© Libro No. 400. Ines del Alma Mía. Allende, Isabel. Colección Emancipación Obrera. Marzo
30 de 2013.
Título original: © Ines del Alma Mía. Allende, Isabel
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Emancipación: Guillermo Molina Miranda
Allende
Isabel - Ines Del Alma Mia
BIOGRAFIA: (341)
(Lima, 1942) Escritora chilena. Hija de un diplomático chileno que le inculcó
su afición por las letras, Isabel Allende cursó estudios de periodismo.
Mientras se iniciaba en la escritura de obras de teatro y cuentos infantiles,
trabajó como redactora y columnista en la prensa escrita y la televisión.
En 1960 Isabel Allende entró a formar parte de la sección chilena de la FAO, la
organización de las Naciones Unidas que se ocupa de la mejora del nivel de vida
de la población mediante un exhaustivo aprovechamiento de las posibilidades de
cada zona. En 1962 contrajo matrimonio con Miguel Frías, del que habría de
divorciarse en 1987, después de haber tenido dos hijos: Paula -que falleció,
víctima del cáncer, en 1992- y Nicolás. En 1973, tras el golpe militar chileno
encabezado por el general Pinochet, en el que murió su tío, el presidente
Salvador Allende, abandonó su país y se instaló en Caracas, donde inició su
producción literaria.
La primera gran novela de Isabel Allende, La casa de los espíritus, próxima al
llamado «realismo mágico» fue publicada en 1982. Fueron precisamente el
ambiente y los sucesos previos que condujeron al golpe militar los materiales
narrativos que dieron forma esta obra, con la que se consagró definitivamente
como una de las grandes escritoras hispanoamericanas de todos los
tiempos.
Once años después de su primera salida a la calle, el éxito de la historia
pergeñada por Isabel Allende recibió un poderoso impulso de proyección
internacional merced a la adaptación cinematográfica realizada por el cineasta
sueco Bille August (The house of the spirits, 1993), quien contó con la
colaboración de la propia autora para elaborar el guión, y con un prestigioso
elenco de intérpretes en el que figuraban Meryl Streep, Glenn Close, Jeremy
Irons, Winona Ryder, Antonio Banderas y Vanessa Redgrave.
A esta gran obra les siguieron otras, entre la que destacan De Amor Y De
Sombra, (Eva Luna (1987), El plan infinito (1991), Paula (1994), Afrodita
(1998), Hija de la fortuna (1999), Retrato en sepia (2000) y el libro de
memorias Mi país inventado (2003). Sus obras, que ocupan siempre los primeros
puestos en las listas de ventas no sólo americanas sino también europeas, han
sido traducidas a más de 25 idiomas.
RESEÑA:

Nacida en España, y proveniente de una familia pobre, Inés Suárez sobrevive a
diario trabajando como costurera. Es el siglo dieciséis, y la conquista de
América está apenas comenzando. Cuando un día el esposo de Inés desaparece
rumbo al Nuevo Mundo, ella aprovecha para partir en busca de él y escapar de la
vida claustrofóbica que lleva en su tierra natal. Tras el accidentado viaje que
la lleva hasta Perú, Inés se entera de que su esposo ha muerto en una batalla.
Sin embargo, muy pronto da inicio a una apasionada relación amorosa con el
hombre que cambiará su vida por completo: Pedro de Validivia, el valiente héroe
de guerra y mariscal de Francisco Pizarro.
Valdivia sueña con triunfar donde otros españoles han fracasado, llevando a
cabo la conquista de Chile. Aunque se dice que en aquellas tierras no hay oro y
que los guerreros son feroces, esto inspira a Valdivia aun más ya que lo que
busca es el honor y la gloria. Juntos, los dos amantes fundarán la ciudad de
Santiago y librarán una guerra sangrienta contra los indígenas chilenos en una
lucha que cambiará sus vidas para siempre.
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Isabel Allende
Ines Del Alma Mia
Soy Inés
Suárez, vecina de la leal ciudad de Santiago de la Nueva Extremadura, en el
Reino de Chile, en el año 1580 de Nuestro Señor.
De la fecha
exacta de mi nacimiento no estoy segura, pero, según mi madre, nací después de
la hambruna y la tremenda pestilencia que asoló a España cuando murió Felipe el
Hermoso. No creo que la muerte del rey provocara la peste, como decía la gente
al ver pasar el cortejo fúnebre, que dejó flotando en el aire, durante días, un
olor a almendras amargas, pero nunca se sabe. La reina Juana, aún joven y
bella, recorrió Castilla durante más de dos años llevando de un lado a otro el
catafalco, que abría de vez en cuando para besar los labios de su marido, con
la esperanza de que resucitara. A pesar de los ungüentos del embalsamador, el
Hermoso hedía. Cuando yo vine al mundo, ya la infortunada reina, loca de atar,
estaba recluida en el palacio de Tordesillas con el cadáver de su consorte; eso
significa que tengo por lo menos setenta inviernos entre pecho y espalda y
que antes de
la Navidad he de morir. Podría decir que una gitana a orillas del río Jerte
adivinó la fecha de mi muerte, pero sería una de esas falsedades que suelen
plasmarse en los libros y que por estar impresas parecen ciertas. La gitana
sólo me auguró una larga vida, lo que siempre dicen por una moneda. Es mi
corazón atolondrado el que me anuncia la proximidad del fin. Siempre supe que
moriría anciana, en paz y en mi cama, como todas las mujeres de mi familia; por
eso no vacilé en enfrentar muchos peligros, puesto que nadie se despacha al
otro mundo antes del momento señalado. «Tú te estarás muriendo de viejita no
más, señoray», me tranquilizaba Catalina, en su afable castellano del Perú,
cuando el porfiado galope de caballos que sentía en el pecho me lanzaba al
suelo. Se me ha olvidado el nombre quechua de Catalina y ya es tarde para
preguntárselo —la enterré en el patio de mi casa hace muchos años—, pero tengo
plena seguridad de la precisión y veracidad de sus profecías.
Catalina
entró a mi servicio en la antigua ciudad del Cuzco, joya de los incas, en la
época de Francisco Pizarro, aquel corajudo bastardo que, según dicen las
lenguas sueltas, cuidaba cerdos en España y terminó convertido en marqués
gobernador del Perú, agobiado por su ambición y por múltiples traiciones. Así
son las ironías de este mundo nuevo de las Indias, donde no rigen las leyes de
la tradición y todo es revoltura: santos y pecadores, blancos, negros, pardos,
indios, mestizos, nobles y gañanes. Cualquiera puede hallarse en cadenas,
marcado con un hierro al rojo, y que al día siguiente la fortuna, con un revés,
lo eleve. He vivido más de cuarenta años en el Nuevo Mundo y todavía no me
acostumbro al desorden, aunque yo misma me he beneficiado de él; si me hubiese
quedado en mi pueblo natal, hoy sería una anciana pobre y ciega de tanto hacer
encaje a la luz de un candil. Allá sería la Inés, costurera de la calle del
Acueducto. Aquí soy doña Inés Suárez, señora muy principal, viuda del
excelentísimo gobernador don Rodrigo de Quiroga, conquistadora y fundadora del
Reino de Chile.
Por lo menos
setenta años tengo, como dije, y bien vividos, pero mi alma y mi corazón,
atrapados todavía en los resquicios de la juventud, se preguntan qué diablos le
sucedió al cuerpo. Al mirarme en el espejo de plata, primer regalo de Rodrigo
cuando nos desposamos, no reconozco a esa abuela coronada de pelos blancos que
me mira de vuelta.
¿Quién es
esa que se burla de la verdadera Inés? La examino de cerca con la esperanza de
encontrar en el fondo del espejo a la niña con trenzas y rodillas encostradas
que una vez fui, a la joven que escapaba a los vergeles para hacer el amor a
escondidas, a la mujer madura y apasionada que dormía abrazada a Rodrigo de
Quiroga. Están allí, agazapadas, estoy segura, pero no logro vislumbrarlas. Ya
no monto mi yegua, ya no llevo cota de malla ni espada, pero no es por falta de
ánimo, que eso siempre me ha sobrado, sino por traición del cuerpo. Me faltan
fuerzas, me duelen las coyunturas, tengo los huesos helados y la vista borrosa.
Sin las gafas de escribano, que encargué al Perú, no podría escribir estas
páginas. Quise acompañar a Rodrigo
—a quien
Dios tenga en su santo seno— en su última batalla contra la indiada mapuche,
pero él no me lo permitió. «Estás muy vieja para eso, Inés», se rió. «Tanto
como tú», respondí, aunque no era cierto, porque él tenía varios años menos que
yo. Creíamos que no volveríamos a vernos, pero nos despedimos sin lágrimas,
seguros de que nos reuniríamos en la otra vida.
Supe hace
tiempo que Rodrigo tenía los días contados, a pesar de que él hizo lo posible
por disimularlo. Nunca le oí quejarse, aguantaba con los dientes apretados y
sólo el sudor frío en su frente delataba el dolor. Partió al sur afiebrado,
macilento, con una pústula supurante en una pierna que todos mis remedios y
oraciones no lograron curar; iba a cumplir su deseo de morir como soldado en el
bochinche del combate y no echado como anciano entre las sábanas de su lecho.
Yo deseaba estar allí para sostenerle la cabeza en el instante final y
agradecerle el amor que me prodigó durante nuestras largas vidas. «Mira, Inés
—me dijo, señalando nuestros campos, que se extienden hasta los faldeos de la
cordillera—. Todo esto y las almas de centenares de indios ha puesto Dios a
nuestro cuidado. Así como mi obligación es combatir a los salvajes en la
Araucanía, la tuya es proteger la hacienda y a nuestros encomendados.»
La verdadera
razón de partir solo era que no deseaba darme el triste espectáculo de su
enfermedad, prefería ser recordado a caballo, al mando de sus bravos,
combatiendo en la región sagrada al sur del río Bío-Bío, donde se han
pertrechado las feroces huestes mapuche. Estaba en su derecho de capitán, por
eso acepté sus órdenes como la esposa sumisa que nunca fui. Lo llevaron al
campo de batalla en una hamaca, y allí su yerno, Martín Ruiz de Gamboa, lo
amarró al caballo, como hicieron con el Cid Campeador, para aterrar con su sola
presencia al enemigo. Se lanzó al frente de sus hombres como un enajenado,
desafiando el peligro y con mi nombre en los labios, pero no encontró la muerte
solicitada. Me lo trajeron de vuelta, muy enfermo, en un improvisado palanquín;
la ponzoña del tumor había invadido su cuerpo. Otro hombre hubiese sucumbido
mucho antes a los estragos de la enfermedad y el cansancio de la guerra, pero
Rodrigo era fuerte. «Te amé desde el primer momento en que te vi y te amaré por
toda la eternidad, Inés», me dijo en su agonía, y agregó que deseaba ser
enterrado sin bulla y que ofrecieran treinta misas por el descanso de su alma.
Vi a la Muerte, un poco borrosa, tal como veo las letras en este papel, pero
inconfundible.
Entonces te
llamé, Isabel, para que me ayudaras a vestirlo, ya que Rodrigo era demasiado
orgulloso para mostrar los destrozos de la enfermedad ante las criadas. Sólo a
ti, su hija, y a mí, nos permitió colocarle la armadura completa y sus botas
remachadas, luego lo sentamos en su sillón favorito, con su yelmo y su espada
sobre las rodillas, para que recibiera los sacramentos de la Iglesia y partiera
con entera dignidad, tal como había vivido. La Muerte, que no se había movido
de su lado y aguardaba discretamente a que termináramos de prepararlo, lo
envolvió en sus brazos maternales y luego me hizo una seña, para que me
acercara a recibir el último aliento de mi marido. Me incliné sobre él y lo
besé en la boca, un beso de amante. Murió en esta casa, en mis brazos, una
tarde caliente de verano.
No pude
cumplir las instrucciones de Rodrigo de ser despedido sin bulla porque era el
hombre más querido y respetado de Chile. La ciudad de Santiago se volcó entera
a llorarlo, y de otras ciudades del reino llegaron incontables manifestaciones
de pesar. Años antes la población había salido a las calles a celebrar con
flores y salvas de arcabuz su nombramiento como gobernador. Le dimos sepultura,
con las merecidas honras, en la iglesia de Nuestra Señora de las Mercedes, que
él y yo hicimos erigir para gloria de la Santísima Virgen, y donde muy pronto
descansarán también mis huesos. He legado suficiente dinero a los mercedarios
para que dediquen una misa semanal durante trescientos años por el descanso del
alma del noble hidalgo don Rodrigo de Quiroga, valiente soldado de España,
adelantado, conquistador y dos veces gobernador del Reino de Chile, caballero
de la Orden de Santiago, mi marido. Estos meses sin él han sido eternos.
No debo
anticiparme; si narro los hechos de mi vida sin rigor y concierto me perderé
por el camino; una crónica ha de seguir el orden natural de los
acontecimientos, aunque la memoria sea un revoltijo sin lógica. Escribo de
noche, sobre la mesa de trabajo de Rodrigo, arropada en su manta de alpaca. Me
cuida el cuarto Baltasar, bisnieto del perro que vino conmigo a Chile y me
acompañó durante catorce años. Ese primer Baltasar murió en 1553, el mismo año
en que mataron a Valdivia, pero me dejó a sus descendientes, todos enormes, de
patas torpes y pelo duro. Esta casa es fría a pesar de las alfombras, cortinas,
tapicerías y braseros que los criados mantienen llenos de carbones encendidos.
A menudo te quejas, Isabel, de que aquí no se puede respirar de calor; debe de
ser que el frío no está en el aire sino dentro de mí. Puedo anotar mis
recuerdos y pensamientos con tinta y papel gracias al clérigo González de
Marmolejo, quien se dio tiempo, entre su trabajo de evangelizar salvajes y
consolar cristianos, para enseñarme a leer. Entonces era capellán, pero llegó a
ser el primer obispo de Chile y también el hombre más rico de este reino, como
contaré más adelante. Murió sin llevarse nada a la tumba, pero dejó el rastro
de sus buenas acciones, que le valieron el amor de la gente. Al final, sólo se
tiene lo que se ha dado, como decía Rodrigo, el más generoso de los hombres.
Empecemos
por el principio, por mis primeros recuerdos. Nací en Plasencia, en el norte de
Extremadura, ciudad fronteriza, guerrera y religiosa. La casa de mi abuelo,
donde me crié, quedaba a un tiro de piedra de la catedral, llamada La Vieja por
cariño, ya que sólo data del siglo XIV. Crecí a la sombra de su extraña torre
cubierta de escamas talladas. No he vuelto a ver la ancha muralla que protege
la ciudad, la explanada de la plaza Mayor, sus callejuelas sombrías, los
palacetes de piedra y las galerías de arcos, tampoco el pequeño solar de mi
abuelo, donde todavía viven los nietos de mi hermana mayor. Mi abuelo, artesano
ebanista de profesión, pertenecía a la cofradía de la Vera Cruz, honor muy por
encima de su condición social. Establecida en el más antiguo convento de la
ciudad, esa cofradía encabeza las procesiones en Semana Santa. Mi abuelo,
vestido de hábito morado, con cíngulo amarillo y guantes blancos, era uno de
los que llevaban la Santa Cruz. Había manchas de sangre en su túnica, sangre de
los azotes que se aplicaba para compartir el sufrimiento de Cristo en su camino
al Gólgota. En Semana Santa los postigos de las casas se cerraban, para
expulsar la luz del sol, y la gente ayunaba y hablaba en susurros; la vida se
reducía a rezos, suspiros, confesiones y sacrificios. Un Viernes Santo mi
hermana Asunción, quien entonces tenía once años, amaneció con los estigmas de
Cristo, horribles llagas abiertas en las palmas de las manos, y los ojos en
blanco volteados hacia el cielo. Mi madre la trajo de regreso al mundo con un
par de cachetadas y la curó con aplicaciones de telaraña en las manos y un
régimen severo de tisanas de manzanilla. Asunción quedó encerrada en la casa
hasta que cicatrizaron las heridas, y mi madre nos prohibió mencionar el asunto
porque no quería que pasearan a su hija de iglesia en iglesia como fenómeno de
feria. Asunción no era la única estigmatizada en la región, cada año en Semana
Santa alguna niña padecía de algo similar, levitaba, exhalaba fragancia de
rosas o le salían alas, y al punto se convertía en blanco del entusiasmo de los
creyentes. Que yo recuerde, todas ellas terminaron de monjas en un convento,
menos Asunción, que gracias a la precaución de mi madre y el silencio de la
familia, se repuso del milagro sin consecuencias, se casó y tuvo varios hijos,
entre ellos mi sobrina Constanza, quien aparece más adelante en este relato.
Recuerdo las
procesiones porque en una de ellas conocí a Juan, el hombre que habría de ser
mi primer marido. Fue en
1526, año de
la boda de nuestro emperador Carlos V con su bella prima Isabel de Portugal, a
quien habría de amar la vida entera, y el mismo año en que Solimán el Magnífico
entró con sus tropas turcas hasta el centro mismo de Europa, amenazando a la
cristiandad. Los rumores de las crueldades de los musulmanes aterrorizaban a la
gente y ya nos parecía ver a esas hordas endemoniadas ante las murallas de
Plasencia.
Ese año el
fervor religioso, azuzado por el miedo, llegó a la demencia. Yo iba en la
procesión, mareada por el ayuno, el humo de las velas, el olor a sangre e
incienso, el clamor de rezos y gemidos de los flagelantes, marchando como
dormida detrás de mi familia. En medio del gentío de encapuchados y penitentes
distinguí a Juan de inmediato. Habría sido imposible no verlo, era un palmo más
alto que los demás y su cabeza asomaba por encima de la multitud. Tenía
espaldas de guerrero, el cabello rizado y oscuro, la nariz romana y ojos de
gato que devolvieron mi mirada con curiosidad. «¿Quién es ése?», se lo señalé a
mi madre, pero por respuesta recibí un codazo y la orden terminante de bajar la
vista. Yo no tenía novio porque mi abuelo había decidido que me quedaría
soltera para cuidarlo en sus últimos años, en penitencia por haber nacido en
vez del nieto varón que él deseaba. Carecía de medios para dos dotes, y
determinó que Asunción tendría más oportunidades que yo de hacer una alianza
conveniente, pues poseía esa belleza pálida y opulenta que los hombres
prefieren, y era obediente; en cambio yo era puro hueso y músculo y, además,
terca como mula. Había salido a mi madre y a mi difunta abuela, que no eran
dechados de dulzura. Decían entonces que mis mejores atributos eran los ojos
sombríos y la cabellera de potranca, pero lo mismo podía decirse de la mitad de
las muchachas de España. Eso sí, era muy hábil con las manos, en Plasencia y
sus alrededores no había quien cosiera y bordara con más prolijidad que yo. Con
ese oficio contribuí desde los ocho años al sostén de la familia y fui
ahorrando para la dote que mi abuelo no pensaba darme; me había propuesto
conseguir un marido, porque prefería el destino de lidiar con hijos al futuro
que me esperaba con mi abuelo cascarrabias. Aquel día de Semana Santa, lejos de
obedecer a mi madre, me eché hacia atrás la mantilla y sonreí al desconocido.
Así comenzaron mis amores con Juan, oriundo de Málaga. Mi abuelo se opuso al
principio y la vida en nuestro hogar se convirtió en un loquero; volaban
insultos y platos, los portazos partieron una pared y si no es por mi madre,
que se ponía en medio, mi abuelo y yo nos habríamos aniquilado. Le di tanta
guerra, que al fin cedió por cansancio.
No sé qué
vio Juan en mí, pero no importa, el hecho es que a poco de conocernos acordamos
que nos casaríamos al cabo de un año, el tiempo necesario para que él
encontrara trabajo y yo pudiera aumentar mi escuálida dote.
Juan era uno
de esos hombres guapos y alegres al que ninguna mujer se resiste al principio
pero que después desea que se lo hubiera llevado otra, porque causan mucho
sufrimiento. No se daba la molestia de ser seductor, tal como no se daba
ninguna otra, porque bastaba su presencia de chulo fino para excitar a las
mujeres; desde los catorce años, edad en que empezó a explotar sus encantos,
vivió de ellas.
Riéndose,
decía que había perdido la cuenta de los hombres a quienes sus mujeres habían
puesto cuernos por su culpa y las ocasiones en que escapó enjabonado de un
marido celoso. «Pero eso se ha acabado ahora que estoy contigo, vida mía»,
agregaba para tranquilizarme, mientras con el rabillo del ojo espiaba a mi
hermana. Su apostura y simpatía también le ganaban el aprecio de los hombres;
era buen bebedor y jugador, y poseía un repertorio infinito de cuentos
atrevidos y planes fantásticos para hacer dinero fácil. Pronto comprendí que su
mente estaba fija en el horizonte y en el mañana, siempre insatisfecha. Como
tantos otros en aquella época, se nutría de las historias fabulosas del Nuevo
Mundo, donde los mayores tesoros y honores se hallaban al alcance de los
valientes que estaban dispuestos a correr riesgos. Se creía destinado a grandes
hazañas, como Cristóbal Colón, quien se echó a la mar con su coraje como único
capital y se encontró con la otra mitad del mundo, o Hernán Cortés, quien
obtuvo la perla más preciosa del imperio español, México.
—Dicen que
todo está descubierto en esas partes del mundo —
argumentaba
yo, con ánimo de disuadirle.
—¡Qué
ignorante eres, mujer! Falta por conquistar mucho más de lo ya conquistado. De
Panamá hacia el sur es tierra virgen y contiene más riquezas que las de
Solimán.
Sus planes
me horrorizaban porque significaban que tendríamos que separarnos. Además,
había oído de boca de mi abuelo, quien a su vez lo sabía por comentarios
escuchados en las tabernas, que los aztecas de México hacían sacrificios
humanos. Se formaban filas de una legua de largo, miles y miles de infelices
cautivos esperaban su turno para trepar por las gradas de los templos, donde
los sacerdotes —
espantajos
desgreñados, cubiertos por una costra de sangre seca y chorreando sangre
fresca— les arrancaban el corazón con un cuchillo de obsidiana. Los cuerpos
rodaban por las gradas y se amontonaban abajo; pilas de carne en
descomposición. La ciudad se asentaba en un lago de sangre; las aves de rapiña,
hartas de carne humana, eran tan pesadas que no podían volar, y las ratas
carnívoras alcanzaban el tamaño de perros pastores. Ningún español desconocía
estos hechos, pero eso no amedrentaba a Juan.
Mientras yo
bordaba y cosía desde la madrugada hasta la medianoche, ahorrando para
casarnos, los días de Juan transcurrían en tabernas y plazas, seduciendo a
doncellas y meretrices por igual, entreteniendo a los parroquianos y soñando
con embarcarse a las Indias, único destino posible para un hombre de su
envergadura, según sostenía. A veces se perdía por semanas, incluso meses, y
regresaba sin dar explicaciones. ¿Adónde iba? Nunca lo dijo, pero, como hablaba
tanto de cruzar el mar, la gente se burlaba de él y me llamaba «novia de
Indias». Soporté su conducta errática con más paciencia de la recomendable
porque tenía el pensamiento ofuscado y el cuerpo en ascuas, como me ocurre
siempre con el amor. Juan me hacía reír, me divertía con canciones y versos picarescos,
me ablandaba a besos. Le bastaba tocarme para transformar mi llanto en suspiros
y mi enojo en deseo. ¡Qué complaciente es el amor, que todo lo perdona! No he
olvidado nuestro primer abrazo, ocultos entre los arbustos de un bosque. Era
verano y la tierra palpitaba, tibia, fértil, con fragancia de laurel. Salimos
de Plasencia separados, para no dar pie a habladurías, y bajamos el cerro,
dejando atrás la ciudad amurallada. Nos encontramos en el río y corrimos de la
mano hacia la espesura, donde buscamos un sitio lejos del camino. Juan juntó
hojas para hacer un nido, se quitó el jubón, para que me sentara encima, y
luego me enseñó sin prisa alguna las ceremonias del placer. Habíamos llevado
aceitunas, pan y una botella de vino que le había robado a mi abuelo y que
bebimos en sorbos traviesos de la boca del otro.
Besos, vino,
risa, el calor que se desprendía de la tierra y nosotros enamorados. Me quitó
la blusa y la camisa y me lamió
los senos;
dijo que eran como duraznos, maduros y dulces, aunque a mí me parecían más bien
ciruelas duras. Y siguió explorándome con la lengua hasta que creí morir de
gusto y amor. Recuerdo que se tendió de espaldas sobre las hojas y me hizo
montarlo, desnuda, húmeda de sudor y deseo, porque quiso que yo impusiera el
ritmo de nuestra danza. Así, de a poco y como jugando, sin susto ni dolor,
terminé con mi virginidad.
En un
momento de éxtasis, levanté los ojos a la verde bóveda del bosque y más arriba,
al cielo ardoroso del verano, y grité largamente de pura y simple alegría.
En ausencia
de Juan se me enfriaba la pasión, se me calentaba la ira y decidía expulsarlo
de mi vida; pero tan pronto reaparecía con una excusa leve y sus sabias manos
de buen amante, volvía a someterme. Y así empezaba otro ciclo idéntico:
seducción, promesas, entrega, la dicha del amor y el sufrimiento de una nueva
separación. El primer año se nos fue sin fijar la fecha para la boda, el
segundo y el tercero también. Para entonces mi reputación andaba por el suelo,
porque la gente comentaba que hacíamos cochinadas detrás de las puertas. Era
cierto, pero nadie tuvo nunca prueba de ello, éramos muy prudentes. La misma
gitana que me anunció larga vida, me vendió el secreto para no quedar preñada:
introducirme
una esponja empapada en vinagre. Estaba enterada, por los consejos de mi
hermana Asunción y de mis amigas, que la mejor forma de dominar a un hombre era
negarle favores, pero ni una santa mártir podía hacer eso con Juan de Málaga.
Era yo quien buscaba ocasiones de estar a solas con él para hacer el amor en
cualquier sitio, no sólo detrás de las puertas. Él tenía la habilidad
extraordinaria, que nunca encontré en otro hombre, de hacerme feliz en
cualquier postura y en pocos minutos. Mi placer le importaba más que el suyo.
Aprendió el mapa de mi cuerpo de memoria y me lo enseñó para que disfrutara
sola. «Mira qué bella eres, mujer», me repetía. Yo no compartía su halagüeña
opinión, pero estaba orgullosa de provocar deseo en el hombre más majo de
Extremadura. Si mi abuelo hubiese sabido que hacíamos como los conejos hasta en
los rincones oscuros de la iglesia, nos habría matado a ambos; era muy
quisquilloso respecto a su honra. Esa honra dependía en buena medida de la
virtud de las mujeres de su familia, por eso, cuando las primeras murmuraciones
de la gente llegaron a sus peludas orejas, montó en santa cólera y me amenazó
con despacharme al infierno a palos. «Una mancha en la honra, sólo con sangre
se
lava», dijo.
Mi madre se le plantó al frente, con los brazos en jarras y esa mirada suya
capaz de detener a un toro en plena carrera, para hacerle ver que por mi parte
existía la mejor disposición para el matrimonio, sólo faltaba convencer a Juan.
Entonces mi abuelo se valió de sus amigos de la cofradía de la Vera Cruz,
hombres influyentes de Plasencia, para doblar el brazo a mi reticente novio,
quien ya se había hecho de rogar en demasía.
Nos casamos
un luminoso martes de septiembre, día del mercado en la plaza Mayor, cuando el
aroma de flores, frutas y verduras frescas impregnaba la ciudad. Después de la
boda, Juan me llevó a Málaga, donde nos instalamos en un cuarto de alquiler,
con ventanas a la calle, que procuré embellecer con cortinas de bolillo y
muebles hechos por mi abuelo en su taller. Juan asumió su papel de marido sin
más bienes que su fantasiosa ambición pero con entusiasmo de padrillo, a pesar
de que ya nos conocíamos como un matrimonio antiguo. Había días en que las
horas volaban haciendo el amor y no alcanzábamos ni a vestirnos; hasta comíamos
en la cama. A pesar de los desafueros de la pasión, pronto me di cuenta de que,
desde el punto de vista de la conveniencia, ese casamiento era un error. Juan
no me dio sorpresas, me había mostrado su carácter en los años anteriores, pero
una cosa era ver sus fallas a cierta distancia y otra convivir con ellas. Las
únicas virtudes de mi marido que puedo recordar eran su instinto para darme
contento en el lecho y su empaque de torero, que no me cansaba de admirar.
—Este hombre
no sirve de mucho —me advirtió mi madre un día que fue a visitarnos.
—Con tal que
me dé hijos, lo demás no me importa.
—¿Y quién va
a mantener a los chiquillos? —insistió ella.
—Yo misma,
que para eso tengo hilo y aguja —repliqué, desafiante.
Estaba
acostumbrada a trabajar de sol a sol y no faltaban clientas para mis costuras y
bordados. Además, preparaba pasteles de masa, rellenos de carne y cebolla, los
cocinaba en los hornos públicos del molino y los vendía al amanecer en la plaza
Mayor. De tanto experimentar, descubrí la proporción perfecta de grasa y harina
para obtener una masa firme, flexible y delgada. Mis pasteles —o empanadas— se
hicieron muy populares, y al poco tiempo ganaba más cocinando que cosiendo.
Mi madre me
regaló una estatuilla tallada en madera de Nuestra Señora del Socorro, muy
milagrosa, para que bendijera mi vientre, pero la Virgen seguramente tenía
otros asuntos más importantes entre manos, porque desatendió mis súplicas.
Hacía un par
de años que no usaba la esponja con vinagre, pero de hijos, nada. La pasión que
compartía con Juan fue transformándose en disgusto para ambas partes. En la
medida en que yo le exigía más y le perdonaba menos, se fue alejando. Al final,
casi no le hablaba, y él lo hacía sólo a gritos, pero no se atrevía a
golpearme, porque en la única ocasión en que me levantó el puño le di con una
sartén de hierro en la cabeza, tal como había hecho mi abuela con mi abuelo y
después mi madre con mi
padre. Dicen
que por ese sartenazo mi padre se fue de nuestro lado y nunca más le vimos. Al
menos en este respecto mi familia era diferente: los hombres no pegaban a sus
mujeres, sólo a los hijos. A Juan le propiné apenas un papirotazo de nada, pero
el hierro estaba caliente y le dejó una marca en la frente. Para un hombre tan
presumido como él, esa insignificante quemadura resultó una tragedia, pero
sirvió para que me respetara. El sartenazo puso término a sus amenazas, pero
admito que no contribuyó a mejorar nuestra relación; cada vez que se palpaba la
cicatriz, un brillo criminal aparecía en sus pupilas. Me castigó negándome el
placer que antes me daba con magnanimidad. Mi vida cambió, las semanas y los
meses se arrastraban como una condena a las galeras, puro trabajo y más
trabajo, siempre afligida por mi esterilidad y la pobreza. Los caprichos y las
deudas de mi marido se convirtieron en una carga pesada que yo asumía para
evitar la vergüenza de enfrentar a sus acreedores. Se nos terminaron las noches
largas de besos y las mañanas perezosas en el lecho; nuestros abrazos se
distanciaron y se volvieron breves y brutales, como violaciones. Los soporté
sólo por la esperanza de un hijo. Ahora, cuando puedo observar mi vida completa
desde la serenidad de la vejez, comprendo que la verdadera bendición de la
Virgen fue negarme la maternidad y así permitirme cumplir un destino
excepcional. Con hijos habría estado atada, como siempre lo están las hembras;
con hijos habría quedado abandonada por Juan de Málaga, cosiendo y haciendo
empanadas; con hijos no habría conquistado este Reino de Chile.
Mi marido
seguía ataviado como un chulo y gastando como un hidalgo, seguro de que yo
acometería lo imposible por pagar sus deudas. Bebía demasiado y visitaba la
calle de las meretrices, donde solía perderse por varios días, hasta que yo
pagaba a unos gañanes para que fuesen a buscarlo. Me lo traían cubierto de
piojos y lleno de vergüenza; yo le quitaba los piojos y le alimentaba la
vergüenza. Dejé de admirar su torso y su perfil de estatua y empecé a envidiar
a mi hermana Asunción, casada con un hombre con aspecto de jabalí pero
trabajador y buen padre de sus hijos. Juan se aburría y yo desesperaba, por eso
no intenté detenerlo cuando al fin
decidió
partir a las Indias en busca de El Dorado, una ciudad de oro puro, donde los
niños jugaban con topacios y esmeraldas. Pocas semanas más tarde partió sin
despedirse, entre gallos y medianoche, con un atado de ropa y mis últimos
maravedíes, que sustrajo del escondite detrás del fogón.
Juan había
logrado contagiarme sus sueños, a pesar de que nunca me tocó ver de cerca a
ningún aventurero que volviese de las Indias enriquecido; regresaban, por el
contrario, miserables, enfermos y locos. Los que hacían fortuna, la perdían, y
los dueños de inmensas haciendas, como se contaba que allá las había, no podían
llevárselas consigo. Sin embargo, estas y otras razones se esfumaban ante la
pujante atracción del Nuevo Mundo. ¿Acaso no pasaban por las calles de Madrid
carromatos llenos de barras del oro indiano? Yo no creía, como Juan, en la
existencia de una ciudad de oro, de aguas encantadas que otorgaban la eterna
juventud, o de amazonas que holgaban con los hombres y luego los despedían
cargados de joyas, pero sospechaba que allá había algo aún más valioso:
libertad. En
las Indias cada uno era su propio amo, no había que inclinarse ante nadie, se
podían cometer errores y comenzar de nuevo, ser otra persona, vivir otra vida.
Allá nadie cargaba con el deshonor por mucho tiempo y hasta el más humilde
podía encumbrarse. «Por encima de mi cabeza, sólo mi gorra emplumada», decía
Juan. ¿Cómo podía reprochar a mi marido esa aventura, si yo misma, de ser
hombre, la hubiese emprendido?
Una vez que
Juan se fue, regresé a Plasencia, a vivir con la familia de mi hermana y mi
madre, porque para entonces mi abuelo había fallecido. Me había convertido en
otra «viuda de Indias», como tantas en Extremadura. De acuerdo con la
costumbre, debía vestir de luto con velo tupido en la cara, renunciar a la vida
social y someterme a la vigilancia de mi familia, mi confesor y las
autoridades. Oración, trabajo y soledad, eso me deparaba el futuro, nada más,
pero no tengo carácter de mártir. Si mal lo pasaban los conquistadores en las
Indias, mucho peor lo pasaban sus esposas en España. Me arreglé para burlar el
control de mi hermana y mi cuñado, que me temían casi tanto como a mi madre y,
con tal de no enfrentarme, se abstenían de indagar en mi vida privada; les
bastaba con que yo no diera un escándalo. Seguí atendiendo a mis clientes de
las costuras, yendo a vender mis empanadas en la plaza Mayor, y hasta me daba
el gusto de asistir a fiestas populares. También acudía al hospital a ayudar a
las monjas
con los
enfermos y las víctimas de peste y cuchillo, porque desde joven me interesó el
oficio de curar, no sabía que más tarde en la vida me sería indispensable, tal
como lo sería el talento para la cocina y para encontrar agua. Como mi madre,
nací con el don de ubicar agua subterránea. A menudo, a ella y a mí nos tocaba
acompañar a un labriego —y a veces a un señor— al campo para indicarle dónde
hacer el pozo. Es fácil, se sostiene con suavidad en las manos una varilla de
árbol sano y se camina lentamente por el terreno, hasta que la varilla, al
sentir la presencia de agua, se inclina. Allí se debe cavar. La gente decía que
con ese talento mi madre y yo podíamos enriquecernos, porque un pozo en
Extremadura es un tesoro, pero lo hacíamos siempre gratis, porque si se cobra
por ese favor, se pierde el don. Un día ese talento habría de servirme para
salvar a un ejército.
Durante
varios años recibí muy pocas noticias de mi marido, excepto tres breves
mensajes provenientes de Venezuela que el cura de la iglesia me leyó y me ayudó
a contestar. Juan decía que estaba pasando muchos trabajos y peligros, que allí
iban a parar los hombres más viciosos, que debía andar siempre con las armas
prontas, vigilando por encima del hombro, que había oro en abundancia, aunque
él todavía no lo había visto, y que regresaría rico a construirme un palacio y
darme vida de duquesa. Entretanto mis días transcurrían lentos, tediosos y muy
pobres, porque gastaba apenas lo suficiente para mi subsistencia y lo demás lo
guardaba en un hoyo en el suelo.
Sin
decírselo a nadie, para no alimentar chismes, me propuse seguir a Juan en su
aventura, costara lo que costase, no por amor, que ya no se lo tenía, ni por
lealtad, que él no la merecía, sino por el señuelo de ser libre. Allá, lejos de
quienes me conocían, podría mandarme sola.
Una hoguera
de impaciencia me quemaba el cuerpo. Mis noches eran un infierno, me revolcaba
en la cama reviviendo los abrazos felices con Juan, en la época en que nos
deseábamos. Me acaloraba aún en pleno invierno, vivía rabiosa conmigo y con el
mundo por haber nacido mujer y estar condenada a la prisión de las costumbres.
Bebía tisanas de adormidera, como me aconsejaban las monjas del hospital, pero
en mí no tenían efecto. Procuraba rezar, como me exigía el cura, pero era
incapaz de terminar un padrenuestro sin perderme en turbados pensamientos,
porque el Diablo, que todo lo enreda, se ensañaba conmigo. «Necesitas un
hombre, Inés. Todo se puede hacer con discreción…», suspiró mi madre, siempre
práctica. Para una mujer en mi situación era fácil conseguirlo; incluso mi
confesor, un fraile maloliente y lascivo, pretendía que pecáramos juntos en su
polvoriento confesionario a cambio de indulgencias para acortar mi condena en
el purgatorio. Nunca accedí; era un viejo maldito. Hombres, de haberlos
querido, no me habrían faltado; los tuve a veces, cuando el aguijón del demonio
me atormentaba demasiado, pero eran abrazos de necesidad, sin futuro. Estaba
atada al fantasma de Juan y presa en la soledad. No era realmente viuda, no
podía volver a casarme, mi papel era esperar, sólo esperar. ¿No era preferible
enfrentar los peligros del mar y de tierras bárbaras antes que envejecer y
morir sin haber vivido?
Por fin
obtuve licencia real para embarcarme a las Indias, después de gestionarla por
años. La Corona protegía los vínculos matrimoniales y procuraba reunir a las
familias para poblar el Nuevo Mundo con hogares legítimos y cristianos, pero no
se daba prisa en sus decisiones; todo es muy demorado en España, como bien
sabemos. Sólo daban licencia a mujeres casadas para juntarse con sus maridos
siempre que fuesen acompañadas por un familiar o una persona de respeto. En mi
caso fue Constanza, mi sobrina de quince años, hija de mi hermana Asunción, una
muchacha tímida, con vocación religiosa, a quien escogí por ser la más sana de
la familia. El Nuevo Mundo no es para gente delicada. No le preguntamos su
opinión, pero por la pataleta que tuvo, supongo que no le atraía el viaje. Sus
padres me la entregaron con la promesa, escrita y sellada ante escribano, de
que una vez me hubiera reunido con mi marido, la enviaría de vuelta a España y
la dotaría para que entrara al convento, promesa que no pude cumplir, pero no
por falta de honradez por mi parte, sino por la suya, como se verá más
adelante. Para obtener mis papeles, dos testigos debieron dar fe de que yo no
era de las personas prohibidas, ni mora ni judía, sino cristiana vieja. Amenacé
al cura con denunciar su concupiscencia ante el tribunal eclesiástico y así le
arranqué un testimonio escrito de mi calidad moral. Con mis ahorros compré lo
necesario para la travesía, una lista demasiado larga para detallarla aquí,
aunque la recuerdo completa. Basta decir que llevaba alimento para tres meses,
incluso una jaula con gallinas, además de ropa y enseres de casa para
establecerme en las Indias.
Pedro de
Valdivia se crió en un caserón de piedra en Castuera, solar de hidalgos pobres,
más o menos a tres jornadas de marcha hacia el sur de Plasencia. Lamento que no
nos conociéramos en nuestra juventud, cuando él era un apuesto alférez de paso
en mi ciudad, al regreso de una de sus campañas militares. Tal vez anduvimos el
mismo día por las torcidas calles, él ya todo un hombre, con la espada al cinto
y el vistoso uniforme de los caballeros del rey, yo todavía una muchacha de
trenzas coloradas, como las tenía entonces, aunque después se me oscurecieron.
Pudimos haber coincidido en la iglesia, su mano pudo rozar la mía en la pila de
agua bendita y pudieron cruzarse nuestras miradas, sin reconocernos. Ni ese
recio soldado, curtido por los afanes del mundo, ni yo, una niña costurera,
podíamos adivinar aquello que nos deparaba el destino.
Pedro
provenía de una familia de militares sin fortuna pero de abolengo, cuyas
proezas se remontaban a la lucha contra el ejército romano, antes de Cristo,
continuaba por setecientos años contra los sarracenos y seguía produciendo
varones de mucho temple para las eternas guerras entre monarcas de la
cristiandad. Sus antepasados habían descendido de las montañas para instalarse
en Extremadura. Creció oyendo a su madre contar las hazañas de los siete
hermanos del valle de Ibia, los Valdivia, que se enfrentaron en cruenta batalla
con un monstruo pavoroso. Según la inspirada matrona, no se trataba de un
dragón común —cuerpo de lagarto, alas de murciélago, dos o tres cabezas de
sierpe—, como el de san Jorge, sino de una bestia diez veces más grande y
feroz, antigua de muchos siglos, que encarnaba la maldad de todos los enemigos
de España, desde los romanos y los árabes, hasta los malvados franceses, que en
tiempos recientes se atrevían a disputar los derechos de nuestro soberano.
«¡Imagínate, hijo, nosotros hablando francés!», intercalaba siempre la doña en
el relato.
Uno a uno
cayeron los hermanos Valdivia, chamuscados por las llamaradas que escupía el
monstruo o destrozados por sus garras de tigre. Cuando seis habían perecido y
la batalla estaba perdida, el menor de los hermanos, que aún se mantenía en
pie, cortó una gruesa rama de árbol, la afiló en ambos extremos y la introdujo
en las fauces de la bestia. El dragón empezó a revolcarse de dolor y sus
formidables coletazos partieron la tierra y levantaron una polvareda que llegó
por el aire hasta África. Entonces el héroe enarboló su espada a dos manos y se
la enterró en el corazón, liberando así a España. De ese joven, valiente entre
valientes, descendía Pedro por directa línea materna, y como prueba bastaban
dos trofeos: la espada, que permanecía en la familia, y el escudo de armas, en
el que dos serpientes mordían un tronco de árbol en un campo de oro. El lema de
la familia era: «La muerte, menos temida, da más vida». Con tales antepasados,
es natural que Pedro obedeciera el llamado de las armas a temprana edad. Su madre
gastó lo que aún quedaba de su dote en aperarlo para la empresa: cota de malla
y armadura completa, armas de caballero, un escudero y dos caballos. La
legendaria espada de los Valdivia era un hierro oxidado, pesado como garrote,
que sólo tenía valor decorativo e histórico, de modo que le compró otra del
mejor acero toledano, flexible y liviana. Con ella Pedro habría de luchar en
los ejércitos de España bajo las banderas de Carlos V, habría de conquistar el
reino más remoto del Nuevo Mundo, y junto a ella, partida y ensangrentada,
moriría.
El joven
Pedro de Valdivia, criado entre libros y bajo los cuidados de su madre, partió
a la guerra con el entusiasmo de quien sólo ha visto la carnicería de los
cerdos faenados en la plaza por un matarife, brutal espectáculo que atraía a
todo el pueblo. La inocencia le duró tan poco como el flamante pendón con el
escudo de su familia, que quedó hecho jirones en la primera batalla.
Entre los
tercios de España iba otro atrevido hidalgo, Francisco de Aguirre, quien se
convirtió de inmediato en el mejor amigo de Pedro. Tan fanfarrón y bullicioso
era Francisco, como serio era Pedro, aunque ambos gozaban de igual fama de
valientes. La familia Aguirre era vasca de origen, pero asentada en Talavera de
la Reina, cerca de Toledo. Desde el principio el joven dio muestras de una
audacia suicida; buscaba el peligro porque se creía protegido por la cruz de
oro de su madre que llevaba al cuello. De la misma cadenilla colgaba un
relicario con una mecha de cabello castaño, perteneciente a la hermosa joven
que amaba desde niño con un amor prohibido, pues eran primos hermanos.
Francisco
había jurado permanecer célibe, ya que no podía casarse con su prima, pero eso
no le impedía buscar los favores de cuanta hembra se pusiera al alcance de su
fogoso temperamento. Alto, guapo, con risa franca y una sonora voz de tenor,
perfecta para animar tabernas y enamorar mujeres, no había quien se le
resistiera. Pedro le advertía que se cuidara, porque el mal francés no perdona
a moros, judíos ni cristianos, pero él confiaba en la cruz de su madre, que si
había resultado ser infalible protección en la guerra, debía serlo también
contra las consecuencias de la lujuria.
Aguirre,
amable y galante en sociedad, se transformaba en una fiera en la batalla, al
contrario de Valdivia, quien se mostraba sereno y caballeroso aun ante los más
álgidos peligros. Ambos jóvenes sabían leer y escribir, habían estudiado y
poseían más cultura que la mayoría de los hidalgos. Pedro había recibido
esmerada educación de un sacerdote, tío de su madre, con quien él convivió en
la juventud y de quien se murmuraba en voz baja que era en realidad su padre,
pero él jamás se atrevió a preguntárselo.
Habría sido
un insulto a su madre. Además, Aguirre y Valdivia tenían en común que vinieron
al mundo en 1500, el mismo año del nacimiento del sacro emperador Carlos V,
monarca de España, Alemania, Austria, Flandes, las Indias Occidentales, parte
de África y más y más mundo. Los jóvenes no eran supersticiosos, pero se
jactaban de estar unidos al rey bajo la misma estrella y, por lo tanto,
destinados a similares hazañas militares. Creían que no había mejor propósito
en esta vida que ser soldados bajo tan gallardo jefe; admiraban la estatura de
titán del rey, su valor indomable, su habilidad de jinete y espadachín, su
talento de estratega en la guerra y de hombre estudioso en la paz. Pedro y
Francisco agradecían la suerte de ser católicos, garantía de salvación del
alma, y españoles, es decir, superiores al resto de los mortales. Eran hidalgos
de España, soberana del mundo, larga y ancha, más poderosa que el antiguo
Imperio romano, señalada por Dios para descubrir, conquistar, cristianizar,
fundar y poblar los más remotos rincones de la Tierra. Contaban con veinte años
cuando partieron a combatir en Flandes y luego en las campañas de Italia, donde
aprendieron que en la guerra la crueldad es una virtud y, dado que la muerte es
una constante compañera, más vale tener el alma preparada.
Los dos
oficiales servían bajo las órdenes de un extraordinario soldado, el marqués de
Pescara, cuya apariencia algo afeminada podía ser engañosa, ya que bajo la
armadura de oro y los atavíos de seda bordados de perlas, con que se presentaba
al campo de batalla, había un raro genio militar, como demostró una y mil
veces. En 1524, en medio de la guerra entre Francia y España, que se disputaban
el control de Italia, el marqués y dos mil de los mejores soldados españoles
desaparecieron de manera misteriosa, tragados por la bruma invernal. Se corrió
la voz de que habían desertado, y circulaban coplas burlonas que los acusaban
de traidores y cobardes, mientras ellos, ocultos en un castillo, se preparaban
con el mayor sigilo. Estaban en noviembre y el frío congelaba el alma de los
desventurados soldados acampados en el patio. No comprendían por qué los tenían
allí, entumecidos y ansiosos, en vez de llevarlos a luchar contra los
franceses. El marqués de Pescara no se daba prisa, esperaba el momento adecuado
con la paciencia de un avezado cazador. Por fin, cuando ya habían pasado varias
semanas, dio la señal a sus oficiales de aprontarse para la acción. Pedro de
Valdivia ordenó a los hombres de su batallón que se colocaran las armaduras
sobre sus refajos de lana, tarea difícil, porque al tocar el gélido metal los
dedos se pegaban en él, y luego les entregó sábanas para que se cubrieran.
Así, como
blancos espectros, marcharon en total silencio, tiritando de frío, durante la
noche entera, hasta que al alba llegaron a las proximidades de la fortaleza
enemiga. Los vigías en las almenas percibieron cierto movimiento sobre la
nieve, pero creyeron que se trataba de las sombras de los árboles mecidos por
el viento. No vieron a los españoles arrastrándose en blancas oleadas sobre el
suelo blanco hasta el último instante, cuando éstos se lanzaron al ataque y los
fulminaron por sorpresa. Esa victoria aplastante convirtió al marqués de
Pescara en el militar más célebre de su tiempo.
Un año más
tarde Valdivia y Aguirre participaron en la batalla de Pavía, la hermosa ciudad
de cien torres, donde también los franceses fueron derrotados. El rey de
Francia, que se batía a la desesperada, fue hecho prisionero por un soldado de
la compañía de Pedro de Valdivia, que lo derribó del caballo sin saber quién
era y estuvo a punto de rebanarle el cuello. La oportuna intervención de
Valdivia lo impidió, modificando así el curso de la Historia. Sobre el campo de
lid quedaron más de diez mil muertos; durante semanas el aire estuvo infestado
de moscas y la tierra de ratas. Dicen que todavía los repollos y las coliflores
de la región suelen traer huesos astillados entre las hojas. Valdivia
comprendió que por primera vez la caballería no había sido el factor
fundamental para el triunfo, sino dos nuevas armas: los arcabuces, complicados
de cargar pero de largo alcance, y los cañones de bronce, más livianos y
móviles que los de hierro forjado. Otro elemento decisivo fue la participación
de miles de mercenarios, suizos y lansquenetes alemanes, famosos por su
brutalidad y a los que Valdivia despreciaba, porque para él la guerra, como
todo lo demás, era una cuestión de honor. El combate de Pavía lo llevó a
meditar sobre la importancia de la estrategia y las armas modernas: no bastaba
el coraje demente de hombres como Francisco de Aguirre, la guerra era una
ciencia que requería estudio y lógica.
Después de
la contienda de Pavía, agotado y cojeando por un lanzazo en la cadera, que le
curaron con aceite hirviendo, aunque la herida volvía a abrirse al menor
esfuerzo, Pedro de Valdivia regresó a su casa en Castuera. Estaba en edad de
casarse, perpetuar su apellido y hacerse cargo de sus tierras, yermas de tanta
ausencia y descuido, como no se cansaba de repetirle su madre. El ideal era una
novia que aportase una dote considerable, ya que la empobrecida hacienda de los
Valdivia mucho la necesitaba. Había varias candidatas elegidas por la familia y
el cura, todas de buen nombre y fortuna, a las que él iría conociendo mientras
convalecía de su herida. Pero los planes no resultaron como se esperaba. Pedro
vio a Marina Ortiz de Gaete en el único sitio donde podía encontrarla en
público: a la salida de misa. Marina tenía trece años y todavía la vestían con
las crinolinas almidonadas de la infancia. Iba acompañada por su dueña y una
esclava, que sostenía un parasol sobre su cabeza, aunque el día estaba nublado;
jamás un rayo de luz directa había tocado la piel translúcida de aquella
muchacha pálida.
Tenía el
rostro de un ángel, el cabello rubio y luminoso, el andar vacilante de quien
carga con demasiadas enaguas, y tal aire de inocencia, que Pedro olvidó al
punto los propósitos de mejorar su hacienda. No era hombre de mezquinos
cálculos; la belleza y virtud de la joven lo sedujeron al punto. Aunque ella
carecía de dinero y su dote estaba muy por debajo de sus méritos, apenas
averiguó que no estaba prometida a otro comenzó a cortejarla. La familia Ortiz
de Gaete también deseaba para su hija una unión con beneficios económicos, pero
no pudo rechazar a un caballero de nombre tan ilustre y probado valor como
Pedro de Valdivia, y puso como única condición que la boda se llevara a cabo
después de que la chica cumpliera catorce años. Entretanto, Marina se dejó
agasajar por su pretendiente con la timidez de un conejo, aunque se las arregló
para hacerle saber que ella también contaba los días para casarse. Pedro estaba
en el apogeo de su virilidad, era de buena estatura, pecho fuerte, bien
proporcionado, de noble estampa, nariz prominente, mentón autoritario y ojos
azules, muy expresivos. Ya entonces llevaba el cabello hacia atrás, cogido en
una cola corta en la nuca, mejillas afeitadas, bigote engomado y la barbita
angosta que lo caracterizó toda su vida. Se vestía con elegancia, empleaba
gestos categóricos, era de hablar pausado e imponía respeto, pero también podía
ser galante y tierno.
Marina se
preguntaba, admirada, por qué ese hombre de gran orgullo y bizarría se había
fijado en ella. Se casaron al año siguiente, cuando la chica comenzó a
menstruar, y se instalaron en el modesto solar de los Valdivia.
Marina entró
a su condición de casada con las mejores intenciones, pero era demasiado joven,
y ese marido de temperamento sobrio y estudioso la asustaba. No tenían de qué
hablar. Ella aceptaba, turbada, los libros que él le sugería, sin atreverse a
confesarle que apenas sabía leer un par de frases elementales y firmar su
nombre con trazo vacilante.
Había vivido
preservada del contacto con el mundo y deseaba continuar así; las peroratas de
su marido sobre política o geografía la aterraban. Lo suyo era la oración y el
bordado de preciosas casullas de cura. Carecía de experiencia para hacerse
cargo de la casa, y los sirvientes no atendían sus órdenes, impartidas con voz
de infante, de modo que su suegra siguió mandando, mientras ella era tratada
como la niña que era. Se propuso aprender las fastidiosas tareas del hogar,
asesorada por las mujeres mayores de la familia, pero no había a quién
preguntarle sobre otro aspecto de la vida matrimonial, más importante que
disponer la comida o llevar las cuentas.
Mientras la
relación con Pedro consistió en visitas vigiladas por una dueña y esquelas
gentiles, Marina fue feliz, pero el entusiasmo se esfumó al hallarse en la cama
con su marido. Ignoraba por completo lo que iba a ocurrir en la primera noche
de desposada; nadie la había preparado para la deplorable sorpresa que se
llevó. En su ajuar había varios camisones de batista, largos hasta los
tobillos, cerrados en el cuello y los puños con cintas de raso, y con un ojal
en forma de cruz delante. No se le ocurrió preguntar para qué servía aquella
apertura, y nadie le explicó que por allí tendría contacto con las partes más
íntimas de su marido. Nunca había visto a un varón desnudo y creía que las
diferencias entre los hombres y las mujeres eran el vello en la cara y el tono
de voz. Cuando sintió en la oscuridad el aliento de Pedro y sus manos grandes
tanteando entre los pliegues de su camisa en busca del primoroso ojal bordado,
le dio un empujón de mula y salió dando alaridos por los corredores de la
casona de piedra. A pesar de sus buenas intenciones, Pedro no era un amante
cuidadoso, su experiencia se limitaba a abrazos breves con mujeres de virtud
negociable, pero comprendió que necesitaría una gran paciencia. Su esposa era
todavía una niña y su cuerpo apenas empezaba a desarrollarse, no convenía
forzarla. Intentó iniciarla de a poco, pero pronto la inocencia de Marina, que
tanto le atrajo al principio, se convirtió en un obstáculo imposible de salvar.
Las noches
eran frustrantes para él y un tormento para ella, y ninguno de los dos se
atrevía a hablar del asunto a la luz del alba. Pedro se volcó en sus estudios y
en el cuidado de sus tierras y labriegos, mientras quemaba energía en la
práctica de la esgrima y la equitación. En el fondo se estaba preparando y
despidiendo. Cuando el llamado de la aventura se volvió irresistible, se alistó
de nuevo bajo los estandartes de Carlos V, con el sueño secreto de alcanzar la
gloria militar del marqués de Pescara.
En febrero
de 1527 las tropas españolas se hallaban, bajo las órdenes del condestable de
Borbón, ante las murallas de Roma. Los españoles, secundados por quince
compañías de feroces mercenarios suizo-alemanes, esperaban la oportunidad de
entrar a la ciudad de los césares y resarcirse de muchos meses sin sueldo. Era
una horda de soldados hambrientos e insubordinados, dispuestos a vaciar los
tesoros de Roma y el Vaticano. Pero no todos eran bribones y mercenarios; entre
los tercios de España iban un par de recios oficiales, Pedro de Valdivia y
Francisco de Aguirre, quienes se habían reencontrado después de dos años de
separación. Tras abrazarse como hermanos, se pusieron al tanto sobre las
novedades en sus respectivas vidas. Valdivia exhibió un medallón con el rostro
de Marina pintado por un miniaturista portugués, un judío converso que había
logrado burlar a la Inquisición.
—No hemos
tenido hijos todavía porque Marina es muy joven, pero habrá tiempo para ello,
si Dios quiere —comentó.
—¡Dirás
mejor si antes no nos matan! —exclamó su amigo.
A su vez,
Francisco confesó que seguía en amores platónicos y secretos con su prima,
quien había amenazado con hacerse monja si su padre insistía en casarla con
otro. Valdivia opinó que no era una idea descabellada, ya que para muchas
mujeres nobles el convento, adonde entraban con su séquito completo de
sirvientas, su propio dinero y los lujos a los que estaban acostumbradas,
resultaba preferible a una boda impuesta a la fuerza.
—En el caso
de mi prima sería un lamentable desperdicio, amigo mío. Una joven tan hermosa y
pletórica de salud, creada para el amor y la maternidad, no debe amortajarse en
vida dentro de un hábito. Pero tienes razón, prefiero verla convertida en monja
que casada con otro. No podría permitirlo, tendríamos que quitarnos la vida
juntos
—aseguró
Francisco, enfático.
—¿Y
condenaros ambos a las pailas del infierno? Estoy seguro de que tu prima optará
por el convento. ¿Y tú? ¿Qué planes tienes para el futuro? —preguntó Valdivia.
—Continuar
guerreando, mientras pueda, y visitar a mi prima en su celda de monja al amparo
de la noche —se rió Francisco, tocándose la cruz y el relicario en el pecho.
Roma estaba
mal defendida por el papa Clemente VII, hombre más apto para enredos políticos
que para estrategias de guerra. Apenas las huestes enemigas se aproximaron a
los puentes de la ciudad, en medio de una densa niebla, el Pontífice escapó del
Vaticano, por un pasadizo secreto, al castillo de Sant Angelo, erizado de
cañones. Lo acompañaban tres mil personas, entre ellas el célebre escultor y
orfebre Benvenuto Cellini, tan conocido por su insigne talento de artista como
por su terrible carácter; el Papa delegó en él las decisiones militares porque
dedujo que si él mismo temblaba ante el artista no había razón para que los
ejércitos del condestable de Borbón no temblaran también.
En el primer
asalto a Roma, el condestable recibió un fatal tiro de mosquete en un ojo.
Benvenuto Cellini se jactaría más tarde de haber disparado la bala que lo mató,
aunque en realidad ni siquiera estuvo cerca de él, pero ¿quién se hubiese
atrevido a contradecirlo? Antes de que los capitanes lograran imponer orden,
las tropas, sin control, se lanzaron a hierro y pólvora hacia la indefensa
ciudad y la tomaron en cuestión de horas. Durante los primeros ocho días fue
tan cruel la matanza, que la sangre corría por las calles y se coagulaba entre
las piedras milenarias. Huyeron más de cuarenta y cinco mil personas, y el
resto de la aterrorizada población se sumió en el infierno. Los voraces
invasores quemaron iglesias, conventos, hospitales, palacios y casas particulares.
Mataron a destajo, incluso a los locos y enfermos del hospicio y a los animales
domésticos; torturaron a los hombres para obligarlos a entregar lo que podían
haber escondido; violaron a cuanta mujer y niña hallaron; asesinaron desde a
las criaturas de pecho hasta a los ancianos. El saqueo, como una interminable
orgía, continuó por semanas. Los soldados, ebrios de sangre y alcohol,
arrastraban por las calles las destrozadas obras de arte y reliquias
religiosas, decapitaban por igual estatuas y personas, se robaban lo que podían
echar en sus bolsas y lo demás lo hacían polvo. Se salvaron los famosos frescos
de la Capilla Sixtina porque allí velaron el cuerpo del condestable de Borbón.
En el río Tíber flotaban miles de cadáveres y el olor a carne descompuesta
infestaba el aire. Perros y cuervos devoraban los cuerpos tirados por doquier;
después llegaron las fieles compañeras de la guerra, el hambre y la peste, que
atacaron por igual a los desventurados romanos y a sus victimarios.
Durante esos
días aciagos, Pedro de Valdivia recorría Roma con la espada en la mano,
furioso, procurando inútilmente evitar el pillaje y la matanza e imponer algo
de orden entre la soldadesca, pero los quince mil lansquenetes no reconocían
jefe ni ley y estaban dispuestos a liquidar a quien intentara detenerlos. A
Valdivia le tocó hallarse por casualidad ante las puertas de un convento cuando
éste fue atacado por una docena de los mercenarios alemanes. Las monjas,
sabiendo que ninguna mujer escapaba a las violaciones, se habían reunido en el
patio formando un círculo en torno a una cruz, en el centro del cual estaban
las jóvenes novicias, inmóviles, tomadas de las manos, con las cabezas bajas y
rezando en un murmullo. De lejos parecían palomas. Pedían que el Señor las
librara de ser mancilladas, que se apiadara de ellas enviándoles una muerte
rápida.
—¡Atrás!
¡Quien se atreva a cruzar este umbral tendrá que vérselas conmigo! —rugió Pedro
de Valdivia blandiendo su espada en la diestra y un sable corto en la
siniestra.
Varios de
los lansquenetes se detuvieron sorprendidos, calculando acaso si valía la pena
enfrentarse a ese imponente y determinado oficial español o era más conveniente
pasar a la casa de al lado, pero otros se lanzaron en tropel al ataque.
Valdivia tenía a su favor que era el único soldado sobrio y de cuatro estocadas
certeras puso fuera de combate a otros tantos alemanes, pero para entonces los
demás del grupo se habían repuesto del desconcierto inicial y también se le
fueron encima. Aunque tenían la mente nublada por el alcohol, los alemanes eran
guerreros tan formidables como Valdivia y pronto lo rodearon. Tal vez ése
habría sido el último día del oficial extremeño si no hubiera aparecido por
azar Francisco de Aguirre y se le hubiera puesto al lado.
—¡A mí,
teutones hijos de puta! —gritaba aquel vasco tremendo, rojo de ira, enorme,
blandiendo la espada como un garrote.
La trifulca
atrajo la atención de otros españoles que pasaban por allí y vieron a sus
compatriotas en grave peligro. En menos que demoro en contarlo, se armó una
batalla campal frente al edificio. Media hora después los asaltantes se
retiraron, dejando a varios desangrándose en la calle, y los oficiales pudieron
atrancar las puertas del convento. La madre superiora pidió a las monjas de más
carácter que recogieran a las que se habían desmayado y se colocaran a las
órdenes de Francisco de Aguirre, quien se había ofrecido para organizar la
defensa fortificando los muros.
—Nadie está
seguro en Roma. Por el momento los mercenarios se han retirado, pero sin duda
regresarán, y entonces más vale que os encuentren preparadas —les advirtió
Aguirre.
—Conseguiré
unos arcabuces y Francisco os enseñará a usarlos
—decidió
Valdivia, a quien no se le escapó el brillo picaresco en la mirada de su amigo
al imaginarse solo con una veintena de virginales novicias y un puñado de
monjas maduras pero agradecidas y aún apetecibles.
Sesenta días
más tarde terminó por fin el horroroso saqueo de Roma, que puso fin a una época
—el papado renacentista en Italia— y quedaría para la Historia como una mancha
infame en la vida de nuestro emperador Carlos V, aunque él se encontraba muy
lejos de allí.
Su santidad
el Papa pudo abandonar su refugio en el castillo de Sant Angelo, pero fue
arrestado y recibió el maltrato de los presos comunes, incluso le arrebataron
el anillo pontificio y le dieron una patada en el trasero que lo lanzó de
bruces en el suelo entre las carcajadas de los soldados.
A Benvenuto
Cellini se le podía acusar de muchos defectos, pero no era de los que olvidan
devolver favores, por eso cuando la madre superiora del convento lo visitó para
contarle cómo un joven oficial español había salvado a su congregación y se
había quedado durante semanas en el edificio para defenderlas, quiso conocerlo.
Horas después la monja acompañó a Francisco de Aguirre al palacio. Cellini lo
recibió en uno de los salones del Vaticano, entre cascotes y muebles
despanzurrados por los asaltantes. Los dos hombres
intercambiaron
cortesías muy breves.
—Decidme,
señor, ¿qué deseáis a cambio de vuestra valiente intervención? —preguntó a boca
de jarro Cellini, quien no se andaba con rodeos.
Rojo de ira,
Aguirre se llevó instintivamente la mano a la empuñadura de la espada.
—¡Me
insultáis! —exclamó.
La madre
superiora se colocó entre ellos con el peso de su autoridad y los apartó con un
gesto despectivo, no tenía tiempo para bravuconadas. Pertenecía a la familia
del condotiero genovés Andrea Doria, era una mujer de fortuna y linaje,
acostumbrada a mandar.
—¡Basta! Os
ruego que disculpéis esta ofensa involuntaria, don Francisco de Aguirre.
Vivimos malos tiempos, ha corrido mucha sangre, se han cometido espantosos
pecados, no es raro que hasta los correctos modales queden relegados a segundo
término. El señor Cellini sabe que no defendisteis nuestro convento por interés
de una recompensa, sino por rectitud de corazón. Lo último que desea el señor
Cellini es injuriaros.
Sería un
privilegio para nosotros que aceptarais una muestra de aprecio y gratitud…
La madre
superiora hizo un gesto al escultor para que aguardara, luego tomó a Aguirre
por una manga y lo arrastró al otro extremo del salón. Cellini los oyó
cuchichear por largo tiempo. Cuando ya se terminaba su escasa paciencia, los
dos regresaron y la madre superiora expuso la petición del joven oficial,
mientras éste, con los ojos fijos en las puntas de sus botas, sudaba.
Y así es
como Benvenuto Cellini obtuvo autorización del papa Clemente VII, antes de que
éste fuese conducido al destierro, para que Francisco de Aguirre se casara con
su prima hermana. El joven vasco corrió alborozado donde su amigo Pedro de
Valdivia para contarle lo ocurrido. Tenía los ojos húmedos y le temblaba su
vozarrón de gigante, incrédulo ante semejante prodigio.
—No sé si
ésta es una buena noticia, Francisco. Tú coleccionas conquistas como nuestro
sacro emperador colecciona relojes. No te imagino convertido en esposo —
apuntó
Valdivia.
—¡Mi prima
es la única mujer a la que he amado! Las otras son seres sin rostro, sólo
existen por un momento para satisfacer el apetito que el Diablo puso en mí.
—El Diablo
pone en nosotros muchos y muy variados apetitos, pero Dios nos da claridad
moral para controlarlos. Eso nos
diferencia
de los animales.
—Has sido
soldado por muchos años, Pedro, y todavía crees que nos diferenciamos de los
animales… —se burló Aguirre.
—Sin duda.
El destino del hombre es elevarse por encima de la bestialidad, conducir su
vida según los más nobles ideales y salvar su alma.
—Me asustas,
Pedro, hablas como un fraile. Si no conociera tu hombría como la conozco,
pensaría que careces del instinto primordial que anima a los machos.
—No carezco
de ese instinto, te lo aseguro, pero no permito que determine mi conducta.
—No soy tan
noble como tú, pero me redime el amor casto y puro que siento por mi prima.
—Menudo
problema se te presenta ahora que vas a casarte con esa joven idealizada. ¿Cómo
reconciliarás ese amor con tus hábitos rijosos? —sonrió Valdivia, socarrón.
— N o h a b r á p r o b l e m
a , P e d r o . B a j a r é a m i p r i m a a b e s o s d
e s u a l t a r d e s a n t a y l a a m a r é c o n i n m e n s a p a s i ó n —
r e p l i c ó A g u i r r e , m u e r t o d e r i s a .
—¿Y la
fidelidad?
—Mi prima se
encargará de que no falte en nuestro matrimonio, pero yo no puedo renunciar a
las mujeres, tal como no puedo renunciar al vino ni a la espada.
Francisco de
Aguirre viajó deprisa a España a casarse antes de que el indeciso pontífice
cambiara de parecer. Seguramente reconcilió el sentimiento platónico por su
prima con su indomable sensualidad y ella respondió sin asomo de timidez,
porque el ardor de estos esposos llegó a ser legendario. Dicen que los vecinos
se juntaban en la calle, frente a la casa de los Aguirre, para deleitarse con
el escándalo y cruzar apuestas sobre el número de asaltos amorosos que habría
esa noche.
Al cabo de
mucha guerra, sangre, pólvora y lodo, Pedro de Valdivia regresó también a su
tierra natal, precedido por la fama de sus campañas militares, con bien ganada
experiencia y una bolsa de oro que pensaba destinar a poner en pie su
empobrecido patrimonio. Marina lo aguardaba transformada en mujer. Atrás habían
quedado sus mohínes de niña mimada; contaba diecisiete años, y su belleza,
etérea y serena, invitaba a contemplarla como a una obra de arte. Tenía un aire
distante de sonámbula, como si presintiera que su vida iba a ser una eterna
espera. En la primera noche que pasaron juntos, ambos repitieron, como
autómatas, los mismos gestos y silencios de antes. En la oscuridad de la
habitación se unieron los cuerpos sin alegría; él temía asustarla y ella temía
pecar; él deseaba enamorarla y ella deseaba que amaneciera pronto. Durante el
día, cada uno asumía el papel que tenía asignado, convivían en el mismo espacio
sin rozarse. Marina acogió a su marido con un cariño ansioso y solícito que a
él, lejos de halagarle, le molestaba. No necesitaba tantas atenciones, sino
algo de pasión, pero no se atrevía a pedirla, porque suponía que la pasión no
era propia de una mujer decente y religiosa, como ella. Se sentía vigilado por
Marina, preso en los lazos invisibles de un sentimiento que no sabía
corresponder. Le disgustaban la mirada suplicante con que ella lo seguía por la
casa, su muda tristeza al despedirlo, su expresión de velado reproche al
recibirlo después de una breve ausencia. Marina le parecía intocable, sólo
cabía deleitarse observándola a cierta distancia, mientras ella bordaba,
absorta en sus pensamientos y oraciones, iluminada como una santa de catedral
por la luz dorada de la ventana. Para Pedro, los encuentros tras los pesados y
polvorientos cortinajes del lecho conyugal, que había servido a tres
generaciones de los Valdivia, perdieron su atracción, porque ella se negó a
reemplazar la camisa con el ojal en forma de cruz por una prenda menos
intimidatoria. Pedro le sugirió que consultara con otras mujeres, pero Marina
no podía hablar de ese asunto con nadie. Después de cada abrazo permanecía
horas rezando arrodillada en el suelo de piedra de esa casona barrida por
corrientes de aire, inmóvil, humillada por no ser capaz de satisfacer a su
marido. Secretamente, sin embargo, se complacía en ese sufrimiento que la
distinguía de las mujeres ordinarias y la acercaba a la santidad. Pedro le
había explicado que no hay pecado de lascivia entre esposos, ya que el
propósito de la copulación son los hijos, pero Marina no podía evitar helarse
hasta la médula cuando él la tocaba. No en vano su confesor le había machacado
a fondo el temor al infierno y la vergüenza del cuerpo. Desde que Pedro la
conocía, sólo había visto la cara, las manos y a veces los pies de su mujer. Tentado
estaba de arrancarle a tirones el maldito camisón, pero le frenaba el terror
que reflejaban las pupilas de ella cuando se le acercaba, terror que
contrastaba con la ternura de su mirada durante el día, cuando ambos estaban
vestidos. Marina no tenía iniciativa en el amor ni en ningún otro aspecto de la
vida en común, tampoco cambiaba de expresión o de ánimo, era una oveja quieta.
Tanta sumisión irritaba a Pedro, a pesar de que la consideraba una
característica femenina. No comprendía sus propios sentimientos. Al desposarla,
cuando ella era todavía una niña, quiso retenerla en el estado de inocencia y
pureza que lo sedujo al principio, pero ahora sólo deseaba que ella se rebelara
y lo desafiara.
Valdivia
había llegado al grado de capitán con gran rapidez debido a su excepcional
valor y su capacidad de mando, pero a pesar de su brillante carrera no estaba
orgulloso de su pasado. Después del saqueo de Roma lo atormentaban recurrentes
pesadillas en las que aparecía una joven madre, abrazada a sus hijos, dispuesta
a saltar de un puente a un río de sangre. Conocía los límites de la abyección
humana y el fondo oscuro del alma, sabía que los hombres expuestos a la
brutalidad de la guerra son capaces de cometer acciones terribles y él no se
sentía diferente a los demás. Se confesaba, por supuesto, y el sacerdote lo
absolvía siempre con una penitencia mínima, porque las faltas cometidas en
nombre de España y la Iglesia no podían considerarse pecados.
¿Acaso no
obedecía órdenes de sus superiores? ¿Acaso el enemigo no merecía una suerte
vil? Ego te absolvo ab omnibus censuris et peccatis, in
nomine Patri, et Filii, et Spiritus Sancti, Amen. Para quien ha
probado la exaltación de matar no hay escapatoria ni absolución, pensaba Pedro.
Le había tomado gusto a la violencia, ése era el secreto vicio de todo soldado,
de otro modo no sería posible hacer la guerra. La ruda camaradería de las
barracas, el coro de rugidos viscerales con que los hombres se lanzaban juntos
a la batalla, la común indiferencia ante el dolor y el miedo, le hacían
sentirse vivo. Ese placer feroz al traspasar un cuerpo con la espada, ese
satánico poder al cercenar la vida de otro hombre, esa fascinación ante la
sangre derramada, eran adicciones muy poderosas. Se empieza matando por deber y
se termina haciéndolo por ensañamiento. Nada podía compararse a eso. Aun en él,
que temía a Dios y se preciaba de ser capaz de controlar sus pasiones, el
instinto de matar, una vez suelto, era más fuerte que el de vivir. Comer,
fornicar y matar, a eso se reducía el hombre, según su amigo Francisco de
Aguirre. La única salvación para su alma era evitar la tentación de la espada.
De rodillas ante el altar mayor de la catedral juró dedicar el resto de su existencia
a hacer el bien, servir a la Iglesia y a España, no cometer excesos y regir su
vida por severos principios morales. Había estado a punto de morir en varias
ocasiones y Dios le había permitido conservar la vida para expiar sus culpas.
Colgó su espada toledana junto a la antigua espada de su antepasado y se
dispuso a sentar cabeza.
El capitán
se convirtió en un apacible vecino preocupado por asuntos plebeyos, el ganado y
las cosechas, las sequías y las heladas, los contubernios y envidias del
pueblo.
Lecturas,
juegos de cartas, misas y más misas. Como era estudioso de la ley escrita y el
derecho, la gente le consultaba sobre asuntos legales y hasta las autoridades
judiciales se inclinaban ante su consejo. Su mayor deleite eran los libros, en
especial las crónicas de viajes y los mapas, que estudiaba al detalle. Había
aprendido de memoria el poema del Cid Campeador, se había deleitado con las
crónicas fantásticas de Solino y los viajes imaginarios de John Mandeville,
pero la lectura que realmente prefería eran las noticias del Nuevo Mundo que se
publicaban en España. Las proezas de Cristóbal Colón, Fernando de Magallanes,
Américo Vespucio, Hernán Cortés y tantos otros lo dejaban sin dormir por las
noches; con la vista clavada en el baldaquín de brocado de su cama, soñaba
despierto con descubrir apartados rincones del planeta, conquistarlos, fundar
ciudades, llevar la Cruz a tierras bárbaras para gloria de Dios, grabar el
propio nombre a fuego y acero en la Historia. Entretanto su esposa bordaba
casullas con hilos de oro y rezaba un rosario tras otro en inacabable letanía.
A pesar de que Pedro se aventuraba varias veces por semana a través de la
humillante apertura del camisón de Marina, los hijos tan deseados no llegaron.
Así pasaron años tediosos y lentos, en el sopor del ardiente verano y el
recogimiento del invierno. Dureza extremada, Extremadura.
Varios años
más tarde, cuando Pedro de Valdivia ya se había resignado a envejecer sin
gloria junto a su mujer en la silenciosa casa de Castuera, llegó de visita un
viajero de paso que llevaba una carta de Francisco de Aguirre. Su nombre era
Jerónimo de Alderete y era oriundo de Olmedo. Tenía rostro agradable, una mata
de pelo rizado color miel, bigote turco con las puntas engomadas hacia arriba y
los ojos incandescentes de un soñador.
Valdivia lo
recibió con la hospitalidad obligada del buen español, ofreciéndole su casa,
que carecía de lujos pero resultaba más cómoda y segura que las posadas. Era
invierno y Marina había ordenado encender fuego en el hogar de la sala
principal, pero los leños no disipaban las corrientes de aire ni las sombras.
En esa espartana habitación, casi desprovista de muebles y adornos, transcurría
la vida de la pareja; allí él leía y ella se afanaba con la aguja, allí comían
y allí, en los dos reclinatorios enfrentados al altar adosado a la pared, ambos
rezaban. Marina sirvió a los hombres un vino áspero, hecho en casa, salchichón,
queso y pan, luego se retiró a su rincón a bordar a la luz de un candelabro,
mientras ellos hablaban.
Jerónimo de
Alderete tenía la misión de reclutar hombres para llevarlos a las Indias, y
para tentarlos exhibía en tabernas y plazas un collar de gruesas cuentas de oro
labrado y unidas con un firme hilo de plata. La carta enviada por Francisco de
Aguirre a su amigo Pedro trataba sobre el Nuevo Mundo. Exultante, Alderete le
habló a su anfitrión de las fabulosas posibilidades de ese continente, que
andaban de boca en boca. Dijo que ya no había lugar para nobles hazañas en
Europa, corrupta, envejecida, desgarrada por conspiraciones políticas, intrigas
cortesanas y prédicas de herejes, como los luteranos, que dividían a la
cristiandad. El futuro estaba al otro lado del océano, aseguró. Había mucho por
hacer en las Indias o América, nombre que dio a esas tierras un cartógrafo
alemán en honor a Américo Vespucio, un jactancioso navegante florentino que no
tuvo el mérito de descubrirlas, como Cristóbal Colón. Según Alderete, debieron
haberlas nombrado Cristóbalas o Colónicas. En fin, ya estaba hecho y no era ése
el punto, añadió. Lo que más se necesitaba en el Nuevo Mundo eran hidalgos de
corazón indómito, con la espada en una mano y la cruz en la otra, dispuestos a
descubrir y conquistar. Era imposible imaginar la vastedad de esos lugares, el
verde infinito de sus selvas, la abundancia de sus ríos cristalinos, la
profundidad de sus lagos de aguas mansas, la opulencia de las minas de oro y
plata. Soñar no tanto con tesoros como con la gloria, vivir una vida plena,
combatir a los salvajes, cumplir un destino superior y, con el favor de Dios,
fundar una dinastía. Eso y más era posible en las nuevas fronteras del imperio,
dijo, donde había aves de plumaje enjoyado y mujeres de color miel, desnudas y
complacientes. «Perdonadme, doña Marina, es una forma de hablar…», añadió. No
alcanzaban las palabras del idioma castellano para describir la abundancia de
lo que allí se daba:
perlas como
huevos de codorniz, oro caído de los árboles y tanta tierra e indios
disponibles, que cualquier soldado podía convertirse en amo de una hacienda del
tamaño de una provincia española. Lo más importante, aseguró, era que numerosos
pueblos aguardaban la palabra del Dios Único y Verdadero y las bondades de la
noble civilización castellana.
Agregó que
Francisco de Aguirre, el amigo común, también deseaba embarcarse, y era tanta
su sed de aventura, que estaba dispuesto a dejar a su amada esposa y a los
cinco hijos que ésta le había dado en esos años.
—¿Creéis que
aún hay oportunidades para hombres como nosotros en la Terra Nova? —preguntó
Valdivia—. Han transcurrido cuarenta y tres años desde el arribo de Colón y
veintiséis desde que Cortés conquistó México…
—Y
veintiséis también desde que Fernando de Magallanes inició su viaje alrededor
del mundo. Como veis, la Tierra está en expansión, las oportunidades son
infinitas. No sólo el Nuevo Mundo está abierto a la exploración, también
África, India, las islas Filipinas y mucho más —insistió el joven Alderete.
Le repitió
lo que ya se comentaba en cada rincón de España:
la conquista
del Perú y su fastuoso tesoro. Unos años antes, dos soldados desconocidos,
Francisco Pizarro y Diego de Almagro, se asociaron en la empresa de llegar
hasta el Perú.
Desafiando
homéricos peligros en mar y tierra realizaron dos viajes: partieron de Panamá
en sus naves y avanzaron por la despedazada costa del Pacífico a tientas, sin
mapas, rumbo al sur, siempre el sur. Se guiaban por los rumores oídos a los
indios de diversas tribus sobre un lugar donde los utensilios de cocina y
labranza tenían esmeraldas incrustadas, por los arroyos fluía plata líquida, y
las hojas de los árboles y los escarabajos eran de oro vivo. Como no sabían con
precisión adónde iban, debían detenerse y bajar a tierra para explorar esas
regiones, nunca antes pisadas por planta europea. En el camino murieron muchos
castellanos y otros sobrevivieron alimentándose de culebras y sabandijas. En el
tercer viaje, en el que no participó Diego de Almagro porque estaba reclutando
soldados y consiguiendo financiamiento para
otra nave,
Pizarro y sus hombres alcanzaron por fin el territorio de los incas. Sonámbulos
de fatiga y sudor, extraviados de mar y cielo, los españoles descendieron de
sus maltrechas embarcaciones en una tierra benigna de valles fértiles y
majestuosas montañas, muy distinta a las junglas envenenadas del norte. Eran
sesenta y dos zaparrastrosos caballeros y ciento seis exhaustos soldados de a
pie. Echaron a andar con cautela en sus pesadas armaduras, llevando una cruz
delante, los arcabuces cargados y las espadas desnudas.
Les salieron
al encuentro gentes color madera, vestidas con finas telas de colores, que
hablaban una lengua de vocales dulces y se mostraban asustadas porque nunca
habían visto nada como esos seres barbudos, mitad bestia y mitad hombre.
La sorpresa
debió de ser similar por ambas partes, ya que los navegantes no esperaban
hallar una civilización como aquélla.
Quedaron
perplejos ante las obras de arquitectura e ingeniería, los tejidos y las joyas.
El inca Atahualpa, soberano de aquel imperio, se encontraba entonces en unas
termas de aguas curativas, donde acampaba con un lujo comparable al de Solimán
el Magnífico, en compañía de miles de cortesanos. Has-ta allí llegó uno de los
capitanes de Pizarro para invitarlo a conferenciar. El Inca lo recibió con su
fastuoso séquito en una tienda blanca, rodeado de flores y árboles frutales,
plantados en maceteros de metales preciosos, y entre piscinas de agua caliente,
donde jugaban centenares de princesas y nubes de niños. Estaba oculto por una
cortina, porque nadie podía mirarlo a la cara, pero la curiosidad pudo más que
el protocolo y Atahualpa hizo quitar la cortina para observar de cerca al
extranjero barbudo. El capitán se encontró frente a un monarca aún joven y de
agradables facciones, sentado en un trono de oro macizo, bajo un baldaquín de
plumas de papagayo. A pesar de las extrañas circunstancias, una chispa de simpatía
mutua surgió entre el soldado español y el noble quechua. Atahualpa ofreció al
pequeño grupo de visitantes un banquete en vajillas de oro y plata con
incrustaciones de amatistas y esmeraldas. El capitán transmitió al Inca la
invitación de Pizarro, pero se sentía acongojado porque sabía que era una
trampa para hacerlo prisionero, de acuerdo con la estrategia habitual de los
conquistadores en esos casos. Le bastaron pocas horas para aprender a respetar
a esos indígenas; nada tenían de salvajes, al contrario, eran más civilizados
que muchos pueblos de Europa. Comprobó, admirado, que los incas tenían
conocimientos avanzados de astronomía y habían elaborado un calendario solar;
además, llevaban el censo de los millones de habitantes de su extenso imperio, que
controlaban con impecable organización social y militar.
Sin embargo,
carecían de escritura, sus armas eran primitivas, no usaban la rueda ni tenían
animales de carga o de montar, sólo unas delicadas ovejas de patas largas y
ojos de novia, las llamas. Adoraban al Sol, que sólo exigía sacrificios humanos
en ocasiones trágicas, como una
enfermedad
del Inca o reveses en la guerra, entonces era necesario aplacarlo con ofrendas
de vírgenes o niños.
Engañados
por falsas promesas de amistad, el Inca y su extensa corte llegaron sin armas a
la ciudad de Cajamarca, donde Pizarro había preparado una encerrona. El
soberano viajaba en un palanquín de oro llevado en andas por sus ministros; le
seguía su serrallo de hermosas doncellas. Los españoles, después de dar muerte
a miles de sus cortesanos, que intentaron protegerlo con sus cuerpos, hicieron
prisionero a Atahualpa.
—No se habla
de otra cosa que del tesoro del Perú. La noticia es como fiebre, ha contagiado
a media España.
Decidme, ¿es
cierto lo que se cuenta? —preguntó Valdivia.
—Cierto,
aunque parezca increíble. A cambio de su libertad, el Inca ofreció a Pizarro el
contenido en oro de una habitación de veintidós pies de largo por diecisiete de
ancho y nueve de altura.
—¡Es una
suma imposible!
—Es el
rescate más alto de la Historia. Llegó en forma de joyas, estatuas y vasos,
pero fueron derretidos para convertirlos en barras marcadas con el sello real
de España.
De nada le
sirvió a Atahualpa entregar semejante fortuna, que sus súbditos trajeron desde
los más apartados lugares del imperio como diligentes hormigas; Pizarro,
después de tenerlo prisionero durante nueve meses, lo condenó a ser quemado
vivo. A última hora conmutó la sentencia por una muerte más amable, el garrote
vil, a cambio de que el Inca accediese a ser bautizado —explicó Alderete.
Agregó que Pizarro creía
tener buenas
razones para hacerlo, ya que supuestamente el cautivo había instigado desde su
celda una sublevación. Según decían los espías, había doscientos mil quechuas
provenientes de Quito y treinta mil caribes, que comían carne humana, listos
para marchar contra los conquistadores en Cajamarca, pero la muerte del Inca
los obligó a desistir. Más tarde se supo que aquel inmenso ejército no existía.
—De todos
modos, cuesta explicarse cómo un puñado de españoles pudo derrotar a la
refinada civilización que describís. Estamos hablando de un territorio mayor
que Europa
—dijo Pedro
de Valdivia.
—Era un
imperio muy vasto, pero frágil y joven. Cuando llegó Pizarro, tenía sólo un
siglo de existencia. Además, los incas vivían en la molicie, nada pudieron
hacer frente a nuestro coraje, las armas y los caballos.
—Supongo que
Pizarro se alió con los enemigos del Inca, como hizo Hernán Cortés en México.
—Así es.
Atahualpa y su hermano Huáscar mantenían una guerra fratricida, y de eso se
valieron Pizarro y luego Almagro, quien llegó al Perú poco después, para
derrotar a ambos.
Alderete
explicó que en el imperio del Perú no se movía una hoja sin conocimiento de las
autoridades, todos eran siervos. Con parte del tributo que pagaban los
súbditos, el Inca alimentaba y protegía a huérfanos, viudas, enfermos y
ancianos, y guardaba reservas para los malos tiempos. Pero, a pesar de estas
razonables medidas, inexistentes en España, el pueblo detestaba al soberano y a
su corte, porque vivía sometido a la servidumbre por las castas de los
militares y religiosos, los orejones. Según dijo, al pueblo le daba lo mismo
hallarse bajo el dominio de los incas o de los españoles, por eso no opuso
mucha resistencia a los invasores. En todo caso, la muerte de Atahualpa dio la
victoria a Pizarro; al descabezar el cuerpo del imperio, éste se desmoronó.
—Esos dos
hombres, Pizarro y Almagro, bastardos sin educación ni fortuna, son el mejor
ejemplo de lo que puede alcanzarse en el Nuevo Mundo. No sólo se han hecho
riquísimos, sino que han sido colmados de honores y títulos por nuestro
emperador —agregó Alderete.
—Sólo se
habla de fama y riqueza, sólo se cuentan las empresas exitosas: oro, perlas,
esmeraldas, tierras y pueblos sometidos, nada se dice de los peligros —arguyó
Valdivia.
—Tenéis
razón. Y los peligros son infinitos. Para conquistar esos suelos vírgenes se
requieren hombres de mucho temple.
Valdivia
enrojeció. ¿Acaso ese joven dudaba de su temple?
Pero
enseguida razonó que, de ser así, estaba en su derecho.
Hasta él
mismo dudaba; hacía mucho tiempo que no ponía a prueba su propio coraje. El
mundo estaba cambiando a pasos de gigante. Le había tocado nacer en una época
espléndida en la que por fin se revelaban los misterios del Universo: no sólo
la Tierra había resultado ser redonda, también había quienes sugerían que ésta
giraba en torno al Sol y no a la inversa.
¿Y qué hacía
él mientras todo eso ocurría? Contaba corderos y cabras, recolectaba bellotas y
aceitunas. Una vez más Valdivia tuvo conciencia de su hastío. Estaba harto de
ganado y labradíos, de jugar a los naipes con los vecinos, de misas y rosarios,
de releer los mismos libros —casi todos prohibidos por la Inquisición— y de
varios años de abrazos obligados y estériles con su mujer. El destino,
encarnado en ese joven de refulgente entusiasmo, golpeaba una vez más a su
puerta, tal como lo hiciera en los tiempos de Lombardía, Flandes, Pavía, Milán,
Roma.
—¿Cuándo
partís a las Indias, Jerónimo?
—Este mismo
año, si Dios me lo permite.
—Podéis
contar conmigo —dijo Pedro de Valdivia en un susurro, para que Marina no le
oyera. Tenía la mirada fija en su espada toledana, que colgaba sobre la
chimenea.
En 1537 me
despedí de mi familia, a quien ya no volvería a ver, y viajé con mi sobrina
Constanza a la hermosa Sevilla, perfumada de azahar y jazmín, y de allí,
navegando por las claras aguas del Guadalquivir, llegamos al bullicioso puerto
de Cádiz, con sus callejuelas de adoquines y sus cúpulas moriscas. Nos
embarcamos en la nave del maestro Manuel Martín, de tres mástiles y doscientas
cuarenta toneladas, lenta y pesada, pero segura. Una fila de hombres llevó a
bordo la carga: barriles de agua, cerveza, vino y aceite, sacos de harina,
carne seca, aves vivas, una vaca y dos cerdos para consumir en el viaje, además
de varios caballos, que en el Nuevo Mundo se vendían a precio de oro. Vigilé
que mis bultos, bien amarrados, fuesen dispuestos en el espacio que el maestro
Martín me asignó. Lo primero que hice al instalarme con mi sobrina en nuestra
pequeña cabina fue disponer un altar para Nuestra Señora del Socorro.
—Tenéis
mucho valor al emprender este viaje, doña Inés.
¿Dónde os
espera vuestro marido? —quiso saber Manuel Martín.
—En verdad
lo ignoro, maestro.
—¿Cómo? ¿No
os espera en Nueva Granada?
— M e e n v i ó s u ú l t i m
a c a r t a d e s d e u n l u g a r q u e l l a m a n C o r o , e n V e n e z u
e l a , p e r o e s o f u e h a c e t i e m p o y p u e d e s e r q u e y a n o
s e e n c u e n t r e a l l í .
—Las Indias
son un territorio más vasto que todo el resto del mundo conocido. No os será
fácil hallar a vuestro marido.
—Lo buscaré
hasta encontrarlo.
—¿Cómo,
señora mía?
—Como es
habitual, preguntando…
—Os deseo
suerte, entonces. Ésta es la primera vez que viajo con mujeres. Os ruego, a vos
y a vuestra sobrina, que seáis prudentes
—agregó el
maestro.
—¿Qué
queréis decir?
—Ambas sois
jóvenes y nada mal parecidas. Sin duda adivináis a qué me refiero. Tras una
semana en alta mar, la tripulación comenzará a padecer la falta de mujer y,
habiendo dos a bordo, la tentación será fuerte. Además, los marineros creen que
la presencia femenina atrae tormentas y otras desgracias. Por vuestro bien y mi
tranquilidad, preferiría que no tuvierais trato con mis hombres.
El maestro
era un gallego bajo, de anchas espaldas y piernas cortas, con una nariz
prominente, ojillos de roedor y la piel curtida, como el cuero, por la sal y
los vientos de las travesías. Se había embarcado de grumete a los trece años y
podía contar en una mano los años que había pasado en tierra firme. Su aspecto
tosco contrastaba con la gentileza de sus modales y la bondad de su alma, como
sería evidente más tarde, cuando vino en mi ayuda en un momento de mucha
necesidad.
Es una
lástima que entonces yo no supiese escribir, porque habría comenzado a tomar
notas. Aunque no sospechaba aún que mi vida merecería ser contada, aquel viaje
debió ser registrado en detalle, ya que muy poca gente ha cruzado la salada
extensión del océano, aguas de plomo, hirvientes de vida secreta, pura
abundancia y terror, espuma, viento y soledad. En este relato, escrito muchos
años después de los hechos, deseo ser lo más fiel a la verdad posible, pero la
memoria es siempre caprichosa, fruto de lo vivido, lo deseado y la fantasía. La
línea que divide la realidad de la imaginación es muy tenue, y a mi edad ya no
interesa porque todo es subjetivo. La memoria también está teñida por la
vanidad. Ahora la Muerte está sentada en una silla cerca de mi mesa, esperando,
pero todavía me alcanza la vanidad no sólo para ponerme carmín en las mejillas
cuando vienen visitas, sino para escribir mi historia. ¿Hay algo más
pretencioso que una autobiografía?
Yo nunca
había visto el océano; creía que era un río muy ancho, pero no imaginé que no
se vislumbraba la otra orilla.
Me abstuve
de hacer comentarios para disimular mi ignorancia y el miedo que me heló los
huesos cuando la nave salió a aguas abiertas y comenzó a menearse. Éramos siete
pasajeros, y todos, menos Constanza, quien tenía el estómago muy firme, nos
mareamos. Tanto fue mi malestar, que al segundo día le rogué al maestro Martín
que me facilitara un bote para remar de vuelta a España. Lanzó una carcajada y
me obligó a tragar una pinta de ron que tuvo la virtud de transportarme a otro
mundo durante treinta horas, al cabo de las cuales resucité, demacrada y verde;
sólo entonces pude beber un caldo que mi gentil sobrina me dio a cucharaditas.
Habíamos dejado atrás la tierra firme y navegábamos en aguas oscuras, bajo un
cielo infinito, en el mayor desamparo. No podía imaginar cómo el piloto se
orientaba en ese paisaje siempre idéntico, guiándose con su astrolabio y las
estrellas en el firmamento.
Me aseguró
que podía estar tranquila, pues había hecho el viaje muchas veces y la ruta era
bien conocida por españoles y portugueses, que llevaban décadas recorriéndola.
Las cartas de navegación ya no eran secretos bien guardados, hasta los malditos
ingleses las poseían. Otra cosa eran las cartas del estrecho de Magallanes o de
la costa del Pacífico, me aclaró; los pilotos las cuidaban con sus vidas, pues
eran más valiosas que cualquier tesoro del Nuevo Mundo.
Nunca me
acostumbré al movimiento de las olas, el crujido de las tablas, el rechinar de
los hierros, el golpeteo incesante de las velas azotadas por el viento. De
noche apenas podía dormir. De día me atormentaban la falta de espacio y, sobre
todo, los ojos de perro en celo con que me miraban los hombres. Debía
conquistar mi turno en el fogón para colocar nuestra olla, así como la
privacidad para usar la letrina, un cajón con un orificio suspendido sobre el
océano. Constanza, por el contrario, jamás se quejaba y hasta parecía contenta.
Cuando llevábamos un mes de viaje, los alimentos empezaron a escasear y el
agua, ya descompuesta, fue racionada. Trasladé la jaula con las gallinas a
nuestro camarote porque me robaban los huevos, y dos veces al día las sacaba a
tomar el aire atadas con un cordel por una pata.
En una
ocasión tuve que usar mi sartén de hierro para defenderme de un marinero más
osado que los demás, un tal Sebastián Romero, cuyo nombre no he olvidado porque
sé que nos encontraremos en el purgatorio. En la promiscuidad de la nave, este
hombre aprovechaba la menor ocasión para echarse encima de mí, pretextando el
movimiento natural de las olas.
Le advertí
una y otra vez que me dejara en paz, pero eso aún lo excitaba más. Una noche me
sorprendió sola en el reducido espacio bajo el puente destinado a la cocina.
Antes de que
alcanzara a darme un zarpazo, sentí su aliento fétido en la nuca y, sin
pensarlo dos veces, di media vuelta y le mandé un sartenazo en la cabeza, tal
como años antes había hecho con el pobre Juan de Málaga, cuando intentó
golpearme. Sebastián Romero tenía el cráneo más blando que Juan y cayó
despatarrado al suelo, donde permaneció dormido por varios minutos, mientras yo
buscaba unos trapos para vendarlo. No derramó tanta sangre como cabía esperar,
aunque después se le hinchó la cara y se le volvió color de berenjena. Lo ayudé
a ponerse de pie y, como a ninguno de los dos nos convenía dar a conocer la
verdad, acordamos que se había golpeado contra una viga.
Entre los
pasajeros de la nave iba un cronista y dibujante, Daniel Belalcázar, enviado
por la Corona con la misión de trazar mapas y dejar testimonio de sus
observaciones. Era un hombre de unos treinta y tantos años, delgado y fuerte,
de rostro anguloso y piel cetrina, como un andaluz. Trotaba de proa a popa y de
vuelta durante horas, para ejercitar los músculos, se peinaba con una trenza
corta y llevaba un aro de oro en la oreja izquierda. La única vez que un
miembro de la tripulación se burló de él, lo derribó de un puñetazo en la nariz
y ya no volvieron a molestarlo. Belalcázar, quien había comenzado sus viajes
muy joven y conocía las costas remotas de África y Asia, nos contó que en una
ocasión fue hecho prisionero por Barbarroja, el temible pirata turco, y vendido
como esclavo en Argelia, de donde pudo escapar al cabo de dos años, después de
muchos sufrimientos. Llevaba siempre bajo el brazo un grueso cuaderno, envuelto
en una tela encerada, donde escribía sus pensamientos con una letra minúscula,
como las hormigas. Se entretenía dibujando a los marineros en sus tareas y en
especial a mi sobrina. En preparación para el convento, Constanza se vestía
como una novicia, con un hábito de tela burda cosido por ella misma, y se
cubría la cabeza con un triángulo de la misma tela, que no le dejaba un solo
cabello a la vista, le tapaba la mitad de la frente y se cerraba bajo el
mentón. Sin embargo, este horroroso atuendo no ocultaba su porte altivo ni sus
espléndidos ojos, negros y relucientes, como aceitunas. Belalcázar consiguió
primero que posara para él, luego que se quitara el trapo de la cabeza y por
fin que se soltara el moño de anciana y permitiera que la brisa alborotara sus
rizos negros. Digan lo que digan los documentos con sellos oficiales sobre la
pureza de sangre de nuestra familia, sospecho que por nuestras venas corre
bastante sangre sarracena. Constanza, sin el hábito, parecía una de esas
odaliscas de tapicería otomana.
Llegó un día
en que empezamos a pasar hambre. Entonces me acordé de las empanadas y convencí
al cocinero, un negro del norte de África con el rostro bordado de cicatrices,
para que me facilitara harina, grasa y un poco de carne seca, que puse a
remojar en agua de mar antes de cocinarla. De mis propias reservas aporté
aceitunas, pasas, unos huevos cocidos, picados en trocitos, para que cundieran,
y comino, una especia barata que da un sabor peculiar al guiso. Habría dado
cualquier cosa por unas cebollas, de esas que sobraban en Plasencia, pero no
quedaba ninguna en la bodega. Cociné el relleno, sobé la masa y preparé
empanadas fritas, porque no había horno. Tuvieron tanto éxito, que a partir de
ese día todos contribuían con algo de sus provisiones para el relleno. Hice
empanadas de lentejas, garbanzos, pescado, gallina, salchichón, queso, pulpo y
tiburón, y me gané así la consideración de los tripulantes y pasajeros. El
respeto lo obtuve, después de una tormenta, cauterizando heridas y componiendo
huesos quebrados de un par de marineros, como había aprendido a hacer en el
hospital de las monjas, en Plasencia. Ése fue el único incidente digno de
mención, aparte de haber escapado de corsarios franceses que acechaban las
naves de España. Si nos hubiesen dado alcance —como explicó el maestro Manuel
Martín—, habríamos sufrido un terrible fin, porque estaban muy bien armados. Al
conocer el peligro que se cernía sobre nosotros, mi sobrina y yo nos
arrodillamos ante la imagen de Nuestra Señora del Socorro a rogarle con fervor
por nuestra salvación, y ella nos hizo el milagro de una neblina tan densa, que
los franceses nos perdieron de vista. Daniel Belalcázar dijo que la neblina
estaba allí antes de que empezáramos a rezar; el timonel sólo tuvo que enfilar
hacia ella.
Este
Belalcázar era hombre de poca fe pero muy entretenido.
Por las
tardes nos deleitaba con relatos de sus viajes y de lo que veríamos en el Nuevo
Mundo. «Nada de cíclopes, ni gigantes, ni hombres con cuatro brazos y cabeza de
perro, pero encontraréis con seguridad seres primitivos y malvados,
especialmente entre los castellanos», se burlaba. Nos aseguró que los
habitantes del Nuevo Mundo no eran todos salvajes; aztecas, mayas e incas eran
más refinados que nosotros, al menos se bañaban y no andaban cubiertos de
piojos.
—Codicia,
sólo codicia —agregó—. El día que los españoles pisamos el Nuevo Mundo, fue el
fin de esas culturas. Al comienzo nos recibieron bien. Su curiosidad superó a
la prudencia. Como vieron que a los extraños barbudos salidos del mar les
gustaba el oro, ese metal blando e inútil que a ellos les sobraba, se lo
regalaron a manos llenas. Sin embargo, pronto nuestro insaciable apetito y
brutal orgullo les resultaron ofensivos. ¡Y cómo no! Nuestros soldados abusan
de sus mujeres, entran a sus casas y toman sin permiso lo que se les antoja, y
al primero que osa ponerse por delante lo despachan de un sablazo. Proclaman
que esa tierra, adonde recién han llegado, pertenece a un soberano que vive al
otro lado del mar y pretenden que los nativos adoren unos palos cruzados.
—¡Que no os
oigan hablar así, señor Belalcázar! Os acusarán de traidor al emperador y de
hereje —le advertí.
—No digo
sino la verdad. Comprobaréis, señora, que los conquistadores carecen de
vergüenza: llegan como mendigos, se comportan como ladrones y se creen señores.
Esos tres
meses de travesía fueron largos como tres años, pero me sirvieron para saborear
la libertad. No había familia —salvo la tímida Constanza—, ni vecinos ni
frailes observándome; no debía rendir cuentas a nadie.
Me despojé
de los vestidos negros de viuda y de la cotilla que me aprisionaba las carnes.
A su vez, Daniel Belalcázar convenció a Constanza para que se desprendiera del
hábito monjil y usara mis sayas.
Los días
parecían interminables, y las noches, aún más. La suciedad, la estrechez, la
escasa y pésima comida, el mal humor de los hombres, todo contribuía al
purgatorio que fue la travesía, pero al menos nos salvamos de las serpientes
marinas capaces de tragarse una nave, los monstruos, los tritones, las sirenas
que enloquecen a los marineros, las ánimas de los ahogados, los barcos
fantasmas y los fuegos fatuos. La tripulación nos advirtió de estos y otros
peligros habituales en los mares, pero Belálcazar aseguró que jamás había visto
nada de eso.
Un sábado de
agosto arribamos a tierra. El agua del océano, antes negra y profunda, se
volvió celeste y cristalina. El bote nos condujo a una playa de arenas
ondulantes lamida por olas mansas. Los tripulantes se ofrecieron para
cargarnos, pero Constanza y yo nos alzamos las sayas y vadeamos el agua;
preferimos mostrar las pantorrillas a ir como sacos de harina sobre las
espaldas de los hombres. Nunca imaginé que el mar fuese tibio; desde el barco
parecía muy frío.
La aldea
consistía en unas chozas de cañabrava y techo de palma; la única calle que
había era un lodazal, y la iglesia no existía; sólo una cruz de palo sobre un
promontorio marcaba la casa de Dios. Los escasos habitantes de aquel villorrio
perdido eran una mezcla de marineros de paso, negros y pardos, además de los
indios, a los que yo veía por primera vez, unas pobres gentes casi desnudas,
miserables.
Nos envolvió
una naturaleza densa, verde, caliente. La humedad empapaba hasta los
pensamientos y el sol se abatía implacable sobre nosotros. La ropa resultaba
insoportable, y nos quitamos los cuellos, los puños, las medias y el calzado.
Pronto
averigüé que Juan de Málaga no estaba allí. El único que lo recordaba era el
padre Gregorio, un infortunado fraile dominico, enfermo de malaria y convertido
en anciano antes de tiempo, ya que apenas había cumplido los cuarenta años y
parecía tener setenta. Llevaba dos décadas en la selva con la misión de enseñar
y propagar la fe de Cristo, y en sus andanzas se había topado un par de veces
con mi marido. Me confirmó que, como tantos españoles alucinados, Juan buscaba
la mítica ciudad de oro.
—Alto,
guapo, amigo de apuestas y del vino. Simpático —
dijo.
No podía ser
otro.
—El Dorado
es una invención de los indios para librarse de los extranjeros, que yendo tras
el oro acaban muertos —agregó el fraile.
E l p a d r e G r e g o r i o
n o s c e d i ó a C o n s t a n z a y a m í s u c h o z a , d o n d e p u d i m
o s d e s c a n s a r , m i e n t r a s l a m a r i n e r í a s e e m b r i a g
a b a c o n u n f u e r t e l i c o r d e p a l m a y a r r a s t
r a b a a l a s i n d i a s , c o n t r a s u v o l u n t
a d , a l a e s p e s u r a q u e c e r c a b a e l p o b l a d o .
A p e s a r d e l o s t i b u
r o n e s , q u e h a b í a n s e g u i d o a l b a r c o d u r a n t e d í a s
, D a n i e l B e l a l c á z a r s e r e m o j ó e n e s e m a r l í m p i d o
d u r a n t e h o r a s . C u a n d o s e q u i t ó l a c a m i s a , v i m o s
q u e t e n í a l a e s p a l d a c r u z a d a d e c i c a t r i c e s d e a z
o t e s , p e r o é l n o d i o e x p l i c a c i o n e s y n a d i e s e a t r
e v i ó a p e d í r s e l a s .
E n e l v i a j e h a b í a m
o s c o m p r o b a d o q u e e s e h o m b r e t e n í a l a m a n í a d e l a
v a r s e , p o r l o v i s t o c o n o c í a o t r o s p u e b l o s q u e l o
h a c í a n . Q u i s o q u e
C o n s t a n z a e n t r a r
a e n e l m a r c o n é l , i n c l u s o
v e s t i d a , p e r o y o n
o s e l o p e r m i t í ; h a b í a p r o m e t i d o a s u s p a d r e s q u e
l a d e v o l v e r í a e n t e r a
y n o m o r d i d a p o r u n
t i b u r ó n .
Cuando el
sol se puso, los indios encendieron fogatas de leña verde para combatir a los
mosquitos que se volcaron sobre el villorrio. El humo nos cegaba y apenas nos
permitía respirar, pero la alternativa era peor, porque tan pronto nos
alejábamos del fuego nos caía encima la nube de bichos.
Cenamos
carne de danta, un animal parecido al cerdo, y una papilla blanda que llaman
mandioca; eran sabores extraños, pero después de tres meses de pescado y
empanadas la cena nos pareció principesca. También probé por primera vez una
espumosa bebida de cacao, un poco amarga a pesar de las especias con que la
habían sazonado. Según el padre Gregorio, los aztecas y otros indios americanos
usan las semillas de cacao como nosotros usamos las monedas, así son de
preciosas para ellos.
La tarde se
nos fue oyendo las aventuras del religioso, quien se había internado varias
veces en la selva para convertir almas. Admitió que en su juventud también
había perseguido el sueño terrible de El Dorado. Había navegado por el río
Orinoco, plácido como una laguna a veces, torrentoso e indignado en otros
tramos. Nos contó de inmensas cascadas que nacen de las nubes y revientan abajo
en un arco iris de espuma, y de verdes túneles en el bosque, eterno crepúsculo
de la vegetación apenas tocada por la luz del día. Dijo que crecían flores
carnívoras con olor a cadáver y otras delicadas y fragantes pero ponzoñosas;
también nos habló de aves con fastuoso plumaje, y de pueblos de monos con
rostro humano que espiaban a los intrusos desde el denso follaje.
—Para
nosotras, que venimos de Extremadura, sobria y seca, piedra y polvo, ese
paraíso es imposible de imaginar —
comenté.
—Es un
paraíso sólo en apariencia, doña Inés. En ese mundo caliente, pantanoso y
voraz, infestado de reptiles e insectos venenosos, todo se corrompe
rápidamente, sobre todo el alma.
La selva
transforma a los hombres en rufianes y asesinos.
— Q u i e n e s s e i n t e r
n a n a l l í s ó l o p o r c o d i c i a y a e s t á n c o r r o m p i d o s ,
p a d r e . L a s e l v a s ó l o p o n e e n e v i d e n c i a l o q u e l o s
h o m b r e s y a s o n
— r e p l i c ó D a n i e l B
e l a l c á z a r , m i e n t r a s a n o t a b a f e b r i l m e n t e l a s p
a l a b r a s d e l f r a i l e e n s u c u a d e r n o p o r q u e s u i n t e
n c i ó n e r a s e g u i r l a r u t a d e l O r i n o c o .
Esa primera
noche en tierra firme, el maestro Manuel Martín y algunos marineros fueron a
dormir a la nave para cuidar la carga; eso dijeron, pero se me ocurre que en
verdad temían las serpientes y sabandijas de la selva. Los demás, hartos del
confinamiento de los minúsculos camarotes, preferimos acomodarnos en la aldea.
Constanza, extenuada, se durmió al punto en la hamaca que nos habían asignado,
protegida por un inmundo mosquitero de tela, pero yo me preparé para pasar
varias horas de insomnio. La noche allí era muy negra, estaba poblada de
misteriosas presencias, era ruidosa, aromática y temible. Me parecía hallarme
rodeada de las criaturas que había mencionado el padre Gregorio: insectos
enormes, víboras que mataban de lejos, fieras desconocidas. Sin embargo, más
que esos peligros naturales me inquietaba la maldad de los hombres embriagados.
No podía cerrar los ojos.
Transcurrieron
dos o tres horas largas y, cuando por fin empezaba a dormitar, escuché algo o a
alguien que rondaba la choza. Mi primera sospecha fue que se trataba de un
animal, pero enseguida recordé que Sebastián Romero se había quedado en tierra
y deduje que, lejos de la autoridad del maestro Manuel Martín, el hombre podía
ser de cuidado. No me equivoqué. Si hubiese estado dormida, tal vez Romero
habría conseguido su propósito, pero, para su desgracia, yo lo aguardaba con
una daga morisca, pequeña y afilada como una aguja, que había comprado en
Cádiz. La única luz en el interior de la choza provenía del reflejo de las
brasas que morían en la fogata donde habían asado la danta. Un hueco sin puerta
nos separaba del exterior, y mis ojos se habían acostumbrado a la penumbra.
Romero entró a gatas, husmeando, como un perro, y se acercó a la hamaca donde
yo debía estar tendida con Constanza. Alcanzó a estirar la mano para separar el
mosquitero, pero se le heló el gesto al sentir la punta de mi daga en el cuello,
detrás de la oreja.
—Veo que no
aprendes, bribón —le dije sin levantar la voz, para no hacer escándalo.
— ¡ Q u e e l D i a b l o t e
l l e v e , r a m e r a ! H a s j u g a d o
c o n m i g o d u r a n t e t
r e s m e s e s y a h o r a f i n g e s q u e n o q u i e r e s l o m i s m o q
u e y o — m a s c u l l ó , f u r i o s o .
C o n s t a n z a d e s p e r
t ó a s u s t a d a y s u s g r i t o s a t r a j e r o n a l p a d r e G r e g
o r i o , a D a n i e l B e l a l c á z a r y a o t r o s q u e d o r m í a n c
e r c a . A l g u i e n e n c e n d i ó u n a a n t o r c h a y e n t r e t o d
o s s a c a r o n a v i v a f u e r z a a l h o m b r e d e n u e s t r a v i v
i e n d a . E l p a d r e G r e g o r i o o r d e n ó q u e l o a t a r a n a u
n á r b o l h a s t a q u e s e l e p a s a r a l a d e m e n c i a d e l a l c
o h o l
d e p a l m a , y a l l í e s
t u v o g r i t a n d o a m e n a z a s y m a l d i c i o n e s d u r a n t e u
n b u e n r a t o , h a s t a q u e p o r f i n , a l a m a n e c e r , c a y ó
r e n d i d o p o r l a f a t i g a y l o s d e m á s p u d i m o s d o r m i r
.
Unos días
más tarde, después de cargar agua fresca, frutos tropicales y carne salada, la
nave del maestro Manuel Martín nos condujo hacia el puerto de Cartagena, que ya
entonces era de importancia fundamental, porque allí se embarcaban los tesoros
del Nuevo Mundo rumbo a España. Las aguas del mar Caribe eran azules y limpias
como las piletas de los palacios de los moros. El aire tenía un olor
intoxicante de flores, fruta y sudor. La muralla, construida con piedras unidas
por una mezcla de cal y sangre de toro, brillaba bajo un sol implacable.
Centenares de indígenas, desnudos y con cadenas, acarreaban grandes piedras,
azuzados a latigazos por los capataces. Ese murallón y una fortaleza protegían
a la flota española de los piratas y otros enemigos del imperio. En el mar se
mecían varias naves ancladas en la bahía, algunas de guerra y otras mercantes,
incluso un barco negrero que transportaba su carga del África para ser rematada
en la feria de negros. Se distinguía de los otros por el olor que emanaba a miseria
humana y maldad. Comparada con cualquiera de las viejas ciudades de España,
Cartagena era todavía una aldea, pero contaba con iglesia, calles bien
trazadas, viviendas enjalbegadas, edificios sólidos de gobernación, bodegas de
carga, mercado y tabernas. La fortaleza, todavía en construcción, presidía
desde lo alto de una colina, con los cañones ya instalados y apuntando a la
bahía. La población era muy variada, y las mujeres, descotadas y atrevidas, me
parecieron bellas, sobre todo las mulatas. Decidí quedarme un tiempo porque
averigüé que mi marido había estado allí hacía poco más de un año. En un
almacén tenían un atado de ropa que Juan había dejado en prenda con la promesa
de que a su regreso pagaría el dinero adeudado.
En la única
posada de Cartagena no aceptaban a mujeres solas, pero el maestro Manuel
Martín, que conocía a mucha gente, nos consiguió una vivienda en alquiler.
Consistía en una pieza bastante amplia, aunque casi vacía, con una puerta a la
calle y una ventana angosta, sin más mobiliario que un camastro, una mesa y una
banqueta, donde mi sobrina y yo acomodamos nuestros bártulos. De inmediato
empecé a ofrecer mis servicios como costurera y a buscar un horno público para
hacer empanadas, porque mis ahorros estaban desapareciendo más rápido de lo
calculado.
Apenas nos
instalamos, apareció Daniel Belalcázar a hacernos una visita. La pieza estaba
atiborrada de bultos, así es que debió sentarse en la cama, con su sombrero en
la mano. Sólo teníamos agua para ofrecerle y se bebió dos vasos seguidos;
estaba sudando.
Pasó un rato
largo en silencio, escudriñando el suelo de tierra apisonada con desmesurada
atención, mientras nosotras esperábamos, tan incómodas como él.
—Doña Inés,
vengo a solicitaros, con el mayor respeto, la mano de vuestra sobrina —soltó al
fin.
La sorpresa
casi me aturde. Nunca había visto entre ellos algo que indicara un romance, y
por un momento pensé que el calor había trastornado a Belalcázar, pero la
expresión embobada de Constanza me obligó a recapacitar.
—¡La niña
tiene quince años! —exclamé, espantada.
—Aquí las
muchachas se casan jóvenes, señora.
—Constanza
no tiene dote.
—Eso no
tiene importancia. Nunca he aprobado esa costumbre, y aunque Constanza tuviese
una dote de reina, yo no la aceptaría.
—¡Mi sobrina
desea ser monja!
—Deseaba,
señora, pero ya no —murmuró Belalcázar, y ella lo confirmó con voz clara y
rotunda.
Les hice ver
que yo carecía de autoridad para entregarla en matrimonio, y menos a un
aventurero desconocido, un hombre sin residencia fija que se pasaba la vida
anotando tonterías en un cuaderno y la doblaba en edad. ¿Cómo pensaba
mantenerla? ¿Acaso pretendía que ella lo siguiera al Orinoco a retratar
caníbales? Constanza me interrumpió para anunciar, roja de vergüenza, que era
demasiado tarde para oponerme, porque en realidad ya estaban casados ante Dios,
aunque no ante la ley humana. Entonces me enteré de que mientras yo hacía
empanadas de noche en el barco, ellos dos hacían lo que les daba la real gana
en el camarote de Belalcázar. Levanté la mano para darle a Constanza un par de
bien merecidas bofetadas, pero él me sujetó el brazo. Al día siguiente se casaron
en la iglesia de Cartagena, con el maestro Manuel Martín y yo como testigos. Se
instalaron en la posada y empezaron a hacer los preparativos para viajar a la
selva, tal como yo temía.
Durante la
primera noche que pasé sola en el cuarto de alquiler sucedió una desgracia que
tal vez habría podido evitar, si hubiese sido más precavida. Aunque no podía
darme ese lujo, porque las bujías eran caras, mantenía una encendida durante
buena parte de la noche por temor a las cucarachas, que salen en la oscuridad.
Estaba tendida sobre el camastro, cubierta apenas por una camisa ligera,
sofocada por el calor y sin poder dormir, pensando en mi sobrina, cuando me
sobresaltó un golpe contra la puerta.
Había una
tranca que se echaba por dentro, pero yo había olvidado ponerla. Una segunda
patada hizo saltar el picaporte y Sebastián Romero se perfiló en el umbral.
Alcancé a
incorporarme, pero el hombre me dio un empujón y me tiró de vuelta sobre la
cama, luego se me abalanzó encima profiriendo insultos. Empecé a debatirme a
patadas y arañazos, pero me aturdió con un golpe feroz que me dejó sin aliento
y sin luz por breves instantes. Cuando recuperé el sentido, él me tenía
inmovilizada y estaba sobre mí, aplastándome con su peso, salpicándome de
saliva, mascullando groserías. Sentí su aliento asqueroso, sus dedos fuertes
incrustados en mi carne, sus rodillas tratando de separarme las piernas, la
dureza de su sexo contra mi vientre. El dolor del golpe y el pánico me nublaron
el entendimiento. Grité, pero me tapó la boca con una mano, quitándome el aire,
mientras con la otra forcejeaba con mi camisa y sus calzas, tarea nada fácil,
porque soy fuerte y me retorcía como una comadreja. Para acallarme, me dio un
formidable bofetón en la cara y luego empleó las dos manos para rasgarme la
ropa; entonces comprendí que no me libraría de él por la fuerza. Por un
instante contemplé la posibilidad de someterme, con la esperanza de que la
humillación fuese breve, pero la ira me cegaba y tampoco estaba segura de que
después fuera a dejarme en paz; podía matarme para que no lo delatase. Tenía la
boca llena de sangre, pero me las arreglé para pedirle que no me maltratara, ya
que podíamos gozar los dos, no había prisa, estaba dispuesta a complacerlo en
lo que deseara. No recuerdo muy bien los detalles de lo acontecido aquella
noche, creo que le acaricié la cabeza murmurando una retahíla de obscenidades
aprendidas de Juan de Málaga en la cama, y eso pareció calmar un poco su
violencia, porque me soltó y se puso de pie para quitarse las calzas, que tenía
arrugadas a la altura de las rodillas. Tanteando bajo la almohada encontré la
daga, que siempre tenía cerca, y la empuñé firmemente en la diestra,
manteniéndola oculta contra el costado de mi cuerpo. Cuando Romero se me echó
encima de nuevo, le permití acomodarse, le atrapé la cintura con ambas piernas
levantadas y le rodeé el cuello con el brazo izquierdo. Él lanzó un gruñido de
satisfacción, pensando que al fin yo había decidido colaborar, y se dispuso a
aprovechar su ventaja.
Entretanto
usé las piernas para inmovilizarlo, cruzando los pies sobre sus riñones. Alcé
la daga, la cogí a dos manos, calculé el sitio preciso para infligirle el mayor
daño, y apreté con todas mis fuerzas en un abrazo mortal, clavándosela hasta la
empuñadura. No es fácil enterrar un cuchillo en las fuertes espaldas de un
hombre en esa posición, pero me ayudó el terror. Era su vida o la mía.
Temí haber
errado, porque por un momento Sebastián Romero no reaccionó, como si no hubiese
sentido el aguijonazo, pero enseguida dio un alarido visceral y rodó hasta caer
al suelo entre los bultos apilados. Trató de ponerse de pie, pero quedó de
rodillas, con una expresión de sorpresa que pronto se tornó en horror. Se llevó
las manos atrás en un intento desesperado de arrancarse el puñal. Lo aprendido
sobre el cuerpo humano curando heridas en el hospital de las monjas me sirvió
bien, porque la puñalada fue mortal. El hombre seguía forcejando y yo, sentada
en el camastro, lo observaba, tan espantada como él pero dispuesta a saltarle
encima si gritaba y cerrarle la boca como fuese.
No gritó, un
gorgoriteo siniestro escapaba de sus labios entre espumarajos rosados. Al cabo
de un tiempo que me pareció eterno, se estremeció como poseído, vomitó sangre y
poco después se desmoronó. Esperé mucho rato, hasta que se calmaron mis nervios
y pude pensar; entonces me aseguré de que ya no volvería a moverse. En la
escasa luz del único candil pude ver que la sangre era absorbida por la tierra
del suelo.
Pasé el
resto de la noche junto al cuerpo de Sebastián Romero, primero rogándole a la
Virgen que me perdonara tan grave crimen y después planeando cómo librarme de
pagar las consecuencias. No conocía las leyes de esa ciudad, pero si eran como
las de Plasencia iría a parar al fondo de un calabozo hasta que pudiera probar
que había actuado en mi propia defensa, ardua tarea, porque la sospecha de los
magistrados siempre recae sobre la mujer. No me hice ilusiones: a nosotras se
nos culpa de los vicios y pecados de los hombres. ¿Qué supondría la justicia de
una mujer joven y sola? Dirían que había invitado al inocente marinero y luego
lo había asesinado para robarle. Al amanecer cubrí el cadáver con una manta, me
vestí y me fui al puerto, donde todavía estaba anclada la nave de Manuel
Martín. El maestro escuchó mi historia hasta el final, sin interrumpirme,
masticando su tabaco y rascándose la cabeza.
—Parece
que tendré que hacerme cargo de este lío, doña Inés
—decidió
cuando terminé de hablar.
Acudió a
mi modesta vivienda con un marinero de su confianza y entre ambos se llevaron a
Romero envuelto en un trozo de vela. Nunca supe qué hicieron con él; imagino
que lo lanzaron al mar atado a una piedra, donde los peces deben de haber dado
cuenta de sus restos. Manuel Martín me sugirió que me fuera pronto de
Cartagena, porque un secreto como ése no podía ocultarse indefinidamente, y así
fue como pocos días más tarde me despedí de mi sobrina y su marido y partí con
otros dos viajeros rumbo a la ciudad de Panamá. Varios indios llevaban el
equipaje y nos guiaban por montañas, bosques y ríos.
El istmo
de Panamá es una angosta faja de tierra que separa nuestro océano europeo del
mar del Sur, que también llaman Pacífico. Tiene menos de veinte leguas de
ancho, pero las montañas son abruptas, la selva muy espesa, las aguas
insalubres, los pantanos putrefactos y el aire está infestado
de fiebre
y pestilencia. Hay indios hostiles, lagartos y serpientes de tierra y de río,
pero el paisaje es magnífico y las aves bellísimas. Por el camino nos acompañó
la algarabía de los monos, animales curiosos y atrevidos que nos saltaban
encima para robarnos las provisiones. La jungla era de un verde profundo,
sombría, amenazante. Mis compañeros de ruta llevaban las armas en la mano y no
perdían de vista a los indios, que podían traicionarnos en cualquier descuido,
tal como nos había advertido el padre Gregorio, quien también nos previno
contra los caimanes, que arrastran a su víctima al fondo de los ríos; las
hormigas rojas, que llegan por millares y se introducen por los orificios del
cuerpo, devorándolo por dentro en cuestión de minutos, y los sapos que producen
ceguera con la ponzoña de sus salivazos. Traté de no pensar en nada de eso,
porque me habría paralizado el terror. Tal como decía Daniel Belalcázar, no
vale la pena sufrir de antemano por las desgracias que posiblemente no
ocurrirán. Hicimos la primera parte de la travesía en un bote impulsado a remo
por ocho nativos. Me alegré de que mi sobrina no estuviese presente, porque los
remeros iban desnudos y la verdad era que, a pesar del paisaje soberbio, se me
iban los ojos hacia aquello que no debía mirar. La última parte del camino la
recorrimos en mula. Desde la última cumbre divisamos el mar color turquesa y
los contornos borrosos de la ciudad de Panamá, sofocada en un vaho caliente.

