© Libro No. 401. Los Ríos De Londres. Aaronovitch, Ben. Colección Emancipación Obrera. Abril 6 De
2013.
Título original: © Rivers of London
Ben Aaronovitch, 2012.
Traducción: Joan
Josep Mussarra.
Versión Original: © Rivers of London. Ben Aaronovitch, 2012. Traducción:
Joan Josep Mussarra.
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Emancipación: Guillermo Molina Miranda

Ben
Aaronovitch
Los ríos de Londres
Ben Aaronovitch Los ríos de Londres
Ben Aaronovitch
Ríos de Londres
Título
original: Rivers of London
Ben Aaronovitch, 2012.
Traducción: Joan Josep Mussarra.
En recuerdo de Colin Ravey,
porque los hay que son demasiado grandes
para caber en un solo universo
Pero, ¡ah!, ¿por qué tienen que conocer su destino?
Ya que la tristeza nunca llega
demasiado tarde,
y la felicidad es demasiado
presta a huir.
El pensamiento destruiría su
paraíso.
Basta; donde la ignorancia es
gozo,
es locura ser sabio.
Oda a una vista lejana del Eaton
College
THOMAS GRAY
1
TESTIGO OCULAR
Todo empezó a la una y treinta de la fría madrugada de un martes de enero.
Martin Turner, artista callejero y, según sus propias palabras, aprendiz de
gigoló, tropezó con un cuerpo frente al pórtico oriental de la iglesia de St.
Paul en Covent Garden. Martin no estaba precisamente sobrio y en un primer
momento pensó que el cuerpo pertenecía a uno de los muchos juerguistas que se
decantaban por emplear la plaza como lavabo y dormitorio al aire libre. Siendo
Martin un avezado londinense, no le dedicó más que la «mirada estilo Londres»,
una rápida ojeada para saber si se trataba de un borracho, de un loco o de
alguien en apuros. En realidad es muy posible que las tres condiciones se
reúnan en una sola persona, y es por ello por lo que en Londres ejercer de buen
samaritano se considera un deporte de riesgo. Viene a ser como el salto base o
la lucha libre con cocodrilos. Martin tomó nota del abrigo y los zapatos de
buena calidad, y ya había clasificado aquel cuerpo como el de un borracho
cuando se dio cuenta de que le faltaba la cabeza.
Martin hizo notar a los detectives que le entrevistaron que había sido una
suerte estar borracho, porque, si no, habría perdido el tiempo en chillar y
correr de un lado para otro, sobre todo después de darse cuenta de que había
metido los pies en un charco de sangre. En cambio, había marcado el 999 con la
lenta y metódica paciencia de los borrachos aterrorizados, y había preguntado
por la policía.
El centro de emergencias de la policía había alertado al vehículo de
intervención inmediata más cercano y los primeros agentes habían llegado al
cabo de seis minutos. Uno de los agentes se había quedado con Martin,
repentinamente sobrio, mientras su compañero se cercioraba de que, en efecto,
se trataba de un cuerpo, y de que, a falta de circunstancias concomitantes que
apuntaran en la dirección contraria, no parecía una muerte accidental.
Encontraron la cabeza seis metros más allá. Había rodado hasta detrás de una de
las columnas neoclásicas del pórtico de la iglesia. Los agentes que habían
acudido a la primera alerta llamaron a control, y control alertó a la Brigada
de Homicidios, cuyo agente de servicio, el más joven del equipo, llegó media
hora más tarde. Echó una ojeada al señor Descabezado y despertó a su oficial.
Como consecuencia, toda la pompa y majestad de una investigación de homicidios
de la Policía Metropolitana descendió sobre los veinticinco metros de
adoquinado que se interponen entre el edificio del mercado y el pórtico de la
iglesia. El forense acudió para certificar la defunción, hacer una valoración
preliminar de sus causas y llevarse el cadáver para que siguiera el
procedimiento debido. (La cosa se retrasó un poco, porque tuvieron que buscar
una bolsa para transportar pruebas lo bastante grande para la cabeza.) Los
equipos de investigación acudieron en manada y, a fin de demostrar su propia
importancia, exigieron que la zona acordonada se ampliase hasta abarcar también
la parte occidental de la plaza. Iban a necesitar a más agentes con ese fin,
así que el oficial de investigación de la Brigada de Homicidios llamó a la
central para preguntar si les sobraba alguno. El jefe de turno, al oír las
palabras mágicas «horas extras», acudió a los dormitorios de la sección y sacó
a una serie de agentes de sus lechos cálidos y confortables para informarles de
su condición de voluntarios. Así pues, la zona acordonada se amplió, se
procedió a efectuar registros, se distribuyeron misteriosas tareas entre los
detectives novatos y, finalmente, a las cinco en punto, toda la actividad cesó.
El cuerpo ya no estaba allí, los detectives se habían marchado y los miembros
de los equipos de investigación decidieron por unanimidad que no se podría
hacer nada más hasta que amaneciera, y todavía faltaban tres horas para eso.
Por el momento, bastaría con un par de polis para vigilar la escena del crimen
hasta el cambio de turno.
Y así fue como acabé en Covent Garden con un viento gélido a las seis de la
mañana, y como fui yo quien se topó con el espectro.
A veces me pregunto qué habría ocurrido si hubiese sido yo el que hubiera
ido por café en lugar de Lesley May. Quizá mi vida habría sido mucho menos
interesante, y, desde luego, mucho menos peligrosa. ¿Le habría ocurrido lo
mismo a cualquier otro que hubiera estado allí? ¿O fue el destino? Cada vez que
lo pienso, me viene bien recordar los sabios consejos de mi padre, que me dijo
una vez:
—Pero ¿quién coño va a saber por qué ocurre lo que ocurre?
Covent Garden es una plaza grande en el centro de Londres. En su extremo
oriental está la Royal Opera House, en su centro hay un mercado cubierto y en
el lado oriental se encuentra la iglesia de St. Paul. En otro tiempo albergó el
principal mercado de frutas y verduras en todo Londres, pero diez años antes
que de yo naciese trasladaron los puestos al sur del río. Tiene una historia
larga y variada, en la que desempeñaron un papel destacado el delito, la
prostitución y el teatro, pero hoy es un mercado para turistas. A la iglesia de
St. Paul la llaman «Iglesia de los Actores» para distinguirla de la catedral.
Inigo Jones dirigió su construcción en 1638. Sé todo esto porque no hay nada
como estar de guardia con un viento helado para que le entren a uno ganas de
buscar distracciones, y en uno de los costados de la iglesia había una placa de
información grande y con mucho texto. ¿Sabíais, por ejemplo, que la primera
víctima conocida de la plaga de 1665, la que terminó con el gran incendio de
Londres, está enterrada en su cementerio? Yo me enteré cuando llevaba diez
minutos allí a resguardo del viento.
La Brigada de Homicidios había acordonado el área occidental de la plaza.
Había puesto el cordón policial en la desembocadura de King Street y Henrietta
Street, y en la parte frontal del mercado cubierto. Yo montaba guardia por el
lado de la iglesia, porque allí podía resguardarme en el pórtico, y Lesley May,
una agente de policía que estaba en período de prueba igual que yo, vigilaba
por el lado de la plaza, donde podía resguardarse en el mercado.
Lesley era bajita, rubia, y sumamente descarada y sexy, incluso cuando
llevaba puesto el chaleco antipunzón. Habíamos hecho juntos la instrucción
básica en Hendon. Luego nos habían trasladado a Westminster para el período de
prueba. Nuestra relación era estrictamente profesional, pese a mi profundo
anhelo de colarme en los pantalones de su uniforme.
Como los dos estábamos a prueba, un experimentado agente se había quedado
con nosotros para supervisarnos, y en esos momentos llevaba a cabo su tarea con
suma diligencia desde un café de St. Martin’s Court que no cerraba durante la
noche.
Me sonó el móvil. Necesité unos momentos para encontrarlo entre el chaleco
antipunzón, el cinturón con accesorios, la porra, las esposas, la radio digital
del cuerpo de policía y la chaqueta reflectante, que agobiaba, pero que tenía
la virtud de ser impermeable. Cuando por fin logré responder, resultó que era
Lesley.
—Voy por un café —dijo—. ¿Quieres uno?
Miré en dirección al mercado y vi que me hacía gestos.
—Me has salvado la vida —le dije, y no le quité los ojos de encima mientras
corría hacia James Street.
No hacía más de un minuto que se había marchado cuando vi una figura cerca
del pórtico. Un hombre bajito con traje, oculto entre las sombras tras la
columna más cercana.
Le dirigí el «primer saludo» preceptivo de la Policía Metropolitana.
—¡Eh! —le dije—. ¿Qué se cree que está haciendo ahí?
La figura se volvió y entreví una cara pálida, con expresión de sobresalto.
El hombre vestía un traje andrajoso y pasado de moda, con chaleco, reloj de
bolsillo y una chistera abollada. En un primer momento pensé que se trataría de
uno de los artistas callejeros con licencia para actuar en la plaza, pero luego
me di cuenta de que era demasiado temprano.
—Venga aquí —dijo, y me hizo un gesto con la mano para que me acercase.
Me aseguré de tener a mano la porra extensible y caminé hacia él. Se espera
que los policías estemos en guardia frente a los ciudadanos corrientes, incluso
frente a los ciudadanos corrientes que pretenden ayudarnos. Por eso llevamos
botas grandes y cascos. Pero cuando estuve más cerca me di cuenta de que el
hombre era pequeñito. Debía de medir un metro sesenta como mucho. Tuve que
reprimir el impulso de agacharme para que las caras de los dos quedasen a la
misma altura.
—Lo he visto todo, caballero —explicó el hombre—. Ha sido horrible.
En Hendon te inculcan un principio: antes de hacer nada, pídele el nombre y
la dirección. Saqué el bloc de notas y el bolígrafo.
—¿Le importaría decirme su nombre?
—Pues desde luego que no me importaría, caballero. Me llamo Nicholas
Wallpenny, pero no me pida que se lo deletree, porque nunca he aprendido a
escribir bien.
—¿Actúa usted en la calle? —le pregunté.
—Sí, me imagino que sí —dijo Nicholas—. Hasta el día de hoy, mis
actuaciones se han restringido a lo que es la calle. Aunque en una noche fría
como la de hoy no me importaría que mi labor tuviese lugar en el interior. No
sé si me entiende usted, caballero.
Llevaba una insignia de peltre sujeta en la solapa en la que aparecía un
esqueleto a media cabriola. Tenía un aire demasiado gótico para un londinense
genuino, pero es que, al fin y al cabo, Londres es la capital mundial de la
mezcla de culturas. Apunté: Artista
callejero.
—Y ahora, señor —le pedí—, si fuera usted tan amable de contarme lo que ha
visto…
—He visto un montón de cosas, caballero.
—Pero ¿se encontraba usted aquí a primera hora de la madrugada? —Las
directrices son muy claras: no hay que darles pistas a los testigos. La
información tiene que fluir en una única dirección.
—Me paso las mañanas, las tardes y las noches en este sitio —dijo Nicholas.
Estaba claro que no había seguido los mismos cursos que yo.
—Si ha visto algo —le dije—, sería conveniente que viniese a declarar.
—No me resultaría nada fácil —respondió Nicholas—, dado que estoy muerto.
Pensé que no le había oído bien.
—Si teme usted por su seguridad…
—A mí ya no me preocupa nada, caballero —dijo Nicholas—, porque estoy
muerto desde hace ciento veinte años.
—Si está usted muerto —le dije, sin poder refrenarme—, ¿cómo es posible que
estemos conversando?
—Me imagino que ha sido tocado usted por la visión —explicó Nicholas—.
Tiene algo del viejo Paladino. —Me miró de cerca—. ¿Ese toque le vino de su
padre, tal vez? Era hombre de mar, ¿verdad? Marinero, o algo por el estilo, y
es de él de quien heredó ese bonito cabello rizado y esos labios.
—¿Podría hacerme usted el favor de acreditar su condición de difunto? —le
pregunté.
—Como usted quiera, caballero —cedió Nicholas, y dio un paso adelante para
quedar bien iluminado.
Era transparente, igual que los hologramas de las películas.
Tridimensional, indudablemente presente y jodidamente transparente. A través de
él se veía la tienda de color blanco que el equipo de investigación había
plantado para proteger el área en la que se había hallado el cuerpo.
«Bueno —pensé—, por muy loco que me haya vuelto no puedo descuidar los
protocolos policiales.»
—¿Le importaría contarme lo que ha visto? —le interpelé.
—He visto al primero de esos caballeros, el que han matado. Bajaba a pie
por James Street. Un hombre elegante, de paso garboso y porte militar, vestido
alegremente a la moda moderna. Lo que en mis tiempos corpóreos habría llamado
un hombre con buena planta. —Nicholas calló y escupió. El escupitajo no llegó
al suelo—. Luego el otro caballero, el que cometió el asesinato, ha venido en
dirección contraria desde Henrietta Street. No vestía igual. Llevaba unos
pantalones azules de trabajo y un impermeable que parecía de pescador. Han
pasado el uno junto al otro. —Nicholas señaló a un lugar que debía de hallarse
a unos diez metros escasos del pórtico de la iglesia—. Se conocerían, porque se
han hecho un gesto con la cabeza, pero no se han parado a charlar ni nada, lo
cual es comprensible, porque no hace una noche como para detenerse en plena
calle.
—¿Y han pasado el uno junto al otro? —pregunté para tenerlo claro, pero
también para tener tiempo de tomar nota—. ¿Y piensa usted que se conocían?
—Sí, meros conocidos —dijo Nicholas—. No creo que fuesen amigos íntimos,
sobre todo a la vista de lo que ha ocurrido luego.
Le pregunté por lo que había ocurrido luego.
—Pues que el segundo de dichos caballeros, el asesino, se ha puesto una
gorra y una chaqueta roja, ha levantado el bastón y, rápido y sigiloso como un
desvalijador de habitaciones en un hotel, se ha acercado por detrás al primer
caballero y le ha arrancado la cabeza de un golpe seco.
—Me toma usted el pelo —dije yo.
—No, en absoluto —contestó Nicholas, y se santiguó—. Se lo juro por mi
propia muerte, y ése es el juramento más solemne que una pobre sombra puede
hacer. Ha sido algo terrible de ver. La cabeza se ha separado de los hombros y
ha empezado a chorrear sangre.
—¿Qué ha hecho el asesino?
—Pues, como ya había hecho lo que tenía que hacer, se ha marchado por New
Row cual perro de cazador furtivo —dijo Nicholas.
Se me ocurrió que New Row llevaba hasta Charing Cross Road, un sitio ideal
para marcharse en taxi, o incluso en autobús nocturno, si se calculaba bien el
tiempo. El asesino podía haber abandonado el centro de Londres en menos de
quince minutos.
—Y eso no ha sido lo más extraordinario —dijo Nicholas, que, obviamente, no
quería dejarle tiempo a su público para que se distrajera—. El caballero que ha
cometido el asesinato era de naturaleza sobrenatural.
—¿De naturaleza sobrenatural? —le pregunté—. ¡Y me lo dice un espectro!
—Sí, de acuerdo, soy un espectro —afirmó Nicholas—. Pero, por eso mismo,
tengo buena vista para reconocer lo sobrenatural.
—¿Y qué es lo que ha visto?
—Pues que dicho caballero no ha cambiado tan sólo de sombrero y abrigo,
sino también de rostro —dijo Nicholas—. Ya me dirá usted si eso no le parece
sobrenatural.
Alguien me llamó por mi nombre. Era Lesley, que regresaba con los cafés.
En cuanto aparté la vista, Nicholas desapareció.
Por un momento, me quedé mirando al vacío como un idiota, hasta que Lesley
me volvió a llamar.
—¿Quieres el café o no?
Caminé sobre el adoquinado hasta el lugar donde la angelical Lesley me
aguardaba con el vaso de poliestireno.
—¿Ha ocurrido algo mientras yo no estaba? —me preguntó.
Me tomé un sorbito de café. Las palabras «Acabo de hablar con un espectro
que lo ha visto todo» no me salieron de los labios.
Al día siguiente me levanté a las once. Mucho antes de lo que habría
querido. A las ocho de la mañana habían venido a relevarnos a Lesley y a mí, y
habíamos caminado penosamente hasta los alojamientos de la sección. Nos fuimos
directos a la cama. A dos camas distintas. Qué rabia.
La ventaja principal de vivir en los alojamientos de la sección es que la
cuota es barata, estás cerca del trabajo y no tienes que ver a tus padres. Las
desventajas radican en que tienes que compartir residencia con individuos con
carencias en su proceso de sociabilización que no les han permitido vivir con
seres humanos normales, y que además suelen calzar botas muy pesadas. A causa
de su insuficiente socialización, algo tan sencillo como abrir la nevera puede
transformarse en una emocionante exploración por el campo de la microbiología
y, además, por culpa de las botas, los cambios de turno son tan ruidosos como
una avalancha.
Me tumbé en la pequeña cama que nos proporcionaba la institución y clavé
los ojos en el póster de Estelle que había colgado de la pared de enfrente. No
me importa lo que digan: por mayores que nos hagamos, siempre merece la pena
ver a una mujer hermosa en el momento de despertar.
Me quedé diez minutos en la cama, con la esperanza de que el recuerdo de
haber hablado con un fantasma se desvaneciera como un sueño, pero, visto que no
lo hacía, me levanté y me duché. Empezaba un día importante y tenía que estar
bien despierto.
A pesar de lo que muchos piensen, el Servicio de Policía Metropolitana
todavía es una organización de clase obrera y, como tal, no consiente que se
forme una clase separada de oficiales. Así, todos los policías que acaban de
salir del huevo, con independencia de su currículum formativo, tienen que
pasarse dos años de prueba haciendo trabajo rutinario en la calle. Porque no
hay nada que forme el carácter como los insultos, escupitajos y vómitos de los
ciudadanos.
Al terminar el período de prueba, el agente solicita una colocación en
alguno de los departamentos, brigadas y grupos especiales de operaciones que
integran el cuerpo. La mayoría de los agentes a prueba siguen desempeñando
labores de uniforme en alguna de las comisarías de distrito, y los jerarcas de
la Metropolitana gustan de insistir en que el trabajo uniformado es de vital
importancia y se puede considerar una opción positiva en sí misma. Tiene que
haber alguien que aguante los insultos, los escupitajos y los vómitos, y yo soy
el primero en aplaudir a los y las valientes que están dispuestos a dar un paso
adelante y aceptar ese papel.
Ésa había sido la noble vocación del oficial que estaba al mando de mi
turno, el inspector Francis Neblett. Había ingresado en la Policía
Metropolitana en la época de los dinosaurios, había ascendido rápidamente al
rango de inspector y se había pasado los treinta años siguientes sin moverse de
ese cargo. Era un hombre terco, de cabello castaño y lacio y cuya cara parecía
haber sido golpeada con el plano de una pala. Neblett era tan anticuado que se
ponía siempre la guerrera del uniforme sobre la camisa blanca reglamentaria,
incluso cuando salía a patrullar con «sus muchachos».
Teníamos concertada una entrevista para ese día. Íbamos a «discutir» las
perspectivas que me deparaba mi futura carrera en el oficio. En teoría, la
entrevista formaba parte de un proceso integrado de desarrollo profesional que
conduciría a resultados beneficiosos tanto para el cuerpo de policía como para
mí mismo. Al final de la entrevista se decidiría mi destino definitivo… y tenía
serias sospechas de que no se iban a tener en cuenta mis deseos.
Lesley me salió al encuentro en la miserable cocina que compartíamos los
inquilinos de todas las habitaciones de mi planta. Era increíble lo despierta
que parecía. En uno de los armarios había paracetamol; el paracetamol no puede
faltar en ninguna comisaría. Cogí un par de pastillas y me las tragué con agua
del grifo.
—El señor Descabezado ya tiene nombre —me dijo Lesley mientras yo preparaba
el café—. William Skirmish, trabajaba en los medios de comunicación, residente
en Highgate.
—¿Y han dicho algo más?
—Tan sólo lo habitual —dijo Lesley—. Asesinato sin motivo aparente, bla,
bla, bla, violencia en el centro de la ciudad, dónde irá a parar Londres, bla
bla.
—Bla, bla, bla —repetí yo.
—¿Qué vas a hacer esta mañana? —preguntó Lesley.
—A las doce me encuentro con Neblett para la entrevista sobre mis
perspectivas profesionales.
—Te deseo suerte —me dijo Lesley.
El inspector Neblett me llamó por mi nombre de pila y desde ese momento
tuve claro que la entrevista no pintaba nada bien.
—Dime, Peter —dijo—. ¿En qué dirección crees que irá tu carrera
profesional?
Me removí nervioso en la silla.
—Bueno… —dije—. A mí me gustaría estar en un departamento de investigación
de delitos.
—¿Quieres ser detective? —Por supuesto, Neblett había hecho la carrera «de
uniforme» y miraba a los policías de paisano igual que un civil miraría a los
inspectores del fisco. Si no queda más remedio, se les acepta como un mal
necesario, pero no le permitiríamos a nuestra hija que se casara con uno.
—Sí, señor.
—¿Y cómo es que sólo aspiras a ingresar en un DID? —preguntó—. ¿Por qué no
en una de las unidades de especialistas?
Porque no, porque mientras dura el período de prueba a nadie se le ocurre
decir que lo que quiere es ingresar en la Brigada de Intervención Inmediata o
en la de Homicidios y poder pasearse en un cochazo y llevar zapatos hechos a
mano.
—Porque me ha parecido que sería mejor empezar por el principio y luego
ascender paso a paso, señor.
—Ésa es una actitud muy razonable —dijo Neblett.
De repente, me asaltó un horrible presentimiento. ¿Y si se les ocurría
mandarme a la Trident? Ése es el nombre de la Unidad de Mando de Operaciones
que combate el empleo delictivo de armas de fuego en el seno de la comunidad
negra. La Trident andaba siempre en busca de agentes negros para asignarles
operaciones encubiertas tremendamente peligrosas y, como soy mulato, podía
interesarles. No es que menosprecie su trabajo. Soy yo el que no lo haría bien.
Es importante para todo hombre conocer sus propias limitaciones y las mías se
pondrían de manifiesto nada más mudarme a Peckham y empezar a frecuentar la
compañía de jóvenes marginales de origen jamaicano, tíos que se hacen pasar por
pijos y críos blancos y flacos de esos que no captan las ironías de Eminem.
—No me gusta el rap, señor —dije.
Neblett asintió lentamente con la cabeza.
—Está bien saberlo —dijo, y llegué a la conclusión de que me convenía tener
la boca cerrada.
»Peter —siguió—, durante estos últimos dos años me he formado una muy buena
opinión sobre tu inteligencia y tu capacidad para trabajar duro.
—Gracias, señor.
—Y, además, tienes conocimientos en ciencias.
En su día estudié el bachillerato de ciencias y saqué notas pasables en
matemáticas, física y química. Eso sólo se considera «conocimientos en
ciencias» fuera de la comunidad científica. Evidentemente no bastaba para
conseguir la plaza en la universidad que a mí me habría gustado.
—Sabes plasmar tus pensamientos sobre el papel —dijo Neblett.
Se me hizo en el estómago el gélido nudo de la desesperación. Ya sabía cuál
era la horripilante misión que me había asignado la Policía Metropolitana.
—Quiero que te plantees la posibilidad de ingresar en la Unidad de
Seguimiento de Casos —concluyó Neblett.
La teoría en la que se fundamenta la Unidad de Seguimiento de Casos es muy
sólida. Los agentes de policía —así lo considera la sabiduría convencional— se
ahogan en su propio papeleo, los sospechosos exigen seguimiento, se tiene que
investigar una prueba tras otra y las directrices de los políticos y de la Ley
de Pruebas Policiales y Delictivas han de seguirse al pie de la letra. La
misión de la Unidad de Seguimiento de Casos consiste en hacerle el papeleo al o
a la agente estresado o estresada para que pueda regresar a las calles para
sufrir los insultos, escupitajos y vómitos. Para que el bobby esté en las calles y derrote al crimen y los honrados
ciudadanos que leen el Daily Mail
puedan vivir en paz.
En realidad, el papeleo no es tan agobiante. Un agente interino
medianamente competente lo tiene a punto en menos de una hora y aún le queda
tiempo para cortarse las uñas. El verdadero problema es que el trabajo del
policía se basa en la «imagen» y la «presencia», y en recordar lo que te ha
dicho un sospechoso para pillarlo en contradicción varios días más tarde. Se
basa en correr hacia el lugar donde se ha oído un grito, en no perder la calma
y ser el primero en abrir la bolsa sospechosa. No es que no se puedan hacer las
dos cosas a la vez, pero lo cierto es que las personas dotadas para lo uno y lo
otro no suelen ser las mismas. Neblett me estaba diciendo que no me consideraba
un policía de verdad —que no servía para pillar ladrones—, pero que, en cambio,
podía hacer una buena labor si descargaba de trabajo a los policías de verdad.
Yo estaba asquerosamente convencido de que las palabras «valiosa aportación» no
se harían esperar.
—Habría preferido un puesto con mayores responsabilidades, señor —dije.
—Este puesto comporta grandes responsabilidades —dijo Neblett—. Vas a
realizar una valiosa aportación.
Los agentes de policía, por lo general, no se buscan excusas para ir al
pub, pero una de las no-excusas que pueden permitirse es la que les brinda la
tradicional borrachera de final de período de pruebas, en la que los miembros
de su turno de trabajo les hacen beber hasta dejarlos KO. Así, a Lesley y a mí
nos arrastraron por el Strand hasta el Roosevelt Toad y nos llenaron de alcohol
con el objetivo de que no nos aguantáramos en pie. Así tenía que ser, por lo
menos en teoría.
—¿Cómo te ha ido? —me gritó Lesley para hacerse oír dentro del estruendoso
pub.
—Mal —le grité a mi vez—. Unidad de Seguimiento de Casos.
Lesley hizo una mueca.
—¿Y cómo te ha ido a ti?
—Prefiero no decírtelo —me respondió—. Te cabrearás.
—Suéltalo —le dije—. Aguantaré el golpe.
—Me han asignado provisionalmente a la Brigada de Homicidios.
En mi vida había oído nada parecido.
—¿Como detective?
—Como agente uniformada de paisano —dijo—. Este caso que tienen entre manos
es muy serio y necesitan gente.
Las expectativas de Lesley se cumplieron. Me cabreé.
Pasé mal el resto de la noche. Tuve aquello atravesado durante un par de
horas, pero no me gusta la compasión por uno mismo, sobre todo si el uno mismo
soy yo, así que salí a la calle con la intención de que me sucediera lo más
parecido a meter la cabeza dentro de un cubo de agua fría.
Por desgracia, había dejado de llover mientras estábamos dentro del pub,
así que tuve que contentarme con que el aire frío me serenara.
Lesley salió a buscarme veinte minutos más tarde.
—Ponte el puto abrigo —dijo—. Te vas a morir de un resfriado.
—¿Hace frío? —le pregunté.
—Ya sabía yo que te lo ibas a tomar mal —dijo.
Me puse el abrigo.
—¿Se lo has contado a la tribu? —le pregunté.
Aparte de una mamá, un papá y una abuelita, Lesley tenía cinco hermanas
mayores, y aún residían todas ellas a menos de cien metros del hogar familiar
en Brightlingsea. Los había visto un par de veces cuando bajaban en rebaño a
Londres para alguna expedición comercial. Armaban tal barullo que se les podría
haber considerado unidad familiar empeñada en infringimiento del orden público,
y les habrían puesto bajo custodia policial de no ser porque ya tenían una,
esto es, Lesley y yo.
—Esta misma tarde —dijo—. Se han alegrado. Incluso Tanya, aunque no
entienda de qué le estoy hablando. ¿Y tú? ¿Se lo has contado a los tuyos?
—¿Qué quieres que les cuente? ¿Que voy a trabajar en un despacho?
—No hay nada malo en trabajar en una oficina.
—Yo lo que quiero es ser policía —dije.
—Ya lo sé —replicó Lesley—. Pero ¿por qué?
—Porque quiero servir a los ciudadanos —respondí—. Y encerrar a la gente
mala en la cárcel.
—Entonces, ¿no te hiciste poli por los vistosos botones? —me preguntó—. ¿Ni
para poder ponerle las esposas a un chaval y decirle: «Quedas detenido, hijo»?
—Lo hice por salvaguardar la paz de la Reina —dije—. Por imponer orden en
el caos.
Lesley negó tristemente con la cabeza.
—¿Y cómo puedes pensar que aquí hay algún tipo de paz? —me dijo—. Y además,
has salido a patrullar los sábados por la noche. ¿A ti te parece que aquí hay
algún tipo de «paz de la Reina»?
Quise simular indiferencia y apoyar la espalda en una farola, pero no
acerté y di un traspié. Lesley lo encontró mucho más divertido de lo que me
había parecido a mí. Se sentó en el peldaño de la librería Waterstone y respiró
hondo.
—Está bien —dije—. ¿Y por qué estás tú en esta profesión?
—Porque soy muy buena en esto —respondió Lesley.
—Pues no eres una policía tan buena —le dije.
—Sí lo soy —replicó—. Hazme el favor de reconocer la verdad, soy una
policía de puta madre.
—¿Y entonces qué soy yo?
—Un tío que se distrae con demasiada facilidad.
—Que no.
—Nochevieja, Trafalgar Square, todo lleno de gente, un hatajo de gilipollas
que se mean en la fuente… ¿te acuerdas? —preguntó Lesley—. La cosa se sale de
madre, los gilipollas se ponen quisquillosos, ¿y dónde estás tú?
—Sólo me fui un momento —respondí.
—Habías ido a mirar lo que estaba escrito en la grupa del león —dijo
Lesley—. Yo me daba de porrazos con un par de tíos borrachos y tú te habías ido
a hacer investigación histórica.
—¿Quieres saber lo que decía en la grupa del león? —le pregunté.
—No —dijo Lesley—. No quiero saber lo que decía en la grupa del león, ni
cómo funcionan los sifones, ni por qué una acera de Floral Street es cien años
más antigua que la otra.
—¿No te parece interesante?
—No, no me lo parece cuando estoy peleándome con unos tíos, ni cuando
persigo a ladrones de coches, ni cuando voy a ayudar en un accidente con
muertos —dijo Lesley—. Me gustas, creo que eres un buen hombre, pero no ves el
mundo como tiene que verlo un policía. Es como si vieras cosas que no están
ahí.
—¿Como qué?
—No lo sé —dijo Lesley—. Yo no veo cosas que no estén ahí.
—Pues la habilidad de ver cosas que no están ahí puede serle útil a un
policía —rebatí.
Lesley resopló.
—Es cierto —le dije—. Anoche, mientras la dependencia de la cafeína te
apartaba de tus deberes, me encontré con un testigo ocular que no estaba ahí.
—Que no estaba ahí —dijo Lesley.
—Y ahora me vas a preguntar: ¿cómo pudiste encontrarte con un testigo
ocular que no estaba ahí?
—Sí, eso mismo te pregunto.
—Porque el testigo ocular era un espectro —le respondí.
Lesley me miró fijamente.
—Lo único que se me había ocurrido era el operador de la cámara de
videovigilancia —dijo.
—¿Qué?
—Que cabía la posibilidad de que algún tío hubiera visto el asesinato por
la cámara de videovigilancia —dijo Lesley—. Podríamos considerarle testigo
ocular sin necesidad de estar allí. Pero eso del espectro me gusta.
—Hablé con un espectro —recalqué.
—Y una mierda —dijo Lesley.
Y así fue como le hablé de Nicholas Wallpenny y del elegante asesino que se
volvió, cambió de ropas y le arrancó la cabeza de un golpe al pobre…
—¿Cómo habías dicho que se llamaba la víctima? —pregunté.
—William Skirmish —dijo Lesley—. Ha salido en las noticias.
—Le arrancó la cabeza de un golpe al pobre William Skirmish.
—Eso no salió en las noticias —dijo Lesley.
—La Brigada de Homicidios no debe de querer hacerlo público —dije—. Todavía
estarán interrogando a los testigos.
—¿Y el testigo en cuestión es un espectro? —preguntó Lesley.
—Sí.
Lesley se puso en pie, se tambaleó y luego consiguió volver a mirar en la
dirección que quería.
—Crees que todavía estará por allí? —me preguntó.
El aire frío empezaba a devolverme la sobriedad.
—¿Quién?
—El espectro ese —dijo—. Nicholas Nickleby. ¿Crees que aún podría hallarse
en la escena del crimen?
—Y yo qué sé —exclamé—. No creo en espectros.
—Vamos hasta allí a ver si lo encontramos —ordenó—. Si yo también lo veo
quedará corrobr… coborrorad… será una prueba.
—Vale —dije.
Anduvimos agarrados del brazo por King Street hasta Covent Garden.
Esa noche, el espectro Nicholas brilló por su ausencia. Empezamos a
buscarlo por el pórtico de la iglesia donde lo había encontrado, y luego, como
Lesley era una policía cabal incluso cuando estaba borracha, efectuamos un
registro metódico del perímetro.
—Vamos por unas patatas fritas —dijo Lesley cuando hubimos recorrido por
segunda vez todo el circuito—. O por un kebab.
—Puede que no salga porque me ve con otra persona —dije.
—Puede que trabaje por turnos —sugirió Lesley.
—A la puta mierda —exclamé—. Vamos por un kebab.
—Lo vas a hacer muy bien en la Unidad de Seguimiento de Casos —dijo
Lesley—. Tendrás la posibilidad de…
—Como se te ocurra decirme que tendré la oportunidad de hacer una valiosa
aportación, no respondo de mis actos.
—Yo iba a decir que tendrías la posibilidad de hacer un trabajo importante
—dijo—. Siempre te queda la posibilidad de marcharte a Estados Unidos. Estoy
segura de que el FBI te contrataría.
—¿Y por qué iba a contratarme el FBI? —pregunté.
—Les servirías como doble de Obama —dijo.
—Después de esto —le respondí—, serás tú quien pague los kebabs.
Al final nos vimos demasiado hechos polvo como para comer kebab y
regresamos a los alojamientos de la sección. Lesley no me invitó a su cuarto.
Había llegado a esa fase de la borrachera en la que uno se echa en la cama y la
habitación empieza a dar vueltas a su alrededor, y uno se pregunta por la
naturaleza del universo y por las posibilidades de llegar a la taza del inodoro
antes de vomitar.
El día siguiente iba a ser el último de permiso, y si no lograba
demostrarles que ver cosas que no están ahí es una habilidad esencial para el
agente de policía moderno, tendría que preparar el saludo para la Unidad de
Seguimiento de Casos.
—Siento lo de la otra noche —dijo Lesley.
Ni ella ni yo nos sentíamos con fuerzas para hacer frente a los horrores de
la cocina compartida y nos refugiamos en la cantina de la comisaría. Aunque el
personal de servicio fuera una mezcla de polacas de carnes prietas y somalíes
flacuchos, una extraña suerte de inercia institucional había preservado la
clásica bazofia de cantina inglesa. El café era malo y el té estaba caliente,
dulce y se servía en jarras. Lesley se tomó un desayuno inglés completo; yo,
tan sólo un té.
—No pasa nada —dije—. Eres tú quien se lo pierde, no yo.
—No me refería a eso —dijo Lesley, y me dio un golpecito en la mano con la
parte plana del cuchillo—. Me disculpaba por lo que te dije sobre el oficio de
policía.
—No te preocupes —respondí—. He entendido lo que me dijiste y esta mañana,
después de mucho estudio, me siento en condiciones de luchar por las metas que
me he propuesto en mi carrera profesional, de manera diligente, activa, y,
sobre todo, creativa.
—¿Qué piensas hacer?
—Voy a piratear el HOLMES para ver si mi fantasma tenía razón —dije.
Todas las comisarías de policía de este país tienen por lo menos un equipo
HOLMES. Se trata de las iniciales inglesas del Home Office Large Major Enquiry
System y, gracias a él, los policías analfabetos informáticos pueden trabajar
con los medios de finales del siglo XX. Sería demasiado pedirles que emplearan
los medios del siglo XXI.
Toda la información relacionada con investigaciones de cierta importancia
se preserva en el sistema y permite que los detectives crucen datos y eviten
ese tipo de desastres en comparación con los cuales la persecución del
Destripador de Yorkshire fuese una operación ejemplar. El sistema nuevo que
tenía que reemplazar al antiguo iba a llamarse SHERLOCK, pero no se le ocurrió
a nadie una serie de palabras para formar el acrónimo y por eso lo llamaron
HOLMES 2.
En teoría, tendría que ser posible acceder a HOLMES 2 desde un portátil,
pero la Policía Metropolitana prefiere que su personal trabaje con terminales
fijos, porque así eliminan la posibilidad de que se los olviden en un tren o
los vendan en una tienda de segunda mano. Cuando tiene lugar una investigación
importante, los terminales de la central se transportan a salas de trabajo
dentro de la misma comisaría. Lesley y yo podríamos habernos colado en la
central del HOLMES corriendo el riesgo de que nos pillaran, pero pensé que
sería mejor conectar el portátil a una de las salidas LAN de una de las salas
de trabajo. Así podríamos trabajar cómodamente y sin peligro.
Tres meses antes me habían mandado a un curso de familiarización con HOLMES
2. En ese momento me había parecido muy interesante, porque había pensado que
tal vez me preparaban para participar en investigaciones importantes, pero
ahora me daba cuenta de que sólo me enseñaban a hacer el trabajo rutinario de
introducción de datos. Tardé menos de media hora en encontrar la investigación
de Covent Garden. Mucha gente no tiene cuidado al elegir las contraseñas, y el
inspector Neblett había puesto el nombre y el año de nacimiento de su hija
pequeña, lo cual tiene delito. Me dio acceso a los archivos de sólo lectura que
necesitábamos.
El sistema antiguo no podía gestionar ficheros de datos muy grandes, pero
HOLMES 2 llevaba tan sólo un retraso de diez años respecto a las máquinas
actuales, y por ello los detectives podían subir fotografías de pruebas,
documentos escaneados e incluso filmaciones de cámaras de vigilancia bajo la
etiqueta de «registros nominales». Es como un YouTube para policías.
La Brigada de Homicidios que tenía asignado el asesinato de William
Skirmish se había hecho en seguida con las grabaciones de la cámara de
videovigilancia y las había examinado en busca del asesino. Era un fichero de
grandes dimensiones y fui directo a por él.
De acuerdo con el informe, la cámara estaba instalada en la esquina de
James Street mirando hacia el oeste. Eran imágenes de mala calidad, tomadas con
poca luz y actualizadas al ritmo de un frame
por segundo. Pero, a pesar de la mala iluminación, se veía perfectamente que
William Skirmish pasaba por debajo de la cámara y se dirigía a Henrietta
Street.
—Ahí tenemos al sospechoso —dijo Lesley, y señaló a la pantalla.
La pantalla mostró otra figura —como mucho se podía decir que era un
hombre, probablemente con pantalones vaqueros y chaqueta de cuero— que pasaba
al lado de William Skirmish y desaparecía por el borde inferior de la pantalla.
De acuerdo con las notas, dicha figura recibía el nombre de Testigo A.
Apareció una tercera figura que se alejaba de la cámara. Cliqué sobre
«pausa».
—No parece que sea el mismo tío —observó Lesley.
Desde luego que no. Aquel hombre llevaba puesto lo que parecía un gorro de
pitufo y lo que reconocí como un esmoquin eduardiano. Ni se os ocurra
preguntarme cómo es posible que reconozca un esmoquin eduardiano. Digamos que
tiene algo que ver con Doctor Who y
dejémoslo ahí. Nicholas había dicho que era rojo, pero en la grabación de
seguridad se veía blanco y negro. Retrocedí un par de frames y luego avancé de nuevo. La primera figura, el Testigo A,
desaparecía uno o dos frames antes de
que el hombre con gorro de pitufo entrara en pantalla.
—Tendría que haberse cambiado en dos segundos —dijo Lesley—. No sería
humanamente posible.
Adelanté la imagen. El hombre con gorro de pitufo había sacado el bate y se
ponía detrás de William Skirmish con disimulo. Levantaba el bate entre frames, pero el golpe sí era visible. En
el siguiente frame, el cuerpo de
Skirmish se hallaba a medio camino del suelo, y podía verse un pequeño borrón
oscuro —entendimos que se trataba de la cabeza— junto al pórtico.
—Dios mío. Es verdad que le arrancó la cabeza de un golpe —dijo Lesley.
Lo mismo que Nicholas me había contado.
—Y eso —dije— tampoco es humanamente posible.
—Ya viste rodar una cabeza en otra ocasión —me recordó Lesley—. Yo también
estaba allí, ¿te acuerdas?
—Fue en un accidente de coche —aclaré—. El golpe lo dieron dos toneladas de
metal, no un bate.
—Sí —dijo Lesley, y dio un golpecito en la pantalla con el dedo—. Pero el
caso es que ahí lo tienes.
—Aquí hay algo raro.
—¿Aparte de ese horrible asesinato?
Retrocedí hasta el momento en que Gorro de Pitufo entraba en escena.
—¿Tú ves algún bate?
—No —dijo Lesley—. Ambas manos se encuentran a la vista. Tal vez lo llevara
a la espalda.
Adelanté la imagen. En el tercer frame,
el bate aparecía en las manos de Gorro de Pitufo como por arte de magia. Claro
que cabía la posibilidad de que hubiera hecho un truco de prestidigitación
durante el intervalo de un segundo que separaba los dos frames. Pero de todas maneras sucedía algo extraño.
—Eso es demasiado grande como para ser un bate de béisbol —dije.
El bate debía de medir dos tercios de la estatura del hombre que lo
llevaba. Retrocedí y adelanté un par de veces, pero no logré descubrir de dónde
lo había sacado.
—Puede que le guste hablar con mucha, mucha suavidad[1]
—dijo Lesley.
—¿Dónde se puede comprar un bate de ese tamaño?
—¿En el Bazar del Bate? —dijo Lesley—. ¿Bates’r Us?
—Tratemos de verle la cara —dije.
—Bates Tamaño Plus —dijo Lesley.
Pasé de ella y adelanté la imagen. El asesinato había durado menos de tres
segundos, tres frames: uno para
levantar el bate, otro para dar el golpe y un tercero con las consecuencias. En
el frame siguiente se veía a Gorro de
Pitufo a medio volverse. Se le veían tres cuartas partes del rostro: tenía la
barbilla puntiaguda y la nariz aguileña y prominente. El frame siguiente mostraba a Gorro de Pitufo en el momento de
regresar por donde había venido, más lento que al acercarse, con andares
desenfadados, en la medida en que la espasmódica imagen me permitía apreciarlo.
El bate desapareció dos frames
después de que hubiera cometido el asesinato. De nuevo, no vi adónde había ido
a parar.
Me pregunté si podríamos ver mejor la imagen del rostro y empecé a buscar
una función gráfica que me sirviera.
—Serás idiota —dijo Lesley—. Eso ya lo habrá hecho la Brigada de
Homicidios.
Tenía razón. La filmación tenía enlaces con imágenes tratadas en las que
aparecían William Skirmish, el Testigo A y el elegante asesino del gorro de
pitufo. Al contrario de lo que sucede con las filmaciones para televisión, la
posibilidad de ampliar la imagen de una cinta de vídeo de las antiguas tiene
límites infranqueables. De nada sirve que sea digital: si la información no
está, no está. Con todo, alguien que trabajaba en el laboratorio tecnológico lo
había intentado y, aunque las caras estuvieran borrosas, había quedado claro,
por lo menos, que se trataba de tres personas distintas.
—Eso es que lleva una máscara —dije.
—Pareces desesperado —indicó Lesley.
—Mira esa barbilla y esa nariz —dije—. Ese rostro no es real.
Lesley le indicó una anotación adjunta a la imagen.
—Parece que la Brigada de Homicidios está de acuerdo contigo.
Había una lista de «actuaciones» asociadas a la filmación, entre las que
figuraba la de visitar a vendedores de disfraces, teatros y tiendas locales de
ropa de fantasía en busca de máscaras. Tenía un grado de prioridad muy bajo.
—¡Ajá! —exclamé—. Así que podría tratarse de la misma persona.
—Pero ¿cómo quieres que se cambiara de ropa en menos de dos segundos? —me
preguntó Lesley—. ¡Por favor!
Todos los ficheros con pruebas tienen enlaces y los examiné para ver si la
Brigada de Homicidios le había seguido la pista al Testigo A después que se
marchara de la escena del crimen. No habían podido y, de acuerdo con la lista
de actuaciones, se consideraba que encontrarle era una prioridad. Predije que
se convocaría una rueda de prensa y que se haría una petición pública para que
acudiesen los testigos. La frase que se diría a los medios sería: «La policía
tiene un especial interés en hablar con…»
Le habían seguido el rastro a Gorro de Pitufo hasta llegar a New Row, la
misma ruta que Nicholas me había indicado, pero las cámaras le habían perdido
la pista en St. Martin’s Lane. De acuerdo con la lista de «actuaciones», media
Brigada de Homicidios había emprendido investigaciones por las calles
circundantes en busca de posibles testigos y pistas.
—No —dijo Lesley. Me había leído el pensamiento.
—Nicholas…
—Nicholas, el espectro —acabó ella.
—Nicholas, un hombre con discapacidad corpórea —dije— estuvo en lo cierto
al explicarme la ruta por la que se acercó el asesino, el método de ataque y la
causa de la muerte. También estuvo en lo cierto al identificar la ruta de
huida, y no hay ningún momento en el que el vídeo muestre a la vez al Testigo A
y a Gorro de Pitufo.
—¿Gorro de Pitufo?
—El sospechoso de asesinato —dije—. Tengo que explicárselo a la Brigada de
Homicidios.
—¿Y qué le vas a decir al oficial superior de investigación? —preguntó
Lesley—. ¿Que conociste a un fantasma y que te dijo que Testigo A se puso una
máscara y lo hizo él?
—No, le voy a decir que hablé con un posible testigo que, pese a que
abandonó la escena del crimen sin que pudiera obtener su nombre y dirección,
generó pistas potencialmente significativas que podrían contribuir a un
desenlace satisfactorio de la investigación.
Al menos, logré que Lesley se callara durante unos instantes.
—¿Y piensas que con eso vas a escapar de la Unidad de Seguimiento de Casos?
—Merece la pena intentarlo —dije.
—Con eso no te va a bastar —advirtió Lesley—. Primero: ellos mismos ya
están generando pistas acerca de Testigo A, incluida la posibilidad de que se
pusiera una máscara. Segundo: toda esa información se encuentra también en el
vídeo.
—Ellos no sabrán que he visto el vídeo.
—Peter —observó Lesley—, en el vídeo se ve a una persona que le arranca la
cabeza a otra de un golpe. Hoy por la noche esas imágenes estarán circulando
por Internet, si es que no las han pasado en las noticias de las diez.
—Pues entonces voy a generar nuevas pistas —dije.
—¿Vas a ir en busca de tu espectro?
—¿Me acompañas?
—No —me respondió—. Porque mañana va a ser el día más importante de mi
carrera profesional, y me voy a acostar temprano con un tazón de chocolate y
una copia del Manual del policía
investigador, de Blackstone.
—Da igual —dije—. Al fin y al cabo, creo que la pasada noche lo asustaste.
Equipamiento para cazadores de fantasmas: ropa interior térmica, muy
importante; abrigo cálido; termo para bebida caliente; paciencia; el fantasma.
Se me ocurrió en seguida que debía de ser lo más absurdo que había hecho en
mi vida. Hacia las diez tomé mi primera posición, en la terraza de un café, y
esperé a que la gente empezara a marcharse. En cuanto el café hubo cerrado, di
un paseo hasta el pórtico de la iglesia y esperé allí.
Era una noche gélida, y los borrachos que salían de los pubs tenían
demasiado frío como para pelearse. Hubo un momento en el que pasó por mi lado
una docena de mujeres que celebraban una despedida de soltera: llevaban
camisetas de color rosa que les iban grandes, orejas de conejo y tacones altos.
El frío les había enrojecido las piernas pálidas. Una de ellas me vio.
—Márchate a casa —me gritó—. Tu novio no va a venir.
Las demás se pusieron a reír y chillar. Oí que una de ellas se quejaba de
que «todos los guapos son gays».
Eso mismo había pensado al fijarme en que un hombre me miraba desde el otro
extremo de la plaza. Con la proliferación de locales, discotecas y salas de chat de «ambiente», los hombres solos de
las afueras ya no tienen que frecuentar los servicios públicos ni los
cementerios en noches gélidas para encontrar a un hombre que satisfaga sus
necesidades inmediatas. Pero aún queda gente a quien le gusta correr el riesgo
de helarse los bajos. No me preguntéis por qué.
Debía de medir un metro ochenta —seis pies en el sistema tradicional— y
vestía un traje de bello corte que subrayaba su ancha espalda y la delgadez de
su cintura. Me pareció que tendría poco más de cuarenta años. Era un hombre de
rasgos alargados y angulosos, y cabello castaño peinado de una forma pasada de
moda, con raya en el centro. Aunque la luz de sodio no me permitía estar
seguro, me pareció que tenía los ojos grises. Llevaba un bastón con puño de
plata y, sin necesidad de mirar, adiviné que calzaría zapatos hechos a mano.
Sólo le faltaba un novio más joven con discretos rasgos étnicos y habría podido
denunciarle por cumplir con cierto estereotipo.
Se acercó para hablarme y pensé que tal vez aún buscara al novio con
discretos rasgos étnicos.
—Hola —saludó. Hablaba con genuino acento de Oxford, como los villanos
ingleses en las películas de Hollywood—. ¿Qué busca usted?
Se me ocurrió decirle la verdad.
—He venido a cazar fantasmas —dije.
—Interesante —dijo—. ¿Algún fantasma en particular?
—Nicholas Wallpenny —dije.
—¿Podría usted decirme su nombre y dirección? —me preguntó.
No hay londinense que responda a esa pregunta así como así.
—¿Disculpe?
Metió la mano en el bolsillo de la chaqueta y sacó la cartera.
—Thomas Nightingale, inspector superior del cuerpo de detectives —dijo, y
me mostró la credencial.
—Agente Peter Grant —dije.
—¿De la comisaría de Charing Cross?
—Sí, señor.
Me sonrió de manera extraña.
—Prosiga con su misión, agente —dijo, y se marchó de nuevo por James
Street.
Acababa de decirle a un inspector superior del cuerpo de detectives que
había ido hasta allí para cazar fantasmas. Si me creía, iba a pensar que estaba
como un cencerro, y si no me creía pensaría que había salido en busca de sexo
anónimo, con la intención de perpetrar un acto obsceno contrario al orden
público.
Y el fantasma que había ido a buscar no aparecía.
¿Alguna vez os habéis escapado de casa? Yo sí lo he hecho, en dos
ocasiones. La primera vez, cuando tenía nueve años, llegué tan sólo hasta
Argos, en Camden High Street, y la segunda vez, a los catorce, logré llegar a
la Estación de Euston y me detuve frente al panel de información ferroviaria.
No me rescataron, ni me encontraron, ni me llevaron a casa en ninguna de las
dos ocasiones. Regresé por mí mismo y no creo que mi madre se diera cuenta de
que me había marchado. Sé muy bien que mi padre no llegó a enterarse.
Las dos aventuras terminaron del mismo modo: me di cuenta de que, al final,
hiciera lo que hiciese, tendría que volver a casa. Mi «yo» de nueve años se dio
cuenta de que la tienda Argos estaba en el límite exterior de mi comprensión
del mundo. Más allá había una estación de metro y un edificio grande con
esculturas de gatos y, todavía más allá, nuevas calles y, más allá, viajes en
autobús que llevaban a locales tristes y vacíos y que olían a cerveza.
Mi «yo» de catorce años era más racional. No conocía ninguna de las
ciudades que aparecían en los paneles que informaban de las salidas y dudaba
que fuesen más acogedoras que Londres. Probablemente no tenía dinero para ir
más allá del Potters Bar y, aunque hubiera podido marcharme, ¿qué iba a comer?
Siendo realistas, llevaba dinero para tres comidas, y luego tendría que
regresar a casa con mamá y con papá. Cualquier cosa que hiciera, salvo montar
de nuevo en el autobús y volver a casa, no tendría más valor que el de posponer
el inevitable momento del regreso.
Lo mismo sentí a las tres de la madrugada en Covent Garden. Que aquello no
iba reportarme en realidad ningún beneficio más adelante, que existía un futuro
del que no iba a poder escapar. No iba a conducir ningún cochazo ni decirle a
nadie: «Quedas detenido.» Tendría que trabajar en la Unidad de Seguimiento de
Casos y realizar una «valiosa aportación».
Me incorporé y eché a andar en dirección a la comisaría.
Me pareció oír a alguien que se reía de mí en la lejanía.
2
UN PERRO CAZADOR DE FANTASMAS
A la mañana siguiente, Lesley me preguntó qué tal me había ido la cacería
de fantasmas. Pasábamos el tiempo a la puerta del despacho de Neblett, en el
mismo lugar donde tenía que caernos el golpe fatal. No teníamos ninguna
obligación de estar allí, pero ninguno de los dos quería prolongar el suplicio.
—Hay destinos peores que la Unidad de Seguimiento de Casos —dije yo.
Ambos nos pusimos a pensar cuáles podían ser.
—La policía de tráfico —dijo Lesley—. Eso sería peor que la Unidad de
Seguimiento.
—Pero ésos te dan cochazos para conducir —expliqué yo—. BMW Five, Mercedes M Class…
—¿Sabes una cosa, Peter? Eres una persona muy superficial —observó Lesley.
Estaba a punto de protestar, pero en ese instante Neblett salió del
despacho. No pareció que se sorprendiera de vernos. Le entregó una carta a
Lesley. Ella se mostró extrañamente reacia a abrirla.
—Te esperan en Belgravia —dijo Neblett—. Ya puedes ponerte en marcha.
Belgravia es la sede de la Brigada de Homicidios de Westminster. Lesley me
hizo un gesto breve y nervioso con la mano, se volvió y se escapó por el
corredor.
—Esa muchacha es una genuina cazadora de ladrones —dijo Neblett. Me miró a
mí y frunció el ceño—. Por lo que a ti respecta —continuó—, todavía no sé lo
que eres.
—Un agente que de manera responsable realiza una valiosa aportación, señor
—dije.
—Di más bien un jeta tocahuevos —me respondió Neblett. No me entregó un
sobre, sino una hojita de papel—. Vas a trabajar con Thomas Nightingale,
inspector superior.
El nombre y la dirección de un restaurante japonés de New Row estaban
escritos en el papel.
—¿Para quiénes voy a trabajar? —pregunté.
—Creo que para los de Delitos Económicos y Especializados —dijo Neblett—.
Te quieren vestido de paisano, así que será mejor que vayas a cambiarte.
Delitos Económicos y Especializados era un cajón de sastre en el que se
hallaba un gran número de unidades especializadas en campos muy diversos, desde
obras de arte y antigüedades hasta inmigración e informática. Lo importante era
que la Unidad de Seguimiento de Casos no se encontraba entre ellos. Me marché a
toda prisa antes de que Neblett pudiera cambiar de opinión, pero quiero hacer
constar que no me escapé.
New Row era una calle peatonal y estrecha que se hallaba entre Covent
Garden y St. Martin’s Lane. En uno de sus extremos había un Tesco’s y en el
otro los teatros de St. Martin’s Lane. Tokyo A Go Go se encontraba a medio
camino, embutido entre una galería de arte privada y una tienda que vendía ropa
deportiva para chicas. El interior era alargado y a duras penas había espacio
para sus dos hileras de mesas. El decorado era escaso, de acuerdo con el típico
minimalismo japonés: suelo de madera pulida, mesas y sillas de madera lacada,
profusión de ángulos rectos y papel de arroz en cantidad.
Vi a Nightingale en una mesa del fondo. Comía de una caja de madera negra
lacada. Se puso en pie al verme y me estrechó la mano. En cuanto me hube
sentado frente a él, me preguntó si tenía hambre. Le dije que no, gracias.
Estaba nervioso y tengo por norma no llenarme el estómago con arroz frío cuando
lo noto revuelto. Pidió té y me preguntó si me importaba que siguiera comiendo
mientras hablábamos.
Le dije que no, que para nada, y él siguió arponeando la comida de la caja
con rápidas pasadas de palillos.
—¿Volvió? —preguntó Nightingale.
—¿Quién?
—El espectro —dijo Nightingale—. Nicholas Wallpenny: bandido, ladrón de
borrachos y descuidero. Adscrito en vida a la parroquia de St. Giles. ¿Te
imaginas dónde puede estar enterrado?
—¿En el cementerio de la iglesia de los Actores?
—Muy bien —dijo Nightingale, y agarró un trocito de pato con los palillos—.
Bueno, dime de una vez si volvió.
—No, no volvió —informé.
—Los fantasmas son caprichosos —explicó—. En realidad, no son testigos
fiables.
—¿Me está diciendo usted que los fantasmas existen?
Nightingale se secó cuidadosamente los labios con una servilleta.
—Has hablado con uno —dijo—. No sé, ¿a ti qué te parece?
—Aguardo confirmación de un superior —dije.
Dejó la servilleta sobre la mesa y tomó la taza de té.
—Los fantasmas existen.
Se tomó un trago.
Me quedé mirándole. Yo no creía en fantasmas, ni en hadas, ni en dioses, y
durante los dos últimos días había sido como un hombre que asiste a un
espectáculo de magia. Esperaba a que un mago saliera de detrás de una cortina y
me dijese que sacara una carta, una carta al azar. No estaba dispuesto a creer
en espectros, pero ése es el problema con la experiencia empírica: que no la
podemos negar.
¿Y si resultaba que los fantasmas existían?
—¿Ha llegado el momento de que me diga que la Policía Metropolitana tiene
un departamento secreto que se enfrenta a fantasmas, trasgos, hadas, demonios,
brujas y magos, elfos y duendes…? —pregunté—. Le doy permiso para hacerme
callar antes de que se me acabe la lista de criaturas sobrenaturales.
—A duras penas has empezado —indicó Nightingale.
—¿También extraterrestres? —tuve que preguntar.
—Por ahora, no.
—¿Y la Metropolitana tiene un departamento secreto?
—Mucho me temo que soy su único miembro —dijo.
—¿Y qué quiere usted de mí… que me apunte?
—Que me ayudes —dijo Nightingale— en esta investigación.
—¿Piensa usted que se dio alguna intervención sobrenatural en ese
asesinato? —pregunté.
—¿Qué te parece si me explicas lo que te contó tu testigo? Luego veremos
adónde llegamos con eso.
Así que le hablé de Nicholas y del elegante asesino que había cambiado de
ropa. Le hablé de las imágenes captadas por la cámara de videovigilancia y de
la Brigada de Homicidios, que los había tomado por dos personas distintas. En
cuanto hube terminado, le pidió la cuenta a la camarera.
—Ojalá me hubiese enterado ayer —dijo—. Pero es posible que aún podamos
encontrar pistas.
—¿Pistas de qué, señor? —pregunté.
—De lo sobrenatural. Siempre deja pistas.
El coche de Nightingale era un Jaguar, un genuino Mark 2 con un motor XK6
de 3,8 litros. Mi padre se habría vendido la trompeta con tal de tener un coche
como ése, y os estoy hablando de los años sesenta, cuando eso aún habría
significado algo. No estaba impecable: tenía varias abolladuras en la
carrocería y un feo arañazo en la puerta del conductor. Pero, tan pronto como
Nightingale le dio la vuelta a la llave de ignición y el motor de seis
cilindros bramó, fue perfecto para lo que importaba.
—Hiciste el bachillerato de ciencias, ¿verdad? —dijo Nightingale cuando
arrancábamos—. ¿Por qué no estudiaste una carrera?
—Es que me distraje, señor —dije—. No saqué notas suficientemente buenas y
no pude entrar donde quería.
—¿De verdad? ¿Y qué es lo que te distrajo? —preguntó—. ¿La música, tal vez?
¿Te metiste en un grupo?
—No, señor —dije—. No fue por algo tan interesante.
Bajamos por Trafalgar Square y aprovechamos el discreto reflejo en el
parabrisas propio de los coches de la Policía Metropolitana para cortar por el
Mall, dejar atrás el palacio de Buckingham y entrar en Victoria. Yo sabía que
tan sólo había dos lugares a los que nos pudiéramos dirigir: a la comisaría de
Belgravia, donde la Brigada de Homicidios tenía su sala de trabajo, o al
tanatorio de Westminster, que era donde se hallaba el cadáver. Yo tenía la
esperanza de que fuéramos a la sala de trabajo, pero, por supuesto, fuimos al
tanatorio.
—Pero, de todos modos ¿comprendes el método científico?
—Sí, señor —dije, y pensé: Bacon, Descartes y Newton… y punto. Observación,
hipótesis, experimentación y alguna otra cosa que pensaba consultar en cuanto
tuviese el portátil a mano.
—Bien —dijo Nightingale—, porque voy a necesitar a alguien que trabaje con
cierta objetividad.
«Definitivamente, vamos a la morgue», pensé.
Su nombre oficial es Clínica Forense Iain West, y es el mayor éxito que ha
cosechado el Ministerio del Interior en sus intentos por conseguir que sus
tanatorios se vean tan cool como los
de las series estadounidenses. A fin de impedir que los policías corruptos
pudieran manipular los cadáveres para presentar falsas pruebas, había un área
especial bajo control en la que las autopsias se retransmitían en directo por
circuito cerrado. Como consecuencia, las post
mortem más espantosas se veían reducidas a poco más que macabros
documentales televisivos. A mí me habría bastado con eso, pero Nightingale dijo
que teníamos que acercarnos al cadáver.
—¿Por qué? —le pregunté.
—Porque, aparte de la vista, disponemos de otros sentidos.
—¿Se refiere a la percepción extrasensorial?
—Será suficiente si tienes la mente abierta —dijo Nightingale.
El personal del tanatorio nos mandó que nos pusiéramos trajes antisépticos
y máscaras antes de acercarnos a la mesa de autopsias. Como no éramos
parientes, no se habían molestado en colocar un discreto paño que disimulara
que la cabeza estaba separada de los hombros. Me alegré mucho de no haber
comido nada esa mañana.
Me llevé la impresión de que William Skirmish había sido un hombre
insignificante en vida. De mediana edad, peso algo superior a la media y
musculatura fláccida, sin llegar a estar gordo. Me resultó sorprendentemente
fácil contemplar la cabeza cortada y el irregular contorno de la piel y la
carne desgarradas que ocupaban el lugar del cuello. Todo el mundo piensa que el
primer cadáver que verá un agente de policía será el de la víctima de un
asesinato, pero en realidad suele tratarse de una persona muerta en un
accidente de tráfico. Vi mi primer cadáver en mi segundo día de trabajo: un
mensajero que iba en bicicleta y había quedado decapitado al estrellarse contra
una camioneta. No es que nos acostumbremos después de ver el primero, pero sí
que nos damos cuenta de que podría ser mucho peor. No disfruté con la visión
del decapitado señor Skirmish, pero tengo que reconocer que intimidaba mucho
menos de lo que me había imaginado.
Nightingale se inclinó sobre el cuerpo y prácticamente metió la cara entre
las dos mitades del cuello cortado. Negó con la cabeza y se volvió hacia mí.
—Ayúdame a darle la vuelta —dijo.
Yo no quería tocar el cuerpo, ni siquiera con los guantes de cirujano que
me había puesto, pero ya era tarde para evitarlo. El cuerpo que dejamos caer
barriga abajo era más pesado de lo que imaginaba, frío e inerte. Di un paso
hacia atrás, pero Nightingale me hizo volver con un gesto.
—Quiero que acerques la cara todo lo que puedas a su cuello, cierres los
ojos y me digas lo que sientes —pidió Nightingale.
Vacilé.
—Te prometo que luego entenderás el porqué —dijo.
La máscara y los protectores oculares ayudaron lo suyo; no había ninguna
posibilidad de que besara por accidente al muerto. Hice lo que me mandaba y
cerré los ojos. En un primer momento tan sólo percibí los olores del líquido
desinfectante, el acero inoxidable y la piel recién lavada, pero, al cabo de
unos instantes, noté otra cosa, una sensación como de picores, pelambrera
hirsuta, jadeos, morro húmedo y meneo de rabo.
—¿Y bien? —preguntó Nightingale.
—Un perro —dije—. Un perrito que se deshacía en gañidos.
Gruñidos, ladridos, gimoteos, visiones fugaces del adoquinado, palos,
risas… una risa de maníaco, una risa chillona.
Me puse en pie bruscamente.
—¿Violencia y risas? —preguntó Nightingale. Asentí.
—¿Qué es eso? —pregunté.
—Lo sobrenatural —aclaró Nightingale—. Deja un rastro, igual que seguimos
viendo el fulgor de una luz brillante después de cerrar los ojos. Se llama vestigium.
—¿Y cómo podemos estar seguros de que no se trata de meras imaginaciones?
—Por experiencia —respondió Nightingale—. La experiencia nos enseña a
distinguir entre lo uno y lo otro.
Por fortuna, le dimos la espalda al cuerpo y nos marchamos.
—Apenas he llegado a sentir nada —dije, mientras nos cambiábamos—. ¿Ese
efecto es siempre tan débil?
—Ese cuerpo llevaba dos días guardado en hielo —dijo Nightingale—, y los
cuerpos muertos no retienen muy bien los vestigia.
—Así, fuera cual fuese la causa, debió de ser muy fuerte —dije.
—Desde luego —dijo Nightingale—. Por ello, tenemos que suponer que el perro
es muy importante, y debemos averiguar por qué.
—Tal vez el señor Skirmish tuviera un perro —dije.
—Sí —afirmó Nightingale—. Empecemos por ahí.
Nos cambiábamos, y ya salíamos del tanatorio cuando el destino nos vino al
encuentro.
—A mí ya me habían dicho que hoy este edificio olía mal —dijo una voz a mis
espaldas—. Y que me den por culo si no es verdad.
Nos detuvimos y nos volvimos.
Alexander Seawoll, inspector superior de detectives, era un hombre
corpulento, de casi dos metros de estatura, con pecho de armario, barriga
cervecera y una voz que hacía retemblar las ventanas. Era de Yorkshire, o de
algún sitio parecido e, igual que muchos otros norteños con problemas, se había
mudado a Londres porque le resultaba más barato que la psicoterapia. Lo conocía
por su reputación, y su reputación era que no había que tocarle los huevos bajo
ningún concepto. Vino hacia nosotros por el pasillo como un toro subido de
esteroides. Al verle, tuve que refrenar el impulso de esconderme detrás de
Nightingale.
—La mierda esta de investigación es mía, Nightingale —dijo Seawoll—. No
quiero que me salgas ahora con tus gilipolleces. No quiero que tu gilipollez de
Expediente-X interfiera con el
trabajo de la policía de verdad.
—Inspector —dijo Nightingale—, le aseguro que no tengo ninguna intención de
darle problemas.
Seawoll se volvió para mirarme a mí.
—¿Y quién coño es éste?
—Es el agente Peter Grant —informó Nightingale—. Trabaja conmigo.
Me di cuenta de que Seawoll se había sorprendido. Me miró con detenimiento
y luego se volvió de nuevo hacia Nightingale.
—¿Te has buscado un aprendiz? —preguntó.
—Aún no está decidido —dijo Nightingale.
—Tendremos que hablar de esto —dijo Seawoll—. Habíamos llegado a un
acuerdo.
—Habíamos hecho un trato —replicó Nightingale—. Pero las circunstancias
cambian.
—¡Y una puta mierda! No han cambiado para nada —exclamó, pero me pareció
que no hablaba con la misma convicción que antes. Volvió a mirarme—. Te voy a
dar un consejo, muchacho —añadió en voz más baja—. Ahora que aún estás a
tiempo, escápate cagando leches del tío este.
—¿Eso es todo? —preguntó Nightingale.
—Y no te metas en mi investigación —dijo Seawoll.
—Yo voy donde me necesiten —dijo Nightingale—. El trato era ése.
—Las putas circunstancias pueden cambiar —dijo Seawoll—. Y ahora, si me
disculpan ustedes, caballeros, me marcho. No quiero llegar tarde para la
irrigación en el colon.
Se marchó por el pasillo, atravesó ruidosamente la puerta de doble batiente
y desapareció.
—¿En qué consistía ese trato? —pregunté.
—En nada importante —dijo Nightingale—. Vamos a ver si encontramos a ese
perro.
El extremo septentrional del distrito londinense de Camden está dominado
por dos colinas, Hampstead al oeste y Highgate al este, con el Heath, uno de
los parques más extensos de Londres, entre ambos cual silla de montar verde. En
esas alturas empieza un suave descenso hasta el río Támesis y los terrenos
inundables que acechan bajo el centro edificado de Londres.
Dartmouth Park, donde había vivido William Skirmish, se encontraba en lo
más bajo de la falda del Highgate y se podía llegar a pie desde el Heath.
Skirmish había ocupado un apartamento en la planta baja de lo que había sido
una vivienda adosada del período victoriano, en la esquina de una calle
arbolada en la que el tráfico rodado era tan escaso que parecía desierta.
Más abajo, por la misma ladera, se encontraban Kentish Town, Leighton Road
y la finca donde crecí. Algunos de mis compañeros de escuela vivían muy cerca
del piso de Skirmish, y por ello conocía bien la zona.
En el mismo momento en el que enseñábamos los carnets al agente que
guardaba la puerta, divisé un rostro en la ventana del primer piso. Igual que
en tantos otros edificios que antaño fueron viviendas unifamiliares adosadas,
el elegante vestíbulo de otros tiempos había quedado separado por un tabique de
cartón-yeso y se había transformado en un recibidor estrecho y oscuro. Se le
habían añadido dos puertas de entrada al fondo. La puerta de la derecha estaba
a medio abrir, pero simbólicamente cerrada con cinta policial. La otra debía de
dar acceso al piso de arriba, el piso cuyas cortinas se habían movido
nerviosamente.
El piso de Skirmish era pulcro y estaba amueblado con el rompecabezas de
estilos que elige para sus hogares la gente ordinaria, la que no se deja llevar
por los demonios de la distinción. Para tratarse de un hombre que trabajaba en
los medios de comunicación, había pocas estanterías con libros; muchas
fotografías, pero las de niños eran en blanco y negro, o en el color ya
desvaído de las viejas cámaras Instamatic.
—Una vida de callada desesperación —dijo Nightingale. Me di cuenta de que
se trataba de una cita, pero no le di la satisfacción de preguntarle por su
autor.
El inspector superior Seawoll podía ser muchas cosas, pero desde luego no
era ningún tonto. Nos dimos cuenta de que su Brigada de Homicidios había
llevado a cabo un trabajo exhaustivo: había restos de polvo para huellas
dactilares en el teléfono, en los pomos y en los marcos de las puertas, y
habían sacado los libros de los estantes y los habían puesto del revés. Esto
último pareció molestar a Nightingale mucho más de lo que habría sido
estrictamente apropiado. «Pura chapucería», dijo. Habían abierto los cajones,
los habían registrado y los habían dejado sin cerrar del todo para dejar
constancia de su estatus. Sin duda, habían tomado nota de todo lo que pudiera
tener algún interés y lo habían mandado al HOLMES. Probablemente habían
confiado esa tarea a pobres panolis como Lesley. Pero la Brigada de Homicidios
no tenía noticia de mis poderes psíquicos ni del vestigium del perro ladrador.
Y, en efecto, allí había habido un perro. O eso, o Skirmish se había
aficionado a comer carne con salsa marca Pal, y no me parecía que su vida
hubiera llegado a tal punto de desesperación.
Llamé a Lesley por el móvil.
—¿Estás cerca de algún terminal del HOLMES? —le dije.
—No me separo de ese maldito sistema desde que estoy aquí —dijo Lesley—. Me
han puesto a trabajar en introducción de datos y en la maldita verificación de
declaraciones.
—¿De verdad? —pregunté, esforzándome por disimular la risilla—. ¿Sabes
dónde estoy yo?
—Estás en el piso de Skirmish, en el maldito parque de Dartmouth
—respondió.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque oigo los gritos del inspector superior de detectives Seawoll al
otro lado de la pared de esta oficina —dijo—. ¿Quién es el inspector
Nightingale?
Miré de reojo a Nightingale, que me contemplaba con impaciencia.
—Te lo cuento luego —dije—. ¿Podrías consultar algo para nosotros?
—Pues claro —aceptó Lesley—. ¿De qué se trata?
—¿La Brigada de Homicidios encontró algún perro al entrar en el edificio?
La oí teclear mientras hacía la búsqueda de texto en los archivos
relevantes.
—En el informe no se dice nada de ningún perro.
—Gracias —dije—. Has hecho una valiosa aportación.
—Bueno, pues esta noche invitas tú a la bebida —replicó, y me colgó.
Le hablé a Nightingale de la desaparición del perro.
—Vamos a ver si encontramos a algún vecino fisgón —dijo Nightingale. Era
evidente que él también había visto el rostro en la ventana.
Al lado de la puerta de entrada había un interfono instalado sobre un
timbre más antiguo. Nightingale apenas había tenido tiempo de pulsar el botón
cuando se oyó el zumbido de la puerta que se abría y una voz que decía: «Ya
puede subir.» Se oyó otro zumbido al abrirse la puerta interior. Llegamos a una
escalera polvorienta, pero, por lo demás, limpia, que llevaba al piso de
arriba. En cuanto estuvimos en él, oímos los ladridos chillones de un perro
pequeño. La mujer que nos esperaba arriba no tenía el cabello teñido de azul.
En realidad, no sé muy bien cómo quedaría el cabello teñido de azul y, además,
¿a quién se le ocurriría teñirse el cabello de azul? Tampoco llevaba guantes
con las puntas cortadas ni tenía un montón de gatos, pero había algo en ella que
me hizo pensar que su estilo de vida futuro podía decantarse por esas opciones.
Además, era muy alta para ser una viejecita, enérgica, sin el más leve indicio
de senilidad. Se presentó como Shirley Palmarron.
Nos hizo pasar a una salita cuyo mobiliario debía de haberse renovado por
última vez en los años setenta, y nos ofreció té y galletas. Mientras la mujer
estaba atareada en la cocina, el perro, un terrier mestizo de color blanco y
marrón, y pelo corto, meneaba la cola y ladraba sin cesar. Era evidente que el
perro no tenía claro cuál de nosotros dos era una amenaza más seria y movía la
cabeza de un lado para otro y ladraba sin cesar, hasta que Nightingale le
señaló con el dedo y murmuró algo entre dientes. Al instante, el perro se echó
en el suelo, cerró los ojos y se durmió.
Me volví hacia Nightingale, pero se limitó a enarcar una ceja.
—¿Toby se ha echado a dormir?
—preguntó la señora Palmarron al regresar con una bandeja de té.
Nightingale se levantó y la ayudó a colocarla sobre la mesita de café.
Esperó a que nuestra anfitriona se hubiera acomodado antes de volver a sentarse
él mismo.
Toby agitaba las
patas y gruñía en sueños. Estaba claro que no habría nada que mantuviese al
perro en silencio, salvo la muerte.
—Qué ruidoso es, ¿verdad? —preguntó la señora Palmarron mientras nos servía
el té.
En ese momento en el que Toby
estaba relativamente tranquilo, me di cuenta de que se apreciaba cierta falta
de perrería en el piso de la señora Palmarron. En la repisa de la chimenea
había fotos en las que aparecían la propia señora Palmarron y los que debían de
ser sus hijos, pero nada de telas satinadas ni pañitos de adorno. No había
ningún cesto para el perro al lado de la chimenea, ni pelo en el sofá. Saqué el
bloc de notas y el bolígrafo.
—¿El perro es suyo? —le pregunté.
—No, por Dios —dijo la señora Palmarron—. Era del pobre señor Skirmish,
pero hace ya algún tiempo que lo tengo a mi cuidado. No es malo cuando una se
acostumbra a él.
—¿Ya lo tenía aquí antes de la muerte del señor Skirmish? —preguntó
Nightingale.
—Sí —contestó Palmarron con delectación—. ¿Sabe usted?, Toby es un prófugo de la justicia, un
fugitivo.
—¿Cuál fue su delito? —preguntó Nightingale.
—Se le busca por asalto grave —explicó la señora Palmarron—. Mordió a un
hombre. Justo en la nariz. Llamaron a la policía y todo eso. —Miró a Toby, que perseguía ratas en sueños—. Si
yo no te hubiera escondido aquí, ahora estarías en la cárcel, muchacho
—añadió—. Y te habrían administrado la inyección letal.
Llamé a la comisaría de Kentish Town, que me puso con la comisaría de
Hampstead, y ellos me dijeron que sí, que había habido una llamada por la
mordedura de un perro justo antes de Navidad. La víctima no había querido poner
una denuncia y eso era todo lo que constaba en el informe. Me dieron el nombre
y la dirección de la víctima: Brandon Coopertown, Downshire Hill, Hampstead.
—Ha hechizado usted al perro —dije mientras salíamos de la casa.
—Tan sólo un hechizo pequeño —confirmó Nightingale.
—Así que la magia existe —dije—. Y entonces usted debe de ser un… ¿un qué?
—Un mago.
—¿Como Harry Potter?
Nightingale suspiró.
—No —negó—. Como Harry Potter, no.
—¿En qué se diferencian?
—En que yo no soy un personaje de ficción —dijo Nightingale.
Montamos en el Jaguar y fuimos en dirección oeste, rodeamos Hampstead Heath
por el sur y luego giramos al norte, y subimos por la ladera de la colina hasta
Hampstead propiamente dicho. A esa altura, la colina era un laberinto de
callejuelas abarrotadas de BMW y Chelsea Tractors. Las casas tenían precios de
siete cifras, y si por alguna parte reinaba una callada desesperación debía de
ser por algo que no se podía comprar con dinero.
Nightingale dejó el Jaguar en un aparcamiento reservado a los vecinos y
subimos a pie por Downshire Hill en busca del domicilio de Coopertown. Resultó
que formaba parte de una hilera de lujosas mansiones semiadosadas del período
victoriano situadas a cierta distancia de la acera norte de la carretera. Era
una casa muy pija, con molduras góticas y ventanas mirador; el jardín de
entrada debía de hallarse al cuidado de un profesional y, a juzgar por la falta
de interfono, los Coopertown debían de ser propietarios de toda la casa.
Cuando nos acercábamos a la puerta principal, oímos el llanto de un niño.
Era la clase de llanto continuo y mesurado propio de un bebé que tiene la
intención de berrear durante un buen rato, todo el día, si es necesario. En una
casa tan cara, habría esperado encontrarme con una niñera o, por lo menos, con
una au paire, pero la mujer que abrió
la puerta estaba demasiado ojerosa como para pertenecer a cualquiera de las dos
categorías.
August Coopertown tenía veintimuchos años. Era alta, rubia y danesa. Nos
enteramos de su nacionalidad porque se las apañó para sacarla a relucir de
inmediato durante nuestra conversación. Antes de tener al niño había sido una
muchacha de tipo esbelto, sin apenas curvas, pero el parto le había ensanchado
las caderas y le había añadido grasa a los muslos. También se las apañó para
contárnoslo en seguida. En opinión de August, la culpa de todo la habían tenido
los ingleses, porque su modo de vida no se ajustaba a los exigentes criterios a
los que estaba acostumbrada una escandinava de buena crianza. No sé a qué se
referiría; tal vez las maternidades de los hospitales daneses tengan salas para
hacer gimnasia.
Nos invitó a sentarnos en su «sala de estar-guión-comedor», producto del
derribo de una pared y de la fusión de dos habitaciones más antiguas, con un
entarimado de madera de tonos claros y una cantidad de pino natural que me
parecería excesiva casi en cualquier parte, excepto en una sauna. Por mucho que
se esforzara August, el bebé había empezado a alterar el implacable aseo de la
casa. Un biberón había rodado hasta detenerse entre las robustas patas de roble
del armario y un pelele había quedado tirado de cualquier manera sobre el
estéreo Bang & Olufsen. Olía a leche rancia y a vómito.
El niño estaba en su cuna de cuatrocientas libras esterlinas y no paraba de
llorar.
Los retratos de familia estaban distribuidos con buen gusto sobre una
chimenea minimalista de granito. Brandon Coopertown era un hombre maduro con
buena presencia, de unos cuarenta y cinco años, moreno y de facciones
angulosas. La señora Coopertown iba y venía, y aproveché para sacar una foto
con la cámara del teléfono sin que ella se diera cuenta.
—Nunca me acuerdo de que puede hacerse eso —murmuró Nightingale.
—Bienvenido al siglo XXI —dije—, señor.
Nightingale se levantó respetuosamente cuando la señora Coopertown volvió a
entrar. En esta ocasión estaba atento y me levanté también.
—¿Puedo preguntarle en qué trabaja su esposo? —inquirió Nightingale.
Era productor televisivo y le iba bien. Había ganado premios BAFTA y
vendido formatos en Estados Unidos. Eso explicaba la casa de siete cifras.
Habría podido irle mejor, pero su ascensión a las alturas de la producción
internacional se veía totalmente imposibilitada por el carácter provinciano de
la televisión británica. Si los británicos hubieran sido capaces de dejar de
producir programas que se dirigieran sólo al público local, o trabajaran con
actores que tuviesen algún atractivo…
Por muy fascinantes que fueran las observaciones de la señora Coopertown
sobre el provincianismo de la televisión británica, nos sentimos obligados a
preguntarle por el incidente con el perro.
—También fue de lo más típico —dijo la señora Coopertown—. Por supuesto que
Brandon no quiso presentar cargos. Brandon es inglés. No quería crear problemas. Sin embargo, el agente de
policía tendría que haber denunciado al propietario del perro. No cabía ninguna
duda de que el animal era un peligro público… mordió en la nariz al pobre
Brandon.
El niño calló durante unos momentos y todos nosotros nos quedamos
expectantes, pero entonces eructó y empezó a llorar de nuevo. Miré a
Nightingale y puse cara de desesperación en referencia al niño. Quizá
Nightingale pudiera recurrir al mismo hechizo que había utilizado con Toby. Me miró con el ceño fruncido.
Quizá utilizarlo con bebés le planteara problemas éticos.
Según la señora Coopertown, la conducta del bebé había sido impecable hasta
que tuvo lugar el incidente con el perro. Ahora, bueno… ahora, según la señora
Coopertown, debían de salirle los dientes, o tenía cólico, o reflujo. Parecía
que el médico de familia no tuviese ni idea y era imperdonablemente reacio a
darle explicaciones. La señora Coopertown había pensado en acudir a una
consulta privada.
—¿Cómo consiguió el perro morderle a su marido en la nariz? —pregunté.
—¿Qué quiere decir? —preguntó la señora Coopertown.
—Me ha dicho que el perro mordió a su marido en la nariz —dije—. Ese perro
es muy pequeño. ¿Cómo llegó hasta la nariz?
—El imbécil de mi marido se agachó —dijo la señora Coopertown—. Habíamos
salido los tres a pasear por el Heath cuando ese perro vino corriendo. Mi
marido se agachó para darle unas palmaditas al perro, y entonces, zas, sin
previo aviso, el perro le mordió en la nariz. En un primer momento lo encontré
muy cómico, pero Brandon se puso a chillar y luego vino el hombrecito ese tan
desagradable y se puso a gritar: «¡Ah! ¿Qué le hacéis a mi perro? Dejadlo en
paz.»
—¿El «hombrecito ese tan desagradable» era el propietario del perro?
—preguntó Nightingale.
—Un hombrecito desagradable para un perrito desagradable —dijo la señora
Coopertown.
—¿Su marido se alteró?
—¿Y yo cómo voy a saberlo, si es inglés? —preguntó la señora Coopertown—.
Fui a buscar algo para aplicárselo en la herida y cuando regresé, Brandon se
reía. Ustedes lo encuentran todo divertido. Tuve que llamar yo misma a la
policía. Vinieron, Brandon les enseñó la nariz y se pusieron a reír. Todos
estaban alegres, incluso ese perrito tan desagradable estaba alegre.
—Pero ¿usted no lo estaba? —le pregunté.
—La cuestión no es si estaba alegre —dijo la señora Coopertown—. Si un
perro muerde a un hombre, ¿qué le impedirá morder a un niño, o a un bebé?
—¿Puedo preguntarle dónde estuvo usted la noche del jueves? —inquirió
Nightingale.
—Donde suelo estar todas las noches —respondió la señora Coopertown—. Aquí,
cuidando de mi hijo.
—¿Y dónde estaba su marido?
August Coopertown —molesta, sí; rubia, sí; estúpida, no— respondió:
—¿Para qué quiere usted saberlo?
—No es nada importante —dijo Nightingale.
—Yo pensaba que habían venido por lo del perro —replicó la señora
Coopertown.
—Sí, desde luego —afirmó Nightingale—. Pero nos gustaría confirmar varios
detalles con su marido.
—¿Piensa usted que me he inventado esa historia? —preguntó la señora
Coopertown. Tenía la mirada de conejo sobresaltado típica de los civiles que
llevan un rato colaborando con la policía en una investigación. Si conservan la
calma durante demasiado rato es un indicio de que son delincuentes
profesionales, o extranjeros, o simplemente imbéciles. Todo lo cual puede
llevarlos a la mazmorra si no se andan con cuidado. Os voy a dar un consejo: si
habláis con la policía, lo mejor es mantener la calma pero poner cara de
culpables. Es la opción menos peligrosa.
—No, desde luego que no —dijo Nightingale—. Pero, al tratarse de la víctima
principal, tendremos que tomarle declaración.
—Se encuentra en Los Ángeles —informó la señora Coopertown—. Va a llegar
esta noche, pero no estará aquí hasta muy tarde.
Nightingale dejó su tarjeta y le prometió a la señora Coopertown que él
mismo, y por extensión todos los policías que procedían bien, se tomaban muy en
serio las agresiones perpetradas por los perritos ladradores, y que seguirían
en contacto.
—¿Qué sensaciones has tenido ahí? —me preguntó Nightingale mientras
regresábamos al Jaguar.
—¿Se refiere a los vestigium?
—Vestigium es el singular, el
plural es vestigia —aclaró
Nightingale—. ¿Has sentido vestigia?
—A decir verdad —dije—, no, ninguno. Ni siquiera un vestigio.
—Un niño llorón, una madre desesperada y un padre ausente. Por no hablar de
la casa, tan antigua —dijo Nightingale—. Tenía que haber algo.
—La mujer esa parecía una maniática de la limpieza —dije—. ¿No será que ha
eliminado toda la magia a golpe de aspiradora?
—Lo que es seguro es que ha habido algo que la ha eliminado —indicó
Nightingale—. Mañana hablaremos con el marido. Regresemos a Covent Garden, a
ver si encontramos su rastro allí.
—Han pasado tres días —dije—. ¿No se habrán borrado los vestigia?
—La piedra retiene muy bien los vestigia.
Por eso los edificios antiguos tienen ese carácter —dijo Nightingale—. Por otra
parte, también es verdad que entre el continuo tráfico peatonal y los
componentes sobrenaturales presentes en esa zona no nos será nada fácil
encontrarlos.
Llegamos al Jaguar.
—¿Los animales sienten los vestigia?
—Depende del animal —contestó Nightingale.
—¿Y si se trata de un animal que pensamos que podría estar relacionado con
este caso? —pregunté.
—¿Por qué nos hemos puesto a beber en tu cuarto? —preguntó Lesley.
—Porque no me dejan entrar con el perro en el pub —dije.
Lesley estaba sentada en mi cama. Alargó el brazo y rascó a Toby por detrás de las orejas. El perro
gimoteaba de placer y trataba de meterle la cabeza entre el muslo y la
pantorrilla.
—Tendrías que haberles explicado que se trata de un perro cazador de
fantasmas —dijo Lesley.
—Nosotros no cazamos fantasmas —dije—. Lo que buscamos son huellas de
energía sobrenatural.
—¿Dijo en serio que era mago?
Ahora me arrepentía de habérselo contado todo a Lesley.
—Sí —afirmé—. Le vi lanzar un hechizo.
Nos estábamos bebiendo unas botellas de Grolsch de una caja que Lesley
había rescatado de una fiesta de Navidad en la comisaría y había escondido tras
una plancha suelta de cartón-yeso en la cocina.
—¿Recuerdas a ese tío que arrestamos por asalto la semana pasada?
—Cómo iba a olvidarlo. —Me había lanzado contra la pared durante el
forcejeo.
—Me parece que el golpe que te diste en la cabeza fue mucho más fuerte de
lo que creías —dijo.
—Todo eso existe de verdad —insistí—. Los fantasmas, la magia, todo.
—Entonces, ¿cómo puede ser que todo siga igual? —preguntó.
—Porque todo eso lo has tenido siempre enfrente de ti —le dije—. No ha
cambiado nada, así que, ¿por qué ibas a notar nada? —Terminé la botella—.
¡Puaj!
—Yo pensaba que eras un hombre escéptico —repuso Lesley—. Pensaba que
creías en la ciencia.
Me dio otra botella y la agité delante de su cara.
—Bueno… —dije—. ¿Tú sabías que mi padre era músico de jazz?
—Sí, claro —dijo Lesley—. En cierta ocasión nos presentaste… ¿no te
acuerdas? A mí me pareció simpático.
Traté de contener el respingo que me provocó lo que acababa de oír y
proseguí:
—¿Y sabes que el jazz consiste en hacer improvisaciones sobre una melodía?
—No —negué—. Yo pensaba que consistía en hacer canciones sobre variedades
de queso y sobre cómo atarse las polainas.
—Qué graciosa eres —dije—. Recuerdo que una vez mi padre estaba sobrio y le
pregunté cómo sabía lo que tenía que tocar. Y él me contestó que cuando
encuentras la melodía adecuada te das cuenta en seguida porque te queda
perfecta. Sólo tienes que encontrar esa melodía y seguirla.
—¿Y qué coño tiene eso que ver con esto?
—Las habilidades de Nightingale cuadran con mi manera de ver el mundo.
Nightingale conoce la línea, la melodía adecuada.
Lesley se rió.
—Ahora quieres ser mago —concluyó.
—No lo sé.
—Mentiroso —dijo—, quieres que Nightingale te acepte como aprendiz, y
aprender magia y volar con una escoba.
—No creo que los magos de verdad vuelen con escobas —dije.
—¿Te das cuenta de lo que acabas de decir? —preguntó Lesley—. De todas
maneras, ¿cómo vas a saberlo? Ahora mismo podría estar volando con la escoba.
—Con un coche como ese Jaguar no creo que pierda tiempo dando vueltas con
una escoba.
—Buen argumento —dijo Lesley, y entrechocamos las botellas.
Otra noche en Covent Garden. En esta ocasión con un perro.
Además, era viernes, y eso quiere decir que había por allí multitudes de
jóvenes espantosamente borrachos que gritaban en dos docenas de idiomas
distintos. Tuve que llevar en brazos a Toby,
porque, si no, lo habría perdido entre el gentío, correa incluida. Toby disfrutó del paseo. Se dedicaba
alternativamente a gruñirles a los turistas, lamerme la cara y tratar de meter
el morro en los sobacos que pasaban cerca de él.
Le ofrecí a Lesley la posibilidad de contribuir con horas extras no
remuneradas, pero, por extraño que parezca, no quiso. Le pasé la fotografía de
Brandon Coopertown y me prometió que introduciría en el HOLMES toda la
información que teníamos sobre él para que pudiera consultarla. Debían de ser
las once cuando llegué a la plaza con Toby
y encontré el Jaguar de Nightingale aparcado tan cerca de la iglesia de los
Actores como se podía aparcar sin que viniese la grúa.
Nightingale salió del vehículo mientras me aproximaba. Llevaba el mismo
bastón de pomo de plata que le había visto en nuestro primer encuentro. Me
pregunté si tendría algún significado en concreto, más allá de tratarse de un
arma contundente sin filo que podía resultar práctica en momentos de peligro.
—¿Cómo quieres que lo hagamos? —me preguntó Nightingale.
—El experto es usted, señor —dije.
—He consultado bibliografía sobre estas cuestiones —expuso Nightingale— y
no me ha servido de mucho.
—¿Hay bibliografía sobre estas cuestiones?
—Te sorprenderías si supieras sobre cuántas cuestiones hay bibliografía.
—Tenemos dos opciones —dije—. O uno de nosotros lo pasea por la escena del
crimen, o lo soltamos para ver hacia dónde va.
—Creo que tendríamos que hacer ambas cosas en ese mismo orden —aceptó
Nightingale.
—¿Piensa usted que una primera ronda dirigida nos permitirá una mejor
evaluación? —pregunté.
—No —dijo Nightingale—, pero si soltamos la correa y escapa de nosotros,
será el fin. Yo lo llevaré a dar una vuelta. Tú te quedarás junto a la iglesia,
ojo avizor.
No me dijo por qué tenía que estar ojo avizor, pero me había formado una
certera idea de sus motivos. Tal y como me había imaginado, en el mismo momento
en el que Nightingale y Toby
desaparecieron tras la esquina del mercado cubierto, oí que alguien se dirigía
a mí en susurros. Me di la vuelta y vi que Nicholas Wallpenny me hacía señas
desde detrás de una de las columnas.
—Aquí, caballero —murmuró Nicholas—. Antes de que regrese. —Me llevó tras
la columna, donde al abrigo de las sombras, Nicholas, parecía más sólido y
menos inquietante—. ¿Sabe usted con qué género de hombre tiene tratos?
—En estos momentos, con un fantasma —respondí.
—No le hablo de mí mismo —dijo Nicholas—. Le hablo del hombre del traje
bonito y el palote ese con empuñadura de plata.
—¿El inspector Nightingale? —pregunté—. Es mi superior.
—Pues yo, en su lugar, me buscaría a otro superior. Uno que estuviera menos
tocado.
—¿Tocado en qué sentido? —le pregunté.
—Pregúntele por el año de su nacimiento —dijo Nicholas.
Oí los ladridos de Toby, y de
pronto me di cuenta de que Nicholas ya no estaba allí.
—Así no vas a hacer amigos, Nicholas —dije.
Nightingale regresó con Toby y
sin nada de que informar. No le hablé del fantasma, ni de lo que éste había
dicho sobre él. No creo que sea conveniente sobrecargar a tus propios
superiores con más información de la que necesitan.
Agarré a Toby y lo levanté del
suelo para que su absurda cara de perro quedase al mismo nivel que la mía.
Traté de ignorar el olor de la carne en salsa para perros de PAL.
—Escucha, Toby —le dije—, tu
dueño ha muerto. Yo no soy amante de los perros y mi superior se haría un par
de guantes con tu piel nada más verte. Te van a pagar un billete de ida para
las perreras de Battersea y para el sueño eterno. Tu única esperanza de no ir a
parar a la perrera de los cielos es que utilices todos los sentidos
sobrenaturales que tengas para buscar… a lo que fuera que mató a tu dueño.
¿Entiendes?
Toby jadeó y ladró
una sola vez.
—No está mal —exclamé, y lo dejé en el suelo.
Corrió hasta la columna y levantó la pata.
—A mí no se me ocurriría hacerme unos guantes con su piel —dijo
Nightingale.
—¿No?
—Los de esa raza tienen el pelo corto… los guantes quedarían fatal —dijo
Nightingale—. En cambio, sí que me valdría para un sombrero.
Toby husmeó en el
suelo cerca de donde había muerto su dueño. Levantó los ojos, ladró una sola
vez y se marchó corriendo en dirección a King Street.
—Maldita sea —dije—. Eso no me lo esperaba.
—Vamos tras él —ordenó Nightingale.
Yo ya me había puesto en marcha. Los inspectores superiores del cuerpo de
detectives no corren… para eso están los agentes. Así, eché a correr en pos de Toby, que, como todos los perros tipo
rata, cambiaba de dirección cada vez que se le antojaba. Pasó de largo frente a
Tesco’s y siguió por New Row, tan rápido que el contorno de sus patitas parecía
perder nitidez como en unos dibujos animados de bajo presupuesto. Después de
dos años persiguiendo a borrachos por Leicester Square, había adquirido
velocidad y vigor, y así pude ganarle terreno mientras cruzaba St. Martin’s
Lane y accedía a St. Martin’s Court. Me dejó atrás porque tuve que esquivar a
una larga hilera de turistas holandeses que salían del Teatro Noël Coward.
—¡Policía! —grité—. ¡Apártense de mi camino!
No grité «detengan a ese perro». Tengo ciertos límites.
Toby pasó a toda
velocidad frente al bar J. Sheekey Oyster y el puesto de carne en lata y
falafel de la esquina, y salió disparado por Charing Cross Road, una de las
calles más transitadas del centro de Londres. Tuve que mirar a ambos lados
antes de cruzarla, pero, por suerte, Toby
se había detenido en una parada de autobús y estaba orinándose en la máquina de
los billetes.
Toby me echó esa
mirada de suficiencia y autocomplacencia típica de los perros pequeños que han
superado nuestras expectativas o han arrasado el jardín de nuestra casa. Miré
cuáles eran los autobuses que paraban allí. Uno de ellos era el 24: Camden
Town, Chalk Farm y Hampstead.
Nightingale me dio alcance y entre los dos contamos las cámaras de
seguridad. Había por lo menos cinco que cubrían el área de la parada de
autobús, y eso sin contar las que Transportes Londinenses suele instalar en los
vehículos. Dejé un mensaje en el móvil de Lesley en el que le sugería que
empezara por revisar las filmaciones del 24. Estoy seguro de que se estremeció
de emoción al oírlo.
A modo de venganza, me llamó a las ocho de la mañana del día siguiente.
No soporto el invierno; no soporto tener que levantarme cuando aún está
oscuro.
—¿No duermes nunca? —le pregunté.
—A quien madruga, Dios le ayuda —dijo Lesley—. ¿Te acuerdas de esa foto que
me enviaste, la de Brandon Coopertown? Creo que se subió a un autobús de la
línea 24 en la parada de Leicester Square, menos de diez minutos después del
asesinato.
—¿Se lo has contado a Seawoll?
—Pues claro que sí —respondió Lesley—. Te quiero mucho, pero no voy a
joderme la carrera profesional por ti.
—¿Qué le has dicho?
—Que había encontrado una pista del Testigo A. Tengo que decir que sólo es
una entre varios centenares que han aparecido estos dos últimos días.
—¿Qué te ha dicho?
—Me ha dicho que lo comprobara —dijo Lesley.
—Según la señora Coopertown, debería regresar hoy mismo.
—Pues aún mejor.
—¿Podrías pasar a buscarme? —le pedí.
—Por supuesto —aceptó Lesley—. ¿Qué hay de Voldemort?
—Ya tiene mi número —le dije.
Me dio tiempo de ducharme y tomarme un café antes de que Lesley estuviera
en la puerta. Llegó con un Honda Accord de hacía diez años que tenía pinta de
haber participado en demasiadas persecuciones de narcotraficantes. Me puso mala
cara al ver a Toby meneándose en el
asiento trasero.
—Es que me lo han prestado, ¿sabes? —me dijo.
—No podía dejarlo en el cuarto —dije yo, mientras Toby husmeaba Dios sabrá qué en el hueco entre los asientos—.
¿Estás segura de que era Coopertown?
Lesley me enseñó un par de imágenes impresas en papel. La cámara de
seguridad del autobús estaba orientada para captar imágenes de todos los que
entraban, y no había confusión posible: era él.
—¿Verdad que tiene moretones? —le pregunté. Se apreciaban unas manchas en
sus mejillas y en su cuello.
Lesley me dijo que no lo sabía, pero que había sido una noche fría y que
tal vez se debieran a la bebida.
Como era sábado, había un tráfico espantoso, y tardamos casi media hora en
llegar a Hampstead. Por desgracia, al aparcar en Downshire Hill descubrí la
familiar silueta plateada del Jaguar, oculto entre los Range Rovers y BMW. Toby se puso a ladrar.
—¿No duerme nunca? —preguntó Lesley.
—Me imagino que habrá estado aquí haciendo guardia durante toda la noche
—dije.
—Yo no lo tengo como superior —dijo Lesley—, así que voy a ir por mi
cuenta. ¿Vienes?
Dejamos a Toby en el coche y nos
dirigimos a la casa. El inspector Nightingale salió de su Jaguar y nos
interceptó antes de que llegáramos a la puerta. Me di cuenta de que llevaba el
mismo traje que la noche anterior.
—Peter —dijo, e inclinó la cabeza ante Lesley—. Agente May. ¿Debo entender
que habéis tenido éxito en vuestra investigación?
Ni siquiera la Reina de la Jeta se atrevió a desafiar a la cara a un
oficial superior. Le habló de las imágenes que había tomado la cámara de
seguridad del autobús y le dijo que estábamos seguros al noventa por ciento de
que esa prueba, sumada a la actuación de nuestro perro cazador de fantasmas,
demostraba que Brandon Coopertown debía de ser, por lo menos, el Testigo A, si
no el propio asesino.
—¿Habéis contactado con Inmigración para obtener información sobre su
vuelo? —preguntó Nightingale.
Miré a Lesley, y ella se encogió de hombros.
—No, señor.
—Así pues, tal vez se encontraba en Los Ángeles en el momento de cometerse
el crimen.
—Teníamos la intención de preguntárselo, señor —dije.
Toby se puso a
ladrar, no con sus habituales y molestos gañidos, sino con ladridos furiosos de
verdad. Por un instante me pareció que sentía algo, una oleada de emoción, como
la que se siente al estar entre el público de un partido de fútbol cuando se
marca un gol.
Nightingale volvió la cabeza para contemplar la casa de los Coopertown.
Oímos que una ventana se rompía y una mujer chillaba.
—¡Alto, agente! —gritó Nightingale, pero Lesley había entrado ya por la
puerta principal y corría por el jardín.
Luego se detuvo con tal brusquedad que Nightingale y yo estuvimos a punto
de estrellarnos contra su espalda. Miraba fijamente a algo que se encontraba
sobre el césped.
—Dios mío, no —susurraba.
Miré. Mi cerebro rechazaba la idea de que alguien hubiese arrojado a un
bebé por la ventana de un primer piso. Trataba de convencerse de que lo que
veía era un trapo o un muñeco. Pero no lo era.
—Llamad a una ambulancia —ordenó Nightingale, y corrió escaleras arriba.
Mientras yo sacaba el móvil, Lesley se acercó al bebé con una torpe zancada
y se puso de rodillas. Vi cómo le daba la vuelta al cuerpecito y le buscaba el
pulso. Marqué el código de emergencias y comuniqué la dirección al contestador
automático. Lesley se agachó sobre el pequeño y trató de hacerle el boca a
boca. Sus labios cubrieron los labios y la nariz del bebé de acuerdo con el
procedimiento prescrito.
—Ven aquí, Grant —dijo Nightingale. Hablaba con voz firme, de persona
centrada en su tarea.
Subí por la escalera y entré en el porche. Nightingale debía de haber
derribado la puerta de una patada, porque la encontré en el suelo, y pasé
corriendo sobre ella en dirección al vestíbulo. Teníamos que descubrir de dónde
coño provenía el estrépito.
La mujer chilló de nuevo… en el piso de arriba. Se oyó un golpe sordo, como
si alguien hubiera aporreado una alfombra. Una voz —a mí me pareció que podía
ser masculina, aunque muy aguda— gritaba:
—¿Volvemos a estar con dolor de cabeza?
No recuerdo siquiera las escaleras. De pronto estuve en el rellano y me
encontré cara a cara con Nightingale. Vi a August Coopertown en el suelo, de
bruces, al otro extremo del rellano. Uno de sus brazos había quedado atravesado
en la barandilla. Tenía el cabello empapado en sangre y se le estaba formando
un charco bajo la mejilla. A su lado había un hombre armado con un bastón de
madera de por lo menos un metro y medio de longitud. Jadeaba pesadamente.
Nightingale no tuvo ni un momento de vacilación. Se arrojó contra él con el
hombro bajo y la indudable intención de derribarlo mediante un placaje de
rugby. Yo también arremetí contra él, porque pensaba que podría sujetarle las
manos tras la espalda cuando estuviera en el suelo. Pero el hombre se volvió y,
con aparente desenfado, golpeó a Nightingale con fuerza suficiente para
arrojarlo contra el pasamanos.
Le miré a la cara. Me imaginé que debía de ser Brandon Coopertown, pero en
realidad no lo sabía. Le vi uno de los ojos, pero el otro quedaba oculto por un
jirón de piel que se le había desprendido en torno a la nariz y le había
quedado colgando. En vez de boca, tenía unas fauces sanguinolentas llenas de
manchas blancuzcas, de dientes y huesos rotos. Mi asombro fue tal que tropecé y
me caí, y fue eso lo que me salvó la vida, porque Coopertown me atacó con el
bastón, pero éste me pasó por encima de la cabeza.
Caí al suelo y el cabrón pasó corriendo por encima de mí. Me pisó el pecho
con tal fuerza que me quedé sin aire en los pulmones. Oí que ya estaba en la
escalera y entonces giré sobre mí mismo, y logré andar a gatas. Noté una
sustancia pegajosa y húmeda en los dedos, y me di cuenta de que un espeso
reguero de sangre atravesaba el rellano y bajaba por las escaleras.
Se oyó un violento estrépito y una serie de golpes sordos en el vestíbulo
de abajo.
—En pie, agente —dijo Nightingale.
—¿Qué coño era eso? —le pregunté mientras me ayudaba a levantarme.
Miré en dirección al vestíbulo donde Coopertown, o quien diablos fuera, se
había caído. Por fortuna, se había quedado boca abajo.
—En realidad, no tengo ni idea —dijo Nightingale—. Trata de no pisar el
reguero de sangre.
Bajé por las escaleras tan rápido como pude. La sangre fresca era de un
color rojo brillante, arterial. Me imaginé que debía de haberle brotado a
chorro por el agujero de la cara. Me agaché y le palpé cautelosamente la
garganta en busca del pulso. No tenía.
—¿Qué ha sucedido? —pregunté.
—Peter —dijo el inspector Nightingale—, necesito que te apartes del cuerpo
y salgas afuera con cuidado de no tocar nada. No contaminemos este lugar más de
lo que ya lo hemos hecho.
Para eso se estudian los protocolos, y luego se practican y se hacen
simulaciones. Porque gracias a ellos podemos actuar aunque nuestro cerebro haya
sufrido una impresión tan fuerte que no sea capaz de pensar por sí mismo.
Preguntádselo a cualquier soldado.
Salí afuera, a la luz del día.
Oí sirenas a lo lejos.
3
LA LOCURA
El inspector Nightingale nos dijo a Lesley y a mí que lo esperáramos en el
jardín y volvió a entrar en la casa para asegurarse de que no hubiera nadie.
Lesley se había quitado la chaqueta para cubrir con ella al bebé y tiritaba de
frío. Traté de quitarme la mía para ofrecérsela, pero Lesley me detuvo.
—Está llena de sangre —dijo.
Era verdad: tenía sangre en las mangas y me bajaban regueros hasta el
dobladillo. También había en las rodillas de los pantalones. Noté que allí
donde la sangre había empapado la ropa, la tela estaba pegajosa. Lesley tenía
sangre en la cara, en torno a los labios, porque le había hecho el boca a boca
al bebé. Se dio cuenta de que la estaba mirando.
—Ya lo sé —dijo—. Aún noto el sabor en la boca.
Ambos temblábamos y habríamos querido gritar, pero yo sabía que tenía que
ser fuerte, por Lesley. Por mucho que me esforzara, no lograba sacarme de la
cabeza el guiñapo sanguinolento en que se había transformado el rostro de
Brandon Coopertown.
—Eh —me dijo Lesley—, no pierdas los nervios.
Me miraba, preocupada, y me miró aún con mayor preocupación cuando estallé
en risillas… no pude evitarlo.
—¿Peter?
—¡Disculpa! —dije—. Es que ahora mismo estás siendo fuerte por mí, y yo
estoy siendo fuerte por ti y… ¿no te das cuenta? Es así como logramos aguantar
en este oficio.
Logré dominar las risillas y Lesley esbozó una media sonrisa.
—Está bien —aceptó Lesley—. No me asustaré, si tú no lo haces.
Me agarró la mano, le dio un apretón y luego la soltó.
—Me pregunto si los refuerzos de la comisaría de Hampstead vendrán a pie
—inquirí.
La ambulancia llegó primero, los enfermeros corrieron hasta el jardín y
dedicaron veinte minutos a un fútil intento de reanimar al bebé. Los enfermeros
siempre lo intentan cuando hay niños, aunque con ello puedan alterar el
escenario del crimen. No hay manera de impedírselo, así que lo mejor es
dejarles hacer.
Los enfermeros acababan de empezar con su labor cuando llegó un furgón
lleno de uniformados y sus ocupantes empezaron a dar vueltas por el lugar sin
un objetivo claro. El sargento se nos acercó con cierta prevención. Nos había
visto cubiertos de sangre y nos había tomado por civiles y, por tanto, nos
consideraba sospechosos en potencia.
—¿Se encuentran bien? —nos interpeló.
No logré hablar, la pregunta parecía tan estúpida…
El sargento se volvió hacia los enfermeros. Todavía trabajaban con el bebé.
—¿Podrían contarme lo que ha sucedido? —preguntó.
—Ha tenido lugar un serio incidente —dijo Nightingale, que en ese momento
salía de la casa—. Usted —ordenó, y señaló a un infortunado agente—, elija a un
compañero, vaya a la parte de atrás y asegúrese de que nadie entre ni salga por
allí.
El agente agarró a un compañero y se pusieron en marcha. Parecía que el
sargento le fuera a pedir a Nightingale sus credenciales de oficial, pero el
inspector no le dio tiempo suficiente.
—Quiero la calle cerrada y acordonada a diez metros en ambas direcciones
—dijo—. La prensa llegará de un momento a otro. Asegúrese de que dispone de
agentes suficientes para impedirles la entrada.
El sargento no saludó al estilo militar, porque somos la Policía
Metropolitana y entre nosotros no se estilan los saludos de visera, pero la
manera en que se dio la vuelta y se marchó tuvo cierto aire marcial.
Nightingale nos miró a Lesley y a mí. Aún estábamos temblorosos. Asintió con la
cabeza como para darnos confianza, se volvió hacia uno de los agentes que aún
estaban allí y se puso a gritarle órdenes.
Poco más tarde nos trajeron mantas, los compañeros nos hicieron sitio en el
furgón y nos sirvieron una taza de té caliente con tres terrones de azúcar por
cabeza. Nos tomamos el té y aguardamos en silencio a que regresaran los demás.
El inspector superior de detectives Seawoll tardó menos de cuarenta minutos
en llegar a Downshire Hill, aunque fuera sábado. Debía de haber venido desde
Belgravia con las señales luminosas de emergencia y las sirenas puestas.
Apareció en la portezuela lateral del furgón y nos miró a Lesley y a mí con el
ceño fruncido.
—¿Estáis bien los dos? —preguntó.
Ambos asentimos.
—Bueno, de todas maneras no os mováis de ahí, coño —dijo.
Difícilmente lo habríamos hecho. Las investigaciones de cierta importancia,
una vez iniciadas, son tan interesantes como una reposición de Gran Hermano, aunque tal vez sin tanto
sexo ni violencia. A los delincuentes no se les detiene con deducciones
brillantes. A los delincuentes se les detiene porque un pobre imbécil se ha
pasado la semana entera visitando todas las tiendas de Hackney donde se vende una
determinada marca de soporte para la bicicleta estática y ha visto las imágenes
de todas sus cámaras de seguridad. Un buen oficial superior de Investigación es
un hombre que se asegura de que la gente de su equipo ha hecho bien los
deberes. Uno de los motivos, y no el menos importante, es que hay que evitar
que un cabrón con peluca introduzca la tarjeta de crédito del acusado en alguna
grieta del sumario y la emplee como palanca para destrozar los cargos.
Seawoll era uno de los mejores en lo suyo, así que empezaron por llevarnos
por separado hasta una tienda que los equipos de investigación habían plantado
cerca de la entrada principal. Una vez allí nos quitamos hasta la ropa interior
y cambiamos nuestra vestimenta de paisano por unos elegantes trajes
antisépticos de una sola pieza. Mientras metían mi chaqueta preferida en una de
las bolsas para pruebas, me di cuenta de que nunca me había preocupado por
averiguar lo que había que hacer luego para recobrar ese tipo de artículos. Y
si me la devolvían, ¿la lavarían en seco antes de dármela? Tomaron muestras de
la sangre que teníamos en la cara y las manos, y luego tuvieron la amabilidad
de darnos toallas para que nos limpiáramos el resto.
Al final comimos en el furgón. Nos dieron un par de bocadillos comprados en
algún súper, pero como se trataba de algún súper de Hampstead eran de calidad
bastante buena. Mi propia hambre me sorprendió, y estaba a punto de pedir una
segunda ración cuando el inspector superior de detectives Seawoll subió al
furgón. Su peso hizo que éste se ladeara y su presencia provocó que Lesley y yo
oprimiéramos inconscientemente la espalda contra el respaldo del asiento.
—Vosotros dos, ¿qué tal estáis? —preguntó.
Le dije que estábamos bien, a punto para trabajar y, de hecho, deseosos de
retomar el caso.
—Todo eso que me estás diciendo son gilipolleces —dijo—, pero, al menos,
son gilipolleces convincentes. Dentro de un par de minutos os vamos a llevar a
la comisaría de Hampstead, donde una señora muy maja de Scotland Yard os tomará
declaración… por separado. Y aunque pienso que siempre hay que ir con la verdad
por delante, tiene que quedar muy claro que no quiero ni una puta mierda estilo
Expediente-X en vuestra declaración.
¿Ha quedado claro?
Le hicimos notar que, en efecto, había expresado sus puntos de vista con
suma nitidez.
—De cara a afuera, nos hemos metido en esta mierda en cumplimiento de
nuestros putos deberes rutinarios, y saldremos de ella también mediante el
cumplimiento de nuestros putos deberes rutinarios. —Y salió del furgón. La
suspensión crujió.
—¿Nos ha pedido que le mintamos a una oficial superior? —pregunté.
—Sí —dijo Lesley.
—Sólo lo preguntaba para estar seguro —dije.
Así que durante el resto de la tarde dimos falso testimonio en habitaciones
separadas. Tuvimos buen cuidado de que nuestros respectivos relatos concordaran
a grandes rasgos, pero, al mismo tiempo, estuvieran llenos de discrepancias que
les dieran un aire de realidad. Nadie como un policía para falsificar una
declaración.
Después de mentir, tomamos prestada ropa pasada de moda en los alojamientos
de la sección y regresamos a Downshire Hill. Los crímenes que tienen lugar en
barrios como Hampstead siempre ocupan un lugar destacado en los titulares, y
los medios de comunicación habían salido en masa. Uno de los motivos —y no el
menos importante— era que aquella tarde la mitad de los presentadores podía ir
a pie hasta el lugar de trabajo.
Toby se había
encerrado en un silencio sospechoso. Lo hicimos salir del Honda Accord, nos
pasamos más o menos una hora limpiando el asiento de atrás y luego fuimos en el
coche hasta Charing Cross con las ventanas bajadas. En realidad, no podíamos
echarle la culpa a Toby, porque
habíamos sido nosotros quienes lo habíamos dejado el día entero encerrado en el
coche. Le compramos un McDonald’s Happy Meal y creo que nos perdonó.
Regresamos a mi habitación y nos bebimos el Grolsch que quedaba. Luego,
Lesley se aligeró de ropa y se echó en mi cama. Yo me eché a su lado y la tomé
entre mis brazos. Lesley suspiró y se apretujó contra mí. Tuve una erección,
pero Lesley era tan educada que no me dijo nada. Toby se puso cómodo al extremo de la cama y utilizó nuestros pies
como almohada, y nos dormimos todos a la vez.
A la mañana siguiente, cuando me desperté, Lesley había desaparecido y el
móvil sonaba. Respondí. Era Nightingale.
—¿Estás listo para volver al trabajo? —me preguntó.
Le dije que sí.
Regresé al trabajo. A la cantina de la Clínica Forense Iain West, donde el
inspector Nightingale y yo habíamos reservado un tour por las espantosas
lesiones de Brandon Coopertown. Me presentaron a Abdul Haqq Walid, un hombre
animoso y vivaz de cincuenta y pico años que hablaba con un deje de las
Highlands.
—El doctor Walid nos lleva todos los casos especiales —dijo Nightingale.
—Mi especialidad es la criptopatología —dijo el doctor Walid.
—Salem —le dije.
—Al salam alikum —me dijo el
doctor Walid, y me estrechó la mano.
Había ido hasta allí con la esperanza de que en esa ocasión empleáramos el
sistema de observación remota, pero Nightingale no quería que quedara ningún
registro visual de esa fase de la autopsia. Una vez más nos pusimos los
delantales, las mascarillas y los protectores oculares, y entramos en el
laboratorio. Brandon Coopertown —o, por lo menos, el hombre que pensábamos que
era Brandon Coopertown— yacía desnudo, de espaldas sobre la mesa. El doctor
Walid le había abierto el torso con la incisión estándar en Y, y le manoseaba
por dentro, en busca de lo que un patólogo pueda buscar ahí, y luego lo cerró
de nuevo. Había confirmado su identidad por medio de la información biométrica
de su pasaporte.
—Del cuello para abajo —dijo el doctor Walid—, es un hombre sano de menos
de cincuenta años. Es su cara lo que nos interesa.
O, más bien, lo que quedaba de su cara. El doctor Walid había apartado con
ganchos los jirones de piel que le colgaban sobre el rostro. Lo que había
quedado del rostro de Brandon Coopertown tenía una espantosa semejanza con una
margarita rosada y roja.
—Vamos a empezar por el cráneo —dijo el doctor Walid, e indicó un lugar con
un puntero. Nightingale acercó la cara para ver bien, pero yo me contenté con
mirar por encima de su hombro—. Como verán, los huesos del rostro han sufrido
abundantes daños: los huesos maxilar superior, maxilar inferior y cigomático
han quedado pulverizados, y los dientes, supervivientes habituales, están
destrozados.
—¿Un golpe muy fuerte en el rostro? —preguntó Nightingale.
—Eso es lo mismo que habría pensado yo —dijo el doctor Walid—, si no fuera
por esto. —Sujetó uno de los jirones de piel (creo que era la mejilla) con un
gancho y lo extendió sobre el rostro. Llegaba hasta el otro extremo del cráneo
y cubría la oreja del otro lado—. La piel se ha estirado sin desgarrarse hasta
más allá de lo que sería su capacidad natural, y, aunque no quede casi nada de
tejido muscular, esto último también es una prueba de su degradación lateral. A
juzgar por las líneas de tensión, parece como si algo hubiera empujado la piel
del rostro desde dentro hacia fuera por la zona de la barbilla y la nariz,
hubiera estirado la piel y el músculo, y luego hubiera pulverizado el hueso sin
que la piel se moviera de su sitio. Luego, lo que la mantenía con esa forma
desapareció, el hueso y los tejidos blandos habían perdido ya toda su
integridad, y la piel de la cara se desprendió.
—¿Piensa usted en un dissimulo?
—preguntó Nightingale.
—O en una técnica muy similar —dijo el doctor Walid.
Nightingale me hizo saber que dissimulo
era un hechizo mágico que se empleaba para cambiar de aspecto. En realidad, no
empleó las palabras «hechizo mágico», pero se trataba de eso.
—Por desgracia —explicó el doctor Walid—, desplaza los músculos y la piel
hasta nuevas posiciones, y eso puede causar daños irreparables.
—Nunca ha sido una técnica popular —dijo Nightingale.
—Está claro el porqué —dijo el doctor Walid, y señaló los restos de la cara
de Brandon Coopertown.
—¿Algún indicio de que practicara? —preguntó Nightingale.
El doctor Walid sacó una bandeja de acero inoxidable cubierta con una
tapadera.
—Sabía que me lo preguntaría —dijo—, así que le voy a enseñar algo que he
descubierto antes. —Levantó la tapa y dejó un cerebro humano al descubierto—.
No soy experto en la materia, pero no me pareció un cerebro sano; se veía
encogido y picado, como si lo hubieran dejado al sol para que se secara. Como
ve, ha tenido lugar una notable degradación del córtex cerebral y hay pruebas
de sangrado intracraneal que podríamos atribuir a una enfermedad degenerativa,
si el inspector Nightingale y yo no estuviéramos familiarizados con su
verdadera causa.
Lo cortó en dos mitades para que viéramos su interior. Tenía un aspecto
como de coliflor enferma.
—Y esto —repuso el doctor Walid— es un cerebro afectado por la magia.
—¿La magia le hace eso al cerebro? —pregunté—. No me extraña que haya caído
en desuso.
—Eso es lo que le ocurre a quien sobrepasa sus propias limitaciones
—respondió Nightingale. Se volvió hacia el doctor Walid—. No hallamos pruebas
de práctica en su casa. Ni libros, ni parafernalia, ni vestigium.
—¿Puede ser que alguien le robara su magia? —pregunté—. ¿Que se la sorbiera
del cerebro?
—Es muy improbable —aseveró Nightingale—. Es casi imposible robarle la
magia a otro hombre.
—Salvo en el momento de la muerte —añadió el doctor Walid.
—Es mucho más probable que fuera el propio Coopertown quien se hiciera esto
a sí mismo —indicó Nightingale.
—Entonces, ¿piensa usted que no llevaba puesta ninguna máscara durante el
primer ataque? —pregunté.
—Eso parece —dijo Nightingale.
—Así que se remodeló la cara el pasado martes —dije—. Y eso explica por qué
tenía manchas en la piel cuando lo filmó la cámara del autobús. Luego se marcha
a Estados Unidos, se queda allí durante tres noches y vuelve aquí. Y durante
ese tiempo la cara le queda completamente desfigurada.
El doctor Walid lo pensó con detenimiento.
—Eso encajaría con las heridas y con los indicios de que empezaban a
crecerle tejidos nuevos en torno a los fragmentos de hueso.
—Debió de padecer un dolor terrible —observé.
—No necesariamente —dijo Nightingale—. Uno de los peligros del dissimulo es que oculta el dolor. Puede
ocurrir que el practicante se haga daño a sí mismo sin enterarse.
—Pero cuando la cara parecía normal… ¿era tan sólo porque la magia la
mantenía en su lugar?
El doctor Walid miró a Nightingale.
—Sí —dijo Nightingale.
—¿Qué sucedería con el hechizo en el momento de dormirse? —pregunté.
—Probablemente dejaría de funcionar —dijo Nightingale.
—Pero había sufrido daños tan serios que su cara tenía que desprenderse en
el momento en que el hechizo dejara de funcionar. Tuvo que mantener el hechizo
activo durante todo el tiempo que pasó en América —dije—. ¿Me está diciendo que
no durmió durante cuatro días?
—No parece muy creíble —indicó el doctor Walid.
—¿Los hechizos funcionan como el software?
—pregunté.
Nightingale me miró con cara de no haber entendido nada. El doctor Walid
acudió en su rescate.
—¿En qué sentido? —preguntó.
—¿Sería posible persuadir a una mente inconsciente para que mantuviese un
hechizo? —pregunté—. De esa manera, el hechizo permanecería activo incluso
durante las horas de sueño.
—Es posible en teoría, pero, aun dejando de lado las consideraciones
morales, yo no sería capaz de hacerlo —dijo Nightingale—. No creo que ningún
mago humano pudiera.
Ningún mago humano… vale. El doctor Walid y Nightingale me estaban mirando,
y me di cuenta de que, mientras yo iba, ellos ya volvían.
—Cuando le pregunté por espectros, vampiros y hombres lobo, y usted me
respondió que la lista ni siquiera había empezado, no me lo decía en broma,
¿verdad?
Nightingale negó con la cabeza.
—Mucho me temo que no —dijo—. Lo siento.
—Mierda —exclamé.
El doctor Walid sonrió.
—Yo dije exactamente lo mismo hace treinta años.
—Entonces, el que le hizo esto al pobre Coopertown no debía de ser humano
—dije.
—Prefiero no hacer aseveraciones —explicó el doctor Walid—. Pero es lo más
probable.
Nightingale y yo hicimos lo que hace todo buen policía cuando tiene un
momento libre durante la jornada: salimos en busca de un pub. Al otro lado de
la esquina encontramos el implacablemente caro Marquis of Queensbury, un tanto
desangelado bajo la llovizna de la tarde. Nightingale me trajo una cerveza y
nos sentamos en el reservado de la esquina, bajo un cartel victoriano que
representaba un combate de boxeo sin guantes.
—¿Qué hay que hacer para llegar a mago? —pregunté.
Nightingale negó con la cabeza.
—No es como unirse a un Departamento de Investigación de Delitos —me dijo.
—Acaba de sorprenderme —dije—. ¿Qué hay que hacer entonces?
—Entrar como aprendiz —dijo—. Adoptar un compromiso para con el oficio,
para conmigo y para con el país.
—¿Tendré que llamarle Shifu?
Al menos, le arranqué una sonrisa.
—No —contestó Nightingale—, tendrás que llamarme «maestro».
—¿Maestro?
—Ésa es la tradición —respondió Nightingale.
Repetí mentalmente ese término y me vinieron a la cabeza otras palabras con
que los esclavos negros se habían referido a sus dueños.
—¿Y no podría llamarle «inspector»?
—¿Qué te hace pensar que vaya a ofrecerte un puesto entre nosotros?
Tomé un trago y me callé. Nightingale sonrió de nuevo y sorbió de su propia
pinta.
—En cuanto hayas cruzado este Rubicón, no tendrás manera de volver atrás
—dijo—. Y, sí, puedes llamarme «inspector».
—Acabo de ver cómo un hombre mataba a su mujer y su hijo —dije—. Si tuvo
algún motivo racional para hacerlo, quiero saber cuál es. Si existe alguna
posibilidad de que no fuera responsable de sus acciones, quiero conocerla.
Porque entonces tendríamos una posibilidad de impedir que vuelva a suceder lo
mismo.
—No es un buen motivo para entrar en este terreno —expuso Nightingale.
—¿Existe algún buen motivo? —pregunté—. Quiero meterme en esto, señor,
porque tengo que saber la verdad.
Nightingale levantó el vaso a modo de saludo.
—Eso ya está mejor.
—¿Y qué va a suceder ahora? —interrogué.
—Ahora no va a suceder nada —dijo Nightingale—. Hoy es domingo. Pero, ante
todo, tendremos que ir mañana a ver al comisario.
—Ésa es buena, señor —respondí.
—Hablo en serio —dijo Nightingale—. El comisario es la única persona
autorizada para tomar la decisión final.
New Scotland Yard fue en otro tiempo un edificio de oficinas ordinario que
la Policía Metropolitana alquiló durante los años sesenta. Desde entonces se ha
reformado en varias ocasiones el interior de los despachos donde trabajan los
altos cargos. La última vez que lo hicieron fue en los años noventa,
probablemente la peor década en lo tocante a la decoración de los edificios
oficiales desde los setenta. Y es por eso —supongo— por lo que la sala de
espera del despacho del comisario era un desolado desierto de láminas de madera
contrachapada y sillas de poliuretano enmohecido. Las fotografías de los seis
últimos comisarios miraban desde las paredes con el único objetivo de ayudar a
los visitantes a relajarse.
Sir Robert Mark (1972-1977) me miraba con especial descontento. No creo que
mi trabajo le hubiera parecido una valiosa aportación.
—Aún estamos a tiempo de retirar la solicitud —dijo Nightingale.
Sí, aún estábamos a tiempo, pero eso no quería decir que a mí me agradara
la idea. Por lo general, los agentes que se sientan en la sala de espera del
comisario han sido o muy valientes o muy imbéciles, y yo no estaba seguro de a
qué categoría pertenecía.
El comisario nos hizo esperar tan sólo diez minutos hasta que su secretaria
vino a buscarnos. Su despacho era grande y estaba diseñado con la misma falta
de estilo que el resto de Scotland Yard, salvo por el revestimiento de falso
roble que cubría el techo. En una de las paredes había un retrato de la reina,
y en la otra el de sir Charles Rowan, el primero de los comisarios. Me puse
firmes con toda la marcialidad de la que es capaz un poli de Londres y estuve a
punto de dar un respingo cuando el comisario me tendió la mano para que se la
estrechara.
—Agente Grant —dijo—. Eres hijo de Richard Grant, ¿verdad? Tengo algunos de
sus discos de la época en que cantaba con Tubby Hayes. En vinilo, por supuesto.
No aguardó a que le respondiera, sino que le estrechó la mano a Nightingale
y nos indicó con un gesto que nos sentáramos. Era uno de esos norteños que
escalan por el camino difícil y han cumplido el período de servicio en Irlanda
del Norte que parece obligatorio para los futuros comisarios. El uniforme le
sentaba bien y los agentes de a pie opinaban que no parecía cretino del todo,
lo que significaba que se le valoraba mucho mejor que a sus predecesores.
—No nos esperábamos esto, inspector —dijo el comisario—. Hay quien pensaría
que este paso que damos ahora es innecesario.
—Comisario —expuso Nightingale con circunspección—, creo que las
circunstancias imponen un cambio en el acuerdo actual.
—Cuando me informaron por primera vez de la naturaleza de su sección, pensé
que sus funciones serían meramente residuales, que la… —el comisario tuvo que
obligarse a sí mismo a decir la palabra—, que la «magia» estaba en declive y
que la amenaza que pudiera representar contra la paz de la Reina sería
marginal. De hecho, recuerdo claramente que el Ministerio del Interior empleaba
el verbo «menguar» al referirse a ella. También oí a menudo que «había sido
eclipsada por la ciencia y la tecnología».
—El Ministerio del Interior no ha entendido nunca que la ciencia y la magia
no se excluyen, señor. El fundador de mi sociedad les dio sobradas pruebas de
ello. Yo creo que asistimos a un incremento lento, pero constante, de la
actividad mágica.
—¿Las prácticas mágicas vuelven a difundirse? —preguntó el comisario.
—Desde mediados de los años sesenta —respondió Nightingale.
—Los años sesenta —dijo el comisario—. ¿Por qué será que no me sorprende?
Qué mala suerte. ¿Puede usted figurarse el motivo?
—No, señor —negó Nightingale—. Pero, por otra parte, tampoco se ha
alcanzado un verdadero consenso sobre los motivos por los que previamente
estuvo a punto de extinguirse.
—En referencia a ese fenómeno, he oído la palabra Ettersburg —dijo el
comisario.
Por un instante, el rostro de Nightingale se tiñó de dolor.
—Ettersburg tuvo que ver con ello, sin duda alguna.
El comisario hinchó los carrillos y suspiró.
—¿Los asesinatos en Covent Garden y en Hampstead están relacionados entre
sí? —preguntó.
—Sí, señor.
—¿Piensa usted que la situación se va a agravar?
—Sí, señor.
—¿Lo suficiente como para que tengamos que rescindir el acuerdo?
—Se necesitan diez años para formar a un aprendiz, señor —dijo
Nightingale—. Nos convendría tener uno en reserva por si me ocurriera algo.
El comisario se rió entre dientes, sin alegría.
—¿Ese muchacho sabe en qué va a meterse?
—¿Hay algún policía que lo sepa? —preguntó Nightingale.
—Muy bien —dijo el comisario—. Ponte en pie, muchacho.
Nos pusimos en pie. Nightingale me dijo que levantara la mano y me leyó el
juramento.
—Peter Grant, de Kentish Town, ¿juras lealtad a nuestra Reina y a sus
sucesores? ¿Juras, asimismo, servir con dedicación y lealtad a tu maestro hasta
el final de tu período de aprendizaje, y someterte a los mandos y vestir las
vestiduras de la hermandad a la que éste pertenece? En consonancia con el
secreto que envuelve a dicha hermandad, callarás cuanto sepas sobre ella y no
se lo comunicarás a nadie, salvo a otros miembros de la citada hermandad. Y en
todo ello actuarás con dedicación y lealtad, y mantendrás en secreto este
juramento, con la ayuda de Dios, Soberano al que sirves, y Poder que puso en
marcha este universo.
Juré, aunque estuve a punto de atragantarme con lo de las «vestiduras».
—Que así sea, con la ayuda de Dios.
Nightingale me informó de que, al trabajar con él como aprendiz, tendría
que trasladarme a su domicilio londinense de Russell Square. Me dio la
dirección y me dejó en los alojamientos de la sección en Charing Cross.
Lesley me ayudó a preparar las maletas.
—¿No tendrías que estar en Belgravia —le pregunté—, con la Brigada de
Homicidios?
—Me han dicho que me tome un día libre —respondió Lesley—. Me han dado
permiso para que me recobre del susto, y sobre todo para que me mantenga
alejada de los medios de comunicación.
Entendí el porqué. El exterminio de todos los miembros de una familia de
gente rica y carismática es el sueño de todo redactor de noticias. Nada más
enterarse de los macabros detalles, los medios de comunicación habían estirado
el chicle haciéndose preguntas sobre lo que la trágica muerte de la familia
Coopertown podía enseñarnos acerca de la sociedad en la que vivimos y sobre
cómo aquella tragedia revelaba los males de la cultura moderna / el humanismo
secular / la corrección política / la situación en Palestina. Elíjase lo que
más le convenga a cada uno. Una de las pocas cosas que podrían hacer aún más
suculenta la noticia habría sido la implicación de una agente guapa y rubia que
—podría añadir yo— investigaba un caso difícil sin el conocimiento de sus superiores.
Le habrían hecho preguntas. Habrían prescindido de sus respuestas.
—¿Quién irá a Los Ángeles? —pregunté.
Seguro que iría alguien a investigar los movimientos de Brandon en Estados
Unidos.
—Un par de sargentos a los que aún no conozco —dijo ella—. Sólo tuve tiempo
de trabajar allí durante un par de días antes de que me metieras en líos.
—Ahora eres la niña mona de Seawoll —comenté—. No se va a enfadar contigo
por esto.
—De todas maneras, considero que aún estás en deuda conmigo —dijo, al mismo
tiempo que agarraba mi toalla de baño y la plegaba enérgicamente hasta
transformarla en un cubo compacto.
—¿Y qué quieres? —le pregunté.
Lesley me preguntó si quería salir aquella noche y le dije que me veía
capaz de intentarlo.
—No quiero quedarme aquí —dijo—. Quiero salir.
—¿Adónde quieres que vayamos? —pregunté, y me quedé mirándola mientras
desplegaba la toalla y volvía a plegarla en forma de triángulo.
—A cualquier sitio, menos al pub —explicó, y me dio la toalla. Me las apañé
para meterla dentro de la mochila, pero tuve que desplegarla otra vez.
—¿Qué te parece si vamos al cine? —le pregunté.
—Es una buena idea —dijo—, pero que sea una peli divertida.
Russell Square se halla a un kilómetro al norte de Covent Garden, al otro
lado del Museo Británico. Según Nightingale, fue el centro de un movimiento
literario y filosófico durante los primeros años del pasado siglo, pero yo sólo
la recuerdo por una vieja película de terror sobre unos caníbales que vivían en
los túneles del metro.
La casa estaba en el sur de la plaza, donde había sobrevivido una hilera de
casas adosadas del período georgiano. Tenían cinco pisos —si contamos las
buhardillas añadidas en época posterior— y apartamentos en el sótano con vistas
a un foso protegido con verjas de hierro forjado. El edificio en cuestión tenía
una escalinata visiblemente más lujosa que la de las casas vecinas. Terminaba
en unas puertas dobles de caoba con accesorios metálicos. Las palabras
«SCIENTIA POTESTAS EST» estaban esculpidas en relieve sobre el dintel.
Me pregunté si querrían decir que la ciencia está puesta hacia el este. O
que la ciencia portentosa es. La ciencia protestas es. La ciencia patatas es.
¿Y si estaba a punto de meterme en la guarida de unos peligrosos ingenieros
genéticos que trabajaban con plantas?
Arrastré la mochila y las dos maletas hasta el rellano de arriba. Pulsé el
timbre metálico, pero las puertas eran tan gruesas que no oí el sonido al otro
lado. Al cabo de un instante, se abrieron por sí solas. Tal vez fuera por el
tráfico, pero juraría que no oí ningún motor, ni ninguna clase de mecanismo. Toby gimoteó y se escondió detrás de mis
piernas.
—Esto no da miedo —dije—. No da nada de miedo.
Empujé la maleta hasta el otro lado del umbral.
El vestíbulo tenía un mosaico de estilo romano y una cabina de madera y
cristal, que desde luego no parecía una cabina de venta de entradas, pero que
ponía de relieve que el edificio tenía un exterior y un interior, y que
convenía pedir permiso antes de entrar. Fuera lo que fuese aquel lugar, no me
cabía ninguna duda que no era la residencia privada de Nightingale.
Enfrente de la cabina, flanqueada por dos columnas neoclásicas, se erguía
la estatua de mármol de un hombre ataviado con toga y calzones de académico.
Sujetaba un voluminoso libro bajo uno de sus brazos y un sextante en el otro.
En su cara cuadrada se pintaba una expresión de implacable curiosidad, y
adiviné su nombre antes de verlo en el pedestal, donde se leía:
La naturaleza y sus leyes se
ocultaban en la noche;
Dios dijo «Hágase Newton» y se
hizo la luz.
Nightingale me aguardaba a un lado de la estatua.
—Bienvenido a la Locura —dijo—, sede oficial de la magia inglesa desde
1775.
—¿Y su santo patrón es sir Isaac Newton? —pregunté.
Nightingale sonrió.
—Él fue nuestro fundador, así como el primer hombre en sistematizar la
práctica de la magia.
—A mí me enseñaron que había inventado la ciencia moderna —comenté.
—Hizo ambas cosas —dijo Nightingale—. Tal es la naturaleza del genio.
Nightingale me guió por una puerta hasta un gran salón rectangular que
ocupaba el centro del edificio. En lo alto había dos galerías. El techo era una
cúpula victoriana de hierro y cristal. Las zarpas de Toby arañaron el suelo de mármol pulido color crema. Todo estaba en
silencio, y aunque la casa se viera impecable, me asaltó una fuerte sensación
de decadencia.
—Por allí se accede al comedor grande, que ya no utilizamos, la sala de
estar, que tampoco utilizamos —Nightingale iba señalando varias puertas que se
hallaban al otro extremo del gran salón—… la biblioteca general, la sala de
lectura… Abajo se hallan las cocinas, las despensas y la bodega de vinos. La
escalera de atrás, que de hecho se encuentra en la fachada principal, está por
allí. Por las puertas de atrás se accede a los antiguos establos y cocheras.
—¿Cuántas personas viven aquí? —pregunté.
—Tan sólo nosotros dos. Y también Molly —dijo Nightingale.
De pronto, Toby se agazapó a mis
pies y gruñó, con un genuino gruñido tipo «hay-una-rata-en-la-cocina» que había
que tomar en serio. Me volví, y vi a una mujer que venía hacia nosotros con
pasos gráciles sobre el mármol pulido. Era delgada e iba vestida como una
criada del período eduardiano. Vestía un delantal blanco sobre una falda larga
de color negro y una blusa de algodón blanco. Su rostro no encajaba con el
atuendo: era demasiado largo y anguloso, y tenía los ojos negros y almendrados.
A pesar de la cofia, el cabello le caía cual cortina negra hasta la cintura. Me
dio mal rollo al instante, y no sólo porque haya visto demasiadas películas de
terror japonesas.
—Te presento a Molly —dijo Nightingale—. Trabaja para nosotros.
—¿Qué hace?
—Todo lo que haya que hacer —contestó Nightingale.
Molly bajó los ojos y se inclinó torpemente. No me quedó claro si había
sido un saludo o una reverencia. Toby
gruñó de nuevo y Molly le devolvió el gruñido, y enseñó unos dientes que
inquietaban por lo afilados.
—Molly —recriminó Nightingale en tono brusco.
Molly se cubrió tímidamente la boca con la mano, se volvió y se marchó con
los mismos pasos gráciles por el mismo camino por donde había venido. Toby dio un bufido satisfecho de sí
mismo que no engañó a nadie, salvo a él.
—Entonces, ¿Molly es…?
—Indispensable —dijo Nightingale.
Antes de que subiéramos, Nightingale me condujo hasta un nicho instalado en
la pared septentrional. Allí, sobre un pedestal, como si se hubiera tratado de
un dios doméstico, había una vitrina de museo sellada, y dentro de ésta un
libro encuadernado en cuero. Estaba abierto por el frontispicio. Me acerqué y
leí: Philosophiae Naturalis Principia
Artes Magicis, Autore: I. S. Newton.
—Entonces, no contento con iniciar la revolución científica, ¿nuestro amigo
Isaac Newton también inventó la magia? —pregunté.
—No, no la inventó —dijo Nightingale—. Pero sí codificó sus principios
básicos. Gracias a él se pudo prescindir, al menos en cierta medida, del método
de ensayo y error.
—Magia y ciencia —dije—. ¿Qué más hizo?
—Reformó la Moneda Real y salvó el país de la bancarrota —explicó
Nightingale.
Al parecer, había dos escaleras principales; subimos por la oriental hasta
la primera de las galerías adornadas con columnas y llegamos a un lugar
totalmente descuidado, con revestimientos de madera y capas de polvo blanco.
Otras dos escaleras nos llevaron hasta un pasillo del segundo piso flanqueado
por pesadas puertas de madera. Abrió una, aparentemente al azar, y me dijo que
entrara.
—Ésta será tu habitación —dijo.
Era el doble de grande que el cuarto que había ocupado en los alojamientos
de la sección. Tenía buenas proporciones y el techo alto. Había una cama doble
con somier metálico en una de las esquinas del fondo, un ropero estilo Narnia
en la otra y un escritorio entre ambos, iluminado por dos ventanas de
guillotina. Los anaqueles cubrían dos paredes enteras, y estaban vacíos, salvo
por lo que después vi que era la undécima edición de la Encyclopaedia Britannica publicada en 1913, un ejemplar muy
deteriorado de la primera edición de Un
mundo feliz y una Biblia. Lo que en otro tiempo había sido una chimenea
estaba ocupado por una estufa de gas recubierta de azulejos de cerámica verde.
La lamparilla del escritorio tenía una falsa pantalla japonesa y a su lado
había un teléfono de baquelita que debía de ser más viejo que mi padre. Olía a
polvo y a cera para muebles, y adiviné que la habitación debía de haber pasado
los últimos cincuenta años soñando bajo capas de polvo blanquecino.
—Cuando estés listo, ven a buscarme en la planta baja —dijo Nightingale—. Y
asegúrate de estar presentable.
Sabía muy bien a qué se refería, y por ello traté de hacerme esperar, pero
lo cierto es que no tardé mucho en desempaquetar mis cosas.
En rigor, nuestra profesión no nos obligaba a ir a esperar a los
desconsolados padres al aeropuerto. Aparte de que el caso, por lo menos
oficialmente, estaba a cargo de la Brigada de Homicidios de Westminster, y era
sumamente improbable que los padres de August Coopertown tuvieran ninguna
información acerca del asesinato. Aunque pueda parecer cruel, los detectives
tenemos tareas más importantes que cumplir que ir a improvisar terapia
psicológica con familiares afligidos; para eso ya están los agentes de atención
familiar. Nightingale no lo veía del mismo modo, y fue por eso por lo que él y
yo tuvimos que esperar en el área de llegadas del aeropuerto de Heathrow
mientras el señor y la señora Fischer pasaban por el control de aduanas. Yo era
el que aguantaba el cartón con su nombre escrito.
No eran como me los había imaginado. El padre era pequeño y le faltaba poco
para quedarse calvo, y la madre tenía el cabello de color castaño desvaído y
estaba gordinflona. Nightingale se presentó en una lengua que supuse que sería
danés y me dijo que les llevara las maletas hasta el Jaguar. Lo hice con suma
satisfacción.
Si le preguntáis a un agente de policía qué es lo peor de su trabajo,
siempre os responderá que lo peor es tener que dar la mala noticia a los
parientes de las víctimas. Pero no es verdad. Lo peor es tener que quedarse en
la sala después de haber dado la noticia y verse obligado a presenciar cómo se
desintegra una vida. Hay quien dice que no le afecta… quien diga eso no es de
fiar.
Los Fischer debían de haber buscado en Google el hotel más cercano a la
casa de su hija, y por eso habían reservado habitación en un edificio de
ladrillo de Haverstock Hill, medio prisión, medio gasolinera. El vestíbulo era
viejo, tan desordenado y acogedor como la oficina de una ETT. Dudo que los
Fischer se dieran cuenta, pero yo sí noté que Nightingale no lo consideraba
apropiado, y por un momento pensé que estaba a punto de llevárselos a la
Locura.
Luego suspiró y me mandó que les dejara el equipaje en recepción.
—A partir de ahora, esto queda en mis manos —dijo, y me ordenó que volviera
a casa. Me despedí de los Fischer y salí de su vida tan rápido como pude.
Después de ese episodio, no me quedaron ganas de salir, pero Lesley me
convenció.
—No puedes dejar de salir sólo porque ocurran desgracias —dijo—. Además, me
debes una noche de juerga.
No se lo discutí, y, al fin y al cabo, una de las cosas buenas del West End
es que siempre se encuentra algún cine donde echan alguna película. Empezamos
por el Príncipe Carlos, pero en la sala de abajo pasaban Doce monos, y en la de arriba una de Kurosawa por la que te
cobraban el doble. Así, doblamos la esquina y probamos en el Voyage de
Leicester Square. El Voyage es una versión para ciudad en miniatura de lo que
sería un Múltiplex de ocho salas, entre las que hay por lo menos dos con una
pantalla más grande que la de un televisor de plasma. Por lo general me gustan
las películas con ciertas dosis de violencia gratuita, pero Lesley me convenció
de que la que nos convenía para animarnos era Sherbet Lemons, la comedia romántica del mes, con Allison Tyke y
Dennis Carter. Tal vez hubiese funcionado, si hubiéramos llegado a verla…
Buena parte del vestíbulo estaba ocupada por los puestos de comida. Había
ocho puntos de venta, cada uno con su propia caja, instalados en un caos de
máquinas de palomitas, parrillas para perritos calientes y anuncios de cartón
que ofrecían regalos sorpresa a los niños que compraran entradas de la última
película de moda. Sobre cada una de las cajas había una pantalla grande de
cristal líquido por la que desfilaban las películas en cartelera, su
clasificación por edad, el horario, el tiempo que faltaba para que empezasen y
los asientos que quedaban sin vender. A intervalos regulares pasaban un
tráiler, un anuncio de hamburguesas, o un vídeo que te recordaba lo bien que te
lo estabas pasando en los cines de la cadena Voyage. Aquella noche funcionaba
tan sólo una de las cajas y había una cola de unas quince personas ante ella.
Nos pusimos en la cola detrás de una mujer de mediana edad, bien vestida,
acompañada por cuatro niñas de entre nueve y once años. A Lesley y a mí no nos
importó… si hay algo que se aprende en el oficio de policía es a esperar.
La investigación posterior reveló que el único empleado que en ese momento
trabajaba en el puesto era un refugiado de veintitrés años de edad procedente
de Sri Lanka, llamado Sadun Ranatunga. Era una de las cuatro personas que
trabajaban esa noche en el Voyage de Leicester Square. En el momento en el que
tuvo lugar el incidente, dos de ellos estaban lavando las pantallas uno y tres
para el siguiente pase, otro atendía en la taquilla, y el cuarto y último se
encargaba de un vertido particularmente desagradable en el baño de caballeros.
Como Ranatunga vendía entradas y palomitas a la vez, la cola avanzaba con
mucha lentitud. Tuvieron que pasar quince minutos para que la mujer que nos
precedía empezase a recobrar la esperanza. Las niñas que la acompañaban habían
jugado hasta ese momento, pero entonces corrieron hacia la cola para no
quedarse sin golosinas. La mujer demostró una impresionante firmeza: les dejó
bien claro que cada una de ellas tenía derecho tan sólo a una bebida y una
ración de palomitas o de dulces… sin excepciones, y no me importa lo que la
madre de Priscilla te dejara tomar el día que saliste con ellos. No, no te
pienso comprar nachos, y, además, no sé lo que son los nachos. Como no te
portes bien, te quedas sin nada.
Según el Departamento de Investigación de Delitos de Charing Cross, el
problema empezó cuando dos muchachos que hacían cola juntos pidieron entradas
con descuento. Posteriormente los identificaron como Nicola Fabroni y Eugenio
Turco, un par de heroinómanos que habían venido a Londres desde Nápoles para
hacerse una cura de desintoxicación. Llevaban unos folletos de la Escuela de
Lengua Inglesa Piccadilly que, según ellos, los acreditaban como estudiantes.
Sólo con que hubiesen ido la semana anterior, Ranatunga les habría dicho que
sí, pero esa misma tarde su jefe le había informado de que la oficina central
consideraba que el Voyage de Leicester Square había vendido demasiadas entradas
con descuento y que, en el futuro, el personal de las salas tendría que rechazar
cualquier petición que resultara sospechosa. De acuerdo con las instrucciones
que le habían dado, Ranatunga informó con sumo pesar a Turco y a Fabroni de que
tendrían que pagar el precio íntegro. La respuesta no le sentó nada bien a la
pareja, que había calculado el presupuesto sobre la base de que entrarían en el
cine sin tener que pagar la entrada entera. Se quejaron a Ranatunga, que se
mostró inflexible, pero, como ambas partes se expresaban en lengua no nativa,
la discusión les llevó un buen rato. Al fin, Turco y Fabroni pagaron de mala
gana el precio íntegro con un par de billetes de cinco hechos una porquería y
un puñado de monedas de diez peniques.
Según parece, Lesley había mirado con ojos de policía a los italianos desde
el primer momento, mientras que yo —que me distraigo fácilmente, no lo
olvidéis— me preguntaba si me sería posible llevar a Lesley hasta mi habitación
en la Locura. Por eso me quedé algo sorprendido cuando la respetable mujer de
clase media que esperaba delante de nosotros ataviada con un buen abrigo saltó
al otro lado del mostrador y trató de estrangular a Ranatunga.
Se llamaba Celia Munroe, residente en Finchley, y había querido regalar una
salida al West End a sus hijas Georgina y Antonia y a dos amigos de éstas,
Jennifer y Alex. La pelea empezó cuando la señora Munroe presentó cinco vales
de la promoción Voyager Film Fun como pago parcial por las entradas. Ranatunga
le explicó con todo su pesar que los vales no eran válidos en aquel cine. La
señora Munroe le preguntó cómo era posible, pero Ranatunga no supo explicarle
el motivo, porque, para empezar, sus superiores no le habían informado acerca
de aquella promoción. La señora Munroe expresó su insatisfacción con una
agresividad que nos sorprendió a Ranatunga, a Lesley y a mí, y, de acuerdo con
su declaración posterior, también a ella misma.
Lesley y yo nos habíamos decidido a intervenir, pero no habíamos tenido
tiempo siquiera para dar un paso adelante y preguntar qué ocurría cuando la
señora Munroe actuó. Todo fue muy rápido y, como suele ocurrir con los
incidentes inesperados, tardamos unos instantes en comprender lo que sucedía.
Por suerte, teníamos suficiente experiencia en la calle como para no quedarnos
paralizados, y así agarramos a la mujer cada uno por un hombro y tratamos de
separarla del pobre Ranatunga. La mujer le sujetaba el cuello con tanta fuerza
que cuando tiramos de ella hacia atrás arrastró a Ranatunga sobre el mostrador.
En ese momento, una de las niñas estaba ya histérica, y la que parecía la
mayor, Antonia, se puso a darme puñetazos en la espalda, pero en ese momento no
lo noté. Los labios de la señora Munroe se habían contraído en un rictus de
furor, los tendones empezaban a dibujársele en el cuello y los antebrazos. El
rostro de Ranatunga se enrojecía, los labios se le volvían azules.
Lesley apretó con los pulgares sobre los puntos de presión de las muñecas
de la señora Munroe y entonces la mujer soltó a Ranatunga, pero de manera tan
brusca que ambos rodamos por el suelo. La mujer aterrizó encima de mí y traté
de sujetarle los brazos, pero antes de que lo lograra tuvo tiempo de darme un
violento codazo en las costillas. Aproveché que la superaba en peso y fuerza
para darle la vuelta y ponerla boca abajo sobre la alfombra con olor a
palomitas. Naturalmente, no llevaba las esposas, y tuve que sujetarle las dos
manos tras la espalda. De acuerdo con el procedimiento legal, una vez le has
puesto las manos encima a un sospechoso estás obligado a arrestarlo. Le recité
sus derechos y dejó de forcejear. Me volví hacia Lesley. No sólo había cuidado
del herido, sino que también había apartado a las niñas y había informado del
incidente a Charing Cross.
—¿Si la suelto —pregunté—, se va a portar usted bien?
La señora Munroe asintió con la cabeza. Le permití que se diera la vuelta y
se sentara en el suelo.
—Yo sólo quería ver una película —dijo—. Cuando era joven sólo tenías que
ir al cine Odeon de tu barrio y decir «una entrada, por favor», y entonces les
dabas el dinero y ellos te daban una entrada. ¿Por qué se ha vuelto todo tan
complicado? ¿De dónde ha salido esa comida tan asquerosa que llaman nachos?
Pero vamos a ver, ¿qué coño es un nacho?
A una de las niñas se le escapó una risilla nerviosa al oír la palabra.
Lesley tomaba notas en su bloc de agente. Porque, ¿sabéis?, cuando le
leemos a alguien sus derechos, le decimos: «todo lo que diga a partir de este
momento podrá utilizarse como prueba en su contra», y, bueno, nos referimos a
eso.
—¿Ese muchacho está herido? —Me buscó con la mirada para que la
tranquilizara—. No sé lo que me ha ocurrido. Yo sólo quería hablar con alguien
que dominara el inglés. El verano pasado me fui de vacaciones a Baviera y allí
todo el mundo hablaba muy bien el inglés. Voy con mis hijas al West End y sólo
encontramos extranjeros. No entiendo ni una palabra de lo que dicen.
Se me ocurrió que algún cabrón de la Fiscalía de la Corona podía aprovechar
sus palabras para presentar el agravante de racismo. Miré a Lesley a los ojos,
y ella suspiró, pero dejó de apuntar.
—Yo sólo quería ir al cine —repetía la señora Munroe.
La salvación llegó en la persona del inspector Neblett, que nos echó una
mirada y dijo:
—A vosotros dos no se os puede dejar solos, ¿eh?
No me engañó. Yo sabía muy bien que había estado ensayando la frase durante
el camino.
Sin embargo, fuimos todos a comisaría para formalizar el arresto y
encargarnos del papeleo. Y eso me costó tres horas de mi vida que no voy a
recuperar fácilmente. Acabamos en la cantina, como todos los policías que hacen
horas extra. Una vez allí, bebimos té y rellenamos los formularios.
—Ahora que nos vendría bien contar con la Unidad de Seguimiento de Casos,
¿dónde se han metido? —dijo Lesley.
—Yo ya te decía que tendríamos que haber ido a ver Los siete samuráis —le dije.
—¿A ti no te ha parecido que había algo raro en ese incidente? —preguntó
Lesley.
—¿Raro? ¿El qué?
—Ya me entiendes —dijo Lesley—. Una mujer de mediana edad se vuelve loca de
pronto y ataca a otra persona en el cine delante de sus hijas. ¿Estás seguro de
que no notaste ninguna…? —Agitó los dedos en el aire.
—En ese momento no prestaba atención —expliqué. Al pensarlo, tuve la
sensación de que tal vez sí había habido algo, una explosión de violencia y
risas, pero me resultaba sospechosa al verlo en retrospectiva; como un recuerdo
que yo mismo había construido después de los hechos.
El señor Munroe llegó hacia las nueve con un abogado y con los padres de
las otras niñas, y su mujer salió bajo fianza menos de una hora más tarde.
Mucho antes de que Lesley y yo termináramos el papeleo. Para entonces estaba
demasiado fatigado como para tener ninguna idea inteligente, así que me despedí
y me marché a Russell Square en el vehículo de intervención inmediata.
Tenía un juego nuevo de llaves, entre las que se encontraban la de la
puerta de servicio. Entré por allí para esquivar la mirada reprobadora de sir
Isaac. El salón principal estaba en penumbra, pero, al subir por el primer
tramo de escaleras, me pareció observar una figura pálida que caminaba por el
piso de abajo.
La prueba más segura de hallarse en una casa rica es que se tome el
desayuno en una sala especial, y no en la misma en que se come a mediodía con
la vajilla cambiada. Estaba orientada hacia el sudeste para captar la escasa
luz de enero y tenía vistas a los establos y cocheras. Aunque Nightingale y yo
fuéramos los únicos que desayunábamos allí, todas las mesas estaban puestas y
cubiertas con manteles blancos recién salidos de la lavandería. Había para
cincuenta personas. Así mismo, la mesa de servir cargaba con una serie de
bandejas de plata con arenques ahumados, huevos, tocino y morcillas, y con una
fuente llena de arroz, guisantes y eglefino ahumado y desmenuzado. Nightingale
identificó este último plato como kedgeree.
Parecía que la abundancia en el servicio de cocina le abrumara tanto como a mí.
—Pienso que Molly se deja llevar demasiado por el entusiasmo —dijo, y se
sirvió kedgeree.
Yo tomé un poco de todo y Toby se
llevó algunas salchichas, un poco de morcilla y un cuenco con agua.
—No lograremos comernos todo esto —dije—. ¿Qué hará Molly con los restos?
—He aprendido a no hacer preguntas como ésa —respondió Nightingale.
—¿Y por qué no?
—Porque no estoy seguro de querer saber las respuestas.
Mi primera lección en las ciencias mágicas tuvo lugar en uno de los
laboratorios que se encontraban al final del primer piso. El resto de
laboratorios se habían utilizado en otro tiempo en proyectos de investigación,
pero aquél se empleaba para la enseñanza y, desde luego, tenía todo el aspecto
de un laboratorio escolar. En él había bancos que llegaban a la cintura, con
espitas de gas para mecheros Bunsen a intervalos regulares y lavamanos de
porcelana blanca en la madera barnizada de los muebles. Había incluso un cartel
con la tabla periódica en la pared. Me di cuenta de que faltaban todos los
elementos que se habían descubierto después de la segunda guerra mundial.
—Primero tendremos que llenar uno de los lavamanos —dijo Nightingale.
Seleccionó uno y abrió la llave que se encontraba en la base de un grifo
largo de cuello de cisne. Se oyó un traqueteo lejano. El cuello de cisne negro
vibró, gorgoteó y finalmente escupió un breve chorro de agua parduzca.
Ambos dimos un paso hacia atrás.
—¿Cuánto hace que no se trabaja en este lugar? —pregunté.
El traqueteo se volvió más fuerte, más rápido, y el agua empezó a manar del
grifo. Al principio salía bastante sucia, pero luego brotó limpia. El traqueteo
fue perdiendo fuerza hasta desaparecer. Nightingale taponó el desagüe y esperó
a que el lavamanos se llenara tres cuartos de su capacidad antes de cerrar el
grifo.
—Cuando se intenta este hechizo —dijo—, hay que tener siempre agua a punto
por precaución.
—¿Habrá fuego?
—Sólo si lo haces mal —explicó Nightingale—. Voy a hacer una demostración y
tienes que estar muy atento… igual que lo estuviste cuando buscábamos vestigia. ¿Entiendes?
—Vestigia —dije—. Ya lo pillo.
Nightingale abrió la palma de la mano derecha hacia arriba y cerró el puño.
—Mira mi mano —dijo, y separó los dedos.
De pronto, una bola de luz flotó a pocos centímetros sobre la palma.
Brillante, pero no lo bastante como para que no pudiese mirarla directamente.
Nightingale cerró el puño y el globo desapareció.
—¿Otra vez? —preguntó.
Creo que, hasta ese momento, una parte de mí había estado a la espera de
una explicación racional, pero, al ver la facilidad con la que Nightingale
producía la luz fantasma, me di cuenta de que la explicación racional era
justamente ésa: la magia funcionaba. La pregunta que venía a continuación, por
supuesto, era: ¿cómo funcionaba?
—Otra vez —dije.
Abrió la mano y la luz apareció. La bola que la originaba era del tamaño de
una pelota de golf, pero su superficie era lisa y perlina. Me incliné sobre
ella, pero no fui capaz de discernir si la luz emanaba del interior de la
esfera o de su superficie.
Nightingale cerró el puño.
—Ándate con cuidado —advirtió—. Podrías hacerte daño en los ojos.
Parpadeé, y vi unas manchas de color purpúreo. Nightingale tenía razón… me
había dejado engañar por la aparente suavidad de la luz y la había contemplado
durante demasiado rato. Me eché agua en los ojos.
—¿Estás listo para repetir? —dijo Nightingale—. Trata de concentrarte en
las sensaciones que experimentas cuando lo hago… tendrías que sentir algo.
—¿Algo? —pregunté.
—La magia es como la música —explicó Nightingale—. Cada uno la oye de
manera distinta. El término técnico que empleamos es forma, pero no es mucho mejor que «algo», ¿a que no?
—¿Puedo cerrar los ojos? —interpelé.
—Desde luego —dijo Nightingale.
Sí sentí un «algo», como un temblor en el silencio del instante de la
creación. Repetimos el ejercicio hasta que estuve seguro de que no me lo había
imaginado. Nightingale me preguntó si tenía alguna duda. Le pregunté cómo se
llamaba el hechizo.
—Coloquialmente lo llamamos «luz fantasma» —dijo.
—¿Podría hacer lo mismo bajo el agua? —interrogué.
Nightingale metió la mano en el agua y, a pesar de que el ángulo no me
permitía verlo bien, me demostró que podía dar forma a una luz fantasma sin
aparente dificultad.
—Entonces es que no se produce ningún proceso de oxidación, ¿no? —dije.
—Concéntrate —dijo Nightingale—. Primero la magia, luego la ciencia.
Traté de concentrarme, pero ¿en qué?
—Dentro de un instante —explicó Nightingale— te voy a pedir que abras la
mano tal como te he mostrado. Cuando la abras, quiero que configures una imagen
dentro de tu cerebro que se corresponda con las sensaciones que has tenido
cuando yo creaba mi luz fantasma. Como si fuera una llave que ha de abrir el
cerrojo de una puerta. ¿Lo entiendes?
—Mano —dije—. Configuración, llave, cerrojo, puerta.
—Eso es —afirmó Nightingale—. Empieza.
Respiré hondo, extendí el brazo y abrí el puño. No ocurrió nada.
Nightingale no se rió, pero yo habría preferido que lo hubiera hecho. Respiré
hondo una vez más, traté de «configurar» en mi mente —a saber lo que
significaría eso—, y abrí la mano de nuevo.
—Déjame que te haga otra demostración —dijo Nightingale—. Y luego trata de
imitarla.
Nightingale creó la luz fantasma, yo sentí la configuración de la forma y traté de reproducirla. Tampoco
esta vez logré crear mi propia luz, pero en esa ocasión sí me pareció sentir un
eco de la forma en mi mente, como el
fragmento de una canción que nos llega desde un coche que pasa por nuestro
lado.
Repetimos varias veces el ejercicio hasta que estuve seguro de saber cuál
era la configuración de la forma,
pero no logré encontrarla dentro de mi propia mente. El proceso debía de
resultarle familiar a Nightingale, porque en todo momento pareció saber en qué
estadio me hallaba.
—Practícalo durante otras dos horas —ordenó—. Entonces pararemos para comer
y luego seguiremos otras dos horas. Después podrás tomarte el resto del día
libre.
—¿Sólo tengo que hacer esto? —pregunté—. ¿No voy a aprender idiomas
antiguos, ni teoría mágica?
—Éste es el primer paso —dijo Nightingale—. Si llegas a dominarlo, lo demás
será irrelevante.
—¿Así que esto es una prueba?
—Es una labor de aprendiz —dijo Nightingale—. Te prometo que vas a estudiar
mucho en cuanto domines esta forma.
Latín, por supuesto, y también griego clásico, árabe, alemán técnico. Te vas a
encargar del trabajo de campo en todos mis casos, por supuesto.
—Bien —dije—. Eso sí que es un incentivo.
Nightingale se rió y, acto seguido, se fue.
4
A ORILLAS DEL RÍO
Hay ciertas cosas que nadie quiere hacer diez minutos después de
despertarse, y una de ellas es circular por la Great West Road a ciento sesenta
kilómetros por hora. Ni siquiera a las tres de la madrugada, con la luz y la
sirena puestas para apartar a los transeúntes y la calle tan vacía como pueda
llegar a estarlo una calle londinense. Yo me aferraba a la correa de la puerta
y trataba de no acordarme de que el Jaguar, a pesar de sus notables cualidades
—el estilo y el acabado de un coche de época— carecía de airbag y de todos los sistemas de seguridad de los coches modernos.
—¿Has logrado hacer funcionar la radio? —preguntó Nightingale.
En algún momento, alguien había instalado una radio moderna en el Jaguar.
Nightingale reconocía de buena gana que no sabía utilizarla. Yo había logrado
encenderla, pero entonces me distraje, porque Nightingale tomó la rotonda de
Hogarth a tal velocidad que la cabeza se me fue contra la ventanilla. Aproveché
un trecho de carretera sin apenas curvas para sintonizar la frecuencia de la
comisaría del distrito de Richmond. Nightingale me había dicho que el problema
se había producido en esa zona. Captamos el final de una explicación en el tono
de voz ligeramente estrangulado de la persona que trata de fingir que no siente
pánico. Decía no sé qué sobre ocas.
«Tango Whiskey Uno a Tango Whiskey Tres: ¿Pueden repetir?»
TW-1 era la inspectora de servicio en Richmond, hablando desde la sala de
mando local, mientras que TW-3 debía de ser uno de los vehículos de
intervención inmediata.
«Tango Whiskey Tres a Tango Whiskey Uno: estamos en el White Swan y
sufrimos el ataque de las malditas ocas.»
—¿El White Swan? —pregunté.
—Es un pub de Twickenham —dijo Nightingale—. Cerca del puente de Eel Pie
Island.
Yo sabía que el Eel Pie Island era una serie de embarcaderos y casas
construidos sobre una pequeña isla de apenas quinientos metros de largo en el
río. En cierta ocasión, los Rolling Stones habían tocado allí. También había
tocado mi padre. Por eso conocía el lugar.
—¿Y las ocas? —pregunté.
—Son mejores guardianas que los perros —dijo Nightingale—. Si no te lo
crees, pregúntaselo a los antiguos romanos.
TW-1 no sentía ningún interés por las ocas; quería información sobre el
delito. Veinte minutos antes habían recibido varias llamadas en el 999. Habían
informado de disturbios y posibles enfrentamientos entre grupos de jóvenes. A
juzgar por mi experiencia, podíamos encontrarnos con cualquier cosa: desde una
despedida de soltera que se hubiera desmadrado hasta una jauría de zorros que
se hubiera puesto a derribar cubos de basura.
TW-3 informó haber visto a un grupo de IC1 de sexo masculino, vestidos con
pantalones vaqueros y cazadoras estilo donkey,
peleando contra un grupo indeterminado de IC3 de sexo femenino en Riverside
Road. Por si no lo sabíais, IC1 es el código de identificación para referirse a
los blancos, e IC3 son los negros. Yo oscilo entre IC3 e IC6… me suelen
clasificar como árabe o norteafricano. Depende de si he tomado mucho el sol.
Los enfrentamientos entre negros y blancos no eran habituales, pero tampoco
imposibles. En cambio, nunca había oído hablar de una pelea entre un grupo de
chicos y otro de chicas, y TW-1 tampoco, por lo que pidió aclaraciones.
«De sexo femenino —informó TW-3—. De sexo femenino, sin duda alguna, y
además hay una que está desnuda.»
—Me lo temía —dijo Nightingale.
—¿Qué es lo que se temía?
El Jaguar se lanzó a toda pastilla por el puente de Chiswick y el paisaje
se desdibujó a nuestro alrededor. Más arriba de Chiswick, el Támesis traza un
bucle hacia el norte en torno a los jardines de Kew, y nosotros cortábamos en
dirección al puente de Richmond.
—Cerca de ahí hay un santuario importante —dijo Nightingale—. A mí me
parece que los muchachos debían de ir por él.
—¿Y las chicas lo defienden?
—Algo por el estilo —respondió Nightingale.
Era un conductor soberbio. Alcanzaba un grado de concentración que siempre
me reconforta cuando circulamos a alta velocidad. Pero, con todo, también tenía
que contenerse cuando se metía por calles estrechas. El centro de Richmond se
había edificado de acuerdo con el mismo modelo que Londres, en tiempos en los
que la planificación urbana era algo que sólo les ocurría a los demás.
«Tango Whiskey Cuatro a Tango Whiskey Uno: me encuentro en Church Lane,
junto al río, y he localizado a cinco o seis IC1 de sexo masculino que se suben
a una embarcación… para iniciar una persecución.»
TW-4 debía de ser el segundo vehículo de intervención inmediata de
Richmond. Por tanto, todos los vehículos disponibles habían entrado en liza.
TW-3 informó de que no se veía ni rastro de las IC3 de sexo femenino, ni
desnudas ni vestidas, pero que sí habían divisado una embarcación que navegaba
hacia la orilla opuesta.
—Llámales y diles que estamos a punto de llegar —ordenó Nightingale.
—¿Cuál es nuestro código de llamada? —pregunté.
—Zulú Uno —me dijo.
Abrí el micrófono.
—Zulú Uno a Tango Whiskey Uno: responda.
Hubo unos momentos de pausa mientras TW-1 lo digería. Me pregunté si la
inspectora de servicio sabría quiénes éramos.
«Tango Whiskey Uno a Zulú Uno: recibido.» La inspectora hablaba con voz
inexpresiva, neutral. Estaba claro que sí sabía quiénes éramos. «Tengan en
cuenta que los sospechosos parecen haber atravesado el río y podrían
encontrarse en la orilla meridional.»
Traté de confirmar la recepción, pero se me ahogó la voz cuando me di
cuenta de que Nightingale se había metido contra dirección por George Street,
que es una calle de dirección única. Se supone que no hay que hacerlo ni
siquiera cuando se circula con luz y sirena. Entre otros motivos, por el riesgo
de pegársela contra una de esas máquinas que pesan tanto y que se inventaron
para limpiar las calles durante la noche. Apoyé bien las piernas en el fondo
del coche cuando nuestros faros delanteros iluminaron un corazón de san
Valentín de dos metros de alto y color cereza en la ventana de una Boots.
TW-3 nos llamó: «Tengan en cuenta que la embarcación sospechosa se ha
incendiado, veo a varias personas que saltan por la borda.»
Nightingale pisó el acelerador, pero, por suerte, doblamos una esquina y
volvimos a circular en la dirección correcta. El puente de Richmond nos quedaba
a la derecha, pero Nightingale cortó por la pequeña rotonda y siguió por la
calle que bordeaba el Támesis. Oímos que TW-1 llamaba a la lancha de la Brigada
de Incendios de Londres… tardaría, como mínimo, veinte minutos en llegar.
Nightingale metió el Jaguar por una salida a la derecha que yo ni siquiera
había visto y de pronto circulamos en la más absoluta negrura, traqueteando
sobre la grava que rebotaba contra el fondo del chasis. Un súbito viraje a la
izquierda y nos encontramos al borde del agua, y seguimos adelante por la
orilla del río por donde éste se curvaba de nuevo hacia el norte. En la orilla
opuesta había una hilera de pequeños yates de motor amarrados a los
embarcaderos, y un poco más lejos alcancé a ver llamas amarillas: la
embarcación en llamas. No era una embarcación moderna para salidas de placer.
Parecía más bien una de esas típicas barcazas de media eslora que suelen
pertenecer a empresarios del ramo de la homeopatía, siempre con las bordas
pintadas a mano y un gato dormido sobre la cabina. No se veía al gato por
ninguna parte, pero, por si había habido alguno, le deseé que supiera nadar,
porque la embarcación ardía de un extremo a otro.
—Allí —dijo Nightingale.
Miré adelante y vi varias figuras a las que apenas alcanzaban a iluminar
nuestros faros. Se lo comuniqué a TW-1:
—Confirmamos la presencia de sospechosos en la orilla sur… ¿dónde diablos
estamos?
—Donde el ferry de Hammerton —dijo Nightingale, y lo repetí al micrófono.
Nightingale frenó el Jaguar y nos detuvimos frente a la embarcación en
llamas. Llevábamos linternas en la guantera, aberraciones vulcanizadas con
anticuadas bombillas de filamento. El peso que me hizo sentir en la mano me dio
cierta tranquilidad cuando me adentré con Nightingale en las sombras.
Iluminé el sendero con la linterna, pero los sospechosos —si es que de
verdad lo eran— se habían largado. Nightingale parecía más interesado en el río
que en el sendero. Inspeccioné con la linterna las aguas que circundaban la
barcaza. Vi que la embarcación avanzaba lentamente río abajo, arrastrada por la
corriente, pero no había nadie en el agua.
—¿No deberíamos asegurarnos de que no haya quedado nadie a bordo?
—pregunté.
—Más vale que no quedara nadie —contestó Nightingale con voz fuerte, como
si le hablara al río, y no a mí—. Y quiero que apaguen ese fuego ahora mismo
—dijo.
Oí una risilla en la oscuridad. Iluminé con la linterna el lugar de donde
me pareció que procedía, pero no vi nada, salvo las embarcaciones amarradas en
la otra orilla. Me volví, y me encontré con que la embarcación en llamas
descendía al fondo del río, como si alguien la hubiese agarrado por debajo y la
hubiera arrastrado bajo la superficie. Las últimas llamas se extinguieron, y
entonces, como si alguien hubiera soltado un pato de goma, emergió de nuevo a
la superficie. El fuego se había apagado.
—¿Cómo ha podido ocurrir eso? —pregunté.
—Han sido los espíritus del río —dijo Nightingale—. Quédate ahí mientras
acabo de inspeccionar la orilla.
Oí otra risa que provenía de las aguas. Entonces, con un sonido nítido, a
menos de tres metros de donde me encontraba, una voz que indudablemente
pertenecía a una mujer londinense dijo «¡Ay, mierda!». A continuación se oyó
como si alguien hubiera desgarrado metal.
Fui corriendo en esa dirección. En aquel trecho, la orilla era una
pendiente fangosa que se sostenía tan sólo gracias a las raíces de los árboles
y a unos pocos refuerzos de piedra. Al acercarme, oí un chapoteo, y llegué a
tiempo de iluminar con la linterna una silueta esbelta y curvilínea que
desaparecía bajo las aguas. Habría podido tomarla por una nutria, si hubiera
sido lo bastante estúpido como para olvidar que las nutrias no tienen el cuerpo
cubierto de pelo ni tampoco son grandes como un hombre. Vi que tenía bajo los
pies una caja cuadrada de alambre —formaba parte de un proyecto antierosión
sobre el que me informé luego— y que uno de sus costados estaba abierto.
Nightingale regresó con las manos vacías y dijo que podíamos esperar a que
llegase la lancha de los bomberos y remolcara los restos de la barcaza. Le
pregunté si las sirenas existían.
—Eso no era una sirena —dijo.
—Entonces, las sirenas existen —afirmé.
—Ahora no te distraigas, Peter —añadió—. Vayamos paso a paso.
—¿Qué es un espíritu del río? —pregunté.
—Genii locorum —respondió—. El
espíritu de un lugar, una diosa del río, si prefieres decirlo así.
Pero no era la diosa del propio Támesis, según me explicó Nightingale,
porque su participación en un incidente habría constituido una violación del
acuerdo. Le pregunté si aquel acuerdo era «el acuerdo», u otro acuerdo que no
tenía nada que ver con el anterior.
—Hay bastantes acuerdos —explicó Nightingale—. Buena parte de nuestro
trabajo consiste en asegurarse de que todo el mundo los respete.
—El río tiene una diosa —dije.
—Sí… Madre Támesis —informó pacientemente—. Y también un dios del río…
Padre Támesis.
—¿Y son parientes?
—No —dijo—. Y a eso se debe en parte el problema.
—¿Son dioses de verdad?
—No me ocupo de cuestiones teológicas —dijo Nightingale—. Existen y tienen
medios para perturbar la paz de la Reina. Por lo tanto, la policía tiene que
encargarse de ellos.
Un reflector perforó la negrura y recorrió la superficie del río, una vez,
dos veces, hasta detenerse definitivamente sobre los restos de la barcaza. La
Brigada de Incendios de Londres acababa de llegar. Capté el olor de los gases
de escape de un motor diésel. La lancha de los bomberos maniobró con cautela
junto a la barcaza. Figuras con cascos amarillos aguardaban con mangueras y
garfios. El reflector reveló que el fuego había devorado por completo la
embarcación, pero de todas maneras me di cuenta de que el casco estaba pintado
de rojo con los bordes negros. Oí la voz de los bomberos, que charlaban
mientras abordaban la embarcación y la amarraban. La escena me tranquilizó de
puro cotidiana. Y esa circunstancia guió mis pensamientos en otra dirección.
Nightingale y yo habíamos salido de la cama y nos habíamos lanzado en dirección
oeste con el Jaguar sin tener ningún indicio de que aquello fuera algo más que
una típica noche del viernes.
—¿Cómo sabía que esto entraba dentro de nuestras competencias? —pregunté.
—Tengo fuentes propias —dijo Nightingale.
Uno de los vehículos de intervención inmediata de Richmond llegó con la
inspectora de servicio y perdimos un rato en faroleo burocrático para demostrar
nuestra respectiva acreditación profesional. Richmond nos ganó por puntos, pero
tan sólo porque uno de ellos había venido con un termo de café. Nightingale
interrogó a las gentes del lugar… nos dijeron que había sido una pelea entre
bandas. Unos jóvenes IC1, indudablemente borrachos, habían robado una
embarcación en algún punto que se encontraba más allá de la esclusa de
Teddington y habían empezado una pelea con jóvenes IC3 del barrio donde
estábamos, algunos de los cuales eran de sexo femenino. La cuadrilla procedente
de Teddington había tratado de escapar y había pegado fuego por accidente a su propia embarcación,
habían saltado todos al agua y habían escapado a pie por el sendero que
bordeaba el Támesis. Todo el mundo asentía con la cabeza: parecía un típico
viernes por la noche en la gran ciudad. Nightingale dijo estar seguro de que
nadie se había ahogado, pero la inspectora de servicio de Richmond optó por
llamar a un equipo de búsqueda y rescate, por si acaso.
Luego, cuando los dos inspectores hubieron marcado sus respectivos árboles,
nos fuimos cada uno por nuestro lado.
Condujimos de vuelta en dirección a Richmond, pero nos detuvimos poco antes
de llegar al puente. Faltaba por lo menos una hora para el alba, pero
Nightingale me llevó por la puerta de una verja de hierro y entonces me di
cuenta de que la carretera en la que nos encontrábamos pasaba por dentro de
unos jardines municipales situados sobre una pendiente que terminaba a orillas
del río. Algo más adelante se distinguía un fulgor anaranjado —un farol de
viento que colgaba de las ramas más bajas de un plátano—. Iluminaba los arcos
de ladrillo rojo sobre los que se asentaba la continuación de la carretera.
Dentro de las cuevas artificiales que se hallaban bajo los arcos vi sacos de
dormir, cajas de cartón y periódicos viejos.
—Voy a tener una charla con ese troll —dijo Nightingale.
—Señor… —le dije—. Se supone que tenemos que llamarlos personas sin techo.
—Este caso es distinto —explicó Nightingale—. Es un troll de verdad.
Vi algo que se movía a la sombra de uno de los arcos, un rostro pálido,
cabello desgreñado, varias capas de ropa vieja que lo protegían del frío del
invierno. A mí me pareció una persona sin techo.
—¿Es un troll de verdad? —pregunté.
—Se llama Nathaniel —dijo Nightingale—. Antes dormía bajo el puente de
Hungerford.
—¿Y por qué se mudó? —pregunté.
—Parece que prefería vivir en un área suburbana.
«Un troll suburbano», pensé. ¿Por qué no?
—Fue él quien le dio el chivatazo, ¿verdad que sí? —dije—. Le puso sobre la
pista.
—Un policía solo vale lo que valgan sus informantes —dijo Nightingale. No
le recordé que hoy en día se llaman Recursos Humanos de Inteligencia
Encubiertos—. Quédate atrás —ordenó—. Aún no te conoce.
Nathaniel volvió a meterse en su guarida cuando vio que Nightingale se le
acercaba, y se puso educadamente en cuclillas a la entrada de su cueva de
troll. Golpeé con los pies en el suelo y me soplé los dedos. Había tenido ojo
al ponerme el jersey del uniforme bajo la chaqueta, pero, con todo, era febrero
y las tres horas que habíamos pasado junto al río me estaban calando hasta los
huesos. Si no hubiera estado tan ocupado en meterme las manos en los sobacos,
tal vez me habría dado cuenta mucho antes de que alguien me observaba. En
realidad, si no me hubiera pasado las dos últimas semanas esforzándome por
distinguir entre el vestigium y las
sospechas casuales de cada día, no me habría dado cuenta en absoluto.
Todo empezó como un rubor, una sensación de vergüenza, como esa vez que
estaba en la disco Year Eight y Rona Tang atravesó la tierra de nadie en la
pista de baile y me informó, en términos inequívocos, de que Funme Ajayi quería
bailar conmigo. Pero yo no podía lanzarme a bailar bajo la vigilancia de un
contubernio de muchachas adolescentes que me observaban. Sentí sobre mí la
misma mirada… desafiante, burlona, indiscreta. Para empezar, me di la vuelta,
como suele hacerse, pero no vi nada, salvo las farolas de sodio en la calle. Me
pareció notar el soplo de un aliento cálido en la mejilla, una sensación como
de luz del sol, hierba cortada y pelo quemado. Me volví y contemplé el río y,
por un instante, me pareció que veía movimiento, un rostro, algo…
—¿Has visto algo? —me preguntó Nightingale, y me dio tal susto que pegué un
salto.
—Dios bendito —exclamé.
—En este río, no —dijo Nightingale—. Ni el propio Blake[2]
lo habría considerado posible.
Regresamos al Jaguar y volvimos a sentir el caprichoso abrazo de su sistema
de calefacción de los años sesenta. Mientras volvíamos al centro de Richmond
—nuevamente por la carretera de sentido único, pero esta vez en la dirección
correcta—, le pregunté a Nightingale si Nathaniel el Troll le había contado algo interesante.
—Ha confirmado nuestras sospechas —dijo.
Por lo visto, los muchachos de la embarcación eran seguidores de Padre
Támesis que habían navegado río abajo con el fin de asaltar el santuario de Eel
Pie Island, y las seguidoras de Madre Támesis los habían pillado. Seguro que
habían ido con el depósito lleno, y probablemente le habían pegado fuego ellos
mismos a la barca cuando trataban de escapar. El curso inferior del río Támesis
era territorio soberano de Madre Támesis, y el curso superior pertenecía a
Padre Támesis. La frontera entre ambos trechos se hallaba en la esclusa de
Teddington, dos kilómetros más abajo de Eel Pie Island.
—Entonces, ¿piensa que Padre Támesis quería ocupar nuevos territorios?
—pregunté.
Estos «dioses» parecían narcotraficantes. Al regresar, encontramos un
tráfico bastante más denso… Londres se despertaba.
—No es nada extraño que espíritus ligados a un territorio tengan ambiciones
territoriales —dijo Nightingale—. En cualquier caso, pienso que podría ser tu
inigualable intuición la que resolviera el conflicto. Quiero que vayas a hablar
con Madre Támesis.
—¿Y qué es lo que mi inigualable intuición y yo mismo tenemos que decirle a
Madre Támesis?
—Tendréis que descubrir cuál es el problema y si es posible llegar a una
solución amistosa.
—¿Y si no lo consigo?
—Pues entonces quiero que le recuerdes que, piensen lo que piensen algunos,
la paz de la Reina rige en la totalidad del Reino.
Nightingale no quería que nadie más condujera su Jaguar. Era comprensible.
Si yo tuviera un coche como ése, tampoco permitiría que ninguna otra persona lo
condujese. Sin embargo, sí podía disponer de un Ford Escort de diez años de
antigüedad que parecía que tuviera escrito en el capó: «ex coche patrulla».
Nightingale conseguía los coches usados en la misma tienda que Lesley. Los
antiguos coches de policía siempre son reconocibles, porque, por mucho que los
laves, siempre huelen a policía viejo.
Shoreditch, Whitechapel, Wapping… el dinero y la intransigencia habían
unido el antiguo y el nuevo East End. Madre Támesis vivía al este de la White
Tower en un almacén transformado en edificio de apartamentos, a poca distancia
de la dársena de Shadwell. Se hallaba al otro lado del desembarcadero del
Prospect of Whitby, un antiguo pub que en su tiempo había sido una legendaria
sala de jazz. Mi padre había compartido su escenario con Johnny Keating, pero,
gracias a su magnífica habilidad para destrozar su propia carrera, había
logrado perderse un concierto con Lita Roza… creo que le sustituyó Ronnie
Hughes.
La pared del almacén que daba a la calle tenía una fachada sin puertas, de
ladrillo londinense, pero, por el lado del Támesis, los viejos muelles de carga
se habían transformado en aparcamiento para coches. Aparqué entre un Citroën
Picasso de color naranja y un Jaguar XF de color rojo ladrillo refractario, con
una pegatina de Urban Dance FM en el parabrisas.
Al salir del vehículo, percibí los vestigia
con una claridad que no había experimentado hasta ese momento. Un súbito olor a
pimienta y agua salobre, fugaz y molesto como el chillido de una gaviota. No es
que me sorprendiera, porque, en otro tiempo, el almacén había formado parte del
puerto de Londres, el de mayor actividad en el mundo entero.
Un desagradable viento frío soplaba sobre el Támesis y por ello me dirigí
en seguida al vestíbulo. Alguien, en algún lugar, tenía la música puesta, con
los bajos a un volumen que transgredía las ordenanzas de Salud y Prevención de
Riesgos. La melodía —si es que la había— no era audible, pero sentía la línea
de bajo en el pecho. De pronto se sobrepuso a ella un gorjeo de risas
femeninas, perverso y parlanchín. La entrada era de estilo neovictoriano y
tenía un portero automático ultramoderno. Marqué el número que me había
indicado Nightingale y aguardé. Estaba a punto de volver a marcarlo cuando oí
cómo alguien se acercaba al otro lado de la puerta arrastrando las zapatillas
sobre el suelo. La puerta se abrió y vi a una joven negra con ojos de gata,
vestida con una camiseta negra que le iba varias tallas grande, con las
palabras «NOSOTRAS ESTAMOS AL MANDO» en la pechera.
—Hola —me saludó—. ¿Qué deseas?
—Soy el detective Grant, de la Policía Metropolitana —informé—. He venido a
ver a la señora Támesis.
La muchacha me miró de arriba abajo y, tras juzgarme de acuerdo con algún
criterio preestablecido, cruzó los brazos sobre los pechos y me miró con
suspicacia.
—¿Y cómo es eso? —preguntó.
—Me manda Nightingale —dije.
La muchacha suspiró y se volvió hacia el vestíbulo.
—Ha venido un tío que dice que lo manda el Mago. —En la espalda de la
camiseta se leía: «NOSOTRAS ESTAMOS AL MANDO.»
—Que pase —gritó una voz desde el interior del edificio. Hablaba con un
suave, pero inconfundible acento nigeriano.
—Ya puedes pasar —dijo la muchacha, y se apartó a un lado.
—¿Cómo te llamas? —pregunté.
—Beverley Brook[3]
—respondió, y ladeó la cabeza cuando pasé por su lado.
—Encantado de conocerte, Beverley —dije.
Dentro del edificio hacía calor, un calor tropical, casi húmedo, y la
frente y la espalda se me perlaron de sudor. Vi que las puertas que daban al
pasillo común estaban abiertas y el pesado ritmo de bajo se oía en lo alto de
una escalera de hierro forjado por la que se accedía a los pisos superiores. O
se trataba del bloque de pisos con los vecinos mejor avenidos de la historia de
Inglaterra, o Madre Támesis disponía del edificio entero.
Beverley me condujo hasta un apartamento en la planta baja. Traté de no ver
las largas piernas que emergían, esbeltas y morenas, bajo la camiseta. Dentro
del apartamento el calor era aún más intenso, y reconocí el olor del aceite de
palma y de la hoja de mandioca. Conocía muy bien el estilo de apartamento en el
que acababa de entrar, desde las paredes, pintadas en un suave tono melocotón,
hasta la cocina repleta de arroz y pollo, y galletas de crema de la marca
Morrisons.
Nos detuvimos en el umbral de la sala de estar. Beverley me ordenó con un
gesto que me acercara y me murmuró al oído:
—Mantén una actitud respetuosa.
Tomé aliento y sentí el olor del cabello planchado y de la mantequilla de
coco. Era como volver a tener dieciséis años.
En los años noventa contrataron a un arquitecto para que reformase el
edificio y le dijeron que tenía que diseñar apartamentos de lujo para jóvenes
con una carrera profesional prometedora. Sin lugar a dudas, el arquitecto pensó
en trajes de oficina estilo años ochenta, tirantes y gente que amueblaría su
hogar con el deprimente estilo minimalista de las novelas de detectives
escandinavas. Lo más probable es que no llegara a imaginarse, ni siquiera en la
peor de sus pesadillas, que el dueño aprovecharía las generosas proporciones de
la sala de estar como excusa para meter por lo menos cuatro tresillos de World
of Leather. Por no hablar de la televisión de plasma —en esos momentos tenían
puesto un partido de fútbol sin sonido—, ni del tiesto con la enorme planta —me
di cuenta en seguida de que era un mangle—. Un mangle de verdad. Sus raíces
nudosas habían escapado del tiesto y buscaban un lugar sobre la alfombra de
felpa. Miré hacia el techo y vi que las ramas más altas se habían hincado en
él. Vi los lugares donde el yeso blanco se había desprendido y había dejado al
descubierto las vigas de madera de pino.
Sobre un sofá de cuero, encontré una colección de africanas de mediana edad
como las que hallaríamos en una iglesia pentecostal. Todas me miraron de arriba
abajo como antes lo había hecho Beverley. Sentada entre ellas, desentonando con
el conjunto, había una mujer blanca y flaca, ataviada con un vestido de
cachemira rosada y perlas. Tenía todo el aspecto de hallarse en su hogar, como
si se hubiera metido allí de camino hacia la ciudad y no hubiera vuelto a
salir. Noté que el calor no la molestaba. Bajó la cabeza a modo de saludo.
Pero nada de eso importaba en absoluto, porque en la misma habitación se
hallaba la diosa del Río Támesis.
Estaba entronizada en un lujoso sillón giratorio. Llevaba el cabello
trenzado sobre la cabeza con hebras de algodón negro y adornado con piezas de
oro en las puntas; parecía que una corona le ciñera la frente. Su rostro era
redondeado y sin arrugas, la piel tersa y perfecta como la de un niño, y los
labios carnosos y muy oscuros. Tenía unos ojos de gata idénticos a los de
Beverley. La blusa y el pareo estaban tejidos con el mejor encaje de oro
austríaco; el escote, bordado en tonos plateados y escarlatas, era suficiente
para dejar al descubierto un hombro carnoso y de piel lisa, así como la
generosa curva de sus senos.
Una mano bellamente cuidada reposaba sobre una mesa lateral. Al pie de ésta
había varios sacos de arpillera y pequeñas cajas de madera. Al acercarme un
poco más, olí el agua salada y el café, la gasolina diésel y los plátanos, el
chocolate y las entrañas de pescado. No necesitaba que Nightingale me dijese
nada para saber que lo que sentía era sobrenatural, un hechizo tan poderoso que
era como si me arrastrara una oleada. Una vez estuve en su presencia, no me
pareció extraño que la diosa del río fuese nigeriana.
—Así que el muchacho del Mago eres tú —dijo Mamá Támesis—. Creo recordar
que se había llegado a un acuerdo.
Logré articular palabras.
—A mí me parece que era algo más que un acuerdo.
Tenía que luchar contra mis propios impulsos de caer de rodillas frente a
la diosa, meterle la cara entre los pechos y dejarme llevar. Me ofreció
asiento, y para entonces ya estaba tan agarrotado que sentí dolor al sentarme.
Me di cuenta de que Beverley se había cubierto la boca con la mano para
disimular sus risillas. Mamá Támesis también. Esta última hizo un gesto para
ordenarle a la adolescente que fuese a la cocina. Lo sé muy bien: si las
africanas tienen niños, es para endosarles las tareas del hogar.
—¿Quieres una taza de té? —preguntó Mamá Támesis.
La rechacé con cortesía. Nightingale había sido muy explícito: no comer ni
beber nada mientras me hallara bajo su techo. «Si lo haces —me había dicho—,
picarás su anzuelo.» Mi madre se lo habría tomado como un insulto, pero Mamá
Támesis inclinó gentilmente la cabeza. Quizá su respuesta también formara parte
del trato.
—¿Y tu maestro? —dijo—. ¿Se encuentra bien?
—Sí, señora —respondí.
—Parece que el maestro Nightingale está mejor cuanto más viejo se hace
—dijo. Antes de que pudiera preguntarle a qué se refería, ella me preguntó a mí
por mis padres—. Tu madre es fula, ¿verdad? —preguntó.
—De Sierra Leona —dije.
—Y creo recordar que tu padre dejó la música.
—¿Conoce usted a mi padre?
—No —dijo, y me miró con una sonrisa de complicidad—. Salvo en el sentido
de que todos los músicos de Londres me pertenecen, especialmente los
intérpretes de jazz y blues. Cosas de ríos.
—Entonces, ¿podría rivalizar usted con el Mississipí? —pregunté.
Mi padre juraba siempre que el jazz, igual que el blues, había nacido en
las aguas enlodadas del Mississipí. Mi madre juraba que había salido de una
botella, como todas las obras destacadas del diablo. Hasta ese momento había
hablado en burla, pero entonces se me ocurrió que, si había una Madre Támesis,
también debía de haber un dios del Old
Man River[4].
Y, si existía una tal criatura, ¿hablarían entre ellos? ¿Mantenían largas
llamadas telefónicas para hablar de sedimentos, divisorias de drenaje y la
necesidad de infraestructuras en los trechos afectados por las mareas? ¿O se
comunicaban por correo electrónico, o con sms, o vía Twitter?
Me di cuenta de que una parte del embrujo se desvanecía al topar con la
realidad. Creo que Mamá Támesis también debió de darse cuenta, porque me lanzó
una mirada astuta y asintió.
—Sí —dijo—. Ahora me doy cuenta. Qué astuto ha sido tu maestro al elegirte
a ti, y dicen que al perro viejo no se le enseñan trucos nuevos.
Tras dos semanas de observaciones igualmente impenetrables de Nightingale,
había desarrollado una refinada estrategia contra las formulaciones de carácter
gnómico: cambiar de tema.
—¿Cómo llegó usted a diosa del Támesis? —le pregunté.
—¿Estás seguro de querer saberlo? —me preguntó ella a mí.
Pero no me cabe ninguna duda de que se sintió halagada por mi interés. Es
una perogrullada: a todo el mundo le gusta hablar de sí mismo. Nueve de cada
diez confesiones se obtienen mediante el instinto natural que empuja a todo ser
humano a contarle la historia de su vida a alguien que la escuche con interés,
aunque acabe por explicarte el día en el que le atizó a su rival en el golf con
el palo de hierro hasta ocasionarle la muerte. Mamá Támesis no era distinta;
con el tiempo, llegué a darme cuenta de que los dioses sienten una necesidad de
explicarse a sí mismos aún mayor que los humanos.
—Llegué a Londres en el año 1957 —dijo Mamá Támesis—. Pero entonces todavía
no era una diosa. Sólo era una chica tonta de campo. He olvidado mi nombre de
entonces. Vine a estudiar para enfermera, pero, a decir verdad, no era muy
buena en esa profesión. No me gustaba acercarme mucho a los enfermos y, además,
en mi clase había demasiados igbos. Por culpa de esos idiotas de pacientes
suspendí todos los exámenes y me echaron. —Mamá Támesis chasqueó la lengua—.
Así, como si nada, fui a parar a la calle. Y entonces, mi hermoso Robert, con
el que llevaba tres años de noviazgo, me dijo: «No puedo esperar más a que te
aclares las ideas, así que me voy a casar con una guarra irlandesa de piel
blanca.»
Volvió a chasquear los labios y el resto de mujeres que se hallaban en la
habitación la imitaron.
—Me quedé tan desolada —dijo Mamá Támesis— que quise suicidarme. Sí, el
daño que me había hecho ese hombre era tan profundo como para llevarme a la
muerte. Así que fui al puente de Hungerford con la intención de arrojarme al
río. Pero el puente está ocupado por una línea férrea y el camino para peatones
que había en uno de sus márgenes… en esa época estaba muy sucio. En aquel
puente vivía todo tipo de criaturas, vagabundos, trolls y duendes. Mal lugar
para que se suicide una muchacha nigeriana decente. ¡A saber quién habría
mirando! Así que me marché al puente de Waterloo, pero, para cuando llegué a
ese sitio ya anochecía y, mirara donde mirase, todo era tan bello que no tuve
fuerzas para saltar. Entonces oscureció y volví a casa para la cena. A la
mañana siguiente, me levanté temprano y cogí el autobús para el puente de
Blackfriars. Pero en su extremo norte se encuentra esa ridícula estatua de la
reina Victoria y, aunque mire para otro lado, piensa en lo embarazoso que
habría sido si de repente se hubiese vuelto y me hubiera visto de pie en el
parapeto.
El resto de la habitación asintió con la cabeza para expresar su
conformidad.
—Y ni hablar de arrojarme desde el puente de Southwark —dijo Mamá Támesis—.
Así que di otro paseo, un paseo muy, muy largo, y, ¿a que no sabes dónde fui a
parar?
—¿Al puente de Londres?
Mamá Támesis me dio unas palmadas en la rodilla.
—El puente antiguo, el que le vendieron poco después a ese caballero
estadounidense tan encantador. Era uno de esos hombres que saben cómo tratar a
los ríos. Dos barriles de Guinness y una caja de botellas de ron Barbancourt.
Eso es lo que yo llamo una buena oferta.
Se hizo el silencio mientras Mamá Támesis sorbía el té. Beverley entró con
una bandeja de galletas de crema y nos la dejó al alcance de la mano. Sin darme
cuenta de lo que hacía, tomé una, y a continuación la volví a dejar. Beverley
resopló.
—Hacia la mitad del antiguo puente de Londres había una capilla, creo que
era un santuario de san Birino, y yo, que era una buena cristiana de misa
dominical, pensé que sería un buen lugar para suicidarme. Me quedé allí,
mirando hacia el oeste, en el momento en el que la marea empezaba a bajar. En
esos tiempos, Londres aún tenía un puerto de verdad. Se moría, pero era como un
viejo que ha tenido una vida larga y emocionante, y acarrea consigo un gran
número de historias y recuerdos. Y estaba aterrorizado, porque sabía que iba a
volverse aún más viejo y frágil, y que no habría quién lo cuidara, porque no
había ya vida alguna en el río, ni Orisa, ni espíritu, nadie que pudiera cuidar
del anciano. Oí que el río me llamaba por el nombre que he olvidado y me decía:
«Vemos que sufres, vemos que lloras como una niña por un solo hombre.» Y yo le
dije: «Ah, Río, he recorrido un camino muy largo, pero he fracasado como
enfermera y también como mujer, y es por eso por lo que mi hombre no me
quiere.» Y entonces el río me dijo: «Nosotros podemos acabar con tu dolor,
podemos darte la felicidad, podemos darte muchos hijos y nietos. El mundo
entero vendrá a ti y depositará sus regalos a tus pies.» Bueno —dijo Mamá
Támesis—, la oferta era tentadora, y por eso le pregunté: «¿Qué es lo que tengo
que hacer? ¿Qué queréis de mí?» Y el río respondió: «Sólo queremos lo que tú
misma estabas dispuesta a entregar.» —Mamá Támesis señaló el río con lánguido
gesto—. Salí del río por allí, por Wapping Stair, donde en otro tiempo ahogaban
a los piratas. Desde entonces vivo aquí —dijo—. Éste es el más limpio de los
ríos industriales de Europa. ¿Piensas que es así por casualidad? Swinging
London, Cool Britannia, la Barrera del Támesis[5];
¿crees que todo eso sucedió por casualidad?
—¿Y The Dome? —pregunté.
—En estos momentos es el local con música en directo más popular de Europa
—dijo—. Las Hijas del Rin vinieron de visita para preguntarme cómo lo había
hecho.
Me echó una mirada de complicidad y yo me pregunté quiénes debían de ser
las Hijas del Rin.
—Tal vez el Padre Támesis lo vea de otra manera —dije.
—Baba Támesis —masculló Mamá—. Fue un hombre joven y estuvo en el mismo
lugar donde estuve yo, en el puente, e hizo la misma promesa que yo. Pero en
1858 se produjo el Gran Hedor[6]
y no se le volvió a ver más abajo de la esclusa de Teddington. Jamás regresó,
ni siquiera después de que Bazalgette instalara el alcantarillado. Ni siquiera
durante los bombardeos de la segunda guerra mundial, ni siquiera cuando la
ciudad estaba en llamas. Y ahora dice que este río es suyo.
Mamá Támesis enderezó la espalda sin levantarse, como si estuviera posando
para un retrato.
—No soy codiciosa —añadió—. Que se quede con Henley, Oxford y Staines. Yo
me voy a quedar con Londres y con los obsequios que todo el mundo siga poniendo
a mis pies.
—No podemos permitir que ustedes se peleen —expuse. El plural mayestático
es muy importante para la labor policial; lo empleamos para que nuestros
interlocutores se acuerden de que tenemos a nuestras espaldas la poderosa
institución que es la Policía Metropolitana, revestida con toda la majestad de
la ley, con efectivos suficientes para invadir un pequeño país. Siempre con la
esperanza de que todo el mundo mire en la misma dirección que nosotros cuando
invocamos ese nombre.
—Es Baba Támesis quien ha cruzado la esclusa —dijo Mamá Támesis—. No soy yo
quien se ha metido en territorio ajeno.
—Seremos nosotros quienes hablemos con Padre Támesis —afirmé—. Contamos con
que usted mantenga a su propia gente bajo control.
Mamá Támesis ladeó la cabeza y me echó una mirada larga y reposada.
—Te voy a decir una cosa —me respondió—: os doy de plazo hasta el día de la
Exposición Floral de Chelsea para que hagáis entrar en razón a Baba; si para
entonces no lo habéis conseguido, seremos nosotras quienes resolvamos esta
situación. —Su empleo del plural mayestático resultaba mucho más convincente
que el mío.
La entrevista había terminado, intercambiamos saludos y luego Beverley
Brook me acompañó hasta la puerta. Mientras estábamos en el gran salón, me rozó
deliberadamente con el muslo y sentí una súbita oleada de calor que no tenía
nada que ver con la calefacción central.
Al abrirme la puerta, me echó una mirada maliciosa.
—Chao, Peter —me dijo—. Hasta la próxima.
Cuando por fin llegué a la Locura, encontré a Nightingale en la sala de
lectura del primer piso. Había allí una profusión de sillones tapizados de
cuero verde, escabeles y mesillas. Las vitrinas de caoba donde se guardaban los
libros ocupaban dos de las paredes, pero Nightingale me había confesado que en
los viejos tiempos la mayoría de los inquilinos iban allí para echar una
cabezada después de la comida del mediodía. Estaba haciendo el crucigrama del Daily Telegraph.
Me senté frente a él y levantó los ojos.
—¿Qué te ha parecido?
—Está convencida de ser la diosa del Támesis —dije—. ¿Lo es de verdad?
—No vamos a llegar muy lejos con esa pregunta —dijo Nightingale.
Molly se presentó en silencio con café y una bandeja de galletas de crema.
Miré las galletas y luego le eché a ella una mirada suspicaz, pero Molly se
encerró en su habitual hermetismo.
—Pues entonces —inquirí—, ¿de dónde procede su poder?
—Ésa es una pregunta mucho mejor —respondió Nightingale—. Existen varias
teorías al respecto; que su poder procede de la fe de sus devotos, del propio
lugar, o de una fuente divina que se encuentra más allá de nuestro mundo
mortal.
—¿Qué opinaba Isaac?
—A sir Isaac —dijo Nightingale— no se le daban bien las cuestiones
relacionadas con la divinidad. Llegó a cuestionar la divinidad de Jesucristo.
No le gustaba la noción de Trinidad.
—¿Y eso por qué?
—Tenía una mente muy organizada —dijo Nightingale.
—¿Ese poder tiene el mismo origen que la magia? —pregunté.
—Me será mucho más fácil explicártelo en cuanto hayas logrado dominar tu
primer hechizo —dijo—. Creo que podrías practicar un par de horas antes del té
de la tarde.
Me marché sigilosamente hacia el laboratorio.
Soñé que estaba en la cama con Lesley May y Beverley Brook, que tenía a
lado y lado los cuerpos esbeltos y desnudos de ambas. Pero el sueño no fue tan
erótico como habría tenido que ser, porque yo no me atrevía a abrazar a ninguna
de las dos, por miedo a ofender gravemente a la otra. Había ideado una
estrategia para abrazarlas a las dos a la vez cuando Beverley me clavó los
dedos en la muñeca y me levanté con un espantoso calambre en el brazo derecho.
Era tan fuerte que me caí de la cama y me debatí en el suelo con inútil
estoicismo durante un par de minutos. No hay nada que nos despierte con tanta
eficacia como un dolor atroz, y por ello, cuando tuve claro que no volvería a
dormirme, salí de la habitación y fui en busca de algo que comer. El sótano de
la Locura era un laberinto de habitaciones que daba testimonio de los tiempos
en los que el personal se había contado por docenas. Pero por lo menos sabía
que las escaleras de atrás terminaban junto a la puerta de la cocina. Como no
quería molestar a Molly, descendí todo lo silenciosamente que pude, pero, al
llegar al sótano, vi que las luces de la cocina estaban encendidas. Al
acercarme, oí los gruñidos de Toby,
luego sus ladridos, y entonces un extraño y rítmico siseo. Un buen policía se
da cuenta de las situaciones en las que no se tiene que notar su presencia, y
por ello me acerqué sigilosamente a la puerta de la cocina y eché una mirada
adentro.
Molly aún llevaba el uniforme de criada y se había subido al borde de la
mesa de roble mellada que dominaba una de las mitades de la cocina. A su lado,
sobre la mesa, había un mortero de cerámica de color beige, y frente a ella,
sentado a unos tres metros más allá, se hallaba Toby. Como la puerta le quedaba a las espaldas, Molly no se dio
cuenta de que la miraba. Metió la mano en el mortero y sacó de ella un taco de
carne picada. Estaba tan fresco que chorreaba sangre.
Por unos instantes, Molly tentó al perro con la carne, y Toby ladró enardecido. Luego se la
arrojó con un diestro giro de muñeca. Toby
dio un salto impresionante desde su posición anterior de reposo y cazó la carne
antes de que llegara al suelo. Al ver que Toby
masticaba con afán, y al mismo tiempo se movía en pequeños círculos, Molly se
echó a reír… pero su risa era el rítmico siseo que había oído antes.
Molly agarró otro taco de carne y se lo meneó delante de las narices a Toby. El perro se puso a danzar con
perruna expectación. Esta vez Molly lo engañó: siseó al contemplar sus confusos
meneos, y a continuación, después de asegurarse de que el perro la miraba, se
metió en su propia boca el ensangrentado trozo de carne. Toby ladró con enfado, pero entonces Molly le sacó una lengua
imposiblemente larga y prensil.
Seguramente di un respingo, o me moví, porque Molly saltó de la mesa y se
volvió para encararse conmigo. Me miraba con ojos desorbitados y enseñaba unos
dientes largos y puntiagudos y sucios de sangre, de sangre roja y brillante
sobre su piel pálida, que le bajaba en reguerillos hasta el mentón. Luego se
tapó la boca con la mano y, con sorpresa y vergüenza pintadas en los ojos,
salió de la cocina corriendo en silencio. Toby
me gruñó con irritación.
—Yo no tengo la culpa —le dije—. Sólo quería comer algo.
No sé de qué se quejaba. Se comió toda la carne que quedaba en el mortero.
Yo me tomé un vaso de agua.
5
ACCIÓN A DISTANCIA
Aparte del calambre y de la evidente recuperación del brazo, mis esfuerzos
por crear luces fantasma no dieron resultado. Mañana sí, mañana no, Nightingale
me hacía una demostración del hechizo, y yo llegaba a pasarme cuatro horas al
día abriendo la mano con movimientos calculados. Por fortuna, logré que me
concediera una pausa de tres semanas hasta febrero, hasta el día en el que
Lesley May y yo teníamos que testificar contra Celia Munroe, la autora del
asalto en el multisalas de Leicester Square.
Esa mañana nos presentamos ambos con el uniforme reglamentario —a los
magistrados les gusta que sus agentes de policía vayan de uniforme—, a la hora
indicada —las diez de la mañana—, conscientes de que la vista no empezaría
hasta, por lo menos, las dos. Como buenos agentes ambiciosos e interesados en
su propia carrera profesional, nos presentamos con material de lectura propio.
Lesley se trajo el último Manual del
policía investigador, publicado por Blackstone, y yo las Leyendas del valle del Támesis, publicadas
por Horace Pitman en 1897.
Los juzgados de Westminster se hallan detrás de Victoria Station, en la
calle Horseferry. Es un edificio sin personalidad construido en los años
setenta; se le atribuía un mérito arquitectónico tan escaso que se había
hablado de conservarlo para la posteridad como ejemplo de lo que no se tenía
que hacer. En el interior, las salas de espera estaban impregnadas de esa
mezcla de incómodo ajetreo y desoladora inhumanidad que fue la gloria de la
arquitectura británica de la segunda mitad del siglo XX.
En la sala de vistas había dos bancos. Nosotros nos sentamos en uno,
mientras que la acusada Celia Munroe, su abogado y una amiga que la había
acompañado para brindarle apoyo moral compartieron el otro con Ranatunga y con
el hermano de éste. Todos ellos habrían preferido que la vista no se celebrara
y nos echaban la culpa a nosotros.
—¿Alguna noticia de Los Ángeles? —pregunté.
—Brandon Coopertown estaba al borde del desastre —dijo Lesley—. Al parecer,
todos los negocios que había realizado en Estados Unidos habían fracasado y su
productora estaba a punto de irse a pique.
—¿Y la casa? —pregunté.
—Iba a seguir el camino de toda carne mortal —dijo Lesley. Me quedé
mirándola sin entender—. Llevaba seis meses sin pagar la hipoteca —añadió—. Y
sus ingresos de este año a duras penas llegaban a las treinta y cinco mil.
Diez de los grandes más de los que yo iba a ganar como agente. La compasión
que me inspiró fue limitada.
—Empieza a parecer el clásico ejemplo de destrucción familiar —dijo Lesley,
que había aprovechado para refrescar sus conocimientos en psicología forense—.
El padre se enfrenta a una catastrófica pérdida de estatus, no puede soportar
la vergüenza y llega a la conclusión de que, si él no está, la vida de su mujer
y su hijo no tiene sentido. Se vuelve loco, se carga a un colega de profesión,
se carga a su propia familia y luego se suicida.
—¿Por el procedimiento de arrancarse la piel de la cara? —pregunté.
—Las teorías perfectas no existen —comentó Lesley—. Sobre todo porque ni
siquiera hemos encontrado un motivo por el que William Skirmish tuviera que
desplazarse esa noche hasta el West End.
—Quizá había salido a ligar —expliqué.
—No, no había salido a ligar —dijo Lesley—. De eso estoy segura.
Como se consideraba que el cronograma del asesinato de William Skirmish ya
no tenía apenas relevancia para la resolución del caso, se lo habían confiado
al miembro más joven de la Brigada de Homicidios, esto es, a Lesley. Al haber
invertido mucho tiempo y esfuerzo en la reconstrucción de las últimas horas de
William Skirmish, estaba dispuesta —y, de hecho, deseosa— de contármelas con
sus más truculentos detalles. Había investigado los intereses sentimentales de
Skirmish y no había hallado indicios de que pudiera acudir al West End en busca
de sexo. William era un monógamo serial. Y siempre con gente que había conocido
en el trabajo, o por medio de amigos comunes. Lesley había investigado también
todas las cámaras de videovigilancia que habían podido filmarle aquella noche
y, de acuerdo con la información que había reunido, William Skirmish había ido
a pie desde su casa hasta la estación de Tufnell Park y luego en metro hasta
Tottenham Court Road. Había bajado allí y había ido a pie hasta Covent Garden
por Mercer Street, hasta el lugar donde se había cruzado con Coopertown. Sin
desvíos ni dudas… como si acudiera a una cita.
—Casi como si algo le hubiera manipulado el cerebro —dijo—. ¿No crees?
Entonces le hablé del hechizo de dissimulo
y de la teoría de que algo había invadido la mente de Coopertown y le había
obligado a cambiar de rostro, matar a William Skirmish y luego a su propia
familia. Todo esto nos llevó, por supuesto, a una descripción de mi visita a
Mamá Támesis, a las lecciones de magia y a la criada Molly, que «sólo Dios
sabrá lo que es en realidad».
—¿Estás seguro de que puedes contarme todo esto? —preguntó Lesley.
—No veo por qué no —dije—. Nightingale no me ha indicado nunca lo
contrario. Tu jefe también piensa que todo esto existe de verdad. Y no le gusta
mucho.
—Así que hubo algo que manipuló la mente de Coopertown… ¿verdad? —preguntó
Lesley.
—Verdad —afirmé.
—Y, sea lo que fuere —siguió diciendo Lesley—, también podría haber
interferido con la de William Skirmish. Quizá le obligó a ir hasta el West End
tan sólo para que el otro pudiera arrancarle la cabeza. Lo que quiero decir es
que si puede manipular la mente de una persona, ¿por qué no la de otra? ¿Por
qué no la tuya, o la mía?
Recordé el espantoso rostro que tenía Coopertown cuando se había arrojado
sobre mí en el balcón, y el olor de la sangre.
—Te agradezco que me hayas dado esa idea, Lesley —dije—. Te aseguro que no
lo voy a olvidar jamás… sobre todo a altas horas de la noche, cuando intente
dormirme.
Lesley miró de reojo a la taciturna Celia Munroe.
—Esa mujer sufrió el mismo tipo de rabia repentina —dijo—. ¿Y si resulta
que también le manipularon el cerebro a ella?
—A ella no se le cayó el rostro —observé.
Celia Munroe se dio cuenta de que la mirábamos y se estremeció.
—¿Y si Coopertown era el objetivo principal —interpeló Lesley— y lo de ella
tan sólo un efecto secundario? Puede que haya habido otros incidentes en la
misma zona, pero dio la casualidad de que estábamos allí cuando ocurrió éste.
—Podríamos echar una ojeada al archivo de denuncias y ver si encontramos
otras del mismo estilo —dije—. Para ver si se produjeron en serie.
—Todo esto tuvo lugar en la zona de Westminster y Camden —dijo Lesley—. Por
allí hay muchos delitos.
—Pues busca tan sólo asaltos violentos y primeros delitos —pedí—. El
ordenador te hará la mayor parte del trabajo.
—¿Y qué es lo que vas a hacer tú?
—Yo tengo que aprender a encender la luz —le dije con pedantería.
Dos días más tarde, cuando salía del cuarto de baño, Nightingale me convocó
a la planta baja. Se había cancelado la práctica y, al parecer, también el
desayuno. Nightingale se había puesto lo que reconocí como su «ropa de
trabajo»: chaqueta de tweed en espiga
de color marrón claro, con botonadura doble y parches de cuero en los codos.
Llevaba su gabardina original Burberry plegada sobre el brazo y sostenía un
bastón de puño de plata. Era la primera vez que le veía llevarlo a la luz del
día.
—Iremos a Purley —dijo, y, para mi sorpresa, me arrojó las llaves del
Jaguar.
—¿Qué es lo que hay en Purley? —pregunté.
—No te lo voy a decir —me respondió—. Prefiero que te formes tus propias
impresiones.
—¿Voy como agente de policía o como aprendiz?
—Como ambas cosas —dijo Nightingale.
Me puse al volante del Jaguar, di la vuelta a la llave de ignición y me
tomé un momento para saborear el sonido del motor. No hay que darse prisas con
las cosas buenas de la vida.
—Cuando quieras —dijo Nightingale.
La conducción no era tan buena como me había imaginado, pero la manera como
respondió al acelerador compensó sus otros fallos, sobre todo el sobreviraje y
el aire cálido y maloliente que la calefacción me arrojaba cada cierto tiempo a
la cara.
Tuvimos que pasar por el puente de Lambeth. Circular por Londres en días
laborables siempre es difícil, y tuvimos que detenernos y volver a arrancar una
infinidad de veces por la ruta que sigue el Oval, pasa por Brixton y continúa
hasta Streatham. Seguimos hasta los barrios residenciales de las afueras de
Londres: hectáreas de casas adosadas de dos pisos del período eduardiano,
intercaladas con calles comerciales idénticas. De vez en cuando pasamos junto a
rectángulos irregulares cubiertos de hierba, restos de antiguos pueblos que
crecían como manchas de moho sobre una placa de Petri.
La A23 se transformaba en Purley Way, y pasamos junto a un par de chimeneas
altas coronadas con el logo de Ikea. La parada siguiente era Purley, célebre
lugar; Purley, ¿qué puede significar ese nombre?
Un VW Transporter de color rojo con los distintivos de la Brigada de
Incendios de Londres nos aguardaba en el aparcamiento de la estación de Purley.
Nos detuvimos a su lado, y entonces un hombre abrió la portezuela y nos saludó
con la mano. Le eché unos cuarenta años y pico; tenía la nariz rota y un corte
de pelo que le había dejado tan sólo una pelusa de color castaño en la cabeza.
Nightingale me lo presentó como Frank Caffrey.
—Frank trabaja en la comisaría de New Cross. Es nuestro enlace con la
Brigada de Incendios.
—¿Por qué un enlace? —pregunté.
—Por esto —dijo Frank, y me puso en las manos un macuto de lona. Pesaba
mucho más de lo que había esperado y estuve a punto de dejarlo caer. Se oyó un
sonido metálico en su interior.
—Manéjalo con cuidado —dijo Nightingale.
Abrí el macuto y eché una mirada. Dentro había dos cilindros de metal,
grandes como latas de aerosol, pero mucho más pesados. Eran de color blanco y
alguien había escrito en ellos con un molde de estarcido: Gran. WP nº 80. Ambos terminaban en sendos resortes que se
mantenían en su sitio por medio de una clavija de metal. No soy aficionado al
tema militar, pero tampoco tengo ninguna dificultad en reconocer una granada de
mano. Miré a Nightingale y éste hizo un gesto de irritación.
—No las dejes a la vista —pidió.
Cerré el macuto y cargué con él.
Nightingale se volvió de nuevo hacia Frank.
—¿Tu gente está preparada? —preguntó.
—Tenemos dos dispositivos a la espera… por si acaso.
—Muy bien —dijo Nightingale—. Tendríamos que tener esto terminado en una
media hora.
Regresamos al Jaguar y Nightingale me guió por el puente de la estación y
por un par de calles idénticas, hasta que finalmente me dijo:
—Es ahí.
Encontramos sitio para aparcar al otro lado de la esquina e hicimos el
resto del camino a pie.
Grasmere Road era una calle paralela a la vía de ferrocarril y tenía un
aspecto totalmente normal: una serie de casas adosadas y semiadosadas de los
años veinte, con fachadas de falso estilo Tudor y ventanas en voladizo. No
había nadie por allí, todos los niños estaban en la escuela y sus padres
trabajaban, y nosotros echamos a andar con aire desenfadado. Con todo el
desenfado que era capaz de aparentar mientras un par de granadas rebotaba
contra mi muslo. Cualquiera que nos hubiese visto nos habría tomado por un par
de agentes inmobiliarios en estado salvaje que habían ido hasta allí para
marcar su territorio.
De pronto, Nightingale se volvió hacia la izquierda y entró por la puerta
del jardín de una casa particular, y se dirigió a una segunda puerta más
pequeña, de madera, que impedía el acceso al pasaje lateral. Sin detenerse,
levantó el brazo derecho, con la palma hacia delante, en dirección a la puerta,
el cerrojo se desprendió de la madera con un leve sonido y rebotó varias veces
sobre el sendero que se hallaba al otro lado.
Pasamos por la puerta abierta y nos detuvimos donde no pudieran vernos.
Nightingale hizo un gesto con la cabeza en dirección a la puerta y yo le arrimé
un gran tiesto de terracota para bloquearla. Dentro del tiesto aún había
tierra, y de ella sobresalía un tallo negro y marchito. Me di cuenta de que
había tiestos parecidos alineados en la parte soleada del pasaje; todas las
plantas estaban muertas. Nightingale se agachó, agarró un puñado de tierra y lo
desmenuzó bajo su nariz. Hice lo mismo que él, pero la tierra no olía a nada, a
estéril, como si hubiera pasado demasiado tiempo en el alféizar de la ventana.
—Han pasado bastante tiempo aquí —dijo Nightingale.
—¿Quiénes? —pregunté, pero no me respondió.
Detrás de la casa había una vía férrea, así que tan sólo tendríamos que
preocuparnos por los vecinos que vivían a ambos lados. El jardín no era una
jungla, pero el césped tenía aspecto de no haberse podado en varios meses y lo
que en otro tiempo habían sido macizos de flores estaban tan muertos como las
flores de los tiestos. Las puertas acristaladas por las que se salía al patio
jardín estaban cerradas y las cortinas echadas. Buscamos la puerta de servicio
de la cocina. Las persianas estaban bajadas y la puerta estaba cerrada por
dentro. Yo miraba atentamente, a la espera de que Nightingale repitiera el
truco con el que había abierto el cerrojo, pero, en este caso, se limitó a
destrozar la ventanilla de la puerta con el bastón. Metió la mano dentro, tiró del
picaporte y abrió la puerta. Entré con él.
Salvo por la escasa luz, era una típica cocina de zona residencial.
Encimeras de madera natural, horno y fogones de gas, microondas, potes de falso
gres con los cartelitos de «Azúcar», «Té» y «Café». La nevera estaba apagada y
en su puerta había notas y facturas sujetas con imanes. La factura más reciente
era de hacía seis meses. A su lado había una nota que decía: ¿Abuelo? Más abajo había un horario en el
que se indicaba la hora de ir a recoger a los niños a la guardería.
—En esta casa viven niños —dije.
El rostro de Nightingale se ensombreció.
—Ya no —dijo—. Ésa fue una de las circunstancias que nos alertaron.
—Esto no tiene buena pinta, ¿no? —pregunté.
—Para la familia que vivía aquí, no —confirmó.
Entramos en el pasillo. Nightingale me ordenó que fuese a mirar arriba.
Mientras subía por la escalera, desplegué la porra. La tenía a punto para
utilizarla. La ventana que daba al hueco de la escalera estaba cubierta con
varias hojas de papel crayón negro toscamente pegadas con cinta adhesiva para
impedir que pasara la luz del sol. En una de las hojas había un dibujo infantil
de una casa con ventanas cuadradas, una voluta de humo que salía de una
chimenea mal hecha, y una mamá y un papá representados con trazos rectos que se
erguían con orgullo en un extremo.
Al poner pie en el tenebroso rellano, me vino una palabra a la cabeza:
tiene tres sílabas, empieza por V y rima con papiro. Me quedé inmóvil.
Nightingale me había dado a entender que todo existía, y eso debía de incluir a
los vampiros, ¿verdad? Yo dudaba que fuesen como los que aparecen en los libros
y en la televisión, pero había algo que estaba muy claro: no se dejarían ver a
la luz del sol.
Tenía una puerta a mi izquierda. Me obligué a mí mismo a entrar. Era el
dormitorio de un niño, de un crío aún lo bastante pequeño como para tener
piezas de Lego y figuras articuladas por el suelo. La cama estaba impecable,
con sobrias fundas de almohada a juego de color azul y púrpura, y una funda
nórdica. Al muchacho le habían gustado Ben 10 y el Chelsea FC lo suficiente
como para colgarse sus pósteres en la pared. Olía a polvo, pero no a moho y
humedad, como se podría esperar en una casa abandonada desde hace mucho tiempo.
El dormitorio principal era del mismo estilo, con la cama impecable y el aire
polvoriento y seco, pero sin telarañas en las esquinas del techo. El
despertador digital que se hallaba al lado de la cama había dejado de
funcionar, aunque todavía estuviera enchufado. Cuando lo agarré, una arenilla
blanca escapó por una juntura de debajo. Lo volví a colocar en su sitio y tomé
nota mentalmente de lo que había visto para referencias posteriores.
La sala principal se hallaba al fondo de la casa y estaba destinada a los
niños más pequeños. Paredes empapeladas con ilustraciones de Beatrix Potter,
una cuna, un parque. Un móvil de madera hipoalergénica, de Juguetes Educativos
Galt, que se agitó al entrar un soplo de aire por la puerta abierta. A imagen y
semejanza del resto de habitaciones, no había rastros de lucha, ni siquiera
indicios de que los ocupantes de la casa se hubieran marchado con
precipitación; todo estaba muy bien ordenado. Resultaba extraño en una
habitación infantil. También era extraño que los azulejos de la ducha no
tuvieran moho y que el agua de la cisterna del inodoro, aunque cubierta de
polvo, tampoco oliera.
La última habitación del piso de arriba era lo que un agente inmobiliario
habría llamado un «medio dormitorio» apropiado para niños, o para enanos con
agorafobia. Lo habían adaptado para emplearlo como despacho, con un Dell PC de
dos años de antigüedad y, como era de esperar, un archivador y una lámpara de
mesa de Ikea. Al tocar el ordenador, sentí un estallido de polvo y ozono, un vestigium que había percibido ya en el
dormitorio principal. Abrí la torre y encontré la misma arena blanca de antes.
Froté una pizca entre los dedos. Era muy fina, casi polvo, pero, de todos
modos, tenía granos, y estaba mezclada con oro. Estaba a punto de agarrar el
teclado cuando Nightingale apareció en el umbral.
—¿Por qué diablos te has parado? —murmuró.
—Estaba examinando el ordenador —dije.
Nightingale dudó y se echó para atrás el cabello que le cubría la frente.
—Déjalo —dijo—. Sólo nos falta un lugar.
Tendría que acordarme de volver luego con una bolsa para transportar
pruebas y llevarme el ordenador entero.
En el pasillo había una puerta por la que se accedía a una escalera
estrecha que bajaba. Los escalones eran de madera noble desgastada. Me imaginé
que estaban allí desde que se había construido la casa. Detrás de la puerta
había una bombilla que colgaba al extremo de un cable. Me deslumbró e hizo que
la penumbra que reinaba al final de las escaleras fuese todavía más opaca.
«El sótano —pensé—. ¿Cómo puede ser que nada de esto me sorprenda?»
—Bueno —dijo Nightingale—, no perdamos más tiempo.
Le dejé ir primero, y con sumo gusto.
Mientras bajábamos por la estrecha escalera, empecé a temblar. Hacía frío,
como si hubiéramos descendido a una nevera, pero me di cuenta de que no me
salía vaho de la boca. Me metí la mano bajo el sobaco, pero no noté diferencia
de temperatura. No era un frío físico. Debía de tratarse de algún tipo de vestigium. Nightingale se detuvo, se
agitó y flexionó los hombros como un boxeador que se dispone a atacar.
—¿Lo has notado? —preguntó.
—Sí —susurré—. ¿Qué es?
—Tactus disvitae —dijo—. El olor
de la antivida… deben de estar ahí abajo.
No dijo el qué, y yo no se lo pregunté. Reanudamos el descenso.
El sótano era estrecho. Me llevé una sorpresa al ver que estaba bien
iluminado por un fluorescente la mitad de largo que el techo. Alguien había
montado estantes en una de las paredes y, llevado por el optimismo, había
instalado debajo de éstos una mesa de trabajo. Más recientemente, alguien había
puesto un viejo colchón sobre el suelo de cemento, y sobre el colchón yacían
dos vampiros. Tenían pinta de vagabundos, de vagabundos de los de antes, los
que se cubrían de andrajos y gruñían a los transeúntes desde las sombras.
Nightingale y yo nos acercamos a ellos y la sensación de frío se intensificó.
Parecía que estuvieran durmiendo, pero no se oía su respiración, ni se sentía
el aire viciado que un humano dormido tendría que producir en una habitación
cerrada.
Nightingale me entregó una fotografía familiar enmarcada —tenía toda la
pinta de provenir de la sala de estar— y agarró con la mano derecha el bastón
que hasta entonces había llevado en la izquierda.
—Tienes que hacer dos cosas —dijo—. Tienes que confirmar sus identidades y
comprobar si tienen pulso. ¿Serás capaz?
—¿Y qué hará usted?
—Yo te voy a cubrir —explicó—. Por si se despiertan.
Tuve un instante de vacilación.
—¿Es posible que despierten?
—Ha ocurrido otras veces —informó Nightingale.
—¿Con qué frecuencia? —pregunté.
—Cuanto más tiempo esperemos, más probable será —dijo Nightingale.
Me agaché y, con muchísima precaución, tiré hacia atrás del cuello del
abrigo del que tenía más cerca. Tuve cuidado de no tocarle la piel. Era el
rostro de un hombre de mediana edad, con la piel de las mejillas más tersa de
lo que sería natural y los labios pálidos. Lo busqué en la fotografía y, aunque
los rasgos faciales fueran los mismos, no tenía nada que ver con el sonriente
padre que aparecía en la escena familiar. Me di la vuelta para echarle una
ojeada al segundo cuerpo. Era una mujer y su rostro era idéntico al de la
madre. Por fortuna, Nightingale había elegido una foto sin niños. Tendí la mano
para tomarles el pulso y vacilé.
—En esos cuerpos no puede vivir nada —dijo Nightingale—. Ni siquiera
bacterias.
Puse los dedos sobre la garganta del hombre. Tenía la piel físicamente fría
y no se sentía ningún pulso. Lo mismo que la mujer. Me puse en pie y retrocedí.
—Nada —dije.
—Vamos arriba —ordenó Nightingale—. Ahora date prisa.
No me eché a correr, pero tampoco se puede decir que subiera las escaleras
con calma. Nightingale vino detrás de mí, con el bastón a punto.
—Saca las granadas —dijo.
Saqué las granadas del macuto, Nightingale tomó una y me explicó lo que
había que hacer. La mano me temblaba y quitarle la anilla fue más difícil de lo
que había imaginado. Sería por cuestiones de seguridad. Nightingale tiró de la
anilla de su propia granada y señaló con la mano escaleras abajo.
—Cuando cuente hasta tres —dijo—. Y procura que llegue hasta el fondo.
Contó, y al llegar a tres arrojamos las granadas al sótano, y me habría
quedado mirando como un pasmarote mientras rebotaban hasta el fondo si
Nightingale no me hubiese agarrado del brazo y me hubiera sacado de allí.
Aún no habíamos llegado a la puerta principal cuando sentimos la doble
explosión en el subsuelo. Cuando salimos de la casa y llegamos al jardín de la
entrada, ya salía humo blanco del sótano.
—Fósforo blanco —dijo Nightingale.
Se oyó un débil chillido en el interior. No era humano, pero casi.
—¿Ha oído eso? —le pregunté a Nightingale.
—No —negó—. Y tú tampoco lo has oído.
Los alterados vecinos acudieron en masa, preocupados por el valor de sus
propiedades, pero Nightingale les enseñó sus credenciales.
—No se preocupen; hemos comprobado que no había nadie dentro —dijo—. Ha
sido una suerte que pasáramos por aquí.
El primer camión de bomberos no tardó ni tres minutos en llegar y nos
hicieron salir de la casa. Para la Brigada de Incendios, sólo hay dos tipos de
personas: víctimas y estorbos y, cuando ellos aparecen, lo mejor es marcharse
para no acabar en ninguno de los dos grupos.
Frank Caffrey llegó al lugar e intercambió miradas con Nightingale. Luego
fue en busca del jefe de los bomberos para recabar información. No fue
necesario que Nightingale me explicara cómo terminaría aquello: en cuanto los
bomberos hubieran extinguido las llamas, Frank, como agente de Investigación de
Incendios, examinaría el lugar, encontraría un motivo plausible para la
explosión y destruiría todas las pruebas que pudieran apuntar en sentido
contrario. Sin duda alguna, se tomarían medidas igualmente discretas para hacer
desaparecer los cadáveres del sótano, y todo quedaría como un incendio
ordinario. Seguramente habría sido por culpa de un fallo en el sistema
eléctrico, qué suerte que no hubiera nadie en la casa, estaría bien que todo el
mundo tuviera un detector de incendios en casa, ¿verdad?
Y es así, señoras y señores, como acabamos con los vampiros en la ilustre
ciudad de Londres.
Me cuesta explicar lo que sentí cuando por fin lo conseguí. Aun antes de
lograr mi primer hechizo, me di cuenta de que ya faltaba poco. Como un motor de
coche que arranca en una mañana fría, notaba que algo se ponía en marcha dentro
de mi cerebro. Cuando ya llevaba una hora de práctica, me detuve, respiré hondo
y abrí la mano.
Allí estaba, con el tamaño de una pelota de golf y brillante como el sol de
la mañana: una esfera de luz.
Fue entonces cuando descubrí por qué Nightingale había insistido en que
tuviese cerca de mí un lavadero lleno de agua mientras hacía el ejercicio. A
diferencia de su esfera de luz, la mía era amarilla y desprendía calor, mucho
calor. Chillé al sentir que se me quemaba la palma y metí la mano dentro del
lavadero. La esfera chisporroteó y desapareció.
—Te has quemado la mano, ¿no? —dijo Nightingale. No le había oído entrar.
Saqué la mano del agua y le eché una ojeada. Tenía una quemadura de color
rosado, pero no parecía muy grave.
—Lo he conseguido —dije. No podía creerlo; había hecho magia de verdad. No
era un truco escénico de Nightingale.
—Hazlo de nuevo —pidió.
En esta ocasión puse la mano muy cerca del agua, configuré la clave en mi
mente y abrí los dedos.
No sucedió nada.
—No pienses en el dolor —dijo Nightingale—. Busca la clave, hazlo de nuevo.
Busqué la clave, noté que el motor se ponía en marcha y solté el embrague.
Me quemé de nuevo, pero en esta ocasión el calor no era tan fuerte y tenía
la mano mucho más cerca del agua. Con todo, le eché una ojeada a la palma…
estaba claro que después de las dos quemaduras me iban a salir ampollas.
—Una vez más —dijo Nightingale—. Reduce la temperatura, conserva la luz.
Me sorprendí de que me resultara tan fácil obedecerle. Clave, energía,
liberación de la energía… más luz, menos calor. En el siguiente intento me
salió una esfera cálida, pero que no quemaba, y tenía un color amarillo como el
de una bombilla de 40 vatios.
Nightingale no tuvo que volver a ordenármelo.
Abrí la palma de la mano y apareció una esfera de luz perfecta.
—Ahora aguántalo —ordenó Nightingale.
Era como sostener un rastrillo en equilibrio sobre la mano: la teoría es
sencilla, pero la práctica no dura más de cinco segundos, como mucho. Mi
hermosa esfera estalló cual pompa de jabón.
—Bien —dijo Nightingale—. Voy a enseñarte una palabra, y quiero que la
repitas cada vez que realices el hechizo. Pero es muy importante que el efecto
del hechizo se mantenga igual a sí mismo.
—¿Por qué?
—Te lo explico en seguida —contestó Nightingale—. Esa palabra es lux.
Repetí el hechizo: clave, motor. Dije la palabra en el momento de liberar
la energía. La esfera aguantó más rato… era cada vez más fácil.
—Quiero que practiques este hechizo —dijo Nightingale—, y tan sólo este
hechizo durante, por lo menos, una semana. Sentirás el deseo de experimentar,
de hacerla más brillante, de hacer que se mueva…
—¿Puedo hacer que se mueva?
Nightingale suspiró.
—Durante la próxima semana, no. Vas a practicar hasta que la palabra sea el
hechizo, y el hechizo sea la palabra. Hasta que cada vez que digas lux, se haga la luz.
—¿Lux? —dije—. ¿Qué idioma es
ése?
Nightingale me miró con estupefacción.
—Es ‘luz’ en latín —aclaró—. ¿Es que ya no se enseña latín en Secundaria?
—No, donde yo estudié no se enseñaba.
—No te preocupes —me animó Nightingale—. Yo mismo te puedo enseñar.
«Qué suerte la mía», pensé.
—¿Por qué utilizamos el latín? —pregunté—. ¿Por qué no el inglés, o
palabras inventadas?
—Lux, el hechizo que acabas de
realizar, es lo que nosotros llamamos una forma
—dijo Nightingale—. Cada una de las formas básicas que vas a aprender tiene un
nombre: lux, impello, scindere… y
otras. En cuanto las hayas interiorizado, podrás combinar formas para crear
hechizos complejos, igual que combinamos palabras para crear una oración.
—¿Como una especie de notación musical? —dije.
Nightingale sonrió.
—Sí, exactamente lo mismo que una notación musical —afirmó.
—Entonces, ¿por qué no empleamos la notación musical?
—Porque en la biblioteca principal tienes millares de libros que te
explican cómo hacer magia y todos ellos indican las formas básicas en latín
—dijo Nightingale.
—¿Todo esto son invenciones de sir Isaac, supongo? —interpelé.
—Las formas originales se encuentran en los Principia Artes Magicis —dijo Nightingale—. Pero ha habido cambios
a lo largo de los años.
—¿Quién introdujo esos cambios?
—Personas que son incapaces de resistirse a la tentación de meter mano en
todo —dijo Nightingale—. Personas que se parecían a ti, Peter.
Así pues, Newton, como buen intelectual del siglo XVII, escribió en latín,
porque en esa época el latín era el idioma internacional de la ciencia, la
filosofía y, según descubrí luego, también de la pornografía de calidad. Me
pregunté si habría traducciones.
—¿De las Artes Magicis? No —dijo
Nightingale.
—No querían que el populacho aprendiese magia, ¿verdad?
—Por supuesto —dijo Nightingale.
—No me lo diga. En los demás libros, no son sólo los nombres de las formas
lo que está escrito en latín. Todo está escrito en latín.
—Salvo lo que está escrito en griego y en árabe —dijo Nightingale.
—¿Cuánto se tarda en aprender todas las formas? —pregunté.
—Diez años —dijo Nightingale—. Si se trabaja lo suficiente.
—Creo que voy a seguir con el ejercicio.
—Practica durante dos horas y luego descansa —dijo Nightingale—. Luego deja
pasar por lo menos seis horas antes de repetir el hechizo.
—No estoy cansado, ¿sabe usted? —dije—. Podría seguir durante todo el día.
—Un sobreesfuerzo así puede tener consecuencias —informó Nightingale.
No me gustó nada lo que acababa de oír.
—¿Qué tipo de consecuencias?
—Infartos, hemorragias cerebrales, aneurismas…
—¿Y cómo puede uno saber si se ha sobreesforzado?
—Porque padece un infarto, una hemorragia cerebral o un aneurisma —dijo
Nightingale.
Me acordé del cerebro encogido con pinta de coliflor y del doctor Walid que
decía: «Eso es un cerebro afectado por la magia.»
—Gracias por el aviso —le dije.
—Dos horas —me repitió Nightingale desde la puerta—. Luego nos vemos en el
estudio para la primera lección de latín.
Esperé a que se hubiera marchado. Luego abrí la mano y dije: «Lux.»
En esta ocasión, la luz que se desprendía de la esfera era blanca y suave,
y no más cálida que un día soleado.
«De puta madre —pensé—. Ya sé hacer magia.»
6
LAS COCHERAS
Durante el día, si no estaba en el laboratorio, ni estudiaba, ni había
salido, tenía como principal ocupación estar atento al timbre y abrir la puerta
cuando alguien llamaba. Sucedía tan raramente que la primera vez que lo oí tuvo
que pasar un minuto para que comprendiese el origen del ruido.
Resultó que era Beverley Brook, con una chaqueta acolchada de color azul
eléctrico. Llevaba la capucha puesta.
—Has tardado mucho —me dijo—. Me estaba helando aquí fuera.
Le dije que entrase, pero me miró con suspicacia y me respondió que no
podía.
—Mami me dice que no entre, dice que es un lugar hostil para los que son
como nosotros.
—¿Hostil?
—Dice que, no sé, que hay campos de fuerza y cosas así —dijo Beverley.
Pensé que era muy posible. Eso explicaría por qué Nightingale tomaba tan
pocas medidas de seguridad.
—Entonces, ¿a qué has venido?
—Bueno —dijo Beverley—, es que cuando una mamá río y un papá río se quieren
mucho…
—Qué graciosa.
—Mami dice que en el Hospital Universitario ocurren cosas extrañas que
tendríais que investigar.
—¿Qué tipo de cosas extrañas?
—Me dijo que había salido en las noticias.
—No tenemos televisión —dije.
—¿Ni siquiera la Freeview?
—No vemos televisión de ningún tipo —dije.
—Qué fuerte —dijo Beverley—. ¿Me acompañas, o qué?
—Voy a ver lo que me dice el inspector —le respondí.
Encontré a Nightingale en la biblioteca. Tomaba notas
para lo que, de acuerdo con mis sospechas, debían de ser los deberes de latín
para el día siguiente. Le conté lo de Beverley y me dijo que fuera a echar una
ojeada. Cuando regresé al vestíbulo, Beverley se había atrevido a entrar,
aunque se había quedado tan cerca del umbral como pudo. Me llevé una sorpresa:
Molly estaba a su lado y los rostros de ambas se hallaban muy cerca el uno del
otro, como si intercambiaran confidencias. Al oír que me acercaba, se separaron
con sospechosa precipitación. Sentí que me ardían los oídos. Molly pasó
rápidamente por mi lado y desapareció en las profundidades de la Locura.
—¿Iremos con el Jaguar? —me preguntó Beverley mientras me ponía el abrigo.
—Ah, ¿vienes conmigo? —pregunté.
—Tengo que ir —dijo Beverley—. Mami me ha mandado que viniera a ayudarte.
—¿A ayudarme a qué?
—La mujer que nos ha llamado es una acólita —dijo Beverley—. No hablará
contigo si no te acompaño.
—Está bien —dije—. Pues vamos.
—¿Iremos con el Jaguar?
—No seas tonta —dije—. El Hospital Universitario está muy cerca, podemos ir
a pie.
—Vaya —dijo Beverley—. Es que yo quería ir en el Jaguar.
Así que subimos al Jaguar y quedamos atrapados en un atasco en Euston Road,
y luego necesitamos otros veinte minutos para encontrar aparcamiento. De
acuerdo con mis estimaciones, tardamos el doble que si hubiéramos ido a pie.
El Hospital Universitario ocupa dos manzanas enteras entre Tottenham Court
Road y Gower Street. Fundado en el siglo XIX, se ha ganado su fama, sobre todo,
como dependencia de la Universidad de Londres y como lugar donde nació un tal
Peter Grant, aprendiz de mago. Desde ese día trascendental a mediados de los
años ochenta, una de las mitades del hospital había sufrido una remodelación y
se había transformado en una torre refulgente de color azul y blanco como si un
trocito de Brasilia se hubiera estrellado en el centro del Londres victoriano.
El vestíbulo era una sala amplia y cuidada, con cristal y pintura blanca en
abundancia. Tan sólo la afeaba el gran número de enfermos que iba de un lado
para otro arrastrando los pies. Los agentes de policía nos pasamos mucho tiempo
en Urgencias, unas veces para preguntarle a la víctima dónde lo apuñalaron,
otras para reducir a borrachos violentos, o para que nos pongan unos puntos de
sutura a nosotros. Ése es uno de los motivos por el que hay tantos policías que
se casan con enfermeras… el otro motivo es que las enfermeras entienden muy
bien lo que es un sistema de turnos mal montado.
La acólita de Beverley era una enfermera pálida y flaca, con el cabello de
color púrpura y acento australiano. Me miró con suspicacia.
—¿Quién es ése? —le preguntó a Beverley.
—Es un amigo —le dijo Beverley, y le puso la mano encima del brazo—. Se lo
contamos todo.
La mujer se relajó y me obsequió con una sonrisa llena de esperanza.
Parecía una de esas adolescentes pentecostalistas de la cutrísima iglesia de mi
madre.
—¿A que es maravilloso estar en algo que es auténtico? —me dijo.
Le di la razón en que era maravilloso estar en algo que es auténtico, pero
le dije que sería todavía más molón si me contaba lo que había visto. Utilicé
la palabra «molón» y no dio ninguna muestra de sorpresa, lo cual era
preocupante en muchos sentidos.
Según me contó, un mensajero había tenido un accidente con la bicicleta, lo
habían llevado hasta allí en ambulancia y, mientras lo trataban, le había
arreado una patada en el ojo al médico. El médico había quedado aturdido, pero
no había sufrido daños serios, y el mensajero había escapado de Urgencias antes
de que los de Seguridad pudiesen atraparlo.
—¿Y por qué nos habéis llamado a nosotros? —pregunté.
—Por las risas —dijo la enfermera—. Yo ya volvía a la sala de tratamientos
cuando he oído una risa chillona, como la voz de un mainate. Luego he oído a
Eric, quiero decir al doctor Framline, que es el médico agredido, le he oído
gritar palabrotas, y luego el mensajero ha salido corriendo de la sala y había
algo raro en su cara.
—¿Qué es lo que era tan raro? —pregunté.
—No sé, algo raro —dijo. Tenía todas las características de uno de esos
testigos particularmente útiles para la investigación policial—. Ha pasado muy
rápido y no he visto gran cosa, pero se veía… raro.
Me enseñó la sala de tratamientos donde había ocurrido todo: un cubículo
blanco y beige con una cama de exploración médica y una cortina para preservar
la intimidad. El vestigium —nótese
que ahora empleo el singular— me golpeó en el rostro nada más entrar.
Violencia, risas, sudor seco y cuero. Lo mismo que cuando visitamos al pobre
William Skirmish en el tanatorio, salvo por los ladridos del perro.
Dos meses antes, habría entrado en la sala de Urgencias, me habría
estremecido, habría pensado «qué raro es esto» y habría vuelto a salir.
Beverley se asomó a la puerta y me preguntó si había descubierto algo.
—Tendrías que dejarme el móvil —le dije.
—¿Qué le ha pasado al tuyo? —preguntó.
—Me lo cargué sin querer cuando hacía magia —le expliqué—. No me preguntes
más.
Beverley me puso morros y me dio un Ericsson sorprendentemente voluminoso.
—Funciona con tarjeta y tendrás que pagar —dijo. La caja estaba sellada con
látex y los botones eran grandes y estaban cubiertos con una capa de látex
transparente—. Está diseñado para funcionar bajo el agua. No me preguntes más.
—¿Podrías pedirle a tu acólita que me consiguiera la dirección del doctor
Framline?
Beverley se encogió de hombros.
—Desde luego —contestó—. ¡Y recuerda que tendrás que pagar por todo el rato
que te pases hablando!
Mientras Beverley estaba entretenida con la tarea que le había encomendado,
salí con su teléfono a Beaumont Place, una apacible calle peatonal que
transcurría entre la parte antigua del Hospital Universitario y la nueva, y
llamé a Nightingale. Le describí el incidente y el vestigium, y Nightingale estuvo de acuerdo en que merecía la pena
seguirle la pista al mensajero.
—Creo que tendríamos que vigilar al médico —dije.
—Interesante —respondió Nightingale—. ¿Por qué?
—He estado pensando en los acontecimientos que se han sucedido en torno al
asesinato de Skirmish —dije—. Toby
mordió a Coopertown en la nariz y en ese momento empezó todo. Pero Coopertown
no perdió la chaveta hasta que se encontró con Skirmish en Covent Garden.
—¿Piensas que el crimen fue consecuencia de un encuentro casual?
—A eso quería llegar —expuse—. Lesley me ha contado que la Brigada de
Homicidios no encontró ningún motivo por el que Skirmish tuviera que ir esa
noche a Covent Garden. Tomó un autobús hasta el West End, tropezó con
Coopertown y el otro le arrancó la cabeza. Ni se encontró con nadie, ni fue en
busca de ningún amigo… nada.
—¿Crees que ambas partes estaban afectadas? —preguntó Nightingale—. ¿Crees
que un tercero los indujo a encontrarse?
—¿Eso sería posible?
—Todo es posible —dijo Nightingale—. Si resulta que tu perro estaba
afectado por la misma dolencia que su amo y que Coopertown, entonces se
entendería que sea tan sensible a los vestigia.
Me di cuenta de que Toby había
pasado a ser mi perro.
—Entonces, ¿sí es posible?
—Sí —dijo Nightingale, pero yo mismo me daba cuenta de su escepticismo.
—¿Y si ahora el mensajero ha hecho el papel de Toby, y el médico hace el de Coopertown? —pregunté—. No estaría
nada mal que vigiláramos al médico hasta que hayamos podido capturar al
mensajero.
—¿Puedes encargarte tú? —inquirió Nightingale.
—Desde luego —dije.
—Bien —dijo Nightingale, y se ofreció para coordinar la búsqueda del
mensajero.
Colgué al mismo tiempo que Beverley Brook salía del hospital caminando con
desenfado. Sus caderas cimbreantes me arrastraban la mirada. Sonrió al darse
cuenta de que miraba y me dio un trozo de papel: la dirección del doctor
Framline.
—¿Y ahora qué, guapo? —me preguntó.
—¿Dónde quieres que te lleve? —le interpelé.
—No, no, no —se apresuró a decir Beverley—. Mami me ha mandado que te
ayudara.
—Ya me has ayudado —le dije—. Puedes irte a casa.
—No quiero irme a casa —me contestó—. Mami tiene a todo su séquito, Ty,
Effra y Fleet, por no hablar de las viejas. No te puedes imaginar lo que es
eso.
En realidad, sí que sabía muy bien lo que era, pero no pensaba decírselo.
—Venga, que me portaré bien —añadió, y me miró con ojitos seductores—. Te
dejaré utilizar el móvil.
Me rendí antes de que tuviera que recurrir al labio trémulo.
—Pero tendrás que hacer lo que yo te diga.
—Sí, guapo —me dijo, y me saludó a lo militar.
No es posible vigilar discretamente a alguien desde un Jaguar y, con gran
decepción por parte de Beverley, regresamos a la Locura para cambiarlo por el
coche de policía reciclado. El garaje de la Locura se encuentra en la parte de
atrás del edificio y ocupa la planta baja de lo que había sido el antiguo
edificio de cocheras. Aún se distinguía desde dentro el contorno de las puertas
originales. Habían sido lo bastante anchas como para que pudiese entrar un
carruaje de cuatro caballos. Las habían cubierto con ladrillo y las habían
sustituido por una puerta automática más pequeña. El Jaguar y el coche de
policía reciclado se alojaban en un espacio en el que habrían cabido cuatro
carruajes.
A diferencia del vestíbulo, la cochera no parecía plantearle ningún
problema a Beverley.
—¿Qué ha pasado con los campos de fuerza mágica hostiles? —le pregunté.
—Aquí no hay —dijo—. Sólo había una barrera de poca monta en la puerta del
garaje, y nada más.
Nightingale no estaba en el edificio, pero Molly me salió al encuentro en
el vestíbulo con una bolsa de plástico de Tesco’s llena de bocadillos envueltos
en papel encerado y atados con un cordel. No le pregunté de qué eran, pero
dudaba que fueran de pollo tikka masala.
Regresé a la cochera, dejé la bolsa con los bocadillos en el asiento de atrás
del coche de policía reciclado, me aseguré de que Beverley se hubiera puesto el
cinturón y arranqué. Mi objetivo consistía en acosar a un joven médico.
El doctor Framline vivía en una casa adosada de dos pisos de estilo
victoriano cerca de Romford Road, en Newham. Se encontraba más al este de lo
que a mí me gusta ir, pero, de todas maneras, no era un mal barrio. Encontré un
sitio para aparcar con un ángulo de visión decente en dirección a la puerta de
entrada y salí. Sabía que no había fuerza en la tierra capaz de retener a
Beverley en el coche y por eso permití que viniera conmigo, tras asegurarme de
que había entendido que debía mantener la boca cerrada.
Había un solo timbre en la puerta y el pequeño jardín de entrada no tenía
más que grava, cubos de basura y un par de tiestos vacíos de color rojo
brillante. Pensé que, o bien el doctor Framline vivía solo en la casa, o bien
la compartía con amigos. Pulsé el botón y una voz alegre respondió que ya
venía. La voz pertenecía a una mujer rolliza de cara redonda, de esas que se
forjan una buena personalidad porque la alternativa es el suicidio.
Le mostré mis credenciales de agente.
—Buenas tardes. Me llamo Peter Grant, soy de la policía, y ésta es mi
compañera Beverley Brook, que al mismo tiempo es un río del sur de Londres.
—Nos permitimos este tipo de bromas con los civiles porque el cerebro deja de
funcionarles en cuanto oyen la palabra «policía».
En realidad, creo que me pasé, porque la mujer miró a Beverley con el ceño
fruncido y preguntó:
—¿Un río, ha dicho?
Moraleja: no hagas el fantasma cuando estés de servicio.
—Era un chiste —dije.
—Esta chica se ve muy joven para ser policía —dijo la mujer.
—No lo es —respondí—. Está en prácticas.
—¿Podría mostrarme de nuevo su identificación? —preguntó la mujer.
Suspiré y se la di. Beverley se rió por lo bajo.
—Si lo desea, le daré el número de mi superior —expliqué. Normalmente, este
truco funciona porque los ciudadanos corrientes son más gandules que
desconfiados.
—¿Han venido por lo que ocurrió en el hospital? —preguntó la mujer.
—Sí —dije, aliviado—. Hemos venido precisamente por eso.
—Pues resulta que Eric ha ido al centro —aclaró—. Se les ha escapado por
muy poco; se marchó hace unos quince minutos.
«Sí, claro que sí —pensé—, y seguro que habrá ido a algún sitio a menos de
quinientos metros del lugar de donde venimos nosotros.»
—¿Sabe usted adónde ha ido?
—¿Para qué quiere saberlo?
—Creemos haber encontrado una pista que nos llevará hasta el agresor
—dije—. Le necesitamos a él para confirmar unos pocos detalles. Si actuamos con
rapidez, tal vez logremos arrestarlo esta misma noche.
Eso le desató la lengua, y nos dio, no sólo el nombre del gastropub adonde se dirigía el doctor
Framline, sino también su número de móvil. Beverley tuvo que andar a paso
ligero para no quedarse atrás mientras regresábamos al coche.
—¿Por qué tantas prisas? —me preguntó al subir.
—Conozco ese pub —dije—. Está en la esquina de Neal Street y Shelton
Street. —Arranqué sin esperar a que Beverley se abrochara el cinturón—. Está
enfrente de la zona peatonal a la salida de Urban Outfitters.
—Urban Outfitters, ¿eh? —dijo Beverley—. Seguro que
compraste ahí la camisa doctor Denim.
—Me la compró mi madre —aclaré.
—¿Y crees que con eso te vas a salvar del ridículo?
Salí disparado con el coche de policía reciclado o, por lo menos, salí todo
lo disparado que se podría salir con un Ford Escort de hace una década, y me
salté un semáforo en rojo. Alguien gritó a nuestras espaldas.
—Los mensajeros suelen ir a esa zona —le dije—. Les va bien por el pub y
los cafés, y porque, al mismo tiempo, les queda cerca de la mayoría de sus
clientes.
La lluvia empezó a repiquetear contra el parabrisas y tuve que aflojar la
marcha. Las calzadas empezaban a estar húmedas. ¿Cuánto tiempo tardaría el
doctor Framline en llegar a Covent Garden con transporte público? No menos de
una hora, pero había salido con ventaja, y estábamos en Londres, donde, a
menudo, el metro es más rápido que el coche.
—Llama al doctor Framline —le dije a Beverley.
Beverley refunfuñó, marcó el número, escuchó y dijo:
—Me sale el contestador. Debe de estar en el metro.
Le di el número de Lesley.
—Recuerda —dijo—: hablas tú, pagas tú.
—Sí, eso ya lo tengo claro —repliqué.
Beverley me acercó el teléfono al oído para que no tuviera que soltar el
volante. Lesley descolgó y oí el ruido de fondo de la sala de trabajo de
Belgravia. Trabajo policial de verdad.
—¿Qué pasa con tu teléfono? —me preguntó—. Llevo toda la mañana intentando
llamarte.
—Me lo he cargado mientras hacía magia —dije—. Acabas de recordarme algo:
tendrías que pedirme un Airwave. —El Airwave era el fabuloso e inigualable
aparato de radio digital que daban a los agentes de policía.
—¿Y no puedes encargarlo en tu comisaría? —me preguntó.
—Estás de broma —dije—. No creo que Nightingale se haya enterado de la
existencia del Airwave. Y, ya que estamos en ello, ni siquiera de los aparatos
de radio. En realidad, creo que no tiene muy claro lo que es un teléfono.
Estuvo de acuerdo en que nos encontráramos en Neal Street.
Arreciaba la lluvia cuando por fin avancé con pasos lentos por el trecho
semipeatonal de Earlham Street y me detuve en la esquina, desde donde teníamos
buenas vistas del pub y de las idas y venidas de los mensajeros. Dejé a
Beverley en el coche y fui a echar una ojeada dentro del pub. No había nadie;
el doctor Framline aún no había llegado.
Regresé al coche con el cabello empapado, pero llevaba una toalla en la
bolsa que había llevado conmigo para la misión de vigilancia, y con ella me
sequé casi toda el agua. Por el motivo que sea, Beverley lo encontró hilarante.
—Deja que te lo haga yo —me dijo.
Le di la toalla, y Beverley se acercó a mí y empezó a restregármela por la
cabeza. Uno de sus pechos me tocó el hombro y tuve que contenerme para no
agarrarla por la cintura. Me presionó el cuero cabelludo con los dedos.
—¿No te lo peinas nunca? —me preguntó.
—No puedo perder tiempo en eso —le dije—. Me contento con rapármelo todas
las primaveras.
Me pasó la palma de la mano por la cabeza y la dejó reposar sobre mi nuca,
sin hacer fuerza. Sentí su aliento muy cerca, en el oído.
—No has heredado nada de tu padre, ¿verdad? —Beverley había vuelto a
sentarse y había arrojado la toalla al asiento de atrás—. Tu madre debió de
sentirse defraudada. Apuesto a que quería un niño con grandes rizos.
—Podría haber sido peor —repuse—. Podría haber salido niña.
Beverley se tocó inconscientemente el cabello. Lo llevaba alisado, con
raya, y los mechones le caían hasta los hombros.
—No te has enterado ni de la mitad —dijo—. Y es por eso por lo que no
lograrás hacerme salir ahí fuera. —Señaló con la cabeza a las calles empapadas
de lluvia.
—Si se supone que eres una diosa…
—Una orisa —aclaró Beverley—. Somos orisa. No somos espíritus, ni genios
locales… Orisa.
—¿Cómo es que no puedes arreglar este mal tiempo? —pregunté.
—Para empezar —dijo con exagerada lentitud en la voz—, porque con el tiempo
no se juega y, en segundo lugar, porque estamos en el norte de Londres y este
distrito pertenece a mis hermanas mayores.
Había encontrado un plano de los ríos de Londres hecho en el siglo XVII.
—¿Éste es el Fleet, y éste, el Tyburn? —pregunté.
—Llámala Tyburn, si quieres pasarte el resto del día al extremo de una
cuerda —dijo Beverley—. Si llegas a conocerla, será mejor que la llames lady
Ty. Aunque no creo que tengas ningún interés en conocerla. Tampoco creo que
ella tenga ningún interés en conocerte a ti.
—Entonces, ¿no te llevas bien con ellas? —le pregunté.
—No tengo ningún problema con Fleet —explicó—. Sólo que es una metomentodo.
Ty es una creída. Vive en Mayfair y va a las fiestas pijas y conoce a «gente
importante».
—¿Es la favorita de Mamá?
—Sólo porque nos soluciona problemas con los políticos —dijo Beverley—. La
invitan a tomar el té en la terraza de Westminster. Y a mí me manda en coche
con el recadero de Nightingale.
—Creo recordar que eras tú la que no quería volver a casa —repliqué.
Me fijé en que el coche de Lesley aparcaba detrás del nuestro. Nos hizo
señales con los faros y salió a la calle. Le abrí al instante una de las
puertas traseras. La lluvia me golpeó la cara con tal fuerza que tuve que
escupir la que se me había metido en la boca, y Lesley prácticamente se arrojó
al asiento de atrás.
—Creo que va a haber una inundación —dijo, y agarró la toalla y la empleó
para secarse la cara y el pelo. Se volvió hacia Beverley—. ¿Y ésta quién es?
—preguntó.
—Beverley, te presento a la agente de policía Lesley May. —Me volví hacia
Lesley—. Es Beverley Brook, espíritu del río y ganadora durante cinco años
consecutivos en el Campeonato Londinense de Monólogos Ininterrumpidos con
Independencia de las Circunstancias. —Beverley me dio en el brazo con el puño.
Lesley le sonrió de buena gana—. Su madre es el Támesis, ¿sabes?
—Ah, ya —dijo Lesley—. ¿Y quién es el padre?
—Eso es complicado —dijo Beverley—. Mami me dijo que me encontró flotando
en el arroyo que lleva mi nombre junto a la autovía de Kingston Vale.
—¿Dentro de un cesto? —preguntó Lesley.
—No, flotaba sin más —repuso Beverley.
—La crearon espontáneamente los midiclorianos —dije. Las dos mujeres me
miraron sin entender—. Nada, olvidadlo.
—¿El sujeto aún no ha llegado? —preguntó Lesley.
—No ha llegado nadie desde que estoy aquí —dije.
—¿Sabes cómo es? —inquirió Lesley.
Me di cuenta de que no tenía ni la más mínima idea sobre el aspecto del
doctor Framline. Había contado con poder hablar con él en su casa antes de
empezar a seguirle.
—Tengo una descripción.
Lesley me miró con lástima y sacó una impresión en A4 de la fotografía del
carnet de conducir del doctor Framline.
—Peter sería un policía aceptable —le dijo a Beverley— si fuera capaz de
concentrarse en los detalles.
Me dio algo que parecía un mutante gigantesco, producto del cruce entre un
Nokia y un walkie-talkie: el Airwave.
Me lo guardé en el bolsillo de dentro de la chaqueta. Era algo más pesado que
un móvil y la chaqueta se me iba a ladear por su culpa.
—¿Es ése? —le pregunté a Beverley.
Nos esforzamos por ver lo que se movía bajo la lluvia y descubrimos a una
pareja que venía desde la desembocadura de Neal Street en Covent Garden. El
rostro del hombre era idéntico al de la fotografía, salvo por el moretón que
tenía en el ojo izquierdo y una vía de ferrocarril hecha con tiritas que le
tapaba el corte de la mejilla. Sostenía un paraguas con el que se cubría a sí
mismo y a su compañera, una mujer robusta envuelta en un impermeable de color
anaranjado brillante. Ambos sonreían y parecían felices.
Les observamos mientras llegaban al gastropub
y, tras una pausa para sacudir el paraguas, entraban.
—¿Podrías volver a explicarme qué es lo que hacemos aquí? —preguntó Lesley.
—¿Has encontrado ya al mensajero? —pregunté.
—No —contestó Lesley—. Y no creo que a mi oficial le guste que tu oficial
lo trate como a un recadero.
—Pues dile que bienvenido al club —dije.
—Díselo tú —me respondió Lesley.
—¿Y qué es lo que hay en los bocadillos? —preguntó Beverley.
Abrí la bolsa de Tesco’s y desenvolví los bocadillos. Estaban hechos de pan
blanco y crujiente con rosbif y encurtido de mostaza acompañados con rábanos
picantes. Estaba muy bien, pero en cierta ocasión Molly me había puesto sesos
de ternera fritos, y por ello siempre sentía cierto reparo al comerme los
bocadillos que me preparaba. Lesley come siempre sin miedo y piensa que las
anguilas en gelatina son un manjar exquisito, y se los llevó a la boca sin
problemas. Beverley, en cambio, vaciló.
—Aunque me coma los bocadillos no voy a quedar obligada a nada, ¿verdad que
no? —preguntó Beverley.
—No te preocupes —le dije—. Llevo un ambientador en la bolsa.
—Hablo en serio —replicó Beverley—. En los apartamentos de mami hay un tío
que se presentó en 1997 para llevarse unos muebles. Se tomó una taza de té y
una galleta, y ya no volvió a salir. Yo le llamaba «tío administrador». Hace
trabajos extraños en la casa, nos arregla las cosas y mantiene limpio el lugar,
y mi madre no lo va a dejar marchar jamás. —Beverley me oprimió el pecho con la
punta del dedo—. Así que quiero saber qué intenciones llevas al servirme este
bocadillo.
—Te aseguro que mis intenciones son honorables —le dije, pero me acordé de
lo cerca que había estado de comerme las galletas de crema en la casa de Mamá
Támesis.
—Júralo por tu poder —dijo Beverley.
—Pero es que no tengo ningún poder —repuse yo.
—Eso es cierto —afirmó Beverley—. Pues júramelo por la vida de tu madre.
—No —le dije yo—. Eso lo hacen los niños pequeños.
—Pues está bien —dijo Beverley—. Iré yo misma por mi propia comida.
Salió del coche y se alejó con enérgicas zancadas, sin preocuparse por
cerrar la puerta. Me di cuenta de que había esperado a que la lluvia amainase
antes de enfadarse.
—¿Eso es cierto? —preguntó Lesley.
—¿El qué? —le pregunté.
—Hechizos, comidas, obligaciones, brujos… eso del administrador —dijo
Lesley—. Por Dios bendito, Peter, eso que ha contado es un delito de secuestro,
como mínimo.
—Una parte de lo que ha dicho es cierto —dije—. No sé si todo lo es. Creo
que el proceso de transformarse en mago implica saber distinguir entre lo que
es verdad y lo que no lo es.
—¿Y es verdad que su mami es la diosa del Támesis?
—Ella cree serlo, y yo la he conocido y empiezo a pensar que tal vez lo sea
—expliqué—. Tiene poder de verdad, así que voy a tratar a su hija como a una
diosa mientras no se demuestre lo contrario.
Lesley se apoyó sobre el respaldo trasero y me miró a los ojos.
—¿Sabes hacer magia? —me preguntó en voz baja.
—Sé hacer un solo hechizo —le dije.
—Enséñamelo.
—No puedo —dije—. Si lo hago ahora, me cargaré los Airwave, el estéreo y
quizá también el sistema de ignición. Fue así como averié el móvil. Lo llevaba
en el bolsillo en el momento de las prácticas.
Lesley echó la cabeza hacia un lado y me lanzó una mirada fría.
Yo estaba a punto de responderle cuando Beverley se puso a dar golpes en la
ventanilla… bajé el cristal.
—Se me ha ocurrido que tenía que decirte que ha dejado de llover —dijo—, y
que un mensajero viene andando por la calle.
Lesley y yo salimos precipitadamente del coche —lo que demuestra que no
estábamos muy duchos en tareas de vigilancia—, nos acordamos de que se suponía
que no debíamos hacernos notar y fingimos que charlábamos de cosas sin
importancia. Tengo que decir, en defensa de ambos, que no habíamos pasado más
de dos años en uniforme, y que uno de los aspectos básicos del trabajo de un
policía es hacerse notar.
Beverley debía de tener buena vista, porque el mensajero se hallaba en el
extremo de Neal Street que desemboca en Shaftesbury Avenue y venía con pasos
lentos y calmosos. Avanzaba empujando la bicicleta, lo cual era sospechoso, y
vi que la rueda trasera se había torcido. Sentí una profunda inquietud, pero
sin saber si se debía a mí mismo o a alguna circunstancia exterior.
Un perro se puso a ladrar no muy lejos de allí. Detrás de nosotros, una
madre discutía con un niño que quería que lo llevara en brazos. En algún sitio
se oía el agua de lluvia que se filtraba por un desagüe, y yo mismo me puse
tenso, en un intento por oír… no sé muy bien qué. Entonces lo oí: una risilla
débil, estrangulada, muy aguda, que parecía llegar de muy lejos.
El mensajero tenía una pinta muy normal: iba vestido con un uniforme de
licra amarillo y negro dolorosamente ceñido, un macuto de mensajero con una
radio sujeta en la correa y un casco de bicicleta azul y blanco. Tenía la cara
larga y una boca que era una línea delgada bajo una nariz aguileña, pero en sus
ojos se apreciaba una inquietante falta de expresión. No me gustó la manera
como caminaba. La rueda torcida de detrás tenía los radios estropeados y
parecía que la cabeza del hombre se meciera de manera forzada cada vez que ésta
giraba. Llegué a la conclusión de que sería mala idea permitir que se acercara.
—¡Cabrón! —Oí un grito a mis espaldas y un choque estrepitoso.
Me di la vuelta y no vi nada, hasta que Lesley me señaló las puertas dobles
de cristal de Urban Outfitters. Alguien estaba golpeando violentamente a un
hombre contra el interior de las puertas. Lo arrastró hacia dentro, donde no
podíamos verlo, y luego lo arrojó de nuevo contra la puerta, con tal fuerza que
uno de los batientes se salió de quicio y se abrió un resquicio suficiente para
que la víctima pudiera escapar. Tenía aspecto de turista, o de estudiante
extranjero, bien vestido al estilo europeo; cabello rubio oscuro, lo bastante
corto como para no ser demasiado largo; en el hombro, una mochila azul de las
que regalan en Swissair. Movía la cabeza como si estuviera confuso, y se
estremeció cuando el atacante abrió las puertas de un golpe y caminó hacia él.
Este último era un hombre de poca estatura, rechoncho, de cabello castaño
ya escaso y gafas redondas con montura de alambre. Vestía una camisa blanca con
el distintivo de «Encargado» grapado en el bolsillo. Sudaba, y su rostro
lustroso se había enrojecido de rabia.
—Estoy hasta los putos huevos —gritaba—. Yo me esfuerzo por mantener la
compostura, pero no, tú tienes que tratarme como si fuera tu puto esclavo.
—¡Eh! —gritó Lesley—, ¡policía! —Se acercó a ellos con la identificación en
la mano izquierda, mientras con la derecha sujetaba el mango de la porra
extensible—. ¿Pueden explicarme el problema?
—Ese hombre me ha atacado —dijo el joven. Indudablemente, hablaba con
acento. Me pareció que era alemán.
El rabioso encargado del local vaciló y se volvió hacia Lesley. Sus ojos
parpadeaban detrás de los cristales.
—Estaba hablando por el móvil —dijo el encargado. Parecía que la violencia
lo hubiera abandonado—. Cuando aún estaba en el mostrador. Ni siquiera lo
habían llamado a él. Ha marcado él mismo el número mientras pagaba. En teoría
tengo que establecer una interacción cortés y mutuamente beneficiosa con él, y
el muy cabrón pasa de mí y se pone a llamar por el móvil.
Lesley se interpuso entre ambos y, con buenas maneras, se llevó aparte al
encargado.
—¿Y si volviéramos dentro? —le decía—. Una vez dentro podrá contármelo
todo. —Era una delicia verla trabajar.
—Pero ¿por qué? —decía el encargado—. ¿Cuál era ese asunto tan importante
que no podía esperar?
Beverley me dio un golpecito en el brazo.
—Peter —dijo—, mira allí.
Me volví a tiempo para ver que el doctor Framline corría calle arriba con
un palo en la mano que medía la mitad de su cuerpo. A sus espaldas venía la
amiga del gastropub, que gritaba su
nombre, presa de la confusión. Me lancé tras él tan deprisa como me fue
posible, me adelanté en seguida a la mujer, pero no logré dar alcance al doctor
Framline antes de que llegara hasta su presa.
El mensajero no se molestó en levantar un brazo para defenderse. El doctor
Framline le golpeó fuertemente el hombro con el palo. Vi que el brazo derecho
de la víctima colgaba, partido por la mitad, y que la correspondiente mano
soltó la bicicleta, y ésta empezó a caerse.
—Cuanto más te dé —gritó el doctor, que había levantado de nuevo el palo—,
mejor será para ti.
Le di un golpe bajo: arremetí con el hombro contra el punto débil que se
encuentra sobre las caderas, para que se cayera de lado y amortiguara mi propia
caída, y no al revés. Oí la bicicleta estrellándose contra el suelo y también
el palo, que rebotaba sobre el pavimento. Traté de reducir al doctor Framline,
pero parecía sorprendentemente resistente, y me dio un codazo en el estómago
con tal fuerza que se me cortó la respiración. Intenté sujetarlo por las
piernas, y me dio un rodillazo en la cara que me arrancó una palabrota.
—¡Policía! —grité—. Deje de forcejear. —Por extraño que parezca, lo hizo—.
Gracias —le dije; me pareció que la cortesía me obligaba.
Traté de levantarme, pero alguien me golpeó con tal fuerza que me encontré
de bruces sobre el pavimento sin haber tenido tiempo de darme cuenta. En las
peleas callejeras, por muy dolorido que estés, el pavimento no es buen amigo, y
por eso me di la vuelta y traté de ponerme en pie de nuevo. Entonces, me di
cuenta de que el mensajero recogía del suelo el voluminoso palo y trataba de
golpear al doctor Framline. El doctor encogió el cuerpo para esquivarlo, pero
el palo le dio en la parte de arriba del brazo. Resbaló y se cayó al suelo.
Gimoteaba de dolor.
Me asaltó una oleada de emoción: alegría, excitación y un fondo de
violencia, como la que invade al público local en un estadio de fútbol cuando
su equipo tiene una oportunidad de marcar.
Esta vez vi el dissimulo en
acción: la barbilla del mensajero pareció agrandarse. Oí con nitidez el crujido
de huesos y dientes a medida que la punta afilada del mentón salía hacia fuera.
Los labios se retorcieron mientras gruñían y la nariz se alargó hasta casi
igualar el mentón. No era un rostro de verdad, era como una de esas caricaturas
de los «hombres de la luna», un aspecto que ningún ser humano real podría
presentar. La boca se abrió y en el interior vi las rojas ruinas de sus
mandíbulas.
—¡Así es como se tiene que hacer! —chilló, y levantó el palo.
Lesley le dio con la porra en la parte de atrás de la cabeza. Se tambaleó,
Lesley le golpeó una vez más, y entonces, con un suspiro entremezclado con
gorgoteos, se desplomó frente a mí. Me arrojé sobre él y lo puse de espaldas
contra el suelo, pero ya era demasiado tarde. La cara se le desprendía como
papel maché humedecido. Vi que la piel se le rasgaba en torno a la nariz y el
mentón, y que una capa se desprendía y resbalaba desde la frente. Traté de
obligarme a mí mismo a hacer algo, pero al aprender primeros auxilios no me
enseñaron lo que había de hacer cuando a alguien se le desgarraba la piel del
rostro en tiras que se abrían cual estrella de mar.
Pasé la palma de la mano por debajo de la capa de piel. Me estremecí al
sentir la humedad y el calor, y traté de volver a colocarle la piel encima de
la cara. Tenía la vaga idea de que por lo menos tenía que tratar de impedir el
sangrado.
—Soltadme —gritaba el doctor Framline. Volví la cabeza y vi que Lesley ya
lo tenía esposado—. Soltadme —decía—. Puedo ayudarle.
Lesley dudaba.
—Lesley —dije, y Lesley empezó a abrirle las esposas.
Ya era demasiado tarde. De pronto, el mensajero se había quedado con el
cuerpo rígido, se le había arqueado la espalda y la sangre se le había
acumulado en el cuello; ésta salió a chorro por entre los desgarrones de la
piel y por entre mis dedos.
El doctor Framline se agachó sobre el mensajero y le presionó la garganta
con el dedo. Cambió de posición en busca del pulso, pero se notaba en su cara
que no lo había encontrado. Al fin, negó con la cabeza y me dijo que lo dejara
estar. La piel del rostro se separó nuevamente de la carne.
Alguien chillaba y tuve que asegurarme de que no era yo. Podría haber sido
yo. No me faltaban ganas de chillar, pero recordé que, en aquel lugar y
momento, Lesley y yo éramos los únicos policías, y que al ciudadano de a pie no
le gustan los policías que se ponen a chillar: contribuyen a crear la impresión
de que los acontecimientos se están desarrollando en una dirección que no es la
del restablecimiento de la paz. Me puse en pie y me di cuenta de que habíamos
atraído a una multitud de mirones.
—Señoras y señores —dije—, esto es una acción policial. Hagan el favor de
apartarse.
La muchedumbre se apartó… estar cubierto de sangre puede producir ese
efecto.
No permitimos que nadie tocara nada hasta que llegaron los refuerzos, pero,
para entonces, dos tercios de la multitud habían sacado los móviles y nos
filmaban y fotografiaban. A mí, a Lesley y al cadáver mutilado del mensajero.
Las imágenes circulaban por Internet antes de que la ambulancia llegara y el
médico cubriese los miserables restos mortales con una sábana. Localicé a
Beverley al otro lado del gentío, y ella, al darse cuenta, me miró a los ojos,
me hizo un gesto con la mano, se volvió y se marchó.
Lesley y yo buscamos un lugar bajo el toldo de un comercio y esperamos a
que se instalaran los equipos de investigación, y nos trajeran las toallas y el
traje antiséptico de repuesto.
—No podemos estar siempre así —dijo Lesley—. Me voy a quedar sin ropa.
Nos reímos… por decirlo de algún modo. No es que la segunda vez sea más
fácil. Lo único que ocurre es que ya sabes que te vas a despertar la mañana
siguiente y que aún serás la misma persona.
Una detective sargento de la Brigada de Homicidios llegó al lugar y se hizo
cargo de todo. Era una mujer de mediana edad, achaparrada, con cara de malas
pulgas y un cabello castaño y lacio que hacía pensar que la señora se dedicaba
a luchar con rottweilers en sus ratos libres. Se trataba de la legendaria
detective sargento Miriam Stephanopoulos, mano derecha de Seawoll y conocida
lesbiana. El único chiste que se había llegado a contar sobre ella decía:
«¿Sabes lo que le ocurrió al último agente que contó un chiste sobre la
detective sargento Stephanopoulos?» «No, ¿qué le ocurrió?» «Nadie lo sabe.» He
dicho que era el único chiste, no que fuera bueno.
Sin embargo, parecía sentir cierta debilidad por Lesley, así que en esta
ocasión todo fue mucho más rápido. En cuanto hubimos terminado, nos metieron en
un coche de paisano y nos llevaron a Belgravia. Nightingale y Seawoll nos
escucharon en una anónima sala de reuniones en la que nadie tomaba notas, pero,
por lo menos, nos ofrecieron un té.
Seawoll miraba a Lesley con rabia; no estaba contento. Lesley me miraba con
rabia a mí; no estaba contenta de que Seawoll no estuviera contento.
Nightingale estaba simplemente distraído; tan sólo mostró algún interés cuando
le expliqué mis impresiones sensoriales previas al ataque. Después de la
reunión fuimos todos al tanatorio de Westminster, donde, sorprendentemente,
tanto Seawoll como Stephanopoulos asistieron a la autopsia. Lesley y yo nos
esforzamos por quedarnos atrás, con la esperanza de que no nos viesen.
El mensajero yacía sobre la mesa, con el rostro desollado de una manera que
había llegado a resultarnos horriblemente familiar. El doctor Walid explicaba
su conclusión: que, de alguna manera, una persona o personas desconocidas
habían engañado a la víctima para que se transformara el rostro con magia y
luego lo habían mandado a atacar a otras personas seleccionadas al azar. La
detective sargento Stephanopoulos le lanzó una mirada penetrante a Seawoll al
oír la palabra «magia», pero su jefe meneó la cabeza con un breve movimiento
que se podía interpretar como: «Después. Aquí no.»
—Se llamaba Derek Shampwell —dijo el doctor Walid—. Veintitrés años,
nacionalidad australiana. Llevaba tres años en Londres. Sin antecedentes. El
análisis del cabello ha revelado que fumó marihuana con frecuencia intermitente
durante los últimos dos años.
—¿Sabemos por qué fueron a por él? —preguntó Seawoll.
—No —dijo Nightingale—. Aunque todos los casos parecen empezar con un
sentimiento de agravio. A Coopertown le mordió la mascota de otra persona. A
Shampwell le embistió un vehículo de motor mientras circulaba en bicicleta.
Seawoll miró a Stephanopoulos.
—Le atropelló un coche que luego se dio a la fuga, señor, en un punto del
Strand, fuera del alcance de las cámaras de videovigilancia.
—¿Fuera del alcance de las cámaras? —preguntó Seawoll—. ¿En el Strand?
—Una posibilidad entre mil —dijo Stephanopoulos.
—May —ladró Seawoll sin volverse—, ¿crees que puede haber otros casos
relacionados con éste?
—Aparte del incidente que Grant y yo presenciamos en ese cine, y del que
tuvo lugar un momento antes de la muerte de Shampwell, he identificado quince
casos en los que los perpetradores exhibieron niveles de violencia inusuales
—dijo Lesley—. En todos los casos se trataba de personas sin antecedentes, sin
historial psiquiátrico, y todos ellos tuvieron lugar en un radio de ochocientos
metros en torno a Cambridge Circus.
—¿Y en cuántos casos podemos decir que el agresor era un… —Seawoll hizo una
pausa— poseso?
—Tan sólo en los que se les cayó la cara —dijo Nightingale.
—Ya veo —dijo Seawoll—. El comisario no quiere que se hable de esto, así
que la agente May seguirá contactando con el agente Grant tan sólo para la
resolución de cuestiones de poca importancia, pero, si descubriera algo
mínimamente relevante, lo que sea, contactará conmigo. ¿No te parece mal,
Thomas?
—En absoluto, Alexander —dijo Nightingale—. Lo encuentro sumamente
razonable.
—Los padres del chico llegarán mañana en avión —dijo el doctor Walid—.
¿Quieren que le cosa la cara?
Seawoll miró el cuerpo con rabia.
—Qué puta mierda —dijo.
Nightingale no dijo nada mientras conducía de regreso a la Locura, pero,
cuando estuvimos al pie de las escaleras, se volvió hacia mí y me dijo que me
fuese a la cama y durmiera bien. Le pregunté por lo que haría él y me dijo que
iría a la biblioteca para trabajar en una investigación. Trataría de ver si le
era posible descubrir la causa de los asesinatos. Le pregunté si podía
ayudarle.
—Sólo tienes que estudiar más —me dijo—. Y aprender más rápido.
Mientras subía al piso de arriba, me encontré con Molly que bajaba. Se
detuvo y me echó una mirada interrogadora.
—¿Y yo qué sé? —le dije—. Tú le conoces mejor que yo.
A nadie se le ocurriría contarle a su superior que el verdadero motivo para
pedirle una conexión de banda ancha —a ser posible, con cable— es ver los
partidos de fútbol. Todo el mundo le pediría una conexión de Internet para
poder acceder directamente al HOLMES sin necesidad de contactar una y otra vez
con Lesley May. Los partidos de fútbol, las películas colgadas en Internet y la
consola multijuegos se dan por añadidura.
—¿Y eso implicaría introducir físicamente un cable en la Locura? —preguntó
Nightingale cuando me aventuré a hacer la propuesta.
—Por eso se dice que funciona por cable —aclaré yo.
—Mano izquierda —dijo Nightingale, y yo, obediente, produje una luz
fantasma con la mano izquierda—. Mantenla activa —pidió Nightingale—. No
podemos permitir que nada entre físicamente en el edificio.
Había llegado al punto en el que podía hablar mientras mantenía activa una
luz fantasma, aunque tenía que esforzarme mucho para fingir que lo hacía con
facilidad.
—¿Por qué no?
—Hay una serie de barreras entretejidas en torno al edificio —dijo
Nightingale—. Las pusieron por última vez después de que se instalaran las
actuales líneas telefónicas, en 1941. Si establecemos una nueva conexión física
con el exterior, crearemos un punto débil.
En ese momento dejé de fingir que no estaba haciendo ningún esfuerzo y me
concentré en mantener activa la luz fantasma. Sentí un gran alivio cuando
Nightingale me ordenó que lo dejara.
—Bien —dijo—. Creo que estás casi preparado para intentar la siguiente
forma.
Dejé que la luz fantasma se apagara y aguanté la respiración. Nightingale
se acercó al banco que teníamos al lado. Encima de éste se encontraba mi móvil
desmontado y un microscopio que había encontrado dentro de un estuche de caoba
guardado en uno de los armarios.
Nightngale tocó el tubo de latón y laca negra.
—¿Sabes lo que es esto? —me preguntó.
—Un microscopio Charles Perry nº 5 original —expliqué—. Lo había visto en
Internet. Construido en 1932. —Nightingale asintió y se agachó para examinar el
interior de mi móvil.
—¿Crees que esto lo hizo la magia?
—Sé que fue la magia —dije—. Pero no sé cómo, ni por qué.
Nightingale parecía incómodo.
—Peter —dijo—, no eres el primer aprendiz de mente inquisitiva, pero no
quiero que eso se interponga en el cumplimiento de tus deberes.
—Sí, señor —repliqué—. Voy a dejar esas cuestiones para mi tiempo libre.
—Estás a punto de hablarme de las cocheras —dijo Nightingale.
—¿Señor?
—Para la conexión por cable —dijo Nightingale—. Las barreras más potentes
molestaban a los caballos y por eso no pusimos en las cocheras. Estoy seguro de
que esa conexión por cable de la que me has hablado sería muy útil.
—Sí, señor.
—Para todo tipo de entretenimientos —siguió diciendo Nightingale.
—Señor…
—Y ahora —dijo Nightingale—, la siguiente forma. Impello…
No sabía si el primer piso del edificio de cocheras se habría construido al
mismo tiempo que la mansión —tal vez para alojar a los criados— y luego habían
unificado el espacio durante los años veinte, o si, por el contrario, habían
añadido un techo intermedio sobre el garaje al cubrir la puerta antigua. En
algún momento, alguien había instalado una bella escalera de caracol junto a la
pared que daba al patio. Estaba hecha con hierro forjado. La primera vez que
subí me llevé una sorpresa: aproximadamente un tercio del tejado que daba al
sur estaba acristalado. El cristal estaba sucio por fuera y algunas de las
lunas se habían agrietado, pero la luz que entraba era suficiente para que
pudiera verse un montón de variados objetos cubiertos por varias capas de polvo.
A diferencia de las del resto de la Locura, las capas de polvo que había allí
eran gruesas. No creo que Molly hubiera entrado nunca a limpiar.
Por si no hubieran sido indicio suficiente la chaise longue, el biombo chino, las mesillas desiguales y la gran
variedad de cuencos de cerámica para frutas que se distinguían bajo el polvo,
también encontré un caballete y una caja llena de pinceles de pelo de ardilla
que se habían quedado rígidos por la falta de uso. Alguien había empleado
aquella sala como estudio, a juzgar por las botellas de cerveza vacías
alineadas junto a la pared meridional. Debían de haber sido aprendices como yo…
o, si no, un mago que tenía un serio problema con el alcohol.
Encontré una serie de lienzos al óleo amontonados en una esquina y
cuidadosamente envueltos en papel de estraza. Entre éstos había algunas de
naturalezas muertas y un retrato de aspecto amateur
de una joven cuya incomodidad era palpable a pesar de la torpe ejecución. El
siguiente era mucho más profesional: un gentilhombre de la época eduardiana
reclinado en la misma silla de mimbre que había encontrado poco antes bajo una
capa de polvo. El hombre sostenía un bastón con puño de plata, y por un momento
pensé que tal vez se tratara de Nightingale, pero era un hombre mayor, y sus
ojos eran de un intenso color azul. ¿Podía ser el padre de Nightingale? El
siguiente cuadro, probablemente del mismo pintor, era un desnudo, y el tema me
sorprendió tanto que lo coloqué bajo el tragaluz para verlo mejor. No, no me
había equivocado. Era Molly, pálida y desnuda, reclinada sobre la chaise longue. El retrato miraba más
allá del lienzo con ojos lánguidos. Había metido la mano en un cuenco lleno de
cerezas que tenía a su lado sobre una mesa. Al menos, yo tenía la esperanza de
que fuesen cerezas. La pintura era de estilo impresionista, y por ello los
trazos eran enérgicos y no permitían verlo bien. Indudablemente eran cosas
pequeñas y rojas, del mismo color que los labios de Molly.
Envolví otra vez cuidadosamente las pinturas y las coloqué en el mismo
sitio donde las había encontrado. Inspeccioné la sala en busca de indicios de
podredumbre y carcoma, y de cualquier otro de los procesos que hacen que las
vigas de madera se corroan y se vuelvan peligrosas. Descubrí una puerta de
carga cerrada que aún se encontraba en la pared que daba al patio y, montada
sobre ésta, una pequeña grúa. Probablemente había servido para subir el heno de
los caballos.
Al acercarme para comprobar si aún estaba bien, vi la pálida faz de Molly
en una de las ventanas de arriba. No sé qué es lo que me resultó más extraño:
que alguien hubiera logrado convencerla para que se quitase la ropa de criada,
o que no hubiera cambiado de aspecto durante los últimos setenta años. Se
marchó, aparentemente sin haberme visto. Me volví y seguí curioseando por la
habitación.
Pensé que sería un buen lugar.
En un momento u otro, la mayoría de los familiares de mi madre se habían
ganado la vida a base de limpiar oficinas. Para cierta generación de
inmigrantes africanos, las tareas de limpieza en oficinas fueron parte de su
cultura, igual que la circuncisión masculina e ir a favor del Arsenal. Mi madre
también había trabajado en eso durante un tiempo y me llevaba consigo para no
tener que pagar a una canguro. Las madres africanas que se llevan a sus niños
al trabajo cuentan con que el niño también trabaje, de modo que aprendí muy
pronto a usar la escoba y los trapos para los cristales de las ventanas. Así
que al día siguiente, después de las prácticas, regresé a la cochera con un
paquete de guantes Marigold y mi aspiradora Numatic de Uncle Tito. No sé si lo
sabéis, pero una diferencia de consumo de 1.000 vatios puede ser muy importante
cuando hay que asear una habitación. Sólo tenía que estar atento a no abrir un
desgarrón en la urdimbre espaciotemporal del Universo. Busqué limpiadores de
ventanas por Internet, y un par de rumanos que no paraban de discutir sacaron
brillo a los tragaluces mientras yo montaba una polea en la grúa, a tiempo para
subirme el televisor junto con la nevera.
Tuve que esperar una semana para que me instalaran el cable, por lo que
seguí con mis prácticas y empecé a precisar la ubicación de Padre Támesis.
—Búscalo. Será un buen ejercicio para ti —había dicho Nightingale—. Así
adquirirás sólidos conocimientos sobre el folclore del valle del Támesis.
Le pedí que me diera una pista, y me respondió que recordara que Padre
Támesis había sido tradicionalmente un espíritu peripatético. Busqué esta
última palabra con el Google y me salió que quería decir «que camina o se
desplaza, itinerante», con lo que no avancé mucho. De todas maneras, tuve que
reconocer que mis conocimientos sobre el folclore del valle del Támesis sí se
estaban ampliando. Casi todo lo que aprendía eran datos contradictorios entre
sí, pero estaba seguro de que me servirían de algo la próxima vez que
participara en un juego de preguntas y respuestas en un pub.
Para celebrar mi reentrada en el siglo XXI, encargué una pizza e invité a
Lesley para que contemplara mis logros. Me tomé un largo baño en una bañera de
porcelana con patas en forma de garras que ocupaba buena parte de lo que habían
sido los baños comunitarios de mi piso y me juré a mí mismo, no por primera
vez, que haría instalar una ducha. No soy presumido, pero de vez en cuando me
gusta ponerme guapo, aunque, como la mayoría de los polis, no suelo
emperifollarme, de acuerdo con el principio de que más vale no llevar nada en
el cuello con lo que te puedan estrangular. Traje varias Becks porque sabía que
a Lesley le gustaba la cerveza embotellada, y me puse cómodo para ver Sports TV
mientras esperaba.
Entre las muchas innovaciones modernas que había introducido en la cochera
había un interfono instalado en la puerta lateral del garaje. Así, cuando
Lesley llegó, pude abrirle desde arriba.
Abrí la puerta y la esperé en lo alto de la escalera de caracol. Había
venido con compañía.
—Le he dicho a Beverley que viniera —dijo Lesley.
—Ah, ya —dije yo.
Les ofrecí cerveza.
—Quiero que quede muy claro que nada de lo que coma o beba mientras me
encuentre aquí me someterá a ninguna obligación —expuso Beverley—. Y esta vez
no me salgas con tonterías.
—Está bien —acepté—. Come, bebe, sin obligaciones. Palabra de boy-scout.
—Por tu poder —dijo Beverley.
—Te lo juro por mi poder —dije.
Beverley agarró una cerveza, se arrojó sobre el sofá, buscó el mando a
distancia y empezó a saltar de un canal a otro.
—¿Te importa si veo una peli por
Internet? —preguntó.
Entonces empezó una discusión a tres bandas sobre lo que había que ver. Yo
salí derrotado desde el primer momento y Lesley triunfó al final por el
sencillo procedimiento de hacerse con el mando a distancia y abrir una de las
páginas web de películas gratuitas.
Beverley se estaba quejando de que ninguna de las pizzas llevara pepperoni cuando se entreabrió la puerta
y una cara pálida se asomó al interior. Era Molly. Nos miró fijamente y
nosotros le devolvimos la mirada.
—¿Quieres entrar? —le pregunté.
Molly entró en silencio y se sentó en el sofá, al lado de Beverley. Me di
cuenta de que nunca la había tenido tan cerca. Su piel era muy pálida y no
tenía ningún defecto, igual que la de Beverley. No quiso cerveza, pero,
tímidamente, aceptó una porción de pizza. Tan pronto como le hubo dado el
primer mordisco, apartó la cara y se cubrió la boca con la mano.
—¿Cuándo piensas ajustarle las cuentas a Padre Támesis? —preguntó
Beverley—. Mami está impaciente y la cuadrilla de Richmond anda muy agitada.
—La cuadrilla de Richmond —dijo Lesley, y resopló.
—Para empezar, tenemos que encontrarlo —repuse.
—¿Tanto te cuesta? —interpeló Beverley—. Tiene que estar cerca del río.
Alquila una barca, navega río arriba y detente cuando pases por su lado.
—¿Y cómo sabré que estoy pasando por su lado?
—Yo me daría cuenta.
—Entonces, ¿por qué no vienes con nosotros?
—Ni hablar —dijo Beverley—. No pienso ir más arriba de la esclusa de
Teddington. Estoy indisolublemente ligada a las mareas.
De pronto, la cabeza de Molly se volvió con brusquedad hacia la puerta, y
al cabo de un instante alguien llamó. Beverley me miró, pero yo me encogí de
hombros. No esperaba a nadie. Le quité el sonido al televisor con el mando a
distancia y me puse en pie para ir a responder. Era el inspector Nightingale,
llevaba un polo azul y blazer. Pensé que era el atuendo más informal con que le
había visto. Le miré unos instantes, como alelado, y luego le invité a entrar.
—Sólo quería ver lo que habías hecho con este lugar —me dijo.
Molly se levantó en el mismo momento en el que Nightingale entró en la
habitación. Lesley se puso en pie, porque se trataba de un oficial superior.
Beverley también se incorporó, fuera por un vestigio de cortesía, fuera porque
se disponía a marcharse. Le presenté a Beverley, a quien Nightingale había
conocido en el curso de un breve encuentro cuando la muchacha tenía diez años.
—¿Le apetecería una cerveza? —pregunté.
—Gracias —dijo—. Podéis tutearme.
Obviamente, no lo hice. Le di una botella y le invité a sentarse en la chaise longue. Se acomodó en un extremo,
cuidadosamente, con el torso erguido. Yo me senté en el otro extremo mientras
Beverley se dejaba caer en medio, Lesley se sentaba en una posición que aún
recordaba en algo la de firmes, y la pobre Molly hacía un par de intentos hasta
que por fin logró colocarse en la punta. No despegaba los ojos del suelo.
—Es un televisor muy grande —dijo Nightingale.
—Es de plasma —le dije. Nightingale asintió con aires de enterado, mientras
Beverley, fuera de su campo visual, ponía cara de desesperación.
—¿Hay algún problema con el sonido?
—No —le dije—. Se lo he quitado yo. —Busqué el mando a distancia y sufrimos
diez segundos de Britain’s Got Talent
hasta que logré ajustar el volumen.
—La imagen es muy nítida —dijo Nightingale—. Es como tener un cine en casa.
Enmudecimos por unos instantes, sin duda porque queríamos apreciar el
sonido surround, comparable al de una
sala de cine.
Le ofrecí a Nightingale una porción de pizza, pero me explicó que ya había
comido. Preguntó por la madre de Beverley, y ésta le respondió que se
encontraba bien. Acabó la cerveza y se puso en pie.
—Tendría que marcharme —dijo—. Gracias por la cerveza.
Todos nos pusimos en pie y yo le acompañé hasta la puerta. Cuando salió, oí
que Lesley suspiraba y se dejaba caer sobre el sofá. Estuve a punto de gritar
del susto: súbitamente, Molly pasó por mi lado, acompañada por el frufrú de su
vestido, y salió por la puerta.
—Qué torpe —dijo Beverley.
—Oye, ¿y si ella y Nightingale…? —le pregunté a Lesley.
—¡Puaj! —dijo Beverley—. Eso no está bien.
—Pensaba que vosotras dos erais amigas —le dije a Beverley.
—Sí, pero ella es, por así decirlo, una criatura de la noche —respondió
Beverley—. Y él es mayor.
—No tanto —dijo Lesley.
—Sí, sí que lo es —dijo Beverley, pero, por muchas indirectas que le dejara
caer durante la velada, no logré que me dijese nada más.
7
TEATRO DE MARIONETAS
Todo había empezado un día en el que estaba practicando y no recordé
sacarme el móvil del bolsillo de la chaqueta. Noté incluso que la luz fantasma
a la que acababa de dar forma era más intensa, pero tan sólo llevaba dos días
haciendo hechizos decentes, así que no le di importancia. Fue más tarde, cuando
traté de llamar a Lesley, cuando vi que el móvil se había averiado. Al abrirlo,
encontré en su interior la misma arenilla que había visto en la casa de los
vampiros. Lo llevé al laboratorio y le extraje el microprocesador. Cuando lo
hube sacado, volvió a salir la misma arena fina de su receptáculo de plástico.
Los pines de oro estaban en perfecto estado, y también los contactos, pero el
silicio del chip se había desintegrado. Los armarios del laboratorio olían a
madera de sándalo y estaban repletos de una asombrosa variedad de instrumentos
antiguos. Entre éstos se hallaba el microscopio Charles Perry. Todo estaba
ordenado con tal precisión y esmero que se notaba que no era un estudiante
quien los había tenido a su cargo. Gracias al microscopio, averigüé que el
polvillo en cuestión estaba compuesto en su mayor parte por silicio, con unas
pocas impurezas que me pareció que debían de ser germanio o arsénico de galio.
El chip que se encargaba de la conversión a radiofrecuencia parecía intacto,
pero había sufrido daños microscópicos por toda su superficie. Las pautas que
seguían me hicieron pensar en el cerebro de Coopertown. «Este móvil está tocado
por la magia», pensé. Me quedó claro que no podría hacer magia mientras llevara
el móvil encima, ni cuando estuviera cerca de un ordenador, ni de un iPod, ni
de la mayoría de los aparatos útiles que se han inventado desde que nací. No
era de extrañar que Nightingale condujese un Jaguar de 1967. La pregunta era:
¿hasta dónde alcanzaban los efectos de la magia? Me estaba planteando llevar a
cabo algunos experimentos para descubrirlo, cuando Nightingale me distrajo con
la siguiente forma.
Nos sentamos en extremos opuestos del banco de laboratorio y Nightingale
colocó un objeto entre ambos. Era una manzana pequeña. «Impello», dijo, y la manzana se elevó en el aire. Se quedó allí,
con un leve movimiento rotatorio, mientras yo trataba de ver los cables, varas
o cualquier otro artilugio que se me pudiera ocurrir. La empujé con el dedo,
pero parecía que se encontrara dentro de un objeto sólido.
—¿Has visto suficiente?
Asentí, y Nightingale me trajo un cesto de manzanas. Un cesto de mimbre con
asas y cubierto con una servilleta a cuadros, cómo no. Colocó una segunda
manzana delante de mí y no fue necesario que me explicara el paso siguiente.
Hizo levitar la manzana, yo escuché la forma, me concentré en mi propia manzana
y dije: «Impello».
No ocurrió nada y no me sorprendí por ello.
—Será cada vez más fácil —dijo Nightingale—. Sólo que en este caso los
progresos van a ser más lentos.
Miré el cesto.
—¿Por qué hay tantas manzanas?
—Porque tienen tendencia a explotar —dijo Nightingale.
A la mañana siguiente, salí y compré tres juegos de gafas protectoras y un
delantal de laboratorio. Nightingale no había bromeado con lo de las frutas
explosivas, y me pasé la tarde oliendo a zumo de manzana y la noche sacando las
pepitas que se me habían quedado pegadas a la ropa. Le pregunté a Nightingale
por qué no practicábamos con algo más resistente, como por ejemplo cojinetes,
pero me dijo que la magia exigía delicadeza y control desde el comienzo.
—Los jóvenes siempre estáis tentados de emplear la fuerza bruta —había
dicho Nightingale—. Es como si aprendieras a disparar un rifle: dado que es un
instrumento peligroso de por sí, hay que enseñaros a emplearlo con precaución,
con precisión y con rapidez… por ese orden.
Empleamos un montón de manzanas en aquella primera sesión. Yo las levantaba
en el aire, pero, antes o después… ¡chof!
Al principio era divertido, pero en seguida me aburrió. Después de una semana
practicando, había logrado que nueve de cada diez manzanas levitaran sin
explotar. Pero no me sentía un mago feliz.
Lo que me preocupaba era el origen de ese poder. Nunca había sido muy bueno
en electricidad, y por eso no sabía cuánta se necesitaba para encender una luz
fantasma. Pero hacer levitar una manzana contra la gravedad de la Tierra… ésa
venía a ser la definición estándar de un newton de fuerza, y así, en teoría,
debía de consumir un julio de energía por segundo. Las leyes de la
termodinámica son muy estrictas en todo lo que tiene que ver con estas
cuestiones, y dicen que nunca se obtiene nada a partir de nada. Y, por lo
tanto, ese julio tenía que venir de alguna parte… pero ¿de dónde?, ¿de mi
cerebro?
—Así que esto es como la parapsicología —dijo Lesley durante una de sus
periódicas visitas a la cochera.
Oficialmente acudía a intercambiar información sobre el caso, pero, en
realidad, venía por el televisor de pantalla grande, la comida que encargaba a
domicilio y la tensión sexual no resuelta. Además, no había ocurrido nada digno
de nuestra atención, salvo un par de casos no confirmados a la misma hora en
que tuvo lugar el asalto en Neal Street.
—Como el tío ese de la tele que mueve objetos con la mente —me dijo.
—Yo no tengo la sensación de mover cosas con la mente —dije—. Es más bien
como si empleara la mente para crear configuraciones que luego afectan a los
objetos y tienen efectos en otros lugares. ¿Sabes lo que es un theremín?
—Es ese instrumento musical raro, como de ciencia ficción, que lleva una
antena —explicó—. ¿No?
—Sí, más o menos —afirmé yo—. El caso es que se trata del único instrumento
musical que no tienes que tocar con el cuerpo. Sólo hay que trazar figuras con
las manos y se produce un sonido. Esas figuras son totalmente abstractas, así
que tienes que aprender a relacionarlas con una nota determinada para poder
interpretar una melodía.
—¿Y qué dice Nightingale?
—Dice que si no me distrajera tanto no se me quedarían tantos trocitos de
manzana en la ropa.
A finales de marzo, adelantamos sesenta minutos los relojes para el inicio
del horario de verano del Reino Unido. Me levanté tarde y tuve la sensación de
que la Locura estaba extrañamente vacía. Las sillas de la sala de desayuno aún
estaban guardadas bajo las mesas y no había nada en el bufé. Encontré a
Nightingale leyendo el Daily Telegraph
en uno de los mullidos sillones de la galería del primer piso.
—Es que hoy es el día del cambio de horario —dijo—. Molly tiene dos días
libres al año.
—¿Y adónde se marcha?
Nightingale señaló a la buhardilla.
—Creo que se queda en su habitación.
—¿Vamos a salir con el coche? —pregunté.
Nightingale se había puesto la chaqueta deportiva sobre un suéter Arran
color crema. Los guantes de conducir y las llaves del Jaguar estaban sobre una
mesa cercana.
—Depende —dijo—. ¿Crees que sabes dónde se encontrará hoy el Anciano del
Támesis?
—En Trewsbury Mead —contesté—. Debió de ir allí durante el equinoccio de
primavera, que fue la semana pasada, y se quedará hasta el Día de los Tontos.
—¿Cómo has llegado a esa conclusión? —preguntó Nightingale.
—Allí es donde nace el río —dije—. ¿Adónde va a ir cuando la naturaleza
renace en primavera?
Nightingale sonrió.
—Conozco un bar para camioneros muy agradable en la M4. Podríamos desayunar
allí.
Trewsbury Mead, a primera hora de la tarde, bajo un cielo azul y
polvoriento. Según la información proporcionada por la agencia nacional de
cartografía del Reino Unido, es el lugar donde empieza el Támesis, a ciento
treinta kilómetros en línea recta al oeste de Londres. Más al norte se
encuentra un lugar en el que parece que hubo, o bien una fortificación de la
Edad del Hierro, o bien un campamento romano, a la espera de aparecer en un
episodio de Time Team[7]
en el que se revele su verdadera naturaleza. Lo que en realidad se encuentra es
un campo enlodado con una piedra que marca el lugar exacto, y la posibilidad de
ver agua si el invierno ha sido particularmente húmedo. Se llega hasta allí por
una carretera secundaria que pasa a ser de grava una vez se terminan los
edificios residenciales para las que se trazó. La orilla del río está
delimitada por una densa arboleda. Las fuentes del Támesis se encuentran más
allá.
Y más allá, en el campo, se encontraba la corte del Anciano del Río. Lo
oímos antes de verlo: el estruendo de los generadores diésel, sonidos
metálicos, el ritmo sordo de la línea de bajo, los gritos de la megafonía, los
chillidos de muchachas, los neones que se vislumbraban por encima de los
árboles y todas las emociones asociadas a una feria ambulante. De pronto, me
acordé de un día de fiesta en el que mi padre me llevaba de una mano, y yo
sujetaba con la otra un precioso puñado de monedas de una libra. Nunca eran
suficientes, y se esfumaban en seguida.
Dejamos el Jaguar a un lado de la carretera e hicimos el resto del camino a
pie. Los árboles no cubrían la parte de arriba de la noria ni esa otra
atracción en la que te lanzan por los aires sujeto con una cuerda y a la que
nunca le he encontrado la gracia. El camino atravesaba el lecho de un río sobre
una alcantarilla moderna de cemento, por donde se notaba que habían pasado
pesados camiones recientemente. Por unos instantes anduvimos a la sombra de los
árboles.
La primera hilera de caravanas aparcadas empezó tan pronto como volvimos a
estar bajo la luz del sol. La mayoría eran anticuadas, con joroba en el techo y
portezuelas y ventanillas miserables. Unas pocas eran modernas, con diseño
aerodinámico y franjas pintadas a lo largo sobre la capota. Llegué a ver, entre
la maraña de bombonas de butano marca Calor, tumbonas, obenques y rottweilers
dormidos, el toldo de un carromato gitano de madera. Hasta entonces había
pensado que los construían tan sólo para los turistas. Aunque las caravanas
parecían estar aparcadas al azar, me di cuenta, con estupefacción, de que
estaban distribuidas de acuerdo con un plan, una estructura profunda que apenas
si entraba en los límites de la percepción. Era evidente la existencia de un
perímetro y no cabían dudas sobre el hombre de constitución robusta que
vigilaba apostado junto a la puerta de su caravana.
El hombre tenía abundante cabello negro, peinado en copete con brillantina,
y unas patillas largas que habían estado de moda cuando mi padre tocaba con Ted
Heath a finales de los cincuenta. Tenía una escopeta de calibre doce totalmente
ilegal apoyada en el costado de la caravana.
—Por la tarde —dijo Nightingale, y pasó de largo frente a él.
El hombre asintió.
—Por la tarde —repitió.
—Tenemos buen tiempo —continuó Nightingale.
—Soy del mismo parecer —dijo el hombre con un acento que debía de ser
irlandés, o galés, no estoy seguro, pero indudablemente céltico.
Sentí que se me erizaban los cabellos de la nuca. Los policías de Londres
no se meten en un campamento de vagabundos si no es con un furgón repleto de
antidisturbios listos para intervenir. De otro modo, los vagabundos se lo
tomarían como una falta de respeto.
Las caravanas formaban un semicírculo en torno a la feria propiamente
dicha. Allí, las grandes bestias del mundo de las atracciones rugían y bramaban
y aullaban I Feel Good, de James
Brown. Todos los policías sabemos que las ferias ambulantes de Gran Bretaña se
hallan bajo el control de los showmen,
una serie de familias emparentadas entre sí con tal espíritu de clan que se han
constituido oficialmente en grupo étnico. Sus apellidos estaban pintados sobre
los camiones generadores y en lo alto de las vallas desmontables. Conté, por lo
menos, seis nombres distintos en seis atracciones distintas, y otra media
docena mientras caminábamos por la feria. Parecía que cada una de las familias
se hubiera traído su propia atracción a la feria de Trewsbury Mead.
Unas muchachas flacas pasaron corriendo por nuestro lado entre risas y
cabelleras pelirrojas. Sus hermanas mayores se exhibían en minúsculos shorts
blancos, tops de bikini y botas de tacón alto, y observaban a los chicos
mayores por entre sus pestañas Max Factor y el humo de sus cigarrillos. Los
muchachos trataban de disimular su nerviosismo haciéndose los machitos o
subiendo a las atracciones con fingida indiferencia. Sus madres trabajaban en
cabinas decoradas con retratos mal hechos de las estrellas de cine de la década
anterior y engalanadas con banderas y con advertencias de seguridad. No parecía
que nadie tuviera que pagar por las atracciones ni por el algodón de azúcar.
Tal vez por eso estaban tan alegres los niños.
La feria propiamente dicha constituía un segundo semicírculo y en su centro
había un corral de madera desbastada como los que suelen aparecer en las
películas del Oeste y, en el centro de éste, la fuente del poderoso río
Támesis. Me pareció un estanque pequeño con patos. Y de pie junto a la cerca se
hallaba el Anciano del Río en persona.
En otro tiempo había habido una estatua del Padre Támesis en el Mead. Ahora
se encuentra en el trecho de río que pasa por Lechlade, donde la presencia de
agua es más constante. Representa al Padre Támesis como un anciano musculoso
con una barba a lo William Blake, reclinado sobre un pedestal con una pala al
hombro, y cajas y fardos a sus pies: los frutos de la industria y el comercio.
Hasta yo soy capaz de reconocer los productos de una mentalidad imperial, así
que no esperaba que fuese una representación fiel. Pero, aun así, habría
esperado una figura más imponente que la del hombre de la cerca.
Era bajo y tenía la cara chupada, dominada por una nariz picuda y una
frente salida. Se veía viejo, de setenta y pico por lo menos, pero tenía cierto
vigor nervudo en la manera de moverse, y sus ojos eran grises y brillantes.
Vestía un traje cruzado de color negro grisáceo, pasado de moda. Llevaba la
chaqueta desabrochada y dejaba a la vista un chaleco de terciopelo rojo, un
reloj de latón con cadenilla y un pañuelo de bolsillo plegado, de color
amarillo claro como el de un narciso en primavera. Tenía encasquetado en la
cabeza un sombrero Homburg estropeado, bajo el que asomaban mechones de cabello
blanco, y un cigarrillo le colgaba de los labios. Estaba de pie, apoyado en la
cerca, con un pie sobre el travesaño más bajo, y le hablaba entre dientes a un
compinche, uno de los varios ancianos sospechosamente vigorosos que compartían
la valla con él, que hacían gestos en dirección a la charca o tomaban largas
caladas de sus cigarros.
Levantó la mirada cuando nos acercamos. Antes de darse cuenta de mi
presencia, vio a Nightingale y frunció el ceño. Sentí que la fuerza de su
personalidad me arrastraba: me llegó un eco a cerveza y partidas en la bolera,
olor a estiércol de caballo y veladas en el pub hasta bien entrada la noche, el
calor del hogar y mujeres sin complicaciones. Por suerte, había practicado con
Mamá Támesis y me había preparado mentalmente durante el trayecto, porque, si
no, habría ido directo hacia él y le habría ofrecido todo lo que llevaba en la
cartera. Padre Támesis me guiñó el ojo y volcó toda su atención hacia
Nightingale.
Padre Támesis gritó un saludo en un idioma que habría podido ser skelta, o
galés, o incluso el genuino gaélico anterior a la llegada de los romanos.
Nightingale le respondió en la misma lengua y yo me pregunté si también tendría
que aprenderla. Los compinches del anciano hicieron sitio junto a la cerca…
pero noté que se lo hacían a una sola persona. Nightingale se acercó al Padre
Támesis y ambos se estrecharon la mano. Por su estatura y su traje elegante,
Nightingale parecía el señor de la mansión que baja a charlar con los plebeyos.
Pero la manera como Padre Támesis le dio la mano no expresaba ninguna
deferencia.
Padre Támesis llevó casi todo el peso de la conversación. Daba énfasis a
sus palabras con giros y torsiones de los dedos. Nightingale se apoyó
deliberadamente en la valla para disimular la diferencia de estatura, y noté
que asentía y se reía entre dientes en los momentos oportunos.
Se me ocurrió acercarme para entender mejor lo que decían, pero, entonces,
uno de los hombres más jóvenes que se hallaban en la cerca me miró a los ojos.
Era más alto y robusto que Padre Támesis, pero tenía los mismos brazos nervudos
y el mismo rostro alargado.
—No te molestes —dijo—. Van a necesitar como mínimo media hora para los
cumplidos. —Me tendió una mano grande y encallecida—. Me llamo Oxley.
—Peter Grant —dije yo.
—Ven, te presentaré a mi esposa.
La esposa era una mujer bonita de cara redonda y ojos negros y llamativos.
Nos recibió en el umbral de una modesta caravana de los años sesenta, aparcada
en su propio y reducido espacio a la izquierda de la feria.
—Mi mujer, Isis —dijo Oxley, y después a ella—:Te presento a Peter, el
nuevo aprendiz.
Me dio la mano. Su piel era cálida y tenía la misma perfección irreal que
ya había notado en Beverley y en Molly.
—Mucho gusto —me dijo. Hablaba con un acento al más puro estilo Jane
Austen.
Nos sentamos en sillas plegables, en torno a una mesa de juego con tablero
de linóleo agrietado. La adornaba un único narciso puesto en un jarrón estrecho
de cristal estriado.
—¿Te apetece un té? —preguntó Isis, y, al darse cuenta de que yo dudaba, me
dijo—:Yo, Anna Maria de Burgh Coppinger Isis, juro solemnemente por la vida de
mi esposo —a Oxley se le escapó una risilla al oírlo— y por las posibilidades
futuras del equipo de remeros de Oxford, que nada de lo que tomes en mi casa
supondrá para ti ningún tipo de obligación. —Se puso los dedos sobre el corazón
y me sonrió como una niña pequeña.
—Gracias —dije—. Sí, un té me vendría bien.
—Me doy cuenta de que te estás preguntando cómo nos conocimos —indicó
Oxley.
Yo me di cuenta de que le apetecía contarme esa historia.
—Me imagino que ella se cayó al río —expuse.
—Imaginas mal, señor —señaló Oxley—. En esos tiempos yo sentía una gran
afición por el teatro, y a menudo me maqueaba y acudía a Westminster para el
espectáculo nocturno. Entonces era como un pavo real, y me complazco en pensar
que atraje muchas miradas de admiración.
—Tal era entonces cuando pasaba por el mercado de reses —aclaró Isis, que
venía con el té.
Las tazas y la tetera eran de porcelana moderna: un diseño sobrio con un
elegante borde de platino. Me di cuenta de que no tenía ni la más mínima
muesca. Me asaltó la sospecha de que me trataban como a un VIP y me pregunté
por qué.
—Puse los ojos en Isis por primera vez en el antiguo Theatre Royal de Drury
Lane, el nuevo, que ardió poco más tarde. Yo frecuentaba el gallinero y ella se
sentaba en un palco junto a su querida amiga Anne. Me hirió el amor, pero, ¡ay
de mí!, Isis tenía ya un amante. —Calló un momento, suficiente para servir el
té—. Aunque ese hombre se llevó un tremendo desengaño, te lo aseguro.
—Calla, amor mío —dijo Isis—. Eso no incumbe a este joven.
Agarré la taza de té. El líquido tenía un color muy pálido y reconocí el
aroma del Earl Grey. Me llevé la taza a los labios y dudé, pero la confianza
tiene que empezar en algún momento, así que me tomé un trago con resolución.
Sí, era un té muy bueno.
—Pero soy como el río —dijo Oxley—. Me muevo pero siempre estoy ahí.
—Menos cuando hay sequía —replicó Isis al tiempo que me ofrecía una porción
de bizcocho Battenberg.
—Siempre estoy acechando bajo la superficie —explicó Oxley—, incluso
entonces ya lo hacía. Su amigo tenía una casa con mucho encanto en Strawberry
Hill, un lugar bello. En esos tiempos no estaba circundado por casas adosadas
de falso estilo Tudor. Si has visto ese lugar, sabrás que está edificado como
un castillo, y mi Isis era una princesa cautiva en su torre más alta.
—Más bien había ido allí a pasar un largo fin de semana con una amistad
—explicó Isis.
—La ocasión se me presentó cierto día en el que ofrecieron un gran baile de
máscaras en el castillo —dijo Oxley—. Vestido con mis mejores atavíos,
astutamente ocultos mis rasgos bajo una máscara de cisne, me colé por la puerta
de la casa del comerciante y al poco me mezclé con las gentes de alta alcurnia
que se hallaban dentro.
Pensé que, si tenían intención de capturarme, les bastaría con el té, así
que no tendría problemas adicionales por comerme el bizcocho. Era comprado y
tenía un sabor muy dulce.
—Fue un gran baile —dijo Oxley—. Señores y señoras y gentilhombres,
arreglados todos ellos con vestidos Josefina y chalecos de terciopelo, y todos
ellos con malos pensamientos que ocultaban tras la máscara. Y la más malvada de
todos era mi Isis, aunque llevase la máscara de la reina de Egipto.
—Yo era Isis —aseveró Isis—. Como tú bien sabes.
—Así que me avancé con bravura y marqué su tarjeta para todos los bailes
—dijo Oxley.
—Lo cual fue un atrevimiento y una afrenta —sentenció Isis.
—Te salvé de la patanería de gran número de pretendientes —observó Oxley.
Isis se cubrió la mejilla con la mano.
—Lo cual no puedo negar.
—Lo que siempre hay que tener en cuenta en las mascaradas es que al final
de la noche hay que descubrirse el rostro —dijo Oxley—. Por lo menos si se
encuentra uno entre gentilhombres. Pero yo había pensado…
—El que piense siempre es motivo de preocupación —aseguró Isis.
—¿Por qué tenía que terminar la mascarada? —preguntó Oxley—. Y, así como el
hijo sucede al padre, permití que la acción sucediera al pensamiento y agarré a
mi amada Isis, cargué a hombros con ella y me eché a correr a campo traviesa en
dirección a Chertsey.
—Oxley —recalcó Isis—, este pobre muchacho es agente de la ley. No puedes
contarle que me raptaste. Su honor le obligaría a arrestarte. —Me miró—. Te
aseguro que estuve de acuerdo —dijo—. Me había casado dos veces y había sido
madre, y sabía muy bien lo que quería.
—Es verdad que se reveló como una mujer experimentada —dijo y, para mi
incomodidad, me guiñó el ojo.
—Nadie habría dicho que en otro tiempo fue tonsurado —dijo Isis.
—Fui un malísimo monje —dijo—. Pero aquélla era otra vida. —Dio unos
golpecitos sobre la mesa—. Ahora que te hemos dado de comer y de beber, y te
hemos aburrido hasta el hastío, ¿por qué no hablamos de cosas serias? ¿Qué es
lo que quiere la Gran Señora?
—Tenéis que entender que mi papel es estrictamente el de un mediador
—aclaré.
En realidad, cuando estaba en Hendon había seguido un cursillo sobre
resolución de conflictos, y el truco consiste siempre en subrayar tu propia
neutralidad al mismo tiempo que haces creer a ambos bandos que les favoreces en
secreto. Habíamos hecho ejercicios de simulación y… era una de las pocas cosas
en las que superaba a Lesley.
—Mamá Támesis tiene la sensación de que queréis expandiros más abajo de la
esclusa de Teddington.
—Hay un solo río —dijo Oxley—. Y el Anciano del Río es él.
—Ella dice que abandonó la zona de mareas en 1858 —expliqué. Más
exactamente, durante el Gran Hedor (fijaos en las mayúsculas), cuando las
cloacas vertieron tal cantidad de porquería en el Támesis y Londres se vio
asediada por un hedor tan fuerte que hasta el Parlamento se planteó su propio
traslado a Oxford.
—Durante aquel verano, todos los que podían marcharse de Londres se
marcharon —dijo Oxley—. No era lugar para hombres ni bestias.
—Mamá Támesis dice que no regresó —respondí—. ¿Es cierto?
—Sí, es cierto —afirmó Oxley—. Y, a decir verdad, el Anciano no ha amado
nunca esta ciudad. No la ha amado desde que la ciudad mató a sus hijos.
—¿Qué hijos eran ésos?
—Sabes muy bien quiénes son —dijo Oxley—. Estaban Ty, y Fleet, y Effra.
Todos ellos se ahogaron en una inundación de porquería y suciedad y, al final,
ese hijoputa espabilado de Bazalgette les dio el golpe de gracia. Fue él quien
construyó las cloacas. Yo lo conocí, ¿sabes?, un hombre imponente, con las
patillas más impresionantes que se hayan visto desde los tiempos de William
Gladstone. Le arreé una patada en el culo por hijoputa y asesino.
—¿Piensas que mató a los ríos?
—No —respondió Oxley—. Pero él los enterró. Tengo que reconocerles cierto
mérito a las hijas de la Gran Señora, porque, sin duda alguna, deben de ser más
duras que mis hermanos.
—Si no quiere la ciudad, ¿por qué trata de avanzar río abajo? —pregunté.
—Algunos de nosotros aún sentimos nostalgia por las luces brillantes —dijo
Oxley, y le sonrió a su mujer.
—Yo me atrevería a decir que me gustaría ir de nuevo al teatro —dijo ella.
Oxley me llenó de nuevo la taza. En algún lugar, a mis espaldas, una voz
chirriante gritó por megafonía:
—Que empiece la fiesta.
Se seguía oyendo la voz de James Brown: «I feel nice, like sugar and spice.»
—¿Y queréis luchar contra las hijas de Mamá Támesis por ese privilegio?
—¿Piensas que tenemos algún motivo para temerlas? —preguntó Oxley.
—No creo que merezca la pena correr el riesgo —dije—. Además, estoy seguro
de que se podría llegar a un acuerdo.
—¿Una excursión en autocar, quizá? —preguntó Oxley—. ¿Tendremos que llevar
pasaporte?
Aunque tal vez estéis convencidos de lo contrario, a la mayoría de la gente
no le gusta pelear, sobre todo cuando la victoria no es clara. Una turba hará
pedazos a un solo individuo, un hombre con una pistola y una noble causa matará
con placer a mujeres y niños en cantidad. Pero arriesgarse a una pelea de
desenlace incierto… no es tan fácil. Por eso vemos a esos jóvenes cabreados que
hacen el número de «ni-se-os-ocurra-agarrarme» con la desesperada esperanza de
que alguien los quiera lo suficiente como para agarrarles. Todo el mundo se
alegra cuando llega la policía, porque tendremos que salvarles, tanto si
quieren como si no.
Oxley no era un joven cabreado, pero me di cuenta de que estaba igualmente
interesado en encontrar a alguien que lo agarrase. ¿O tal vez era su padre
quien tenía ese interés?
—Tu padre… —dije—, ¿qué es lo que quiere en realidad?
—Lo que quiere todo padre —dijo Oxley—. El respeto de sus hijos.
Estuve a punto de decirle que no todos los padres se merecen respeto, pero
me las arreglé para mantener el pico cerrado y, además, no todo el mundo ha
tenido un padre como el mío.
—Estaría muy bien si todos nos tranquilizáramos un poco —dije—. Sólo hay
que mantener la calma mientras el inspector y yo buscamos una solución.
Oxley levantó los ojos.
—Es primavera —dijo—. Hay muchas distracciones más arriba de Richmond.
—Es la época en la que nacen los corderos —dije—. Y no sólo eso.
—No eres lo que yo esperaba —soltó Oxley.
—¿Qué era lo que esperabas?
—Esperaba que Nightingale eligiese a una persona que se le pareciera más
—expuso Oxley—. ¿De clase alta?
—Una persona sólida —dijo Isis, adelantándose a su marido—. Trabajadora.
—Mientras que tú —dijo Oxley— eres un hombre astuto.
—Mucho más parecido a los magos que conocíamos antes —dijo Isis.
—¿Y eso es bueno? —pregunté.
Oxley e Isis se rieron.
—No lo sé —dijo Oxley—. Pero será interesante descubrirlo.
Me resultó extrañamente difícil salir de la feria. Las piernas me pesaban,
como si hubiera estado caminando dentro de una piscina. Sólo cuando llegamos al
Jaguar y los sonidos de la feria se perdieron en la lejanía, tuve la sensación
de haber escapado.
—¿Qué me ha sucedido? —le pregunté a Nightingale mientras subíamos al
coche.
—Seducere —dijo—. La compulsión,
o, si prefieres decirlo con una palabra de origen escocés, el glamour. Según Bartholomew, un gran
número de criaturas sobrenaturales lo practica a modo de autodefensa.
—¿Y cuándo aprenderé yo a hacer lo mismo? —pregunté.
—Dentro de unos diez años —contestó—. Contando con que avances rápido.
Mientras regresábamos por Cirencester en dirección a la M4, le conté a
Nightingale mi encuentro con Oxley.
—Es el ayudante del Anciano, ¿verdad que sí? —pregunté.
—Si quieres decir su consiliarius,
su consejero —dijo Nightingale—, entonces, sí. Probablemente es el segundo más
importante del campamento.
—Usted sabía ya que había hablado conmigo, ¿no?
Nightingale se detuvo para ver cómo estaba el tráfico antes de entrar en la
carretera principal.
—Él se encarga de presionar para conseguir una posición más ventajosa
—confirmó—. Te ha dado el bizcocho Battenberg, ¿verdad?
—¿Tendría que haberlo rechazado?
—No —dijo Nightingale—. No creo que trate de aprisionarte mientras te
halles bajo mi protección, pero no podemos guiarnos siempre por el sentido
común cuando tratamos con esa gente. No tiene ningún sentido que el Anciano,
así de pronto, trate de asaltar el curso bajo del río. Ahora que has hablado
con los dos… ¿qué es lo que piensas?
—Ambos gozan de genuino poder —dije—. Pero la sensación que transmiten es
distinta. Es evidente que el de ella procede del mar, del puerto y todo eso. El
de él procede de la tierra, y del clima, y de los leprechauns, y los cristales,
creo yo.
—Así se explicaría por qué la frontera entre ambos se halla en la esclusa
de Teddington —señaló.
Teddington está en el límite del curso afectado por las mareas, de la parte
del Támesis que se encuentra bajo la administración directa del puerto de
Londres… dije que no me parecía una coincidencia.
—¿Estoy en lo cierto? —pregunté.
—Creo que sí —dijo—. Es posible que siempre haya habido una separación
entre el trecho de río afectado por las mareas y el trecho superior. Tal vez
ése fuera el motivo por el que Padre Támesis tuvo tan poca dificultad en
abandonar la ciudad.
—Oxley apuntó la posibilidad de que el Anciano no quiera saber nada de la
ciudad —expliqué—. Que tan sólo quiera que le muestren respeto.
—Tal vez quedaría satisfecho con una ceremonia —dijo Nightingale—. Con un
voto feudal, quizá.
—¿Qué es eso?
—Un juramento de lealtad feudal —indicó Nightingale—. El vasallo jura
lealtad y obediencia a su señor, y el señor le da su palabra de que lo
protegerá. Así es como se organizaban las sociedades medievales.
—Todo esto se va a poner medieval de verdad si tratamos de obligar a Mamá
Támesis a jurarle lealtad y obediencia a alguien —opiné—. Y todavía más si ese
alguien es Padre Támesis.
—¿Estás seguro? —preguntó Nightingale—. Sería un acto puramente simbólico.
—¿Simbólico? Todavía peor —respondí—. Lo entenderá como una humillación
gratuita. Se ve a sí misma como la dueña de la ciudad más grande de la Tierra y
no piensa rebajarse frente a nadie. Y todavía menos frente a un palurdo que
vive en una caravana.
—Qué lástima que no podamos casarlos —dijo Nightingale.
Ambos nos reímos de buena gana y dejamos atrás Swindon.
Tan pronto como estuvimos en la M4, le pregunté a Nightingale de qué había
hablado con el Anciano.
—Mi contribución a la conversación ha sido, en el mejor de los casos,
superficial —dijo Nightingale—. En buena medida, he hablado de cuestiones
técnicas: sobreexplotación de las aguas subterráneas, ciclos de demora en los
acuíferos y coeficientes de cuencas hidrográficas agregadas. Parece ser que
todos esos factores van a afectar la manera en que el agua bajará durante este
verano.
—Si pudiera retroceder doscientos años y tener la misma conversación
—dije—, ¿de qué me habría hablado entonces el Anciano?
—De las flores que florecían —dijo Nightingale—. De la clase de invierno
que habíamos tenido… del vuelo de los pájaros en una mañana de primavera.
—¿Habría sido el mismo Anciano?
—No lo sé —contestó Nightingale—. Era el mismo en 1914, eso sí te lo puedo
decir.
—¿Y cómo lo sabe?
Nightingale vaciló, y luego dijo:
—No soy tan joven como parezco.
Mi teléfono sonó. Me habría gustado ignorarlo, pero la canción que se
activó era That’s Not My Name, y eso
quería decir que la que me llamaba era Lesley. Le respondí y me preguntó dónde
diablos nos habíamos metido. Le dije que estábamos pasando por Reading.
—Ha habido otro —dijo.
—¿Muy grave?
—Grave de verdad —informó.
Puse la luz de emergencia sobre la capota, Nightingale aceleró y nos
lanzamos a casi doscientos kilómetros por hora en dirección al centro de
Londres mientras el sol se ponía a nuestras espaldas.
Había tres coches de bomberos aparcados en Charing Cross Road y el tráfico
se había detenido hasta Parliament Square y Euston Road. Llegamos a St.
Martin’s Court y sentimos el olor del humo, y oímos el parloteo y los gritos de
las radios de emergencia. Lesley nos salió al encuentro cuando llegábamos al
cordón policial y nos dio trajes antisépticos. Mientras nos cambiábamos, vi que
la mitad de la entrada del J. Sheekey se había quemado y que los equipos
forenses habían plantado tres tiendas en el callejón. Tres cuerpos, por lo
menos.
—¿Cuánta gente hay dentro? —preguntó Nightingale.
—No queda nadie —dijo Lesley—. Todos se marcharon por las salidas de
emergencia… sólo tienen heridas leves.
—Menos mal —dijo Nightingale—. ¿Estás segura de que este caso nos compete?
Lesley asintió con la cabeza y nos llevó hasta la primera tienda. Una vez
dentro, vimos que el doctor Walid había llegado antes que nosotros y se había
agachado junto al cadáver de un hombre envuelto en la característica túnica de
color azafrán de los devotos de Hare Krishna. El cuerpo estaba echado de
espaldas en el mismo sitio donde había caído, con las piernas rectas y los
brazos abiertos como si hubiera participado en uno de esos ejercicios para
fomentar la confianza en los que te dejas caer hacia atrás, con la diferencia
de que nadie había detenido su caída. Su rostro era la misma ruina
sanguinolenta que habíamos visto antes en Coopertown y en el mensajero.
La pregunta se respondía por sí misma.
—Y esto no es lo peor —dijo Lesley, y señaló a la segunda tienda.
En ésta había dos cuerpos. El primero pertenecía a un hombre de piel oscura
vestido con una levita negra. Tenía el cabello hecho manojos y acartonado por
la sangre seca. Le habían asestado un golpe lo bastante fuerte como para
agrietarle el cráneo y dejar al descubierto una parte de su cerebro. El segundo
cuerpo era de otro devoto de Krishna. Un buen samaritano que pasaba por allí le
había puesto de lado para ver si así se recuperaba, pero, como la cara le había
reventado, no le había servido de nada.
Sentí un pálpito sordo en los oídos y noté que me faltaba el aliento. La
sangre, probablemente por el golpe que le había dado el otro hombre, se había
derramado sobre la túnica del devoto y había teñido con formas diversas la tela
anaranjada. El interior de la tienda de los forenses era asfixiante y empecé a
sudar bajo el traje antiséptico. Nightingale hizo una pregunta, pero no me
enteré de la respuesta de Lesley. Salí de la tienda, me subió el vómito a la
boca, me lo volví a tragar y tropecé con la cinta del cordón policial y, con
gran sorpresa por mi parte, logré evitar que el bizcocho Battenberg volviera a
subirme hasta arriba.
Me limpié la boca con la fría manga de plástico del traje antiséptico y me
apoyé contra la pared. Frente a mí había un cartel del Teatro Noël Coward en el
que se anunciaba una farsa titulada: Down
With Kickers!
Las dos víctimas con el rostro a medio despegar significaban que la
«posesión» había afectado a dos personas al mismo tiempo. Todavía faltaba una
tienda. Me pregunté si podía ser peor.
Una pregunta estúpida.
El cuarto de los cuerpos estaba sentado, con las piernas cruzadas, pero
como un niño, no como un yogui, por mucho que las manos reposaran sobre las
rodillas con las palmas vueltas hacia arriba. Tenía las ropas empapadas en
sangre, y los hombros y los brazos cubiertos de jirones de piel sanguinolentos.
Su cabeza había desaparecido. En lugar del cuello le había quedado un muñón de
carnes desgarradas. Vislumbré un reflejo blanquecino entre los restos de
músculo… me imaginé que debía de ser la columna vertebral.
Seawoll nos había esperado en la tienda. Gruñó cuando Lesley nos hizo
pasar.
—Aquí hay alguien que se cachondea de nosotros.
—Esto se está agravando —dije.
Nightingale me lanzó una mirada penetrante, pero no me dijo nada.
—Pero ¿qué es lo que se agrava? —preguntó Lesley—. ¿Y cómo es que no podéis
detenerlo?
—Porque no sabemos de qué se trata, agente —dijo Nightingale con frialdad.
Había un gran número de testigos y sospechosos, y de personas que
colaboraban con la policía en su investigación. Nos separamos en parejas a fin
de interrogarlos lo más rápido posible. Yo trabajé con Seawoll, mientras que
Nightingale lo hizo con Lesley. Así habría siempre alguien que pudiera
reconocer un vestigium si éste le
golpeaba en la cara. La sargento Stephanopoulos se encargaba de reunir las
pruebas materiales y examinar las grabaciones de las cámaras de
videovigilancia.
En cierta manera, podía considerarse un privilegio ver trabajar a Seawoll.
Era mucho menos intimidatorio con los sospechosos que con sus colegas de
profesión. Las técnicas que empleaba en el interrogatorio eran suaves… no se
hacía el simpático, siempre era formal, pero nunca levantaba la voz. Yo tomaba
notas.
La secuencia de acontecimientos, tal como la reconstruimos, nos resultaba
desoladoramente familiar, pero se había producido a una escala mucho mayor que
en los casos precedentes. Todo había sucedido en una agradable tarde de domingo
primaveral y St. Martin’s Court estaba bastante lleno. El Close es un callejón
peatonal en el que se encuentran tres entradas de artistas distintas, la puerta
trasera del Brown y el célebre J. Sheekey’s Oyster Bar. Es el bar donde la
gente del teatro va a tomarse un café y a fumarse un buen cigarro entre
representaciones. El J. Sheekey tiene una gran importancia en la cultura
teatral, y no es de extrañar, porque sirve comidas a altas horas de la noche a
poca distancia de los teatros más famosos del West End. Cuenta con porteros
uniformados que visten chisteras y levitas negras, y fueron éstos los que
empezaron el problema de aquella tarde.
A las dos y cuarenta y cinco, más o menos al mismo tiempo que yo tomaba el
té con Oxley e Isis, seis miembros de la Sociedad Internacional para la
Conciencia de Krishna entraron en el Close desde Charing Cross Road. Era un
recorrido habitual para los bhaktas,
los devotos que aspiran a elevarse hasta el dios, en su camino desde Leicester
Square hasta Covent Garden. Los guiaba Michael Smith —confirmamos su identidad
mediante las huellas digitales—, adicto al crack, alcohólico, ladrón de coches
y sospechoso de violación ya reformado. Había llevado una vida irreprochable
desde que, varios meses antes, se había unido al movimiento. ISKCON —porque a
la Sociedad Internacional para la Conciencia de Krishna le gusta que se les
conozca por sus siglas en inglés— sabe muy bien que la línea entre llamar la
atención y provocar la hostilidad activa de los transeúntes es muy delgada. Su
objetivo es que los cantos y danzas en el espacio público atraigan a
potenciales conversos al movimiento sin provocar confrontaciones. Así, el
«tiempo de permanencia» en cada uno de los lugares por donde pasan tiene que
calcularse cuidadosamente para evitar problemas. Michael Smith tenía un don
especial para calcular el máximo que podían permitirse los devotos, y por eso
aquella tarde él guiaba a la hilera de color azafrán.
Y por eso —según Willard Jones, antiguo socorrista de Llandudno y
afortunado superviviente— todo el mundo se había sorprendido cuando se
detuvieron frente a J. Sheekey’s y Michael Smith les dijo que hicieran ruido.
De todas maneras, habían salido a la calle para hacer ruido y llamar la
atención, así que se pusieron a ello.
—Un ruido armonioso —dijo Willard Jones—. En esta era de materialismo e
hipocresía, no existe una forma de realización espiritual tan efectiva como el
canto del maha-mantra. Es como el genuino grito de un niño que llama a su
madre…
Siguió hablando en la misma línea durante un buen rato. Lo que no resultó
nada armonioso fue el cencerro, que, según nos dijo Willard Jones, era un
auténtico cencerro; lo sabía porque su padre y sus hermanos eran auténticos
granjeros arruinados de las colinas galesas.
—Si alguna vez en su vida han oído un cencerro —dijo Jones—, sabrán que no
se concibieron para emitir un sonido armonioso.
Hacia las dos cincuenta, Michael Smith había sacado un enorme cencerro que
hasta ese momento había llevado oculto y había empezado a hacerlo sonar con
vigorosos movimientos del brazo. El portero uniformado que estaba de guardia
ese día era nativo de Gurcan Temiz, residente en Tottenham, vía Ankara. Como
típico londinense que era, Gurcan tenía un generoso umbral de tolerancia para
con las ocasionales faltas de consideración. Después de todo, quien vive en una
gran ciudad no puede quejarse de que la gran ciudad sea una gran ciudad. Pero
incluso esa tolerancia tiene un límite, y ese límite se llama
«se-están-cachondeando-de-mí». Y hacer sonar un cencerro de grandes dimensiones
frente al restaurante y molestar a los clientes constituía, sin duda alguna, un
acto de cachondeo, así que Gurcan se adelantó para recriminarle sus acciones a
Michael Smith. Este último le golpeó repetidamente con el cencerro en la cabeza
y en los hombros. Según el doctor Walid, el último golpe fue el que lo mató. En
cuanto Gurcan Temiz estuvo en el suelo, otros dos devotos, a saber, Henry
MacIlvoy, empadronado en Wellington, Nueva Zelanda, y William Cattrington,
empadronado en Hemel, Hampstead, se arrojaron sobre la víctima y se pusieron a
arrearle puntapiés. No provocaron los daños que en otro caso podrían haber
causado, puesto que los dos devotos calzaban sandalias blandas de plástico.
En ese mismo momento, un ingenio explosivo estalló tras la barra del J.
Sheekey’s. La clientela, pese a consistir en una mezcla de gentes del teatro y
turistas, evacuó el local de manera ordenada, pero también con rapidez. Los que
lo abandonaron por las salidas de incendios de la parte de atrás se dispersaron
por Cecil Court; los que atravesaron la puerta de entrada pasaron junto a los
cadáveres de Gurcan Temiz, Henry MacIlvoy y William Cattrington, pues para
entonces ya estaban todos muertos. Casi todos los que se marcharon por allí se
dieron cuenta de la presencia de cadáveres y de sangre, pero fueron muy
imprecisos acerca de los detalles. Tan sólo Willard Jones llegó a ver bien lo
que le había sucedido a Michael Smith.
—De pronto se sentó en el suelo —dijo Jones—. Y entonces la cabeza le
estalló.
Hay un par de factores terrenales que pueden hacerte estallar la cabeza,
como, por ejemplo, un disparo de rifle de gran potencia. A la Brigada de
Homicidios le llevó algún tiempo descartar esa posibilidad en el curso de la
investigación. Entretanto, averigüé el motivo de la explosión que había tenido
lugar dentro del J. Sheekey’s, y nos fue muy bien que lo averiguara, porque en
ese momento la Brigada Antiterrorista y el MI5 habían empezado a meter las
narices en el caso, y eso no nos interesaba.
Encontré la respuesta gracias a los experimentos que había iniciado, medio
en secreto, después de que se me averiara el teléfono. Yo no tenía ninguna
intención de emplear el portátil, ni ningún otro teléfono como conejillo de
indias, así que fui de visita a Ordenadores para África, una ONG que repara
ordenadores en mal estado y los envía al Tercer Mundo, y salí de allí con una
bolsa llena de chips y una placa base. Sospecho que procedían de una Atari ST.
Utilicé cinta adhesiva protectora para sujetar los chips sobre el banco en
intervalos de veinte centímetros y, en cuanto estuvieron todos en su lugar,
abrí la mano y proyecté una luz fantasma. El truco de las investigaciones
científicas consiste en ir repitiendo un mismo experimento sin cambiar más de
una variante cada vez, pero en este caso tuve la sensación de que controlaba la
producción de luces fantasma hasta el punto de poder producirlas siempre con la
misma intensidad. Durante un día entero, no hice otra cosa que conjurar luces y
luego observar con el microscopio los daños que habían sufrido los chips. No me
sirvió para nada, salvo para cabrear a Nightingale. Me dijo que si me sobraba
tanto tiempo tenía que poder explicarle la diferencia entre las preposiciones
de acusativo y las de ablativo.
Entonces me distrajo al enseñarme mi primer adjectivum, que es una forma
que cambia un aspecto de otra forma.
Ese adjectivum se llamaba iactus, que, combinado con el impello, tenía que permitirme —al menos
en teoría— desplazar una manzana en una determinada dirección. Al cabo de dos
semanas de hacer explotar manzanas logré que una de ellas volara de un extremo
al otro del laboratorio con razonable precisión. Nightingale me dijo que la
fase siguiente consistiría en capturar objetos que otro me arrojara a mí, y así
volvimos a empezar con las manzanas explosivas, y fue entonces cuando se
adelantaron los relojes y fuimos a presentarle nuestros respetos al Padre
Támesis.
Después, en la sala de interrogatorios, mientras Seawoll determinaba poco a
poco los hechos a partir de las declaraciones de Willard Jones, fue cuando tuve
la iluminación. Resulta que la magia se parece a la ciencia en que con
frecuencia lo único que hay que hacer es darse cuenta de lo que es obvio. Igual
que Galileo descubrió que los objetos sometidos a la fuerza de la gravedad se
aceleraban al mismo ritmo independientemente de su peso, me di cuenta de que la
gran diferencia entre mi móvil y los diversos microchips con los que había
experimentado consistía en que el móvil estaba conectado a la batería en el
momento de freírse.
Me pareció que conectar la colección entera de microchips a una batería iba
a ser demasiado complicado y me llevaría demasiado tiempo, pero, por suerte,
hoy en día se pueden comprar diez calculadoras genéricas por menos de cinco
libras… siempre que uno sepa dónde ir. Sólo tuve que colocarlas en lugares
diversos, encender la luz fantasma durante cinco segundos exactos y luego
observarlas con el microscopio. La que había dejado bajo mi propia mano estaba
calcinada, y los daños iban disminuyendo en un radio de dos metros. ¿Acaso mi
cuerpo emitía una energía residual que dañaba los aparatos electrónicos? ¿O era
yo quien había absorbido la energía de las calculadoras y había provocado con
ello los daños? ¿Y por qué eran los chips los más afectados, y no el resto de
los componentes? Lo más importante: a pesar de las cuestiones no resueltas,
había quedado claro que podía llevar encima el móvil y hacer magia… siempre que
antes le sacase la batería.
—Pero ¿qué significa todo eso? —me preguntó Lesley.
Tomé otro trago de la Beck y agité la botella frente al televisor.
—Significa que he logrado entender cómo empezó el incendio.
A la mañana siguiente, Lesley me envió por correo electrónico el informe
sobre el incendio, y, después de leerlo, busqué un minorista que pudiera
venderme una caja registradora idéntica a la del J. Sheekey’s Oyster Bar. Como
Nightingale había establecido la norma de que «No se aceptan visitas en la
Locura con la excepción de las cocheras», tuve que cargar con el maldito trasto
desde la puerta de la tienda hasta mi laboratorio. Molly me vio pasar
tambaleante y se cubrió los labios con la mano para disimular su sonrisa. Me
imaginé que, dada la situación, Lesley no contaría como visita, pero cuando la
llamé para que asistiera a la demostración me respondió que estaba ocupada
haciéndole recados a Seawoll. Tan pronto como todo estuvo en su sitio, le pedí
a Molly que le pidiera a Nightingale que acudiese al laboratorio.
Despejé una zona en un rincón alejado de todas las conducciones de gas,
monté la caja registradora sobre un carrito y la enchufé. Al llegar
Nightingale, le entregué una bata de laboratorio y unas gafas protectoras, y le
pedí que se quedara sobre una marca a seis metros de la caja. Entonces, antes
de hacer nada más, le saqué la batería al teléfono móvil.
—¿Y cuál es el propósito exacto de todo esto? —preguntó Nightingale.
—Si observa usted mis movimientos —dije—, dentro de muy poco lo verá.
—Si tú lo dices, Peter… —contestó, y se cruzó de brazos—. ¿Quieres que
también me ponga un casco?
—Probablemente no será necesario, señor —dije—. Voy a contar hacia atrás
desde tres y, cuando llegue a cero, le rogaría que empleara el hechizo más
potente que pueda hacer sin provocar destrozos.
—¿El más potente? —preguntó Nightingale—. ¿Estás seguro de lo que me pides?
—Sí, señor —afirmé—. ¿Está usted a punto?
—Si tú también lo estás, sí.
Conté hacia atrás y, al llegar a cero, Nightingale hizo explotar el
laboratorio… ésa fue, por lo menos, la impresión que me llevé en un primer
momento. Una bola de fuego abrasador, como una luz fantasma que hubiera salido
terriblemente mal, tomó forma sobre la mano extendida de Nightingale. Me
envolvió una oleada de calor y olí a cabello chamuscado. Estuve a punto de
arrojarme tras un banco, pero entonces me di cuenta de que el calor no era
físico. No podía serlo, porque, si no, el cuerpo de Nightingale habría ardido.
Todo el calor quedaba contenido de algún modo en la esfera que se hallaba sobre
su mano… lo que yo sentía eran vestigia
a gran escala.
Nightingale me miró y enarcó una ceja sin alterarse.
—¿Durante cuánto tiempo quieres que lo mantenga?
—No lo sé —respondí—. ¿Durante cuánto tiempo puede usted mantenerlo?
Nightingale se rió. Vislumbré movimiento con el rabillo del ojo y, al
volverme, vi a Molly en la puerta. Los ojos le brillaban porque el fuego se
reflejaba en ellos. Miraba fijamente a Nightingale.
Me volví en el mismo momento en el que estallaba la caja registradora. La
tapa saltó por los aires y una lluvia de plástico quemado se expandió como un
surtidor, el humo negro subió en forma de volutas y se extendió por el techo.
Molly chilló con delectación y yo me acerqué corriendo con el extintor y rocié
CO2 a la caja registradora hasta que el fuego se apagó. Nightingale
hizo que se desvaneciese su esfera de muerte llameante y activó unos
extractores de cuya presencia en el laboratorio ni siquiera me había dado
cuenta.
—¿Por qué ha explotado? —preguntó.
—La rápida avería de los componentes libera un gas explosivo. Hidrógeno, o
algo así —dije—. Recuerde que no pasé del aprobado en química. El gas se mezcla
con el aire que se encuentra dentro del aparato, se produce una chispa
eléctrica y, ¡bum! La pregunta a la que tendría usted que responderme es: ¿al
hacer un hechizo, succionamos la magia que se encuentra dentro de un objeto, o,
por el contrario, somos nosotros quienes ponemos la magia en dicho objeto?
La respuesta fue, obviamente, que hacíamos ambas cosas.
—Ésa es una cuestión que no se suele tratar hasta que el pupilo ha dominado
la forma primaria —dijo Nightingale.
La magia, tal como la entendía Nightingale, era generada por la vida. Un
mago podía trabajar con su propia magia, o con magia que había almacenado por
medio de un conjuro. Su explicación me interesó, pero no me pareció que
permitiera comprender las explosiones de las cajas registradoras. Sin embargo,
la vida se protegía a sí misma y, cuanto más compleja era, más magia generaba,
pero, al mismo tiempo, más difícil era extraerle dicha magia.
—Es imposible extraer magia de un ser humano —dijo Nightingale—. E incluso
de un perro.
—Los vampiros —dije— succionaron la vida de todos los que se encontraban en
la casa, ¿verdad?
—Es evidente que los vampiros practican ese tipo de parasitismo, pero no
sabemos cómo lo hacen —dijo Nightingale—. Tampoco sabemos qué medios emplean
las gentes como tu amiga Beverley Brook para absorber la energía de su entorno.
—La casa de los vampiros es el primer sitio donde noté ese efecto que
sufren los microchips —dije.
—Las máquinas se parecen cada vez más a los hombres —dijo Nightingale—. Me
imagino que, como lógica consecuencia, han empezado a producir magia propia. No
acabo de entender para qué nos sirve todo esto.
Me esforcé por no hacer una mueca al oír su cháchara pseudocientífica y
pensé que no era momento de entrar en esa materia.
—En primer lugar —expliqué—, nos sirve porque ahora sabemos que el causante
de todo esto absorbe enormes cantidades de energía y, en segundo lugar, porque
apunta a otras direcciones en las que tenemos que investigar.
No podía decirse que estuviéramos descubriendo gran cosa. Entretanto, la
Brigada de Homicidios de Seawoll tuvo que tomar a su cargo un apuñalamiento
particularmente absurdo en un pub de Piccadilly Circus. Fui a echar una ojeada,
pero no había vestigia y, en cambio,
el crimen tenía un móvil que no por tonto era menos plausible.
—Su novia le engañaba —me explicó Lesley una noche que vino a ver un DVD.
Primer chico conoce chica, chica se acuesta con segundo chico, primer chico le
clava un navajazo a segundo chico y se da a la fuga—. Pensamos que está
escondido en Walthamstow —dijo. Son muchos los que dirían que estar allí ya es
castigo suficiente.
Los asesinatos que tuvieron lugar frente al J. Sheekey’s se le imputaron a
Michael Smith. En teoría, había disparado a tres personas a la cabeza con un
arma ilegal y luego se había suicidado con la misma arma. Los medios de
comunicación habrían puesto más interés en el asunto si no hubieran pillado a
una estrella de seriales televisivos follando con un futbolista igualmente
famoso en los baños de una discoteca de Mayfair. El escándalo consiguiente dejó
en un segundo plano el resto de noticias durante un par de semanas y, en
opinión de Lesley, fue demasiado oportuno como para tratarse de una
coincidencia.
Me pasé todo abril practicando con la forma,
estudiando latín y perfeccionando los experimentos en busca de nuevas maneras
de averiar microchips. Todas las tardes sacaba a Toby a pasear por la zona de Covent Garden y Cambridge Circus para
ver si alguno de los dos husmeaba algo, pero no encontramos nada. Llamé en un
par de ocasiones a Beverley Brook, pero me dijo que su madre le había prohibido
salir conmigo mientras yo no avanzara en mis gestiones con Padre Támesis.
Mayo empezó como es típico cuando hay un puente: con dos días de lluvia y
tres de llovizna, hasta que al domingo siguiente amaneció un sol claro y
brillante. Es en días como ésos cuando los hombres jóvenes piensan en el amor,
los helados y los números de Punch y Judy[8].
Era el día de la Feria de Mayo en Covent Garden, cuando se celebra la
primera representación conocida de Punch y Judy con un concierto de
instrumentos de metal, una misa especial con marionetas en la iglesia de los
Actores y todos los espectáculos de Punch y Judy que puedan caber en el
recinto. Durante mi período de pruebas en Charing Cross, había trabajado
siempre en esa fecha en el control de aglomeraciones, así que llamé a Lesley y
le pregunté si quería conocer la feria desde un punto de vista civil. Compramos
helados y coca-colas en la Tesco Metro y fuimos esquivando turistas hasta
llegar al pórtico frontal de la iglesia. Habían instalado un único teatrillo a
menos de medio metro del lugar donde le habían arrancado la cabeza al pobre
William Skirmish.
—Hace ya cuatro meses —dije en voz alta.
—Yo no me he aburrido —dijo Lesley.
—Porque tú no has tenido que estudiar latín —aclaré.
Habían puesto esteras en el suelo para que los niños se sentaran mientras
los adultos nos quedábamos atrás. Un hombre vestido de bufón se adelantó y se
puso a animar al público. Explicó que a lo largo de los años había habido
muchas versiones del espectáculo de Punch y Judy, pero que ese día, para
nuestra edificación y solaz, el renombrado profesor Phillip Pointer
representaría La comedia trágica o
tragedia cómica de Punch y Judy, tal como Giovanni Piccini se la había
contado a John Payne Collier en 1827.
La historia empezó con una escena en la que el perro Toby le mordía la nariz a Punch.
8
LA MAGIA EXPLICADA A LOS NIÑOS
El perro Toby muerde a Punch, y
Punch mata a golpes a su propietario, el señor Scaramouche. Luego vuelve a casa
y arroja a su bebé por la ventana y mata a golpes a su esposa Judy. Se cae del
caballo y le da una patada en el ojo al médico. El médico le ataca con un palo,
pero Punch se lo quita y lo mata a golpes. Se pone a tañer un cencerro para
ovejas a la puerta de un hombre rico y, cuando el sirviente del hombre rico le
recrimina su comportamiento, Punch lo mata a golpes. Llegados a ese punto, el
helado se me derritió y me ensució los zapatos.
La comedia trágica o tragedia
cómica de Punch y Judy, tal como Giovanni Piccini se la
había contado a John Payne Collier en 1827. No era un texto difícil de
conseguir, siempre que uno supiera lo que estaba buscando. Después del
espectáculo, Lesley y yo le enseñamos al «profesor» la identificación policial
y él estuvo encantado de darnos una copia en papel del guión. Nos la llevamos
al Roundhouse, en la esquina de New Row con Garrick Street, y nos sentamos a
leerlo con un par de vodkas dobles.
—No puede ser una coincidencia —dije.
—¿Verdad que no? —preguntó Lesley—. Hay algo que manipula a personas de
verdad para poner en escena esta ridícula obra para títeres.
—Esto no le va a gustar a tu jefe —dije.
—Bueno, yo no voy a contárselo —dijo Lesley—. Que sea tu jefe el que le
diga al mío que el puto fantasma del señor Punch se está cargando gente en su
territorio.
—¿Tú piensas que es un fantasma? —le pregunté.
—¿Y yo cómo voy a saberlo? —respondió ella—. Para eso estáis los polis
magos.
La Locura tiene tres bibliotecas: la primera, que por aquel entonces aún no
conocía; la segunda, una biblioteca mágica en la que se guardaban los tratados
que tenían por tema todo lo relacionado con hechizos, forma y alquimia, todos ellos escritos en latín —así que, para mí,
era como si hubieran estado escritos en griego—; y la tercera, que era la
biblioteca general del primer piso, al lado de la sala de lectura. La división
del trabajo había quedado clara desde el primer momento: Nightingale se
encargaba de la biblioteca mágica y yo consultaba los libros escritos en el
inglés de la Reina.
En la biblioteca general había caoba suficiente para repoblar la cuenca del
Amazonas. En una de las paredes, las vitrinas llegaban hasta el techo, y para
alcanzar los estantes de arriba había que emplear una escalerilla que se
desplazaba mediante relucientes rieles de latón. Las fichas de los libros
estaban catalogadas dentro de una hilera de hermosos cajones de madera de
nogal. Era lo más parecido a un buscador que había en la biblioteca. Al abrir
los cajones, sentí olor a cartón viejo y a moho, y me reconforté con el
pensamiento de que Molly no había llegado al punto de abrirlos con regularidad
y limpiarlos. Las fichas estaban clasificadas por temas y también había un
índice general organizado por títulos. Me puse a buscar referencias a Punch y
Judy, pero no encontré ninguna. Nightingale me había dictado otro término que
tenía que buscar: revenant. Después
de un par de errores con las fichas, llegué a las Meditaciones sobre la cuestión de la vida y la muerte del doctor
John Polidori, que, según constaba en el frontispicio, se había publicado en
1819. La misma página tenía una anotación en latín escrita en letra elegante y
suelta: Vincit qui se vincit, agosto
de 1821. Me pregunté qué querría decir.
Según Polidori, un revenant es un
espíritu intranquilo que retorna de entre los muertos para hacer estragos entre
los vivos, habitualmente como represalia por alguna ofensa o injusticia, real o
imaginaria, que la persona sufrió en vida.
—Desde luego que encaja en el perfil que buscamos —le dije a Nightingale a
la hora de la comida: buey Wellington, patatas hervidas y chirivías salteadas—.
Todas estas pequeñas ofensas que dan lugar a catástrofes… nos acerca a la idea
de Lesley de que los grandes acontecimientos tienen ecos de menor importancia.
—¿Piensas que es como una infección?
—Pienso que es un efecto de campo, como la radiactividad, o la luz de una
bombilla —contesté—. Pienso que los ecos se hallan dentro del campo, que los
cerebros de las víctimas se cargan de emociones negativas y explotan.
—Pero, si fuera así, ¿no tendría que haber más afectados? —dijo
Nightingale—. En el vestíbulo de aquellos cines había como mínimo diez personas
más, entre las que te encontrabas tú, y también la agente May, y, sin embargo,
la madre fue la única afectada.
—¿Podría ser que tan sólo reforzase un sentimiento de ira preexistente?
—pregunté—. ¿O que actuara como catalizador? No sería nada fácil demostrarlo de
manera científica. —Nightingale sonrió—. ¿Qué sucede? —volví a preguntar.
—Me recuerdas a un mago que conocí. Se llamaba David Mellenby —dijo
Nightingale—. Tenía la misma obsesión.
—¿Qué fue de él? —interpelé—. ¿Dejó algún tipo de notas?
—Murió en la guerra —explicó Nightingale—. No pudo hacer ni la mitad de los
experimentos que quería. Elaboró una teoría sobre el funcionamiento de los genii locorum que te habría interesado.
—¿En qué consistía su teoría? —pregunté.
—Creo que no te lo diré hasta que hayas dominado la siguiente forma —dijo—. Me he dado cuenta de que
se produjeron discrepancias entre el guión y las acciones del señor Punch.
Estoy pensando en Polly la Guapa.
Según se contaba en la Comedia
trágica, el señor Punch, después de matar a su esposa, entonaba una canción
sobre los beneficios del asesinato de esposas en general y, a continuación,
cortejaba a Polly la Guapa. Es un
personaje que no dice nada, pero que tampoco siente «ninguna repugnancia»
cuando el pequeño y vivaracho asesino en serie empieza a besarla.
—No sabemos si sigue ese guión en concreto —articulé.
—En efecto —dijo Nightingale—. Piccini narraba una tradición oral, y las
tradiciones orales no son fiables casi nunca.
De acuerdo con Piccini, que tal vez no fuera fiable, la siguiente víctima
iba a ser un mendigo ciego que le tosía en la cara al señor Punch. Éste lo
arrojaba desde lo alto del escenario por su presunción. El guión no
especificaba si tenía que sobrevivir o no a la experiencia.
—Si nuestro Pulcinella revenant
sigue la historia —dije—, lo más probable es que la próxima víctima sea un
platillero vinculado al Real Instituto Nacional para los Invidentes.
—¿Un platillero?
—Sí, uno de los que les pasan el platillo para que les echen dinero —dije,
e imité el gesto con la mano—. La gente les echa la calderilla.
—Un hombre ciego que pide dinero —observó—. Nos sería más útil saber quién
es el revenant y dónde está
enterrado.
—Seguramente, si descubrimos quién es podremos enfrentarnos a él y
neutralizarlo —aseguré.
—O también —estimó Nightingale— podríamos desenterrar sus huesos y
reducirlos a polvo, mezclarlos con sales rocosas y luego dispersarlos en el
mar.
—¿Y eso funcionaría?
—Victor Bartholomew dice que ésa es la manera de eliminarlos. —Nightingale
se encogió de hombros—. Fue él quien escribió el libro en el que se explica,
literalmente, cómo podemos enfrentarnos a nuestros fantasmas y revenants.
—Creo que tal vez hayamos pasado por alto una fuente de información clave
de puro obvia.
—¿De verdad?
—Nicholas Wallpenny —dije—. Todos los ataques empezaron cerca de la iglesia
de los Actores. Creo que eso significa que el revenant debe de encontrarse por esa zona. Puede que Nicholas lo
conozca… hasta es posible que queden de vez en cuando.
—No estoy seguro de que los fantasmas «queden» de la manera que te estás
imaginando —detalló Nightingale y, tras echar una rápida mirada para asegurarse
de que Molly no nos veía, metió bajo la mesa su bandeja medio llena. Sentí que
la cola de Toby me golpeaba
rítmicamente la pierna; el animal se estaba comiendo las sobras de Nightingale.
—Necesitaremos un perro más grande —aseveré—. O raciones más pequeñas.
—Trata de hablar con él esta misma noche —dijo Nightingale—. Pero recuerda
que nuestro amigo Nicholas ya no era un testigo fiable en vida… dudo que se
haya vuelto más fiable después de su muerte.
—¿Cómo murió? —le pregunté—. ¿Lo sabe usted?
—A causa de una borrachera —dijo Nightingale—. Una muerte dulce.
Como Toby era nuestro perro
cazafantasmas oficial y había empezado a anadear de una manera alarmante, lo
llevé conmigo. Se tarda una media hora en ir a pie desde Russell Square, donde
se hallaba la Locura, hasta Covent Garden. Después de dejar atrás Forbidden Planet
y cruzar Shaftesbury Avenue, el camino más recto conduce hasta Neal Street,
donde había muerto el mensajero. Pero pensé que si me proponía evitar todas las
calles donde se hubiera asesinado a alguien tendría que acabar por mudarme a
Aberystwyth.
Era tarde y hacía frío, pero aún quedaba un buen número de bebedores a la
puerta del gastropub. Londres había
tardado mucho en descubrir la noción de terraza y no se iba a dejar intimidar
por un poquito de frío… sobre todo desde que fumar en el interior de los
locales estaba prohibido.
Toby se detuvo
cerca del lugar donde el doctor Framline había atacado al mensajero, pero tan
sólo durante el tiempo necesario para mear en un poste.
Covent Garden estaba abarrotado incluso a la hora de cierre de los pubs.
Los espectadores salían de la Royal Opera House después de que terminara la
función y buscaban un sitio para comer y lucirse, y jóvenes de vacaciones,
financiados por las instituciones académicas de Europa entera, ejercían su
tradicional derecho a bloquear las calles de uno a otro extremo.
Tan pronto como los cafés, restaurantes y pubs del mercado cubierto
hubieron cerrado, la plaza se vació en seguida, y al cabo de poco rato estuvo
lo bastante despejada como para arriesgarse a cazar fantasmas.
Las autoridades en la materia no se ponían de acuerdo acerca de la
verdadera naturaleza de los fantasmas. Polidori insistía en que se trataba de
almas de los muertos que se aferraban a un determinado lugar. Tenía la teoría
de que se alimentaban de su propio espíritu, y de que ese espíritu, si no se
reconstituía mediante la magia, acabaría por desvanecerse. La persistencia de Fantasmagoria en Yorkshire, de Richard Spruce,
publicado en 1860, concordaba en lo esencial con Polidori, pero añadía que los
fantasmas podían nutrirse de la magia que se hallara en su entorno, de manera
parecida a cómo el musgo succiona su sustento de la roca que le sirve de hogar.
Peter Brock, que escribió en los años treinta, tenía la teoría de que los
fantasmas no eran más que grabaciones impresas en el tejido mágico de su
entorno, algo así como la música que queda registrada en el disco de vinilo.
Yo, por mi parte, me imaginé que debían de ser como toscas copias de la
personalidad del muerto que se ejecutaban de manera degradada en una especie de
matriz mágica donde los paquetes de «información» iban pasando de un nodo
mágico a otro.
Como mis dos encuentros con Nicholas habían tenido lugar en el pórtico de
la iglesia de los Actores, fue por allí por donde empecé. Los policías no ven
el mundo como los demás. Se puede reconocer a un policía por la manera como
mira una habitación. Tiene una mirada fría, suspicaz, que le hace reconocible
de inmediato para quienes sepan cómo reconocerle. Lo extraño es la rapidez con
la que se adquiere esa mirada. Aún trabajaba como agente de cercanía, sólo
llevaba un mes en el puesto, cuando cierto día visité el apartamento de mis
padres y me di cuenta de que, si no lo hubiera sabido ya, nada más abrirse la
puerta habría estado seguro de que mi padre era un drogadicto. Tenéis que
entender que mi madre es una fanática de la limpieza. En su casa, se podría comer
sobre la alfombra de la sala de estar. Pero todos los signos delatores estaban
allí para quien supiera reconocerlos.
Había ocurrido lo mismo con los vestigia.
Al poner la mano sobre los bloques de caliza del pórtico, las sensaciones —el
frío, la vaga impresión de una presencia, un olor en la nariz que habría podido
ser de madera de sándalo— fueron iguales. Sólo que en ese momento, cual policía
que hace su primera estimación de una calle, tenía alguna idea de lo que podían
significar. También esperaba que fueran más fuertes. Traté de recordar la
última vez que había tocado las piedras. ¿Las impresiones habían sido ésas?
Eché una ojeada a mi alrededor para estar seguro de que nadie me observara.
—Nicholas —le dije a la pared—, ¿estás ahí?
Sentí algo en la palma de la mano, me pareció una vibración, como si lejos
de mí hubiera pasado un convoy de metro. Toby
gimoteó y retrocedió, y arañó los adoquines con las garras. Antes de que yo
mismo hubiera podido dar un paso atrás, el rostro de Nicholas, blanco y
transparente, apareció enfrente de mí.
—Ayúdame —me dijo.
—¿Qué te sucede? —le pregunté.
—Me está devorando —dijo Nicholas, y luego su rostro desapareció como
sorbido por la pared.
Por un instante, sentí como si algo me tirara de la nuca, y di un paso
hacia atrás. Toby ladró una sola vez,
y luego se volvió y se marchó corriendo en dirección a Russell Square. Me caí
de espaldas, pesadamente. El golpe me dolió y me quedé tendido en el suelo unos
instantes, sintiéndome imbécil, y luego volví a ponerme en pie. Me acerqué a la
iglesia con mucha prudencia y volví a poner la palma de la mano sobre la
piedra.
Sentí su tacto áspero y frío, y nada más. Era como si algo hubiera
succionado los vestigia de las
piedras, igual que había ocurrido antes en la casa de los vampiros. Aparté la
mano y retrocedí. La plaza estaba oscura y silenciosa. Me volví y me alejé en
la penumbra de la noche, en busca de Toby.
El perro había ido corriendo hasta la Locura. Lo encontré en la cocina,
acurrucado en el regazo de Molly. La doncella se ocupaba de consolarlo. Me
dirigió una mirada severa.
—Se supone que tiene que hacer frente a los peligros —dije—. Si quiere
quedarse aquí, tendrá que trabajar.
Aunque tuviera un caso del que ocuparme, no abandoné las prácticas. Había
persuadido a Nightingale de que me enseñara el hechizo de la bola de fuego. No
me sorprendió que dicho hechizo fuese una variación de lux, complementada con iactus
para añadirle el movimiento. En cuanto hube convencido a Nightingale de que
sabría hacer la primera parte sin quemarme la mano, bajamos a la sala de tiro
del sótano para practicar. Hasta entonces no había sabido que tuviéramos una
sala de tiro. Había que bajar por las escaleras hasta el sótano y girar a la
izquierda en vez de a la derecha, pasar por unas puertas reforzadas que hasta
entonces había tomado por la entrada de una carbonera y acceder a una sala de
cincuenta metros de longitud con la pared del fondo cubierta de sacos de arena
y la opuesta de taquillas de metal. Había allí una hilera de viejos cascos
Brodie colgados de la pared sobre unas máscaras de gas en estuches de color
caqui. Había un póster con letras sobre un fondo rojo como la sangre donde se
leía: «No perdáis los nervios y seguid adelante», y me pareció un buen consejo.
También había una serie de siluetas de cartón que hacían las veces de blancos.
Aunque estuvieran deterioradas por el paso del tiempo, aún se reconocían las
figuras de soldados alemanes con su clásico yelmo de acero y bayonetas fijas.
Siguiendo instrucciones de Nightingale, apoyé a varios de ellos contra los
sacos de arena y retrocedí a la línea de fuego. Antes de empezar, me cercioré
de no llevar encima el móvil nuevo.
—Mírame con atención —dijo Nightingale.
Luego movió bruscamente la mano, hubo un estallido de luz, un sonido
parecido al que hace una sábana cuando se rasga por la mitad, y el blanco que
estaba más a la izquierda quedó reducido a jirones en llamas.
Me volví al oír unos aplausos entusiastas y me encontré con Molly, que
silbaba de puro contento y se ponía de puntillas como un niño pequeño en el
circo.
—No me ha dicho usted el nombre en latín —observé.
—Vas a practicar esto en silencio —me dijo— desde el principio. Este
hechizo es un arma. Tiene un único propósito, y ese propósito es matar. En
cuanto lo hayas dominado, te hallarás bajo las mismas obligaciones que
cualquier otro agente armado, así que te recomiendo que te familiarices con la
actual normativa sobre el empleo de armas de fuego.
Molly bostezó. Se cubrió la boca con la mano para disimular cuánto la había
abierto. Nightingale le dirigió una mirada inexpresiva.
—Peter tiene que vivir en el mundo de los hombres —dijo.
Molly se encogió de hombros, como diciendo: «Y a mí qué.»
Nightingale hizo una nueva demostración a una cuarta parte de la velocidad
anterior y traté de seguir su desarrollo. Yo ya había practicado con la bola de
fuego, pero, cuando trataba de aplicarle el iactus,
tenía la sensación de que me resbalaba, como si la bola, a diferencia de las
manzanas, no tuviera una superficie por la que pudiera agarrarla. Levanté el
brazo con el dramatismo que se considera deseable y la bola de fuego se deslizó
suavemente por la sala de tiro, abrió un pequeño agujero en el blanco y se
hundió en los sacos de arena que se encontraban detrás.
—Tienes que lanzarla tú, Peter —dijo Nightingale—. Si no, no saldrá
disparada.
Arrojé la bola de fuego y se oyó un golpe amortiguado detrás del blanco.
Una voluta de humo se elevó hacia el techo. Molly se reía por lo bajo a mis
espaldas.
Practicamos durante una hora entera y, para cuando acabamos, había
aprendido ya a arrojar bolas de fuego a la sobrecogedora velocidad del abejorro
que ha conseguido su cuota de polen y se toma un momento para gozar del
paisaje.
Hicimos una pausa para el té de la mañana y expliqué la idea que había
tenido para recobrar a Nicholas… siempre que los restos del fantasma fueran
suficientes para recuperarlo después de que «algo» se lo hubiese «tragado».
—Polidori hacía referencia a un hechizo para invocar fantasmas —dije—.
¿Funciona?
—Se trata de un ritual, más que de un hechizo —dijo Nightingale.
En un intento por impedir que Molly nos agobiara con tanta comida, nos
habíamos ido a tomar el té a la cocina. La idea era que si no tenía que poner
las seis mesas de la sala de desayuno, tal vez nos serviría tan sólo comida
para dos. Funcionó, pero las raciones eran muy grandes.
—¿Cuál es la diferencia?
—No dejas de hacerme preguntas —me dijo Nightingale— que no tendrías que
hacerme durante el primer año.
—Tan sólo quiero saber lo más básico… como si dijéramos, la magia explicada
a los niños.
—Un hechizo es una serie de forma
conectadas entre sí para obtener un determinado efecto, mientras que un ritual
es lo que su nombre indica: una secuencia de forma organizadas en un ritual, con cierta parafernalia que
contribuye al desarrollo de todo el proceso —explicó Nightingale—. Por lo
general se trata de hechizos más antiguos, de principios del siglo XVIII.
—¿Y es importante que se ejecuten a la manera de un ritual? —pregunté.
—A decir verdad, no tengo ni idea —respondió Nightingale—. Esos hechizos no
se emplean a menudo. Si no, los habrían actualizado durante el siglo XX.
—¿Podría enseñarme a hacerlos? —le pregunté.
Toby se dio cuenta
de que me había puesto a untar una galleta de té con mantequilla y se quedó a
la expectativa. Tomé un trocito y se lo eché.
—Hay otro problema —dijo Nightingale—. El ritual exige el sacrificio de un
animal.
—Bueno… —sugerí—. Toby se ve
gordo y sano.
—La sociedad moderna suele ver mal ese tipo de comportamientos, sobre todo
la moderna iglesia en cuyo recinto, por puro accidente, deberíamos llevarlo a
cabo.
—¿Para qué sirve el sacrificio?
—Según Bartholomew, la magia intrínseca del animal queda disponible en el
momento de su muerte y puede emplearse para «alimentar» al fantasma y ayudarlo
a aparecer en el plano mortal —dijo Nightingale.
—¿Así que emplea la esencia vital del animal como combustible mágico?
—pregunté.
—Sí.
—¿Sería posible sacrificar a seres humanos? —pregunté—. ¿Y extraerles la
magia de ese modo?
—Sí —dijo—. Pero hay un problema.
—¿Cuál es ese problema?
—Que la persona que lo haga será perseguida hasta los confines de la tierra
y ejecutada sumariamente —dijo Nightingale.
No le pregunté quién estaba a cargo de la persecución y la ejecución.
Toby ladró. Era su
manera de exigir salchichas.
—Si lo único que necesitamos es una fuente de magia —dije—, creo que he
encontrado un sustituto aceptable.
De acuerdo con Bartholomew, cuanto más te acerques a la tumba del fantasma,
mejor. Por ello, me pasé un par de horas de lectura en el registro de la
parroquia, mientras Nightingale trataba de convencer al párroco de que
estábamos interesados en capturar a unos vándalos que causaban daños en
iglesias. Es una iglesia muy extraña, un granero de piedra grande y rectangular
concebido por Inigo Jones. El pórtico oriental, donde me había encontrado por
primera vez con Nicholas Wallpenny, era falso. La entrada de verdad se hallaba
en el extremo occidental de la iglesia y permitía el acceso al patio, reformado
como jardín. Se entraba desde Bedford Street por unas puertas altas de hierro
forjado. Nightingale logró convencer al párroco para que le prestase las llaves.
—Si su intención es montar vigilancia —dijo el párroco—, ¿no sería mejor
que yo me encontrase cerca de ustedes, por si acaso?
—Tememos que le estén siguiendo —dijo Nightingale—. Queremos hacerles creer
que no hay moros en la costa y capturarlos cuando se dispongan a actuar.
—¿Estoy en peligro? —preguntó el párroco.
Nightingale le miró a los ojos.
—Sólo si se queda usted esta noche en la iglesia —dijo.
Los jardines limitaban por tres lados con paredes traseras de ladrillo y
persianas bajadas. Eran las casas adosadas que se construyeron con la plaza.
Quedaban aislados del ruido de los coches y eran un verde remanso de paz. Sobre
ellos se erguía el verdadero pórtico de la iglesia. A lo largo del sendero
crecían cerezales que las flores teñían de rosa bajo la luz de mayo. Era, en
palabras de Nightingale, el lugar más encantador de todo Londres. Qué lástima
que tuviese que volver allí a medianoche para llevar a cabo un rito
nigromántico.
Los registros parroquiales no daban detalles y tan sólo conseguimos
localizar de manera aproximada la tumba de Wallpenny en el área septentrional
de los jardines, más o menos por el centro de dicha área. Como Nicholas no se
había dejado ver en presencia de Nightingale, este último se quedó en la puerta
de Bedford Street, a una distancia prudencial por si yo gritaba para pedirle
ayuda. Aún se oía el gorjeo de algún pajarillo cuando, poco después de la
medianoche, entré en el jardín. Era una noche clara, pero la bruma impedía ver
las estrellas. Cerré la puerta de hierro con la mano y la sentí fría, y luego
me dirigí a la tumba. Llevé una linterna de supervivencia canadiense con cinta
para la cabeza; la utilicé para leer las notas que tomaba en mi bloc policial.
Para trazar un pentagrama sobre el césped blando y mullido habría
necesitado una excavadora, y en cualquier caso no pensaba causar desperfectos
en tan bello jardín. Así, me decanté por trazar el círculo y la estrella con
polvo de carboncillo. Para ello utilicé un saco de arpillera con un agujero en
un extremo. Hice las líneas bonitas y gruesas. Polidori hablaba mucho sobre los
peligros de estropear el pentagrama durante la invocación de un espíritu. Lo de
menos era que se te llevaran a rastras el alma y la arrojaran al infierno
mientras no parabas de chillar.
Sobre cada uno de los puntos cardinales del pentagrama puse una de mis
calculadoras. Se me había ocurrido llevar a Toby
por si no servían como sucedáneo, pero, cuando llegó la hora de salir de la
Locura, el perro se había esfumado. Había comprado un paquete de bastoncillos
de luz química en una tienda especializada del barrio. Los activé y los coloqué
en los lugares donde, de acuerdo con mis notas, tenían que ir las velas. El
autor del conjuro —en este caso, yo— tenía que impartir una parte de su
esencia. En el argot mágico de finales del siglo XVIII, eso significaba «poner
magia» dentro del círculo en el que se enmarcaba el pentagrama. Existe una forma específica creada con ese
propósito, pero no había tenido tiempo para aprenderla. Nightingale me había
propuesto que, en vez de aplicar esa forma,
creara una luz fantasma en el centro.
Respiré hondo, creé la luz fantasma e hice que se deslizara hasta el centro
del pentagrama. Ajusté la luz y me puse a leer el conjuro que llevaba apuntado
en el bloc de notas. La fórmula original ocupaba cuatro páginas manuscritas,
pero, con la ayuda de Nightingale, había logrado abreviarla.
—Nicholas Wallpenny —dije—, oye mi voz, acepta mis obsequios, álzate y
conviértete.
Y, de pronto, ya estaba allí, con la mirada suspicaz de siempre.
—Supe que eras especial desde el primer momento en el que te vi —dijo—. Tu
superior no está cerca, ¿verdad?
—Está allí —afirmé—. Al otro lado de la puerta principal.
—Pues que no se mueva de allí —ordenó Nicholas—. Tenía razón en lo que te
dije sobre el caballero autor del asesinato, ¿a que sí?
—Creemos que se trata del espíritu de Pulcinella —le dije yo.
—¿Qué dices que creéis? —exclamó Nicholas—. ¿El señor Punch? Creo que te
has tomado una de más. Estás curda.
—Anoche me pediste ayuda —le repliqué.
—¿Ah, sí? —preguntó Nicholas—. Pero entonces tendría que considerarme un
soplón y un malsín, y que no se diga que Nicholas Wallpenny ha mandado a
alguien a la trena, no vaya a ser que los castigadores vengan por mí. —Me lanzó
una mirada muy expresiva. «Malsín» es una palabra antigua para referirse a los
delatores, y lo más probable es que «castigadores» fuese una palabra de jerga
para referirse a los hombres a quienes se contrataba para que dieran palizas a…
probablemente a los «malsines».
—Ahora me quedo más tranquilo —dije—. ¿Qué tal… te sienta estar muerto?
—Pues muy bien —dijo Nicholas—. No puedo quejarme. La verdad es que ahora
ya no hay tanta gente como antes. Como esto es la iglesia de los Actores y tal,
no nos faltan distracciones durante la noche. Si hasta de vez en cuando hemos
tenido artistas invitados que han actuado aquí para nuestra edificación. Vino
el famoso Henry Pyke —se escribe con y griega—, ¿sabes?, es un hombre muy
particular. Su nariz larga lo hace popular entre las señoras.
No me gustaba el aspecto de Nicholas: tenso, nervioso, a punto de ponerse a
sudar, si aún hubiese podido. Sentí la tentación de marcharme, pero la cruel
realidad es que los informantes, vivos o muertos, están para sacarles provecho
siempre que sea necesario.
—Ese tal… Henry Pyke… ¿va a estar mucho tiempo en cartelera? —pregunté.
—Digamos que ha comprado el teatro —dijo Nicholas.
—Esto tiene buena pinta —señalé—. ¿Piensas que yo podría ver una función?
—Ah, mi señor agente, yo en tu lugar no estaría tan deseoso de participar
en sus asuntos —indicó Nicholas—. El señor Pyke puede ser extrañamente duro con
las estrellas que comparten el escenario con él, y me atrevería a decir que
tiene un papel pensado para ti.
—Con todo, no me importaría verle… —dije, pero, de pronto, Nicholas
desapareció.
El pentagrama estaba vacío y tan sólo mi luz fantasma ardía en su centro.
Antes de que pudiera apagarla, noté que algo me sujetaba por la cabeza y
trataba de arrastrarme físicamente hasta el interior del pentagrama. Sentí
pánico y me puse a dar tirones y forcejear histéricamente en un intento por
escapar. Nightingale había insistido en que no pisara el interior del
pentagrama, y yo no tenía ninguna intención de descubrir el porqué. Eché la
cabeza hacia atrás, pero me di cuenta de que mis talones arañaban el césped,
porque había algo que me arrastraba hacia delante… hacia el pentagrama. Fue
entonces cuando lo vi. Bajo mi propia luz fantasma, en el centro del
pentagrama, había una sombra oscura, como la boca de un pozo excavado en
tierra. Vi las raíces de la hierba y los gusanos que hacían frenéticos intentos
por volver a hundirse en la tierra. Las diversas capas de tierra y de arcilla
de Londres se desprendían de las paredes del pozo y se hundían en la oscuridad.
Estaba casi en el borde cuando me di cuenta de que la fuerza que me
arrastraba se valía de mi propio hechizo. Traté de apagar la luz fantasma, pero
siguió activa, si bien se había vuelto de un apagado color amarillo. Empujé
hacia atrás con los hombros, con tanta fuerza que quedé casi horizontal, y, sin
embargo, mis talones seguían avanzando.
Oí gritar a Nightingale y, al volverme para verle, vi que corría a toda
velocidad hacia mí. Tuve la horrible sensación de que no iba a llegar a tiempo.
En mi desesperación, me quedaba una última cosa por intentar. No es fácil
concentrarse mientras lo arrastran a uno hacia la aniquilación, pero me obligué
a mí mismo a respirar hondo y hacer la forma
correcta. De repente, la luz fantasma ardió con un color rojo de fuego. La
transformé con el cerebro para darle una configuración en la que esperaba que
fluyese la magia, pero no sabía si iba a funcionar de verdad. Mis talones se
hundían en el suelo junto a los bordes del pentagrama y sentí que me asaltaba
la ira, un hambre de violencia, una oleada de vergüenza y humillación, y de
ansias de venganza.
Dejé caer la bola medio metro y la arrojé.
El impacto que se oyó entonces fue decepcionante por suave: como el sonido
de un pesado diccionario al caer al suelo. La tierra se elevó bajo mis piernas
y me derribó de espaldas. Me estrellé contra las ramas del cerezo que tenía
detrás y vislumbré una columna de tierra que se elevaba hacia lo alto como un
tren de carga que saliera de un túnel, y a continuación me caí del árbol y el
suelo me arreó un buen sopapo.
Nightingale me agarró por el cuello de la camisa y me arrastró mientras las
flores del cerezo y los grumos de tierra llovían sobre nosotros. Un buen terrón
chocó contra mi cabeza y se deshizo, y se me formaron reguerillos de tierra en
la nuca.
Entonces se hizo el silencio; no se oía nada, salvo el lejano tráfico
rodado y una alarma de coche cercana que acababa de dispararse. Aguardamos
medio minuto para recobrar el aliento, por si sucedía algo más.
—¿Sabe una cosa? —dije—, me ha dado un nombre.
—Ha sido una grandísima suerte que aún tengas la cabeza sobre los hombros
—dijo Nightingale—. ¿Qué nombre es ése?
—Henry Pyke —respondí.
—No lo había oído nunca —dijo Nightingale.
Como era de esperar, la linterna que llevaba en la frente se había
averiado, por lo que Nightingale se arriesgó a encender una luz fantasma. Donde
antes se había abierto el pozo, había quedado una ligera depresión circular de
unos tres metros de diámetro. El césped estaba totalmente destruido,
transformado en una mezcla de hierba muerta y tierra pulverizada. Me fijé en
que tenía una cosa redonda, sucia y blanca al lado del pie. Era una calavera.
La recogí.
—¿Eres tú, Nicholas? —le pregunté.
—Suelta eso, Peter —dijo Nightingale—. No sabes de dónde ha salido.
—Contempló el desastre que habíamos provocado en el jardín—. El párroco no se
lo va a tomar nada bien —aseguró.
Dejé el cráneo en el suelo y entonces me di cuenta de que había otra cosa
hundida en la tierra. Era una insignia de peltre con la figura de un esqueleto
bailarín. Me di cuenta de que era la misma que «llevaba» Nicholas Wallpenny.
Debían de haberla enterrado con él.
—Le hemos dicho que nuestra intención era capturar a unos vándalos
—observé.
Recogí la insignia y me asaltó un flash de humo de tabaco, cerveza y
caballos.
—Ya —dijo Nightingale—. Pero no creo que esa explicación le sirva.
—¿Y una fuga de gas? —pregunté.
—No pasan grandes conductos de gas bajo la iglesia —dijo Nightingale—. Tal
vez sospechara.
—Pero podríamos decirle que la fuga de gas sólo es una cortina de humo para
ocultar que buscamos una bomba enterrada en el jardín —dije.
—¿Una bomba que no ha estallado? —preguntó Nightingale—. ¿Y por qué una
excusa tan complicada?
—Porque así podríamos hacer venir a un excavador profesional y buscar por
todas partes —aclaré—. Trataríamos de desenterrar a Henry Pyke y reducir a
polvo su cadáver.
—Tienes una mente retorcida, Peter —indicó Nightingale.
—Gracias, señor —dije—. Hago cuanto puedo.
Aparte de una mente retorcida, también tenía un moretón grande como un
plato en la espalda y un par de adornos adicionales en el pecho y en las
piernas. Le dije que había tenido una discusión con un árbol al médico de
emergencias que me atendió. Me miró con extrañeza y se negó a recetarme un
analgésico más fuerte que el Nurofén.
Ya teníamos un nombre: Henry Pyke. Nicholas había insinuado que Pyke no
estaba enterrado en la iglesia de los Actores, pero, por si acaso, lo
comprobamos en los registros. Nightingale llamó a la Oficina General del
Registro, en Southport, mientras yo buscaba el apellido Pyke en Genepool,
Familytrace y otras páginas web especializadas en genealogía. Ninguno de los
dos llegó muy lejos, aparte de descubrir que se trataba de un apellido
frecuente y que era extrañamente popular en California, Michigan y el estado de
Nueva York. Quedamos en las cocheras. Yo iba a trabajar con Internet y
Nightingale vería el rugby.
—Nicholas me explicó que había sido actor —dije—. Podría ser, incluso, que
hubiera organizado espectáculos de Punch y Judy. Que hiciera de «profesor». El
guión de Piccini se publicó en 1827, pero Nicholas me dijo que el espíritu de
Pyke era más antiguo, así que me imagino que debió de vivir a finales del XVIII
y principios del XIX. Pero no hemos encontrado nada en los registros de ese
período.
Nightingale vio que los All Blacks arrollaban al zaguero de los Lions y
estaban a punto de marcar y, a juzgar por su cara larga, las posibilidades de
estos últimos de alzarse con la victoria debían de ser muy escasas.
—Si pudiéramos hablar con personas que en esa época fueran al teatro…
—dijo.
—¿Querría usted invocar más fantasmas? —pregunté.
—Pensaba más bien en alguien que siga vivo —dijo—. Por decirlo de algún
modo.
—¿Se refiere usted a Oxley? —le pregunté.
—Y a su esposa por cohabitación, Isis, también conocida como Anna Maria de
Burgh Coppinger, querida de John Montagu, cuarto conde de Sandwich, y concubina
de Henry Ireland, el célebre estudioso de la obra de Shakespeare. Abandonó este
valle de lágrimas en 1802, presumiblemente por los pastos más verdes de
Chertsey.
—¿Chertsey?
—Allí es donde se encuentra el río Oxley —dijo.
Ya que tenía que volver a ver a Oxley, se me ocurrió que podía matar dos
pájaros de un tiro. Llamé al móvil sumergible de Beverley y le pregunté si le
apetecía hacer una excursión por el campo. Había pensado que si la prohibición
de su madre seguía vigente, le diría que nuestra salida había de contribuir a
«resolver» el problema con Padre Támesis, pero no fue necesario.
—¿Iremos con el Jaguar? —preguntó—. No te lo tomes mal, pero tu otro coche
es una mierda.
Le dije que sí, y quince minutos más tarde llamaba al interfono. Era
evidente que en el momento de telefonearla rondaba ya por el West End.
—Mamá me había enviado a meter las narices por aquí —dijo mientras subía al
Jaguar—. Por si encontraba a tu revenant.
Se había puesto un bolero de color negro con bordados sobre un jersey rojo
de cuello alto, y leggings también
negros.
—¿Serías capaz de reconocer a un revenant
sólo con verlo? —le pregunté.
—No lo sé —me contestó—. Siempre hay una primera vez.
Yo tenía muchas ganas de mirar mientras colocaba esas piernas tan largas
bajo el salpicadero, pero pensé que la temperatura ya era bastante elevada. Mi
padre me dijo en cierta ocasión que el secreto para vivir una vida feliz
consiste en no empezar nada con ninguna muchacha si no estás dispuesto a llegar
hasta donde eso te lleve. Es el mejor consejo que me dio jamás y,
probablemente, el motivo por el que nací. Me concentré en sacar el Jaguar del
garaje y poner rumbo al sudoeste, y dirigirme de nuevo a la orilla mala.
En el año 671 d. C. se fundó una abadía en una elevación que se encuentra
al sur del río Támesis, en lo que hoy es Chertsey. Era la típica colonia
anglosajona, mitad escuela de saberes, mitad centro económico y refugio para
los hijos de los nobles que creían que la vida no consistía tan sólo en pasar a
cuchillo a sus congéneres. Doscientos años más tarde, los vikingos, que no se
hartaban de pasar a cuchillo a sus congéneres, saquearon la abadía y le
prendieron fuego. Se reconstruyó, pero sus habitantes debieron de hacer algo
que jodió al rey Edgar el Pacífico, porque, en el año 964 d. C., los sacó de
allí y puso a unos benedictinos en su lugar. Dicha orden monacal creía en la
vida contemplativa, en la plegaria y en los buenos ágapes, y, como les gustaba
comer bien, no había trecho de tierra arable del que no quisieran sacar un
mayor rendimiento. Una de las mejoras que introdujeron, allá por el siglo XI,
consistió en abrir una canalización para el agua del Támesis desde Penton Hook
hasta Chertsey Weir, a fin de que el agua impulsara sus molinos. He dicho que
los monjes la «abrieron», pero, por supuesto, reclutaron a varios campesinos
para que se encargasen de la labor. Así nació un afluente artificial del
Támesis que figura en los mapas como Abbey River, en otro tiempo conocido como
el riachuelo de los Molinos de Oxley.
No le había dicho a Beverley adónde íbamos, pero ella cayó en la cuenta en
cuanto hubimos pasado la rotonda de Clockhouse y seguimos por la London Road en
dirección a la gloriosa Staines.
—Yo no puedo ir por aquí —informó—. Estamos saliendo de mi territorio.
—Cálmate —le dije—. Esta salida está autorizada.
Es raro: aunque nací y crecí en Londres, no he estado jamás en muchas de
las zonas de esta ciudad. Una de ellas era Staines, aunque en teoría no forme
parte de Londres, y la vi empobrecida y rústica. Tras pasar por el puente de
Staines, me encontré en un trecho de carretera anónimo, con setos altos y
vallas que me impedían la visión por ambos lados. Reduje la velocidad mientras
nos acercábamos a una rotonda y pensé que ojalá hubiera invertido en un sistema
GPS.
—Gira a la izquierda —dijo Beverley.
—¿Por qué?
—¿Buscas a uno de los Hijos del Anciano? —preguntó.
—Oxley —le dije.
—Pues entonces gira a la izquierda —insistió, con absoluta firmeza.
Tomé la primera salida de la rotonda con ese extraño sentido de dislocación
que nos asalta cuando conducimos bajo la dirección de otro. Vi una marina a mi
izquierda: hileras de pequeños yates de motor blancos y azules que se mecían
sobre las aguas, y la ocasional embarcación a vela que quebraba la monotonía.
—¿Es el Oxley? —pregunté.
—No seas imbécil —me dijo—. Es el río Támesis. Sigue en la misma dirección.
Pasamos por un puente corto y moderno sobre lo que Beverley me aseguró que
era el Oxley y llegamos a una rotonda pequeña y rara. Era como entrar en el
país de Munchkin: una zona compuesta de pequeñas calles en las que se alineaban
bungalows estucados de color rosa. Giramos a la derecha, en la misma dirección
que el río. Conducía a poca velocidad, por si algún pequeño imbécil saltaba a
la calzada y se ponía a cantar.
—Es aquí —afirmó Beverley, y aparqué el coche. Yo salí, pero ella no se
movió de su asiento—. No creo que sea una buena idea.
—Son muy agradables —le dije.
—No dudo de que sean muy civilizados y tal —contestó—. Pero esto no le va a
gustar a Ty.
—Beverley… —le expliqué—. Tu madre me dijo que arreglara esta situación, y
eso es lo que estoy haciendo. Y tú tienes que ponérmelo fácil. Sólo que no me
vas a facilitar nada si no sales del coche.
Beverley suspiró, se desabrochó el cinturón de seguridad y salió del coche.
Se desperezó y arqueó la espalda, y el contorno de sus pechos se hizo
peligrosamente visible en el jersey. Se dio cuenta de que miraba y me guiñó un
ojo.
—Me estaba poniendo a punto —dijo.
Nightingale me había reprendido por comerme el bizcocho Battenberg que me
había ofrecido Isis y, lógicamente, tampoco vería bien que confraternizara con
las ninfas acuáticas del lugar. Así que me quedé con los ojos puestos en el
orondo trasero de Beverley y traté de pensar en los asuntos de la profesión.
Además, siempre me quedaría Lesley, o, mejor dicho, la remota esperanza de que
Lesley quisiera algo conmigo en el futuro.
Llamé al timbre y retrocedí educadamente.
Oí que Isis respondía desde dentro.
—¿Quién es?
—Peter Grant —dije.
Isis abrió la puerta y me sonrió.
—Peter —dijo—, qué agradable sorpresa. —Vio a Beverley detrás de mí y,
aunque la sonrisa no desapareciera de su rostro, afloró a sus ojos cierta
prevención—. ¿Y quién es ésa? —preguntó.
—Te presento a Beverley Brook —dije—. Creo que es el momento de las
presentaciones formales. Beverley, te presento a Isis.
Beverley tendió una mano recelosa e Isis se la estrechó.
—Encantada de conocerte, Beverley. ¿Por qué os quedáis aquí fuera? Pasad,
por favor.
Aunque no hiciera nada descortés como echar a correr, Isis andaba con el
paso ligero de una esposa que quiere anunciarle a su marido la llegada por
sorpresa de unos invitados. De camino hacia la cocina, vislumbré varias
habitaciones pequeñas y arregladas, empapeladas con diseños florales y cretona.
El bungalow terminaba en el río, y Oxley se había construido un muelle de
madera que encerraba una parte de las aguas en una especie de piscina. Un par
de magníficos sauces llorones, uno en cada extremo, impedía que quedara
expuesta a miradas ajenas. El ambiente tenía la misma frescura e intemporalidad
que una iglesia de pueblo. Oxley estaba de pie en el agua, desnudo, y el
líquido parduzco le acariciaba las caderas. Le sonrió a Isis, que desde el
muelle le hacía frenéticos gestos del estilo «haz-el-favor-de-comportarte». Nos
miró a Beverley y a mí cuando salimos de la casa.
—¿Qué es esto? —preguntó.
Noté cómo se tensaban sus hombros, y juro que el sol desapareció tras una
nube… aunque tal vez fuera una coincidencia.
—Hola —dije—, te presento a Beverley Brook. Di «hola», Beverley.
—Hola —saludó Beverley.
—He pensado que ya era hora de que empezarais a conoceros los unos a los
otros —les expliqué.
Oxley se movió incómodamente, y noté que Beverley, a mis espaldas, daba un
paso hacia atrás.
—Oh, qué maravilloso —exclamó Isis con voz alegre—. ¿Por qué no tomamos una
taza de té todos juntos?
Oxley abrió la boca como para decir algo, luego pareció que dudaba, y
entonces se volvió hacia su mujer y le dijo:
—Sí, nos iría bien un té.
Respiré tranquilo, Beverley soltó una risita nerviosa y el sol brilló de
nuevo. Tomé a Beverley de la mano y la hice avanzar hacia ellos. Oxley tenía
cuerpo de bracero, flaco, cubierto de musculatura marcada y fibrosa. Estaba
claro que a Isis le gustaba ese punto de tosquedad. Curiosamente, Beverley
parecía más interesada en el agua.
—Es un lugar bonito —aseveró.
—¿Te apetece entrar en el agua? —preguntó Oxley.
—Sí, por favor —dijo Beverley y, ante mi total estupefacción, se quitó el
jersey y el bolero con un único y sinuoso movimiento, se bajó los leggings y, en una memorable exhibición
de su cuerpo moreno y desnudo, saltó al agua. Isis y yo tuvimos que retroceder
al instante para que no nos mojara.
Oxley me guiñó el ojo y miró a su mujer.
—¿Tú también quieres zambullirte, amor mío?
Beverley salió a la superficie y se quedó quieta en el río, con el agua
hasta la cintura, una sonrisa descarada en el rostro y los pechos desnudos. Sus
pezones —no pude evitar mirar— eran grandes y prominentes. Se volvió hacia mí y
me miró con los párpados entrecerrados, con una mirada sugerente. Si su madre
había sido como la resaca del mar, Beverley era irresistible como un río de
aguas claras y veloces que se precipita por su cauce en las cálidas tardes de
verano.
Había empezado a desabrocharme los botones de la camisa cuando sentí la
mano de Isis sobre el brazo.
—Eres el muchacho más ingenuo que he visto en mi vida —dijo—. ¿Qué vamos a
hacer contigo?
Oxley desapareció bajo la superficie. Beverley me miraba con la cabeza
ladeada, con una sonrisa maliciosa en los labios, y entonces se sumergió en las
aguas.
Isis me invitó a sentarme frente a una mesa de plástico del jardín, y
entonces, murmurando algo entre dientes, recogió la ropa que se había quitado
Beverley, la dobló cuidadosamente y la colgó de un tendedero cercano a la
puerta de atrás. Hacía más de un minuto que no se veía a Oxley ni a Beverley.
Miré a Isis, que no parecía inmutarse.
—Tardarán por lo menos media hora en volver a aparecer —dijo, y preparó un
té.
Mientras Isis se afanaba en la cocina, yo vigilaba las aguas, pero no se
veía ni una burbuja. Me dije a mí mismo que debían de haber salido del muelle y
habrían emergido más allá de los árboles, pero no era una explicación muy
convincente. Ni siquiera a mí mismo me lo parecía. Isis me recitó las garantías
que ya se habían vuelto habituales al mismo tiempo que me servía el té y me
ofrecía una porción de pastel de Madeira. Yo le dije que no, gracias. Le
pregunté si recordaba a un tal Henry Pyke. Me dijo que ese nombre le resultaba
familiar.
—Estoy segura de que hubo un actor que se llamaba así —dijo—. Pero había
siempre tantos actores, y tantos hombres apuestos… mi buena amiga Anne Seymour
tenía un criado mulato que habría podido ser tu hermano. Era el terror de las
mozas de la cocina. —Acercó su rostro al mío y me preguntó—: ¿Tú también eres
el terror de las mozas de la cocina, Peter?
Pensé en Molly.
—La verdad es que no —dije.
—No, ya lo veo —dijo, y se arrellanó en su silla—. Lo asesinaron —añadió de
pronto.
—¿Al criado?
—A Henry Pyke. Por lo menos eso fue lo que se rumoreó. Una nueva víctima
del célebre Charles Macklin.
—¿Y ése quién era?
—Un espantoso irlandés —explicó Isis—. Pero estupendo actor. En cierta
ocasión, mató a un hombre en el Theatre Royal por una disputa a propósito de
una peluca. Le clavó el bastón en el ojo.
—Qué tío más simpático —dije yo.
—Tenía ese temperamento irlandés, ¿sabes? —dijo Isis.
Por lo visto, Macklin había sido un actor de mucho éxito durante su
juventud y se había retirado en la plenitud de su carrera para invertir en una
desmotadera de algodón, pero que al cabo de poco tiempo se arruinó. Se vio
obligado a volver a las tablas y fue siempre una figura popular en el Theatre
Royal.
—Allí lo querían mucho —me informó Isis—. Siempre se le veía en su asiento
favorito, en el foso, justo detrás de la orquesta. Recuerdo que a Anne le
gustaba señalarle.
—¿Y fue él quien mató a Henry Pyke?
—Si hemos de creer en las habladurías, sí, lo hizo. Si bien compareció
media docena de testigos para negar que lo hubiese hecho.
—¿Esos testigos eran amigos de Macklin?
—Y también admiradores.
—¿Sabes dónde está enterrado Henry Pyke? —le pregunté.
—No, lo siento —dijo ella—. En su momento, toda esa historia fue un
escándalo. Aunque me imagino que debieron de enterrarlo en St. Paul’s, porque
ésa era su parroquia.
Se refería a St. Paul’s de Covent Garden, por supuesto… la iglesia de los
Actores. Siempre acabábamos por volver a ese maldito sitio.
Oímos un chapoteo y Beverley subió corriendo al muelle como si hubiera una
escalera oculta bajo el agua. Se la veía oscura y esbelta, y estaba tan desnuda
como una nutria, y si alguien hubiera disparado una escopeta al lado de mi oído
no me habría enterado. La muchacha se volvió hacia el río y se puso a dar
saltos como una niña.
—He ganado —decía.
Oxley salió del río con toda la dignidad que se puede esperar en un hombre
blanco de mediana edad y desnudo.
—La suerte del principiante —dijo.
Beverley se dejó caer sobre la silla que se encontraba junto a la mía.
Tenía los ojos brillantes y el agua le perlaba los brazos, la tersa piel de los
hombros y la curva de los pechos. Me sonrió y tuve que esforzarme para no
apartar los ojos de su cara. Oxley vino y se sentó al otro lado de la mesa y,
sin más preámbulos, sin prestar atención a la mirada de Isis, agarró una
porción de Madeira.
—¿Os lo habéis pasado bien nadando? —pregunté.
—Ahí abajo hay cosas que no te creerías, Peter —dijo Beverley.
—Tienes el cabello húmedo —le dije yo.
Beverley se tocó el cabello alisado. Se le empezaba a encrespar. Yo no
dejaba de mirarla, y entonces se acordó de que estaba desnuda.
—Ay, mierda —exclamó, y le echó una mirada de pánico a Isis—. Lo siento
—dijo.
—Las toallas están en el baño, bonita —dijo Isis.
—Ahora vuelvo —dijo Beverley, y corrió hacia la puerta trasera.
Oxley se rió y tomó otra tajada de pastel. Isis le dio un golpecito en la
mano.
—Ve a vestirte —le pidió—. Qué viejo espantoso.
Oxley suspiró y se metió en el bungalow. Mientras se alejaba, Isis le miró
con cariño.
—Siempre están así después de nadar —dijo.
—¿A ti también te gusta nadar? —le pregunté.
—Ah, sí —dijo Isis, y se ruborizó levemente—. Pero soy una criatura de la
orilla. Ellos encierran un equilibrio entre el agua y la tierra; cuanto más
tiempo pasan con nosotros, más se nos parecen.
—¿Y si es uno quien pasa tiempo con ellos?
—No te apresures a lanzarte al agua —aconsejó Isis—. Para tomar esa
decisión más vale no precipitarse.
Beverley estuvo callada durante el camino de vuelta hacia el oeste. Le
pregunté si quería que la dejara en algún lugar.
—¿Podrías llevarme a casa? —dijo—. Creo que tengo que hablar con mami.
Así que tuve que atravesar la ciudad hasta la maravillosa Wapping. Beverley
estaba demasiado abatida como para hablar, y esto último, desde luego, me
incomodó. Al dejarla a la puerta de los apartamentos, se detuvo un momento
antes de alejarse y me dijo que tuviera cuidado. Le pregunté con qué tenía que
tener cuidado y se encogió de hombros y, antes de que pudiera impedírselo, me
dio un beso en la mejilla. La vi alejarse del coche, con el dobladillo del
jersey pegado al trasero, y pensé: «¿Qué coño es todo esto?»
No me malinterpretéis, Beverley Brook me gustaba, pero también me inspiraba
ciertas reservas, entre otros motivos porque tanto ella como su madre podrían
provocarle una erección al musgo si les apeteciera. La recomendación de Isis de
no meterme en el agua con alguien que no era humano del todo sólo era la punta
del iceberg.
Regresé a la Locura en la hora en que había más tráfico. El día estaba
nublado y la lluvia empezaba a repiquetear en el parabrisas. Estaba convencido
de que Oxley y Beverley se habían entendido. Los había visto uno al lado del
otro en el río, y parecían… la palabra más adecuada sería cómodos, o tal vez
familiares, en el sentido en que podrían serlo dos primos. Bartholomew, que
habría podido aburrir a Inglaterra entera con el tema de los genii locorum, había dicho que los
«espíritus de la naturaleza», como él los llamaba, adoptaban siempre algunas de
las características del lugar que representaban. Padre y Mamá Támesis eran
espíritus del mismo río… si lograba acercarlos el uno al otro, entonces
actuaría su verdadera naturaleza.
Y si el precio por ello consistía en pasarse varios días contemplando a
Beverley en el río, estaba dispuesto a pagarlo.
Pensé en llamar a Lesley, pero no: cerré el garaje y fui a pie por Russell
Square hasta la estación de metro. Compré flores en un puesto de la estación y,
sin motivo aparente, bajé al andén para marcharme a otro lugar.
9
EL CEBO
Fui en metro hasta Swiss Cottage, y había subido una cuarta parte de la
Fitzjohn’s Avenue cuando empecé a preguntarme por lo que hacía. No sólo porque
había renunciado al coche para emplear el transporte público, sino que, además,
estaba recorriendo a pie una de las calles más empinadas de Londres cuando
habría podido ir en metro hasta Hampstead y bajar. Aún era de día y la luz
vespertina se colaba por entre los árboles que flanqueaban la avenida. Las
flores que tenía en la mano eran rosas, de una variedad purpúrea tan oscura que
casi parecían negras. Me pregunté para quién serían.
Hacía tanto calor que me quité la corbata y me la guardé en el bolsillo de
la chaqueta. No quería llegar sudoroso, así que me tomé mi tiempo y di un paseo
a la sombra de los plátanos plantados en la acera. Era uno de esos días en los
que una melodía se te mete en el cerebro y no puedes evitar cantarla en voz
alta; en este caso fue un gran éxito de mi pasado, Digging your Scene de los Blow Monkeys. Salió cuando aún andaba en
pañales y es un milagro que recuerde la letra entera. Estaba cantando «querría
volver a ser yo mismo», del tercer estribillo, cuando llegué a mi destino. La
casa era alta, de estilo gótico, con una falsa torre en cada esquina y ventanas
de guillotina pintadas de blanco. Tenía una escalinata de mármol por la que se
llegaba a una puerta impresionante, pero pasé de largo y me dirigí a la entrada
lateral. Sabía adónde iba. Comprobé que la chaqueta me cayera bien y me froté
las puntas de los zapatos en las pantorrillas; satisfecho, empujé la puerta y
entré.
Sobre la pared lateral de la casa se habían plantado madreselvas que
impregnaban con un olor dulzón un pasaje que terminaba en un jardín amplio y
soleado. El césped de dicho jardín estaba rodeado de macizos de flores:
petunias surfinias, maravillas y tulipanes. Dos grandes macetas de terracota
rebosantes de flores primaverales flanqueaban una escalera por la que se
descendía a un patio más bajo, en cuyo centro el sol de la tarde arrojaba una
mancha de luz en torno a una fuente. Ni siquiera a mí se me escapó que no se
trataba de una pieza comprada en una tienda de mobiliario de jardín, ni en un
hipermecado. Era una delicada pila para pájaros, de mármol, con una escultura
central de una mujer desnuda que acarreaba agua; Renacimiento italiano, tal
vez… mis conocimientos de historia del arte no daban para tanto. Era antigua y
estaba deteriorada, el mármol se había agrietado en algunos puntos, y la ninfa
tenía una franja descolorida desde el hombro hasta la ingle, producto del agua
que brotaba de su calabaza.
El agua tenía un aroma dulce y tentador, lo que yo necesitaba después de la
larga y lenta caminata cuesta arriba. Una hermosa mujer de mediana edad me
aguardaba al lado de la fuente. Llevaba un vestido de playa de algodón
amarillo, sombrero de paja y sandalias. Al acercarme, vi que tenía los ojos de
su madre, negros y almendrados como los de un gato, pero las facciones más
finas que Beverley, con una nariz bonita, recta, pensada para salir en
pantalla.
En otro tiempo hubo un patíbulo cerca de lo que hoy en día es Marble Arch,
donde se solía ahorcar a los malhechores del antiguo Londres. Ese patíbulo era
conocido con el nombre de la villa donde se encontraba, cuyos habitantes
sacaban tantos beneficios del siniestro espectáculo que erigieron tribunas para
los mirones. La villa, a su vez, llevaba el nombre del río que la atravesaba:
el Tyburn. Fue allí donde ahorcaron a la pobre Elizabeth Barton y a Jack el Gentilhombre, después de que éste se
les escapara en cuatro ocasiones, y al reverendo James Hackman por el asesinato
de la linda muchacha Martha Ray. Sabía todo eso porque, durante nuestras
conversaciones, Beverley había hablado de su hermana como de la que «conocía a
gente importante» y entonces quise investigar por mi cuenta.
—Me ha parecido que ya era hora de que tú y yo tuviéramos una charla —dijo
Tyburn.
Le ofrecí las flores y Tyburn las aceptó con una risa complacida. Me agarró
por la cabeza y me besó en la mejilla. Olía a cigarro y a asiento de coche
nuevo, a caballos y a cera para muebles, a Stilton, a chocolate belga y, por
debajo de todo ello, a soga y a muchedumbre y al salto final hacia la nada.
Había tratado de localizar, en la medida de lo posible, las fuentes de
todos los ríos desaparecidos de Londres. Algunos, como el Beverley Brook, el
Lea y el Fleet eran fáciles de encontrar, pero la ubicación del Tyburn, el
legendario Manantial del Pastor, había caído en el olvido durante la
enloquecida expansión de Londres a caballo de los motores de vapor de la época
victoriana, en la segunda mitad del siglo XIX. Estaba claro que la fuente que
tenía ante mis ojos marcaba el lugar de su nacimiento, pero tuve mis sospechas
de que algún cargo público con dotes de emprendedor hubiera robado la de verdad
durante los últimos días del Imperio.
Tenía sed… me habría gustado echar un trago.
—¿De qué quieres que hablemos? —pregunté.
—Para empezar —dijo Tyburn—, me gustaría saber qué intenciones tienes para
con mi hermana.
—¿Mis intenciones? —pregunté. Tenía la boca muy seca—. Mis intenciones son
estrictamente honorables.
—¿De verdad? —inquirió. Se agachó y sacó un jarrón de debajo de la fuente—.
¿Por eso la llevaste a ver a esos manguis
de feria?
Mangui no es una
palabra adecuada para un policía joven y con una buena formación.
—Sólo se trataba de una investigación previa, exploratoria —expliqué—.
Además, Oxley e Isis no son manguis para nada.
Tyburn acarició la espalda de la aguadora con el dorso de la mano y el
reguero que manaba de la calabaza se transformó en un grueso chorro con el que
llenó el jarrón.
—De todos modos —dijo, mientras desenvolvía las rosas—, no son el tipo de
personas con los que una quiere que se vea su hermana.
—No podemos elegir a la familia —dije animadamente—. Pero al menos podemos
elegir a nuestros amigos.
Tyburn me lanzó una mirada penetrante y empezó a poner bien las rosas. El
jarrón no tenía nada especial, tenía el fondo plano cual recipiente volumétrico
y estaba hecho de fibra de vidrio lacada de color verde, el tipo de pieza que
se vende por cincuenta peniques en el mercadillo.
—No tengo nada contra el Anciano ni contra su gente, pero estamos en el
siglo XXI y esta ciudad es mía, y no llevo treinta años trabajando duro para
que ahora un bandolero regrese y me quite lo que me he ganado.
—¿Qué es lo que consideras que es tuyo? —pregunté.
No me respondió y, tras poner bien la última de las rosas, colocó el jarrón
sobre la tapia del jardín, cerca de donde nos encontrábamos. Las rosas que
había comprado eran las últimas que quedaban en el puesto y les faltaba poco
para marchitarse. En cuanto Tyburn las hubo puesto en el jarrón, revivieron,
cobraron vida y frescura, e incluso su color se oscureció.
—Peter —me dijo—, has visto cómo está organizada, o, mejor dicho, cómo no
está organizada la Locura. Sabes que para el Gobierno no tiene estatus oficial,
y que su relación con la Policía Metropolitana es tan sólo una cuestión de
costumbre y de práctica, y de tradición, por Dios bendito. Todo se aguanta con
esputo y lacre, y con la ayuda de una red de amigos y conocidos. Es un típico
amasijo británico y la única vez que se le pidió que interviniera de verdad
fracasó estrepitosamente. Tengo acceso a archivos que tú no sabes ni que
existen, Peter, sobre un lugar en Alemania que se llamaba Ettersburg. Quizá te
convendría preguntarle por él a tu mentor.
—Técnicamente es mi maestro —dije—. Pronuncié el juramento de la cofradía
al entrar como aprendiz.
Notaba la lengua gruesa y seca, como si hubiera pasado la noche durmiendo
con la boca abierta.
—He dicho todo lo que tenía que decir —me respondió ella—. Sé muy bien que
voy contra el carácter nacional, pero ¿no te parecería bien que estas
cuestiones estuvieran un poco más organizadas, que actuáramos de una manera un
poquito más adulta? ¿Es que nos moriríamos si el Gobierno tuviera una
institución oficial que se encargara de los asuntos sobrenaturales?
—¿Un Ministerio de la Magia? —pregunté.
—Oye, me voy a partir de la risa —dijo Tyburn.
Yo quería saber por qué no me había ofrecido una taza de té. Le había
llevado flores y pensaba que lo mínimo que podía ofrecerme a cambio era una
taza de té, o una cerveza, o incluso un vaso de agua. Traté de aclararme la
garganta y me salió como un resuello. Miré a la fuente y al agua que se
derramaba sobre la pila.
—¿Te gusta? —me preguntó—. La pila se hizo en el siglo XVII. Es una
imitación algo tosca de un original italiano. Pero la figura central la
encontraron al hacer las excavaciones para construir la estación de Swiss
Cottage. —Puso la mano sobre el rostro de la escultura—. El mármol procede de
Bélgica, pero los arqueólogos aseguran que la escultura es de elaboración
local.
Me costaba entender por qué yo mismo no quería beber aquella agua. Había
bebido agua en otras ocasiones, cuando no tenía cerveza, ni café, ni Coca-cola light. He bebido agua embotellada y,
ocasionalmente, también del grifo. Cuando era niño solía beber directamente del
grifo. Volvía corriendo a casa, acalorado y sudado después de jugar, y no me
molestaba ni siquiera en llenar el vaso: abría el grifo y ponía la boca debajo.
Mi madre me pegaba bronca si me sorprendía haciéndolo, pero mi padre se
contentaba con decirme que me anduviera con cuidado.
—¿Y si saliera un pez por el grifo? —solía decirme—. Te lo tragarías sin
darte cuenta.
Mi padre siempre estaba diciendo tonterías de ese estilo y no fue hasta los
diecisiete años cuando me di cuenta de que hablaba así porque se pasaba el día
drogado.
—Basta ya —murmuré.
La mujer me dirigió una bella sonrisa.
—¿Basta de qué?
A mí me da igual emborracharme, pero siempre llega un momento durante la
noche en el que me veo a mí mismo chocando con todo y pienso: «Ya estoy harto
de esto, ¿podría recobrar el control sobre mi cerebro, por favor?» En ese
momento sentía la misma irritación por la súbita necesidad de llevar flores
hasta Hampstead y beber agua de fuentes extrañas. Traté de dar un paso hacia
atrás, pero sólo conseguí arrastrar un poquito el pie.
La sonrisa de Tyburn se desvaneció.
—¿No quieres beber un poco? —preguntó.
Tyburn había llegado demasiado lejos y ella lo sabía, y también sabía que
yo sabía que ella lo sabía. Fuera lo que fuese la influencia que había ejercido
sobre mí, debía de ser demasiado sutil como para imponerse en algo tan obvio.
Además, siempre me ha preocupado lo del pez.
—Buena idea —dije—. Afuera, en la calle, hay un pub. ¿Vamos?
—Si serás cabrón —respondió ella, y no se me ocurrió que estaba hablando de
mí. Acercó su rostro al mío y me miró a los ojos—. Sé muy bien que tienes sed
—dijo—. Bébete el agua.
Sentí que mi cuerpo caminaba por sí solo en dirección a la fuente. Era un
movimiento involuntario, como un calambre en la pierna o un acceso de hipo,
pero afectaba a todo el cuerpo y lo empujaba a hacer algo que yo no quería
hacer. Fue terrible. Me di cuenta de que ni el Anciano ni Mamá Támesis habían
tratado de controlarme, y que, si hubiesen querido, me habrían obligado a
empujar carretillas arriba y abajo por la habitación. Su poder debía de tener
un límite, porque, si no, ¿qué les habría impedido a Mamá Támesis y al Anciano
entrar en Downing Street y dictar la política del Gobierno? Creo que no lo han
hecho, porque de otro modo se notaría… para empezar, el Támesis estaría más
limpio.
Entendí que ese límite tenía que ser Nightingale. El contrapeso, la barrera
humana contra lo sobrenatural. Y eso significaba que a él no podían
controlarle. Lo único que diferenciaba a Nightingale de un hombre ordinario era
su magia y, por lo tanto, debía de ser la magia lo que le permitía defenderse.
Tuve que esforzarme mucho para pensar todo esto, pero no es nada fácil pensar
mientras la personificación de un río histórico de Londres pugna por adueñarse
del cerebro de uno.
Con tal de ganar tiempo, traté de dejarme caer hacia atrás. No funcionó,
pero sí logré frenar mi siguiente zancada en dirección a la fuente. Nightingale
aún no me había enseñado a bloquear la magia, así que recurrí al impello. Organizar la forma dentro de mi mente me resultó
mucho más fácil de lo que había esperado —luego especulé con que la influencia
que Tyburn ejercía sobre mí actuaba tan sólo sobre la parte instintiva del
cerebro, y no sobre sus funciones «elevadas»— y se me escapó de las manos.
—Impello —dije, y traté
de levantar la estatua de su pedestal.
Tyburn abrió los ojos como platos al oír que el mármol se agrietaba. Se
volvió y, en el mismo momento en que dejó de mirarme a las pupilas, retrocedí,
tambaleante, súbitamente libre. Sentí que la configuración de mi mente escapaba
a mi control y que la cabeza de la estatua estallaba cual lluvia de esquirlas
de mármol. Sentí un impacto en el hombro y un corte en la cara y un trozo de
mármol del tamaño de un perro pequeño se estrelló contra las baldosas del patio
a mi lado.
Vi que la pila para pájaros también se había agrietado y que el agua
escapaba y se extendía sobre el patio como un charco de sangre. Tyburn se
volvió y me miró. Tenía un corte en la frente y el vestido de playa se le había
rasgado a la altura de las caderas.
Estaba muy callada y eso no era una buena señal. Había conocido ese
silencio en mi madre y en el rostro de una mujer cuyo hermano había muerto poco
antes, víctima de un conductor borracho. La gente piensa, por culpa de los
medios de comunicación, que las negras no saben hacer otra cosa que gritar,
menear la cabeza, quejarse y decir «es-que-no-me-lo-puedo-creer», y si no son
descaradas es que son dignas y curtidas por la vida y duras y
«no-comprendo-cómo-es-posible-que-la-gente-no-se-entienda». Pero si un día os
encontráis con que una negra se queda callada de la manera en que Tyburn se
quedó callada ese día, los ojos brillantes, los labios rígidos y la cara
inmóvil como una máscara mortuoria, es que acabáis de ganaros una enemiga para
toda la vida. Y punto.
No os quedéis a su lado ni tratéis de discutir… creedme: la cosa no
terminará bien. Acepté mi propio consejo y empecé a retroceder. Tyburn no me
quitó de encima sus ojos negros mientras me alejaba y, tan pronto como estuve a
salvo en el pasaje lateral, me volví y me marché tan rápido como pude. No es
que corriera cuesta abajo hasta Swiss Cottage, pero sí que fui a paso ligero.
Casi al final de la pendiente había una cabina telefónica, y eso era lo que
necesitaba, porque no había apagado el móvil antes de la demolición de la
estatua. Llamé a la operadora, le di mi número de identificación y me puso con
el móvil de Lesley. Lesley quiso saber dónde me había metido, porque todo había
sido un desastre durante mi ausencia.
—Hemos salvado al ciego —dijo—, y no gracias a ti.
Se negó a darme ningún detalle porque «el jefe quiere que vengas aquí ahora
mismo». Le pregunté dónde era «aquí» y me dijo que estaba en el tanatorio de
Westminster, y me sentí fatal, porque entendí que habíamos salvado al ciego,
pero algún otro pobre diablo había perdido la cara. Le dije que iría lo antes
posible.
Monté en una línea local de autobús y bajé hasta la estación de metro de
Swiss Cottage, y una vez allí subí a un tren de la Jubiles Line que me llevó
hasta el centro. Dudaba que lady Ty tuviera efectivos suficientes o ganas de
hacer vigilar las estaciones, y una de las escasas ventajas de haberme cargado
el teléfono era que ya no podría detectarlo, y lo mismo valía para cualquier
otro ingenio rastreador que hubiera puesto sobre mi persona. No penséis que soy
un paranoico, ¿eh? Ese tipo de cosas se venden por Internet.
Faltaba muy poco para el pico de la hora punta cuando subí al tren y el
vagón había llegado a ese grado de abarrotamiento que precede a la transición
entre la suspensión voluntaria del espacio personal y el encierro en una lata
de sardinas. Me di cuenta de que algunos pasajeros me miraban mientras tomaba
posiciones en un extremo con la espalda apoyada en la puerta de conexión entre
vagones. Enviaba señales heterogéneas: por un lado, el traje y la expresión
facial de una persona segura de sí misma; por el otro, la evidencia de que
acababa de participar en una pelea y mi condición de mestizo. No es cierto que
los londinenses no se fijen en lo que hacen los demás cuando viajan en metro;
estamos hiperatentos a todos los demás y hacemos constantes estimaciones sobre
lo que podría suceder y sobre las estrategias que podríamos adoptar. ¿Y si un
joven guapo y elegante, pero de otra raza me pide dinero? ¿Se lo doy, o no? ¿Si
bromea, voy a reaccionar? Y si reacciono, ¿será con una sonrisa tímida, o con
una carcajada? Si le han herido en una pelea, ¿necesitará ayuda? Si le ayudo,
¿me voy a ver metido en una situación peligrosa, o en una aventura, o en un
salvaje romance interracial? ¿Llegaré tarde a la cena? Si se abre la chaqueta y
grita «Dios es grande», ¿voy a llegar a tiempo al otro extremo del vagón?
La mayoría de nosotros planeamos constantemente estrategias de evitación
que promueven la paz en nuestro tiempo, nuestro vagón y, por favor, Dios mío,
que por lo menos dure hasta que haya llegado a casa. Las personas de más de
sesenta años lo llaman buena educación y su propósito es tratar de evitar que
nos matemos entre nosotros. Lo mismo sucede con los vestigia: no siempre somos conscientes de ellos, pero,
instintivamente, adecuamos nuestra conducta en respuesta a la acumulación de
magia a nuestro alrededor. Entendí que era eso lo que mantenía activos a los
fantasmas; vivían de los vestigia,
igual que la luz de un LED conectado a una batería de larga duración: el propio
dispositivo rebaja su potencia para racionalizar el consumo. Me acordé del
espacio de muerte que había sido la casa de los vampiros en Purley. Según
Nightingale, los vampiros eran personas ordinarias que se «infectaban», nadie
sabía muy bien cómo ni por qué, y empezaban a alimentarse del potencial mágico
que había a su alrededor, incluidos los vestigia.
—Pero no son suficientes para nutrir a un ser vivo —me había dicho
Nightingale—. Y por eso salen en busca de otras fuentes de magia.
La mejor fuente de magia, según Isaac Newton, eran los seres humanos, pero
no es posible robarle la magia a una persona, ni a un ser vivo más complejo que
los mohos mucilaginosos, salvo en el momento de la muerte. Y ni siquiera
entonces es fácil. Le hice la pregunta obvia: ¿por qué beben sangre? Dijo que
nadie lo sabía. Le pregunté cómo era posible que nadie hubiera hecho
experimentos para descubrirlo, y me lanzó una mirada de extrañeza.
—Se hicieron algunos experimentos —me dijo, al cabo de una larga pausa—.
Durante la guerra. Pero los resultados no se consideraron éticos y se sellaron
los archivos.
—¿Íbamos a emplear vampiros durante la guerra? —pregunté, y me sorprendí
con la mirada de genuino dolor y enfado de Nightingale.
—No —dijo bruscamente, y luego, en tono más suave—: Nosotros no… los
alemanes, sí.
A veces, cuando alguien te dice que no vayas, lo mejor es no ir.
Los genii locorum, como Beverley,
Oxley y el resto de la disfuncional familia Támesis, también eran, en cierto
modo, seres vivos, y también sacaban energía de su entorno. Tanto, Bartholomew
como Polidori habían apuntado que tal vez sacaran su sustento de «las diversas
y numerosísimas formas de vida y magia que moran en sus dominios». Yo me
mostraba escéptico, pero estaba dispuesto a aceptar que vivieran en simbiosis
con sus «dominios», mientras que los vampiros eran claramente parasitarios. ¿Y
si ocurría lo mismo entre los fantasmas? Si Nicholas Wallpenny formaba parte en
cierto modo de los vestigia entre los
que habitaba y de los que extraía energía, y por lo tanto era un simbionte,
entonces el revenant podía ser un
parásito, un vampiro fantasma. Eso habría explicado que los cerebros de las
víctimas se encogieran y tomaran esa forma de coliflor. Les habían succionado
la magia.
Y significaba que la invocación que había llevado a cabo con las
calculadoras no había tenido otro efecto que reforzar el apetito de Henry Pyke
por la magia. Pero también me pregunté si sería posible atraer a un revenant a base de derramar magia, igual
que se echa comida al agua para atraer a los tiburones. Cuando el tren llegó a
Baker Street, había empezado a idear un plan.
El metro es un buen sitio para este tipo de saltos conceptuales, porque,
como no hayas llevado nada para leer, es un verdadero fastidio.
Llegué al tanatorio de Westminster y en esta ocasión no tuve que enseñar
las credenciales. Los guardias de la puerta me hicieron un gesto con la mano
para indicarme que podía pasar. Nightingale me aguardaba en el vestuario.
Mientras me cambiaba, le expliqué brevemente mi encuentro con Tyburn.
—Siempre pasa igual con los hijos —dijo Nightingale—. Nunca están
satisfechos con el status quo.
—¿Cómo han salvado al ciego? —pregunté.
—He descubierto que no podemos llamarles ciegos —anunció Nightingale—. Se
trata de personas con discapacitación visual. Una joven muy brusca me lo hizo
notar mientras aguardábamos en el hospital.
—Pues entonces, ¿cómo han salvado al hombre con discapacitación visual?
—Ojalá pudiera decir que el mérito es mío —dijo Nightingale—. Ha sido su
perro guía. Tan pronto como se ha iniciado el embargo…
—¿El embargo? —pregunté.
Al parecer, éste era el término que el doctor Walid había inventado para
describir lo que sucedía cuando un ser humano normal caía en las garras de
nuestro revenant. Es un término legal
que se refiere al proceso por el que las propiedades de una persona son
confiscadas con el fin de pagar deudas, o porque se considera que las ha
obtenido por medios delictivos. En este caso, la propiedad embargada era el
propio cuerpo de la persona.
—Tan pronto como empezó el embargo —dijo Nightingale—, el perro guía, cuyo
nombre creo que es Malcolm,
enloqueció y obligó a la víctima potencial a alejarse. El inspector había
mandado a su gente a controlar las acciones de beneficencia que tenían lugar en
esa zona, y alguien de su equipo intervino antes de que nuestro pobre y
embargado Punch pudiera seguir al ciego.
—Otro triunfo de la aplicación de la inteligencia a las acciones policiales
—dije.
—Desde luego —afirmó Nightingale—. La primera que llegó al escenario de los
hechos fue tu amiga, la agente May.
—¿Lesley? Apuesto a que no se alegró por ello —proferí.
—En sus propias palabras: «Hostia puta, ¿cómo es que estas cosas siempre me
pasan a mí?» —explicó Nightingale.
—Bueno, ¿y quién fue en vida la víctima de este embargo? —pregunté.
—¿Acaso he dicho que haya muerto? —respondió Nightingale.
Me llevó por el pasillo, hasta una habitación en la que habían montado una
unidad móvil de cuidados intensivos. Bien pensado, es francamente turbador que
pueda haber semejante cosa en un tanatorio. Lesley estaba tirada sobre una
silla en uno de los rincones de la sala. Nos saludó con la mano cuando
entramos. A ambos lados de la cama había máquinas que resollaban y hacían «bip»
o cuyas lucecitas simplemente parpadeaban en silencio. Sobre la cama se hallaba
Terrence Pottsley, veintisiete años, de Sedgefield, condado de Durham, gestor
de existencias en Tesco’s. Sus familiares aún no habían sido informados. Un
matorral de acero inoxidable le salía de la cara: lo llaman fijadores externos.
El doctor Walid tenía la esperanza de que permitieran reconstruirle con éxito
el rostro una vez el embargo se hubiera resuelto.
—Y yo que me quejaba cuando me pusieron aparatos en los dientes —dijo
Lesley.
—¿Está despierto? —pregunté.
—Al parecer, lo mantienen en lo que se suele llamar «coma médico» —dijo
Nightingale—. ¿Oxley sabía con quién nos enfrentarnos?
—Isis sí lo sabía —dije—. Se acuerda de que Henry Pyke fue un actor fallido
a quien tal vez asesinara Charles Macklin… que tuvo mucho más éxito en la
escena.
—Ése sería el motivo de su resentimiento —dijo Nightingale.
—¿Lo arrestaron? —preguntó Lesley.
—La información accesible es vaga —declaré—. Puede ser que arrestaran a
Pyke…
—A Pyke no —dijo Lesley—. A Macklin. Puede darse la casualidad de que
escapara impune de un asesinato, pero escapar de dos parece muy jodido. Aparte
de injusto.
—Macklin vivió hasta edad avanzada —dijo Nightingale—. Fue una de las
figuras más populares de Covent Garden. Yo me enteré del primero de los
asesinatos, pero no sabía nada sobre Henry Pyke.
—¿No podríamos hablarlo en otro lugar? —inquirió Lesley—. Este tío me pone
nerviosa.
Como la mayoría de nosotros éramos policías, ese otro lugar tenía que ser
un pub, o una cantina. La cantina estaba más cerca. Aguardé a que viniera el
doctor Walid y luego empecé a exponer mi estrategia.
—Tengo una idea —exclamé.
—Mejor que no sea un astuto plan —replicó Lesley.
Nightingale nos miraba con gesto ausente, pero al menos el doctor Walid
soltó una risilla.
—Sí lo es, de hecho —dije—. Un astuto plan.
Nightingale había venido con una copia en papel del guión de Piccini. Lo
abrí y llamé la atención de todos ellos sobre la escena que venía después de
que Punch matara al mendigo ciego. En ella, el alguacil trataba de arrestar a
Punch por el asesinato de su mujer y su hijo.
—Me presento como voluntario para representar a ese alguacil de la escena
siguiente.
—¿Se presenta usted voluntario para que le aplanen la cabeza a golpes?
—preguntó el doctor Walid.
—Si se lee usted el guión, verá que el alguacil sobrevive al encuentro
—dije—. Igual que el guardia que llega inmediatamente después.
—Entiendo que ése soy yo —dijo Nightingale.
—Me da igual, con tal de no ser yo —dijo Lesley.
—No estoy seguro de que esto vaya a funcionar —dijo Nightingale—. Henry
Pyke no tiene motivo alguno para organizar un encuentro con nosotros, con
independencia de que quedemos bien en su pequeña obra.
El doctor Walid señaló con el dedo un punto en el texto y dijo:
—Punch pregunta: «¿Y quién te ha mandado venir?», y el alguacil le
responde: «Me han mandado venir por ti.» Punch no tiene alternativa; es su
destino el que le da alcance. «Yo no quiero al alguacil», dice.
—Creo que no has entendido a Punch —dijo Lesley—. Das por supuesto que se
trata de una especie de asesino en serie sobrenatural que está obligado a
seguir la historia de esta pieza de Punch y Judy. Pero ¿y si fuera otra cosa?
—¿Como qué? —le pregunté.
—Como la manifestación de una tendencia social, del delito y el desorden,
como una especie de supermacarra. El espíritu de la violencia y la rebeldía que
anida en las turbas londinenses.
Todos nosotros la miramos con asombro.
—Te has olvidado de que yo también sacaba sobresalientes —dijo Lesley.
—¿Has pensado algún otro plan? —le pregunté.
—No —respondió Lesley—. Tan sólo quiero que tengáis cuidado. Aunque creáis
saber lo que estáis haciendo, eso no significa que sepáis de verdad lo que
estáis haciendo.
—Me alegro mucho de que nos lo hayas hecho notar —le dije.
—De nada —dijo Lesley—. Bueno, supongamos que encuentras a Henry. ¿Y
entonces qué?
Era una buena pregunta… miré a Nightingale.
—Yo le seguiré el rastro a su espíritu —indicó Nightingale—. Si llego lo
bastante cerca, podría seguirlo hasta sus huesos.
—Y entonces ¿qué? —preguntó Lesley.
Miré a Nightingale.
—Los desenterraremos y los pulverizaremos, los mezclaremos con sal gema y
luego los dispersaremos en el mar —expliqué.
—¿Y eso funcionará? —preguntó Lesley.
—En otros casos ha funcionado —afirmó el doctor Walid.
—Va a necesitar una orden judicial —dijo Lesley.
—Para acabar con un fantasma no necesitamos órdenes judiciales —dije yo.
Lesley sonrió y dejó el guión sobre la mesa, a mi lado. Dio golpecitos
sobre la página con la cuchara y leyó la siguiente línea:
—«Alguacil: No hace falta que me diga nada. Es usted un asesino y vengo con
una orden judicial.» Si lo que queréis es seguir la obra de teatro, vais a
necesitar todos sus elementos.
—Una orden judicial contra un fantasma —dije.
—De todas maneras, eso no va a ser ninguna dificultad —dijo Nightingale—.
Aunque sí nos obligará a posponer la operación de captura hasta bien avanzada
la noche.
—¿Vais a seguir adelante con esto? —preguntó Lesley. Me miró con
preocupación. Traté de aparentar desenfado, pero creo que me salió algo que se
parecía más al optimismo sin fundamento.
—Creo, agente, que es nuestra única opción —dijo Nightingale—. Le estaría
muy agradecido si pudiera contactar con el inspector Seawoll y pedirle que esté
a las once en Covent Garden listo para actuar.
—¿Tan tarde? —pregunté—. Puede que Henry Pyke no espere hasta entonces.
—Como pronto, dispondremos de la orden judicial a las once —dijo
Nightingale.
—¿Y si esto no nos sale bien?
—Entonces tendrá que ser Lesley quien proponga un plan —dijo Nightingale.
Volvimos en coche a la Locura y Nightingale se encerró en la biblioteca de
magia, presumiblemente para empollarse los hechizos de búsqueda de revenants. Subí al piso de arriba y
saqué el uniforme del armario. Tuve que buscar el casco y finalmente lo
encontré debajo de la cama. El silbato de plata que, por absurdo que parezca,
aún forma parte del uniforme moderno, se hallaba dentro del casco. Como mi último
teléfono no había sobrevivido a la fuente de Tyburn, fui al escritorio a buscar
el Airwave policial y le puse las baterías. Al meterlo en la bolsa de viaje
junto con el uniforme, me di cuenta de que aquello aún tenía pinta de
residencia transitoria, de lugar donde me había instalado hasta encontrar algo
mejor.
Cargué a hombros con la bolsa de viaje y me volví, y vi que Molly estaba en
la puerta y me observaba. Ladeó la cabeza.
—No lo sé —dije—. Pero vamos a comer fuera.
Molly frunció el ceño.
—Voy a ser yo quien vaya al frente —le informé, pero no pareció que la
impresionara—. No le va a pasar nada.
Me echó una última mirada de escepticismo antes de marcharse. Cuando salí
de la habitación, ella ya no estaba. Fui a la planta baja y esperé a
Nightingale en la sala de lectura. Salió media hora más tarde, vestido con su
traje «de trabajo» y el bastón. Me preguntó si estaba a punto, y le dije que
sí.
Era una hermosa y cálida noche de primavera. En vez de ir con el Jaguar,
fuimos a pie pasando por el British Museum, y luego cortamos por Museum Street
y salimos a Drury Lane. Aunque hubiéramos tardado un buen rato, aún nos
quedaban varias horas, y entramos en un restaurante especializado en curry
cerca del Theatre Royal con el prometedor nombre de La Casa de Bengala.
Al pasarle revista al menú, desprovisto —gracias a Dios— de patatas, bollos
de corteza gruesa, pudín de sebo y salsa gravy, entendí que Nightingale tuviera
tanta afición a comer fuera.
Nightingale pidió cordero al limón silvestre y yo me contenté con un pollo
estilo Madrás. Estaba tan caliente que a Nightingale le lloraron los ojos. A mí
me parecía demasiado suave. La cocina india no tenía ningún peligro para un
muchacho que había crecido con pollo al maní y arroz wolof. La divisa de la
cocina de África Occidental es que si la comida no pega fuego al mantel es
porque el cocinero ha escatimado pimienta. En realidad, no existe tal divisa.
Desde el punto de vista de mi madre, era inconcebible que alguien quisiera
comer algo que no quemara la boca por dentro.
Mientras esperábamos, pedimos una cerveza, y Nightingale me preguntó por el
éxito de mis esfuerzos diplomáticos.
—Aparte de tu contratiempo con Tyburn.
Le hablé de la visita al río de Oxley y de la reacción de Beverley. No le
conté que yo mismo había querido echarme al río. Le dije que me parecía que
había ido bien y que había quedado claro que ambos bandos tenían cosas en
común.
—Podríamos profundizar en ese aspecto —planteé.
—Resolución de conflictos —dijo Nightingale—. ¿Eso es lo que os enseñan
ahora en Hendon?
—Sí, señor —afirmé—. Pero no se preocupe, también nos enseñan a pegar a los
detenidos con listines de teléfono y las diez mejores maneras de falsificar
pruebas.
—Me alegro de que las viejas artes del oficio se conserven —comentó
Nightingale.
Eché un traguito de cerveza.
—Tyburn no es muy amante de las viejas maneras —dije.
—Peter —dijo él—, entre todos los hijos de Madre Támesis tenías que
pelearte con lady Ty. —Agitó el tenedor en el vacío—. Es por estas cosas por lo
que no conviene que emplees la magia mientras no hayas completado tu
instrucción.
—¿Y qué tendría que haber hecho?
—Tendrías que haber hablado con ella —explicó—. ¿Por quién tomas a Ty… por
una gángster? ¿De verdad pensabas que te iba a pegar un tiro en la cabeza? Tan
sólo te presionó para ver cómo reaccionabas, y tú metiste la pata hasta el
fondo.
Durante un rato no hicimos otra cosa que comer curry. Nightingale tenía
razón… sentí pánico.
—No le veo a usted muy preocupado, señor —dije—. Por lo de lady Ty.
Nightingale terminó de masticar un bocado de carne de cordero y dijo:
—Peter, estamos a punto de ser el cebo para capturar a un poderoso espíritu
revenant que, por lo que sabemos, ha
matado ya a más de diez personas. —Hundió el cubierto en el arroz—. No pienso
preocuparme por lady Ty hasta que esto haya terminado.
—Si no lo he entendido mal —dije—, voy a ser yo quien haga de anzuelo. Y
visto que es mi culo el que se va a quedar al aire, ¿puede usted garantizarme
que será capaz de seguirle los pasos a Pyke, señor?
—Aquí no hay nada seguro, Peter —expuso—. Pero haré lo que pueda.
—¿Y si no podemos acceder a su tumba? —pregunté—. ¿Tiene usted un plan B?
—Molly domina la hemomancia —aseguró Nightingale—. Es impresionante de
verdad.
Recurrí a mis escasos conocimientos de griego.
—¿Adivinación mediante la sangre?
Nightingale, pensativo, masticó un bocado y se lo tragó.
—Quizá el término no sea muy apropiado —dijo—. Molly podría ayudarte a
extender tu percepción de los vestigia
hasta cierta distancia.
—¿Qué distancia?
—Entre tres y cuatro kilómetros —dijo Nightingale—. Sólo lo hemos hecho una
vez, así que no estoy muy seguro.
—¿Y cómo fue?
—Como entrar en un mundo de fantasmas —dijo Nightingale—. Puede que se
tratara incluso del mundo de los
fantasmas. Tal vez así lograríamos encontrar a Henry Pyke.
—¿Y por qué no lo hacemos ahora mismo? —pregunté.
—Porque tendrías una posibilidad entre cinco de sobrevivir a la experiencia
—respondió Nightingale.
—Ah, ya —dije—. Entonces quizá sí que sea mejor no intentarlo por el
momento.
Si mi profesión —que es la de perseguidor de ladrones, no la de mago— tuvo
un comienzo fechable en Londres, podemos decir que empezó en Bow Street con
Henry Fielding, magistrado, autor satírico y fundador de lo que luego se llamó
los Bow Street Runners. Su casa estaba al lado de la Royal Opera House, en los
tiempos en los que se llamaba simplemente Theatre Royal, y Macklin
complementaba sus actividades ginebreras con actuaciones esporádicas. Lo sé muy
bien porque Channel 4 emitió una serie en la que el protagonista era el tío que
hizo de emperador en las películas de Star
Wars. Al morir Henry Fielding, su cargo de magistrado pasó a manos de su
hermano menor, el ciego John, que reforzó a los Bow Street Runners, pero, como
quedó de manifiesto, no hasta el punto de que pudieran impedirle a Macklin que
golpeara a Henry Pyke hasta la muerte prácticamente a la puerta de su casa. No
era de extrañar que Henry estuviese cabreado. Yo también lo estaría.
Fue la primera comisaría de policía de verdad que tuvo Londres. En el siglo
XIX pasó al otro lado de la calle y se transformó en el Tribunal de Bow Street,
probablemente el más célebre de Gran Bretaña después del Old Bailey. Mandaron
allí a Oscar Wilde por escándalo público, y William Joyce, lord Haw Haw en
persona, empezó su corta caminata hacia la horca también en Bow Street. Los
gemelos Kray fueron allí por el asesinato de Jack el Sombrero McVitie. En el año 2006 se lo vendieron a un magnate
del sector inmobiliario que lo transformó en hotel, porque, por mucho que en
Londres la historia y la tradición hablen con una bella voz, el dinero tiene su
propio y dulce canto de sirena.
En el lugar del edificio original había habido un mercado de flores bajo un
techo con arcos de hierro y cristal. Eliza Doolittle, encarnada por Audrey
Hepburn en My Fair Lady, debía de
haber comprado allí sus violetas antes de ponerse a exhibir el peor acento cockney a este lado de Dick Van Dyke.
Como consecuencia de su remodelación en los años noventa, la Royal Opera House
engulló la mayor parte del bloque circundante, incluido el mercado de flores.
Así fue como terminamos en la puerta trasera de la Opera House, donde, al
parecer, Nightingale conocía a un tío que nos dejaría entrar.
No era una puerta para actores, sino para mercancías. He visto almacenes
con muelles de carga más pequeños. Había un montacargas de tamaño industrial
para llevar los gigantescos decorados de un piso a otro. Terry, un hombrecillo
casi calvo vestido con un cárdigan de color beige —el hombre de Nightingale en
el teatro— nos dijo que los decorados podían llegar a pesar quince toneladas y
que cuando no estaban en uso los guardaban en un depósito en Gales. No nos dijo
por qué tenía que ser en Gales.
—Hemos venido a ver al Magistrado —dijo Nightingale.
Terry asintió con cara seria y nos guió por una serie de corredores
estrechos con las paredes pintadas de blanco y por salidas de incendios con el
sello del Ministerio de Salud y Prevención de Riesgos. Despertaban en mí
desagradables reminiscencias del tanatorio de Westminster. Acabamos en un
almacén de techo bajo que, según nos dijo Nightingale, correspondía a la planta
baja del mercado de flores.
—Donde en otro tiempo estuvo la sala del Número Cuatro —dijo, y se volvió
hacia nuestro guía—: No te preocupes, Terry, ya nos las apañaremos nosotros
solos.
Terry se despidió con un gesto cordial y se marchó. En las paredes de la
sala había feos estantes de acero y aglomerado llenos de cajas de cartón y
paquetes de entrega repletos de servilletas, palillos de cóctel y bandejas
envueltas de doce en doce. En el centro de la sala no había nada, tan sólo unas
rozaduras en el suelo que indicaban lugares donde anteriormente también había
habido estantes. Traté de captar vestigia,
pero, en un primer momento, lo único que capté fue polvo y plástico desgarrado.
Luego lo sentí en los límites de mi percepción: pergamino, sudor seco, cuero y
oporto derramado.
—Un magistrado fantasma —dije—. ¿Nos va a dar una orden judicial fantasma?
—Los símbolos tienen poder sobre los espectros —explicó Nightingale—. A
menudo ejercen mayor efecto que cualquier cosa que podamos encontrar en el
mundo físico.
—¿Y por qué?
—A decir verdad, Peter —dijo Nightingale—, recuerdo la clase en que lo
estudiamos y estoy seguro de que leí los pasajes de Bartholomew que tratan
sobre esta cuestión. Puede que incluso escribiera un trabajo, pero maldito sea
si recuerdo dónde lo tengo.
—¿Pues cómo quiere enseñármelo si usted mismo no lo recuerda?
Nightingale se dio unos golpecitos suaves en el pecho con el pomo del
bastón.
—Tenía la intención de refrescar la memoria antes de empezar con este tema
—dijo—. Sé de dos de mis maestros que hicieron lo mismo, y en esa época
teníamos especialistas.
De pronto me di cuenta de que Nightingale se esforzaba por ganar confianza
en sí mismo, y me pareció extremadamente preocupante.
—Trate de tener siempre los temas preparados antes de que los estudie yo
—le dije—. ¿Cómo vamos a encontrar al Magistrado?
Nightingale sonrió.
—Tendríamos que ganarnos su atención —respondió. Se volvió y se dirigió al
centro vacío de la sala—. El capitán Nightingale pide ver al Coronel.
El olor a sudor seco y alcohol derramado se hizo más fuerte y una figura
apareció frente a nosotros. Aquel fantasma parecía más transparente que mi
viejo amigo Wallpenny, más fino y más espectral, pero sus ojos centellearon al
volverse hacia nosotros. Sir John Fielding había llevado una venda negra para
ocultar sus ojos ciegos, y Nightingale había invocado al «Coronel», así que me
figuré que ése debía de ser el coronel sir Thomas de Veil, un hombre tan
corrupto que había dejado consternada incluso a la sociedad londinense del
siglo XVIII, generalmente considerada por los historiadores como la más
corrupta en la historia de las islas Británicas.
—¿Qué quiere, capitán? —preguntó De Veil. Tenía la voz débil y distante, y
a su alrededor sentí, más que vi, los desvaídos contornos del mobiliario: un
escritorio, una silla, un anaquel. La leyenda cuenta que De Veil tenía una
cámara privada especial en la que llevaba a cabo «interrogatorios judiciales»
de testigos y sospechosas de sexo femenino.
—Querría una orden judicial —dijo Nightingale.
—¿De acuerdo con los términos habituales? —preguntó De Veil.
—Por supuesto —dijo Nightingale.
Se sacó un pesado rollo de papel de la chaqueta y se lo ofreció a De Veil.
El fantasma tendió una mano transparente y lo agarró de entre los dedos de
Nightingale. Aunque aparentara que se trataba de un gesto casual, yo estaba
seguro de que el esfuerzo de mover un objeto físico debía de costarle algo a De
Veil. Las leyes de la termodinámica que afectan a este tipo de cuestiones están
muy claras: hay que pagar íntegramente todas las deudas.
—¿Y quién es el malhechor al que debemos prender? —preguntó De Veil, y puso
el papel sobre el escritorio transparente.
—Henry Pyke, señoría —dijo Nightingale—. También conocido como Punch y como
Pulcinella.
Los ojos de De Veil centellearon y sus labios se contrajeron.
—¿Es que ahora nos dedicamos a arrestar títeres, capitán?
—Digamos que arrestaremos al titiritero, señoría —dijo Nightingale.
—¿Y cuál es la acusación?
—El asesinato de su mujer y su hijo —dijo Nightingale.
De Veil torció la cabeza.
—¿Y la mujer no era una arpía?
—¿Disculpe, señoría?
—Venga, capitán —dijo De Veil—. No hay hombre que pegue a su mujer sin
provocación previa. ¿La mujer era una arpía?
Nightingale vaciló.
—Una arpía espantosa —dije yo—. Disculpe, señoría. Pero el bebé era
inocente.
—La lengua de la mujer puede guiar a un hombre a cometer actos terribles
—dijo De Veil—. Yo mismo doy fe de ello. —Me guiñó el ojo y yo pensé:
«Estupendo, una imagen que no voy a olvidar jamás»—. Sin embargo, el bebé era
inocente y por ese motivo hay que arrestarlo y conducirlo a juicio. —En la mano
espectral de De Veil apareció una pluma y, con ademán ostentoso, garabateó una
orden judicial—. Confío en que se acordará usted del prerrequisito —dijo De
Veil.
—Mi agente se hará cargo de las formalidades —dijo Nightingale.
Eso no me lo había esperado. Miré a Nightingale y éste hizo el gesto de lux con la mano derecha. Asentí con la
cabeza para indicar que lo había entendido.
De Veil secó teatralmente la tinta con soplidos y luego enrolló la orden
judicial y se la entregó a Nightingale.
—Gracias, señoría —dijo, y luego me dijo a mí—: Cuando quiera, agente.
Creé una luz fantasma y la hice flotar hasta De Veil, que la acogió en su
mano derecha. Aunque aún mantenía el hechizo activo, la luz perdió fulgor, a
medida que —supongo— De Veil sorbía su magia. La mantuve durante un minuto
hasta que Nightingale me hizo un gesto con la mano y entonces la desactivé. De
Veil suspiró mientras la luz se desvanecía y asintió para darme a entender su
gratitud.
—Qué poco —dijo, pensativo. Y se desvaneció.
Nightingale me entregó el rollo de papel.
—Ahora ya tienes la orden judicial —dijo. Desenrollé el papel y me
encontré, como ya me había imaginado, con que no había nada escrito—. Vamos a
arrestar a Henry Pyke —dijo Nightingale.
En cuanto hubimos salido del almacén, volví a colocar la batería en el
Airwave y llamé a Lesley.
—No te preocupes por nosotros —dijo—. No tenemos ningún problema en
esperarte hasta que por fin aparezcas.
Se oía un fondo de voces, copas y el último sencillo de Dusty Small. No me
hizo ninguna gracia: estaba en el pub. Le insinué que tal vez hubiera llegado
el momento de que tanto ella como el resto del equipo comenzaran a prepararse.
La labor policial se fundamenta en sistemas, procedimientos y planes,
incluso cuando se persigue a una entidad sobrenatural. Nightingale, Seawoll,
Stephanopoulos, Lesley y yo nos habíamos reunido previamente para planear en
detalle la operación, y habíamos terminado en menos de un cuarto de hora,
porque el plan que elaboramos seguía los estándares de identificación,
contención, seguimiento y arresto. Mi trabajo consistiría en identificar a la
última de las víctimas de Henry Pyke. En cuanto lo hubiera hecho, Nightingale
realizaría su truco mágico y seguiría al espíritu de Henry hasta su tumba. La
gente de Seawoll estaría allí para darnos cobertura en el caso de que la
operación saliera mal, mientras que el doctor Walid se quedaría cerca, con una
unidad móvil de atención a los heridos, para ayudar a algún pobre desgraciado
si se le caía la cara. Entretanto, la detective sargento Stephanopoulos estaría
a punto con un furgón de albañiles dispuestos a hacer horas extras y, según me
enteré luego, también con una miniexcavadora para excavar en la tumba,
dondequiera que se encontrase. También prepararía otro furgón con policías,
para contener a la multitud en el caso de que la tumba de Henry Pyke se hallara
en un lugar frecuentado, como un pub o un cine. En teoría, Seawoll estaba a
cargo de todo, y estoy seguro de que eso le puso de un humor magnífico.
Todo tenía que estar a punto en el momento en el que Nightingale y yo
salimos a Bow Street por la puerta trasera de la Royal Opera House. Dado que
Charles Macklin había golpeado hasta la muerte a Henry Pyke en esa misma calle,
a menos de diez metros más arriba, ambos pensamos que sería un lugar ideal para
dar inicio a la expedición de captura. Aunque de mala gana, abrí la bolsa y me
puse la chaqueta del uniforme y el puto casco ese tan ridículo. Tengo que decir
que todos nosotros odiamos el puto casco, porque no sirve para nada en una
pelea y encima te da esa pinta de bolígrafo azul con el capuchón puesto. El
único motivo por el que aún lo llevamos es porque cada vez que tratan de sacar
un diseño nuevo les sale todavía peor. Pero, si tenía que hacer de policía, lo
mejor era tener pinta de policía.
Faltaba poco para la medianoche y los últimos aficionados a la ópera salían
con cuentagotas de la Opera House y se dirigían a la estación de metro y las
paradas de taxi. Bow Street estaba tan silenciosa y desierta como pueda llegar
a estarlo una calle del centro de Londres.
—¿Está usted seguro de que podrá seguirle los pasos? —pregunté.
—Tú haz tu parte —me dijo—, y yo haré la mía.
Me ajusté la correa del casco y llamé con el Airwave. Esta vez me respondió
Seawoll, que me dijo que dejase de hacer el gandul y pusiera manos a la obra.
Me volví para preguntar si la ropa me quedaba bien y fue entonces cuando vi que
un hombre trajeado salía de pronto por la puerta trasera del teatro y pegaba un
tiro en la espalda a Nightingale.
10
UN LUGAR SIN CÁMARAS
Era un hombre de raza blanca y mediana edad, vestido con un traje
confeccionado a medida, de buena calidad, pero sin rasgos peculiares. Sostenía
con la mano derecha lo que parecía una pistola semiautomática, y una guía
operística de Kobbé con la izquierda. Llevaba un clavel blanco en la solapa.
Nightingale se desplomó al instante. Se quedó de rodillas y luego se cayó
de bruces en el suelo. El bastón se le escapó de la mano y rebotó varias veces
sobre los adoquines.
El hombre del traje me miró, con ojos mortecinos y sin color a la luz de
sodio de las farolas, y parpadeó.
—¡Así es como se tiene que hacer! —dijo.
Huir de un hombre con pistola es posible, sobre todo si la iluminación es
mala, siempre que te acuerdes de correr en zigzag y seas lo bastante rápido
como para impedir que te apunte bien. No diré que no fuese una opción
tentadora, pero, si huía, no podría impedir que el hombre armado se acercara a
Nightingale y le pegase un tiro en la cabeza. Durante los entrenamientos me
habían enseñado que lo que hay que hacer en estos casos es tranquilizar al
hombre armado al mismo tiempo que se camina lentamente hacia atrás; al
hablarle, se establece algún tipo de relación y se consigue que el sospechoso
se fije tan sólo en el agente. Así los civiles pueden escapar. ¿Habéis visto La lámpara azul, con Jack Warner y Dirk
Bogarde? Cuando estudiábamos en Hendon, nos hicieron ver la escena en la que P.
C. Dixon, el personaje de Warner, muere de un disparo. El guión de la película
es de un ex policía que sabía de lo que hablaba. Dixon muere porque es un
dinosaurio que comete la estupidez de avanzar hacia un sospechoso armado. Nuestros
instructores nos lo dejaron muy claro: no le agobies, no le amenaces, no dejes
de hablar y retrocede poco a poco. El sospechoso tiene que ser particularmente
estúpido, actuar guiado por motivaciones políticas o, como ocurrió en un caso
memorable, gozar de inmunidad diplomática para pensar que su situación va a
mejorar cuando mate a un policía. Así, por lo menos, ganas tiempo para que
llegue una unidad armada y le reviente la cabeza al cabrón.
Pensé que no tendría posibilidades de retroceder. Se trataba de uno de los
títeres embargados por Henry Pyke y no dudaría en matarme a mí, ni a
Nightingale, por muy amablemente que le hablara.
A decir verdad, no pensé en absoluto. Mi cerebro me decía: «¡Nightingale en
el suelo… caído… hechizo!»
—Impello —dije, con toda la calma
de que fui capaz, y el pie izquierdo del hombre levitó hasta un metro de
altura.
Su cuerpo salió disparado hacia arriba y se cayó de lado hacia la derecha.
Pegó un chillido. Perdí la concentración, y creo que fue porque oí el
característico crujido con el que se le rompió el tobillo. El arma se le escapó
de la mano y el hombre cayó al suelo agitando los brazos. Di un paso hacia él y
aparté la pistola de un puntapié, y luego le di a él una patada en la cabeza,
con mucha fuerza, por si acaso.
Tendría que haberlo esposado, pero Nightingale estaba echado en la calle a
mis espaldas y se oía una especie de gorgoteo. Tenía lo que llaman una «herida
succionante de tórax», y no es una descripción metafórica. Se le había abierto
un orificio de entrada a diez centímetros bajo el hombro, pero al menos, cuando
le di la vuelta, no encontré orificio de salida. Al enseñarme los primeros
auxilios, me habían dado directrices claras por lo que respecta a las «heridas
succionantes»… cada segundo que dejes pasar sin intervenir es un segundo de más
que se tomará el Servicio de Ambulancias de Londres para llegar.
Estaba seguro de que los equipos de refuerzo no habían oído el disparo,
porque, de haberlo oído, habrían tenido tiempo de llegar. Y, además, me había
cargado el Airwave al hacer levitar al hombre de la pistola. Entonces me acordé
del silbato de plata que llevaba en el bolsillo de arriba de la chaqueta del
uniforme. Lo saqué torpemente, me lo puse en la boca y soplé con todas mis
fuerzas.
Un silbato de policía en Bow Street. Por un instante, sentí una conexión,
como un vestigium, con la noche, las
calles, el silbato y el olor de la sangre y mi propio miedo, junto con todos
los policías que habían patrullado en Londres a lo largo de los siglos, y que
se habían preguntado qué diablos hacían a la intemperie a esas horas. O tal vez
no sintiera nada más que mi propio pánico; ése es un error que se comete con
facilidad.
El aliento de Nightingale empezaba a entrecortarse.
—No deje de respirar —le dije—. No le convendría nada abandonar ese hábito.
Oí sirenas que se acercaban… fue un bello sonido.
El problema con el coleguismo entre policías es que nunca se sabe cuándo va
a funcionar, y tampoco si funcionará en interés propio, o en el de algún otro
colega. Empecé a sospechar que no funcionaba en interés propio cuando me
trajeron una taza de té y una galleta a la sala de interrogatorios. Cuando hay
que hacerle un interrogatorio amistoso a un colega policía, se le lleva a la
cantina y se le permite que vaya en busca de su propio café. Los únicos que
tienen servicio de habitación son los sospechosos. Estábamos en la comisaría de
Charing Cross y, por supuesto, me sabía el camino hasta la cantina.
El inspector Nightingale aún vivía. Me lo contaron mucho antes de sentarme
en el lado equivocado de la mesa de interrogatorios. Lo habían llevado al
recién inaugurado centro de traumatología del Hospital Universitario y lo
habían declarado «estable», un término que puede hacer referencia a gran
variedad de desastres.
Miré la hora. Eran las tres y media de la madrugada. Habían pasado menos de
cuatro horas desde que le habían disparado a Nightingale. Todo el que trabaja
durante algún tiempo en una institución de grandes dimensiones acaba por
adquirir una percepción instintiva de los flujos y reflujos de su burocracia.
Yo percibía el martillo que estaba a punto de caer sobre mí, y, dado que
llevaba tan sólo dos años en la policía, la misma facilidad con que lo había
percibido daba a entender que sería un martillo muy grande. Soy tan agudo que
había adivinado quién había puesto en movimiento el martillo, pero no podía
hacer nada, salvo quedarme sentado en el lado malo de la mesa de
interrogatorios, con la taza de café aguado y dos galletas de chocolate.
En ciertas ocasiones no hay más remedio que quedarse quieto y aguantar el
primer golpe. Así se puede saber qué es lo que el otro tiene en la mano,
descubrir sus intenciones y, en el caso de que se le dé importancia a ese tipo
de cosas, ponerse en el lado bueno de la ley. ¿Y si el golpe es tan fuerte que
te derriba? Hay que aceptar ese riesgo.
El instrumento romo que habían elegido me pilló por sorpresa, por mucho que
me esforzara en poner una cara neutra en el momento en el que Seawoll y la
detective sargento Stephanopoulos entraron en la sala de interrogatorios y se
sentaron frente a mí. Stephanopoulos arrojó una carpeta sobre la mesa. Era
demasiado abultada como para que los papeles que contenía se hubiesen generado
durante las últimas dos horas, así que la mayor parte de ellos debían de ser
relleno. Stephanopoulos me dirigió una débil sonrisa mientras retiraba el
celofán de unas cintas de casete y las introducía en una grabadora con dos
pletinas. Una de las cintas tenía como objetivo que yo, o mi representante
legal, pudiéramos evitar que se me citara fuera de contexto; la otra era para
la policía, para demostrar que había confesado sin necesidad de que me
golpearan la espalda, los muslos y las nalgas con un calcetín lleno de
cojinetes. Ambas cintas eran superfluas, porque mi imagen quedaba registrada en
la cámara de videovigilancia instalada sobre la puerta. Las imágenes en directo
llegaban a la sala de observación que se hallaba al otro extremo del corredor.
A juzgar por la teatralidad con la que Seawoll y Stephanopoulos habían hecho su
entrada, nos observaba algún oficial que, como mínimo, debía de tener el rango
de comisario auxiliar suplente.
Pusieron en marcha la grabadora, Seawoll nos identificó a mí, a sí mismo y
a Stephanopoulos como los únicos presentes, y me recordó que no me hallaba bajo
arresto, sino que estaba allí para ayudar a la policía en sus investigaciones.
En teoría, podía levantarme y salir por la puerta cuando me apeteciese, siempre
que me diera igual renunciar de por vida a mi carrera profesional en la
policía. No creáis que no sentí la tentación.
Seawoll me pidió que le explicase, para que quedara grabada, la naturaleza
de la misión en la que estábamos trabajando Nightingale y yo cuando le
dispararon.
—¿De verdad quiere que quede grabado? —le pregunté.
Seawoll asintió y le conté la historia entera: teníamos la teoría de que
Henry Pyke era un revenant, un
fantasma vampiro guiado por la sed de venganza que ponía en escena el relato
tradicional de Punch y Judy con personas de verdad como títeres, y habíamos
trazado entre todos un plan que nos permitiría entrar en esa historia, a fin de
que Nightingale pudiera encontrar los huesos de Henry Pyke y destruirlos.
Stephanopoulos no logró contener un estremecimiento cuando hablé de los
aspectos mágicos del caso. Seawoll era impenetrable. Al llegar al intento de
asesinato, me preguntó si había reconocido al asesino.
—No —dije—. ¿Quién es?
—Se llama Christopher Pinkman —dijo Seawoll—, y niega haber disparado
contra nadie. Dice que había salido de la ópera y volvía a casa cuando dos
hombres lo atacaron en la calle.
—¿Y cómo se explica que llevara un arma? —pregunté.
—Dice que no llevaba ningún arma —respondió Seawoll—. Ha declarado que lo
último que recuerda es que salía de la ópera, y que lo siguiente que alcanza a
recordar es que le diste una patada en la cabeza.
—Y que sintió un dolor atroz por los huesos rotos más abajo de la rodilla
—concluyó Stephanopoulos—. Aparte de los moretones y contusiones de cuando lo
arrojaste al suelo.
—¿Se han buscado rastros químicos del disparo? —pregunté.
—Es profesor de química en la Westminster School —aclaró Stephanopoulos.
—Qué mierda —dije.
La prueba de los rastros químicos no es fiable, y si el sospechoso
trabajaba con productos químicos no habría forense que compareciese ante el
tribunal y declarara probable, y menos aún seguro, que hubiese disparado una
pistola. Me asaltó una horrible sospecha.
—Habrán encontrado el arma… ¿no? —pregunté.
—No se ha encontrado ninguna arma de fuego en el escenario del crimen —dijo
Stephanopoulos.
—La alejé de una patada —expliqué.
—No se ha encontrado ninguna arma de fuego —repitió Stephanopoulos,
recalcando las sílabas.
—Yo la vi —dije—. Era una pistola semiautomática, no sé muy bien de qué
tipo.
—No se ha encontrado nada.
—Entonces, ¿cómo le dispararon a Nightingale? —pregunté.
—Nosotros —dijo Seawoll— teníamos la esperanza de que tú nos lo dijeras.
—¿Insinúan ustedes que le disparé yo?
—¿Le disparaste tú? —preguntó Stephanopoulos.
De pronto me noté la boca seca.
—No —negué—. No le disparé, y además, no llevaba arma. ¿Con qué le iba a
disparar?
—Tenemos entendido que mueves objetos con la mente —inquirió
Stephanopoulos.
—Con la mente, no —expliqué.
—Pues entonces, ¿cómo? —preguntó Stephanopoulos.
—Con magia —dije.
—Bueno, pues con magia —replicó Stephanopoulos.
—¿Qué velocidades alcanzan los objetos que desplazas? —preguntó Seawoll.
—No llegan a la velocidad de una bala.
—¡Vaya! —exclamó Stephanopoulos.
—¿Y qué velocidad puede alcanzar una bala?
—Trescientos cincuenta metros por segundo —dije—. Eso con una pistola
moderna. Las balas de rifle son más veloces.
—¿Cuánto es eso en yardas? —preguntó Seawoll.
—No lo sé —respondí—. Pero si me presta usted una calculadora, se lo podré
decir.
—Querríamos creerte —dijo Stephanopoulos, en el papel de «poli buena» más inverosímil de la
historia de la policía.
Hice una pausa y respiré hondo. No había seguido ningún cursillo avanzado
sobre interrogatorios, pero sabía todo lo básico, y la realización de aquél era
extremadamente torpe. Miré a Seawoll, y él me respondió con la mirada de «por
fin se despierta» tan querida por los maestros, detectives de rango superior y
madres de clase media alta.
—¿Qué es lo que quieren creer? —pregunté.
—Que la magia existe de verdad —dijo Seawoll, y me dirigió una sonrisa
cómplice—. ¿Podrías hacernos una demostración?
—No es buena idea —manifesté—. Podrían producirse efectos secundarios.
—Vaya, qué casualidad —dijo Stephanopoulos—. ¿Qué clase de efectos
secundarios?
—Probablemente destruiría sus teléfonos móviles, PalmPilots, portátiles y
todo tipo de equipamiento electrónico que pueda hallarse en esta sala —dije.
—¿Y qué pasaría con la grabadora? —preguntó Seawoll.
—También —dije.
—¿Y la cámara de videovigilancia?
—Lo mismo que la grabadora —dije—. Hay una manera de evitar que les pase
nada a los teléfonos: sacarles las baterías.
—Pues yo no me creo nada de todo eso —dijo Stephanopoulos, y se inclinó
agresivamente hacia mí. Con ese gesto impidió que la cámara que tenía a sus
espaldas dejara constancia de que le sacaba la batería a un teléfono móvil
extraplano Nokia, de diseño muy femenino.
—Creo que te vamos a pedir una demostración.
—¿Qué clase de demostración? —pregunté.
—Enséñanos lo que sabes hacer, muchacho —dijo Seawoll.
El día había sido muy largo y estaba rendido, así que opté por la forma que puedo ejecutar sin fallos en
momentos críticos: encendí una luz fantasma. A la luz del fluorescente se veía
pálida e insustancial, y Seawoll no se inmutó, pero el severo rostro de
Stephanopoulos se transformó en una expresión sonriente, de gozo sin límites,
hasta el punto de que por unos instantes llegué a imaginármela como una
muchachita en una habitación de paredes de color rosa repleta de unicornios de
peluche.
—Qué bonita —dijo.
Una de las cintas de la grabadora estaba rota y se había salido del casete,
mientras que la otra simplemente había dejado de girar. Yo sabía, por mis
experimentos, que tendría que incrementar la potencia de la luz fantasma para
averiar la cámara de vídeo. Estaba a punto de crear una luz más brillante
cuando me equivoqué con la «configuración» que tenía en la cabeza, y, de
pronto, lo que tenía en la mano se transformó en una columna luminosa que
llegaba hasta el techo. Era de color azul brillante y tenía dirección. Al mover
la mano, el rayo se desplazó también por las paredes. Era como disponer de un
reflector personal.
—Tenía la esperanza de que se tratara de algo más discreto —dijo Seawoll.
Apagué la luz y traté de recordar su «configuración», pero era como tratar
de recordar un sueño: en el mismo momento en el que creía asirlo, se me
escapaba de entre los dedos. Sabía que tendría que pasar un rato largo en el
laboratorio para recuperarla, pero, tal como me había dicho Nightingale cuando
empezamos, conocer la forma es ganar
la mitad del combate.
—¿Te has cargado la cámara? —preguntó Seawoll. Asentí y suspiré aliviado—.
Tenemos menos de un puto minuto para hablar —dijo—. No me había metido en un
pozo de mierda semejante desde que mataron a De Menezes. Lo que te aconsejo,
muchacho, es que te escondas en el agujero más profundo que encuentres y te
quedes allí hasta que esta tormenta de mierda haya terminado y las mierdas del
río hayan vuelto a su cauce.
—¿Y qué pasará con Lesley? —pregunté.
—No te preocupes por Lesley —dijo Seawoll—. Se halla bajo mi
responsabilidad.
Lo cual quería decir que Seawoll había intervenido como protector de Lesley
y había dejado claro que quien fuese por ella tendría que empezar por
enfrentarse a él. El oficial que habría tenido que cubrirme las espaldas a mí
era Nightingale, y en esos momentos estaba tendido en una cama del Hospital
Universitario y respiraba por un tubo, por lo que no era probable que
interviniese. Me gustaría pensar que Seawoll me habría protegido también a mí
si hubiera podido, pero, en realidad, no lo sabré jamás. En ningún momento me
dijo que tuviera que cuidar de mí mismo… se daba por supuesto.
—¿Y qué coño vamos a hacer ahora? —preguntó Seawoll.
—¿Me lo pregunta usted a mí?
—No, joder, se lo pregunto a la mesa, si te parece —dijo Seawoll.
—No lo sé —dije—. Hay muchas cosas que no sé, señor.
—Pues entonces ponte a estudiar —dijo Seawoll—. Porque no sé tú, pero yo no
creo que el señor Henry Pyke se vaya a detener ahora… ¿tú que crees?
Negué con la cabeza.
Stephanopoulos gruñó y dio unos golpecitos en el reloj de pulsera que
llevaba puesto.
—Te voy a poner en la calle —dijo—. Porque tenemos que conseguir que esta
puta mierda de los espíritus se termine antes de que algún puto miembro de la
Asociación de Oficiales Superiores de Policía se deje llevar por el pánico y
meta en esto al arzobispo de Canterbury.
—Haré todo lo que pueda —contesté.
Seawoll me echó una mirada con la que me dio a entender que me convenía
poder mucho.
—Cuando prosigamos con el interrogatorio —dijo—, quiero que uses el cerebro
antes de abrir la boca, como aquella vez en Hampstead. ¿Te ha quedado claro?
—Como el agua.
La puerta de la sala de interrogatorios se abrió y un hombre se asomó al
interior. Era de mediana edad y tenía el cabello gris, espaldas anchas y cejas
extraordinariamente pobladas. Aun cuando no hubiera visto su foto colgada en la
página web de la policía, me habría dado cuenta en seguida de que Richard
Folsom, comisario auxiliar suplente, era una de las bestias más grandes de la
jungla. Apuntó a Seawoll con el dedo y le dijo:
—Alex, hablemos un momento, por favor.
Seawoll miró la grabadora averiada.
—Se suspende el interrogatorio —dijo, y apuntó la hora—. Luego se levantó y
siguió con aire sumiso a Folsom. Stephanopoulos, sin mucha convicción, trató de
lanzarme su célebre mirada maligna, pero yo me pregunté si aún conservaría la
colección de «Mi pequeño pony».
Seawoll regresó y nos dijo que el interrogatorio proseguiría en una
habitación adyacente donde la cámara aún funcionaba. Una vez allí, rendimos
honor a la añeja tradición de mentir descaradamente sin apartarnos de la
verdad. Les dije que Nightingale y yo habíamos tenido motivos para creer, por
las palabras de un informante convencional, que el grupo —porque tenía que
tratarse de más de una persona— que había llevado a cabo una serie de absurdos
ataques en el barrio de West End debía de tener su base en Bow Street, y que
habíamos ido hasta allí para investigar cuando caímos en una emboscada que nos
habían tendido unos asaltantes desconocidos.
—Al comisario auxiliar suplente Folsom le preocupa que la Royal Opera House
pueda correr algún peligro —dijo Seawoll.
Al parecer, tenía cierta afición por la ópera. Había conocido las obras de
Verdi poco después de ascender a comandante. No es extraño que los policías de
cierta edad y rango sufran un repentino acceso de esnobismo cultural; es como
la típica crisis de la mediana edad, pero con lámparas de araña y lenguas
extranjeras.
—Pensamos que toda esa actividad podría tener su foco en Bow Street
—expliqué—. Pero, hasta este momento, nuestras investigaciones no nos han
permitido establecer una relación sólida entre los incidentes y la Royal Opera
House.
A las seis, teníamos a punto una versión de los acontecimientos que Seawoll
podría colarle a Folsom, y yo me estaba durmiendo en la silla. Contaba con que
me suspenderían de empleo y sueldo, o con que, por lo menos, me informarían de
que me enfrentaba a una acción disciplinaria o una investigación por parte de
la Comisión Independiente para Reclamaciones contra la Policía. Pero hacia las
siete me dejaron marchar.
Seawoll se ofreció para llevarme en coche, pero no quise. Fui a pie hasta
St. Martin’s Lane, tembloroso debido a la tensión y de la falta de sueño. El
clima había cambiado durante la noche. Soplaba un viento gélido bajo un cielo
turbio y azul. Era sábado y la hora punta empezaría más tarde, de modo que las
calles aún no habían perdido del todo la quietud de la madrugada. Crucé New
Oxford Street y me dirigí a la Locura. Me esperaba lo peor y mis expectativas
no se vieron defraudadas. Había por lo menos un coche de la secreta aparcado
junto a la acera de enfrente. No vi a nadie dentro, pero hice un gesto con la
mano, por si acaso.
Entré por la puerta principal, porque es mejor enfrentarse de cara a las
situaciones, y porque estaba demasiado fatigado para caminar hasta las
cocheras. Esperaba encontrarme a la policía, pero tan sólo vi a un par de
soldados con traje de camuflaje y rifles de servicio. Llevaban chaquetas DP y
gorras militares con el distintivo del regimiento de paracaidistas. Había dos
que impedían el paso a la altura del guardarropa y otros dos se habían plantado
a ambos lados de la puerta principal, a punto para acabar con un enemigo lo
bastante suicida como para tratar de atacar por el flanco a dos paracas armados. Alguien se había tomado
muy en serio la protección física de la Locura.
Los paracas no levantaron los
rifles para cerrarme el paso, pero sí adoptaron ese aire de despreocupación
chulesca que debió de animar un día tras otro las calles de Belfast hasta que
llegó el acuerdo de paz. Uno de ellos señaló con la cabeza la recámara donde,
en tiempos en los que la Locura había sido más elegante, el portero debía de
aguardar cuando no lo necesitaban. Otro paraca,
con galones de sargento, se había instalado allí con una taza de té en una mano
y un ejemplar del Daily Mail en la
otra. Lo reconocí. Se trataba de Frank Caffrey, el enlace de Nightingale en la
Brigada de Incendios. Me hizo un gesto amistoso con la cabeza y me indicó que
me acercara. Eché una ojeada a las insignias que Frank llevaba en los hombros.
Eran del 4.º Batallón del Regimiento de Paracaidistas, que sabía que formaba
parte del Ejército Territorial. Frank debía de constar como reservista, con lo
cual se explicaba que hubiese conseguido granadas de fósforo. Sospeché que se
trataba de una nueva manifestación de coleguismo, pero, en este caso, estaba
seguro de que Frank era colega de Nightingale. No vi a ningún oficial. Me
imaginé que habrían regresado al cuartel y que harían como que no se enteraban,
mientras los suboficiales se hacían cargo de la situación.
—No puedo dejarte pasar —dijo Frank—. Tendrás que esperar a que tu superior
se recupere, o a que se nombre un sustituto oficial.
—¿Cuál es la autoridad que lo ordena? —pregunté.
—Ah, todo eso forma parte del acuerdo —dijo Frank—. La relación entre
Nightingale y el regimiento tiene una larga historia; podríamos decir que se
deben favores.
—¿Ettersburg?
—Hay deudas que no se podrán pagar jamás —dijo Frank—. Y también hay
trabajos que se tienen que hacer.
—He de entrar —dije—. Necesito ir a la biblioteca.
—Lo siento, muchacho —dijo—. El acuerdo lo estipula claramente: no se
permite el acceso no autorizado dentro del perímetro principal.
—El perímetro principal —repetí. Frank trataba de decirme algo, pero la
falta de sueño me había dejado tonto. Tuvo que repetirlo para hacerme entender
que el garaje se hallaba fuera de dicho perímetro.
Volví a salir a la pálida luz del sol y di la vuelta a la casa, llegué al
garaje y entré. Afuera había un Renault Espace abollado, con matrículas tan
descaradamente falsas que entendí que tenía que ser de los paracaidistas. Me
tomé un momento para asegurarme de que el Jaguar estuviera bien, y luego saqué
un plástico que teníamos guardado bajo un banco de trabajo y lo empleé para
cubrir el coche de época. Subí torpemente y con fatiga por las escaleras hasta
las dependencias de la cochera, tan sólo para descubrir que Tyburn se me había
adelantado.
Estaba revolviendo los baúles y otros trastos viejos que tenía amontonados
en el extremo más alejado de la puerta. El cuadro de Molly y el retrato del
hombre que yo entendía que debía de ser el padre de Nightingale estaban
apoyados contra la pared. La contemplé mientras se agachaba y sacaba otro baúl
de debajo del diván.
—Es un baúl de viaje —dijo sin darse la vuelta—. Los hacían estrechos para
poder meterlos bajo la cama. Así se podían guardar por separado las cosas que
se pensaban llevar de viaje.
—Lo más probable es que lo hiciese el criado —dije—. O la doncella.
Tyburn sacó del baúl de viaje una chaqueta de lino cuidadosamente doblada y
la colocó sobre el diván.
—La mayoría de la gente no tenía criados —dijo—. La mayoría se las apañaban
solos.
Encontró lo que había estado buscando y se puso en pie. Vestía un elegante
traje-pantalón italiano de satén negro y unos zapatos discretos, también
negros. Aún conservaba en la frente la marca que le había hecho el trozo de
mármol. Me enseñó el tesoro que había desenterrado: una funda de LP de color
marrón apagado en la que había lo que reconocí como un disco de 78
revoluciones.
—Duke Ellington y Adelaide Hall, Creole
Love Call, de la marca original Black and Gold Victor —informó—. Y estaba
guardado en un baúl entre los trastos.
—¿Quieres venderlo en eBay? —pregunté.
Me lanzó una mirada fría.
—¿Has venido a recoger tus cosas?
—Si eso no te importa…
Tyburn vaciló.
—Por favor —dijo.
—Tu gentileza es excesiva —le dije yo.
La mayor parte de mi ropa se había quedado en la Locura, pero, como Molly
nunca limpiaba en las cocheras, pude llevarme un jersey y unos vaqueros que se
habían caído tras el sofá. El portátil estaba en el mismo lugar donde lo había
dejado, encima de un montón de revistas. Tuve que dar un par de vueltas por la
habitación hasta encontrar la funda. Tyburn no dejó de mirarme con ojos fríos.
Era como si mi madre me hubiese vigilado mientras me bañaba.
Como había indicado Frank, en ocasiones nos encontramos con que tenemos que
hacer algo, sin que importe el precio. Me enderecé y me encaré con Tyburn.
—Mira —le dije—, siento lo que ocurrió con la fuente.
Por un instante, pensé que podría funcionar. Os juro que vi algo en su
mirada, apaciguamiento, reconocimiento —algo—, pero ese algo desapareció al
instante, y fue sustituido por la misma ira sin fisuras de antes.
—He investigado sobre ti —me dijo—. Tu padre es un yonqui y lo ha sido
durante treinta años.
No tendría que herirme el que me dijeran esas cosas. Sé desde los doce años
que mi padre es drogadicto. Cuando lo descubrí, no trató de ocultar la
realidad, y se esforzó por hacerme entender lo que significaba. No quería que
siguiera sus pasos. Era una de las pocas personas en el Reino Unido que aún
recibían la heroína por prescripción, por cortesía de un médico de familia que
había sido incondicional de una de las leyendas del jazz londinenses con menos
éxito. No se ha librado nunca de su adicción, pero siempre ha estado bajo
control, y no tendría que dolerme cuando alguien le llama yonqui, pero,
naturalmente, me duele.
—Maldita sea —dije—. Qué callado se lo tenía. Me has dejado consternado.
—Tu familia engendra siempre decepción, ¿verdad? —dijo—. Tu profesor de
química quedó tan decepcionado contigo que escribió una carta al Guardian para contarlo. Tú eras su ojito
derecho… por así decirlo.
—Ya lo sé —dije—. Mi padre tiene el recorte del periódico guardado en una
carpeta.
—Y cuando te expulsen por falta grave —replicó Tyburn—, ¿también se va a
guardar el recorte?
—El comisario auxiliar suplente Folsom —mencioné— está contigo, ¿no?
Tyburn me respondió con una sonrisa forzada.
—Me gusta seguirles la pista a las estrellas ascendentes —dijo.
—¿Y manejarlas como marionetas? —le pregunté—. Siempre me sorprendo de lo
que la gente es capaz de hacer sólo por echar un polvo.
—A ver si maduras de una vez, Peter —dijo Tyburn—. Todo esto se reduce a
una cuestión de poder e intereses compartidos. Ya sé que casi siempre piensas
con los genitales, pero no creas que todos los demás hacemos lo mismo.
—Me alegro de oírlo, porque alguien tiene que decirte que deberías
depilarte esas cejas —le endilgué—. ¿Lo de la pistola fue cosa tuya?
—No digas estupideces —respondió.
—Ése es tu estilo. Te buscas a otro que te solucione los problemas.
Maquiavelo estaría orgulloso de ti.
—¿Acaso has leído a Maquiavelo? —preguntó. Vacilé en responderle y sacó la
conclusión correcta—. Yo sí —dijo—. En italiano original.
—¿Y por qué lo leíste?
—Me lo hicieron leer cuando me graduaba —dijo—. En St. Hilda’s, Oxford.
Historia e italiano.
—Con las mejores notas, sin duda —aseveré.
—Desde luego —afirmó ella—. Así entenderás que la galantería casposa de
Nightingale no me impresione en absoluto.
—Entonces, ¿lo de la pistola fue cosa tuya? —pregunté.
—No, no lo fue —dijo ella—. Yo no tenía ninguna necesidad de organizar este
desastre. Sólo era cuestión de tiempo el que Nightingale la jodiera. No
esperaba que fuese tan imbécil como para permitir que le pegaran un tiro.
Aunque, a río revuelto, ganancia de pescadores.
—¿Y cómo es que no estás dentro? —pregunté—. ¿Por qué te has quedado en el
edificio de las cocheras? Lo que hay allí es impresionante: tienen una
biblioteca que ni te la imaginas, y podrías hacer una fortuna si la alquilaras
a productoras cinematográficas para hacer películas de época.
—Cada cosa a su tiempo —contestó ella.
Metí la mano en el bolsillo para buscar las llaves.
—Toma, puedo prestarte mi juego de llaves —le dije—. Estoy seguro de que
convencerás a los paracas para que te
dejen pasar.
Le dio la espalda a la mano que le tendía.
—Lo único bueno que va a salir de todo esto —dijo— es que ahora tendremos
la oportunidad de tomar una decisión racional sobre la manera de tratar estos
asuntos.
—No puedes entrar —le dije—. ¿Verdad que no?
Me acordé de Beverley Brook y de sus «campos de fuerza hostiles».
Me miró con aires de gran señora, la mirada de dinero antiguo que las
mujeres de los futbolistas no llegan a entender jamás, y por un momento la
envolvió un olor a cloaca y a dinero y a negocios acompañados de brandy y de
cigarros. Sólo que Tyburn era moderna, y por eso sentí también el aroma del
capuchino y de los tomates secos.
—¿Ya tienes lo que habías venido a buscar? —preguntó.
—La tele es mía —dije.
Me respondió que me la llevase cuando quisiera.
—¿Qué es lo que vio en ti? —preguntó, y negó con la cabeza—. ¿Cómo pudieron
elegirte a ti como guardián de la
llama secreta?
Me pregunté qué diablos sería la llama secreta.
—Me imagino que habrá sido cuestión de suerte.
No se dignó a responderme. Me dio la espalda y se puso a buscar de nuevo
dentro de los baúles. Me pregunté qué sería lo que buscaba en realidad.
Al salir de las cocheras, oí un ladrido contenido a mis espaldas y me
volví. Un rostro pálido y lastimero me contemplaba desde una ventana del
segundo piso: Molly, que estrechaba a Toby
contra el pecho. Les hice un gesto con la esperanza de que les diera ánimos y
luego me marché, para averiguar si Nightingale seguía con vida.
Había un policía armado a la puerta del cuarto de Nightingale. Le enseñé
mis credenciales y me ordenó que dejase las bolsas fuera. Las UCI actuales
pueden ser sorprendentemente silenciosas: el equipo de monitorización sólo hace
ruido cuando algo funciona mal, y, dado que Nightingale podía respirar por sí
mismo, no se oían resoplidos a lo Darth Vader en el respirador.
Se le veía viejo y fuera de lugar entre las colchas de poliéster de colores
pastel, tersas y fáciles de lavar. Tenía un brazo descubierto. Estaba inerte y
conectado a media docena de alambres y tubos, la cara chupada y grisácea, y los
ojos cerrados. Pero su respiración, aun sin ayuda, era fuerte. Había un cuenco
con racimos de uvas sobre la mesilla y un ramo de flores silvestres de color
azul mal puesto en un jarrón.
Me quedé junto a la cama durante un rato. Pensaba que tendría que decir
algo, pero no se me ocurría nada. Después de asegurarme de que nadie me veía,
le agarré la mano y se la estreché. Estaba sorprendentemente cálida. Me pareció
sentir algo, una vaga sensación de pino húmedo, humo de hoguera y lona, pero
era tan tenue que no logré saber si se trataba de vestigia o no. Me di cuenta de que las piernas me flaqueaban. Hasta
ese punto había llegado mi cansancio. En uno de los rincones había un típico
sillón de cuarto de hospital. Estaba hecho de conglomerado laminado y de espuma
antiincendios recubierta con poliéster. Parecía demasiado incómodo como para
dormir en él. Me senté, dejé que la cabeza se me deslizara hacia un lado y me
dormí en menos de treinta segundos.
Desperté al cabo de poco y me encontré con que el doctor Walid y un par de
enfermeras trabajaban junto a la cama de Nightingale. Les miré estúpidamente
hasta que el doctor Walid me vio y me dijo que volviera a dormirme. O al menos,
creo que fue eso lo que me dijo.
Desperté de nuevo al oler café. El doctor Walid me había traído un vaso de
cartón lleno de café con leche y sobrecitos tubulares de azúcar en cantidad
suficiente como para mi presupuesto del colmado se resintiese.
—¿Cómo está? —pregunté.
—Le dispararon en el pecho —dijo el doctor Walid—. Esas cosas no se
solucionan con rapidez.
—¿Se recuperará?
—Saldrá de ésta —repuso el doctor Walid—. Pero no puedo garantizar que se
recupere del todo. En cualquier caso, el que pueda respirar sin ayuda es una
buena señal.
Tomé un traguito de café con leche; me quemé la lengua.
—No me dejan entrar en la Locura —expliqué.
—Ya lo sé —respondió el doctor Walid.
—¿Usted podría conseguir que me dejaran entrar?
El doctor Walid se rió.
—¿Yo? No —negó—. No soy más que un consejero civil con ciertos
conocimientos en el campo del esoterismo. Ahora que Nightingale está
incapacitado, el único que podría autorizarte la entrada en la Locura sería el
comisario, o tal vez una persona de rango superior al suyo.
—¿El secretario de Interior? —dije.
El doctor Walid se encogió de hombros.
—Al menos —dijo—, ¿tienes alguna idea de lo que vas a hacer?
—¿Aquí hay acceso a Internet? —pregunté.
En un hospital en el que también se practica la enseñanza, como es el
Hospital Universitario, basta con traspasar las puertas adecuadas para que deje
de ser un hospital y se transforme en un centro administrativo y de
investigación médica. El doctor Walid tenía un despacho allí y también —me
asombré al descubrirlo— estudiantes.
—No les enseño nada esotérico —me explicó, y también me dijo, sin ninguna
intención de darse importancia, que era un reputado gastroenterólogo a nivel
internacional—. Todo el mundo necesita una afición —dijo.
—La mía va a ser la de buscar trabajo —expuse.
—Si tienes que presentarte a alguna entrevista —dijo el doctor Walid—, yo
empezaría por ducharme.
El despacho del doctor Walid era demasiado estrecho y tenía una ventana en
la pared más corta, mientras que las otras dos estaban cubiertas de un extremo
a otro por anaqueles. Éstos estaban llenos de carpetas, revistas profesionales
y libros de referencia. En uno de los extremos del estante que servía como
escritorio, un PC navegaba sin rumbo sobre un mar de papeles impresos. Solté
las bolsas y enchufé el portátil para recargarle la batería. El módem quedaba
oculto tras un montón de Gut: an
International Journal of Gastroenterology and Hepatology. Un desenfadado
subtítulo daba fe de que Gut había
sido elegida Mejor Revista de Gastroenterología por los gastroenterólogos del
mundo entero. Yo no sabía si preocuparme, o si sentirme reconfortado por la
conclusión implícita de que había en el mundo muchas otras revistas
especializadas en el buen funcionamiento de mis intestinos. La conexión del
módem tenía un sospechoso aspecto de instalación casera y, desde luego, no se
trataba de un NHS estándar. Le pregunté por ello al doctor Walid y se limitó a
responderme que le gustaba tener bien protegidos ciertos archivos.
—¿De quién? —le pregunté.
—De otros investigadores —respondió—. Siempre tratan de plagiarme mis
trabajos. —Según me contó, los hepatólogos eran los peores—. ¿Qué se puede
esperar de una gente que se pasa el día trabajando con bilis? —dijo el doctor
Walid, y pareció defraudado al darse cuenta de que no me reía del chiste.
Satisfecho por poder trabajar, le pedí al doctor Walid que me dejara entrar
en el cuarto de baño del personal. Estaba en el mismo corredor. Una vez allí,
me duché en un cubículo con capacidad y equipamiento suficientes para un
parapléjico, su silla de ruedas, el cuidador y el perro guía. Había jabón: una
pastilla de antibiótico genérico con olor a limón. Parecía lo bastante fuerte
como para arrancarme la capa externa de la epidermis.
Mientras me duchaba, pensé en la mecánica del incidente en el que
Nightingale había resultado herido. A pesar de las exuberantes fantasías del Daily Mail, uno no puede entrar en el
primer pub que encuentre y comprar un arma, y todavía menos una semiautomática
de gama alta como la que Christopher Pinkman había manejado de manera tan torpe
la noche anterior. Lo cual significaba que Henry Pyke no había podido preparar
el asalto durante los veinte minutos escasos que habían pasado desde que
entramos en la Royal Opera House hasta que salimos por la puerta trasera. Henry
Pyke había tenido que saber de antemano que nuestra intención era atraparlo en
Bow Street, y eso nos dejaba tan sólo con tres opciones: o bien era capaz de
ver el futuro, o bien leía las mentes, o bien había embargado y empleaba como
títere a una de las personas que conocían el plan.
Descarté de entrada la precognición. No sólo soy un gran fan del principio
de causalidad, sino que, además, Henry Pyke no había hecho en ningún momento
nada que diera pie a pensar que conocía el futuro. De acuerdo con mis
investigaciones en la biblioteca mundana de la Locura, no era posible leer las
mentes, por lo menos no es posible oír los pensamientos de otras personas como
si se oyera una voz en off en
televisión. No: alguien le había contado el plan a Henry Pyke, o quizá a un
tercero que estaba embargado por Henry Pyke. No había sido Nightingale. Ni
tampoco yo. Así que tan sólo quedaba la Brigada de Homicidios. Visto que a
Stephanopoulos y a Seawoll no les gustaba hablar sobre magia con quienes
oficialmente la practicaban, no me imaginaba que hubieran comentado esa
historia con su gente, y seguro que Lesley tampoco.
Salí de la ducha con una agradable sensación de falta de refinamiento. Me
sequé con una toalla que había pasado repetidamente por la lavadora hasta
adquirir la textura del papel de lija. Las ropas que había traído del edificio
de las cocheras no estaban precisamente recién lavadas, pero, por lo menos, sí
más limpias que las que había llevado hasta entonces. Después de dar varias
vueltas en dirección equivocada por los inacabables pasillos, logré llegar
hasta el despacho del doctor Walid.
—¿Cómo te sientes? —me preguntó.
—Humano —dije.
—Sí, no te falta mucho —afirmó. A continuación me señaló la máquina de café
y la dejó en mis manos.
Desde que la humanidad dejó de vagar sin rumbo y empezó a cultivar su
propia comida, la sociedad se ha vuelto más complicada. En cuanto dejamos de
acostarnos con nuestras primas y construimos paredes, templos y unas pocas
discotecas decentes, la sociedad se volvió demasiado compleja como para que una
sola persona pudiera abarcarla, y así nació la burocracia. La burocracia
fragmenta la complejidad y la incorpora a una serie de sistemas
interconectados. No es necesario saber cómo encajan todos esos sistemas, y
tampoco la función que ejerce tu trocito de sistema. Tan sólo es necesario que
cada uno cumpla con su parte y entonces toda la máquina funciona entre
crujidos. Cuanto más diversas sean las funciones que ejerce una organización,
más enrevesados se vuelven los sistemas y subsistemas interconectados. Si dicha
organización es responsable de impedir ataques terroristas, solucionar peleas
domésticas y evitar que los motoristas den muerte a los desconocidos que se
cruzan en su camino —como es el caso de la Policía Metropolitana—, los sistemas
tendrán que ser muy complejos.
Una exigencia imbricada en el sistema es que todas las Unidades de Mando de
Operaciones tengan acceso a las bases de datos HOLMES2 y CRIMINT, bien por
medio de un equipo específico para HOLMES, bien mediante programas especiales
que se instalan en ordenadores portátiles autorizados. Dicha tarea compete al
Directorio de Información. Como no tienen otra responsabilidad que la que
implica su propio trocito de sistema, no hacen ninguna distinción entre las
Brigadas de Delincuencia Grave y Organizada y la Locura, que se considera
también una de dichas brigadas, porque a nadie se le ocurrió otra manera de
incluirla en el organigrama de la Policía Metropolitana. Esa circunstancia no
había tenido ningún significado para el inspector Nightingale, pero un servidor
se encontró con que no sólo podía instalar una copia legal del interfase de
HOLMES2 en su portátil, sino que gozaba de los mismos privilegios de acceso que
el jefe de la Brigada de Homicidios y Delitos Graves.
Y me venía muy bien, porque una de las personas de las que sospechaba era
el inspector superior Seawoll, y ése es un blanco contra el que uno no apunta
si no está seguro de poder derribarlo a la primera. La detective sargento
Stephanopoulos, que también había estado al corriente de la operación, era una
sospechosa igualmente peligrosa, ya que yo podía acabar protagonizando su
chiste número dos: «¿Sabes lo que le ocurrió al agente que acusó a
Stephanopoulos de actuar sin saberlo bajo el poder de un espíritu revenant malicioso?» El doctor Walid era
el sospechoso número tres, y por eso no le había contado lo que pensaba hacer;
Lesley era la sospechosa número cuatro; y el sospechoso número cinco, el que
más me asustaba, era, por supuesto, yo mismo. Aunque no pudiera demostrarlo de
ningún modo, tenía la razonable certeza de que Brandon Coopertown había pasado
todo el tiempo que medió entre el asesinato de William Skirmish y el de su bebé
sin darse cuenta de que ya no era el mismo.
No había notado nada extraño en Lesley. ¿Era posible enmascarar el embargo?
Quizá yo no tuviera los sentidos tan agudos como había imaginado. Nightingale
me decía sin cesar que se tardaba una vida entera en aprender a distinguir
entre los vestigia y los caprichos de
la mente. Yo mismo había dado por sentado que había ciertas personas en quienes
se podía confiar. No volvería a cometer el mismo error.
Después de la ducha me tomé un tiempo para mirarme la cara en el espejo.
Reuní el coraje suficiente para abrir la boca y mirar dentro. Para terminar,
cerré los ojos y hundí los dedos en las mejillas. En toda mi vida había sentido
una tal satisfacción al palpar un premolar. Todo eso quería decir, sin lugar a
dudas, que Henry Pyke aún no había
empezado a estirarme la cara.
Abrí el HOLMES y tecleé el código de acceso y la contraseña. Técnicamente
ambos pertenecían al inspector Nightingale y, técnicamente, habrían tenido que
anularlos en el mismo momento en que el inspector había dejado de estar en
activo, pero por lo visto aún no lo habían hecho. La inercia es otra de las
características clave de la civilización y la burocracia. Empecé por el
principio, por el asesinato de William Skirmish, en Covent Garden, el día 26 de
enero.
Al cabo de tres horas y dos cafés, mientras repasaba el caso de Framline,
encontré lo que buscaba. Su caso había empezado cuando derribaron al mensajero
que iba en bicicleta por el Strand y lo habían llevado al Hospital
Universitario para atenderlo, y una vez allí había atacado al doctor Framline.
Un agente uniformado le había tomado declaración en el lugar del accidente
mientras esperaban a que llegase la ambulancia. Dijo que un coche se había
puesto a su lado y lo había empujado fuera de la calzada. Lesley me dijo que el
accidente había tenido lugar en uno de los escasos puntos del Strand donde no
había cámaras de videovigilancia, pero, según el primer informe, el coche había
sacado de la calzada al mensajero frente a la estación de Charing Cross. Desde que
el IRA declaró en los años noventa que las estaciones de tren londinenses eran
un objetivo legítimo, no había ningún punto en sus alrededores que no estuviese
controlado por videocámara. Empecé a remover las entrañas del archivo de
HOLMES, donde alguna alma enloquecida de la Brigada de Homicidios se había
dedicado a cargar las imágenes relevantes captadas por todas las cámaras en
funcionamiento desde Trafalgar Square hasta el Old Bailey. Ninguna de ellas
estaba identificada de manera aceptable, y debí de tardar una hora y media en
encontrar el vídeo que buscaba. El mensajero no había explicado cómo era el
coche que lo había golpeado, pero en las imágenes aparecía un Honda Accord, y
yo no tuve ninguna duda sobre su procedencia. El vídeo no tenía resolución suficiente
como para ver al conductor ni la matrícula, pero antes de seguir su trayectoria
hasta la cámara de alta resolución que controlaba los semáforos de Trafalgar
Square, yo ya sabía de quién se trataba.
Tenía sentido que así fuera. Había estado presente cuando Coopertown mató a
su mujer y su hijo, durante el incidente en el cine y el ataque contra el
doctor Framline. Había estado presente mientras planeábamos la operación que
había de realizarse junto a la Opera House, y había llegado con los refuerzos a
tiempo de hacer desaparecer la pistola.
Mi sospechosa era Lesley May. Formaba parte del plan. Henry Pyke la había
embargado como parte de su obra demencial de violencia y venganza. Me pregunté
si habría estado en ello desde el principio, desde la noche en que le habían
arrancado la cabeza de un golpe a William Skirmish y yo había conocido a
Nicholas Wallpenny. Entonces me acordé de Polly la Guapa, del guión de Piccini… la chica silenciosa a la que Punch
cortejaba tras haber matado a su esposa y su hijo. Él la besaba sonoramente sin
que ella pareciera sentir «ninguna repugnancia». Luego cantaba: «Si tuviese a
todas las mujeres del anciano rey Sol, las mataría a todas ellas por mi pequeña
Poll.»
En cierta ocasión, una madre perdió a su hijo en Covent Garden. Era muy
inglesa, a la manera antigua: vestido estampado de buena calidad, bolso bonito.
Había salido de compras por el West End y también tenía la intención de visitar
el Museo del Transporte de Londres. Se distrajo un momento con un escaparate y,
cuando se volvió, su niño de seis años había desaparecido.
Recuerdo con mucha nitidez el aspecto que tenía cuando nos encontró.
Un barniz superficial de serenidad, el tradicional temple británico. Pero
sus ojos la delataban… miraba sin cesar a derecha e izquierda, luchaba contra
el impulso de echar a correr en todas las direcciones a la vez. Me esforcé por
tranquilizarla mientras Lesley llamaba y empezaba a organizar la búsqueda. No
sé lo que le dije, tan sólo palabras para tranquilizarla, pero, mientras le
hablaba, me di cuenta de que temblaba de manera casi imperceptible, y noté que
lo que veía era un ser humano que se derrumbaba frente a mí. El niño de seis
años tardó menos de un minuto en aparecer. Un amable mimo lo trajo desde uno de
los patios hundidos de la plaza. Miré a la mujer en el momento en el que su
hijo reaparecía, vi cómo el alivio se pintaba en su cara y el miedo se
desvanecía, hasta que se transformó de nuevo en la mujer práctica y enérgica
con vestido de playa y discretas sandalias.
En ese momento comprendí aquel miedo, un miedo que no sientes por ti mismo,
sino por otra persona. Lesley estaba embargada. Henry Pyke se había instalado
en su cabeza y llevaba por lo menos tres meses allí. Traté de recordar la
última vez que la había visto. ¿Acaso su rostro había cambiado? Y entonces
recordé su sonrisa, su sonrisa generosa que dejaba al descubierto sus dientes.
¿Me había sonreído en los últimos tiempos? A mí me parecía que sí. Si Henry
Pyke hubiera activado el dissimulo en
ella, si la hubiera obligado a adoptar la forma de Pulcinella, la muchacha no
habría podido ocultar sus dientes destrozados. No sabía cómo expulsar a Henry
Pyke de su cerebro, pero, al menos, sí creía saber cómo impedir que se le
desprendiese la cara, si lograba encontrarla antes de que empezara el fenómeno.
Cuando el doctor Walid regresó al despacho, yo ya tenía un plan.
—¿De qué se trata? —me preguntó.
Se lo expliqué, y a él también le pareció un plan formidable.
11
DISTURBIOS DE CLASE SUPERIOR
Lo primero de todo era encontrar a Lesley. Lo logré por el sencillo
procedimiento de llamarla a su móvil y preguntarle dónde se hallaba.
—Estamos en Covent Garden —dijo. El plural se refería a ella misma, a
Seawoll y a más o menos la mitad de la Brigada de Homicidios. El inspector
superior había seguido la vieja tradición policial de «en caso de duda, envía a
mucha gente». Se disponían a peinar la plaza y luego harían un registro en la
Opera House.
—¿Y qué espera conseguir? —pregunté.
—Ante todo, adelantarnos a los problemas que se presenten —contestó
Lesley—. Aparte de eso, te estamos esperando a ti, ¿recuerdas?
—Creo que he descubierto algo —le anuncié—. Pero, por favor, no hagas
ninguna idiotez.
—Oye —me dijo—, que hablas conmigo.
Ojalá hubiera sido cierto.
Lo que necesitaba a continuación era un coche que me llevara, así que llamé
al móvil sumergible de Beverley, con la esperanza de que no se le hubiera
ocurrido ir a practicar la natación bajo el Tower Bridge, o lo que sea que
hagan las ninfas fluviales en sus días libres. Respondió al segundo tono y
quiso saber qué le había hecho a su hermana.
—Está enfadada —dijo.
—Ahora no te preocupes por tu hermana —le sugerí—. Alguien tendría que
llevarme en coche.
—No sé si podré ir —respondió. Yo ya lo había esperado; de hecho, contaba
con ello—. También podrías ir a pie.
—Muy bien —dije, con fingida reticencia.
Entonces me dijo que llegaría en media hora.
El tercer punto de la lista consistía en hacerse con drogas duras, y me
resultó difícil, lo cual me sorprendió, dado que me encontraba en un hospital.
El problema era que mi tímido doctor sentía escrúpulos éticos.
—Has visto demasiada televisión —dijo el doctor Walid—. Los dardos
tranquilizadores no existen.
—Sí existen —le dije yo—. En África los emplean sin cesar.
—Lo voy a formular de otra manera y hablaré poco a poco —replicó el doctor
Walid—. No existen dardos tranquilizadores sin
riesgos.
—No es necesario que sea un dardo —expliqué—. Cada minuto que dejemos a
Lesley embargada, es posible que Henry Pyke haga que se le caiga la cara. No se
puede hacer magia con un cerebro que no funciona. Si la dejamos inconsciente,
estoy seguro de que Henry no podrá hacer su hechizo y la cara de Lesley se
quedará como Dios quiso que fuera.
Vi en el rostro de Walid que me daba la razón.
—Pero entonces, ¿qué? —preguntó—. No podemos mantenerla indefinidamente en
coma médico.
—Así ganaremos tiempo —dije—. Hasta que Nightingale despierte, yo pueda
entrar en la biblioteca de la Locura, Henry Pyke se muera de viejo… bueno, lo
que sea que les ocurra a los muertos cuando ya están demasiado viejos.
El doctor Walid se marchó murmurando entre dientes y volvió algo más tarde
con dos jeringas desechables en envoltorio esterilizado, con la etiqueta de
riesgo biológico y la que decía: «Manténgase fuera del alcance de los niños.»
—Clorhidrato de etorfina en solución —dijo—. Suficiente para sedar a una
mujer de unos sesenta y cinco kilos.
—¿Es rápido? —pregunté.
—Es lo que se utiliza para dormir a los rinocerontes —dijo, y me entregó un
segundo envoltorio con otras dos jeringas—. Esto es el antídoto: Narcan. Si te
pinchas accidentalmente con la etorfina, inyéctatelo antes de llamar a la
ambulancia y enséñales esta tarjeta a los enfermeros.
Me entregó una tarjeta que aún estaba caliente tras salir de la máquina de
laminación. El doctor Walid había escrito con letra pulcra, en mayúsculas:
«Atención: he sido lo bastante imbécil como para inyectarme a mí mismo
clorhidrato de etorfina», y detallaba el procedimiento que tenían que seguir
los enfermeros. La mayoría de dichas medidas consistían en procedimientos de
reanimación y protocolos para mantener el corazón y la respiración en activo.
Mientras bajaba en ascensor hasta el área de recepción, no dejaba de darme
golpecitos en la chaqueta y repetirme entre dientes que llevaba los
tranquilizadores en el bolsillo de la izquierda y el antídoto en el de la
derecha.
Beverley me esperaba en la zona de «Prohibido aparcar», vestida con unos
pantalones de cargo de color caqui y una camiseta negra corta. Las palabras Wine Back Here estaban escritas con
estarcido sobre la pechera.
—¡Tachaaán! —dijo, y me enseñó el coche.
Era un BMW Mini descapotable de color amarillo canario, el modelo Cooper S,
con el supercargador en la parte de atrás y neumáticos Run Flat. Era el coche
más conspicuo que se pudiera conducir por el centro de Londres y al mismo
tiempo meter en un espacio de aparcamiento estándar. Con sumo gusto la dejé
conducir a ella… yo también tengo mis criterios.
Hacía mucho calor para ser finales de mayo. Era un día excelente para
circular con descapotable, aun contando con los gases de la hora punta.
Beverley era una conductora nefasta, como es de esperar cuando se trata de
alguien que ha aprobado el examen hace menos de dos años. Lo bueno del tráfico
en Londres es que el conductor medio no tiene en ningún momento la posibilidad
de acelerar lo suficiente como para provocar un accidente fatal. Parecía
probable que tuviésemos que detenernos al final de Gower Street, y me enfrenté
al antiquísimo dilema del conductor londinense: salir del coche y andar, o
aguardar y no perder la esperanza.
Llamé una vez más a Lesley, pero me salió el contestador. Llamé a la
comisaría de Belgravia y les pedí que me pusieran con el Airwave de
Stephanopoulos. Por si alguien había pinchado el canal, siguió el procedimiento
de ordenarme que volviese a la comisaría y aguardara instrucciones, y luego me
hizo saber que la última vez que había visto a Seawoll y Lesley éstos se
dirigían a la Opera House. Yo le respondí que iba a regresar a la comisaría en
unos términos que no convencerían a Stephanopoulos ni al hipotético espía, pero
que, por lo menos, quedarían bien en la transcripción que eventualmente se
presentara ante un tribunal.
El tráfico se despejó en cuanto hubimos pasado New Oxford Street y le dije
a Beverley que siguiera por Endell Street.
—Cuando estemos allí, no quiero que te acerques a Lesley —le pedí.
—¿No se te habrá ocurrido que puedo llevarme a Lesley?
—Pienso que podría ser ella quien absorbiese toda tu magia —dije.
—¿De verdad? —preguntó Beverley.
Todo eran suposiciones, pero a mí me parecía que una genii locorum como Beverley tenía que sacar su magia de alguna
parte, y así se convertía en una víctima atractiva para Henry Pyke. También
podía ser que gozaran de inmunidad natural frente a ese tipo de amenazas y me
estuviese preocupando por nada, pero me pareció que sería mucho mejor ser
precavido.
—De verdad —dije.
—Mierda —exclamó—, y yo que pensaba que éramos amigas.
Iba a decirle algo para consolarla, pero me quedé sin voz cuando Beverley
salió disparada del carril de dirección única por el Oasis Sports Centre y giró
hacia Endell Street sin prestar ninguna atención a los otros coches —al menos
eso fue lo que me pareció a mí—, ni mostrar de ningún modo que fuera consciente
siquiera de su existencia.
—Lesley sí es amiga tuya —dije—. Henry Pyke no lo es.
Las multitudes en estado de «por-fin-es-viernes» habían salido de los pubs
y cafés, y durante unas horas Londres tuvo la genuina cultura callejera que
buscan sin cesar los que se compran villas en la Toscana. La calle cada vez más
estrecha y la posibilidad de atropellar a un peatón tuvieron como efecto que la
mismísima Beverley levantara el pie del acelerador.
—Cuidado con la gente —le dije.
—¡Ja! —respondió Beverley—. Si bebes, no camines.
Giramos en la pequeña rotonda de Long-acre, redujimos la marcha por
deferencia para con otra multitud de borrachos que estaba en la esquina del
Kemble’s Head y aceleramos por Bow Street. No vi coches de policía, camiones de
bomberos ni ningún otro indicio de que se hubiera producido una emergencia
cerca de la Opera House, así que me imaginé que habíamos llegado a tiempo.
Beverley aparcó en una zona adaptada para discapacitados frente a la Opera
House.
—No pares el motor —le dije mientras salía. No contaba con tener que huir
de improviso, pero se me ocurrió que así lograría que Beverley se quedase en el
coche y no se metiera en líos—. Si la policía te dice que te tienes que
marchar, dales mi nombre y diles que he entrado por una cuestión de trabajo.
—Sí, claro, con eso estará todo arreglado —dijo Beverley, pero se quedó en
el Mini, que era lo que me importaba.
Crucé la calle hasta la entrada principal y empujé una de las puertas de
cristal y caoba. El salón interior estaba frío y oscuro tras ponerse el sol;
los maniquíes estaban expuestos en vitrinas cerca de las puertas, ataviados con
los disfraces de representaciones previas. Pasé por las puertas interiores que
conducían al vertíbulo y me encontré con un gentío que venía a gran velocidad
en la dirección contraria. Eché una rápida ojeada a mi alrededor para ver qué
era lo que sucedía, pero, aunque caminaran con brío, como si hubieran tenido
prisa por llegar a algún sitio, no los dominaba el pánico. Entonces caí en la
cuenta: debía de ser la hora de la pausa y toda esa gente salía para fumarse un
cigarrillo.
Ciertamente, había una multitud que salía por las puertas señalizadas como
acceso al patio de butacas y se dirigía a la izquierda, presumiblemente en
dirección a los baños y al bar, seguramente en el orden indicado. Me quedé
quieto y esperé a que todo el mundo pasara. Seawoll, por lo menos, sería fácil
de localizar, por su mera corpulencia. Los atavíos de la concurrencia me
decepcionaron: todo el mundo se había puesto ropa cara, pero informal, salvo el
esporádico vestido de noche que aliviaba la monotonía. Yo antes pensaba que la
clase alta vestiría mejor. La muchedumbre se dispersaba y me mezclé con ella, y
la seguí en dirección a la izquierda, hasta más allá del guardarropía, por una
escalinata por la que se llegaba al bar principal. De acuerdo con el cartel, se
trataba del Balconies Restaurant, y, en la medida en que alcancé a verlo, lo
habían creado por el procedimiento de meter varias toneladas métricas de madera
de pino en un invernadero de hierro del período victoriano. Estaba concebido
para servir al público en las pausas, durante las cuales un millar de
espectadores ligeramente aturdidos entraban en manada y trataban de ahogar el
canto en gin tonics. Tenía espacios
grandes y sencillo mobiliario acolchado con impecables accesorios metálicos. Al
hallarse bajo la bóveda de hierro blanco y cristal, era como si se hubiera
contratado a Ikea para equipar la estación de St. Pancras. Si Thomas la Locomotora[9]
hubiera sido sueco, su sala de estar habría tenido ese mismo aspecto.
Aunque entonces probablemente habría sido mucho menos divertido.
A seis metros de altura había una galería que daba la vuelta a la sala
entera, con amplitud suficiente para sillas y mesas con manteles blancos y
cubertería de plata. Allí arriba la multitud no era tan densa, presumiblemente
porque la mayoría había ido a la barra para tragarse todas las ginebras
posibles antes de que volviese a empezar la música. Me dirigí a la escalera más
cercana con la esperanza de ver mejor desde arriba. Estaba a medio camino
cuando me di cuenta de que el humor reinante en la sala había empezado a
cambiar. No fue una sensación muy fuerte, sino, más bien, como un perro que
ladra de noche en la lejanía.
—Que se vaya a tomar por culo esa mala puta —gritó una voz de mujer, una
voz estridente, desde algún punto que se encontraba debajo de mí.
Era la misma tensión que había sentido en Neal Street, momentos antes de
que el doctor Framline se volviera loco y atacase al mensajero. Alguien soltó
una bandeja, el metal rebotó sobre el caro entarimado de madera, un par de
vasos se rompieron. Poco más allá se oyeron vítores irónicos.
Había llegado a la galería. Me metí entre dos mesas libres y contemplé a la
muchedumbre.
—Gilipollas —dijo un hombre que estaba abajo—. Puto gilipollas.
Divisé a un hombre de cuarenta y muchos con pinta de hacer gimnasia,
cabello canoso, traje clásico, cejas pobladas muy características. Se trataba
de Folsom, comisario auxiliar suplente… como si no hubiera tenido ya bastantes
problemas. Me aparté de la baranda, y entonces vi a Lesley apoyada en la
baranda del lado opuesto. Tenía los ojos fijos en mí. Se veía normal, activa,
alegre. Vestía la chaqueta de cuero y los pantalones que se ponía en horas de
servicio. Cuando estuvo segura de que la veía, me hizo un gesto alegre y señaló
con la cabeza a la barra principal, donde en ese mismo momento le servían una
bebida a Seawoll.
Una voz anunció que faltaban tres minutos para el siguiente acto.
En ese mismo momento, en la barra principal, un tío vestido de tweed con parches de cuero abofeteó a
uno de los hombres con los que hablaba. Alguien gritó, Lesley miró hacia abajo
y yo eché a correr por la galería, apartando a codazos a los espectadores que
se interponían en mi camino. Entonces volví a fijarme en Lesley. Me observaba
con estupefacción mientras llegaba al final de la pared, doblaba la esquina y
seguía adelante por el trecho lateral de la galería. No sé quién sería el autor
de los pensamientos que en esos momentos se hallaban dentro de la cabeza de
Lesley, pero, tanto si era ella misma como Henry Pyke, se había sorprendido de
que me abriera paso a empellones entre una multitud de ricachos. Y era con eso
con lo que yo contaba. No es nada fácil sacarse del bolsillo una jeringa llena
de tranquilizante al mismo tiempo que uno se abre paso por entre una multitud
de amantes de la ópera enfadados, pero, de algún modo, logré tenerlo todo a
punto al doblar la última esquina mientras aún corría en dirección a Lesley.
Ella me miraba en silencio, con la cabeza inclinada hacia un lado y cara de
estar divirtiéndose, y yo pensé: «Hazte la guay tanto como quieras, porque
dentro de muy poco vas a dormir.» Llegado ese momento, los miembros del
respetable se apartaban de mi camino por sí mismos, y pude recorrer sin
obstáculos los últimos cinco metros. O lo habría hecho, si Seawoll no hubiera
subido por las escaleras y me hubiese arreado un golpe en la cara. Fue como
pegársela contra una viga horizontal situada a poca altura: me caí de espaldas
y vi confusas imágenes del techo.
Maldita sea, aquel hombre sabía moverse con rapidez cuando quería.
Estaba claro que Henry Pyke podía controlar a quien quisiera, incluso a
cabezotas como Seawoll. Aquello no presagiaba nada bueno.
—Pues mira, la verdad es que no me importa —berreó una mujer que se
encontraba en algún lugar a mi derecha—. No son más que putos tíos que cantan
sobre otros putos tíos.
Una voz anunció que faltaba menos de un minuto para el siguiente acto y que
todo el mundo tenía que regresar a sus butacas. Un joven con acento rumano y
uniforme de camarero me dijo que me quedara donde estaba y que ya habían
llamado a la policía.
—La policía soy yo, gilipollas
—dije, pero la voz apenas me salió de los labios, porque me sentía como si se
me hubiera dislocado la mandíbula.
Logré sacar la identificación y se la mostré, y, para ser justos, el
muchacho me ayudó a levantarme. El bar se había quedado vacío, salvo por el
personal de limpieza. Alguien había pisado la jeringa y la había aplastado. Me
palpé la cara. Aún tenía todos los dientes, lo que me daba a entender que
Seawoll no había pegado con todas sus fuerzas. Pregunté a dónde había ido el
hombre alto y los del personal me dijeron que había bajado por la escalera
junto con la joven rubia.
—¿Han entrado en el teatro? —pregunté, pero no lo sabían.
Bajé a toda prisa por la escalera y contemplé el largo mostrador de mármol
del guardarropía. Lo bueno de Seawoll es que no pasa inadvertido y es difícil
de olvidar. El encargado me dijo que se había marchado en dirección al patio de
butacas. Regresé al vestíbulo, donde una educada joven trató de cerrarme el
paso. Le dije que tenía que ver al gerente y, en el mismo momento en que se
marchó a buscarlo, me colé en el teatro.
En un primer momento, la música me envolvió cual oscura marejada, seguida
por la magnitud del teatro. Una gran herradura se erguía en varias capas de
sobredorados y terciopelo rojo. Enfrente de mí, un mar de cabezas descendía
hasta el foso de la orquesta y seguía más allá hasta el escenario. El decorado
representaba la popa de un barco en alta mar, aunque a una escala tan exagerada
que la borda quedaba mucho más arriba que los cantantes. Todo estaba pintado en
fríos matices de azul, gris y blanco turbio… un barco a la deriva en un océano
amargo. La música era igualmente sombría y no le habría sentado nada mal una
sección de ritmo o, si no, una chica en minifalda. Hombres en uniforme y
tricornio se cantaban unos a otros mientras un tío rubio de camisa blanca los
miraba con cara de inocente. Tuve la extraña sensación de que el tío rubio iba
a terminar mal, y que, para el caso, también terminaría mal el público. Acababa
de inferir que el tenor hacía de capitán, cuando el bajo, que encarnaba al
villano de la obra, titubeó. En un primer momento pensé que sería parte de la
obra, pero el murmullo que se oyó entre el público hizo bien patente que se
trataba de un error. El cantante trató de superar el bache, pero tenía
problemas para recordar su papel. El tenor intervino cuando le tocaba, pero él
también titubeó y, con el pánico en el rostro, miró fuera del escenario, hacia
los laterales. Los abucheos impedían ya que se oyera la orquesta cuando los
músicos, por fin, cayeron en la cuenta de que ocurría algo y se detuvieron.
Bajé por el pasillo central hasta el foso de la orquesta, aunque no tenía
ni idea de cómo llegar al escenario. Unos pocos espectadores se habían puesto
en pie y estiraban el pescuezo en un intento por ver lo que ocurría. Llegué al
borde del foso y miré hacia abajo, y vi que los músicos aún estaban en su lugar
con los instrumentos. Me encontraba lo bastante cerca como para tocar a un
primer violín. El hombre temblaba y tenía los ojos vidriosos. El director dio
unos golpecitos con la batuta en el atril y los músicos se pusieron a tocar de
nuevo. Me di cuenta de que la música correspondía a la primera tonada que Punch
cantaba en el guión de Piccini. Se trataba de Malbrough s’en va-t-en guerre[10],
conocida en el mundo anglosajón como For
He’s a Jolly Good Fellow.
El tenor que hacía de capitán fue el primero en entonar el estribillo:
El Punch es un gran pillo
en traje amarillo.
El bajo y el barítono se le unieron en rápida sucesión, seguidos por la
compañía entera, que cantaba como si tuviese la partitura enfrente.
Y a veces es pardillo
sólo con los amigos.
Los cantantes golpeaban el suelo con los pies al ritmo de la música. Los
espectadores parecían clavados en sus asientos; no sabría decir si estaban
confusos, hipnotizados o, simplemente, tan consternados que no lograban
moverse. Entonces, la primera fila empezó a seguir el ritmo con las manos y los
pies. Yo mismo sentía el impulso, me sentía sumergido en cerveza y boleras y
empanadas de carne de cerdo y bailes e indiferencia por las opiniones de los
demás.
Canalla con las niñas,
buscando rebatiñas.
Las palmas y patadas en el suelo se fueron extendiendo de fila en fila
desde la primera hasta la última. La buena acústica de la Opera House hacía que
el barullo fuese más estruendoso que el de una muchedumbre en Highbury, e
igualmente contagioso. Tuve que sujetarme las piernas para impedir que se me
movieran los pies.
Le mataron en riñas,
su comedia terminó.
Lesley salió al escenario y, sin importarle nada, subió por las escaleras
que llevaban hasta el exagerado castillo de popa, y volvió el rostro hacia el
público. Entonces vi que llevaba un bastón de empuñadura de plata en la mano
izquierda. Lo reconocí: el muy cabrón se lo había robado a Nightingale. Un foco
se encendió en la oscuridad y la bañó en cegadora luz blanca. La música y los
cantos se detuvieron, y el estrépito de pies fue perdiendo fuerza hasta
desvanecerse.
—Señoras y señores —gritó Lesley—, chicos y chicas: les voy a presentar la
comedia trágica y tragedia cómica del señor Punch, tal como le fue narrada al
gran talento y empresario Henry Pyke.
Esperó los aplausos, y, al darse cuenta de que nadie aplaudía, murmuró
entre dientes e hizo un gesto brusco con el bastón. Sentí que la compulsión se
abatía sobre mí, mientras que el público, a mis espaldas, estallaba en
aplausos.
Lesley hizo una graciosa reverencia.
—Estoy muy satisfecha de encontrarme aquí —dijo—. Ah, pero este teatro es
mucho más grande de lo que fue en mis tiempos. ¿Hay alguien aquí que naciera
durante los últimos años del siglo XVIII?
Se oyó un grito en el gallinero, como para demostrar que en todas partes
tiene que haber de todo.
—No es que no os crea, señor, pero sois un redomado embustero —dijo
Lesley—. Sin embargo, el vejestorio tiene que estar por aquí. —Miró más allá de
los focos, al patio de butacas, como buscando algo—. Sé que estás ahí, perro
negro irlandés.
Negó con la cabeza.
—Cuánto me gustaría decir que me alegro de estar aquí en el siglo XXI —dijo
de pronto—. Hay muchas cosas por las que tenemos que estar agradecidos: agua
corriente en las casas, carros sin caballos… una esperanza de vida decente.
Yo no veía ninguna manera de llegar al escenario desde el patio de butacas.
El foso de la orquesta tenía dos metros de profundidad, y el escenario, al otro
lado, era demasiado alto como para subir desde abajo.
—Esta noche, señoras y señores, chicos y chicas, para su esparcimiento, voy
a presentar ante ustedes esa lamentable escena de la historia de Punch —dijo
Lesley—. Me refiero, por supuesto, a su encarcelamiento y, ¡ay!, inminente
ejecución.
—¡No! —grité. Había leído el guión. Sabía lo que estaba a punto de ocurrir.
Lesley me miró y sonrió.
—Pues claro que sí —dijo—. La representación tiene que continuar.
Se oyó un crujido de huesos que se rompían y su rostro se transformó. Su
nariz se volvió grande y aguileña, y su voz se transformó en un chillido agudo
y penetrante.
—¡Así es como se tiene que hacer! —graznó.
Ya era demasiado tarde, pero salté igualmente al foso. La Royal Opera House
no se contenta con un cuarteto y una batería, lo que hay allí es una orquesta
al completo con setenta músicos y el foso se construyó para darles cabida.
Aterricé entre los instrumentos de viento. Por muy fuerte que fuera la
influencia que Henry Pyke había ejercido sobre ellos, no estaban tan aturdidos
como para no protestar. Me abrí paso entre los violinistas, pero no me sirvió
de nada. Ni siquiera con un buen salto habría logrado agarrarme al borde del
escenario. Uno de los violinistas me preguntó quién coño me había creído que
era y, con el apoyo de un contrabajista, me amenazó con partirme el cráneo.
Ambos tenían en los ojos la misma mirada de viernes por la noche, de borracho capullo,
que empezaba a asociar con Henry Pyke. Acababa de agarrar uno de los atriles
para mantenerlos a raya cuando la orquesta se puso a tocar una vez más. A
partir de ese momento, los dos músicos homicidas se olvidaron de mí, agarraron
los instrumentos, volvieron a su lugar y, con mucho decoro —si tenemos en
cuenta que acababan de salir de un episodio psicótico—, empezaron a tocar. Oí
que la criatura que llevaba puesto el cuerpo de Lesley cantaba con su voz
espantosamente aguda:
Y al fin dejó a su amada
y cantó tan triste son.
No podía ver lo que hacía Lesley, pero, a juzgar por la canción, debía de
representar la escena en la que Punch mira mientras le erigen el patíbulo
frente a la ventana de la cárcel. Había puertas en ambos extremos del foso de
la orquesta. Debía de ser posible llegar hasta el espacio entre bastidores por
uno u otro camino. Avancé dando codazos entre los músicos hasta la puerta más
cercana. A mi paso quedó un rastro de gritos, cuerdas vibrantes, chillidos y
estrépito. La puerta conducía a otro estrecho corredor con bovedilla, con
idénticos pasillos que se ramificaban a derecha e izquierda. Como había salido
por la derecha, me imaginé que un giro a la izquierda me llevaría entre
bastidores. Estuve en lo cierto, sólo que la Royal Opera House no tenía espacio
entre bastidores. Lo que tenía era un hangar para aviones, una sala gigantesca,
de techo alto, que debía de triplicar el escenario principal. Allí habría
cabido un zepelín. Los regidores, apuntadores y todos los que no están a la
vista del público durante la representación se habían congregado en los
bastidores, fascinados por la misma influencia que Henry Pyke ejercía sobre el
público. Al escapar de dicha influencia, tuve una oportunidad para
tranquilizarme y pensar. El daño que había sufrido Lesley ya estaba hecho; si
le inyectaba el tranquilizante, se le desprendería la cara. No serviría de nada
que irrumpiese en el escenario. Por lo que sabía, mi torpe entrada ya se
encontraba en el guión de Henry Pyke. Me colé entre los tramoyistas y traté de
acercarme todo lo posible al escenario sin dejarme ver.
No se había erigido ningún patíbulo. Pero sí había bajado una soga desde lo
alto, como si hubiera colgado de un penol. O Henry Pyke estaba aún mejor
organizado de lo que yo pensaba, o en la ópera original también se ahorcaba a
alguien. Seguramente después de que hubiera cantado mucho.
Lesley aún representaba el papel de Punch. Hacía como si languideciera tras
una ventana con barrotes. No parecía que siguiera ya el guión de Piccini, sino
que entretenía al público con la historia de la vida de un tal Henry Pyke,
actor en ciernes, desde sus humildes comienzos en una humilde población de
Warwickshire hasta su esplendorosa carrera en los escenarios de Londres.
—Y allí estaba yo —dijo Lesley—, ya no un hombre joven, sino un actor
experimentado. Los dones con que me obsequió Dios se habían multiplicado con
los años de experiencia que había conseguido en los difíciles e implacables
escenarios de Londres.
El que ninguno de los encargados de la dirección de escena se riese daba
una idea de la fuerza con la que estaban subyugados. Como Nightingale no me
había iniciado en la «compulsión para principiantes», yo no sabía cuánta magia
se necesitaba para tener bajo control a dos mil personas, pero me imaginé que
debía de ser mucha, y fue entonces cuando llegué a la conclusión de que sería
mejor que a Lesley se le cayese la cara, antes de que se le marchitara el
cerebro. Miré a mi alrededor. Tenía que haber un botiquín de primeros auxilios
en un lugar cercano. El doctor Walid me había dicho que tendría que utilizar
solución salina y vendajes para envolverle la cabeza si quería mantenerla con
vida durante el tiempo que tardara la ambulancia en llegar. Localicé el botiquín
en la pared, sobre una selección de extintores, dentro de una maleta
extraordinariamente grande de plástico balístico de color rojo que también
podía ser útil como arma ofensiva. Tenía a punto la última jeringa y, con el
botiquín en la otra mano, me metí por entre los bastidores. En el momento en el
que tuve de nuevo a la vista el escenario, Lesley —no soportaba pensar en ella
como Punch o Henry Pyke— daba una explicación completa y detallada de las
decepciones de Henry. Culpó de la mayoría de ellas a Charles Macklin, que,
según Henry, había vuelto su mano contra él por puro despecho, y que, tras
retarle, le había dado una muerte cruel al lado del mismísimo teatro.
—Tendrían que haberlo ahorcado por ello —decía Lesley—. Igual que tendrían
que haberlo ahorcado por haber acabado con el pobre Thomas Hallum en el Theatre
Royal. Pero tiene la suerte de los irlandeses y mucha labia.
Fue entonces cuando entendí lo que esperaba Henry Pyke. Charles Macklin
había asistido de manera habitual a las funciones de la Royal Opera House hasta
su muerte. De acuerdo con la leyenda, el fantasma de Macklin ha aparecido en
numerosas ocasiones en su asiento favorito en el patio de butacas. Henry Pyke
trataba de hacerlo aparecer, pero yo no creía que se presentara. Lesley
recorría de uno a otro extremo el castillo de popa y miraba el patio de
butacas.
—Déjate ver, Macklin —llamó.
A mí me pareció que su voz empezaba a denotar cierta inseguridad. La popa
se erguía sobre el escenario, a demasiada altura como para que pudiese trepar.
El único acceso eran las escaleras de delante… pero si iba por allí no pillaría
desprevenida a Lesley. No me quedaba otro remedio que cometer una estupidez.
Salí con decisión al escenario y entonces cometí el error de mirar al
público. Apenas logré ver nada más allá de las luces, pero sí lo suficiente
como para darme cuenta de la gran masa de gente que me devolvía la mirada desde
la abrumadora oscuridad. Tropecé con mis propios pies y me agarré a un cañón
del decorado.
—¿Qué sucede? —dijo la voz estridente de Lesley.
—Soy Jack Ketch —dije en voz demasiado baja.
—Dios me libre de imbéciles y de aficionados —contestó Lesley entre
dientes, y luego, con más fuerza—: ¿Qué es esto?
—Soy Jack Ketch —repetí, y esta vez tuve la impresión de que llegaba hasta
el público.
Me llegó una oleada de vestigia.
No provenía de las personas, sino de la propia urdimbre de la sala. El teatro
recordaba a Jack Ketch, ejecutor al servicio de Carlos II, un hombre de quien
se decía que era tan funesto en su trabajo que en cierta ocasión publicó un
panfleto en el que culpaba a su víctima, lord Russell, por no haber sabido
quedarse quieto mientras le daba con el hacha. Durante un siglo después de su
muerte, Ketch había sido sinónimo de verdugo, asesino y del diablo en persona:
si había algún nombre con el que se pudiera conjurar a este último, debía de
ser el de Jack Ketch. Con ello quedaba explicado su papel en la función de
Punch y Judy, y también se entendía que ésta fuese la posibilidad más clara de
acercarme con la jeringa.
—Le doy las gracias, señor Ketch, pero ya estoy muy cómodo aquí —dijo
Lesley.
Yo no me había aprendido de memoria el guión, pero sabía improvisar.
—Pero tienes que salir de ahí —dije—. Sal de ahí para que te ahorquen.
—No seríais tan cruel —replicó Lesley.
Sé muy bien que habríamos tenido que intercambiar muchas más pullas, pero,
como no recordaba las palabras, pasé a la acción.
—Entonces tendré que tomarte preso —dije, y subí por las escaleras hasta el
castillo de popa.
Me fue muy difícil contemplar el rostro destrozado de Lesley, pero tenía
que adelantarme a cualquier movimiento con el que me pudiera sorprender. Su
rostro de Punch se retorció de irritación, probablemente porque me había
saltado versos, pero prosiguió con el espectáculo, como yo había esperado y
deseado. Era la parte en la que Jack Ketch agarraba a Punch y lo arrastraba
hacia la horca, y en ese momento el taimado asesino de su mujer engañaba a
Ketch para que metiera la cabeza en la soga y se colgara a sí mismo. No, señor,
estos personajes que inventan ahora no sirven como modelo para los niños.
Preparé la jeringa.
Lesley se encogió cuando me acercaba.
—Piedad, piedad —chillaba—. No lo haré más.
—Eso seguro —dije.
Pero, antes de que pudiera clavarle la aguja, se volvió de pronto y me
golpeó en la cara con el bastón de Nightingale. Los músculos de la espalda y
los hombros se me agarrotaron, y tuve que contentarme con no perder el
equilibrio.
—¿Sabes lo que es esto? —me dijo Lesley, al tiempo que agitaba el bastón de
un lado para otro.
Traté de decirle «es un bastón», pero los músculos de la mandíbula se me
habían agarrotado igual que los demás.
—Igual que Próspero tenía su libro y su bastón —dijo Lesley—, tu maestro
también los tiene, pero yo necesito tan sólo el bastón. Cuando uno forma parte
del mundo de los espíritus, goza de un cierto je ne sais quoi en sus tratos con la magia. Pero, al hallarse sans corporeidad, carece de la chispa de
vitalidad necesaria para satisfacer sus propios deseos.
Lo cual, por lo menos, confirmaba que Henry Pyke no tenía magia propia, y
esa observación me habría resultado mucho más interesante si no hubiera estado
paralizado y a su merced.
—Ésta es la fuente de la que tu maestro extrae su poder —dijo Lesley—. Y,
con su poder, yo puedo hacer, digamos, todo lo que me apetezca. —Sonrió; sus
dientes destrozados quedaron al descubierto—. Lo que tienes que decir a
continuación es: «Y ahora, señor Punch, no lo retrasemos más.»
—Y ahora, señor Punch, no lo retrasemos más —dije, y señalé a su nariz—.
Meta la cabeza por este lazo.
Lo extraño fue que en ese momento sentí la compulsión como una forma, como una configuración en mi
mente, y, sin embargo, no provenía de ésta.
—Por ese lazo —dijo Lesley, y le guiñó el ojo al público—. ¿Para qué?
—Sí, por este lazo —dije.
Lo percibí de nuevo, y en esta ocasión estuve seguro: la idea de la
configuración era externa, pero la configuración en sí misma tomaba forma
dentro de mi propia cabeza. Era como la hipnosis: una sugestión, más que una
orden.
—¿Para qué? No sé lo que tengo que hacer —dijo Lesley, y adoptó una pose de
desesperación extrema.
—Es muy fácil —dije, y agarré el lazo. Sentí el tacto rasposo de la cuerda
en las palmas de las manos—. Sólo tienes que pasar la cabeza por aquí.
Lesley hizo como que metía la cabeza dentro de un lazo invisible, pero sin
meterla en el lazo de verdad, y preguntó:
—¿Cómo, así?
—No, no —dije, y señalé al lazo—. Por aquí. —Pensé que, si se trataba de
una sugestión, había de ser posible rechazarla con el pensamiento.
Lesley fingió de nuevo, con movimientos aparatosos, que trataba de meter la
cabeza en un lazo y se equivocaba.
Traté de expulsar la configuración de mi cerebro, pero, en cambio, dije:
—Así no, tonto.
Y escenifiqué una pantomima de exasperación. La fuerza bruta no iba a
servirme para nada, y tenía que pensar algo, porque, en un par de líneas, el
personaje de Jack Ketch iba a meter su cuello de imbécil en el lazo y se haría
ahorcar, y yo moriría ahorcado con él.
—Ten cuidado con a quién llamas tonto. Vamos a ver si sabes hacerlo tú
—dijo Lesley con voz chillona, e hizo una pausa para que el público pudiera
empezar con las risas tontas—. Muéstrame cómo se hace y después lo haré yo.
Sentí que mi cuerpo iniciaba el movimiento de meter la cabeza en el lazo.
Entonces se me ocurrió que, si no podía librarme de la compulsión, tal vez sí
lograría transformarla lo suficiente como para anularla. Seguí un método
análogo a la cancelación activa de ruido, en la que se anula una onda de sonido
por el procedimiento de emitir otra onda invertida. Es rebuscado y
antiintuitivo, pero funciona. Esperé y deseé que la extraña versión de ese
método que iba a emplear dentro de mi cabeza funcionara, porque a duras penas
había empezado a crear la configuración con mi mente cuando dije:
—Muy bien, lo haré.
Mi forma chocó con la compulsión,
como dos tuercas mal puestas que se traban en un mecanismo de transmisión. Me
pareció que sentía trocitos de forma
que daban vueltas dentro de mi cerebro y rebotaban dolorosamente dentro de mi
cráneo, pero tal vez me lo imaginara. No importó. Sentí que se desvanecía el
agarrotamiento de mi cuerpo y separé la cabeza de la soga, y le lancé a Lesley
una mirada triunfal.
—O quizá no lo haga —dije.
Un brazo enorme me agarró por el pecho desde atrás y una mano muy grande me
sujetó la nuca y empujó la cabeza hacia el lazo. Olí la lana de camello y la
loción para afeitado de Chanel. Seawoll se me había acercado por detrás
mientras estaba distraído recreándome en mi propia inteligencia.
—O quizá sí lo hagas —dijo Lesley.
Forcejeé, pero, aunque algunos hombres corpulentos sean sorprendentemente
débiles, Seawoll no figuraba entre ellos. Entonces, le clavé la jeringa en la
piel de la mano y le inyecté la dosis entera. Por desgracia, la dosis estaba
calculada para Lesley, que pesaba la mitad que Seawoll. La presión no cesó,
hasta que Lesley chilló:
—Izadlo, muchachos. —Y me elevé por el aire con la soga al cuello.
Mi vida se salvó tan sólo porque me colgaban con una horca teatral, que,
por motivos de salud y prevención de riesgos, estaba pensada para no matar al atractivo barítono croata
cuya garganta tenía que oprimir. El lazo era falso y la cuerda tenía por dentro
un refuerzo de alambre para que no perdiera la forma. Indudablemente tendría
también un cierre que, después del aria de despedida, habría servido para
sujetar la correa del arnés de seguridad que el atractivo barítono, sin duda,
llevaba hábilmente escondido bajo la ropa. Por desgracia, yo no tenía arnés y
la maldita cosa me dejó medio muerto, pero igualmente logré sacar la cabeza del
lazo, y en el proceso me hice un buen rasguño en el mentón. Me quedé sujeto a
la cuerda y logré meter un codo en el lazo para tener mejor apoyo, pero, con
todo, sentí un repentino espasmo de dolor en la espalda.
Eché una rápida mirada hacia abajo y vi que me hallaba a cinco metros del
escenario. No pensaba soltarme.
Más abajo, Lesley se volvió hacia el público.
—La policía no nos va a molestar más —dijo.
A sus espaldas, Seawoll se sentó pesadamente sobre las escaleras y se quedó
con el tronco encorvado, como un corredor que cede a la fatiga. El clorhidrato
de etorfina le hacía efecto por fin.
—Mirad —dijo Lesley—, un agente de la Ley da sus últimas patadas y otro se
queda dormido… derrotado, sin duda alguna, por el alcohol. Así pues, las buenas
gentes de Inglaterra depositamos nuestra confianza en puercos que apenas si se
distinguen en nada de los villanos a los que pretenden dar caza. ¿Durante
cuánto tiempo vamos a soportar esto, señoras y señores, chicos y chicas? ¿Cómo
es que los hombres de bien pagan impuestos mientras los extranjeros no pagan
nada, y al mismo tiempo quieren tener las libertades que el inglés se ganó con
su sudor?
Cada vez me era más difícil mantenerme agarrado, pero sabía muy bien lo que
me ocurriría si me soltaba. A lado y lado del escenario había grandes cortinas
y me pregunté si podría trazar un arco con la cuerda hasta una de ellas. Sujeté
el lazo con las dos manos y empecé a mover el cuerpo y desplazar mi propio peso
para ganar impulso.
—Porque ¿quién sufre una opresión peor? —exclamó Lesley—. ¿Los que tan sólo
reclaman los derechos que les corresponden, o quienes quieren tenerlo todo,
seguridad social, viviendas de protección oficial, pensión de invalidez, y no
pagar nada? —Una de las materias que estudiamos en historia fue la reforma de
las Leyes de Pobres, así que Henry Pyke debía de extraer material del cerebro
de Lesley. O tal vez llevara doscientos años leyendo el Daily Mail—. ¿Y acaso nos dan las gracias? —preguntó. El público
murmuró la respuesta—. Pues claro que no —dijo Lesley—. Porque han llegado a
pensar que todas esas prebendas son sus derechos.
No me fue fácil evitar que la cuerda se balanceara sobre el foso de la
orquesta. Traté de corregir la trayectoria y acabé por trazar un ocho. Aún me
encontraba a varios metros de altura, así que me empleé a fondo y me di impulso
con las piernas para tratar de llegar al lateral.
De pronto, la multitud rugió, y sentí una oleada de frustración y de ira
que me envolvía como las aguas que se desbordan al inundarse una cloaca. Perdí
la concentración en un momento crucial y me estrellé contra la cortina. Salté,
me agarré con desesperación a la gruesa tela y traté de capturarla con las
piernas para no pegármela contra el escenario.
Entonces, todas las luces se apagaron. No hubo chispas, destellos,
centelleos, ni nada que resultara teatral… se apagaron sin más. Inferí que en
alguno de los dispositivos del complicado sistema de iluminación de la Royal
Opera House un par de microprocesadores se habían transformado en arena. Cuando
uno se agarra a algo con las uñas, normalmente la dirección correcta es la que
baja, así que hice todo lo posible por olvidarme del dolor que sentía en los
antebrazos y empecé a descender por la cortina. No oí gritos de pánico. Dadas
las circunstancias, el silencio era mucho más pavoroso de lo que habría sido su
contrario.
Un cono de luz blanca apareció en torno a Lesley, cual foco procedente de
una lámpara invisible.
—Señoras y señores —dijo—, chicos y chicas. Creo que es hora de salir a
jugar.
En cierta ocasión, uno de los tíos de mi madre que tenía entradas para un
partido del Arsenal contra el Spurs en Highbury me llevó a mí, porque su hijo
no podía. Nos encontrábamos entre los abonados, los más hinchas entre los
hinchas que iban a ver el fútbol por el juego, y no por la violencia. Cuando
uno se encuentra en medio de una masa como aquélla, se ve siempre arrastrado
por la corriente… aunque trate de nadar en dirección contraria, no lo consigue.
Fue un juego aburrido, sin estilo, y parecía que tuviera que terminar en
empate, en un empate cero a cero, cuando, de pronto, en los últimos minutos, el
Arsenal resurgió. Entraron en el área de penalti y puedo jurar que el estadio
entero, sesenta mil personas, contuvo el aliento. El delantero del Arsenal metió
el balón en la portería y me puse a gritar de júbilo, junto con toda la gente
que se encontraba a mi alrededor. Lo hice de manera totalmente involuntaria.
Así fue como me sentí cuando Henry Pyke hizo salir al público de la Royal
Opera House. Creo que me solté de la cortina y descendí en caída libre los dos
últimos metros. Sólo estoy seguro de que me quedé tendido sobre el escenario
con un dolor lacerante en el tobillo y el súbito deseo de partirle la cara a
alguien. Logré ponerme en pie y encontré, frente a mí, el rostro desfigurado de
Lesley.
Me estremecí. Al tenerla tan cerca, la deformidad de su cara era todavía
más difícil de afrontar. Mis ojos se apartaban una y otra vez de la grotesca
caricatura. A ambos lados de Lesley se hallaban todos los cantantes que
participaban en la obra, todos ellos de sexo masculino, todos ellos tensos,
salvo el juvenil barítono, de aspecto mucho más duro de lo que habría sido de
esperar en personas consagradas a la alta cultura.
—¿Estás bien? —me dijo con voz chillona—. Me tenías preocupado.
—Pero si querías ahorcarme —dije.
—Peter —dijo Henry Pyke—, yo no he querido en ningún momento tu muerte.
Durante estos últimos meses he llegado a verte, no como a un archienemigo, sino
como un contrapunto cómico, el personaje tonto que va con el perro y hace reír
al público mientras los actores de verdad se cambian.
—Te recuerdo que Charles Macklin no ha aparecido —le dije.
La nariz de Punch se arrugó.
—No importa —dijo Lesley—. Ese cabrón gotoso no podrá esconderse para
siempre.
—Y, entretanto, nosotros… —era una buena pregunta—. ¿Qué es lo que estamos
haciendo nosotros?
—Nosotros hacemos nuestro papel —dijo Lesley—. Nosotros somos el señor
Punch, el irrefrenable espíritu de la violencia y la rebeldía. Está en nuestra
naturaleza provocar alborotos, igual que está en la tuya tratar de detenernos.
—Estás asesinando a seres humanos —dije.
—¡Ay! —dijo Lesley—. El arte siempre exige sacrificios. Y puedes creer que
sé lo que me digo: la muerte, más que tragedia, es aburrimiento.
De pronto me di cuenta de que no le hablaba a una personalidad completa. Su
exhibición de acentos de distintas épocas, los extraños cambios de motivación y
conducta. Aquello no era Henry Pyke, ni siquiera Punch, sino una extraña labor
de retazos, una personalidad que se había montado a base de fragmentos medio
recordados. Quizá todos los fantasmas fueran como ése, un patrón de recuerdos
atrapado en la urdimbre de la ciudad, igual que los ficheros en un disco duro.
Quizá se gastan poco a poco a medida que cada nueva generación de londinenses
traza el patrón de su propia vida.
—No me estás escuchando —dijo Lesley—. He venido hasta aquí, he dedicado
una parte de mi precioso tiempo a refocilarme, y tú te quedas encerrado en tu
propio mundo.
—Dime, Henry —le pregunté—, ¿cómo se llamaban tus padres?
—¿Eh? El señor y la señora Pyke, por supuesto.
—¿Y cuáles eran sus nombres de pila?
Lesley se rió.
—Tratas de engañarme —dijo—. Se llamaban papá y mamá.
Tenía razón. Henry Pyke o, por lo menos, la parte de éste que se hallaba en
el cerebro de Lesley, estaba literalmente incompleto.
—Pues ahora dime todas las cosas buenas que recuerdes —le dije— sobre tu
madre.
Lesley echó la cabeza hacia un lado.
—Ahora me tomas por imbécil —dijo. Señaló a los cantantes, que, impasibles,
habían asistido a nuestro diálogo—. ¿Sabes lo que ha dicho el Times sobre esta producción?
—Que es lúgubre y carece de todo atractivo —dije, nada más ponerme en pie.
Si Lesley monologaba, yo aprovecharía la oportunidad para levantarme.
—Más o menos —dijo—. Lo que escribió el crítico de ópera del Times fue que «la representación tiene
toda la seriedad de un episodio navideño de Coronation
Street[11]».
—Qué desagradable —dije yo.
No me quedaban tranquilizantes, pero el botiquín aún se hallaba entre
bastidores. Podía emplearlo para golpear a Lesley en la nuca y dejarla
inconsciente. ¿Y luego qué?
Lesley ladeó la cabeza en dirección opuesta, sin dejar de mirarme.
—Eh, chicos, mirad a este tío —dijo a los cantantes—. Es el crítico de
ópera del Times.
Pensé si merecería la pena decirles que ni siquiera leía el Times, pero tuve la sensación de que no
querrían escucharme. Corrí hacia la salida de incendios más cercana, porque,
por definición, sería el camino de salida más corto y, por ley, tenía que estar
siempre abierta. Además, las luces de las salidas de emergencia estaban
conectadas a un circuito distinto y, por ello, aún funcionarían.
Me mantuve a tres metros por delante de los actores mientras atravesábamos
aquella especie de hangar para aviones que se encontraba detrás del escenario,
y abrí la primera puerta con el mero impulso de mi cuerpo. Me llevé un moretón
en la costilla, pero también les adelanté otro metro. Mis ojos habían empezado
a acostumbrarse a la oscuridad, pero la siguiente luz de salida de emergencia,
que se encontraba más adelante, no bastó para impedir que me la pegara contra
un carrito que alguien había dejado allí en medio. Me caí al suelo y me sujeté
la espinilla con la mano, y una parte absurda de mi mente pensó que una
obstrucción como aquélla violaba todas las normativas de salud y prevención de
riesgos.
Una silueta cargó contra mí por el corredor. Uno de los cantantes me había
dado alcance; estaba demasiado oscuro para ver de quién se trataba. Le di una
patada al carrito para que se interpusiera en su camino, y se cayó de bruces en
el suelo, a mi lado. Era un hombre corpulento, y olía a sudor y a maquillaje.
Trató de incorporarse, pero entonces logré ponerme en pie y le pisé en la
espalda. Sus amigos abrieron violentamente la puerta, grité para estar seguro
de que supieran dónde me encontraba, y eché a correr de nuevo. Los chillidos
que se oyeron cuando tropezaron con su colega caído me inspiraron una profunda
satisfacción.
Pasé por otra puerta y me encontré con las luces encendidas. Pensé que
debían de tener un circuito eléctrico distinto para las zonas no accesibles al
público. Había vuelto a meterme en un laberinto de estrechos corredores que
parecían todos iguales. Pasé corriendo por una habitación en la que no había
nada, salvo pelucas, y salí a un pasillo con gran cantidad de zapatillas de
baile esparcidas por el suelo. Resbalé al pisar una y me la pegué contra la
bovedilla. A mis espaldas se oía a los cantantes que aullaban, sedientos de mi
sangre. La bella articulación de sus amenazas no me tranquilizaba en absoluto.
Al fin, salí por otra puerta de incendios y me encontré en los baños de la
planta baja, al lado del guardarropía. Oí cristales que se rompían en el
vestíbulo principal y me dirigí a la salida lateral, junto a la taquilla donde
se vendían las entradas. Prescindí de la lenta puerta giratoria adaptada para
sillas de ruedas y corrí hacia las salidas de emergencia, pero lo que vi a
través del cristal me detuvo.
Había estallado un tumulto en Bow Street. Una turba bien vestida saqueaba
el hotel de la acera opuesta y una columna de humo negro y grasiento se elevaba
desde un coche en llamas. Lo reconocí… era un Mini descapotable de color
amarillo canario.
12
EL ÚLTIMO RECURSO
Los disturbios no le gustan a nadie, salvo a los saqueadores y los
periodistas. La Policía Metropolitana es un servicio de policía moderno,
dinámico y activo, y por ello dispone de cierto número de planes de
contingencia para hacer frente a los desórdenes civiles de todo tipo: granjeros
armados con camiones de estiércol, anarquistas de la periferia durante el fin
de semana, yihadistas activos en sábado. Pero sospecho que no habían trazado
planes para frenar a los cerca de dos mil amantes de la ópera que salieron en
masa de la Royal Opera House y sembraron el terror en Covent Garden.
Estaba convencido de que una londinense tan lista como Beverley habría
tenido cerebro suficiente como para salir del coche antes de que las turbas le
pegaran fuego, pero también sabía que su madre no me perdonaría que no lo
comprobara. Eché a correr, gritando con todas mis fuerzas para que los demás me
tomaran por uno de los alborotadores.
El estruendo me golpeó tan pronto como hube salido por la puerta. Era como
una muchedumbre enfurecida en un pub, pero a una escala mucho mayor. Por todas
partes se oían extraños canturreos y aullidos animales. No era un disturbio
normal. En los normales, la mayoría de la multitud no hace otra cosa que mirar
y, de vez en cuando, lanzar vítores. Si se encuentran una tienda con el cristal
roto, acudirán gustosos a expropiar sus contenidos, pero en realidad no quieren
complicarse la vida. En cambio, lo que tenía ante los ojos era un alzamiento en
el que todo el mundo actuaba de cabecilla: todos, desde el joven
sospechosamente bien vestido hasta la matrona con traje de noche, estaban
furiosos y dispuestos a romper algo. Me acerqué tanto como pude al Mini en llamas
y me sentí aliviado al no ver a nadie en ninguno de sus asientos. Beverley
había tenido el buen criterio de marcharse y yo debería haber seguido su
ejemplo, pero me distrajo la visión de un helicóptero suspendido sobre
nosotros.
La presencia de aquel helicóptero indicaba que el Mando Central de la
Policía Metropolitana había tomado control operacional directo sobre los
alborotos. Eso quería decir que docenas de miembros de la Asociación de
Oficiales Superiores de la Policía habían visto sus fiestas con cena, planes de
quedarse en casa a ver un DVD y aventuras extramatrimoniales interrumpidos por
llamadas urgentes de oficiales que no formaban parte de dicha Asociación y que
estaban desesperados porque no se les atribuyese ninguna responsabilidad. Me
imagino que el Mando Central supo desde el principio que la situación se había
descontrolado y que, tan pronto como terminaran los disturbios, empezaría una
gran investigación con acompañamiento musical. Nadie quería ser el que se queda
sin silla cuando la música dejara de sonar.
¡Qué ironía!, fue ese pensamiento el que me distrajo y el comisario
auxiliar suplente Folsom pudo acercarse a mí por detrás sin que me diera
cuenta. Me volví porque me llamó por mi nombre y me encontré con que venía
hacia mí. Su traje clásico —al tenerlo cerca me di cuenta de que era un traje
de raya diplomática— había perdido una manga y todos los botones. Era una de
esas personas que hacen pequeños gestos con la cara cuando están furiosos;
ellos piensan que tan sólo exhiben una calma gélida, pero siempre hay algo que
los delata. En el caso de Folsom, ese algo era un desagradable tic en el ojo
izquierdo.
—¿Sabes qué es lo que más odio en este mundo? —gritó. Me di cuenta de que
trataba de adoptar un siniestro tono conversacional, pero, por desgracia para
él, había demasiado barullo.
—¿De qué se trata, señor? —pregunté. Sentí el calor del Mini en llamas a
mis espaldas. Folsom me había atrapado.
—Odio a los agentes de policía —dijo—. ¿Sabes por qué?
—¿Por qué, señor? —me volví hacia la izquierda, en busca de un camino por
donde huir.
—Porque no paráis de quejaros —dijo Folsom—. Yo me uní al cuerpo en 1982,
en los viejos tiempos, antes de la Ley de Pruebas Policiales y Delictivas,
antes de Macpherson y de sus objetivos de control de calidad. ¿Y sabes qué?
Éramos mierda. Nos dábamos por satisfechos tan sólo con arrestar a alguien, y
si encima después resultaba que el detenido era culpable ya ni te cuento. Nos
daban por culo desde Brixton hasta Tottenham, ¿y tú crees que nos achantábamos?
¡Ni siquiera costábamos dinero! Mandábamos al más imbécil por un par de pintas
de cerveza y unas patatas fritas. —Se calló y, por un instante, una mirada de
confusión apareció en su rostro, y luego sus ojos volvieron a fijarse en mí, y
el izquierdo parpadeó espasmódicamente—. Y tú —dijo, y el tono que empleó no me
gustó nada—, ¿cuánto tiempo crees que habrías aguantado entonces? Te habrías
encontrado la taquilla llena de excrementos, y ése habría sido sólo el
comienzo. Lo más probable es que unos cuantos de tu turno te hubieran llevado
aparte y te hubieran explicado, con toda franqueza, aunque también con buena
educación, que no te querían. —Me planteé la posibilidad de arremeter contra
él… lo que fuese, con tal de que se callara—. Y no te creas que el inspector de
tu turno te habría ayudado —dijo—. No habría sabido suficiente ortografía como
para escribir «discriminación racial» en el informe, contando con que se
hubiera llegado a escribir un informe…
Le hice una finta para que se volviera y salí corriendo en dirección
contraria. Mi intención era alejarme del coche en llamas y de los
alborotadores. No funcionó. Folsom no se volvió y, cuando pasaba por su lado,
me arreó tal revés que fue como si me hubiera golpeado con un tablón. Me caí de
culo y me quedé mirando a un oficial superior rabioso que, como mínimo, me iba
a propinar una buena paliza. Acababa de golpearme en el muslo con uno de sus
zapatos del cuarenta y cuatro —me quedó un moretón en forma de talón durante un
mes entero—, cuando alguien lo golpeó por detrás.
Era el inspector Neblett, que aún llevaba puesta la incómoda guerrera del
uniforme, pero también empuñaba una auténtica porra antidisturbios, una de esas
de madera que prohibieron durante los años ochenta porque eran un poquito más
peligrosas que el mango de un pico.
—Grant —dijo—, ¿qué diablos sucede aquí?
Me arrastré hasta Folsom, que estaba tendido sobre el pavimento.
—Se ha producido una irreversible perturbación en el orden público —dije,
al mismo tiempo que colocaba a Folsom en posición de recuperación. La cabeza
aún me dolía por el revés y no le manejé con mucha gentileza.
—Pero ¿por qué? —preguntó—. Hoy no había nada programado.
Los disturbios son espontáneos tan sólo en muy raras ocasiones. Por lo
general, hay que reunir a la masa y provocarla, y el inspector de policía
diligente los ve venir. Sobre todo cuando su territorio comprende un imán de
disturbios como Trafalgar Square. La única mentira medio convincente que se me
ocurrió fue que alguien había atacado la Royal Opera House con un aerosol
psicotrópico, pero pensé que con esa explicación suscitaría más preguntas de
las que iba a responder. Aparte de que habría provocado una indeseable
intervención militar. Estaba a punto de arriesgarme a decirle la verdad, que
una especie de fantasma vampiro tenía bajo control a todo el público del
teatro, cuando Neblett se dio cuenta de quién era la persona a la que acababa
de golpear en la cabeza.
—Oh, Dios mío —dijo, y se agachó para verlo más de cerca—. Es Folsom, el
comisario auxiliar suplente.
Nuestras miradas se cruzaron sobre el cuerpo convulso de nuestro superior.
—No ha llegado a verle, señor —dije—. Si llama usted a una ambulancia,
podemos hacer que se lo lleven antes de que recobre la conciencia. Hubo un
disturbio, alguien le golpeó y usted lo rescató.
—¿Y cuál será tu papel en todo eso?
—El de testigo de confianza, señor —dije—. Testigo de su oportuna
intervención.
El inspector Neblett clavó la mirada en mí.
—Me había equivocado contigo, Grant —dijo—. Tienes madera de policía.
—Gracias, señor —dije.
Miré alrededor. Los alborotadores se estaban desplazando. Deduje que se
marchaban por Floral Street y salían a la plaza.
—¿Dónde está el GAT? —pregunté.
El GAT es el Grupo de Apoyo Territorial. Son esos tíos que van por ahí con
furgones Mercedes Sprinter cargados con cajas de equipamiento en las que llevan
desde cascos antidisturbios hasta tasers. Todos los mandos de distrito tienen
un par de ellos dando vueltas por su área de operaciones, sobre todo a la hora
de cerrar, y siempre hay una fuerza de reserva por si se producen
acontecimientos inesperados. Imaginé que los acontecimientos de ese momento se
podían considerar inesperados.
—Se están preparando en Longacre y Russell Street —dijo Neblett—. Creo que
el plan del Mando Central consiste en acorralarlos en torno a Covent Garden.
Se oyó un gran estrépito en la plaza, seguido por vítores entrecortados.
—¿Y ahora qué sucede? —preguntó Neblett.
—Creo que están saqueando el mercado.
—¿Podrías llamar a la ambulancia? —preguntó.
—No, señor, tengo órdenes de ir a por el cabecilla —dije.
La explosión de los cócteles Molotov tiene un sonido muy característico. Si
están bien hechos, la sucesión de sonidos es: catacrac, pum, zuuuu. El último sonido es el que produce la
gasolina al inflamarse, y es el que te matará si lo permites. Lo sé muy bien
porque, para graduarse en Hendon, hay que pasar una prueba muy divertida en la
que otros arrojan cócteles Molotov contra ti. Fue por eso por lo que tanto
Neblett como yo nos agachamos instintivamente al oír un impacto sobre el
asfalto a menos de quince metros de nosotros.
—Esto es el principio —dijo Neblett.
Al mirar hacia el sur, vimos una turba de alborotadores en la esquina de
Culverhay con Bow Street. Un poco más allá vi el reflejo de las llamas en los
cascos azules y los escudos grises de los antidisturbios.
Aún tenía que encontrar a Lesley, reducirla y llevarla hasta el Hospital
Universitario para entregársela a Walid. No tendría problemas para
transportarla, porque la mitad de las ambulancias de Londres debían de estar
dirigiéndose hacia Covent Garden en ese mismo momento. Sólo tenía que
localizarla. Decidí partir de la suposición de que aún quería vengarse de
Macklin, que en otro tiempo había tenido una ginebrería en Henrietta Street y
estaba enterrado en la iglesia de los Actores. Por tanto, tenía dos opciones: o
regresar a la plaza —y eso, por desgracia, habría significado atravesar los
estimulantes disturbios del sur—; o ir por Floral Street, donde sólo Dios sabía
qué podía haber, en términos de alborotadores y cosas malas.
Por fortuna, al reconstruir la Opera House una de las cosas de las que se
aseguraron fue de que tuviera muchas salidas. Tras desearle buena suerte a
Neblett y arrearle una subrepticia patada a Folsom en la espinilla, volví
corriendo adentro. Entonces me sería muy sencillo dejar atrás la taquilla y la
tienda del teatro y salir a la plaza por el otro lado. Lo habría sido, por lo
menos, si no hubiera habido alguien saqueando la tienda.
La vitrina estaba rota y los cristales se habían desparramado sobre los
DVD, las bolsas de viaje con el logo de la Royal Ballet School y los bolígrafos
de recuerdo. Alguien se había llevado el maniquí color plata y marfil de la
vitrina y lo había arrojado al otro lado del corredor con tal fuerza que lo
había destrozado contra la pared de mármol. Dentro se oían unos sollozos,
mezclados con el ocasional estrépito de los destrozos. Al pasar por allí, la
curiosidad me dominó y me detuve frente a la puerta rota para echar una cauta
mirada al interior.
Un hombre de mediana edad estaba dentro de la tienda, sentado en el suelo,
descalzo, rodeado de centenares de paquetes de plástico transparente. Agarró
ante mis ojos uno de los paquetes y lo desgarró para sacar un par de zapatillas
de ballet de color blanco. Cuidadosamente, con la punta de la lengua asomándole
por la comisura de la boca, el hombre trató de calzarse una de las zapatillas
en su pie peludo y grande. Como era de esperar, la zapatilla le quedaba
demasiado pequeña. No importaba la fuerza con que el hombre en cuestión tirara
de los lazos. Acabó por deshacerle las costuras. El hombre sostuvo la zapatilla
rota enfrente de su rostro y estalló en lágrimas. Arrojó las zapatillas al otro
extremo de la tienda y agarró otro par, y entonces me marché… hay cosas que es
mejor no saber.
La puerta trasera de la Royal Opera House da a la columnata que se
encuentra en la esquina nororiental de la plaza. Habían reventado la Paperchase
de la esquina y jirones de papel de colores volaban sobre los adoquines y por
la plaza. A la derecha, saqueaban con entusiasmo la Disney Store, pero, por
extraño que parezca, no habían tocado la Build-a-Bear —un oasis de cursilería y
paz en colores brillantes—. Daba la impresión de que la violencia se
concentraba en el oeste, junto a la iglesia. Supuse que sería allí donde
encontraría a Lesley. Me acerqué al mercado cubierto, porque conté con que por
allí me sería más fácil ocultarme mientras me acercaba a la iglesia. Estaba a
medio camino cuando alguien me dirigió un silbido de admiración. Fue un silbido
de verdad, con los dos dedos en la boca, y se hizo oír a pesar del barullo.
Al segundo silbido, localicé su origen. Era Beverley, que me miraba desde
el balcón del pub en el primer piso. Al ver que me había dado la vuelta, me
hizo un gesto con el brazo y corrió hacia las escaleras. Nos encontramos en la
puerta.
—Me han quemado el coche —me informó.
—Lo sé —le dije.
—Mi precioso coche recién estrenado —se lamentó.
—Lo sé —dije, y la agarré del brazo—. Tenemos que marcharnos de aquí.
Traté de llevarla una vez más en dirección a la Opera House.
—No podemos volver allí —dijo.
—¿Por qué no? —le pregunté.
—Porque me parece que hay personas que te siguen —dijo.
Me volví. Los cantantes de ópera estaban allí, seguidos por los que
reconocí como miembros de la orquesta y por varias personas que en su mayor
parte vestían camisetas y vaqueros; supuse que serían los que trabajaban entre
bastidores. La Compañía Real de Ópera es una institución reconocida a nivel
mundial que se dedica a escenificar algunas de las óperas más importantes a una
escala épica. Tienen a mucha gente que trabaja entre bastidores.
—Oh, Dios mío —dijo Beverley—. ¿Esa de ahí es Lesley?
Lesley se había abierto paso hasta ponerse al frente de la turba. Aún tenía
la cara de Punch. Levantó la mano y la compañía entera se detuvo.
—Corre —le ordené a Beverley.
—Buena idea —afirmó ella, y entonces me agarró del brazo y tiró con tal
fuerza que estuve a punto de caerme.
Beverley se lanzó a toda prisa por uno de los oscuros corredores con
paredes de ladrillo que conducían al interior del mercado cubierto. Estaba
anocheciendo y la mayoría de las tiendas habían cerrado, aunque los puestos que
servían bebidas y comida étnica debían de hacerse ricos con los turistas. Sin
embargo, no se veía a nadie y tuve la esperanza de que se debiera a que los
clientes y los tenderos habían huido para ponerse a salvo.
Oí a nuestras espaldas que la compañía teatral profería un fuerte aullido,
al unísono, y, sobre él, oí también la risa estridente y chillona del espíritu
de la violencia y la rebeldía. Entonces se produjo un silencio amenazador y la
primera de las bombas de fuego alcanzó el tejado. Lesley había afirmado que no
quería mi muerte, pero empezaba a sospechar que lo había dicho de mentira.
Beverley me llevó por un pasillo hasta uno de los patios cubiertos y fue
allí donde encontramos a la familia alemana. Eran cinco: un padre imperturbable
de cabellos oscuros, una madre rubia y de facciones angulosas, y tres niños de
entre siete y doce años. Debían de haberse refugiado tras uno de los puestos de
comida al empezar los alborotos, y nada más salir se habían encontrado con que
Beverley y yo corríamos hacia ellos. La madre gimoteó, la hija mayor chilló y
el hombre se cuadró. El padre no quería pelear, pero por Dios que estaba
dispuesto a defender a su familia de dos individuos que se ajustaban al
estereotipo de sujetos peligrosos, por grande que fuera la desventaja en la que
se encontraba. Le enseñé mi identificación policial y se deshinchó, entre
aliviado y sorprendido.
—Polizei —le dijo a su mujer, y
entonces me preguntó muy educadamente si podíamos ayudarlos.
Les dije que estaríamos encantados de ayudarlos, empezando por acudir a la
salida más cercana y evacuar el área. De pronto, empecé a sudar, y me di cuenta
de que era porque a mis espaldas había un incendio. Toda la parte de atrás del
mercado cubierto estaba envuelta en llamas. Puse una mano en la espalda del
padre y otra en la de la hija mayor y los empujé en la dirección contraria.
—Raus, raus! —grité, con la
esperanza de que esa palabra realmente significara «salid».
Beverley nos guió hasta la esquina sudoccidental del mercado, que por el
momento aún no había sufrido desperfectos, pero a duras penas habíamos pasado
la segunda hilera de puestos cuando se detuvo, y la familia alemana y yo nos
estrellamos contra su espalda. Enfrente de nosotros, un grupo de alborotadores
se valía de la fachada occidental del mercado para enfrentarse desde allí a las
fuerzas policiales.
—Hemos quedado atrapados —dijo Beverley.
Los alborotadores nos daban la espalda, pero era cuestión de tiempo que uno
de ellos se volviera.
Una de las tiendas cercanas parecía sorprendentemente intacta y, aunque por
lo general se considere peligroso meterse dentro de un edificio durante un
incendio, no vi que tuviéramos ninguna otra opción. Hasta que nos hubimos
metido dentro y me hube agazapado detrás de un maniquí vestido tan sólo con dos
minúsculas piezas de seda, no me di cuenta de que nos habíamos metido en una
sucursal de Seraglio. Convencí a la familia de que se sentaran detrás del
mostrador para que no pudiesen verlos desde fuera.
—Por favor —preguntó la madre—, ¿qué es lo que sucede?
—No lo sé, hermana —dijo Beverley—. Yo sólo trabajo aquí.
El mercado cubierto de Covent Garden tenía cuatro hileras paralelas de
tiendas bajo el techo de hierro y cristal. Originalmente se construyó para
alojar puestos de frutas y verduras, y luego éstos se habían transformado en
tiendas con luna de cristal y suministro eléctrico, pero el espacio entre las
hileras seguía teniendo menos de tres metros de anchura. Se habían introducido
con calzador tiendas de artesanía especializada, cafés y bonitas versiones en
miniatura de las cadenas de tiendas típicas de las avenidas de alto nivel. Como
resultado, nuestro escondrijo estaba abarrotado de elegantes maniquíes de
abstracto color negro y plateado, apenas vestidos con dos escasos trocitos de
satén. Tenía la esperanza de que los maniquíes contribuyeran a camuflarnos si
alguien miraba adentro.
Esa posibilidad se puso a prueba cuando algunos alborotadores pasaron por
delante del escaparate. A juzgar por las chaquetas de traje hechas jirones y
las camisas blancas y sucias, eran miembros del público, y no del reparto.
Contuve el aliento, porque se habían detenido fuera y se llamaban los unos a
los otros con su acento gutural de corredores de bolsa.
Por extraño que parezca, no sentí miedo. Más bien sentía vergüenza de que
aquella simpática familia de imitadores de los Trapp hubiera venido a mi ciudad
y, en lugar de poder entregar su dinero a los amables vendedores en las
tiendas, tuviera que sufrir violencia, golpes y malas maneras por parte de los
londinenses. La situación me cabreaba indeciblemente.
Los corredores de bolsa se marcharon a grandes zancadas en dirección al
oeste.
—Bien —dije al cabo de un minuto—. Voy a comprobar que no haya moros en la
costa.
Salí por la puerta de la tienda y eché una mirada alrededor. La buena
noticia era que no había alborotadores a la vista, y la mala probablemente era
el motivo: que, mirara a donde mirase, todo ardía. Corrí hacia la salida más
cercana, pero no había dado más de unos pocos pasos antes de que el calor
empezara a quemarme el pelo de las fosas nasales. Retrocedí rápidamente hasta
la tienda.
—Beverley —le dije—, estamos hasta el cuello de mierda. —Le hablé del
incendio.
La madre frunció el ceño. Era la lingüista de la familia.
—¿Hay algún problema? —preguntó. Las llamas se reflejaban sin dejar lugar a
dudas en los escaparates de la tienda y en los rostros lisos y plateados de los
maniquíes, así que no tenía mucho sentido mentir. Miró a los niños y luego me
miró a mí—. ¿No puede hacer nada?
Yo miré a Beverley.
—¿No podrías hacer magia? —me preguntó ella a mí.
El calor era cada vez más intenso.
—¿Y tú?
—Tienes que decirme que no hay problema.
—¿Qué?
—Lo dice el acuerdo —respondió Beverley—. Tienes que decirme que no hay
problema.
Uno de los cristales de la ventana se agrietó.
—No hay problema —dije—. Haz lo que tengas que hacer.
Beverley se arrojó de cuerpo a tierra y apretó la mejilla contra el suelo.
Vi que movía los labios. Sentí que algo pasaba a través de mí, una sensación de
lluvia, el sonido de unos muchachos que juegan al fútbol a lo lejos, el olor de
las flores de las afueras y de los coches recién lavados, una televisión que de
noche parpadea al otro lado de un visillo.
—¿Qué hace? —preguntó la madre—. Reza por nosotros, ¿no?
—Más o menos —dije.
—Chst —dijo Beverley, y se sentó en el suelo—. Estoy escuchando.
—¿Y qué es lo que escuchas?
Algo entró por la ventana, se estrelló contra la pared con un sonido
metálico y me cayó sobre el regazo. Era la cubierta de una boca de incendios.
Beverley vio que me había puesto a examinarla y se encogió de hombros como para
pedirme disculpas.
—¿Qué has hecho exactamente? —le pregunté.
—No estoy segura —dijo—. En realidad, nunca había intentado hacer esto.
El humo se volvió más denso y nos obligó a poner la cara contra el frío
suelo de la tienda para aliviarnos. El niño alemán mediano se echó a llorar. Su
madre lo rodeó con el brazo y lo estrechó contra su cuerpo. La más pequeña, una
niña, procedía con un estoicismo digno de admiración. Tenía sus ojos azules
clavados en los míos. El padre sufría espasmos nerviosos. Se preguntaba si
debía levantarse e intentar alguna heroicidad, aunque fuera fútil. Yo sabía muy
bien cómo se sentía. La última de las lunas se rompió y llovieron cristales
sobre mi espalda. Respiré humo, tosí, respiré más humo. Tuve la sensación de
que ya no podía respirar bien. Me di cuenta de que me había llegado la hora…
iba a morir.
Beverley estalló en carcajadas.
De repente fue un domingo cálido por la mañana bajo un cielo
inesperadamente azul. Olía a plástico caliente y polvo porque habían sacado la
piscina hinchable del cobertizo, y los niños, en traje de baño y ropa interior,
saltaban de un lado para otro emocionados. Papá tiene la cara roja por haber
estado hinchando la piscina y mamá les grita que tengan cuidado, y sacan la
manguera por la ventana de la cocina y la encajan en el grifo del agua fría. La
manguera carraspea y todos los niños miran su boca…
El suelo empezó a vibrar, y a duras penas tuve tiempo para preguntarme
«¿Qué coño es esto?» cuando una pared de agua se estrelló contra la cara sur de
la tienda. La puerta se abrió, y, antes de que pudiera agarrarme a algo, la
inundación se me llevó por delante y me golpeó contra el techo. El impacto me
dejó sin aire en los pulmones, y tuve que reprimir mis propios instintos para
tomar aliento. La inundación bajó y, por un instante, vi que Beverley flotaba
serenamente entre los escombros antes de que el agua bajara de nuevo y yo me
estrellara contra el suelo.
El padre, con más presencia de ánimo de la que había demostrado yo, había
apuntalado el cuerpo contra el mostrador y retenía de ese modo a toda su
familia. Me aseguraron que estaban todos bien, salvo la más pequeña, que quería
repetirlo. Beverley estaba de pie en medio de la tienda y dio un puñetazo al
aire.
—¡Toma ya! —dijo—. A ver si Tyburn supera esto.
La euforia de Beverley duró lo suficiente como para poder llevar a la
familia alemana hasta la ambulancia más próxima. Según deduje por lo que vi al
salir a la calle, la ola de agua de Beverley había empezado en algún sitio
cercano al mercado cubierto y había avanzado para inundar la plaza hasta
alcanzar un nivel de diez centímetros. Calculé que, con un solo gesto, Beverley
había cuadruplicado los daños materiales de aquella noche, pero no lo dije. No
había logrado extinguir el fuego del techo, pero, mientras nos escabullíamos,
la Brigada de Incendios de Londres acudió a sofocarlo.
Beverley mostró una extraña agitación al ver a los bomberos, y
prácticamente me arrastró por James Street para alejarnos del mercado. Parecía
que los disturbios habían terminado —salvo por la búsqueda de culpables
emprendida por los medios de comunicación—, y los agentes del Grupo de Apoyo
Territorial con equipo antidisturbios rondaban por la zona. Discutían técnicas
para el empleo de la porra y se volvían a poner las etiquetas de
identificación.
Nos sentamos en el pedestal del reloj de sol de Seven Dials y vimos pasar
los vehículos de emergencia. Beverley se estremecía cada vez que pasaba un
camión de bomberos. Aún estábamos empapados. Empezábamos a sentir frío, aunque
fuera una noche cálida. Beverley me agarró la mano y me la estrujó.
—Me he metido en un buen lío —dijo.
Le rodeé el cuerpo con el brazo y la joven aprovechó la oportunidad para
meterme sus manos frías bajo la camisa y calentárselas con mis costillas.
—Muchas gracias —le dije.
—Ahora cállate y piensa cosas bonitas —pidió, como si me hubiera sido
difícil en esos momentos en los que sentía sus pechos en el costado.
—No has hecho más que reventar varias tuberías —contesté—. ¿Qué problemas
vas a tener por eso?
—Lo que he estropeado eran bocas de incendios y eso significa que los del
culto a Neptuno se van a cabrear —explicó.
—¿El culto a Neptuno?
—La Brigada de Incendios de Londres —aclaró.
—¿Los de la Brigada de Incendios son adoradores del dios Neptuno?
—No, oficialmente no —dijo ella—. Pero ya sabes… marineros, Neptuno, es un
vínculo natural.
—¿Los de la Brigada de Incendios son marineros?
—Ahora no —dijo ella—. Pero en los viejos tiempos, cuando buscaban tíos
disciplinados que entendieran de agua, cuerdas, escalerillas y no se asustasen
de las alturas, sí. Por otra parte, había un buen número de marineros que
buscaban un oficio más estable en tierra firme… existía una bendita afinidad
entre una cosa y la otra.
—Pero Neptuno… —dije—. ¿No era el dios romano del mar?
Beverley apoyó su cabeza sobre mi hombro. Tenía el cabello húmedo, pero no
me quejé.
—Los marineros son supersticiosos —dijo—. Incluso los religiosos saben que
hay que tener respeto por el Rey de las Profundidades.
—¿Has llegado a conocer a Neptuno?
—No seas tonto —exclamó—. No existe nadie que se llame así. En cualquier
caso, lamento lo de las bocas de incendios, pero lo que me preocupa de verdad
es el agua del Támesis.
—No hace falta que me lo cuentes —repliqué—. Son seguidores del temible
Cthulhu.
—No creo que sean religiosos, pero no hay que cabrear a gente que te podría
vaciar las cloacas en el nacimiento —dijo.
—¿Sabes? —le dije—, creo que no he visto nunca tu río.
Beverley se volvió y se acomodó contra mi pecho.
—Tengo un lugar cerca de la ronda de Kingston —dijo—. Es sólo una caravana,
pero el jardín llega hasta el agua. —Levantó la cabeza hasta que sus labios
rozaron los míos—. Podríamos ir a nadar.
Nos besamos. Sabía a fresas y a crema y a chicle. Dios sabrá adónde
habríamos ido a continuación, si un Range Rover no hubiera frenado bruscamente
frente a nosotros y Beverley no se hubiera apartado de mí a tal velocidad que
me quemó los labios.
Una mujer fornida en vaqueros salió del Range Rover y se nos acercó. Tenía
la piel oscura y una cara redonda y expresiva, que en ese momento expresaba un
serio enfado.
—Beverley —dijo, sin apenas reparar en mi presencia—, te has metido en un
buen lío. Sube al coche.
Beverley suspiró, me besó en la mejilla y se puso en pie para marcharse con
su hermana. Yo mismo logré incorporarme, sin prestar atención a las
magulladuras de mi espalda.
—Peter —dijo Beverley—, ésta es mi hermana, Fleet.
Fleet me echó una mirada inquisitiva. Parecía una mujer de treinta y pocos
años, con cuerpo de velocista: hombros anchos y cintura estrecha, con muslos
grandes y musculosos. Vestía una chaqueta tweed
sobre un polo de cuello alto de color negro. Se había cortado el cabello hasta
dejarse un mero rastrojo. Al mirarla, tuve una extraña sensación de
familiaridad, como cuando nos encontramos con una celebridad menor cuyo nombre
no recordamos.
—Me quedaría a charlar contigo, Peter, pero ahora no es el momento —dijo
Fleet. Se volvió hacia Beverley—: Sube al coche.
Beverley me dedicó una sonrisa débil y triste e hizo lo que le mandaban.
—Espera —pedí—. A ti te conozco de algo.
—Fuiste a la misma escuela que mis hijos —aclaró, y volvió a entrar en el
Range Rover.
A duras penas se había cerrado la puerta cuando Fleet se puso a pegarle
gritos a Beverley. El sonido quedaba amortiguado, pero alcancé a distinguir las
palabras «cría irresponsable». Beverley se dio cuenta de que la miraba y
entornó los ojos. Me pregunté cómo habría sido crecer con tantas hermanas. Se
me ocurrió que tal vez habría estado bien tener a alguien que pasara a
recogerme con un Range Rover, aunque luego me pegara gritos de vuelta a casa.
Un rasgo curioso de los disturbios londinenses: en cuanto abandonas la zona
donde se han producido, parece que todo siga igual. La mala noticia era que
Covent Garden había estado a punto de desaparecer bajo las llamas, pero la
buena era que ninguna de las principales líneas de autobús ni de metro se
habían visto afectadas. Había oscurecido, yo estaba empapado, aún no podía
entrar en la Locura y tampoco quería pasarme otra noche en la silla de la
habitación del hospital donde se encontraba Nightingale. Hice lo que hace todo
el mundo cuando no le queda ninguna otra posibilidad: regresé al único lugar en
el mundo en el que siempre me abrirían la puerta.
Cometí el error de ir en metro. Estaba lleno de gente que volvía a casa
después de una noche de juerga. Incluso a esas horas, el ambiente que reinaba
en el vagón era cálido y cercano, pero un tío empapado, desastrado y con rasgos
ligeramente étnicos como yo disponía de más espacio a su alrededor que el resto
de viajeros.
La espalda y la pierna me dolían, estaba fatigado, y convencido de que
había algo que se me escapaba. Jamás en mi vida había creído que un policía
debiera guiarse por sus instintos. Había visto trabajar a Lesley, y cada vez
que acertaba en sus hipótesis era porque se había fijado en algo que a mí me
había pasado por alto, había investigado mejor o había dedicado más esfuerzos a
pensar en el caso. Si quería salvarle la vida, tendría que hacer lo mismo.
Subieron más personas en el vagón en Goodge Street. La temperatura aumentó,
pero por lo menos empezaba a secarme. Un muchacho con pantalones beige y blazer
azul de percha se puso al lado de la puerta de conexión entre vagones que
quedaba a mi derecha, lo bastante cerca como para que pudiera oír el ritmo
metálico que sonaba en los auriculares de su iPod. Tuve la reconfortante
sensación de recuperar el anonimato.
Ninguna de las referencias sobre revenants
que había leído hasta entonces explicaba cómo era posible que un fantasma
ordinario adquiriese la habilidad de succionar la magia de otros fantasmas. Mi
hipótesis de trabajo era que los fantasmas eran copias de personalidades que
habían quedado grabadas de algún modo en el residuo mágico que se acumula sobre
los objetos físicos: los vestigia.
Sospechaba que los fantasmas se degradaban con el paso del tiempo, igual que se
degrada la música grabada en una cinta magnética, a menos que su señal se
reforzara mediante nueva magia. Ése era el motivo por el que tenían que
absorberla de otros fantasmas.
Debimos de recoger a un borracho furioso en Warren Street porque, tras un
breve período de preparación, desplegó todas sus habilidades cuando llegamos a
Euston. Yo estaba distraído con una joven que vestía un top rosado, con un
escote más largo de lo que creía posible de acuerdo con las leyes de la física.
Había subido al metro y se había apoyado en la ventana que se encontraba frente
a mí. Aparté los ojos antes de que se diese cuenta de que la miraba y me fijé
en el anuncio más cercano. Tuve la sensación de que el tío del blazer azul
también cambiaba de posición y adiviné que debía de estar haciendo lo mismo.
Un muchacho blanco se metió dando tumbos en la pequeña esquina que yo
ocupaba y me llegó a la nariz el olor a pachuli, tabaco y marihuana. La mujer
del top rosado dudó y entonces se acercó a mí… parece que me consideró el mal
menor.
—A la mierda, a la mierda —gritó el borracho desde algún lugar, en el otro
extremo del vagón—. Este país se va a la mierda.
El simpático vagón de metro pegó una sacudida y se puso en marcha de nuevo.
Los revenants tenían que ser muy
pocos, porque, si no, no les habrían quedado fantasmas de los que alimentarse.
Y con eso volví a la primera pregunta: ¿cuál era el motivo por el que un
espectro se transformaba en revenant?
¿Tal vez por su estado psicológico en el momento de la muerte? Henry Pyke había
sufrido una muerte injusta y sin sentido, incluso si la juzgamos de acuerdo con
los laxos cánones del siglo XVIII, pero, aun así, el resentimiento que podía
albergar contra Charles Macklin y la ardiente insatisfacción que sentía por el
triste desarrollo de su carrera como actor no me parecían motivación suficiente
para obligar al pobre Brandon Coopertown a golpear a su propia mujer hasta
matarla.
—Y eso que fue un puto paraíso —gritaba el borracho furioso. Seguro que no
hablaba de Camden Town. A pesar de los mercados, Camden Town nunca había
aspirado a nada más que a alcanzar una modesta respetabilidad.
En la estación de Camden, la Línea Norte se bifurca en dirección a Edgware
y a High Barnet, mucha gente se baja del vagón y sube otra mucha. Tuvimos que
apretujarnos un poco más y, sin darme cuenta, me quedé mirando la cabeza de la
mujer del top. Tenía raíces rubias y caspa. Al hombre del blazer azul lo
empujaron desde la derecha y entre los dos me atraparon contra la puerta. Todo
el mundo se movía, en un intento por no meterle el sobaco en la cara al de al
lado. Por muy incómoda que sea la situación, no hay nada que nos excuse de
mantener las mínimas normas de cortesía y no mirar a los ojos a los demás.
El borracho furioso le daba la bienvenida a todo el mundo.
—Cuantos más seamos, mejor —decía—. Que todo el puto mundo se meta aquí
dentro… ¿por qué no?
El olor del muchacho blanco con rastas se intensificaba, se sentían con más
fuerza la orina y el excremento. Me pregunté cuándo se habría cambiado por
última vez sus falsos pantalones de camuflaje.
Hacía menos de un minuto que habíamos dejado atrás Camden Town cuando el
metro se detuvo bruscamente. Los pasajeros emitieron un gimoteo casi
subliminal, sobre todo porque las luces también perdieron intensidad. Oí una
risilla al otro extremo del vagón.
Tenía que haber alguna otra cosa detrás de Henry Pyke —pensaba yo—, algo
mucho peor que un actor fracasado y resentido.
—¡Pues claro que hay algo más! —gritó el borracho furioso—. ¡Ese algo soy
yo!
Estiré el pescuezo para ver al borracho, pero tenía en medio al chico
blanco con rastas, en cuyo rostro se pintaba ahora una expresión de estúpida
satisfacción. El olor a mierda era cada vez peor y me di cuenta de que el
muchacho acababa de hacérselo en los pantalones. Vio que lo miraba y me
respondió con una ancha sonrisa de contento.
—¿Quién eres? —grité.
Traté de abandonar la esquina del vagón, pero la mujer del top retrocedió
violentamente y me retuvo contra la pared. Las luces se debilitaron todavía
más, y en esta ocasión el gimoteo de los pasajeros ya no fue subliminal.
—Soy la bebida del demonio —gritaba el borracho furioso—. Soy la Calle de
la Ginebra y la casa de tu barrio donde se vende el crack. Soy discípulo del
capitán Swing, de Watt Tyler y de Oswald Mosley. Soy el rostro que sonríe en la
ventana del cabriolé; fue por mí por quien Dickens añoraba la vida en el campo
y soy lo que temen tus maestros.
Le di un empujón a la mujer del top, pero los brazos me pesaban, no podía
valerme de ellos, como en una pesadilla. La mujer empezó a frotar su cuerpo
contra el mío. Hacía cada vez más calor en el vagón y empecé a sudar. De
pronto, una mano me agarró por el culo y me lo estrujó. Era el hombre del
blazer azul. La sorpresa fue tan grande que me quedé inmóvil. Le miré a la
cara, pero él me miraba a mí con la típica expresión de aburrimiento y ausencia
del que viaja habitualmente en metro. El sonido de su iPod era más fuerte y más
irritante que antes.
Empecé a asfixiarme con el olor a mierda y empujé a la mujer del top para
poder ver lo que sucedía en el vagón. Contemplé al borracho furioso… tenía la
cara del señor Punch.
El hombre del blazer me soltó el culo y trató de meterme la mano por la
parte de atrás de los pantalones. La mujer del top me apretó la delantera con
su trasero.
—¿A ti te parece —gritaba el señor Punch— que un hombre joven tiene que
llevar una vida como ésa?
El chico blanco con rastas se inclinó hacia mí y, de manera totalmente
deliberada, me apretó la cara con el dedo índice.
—Dedito —dijo, y soltó una risilla. Luego volvió a hacerlo.
Hay un punto en el que los seres humanos pierden el control y arremeten
contra todo lo que tienen a su alrededor. Hay personas que se pasan la vida
siempre muy cerca de ese punto… la mayoría de ellas termina en prisión. Los hay
—muchas veces son mujeres— que van aguantando año tras año hasta que por fin
llegan a ese punto, y entonces cierto día dicen «hola», pegan fuego a la cama
donde duerme el marido y alegan en su defensa que lo hicieron bajo provocación
extrema.
Yo había llegado a ese punto y sentía que mi ira era justa. Qué maravilloso
habría sido prescindir de las consecuencias y dejarse llevar. Porque a veces
nos apetece que el puto universo se entere de nuestra existencia… ¿es que eso
es mucho pedir, joder?
Entonces me di cuenta de que ésa era la cuestión.
El señor Punch, el espíritu de la violencia y la rebeldía, hace lo que le
dictan sus impulsos más inmediatos. Ése era el tío que actuaba a través de
Henry Pyke, y me estaba jodiendo el cerebro.
—Ya lo entiendo —dije—, Henry Pyke, Coopertown, el mensajero… todos ellos
cargaban con una frustración… pero eso mismo les ocurre a todos los que viven
en la gran ciudad, ¿no, señor Punch? ¿Y cuál es el porcentaje que se rinde a
ti? Apuesto a que tus índices de éxito son una puta mierda, así que te puedes
ir a tomar por culo, yo me marcho a mi casa a dormir.
En ese mismo momento me di cuenta de que el metro volvía a avanzar, las
luces se habían encendido y el hombre del blazer azul no me había metido la
mano en los pantalones. El borracho furioso se había callado. Todos los que
viajaban en el vagón evitaban mirarme.
Me bajé en Kentish Town, la parada siguiente. Por fortuna, era allí donde
quería ir.
Desde septiembre de 1944 hasta marzo de 1945, el simpático pillastre nazi
Wernher von Braun apuntó sus V2 a las estrellas, y sin embargo, como dice la
canción, le dio a Londres. Cuando mi padre era joven, aún se apreciaba por
todas partes el rastro del impacto de las bombas: vacíos en las hileras de
casas adosadas que daban testimonio de que el edificio que se encontraba allí
había sido destruido. Durante los años de la posguerra se fueron retirando los
escombros de esos lugares y construyeron en ellos una serie de horrendos
errores arquitectónicos. A mi padre le gustaba decir que el error donde yo
crecí se había edificado sobre el punto de impacto de una V2, pero sospecho que
en realidad se trató de una carga ordinaria de explosivos alemanes procedente
de un bombardero convencional.
Sea cual fuere el origen del hueco de doscientos metros de ancho que quedó
entre las casas adosadas victorianas de Leighton Road, los planificadores de
posguerra no perdieron la oportunidad de construir un error a tan gran escala.
Los bloques de Peckwater Estate se construyeron durante los años cincuenta.
Tienen seis pisos de alto, son rectangulares y, a modo de toque estético
definitivo, se hicieron con un ladrillo gris y sucio que envejeció con gran
rapidez. Como resultado, cuando aprobaron la Ley de la Pureza del Aire y se
acabaron las célebres brumas londinenses y limpiaron los edificios viejos con
chorros de arena, lo de Peckwater Estate quedó todavía peor que antes.
Los apartamentos eran sólidos, así que al menos, cuando era niño, no me vi
obligado a seguir en directo la teleserie del piso de al lado. Pero se
construyeron sobre el dudoso axioma, muy del gusto de los planificadores de
posguerra, de que la clase obrera de Londres estaba compuesta en su integridad
por hobbits. Mis padres tenían un apartamento en el tercer piso con una puerta
de entrada por la que se salía a una pasarela al aire libre. Durante mi niñez,
a principios de los años noventa, las paredes quedaron cubiertas de grafitis y
la escalera exterior, de mierda de perro. Hoy, los grafitis han desaparecido en
su mayor parte, y la mierda de perro se limpia con mangueras y termina en una
cloaca que, dentro de los parámetros de Peckwater Estate, puede considerarse
como un intento de elevar el nivel social de los inquilinos. Aún tenía por
costumbre llevar encima la llave de la puerta de entrada, y fue una suerte,
porque, al entrar, me encontré con que mis padres no estaban.
Era una circunstancia tan inusual que tuve que pararme a pensar. Mi padre
tiene setenta y pocos, y raramente sale. Me imaginé que debían de haberlos
invitado a una celebración importante, como una boda o un bautizo, para que mi
madre lo vistiese y lo arrastrara fuera de casa. Me imaginé que me lo contarían
cuando regresaran. Me preparé una taza de té con leche condensada y azúcar, y
me comí un par de bizcochos de marca blanca. Tras reunir fuerzas de este modo,
me dirigí a mi antiguo dormitorio, para ver si aún quedaba un espacio donde
pudiera dormir.
Tan pronto como me marché —quiero decir, diez minutos después de que la
puerta se cerrara a mis espaldas—, mi madre había empezado a utilizar mi
dormitorio para guardar cosas. Estaba repleto de cajas de cartón, todas ellas
llenas hasta los topes, y cerradas con cinta de embalar. Tuve que sacar varias
de encima de la cama para poder echarme. Eran pesadas y olían a polvo. Mi madre
guardaba siempre ropa, zapatos, utensilios de cocina y cosméticos sin fecha de
caducidad y, aproximadamente cada dos años, se los mandaba a su familia en
Freetown. Aunque buena parte de su familia más cercana hubiera emigrado al
Reino Unido, a Estados Unidos y, por extraño que parezca, a Dinamarca, la
cantidad de envíos no había disminuido. Las familias africanas son notablemente
extensas, pero yo había llegado a la conclusión de que debía de estar
emparentada con media Sierra Leona. Había aprendido desde una edad temprana que
todas las posesiones que yo no defendiera estaban sujetas a confiscación
arbitraria y deportación. Mi Lego, sobre todo, fue motivo de combate incesante
desde que cumplí los once años y mi madre llegó a la conclusión de que ya era
demasiado mayor para esas cosas. Cuando tenía catorce años desapareció
misteriosamente mientras yo me encontraba de viaje con la escuela.
Me quité los zapatos, me metí bajo las sábanas y me dormí sin tener tiempo
a preguntarme a dónde habrían ido a parar los pósteres.
Me desperté brevemente, varias horas más tarde, al oír que alguien cerraba
sigilosamente la puerta del dormitorio y que mi padre hablaba al otro lado. Mi
madre dijo algo que hizo reír a mi padre y, reconfortado porque todo andaba
bien, me dormí de nuevo.
Volví a despertarme mucho más tarde. La luz de la mañana se colaba por la
ventana de mi dormitorio. Estaba tendido de espaldas y me sentía vigoroso, con
una sólida erección y el vago recuerdo de un sueño erótico con Beverley. ¿Qué
iba a hacer con Beverley Brook? Estaba claro que me gustaba, era evidente que
yo le gustaba a ella, y el hecho de que no fuese completamente humana era una
preocupante posibilidad. Beverley quería que fuese a nadar a su río y yo no
tenía ni idea de lo que eso podía implicar. Sólo sabía que Isis me había
advertido que no lo hiciera. Tenía la sensación de que uno no se beneficia a
una hija del río Támesis sin llegar al fondo… literalmente.
—No es que tema al compromiso —le dije al techo—. Es que querría saber con
qué me comprometo.
—¿Estás despierto, Peter? —oí que decía una voz suave al otro lado de la
puerta. Era mi padre.
—Sí, papá, estoy despierto.
—Tu mamá te ha dejado hecha la comida —dijo.
«¿Es mediodía?», pensé. Había pasado la mitad del día y no había hecho
nada. Salí de la cama, me abrí paso entre la pared y un montón de cajas de
cartón y me dirigí a la ducha.
El cuarto de baño estaba pensado para hobbits, igual que el resto del
apartamento, y había sido necesario recurrir a la más avanzada tecnología
polaca para instalar una ducha de verdad entre el lavadero y la ventana. Fui yo
quien lo pagué, para no tener que agacharme cada vez que quisiera mojarme el
cabello. Había un nuevo dispensador de jabón al lado de la ducha, uno de esos
que encuentras en los lavabos de los edificios de oficinas. Lo habían comprado
o expropiado a un mayorista especializado en productos de limpieza. Me di
cuenta de que el papel higiénico y las toallas de baño eran de marcas mucho
mejores que cuando vivía con ellos. Mamá debía de estar limpiando en una
oficina más lujosa que la de antes.
Salí y me sequé con una gigantesca toalla cubierta de pelusa con las
palabras «Aquí irá el nombre de su empresa», bordadas en una esquina. Mi padre
era de esa escuela de los hombres que sufren en silencio las enfermedades de la
piel reseca de acuerdo con la divisa
«Los-hombres-de-verdad-no-se-ponen-crema-hidratante», y mi madre tan sólo tenía
un tubo de manteca de cacao de mayorista. No tengo nada contra el empleo de
manteca de cacao, pero te deja un olor como de chocolatina Mars durante el
resto del día. Una vez me hube encargado del cuidado de mi piel, regresé a la
habitación. Abrí varias cajas al azar hasta que encontré ropa para cambiarme.
Uno de mis primos lejanos tendría que prescindir de ella.
La cocina era un nicho que se podría haber utilizado para entrenar al
servicio de cocina de un submarino Trident. Tenía el tamaño justo para que
cupiesen el fregadero, los fogones y una superficie de trabajo. Una puerta en
el otro extremo daba paso a un balcón igualmente residual que, por lo menos,
recibía durante la mayor parte del año luz solar suficiente para secar la ropa.
Por esa puerta entraban volutas de humo azulado de tabaco, y eso quería decir
que mi padre había salido para fumarse uno de sus cuatro preciosos cigarros de
liar diarios.
Mi madre había dejado pollo al maní y aproximadamente medio kilo de arroz
basmati sobre los fogones. Metí ambos platos en el microondas y le pregunté a
mi padre si quería un café. Sí quería, así que preparé dos tazas de Nescafé
instantáneo que saqué de una lata de catering. Les eché encima un centímetro de
leche condensada para enmascarar el sabor.
Mi padre tenía buena pinta y eso quería decir que se había tomado su
«medicina» durante la mañana. En el punto álgido de su carrera se había ganado
la fama de vestir bien, y a mi madre le gustaba que tuviese un aspecto
respetable: pantalones de color caqui y chaqueta de lino sobre un jersey de
color verde pálido. Siempre me había parecido que esa ropa podía considerarse chic Imperio, y desde luego que a mi
madre le gustaba. A la luz del sol, tenía como un aire colonial, sentado en una
silla de mimbre casi tan ancha como el propio balcón. A duras penas quedaba
espacio para un taburete y una mesilla de plástico blanco. Dejé los cafés sobre
la mesa, al lado de un cenicero Lager tamaño pub de Foster y de la lata de
Golden Virginia de mi padre.
Desde el balcón, en un día claro, se veía el patio entero hasta los
visillos de los vecinos.
—¿Qué tal le va a la Porquería? —preguntó. Siempre llamaba «Porquería» a la
policía, aunque asistió a mi graduación en Hendon y aquel día pareció
enorgullecerse de mí.
—No es fácil controlar a las masas —dije—. No dejan de pelearse y de
meterse cosas en el cuerpo.
—Ésa es la triste vida del obrero —dijo papá. Bebió un sorbito de café,
dejó la taza y agarró la lata de tabaco. No la abrió, tan sólo se la puso sobre
el regazo y colocó los dedos encima.
Le pregunté si mamá estaba bien y dónde estaban la noche anterior. Estaba
bien y habían estado en una boda. No recordaba muy bien quién era el que se
casaba; uno de mis muchos primos, una definición que podía abarcar desde el
hijo de mi tía hasta algún chaval que se hubiera metido en casa de mi madre y
no se hubiera ido en dos años. De acuerdo con la tradición, una buena boda
sierraleonesa tenía que durar varios días, igual que un funeral, pero, en
deferencia al acelerado ritmo de la vida británica moderna, los expatriados se
pasaban tan sólo un día en las celebraciones, o, como mucho, treinta y seis
horas. Y punto. No se incluía el tiempo de preparación.
Mientras me explicaba qué música habían escuchado —no recordaba muy bien la
comida, la ropa y ni la ceremonia—, mi padre abrió la lata de tabaco, sacó un
paquete de Rizlas, y con mucho cuidado y atención se lió un cigarro. Cuando
estuvo satisfecho con su obra, metió tabaco, Rizlas e incluso el cigarro que
acababa de liar dentro de la lata, la cerró y volvió dejarla encima de la mesa.
Cuando agarró la taza de café, me di cuenta de que le temblaba la mano. Mi
padre dejaría la lata encima de la mesa todo el tiempo que pudiese aguantar
antes de volver a cogerla y colocársela sobre el regazo, y luego tal vez
retocaría el cigarro o, si ya no podía más, se lo fumaría, maldita sea. Mi
padre se hallaba en los primeros estadios de un enfisema. El mismo médico que
le había proporcionado la heroína le había dicho que, si no podía dejar de
fumar, por lo menos se fumara menos de cinco por día.
—¿Tú crees en la magia? —le pregunté.
—Una vez oí a Dizzy Gillespie en directo —dijo mi padre—. ¿Eso cuenta?
—Tal vez —le contesté—. ¿De dónde crees que proviene una manera de tocar
como la suya?
—¿La de Dizzy? En su caso todo era talento y trabajo duro, pero en otro
tiempo conocí a un saxofonista que decía que había aprendido del diablo, que
habían hecho un pacto en la encrucijada, todo ese rollo.
—No me digas —le repliqué—. ¿Era del Mississipí?
—No, de Catford —explicó mi padre—. Dijo que había cerrado el pacto en
Archer Street.
—¿Y era bueno?
—No era malo —dijo mi padre—. Pero ese desgraciado cabrón se quedó ciego
dos semanas más tarde.
—¿Y eso formaba parte del trato? —pregunté.
—Parece que sí —afirmó mi padre—. Tu madre se lo creyó cuando se lo conté.
Dijo que sólo un imbécil se cree que va a conseguir algo a cambio de nada.
Sí, una frase como ésa parecía propia de mi madre, que solía repetir: «Lo
que no cuesta nada, no vale nada.» En realidad, su frase más repetida, o por lo
menos la que más me repetía a mí, era: «No creas que porque seas tan grande no
puedo arrearte.» Lo cierto es que no me había pegado nunca. Tiempo después dijo
que era por esa deficiencia por lo que yo no había sacado la nota máxima.
Citaba a muchos de mis primos que habían ido a la universidad como patentes
ejemplos de disciplina adquirida mediante la violencia física.
Mi padre agarró la lata de tabaco y se la puso en el regazo. Yo agarré las
tazas y las lavé en el lavadero. Me acordé del pollo al maní y del arroz que
había dejado en el microondas. Me los llevé al balcón y me comí el pollo, pero
dejé la mayor parte del arroz. También me bebí como un litro de agua fresca: un
efecto secundario que padezco al comerme los platos que prepara mi madre.
Consideré seriamente la posibilidad de volver a la cama. ¿Qué otra cosa podía
hacer?
Saqué la cabeza al balcón y le pregunté a mi padre si necesitaba algo. Me
dijo que se encontraba bien. Abrió la lata delante de mí, sacó el cigarro que
había liado y se lo puso en la boca. Sacó su mechero de parafina de color de
plata y encendió el cigarro con el mismo y calculado aire ceremonioso con que
antes lo había liado. A la primera calada, una mirada beatífica apareció en su
rostro. Luego se puso a toser con una desagradable tos húmeda que sonó como si
estuviera echando afuera el tejido de los pulmones. Con un estudiado giro de
muñeca, apagó el cigarro y esperó a que la tos se le pasara. Luego volvió a
meterse el cigarro entre los labios y lo encendió de nuevo. No me quedé a
mirar… ya sabía la continuación.
Quiero a mi padre. Es un magnífico ejemplo de lo que no hay que hacer.
Mi madre tiene tres teléfonos fijos. Agarré uno y llamé a mi servicio de
correo de voz. El primer mensaje era del doctor Walid.
—Peter —decía—, quería decirte que Thomas está consciente y pregunta por
ti.
Los periódicos de gran formato lo llamaron «Locura de mayo», como si
hubiera sido un tea dance[12].
Los tabloides prefirieron «Ira de mayo», seguramente porque tenía una sílaba
menos y el titular les cabía mejor en primera página. La televisión pasó
imágenes muy buenas de señoras de mediana edad con vestidos largos arrojando
ladrillos a la policía. Nadie tenía ni idea de lo que había ocurrido, así que
los gurúes de los medios de comunicación acudieron en masa a explicar que los
disturbios habían sido consecuencia del factor sociopolítico que explicaban en
su último libro. No cabía ninguna duda de que el suceso entrañaba una enérgica
condena de algún aspecto de la sociedad moderna… ojalá hubiéramos sabido de
cuál.
Había un fuerte despliegue policial en la sección de Urgencias del Hospital
Universitario. La mayoría de los agentes iban de un lado para otro en busca de
horas extra o trataban de obtener declaraciones de las víctimas de los
disturbios. Yo no quería tener que declarar, así que agarré una fregona y entré
por la puerta trasera haciéndome pasar por personal de limpieza. Me perdí en
los pisos de arriba mientras buscaba el despacho del doctor Walid y al fin
encontré un pasillo que me resultaba vagamente familiar. Abrí puertas al azar
hasta que encontré la de Nightingale. No parecía que estuviera mucho mejor que
la última vez.
—Inspector —dije—, ¿quería usted verme?
Sus ojos se abrieron y se volvieron hacia mí. Me senté en el borde de la
cama para que pudiese verme sin necesidad de moverse.
—Me dispararon —susurró.
—Lo sé —dije—. Yo estaba allí.
—Me dispararon antes —dijo.
—¿Ah, sí? ¿Dónde?
—En la guerra.
—¿En qué guerra? —pregunté.
Nightingale hizo una mueca y se agitó sobre la cama.
—En la segunda —dijo.
—La segunda guerra mundial —dije yo—. ¿En qué unidad combatió… en la
Brigada Bebé?
Para poder alistarse en 1945, Nightingale habría tenido que nacer en 1929,
contando con que ocultara su verdadera edad.
—¿Cuántos años tiene usted?
—Soy viejo —susurró—. Nací en el cambio de siglo.
—¿En el cambio de siglo? —pregunté, y él asintió—. ¿Nació usted en el
cambio de siglo… al empezar el siglo XX? —Parecía que tuviera unos cuarenta y
cinco años, lo cual es un buen truco cuando estás medio muerto en una cama de
hospital conectado a una máquina que hace «ping» a intervalos regulares—.
¿Tiene usted más de cien años?
Nightingale hizo como un resuello que en un primer momento me alarmó, hasta
que me di cuenta de que era una risa.
—¿Esto es natural?
Negó con la cabeza.
—¿Sabe usted por qué se encuentra así?
—Caballo regalado —respondió—. Dentado.
No podía discutírselo. No quería fatigarle demasiado, así que le hablé de
Lesley, de los disturbios y de que no podía entrar en la Locura. Cuando le
pregunté si Molly podría ayudarme a encontrar a Henry Pyke, negó con la cabeza.
—Sería peligroso —dijo.
—Hay que hacerlo —dije—. No creo que se detenga hasta que nosotros le
detengamos.
Poco a poco, palabra por palabra, Nightingale me explicó con precisión lo
que había que hacer… y no me gustó nada. Era un plan espantoso y dejaba abierta
la cuestión de cómo regresar a la Locura.
—Recurre a la madre de Tyburn —dijo Nightingale.
—¿Quiere que contradiga a su propia hija? —pregunté—. ¿Qué le hace pensar
que lo hará?
—El orgullo —aclaró Nightingale.
—¿Pretende que le suplique?
—Su orgullo no —exclamó Nightingale—. El tuyo.
13
EL PUENTE DE LONDRES
No es nada fácil maniobrar con un camión articulado sobre Wapping Wall, así
que contraté a un hombre de mediana edad llamado Brian para que lo hiciese por
mí. Brian era un hombre calvo, barrigón y malhablado. Lo único que le faltaba
para corresponderse plenamente con el estereotipo era la chocolatina Yorkie y
el ejemplar enrollado del Sun. Pero
no le había contratado por su erudición y nos llevó hasta la casa de Mamá
Támesis sin tener que someternos a las reclamaciones de ninguna compañía de
seguros.
Aparcamos medio enfrente del bloque de apartamentos de Mamá Támesis y medio
enfrente del Prospect of Whitby. El personal de este último debió de pensar que
les llevábamos una entrega inesperada, porque salieron nada más vernos. Tuve
que decirles que íbamos por una fiesta privada y, por extraño que parezca, no
se sorprendieron. Le pedí a Brian que esperase, cogí la caja de muestras que
llevábamos en la cabina y anduve con paso vacilante hasta la puerta de entrada.
La dejé en el suelo y llamé al timbre. En esta ocasión me abrió la misma señora
de raza blanca que había visto antes entre las amigas de Mamá Támesis. Vestía
un conjunto diferente, pero igualmente bonito, también con perlas. Llevaba una
niña negra pegada a la cadera.
—Ah, agente Grant —dijo—. Qué alegría volver a verle.
—A ver si lo adivino —dije—. Usted debe de ser Lea.
—En efecto —dijo Lea—. Me gustan los jóvenes inteligentes.
El río Lea nace en las Chilterns, al noroeste de Londres, y bordea la
ciudad por arriba antes de girar a la derecha y bajar por el Lea Valley hasta
desembocar en el Támesis. Es el menos urbanizado de los ríos de Londres y
también el más grande, y por ello sobrevivió al Gran Hedor. Lea debió de ser
uno de los genii locorum de la
generación de Oxley, si no anteriores.
Le hice una mueca a la niña, que parecía una cría de parvulario, y entonces
ella me hizo una mueca a mí.
—¿Cómo se llama? —pregunté.
—Se llama Brent —dijo Lea—. Es la más pequeña.
—Hola, Brent —saludé.
Tenía la piel más clara que sus hermanas, con ojos marrones que un
mentiroso de buena laya habría llamado castaños, pero el aire belicoso de su
rostro era inconfundible. Vestía una versión en miniatura del uniforme rojo que
se pone la selección inglesa cuando juega en campo contrario. Probablemente
sería el número 11.
—Tienes un olor curioso —dijo Brent.
—Es que es un mago —le dijo Lea.
Brent se soltó de la mano de Lea y me agarró la mía.
—Ven conmigo —me dijo, y trató de llevarme por la puerta. Era
sorprendentemente fuerte y tuve que apuntalarme en el suelo para que no me
arrastrara.
—Tengo que ir por mi caja —le dije.
—No te preocupes, yo me encargo de eso —dijo Lea.
Dejé que Brent me guiara por el largo y frío pasillo que conducía al
apartamento de Mamá Támesis. Oí a mis espaldas que Lea llamaba a tío
Administrador y le preguntaba si sería tan amable de llevar la caja al
apartamento de la Mamá.
De acuerdo con el doctor Polidori, los genii
locorum «se comportan como si los imperativos de los ritos sociales fuesen
tan importantes para ellos como la comida y la bebida lo son para el hombre», y
afirmaba también que «se adelantan a los encuentros con milagrosa facilidad,
por lo que siempre están vestidos para la ocasión, y si se les sorprende, o de
algún modo se les impide proceder como desean, entonces muestran signos de gran
aflicción». Como escribió a finales del siglo XVIII, en principio lo daremos
por bueno.
Me aguardaban en el salón del trono, y en esta ocasión vi muy bien que se
trataba de un salón del trono: el tiesto con el mangle resguardaba el sagrado
sillón giratorio marca World of Leather. Allí se sentaba Mamá Támesis,
resplandeciente en su encaje austriaco con una toca de cuentas portuguesas
azules y blancas. A sus espaldas se erguían sus siervos con lappas y pañuelos para la cabeza teñidos
mediante la técnica batik, y a
derecha e izquierda, formando un pasillo por el que tendría que avanzar, se
encontraban sus hijas. Entre las que se hallaban a la izquierda reconocí a
Tyburn y a Fleet, junto a un par de muchachas adolescentes con trenzas y
jerséis de Cachemira. Beverley estaba a la derecha y la veía poco vestida:
llevaba unos pantalones muy cortos de Lycra y una sudadera de color púrpura.
Cuando estuvo segura de que la miraba, entornó los ojos. A su lado estaba una
mujer sorprendentemente alta y esbelta con cara zorruna, extensiones de color
azul eléctrico y rubio, y uñas muy largas, pintadas de color verde, dorado y
negro. Me imaginé que debía de tratarse de Effra, el otro río subterráneo, que
claramente practicaba el pluriempleo como diosa del mercado de Brixton. Observé
que los ríos del norte de Londres estaban a la izquierda y los del sur de
Londres a la derecha.
Brent me soltó la mano, le hizo una reverencia a Mamá Támesis y después
estropeó el efecto al echar a correr y arrojarse sobre el regazo de su madre.
Hubo una breve pausa en la ceremonia, porque la chiquilla dio vueltas sobre sí
misma hasta encontrar una posición cómoda.
Mamá Támesis se volvió hacia mí y la fuerza de su mirada me arrastró hacia
su trono. Tuve que contener un fuerte impulso de arrojarme a sus rodillas y
golpearme la cabeza contra la alfombra.
—Agente Peter —dijo Mamá Támesis—. ¡Cuánto me alegro de verte!
—Yo me alegro de estar aquí. Como muestra de respeto, te he traído un
obsequio —dije, con la esperanza de que llegase antes de que se me acabaran las
palabras de cortesía.
Oí un picaporte que se abría a mis espaldas y tío Administrador llegó con
la caja. Era un hombre blanco y rechoncho, con el pelo rapado al número dos y
un tatuaje de las SS descolorido en el cuello. Dejó la caja a los pies de Mamá
Támesis, bajó la cabeza con respeto y, tras mirarme a mí con la compasión
pintada en el rostro, se marchó sin decir palabra.
Una de las amigas se acercó para sacar una botella de la caja y se la
enseñó a Mamá Támesis.
—Es cerveza Star —dijo. El producto principal de Nigerian Breweries PLC. En
el Reino Unido se puede conseguir a través de un buen proveedor, y en grandes
cantidades, si tu madre conoce a alguien que conoce a alguien a quien le deben
un favor.
—¿Cuánta ha traído? —preguntó Fleet.
—Un camión lleno —dijo Lea.
—¿Y el camión es muy grande? —preguntó Mamá Támesis sin apartar los ojos de
mí.
—Sí, muy grande —contestó Brent.
—¿Y sólo ha traído Star? —preguntó Mamá Támesis.
—También he traído Gulder —dije—. Un poquito de Red Stripe para que haya
más variedad, un par de cajas de Bacardi, un poco de Appleton, Cointreau y unas
pocas botellas de Bailey’s. —Me había gastado todos mis ahorros en ello, pero,
como suele decir mi madre, todo lo que merece la pena se tiene que pagar.
—Es un estupendo regalo —agradeció Mamá Támesis.
—¿No lo dirás en serio? —exclamó Tyburn.
—No te preocupes, Ty —dije—. También he traído un par de botellas de
Perrier para ti.
Alguien se rió por lo bajines… probablemente fue Beverley.
—¿Y qué puedo hacer por ti? —preguntó Mamá Támesis.
—Un favor muy pequeño —dije—. Una de tus hijas piensa que tiene derecho a
entrometerse en los asuntos de la Locura. Tan sólo pido que deje de hacerlo y
permita que las autoridades competentes realicen su labor.
—Las autoridades competentes —masculló Tyburn.
Mamá Támesis volvió los ojos hacia Tyburn, que dio un paso hacia el trono.
—¿Crees que tienes derecho a entrometerte en estas cuestiones? —preguntó.
—Mamá —dijo Tyburn—, la Locura es una reliquia, una ocurrencia que tuvieron
en época victoriana los mismos que montaron el tinglado del Bastón Negro[13]
y del lord alcalde. Todas esas antiguallas están muy bien para la industria
turística, pero no es manera de administrar una ciudad moderna.
—Esa decisión no te corresponde a ti —afirmé.
—¿Y crees que a ti sí?
—Yo sé que sí —dije—. Es mi deber, mi obligación… mi decisión.
—Y me pides…
—Yo no te pido nada —repliqué, y
ahí terminaron las cortesías—. Mira, Tyburn, si tienes ganas de joderme, lo
mejor será que sepas con quién te has metido.
Tyburn dio un paso hacia atrás y volvió a su puesto.
—Sabemos quién eres —dijo—. Tu padre es un músico fracasado y tu madre
friega oficinas para sobrevivir. Te criaste en un apartamento de protección
oficial, estudiaste en la escuela pública del barrio y no sacaste las notas que
necesitabas…
—Soy agente de policía —dije—, y, por lo tanto, representante de la Ley.
También soy aprendiz, y como tal soy guardián de la llama sagrada, pero, por
encima de todo, soy un hombre libre de Londres y por tanto soy Príncipe de la
Ciudad. —Señalé a Tyburn con el dedo—. Eso no lo superas ni con las mejores
notas en Oxford.
—¿Eso crees? —dijo ella.
—Basta —dijo Mamá Támesis—. Déjale entrar en su casa.
—No es su casa —dijo Tyburn.
—Haz lo que te digo —insistió Mamá Támesis.
—Pero, mamá…
—¡Tyburn!
Tyburn parecía acongojada, y por un momento sentí genuina lástima por ella,
porque ninguno de nosotros llega a crecer lo suficiente como para que nuestras
madres piensen que no pueden darnos órdenes. Se sacó un Nokia extraplano del
bolsillo y marcó un número sin dejar de mirarme a los ojos.
—Sylvia —dijo—. ¿Podrías ponerme con el comisario? Bien. ¿Podríamos hablar
un momento?
Luego, tras haberse explicado, dio media vuelta y abandonó la sala. Logré
reprimir la tentación de recrearme en mi victoria, pero observé a Beverley para
ver si la había impresionado. Beverley me miró con una estudiada indiferencia
que me produjo el mismo efecto que si me hubiera lanzado un beso.
—Peter —dijo Mamá Támesis, y me mandó que me acercara a su silla.
Me dio a entender que quería decirme algo en privado. Traté de inclinarme
con toda la dignidad de la que fui capaz, pero, para gran diversión de Brent,
acabé por ponerme de rodillas frente a ella. Mamá Támesis se inclinó hacia mí y
me rozó la frente con los labios.
Por un instante fue como si estuviera en pie sobre las compuertas centrales
de la Barrera del Támesis y mirase hacia el este, más allá de la desembocadura
del río. Sentía las torres de Canary Wharf irguiéndose triunfantes a mi
espalda, y, más allá de éste, las dársenas, la White Tower y todos los puentes,
campanarios y casas de la ciudad de Londres. Pero, más adelante, en el
horizonte, sentía el principio de la tormenta, la fatal combinación de mareas
altas, calentamiento global y deficiente planificación, a la espera; dispuesta
a erigir una pared de agua de diez metros y lanzarla río arriba, y derribar los
puentes, las torres y todo lo demás.
—Así pues, entiendes —dijo Mamá Támesis— dónde reside el verdadero poder.
—Sí, Mamá —dije.
—Espero que soluciones mi disputa con el Anciano —dijo.
—Haré cuanto pueda —dije yo.
—Buen muchacho —dijo Mamá Támesis—. Y, por tus buenas maneras, te voy a
hacer un último regalo. —Agachó la cabeza y me susurró un nombre al
oído—:Tiberio Claudio Verica.
Cuando llegué a Russell Square, los paracaidistas ya se habían marchado.
Volvía a hacerme cargo de la Locura, y ahora yo era el responsable de ella. Tan
buen punto crucé el umbral, Toby se
me arrojó a los tobillos. Jadeaba y se revolcaba con afecto, aunque, al darse
cuenta de que no le traía nada para comer, perdió todo interés y se marchó.
Molly me aguardaba al pie de las escaleras occidentales. Le dije que
Nightingale estaba consciente y luego le mentí y le dije que había preguntado
cómo estaba ella. Le dije lo que pensaba hacer y dio un paso atrás.
—Me voy a mi habitación para recoger unas cosas —dije—. Volveré a bajar
dentro de media hora.
Al llegar a mi habitación, saqué los apuntes de latín y repasé los nombres
romanos. Había aprendido que a menudo tienen tres partes: praenomen, nomen y cognomen, y que si lograba leer mi
propia letra podría conseguir gracias a ellos mucha información sobre la
persona que los llevaba. Verica no era un nombre latino; yo sospechaba que
sería británico, y que Tiberio Claudio eran los dos primeros nombres de Tiberio
Claudio César Augusto Germánico, también conocido como emperador Claudio, el
que estaba al mando cuando los romanos conquistaron Bretaña. Siempre que le era
posible, el Imperio se ganaba a las élites locales. Siempre es más fácil
ponerle el talón encima a un país si antes mandas una invitación para una cena
romántica. Uno de los sobornos que ofrecían era la ciudadanía romana, y muchos
de los que aceptaron la oferta se quedaron con el nombre anterior y le
antepusieron el praenomen y el nomen de sus promotores, en este caso el
emperador. Así, a juzgar por su nombre, Tiberio Claudio Verica había sido un aristócrata
de la Bretaña que vivía en la ciudad en la época de su fundación.
Y eso no significaba nada o, por lo menos, yo no veía manera de que
significase algo. Tenía prevista una conversación con Mamá Támesis sobre ese
asunto, contando con que sobreviviese a la siguiente hora. Pero en ese momento
tenía problemas más inmediatos que resolver.
En 1861, William Booth abandonó a los metodistas de Liverpool y se dirigió
a Londres. Una vez allí, en el marco de la magnífica tradición de reinvención
metropolitana, fundó su propia iglesia y llevó a Cristo, el pan y el trabajo
social a los aborígenes paganos del este de Londres. En 1878 declaró que estaba
harto de que le llamasen voluntario y que si no se le consideraba soldado
regular en el Ejército de Cristo prefería no ser nada; así nació el Ejército de
Salvación. Pero no hay ejército, por puros que sean sus motivos, que ocupe un
país extranjero sin hallar resistencia, y dicha resistencia tomó la forma del
Ejército del Esqueleto. Nutrido por la ginebra, la terquedad y los gruñidos de
resentimiento de unos hombres que no sólo pertenecían a la clase obrera
victoriana, sino que, como si eso no hubiera sido desgracia suficiente, encima
tenían que sufrir las prédicas de una cuadrilla de norteños, el Ejército del
Esqueleto reventaba las asambleas del Ejército de Salvación, interrumpía sus
marchas y atacaba a sus oficiales. El emblema del Ejército del Esqueleto era un
esqueleto blanco sobre fondo negro, una enseña que ostentaban los calaveras
avispados desde Worthing hasta Bethnal Green. Había visto una de dichas
insignias sobre el cuerpo espectral de Nicholas Wallpenny, hombre apropiado
para el Ejército del Esqueleto si alguna vez lo hubo, y era su insignia la que
había encontrado en el cementerio de la iglesia de los Actores. Nightingale me
había dicho que iba a necesitar un espíritu guía y, a falta de osos y coyotes
totémicos, y otros animales por el estilo, tendría que conformarme con un
londinense de pura cepa que ejercía de ladrón.
La insignia se encontraba donde la había dejado, en la caja de plástico
donde guardaba los recortes de papel. La saqué y la sostuve en la palma de la
mano. No era más que una baratija, hecha con peltre y latón. Al cerrar la mano
en torno a ella, sentí fugazmente el sabor de la ginebra, ecos de canciones
antiguas y una punzada de resentimiento.
Si lo que tenía que emprender era un viaje espiritual, no iba a necesitar
nada más, y ya lo había retrasado demasiado. Bajé de mala gana las escaleras, y
fui hasta donde me aguardaba Molly, en el salón principal. Estaba de pie, con
la cabeza gacha. Sus cabellos eran una cortina negra que le cubría el rostro, y
tenía las manos entrelazadas frente a su propio cuerpo.
—Yo tampoco quiero hacerlo —dije.
Levantó la cabeza y por primera vez me miró directamente a los ojos.
—Hazlo —dije.
Se movió tan rápido que no lo vi. Se arrojó contra mí. Uno de sus brazos me
rodeó los hombros y me agarró por la nuca, y el otro me sujetó por la cintura.
Sentí que estrujaba sus senos contra mi pecho, que sus muslos se agarraban con
fuerza en torno a mi pierna. Metió el rostro bajo mi mentón y sentí sus labios
en la garganta. El miedo se adueñó de mí: traté de liberarme, pero se aferró a
mí con más fuerza que una amante. Noté que sus dientes me herían en el cuello y
luego sentí dolor, que curiosamente parecía de un golpe más que de un corte. La
sentí tragar cuando me succionó la sangre, pero también sentí la conexión con
las baldosas que tenía bajo los pies y los ladrillos de las paredes, la arcilla
amarilla londinense, y entonces me caí de espaldas bajo la luz del día y el
olor a trementina.
No se parecía en nada a una realidad virtual, ni a lo que te imaginarías
que es un holograma; era como respirar vestigia,
como nadar en piedra. Me vi a mí mismo en la memoria del mismísimo salón
principal de la Locura.
Lo había conseguido… estaba dentro.
El salón se veía más o menos igual que antes, pero los colores habían
cambiado, tenían tonos casi sepia y oía un pitido en los oídos parecido al que
escuchamos después de haber nadado en aguas profundas. No veía a Molly, pero sí
que vislumbré la imagen de Nightingale o, por lo menos, la impresión de
Nightingale en la memoria de la piedra. Subía fatigado por las escaleras. Abrí
la mano y me aseguré de que todavía tenía la insignia del esqueleto. Aún estaba
allí, y cuando cerré la mano en torno a ella me arrastró con mucha suavidad
hacia el sur. Me volví y anduve hacia la puerta lateral de Bedford Place, pero,
al caminar por el salón, me di cuenta, de pronto, de que una inmensa negrura se
hallaba bajo mis pies. Era como si las baldosas negras y blancas se hubieran
vuelto transparentes, y a través de ellas atisbara un terrible abismo, oscuro,
sin fondo, y frío. Traté de caminar más rápido, pero era como intentar moverse
contra un violento viento. Tuve que inclinar el cuerpo hacia delante y empujar
con fuerza para avanzar.
Después de haber conseguido llegar, con estudiados giros, a los estrechos
alojamientos de los sirvientes bajo la escalera oriental, me pregunté si en el
reino de los espectros no podría atravesar paredes. Tras darme un par de golpes
en la cabeza, abrí la puerta como una persona normal.
Me encontré en los años treinta y el hedor de los caballos me asaltó. Supe
que eran los años treinta por los trajes cruzados y los sombreros de gángster.
Los coches no eran más que sombras, pero los caballos eran sólidos y olían a
sudor y a estiércol. Había personas que caminaban sobre el suelo; parecían
totalmente normales, salvo por su mirada ausente. A modo de experimento, me
puse enfrente de un hombre, pero me esquivó como si yo hubiera sido un
obstáculo familiar y sin importancia. Un agudo dolor en el cuello me recordó
que no había ido hasta allí a hacer turismo.
Permití que la insignia del esqueleto me guiara por Bedford Place hasta
Bloomsbury Square. En lo alto, el cielo parecía extrañamente indefinido, en un
determinado momento azul, nublado al siguiente, y luego cubierto de humo de
carbón. Al mismo tiempo que caminaba, la ropa de los transeúntes cambiaba, los
coches fantasma se desvanecían, e incluso el perfil de los edificios se
modificaba. Si lo había entendido bien, la insignia de Nicholas Wallpenny no me
llevaría tan sólo a su guarida en Covent Garden, sino al momento en el tiempo
en el que se había instalado en ella.
El libro más reciente que había encontrado sobre esa materia se remontaba a
1936, y lo había escrito un tío que se llamaba Lucius Brock. Había especulado
con que los vestigia se acumulaban en
capas como los yacimientos arqueológicos y que los diferentes espíritus
ocupaban capas distintas. Iba a encontrarme con Wallpenny a finales de la era
victoriana y él me guiaría hasta Henry Pyke a finales del siglo XVIII, y Pyke,
tanto si quería como si no, iba a revelarme el lugar donde estaba enterrado.
Había llegado al final de Drury Lane cuando la era victoriana me provocó
unas arcadas que me hicieron caer de rodillas. Me había acostumbrado al olor a
mierda de caballo, pero entrar en los años 1870 fue como meter la cabeza en un
pozo repleto de excrementos humanos. Tal vez fuera por culpa de los vestigia, pero eran lo bastante fuertes
como para hacerme arrojar mi imaginaria comida del mediodía a la repugnante
cloaca. Saboreé sangre en la boca y me di cuenta de que parte de esa sangre era
mía. Sin duda alguna, servía para alimentar a la mierda esotérica que Molly me
había puesto para que estuviera allí.
Bow Street estaba abarrotada de grandes carretas y carromatos muy altos,
tirados por caballos tan grandes como automóviles familiares de un tamaño
decente. Era Covent Garden en todo su esplendor, y contaba con que la insignia
del esqueleto de Wallpenny me guiara por Russell Street hasta la plaza, pero,
en cambio, me llevó por la derecha, por Bow Street, en dirección a la Royal
Opera House. Entonces las carretas cambiaron de forma y me di cuenta de que
había retrocedido demasiado en el tiempo y algo había salido mal con el plan A.
Como si las hubieran sacado de allí para dar comienzo a la escena
siguiente, las pesadas carretas habían desaparecido del exterior de la Opera
House. El cielo se oscureció y se hizo de noche, y la calle quedó alumbrada tan
sólo por antorchas y lámparas de aceite. Las imágenes fugaces de carruajes
sobredorados pasaban por mi lado, al mismo tiempo que señoras y caballeros
perfumados y con peluca caminaban arriba y abajo por las escaleras del antiguo
Theatre Royal. Un grupo de tres hombres me llamó la atención. Parecían más
sólidos que el resto de figuras, más densos y más reales. Uno de ellos era un
hombre mayor y corpulento, con una gran peluca, que caminaba con dificultad,
con la ayuda de un bastón. Debía de ser Charles Macklin. La luz persistía en
torno a su cuerpo, como si se le hubiera elegido para un primer plano. No se
ofrece ningún premio para quien averigüe quién lo eligió.
Me imaginé que estaba a punto de contemplar una representación del infame
asesinato de Henry Pyke a manos del cobarde Charles Macklin y, en ese precioso
momento, entró Henry Pyke con un abrigo de terciopelo, presa de una fuerte
emoción, con la peluca mal puesta y un bastón demasiado grande en la mano.
Sólo que su rostro no me resultó desconocido. Lo había visto por primera
vez una fría madrugada de enero y se me había presentado como Nicholas
Wallpenny, del distrito de Covent Garden. Pero no, no era Nicholas Wallpenny,
era Henry Pyke. Siempre había sido Henry Pyke, desde el primer momento, desde
que nos habíamos conocido en el pórtico de la iglesia de los Actores, donde
había sacado el máximo partido de su animada manera de hablar de londinense de
pura cepa. Bueno, por lo menos eso explicaba que Wallpenny no se mostrara en
presencia de Nightingale. También significaba que la escena en la iglesia que
me había llevado a la excavación impromptu
de un importante lugar de Londres no había sido más que eso: una escena, una
representación.
—¡Auxilio, auxilio! —gritó uno de los compañeros de Macklin—. ¡Un
asesinato!
Algunas cosas son universales: las aves tienen que volar, los peces tienen
que nadar, los imbéciles y los policías tienen que acudir donde hay problemas.
Eché a correr y logré reprimir el impulso de gritar «¡Eh!», y, como resultado,
logré acercarme a dos metros de distancia antes de que Henry Pyke me viera. Le
arranqué una muy satisfactoria expresión «¡Puta mierda!», y luego su rostro se
transformó. Se convirtió en la ridícula caricatura con perfil de media luna que
había conocido como señor Punch, espíritu de la violencia y la rebeldía.
—¿Sabes? —chilló—, no eres tan imbécil como pareces.
Protocolo estándar para enfrentarse a hijoputas zumbados: hacerles hablar,
acercarse, agarrarles en el momento en el que no te miren.
—¿Así que te hacías pasar por Nicholas Wallpenny?
—No —dijo el señor Punch—. Dejé que fuera Henry Pyke quien montara el
engaño. El pobre diablo vive para representar personajes, es lo único que quiso
hacer durante toda su vida.
—Pero resulta que está muerto —dije.
—Ya lo sé —dijo el señor Punch—. ¿Verdad que este universo es maravilloso?
—¿Y dónde está Henry ahora?
—Está en la cabeza de tu chica y tiene comercio carnal con su cerebro —dijo
el señor Punch, y luego echó para atrás la cabeza y profirió una risa
estridente.
Me arrojé sobre él, pero el cabrón era muy escurridizo, giró sobre un talón
y se marchó corriendo por uno de los callejones que salían a Drury Lane.
Eché a correr tras él, y fue casi como sentir el espíritu de todos los
cazadores de ladrones que ha habido en Londres fluyendo en mi interior, tratad
de imaginarlo… Ambos corríamos frente al Tribunal de Bow Street, y no
perseguirlo habría sido como dejar de respirar.
Salí a la carrera del callejón y me encontré con Drury Lane en invierno,
con los pedestres inmersos en el anonimato, y los caballos y los hombres que
llevaban los palanquines despidieron vaho. Inmersa en el frío y la nieve, la
ciudad olía a limpieza y frescura, y estaba a punto de librarse de un molesto
espíritu revenant. La primavera
empezó con un movimiento ligero e intermitente, y el señor Punch me guió por
lúgubres callejas laterales que yo sabía que habían dejado de existir, hasta
que por fin llegamos a St. Clemens, recién construida, y a Fleet Street. El
gran incendio de Londres pasó con demasiada rapidez como para que me enterara,
tan sólo un soplo de aire caliente, como si hubiera salido de un horno abierto.
Primero, St. Paul dominaba Fleet Street con su altura; pero de pronto, la
cúpula cedió su lugar a la torre cuadrada normanda de la antigua catedral. Para
un londinense como yo, aquella nueva visión era una herejía. Como encontrar de
pronto a un extraño en tu lecho. La propia calle era más angosta y estaba
abarrotada de casas de entramado de madera, de fachada estrecha con los pisos
de arriba que sobresalían. Habíamos llegado hasta los tiempos de Shakespeare y
tengo que decir que no olían ni de lejos tan mal como el siglo XIX. El señor
Punch corría para salvar su vida de ultratumba, pero faltaba poco para que le
diese alcance.
Por otra parte, Londres se encogía. Se abrían huecos en los edificios a
lado y lado. Vi prados verdes con henares y rebaños de vacas. El paisaje se
desdibujaba a mi alrededor. Más adelante apareció el río Fleet, y de pronto
pasé a la carrera por un puente de piedra, mientras que al otro lado del valle
había unas murallas, las antiguas murallas de Londres. A duras penas había
logrado sobrepasar Ludgate cuando las puertas de verdad se irguieron de nuevo y
me cerraron el paso. La catedral antigua había desaparecido hacía tiempo;
habíamos dejado atrás a los anglosajones y lo que los historiadores petulantes
llaman el período subromano y volvía a practicarse el paganismo.
Si hubiera pensado en lo que hacía, probablemente me habría detenido,
habría mirado a mi alrededor y me habría hecho algunas preguntas importantes
sobre la vida en Londinium, pero no lo hice, porque fue entonces cuando logré
cubrir los dos metros que aún me separaban del señor Punch y derribé al difunto
malnacido con un placaje de rugby.
—Señor Punch —le dije—, queda usted arrestado.
—Cabrón —me dijo—. Cabrón negro irlandés hijoputa.
—Así no va a hacer usted amigos, señor Punch —le dije. Le puse en pie, con
ambos brazos sujetos tras la espalda, de manera que no podría ir a ninguna
parte sin que, por lo menos, le rompiera uno de los codos.
Dejó de forcejear y volvió la cabeza hasta que alcanzó a verme con un ojo.
—Entonces, poli —dijo—, ¿qué vas
a hacer conmigo?
Era una buena pregunta, y sentí un dolor súbito y salvaje en la garganta
que hizo que me diera cuenta de que se me acababa el tiempo.
—Vamos a ver lo que decide el juez de la horca —dije.
—¿De Veil? —preguntó el señor Punch—. Sí, por favor, estoy seguro de que
será delicioso.
«Revenant, espíritu de la
violencia y la rebeldía —pensé—, ¡idiota!» Punch devoraba espectros. Tenía que
encontrar algo más fuerte. Brock había escrito que los genii locorum, los dioses y espíritus atados a los lugares, eran
más fuertes que los fantasmas. ¿Existiría un dios de la justicia? ¿Y dónde lo
encontraría… o la encontraría? Entonces me acordé: en lo alto de la cúpula del
Old Bailey se yergue la estatua de una mujer. Sostiene con una mano una espada
y una balanza. Yo desconocía si existía una diosa de la justicia, pero habría
apostado a que el señor Punch sí lo sabría.
—¿Por qué no vamos y le preguntamos a esa muchacha tan simpática del Old
Bailey? —dije.
Se puso tenso y llegué a la conclusión de que mi apuesta había sido
correcta. Forcejeó de nuevo y echó la cabeza para atrás. Trataba de encontrarme
el mentón, pero digamos que eso no es nada nuevo para un policía, así que
levanté la cabeza para que no pudiese alcanzarlo.
—Esta vez irás al patíbulo —le dije.
El señor Punch se quedó inerte —pensé que lo había derrotado—, pero
entonces empezó a temblar entre mis brazos. En un primer momento me pareció que
se había puesto a llorar, y luego me di cuenta de que se reía.
—Te va a resultar un poquito difícil —me dijo—. Creo que te has quedado sin
ciudad.
Miré a mi alrededor y vi que tenía razón. Habíamos ido demasiado lejos y ya
no quedaba nada de Londres, salvo cabañas y la empalizada de madera del
campamento romano más al norte. No había edificaciones de piedra, nada, salvo
el olor a madera recién cortada que se desprendía de los tablones de roble y la
brea caliente. Sólo había quedado una cosa: el puente. Se encontraba a menos de
cien metros de distancia y estaba construido con tablones. Parecía, más bien,
un muelle de pesca que se hubiese formado una idea equivocada de su propia
categoría y en un momento de entusiasmo se hubiera plantado sobre el río.
Vi a un buen número de gente al otro lado. La luz del sol se reflejaba en
el armamento metálico de una hilera de legionarios en formación. Detrás de
ellos había un grupo de civiles que vestían togas de una blancura deslumbrante,
propias de una ocasión especial, y contemplaban a un par de docenas de hombres,
mujeres y niños ataviados con los pantalones de los bárbaros y torques de
latón.
De pronto me di cuenta de que era eso lo que había tratado de decirme Mamá
Támesis.
Creo que el señor Punch también lo comprendió, porque no dejó de forcejear
mientras lo arrastraba por el puente y lo llevaba hasta las autoridades
togadas. Eran ecos del pasado, recuerdos atrapados en la urdimbre de la ciudad.
No reaccionaron cuando arrojé a Punch a sus pies. Estaba en quinto curso de la
escuela Primaria cuando estudiamos historia romana y no aprendimos muchas
fechas, pero sí que hicimos un montón de trabajos en grupo sobre la vida en la
Bretaña romana. Y así reconocí al sacerdote oficiante por la estola con franja
púrpura que le cubría la cabeza. También reconocí su cara, aunque parecía mucho
más joven que cuando lo había visto en carne y hueso. Además, llevaba el rostro
afeitado y el cabello negro le caía sobre los hombros. Pero era el mismo que
había visto apoyado en una cerca junto a las fuentes del Támesis. Era el
espíritu del Anciano del Río en su juventud.
De pronto entendí muchas cosas.
—Tiberio Claudio Verica —grité.
Como un hombre ensimismado que vuelve a la realidad, el sacerdote volvió
los ojos hacia mí. Al verme, sonrió con deleite.
—Tú debes de ser el regalo que me mandan los dioses —dijo.
—Ayúdame, Padre Támesis —le dije yo.
Verica arrancó un pilum de la
mano del legionario más cercano —el soldado no reaccionó— y me lo dio a mí.
Aspiré el aroma de la madera de haya recién cortada y del hierro húmedo. Sabía
lo que tenía que hacer. Apunté hacia abajo con la pesada lanza y vacilé. Punch
chilló y bramó con su voz extraña y aflautada, su agudísima voz.
—¿No será una pena para tu pequeña y bonita Lesley? ¿Aún la querrás cuando
se le haya caído la cara?
«No es una persona», me dije a mí mismo, y clavé el pilum en el pecho del señor Punch. No brotó sangre, pero sentí el
choque al perforarle la piel, el músculo y, al fin, los tablones de madera del
puente. El espíritu revenant de la
violencia y la rebeldía había quedado clavado como una mariposa en un
expositorio.
Y luego dicen que los sistemas de enseñanza modernos son una pérdida de
tiempo.
—Le había pedido al río que nos proporcionara un sacrificio —dijo Tiberio
Claudio Verica—, y nos ha proporcionado un sacrificio.
—Yo creía que los romanos no aprobaban el sacrificio humano —dije.
Verica se rió.
—Los romanos todavía no han llegado —dijo.
Miré a mi alrededor. Era verdad. Aún no había ni traza de Londres… ni del
puente. Por un instante, me quedé suspendido en el vacío como un personaje de
dibujos animados, y luego me caí al río. El agua del Támesis era fría y
saludable como la de un arroyo de montaña.
Al levantarme, me sentía espantosamente húmedo y pegajoso. Tenía el pecho
sucio de sangre y me había meado encima, probablemente cuando ella me mordió.
Me sentía vacío y exhausto y entumecido. Me apetecía acurrucarme e imaginar que
nada de todo aquello había ocurrido de verdad.
—Esto —me dije— no arraigará como herramienta para la investigación
histórica.
Alguien vomitaba, pero, sorprendentemente, no era yo. Molly estaba en
cuclillas, con el rostro vuelto y oculto por el cabello, y vomitaba sangre
sobre las baldosas que ella misma limpiaba con tanto esmero. Pensé que era mi
sangre y logré ponerme en pie. La cabeza se me iba, pero no me caí. Debía de
ser una buena señal. Di un paso hacia Molly para ver si se encontraba bien,
pero levantó el brazo hacia mí, con la palma de la mano abierta, e hizo
violentos gestos de rechazo y tuve que retroceder.
Acabé sentado una vez más, y no recordaba haber querido sentarme. Me
faltaba el aliento y me sentía el pulso acelerado en la garganta… todos los
síntomas de la pérdida de sangre. Llegué a la conclusión de que sería buena
idea descansar un poco y me eché sobre las frías baldosas. Me iría bien para
que no se me interrumpiera el flujo de sangre hasta el cerebro. Es sorprendente
lo cómoda que puede ser una superficie dura si se está lo bastante cansado.
El frufrú de las sedas tuvo como efecto que volviera la cabeza. Molly aún
estaba en cuclillas. Se había apartado del liso charco de sangre vomitada y
venía hacia mí. Tenía la cabeza inclinada hacia un lado y enseñaba los dientes.
Estaba a punto de decirle que me encontraba bien, de verdad, y que no
necesitaba su ayuda, cuando me di cuenta de que seguramente Molly no tenía
intención de ayudarme.
Con un movimiento que resultó turbador por lo mucho que me recordó al de
una araña, Molly levantó un brazo en alto y luego lo bajó bruscamente, y dio
una manotada sobre las baldosas que tenía delante de la cara. El brazo se tensó
y arrastró a Molly unos centímetros más hacia mí. La miré a los ojos y vi que
eran negros del todo, sin blanco, y que estaban preñados de hambre y
desesperación.
—Molly —le dije—, de verdad creo que esto no es buena idea.
Inclinó la cabeza hacia el otro lado e hizo un sonido que era medio
gorgoteo y medio silbido, a medio camino entre risa y sollozo. Me senté y me
encontré con que no veía bien y estaba aturdido, y tuve que combatir el impulso
que me urgía a tenderme de nuevo.
—Ahora mismo ya te parece que tienes problemas —dije—. Imagínate lo que
podría pasar si Nightingale se enterara de que me has devorado como cena.
El nombre de Nightingale la hizo detenerse, pero tan sólo un instante.
Luego agitó la otra mano en alto y golpeó el suelo al lado de mi pierna. Me
arrastré como pude y logré alejarme de ella un metro más.
Parecía que sólo hubiese logrado irritarla más y la contemplé mientras
recogía las piernas bajo el torso. Recordé la velocidad con la que se había
movido cuando me mordió por primera vez y me di cuenta de que en realidad ni
siquiera había visto cómo se acercaba. Con todo, no me iba a quedar quieto, ni
permitiría que acabase conmigo sin luchar. Empecé a configurar una bola de
fuego, pero, de pronto, la forma se
me desdibujó y no logré imaginarla.
Molly resopló y torció la cabeza hacia un lado, como si su cuello se
hubiera vuelto flexible como el de una serpiente. Vi que la tensión crecía en
la curva de su espalda y que sus hombros se encorvaban. Creo que se dio cuenta
de que trataba de hacer magia y pensó que no podía concederme ninguna
oportunidad de salirme con la mía. Abrió demasiado la boca y me enseñó
demasiados dientes puntiagudos, y el pequeño mamífero chillón que se encuentra
entre mis antepasados hizo que mis piernas se debatieran en un frenético
intento por alejarse de ella.
Una figura parda que olía a alfombra mojada pasó por mi lado a toda
velocidad y se detuvo, y sus zarpas derraparon sobre las baldosas entre Molly y
yo. Era Toby, en su plena y primaria
versión «Círculo-en-torno-a-la-hoguera-de-acampada», «Mejor-amigo-del-hombre»,
«Ah-es-que-para-eso-lo-domesticamos», y le ladraba a Molly con tanta fuerza que
las patas delanteras se le levantaban del suelo.
A decir verdad, lo más probable es que Molly hubiese podido acercarse a él
y arrancarle el hocico de un mordisco, pero, en cambio, se echó para atrás.
Luego volvió a inclinarse hacia delante y silbó. En esta ocasión, Toby se estremeció, pero aguantó en su
lugar, en honor a la larga tradición de perros pequeños y camorristas que son
demasiado imbéciles como para saber cuándo les conviene huir. Molly se irguió
sobre sus ancas, con la viva imagen de la ira pintada en el rostro, y entonces,
como si alguien hubiera pulsado un interruptor, se derrumbó y quedó de
rodillas. El cabello le cayó frente a la cara y le ocultó el rostro, y le
temblaron los hombros. Tal vez sollozara.
Logré ponerme en pie y anduve, tambaleante, hasta la puerta de atrás. Pensé
que lo mejor sería que me alejase para evitar tentaciones. Toby corrió detrás de mí meneando el rabo. Choqué contra la jamba
de la puerta y salí al aire libre, y me encontré bajo la luz del sol, frente a
la escalera de hierro forjado por la que se subía al piso de arriba de las
cocheras. Contemplé la escalera y pensé que habría sido preferible instalar un
ascensor, o por lo menos conseguir un perro más grande.
Me di cuenta de que había algún otro problema cuando Toby no quiso subir por las escaleras.
—Espera, muchacho —le dije, y él, muy obediente, se sentó en el rellano y
dejó que fuese yo quien me hiciera el héroe.
Pensé en marcharme, pero estaba demasiado maltrecho y, además, aquél era mi
espacio, con mi televisión de pantalla plana, y quería recobrarlo.
Me quedé a un lado de la puerta y la abrí de una patada, y luego me asomé
con cautela al umbral para ver quién había dentro. Era Lesley, que me aguardaba
sentada en la chaise longue. Tenía el
bastón de Nightingale sobre las rodillas y miraba al vacío. Se volvió cuando
entré.
—Me has matado —dijo.
—¿No podrías regresar al sitio de donde viniste?
—Sin mi amigo, no —dijo—. No sin el señor Punch. Me has asesinado.
Me dejé caer sobre el sillón.
—Llevas doscientos años muerto, Henry —dije—. Estoy convencido de que no se
puede asesinar a alguien que ya ha muerto. —Pensé que, si se pudiera, la
Policía Metropolitana habría sacado ya un formulario para presentar la
denuncia.
—Lo siento, pero no estoy de acuerdo —dijo Lesley—. Aunque tengo que decir
que he fracasado a ambos lados del velo de la muerte.
—No lo sé —dije—. Me tenías bien engañado.
Lesley se volvió y me miró.
—Sí, ¿verdad? —dijo.
Vi que tenía unas finas y pálidas estrías en torno al puente de la nariz
causadas por el estiramiento de la piel, y que algunos vasos sanguíneos se le
habían reventado alrededor de la boca y su delicado rastro le subía por las
mejillas cual vid de invierno. Incluso la manera como hablaba era distinta:
como tenía los dientes rotos y no vocalizaba bien, Henry Pyke debía mantenerle
la boca cerrada para ocultar los daños. Tuve que contener la ira que me hervía
en el pecho, porque me hallaba en plena operación de rescate de rehenes, y la
primera norma que sigue quien negocia para liberar a unos rehenes es mantener
la distancia emocional. O tal vez la norma sea: «No mates al secuestrador hasta
que los rehenes estén a salvo.» Era una cosa o la otra.
—Al mirar atrás —dije—, resulta todavía más notable que no te delataras ni
una sola vez.
—¿No sospechaste en ningún momento? —preguntó Lesley alegremente.
—No —dije—. Me pareciste totalmente convincente.
—Hacer un papel de mujer siempre es un desafío —dijo Lesley—. Y el de una
mujer moderna lo es por partida doble.
—Qué lástima que tenga que morir —dije.
—Quiero que sepas que yo fui el primer sorprendido al ocupar este cuerpo
—dijo Lesley—. Le echo la culpa a ese italiano, Piccini, miembro de una raza
apasionada. Tienen que incorporar la lujuria en todas sus empresas… incluso en
sus obras religiosas.
Asentí con la cabeza y fingí interés. Aunque los aparatos estuvieran
enchufados, las luces del televisor y del DVD estaban apagadas. Lesley llevaba
allí sentada el tiempo suficiente para haber vaciado todos mis aparatos
electrónicos, y si hubiera terminado de consumirlos le habría llegado el turno
a su propio cerebro. Tenía que sacarle de la cabeza los últimos restos de Henry
Pyke.
—Así funcionan las obras de teatro —dijo Lesley—. Las escenas y los actos
están mucho más ordenados que en este monótono mundo. Si no tenemos cuidado,
puede ser que nos arrastre el genio del personaje. Así, Pulcinella nos engañó a
los dos.
—Entonces, ¿tú preferías que Lesley siguiera con vida? —pregunté.
—¿Aún sería posible? —preguntó ella.
—Sólo si tú estás de acuerdo.
Lesley se acercó a mí y me dio la mano.
—Sí, claro que sí, muchacho —dijo—. No podemos tolerar que se diga que
Henry Pyke fue tan descortés como para hacerle sufrir su propio y triste
destino a una inocente.
Me pregunté lo que habría dicho si hubiese tenido alguna idea del rastro de
muerte y dolor que había ido dejando a su paso. Tal vez actuara de una manera
propia de espectros; tal vez el mundo de los vivos fuera como un sueño para los
muertos y no se lo tomaran muy en serio.
—Entonces déjame que llame al médico —dije.
—¿Entiendo que hablas del mahometano escocés?
—El doctor Walid —aclaré.
—¿Crees que podría salvarla? —preguntó Lesley.
—Creo que sí —dije.
—Pues entonces, llámale sin falta —pidió Lesley.
Salí a la escalera, volví a ponerle batería al móvil y llamé al doctor
Walid, que me dijo que llegaría en diez minutos. Me dio instrucciones sobre lo
que podía hacer mientras tanto. Cuando volví a entrar, Lesley parecía
expectante.
—¿Puedo quedarme con el bastón de Nightingale? —pregunté.
Lesley asintió y me entregó el bastón de puño de plata. Puse la mano sobre
el puño, como me había aconsejado el doctor Walid, pero no encontré nada, tan
sólo el frío del metal. El bastón había perdido toda su magia.
—No nos queda mucho tiempo —dije.
Sobre el respaldo de la chaise longue
había una sábana relativamente limpia que yo le había puesto para resguardarlo
del polvo. La recogí.
—¿De verdad? —preguntó Lesley—. ¡Ay!, porque, a medida que pasan las horas,
mayor es mi renuencia a marcharme.
Empecé a rasgar la sábana en tiras anchas.
—¿Podría hablar directamente con Lesley? —le pregunté.
—Por supuesto, mi querido muchacho —respondió Lesley.
—¿Estás bien?
No se produjo ninguna transformación exterior que pudiera ver.
—Ja —dijo ella, y por el tono de su voz estuve seguro de que se trataba de
la verdadera Lesley—. Qué pregunta más imbécil. Ha ocurrido, ¿no?, lo noto…
Levantó la mano a la altura del rostro, pero yo se la agarré y, suavemente,
le hice bajarla.
—Dentro de poco estarás bien —le confirmé.
—No sabes mentir —dijo—. Por eso siempre tenía que hablar yo.
—Es que tú tenías un talento natural —le dije.
—No era talento —replicó Lesley—. Era el resultado de trabajar duro.
—Es que tenías como un talento natural para trabajar duro —expliqué.
—Cabrón —me increpó—. No recuerdo que me dijeran nada de que se me podía
caer la cara cuando me alisté.
—¿Seguro que no? —le pregunté—. ¿No te acuerdas del careto del inspector
Neblett? Puede que a él le sucediera lo mismo.
—Dime que dentro de poco voy a estar bien.
—Dentro de poco estarás bien —dije—. Te voy a sostener la cara con esto.
—Le enseñé la sábana hecha jirones.
—Ah, caramba, ya me siento mejor —exclamó—. ¿Me prometes que te quedarás a
mi lado, pase lo que pase?
—Te lo prometo —dije.
Y, siguiendo las instrucciones de Walid, empecé a enrollarle un jirón de
tela muy prieto en torno a la cabeza. Murmuró algo y le aseguré que le cortaría
un agujero para la boca en cuanto hubiese terminado. Até la tira de la misma
manera en que una de las hermanas de mi madre me había enseñado a sujetar un
pañuelo en torno a la cabeza.
—Qué bien —dijo Lesley, una vez le hube cortado el agujero que le había
prometido—. Ahora soy la mujer invisible. —Para asegurar mi obra, le anudé
todos los jirones tras la nuca para que no perdieran tensión. Encontré una
botella de Evian al lado de la chaise
longue y la utilicé para empapar los improvisados vendajes.
—¿Ahora intentas ahogarme? —preguntó Lesley.
—El doctor Walid me dijo que lo hiciese —respondí. No le expliqué que lo
hacía para impedir que el vendaje se le pegase a las heridas.
—Está fría —me dijo.
—Lo siento —dije yo—, ahora voy a tener que pedirle a Henry que regrese.
Henry Pyke regresó de buena gana.
—¿Qué tengo que hacer ahora?
Me aclaré la mente y abrí la mano, y dije la palabra: «Lux.» Una luz fantasma cobró forma sobre la palma de mi mano.
—Ésta es la luz que te llevará a tu lugar en la historia —dije—. Dame la
mano. —No se decidía—. No te preocupes, no te va a quemar.
La mano de Lesley estrechó la mía, la luz se filtró por entre sus dedos. Yo
no sabía cuánto tiempo iba a durar mi magia. Ni siquiera sabía si Molly, al
chuparme la sangre, me había dejado mucha. A veces no nos queda otro remedio
que contentarnos con esperar lo mejor.
—Escúchame, Henry —le dije—. Éste es tu momento, tu gloriosa salida de
escena. Las luces se apagan, tu voz calla, pero lo último que el público verá
es el rostro de Lesley. Aférrate a la imagen de su rostro.
—No quiero irme —dijo Henry Pyke.
—Tienes que irte —dije—. Eso es lo que distingue a los grandes actores…
saber con precisión en qué momento tiene que abandonar la escena.
—Qué sabio eres, Peter —dijo Henry Pyke—. Ésa es la verdadera marca del
genio, saber entregarse al público, pero, al mismo tiempo, preservar la vida
privada, el espacio secreto, lo que nadie puede conocer…
—Para que así luego quieran ver más —dije, esforzándome por que mi
desesperación no se reflejara en mi voz.
—Sí —dijo Pyke—, para que así luego quieran ver más.
Y el cretino bocazas salió de escena.
Oí fuertes pisadas sobre la escalera de hierro. El doctor Walid y la
caballería habían llegado. Al instante florecieron manchas rojas sobre las
telas blancas que cubrían el rostro de Lesley. Oí que gorgoteaba y se asfixiaba
al tratar de respirar. Una mano grande se posó sobre mi hombro y, sin más
ceremonias, me sacó de en medio.
Me dejé caer al suelo… pensé que por fin podría dormir.
14
EL TRABAJO
El joven tendido sobre la cama del hospital se llamaba St. John Giles, y
era el ocho en rugby, o el seis en una embarcación de remo, o lo que puedan
tener en la Universidad de Oxford que había venido a Londres para salir de
marcha. Tenía el cabello rubio y desgreñado, y pegado a la frente por culpa del
sudor.
—Ya le he contado a la policía lo que ocurrió y no me creyeron. ¿Por qué
van a creerme ustedes? —decía.
—Porque somos personas que creen a las personas a quienes no creen otras
personas.
—¿Y cómo puedo estar seguro? —preguntó.
—Tendrás que creerme —le dije.
Como las sábanas de la cama le cubrían hasta el pecho, sus heridas no se
veían, pero mis ojos se desplazaron hacia su ingle sin que lo pudiera evitar.
Era como si hubiera sufrido un accidente de tráfico o una horrible verruga
facial. Se fijó en que me esforzaba por no mirar.
—Hágame caso —me dijo—, es demasiado horrible para verlo.
Me contuve para desviar la mirada de aquel bulto que recordaba a un racimo
de uvas.
—¿Por qué no me cuentas lo que te sucedió? —le dije.
Había salido de noche con unos amigos y habían ido a una discoteca detrás
de Leicester Square. Una vez allí, había conocido a una joven encantadora y le
había hecho beber alcohol, y luego la había convencido para que se fuera con él
a una calleja oscura para echar un polvo. Al recordarlo, St. John estaba
dispuesto a reconocer que tal vez se hubiera mostrado demasiado insistente en
la consecución de sus propósitos, pero habría jurado que la muchacha estaba de
acuerdo en la realización del acto o, por lo menos, que sus objeciones no
habían sido muy vehementes. Es una historia familiar y deprimente que los
agentes de Operación Zafiro, la Unidad de Investigación de Violaciones de la
Policía Metropolitana, tienen que oír una y otra vez. Aunque por lo general la
chica no le cortaba el pene al chico de un mordisco.
—¿Con la vagina? —le pregunté, para que no quedasen dudas.
—Sí —dijo St. John.
—¿Estás seguro?
—Parece difícil que me equivoque en una cuestión como ésa —dijo.
—¿Y estás seguro de que tenía dientes?
—Noté como si tuviera dientes —dijo—. Pero, la verdad, después de que
sucediera lo que sucedió, no me preocupé de mirar.
—¿Seguro que no te cortó con algo? ¿Con un cuchillo, o con una botella
rota, quizá?
—La tenía sujeta por ambas manos —dijo, e hizo el gesto de agarrar con una
mano. Fue un gesto vago, pero lo entendí. La tenía con las dos manos sujetas
contra la pared.
«Menuda joya», pensé, y quise cerciorarme de la descripción que había dado
en una entrevista anterior.
—¿Dices que tenía el cabello negro y largo, los ojos negros, la piel pálida
y los labios muy rojos?
St. John asintió con entusiasmo.
—Tenía pinta de japonesa, pero no lo era —dijo—. Era hermosa, pero no tenía
los ojos rasgados.
—¿Le viste los dientes?
—No, ya les he dicho…
—No, ésos no —dije—. Los de la boca.
—No lo recuerdo —dijo—. ¿Le parece que eso es importante?
—Tal vez lo sea —respondí—. ¿Dijo algo?
—¿Como qué?
—No sé, lo que sea.
El muchacho parecía perplejo. Lo pensó y reconoció que no recordaba que
hubiese hablado durante todo el tiempo que pasó con ella. Le hice unas pocas
preguntas adicionales para terminar, pero St. John había estado demasiado
ocupado con su propia hemorragia como para ver hacia dónde se había marchado la
atacante y tampoco sabía su nombre, ni su número de teléfono.
Le dije que, dadas las circunstancias, lo llevaba muy bien.
—En estos momentos —me dijo— estoy tomando medicación muy fuerte. No quiero
pensar en lo que ocurrirá cuando salga de aquí.
Al salir, hablé con los médicos. El pene no había aparecido. En cuanto hube
terminado de tomar notas —se trataba de una investigación oficial de la Policía
Metropolitana—, fui a ver a Lesley, que estaba en el piso de arriba. Aún dormía
y tenía el rostro oculto bajo las vendas. Me quedé un rato al lado de su cama.
El doctor Walid me había dicho que era yo quien le había salvado la vida y que
tal vez hubiera incrementado las posibilidades de aplicarle con éxito la
cirugía reconstructiva. No pude evitar el pensamiento de que había estado a
punto de morir porque solía salir conmigo. Habían pasado menos de seis meses
desde que Lesley había ido a buscar aquellos cafés y yo me había encontrado al
fantasma, y me parecía espantosa la idea de que, si no hubiera sido por ese
gesto, habría podido ser yo quien terminara con la cabeza envuelta en vendajes.
Menos espantoso, pero mucho más deprimente, había sido el llegar a entender
por qué había empezado todo en aquella fría noche de enero, o, mejor dicho, en
el día soleado de invierno en Hampstead Heath en el que Toby, el perro, había mordido a Brandon Coopertown en la nariz. Era
la misma semana en la que el Linbury Studio, la segunda sala de la Royal Opera
House, había recuperado para la escena una obra poco conocida, titulada El libertino casado, que se estrenó en
el teatro principal en 1761 y jamás se volvió a representar —que yo sepa— en
ninguna parte del mundo. Su autor: Charles Macklin. La Royal Opera House me
había permitido acceder a los datos de sus reservas de entradas —probablemente
con la esperanza de que luego los dejaría en paz de una vez— y descubrí que
William Skirmish y Brandon Coopertown habían asistido una misma noche a la
representación. Fue la mera casualidad lo que condenó a William Skirmish y a
todos los que resultaron mutilados o muertos después de él. Como os decía:
deprimente.
—Si quieres hacer el bien —me había dicho Nightingale—, tienes que estudiar
con mayor ahínco y aprender más rápido. Haz tu trabajo.
Me habría quedado hasta más tarde, pero seguía un horario estricto.
Nightingale estaba despierto en una habitación adyacente, despierto y ya
sentado. Se había puesto a hacer el crucigrama del Daily Telegraph. Comentamos el caso del pene desaparecido.
—Vagina dentata —dijo
Nightingale. No me sentí nada reconfortado al saber que era un caso lo bastante
frecuente como para que ya se hubiera inventado un término técnico—. Podría ser
oriental. Quizá había salido de Chinatown —dijo.
—No era japonesa —comenté—. La víctima lo tenía muy claro.
Nightingale me citó algunos títulos de la biblioteca para que me los leyera
cuando tuviese un momento.
—Pero hoy no —dijo—. ¿Estás nervioso?
—Hay muchas cosas que pueden ir mal —dije.
—No bebas nada —aconsejó— y todo irá bien.
Mientras caminaba de regreso a la Locura, tuve mis propias sospechas acerca
de la identidad de la fantasma ladrona de pollas. Nada más entrar busqué a
Molly y la encontré en la cocina. Estaba cortando pepinos en rodajas.
—¿Últimamente has salido a discotecas?
Dejó de cortar rodajas y se volvió para mirarme con ojos negros y solemnes.
—¿Estás segura?
Se encogió de hombros y volvió a cortar rodajas. Llegué a la conclusión de
que lo mejor sería dejar el asunto en manos de Nightingale. No hay nada como
tener una cadena de mando bien definida.
—¿Es eso lo que nos llevaremos para el viaje? —pregunté—. ¿Bocadillos de
pepino?
Molly me indicó los otros ingredientes: salami y salchicha de hígado.
—Ahora estás cabreada, ¿verdad?
Me dirigió una mirada lastimera y me entregó una bolsa reciclada de
Sainsbury con la comida del mediodía empaquetada en su interior.
En el garaje había no menos de seis maletas amontonadas junto al Jaguar.
Además, Beverley había venido con un voluminoso bolso de bandolera, que, según
descubrí luego, contenía todo el estante de arriba de una peluquería de
Peckham. Beverley había oído todo lo que se contaba sobre el campo y no quería
correr riesgos.
—¿Por qué yo? —me preguntó mientras me veía cargar el Jaguar.
Abrí la puerta para ella y subió, se abrochó el cinturón y se puso el bolso
sobre el regazo como para protegerlo.
—Porque lo dice el acuerdo —le respondí.
—A mí nadie me preguntó nada —dijo Beverley.
Entré en el coche y me aseguré de llevar un par de chocolatinas Mars y una
botella de agua con gas en la guantera. Satisfecho con los suministros de
emergencia, arranqué el Jaguar y salí del garaje.
Beverley se mantuvo en silencio hasta que hubimos pasado el Cruce 3 de la
M4.
—Eso era el Crane —indicó.
—¿Dónde? —pregunté.
—El río Crane —dijo—. Acabamos de cruzarlo.
—¿Es una de tus hermanas?
—La última en este trecho de río —aclaró.
Pasé a la M25 en el Cruce 15 y nos dirigimos al sur. No había demasiado
tráfico, lo cual era como una bendición. Un Airbus A380 nos rebasó ya a punto
de tomar tierra en Heathrow. Volaba tan bajo que me pareció distinguir las
caras en la doble hilera de ventanas.
—¿Cómo es que no vino a la reunión? —pregunté.
—Nunca se encuentra en el país —dijo Beverley—. Siempre vuela hacia algún
sitio, y nos manda mensajes desde Bali y postales desde Río. Se fue a nadar en
el Ganges, ¿sabes? —dijo Beverley. Esto último lo había dicho en tono de
estupefacto reproche.
Gracias al sistema de educación de nuestro país, incluso yo sé que el
Ganges es uno de los ríos más sagrados de la India, aunque, a decir verdad, no
recuerdo por qué. Creo que tiene algo que ver con piras y cantos fúnebres. Lo
añadí a la lista de las cosas que tenía que averiguar. Empezaba a ser una lista
muy larga.
Finalmente había logrado arrancarles un burdo apaño. Tal como había escrito
Brock, no se podía lograr que los genii
locorum hiciesen algo tan simple como negociar un contrato; tenía que
recurrirse a actos simbólicos. No merecía la pena proponerles un juramento de
lealtad feudal, y la opción de unir ambas dinastías por medio del matrimonio
habría sido demasiado cruel tanto para el Padre como para la Madre Támesis. Por
ello les había propuesto que intercambiasen rehenes, una medida que crearía
confianza y cimentaría las relaciones entre las dos partes del río; una
solución adecuada por medieval, pensada para convencer a dos pueblos que aún
creían en el derecho divino. Un acuerdo típicamente inglés, que pendería por la
palabra dada y la camaradería entre dioses. Ojalá pudiera decir que conocí la
práctica de intercambiar rehenes en las clases de historia que me dieron en la
escuela, o mediante narraciones sobre la vida precolonial en Sierra Leona, pero
la verdad es que la descubrí a los trece años cuando jugaba a Dragones y
Mazmorras.
—¿Por qué tengo que ser yo? —había dicho Beverley tras enterarse.
—No puede ser Tyburn —le dije—. No puedes obligar a nadie a soportar a
Tyburn como gesto de paz y buena voluntad. Y Brent es demasiado joven. —Había
otras hijas, entre ellas algunos ríos de los que nunca había oído hablar, y una
mujer joven y rolliza cuyo nombre oficial era Black Ditch. Pero nadie la
llamaba así. Me imaginé que Mamá Támesis había pensado que Beverley era la que
le haría pasar menos vergüenza entre los palurdos del campo. El rehén de la
otra parte se llamaba Ash y el principal motivo por el que podía aspirar a la
fama era que su río pasaba por los estudios Shepperton Film.
El intercambio tendría lugar la noche del 21 de junio, equinoccio de
primavera, en Runnymede. Nuestro anfitrión iba a ser Colne Brook, Colne hijo,
que era al mismo tiempo padre de Ash. Los afluentes del Támesis pueden llegar a
enredarse mucho, sobre todo después de dos mil años de «mejoras». Yo sospechaba
que el cerebro de la operación sería Oxley. No querría que nada quedara en
manos del azar. Mis sospechas se confirmaron al encontrar una serie de señales
hechas a mano junto a la carretera cuando trataba de orientarme por un trecho
difícil en Hythe End. Las señales nos guiaron hasta un camino sin salida
flanqueado por caravanas que terminaba en una puerta grande y en un improvisado
aparcamiento para coches.
Isis nos salió al encuentro en la puerta con una cuadrilla de muchachos
adolescentes vestidos con ropa de domingo. Los chicos echaron a correr con
entusiasmo en torno al Jaguar y pidieron permiso para llevarnos el equipaje. Un
pilluelo de cabello pajizo nos pidió un billete de cinco a cambio de vigilarnos
el Jaguar. Le prometí uno de diez para estar seguro de que lo haría bien y, por
supuesto, le dije que se lo pagaría cuando regresáramos.
Isis abrazó a Beverley. Esta última se había convencido, por fin, de que
tenía que dejar su apretón mortal dentro del bolso con los cosméticos. Isis la
acompañó por la puerta hasta los campos que se encontraban más allá. Padre
Támesis tenía su «trono» cerca del priorato, a la sombra de un tejo antiguo. A
su alrededor, en formación, se hallaban sus hijos y las esposas de éstos, y
también sus nietos, todos ellos con chaquetas donkey y gloriosas patillas. Nos observaron llegar en silencio,
como si Beverley hubiera sido una viuda reservada en un melodrama de Bollywood.
El propio trono estaba hecho con balas de heno rectangulares, a la manera
antigua. Casualmente sabía que ya no se suelen hacer balas de heno de ese tipo
en las granjas británicas, envueltas con mantas para caballos con hermosos
bordados. El Anciano del Río se había puesto su mejor traje para la ocasión, y
se había peinado la barba y el cabello hasta hallar la medida justa de
desaliño.
Seguí a Beverley y a Isis hasta que se hallaron frente al trono. Habíamos
estado practicando durante todo el día anterior, pero tuvo que ser Isis quien
le enseñara lo que tenía que hacer: una profunda reverencia con la cabeza
inclinada. El Anciano del Río me miró a los ojos y entonces, con toda la
intención, se llevó la mano al pecho y luego extendió el brazo con la palma
hacia abajo. El saludo romano. Después bajó del trono, tomó las manos de
Beverley entre las suyas y la hizo levantarse.
Le dio la bienvenida en un idioma que no comprendí y la besó en ambas
mejillas.
De pronto, el aire se impregnó del aroma de las flores de manzana y el
sudor de caballo, de Tizer[14]
y de mangueras viejas, de carreteras polvorientas y de las risas de los niños;
todo ello se hizo presente con tanta intensidad que di un paso atrás,
sorprendido. Un brazo nervudo me sujetó por los hombros para impedir que me
tambaleara, y Oxley me dio un manotazo en el pecho con esa camaradería que a
veces te rompe las costillas.
—Ah, ¿lo has sentido, Peter?
—preguntó—. Esto es el principio de algo, si no estoy equivocado.
—¿El principio de qué? —pregunté.
—No tengo ni idea —dijo Oxley—. Pero no me cabe ninguna duda de que se
siente la llegada del verano.
Ni siquiera alcanzaba a ver a Beverley entre toda la gente del Anciano.
Oxley me apartó de la muchedumbre para presentarme al otro rehén que
participaba en el canje. Resultó que Ash era un joven que me sacaba media
cabeza, de espaldas anchas, ojos claros, frente noble e inteligencia nula.
—¿Tienes todas tus cosas? —le pregunté.
Ash asintió y dio unos golpecitos en el macuto que llevaba en la cadera.
Isis emergió de entre la muchedumbre durante el tiempo suficiente para
darme un beso fraternal en la mejilla y obligarme a prometerle que algún día la
llevaría al teatro. Tal cosa era posible en el nuevo y glorioso verano. Me
habría marchado en aquel mismo momento, pero los parientes de Ash necesitaron
casi una hora para despedirse de él, y nos fuimos cuando ya estaba a punto de
anochecer. Mientras caminaba hacia el Jaguar junto con Ash, me volví y vi que
la gente de Padre Támesis había colgado faroles de viento de las ramas del
antiguo tejo. Sonaban por lo menos dos violines distintos, y se oyó un
repiqueteo que tan sólo podía provenir de una tabla de lavar. Se veían figuras
que daban grandes zancadas y bailaban a la luz amarilla, y se oía también la
música seductora y melancólica que suena únicamente en las fiestas a las que no
te han invitado. Aunque no estaba seguro, me pareció ver a Beverley entre los
bailarines, y sentí una punzada de dolor.
—¿Habrá bailes en Londres? —preguntó Ash. Parecía tan nervioso como antes
lo había estado Beverley.
—Desde luego —le dije.
Subimos al Jaguar y tomamos la A308 y luego la M25 en dirección a mi hogar.
—¿También se bebe? —preguntó Ash. Tenía muy claras cuáles eran sus
prioridades.
—¿Has estado alguna vez en Londres? —le pregunté.
—No —dijo Ash—. Nunca he estado en una ciudad. A nuestro padre no le gusta
ese tipo de lugares.
—No te preocupes. Viene a ser como el campo —le dije—. Sólo que hay más
gente.
AGRADECIMIENTOS
Antes de nada, quiero dar las gracias a Andrew Cartmel por todo su apoyo.
No hay amor más grande que dar el último billete de cinco libras a un colega.
Sin menospreciar el esfuerzo de James, el otro Andrew, Marc, Kate y Jon. Una
vez acabado el manuscrito llegaron los dos Johns (a.k.a. der Management). Jo de
Gollancz y Betsy de Del Rey. Por último, me gustaría dar las gracias a todo el
personal de Waterstone’s en Covent Garden, pasado y presente, por su apoyo,
incluso cuando amenazaba con matarlos de aburrimiento.
[1] Alusión a una célebre
frase del presidente de Estados Unidos Theodore Roosevelt, quien en cierta
ocasión dijo que en política exterior había que hablar con suavidad y llevar un
garrote muy grande.
[2] Alusión a William Blake
(1757-1827), poeta inglés muy conocido, entre otros motivos, por sus visiones
místicas.
[3] En inglés, «Brook»
significa arroyo, riachuelo, y también puede ser un apellido. «Beverley Brook»
podría ser un nombre inglés, pero, al mismo tiempo, también es el nombre de un
pequeño río que efectivamente existe en Londres.
[4] Old
Man River se puede traducir aproximadamente como «Anciano Río» —no significa
simplemente «viejo río», y tampoco «hombre del río», sino que personifica al
río como un hombre viejo—. Es a la vez un apodo del Mississipí y el título de
una célebre canción del musical Showboat.
[5] Importante barrera contra
inundaciones erigida en el río Támesis.
[6] Episodio histórico real.
Durante la década de 1850, se instalaron por primera vez inodoros en gran
número de las casas londinenses y se conectaron al sistema de alcantarillado
que por aquel entonces existía en Londres, y que se empleaba sobre todo para eliminar
el agua de lluvia. Por esa y otras causas, en 1858 se produjo un desbordamiento
general de las cloacas, con las consecuencias que se pueden imaginar.
[7] Programa televisivo
británico. En cada uno de sus episodios se explica una excavación arqueológica.
[8] Pareja de polichinelas
tradicional en el Reino Unido. Sus historias suelen estar cargadas de
violencia. «Punch» es una forma abreviada de «Pulcinella», y a veces también se
le conoce por ese nombre.
[9] Locomotora antropomórfica
que protagoniza la serie de animación británica Thomas and Friends, también conocida en España como Thomas y sus amigos.
[10] La misma que en España se
conoce como Mambrú se fue a la guerra.
[11] Célebre telenovela británica.
[12] Tipo de fiesta tradicional
en Inglaterra que se celebra por las tardes y en el que se baila y se bebe té y
refrescos.
[13] Caballero Ujier del Bastón
Negro, cargo puramente ceremonial en el Parlamento Británico. Éste, y la
dignidad de «lord» que se aplica a los alcaldes de ciudades importantes, con
todo el boato que ello implica, se emplean aquí para simbolizar lo que algunos
consideran acartonamiento en las formas políticas británicas.
[14] Típico refresco inglés,
sin alcohol.

