigo y compañero de copas. Un cartel azul lleva una inscripción en letras blancas en las que dice «LÓWENBRÁU», junto con la imagen de un león que guiña el ojo y enarbola una jarra de cerveza. Nos sentamos y empiezo a hablarle a mi amigo de tuberías, de tranvías y de otros asuntos importantes.

1. Las tuberías

Delante de la casa en la que vivo hay una tubería negra gigante tendida a lo largo del borde externo de la acera. A unos pies de la misma, en hilera, hay otra, y luego una tercera y una cuarta —las entrañas de hierro de las calles, todavía ociosas, antes de descender a la tierra, a las profundidades que se extienden bajo el asfalto. En los primeros días, tras su descarga de los camiones que vino acompañada de un estruendo hueco de metales, los chiquillos corrían a lo largo de las mismas y reptaban a cuatro patas por aquellos túneles redondos, pero una semana más tarde los niños dejaron de jugar y empezó a caer una espesa nieve; y ahora, cuando a la luz gris y opaca de la primera mañana me aventuro hasta la calle, sondeando precavidamente la traicionera superficie helada de la acera con mis sólidas suelas de goma, una tira uniforme de nieve recién caída se extiende a lo largo de la parte superior de cada una de las tuberías, mientras que en su interior, en la boca propiamente dicha de la tubería, que se encuentra en el lugar más cercano al punto donde los raíles dibujan una curva, el reflejo de un tranvía que todavía no ha apagado sus luces se desliza majestuoso como un relámpago de brillo naranja. Hoy alguien escribió «Otto» con el dedo en la tira de nieve virgen y yo pensé que aquel nombre, con sus dos suaves oes flanqueando la pareja de dulces consonantes, se adaptaba de forma muy hermosa a la capa silenciosa de nieve sobre aquella tubería con dos agujeros y su tácito túnel.

2. El tranvía

El tranvía habrá desaparecido dentro de veinte años, lo mismo que el coche de caballos ha desaparecido hoy en día. Yo le encuentro ya un cierto aire antiguo, una especie de encanto pasado de moda. Todo en él es un punto torpe y desvencijado y, cuando toma una curva demasiado rápido, y el trole se sale del cable y el revisor o uno de los pasajeros se asoma por la parte trasera del coche a mirar a lo alto y a tirar de la cuerda hasta que consigue que el trole vuelva a su lugar, siempre pienso que en más de una ocasión los cocheros de antaño debieron haber perdido la fusta, ante lo cual no habrían tenido más remedio que refrenar su tronco de cuatro caballos y mandar al mozo, sentado a su lado en el pescante con su librea de largos faldones, a buscarla, mientras ellos seguían su camino avisando con bocinazos estridentes cuando el coche, restallando con estrépito sobre los adoquines, atravesara un pueblo.

El revisor que distribuye los billetes tiene unas manos muy extrañas. Se mueven con la misma agilidad que las de un pianista, pero en lugar de ser fláccidas, sudorosas y de uñas suaves, las manos del revisor son tan toscas que cuando por casualidad, al darle el dinero, le tocas la palma de la mano, que parece haber desarrollado una dura corteza como quitinosa, sientes una especie de malestar moral. Son unas manos extraordinariamente ágiles y eficaces, a pesar de su dureza y del grosor de sus dedos. Yo observo lleno de curiosidad cómo agarra el billete entre sus dedos gruesos con uñas tan negras y cómo lo pica en dos sitios distintos, cómo registra su cartera de piel y cómo saca unas monedas para devolver el cambio, y cómo cierra la cartera inmediatamente y tira de la cuerda del timbre o cómo, con un simple empujón del pulgar, abre de golpe la ventanilla de la puerta de delante para entregar los billetes a los pasajeros de la plataforma delantera. Y mientras tanto, el coche no deja de moverse, los pasajeros que están de pie en el pasillo se agarran a las correas del techo y se balancean de un lado a otro, mientras que a él no se le cae al suelo ni una moneda ni tampoco se le rompe un billete al sacarlo del rollo. En estos días de invierno la parte inferior de la puerta delantera lleva una cortina verde, las ventanas están cubiertas de hielo, y en todas las paradas hay un puesto de venta de árboles de Navidad, los pies de los pasajeros están entumecidos de frío, y a veces unos mitones de lana gris cubren las manos del revisor. Al final del trayecto desenganchan el coche delantero que entra en otra vía, hace un giro completo hasta llegar a la vía original y se acerca al resto de la composición por detrás. Hay algo que recuerda a una hembra sumisa en la forma en que el coche de atrás espera hasta que el primer coche, el macho, llega chisporroteando en una llama, se acerca y se le engarza. Y (salvo por lo que respecta a la metáfora biológica) me recuerdan cómo, hace unos dieciocho años en San Petersburgo, solían desenganchar a los caballos y llevarlos alrededor del tranvía con su panza azul.

El coche de caballos ha desaparecido, igual que desaparecerá el tranvía eléctrico, y habrá algún excéntrico escritor berlinés en los años veinte del siglo XXI que, cuando quiera describir nuestra época, irá a un museo tecnológico y localizará un tranvía centenario, amarillo, tosco, con antiguos asientos curvos, y en un museo de trajes antiguos escarbará hasta sacar a la luz el negro uniforme de botones brillantes de un revisor. Entonces volverá a su casa y compilará una descripción de las calles de Berlín en los tiempos ya idos. Cada cosa, cada minucia, tendrá su valor y su sentido: la cartera del revisor, el anuncio sobre la ventana, aquel movimiento o traqueteo preciso que nuestros biznietos quizás se imaginarán..., todo quedará ennoblecido y justificado en razón de su antigüedad.

Yo pienso que en esto radica el sentido de la creación literaria: en la descripción de objetos ordinarios tal y como quedarán reflejados en los espejos amables de los tiempos futuros; en encontrar en los objetos que nos rodean la ternura fragante que sólo la posteridad podrá discernir y apreciar en los lejanos tiempos venideros en los que cada minucia de nuestra aburrida vida cotidiana se convertirá en algo exquisito y festivo por derecho propio: los tiempos en los que un hombre que se haya puesto la chaqueta más común de nuestros días se transmutará en un caballero disfrazado con las galas más elegantes y presto a asistir a un baile de máscaras.

3. Oficios

Aquí tenemos una serie de ejemplos de los diversos tipos de oficios que observo desde el tranvía abarrotado, donde siempre puedo contar con una mujer compasiva que me ceda el asiento junto a la ventana, mientras trate por todos los medios de no mirarme a la cara.

En un cruce, han picado la calzada junto a las vías; cuatro obreros, por turno, tratan de meter una estaca de hierro golpeándola con unos mazos; cuando el primero da el primer golpe, un segundo hombre ya apresta su mazo en el aire con un movimiento oscilante y certero; el segundo mazo se estrella con estrépito y se alza al cielo cuando ya el tercero y el cuarto golpean por turnos en secuencia rítmica. Yo escucho sus golpes pausados como cuatro notas sucesivas de un carillón de hierro.

Un panadero pasa raudo con una gorra blanca en su triciclo; hay algo angélico en un muchacho cubierto de harina. Una camioneta pasa cascabeleando, con cajas que contienen hilera tras hilera de botellas vacías de brillo esmeralda recogidas en los bares y tabernas. Un largo alerce negro viaja misterioso en un carro. El árbol descansa inmóvil; la copa tiembla levemente, mientras que las raíces llenas de tierra, envueltas en tosca arpillera, forman en su base una enorme esfera beige que parece una bomba. Un cartero, que ha colocado la boca de un saco bajo un buzón color cobalto, lo vuelca desde abajo, y en secreto, invisible, con un susurro apresurado, el buzón se vacía y el cartero cierra con un golpe las mandíbulas cuadradas del saco, que ahora está lleno y pesado. Pero quizás lo más hermoso de todo sean las reses abiertas en canal, amarillo cromo con manchas rosadas y con arabescos, amontonadas en un camión, y el hombre con el delantal y la capucha de piel con su faldón cubriéndole el cuello, que levanta cada animal y se lo echa a la espalda y que, encogido, lo lleva por la acera hasta la carnicería roja.

4. Edén

Toda ciudad grande tiene su propio jardín del Edén en la tierra, construido por los hombres.

Si las iglesias nos hablan del Evangelio, los zoos nos recuerdan los comienzos solemnes, y tiernos, del Antiguo Testamento. Lo único triste de este jardín del Edén artificial es que todo él esta enrejado, aunque también es verdad que si no existieran recintos cercados me vería atacado por el primer dingo con el que me cruzara. Con todo y con ello, no deja de ser el Paraíso, en cuanto que el hombre ha sido capaz de reproducirlo, y con toda razón el gran hotel que se levanta frente al Zoo de Berlín recibe su nombre del citado jardín.

En invierno, cuando han recogido a los animales tropicales, recomiendo visitar los anfibios, los insectos y los peces. En el vestíbulo oscuro, las filas de ventanas iluminadas tras cuyos cristales se exhiben los animales parecen las portillas a través de las cuales el capitán Nemo contemplaba desde su submarino a las criaturas marinas que ondeaban entre las ruinas de Atlantis. Detrás del cristal, en recovecos iluminados, los peces transparentes se deslizan con sus aletas relucientes, las flores marinas respiran y, en un bancal de arena vive una estrella de cinco puntas carmesí. Aquí es, pues, donde se originó el famoso emblema —en el fondo mismo del océano, en las tinieblas de la hundida Atlantis, que hace muchos años sobrevivió a diversas vicisitudes, desentendiéndose de las utopías del momento y de otras necedades que nos paralizan hoy en día.

Oh, y no se te ocurra perderte las tortugas gigantes sobre todo cuando les están dando de comer. Estas antiguas y pesadas cúpulas córneas fueron traídas de las Islas Galápagos. Con cierta circunspección decrépita, una cabeza plana toda arrugada y dos patas totalmente inútiles, emergen a cámara lenta desde su bóveda de setenta kilos. Y con su espesa lengua de esponja que de alguna forma recuerda a la de un idiota cacológico que vomitara sin ningún decoro su lenguaje monstruoso, la tortuga hunde la cabeza en un montón de verduras mojadas y se pone a masticar sus hojas sin orden ni concierto.

Pero esa bóveda que las cubre..., ah, esa bóveda, ese bronce sin edad, patinado, apagado, esa espléndida carga de tiempo...

5. La taberna

—Es una guía muy mala —me dice sombrío mi habitual compañero de copas—. ¿A quién le importa que tomaras un tranvía para ir al Aquarium de Berlín?

La taberna en la que estamos está dividida en dos partes, una grande, la otra algo más pequeña. Una mesa de billar ocupa el centro de la primera; hay unas cuantas mesas en las esquinas; una barra enfrente de la puerta de entrada, y botellas en los estantes detrás de la barra. En la pared, entre las ventanas, cuelga una serie de periódicos y revistas montados en una vara de madera como si fueran estandartes de papel. Al fondo hay un pasillo amplio a través del cual se ve un cuarto pequeño y arrebujado con un sofá verde bajo un espejo, del que sobresale una mesa ovalada con un hule a cuadros que ocupa sólidamente el espacio delante del sofá. Esa habitación es parte del piso modesto y exiguo del tabernero. Su mujer, de pechos Caídos y belleza ya ajada, le está dando la sopa a un niño rubio.

—Carece de interés —afirma mi amigo con un bostezo lúgubre—. ¿Qué importan las tortugas y los tranvías? En cualquier caso, el asunto en sí es aburridísimo. Una aburrida ciudad extranjera y además cara, por no hablar de...

Desde nuestro sitio junto a la barra se veía con toda precisión el sofá, el espejo y la mesa al fondo, al final del pasillo. La mujer recoge la cena. Con los codos apoyados en la mesa, el niño mira una revista ilustrada enroscada inútilmente en su vara de madera.

—¿Pero qué es lo que ves ahí? —me pregunta mi compañero y se da la vuelta lentamente, con un suspiro, y al hacerlo la silla cruje ruidosa bajo su peso.

Y allí, bajo el espejo, el niño sigue sentado solo. Pero ahora mira hacia nosotros. Desde allí ve el interior de la taberna: la isla verde de la mesa de billar, la pelota de marfil que tiene prohibido tocar, el brillo metálico de la barra, un par de camioneros gordos sentados a una mesa y a nosotros dos en otra. Hace tiempo que se ha acostumbrado a esta escena y ya no le espanta su cercanía. Y sin embargo, hay algo que sé. Sea cual sea su vida, siempre recordará la escena que veía todos los días de su infancia desde la pequeña habitación donde se comía la sopa. Recordará la mesa de billar y el parroquiano que, noche tras noche, en mangas de camisa, apoyado en la mesa de billar, echaba atrás su codo blanco y golpeaba la bola con su taco, y el humo gris azulado de los puros, y el alboroto de las voces, y mi manga derecha vacía y mi rostro lleno de cicatrices, y su padre detrás de la barra, sirviéndome una jarra de cerveza de barril.

—No entiendo qué ves ahí —dice mi amigo, volviéndose hacia mí.

—¡Qué! ¿Cómo demostrarle que he vislumbrado los futuros recuerdos de una persona?


Por las mañanas, si el sol me invitaba a ello, salía de Berlín y me iba a nadar. En la terminal de la línea del autobús, en un banco verde, esperaban los conductores, hombres fornidos con unas enormes botas sin punta, sentados a descansar saboreando sus cigarrillos, frotándose de cuando en cuando sus manos inmensas, que olían a metal; contemplaban a un hombre con un delantal de piel mojado que regaba el matorral de brezo que ya echaba sus primeras flores junto a los cercanos raíles; el agua salía a borbotones de una manguera reluciente en una especie de abanico plateado flexible, que lo mismo volaba bajo los rayos del sol, como se abatía delicada sobre las ramas palpitantes. Con la toalla enrollada bajo el brazo, yo pasaba ante ellos, caminando a buen ritmo hacia el extremo del bosque. Allí, los esbeltos troncos de los pinos, que crecían robustos, toscos y pardos por abajo, color carne más arriba, estaban salpicados con fragmentos de sombra, y la hierba enfermiza bajo los pinos aparecía rociada con jirones de periódicos y retazos de sol que parecían complementarse los unos a los otros. De repente el cielo dividió alegremente los árboles, y yo bajé por las olas plateadas de arena hasta el lago, donde las voces de los bañistas rompían el aire para después apagarse, y donde unas oscuras cabezas se divisaban moviéndose y balanceándose sobre la superficie luminosa y lisa. En la orilla, tumbados de frente y de espaldas, los cuerpos mostraban pieles con distinto grado de exposición solar; algunos todavía tenían una especie de erupción rosada en los hombros, otros brillaban como el cobre o lucían el tono fuerte del café con leche. Yo me quitaba la camisa, e inmediatamente el sol me vencía con su ternura ciega.

Y todas las mañanas, a las nueve en punto, el mismo hombre aparecía junto a mí. Era un alemán mayor, un poco zambo, vestido con chaqueta y pantalones de corte casi militar, con una gran calva que el sol había suavizado con un brillo rojizo. Traía consigo un paraguas del color de un cuervo viejo y un fardo atado cuidadosamente, que inmediatamente se convertía en una manta gris, una toalla de playa y una remesa de periódicos. Extendía con cuidado la manta sobre la arena, se quitaba toda la ropa, excepto un traje de baño que con toda previsión llevaba bajo los pantalones, y se tumbaba cómodamente sobre la manta, ajustaba el paraguas sobre su cabeza de manera que sólo su cara permaneciera en la sombra, y se enfrascaba en sus periódicos. Yo le observaba con el rabillo del ojo, fijándome en el pelo oscuro, lanudo y aparentemente peinado con esmero que cubría sus fornidas piernas zambas, y también su barriga prominente cuyo ombligo profundo dirigía su mirada al cielo como si fuera un ojo, y me divertía tratando de adivinar quién podría ser aquel piadoso adorador del sol.

Pasábamos horas tirados sobre la arena. Las nubes de verano se deslizaban en una caravana fluctuante —nubes en forma de camello, nubes en forma de tiendas de campaña. El sol trataba de colarse entre ellas, pero ellas lo barrían con su filo cegador; el aire se oscurecía, y finalmente el sol volvía a madurar, pero siempre era la orilla contraria la que se iluminaba primero; nosotros permanecíamos en la sombra regular e incolora, mientras que al otro lado, la cálida luz ya había comenzado a desparramarse. Las sombras de los pinos revivían en la arena; unas figuras desnudas llamearon de repente, modeladas por el sol; y de pronto, como un enorme óculo feliz, el resplandor se abrió paso para englobarnos también a nosotros. Y entonces me puse de pie de un salto, la arena gris me escaldaba levemente las plantas de los pies en mi camino hasta el agua, contra la que chocó mi cuerpo con estrépito. ¡Qué agradable era secarse después con los rayos ardientes del sol y sentir cómo sus labios ávidos iban bebiendo poco a poco las perlas frescas que quedaban en tu cuerpo desnudo!

Mi alemán cierra de golpe su sombrilla y, con las piernas todavía temblando cautelosas, se encamina a su vez hacia el agua; llegado allí, se humedece primero la cabeza, como suelen hacer los bañistas de una cierta edad, y a continuación empieza a nadar con movimientos amplios y seguros. Un vendedor de golosinas pasa por la orilla, anunciando su mercancía. Otros dos, en traje de baño, pasan corriendo con un cubo de pepinos, y mis vecinos al sol, unos tipos algo rudos con cuerpos muy hermosos, repiten los gritos tersos de los vendedores imitándoles con habilidad. Un niño desnudo, completamente negro debido a la arena mojada que se le pega al cuerpo, pasa con andares de pato delante de mí, y su pito suave y pequeño se balancea alegre entre sus piernecitas gordas y torpes. Cerca está su madre, una atractiva mujer joven, medio vestida; sentada, se peina su larga cabellera oscura, sujetando las horquillas entre los dientes. Más lejos, en el mismo borde del bosque, unos jóvenes bronceados juegan con fuerza, lanzando la pelota de fútbol con una sola mano, en un movimiento que revive el inmortal gesto del Discóbolo; y ahora una brisa hace bullir los pinos con un susurro ático, y yo sueño que todo nuestro mundo, como esa pelota grande y dura, ha vuelto a volar en sentido contrario describiendo un arco maravilloso hasta llegar a la empuñadura de un desnudo dios pagano. Mientras tanto, un aeroplano, con una exclamación eólica, se alza sobre los pinos, y uno de los atezados atletas interrumpe su juego para mirar al cielo donde dos alas azules corren veloces hacia el sol con un zumbido que es como el éxtasis de Dédalo.

Yo le quiero contar todo esto a mi vecino cuando sale del agua, respirando profundamente y mostrando sus irregulares dientes, y se tumba sobre la arena, y sólo mi precario conocimiento del vocabulario alemán impide que me entienda. Aunque no me comprende me contesta con una sonrisa que afecta a todo su ser, la calva brillante de su cabeza, el matorral negro de su bigote, su alegre barriga carnosa recorrida en su centro por un sendero lanudo.

Llegué a enterarme de su profesión tiempo después, por puro accidente. Un día, a la hora del crepúsculo, cuando el rugido de los coches se había apaciguado y las colinas de naranjas de los carros de los vendedores ambulantes habían adquirido una luminosidad sureña en el aire azul, me encontré caminando por un barrio apartado y entré en una taberna a aplacar esa sed vespertina que tan bien conocen los vagabundos urbanos. Mi alegre alemán se erguía tras la barra reluciente, vigilando la espita que derramaba una espesa corriente amarilla, quitaba la espuma sobrante con una pequeña espátula de madera, permitía que se desbordara generosamente por los bordes de la jarra. Un camionero macizo, pesado, con un bigote gris enorme se apoyaba en la barra, observando la espita y escuchando la cerveza que silbaba como si fuera orina. El anfitrión alzó la vista, sonrió amistosamente y me tiró una cerveza también a mí, tras lo cual metió de golpe en un cajón mi moneda que cayó con un ruido metálico. Junto a él, una joven con un vestido de cuadros, rubia, con codos rosados y puntiagudos, lavaba los vasos y los secaba luego hábilmente con un trapo crujiente. Aquella misma noche me enteré de que era su hija, de que se llamaba Emma, y de que se apellidaba Krause. Me senté en un rincón y me dispuse a beber lentamente la ligera cerveza guarnecida de blanco, con su regusto un punto metálico. Era una taberna bastante común: un par de carteles en los que se anunciaban bebidas, unos cuantos cuernos de venado y un techo bajo y oscuro festoneado con banderas de papel, reliquias de algún festival. Detrás de la barra, las botellas relucían en sus estantes, y más arriba un anticuado reloj de cuco en forma de cabaña resonaba con fuerza. Una estufa de hierro arrastraba su chimenea redonda a lo largo de la pared para después perderla entre el abigarramiento de las banderas del techo. El blanco sucio del cartón de los salvamanteles destacaba entre la madera de las mesas desnudas. En una de las mesas, un hombre soñoliento con unos apetitosos pliegues de grasa en el cuello y un tipo taciturno de dientes blancos —un linotipista o quizá un electricista, a juzgar por su aspecto— jugaban a los dados. Todo estaba tranquilo y en paz. Sin apresurarse, el reloj insistía en su labor seccionando el tiempo en unidades secas y uniformes. Emma hacía chocar los vasos sin dejar de mirar hacia un rincón donde, en un estrecho espejo cortado en su mitad por el oro de las letras de un anuncio, se reflejaba el perfil aquilino del electricista y también su mano sosteniendo el negro cubo cónico con los dados dentro.

A la mañana siguiente volví a cruzarme con los fornidos conductores, con el abanico de agua pulverizada sobre el que se cernía momentáneo un arco iris, y me encontré de nuevo en la orilla soleada, donde Krause ya se había instalado tumbado al sol. Sacó su rostro sudoroso de debajo de la sombrilla y empezó a hablar —del agua, del calor. Yo me tumbé, cerrando los ojos para defenderme del sol, y cuando los volví a abrir todo a mi alrededor era de color azul pálido. De repente, entre los pinos de la carretera soleada que bordeaba el lago, apareció una camioneta, seguida de un policía en bicicleta. Dentro de la camioneta, gritando con desesperación, se agitaba un perro pequeño que acababan de capturar. Krause se puso en pie y gritó con todas sus fuerzas: «¡Ten cuidado! ¡Cazaperros!». Y al momento alguien se unió a su grito y en seguida otros le imitaron, como si todas las gargantas se hubieran puesto de acuerdo, en un arco de voz a lo largo del lago, dejando atrás al cazador de perros, de forma que los dueños de perros, avisados de antemano, corrieron a por sus perros, se apresuraron a ponerles un bozal y a atarles a la correa. Krause escuchaba con placer mientras los gritos se iban perdiendo en la distancia y finalmente afirmó con un guiño bienintencionado: «Le está bien empleado. Ese es el último perro que va a coger».

Empecé a visitar su taberna asiduamente. Me gustaba mucho Emma, sus codos desnudos, su rostro menudo y como de pájaro, sus ojos tiernos, insípidos. Pero lo que más me gustaba era la forma en que miraba a su amante, el electricista, apoyado perezosamente en la barra. Yo le veía de perfil —la siniestra, malévola arruga junto a su boca, su mirada brillante, como de lobo, las cerdas azules de su mejilla hundida y sin afeitar desde hacía tiempo. Ella le miraba con tanto arrobo y tanto amor cuando él le hablaba, traspasándola con su mirada impávida, y ella, entreabriendo los labios, asentía con una confianza tan absoluta, que yo, en mi rincón, experimentaba una sensación maravillosa de alegría y de bienestar, como si Dios me hubiera confirmado la inmortalidad del alma o como si el alma de un genio hubiera alabado mis libros. También llegué a aprenderme de memoria la mano del electricista, siempre húmeda con la espuma de la cerveza; el pulgar de aquella mano apoyado contra la jarra; la inmensa uña negra con una grieta en medio.

La última vez que fui a aquel lugar, era una noche, recuerdo, de bochorno, y todo hacía presagiar una tormenta eléctrica. El viento se puso a rachear violentamente y la gente en la plaza corrió hasta las escaleras del metro; en la cenicienta oscuridad, el viento rasgaba sus vestidos como en el cuadro de La destrucción de Pompeya. El tabernero tenía calor en su pequeña y oscura taberna; se había desabotonado el cuello y estaba cenando melancólico en compañía de dos tenderos. Se estaba haciendo tarde y la lluvia rompía en susurros contra los paños de las ventanas, cuando el electricista llegó. Estaba completamente empapado y destemplado, y murmuró algo desagradable al ver que Emma no estaba en la barra. Krause se mantuvo en silencio, masticando una salchicha gris.

En ese momento tuve la sensación de que estaba a punto de producirse algo extraordinario. Yo había bebido mucho y mi alma —mi ser íntimo, ávido y de mirar penetrante— ansiaba contemplar un espectáculo. Empezó de forma bien simple. El electricista se acercó hasta la barra, se sirvió como quien no quiere la cosa una copa de coñac de una botella chata, se lo bebió de un trago, se limpió la boca con la manga, se echó la gorra hacia atrás y se dirigió a la puerta. Krause dejó el cuchillo y tenedor cruzados sobre el plato y gritó con fuerza: «¡Espera! ¡Son veinte peniques!».

El electricista, que ya tenía la mano en el pomo de la puerta, se volvió.

—Creía que estaba en mi casa.

—¿Es que no piensas pagar? —preguntó Krause.

Y de repente Emma apareció detrás del reloj en el fondo del bar, miró a su padre, después a su amante, y se quedó inmóvil, helada. Encima de ella, el cuco salió de su casita de un salto y volvió a esconderse.

—Ya está bien —dijo el electricista lentamente, y salió.

Al oír aquello, Krause, con una agilidad asombrosa, se levantó y salió corriendo tras él, dando un tirón a la puerta que se quedó abierta.

Yo terminé la cerveza y salí también a la calle, sintiendo el placer de una racha de viento húmedo en el rostro.

Estaban frente a frente, en la negra acera brillante por la lluvia, y ambos no cesaban de gritar. Aunque yo no podía captar todas las palabras, que se iban desgranando en crescendo en aquel jaleo atronador, sí pude distinguir una palabra que se repetía continuamente: veinte, veinte, veinte. Había gente que ya se había detenido a observar la pelea, yo mismo estaba cautivado con ella, con los reflejos de la luz de la farola en sus caras distorsionadas, con el tendón tenso del cuello desnudo de Krause; por alguna razón me recordó una pelea espléndida que tuve yo hace años en una tasca de un puerto con un italiano negro como la pez, en el transcurso de la cual metí la mano sin saber cómo dentro de su boca y traté por todos los medios de apretar y desgarrar la piel húmeda del interior de su cara.

El electricista y Krause gritaban cada vez más. Emma se deslizó tras de mí y se detuvo, sin atreverse a acercarse, limitándose a gritar desesperada: «¡Otto! ¡Padre! ¡Otto! ¡Padre!». Y a cada uno de sus gritos una marejada contenida de risas agudas y como expectantes atravesaba el grupo de gente allí congregada.

Los dos hombres se entregaron ávidos a un combate cuerpo a cuerpo, a puñetazos sordos. El electricista pegaba en silencio, mientras que Krause emitía un gruñido breve a cada golpe que daba. La espalda enjuta de Otto se doblaba, la sangre negra empezó a brotar de su nariz. Repentinamente trató de asir la pesada mano que le golpeaba en la cara, pero, al no conseguirlo, se tambaleó y se derrumbó boca abajo en la acera. La gente corrió a su lado, apartándolo de mi vista.

Recordé que me había dejado el sombrero en la mesa y volví a la taberna. Dentro, todo estaba extrañamente quieto y tranquilo. Emma estaba sentada en una mesa de un rincón con la cabeza apoyada en un brazo extendido. Alzó su rostro cubierto de lágrimas y al momento volvió a dejar caer la cabeza. Con cuidado le di un beso en aquel pelo que olía a cocina, fui a por mi sombrero y me marché.

En la calle todavía quedaba un grupo de gente. Krause, jadeante, como cuando salía del agua en el lago, le estaba dando explicaciones a un policía.

Yo no sé, ni tampoco quiero saber, quién tenía razón o quién la dejaba de tener. Quizá la historia pudiera presentarse bajo una perspectiva ligeramente diferente, quizá pudiera contarse bajo una óptica de cierta compasión en la que se viera cómo la felicidad de un joven se había visto comprometida por mor de una moneda de cobre, cómo Emma pasó toda la noche llorando y cómo, tras quedarse dormida al amanecer, volvió a ver, en sus sueños, la cara enloquecida de su padre mientras golpeaba a su amante. O quizá lo que importe no sea tanto el dolor o el gozo humanos de todo el asunto, sino más bien el juego de las sombras y las luces en un cuerpo animado de vida, la armonía de todas las menudencias y miserias que vinieron a sumarse en aquel día preciso, en aquel momento preciso, de una forma única e inimitable.


1.

Sleptsov regresó del pueblo caminando a través de las nieves que lo empañaban todo y, al llegar a su mansión campestre, se refugió en un rincón, sentado en una butaca de terciopelo que no recordaba haber utilizado con anterioridad. Es el tipo de cosa que sucede después de una gran calamidad. Y no es tu hermano, sino alguien a quien apenas conoces, un vecino que vive en la granja contigua y a quien nunca has concedido demasiada atención, alguien con quien habitualmente apenas intercambias una palabra, quien te conforta con sus palabras sabias y amables, y es él quien te alcanza el sombrero que se te ha caído una vez que ha terminado el funeral, y tú estás roto de dolor, con los dientes que te castañetean y los ojos cegados por el llanto. Lo mismo pasa con los objetos inanimados. Cualquier habitación, incluso la más absurdamente pequeña y acogedora, aquellos aposentos que nunca se habitan ni se utilizan en un ala perdida de la casa de campo, pueden albergar un rincón deshabitado. Y un rincón así era el que ahora albergaba a Sleptsov.

El ala se conectaba, a través de una terraza o galería de madera, obstruida ahora por la nieve acumulada de nuestra Rusia del norte, con la vivienda principal que sólo se utilizaba en verano. No había necesidad de despertarla, de calentarla: el amo había venido de San Petersburgo a pasar sólo un par de días y se había instalado en el anexo, donde bastaba con poner en marcha las estufas blancas de porcelana danesa.

El amo se quedó sentado en su rincón, en aquella butaca de terciopelo, como si estuviera en la sala de espera de la consulta de un médico. La habitación flotaba en la oscuridad; el denso azul de las primeras horas del crepúsculo se filtraba a través de las láminas de cristal de escarcha del paño de la ventana. Ivan, el criado silencioso y corpulento, que se había quitado el bigote no hacía mucho y que ahora se parecía bastante a su padre, el mayordomo de la familia, ya fallecido, trajo un quinqué de gas, dispuesto como es debido y rebozante de luz. Lo depositó en una mesa pequeña y silenciosamente lo introdujo en su pantalla de seda rosa. Un espejo ligeramente inclinado reflejó por un instante su cabello gris y el dorso de su cabeza. Luego se retiró y la puerta se cerró con un crujido suave.

Sleptsov alzó la mano, que tenía apoyada en la rodilla, y se dispuso a examinarla lentamente. La cera de la vela se había derramado y una gota se le había quedado pegada endurecida entre los pliegues de dos dedos. Extendió los dedos y la pequeña escama blanca se desprendió con un chasquido apagado.

2.

A la mañana siguiente, después de pasar una noche entregado completamente a sueños sin sentido, fragmentarios, sin relación alguna con su dolor, cuando Sleptsov salió a la fría terraza, una tabla de la madera del suelo emitió un ruido como el disparo de una pistola bajo sus pies, y los reflejos de múltiples colores de los distintos paños de las ventanas formaron un paraíso de rectángulos cromáticos en los asientos de madera lavada y desnuda, sin cojines, que se alineaban a lo largo de las ventanas y bajo el alféizar. La puerta se le resistió al principio, para luego abrirse con un crujido como de mandíbula lasciva, y la escarcha deslumbrante le hirió en el rostro. La arena rojiza, que alguien había arrojado providencialmente sobre el hielo que cubría los escalones del porche, parecía canela, y de los árboles colgaban ramas de hielo hendidas de un azul verdoso. Los muros de nieve alcanzaban las ventanas del anexo, atrapando con fuerza la pequeña y confortable estructura de madera en sus garras de hielo. Los pequeños túmulos de un blanco cremoso, que albergaban lo que en verano eran macizos de flores, se alzaban ligeramente sobre la nieve del suelo delante del porche, y a lo lejos acechaba el resplandor del parque, donde hasta el más pequeño apéndice de las negras ramas lucía con un borde de plata y los abedules parecían querer recoger sus garras verdes bajo el peso de su carga brillante color de ciruela.

Con altas botas de fieltro y un abrigo de piel con cuello de astracán, Sleptsov se encaminó en línea recta por la única senda abierta en la nieve, hacia aquel paisaje distante y cegador. Se sorprendía de seguir todavía vivo, y de ser capaz de percibir el brillo de la nieve y de sentir que los dientes le dolían al contacto con el frío. Incluso se dio cuenta de que un macizo cubierto de nieve había adquirido la forma de una fuente y de que un perro había dejado una serie de huellas de color azafrán sobre el muro de nieve, marcas ardientes sobre el hielo. Un poco más lejos, los postes de un puente peatonal sobresalían por encima del manto nevado, y al llegar allí Sleptsov se detuvo. Con amargura, con rencor, limpió a golpes la barandilla de aquel manto velludo de nieve. Recordó con absoluta nitidez el aspecto de aquel mismo puente en el último verano. Su hijo caminaba por aquellas tablas resbaladizas, salpicadas de amentos, y con destreza absoluta cazó en su red una mariposa que se había posado en la barandilla. Y en ese preciso momento el hijo vio a su padre. En su rostro se demora juguetona una risa perdida ya para siempre, bajo el ala de un sombrero de paja quemado por el sol; sus manos juegan con la cadena de la bolsa de piel que lleva colgada del cinturón, y abre las piernas tan queridas, tan suaves, morenas, en sus pantalones de lino y sandalias mojadas, con aquella postura tan suya y tan alegre. Murió en San Petersburgo, hace sólo unos días, después de murmurar incoherentemente en su delirio historias diversas acerca del colegio, de su bicicleta, de un gran insecto oriental, y ayer Sleptsov había llevado el ataúd —agobiado, parecía, con el peso de toda una vida— al campo, al panteón familiar junto a la iglesia del pueblo.

Estaba todo tan silencioso y tranquilo como sólo puede estarlo un día helado de sol. Sleptsov alzó la pierna, salió del sendero dejando tras de sí huellas azules en la nieve y se abrió camino, entre los troncos de unos árboles inquietantemente blancos, hasta llegar al lugar donde el parque terminaba abruptamente cortado por el río. Más abajo, los bloques de hielo resplandecían junto a un agujero que quebraba la limpia sábana de hielo y, en la ribera opuesta, unas columnas muy rectas de humo rosa se alzaban por encima de los tejados nevados de las cabañas de madera. Sleptsov se quitó el gorro de astracán y se apoyó en el tronco de un árbol. En algún lugar en la distancia unos campesinos estaban cortando leña, cada golpe rebotaba con estruendo hacia el cielo, y más allá de la niebla plateada de los árboles, por encima de las isbas achaparradas, el sol hería con sus rayos ecuánimes la cruz de la iglesia.

3.

Y allí fue donde encaminó sus pasos después del almuerzo, en un viejo trineo de respaldo recto. La crin del caballo negro chasqueaba con fuerza en el aire helado, las blancas plumas de las ramas cercanas al suelo se deslizaban por encima de su cabeza, y las huellas que veía ante sí restallaban con un brillo azul de plata. Cuando llegó se sentó durante una hora junto a la tumba, descansando su mano enguantada y pesada en el hierro de la baranda que le quemaba la mano a través de la lana. Volvió a casa con un leve sentimiento de desencanto, como si allí, en el cementerio, hubiera estado más alejado de su hijo que aquí, donde las incontables huellas veraniegas de sus sandalias rápidas hubieran quedado preservadas intactas bajo la nieve.

Por la noche, abrumado con una especie de ataque agudo de tristeza intensa, mandó abrir la casa principal. Cuando la puerta cedió con un lamento poderoso, dando paso a una brizna de una rara frescura, impropia del invierno, procedente del sonoro vestíbulo enrejado en hierro, Sleptsov tomó la lámpara de las manos del guarda y entró solo en la casa. Los suelos de parqué crujían fantasmales bajo sus pasos. Cuarto tras cuarto se fue llenando de luz amarilla y los muebles bajo sus sudarios le resultaron desconocidos; del techo ya no colgaba una araña cantarina sino una bolsa silenciosa; y la enorme sombra de Sleptsov, con un brazo que lentamente se iba extendiendo y separando del cuerpo, flotaba por las paredes y por los rectángulos grises de los cuadros.

Fue hasta la habitación que había constituido el estudio de su hijo en el verano, apoyó la lámpara en el alféizar de la ventana y, rompiéndose las uñas al hacerlo, abrió las contraventanas, a pesar de que afuera todo era oscuridad. La llama amarilla del quinqué que ardía se reflejó en el cristal azul en el que también y por un momento se dibujó su rostro amplio y barbado.

Se sentó junto a la mesa vacía y, adusto, con el ceño fruncido, examinó el pálido papel de la pared con sus guirnaldas de rosas azuladas; un escritorio estrecho, como de oficina, con cajones de arriba abajo; el sillón y las butacas bajo sus fundas; y de repente, dejando caer la cabeza sobre la mesa, empezó a temblar, apasionada, ruidosamente, apoyando primero sus labios, y luego sus mejillas mojadas contra la madera fría y polvorienta, y se aferró entre convulsiones a las esquinas distantes de la mesa.

En la mesa encontró un cuaderno, unas planchas donde clavar las mariposas, chinchetas negras y una caja de galletas inglesas Slue contenía un gran gusano de seda bastante exótico que había costado tres rublos. Al tacto tenía la consistencia del papel y parecía que estaba hecho de hojas pardas dobladas. Su hijo lo había recordado en su enfermedad, lamentándose de no habérselo llevado consigo, pero consolándose pensando que la crisálida que albergaba estaba probablemente muerta. También encontró una red desgarrada: una bolsa de tarlatana en un aro que se doblaba (la gasa todavía olía a verano y a hierba caliente por el sol).

Luego, sin dejar de llorar con todo su cuerpo, empezó a sacar uno a uno, inclinándose casi hasta el suelo, los cajones con cubierta de cristal del escritorio. A la débil luz del quinqué, los archivos de ejemplares diversos brillaban como si fueran de seda bajo el cristal. Aquí, en esta habitación, en esta misma mesa, su hijo había instalado y extendido las alas de sus capturas. Primero insertaba un alfiler en el insecto que había matado con todo cuidado y lo pegaba a la tabla de corcho, entre hileras de lana ajustable, y agarraba cuidadosamente, planas, las alas todavía frescas y suaves. Ahora ya estaban secas, hacía tiempo que lo estaban, y habían sido dispuestas en el escritorio —aquellas Pavo Real espectaculares, aquellas deslumbrantes Olmeras y Nazarenas, y las distintas Falenas, algunas montadas en posición supina para mostrar sus tripas color de madreselva. Su hijo pronunciaba sus nombres latinos con un quejido de triunfo o con una expresión de desdén. ¡Y aquellas mariposas, las mariposas, las primeras Aspen Hawk de cinco veranos atrás!

4.

Había luna y la noche estaba azul como con humo; unas nubes modestas se esparcían por el cielo sin llegar a tocar la luna, delicada, helada. Los árboles, masas de escarcha gris, lanzaban sombras oscuras en las paredes de nieve que destellaban aquí y allá en chispas metálicas. En la habitación tapizada y calentada del anexo, Ivan había colocado un abedul de dos pies en un macetero de barro sobre la mesa, y estaba poniendo una vela en la cruz de su rama superior cuando Sleptsov llegó de la casa principal, helado, con los ojos enrojecidos, las mejillas sucias y manchadas de gris, con una caja de madera bajo el brazo. Al ver el árbol de Navidad sobre la mesa, preguntó abstraído: «¿Qué es eso?».

Liberándole de la caja, Ivan contestó con voz sorda, enternecida.

-—Mañana es fiesta.

—No, lléveselo —dijo Sleptsov frunciendo el ceño, mientras pensaba: «¿Será posible que sea Navidad? ¿Cómo puedo haberme olvidado?».

Ivan insistió amablemente.

—Es bonito, y además es verde. Déjelo durante un tiempo.

—Por favor, lléveselo —repitió Sleptsov y se inclinó sobre la caja que había traído consigo. En ella atesoraba las posesiones de su hijo, la red para cazar mariposas, la lata de galletas con el capullo de seda, la tabla donde clavaba las mariposas, los alfileres en su caja de laca, el cuaderno azul. La primera página estaba desgarrada y rota por la mitad, y el trozo que quedaba encerraba un fragmento de un dictado de francés. A continuación había entradas y anotaciones cotidianas, nombres de mariposas que había capturado, y otras notas:

«He caminado por el pantano hoy hasta llegar a Borovichi...»

«Hoy ha estado lloviendo. He jugado al ajedrez con mi padre, y luego he leído la Fragata de Goncharov, tremendamente aburrida.»

«Un día de calor maravilloso. Por la tarde he dado un paseo en bicicleta. Se me ha metido una mosca en el ojo. He pasado deliberadamente junto a su casa dos veces pero no la he visto...»

Sleptsov levantó el rostro, y se tragó algo enorme y también caliente. ¿Quién era aquella mujer a la que se refería su hijo?

«Como siempre, he dado mi paseo en bicicleta», continuó leyendo. «Casi nos cruzamos con la mirada. Mi amor, mi amada...»

—Esto es inconcebible —susurró Sleptsov—. No puedo ni imaginarme...

Volvió a inclinarse, descifrando con avidez aquella letra infantil que no conseguía mantener líneas ni márgenes.

«Hoy he visto un ejemplar de la Vanesa Atalanta. Eso quiere decir que ha llegado el otoño. Por la noche, lluvia. Probablemente se haya ido ya, y ni siquiera nos hemos conocido. Adiós, mi amor. Me siento tremendamente triste...»

—Nunca me dijo nada... —Sleptsov intentó recordar, frotándose la frente con la palma de la mano.

En la última página había un dibujo a tinta: los cuartos traseros de un elefante, dos columnas gruesas, la punta de las orejas y una cola diminuta.

Sleptsov se levantó. Movió la cabeza en un gesto de desaprobación, conteniendo una nueva avalancha de gemidos despreciables.

—Ya no puedo aguantar más —se arrastraba su voz entre gemidos, sin dejar de repetir cada vez más despacio—, ya... no... puedo... aguantar... más...

—Mañana es Navidad —el recuerdo le invadió bruscamente—, y yo me voy a morir. Desde luego. Es tan sencillo. Esta misma noche...

Sacó un pañuelo y se secó los ojos, la barba, las mejillas. En el pañuelo quedaron unas manchas, rayas oscuras.

—... muerte —dijo Sleptsov suavemente, como rematando una frase muy larga.

El reloj dio la hora. La escarcha se imbricaba en dibujos geométricos sobre el cristal azul de la ventana. El cuaderno, abierto, brillaba radiante sobre la mesa; junto a él, la luz atravesaba la gasa del cazamariposas y relucía en la esquina de la lata abierta. Sleptsov cerró los ojos con fuerza, y tuvo una sensación pasajera de que ante él se tendía una vida terrena, totalmente desnuda y comprensible, y también, estremecedoramente triste, humillantemente sin sentido, estéril, desnuda de milagros...

En ese preciso momento se oyó un chasquido —un ruido débil como el de una goma que se estira hasta romperse. Sleptsov abrió los ojos. El gusano de seda en su lata de galletas había estallado, y una criatura negra y toda arrugada, del tamaño de un ratón, reptaba por la pared por encima de la mesa. Se detuvo, asido a la superficie con sus seis patas velludas, y empezó a palpitar de forma extraña. Había surgido de su crisálida debido a que un hombre, vencido por el dolor, había llevado una lata hasta su habitación caldeada, y el calor había penetrado su envoltura tensa de hojas de seda; había esperado aquel momento durante tanto tiempo, había reunido toda su fuerza con tal furor, que ahora, habiendo conseguido surgir a la vida, no hacía sino desparramarse lenta y milagrosamente. Poco a poco los tejidos arrugados, las extremidades de terciopelo se fueron desplegando; las venas en forma de abanico se fueron fortaleciendo al llenarse de aire. Imperceptiblemente, se transformó en una cosa alada, de la misma forma en la que un rostro que está madurando se convierte imperceptiblemente en un rostro bello. Y sus alas —todavía débiles, todavía húmedas— no dejaban de crecer y de desplegarse, y ahora ya habían llegado a desarrollarse hasta el límite que Dios les había puesto, y allí, en la pared, en lugar de un terrón minúsculo de vida, en lugar de un ratón oscuro, lo que había era una gran mariposa Attacus como esas que vuelan, como pájaros, en torno a las lámparas en el crepúsculo de la India.

Y entonces, aquellas poderosas alas negras, cada una con su mancha vidriosa y su vello púrpura enganchado al polvo de sus bordes, respiraron a fondo bajo el impulso de una felicidad tierna, devastadora, casi humana.


A veces me ocurría lo siguiente: después de pasar la primera parte de la noche trabajando en mi escritorio, esa parte en que la noche inicia su penoso ascenso, yo salía del trance en el que mi trabajo me había sumergido en el momento preciso en el que la noche alcanzaba su cima y se demoraba vacilante en su cumbre, dispuesta a emprender el descenso hasta el aturdimiento de la aurora; entonces, me levantaba de la silla, aterido y totalmente agotado, y al encender la luz de mi dormitorio me veía de repente en el espejo. Lo que pasaba era lo siguiente: durante el tiempo que había estado absorbido en mi trabajo, me había separado de mí mismo, una sensación semejante a la que se experimenta cuando te encuentras con un íntimo amigo después de años de separación: durante unos pocos momentos vacíos, lúcidos pero también detenidos, le ves bajo una luz totalmente diferente aun cuando te das cuenta de que el hielo de esta anestesia misteriosa se derretirá y la persona a la que miras revivirá, su carne se encenderá cálida, volverá a ocupar su lugar, y te resultará de nuevo tan próxima que ningún esfuerzo de la voluntad podrá hacer que vuelvas a captar aquella primera sensación fugaz de enajenamiento. Así, precisamente así, me sentía yo, contemplando mi figura en el espejo y sin lograr reconocerla como mía. Y cuanto más examinaba mi rostro —esos ojos extraños e inmóviles, el brillo de unos pelillos en la mandíbula, aquella sombra que recorría la nariz—, y cuanto más insistía en decirme a mí mismo: «Ése soy yo, ése es tal y tal», menos claro me parecía por qué aquél tenía que ser «yo», más difícil me resultaba conseguir que el rostro del espejo se fundiera con aquel «yo» cuya identidad no conseguía captar. Cuando hablaba de mis extrañas sensaciones, la gente se limitaba a observar que el camino que yo había emprendido acababa en el manicomio. De hecho, en una o dos ocasiones, ya muy avanzada la noche, me detuve a contemplar mi imagen tanto rato que se apoderó de mí un sentimiento espeluznante y tuve que apagar la luz corriendo. Y sin embargo, a la mañana siguiente, mientras me afeitaba, no se me ocurría en absoluto cuestionar la realidad de mi imagen.

Otra cosa más: por la noche, en la cama, recordaba de repente que era mortal. Lo que ocurría entonces en mi mente era muy parecido a lo que sucede en un gran teatro cuando las luces se apagan de repente y alguien se pone a dar gritos histéricos en la oscuridad de veloces alas, y se le unen otras voces, provocando una tempestad ciega, en la que el trueno negro del pánico crece imparable..., hasta que de pronto vuelven las luces y la representación retoma su curso suavemente. Del mismo modo se asfixiaba mi alma cuando tendido boca arriba, con los ojos completamente abiertos, trataba con todas mis fuerzas de conquistar el miedo, de racionalizar la muerte, de enfrentarme a ella de forma cotidiana, sin apelar a credo o a filosofía alguna. Al final, uno se dice a sí mismo que la muerte está todavía lejos, que habrá tiempo suficiente para razonar sus términos, y, sin embargo, uno sabe que nunca llegará a eso, y, de nuevo, en la oscuridad, en los asientos más baratos, en el teatro privado de uno mismo donde los cálidos pensamientos vivos acerca de las queridas minucias terrenales han desaparecido presas del pánico, se produce un grito de terror que se apaga luego cuando uno se da la vuelta en la cama y se pone a pensar en un asunto distinto.

Yo asumo que esas sensaciones —la perplejidad ante el espejo por la noche o la punzada repentina ante la anticipación de la muerte— son conocidas por muchos, y si me detengo en ellas es sólo porque contienen una partícula pequeñísima de ese terror supremo que el destino me concedió experimentar una sola vez. Terror supremo, terror especial —busco a tientas el término exacto que lo defina pero mi reserva de palabras hechas, que en vano trato de utilizar, no contiene una sola que pueda servir para definirlo.

Yo llevaba una vida feliz. Tenía una novia. Recuerdo bien la tortura de nuestra primera separación. Yo me había ido en viaje de negocios al extranjero, y a mi vuelta, me vino a esperar a la estación. La vi de pie en el andén, como enjaulada en la leonada luz del sol, que había penetrado en un cono polvoriento a través de la bóveda acristalada de la estación. Su rostro se movía rítmicamente al compás del paso de las ventanillas del tren hasta que éste se detuvo lentamente. Con ella me encontraba siempre a gusto y en paz. Sólo una vez... de nuevo me doy cuenta al recordarlo de que el lenguaje humano es un instrumento muy torpe. Sin embargo, me gustaría explicarlo. Realmente es tan tonto, tan efímero: estamos solos en su cuarto, yo escribo mientras ella, con su cabeza inclinada, remienda una media de seda extendida bien tensa sobre el dorso de una cuchara de madera; tiene la oreja, de un rosa translúcido, medio oculta tras un mechón de pelo rubio y las perlas menudas, que rodean su cuello, brillan de una forma un tanto conmovedora, y sus tiernas mejillas parecen hundirse ante la persistencia con que se empeña en fruncir los labios mientras cose. De repente, y sin razón alguna, me aterroriza su presencia. Y mi terror es más profundo que el que sentí cuando fui incapaz, por tan sólo un momento, de registrar su identidad en el sol polvoriento de la estación. Me aterra el hecho de que haya otra persona en el cuarto conmigo; me aterra la misma noción de otra persona. No me extraña que los locos no reconozcan a sus parientes. Pero ella levanta la cabeza, y todos sus rasgos participan de la sonrisa rápida que me dedica —y ya no queda traza alguna del extraño terror que sentí hace un momento. Dejadme que lo repita: esto ocurrió una sola vez y lo tomé como una estúpida jugada de mis nervios, olvidándome de que en noches solitarias ante un espejo solitario había experimentado algo bastante similar.

Fue mi amante durante casi tres años. Sé que mucha gente no podría entender nuestra relación. Se sentirían perdidos tratando de explicar qué tenía aquella doncella inocente que atrajera y mantuviera el afecto de un poeta: ¡Dios Santo!, cómo me gustaban su belleza sin pretensiones, su alegría, su bondad y simpatía, las emociones y movimientos de su alma. Era precisamente la sencillez amable de su persona la que me protegía: para ella, todo en el mundo tenía una especie de claridad cotidiana, e incluso me parecía que ella sabía lo que nos esperaba tras la muerte, por lo que no teníamos razón alguna para discutir el tema. Al final de nuestro tercer año juntos me vi obligado a marcharme por bastante tiempo. La víspera de mi partida fuimos a la ópera. Ella se sentó un momento en el pequeño sofá carmesí del oscuro vestíbulo, algo misterioso, de nuestro palco para quitarse sus grandes botas de nieve grises, y yo la ayudé a liberar sus esbeltas piernas cubiertas de seda —y al hacerlo pensé en esas mariposas nocturnas que surgen de unos enormes capullos peludos. Nos sentamos en la parte delantera del palco. Estábamos alegres mientras nos inclinábamos sobre el abismo rosado del teatro esperando que subiera la cortina, una sólida pantalla antigua con decoraciones doradas que representaban escenas de diversas óperas —Ruslan con su casco puntiagudo, Lenski con su carrick—. Al apoyar su codo desnudo contra la barandilla aterciopelada estuvo a punto de tirar sus pequeños prismáticos nacarados.

Luego, cuando todo el mundo hubo ocupado sus asientos, y la orquesta ya respiraba a fondo dispuesta a estallar en música, sucedió algo: todas las luces se apagaron en el inmenso teatro rosado, y se abatió sobre nosotros una oscuridad tan densa que pensé que me había quedado ciego. En esta oscuridad todo empezó de pronto a moverse, se desató un estremecimiento de pánico que degeneró en gritos femeninos, y como las voces de los hombres empezaron a alzarse con fuerza pidiendo que la gente se calmara, los gritos se hicieron más y más estridentes. Yo me reía y empecé a hablar con ella, pero me di cuenta de que me había agarrado de la muñeca y que había empezado a desatarme los gemelos del puño de la camisa. Cuando la luz inundó de nuevo la sala vi que estaba pálida y con los dientes firmemente apretados. La ayudé a salir del palco. Movía la cabeza, castigándose con una sonrisa de desprecio por su terror infantil, pero luego rompió a llorar y me pidió que la llevara a casa. Sólo recuperó la compostura dentro del coche cerrado, cuando se llevó el pañuelo a sus ojos bañados en lágrimas y me empezó a explicar lo triste que estaba de que me fuera a la mañana siguiente, y que había sido un error tremendo el pasar nuestra última noche en la ópera, entre extraños.

Doce horas más tarde yo estaba en el compartimiento de un tren, mirando por la ventana el brumoso cielo invernal, el ojo inflamado del sol que se movía al ritmo del tren, los campos cubiertos de nieve que no dejaban de abrirse ante mi vista como un abanico gigante de plumas de cisne. Fue en la ciudad extranjera, a la que llegué al día siguiente, donde tuve mi encuentro con el terror supremo.

Para empezar, dormí muy mal durante tres noches seguidas y la cuarta no dormí en absoluto. En los últimos años había perdido el hábito de la soledad y ahora, estas noches solitarias me causaban una angustia profunda y aguda. La primera noche vi en sueños a mi chica: la luz del sol inundaba su cuarto, y estaba sentada en la cama con un camisón de encaje y se reía, se reía, no podía parar de reír. Me acordé del sueño por azar, un par de horas más tarde, al pasar por delante de una tienda de lencería y al recordarlo me di cuenta de que todo lo que en el sueño había sido pura alegría —su encaje, su cabeza inclinada hacia atrás, su risa—, ahora, que estaba despierto se había convertido en algo espantoso. Sin embargo, no conseguía explicarme por qué aquel risueño sueño de encaje era ahora tan desagradable, tan odioso. Yo tenía muchas cosas que hacer y no paraba de fumar, y mientras lo hacía me daba cuenta de que tenía que mantener un control rígido sobre todos mis actos por todos los medios. Al prepararme para ir a la cama en la habitación de mi hotel, silbaba o canturreaba deliberadamente pero me asustaba como un niño temeroso al mínimo ruido que se produjera a mi espalda, aunque fuera el sonido sordo de mi chaqueta que se resbalaba de la silla al suelo.

El quinto día, después de una mala noche, me tomé mi tiempo y me fui a dar un paseo. Me gustaría que la parte de mi historia que me propongo relatar ahora pudiera escribirse en cursiva; no, ni siquiera la cursiva serviría: necesito una tipografía nueva, única. El insomnio me había dejado un vacío excepcionalmente receptivo en la mente. Parecía que tenía la cabeza de cristal y el ligero calambre que sentía en las piernas tenía asimismo un carácter vidrioso. Tan pronto como hube salido del hotel... Sí, ahora creo que he encontrado las palabras adecuadas. Me apresuro a escribirlas antes de que se desvanezcan. Cuando salí a la calle, vi de repente el mundo tal y como es realmente. Verá usted, nos consolamos diciéndonos a nosotros mismos que el mundo no podría existir sin nosotros, en la medida en que somos capaces de representárnoslo. La muerte, el espacio infinito, las galaxias, todas estas cosas nos asustan, precisamente porque trascienden los límites de nuestra percepción. Pues bien, en aquel día terrible en el que, devastado por una noche de insomnio, salí a una ciudad fortuita y vi las casas, los árboles, los automóviles, la gente, mi mente se negó abruptamente a aceptarlos como «casas», «árboles» y demás —como algo que tuviera conexión alguna con la vida humana cotidiana. Mi línea de comunicación con el mundo se cortó, yo estaba completamente solo y el mundo lo estaba a su vez, y ese mundo carecía de sentido. Vi la esencia real de todas las cosas. Miraba las casas y éstas habían perdido su significado habitual —quiero decir, todo eso en lo que pensamos cuando miramos una casa: un cierto estilo arquitectónico, el tipo de habitaciones que hay dentro, que sea una casa fea, o una casa cómoda—, todo ese tipo de apreciaciones se había evaporado, sin dejar en su lugar más que una concha absurda, de la misma forma que cuando repetimos una palabra de las más habituales durante un tiempo suficiente sin prestar atención a su significado lo que nos resta no es sino un mero sonido, un absurdo sonido: casa, asa asa. Pasaba lo mismo con los árboles, lo mismo con la gente. Entendí el horror del rostro humano. La anatomía, las distinciones sexuales, la noción de «piernas», «brazos», «vestidos», todo eso quedó abolido, y frente a mí no había sino un mero algo —ni siquiera una criatura, porque también eso es un concepto humano, sino sencillamente algo que se movía allí delante. Traté en vano de dominar mi terror acordándome de cómo cuando era niño, al despertarme una vez, alcé mis ojos todavía soñolientos mientras apretaba la nuca contra la almohada y vi, inclinado hacia mí sobre la cabecera de la cama, un rostro incomprensible, sin nariz, con el bigote negro de un húsar justo debajo de sus ojos de pulpo, y con dientes que le salían de la frente. Me enderecé en la cama con un grito e inmediatamente el bigote se transformó en unas cejas y el rostro entero se convirtió en el de mi madre que había entrevisto al principio y, sin quererlo, del revés.

Y también ahora trataba por todos los medios de enderezarme mentalmente, para que el mundo visible volviera a adoptar su posición cotidiana —pero no lo conseguía. Al contrario: cuanto escrutaba la gente más de cerca, más absurdo me resultaba su aspecto. Abrumado por el terror, busqué apoyo en alguna idea básica, en algún ladrillo más sólido que el ladrillo cartesiano, con ayuda del cual empezar a reconstruir el mundo habitual, sencillo, natural, que todos conocemos. En ese momento estaba descansando, creo, en un banco de un parque público. No tengo un recuerdo preciso de mis actos. De la misma forma que a un hombre que está sufriendo un ataque al corazón en la acera le importan un comino los transeúntes, el sol, la belleza de la antigua catedral, y sólo tiene una preocupación, respirar, así también yo sólo tenía un deseo, no volverme loco. Estoy convencido de que nadie ha visto nunca el mundo de la misma forma en que yo lo vi en aquellos momentos, en toda su desnudez aterradora y en todo su aterrador absurdo. Junto a mí un perro olfateaba la nieve. A mí me torturaban mis esfuerzos por reconocer lo que «perro» podría significar, y como me lo había quedado mirando fijamente, subió hasta mí confiado y me entraron tales náuseas que me levanté del banco y me alejé. Fue entonces cuando mi terror alcanzó su punto más alto. Dejé de luchar. Ya no era un hombre sino un ojo desnudo, una mirada sin objeto que se movía en un mundo absurdo. La visión misma de un rostro humano me llevaba a gritar.

De pronto me encontré de nuevo a la entrada de mi hotel. Alguien se me acercó, pronunció mi nombre, y me puso una hoja de papel doblada en mi mano fláccida. La abrí inmediatamente y mi terror se desvaneció al instante. Todo a mi alrededor recuperó su carácter ordinario y discreto: el hotel, los reflejos cambiantes en el cristal de las puertas giratorias, la cara familiar del botones que me había entregado el telegrama. Me quedé de pie en el centro del espacioso vestíbulo. Un hombre con una pipa y una gorra de cuadros tropezó conmigo al pasar y me pidió excusas muy serio. Sentí una cierta extrañeza y un dolor intenso, insoportable, aunque muy humano. El telegrama decía que ella se moría.

A lo largo de todo mi viaje de vuelta, y mientras estuve a la cabecera de su cama, nunca se me ocurrió analizar el sentido del ser y del no ser, y ya no me aterrorizaban aquel tipo de pensamientos. La mujer que era lo que más quería en el mundo se moría. Esto era todo cuanto veía y sentía.

No me reconoció cuando me golpeé la rodilla contra su cama. Yacía, apoyada en inmensas almohadas, bajo inmensas mantas, tan pequeña, con el pelo estirado y la frente despejada que dejaba ver la pequeña cicatriz de la sien que habitualmente ocultaba con un mechón de pelo. No reconoció mi presencia real, pero por la ligera sonrisa que se apuntó un par de veces en la comisura de sus labios, supe que me veía en su delirio tranquilo, en su imaginación agonizante —de forma tal que ante ella estábamos dos: yo mismo, en persona, a quien no veía, y mi doble, invisible para mí. Y luego me quedé solo: mi doble murió con ella.

Su muerte me salvó de la locura. El dolor humano, puro y simple, llenó mi vida tan completamente que no había lugar para ninguna otra emoción. Pero el tiempo pasa, y su imagen se vuelve cada vez más perfecta dentro de mí, cada vez menos viva. Los detalles del pasado, los pequeños recuerdos vitales, se van desvaneciendo imperceptiblemente, desaparecen uno a uno, o de dos en dos, de la misma forma que se van apagando las luces, ahora aquí, ahora allá, en las ventanas de una casa cuyos habitantes se van quedando dormidos. Y sé que mi cerebro está condenado, que el terror que experimenté en una ocasión, el impotente miedo a la existencia, se apoderará de mí una vez más, y que entonces ya no habrá salvación.


Mi adorable, mi muy querida y lejana, me imagino que no habrás olvidado nada en los más de ocho años que dura ya nuestra separación, si es que aún consigues recordar a aquel guarda canoso con su librea azul que ni se molestaba siquiera en mirarnos cuando hacíamos novillos para encontrarnos en aquellas mañanas heladas de San Petersburgo, en el Museo Suvorov, tan polvoriento, tan pequeño, tan semejante a una suntuosa caja de rapé. ¡Con qué ardor nos besábamos a espaldas de aquel granadero engominado! Y más tarde, cuando por fin nos liberábamos de aquellas antigüedades polvorientas y salíamos a la luz, cómo nos deslumbraba el resplandor de plata del parque Tavricheski, y qué extraño resultaba oír los gruñidos alegres, ávidos, profundos de los soldados, que se lanzaban unánimes a las órdenes de su comandante, resbalando por el suelo helado, embistiendo con su bayoneta a un muñeco de paja con casco alemán en medio de una calle de San Petersburgo.

Sí, ya sé que en otra de mis cartas te he jurado que no volvería a mencionar el pasado, especialmente las naderías de nuestro pasado en común, porque se supone que nosotros, los escritores exiliados, tenemos una especie de pudor altanero en nuestra forma de expresarnos y sin embargo aquí estoy, despreciando, desde la primera línea de mi carta, el derecho a toda sublime imperfección y destrozando con epítetos vanos el recuerdo, ese recuerdo que tú rozabas con tanta gracia y ligereza. Pero no es del pasado, mi amor, de lo que quiero hablarte.

Es de noche. Por la noche se percibe con especial intensidad la inmovilidad de los objetos —la lámpara, los muebles, las fotografías en sus marcos sobre mi mesa. De cuando en cuando, el agua borbotea y chasquea en sus tuberías ocultas como si una serie de lamentos subiera por las paredes de la garganta de la casa. Por las noches salgo a dar un paseo. Los reflejos de las farolas rezuman brillos intermitentes sobre el helado asfalto de Berlín cuya superficie parece una película de grasa negra en cuyas arrugas se hubieran recostado los charcos. Aquí y allá, una luz granate brilla sobre alguna alarma de incendios. Una columna de cristal, llena de una líquida luz amarilla, se yergue junto a la parada del tranvía, y, por alguna extraña razón, experimento una sensación tan melancólica, tan placentera, cuando, de noche, ya tarde, pasa por delante un tranvía a toda velocidad, vacío, con un chirrido al tomar la curva. A través de sus ventanas se ven con toda claridad las filas de asientos marrones iluminadas entre las cuales se abre camino, a contramarcha, un revisor solitario, con su negra cartera colgando al costado, tambaleándose ligeramente, como si estuviera un poco borracho.

Mientras paseo por alguna calle silenciosa y oscura, me gusta oír cómo algún hombre regresa a casa. El hombre no resulta visible en la oscuridad, y nunca sabes de antemano qué puerta se abrirá a la vida y condescenderá a dejarse penetrar por el chirrido de una llave, para después girar, y detenerse luego, retenida por el contrapeso, para acabar cerrándose de golpe; la llave chirriará de nuevo desde dentro, y, en las profundidades al otro lado del cristal de la puerta, un débil resplandor se rezagará durante un minuto maravilloso.

Pasa un coche sobre columnas de luz húmeda. Es negro, con una raya amarilla bajo las ventanillas. Irrumpe ronco con su bocina en los oídos de la noche y su sombra cruza bajo mis pies. Ahora la calle está totalmente desierta, salvo por un gran danés cuyas patas rascan la acera mientras pasea con una bella joven distraída y sin sombrero que lleva un paraguas abierto. Cuando pasa bajo la farola granate (a su izquierda, sobre la alarma de incendios), sólo una parte, negra y tensa, de su paraguas se ilumina de húmedo rojo.

Y más allá de la curva, sobre la acera —¡y de qué forma tan inesperada!—, la fachada de un cine se arruga con diamantes. Dentro, en su pantalla rectangular y pálida como la luna, se ve a unos mimos más o menos hábiles: la inmensa cara de una joven, con trémulos ojos grises y labios negros cruzados verticalmente por grietas relucientes, se acerca desde la pantalla, y no deja de crecer mientras detiene sus ojos contemplando la nada de la sala oscura, y una maravillosa lágrima, brillante y larga se desliza por una de sus mejillas. Y en alguna ocasión (¡momento celestial!) aparece incluso la vida de verdad, ignorante de que está siendo filmada: un grupo de gente que asoma por azar, unas aguas que brillan, un árbol que cruje silenciosa aunque perceptiblemente.

Más lejos, en la esquina de una plaza, una prostituta corpulenta vestida con pieles negras pasea despacio, deteniéndose de cuando en cuando delante de un escaparate ferozmente iluminado, donde una mujer de cera muy pintarrajeada expone a los paseantes de la noche sus enaguas de papel esmeralda y la seda brillante de sus medias color de melocotón. Me gusta observar a esta plácida puta de mediana edad, mientras se le acerca un hombre maduro con bigote que llegó por la mañana de Papenburg en viaje de negocios (primero pasa por delante y luego se vuelve a mirarla un par de veces). Ella le llevará sin apresurarse hasta una habitación del edificio cercano, que, a la luz del día, apenas se distingue de los otros edificios, igualmente ordinarios. Un viejo portero, educado e impasible, hace guardia toda la noche en el vestíbulo de entrada apenas iluminado. En lo alto de una empinada escalera otra mujer igualmente impasible abrirá con sabia despreocupación una habitación desocupada y recibirá su pago por ello.

¡Y no sabes qué maravilloso es el estruendo con el que el tren todo iluminado, y riéndose por las ventanillas, atraviesa el puente por encima de la calle! Probablemente no vaya más allá de los suburbios, pero en ese preciso momento la oscuridad bajo el vano negro del puente se llena con una música tan poderosamente metálica que no puedo sino imaginarme las tierras soleadas hacia las que partiré en cuanto me haya procurado esos marcos extras que anhelo con tanta ligereza y despreocupación.

Me encuentro tan alegre que a veces me gusta ir a ver a la gente que baila en el café de mi barrio. Muchos de mis compañeros exiliados denuncian con indignación (una indignación no exenta de un punto de placer) las abominaciones de la moda, entre las que incluyen los bailes actuales. Pero la moda es una criatura de la mediocridad humana, de un cierto nivel de vida, es la vulgaridad de la igualdad, y denunciarla significaría admitir que la mediocridad puede crear algo (ya sea una forma de gobierno o un nuevo tipo de peinado) por lo que merezca la pena preocuparse. Y ni que decir tiene que estos llamados bailes modernos nuestros son cualquier cosa menos modernos: la moda y la locura de los mismos se remonta a los días del Directorio, porque entonces como ahora los vestidos de las mujeres se llevaban pegados al cuerpo y los músicos eran negros. La moda respira a través de los siglos: la crinolina en forma de bóveda, de moda a mediados del XIX, no era sino la máxima inhalación del aliento de la moda, seguida por una exhalación: faldas estrechas, bailes apretados. Nuestros bailes, después de todo, son muy naturales y bastante inocentes y, a veces —en las salas de baile de Londres—, absolutamente elegantes en su monotonía. Todos recordamos lo que Pushkin escribió acerca del vals: «Monótono y loco». Todo viene a acabar en lo mismo. En cuanto al deterioro de la moral... Esto es lo que leí en las memorias de D'Agricourt: «No conozco nada más depravado que el minué y sin embargo nadie se opone a que se baile en nuestras ciudades».

Y así me divierto observando, en los cafés damants de aquí, cómo las parejas «desaparecen veloces ante mis ojos», por volver a citar a Pushkin. Los ojos maquillados de formas divertidas brillan de pura satisfacción, con alegría sencillamente humana. Los pantalones negros se tocan y se enredan con las medias ligeras. Los pies giran hacia un lado y se vuelven hacia el otro. Y mientras, al otro lado de la puerta, me espera mi fiel noche, noche solitaria, con sus reflejos húmedos, sus coches ruidosos, y sus corrientes de viento enfebrecido.

En una noche de ésas, en el cementerio ortodoxo ruso que está a las afueras de la ciudad, una anciana de setenta años se suicidó en la tumba de su marido recientemente fallecido. Fui allí por puro azar a la mañana siguiente, y el guarda, un veterano mutilado de la campaña de Denikin, que caminaba con muletas que crujían al mínimo movimiento de su cuerpo, me enseñó la cruz blanca de la que se había colgado la anciana, y los jirones amarillos que se habían quedado prendidos en el lugar donde los cabos de la soga («totalmente nueva», dijo amablemente) se rozaban. Pero lo más misterioso y encantador de todo, sin embargo, eran las huellas en forma de medialuna de sus tacones, diminutas como las de un niño, abandonadas en la tierra húmeda junto a la losa. «Pisoteó un poco el césped, pobrecilla, pero por lo demás no ha estropeado nada», observó el guarda tranquilamente y, mirando aquellos jirones amarillos y aquellos lugares en que la tierra estaba un poco hundida, me di cuenta de repente de que se puede distinguir una sonrisa inocente incluso en la muerte. Probablemente, mi amor, la razón principal por la que te escribo esta carta es para contarte este final tan fácil, tan dulce. La noche de Berlín quedó así resuelta.

Escucha: soy feliz, absoluta o idealmente feliz. Mi felicidad es una especie de desafío. Mientras deambulo por las calles y plazas y por los caminos junto al canal, sintiendo distraído los labios de la humedad a través de mis suelas gastadas, llevo orgulloso sobre los hombros mi inefable felicidad. Los siglos pasarán uno tras otro, y los escolares bostezarán ante la historia de nuestras revoluciones y miserias; todo pasará, pero mi felicidad, mi amor, mi felicidad permanecerá, en el reflejo húmedo de una farola, en la curva precavida de los escalones de piedra que descienden hasta las aguas negras del canal, en la sonrisa de una pareja que baila, en todo aquello con lo que Dios tan generosamente circunda la soledad humana.


Era camarero en el vagón restaurante internacional de un expreso alemán. Se llamaba Aleksey Lvovich Luzhin. Había abandonado Rusia cinco años antes, en 1919, y desde entonces, a medida que se iba abriendo camino de una ciudad a otra, había probado un sinnúmero de oficios y ocupaciones: trabajó de bracero en Turquía, de mensajero en Viena, fue pintor de brocha gorda, empleado de comercio, y así sucesivamente. Pero en estos momentos era un camarero que veía cómo a cada lado del vagón restaurante flotaban sin cesar los prados, las colinas cubiertas de brezo, las arboledas de pino, y el consomé humeaba y chapoteaba dentro de las gruesas tazas que él transportaba en la bandeja con agilidad a lo largo del angosto pasillo que separaba las mesas dispuestas junto a las ventanillas. Era un camarero que dominaba su oficio, y lo demostraba en la maestría con que servía los filetes de buey o de jamón que llevaba en la fuente, y los depositaba en los platos, mientras inclinaba sin tambalearse la cabeza con su cabello bien corto, su frente tensa y sus tupidas cejas negras.

El vagón llegaría a Berlín a las cinco en punto y a las siete volvería a iniciar la marcha en sentido contrario, en dirección a la frontera francesa. Luzhin vivía en una especie de sierra de acero: sólo tenía tiempo de deleitarse en sus recuerdos por la noche, en un agujero estrecho que olía a pescado y a calcetines sucios. Sus recuerdos más frecuentes eran de una casa en San Petersburgo, y de su despacho en aquella casa, con sus muebles tapizados en cuero y sus botones insertos entre las curvas y también de su mujer Lena, de quien no había tenido noticias en cinco años. En estos momentos sentía que estaba desperdiciando su vida. Su excesiva familiaridad con la cocaína le había destrozado la mente; las pequeñas llagas del interior de su nariz le empezaban a comer el tabique nasal.

Cuando reía, sus dientes relampagueaban en un estallido blanco, y gracias a esta sonrisa de marfil ruso se había granjeado las simpatías de los otros dos camareros, Hugo, un berlinés rubio y fuerte, encargado de cobrar las comidas, y el pelirrojo Max, de nariz afilada y aspecto de zorro, cuyo cometido era llevar el café y la cerveza a los distintos compartimientos. En los últimos tiempos, sin embargo, Luzhin sonreía menos.

En las horas de recreo cuando las olas cristalinas de la droga estallaban contra él, penetrando sus pensamientos con su resplandor y transformando la menudencia más mínima en un milagro etéreo, anotaba con esfuerzo en una hoja de papel las distintas medidas que pensaba tomar para averiguar el paradero de su mujer. Mientras emborronaba las cuartillas con todas esas sensaciones todavía felizmente vivas, sus anotaciones le parecían sobremanera importantes y también correctas. Por la mañana, sin embargo, cuando la cabeza le estallaba y la camisa se le ceñía pegajosa al cuerpo, miraba con expresión de asco y aburrimiento sus notas confusas y su letra irregular. Recientemente, sin embargo, una nueva idea había venido a ocupar sus pensamientos. Empezó a elaborar con diligencia un plan para su muerte; dibujaba una especie de gráfico en el que indicaba los altos y bajos de su sentido del miedo; y por fin, como para simplificar las cosas, se ponía una fecha fija, la noche entre el primer y el segundo día de agosto. Lo que le interesaba no era tanto la muerte misma sino todos los detalles que la precedían, y se metía tanto en los detalles que la muerte misma se le olvidaba. Pero en cuanto volvía a estar sobrio, la escena pintoresca de tal o cual método de autodestrucción palidecía, y sólo una cosa permanecía clara: su vida había ido consumiéndose en la nada y no tenía sentido continuar con ella.

El primer día de agosto siguió su curso. A las seis y media de la tarde, en el gran bufé mal iluminado de la estación de Berlín, la anciana princesa María Ukhtomski estaba sentada en una mesa vacía: una mujer gorda, vestida completamente de negro, con el rostro cetrino como el de un eunuco. Los contrapesos de bronce de las arañas resplandecían bajo el alto techo empañado. De cuando en cuando alguien movía una silla y el sonido hueco reverberaba en el espacio.

La princesa Ukhtomski lanzó una mirada severa a la manecilla dorada del reloj de pared. La manecilla dio un paso adelante. Un minuto más tarde volvió a estremecerse. La anciana dama se levantó, tomó su sac de voyage de brillante cuero negro, y se arrastró hasta la salida, apoyada en su bastón masculino con su gran pomo de madera.

Un mozo la estaba esperando en la puerta. El tren entraba de espaldas a la estación. Uno tras otro, los lúgubres coches alemanes color de hierro pasaron ante su vista. La teca parda y ya vieja de un coche-cama mostraba bajo la ventana central una señal donde se leía BERLÍN-PARÍS; el coche internacional, así como el vagón restaurante con su madera de teca, en una de cuyas ventanillas se distinguían los codos y la cabeza del camarero de pelo color de zanahoria, eran lo único que recordaba al elegante y severo Nord-Express de antes de la guerra.

El tren se detuvo con un chasquido metálico de los parachoques, y un silbido largo de los frenos.

El mozo instaló a la princesa Ukhtomski en un compartimiento de segunda clase de un vagón Schnellzug, un compartimiento de fumadores, tal como ella había pedido. En un rincón, junto a la ventana, un hombre en un traje beige con rostro insolente y tez olivácea estaba cortando el extremo de un puro.

La anciana princesa se instaló enfrente. Comprobó, con una mirada lenta y meditada, que todas sus cosas estuvieran colocadas en la red que había sobre sus cabezas. Dos maletas y una cesta. Todo estaba allí. Y el reluciente bolso de viaje en su regazo. Sus labios se movieron en un gesto adusto como si estuviera mascando algo.

Una pareja de alemanes irrumpió jadeante y presurosa en el compartimiento.

Y a continuación, un minuto justo antes de que el tren se pusiera en marcha, llegó una mujer joven con la boca pintada y un sombrerito negro que le cubría la frente. Dispuso sus cosas y salió al pasillo. El hombre del traje beige se la quedó mirando. Abrió la ventanilla con sacudidas inexpertas, y se apoyó en ella para despedirse de alguien. La princesa creyó distinguir el repiqueteo del idioma ruso.

El tren se puso en movimiento. La mujer volvió al compartimiento. La sonrisa que tenía en el rostro se había desvanecido, y había sido reemplazada por una expresión preocupada. Las traseras de ladrillo de las casas se deslizaban al otro lado de la ventanilla: una de ellas mostraba el anuncio pintado de un cigarrillo ingente, relleno de lo que parecía paja dorada. Los tejados, mojados con la lluvia, brillaban bajo los rayos del sol poniente.

La anciana princesa Ukhtomski no pudo aguantar más. Preguntó amablemente en ruso: «¿Le molesta que ponga mi bolso aquí?».

La mujer dio un respingo y contestó: «No, en absoluto, por favor».

El hombre de beige y oliva del rincón escrutaba su periódico con atención.

—Yo voy a París —inició la conversación la princesa con un leve suspiro—. Tengo un hijo allí. Me da miedo Alemania, sabe usted.

Y sacó de su bolso de viaje un gran pañuelo que se pasó por la nariz y por toda la cara.

—Sí, miedo. La gente dice que va a estallar una revolución comunista en Berlín. ¿No ha oído usted nada?

La mujer negó con la cabeza. Miró con suspicacia al hombre del periódico y al matrimonio alemán.

—Yo no sé nada. Llegué de Rusia, de Petersburgo, anteayer.

El rostro cetrino y regordete de la princesa Ukhtomski expresaba una intensa curiosidad. Sus cejas diminutas se levantaron.

—¡No me diga!

Con los ojos fijos en la punta de su zapato gris, la mujer dijo rápidamente en una voz muy dulce:

—Sí, una persona de buen corazón me ayudó a salir. Ahora voy a París. Tengo parientes allí.

Y empezó a quitarse los guantes. Una alianza de oro se le deslizó del dedo. La cogió con presteza.

—No hago más que perder mi alianza. Debo de haber adelgazado o algo así.

Se quedó en silencio, sin dejar de parpadear. A través de la ventanilla del pasillo, al otro lado de la puerta de cristal del compartimiento, se veía la hilera imperturbable de los hilos telefónicos que se alzaban vertiginosos hacia arriba.

La princesa Ukhtomski se acercó a su vecina.

—Dígame —preguntó en un susurro—. A esos soviéticos no les va tan bien ahora, ¿no es cierto?

Un poste telegráfico, negro contra el sol poniente, pasó raudo, interrumpiendo el ascenso suave de los cables. Cayeron, como cae la bandera cuando el viento cesa de soplar. Y luego, furtivamente, comenzaron a ascender de nuevo. El expreso viajaba rápido entre los muros espaciosos de una noche inmensa y encendida de fuego. Desde algún lugar en el techo de los compartimientos, se oía un ligero tembleteo como si la lluvia cayera sobre techos de pizarra. Los vagones alemanes oscilaban violentamente. El internacional, tapizado de azul en su interior, se movía menos y hacía menos ruido que los otros. Tres camareros ponían las mesas en el vagón restaurante. Uno de ellos, con el pelo muy corto y cejijunto pensaba en el pequeño vial que guardaba en su bolsillo. No dejaba de pasar la lengua por los labios y sorberse los mocos. El vial contenía un polvo cristalino y llevaba la marca de Kramm. Estaba colocando los cuchillos y los tenedores e insertando botellas cerradas en los correspondientes aros de las mesas, cuando de repente ya no pudo más. Le dirigió una sonrisa convulsa a Max Fuchs, que estaba bajando las persianas, y cruzó la plataforma que conectaba los coches para llegar al vagón siguiente. Se encerró en el baño. Calculando con cuidado los vaivenes del tren, vertió un montoncito de polvo en la uña de su pulgar; con fruición se lo aplicó a un agujero de la nariz y luego al otro; lo inhaló; con la lengua se limpió el polvo brillante que se había quedado en la uña; parpadeó con fuerza un par de veces como reacción ante el amargor gomoso y abandonó el baño, borracho y boyante, con la cabeza llena del delicioso aire helado. Al cruzar el diafragma en su camino de vuelta al vagón restaurante pensó: «¡Qué sencillo sería morir ahora!». Sonrió. Sería mejor que esperara hasta que cayera la noche. Sería una pena cortar el efecto de aquel veneno encantador.

—Dame las reservas, Hugo. Voy a distribuirlas.

—No, deja que vaya Max. Max trabaja más deprisa. Ten, Max.

El camarero pelirrojo agarró la caja con los cupones en su puño pecoso. Se deslizó como un zorro entre las mesas y por el pasillo azul del coche-cama. Cinco cuerdas de arpa se alzaban distintas y precisas contra el cielo y tras las ventanillas. El cielo se estaba oscureciendo. En el compartimiento de segunda clase de uno de los vagones alemanes una anciana vestida de negro, con aspecto de eunuco, escuchaba, puntuando su escucha con unos leves suspiros, el relato de una vida distante y monótona.

¿Y su marido... tuvo que quedarse?

Los ojos de la joven se abrieron de par en par mientras negaba con la cabeza.

—No. Lleva fuera bastante tiempo. Sencillamente, las cosas ocurrieron así. Al comienzo de la Revolución viajó hacia el sur, a Odesa. Le perseguían. Yo pensaba reunirme allí con él, pero no conseguí salir a tiempo.

—Terrible, terrible. ¿Y no ha tenido noticias suyas?

—Ninguna. Recuerdo que un buen día decidí que estaba muerto. Empecé a llevar la alianza en la cadena donde llevo la cruz. Temía que también me quitaran eso. Y luego, en Berlín, unos amigos me dijeron que estaba vivo. Alguien le había visto. Ayer mismo puse un anuncio en un periódico de exiliados.

Apresuradamente sacó una página doblada del Rul' de su ajado bolso de seda.

—Aquí lo tiene, mire.

La princesa Ukhtomski se puso las gafas y comenzó a leer: «Elena Nikolayevna Luzhin está buscando a su marido Aleksey Lvovich Luzhin».

—¿Luzhin? —preguntó, quitándose las gafas—. ¿No será el hijo de Lev Sergeich? Tenía dos hijos. No recuerdo sus nombres.

Elena sonrió radiante.

—Oh, qué maravilloso. Esto sí que es una sorpresa. No me diga que conocía a su padre.

—Claro que sí, desde luego —interrumpió la princesa en un tono amable y complaciente—. Lyovushka Luzhin, antiguo Ulano. Nuestras propiedades estaban una al lado de la otra. Solía visitarnos.

—Murió —interrumpió Elena.

—Sí, sí, eso he oído. Descanse en paz. Siempre llegaba a nuestra casa con sus perros de caza. Pero de sus hijos no me acuerdo tan bien. Llevo fuera del país desde 1917. El más joven era rubio, creo recordar. Y tartamudeaba un poco.

Elena volvió a sonreír.

—No, ése era su hermano mayor.

—En ese caso, los tengo confundidos, querida —dijo la princesa con aplomo—. Mi memoria ya no es demasiado buena. Ni siquiera me habría acordado de Lyovushka si usted no lo hubiera mencionado. Pero ahora lo recuerdo todo. Solía venir a nuestra casa a tomar el té y, déjeme que le cuente... —la princesa se acercó y siguió, con una voz clara y un punto melodiosa, sin tristeza, porque sabía que de las cosas felices sólo es posible hablar de una forma feliz, sin dolerse porque se hayan ido.

—Déjeme que le cuente —siguió—, teníamos un juego de platos muy divertido, con una cenefa de oro en derredor y, en el centro, un mosquito tan realista que nadie que no estuviera al tanto escapaba al gesto de intentar quitarlo del plato.

La puerta del compartimiento se abrió. Un camarero pelirrojo les iba entregando las reservas de mesa para la cena. Elena cogió una. Y lo mismo hizo el hombre sentado en el rincón, que llevaba algún tiempo tratando de despertar su atención.

—Yo he traído mi propia comida —dijo la princesa—. Jamón y un panecillo.

Max pasó por todos los vagones y volvió al vagón restaurante. Al pasar, dio un codazo a su compañero ruso que estaba de pie a la entrada del coche con una servilleta bajo el brazo. Luzhin se quedó mirando a Max con ojos brillantes de ansiedad. Sintió que un hormigueo de vacío y de frío se le colaba en el cuerpo y suplantaba sus huesos y sus órganos, como si todo su cuerpo estuviera a punto de estornudar de un momento a otro, exhalando el alma en un suspiro. Se imaginó por centésima vez cómo iba a organizar su muerte. Calculó hasta el más mínimo detalle, como si estuviera ante un problema de ajedrez. Planeó bajarse del tren por la noche en una determinada estación, rodear caminando el vagón inmóvil hasta colocar la cabeza en el extremo de los topes justo en el momento en el que otro vagón, que iban a acoplar al vagón inmóvil, iniciara su marcha. Los topes chocarían. Entre ellos estaría su cabeza inclinada. Estallaría como una burbuja de jabón y se convertiría en aire iridiscente. Tendría que sostenerse con fuerza en las traviesas y apoyar la sien firmemente contra el frío metal del tope.

—¿Es que no me oyes? Ya es hora de que llames a cenar.

Ahora era Hugo quien hablaba. Luzhin respondió con una sonrisa asustada e hizo lo que le decía, abriendo por un momento las puertas de los compartimientos al pasar, mientras anunciaba rápidamente y a plena voz:

—¡Primera llamada para la cena!

En uno de los compartimientos sus ojos se fijaron fugazmente en el rostro relleno y amarillento de una anciana que estaba desempaquetando un bocadillo. Algo en aquel rostro le resultaba familiar. Mientras rehacía su camino atravesando los distintos compartimientos, no dejaba de pensar en quién podía ser. Era como si la hubiera visto en un sueño. La sensación de que su cuerpo estaba a punto de estornudarle el alma en cualquier momento se hizo más concreta -—en cualquier momento recordaré a quién se parece esa mujer. Pero cuanto más se esforzaba por recordar, más se le resistía el recuerdo que parecía esfumarse en la distancia. Cuando llegó al vagón restaurante se movía con lentitud, la nariz parecía dilatársele y sentía un espasmo en la garganta que le impedía tragar.

—Al cuerno con ella, vaya estupidez.

Los pasajeros, caminando torpemente y agarrándose a las barandillas de metal, empezaron a recorrer los pasillos en dirección al vagón restaurante. En las ventanas oscurecidas empezaban a brillar diferentes reflejos, aunque todavía se dejaba ver el rayo amarillo del sol poniente. Elena Luzhin se fijó no sin cierta alarma en que el hombre del traje beige había esperado a que ella se pusiera en pie para levantarse. Tenía unos desagradables ojos saltones y vidriosos que parecían llenos de un yodo oscuro. Caminaba por el pasillo de tal forma que continuamente se tropezaba con ella y la pisaba, y cuando un brusco movimiento del tren le hacía perder el equilibrio (los vagones traqueteaban violentamente), él se aclaraba la garganta mordaz como respondiendo a no sé qué oscuras intenciones. Por alguna razón pensó que tenía que ser un espía, un confidente, y aunque sabía que era una tontería pensar eso —después de todo ya no estaba en Rusia— no conseguía quitarse la idea de la cabeza.

Él dijo algo cuando atravesaron el pasillo del coche cama. Ella aceleró el paso. Cruzó las placas metálicas traqueteantes que conectaban con el restaurante, situado a continuación del coche-cama. Y allí, de repente, en el vestíbulo del vagón restaurante, aquel hombre, con una especie de ternura brutal, la cogió por el brazo. Ella ahogó un grito y liberó el brazo de un tirón tan violento que casi la llevó al suelo.

El hombre dijo en alemán con acento extranjero: «¡Querida!».

Elena torció el gesto intempestivamente. Volvió, rehizo su camino a través de las planchas metálicas, a través de los distintos vagones, a través del coche-cama. Se sentía profundamente herida. Prefería no cenar a tener que enfrentarse con aquel monstruo de zafiedad. «¡Dios sabe por quién me ha tomado! —pensó— y todo porque llevo carmín de labios».

—¿Qué ocurre? ¿Es que no vas a cenar?

La princesa Ukhtomski tenía un bocadillo de jamón en la mano.

—No, ya no me apetece. Le ruego me disculpe pero creo que voy a dormir un poco.

La anciana arqueó las cejas sorprendida, y luego continuó con su bocadillo.

En cuanto a Elena, apoyó la cabeza en el respaldo e hizo como si durmiera. Muy pronto cayó en un sopor. De tanto en tanto, su rostro pálido y cansado se movía en un gesto sorprendido. Su nariz brillaba en aquellas zonas en las que el maquillaje había desaparecido. La princesa Ukhtomski encendió un cigarrillo con un filtro larguísimo.

Media hora más tarde el hombre volvió, se sentó imperturbable en su rincón y se dedicó a limpiarse las muelas con un palillo. Luego cerró los ojos, jugueteó un rato con las manos, y finalmente se tapó la cara con la solapa del abrigo que colgaba de un gancho en la pared. Pasó una media hora y el tren aminoró la marcha. Las luces de un andén pasaron como espectros a lo largo de las ventanas llenas de niebla. El vagón se detuvo con un prolongado suspiro de alivio. Se oían diversos ruidos: alguien que tosía en el compartimiento vecino, pisadas que corrían por el andén de la estación. El tren se quedó parado un largo rato, mientras que los silbidos nocturnos se llamaban unos a los otros en la distancia. Luego, dio un respingo y empezó a moverse.

Elena se despertó. La princesa seguía durmiendo, su boca abierta una caverna negra. La pareja alemana había desaparecido. El hombre, con la cabeza cubierta por el abrigo, tenía las piernas completamente abiertas en una postura grosera.

Elena se lamió los labios, secos, y con preocupación se pasó la mano por la frente. De repente dio un respingo: no llevaba la alianza en el dedo anular.

Por un instante se quedó inmóvil contemplando su mano desnuda. Luego, con el corazón en vilo, empezó a buscarlo apresurada por el asiento, por el suelo. Miró las rodillas huesudas del hombre.

—¡Dios mío!, claro, debí de dejarla caer cuando iba al vagón restaurante, cuando luché por liberarme...

Salió corriendo del compartimiento; con los brazos extendidos, apoyándose en ambos lados del pasillo, conteniendo las lágrimas, atravesó un vagón, y después otro. Llegó al final del coche-cama, y a través de la puerta trasera, no vio sino aire, vacío, el cielo nocturno, la oscura cuña del lecho vacío donde los raíles se perdían en la distancia.

Pensó que se había confundido y había tomado la dirección equivocada. Llorando, rehizo su camino.

Junto a ella, en la puerta del baño, había una anciana con un viejo delantal y un brazalete que parecía una enfermera del turno de noche. Llevaba en la mano un cubo del que sobresalía un cepillo.

—Desengancharon el vagón restaurante —dijo la vieja, y quién sabe por qué razón, suspiró—. Después de atravesar Colonia, engancharán otro.

En el vagón restaurante que había quedado atrás bajo la bóveda de una estación donde debería aguardar a la mañana para volver a ponerse en camino en dirección a Francia, los camareros limpiaban y recogían los manteles. Luzhin terminó y se quedó en la puerta abierta a la entrada del vagón. La estación estaba oscura y desierta. En la distancia lucía una lámpara como si fuera una estrella húmeda que atravesara una nube gris de humo. El torrente de raíles brillaba todavía levemente. Seguía sin entender por qué el rostro de aquella anciana del bocadillo le había trastornado tan profundamente. Todo lo demás estaba claro, sólo aquel punto concreto permanecía oscuro.

Max, el pelirrojo de nariz afilada, salió a la puerta. Se puso a barrer el suelo. Se dio cuenta de que había un brillo de oro en una esquina. Se agachó. Era un anillo. Lo escondió en el bolsillo de su chaleco y miró furtivamente para asegurarse de que nadie lo había visto. La espalda de Luzhin seguía inmóvil en la misma puerta. Max sacó el anillo con cuidado; a la débil luz distinguió una palabra y unos números grabados en el interior. Debe de ser chino, pensó. En realidad la inscripción decía: «1-VIII-1915, ALEKSEY». Se volvió a meter el anillo en el bolsillo.

La espalda de Luzhin se movió. Silenciosamente se bajó del vagón. Caminó en diagonal hasta la próxima vía, con paso tranquilo, relajado, como si estuviera dando un paseo.

Un tren directo, sin paradas, tronó en su entrada a la estación. Luzhin fue hasta el borde del andén y bajó de un salto. La pista de ceniza crujió bajo su peso.

En ese preciso instante, la locomotora lo engulló de un golpe voraz. Max, totalmente ignorante de lo que acababa de ocurrir, miraba desde lejos mientras las ventanas iluminadas se sucedían vertiginosamente en una tira continua.


1.

Ostende, el muelle de piedra, la playa gris, la hilera distante de hoteles, todo ello rotaba despacio mientras se perdía en la niebla distante y turquesa de un día de otoño.

El profesor se tapó las piernas con una manta de cuadros, y la chaise longue crujió con su peso al reclinarse en la comodidad de la lona. La cubierta color ocre-rojizo estaba atestada de gente, y sin embargo en silencio. Las calderas palpitaban discretamente.

Una joven inglesa con medias de lana, señalando al profesor con un movimiento de sus cejas, se dirigió a su hermano que estaba de pie junto a ella: «Se parece a Sheldon, ¿no crees?».

Sheldon era un actor cómico, un gigante calvo de cara redonda y fláccida. «Está gozando con la travesía y con el mar», añadió la joven sotto voce. Y éstas fueron sus últimas palabras: con ellas, me temo, la chica desaparece del relato.

Su hermano, un estudiante pelirrojo y desgarbado que volvía a su universidad tras las vacaciones de verano, se quitó la pipa de la boca y dijo: «Es nuestro profesor de biología. Un tipo estupendo. Tengo que ir a saludarle». Se acercó al profesor quien, alzando sus pesados párpados, reconoció en él a uno de sus peores y más diligentes alumnos.

—Va a ser una travesía espléndida —dijo el estudiante, apretando ligeramente la fría mano que se le tendía.

—Eso espero —contestó el profesor, acariciando sus grises mejillas con los dedos—. Sí, eso espero —repitió como ponderando sus palabras—. Eso espero.

El estudiante lanzó una rápida mirada a las dos maletas que estaban junto a la tumbona. Una de ellas era una digna veterana de muchos viajes, cubierta con los blancos restos de viejas etiquetas de viaje, como los excrementos de pájaros sobre un monumento antiguo. La otra —completamente nueva, color naranja, con cierres brillantes— captó su atención por alguna extraña razón.

—Déjeme que coloque esa maleta antes de que se caiga —se ofreció, más que nada por decir algo y seguir con la conversación.

El profesor ahogó una especie de risa. Realmente se parecía a aquel cómico de sienes plateadas, o más bien, a un boxeador ya entrado en años...

—¿La maleta, dice usted? ¿Sabe lo que llevo en ella? —preguntó, con un punto de irritación en su voz—. ¿A que no lo adivina? ¡Un objeto maravilloso! Una percha especial para colgar abrigos que fabrican los alemanes...

—¿Un invento alemán, señor? —apuntó el estudiante, acordándose de que el biólogo acababa de estar en Berlín en un congreso científico.

El profesor se rió de buena gana con una sonora risotada, y uno de sus dientes de oro resplandeció como una llama. «Una invención divina, amigo mío, divina. Algo que todo el mundo necesita. Pero bueno, usted viaja con el mismo tipo de cosa. ¿No será usted un pólipo?» El estudiante forzó una sonrisa. Sabía que al profesor le encantaban los chistes oscuros. El viejo era objeto de muchos chismes en la universidad. Decían que torturaba a su esposa, una mujer muy joven. El estudiante sólo la había visto una vez. Una cosa flaca, con unos ojos increíbles. «¿Y cómo está su esposa, señor?», preguntó el estudiante pelirrojo.

El profesor contestó: «Seré franco con usted, querido amigo. Me he estado debatiendo conmigo mismo durante algún tiempo, pero ahora me siento en la obligación de decirle... Querido amigo, me gusta viajar en silencio. Espero que me perdone».

Y al llegar aquí, el estudiante, silbando de vergüenza y compartiendo la suerte de su hermana, desaparece por completo de estas páginas.

El profesor de biología, mientras tanto, se encajó el sombrero de fieltro negro hasta sus erizadas cejas para protegerse los ojos del vaivén deslumbrante del mar y se hundió en un sopor semejante al sueño. Los rayos del sol, que caían en su rostro gris perfectamente rasurado, con su gran nariz y su potente barbilla, le asemejaban a un busto que acabaran de modelar de arcilla todavía húmeda. Cada vez que una leve nubecilla de otoño se interponía cual pantalla contra el sol, el rostro se oscurecía de inmediato, se secaba, adquiría la frialdad de la piedra. Todo ello era consecuencia del juego de luces y sombras y no tenía nada que ver con lo que entonces pasaba por su mente. Si sus pensamientos hubieran podido de verdad hallar algún reflejo en las facciones de su rostro, la imagen del profesor no habría sido, en verdad, un espectáculo hermoso. El problema era que había recibido unos días atrás un informe de un detective privado que había contratado en Londres en el que se le informaba de que su mujer le había engañado. Una carta interceptada, escrita en su letra minúscula y familiar, comenzaba así: «Mi querido Jack, todavía estoy llena de tu último beso». El nombre del profesor no era ciertamente Jack, ése era el problema. Darse cuenta de ello no le produjo dolor ni sorpresa, ni siquiera sintió herido su orgullo masculino, sino sencillamente odio, frío y afilado, como el de un bisturí. Se dio cuenta con absoluta claridad de que iba a asesinar a su esposa. No tenía la menor duda ni el más mínimo escrúpulo. Sólo había que concebir el método más ingenioso, el más atroz. Mientras se reclinaba en la tumbona de cubierta, revisó por centésima vez todos los métodos de tortura descritos por los viajeros y por los estudiosos medievales. Ninguno de ellos le parecía lo suficientemente doloroso. En la distancia, en el límite del resplandor verde, las rocas almibaradas de Dover se estaban materializando y él todavía no había tomado una decisión. Las máquinas del barco cesaron de rugir: el vapor quedó en silencio y meciéndose suave con el oleaje, atracó. El profesor siguió al mozo que llevaba su equipaje a lo largo de la escalerilla. El oficial de aduanas, después de despachar los objetos cuya importación estaba prohibida, le pidió que abriera una maleta —la nueva, la de color naranja. El profesor dio una vuelta a la llave en la cerradura y abrió de golpe la tapa de piel. Una señora rusa que estaba detrás de él exclamó con un grito: «¡Santo cielo!», y empezó a reírse nerviosamente. Dos belgas, que parecían escoltar al profesor, volvieron la cabeza a un lado y alzaron los ojos al cielo. Uno de ellos se encogió de hombros, el otro lanzó un silbido, mientras que el inglés se dio la vuelta con indiferencia. El oficial, atónito y sin palabras, miraba con ojos desorbitados el contenido de la maleta. Todo el mundo se sentía muy mal, incómodo, un punto horrorizado. El biólogo, con toda su flema, dio su nombre y mencionó el museo de la universidad. Los rostros circundantes volvieron a la normalidad. Sólo unas cuantas mujeres se lamentaron cuando supieron que no se había cometido ningún crimen.

«¿Pero, por qué lo transporta en una maleta?», preguntó el aduanero, con un cierto reproche no exento de respeto, mientras con toda cautela cerraba la maleta y marcaba con tiza un garabato sobre la piel. «Tenía prisa —dijo el profesor bizqueando fatigado—. No tenía tiempo de andar montando una jaula. En cualquier caso, se trata de un objeto muy valioso, no es algo que yo pudiera facturar con el resto del equipaje». Y con andares cansinos aunque enérgicos, el profesor cruzó hasta el andén de la estación dejando a un lado a un policía que parecía un juguete del país de Gargantúa. Pero, de repente, se detuvo como si recordara algo y murmuró para sí con una sonrisa radiante y feliz. «Ya está... ya lo tengo. Un método de lo más inteligente.» Y dicho esto lanzó un profundo suspiro de satisfacción y compró dos plátanos, un paquete de cigarrillos, unos periódicos que parecían sábanas crujientes, y, unos minutos más tarde, se encontraba en un confortable compartimiento del Continental Express que a toda velocidad iba dejando atrás el titilante mar, las rocas blancas y los pastos esmeraldas de Kent.

2.

Eran unos ojos maravillosos, maravillosos de verdad, con pupilas como manchas de tinta brillante que se hubieran vertido sobre satén gris perla. Llevaba el pelo corto y era de tono dorado pálido, un exuberante tocado como de pelusa. Era pequeña, estirada, plana. Llevaba esperando a su marido desde ayer y estaba segura de que llegaría ese mismo día. Con un vestido gris escotado y zapatillas de terciopelo, sentada en una otomana azul eléctrico en el salón, pensando que era una pena que su marido no creyera en los fantasmas y que despreciara abiertamente al joven médium, un escocés de pestañas pálidas y delicadas que la visitaba de vez en cuando. Después de todo, a ella le ocurrían cosas extrañas. Recientemente, mientras dormía, había tenido una visión de un joven muerto con quien, antes de casarse, había paseado a la luz del crepúsculo, cuando los frutos de la zarzamora parecen tan pálidos y blancos. A la mañana siguiente, temblando todavía, le había escrito un borrador de carta —una carta dirigida a su sueño. En esta carta le había mentido al pobre Jack. Casi le había olvidado, en verdad; amaba a su insoportable marido con un amor temeroso pero fiel y, sin embargo, quería enviar un poco de calor a su querido visitante espectral, para tranquilizarle con unas cuantas palabras terrenas. La carta había desaparecido misteriosamente de su bloc de correspondencia, y aquella misma noche soñó con una larga mesa, desde cuyo fondo emergió de repente Jack, saludándola agradecido. Ahora, por alguna razón, se sentía incómoda cuando recordaba el sueño, casi como si hubiera engañado a su marido con un fantasma.

El cuarto de estar tenía una atmósfera cálida y festiva. En el amplio alféizar de la ventana reposaba un cojín de seda, amarillo brillante con rayas violetas.

El profesor llegó justo cuando ella acababa de llegar a la conclusión de que su barco debía de haberse hundido. Al mirar por la ventana, vio la berlina negra de un taxi, la mano extendida del taxista y los pesados hombros de su marido que se inclinaba a pagar. Atravesó volando las habitaciones y trotó en dirección al piso de abajo alzando sus brazos desnudos y delgados.

El subía hacia ella, encorvado dentro de su enorme gabán. Detrás de él, un criado llevaba las maletas.

Ella se apretó contra su bufanda de lana mientras, alegremente y como en broma, jugueteaba con su pierna que lanzaba hacia atrás, embutida en sus medias grises, y la suspendía en el aire. Él besó su mejilla cálida. Con una sonrisa amable se desembarazó de su abrazo. «Estoy lleno de polvo... Espera...», murmuró, sujetándola por las muñecas. Ella frunció el ceño y echó atrás la cabeza y el pálido fuego de su pelo. El profesor se inclinó y la besó en los labios con otro amago de sonrisa.

En la cena, empezó a hablar excitado, de forma que la blanca pechera de su camisa parecía hincharse cuando sacaba pecho y sus mejillas brillantes no dejaban de moverse, mientras contaba los pormenores de su breve viaje. Se mostraba alegre con un punto de reserva. Las solapas de seda circulares de su esmoquin, su mandíbula de buldog, su calva enorme con aquellas venas de hierro en las sienes,... Todo aquello producía en su mujer una piedad exquisita: la piedad que siempre sentía porque, mientras él estudiaba las minucias de la vida, se resistía a entrar en el mundo de ella, donde fluía la poesía de Walter de la Mare y donde surgían todo tipo de espíritus astrales infinitamente tiernos.

—Y bien, ¿te han visitado algunos de tus fantasmas mientras yo he estado fuera? —le preguntó, como si hubiera estado leyendo sus pensamientos. Ella quería contarle su sueño, la carta, pero de alguna forma se sentía culpable.

—¿Sabes qué te digo? —siguió él, mientras echaba azúcar en un poco de ruibarbo rosa—. Tú y tus amigos estáis jugando con fuego. Pueden ocurrir realmente acontecimientos aterradores. Un médico vienes me contó el otro día una serie de metamorfosis increíbles. Una mujer, una especie de histérica de esas que se dedican a predecir la fortuna, se murió, creo que de un ataque al corazón, y cuando el médico la desvistió (todo eso ocurrió en una choza en Hungría, a la luz de las velas), se quedó petrificado al ver su cuerno; estaba completamente cubierto con un brillo rojizo y al tacto resultaba blando y viscoso y, al examinarlo de cerca, se dio cuenta de que aquel cadáver tenso y pesado consistía por entero en una serie de bandas estrechas y circulares de seda, como si hubiera sido vendado meticulosamente por una serie de cuerdas invisibles, un poco como ese anuncio francés de ruedas de coche, ese del hombre cuyo cuerpo no son sino neumáticos. Con la diferencia de que en su caso los neumáticos eran muy estrechos y de color rojizo. Y, mientras el médico proseguía su observación, el cadáver empezó a deshilvanarse gradualmente como si fuera un inmenso ovillo de hilo... Su cuerpo era un gusano delgado, infinito, que se desenrollaba y reptaba, resbalándose por la rendija de la puerta, mientras que en la cama lo que quedaba era un blanco esqueleto desnudo, todavía húmedo. Y sin embargo esta mujer había tenido un marido, que en tiempos la había besado... había besado a aquel gusano.

El profesor se puso una copa de oporto color de caoba y empezó a tragar el rico líquido, sin quitar sus ojos escrutadores del rostro de su mujer. Sus hombros gráciles, pálidos se estremecieron.

—No te das cuenta de lo horrible que es eso que me acabas de contar —dijo agitada—. Así que el fantasma de la mujer desapareció convirtiéndose en un gusano. Es aterrador...

—-A veces pienso —dijo el profesor, subiéndose los puños pomposamente y contemplándose las manos— que, en último término, toda mi ciencia no es más que una ilusión vana, que somos nosotros los que hemos inventado las leyes de la física, que puede suceder cualquier cosa, insisto: cualquier cosa. Los que se abandonan a pensamientos semejantes se vuelven locos...

Ahogó un bostezo, llevándose el puño cerrado a los labios.

—¿Qué te ha ocurrido, mi amor? —exclamó su mujer con dulzura—. Nunca habías hablado así... Yo creía que tú lo sabías todo, que tenías todo controlado...

Por un momento el profesor empezó a mover la nariz espasmódicamente y se dejó entrever el brillo de un colmillo de oro. Pero muy pronto su rostro recobró su estado habitual de flaccidez. Se estiró y se levantó de la mesa.

—No digo más que tonterías —dijo tranquilo y con cierta ternura—. Estoy cansado, me voy a la cama. No enciendas la luz cuando vengas. Ven a la cama conmigo... conmigo —repitió como con segundas intenciones y con cierta ternura, en un tono que hacía tiempo que no utilizaba.

Al quedarse sola en el cuarto de estar volvió a repetir sus palabras en su interior y éstas resonaron con una cierta ternura.

Llevaba casada con él cinco años y, a pesar del carácter caprichoso de su marido, de sus frecuentes ataques de celos injustificados, de sus silencios, de su malhumor, de su incomprensión, ella era feliz porque lo amaba y tenía piedad por él. Ella, esbelta y blanca, y él, pesado, calvo, con penachos de lana gris en medio del pecho, componían una pareja imposible, monstruosa... y sin embargo ella gozaba con sus poco frecuentes pero enérgicas caricias.

Un crisantemo en su jarrón encima de la repisa de la chimenea dejó caer unos cuantos pétalos abarquillados con un crujido seco. Ella dio un respingo y su corazón sufrió una desagradable sacudida al acordarse de que el aire estaba siempre lleno de fantasmas y que incluso su marido, el científico, había notado sus terribles apariciones.

Se acordó de cómo Jackie había aparecido desde debajo de la mesa y había empezado a saludarle con tiernos movimientos de cabeza un tanto misteriosos. Le parecía que todos los objetos del cuarto la observaban con expectación. Se quedó helada, como atravesada por una corriente de miedo. Abandonó el cuarto de estar rápidamente, conteniendo un grito absurdo. Se serenó y pensó: «Qué tonta soy, de verdad...». En el baño se tomó su tiempo y se detuvo en examinar cuidadosamente las pupilas relucientes de sus ojos. Su rostro menudo, enmarcado en una pelusa de oro, le resultó extraño.

Se sentía ligera como una jovencita, cubierta tan sólo con un camisón de encaje y, tratando de no tropezar con los muebles, entró en el dormitorio a oscuras. Extendió los brazos para localizar el cabecero de la cama y tenderse en el borde de la misma. Sabía que no estaba sola, que su marido estaba tumbado a su lado. Durante unos momentos se quedó inmóvil con la mirada perdida en el techo, sintiendo el latir violento y escondido de su corazón.

Cuando sus ojos se acostumbraron a la oscuridad, acuchillada por los rayos de luna que atravesaban la cortina de gasa, volvió la cabeza hacia su marido. Estaba tumbado dándole la espalda, envuelto en la manta. Sólo distinguía su coronilla toda calva, que parecía extraordinariamente lisa, brillante y también blanca en el charco de la luna.

No está dormido, pensó con cierto cariño. Si lo estuviera ya habría empezado a roncar, siquiera un poco.

Sonrió y entonces se deslizó hacia su marido con todo su cuerpo, extendiendo los brazos bajo las sábanas dispuesta al abrazo de rigor. Sus dedos tocaron unas costillas suaves. Su rodilla chocó contra un hueso liso. Una calavera, con las cuencas negras de los ojos rotando sin parar, cayó desde la almohada hasta sus hombros.

La luz eléctrica inundó la habitación. El profesor, todavía vestido con su esmoquin, con su pechera almidonada, y brillantes sus ojos y su enorme frente, surgió desde detrás de un biombo y se acercó a la cama.

En un revoltijo, la manta y las sábanas se deslizaron hasta la alfombra. Su mujer yacía muerta, abrazada al esqueleto blanco de un jorobado, montado a toda prisa, que el profesor había adquirido en el extranjero para el museo de la universidad.

 



[1] En el original en ruso, lleva por título Nezhits, que designa a los personajes fantásticos de la literatura rusa, como sirenas, duendes, brujas, etcétera.

[2] En el original en ruso da su nombre, Leshii, quien, según las antiguas creencias eslavas, era el espíritu del bosque, hostil con las personas.

[3] En el original en ruso se presenta como, Vodianoy, nombre por el que el folklore eslavo conoce al espíritu de las aguas.

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