Libro No. 334. Discurso Sobre El Origen De La Desigualdad Entre Los Hombres. Jean-Jacques Rousseau.
© Libro No. 334. Discurso Sobre El Origen De La Desigualdad Entre Los Hombres. Jean-Jacques Rousseau. Colección Emancipación Obrera. Agosto 25 de 2012.
Título
original: ©. Vladimir
Nabokov . Discurso sobre el origen de la
desigualdad entre los hombres. Jean-Jacques Rousseau
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Original: © Discurso sobre el origen de la
desigualdad entre los hombres. Jean-Jacques Rousseau
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Guillermo Molina Miranda
Discurso
sobre el origen de la desigualdad entre los hombres
Jean-Jacques Rousseau
Discurso
Sobre El Origen De La Desigualdad Entre Los Hombres
Jean-Jacques Rousseau
Advertencia del autor sobre las notas
Siguiendo
mi perezosa costumbre de trabajar a ratos perdidos, he añadido algunas notas a
esta obra. Estas notas se apartan bastante del asunto algunas veces, por lo
cual no son a propósito para ser leídas al mismo tiempo que el texto. Por esta
razón las he relegado al final del Discurso, en el cual he procurado seguir del
mejor modo posible el camino más recto. Quienes tengan el valor de empezar por
segunda vez la lectura pueden entretenerse en distraer su atención hacia las
notas, intentando una ojeada sobre ellas. En cuanto a los demás poco se
perdería si no las leyesen.
Dedicatoria
A la República de
Ginebra
Magníficos,
muy honorables y soberanos señores:
Convencido
de que sólo al ciudadano virtuoso le es dado ofrecer a su patria aquellos
honores que ésta pueda aceptar, trabajo hace treinta años para ser digno de
ofreceros un homenaje público; y supliendo en parte esta feliz ocasión lo que
mis esfuerzos no han podido hacer, he creído que me sería permitido atender
aquí más al celo que me anima que al derecho que debiera autorizarme.
Habiendo
tenido la dicha de nacer entre vosotros, ¿cómo podría meditar acerca de la
igualdad que la naturaleza ha establecido entre los hombres y sobre la
desigualdad creada por ellos, sin pensar al mismo tiempo en la profunda
sabiduría con que una y otra, felizmente combinadas en ese Estado, concurren,
del modo más aproximado a la ley natural y más favorable para la sociedad, al
mantenimiento del orden público y a la felicidad de los particulares? Buscando
las mejores máximas que pueda dictar el buen sentido sobre la constitución de
un gobierno, he quedado tan asombrado al verlas todas puestas en ejecución en
el vuestro, que, aun cuando no hubiera nacido dentro de vuestros muros, hubiese
creído no poder dispensarme de ofrecer este cuadro de la sociedad humana a
aquel de entre todos los pueblos que paréceme poseer las mayores ventajas y
haber prevenido mejor los abusos.
Si
hubiera tenido que escoger el lugar de mi nacimiento, habría elegido una
sociedad de una grandeza limitada por la extensión de las facultades humanas,
es decir, por la posibilidad de ser bien gobernada, y en la cual, bastándose
cada cual a sí mismo, nadie hubiera sido obligado a confiar a los demás las
funciones de que hubiese sido encargado; un Estado en que, conociéndose entre
sí todos los particulares, ni las obscuras maniobras del vicio ni la modestia
de la virtud hubieran podido escapar a las miradas y al juicio del público, y
donde el dulce hábito de verse y de tratarse hiciera del amor a la patria, más
bien que el amor a la tierra, el amor a los ciudadanos.
Hubiera
querido nacer en un país en el cual el soberano y el pueblo no tuviesen más que
un solo y único interés, a fin de que los movimientos de la máquina se
encaminaran siempre al bien común, y como esto no podría suceder sino en el
caso de que el pueblo y el soberano fuesen una misma persona, dedúcese que yo
habría querido nacer bajo un gobierno democrático sabiamente moderado.
Hubiera
querido vivir y morir libre, es decir, de tal manera sometido a las leyes, que
ni yo ni nadie hubiese podido sacudir el honroso yugo, ese yugo suave y
benéfico que las más altivas cabezas llevan tanto más dócilmente cuanto que
están hechas para no soportar otro alguno.
Hubiera,
pues, querido que nadie en el Estado pudiese pretender hallarse por encima de
la ley, y que nadie desde fuera pudiera imponer al Estado su reconocimiento;
porque, cualquiera que sea la constitución de un gobierno, si se encuentra un
solo hombre que no esté sometido a la ley, todos los demás hállanse
necesariamente a su merced (1); y si hay un jefe nacional y otro
extranjero, cualquiera que sea la división que hagan de su autoridad, es
imposible que uno y otro sean obedecidos y que el Estado esté bien gobernado.
Yo
no hubiera querido vivir en una república de reciente institución, por buenas
que fuesen sus leyes, temiendo que, no conviniendo a los ciudadanos el
gobierno, tal vez constituido de modo distinto al necesario por el momento, o
no conviniendo los ciudadanos al nuevo gobierno, el Estado quedase sujeto a
quebranto y destrucción casi desde su nacimiento; pues sucede con la libertad
como con los alimentos sólidos y suculentos o los vinos generosos, que son
propios para nutrir y fortificar los temperamentos robustos a ellos habituados,
pero que abruman, dañan y embriagan a los débiles y delicados que no están
acostumbrados a ellos. Los pueblos, una vez habituados a los amos, no pueden ya
pasarse sin ellos. Si intentan sacudir el yugo, se alejan tanto más de la
libertad cuanto que, confundiendo con ella una licencia completamente opuesta,
sus revoluciones los entregan casi siempre a seductores que no hacen sino
recargar sus cadenas. El mismo pueblo romano, modelo de todos los pueblos
libres, no se halló en situación de gobernarse a sí mismo al sacudir la
opresión de los Tarquinos (2). Envilecido por la esclavitud y los
ignominiosos trabajos que éstos le habían impuesto, el pueblo romano no fue al
principio sino un populacho estúpido, que fue necesario conducir y gobernar con
muchísima prudencia a fin de que, acostumbrándose poco a poco a respirar el
aire saludable de la libertad, aquellas almas enervadas, o mejor dicho
embrutecidas bajo la tiranía, fuesen adquiriendo gradualmente aquella severidad
de costumbres y aquella firmeza de carácter que hicieron del romano el más
respetable de todos los pueblos.
Hubiera,
pues, buscado para patria mía una feliz y tranquila república cuya antigüedad
se perdiera, en cierto modo, en la noche de los tiempos; que no hubiese sufrido
otras alteraciones que aquellas a propósito para revelar y arraigar en sus
habitantes el valor y el amor a la patria, y donde los ciudadanos, desde largo
tiempo acostumbrados a una sabia independencia, no solamente fuesen libres, mas
también dignos de serlo.
Hubiera
querido una patria disuadida, por una feliz impotencia, del feroz espíritu de
conquista, y a cubierto, por una posición todavía más afortunada, del temor de
poder ser ella misma la conquista de otro Estado; una ciudad libre colocada
entre varios pueblos que no tuvieran interés en invadirla, sino, al contrario,
que cada uno lo tuviese en impedir a los demás que la invadieran; una
república, en fin, que no despertara la ambición de sus vecinos y que pudiese
fundadamente contar con su ayuda en caso necesario. Síguese de esto que, en tan
feliz situación, nada habría de temer sino de sí misma, y que si sus ciudadanos
se hubieran ejercitado en el uso de las armas, hubiese sido más bien para
mantener en ellos ese ardor guerrero y ese firme valor que tan bien sientan a
la libertad y que alimentan su gusto, que por la necesidad de proveer a su
propia defensa.
Hubiera
buscado un país donde el derecho de legislar fuese común a todos los
ciudadanos, porque ¿quién puede saber mejor que ellos mismos en qué condiciones
les conviene vivir juntos en una misma sociedad? Pero no hubiera aprobado
plebiscitos semejantes a los usados por el pueblo romano, en el cual los jefes
del Estado y los más interesados en su conservación estaban excluidos de las
deliberaciones, de las que frecuentemente dependía la salud pública, y donde,
por una absurda inconsecuencia, los magistrados hallábanse privados de los
derechos de que disfrutaban los simples ciudadanos.
Hubiera
deseado, al contrario, que, para impedir los proyectos interesados y mal
concebidos y las innovaciones peligrosas que perdieron por fin a los
atenienses, no tuviera cualquiera el derecho de preponer caprichosamente nuevas
leyes; que este derecho perteneciera solamente a los magistrados; que éstos
usasen de él con tanta circunspección, que el pueblo, por su parte, no fuera
menos reservado para otorgar su consentimiento; y que la promulgación se
hiciera con tanta solemnidad, que antes de que la constitución fuese alterada
hubiera tiempo para convencerse de que es sobre todo la gran antigüedad de las
leyes lo que las hace santas y venerables; que el pueblo menosprecia
rápidamente las leyes que ve cambiar a diario, y que, acostumbrándose a descuidar
las antiguas costumbres so pretexto de mejores usos, se introducen
frecuentemente grandes males queriendo corregir otros menores.
Hubiera
huido, sobre todo, por estar necesariamente mal gobernada, de una república
donde el pueblo, creyendo poder prescindir de sus magistrados, o concediéndoles
sólo una autoridad precaria, hubiese guardado para sí, con notoria imprudencia,
la administración de sus asuntos civiles y la ejecución de sus propias leyes.
Tal debió de ser la grosera constitución de los primeros gobiernos al salir
inmediatamente del estado de naturaleza; y ése fue uno de los vicios que
perdieron a la república de Atenas.
Pero
hubiera elegido la república en donde los particulares, contentándose con
otorgar la sanción de las leyes y con decidir, constituidos en cuerpo y previo
informe de los jefes, los asuntos públicos más importantes, estableciesen
Tribunales respetados, distinguiesen con cuidado las diferentes jurisdicciones
y eligiesen anualmente para administrar la justicia y gobernar el Estado a los
más capaces y a los más íntegros de sus conciudadanos; aquella donde, sirviendo
de testimonio de la sabiduría del pueblo la virtud de los magistrados, unos y
otros se honrasen mutuamente, de suerte que sí alguna vez viniesen a turbar la
concordia pública funestas desavenencias, aun esos tiempos de ceguedad y de
error quedasen señalados con testimonios de moderación, de estima recíproca, de
un común respeto hacia las leyes, presagios y garantías de una reconciliación
sincera y perpetua.
Tales
son, magníficos, muy honorables y soberanos señores, las ventajas que hubiera
deseado en la patria de mi elección. Y si la Providencia hubiese añadido además
una posición encantadora, un clima moderado, una tierra fértil y el paisaje más
delicioso que existiera bajo el cielo, sólo habría deseado ya, para colmar mi
ventura, poder gozar de todos estos bienes en el seno de esa patria afortunada,
viviendo apaciblemente en dulce sociedad con mis conciudadanos y ejerciendo con
ellos, a su ejemplo, la humanidad, la amistad y todas las demás virtudes, para
dejar tras mí el honroso recuerdo de un hombre de bien y de un honesto y
virtuoso patriota.
Si,
menos afortunado o tardíamente discreto, me hubiera visto reducido a terminar
en otros climas una carrera lánguida y enfermiza, lamentando vanamente el
reposo y la paz de que me había privado una imprudente juventud, hubiese al
menos alimentado en mi alma esos mismos sentimientos de los cuales no hubiera
podido hacer uso en mi país, y, poseído de un afecto tierno y desinteresado
hacia mis lejanos conciudadanos, les habría dirigido desde el fondo de mi
corazón, poco más o menos, el siguiente discurso:
«Queridos
conciudadanos, o mejor, hermanos míos, puesto que así los lazos de la sangre
como las leyes nos unen a casi todos: Dulce es para mí no poder pensar en
vosotros sin pensar al mismo tiempo en todos los bienes de que disfrutáis, y
cuyo valor acaso ninguno de vosotros estima tanto como yo que los he perdido.
Cuanto más reflexiono sobre vuestro estado político y civil, más difícil me
parece que la naturaleza de las cosas humanas pueda permitir la existencia de
otro mejor. En todos los demás gobiernos, cuando se trata de asegurar el mayor
bien del Estado, todo se limita siempre a proyectos abstractos o, cuando más, a
meras posibilidades; para vosotros, en cambio, vuestra felicidad ya está hecha:
no tenéis mas que disfrutarla, y para ser perfectamente felices no necesitáis
sino conformaros con serlo. Vuestra soberanía, conquistada o recobrada con la
punta de la espada y conservada durante dos siglos a fuerza de valor y de
prudencia, es por fin plena y universalmente reconocida. Honrosos tratados fijan
vuestros límites, aseguran vuestros derechos y fortalecen vuestra tranquilidad.
Vuestra Constitución es excelente, dictada por la razón más sublime y garantida
por potencias amigas y respetables; vuestro Estado es tranquilo; no tenéis
guerras ni conquistadores que temer; no tenéis otros amos que las sabias leyes
que vosotros mismos habéis hecho, administradas por íntegros magistrados por
vosotros elegidos; no sois ni demasiado ricos para enervaros en la molicie y
perder en vanos deleites el gusto de la verdadera felicidad y de las sólidas
virtudes, ni demasiado pobres para que tengáis necesidad de más socorros
extraños de los que os procura vuestra industria; y esa preciosa libertad, que
no se mantiene en las grandes naciones sino a costa de exorbitantes impuestos,
casi nada os cuesta conservarla.
«¡Que
pueda durar siempre, para dicha de sus conciudadanos y ejemplo de los pueblos,
una república tan sabia y afortunadamente constituida! He aquí el único voto
que tenéis que hacer, el único cuidado que os queda. En adelante, a vosotros
incumbe, no el hacer vuestra felicidad -vuestros antepasados os han evitado ese
trabajo-, sino el conservarla duraderamente mediante un sabio uso. De vuestra
unión perpetua, de vuestra obediencia a las leyes y de vuestro respeto a sus
ministros depende vuestra conservación. Si queda entre vosotros el menor germen
de acritud o desconfianza, apresuraos a destruirlo como levadura funesta de
donde resultarían tarde o temprano vuestras desgracias y la ruina del Estado.
Os conjuro a todos vosotros a replegaros en el fondo de vuestro corazón y a
consultar la voz secreta de vuestra conciencia. ¿Conoce alguno de vosotros en
el mundo un cuerpo más íntegro, más esclarecido, más respetable que vuestra
magistratura? ¿No os dan todos sus miembros ejemplo de moderación, de sencillez
de costumbres, de respeto a las leyes y de la más sincera armonía? Otorgad,
pues, sin reservas a tan discretos jefes esa saludable confianza que la razón
debe a la virtud; pensad que vosotros los habéis elegido, que justifican
vuestra elección y que los honores debidos a aquellos que habéis investido de
dignidad recaen necesariamente sobre vosotros mismos. Ninguno de vosotros es
tan poco ilustrado que pueda ignorar que donde se extingue el vigor de las
leyes y la autoridad de sus defensores no puede haber ni seguridad ni libertad
para nadie.
¿De
qué se trata, pues, entre vosotros sino de hacer de buen grado y con justa
confianza lo que estaríais siempre obligados a hacer por verdadera
conveniencia, por deber y por razón? Que una culpable y funesta indiferencia por
el mantenimiento de la Constitución no os haga descuidar nunca en caso
necesario las sabias advertencias de los más esclarecidos y de los más
discretos, sino que la equidad, la moderación, la firmeza más respetuosa sigan
regulando vuestros pasos y muestren en vosotros al mundo entero el ejemplo de
un pueblo altivo y modesto, tan celoso de su gloria como de su libertad.
Guardaos sobre todo, y éste será mi último consejo, de escuchar perniciosas
interpretaciones y discursos envenenados, cuyos móviles secretos son
frecuentemente más peligrosos que las acciones mismas. Una casa entera
despiértase y se sobresalta a los primeros ladridos de un buen y fiel guardián
que sólo ladra cuando se aproximan los ladrones; pero todos odian la
impertinencia de esos ruidosos animales que turban sin cesar el reposo público
y cuyas advertencias continuas y fuera de lugar no se dejan oír precisamente
cuando son necesarias.»
Y
vosotros, magníficos y honorabilísimos señores; vosotros, dignos y respetables
magistrados de un pueblo libre, permitidme que os ofrezca en particular mis
respetos y atenciones. Si existe en el mundo un rango que pueda enaltecer a
quienes lo ocupen, es, sin duda, el que dan el talento y la virtud, aquel de
que os habéis hecho dignos y al cual os han elevado vuestros conciudadanos. Su
propio mérito añade al vuestro un nuevo brillo, y, elegidos por hombres capaces
de gobernar a otros para que los gobernéis a ellos mismos, os considero tan por
encima de los demás magistrados, como un pueblo libre, y sobre todo el que
vosotros tenéis el honor de dirigir, se halla, por sus luces y su razón, por
encima del populacho de los otros Estados.
Séame
permitido citar un ejemplo del que debieran quedar más firmes huellas y que
siempre vivirá en mi corazón. No recuerdo nunca sin sentir la más dulce emoción
al virtuoso ciudadano que me dio el ser y que aleccionó a menudo mi infancia
con el respeto que os era debido. Aun le veo, viviendo del trabajo de sus manos
y alimentando su alma con las verdades más sublimes. Delante de él, mezclados
con las herramientas de su oficio, veo a Tácito, a Plutarco y a Grocio. Veo a
su lado a un hijo amado recibiendo con poco fruto las tiernas enseñanzas del
mejor de los padres. Pero si los extravíos de una loca juventud me hicieron
olvidar un tiempo sus sabias lecciones, al fin tengo la dicha de experimentar
que, por grande que sea la inclinación hacía el vicio, es difícil que una
educación en la cual interviene el corazón se pierda para siempre.
Tales
son, magníficos y honorabilísimos señores, los ciudadanos y aun los simples
habitantes nacidos en el Estado que gobernáis; tales, son esos hombres
instruidos y sensatos sobre los cuales, bajo el nombre de obreros y de pueblo,
se tienen en las otras naciones ideas tan bajas y tan falsas. Mi padre, lo
confieso con alegría, no ocupaba entre sus conciudadanos un lugar distinguido;
era lo que todos son, y tal como era, no hay país en que no hubiese sido
solicitado y cultivado su trato, y aun con fruto, por las personas más
honorables. No me incumbe, y gracias al cielo no es necesario, hablaros de las
atenciones que de vosotros pueden esperar hombres de semejante excelencia,
vuestros iguales así por la educación como por los derechos de su nacimiento y
de la naturaleza; vuestros inferiores por su voluntad, por la preferencia que
deben a vuestros merecimientos, y que ellos han reconocido, por la cual, a
vuestra vez, les debéis una especie de reconocimiento. Veo con viva
satisfacción con cuánta moderación y condescendencia usáis con ellos de la
gravedad propia de los ministros de las leyes, cómo les devolvéis en estima y
consideración la obediencia y el respeto que ellos os deben; conducta llena de
justicia y sabiduría, a propósito para alejar cada vez más el recuerdo de
dolorosos acontecimientos que es preciso olvidar para no volverlos a ver nunca;
conducta tanto más discreta cuanto que ese pueblo justo y generoso se complace
en su deber y ama naturalmente honraros, y que los más fogosos en sostener sus
derechos son los más inclinados a respetar los vuestros.
No
debe sorprender que los jefes de una sociedad civil amen la gloria y la
felicidad; mas ya es bastante para la tranquilidad de los hombres que aquellos
que se consideran como magistrados o, más bien, como señores de una patria más
santa y sublime, den pruebas de algún amor a la patria terrenal que los
alimenta. ¡Qué dulce es para mí señalar en nuestro favor una excepción tan rara
y colocar en el rango de nuestros ciudadanos más excelentes a esos celosos
depositarios de los dogmas sagrados autorizados por las leyes, a esos
venerables pastores de almas, cuya viva y suave elocuencia hace penetrar tanto
mejor en los corazones las máximas del Evangelio, cuanto que ellos mismos
empiezan por ponerlas en práctica. Todo el mundo sabe con cuánto éxito se cultiva
en Ginebra el gran arte de la elocuencia sagrada. Pero harto habituados a oír
predicar de un modo y ver practicar de otro, pocas gentes saben hasta qué punto
reinan en nuestro cuerpo sacerdotal el espíritu del cristianismo, la santidad
de las costumbres, la severidad consigo mismo y la dulzura con los demás. Tal
vez le esté reservado a la ciudad de Ginebra presentar el ejemplo edificante de
una unión tan perfecta en una sociedad de teólogos y de gentes de letras. Sobre
su sabiduría y su moderación, sobre su celoso cuidado por la prosperidad del
Estado fundamento en gran parte la esperanza de su eterna tranquilidad, y,
sintiendo un placer mezclado de asombro y de respeto, observo cuánto horror
manifiestan ante las máximas espantosas de esos hombres sagrados y bárbaros -de
los cuales la Historia ofrece más de un ejemplo- que, para sostener los
pretendidos derechos de Dios, es decir, sus propios intereses, eran tanto menos
avaros de sangre humana cuanto más se envanecían de que la suya sería siempre
respetada.
¿Podía
olvidarme de esa encantadora mitad de la República que hace la felicidad de la
otra y cuya dulzura y prudencia mantienen la paz y las buenas costumbres?
Amables y virtuosas ciudadanas: el sino de vuestro sexo será siempre gobernar
el nuestro. ¡Felices cuando vuestro casto poder, ejercido solamente en la unión
conyugal, no se hace sentir más que para gloria del Estado y a favor del
bienestar público! Así es como gobernaban las mujeres de Esparta, y así
merecéis vosotras gobernar en Ginebra. ¿Qué hombre bárbaro podría resistir a la
voz del honor y de la razón en boca de una tierna esposa? ¿Y quién no
despreciaría un vano lujo viendo la sencillez y modestia de vuestra compostura,
que parece ser, por el brillo que recibe de vosotras, la más favorable a la
hermosura? A vosotras corresponde mantener vivo siempre, por vuestro amable o
inocente imperio y vuestro espíritu insinuante, el amor de las leyes en el
Estado y la concordia entre los ciudadanos; unir por medio de afortunados
matrimonios las familias divididas, y, sobre todo, corregir con la persuasiva
dulzura de vuestras lecciones y la gracia sencilla de vuestro trato las
extravagancias que nuestros jóvenes aprenden en el extranjero, de donde, en
lugar de tantas cosas que podrían aprovecharles, sólo traen consigo, con un
tono pueril y ridículos aires aprendidos entre mujeres perdidas, la admiración
de no sé qué grandezas, frívolo desquito de la servidumbre que no valdrá nunca
tanto como la augusta libertad. Permaneced, pues, siempre las mismas: castas
guardadoras de las costumbres y de los dulces vínculos de la paz, y continuad
haciendo valer en toda ocasión los derechos del corazón y de la naturaleza en
beneficio del deber y de la virtud.
Me
envanezco de no ser desmentido por los resultados fundando en tales garantías
la esperanza de la felicidad común de los ciudadanos y la gloria de la
república. Confieso que, con todas esas ventajas, no brillará con ese resplandor
con que se alucinan la mayor parte de los ojos, y cuya predilección pueril y
funesta es el mayor y mortal enemigo de la felicidad y de la libertad. Que la
juventud disoluta vaya a buscar en otras partes los placeres fáciles y los
largos arrepentimientos; que las pretendidas personas de buen gusto admiren en
otros lugares la grandeza de los palacios, la ostentación de los trenes, los
soberbios ajuares, la pompa de los espectáculos y todos los refinamientos de la
molicie y el lujo. En Ginebra sólo se hallarán hombres; sin embargo, este
espectáculo también tiene su precio, y aquellos que lo busquen bien podrán
parangonarse con los admiradores de esas otras cosas.
Dignaos,
magníficos, muy honorables y soberanos señores, recibir todos con igual bondad
el respetuoso testimonio del cuidado que me tomo por vuestra común prosperidad.
Si fuese tan desgraciado que apareciera culpable de algún arrebato indiscreto
en esta viva efusión de mi corazón, yo os suplico que lo disculpéis en gracia
al tierno afecto de un verdadero patriota y al celo ardoroso y legítimo de un
hombre que no aspira a mayor felicidad para sí que la de veros a todos dichosos.
Soy
con el más profundo respeto, magníficos, muy honorables y soberanos señores,
vuestro muy humilde y muy obediente servidor y conciudadano,
J. J. ROUSSEAU.
Chamberí,
12 de junio de 1754.
Prefacio
El
conocimiento del hombre me parece el más útil y el menos adelantado de todos
los conocimientos humanos (3)
, y me atrevo a
decir que la inscripción del templo de Delfos contenía por sí sola un precepto
más importante y más difícil que todos los gruesos volúmenes de los moralistas.
Así, considero el asunto de este DISCURSO (4) como una de las cuestiones más
interesantes que la Filosofía pueda proponer a la meditación, y,
desgraciadamente para nosotros, como uno de los problemas más espinosos que
hayan de resolver los filósofos; porque ¿cómo conocer el origen de la
desigualdad entre los hombres si no se empieza por conocer a los hombres
mismos? ¿Y cómo podrá llegar el hombre a verse tal como lo ha formado la
naturaleza, a través de todos los cambios que la sucesión de los tiempos y de
las cosas ha debido producir en su constitución original, y a distinguir lo que
tiene de su propio fondo de lo que las circunstancias y sus progresos han
cambiado o añadido a su estado primitivo? Semejante a la estatua de Glaucos,
que el tiempo, el mar y las tempestades habían desfigurado de tal modo que
menos se parecía a un dios que a una bestia salvaje, el alma humana, modificada
en el seno de la sociedad por mil causas que renacen sin cesar, por la
adquisición de una multitud de conocimientos y de errores, por las
transformaciones ocurridas en la constitución de los cuerpos y por el continuo
choque de las pasiones, ha cambiado, por así decir, de apariencia, hasta el
punto de que apenas puede ser reconocida, y no se encuentra ya, en lugar de un
ser obrando siempre conforme a principios ciertos e invariables, en lugar de la
celestial y majestuosa simplicidad de que su Autor la había dotado, sino el
disforme contraste de la pasión que cree razonar y del entendimiento en
delirio.
Pero
lo más cruel aún es que todos los progresos de la especie humana le alejan sin
cesar del estado primitivo; cuantos más conocimientos nuevos acumulamos, más
nos privamos de los medios de adquirir el más importante de todos, y es, en
cierto sentido, a causa de estudiar al hombre por lo que nos hemos colocado en
la imposibilidad de conocerlo.
Echase
de ver fácilmente que es en estos cambios de la constitución humana donde
precisa buscar el primer origen de las diferencias que separan a los hombres,
los cuales, por común testimonio, son naturalmente tan iguales entre sí como lo
eran los animales de cada especie antes de que diferentes causas físicas
introdujeran en algunas las variaciones que en ellas observamos. No es
concebible, en efecto, que esos primeros cambios, de cualquier modo que hayan
ocurrido, hayan mudado a la vez y de semejante manera a todos los individuos de
la especie, sino que, habiéndose perfeccionado o degenerado unos, y habiendo
adquirido cualidades diversas, buenas o malas, que no eran inherentes a su
naturaleza, los otros permanecieron más tiempo en su estado original; y tal fue
entre los hombres la fuente primera de la desigualdad, que es mucho más fácil
demostrarlo así, en general, que señalar con precisión las verdaderas causas.
No
piensen por esto mis lectores que me envanezco de haber visto lo que me parece,
tan difícil de ver. Yo he comenzado algunos razonamientos, he aventurado
algunas conjeturas, pero menos con la esperanza de resolver la cuestión que con
la intención de aclararla y reducirla a su verdadero estado. Otros podrán
fácilmente ir más lejos por el mismo camino, sin que a nadie le sea fácil
llegar a su término; pues no es ligera empresa distinguir lo que hay de
originario y lo que hay de artificial en la naturaleza actual del hombre, y
conocer bien su estado, que no existe ya, que acaso no ha existido, que
probablemente no existirá nunca, mas del cual es necesario sin embargo tener
justas nociones para juzgar acertadamente nuestro estado presente. Haría falta
más filosofía de lo que se piensa a quien emprendiera la tarea de determinar
exactamente las precauciones necesarias para hacer sólidas observaciones sobre
este asunto; y no me parecería indigna de los Aristóteles y Plinios de nuestro
siglo una buena solución del problema siguiente: ¿Qué experiencias serían
necesarias para llegar a conocer al hombre natural, y cuáles son los medios de
hacer estas experiencias en el seno de la sociedad? Lejos de emprender la
solución de este problema, me atrevo a responder por anticipado, después de
haber meditado bastante sobre esta cuestión, que los más grandes filósofos no
serán bastante capaces para dirigir esas experiencias, ni los más poderosos soberanos
para ponerlas, en práctica, concurso que, por otra parte, no es razonable
esperar, sobre todo con la perseverancia e, más bien con la continuidad de
inteligencia y de buena voluntad necesaria de una y otra parte para, asegurar
el éxito.
Estas
investigaciones tan difíciles de hacer y en las cuales tan poco se ha pensado
hasta ahora son, sin embargo, los únicos medios que nos quedan para resolver
una multitud de dificultades que nos impiden el conocimiento de los fundamentos
reales de la sociedad humana. Es esta ignorancia de la naturaleza del hombre lo
que produce tanta incertidumbre y obscuridad sobre la verdadera definición del
derecho natural, pues la idea del derecho, dice Burlamaqui, y más aún la del derecho
natural, son manifiestamente ideas relativas a la naturaleza del hombre. Por
consiguiente, continúa, de esta misma naturaleza del hombre, de su constitución
y de su estado es necesario deducir los principios de esa ciencia.
No
sin sorpresa y escándalo se observa el desacuerdo que reina sobre esta
importante materia entre los diversos autores que de ella han tratado. Entre
los escritores más serios, apenas si se encuentran dos que manifiesten la misma
opinión sobre este punto. Sin hablar de los filósofos antiguos, que parece se
empeñaron en la tarea de contradecirse unos a otros sobre los principios más
fundamentales, los jurisconsultos romanos someten indistintamente el hombre y
los demás animales a la misma ley natural, porque consideran más bien bajo ese
nombre la ley que la naturaleza se impone a sí misma que la prescrita por ella,
o más bien a causa de la particular acepción con que interpretan esos
jurisconsultos la palabra ley, que parece ser la han tomado en este
punto como expresión de las relaciones generales establecidas por la naturaleza
entre todos los seres animados para su conservación. Los modernos, reconociendo
solamente bajo el nombre de ley una regla prescrita a un ser moral, es decir,
inteligente, libre y considerado en sus relaciones con otros seres semejantes,
limitan consiguientemente la competencia de la ley natural tan sólo al animal
dotado de razón, es decir, al hombre. Pero como cada uno define esta ley a su
modo y la fundamenta sobre principios en extremo metafísicos, ocurre que, aun
entre nosotros, bien pocos se hallan en disposición de comprender esos
principios, faltos de poder encontrarlos por sí mismos. De suerte que todas las
definiciones de esos hombres sabios, por otra parte en perenne contradicción
recíproca, convienen solamente en una cosa: que es imposible comprender la ley
natural, y por consiguiente obedecerla, sin ser un grandísimo razonador y un
profundo metafísico; lo cual significa precisamente que los hombres han debido
emplear para la constitución de la sociedad conocimientos que se desarrollan
trabajosamente, y entre pocas personas, en el seno de la sociedad misma.
Conociendo
tan poco la naturaleza y discrepando de tal modo sobre el sentido de la palabra
ley, difícil sería convenir en una buena definición de la ley natural.
He aquí por qué las definiciones que se hallan en los libros, además del
defecto de no ser uniformes, tienen el de ser deducidas de diversos
conocimientos que los hombres no poseen naturalmente y de una superioridad que
no han podido concebir sino después de haber salido del estado natural.
Comiénzase por buscar aquellas reglas que, por la utilidad común, serían buenas
para que los hombres las reconociesen, y al conjunto de estas reglas se lo da
el nombre de ley natural, sin otra prueba que el bien que se supone resultaría
de su aplicación universal. He aquí un sistema sumamente cómodo de componer
definiciones y de explicar la naturaleza de las cosas por conveniencias casi
arbitrarias.
Pero
en tanto no conozcamos al hombre natural, es vano que pretendamos determinar la
ley que ha recibido o la que mejor conviene a su estado. Lo único que podemos
ver muy claramente a propósito de esta ley es que no sólo es necesario, para
que sea ley, que la voluntad de aquel a quien obliga pueda someterse con
conocimiento, sino que además es preciso, para que sea ley natural, que hable
inmediatamente por la voz de la naturaleza.
Dejando,
pues, todos los libros científicos, que sólo nos enseñan a ver a los hombres
tal como ellos se han ido formando, y meditando sobre las primeras y las más
simples operaciones del alma humana, creo advertir dos principios anteriores a
la razón, uno de los cuales nos interesa vivamente para nuestro bienestar y el
otro nos inspira una repugnancia natural si vemos sufrir o perecer a cualquier
ser sensible, principalmente a nuestros semejantes. Del concurso y de la combinación
que nuestro espíritu sepa hacer de esos dos principios, sin que sea necesario
añadir el de la sociabilidad, me parece que se derivan todas las reglas del
derecho natural, reglas que la razón se ve precisada a establecer sobre otros
fundamentos cuando ha llegado, por sucesivos desenvolvimientos, a sofocar la
naturaleza.
De
este modo, no es necesario hacer del hombre un filósofo antes de hacer de él un
hombre. Sus deberes hacia sus semejantes no le son dictados únicamente por las
tardías lecciones de la sabiduría, y mientras no resista a los íntimos impulsos
de la conmiseración, nunca hará mal alguno a otro hombre, ni aun a cualquier
ser sensible, salvo el legítimo caso en que, hallándose comprometida su propia
conservación, se vea forzado a darse a sí mismo la preferencia. De esta manera
se acaban las antiguas controversias sobre la participación de los animales en
la ley natural; pues es claro que, hallándose privados de entendimiento y de
libertad, no pueden reconocer esta ley; más participando en cierto modo de
nuestra naturaleza por la sensibilidad de que se hallan dotados, hay que pensar
que también deben participar del derecho natural y que el hombre tiene hacia
ellos alguna especie de obligaciones. Parece ser, en efecto, que si estoy
obligado a no hacer ningún mal a mis semejantes, es menos por su condición de
ser razonable que por su cualidad de ser sensible, cualidad que, siendo común
al animal y al hombre, debe al menos darlo a aquél el derecho de no ser
maltratado inútilmente por éste.
Este
mismo estudio del hombre original, de sus necesidades verdaderas y de los
principios fundamentales de sus deberes, es el único medio adecuado que pueda
emplearse para resolver esa muchedumbre de dificultades que se presentan sobre
el origen de la desigualdad moral, sobre los verdaderos fundamentos del cuerpo
político, sobre los derechos recíprocos de sus miembros y sobre otras mil
cuestiones parecidas, tan importantes como mal aclaradas.
Considerando
la sociedad humana con una mirada tranquila y desinteresada, parece al
principio presentar solamente la violencia de los fuertes y la opresión de los
débiles. El espíritu se subleva contra la dureza de los unos o deplora la
ceguedad de los otros; y como nada hay de tan poca estabilidad entre los
hombres como esas relaciones exteriores llamadas debilidad o poderío, riqueza o
pobreza, producidas más frecuentemente por el azar que por la sabiduría,
parecen las instituciones humanas, a primera vista, fundadas sobre montones de
arena movediza; sólo examinándolas de cerca, después de haber apartado el polvo
y la arena que rodean el edificio, se advierte la base indestructible sobre que
se alza y apréndese a respetar sus fundamentos. Ahora bien; sin un serio
estudio del hombre, de sus facultades naturales y de sus desenvolvimientos
sucesivos, no le llegará nunca a hacer esa diferenciación y a distinguir en el
actual estado de las cosas lo que ha hecho la voluntad divina y lo que el arte
humano ha pretendido hacer.
Las
investigaciones políticas y morales a que da ocasión la importante cuestión que
yo examino son útiles de cualquier modo, y la historia hipotética de los
gobiernos es para el hombre una lección instructiva bajo todos conceptos.
Considerando lo que hubiéramos llegado a ser abandonados a nosotros mismos,
debemos aprender a bendecir a aquel cuya mano bienhechora, corrigiendo nuestras
instituciones y dándoles un fundamento indestructible, ha prevenido los
desórdenes que habrían de resultar y hecho nacer nuestra felicidad de aquellos
medios que parecían iban a colmar nuestra miseria.
Quem te Deus esse Jussit, et humana qua parte locatus
es in re, Disce (5).
PERSIO, sát. III,
v. 71.
Discurso
Voy
a hablar del hombre, y el asunto que examino me indica que voy a hablar a los
hombres; mas no se proponen cuestiones semejantes cuando se teme honrar la
verdad. Defenderé, pues, confiadamente la causa de la humanidad ante los sabios
que me invitan, y no quedaré descontento de mí mismo si consigo ser digno de mi
objeto y de mis jueces.
Considero
en la especie humana dos clases de desigualdades: una, que yo llamo natural o
física porque ha sido instituida por la naturaleza, y que consiste en las
diferencias de edad, de salud, de las fuerzas del cuerpo y de las cualidades
del espíritu o del alma; otra, que puede llamarse desigualdad moral o política
porque depende de una especie de convención y porque ha sido establecida, o al
menos autorizada, con el consentimiento de los hombres. Esta consiste en los
diferentes privilegios de que algunos disfrutan en perjuicio de otros, como el
ser más ricos, más respetados, más poderosos, y hasta el hacerse obedecer.
No
puede preguntarse cuál es la fuente de la desigualdad natural porque la
respuesta se encontraría enunciada ya en la simple definición de la palabra.
Menos aún puede buscarse si no habría algún enlace esencial entre una y otra
desigualdad, pues esto equivaldría a preguntar en otros términos si los que
mandan son necesariamente mejores que lo que obedecen, y si la fuerza del
cuerpo o del espíritu, la sabiduría o la virtud, se hallan siempre en los
mismos individuos en proporción con su poder o su riqueza; cuestión a propósito
quizá para ser disentida entre esclavos en presencia de sus amos, pero que no
conviene a hombres razonables y libres que buscan la verdad.
¿De
qué se trata, pues, exactamente en este DISCURSO? De señalar en el progreso de
las cosas el momento en que, sucediendo el derecho a la violencia, a naturaleza
quedó sometida a la ley; de explicar por qué encadenamiento de prodigios pudo
el fuerte decidirse a servir al débil y el pueblo a comprar un reposo quimérico
al precio de una felicidad real.
Todos
los filósofos que han examinado los fundamentos de la sociedad han comprendido
la necesidad de retrotraer la investigación al estado de naturaleza, pero
ninguno de ellos ha llegado hasta ahí. Unos no han titubeado en suponer en el
hombre en tal estado la noción de justo e injusto, sin cuidarse de probar que
pudiera haber existido esa noción, ni aun que lo fuera útil. Otros han hablado
del derecho natural que tiene cada cual de conservar lo que le pertenece, sin
explicar qué entendían por pertenecer. Otros, atribuyendo primero al más fuerte
la autoridad sobre el más débil, han hecho nacer en seguida el gobierno, sin
pensar en el tiempo que debió transcurrir antes de que el sentido de las
palabras autoridad y gobierno pudiera existir entre los hombres. Todos, en fin,
hablando sin cesar de necesidad, de codicia, de opresión, de deseo y de
orgullo, han transferido al estado de naturaleza ideas tomadas de la sociedad:
hablaban del hombre salvaje, y describían al hombre civil. No ha despuntado
siquiera en el espíritu de la mayor parte de nuestros filósofos la duda de que
hubiera existido el estado natural, cuando es evidente, por la lectura de los
libros sagrados, que el primer hombre, habiendo recibido directamente de Dios
reglas y entendimiento, no se hallaba por consiguiente en ese estado, y que,
concediéndose a las escrituras de Moisés la fe que les debe todo filósofo
cristiano, debe negarse que, aun antes del diluvio, se hayan encontrado nunca
los hombres en el puro estado natural, a menos que no hubiesen recaído en él,
paradoja muy difícil de defender y completamente imposible de probar.
Empecemos,
pues, por rechazar todos los hechos, dado que no se relacionan con la cuestión.
No hay que tomar por verdades históricas las investigaciones que puedan
emprenderse sobre este asunto, sino solamente por razonamientos hipotéticos y
condicionales, más adecuados para esclarecer la naturaleza de las cosas que
para demostrar su verdadero origen y parecidos a los que hacen a diario
nuestros físicos sobre la formación del mundo. La religión nos ordena creer
que, habiendo Dios mismo sacado a los hombres del estado natural inmediatamente
después de la creación, son desiguales porque Él ha querido que lo fuesen; pero
no nos prohíbe hacer conjeturas derivadas únicamente de la naturaleza del
hombre y de los animales que lo rodean acerca de lo que habría sido del género
humano si hubiera quedado abandonado a sí mismo. He aquí lo que se me pide y lo
que yo me propongo examinar en este DISCURSO. Como esta materia abarca al
hombre en general, intentaré emplear un lenguaje adecuado para todas las
naciones, o mejor, olvidando los tiempos y los lugares, para pensar tan sólo en
los hombres a quienes hablo, supondré hallarme en el Liceo (6) de Atenas repitiendo las lecciones
de mis maestros, teniendo por jueces a los Platones y Jenócrates, y al género
humano por auditorio.
¡Oh
tú, hombre, de cualquier país que seas, cualesquiera que sean tus opiniones,
escucha! He aquí tu historia tal como he creído leerla, no en los libros, de
tus semejantes, que son mendaces, sino en la naturaleza, que jamás miento. Todo
lo que provenga de ella será verdadero; sólo será falso lo que yo haya puesto
de mi parte inadvertidamente. Los tiempos de que voy a hablar están muy lejos
ya. ¡Cuánto has cambiado! Por así decir, es la vida de tu especie la que voy a
describirte, según las cualidades que has recibido, que tu educación y tus
costumbres han podido viciar pero no han podido destruir. Hay, yo lo comprendo,
a una edad en la cual quisiera detenerse el hombre individual; tú buscarás la
edad en que desearías se hubiese detenido tu especie. Disgustado de tu estado
presente por razones que anuncian a tu posteridad desdichada desazones mayores
todavía, tal vez desearías poder retroceder; este sentimiento debe servir de
elogio a tus primeros antepasados, de crítica a tus contemporáneos, de espanto para
aquellos que tengan la desgracia de vivir después que tú.
Primera parte
Por
importante que sea, para bien juzgar del estado natural del hombre,
considerarla desde su origen y examinarle, por así decir, en el primer embrión
de la especie, yo no seguiré su organización a través de sus desenvolvimientos
sucesivos ni me detendré tampoco a buscar en el sistema animal lo que haya
podido ser al principio para llegar por último a lo que es. No examinaré si,
como piensa Aristóteles, sus prolongadas uñas fueron al principio garras
ganchudas; si era velludo como un oso, y si, caminando a cuatro pies (7), su mirada, dirigida hacia la
tierra y limitada a un horizonte de algunos pasos, no indicaba al mismo tiempo
el carácter y los límites de sus ideas. No podría hacer sobre esta materia sino
conjeturas vagas y casi imaginarias. La anatomía comparada no ha hecho todavía
suficientes progresos y las observaciones de los naturalistas son aún demasiado
inciertas para que pueda establecerse sobre fundamentos semejantes la base de
un razonamiento sólido; de modo que, sin recurrir a los conocimientos naturales
que poseemos sobre este punto y sin parar atención en los cambios que han
debido tener lugar tanto en la conformación interior como en la exterior del
hombre a medida que aplicaba sus miembros a nuevos usos y se nutría con nuevos
alimentos, le supondré constituido de todo tiempo como le veo hoy día, andando
en dos pies, sirviéndose de sus manos como nosotros de las nuestras y midiendo
con la mirada la infinita extensión del cielo.
Despojando
a este ser así constituido de todos los dones sobrenaturales que haya podido
recibir y de todas las facultades artificiales que no ha podido adquirir sino
mediando largos progresos; considerándole, en una palabra, tal como ha debido
salir de manos de la naturaleza, veo un animal menos fuerte que unos, menos
ágil que otros, pero, en conjunto, el más ventajosamente organizado de todos;
le veo saciándose bajo una encina, aplacando su sed en el primer arroyo y
hallando su lecho al pie del mismo árbol que lo ha proporcionado el alimento;
he ahí sus necesidades satisfechas.
La
tierra, abandonada a su fertilidad natural (8) y cubierta de bosques inmensos, que
nunca mutiló el hacha, ofrece a cada paso almacenes y retiros a los animales de
toda especie. Dispersos entre ellos, los hombres observan, imitan su industria,
elevándose así hasta el instinto de las bestias, con la ventaja de que, si cada
especie sólo posee el suyo propio, el hombre, no teniendo acaso ninguno que le
pertenezca, se los apropia todos, se nutre igualmente con la mayor parte de los
alimentos (9) que los otros animales se disputan,
y encuentra, por consiguiente, su subsistencia con mayor facilidad que ninguno
de ellos.
Acostumbrados
desde la infancia a la intemperie del tiempo y al rigor de las estaciones,
ejercitados en la fatiga y forzados a defender desnudos y sin armas su vida y
su presa contra las bestias feroces, o a escapar de ellas corriendo, fórmanse
los hombres un temperamento robusto y casi inalterable; los hijos, viniendo al
mundo con la excelente constitución de sus padres y fortificándola con los
mismos ejercicios que la han producido, adquieren de ese modo todo el vigor de que
es capaz la especie humana. La naturaleza procede con ellos precisamente como
la ley de Esparta con los hijos de los ciudadanos (10): hace fuertes y robustos a los
bien constituidos y deja perecer a todos los demás, a diferencia de nuestras
sociedades, donde, el Estado, haciendo que los hijos sean onerosos a los
padres, los mata indistintamente antes de su nacimiento.
Siendo
el cuerpo del hombre salvaje el único instrumento de él conocido, lo emplea en
usos diversos, de que son incapaces los nuestros por falta de ejercicio, y es
nuestra industria la que nos arrebata la agilidad y la fuerza que la necesidad
lo obliga a adquirir. Si hubiera tenido hacha, ¿habría roto con el puño tan
fuertes ramas? Si hubiese tenido honda, ¿lanzaría a brazo con tanta fuerza las
piedras? Si hubiera tenido escalera, ¿treparía con tanta ligereza por los
árboles? Si hubiese tenido caballos ¿sería tan rápido en la carrera? Dad al
hombre civilizado el tiempo preciso para reunir todas esas máquinas a su
derredor: no cabe duda que superará fácilmente al hombre salvaje. Mas si
queréis ver un combate aún más desigual, ponedlos desnudos y desarmados frente
a frente, y bien pronto reconoceréis cuáles son las ventajas de tener
continuamente a su disposición todas sus fuerzas, de estar siempre preparado
para cualquier contingencia y de conducirse siempre consigo, por así decir,
todo entero (11).
Hobbes
pretende que el hombre es naturalmente intrépido y ama sólo el ataque y el
combate. Un filósofo ilustre piensa, al contrario, y Cumberland y Puffendorf
así lo aseguran, que nada hay tan tímido como el hombre en el estado natural, y
que se halla siempre atemorizado y presto a huir al menor ruido que oiga, al
menor movimiento que perciba. Acaso suceda así por lo que se refiere a los
objetos que no conoce, y no dudo que no quede aterrado ante los nuevos
espectáculos que se ofrecen a su vista cuando no puede discernir el bien y el
mal físicos que de ellos debe esperar, ni comparar sus fuerzas con los peligros
que tiene que correr; circunstancias raras en el estado de naturaleza, en el
cual todas las cosas marchan de modo tan uniforme y en el que la faz de la
tierra no se halla sujeta a esos cambios bruscos y continuos que en ella causan
las pasiones y la inconstancia de los pueblos reunidos. Pero el hombre salvaje,
viviendo disperso entre los animales y encontrándose desde temprano en
situaciones de medirse con ellos, hace en seguida la comparación, y viendo que
si ellos le exceden en fuerza él los supera en destreza, deja de temerlos ya.
Poner a un oso o a un lobo en lucha con un salvaje robusto, ágil e intrépido
como lo son todos, armado de piedras y de un buen palo, y veréis que el peligro
será cuando menos recíproco, y que después de muchas experiencias parecidas,
las bestias feroces, que no aman atacarse unas a otras, atacarán con pocas
ganas al hombre, que habrán hallado tan feroz como ellas. Con respecto a los
animales que tienen realmente más fuerza que él destreza, encuéntrase frente a
ellos en el caso de otras especies más débiles, que no por esto dejan de
subsistir; con la ventaja para el hombre de que, no menos ágil que aquéllos
para correr y hallando en los árboles refugio casi seguro, puede en todas
partes afrontarlos o no, teniendo la elección de la huida o de la lucha.
Añadamos que parece ser que ningún animal hace espontáneamente la guerra al
hombre, salvo en caso de propia defensa o de un hambre extrema, ni manifiesta
contra él esas violentas antipatías que parecen anunciar que una especie ha
sido destinada por la naturaleza a servir de pasto a las otras.
He
aquí, sin duda, la razón por la cual los negros y los salvajes se preocupan tan
poco de los animales feroces que pueden encontrar en los bosques. Los caribes
de Venezuela, entre otros, viven a este respecto en la más completa seguridad y
sin el menor contratiempo. Aunque anden casi desnudos, dice Francisco Correal,
no dejan de exponerse atrevidamente en los bosques, armados solamente de la
flecha y el arco, sin que se haya oído decir nunca que alguno fuera devorado
por las fieras.
Otros
enemigos más temibles, contra los cuales no tiene el hombre los mismos medios
de defensa, son los achaques naturales, la infancia, la vejez y las
enfermedades de toda suerte, tristes signos de nuestra debilidad, cuyos dos
primeros son comunes a todos los animales, mientras que el último es propio
principalmente del hombre que vive en sociedad. Hasta observo, a propósito de
la infancia, que la madre, llevando consigo a todas partes a su hijo, tiene
mucha más facilidad para alimentarlos que las hembras de diversos animales,
forzadas a ir y venir continua y fatigosamente, de un lado, para buscar su
alimento; de otro, para amamantar o alimentar a sus crías. Es verdad que si la
mujer perece, el niño corre bastante el riesgo de perecer con ella; pero este
mismo peligro es común a otras cien especies, cuyos pequeñuelos no se hallan
por largo tiempo en situación de buscar por sí mismos su alimento; y si la
infancia es entre nosotros más larga, siendo la vida más larga también, todo
viene a ser poco más o menos igual en este punto (12), aunque haya sobre la duración de
la primer edad y el número de pequeñuelos (13) otras reglas que no entran en mi
objeto. Entre los viejos, que accionan y transpiran poco, la necesidad de
alimentos disminuye con la facultad de adquirirlos, y como la vida salvaje
aleja de ellos la gota y los reumatismos, y como la vejez es de todos los males
el que menos alivio puede esperar de la ayuda humana, se extinguen en fin sin
que se advierta que dejan de existir y casi sin darse cuenta ellos mismos.
Respecto
de las enfermedades, no repetiré las vanas y falsas declamaciones de las
personas de buena salud contra la medicina; pero preguntaré si se puede probar
con alguna observación sólida que la vida media del hombre es más corta en
aquel país donde ese arte se halla descuidado que donde es cultivado con más
atención. ¿Cómo podría suceder así si nosotros nos procuramos más enfermedades
que la medicina nos proporciona remedios? La extrema desigualdad en el modo de
vivir, el exceso de ociosidad en unos y de trabajo en otros, la facilidad de
excitar y de satisfacer nuestros apetitos y nuestra sensualidad, los alimentos
tan apreciados de los ricos, que los nutren de substancias excitantes y los
colman de indigestiones; la pésima alimentación de los pobres, de la cual hasta
carecen frecuentemente, carencia que los impulsa, si la ocasión se presenta, a
atracarse ávidamente; las vigilias, los excesos de toda especie, los
transportes inmoderados de todas las pasiones, las fatigas y el agotamiento
espiritual, los pesares y contrariedades que se sienten en todas las
situaciones, los cuales corroen perpetuamente el alma: he ahí las pruebas
funestas de que la mayor parte de nuestros males son obra nuestra, casi todos
los cuales hubiéramos evitado conservando la manera de vivir simple, uniforme y
solitaria que nos fue prescrita por la naturaleza. Si ella nos ha destinado a
ser sanos, me atrevo casi a asegurar que el estado de reflexión es un estado
contra la naturaleza, y que el hombre que medita es un animal degenerado.
Cuando se piensa en la excelente constitución de los salvajes, de aquellos al
menos que no hemos echado a perder con nuestras bebidas fuertes; cuando se sabe
que apenas conocen otras enfermedades que las heridas y la vejez, vese uno muy
inclinado a creer que podría hacerse fácilmente la historia de las enfermedades
humanas siguiendo la de las sociedades civiles. Tal es por lo menos la opinión
de Platón, quien juzga, a propósito de ciertos remedios empleados o aprobados
por Podaliro y Macaón en el sitio de Troya, que diversas enfermedades que estos
remedios hubieron de provocar no eran conocidas entonces entre los hombres, y
Celso refiere que la dieta, tan necesaria hoy día, fue inventada por
Hipócrates.
Con
tan contadas causas de males, el hombre, en el estado natural, apenas tiene
necesidad de remedio y menos de medicina. La especie humana no es a este
respecto de peor condición que todas las demás, y fácil es saber por los
cazadores si encuentran en sus correrías muchos animales mal conformados.
Algunos encuentran animales con grandes heridas perfectamente cicatrizadas, con
huesos y aun miembros rotos curados sin más cirujano que la acción del tiempo,
sin otro régimen que su vida ordinaria, y que no por no haber sido atormentados
con incisiones, envenenados con drogas y extenuados con ayunos han dejado de
quedar perfectamente curados. En fin; por muy útil que sea entre nosotros la
medicina bien administrada, no es menos cierto que si el salvaje enfermo,
abandonado a sí mismo, nada tiene que esperar sino de la naturaleza, nada tiene
que temer, en cambio, sino de su mal, lo cual hace con frecuencia que su
situación sea preferible a la nuestra.
Guardémonos,
pues, de confundir al hombre salvaje con los que tenemos ante los ojos. La
naturaleza trata a los animales abandonados a sus cuidados con una predilección
que parece mostrar cuán celosa es de este derecho. El caballo, el gato, el toro
y aun el asno mismo tienen la mayor parte una talla más alta y todos una
constitución más robusta, más vigor, más fuerza y más valor en los bosques que
en nuestras casas; pierden la mitad de estas cualidades siendo domésticos, y podría
decirse que los cuidados que ponemos en tratarlos bien y alimentarlos no dan
otro resultado que el de hacerlos degenerar. Así ocurre con el hombre mismo: al
convertirse en sociable y esclavo, vuélvese débil, temeroso, rastrero, y su
vida blanda y afeminado acaba de enervar a la vez su valor y su fuerza.
Añadamos que entre la condición salvaje y la doméstica, la diferencia de hombre
a hombre debe ser mucho mayor que de bestia a bestia, pues habiendo sido el
animal y el hombre igualmente tratados por la naturaleza, todas las comodidades
que el hombre se proporcione de más sobre los animales que domestica son otras
tantas causas particulares que le hacen degenerar más sensiblemente.
La
desnudez, la falta de habitación y la carencia de todas esas cosas inútiles que
tan necesarias creemos no constituyen, por consiguiente, una gran desdicha para
esos primeros hombres ni un gran obstáculo para su conservación. Si no tienen
la piel velluda, para nada la necesitan en los países cálidos; y en los climas
fríos bien pronto saben apropiarse las de las fieras vencidas; si sólo tienen
dos pies para correr, poseen dos brazos para atender a su defensa y a sus
necesidades. Sus hijos tal vez andan tarde y penosamente, pero las madres los
llevan con facilidad, ventaja de que carecen las demás especies, en las cuales
la madre, cuando es perseguida, se ve obligada a dejar abandonados sus
pequeñuelos o a seguir a su paso (14). En fin, a menos de suponer el
concurso singular y fortuito de circunstancias de que hablaré más adelante, y
que podrían muy bien no haber ocurrido nunca, es claro, en todo caso, que el
primero que se hizo vestidos o construyó un alojamiento diose con ello cosas
poco necesarias, puesto que hasta entonces se había pasado sin ellas, y no se
comprende por qué no hubiera podido soportar siendo hombre el género de vida
que llevaba desde su infancia.
Solo,
ocioso y cerca sieinpre del peligro, el hombre salvaje debe gustar de dormir y
tener el sueño ligero como los animales, los cuales, como piensan poco,
duermen, por así decir, todo el tiempo que no piensan. Siendo su propia
conservación casi su único cuidado, las facultades que más debe ejercitar son
las que tienen por principal objeto el ataque y la defensa, bien sea para
dominar su presa, bien para guardarse de ser la presa de otro animal; y, por el
contrario, aquellos órganos que sólo se perfeccionan por la pereza y la
sensualidad deben permanecer en un estado rudimentario que excluya toda suerte
de delicadeza. Hallándose divididos en este punto sus sentidos, el gusto y el
tacto serán de una extrema rudeza; la vista, el olfato y el oído, de una
extraordinaria agudeza. Tal es el estado animal en general, y también, según el
testimonio de los viajeros, el de los pueblos salvajes. No es, por tanto, de
extrañar que los hotentotes del Cabo de Buena Esperanza descubran a simple
vista los barcos en alta mar desde tanta distancia como los holandeses con sus
anteojos; ni que los salvajes de América descubrieran a los españoles
olfateando sus huellas, como hubiesen podido hacer los mejores perros; ni que
todas esas naciones bárbaras soporten sin molestia su desnudez, afinen su gusto
a fuerza de pimienta y beban como agua los licores europeos.
Hasta
aquí sólo he hablado del hombre físico; tratemos ahora de considerarlo en su
aspecto metafísico y moral.
No
veo en cada animal más que una máquina ingeniosa dotada de sentidos por la
naturaleza para elevarse ella misma y asegurarse hasta cierto punto contra todo
aquello que tiende a destruirla o desordenarla. La misma cosa observo
precisamente en la máquina humana, con la diferencia de que sólo la naturaleza
lo ejecuta todo en las operaciones del animal, mientras que el hombre atiende
las suyas en calidad de agente libre. Aquél escoge o rechaza por instinto;
éste, por un acto de libertad; lo que da por resultado que el animal no puede
apartarse de la regla que le ha sido prescrita, aun en el caso de que fuese
ventajoso para él hacerlo, mientras que el hombre se aparta con frecuencia y en
su perjuicio. Así sucede que un pichón perecerá de hambre cerca de una fuente
colinada de las mejores carnes y un gato sobre montones de frutas o de granos,
aunque uno y otro podrían muy bien nutrirse con los alimentos que desdeñan, de
intentar ensayarlo; así ocurre que los hombres disolutos se entregan a excesos
que les producen la fiebre o la muerte porque el espíritu corrompe los sentidos
y la voluntad habla cuando calla la naturaleza.
Todos
los animales tienen ideas, puesto que tienen sentidos, y aun combinan sus ideas
hasta cierto punto; el hombre no se distingue a este respecto del animal más
que del más al menos; incluso ciertos filósofos han aventurado que hay algunas
veces más diferencia entre dos hombres que entre un hombre y una bestia. No es,
pues, tanto el entendimiento como su cualidad de agente libre lo que constituyó
la distinción específica del hombre entre los animales. La naturaleza manda a
todos los animales, y la bestia obedece. El hombre experimenta la misma
sensación, pero se reconoce libre de someterse o de resistir, y es sobre todo
en la conciencia de esta libertad donde se manifiesta la espiritualidad de su
alma. La física explica en cierto modo el mecanismo de los sentidos y la
formación de las ideas; pero en la facultad de querer o, mejor, de elegir, y en
el sentimiento de este poder, sólo se encuentran actos puramente espirituales,
de los cuales nada se explica por las leyes de la mecánica.
Pero,
aun cuando las dificultades que rodean estas cuestiones dieran lugar para
discutir sobre esa diferencia entre el hombre y el animal, hay una cualidad muy
específica que los distingue y sobre la cual no puede haber discusión: es la
facultad de perfeccionarse, facultad que, ayudada por las circunstancias,
desarrolla sucesivamente todas las demás, facultad que posee tanto nuestra
especie como el individuo; mientras que el animal es al cabo de algunos meses
lo que será toda su vida, y su especie es al cabo de mil años lo mismo que era
el primero de esos mil años. ¿Por qué sólo el hombre es susceptible de
convertirse en imbécil? ¿No es porque vuelve así a su estado primitivo y
porque, en tanto la bestia, que nada ha adquirido y que nada tiene que perder,
permanece siempre con su instinto, el hombre, perdiendo por la vejez o por
otros accidentes todo lo que su perfectibilidad lo ha proporcionado, cae
más bajo que el animal mismo? Triste sería para nosotros vernos obligados a
reconocer que esta facultad distintiva y casi ilimitada es la fuente de todas
las desdichas del hombre; que ella es quien le saca a fuerza de tiempo de su
condición original, en la cual pasaría tranquilos e inocentes sus días; que
ella, produciendo con los siglos sus luces y sus errores, sus vicios y
virtudes, le hace al cabo tirano de sí mismo y de la naturaleza (15). Sería horrible verse obligado a
alabar como bienhechor al primero que enseñó a los habitantes de las orillas
del Orinoco el uso de esas tablillas de madera que aplican a las sienes de sus
hijos y que les aseguran al menos una parte de su imbecilidad y de su felicidad
original.
El
hombre salvaje, entregado por la naturaleza al solo instinto, o más bien
compensado del que acaso le falta con facultades capaces de suplir primero a
ese instinto y elevarle después a él mismo muy por encima de la propia naturaleza,
comenzará, pues, por las funciones puramente animales (16). Percibir y sentir será su primer
estado, que le será común con todos los animales; querer y no querer, desear y
tener, serán las primeras y casi las únicas operaciones de su alma, hasta que
nuevas circunstancias ocasionen en ella nuevos desenvolvimientos.
Digan
lo que quieran los moralistas, el entendimiento humano debe mucho a las
pasiones, las cuales, según el común sentir, le deben mucho también. Por su
actividad se perfecciona nuestra razón; no queremos saber sino porque deseamos
gozar, y no puede concebirse por qué un hombre que careciera de deseos y
temores habría de tomarse la molestia de pensar. A su vez, las pasiones se
originan de nuestras necesidades, y su progreso, de nuestros conocimientos,
pues no se puede desear o tener las cosas sino por las ideas que sobre ellas se
tenga o por el nuevo impulso de la naturaleza. El hombre salvaje, privado de
toda suerte de conocimiento, sólo experimenta las pasiones de esta última
especie; sus deseos no pasan de sus necesidades físicas (17); los únicos bienes que conoce en
el mundo son el alimento, una hembra y el reposo; los únicos males que teme son
el dolor y el hambre. Digo el dolor y no la muerte, pues el animal nunca sabrá
qué cosa es morir; el conocimiento de la muerte y de sus terrores es una de las
primeras adquisiciones hechas por el hombre al apartarse de su condición
animal.
Si
fuera necesario, fácil me sería apoyar con hechos este sentimiento y demostrar
que en todas las naciones del mundo los progresos del espíritu han sido
precisamente proporcionados a las necesidades que los pueblos habían recibido
de la naturaleza o a las cuales les habían sometido las circunstancias, y, por
consiguiente, a las pasiones que los llevaban a satisfacer esas necesidades.
Mostraría las artes naciendo en Egipto y extendiéndose con el desbordamiento
del Nilo; seguiría su progreso entre los griegos, donde se las vio brotar,
crecer y elevarse hasta el cielo entre las arenas y las rocas del Ática, sin
que pudieran echar raíces en las fértiles orillas del Eurotas (18). Señalaría que, en general, los
pueblos del Norte son más industriosos que los del Mediodía, porque no pueden
por menos de serlo, como si la naturaleza quisiera de este modo igualar las
cosas, dando a los espíritus la fertilidad que niega a la tierra.
Pero,
sin recurrir al testimonio de la Historia, ¿quién no ve que todo parece alejar
del hombre salvaje la tentación y los medios de dejar de serlo? Su imaginación
nada le pinta; su corazón nada le pide. Sus escasas necesidades se encuentran
tan fácilmente a su alcance, y se halla tan lejos del grado de conocimientos
necesario para desear adquirir otras mayores, que no puede tener ni previsión
ni curiosidad. El espectáculo de la naturaleza llega a serle indiferente a
fuerza de serle familiar; es siempre el mismo orden, siempre son las mismas
revoluciones. Carece de aptitud de espíritu para admirar las mayores
maravillas, y no es en él donde puede buscarse la filosofía que el hombre
necesita para saber observar una vez lo que ha visto todos los días. Su alma,
que nada agita, se entrega al sentimiento único de su existencia actual, sin
idea alguna sobre el porvenir, por cercano que pueda estar, y sus proyectos,
limitados como sus miras, apenas se extienden hasta el fin de la jornada. Tal
es aún el grado de previsión del caribe: vende por la mañana su lecho de
algodón. y vuelve llorando al atardecer para recuperarlo, por no haber previsto
que lo necesitaría para la noche cercana.
Cuanto
más se medita sobre este asunto, más se ensancha a nuestros ojos la distancia
entre las puras sensaciones y los simples conocimientos; se hace imposible
concebir cómo un hombre habría podido franquear tan gran intervalo con sus
solas fuerzas, sin el concurso de la comunicación y sin el aguijón de la
necesidad. ¡Cuántos siglos quizá habrán transcurrido antes de que los hombres
hayan podido ver otro fuego que el del cielo! ¡Cuántos azares diversos habrán
necesitado para aprender los usos más comunes de ese elemento! ¡Cuántas veces
le habrán dejado extinguir antes de haber adquirido el arte de reproducirlo! ¡Y
cuántas acaso habrá perecido con su descubridor cada uno de esos secretos! ¿Qué
diremos de la agricultura, arte que tanto trabajo y tanta previsión exige, que
tanto tiene de otras artes, que evidentemente no es practicable sino en una
sociedad al menos empezada, y que no nos sirve tanto a sacar de la tierra
alimentos que ella produciría muy bien sin esto como a forzarla a satisfacer
las preferencias de nuestro gusto?
Pero
supongamos que los hombres se hubieran multiplicado de tal modo que los
productos naturales no hubiesen bastado para alimentarlos, suposición que, por
decirlo de paso, demostraría una gran ventaja para la especie humana en esta
manera de vivir; supongamos que, sin fraguas y sin talleres, los instrumentos
de labor hubiesen caído del cielo en manos de los salvajes; que estos hombres
hubiesen vencido el odio mortal que todos sienten contra el trabajo continuo;
que hubiesen aprendido a prever tan anticipadamente sus necesidades; que
hubieran adivinado cómo es necesario cultivar la tierra, sembrar los granos y
plantar los árboles; que hubiesen descubierto el arte de moler el trigo y de
hacer fermentar la uva, cosas todas que les ha sido preciso fueran enseñadas
por los dioses, a falta de concebir cómo las habrían aprendido por sí mismos;
¿quién sería después de esto el hombre bastante insensato para fatigarse
cultivando un campo que será despojado por el primer venido, hombre o bestia
indistintamente, a quien conviniese la cosecha? ¿Y cómo podía decidirse cada
cual a consagrar su vida a un penoso trabajo, tanto más seguro de no recoger
sus frutos cuanto más sentiría su necesidad? En una palabra: ¿cómo esta
situación podía decidir a los hombres a cultivar la tierra en tanto no
estuviera repartida entre ellos, es decir, en tanto no hubiese sido destruido
el estado natural?
Aun
cuando imaginásemos un hombre salvaje tan hábil en el arte de pensar como lo
presentan nuestros filósofos; aunque hiciéramos de él, siguiendo ese ejemplo,
un filósofo, descubriendo por sí solo las verdades más sublimes, componiendo
por medio de razonamientos abstractos máximas de justicia y de razón sacadas
del amor al orden en general o de la voluntad conocida de su creador, en una
palabra: aunque supusiéramos en su espíritu tantas luces y tanta inteligencia
como torpeza y estupidez debe tener y tiene en efecto, ¿qué utilidad sacaría la
especie de toda esta metafísica, que no podía comunicarse y que perecería con
el individuo que la hubiera inventado? ¿Qué progresaría el género humano
disperso en los bosques entre los animales? ¿Y hasta qué punto podrían
perfeccionarse e ilustrarse mutuamente unos hombres que, no teniendo domicilio
fijo ni necesidad unos de otros, apenas se encontrarían dos veces en su vida,
sin conocerse y sin hablarse?
Considérese
cuantas ideas debemos al uso de la palabra; cuánto ejercita y facilita la
gramática las operaciones del espíritu; piénsese en las fatigas inconcebibles y
en el infinito tiempo que ha debido costar la primera invención de las lenguas;
añádanse estas reflexiones a las precedentes, y se comprenderá cuántos millares
de siglos han debido necesitarse para desarrollar sucesivamente en el espíritu
humano las operaciones de que era capaz.
Séame
permitido considerar un instante los problemas del origen de las lenguas.
Podría contentarme con citar o repetir las investigaciones que el abate de
Condillac ha hecho sobre esta materia, puesto que todos confirman mi opinión y
acaso me han sugerido la primer idea. Pero el modo como este filósofo resuelve
las dificultades que él mismo se plantea sobre el origen de los signos
instituidos demuestra que ha supuesto lo que yo discuto, a saber, una especie
de sociedad ya establecida entre los inventores del lenguaje, y al referirme a
sus reflexiones creo que debo añadir las mías para exponer las mis mas
dificultades bajo el aspecto que conviene a mi objeto. La primera que se
presenta es imaginar cómo pudieron ser necesarias las lenguas, pues no teniendo
los hombres ninguna comunicación entre sí ni necesidad alguna de ella, no se
concibe ni la necesidad de esa invención ni su posibilidad si no fue
indispensable. Y aun diría, como muchos otros, que las lenguas han nacido en el
comercio doméstico de padres, madres e hijos. Pero, además de que esto no
resolvería las objeciones, sería cometer el error de quienes, razonando sobre
el estado de naturaleza, transfieren a éste ideas tomadas de la sociedad; ven a
la familia reunida en una misma habitación y a sus miembros observando entre sí
una unión tan íntima y tan permanente como entre nosotros, en que tantos
intereses comunes los reúnen; cuando, al contrario, no habiendo en ese estado
primitivo ni casas, ni cabañas, ni propiedades de ninguna especie, cada cual se
alojaba al azar, y frecuentemente por una sola noche; los machos y las hembras
se ayuntaban fortuitamente, al azar del encuentro, según la ocasión y el deseo,
sin que la palabra fuera un intérprete muy necesario para las cosas que tenían
que decirse, y con la misma facilidad se separaban (19). La madre amamantaba a los hijos
por propia necesidad; después, habiéndose encariñado con ellos por la
costumbre, los alimentaba por la suya; en cuanto tenían la fuerza necesaria
para buscar su alimento, no tardaban en abandonar a su madre misma, y como casi
no había otro medio de encontrarse que no perderse de vista, bien pronto se
hallaban en estado de no reconocerse unos a otros. Observad también que
teniendo el niño que explicar todas sus necesidades, y, por tanto, más cosas
que decir a la madre que la madre al niño, debe correr con los mayores gastos
de la invención, y que el lenguaje que emplea tiene que ser en gran parte su
propia obra, lo que multiplica tanto las lenguas como individuos hay para
hablarlas, a lo cual contribuye también la vida errante y vagabunda, que no
deja a ningún idioma el tiempo de adquirir consistencia. Decir que la madre
dicta al niño las palabras que habrá de emplear para pedirle tal o cual cosa
demuestra cómo se enseñan las lenguas ya formadas, pero no enseña cómo se forman.
Supongamos
vencida esta primera dificultad; franqueemos por un momento el espacio inmenso
que debió mediar entre el puro estado natural y la necesidad de las lenguas, y
busquemos, suponiéndolas necesarias (20), cómo han podido empezar a
establecerse. Nueva dificultad, mayor aún que la precedente, porque si los
hombres han necesitado de la palabra para aprender a pensar, mayor necesidad
han tenido de saber pensar para descubrir el arte de la palabra; y aunque se
comprendiera cómo fueron tomados los sonidos de la voz por intérpretes
convencionales de nuestras ideas, siempre quedaría por saber cuáles han podido
ser los intérpretes de esa convención para las ideas que, careciendo de un
objeto sensible, no podían ser indicadas ni por el gesto ni por la voz. De
suerte que apenas se pueden formular conjeturas soportables sobre el nacimiento
de este arte de comunicar los pensamientos y de establecer un comercio entre
los espíritus, arte sublime que tan lejos se encuentra ya de su origen, pero
que el filósofo ve todavía a tan prodigiosa distancia de su perfección, que no
existe hombre alguno bastante atrevido para asegurar que ésta llegará algún
día, aunque fueran suspendidas en su favor las revoluciones que el tiempo
aporta necesariamente, y los prejuicios salieran de las Academias o se callasen
ante ellas, y éstas pudieran ocuparse de este espinoso asunto durante siglos
enteros y sin interrupción.
El
primer lenguaje del hombre, el lenguaje más universal, más enérgico, el único
de que hubo necesidad antes de que fuese necesario persuadir a hombres
reunidos, fue el grito de la naturaleza. Como este grito sólo era arrancado por
una especie de instinto en las ocasiones apremiantes para implorar ayuda en los
grandes peligros o alivio en los dolores violentos, no era de uso frecuente en
el uso ordinario de la vida, en el cual reinan sentimientos más moderados.
Cuando las ideas de los hombres empezaron a desarrollarse y multiplicarse,
estableciéndose entre ellos una comunicación más estrecha, buscaron signos más
numerosos y un lenguaje más extenso; multiplicaron las inflexiones de la voz,
acompañándolas de gestos, que, por su naturaleza, son más expresivos y cuyo
sentido depende menos de una determinación anterior. Expresaban, pues, los
objetos visibles y móviles por medio de gestos, y los que hieren el oído, por
sonidos imitativos; pero como el gesto sólo indica los objetos presentes o
fáciles de escribir y las acciones visibles; como no es de uso universal,
porque la obscuridad o la interposición de un cuerpo le hacen inútil, y exige
más bien atención que no la excita, se pensó, en fin, en substituir el gesto
por las articulaciones de la voz, que, sin tener la misma relación con ciertas
ideas, son más adecuadas para representarlas todas como signos instituidos; esa
substitución no pudo hacerse sino por común consentimiento y de modo muy
difícil de practicar para unos hombres cuyos órganos groseros no tenían todavía
ningún ejercicio, y más difícil aún de concebir en sí misma, puesto que ese
acuerdo unánime debió de ser razonado, y la palabra parece haber sido muy
necesaria para establecer el uso de la palabra.
Se
debe pensar que las primeras palabras que usaron los hombres tuvieron en su
espíritu una significación mucho más extensa que las empleadas en las lenguas
ya formadas, y que, ignorando la división de la oración en sus partes
constitutivas, dieron al principio a cada palabra el sentido de una proposición
entera. Cuando empezaron a distinguir el sujeto del atributo y el verbo del
nombre substantivo, no fue éste un mediocre esfuerzo de genio. Los substantivos
sólo fueron al principio nombres propios; el presente de infinitivo fue el
único tiempo verbal; en cuanto a los adjetivos, su noción debió de
desenvolverse muy difícilmente, porque todo adjetivo es un nombre abstracto y
las abstracciones son operaciones penosas y poco naturales.
Cada
objeto recibió al principio un nombre particular, sin considerar el género y la
especie, que esos primeros fundadores no podían distinguir. Todos los
individuos aparecieron a su espíritu aisladamente, como se hallan en el cuadro
de la naturaleza; si una encina se llamaba A, otra se llamaba B, pues la primer
idea que se deduce de dos cosas es que son distintas, y hace falta con
frecuencia mucho tiempo para observar lo que tienen de común; de suerte que
cuanto más limitados eran los conocimientos, más extensión adquiría el
diccionario. Las dificultades de toda esta nomenclatura no pudieron ser
vencidas fácilmente, porque para clasificar a los seres bajo denominaciones
comunes y genéricas era preciso conocer las propiedades y las diferencias; eran
necesarias observaciones y definiciones; es decir, hacía falta la historia
natural y la metafísica, mucho más de lo que podían tener los hombres de ese
tiempo.
Por
otra parte, las ideas generales no pueden introducirse en el espíritu sino con
ayuda de las palabras, y el entendimiento no las comprende sino por medio de
proposiciones. Esta es una de las razones por las cuales los animales no pueden
formarse tales ideas ni adquirir nunca la perfectibilidad que de ellas se
deriva. Cuando un mono se lanza sin vacilar de una nuez a otra, ¿se cree que
tiene la idea general de esta clase de fruto y que compara su arquetipo a esos
dos individuos? No, sin duda; pero la vista de una de esas nueces evoca en su
memoria las sensaciones que ha recibido de la otra, y sus ojos, modificados de
cierta manera, anuncian a su gusto la modificación que va a recibir. Toda idea
general es puramente intelectual; por poco que intervenga la imaginación, la
idea se convierte en seguida en particular. Intentad trazar la imagen de un
árbol en general: nunca lo conseguiréis; a pesar vuestro, será necesario ver
uno, pequeño o grande, pobre o frondoso, claro u obscuro; y si dependiera de vosotros
ver solamente lo que es común a todos los árboles, esta imagen no se parecería
a ningún árbol. Los seres puramente abstractos se ven de la misma manera o no
se conciben sino por el razonamiento. La sola definición del triángulo os da la
verdadera idea; tan pronto como os figuráis uno en vuestro espíritu, es un
triángulo determinado y no otro alguno, y no podéis evitar hacer sensibles sus
líneas o coloreada la superficie. Es, pues, necesario enunciar proporciones; es
preciso hablar para tener ideas generales, porque tan pronto como la
imaginación se detiene, el espíritu no trabaja sino con ayuda del razonamiento.
Si, por consiguiente, los primeros inventores del lenguaje no han podido dar
nombres mas que a las ideas que ya tenían, se deduce de aquí que los primeros
substantivos sólo han podido ser nombres propios.
Pero
cuando, por medios que yo no concibo, nuestros nuevos gramáticos empezaron a
extender sus ideas y a generalizar sus palabras, la ignorancia de los
inventores debió de reducir este método a límites muy estrechos, y así como al
principio habían multiplicado con exceso los nombres de los individuos por no
conocer los géneros y las especies, después hicieron escaso número de especies
y de géneros por no haber considerado a los seres en todas sus diferencias.
Para dar mayor impulso a estas divisiones, hubiera hecho falta más experiencia
y más cultura de las que podían tener, hubiera sido necesario más trabajo y más
investigaciones que poder dedicar a esa tarea. Ahora bien; si aún hoy se
descubren cada día nuevas especies, que habían escapado hasta ahora a todas
nuestras observaciones, júzguese cuántas debieron substraerse al conocimiento
de unos hombres que sólo consideraban las cosas bajo el primer aspecto. En
cuanto a las clases primitivas y a las nociones más generales, es superfluo
añadir que también debieron de escaparles. ¿Cómo, por ejemplo, habrían
imaginado o entendido las palabras materia, espíritu, substancia, modo,
figura, movimiento, toda vez que a nuestros mismos filósofos, que se sirven
de ellas desde tan largo tiempo, cuéstales trabajo entenderlas, y dado que,
siendo metafísicas las ideas que se asocian a esas palabras, no hallarían
ningún modelo en la naturaleza?
Me
detengo en estos primeros pasos y suplico a mis jueces suspendan en este punto
la lectura para que consideren, solamente sobre la invención de las
substantivos físicos, es decir, sobre la parte de la lengua más fácil de hallar,
el camino que aún le queda para expresar todos los pensamientos de los hombres,
para tomar una forma constante, para poder ser hablada públicamente e influir
sobre la sociedad; les suplico que reflexionen cuánto tiempo y cuántos
conocimientos han sido necesarios para descubrir los números (21), los nombres abstractos, los
aoristos (22) y todos los tiempos de los verbos,
las partículas, la sintaxis; para unir los razonamientos y construir la lógica
del discurso. En cuanto a mí, asustado por las dificultades, que se multiplican
a cada paso, y convencido de la imposibilidad casi demostrada de que las
lenguas hayan podido nacer y establecerse por medios puramente humanos, dejo a
quien quiera emprenderla la discusión de este difícil problema: si ha sido más
necesaria la sociedad ya establecida para la institución de las lenguas, o las
lenguas ya inventadas para la constitución de la sociedad.
Sea
lo que fuere de estos orígenes, se ve cuando menos, en el escaso cuidado puesto
por la naturaleza para aproximar a los hombres mediante necesidades mutuas y
facilitarles el uso de la palabra, cuán poco ha preparado su sociabilidad y qué
poco ha puesto de su parte para que se establecieran sus relaciones. En efecto;
es imposible imaginar por qué en ese estado primitivo un hombre tendrá más
necesidad de otro hombre que un mono o un lobo de sus semejantes; ni,
suponiendo esa necesidad, qué motivo podría inducir al otro a acceder; ni
tampoco, en este último caso, cómo podrían convenir entre ellos las
condiciones. Bien sé que se repite incesantemente que nada habría sido tan
miserable como el hombre en ese estado; mas si es verdad, como creo haberos demostrado,
que no pudo hasta muchos siglos después tener el deseo y la ocasión de salir de
aquel estado, habría que acusar a la naturaleza y no a quien ella hubiese
constituido de ese modo. Pero, si yo comprendo bien ese término de miserable,
es una palabra que, o no tiene ningún sentido, o significa una privación
dolorosa o el sufrimiento del cuerpo o del alma. Ahora bien; desearía que se me
explicase cuál puede ser el género de miseria de un ser libre cuyo corazón se
halla en paz y el cuerpo en salud. Yo pregunto: de la vida social o natural,
¿cuál está más sujeta a convertirse en insoportable para quienes las disfrutan?
Alrededor nuestro casi sólo vemos gentes lamentándose de su existencia y aun
algunos que se privan de ella en cuanto está en su poder, no bastando apenas el
concurso de la ley divina y de la humana para contener este desorden. Yo
pregunto si alguna vez se ha oído decir que un salvaje en libertad hubiera tan
sólo pensado en quejarse de la vida o en darse la muerte. Júzguese, pues, con
menos orgullo de qué lado se halla la verdadera miseria. Al contrario: nada
habría sido más miserable que el hombre salvaje deslumbrado por los
conocimientos, atormentado por las pasiones y razonando sobre un estado
diferente al suyo. Por una sapientísima providencia, las facultades que poseía
en potencia no debían desarrollarse sino en las ocasiones de ejercerlas, a fin
de que no fueran para él ni superfluas ni onerosas antes de tiempo, ni tardías
e inútiles en caso necesario. Tenía en su solo instinto cuanto necesitaba para
vivir en el estado natural; en la razón cultivada sólo tiene lo que necesita
para vivir en sociedad.
Parece
a primera vista que en este estado, no teniendo los hombres entre sí ninguna
clase de relación moral ni de deberes conocidos, no podrían ser ni buenos ni
malos, ni tenían vicios ni virtudes, a menos que, tomando estas palabras en un
sentido físico, se llamen vicios del individuo las cualidades que pueden
perjudicar su propia conservación, y virtudes, las que a ella puedan
contribuir; en este caso, habría que considerar como más virtuoso a quien menos
resistiera los meros impulsos de la naturaleza. Pero, sin apartarnos de su
sentido ordinario, conviene retener la opinión que podríamos manifestar sobre
tal situación y desconfiar de nuestros prejuicios hasta que, la balanza en la
mano, se haya examinado si los hombres civilizados poseen más virtudes que
vicios, o si sus virtudes son más ventajosas que funestos sus vicios, o si el
progreso de sus conocimientos constituye una compensación suficiente de los
males que mutuamente se causan a medida que aprenden el bien que debían
hacerse, o si, bien mirado, no se encontrarían en una situación más feliz no
teniendo daño que temer ni bien que esperar de nadie que hallándose sometidos a
una dependencia universal y obligados a recibir todo de quienes no se obligan a
darles nada.
No
saquemos la conclusión, como Hobbes, de que, no teniendo ninguna idea de la
bondad, el hombre es naturalmente malo; vicioso, porque no conoce la virtud;
que niega siempre a sus semejantes los servicios que cree no deberles; que, en
virtud del derecho que se arroga sobre las cosas que necesita, se imagina
insensatamente ser el propietario único del universo entero. Hobbes ha visto
muy bien el defecto de todas las definiciones modernas del derecho natural;
pero las consecuencias que deduce de la suya demuestran que la toma en un
sentido no menos falso. Razonando sobre los principios que enuncia, este autor
debía decir que, siendo el estado de naturaleza aquel en que el cuidado de
nuestra conservación es el menos perjudicial para la conservación de nuestros
semejantes, éste era por consiguiente el estado más a propósito para la paz y
el más conveniente para el género humano. Pues dice precisamente lo contrario,
por haber hecho entrar, con gran desacierto, en el cuidado de la conservación
del hombre salvaje la necesidad de satisfacer una multitud de pasiones que son
producto de la sociedad y que han hecho necesarias las leyes. El malo, dice, es
un niño fuerte. Falta saber si el hombre salvaje, es un niño fuerte. Aunque
ello se concediera, ¿qué se deduciría? Que si, siendo fuerte, este hombre
dependía de los demás tanto como siendo débil, no hay ninguna clase de excesos
a los que no se entregara; que pegaría a su madre cuando tardase demasiado en
darle de mamar; que estrangularía a uno de sus pequeños hermanos cuando
estuviese enojado; que mordería al otro en la pierna cuando fuese tropezado o
molestado. Pero ser fuerte y dependiente son supuestos contradictorios en el
estado natural. El hombre es débil cuando está sometido a dependencia, y es
libre antes de ser fuerte. Hobbes no ha visto que la misma causa que impide a
los salvajes el uso de razón, como pretenden nuestros jurisconsultos, les
impide al mismo tiempo el abuso de sus facultades, como él mismo pretende; de
modo que podría decirse que los salvajes no son malos precisamente porque no
saben qué cosa es ser buenos, toda vez que no es el desenvolvimiento de la
razón ni el freno de la ley, sino la ignorancia del vicio y la calma de las
pasiones, lo que los impide hacer el mal: Tanto plus in illis proficit
vitiorum ignoratio, quam in his cognitio virtutis (23).
Hay
además otro principio que Hobbes no ha observado, el cual, habiéndole sido dado
al hombre para suavizar en ciertas circunstancias la ferocidad de su amor
propio o su deseo de conservación antes del nacimiento de este amor (24), modera el ardor que siente por su
bienestar con una innata repugnancia a ver sufrir a sus semejantes. No creo que
deba temer una contradicción concediendo al hombre la única virtud natural que
se ha visto obligado a reconocer el más furioso detractor de las virtudes
humanas. Me refiero a la piedad, disposición adecuada a seres tan débiles y
sujetos a tantos males como somos nosotros; virtud tanto más universal y tanto
más útil al hombre cuanto que precede al uso de toda reflexión, y tan natural,
que las bestias mismas dan de ella algunas veces sensibles muestras. Sin hablar
de la ternura de las madres con sus pequeños y de los peligros que arrostran
para protegerlos, obsérvase a diario la repugnancia que experimentan los
caballos a pisotear un cuerpo vivo. Un animal no pasa nunca al lado de otro de
su especie muerto sin sentir cierta inquietud; hasta hay animales que les dan
una suerte de sepultura, y los tristes mugidos del ganado entrando en el
matadero anuncian la impresión que recibe ante el horrible espectáculo que
contempla. Con placer se ve al autor de la fábula Las abejas (25), obligado a reconocer al hombre
como un ser compasivo y sensible, abandonar su estilo frío y sutil para
ofrecernos la patética imagen de un hombre encerrado que ve fuera a una bestia
feroz arrancar a un niño de brazos de su madre, triturar con sus mortíferos
dientes sus débiles miembros y desgarrar con sus uñas las entrañas palpitantes
de la criatura. ¡Qué horribles estremecimientos experimenta ese testigo de un
suceso en el cual no interviene su interés personal! ¡Qué angustias sufro por
no poder prestar auxilio alguno a la madre desvanecida y a la expirante
criatura!
Tal
es el puro movimiento de la naturaleza, anterior a toda reflexión; tal la
fuerza de la piedad natural, que las costumbres más depravadas difícilmente
pueden destruirla, puesto que se ve a diario en nuestros espectáculos enternecerse
y llorar ante las desventuras de un infortunado a un tal que, de hallarse en el
lugar del tirano, agravaría más aún los tormentos de su enemigo, semejante al
sanguinario Sila, tan sensible ante las desgracias que él no había causado, o a
ese Alejandro de Feres, que no osaba asistir a la representación de ninguna
tragedia por temor de que se le viera llorar con Andrómaca y con Príamo,
mientras escuchaba sin emocionarse los gritos de los ciudadanos que mandaba
degollar todos los días.
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Mollissima corda |
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Humano generi dare se natura fatetur, |
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Quae lacrymas dedit (26). |
Mandeville
ha comprendido perfectamente que los hombres, con toda su moral, hubieran sido
siempre unos monstruos si la naturaleza no les hubiese dado la piedad en apoyo
de la razón; pero no ha visto que de esta sola cualidad se derivan todas las
virtudes sociales que pretende negar a los hombres. En efecto: ¿qué es la
generosidad, la clemencia, la humanidad, sino la piedad aplicada a los débiles,
a los culpables, o a la especie humana en general? La benevolencia y la misma amistad
son, bien miradas, productos de una constante piedad fijada en un objeto
particular; pues desear que alguien no sufra, ¿qué es sino desear que sea
feliz? Aun cuando fuera cierto que la conmiseración es sólo un sentimiento que
nos pone en el lugar de quien sufre, sentimiento obscuro y vivo en el salvaje,
desarrollado pero débil en el hombre civilizado, ¿qué importaría esto a la
verdad de lo que afirmo, sino para darle más fuerza? En efecto: la
conmiseración será tanto más enérgica cuanto más íntimamente se identifique el
animal espectador con el animal paciente. Ahora bien; es evidente que esta
identificación ha debido de ser infinitamente más estrecha en el estado de
naturaleza que en el estado de razonamiento. Es la razón quien engendra el amor
propio, y la reflexión lo fortifica; ella repliega al hombre sobre sí mismo;
ella le aparta de todo lo que le molesta o le aflige. Es la filosofía quien le
aísla; por ella dice en secreto, a la vista de un hombre que sufre: «Muere si
quieres; yo estoy seguro.» Sólo los peligros de la sociedad entera turban el
sueño tranquilo del filósofo y le arrancan del lecho. Se puede degollar
impunemente a un semejante suyo bajo sus ventanas; no tiene más que taparse los
oídos y razonar un poco para impedir a la naturaleza que se subleva dentro de
él identificarlo con aquel a quien se asesina (27). El hombre salvaje carece de este
admirable talento; falto de razón y de prudencia, vésele siempre entregarse
aturdidamente al primer sentimiento de la humanidad. En los motines, en las
contiendas callejeras, acude el populacho y el hombre prudente se aparta; es la
canalla, son las mujeres del mercado quienes separan a los combatientes o
impiden a la gente de bien su mutuo exterminio.
Es,
por tanto, perfectamente cierto que la piedad es un sentimiento natural que,
moderando en cada individuo de su amor a sí mismo, concurre a la mutua
conservación de la especie. Ella nos impulsa sin previa reflexión al socorro de
aquellos a quienes vemos sufrir; ella substituye en el estado natural a las
leyes, a las costumbres y a la virtud, con la ventaja de que nadie se siente
tentado de desobedecer su dulce voz; ella disuadirá a un salvaje fuerte de
quitar a una débil criatura o a un viejo achacoso el alimento que han adquirido
penosamente, si espera hallar el suyo en otra parte; ella inspira a todos los
hombres, en lugar de la sublime máxima de justicia razonada Pórtate con los
demás como quieres que se porten contigo, esta otra de bondad natural,
acaso menos perfecta, pero mucho más útil que la anterior: Haz tu bien con
el menor daño posible para otro. En una palabra: es en este sentimiento
natural, más bien que en los sutiles argumentos, donde hay que buscar la causa
de la repugnancia que todo hombre siente a obrar mal, aun independientemente de
los preceptos de la educación. Aunque Sócrates y los espíritus de su tiempo
puedan adquirir la virtud por medio del razonamiento, hace tiempo que habría
desaparecido el género humano si su conservación hubiese dependido de quienes
lo componen.
Con
pasiones tan poco activas y un freno tan saludable, los hombres, más bien
feroces que malos, más atentos a ponerse a cubierto del mal que podían recibir
que inclinados a hacer daño a otros, no estaban expuestos a contiendas muy
peligrosas. Como no tenían entre sí ninguna especie de relación; como por
tanto, no conocían la vanidad, ni la consideración, ni la estima, ni el
desprecio; como no tenían la menor noción del bien ni del mal, ni alguna idea
verdadera de justicia; como miraban las violencias que podían recibir como daño
fácil de reparar, y no como una injuria que debe ser castigada, y como ni
siquiera pensaban en la venganza, a no ser tal vez maquinalmente y en el mismo
momento, como el perro que muerde la piedra que se le arroja, sus disputas
raramente hubieran tenido causa más importante que el alimento. Pero veo una
más peligrosa y de la cual voy a tratar.
Entre
las pasiones que agitan el corazón humano hay una, ardiente, impetuosa, que
hace a un sexo necesario al otro; terrible pasión que desafía todos los
peligros, destruye todos los obstáculos y más parece, en su furor, propia para
aniquilar el género humano que no destinada a conservarlo. ¿Qué sería de los
hombres presa de esta rabia desenfrenada y brutal, sin pudor ni continencia, y
disputándose cada día sus amores al precio de su sangre?
Es
preciso conceder desde luego que cuanto más violentas son las pasiones más
necesarias son las leyes; pero, además de que los desórdenes y los crímenes que
a diario causan esas pasiones demuestran demasiado la insuficiencia de las
leyes a este respecto, convendría examinar si estos desórdenes no han nacido
con las leyes mismas; porque entonces, aunque fueran capaces de reprimirlos, lo
menos que podría exigírseles es que detuviesen un mal que sin ellas no
existiría.
Empecemos
por distinguir en el sentimiento del amor lo moral y lo físico. Lo físico es
ese deseo general que impulsa a un sexo a unirse con otro. Lo moral es lo que
determina ese deseo y lo fija exclusivamente en un solo objeto, o que, por lo
menos, le da hacia ese objeto preferido un mayor grado de energía. Ahora bien;
es fácil ver que lo moral del amor es un sentimiento facticio nacido del uso de
la sociedad y elogiado por las mujeres con suma habilidad y cuidado para implantar
su imperio y hacer dominante el sexo que debía obedecer. Como este sentimiento
está fundado sobre ciertas nociones del mérito y de la belleza que un salvaje
no se halla en estado de poseer, y sobre comparaciones que éste no puede hacer,
debe de ser casi nulo para él; porque del mismo modo que su espíritu no ha
podido forjar ideas abstractas de regularidad y de proporción, así su corazón
no es tampoco susceptible de sentimiento de admiración y de amor, los cuales
nacen, sin que uno se dé cuenta, de la aplicación de esas ideas. Únicamente
escucha al temperamento que la naturaleza le ha dado, no al gusto que no ha
podido adquirir, y cualquier mujer le parece buena.
Limitados
a la parte física del amor y bastante felices para ignorar esas preferencias
que irritan el sentimiento amoroso y aumentan las dificultades, los hombres
deben de sentir menos frecuentemente y con menor viveza los ardores del
temperamento, y, por consiguiente, sus disputas deben de ser más raras y menos
crueles. La imaginación, que tantos estragos produce entre nosotros, no habla a
esos corazones salvajes; cada uno espera tranquilamente los impulsos de la
naturaleza, se entrega a ellos sin elección, con mayor placer que furor, y,
satisfecha su necesidad, el deseo queda extinguido.
Es,
pues, incontestable que así el amor como las demás pasiones no han adquirido
sino en la sociedad ese ardor impetuoso que tan funestos los hace ser con
frecuencia para los hombres. De modo que es en extremo ridículo representar a
los salvajes exterminándose mutuamente y sin cesar por satisfacer su
brutalidad, toda vez que esta opinión está en completa contradicción con la
experiencia, pues los caribes, el pueblo que menos se ha apartado hasta aquí,
entre todos los existentes, del estado natural, son precisamente los más
tranquilos en sus amores y los menos sujetos a los celos, aunque viven bajo un
clima abrasador, que parece dar a sus pasiones una actividad mayor.
Respecto
a las consecuencias que podrían deducirse, en ciertas especies animales, de las
luchas entre machos que en todo tiempo ensangrientan nuestros corrales o hacen
retumbar los bosques en la primavera con sus gritos disputándose la hembra, es
necesario empezar por excluir a todas aquellas especies en que la naturaleza ha
establecido manifiestamente, por lo que hace al poder relativo de los sexos,
distintas relaciones que entre nosotros; así, las peleas entre gallos no constituyen
una inducción para la especie humana. En las especies en que la proporción está
mejor observada, estas luchas sólo pueden tener por causa la escasez de hembras
respecto al número de machos o los intervalos durante los cuales la hembra
rehúsa constantemente ayuntarse con el macho, lo que equivale a la primer
causa; porque si la hembra sólo admite al macho durante dos meses al año, es
igual que si el número de hembras fuese cinco sextas partes menor. Pero ninguno
de estos dos casos es aplicable a la especie humana, en la cual el número de
las hembras excede generalmente al de varones, no habiéndose observado nunca
tampoco, ni aun entre los salvajes, que las hembras tengan, como en las otras
especies, épocas de celo y de abstención. Además, en muchas clases de animales,
entrando la especie entera a la vez en mutua efervescencia, sobreviene un
momento terrible de común ardor, de tumulto, desorden y combate; momento que no
existe en la especie humana, porque el amor en ella no es periódico. No puede
deducirse, por consiguiente, de los combates entre ciertos animales por la
posesión de la hembra, que lo mismo sucedería al hombre en el estado natural; y
aunque se pudiera sacar esa conclusión, así como esas luchas no destruyen esas
especies, debe pensarse cuando menos que no serían más funestas para la
nuestra; y aun parece que no causarían tantos estragos como causan en la
sociedad, sobre todo en aquellos países en que, por respetarse todavía las
costumbres, los celos de los amantes y la venganza de los maridos son diario
motivo de duelos, crímenes y peores cosas; sociedad en que el deber de una
eterna fidelidad sólo sirve para originar adulterios y donde las mismas leyes
del honor y la continencia extienden necesariamente la corrupción y multiplican
los abortos.
Concluyamos
que el hombre salvaje, errante en los bosques, sin industria, sin palabra, sin
domicilio, sin guerra y sin relaciones, sin necesidad alguna de sus semejantes,
así como sin ningún deseo de perjudicarlos, quizá hasta sin reconocer nunca a
ninguno individualmente; sujeto a pocas pasiones y bastándose a sí mismo, sólo
tenía los sentimientos y las luces propias de este estado, sólo sentía sus
verdaderas necesidades, sólo miraba aquello que le interesaba ver, y su inteligencia
no progresaba más que su vanidad. Si por casualidad hacía algún descubrimiento,
tanto menos podía comunicarlo cuanto que ni reconocía a sus hijos. El arte
perecía con el inventor. No había educación ni progreso; las generaciones se
multiplicaban inútilmente, y, partiendo siempre cada una del mismo punto, los
siglos transcurrían en la tosquedad de las primeras edades; la especie era ya
vieja, y el hombre seguía siendo siempre niño.
Si
me he extendido tanto tiempo sobre la suposición de esta condición primitiva es
porque, siendo necesario destruir antiguos errores y prejuicios, he creído que
debía ahondar hasta las raíces para demostrar en el cuadro del verdadero estado
de naturaleza cómo la desigualdad, aun natural, está lejos de tener en ese
estado la realidad y la influencia que pretenden nuestros escritores.
En
efecto: es fácil ver que, entre las diferencias que distinguen a los hombres,
pasan por naturales muchas que son únicamente obra de la costumbre y de los
diversos géneros de vida que llevan los hombres en la sociedad. Así, un
temperamento fuerte o delicado, la fuerza o la debilidad que de éste dependen,
proceden con frecuencia más de la manera ruda o afeminada con que uno ha sido
criado que de la constitución primitiva del cuerpo. Lo mismo sucede con las
fuerzas del espíritu, y no solamente la educación establece diferencias entre
los espíritus cultivados y los que no lo están, sino que aumenta la que existe
entre los primeros en proporción con la cultura, pues si un gigante y un enano
van por el mismo camino, cada paso que adelanten dará una nueva ventaja al
gigante. Ahora bien: si se compara la prodigiosa variedad de educación y de
géneros de vida que reina en los diferentes órdenes del estado civil con la
simplicidad y la uniformidad de la vida animal o salvaje, en la cual todos se
nutren con los mismos alimentos, viven del mismo modo y hacen exactamente las
mismas cosas, se comprenderá entonces cómo la diferencia de hombre a hombre
debe ser menor en el estado de naturaleza que en el de sociedad, y cómo la
desigualdad natural debe aumentar en la especie humana por la desigualdad de
educación.
Pero
aunque la naturaleza afectase en la distribución de sus dones tantas
diferencias como se pretende, ¿qué ventajas gozarían los más favorecidos en
perjuicio de los demás en un estado de cosas que no admitiría casi ninguna
especie de relación entre ellos? Donde no hay amor, ¿de qué sirve la belleza?
¿De qué sirve el ingenio a gentes que no hablan nunca, y la astucia a los que
no tienen negocios? Oigo repetir a cada instante que los más fuertes oprimirían
a los débiles; pero explíqueseme qué se quiere decir con la palabra opresión.
Unos dominarían con violencia, otros gemirían sometidos a su capricho. He aquí
precisamente lo que observo entre nosotros; pero no veo cómo puede decirse esto
de los hombres salvajes, a quienes difícilmente se haría comprender qué
significan servidumbre y dominación. Podrá un hombre apoderarse de los frutos
que otro ha cogido, de la caza que ha matado, de la caverna que le servía de
asilo; pero ¿cómo conseguiría nunca hacerse obedecer y cuáles podrían ser las
cadenas de la dependencia entre unos hombres que nada poseen? Si se me arroja
de un árbol, libre estoy para ir a otro; si alguien me molesta en un sitio,
¿quién me impedirá marcharme a otra parte? ¿Hay un hombre de fuerza superior a
la mía, y además bastante depravado, bastante perezoso, bastante feroz para
obligarme a proveer a su subsistencia mientras él permanece ocioso? Pues es
preciso que se resuelva a no perderme de vista un solo instante, a tenerme
cuidadosamente atado durante su sueño por temor a que me escape o le mate; es
decir, que se ve obligado a exponerse voluntariamente a una fatiga mucho más
grande que la que quiere evitarse y que la que a mí me causa. Después de todo
esto, si su vigilancia afloja un instante, si un ruido imprevisto le hace
volver la cabeza, doy veinte pasos en el bosque, y mis cadenas quedan rotas y
jamás en su vida vuelve a verme.
Sin
necesidad de prolongar inútilmente estos detalles, cada cual debe ver que, no
siendo los lazos de la servidumbre sino la dependencia mutua de los hombres y
de las necesidades recíprocas que los unen, es imposible esclavizar a un hombre
si antes no se le ha puesto en el caso de no poder prescindir de otro; y como
esta situación no existe en el estado natural, todos se hallan libres del yugo,
resultando, vana en él la ley del más fuerte.
Después
de haber demostrado que la desigualdad apenas se manifiesta en el estado
natural y que su influencia es casi nula, me falta explicar su origen y sus
progresos en los desenvolvimientos sucesivos del espíritu humano. Después de
haber demostrado que la perfectibilidad, las virtudes sociales y las
demás facultades que el hombre natural había recibido en potencia no podían
desarrollarse nunca por sí mismas; que para ello necesitaban el concurso
fortuito de diferentes causas externas que podían no haber nacido nunca y sin
las cuales el hombre natural hubiera permanecido eternamente en su condición
primitiva, me falta considerar y reunir los diferentes azares que han podido,
echando a perder la especie, perfeccionar la razón humana; volver malos a los
seres haciéndolos sociables, y de un término tan lejano, traer al hombre y al
mundo al punto en que los vemos.
Los
acontecimientos que voy a describir pueden haber ocurrido de diferentes
maneras; confieso, pues, que sólo me puedo decidir en su elección por
conjeturas; pero, además de que estas conjeturas se convierten en razones cuando
son las más probables conclusiones de la naturaleza de las cosas y los únicos
medios de que puede disponerse para descubrir la verdad, las consecuencias que
quiero deducir de las mías no serán por ello conjeturales, puesto que sobre los
principios que he formulado no podría construirse ningún otro sistema que me
proporcione los mismos resultados y del cual pueda sacar las mismas
conclusiones.
Esto
me dispensará de extender mis reflexiones sobre el modo como el lapso de tiempo
transcurrido compensa la escasa verosimilitud de los acontecimientos; sobre el
sorprendente poder de las pequeñas causas cuando obran sin descanso; sobre la
imposibilidad en que nos hallamos, de un lado, de destruir ciertas hipótesis,
si del otro no se les puede dar el grado de certidumbre de los hechos; sobre
que, dados dos hechos como reales y habiendo que unirlos por una serie de
hechos intermediarios, desconocidos o considerados como tales, corresponde a la
Historia, cuando existe, procurar los hechos que sirven de enlace, o a la
Filosofía, en su defecto, determinar los hechos análogos que pueden enlazarlos;
y, en fin, sobre que, en materia de acontecimientos, la analogía reduce los
hechos a un número mucho más pequeño de clases diferentes de lo que se imagina.
Tengo suficiente con ofrecer estos temas a la consideración de mis jueces; me
basta con haberme arreglado de modo que los lectores vulgares no tuvieran necesidad
de considerarlos.
Segunda parte
El
primer hombre a quien, cercando un terreno, se lo ocurrió decir esto es mío
y halló gentes bastante simples para creerle fue el verdadero fundador de la
sociedad civil. ¡Cuántos crímenes, guerras, asesinatos; cuántas miserias y
horrores habría evitado al género humano aquel que hubiese gritado a sus
semejantes, arrancando las estacas de la cerca o cubriendo el foso: «¡Guardaos
de escuchar a este impostor; estáis perdidos si olvidáis que los frutos son de
todos y la tierra de nadie!» Pero parece que ya entonces las cosas habían
llegado al punto de no poder seguir más como estaban, pues la idea de
propiedad, dependiendo de muchas, otras ideas anteriores que sólo pudieron
nacer sucesivamente, no se formó de un golpe en el espíritu humano; fueron
necesarios ciertos progresos, adquirir ciertos conocimientos y cierta
industria, transmitirlos y aumentarlos de época en época, antes de llegar a ese
último límite del estado natural. Tomemos, pues, las cosas desde más lejos y
procuremos reunir en su solo punto de vista y en su orden más natural esa lenta
sucesión de acontecimientos y conocimientos.
El
primer sentimiento del hombre fue el de su existencia; su primer cuidado, el de
su conservación. Los productos de la tierra le proveían de todo, lo necesario;
el instinto le llevó a usarlos. El hambre, otros deseos hacíanle experimentar
sucesivamente diferentes modos de existir, y hubo uno que le invitó a perpetuar
su especie; esta ciega inclinación, desprovista de todo sentimiento del
corazón, sólo engendra un acto puramente animal; satisfecho el deseo, los dos
sexos ya no se reconocían, y el hijo mismo nada era para la madre en cuanto
podía prescindir de ella.
Tal
fue la condición del hombre al nacer; tal fue la vida de un animal limitado al
principio a las puras sensaciones, aprovechando apenas los dones que le ofrecía
la naturaleza, lejos de pensar en arrancarle cosa alguna. Pero bien pronto
surgieron dificultades; hubo que aprender a vencerlas. La altura de los
árboles, que le impedía coger sus frutos; la concurrencia de los animales que
intentaban arrebatárselos para alimentarse, y la ferocidad de los que atacaban
su propia vida, todo le obligó a aplicarse a los ejercicios corporales; tuvo
que hacerse ágil, rápido en la carrera, fuerte en la lucha. Las armas
naturales, que son las ramas de los árboles y las piedras, pronto se hallaron
en sus manos. Aprendió a dominar los obstáculos de la naturaleza, a combatir en
caso necesario con los demás animales, a disputar a los hombres mismos su
subsistencia o a resarcirse de lo que era preciso ceder al más fuerte.
A
medida que se extendió el género humano, los trabajos se multiplicaron con los
hombres. La diferencia de los terrenos, de los climas, de las estaciones, pudo
forzarlos a establecerla en sus maneras de vivir. Los años estériles, los
inviernos largos y crudos, los ardientes estíos, que todo consumen, exigieron
de ellos una nueva industria. En las orillas del mar y de los ríos inventaron
el sedal y el anzuelo, y se hicieron pescadores e ictiófagos (28). En los bosques construyéronse
arcos y flechas, y fueron cazadores y guerreros. En los países fríos se
cubrieron con las pieles de los animales muertos a sus manos. El rayo, un
volcán o cualquier feliz azar les dio a conocer el fuego, nuevo recurso contra
el rigor del invierno; aprendieron a conservar este elemento y después a
reproducirlo, y, por último, a preparar con él la carne, que antes devoraban
cruda.
Esta
reiterada aplicación de seres distintos y de unos a otros debió naturalmente de
engendrar en el espíritu del hombre la percepción de ciertas relaciones. Esas
relaciones, que nosotros expresamos con las palabras grande, pequeño, fuerte,
débil, rápido, lento, temeroso, arriesgado y otras ideas semejantes, produjeron
al fin en él una especie de reflexión o más bien una prudencia maquinal, que le
indicaba las precauciones más necesarias a su seguridad.
Las
nuevas luces que resultaron de este desenvolvimiento aumentaron su superioridad
sobre los demás animales haciéndosela conocer. Se ejercitó en tenderles lazos,
en engañarlos de mil modos, y aunque muchos le superasen en fuerza en la lucha
o en rapidez en la carrera, con el tiempo se hizo dueño de los que podían
servirle y azote de los que podían perjudicarle. Y así, la primer mirada que se
dirigió a sí mismo suscitó el primer movimiento de orgullo; y, sabiendo apenas
distinguir las categorías y viéndose en la primera por su especie, así se
preparaba de lejos a pretenderla por su individuo.
Aunque
sus semejantes no fueran para él lo que son para nosotros, y aunque no tuviera
con ellos mayor comercio que con los otros animales, no fueron olvidados en sus
observaciones. Las semejanzas que pudo percibir con el tiempo entre ellos, su
hembra y él mismo, le hicieron juzgar las que no percibía; viendo que todos se
conducían como él se hubiera conducido en iguales circunstancias, dedujo que su
manera de pensar y de sentir era enteramente conforme con la suya, y esta importante
verdad, una vez arraigaba en su espíritu, le hizo seguir, por un presentimiento
tan seguro y más vivo que la dialéctica, las reglas de conducta que, para
ventaja y seguridad suya, más le convenía observar con ellos.
Instruido
por la experiencia de que el amor del bienestar es el único móvil de las
acciones humanas, pudo distinguir las raras ocasiones en que, por interés
común, debía contar con la ayuda de sus semejantes, y aquellas otras, más raras
aún, en que la concurrencia debía hacerle desconfiar de ellos. En el primer
caso se unía a ellos en informe rebaño, o cuando más por una especie de
asociación libre que a nadie obligaba y que sólo duraba el tiempo que la
pasajera necesidad que la había formado; en el segundo, cada cual buscaba su
provecho, bien a viva fuerza si creía ser más fuerte, bien por astucia y
habilidad si sentíase el más débil.
He
aquí cómo los hombres pudieron insensiblemente adquirir cierta idea
rudimentaria de compromisos mutuos y de la ventaja de cumplirlos, pero sólo en
la medida que podía exigirlos el interés presente y sensible, pues la previsión
nada era para ellos, y, lejos de preocuparse de un lejano futuro, ni siquiera
pensaban en el día siguiente. ¿Tratábase de cazar un ciervo? Todos comprendían
que para ello debían guardar fielmente su puesto; pero si una liebre pasaba al
alcance de uno de ellos, no cabe duda que la perseguiría sin ningún escrúpulo y
que, cogida su presa, se cuidaría muy poco de que no se les escapase la suya a
sus compañeros.
Fácil
es comprender que semejantes relaciones no exigían un lenguaje mucho más
refinado que el de las cornejas o los monos, que se agrupan poco más o menos
del mismo modo. Durante mucho tiempo sólo debieron de componer el lenguaje
universal gritos inarticulados, muchos gestos y algunos ruidos imitativos;
unidos a esto en cada región algunos sonidos articulados y convencionales, cuyo
origen, como ya he dicho, no es muy fácil de explicar, formáronse lenguas
particulares, pero elementales, imperfectas, semejantes aproximadamente a las
que aún tienen diferentes naciones salvajes de hoy día.
Atravieso
como una flecha multitudes de siglos, forzado por el tiempo que transcurre, por
la abundancia de cosas que he de decir y por el progreso casi imperceptible de
los comienzos, pues tanto más lentos eran para sucederse, tanto más rápidos son
para describir.
Estos
primeros progresos pusieron en fin al hombre en estado de hacer otros más
rápidos. Cuanto más se esclarecía el espíritu más se perfeccionaba la
industria. Bien pronto los hombres, dejando de dormir bajo el primer árbol o de
guarecerse en cavernas, hallaron una especie de hachas de piedra duras y
cortantes que sirvieron para cortar la madera, cavar la tierra y construir
chozas con las ramas de los árboles, que en seguida aprendieron a endurecer con
barro y arcilla. Fue la época de una primera revolución, que originó el
establecimiento y la diferenciación de las familias e introdujo una especie de
propiedad, de la cual quizá nacieron ya entonces no pocas discordias y luchas.
Sin embargo, como los más fuertes fueron con toda seguridad los primeros en
construirse viviendas, porque sentíanse capaces de defenderlas, es de creer que
los débiles hallaron más fácil y más seguro imitarlos que intentar desalojarlos
de ellas; y en cuanto a los que ya poseían cabañas, ninguno de ellos debió de
intentar apropiarse la de su vecino, menos porque no le perteneciera que porque
no la necesitaba y porque, además, no podía apoderarse de ella sin exponerse a
una viva lucha con la familia que la ocupaba.
Las
primeras exteriorizaciones del corazón fueron el efecto de un nuevo estado de
cosas que reunía en una habitación común a maridos y mujeres, a padres o hijos.
El hábito de vivir juntos hizo nacer los más dulces sentimientos conocidos de
los hombres: el amor conyugal y el amor paternal. Cada familia fue una pequeña
sociedad, tanto mejor unida cuanto que el afecto recíproco y la libertad eran
los únicos vínculos. Entonces fue cuando se estableció la primer diferencia en
el modo de vivir de los dos sexos, que hasta entonces habían vivido de la misma
manera. Las mujeres hiciéronse más sedentarias y se acostumbraron a guardar la
cabaña y a cuidar de los hijos mientras el hombre iba a buscar la común
subsistencia. Con una vida un poco más blanda, los dos sexos empezaron a perder
algo de su ferocidad y de su vigor; pero si cada individuo separadamente se
halló menos capaz de combatir a las fieras, fue en cambio más fácil reunirse
para una resistencia común.
En
este nuevo estado, llevando una vida simple y solitaria, con necesidades muy
limitadas y los instrumentos que habían inventado para atenderlas, los hombres
gozaban de una extremada ociosidad, que emplearon en procurarse diversas,
comodidades que sus padres no habían conocido. Este fue el primer yugo que se
impusieron sin pensar y la primer fuente de males que prepararon a sus
descendientes; pues, además de que así continuaron debilitan de su cuerpo y su
espíritu, y habiendo perdido esas comodidades, por la costumbre, todo su
encanto y degenerado en verdaderas necesidades, la privación de ellas fue mucho
más cruel que agradable era su posesión, y, sin ser feliz poseyéndolas,
perdiéndolas érase desgraciado.
Se
entrevé algo mejor en este punto cómo el uso de la palabra se estableció o se
perfeccionó insensiblemente en el seno de cada familia, y aun se puede
conjeturar cómo diversas causas particulares pudieron extender el lenguaje y
acelerar su progreso haciéndole ser más necesario. Grandes inundaciones o
temblores de tierra cercaron de aguas o de precipicios las regiones habitadas;
revoluciones del globo desgarraron y cortaron en islas porciones del
continente. Se concibe que entre hombres reunidos de ese modo y forzados a
vivir juntos debió de formarse un idioma común, más bien que entre los que
erraban libremente en los bosques de la tierra firme. Así, es muy probable que,
después de sus primeros ensayos de navegación, los insulares hayan introducido
entre nosotros el uso de la palabra; por lo menos es muy verosímil que la
sociedad y las lenguas hayan nacido en las islas y en ellas se hayan
perfeccionado antes de ser conocidas en el continente.
Todo
empieza a cambiar de aspecto. Errantes hasta aquí en los bosques, los hombres,
habiendo adquirido una situación más estable, van relacionándose lentamente, se
reúnen en diversos agrupamientos y forman en fin en cada región una nación
particular, unida en sus costumbres y caracteres, no por reglamentos y leyes,
sino por el mismo género de vida y de alimentación y por la influencia del
clima. Una permanente vecindad no puede dejar de engendrar en fin alguna
relación entre diferentes familias. Jóvenes de distinto sexo habitan en cabañas
vecinas; el pasajero comercio que exige la naturaleza bien pronto origina otro
no menos dulce y más permanente por la mutua frecuentación. Habitúanse a
considerar diversos objetos y a hacer comparaciones; insensiblemente adquieren
ideas de mérito y de belleza que producen sentimientos de preferencia. A fuerza
de verse, no pueden pasar sin verse todavía. Un sentimiento tierno y dulce se
insinúa en el alma, que a la menor oposición se cambia en furor impetuoso; los
celos se despiertan con el amor, triunfa la discordia, y la más dulce de las
pasiones recibe sacrificios de sangre humana.
A
medida que se suceden las ideas y los sentimientos y el espíritu y el corazón
se ejercitan, la especie humana sigue domesticándose, las relaciones se
extienden y se estrechan los vínculos. Los hombres se acostumbran a reunirse
delante de las cabañas o, al pie de un gran árbol; el canto y la danza,
verdaderos hijos del amor y del ocio, constituyen la diversión o, mejor, la
ocupación de los hombres y de las mujeres agrupados y ociosos. Cada cual empezó
a mirar a los demás y a querer ser mirado él mismo, y la estimación pública
tuvo un precio. Aquel que mejor cantaba o bailaba, o el más hermoso, el más
fuerte, el más diestro o el más elocuente, fue el más considerado; y éste fue
el primer paso hacia la desigualdad y hacia el vicio al mismo tiempo. De estas
primeras preferencias nacieron, por una parte, la vanidad y el desprecio; por
otro, la vergüenza y la envidia, y la fermentación causada por esta nueva
levadura produjo al fin compuestos fatales para la felicidad y la inocencia.
Tan
pronto como los hombres empezaron a apreciarse mutuamente y se formó en su
espíritu la idea de la consideración, todos pretendieron tener el mismo
derecho, y no fue posible que faltase para nadie. De aquí nacieron los primeros
deberes de la cortesía, aun entre los salvajes; y de aquí que toda injusticia
voluntaria fuera considerada como un ultraje, porque con el daño que ocasionaba
la injuria, el ofendido veía el desprecio de su persona, con frecuencia más
insoportable que el daño mismo. De este modo, como cada cual castigaba el
desprecio que se lo había inferido de modo proporcionado a la estima que tenía
de sí mismo, las venganzas fueron terribles, y los hombres, sanguinarios y
crueles. He ahí precisamente el grado a que había llegado la mayoría de los
pueblos salvajes que nos son conocidos. Mas, por no haber distinguido
suficientemente las ideas y observado cuán lejos se hallaban ya esos pueblos
del estado natural, algunos se han precipitado a sacar la conclusión de que el
hombre es naturalmente cruel y que es necesaria la autoridad para dulcificarlo,
siendo así que nada hay tan dulce como él en su estado primitivo, cuando,
colocado por la naturaleza a igual distancia de la estupidez de las bestias que
de las nefastas luces del hombre civil, y limitado igualmente por el instinto y
por la razón a defenderse del mal que le amenaza, la piedad natural le impide,
sin ser impelido a ello por nada, hacer daño a nadie, ni aun después de haberlo
él recibido. Porque, según el axioma del sabio Locke, no puede existir
agravio donde no hay propiedad.
Pero
es preciso señalar que la sociedad empezada y las relaciones ya establecidas
entre los hombres exigían de éstos cualidades diferentes de las que poseían por
su constitución primitiva; que, empezando a introducirse la moralidad en las
acciones humanas y siendo cada uno, antes de las leyes, único juez y vengador
de las ofensas recibidas, la bondad que convenía al puro estado de naturaleza
no era la que convenía a la sociedad naciente; que era necesario que los
castigos fueran más severos a medida que las ocasiones de ofender eran más
frecuentes; que el terror de las venganzas tenía que ocupar el lugar del freno
de las leyes. Así, aunque los hombres fuesen ya menos sufridos y la piedad
natural ya hubiera experimentado alguna alteración, este período del
desenvolvimiento de las facultades humanas, ocupando un justo medio entre la
indolencia del estado primitivo y la petulante actividad de nuestro amor
propio, debió de ser la época más feliz y duradera. Cuanto más se reflexiona,
mejor se comprende que este estado era el menos sujeto a las revoluciones, el
mejor para el hombre (29), del cual no ha debido salir sino
por algún funesto azar, que, por el bien común, hubiera debido no acontecer
nunca. El ejemplo de los salvajes, hallados casi todos en ese estado, parece
confirmar que el género humano estaba hecho para permanecer siempre en él; que
ese estado es la verdadera juventud del mundo, y que todos los progresos
ulteriores han sido, en apariencia, otros tantos pasos hacia la perfección del
individuo; en realidad, hacia la decrepitud de la especie.
Mientras
los hombres se contentaron con sus rústicas cabañas; mientras se limitaron a
coser sus vestidos de pieles con espinas vegetales o de pescado, a adornarse
con plumas y conchas, a pintarse el cuerpo de distintos colores, a perfeccionar
y embellecer sus arcos y sus flechas, a tallar con piedras cortantes canoas de
pescadores o rudimentarios instrumentos de música; en una palabra, mientras
sólo se aplicaron a trabajos que uno solo podía hacer y a las artes que no
requerían el concurso de varias manos, vivieron libres, sanos, buenos y felices
en la medida en que podían serlo por su naturaleza y siguieron disfrutando de
las dulzuras de un trato independiente. Pero desde el instante en que mi hombre
tuvo necesidad de la ayuda de otro; desde que se advirtió que era útil a uno
solo poseer provisiones por dos, la igualdad desapareció, se introdujo la
propiedad, el trabajo fue necesario y los bosques inmensos se trocaron en
rientes campiñas que fue necesario regar con el sudor de los hombres y en las cuales
viose bien pronto germinar y crecer con las cosechas la esclavitud y la
miseria.
La
metalurgia y la agricultura fueron las dos artes cuyo desenvolvimiento produjo
esta gran revolución. Para el poeta son el oro y la plata; más para el filósofo
son el hierro y el trigo los que han civilizado a los hombres y perdido al
género humano. Uno y otro eran desconocidos de los salvajes de América, por lo
cual han permanecido siempre los mismos; y los demás pueblos parece que
siguieron bárbaros mientras no practicaron más que una sola de estas artes.
Precisamente, una de las mejores razones quizá de que Europa haya sido, si no
más pronto, mejor y más constantemente ordenada que las otras partes del mundo
es que al mismo tiempo es la más abundante en hierro y la más fértil en trigo.
Es
difícil conjeturar de qué modo han llegado los hombres a conocer y emplear el
hierro, pues no es de creer que hayan imaginado por sí mismos extraer la
materia de la mina y darle las preparaciones necesarias para su fusión antes de
saber lo que resultaría. Por otra parte, no puede atribuirse este
descubrimiento a un incendio casual, puesto que las minas se forman en lugares
áridos y desprovistos de árboles y plantas; de suerte que parece que la
naturaleza ha tomado sus precauciones para ocultarnos el fatal secreto. Sólo
queda la extraordinaria circunstancia de que un volcán, vomitando materias
metálicas en fusión, haya sugerido a los espectadores la idea de imitar esta
operación de la naturaleza; pero es necesario suponer mucho valor y previsión
para emprender un trabajo tan penoso y calcular desde mucho antes las ventajas
que podían obtenerse, y esto sólo es admisible en espíritus más cultivados que
lo debía estar el de los espectadores.
En
cuanto a la agricultura, el principio fue conocido mucho antes de que se
estableciera la práctica, pues no es probable que los hombres, siempre ocupados
en sacar de los árboles y las plantas su subsistencia, hayan tardado mucho
tiempo en advertirlos caminos que sigue la naturaleza para la generación de los
vegetales; pero su industria no se inclinó probablemente hasta muy tarde de
este lado, bien porque los árboles, que con la caza y la pesca proveían a su
alimento, no necesitaban sus cuidados, sea por desconocer el uso del trigo, sea
por falta de instrumentos para cultivarlo, bien por falta de previsión para las
necesidades futuras, sea, en fin, por no haber medios para impedir a los demás
que se apoderaran del fruto de su trabajo. Cuando ya fueron más industriosos,
es de presumir que empezaron con piedras afiladas y palos puntiagudos a
cultivar algunas legumbres o raíces en derredor de sus cabañas, mucho antes de
saber trabajar el trigo y tener los instrumentos necesarios para el cultivo en
grande; sin contar que para entregarse a esta labor y sembrar las tierras es
preciso decidirse a perder alguna cosa primero para obtener mucho después,
previsión grandemente extraña al espíritu del salvaje, que, como antes he
dicho, tiene bastante con pensar por la mañana en sus necesidades de la tarde.
La
invención de las otras artes fue, por tanto, necesaria para forzar al género
humano a dedicarse a la agricultura. En cuanto hubo necesidad de hombres para
fundir y forjar el hierro, fueron necesarios otros que los alimentaran. Cuanto
mayor fue el número de obreros, menos manos hubo empleadas en proveer a la
común subsistencia, sin haber por eso menos bocas que alimentar; y como unos
necesitaron alimentos en cambio de su hierro, los otros descubrieron en fin el
secreto de emplear el hierro para multiplicar los alimentos. De aquí nacieron,
por una parte, el cultivo y la agricultura; por otra, el arte de trabajar los
metales y multiplicar sus usos.
Del
cultivo de las tierras resultó necesariamente su reparto, y de la propiedad,
una vez reconocida, las primeras reglas de justicia, porque para dar a cada
cual lo suyo es necesario que cada uno pueda tener alguna cosa. Por otro lado,
los hombres ya habían empezado a pensar en el porvenir, y como todos tenían
algo que perder, no había ninguno que no tuviera que temer para sí la
represalia de los daños que podía causar a otro. Este origen es tanto más
natural cuanto que es imposible concebir la idea de la propiedad naciente de
otro modo que por la mano de obra, pues no se comprende que para apropiarse las
cosas que no ha hecho pudiera el hombre poner más que su trabajo. Es el trabajo
únicamente el que, dando derecho al cultivador sobre el producto de la tierra
que ha trabajado, le da consiguientemente ese mismo derecho sobre el suelo, por
lo menos hasta la cosecha, y así de año en año; lo que, constituyendo una
posesión continua, se transforma fácilmente en propiedad. Cuando los antiguos,
dice Grocio, dieron a Ceres el epíteto de legisladora y a una fiesta que se
celebraba en su honor el nombre de Temosforia, dieron a entender que el reparto
de las tierras había producido una nueva especie de derecho, es decir, el
derecho de propiedad, diferente del que resulta de la ley natural.
En
esta situación, las cosas hubieran podido permanecer iguales si las aptitudes
hubieran sido iguales, y si, por ejemplo, el empleo del hierro y el consumo de
los productos alimenticios hubieran guardado un equilibrio exacto. Pero la
proporción, que nada mantenía, bien pronto quedó rota; el más fuerte hacía más
obra; el más hábil sacaba mejor partido de lo suyo; el más ingenioso hallaba
los medios de abreviar su trabajo; el labrador necesitaba más hierro, o el
herrero más trigo; y trabajando todos igualmente, unos ganaban más mientras
otros, apenas podían vivir. De este modo, la desigualdad natural se desenvuelve
insensiblemente con la de combinación, y las diferencias entre los hombres,
desarrolladas por las que originan las circunstancias, hácense más sensibles,
más permanentes en sus efectos y empiezan a influir en la misma proporción
sobre la suerte de los particulares.
En
este punto las cosas, fácil es imaginar el resto. No me detendré a describir la
invención sucesiva de las otras artes, el progreso de las lenguas, la prueba y
el empleo de las aptitudes, la desigualdad de las fortunas, el uso y el abuso
de las riquezas, ni todos los detalles que siguen a éstos y que cada uno puede
fácilmente suponer. Me limitaré solamente a echar una ojeada sobre el género
humano colocado en ese nuevo orden de cosas.
He
aquí todas nuestras facultades desarrolladas, la memoria y la imaginación en
juego, interesado el amor propio, la razón en actividad y el espíritu casi al
término de la perfección de que es susceptible. He aquí todas las cualidades
naturales puestas en acción, establecidas la condición y la suerte de cada
hombre, no sólo en lo que se refiere a la cantidad de bienes y al poder de
servir o perjudicar, sino en cuanto al espíritu, la belleza, la fuerza o la
destreza, el mérito y las aptitudes. Siendo estas cualidades las únicas que
podían atraer la consideración, bien pronto fue necesario o tenerlas o
fingirlas; fue preciso, por el propio interés, aparecer distinto de lo que en
verdad se era. Ser y parecer fueron dos cosas por completo diferentes, y de
esta diferencia nacieron la ostentación imponente, la astucia engañosa y todos
los vicios que forman su séquito. Por otra parte, de libre e independiente que
era antes el hombre, vedle, por una multitud de nuevas necesidades, sometido,
por así decir, a la naturaleza entera, y sobre todo a sus semejantes, de los
cuales se convierte en esclavo aun siendo su señor: rico, necesita de sus
servicios; pobre; de su ayuda, y la mediocridad le impide prescindir de
aquéllos. Necesita, por tanto, buscar el modo de interesarlos en su suerte y
hacerles hallar su propio interés, en realidad o en apariencia, trabajando en
provecho suyo; lo cual le hace trapacero y artificioso con unos, imperioso y
duro con otros, y le pone en la necesidad de engañar a todos aquellos que necesita,
cuando no puede hacerse temer de ellos y no encuentra ningún interés en
servirlos útilmente. En fin; la voraz ambición, la pasión por aumentar su
relativa fortuna, menos por una verdadera necesidad que para elevarse por
encima de los demás, inspira a todos los hombres una negra inclinación a
perjudicarse mutuamente, una secreta envidia, tanto más peligrosa cuanto que,
para herir con más seguridad, toma con frecuencia la máscara de la
benevolencia; en una palabra: de un lado, competencia y rivalidad; de otro,
oposición de intereses, y siempre el oculto deseo de buscar su provecho a
expensas de los demás. Todos estos males son el primer efecto de la propiedad y
la inseparable comitiva de la desigualdad naciente.
Antes
de haberse inventado los signos representativos de las riquezas, éstas no
podían consistir sino en tierras y en ganados, únicos bienes efectivos que los
hombres podían poseer. Ahora bien; cuando las heredades crecieron en número y
en extensión, hasta el punto de cubrir el suelo entero y de tocarse unas con
otras, ya no pudieron extenderse más sitio a expensas de las otras, y los que
no poseían ninguna porque la debilidad o la indolencia los había impedido
adquirirlas a tiempo, se vieron obligados a recibir o arrebatar de manos de los
ricos su subsistencia; de aquí empezaron a nacer, según el carácter de cada
uno, la dominación y la servidumbre, o la violencia y las rapiñas. Los ricos,
por su parte, apenas conocieron el placer de dominar, rápidamente desdeñaron
los demás, y, sirviéndose de sus antiguos esclavos para someter a otros hombres
a la servidumbre, no pensaron más que en subyugar y esclavizar a sus vecinos,
semejantes a esos lobos hambrientos que, habiendo gustado una vez la carne
humana, rechazan todo otro alimento y sólo quieren devorar hombres.
De
este modo, haciendo los más poderosos de sus fuerzas o los más miserables de
sus necesidades una especie de derecho al bien ajeno, equivalente, según ellos,
al de propiedad, la igualdad deshecha fue seguida del más espantoso desorden;
de este modo, las usurpaciones de los ricos, las depredaciones de los pobres,
las pasiones desenfrenadas de todos, ahogando la piedad natural y la voz
todavía débil de la justicia, hicieron a los hombres avaros, ambiciosos y
malvados. Entre el derecho del más fuerte y el del primer ocupante alzábase un
perpetuo conflicto, que no se terminaba sino por combates y crímenes (30). La naciente sociedad cedió la
plaza al más horrible estado de guerra; el género humano, envilecido y
desolado, no pudiendo volver sobre sus pasos ni renunciar a las desgraciadas
adquisiciones que había hecho, y no trabajando sino en su vilipendio, por el
abuso de las facultades que le honran, se puso a sí mismo en vísperas de su
ruina.
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Attonitus novitate mali, divesque, miserque, |
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Effugere optat opes, et quae
modo voverat odit (31). |
OVID., Metam.,
lib. XI, v. 127.
No es posible que los hombres no se hayan detenido a
reflexionar al cabo sobre una situación tan miserable y sobre las calamidades
que los agobiaban. Sobre todo los ricos debieron comprender cuán desventajoso
era para ellos una guerra perpetua con cuyas consecuencias sólo ellos cargaban
y en la cual el riesgo de la vida era común y el de los bienes particular. Por
otra parte, cualquiera que fuera el pretexto que pudiesen dar a sus
usurpaciones, demasiado sabían que sólo descansaban sobre un derecho, precario
y abusivo, y que, adquiridas por la fuerza, la fuerza podía arrebatárselas sin
que tuvieran derecho a quejarse. Aquellos mismos que sólo se habían enriquecido
por la industria no podían tampoco ostentar sobre su propiedad mejores títulos.
Podrían decir: «Yo he construido este muro; he ganado este terreno con mi
trabajo.» Pero se les podía contestar: «¿Quién os ha dado las piedras? ¿Y en
virtud de qué pretendéis cobrar a nuestras expensas un trabajo que nosotros no
os hemos impuesto? ¿Ignoráis que multitud de hermanos vuestros perece o sufre
por carecer de lo que a vosotros os sobra, y que necesitabais el consentimiento
expreso y unánime del género humano para apropiaros de la común subsistencia lo
que excediese de la vuestra?» Desprovisto de razones verdaderas para
justificarse y de fuerza suficiente para defenderse; venciendo fácilmente a un
particular, pero vencido él mismo por cuadrillas de bandidos; solo contra
todos, y no pudiendo, a causa de sus mutuas rivalidades, unirse a sus iguales
contra los enemigos unidos por el ansia común del pillaje, el rico, apremiado
por la necesidad, concibió al fin el proyecto más premeditado que haya nacido
jamás en el espíritu humano: emplear en su provecho las mismas fuerzas de
quienes le atacaban, hacer de sus enemigos sus defensores, inspirarles otras
máximas y darles otras instituciones que fueran para él tan favorables como
adverso érale el derecho natural.
Con
este fin, después de exponer a sus vecinos el horror de una situación que los
armaba a todos contra todos, que hacía tan onerosas sus propiedades como sus
necesidades, y en la cual nadie podía hallar seguridad ni en la pobreza ni en
la riqueza, inventó fácilmente especiosas razones para conducirlos al fin que
se proponía. «Unámonos -les dijo- para proteger a los débiles contra la
opresión, contener a los ambiciosos y asegurar a cada uno la posesión de lo que
le pertenece; hagamos reglamentos de justicia y de paz que todos estén
obligados a observar, que no hagan excepción de nadie y que reparen en cierto
modo los caprichos de la fortuna sometiendo igualmente al poderoso y al débil a
deberes recíprocos. En una palabra: en lugar de volver nuestras fuerzas contra
nosotros mismos, concentrémoslas en un poder supremo que nos gobierna con
sabias leyes, que proteja y defienda a todos los miembros de la asociación,
rechace a los enemigos comunes y nos mantenga en eterna concordia.»
Mucho
menos que la equivalencia de este discurso fue preciso para decidir a hombres
toscos, fáciles de seducir, que, por otra parte, tenían demasiadas cuestiones
entre ellos para poder prescindir de árbitros, y demasiada avaricia y ambición
para poderse pasar sin amos. Todos corrieron al encuentro de sus cadenas
creyendo asegurar su libertad, pues, con bastante inteligencia para comprender
las ventajas de una institución política, carecían de la experiencia necesaria
para prevenir sus peligros; los más capaces de prever los abusos eran
precisamente los que esperaban aprovecharse de ellos, y los mismos sabios
vieron que era preciso resolverse a sacrificar una parte de su libertad para
conservar la otra, del mismo modo que un herido se deja cortar un brazo para
salvar el resto del cuerpo.
Tal
fue o debió de ser el origen de la sociedad y de las leyes, que dieron nuevas
trabas al débil y nuevas fuerzas al rico (32), aniquilaron para siempre la
libertad natural, fijaron para todo tiempo la ley de la propiedad y de la
desigualdad, hicieron de una astuta usurpación un derecho irrevocable, y, para
provecho de unos cuantos ambiciosos, sujetaron a todo el género humano al
trabajo, a la servidumbre y a la miseria. Fácilmente se ve cómo el
establecimiento de una sola sociedad hizo indispensable el de todas las demás,
y de qué manera, para hacer frente a fuerzas unidas, fue necesario unirse a la
vez. Las sociedades, multiplicándose o extendiéndose rápidamente, cubrieron
bien pronto toda la superficie de la tierra, y ya no fue posible hallar un solo
rincón en el universo donde se pudiera evadir el yugo y sustraer la cabeza al
filo de la espada, con frecuencia mal manejada, que cada hombre vio
perpetuamente suspendida encima de su cabeza. Habiéndose convertido así el
derecho civil en la regla común de todos los ciudadanos, la ley natural no se
conservó sino entre las diversas sociedades, donde, bajo el nombre de derecho
de gentes, fue moderada por algunas convenciones tácitas para hacer posible el
comercio y suplir a la conmiseración natural, la cual, perdiendo de sociedad en
sociedad casi toda la fuerza que tenía de hombre a hombre, no reside ya sino en
algunas grandes almas cosmopolitas que franquean las barreras imaginarias que
separan a los pueblos y, a ejemplo del Ser soberano que las ha creado, abrazan
en su benevolencia a todo el género humano.
Los
cuerpos políticos, que siguieron entre sí en el estado natural, no tardaron en
sufrir los mismos inconvenientes que habían forzado a los particulares a salir
de él, y esta situación fue más funesta aún entre esos grandes cuerpos que
antes entre los individuos que los componían. De aquí salieron las guerras
nacionales, las batallas, los asesinatos, las represalias, que hacen
estremecerse a la naturaleza y ofenden a la razón, y todos esos prejuicios
horribles que colocan en la categoría de las virtudes el honor de derramar
sangre humana. Las gentes más honorables aprendieron a contar entre sus deberes
el de degollar a sus semejantes; viose en fin a los hombres exterminarse a
millares sin saber por qué, y en un solo día se cometían más crímenes, y más
horrores en el asalto de una sola ciudad, que no se hubieran cometido en el
estado de naturaleza durante siglos enteros y en toda la extensión de la
tierra. Tales son los primeros efectos que se observan de la división del
género humano en diferentes sociedades. Volvamos a sus instituciones.
Yo
sé que otros han atribuido diferentes orígenes a las sociedades políticas, como
las conquistas del más fuerte o la unión de los débiles; pero la elección entre
estas causas es indiferente para lo que quiero dejar asentado. Sin embargo, la
que yo he expuesto me parece la más natural por las siguientes razones:
Primera: Que, en el primer caso, el derecho de conquista, no siendo un derecho,
no ha podido servir de fundamento a otro alguno, pues el conquistador y los
pueblos sometidos permanecían siempre en estado de guerra, a menos que la
nación, recobrada su plena libertad, no escogiera voluntariamente a su vencedor
por su jefe; hasta entonces, sean cualesquiera las capitulaciones que se
hubiesen hecho, como sólo descansan sobre la violencia y, por consiguiente, son
nulas por ese mismo hecho, no puede haber, en esta hipótesis, ni verdadera
sociedad, ni cuerpo político, ni otra ley que la del más fuerte. Segunda: Que
las palabras fuerte y débil son equívocas en el segundo caso; que en el
intervalo entre el establecimiento del derecho de propiedad o del primer
ocupante y la constitución de gobiernos políticos, el sentido de esos términos
es mejor expresado por los de pobre y rico, porque, en efecto, un hombre
no tenía antes de la implantación de las leyes otro medio de someter a sus
iguales que el de atacar a sus bienes o el de darle parte de los suyos.
Tercera: Que, no teniendo los pobres otra cosa que perder sino su libertad, hubieran
cometido una gran locura privándose voluntariamente del único bien que les
quedaba para no ganar nada en el cambio; que, al contrario, sensibles los
ricos, por así decir, en todas las partes de sus bienes, era mucho más fácil
hacerles daño, por lo cual tenían que tomar muchas más precauciones para
protegerse; y que, por último, es razonable creer que una cosa ha sido
inventada más bien por aquellos a quienes beneficia que por los que con ella
salen perjudicados.
El
naciente gobierno no tuvo forma regular y constante. La falta de filosofía y de
experiencia sólo dejaba ver las dificultades presentes, y no se pensaba en
remediar las otras sino a medida que se presentaban. A pesar de todos los
esfuerzos de los más sabios legisladores, el estado político permaneció siempre
imperfecto porque era en gran parte la obra del azar, y, mal empezado, al
descubrirse con el tiempo sus defectos y sugerir los remedios pertinentes,
nunca pudieron corregirse los vicios de su constitución; se le reformaba sin
cesar, cuando hubiera sido necesario empezar por renovar el aire y separar los
viejos materiales, como hizo Licurgo en Esparta, para construir en su lugar un
buen edificio.
La
sociedad no consistió al principio más que en algunas convenciones generales
que todos los particulares se comprometían a observar, de cuyo cumplimiento
respondía la comunidad ante cada uno de ellos. Fue necesario que la experiencia
demostrara cuán débil era semejante constitución y cuán fácil a los infractores
eludir la prueba o el castigo de las faltas de que el público sólo debía ser
testigo y juez; fue preciso que los contratiempos y los desórdenes menudeasen
continuamente, para que al fin se pensara en confiar a algunos particulares el
peligroso depósito de la autoridad pública y se encargara a ciertos magistrados
el cuidado de hacer observar las deliberaciones del pueblo; pues decir que los
jefes fueron elegidos antes de que la confederación fuese hecha y que los
ministros de la ley existieron antes que las leyes mismas, es una suposición
que ni siquiera es permitido combatir seriamente.
Tampoco
sería muy razonable creer que los pueblos se arrojaron desde el primer momento
en brazos de un amo absoluto, sin condiciones y para siempre, y que el primer
medio de atender a la seguridad común imaginado por hombres arrogantes o
indómitos haya sido precipitarse en la esclavitud. En efecto: ¿por qué se han
dado a sí mismos superiores si no es para que los defendieran contra la
opresión y protegieran sus bienes, sus libertades y sus vidas, que son, por así
decir, los elementos constitutivos de su ser? Ahora bien en las relaciones
entre los hombres, lo peor que puede sucederle a uno es verse a discreción de
otro; ¿no hubiera sido, pues, contra el buen sentido abandonar entre las manos
de un jefe las únicas cosas para cuya conservación necesitaban su auxilio? ¿Qué
equivalente hubiera podido ofrecer éste por la concesión de tan magnífico
derecho? Y si hubiera osado exigirlo con el pretexto de defenderlos, ¿no
hubiese recibido inmediatamente la respuesta del apólogo: ¿Qué mal nos haría
el enemigo? Es, pues, incontestable, y tal es el precepto fundamental de
todo derecho político, que los pueblos se han dado jefes para defender su
libertad y no para oprimirlos. Si tenemos un príncipe -decía Plinio a
Trajano- es con el fin de que nos preserve de tener un amo.
Los
políticos hacen sobre el amor de la libertad los mismos sofismas que los
filósofos sobre el estado de naturaleza. Por las cosas que ven juzgan cosas muy
distintas que no han visto, y atribuyen a los hombres una inclinación natural a
la esclavitud por la paciencia con que soportan la suya aquellos que tienen
ante los ojos, sin pensar que sucede con la libertad como con la inocencia y la
virtud, cuyo valor no se conoce mientras no se gozan, el gusto de las cuales
desaparece tan pronto como se han perdido. «Conozco las delicias de tu país
-dijo Brasidas a un sátrapa que comparaba la vida de Esparta con la de
Persépolis-, pero tú no puedes conocer los placeres del mío.»
Al
modo como un indómito cerril eriza sus crines, hiere la tierra con sus cascos y
se debate impetuoso con sólo ver el freno, mientras un caballo domado sufre
pacientemente el látigo y la espuela, el hombre bárbaro no dobla la cabeza al
yugo, que el hombre civilizado soporta sin murmurar, y prefiere la más agitada
libertad a una tranquila sujeción. No es, pues, por envilecimiento de los
pueblos sometidos por lo que hay que juzgar las disposiciones naturales de los
hombres en pro o en contra de la servidumbre, sino por los prodigios que han
hecho todos los pueblos libres para protegerse contra la opresión. Bien sé que
los primeros no hacen más que alabar sin cesar la paz y el reposo de que gozan
entre sus hierros y que miserrimam servitutens pacem appellant (33); pero cuando veo a los otros
sacrificar los placeres, el reposo, las riquezas, el poderío y hasta la vida
misma para conservar ese bien único tan despreciado por los que lo han perdido;
cuando veo a unos animales nacidos libres y aborreciendo la sumisión romperse
la cabeza contra las rejas de su prisión; cuando veo a muchedumbres de salvajes
completamente desnudos desdeñar las voluptuosidades europeas, desafiar el
hambre, el fuego, el hierro y la muerte solamente por conservar su
independencia, pienso que no corresponde a los esclavos razonar sobre la
libertad.
En
cuanto a la autoridad paternal, de la cual han hecho derivar algunos el
gobierno absoluto y aun la sociedad entera, sin recurrir a las pruebas
contrarias de Locke y de Sidney, basta con indicar que nada hay en el mundo tan
lejos del espíritu feroz del despotismo como la dulzura de esa autoridad, que
atiende más al provecho de quien obedece que a la utilidad del que manda; que,
por ley natural, el padre sólo es dueño del hijo mientras éste necesita su
ayuda; que después de este término son iguales, y que entonces el hijo,
perfectamente independiente de su padre, sólo le debe respeto, mas no
obediencia; porque el reconocimiento es un deber que hay que cumplir, pero no
un derecho que se pueda exigir. En lugar de decir que la sociedad civil se
deriva del poder paternal, sería necesario decir, al contrario, que es de ella
de quien ese poder tiene su principal fuerza. Un individuo no fue reconocido
por el padre de varios sino cuando todos permanecieron a su lado. Los bienes
del padre, de los cuales él es el verdadero dueño, son los lazos que mantienen
a los hijos bajo su dependencia, y él puede no darles parte en la herencia sino
en la medida en que lo hayan merecido por un contimio acatamiento de su
voluntad. Ahora bien: lejos de poder esperar los súbditos favor semejante de su
déspota, como le pertenecen ellos y las cosas que poseen, o al menos así lo
pretende aquél, se ven reducidos a recibir como un favor lo que les deja de sus
propios bienes; hace justicia cuando los despoja; concede gracia cuando los deja
vivir.
Continuando
el examen de los hechos desde el punto de vista del derecho, no se hallaría más
solidez que veracidad en la implantación voluntaria de la tiranía, y sería
difícil demostrar la validez de un contrato que sólo obligaría a una de las
partes, en el cual se pondría todo de un lado y nada del otro y que sólo
redundaría en perjuicio del contrayente. Este odioso sistema está muy lejos de
ser; aun hoy día, el de los monarcas sabios y buenos, como puede verse en
diversos pasajes de sus edictos, y particularmente en el siguiente, de un
célebre escrito publicado en 1667 en nombre y por orden de Luis XIV: «No se
diga, pues, que el soberano no se halla sujeto a las leyes de su Estado, puesto
que la proposición contraria es una verdad del derecho de gentes, que la
lisonja ha atacado algunas veces, pero que los buenos príncipes han defendido
siempre como una divinidad tutelar de su Estado. ¡Cuánto más legítimo es decir
con el sabio Platón que la perfecta felicidad de un reino consiste en que el
príncipe sea obedecido de sus súbditos, que él obedezca a la ley y que la ley
sea recta y encaminada siempre al bien público!» (34). No me detendré a averiguar si,
siendo la libertad la más noble de las facultades del hombre, no es degradar su
naturaleza ponerse al nivel de las bestias, esclavas de su instinto, y aun
ofender al mismo Autor de sus días, el renunciar sin reserva al más precioso de
todos sus dones, el someterse a cometer todos los crímenes que El nos prohíbe,
por complacer a un amo feroz e insensato, y si aquel Obrero sublime debe
sentirse más irritado al ver destruir o al ver deshonrar su obra más hermosa.
No apelaré, si se quiere, a la autoridad de Barbeyrac, que declara netamente,
según Locke, que nadie puede vender su libertad hasta someterse a un poder
arbitrario que lo trata a su capricho, porque -añade- sería vender su
propia vida, de la cual uno no es dueño. Preguntaré solamente con qué
derecho aquellos que no temen envilecerse a sí mismos hasta ese punto han
sometido su posteridad a la misma ignominia y han renunciado por ella a unos
bienes que ésta no debe a su liberalidad y sin los cuales la vida misma es una
carga para todos aquellos que son dignos de ella.
Puffendorff (35) dice que, del mismo modo que una
persona transfiere a otra sus bienes por medio de convenciones y contratos, de
igual manera puede despojarse de su libertad en favor de alguno. Me parece un
malísimo razonamiento, porque, en primer lugar, los bienes que yo enajeno se
convierten para mí en cosa completamente extraña, cuyo abuso me es indiferente;
pero me importa mucho que no se abuse de mi libertad, y yo no puedo, sin
hacerme culpable del daño que se me obligará a hacer, exponerme a ser
instrumento del crimen. En segundo lugar, siendo el derecho de propiedad de
institución humana, cada uno puede disponer a su antojo de aquello que posee;
pero no sucede lo mismo con los dones esenciales de la naturaleza, como la vida
y la libertad, de los cuales le está permitido a cada uno gozar, mas de los
que, al menos es dudoso, nadie tiene el derecho de despojarse. Renunciando a la
libertad se degrada el ser; renunciando a la vida, se le aniquila en cuanto
depende de uno mismo; y como ningún bien temporal puede compensar la falta de
una o de otra, sería ofender al mismo tiempo a la naturaleza y a la razón
renunciar a aquéllas a cualquier precio que fuera. Pero aunque se pudiera
enajenar la libertad como los bienes propios, la diferencia sería muy grande en
cuanto a los hijos, que no disfrutan de los bienes del padre sino por la
transmisión de su derecho, mientras que siendo la libertad un don que han
recibido de la naturaleza en su calidad de hombres, sus progenitores no tienen
ningún derecho a despojarlos de ella; de suerte que, de igual manera que hubo
de violentarse a la naturaleza para implantar la esclavitud, así ha sido
preciso cambiarla para perpetuar ese derecho, y los jurisconsultos que
decidieron gravemente que el hijo de una esclava nacería esclavo resolvieron,
en otros términos, que un hombre no nace hombre.
Me
parece cierto, pues, que no sólo los gobiernos no han empezado por el poder
arbitrario, que no es sino su corrupción, su último extremo, y que los lleva en
fin a la ley única del más fuerte, de la cual fueron al principio su remedio,
sino que, aunque hubieran efectivamente empezado de ese modo, tal poder, siendo
por naturaleza ilegítimo, no ha podido servir de fundamento a las leyes de la
sociedad ni, por consiguiente, a la desigualdad de estado.
Sin
entrar hoy en las investigaciones que están por hacer todavía sobre la
naturaleza del pacto fundarnental de todo gobierno, me limito, siguiendo la
opinión común, a considerar aquí la fundación del cuerpo político como un
verdadero contrato entre los pueblos y los jefes que eligió para su gobierno,
contrato por el cual se obligan las dos partes a la observación de las leyes
que en él se estipulan y que constituyen los vínculos de su unión. Habiendo el
pueblo, a propósito de las relaciones sociales, reunido todas sus voluntades en
una sola, todos los artículos en que se expresa esa voluntad son otras tantas
leyes fundamentales que obligan a todos los miembros del Estado sin excepción,
una de las cuales determina la elección y el poder de los magistrados
encargados de velar por la ejecución de las otras. Este poder se extiende a
todo lo que puede mantener la constitución, pero no alcanza a poder cambiarla.
Se añaden además los honores que hacen respetables las leyes y los magistrados,
y para éstos personalmente, prerrogativas que los compensan de los penosos
trabajos que cuesta una buena administración. El magistrado, a su vez, obligase
a no usar el poder que le ha sido confiado sino conforme a la intención de sus
mandatarios, a mantener a cada uno en el tranquilo disfrute de aquello que le
pertenece, y a anteponer en toda ocasión la útilidad pública a su interés
privado.
Antes
de que la experiencia hubiese demostrado o que el conocimiento del corazón
humano hubiera hecho prever los inevitables abusos de semejante constitución,
debió parecer tanto más excelente cuanto que aquellos que estaban encargados de
velar por su conservación eran los más interesados en ello; pues como la
magistratura y sus derechos descansaban solamente sobre las leyes
fundamentales, si éstas eran destruídas los magistrados dejaban de ser
legítimos y el pueblo dejaba de deberles obediencia, y como la esencia del
Estado no estaría constituida por el magistrado, sino por la ley, cada cual
recobraría de derecho su libertad natural.
Por
poco que se reflexionara atentamente, esto se hallaría confirmado por nuevas
razones, y por la naturaleza del contrato se vería que éste no podría ser
irrevocable; porque si no existía un poder superior que pudiera responder de la
fidelidad de los contratantes ni forzarlos a cumplir sus compromisos
recíprocos, las partes serían los únicos jueces de su propia causa y cada una
tendría siempre el derecho de rescindir el contrato tan pronto como advirtiera
que la otra infringía las condiciones, o bien cuando éstas dejaran de
convenirle. Sobre este principio parece que puede estar fundado el derecho de
abdicar. Ahora bien: a no considerar, como hacemos nosotros, más que la
constitución humana, si el magistrado, que detenta, todo el poder y se apropia
todas las ventajas del contrato, tenía el derecho de renunciar a la autoridad,
con mayor razón el pueblo, que paga todos los errores de sus jefes, debía tener
el derecho de renunciar a la dependencia. Pero las terribles disensiones, los
desórdenes sin fin que traería consigo un poder tan peligroso, demuestran más
que ningana otra cosa cómo los gobiernos humanos necesitaban una base más
sólida que la sola razón y cómo era necesario a la tranquilidad pública que
interviniera la voluntad divina para dar a la autoridad soberana un carácter
sagrado e inviolable que privara a los súbditos del funesto derecho de disponer
de esa autoridad. Aunque la religión no hubiera producido a los hombres más que
este bien, sería suficiente para que todos la amaran y la adoptaran, aun con
sus abusos, puesto que ahorra mucha más sangre que la derramada por el
fanatismo. Pero sigamos el hilo de nuestra hipótesis.
Las
diversas formas de gobierno deben su origen a las diferencias más o menos
grandes que existían entre los particulares en el momento de su institución.
¿Había un hombre eminente en poder, en virtud, en riqueza o en crédito? Ese
solo fue elegido magistrado, y el Estado fue monárquico. ¿Había algunos,
aproximadamente iguales entre sí, que excedieran a todos los demás? Fueron
elegidos conjuntamente, y hubo una aristocracia. Aquellos cuya fortuna o cuyos
talentos eran menos desproporcionados y que menos se habían apartado del estado
natural guardaron en común la administración suprema y constituyeron una
democracia. El tiempo experimentó cuál de esas formas era la más ventajosa para
los hombres. Unos quedaron sometidos únicamente a las leyes; otros bien pronto
obedecieron a los amos. Los ciudadanos quisieron guardar su libertad; los
súbditos sólo pensaron en arrebatársela a sus vecinos no pudiendo sufrir que
otros gozaran un bien que no disfrutaban ellos mismos. En una palabra: en un
lado estuvieron las riquezas y las conquistas; en otro, la felicidad y la
virtud.
En
estos diversos gobiernos todas las magistraturas fueron al principio electivas,
y cuando la riqueza no la obtenía, la preferencia era otorgada al mérito, que
concede un ascendiente natural, y a la edad, que da la experiencia en los
asuntos y la sangre fría en las deliberaciones. Los ancianos entre los hebreos,
los gerontes de Esparta, el senado de Roma y la misma etimología de nuestra
palabra seigneur (36) demuestran cuán respetada era en
otro tiempo la vejez. Cuanto más recaía el nombramiento en hombres de edad
avanzada más frecuentes eran las elecciones y las dificultades se hacían sentir
más. Se introdujeron las intrigas, se formaron las facciones, se agriaron los
partidos, se encendieron las guerras civiles; en fin, la sangre de los
ciudadanos fue sacrificada al pretendido honor del Estado, y halláronse los
hombres en vísperas de recaer en la anarquía de los tiempos pasados. La
ambición de los poderosos aprovechó estas circunstancias para perpetuar sus
cargos en sus familias; el pueblo, acostumbrado ya a la dependencia, al reposo
y a las comodidades de la vida, incapacitado ya para romper sus hierros,
consintió la agravación de su servidumbre para asegurar su tranquilidad. Así,
los jefes, convertidos en hereditarios, empezaron a considerar su magistratura
como un bien de familia, a mirarse a sí mismos como propietarios del Estado,
del cual no eran al principio sino los empleados; a llamar esclavos a sus
conciudadanos; a contarlos, como sí fueran animales, en el número de las cosas
que les pertenecían, y a llamarse a sí mismos iguales de los dioses y reyes de
reyes.
Si
seguimos el progreso de la desigualdad a través de estas diversas revoluciones,
hallaremos que el establecimiento de la ley y del derecho de propiedad fue su
primer término; el segundo, la institución de la magistratura; el tercero y
último, la mudanza del poder legítimo en poder arbitrario; de suerte que el
estado de rico y de pobre fue autorizado por la primer época; el de poderoso y
débil, por la segunda; y por la tercera, el de señor y esclavo, que es el
último grado de la desigualdad y el término a que conducen en fin todos los
otros, hasta que nuevas renovaciones disuelven por completo el gobierno o le
retrotraen a su forma legítima.
Para
comprender la necesidad de ese progreso no es necesario considerar tanto los
motivos de la fundación del cuerpo político como la forma que toma en su
realización y los inconvenientes que después suscita, pues los vicios que hacen
necesarias las instituciones sociales son los mismos que hacen inevitable el
abuso; y como, exceptuada solamente Esparta, donde la ley velaba principalmente
por la educación de los niños, donde Licurgo estableció costumbres que casi le
dispensaban de promulgar leyes, éstas, en general, menos fuertes que las
pasiones, contienen a los hombres pero no los cambian, sería fácil demostrar
que todo gobierno que, sin corromperse ni alterarse, procediera siempre
exactamente según el fin de su existencia, habría sido instituido sin
necesidad, y que un país en que nadie eludiera el cumplimiento de las leyes ni
nadie abusara de la magistratura no tendría necesidad ni de magistrados ni de
leyes.
Las
distinciones políticas engendran necesariamente las diferencias civiles. La
desigualdad, creciendo entre el pueblo y sus jefes, bien pronto se deja sentir
entre los particulares, modificándose de mil maneras, según las pasiones, los
talentos y las circunstancias. El magistrado no podría usurpar un poder
ilegítimo sin rodearse de criaturas a su hechura, a las cuales tiene que ceder
una parte. Por otro lado, los ciudadanos no se dejan oprimir sino arrastrados
por una ciega ambición, y, mirando más hacia el suelo que hacia el cielo, la
dominación les parece mejor que la independencia, y consienten llevar cadenas
para poder imponerlas a su vez. Es muy difícil someter a la obediencia a aquel
que no busca mandar, y el político más astuto no hallaría el modo de sojuzgar a
unos hombres que sólo quisieran conservar su libertad. Pero la desigualdad se
extiende sin trabajo entre las almas ambiciosas y viles, dispuestas siempre a
correr los riesgos de la fortuna y a dominar u obedecer casi indiferentemente, según
que la fortuna les sea favorable o adversa. Así, sucedió que pudo llegar un
tiempo en que el pueblo estaba de tal modo fascinado, que sus conductores no
tenían más que decir al más ínfimo de los hombres «¡sé grande tú y toda tu
raza!», para que al instante pareciese grande a todo el mundo y a sus propios
ojos y sus descendientes se elevaran a medida que se alejaban de él; cuanto más
lejana e incierta era la causa, más aumentaba el efecto; cuantos más holgazanes
podían contarse en una familia, más ilustre era.
Si
fuera éste el lugar de entrar en tales detalles, explicaría fácilmente cómo,
aunque no intervenga el gobierno, la desigualdad de consideración y de
autoridad es inevitable entre particulares (37) tan pronto como, reunidos en una
sociedad, se ven forzados a compararse entre sí y a tener en cuenta las
diferencias que encuentran en el trato continuo y recíproco. Estas diferencias
son de varias clases; pero como, en general, la riqueza, la nobleza, el rango,
el poderío o el mérito personal son las distinciones principales por las cuales
se mide a los hombres en la sociedad, probaría que la armonía o el choque de
estas fuerzas diversas constituyen la indicación más segura de un Estado bien o
mal constituido; haría ver que entre estas cuatro clases de desigualdad, como
las cualidades personales son el origen de todas las demás, la riqueza es la
última y a la cual se reducen al cabo las otras, porque, como es la más
inmediatamente útil al bienestar y la más fácil de comunicar, de ella se sirven
holgadamente los hombres para comprar las restantes, observación que permite
juzgar con bastante exactitud en qué medida se ha apartado cada pueblo de su
constitución primitiva y el camino que ha recorrido hacia el extremo límite de
la corrupción. Señalaría de qué manera ese deseo universal de reputación, de
honores y prerrogativas que a todos nos devora, ejercita y contrasta los
talentos y las fuerzas, cómo excita y multiplica las pasiones y cómo al
convertir a todos los hombres en concurrentes, rivales o, mejor, enemigos,
origina a diario desgracias, triunfos y catástrofes de toda especie haciendo
correr la misma pista a tantos pretendientes. Demostraría que a este ardiente
deseo de notabilidad, que a este furor de sobresalir que nos mantiene en
continua excitación, debemos lo que hay de mejor y peor entre los hombres,
nuestras virtudes y nuestros vicios, nuestras ciencias y nuestros errores,
nuestros conquistadores y filósofos; es decir, una multitud de cosas malas y un
escaso número de buenas. Probaría, en fin, que si se ve a un puñado de
poderosos y ricos en la cima de las grandezas y de la fortuna, mientras la
muchedumbre se arrastra en la obscuridad y en la miseria, es porque los
primeros no aprecian las cosas de que disfrutan sino porque los otros están
privados de ellas, y que, sin cambiar de situación, dejarían de ser dichosos si
el pueblo dejara de ser miserable.
Pero
todos estos detalles constituirían por sí solos la materia de una obra
considerable en la cual se pesaran las ventajas e inconvenientes de toda forma
de gobierno con relación al estado natural y en la que se descubrieran los
diferentes aspectos bajo los cuales se ha manifestado hasta hoy la desigualdad
y podría manifestarse en los siglos futuros según la naturaleza de los
gobiernos y las mudanzas que el tiempo introducirá en ellos necesariamente. Se
vería a la multitud oprimida en el interior por una serie de medidas que ella
misma había adoptado para protegerse contra las amenazas del exterior; se vería
agravarse continuamente la opresión sin que los oprimidos pudieran saber nunca
cuándo tendría término ni qué medio legítimo les quedaba para detenerla;
veríanse los derechos de los ciudadanos y las libertades nacionales extinguirse
poco a poco, y las reclamaciones de los débiles tratadas de murmullos de
sediciosos; veríase a la política restringir el honor de defender la causa
común a una porción mercenaria del pueblo, de donde se vería salir la necesidad
de impuestos, y al labrador agobiado abandonar su campo, aun en tiempo de paz,
y dejar el arado para ceñir la espada; veríanse nacer las funestas y
caprichosas reglas del honor; veríanse a los defensores de la patria mudarse
tarde o temprano en sus enemigos y tener sin cesar un puñal alzado sobre sus
conciudadanos, y llegaría un tiempo en que se oiría a éstos decir al opresor de
su país:
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|
Pectore si fratris gladium juguloque parentis |
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Condere me jubeas, gravidaeque in viscera partu |
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Conjugis, invita peragam tamen omnia dextra (38). |
LUCANO, lib. I, v.
376.
De
la extrema desigualdad de las condiciones y de las fortunas; de la diversidad
de las pasiones y de los talentos; de las artes inútiles, de las artes
perniciosas, de las ciencias frívolas, saldría muchedumbre de prejuicios
igualmente contrarios a la razón, a la felicidad y a la virtud; veríase a los
jefes fomentar, desuniéndolos, todo lo que puede debilitar a hombres unidos,
todo lo que puede dar a la sociedad un aspecto de concordia aparente y sembrar
im germen de discordia real, todo cuanto puede inspirar a los diferentes
órdenes una desconfianza mutua y un odio recíproco por la oposición de sus
derechos y de sus intereses, y fortificar por consiguiente el poder que los
contiene a todos.
Del
seno de estos desórdenes y revoluciones, el despotismo, levantando por grados
su odiosa cabeza y devorando cuanto percibiera de bueno y de sano en todas las
partes del Estado, llegaría en fin a pisotear las leyes y el pueblo y a
establecerse sobre las ruinas de la república. Los tiempos que precedieran a
esta última mudanza serían tiempos de trastornos y, calamidades; mas al cabo
todo sería devorado por el monstruo, y los pueblos ya no tendrían ni jefes ni
leyes, sino tiranos. Desde este instante dejaría de hablarse de costumbres y de
virtud, porque donde reina el despotismo, cui ex honesto nulla est spes (39) no sufre ningún otro amo; tan
pronto como habla, no hay probidad ni deber alguno que deba ser consultado, y
la más ciega obediencia es la única virtud que les queda a los esclavos.
Éste
es el último término de la desigualdad, el punto extremo que cierra el círculo
y toca el punto de donde hemos partido. Aquí es donde los particulares vuelven
a ser iguales, porque ya no son nada y porque, como los súbditos no tienen más
ley que la voluntad de su señor, ni el señor más regla que sus pasiones, las
nociones del bien y los principios de la justicia se desvanecen de nuevo; aquí
todo se reduce a la sola ley del más fuerte, y, por consiguiente, a un nuevo
estado de naturaleza diferente de aquel por el cual hemos empezado, en que este
último era el estado natural en su pureza y otro es el fruto de un exceso de
corrupción. Pero tan poca diferencia hay, por otra parte, entre estos dos
estados, y de tal modo el contrato de gobierno ha sido aniquilado por el
despotismo, que el déspota sólo es el amo mientras es el más fuerte, no
pudiendo reclamar nada contra la violencia tan pronto como es expulsado. El
motín que acaba por estrangular o destrozar al sultán es un acto tan jurídico
como aquellos por los cuales él disponía la víspera misma de las vidas y de los
bienes de sus súbditos. Sólo la fuerza le sostenía; la fuerza sola le arroja.
Todo sucede de ese modo conforme al orden natural, y cualquiera que sea el
suceso de estas cortas y frecuentes revoluciones, nadie puede quejarse de la
injusticia de otro, sino solamente de su propia imprudencia o de su infortunio.
Descubriendo
y recorriendo los caminos olvidados que han debido de conducir al hombre del
estado natural al estado civil; restableciendo, junto con las posiciones
intermedias que acabo de señalar, las que el tiempo que me apremia me ha hecho
suprimir o la imaginación no me ha sugerido, el lector atento quedará asombrado
del espacio inmenso que separa esos dos estados. En esta lenta sucesión de
cosas hallará la solución de una infinidad de problemas de moral y de política
que los filósofos no pueden resolver. Viendo que el género humano de una época
no era el mismo que el de otra, comprenderá la razón por la cual Diógenes no
encontraba al hombre que buscaba, y es porque buscaba un hombre de un tiempo
que ya no existía. Catón, pensará, pereció con Roma y la libertad porque no era
hombre de su siglo, y el más grande entre los hombres no hizo más que asombrar
a un mundo que hubiera gobernado quinientos años antes. En una palabra:
explicará cómo el alma y las pasiones humanas, alterándose insensiblemente, cambian,
por así decir, de naturaleza; por qué nuestras necesidades y nuestros placeres
mudan de objetos con el tiempo; por qué, desapareciendo por grados el hombre
natural, la sociedad no aparece a los ojos del sabio más que como un
amontonamiento de hombres artificiales y pasiones ficticias, que son producto
de todas esas nuevas relaciones y que carecen de un verdadero fundamento en la
naturaleza.
Lo
que la reflexión nos enseña sobre todo eso, la observación lo confirma
plenamente: el hombre salvaje y el hombre civilizado difieren de tal modo por
el corazón y por las inclinaciones, que aquello que constituye la felicidad
suprema de uno reduciría al otro a la desesperación. El primero sólo disfruta
del reposo y de la libertad, sólo pretende vivir y permanecer ocioso, y la
ataraxia misma del estoico no se aproxima a su profunda indiferencia por todo
lo demás. El ciudadano, por el contrario, siempre activo, suda, se agita, se
atormenta incesantemente buscando ocupaciones todavía más laboriosas; trabaja
hasta la muerte, y aun corre a ella para poder vivir, o renuncia a la vida para
adquirir la inmortalidad; adula a los poderosos, a quienes odia, y a los ricos,
a quienes desprecia, y nada excusa para conseguir el honor de servirlos;
alábase altivamente de su protección y se envanece de su bajeza; y, orgulloso
de su esclavitud, habla con desprecio de aquellos que no tienen el honor de
compartirla. ¡Qué espectáculo para un caribe los trabajos penosos y envidiados
de un ministro europeo! ¡Cuántas crueles muertes preferiría este indolente
salvaje al horror de semejante vida, que frecuentemente ni siquiera el placer
de obrar bien dulcifica! Mas para que comprendiese el objeto de tantos cuidados
sería necesario que estas palabras de poderío y reputación
tuvieran en su espíritu cierto sentido; que supiera que hay una especie de
hombres que tienen en mucha estima las miradas del resto del mundo, que saben
ser felices y estar contentos de sí mismos guiándose más por la opinión ajena
que por la suya propia. Tal es, en efecto, la verdadera causa de todas esas
diferencias; el salvaje vive en sí mismo; el hombre sociable, siempre fuera de
sí, sólo sabe vivir según la opinión de los demás, y, por así decir, sólo del
juicio ajeno deduce el sentimiento de su propia existencia. No entra en mi
objeto demostrar cómo nace de tal disposición la indiferencia para el bien y
para el mal, al tiempo que se hacen tan bellos discursos de moral; cómo,
reduciéndose todo a guardar las apariencias, todo se convierte en cosa falsa y
fingida: honor, amistad, virtud, y frecuentemente hasta los mismos vicios, de
los cuales se halla al fin el secreto de glorificarse; cómo, en una palabra, preguntando
a los demás lo que somos y no atreviéndonos nunca a interrogarnos a nosotros
mismos, en medio de tanta filosofía, de tanta humanidad, de tanta civilización
y máximas sublimes, sólo tenemos un exterior frívolo y engañoso, honor sin
virtud, razón sin sabiduría y placer sin felicidad. Tengo suficiente con haber
demostrado que ése no es el estado original del hombre y que sólo el espíritu
de la sociedad y la desigualdad que ésta engendra mudan y alteran todas
nuestras inclinaciones naturales.
He
intentado explicar el origen y el desarrollo de la desigualdad, la fundación y
los abusos de las sociedades políticas, en cuanto estas cosas pueden deducirse
de la naturaleza del hombre por las solas luces de la razón e independientemente
de los dogmas sagrados, que otorgan a la autoridad soberana la sanción del
derecho divino. De esta exposición se deduce que la desigualdad, siendo casi
nula en el estado de naturaleza, debe su fuerza y su acrecentamiento al
desarrollo de nuestras facultades y a los progresos del espíritu humano y se
hace al cabo legítima por la institución de la propiedad y de las leyes.
Dedúcese también que la desigualdad moral, autorizada únicamente por el derecho
positivo, es contraria al derecho natural siempre que no concuerda en igual
proporción con la desigualdad física, distinción que determina de modo
suficiente lo que se debe pensar a este respecto de la desigualdad que reina en
todos los pueblos civilizados, pues va manifiestamente contra la ley de la
naturaleza, de cualquier manera que se la defina, que un niño mande sobre un
viejo, que un imbécil dirija a un hombre discreto y que un puñado de gentes
rebose de cosas superfluas mientras la multitud hambrienta carece de lo
necesario.

