Libro No. 335. Cómo se Filosofa a Martillazos y Crepúsculo de los Ídolos. Nietzsche, Friedrich.
© Libro No. 335. Cómo se Filosofa a Martillazos y
Crepúsculo de los Ídolos. Nietzsche, Friedrich. Colección
Emancipación Obrera. Agosto 25 de 2012.
Título original: © Cómo se Filosofa a Martillazos y Crepúsculo de los
Ídolos. Nietzsche, Friedrich.
Versión Original: © Cómo se Filosofa a Martillazos y Crepúsculo de los Ídolos. Nietzsche,
Friedrich.
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Guillermo Molina Miranda
Friedrich Nietzsche
CÓMO SE FILOSOFA A MARTILLAZOS
CREPÚSCULO DE LOS ÍDOLOS
Friedrich Nietzsche
Cómo se filosofa a
martillazos
PREFACIO
CONSERVAR en
los problemas sombríos y de abrumadora responsabilidad la alegría serena, es
cosa harto difícil, y, sin embargo, ¿hay algo más necesario que la alegría
serena? Nada sale bien si no participa en ello la alegre travesura. Soló el
exceso de fuerza es la prueba de fuerza.
Una transmutación
de todos los valores, interrogante negro y tremendo que proyecta sombras sobre quien lo plantea, obliga a
cada instante a buscar el söl y sacudir una seriedad pesada, una seriedad que
se ha vuelto demasiado pesada. Para este fin, bienvenidos sean todos los
medios; cada caso es un caso de buena suerte. Sobre todo, la guerra. La guerra siempre ha sido
la grande cordura de todos los espíritus que se han vuelto demasiado íntimos y
profundos; hasta en la herida hay virtud curativa. Desde hace tiempo la
siguiente máxima, cuyo origen escamoteo a la curiosidad erudita, ha sido mi divisa:
increscunt animi, virescit volnere virtus.
Otro solaz,
que bajo ciertas circunstancias me es aún más grato, consiste en tantear ídolos... Existen
en el mundo más ídolos que realidades; tal es mi “mal de ojo” respecto a este
mundo, como también mi “mal de oído”... Interrogar con el martillo y oír
acaso coma respuesta ese famoso sanida hueco que dice de intestinos aquejados
de flatosidad, ¡qué deleite supone para uno que tiene oídos aún detrás de los
oídos!; para mí, avezado sicólogo y seductor ante el que precisamente lo que
quisiera permanecer calladito tiene que hacerse oír...
También este
escrito-como lo revela el título-es ante todo solaz, rincón soleado, escapada a
la sociedad, de un sicólogo. ¿Acaso también una nueva guerra? ¿Se tantean
nuevos ídolos?... Este pequeño escrito es una gran declaración de guerra; y en cuanto al tanteo
de ídolos, esta vez no son ídolos de la época, sino ídolos eternos
los que aquí se tocan con el martillo como con el diapasón; no existen
ídolos más antiguos, más convencidos, más inflados... ni más huecos... Lo
cual no impide que sean los más creídos. Por otra parte, sobre lodo en
el caso más distinguido, no se los designa en absoluto con el nombre de
ídolo...
Turín, 30 de
septiembre de 1888,
día en que
quedó concluido el libro
primero de la Transmutación de todos los
valores.
FRIEDRICH NIETZSCHE
SENTENCIAS
1
La ociosidad
es la madre de toda sicología. ¿Cómo?; ¿será la sicología un vicio?
2
Ni el más
valiente de nosotros tiene rara vez la valentía de admitir lo que en definitiva
sabe...
3
Dice
Aristóteles que para vivir en soledad hay que ser animal o dios. Falta aclarar
que hay que ser lo uno y lo otro: filósofo.
4
“Toda verdad
es siemple :” ¿No será esto una doble mentira?
5
Son muchas las
cosas que no quiero saber. La sabiduría fija límites también al conocimiento.
6
En su
naturaleza salvaje es donde uno se repone más eficazmente de su
antinaturalidad, su espiritualidad...
7
¿Es posible
que el hombre sea tan sólo un yerro de Dios? ¿O Dios tan sólo un yerro del
hombre?
8
De la escuela
de guerra de la vida. Lo que no me aniquila me vuelve más fuerte.
9
Ayúdate a ti
mismo, y te ayudará todo el mundo. Principio del amor al prójimo.
10
¡No se debe
ser cobarde ante los propios actos!; ¡no se los debe desestimar a
posteriori! El remordimiento es indecente.
11
¿Puede darse
un burro trágico? ¿Puede admitirse el caso de alguien que sucumbe bajo una
carga que no puede llevar ni arrojar?... He aquí el caso del filósofo.
12
Quien tiene su
¿por qué? de la vida se las arregla poco más o menos con cualquier ¿cómo? El
hombre no aspira a la felicidad; a no ser los ingleses.
13
El hombre ha
creado a la mujer. ¿Con qué? ¡Con una costilla de su Dios; de su “ideal”!
14
¿Qué estás
buscando? ¿Quisieras decuplicarte, centuplicarte? ¿Andas buscando adeptos?
¡Pues busca ceros!
15
-Los hombres
póstumos-como yo-, son entendidos peor que los actuales, pero atendidos
mejor. Más estrictamente:
no se nos entiende jamás; de ahí nuestra autoridad...
16
Entre
mujeres.- “¿La verdad? ¡Oh, usted no la conoce! ¿No es un atentado contra todos nuestros
pudores?”
17
He aquí un
artista como me gustan los artistas, de necesidades modestas; en el fondo, sólo
quiere dos cosas: su sustento y su arte, panem et circenses...
18
Quien no sabe
introducir su voluntad en las cosas introduce en ellas, al menos, un sentido:
creyendo que hay en ellas una voluntad (principio de la “fe”).
19
¿Cómo es
posible que habiendo optado por la virtud y el sentimiento sublime envidiéis
las ventajas de los inescrupulosos? Quien opta por la virtud renuncia a las
“ventajas”... (
20
La mujer cabal
hace literatura como quien comete un desliz: a título de ensayo, de paso,
mirando en torno por si la ve alguien y para que alguien la vea...
21
Hay que ir a
la busca de situaciones donde no sea permitido tener virtudes ficticias, en las
que uno, como el bailarín en la cuerda, se precipite o se sostenga; o se
salve...
22
“Los hombres
malos no tienen canciones”.-¿Cómo es que los rusos tienen canciones?
23
“Espíritu
alemán”: desde hace dieciocho años una contradictio
in adjecto.
24
Buscando los
principios, uno se convierte en un cangrejo. El historiador, de tanto mirar
hacia atrás, termina por creer también hacia atrás.
25
El contento protege hasta
contra el catarro. ¿Se ha acatarrado jamás mujer que se considerase bien vestida?
Ni aun suponiendo que fuera precariamente vestida.
26
Desconfío de
todos los sistemáticos, e incluso los evito. La voluntad de sistema es una
falta de probidad.
27
¿Por qué pasa
la mujer por profunda? Porque en ella nunca se llega a tocar fondo. La mujer no
es ni siquiera de poco fondo.
28
La mujer que
posee virtudes viriles es para escaparse; la que no las posee, se escapa ella
misma.
29
“¡Hay que ver
las cosas que antes tenía que morder la conciencia! ¡ Qué buena dentadura
tenía! ¿Y hoy día?; ¿qué es lo que falta ahora?” (Pregunta de un dentista.)
30
Rara vez se
incurre en una sola precipitación. Quien se precipita siempre se precipita
demasiado. De ahí que en general se incurra en una segunda; y entonces, se
precipita demasiado poco...
31
El gusano
pisado se retuerce y dobla. Cosa que le conviene, pues reduce la probabilidad
de ser pisado otra vez. Dicho en el lenguaje de la moral: humildad.
32
Hay un odio a
la mentira y a la hipocresía por puntillosidad; hay idéntico odio por
cobardía, en tanto que la mentira está prohibida por precepto divino. Demasiado
cobarde como para mentir...
33
¡Cuán poco se
requiere para ser feliz! El sonido de una gaita. Sin música, la vida sería un
error. El alemán se imagina incluso a Dios cantando canciones.
34
On ne peut
penser et écrire qu'assis (Flaubert).
¡Ah,
nihilista! El trasero es precisamente el pecado contra el espíritu
santo. Sólo tienen valor los pensamientos pensados en camino.
35
Hay momentos
en que los sicólogos parecemos caballos espantados: cuando vemos fluctuar ante
nosotros nuestra propia sombra. El sicólogo, para ver, debe apartar la vista
de sí mismo.
36
Los
inmoralistas, ¿hacemos algún daño a la virtud? Creo que no, del mismo
modo que los anarquistas no hacen daño a los príncipes. Solamente desde que se
dispara contra ellos, se sienten más firmemente instalados en sus tronos.
Moraleja: hay que disparar contra la moral.
37
¿Corres delante?
¿Lo haces como guía, como excepción? También podría tratarse de un
escapado... Primera cuestión de conciencia.
38
¿Eres
auténtico, o tan sólo un comediante? ¿Eres un representante, o algo
representado? Acaso no eres, en definitiva, más que un comediante imitado... Segunda cuestión de conciencia.
39
Habla el
desengañado.-Busqué grandes hombres, pero siempre encontré, únicamente, lacayos de su ideal.
40
¿Perteneces a
los que miran hacer a los otros? ¿Eres uno que coopera? ¿O eres uno que aparta
la mirada, apartándose?... Tercera cuestión de conciencia.
41
¿Quieres
acompañar? ¿Marchar adelante? ¿O apartarte?... Hay que saber lo que se quiere
y qué se quiere. Cuarta cuestión
de conciencia.
42
Esos escalones
eran para mí; los he subido. Para hacerlo tuve que pasar por ellos. Pero muchos
creyeron que yo iba a sentarme en los mismos a descansar...
43
¡ Qué importa que yo tenga
razón 1 Tengo sobrada razón. Y quien ríe más, es el que ríe el último.
44
La fórmula de
mi felicidad: un sí, un no, una recta, una meta...
EL PROBLEMA DE
SÓCRATES
1
En todos los
tiempos, los más sabios han coincidido en este juicio acerca de la vida: no
vale nada. Una y otra vez se les ha oído el mismo acento: un acento de
duda, de melancolía, de cansancio de la vida, de resistencia a ella. Hasta
Sócrates dijo al morir: “La vida es una larga enfermedad; debo un gallo al salvador
Asclepio”. Hasta Sócrates estaba harto de vivir.
¿Qué prueba
esto? ¿Qué sugiere esto? En tiempos pasados se hubiera dicho (¡y se lo ha
dicho, y en voz muy alta, entre nuestros pesimistas señaladamente!) “¡debe
haber en esto alguna verdad! El consensus
sapientium prueba la verdad”.
¿Hablamos hoy
todavía así? ¿Nos es permitido hablar todavía así? Nosotros
respondemos: “debe haber en esto alguna enfermedad”; ¡a esos sabios de todos
los tiempos se los debiera ante todo mirar de cerca! ¿Serían todos ellos un
tanto maduritos?, ¿tardíos?, ¿ajados?, ¿décadents? ¿Presentaríase la sabiduría sobre la tierra bajo
forma de cuervo entusiasmado con un tufillo de carroña?...
2
Esta noción
irreverente de que los grandes sabios son tipos de la decadencia, se me
ocurrió precisamente en el caso en que más violentamente choca con el
prejuicio erudito y profano: Sócrates y Platón se me revelaron como síntomas de
decadencia, como instrumentos de la desintegración griega, como pseudogriegos,
antigriegos (El origen de la tragedia, 1872). Comprendí cada vez más claramente que ese consensus sapientium lo que menos prueba es que estaban en lo cierto con
aquello en que coincidían; que prueba, eso sí, que tales sabios debían
coincidir en algo fisiológicamente, para adoptar así, por
fuerza, una idéntica actitud negativa ante la vida. En último análisis, los
juicios, de valor sobre la vida, en pro o en contra, jamás pudieron ser
ciertos; sólo tienen valor como síntomas, sólo entran en consideración como
síntomas. Tales juicios son en sí estúpidos. Es absolutamente preciso hacer una
tentativa de aprehender esta asombrosa finesse de que el valor de la vida no puede ser apreciado. Ni
por los vivos, toda vez que son parte, y aun objeto de litigio, y no jueces; ni
por los muertos, por una razón diferente. El que un filósofo vea el valor de
la vida como problema, se convierte en una objección contra él, en un
interrogante a su sabiduría, en una falta de sabiduría. ¿Cómo? Todos esos
grandes sabios ¿no solamente han sido décadents, sino que ni siquiera han sido sabios? Mas vuelvo al
problema de Sócrates.
3
Sócrates, por
su origen, pertenece al más bajo pueblo: Sócrates fue un plebeyo. Se sabe,
puede observarse, cuán feo fue. Mas la fealdad, de suyo una objeción, entre
los griegos es poco menos que una refutación. ¿Fue Sócrates de veras un
griego? La fealdad es con harta frecuencia la expresión de una evolución trabada,
inhibida por cruce de razas. O si no, aparece como evolución descendente.
Los criminalistas antropólogos nos dicen que el delincuente típico es feo monstrum
in fronte, monstrum in animo. Mas el delincuente es un décadent. ¿Sería Sócrates un delincuente típico? Ciertamente no
desmentiría esta hipótesis ese famoso dictamen de un fisónomo que tanto
escandalizó a los amigos de Sócrates. Un forastero entendido en fisonomías, de
paso en Atenas, le dijo en la cara a Sócrates que era un monstrum, que
llevaba en sí todos los malos vicios y apetitos. Y Sócrates se limitó a contestar:
“¡Usted me conoce, señor!”
4
Que Sócrates
fue un décadent lo sugiere no sólo el admitido
desenfreno y anarquía de sus instintos, sino también la superfetación de lo
lógico y esa malicia de raquítico que lo caracteriza. No pasemos por
alto tampoco esas alucinaciones auditivas que como “demonios de Sócrates” han
sido interpretadas en un sentido religioso. Todo en él es exageración, buffo, caricatura; todo en él es al mismo tiempo oculto,
solapado, furtivo. Trato de comprender la idiosincrasia de la que deriva esa
ecuación socrática: razón igual a virtud igual a felicidad; es la ecuación más
bizarra que pueda darse y que en particular está reñida con todos los instintos
de los primitivos helenos.
5
Con Sócrates,
el gusto griego experimenta un vuelco en favor de la dialéctica; ¿qué significa
esto, en definitiva? Significa, sobre todo, la derrota de un gusto
aristocrático; con la dialéctica triunfa la plebe. Antes de Sócrates, la buena
sociedad repudiaba las maneras dialécticas; éstas eran tenidas por malos
modales y comprometían. Se prevenía contra ellas a la juventud. También se
desconfiaba respecto a la forma de argumentar. Las cosas decentes, como las
personas decentes, no llevan sus razones de esta manera en la mano. No es
decoroso mostrar los cinco dedos. Lo que necesita ser probado, poco vale.
Donde la autoridad forma todavía parte de las buenas costumbres y no se argumenta, sino se ordena, el dialéctico es una especie de
payaso; la gente se ríe de él, no lo toma en serio. Sócrates fue el payaso que
se hizo tomar en serio. ¿Qué significa esto, en definitiva?
6
Sólo opta por
la dialéctica quien no dispone de otro recurso. Sábese que ella despierta
suspicacia; que tiene escaso poder de convicción. Nada hay tan fácil de borrar
como el efecto de un dialéctico, según lo prueba la experiencia de cualquier
reunión donde se habla. La dialéctica no puede ser más que un recurso de
emergencia, en manos de personas que ya no poseen otras armas. Sólo quien
tiene que imponer su derecho
hace uso de ella. De ahí que los judíos fueran dialécticos, y lo fue el zorro
de la fábula. Entonces, ¿lo sería también Sócrates?
7
¿Sería la
ironía de Sócrates una expresión de rebeldía, de resentimiento plebeyo? ¿Goza
él acaso, como oprimido, con la ferocidad propia de las cuchilladas del
silogismo? ¿Se venga de las clases aristocráticas que fascina? Como
dialéctico, uno maneja un instrumento implacable; con él puede dárselas de
tirano; triunfando compromete. El dialéctico lleva a su contrincante a una
situación donde le corresponde probar que no es un idiota; enfurece y reduce a
la impotencia a un tiempo. Despotencia el dialéctico intelectualmente a
su contrincante. ¿Será entonces la dialéctica de Sócrates una forma de la venganza?
8
Dado a
entender cómo Sócrates provocaba repulsión, es necesario explicar cómo
fascinaba. Una de las causas de su atracción fue el hecho de descubrir una
modalidad nueva de agon (1),
convirtiéndose en el primer maestro de esgrima de los círculos
aristocráticos de Atenas. Fascinaba porque apelaba al impulso agonal de los
helenos, introduciendo una variante en la lucha entre jóvenes y adolescentes.
Fue Sócrates también un gran erótico.
(1) Combate o justa de ejercicios corporales e
intelectuales muy practicado por los griegos.
9
Mas Sócrates
adivinó aún más. Penetró hasta los trasfondos de sus atenienses aristocráticos
y comprendió que su propio caso, su personal caso, ya no era un caso
excepcional. En todas partes se iniciaba la misma forma de degeneración;
declinaba la antigua Atenas. Y Sócrates se percató de que todo el mundo tenía necesidad
de él; de su medio, su cura, su truco personal de la conservación... Por
doquier estaban en anarquía los instintos; por doquier se estaba a dos pasos
del exceso; el monstrum in anima era el peligro general. “Los instintos
quieren dárselas de tirano; hay que inventar un contratirano que sea más fuerte
que ellos...” Cuando aquel fisónotno reveló a Sócrates que era un foco de todos
los malos apetitos, el gran ironista pronunció palabras que proporcionan la
clave de su ser. “Es cierto-dijo-; pero logro dominarlos todos.” ¿Cómo logró
Sócrates el dominio de sí mismo? Era el suyo, en definitiva, tan sólo el caso
extremo, más patente, de lo que por entonces empezaba a ser el apremio
general: que nadie lograba ya dominarse y los instintos se volvían unos contra
otros. Fascinaba por su calidad de caso extremo; su fealdad aterradora atraía
todas las miradas; fascinaba, como es natural, en mayor grado aún como
respuesta, solución, cura aparente de este caso.
10
Si se está en
la necesidad de hacer de la razón un tirano, como ocurrió en el caso de
Sócrates, existe, por supuesto, un grave peligro de que otra cosa quiera ser
tirana. En aquel entonces se adivinaba la racionalidad como salvadora; ni
Sócrates ni sus “enfermos” estaban en libertad de ser o no racionales; la
racionalidad era para ellos su último recurso. El fanatismo con que a la
sazón todo el pensamiento griego se abalanzaba sobre ella revelaba un apremio;
se estaba en peligro, colocado ante la alternativa de sucumbir o ser absurdamente
racional... El moralismo de los filósofos griegos a partir de Platón está
patológicamente determinado, lo mismo que su culto de la dialéctica. Razón
igual a virtud igual a felicidad quiere decir simplemente hay que imitar el
ejemplo de Sócrates y establecer frente a los apetitos tenebrosos una claridad
permanente la claridad de la razón. Hay que ser cuerdo, claro, lúcido a toda
costa; toda transigencia con los instintos, con lo inconsciente, hunde...
11
He dado a
entender por qué fascinaba Sócrates: parecía un médico, un salvador. ¿Es
necesario señalar el error de su fe en la “racionalidad a toda costa”? Los
filósofos y moralistas se engañaban a sí mismos al creer que así se emancipan de la décadence y la combaten. No está en su poder emanciparse de ella; lo que eligen como
recurso, como medida salvadora, sólo es, a su vez, una expresión de la décadence; modifican la expresión de la misma, pero no la eliminan.
Sócrates fue un malentendido; toda la moral correctiva, la cristiana
inclusive, ha sido un malentendido. La claridad más extrema, la
racionalidad a ultranza, la vida clara, fría, cautelosa, consciente, carente de
instinto, en oposición a los instintos, era a su vez una enfermedad, una
diferente, en modo alguno un retorno a la “virtud”, a la “salud”, a la
felicidad... Estar en la necesidad de combatir los instintos: he aquí la
fórmula de la décadence; mientras ascienda la
vida, la felicidad se identifica con el instinto.
¿Comprendería
esto él mismo, el más listo de todos los que han practicado jamás el engaño de
sí mismo? ¿Se lo confesaría, por último, en la sabiduría del valor con
que enfrentó la muerte?... Sócrates quería morir: no fue Atenas, sino él
mismo quien se condenó a beber la cicuta; obligó a Atenas a condenarlo a
bebérsela... “Sócrates no es un médico-murmuró para sus adentros-; únicamente
la muerte es un médico... Sócrates mismo sólo ha estado enfermo durante largo
tiempo...”
LA “RAZÓN” DE
LA FILOSOMA
1
¿Me preguntan
ustedes cuáles son los distintos rasgos que caracterizan a los filósofos...?
Por ejemplo, su falta de sentido histórico, su odio a la misma noción del
devenir, su mentalidad egipcíaca. Creen honrar una cosa si la desprenden de sus
conexiones históricas, sub specie aeterni; si la dejan hecha una momia.
Todo cuanto los filósofos han venido manipulando desde hace milenios eran
momias conceptuales; ninguna realidad salía viva de sus manos. Matan y disecan
esos idólatras de los conceptos cuanto adoran; constituyen un peligro mortal
para todo lo adorado. La muerte, la mudanza y la vejez, no menos que la
reproducción y el crecimiento, son para ellos objeciones y aun refutaciones.
Lo que es, no deviene; lo que deviene, no es... Pues bien, todos
ellos creen, incluso con desesperación, en el Ser. Mas como no lo aprehenden,
buscan razones que expliquen por qué les es escamoteado. “El que no percibamos
el Ser debe obedecer a una ficción, a un engaño; ¿dónde está el engañador?”
“¡Ya hemos dado con él!', exclaman contentos. “¡Es la sensualidad! Los
sentidos, que también, por lo demás, son tan inmorales, nos engañan
sobre el mundo verdadero. Moraleja: hay que emanciparse del engaño de
los sentidos, del devenir, de la historia, de la mentira; la historia no es más
que fe en los sentidos, en la mentira. Moraleja: hay que decir no a todo
cuanto da crédito a los sentidos, a toda la restante humanidad; todo esto es
“vulgo”. ¡Hay que ser filósofo, momia; representar el monótono-teísmo con una
mímica de sepulturero! ¡Y repudiar, sobre todo, el cuerpo, esa deplorable idea
fija de los sentidos! ¡Plagado de todas las faltas de la lógica, refutado; más
aún: imposible, aunque tenga la osadía de pretender ser una cosa real! ...”
2
Exceptúo con
profunda veneración el nombre de Heráclito. En tanto que los demás
filósofos rechazaban el testimonio de los sentidos porque éstos mostraban
multiplicidad y mudanza, él rechazó su testimonio porque mostraban las cosas
dotadas de los atributos de la duración y la unidad. También Heráclito fue
injusto con los sentidos. Éstos no mienten, ni como creyeron los eleáticos ni
como creyó él; no mienten, sencillamente. Lo que hacemos de su
testimonio es obra de la mentira, por ejemplo la de la unidad, la de la
objetividad, la de la sustancia, la de la duración... La “razón” es la causa de
que falseemos el testimonio de los sentidos. Éstos, en tanto que muestran el
nacer y perecer, la mudanza, no mienten... Mas Heráclito siempre tendrá razón
con su aserto de que el Ser es una vana ficción. El mundo “aparencial” es el
único que existe; el “mundo verdadero”, es pura invención...
3
¡Y qué finos
instrumentos de observación son nuestros sentidos! El olfato, por ejemplo, del
que ningún filósofo ha hablado con veneración y gratitud, es hoy por hoy el
instrumento más sensible de que disponemos, siendo capaz de captar incluso
diferencias mínimas de movimiento que ni aun el espectroscopio registra.
Poseemos hoy ciencia exactamente en la medida en que nos hemos decidido a aceptar
el testimonio de los sentidos; en que hemos aprendido a aguzarlos aún más,
armarlos, llevarlos a sus últimas consecuencias. Todo lo demás es chapucería y
seudociencia, quiere decir, metafísica, teología, sicología, teoría del
conocimiento, o bien ciencia formal, ciencia de los signos, como la lógica y
las matemáticas, esa lógica aplicada. Ellas no tratan de la realidad, ni
siquiera como problema; tampoco de la cuestión del valor, de tal
convencionalismo de signos, como es la lógica.
4
La otra condición
de los filósofos no es menos peligrosa; consiste en confundir lo último con lo
primero. Sitúan lo que se presenta al final, ¡desgraciadamente, pues no
debiera presentarse!, los “conceptos más elevados”, esto es, los más generales,
los más vacíos, el último humo de la realidad que se evapora, en el comienzo, como
comienzo. Se expresa una vez más su manera de venerar: según ellos, lo
elevado no debe desprenderse de lo bajo, no debe desarrollarse,
en fin... Moraleja: todo cuanto es de primer orden ha de ser causa sui. El origen
extrínseco se considera una objeción, algo que pone en tela de juicio el valor.
Todos los más altos valores son de primer orden; todos los conceptos más
elevados, el Ser, el absoluto, el bien, lo verdadero, lo perfecto; todo esto no
puede ser algo posible y, por ende, debe ser causa sui. Mas todo esto tampoco puede ser desigual entre sí,
estar en contradicción consigo mismo... Así llegan a su estupendo concepto
“Dios”... Lo último, lo más abstracto y huero es establecido como lo primero,
como causa en sí, como ens realissimum,... ¡Por qué la
humanidad habrá tomado tan en serio las afecciones cerebrales de sutiles
enfermos! ¡Bien caro lo pagó! ...
5
Puntualicemos
al fin la manera opuesta en que nosotros (digo “nosotros” por cortesía...)
enfocamos el problema del error y de la apariencia. Antes se tenían la mudanza,
el cambio, el devenir, en fin, por una prueba de la apariencia, por un indicio
de que existe algo que nos engaña. Hoy día, a la inversa, exactamente en la
medida en que el prejuicio de la razón nos obliga a suponer unidad, identidad,
duración, sustancia, causa, objetividad y Ser, nos vemos enredados, en cierto
modo, en el error, condenados a incurrir en error; por más que en
virtud de una recapacitación profunda estemos seguros de que aquí reside, en
efecto, el error. Ocurre con esto lo que con los movimientos del gran astro:
respecto a éstos el error está respaldado continuamente por nuestra vista; en
el caso que nos ocupa, por nuestro lenguaje. La génesis del lenguaje
cae en los tiempos de la forma más rudimentaria de la sicología; la
dilucidación de las premisas básicas de la metafísica del lenguaje, esto es, de
la razón, nos revela un tosco fetichismo. Se reduce todo el acaecer a
agentes y actos; se cree en la voluntad como causa, en el “yo”, en el yo como
Ser, en el yo como sustancia, y se proyecta la creencia en el
yo-sustancia sobre todas las cosas, creando en virtud de esta proyección
el concepto “cosa”... El Ser es pensado, inventado, introducido siempre
como causa; del concepto “yo” se sigue como concepto derivado el del “Ser”...
En el principio es la grande fatalidad de error según el cual la voluntad es
una instancia eficiente, una facultad... Hoy sabemos que es una
mera palabra... Mucho más tarde, en un mundo mil veces más esclarecido, los
filósofos tuvieron con sorpresa conciencia de la seguridad, la certeza
subjetiva en el manejo de las categorías de la razón y dedujeron que éstas
no podían derivar de la empiria, puesto que la empiria las desmentía. ¿Dónde
ha de buscarse, pues, su origen? Y tanto en la India como en Grecia se
llegó a la misma conclusión errónea: “Debemos haber vivido alguna vez en otro
mundo superior (¡en vez de en otro muy inferior, como hubiera sido más
justo!); ¡debemos haber sido divinos, puesto que tenemos la razón!...” En
efecto, nada ha tenido un poder de convicción tan ingenuo como la noción
errónea del Ser, tal como la han formulado los eleáticos ; ¡como que parece
corroborarla cada palabra, cada frase que pronunciamos! Incluso los adversarios
de los eleáticos sucumbían a la seducción de su concepto del Ser. Ése fue el
caso de Demócrito al inventar su átomo... La “razón” en el lenguaje:
¡oh, qué mujer tan vieja y engañosa! Temo que no nos libremos de Dios, por
creer todavía en la gramática...
Se me
agradecerá el resumir tan esencial, tan nueva concepción, en cuatro tesis, que
servirán para facilitar la comprensión y provocar la objeción.
Primera tesis.
Los argumentos
en base a los cuales se ha calificado “este” mundo de aparencial, fundamentan,
por el contrario, la realidad del mismo; es de todo punto imposible demostrar otro
tipo de realidad.
Segunda tesis.
Las
características que se han asignado al “verdadero Ser” de las cosas son las
características del No Ser, de la nada; se ha construido el “mundo
verdadero” en contraposición al mundo real, y es en realidad un mundo
aparencial, en tanto que mera ilusión óptica-moral.
Tercera tesis.
Hablar de “otro”
mundo distinto de éste no tiene sentido, a menos que opere en nosotros un
instinto de detracción, rebajamiento y acusación de la vida; en este último
caso, nos vengamos de la vida por la fantasmagoría de “otra”, “mejor”
vida.
Cuarta tesis. Separa el mundo en uno
“verdadero” y otro “aparencial”, ya al modo del cristianismo o al modo de Kant (quien fue, en definitiva, un cristiano pérfido), no es sino una
sugestión de la décadence; un síntoma de vida descendente...
El que el artista ponga la apariencia por encima de la realidad no es una
objeción contra esta tesis. Pues en este caso “la apariencia” significa la
realidad otra vez, sólo que a través de selección, exaltación y
corrección... El artista trágico no es un pesimista; precisamente dice sí a
todo lo problemático y pavoroso: es dionisiaco...
CÓMO EL “MUNDO
VERDADERO”
SE CONVIRTIÓ
EN UNA FÁBULA
Historia de un
error
1. El mundo
verdadero está al alcance del sabio, del piadoso, del virtuoso, los cuales
viven en él, se identifican con él.
(Forma más
antigua de la idea, relativamente cuerda, simple, convincente. Paráfrasis de
la proposición “yo, Platón, soy la verdad”.)
2. El mundo
verdadero es por lo pronto inaccesible, pero está reservado al sabio, al
piadoso, al virtuoso (“al pecador arrepentido”).
(Progreso de
la idea; ésta se torna más sutil, más problemática e inasible, se convierte
en mujer, se vuelve cristiana...)
3. El mundo
verdadero no es accesible ni demostrable; no puede ser prometido; pero al ser
concebido es un consuelo, una obligación, un imperativo.
(En el fondo,
el antiguo sol, pero visto a través de niebla y escepticismo; la idea se ha
vuelto sublime, pálida, nórdica, kantiana.)
4. El mundo
verdadero, ¿es inaccesible? En todo caso no está logrado. Y, por ende, es desconocido.
En consecuencia, tampoco conforta, redime ni obliga, pues ¿a qué podría
obligarnos algo que nos es desconocido?...
(Alba. Primer
bostezo de la razón. Canto del gallo del positivismo.)
5. El “mundo
verdadero” es una idea que ya no sirve para nada, que ya no obliga siquiera;
una idea inútil y superflua, luego refutada. ¡Suprimámosla!
(Mañana;
desayuno; retorno del bons
sens y de la
alegría; bochorno de Platón; batahola de todos los espíritus libres.)
6. Hemos
suprimido el mundo verdadero; ¿qué mundo ha quedado?, ¿acaso el aparencial? ...
¡En absoluto! ¡Al suprimir el mundo verdadero, hemos suprimido también el
aparencial!
(Mediodía;
instante de la sombra más corta; fin del error más largo; momento culminante de
la humanidad; INCIPIT ZARATUSTRA.)
LA MORAL COMO
ANTINATURALIDAD
1
Todas las
pasiones atraviesan una etapa en que son pura fatalidad, abismando a su víctima
por el peso de la insensatez, y por otra, muy posterior, en que se desposan con
el espíritu, se “espiritualizan”. En tiempos pasados, a causa de la insensatez
inherente a la pasión, se hizo la guerra a la misma trabajando por su
destrucción; todos los antiguos monstruos de la moral coincidían en exigir:
“hay que acabar con, las pasiones”. La fórmula más célebre al respecto está en
el Nuevo Testamento, en ese Sermón de la Montaña, donde, dicho sea de paso,
nada se contempla desde lo alto. Allí se dice, por ejemplo, con respecto a la
sexualidad: “Si te fastidia tu ojo, sácalo.” Por fortuna, ningún cristiano
cumple tal precepto. Destruir las pasiones y los apetitos nada más que
para prevenir su insensatez y las consecuencias desagradables de su insensatez
se nos antoja hoy, a su vez, una mera forma aguda de la insensatez. Ya no
admiramos a los dentistas, que extraen los dientes para que no duelan
más... Ahora bien, admitamos en honor a la verdad que en el clima en que nació
el cristianismo ni podía concebirse el concepto “espiritualización de la
pasión”. Sabido es que la Iglesia primitiva luchó contra los “inteligentes” en favor
de los pobres de espíritu; ¿cómo iba a librar a la pasión una guerra inteligente?
Combate la Iglesia la pasión apelando a la extirpación de todo sentido; su
práctica, su “cura”, es la castración. Jamás pregunta: “¿Cómo se hace
para espiritualizar, embellecer, divinizar un apetito?” En todos los tiempos ha
hecho recaer el acento de la disciplina recomendando la exterminación de la sensualidad,
el orgullo, el afán de dominar, la codicia y la sed de venganza. Mas atacar por
la base las pasiones significa atacar por la base la vida misma; la práctica
de la Iglesia es antivital...
2
Al mismo
recurso, el de la castración, exterminación, apelan instintivamente, en la
lucha contra tal apetito, aquellos que son demasiado débiles de voluntad,
demasiado degenerados para refrenarlo; aquellos que alegóricamente (y no
alegóricamente) necesitan hablar de la Trappe, alguna categórica declaración de guerra, un divorcio
establecido entre ellos y tal pasión. Sólo los degenerados tienen necesidad de
remedios radicales: la debilidad de la voluntad, más exactamente, la
incapacidad para no responder a un estímulo, no es sino una forma
distinta de la degeneración. La enemistad radical, mortal hacia la sensualidad,
es un síntoma que da mucho que pensar; permite sacar conclusiones respecto al
estado total de la persona que llega a tal extremo. Por lo demás, esa
enemistad, ese odio, sólo se exacerba a tal punto si tales personas ni
siquiera., tienen ya energías suficientes para efectuar la cura radical,
expulsar su “demonio”. Pasando revista a toda la historia de los sacerdotes y
filósofos, aparte la de los artistas, se comprueba que las diatribas más
violentas contra los sentidos parten no de los impotentes, ni tampoco de los
ascetas, sino de los ascetas fallidos, de aquellos que debieron ser ascetas...
3
La
espiritualización de la sensualidad se llama amor; éste es un gran
triunfo sobre el cristianismo. Otro triunfo es nuestra espiritualización de la enemistad,
la cual consiste en que se comprende el valor de tener enemigos; en una
palabra, en que se procede y concluye al revés de como se procedió y concluyó
antes. La Iglesia se ha propuesto en todos los tiempos la aniquilación de sus
enemigos; nosotros, los inmoralistas y anticristianos, consideramos ventajoso
que subsista la Iglesia... También en el orden político se ha espiritualizado
la enemistad; es ella ahora mucho más cuerda, reflexiva, considerada. Casi
todas las facciones suponen que el debilitamiento del respectivo bando
adversario sería contrario a sus propios intereses. Ocurre lo mismo con la
gran política. Sobre todo, una nueva creación, por ejemplo, el nuevo Reich, tiene más necesidad de enemigos que de amigos; sólo en
el contraste se siente necesaria, llega a ser necesaria... Adoptamos idéntica
actitud ante el “enemigo interno”; también en este terreno hemos espiritualizado
la enemistad, comprendido su valor. Sólo se es fecundo si se
logra ser pródigo en contrastes; sólo se conserva la juventud si el alma
no se relaja y pide la paz... Nada nos resulta tan distante como esa aspiración
de antaño, la “paz del alma”, la aspiración cristiana. Nada nos es tan
indiferente como la moral apacible y rumiante y la felicidad vacuna de la
conciencia tranquila. Renunciando a la guerra, se renuncia a la vida grande...
En muchos casos, por cierto, la “paz del alma” es simplemente un malentendido;
otra cosa que no sabe designarse con un nombre más sincero. Veamos sin
ambajes ni prejuicios algunos casos. La “paz del alma” puede ser, por ejemplo,
la suave irradiación de una animalidad prodigiosa en la esfera moral (o
religiosa). O el comienzo del cansancio, la primera sombra que proyecta el
atardecer, de cualquier índole que sea. O un indicio de que el aire está
saturado de humedad y vienen vientos del Sur. O la gratitud inconsciente por
una digestión feliz (llamada a veces “amor a los hombres”). O el aquietamiento
del convaleciente para el cual todas las cosas tienen un sabor nuevo y que espera...
O el estado consecutivo a una satisfacción intensa de la pasión dominante, el
bienestar que fluye de una saciedad extraña. O la decrepitud de nuestra
voluntad, de nuestras apetencias, de nuestros vicios. O la pereza, persuadida
por la vanidad a vestirse con las galas morales. O el advenimiento de una
certidumbre, aun de una pavorosa, tras larga tensión y tortura provocadas por
la incertidumbre. O la expresión de madurez y maestría en plena actividad,
obra, creación, volición; la respiración serena; el “libre albedrío”
alcanzado... ¿Sería también el ocaso de los ídolos una modalidad tan
sólo de la “paz del alma”?...
4
He aquí un
principio reducido a una fórmula. Todo naturalismo en la moral, esto es, toda
moral sana, se rige por un instinto vital; algún requisito de la vida es
cumplido mediante un determinado canon de “debes” y “no debes”, removiéndose
así algunos obstáculos del camino de la vida. A la inversa, la moral antinatural,
esto es, poco menos que toda moral enseñada, exaltada y predicada hasta
ahora, se vuelve precisamente contra los instintos de la vida, implica
un repudio, ya solapado o abierto e insolente, de estos instintos.
Diciendo “Dios mira el corazón”, dice no a las apetencias más bajas y más
elevadas de la vida y concibe a Dios como enemigo de la vida... El santo
grato a Dios es el castrado ideal... Termina la vida donde empieza el “reino de
Dios” ...
5
Quien
comprende el ultraje que supone esta sublevación contra la vida, tal como ha
llegado a ser casi sacrosanta en la moral cristiana, comprende por fortuna
también lo inútil, ficticio, absurdo y falaz de tal sublevación. Todo
repudio de la vida de parte de los vivos se reduce, en definitiva, a síntomas
de una determinada clase de vida, independientemente que este repudio esté o no
justificado. Habría que estar situado fuera de la vida y, por otra
parte, conocerla tan bien como cualquiera, como muchos, como todos los que la
han vivido, para tener derecho a abordar siquiera el problema del valor de
la vida: razones de sobra para comprender que este problema no nos es
accesible. Cuando hablamos de valores hablamos bajo la inspiración, la óptica,
de la vida; la vida misma nos obliga a fijar valores, valora a través de
nosotros, cuando los fijamos... De lo cual se infiere que también esa moral antinatural
que concibe a Dios como antítesis y repudio de la vida no es sino un
juicio de valor de la vida; ¿de qué vida?, ¿de qué clase de vida? Ya he dado la
respuesta: de la vida decadente, debilitada, cansada, condenada. La moral, tal
como hasta ahora se la ha entendido, tal como la ha formulado por último
también Schopenhauer, como “negación de la
voluntad de vida”, es el instinto de la décadence que se presenta como imperativo. Dice ella:
“¡Sucumbe!”; es el juicio de condenados...
6
Consideramos,
por último, la ingenuidad que supone decir: “¡así debiera ser el
hombre!' La realidad nos muestra una encantadora riqueza de tipos, la exuberancia
de un derrochador juego y cambio de formas; y he aquí que tal pobre moralista
metido en su rincón dice: “¡no!, ¡el hombre debiera ser diferente!”... Y
este pedante hasta pretende saber cómo debiera ser el hombre; pinta en la pared
su propia imagen y dice “¡ecce homo!”... Aunque el moralista sólo se dirija al
individuo y le diga: “¡tú debieras ser así!”, hace también el ridículo. El
individuo es en un todo un trozo de fatum, una ley más, una necesidad más para todo lo por venir,
todo lo que será. Decirle “¡sé diferente!” significa pedir que todo sea
diferente y cambie, incluso retroactivamente... Y en efecto, no han faltado
los moralistas consecuentes que pedían que el hombre fuese diferente, esto es,
virtuoso, trasunto fiel de ellos, vale decir, estrecho y mezquino; ¡para tal
fin negaban el mundo! ¡Una máxima locura, por cierto! ¡Una inmodestia nada
modesta, por cierto! ... La moral,
en tanto que condena
por principio y supone un no con referencia a cosas, factores o propósito
de la vida, es un error específico con el cual no hay que tener
contemplaciones, una idiosincrasia de degenerados qué ha hecho un daño
inmenso... Los otros, los inmoralistas, por el contrario, hemos abierto
nuestro corazón a toda clase de comprensión, compenetración y aprobación. Nos
cuesta negar; anhelamos decir sí. Se nos han abierto cada vez más los ojos para
esa economía que necesita y sabe aprovechar aun todo lo que repudia la santa
locura del sacerdote, de la razón enferma operante en el sacerdote; para
esa economía en la ley de la vida que saca provecho incluso de la repugnante
especie de los mojigatos, los sacerdotes y los virtuosos. ¿Qué provecho? En
este punto nosotros mismos, los inmoralistas, somos la respuesta...
LOS CUATRO
GRANDES ERRORES
1
Error de la
confusión de causa y efecto. No hay error más peligroso que confundir
el efecto con la causa: para mí
es la depravación propiamente dicha de la razón. Y sin embargo, forma parte de
este error de los hábitos más antiguos y más actuales de la humanidad; hasta
entre nosotros está santificado, llevando el nombre de “religión”, “moral”. Lo
implica cada principio enunciado por la religión y la moral; los sacerdotes y
los legisladores morales son los autores de esta depravación de la razón. Un
ejemplo ilustrará lo antedicho. Todo el mundo conoce el libro en que el famoso
Cornaro recomienda su dieta frugal como receta para una vida larga, feliz y
también virtuosa.
Pocos libros
han sido leído con tanto afán; todavía ahóra se imprimen en Inglaterra todos
los años muchos miles de ejemplares. Dudo de que libro alguno (excepción hecha
de la Biblia) haya causado tanto estrago, acortado tantas vidas como este curiosum
bien intencionado. Todo por haber confundido su autor el efecto con la
causa. Ese buen italiano consideraba su dieta como la causa de su longevidad;
cuando lo que pasaba era que la lentitud extraordinaria del metabolismo, el
desgaste reducido, resultaba la causa de su dieta frugal. No estaba en libertad
de comer poco o mucho; su frugalidad no era un “libre albedrío”; el
hombre enfermaba si comía más. Mas a todo el que no es un pez de sangre fría no
sólo le conviene, sino que le hace falta comer bien. El erudito de nuestro
tiempo, con su rápido desgaste de energía nerviosa, se arruinaría si
adoptase el régimen de Cornaro. Crede
experto.
2
La fórmula
implícita en toda religión y moral reza “¡Haz esto y aquello, no hagas esto ni
aquello; así alcanzarás la felicidad! De lo contrario...” Toda moral, toda
religión, es este imperativo, al que yo llamo gran pecado original de la razón,
inmortal sinrazón. En boca mía, esa fórmula se convierte en su
inversión, primer ejemplo de mi “transmutación de todos los valores”: el
hombre armonioso, el “afortunado”, no puede meteos que cometer determinados
actos e instintivamente rehúye otros; introduce el orden que fisiológicamente
encarna en sus relaciones con los hombres y las cosas. He aquí la fórmula
correspondiente: su virtud es el efecto de su felicidad... La vida larga
y la prole numerosa no son el premio de la virtud, sino que la virtud es
ese retardo del metabolismo que, entre otras cosas, determina también una vida
larga y una prole numerosa, en una palabra, el cornarismo. La Iglesia y
la moral dicen: “el vicio y el lujo arruinan a los linajes y a los pueblos”.
Mi razón restaurada dice:
“cuando un pueblo se arruina, cae en la degeneración fisiológica y se
originan el vicio y el lujo (esto es, la necesidad de estímulos cada vez
más fuertes y más frecuentes, como la conoce todo ser agotado).
El joven se
debilita prematuramente. Sus amigos afirman que la culpa la tiene tal
enfermedad. Yo afirmo que el hecho de que ese joven haya enfermado, no haya
resistido a la enfermedad, es la consecuencia de una vida empobrecida, de un
agotamiento congénito. El lector de diarios dice que tal partido labra su propia
ruina por tal error. Mi política superior, en cambio, dice que un partido que
comete tal error está arruinado; que ha perdido la seguridad de sus instintos.
Todo error, en todo sentido, es la consecuencia de degeneración de los
instintos, de disgregación de la voluntad; lo malo queda así indefinido. Todo
lo bueno es instinto y, por ende, fácil, necesario, libre. El esfuerzo
es una objeción, el dios es típicamente distinto del héroe (dicho en mi propio
lenguaje: los pies alados son el atributo primordial de la divinidad).
3
Error de una falsa causalidad.-En todos los tiempos se ha creído saber qué cosa es una causa; pero ¿de
dónde derivábamos nuestro saber, más exactamente, nuestra creencia de que
sabíamos? Del reino de los famosos “hechos interiores”, ninguno de los cuales
ha sido aún corroborado. Nos atribuíamos en el acto volitivo un carácter causal; creíamos sorprender por lo menos in flagranti la causalidad. Asimismo, no se dudaba de que todos los
antecedentes de un acto, sus causas, habían de buscarse en la conciencia y que
en ésta se lo sencontraba si en ella se los buscaba, como “motivos”; o si no,
se habría estado en libertad de cometerlo, no se habría sido responsable por
él. Por último, ¿quién iba a negar que el pensamiento fuera el efecto de una
causa? ¿Que el yo causara el pensamiento...? De estos tres “hechos
interiores”, que parecían garantizar la causalidad, el primordial y más
convincente es el de la voluntad como causa; la concepción de una conciencia
(“espíritu' como causa v, más tarde, la del yo (“sujeto”) como causa son tan
sólo concepciones derivadas, una vez que se consideraba dada, como empiria, la
causalidad de la voluntad... Desde entonces hemos meditado en forma más honda
y penetrante. Ya no creemos una palabra de todo esto. El “mundo interior” está
plagado de espejismos y fuegos fatuos; uno de ellos es la voluntad. Ésta ya no
acciona nada y, por ende, ya no explica nada; no es más que un fenómeno
concomitante que puede faltar. Otro error es el llamado “motivo”, que es un
mero fenómeno accidental de la conciencia, un corolario del acto que no tanto
representa sus antecedentes como los oculta. iY no se diga el yo! Éste se ha
convertido en fábula, ficción, juego de palabras; ¡ha cesado por completo de
pensar, de sentir y de querer! ... ¿Qué se deduce 'de esto? ¡No hay causas
mentales! ¡Toda la presunta empiria al respecto se ha reducido a la nada! ¡He
aquí lo que se sigue de esto! Y, sin embargo, habíamos abusado a más no poder
de esta “empiria”; en base a ella habíamos construido el mundo como un
mundo de causas, de voliciones, de espíritus. Trabajaba en esto la más antigua
y más larga sicología, que en definitiva no hacía otra cosa; para ella, todo
acaecer era un hacer y todo hacer la consecuencia de una volición. El mundo se
le aparecía como una multitud de agentes y todo acaecer como determinado por
un agente (un “sujeto”). El hombre ha proyectado fuera de sí sus tres “hechos
interiores”, aquello en que más firmemente creía: la voluntad, el espíritu y el
yo; desarrolló del concepto “yo” el concepto “Ser” y concibió las “cosas” a su
imagen como algo que “es”, de acuerdo con su concepto del yo como causa. No es
de extrañar, así, que luego haya vuelto a encontrar en las cosas lo que en ellas
había introducido. La cosa, el concepto “cosa”, lo repito, no es sino un
reflejo de la creencia en el yo como causa... Y aun en su átomo, señores
mecanicistas y físicos, i cuánto error, cuánta sicología rudimentaria subsiste
aún en su átomo! ¡Y no se diga la “cosa en sí”, el horrendem pudendum de los metafísicos! ¡El error del espíritu como causa
confundido con la realidad! ¡Y erigido en criterio de la realidad! ¡Y llamado
Dios!
4
Error de las causas
imaginarias.-Hay que
partir del sueno: a una determinada sensación, por ejemplo a raíz de un
cañonazo lejano, y ver que se le inventa a posteriori una causa (con frecuencia toda una pequeña novela
donde el soñador es el protagonista). Entre tanto, la sensación subsiste, en
una especie de resonancia, esperando en cierto modo a que el impulso causal le
permita pasar a primer plano, más como fenómeno contingente que como
“sentido”. El cañonazo aparece en forma causal, en una aparente inversión del
tiempo. Lo posterior, la motivación, es experimentado primero, muchas veces con
cien detalles que van desfilando de una manera fulminante; el cañonazo sigue...
¿Qué ha pasado? Las representaciones mentales originadas por una determinada sensación han sido entendidas
equivocadamente como causa de la misma. Lo cierto es que en el estado de
vigilia procedemos igual. La mayor parte de nuestras sensaciones generales-toda
clase de inhibición, presión, tensión y explosión en el juego y contrajuego de los
órganos, en particular el estado del nervus
sympathicus-excitan nuestro impulso causal: buscamos un motivo para
sentirnos tal como nos sentimos, para sentirnos mal o bien. Nunca nos
contentamos con comprobar simplemente el hecho de que nos sentimos tal como nos
sentimos; sólo admitimos este hecho, llegamos a tener conciencia de él, si le
hemos dado una especie de motivación. El recuerdo, que en tal caso entra en
actividad a pesar nuestro, evoca estados anteriores de la misma índole y las
interpretaciones causales a ellos ligadas; no su causalidad. Por cierto que el
recuerdo evoca también la creencia de que las representaciones mentales, los
fenómenos concomitantes registrados en la esfera de la conciencia, han sido las
causas. Tiene lugar así la habituación a una determinada interpretación causal,
que en realidad dificulta, y aun impide, la indagación
de la causa.
5
Explicación sicológica de lo antedicho.-Reducir algo desconocido a
algo conocido alivia, reconforta, satisface y proporciona una sensación de
poder. Lo desconocido involucra peligro, inquietud y zozobra; aplícase el
instinto primordialmente a eliminar
estos estados penosos. Primer principio: cualquier explicación es preferible a
ninguna explicación. Como en definitiva se trata tan sólo de un afán de
librarse de representaciones penosas, se echa mano de cualquier medio que se
ofrece con tal de quitárselas de encima, sin discriminar mayormente; cualquier
representación mental en virtud de la cual lo desconocido se dé por conocido
resulta tan reconfortante que se la “cree cierta”. Es la prueba del placer (“de la fuerza”) como criterio de
la verdad. El impulso causal está, pues, determinado y excitado por el temor.
El “¿por qué?” debe dar en lo posible no la causa por la causa misma, sino
determinado tipo de causa: una causa que tranquilice, redima, alivie. El que
algo ya conocido, experimentado,
grabado en la memoria, sea establecido como causa es la primera consecuencia de
esta necesidad íntimamente sentida. Lo nuevo, no experimentado, extraño, queda
excluido como causa. De modo que se busca como causa no un tipo de
explicaciones, sino un tipo escogido
y preferido de explicaciones, aquel
que con más rapidez y frecuencia haya eliminado la sensación de lo extraño,
nuevo, jamás experimentado las explicaciones más corrientes. Como consecuencia de esto, un determinado tipo de
motivación causal prevalece cada vez más, se reduce a sistema y llega al fin a dominar, con exclusión de otras causas y explicaciones. El banquero
piensa en seguida en el “negocio”, el cristiano en el “pecado” y la muchacha
en su amor.
6
Todo el dominio de la moral y la religión cae bajo
este concepto de las causas imaginarias.-“Explicación” de las sensaciones generales desagradables: Éstas están determinadas
por seres hostiles a los hombres (espíritus malignos; el caso más célebre es la
definición errónea de las histéricas como brujas). Están determinadas por
actos censurables (el sentimiento del “pecado”, de la “propensión al pecado”,
como explicación de un, malestar_ fisiológico, puesto que siempre se
encuentran motivos para estar descontento consigo mismo). Están determinadas
como castigo, como expiación de algo que no se debió hacer, de algo que no
debió ser (lo cual ha sido generalizado en forma terminante por Schopenhauer, en una proposición donde la moral aparece como lo que
es, o sea como emponzoñadora y detractora propiamente dicha de la vida: “todo
dolor intenso, físico o mental, expresa lo que tenemos merecido: pues no nos
podría sobrevenir si no lo tuviésemos merecido”. El mundo como voluntad y
representación). Están determinadas como consecuencias de actos
irreflexivos, fatales (los afectos, los sentidos, concebidos como causa, como
“culpa”; apremios diferentes como “merecidos”).
“Explicación”
de las sensaciones generales agradables: Éstas están determinadas por
la fe en Dios. Están determinadas por la conciencia de buenas acciones (la
llamada “conciencia tranquila”, un estado fisiológico que a veces se parece
mucho a la buena digestión). Están determinadas por el resultado feliz de
empresas (conclusión errónea candorosa; el resultado feliz de una empresa no
proporciona en absoluto sensaciones generales agradables a un hipocondríaco o
a un Pascal). Están determinadas por la
fe, el amor y la esperanza: las virtudes cristianas. En realidad, todas estas
presuntas explicaciones son estados derivados y, por así decirlo,
traducciones de sensaciones de placer o desplacer a un dialecto falso. Se está
en condiciones de esperar porque la sensación de fuerza y plenitud
infunde tranquilidad serena. La moral y la religión pertenecen en un todo a la
sicología del error: en cada caso particular se confunde la causa con el
efecto, la verdad con el efecto de lo creído cierto o un estado de la conciencia
con la causalidad de este estado.
7
Error del
libre albedrío.-Hoy día ya no tenemos contemplaciones con el concepto
“libre albedrío”; sabemos demasiado bien lo que es: el más cuestionable truco
de los teólogos con miras a hacer a la humanidad “responsable” en su criterio,
o lo que es lo mismo, con el propósito de dominarla...
Me limito aquí
a exponer la sicología de todo hacer responsable. Dondequiera que se busquen
responsabilidades suele ser el instinto del querer castigar y juzgar el
que impera. Cuando se reduce el ser tal y como es, a voluntad, propósitos,
actos de la responsabilidad, se despoja la posibilidad de su inocencia; la
doctrina de la voluntad ha sido inventada esencialmente para los fines de
castigo, esto es, para satisfacer el afán de declarar culpable. Toda la
antigua sicología, la sicología volicional, reconoce como origen el hecho- de
que sus autores, los sacerdotes al frente de antiguas comunidades, querían
procurarse a sí mismos o bien a Dios, el derecho de castigar. Se
concebía a los hombres “libres”, para que se los pudiera juzgar y castigar,
para que pudieran ser culpables; en consecuencia, había que concebir
cada acto como acto volitivo, el origen de cada acto como
situado en la conciencia (con lo cual la tergiversación más fundamental in
psychologicis quedaba convertida en el principio de la sicología...). Hoy
día, cuando hemos entrado en el movimiento opuesto; cuando en particular
los inmoralistas nos aplicamos con todas las fuerzas a eliminar del mundo el
concepto de la culpa y el del castigo, y depurar de ellos la sicología, la
historia, la Naturaleza y las instituciones y sanciones sociales, consideramos
como nuestros adversarios más radicales a los teólogos, los que por el
concepto del “orden moral” siguen arruinando la inocencia de la posibilidad, contaminándola con el “castigo” y la “culpa”. El cristianismo es la metafísica
del verdugo...
8
Nuestra doctrina sólo puede ser
ésta: que al hombre no le son dadas sus propiedades por nadie, ni por
Dios ni por la sociedad, sus padres y antepasados, ni tampoco por él mismo (el disparate de la noción aquí
repudiada en último término ha sido enseñado como “libertad inteligible” por Kant, y acaso ya por Platón). Nadie es responsable de su existencia, de
su modo de ser, de las circunstancias y el ambiente en que se halla. La
fatalidad de su ser no puede ser desglosada de la fatalidad de todo lo que fue
y será. El hombre no es la consecuencia de un propósito expreso, de una
voluntad ni de un fin; con él no se hace una tentativa de alcanzar un
“tipo humano ideal” o una “felicidad ideal” o una “moralidad ideal”; siendo
absurdo pretender descargar su modo de ser en algún “fin”. Nosotros hemos
inventado el concepto “fin”; la realidad nada sabe de fines... Se es,
necesariamente, un trozo de fatalidad; se forma parte del todo, se está
integrado en el todo; no hay nada susceptible de juzgar, valorar, comparar,
condenar nuestro ser, pues significaría juzgar, valorar, comparar, condenar el
todo... ¡Mas no existe nada fuera
del todo!
Dejar de hacer
responsable a alguien y comprender que la esencia del Ser no debe ser
reducida a una causa prima; que el mundo no es ni como sensorio ni como
“espíritu” una unidad, significa la gran liberación; sólo así queda
restaurada la inocencia de la posibilidad... Hasta ahora, el concepto
“Dios” ha sido la objeción más grave contra la existencia... Nosotros
negamos a Dios, la responsabilidad en Dios, y sólo así redimimos el mundo.
LOS
“MEJORADORES” DE LA HUMANIDAD
1
Conocido es mi
postulado según el cual el filósofo se sitúa más allá del bien y del mal, encontrándose por encima de la
ilusión del juicio moral. Este postulado deriva de un descubrimiento que yo he
sido el primero en formular: no hay hechos morales. El juicio moral,
como el religioso, se funda en realidades ilusorias. La moral no es sino una
interpretación de determinados fenómenos, y más propiamente: una mala interpretación.
Semejante al juicio religioso, la moral caracteriza un nivel de la ignorancia en
que falta aun la noción de lo real, la discriminación entre lo real y lo
imaginario; de modo que en este nivel la “verdad” designa sin excepción cosas
que hoy día llamamos “ficciones”. De lo cual se infiere que el juicio moral
nunca debe ser tomado al pie de la letra, pues siempre consiste en un puro
contrasentido. Como semiótica, pof cierto, es inestimable; pues revela, al que sabe por
lo menos, las realidades más valiosas de culturas e interioridades, que no sabían
lo suficiente para “entenderse” a sí mismas. La moral en definitiva es
mero lenguaje de signos, mera sintomatologfa ; para sacar provecho de ella es
preciso saber de antemano de qué se
trata.
2
Me valdré, por
lo pronto, de un primer ejemplo. En todos los tiempos se ha querido volver
“mejor” al hombre; este propósito era lo que primordialmente se entendía por
moral. Mas he aquí que este término implica tendencias diametralmente opuestas.
Tanto domesticar
la bestia
humana como “criar” un determinado tipo humano ha sido considerado como
“mejoramiento” del hombre; sólo estos dos términos zoológicos expresan
realidades; realidades, es verdad, de las que el “mejorador” típico, el
sacerdote, no sabe nada, no quiere saber nada... Llamar a la domesticación
de un animal su “mejoramiento” suena casi a burla sangrienta. Quien sabe lo que
ocurre en los circos de animales, desconfía que en ellos sean “mejoradas” las
bestias. Se las debilita, se reduce su peligrosidad, se las convierte por el
efecto depresivo del miedo, por dolor, herida y hambre, en bestias morbosas.
Pues dicen: lo mismo ocurre con el hombre domesticado, que el sacerdote ha
“mejorado”. En la temprana Edad Media, en tiempos en que la Iglesia era en
efecto primordialmente una especie de zoológico amaestrado, se cazaban los
ejemplares más hermosos de la “bestia rubia”; se “mejoraba”, por ejemplo, a los
germanos de noble linaje. Pero tal germano “mejorado”, atraído al convento,
quedaba reducido a una caricatura de hombre, un ser trunco; convertido en un
“pecador”, estaba metido en una jaula, recluido entre conceptos terribles...
Helo aquí postrado, enfermo, enclenque, fastidiado consigo mismo, lleno de
odio a todo lo que seduce de la vida y de recelo hacia todo lo que era todavía
fuerte y feliz. En una palabra, un “cristiano”... Fisiológicamente hablando, en
la lucha con la bestia, enfermarla puede ser el único medio de
debilitarla. Bien entendía el problema la Iglesia; echando a perder al
hombre, lo debilitaba, pretendiendo “mejorarlo”...
3
Consideremos
el otro caso de la llamada moral, el de la “cría”; formación de una
determinada raza y tipo. El ejemplo más grandioso al respecto es la moral
india, sancionada como religión por la “Ley de Manú”. Aquí se propone' la tarea
de formar simultáneamente nada menos que cuatro razas: una sacerdotal, otra
guerrera, otra mercantil y campesina y, por último, una raza destinada a
servir, los sudras. En este caso nos encontramos definitivamente entre domadores
de fieras; un tipo humano cien veces más suave y cuerdo, se necesita para
concebir siquiera el plan de tal formación. Respira uno con alivio al pasar de
la atmósfera cristiana de hospital y cárcel a este mundo más sano, más elevado
y amplio. ¡Cuán pobre y maloliente aparece el “Nuevo Testamento” al lado de
Manú!
Mas también esta
organización tenía que ser terrible; esta vez no en lucha con la
bestia, sino con el concepto antitético, el hombre no “criado” y formado, el
hombre-mezcolanza, el tshandala. Y a su vez, no disponía de otro medio
de quitarle su peligrosidad, de debilitarlo, que el de enfermarla; tal
era la lucha con el “gran número”. Sin embargo, es posible que no haya nada tan
contrario a nuestro sentir como las medidas preventivas de la moral india. El
tercer edicto, por ejemplo (Avadana-Sastra I), el “de las legumbres impuras”, ordena que el único
alimento permitido a los tshandalas es el ajo y la cebolla, toda vez que
la Sagrada Escritura prohibe darles granos ni frutos que contengan granos, ni
tampoco agua y fuego. El mismo edicto estipula que el agua que necesitan
no debe ser extraída de los ríos, fuentes ni lagos, sino únicamente de los
accesos a los pantanos y de los hoyos originados por las pisadas de los
animales. Se les prohibe, asimismo, lavar su ropa, y aun lavarse a sí
mismos, toda vez que el agua que se les concede como un favor sólo debe
servir para apagar la sed. Prohíbese, por último, a las mújeres sudras asistir
a las mujeres tshandalas que dan a luz, así como a éstas asistirse
entre sí... No se hizo esperar el resultado de tal reglamentación sanitaria
epidemias mortíferas, asquerosas enfermedades venéreas, y luego, como
reacción, la “ley del cuchillo”, ordenando la circuncisión de los varones y la
extirpación de los labios pequeños de la vulva en las niñas. El propio Manú
dice: “los tshandalas son el fruto del adulterio, incesto y crimen” (tal
es la consecuencia necesaria del concepto “cría”). Toda su indumentaria
debe reducirse a andrajos tomados de los cadáveres, su vajilla, a ollas rotas,
su adorno, a hierro viejo, y su culto, al de los espíritus del mal; deben vagar
sin hallar paz en ninguna parte. Se les prohibe escribir de izquierda a derecha
y servirse para escribir de la diestra, lo cual está reservado a los virtuosos,
a las “personas de raza”.
4
Estas
disposiciones son harto instructivas; en ellas se da la humanidad aria en
toda su pureza y originalidad; puede verse que el concepto “sangre pura” es
todo lo contrario de un concepto inofensivo. Resulta claro, por otra parte, en
qué pueblo se ha perpetuado el odio, el odio tshandala, a esta
“humanidad”; dónde este odio se ha hecho religión, genio... Desde este
punto de vista, los Evangelios, y, sobre todo, el Libro de Enoch, constituyen
un documento de primer orden. El cristianismo, de raíz judía y sólo
comprensible como planta crecida en este suelo, representa la reacción a
toda moral de casta, raza y privilegio; es la religión antiaria por
excelencia. Significa el cristianismo la transmutación de todos los valores
arios, el triunfo de los valores tshandalas; el evangelio predicado a
los pobres y humildes, la sublevación total de todos los oprimidos, miserables,
malogrados y desheredados contra
la “raza”; la
inmortal venganza tshandala como religión -del amor...
5
La moral de
selección y la moral de domesticación apelan, para imponerse, a
idénticos medios; cabe enunciar como axioma capital que para establecer la
moral hay que tener la voluntad incondicional de practicar lo contrario de la
moral. Tal es”el grande y desconcertante problema que he estudiado con
más ahínco: la sicología de los “mejoradores” de la humanidad. Un hecho
pequeño, y en definitiva, subalterno, el de la llamada pia fraus, me facilitó el primer acceso a este problema: la pia fraus, el patrimonio de todos los filósofos y sacerdotes que
“mejoraron” a la humanidad. Ni Manú ni Platón, Confucio ni los predicadores
judíos y cristianos han dudado jamás de su derecho de recurrir a la
mentira. ¡No han dudado, en suma, de ningún derecho!... Resumiendo, cabe
decir que todos los medios de que se ha hecho uso para moralizar a la
humanidad han sido en el fondo medios inmorales.
LO QUE FALTA A
LOS ALEMANES
1
Entre alemanes
no basta hoy con tener espíritu; hay que tomárselo, arrogárselo...
Quizá conozca
yo a los alemanes; quizá hasta tenga derecho a decirles cuatro verdades. La
nueva Alemania representa una gran cantidad de capacidad ingénita y
desarrollada; así que por un tiempo le es dable gastar, y aun derrochar, el
caudal acumulado de fuerza. No ha
llegado a prevalecer, con ella, una cultura elevada, y menos un gusto
exquisito, una “belleza” aristocrática de los instintos; sí, virtudes más viriles
que en ningún otro país de Europa. Hay mucha gallardía y orgullo, mucho
aplomo en el trato, en la reciprocidad de los deberes, mucha laboriosidad,
mucha perseverancia; y una moderación ingénita que necesita, antes que del
freno, del aguijón. Por lo demás, en Alemania se obedece todavía, sin que la
obediencia implique una humillación... Y nadie desprecia a su adversario...
Como se ve, mi
deseo es hacer justicia a los alemanes; no quiero apartarme en este punto de
mi norma de siempre; pero he de plantearles mis objeciones. Llegar al poder es
algo que se paga caro; el poder entontece... En un tiempo se llamaba a
los alemanes el pueblo de los poetas y pensadores; ¿piensan todavía? Ahora,
los alemanes se aburren con el espíritu y desconfían de él; la política mata
todo interés serio por las verdaderas cosas del espíritu. Temo que “Deutschland, Deutschland über Alles” haya acabado con la
filosofía alemana... “¿Hay filósofos alemanes?”, me preguntan en el exterior.
“¿Hay poetas alemanes? ¿Hay buenos libros alemanes?” Y yo me ruborizo,
pero con esa valentía que me caracteriza aun en los trances más difíciles,
contesto: “¡Sí, Bismarck!” ¡Como para celebrar qué
clase de libros se leen hoy en día! ... ¡Maldito instinto de la mediocridad!
2
¿Quién no ha
pensado con melancolía en lo que podría ser el espíritu alemán? Mas desde hace
casi mil años este pueblo se ha venido entonteciendo paulatinamente; en parte
alguna se ha hecho un uso más vicioso de los dos grandes narcóticos europeos:
del alcohol y el cristianismo. En tiempos recientes hasta se ha agregado un
tercero, que basta por sí solo para acabar con toda agilidad sutil y audacia mentales:
la música, nuestra obstruida y obstruidora música alemana. ¡Cuánta tétrica
pesadez, torpeza, humedad y modorra, cuánta cerveza hay en la
inteligencia alemana! ¿Cómo es posible que jóvenes que consagran su vida a los
fines más espirituales no sientan el instinto primordial de la espiritualidad,
el instinto de conservación del espíritu y beban cerveza?... El alcoholismo
de la juventud erudita tal vez no ponga en tela de juicio su erudición, que sin
espíritu se puede hasta ser un gran erudito, pero en cualquier otro plano de
cosas es un problema. ¡Dónde no se comprueba esa suave degeneración que la
cerveza determina en el espíritu! En cierta ocasión, en un caso que casi adquirió
celebridad, denuncié tal degeneración: la degeneración de nuestro
librepensador alemán número uno, del listo David Strauss, autor de un evangelio de cervecería y “nuevo
credo”... No en balde había rendido pleitesía en verso a la “encantadora
morocha”, jurándole lealtad hasta la muerte...
3
He hablado del
espíritu alemán, señalando que se vulgariza y se vuelve superficial. ¿Es esto
bastante? En el fondo, lo que me aterra es otra cosa: el hecho de que declina
cada vez más la seriedad alemana, la profundidad alemana, la pasión alemana
por las cosas del espíritu. No solamente la intelectualidad ha cambiado, sino
también el pathos.
Tengo de tanto
en tanto contacto con Universidades alemanas; ¡hay que ver la atmósfera, la
espiritualidad pobre y sosa, tibia y contentadiza, en, que se desenvuelven
allí los eruditos! Sería un grave malentendido alegar como
argumento en contra la ciencia alemana, y también una prueba de que no se ha
leído una sola palabra de mis escritos. Desde hace diecisiete años no me canso
de denunciar la influencia desespiritualizadora de nuestro medio
científico actual. La dura labor a que el volumen tremendo de las ciencias
condena hoy a todos los individuos es una de las causas principales de que
para los espíritus plenos, pletóricos y profundas ya no existan una
educación y educadores que les sean adecuados. Nuestra cultura de nada
se resiente tanto como del exceso de especialistas arrogantes y humanidades
fragmentarias; nuestras Universidades son, sin proponérselo, los invernáculos
propiamente dicho de esta especie de atrofia de los instintos del espíritu. Y
Europa toda ya se va dando cuenta de ello; la gran política no engaña a nadie.
Se generaliza cada vez más la noción de que Alemania es el llano de
Europa. No he encontrado aún a un alemán con el que pueda ser serio a mi
manera; ¡y menos, por supuesto, a uno con el que yo pueda ser alegre! Ocaso de los ídolos: ¡ah, quién sería capaz, hoy día, de comprender de qué seriedad se reviste
aquí un filósofo! La alegría serena es lo que menos se comprende entre
nosotros...
4
Pensándolo
bien, no sólo es evidente la decadencia de la cultura alemana, sino que no
falta tampoco la causa que la explica de una manera convincente. En definitiva,
uno no puede gastar más de lo que posee ocurre en esto con los pueblos lo mismo
que con los individuos. Si se gasta todo para el poder, la gran política, la
economía, el tráfico mundial, el parlamentarismo y los intereses militares; si
se gasta en esta partida la cantidad de razón, seriedad, voluntad y dominio de
sí mismo que existe, hay un déficit en la contrapartida. La cultura y el
Estado-de nada vale cerrar los ojos ante el hecho-son antagonistas; el “Estado
cultural” no es más que una idea moderna. La cultura vive del Estado, prospera
a expensas del Estado, y viceversa. Todas las grandes épocas de la cultura
son épocas de decadencia política; siempre lo que es grande en el sentido de la
cultura ha sido apolítico, y aun antipolítico... El corazón de Goethe se abrió al fenómeno Napoleón, pero se cerró a las
“guerras de liberación”... En el mismo instante en que Alemania llega a ser
una potencia mundial, Francia cobra como potencia cultural renovada
importancia. Ya mucha inteligencia, mucha pasión nueva del espíritu ha
emigrado a París; la cuestión del pesimismo, por ejemplo, la cuestión
wagneriana, casi todas las cuestiones sicológicas y artísticas, se consideran
allí de una manera mucho más sutil y penetrante que en Alemania; los alemanes
ni siquiera están capacitadas para esta clase de seriedad. En la
historia de la cultura europea, el advenimiento del “Reich” significa más que nada un desplazamiento del centra
de gravedad. En todas partes se sabe ya que en lo esencial-y la cultura
sigue siendo lo esencial-ya no cuentan los alemanes. Se nos pregunta: ¿hay
entre vosotros siquiera un solo espíritu que cuente en Europa, como
contaron vuestro Goethe, vuestro Hegel, vuestro Heinrich
Heine y vuestro Schopenhauer? El extranjero se queda estupefacto ante el hecho de
que ya no hay un solo filósofo alemán.
5
Toda la
educación superior en Alemania ha perdido lo principal: el fin y los medios
conducentes al logro del mismo. Se ha olvidado que la educación misma, la ilustración,
es el fin-y no “el Reich”-;
que para tal
fin se requieren educadores, y no profesores de enseñanza secundaria y
catedráticos de Universidad... Hacen falta educadores que ellos mismos
estén educados; espíritus superiores, aristocráticos, probados a cada
instante, probados tanto por lo que dicen como por lo que callan, cultivos
maduros y sazonados, y no esos patanes eruditos que el colegio y la
Universidad ofrecen hoy a la juventud como “ayas superiores”. Faltan los educadores,
abstracción hecha de las excepciones; quiere decir, la premisa primordial de
la educación; de ahí la decadencia de la cultura alemana. 'Una de esas
rarísimas excepciones es mi venerable amigo lakob Burckhardt, de Basilea; a él, más que a nadie, debe Basilea su supremacía en humanidad. El resultado efectivo que
logran los “establecimientos superiores de enseñanza” en Alemania es un
adiestramiento brutal con miras a hacer con un mínimo de pérdida de tiempo a
multitud de jóvenes aprovechables, exportables, para la administración
pública. “Educación superior” y “multitud” son desde un principio términos
inconciliables. Toda educación superior ha de estar reservada a la excepción;
hay que ser un hombre privilegiado para tener derecho a tan alto privilegio.
Todas las cosas grandes, todas las cosas hermosas, jamás pueden ser patrimonio
de todos pulchrum est
paucorum hominum.
¿Qué es lo que
determina la decadencia de la cultura alemana? La circunstancia de que
la' “educación superior” ha dejado de ser un privilegio; el democratismo de la “ilustración general”, vulgarizada... No ha de
olvidarse que los privilegios militares efectivamente imponen la afluencia
excesiva a los establecimientos superiores de enseñanza, quiere decir, su
ruina. En la Alemania de hoy ya nadie puede procurar a sus hijos una educación
refinada, si así lo desea; todos nuestros establecimientos superiores de
enseñanza están orientados hacia la más equívoca mediocridad, con sus
profesores, programas de enseñanza y fines didácticos. Y en todas partes
prevalece una precipitación indecorosa, como si algo estuviese perdido, porque
a los veintitrés años el joven no está “listo”, no sabe dar una respuesta a la
“cuestión principal”, la de la orientación profesional.
El hombre
superior, séame permitido consignarlo, no es amigo de la “profesión”, porque
tiene conciencia de su vocación... Él tiene tiempo, se toma todo el tiempo; no
le interesa estar “listo”; a los treinta años se es, en el sentido de elevada
cultura, un principiante, un niño. Nuestros colegios colmados y nuestros
profesores de enseñanza secundaria abrumados de trabajo y entontecidos son un
escándalo; para defender tales estados de cosas, como lo hicieron el otro día
los profesores de Heidelberg, existen tal vez causas,
pero no
ciertamente razones.
6
Para no
desmentir mi modo de ser, que es afirmativo y que sólo en forma
mediata, involuntaria, tiene que ver con la objeción y la crítica, consigno a
renglón seguido las tres tareas para las cuales son menester educadores. Hay
que aprender a ver, hay que aprender a pensar y hay que aprender
a hablar y a escribir; todo esto con miras a adquirir una cultura
aristocrática. Aprender a ver, habituar la vista a la calma, la
paciencia, la espera serena; demorar el juicio, aprender a enfocar desde todos
lados y abarcar el caso particular. He aquí el adiestramiento preliminar
primordial para la espiritualidad; no reaccionar instantáneamente a
los estímulos, sino llegar a dominar los instintos inhibitorios, aisladores.
Aprender a ver, como yo lo entiendo, es casi lo que el lenguaje no filosófico
llama la voluntad fuerte; lo esencial de ésta es precisamente no “querer”, ser
capaz de suspender la decisión. Toda falta de espiritualidad, toda vulgaridad
obedece a la incapacidad para resistir a los estímulos, que fuerza al
individuo a reaccionar y seguir cualquier impulso. En muchos casos, esta
incapacidad supone morbosidad, decadencia, síntoma de agotamiento; casi todo lo
que la grosería poco filosófica designa con el nombre de “vicio”, se reduce a
esa incapacidad fisiológica para no reaccionar. Una aplicación práctica de
este aprendizaje de la vista es la siguiente: en todo aprender el
individuo se vuelve lento, receloso y recalcitrante. Lo extraño, lo nuevo, de
cualquier índole que sea, lo deja por lo pronto acercarse a él con una calma
hostil, retirando la mano. El estar con todas las puertas abiertas, la
postración servil ante cualquier pequeño hecho, el sentirse dispuesto en todo
momento a meterse, precipitarse sobre el prójimo y lo ajeno; en una
palabra, la famosa “objetividad” moderna es mal gusto, lo antiaristocrático por excelencia.
7
Aprender a pensar: se ha perdido la noción de esto
en nuestros establecimientos de enseñanza. Hasta en las Universidades, incluso
entre los estudiosos propiamente dichos de la filosofía, la lógica empieza a
extinguirse como teoría, como práctica, como oficio. Leyendo libros alemanes,
ya no se descubre en ellos el más remoto recuerdo de que el pensamiento
requiere una técnica, un plan didáctico, una voluntad de maestría; que hay que
aprender a pensar como hay que aprender a bailar, concibiendo el pensamiento
como danza... ¿Dónde está el alemán que conozca todavía por experiencia ese
estremecimiento sutil que los pies ligeros en lo espiritual irradian a todos
los músculos? La rígida torpeza del ademán espiritual, la manera desmañada de
asir, son tan alemanas, que en el exterior suele considerárselas lo alemán. El alemán no tiene el sentido
del matiz... El que los alemanes hayan siquiera aguantado a sus filósofos,
sobre todo al eximio Kant, el lisiado más contrahecho
que se ha dado jamás en el reino de los conceptos, dice demasiado de la gracia
alemana. Sabido es que la danza, en todo sentido, está inseparablemente
ligada a la educación aristocrática. Si hay que saber bailar con los
pies, con los conceptos, con las palabras: ¿es necesario agregar que hay que
saber bailar también con la pluma, que hay que aprender a escribir? Mas llegado este punto es posible que yo me convierta en
un completo enigma para los lectores alemanes...
CORRERÍAS DE
UN HOMBRE INACTUAL
1
Mis imposibles.
Séneca: o el torero de la virtud. Rousseau:
o el retorno a
la Naturaleza in impuris naturalibus.
-Schiller: o el trompeta moral de Säckingen. Dante: o la hiena que compone sus versos en tumbas.Kant: o
cant como carácter
inteligible.-Víctor Hugo: o el faro junto al mar del absurdo.-George Sand: o lactea ubertas, o sea, la vaca lechera
con “estilo hermoso”.-Michelet: o
el entusiasmo en mangas de camisa.-Carlyle:
o el pesimismo como almuerzo mal digerido. John Stuart Mill: o la claridad agraviante. Les frères de Goncourt: o los dos Ayax trabados en lucha con Homero. Música de Offenbach. Zola: o “el deleite de heder”.
2
Renan: Teología, o la corrupción de
la razón por el “pecado original” (el cristianismo). Testimonio de ello es
Renan, quien en cuanto arriesga un sí o no de carácter más bien general se
equivoca con penosa regularidad. Quisiera, por ejemplo, aunar la science con la noblesse;
pero es
evidente que la science pertenece a la democracia.
Desea, con no escasa ambición, representar un aristocratismo del espíritu; mas
al mismo tiempo dobla la rodilla, y no solamente la rodilla ante la doctrina
contraria, el évangile des humbles... ¡De nada sirven el librepensamiento, el modernismo, la
ironía, etc., si íntimamente se sigue siendo cristiano, católico y aun
sacerdote! Como un jesuita y confesor, Renan tiene la capacidad inventiva de
la seducción; no le falta a su espiritualidad la amplia sonrisa de frailuco;
como todos los sacerdotes, sólo se vuelve peligroso cuando ama. Nadie lo iguala
en eso de adorar de una manera que entraña peligro mortal... Este espíritu de
Renan, un espíritu que enerva, es una fatalidad más para la pobre
Francia enferma, con la voluntad enferma.
3
Sainte-Beuve: No tiene ni pizca de
virilidad; rebosa un odio mezquino frente a todos los espíritus viriles. Vaga
sutil, curioso, aburrido, fisgón; en el fondo, mujer, con un rencor y una
sensualidad muy femenina. Como sicólogo, un genio de la maledicencia; pródigo,
inagotable en medios para tal fin; nadie como él para emponzoñar elogiando.
Plebeyo en sus instintos más soterrados y afín al resentimiento de Rousseau: por ende, romántico; pues bajo todo romantisme
el instinto de Rousseau clama, rencoroso, venganza.
Revolucionario, pero contenido ajustado por el miedo. Sin libertad ante todo lo
que tiene fuerza (la opinión pública, la Academia, la Corte, hasta Port Royal). Furioso con todo lo grande en los hombres y las
cosas, con todo lo que cree en sí. Lo suficientemente poeta y semi-mujer para
sentir lo grande aun como poder; retorciéndose constantemente, como ese famoso
gusano, porque constantemente se siente pisoteado. Como crítico, sin criterio
ni sustancia, con el paladar del libertino cosmopolita para variadas cosas,
pero sin tener valor ni siquiera para admitir el libertinaje. Como historiador,
sin filosofía, sin el poder de
la mirada filosófica; es, por consiguiente, por lo que en todos los asuntos
principales repudia la tarea de juzgar bajo la máscara de la “objetividad”. Muy
otra actitud observa ante todas las cosas donde un gusto refinado, gastado, es
la más alta instancia; aquí si que tiene el valor de la autoafirmación, el
deleite de la autoafirmación ; en esto es un maestro consumado. A juzgar por
algunas páginas, una forma preliminar de Baudelaire.
4
La Imitatio
Christi es uno de esos libros que yo
no puedo hojear sin experimentar una repulsión fisiológica; trasciende de ella
un perfume femenino, para cuyo disfrute hay que ser francés o wagneriano... Su
autor tiene una manera de hablar del amor que hasta las parisienses quedan
intrigadas. Me dicen que ese jesuita más listo, A. Comte, que pretendió conducir a sus franceses a Roma por el rodeo
de la ciencia, se inspiró en este libro. Lo creo: “la religión del corazón”...
5
G. Eliot: Esa gente se ha librado del Dios cristiano y cree
ahora que debe profesar más que nunca la moral cristiana; he aquí una
consecuencia inglesa, que no vamos a reprochar a los mamarrachos morales
a lo Eliot. En Inglaterra, por cualquier
pequeña emancipación de la teología, hay que rehabilitarse de una manera
aterradora como fanático de la moral. Tal es en ese país la multa que
por esto se paga. Nosotros, en cambio, tenemos entendido que quien repudia el
credo cristiano no tiene derecho a la moral cristiana. Ésta no es en
absoluto una cosa sobrentendida; digan lo que digan los menos ingleses, hay que
insistir en la verdad sobre este punto. El cristianismo es un sistema, una
concepción global y total de las cosas. Desglosar de él un concepto capital,
la creencia en Dios, significa romper el todo, quedarse sin nada necesario.
Descansa el cristianismo en el supuesto de que el hombre no sepa, no pueda
saber, qué es bueno y qué es malo para él; cree en Dios, el único que lo sabe.
La moral cristiana es una orden; su origen es trascendente; se halla más allá
de toda crítica, de todo derecho a la crítica; sólo expresa la verdad si Dios
es la verdad; está inseparablemente ligada a la creencia en Dios. Si los
ingleses creen efectivamente que saben por sí solos, por vía de la “intuición”,
qué es bueno y qué es malo; si, en consecuencia, creen que ya no tienen
necesidad del cristianismo como garantía de la moral, es por una mera consecuencia
del imperio del juicio de valor cristiano y una expresión de lo sólido y
profundo que es este imperio, así que se ha olvidado el origen de la moral
inglesa y ya no se siente lo muy condicionado de su derecho a la existencia.
Para el inglés, la moral aún no constituye un problema...
6
George Sand: He leído las primeras Lettres d’un voyageur: como todo lo que deriva de Rousseau, falsas, artificiosas, blandas, exageradas. Yo no
soporto este abigarrado estilo de papel pintado, como tampoco la ambición
plebeya de sentimientos generosos. Lo peor, por cierto, es y sigue siendo la
coquetería femenina con virilidades, con modales de mozalbete petulante. ¡Qué
fría sería, con todo, esa artista insoportable! Se daba ella cuerda como si
fuese un reloj y a escribir... ¡Fría, como Hugo, como Balzac, como todos los románticos, en cuanto empuñaban la
pluma! Y con qué aire de suficiencia se tumbaría esa fecunda vaca plumífera,
que tuvo algo de alemán en sentido fatal, igual que el propio Rousseau, su maestro, y aunque sólo haya podido darse en
tiempos en que declinaba el gusto francés! Sin embargo, Renan la venera...
7
Moral para
sicólogos. ¡No practicar
una sicología reporteril! ¡No observar nunca por el hecho de observar! Conduce
esto a una óptica falsa, a una perspectiva torcida, a una cosa forzada y
exagerada. El experimentar como prurito de experimentar no sale bien. Quien
experimenta no debe estar con los ojos fijos en sí, o si no, toda ojeada
se convierte en “aojadura”. El sicólogo nato se cuida por instinto de ver para
ver; lo mismo se aplica al pintor nato, quien no trabaja nunca “del natural”,
sino que encomienda a su instinto, su cámara oscura, la tarea de cribar y
exprimir el “caso”, la “Naturaleza”, la “experiencia”... Sólo lo general, la
conclusión, el resultado, entra en su conciencia; no sabe de esa arbitraria
deducción de caso particular.
¿Cuál es el
resultado si se procede de un modo diferente? ¿Si, por ejemplo, se practica
sicología reporteril sobre el modelo de los romanciers parisienses, grandes y pequeños? Esa gente dijérase
que acecha la realidad y todas las noches vuelve a casa con un puñado de
curiosidades... Pero el resultado está a la vista: un montón de páginas
pintarrajeadas, un mosaico en el mejor de los casos; de todos modos, una cosa
compuesta, inquieta, estridente. En este aspecto, lo peor corresponde a los Goncourt, los cuales no juntan tres frases que no hieran la
vista, la vista del sicólogo.
La Naturaleza,
artísticamente apreciada, no es un modelo. Exagera, deforma y crea lagunas. La
Naturaleza es el azar. El estudio “del natural” se me antoja un mal
síntoma; denota sumisión, debilidad y fatalismo. Esta postración ante los petits faits no es digna del artista cabal. Ver lo que
es-he aquí algo que corresponde a un tipo diferente de espíritus, a
los espíritus anti-artísticos, fácticos-. Hay que saber quién se es...
8
A propósito de
la sicología del artista. Para que haya arte, cualquier hacer y mirar estético, es imprescindible un
requisito fisiológico: la embriaguez. Hasta que la embriaguez no haya
acrecentado la excitabilidad de todo el mecanismo no aparece el arte. Todas
las clases de embriaguez, por diferentemente determinadas que estén, tienen
este poder; lo tiene, sobre todo, la embriaguez de la excitación sexual, forma
antigua y primaria de la embriaguez. Como también la embriaguez que deriva de
todos los grandes apetitos, de todos los fuertes afectos; la embriaguez de la
fiesta, de la rivalidad, de la hazaña, del triunfo, de todo movimiento extremo;
la embriaguez de la crueldad; la embriaguez de la destrucción; la embriaguez
derivada de determinados factores meteorológicos, por ejemplo, la embriaguez
de la primavera o de la acción de los narcóticos. Por último, la embriaguez de
la voluntad, de una voluntad cargada y henchida. Lo esencial de la embriaguez
es la sensación de fuerza acrecentada y plena. Esta sensación impulsa al
individuo a obsequiar a las cosas, a participar en ellas, a violentarlas; a
esto es a lo que se le llama idealizar. Emancipémonos en este punto de
un prejuicio: el idealizar no consiste, como se cree comúnmente, en una
deducción o abstracción de lo pequeño y secundario, lo decisivo es una tremenda
acentuación de los rasgos principales, al punto que desaparecen los
demás.
9
Embargado por
este estado, uno enriquece todo con su propia plenitud; todo lo que ve y
apetece lo ve henchido, pletórico, vigoroso, cargado de fuerza. El hombre ebrio
transmuta las cosas, hasta que reflejan su propio poder, hasta que son
reflejos de su propia perfección. Este no poder por menos de transmutar las
cosas en algo perfecto es a lo que llamamos arte. Incluso todo lo que él no es,
se convierte en goce propio; en el arte, el hombre goza de sí mismo como de
algo perfecto. Es dable concebir un estado contrario, una específica esencia
anti-artística del instinto, un modo de ser que empobrece, diluye y atrofia
todas las cosas. Y, en efecto, abundan en la historia tales antiartistas, tales
famélicos de la vida que por fuerza toman las cosas, las agotan y desnutren.
Tal es, verbigracia, el caso del cristianismo genuino de Pascal. No se da un cristiano que al mismo tiempo sea artista..., y no se incurra en la puerilidad de alegar el caso de Rafael o de
cualquier cristiano homeopático del
siglo XIX; Rafael dijo sí e hizo
sí, luego no fue un cristiano...
10
¿Qué significa
la oposición: apolíneo-dionisíaco, introducida por mí en la estética,
valores entendidos como tipos de la embriaguez? La embriaguez apolínea
determina ante todo la excitación de la vista, así que ésta adquiere el poder
de la visión. El pintor, el plástico y el épico son visionarios por excelencia.
En el estado dionisíaco, en cambio, se halla excitado y exaltado todo el
sistema afectivo, que descarga de una vez todos sus medios de expresión y
manifiesta a un tiempo el poder de representación, reproducción,
transfiguración y transmutación, toda clase de mímica e histrionismo. Lo
esencial es aquí la facilidad de la metamorfosis, lá incapacidad para no reaccionar (en forma parecida al caso, de
ciertos histéricos que también representan cualquier papel que se les
indique). Al hombre dionisíaco le es imposible no entender sugestión alguna;
no pasa por alto ninguna señal del afecto; posee en máximo grado el instinto de
comprensión y adivinación, del mismo modo que posee en máximo grado el arte de
la comunicación. Se mete en cualquier piel, en cualquier afecto; se transforma
sin cesar. La música, tal como hoy la entendemos, también es una excitación y
descarga total de los afectos, no obstante ser el residuo de un mundo de
expresión mucho más pleno del afecto, un mero residuum del histrionismo dionisíaco. Con objeto de hacer
posible la música como arte particular, se han paralizado un número de
sentidos, en particular el sentido de lós músculos (por lo menos,
relativamente, pues hasta cierto punto todo ritmo habla todavía a nuestros
músculos), de suerte que el hombre ya no imita y representa directamente todo
lo que siente. Sin embargo, tal es el estado dionisíaco normal, en todo caso
el estado primario, la música es la especificación poco a poco alcanzada del
mismo a expensas de las facultades inmediatamente afines.
11
El actor, el
mimo, el danzarín, el músico y el lírico son íntimamente afines en sus
instintos y esencialmente idénticos, aunque poco a poco se hayan especializado
y diferenciado entre sí, llegando incluso al extremo de la contradicción. El
lírico con quien durante más tiempo estuvo identificado fue con el músico, el
actor, con el danzarín. El arquitecto no representa ni un estado dionisíaco ni
uno apolíneo; en él lo que tiende al arte es el gran acto volitivo, la voluntad que mueve montañas, la embriaguez de la
voluntad portentosa. Siempre los hombres más poderosos han inspirado a los
arquitectos; en todos los tiempos el arquitecto ha experimentado la sugestión
del poder. La obra de arquitectura, la construcción, debe documentar el
orgullo, el triunfo sobre la pesantez, la voluntad de poder; es la
arquitectura una especie de elocuencia del poder a través de las formas, ora
persuasiva, y aun insinuante, ora simplemente autoritaria. El máximo
sentimiento de poder y seguridad se expresa en aquello que tiene gran estilo. El poder que ya no necesita de
pruebas; que desdeña agradar; que es tardo en responder; que no sabe de
testigos; que vive ajeno al hecho de posibles objeciones; que reposa en sí
mismo, fatalista, ley entre leyes, habla de sí como gran estilo.
12
He leído la
biografía de Thomas
Carlyle, esta farsa inconsciente e
involuntaria, esta interpretación heroico-moral de estados dispépsicos.
Carlyle, un hombre de palabras y actitudes enfáticas, un reto forzoso acuciado en todo momento por el
anhelo de una fe ardiente y el sentimiento de no estar capacitado para ella
(¡en esto, un romático típico!). El anhelo de una fe ardiente no es la prueba de una fe ardiente,
sino todo lo contrario. Quien la tiene, puede permitirse el hermoso lujo del
escepticismo; es lo suficientemente seguro, sólido y firme para ello. Carlyle
aturde algo en sí por el fortissimo
de su
veneración por los hombres de la fe ardiente y por su rabia con los que no son
tan ingenuos; precisa el barullo. Una constante y apasionada falta de probidad
consigo mismo, he aquí su propium, aquello por lo cual es y seguirá
siendo interesante. En Inglaterra, por cierto, lo admiran precisamente por su
probidad... Y como esto es inglés y los ingleses son el pueblo del cant cien por cien, resulta no sólo natural, sino explicable. En el fondo,
Carlyle es un ateo inglés que se precia de
no serlo.
13
Emerson: Mucho más esclarecido,
inquieto, polifacético y refinado que Carlyle; sobre todo, más feliz... Se
alimenta instintivamente con ambrosía dejando lo indigesto de las cosas. En
comparación con Carlyle, un hombre de buen gusto. Carlyle, quien lo apreciaba
mucho, decía de él: “A nosotros no nos da bastante de comer”, observación que
acaso sea cierta, pero no en detrimento de Emerson. Tiene éste esa alegría serena, afable y espiritual que
desmonta toda seriedad; ignora lo viejo que es y lo joven que será aún; podía
haber dicho de sí, repitiendo palabras de Lope de Vega: “Yo me sucedo a mí mismo.” Su espíritu siempre encuentra razones
para estar contento y aun agradecido, y a veces roza la alegre y serena trascendencia
de ese buen hombre que volvió de una cita de amor tanquam re tiene gesta:
“Ut desint vires-dijo agradecido-, tamen est laudanda voluptas.”
14
Anti-Darwin. Por lo que se refiere a la
famosa “lucha por la existencia”, me parece, por lo pronto, más
sostenida que demostrada. Se da, sí; pero como excepción. El aspecto total de
la existencia no es el apremio, el hambre, sino, por el contrario, la
riqueza, la abundancia y aun el derroche absurdo; donde se lucha, se lucha por poder... No se debe confundir a
Malthus con la Naturaleza. Mas suponiendo que se dé esta lucha-y se da, en
efecto-, su desenlace es, por desgracia, justamente el contrario del que desea
la escuela darwinista, desfavorable a los fuertes, los privilegiados, los
excepcionales. Las especies no progresan en el sentido del
perfeccionamiento; una y otra vez los débiles dan cuenta de los fuertes, por
ser la abrumadora mayoría y también por ser más
inteligentes... Darwin se olvidó del espíritu (¡gesto típicamente
inglés!). Los débiles tienen más
espíritu... Hay que tener necesidad de espíritu para adquirir espíritu; se
pierde si no se le necesita. Quien tiene la fuerza prescinde del espíritu
(“¡déjalo!-se piensa ahora en Alemania-; el Reich ha de quedar” ... ). Como se ve, yo entiendo por
espíritu la prudencia, la astucia, la paciencia, la simulación, el gran dominio
de sí mismo y todo lo que es mimetismo (éste comprende gran parte de la
llamada virtud).
15
Casuística de
sicólogo. He aquí un
conocedor de los hombres; ¿para qué estudia a los hombres? Quiere asegurarse
pequeñas o grandes ventajas sobre ellos; ¡es un político! ... Aquel otro
también es un conocedor de los hombres y no con fines egoístas. ¡Miradlo más
de cerca! ¡Tal vez busque incluso una ventaja más grave: la de sentirse
superior a los hombres, tener derecho a mirarlos por encima del hombro,
distanciarse de ellos. Este “impersonal” desprecia a los hombres;
aquel otro es la más humana de las dos especies, aunque la evidencia parezca
demostrar lo contrario, pues, al menos, trata a los hombres en un plano de
igualdad, sintiéndose como uno de ellos...
16
El tacto
sicológico de los alemanes aparece puesto en tela de juicio por una serie
de casos que mi modestia me impide enumerar. En un determinado caso no habrá
de faltarme un magno motivo para fundamentar mi tesis: reprocho a los alemanes
haberse equivocado con Kant y con la que yo llamo
“filosofía de las traspuertas” ; esto ciertamente no fue un dechado de
probidad intelectual. Otra cosa que me saca de quicio es el fatal “y”: los
alemanes dicen “Goethe y Schiller”; temo que hasta digan “Schiller y Goethe”...
¿Todavía no se
sabe quién fue Schiller? No es éste, por cierto, el
“y” más grave; yo mismo he oído, en verdad que sólo de labios de profesores de
Universidad, “Schopenhauer y Hartmann”...
17
Los hombres
más espirituales, siempre que sean los más valientes, también viven, con mucho,
las tragedias más dolorosas; mas por eso mismo exaltan la vida, oponiéndoles
su más grave adversidad.
18
A propósito de
la “conciencia intelectual”. Nada me parece tan raro hoy día como la verdadera hipocresía.
Sospecho decididamente que el aire suave de nuestra cultura no conviene a esta
planta. La hipocresía es propia de las épocas de fe ardiente, en las que ni
aun cuando se estaba forzado a exhibir una fe diferente se renunciaba a la que
realmente se alentaba. Hoy día se renuncia a ella, o lo que es aún más
corriente, se adopta una segunda fe; en uno y otro caso se es sincero. No
cabe duda que en nuestros tiempos son posibles, quiere decir permitidas, quiere
decir inofensivas, un número mucho más grande de convicciones que antes.
Origínase así la tolerancia hacia sí mismo.
La tolerancia
hacia sí mismo autoriza a tener varias convicciones; éstas conviven
pacíficamente, cuidándose mucho, como hoy en día todo el mundo, de
comprometerse. ¿Cómo se compromete uno hoy en día? Adoptando una actitud
consecuente. Avanzando imperturbable. Siendo un hombre en el que no caben, por
lo menos, cinco interpretaciones diferentes. Siendo-genuino... Temo mucho que
algunos vicios estén condenados a extinguirse simplemente porque el hombre
moderno es demasiado cómodo e indolente para seguir con ellos. Todo lo malo
determinado por una voluntad fuerte, y tal vez no haya nada malo sin fuerza de
voluntad, degenera en virtud en nuestro tibio ambiente... Los pocos hipócritas
que he conocido imitaban la hipocresía; eran, como hoy en día casi todo el
mundo, comediantes.
19
Bello y feo. Nada hay tan
condicionado, digamos tan restringido, como nuestro sentimiento de lo
bello. Quien pretende concebirlo desligado del goce que el hombre libra del
hombre, deja al momento de pisar terreno firme. Lo “bello en sí” es un mero
concepto; no es ni siquiera un concepto. En lo bello, el hombre se establece a
sí mismo como criterio de perfección; en casos selectos, se adora a sí mismo en
lo bello. Una especie no puede por menos de decir sí exclusivamente a sí misma
de esta manera. Su instinto más soterrado, el de conservación y
expansión del propio ser, irradia aun en tales sublimidades. El hombre cree el
mundo mismo colmado de belleza; se olvida que él es la causa. Él lo ha
obsequiado con belleza, ¡ay 1, sólo con una belleza muy humana, demasiado
humana.
En el fondo,
el hombre se refleja en las cosas; tiene por bello todo lo que le devuelve su
propia imagen. El juicio “bello” es su vanidad genérica... Pues al
escéptico bien puede un leve recelo susurrarle al oído: ¿de veras queda
embellecido el mundo por el hecho de que el hombre lo tenga por bello? Lo ha humanizado;
esto es todo. Mas nada, absolutamente nada, nos autoriza para creer que
precisamente el hombre sea el modelo de lo bello. ¿Quién sabe cómo se presenta
a los ojos de un juez superior del gusto? ¿Acaso atrevido? ¿Acaso divertido?
¿Acaso un tanto arbitrario?... “Oh Dionisos, divino, ¿por qué me tiras de las
orejas?”, preguntó Ariadna a su amante filosófico en ocasión de uno de esos
célebres diálogos en Naxos. “Es que tus orejas me causan
gracia, Ariadna; ¿quizá por qué no son aún más largas?”
20
Nada es bello,
sólo el hombre es bello: en esta ingenuidad descansa toda estética; ella es la
verdad primordial de la estética. Agreguemos a renglón seguido otra
segunda: nada hay tan feo como el hombre degenerado; queda así
delimitado el reino del juicio' estético. Desde el punto de vista fisiológico,
todo lo feo debilita y apesadumbra al hombre. Le sugiere quebranto, peligro e
impotencia; le ocasiona efectivamente una pérdida de fuerza. Cabe medir el
efecto de lo feo con el dinamómetro. Cuando quiera que el hombre experimente un
abatimiento, sospecha la proximidad de algo “feo”. Su sentimiento de poder, su
voluntad de poder, su valentía, su orgullo, se merman por obra de lo feo y
aumenta por obra de lo bello... En uno y otro caso sacamos una conclusión: las
premisas correspondientes están acumuladas en inmensa cantidad en el instinto.
Lo feo es entendido como señal y síntoma de la degeneración; todo lo que
siquiera remotamente sugiere degeneración determina en nosotros el juicio
“feo”. Todo indicio de agotamiento, de pesadez, de vejez y cansancio; toda
clase de coerción, bajo forma de espasmo o paralización; en particular, olor,
color-y forma de la desintegración, de la podredumbre, aunque sea en su
dilución última en símbolo; todo esto provoca idéntica reacción, el juicio de
valor “feo”. Manifiéstase aquí un odio, ¿y qué es lo que odia el hombre? No
cabe duda que la decadencia de su tipo. Odia en este caso llevado por el
instinto más profundo de la especie. En este odio hay estremecimiento de
horror, cautela, profundidad y visión; es el odio más profundo que puede darse.
Por él es el arte profundo...
21
Schopenhauer. Schopenhauer, el último alemán que cuenta (por ser un acontecimiento
europeo, como Goethe, como Hegel, como Heinrich
Heine, y no tan sólo
un acontecimiento local, “nacional”), es para el sicólogo un caso de primer
orden, en cuanto tentativa maligna, pero genial de movilizar, con miras a una
desvalorización total nihilista de la vida, precisamente las contrainstancias,
las grandes autoafirmaciones de la “voluntad de vida”, las formas exuberantes
de ella. En efecto, interpretó, uno por uno, el arte, el heroísmo, el
genio, la belleza, el gran sentimiento de simpatía, el conocimiento, la
voluntad de verdad y la tragedia como consecuencias de la “negación” o la necesidad
de negación, de la “voluntad”: la más grande sofisticación sicológica que
conoce la historia, abstracción hecha del cristianismo. Bien mirado, con esto Schopenhauer no es sino el heredero de la interpretación
cristiana; sólo que supo aprobar hasta lo que el cristianismo repudia,
los grandes hechos culturales de la humanidad, en un sentido cristiano, esto
es, nihilista (o sea, como caminos de “redención”, como formas preliminares de
la “redención”, como estimulantes del anhelo de “redención” ... ).
22
Consideraré un
caso particular. Habla Schopenhauer de la belleza con un
ardor melancólico. ¿Por qué, en definitiva? Porque la tiene por un puente sobre
el cual se va más lejos o se experimenta el anhelo de ir más allá... Se le
aparece como algo que por un momento redime de la “voluntad”; como algo que
incita a redimirse de una vez por todas... La ensalza en particular como lo que
redime del “foco de la voluntad”, de la sexualidad; considera que ella implica
la negación del instinto sexual... ¡Qué santo más raro! Alguien le
contradice; temo que sea la Naturaleza. ¿Por qué hay belleza en sonido,
color, fragancia y movimiento rítmico en la Naturaleza? ¿Qué es lo que fuerza
la manifestación de lo bello? Afortunadamente, le contradice también un
filósofo. Nada menos que el divino Platón (y así le llama el propio Schopenhauer) sostiene una tesis diferente: que toda la belleza
excita el instinto sexual; que en esto reside precisamente su efecto
específico, desde la máxima sensualidad hasta la máxima espiritualidad...
23
Platón va más
allá. Con un candor muy heleno, incompatible con el “cristiano”, afirma que no
habría ninguna filosofía platónica si no hubiese en Atenas tantos jóvenes
hermosos; que sólo la vista de estos jóvenes sume el alma del filósofo en una
embriaguez erótica y que no se libra hasta no haber plantado en tan hermoso
suelo la semilla de todas las cosas elevadas. ¡ Otro santo muy raro! Uno se
resiste a dar crédito a sus oídos, aun en el supuesto de que se diera crédito a
Platón. Se adivina, en todo caso, que en Atenas se filosofaba de una manera diferente,
sobre todo en ~ublico. Nada hay tan antiheleno como la sutilización
conceptual de un solitario, amor intellectualis dei al modo de Spinoza.
La filosofía al modo de Platón corresponde definirla más bien como rivalidad erótica, como evolución y profundización de la antigua gimnasia
agonal y sus premisas... ¿Qué surgió, por último, de este erotismo filosófico
de Platón? Una nueva modalidad artística del agon heleno, la dialéctica.
Para terminar, recordaré, en oposición a Schopenhauer y en honor de Platón, que también toda la cultura y
literatura superiores de la Francia clásica han nacido en el suelo del
interés sexual. Cabe buscar en ellas por doquier la galantería, los sentidos,
la rivalidad sexual, la “mujer”; no se buscará nunca en vano...
24
L'art pour l'art. La lucha por el fin en el
arte es siempre la lucha contra la tendencia a la moralización en el
arte, contra su subordinación a la moral. L'art pour l'art quiere decir: “¡que se vaya al diablo la moral!” Mas aun esta hostilidad revela el imperio del prejuicio. Una vez
excluido del arte el fin de la moralización y del perfeccionamiento de los
hombres, no por eso el arte carece necesariamente de fin, meta y sentido y es
necesariamente l'art pour l'art-un gusano que se
muerde la cola. “¡Ni fin moral, ni fin alguno!'-, así habla la pura pasión. El
sicólogo, en cambio, pregunta: ¿qué hace todo arte?, ¿no elogia?, ¿no exalta?,
¿no escoge?, ¿no destaca? Con todo esto, robustece o debilita determinadas
valoraciones... ¿Se trata tan sólo de una cosa accidental?, ¿de una
casualidad?, ¿de algo en que el instinto del artista no interviene para nada?
¿O bien de la idea del poder del artista?... El instinto más profundo
del artista, ¿tiende al arte?, ¿no tiende al sentido del arte, a la vida?, ¿a
un ideal de vida? Si el arte es la gran incitación a la vida, ¿cómo
considerarlo carente de fin y meta, de acuerdo con l'art pour l'art? Sigue entonces en pie este interrogante: el arte
plasma también muchas cosas feas, duras y problemáticas de la vida. ¿Se aparta
de ella? Y, en efecto, ha habido filósofos que le daban este sentido. Schopenhauer enseñaba como propósito total del arte: “liberarse de
la voluntad”, y ensalzaba “inducir a la resignación” como la gran utilidad de
la tragedia. Pero esto, según ya lo di a entender, es óptica de pesimista y
“mal de ojo”; hay que apelar a los artistas mismos. ¿Qué comunica el artista
trágico de su intimidad? ¿No exhibe él precisamente el estado
exento de miedo ante lo pavoroso y problemático? En este estado es una
aspiración elevada; quien lo conoce le rinde los máximos honores. Lo comunica,
no puede por menos de comunicarlo, siempre que sea un artista, un genio de la
comunicación. La valentía y libertad del sentimiento ante un enemigo poderoso,
ante una sublime desventura, ante un problema que sobrecoge; este estado triunfante
es el que elige y exalta el artista trágico. Ante la tragedia, lo que hay
de guerrero en nuestra alma celebra sus saturnales; quien está acostumbrado a sufrir y va en procura del
sufrimiento, el hombre heroico, con la tragedia ensalza su existencia;
únicamente a él sirve lo trágico la bebida de esta dulcísima crueldad.
25
Conformarse
con los hombres, tener casa abierta con su corazón es liberal, pero nada más
que liberal. Los corazones capaces de la hospitalidad aristocrática se
los reconoce por las muchas ventanas cubiertas y postigos cerrados; tienen
desocupadas sus mejores estancias. ¿Por qué? Porque esperan a huéspedes con
los que uno no “se conforma”...
26
Ya no nos
apreciamos lo suficiente si nos comunicamos. Nuestras experiencias propiamente
dichas no son en modo alguno locuaces. Ni siquiera podrían comunicarse, pues
les faltan las palabras. Lo que sabemos expresar en palabras, ya lo hemos
dejado atrás. En todo hablar hay algo de desprecio. Parece que el lenguaje está
inventado únicamente para lo ordinario, lo medio, lo comunicable. Con el
lenguaje se vulgariza el que habla. (De una moral para sordomudos y
otros filósofos.)
27
“¡Es
encantadora esta imagen!”... La historia, insatisfecha, excitada, desolada en
el corazón y las entrañas, pendiente en todo momento, con una curiosidad
dolorosa, del imperativo que desde las profundidades de su organismo susurra “aut liberi aut libri”; la literata, lo suficientemente culta para entender la
voz de la Naturaleza, incluso cuando habla en latín, y, por otra parte, lo
suficientemente vanidosa y estúpida para decir aun en francés para sus
adentros “je me verrai,
je me lirai, je m'extasierai
et je dirai: Possible, que j'aie
eu tant d'esprit?”
28
Hablan los
“impersonales”. “Nada nos es tan fácil como ser sabios, pacientes, superiores y
serenos. Chorreamos aceite de indulgencia y simpatía; somos de una manera
absurda justos; perdonamos todo. Por eso mismo debiéramos desarrollar en
nosotros de tanto en tanto un pequeño afecto, un pequeño vicio de afecto. Tal
vez nos cueste; tal vez nos riamos, entre nosotros, de la figura que
encarnamos. Pero no tenemos más remedio. No nos queda ya ninguna otra forma
de autodisciplina; tal es nuestro ascetismo, nuestra penitencia”...
Volverse personal, he aquí la virtud del “impersonal”...
29
De un examen
de doctorado. “¿Cuál es la
tarea de toda enseñanza superior?” Hacer del hombre una máquina. “¿Cómo se
consigue esto?” El hombre debe aprender a aburrirse. “¿Cómo se consigue esto?”
Mediante la noción del deber. “¿Quién es su mrdelo en esta ocasión?” El
filólogo, que enseña a trabajar como un burro. “¿Quién es el hombre perfecto?”
El empleado del Estado. “¿Qué filosofía ofrece la fórmula suprema para el
empleado del Estado?” La de Kant
el empleado
del Estado como cosa en sí, proclamado juez del empleado del Estado como
apariencia.
30
El derecho a
la estupidez. El trabajador
cansado de lento respirar y aire bonachón que , deja correr las cosas; esta
figura típica que uno encuentra ahora, en esta época del trabajo (¡y del Reich!) en todas las capas de la sociedad, reivindica hoy día
precisamente el arte, incluido el libro, en particular el diario;
júzguese en cuánto mayor grado la bella Naturaleza reivindica a Italia... El
hombre del atardecer, con los “impulsos fieros expirados”, de que habla Fausto,
tiene necesidad del lugar de veraneo, de la playa de mar, de los ventisqueros,
de Bayreuth... En tiempos así, el arte
tiene derecho a la locura pura, como una especie de
vacaciones para el espíritu, el ingenio y el ánimo. Así lo entendió Wagner. La locura pura repone...
31
Otro problema
de la dieta. Los medios a que recurrió Julio César para defenderse de los achaques y los
dolores de cabeza: marchas formidables, un régimen de vida en extremo sencillo,
vida permanente al aire libre y penurias constantes son, en el plano general,
las medidas de conservación y protección contra la vulnerabilidad extrema de
esa máquina delicada y sometida a máxima presión que se llama genio.
32
Habla el
inmoralista. Nada repugna
tanto al filósofo como el hombre que desea... Cuando ve al hombre
exclusivamente en sus actos; cuando ve a este animal más valiente, astuto y
denodado extraviado hasta en trances laberínticos, ¡cuán admirable se le
aparece el hombre! Y aun lo alienta... Desprecia el filósofo, en cambio, al
hombre que desea, también al hombre “deseable”, y en un plano general, todas
las deseabilidades, todos los ideales humanos. Si el filósofo pudiese
ser nihilista lo sería, pues detrás de todos los ideales del hombre encuentra
la nada. O ni siquiera la nada, sino lo ruin, lo absurdo, lo enfermo, lo cobarde,
lo cansado, toda clase de heces de la copa vaciada de su vida... El hombre, que
en tanta realidad es siempre vulnerable, ¿cómo es que no merece respeto en
cuanto desea? ¿Será que tiene que pagar por la capacidad que lo distingue como
realidad?, ¿que tiene que compensar su actividad, la tensión mental y el
esfuerzo de voluntad en toda actividad, por una relajación en lo imaginario y lo
absurdo?
Hasta ahora la
historia de los ideales ha sido la partie honteuse del hombre; hay que procurar no leer en ella demasiado
tiempo. Lo que justifica al hombre es su realidad; ésta lo justificará
eternamente. ¿Cuánto más vale el hombre real` en comparación con cualquier
hombre tan sólo deseado, soñado, inventado y mentido?, ¿con cualquier hombre ideal?
Sólo por ello el hombre ideal repugna al filósofo.
33
Valor natural
del egoismo. El egoísmo vale lo que vale
fisiológicamente el que lo practica; puede valer mucho, pero puede también ser
ruin y despreciable. Ante cada individuo cabe preguntar si representa la curva
ascendente o la descendente de la vida. Esta dilucidación proporciona al mismo
tiempo el canon para determinar el valor de su egoísmo. Si representa la curva
ascendente, su valor ciertamente es extraordinario, y por la vida total que
con él da un paso más hacia adelante
se justifica incluso la preocupación extrema por sobrevivir, por crear su optimum de condiciones. El “individuo”, tal como el vulgo y el
filósofo lo han entendido hasta ahora, es un error no es nada por sí; no es un
átomo, un “eslabón de la cadena”; no es nada meramente transmitido en herencia;
es también todo el único linaje humano anterior a él... Si representa la curva
descendente, la decadencia, la degeneración, enfermedad crónica (las enfermedades
son, en definitiva, consecuencias de la decadencia, no sus causas), tiene poco
valor y la equidad elemental exige que quite lo menos posible a los íntegros
y cabales. Ya no es más, en definitiva, que su parásito...
34
Cristiano y
anarquista. El anarquista,
como portavoz de capas décadents
de la
sociedad, reivindica con hermosa indignación “justicia” e “igualdad de derechos”,
se halla bajo la presión de su ignorancia, no sabe comprender por qué sufre
y, en definitiva, es pobre en vida... Obra en él un impulso causal: alguien
debe tener la culpa de su mala situación... Por otra parte, su enorme
indignación le hace bien; es un placer lanzar diatribas en nombre de todos los
pobres diablos, ya que proporciona una pequeña embriaguez de poder. La sola
queja, el solo hecho de quejarse, confiere a la vida un encanto que la hace
llevadera; en toda queja hay una dosis sutil de venganza, uno reprocha
su malestar, eventualmente hasta su maldad, como si fuese una injusticia, un
privilegio ilícito, a los que no comparten su condición. “Si yo soy canaille, tú también debes serlo”-tal es la lógica que inspira
la revolución-. La queja nunca vale nada, es un producto de la debilidad. Lo
mismo da, en definitiva, que uno eche la culpa de su malestar a otros, como el
socialista, o a sí mismo, como, por ejemplo, el cristiano; lo que en los dos
casos hay de común y de indigno es que hacen a alguien responsable de
su sufrimiento; en una palabra, que el que sufre se receta contra su
sufrimiento la miel de la venganza. Los objetos de esta necesidad de venganza,
que viene a ser una necesidad de placer, son causas accidentales; el que
sufre encuentra por doquier motivos para satisfacer su mezquino afán
vindicativo; si es cristiano, los encuentra, como queda dicho, en sí
mismo... Tanto el cristiano como el anarquista son décadents. Mas también el cristiano, cuando repudia, difama y vitupera
al “mundo”, lo hace llevado por el afán que impulsa al trabajador socialista a
repudiar, difamar y vituperar la sociedad; aun el “juicio final” es el
dulce consuelo de la venganza, la revolución deseada por el trabajador
socialista, proyectada en un futuro un tanto más lejano... El propio “más
allá”, ¿no es en el fondo un medio de difamar este mundo? ...
35
Crítica de la
moral de decadencia. Una moral “altruista”, una moral que comporta la atrofia del egoísmo,
es bajo todas las circunstancias una mala señal, respecto a los individuos y,
en particular, respecto a los pueblos. Falla lo mejor si empieza a fallar el egoísmo.
Optar instintivamente por lo que lo perjudica a uno, sentirse atraído
por motivos “desinteresados”, es casi la fórmula de la decadencia. “No
buscar su propia ventaja” es tan sólo la hoja de parra moral para disimular
esta realidad muy diferente, esto es, fisiológica: “No soy ya capaz de
encontrar mi propia ventaja”... ¡Disgregación de los instintos! Cuando un
hombre se vuelve altruista, quiere decir que está perdido. En vez de decir
ingenuamente: “Yo ya no sirvo para nada”, dice la mentira moral por boca del décadent: “Nada vale nada; la vida no vale nada...” Tal
juicio constituye, en definitiva, un grave peligro, pues es contagioso; no
tarda en proliferar por toda la extensión del suelo mórbido de la sociedad,
hasta quedar transformado en una tupida vegetación conceptual, ya como
religión (cristianismo) o como filosofía (schopenhauerianismo). Tal vegetación
venenosa, brotada de la podredumbre, es susceptible de infectar con sus miasmas
vastas áreas de la vida por espacio de milenios...
36
Moral para
médicos. El enfermo es
un parásito de la sociedad. En un determinado estado resulta indecente seguir
con vida. Debiera sentir la sociedad un desprecio profundo por quien arrastra
una existencia precaria en cobarde dependencia de médicos y practicantes, una
vez perdido el sentido de la vida, el derecho a la vida. Los médicos,
por su parte, debieran ser los agentes de este desprecio, procurando en vez de
recetas una renovada dosis de asco a su paciente... Hay que crear una
responsabilidad nueva, la del médico, para todos los casos en que el interés supremo de la vida, de la vida ascendente, exige la
represión implacable de la vida degenerada; por ejemplo, respecto al'
derecho a la procreación, al derecho de nacer, al derecho de vivir... Morir de
una muerte orgulIosa, cuando ya no es posible vivir una vida orgullosa. Optar
por la muerte espontánea y oportuna, consumada con claridad y alegría, rodeado
de hijos y testigos, de suerte que es todavía posible una verdadera despedida donde
está todavía ahí el que se despide, así como una verdadera apreciación de
lo realizado y lo intentado, un balance de la vida, en oposición a la
miserable y pavorosa farsa en que el cristianismo ha convertido la hora
postrera. ¡No debiera perdonarse jamás al cristianismo haber abusado de la
debilidad del moribundo para hacer violencia a la conciencia, de la forma de la
muerte para valorar al hombre y su pasado! En este punto, frente a todas las
cobardías del prejuicio, corresponde establecer, ante todo, la apreciación
correcta, esto es, fisiológica, de la llamada muerte natural, que a su
vez no es, en definitiva, sino una muerte “antinatural”, un suicidio. Nadie
muere por culpa ajena, sino únicamente por culpa propia. Sólo que ella es la
muerte que se produce en las circunstancias más despreciables: una muerte
impuesta, a destiempo, una muerte cobarde. Por amor a la vida se
debiera procurar una muerte diferente: libre, consciente, sin contingencia ni
coerción... Por último, he aquí un consejo dirigido a los señores pesimistas y
demás décadents. No está en nuestro poder no
nacer, pero sí nos es dable subsanar lo que a veces resulta efectivamente un
defecto. Quien se elimina realiza algo respetable; quien hace esto, casi
merece vivir... La sociedad, ¡qué digo!, la vida misma se beneficia con
semejante gesto más que con cualquier “vida” vivida con resignación, anemia y
otras virtudes; se ha quitado de la vista de los demás, convirtiéndose en una
objeción a la vida... El pesimismo pur, vert, sólo queda probado por la autorrefutación de los señores pesimistas; hay
que avanzar un paso más en su lógica, negar la vida no sólo con “voluntad y
representación”, como lo hizo Schopenhauer,
sino negando primero
a Schopenhauer... El pesimismo, dicho sea de
paso, a pesar de ser contagioso, no acrecienta la morbosidad de una época, de
una raza, en su conjunto; es la expresión de la misma. Se cae en él como en el
cólera, que sólo ataca al que está predispuesto. El pesimismo no aumenta el
número de los décadents; recuérdense también las
estadísticas según las cuales los años en que causa estragos el cólera no se
diferencian de los otros años respecto al número total de fallecimientos.
¿Hemos
progresado en moralidad? Como era de esperar, contra mi concepto “más allá del bien y del mal” se
ha alzado toda la ferocidad del entontecimiento moral, confundida en Alemania
con la moral misma; podría contar cosas muy sugestivas al respecto. Sobre
todo, se me hizo notar la “superioridad innegable” de nuestra época respecto al
juicio moral, al progreso efectivamente realizado por nosotros en este
terreno, señalando que es de todo punto inadmisible aceptar la comparación de
Cesare Borgia con nosotros, como “hombre superior”, como una especie de superhombre,
según yo he afirmado... Un redactor suizo del Bund, al rendir homenaje a la valentía de tan arriesgada
iniciativa, llegó hasta a “entender” el sentido de mi obra como cruzada por la
abolición de todos los sentimientos decentes. ¡Muchas gracias! A modo de
respuesta, me permito plantear el interrogante de si realmente hemos progresado en moralidad.
El hecho de
que todo el mundo reconozca semejante progreso basta, en realidad, para
ponerlo en tela de juicio... Los hombres modernos, muy delicados, muy
vulnerables, perdidas mil contemplaciones, creemos, en efecto, que esta tierna
humanidad que representamos, este acuerdo logrado en la consideración,
la solicitud y la mutua confianza es un progreso positivo; que con esto somos
muy superiores a los hombres del Renacimiento. Así piensa, porque no puede
menos de pensar, toda época. Lo cierto es que debía estarnos vedado situarnos,
siquiera mentalmente, en estados de cosas renacentistas; nuestros nervios, y no
digamos nuestros músculos, no soportarían semejante realidad. Mas esta
incapacidad no prueba un progreso, sino tan sólo un natural diferente, más tardío;
uno más débil, más tierno, más vulnerable, del que necesariamente deriva una
moral pródiga en contemplaciones. Si descontamos mentalmente nuestra
condición delicada y tardía, nuestro envejecimiento fisiológico, nuestra moral
de la “humanización” pierde al instante su valor, ninguna moral tiene valor
por sí; hasta se nos aparecerá despreciable. No dudamos, por otra parte, de que
los modernos, con nuestra humanidad acolchada, ansiosa de no golpearse contra
ninguna piedra, seríamos para los contemporáneos de Cesare Borgia un
espectáculo en extremo ridículo. En efecto, sin quererlo, somos pintorescamente
graciosos con nuestras “virtudes” modernas... La merma de los instintos
hostiles y susceptibles de despertar recelo, y tal es, en definitiva, nuestro
“progreso”, no es sino una de las consecuencias de la merma general de la vitalidad;
salvaguardar una existencia tan condicionada, tan tardía, requiere cien
veces más esfuerzo y cautela que antes. Entonces, los hombres se ayudan unos a
otros; entonces, cada cual es hasta cierto punto enfermo y cada cual es
enfermero. Entonces, a esto se llama “virtud”, entre hombres que conocían una
vida distinta, más plena, más pletórica y portentosa, se le habría llamado de otro modo: “cobardía” acaso, “vileza”,
“moral de viejas”... Nuestra suavización de las costumbres, tal es mi tesis, y
si se quiere, mi innovación, es una consecuencia de la decadencia; la
dureza y violencia de las costumbres, en cambio, bien puede ser la consecuencia
de un excedente de vitalidad: pues en tal caso mucho puede ser arriesgado,
mucho desafiado, mucho también derrochado. Lo que en un tiempo fue
condimento de la vida, para nosotros sería veneno... Somos también demasiado
viejos, demasiado tardíos, como para ser indiferentes, lo cual es asimismo una
forma de la fuerza. Nuestra moral de la simpatía, contra la cual siempre he
prevenido, aquello que pudiera llamarse l'impressionisme morale, es una expresión más de la irritabilidad fisiológica
propia de todo lo decadente. Ese movimiento que con la moral schopenhaueriana
de la compasión ha hecho una tentativa de presentarse envuelto en ropaje
científico, ¡tentativa muy desafortunada, por cierto!, es el movimiento de la
decadencia propiamente dicho en la moral, y como tal íntimamente afín a la
moral cristiana. Las épocas fuertes, las culturas aristocráticas,
desprecian la compasión, el “amor al prójimo”, la falta de propio ser y de
conciencia del propio ser. A las épocas hay que juzgarlas por sus fuerzas positivas,
y entonces aquella época derrochadora y pródiga en fatalidad del
Renacimiento aparece como la última época grande, y la de nosotros, los
modernos, con nuestro enervado cuidado de nuestra propia persona y amor al
prójimo, con nuestras virtudes de la laboriosidad, la sencillez, la ecuanimidad
y el rigor científico, recopiladores, económicos, maquinales, como una época
débil... Nuestras virtudes están condicionadas, provocadas por nuestra
debilidad... La “igualdad”, cierta igualación efectiva que en la teoría de la
“igualdad de derechos” no hace más que formularse, es un rasgo esencial de la
decadencia; en cambio, la diferencia entre los individuos y las clases, la
multiplicidad de los tipos, la voluntad de individualidad y diferenciación,
aquello que yo llamo el pathos de la distancia jerárquica, es
propio de todas las épocas fuertes. La tensión y envergadura entre los
extremos disminuyen ahora sin cesar; los extremos mismos terminan por
desdibujarse hasta el punto de confundirse... Todas nuestras teorías políticas
y Constituciones, el “Reich alemán” inclusive, son
conclusiones, consecuencias lógicas de la decadencia; la gravitación
inconveniente de la décadence ha llegado a prevalecer
hasta en los ideales de las distintas ciencias. Mi objeción contra toda la
sociología inglesa y francesa es que conoce por experiencia únicamente las
formas de una sociedad decadente y con todo candor toma los propios instintos
de la decadencia como norma del juicio de valor sociológico. La vida descendente,
la merma de toda fuerza organizadora, esto es, separadora, diferenciadora,
jerarquizante, se formula en la sociología de ahora como ideal... Nuestros
socialistas son un montón de décadents;
pero también
el señor Herbert Spencer es un décadent: ¡juzga deseable, por ejemplo, el triunfo del altruismo.
...
38
Mi noción de
la libertad. A veces el valor de una cosa no reside en lo que con ella se consigue, sino
en lo que por ella se paga, en lo que nos cuesta. Consignaré un ejemplo.
Las instituciones liberales, una vez impuestas dejan de ser pronto liberales;
posteriormente, nada daña en forma tan grave y radical la libertad como las
instituciones liberales. Sabidos son sus efectos: socavan la voluntad de poder,
son la nivelación de montaña y valle elevada al plano cie la moral,
empequeñecen y llevan a la pusilanimidad y a la molicie; con ellas triunfa
siempre el hombrerebaño. El
liberalismo significa el desarrollo del hombre-rebaño... Las
mismas instituciones, mientras se brega por ellas, producen muy otros efectos;
entonces promueven, en efecto, poderosamente la libertad. Bien mirado, es la
guerra la que produce estos efectos; la guerra librada por instituciones
liberales, que como guerra perpetúa los instintos antiliberales. Y la guerra educa para la libertad. Pues ¿qué significa libertad? Que se
tiene la voluntad de responsabilidad personal. Que se mantiene la distancia
jerárquica que diferencia. Que se llega a ser más indiferente hacia la penuria,
la dureza, la privación y aun hacia la vida. Que se está pronto a sacrificar en
aras de su causa vidas humanas, la propia inclusive. Significa la libertad que
los instintos viriles, guerreros y triunfantes privan sobre otros instintos,
por ejemplo, los de la “felicidad”. El hombre libertado, y, sobre todo,
el espíritu libertado, pisotea el despreciable bienestar con que sueñan
mercachifles, cristianos, vacas, mujeres, ingleses y demás demócratas. El
hombre libre es un guerrero.
¿Cuál es el
criterio de la libertad en los individuos y los pueblos? La resistencia que es
preciso superar, el esfuerzo que demanda el mantenerse arriba. El tipo
más alto de hombres libres debiera buscarse allí donde continuamente se supera
la resistencia más grande a dos pasos de la tiranía, a un tris del trance de
caer en la servidumbre. Esto es sicológicamente cierto si aquí se entiende por
los “tiranos” instintos implacables y terribles que desafían contra sí el maximum de autoridad y disciplina: el tipo más hermoso es
Julio César, y es también políticamente cierto, como lo prueba la historia.
Ningún pueblo importante que llegó a ser un pueblo de valía, llegó a
serlo bajo instituciones liberales; el grave peligro hizo de él algo
dignó de veneración: el peligro que nos da la noción de nuestros recursos,
nuestras virtudes, nuestras armas, nuestro espíritus que nos obliga, en
suma, a ser fuertes... Primer axioma: hay que estar obligado a ser
fuerte o si no, no se lo es nunca. Esos grandes semilleros del hombre fuerte,
del tipo humano más fuerte que se ha dado jamás, las comunidades aristocráticas
al estilo de Roma y Venecia, entendían la libertad exactamente en el sentido
en que yo entiendo la palabra “libertad”: como algo que se tiene y no se tiene,
que se quiere, que se conquista...
39
Crítica del
modernismo. Todo el mundo
conviene en que nuestras instituciones ya no sirven para nada. Pero la culpa no
la tienen ellas, sino nosotros. Tras haber perdido todos los instintos
de los que surgen las instituciones, perdemos las instituciones porque ya no
servimos para ellas. Siempre el modernismo ha sido la forma de decadencia del
poder de organización; ya en Humana, demasiado humano I, 349, he
definido la democracia moderna, junto con sus cosas a medio hacer, como el “Reich alemán”, como forma de decadencia del Estado. Para
que haya instituciones debe haber un tipo de voluntad distinto, imperativo, antiliberal hasta el summum: la voluntad de tradición, de autoridad de
responsabilidad ante centurias por venir, de solidaridad de cadenas de
generaciones hacia adelante y hacia atrás in infinitum. Si existe tal voluntad, se
establece algo como el Imperio Romano o como Rusia, la única potencia
que hoy tiene duración, que puede esperar, que puede aún dar promesas; Rusia,
la antítesis de la miserable fragmentación y nerviosidad de Europa, que han
hecho crisis con la fundación del Reich
alemán... Todo
el Occidente ha perdido esos instintos de los que surgen las instituciones, de
los que surge el porvenir: no hay acaso nada tan reñido con su “espíritu
moderno”. Se vive para el hoy, muy de prisa; se vive de una manera muy
irresponsable: precisamente a esto se le llama “libertad”. Lo que convierte
en instituciones las instituciones es despreciado, odiado, repudiado; en
cuanto se pronuncia la palabra “autoridad” se cree correr peligro de caer en
una nueva esclavitud. A tal extremo llega la decadencia en el instinto
valorativo de nuestros políticos, de nuestros partidos políticos: prefieren
instintivamente lo que desintegra, lo que acelera el proceso... Testimonio
de ello es el matrimonio moderno. Éste claramente ha perdido su buen
sentido; mas esto no constituye una objeción contra el matrimonio, sino contra
el modernismo. Radicaba el buen sentido del matrimonio en la responsabilidad
jurídica exclusiva del hombre, la que aseguraba equilibrio al matrimonio, el
cual hoy cojea de ambas piernas. Radicaba el buen sentido del matrimonio en su
indisolubilidad fundamental, la que le confería un acento que sabía hacerse
oír frente a la contingencia de sentimiento, pasión y momento. Radicaba
asimismo en la responsabilidad de las familias por la selección de los
cónyuges. Con la creciente indulgencia en favor del casamiento por amor se
ha eliminado de hecho el fundamento del matrimonio, aquello que hace de
él una institución. No se funda jamás una institución sobre una idea; no se
funda el matrimonio, como queda dicho, sobre el “amor”, sino sobre el instinto
sexual, el instinto de propiedad (mujer e hijo como .propiedad), el instinto de
dominación, que constantemente organiza el señorío más pequeño, la
familia, y necesita de hijos y herederos para mantener también
fisiológicamente un grado logrado de poder, influencia y riqueza; para
preparar largas tareas, solidaridad instintiva a través de centurias. El
matrimonio como institución implica ya la afirmación de la forma de
organización más grande, más perdurable; si la sociedad misma no puede dar garantías,
como un todo, hasta las generaciones más remotas, el matrimonio no tiene
sentido. El matrimonio moderno ha perdida su sentido; en consecuencia,
debe procederse a abolirlo.
40
La cuestión
obrera. La estupidez,
en el fondo; la degeneración de los instintos, que hoy día es la causa de todas
las estupideces, reside en que exista una cuestión obrera. Hay cosas de las
que no se hace cuestión: imperativo primordial del instinto. Yo no veo
en absoluto qué quiere hacerse con el obrero europeo, una vez que se le ha
convertido en cuestión. Se encuentra en una situación demasiado ventajosa como
para no plantear su cuestión de una maner=a cada vez más categórica e
imperiosa. Cuenta, en definitiva, con la ventaja de la superioridad numérica.
Se ha desvanecido por completo la esperanza de que en el obrero se cristalice
como clase un tipo humano modesto y que se baste a él mismo, lo cual hubiera
tenido sentido, pues resultâuu francamente necesario. ¿Qué se ha hecho? Se ha
hecho todo por matar en germen hasta la idea de tal evolución; por obra de la
más irresponsable despreocupación y ligereza se ha causado la destrucción total
de los instintos, gracias a los cuales el obrero es factible, factible para
sí mismo, como clase. Se ha desarrollado en el obrero la capacidad
militar, se le ha acordado el derecho de coalición, el sufragio; no es de
extrañar así que el obrero sienta en realidad su existencia como un apremio
(moralmente hablando, como una injusticia). ¿Qué es lo que, en definitiva, se quiere?
Si se intenta un fin, hay que procurar también los medios conducentes a su
logro; si se quiere esclavos, es una locura educarlos para amos.
41
“Libertad a
que yo no aspiro...” En tiempos como los actuales, estar librado a los
instintos es una fatalidad más. Estos instintos se contradicen, se obstruyen y
se destruyen unos a otros; yo defino lo moderno como la contradicción
fisiológica consigo mismo. La razón, la educación, exigiría que bajo una
presión férrea se paralizara, por lo menos, uno de estos sistemas de
instintos para permitir a otro expandirse, adquirir fuerza y llegar a
prevalecer. Hoy día debiera hacerse posible al individuo podándolo: posible
quiere decir íntegro... Sin embargo,
suele hacerse
justamente lo contrario: los que con más vehemencia reivindican la
independencia, el desarrollo libre de trabas, el laisser aller, son precisamente los que más tienen de rienda y freno,
lo mismo in politicis que en arte. Mas se trata de un síntoma de la decadencia;
nuestra noción moderna de la
“libertad” es una prueba más de la degeneración de los instintos.
42
Donde hace
falta la fe. Nada hay tan
raro entre moralistas y santos como la probidad; tal vez afirmen lo contrario y
es posible que hasta lo crean. Pues cuando creer es más útil, eficaz y
convincente que fingir de modo consciente, el fingimiento, por instinto,
no tarda en tornarse inocencia: tesis capital para la comprensión de los
grandes santos. También en el caso de los filósofos, tipo diferente de santos;
es un “gaje del oficio” eso de admitir solamente determinadas verdades, esto
es, aquellas en base a las cuales su oficio cuenta con la sanción pública; en
el lenguaje de Kant: verdades de la razón práctica. Saben lo que deben demostrar;
en esto son gente práctica; el acuerdo sobre “las verdades” es el signo por el
cual se reconocen. “No mentirás” significa, en definitiva: cuidado, señor
filósofo, con decir la verdad...
43
Una sugestión
para los conservadores. He aquí algo que antes no se supo y ahora se sabe: no es posible la regresión,
el retorno, en ningún sentido ni grado. Los fisiólogos, por lo menos, lo
sabemos. Mas todos los sacerdotes y moralistas han creído en esta posibilidad;
pretendían retraer a la humanidad por la fuerza a una medida anterior de
virtud. La moral siempre ha sido un lecho de Procusto. Hasta los políticos han
seguido en esto las huellas de los predicadores de la virtud; hay aún partidos
que sueñan con la regresión de todas las cosas. Sin embargo, nadie está
en libertad de retroceder. Quiérase o no, hay que avanzar, quiere decir, avanzar
paso a pasó por el camina de la décadence (tal es mi definición del moderno “progreso”
... ). Se puede poner trabas a esta evolución y así estancar, acumular,
hacer más vehemente y fulminante la
degeneración misma, aunque no se pueda hacer más.
44
Mi concepto
del genio. Los grandes
hombres, como las grandes épocas, son explosivos donde está acumulado un poder
tremendo; su propósito es siempre, en el orden histórico y el fisiológico, que
durante largo tiempo se haya concentrado, acumulado, ahorrado y preservado con
miras a ellos; que durante largo tiempo no haya ocurrido ninguna explosión.
Cuando la tensión en la masa se ha hecho excesiva, basta el estímulo más casual
para producir el “genio”, la “magna realización”, el gran destino. ¡Qué
importa entonces el ambiente, la época, el “espíritu de la época”, la “opinión
pública”! Veamos el caso de Napoleón. La Francia de la Revolución, y sobre todo
la de antes de la Revolución, hubiera producido el tipo opuesto al de Napoleón;
y lo produjo, en efecto. Y porque Napoleón fue diferente, heredero de
una civilización más fuerte, más larga, más antigua que aquella que se venía
abajo en Francia, llegó a ser amo, fue únicamente el amo. Los grandes
hombres son necesarios, la época en que se presentan es accidental; el que casi
siempre lleguen a dominarla depende sólo de que sean más fuertes, más antiguos;
de que durante más tiempo se hayan concentrado y acumulado con algún propósito.
Entre un genio y su época existe una relación como entre lo fuerte y lo débil,
también como entre lo viejo y lo joven; la época siempre es relativamente mucho
más joven, floja, falta de madurez, falta de seguridad, infantil. Que
prevalezca ahora en Francia una noción muy diferente sobre este asunto
(también en Alemania, pero no importa); que allí la teoría del milieu, una verdadera teoría de neuróticos, haya llegado a ser
sacrosanta y casi científica, aceptada hasta por los fisiólogos, “huele mal” e
invita pensamientos melancólicos. Tampoco en Inglaterra se piensa sobre el
particular; pero nadie se aflija. Al inglés le están abiertos tan sólo dos
caminos: entendérselas con el genio y “gran hombre”, ya sea democráticamente,
al modo de Buckle, o religiosamente, al
modo de Carlyle.
El peligró que
entrañan los grandes hombres y las grandes épocas es extraordinario; les sigue
de cerca el agotamiento en todo sentido, la esterilidad. El gran hombre es un
final. El genio, en la obra, en la magna realización, es necesariamente un
derrochador; el gastarse es su grandeza... El instinto de conservación
está en él, en cierto modo, desconectado; la irresistible presión de las
fuerzas desbordantes le impide todo cuidado y cautela de esta índole. Se le
llama a esto “abnegación”; se ensalza el “heroísmo” de tal actitud, la
indiferencia hacia el propio bienestar, la devoción por una idea, por una magna
causa, por una patria; pero se trata, sin excepción, de malentendidos... El
gran hombre rebosa, se desborda, se gasta sin reservas; fatalmente,
involuntariamente, como es involuntario el desbordamiento de un río. Mas porque
se debe mucho a tales expansiones se les ha desarrollado una especie de moral
superior... Y bueno, es propio de la gratitud humana entender mal a
sus bienhechores.
45
El criminal y
lo que es afín. El criminal es el tipo del hombre fuerte bajo condiciones desfavorables, un
hombre fuerte enfermo. Le falta la “selva”, cierta naturaleza y forma de
existencia más libres y peligrosas, donde esté justificado todo lo que
es arma y armadura en el instinto del hombre fuerte. Sus virtudes están
proscritas por la sociedad; sus impulsos más vivos no tardan en ligarse con los
afectos depresivos, con el recelo, el miedo y el deshonor. Mas esto es casi la receta
para la degeneración fisiológica. Quien hace subrepticiamente lo que mejor
sabe hacer y que más le gustaría hacer, con sostenida tensión, cautela y astucia,
se vuelve anémico, y como sus instintos siempre le valen tan sólo peligro,
persecución y fatalidad, también su sentir se vuelve contra estos instintos los
siente de manera fatalista. En la sociedad, nuestra sociedad mansa, mediocre y
castrada, es donde el hombre natural, que viene de la montaña o de las
aventuras del mar, degenera necesariamente en criminal... O casi necesariamente,
pues casos hay en que tal hombre resulta ser más fuerte que la sociedad. El
corso Napoleón es el más famoso de ellos. Respecto al problema que aquí se
plantea, es importante el testimonio de Dostoievsky, el único sicólogo, dicho
sea de paso, que tuvo algo que enseñarme, constituyendo una de las venturas más
sublimes de mi vida, en mayor grado aún que el descubrimiento de Stendhal.
Este hombre profundo, quien tuvo diez veces razón de despreciar a los
alemanes superficiales, sintió a los presidiarios siberianos, con los que
convivió durante largo tiempo, criminales sin excepción, para los cuales no
había retorno -posible al seno de la sociedad, a pesar de lo que Dostoievsky
supusiera: tallados poco más o menos en la madera más dura y preciosa que crece
en tierra rusa. Generalicemos el caso del criminal; imaginemos a hombres a los
que por cualquier razón se niega la sanción pública y que saben que no se los
tiene por útiles: ese sentimiento tshandala de saberse considerado no
como un igual, sino como proscrito, indigno e impuro. Todos los pensamientos y actos de estos hombres ostentan el color de lo que vive
bajo tierra; en ellos todo se torna más pálido que en aquellos cuya existencia
está bañada en la luz del día. Mas casi todas las formas de existencia que hoy
exaltamos-el carácter científico, el artista, el genio, el espíritu
libre, el actor, el mercader, el gran descubridor se desenvolvieron en un
tiempo en esta especie de lobreguez sepulcral... Mientras el sacerdote era
reputado el tipo más alto, todo tipo humano valioso estaba
desvalorizado... Día llegará, lo prometo, en que se lo reputará el tipo más bajo,
nuestro tshandala, el tipo humano más mendaz e indecente... Llamo
la atención sobre el hecho de que todavía hoy, bajo el régimen de las
costumbres más suaves que se ha dado jamás, por lo menos en Europa, todo
aparte, todo debajo prolongado, excesivamente prolongado, toda forma de
existencia insólita, opaca, aproxima a ese tipo que el criminal representa.
Todos los innovadores del espíritu llevan durante un tiempo estampado en la
frente el signo fatal y fatalista del tshandala; no porque se los sienta
como tales, sino porque ellos mismos sienten el pavoroso abismo que los separa
de todo lo tradicional y sancionado. Casi todos los genios conocen como una de
sus evoluciones la “existencia catilinaria”, un sentimiento de odio, venganza
y rebeldía dirigido contra todo lo que ya es, en vez 'de devenir... Catilina; la forma de preexistencia de
todo César.
46
Aquí la vista
es libre. Puede ser
riqueza de alma si un filósofo calla; puede ser amor si se contradice a sí
mismo; cabe una cortesía mentirosa del cognoscente. No dejan de tener un sentido sutil estas palabras: el est
indigne des grands coeurs de répandre le trouble,
qu'ils ressentent; sólo cabe agregar que no temer ni a lo
más indigno puede también ser grandeza del alma. La mujer que ama
sacrifica su honor; el cognoscente que “ama” sacrifica acaso su
humanidad; un dios que amó se hizo judío...
47
La belleza no
es una casualidad. También la belleza de una raza o familia, su gracia y bondad en todos los
ademanes, es producto del trabajo; es, como el genio, el resultado final del
trabajo acumulado de generaciones. Hay que haber hecho grandes sacrificios en
aras del buen gusto; hay que haber hecho y dejado de hacer mucho por él; el
siglo xvii de Francia es admirable en lo uno y lo otro; hay que haber tenido
en él un principio selectivo para las compañías, los lugares, la indumentaria y
la satisfacción del instinto sexual; hay que haber preferido la belleza a la
ventaja, a la costumbre, a la opinión y a la indolencia. Máxima suprema: no se
debe “dejarse estar” ni aun ante sí mismo. Las cosas buenas son sobremanera
costosas, y siempre rige la ley de que quien las tiene no es el que las
ha adquirido. Todo lo bueno es herencia; lo que no está heredado es
imperfecto, es comienzo... En Atenas, en los días de Cicerón, quien expresó su
asombro- ante el hecho, los hombres y los jóvenes aventajaban ampliamente a las
mujeres en hermosura, y también ¡hay que ver el trabajo y esfuerzo al servicio
de la hermosura que el sexo masculino se venía imponiendo allí desde hacía
siglos! Pues cuidado con equivocarse en este punto sobre el método; una mera
disciplina de los sentimientos y pensamientos es de efecto casi nulo (y aquí
radica el grave malentendido de la ilustración alemana, que es totalmente
ilusoria). Hay que persuadir previamente el cuerpo. El mantenimiento riguroso de ademanes grandes y selectos, la obligación de
tener trato exclusivo con personas que no “se dejan estar”, basta en un todo
para llegar a ser grande y selecto; al cabo de dos o tres generaciones todo es
ya segunda naturaleza. Es decisivo para el destino del pueblo y humanidad que
la cultura arranque del punto justo, no del “alma” (como fue la fatal
superchería de los sacerdotes y semisacerdotes) ; el punto justo es el cuerpo,
el ademán, la dieta, la fisiología, lo demás sigue naturalmente... Los griegos
continúan siendo, por esto, el acontecimiento cultural capital de la
historia: sabían, hacían, lo que hacía falta; el cristianismo, que
despreciaba el cuerpo, ha sido la más grande calamidad del género humano.
48
Progreso en mi
sentido. Yo también hablo
de “retorno a la Naturaleza”, aun cuando bien mirado no se trata de un
regreso, sino de una elevación. Hacia la alta, libre y aun pavorosa
Naturaleza y naturalidad, cualquiera que juega, tiene derecho a jugar con grandes
tareas... Para decirlo alegóricamente: Napoleón fue un “retorno a la
Naturaleza”, como yo lo entiendo (por ejemplo, in rebus tacticis, y en mayor grado aún, como lo saben los militares, en
estrategia). Pero Rousseau, ¿adónde quiso retornar, en
definitiva? Rousseau, este primer hombre moderno,
idealista y canaille
a un tiempo,
que necesitaba de la dignidad moral para soportar su propio aspecto; enfermo
de vanidad desenfrenada y de desprecio desenfrenado de sí mismo. También este
engendro tendido en el umbral de los tiempos modernos quiso “retornar a la
Naturaleza”. ¿Adónde, repito la pregunta, quiso retornar Rousseau? Odio a Rousseau
aun en la Revolución;
ella es la expresión histórica mundial de esta dualidad de idealista y canaille. La farsa sangrienta que caracterizó esta Revolución,
su “inmoralidad”, poco me importa; lo que odio es su moralidad a lo Rousseau, las llamadas “verdades” de la Revolución, con las
cuales ésta todavía impresiona y atrae todo lo superficial y mediocre. ¡La
doctrina de la igualdad! ... No hay veneno más venenoso, pues parece predicada
por la justicia misma, pero en realidad es el fin de la justicia... “La
igualdad para los iguales, la desigualdad para los desiguales”, tal sería el
lenguaje justo de la justicia; amén de lo que se sigue de esto: “no hacer nunca
igual lo que es desigual”. Las circunstancias horribles y cruentas que
rodearon esa doctrina de la igualdad han aureolado esta “idea moderna” por
excelencia de una especie de nimbo y resplandor, de suerte que la Revolución
como espectáculo ha seducido aun a los espíritus más nobles. Lo cual no
es, en definitiva, una razón para tenerla en suficiente estima. Veo a un solo
hombre que la sintió como debe ser sentida, con asco; este hombre fue Goethe...
49
Goethe no fue un acontecimiento
alemán, sino un acontecimiento europeo: una grandiosa tentativa de superar al
siglo XVIII por el retorno a la Naturaleza, por la elevación hacia la
naturalidad del Renacimiento, una especie de autosuperación de parte de este
siglo. Llevó en sí los instintos más fuertes del mismo la sensibilidad
emocionada, la idolatría de la Naturaleza, lo antihistórico, lo idealista, lo
antirrealista y revolucionario (lo último no es más que una forma de lo
antirrealista). Se valió de la historia, las ciencias naturales, la antigüedad
y también de Spinoza, sobre todo de la actividad práctica; se cercó con horizontes
cerrados; no se desligó de la vida, sino que se situó dentro de ella; no se
arredró y cargó con todo lo que podía, colocó por encima de sí todo lo que
podía, absorbió todo lo que podía. Aspiró a la totalidad; combatió la
separación de la razón, la sensualidad, el sentimiento y la voluntad
(predicada con la más repelente escolástica por Kant, el antípoda de Goethe) ; a fuerza de disciplina hizo
de sí un todo; se plasmó a sí mismo... En plena época de corrientes
antirrealistas, Goethe fue un realista convencido
decía sí a todo lo que en este punto acusaba afinidad con él; su experiencia
más grande fue ese ens realissimum
de nombre Napoleón. Concibió Goethe
a un hombre
fuerte, muy culto, diestro en todas las actividades físicas, dueño de sí
mismo, reverente ante sí mismo, que tiene derecho a permitirse todo el volumen
y riqueza de la naturalidad; que es lo suficientemente fuerte para disfrutar
de libertad semejante; al hombre de la tolerancia, no por debilidad, sino por
fuerza, porque sabe sacar provecho aun de aquello que significaría la ruina del
hombre común; al hombre para el que ya no hay nada prohibido, como no sea la debilidad,
se llame vicio o virtud... Tal espíritu libertado se sitúa dentro de
los cosmos con un fatalismo sereno y confiado, poseído por la idea de que sólo
lo particular es ruin y malo y que en el Todo se redimen y Afirman todas las
cosas; ya no niega... Mas tal
fe es la más elevada) que pueda concebirse; la he bautizado con el nombre de Dionisos.
50
Pudiera
decirse que en cierto sentido el siglo XIX también ha aspirado a todo aquello a
que aspiró Goethe como persona: a la
universalidad en la comprensión, en la afirmación; al estar abierto a todas
las cosas; a un realismo audaz, y al respeto reverente por todo lo existente.
¿Cómo el resultado total no es, a pesar de ello, un Goethe, sino el caos, la lamentación nihilista, un
desconcierto extremo, un instinto del cansancio que en la práctica impulsa
constantemente a retornar al siglo XVIII (por ejemplo, como romanticismo sensiblero, como
altruismo e hipersentimentalismo, como afeminación en el gusto, como socialismo
en la política). ¿No es el siglo xix, sobre todo en sus postrimerías, mero
siglo xviii robustecido, vulgarizado; esto es, un siglo de décadence? ¿De modo que Goethe sería para Alemania y para Europa apenas un incidente,
un hermoso en vano? Pero a los grandes hombres se los entiende mal si se los
enfoca bajo el ángulo mezquino de la utilidad pública. Que no se sepa sacar
provecho de ellos acaso sea propiedad esencial de la grandeza...
51
Goethe es el último alemán que me
inspira veneración; él hubiera sentido tres cosas que yo siento; también
estamos de acuerdo sobre la “Cruz”... Se me pregunta por qué escribo en
alemán, toda vez que en ninguna parte me leen tan mal como en mi patria.
Pero ¿quién sabe, en definitiva, si yo deseo ser leído hoy día? Crear cosas en
las que el tiempo trate de hincar el diente; aspirar en la forma, en la
sustancia, a una pequeña inmortalidad, nunca he sido bastante modesto para
exigirme menos. El aforismo y la senten-cia (yo soy el primer alemán que es
maestro en este dominio) son las formas de la “eternidad”; ambiciono decir en
diez frases lo que otro cualquiera dice en un libro, lo que otro cualquiera no
dice en un libro...
Yo he dado a
la humanidad el libro más profundo que posee: mi Zaratustra; dentro
de poco le daré el más independiente.
LO QUE YO DEBO
A LOS ANTIGUOS
1
Para terminar,
quiero decir algunas palabras sobre ese mundo al que he buscado accesos y al
que he encontrado tal vez un acceso nuevo: el mundo antiguo. También aquí mi
gusto, que es acaso lo contrario de un gusto transigente, está lejos de decir
sí abiertamente; en un plan general, no le agrada decir sí, le agrada más decir
no, de preferencia no dice nada... Reza esto para culturas enteras, para los libros
antiguos que cuentan en mi vida y los más famosos no figuran entre ellos. Mi
sentido del estilo, del epigrama como estilo, se despertó casi instantáneamente
al contacto con Salustio. No he olvidado el estupor de mi venerado maestro
Corssen al tener que dar al peor alumno de su clase de latín la mejor nota;
llegué de golpe a la meta. Prieto, severo, con la máxima cantidad de sustancia
en el fondo y una fría malicia hacia la “palabra sonora”, también hacia el
“sentimiento sublime”; en esto me adiviné a mí mismo. Se reconocerá en mis
escritos, hasta en el Zaratustra, una ambición muy seria de estilo romano,
del “aereperennius” en el estilo. Lo mismo me
pasó al primer contacto con Horacio. Hasta el día presente ningún poeta me ha
deparado ese arrobo artístico que me brindaron las odas horacianas. Lenguas hay
en que no puede ni siquiera aspirarse a lo que aquí está alcanzado. Este
mosaico de palabras, donde cada palabra, como sonido, lugar y concepto, se
desborda irradiando hacia la derecha y la izquierda y por sobre el todo su
fuerza; este minimum en volumen y número de los
signos; este maximum en energía de los signos así
logrado-todo esto es romano y, si se quiere darme crédito, aristocrática por
excelencia. Frente a esto, toda la demás poesía aparece como algo demasiado
popular-como mera locuacidad lírica...
2
A los griegos
no les debo en absoluto impresiones fuertes similares, y para decirlo sin
ambajes, no pueden ser para nosotros lo que son para nosotros los
romanos. No se aprende de los griegos; su modo de ser es demasiado
extraño, también demasiado fluido, como para presentarse como imperativo,
“clasicismo”. ¡Quién ha aprendido jamás a escribir de un autor griego! ¡Quién
lo ha aprendido jamás sin los romanos! ... No se recurra a Platón en
contra de mi aserto. Considero a Platón con profundo escepticismo y nunca he
sido capaz de compartir la admiración por el artista Platón, tan
generalizada entre los eruditos. En última instancia, los más refinados jueces
del gusto de la antigüedad mismas están de mi parte en esta cuestión. Entiendo
que Platón mezcla todas las formas
del estilo; es
así un primer décadent del estilo. Tiene sobre la
conciencia algo parecido a lo que tienen los cínicos, que inventaron la satura
Menippea. El diálogo platónico, esta forma
terriblemente vanidosa e infantil de la dialéctica, sólo puede encantar a
quien nunca ha leído a buenos autores franceses, como Fontenelle. Platón es
aburrido. En último análisis, mi recelo hacia Platón tiene raíces profundas. Lo
encuentro tan desviado de todos los instintos fundamentales de los helenos,
tan moralizado, tan preexistente-cristiano, ya el concepto del “bien” es su
concepto supremo, que ante todo el fenómeno “Platón” me inclino por emplear el
término duro “embuste superior” o, si se prefiere, “idealismo”. Se ha pagado
muy caro el que este ateniense buscara inspiración en los egipcios (¿o en los
judíos residentes en Egipto?...). Dentro de la gran fatalidad del cristianismo,
Platón es esa ambigüedad y seducción llamada “ideal” que permitió a los
espíritus nobles de la antigüedad entenderse mal a sí mismos y cruzar el puente
que conducía a la “cruz”... ¡ Y cuánto Platón hay todavía en el concepto “Iglesia”,
en la estructura, el sistema y la práctica de la Iglesia! Mi solaz y
preferencia, mi remedio contra todo platonismo, ha sido en todo tiempo Tucídides.
Éste, y acaso el Príncipe de Maquiavelo, me son particularmente
afines por la determinación incondicional de no engañarse a sí mismos y ver la
razón en la realidad, no en la “razón” y menos en la “moral”... De la
deplorable idealización de los griegos que el joven instruido en las
humanidades clásicas se lleva a la vida, como fruto del adiestramiento a que se
sometió en el colegio, nada cura tan radicalmente como Tucídides. Hay que
saborearlo línea por línea y leer sus pensamientos secretos tan distintamente
como sus palabras. Pocos pensadores hay tan pródigos en pensamientos secretos.
En él halla su expresión cabal la cultura de los sofistas, vale decir, la
cultura de los realistas: ese movimiento inestimable en medio del embuste
moralista e idealista que empezaban a difundir a la sazón las escuelas
socráticas. La filosofía griega, como la décadence, del instinto griego; Tucídides, como la gran suma, la
última revelación de esa facticidad recia, severa y dura que caracterizaba el
instinto de los helenos de los primeros tiempos. En definitiva, es la valentía
ante la realidad la que diferencia a hombres como Tucídides y Platón;
Platón es un cobarde ante la realidad, por ende se refugia en el ideal.
Tucídides es dueño de sí mismo, por lo mismo dueño también de las cosas...
3
Barruntar en
los griegos “almas sublimes”, “justos medios” y otras perfecciones; admirar en
ellos acaso la serenidad en la grandeza, la mentalidad idealista y la sublime
ingenuidad... Contra esta “sublime ingenuidad”, que en definitiva es una niaiserie allemande, me ha prevenido el sicólogo que yo llevo dentro. Vi su
instinto más poderoso, la voluntad de poder; los vi estremecerse bajo el embate
arrollador de este impulso; vi todas sus instituciones surgir de medidas
preventivas, con miras a ponerse en la convivencia a buen recaudo de la
dinamita de que estaban cargados. La tremenda tensión interior se descargaba
entonces en terrible y despiadada enemistad hacia fuera; las ciudades se
despedazaban unas con otras, para que en cada una de ellas los vecinos
convivieran en paz. Era necesario ser fuerte, pues el peligro acechaba cerca,
en todas partes. La magnífica agilidad física, el realismo intrépido y la
inmoralidad audaz propios del heleno eran apremio, no “naturaleza”.
Estos rasgos se desarrollaron, no se dieron desde un principio. Y con las
fiestas y las artes tampoco se perseguía otro propósito que el de sentirse arriba
y mostrarse arriba; se trataba de medios de glorificarse a sí mismos,
eventualmente de atemorizar... ¡Qué estupidez la de juzgar a los griegos al
modo alemán por sus filósofos, de tomar acaso la estrechez y gazmoñería de las
escuelas socráticas como revelación de la esencia helena! ... ¡Si los
filósofos son los décadents del helenismo, el
contramovimiento dirigido contra el antiguo gusto aristocrático (contra el
instinto agonal, contra la polis, centra el valor de la raza, contra la
autoridad de las “'tradiciones)! Predicábanse las virtudes socráticas porque los griegos las habían perdido;
irritables, temerosos, veleidosos, comediantes todos ellos, les sobraban
algunas razones para oír la prédica moral. La prédica ciertamente no sería para
nada; pero ¡son tan dados los décadents
a las palabras
y actitudes altisonantes! ...
4
Yo he sido el
primero en tomar en serio, para la comprensión del instinto heleno de los
primeros tiempos, aún rico y hasta pletórico, ese fenómeno maravilloso que
lleva el nombre de Dionisos; fenómeno que sólo puede ser explicado por un
excedente de fuerza. Quien ahonda en el estudio de los griegos, como ese
conocedor más profundo de su cultura, Jakob Burckhardt, de Basilea, se percata al momento de la
significación de mi actitud. Insertó Burckhardt en su Cultura de los griegos
un capítulo dedicado expresamente a dicho fenómeno. Para conocer la antítesis
del mismo no hay más que considerar la pobreza casi hilarante de los instintos
de qué dan prueba los filólogos alemanes en cuanto se asoman a lo dionisíaco.
Sobre todo el famoso Lobeck, que con el digno aplomo de
un gusano secado entre libracos se introdujo en este mundo de estados
misteriosos tratando de creer que así era científico, cuando en realidad era
superficial y pueril en un grado que da asco. Lobeck ha dado a entender, en un máximo despliegue de
erudición, que todas estas curiosidades en el fondo no significaban gran cosa.
De hecho, los sacerdotes comunicarían a los participantes de tales orgías
algunos datos nada fútiles; por ejemplo, que el vino excitaba la voluptuosidad;
que el hombre se alimentaba eventualmente de frutos; que las plantas florecían
en la primavera y se marchitaban en otoño. En cuanto a la desconcertante
riqueza en ritos, símbolos y mitos de origen orgiástico que literalmente cubre
el mundo antiguo, es para Lobeck
motivo para aumentar
un poquito su ingenio. “Los griegos-escribe en Aglaofames I, 672-cuando no tenían otra cosa
que hacer reían, correteaban y se lanzaban por ahí, o bien, ya que el hombre a
veces también siente estas ganas, se sentaban y prorrumpían en llanto y
lamento. Luego otros se les acercaban y buscaban algún motivo que explicara tan
rara conducta; así se desarrollaron como explicación de esas costumbres
innumerables leyendas y mitos. Por otra parte, se creía que ese comportamiento
gracioso que se registraba en los días de fiesta era un rasgo esencial de
las fiestas, y así lo preservaban como parte imprescindible del culto.” Esto es
un solemne disparate; no se tomará en serio a Lobeck ni por un instante. Con muy otra disposición
examinamos el concepto “griego” que se han formado Winckelmann y Goethe, y lo encontramos incompatible con ese elemento del
que surge el arte dionisíaco : con el orgiástico. En efecto, no dudo de que Goethe hubiera negado de plano que algo semejante cupiese
dentro de las posibilidades del alma griega. Quiere decir que Goethe no comprendió a los griegos. Pues sólo en los misterios
dionisíacos, en la sicología del estado dionisíaco, se expresa el hecho
fundamental del instinto heleno: su “voluntad de vida”. ¿Qué se garantizaba
el heleno con estos misterios? La vida eterna, el eterno retorno a la
vida; el futuro prometido y consagrado en el pasado; el triunfante sí a la
vida más allá de la muerte y mutación; la vida verdadera como
pervivencia total, por la procreación, por los misterios de la sexualidad. De
ahí que para los griegos el símbolo sexual fuera el símbolo venerable
en sí, la profundidad propiamente dicha en toda la piedad antigua. Todo
pormenor relativo al acto de la procreación, al embarazo y al parto suscitaba
los sentimientos más elevados y solemnes. En la doctrina de los misterios está
santificado el dolor: los “dolores de la parturienta” santifican el dolor en
sí; todo nacer y crecer, todo lo que garantiza el futuro, determina el
dolor... Para que haya eterno goce de la creación, para que la voluntad de vida
eternamente se afirme a sí misma, debe haber también eternamente por fuerza
la “agonía de la parturienta”... Todo esto encierra la significación de la
palabra “Dionisos”; yo no conozco simbolismo más elevado que este simbolismo
griego, el de las dionisas. En él, el instinto más profundo de la vida, el del
futuro de la vida, de la eternidad de la vida, está sentido religiosamente, y
el camino mismo a la vida, la procreación, como el camino santo... Sólo
el cristianismo, con su resentimiento fundamental dirigido contra la
vida, ha hecho de la sexualidad algo impuro: ha enlodado el principio,
la premisa de nuestra vida...
5
La sicología
de lo orgiástico, como de un sentimiento pletórico de vitalidad y fuerza
dentro del cual aun el dolor obra como estimulante, me ha ofrecido la clave del
concepto del sentimiento trágico, que tanto Aristóteles como, en
particular, nuestros pesimistas, han entendido mal. La tragedia, lejos de
corroborar el pesimismo de los helenos en el sentido de Schopenhauer, ha de ser considerada como rotunda refutación y
antítesis del mismo. El decir sí a la vida, aun en sus problemas más extraños y
penosos, la voluntad de vida gozando con la propia inagotabilidad en el
sacrificio de sus tipos más elevados: a esto es a lo que he llamado dionisíaco,
lo que he adivinado como clave de la sicología del poeta trágico. No para
librarse de terror y de la compasión, no para purgarse de un peligroso
afecto por la descarga violenta del mismo, como creyó Aristóteles, sino para ser
personalmente, más allá de terror y compasión, el goce eterno del devenir,
ese goce que comprende aun el goce del destruir... Y así llego de vuelta al
punto del que en un tiempo partí: El origen de la tragedia que fue mi
primera transmutación de todos los valores. Así me reintegro al suelo del que
brota mi querer y mi poder -yo, el último discípulo del filósofo
Dionisos-, yo, el pregonero del eterno retorno...
HABLA EL
MARTILLO
«“¿Por qué tan
duro?-dijo cierta vez el carbón al diamante-; ¿acaso no somos parientes
cercanos?” ¿Por qué tan blandos, hermanos?-os pregunto yo a vosotros-; ¿acaso
no sois mis hermanos?
¿Por qué tan
blandos y acomodaticios? ¿Por qué hay tanta negación y retractación en vuestro
corazón? ¿Por qué igualmente tan poca fatalidad en vuestro mirar?
Y si no estáis
dispuestos a ser fatales e inexorables, ¿cómo podríais un día triunfar conmigo?
Y si vuestra
dureza no quiere fulminar y cortar y deshacer, ¿cómo podríais un día crear
conmigo? Pues todos los creadores son duros. Y os ha de parecer goce inefable
poner vuestra mano encima de milenios como si fuesen cera.
Inscribir en
la voluntad de milenios cual en bronce; más duros y más nobles que el bronce.
Sólo lo más noble es de máxima dureza.
¡Volveos
duros! He aquí la nueva tabla, hermanos, que coloco por encima de vosotros.»
FIN DE
“CÓMO SE FILOSOFA A MARTILLAZOS”
Cómo el “mundo verdadero”
acabó convirtiéndose en una fábula
Historia de un error
1. El mundo verdadero, asequible al sabio, al
piadoso, al virtuoso, -él vive en ese mundo, es ese mundo.
(La forma más antigua de la
Idea, relativamente inteligente, simple, convincente. Transcripción de la tesis
«yo, Platón, soy la verdad»).
2. El mundo verdadero, inasequible por ahora, pero
prometido al sabio, al piadoso, al virtuoso («al pecador que hace penitencia»).
(Progreso de la Idea: ésta se
vuelve más sutil, más capciosa, más inaprensible, -se convierte en una mujer,
se hace cristiana...).
3. El mundo verdadero, inasequible, indemostrable, imprometible, pero
ya en cuanto pensado, un consuelo, una obligación, un imperativo.
(En el fondo, el viejo sol, pero
visto a través de la niebla y el escepticismo; la Idea, sublimizada, pálida,
nórdica, königsburguense).
4. El mundo verdadero -¿inasequible? En todo caso, inalcanzado. Y en
cuanto inalcanzado, también desconocido. Por consiguiente, tampoco consolador,
redentor, obligante: ¿a qué podría obligarnos algo desconocido? ...
(Mañana gris.Primer bostezo de
la razón. Canto del gallo del positivismo).
5. El «mundo verdadero» -una
Idea que ya no sirve para nada, que ya ni siquiera obliga, -una Idea que se ha
vuelto inútil, superflua, por consiguiente
una Idea refutada: ¡eliminémosla!
(Día claro; desayuno; retorno del bon sens y de la jovialidad; rubor
avergonzado de Platón; ruido endiablado de todos los espíritus libres)
6. Hemos eliminado el mundo verdadero: ¿qué mundo ha quedado?, ¿Acaso
el aparente?... ¡No!, ¡al eliminar el mundo verdadero hemos eliminado también
el aparente!
(Mediodía; instante de la sombra
más corta; final del error más largo; punto culminante de la humanidad; INCIPIT
ZARATHUSTRA).
Crepúsculo de los ídolos.
“La razón en la filosofía”
1.
¿Me pregunta usted qué cosas son idiosincrasia en los filósofos?… Por
ejemplo, su falta de sentido histórico, su odio a la noción misma de devenir,
su egipticismo. Ellos creen otorgar un honor a una cosa cuando la
deshistorizan, sub specie aeterni, —cuando hacen de ella una momia. Todo lo que
los filósofos han venido manejando desde hace milenios fueron momias
conceptuales; de sus manos no salió vivo nada real. Matan, rellenan de paja,
esos señores idólatras de los conceptos, cuando adoran, —se vuelven mortalmente
peligrosos para todo, cuando adoran. La muerte, el cambio, la vejez, así como
la procreación y el crecimiento son para ellos objeciones, —incluso
refutaciones. Lo que es no deviene; lo que deviene no es… Ahora bien, todos
ellos creen, incluso con desesperación, en lo que es. Mas como no pueden
apoderarse de ello, buscan razones de por qué se les retiene. “Tiene que haber
una ilusión, un engaño en el hecho de que no percibamos lo que es: ¿dónde se
esconde el engañador? —”Lo tenemos, gritan dichosos, ¡es la sensibilidad! Estos
sentidos, que también en otros aspectos son tan inmorales, nos engañan acerca
del mundo verdadero. Moraleja: deshacerse del engaño de los sentidos, del
devenir, de la historia [Historie], de la mentira, —la historia no es más que
fe en los sentidos, fe en la mentira. Moraleja: decir no a todo lo que otorga
fe a los sentidos, a todo el resto de la humanidad: todo él es “pueblo”. ¡Ser
filósofo, ser momia, representar el monótono-teísmo con una mímica de
sepulturero! — ¡Y, sobre todo, fuera el cuerpo, esa lamentable idée fixe de los
sentidos!, ¡sujeto a todos los errores de la lógica que existen, refutado,
incluso imposible, aun cuando es lo bastante insolente para comportarse como si
fuera real!…”.
2.
Pongo a un lado, con gran reverencia, el nombre de Heráclito. Mientras
que el resto del pueblo de los filósofos rechazaba el testimonio de los
sentidos porque éstos mostraban pluralidad y modificación, él rechazó su
testimonio porque mostraban las cosas como si tuviesen duración y unidad.
También Heráclito fue injusto con los sentidos. Estos no mienten ni del modo
como creen los eleatas ni del modo como creía él, —no mienten de ninguna
manera. Lo que nosotros hacemos de su testimonio, eso es lo que introduce la
mentira, por ejemplo la mentira de la unidad, la mentira de la coseidad, de la
sustancia, de la duración… La “razón” es la causa de que nosotros falseemos el
testimonio de los sentidos. Mostrando el devenir, el perecer, el cambio, los
sentidos no mienten… Pero Heráclito tendrá eternamente razón al decir que el
ser es una ficción vacía. El mundo “aparente” es el único: el “mundo verdadero”
no es más que un añadido mentiroso…
3.
—¡Y qué sutiles instrumentos de observación tenemos en nuestros
sentidos! Esa nariz, por ejemplo, de la que ningún filósofo ha hablado todavía
con veneración y gratitud, es hasta este momento incluso el más delicado de los
instrumentos que están a nuestra disposición: es capaz de registrar incluso
diferencias mínimas de movimiento que ni siquiera el espectroscopio registra.
Hoy nosotros poseemos ciencia exactamente en la medida en que nos hemos
decidido a aceptar el testimonio de los sentidos, —en que hemos aprendido a
seguir aguzándolos, armándolos, pensándolos hasta el final. El resto es un
aborto y todavía-no-ciencia: quiero decir, metafísica, teología, psicología,
teoría del conocimiento. O ciencia formal, teoría de los signos: como la
lógica, y esa lógica aplicada, la matemática. En ellas la realidad no llega a
aparecer, ni siquiera como problema; y también como la cuestión de qué valor
tiene en general ese convencionalismo de signos que es la lógica.—
4.
La otra idiosincrasia de los filósofos no es menos peligrosa: consiste
en confundir lo último y lo primero. Ponen al comienzo, como comienzo, lo que
viene al final —¡por desgracia!, ¡pues no debería siquiera venir! —los
“conceptos supremos”, es decir, los conceptos más generales, los más vacíos, el
último humo de la realidad que se evapora. Esto es, una vez más, sólo expresión
de su modo de venerar: a lo superior no le es lícito provenir de lo inferior,
no le es lícito provenir de nada… Moraleja: todo lo que es de primer rango
tiene que ser causa sui . El proceder de algo distinto es considerado como una
objeción, como algo que pone en entredicho el valor. Todos los valores supremos
son de primer rango, ninguno de los conceptos supremos, lo existente, lo incondicionado,
lo bueno, lo verdadero, lo perfecto —ninguno de ellos puede haber devenido, por
consiguiente tiene que ser causa sui. Mas ninguna de esas cosas puede ser
tampoco desigual una de otra, no puede estar en contradicción consigo misma…
Con esto tienen los filósofos su estupendo concepto “Dios”… Lo último, lo más
tenue, lo más vacío es puesto como lo primero, como causa en sí, como ens
realissimum… ¡Que la humanidad haya tenido que tomar en serio las dolencias
cerebrales de unos enfermos tejedores de telarañas!— ¡Y lo ha pagado caro!…
5.
—Contrapongamos a esto, por fin, el modo tan distinto como nosotros
(—digo nosotros por cortesía…) vemos el problema del error y de la apariencia.
En otro tiempo se tomaba la modificación, el cambio, el devenir en general como
prueba de apariencia, como signo de que ahí tiene que haber algo que nos induce
a error. Hoy, a la inversa, en la exacta medida en que el prejuicio de la razón
nos fuerza a asignar unidad, identidad, duración, sustancia, causa, coseidad,
ser, nos vemos en cierto modo cogidos en el error, necesitados al error; aun
cuando, basándonos en una verificación rigurosa, dentro de nosotros estemos muy
seguros de que es ahí donde está el error. Ocurre con esto lo mismo que con los
movimientos de una gran constelación: en éstos el error tiene como abogado
permanente a nuestro ojo, allí a nuestro lenguaje. Por su génesis el lenguaje
pertenece a la época de la forma más rudimentaria de psicología: penetramos en
un fetichismo grosero cuando adquirimos consciencia de los presupuestos básicos
de la metafísica del lenguaje, dicho con claridad: de la razón. Ese fetichismo
ve en todas partes agentes y acciones: cree que la voluntad es la causa en
general; cree en el “yo”, cree que el yo es un ser, que el yo es una sustancia,
y proyecta sobre todas las cosas la creencia en la sustancia-yo —así es como
crea el concepto “cosa”… El ser es añadido con el pensamiento, es introducido
subrepticiamente en todas partes como causa; del concepto “yo” es del que se
sigue, como derivado, el concepto “ser”… Al comienzo está ese grande y funesto
error de que la voluntad es algo que produce efectos,—de que la voluntad es una
facultad… Hoy sabemos que no es más que una palabra… Mucho más tarde, en un
mundo mil veces más ilustrado, llegó a la consciencia de los filósofos, para su
sorpresa, la seguridad, la certeza subjetiva en el manejo de las categorías de
la razón: ellos sacaron la conclusión de que esas categorías no podían proceder
de la empiria, —la empiria entera, decían, está, en efecto, en contradicción
con ellas. ¿De dónde proceden, pues? —Y tanto en India como en Grecia se
cometió el mismo error: “nosotros tenemos que haber habitado ya alguna vez en
un mundo más alto (—en lugar de en un mundo mucho más bajo: ¡lo cual habría
sido la verdad!), nosotros tenemos que haber sido divinos, ¡pues poseemos la
razón!”… De hecho, hasta ahora nada ha tenido una fuerza persuasiva más ingenua
que el error acerca del ser, tal como fue formulado, por ejemplo, por los
eleatas: ¡ese error tiene en favor suyo, en efecto, cada palabra, cada frase
que nosotros pronunciamos! —También los adversarios de los eleatas sucumbieron
a la seducción de su concepto de ser: entre otros Demócrito, cuando inventó su
átomo… La “razón” en el lenguaje: ¡oh, qué vieja hembra engañadora! Temo que no
vamos a desembarazarnos de Dios porque continuamos creyendo en la gramática…
6.
Se me estará agradecido si condenso un conocimiento tan esencial, tan
nuevo, en cuatro tesis: así facilito la comprensión, así provoco la
contradicción.
Primera tesis. Las razones por las que “este” mundo ha sido calificado
de aparente fundamentan, antes bien, su realidad,— otra especie distinta de
realidad es absolutamente indemostrable.
Segunda tesis. Los signos distintivos que han sido asignados al “ser
verdadero” de las cosas son los signos distintivos del no-ser, de la nada, — a
base de ponerlo en contradicción con el mundo real es como se ha construido el
“mundo verdadero”: un mundo aparente de hecho, en cuanto es meramente una
ilusión óptico-moral.
Tercera tesis. Inventar fábulas acerca de “otro” mundo distinto de éste
no tiene sentido, presuponiendo que no domine en nosotros un instinto de
calumnia, de empequeñecimiento, de recelo frente a la vida: en este último caso
tomamos venganza de la vida con las fantasmagoría de “otra” vida distinta de
ésta, “mejor” que ésta.
Cuarta tesis. Dividir el mundo en un mundo “verdadero” y en un mundo
“aparente”, ya sea al modo del cristianismo, ya sea al modo de Kant (en última
instancia, un cristiano alevoso), es únicamente una sugestión de la décadence,
— un síntoma de vida descendente… El hecho de que el artista estime más la
apariencia que la realidad no constituye una objeción contra esta tesis. Pues
“la apariencia” significa aquí la realidad una vez más, sólo que seleccionada,
reforzada, corregida… El artista trágico no es un pesimista, — dice
precisamente sí incluso a todo lo problemático y terrible, es dionisíaco…
Trad. Sánchez Pascual. Alianza Editorial
Los cuatro grandes errores
uno
Error de la confusión de la causa con la consecuencia. -No hay error
más peligroso que confundir la consecuencia con la causa: yo lo, llamo la
auténtica corrupción de la razón. Sin
embargo, ese error es uno de los hábitos más viejos y más jóvenes de la
humanidad: entre nosotros está incluso santificado, lleva el nombre de
«religión», de «moral». Toda tesis formulada por la religión y la moral lo
contiene; los sacerdotes y los legisladores morales son los autores de esa
corrupción de la razón. -Voy a aducir un ejemplo: todo el mundo conoce el libro
del famoso Cornaro, en el que éste recomienda su escasa dieta como receta para
una vida larga y feliz -también virtuosa. -Pocos libros han sido tan leídos,
todavía hoy se lo imprime anualmente en Inglaterra en muchos miles de
ejemplares. Yo no dudo de que es difícil que un libro (exceptuada, corno es
obvio, la Biblia) haya causado tanto daño, haya acortado tantas vidas como esta
curiosa obra, tan bien intencionada. Razón de eso: la confusión de la
consecuencia con la causa. Aquel probo italiano veía en su dieta la causa de su
larga vida: cuando en realidad la condición previa de una vida larga, la
lentitud extraordinaria del metabolismo, el gasto exiguo, era su escasa
dieta. El no era libre de comer poco o
mucho su frugalidad no era una «voluntad libre»: se ponía enfermo cuando comía
más. Pero, a quien no sea una carpa,
comer normalmente no sólo le viene bien, sino que le es necesario. Un docto de nuestros días, con su gaste de
fuerza nerviosa, se arruinaría con el régime de Cornaro. Crede experto.-
dos
La fórmula más general que subyace a toda religión y a toda moral dice:
«Haz esto y aquello, no hagas esto y aquello - ¡así serás feliz! En otro caso... » Toda moral, toda religión es ese imperativo,
-yo denomino el gran pecado original de la razón, la sinrazon inmortal. En mi
boca esa fórmula se transforma su contraria -primer ejemplo de mi
«transvaloración de todos los valores»: un hombre bien constituido, un «feliz»,
tiene que realizar ciertas acciones y recela instintivamente de otras, lleva a
sus relaciones con los hombres y las cosas el orden que él representa
fisiológicamente. Dicho en una fórmula: su virtud es consecuencia de su
felicidad ... Una vida larga, una descendencia numerosa no son la recompensa de
la virtud, la virtud misma es, más bien, aquel retardamiento del metabolismo
que, entre otras cosas, lleva también consigo una vida larga, una descendencia
numerosa, en suma el cornarismo. -La Iglesia y la moral dicen: «una estirpe, un
pueblo se arruinan a causa del vicio y del lujo». Mi razón restablecida dice:
cuando un pueblo sucumbe, cuando degenera fisiológicamente, tal cosa tiene como
consecuencia el vicio y el lujo (es decir, la estímulos cada vez más fuertes y
frecuentes, como los que conoce toda naturaleza agotada). Este joven se vuelve
prematuramente pálido y mustio. Sus amigos dicen: de ello tiene la culpa esta y
aquella enfermedad. Yo digo: el hecho de que se haya puesto enfermo, el hecho
de que no haya resistido a la enfermedad fue ya consecuencia de una vida
empobrecida, de un agotamiento hereditario. El lector de periódicos dice: con
tal error ese partido se arruina. Mi
política superior dice: un partido que comete tales errores está acabado -ya no
posee su seguridad instintiva. Todo error, en todo sentido, es consecuencia de
una degeneración de los instintos, de una disgregación de la voluntad: con esto
queda casi definido lo malo (das Schlechte) - Todo lo bueno es instinto Y, por
consiguiente, fácil, necesario, libre. El esfuerzo es una objeción, el dios es
típicamente distinto del héroe (en mi lenguaje: los pies ligeros, primer
atributo de la divinidad)
tres
Error de una causalidad falsa. -En todo tiempo se ha creído saber qué
es una causa: mas ¿de dónde sacábamos nosotros nuestro saber, o, más
exactamente, nuestra creencia de tener ese saber? Del ámbito de los famosos
«hechos internos», ninguno de los cuales ha demostrado hasta ahora ser un
hecho. Creíamos que, en el acto de la voluntad, nosotros mismos éramos causas;
opinábamos que, al menos aquí, sorprendíamos en el acto a la causalidad. De
igual modo, tampoco se ponía en duda que todos los antecedentia de una acción,
sus causas, había que buscarlos en la consciencia y que en ella los hallaríamos
de nuevo si los buscábamos - como «motivos»: de lo contrarío, en efecto, no
habríamos sido libres para realizar la acción, responsables de ella.
Finalmente, ¿quién habría discutido que un pensamiento es causado?, ¿que el yo
causa el pensamiento?... De estos tres «hechos internos», con los que la
causalidad parecía quedar garantizada, el primero Y más convincente es el de la
Voluntad como causa, la concepción de una consciencia («espíritu») como causa,
y, más tarde, también la del yo (el «sujeto») como causa nacieron simplemente
después de que la voluntad había establecido ya la causalidad como dada, como
una empiria... Entre tanto hemos pensado
mejor las cosas. Hoy no creemos ya una sola palabra de todo aquello. El «mundo
interno» está lleno de fantasmas y de fuegos, fatuos: la voluntad es uno de
ellos. La voluntad no mueve ya nada, por consiguiente, tampoco aclara ya nada
simplemente acompaña a los procesos, también puede faltar. El llamado «motivo»:
otro error. Simplemente un fenómeno superficial de la consciencia, un accesorio
del acto, que más bien encubre que representa los antecedentia de éste. ¡Y nada
digamos del yo! Se ha convertido en una
fábula, en una ficción, en un juego de palabras: ¡ha dejado totalmente de
pensar, de sentir y de querer!... ¿Qué se sigue de aquí? ¡No existen en modo
alguno causas espirituales! ¡Toda la presunta empiria de las mismas se ha ido
al diablo! ¡Esto es lo que se sigue de aquí! - y nosotros habíamos abusado
gentilmente de aquella «empiria», habíamos creado, basándonos en ella, el mundo
como un mundo de causas, como un mundo de voluntad, como un mundo de espíritus.
La psicología más antigua y más prolongada actuaba aquí, no ha hecho ninguna
otra cosa: todo acontecimiento era para ella un acto, todo acto, consecuencia
de una voluntad, el mundo se convirtió para ella en una pluralidad de agentes,
a todo acontecimiento se le imputó un agente (un «sujeto»). El hombre ha
proyectado fuera de sí sus tres «hechos internos», aquello en lo que él más
firmemente creía, la voluntad, el espíritu, el yo, - el concepto de ser lo
extrajo del concepto de yo, puso las «cosas» como existentes guiándose por su
propia imagen, por su concepto del yo como causa. ¿Cómo puede extrañar que
luego volviese a encontrar siempre en las cosas tan sólo aquello que él había
escondido dentro de ellas? - La cosa misma, dicho una vez más, el concepto de
cosa, mero reflejo de la creencia en el yo como causa... E incluso el átomo de
ustedes, señores mecanicistas y físicos, ¡cuánto error, cuánta psicología
rudimentaria perduran todavía en su átomo! - ¡Para no decir nada de la «cosa en
sí», del horrendum pudendum de los metafísicos! ¡El error del espíritu como
causa, confundido con la realidad! ¡Y convertido en medida de la realidad ¡Y
denominado Dios!
cuatro
Error de las causas imaginarias. - Para partir del sueño: a una
sensación determinada, surgida, por ejemplo, a consecuencia de un lejano
disparo de cañón, se le imputa retrospectivamente una causa (a menudo, toda una
pequeña novela, en la que precisamente el que sueña es el personaje principal).
La sensación, entre tanto, perdura, en una especie de resonancia: aguarda, por
así decirlo, hasta que el instinto causal le permite pasar a primer plano, -
ahora ya no como un azar, sino como un «sentido». El disparo de cañón se
presenta de una forma causal, en una inversión aparente del tiempo. Lo
posterior, la motivación, es vivido antes, a menudo con cien detalles que
transcurren como de manera fulminante, el disparo viene después... ¿Qué ha
ocurrido? Las representaciones que
fueron engendradas por una situación determinada son concebidas erróneamente
como causa de la misma. -De hecho cuando estamos despiertos actuamos también
así. La mayoría de nuestros sentimientos
generales -toda especie de obstáculo, presión, tensión, explosión en el juego y
contrajuego de los órganos, como en especial el estado del nervus sympaticus -
excitan nuestro instinto causal: queremos tener una razón de encontrarnos de
este y de aquel modo, -de encontrarnos bien o encontrarnos mal. Jamás nos basta
con establecer el hecho de que nos encontramos de este y de aquel modo: no
admitimos ese hecho - no cobramos consciencia de él - hasta que hemos dado una
especie de motivación. - El recuerdo, que en tal caso entra en actividad sin
saberlo nosotros, evoca estados anteriores de igual especie, así como las
interpretaciones causales fusionadas con ellos, - no la causalidad de los
mismos. Desde luego la creencia de que las representaciones, los procesos
conscientes concomitantes han sido las causas, es evocada también por el
recuerdo. Surge así una habituación a
una interpretación causal determinada, la cual obstaculiza en verdad una
investigación de la causa e incluso la excluye.
cinco
Aclaración psicológica de esto. - El reducir algo desconocido a algo
conocido alivia, tranquiliza, satisface, proporciona, además, un sentimiento de
poder. Con lo desconocido vienen dados el peligro, la inquietud, la
preocupación, - el primer instinto acude a eliminar esos estados penosos. Primer axioma: una aclaración cualquiera es
mejor que ninguna. Como en el fondo se trata tan sólo de un
querer-desembarazarse de representaciones opresivas, no se es precisamente
riguroso con los medios de conseguirlo: la primera representación con la que se
aclara que lo desconocido es conocido hace tanto bien que se la «tiene por
verdadera». Prueba del placer («de la
fuerza») como criterio de verdad. - Así, pues, el instinto causal está
condicionado y es excitado por el sentimiento de miedo. El «¿por qué?» debe
dar, si es posible, no tanto la causa por ella misma cuanto, más bien, una
especie de causa - una causa tranquilizante, liberadora, aliviadora. El que
quede establecido como causa algo ya conocido, vivido, inscrito en el recuerdo,
es la primera consecuencia de esa necesidad. Lo nuevo, lo no vivido, lo extraño
queda excluido como causa. -Se busca, por tanto, como causa, no sólo una
especie de aclaraciones, sino una especie escogida y privilegiada de
aclaraciones, aquéllas con las que de manera más rápida, más frecuente, queda
eliminado el sentimiento de lo extraño, nuevo, no vivido, - las aclaraciones
más habituales. - Consecuencia: una especie de posición de causas prepondera
cada vez más, se concentra en un sistema y sobresale por fin como dominante, es
decir, sencillamente excluyente de otras causas y aclaraciones. -El banquero
piensa en seguida en el «negocio», el cristiano, en el «pecado», la muchacha,
en su amor.
seis
El ámbito entero de la moral y la religión cae bajo este concepto de
las causas imaginarias. - «Aclaración» de los sentimientos generales
desagradables. Están condicionados por
seres que nos son hostiles (espíritus malvados: el caso más famoso - la errónea
intelección de las histéricas como brujas). Están condicionados por acciones
que no pueden ser dadas por buenas (el sentimiento del «pecado», de la
«pecaminosidad», imputado a un malestar fisiológico - la gente encuentra
siempre razones de estar descontenta de sí misma). Están condicionados como
castigos, como expiación de algo que no deberíamos haber hecho, que no
deberíamos haber sido (generalizado de forma impudente por Schopenhauer en una
tesis en la que la moral aparece como lo que es, como una auténtica
envenenadora y calumniadora de la vida: «todo gran dolor, sea corporal, sea
espiritual, enuncia lo que merecemos; pues no nos podría sobrevenir si no lo
mereciésemos». El mundo como voluntad y
representación,2, 666). Están condicionados como consecuencias de acciones
irreflexivas, que han salido mal ( - los afectos, los sentidos, puestos como
causa, como «culpables»; malestares fisiológicos interpretados, con ayuda de
otros malestares, como «merecidos»). - «Aclaración» de los sentimientos
generales agradables. Están
condicionados por la confianza en Dios. Están condicionados por la consciencia
de acciones buenas (la denominada «buena conciencia», un estado fisiológico que
a veces es tan semejante a una digestión feliz que se confunde con ella). Están condicionados por el resultado feliz,
de empresas ( - falacia ingenua: el resultado feliz de una empresa no le
produce en modo alguno sentimientos generales agradables a un hipocondríaco o a
un Pascal). Están condicionados por la
fe, la caridad, la esperanza - las virtudes cristianas. - En verdad, todas
estas presuntas aclaraciones son estados derivados y, por así decirlo,
traducciones de sentimientos de placer o de displacer a un dialecto falso: se
está en estado de esperar porque el sentimiento fisiológico básico vuelve a ser
fuerte y rico; se confía en Dios porque el sentimiento de plenitud y de fuerza
le proporciona a uno calma. La moral y la religión caen en su integridad bajo
la psicología del error: en cada caso particular son confundidos la causa y el
efecto; o la verdad es confundida con el efecto de lo creído como verdadero; o
un estado de consciencia es confundido con la causalidad de ese estado.
siete
Error de la voluntad libre. -Hoy no tenemos ya compasión alguna con el
concepto de «voluntad libre»: sabemos demasiado bien lo que es -la más
desacreditada artimaña de teólogos que existe, destinada a hacer «responsable»
a la humanidad en el sentido de lo
teólogos, es decir, a hacerla dependiente de ellos... Voy exponer aquí
tan sólo la psicología de toda atribución de responsabilidad. - En todo lugar en que se anda a la busca de
responsabilidad suele ser el instinto de querer-castigar-y-juzgar el que anda
en su busca. Se ha despojado de su inocencia al devenir cuando este o aquel
otro modo de ser es atribuido a la voluntad, a las intenciones, a los actos de
la responsabilidad: la doctrina de la voluntad ha sido inventada esencialmente
con la finalidad de castigar, es decir, de querer-encontrar-culpables. Toda la
vieja psicología de la voluntad, tiene su presupuesto en el hecho de que sus
autores, los sacerdotes colocados en la cúspide de las viejas comunidades,
querían otorgarse el derecho de imponer castigos: -querían otorgarle a Dios ese
derecho... A los seres humanos se los imagino «libres» para que pudieran ser
juzgados, castigados, - para que pudieran ser culpables: por consiguiente, se tuvo que pensar que toda
acción era querida, y que el origen de toda acción estaba situado en la
consciencia ( -con lo cual el más radical fraude in psychologicis quedó
convertido en principio de la psicología misma...) Hoy que hemos ingresado en
el movimiento opuesto a aquél, hoy que sobretodo nosotros los inmoralistas
intentamos, con todas nuestras fuerzas, expulsar de nuevo del mundo el concepto
de culpa y el concepto de castigo y depurar de ellos la psicología, la
historia, la naturaleza, las instituciones y sanciones sociales, no hay a
nuestros ojos adversarios más radicales que los teólogos, los cuales, con el
concepto de «orden moral del mundo», continúan infectando la inocencia del
devenir por medio del «castigo» y la «culpa».
El cristianismo es una metafísica del verdugo...
ocho
¿Cuál puede ser nuestra única doctrina? - Que al ser humano nadie le da
sus propiedades, ni Dios, ni la sociedad, ni sus padres y antepasados, ni él
mismo - el sinsentido de esta noción que aquí acabamos de rechazar ha sido
enseñado como «libertad inteligible» por Kant, acaso ya también por
Platón). Nadie es responsable de
existir, de estar hecho de este o de aquel modo, de encontrarse en estas
circunstancias, en este ambiente. La fatalidad de su ser no puede ser desligada
de la fatalidad de todo lo que fue y será.
El no es la consecuencia de una intención propia, de una voluntad, de
una finalidad, con él no se hace el ensayo de alcanzar un «ideal de hombre» o
un «ideal de felicidad» o un «ideal de moralidad», - es absurdo querer echar a
rodar su ser hacia una finalidad cualquiera.
Nosotros hemos inventado el concepto «finalidad»: en la realidad falta
la finalidad... Se es necesario, se es un fragmento de fatalidad, se forma parte
del todo, se es en el todo, -no hay, nada que pueda juzgar, medir, comparar,
condenar nuestro ser, pues esto significaría juzgar, parar, condenar el todo...
¡Pero no hay nada fuera del todo! - Que no se haga ya responsable a nadie, que
no sea lícito atribuir el modo de ser a una causa prima, que el mundo no sea
una unidad ni como sensorium ni como «espíritu», sólo esto es la gran
liberación - sólo con esto queda
restablecida otra vez la inocencia del devenir... El concepto «Dios» ha sido
has la gran objeción contra la existencia"... Nosotros negamos a Dios,
negamos la responsabilidad en Dios: sólo así redimimos al mundo. -
Friedrich Nietzsche
Trad. A. Sánchez Pascual
Lo que debo a los antiguos
1
Para concluir, una palabra sobre aquel mundo para penetrar en el cual
yo he buscado accesos, para penetrar en el cual acaso yo haya encontrado un
acceso nuevo --el mundo antiguo. Mi gusto, que tal vez sea la antítesis de un
gusto tolerante, también aquí está lejos de decir sí en bloque: en general no
le gusta decir sí, algo más le gusta decir no, lo que más le place es no decir
absolutamente nada... Esto se aplica a culturas enteras, se aplica a libros,
-se aplica también a lugares y paisajes. En el fondo son poquísimos los libros
antiguos que cuentan en mi vida; entre ellos no están los más famosos. Mi
sentido del estilo, del epigrama como estilo, se despertó casi de manera
instantánea al contacto con Salustio. No he olvidado el asombro de mi venerado
profesor Corssen cuando tuvo que dar la nota más alta de todas a su peor
latinista --, de un solo golpe estuve yo a punto. Prieto, riguroso, con la mayor sustancia
posible en el fondo, una fría malicia contra la «palabra bella», también contra
el «sentimiento bello» - en esto me adiviné a mí mismo. Se reconocerá en mí, y
ello incluso en mi Zaratustra, una ambición muy seria de lograr un estilo
romano, un aere perennius en el estilo. -Lo mismo me pasó en mi primer contacto
con Horacio. Hasta hoy no he sentido con ningún poeta aquel mismo arrobamiento
artístico que desde el comienzo me proporcionó una oda horaciana. Lo que aquí
se ha alcanzado es algo que, en ciertos idiomas, ni siquiera se lo puede
querer. Ese mosaico de palabras, donde cada una de ellas, como sonoridad, como
lugar, como concepto, derrama su fuerza a derecha y a izquierda y sobre el
conjunto, ese minimum en la extensión y el número de signos, ese maximum,
logrado de ese modo, en la energía de los signos - todo eso es romano y, si se
me quiere creer, aristocrático par excellence. En comparación con ello el resto
entero de la poesía se transforma en algo demasiado popular, - en mera
charlatanería sentimental...
2
A los griegos no les debo en modo alguno impresiones tan fuertes como
ésas; y, para decirlo derechamente, ellos no pueden ser para nosotros lo que
son los romanos. De los griegos no se aprende - su modo de ser es demasiado
extraño, es también demasiado fluido para causar un efecto imperativo, un
efecto «clásico». ¡Quién habría aprendido jamás a escribir de un griego! ¡Quién
lo habría aprendido jamás sin los romanos!... No se me ponga la objeción de
Platón. En relación con Platón yo soy un
escéptico radical, y nunca he sido capaz de estar de acuerdo con la admiración
por el Platón artista, que es tradicional entre los doctos. En última
instancia, aquí tengo de mi parte a los más refinados jueces del gusto entre
los mismos antiguos. Platón entremezcla, a mi parecer, todas las formas del
estilo, con ello es un primer décadent del estilo: tiene sobre su conciencia
una culpa semejante a la de los cínicos que inventaron la satura Menippea. Para
que el diálogo platónico, esa especie espantosamente autosatisfecha y pueril de
dialéctica, pueda actuar como un atractivo es preciso que uno no haya leído
jamás buenos franceses, - Fontenelle por ejemplo. Platón es aburrido. - En
última instancia, mi desconfianza con respecto a Platón va a lo hondo: lo
encuentro tan descarriado de todos los instintos fundamentales de los helenos,
tan moralizado, tan cristiano anticipadamente - él tiene ya el concepto «bueno»
como concepto supremo - que a propósito del fenómeno entero Platón preferiría
usar, más que ninguna otra palabra, la dura expresión «patraña superior», o, si
ella gusta más al oído, idealismo. Se ha pagado caro el que ese ateniense fuese
a la escuela de los egipcios (-¿o de los judíos en Egipto?) En la gran
fatalidad del cristianismo Platón es aquella ambigüedad y fascinación que hizo posible a las
naturalezas más nobles de la Antigüedad el malentenderse a sí mismas y el poner
el pie en el puente que llevaba hacia la «cruz»... ¡Y cuánto Platón continúa
habiendo en el concepto «Iglesia», en la organización, en el sistema en la
praxis de la Iglesia! - Mi recreación, mi predilección, mi cura de todo
platonismo ha sido en todo tiempo Tucídides Tucídides, y, acaso, el Príncipe de
Maquiavelo son los más afines a mí por la voluntad incondicional de no dejarse
embaucar en nada y de ver la razón en la realidad, -no en la «razón», y menos
aún en la «moral»... Del deplorable embellecimiento de los griegos con los
colores del ideal, que es el premio que el joven «de formación clásica» obtiene
de su adiestramiento en la enseñanza media para la vida, ninguna otra cosa cura
más radicalmente que Tucídides. Hay que examinar con detalle cada una de sus
-líneas y descifrar sus pensamientos ocultos con igual claridad que sus
palabras: hay pocos pensadores tan ricos en pensamientos ocultos. En él alcanza
su expresión perfecta la cultura de los sofistas, quiero decir, la cultura de
los realistas: ese inestimable movimiento en medio de la patraña de la moral y
del ideal propia de las escuelas socráticas, que entonces comenzaba a irrumpir
por todas partes. La filosofía griega como décadence del instinto griego;
Tucídides, como la gran suma, la última revelación de aquella objetividad
fuerte, rigurosa, dura, que el heleno antiguo tenía en su instinto. El valor
frente a la realidad es lo que en última instancia diferencia a naturalezas
tales como Tucídides y Platón: Platón es un cobarde frente a la realidad, -por
consiguiente, huye al ideal; Tucídides tiene dominio de sí, - por consiguiente,
tiene también dominio de las cosas...
3
De ventear en los griegos «almas bellas», «áureas mediocridades» y
demás perfecciones, de admirar en ellos, por ejemplo, la calma en la grandeza,
los sentimientos ideales, la simplicidad elevada de esa «simplicidad elevada»,
que es en el fondo una niaiserie allemande, he estado yo preservado por el
psicólogo que llevaba dentro de mí. Yo he visto su más fuerte instinto, la
voluntad de poder, yo he visto a los griegos temblar ante la violencia
indomable de ese instinto, - yo he visto a todas sus instituciones brotar de
medidas defensivas para asegurarse unos a otros contra su materia explosiva
interior. La enorme tensión en el interior se descargaba luego en una enemistad
terrible y brutal hacia el exterior: las ciudades se despedazaban unas a otras
para que los habitantes de cada una de ellas encontrasen tregua de sí mismos.
Se tenía necesidad de ser fuerte: el peligro se hallaba cerca, - estaba al
acecho en todas partes. La magnífica agilidad corporal, el temerario realismo e
inmoralismo que es propio del heleno fue una necesidad, no una naturaleza. Fue
una consecuencia, no existió desde el comienzo. Y con las fiestas y las artes
no se quería tampoco otra cosa que sentirse a sí mismo por encima, mostrarse
por encima: son medios, para glorificarse a sí mismo y a veces para inspirar
miedo de sí.. ¡Juzgar a los griegos por sus filósofos, a la manera alemana,
utilizar, por ejemplo, la mojigatería de las escuelas socráticas para explicar
qué es, en el fondo, helénico!...Los filósofos son, en efecto, los décadents del
mundo griego, el movimiento de oposición al gusto antiguo, aristocrático ( - al
instinto agonal, a la polis, al valor de la raza, a la autoridad de la
tradición). Las virtudes socráticas fueron predicadas porque los griegos las
habían perdido: como todos ellos eran irritables, miedosos, inconstantes,
comediantes, tenían unas cuantas razones de más para hacerse predicar la moral.
No es que esto haya proporcionado alguna ayuda: pero les caen tan bien a los
décadents las palabras y los gestos grandes...
4
Yo fui el Primero que, para comprender el instinto helénico más
antiguo, todavía rico e incluso desbordante, tomé en serio aquel maravilloso
fenómeno que lleva el nombre de Dioniso: el cual sólo es explicable Por una
demasía de fuerza. Quien profundiza en los griegos, como Jakob Burckhardt de
Basilea, el más profundo conocedor de su cultura que hoy vive, se dio en
seguida cuenta de que esto tenía importancia: Burckhardt añadió a su Cultura de
los griegos un capítulo especial sobre el mencionarlo fenómeno. Si se quiere la
antítesis de esto, véase la casi regocijante pobreza de instintos mostrada por
los filósofos alemanes cuando se acercan a lo dionisíaco. Sobre todo el famoso
Lobeck, que se introdujo a rastras en este mundo de estados misteriosos con la
venerable seguridad de un gusano desecado entre libros, y se persuadió de que
era científico siendo frívolo e infantil hasta la nausea -Lobeck ha dado a
entender, con gran despliegue de erudición, que propiamente ninguna de esas
curiosidades tiene importancia. De hecho, dice acaso los sacerdotes comunicasen
a los participantes en tales orgías algo no carente de valor, como, por
ejemplo, que el vino incita al placer, que a veces el hombre vive de frutos,
que las plantas florecen en la primavera, y en el otoño se marchitan. En lo que
se refiere a aquella chocante riqueza de ritos, símbolos y mitos de origen
orgiástico, de que el mundo antiguo pulula literalmente, Lobeck encuentra en
ella una ocasión de alcanzar un grado más alto de ingeniosidad. «Los griegos»,
dice en Aglaophamus, I, 672, «cuando no tenían otra cosa que hacer, reían,
saltaban, corrían de un lado para otro, o, dado que a veces el hombre encuentra
también placer en ello, se sentaban, lloraban y se lamentaban. Más tarde
vinieron otros y buscaron alguna razón que explicase ese comportamiento
sorprendente; y así surgieron, para explicar tales usos, aquellas innumerables
leyendas festivas y mitos. Por otra parte se creyó que las bufonadas que tenían
lugar en los días de fiesta formaban parte también, necesariamente, de la
celebración festiva, y se las conservó como una parte imprescindible del
culto».-Esta es una charlatanería despreciable, a un Lobeck no se lo tomará en
serio ni un solo instante. De manera completamente distinta nos sentimos
impresionados al examinar el concepto «griego» que Winckelmann y Goethe se
formaron, y lo encontramos incompatible con el elemento de que brota el arte
dionisíaco, - con el orgiasmo. De hecho yo no dudo de que, por principio,
Goethe habría excluido algo así de las posibilidades del alma griega. Por
consiguiente, Goethe no entendió a los griegos.
Pues sólo en los misterios dionisíacos, en la psicología del estado
dionisíaco se expresa el hecho fundamental del instinto helénico - su «voluntad
de vida». ¿Qué es lo que el heleno se garantizaba a sí mismo con esos
misterios? La vida eterna, el eterno
retorno de la vida; el futuro, prometido y consagrado en el pasado; el sí
triunfante dicho a la vida por encima de la muerte y, del cambio; la vida
verdadera como supervivencia colectiva mediante la procreación, mediante los
misterios de la sexualidad. Por ello el símbolo sexual era para los griegos el
símbolo venerable en sí, el auténtico sentido profundo que hay dentro de toda
la piedad antigua. Cada uno de los detalles del acto de la procreación, del
embarazo, del nacimiento, despertaba los sentimientos más elevados y solemnes.
En la doctrina de los misterios el dolor queda santificado: los «dolores de la
Parturienta» santifican el dolor en cuanto tal, - todo devenir y crecer, todo
lo que es una garantía del futuro implica dolor... Para que exista el placer
del crear, para que la voluntad de vida se afirme eternamente a sí misma, tiene
que existir también eternamente el «tormento de la parturienta»... Todo esto
significa la palabra Dionisio: yo no conozco una simbólica más alta que esta
simbólica griega, la de las Dionisias. En ella el instinto más profundo de la
vida, el del futuro de la vida, el de la eternidad de la vida, es sentido
religiosamente, - la misma vía hacía la vida la procreación, es sentida como la
vía sagrada... Sólo el cristianismo, que se basa en el resentimiento contra la
vida, ha hecho de la sexualidad algo impuro: ha arrojado basura sobre el
comienzo, sobre, el presupuesto de nuestra vida...
5
La psicología del orgíasmo entendido como un desbordante sentimiento de
vida y de fuerza, dentro del cual el mismo dolor actúa como estimulante, me dio
la clave para entender el concepto de sentimiento trágico, que ha sido
malentendido tanto por Aristóteles como especialmente por nuestros
pesimistas. La tragedia está tan lejos
de ser una prueba del pesimismo de los helenos en el sentido de Schopenhauer,
que ha de ser considerada,.antes bien, como rechazo y contra-instancia
decisivos de aquél. El decir sí a la vida incluso en sus problemas más extraños
y duros: la voluntad de vida, regocijándose de su propia inagotabilidad al
sacrificar a su tipos más altos, - a eso fue a lo que yo llamé dionisíaco, eso
fue lo que yo adiviné como puente que lleva a la psicología del poeta trágico.
No para desembarazarse del espanto y la compasión, no para purificarse de un
afecto peligroso mediante una vehemente descarga del mismo - así lo entendió
Aristóteles -: sino para, mas allí del espanto y la compasión, ser nosotros mismos
el eterno placer del devenir, - ese placer que incluye en sí también el placer
del destruir... Y con esto vuelvo a tocar el sitio de que en otro tiempo partí
- El nacimiento de la tragedia fue mi primera transvaloración de todos los
valores: con esto vuelvo a situarme otra vez en el terreno del que brotan mí
querer, mi poder - yo, el último discípulo del filósofo Dioniso, - yo, el
maestro del eterno retorno...
Friedrich Nietzsche
Trad. A. Sánchez Pascual

