© Libro No. 402. Vacas, Cerdos, Guerras y Brujas. Marvin, Harris. Colección Emancipación
Obrera. Abril 6 de 2013.
Título
original: © Cows,
Pigs, Wars and Witches: The Riddles of Culture. 1980. Ciencias
Sociales/Antropología
Versión Original: © Cows, Pigs, Wars and Witches: The Riddles of
Culture. 1980. Ciencias Sociales/Antropología
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca
Emancipación: Guillermo Molina Miranda
Vacas, Cerdos, Guerras y Brujas.
Marvin, Harris
Prefacio
Había acabado precisamente de intentar convencer a una clase de estudiantes
de que existía una explicación racional del tabú hindú sobre el sacrificio de
las vacas. Estaba seguro de haber salido al paso de todas las objeciones
imaginables. Rebosante de confianza, pregunté si alguien quería formular alguna
pregunta. Un joven agitado levantó su mano. “Pero, ¿qué opinaba del tabú judío
sobre la carne de cerdo?”
Unos meses más tarde emprendí una investigación que pretendía explicar por
qué los judíos y musulmanes aborrecen la carne de cerdo. Tardé cerca de un año
antes de disponerme a poner a prueba mis ideas ante un grupo de colegas. Tan
pronto como dejé de hablar, un amigo mío, experto en los indios de Sudamérica,
dijo: “Pero, ¿qué opina del tabú de los tapirapé sobre la carne de venado?”
Y lo mismo sucedió con cada uno de los enigmas para los que he intentado
encontrar una explicación práctica. Tan pronto como acabo de explicar un estilo
de vida o una costumbre previamente inescrutable, alguien contraataca con otra:
-“Bien, quizás esto vale para el potlatch entre los kwakiutl, pero, ¿cómo
explica la guerra entre los yanomamo?”
-“Creo que puede existir un déficit de proteínas...”
-“Pero, ¿qué oponía de los cultos cargo en las Nuevas Hébridas?”
Las explicaciones de los estilos de vida son como las patatas fritas. La
gente insiste en comérselas hasta acabar con toda la bolsa.
Esta es una de las razones por las que este libro pasa de un tema a otro.
Desde la India hasta el Amazonas, y desde Jesús hasta Carlos Castaneda. Pero
persisten algunas diferencias en comparación con la bolsa ordinaria de patatas
fritas. En primer lugar, aconsejo no arrancar el primer pedazo que se os
antoje. Mí explicación de las brujas depende de la explicación de los mesías, y
ésta de la explicación de los “grandes hombres”, que a su vez depende de la
explicación del sexismo, la cual depende de la explicación del amor a los
cerdos, que depende de la explicación del aborrecimiento de los cerdos, que a
su vez depende de la explicación del amor a las vacas. No se trata de que el
mundo empezara con el amor a las vacas, sino que en mi propio intento por comprender
las causas de los estilos de vida, es por donde he empezado... Así que, por
favor, no tratéis de coger al azar.
Es importante que los capítulos de este libro se consideren como fundados
unos en otros y con un efecto acumulativo. De lo contrario, no tendré ninguna
defensa contra la paliza que seguramente querrán propinarme los expertos en una
docena de campos y disciplinas. Respeto a los expertos y quiero aprender de
ellos, pero pueden ser tanto un estorbo como una ventaja si hay que depender de
varios de ellos a la vez ¿Habéis intentado alguna vez preguntar a un
especialista en hinduismo sobre el amor a los cerdos en Nueva Guinea, o a una
autoridad en Nueva Guinea sobre el aborrecimiento de los cerdos entre los
judíos, o a un experto en judaísmo sobre los mesías en Nueva Guinea? Mi
justificación para aventurarme a través de disciplinas, continentes y siglos es
que el mundo se extiende a través de disciplinas, continentes y siglos. Nada
hay en la naturaleza tan completamente diferente como dos conjuntos de juicios
de expertos.
Respeto la obra de los estudiosos individuales que amplían y perfeccionan
pacientemente sus conocimientos de un solo siglo, tribu o personalidad, pero
pienso que estos esfuerzos deben ser más sensibles a los problemas de ámbito
general y comparativo. La incapacidad manifiesta de nuestro superespecializado
“establishment” científico para decir algo coherente sobre las causas de los
estilos de vida no tiene su origen en ninguna anarquía intrínseca de los
fenómenos de los estilos de vida. Más bien creo que es el resultado de otorgar
recompensas como premio a especialistas que nunca amenazan un hecho con una
teoría. Una relación proporcional como la que existe desde hace algún tiempo
entre la magnitud de la investigación social y la profundidad de la confusión
social sólo puede significar una cosa: la función social global de toda esa
investigación es impedir que la gente comprenda las causas de su vida social.
Las autoridades del “establishment” del saber insisten en que este estado
de confusión se debe a una falta de estudios. Pronto se celebrará un seminario
en el cielo basado en diez mil nuevos viajes de campo. Pero sabremos menos, no
más, si estos estudios se hacen con la suya. Sin una estrategia que pretenda
llenar el vacío entre las especialidades y organizar los conocimientos
existentes siguiendo líneas teóricamente coherentes, la investigación adicional
no conducirá a una mejor comprensión de las causas de los estilos de vida. Si
buscamos realmente explicaciones causales, debemos tener al menos alguna idea
aproximada de a dónde mirar entre los hechos potencialmente inagotables de la
naturaleza y la cultura. Espero que algún día se descubrirá que mi propia obra
ha contribuido al desarrollo de estrategia, mostrando a dónde mirar.
Prólogo
Este libro trata de las causas de estilos de vida aparentemente
irracionales e inexplicables. Algunas de estas costumbres enigmáticas aparecen
entre pueblos sin escritura o “primitivos”. Por ejemplo, los jactanciosos jefes
amerindios que queman sus bienes para mostrar cuán ricos son. Otras pertenecen
a sociedades en vías de desarrollo, entre las cuales mi tema predilecto es el
de los hindúes que rehúsan comer carne de vaca aun cuando se estén muriendo de
hambre. Sin embargo, otras aluden a mesías y brujas que forman parte de la
corriente principal de nuestra propia civilización. Para confirmar mi punto de
vista, he elegido deliberadamente caso raros y controvertidos que parecen
enigmas insolubles.
Nuestra época afirma ser víctima de una sobredosis de intelecto. Con un
espíritu vengativo, los estudiosos trabajan afanosamente en intentar mostrar
que la ciencia y la razón no pueden explicar variaciones en los estilos de vida
humanos. Y así se ha puesto de moda insistir en que los enigmas examinados en
los capítulos que siguen no tienen ninguna solución. Quien preparó el terreno
para gran parte de este pensamiento actual sobre los enigmas de los estilos de
vida fue Ruth Benedict con su libro Patterns of Culture. Para explicar las
sorprendentes diferencias entre las culturas de los kwakiutl, los dobuanos y
los zuñi, Benedict recurrió a un mito que atribuyó a los indios digger. El mito
decía: “Dios otorgó a cada pueblo una taza, una taza de arcilla, y de esta taza
bebieron su vida... Todos hundían las tazas en el agua, pero cada taza era
diferente.” Desde entonces esto ha significado para mucha gente que sólo Dios
sabe por qué los kwakiutl queman sus casas, por qué los hindúes se abstienen de
comer carne de vaca, o los judíos y musulmanes aborrecen la carne de cerdo, o
por qué algunas gentes creen en mesías mientras otras creen en brujas. El
efecto práctico a largo plazo de esta sugerencia ha sido desalentar la búsqueda
de otro tipo de explicaciones. Pero una cosa está clara: si pensamos que un
enigma no tiene una respuesta, nunca la encontraremos.
Para explicar pautas culturales diferentes tenemos que empezar suponiendo
que la vida humana no es simplemente azarosa o caprichosa. Sin este supuesto,
pronto se vuelve irresistible la tentación de renunciar a la tarea cuando
afrontamos una costumbre o una institución que persiste en su carácter
inescrutable. Con los años he descubierto que los estilos de vida que otros
consideraban como totalmente inescrutables tenían en realidad causas definidas
y fácilmente inteligibles. La principal razón por la que se han pasado por alto
estas causas durante tanto tiempo es la de que todo el mundo está convencido de
que “sólo Dios conoce la respuesta”.
Otra razón por la que muchas costumbres e instituciones parecen tan
misteriosas estriba en que se nos ha enseñado a valorar explicaciones
“espiritualizadas” de los fenómenos culturales en vez de explicaciones
materiales de tipo práctico. Sostengo que la solución de cada uno de los
enigmas examinados en este libro radica en una mejor comprensión de las
circunstancias prácticas. Y mostraré que un estudio más minucioso de las
creencias y prácticas que parecen más raras revela que éstas se hallan fundadas
en condiciones, necesidades y actividades ordinarias, triviales, podríamos
decir “vulgares”. Entiendo por solución trivial o vulgar la que se apoya en
tierra y está integrada por tripas, sexo, energía, viento, lluvia y otros
fenómenos palpables y ordinarios.
Esto no significa que las soluciones que vamos a presentar sean en cierto
sentido simples o evidentes. Ni muchos menos. La identificación de los factores
materiales pertinentes en los acontecimientos humanos es siempre una tarea
difícil. La vida práctica utiliza muchos disfraces. Cada estilo de vida se
halla arropado en mitos y leyendas que prestan atención a condiciones
sobrenaturales o poco prácticas. Estos arropamientos confieren a la gente una
identidad social y un sentido de finalidad social, pero ocultan las verdades
desnudas de la vida social. Los engaños sobre las causas mundanas de la cultura
pesan sobre la conciencia ordinaria como láminas de plomo. Nunca es una tarea
fácil penetrar o levantar esta carga opresora.
En una época ávida por experimentar estados de conciencia alterados, fuera
de lo corriente, tendemos a pasar por alto hasta qué punto nuestro estado
mental ordinario es ya una conciencia profundamente mistificada -una conciencia
aislada de un modo sorprendente de los hechos prácticos de la vida-. ¿A qué
obedece esto?
En primer lugar a la ignorancia. La mayor parte de la gente sólo es
consciente de una pequeña parte de la diversidad de alternativas en los estilos
de vida. Si queremos pasar del mito y la leyenda a la conciencia madura,
tenemos que comparar toda la variedad de culturas pasadas y presentes. En
segundo lugar al miedo. Ante sucesos como el envejecimiento y la muerte, la
conciencia falsa puede ser la única defensa eficaz. Y finalmente al conflicto.
En la vida social ordinaria algunas personas siempre controlan y explotan a
otras. Estas desigualdades se presentan tan disfrazadas, mistificadas y
falseadas como la vejez y la muerte.
La ignorancia, el miedo y el conflicto son los elementos básicos de la
conciencia cotidiana. El arte y la política elaboran con estos elementos una
construcción onírica colectiva cuya función es impedir que la gente comprenda
qué es su vida social. Por consiguiente, la conciencia cotidiana no puede
explicarse a sí misma. Su misma existencia depende de una capacidad
desarrollada de negar los hechos que explican su existencia. No esperamos que
los soñadores expliquen sus sueños; tampoco debemos pues, esperar que los
participantes en los estilos de vida expliquen sus estilos de vida.
Algunos antropólogos e historiadores adoptan el punto de vista opuesto.
Argumentan que la explicación de los propios protagonistas constituye una
realidad irreductible. Nos advierten que no debemos tratar jamás la conciencia
humana como un “objeto”, y que el marco científico adecuado para el estudio de
la física o de la química no es pertinente para el estudio de los estilos de
vida. Algunos profetas de la moderna “contracultura” sostienen incluso que la
excesiva “objetivación” es responsable de las injusticias y desastres de la
historia reciente. Uno de ellos afirma que la conciencia objetiva siempre
conduce a una pérdida de “sensibilidad moral”, equiparando así la búsqueda del
conocimiento científico con el pecado original.
Nada sería más absurdo. El hambre, la guerra, el sexismo, la tortura y la
explotación han estado presentes durante toda la historia y la prehistoria,
mucho antes de que alguien lanzara la idea de intentar “objetivar” los
acontecimientos humanos.
Algunas personas, desilusionadas con los efectos secundarios de la
tecnología avanzada, piensan que la ciencia es “el estilo de vida dominante en
nuestra sociedad”. Puede que esta afirmación valga para nuestros conocimientos
de la naturaleza, pero se equivoca totalmente respecto a nuestros conocimientos
de la cultura. Por lo que se refiere a los estilos de vida, el conocimiento no
puede ser el pecado original, puesto que todavía permanecemos en nuestro estado
original de ignorancia.
Pero permitidme posponer la discusión más extensa de las pretensiones de la
contracultura hasta el último capítulo. Permitidme mostrar primero cómo se
puede dar una explicación científica de importantes enigmas de los estilos de
vida. Poco ganaremos argumentando sobre teorías que no están fundadas en hechos
y contextos específicos. Sólo pido un favor: tened presente que, al igual que
cualquier científico, espero presentar soluciones probables y razonables, no
certezas. Sin embargo, por imperfectas que puedan ser, las soluciones probables
deben tener prioridad sobre la inexistencia de soluciones que vemos en el mito
de los indios digger de Benedict. Como cualquier científico, acojo con
satisfacción las explicaciones alternativas, siempre que cumplan mejor los
requisitos de la demostración científica y en la medida que expliquen tanto.
Pero empecemos por los enigmas.
La madre vaca
Siempre que hablo acerca de la influencia de los factores prácticos y
mundanos en los estilos de vida, estoy seguro de que alguien dirá: “¿Pero, qué
opina de todas esas vacas que los campesinos hambrientos de la India rehúsan
comer?”. La imagen de un agricultor harapiento que se muere de hambre junto a
una gran vaca gorda transmite un tranquilizador sentido de misterio a los
observadores occidentales. Innumerables alusiones eruditas y populares
confirman nuestra convicción más profunda sobre cómo la gente con mentalidad
oriental actúa siempre de forma inescrutable y misteriosa. Es alentador saber
-algo así como “siempre habrá una Inglaterra”- que en la India los valores
espirituales son más apreciados que la vida misma. Y al mismo tiempo nos
produce tristeza. ¿Cómo podemos esperar comprender alguna vez a gente tan
diferente de nosotros mismos? La idea de que pudiera haber una explicación
práctica del amor hindú a las vacas resulta más desconcertante para los
occidentales que para los propios hindúes. La vaca sagrada -¿de qué otra manera
puedo expresarlo?- es una de nuestras vacas sagradas favoritas.
Los hindúes veneran a las vacas porque son el símbolo de todo lo que está
vivo. Al igual que María es para los cristianos la madre de Dios, la vaca es
para los hindúes la madre de la vida. Así, no hay mayor sacrilegio para un
hindú que matar una vaca. Ni siquiera el homicidio tiene ese significado
simbólico de profanación indecible que evoca el sacrificio de las vacas.
Según muchos expertos, el culto a las vacas es la causa número uno de la
pobreza y el hambre en la India. Algunos agrónomos formados en Occidente dicen
que el tabú contra el sacrificio de las vacas permite que vivan cien millones
de animales “inútiles”. Afirman que el culto a las vacas merma la eficiencia de
la agricultura, porque los animales inútiles no aportan ni leche ni carne, a la
vez que compiten por las tierras cultivadas y los artículos alimenticios con
animales útiles y seres humanos hambrientos. Un estudio patrocinado por la
Fundación Ford concluía que se podía estimar que posiblemente sobraba la mitad
del ganado vacuno en relación con el aprovisionamiento de alimentos. Y un
economista de la Universidad de Pensilvania declaraba en 1971 que la India
tenía treinta millones de vacas improductivas.
Parece que sobran enormes cantidades de animales inútiles y antieconómicos,
y que esta situación es una consecuencia directa de las irracionales doctrinas
hindúes. Los turistas en su recorrido por Delhi, Calcuta, Madras, Bombay y
otras ciudades de la India se asombran de las libertades de que goza el ganado
vacuno extraviado. Los animales deambulan por las calles, comen fuera de los
establos en el mercado, irrumpen en los jardines públicos, defecan en las
aceras, y provocan atascos de tráfico al detenerse a rumiar en medio de cruces
concurridos. En el campo, el ganado vacuno se congrega en los arcenes de
cualquier carretera y pasa la mayor parte de su tiempo deambulando despacio a
lo largo de las vías del ferrocarril.
El amor a las vacas afecta a la vida de muchas maneras. Los funcionarios
del gobierno mantienen asilos para vacas en los que los propietarios pueden
alojar sus animales secos y decrépitos sin gasto alguno. En Madras, la policía
reúne el ganado extraviado que está enfermo y lo cuida hasta que recupera la
salud, permitiéndole pastar en pequeños campos adyacentes a la estación de
ferrocarril. Los agricultores consideran a sus vacas como miembros de la
familia, las adornan con guirnaldas y borlas, rezan por ellas cuando se ponen
enfermas y llaman a sus vecinos y a un sacerdote para celebrar el nacimiento de
un nuevo becerro. En toda la India los hindúes cuelgan en sus paredes
calendarios que representan a mujeres jóvenes, hermosas y enjoyadas, que tienen
cuerpos de grandes vacas blancas y gordas. La leche mana de las ubres de estas
diosas, mitad mujeres, mitad cebúes.
Empezando por sus hermosos rostros humanos, estas vacas de calendario
tienen poca semejanza con la típica vaca que vemos en carne y hueso. Durante la
mayor parte del año, sus huesos son su rasgo más acusado. La realidad es que
muy poca leche mana de sus ubres; estos flacos animales apenas logran amamantar
un solo becerro hasta la madurez. La producción media de leche sin desnatar de
la típica raza gibosa de vaca cebú en la India no sobrepasa las 500 libras al
año. Las vacas lecheras ordinarias americanas producen más de 5.000 libras y no
es raro que las campeonas produzcan más de 20.000. Pero esta comparación no
esclarece toda la situación. En cualquier año, cerca de la mitad de las vacas
cebú de la India no dan nada de leche, ni siquiera una gota.
Para agravar la cuestión, el amor a las vacas no estimula el amor al
hombre. Puesto que los musulmanes desprecian la carne de cerdo pero comen la
carne de vaca, muchos hindúes les consideran asesinos de vacas. Antes de la
división del subcontinente indio entre la India y el Pakistán, estallaban
anualmente disturbios sangrientos entre las dos comunidades para impedir que
los musulmanes mataran vacas. Recuerdos de disturbios provocados por vacas,
como por ejemplo el de Bihar en 1917, en el que murieron treinta personas y
fueron saqueadas ciento setenta aldeas musulmanas hasta la última jamba de la
puerta, continúan envenenando las relaciones entra la India y el Pakistán.
Aunque deploró los disturbios, Mohandas K. Gandhi era un defensor ardiente
del amor a las vacas y deseaba una prohibición total del sacrificio de las
mismas. Cuando se redactó la Constitución india, ésta incluía un código de los
derechos de las vacas tan ridículo que poco le faltó para prohibir cualquier
modalidad de matar vacas. Desde entonces, algunos estados han prohibido
totalmente el sacrificio de las vacas, pero otros todavía admiten excepciones.
La cuestión de las vacas sigue siendo causa importante de disturbios y
desórdenes no sólo entre los hindúes y las restantes comunidades musulmanas,
sino también entre el Partido del Congreso en el poder y las facciones hindúes
extremistas de los amantes de las vacas. El 7 de noviembre de 1966, una
muchedumbre de ciento veinte mil personas, encabezada por un grupo de santones
desnudos, que cantaban e iban adornados con guirnaldas de caléndulas y se
habían untado con ceniza blanca de boñiga de vaca, hizo una manifestación
contra el sacrificio de vacas ante la sede del Parlamento indio. Murieron ocho
personas y cuarenta y ocho resultaron heridas durante los disturbios que se
produjeron a continuación. A estos acontecimientos siguió en todo el país una
ola de ayunos entre los santones, encabezados por Muni Shustril Kumarr,
presidente del Comité Interpartidista para la Campaña de Protección de las
Vacas.
El amor a las vacas parece absurdo, incluso suicida, a los observadores
occidentales familiarizados con las modernas técnicas industriales de la
agricultura y la ganadería. El experto en eficiencia anhela coger a todos estos
animales inútiles y darles un destino adecuado. Y, sin embargo, descubrimos
ciertas incoherencias en la condena del amor a las vacas. Cuando empecé a
pensar si podría existir una explicación práctica para la vaca sagrada, me
encontré con un curioso informe del gobierno. Decía que la India tenía
demasiadas vacas, pero muy pocos bueyes. Con tantas vacas en derredor, ¿cómo
podía haber escasez de bueyes? Los bueyes y el macho del búfalo de agua son la
fuente principal de tracción para arar los campos en la India. Por cada granja
de diez acres o menos, se considera adecuado un par de bueyes o de búfalos de
agua. Un poco de aritmética muestra que, en lo que atañe a la arada, hay en
realidad escasez más que exceso de animales. La India tiene sesenta millones de
granjas, pero sólo ochenta millones de animales de tracción. Si cada granja
tuviera su cupo de dos bueyes o dos búfalos de agua, debería haber 120 millones
de animales de tracción, es decir, 40 millones más de los que realmente hay.
Puede que este déficit no sea tan grave puesto que algunos agricultores
alquilan o piden prestados bueyes a sus vecinos. Pero compartir animales de
tiro resulta a menudo poco práctico. La tarea de arar debe coordinarse con las
lluvias monzónicas, y cuando ya se ha arado una granja, tal vez haya pasado el
momento óptimo para arar otra. Además, una vez finalizada la arada, el
agricultor necesita todavía su propio par de bueyes para tirar de su carreta,
que es la base principal del transporte de bultos en toda la India rural. Es
muy posible que la propiedad privada de granjas, ganado vacuno, arados y
carretas de bueyes reduzca la eficiencia de la agricultura india, pero pronto
me percaté de que esto no era provocado por el amor a las vacas.
El déficit de animales de tiro constituye una amenaza terrible que se
cierne sobre la mayor parte de las familias campesinas de la India. Cuando un
buey cae enfermo, el campesino pobre se halla en peligro de perder su granja.
Si no posee ningún sustituto, tendrá que pedir prestado dinero con unos
intereses usurarios. Millones de familias rurales han perdido de hecho la
totalidad o parte de sus bienes y se han convertido en aparceros o jornaleros
como consecuencia de estas deudas. Todos los años cientos de miles de
agricultores desvalidos acaban emigrando a las ciudades, que ya rebosan de
personas sin empleo y sin hogar.
El agricultor indio que no puede reemplazar su buey enfermo o muerto se
encuentra poco más o menos en la misma situación que un agricultor americano
que no pueda sustituir ni reparar su tractor averiado. Pero hay una diferencia
importante: los tractores se fabrican en factorías, pero los bueyes nacen de
las vacas. Un agricultor que posee una vaca posee una factoría para producir
bueyes. Con o sin amor a las vacas, ésta es una buena razón para tener poco
interés en vender su vaca al matadero. También empezamos a vislumbrar por qué
los agricultores indios podrían estar dispuestos a tolerar vacas que sólo
producen 500 libras de leche al año. Si la principal función económica de la
vaca cebú es criar animales de tracción, entonces no hay ninguna razón para compararla
con los especializados animales americanos cuya función primordial es producir
leche. Sin embargo, la leche que producen las vacas cebú cumple un cometido
importante en la satisfacción de las necesidades nutritivas de muchas familias
pobres. Incluso pequeñas cantidades de productos lácteos pueden mejorar la
salud de personas que se ven obligadas a subsistir al borde de la inanición.
Cuando los agricultores indios quieren un animal principalmente para
obtener leche recurren a la hembra del búfalo de agua, que tiene períodos de
secreción de leche más largos y una producción de grasa de mantequilla mayor
que la del ganado cebú. El búfalo de agua es también un animal superior para
arar en arrozales anegados. Pero los bueyes tienen más variedad de usos y los
agricultores los prefieren para la agricultura en tierras de secano y para el
transporte por carretera. Sobre todo, las razas cebú son extraordinariamente
resistentes y pueden sobrevivir a las largas sequías que periódicamente asolan
diferentes partes de la India.
La agricultura forma parte de un inmenso sistema de relaciones humanas y
naturales. Juzgar partes aisladas de este “ecosistema” en términos que son
pertinentes para el comportamiento del complejo agrícola americano produce
impresiones muy extrañas. El ganado vacuno desempeña en el “ecosistema” indio
cometidos que fácilmente pasan por alto o minimizan los observadores de
sociedades industrializadas con alto consumo de energía. En Estados Unidos los
productos químicos han sustituido casi por completo al estiércol animal como
fuente principal de abonos agrícolas. Los agricultores americanos dejaron de
usar estiércol cuando empezaron a arar con tractores en vez de con mulas o
caballos. Puesto que los tractores excretan veneno en vez de fertilizantes, la
utilización de una agricultura mecanizada a gran escala implica casi
necesariamente el empleo de fertilizantes químicos. Y hoy en día se ha
desarrollado de hecho en todo el mundo un enorme complejo industrial integrado
de petroquímicas-tractores-camiones, que produce maquinaria agrícola,
transporte motorizado, gas-oil y gasolina, fertilizantes químicos y pesticidas
de los que dependen las nuevas técnicas de producción de altos rendimientos.
Para bien o para mal, la mayor parte de los agricultores de la India no
pueden participar en este complejo, no porque veneren a sus vacas, sino porque
no pueden permitirse el lujo de comprar tractores. Al igual que otros países
subdesarrollados, la India no puede construir factorías que compitan con las
instalaciones de los países industrializados, ni pagar grandes cantidades de
productos industriales importados. La transformación de los animales y el
estiércol en tractores y petroquímica requeriría la inversión de sumas
increíbles de capital. Además, el efecto inevitable de sustituir animales
baratos por maquinas costosas es reducir el número de personas que pueden
ganarse la vida mediante la agricultura y obligar al correspondiente aumento en
las dimensiones de la granja ordinaria. Sabemos que el desarrollo de la
economía agrícola en gran escala en Estados Unidos ha significado la
destrucción virtual de la pequeña granja familiar. Menos del 5 por 100 de las
familias de Estados Unidos viven en la actualidad en granjas, en comparación
con el 60 por 100 de hace aproximadamente cien años. Si la economía agrícola
tuviera que desarrollarse de forma similar en la India, habría que encontrar en
poco tiempo trabajo y alojamiento para 250 millones de campesinos desplazados.
Puesto que el sufrimiento provocado por el desempleo y la falta de
alojamiento en las ciudades de la India es ya intolerable, un incremento masivo
adicional de la población urbana sólo podría acarrear agitaciones y catástrofes
sin precedentes.
Si tenemos en cuenta esta alternativa, resulta más fácil comprender
sistemas basados en animales, de escala pequeña y con bajo consumo de energía.
Como ya he indicado, las vacas y los bueyes proporcionan sustitutos, con bajo
consumo de energía, de los tractores y las fábricas de tractores. También
debemos reconocer que cumplen las funciones de una industria petroquímica. El
ganado vacuno de la India excreta anualmente cerca de 700 millones de toneladas
de estiércol recuperable. Aproximadamente la mitad de este total se utiliza
como fertilizante, mientras que la mayor parte del resto se emplea como
combustible para cocinar. La cantidad anual de calor liberado por esta boñiga,
el principal combustible con el que cocina el ama de casa india, es el
equivalente térmico de 27 millones de toneladas de queroseno, 35 millones de
toneladas de carbón ó 68 millones de toneladas de madera. Puesto que la India
sólo dispone de pequeñas reservas de petróleo y carbón y ya es víctima de una
extensa deforestación, estos combustibles no pueden considerarse sustitutos
prácticos de la boñiga de vaca. Puede que el pensamiento de la boñiga en la
cocina no atraiga al occidental, pero las mujeres indias lo consideran un
combustible superior para cocinar porque se adapta de un modo excelente a sus
rutinas domésticas. La mayor parte de los platos indios se preparan con una
mantequilla refinada llamada ghee para la cual la boñiga de vaca es la fuente
preferida de calor, ya que arde con una llama limpia, lenta, de larga duración,
que no socarra la comida. Esto permite al ama de casa india despreocuparse de
la cocina mientras cuida de los niños, presta ayuda en las faenas del campo, o
realiza otras tareas. Las amas de casa occidentales alcanzan un resultado
similar mediante el complejo conjunto de controles electrónicos que suelen
incluir como opciones costosas las cocinas “último modelo”.
La boñiga de vaca cumple por lo menos otra función importante. Mezclada con
agua, se convierte en una pasta utilizada como material para recubrir el suelo
del hogar. Untada sobre el suelo de tierra y dejándola endurecer hasta que se
convierte en una superficie lisa, impide la formación de polvo y puede
limpiarse con una escoba.
Dado que los excrementos del ganado vacuno tienen tantas propiedades
útiles, se recoge con cuidado hasta el último residuo de boñiga. En las aldeas,
la gente poco importante se encarga de la tarea de seguir por todas partes a la
vaca familiar y de llevar a casa su producto petroquímico diario. En las
ciudades, las castas de los barrenderos monopolizan la boñiga depositada por
animales extraviados y se ganan la vida vendiéndola a las amas de casa.
Desde el punto de vista de la agricultura mecanizada, una vaca seca y
estéril es una abominación económica. Desde el punto de vista del agricultor
campesino, la misma vaca seca y estéril puede constituir la última y
desesperada defensa contra los prestamistas. Siempre existe la posibilidad de
que un monzón favorable restablezca el vigor del ejemplar más decrépito y de
que engordará, parirá y volverá a dar leche. Por esto es que reza el
agricultor; y a veces sus oraciones son escuchadas. Entretanto continúa la
producción de boñiga. Así empezamos a vislumbrar poco a poco por qué una vaca
vieja y flaca parece hermosa a los ojos del propietario.
El ganado cebú tiene el cuerpo pequeño, gibas que almacenan la energía en
sus lomos y gran capacidad de recuperación. Estos rasgos están adaptados a las
condiciones específicas de la agricultura india. Las razas nativas pueden
sobrevivir durante largos períodos de tiempo con poco alimento o agua y son muy
resistentes a las enfermedades que afligen a otras razas en los climas
tropicales. Se explota a los bueyes cebú mientras continúan respirando. El
veterinario Stuart Odend´hal, antes vinculado a la Universidad de Johns
Hopkins, realizó autopsias de campo sobre ganado vacuno indio que normalmente
había seguido trabajando hasta unas horas antes de morir, pero cuyos órganos
vitales estaban dañados por lesiones masivas. Dada su enorme capacidad de
recuperación, nunca es fácil desechar a estas bestias como totalmente
“inútiles” mientras están vivas.
Pero más pronto o más tarde, llega un momento en que se pierde toda
esperanza de recuperación de un animal, e incluso cesa la producción de boñiga.
Con todo, el campesino hindú rehúsa matarle para obtener alimento o venderla al
matadero. ¿No es esto evidencia incontrovertible de una práctica económica
perjudicial que no tiene ninguna explicación salvo los tabúes religiosos sobre
el sacrificio de las vacas y el consumo de su carne?
Nadie puede negar que el amor a las vacas moviliza a la gente para oponerse
al sacrificio de las vacas y al consumo de su carne. Pero no estoy de acuerdo
en que los tabúes que prohíben sacrificar y comer la carne de vaca tengan
necesariamente un efecto adverso en la supervivencia y bienestar del hombre. Un
agricultor que sacrifica o vende sus animales viejos o decrépitos, podría
ganarse unas rupias de más o mejorar temporalmente la dieta de su familia. Pero
a largo plazo, esta negativa a vender al matadero o sacrificar para su propia
mesa puede tener consecuencias benéficas. Un principio establecido del análisis
ecológico afirma que las comunidades de organismos no se adaptan a condiciones
ordinarias extremas. La situación pertinente en la India es la ausencia
periódica de las lluvias monzónicas. Para evaluar el significado económico de
los tabúes que prohíbes sacrificar vacas y comer su carne, debemos considerar
lo que significa estos tabúes en el contexto de sequías y escaseces periódicas.
El tabú que prohíbe sacrificar y comer carne de vaca puede ser un producto
de la selección natural al igual que el pequeño tamaño corporal y la fabulosa
capacidad de recuperación de las razas cebú. En épocas de sequía y escasez, los
agricultores están muy tentados a matar o vender su ganado vacuno. Los que
sucumben a esta tentación firman su propia sentencia de muerte, aun cuando
sobrevivan a la sequía, puesto que cuando vengan las lluvias no podrán arar sus
campos. Incluso voy a ser más categórico: el sacrifico masivo del ganado vacuno
bajo presión del hambre constituye una amenaza mucho mayor al bienestar
colectivo que cualquier posible error de cálculo de agricultores particulares
respecto a la utilidad de sus animales en tiempos normales. Parece probable que
el sentido de sacrilegio indecible que comporta el sacrificio de vacas, esté
arraigado en la contradicción intolerable entre necesidades inmediatas y
condiciones de supervivencia a largo plazo. El amor a las vacas con sus
símbolos y doctrinas sagradas protege al agricultor contra cálculos que sólo
son “racionales” a corto plazo. A los expertos occidentales les parece que “el
agricultor indio prefiere morirse de hambre antes que comerse su vaca”. A esta
misma clase de expertos les gusta hablar de la “mentalidad oriental
inescrutable” y piensan que las “masas asiáticas no aman tanto la vida”. No
comprenden que el agricultor preferiría comer su vaca antes de morir, pero que
moriría de hambre si lo hace.
Pese a la presencia de leyes sagradas y del amor a las vacas, la tentación
de comer carne de vaca bajo la presión del hambre resulta a veces irresistible.
Durante la Segunda Guerra Mundial las sequías y la ocupación japonesa de
Birmania provocaron una gran escasez en Bengala. El sacrificio de las vacas y
de animales de tiro alcanzó niveles tan alarmantes en el verano de 1944 que los
británicos tuvieron que utilizar tropas para hacer cumplir las leyes que
protegían a las vacas. Y en 1967 el New York Times relataba:
Los hindúes que afrontan la
inanición en la región de Bihar, asolada por la sequía, están sacrificando las
vacas y se comen la carne aun cuando los animales son sagrados según la
religión hindú.
Los observadores señalaban que la “miseria de la gente era inimaginable”.
La supervivencia hasta la vejez de cierto número de animales totalmente
inútiles en una época buena forma parte del precio que se ha de pagar por
proteger animales útiles contra su sacrificio en épocas malas. Pero me pregunto
qué se pierde en realidad con la prohibición del sacrificio y el tabú sobre la
carne de vaca. Desde el punto de vista de la economía agrícola de Occidente,
parece irracional que la India no disponga de una industria de envasar carne.
Pero el potencia real de esta industria en un país como la India es muy
limitado. Un incremento sustancial en la producción de carne de vaca forzaría
el ecosistema entero, no por el amor a las vacas, sino por las leyes de la
termodinámica. En cualquier cadena alimentaría la interposición de eslabones
animales adicionales provoca un fuerte descenso en la eficiencia de la
producción de alimentos. El valor calórico de lo que ha comido un animal
siempre es mucho mayor que el valor calórico de su cuerpo. Esto significa que
hay más calorías disponibles per cápita cuando la población humana consume
directamente el alimento de las plantas que cuando lo utiliza para alimentar a
animales domesticados.
Debido al alto nivel de consumo de carne de vaca en Estados Unidos, las
tres cuartas partes de todas nuestras tierras cultivadas se destinan a
alimentar al ganado en vez de a la gente. Puesto que la ingestión de calorías
per cápita en la India ya está por debajo de los requisitos mínimos diarios, la
orientación de las tierras cultivadas hacia la producción de carne sólo
provocaría una elevación en los precios de los artículos alimenticios y un
nuevo deterioro en el nivel de las familias pobres. Dudo si más del 10 por 100
de la población india podría incluso hacer de la carne de vaca un artículo
importante de su dieta, prescindiendo de si creen o no en el amor a las vacas.
También dudo de que el envío de los animales más viejos y decrépitos a los
mataderos existentes produzca mejorías en la nutrición de la gente más
necesitada. De todas formas, la mayor parte de estos animales no se desperdicia
aun cuando no se envíe al matadero, ya que en la India existen castas de rango
inferior cuyos miembros tienen derecho a disponer de los cuerpos del ganado
vacuno muerto. Veinte millones de cabezas de ganado vacuno perecen anualmente
de una forma u otra, y una gran parte de su carne se la comen estos
“intocables” devoradores de carroña.
Mi amiga la doctora Joan Mencher, antropóloga que ha trabajado en la India
durante muchos años, indica que los mataderos existentes abastecen de carne a
la clase media urbana no hindú. Observa que los “intocables obtienen su
alimento de otra forma. Pueden disponer de la carne si una vaca muere de
inanición en una aldea, pero no si se envía a un matadero para venderla a
musulmanes o cristianos”. Los informadores de la doctora Mencher negaron al
principio que un hindú comiera carne de vaca, pero cuando se enteraron de que
los americanos de “casta superior” les gustaban los filetes, confesaron
rápidamente que les agradaba la carne de vaca al curry.
Al igual que todo lo discutido hasta aquí, el hecho de que los intocables
coman carne se ajusta perfectamente a las condiciones prácticas. Las castas que
comen carne suelen ser también las que trabajan el cuero, puesto que tienen
derecho a disponer de la piel de las vacas muertas. Así, pese al amor a las
vacas, la India ha logrado desarrollar una enorme industria artesanal del
cuero. De este modo, se sigue explotando con fines humanos a animales
aparentemente inútiles, incluso después de muertos.
Podría tener razón en que el ganado vacuno es útil como tracción,
combustible, fertilizante, leche, recubrimiento del suelo, carne y cuero, y,
sin embargo, interpretar erróneamente el significado ecológico y económico de
todo el complejo. Todo depende de lo que cuesta esto en recursos naturales y
mano de obra en relación con formas alternativas de satisfacer las necesidades
de la inmensa población india. Estos costos están determinados en gran medida
por lo que el ganado vacuno come. Muchos expertos suponen que el hombre y la
vaca se encuentran enzarzados en una competición mortal por la tierra y los
cultivos alimenticios. Esto podría ser verdad si los agricultores indios
adoptaran el modelo agrícola americano y dieran de comer a sus animales
alimentos cultivados. Pero la verdad cruda sobre la vaca sagrada consiste en
que es un infatigable devorador de desperdicios. Sólo una parte insignificante
del alimento consumido por la vaca corriente proviene de pastos y cultivos
reservados para su uso.
Esto debería desprenderse de todos esos informes que nos relatan cómo las
vacas deambulan por doquier provocando embotellamientos de trafico. ¿Qué hacen
estos animales en los mercados, en los prados, a lo largo de las carreteras y
de las vías de ferrocarril y en las laderas estériles? Pero, ¡qué hacen si no
es comer cualquier brizna de hierba, rastrojos y desperdicios, que no pueden
ser consumidos directamente por los seres humanos, y convertirlos en leche y
otros productos útiles! El doctor Odend´hal ha descubierto en su estudio sobre
el ganado vacuno en Bengala Occidental que la dieta principal de éste está
integrada por derivados de desecho de los cultivos alimenticios destinados al
ser humano, principalmente paja de arroz, salvado de trigo y cáscaras de arroz.
Cuando la Fundación Ford estimaba que sobraba la mitad del ganado vacuno en
relación con el aprovisionamiento de alimentos, daba a entender que la mitad
del ganado lograba sobrevivir aun sin disponer de cultivos forrajeros. Pero
este cálculo subestima la realidad. Probablemente menos del 20 por 100 de lo
que consume el ganado vacuno consiste en sustancias comestibles por el hombre;
y la mayor parte de este porcentaje se destina a alimentar a bueyes y búfalos
de agua que trabajan en el campo, en vez de a las vacas viejas y estériles.
Odend¨hal descubrió que en el área por él estudiada no había competencia entre
el ganado vacuno y el ser humano por la tierra o el aprovisionamiento de
víveres: "Esencialmente, el ganado vacuno convierte artículos con poco
valor humano directo en productos de utilidad inmediata."
Una razón por la que muy a menudo se comprende mal este amor a las vacas es
que tiene consecuencias diferentes para el rico y el pobre. Los agricultores
pobres se sirven de él como permiso para recoger todos los desperdicios,
mientras que los agricultores ricos se oponen a esto por considerarlo un
expolio. Para el agricultor pobre la vaca es un mendigo sagrado; para el
agricultor rico un ladrón. A veces las vacas invaden los pastos o tierras
cultivadas de alguien. Los terratenientes se quejan, pero los campesinos pobres
alegan ignorancia y dependen del amor a las vacas para recuperar a sus
animales. Si hay competencia, ésta se produce entre hombres o entre castas,
pero no entre hombres y bestias.
También las vacas de la ciudad tienen propietarios que las dejan buscar el
alimento durante el día y las recogen por la noche para ordeñarlas. La doctora
Mencher cuenta que durante su estancia en un barrio de clase media en Madras,
sus vecinos se quejaban constantemente de que las vacas "extraviadas"
irrumpían en los patios de las casas. Los animales extraviados pertenecían en
realidad a gente que vivía en una habitación situada encima de una tienda y que
vendía la leche de puerta en puerta en el barrio. Por lo que respecta a los
asilos y campos de la policía reservados para las vacas, cumplen la función de
reducir el riesgo de mantener vacas en un medio urbano. Si una vaca cesa de
producir leche, el propietario puede optar por dejarla que deambule en derredor
hasta que la policía la recoja y la conduzca al lugar reservado para ellas.
Cuando la vaca se ha recuperado, el propietario paga una pequeña multa y la
conduce a su refugio habitual. Los asilos funcionan según un principio similar,
proporcionando pastos baratos, subvencionados por el gobierno, que, de lo
contrario, no serían asequibles a las vacas de la ciudad.
Digamos de paso que la forma preferida de comprar leche en las ciudades es
conducir la vaca hasta casa y ordeñarla allí mismo. A menudo ésta es la única
manera de poder cerciorarse el cabeza de familia de que compra leche pura en
vez de leche mezclada con agua u orina.
Lo que resulta más increíble en estas disposiciones es su interpretación
como evidencia de prácticas hindúes despilfarradoras y antieconómicas, cuando
en realidad reflejan un grado de economización que supera las pautas de ahorro
y economía occidentales cristianas. El amor a las vacas es perfectamente
compatible con una determinación despiadada de sacar hasta la última gota de
leche de la vaca. El hombre que lleva la vaca de puerta en puerta lleva consigo
un becerro simulado, confeccionado con piel de becerro rellena, que coloca en
el suelo junto a la vaca para conseguir con engaños el resultado deseado.
Cuando esto no sirve, puede recurrir al phooka, que consiste en inyectar aire
en el útero de la vaca mediante un tubo hueco, o al domm dev, que consiste en
introducir su rabo en el orificio vaginal. Gandhi creía que se trataba a las
vacas con más crueldad en la India que en cualquier otra parte del mundo. Se
lamentaba de que "¡cómo las desangramos hasta sacarles la última gota de
leche! ¡Cómo las privamos de alimentos hasta su emaciación, cómo maltratamos a
los becerros, cómo le privamos de su parte de leche, con qué crueldad tratamos
a los bueyes, como les castramos, como les pegamos, como les
sobrecargamos!"
Nadie comprendió mejor que Gandhi que el amor a las vacas tenía
consecuencias diferentes para el rico y el pobre. Para Gandhi la vaca era uno
de los puntos focales de la lucha por convertir a la India en una auténtica
nación. El amor a las vacas iba aparejado a la agricultura de pequeña escala,
la confección de hilo de algodón con rueca, el sentarse con las piernas
cruzadas en el suelo, el vestirse con taparrabos, el vegetarianismo, el respeto
por la vida y el más riguroso pacifismo. La enorme popularidad de Gandhi entre
las masas campesinas, los pobres urbanos y los intocables tenía su origen en
estos temas. Era su manera de protegerlos contra los estragos de la
industrialización.
Los economistas que quieren sacrificar los animales "excedentes"
para hacer más eficiente la agricultura india ignoran las repercusiones
asimétricas de la ahimsa (no violencia) para el rico y el pobre. Por ejemplo,
el profesor Alan Heston admite el hecho de que el ganado vacuno cumple
funciones vitales para las que no hay sustitutos fácilmente disponibles. Pero
propone que estas mismas funciones se podrían realizar con mayor eficacia si
hubiera 30 millones menos de vacas. Esta cifra se basa en el supuesto de que
con cuidados adecuados sólo se necesitarían 40 vacas por cada cien animales
machos para sustituir el número actual de bueyes. Puesto que hay 72 millones de
machos adultos, según esta fórmula bastaría con 24 millones de hembras de cría.
En realidad hay 54 millones de vacas. Heston estima, así, en 30 millones de
animales inútiles que deben ser sacrificados, restando 24 de los 54 millones.
El forraje y los alimentos que estos animales inútiles les han venido
consumiendo deben distribuirse entre el resto de los animales, que estarán más
sanos y, por consiguiente, podrán mantener la producción total de leche y de
boñiga en o por encima de los niveles anteriores. Pero, ¿qué vacas se van a
sacrificar? Cerca del 43 por 100 de la población total de ganado vacuno se
encuentra en el 62 por 100 de las granjas más pobres. Estas granjas de 5 acres
o menos sólo disponen del 5 por 100 de los pastizales. En otras palabras, la
mayor parte de los animales temporalmente secos, estériles y débiles pertenecen
a la gente que vive en las granjas más pequeñas y más pobres. De modo que
cuando los economistas hablan de deshacerse de 30 millones de vacas, en
realidad hablan de librarse de 30 millones de vacas pertenecientes a familias
pobres, no a ricas. Pero la mayor parte de las familias pobres sólo poseen una
vaca; por consiguiente, esta economización no se reduce tanto a eliminar 30
millones de vacas como a librarse de 150 millones de personas, obligándolas a
abandonar el campo y emigrar a las ciudades.
Los partidarios del sacrificio de las vacas basan su recomendación en un
error comprensible. Razonan que si los agricultores rehúsan matar sus animales
y hay un tabú religioso que prohíbe hacer esto, el tabú es el principal
responsable de la alta proporción de vacas con respecto a bueyes. Su error se
oculta en la misma proporción observada: 70 vacas por cada 100 bueyes. Si el
amor a las vacas impide a los agricultores matar vacas inútiles desde el punto
de vista económico, ¿cómo es que hay un 30 por 100 menos de vacas que de
bueyes? Si nacen aproximadamente tantos animales hembras como machos debe haber
algo que provoque la muerte de más hembras que machos. La solución a este
enigma consiste en que un cuando ningún campesino hindú sacrifica
deliberadamente una becerra o una vaca decrépita a palos o con un cuchillo
puede deshacerse, y de hecho se deshace de ellas, cundo se vuelven inútiles
desde su punto de vista. Se emplean diferentes métodos, a excepción del
sacrificio directo. Por ejemplo, para "matar" becerras indeseadas se
coloca su cuello de modo que, al tratar de mamar, pinchan las ubres de las
vacas y mueren como consecuencia de las coces que reciben de éstas. A los
animales viejos simplemente se los ata con cuerdas cortas, dejándoles así hasta
que mueran de hambre, un proceso que no dura mucho tiempo si el animal ya está
débil y enfermo. Finalmente cantidades desconocidas de vacas decrépitas se
venden subrepticiamente mediante una cadena de intermediarios musulmanes y
cristianos, yendo a parar a los mataderos urbanos.
Si queremos explicar la proporción observada entre vacas y bueyes, debemos
estudiar las lluvias, el viento, el agua y las pautas de tenencia de la tierra,
no el amor a las vacas. La prueba de esto se encuentra en que la proporción
entre vacas y bueyes varía según la importancia relativa de los diferentes
componentes del sistema agrícola en las diversas regiones de la India. La
variable más importante es la cantidad de agua de regadío disponible para el
cultivo del arroz. Siempre que hay extensos arrozales de regadío, el búfalo de
agua tiende a ser el animal de tracción preferido y la hembra del búfalo de
agua sustituye entonces a la vaca cebú como productora de leche. Por esta
razón, la proporción entre vacas y bueyes se reduce al 47 por 100 en las
enormes llanuras del norte de la India, donde las nieves fundidas del Himalaya
y los monzones crean el Río Sagrado del Ganges. Como ha señalado el eminente
economista indio K. N. Raj, los distritos del valle del Ganges, en los que se
cultivan sin interrupción, durante todo el año, los arrozales, tienen
proporciones entre vacas y bueyes que se acercan al óptimo teórico. Esto llama
mucho la atención por cuanto que la región en cuestión -la llanura del Ganges!
es el corazón de la religión hindú y encierra sus santuarios más sagrados.
Una comparación entre la India hindú y el Pakistán occidental musulmán
refuta también la teoría que afirma que la religión es el responsable principal
de la alta proporción de vacas sobre bueyes. Pese al rechazo del amor a las
vacas y de los tabúes que prohíben sacrificar vacas y comer su carne, el
Pakistán occidental dispone en total de 60 vacas por cada 100 machos, cifra
considerablemente superior a la media del estado indio, profundamente hindú, de
Uttar Pradesh. Cuando se seleccionan los distritos de Uttar Pradesh que
destacan por la importancia del búfalo de agua y el regadío mediante canales y
se comparan con distritos ecológicamente similares del Pakistán occidental, las
proporciones entre vacas y bueyes resultan prácticamente las mismas.
¿Quiere decir esto que el amor a las vacas no tiene ningún efecto sobre la
proporción sexual del ganado vacuno o sobre otros aspectos del sistema
agrícola? No. Lo que afirmo es que el amor a las vacas es un elemento activo en
un orden material y cultural complejo y bien articulado. El amor a las vacas
activa la capacidad latente de los seres humanos para mantenerse en un
ecosistema con bajo consumo de energía, en el que hay poco margen para el
despilfarro o la indolencia. El amor a las vacas contribuye a la resistencia
adaptativa de la población humana conservando temporalmente a los animales
secos o estériles, pero todavía útiles; desalentando el desarrollo de una
industria cárnica costosa desde un punto de vista energético; protegiendo un
ganado vacuno que engorda a costa del sector público o de los terratenientes; y
conservando la capacidad de recuperación de la población vacuna durante sequías
y períodos de escasez. Como sucede en cualquier sistema natural o artificial,
siempre se produce alguna fuga, fricción o pérdida vinculados a estas
interacciones complejas, en las que intervienen 500 millones de personas,
ganado, tierra, trabajo, economía política, abono y clima. Los partidarios del
sacrifico afirman que la práctica de dejar criar indiscriminadamente a las
vacas y después reducir su número por descuido e inanición es despilfarradora e
ineficiente. No dudo de que esto es correcto, pero sólo en un sentido
restringido y relativamente insignificante. El ahorro que un ingeniero agrícola
podría conseguir eliminando un número desconocido de animales totalmente
inútiles debe compararse con las pérdidas catastróficas para los campesinos
marginales, en especial durante las sequías y épocas de escasez, si el amor a
las vacas cesa de ser una obligación sagrada.
Puesto que la movilización eficaz de toda acción humana depende de al
aceptación de credos y doctrinas psicológicamente compulsivas, habrá que
esperar que los sistemas económicos oscilen siempre por debajo y por encima de
sus puntos de eficiencia óptima. Pero el supuesto de que podemos lograr que
funcione mejor todo el sistema atacando simplemente su conciencia es ingenuo y
peligroso. Cabe alcanzar mejoras sustanciales en el sistema actual
estabilizando la población humana de la India y permitiendo a mayor números de
gente disponer de más tierra, agua, bueyes y búfalos de agua sobre una base más
equitativa. La alternativa es destruir el sistema actual y reemplazarlo por un
conjunto de relaciones demográficas, tecnológicas, político-económicas e
ideológicas totalmente nuevas; esto, por un ecosistema completamente nuevo. No
cabe duda que el hinduismo es una fuerza conservadora, que hace más difícil la
tarea de los expertos en "desarrollo" y los agentes
"modernizadores" empeñados en destruir el viejo sistema y sustituirlo
por un sistema agrícola e industrial con alto consumo de energía. Pero si se
opina que un sistema agrícola e industrial con alto consumo de energía ha de
ser necesariamente más "racional" o "eficiente" que el
sistema actualmente existente, mejor es dejar las cosas como están.
Los estudios de costos y de rendimientos energéticos muestran, en contra de
nuestras expectativas, que la India utiliza su ganado vacuno con mayor
eficiencia que Estados Unidos. El doctor Oden´hal descubrió en el distrito de
Singur, en Bengala Occidental, que la eficiencia energética bruta del ganado
vacuno, definida como el total de calorías útiles producidas en un año dividido
por el total de calorías consumidas durante e mismo período, era del 17 por 100
(Marvin Harris ha desarrollado en su obra, Culture, People, Nature, una
ecuación que establece una relación entre aspectos de la producción y el
"output" energético: E=mXtXrXe Donde E es la energía alimenticia o el
número de calorías que un sistema produce anualmente; "m" es el número
de productores de alimento; "t" el número de horas de trabajo por
cada productor de alimento; "r" el número de calorías gastadas por
hora, por el productor de alimentos; "e" la cantidad media de
calorías de alimento por cada calaría gastada en la producción de alimentos. El
factor "e" refleja el inventario tecnológico de la producción de
alimentos y la aplicación de esta tecnología a la tarea de la producción. Por
tanto "e" revela la productividad del trabajo o el nivel de
eficiencia tecnoambiental del que gozan los productores de alimentos de un
sistema cultural en su intento de obtener energía alimenticia de su medio
ambiente. Es decir, como dice M. Harris, "cuanto mayor es "e",
mayor es el número de calorías producidas por cada caloría gastada en la producción de
alimentos". Consultar sobre este concepto de energía y ecosistema el
capítulo 12, págs. 229-255, de la obra de Marvin Harris, Culture People,
Nature, Thomas Y. Crowell, Nueva York.) Esta cifra contrasta con la
eficiencia energética bruta inferior al 4 por 100 del ganado de carne criado en
los pastizales de Occidente. Como dice Oden´hal, la eficiencia relativamente
alta de complejo ganadero indio no obedece a que los animales sean
especialmente productivos, sino a que los hombres aprovechan con sumo cuidado
sus productos. "Los aldeanos son muy utilitaristas y nada se
desperdicia."
El despilfarro es más bien una característica de la moderna agricultura
mecanizada que de las economías campesinas tradicionales. Por ejemplo, mediante
el nuevo sistema de producción automatizada de carne de vaca en Estados Unidos
no sólo se desperdicia el estiércol del ganado, sino que se deja que contamine
las aguas freáticas en extensas áreas y contribuya a la polución de ríos y
lagos cercanos.
El nivel de vida superior que poseen las naciones industrializadas no es
consecuencia de una mayor eficiencia productiva, sino de un aumento muy fuerte
en la cantidad de energía disponible por persona. En 1970 Estados Unidos
consumió el equivalente energético a 12 toneladas de carbón por habitante,
mientras que la cifra correspondiente a la India era la quinta parte de una
tonelada por habitante. La forma en que se consumió esta energía implica que
cada persona despilfarra mucha más energía en Estados Unidos que en la India.
Los automóviles y los aviones son más veloces que las carretas de bueyes, pero
no utilizan la energía con mayor eficiencia. De hecho el calor y el humo
inútiles provocados durante un sólo día de embotellamientos de tráfico en
Estados Unidos despilfarran mucha más energía que todas las vacas de la India
durante todo el año. La comparación es incluso menos favorable si consideramos
el hecho de que los automóviles parados están quemando reservas insustituibles
de petróleo para cuya acumulación la Tierra ha requerido decenas de millones de
años. Si desean ver una verdadera vaca sagrada, salgan a la calle y observen el
automóvil de la familia.
Porcofilia y porcofobia
Todas las personas conocen ejemplos de hábitos alimenticios aparentemente
irracionales. A los chinos les gusta la carne de perro, pero desdeñan la leche
de vaca; a nosotros nos gusta la leche de vaca, pero nos negamos a comer la
carne de perro; algunas tribus de Brasil se deleitan con las hormigas pero
menosprecian la carne de venado. Y así sucesivamente en todo el mundo.
El enigma del cerdo me parece una buena continuación del de la madre vaca.
Nos obliga a tener que explicar por qué algunos pueblos aborrecen el mismo
animal al que otros aman.
La mitad del enigma que concierne a la porcofobia es bien conocida para
judíos, musulmanes y cristianos. El dios de los antiguos hebreos hizo todo lo
posible (una vez en el Libro del Génesis y otra en el Levítico) para denunciar
al cerdo como ser impuro, como bestia que contamina a quien lo prueba o toca.
Unos 1.500 años más tarde, Alá dijo a su profeta Mahoma que el status del cerdo
tenía que ser el mismo para los seguidores del Islam. El cerdo sigue siendo una
abominación para millones de judíos y cientos de millones de musulmanes, pese
al hecho de que puede transformar granos y tubérculos en proteínas y grasas de
alta calidad de una manera más eficiente que otros animales.
El público conoce menos las tradiciones de los amantes fanáticos de los
cerdos. El centro mundial del amor a los cerdos se localiza en Nueva Guinea y
en las islas Melanesias del Sur del Pacífico. Para las tribus horticultoras de
esta región que residen en aldeas, los cerdos son animales sagrados que se
sacrifican a los antepasados y se comen en ocasiones importantes, como bodas y
funerales. En muchas tribus se deben sacrificar cerdos para declarar la guerra
y hacer la paz. La gente de la tribu cree que sus antepasados difuntos ansían
la carne de cerdo. El hambre de carne de cerdo es tan irresistible entre los
vivos y los muertos que de vez en cuando se organizan festines grandiosos y se
comen casi todos los cerdos de la tribu de una sola vez. Durante varios días
seguidos, los aldeanos y sus huéspedes engullen grandes cantidades de carne de
cerdo, vomitando lo que no pueden digerir para volver a ingerir más. Cuando
todo ha finalizado, la piara de cerdos ha quedado tan mermada que se necesitan
años de rigurosa frugalidad para recomponerla. Tan pronto como se ha logrado
esto se realizan los preparativos para una nueva y pantagruélica orgía. Y así
vuelve a comenzar el extraño ciclo causado por la aparente mala administración.
Empezaré con el problema de los porcófobos judíos e islámicos. ¿Por qué
dioses tan sublimes como Yahvé y Alá se han tomado la molestia de condenar una
bestia inofensiva e incluso graciosa, cuya carne le encanta a la mayor parte de
la humanidad? Los estudiosos que admiten la condena bíblica y coránica de los
cerdos han ofrecido diversas explicaciones. Antes del Renacimiento la más
popular consistía en que el cerdo era literalmente un animal sucio, más sucio
que otros puesto que se revuelca en su propia orina y come excrementos. Pero
relacionar la suciedad física con la abominación religiosa lleva a
incoherencias. También las vacas que permanecen en un recinto cerrado chapotean
en su propia orina y heces. Y las vacas hambrientas comerán con placer
excrementos humanos. Los perros y los pollos hacen los mismo sin preocuparse
nadie por ello; los antiguos deben haber sabido que los cerdos criados en
pocilgas limpias se convierten en remilgados animales domésticos. Finalmente si
invocamos pautas puramente estéticas de "limpieza", debemos tener
presente la formidable incoherencia que supone la clasificación bíblica de
langostas y saltamontes como animales "puros". El argumento de que
los insectos son estéticamente más saludables que los cerdos no hará progresar
la causa de los fieles.
Los rabinos judíos reconocieron estas incoherencias a principios del
Renacimiento. Moisés Maimónides, médico de la corte de Saladino en El Cairo,
durante el siglo XIII nos ha proporcionado la primera explicación naturalista
del rechazo judío y musulmán de la carne de cerdo. Maimónides decía que Dios
había querido prohibir la carne de cerdo como medida de salud pública. La carne
de cerdo, escribió el rabino, "tenía un efecto malo y perjudicial para el
cuerpo". Maimónides no especificó cuáles eran las razones médicas en que
se basaba esta opinión, pero era el médico del sultán y su juicio fue muy
respetado.
A mediados del siglo XIX, el descubrimiento de que la triquinosis era
provocada por comer carne de cerdo poco cocida se interpretó como una
verificación rigurosa de la sabiduría de Maimónides. Judíos de mentalidad
reformista se alegraron ante el sustrato racional de los códigos bíblicos y
renunciaron inmediatamente al tabú sobre la carne de cerdo. La carne de cerdo,
cocida adecuadamente, no constituye una amenaza a la salud pública y, por
consiguiente, su consumo no puede ofender a Dios. Esto indujo a los rabinos de
convicción más fundamentalista a emprender un ataque contra toda la tradición
naturalista. Si Yahvé simplemente hubiera deseado proteger la salud de su
pueblo, le habría ordenado comer sólo carne de cerdo bien cocida en vez de
prohibir totalmente la carne de cerdo. Evidentemente, se aducía, Yahvé pensaba
en otra cosa, en algo más importante que el simple bienestar físico.
Además de esta incongruencia teológica, la explicación de Maimónides
adolece de contradicciones médicas y epidemiológicas. El cerdo es un vector de
enfermedades humanas, pero también lo son otros animales domésticos que
musulmanes y judíos consumen sin restricción alguna. Por ejemplo, la carne de
vaca poco cocida es fuente de parásitos, en especial tenias, que pueden crecer
hasta una longitud de 16 a 20 pies dentro de los intestinos del hombre,
producen una anemia grave y reducen la resistencia a otras enfermedades
infecciosas. El ganado vacuno, las cabras y las ovejas transmiten también la
brucelosis, una infección bacteriana corriente en los países subdesarrollados a
la que acompañan fiebre, escalofríos, sudores, debilidad, dolores y achaques.
La modalidad más peligrosa es la Brucelosis melitensis, que transmiten las
cabras y las ovejas. Sus síntomas son letargo, fatiga, nerviosismo y depresión
mental, a menudo interpretados erróneamente como psiconeurosis. Finalmente está
el ántrax, una enfermedad que transmite el gado vacuno, ovejas, cabras,
caballos y mulas, pero no los cerdos. A diferencia de la triquinosis que rara
vez tiene consecuencias funestas y que ni siquiera produce síntomas en la mayor
parte de los individuos afectados, el ántrax experimenta a menudo un desarrollo
rápido que empieza con furúnculos en el cuerpo y produce la muerte por
envenenamiento de la sangre. Las grandes epidemias de Antrax que asolaron
antiguamente Europa y Asia sólo pudieron ser controladas tras el descubrimiento
de los antibióticos y la vacuna contra el ántrax realizado por Louis Pasteur en
1881.
El hecho de que Yahvé dejara de prohibir el contacto
con los transmisores domesticados del ántrax perjudica especialmente a la
explicación de Maimónides, puesto que ya se conocía en los tiempos bíblicos la
relación entre esta enfermedad en los animales y el ser humano. Como describe
el Libro del Éxodo, una de las plagas enviadas contra los egipcios relaciona
claramente la sintomatología del ántrax en los animales con una enfermedad
humana:
...y prodújose una erupción que
originaba pústulas en personas y animales. Los adivinos no pudieron mantenerse
frente a Moisés a causa de las úlceras, pues el tumor atacó a los adivinos como
a todos los egipcios.
Al tener que afrontar estas contradicciones, la mayor parte de los teólogos
judíos y musulmanes han abandonado la búsqueda de una base naturalista del
aborrecimiento del cerdo. Recientemente ha ganado fuerza una posición
claramente mística que sostiene que la gracia alcanzada al acatar los tabúes
dietéticos depende de no saber exactamente lo que Yahvé tenía en mente y de no
intentar descubrirlo.
La antropología moderna ha entrado en un callejón sin salida similar. Por
ejemplo, pese a todos sus fallos, Moisés Maimónides estuvo más cercano a una
explicación que Sir James Frazer, autor famoso de The Golden Bough (La Rama
Dorada). Frazer declaró que los cerdos, al igual que "todos los animales
llamados impuros, fueron sagrados en su origen; la razón para no comerlos
consistía en que muchos eran originariamente divinos". Esto no nos sirve
de nada, puesto que también se adoró en la antigüedad en el Oriente Medio a
ovejas, cabras y vacas, y, sin embargo, todos los grupos étnicos y religiosos
de esta región se deleitan mucho con su carne. En concreto, la vaca, cuyo
becerro de oro fue adorado en las faldas del Monte Sinaí, constituiría según la
lógica de Frazer un animal más impuro para los hebreos que el cerdo.
Otros estudiosos han sugerido que los cerdos, junto con el resto de los
animales sujetos a tabúes en la Biblia y en el Coran, fueron en la antigüedad
los símbolos totémicos de diferentes clanes tribales. Esto pudo haber acaecido
perfectamente en algún momento remoto de la historia, pero si admitimos esta
posibilidad, debemos admitir también que animales "puros" tales como
el ganado vacuno, ovejas y cabras podrían haber servido como tótems. En contra
de gran parte de lo que se ha escrito sobre el tema del totemismo, los tótems
no son habitualmente animales estimados como alimento. Los tótems más populares
entre los clanes primitivos de Australia y África son aves relativamente
inútiles como los cuervos y los tejedores, o insectos como jejenes, hormigas y
mosquitos, o incluso objetos inanimados como nubes y cantos rodados. Además,
aun cuando el tótem sea un animal estimado, no hay ninguna regla invariable que
exija a los humanos abstenerse de comerlo. Con tantas opciones disponibles,
decir que el cerdo era un tótem no explica nada. También podríamos declarar:
"el cerdo fue convertido en tabú porque fue convertido en tabú".
Prefiero el enfoque de Maimónides. Al menos el rabino intentó comprender el
tabú, situándolo en un contexto natural de salud y enfermedad en el que
intervenían fuerzas mundanas y prácticas definidas. La única dificultad
consistía en que su concepción de las circunstancias pertinentes para el
aborrecimiento del cerdo estaba constreñida por un interés restringido en la
patología corporal, característico de un médico.
La solución del enigma del cerdo nos obliga a adoptar una definición mucho
más amplia de la salud pública, que comprenda los procesos esenciales mediante
los cuales animales, plantas y gentes logran coexistir en comunidades naturales
y culturales viables. Creo que la Biblia y el Corán condenaron al cerdo porque
la cría de cerdos constituía una amenaza a la integridad de los ecosistemas
naturales y culturales del Oriente Medio.
Para empezar, debemos tener presente el hecho de que los hebreos
protohistóricos los hijos de Abraham a finales del segundo milenio a.C. estaban
adaptados culturalmente a la vida en las regiones áridas, accidentadas y poco
pobladas, que se extienden entre los valles fluviales de Mesopotámica y Egipto.
Los hebreos eran pastores nómadas, que vivían casi exclusivamente de rebaños de
ovejas, cabras y ganado vacuno, hasta su conquista del Valle del Jordán en
Palestina, a principios del siglo XIII a.C. Como todos los pueblos pastores,
mantenían estrechas relaciones con los agricultores sedentarios que ocupaban
los oasis y las orillas de los grandes ríos. De vez en cuando, estas relaciones
maduraban transformándose en un estilo de vida más sedentario, orientado hacia
la agricultura. Esto es lo que parece haber ocurrido entre los descendientes de
Abraham en Mesopotámica, los seguidores de José en Egipto y los seguidores de
Isaac en el Néguer occidental. Pero incluso durante el clímax de la vida urbana
y aldeana bajo los reyes David y Salomón, el pastoreo de ovejas, cabras y
ganado vacuno continuó siendo una actividad económica muy importante.
Dentro de la pauta global de este complejo mixto de agricultura y pastoreo,
la prohibición divina de la carne de cerdo constituyó una estrategia ecológica
acertada. Los israelitas nómadas no podían criar cerdos en sus hábitats áridos,
mientras que los cerdos constituían más una amenaza que una ventaja para las
poblaciones agrícolas aldeanas y semisedentarias.
La razón básica de esto estriba en que las zonas mundiales de nomadismo
pastoral corresponden a llanuras y colinas deforestadas, que son demasiado
áridas para permitir una agricultura dependiente de las lluvias y que no son
fáciles de regar. Los animales domésticos mejor adaptados a estas zonas son los
rumiantes: ganado vacuno, ovejas y cabras. Los rumiantes tienen bolsas antes
del estómago que les permiten digerir hierbas, hojas y otros alimentos
compuestos principalmente de celulosa con más eficiencia que otros mamíferos.
Sin embargo, el cerdo es ante todo una criatura de los bosques y de las
riberas umbrosas de los ríos. Aunque es omnívoro, se nutre perfectamente de
alimentos pobres en celulosa, como nueces, frutas, tubérculos y sobre todo
granos, lo que le convierte en un competidor directo del hombre. No puede
subsistir sólo a base de hierba, y en ningún lugar del mundo los pastores
totalmente nómadas crían cerdos en cantidades importantes. Además, el cerdo
tiene el inconveniente de no ser una fuente práctica de leche y es muy difícil
conducirle a largas distancias.
Sobre todo, el cerdo está mal adaptado desde el punto de vista
termodinámico al clima caluroso y seco del Néguer, el Valle del Jordán y las
otras tierras de la Biblia y el Corán. En contraste con el ganado vacuno, las
cabras y las ovejas, el cerdo tiene un sistema ineficaz para regular su
temperatura corporal. Pese a la expresión "sudar como un cerdo", se
ha demostrado recientemente que los cerdos no sudan. El ser humano, que es el
mamífero que más suda, se refrigera a sí mismo evaporando 1.000 gramos de líquido
corporal por hora y metro cuadrado de superficie corporal. En el mejor de los
casos, la cantidad que el cerdo puede liberar es 30 gramos por metro cuadrado.
Incluso las ovejas evaporan a través de su piel el doble de líquido corporal
que el cerdo. Así mismo, las ovejas disponen de una lana blanca y tupida que
refleja los rayos solares y proporciona aislamiento cuando la temperatura del
aire sobrepasa a la del cuerpo. Según L. E. Mount, miembro del Instituto del
Consejo de Investigación Agrícola de Fisiología Animal de Cambridge,
Inglaterra, los cerdos adultos perecerían si se expusieran a la luz directa del
sol y a temperaturas del aire superiores a 98º F. En el Valle del Jordán, el
aire alcanza casi todos los veranos temperaturas de 110º F, y la luz solar es
intensa durante todo el año.
El cerdo debe humedecer su piel en el exterior para compensar la falta de
pelo protector y su incapacidad para sudar. Prefiere revolcarse en lodo limpio
y fresco, pero cubrirá su piel con su propia orina y heces si no dispone de
otro medio. Por debajo de los 84º F, los cerdos que permanecen en pocilgas
depositan sus excrementos lejos de sus zonas de dormir y comer, mientras que
por encima de los 84º F comienzan a excretar indiscriminadamente en toda la
pocilga. Cuanto más elevada es la temperatura, más "sucio" se vuelve
el cerdo. Así, hay cierta verdad en la teoría que sostiene que la impureza
religiosa del cerdo se funda en la suciedad física real. Sólo que el cerdo no
es sucio por naturaleza en todas partes; más bien, el hábitat caluroso y árido
del Oriente Medio obliga al cerdo a depender al máximo del efecto refrescante
de sus propios excrementos.
Las ovejas y cabras fueron los primeros animales en ser domesticados en
Oriente Medio, posiblemente hacia el año 9.000 a.C. Los cerdos fueron
domesticados en la misma región general unos 2.000 años más tarde. Los cómputos
de huesos realizados por los arqueólogos en los primeros enclaves prehistóricos
de aldeas que practicaban la agricultura, muestran que el cerdo domesticado era
casi siempre una parte relativamente insignificante de la fauna de la aldea,
constituyendo sólo cerca del 5 por cien de los restos de animales comestibles.
Esto es lo que podíamos esperar de un a criatura que necesitaba sombra y lodo,
no producía leche y comía el mismo alimento que el hombre.
Como ya he indicado en el caso de la prohibición hindú de la carne de vaca,
en condiciones preindustriales, todo animal que se cría principalmente por su
carne es un artículo de lujo. Esta generalización vale también para los
pastores preindustriales, que rara vez explotan sus rebaños para obtener
principalmente carne.
Las antiguas comunidades del Oriente Medio, que combinaban la agricultura
con el pastoreo, apreciaban a los animales domésticos principalmente como
fuente de leche, queso, pieles, boñiga, fibras y tracción para arar. Las
cabras, ovejas y ganado vacuno proporcionaban grandes cantidades de estos
productos más un suplemento ocasional de carne magra. Por lo tanto, desde el
principio, la carne de cerdo ha debido constituir un artículo de lujo, estimado
por sus cualidades de suculencia, ternura y grasa.
Entre los años 7.000 y 2.000 a.C., la carne de cerdo se convirtió aún más
en un artículo de lujo. Durante este período, la población humana de Oriente
Medio se multiplicó por sesenta. Al crecimiento de la población acompañó una
extensa deforestación, como consecuencia, sobre todo, del daño permanente
causado por los grandes rebaño de ovejas y cabras. La sombra y el agua, las
condiciones naturales adecuadas para la cría de cerdos, escasearon cada vez
más; la carne de cerdo se convirtió aún más en un lujo ecológico y económico.
Como sucede con el tabú que prohíbe comer carne de vaca, cuanto mayor es la
tentación, mayor es la necesidad de una prohibición divina. Generalmente se
acepta esta relación como adecuada para explicar por qué los dioses están
siempre tan interesados en combatir tentaciones sexuales tales como el incesto
y el adulterio. Aquí lo aplico simplemente a un artículo alimenticio tentador.
El oriente Medio es un lugar inadecuado para criar cerdos, pero su carne
constituye un placer suculento. La gente siempre encuentra difícil resistir por
sí sola a estas tentaciones. Por eso se oyó decir a Yahvé que tanto comer el
cerdo como tocarlo era fuente de impureza. Se oyó repetir a Alá el mismo
mensaje y por la misma razón: tratar de criar cerdos en cantidades importantes era
una mala adaptación ecológica. Una producción a escala pequeña sólo aumentaría
la tentación. Por consiguiente, era mejor prohibir totalmente el consumo de
carne de cerdo, y centrarse en la cría de cabras, ovejas y ganado vacuno. Los
cerdos eran sabrosos, pero resultaba demasiado costoso alimentarlos y
refrigerarlos.
Todavía persisten muchos interrogantes, en especial por qué cada una de las
otras criaturas prohibidas por la Biblia -buitres, halcones, serpientes,
caracoles, mariscos, peces sin escamas, etc.- fueron objeto del mismo tabú
divino. Y por qué los judíos y musulmanes que ya no viven en Oriente Medio
continúan observando, aun que con grados diferentes de exactitud y celo, las
antiguas leyes dietéticas. En general parece que la mayor parte de las aves y
animales prohibidos encajan perfectamente en dos posibles categorías. Algunos,
como las águilas, culebras, los buitres y los halcones, ni siquiera son fuentes
potencialmente significativas de alimentos. Otros como el marisco, no son
evidentemente accesibles a poblaciones que combinan el pastoreo con la agricultura.
Ninguna de estas categorías de criaturas tabúes plantea la cuestión que he
tratado de responder: a saber, cómo explicar un tabú aparentemente extraño e
inútil. Evidentemente no es nada irracional que la gente no gaste su tiempo
cazando buitres para comer, o que no ande 50 millas por el desierto en busca de
un plato de almejas.
Ahora es el momento adecuado para rechazar la afirmación que sostiene que
todas las prácticas alimenticias sancionadas por la religión tienen
explicaciones ecológicas. Los tabúes cumplen también funciones sociales, como
ayudar a la gente a considerarse una comunidad distintiva. La actual
observancia de reglas dietéticas entre los musulmanes y judíos que viven fuera
de sus tierras de origen del Oriente Medio cumple perfectamente esta función.
La cuestión que plantea esta práctica es si disminuye de algún modo
significativo el bienestar práctico y mundano de judíos y musulmanes al
privarles de factores nutritivos para los que no se dispone fácilmente de
sustitutos. A mi entender, la respuesta es casi con seguridad negativa. Pero
permitidme resistir a otra tentación: la tentación de explicarlo todo. Pienso
que conoceremos mejor a los porcofóbos si volvemos a la otra mitad del enigma,
es decir, a los amantes de los cerdos.
El amor a los cerdos es lo opuesto al oprobio divino con que cubren al
cerdo musulmanes y judíos. Esta condición no se alcanza simplemente mediante un
entusiasmo gustativo por la cocina de la carne de cerdo. Muchas tradiciones
culinarias, incluidas la euro-americana y china, estiman la carne y manteca de
los cerdos. El amor a los cerdos es otra cosa. Es un estado de comunidad total
entre el hombre y el cerdo. Mientras la presencia del cerdo amenaza el status
humano de los musulmanes y los judíos, en el ambiente en que reina el amor a
los cerdos, la gente sólo puede ser realmente humana en compañía de ellos.
El amor a los cerdos incluye criar cerdos como miembros de la familia,
dormir junto a ellos, hablarles, acariciarles y mimarles, llamarles por su
nombre, conducirles con una correa a los campos, llorar por ellos cuando están
enfermos o heridos, y alimentarles con bocados selectos de la mesa familiar.
Pero a diferencia del amor a las vacas entre los hindúes, el amor a los cerdos
incluye también el sacrificio obligatorio de cerdos y su consumo en
acontecimientos especiales. A causa del sacrificio ritual y el festín sagrado,
el amor a los cerdos proporciona una perspectiva más amplia de la comunión
entre hombre y bestia que la existente entre el agricultor hindú y su vaca. El
clímax del amor a los cerdos es la incorporación de la carne de cerdo a la
carne del anfitrión humano y del espíritu del cerdo al espíritu de los
antepasados.
El amor a los cerdos significa honrar al padre fallecido matando a palos la
cerda predilecta ante su tumba y asándola en un horno de tierra cavado en el
lugar. El amor a los cerdos significa llenar la boca del cuñado con puñados de
manteca de la panza salada y fría para hacerle leal y feliz. Sobre todo, el
amor a los cerdos es el gran festín de cerdos, que se celebra una o dos veces
en cada generación, en el que se extermina y se devora con glotonería la mayor
parte de los cerdos adultos para satisfacer el ansia de carne de cerdo de los
antepasados, asegurar la salud de la comunidad y la victoria en las futuras
guerras.
Roy Rappaport, profesor de la Universidad de Michigan, ha realizado un
estudio detallado de la relación entre los cerdos y los maring, un remoto grupo
tribal, amante de los cerdos, que habita en la Cordillera Bismarck de Nueva
Guinea. Rappaport describe en su libro Pigs for the ancestor: Ritual in the
Ecology or a New Guinea People, cómo el amor a los cerdos contribuye a la
solución de problemas humanos básico. Dadas las circunstancias de la vida de
los maring, hay escasas alternativas viables.
Cada subgrupo o clan local de los maring celebra un festival de cerdos por
término medio aproximadamente una vez cada doce años. El festival entero, que
incluye diversos preparativos, sacrificios en pequeña escala y el sacrificio
masivo final dura alrededor de un año y se conoce en el lenguaje de los maring
como un kaiko. En los primeros dos o tres meses que siguen inmediatamente a la
terminación del kaiko, el clan entabla un combate armado con los clanes
enemigos, lo que produce muchas bajas y la pérdida o la conquista eventuales de
territorio.
El resto de los cerdos se sacrifica durante el combate; vencedores y
vencidos pronto se encuentran totalmente privados de cerdos adultos con los que
ganarse el favor de sus respectivos antepasados. El combate cesa bruscamente, y
los beligerantes acuden a los lugares sagrados para plantar árboles pequeños
llamados rumbim. Cada varón adulto del clan participa en este ritual poniendo
las manos sobre el árbol joven rumbim cuando se planta en el suelo.
El mago de la guerra se dirige a los antepasados, explicando que se han
quedado sin cerdos y que les agradecen estar vivos. Asegura a los antepasados
que el combate ya ha finalizado y que no se reanudarán las hostilidades
mientras el rumbim permanezca plantado. De ahora en adelante, los pensamientos
y esfuerzos de los vivos se orientarán a la cría de cerdos; sólo cuando se ha
formado una nueva piara de cerdos lo suficientemente grande para celebrar un
gran kaiko y dar así las debidas gracias a los antepasados, los guerreros
pensarán en arrancar el rumbim y retornar al campo de batalla.
Rappaport ha podido mostrar en su estudio detallado de un clan llamado los
tsembaga que el ciclo entero -que consiste en el kaiko seguido de guerra,
plantación del rumbim, tregua, cría de una nueva piara de cerdos arrancamiento
del rumbim y nuevo kaiko- no es un simple psicodrama de los criadores del
cerdos que se han vuelto locos. Cada parte de este ciclo se integra en un
ecosistema complejo autorregulado, que ajusta con eficacia el tamaño y
distribución de la población animal y humana de los tsembaga según los recursos
disponibles y las oportunidades de producción.
La cuestión central para poder comprender el amor a los cerdos entre los
maring es la siguiente: ¿Cómo decide la gente el momento en que hay cerdos
suficientes para dar gracias a los antepasados como es debido? Los mismos
maring no supieron enunciar cuántos años deben transcurrir o cuántos cerdos se
necesitan para celebrar un kaiko adecuado. Descartamos prácticamente la
posibilidad de acuerdo sobre la base de un número fijo de animales o años, ya
que los maring carecen de calendario y su lenguaje no dispone de palabras para
números superiores a tres.
El kaiko de 1963 que observó Rappaport se inició cuando había 169 cerdos y
unos 200 miembros en el clan de los tsembaga. El significado de estas cifras en
términos de las rutinas cotidianas de trabajo y pautas de asentamiento
proporciona la clave para la duración del ciclo.
La tarea de criar cerdos así como la de cultivar ñame, taro y batatas
depende principalmente del trabajo de las mujeres maring. Estas transportan las
crías de los cerdos junto con las criaturas humanas a los huertos. Después del
destete, sus dueñas les adiestran a correr detrás de ellas como perros. A la
edad de cuatro o cinco meses, los cerdos vagan
sueltos por el bosque hasta que sus dueñas los conducen al anochecer
para proporcionarles una ración diaria de batatas y ñames sobrantes o de
calidad inferior. A medida que crecen los cerdos y aumenta su número, la mujer
debe trabajar mucho más para proporcionarles su cena.
Mientras el rumbim permanecía plantado Rappaport descubrió que las mujeres
tsembaga estaban sometidas a una presión considerable para aumentar la
dimensión de sus huertos, plantar más batatas y ñames, y criar más cerdos con
tanta rapidez como fuera posible para tener "suficientes" cerdos y
poder celebrar el siguiente kaiko antes que el enemigo. El peso de los cerdos
adultos, que oscila alrededor de las 135 libras, sobrepasa el de la media de
los maring adultos, y a pesar de hozar durante el día a cada mujer le cuesta
tanto esfuerzo alimentarles como un hombre adulto. Cuando se arrancó el rumbim
en 1963, las mujeres tsembaga más ambiciosas atendían el equivalente de 6
cerdos de 135 libras cada uno, además de trabajar en el huerto para ellas y sus
familias, cocinar, amamantar, transportar las criaturas de un lado para otro y
manufacturar artículos domésticos como bolsas de red, delantales de cuerda y
taparrabos. Rappaport calcula que sólo el cuidado de los 6 cerdos consumía más
del 50 por 100 del total de energía diaria gastada por una mujer maring sana y
bien alimentada.
Normalmente al aumento en la población porcina acompaña también un
incremento en la población humana, en especial entre grupos que han sido los
vencedores en la guerra anterior. Los cerdos y la gente han de nutrirse de los
huertos instalados en zonas taladas y quemadas del bosque tropical que cubre
las faldas de la Cordillera Bismarck. Como sucede con otros sistemas de
horticultura similares en otras regiones tropicales, la fertilidad de los
huertos maring depende del nitrógeno depositado en el suelo por las cenizas
provenientes de la quema de árboles. No se pueden plantar los huertos durante
más de dos o tres años consecutivos, puesto que una vez que han desaparecido
los árboles, las fuertes lluvias se llevan rápidamente el nitrógeno y otros
elementos nutritivos del suelo. La única solución consiste en elegir otro lugar
y quemar otro segmento del bosque. Después de una década aproximadamente, los
antiguos huertos se cubren de abundante vegetación secundaria de modo que se
pueden volver a quemar y plantar. Son preferidos estos emplazamientos de
huertos antiguos puesto que son más fáciles de desbrozar que el bosque virgen.
Pero cuando aumenta la población de cerdos y hombres durante la tregua del
rumbim, la maduración de los emplazamientos de los antiguos huertos se retrasa
y se deben establecer nuevos huertos en las zonas vírgenes. Aunque se dispone
de bosque virgen en abundancia, los nuevos emplazamientos de huertos exigen un
esfuerzo extra a cada uno y reducen la tasa típica de rendimiento por cada
unidad de trabajo invertida por los maring en alimentarse a si mismos y a sus
cerdos.
Los hombres que se encargan de desbrozar y quemar la selva para los nuevos
huertos deben trabajar mucho más a causa de la mayor espesura y altura de los
árboles vírgenes. Pero son las mujeres son las que más sufren, puesto que los
nuevos huertos se ubican necesariamente a una mayor distancia del centro de la
aldea. No sólo tienen que plantar huertos más extensos para alimentar a sus
familias y cerdos, sino que también han de emplear cada vez más tiempo
caminando para ir a trabajar y consumir más energía llevando los cochinillos y
bebés a los huertos y desde éstos a casa y transportando a sus hogares cargas
pesadas de ñames y batatas.
Otra fuente de tensión surge del esfuerzo creciente que requiere la
protección de los huertos para que no sean devorados por los cerdos adultos que
andan sueltos hozando. Cada huerto debe rodearse con una fuerte empalizada que
impida la entrada de los cerdos. Sin embargo, una cerda hambrienta de 150
libras es un adversario terrible. Cuando crece la piara de cerdos, éstos abren
brechas en las empalizadas e invaden más a menudo los huertos. Un horticultor
airado que sorprenda al cerdo infractor puede llegar a matarlo. Estos
incidentes desagradables producen enfrentamientos entre los vecinos y aumentan
la sensación general de insatisfacción. Como señala Rappaport, los incidentes
en los que están implicados los cerdos aumentan necesariamente con más rapidez
que la misma piara.
Para evitar estos incidentes y estar más cerca de sus huertos, los maring
comienzan a dispersar sus casas en un área más extensa. Esta dispersión reduce
la seguridad del grupo en caso de reanudación de las hostilidades. Todos se
vuelven más nerviosos. Las mujeres comienzan a quejarse de su exceso de
trabajo. Discuten con sus maridos y regañan a sus hijos. Pronto empiezan los
hombres a preguntarse si no habrá ya "suficientes cerdos". Bajan
a inspeccionar el rumbim y ver la altura
que ha alcanzado. Las quejas de las mujeres aumentan de tono, y finalmente los
hombres acuerdan, con considerable unanimidad y sin hacer recuento de los
cerdos, que ha llegado el momento de iniciar el kaiko.
Durante el kaiko celebrado en el año 1963, los tsembaga sacrificaron las
tres cuartas partes del número total de cerdos y consumieron siete octavas
partes de su peso total. Gran parte de esta carne se distribuyó entre los
parientes políticos y aliados militares que fueron invitados a participar en
las fiestas a lo largo de todo el año.
En los rituales culminantes celebrados el 7 y el 8 de noviembre de 1963,
los tsembaga mataron 96 cerdos, distribuyendo carne y manteca, directa o
indirectamente, entre una población estimada en dos mil o tres mil personas.
Los tsembaga se reservaron unas 2.500 libras de carne de cerdo y manteca, es
decir, 12 libras por cada hombre, mujer y niño, cantidad que consumieron en
cinco días consecutivos de glotonería desenfrenada.
Los maring utilizan conscientemente el kaiko como una ocasión para
recompensar a sus aliados por la asistencia anterior y ganarse su lealtad en
futuras hostilidades. A su vez los aliados aceptan la invitación al kaiko
porque les da la oportunidad de comprobar si sus anfitriones son lo
suficientemente prósperos y poderosos para garantizar un apoyo continuo; por
supuesto, también los aliados anhelan la carne de cerdo.
Los huéspedes se atavían con sus mejores galas. Se adornan con collares de
cuentas y conchas, ligas de conchas de cauri en las pantorrillas, pretinas de
fibra de orquídea, taparrabos a rayas de color púrpura ribeteados con piel de
marsupiales, y montones de hojas en forma de acordeón rematadas con un polisón
en sus nalgas. Coronas de plumas de águila y papagayo envuelven sus cabezas,
engalanadas con tallos de orquídeas, escarabajos verdes y cauris, y coronadas
con un ave del paraíso entera disecada. Cada hombre ha pasado horas enteras
pintándose la cara con dibujos originales, y se adorna con la mejor pluma del
ave del paraíso, que atraviesa su nariz junto con un disco o la concha dorada
en forma de medialuna de una ostra perlífera. Visitantes y anfitriones se
pavonean ante los demás danzando en la pista construida expresamente para la
ocasión, preparando así el terrenos para alianzas amorosas con las
espectadoras, así como alianzas militares con los guerreros.
Más de 1.000 personas se apiñaban en el terreno de la danza de los tsembaga
para participar en los rituales que siguieron al gran sacrificio de cerdos
presenciado por Rappaport en 1963. Paquetes de manteca salada de cerdo se
amontonaban como premio especial tras la ventana situada en lo alto de un
edificio ceremonial de tres lados colindante con el terreno de danza. En
palabras de Rapaport:
Varios hombres subieron a lo alto
de la estructura y desde allí proclamaron a la multitud, uno a uno, los nombres
y clanes de los hombres homenajeados. Cuando era llamado, el homenajeado
cargaba hacia la ventana blandiendo su hacha y lanzando gritos. Sus partidarios
le seguían de cerca dando gritos de guerra, tocando tambores y esgrimiendo
armas. Una vez en la ventana, los tesembaga a los que había ayudado el hombre
homenajeado en el último combate, le llenaban la boca con la manteca salada y
fría de la panza y le pasaban por la ventana un paquete que contenía más
manteca para sus seguidores. El héroe se retiraba entonces con la manteca
colgando de su boca, y con él sus partidarios, profiriendo gritos, cantando,
tocando los tambores y danzando. Las llamadas se sucedían rápidamente, y los
grupos que cargaban hacia la ventana se enredaban a veces con los que se
retiraban.
Todo esto tiene una explicación práctica dentro de los límites establecidos
por las condiciones tecnológicas y ambientales básicas de los maring. En primer
lugar, el ansia de carne de cerdo es un rasgo perfectamente racional de la vida
de los maring, dada la escasez general de carne en su dieta. Aunque pueden
complementar en ocasiones su dieta de vegetales básicos con ranas, ratas y
algunos marsupiales, la carne de cerdo domesticado es su mejor fuente potencial
de proteínas y grasas animales de alta calidad. Esto no significa que los
maring sufran de forma aguda una deficiencia en proteínas. Al contrario, su
dieta de ñames, batatas, taro y otros alimentos vegetales les proporciona una
gran variedad de proteínas vegetales que satisfacen, aunque no sobrepasan, los
niveles normales de nutrición. Sin embargo, la obtención de proteínas del cerdo
es otra cuestión. En general las proteínas animales están más concentradas y
son, desde el punto de vista metabólico, más eficaces que las vegetales, de ahí
que la carne sea siempre una tentación irresistible para las poblaciones
humanas que se limitan principalmente a alimentos vegetales (nada de queso,
leche, huevos o pescado).
Además, hasta cierto punto, la cría de cerdos está bien fundada en la
ecología de los maring. La temperatura y humedad son ideales. El ambiente
húmedo y sombreado de las faldas de las montañas favorece la cría de cerdos y
permite a estos animales obtener una parte fundamental de su alimento hozando
libremente en el bosque. La prohibición absoluta de la carne de cerdo -la
solución en el Oriente Medio- sería una práctica sumamente irracional y
antieconómica en estas circunstancias.
Por otro lado, un crecimiento ilimitado de la población porcina sólo puede
acarrear una situación de competencia entre el hombre y el cerdo. En semejantes
casos, la cría de cerdos se convierte en una sobrecarga para las mujeres y pone
en peligro los huertos de los que depende la supervivencia de los maring. A
medida que aumente la población porcina las mujeres maring tienen que trabajar
cada vez más. Finalmente, se encuentran con que ya no trabajan para alimentar
personas, sino a los cerdos. Por otra parte, cuando se empieza a explotar
tierras vírgenes, la eficiencia de todo el sistema agrícola cae en picado. Este
es el momento adecuado para el kaiko, a cuya celebración contribuyen los
antepasados cumpliendo la doble función de estimular un esfuerzo máximo en la
cría de cerdos y de evitar que éstos acaben con las mujeres y los huertos.
Ciertamente, su tarea es más difícil que la de Yahvé o Alá, puesto que siempre
es más fácil administrar un tabú total que otro parcial. Sin embargo, la
creencia de que debe celebrarse un kaiko tan pronto como sea posible para hacer
felices a los antepasados, libera efectivamente a los maring de animales que se
han vuelto parásitos e impide que la población de cerdos se convierta en
"algo demasiado bueno".
Si los antepasados son tan inteligentes, ¿por qué no fijan simplemente un
límite al número de cerdos que cada mujer maring puede criar? ¿No sería mejor
mantener un número constante de cerdos en vez de permitir que la población de
cerdos pase por un ciclo de extremos de escasez y abundancia?
Esta alternativa sería preferible sólo si cada clan de los maring
dispusiera de un tipo de agricultura completamente diferente, tuviera
gobernantes poderosos y leyes escritas, hubiese alcanzado un crecimiento
demográfico cero y careciese de enemigos: en una palabra, si no fueran maring.
Nadie, ni siquiera los antepasados, puede predecir qué número de cerdos
constituye "algo demasiado bueno", esto es, una cantidad excesiva. El
momento en que los cerdos se convierten en una carga no depende de una serie de
constantes, sino de un conjunto de variables que cambian cada año. Depende de
la población existente en toda la región y en cada clan, de su estado de vigor
físico y psicológico, de las dimensiones de su territorio, de la extensión
disponible de bosque secundario, y de la situación e intenciones de los grupos
enemigos en los territorios vecinos. Los antepasados de los tsembaga no pueden
decir simplemente "no criaréis sino cuatro cerdos", puesto que no hay
forma de poder garantizar que los antepasados de los kundugai, dimbagai,
vimgagai, tuguma, aundagai, kauwasi, monambant y todos los demás se vayan a
poner de acuerdo sobre este número. Todos estos grupos han entablado una lucha
para hacer valer sus respectivos derechos a una parte de los recursos de la
tierra. La guerra y la amenaza de guerra sondean y ponen a prueba estos
derechos. El ansia insaciable de cerdos por parte de los antepasados es una
consecuencia de esta belicosidad de los clanes maring.
Para dar satisfacción a los antepasados, se debe hacer un esfuerzo máximo
no sólo para producir tanto alimento como sea posible, sino también para
acumularlo en forma de piara de cerdos. Este esfuerzo, aun cuando produce
excedentes cíclicos de carne de cerdo, aumenta la capacidad del grupo para
sobrevivir y defender su territorio.
Esto se consigue diferentes maneras. En primer lugar, este esfuerzo extra
exigido por el ansia de cerdos de los antepasados eleva los niveles de
ingestión de proteínas para el grupo entero durante la tregua del rumbim, lo
que da lugar a una población más alta, más sana y más vigorosa. Además,
mediante la celebración del kaiko al finalizar la tregua, los antepasados
garantizan un consumo de dosis masivas de proteínas y grasas de alta calidad en
el período de mayor tensión social, es decir, en los meses que preceden
inmediatamente al desencadenamiento de la lucha intergrupal. Finalmente,
acumulando grandes cantidades de comida extra en forma de carne de cerdo de
gran valor nutritivo, los clanes maring logran atraer y recompensar a aliados
cuando más necesidad tienen de ellos: justo antes de estallar la guerra.
Los tsembaga y sus vecinos son conscientes de la relación entre éxito en la
cría de cerdos y poderío militar. El número de cerdos sacrificados en el kaiko
proporciona a los huéspedes una base precisa para evaluar la salud, energía y
determinación de los anfitriones. Un grupo que no logre acumular cerdos no se
hallará en condiciones de sostener una buena defensa de su territorio, y no
atraerá a aliados poderosos. No es una simple premonición irracional de derrota
la que se cierne sobre el campo de batalla cuando no se les ofrece a los
antepasados suficiente carne de cerdo en el kaiko. Rappaport insiste -pienso
que correctamente- en que en un sentido ecológico fundamental, el número de
cerdos excedentes en un grupo indica su fuerza productiva y militar a la vez
que valida o invalida sus derechos territoriales. En otras palabras, desde el
punto de vista de la ecología humana, el sistema entero produce una
distribución eficiente de plantas, animales y hombres en la región.
Estoy seguro de que muchos lectores van a insistir entonces en que el amor
a los cerdos es inadaptativo y sumamente ineficiente, puesto que se ajusta a
periódicos estallidos bélicos. Si la guerra es irracional, también lo es
entonces el kaiko. Una vez más permitidme resistir a la tentación de explicar
todas las cosas a la vez. En el próximo capítulo examinaré las causas
materiales de la guerra de los maring. Pero de momento permitidme señalar que
la porcofilia no es causa de la guerra. Millones de personas que nunca han
visto un cerdo emprenden la guerra; y la porcofobia (antigua y moderna) tampoco
aumenta de una manera ostensible el carácter pacífico de las relaciones
intergrupales en el Oriente Medio. Dada la frecuencia de la guerra en la
prehistoria e historia del hombre, no podemos sino asombrarnos ante el
ingenioso sistema ideado por los "salvajes" de Nueva Guinea para
mantener largos períodos de tregua. Después de todo, mientras el rumbim de sus
vecinos permanece plantado, los tsembaga no tienen que preocuparse de verse
atacados. ¡Ojalá pudiéramos decir lo mismo de las naciones que plantan mísiles
en vez de rumbim!
Las guerras que emprenden tribus primitivas dispersas como los maring
suscitan dudas acerca de la cordura de los estilos de vida humanos. Cuando las
naciones-estado modernas emprenden la guerra, a menudo nos rompemos la cabeza
tratando de encontrar la causa precisa, pero rara vez faltan explicaciones
alternativas plausibles entre las cuales elegir.
Los libros de historia están repletos de detalles de guerras emprendidas
para controlar rutas comerciales, recursos naturales, mano de obra barata o
mercados de masas. Las guerras de los imperios modernos pueden ser lamentables,
pero no son inescrutables. Esta distinción es básica para la
"detente" nuclear actual, que se funda en el supuesto de que las
guerras implican algún tipo de equilibrio racional de ganancias y pérdidas. Si
Estados Unidos y Rusia van a perder evidentemente más de lo que posiblemente puedan
ganar mediante un ataque nuclear, es probable que ninguno de ellos desencadene
una guerra como solución a sus problemas. Pero sólo cabe esperar que este
sistema impida la guerra si las guerras en general se relacionan con
condiciones prácticas y mundanas. La probabilidad de la autoaniquilación no
disuadirá de la guerra si ésta se desencadena por razones irracionales e
inescrutables. Si las guerras se emprenden, como creen algunos, principalmente
porque el hombre es "belicoso" o "agresivo" por instinto,
porque es un animal que mata por deporte, por gloria, por venganza, o por puro
amor a la sangre y a la excitación violenta, entonces ya podemos ir
despidiéndonos de esos mísiles.
Los motivos irracionales e inescrutables predominan en las explicaciones
actuales de la guerra primitiva. Puesto que la guerra tiene consecuencias
mortales para los que participan en ellas, parece presuntuoso dudar que los
combatientes saben por qué están combatiendo. Pero la respuesta a nuestros
enigmas de la vaca, el cerdo, las guerras o las brujas no se encuentra en la
conciencia de los participantes. Los propios beligerantes rara vez captan las
causas y consecuencias sistemáticas de sus batallas. Suelen explicar la guerra
describiendo los sentimientos y motivaciones personales experimentadas
inmediatamente antes del desencadenamiento de las hostilidades. Un jíbaro a
punto de ponerse en camino para emprender una cacería de cabezas, acoge con
satisfacción la oportunidad de capturar el alma del enemigo; el guerrero crow
anhela tocar el cuerpo del enemigo fallecido para demostrar su valor; algunos
guerreros se inspiran en el pensamiento de la venganza, otros en la perspectiva
de comer carne humana.
Estos anhelos exóticos son bastante reales, pero son la consecuencia, no la
causa, de la guerra. Movilizan el potencial humano de violencia y ayudan a
organizar la conducta guerrera. La guerra primitiva, al igual que el amor a las
vacas o el aborrecimiento del cerdo, se funda en una base práctica. Los pueblos
primitivos emprenden la guerra porque carecen de soluciones alternativas a
ciertos problemas; soluciones alternativas que implicarían menos sufrimiento y
menos muertes prematuras.
Los maring, como muchos otros grupos primitivos explican el
desencadenamiento de la guerra por la necesidad de vengar actos violentos. En
todos los casos recogidos por Rappaport, clanes que antes eran amigos iniciaron
las hostilidades tras alegar actos específicos de violencia. Las provocaciones
citadas más frecuentemente eran rapto de mujeres, violación, disparar sobre un
cerdo en el huerto, robo de cosechas, caza furtiva y muerte o enfermedad
provocada mediante brujería.
Una vez que dos clanes maring han entablado una guerra en la que ha habido
muertes, nunca les faltará motivo para reanudar las hostilidades. Cada muerte
en el campo de batalla era rumiada por los parientes de la víctima, que sólo
quedaban satisfechos tras haber igualado la partida matando a un enemigo. Cada
combate proporcionaba motivo suficiente para el próximo, y los guerreros maring
emprendían a menudo la guerra con el deseo ardiente de matar a determinados
miembros del grupo enemigo, es decir, aquellos que diez años antes habían sido
responsables de la muerte del padre o del hermano.
Ya he relatado parte de la historia de cómo los maring se preparaban para
la guerra. Tras arrancar el rumbim sagrado, los clanes beligerantes celebran
los grandes festivales del cerdo en los que intentan reclutar nuevos aliados y
consolidar las relaciones con grupos amigos. El kaiko es un acontecimiento
ruidoso; algunas de sus fases duran meses, de modo que no es posible lanzar un
ataque por sorpresa. De hecho, los maring esperan que la opulencia de su kaiko
desmoralizará a sus adversarios. Ambas partes hacen preparativos para la
batalla mucho antes de los primeros encuentros. Mediante intermediarios se
acuerda como terreno educados para el combate una zona deforestada localizada
en la región fronteriza entre los grupos combatientes. Ambas partes participan
por turno en el desbroce de la maleza de este lugar, iniciándose la lucha el
día acordado.
Antes de partir para el terreno del combate, los guerreros forman un
círculo en torno a sus magos de la guerra, quienes se arrodillan junto al fuego
sollozando y conversando con los antepasados. Los magos arrojan trozos de bambú
verde a las llamas. Cuando el calor hace que el bambú explote, los guerreros
golpean el suelo con los pies, gritan Ooooooh, e inician la marcha hacia el
campo de batalla en fila india, brincando y cantando en el camino. Las fuerzas
que se enfrentan forman en los extremos opuestos del calvero al alcance de sus
respectivas flechas. Fijan en el suelo sus escudos de madera del tamaño del
hombre, se ponen a cubierto y profieren amenazas e insultos contra el enemigo.
De vez en cuando, guerrero abandona de repente su escudo para insultar a sus
adversarios, volviendo a su punto de partida tan pronto como una lluvia de
flechas se dirige hacia su posición. En esta primera fase del combate se
producen pocas bajas y los aliados de los dos bandos tratan de acabar la guerra
tan pronto como alguien resulta herido de gravedad. Si cualquiera de las partes
insiste en continuar con la venganza, la lucha se intensifica. Los guerreros
utilizan entonces hachas y lanzas; los bandos opuestos se acercan, y en
cualquier momento uno de los dos puede precipitarse contra el otro en un
intento decidido de provocar muertes.
Tan pronto como se produce una muerte, hay una tregua. Durante un día o
dos, todos los guerreros permanecen en sus aldeas para realizar rituales
funerarios o glorificar a sus antepasados. Pero si ambos bandos siguen
igualados, pronto vuelven al terreno de combate. A medida que se prolonga la
lucha, los aliados se cansan y están tentados a regresar a sus aldeas. Si se
producen más deserciones en un grupo que en otro, la fuerza más poderosa puede
intentar atacar a la más débil para expulsarla del campo. El clan más débil
recoge sus bienes muebles y se refugia en las aldeas de sus aliados.
Anticipando la victoria, los clanes más fuertes pueden tratar de aprovechar la
ventaja arrastrándose por la noche hasta la aldea enemiga, prendiéndole fuego y
matando tanta gente como encuentren a su paso.
Cuando se produce una derrota, los vencedores no persiguen al enemigo, sino
que se dedican a matar a los rezagados, incendiar las viviendas, destruir las
cosechas y robar los cerdos. Diecinueve de las veintinueve guerras conocidas
entre los maring finalizaron con el aplastamiento de un grupo por otro.
Inmediatamente después de un aplastamiento, el grupo victorioso regresa a su
aldea, sacrifica el resto de los cerdos y planta el nuevo rumbim, con lo que se
inicia el período de tregua. No ocupa de un modo directo las tierras del
enemigo.
Una derrota decisiva en la que muere mucha gente puede llevar a un grupo a
no volver jamás a su antiguo territorio. Las líneas de filiación de los
vencidos se funden con las de sus aliados y anfitriones, mientras que los
vencedores y los aliados de éstos ocupan su territorio. A veces, el grupo
derrotado cede sus tierras fronterizas a los aliados entre los que ha buscado
refugio. El profesor Andrew Vayda, que ha estudiado las consecuencias de las
guerras en la región de la Cordillera Bismarck, afirma que independientemente
de que la derrota infligida a un grupo sea o no decisiva, lo más probable es
que éste establezca su nuevo asentamiento lejos de las fronteras enemigas.
Gran parte del interés se centra en la cuestión de si el combate y los
ajustes territoriales entre los maring se derivan de los que se ha llamado
vagamente "presión demográfica". Si entendemos por esta expresión la
incapacidad absoluta de un grupo para satisfacer los requisitos calóricos
mínimos, entonces no podemos decir que exista una presión demográfica en la
región maring. Cuando los tsembaga celebraron su festival de cerdos en 1963, la
población humana se elevaba a 200 individuos y la porcina a 169. Rappaport
calcula que los tsembaga tenían bastantes tierras de bosque sin explotar en su
territorio para alimentar una población adicional de 84 personas (o 84 cerdos
adultos) sin provocar un daño permanente en el manto forestal o degradar otros
aspectos vitales de su hábitat. Pero me opongo a definir la presión demográfica
como el inicio de deficiencias nutritivas reales o el inicio real de daños
irreversibles en el medio. En mi opinión, la presión demográfica se produce
cuando la población empieza a acercarse al punto de deficiencias calóricas o
proteínicas, o cuando empieza a crecer y consumir a un ritmo que más pronto o
más tarde degradará y esquilmará la capacidad del medio para mantener la vida.
El tamaño de la población en el que empiezan a producirse las deficiencias
nutritivas y la degradación constituye el límite superior de lo que los
ecólogos llaman "capacidad de sustentación" (carrying capacity: N.T. La
capacidad de sustentación es un concepto fundamental en la antropología
ecológica. Rappaport calcula la capacidad de sustentación del territorio
tsembaga, es decir, el máximo número de personas y cerdos que pueden ser
sustentadas durante jun período de tiempo sin modificar el consumo de los individuos
tsembaga y sin producir una degradación en el medio ambiente, aplicando la
siguiente fórmula recogida de Carneiro: P=(T:R+Y)*Y:A donde: P=es la población
que puede ser sustentada; T= total de tierra cultivable; R=duración del período
de barbecho en años; Y=duración del período de cultivo en años; A=el área de
tierra cultivada requerida para proporcionar a un "individuo medio"
la cantidad de alimento que ordinariamente se deriva de plantas cultivadas por
año.) del hábitat. La mayor parte de las sociedades primitivas poseen, al
igual que los maring, mecanismos institucionales para restringir e invertir el
crecimiento demográfico por debajo de la capacidad de sustentación. Este
descubrimiento ha producido mucha perplejidad. Puesto que grupos humanos
concretos reducen la población, la producción y el consumo anticipándose a las
consecuencias claramente negativas que provoca el rebasar la capacidad de
sustentación, algunos expertos sostienen que la presión demográfica no pude ser
la causa de estas reducciones. Pero no es necesario observar la obstrucción de
una válvula de seguridad y la explosión de una caldera para juzgar que la
función de la válvula es impedir normalmente la autodestrucción de la caldera.
Tampoco es gran misterio cómo estos mecanismo interruptores -los
equivalentes culturales de los termostatos, las válvulas de seguridad y los
interruptores eléctricos- llegaron a formar parte de la vida tribal. Como
sucede con otras novedades evolutivas adaptativas, los grupos que inventaron o
adoptaron instituciones de este tipo sobrevivieron con más consistencia que los
que sobrepasaron el límite de la capacidad de sustentación. La guerra primitiva
no es ni caprichosa ni instintiva; constituye simplemente uno de los mecanismos
de interrupción que ayudan a mantener las poblaciones humanas en un estado de
equilibrio ecológico con sus hábitat.
La mayor parte de nosotros preferiría considerar la guerra no como
salvaguardia, sino como amenaza a relaciones ecológicas bien fundadas provocada
por una conducta incontrolable e irracional. Muchos amigos míos piensan que es
pecado decir que la guerra es una solución racional a cualquier tipo de
problemas. Sin embargo, entiendo que mi explicación de la guerra primitiva como
adaptación ecológica proporciona más razones para el optimismo, en lo que atañe
a las perspectivas de poner fin a la guerra moderna, que las teorías populares
en la actualidad de un instinto agresivo. Como he dicho con anterioridad, si
las guerras son provocadas por instintos homicidas innatos, entonces poco es lo
que cabe hacer para impedirlas. En cambio, sin son provocadas por relaciones y
condiciones prácticas, entonces podemos reducir la amenaza de guerra
modificando estas condiciones y relaciones.
Puesto que no quiero ser tildado de defensor de la guerra, permitidme hacer
la siguiente puntualización: afirmo que la guerra es un estilo de vida
ecológicamente adaptativo entre los pueblos primitivos, no que las guerras
modernas sean ecológicamente adaptativas. La guerra actual a base de armas
nucleares puede intensificarse hasta el punto de la aniquilación mutua total.
Hemos llegado, así, a una fase en la evolución de nuestra especie en la que el
próximo gran avance adaptativo debe ser o bien la eliminación de las armas
nucleares o bien la eliminación de la guerra misma.
Cabe inferir las funciones reguladoras o mantenedoras del sistema de la
guerra maring a partir de diferentes elementos de juicio. En primer lugar,
sabemos que la guerra estalla en el momento en que la producción y el consumo
se hallan en auge y las poblaciones porcina y humana se recuperan de los bajos
niveles alcanzados al finalizar el combate anterior. El festival de cerdos, que
actúa como mecanismo de interrupción y las hostilidades posteriores no
coinciden con los mismos máximos en cada ciclo. Algunos grupos clánicos
intentan hacer valer sus derechos sobre la tierra en niveles situados por
debajo de los máximos anteriores como consecuencia de una recuperación
desproporcionadamente rápida de los vecinos enemigos. Otros pueden aplazar su
festival de cerdos hasta transgredir realmente el umbral de la capacidad de
sustentación de su territorio local. Sin embargo, lo importante no consiste en
los efectos reguladores de guerra sobre la población de uno u otro clan, sino
sobre la población de la región de los maring en su totalidad.
La guerra primitiva no alcanza sus efectos reguladores principalmente por
las muertes ocurridas en el combate. Las bajas habidas no afectan de una manera
sustancial al índice de crecimiento demográfico, ni siquiera entre las naciones
que practican formas industrializadas de matar. Las decenas de millones de
muertes provocadas por las batallas del siglo XX sólo constituyen una ligera
vacilación en el implacable empuje ascendente de la curva del crecimiento.
Consideremos el ejemplo de Rusia: en el punto culminante de la lucha y del
hambre durante la Primera Guerra Mundial y la revolución bolchevique, la
correlación entre la población proyectada para tiempos de paz y la población
real en época de guerra sólo difería en unos puntos de porcentaje. Una década
después de haber cesado la lucha, la población se había recuperado totalmente y
volvía justamente al punto de la curva en que habría estado si no hubiera
ocurrido la guerra y la revolución. Otro ejemplo: en Vietnam, pese a la
intensidad extraordinaria de los combates terrestres y aéreos la población
creció sin interrupción alguna durante la década de los 60.
Aludiendo a catástrofes como la Segunda Guerra Mundial, Frank Livingstone,
profesor de la Universidad de Michigan, ha afirmado categóricamente:
"Cuando consideramos que estos sacrificios sólo ocurren aproximadamente
una vez por generación, parece inevitable la conclusión de que no tienen efecto
alguno en el crecimiento o tamaño de la población". Una de las razones
para esto estriba en que la mujer corriente es muy fecunda y puede parir con
facilidad ocho o nueve veces durante los veinticinco a treinta y cinco años en
los que puede dar a luz. En la Segunda Guerra Mundial, el número total de
muertes provocadas por la guerra no superó el 10 por 100 de la población, y un
ligero incremento en el número de nacimientos por mujer pudo enjugar con
facilidad el déficit en pocos años. (También contribuyó a esto una reducción en
las tasas de mortalidad infantil y en la tasa de mortalidad en general.)
No puedo formular ahora las tasas reales de mortalidad provocadas por las
guerras entre los maring. Pero entre los yanomamo, una tribu situada en la
frontera entre Brasil y Venezuela, y considerada como uno de los grupos
primitivos más belicosos del mundo, cerca del 15 por 100 de los adultos mueren
como consecuencia de la guerra. En el próximo capítulo relataré muchas cosas
sobre los yanomamo.
La razón más importante para subestimar la guerra como medio de control
demográfico consiste en que en cualquier parte del mundo son los varones los
beligerantes y las víctimas principales de los enfrentamientos en el campo de
batalla. Entre los yanomamo, por ejemplo, sólo el 7 por 100 de las mujeres
adultas mueren en batalla frente al 33 por 100 de los varones adultos. Según
Andrew Vayda, el aplastamiento más sangriento entre los maring produjo la
muerte de catorce hombres, seis mujeres y tres niños de una población de 300
personas en el clan derrotado. Podemos descartar las muertes de varones en
combate puesto que no tienen prácticamente ningún efecto en el potencial
reproductivo de grupos como los tsembaga. Aun si se exterminara al 75 por 199
de los varones adultos en una sola batalla, las hembras supervivientes podrían
enjugar con facilidad el déficit en una sola generación.
Los maring y los yanomamo, al igual que la mayor parte de las sociedades
primitivas, practican la poliginia, lo cual significa que muchos hombres tienen
varias esposas. Todas las mujeres se casan tan pronto como pueden tener hijos y
permanecen casadas mientras dura su vida reproductiva. Cualquier varón normal
puede dejar embarazadas a cuatro o cinco mujeres fértiles durante la mayor
parte del tiempo. Cuando fallece un hombre maring, hay muchos hermanos y
sobrinos que esperan incorporar la viuda a su hogar. Incluso desde el punto de
vista de la subsistencia, se puede prescindir totalmente de la mayor parte de
los varones, cuya muerte en combate no crea necesariamente dificultades
insuperables a su viuda e hijos. Entre los maring, como ya he mencionado en el
capítulo anterior, las mujeres son las que más trabajan en los huertos y en la
cría de los cerdos. Esto es cierto para todos los sistemas de subsistencia
basados en la agricultura de tala y quema del mundo. Los hombres contribuyen a
las tareas hortícolas quemando el manto del bosque, pero las mujeres están
perfectamente capacitadas para realizar por sí solas este trabajo pesado. En la
mayor parte de las sociedades primitivas, siempre que hay que transportar
cargas pesadas -leña o cesta de ñames- se considera a las mujeres, no a los
hombres como "bestias de carga" adecuadas. Dada la aportación mínima
de los varones maring a la subsistencia, cuanto mayor es el porcentaje de
mujeres en la población, mayor es la eficiencia global de la producción alimentaría.
En lo que atañe a la comida, los hombres maring son como los cerdos: consumen
mucho más de lo que producen. Las mujeres y los niños comerían mejor si se
dedicaran a criar cerdos en vez de hombres.
Por consiguiente, el significado adaptativo de la guerra de los maring no
puede radicar en el efecto bruto de las muertes en combate sobre el crecimiento
de la población. Al contrario, pienso que la guerra preserva el ecosistema
maring mediante dos consecuencias más bien indirectas y menos conocidas. Una de
ellas se relaciona con el hecho de que, a resultas de la guerra, los grupos
locales se ven forzados a abandonar las áreas de los huertos de primera calidad
cuando todavía no han alcanzado el techo de la capacidad de sustentación. La
otra consiste en que la guerra incremente la tasa de mortalidad infantil
femenina; y así pese a la insignificancia demográfica de la mortalidad
masculina en combate, la guerra actúa como regulador efectivo del crecimiento
de la población regional.
En primer lugar, voy a explicar el abandono de las tierras hortícolas de
primera calidad. Hasta años después de producirse un aplastamiento, ni
vencedores ni vencidos explotan el área central de los huertos del grupo
derrotado, integrado por los mejores lugares de bosque secundario de altitud
media. Este abandono, aunque temporal, contribuye a mantener la capacidad de
sustentación de la región. Cuando los kundegai derrotaron a los tsembaga en
1953, arrasaron sus huertos, destruyeron los árboles frutales, profanaron los
cementerios y los hornos de los cerdos adultos que encontraron y se llevaron a
sus a aldeas todas las cría de los mismos. Como señala Rappaport, las
depredaciones se orientaban a hacer imposible la vuelta de los tsembaga a su
propio territorio en vez de a la adquisición de un botín. Los kundegai,
temiendo la venganza de los espíritus ancestrales de los tsembaga, se retiraron
a su propio territorio. Una vez allí, colgaron ciertas piedras de combate
mágicas en bolsas de red en el interior de un refugio sagrado. Estas piedras
sólo se descolgaban cuando los kundegai se hallaban en situación de dar gracias
a sus propios antepasados en el siguiente festival de cerdos. Mientras las
piedras permanecían suspendidas, los kundegai temían a los espíritus de los
tsembaga y se abstenían de trabajar sus huertos o cazar en su territorio.
Finalmente, sucedió que los mismos tsembaga volvieron a ocupar las tierras
abandonadas. Como ya he dicho, en otras guerras los vencedores o sus aliados
acaban explotando las tierras abandonadas temporalmente en la huida. Pero, en
cualquier caso, el efecto inmediato de un descalabro militar cosiste en que las
zonas del bosque cultivadas de forma intensiva se dejan en barbecho mientras
que áreas previamente sin explotar -las zonas fronterizas del territorio del
perdedor- se ponen en cultivo.
En las tierras altas de Nueva Guinea así como en todas las demás regiones
forestales tropicales, la tala y quema repetidas de la misma área constituyen
una amenaza para la capacidad de recuperación del bosque. Si el intervalo entre
sucesivas rozas es muy corto, el suelo se vuelve seco y duro, y los árboles
pueden volver a crecer. Las hierbas invaden el emplazamiento de los huertos y
todo rico bosque primario en praderas erosionadas y barrancosas que no se
pueden explotar mediante una agricultura de tipo tradicional. Sabemos que esta
secuencia ha producido millones de acres de praderas en todo el mundo.
Entre los maring, se ha producido una deforestación relativamente pequeña.
Hay algunas zonas de praderas permanentes y de bosques secundarios degradados
en el territorio de grupos grandes y agresivos como los kundegai (el grupo
responsable del aplastamiento de los tsembaga en 1953). Pero la destrucción de
formas de vida consecuencia del intento de forzar al bosque a mantener más
cerdos y hombres de los que puede tolerar, se evidencia en muchas regiones
cercanas de las tierras altas de Nueva Guinea. Por ejemplo, un estudio reciente
sobre la región foré meridional emprendido por el doctor Arthur Sorensen,
miembro de Los Institutos Nacionales de la Salud, muestra que los foré han
causado daños irreversibles de gran escala en el hábitat de su bosque primario,
en un área de cuatrocientas millas cuadradas de la Cordillera Central. La
espesa hierba kunai ha invadido los emplazamientos de huertos y caseríos
abandonados, siguiendo al movimiento de asentamiento a medida que se interna en
los bosques vírgenes. Cabe constatar una destrucción general del bosque en las
regiones en las que se ha practicado la horticultura durante muchos años. En mí
opinión el ciclo regulado por el ritual de guerra, paz del rumbim y sacrificio
de cerdos ha ayudado a proteger el hábitat de los maring de un destino similar.
Pese a todos los extraños acontecimientos que tienen lugar durante el ciclo
ritual -plantación del rumbim, sacrificio de cerdos, suspensión de las piedras
de combate mágicas y la misma guerra- el problema que más llama mi atención,
que más fascinante me parece no es otro que el de la regulación temporal. En la
región habitada por los maring, los huertos deben quedar en barbecho durante un
mínimo de diez a doce años consecutivos antes de poder quemarlos y replantarlos
sin peligro de degradarse en pradera. Los festivales del cerdo se celebran
también aproximadamente dos veces en cada generación, es decir, cada diez o
doce años. Esto no puede ser una simple coincidencia. Por consiguiente, creo
que ahora podemos responder al menos a la pregunta: "¿Cuándo tienen los
maring cerdos suficientes para dar gracias a los antepasados?" La
respuesta es: "Tienen cerdos suficientes cuando el bosque ha vuelto a
crecer en el área de los antiguos huertos del grupo vencido".
Los maring, al igual que otros pueblos que practican la tala y la quema,
viven de "comerse el bosque": quemando árboles y cultivando en las
cenizas. El ciclo ritual y la guerra ceremonial les impiden "comer"
demasiado bosque con excesiva rapidez. El grupo derrotado se retira de las
tierras mejor adaptadas por su topografía para la horticultura. Esto permite la
regeneración del manto forestal en aquellos sectores que la voracidad de los
maring y sus cerdos pone en peligro. Durante la estancia entre sus aliados, los
vencidos pueden volver a explotar partes de su territorio, pero en lugares del
bosque primario alejados de sus enemigos que no corren peligro alguno. Si
consiguen criar muchos cerdos y recuperan su fuerza con ayuda de sus aliados,
intentarán volver a ocupar sus tierras y ponerlas de nuevo en plena producción.
El ritmo de guerra y paz, fuerza y debilidad, abundancia de cerdos y escasez de
cerdos, huertos centrales y huertos periféricos, esto evoca los ritmos
correspondientes en todos los clanes vecinos. Aunque los vencedores no tratan
de ocupar inmediatamente el territorio del enemigo, plantan los huertos más
cerca de la frontera del territorio del enemigo aplastado que antes de la
guerra. Lo que todavía es más importante, su población de cerdos se ha reducido
drásticamente, lo que provoca al menos una reducción temporal en el índice de
crecimiento hacia el umbral de la capacidad de sustentación del territorio.
Cuando la población porcina se acerca a su máximo, los vencedores descuelgan
las piedras de combate mágicas, arrancan el rumbim y se preparan para entrar en
el territorio desocupado y regenerado de nuevo, en son de paz si sus enemigos
de antes son todavía demasiado débiles para entablar un combate con ellos, o
con ánimo vengativo si sus enemigos anteriores se han reforzado.
En las pulsaciones vinculadas de gente, cerdos, huertos y bosques podemos
comprender por qué los cerdos adquieren una santidad ritual considerada
incompatible con el carácter de los cerdos en otras partes del mundo. Puesto
que un cerdo adulto come tanto bosque como un hombre adulto, el sacrifico de
cerdos reduce el sacrificio de hombres en el clímax de cada ritmo sucesivo. No
es pues de extrañar que los antepasados ansíen los cerdos; de lo contrario,
¡tendrían que “comerse” a sus hijos e hijas!
Queda un problema. Cuando los tsembaga fueron expulsados de su territorio
en 1953, buscaron refugio junto a siete grupos locales diferentes. En algunos
casos, los clanes junto a los que marcharon a vivir acogieron a “refugiados”
adicionales de otras guerras anteriores y posteriores a la derrota de los
tsembaga. Parecería, por lo tanto, que la amenaza ecológica a los territorios
del grupo aplastado simplemente se había trasferido de un lugar a otro, y que
los refugiados pronto comenzarían a devorar los bosques de sus anfitriones. De
ahí que el simple desplazamiento de la gente no baste para impedir que la
población degrade el medio ambiente. Debe haber asimismo algún medio de limitar
el crecimiento real de la población. Esto nos lleva a la segunda consecuencia
de la guerra primitiva que he mencionado hace un momento.
En la mayor parte de las sociedades primitivas, la guerra es un medio
eficaz de control demográfico, ya que un combate intenso y periódico entre
grupos favorece la crianza de niños en vez de niñas. Cuanto más numerosos son
los varones adultos, más poderosa es la fuerza militar que un grupo dependiente
de armas de mano puede reclutar para el campo de batalla y más probabilidad
tiene de conservar su territorio frente a la presión ejercida por sus vecinos.
Según un estudio demográfico sobre más de 600 poblaciones primitivas realizado
por William T. Divale, miembro del Museo Americano de Historia Natural, hay un
desequilibrio permanentemente extraordinario a favor de los muchachos en los
grupos de edades infantil y juvenil (aproximadamente hasta los quince años de
edad). La razón media entre muchachos y muchachas es de 150:100 pero algunos
grupos tienen incluso el doble de muchachos que de muchachas. La misma razón
entre los tsembaga se aproxima a la media de 150:100. Sin embargo, cuando
examinamos los grupos de edad adulta, la razón media entre hombres y mujeres en
el estudio de Divale se aproxima más a la unidad, lo que sugiere una tasa de
mortalidad más elevada para los hombres maduros que para las mujeres maduras.
Las bajas en combate constituyen la causa más probable de la mayor tasa de
mortalidad entre los hombres adultos. Entre los maring, las bajas de varones en
combate sobrepasa a las de mujeres en una proporción de 10 a 1. Pero, ¿cómo se
explica la situación inversa en las categorías de edad infantil y juvenil?
La respuesta de Divale es que muchos grupos primitivos practican el
infanticidio femenino manifiesto. Se ahoga a las niñas, o simplemente se las
deja abandonadas en el bosque. Pero más frecuentemente, el infanticidio es
encubierto, y la gente niega habitualmente que lo practique, lo mismo que los
agricultores hindúes niegan que matan a sus vacas. Al igual que la proporción
desequilibrada entre bueyes y vacas en la India, la discrepancia entre las
tasas de mortalidad infantil femenina y masculina obedece normalmente a una
“pauta de negligencia” en el cuidado de las criaturas y no a una agresión
directa a la vida de la niña. Incluso una pequeña diferencia en la sensibilidad
de la madre a los llantos de los hijos que solicitan alimento o protección
podría explicar por acumulación el desequilibrio total en la razón entre
mujeres y hombres.
Únicamente un conjunto sumamente poderoso de fuerzas culturales puede
explicar la práctica del infanticidio femenino y el tratamiento preferencial
otorgado a las criaturas del sexo masculino. Desde un punto de vista
estrictamente biológico, las mujeres son más valiosas que los hombres. La mayor
parte de los varones son, por que se refiere a la producción, superfluos,
puesto que basta un sólo hombre para dejar embarazadas a cientos de mujeres.
Sólo las mujeres pueden dar a luz y amamantar a los niños (en sociedades que
carecen de biberones y de fórmulas que sustituyan a la leche materna). De
existir algún tipo de discriminación sexual contra las criaturas, predeciríamos
que los varones serían las víctimas. Pero sucede al revés. Esta paradoja es más
difícil de comprender si admitimos que las mujeres están capacitadas física y
mentalmente para realizar todas las tareas básicas de producción y subsistencia
con independencia total de cualquier ayuda de los varones. Las mujeres pueden
realizar todas las actividades que realizan los hombres, aunque tal vez con
alguna pérdida de eficiencia donde se requiere fuerza bruta. Pueden cazar con
arcos y flechas, pescar, poner trampas, y talar árboles si se les enseña o se
les permite aprender. Pueden transportar y transportan cargas pesadas, pueden
trabajar y trabajan en los huertos y campos en todo el mundo. Entre los
horticultores de tala y quema como los maring, las mujeres son los principales
productores de alimentos. Incluso entre grupos cazadores como los bosquimanos,
el trabajo de la mujer subviene a más de dos terceras partes de las necesidades
nutritivas del grupo. En cuanto a los inconvenientes asociados con la
menstruación y el embarazo, las líderes actuales de los movimientos de
liberación de la mujer tienen toda la razón cuando señalan que se pueden
eliminar con facilidad estos “problemas” en la mayor parte de las tareas y
actividades productivas mediante pequeños cambios en los planes de trabajo. La
presunta base biológica de la división sexual del trabajo es completamente
absurda. Mientras todas las mujeres de un grupo no se encuentren al mismo
tiempo en el mismo período de embarazo, las mujeres podrían administrar
perfectamente por sí solas las funciones económicas consideradas como
prerrogativa natural de hombre, como, por ejemplo, la caza o el pastoreo.
La única actividad humana, aparte de la sexual, para la cual es
indispensable la especialización del varón es el conflicto bélico que requiere
armas de mano. En general, los hombres son más altos, más fuertes y más
musculosos que las mujeres. Los hombres pueden arrojar una lanza más larga,
doblar un arco más fuerte y usar una maza más grande. Los hombres pueden correr
también más deprisa, ya sea en el ataque hacia el enemigo o en la retirada.
Insistir junto con algunos líderes del movimiento de liberación de la mujer en
que las mujeres pueden ser también adiestradas para combatir con armas de mano
no altera la situación. Si algún grupo adiestrara a las mujeres en vez de a los
hombres como sus especialistas militares, cometería un gran error. Seguramente
esta decisión equivaldría a un suicidio, puesto que no conocemos u solo caso
auténtico en parte alguna del globo terrestre.
La guerra invierte el valor relativo de la aportación que hombres y mujeres
hacen a las perspectivas de supervivencia del grupo. La guerra obliga a las
sociedades primitivas a limitar la cría de mujeres al favorecer la maximización
del número de varones adultos listos para el combate. Es esto, y no el combate
per se, lo que convierte a la guerra en un medio eficaz de controlar el
crecimiento demográfico. Como saben todos los maring, los antepasados ayudan a
los que más se ayudan a sí mismos, mandando al terreno de combate a muchos
hombres y manteniéndoles allí. Así, que me inclino más bien hacia el punto de
vista de que el ciclo ritual entero es un “truco” inteligente por parte de los
antepasados para conseguir que los maring críen cerdos y hombres en vez de
mujeres al objeto de proteger el bosque.
Continuando la búsqueda de las condiciones prácticas que llevan a la guerra
primitiva, todavía he de abordar la cuestión de por qué no se empleaban medios
menos violentos para mantener la población del grupo local por debajo de la
capacidad de sustentación. Por ejemplo, ¿no habría sido mejor para los tsembaga
así como para su hábitat si se hubiera limitado su población simplemente
mediante alguna técnica de control de natalidad? La respuesta es no, puesto que
antes de la invención del condón en el siglo XVIII, no existieron en ninguna
parte métodos anticonceptivos seguros, relativamente agradables y eficaces. Con
anterioridad, el medio “pacífico” más eficaz para limitar la población, aparte
del infanticidio, era el aborto. Muchos pueblos primitivos saben cómo provocar
el aborto con brebajes venenosos. Otros enseñan a la mujer embarazada a
envolver su vientre con una apretada faja de tela. Cuando falla todo lo demás,
la mujer embarazada se tumba sobre la espalda mientras una amiga salta con
todas sus fuerzas sobre su abdomen. Estos métodos son bastante eficaces, pero
tienen el desagradable efecto secundario de provocar la muerte de la futura
madre casi tan a menudo como la muerte del embrión.
Al faltarles métodos seguros y eficaces de anticoncepción o aborto, los
pueblos primitivos deben centrar su medio institucionalizado de controlar la
población en los individuos vivos. Los niños -cuanto más jóvenes mejor- son las
víctimas lógicas de estos esfuerzos, ya que, en primer lugar, no pueden ofrecer
resistencia; en segundo lugar, hay menos inversión social y material en ellos;
y en tercer lugar, los lazos emocionales con las criaturas son más fáciles de
cortar que los existentes entre adultos.
Los que encuentran mi razonamiento depravado o “incivilizado”, deberían
leer algo sobre la Inglaterra del siglo XVIII. Decenas de millares de madres
ebrias de ginebra arrojaban regularmente sus bebés al Támesis, les envolvían
con las ropas de las víctimas de la viruela, les abandonaban en toneles de
basura, les asfixiaban al echarse sobre ellos en la cama en el estado de
estupor provocado por la embriaguez, o ideaban otros métodos directos o
indirectos de acortar la vida de sus criaturas. En nuestra propia época, sólo
un grado increíble de obstinación farisaica nos impide admitir que todavía se
practica el infanticidio a escala cósmica en las naciones subdesarrolladas, en
las que son corrientes tasas de mortalidad infantil en el primer año de 250 por
cada mil nacimientos.
Los maring hacen lo mejor que pueden ante una mala situación que ha sido
común a toda la humanidad antes del desarrollo de una anticoncepción eficaz y
de un aborto seguro en los primeros meses de embarazo. Provocan o toleran una
proporción más alta de muertes de criaturas femeninas que de criaturas
masculinas. Si no hubiera ninguna discriminación contra las niñas, muchos niños
serían víctimas de la necesidad de un control demográfico. La guerra que
favorece la cría del máximo número de varones, es responsable del índice más
alto de supervivencia de las criaturas masculinas frente a las femeninas. O
sintetizando la cuestión, la guerra es el precio pagado por las sociedades
primitivas por criar hijos cuando no pueden permitirse el lujo de criar hijas.
El estudio de la guerra primitiva nos lleva a la conclusión de que la
guerra ha formado parte de una estrategia adaptativa vinculada a condiciones
tecnológicas, demográficas y ecológicas específicas. No es necesario invocar
imaginarios instintos criminales o motivos inescrutables o caprichosos para
comprender por qué los combates armados han sido tan corrientes en la historia
de la humanidad. Por ello, no cabe sino esperar que ahora cuando la humanidad
tiene mucho más que perder de lo que posiblemente pueda ganar con la guerra,
otros medios de resolver los conflictos entre grupos la reemplazarán.
El macho salvaje.
El infanticidio femenino es una manifestación de la supremacía del varón. A
mi entender, se puede mostrar que otras manifestaciones de la supremacía del
varón están también arraigadas en las exigencias prácticas del conflicto
armado.
Para explicar las jerarquías sexuales debemos elegir de nuevo entre teorías
que hacen hincapié en instintos inalterables y teorías que ponen de relieve la
adaptabilidad de los estilos de vida ante condiciones prácticas y mundanas
modificables. Me inclino hacia el punto de vista del movimiento de liberación
de la mujer que sostiene que la “anatomía no es el destino”, dando a entender
que las diferencias sexuales innatas no pueden explicar la distribución
desigual de privilegios y poderes entre hombres y mujeres en las esferas
doméstica, económica y política. Los movimientos de liberación de la mujer no
niegan que la posesión de ovarios en vez de testículos conduce necesariamente a
formas diferentes de experimentar la vida. Niegan que haya algo en la naturaleza
biológica de los hombre y de las mujeres que por sí solo destine a los varones
a gozar de privilegios sexuales, económicos y políticos mayores que los de las
mujeres.
Si prescindimos de la concepción y de la especialización sexual
relacionada, la asignación de roles sociales en base al sexo no se deriva
automáticamente de las diferencias biológicas entre hombre y mujer. Si sólo
conociéramos los hechos de la biología y anatomía humanas, no podríamos
predecir que las hembras fueran el sexo socialmente subordinado. La especie
humana es única en el reino animal, ya que no hay correspondencia entre su
dotación anatómica hereditaria y sus medios de subsistencia y defensa. Somos la
especie más peligrosa del mundo no porque tengamos los dientes más grandes, las
garras más afiladas, los aguijones más venenosos o la piel más gruesa, sino
porque sabemos cómo proveernos de instrumentos y armas mortíferas que cumplen
las funciones de dientes, garras, agujones y piel con más eficacia que
cualquier simple mecanismo anatómico. Nuestra forma principal de adaptación
biológica es la cultura, no la anatomía. No cabe esperar que los hombres
dominen a las mujeres por el mero hecho de ser más altos y más fuertes, más de
lo que cabe esperar que la especie humana sea gobernada por el ganado vacuno o
los caballos, animales cuya diferencia de peso con respecto al marido corriente
es de treinta veces superior a la existente entre éste y su esposa. En las
sociedades humanas, el dominio sexual no depende de qué sexo alcanza un mayor
tamaño o es innatamente más agresivo, sino de qué sexo controla la tecnología
de la defensa y de la agresión.
Si sólo conociera la anatomía y capacidades culturales de los hombres y de
las mujeres, me inclinaría a pensar que serían las mujeres, y no los hombres,
quienes controlarían la tecnología de la defensa y de la agresión y que si un
sexo tuviera que subordinarse a otro, sería la hembra quien dominaría al macho.
Aunque quedaría impresionado por el dimorfismo físico -mayor altura, peso y
fuerza de los varones- en especial en relación con las armas que se manejan con
la mano, todavía me causaría mayor asombro algo que las mujeres tienen y que
los hombres no pueden conseguir, a saber, el control del nacimiento, el cuidado
y la alimentación de los niños. En otras palabras, las mujeres controlan la
crianza, y gracias a ello pueden modificar potencialmente cualquier estilo de
vida que las amenace. Cae dentro de su poder de negligencia selectiva el
producir una proporción entre los sexos que favorezca mucho más a las hembras
que a los varones. También tienen el poder de sabotear la “masculinidad” de los
varones, recompensando a los chicos por ser pasivos en vez de agresivos. Cabría
esperar que las mujeres centraran sus esfuerzos en criar mujeres solidarias y
agresivas en vez de varones, y por añadidura, que los pocos supervivientes
masculinos de cada generación fueran tímidos, obedientes, trabajadores y
agradecidos por los favores sexuales. Predeciría que las mujeres monopolizarían
la dirección de los grupos locales, serían responsables de las relaciones
chamánicas con lo sobrenatural, y que Dios sería llamado ELLA. Finalmente,
esperaría que la forma de matrimonio ideal y más prestigioso sería la
poliandria, en la cual una sola mujer controla los servicios sexuales y
económicos de varios hombres.
Algunos teóricos que vivieron en el siglo XIX postularon en realidad este
tipo de sistemas sociales dominados por las mujeres como la condición
primordial de la humanidad. Por ejemplo, Friedrich Engels, quien tomó sus ideas
del antropólogo americano Lewis Henry Morgan, creía que las sociedades modernas
habían pasado por una fase de matriarcado en la cual la filiación se trazaba
exclusivamente por la línea femenina y en la que las mujeres dominaban
políticamente a los hombres. En la actualidad muchos movimientos de liberación
de la mujer continúan creyendo en este mito y en sus consecuencias.
Probablemente, los varones subordinados rechazaron y derrocaron a las
matriarcas, les arrebataron sus armas y, desde entonces, han estado conspirando
para explotar y degradar al sexo femenino. Algunas mujeres que admiten este
tipo de análisis arguyen que sólo una contraconspiración militante, equivalente
a una especie de guerra de guerrillas entre los sexos, podría instaurar el
equilibrio entre el poder y la autoridad masculinos y femeninos.
Hay un planteamiento incorrecto en esta teoría: nadie ha podido demostrar
jamás un solo caso que fuera representativo de verdadero matriarcado. La única
evidencia para esta fase, prescindiendo de los antiguos mitos de las amazonas,
es que aproximadamente de un 10 a un 15% de las sociedades del mundo trazan el
parentesco y la filiación exclusivamente a través de las mujeres. Pero el
cálculo de la filiación a través de las mujeres es la matrilinealidad, no el
matriarcado. Aunque la posición de la mujer en los grupos de parentesco
matrilineales tiende a ser relativamente buena, faltan los rasgos principales
del matriarcado. Son los varones, en definitiva, quienes dominan la vida
económica, civil y religiosa, y quienes gozan del acceso privilegiado a varias
esposas a la vez. Si el padre no es la principal autoridad dentro de la
familia, tampoco lo es la madre. La figura autoritaria en las familias
matrilineales es otro varón: el hermano de la madre (o el hermano de la madre
de la madre o bien el hijo de la hermana de la madre de la madre).
El predominio de la guerra acaba con la lógica que constituye la premisa de
la predicción del matriarcado. Las mujeres están capacitadas teóricamente para
resistir e, incluso, subyugar a los varones a los que ellas mismas han
alimentado y socializado; pero los varones criados en otra aldea o tribu
presentan un tipo diferente de desafío. Tan pronto como los varones empiezan,
por la razón que sea, a llevar el peso del conflicto intergrupal, las mujeres
no tienen otra opción que criar el mayor número posible de varones feroces.
La supremacía del varón es un caso de “realimentación positiva” o de lo que
se ha llamado “amplificación de la desviación”: el proceso que se produce
cuando las instalaciones de micrófonos y altavoces recogen y reamplifican sus
propias señales, produciendo chirridos que parecen taladrar la cabeza. Cuanto
más feroces son los varones, mayor es el número de guerras emprendidas y mayor
la necesidad de los mismos. Asimismo cuanto más feroces son los varones, mayor
es su agresividad sexual, mayor la explotación de las mujeres y mayor la
incidencia de la poliginia, el control que ejerce un sólo hombre sobre varias
esposas. A su vez, la poliginia agrava el déficit de mujeres, aumenta el nivel
de frustración entre los varones jóvenes, e incrementa la motivación para ir a
la guerra. La amplificación alcanza un clímax intolerable; se desprecia y se
mata en la infancia a las mujeres, lo que obliga necesariamente a los hombres a
emprender la guerra para capturar esposas y poder criar así un mayor número de
hombres agresivos.
Para comprender la relación entre machismo y guerra es mejor que examinemos
los estilos de vida de un grupo específico de sexistas militares primitivos. He
elegido a los yanomamo, un grupo tribal de unos 10.000 amerindios que habita en
la frontera entre Brasil y Venezuela. Napoleon Chagnon, profesor de la
Universidad Estatal de Pensilvania y principal etnógrafo de los yanomamo, los
ha denominado el “pueblo feroz”. Todos los observadores que han estado alguna
vez en contacto con ellos están de acuerdo en que constituyen una de las
sociedades más agresivas, belicosas y orientadas hacia el varón que existe en
el mundo.
En el momento en que un varón yanomamo típico alcanza la madurez, su cuerpo
está cubierto de heridas y cicatrices como consecuencia de innumerables peleas,
duelos e incursiones militares. Aunque desprecian mucho a las mujeres, los
hombres yanomamo siempre están peleándose por actos reales o imaginarios de
adulterio y por promesas incumplidas de proporcionar esposas. También el cuerpo
de las mujeres yanomamo se halla cubierto de cicatrices y magulladuras, la
mayor parte de ellas producto de encuentros violentos con seductores,
violadores y maridos. Ninguna mujer yanomamo escapa a la tutela brutal del
típico esposo-guerrero yanomamo, fácilmente encolerizable y aficionado a las
drogas. Todos los hombres yanomamo abusan físicamente de sus esposas. Los
esposos amables sólo magullan y mutilan; los feroces las hieren y matan.
Un modo favorito de intimidar a la esposa es tirar de los palos de caña que
las mujeres llevan a modo de pendientes en los lóbulos de las orejas. Un marido
irritado puede tirar con tanta fuerza que el lóbulo se desgarra. Durante el
trabajo de campo de Chagnon, un hombre que sospechaba de que su mujer había
cometido adulterio fue más lejos y le cortó las dos orejas. En una aldea
cercana, otro marido arrancó un trozo de carne del brazo de su mujer con un
machete. Los hombres esperan que sus esposas les sirvan, a ellos y a sus
huéspedes, y respondan con prontitud y sin protestar a todas sus exigencias. Si
una mujer no obedece con bastante prontitud, su marido le puede pegar con un
leño, asestarle un golpe con su machete, o aplicar una brasa incandescente a su
brazo. Si un marido está realmente encolerizado, puede disparar una flecha con
lengüeta contra las pantorrillas o nalgas de su esposa. En un caso registrado
por Chagnon, la flecha se desvió penetrando en el estómago de la mujer, lo que
a punto estuvo de provocarle la muerte. Un hombre llamado Paruriwa, furioso
porque su mujer tardaba mucho en complacerle, cogió un hacha y le intentó
golpear con ella. Su mujer esquivó el golpe y se alejó gritando. Paruriwa le
arrojó el hacha, que pasó silbando junto a su cabeza. Entonces la persiguió con
su machete y logró desgarrarle la mano antes de que pudiera intervenir el jefe
de la aldea.
Muchas veces se desencadena violencia contra las mujeres sin que medie
provocación alguna. Chagnono piensa que algo de esto tiene que ver con la
necesidad sentida por los hombres de demostrarse unos a otros que son capaces
de matar. La “imagen” de un hombre cobra fuerza si pega públicamente a su mujer
con un palo. Además las mujeres son utilizadas simplemente como chivos
expiatorios adecuados. Un hombre que deseaba realmente desahogar su ira contra
su hermano disparó en cambio su flecha contra su propia mujer; apuntó hacia una
parte no vital, pero la flecha se desvió y la mató.
Las mujeres que huyen de sus maridos sólo pueden esperar una protección
limitada por parte de sus parientes masculinos. La mayor parte de los
matrimonios se contratan entre hombres que han acordado intercambiar hermanas.
El cuñado de un hombre suele ser su pariente más próximo e importante. Ambos
pasan muchas horas en muta compañía, soplándose mutuamente polvos alucinógenos
en las narices, y tendidos juntos en la misma hamaca. En un caso relatado por
Chagnono, el hermano de una mujer fugitiva se irritó tanto con su hermana por
perturbar la relación de camaradería que le dispensaba su marido que la golpeó
con su hacha.
Un aspecto importante de la supremacía masculina entre los yanomamo es el
monopolio que los varones detentan sobre el uso de drogas alucinógenas.
Ingiriendo estas drogas (la más corriente, ebene, se obtiene de una enredadera
de la jungla), los hombres tienen visiones sobrenaturales que las mujeres no
pueden experimentar. Estas visiones les permiten convertirse en chamanes,
entrar en contacto con los demonios y controlar así las fuerzas malévolas. La
inhalación de ebene sirve también para insensibilizar a los hombres a dolores
extremos y para ayudarles a superar sus temores cuando se realizan duelos e
incursiones. La aparente inmunidad al dolor demostrada durante los duelos a
golpes en el pecho o a palos, que describiremos a continuación, se deriva
probablemente de los efectos secundarios analgésicos de las drogas. Los hombres
que han estado “viajando” presentan una visión impresionante antes de
desmayarse o caer en estupor. De sus narices gotea un moco verdoso; emiten
extraños ruidos en forma de gruñidos, andan a gatas y conversan con demonios
invisibles.
Como sucede en las tradiciones judeocristianas, los yanomamo justifican el
machismo con el mito de sus orígenes. Al principio en el mundo, dicen, sólo
había hombres feroces, hechos con la sangre de la Luna. Uno de estos primeros
hombres cuyas piernas quedaron embarazadas, se llamaba Kanoborama. De la pierna
izquierda de Kanaborama salieron mujeres y de su pierna derecha hombres
femeninos: los yanomamo que son reacios a los duelos y cobardes en el capo de
batalla.
Como sucede en las otras culturas dominadas por el varón, los yanomamo
creen que la sangre menstrual es mala y peligrosa. Cuando una muchacha tiene su
primera menstruación, la encierran en una jaula de bambú construida
expresamente para esto y la obligan a pasar sin alimentos. Después debe
aislarse en todos los períodos menstruales y permanecer en cuclillas sola en la
sombra de la casa.
Las mujeres son tomadas como víctimas desde la infancia. Cuando el hermano
pequeño de una muchacha le pega, ésta es castigada si devuelve los golpes. Sin
embargo, los muchachos pequeños nunca son castigados por pegar a alguien. Los
padres yanomamo gritan de placer cuando sus hijos de cuatro años, enojados, les
golpean en la cara.
He considerado la posibilidad de que la descripción realizada por Chagnon
sobre los roles sexuales de los yanomamo reflejara en parte el propio sesgo
masculino del etnógrafo. Afortunadamente, los yanomamo han sido estudiados
también por una mujer. La doctora Judith Shapiro, profesora de la Universidad
de Chicago, también pone de relieve el papel esencialmente pasivo de las
mujeres yanomamo. Relata que en lo que atañe al matrimonio, los hombres son
claramente quienes intercambien mientras que las mujeres son las
intercambiadas. Traduce el término yanomamo para el matrimonio por “llevarse
algo a rastras” y divorcio por “desprenderse de algo”. Relata que a la edad de
ocho o nueve años, las muchachas ya empiezan a servir a sus maridos; duermen
junto a ellos, les siguen a todas partes y les preparan la comida. Un hombre
puede incluso intentar tener relaciones sexuales con su novia de ocho años. La
doctora Shapiro presenciado escenas aterradoras en las que las pequeñas
muchachas suplicaban a sus parientes que las separaran de sus maridos
asignados. En un caso, se llegó a descoyuntar los brazos de la novia reacia ya
que sus propios parientes tiraban de un lado mientras que los parientes de su
marido tiraban del otro.
Chagnon afirma que las mujeres yanomamo esperan ser maltratadas por sus
maridos y que miden su status como esposas por la frecuencia de las pequeñas
palizas que les propinan sus maridos. Una vez sorprendió a dos mujeres jóvenes
discutiendo sobre las cicatrices de su cuero cabelludo. Una de ellas le decía a
la otra cuánto la debía querer su marido puesto que la había golpeado en la
cabeza con tanta frecuencia. Al referirse a su propia experiencia, la doctora
Shapiro cuenta que su condición sin cicatrices y sin magulladuras suscitaba
interés de las mujeres yanomamo. Afirma que decidieron “que los hombres a los
que había estado vinculada no me querían
en realidad bastante”. Aunque no podemos concluir que las mujeres yanomamo
desean que se las pegue, podemos decir que lo esperan. Encuentran difícil
imaginar un mundo en el que los maridos sean menos brutales.
La intensidad particular del síndrome machista de los yanomamo halla su
mejor expresión en sus duelos, en los que dos hombres tratan de herirse
mutuamente hasta el límite de su resistencia. La forma predilecta de infligir
este castigo mutuo es descargar golpes en el pecho.
Imaginemos una arremolinada y vociferante multitud de hombres con los
cuerpos pintados con dibujos rojos y negros, con plumas blancas pegadas a su
cabello y mostrando los penes sujetos por una cuerda a sus vientres. Esgrimen
arcos y flechas, hachas, palos y machetes, que baten ruidosamente mientras se
amenazan mutuamente. Los hombres, divididos en anfitriones y huéspedes, se han
reunido en el calvero central de una aldea yanomamo, observados ansiosamente
por sus mujeres e hijos, que están detrás, bajo los aleros de la gran vivienda
circular comunitaria. Los anfitriones acusan a los huéspedes de robar en los
huertos. Estos gritan que los anfitriones son tacaños y que reservan los
mejores alimentos para sí. Los huéspedes ya han recibido sus regalos de despedida,
¿por qué pues no han vuelto a casa? Para librarse de ellos, los anfitriones les
desafían a un duelo a golpes en el pecho.
Un guerrero de la aldea de los anfitriones se adentra en el centro del
calvero. Separa las piernas, coloca las manos en la espalda y saca su pecho
hacia el grupo oponente. Un segundo hombre sale de entre los huéspedes y entra
en la arena. Examina a su adversario con tranquilidad y le manda que cambie su
postura. Dobla el brazo izquierdo de la víctima hasta que descanse en la
cabeza, evalúa la nueva postura y realiza un último ajuste. Cuando su oponente
está situado adecuadamente, el huésped se coloca a la distancia correcta de un
brazo, fijando y hundiendo su punto de apoyo en la tierra endurecida, haciendo
repetidas fintas hacia adelante para examinar la distancia y comprobar su
equilibrio. Entonces, inclinándose hacia atrás como un lanzador de baseball, concentra
toda su fuerza y peso en su puño apretado para descargarlo contra el pecho de
su víctima entre el pezón y el hombro. El hombre golpeado se tambalea, dobla
las rodillas, mueve la cabeza, pero sigue silencioso e inexpresivo. Sus
seguidores vociferan: “¡Otro!” La escena se repite. El primer hombre, que ya
exhibe un enorme verdugón en su músculo pectoral, vuelve a su posición. Su
adversario le alinea, examina la distancia, se inclina hacia atrás y descarga
un segundo golpe en el mismo lugar. Las rodillas del receptor se doblan,
cayendo al suelo. El atacante agita sus brazos sobre la cabeza en señal de
victoria y danza alrededor de la víctima, emitiendo feroces gruñidos y moviendo
sus pies con tal rapidez que se convierten en una mancha perdida en el polvo,
mientras sus seguidores gritan y hacen restañar sus armas, dando saltos desde
su posición en cuclillas. Los camaradas del hombre caído le instan de nuevo a
recibir más castigo Por cada golpe que recibe, podrá devolver otro. Cuantos más
golpes reciba, más podrá devolver y más probabilidades tendrá de lisiar a su
adversario o de hacerle abandonar. Después de recibir otros dos golpes, el
pecho izquierdo del primer hombre se ha inflamado y puesto rojo. En medio de
los rugidos de delirio de sus seguidores, indica entonces que ya ha recibido
bastante, exigiendo al adversario que se esté quieto para recibir su merecido.
La escena concreta que he descrito se basa en el informe de Napoleon
Chagnon, testigo ocular de los hechos. Como sucede en muchos otros duelos de
este tipo, el que acabo de relatar condujo a una escalada de violencia tan
pronto como un grupo empezó a derrotar al otro. Los anfitriones se quedaban sin
pechos utilizables, pero no estaban dispuestos a iniciar propuestas de paz.
Así, desafiaron a los huéspedes a otro tipo de duelo: pegar con la palma de la
mano en los costados. En éste la víctima ha de aguantar inmóvil mientras el
oponente le golpea con la mano abierta justamente debajo de las costillas. Los
golpes en esta zona paralizan el diafragma y la víctima cae al suelo jadeante e
inconsciente. En este caso concreto, la visión de camaradas favoritos tumbados
boca abajo en el polvo pronto enfureció a ambos grupos; los hombres de ambos
bandos comenzaron a armar sus flechas con puntas de bambú envenenado. Estaba
anocheciendo, y las mujeres y los niños prorrumpieron en llantos, echando a
correr detrás de los hombres, quienes formaron una cortina protectora.
Respirando con fuerza, anfitriones y huéspedes se encaraban en el calvero.
Chagnon observaba detrás de una línea de arqueros. Con profundo alivio, vio
cómo los huéspedes cogían tizones incandescentes de leña y se retiraban
lentamente de la aldea hacia la oscuridad de la jungla.
A veces se produce una fase intermedia en la escalada de los duelos de
golpes en el pecho. Los adversarios empuñan piedras y se asestan contundentes
golpes que les hacen escupir sangre. Otra forma de entretenerse los anfitriones
y sus aliados consiste en entablar duelos con machetes. Parejas de adversarios
se turnan golpeándose mutuamente con la superficie plana de la hoja. El más
pequeño desliz provoca una lesión grave y nuevas confrontaciones violentas.
El siguiente nivel de violencia es el combate con palos. Un hombre que
tiene una rencilla con otro desafía a su adversario a que le golpee en la
cabeza con un palo de ocho a diez pies de largo en forma de taco de billar. El
desafiador clava su propio palo en el suelo, se apoya en él e inclina la
cabeza. El adversario agarra su palo por el extremo delgado, golpeando con la
parte gruesa la coronilla ofrecida con una fuerza capaz de aplastar los huesos.
El receptor que ha aguantado un golpe tiene derecho a aprovechar la oportunidad
inmediata de golpear con la misma fuerza a su contrincante.
Chagnon relata que la coronilla típica de los yanomamo está cubierta de
grandes y repugnantes cicatrices. Al igual que los antiguos prusianos, los
yanomamo están orgullosos de estos recuerdos de los duelos. Se afeitan la parte
superior de la cabeza para que sean visibles y frotan la zona clava con
pigmentos rojos de forma que cada cicatriz destaque con claridad. Si un varón
yanomamo vive hasta los cuarenta años, su cabeza puede estar atravesada por
veinte grandes cicatrices. Chagnon indica que, vista desde arriba, la cabeza de
un contendiente veterano en estos duelos con palos “se parece a un mapa de
carreteras”.
Los duelos son tan corrientes entre hombres que residen en la misma aldea
como entre hombres procedentes de aldeas vecinas. Hasta los parientes próximos
recurren con frecuencia a combates armados para resolver sus disputas. Chagnon
observó por lo menos un encuentro entre un padre y su hijo. El joven se había
comido algunas bananas que su padre había colgado para que maduraran. Cuando
descubrió el hurto, el padre se enfureció, arrancó un palo de los cabrios de su
casa y golpeó violentamente la cabeza de su hijo. Este arrancó otro con el que
atacó a su padre. En un momento, toda la gente de la aldea había tomado partido
y se asestaban golpes los unos a los otros. A medida que se generalizaba la
pelea, se encresparon los ánimos, produciéndose muchos dedos contusionados y
hombros magullados así como cráneos lacerados. Estas reyertas suelen estallar
en cualquier duelo tan pronto como los espectadores vislumbran abundante
cantidad de sangre.
Los yanomamo conocen aún otro nivel en la escalada de violencia, pero sin
llegar al homicidio: el combate con lanzas. Hacen lanzas con árboles jóvenes de
seis pies de largo, que descortezan, decoran con dibujos rojos y negros y les
sacan una larga punta. Estas armas pueden provocar heridas graves, pero son
relativamente ineficaces para producir muertes.
La guerra es la expresión última del estilo de vida de los yanomamo. A
diferencia de los maring, los yanomamo no parecen disponer de ningún medio para
establecer un tipo de tregua segura. Instituyen una serie de alianzas con
aldeas vecinas, pero las relaciones intergrupales se ven perturbadas por la
eterna desconfianza, los rumores, maliciosos y los actos de traición consumada.
Ya he mencionado la clase de distracción que se ofrecen mutuamente los aliados
en sus fiestas. Se supone que estos acontecimientos consolidan amistades, pero
incluso el mejor aliado se comporta de una manera feroz y agresiva para no
dejar duda alguna sobre el valor de la aportación de cada grupo a la alianza.
Debido a todo el pavoneo, jactancia y ostentación sexual que tienen lugar en
una fiesta presuntamente amistosa, no es posible predecir cómo acabará hasta
que el último huésped ha vuelto a casa. Todos los participantes son también
profundamente conscientes de algunos incidentes famosos en los que las aldeas
de los anfitriones planeaban deliberadamente exterminar a sus huéspedes o en
los que los huéspedes, entreviendo esta posibilidad, planeaban masacrar a los
anfitriones. En 1950, muchos parientes de la aldea que organizó el duelo de
golpes en el pecho que acabo de describir, fueron víctimas de un célebre festín
traicionero. Habían ido a una aldea, situada a una distancia de dos días de
viaje de la suya, para concertar una nueva alianza. Sus anfitriones les
permitieron danzar como si nada ocurriera. Más tarde entraron en la casa para
descansar, siendo entonces atacados con hachas y palos. Murieron doce hombres.
Cuando los supervivientes huían precipitadamente de la aldea fueron atacados de
nuevo por una fuerza que había permanecido oculta en la jungla, matando e
hiriendo a varios hombres más.
Los yanomamo siempre están preocupados por la traición; sus alianzas no se
establecen con arreglo a un conjunto compartido de intereses en gente o
recursos, sino más bien sobre la base de las últimas vicisitudes de su suerte
militar. Si una aldea sufre un grave revés militar, es probable que sea atacada
repetidas veces, incluso por sus aliados de antes. La única esperanza para una
aldea que ha perdido varios hombres en el combate es ir a vivir junto a sus
aliados. Pero ningún grupo ofrece refugio por razones sentimentales. Los
aliados esperan que el grupo derrotado haga donaciones de mujeres como
recompensa por la seguridad y el alimento temporales.
Emboscadas, festines traicioneros e incursiones furtivas al amanecer
constituyen las modalidades características de la guerra de los yanomamo. Una
vez que sobrepasan la fase de jactancia y duelos, su objetivo es matar tantos
hombres enemigos y capturar tantas mujeres enemigas como sea posible, sin
sufrir ellos mismos ninguna baja. En una incursión, los guerreros yanomamo se
aproximan al enemigo sigilosamente durante la noche, sin encender ninguna
lumbre, y aguardan tiritando hasta el amanecer en la oscuridad de la húmeda
jungla. En un acto supremo de valentía un guerrero yanomamo puede deslizarse
hasta la aldea enemiga y matar a una persona que duerme en una hamaca. En otros
casos, los incursores se contentan con matar a los hombres que acompañan a sus
mujeres a buscar agua al río. Si el enemigo está alerta y sólo se desplaza en
grandes grupos, el grupo incursor dispara a ciegas una lluvia de flechas sobre
la aldea y después se retira a la suya sin esperar a conocer los resultados Las
incursiones parecen ser incesantes. Durante la estancia de Chagnon, cierta
aldea sufrió más de veinticinco ataques en quince meses. La capacidad de
supervivencia de Chagnon en estas circunstancias es algo más que
extraordinaria: constituye un gran tributo a su habilidad y valor como
etnógrafo.
¿Por qué pelean tanto los yanomamo? El mismo profesor Chagnon no ha
ofrecido razones satisfactorias. En esencia, él acepta las explicaciones que
ofrecen los yanomamo. Estos dicen que la mayor parte de los duelos, incursiones
y otros brotes de violencia son provocados por disputas sobre las mujeres.
Evidentemente, hay déficit de mujeres. Pese al hecho de que una cuarta parte de
los varones mueren en combate, el número de hombres supera al de mujeres en la
proporción de 120 a 100. Para agravar más las cosas, los jefes y otros hombres
que gozan de una reputación especial por su ferocidad poseen cuatro o cinco
esposas a la vez. En general, alrededor del 25´9 de los hombres tienen dos o
más esposas. Debido a que los padres prometen en matrimonio a sus hijas en edad
infantil con personajes influyentes de más edad para obtener favores o para
saldar la obligación de reciprocidad contraída al adquirir sus propias esposas,
todas las mujeres sexualmente maduras de la aldea están casadas. Esto deja a
muchos jóvenes sin fuente posible de gratificación heterosexual, salvo el
adulterio. Los jóvenes, los futuros hombres feroces, arreglan citas con esposas
descontentas o intimidades en la noche. A la mañana siguiente, se encuentran a
escondidas en la jungla cuando mucha gente abandona la aldea para defecar y
orinar.
Un marido yanomamo compartirá de buena gana una de sus esposas con hermanos
y camaradas más jóvenes. Pero los varones que tienen acceso a mujeres mediante
el préstamo de esposas están en deuda con el marido y tendrán que compensarle
con servicios o mujeres capturadas en la batalla. El joven que busca fama no
debe colocarse en una posición de dependencia; prefiere, en cambio, engatusar e
intimidar a las mujeres casadas de la aldea para llegar a un arreglo
clandestino. Como las muchachas yanomamo ya están prometidas, incluso antes de
empezar a menstruar, todos los jóvenes yanomamo codician activamente las
esposas de sus vecinos. Los maridos se enfurecen cuando descubren una cita, no
tanto por los celos sexuales, sino porque el varón adúltero debería haber compensado
al marido con regalos y servicios.
La captura de mujeres durante las incursiones sobre aldeas enemigas es uno
de los principales objetivos de la guerra entre los yanomamo. Tan pronto como
un grupo realiza con éxito una incursión y se siente a salvo de la persecución,
los guerreros violan en grupo a las mujeres cautivas, Cuando regresan a su
aldea, entregan las mujeres a los hombres que han permanecido en sus hogares;
éstos las vuelven a violar en grupo. Después de muchos regateos y discusiones,
los incursores asignan las mujeres cautivas como esposas a guerreros
particulares.
Una de las historias más aterradoras sobre los yanomamo es la relatada por
Elena Valero, una mujer brasileña capturada por un grupo incursor cuando tenía
diez años. Poco después, los hombres que la habían capturado comenzaron a
pelearse entre sí. Una facción aplastó a la otra, mató a todos los niños
pequeños golpeando sus cabezas contra las piedras y se llevaron las mujeres
supervivientes a sus hogares. Elena Valero pasó la mayor parte del resto de su
infancia y juventud huyendo de un grupo de incursores para ser capturada por
otro, volviendo a huir de éste, ocultándose en la jungla de sus perseguidores,
y volviendo a ser capturada y asignada a diferentes maridos. Resultó herida dos
veces por flechas con puntas envenenadas con curare, y tuvo varios hijos antes
de lograr huir finalmente a un centro misionero situado en el río Orinoco.
El déficit de mujeres, los esponsales de criaturas, el adulterio, la
poliginia y la captura de mujeres, todo parece apuntar al sexo como la causa de
la guerra entre los yanomamo. Sin embargo, encuentro un hecho persistente,
obstinado, que esta teoría no puede explicar: el déficit de mujeres se ha
creado artificialmente, Los yanomamo exterminan constantemente un gran
porcentaje de sus bebés de sexo femenino, no sólo mediante negligencia
selectiva, sino también mediante actos específicos de asesinato.
Los hombres exigen que su hijo primogénito sea varón. Las mujeres matan a
sus hijas hasta que pueden presentar un hijo varón. Después, tal vez eliminen a
las criaturas de ambos sexos. Las mujeres matan a sus hijos estrangulándoles
con enredaderas, saltando sobre los dos extremos de un palo colocado sobre la
garganta de la criatura, golpeando su cabeza contra un árbol, o simplemente
dejándola valerse por sí misma en la jungla. El efecto neto del infanticidio y
otras formas más benignas de la selección sexual es una proporción sexual en la
juventud de 154 niños por cada 100 niñas. Dadas las penalidades que deben
sufrir los hombres para conseguir una esposa, tiene que haber una fuerza muy
poderosa -una fuerza diferente y más poderosa que la del sexo- que les lleve a
destruir la misma fuente y objeto de todos sus apetitos y luchas.
El factor mistificador del infanticidio y la guerra entre los yanomamo es
la ausencia aparente de presión demográfica y una superabundancia aparente de
recursos. Los yanomamo obtienen su principal fuente de calorías de los plátanos
y de los bananos que crecen en sus huertos. Al igual que los maring, deben
quemar el bosque para poder cultivar estos huertos, Pero las bananas y los
plátanos no son como los ñames o las batatas. Son plantas perennes que
proporcionan altos rendimientos por unidad de input de trabajo durante muchos
años consecutivos. Puesto que los yanomamo viven en medio del mayor bosque
tropical del mundo, las pocas quemas que realizan no amenazan con «devorar los
árboles». Una aldea típica sólo alberga de 100 a 200 personas, una población
que podría cultivar fácilmente suficientes bananas o plátanos en huertos
cercanos sin tener que desplazarse jamás. Sin embargo, las aldeas yanomamo
están siempre desplazándose, escindiéndose y trasladando sus huertos a un ritmo
muy superior al de otros pueblos de la selva amazónica que practican la
agricultura de roza.
Chagnon afirma que se escinden y se desplazan con tanta frecuencia porque
se pelean por las mujeres y siempre están en guerra. Sugiero que es casi más
correcto decir que se pelean por las mujeres y están siempre en guerra porque
se desplazan con tanta frecuencia. Los yanomamo no son horticultores típicos de
tala y quema. Sus antepasados eran cazadores y recolectores nómadas que vivían
lejos de los principales ríos, en pequeñas bandas dispersas que dependían de
los productos silvestres del bosque como fuente principal de subsistencia.
Podemos estar seguros de que sólo en tiempos más o menos recientes han empezado
a depender de las bananas y los plátanos como alimentos básicos, puesto que
estas plantas fueron introducidas en el Nuevo Mundo por colonos portugueses y
españoles. Hasta fechas recientes, los principales centros de las poblaciones
amerindias del Amazonas estaban localizadas a lo largo de los grandes ríos y
sus afluentes. Tribus como los yanomamo vivían en el interior y no se dejaban
ver por los pueblos ribereños, que tenían grandes aldeas permanentes y canoas
que les conferían gran movilidad. A finales del siglo XIX, la última de las
grandes aldeas indias ribereñas fue destruida como consecuencia del comercio
del caucho y de la difusión de la colonización brasileña y venezolana. Los
únicos indios que sobrevivieron en áreas extensas del Amazonas fueron indios
«pie», cuyo estilo de vida nómada les protegía de las enfermedades y fusiles
del hombre blanco.
Hoy por hoy los yanomamo exhiben signos inequívocos de su reciente estilo
de vida como indios «pie». No saben cómo construir las canoas, o remar con
pagayas aunque sus principales asentamientos se ubican en la actualidad a
orillas o cerca de los ríos Orinoco y Mavaca. Pescan poco, aunque estas aguas
son habitualmente ricas en peces y animales acuáticos, No saben cómo fabricar
pucheros de cocina, aunque los plátanos se preparan mejor cociéndolos. Y,
finalmente, no saben cómo manufacturar hachas de piedra, aunque en la
actualidad dependen de las hachas de acero para plantar sus huertos de
plátanos.
A continuación voy a presentar un informe algo especulativo de la historia
reciente de este pueblo. Los yanomamo nómadas que vivían en las lejanas
montañas entre Venezuela y Brasil empezaron a experimentar con huertos de
bananas y plátanos. Estos cultivos produjeron un gran incremento en la cantidad
de calorías alimentarias per cápita. Como consecuencia, la población de los
yanomamo también comenzó a crecer: hoy en día son uno de los grupos indios más
populosos de toda la cuenca del Amazonas. Pero los plátanos y las bananas
tienen un defecto notable: son claramente deficientes en proteínas. Antes, como
cazadores nómadas, los yanomamo satisfacían fácilmente su necesidad de
proteínas consumiendo animales del bosque, como tapires, ciervos, pécaris, osos
hormigueros, armadillos, monos, pacas, agutíes, cocodrilos, lagartos,
serpientes y tortugas. Con el crecimiento en la densidad demográfica provocado
por la eficiencia de la horticultura, estos animales se cazaron con una
intensidad sin precedentes. Como es bien sabido, las poblaciones de animales
del bosque se exterminan fácilmente o se alejan con la caza intensiva. En la
época anterior al contacto, las tribus amazónicas con poblaciones densas
evitaron una consecuencia similar explotando la pesca de sus hábitats
ribereños. Sin embargo, los yanomamo no pudieron hacer lo mismo.
Los especialistas amazónicos jane y Eric Ross sugieren que las constantes
fisiones y venganzas de sangre [leuding] entre las aldeas yanomamo tienen su
explicación en la escasez de proteínas, no en los excedentes libidinales. Estoy
de acuerdo. Los yanomamo se han comido el
bosque -no sus árboles, sino sus animales- y están sufriendo las
consecuencias en forma de intensificación de la guerra, traición e
infanticidio, y una brutal vida sexual.
Los mismos yanomamo tienen dos palabras para el hambre: una denota un
estómago vacío y la otra un estómago lleno que ansía carne. El hambre de carne
es un tema constante en el canto y la poesía yanomamo, y la carne es el foco de
sus festines. Según relato de su cautiverio de Elena Valero, uno de los pocos
medios de que dispone una mujer para poder humillar a un hombre era quejarse de
su pobre actuación como cazador. Los cazadores deben alejarse cada vez más de
las aldeas yanomamo para no volver con las manos vacías. Son necesarias
expediciones de diez o doce días para retornar con cantidades importantes de
grandes animales. El mismo Chagnon nos cuenta que participó en una expedición
en una zona en la que «no se ha cazado durante décadas» sin recoger carne suficiente
para alimentar siquiera a los miembros de la expedición. Puesto que la típica
aldea yanomamo está a menos de un día de camino de la aldea vecina más cercana,
las expediciones prolongadas cruzan y vuelven a cruzar, inevitablemente, los
territorios de caza utilizados por otras aldeas. Estas aldeas compiten por el
mismo recurso escaso y éste no consiste en mujeres, sino en proteínas.
Prefiero esta solución al enigma del macho salvaje, pues explica en
términos prácticos por qué las mujeres yanomamo colaboran activamente en su
propia explotación matando y descuidando más a sus hijas que a sus hijos. Es
verdad que los hombres yanomamo prefieren los segundos a las primeras. Una
mujer que decepciona a su marido por no criar hijos caerá indudablemente en
desgracia ante él y correrá el riesgo de ser golpeada más a menudo. Sin
embargo, creo que las mujeres, si les interesara, podrían invertir fácilmente
la proporción entre los sexos en favor de las hembras. Las mujeres dan a luz en
el bosque, lejos de la aldea, sin que los hombres estén presentes. Esto
significa que podrían practicar el infanticidio selectivo de los varones con
toda impunidad después del nacimiento de su primer hijo. Además, no les falta
infinidad de oportunidades de practicar la negligencia selectiva contra todos
sus hijos varones sin correr el riesgo de que sus maridos lo descubran o tomen
represalias. Por lo menos puedo citar un
buen ejemplo de cómo las mujeres pueden ejercer un control soberano sobre la
proporción entre los sexos. Chagnon dice que una vez vio cómo una «madre joven,
bien alimentada y regordeta», consumía un alimento (probablemente puré de
plátanos) que fácilmente podría comer una criatura. Junto a ella estaba su hijo
de dos años «demacrado, sucio y casi muerto de hambre», que extendía la mano en
busca de algo de este alimento, Chagnon preguntó a la madre por qué no daba de
comer a su hijo; ésta le explicó que había padecido un caso grave de diarrea
algún tiempo atrás y había dejado de dar de mamar. Como consecuencia, la leche
de la madre se había agotado y no tenía nada para darle. Decía que no servirían
otros alimentos porque «nó sabía cómo comerlos». Chagnon insistió entonces «en
que compartiera su alimento con el hijo». El niño comió vorazmente, lo que
llevó a Chagnon a concluir que lo «estaba dejando morir de hambre lentamente».
La razón práctica y mundana para matar y descuidar sistemáticamente a más
niñas que niños no puede consistir sencillamente en que los hombres obligan a
las mujeres a hacerlo. Hay demasiadas oportunidades, como ilustra el ejemplo
que he acabado de presentar, para eludir y burlar los deseos del hombre en esta
cuestión. Más bien, la base efectiva de las prácticas de crianza de las mujeres
yanomamo es su propio interés en criar más muchachos que muchachas. Este
interés está arraigado en el hecho de que ya hay demasiados yanomamo en
relación con su capacidad para explotar su hábitat. Una proporción mayor de
hombres respecto a mujeres significa más proteínas per cápita (puesto que los
hombres son los cazadores) y una tasa menor de crecimiento demográfico. También
significa más guerras. Pero la guerra es el precio que pagan los yanomamo, al
igual que los maríng, por criar hijos cuando no pueden criar hijas. Sólo que
los primeros pagan mucho más caro este privilegio, puesto que ya han degradado
la capacidad de sustentación de su hábitat.
Algunos movimientos de liberación de la mujer que reconocen la función de
la guerra en relación con el sexismo insisten, sin embargo, en que las mujeres
son las víctimas de una conspiración masculina puesto que sólo se les enseña a
los hombres cómo matar con armas. Les gustaría saber por qué no se les enseña
también a las mujeres las artes marciales. ¿Una aldea yanomamo en la que tanto
los hombres como las mujeres esgrimieran arcos y palos no sería una fuerza de
combate más imponente que otra en la que las mujeres simplemente se apiñan en
la oscuridad esperando su destino?
¿Por qué debe concentrarse el esfuerzo de embrutecimiento en los hombres?
¿Por qué no se enseña a hombres y mujeres a manejar la tecnología de la
agresión? Estas son preguntas importantes. Pienso que la respuesta tiene que
ver con el problema de adiestrar a los seres humanos -de uno u otro sexo- a ser
despiadados y feroces. A mi modo de ver, hay dos estrategias clásicas que
utilizan las sociedades para hacer a la gente cruel. Una es estimular la
crueldad ofreciendo alimentos, confort y salud corporal como recompensa a las
personalidades más crueles. La otra consiste en otorgarles los mayores
privilegios y recompensas sexuales. De estas dos estrategias, la segunda es la
más eficaz porque la privación de alimentos, confort y salud corporal es
contraproducente desde el punto de vista militar. Los yanomamo necesitan gente
con una fuerte motivación para matar, pero deben ser fuertes y robustos si
quieren cumplir sus funciones sociales, El sexo es el mejor refuerzo para
condicionar personalidades crueles puesto que la privación sexual aumenta en
lugar de disminuir la capacidad de lucha. Mi argumento se opone aquí a mucha
pseudociencia concebida según la imagen de nuestros propios machistas tribales
tales como Sigmund Freud, Konrad Lorenz y Robert Ardrey. Nuestra sabiduría
recibida en esta cuestión consiste en que los varones son naturalmente más
agresivos y feroces porque el papel del sexo masculino es evidentemente
agresivo. Pero el vínculo entre sexo y agresión es tan artificial como el
vínculo entre infanticidio y guerra, El sexo es fuente de energía agresiva y
comportamiento cruel sólo porque los sistemas sociales machistas expropian las
recompensas sexuales, las distribuyen entre los varones agresivos y las niegan
a los varones no agresivos, pasivos. Francamente, no veo ninguna razón por la
que no se podría imponer el mismo tipo de embrutecimiento a las mujeres. El
mito de la mujer maternal, tierna, pasiva por instinto, es simplemente un eco
creado por la mitología machista concerniente a la crueldad instintiva de los
hombres. Si sólo se permitiera a las hembras «masculinizadas» y feroces tener
relaciones sexuales con los varones, no tendríamos dificultad alguna en lograr
que todos creyeran que las hembras son agresivas y crueles por naturaleza.
Si se utiliza el sexo para estimular y controlar el comportamiento
agresivo, entonces se sigue que ambos sexos no pueden embrutecerse
simultáneamente en el mismo grado. Uno u otro sexo debe ser adiestrado a ser
dominante, Ambos no pueden serlo a la vez. Embrutecer a ambos equivaldría a
provocar una guerra declarada entre los dos sexos. Entre los yanomamo esto
significaría una lucha armada entre hombres y mujeres por el control de unos
sobre otros como recompensa por sus hazañas en el campo de batalla. En otras
palabras, para hacer del sexo una recompensa al valor, se debe enseñar a uno de
los sexos a ser cobarde.
Estas consideraciones me llevan a una ligera corrección del paradigma de
los movimientos de liberación de la mujer: «la anatomía no es el destino». La
anatomía humana es el destino bajo, ciertas condiciones. Cuando la guerra era
un medio destacado de control demográfico y cuando la tecnología de la guerra
consistía principalmente en primitivas armas de mano, los estilos de vida
machistas estaban necesariamente en ascenso. En la medida en que ninguna de
estas condiciones vale para el mundo actual, los movimientos de liberación de
la mujer tienen razón cuando predicen el declive ale los estilos de vida
machistas. Debo agregar que el ritmo de este declive y las perspectivas últimas
de igualdad sexual dependen de la eliminación ulterior de las fuerzas policiales
y militares convencionales. Esperemos que esto ocurra como consecuencia de la
eliminación de la necesidad de policía o personal militar y no como
consecuencia de perfeccionar tácticas bélicas que no dependan de la fuerza
física. En poco superaríamos a los yanomamo si el resultado neto de la
revolución sexual fuera una posición segura para las mujeres al frente de las
partidas de la porra o de los puestos de mando nucleares.
El Potlatch
Algunos de los estilos de vida más enigmáticos exhibidos en el museo de
etnografía del mundo llevan la impronta de un extraño anhelo conocido como el
“impulso de prestigio”. Según parece, ciertos pueblos están tan hambrientos de
aprobación social como otros lo están de carne. La cuestión enigmática no es
que haya gentes que anhelen aprobación social, sino que en ocasiones su anhelo
parece volverse tan fuerte que empiezan a competir entre sí por el prestigio
como otras lo hacen por tierras o proteínas o sexo. A veces esta competencia se
hace tan feroz que parece convertirse en un fin en sí misma. Toma entonces la
apariencia de una obsesión totalmente separada de, e incluso opuesta
directamente a, los cálculos racionales de los costos materiales.
Vance Packard tocó una fibra sensible cuando describió a los Estados Unidos
como una nación de buscadores competitivos de status. Parece ser que muchos
americanos pasan toda su vida intentando ascender cada vez más alto en la
pirámide social simplemente para impresionar a los demás. Se diría que estamos
más interesados en trabajar para conseguir que la gente nos admire por nuestra
riqueza que en la misma riqueza, que muy a menudo no consiste sino en baratijas
de cromo y objetos onerosos e inútiles. Es asombroso el esfuerzo que las gentes
están dispuestas a realizar para obtener lo que Thorstein Veblen describió como
la emoción vicaria de ser confundidos con miembros de una clase que no tiene
que trabajar. Las mordaces expresiones de Veblen “consumo conspicuo” y
“despilfarro conspicuo” recogen con exactitud un sentido del deseo
especialmente intenso de “no ser menos que los vecinos” que se oculta tras las
incesantes alteraciones cosméticas en las industrias de la automoción, de los
electrodomésticos y de la prendas de vestir.
A principios del siglo actual, los antropólogos se quedaron sorprendidos al
descubrir que ciertas tribus primitivas practicaban un consumo y un despilfarro
conspicuos que no encontraban parangón ni siquiera en la más despilfarradora de
las modernas economías de consumo. Hombres ambiciosos, sedientos de status
competían entre sí por la aprobación social dando grandes festines. Los
donantes rivales de los festines se juzgaban unos a otros por la cantidad de
comida que eran capaces de suministrar, y un festín tenía éxito sólo si los
huéspedes podían comer hasta quedarse estupefactos, salir tambaleándose de la
casa, meter sus dedos en la garganta, vomitar y volver en busca de más comida.
El caso más extraño de búsqueda de status se descubrió entre los amerindios
que en tiempos pasados habitaban las regiones costeras del sur de Alaska, la
Columbia Británica y el estado de Washington. Aquí los buscadores de status
practicaban lo que parece ser una forma maniaca de consumo y despilfarro
conspicuos conocida como potlatch. El objeto del potlatch era donar o destruir
más riqueza que el rival. Si el donante del potlatch era un jefe poderoso,
podía intentar avergonzar a sus rivales y alcanzar admiración eterna entre sus
seguidores destruyendo alimentos, ropas y dinero. A veces llegaba incluso a
buscar prestigio quemando su propia casa.
Ruth Benedict ha hecho famoso el potlatch en su libro Patterns of Culture,
que describe cómo funcionaba el potlatch entre los kwakiutl, habitantes
aborígenes de la Isla de Vancouver. Benedict pensaba que el potlatch formaba
parte de un estilo de vida megalómano característico de la cultura kwakiutl en
general. Era “la taza” que Dios les había otorgado para que bebieran de ella.
Desde entonces, el potlatch ha sido un monumento a la creencia de que las
culturas son las creaciones de fuerzas inescrutables y personalidades
perturbadas. Como consecuencia de la lectura de Patterns of Culture, los
expertos en muchos campos concluyeron que el impulso de prestigio hacía
completamente imposible cualquier intento de explicar los estilos de vida en
términos de factores prácticos y mundanos.
Quiero mostrar aquí que el potlatch kwakiutl no era el resultado de
caprichos maniacos, sino de condiciones económicas y ecológicas definidas.
Cuando estas condiciones están ausentes, la necesidad de ser admirados y el
impulso de prestigio se expresan en prácticas de estilos de vida completamente
diferentes. El consumo no conspicuo sustituye al consumo conspicuo, se prohíbe
el despilfarro conspicuo y no hay buscadores competitivos de status.
Los kwakiutl solían vivir en aldeas de casas de madera, próximas a la costa
y en medio de bosques de lluvias de cedros y abetos. Pescaban y cazaban en los
fiordos y estrechos salpicados de islas de Vancouver en enormes canoas. Siempre
ávidos de atraer a los comerciantes, hacían destacar sus aldeas erigiendo en la
playa los troncos de árboles esculpidos que erróneamente hemos llamado “postes
totémicos”. Los grabados en estos postes simbolizaban los títulos ancestrales
que reivindicaban los jefes de la aldea.
Un jefe kwakiutl nunca estaba satisfecho con el respeto que le dispensaban
sus propios seguidores y jefes vecinos. Siempre estaba inseguro de su status.
Es verdad que los títulos de la familia que revindicaba pertenecían a sus
antepasados. Pero había otras gentes que podían trazar la filiación desde los
mismos antepasados y que tenían derecho a rivalizar con él por el
reconocimiento como jefe. Por tanto, todo jefe se creía en la obligación de
justificar y validar sus pretensiones a la jefatura, y la manera prescrita de
hacerlo era celebrar potlatches. Estos eran ofrecidos por un jefe anfitrión y
sus seguidores en honor de otro jefe, que asistía en calidad de huésped, y sus
seguidores. El objeto del potlatch era mostrar que el feje anfitrión tenía
realmente derecho a su status y que era más magnánimo que el huésped. Para
demostrarlo, donaba al jefe rival y a sus seguidores una gran catidad de
valiosos regalos. Los huéspedes menos preciaban lo que recibían y prometían dar
a cambio un nuevo potlatch en el cual su propio jefe demostraría que era más
importante que el anfitrión anterior, devolviendo cantidades todavía mayores de
regalos de más valor.
Los preparativos para el potlatch exigían la acumulación de pescado seco y
fresco, aceite de pescado, bayas, pieles de animales, mantas y otros objetos de
valor. El día fijado, los huéspedes remaban en sus canoas hasta la aldea del
anfitrión y penetraban en la casa del jefe. Allí se atiborraban de salmón y
bayas silvestres, mientras les entretenían danzarines disfrazados de dioses
castor y pájaros-trueno.
El jefe anfitrión y sus seguidores disponían en montones bien ordenados la
riqueza que se iba a distribuir. Los visitantes miraban hoscamente a su
anfitrión, quien se pavoneaba de un lado para otro, jactándose de lo que les
iba a dar. A medida que iba contando las cajas de aceite de pescado, las cestas
llenas de bayas, y los montones de mantas, comentaba en plan burlón la pobreza
de sus rivales. Finalmente, los huéspedes, cargados de obsequios, eran libres
de regresar en sus canoas a su propia aldea. Herido en su amor propio, el jefe
huésped y sus seguidores prometían desquitarse. Esto sólo se podía conseguir
invitando a sus rivales a participar en un nuevo potlatch y obligándoles a
aceptar cantidades de objetos de valor aun mayores que las recibidas con anterioridad.
Si consideramos todas las aldeas kwakiutl como una sola unidad, el potlatch
estimulaba un flujo incesante de prestigio Y objetos de valor que circulaban en
direcciones opuestas.
Un jefe ambicioso y sus seguidores tenían rivales de potlatch en varias
aldeas diferentes a la vez. Especialistas en el cómputo de los bienes vigilaban
de cerca lo que se debía realizar en cada aldea para igualar la partida. Aunque
un jefe lograra vencer a sus rivales en un lugar, todavía tendría que
enfrentarse a sus adversarios en otro.
En el potlatch, el jefe anfitrión solía decir cosas como estas: “Soy el
único gran árbol. Que venga vuestro contador de bienes para que en vano trate
de contar la riqueza que se va a distribuir”. Entonces los seguidores del jefe
exigían silencio a los huéspedes, advirtiéndoles: “Tribus, no hagáis ruido.
Callaos o provocaremos una avalancha de riqueza de nuestro jefe, la montaña
sobresaliente”. En algunos casos, no se distribuían mantas y otros objetos de
valor, sino que se destruían. A veces los jefes célebres por su magnificencia
decidían dar “festines de grasa”, en los que vertían cajas de aceite, obtenido
del enlacon o “pez bujía”, al fuego situado en el centro de la casa. Mientras
las llamas chisporroteaban, un humo oscuro y denso llenaba la habitación. Los
huéspedes permanecían impasibles en sus asientos o incluso se quejaban del
ambiente frío mientras el destructor de riqueza declamaba: “Soy el único en la
tierra, el único en el mundo entero que consigue elevar este humo desde el
comienzo del año hasta el final para las tribus invitadas”. En algunos festines
de grasa, las llamas incendiaban los tablones de potlatch, causando la mayor de
las vergüenzas entre los huéspedes y gran regocijo entre los anfitriones.
Según Ruth Benedict, el anhelo obsesivo de status de los jefes kwakiutl era
la causa de los potlatches. “Juzgados por las pautas de otras culturas”,
escribía, “los discursos de sus jefes son pura megalomanía”. “El objeto de
todas las empresas de los kwakiutl era mostrarse superior a los rivales.” Según
su opiniòn, todo el sistema económico aborigen del Noroeste del Pacífico
“estaba al servicio de esta obsesión”.
Pienso que Benedict se equivocaba. El sistema económico de los kwakiutl no
estaba puesto al servicio de la rivalidad de status; antes bien la rivalidad de
status se orientaba al servicio del sistema económico.
Todos los ingredientes básicos de los festines kwakiutl, salvo sus aspectos
destructivos, están presentes en las sociedades primitivas ampliamente
dispersas por partes diferentes del mundo. En su núcleo fundamental el potlatch
es un festín competitivo, un mecanismo casi universal para asegurar la
producción y distribución de riqueza entre pueblos que todavía no han
desarrollado plenamente una clase dirigente.
Melanesia y Nueva Guinea ofrecen la mejor oportunidad para estudiar la
donación de festines competitivos en condiciones relativamente prístinas. En
toda esta región, están los llamados “grandes hombres” (big men), que deben su
status superior al gran número de festines que cada uno ha patrocinado durante
su vida. Los hombres que aspiren a tal condición deben realizar un esfuerzo
intensivo para acumular la riqueza necesaria que exige la donación de un
festín.
Por ejemplo, entre el pueblo de habla kaoka de las Islas Salomón, el
individuo sediento de status inicia su carrera mandando a su esposa e hijos
cultivar huertos de ñame más grandes. Como ha descrito el antropólogo
australiano Ian Hogbink, el kaoka que desea convertirse en “gran hombre”
consigue que sus parientes y compañeros de edad le ayuden a pescar. Después,
pide a sus amigos cerdas y aumenta el tamaño de su piara. Cuando han nacido las
crías, aloja los animales adicionales entre sus vecinos. Pronto parientes y
amigos presienten que el joven va a tener éxito. Ven sus grandes huertos y su
gran piara de cerdos y redoblan sus propios esfuerzos para hacer memorable el
próximo festín. Desean que el joven candidato recuerde que ellos le han ayudado
cuando se convierta en un “gran hombre”. Finalmente todos se reúnen y
construyen una casa muy hermosa. Los hombres emprenden una última expedición de
pesca. Las mujeres recogen ñames y leña, hojas de bananas y cocos. Cuando
llegan los huéspedes (como sucede con el potlatch), la riqueza está repartida
en montones bien ordenados y se exhibe para que todos la cuenten y admiren.
El día en que un joven llamado Atana dio un festín, Hogbin contó los
siguientes artículos: doscientas cincuenta libras de pescado seco, tres mil
tartas de ñame y coco, once grandes cuencos de budín de ñame y ocho cerdos.
Todo esto era el resultado directo del esfuerzo de trabajo extra organizado por
Atana. Pero algunos de los huéspedes, anticipando un acontecimiento importante,
trajeron presentes que se agregaron a los artículos anteriores. Sus
aportaciones elevaron el total a trescientas libras de pescado, cinco mil
tartas, diecinueve cuencos de budín y trece cerdos. Atana procedió a dividir
esta riqueza en doscientas cincuenta y siete pares, una para cada persona que
le había ayudado o le había traído regalos, recompensando a algunos más que a
otros. “Atana sólo se quedó con los restos”, señala Hogbien. Esto es normal
entre los buscadores de status en Guadalcanal, donde siempre se dice: “El
donante del festín se queda con los huesos y las tartas estropeadas; la carne y
la manteca es para los otros”.
La actividad del “gran hombre”, al igual que la de los jefes del potlatch,
no conoce descanso. Ante la amenaza de verse reducido al status de plebeyo, el
“gran hombre” está siempre atareado con los planes y preparativos para el
siguiente festín. Puesto que hay varios “grandes hombres” por aldea y
comunidad, estos planes y preparativos llevan a menudo a complejas
maquinaciones competitivas para obtener el apoyo de parientes y vecinos. Los
“grandes hombres” trabajan y se preocupan más, pero consumen menos que
cualquier otro. El prestigio es su única recompensa.
Podemos describir al “gran hombre” como un emprensario –trabajador, los
rusos les llaman “stajanovistas- que presta importantes servicios a la sociedad
al aumentar el nivel de producción. Como consecuencia de su anhelo de status,
hay más gente que trabaja mucho más y produce más alimentos y otros objetos de
valor.
En condiciones en las que todos tienen igual acceso a los medios de
subsistencia, la donación de festines competitivos cumple la función práctica
de impedir que la fuerza de trabajo retroceda a niveles de productividad que no
ofrecen ningún margen de seguridad en crisis tales como la guerra o la pérdida
de cosechas. Además, puesto que no hay instituciones políticas formales capaces
de integrar las aldeas independientes en una estructura económica común, la
donación de festines competitivos crea una extensa red de expectativas
económicas. Esto tiene como consecuencia aunar el esfuerzo productivo de
poblaciones mayores que las que puede movilizar una aldea determinada.
Finalmente, la donación de festines competitivos actúa como un compensador
automático de las fluctuaciones anuales en la productividad entre un conjunto
de aldeas que ocupan diferentes microambientes: hábitats de la costa, de
lagunas o de altiplanos. Automáticamente, los festines más importantes de un
año dado tendrán como anfitriones a las aldeas que han gozado de las
condiciones de pluviosidad, temperatura y humedad más favorables para la
producción.
Todos estos puntos se aplican a los kwakiutl. Los jefes kwakiutl se
asemejan a los «grandes hombres» melanesios, salvo en que operaban con un
inventario tecnológico mucho más productivo y en un medio ambiente más rico.
Como éstos, competían entre sí para atraer hombres y mujeres a sus aldeas. Los
jefes de rango más alto eran los mejores proveedores y daban los potlatches más
importantes. Los seguidores del jefe participaban indirectamente en su
prestigio y le ayudaban a conseguir honores más altos. Los jefes mandaban
esculpir los «postes totémicos». Estos eran en realidad anuncios grandiosos
cuya altura y audaz traza proclamaban que allí había una aldea con un jefe
poderoso capaz de realizar grandes obras, y de proteger a sus seguidores del
hambre y de la enfermedad. Al reivindicar los derechos hereditarios a los
timbres de animales esculpidos en los postes, los jefes estaban diciendo en
realidad que eran grandes proveedores de alimentos y confort. El potlatch era
un medio de comunicar a sus rivales que o igualaran sus logros o se callaran.
Pese a la tensión competitiva manifiesta del potlatch, éste servía en los
tiempos aborígenes para transferir alimentos y otros objetos de valor de
centros con alta productividad a aldeas menos afortunadas. Podría decir esto
incluso de una manera más fuerte: gracias al impulso competitivo, se aseguraban
estas transferencias, Debido a las fluctuaciones impredecibles en las
migraciones de los peces y en las cosechas de frutos silvestres y de vegetales,
la donación de potlatches entre aldeas constituía una ventaja desde el punto de
vista de la población regional como un todo. Cuando los peces desovaban en ríos
cercanos y las bayas maduraban al alcance de la mano, los huéspedes del último
año se convertían en los anfitriones del presente año. En los tiempos aborígenes
el potlatch significaba que todos los años los ricos alaban y los pobres
recibían. Todo lo que un pobre tenía que hacer para comer era admitir que el
jefe rival era un «gran hombre».
¿Por qué escapó a la atención de Ruth Benedict la base práctica del
potlatch? Los antropólogos comenzaron a estudiar el potlatch mucho tiempo
después que los pueblos aborígenes del Noroeste del Pacífico entablaran
relaciones comerciales y de trabajo asalariado con los comerciantes y colonos
rusos, ingleses, canadienses y americanos. Este contacto provocó rápidamente
epidemias de viruela y otras enfermedades europeas que exterminaron una gran
parte de la población nativa. Por ejemplo, la población de los kwakiutl
disminuyó de 23.000, en 1836, a 2.000, en 1886. Este descenso intensificó
automáticamente la competencia por la mano de obra. Al mismo tiempo, los
salarios pagados por los europeos inyectaron cantidades de riqueza sin
precedentes en la red de potlatches. Los kwakiutl recibieron de la Compañía de
la Bahía de Hudson millares de mantas a cambio de pieles de animales. En los
grandes potlatches, estas mantas sustituyeron a los alimentos como el artículo
más importante a donar. La población en descenso pronto se encontró con más
mantas y objetos de valor que los que podían consumir. Sin embargo, la
necesidad de atraer a seguidores era mayor que nunca, debido a la escasez de
mano de obra. De ahí que los jefes del potlatch ordenaran la destrucción de los
bienes con la vana esperanza de que estas espectaculares demostraciones de
opulencia atrajeran de nuevo a la gente a las aldeas vacías, Pero éstas eran
prácticas de una cultura en vías de desaparición que luchaba por adaptarse a un
nuevo conjunto de condiciones políticas y económicas; guardaban poca semejanza
con el potlatch de los tiempos aborígenes.
La donación de festines competitivos tal como es concebida, narrada e
imaginada por los participantes difiere mucho de la donación de festines
competitivos considerada como adaptación a las oportunidades y constreñimientos
materiales. En la elaboración onírica social -la conciencia de z los
participantes de los estilos de vida- constituye una manifestación del anhelo
insaciable de prestigio del «gran hombre» o -del jefe del potlatch. Pero desde
el punto de vista adoptado en este libro, el anhelo insaciable de prestigio es
una manifestación de la donación de festines. Cada sociedad se sirve de la
necesidad de aprobación social, pero no todas las sociedades vinculan el
prestigio con el éxito en la donación de festines competitivos.
Para comprender adecuadamente su papel como fuente de prestigio debemos
abordar este hecho desde la perspectiva evolutiva. Los «grandes hombres» como
Atana o los jefes kwakiutl llevan a cabo una forma de intercambio económico
conocida como redistribución. Es decir, reúnen los resultados del esfuerzo
productivo de muchos individuos y después redistribuyen la riqueza acumulada en
cantidades diferentes entre un grupo distinto de personas. Como he dicho, el
«gran hombre» o redistribuidor kaoka trabaja mucho y se preocupa más, pero
consume menos que cualquier otro en la aldea. No cabe decir lo mismo del jefe
redistribuidor kwakiutl. Los jefes importantes del potlatch realizaban las
funciones empresariales y directivas necesarias para un gran potlatch, pero
prescindiendo de alguna que otra expedición de pesca o de caza de leones
marinos, dejaban el trabajo duro para sus seguidores. Los jefes más importantes
del potlatch tenían incluso cautivos de guerra trabajando para ellos como
esclavos. Desde el punto de vista de los privilegios de consumo, los jefes
kwakíuti habían empezado a invertir la fórmula de los kaoka, quedándose con
algo de la «carne y la manteca» para sí y dejando la mayor parte de los «huesos
y las tartas estropeadas» para sus seguidores.
Siguiendo la línea evolutiva que conduce desde Atana, el «gran hombre»
trabajador-empresario empobrecido, hasta los jefes kwakiutl semihereditarios,
terminamos en las sociedades estatales gobernadas por reyes hereditarios que no
realizan ningún trabajo industrial o agrícola básico y que guardan para sí la
mayor parte y lo mejor de todas las cosas. A este nivel imperial, los poderosos
gobernantes por derecho divino mantienen su prestigio construyendo vistosos
palacios, templos y gigantescos monumentos, y hacen valer sus derechos a los
privilegios hereditarios contra todos los posibles aspirantes no mediante el
potlatch, sino por la fuerza de las armas. Si invertimos la dirección, podemos
pasar de los reyes a los jefes del potlatch y a los «grandes hombres», y de
éstos a los estilos de vida igualitarios en los cuales desaparece toda
ostentación competitiva o consumo conspicuo de índole individual, y en los que
cualquier persona lo bastante estúpida par a jactarse de lo importante que es
resulta acusada de brujería y lapidada.
En las sociedades realmente igualitarias que han sobrevivido el tiempo
suficiente para ser estudiadas por los antropólogos, no aparece la
redistribución en forma de donación de festines competitivos. En vez de ello,
predomina la forma de intercambio conocida como reciprocidad. La reciprocidad
es el término técnico para un intercambio económico que tiene lugar entre dos
individuos en el que ninguno especifica con precisión qué es lo que espera como
recompensa ni cuándo lo espera, Superficialmente, los intercambios recíprocos
no se parecen en nada a los intercambios. No se especifican las expectativas de
una parte ni las obligaciones de la otra, Un grupo puede continuar recibiendo
de otro durante bastante tiempo sin que el donante oponga resistencia alguna ni
el receptor manifieste turbación. Sin embargo, no podemos considerar la
transacción como puro regalo. Subyace una expectativa de devolución, y sí el
equilibrio entre los dos individuos se sale de madre, finalmente el donante
comenzará a quejarse y a chismorrear. Se mostrará interés por la salud y
cordura del receptor, y si la situación no mejora, la gente empezará a
sospechar que el receptor está poseído por espíritus malignos o que practica la
brujería, Es probable que en las sociedades igualitarias los individuos que
violan persistentemente las normas de reciprocidad sean de hecho psicóticos y
constituyan una amenaza para su comunidad.
Podemos hacernos alguna idea de lo que significan los intercambios
recíprocos pensando en la manera en que intercambiamos bienes y servicios con
nuestros parientes o amigos íntimos. Por ejemplo, suponemos que los hermanos no
calculan el valor exacto en dólares de todo lo que hacen el uno por el otro.
Deben sentirse libres para prestarse mutuamente sus camisas o sus discos y no
dudan en pedirse favores. Cuando se trata de hermanos o amigos, ambas partes
aceptan el principio de que aunque se dé más de lo que se recibe, esto no
afectará a la relación de solidaridad entre ellos. Si un amigo invita a otro a
comer, no debe vacilar en ofrecer o aceptar una segunda o tercera invitación,
aun cuando no se haya correspondido todavía a la primera comida, No obstante, también
hay límites, pues al cabo de cierto tiempo la obligación de reciprocidad no
saldada empieza a parecerse sospechosamente a la explotación. En otras
palabras, todo el mundo quiere considerarse generoso pero nadie desea ser
tildado de chupón. Esto es precisamente el dilema que se nos plantea en Navidad
cuando intentamos recurrir al principio de reciprocidad al elaborar nuestras
listas de compras. El regalo no puede ser ni demasiado barato ni demasiado
caro; y, sin embargo, nuestros cálculos deben parecer totalmente casuales, por
lo que quitamos la etiqueta del precio.
Pero para ver realmente la reciprocidad en acción hay que vivir en una
sociedad igualitario que carece de dinero y en la que nada se puede comprar o
vender. En la reciprocidad todo se opone al cómputo y cálculo precisos de lo
que una persona debe a otra. De hecho, la idea consiste en negar que alguien
posee realmente algo. Podemos decir si un estilo de vida se basa o no en la
reciprocidad sabiendo si la gente da o no las gracias. En sociedades realmente
igualitarias, es de mala educación agradecer públicamente la recepción de
bienes materiales o servicios. Por ejemplo, entre los semai de Malaya central,
nadie expresa nunca gratitud por la carne que un cazador distribuye en partes
exactamente iguales entre sus compañeros. Robert Dentan, quien ha vivido con los
semai, descubrió que dar las gracias era de muy mala educación ya que sugería o
bien que uno calculaba el tamaño del trozo de carne recibido, o bien que se
estaba sorprendido por el éxito y generosidad del cazador.
En contraposición a la exhibición ostentosa del «gran hombre» kaoka, a la
palabrería jactancioso de los jefes del potlatch o a nuestra propia ostentación
de símbolos de status, los semai siguen un estilo de vida en el que los que
tienen mayor éxito deben ser los que menos llamen la atención. En su estilo de
vida igualitario, la búsqueda de status mediante redistribución competitiva o
cualquier forma de consumo o despilfarro conspicuos es literalmente
inconcebible. Los pueblos igualitarios sienten repugnancia y temor ante la más
ligera insinuación de ser tratados con generosidad o de que una persona piense
que es mejor que otra.
Richard Lee, profesor de la Universidad de Toronto, cuenta una graciosa
historia sobre el significado del intercambio recíproco entre cazadores y
recolectores igualitarios. Lee había seguido a los bosquimanos durante la mayor
parte del año por el desierto del Kalahari, observando lo que comían. Los
bosquimanos eran muy serviciales y Lee quiso mostrarles su gratitud, pero no
tenía nada que ofrecerles que no alterara su dieta normal y su pauta de
actividad habitual. Cuando se acercaban las Navidades supo que probablemente
los bosquimanos acamparían al borde del desierto junto a aldeas en las que a
veces obtenían carne mediante el comercio. Con la intención de donarles un buey
como regalo de Navidad, fue en su jeep de aldea en aldea tratando de encontrar
el buey más grande que pudiera comprar. Finalmente localizó en una aldea lejana
un animal de proporciones monstruosas, cubierto con una gruesa capa de grasa.
Como sucede con muchos pueblos primitivos, los bosquimanos anhelan la carne
grasienta porque los animales que cazan son normalmente enjutos y correosos. Al
volver al campamento, Lee llevó aparte a sus amigos y les dijo uno a uno que
había comprado el buey más grande que jamás había visto y que les iba a dejar
que lo sacrificaran en Navidad.
El primer hombre que oyó la buena noticia se alarmó visiblemente. Preguntó
a Lee dónde había comprado el buey, de
qué color era, cuánto medían sus cuernos, y movió después la cabeza. «Conozco
ese buey», dijo «¡Si sólo es huesos y pellejo! ¡Tienes que haber estado
borracho para comprar ese despreciable
animal! » Convencido de que su amigo no sabía realmente de qué buey estaba
hablando, Lee se lo confió a otros bosquimanos, encontrando la misma reacción
de asombro: «¿Has comprado este animal sin ningún valor? Naturalmente nos lo
comeremos», solían decir todos, «pero no nos saciará. Comeremos y nos iremos a
casa a dormir con las tripas rugiendo». Cuando llegaron las Navidades y se
sacrificó finalmente el buey, la bestia resultó estar verdaderamente cubierta
de una gruesa capa de grasa y fue devorada con sumo placer. Había carne y grasa
más que suficientes para todo el mundo. Lee se dirigió a sus amigos e insistió
en una explicación. «Sí, claro que supimos desde el principio cómo era
realmente el buey», admitió un cazador. «Pero, cuando un joven sacrifica mucha
carne llega a creerse un hombre importante o un jefe, y considera a todos los
demás como sus servidores o sus inferiores. No podemos aceptar esto», continuó.
«Rechazamos al que se jacta, porque algún día su orgullo le llevará a matar a
alguien. De ahí que siempre hablemos de la carne que aporta como si fuera
despreciable. De esta manera ablandamos
su corazón y le hacemos amable.»
Los esquimales explicaban su temor a los donantes de regalos demasiado
jactanciosos y generosos con el proverbio: «Los regalos hacen esclavos como los
latigazos hacen perros». Y esto es exactamente lo que sucedió. En la
perspectiva evolutiva, los donantes de regalos hicieron al principio regalos
que provenían de su propio trabajo extra, pronto la gente se encontró con que
tenía que trabajar mucho más para corresponder recíprocamente y hacer posible
que los donantes les hicieran más regalos; finalmente, los donantes de regalos
se volvieron muy poderosos y ya no necesitaban someterse a las reglas de
reciprocidad. Podían obligar a la gente a pagar impuestos y a trabajar para
ellos sin redistribuir lo que guardaban en sus almacenes y palacios. Por
supuesto, como reconocen de vez en cuando políticos y «grandes hombres»
modernos, es más fácil obtener «esclavos» que trabajen para uno si se les da de
vez en cuando un gran festín en vez de azotarles todo el tiempo.
Si pueblos como los esquimales, los bosquimanos y los semai comprendieron
los peligros de donar regalos, ¿por qué permitieron otros que prosperasen los
donantes de regalos? Y, ¿por qué se permitió a los «grandes hombres» henchirse
de orgullo hasta el punto de esclavizar a la misma gente cuyo trabajo hizo
posible su gloria? Una vez más, sospecho que estoy a punto de intentar explicar
todo a la vez. Pero permitidme hacer algunas sugerencias.
La reciprocidad es una forma de intercambio económico que se adapta
principalmente a condiciones en las que la estimulación de un esfuerzo
productivo extra intensivo tendría un efecto adverso para la supervivencia del
grupo. Estas condiciones están presentes entre algunos cazadores y recolectores
como los esquimales, semai y bosquimanos, cuya supervivencia depende totalmente
del vigor de las comunidades naturales de plantas y animales existentes en su
hábitat. Si los cazadores ponen en práctica de repente un esfuerzo concertado
para capturar más animales y arrancar más plantas, corren el riesgo de
deteriorar permanentemente el aprovisiona- miento de caza en su territorio.
Lee descubrió, por ejemplo, que los bosquimanos trabajaban para su
subsistencia sólo de diez a quince horas por semana. Este descubrimiento
destruye eficazmente uno de los mitos de pacotilla de la sociedad industrial: a
saber, que tenemos más tiempo libre en la actualidad que antes. Los cazadores y
recolectores primitivos trabajan menos que nosotros, sin la ayuda de ningún
sindicato, porque sus ecosistemas no pueden tolerar semanas y meses de un
esfuerzo extra intensivo. Entre los bosquimanos, las personalidades
stajanovistas que van de un lado para otro convenciendo a amigos y parientes
para que trabajen más prometiéndoles un gran festín, constituirían una clara
amenaza a la sociedad. Si consiguiera que sus seguidores trabajasen como los
kaoka durante un mes, el bosquimano que aspira a convertirse en «gran hombre»
exterminaría o ahuyentaría a millas de distancia a toda la caza, con lo que su
pueblo moriría de hambre antes de finalizar el afío. De ahí que entre los
bosquimanos predomine la reciprocidad y no la redistribución y que el mayor
prestigio corresponda al cazador seguro y discreto, que nunca se jacta de sus
hazañas y que evita cualquier insinuación de que hace un regalo cuando divide
el animal que ha matado.
La donación de festines competitivos y demás formas de redistribución
eliminó la dependencia primordial de la reciprocidad cuando fue posible
aumentar la duración e intensidad del trabajo sin infligir daños irreversibles
a la capacidad de sustentación del hábitat. Precisamente esto se logró cuando
los animales y plantas domesticados sustituyeron a los recursos alimentarlos
naturales. En líneas generales, cuanto más trabajo se dedica a plantar y criar
especies animales, mayor cantidad de alimentos se puede producir. La única
dificultad estriba en que la gente no trabaja habitualmente más que lo
estrictamente necesario. La redistribución fue la respuesta a este problema. La
redistribución comenzó a aparecer a medida que el trabajo requerido para
mantener un equilibrio recíproco con productores muy celosos y sedientos de
prestigio fue aumentando. A medida que los intercambios recíprocos se volvían
asimétricos, se convirtieron en regalos; y cuando éstos se acumularon, los
donantes de regalos fueron recompensados con prestigio y contraprestaciones.
Pronto predominó la redistribución sobre la reciprocidad y se otorgó mayor
prestigio a los donantes de regalos más jactanciosos y calculadores, que
engatusaban, avergonzaban y en última instancia obligaban a todo el mundo a
trabajar mucho más de lo que un bosquimano hubiera imaginado posible.
Como indica el ejemplo de los kwakiutl, las condiciones adecuadas para el
desarrollo de la donación de festines competitivos y de la redistribución
también estaban presentes a veces entre poblaciones no agrícolas. Entre los
pueblos costeros del Noroeste del Pacífico, las migraciones anuales del salmón,
de otros peces migratorios y de los mamíferos marinos proporcionaban el
equivalente ecológico de las cosechas agrícolas. El salmón o el «pez bujía»
migraban en cantidades tan enormes que cuanto más trabajara la gente más peces
podía capturar. Además, siempre que pescaran con redes de inmersión aborígenes,
sus capturas no podían influir en las migraciones de desove y agotar el
aprovisionamiento del próximo año.
Apartándonos momentáneamente de nuestro examen de los sistemas de prestigio
reciprocitarios y redistributivos, podemos conjeturar que cualquier tipo
principal de sistema político y económico utiliza el prestigio de una forma
característica. Por ejemplo, tras la aparición del capitalismo en la Europa
occidental, la adquisición competitiva de riqueza se convirtió una vez más en
el criterio fundamental para alcanzar el status de «gran hombre». Sólo que en
este caso los «grandes hombres» intentaban arrebatarse la riqueza unos a otros,
y se otorgaba mayor prestigio y poder al individuo que lograba acumular y
sostener la mayor fortuna. Durante los primeros años del capitalismo, se
confería el mayor prestigio a los que eran más ricos pero vivían más
frugalmente. Más adelante, cuando sus fortunas se hicieron más seguras, la
clase alta capitalista recurrió al consumo y despilfarro conspicuos en gran
escala para impresionar a sus rivales. Construían grandes mansiones, se vestían
con elegancia exclusiva, se adornaban con joyas enormes y hablaban con
desprecio de las masas empobrecidas. Entretanto, las clases media y baja
continuaban asignando, el mayor prestigio a los que trabajaban más, gastaban
menos y se oponían con sobriedad a cualquier forma de consumo y despilfarro
conspicuos. Pero como el crecimiento de la capacidad industrial comenzaba a
saturar el mercado de los consumidores, había que desarraigar a las clases
media y baja de sus hábitos vulgares. La publicidad y los medios de
comunicación de masas aunaron sus fuerzas para inducir a las clases media y
baja a dejar de ahorrar y a comprar, consumir, despilfarrar o gastar cantidades
de bienes y servicios cada vez mayores. De ahí que los buscadores de status de
la clase media confirieran el prestigio más alto al consumidor más importante y
más conspicuo.
Pero entretanto, los ricos se vieron amenazados por nuevas medidas fiscales
enderezadas a redistribuir su riqueza. El consumo conspicuo por todo lo alto se
hizo peligroso, volviéndose así de nuevo a otorgar el mayor prestigio a los que
tienen más pero lo demuestran menos. Y como los miembros más prestigiosos de la
clase alta ya no hacen alardes de su riqueza, se ha eliminado también algo de
la presión sobre la clase media para participar en el consumo conspicuo. Esto
me sugiere que el uso de pantalones vaqueros rotos y el rechazo de un
consumismo manifiesto entre la juventud actual de la clase media tiene más que
ver con la imitación de las corrientes establecidas por la clase alta que con
la llamada revolución cultural.
Una última cuestión. Como he mostrado, la sustitución de la reciprocidad
por la búsqueda competitiva de status hizo posible que poblaciones humanas más
extensas sobrevivieran y prosperaran en una región determinada. Sin duda, la
cordura de todo el proceso por el que la humanidad fue embaucada para trabajar
mucho más con vistas a alimentar más gente en niveles de bienestar material
sustancialmente iguales o incluso inferiores a los que gozan pueblos como los
esquimales o los bosquimanos, es perfectamente cuestionable. La única respuesta
que encuentro ante este desafío es que muchas sociedades primitivas rehusaron
aumentar su esfuerzo productivo y no lograron incrementar la densidad de su
población precisamente porque descubrieron que las nuevas tecnologías de
“ahorrar trabajo” significaban en realidad que tenían que trabajar mucho más,
así como sufrir un descenso en los niveles de vida. Pero la suerte de estos
pueblos primitivos estaba ya echada tan pronto como alguno de ellos -no importa
cuán lejos estuviera situado- cruzara el umbral de la redistribución y
alcanzara la estratificación total de clases que se encuentra más allá de éste.
Prácticamente todos los cazadores y recolectores reciprocitarios fueron
destruidos o desplazados forzosamente a zonas apartadas por las sociedades más
poderosas y más grandes que rnaximizaban la producción y la población y estaban
organizadas por clases gobernantes. En el fondo, esta sustitución fue
esencialmente una cuestión de la capacidad de las sociedades más grandes, más
densas y mejor organizadas para derrotar a los cazadores y recolectores simples
en un conflicto armado. Se trataba de trabajar más o de perecer.
El “cargo” fantasma
He elegido hablar en este momento del cargo fantasma porque está
relacionado directamente con el intercambio redistributivo y el sistema de
“grandes hombres”. Tal vez no se vea inmediatamente la conexión. Pero, después
de todo, nada del cargo fantasma es inmediatamente evidente.
El escenario de la acción es una pista de aterrizaje en la jungla en lo
alto de las montañas de Nueva Guinea junto a ella se encuentran hangares de
techos de paja, una choza a modo de centro de comunicaciones y una torre de
balizamiento hecha de bambú. En tierra hay un avión construido con palos y
hojas. La pista de aterrizaje está guarnecida las veinticuatro horas del día
por un grupo de nativos que llevan adornos en la nariz y brazaletes de conchas.
Por la noche mantienen encendida una hoguera como baliza. Esperan la llegada de
un vuelo importante: aviones cargo repletos de alimentos en conserva, ropas,
radios portátiles, relojes de pulsera y motocicletas. Los aviones serán
pilotados por antepasados que han vuelto a la vida. ¿Por qué se retrasan? Un
hombre entra en la choza de la radio y da órdenes al micrófono de lata. El
mensaje se transmite por una antena construida con cuerda y enredaderas: “¿Me
recibís? Corto y cambio”. De vez en cuando observan la estela de un reactor que
cruza el cielo; a veces oyen el sonido de motores lejanos. ¡Los antepasados
están encima! Les están buscando. Pero los blancos en las ciudades de allá
abajo también están enviando mensajes. Los antepasados se han confundido.
Aterrizan en un aeropuerto equivocado.
La espera de barcos o aviones que traen antepasados y cargo comenzó hace
mucho tiempo. En los cultos más antiguos, los pueblos de la costa esperaban una
gran canoa. Más adelante, esperaron barcos de vela. En 1818 los líderes del
culto oteaban el horizonte en busca de señales de humo de los buques de vapor.
Después de la Segunda Guerra Mundial, se esperaba a los antepasados en lanchas
de desembarco, transportadores de tropas y bombarderos Liberator. En la
actualidad llegan en “casas volantes” que se elevan más alto que los aviones.
El mismo cargo se ha modernizado también. En los primeros tiempos,
cerillas, instrumentos de acero, y rollos de calicó constituían la mayor parte
del cargo fantasma. Después fueron sacos de arroz, zapatos, carne y sardinas en
lata, rifles, cuchillos, munición y tabaco. Últimamente flotas fantasmas han
estado transportando automóviles, radios y motocicletas. Algunos profetas cargo
de Irian Occidental predicen que buques de vapor descargarán fábricas y acerías
enteras.
Un inventario preciso del cargo sería engañoso. Los nativos esperan una
mejoría global en su nivel de vida. Los barcos y aviones fantasmas traerán el
inicio de una época totalmente nueva. Los muertos y los vivos se reunirán, el
hombre blanco será expulsado o sometido, y el trabajo penoso abolido; no
faltará nada. En otras palabras, la llegada del cargo marcará el inicio del
cielo en la tierra. Esta visión sólo difiere de las descripciones occidentales
cristianas del milenio y el fin de los tiempos por la preeminencia extraña de
los productos industriales. Reactores y antepasados; motocicletas y milagros;
radios y espíritus. Nuestras propias tradiciones nos preparan para la
salvación, la resurrección, la inmortalidad... pero, ¿con aviones, coches y
radios? No tenemos buques fantasmas. Sabemos de dónde provienen estas cosas.
¿Lo sabemos?
Los misioneros y administradores gubernamentales dicen a los nativos que el
trabajo duro y las máquinas hacen que las cornucopias del industrialismo
liberen sus ríos de riqueza. Pero los profetas del cargo se aferran a otras
teorías. Insisten en que la riqueza material de la época industrial se crea
realmente en algún lugar lejano, no mediante medios naturales, sino
sobrenaturales. Los misioneros, comerciantes y funcionarios del gobierno saben
cómo obtener esta riqueza que se les envía en aviones o barcos; poseen el
“secreto del cargo”. La capacidad de los profetas nativos del cargo de penetrar
este secreto y entregar el cargo a sus seguidores sufre altibajos.
Las teorías nativas sobre el cargo evolucionan en respuesta a condiciones
que cambian continuamente. Antes de la Segunda Guerra Mundial, los antepasados
tenían piel blanca; después se dijo que se parecían a los japoneses. Pero
cuando las tropas americanas negras expulsaron a los japoneses, se representó a
los antepasados con piel negra.
Después de la Segunda Guerra Mundial, la teoría del cargo se centró a
menudo en los americanos. En las Nuevas Hébridas, la gente decidió que un
soldado llamado John Frum era el Rey de América. Sus profetas construyeron un
aeropuerto en el que los bombarderos Liberator americanos aterrizarían con un
cargo de leche y helados. Las reliquias abandonadas en los campos de batalla de
las Islas del Pacífico demuestran que John Frum estuvo allí. Un grupo cree que
John Frum llevaba una guerrera de campaña del ejército americano con galones de
sargento y la cruz roja del cuerpo médico en las mangas cuando prometió volver
con el cargo. Se han erigido pequeñas cruces rojas del cuerpo médico, cada una
de ellas rodeada por una cerca bien hecha, en toda la Isla de Tanna. Un
jefezuelo de una aldea John Frum entrevistado en 1970 señalaba que “la gente ha
esperado casi dos mil años el regreso de Jesucristo, por lo tanto podemos
seguir esperando a John Frum”.
En 1968, un profeta de la isla de Nueva Hanover en el archipiélago Bismarck
anunció que el secreto del cargo sólo era conocido por el Presidente de los
Estados Unidos. Los miembros del culto rehusaron pagar los impuestos locales,
lo que les permitió ahorrar 75.000 dólares para “comprar” a Lyndon Johnson y
hacerle Rey de Nueva Hanover si les revelaba el secreto.
En 1962, la Fuerza Aérea de los Estados Unidos colocó un gran señalizador
de hormigón en la cima del Monte Turu cerca de Wewak, Nueva Guinea. El profeta
Yaliwan Mathias, estaba convencido de que los americanos eran los antepasados y
que el cargo se encontraba bajo el señalizador. En mayo de 1971, después de una
noche de oración con acompañamiento de música pop en sus transistores, él y sus
seguidores arrancaron el señalizador. No se encontró ningún cargo. Yaliwan
explicó que se lo habían llevado las autoridades. Sus seguidores que habían
aportado 21.500 dólares no perdieron la fe.
Es fácil descartar las creencias cargo como el delirio de mentalidades
primitivas: los líderes profetas son granujas consumados que se aprovechan de
la codicia, la ignorancia y credulidad de sus hermanos, o si son sinceros,
psicópatas que propagan sus ideas insensatas sobre cargo mediante autohipnosis,
hipnosis colectiva e histeria de masas. Esta sería una teoría convincente si no
hubiera ningún misterio sobre cómo se manufactura y se distribuye la riqueza
industrial. Pero de hecho no es fácil explicar por qué algunas naciones son
pobres y otras ricas, ni es fácil decir por qué hay diferencias tan acusadas en
la distribución de la riqueza dentro de las naciones modernas. Lo que sugiero
es que hay en realidad un misterio del cargo y que los nativos están justificados
en su intento de resolverlo.
Para penetrar el secreto del cargo, debemos concentrarnos en un caso
concreto. He elegido los cultos del área Madang de la costa norte de Nueva
Guinea australiana, que ha descrito Peter Lawrence en su libro “Road Belong
Cargo”.
Uno de los primeros europeos que visitó la costa Madang fue un explorador
ruso del siglo XIX, llamado Miklouho Maclay. Tan pronto como el buque ancló en
tierra, sus hombres empezaron a distribuir regalos, hachas de acero, rollos de
tela y otros objetos de valor. Los nativos decidieron que los hombres blancos
eran antepasados. Los europeos cultivaron deliberadamente esta imagen no
permitiendo nunca que los nativos presenciaran la muerte de un hombre blanco:
solían arrojar en secreto sus cuerpos al mar y explicaban que los hombres
desaparecidos habían vuelto al cielo.
En 1884, Alemania estableció el primer gobierno colonial en Madang. Pronto
le siguieron los misioneros luteranos, pero no lograron atraer conversos. Una
misión pasó trece años sin bautizar ni un solo nativo. Los conversos tenían que
ser sobornados con hachas de acero y alimentos. Ahora tal vez se comprenda
mejor por qué he dicho que el concepto de “gran hombre” es pertinente. Como
sucede con los “grandes hombres” nativos que hemos descrito en el capítulo
anterior, la credibilidad y legitimidad de los “grandes hombres” de ultramar
sólo se mantenía mientras hicieran reiterados regalos. Daba lo mismo que fueran
dioses o antepasados resucitados, salvo en que los “grandes hombres” de origen
divino debían hacer más regalos que los ordinarios. No bastaba con cantar
himnos ni con la promesa de salvación futura para mantener el interés de los
nativos. Estos deseaban y esperaban cargo: todo lo que los misioneros y sus
amigos recibían por barco de ultramar.
Como hemos visto, los “grandes hombres” deben redistribuir su riqueza. Para
los nativos nada hay peor que un “gran hombre” tacaño. Los misioneros se
negaban a ello claramente: retenían la “carne y la manteca” para sí y donaban
los “huesos y tartas estropeadas”. En los centros misioneros, en las carreteras
y en las plantaciones los nativos trabajaban duro en previsión de un gran
festín. ¿Por qué no se celebraba? En 1904 los nativos tramaron matar a todos
los “grandes hombres” tacaños, pero las autoridades descubrieron la
conspiración y ejecutaron a los cabecillas. A continuación se impuso la ley
marcial.
Después de esta derrota, los intelectuales nativos empezaron a desarrollar
nuevas teorías sobre el origen del cargo. Quienes realizaban el cargo eran los
antepasados nativos, no los europeos, pero los europeos impedían que los
nativos recibieran su parte. En 1912 se tramó una segunda rebelión armada. Poco
después estallaba la Primera Guerra Mundial. Los “grandes hombres” alemanes
huyeron, siendo sustituidos por otros de origen australiano.
Desde entonces los nativos celebraron reuniones en las que acordaron que
era poco práctico una nueva resistencia armada. Evidentemente los misioneros
conocían el secreto del cargo. Por ende la única cosa que había que hacer era
obtener la información de ellos. Los nativos acudieron en tropel a las iglesias
y escuelas de la misión, convirtiéndose en cristianos entusiastas y
cooperadores. Prestaron gran atención a la siguiente historia. Al principio
Dios, llamado Anus en la mitología nativa, creó el Cielo y la Tierra. Anus dio
a Adán y Eva un paraíso repleto de cargo; todas las carnes enlatadas,
instrumentos de acero, arroz en bolsas y cerillas que podían utilizar. Cuando
Adán y Eva descubrieron el sexo, Anus les arrebató el cargo y envió el diluvio.
Anus enseño a Noé cómo construir un enorme buque de vapor de madera y le nombró
su capitán. Sem y Jafet obedecieron a Noé, su padre. Pero Cam era estúpido y le
desobedeció. Noé le quitó el cargo a Cam y lo envió a Nueva Guinea. Después de
haber vivido durante años en la ignorancia y las tinieblas, Anus se apiadó de
los hijos de Cam y mandó misioneros para reparar el error de Cam, diciendo:
“Debéis persuadir a sus descendientes para que vuelvan a mis caminos. Cuando me
sigan de nuevo les enviaré el cargo de la misma manera que ahora se lo envío a
los hombres blancos.
El gobierno y las misiones se animaron por el incremento en la asistencia a
la iglesia y la sobriedad respetuosa se los neoconversos. Pocos blancos
comprendieron hasta qué punto la interpretación nativa del cristianismo se
había desviado de la suya propia. Los sermones se pronunciaban en “pidgin”, un
compuesto de alemán, inglés y lenguas aborígenes. Los misioneros sabían que los
nativos interpretaban la frase “y Dios bendijo a Noé” en el sentido de “y Dios
dio a Noé cargo”. Y sabían que cuando citaban en los sermones el Evangelio
según Mateo: “Buscad primero el reino de Dios y su justicia; y todas las demás
cosas se os darán por añadidura”, los nativos entendían el pasaje en el sentido
de “los buenos cristianos serán recompensados con cargo”. Pero también sabían
que si la recompensa por la obediencia al cristianismo se presentaba en un
sentido totalmente espiritual y ajeno a este mundo, los nativos no creerían en
ellos o bien perderían interés y se marcharían a la iglesia de otros. Para el
nativo inteligente, el mensaje era categórico y claro: Jesús y los antepasados
iban a donar cargo a los fieles; los paganos no sólo no conseguirían ningún
cargo, sino que además arderían en el Infierno. Así, durante los años veinte
los líderes nativos cumplían pacientemente sus obligaciones como cristianos;
cantaban himnos, trabajaban por unos pocos centavos a la hora, y mostraban
respeto por los patrones blancos. Pero en los años treinta, su paciencia había
empezado a agotarse. Si el trabajo duro trajera cargo, ya lo habrían
conseguido. Habían descargado multitud de barcos y aviones para sus patrones
blancos, pero ningún nativo había recibido jamás un solo paquete de ultramar.
Los catequistas y ayudantes de la misión estaban especialmente irritados.
Observaban de primera mano las diferencias sustanciales existentes entre ellos
mismos y los “grandes hombres” europeos. Y observaron claramente cómo estas
diferencias no disminuyeron pese a todo el esfuerzo realizado en conseguir más
conversos y ser buenos cristianos. Un eminente ministro luterano, Rollan
Hanselmann, entró en su iglesia un domingo por la mañana en 1933 y descubrió
que todos sus ayudantes nativos se encontraban detrás de una cuerda que habían
tendido a lo largo de la nave lateral. Le formularon una petición: “¿Por qué no
aprendemos el secreto del cargo? El cristianismo no nos ayuda a nosotros los
negros de una manera práctica. Los hombres blancos nos ocultan el secreto del
cargo”. Se formularon más acusaciones; no se había traducido la Biblia
adecuadamente por accidente o a propósito: ésta había sido censurada; faltaba
la primera página; se silenciaba el verdadero nombre de Dios.
Los nativos boicotearon las misiones y propusieron una nueva solución al
misterio del cargo. Jesucristo otorgó cargo a los europeos. Ahora quería
donarlo a los nativos. Pero los judíos y los misioneros habían conspirado para
quedarse con él. Los judíos habían prendido a Jesús y le retenían prisionero en
o más allá de Sidney Australia. Pero pronto Jesús quedaría en libertad y
empezaría a llegar el cargo. La gente más pobre sería la que más obtendría
(“los mansos heredarán”). La gente cesó de trabajar, sacrificó sus cerdos,
quemó sus huertos y acudió en masa a los cementerios.
Estos sucesos coincidieron con el estallido de la Segunda Guerra Mundial.
Al principio, los nativos no tuvieron dificultad alguna en comprender esta
nueva guerra. Los australianos habían expulsado a los alemanes y ahora los
alemanes iban a expulsar a los australianos. Sólo que esta vez los alemanes
serían los antepasados disfrazados de alemanes. El gobierno encarceló a los
líderes del culto por difundir propaganda alemana. Pero pese a la censura de
noticias, los nativos pronto empezaron a comprender que su administración
australiana estaba en peligro de ser expulsada de Nueva Guinea no por los
alemanes, sino por los japoneses.
Los profetas del cargo lucharon por comprender el sentido de este nuevo y
sorprendente desarrollo. Un líder del culto llamado Tagarab anunció que los
misioneros siempre les habían estado engañando. Jesús era un dios sin
importancia. El dios verdadero -el dios del cargo- era una deidad nativa
conocida como Kilibob. Los misioneros habían logrado que los nativos rezaran a
Anus. Pero Anus era un ser humano ordinario que sólo era el padre de Kilibob,
quien a su vez era el padre de Jesús. Kilibob estaba a punto de castigar a los
blancos por su perfidia. El y los antepasados se hallaban ya en camino con un
cargamento de fusiles, munición y otros equipos militares. Cuando anclaran en
tierra se parecerían a soldados japoneses. Los australianos serían expulsados y
todo el mundo conseguiría cargo. Para estar preparados, todos deberían
interrumpir el trabajo ordinario, sacrificar cerdos y pollos y empezar a
construir almacenes para el cargo.
Finalmente, cuando los japoneses invadieron Madang en diciembre de 1942,
los nativos les saludaron como libertadores. Aun cuando los japoneses no habían
traído cargo, los profetas interpretaron su llegada al menos como un
cumplimiento parcial de las profecías. Los japoneses no intentaron
desengañarles. Produjeron en los nativos la impresión de que el cargo se había
aplazado temporalmente puesto que todavía continuaba la guerra. Dijeron que una
vez finalizada la guerra Madang formaría parte de la Gran Esfera de
coprosperidad del Este Asiático japonesa. Todos participarían en la buena vida
venidera. Entretanto había que trabajar; los nativos eran necesarios para
ayudar a derrotar a los australianos y a sus aliados americanos. Los nativos
corrieron a prestar ayuda en la descarga de barcas y aviones; actuaban como
porteadores y traían regalos de vegetales frescos. Los pilotos americanos
derribados se quedaban sorprendidos y disgustados por la hostilidad desplegada
contra ellos en la selva. Nada más pisar tierra eran rodeados por hombres
primitivos pintados, que ataban sus manos y pies, les colgaban de postes, y les
llevaban corriendo hasta el oficial japonés más cercano. Los japoneses
recompensaron a los profetas del cargo regalándoles espadas de samurai y nombrándoles
oficiales de la fuerza de policía local.
Pero el rumbo de la guerra pronto acabó con este intervalo eufórico. Los
australianos y americanos tomaron la iniciativa y cortaron las líneas de
aprovisionamiento japonesas. Cuando su situación militar se deterioró, los
japoneses cesaron de pagar los alimentos y el trabajo. Cuando Tagarab, que
portaba su espada samurai, protestó, fue fusilado. Los “antepasados” empezaron
a saquear los huertos de los nativos, los cocotales y las plantaciones de
bananas y de caña de azúcar. Robaron hasta el último pollo y cerdo. Después se
lanzaron sobre los perros y se los comieron, y cuando se acabaron los perros
cazaron a los nativos y también se los comieron.
Los australianos que volvieron a ocupar Madang en abril de 1944 encontraron
a los nativos hoscos y reacios a cooperar. En algunas áreas en las que los
japoneses no habían sido especialmente activos, los profetas del cargo
predecían la vuelta de los japoneses en mayor número que antes. Para ganarse la
lealtad del resto de la población, los australianos empezaron a hablar del
“desarrollo” en el período de la posguerra. Dijeron a los líderes nativos que
en la paz venidera, negros y blancos vivirían juntos en armonía. Todo el mundo
iba a tener una vivienda digna, electricidad, vehículos de motor, barcos,
buenas ropas y abundancia de alimentos.
En esta época, los líderes nativos más mundanos e inteligentes estaban
convencidos de que los misioneros eran embusteros rematados. El profeta Yali,
cuya carrera voy a relatar desde ahora, se mostró especialmente inflexible en
este punto. Yali había permanecido fiel a los australianos durante la guerra
siendo recompensado con el grado de sargento mayor del ejército australiano. Le
llevaron a Australia donde los australianos querían mostrarle cuál era el
secreto del cargo: centrales azucareras, fábricas de cerveza, un taller de
reparación de aviones, los depósitos de mercancías de los muelles. Aun cuando
Yali pudo ver por sí mismo algunos aspectos del proceso de producción, también
constató que no todos los que iban en
coche a todas partes vivían en grandes mansiones trabajaban en centrales
azucareras y fábricas de cerveza. Pudo observar cómo hombres y mujeres
trabajaban en grupos organizados, pero no logró captar los principios últimos
sobre cuya base se organizaba su trabajo. Nada de lo que vio le ayudó a comprender
por qué de aquella inmensa profusión de riqueza ni siquiera una gota llegaba a
sus compatriotas.
Lo que más impresionó a Yali no fueron las carreteras, los semáforos y los
rascacielos, sino el Museo de Queensland y el Zoo de Brisbane. Para su asombro,
el museo estaba repleto de artefactos nativos de Nueva Guinea. Una de las salas
contenía incluso una máscara ceremonial de su propio pueblo que se utilizaba en
los grandes rituales de la pubertad de los tiempos pasados: la misma máscara
que los misioneros habían calificado de “obra de Satanás”. Ahora, la máscara,
celosamente guardada tras la vitrina, era venerada por sacerdotes con hábitos
blancos y una riada ininterrumpida de visitantes bien vestidos, que hablaban en
tono confidencial. El museo también encerraba vitrinas en las que se
conservaban cuidadosamente algunas variedades extrañas de huesos de animales.
En Brisbane, Yali fue llevado al Zoo donde vio cómo los blancos alimentaban y
cuidaban a los animales más extraños. Cuando llegó a Sidney, Yali prestó mucha
atención al número de perros y gatos que la gente tenía como animales
domésticos.
Sólo después de la guerra comprendió Yali, cuando asistía a la conferencia
del gobierno en Port Moresby, capital de Nueva Guinea australiana, hasta qué
punto los misioneros habían estado mintiendo a los nativos. En el transcurso de
la conferencia se mostró a Yali un libro que contenía ilustraciones de simios y
monos que progresivamente se asemejaban cada vez más a los hombres. Finalmente
se dio cuenta de la verdad: los misioneros habían dicho que Adán y Eva eran los
antepasados del hombre, pero en realidad los blancos creían que sus propios
antepasados eran monos, perros, gatos y otros animales. Estas eran precisamente
las creencias que los nativos habían conservado hasta que los misioneros les
habían embaucado para que abandonaran sus tótems.
Después, al discutir sus experiencias con el profeta Gurek, Yali aceptó la
sugerencia de que el Museo de Queensland era en realidad Roma, el lugar al que
los misioneros habían conducido los dioses y mitos de Nueva Guinea para
controlar el secreto del cargo. Si pudieran atraer de nuevo a Nueva Guinea a
estos viejos dioses y diosas, nacería una nueva era de prosperidad. Pero
primero tendrían que abandonar el cristianismo y restablecer sus ceremonias
paganas.
La duplicidad de los misioneros enfureció a Yali. Estaba dispuesto y
deseoso de ayudar a los funcionarios australianos a eliminar todos los
vestigios de cultos cargo en los que Dios o Jesús tuvieran alguna importancia.
Merced a los servicios prestados por Yali durante la guerra, su familiaridad
con Brisbane y Sidney y su denuncia elocuente de los cultos, el oficial de
distrito de Modang supuso que Yali no creía en el “cargo”. Pidió a Yali que
tomara la palabra en mítines populares convocados por el gobierno. Este
ridiculizó con entusiasmo los cultos cargo cristianos y aseguró a todo el mundo
que el cargo nunca llegaría salvo que la gente trabajara mucho y obedeciera a
la ley.
También estaba dispuesto a colaborar con los funcionarios australianos
porque todavía no había perdido la fe en las promesas que le hicieron cuando
estuvo en el ejército durante la guerra. Yali guardó en la memoria las palabras
pronunciadas por un oficial de reclutamiento de Brisbane en 1943: “En el
pasado, vosotros, los nativos, habéis permanecido atrasados, pero ahora, si nos
ayudáis a ganar la guerra y a liberarnos de los japoneses, nosotros los
europeos os ayudaremos. Os ayudaremos para que tengáis casas con tejados de
hierro galvanizado, paredes de madera, luz eléctrica y vehículos motorizados,
buques, buenas ropas y alimentos de calidad. La vida será muy diferente para
vosotros después de la guerra.”
Millares de personas vinieron a escuchar cómo Yali denunciaba el viejo
camino hacia el cargo. Yali, provisto de una plataforma y de altavoces, rodeado
por funcionarios radiantes y hombres de negocios blancos, acogió con entusiasmo
su tarea. Cuanto más denunciaba las antiguas creencias en el cargo, más
comprendían los nativos que él, Yali, conocía el verdadero secreto del cargo.
Cuando la palabra de esta interpretación llegó a los “manipuladores” de Yali en
el gobierno, le pidieron que pronunciara más discursos para decir a los nativos
que no era un antepasado que había vuelto, y que no conocía el secreto del
cargo. Estas negativas en público convencieron a los nativos que Yali tenía
poderes sobrenaturales y traería el cargo.
Cuando fue invitado a Port Moresby, junto con otros portavoces nativos
leales, sus seguidores en Madang creían que volvería al frente de una enorme
flota de barcos cargo. Tal vez el mismo Yali creyera que se le iban a otorgar
algunas concesiones importantes. Se dirigió directamente al administrador en
cuestión y le preguntó cuándo iban a obtener los nativos la recompensa que el
oficial de Brisbane les había prometido. ¿Cuándo recibirían los materiales de
construcción y la maquinaria de las que les había hablado todo el mundo? El
informe del profesor Lawrence sobre la respuesta del funcionario a Yali se
encuentra en “Road Belong Cargo”.
Se dice que el oficial respondió que la administración
estaba naturalmente agradecida por los servicios de las tropas nativas frente a
los japoneses y que, de hecho, iba a dar a la gente una recompensa importante.
El gobierno australiano estaba vertiendo enormes sumas de dinero en el
desarrollo económico, educativo y político como compensación por los daño de la
guerra, y proyectaba mejorar los servicios médicos, la higiene y la salud.
Sería, claro está, un proceso lento, pero finalmente la gente apreciaría los
resultados de los esfuerzos de la administración. Pero una recompensa como la
que se imaginaba Yali -una distribución gratuita de cargo en grandes
cantidades-, era totalmente imposible. El funcionario lo sentía, pero ésta era
precisamente propaganda realizada en tiempos de guerra por oficiales europeos
irresponsables que no lo habían pensado bien.
Los administradores respondieron a las preguntas sobre cuándo podrían
contar los nativos con electricidad, que la tendrían tan pronto como pudieran
pagarla. Yali quedó muy amargado. El gobierno había mentido tanto como los
misioneros.
Cuando regresó de Port Moresby, Yali estableció una alianza secreta con el
profeta del cargo Gurek. Bajo la protección de Yali, Gurek difundió la noticia
de que las divinidades de Nueva Guinea, no las divinidades cristianas, eran la
verdadera fuente de cargo. Los nativos debían abandonar el cristianismo y
volver a sus prácticas paganas para adquirir riqueza y felicidad. Tenían que
volver a introducir los artefactos y rituales tradicionales así como la cría
del cerdo y la caza. También debían realizar las ceremonias de iniciación
masculina. Además, tenían que levantar pequeñas mesas, cubiertas con tela de
algodón y decoradas con botellas llenas de flores. En estos altares (inspirados
en las escenas domésticas observadas en los hogares australianos), las ofrendas
de alimento y tabaco inducirían a las divinidades originarias y a los
antepasados a enviar cargo. Los antepasados traerían rifles, munición, equipo
militar, caballos y vacas. De aquí en adelante Yali recibiría el título de Rey,
y el Viernes día del nacimiento de Yali, sustituiría al domingo como día de
descanso de los nativos. Gurek afirmó que Yali podía realizar milagros y que
era capaz de matar a las gentes escupiéndoles o maldiciéndoles.
El mismo Yali recibió reiteradas órdenes de patrullar para reducir al
silencio a los partidarios del culto a Jesús. Aprovechó estas oportunidades
para suprimir a los profetas rivales y establecer una extensa red de sus
propios boss boys en las aldeas. Impuso multas y castigos, reclutó mano de obra
y mantuvo su propia fuerza policial. Yali financió su organización mediante un
sistema clandestino de redistribución. Prometía ser un “gran hombre” de verdad.
Los misioneros incitaron a los administradores a desembarazarse de Yali,
pero tuvieron dificultades en demostrar que él estaba detrás de la conducta
cada vez más insolente de los nativos. Incluso resultó difícil demostrar que
había un culto cargo, puesto que todos los miembros del culto a Yali habían
recibido instrucciones de jurar que no creían en el cargo. Se había dicho a los
nativos que si se atrevían a revelar sus actividades, los europeos les robarían
de nuevo los dioses de Nueva Guinea. Si se les preguntaba sobre la mesa y las
flores, deberían responder que simplemente querían embellecer sus hogares como
hacen los europeos. Cada vez que se acusaba a Yali de provocar disturbios, éste
protestaba diciendo que nada tenía que ver con los extremistas de las aldeas
que habían desvirtuado sus propias convicciones expuestas en público.
Muy pronto el gobierno australiano tuvo que hacer frente a lo que consideró
una rebelión abierta. En 1950 Yali fue detenido y procesado bajo la acusación
de incitación a la violación y privación de la libertad de otros. Fue declarado
culpable y condenado a seis años de prisión. Sin embargo, la carrera de Yali no
acabó. Mientras permaneció en la cárcel, los miembros del culto seguían
explorando el horizonte en espera de su vuelta triunfal al frente de una flota
de buques mercantes y navíos de guerra. Durante los años sesenta se otorgó
finalmente a los pueblos nativos de Nueva Guinea cierto tipo de concesiones
políticas y económicas. Los seguidores de Yali le dieron crédito a éste por el
índice de crecimiento en la construcción de escuelas, la apertura de los
consejos legislativos a los candidatos nativos, la elevación de los salarios y
el final de la prohibición sobre el consumo de bebidas alcohólicas.
Tras su puesta en libertad, Yali decidió que el secreto del cargo se
encontraba en la Asamblea de Nueva Guinea. Trató de ser elegido para el Consejo
de Madang, pero fue derrotado. Cuando envejeció se convirtió en objeto de gran
veneración. Le visitaban una vez al año “floristas” que se llevaban su semen en
botellas. La gente continuaba ofreciéndole regalos y allegó fondos para
convertir a cristianos que deseaban purificarse de los pecados del cristianismo
y volver a los cultos autóctonos. La última profecía de Yali consistió en que
Nueva Guinea alcanzaría la independencia el 1 de agosto de 1969. Se preparó
para esta ocasión nombrando embajadores para el Japón, China y Estados Unidos.
Toda actividad humana aparecerá inescrutable si se reduce a un rompecabezas
con fragmentos demasiado pequeños para estar relacionados con el cuadro
histórico global. Visto desde una trayectoria de duración adecuada, el cargo se
nos muestra como la solución de un conflicto escorado y obstinado siguiendo la
ley del mínimo esfuerzo. El cargo era el precio de la lucha por los recursos
naturales y humanos de un continente insular. Cada fragmento de rapacidad
civilizada y la totalidad estaba firmemente fundada en sólidos castigos y
recompensas en vez de en fantasmas.
Como otros grupos, salvajes o civilizados, cuyos dominios y libertad se ven
amenazados por invasores, las gentes de Madang intentaron obligar a los
europeos a regresar a sus casas. No al principio de todo, puesto que
transcurrieron varios años antes de que los invasores exhibieran su apetito
insaciable de tierras vírgenes y mano de obra nativa barata. Sin embargo, el
intento de exterminar al enemigo no tardó en producirse. Estaba condenado al
fracaso porque, como en muchos otros capítulos de la guerra colonial, las
fuerzas contendientes eran muy desiguales. Los nativos de Madang adolecían de
dos desventajas insuperables: carecían de armas modernas y estaban fragmentados
en cientos de pequeñas tribus y aldeas incapaces de unirse contra un enemigo
común.
La esperanza de emplear la fuerza para expulsar a los europeos no
desapareció del todo; fue reprimida, pero no se extinguió. Los nativos
retrocedieron, y avanzaron de nuevo siguiendo trayectorias desconcertantes. Los
invasores fueron tratados como “grandes hombres” arrogantes; demasiado
poderosos para ser destruidos, pero tal vez no invulnerables a la manipulación.
Para obligar a estos “grandes hombres” extranjeros a compartir su riqueza y
moderar su apetito de tierra y de mano de obra, los nativos trataron de
aprender su lengua y penetrar sus secretos. Y así empezó el período de la
conversión al cristianismo, el abandono de las costumbres nativas y la sumisión
a los impuestos y al reclutamiento de mano de obra. Los nativos aprendieron el
“respeto” y colaboraron en su propia explotación.
Este intervalo tuvo consecuencias que ninguno de estos dos grupos pretendió
ni previó. Aldeas y tribus diferentes y anteriormente hostiles se unieron para
servir al mismo señor. Se unieron en la creencia de que los “grandes hombres”
cristianos podían ser manipulados para que creasen un estado de redención
paradisíaca para todos. Insistían en que el cargo debía ser redistribuido. No
era así como concebían los misioneros el cristianismo. Pero los nativos
actuaban en su propio interés, rehusando entender el cristianismo tal como lo
querían dar a entender los misioneros. Insistían en obligar a los europeos a
actuar como “grandes hombres” de verdad; insistían en que aquellos que poseían
riquezas tenían la obligación de distribuirlas.
A los occidentales les impresiona la graciosa incapacidad de los nativos
para comprender los estilos de vida económicos y religiosos europeos. Se
sobreentiende que los nativos están demasiado atrasados, son demasiado
estúpidos o supersticiosos para captar los principios de la civilización. Esto
desvirtúa ciertamente los hechos en el caso de Yali. No se trataba de que Yali
no pudiera captar los principios en cuestión, sino más bien que los encontró
inaceptables. Sus tutores quedaron sorprendidos de que alguien que había visto
cómo funcionaban las factorías modernas pudiera creer todavía en el cargo. Pero
cuanto más aprendía Yali sobre cómo producían riqueza los europeos, menos
dispuesto se mostraba a aceptar su explicación de por qué él y su pueblo no
podían participar de ella. Esto no significa que comprendiera cómo los europeos
llegaron a ser tan ricos. Al contrario, según las últimas noticias que nos
llegaron de él, estaba trabajando sobre la teoría de que los europeos se habían
vuelto ricos construyendo burdeles. Pero Yali siempre tuvo el acierto de
descartar la explicación europea estandarizada del “trabajo duro” como un
engaño calculado. Cualquier persona podía observar que los “grandes hombres”
europeos -a diferencia de sus prototipos nativos- no trabajaban nada.
La comprensión de Yali del cosmos no era monopolio del pensamiento salvaje.
En los Mares del Sur, como en otras áreas coloniales, las misiones cristianas
gozaron de un mandato prácticamente indiscutido en lo que atañe a la educación
a los nativos. Estas misiones no difundieron los instrumentos intelectuales del
análisis político; no ofrecieron educación en la teoría del capitalismo
europeo, ni emprendieron un análisis de la política económica colonial. En vez
de ello sus enseñanzas versaron sobre la creación, los profetas y las
profecías, los ángeles, un mesías, la redención sobrenatural, la resurrección,
y un reino eterno en el que los vivos y los muertos se reunirían en una tierra
de leche y miel.
Inevitablemente estos conceptos -muchos de ellos análogos precisamente a
temas del sistema de creencias aborigen- tenían que convertirse en el idioma en
el que la resistencia de las masas a la explotación colonial se expresó por
primera vez. El “cristianismo, las misiones” fue la cuna de la rebelión. Al
reprimir cualquier forma de agitación abierta, huelgas, sindicatos o partidos
políticos, los mismos europeos garantizaban el triunfo del cargo. Fue
relativamente fácil constatar que los misioneros mentían cuando decían que el
cargo sólo se otorgaría a la gente que trabajara duro. Lo que era difícil
captar es que había un vínculo entre la riqueza de que gozaban australianos y
americanos y el trabajo de los nativos. Sin una mano de obra nativa barata y
sin la expropiación de las tierras nativas, los poderes coloniales nunca se
habrían vuelto tan ricos. Por lo tanto, en cierto sentido, los nativos tenían
derecho a los productos de las naciones industrializadas aun cuando no pudieran
pagarlos. El cargo era su forma de expresar esto. Y ése, a mí entender, es su
verdadero secreto.
Mesías
Estoy seguro de que se habrán observado las semejanzas entre los “cultos”
cargo y las primitivas creencias cristianas. Jesús de Nazaret predijo la caída
de los impíos, la justicia para los pobres, el final de la miseria y del
sufrimiento, la reunión con los muertos y un reino divino totalmente nuevo. Lo
mismo hizo Yali. ¿Puede ayudarnos el misterio del cargo fantasma a comprender
las condiciones responsables del origen de nuestros propios estilos de vida
religiosos?
Parece que hay algunas diferencias importantes. Los cultos cargo buscaban
el derrocamiento de un orden político establecido específico y la creación de
un reino en un lugar de la tierra bien determinado. Los nativos esperaban que
los muertos volverían a la vida como soldados con uniforme que portarían armas
en la batalla contra los policías y las tropas estacionadas en Nueva Guinea.
Jesús de Nazaret no se interesó en derrocar un sistema político específico;
estaba por encima de la política, su reino “no era de este mundo”. Cuando los
primeros cristianos hablaban de “batallas” contra los impíos, sus “espadas”,
“fuegos” y “victorias” eran meras metáforas terrenales de acontecimientos
espirituales de índole trascendental. Al menos esto es lo que casi todo el mundo
cree que era el culto original de Jesús.
Parece imposible que un estilo de vida tan ajeno a este mundo por su
intención, tan entregado a la paz, el amor y el desinterés, pudiera haber sido
en un sentido fundamental un producto de condiciones materiales determinadas.
Sin embargo, este enigma como todos los demás tiene su solución en los asuntos
prácticos de los pueblos y las naciones.
En realidad debemos considerar dos enigmas. El cristianismo surgió primero
entre los judíos que vivían en Palestina. La creencia en la venida de un
salvador llamado mesías -un dios semejante a un hombre- fue un rasgo importante
del judaísmo en la época de Jesús. Los primeros seguidores de Jesús, casi todos
ellos judíos, creían que Jesús era este salvador (“Cristo” se deriva de
krystos, que era la manera en que los judíos se referían al salvador esperado
cuando hablaban en griego). Para resolver el enigma del primitivo estilo de
vida cristiano, tengo que explicar primero la base de la creencia judía en un
mesías.
Todos los pueblos antiguos -como la mayor parte de los modernos- creían que
no se podían ganar batallas sin asistencia divina. Para conquistar un imperio,
o simplemente sobrevivir como Estado independiente, se necesitaban guerreros
con los que los antepasados, ángeles o dioses estuvieran dispuestos a cooperar.
David, fundador del primer y más grande reino judío, afirmaba tener una
relación divina con el dios judío Yahvé. El pueblo llamaba a David mesías (en
hebreo masiah), un término que también se aplicó a los sacerdotes, a los
escudos, al predecesor de David, Saúl, y a su hijo, Salomón. Por consiguiente
es probable que mesías significara originalmente cualquier persona o cosa que
poseyera santidad y poder sagrado. David fue llamado también el ungido: el que,
colaborando con Yahvé tenía derecho a gobernar sobre sus dominios terrenales.
Al nacer, David recibió el nombre de Elhanan ben Jesse. El de David, que
significa “gran comandante”, le fue otorgado para celebrar sus victorias en el
campo de batalla. Su elevación al poder desde sus inicios humildes proporcionó
la inspiración básica –el curriculum- para cualquier aspirante a la carrera
militar-mesiánica judía ideal. Había nacido en Belén y pasó su juventud como
pastor. Después, se convirtió en el líder proscrito de un movimiento
guerrillero en el desierto de Judea. Ubicó su cuartel general en una cueva y
alcanzó victorias frente a enemigos aparentemente insuperables, sintetizadas en
la lucha contra Goliat.
Los sacerdotes judíos insistieron hasta la época de Jesús en que Yahvé
había establecido una alianza con David. Yahvé había prometido que la dinastía
de David nunca acabaría. Pero el reino de David empezó realmente a desmoronarse
poco después de su muerte. Desapareció temporalmente cuando Nabucodonosor tomó
Jerusalén en el año 586 a.C. y deportó gran cantidad de judíos a Babilonia.
Después el reino judío tuvo una existencia precaria como cliente dependiente de
uno u otro poder imperial.
Yahvé dijo a Moises: “Gobernarás sobre muchas naciones pero ellas no
gobernarán sobre ti.” Sin embargo la tierra prometida de Yahvé era un lugar
poco propicio para emprender la conquista del mundo. En primer lugar, era una
ruta militar: el principal corredor a través del cual todos los ejércitos
imperiales de Asia, África y Europa se perseguían unos a otros hasta y desde
Egipto. La propia posibilidad de arraigo de un desarrollo imperial indígena en
Palestina, era siempre aplastada por el monstruo de millones de pies de algún
ejército que avanzaba en una u otra dirección. Egipcios, sirios, babilonios,
persas, griegos y romanos cruzaban la tierra santa, a menudo incendiando dos
veces el mismo lugar antes de pasar al siguiente.
Estas experiencias plantearon considerables dificultades para la
credibilidad de los libros sagrados de Yahvé y su vestigio, el sacerdocio. ¿Por
qué había permitido Yahvé que tantas naciones se volvieran grandes mientras su
pueblo elegido era conquistado y esclavizado repetidas veces? ¿Por qué no había
cumplido Yahvé su promesa a David? Este era el gran misterio que los hombres
santos y profetas judíos intentaron descifrar.
Su respuesta: Yahvé no había cumplido su promesa a David porque los judíos
no habían cumplido la suya a Yahvé. El pueblo había violado las leyes sagradas
y había practicado ritos impuros. Habían pecado; eran culpables; habían causado
su propia ruina. Pero Yahvé era un dios indulgente y cumpliría su promesa si
los judíos, pese a su castigo, continuaban creyendo en que era el solo dios
Verdadero. Comprendiendo lo que habían hecho, arrepintiéndose y pidiendo
perdón, el pueblo repararía su pecado y Yahvé restablecería el pacto, les
salvaría, les redimiría y les haría más grandes que nunca. Misteriosamente,
cuando la reparación fuera total, en un momento sólo conocido por Yahvé, su
pueblo sería vengado. Yahvé enviaría otro príncipe militar como David, el
mesías, el ungido, para destruir las naciones enemigas. Se librarían grandes
batallas; toda la tierra se estremecería con el estruendo de los ejércitos y la
caída de las ciudades. Sería el final de un mundo y el inicio del otro, pues
Yahvé no habría hecho esperar y sufrir a los judíos si no hubiera pretendido
darles una recompensa mayor que cualquiera de las conocidas anteriormente por
el hombre. Y así el Antiguo Testamento está lleno de las promesas de los
profetas redentores _Isaías, Jeremías, Ezequiel, Micaías, Zacarías y otros-,
todos ellos instando o sancionando la adopción de un estilo de vida
militar-mesiánico.
Isaías habla de un “consejero maravilloso, Dios poderoso, Padre Eterno,
Príncipe de la Paz”, que reinará para siempre en el trono de David. Este
salvador pisoteará a los asirios como “el lodo de las calles”; reducirá a
Babilonia a una ciudad desierta habitada por lechuzas, sátiros y otras
“criaturas lúgubres”, convertirá al pueblo de Moab en “calvo e imberbe,
reducirá Damasco a un montón de ruinas”, y provocará en Egipto la guerra civil,
“cada uno contra su prójimo, ciudad contra ciudad, reino contra reino”.
Jeremías puso en boca de Yahvé estas palabras: “En aquellos días y en aquel
tiempo suscitaré a David un vástago justo que ejercitará el derecho y la
justicia en el país.” Y después “devorará la espada” a los egipcios y “se
saciará, se embriagará con la sangre de ellos.” Los filisteos “clamarán y se
lamentarán todos los moradores del país”. Desde Moab “subirá un llanto
interrumpido”. Amón se convertirá en “devastada colina de ruinas y sus hijas
serán incendiadas”. Edom “resultará un horror”. En damasco “caerán sus jóvenes
en sus plazas”. Jazor se trocará en “guarida de dragones”. Elam será “consumida
por la espada”, y en cuanto a Babilonia: “Venid contra ella desde los últimos
confines, abrid sus graneros; amontonad (sus piedras) como montes de grano, y
exterminadla, no quede de ella resto.”
El libro de Daniel, escrito alrededor del año 165 a.C., cuando Palestina
estaba gobernada por griegos sirios, también habla de la redención militar
mesiánica por el ungido, el Príncipe, que conduce a un gran imperio judío:
“Proseguí viendo en la visión nocturna, y he aquí que en las nubes del cielo
venía como un hombre... Y concediósele señorío, gloria e imperio, y todos los
pueblos, naciones y leguas le sirvieron... un señorío eterno (un) imperio que
no es destruido.”
Lo que la mayor parte de la gente no entiende en estas profecías es que se
realizaron en el contexto de guerras reales de liberación emprendidas bajo el
liderazgo de mesías militares de carne y hueso. Estas guerras gozaron del apoyo
popular no sólo porque pretendían restaurar la independencia del reino judío,
sino también porque prometían eliminar las desigualdades económicas y políticas
que el dominio extranjero había exacerbado hasta límites intolerables.
Como el cargo, el culto del mesías vengativo había nacido y era re-creado
continuamente en una lucha por derrocar un sistema explotador de colonialismo
político y económico. Sólo que en este caso, los nativos -los judíos-
constituían desde el punto de vista militar un adversario de mayor envergadura
para los conquistadores, y eran dirigidos por soldados-profetas que sabían
escribir y recordaban un tiempo remoto en el que los “antepasados” habían
controlado un reino propio.
Durante el período del dominio romano, si podemos decir que hubo un estilo
de vida predominante en Palestina, éste fue el del mesías militar vengativo.
Inspirados por el modelo del triunfo de David sobre Goliat y la promesa de la
redención militar-mesiánica de Yahvé, los guerrilleros judíos entablaron una
lucha prolongada contra los administradores y el ejército romanos. El culto del
mesías pacífico -el estilo de vida de Jesús y de sus seguidores- se desarrolló
en medio de esta guerra de guerrillas y en los mismos distritos de Palestina
que fueron los centros principales de la actividad insurgente, aparentemente en
contradicción total con las tácticas y estrategias de las fuerzas de
liberación.
Los evangelios cristianos no exponen, ni siquiera mencionan, la relación de
Jesús con la lucha de liberación de los judíos. Por los evangelios nunca
conoceríamos que Jesús pasó la mayor parte de su vida en el teatro central de
una de las rebeliones guerrilleras más feroces de la historia. Menos evidente
aún resulta para los lectores de los evangelios el hecho de que esta lucha
continuara intensificándose mucho tiempo después de la ejecución de Jesús.
Nunca podríamos adivinar que en el año 68 d.C. los judíos llegaron a lanzar una
revolución total que requirió la presencia de seis legiones romanas al mando de
dos futuros emperadores antes de conseguir dominarla. Y mucho menos habríamos
sospechado alguna vez que el mismo Jesús murió víctima del intento romano de
destruir la conciencia militar-mesiánica de los revolucionarios judíos.
Como colonia romana, Palestina exhibía todos los síntomas políticos y
económicos clásicos de una mala administración colonial. Los judíos que
ocupaban posiciones religiosas o civiles altas eran marionetas o clientes. Los
sumos sacerdotes, los terratenientes ricos y los mercaderes vivían con lujo
asiático, pero la mayor parte de la población estaba integrada por campesinos
alienados y sin tierras, artesanos sin empleo o mal pagados, criados y
esclavos. El país se quejaba bajo el peso de impuestos de confiscación,
corrupción administrativa, tributos arbitrarios, reclutamientos de mano de obra
e inflación galopante. Los terratenientes absentistas vivían con gran pompa en
Jerusalén mientras sus arrendatarios absorbían el impuesto del 25% que los
romanos imponían sobre la producción agrícola, además del impuesto del 22%
sobre el resto exigido por el templo. El odio de los campesinos galileos contra
los aristócratas de Jerusalén era especialmente patente y abiertamente
correspondido. En los comentarios del Talmud se advierte a los verdaderos
judíos a no consentir que sus hijas se casen con la “gente de la tierra” como
se les llamaba a los campesinos galileos, “puesto que son animales impuros”. El
rabino Eleazar recomendaba sarcásticamente la matanza de estas gentes, incluso
en el día sagrado del año en el que no se podía matar ningún animal, y el
rabino Johanan decía: “Se puede despedazar a un plebeyo como un pez”. Mientras
que Eleazar afirmaba: “La enemistad de un plebeyo hacia un sabio es incluso más
intensa que la de los paganos hacia los israelitas”.
El entusiasmo popular por el ideal militar-mesiánico fue más allá del mero
deseo de ver la sustitución de las marionetas extranjeras por nacionalistas
judíos. Los galileos querían ver restablecido el reino de David porque los
profetas decían que el mesías acabaría con la explotación económica y social y
castigaría a los sacerdotes, terratenientes y reyes perversos. El libro de
Enoch había anunciado este tema:
Ay de vosotros, los ricos, puesto que habéis confiado
en vuestras riquezas y de ellas seréis despojados... Ay de vosotros que
correspondéis a vuestros vecinos con el mal, porque se os devolverá según
vuestras obras. Ay de vosotros, falsos testigos... Pero no temáis los que
sufrís, pues la curación será vuestra parte.
La dialéctica del reino de Yahvé abarcaba necesariamente la totalidad de la
experiencia humana. Como sucede con el cargo, los componentes seculares y
sagrados eran indivisibles; los temas de “este mundo” y del otro mundo eran
inseparables. Política, religión y economía se hallaban fusionadas; el cielo y
la tierra se confundían, la naturaleza se desposaba con Yahvé. En el nuevo
universo la vida sería totalmente diferente; todo se volvería al revés. Los
judíos gobernarían, los romanos serían sus servidores. Los pobres serían ricos,
los impíos serían castigados, los enfermos curarían y los muertos resucitarían.
Los judíos iniciaron su guerra contra Roma poco antes de que Herodes el
Grande fuera confirmado como rey marioneta por el Senado romano. Al principio,
los guerrilleros fueron identificados por los romanos y la clase gobernante
judía con simples bandidos (en griego: lestai). Pero estos bandidos no eran
culpables tanto de robos cuanto de programas orientados contra los
terratenientes absentistas y los recaudadores de impuestos romanos. El otro
término aplicado a los guerrilleros fue “zelotes”, que indicaba su celo por la
ley judía y el cumplimiento de la alianza con Yahvé.
Ninguno de los términos recoge adecuadamente el sentido de lo que estaban
realizando estos activistas. Sólo podemos relacionar sus hazañas como
bandidos-zelotes (guerrilleros) con el contexto cotidiano de su mundo. Los
guerrilleros-bandidos-zelotes creían que con la ayuda del mesías lograrían
finalmente el derrocamiento del imperio romano. Su fe no era un estado mental;
era una praxis revolucionaria que implicaba hostigamiento, provocación, robos,
asesinato, terrorismo y actos de valentía que acababan en la muerte. Algunos se
especializaban en la táctica de la guerrilla urbana y se llamaban “hombres del
puñal” (en latín: sicarii); el resto vivía en el campo en cuevas y escondrijos
de la montaña, dependiendo de los campesinos para obtener alimento y seguridad.
Cualquier descripción de los acontecimientos políticos y militares en
Palestina durante el primer siglo d.C. ha de basarse en gran parte en los
escritos de uno de los grandes historiadores del mundo antiguo, Flavio Josefo.
Puesto que probablemente las cuestiones que voy a discutir sean desconocidas,
permitidme decir algunas palabras sobre la fiabilidad de esta fuente. Josefo
era contemporáneo de los autores de los primeros evangelios cristianos. Los
estudiosos consideran dos de sus libros, De la guerra judía y Antigüedad
Judaica, tan esenciales para la historia de la Palestina del primer siglo como
los mismos evangelios. Sabemos con claridad quién fue Josefo y cómo llegó a
escribir sus libros, cosa que no sabemos de los autores de los evangelios.
Josefo, hijo de una familia judía de clase alta, nació en el año 37 d.C. y
recibió el nombre de Joseph ben Matthias. En el año 68 d.C. cuando sólo tenía
31 años, llegó a ser gobernador de Galilea y general del ejército de liberación
judío en la guerra contra Roma. Tras la aniquilación de sus seguidores en el
asedio de Jotapata, Josefo se rindió y fue conducido ante Vespasiano, general
romano, y el hijo de éste, Tito. Como consecuencia de ello, Josefo anunció que
Vespasiano era el mesías que habían estado esperando los judíos y que tanto
Vespasiano como Tito serían emperadores de Roma.
En efecto, Vespasiano llegó a ser emperador en el año 69 d.C. y como
recompensa por sus palabras proféticas Josefo fue conducido a Roma como parte
del séquito del nuevo emperador. Se le otorgó la ciudadanía romana, un aposento
en el palacio imperial y una pensión vitalicia en base a la renta de fincas que
los romanos habían confiscado como botín de la guerra en Palestina.
Josefo pasó el resto de su vida escribiendo libros en los que explicaba por
qué los judíos se habían sublevado contra Roma y por qué él mismo había
desertado al bando romano. Es poco probable que Josefo haya inventado los
hechos básicos de su historia ya que escribió en Roma y para lectores romanos,
muchos de los cuales, incluido el propio emperador, fueron testigos oculares de
los acontecimientos descritos. Las distorsiones detectadas se hallan
relacionadas evidentemente con su deseo de no ser tildado de traidor y podemos
fácilmente hacer caso omiso de ellas sin dañar la credibilidad de la narración
principal.
Los sucesos relatados por Josefo dejan en claro que el activismo
guerrillero y la conciencia militar-mesiánica judía ascendían y descendían en
ondas sinérgicas. Las tierras del interior, cubiertas de polvo y quemadas por
el sol, estaban llenas de hombres santos errabundos, de oráculos vestidos de
forma extravagante que hablaban con parábolas y alegorías y hacían profecías
sobre la batalla venidera por el dominio del mundo. Los más destacados líderes
guerrilleros inspiraban rumores que se propagaban en el claroscuro de estas
especulaciones mesiánicas perennemente renovadas. Un flujo incesante de líderes
carismáticos irrumpió en el resplandor de la historia para reivindicar la
condición mesiánica; y al menos dos de ellos desencadenaron insurrecciones que
lograron sacudir los cimientos del imperio romano.
Herodes el Grande atrajo primero la atención de sus patrones romanos
gracias a la vigorosa campaña que emprendió contra un jefe bandido que
controlaba un distrito entero en el norte de Galilea. Según Josefo, Herodes
atrapó a este jefe bandido, cuyo nombre era Ezequías, y lo ejecutó en el acto.
Sabemos, empero, que Ezequías fue un líder guerrillero más que un ladrón
ordinario por que tenía simpatizantes en Jerusalén lo bastante poderosos para
obligar a Herodes a sufrir un proceso por asesinato. La intervención personal
de un primo de Julio César logró la puesta en libertad de Herodes, y le
proporcionó la recomendación que facilitaría su nombramiento como rey marioneta
de los judíos en el año 39 a.C.
Herodes tuvo que luchar contra más bandidos para consolidar su control
sobre Palestina. Josefo afirma que “los bandidos asolaban gran parte del país,
provocando entre los habitantes tanta miseria como la que podría causar una
guerra”. De ahí que Herodes lanzara “una campaña contra los bandidos en las
cuevas”. Los bandidos, cuando eran atrapados dentro de éstas, solían tener a su
familia junto a sí y rehusaban entregarse. Un viejo bandido permaneció en la
boca de una cueva inaccesible y mató a su mujer y sus siete hijos en presencia
de Herodes, “llegando a burlarse de Herodes” antes de saltar hacia su propia
muerte. Creyendo “dominar entonces las cuevas y sus moradores”, Herodes partió
hacia Samaria. Pero este alejamiento eliminó toda restricción a los “alborotadores
habituales en Galilea”, quienes mataron a un general llamado Ptolomeo y
“asolaron sistemáticamente el país, estableciendo sus guaridas en zonas
pantanosas y en otros lugares inaccesibles”.
Tras la muerte de Herodes en el año 4 d.C., se produjeron sublevaciones en
todas las regiones lejanas. El hijo de Ezequías, Judas de Galilea, se apoderó
de un arsenal real. Simultáneamente en Perea, al otro lado del Jordán, un
esclavo llamado Simón “incendió el palacio de Jericó y muchas suntuosas
residencias de campo”. Un tercer rebelde, un antiguo pastor llamado Atrongeo,
“se autoproclamó rey” (probablemente Josefo quiere decir con ello que era
considerado un mesías por sus seguidores). Antes de que los romanos mataran a
Atrongeo y a cuatro de sus hermanos, uno tras otro, estos bandidos consiguieron
“hostigar toda Judea con su bandolerismo”. Varo, gobernador romano de Siria,
restableció la ley y el orden. Capturó 2.000 “cabecillas” y los crucificó a
todos. Esto sucedió en el año en que nació Jesús.
Judas de Galilea pronto se alzó como cabeza visible de las principales
fuerzas guerrilleras. Josefo dice que “aspiraba a la realeza”, y a veces le
caracteriza como “un rabino muy inteligente”. En el año 6 d.C. los romanos
intentaron realizar un censo. Judas aconsejó a sus compatriotas que se
opusieran porque el censo llevaría “nada menos que a la esclavitud total”.
Josefo pone en boca de Judas las siguientes palabras: “los judíos no conocen
otro rey que Yahvé”. Por ende, “no debían pagar los impuestos a los romanos” y
“Yahvé les asistiría si tenían fe en su causa”. Josefo relata que los que
estaban dispuestos a someterse a Roma eran tratados como enemigos: su ganado
era capturado y sus viviendas incendiadas. No ha quedado ninguna información
referente a cómo y cuándo encontró la muerte Judas de Galilea. Sólo sabemos que
sus hijos continuaron la lucha. Dos de ellos fueron crucificados y un tercero
reivindicó la condición de mesías a principios de la revolución de los años
68-73. Asimismo el acto final de resistencia en esta guerra, la defensa suicida
de la fortaleza de Masada, fue dirigido por otro descendiente de Judas de
Galilea.
Jesús comenzó a predicar activamente sus doctrinas mesiánicas alrededor del
año 28 d.C. En este tiempo se libraba una “guerra declarada” no sólo en
Galilea, sino también en Judea y Jerusalén. El culto de Jesús no era ni la más
importante ni la más amenazadora de las situaciones rebeldes a las que tuvo que
hacer frente Poncio Pilatos, el gobernador romano que decretó su muerte. Por
ejemplo, Josefo describe la formación de una enfurecida multitud ciudadana a la
que se unió una enorme afluencia de gentes venidas del campo cuando Pilatos
transgredió el tabú judío sobre las imágenes esculpidas en Jerusalén. En otra
ocasión, Pilatos fue rodeado por otra multitud enfurecida que protestaba por la
malversación de los fondos del templo para la construcción de un acueducto.
Sabemos por los evangelios que el propio Jesús dirigió un ataque contra el
templo, y que se produjo algún tipo de sublevación poco antes de su
procesamiento, ya que el popular líder bandido Barrabás y algunos de sus
hombres se hallaban encarcelados en aquel momento.
Después de la muerte de Jesús, los romanos continuaron tratando de limpiar
el territorio rural de Judea de “bandidos”. Josefo relata que otro gran jefe
bandido llamado Tolomayo fue capturado en el año 44 d.C. Poco después, apareció
en el desierto una figura mesiánica llamada Teudas. Sus seguidores abandonaron
sus casas y posesiones y se concentraron en masa a orillas del río Jordán.
Algunos dicen que Teudas intentó separar las aguas como había realizado Josué;
según otros, marchó en dirección contraria, hacia el oeste, en dirección a
Jerusalén. No importa; el gobernador romano Cuspio Fado envió la caballería;
decapitó a Teudas y mató a sus seguidores.
Durante la fiesta de Pascua en el año 50 d.C. un soldado romano levantó su
túnica y se tiró un pedo contra la multitud de peregrinos y adoradores del
templo. Josefo escribe que “los jóvenes más impulsivos y los grupos
alborotadores por naturaleza de la multitud se precipitaron hacia la batalla”.
Se requirió la presencia de la infantería pesada romana, lo que provocó un
pánico gigantesco en el que, según Josefo, murieron pisoteadas 30.000 personas
(algunos dicen que probablemente eran 3.000). El ataque de Jesús contra el
templo había coincidido con la peregrinación de Pascua del año 33 d.C. Como
veremos, la preocupación ante la reacción de las masas de peregrinos como las
que perecieron en el pánico del año 50 d.C., hizo que las autoridades judías y
romanas esperaran la caída de la noche para detener a Jesús.
En el año 52 d.C. se desarrolló algo parecido a una rebelión general bajo
el liderazgo de Eleazar ben Deinaios, “un bandido revolucionario” que había
permanecido en las montañas durante casi veinte años. El gobernador, Cumano,
“capturó a los seguidores de Eleazar y mató a muchos más”. Pero el desorden se
propagó “y continuó el saqueo por todo el país y los espíritus más intrépidos
se sublevaron”. Intervino el Legado sirio, decapitó a dieciocho partisanos y
crucificó a todos los prisioneros capturados por Cumano. Finalmente la rebelión
fue aplastada por un nuevo gobernador, Félix, quien prendió a Eleazar y lo
envió a Roma, probablemente para ser estrangulado en público. “Los bandidos a
los que crucificó”, señala Josefo, “y los habitantes locales confabulados con
los que capturó y castigó eran tantos que no se podían contar”.
En Jerusalén los asesinatos por los hombres del puñal que escondían sus
armas bajo sus mantos se habían vuelto entonces algo corriente. Una de sus
víctimas más famosas fue el Sumo Sacerdote Jonatan. En medio de todo este
derramamiento de sangre, los contendientes militar-mesiánicos aparecían una y
otra vez. Josefo hace referencia a un conjunto de líderes mesiánicos como:
Canallas, estafadores y embusteros menos criminales por sus actos que por
sus intenciones, que causaban, empero, tanto daño como los asesinos.
Pretendiendo estar inspirados, planeaban provocar cambios revolucionarios
induciendo a la turba a actuar como si estuviese posesa, y conduciéndoles a
tierras desérticas bajo el pretexto de que allí Dios les mostraría señales de
la libertad venidera.
Félix interpretó esta correría como la primera etapa de una sublevación y
ordenó a la caballería romana hacer pedazos a la turba.
A continuación vino un “falso profeta” egipcio judío. Reunió a varios
millares de gente “embaucada”, les condujo al desierto, después volvió sobre
sus pasos e intentó atacar Jerusalén, confirmando, si es que los romanos lo
necesitaban, que toda esta gente era políticamente peligrosa. Josefo describe
así la situación en Palestina alrededor del año 55 d.C.
Los fraudes religiosos y los jefes bandidos unieron sus fuerzas e indujeron
a mucha gente a la rebelión. Se dividieron en grupos y recorrieron el campo,
saqueando las casas de los acaudalados, matando a sus ocupantes y prendiendo
fuego a las aldeas, hasta que su locura furiosa penetró hasta el último rincón
de Judea. Dia a día, el combate adquiría mayor ferocidad.
En el año 66 d.C., los bandidos estaban en todas partes; sus agentes se
habían infiltrado entre los sacerdotes del templo y habían forjado una alianza
con Eleazar, el hijo del Sumo Sacerdote Ananías. Eleazar emitió una especie de
declaración de independencia: una orden que impedía el sacrificio diario de
animales dedicado a la salud de Nerón, emperador reinante. Las facciones
proromanas y antirromanas empezaron a combatir en las calles de Jerusalén: de
una parte los hombres del puñal, los esclavos libertos y el populacho de
Jerusalén, capitaneados por Eleazar; de la otra, los sumos sacerdotes, la
aristocracia herodiana y la guardia real romana.
Entretanto, en el interior, Manahem, el último hijo superviviente de Judas
de Galilea, tomó la fortaleza de Masada, proporcionó a sus bandidos las armas
arrebatas del arsenal y marchó sobre jerusalén. Irrumpiendo en el caótico
escenario, Manahem tomó el mando de la insurrección (“como un rey”, dice
josefo). Expulsó a las tropas romanas, logró el control del área del templo y
asesinó al Sumo Sacerdote Ananías. Manahem se vistió entonces con las ropas
reales y seguido por una comitiva de bandidos armados se dispuso a entrar en el
santuario del templo. Pero Eleazar, posiblemente para vengar la muerte de su
padre, tendió una emboscada a la comitiva. Manahem huyó pero fue capturado y
“muerto por tortura prolongada”.
Los judíos continuaron la lucha, convencidos de que todavía aparecería el
verdadero mesías. Tras varios reveses de los romanos, Nerón llamó a su mejor
general, Vespasiano, veterano de las campañas contra los britanos. Los romanos
recuperaron lentamente el control de las ciudades más pequeñas, empleando para
ello 65.000 hombres e ingenios militares y técnicas de asedio más avanzados.
Tras la muerte de Nerón en el año 68 d.C, Vespasiano se convirtió en e
candidato electo para el cargo de emperador. Su hijo, Tito, dotado de todos los
hombres y equipos que podía necesitar, puso fin a la guerra. Pese a la
resistencia fanática, Tito logró entrar en Jerusalén en el año 70 d.C.,
prendiendo fuego al templo saqueando y quemando todo lo que encontró a su paso.
Reflexionando sobre el hecho de que el asedio de Jerusalén había costado a
los judíos más de un millón de muertos, Josefo denunció amargamente los
oráculos mesiánicos. Hubo presagios terribles -luces resplandecientes en el
altar, una vaca que parió un cordero, carros y regimientos armados que corrían
por el cielo en la puesta del sol-, pero los bandidos y sus profetas
abominables no comprendieron estos signos de su ruina. Estos “estafadores y
falsos mensajeros engañaron al pueblo para que creyera que conseguirían, pese a
todo, la salvación sobrenatural”.
Incluso después de la caída de Jerusalén, los bandidos todavía no podían
creer que Yahvé les había abandonado. Un esfuerzo más heroico -un sacrificio
más de sangre- y Yahvé decidiría finalmente enviar al verdadero ungido. Como he
mencionado con anterioridad, el último sacrificio ocurrió en la fortaleza de
Masada en el año 73 d.C. Un bandido llamado Eleazar, descendiente de Ezequías y
de Judas de Galilea, exhortó a la fuerza superviviente de 960 hombres, mujeres
y niños a matarse unos a otros antes que entregarse a los romanos.
En síntesis: entre los años 40 a.C. y 73 d.C., Josefo menciona por lo menos
cinco mesías militares judíos, sin incluir a Jesús o Juan el Bautista. Estos
son: Atrongeo, Teudas, el anónimo “canalla” ejecutado por Félix, el “falso
profeta” egipcio judío y Manahem. Pero Josefo alude repetidas veces a otros
mesías o profetas de mesías que no se molesta en nombrar o describir. Por
añadidura, parece muy probable que el linaje entero de guerrilleros
bandidos-zelotes descendientes de Ezequías a través de Judas de Galilea,
Manahem y Eleazar, fuera considerado por muchos de sus seguidores mesías o
profetas de mesías. Podemos concluir que en la época de Jesús, había tantos
mesías en Palestina como en la actualidad hay profetas del cargo en los Mares
del Sur.
La caída de Masada no marcó el final del estilo de vida militar-mesiánico
judío. El impulso revolucionario, continuamente recreado por las exigencias
prácticas del colonialismo y la pobreza, estalló de nuevo sesenta años después
de Masada en un drama mesiánico todavía más espectacular. En el año 132, Bar
Kochva, “Hijo de una Estrella”, organizó una fuerza de 200.000 hombres y
estableció un reino judío independiente que duró tres años. A causa de las
victorias milagrosas de Bar Kochva, Akiba, el rabino jefe de Jerusalén le
aclamó como mesías. La gente decía ver a Bar Kochva montado sobre un león. Los
romanos no habían encontrado desde Aníbal un oponente militar de tal osadía;
luchaba en primera línea y en los lugares más peligrosos. Roma perdió una
legión entera antes de acabar con él. Los romanos arrasaron mil aldeas, mataron
500.000 personas y deportaron a millares como esclavos. Después generaciones de
sabios judíos amargados hablarían arrepentidos de Bar Kochva como el “hijo de
una mentira”, que les había embaucado para que perdieran su tierra natal.
La historia muestra que el estilo de mida militar-mesiánico judío
constituyó un fracaso adaptativo. No consiguió restablecer el reino de David;
antes bien provocó la pérdida total de la integridad territorial del reino
judío. Durante los 1.800 años siguientes los judíos serían una minoría
subordinada dondequiera que vivieran. ¿Significa esto que el mesianismo militar
era un estilo de vida caprichoso, poco práctico, incluso maníaco? ¿Tenemos que
concluir, siguiendo a Josefo y a los que después condenaron a Bar Kochva, que
los judíos perdieron su tierra natal al permitir que la quimera mesiánica les
embaucara para atacar el poder invencible de Roma? Creo que no.
La revolución judía contra Roma fue provocada por las desigualdades del
colonialismo romano, no por el mesianismo militar judío. No podemos juzgar a
los romanos como “más prácticos” o “realistas” simplemente porque fueron los
vencedores. Ambas partes emprendieron la guerra por razones prácticas y
mundanas. Supongamos que George Washington hubiera perdido la Guerra de la
Independencia Americana. ¿Tendríamos entonces que concluir que el Ejército
continental fue víctima de una conciencia de estilo de vida irracional
entregada a la quimera llamada “libertad”?
En la cultura, como en la naturaleza, frecuentemente sistemas que son
producto de fuerzas selectivas no logran sobrevivir, no porque sean deficientes
o irracionales, sino porque encuentran otros sistemas que están mejor adaptados
y son más poderosos. Creo haber mostrado que el culto del mesías vengativo, al
igual que el cargo, estaba adaptado a las exigencias prácticas de una lucha
colonial. Tuvo gran éxito como medio de movilizar la resistencia de masas en
ausencia de un aparato formal para reclutar y entrenar un ejército. No me
atrevería a afirmar que los bandidos-zelotres se hallaban engañados salvo que
se pueda demostrar que la probabilidad de su derrota era tan grande desde un
primer momento que ningún esfuerzo podía haber conducido a un resultado distinto
del que nos revela actualmente la historia. Pero no hay modo alguno de
demostrar que los bandidos-zelotres podían haber predicho la inevitabilidad de
su derrota. La historia nos enseña con igual contundencia que Judas de Galilea
tenía razón y que los Césares se equivocaban en lo que atañe a la presunta
invencibilidad del imperio romano. El imperio romano no sólo fue finalmente
destruido, sino que los pueblos que lo destruyeron eran coloniales como los
judíos, y muy inferiores a los romanos en número, equipamiento y técnicas
militares.
Casi por definición, la revolución significa que una población explotada
debe adaptar medidas desesperadas frente a grandes dificultades para derrocar a
sus opresores. Clases, razas y naciones aceptan habitualmente el desafío de
estas dificultades no porque sean embaucados por ideologías irracionales, sino
porque las alternativas son lo bastante detestables como para que valga la pena
de correr riesgos todavía mayores. Creo que esta es la razón por la que los
judíos se rebelaron contra Roma. Y también la razón por la que la conciencia
militar mesiánica judía experimentó una gran expansión en la época de Jesús.
En la medida en que el culto del mesías vengativo estaba arraigado en la
lucha práctica contra el colonialismo romano, el culto del mesías pacífico toma
la forma de una paradoja aparentemente inexplicable. El mesías pacifico del
cristianismo aparece en el momento más inverosímil en la trayectoria de 180
años de guerra contra Roma. El culto a Jesús se desarrolló mientras la
conciencia militar-mesiánica se aceleraba, se extendía y se elevaba hasta el
éxtasis sin mancha de la gracia de Yahvé. Su aparición en el tiempo parece
totalmente equivocada. En el año 30 d.C. el impulso revolucionario de los
bandidos-zelotes no había encontrado todavía ningún obstáculo importante. El
templo estaba intacto y era escenario de grandes peregrinaciones anuales. Los
hijos de Judas de Galilea estaban vivos. El terror de Masada era todavía
imposible de imaginar. ¿Qué razones podían tener los judíos para suspirar por
un mesías pacífico tantos años antes de que el sueño militar-mesiánico ungiera
a Manahem y Bar Kochva? ¿Qué razones podía haber para entregar Palestina a los
señores feudales romanos cuando el poder romano ni siquiera había hecho aún una
muesca en el borde del escudo sagrado de Yahvé? ¿Por qué una nueva alianza
mientras la antigua era todavía capaz de sacudir por dos veces el imperio
romano?
El secreto del Príncipe de la Paz
La elaboración onírica de la civilización occidental no difiere
radicalmente de las de otros pueblos. Sólo necesitamos un conocimiento de las
circunstancias prácticas para penetrar sus misterios.
En el caso presente, hay en realidad muy pocas opciones prácticas entre las
que elegir. Sería más conveniente si la fecha del ministerio de Jesús fuera
incorrecta, si se pudiera mostrar que Jesús no había empezado a instar a sus
compatriotas judíos a amar a los romanos hasta después de la caída de
Jerusalén. Pero es inconcebible un error de 40 años en la cronología
convencional de acontecimientos como la rebelión de Judas de Galilea contra los
impuestos o el gobierno de Poncio Pilatos.
Aunque no podemos equivocarnos sobre el momento en que habló Jesús, hay
muchas razones paras suponer que estamos equivocados en cuanto al contenido de
sus enseñanzas. Una sencilla solución práctica a las preguntas planteadas al
final del capítulo anterior consiste en que Jesús no era tan pacífico como se
suele creer, y que sus verdaderas enseñanzas no representaban una ruptura
fundamental con la tradición del mesianismo militar judío. Una fuerte tendencia
a favor de los bandidos-zelotres y en contra de los romanos impregno
probablemente su ministerio original. Es probable que la ruptura decisiva con
la tradición mesiánica judía se produjera sólo después de la caída de
Jerusalén, cuando los cristianos judíos que vivían en Roma y en otras ciudades
del imperio se desprendieron de los componentes político-militares originales
de las doctrinas de Jesús como respuesta adaptativa a la victoria romana. Al
menos éste es en síntesis el argumento que emplearé ahora para relacionar las
paradojas del mesianismo pacífico con la conducción de los asuntos humanos
prácticos.
La continuidad entre las enseñanzas originales de Jesús y la tradición
militar-mesiánica viene sugerida por el estrecho vínculo existente entre Jesús
y Juan el Bautista. Vestido con pieles de animales y alimentándose sólo de
langostas y miel silvestre, Juan el Bautista corresponde claramente a este tipo
de hombres santos a los que Josefo describe como errantes por las tierras
yermas del Valle del Jordán, incitando a los campesinos y esclavos y creando
conflictos a los romanos y a su clientela judía.
Los cuatro evangelios están de acuerdo en que Juan el Bautista fue el
precursor inmediato de Jesús. Su misión consistió en realizar la obra de
Isaías, ir al desierto -las tierras del interior plagadas de bandidos y
repletas de cuevas en las que resonaban los ecos de la alianza de Yahvé- y
proclamar a los cuatro vientos: “Aparejad el camino del Señor, enderezad sus
sendas.” (Arrepentios de vuestros pecados, reconoced vuestra culpa para que
podáis ser recompensados con el imperio prometido). Juan “bautizaba” a los
judíos que confesaban su culpa y verdaderamente deseaban la penitencia,
bañándoles en un río o fuente para purificar simbólicamente sus pecados. Según
los evangelios, Jesús fue el penitente más famoso del Bautista. Tras haberse
bañado en el río Jordán, Jesús emprendió la fase culminante de su vida, el
período de predicación activa que le llevó a su muerte en la cruz.
La carrera del Juan el Bautista reproduce la pauta de los oráculos del
desierto descritos en el capítulo anterior. Cuando las multitudes que le
rodeaban se hicieron demasiado numerosas, fue detenido por el guardián más
cercano de la ley y el orden romanos. Dio la casualidad de que éste era el rey
marioneta, Herodes Antipas, gobernador de la parte de Palestina al este del
Jordán donde el Bautista había sido más activo.
No hay ningún indicio en los evangelios de que Juan el Bautista pudiera
haber sido detenido porque sus actividades fueran consideradas como amenaza a
la ley y al orden. Está ausente toda la dimensión político-militar. En cambio,
se nos dice que se produjo la detención de Juan el Bautista por sus críticas al
matrimonio entre Herodes y Herodías, la mujer divorciada de uno de los hermanos
de Herodes. La historia llega a atribuir la ejecución de Juan el Bautista no a
motivos políticos, sino al deseo de venganza de Herodías. Herodías mando a su
hija Salomé que danzara para el rey Herodes. El rey quedó tan complacido con la
actuación que promete a la bailarina todo lo que desee. Salomé anuncia que
quiere la cabeza de Juan el Bautista en una bandeja y Herodes accede. Se dice
que Herodes tuvo remordimiento, como más tarde se dijo de Poncio Pilatos en la
ejecución de Jesús. Examinando lo que Juan el Bautista hablaba a las multitudes
en el desierto antes de ser detenido, la falta de referencias políticas y el
remordimiento atribuido a Herodes parecen completamente fuera de lugar. Lo que
Juan predicaba era una pura amenaza militar-mesiánica.
Viene el que es más fuerte que yo; él os bautizará en Espíritu Santo y
fuego. En su mano tiene su bieldo para limpiar su era y allegar el trigo en su
granero; mas la paja la quemará con su fuego inextinguible.
¿Estaba ciego Herodes Antipas a la conexión entre los oráculos del desierto
y los bandidos-zelotes? Un rey cuyo reino habría de durar 43 años y que era el
hijo de tirano asesino de bandidos Herodes el Grande no podía permanecer
indiferente a los peligros que entrañaba el permitir que gente como Juan el
Bautista atrajera grandes multitudes al desierto. Y, ¿cómo un oráculo cuyo
mesías no estaba relacionado con la causa de los bandidos-zelotres podía atraer
multitudes tan numerosas?
El lugar del bautista en la tradición militar-mesiánica se ha esclarecido
como consecuencia del descubrimiento de los manuscritos del Mar Muerto. Estos
documentos fueron descubiertos en una cueva cerca de las ruinas de una antigua
comunidad precristiana llamada Quamran situada en la región donde Juan bautizó
a Jesús. El mismo Quamran era una comuna religiosa dedicada, como Juan el
Bautista, a “limpiar el sendero en el desierto”. Según la rica y anteriormente
desconocida literatura sagrada de la comuna, la historia de los judíos se
encaminaba a un harmagedón en el que el imperio romano encontraría su ruina.
Roma sería sustituida por un nuevo imperio con su capital en Jerusalén,
gobernado por un mesías militar descendiente de una rama de la Casa de David,
más poderoso que ningún César visto jamás en la tierra. Los judíos, “Hijos de
la Luz”, dirigidos por el “ungido de Israel”, general invencible, comandante en
jefe, iban a librar batalla contra los romanos, “Hijos de las Tinieblas”. Sería
una guerra de aniquilación. Veintiocho mil guerreros judíos y 6.000 aurigas
atacarían a los romanos. “Emprenderían la persecución para exterminar al
enemigo en una aniquilación eterna... hasta destruirlo todo”. La victoria
estaba garantizada por que “como tú nos has declarado desde antaño: de Jacob
saldrá una estrella, de Israel surgirá un cetro” (la profecía en el Libro de
los Números que se aplicaría más tarde a Bar Kochva). Israel vencería “porque
en el pasado, has devorado mediante tus ungidos el mal como una antorcha encendida
en una andana de grano... porque desde antaño has proclamado que el enemigo...
caería por una espada no humana, y una espada no humana lo devorará.”
Los quamranitas habían elaborado el orden de batalla hasta en sus últimos
pormenores. Incluso disponían de un canto de victoria:
Levántate, ¡Oh Valiente!
Lleva a Tus cautivos, ¡Oh Hombre glorioso!
Saquea, ¡Oh valeroso!
¡Pon Tu mano sobre el cuelo de Tus enemigos
Y Tus pies sobre el montón de los muertos!
¡Colma la tierra de gloria
Y a Tu herencia de bendición!
¡Una multitud de ganado en Tus pastos,
Plata y oro y piedras preciosas en tus palacios!
¡Oh, Sión, regocíjate mucho!
¡Oh, Jerusalén, aparece entre gritos de alegría!
¡Oh, todas las ciudades de Judá, mostraos!
Abrid vuestras puertas para siempre.
¡Que entren los ricos de las naciones!
¡Y que sus reyes te sirvan,
Y que todos tus opresores se dobleguen ante ti,
¡Y que muerdan el polvo a tus pies!
Sabemos que los quamranitas enviaron misioneros para que actuaran como
vanguardia del Ungido. Se dice que éstos, al igual que Juan el Bautista, comían
langostas y miel silvestre, y se vestían con pieles de animales. Su tarea, como
la de éste, era conseguir el arrepentimiento de los hijos de Israel. No se
puede demostrar que practicaran el bautismo, pero los arqueólogos han
descubierto en el mismo Quamran extensas instalaciones para baños rituales. El
ritual del bautismo de Juan muy bien pudo haberse introducido como forma
abreviada de los ritos de purificación y abluciones más extensas realizados en
los baños de la comuna y que de una u otra forma eran parte importante de las
ideas judías sobre la purificación espiritual.
Creo que un punto que necesita especial énfasis aquí lo constituye el hecho
de que ni siquiera se aluda a la existencia de esta literatura en los escritos
de personas tales como Josefo o los autores de los evangelios cristianos. Sin
estos manuscritos no sabríamos nada en absoluto sobre lo que hacían estos
hombres santos combatientes, pues Quamran fue destruida por los romanos en el
año 68 d.C. Los miembros de la comunidad sellaron su librería sagrada en
vasijas y las escondieron en cuevas cercanas antes de que los “Hijos de las
Tinieblas” atacaran y destruyeran la comuna. Dada la imposibilidad de que
fueran falsificados durante los 2.000 años en que permaneció olvidada su
existencia, los manuscritos constituyen en la actualidad una de las grandes
fuentes de información sobre el judaísmo en el período inmediatamente anterior,
coetáneo y posterior a la época de Jesús.
Los manuscritos de Quamran hacen sumamente difícil separar las enseñanzas
de Juan el Bautista tal como se relatan en los evangelios de la corriente
principal de la tradición militar-mesiánica judía. En el ambiente de la guerra
de guerrillas prolongada y sangrienta con Roma, la metáfora del Bautista de la
“paja quemada con fuego inextinguible” no puede oponerse lógicamente a la
predicción de los quamranitas sobre una “antorcha encendida en una andana de
grano”. No pretendo saber qué es exactamente lo que se proponía Juan el
Bautista, pero el contexto terrenal en el que deberíamos juzgar su conducta no
puede ser el de una religión que todavía no había nacido. Sólo puedo pensar en
sus dichos y hechos relatados en el contexto de una chusma polvorienta y agitada
de campesinos, guerrilleros, evasores de impuestos y ladrones, metidos hasta
las rodillas en el Jordán, consumidos por un odio insaciable contra los tiranos
herodianos, los sacerdotes marionetas, los arrogantes gobernadores romanos y
los soldados paganos que se tiraban pedos en los lugares sagrados.
Inmediatamente después de la captura del Bautista -probablemente mientras
esperaba juicio en la prisión de Herodes Antipas- Jesús comenzó a predicar
precisamente entre el mismo tipo de gentes y bajo las mismas condiciones de
riesgo. La semejanza en el estilo de vida era tan grande que al menos dos de
los primeros discípulos de Jesús -los hermanos Andrés y Simón Pedro (San
Pedro)- fueron antiguos seguidores del Bautista. Herodes antipas encontró
después tan poca diferencia entre Jesús y el Bautista que se dice que observó:
“Es Juan a quien decapité; ha resucitado de entre los muertos”. Al principio
Jesús realizó la mayor parte de su predicación en el interior del país,
realizando milagros y atrayendo grandes multitudes. Probablemente siempre se
adelantaba a la policía. Al igual que Juan el Bautista y los mensajeros
mesiánicos mencionados por Josefo, Jesús emprendió una serie de enfrentamientos
que sólo podían acabar con su detención o con una insurrección cataclísmica.
La lógica de su creciente popularidad condujo a Jesús a hazañas cada vez
más peligrosas. Muy pronto, él y sus discípulos iniciaron la actividad
misionera en Jerusalén, la capital prometida del futuro Sacro Imperio Judío.
Invocando deliberadamente el simbolismo mesiánico del Libro de Zacarías, Jesús
cruzó las puertas montado en un asno (o posiblemente en una jaca). Los
catequistas afirman que hizo esto porque significaba la intención de “hablar de
la paz a los paganos”. Esto es ignorar el significado tremendamente
militar-mesiánico de los vaticinios de Zacarías. Pues tras de aparecer el
mesías de Zacarías, humildemente y montado en un asno, los hijos de Sión
“devoran y someten”... y “serán en el combate como valientes que pisotean a sus
enemigos en el lodo de las calles... porque el Señor está con ellos y serán
confundidos quienes cabalgan caballos.”
La figura humilde sobre el asno no era un mesías pacífico. Era el mesías de
una pequeña nación y su príncipe de la guerra aparentemente inofensivo, un
descendiente de David, quien también se alzó de la aparente debilidad para
confundir y someter a los jinetes y aurigas enemigos. Los paganos tendrían la
paz, pero sería la paz del largamente esperado Sacro Imperio Judío. Así es al
menos cómo las muchedumbres que se alineaban en el camino interpretaron lo que
estaba sucediendo, ya que gritaban al pasar Jesús: “¡Hossana! ¡Bendito el que
viene en nombre del Señor! ¡Bendito el reino, que viene de nuestro Padre
David!”
No había nada especialmente pacífico en lo que Jesús y sus discípulos
realizaron después de haber entrado en la ciudad. Al elegir invadir Jerusalén
justo antes del inicio de la Pascua, se aseguraban la protección de los
millares de peregrinos que llegaban del campo y de todo el Mediterráneo durante
las fiestas. Bandidos-zelotes, campesinos, jornaleros, mendigos y otros grupos
potencialmente volubles, todos confluían en masa al mismo tiempo en la ciudad.
Durante el día Jesús estaba rodeado en todas partes, por muchedumbres
tumultuosas y extáticas. Al atardecer se retiraba a las casas de sus amigos,
ocultando su paradero a todos salvo al núcleo íntimo de los discípulos.
Jesús y sus discípulos nada hicieron para diferenciarse de los miembros de
un movimiento militar-mesiánico incipiente. Incluso provocaron al menos una
confrontación violenta. Asaltaron violentamente el patio del gran templo y
atacaron físicamente a los mercaderes autorizados que cambiaban dinero de modo
que los peregrinos extranjeros pudieran comprar animales sacrificiales. El
mismo Jesús utilizó un látigo durante este incidente.
Los evangelios relatan cómo Caifás, el Sumo Sacerdote, “acordó” prender a
Jesús. Dado que Caifás había sido testigo del ataque violento contra los
cambistas, no podía tener duda alguna sobre la legalidad de encarcelar a Jesús.
Lo que Caifás tenía que planear era cómo detener a Jesús sin provocar a toda la
gente que creía que él era el mesías. Las masas eran sumamente peligrosas en
aquellos días antes de la invención de los fusiles y los gases lacrimógenos,
especialmente si la gente creía tener un líder invencible. Así, Caifás dio
órdenes a la policía para que prendieran a Jesús, pero “no durante la fiesta,
no sea que se arme un alboroto en el pueblo”.
Ciertamente, la muchedumbre que rodeaba a Jesús no había tenido tiempo de
adoptar un estilo de vida no violento. Incluso sus discípulos más íntimos
evidentemente no estaban preparados para “poner la otra mejilla”. Al menos dos
de ellos tenían apodos que sugieren su vinculación con activistas combatientes.
Uno era Simón, llamado “El Zelote”, y el otro era Judas, llamado “Iscariote”.
Hay una curiosa semajanza entre Iscariote y sicarri, la palabra que utiliza
Josefo para identificar a los homicidas hombres del puñal. Y en algunos
manuscritos del latín clásico Judas se llama en realidad Zelotes.
Otros dos discípulos tenían apodos militares: Santiago y Juan, los hijos
del Zebedeo. Se llamaban “Boanergés”, que Marcos traduce del arameo como “hijos
del Trueno” y que también podía significar “los feroces”, “los coléricos”. Los
hijos de Zebedeo merecían su reputación. En un momento de la narración
evangélica quieren destruir una aldea samaritana entera porque la gente no
había acogido a Jesús.
Los evangelios también indican que algunos discípulos llevaban espadas y
estaban dispuestos a oponer resistencia a la detención. Justo antes de ser
detenido, Jesús dijo, “el que no tenga espada, que venda su manto y se compre
una”. Esto movió a los discípulos a mostrarle dos espadas, lo que indica que al
menos dos de ellos no sólo estaban armados habitualmente, sino que habían
ocultado sus espadas bajo las ropas... como los hombres del puñal.
Los cuatro evangelios registran el hecho de que los discípulos opusieron
resistencia armada en el momento del prendimiento de Jesús. Después de la cena
de Pascua, Jesús y su círculo íntimo se retiró a un huerto en Getsemaní donde
se dispuso a pasar la noche. El sumo Sacerdote y sus hombres, conducidos por
Judas Iscariote se abalanzaron sobre ellos mientras Jesús rezaba y el resto
dormía. Los discípulos sacaron sus espadas y se produjo una breve lucha en al
que uno de los policías del templo perdió una oreja. Tan pronto como la policía
prendió a Jesús, los discípulos dejaron de combatir y huyeron en la noche.
Según Mateo, Jesús dijo a uno de sus discípulos que envainara su espada, una
orden que el discípulo obedeció pero que evidentemente no estaba preparado para
escuchar, puesto que inmediatamente desertó.
En la narración evangélica, el precio dado a Judas se asemeja a la denuncia
de Juan el Bautista contra Herodías. Si Judas era de veras Zelotes, un
bandido-zelote, podía haber traicionado a Jesús por razones tácticas o
estratégicas, pero nunca simplemente por dinero. (Una teoría consisten en que
Jesús no era bastante combatiente.) Al identificar la motivación de Judas como
pura codicia, los evangelios pueden haber repetido sencillamente el tipo de
distorsión que Josefo y los romanos empleaban automáticamente con respecto a
todos los bandidos-zelotes. Pero los bandidos zelotes se mostraban dispuestos a
matar sin ser pagados: esto al menos debería desprenderse de los sucesos
descritos en el capítulo anterior.
¿Por qué huyeron todos los discípulos, y por qué Simón Pedro negó tres
veces a Jesús antes de que amaneciera? Porque como judíos compartían con Caifás
la conciencia de estilo de vida de sus antepasados y entendían que el mesías
tenía que ser un príncipe militar invencible y capaz de realizar prodigios.
Todo esto lleva a una conclusión: la conciencia de estilo de vida
compartida por Jesús y su círculo íntimo de discípulos no era la de un mesías
pacífico. Aunque los evangelios pretenden negar claramente la capacidad de
Jesús de realizar actos políticos violentos, conservan lo que parece ser una
corriente subyacente de dichos y hechos contradictorios que vinculan a Juan el
Bautista y a Jesús con la tradición militar-mesiánica y los implican en la
guerra de guerrillas. La razón de esto está en que en el tiempo en que se
escribió el primer evangelio, los dichos y hechos no pacíficos que los testigos
oculares y las fuentes apostólicas irrecusables habían atribuido a Jesús eran
muy conocidos entre los fieles. Los escritores de los evangelios cambiaron el
equilibrio de la conciencia de estilo de vida del culto a Jesús en la dirección
de un mesías pacífico, pero no podían borrar del todo la tradición
militar-mesiánica. A este respecto la ambigüedad de los evangelios se demuestra
mejor disponiendo algunos de los enunciados más pacíficos de Jesús en una
columna y las negaciones inesperadas en otra:
|
Bienaventurados los que hacen obras de paz. (Mateo 5:9) |
No os imaginéis que vine a poner paz sobre la tierra; no vine a poner
paz, sino espada. (Mateo 10:34) |
|
Si uno te abofetea la mejilla derecha, vuélvele también la otra. (Mateo
5:39) |
¿Pensáis que vine a traer paz a la tierra? No, os lo aseguro, sino más
bien la división. (Lucas 12:51) |
|
Todos los que empuñan espada, a espada perecerán. (Mateo 26:52) |
Quien no tenga espada, venda su manto y cómprese una. (Lucas 22:36) |
|
Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os aborrecen. (Lucas 6:27) |
Y habiendo hecho un azote de cordeles, echoles a todos del templo... y
desparramó las monedas de los cambistas y volcó sus mesas. (Juan 2:15) |
Debo señalar también en este momento la interpretación evidentemente falsa
o dada tradicionalmente a lo que Jesús dijo cuando le preguntaron si los judíos
debían pagar impuestos a los romanos: “Dad al César lo que es del César y a
Dios lo que es de Dios”. Esto sólo podía
significar una cosa para los galileos que habían participado en la rebelión de
Judas de Galilea contra los impuestos, a saber: “No pagar”. Pues Judas de
Galilea había dicho que todas las cosas en Palestina pertenecían a Dios. Pero
los autores de los evangelios y sus lectores probablemente nada sabían de Judas
de Galilea, por lo que conservaron la respuesta sumamente provocativa de Jesús
en el supuesto erróneo de que mostraba una actitud genuinamente conciliatoria
hacia el gobierno romano.
Después de haberle capturado, los romanos y sus clientes judíos continuaron
tratando a Jesús como si fuera el líder de una rebelión militar-mesiánica real
o pretendida. El Sanedrín le procesó por haber dicho profecías blasfemas o
falsas. Pronto le encontró culpable y le entrego a Poncio Pilatos para un
segundo juicio con acusaciones seculares. La razón de esto parece clara. Como
he mostrado en el capítulo sobre el cargo, los mesías populares en contextos
coloniales siempre son culpables de un crimen político-religioso, nunca
simplemente religioso. A los romanos no les preocupaba e absoluto la violación
de los códigos religiosos de los nativos realizada por Jesús pero les
inquietaba profundamente su amenaza de destruir el gobierno colonial.
Las predicciones de Caifás sobre cómo la muchedumbre reaccionaría una vez
que se mostrara a Jesús indefenso se verificaron totalmente. Pilatos exhibió
públicamente al hombre condenado y no se alzó ninguna voz en señal de protesta.
Pilatos llegó incluso a ofrecer dejar en libertad a Jesús si la turba lo
deseaba. Los evangelios afirman que Jesús era inocente, pero debemos recordar
que Pilatos era un militar astuto y de mano dura, que siempre tuvo problemas
con la turba de Jerusalén. Según Josefo, Pilatos atrajo una vez a varios miles
de personas al estadio de Jerusalén, les rodeó de soldados y amenazó con
cortarles la cabeza. En otra ocasión, sus hombres se infiltraron entre la turba
poniéndose ropas civiles sobre la armadura y a una señal determinada golpearon
a todos los que encontraban a su alcance. Al presentar a Jesús al gentío que
hasta ayer mismo le había adorado y protegido, Pilatos se sirvió de la lógica
inexorable de la tradición militar-mesiáncia para impresionar a los nativos con
su propia estupidez. Ahí estaba su libertador presuntamente divino, Rey del
Sacro Imperio Judío, totalmente desvalido frente a unos pocos soldados romanos.
La multitud pudo muy bien haber respondido exigiendo la muerte de Jesús como
impostor religioso, pero Pilatos no estaba interesado en crucificar a
charlatanes religiosos. Para los romanos Jesús era sólo otro personaje
subversivo que merecía el mismo destino que todos los demás bandidos y
revolucionarios agitadores de masas que seguían saliendo del desierto. Esta es
la razón por la que el título sobre la cruz de Jesús rezaba “Rey de los
Judíos”.
S.G.F. Brandon, antiguo decano de la Escuela de Teología de la Universidad
de Manchester, nos recuerda que Jesús no fue crucificado solo; los evangelios
relatan que su destino fue compartido por otros dos criminales declarados
culpables. ¿Cuál fue el crimen por el que los compañeros de Jesús fueron
condenados a muerte? En las versiones en legua inglesa de los evangelios, se
dice que eran “ladrones”. Pero el término original del manuscrito griego para
ellos era lestai, precisamente el mismo término que Josefo utilizó para aludir
a los bandidos-zelotes. Brandon cree que incluso podemos especificar todavía
más quiénes eran en realidad estos “bandidos”. Marcos afirma que en el
transcurso del proceso de Jesús, la cárcel de Jerusalén encerraba cierto número
de prisioneros que “habían participado en un motín”. Si los compañeros de Jesús
provenían de estos amotinados, la horrorosa escena del Gólgota cobra una unidad
que de lo contrario estaría ausente: el supuesto Rey mesiánico de los judíos en
el centro, flanqueado por dos bandidos-zelotes, una escena compatible con todo
lo que sabemos de la mentalidad de los oficiales coloniales resueltos a enseñar
la ley y el orden a los nativos rebeldes.
Los cuatro evangelios convergen en el espectáculo sombrío del sufrimiento
de Jesús en la cruz mientras a los discípulos no se les ve por ninguna parte.
Los discípulos no podían creer que un mesías permitiera ser crucificado.
Todavía no habían vislumbrado la más pequeña idea de que el culto a Jesús tenía
que ser el culto de un salvador pacífico más que vengativo. De hecho, como
apunta Brandon, el evangelio de Marcos alcanza fuerza dramática por el fracaso
de los discípulos en captar la razón por la que el mesías no destruiría a sus
enemigos y no se libraría de la muerte.
Sólo después de la desaparición del cuerpo de Jesús de la tumba se llegó a
comprender su aparente falta de poder mesiánico. Algunos discípulos comenzaron
a tener visiones, lo que les permitió comprender que la prueba habitual del
carácter mesiánico, la victoria, no se aplicaba a Jesús. Inspirados por sus
visiones, dieron el paso importante, pero no totalmente sin precedentes, de
argüir que la muerte de Jesús no demostraba que era falso mesías; más bien
demostraba que Dios había proporcionado a los judíos otra oportunidad crítica
de mostrarse dignos de la alianza. Jesús volvería si la gente se arrepentía de
sus dudas y pedía el perdón de Dios.
No hay razón alguna para suponer que esta reinterpretación del significado
de la muerte de Jesús condujera de golpe a un rechazo del significado militar y
político de su condición mesiánica. Hay elementos de juicio que respaldan el
punto de vista sostenido de modo convincente por el profesor Brandon: la mayor
parte de los judíos que esperaban la vuelta de Jesús en el período entre su
crucifixión y la caída de Jerusalén, seguían esperando un mesías que derrocaría
a Roma y convertiría a Jerusalén en la capital del Sacro Imperio Judío. Al
principio de los “Hechos de los Apóstoles”, relato de Lucas sobre lo sucedido
tras la muerte de Jesús, el significado político de la vuelta de Jesús
predomina en la mente de los apóstoles. La primera cuestión que plantearon al
Jesús resucitado es: “Señor, ¿en esta sazón vas a restablecer el reino a
Israel?” Otra fuente del Nuevo Testamento, el “Libro del Apocalipsis”, describe
la vuelta de Jesús como un jinete con muchas diademas sobre la cabeza, montando
en un caballo blanco, que juzga y hace guerra, cuyos ojos son como “llama de
fuego”, viste un manto “salpicado de sangre”, y rige a las naciones con “vara
de hierro”, y que vuelve a “pisar el lagar del vino del furor de la cólera del
Dios omnipotente”.
También encontramos elementos de juicio que coinciden sobre este punto en
los Manuscritos del Mar Muerto. He dicho hace un momento que la idea de un
mesías que resucita de entre los muertos tenía precedentes. Los Manuscritos del
Mar Muerto aluden a un “maestro de la justicia” a quien dan muerte sus enemigos
pero que vuelve para cumplir la tarea mesiánica. Como los quamranitas, los
primeros cristianos judíos se organizaron en una comuna mientras esperaban la
vuelta de su “maestro de la justicia”.
En los “Hechos de los Apóstoles” se afirma:
Y todos los que habían abrazado la fe vivían unidos, y tenían todas las
cosas en común; y vendían las posesiones y los bienes, y lo repartían entre
todos, según que cada cual tenía necesidad... Porque tampoco había entre ellos
menesteroso alguno; pues cuantos había propietarios de campos o casas,
vendiéndolo, traían el producto de lo vendido y lo ponían a los pies de los
apóstoles.
Es de gran interés el hecho de que los Manuscritos del Mar Muerto contengan
prescripciones para establecer comunidades de judíos penitentes en las
ciudades, que se organizarían siguiendo las mismas directrices comunistas. Esta
es una prueba adicional de que los combatientes de Quamran y los cristianos
judíos respondían de forma similar a condiciones similares o eran en realidad
aspectos o ramas de un mismo movimiento militar-mesiánico.
Como he indicado al principio de este capítulo, la imagen de Jesús como el
mesías pacifista no se perfeccionó probablemente hasta después de la caída de
Jerusalén. Durante el intervalo entre la muerte de Jesús y la redacción del
primer evangelio, Pablo sentó las bases para el culto del mesianismo pacífico.
Pero aquellos para los que Jesús era principalmente un redentor
militar-mesiánico judío, dominaban el movimiento en el período de la actividad
guerrillera en expansión que llevó a la confrontación del año 68 d.C. El
entrono práctico en el que se escribieron los evangelios, que describen un
mesías puramente pacífico y universal, era la consecuencia de la infructuosa
guerra judía contra Roma. Un mesías puramente pacífico era una necesidad
práctica cuando los generales que acababan de derrotar a los revolucionarios
mesiánicos judíos -Vespasiano y Tito- llegaron a ser los gobernantes del
imperio romano. Antes de esta derrota, era una necesidad práctica para los
cristianos judíos de Jerusalén permanecer fieles al judaísmo. Después de ella,
los cristianos judíos de Jerusalén ya no podían dominar a las comunidades
cristianas de otras partes del imperio, mucho menos a todos aquellos cristianos
que vivían en Roma bajo la tolerancia de Vespasiano y Tito. Como consecuencia
de la desafortunada guerra mesiánica, la negación de que el culto cristiano
había nacido de la creencia judía en un mesías que iba a derrocar el imperio
romano, pronto se convirtió en un imperativo práctico.
La comuna de Jerusalén era dirigida por un triunvirato, llamado los
“pilares” en los “Hechos de los apóstoles” integrado por Santiago, Pedro y
Juan. Entre éstos, Santiago, identificado por Pablo como el “hermano del Señor”
(se desconoce la conexión genealógica precisa), pronto demostró ser la figura
preeminente. Santiago encabezó la lucha contra el intento de Pablo de oscurecer
los orígenes militar-mesiánicos judíos del movimiento de Jesús.
Aunque Jerusalén siguió siendo el centro del cristianismo hasta el año 70
d.C., el nuevo culto se difundió pronto fuera de las fronteras de Palestina
hasta muchas de las comunidades de comerciantes, artesanos y sabios judíos que
residían en todas las ciudades importantes del imperio romano. Los judíos de
ultramar conocían a Jesús a través de misioneros que recorrían las sinagogas
del extranjero. El nombre de nacimiento de Pablo, el más importante de estos
misioneros, era Saulo de Tarso, un judío que hablaba griego, cuyo padre había
adquirido la ciudadanía romana para él y su familia. Pablo insistía en que se
había convertido en apóstol de Jesús por la autoridad de la revelación y sin
contacto directo con los apóstoles originarios en Jerusalén. En su epístola a
los Gálatas, escrita entre los años 49 y 57 d.C., Pablo decía que había
realizado su actividad misionera en Arabia y Damasco durante tres años y que
nunca había hablado con ninguno de los apóstoles originarios. Esta carta
declara que en aquel tiempo hizo una breve visita a Simón Pedro y habló con
Santiago, “el hermano del Señor”.
En los quince años siguientes, Pablo se puso en camino de nuevo, viajando
de ciudad en ciudad. Sus primeros conversos eran casi siempre judíos. Esto
tenía que ser así puesto que los judíos estaban más familiarizados con el
linaje profético que, según Pablo, se consumaba en Jesús. Aun cuando Pablo no
hubiera estudiado con rabinos, no hubiera hablado hebreo y no se hubiera
considerado judío, sin embargo, habría descubierto que los judíos dispersos por
la parte oriental del imperio romano eran el pueblo más apropiado para
responder a la llamada del culto de Jesús. No sólo constituían uno de los
grupos más numerosos de personas desplazadas en el imperio, sino que también se
encontraban entre los más influyentes y hasta el año 71 d.C., gozaron de muchos
privilegios que se negaban a otras etnias. Pablo tenía entre 3 y 7 millones de
judíos fuera de Palestina entre los cuales hacer proselitismo, más del doble de
los que tenía Santiago en el interior de Palestina; y prácticamente todos los
judíos extranjeros vivían en ciudades grandes o pequeñas.
Pablo realizaba un esfuerzo especial para reclutar entre los no judíos
cuando era rechazado por alguna comunidad judía de ultramar. Pero esto tampoco
constituía novedad alguna. Atraídos por las ventajas sociales económicas de que
gozaban los judíos como consecuencia de su larga experiencia en ambientes
cosmopolitas, siempre había habido un flujo incesante de conversos al judaísmo.
Los conversos varones eran acogidos como judíos siempre que estuvieran
dispuestos a cumplir los mandamientos y se circuncidaran. La mayor novedad
relacionada con la actividad proselitista de Pablo no era su mensaje mesiánico,
sino su voluntad de bautizar a los no judíos como cristianos sin preocuparse de
que se circuncidaran o se confirmaran como judíos.
Los “Hechos de los Apóstoles” declaran que pablo volvió a Jerusalén tras
una ausencia prolongada y suplicó a Santiago y a los ancianos de Jerusalén que
no obstaculizaran sus esfuerzos por convertir a los no judíos al cristianismo.
El veredicto de Santiago consistió en que los no judíos podían convertirse al
cristianismo sin someterse a la circuncisión siempre que renunciaran a adorar a
otros dioses, la fornicación y la carne estrangulada o manchada de sangre. Pero
Santiago y los miembros de la comuna de Jerusalén insistían en que los
cristianos incircuncisos eran inferiores a los cristianos judíos. Pablo relata
que cuando Simón Pedro le visitó en Antioquia, todos los cristianos comían
juntos. Pero con la llegada de una comisión de investigación enviada por
Santiago, Simón Pedro cesó inmediatamente de comer con los cristianos
incircuncisos “por temor a que fueran partidarios de la circuncisión”, es
decir, por temor a que los comisionados cristianos judíos se lo dijeran a
Santiago.
Fue una ventaja para Pablo, dada su audiencia de ultramar, el que no
recalcase bien el papel privilegiado asignado a los hijos de Israel en el Sacro
Imperio Judío. También le supuso una ventaja el ignorar los componentes
militares y políticos mundanos en la misión mesiánica de Jesús. Pero las
innovaciones ecuménicas de Pablo crearon un problema estratégico que nunca fue
capaz de resolver. Inevitablemente, le llevó a un conflicto más profundo con
Santiago y los miembros de la comuna de Jerusalén, ya que la supervivencia de
los cristianos de Jerusalén, dependía de su capacidad de mantener su reputación
como patriotas judíos de buena fe. Para sobrevivir entre las diferentes
facciones envueltas en la guerra cada vez más intensa con Roma, era esencial
que Santiago continuara rindiendo culto en el templo de Jerusalén y que sus
seguidores mantuvieran una imagen de devoción a la ley judía. Su creencia en la
pronta reaparición de Jesús había aumentado, no disminuido, su fe en la alianza
con Yahvé.
Pablo fue acusado de instar a los judíos de las ciudades extranjeras a
hacer caso omiso de las leyes del judaísmo y de tratar a judíos y no judíos
como si no existiera diferencia alguna entre ellos, como si judíos y gentiles
tuvieran el mismo derecho a las bendiciones de la redención mesiánica venidera.
Si esta interpretación del culto de Jesús se hubiera difundido a Jerusalén,
hubiera supuesto la ruina de Santiago y sus seguidores. Como señala Brandon:
“Desde el punto de vista judío, semejante interpretación no sólo era
teológicamente escandalosa, sino que equivalía a una de las apostasías más
vergonzosas, una apostasía que afectaba tanto a la raza como a la religión”.
Los testimonios conservados de los dichos y hechos de Jesús no proporcionan
ningún apoyo al intento de Pablo de desechar la distinción entre judíos y no
judíos en las comunas de ultramar. En el Evangelio según Marcos, por ejemplo,
una mujer griega siria cae a los pies de Jesús y le pide que expulse los
demonios de su hija. Jesús rehúsa: “Deja que primero se sacien los hijos; que
no está bien tomar el pan de los hijos y arrojarlo a los perrillos”. La mujer
griega le responde, diciendo: “También los perrillos, debajo de la mesa, comen
las migajas de los niños”, con lo que Jesús se ablanda y cura a la hija de la
mujer. Aquí “hijos” sólo puede significar “hijos de Israel” y “perrillos” “no
judíos”, especialmente, enemigos como los griegos sirios. Este tipo de incidentes
y dichos se conservaron en Marcos y los otros evangelios por la misma razón por
la que no se pudieron expurgar totalmente los restantes dichos y hechos de
carácter vengativo y etnocéntrico. Había tradiciones orales vivas en las que se
basaban los evangelios. Muchos testigos oculares como Santiago, Pedro y Juan
todavía estaban en activo, testigos oculares que insistían en la autenticidad
de los temas militar-mesiánicos y etnocéntricos. Además, Marcos era judío de
nacimiento y por lo tanto es probable que nunca estuviera del todo libre de
cierto grado de ambivalencia sobre las distinciones étnicas en las que habían
insistido antes los fundadores de la “iglesia” madre de Jerusalén.
Para proteger la comuna de Jerusalén, Santiago envió mensajeros rivales con
la orden de preservar el significado judaico del cristianismo; y éstos estaban
dispuestos a poner en peligro la labor proselitista de Pablo impugnando sus
credenciales. Pablo era vulnerable a estos ataques puesto que admitía no haber
visto nunca a Jesús salvo en una visión. Además, continuaba necesitando el
apoyo de las sinagogas del extranjero. Así, en el año 59 d.C. pese a presagios
y señales de oráculos, Pablo decidió volver a Jerusalén y poner las cosas en
claro con sus acusadores.
Pablo compareció ante Santiago como una persona acusada ante un juez.
Santiago le amonestó, indicando que había miles de judíos en Jerusalén que
creían en Jesús, pero todos ellos eran “celadores de la ley”. Ordenó entonces a
Pablo demostrar que era un judío fiel y que las acusaciones contra él eran
infundadas, demostrando que “procede tú también guardando la ley”. Pidió a
Pablo que se sometiera a siete días de ritos de purificación en el templo de
Jerusalén. Pablo aceptó estas peticiones, lo cual prueba que: 1) Santiago, el
hermano del Señor, era el líder supremo del cristianismo en ese momento; 2)
Santiago y los cristianos judíos todavía rendían culto en el templo, no
formaban ninguna “iglesia” diferente; 3) los cristianos judíos creían que Jesús
volvería para cumplir la alianza de David, convirtiendo a Jerusalén en el
centro del Sacro Imperio Judío; 4) todos los creyentes en Jesús y Yahvé,
penitentes y bautizados, serían redimidos, pero los cristianos judíos serían
más redimidos que el resto.
Pero el intento de Pablo de reafirmar su fidelidad al ideal nacional judío
se cortó en seco, indudablemente por traición. Un grupo de peregrinos de Asia
le reconoció incitó a la multitud, le arrastró fuera del templo e intentó
matarle a palos. Sólo la intervención oportuna del capitán romano de la guardia
salvó a Pablo en esa ocasión. Los sumos sacerdotes le procesaron, y de nuevo se
escapó de la muerte por muy poco. Se tramaron más complots contra él, pero
finalmente logró escapar de Palestina apelando a su ciudadanía romana y
exigiendo ser juzgado por los romanos, no por los judíos. Fue enviado a Roma
donde permaneció bajo arresto domiciliario, pero lo que le sucedió después no
se conoce con claridad. Probablemente fue martirizado en el año 64 d.C., cuando
el emperador Nerón decidió culpar de un enorme fuego en Roma -que sus enemigos
dijeron que él mismo había provocado para limpiar los barrios bajos cerca de su
palacio- a una nueva secta sedienta de sangre, que había surgido entre los
judío y cuyos miembros eran “enemigos de la humanidad”.
Demasiado tarde para Pablo, el estallido de la guerra total en Palestina
alteró drásticamente el contexto político de su abortada misión. Hacia el año
70 d.C., la “iglesia” madre cristiana judía de Jerusalén ya no dominaba a las
comunidades cristianas de ultramar. Cesó de ser una fuerza significativa, si es
que se puede decir en algún sentido que sobrevivió a la caída de Jerusalén. La
prolongada revolución de los años 68-73 envenenó profundamente las relaciones
entre los judíos de ultramar y los romanos. También catapultó a las mismas
personas responsables de la derrota de los judíos hacia el control del imperio.
En el 71 d.C. Vespasiano y su hijo Tito presidieron un impresionante desfile
triunfal -conmemorado en el Arco de Tito de Roma- durante el cual fueron
conducidos por las calles los prisioneros y el botín judío mientras que el
último comandante bandido-zelote de Jerusalén, Simón ben Gioras, era
estrangulado en el Foro. Después, Vespasiano trató con dureza a los judíos del
imperio, restringiendo sus libertades y desviando los impuestos de su templo al
tesoro de Saturno. Durante el resto de este primer siglo después de Cristo el
antisemitismo se convirtió en un rasgo establecido de las letras y la vida
romana; los judíos responderían con una actitud de ardiente desafío y nuevas
insurrecciones, y éstas provocaron represiones intensificadas que acabarían en
el segundo harmagedón de Bar Kochva en el año 135 d.C.
Brandon infiere del énfasis puesto por Marcos en la destrucción del templo
de Jerusalén como un castigo de los asesinos de Jesús, que este evangelio, el
primero que se compuso y el modelo para los demás se escribió en Roma después
de la caída de Jerusalén. Como dice Brandon, probablemente se escribió como
respuesta a la celebración de la gran victoria del año 71 d.C.
Las condiciones adecuadas para la difusión del culto de un mesías pacífico
estaban por fin presentes en toda su fuerza. Los cristianos judíos se unieron
entonces sin reservas a los conversos gentiles para convencer a los romanos de
que su mesías difería de los mesías bandidos-zelotes que habían provocado la
guerra y que continuaban creando problemas; los cristianos, a diferencia de los
judíos, eran pacifistas inofensivos sin ambiciones seculares. El reino
cristiano de Dios no era de este mundo; la salvación cristiana se encontraba en
la vida eterna más allá de la sepultura; el mesías cristiano había muerto para
traer la vida eterna a toda la humanidad; su enseñanza no planteaba ninguna
amenaza a los romanos, sólo a los judíos; los romanos fueron absueltos de toda
culpa en la muerte de Jesús; los judíos solos le habían matado; Poncio Pilatos
fue un mero espectador que nada pudo hacer para impedirlo.
El secreto del mesías pacífico se asentaba en los campos de batalla y en
las repercusiones de dos harmagedones terrenales. El culto del mesías pacífico
tal como le conocemos no hubiera prosperado si el curso del al batalla se
hubiera vuelto contra los “Hijos de las Tinieblas”.
La fuente principal de conversos a esta nueva religión, si no en número, sí
en influencia, continuó siendo los judíos urbanos dispersos por todo el
Mediterráneo oriental. En contra de la leyenda, el cristianismo no hizo ningún
progreso entre las grandes masas de campesinos y esclavos que constituían la
mayor parte de la población del imperio. Como señala el historiador Salo
W.Baron, paganus, la palabra latina para “campesino” se convirtió para los
cristianos en sinónimo de “gentil”. El cristianismo era sobre todo la religión
de grupos étnicos de ciudadanos desplazados. “En las ciudades en las que los
judíos sumaban a menudo un tercio o más de la población, esta, por así decirlo,
nueva variedad de judaísmo avanzaba triunfalmente”.
La persecución romana provocó muchas más víctimas entre los judíos que
continuaban siendo judíos que entre los judíos que se convirtieron al
cristianismo. La época de la persecución imperial total de los cristianos no
comenzó con Nerón, sino mucho más tarde, después del año 150 d.C. En aquella
época, las iglesias cristianas se habían convertido de nuevo en amenaza
política a la ley y el orden romanos, ya que se habían concentrado en los
centros urbanos, se habían infiltrado en la clase alta romana, mantenían
programas de bienestar social eficientes y estaban construyendo una corporación
internacional, fiscalmente independiente, dirigida por administradores
cualificados. Se habían convertido en un “Estado dentro de un Estado”.
No voy a tratar de desarrollar la cadena de acontecimientos mundanos que
finalmente llevaron al establecimiento del cristianismo como religión del
imperio romano. Pero al menos hay que señalar esto: Cuando el emperador
Constantino tomó esta iniciativa trascendental, el cristianismo ya no era el
culto del mesías pacífico. La conversión de Constantino ocurrió en el año 311
d.C., cuando dirigía un pequeño ejército a través de los Alpes. Mientras se
acercaba a Roma tuvo una visión de la cruz sobre el sol, y en la cruz vio las
palabras IN HOC SIGNO VINCES: “Con este signo vencerás”. Jesús se le apareció a
Constantino y le mandó blasonar su estandarte militar con la cruz. Bajo este
nuevo estandarte, los soldados de Constantino alcanzaron una victoria decisiva.
Reconquistaron el imperio y con ello garantizaron que la cruz del mesías
pacífico presidiría la muerte de incalculables millones de soldados cristianos
y de sus enemigos hasta la época actual.
Escobas y aquelarres
Así como los «grandes hombres» nos ayudaron a
comprender el significado práctico de los mesías, ahora que sabemos algo de los
mesías podremos comprender mejor el significado práctico de las brujas. Pero
una vez más debo advertir que la relación no será evidente. Debemos considerar
algunas cuestiones preliminares antes de poder trazar la conexión.
Se estima que 500.000 personas fueron declaradas
culpables de brujería y murieron quemadas en Europa entre los siglos XV y XVII.
Sus crímenes: un pacto con el diablo; viajes por el aire hasta largas
distancias montadas en escobas; reunión ilegal en aquelarres, adoración al
diablo; besar al diablo bajo la cola; copulación con íncubos (diablos
masculinos dotados de penes fríos como el hielo); copulación con súcubos
(diablos femeninos). A menudo se agregaban otras acusaciones más mundanas:
matar la vaca del vecino; provocar granizadas; destruir cosechas; robar y comer
niños. Pero más de una bruja fue ejecutada sólo por el crimen de volar por el
aire para asistir a un aquelarre.
Quiero distinguir dos enigmas diferentes en la brujería. En primer lugar se
plantea el problema de por qué alguien debería creer que las brujas volaban por
el aire en escobas. Y después se plantea el problema, en gran medida diferente,
de por qué esta noción llegaría a ser tan popular durante los siglos XV y XVII.
Creo que podemos encontrar soluciones prácticas y mundanas para estos dos
enigmas. Para empezar, vamos a centrarnos en la explicación de por qué y cómo
las brujas volaban hasta los aquelarres.
Pese a la existencia de un gran número de «confesiones», poco se conoce en
realidad sobre historiales de brujas autorreconocidas. Algunos historiadores
han mantenido que todo el extraño complejo -el pacto con el diablo, el vuelo en
escobas y el aquelarre- fue invención de los quemadores de brujas más que de
las brujas quemadas. Pero como veremos, al menos algunas de las acusadas tenían
durante la instrucción del proceso un sentido de ser brujas, y creían
fervientemente que podían volar por el aire y tener relaciones sexuales con los
diablos. La dificultad con las «confesiones» estriba en que se obtenían
habitualmente mediante tortura. Esta se aplicaba rutinariamente hasta que la
bruja confesaba haber hecho un pacto con el diablo y volado hasta un aquelarre.
Continuaba hasta que la bruja revelaba el nombre de las demás personas
presentes en el aquelarre. Si una bruja intentaba retractarse de una confesión,
se la torturaba, incluso con más intensidad, hasta que confirmaba la confesión
original. Esto dejaba a una persona acusada de brujería ante la elección de
morir de una vez por todas en la hoguera o volver repetidas veces a la cámara
de tortura. La mayor parte de la gente optaba por la hoguera. Como recompensa
por su actitud de cooperación, las brujas arrepentidas podían esperar ser
estranguladas antes de que se encendiera el fuego.
Voy a describir un caso típico entre los centenares documentados por el
historiador de la brujería europea, Charles Henry Lea. Ocurrió en el año 1601
en Offenburg, ciudad situada en lo que más tarde se llamaría Alemania
Occidental. Dos mujeres vagabundas habían confesado bajo tortura ser brujas.
Cuando se les instó a identificar a las otras personas que habían visto en el
aquelarre, mencionaron el nombre de la esposa del panadero, Else Gwinner. Else
Gwínner fue conducida ante los examinadores el 31 de octubre de 1601, y negó
resueltamente cualquier conocimiento de brujería. Le instaron a evitar
sufrimientos innecesarios, pero persistía en su negativa. Le ataron las manos a
la espalda y la levantaron del suelo con una cuerda atada a sus muñecas, un
sistema conocido como la estrapada. Empezó a gritar, diciendo que confesaría, y
pidió que la bajaran. Una vez en el suelo, todo lo que ella dijo fue «Padre,
perdónales porque no saben lo que hacen». La volvieron a aplicar la tortura
pero sólo consiguieron dejarla inconsciente. La trasladaron a la prisión y la
volvieron a torturar el 7 de noviembre, levantándola tres veces mediante la
estrapada, con pesos cada vez mayores atados a su cuerpo. Tras el tercer
levantamiento gritó que no podía aguantarlo. La bajaron y confesó que había
gozado del «amor de un demonio». Los examinadores no quedaron satisfechos;
deseaban saber más cosas. La elevaron de nuevo con los pesos más pesados,
exhortándola a confesar la verdad. Cuando la dejaron en el suelo, Else insistió
en que «sus confesiones eran mentiras para evitar el sufrimientos y que la
verdad es que era inocente». Entretanto los examinadores habían detenido a la
hija de Else, Agathe. Condujeron a Agathe a una celda y la golpearon hasta que
confesó que ella y su madre eran brujas y que habían provocado la pérdida de
las cosechas para elevar el precio del pan. Cuando Else y Agathe estuvieron
juntas, la hija se retractó de la acusación que involucraba a su madre. Pero
tan pronto como Agathe se quedó sola con los examinadores volvió a confirmar la
confesión y pidió que no la llevaran de nuevo ante su madre.
Condujeron a Else a otra prisión y la interrogaron con empulgueras. En cada
pausa volvía a confirmar su inocencia. Finalmente admitió de nuevo que tenía un
amante demoníaco, pero nada más. El tormento se reanudó el 11 de diciembre
después de haber negado una vez más toda culpabilidad. En esta ocasión se
desmayó. Le arrojaron agua fría a la cara; ella gritaba y pedía que la dejaran
en libertad. «Pero tan pronto como se interrumpía la tortura, se retractaba de
su confesión». Finalmente confesó que su amante la había conducido en dos
vuelos hasta el aquelarre. Los examinadores pidieron saber a quién había visto
en estos aquelarres. Else dio el nombre de dos personas: Frau Spiess y Frau
Weyss. Prometió revelar después más nombres. Pero el 13 de diciembre se retractó
de su confesión, pese a los esfuerzos de un sacerdote que la confrontó con la
declaración adicional obtenida de Agathe. El 15 de diciembre, los examinado-
res le dijeron que iban a «continuar la tortura sin piedad o compasión hasta
que dijera la verdad». Se desmayó, pero afirmó su inocencia. Repitió su
confesión anterior, pero insistió en que se había equivocado al haber visto a
Frau Spiess y Frau Weyss en el aquelarre: «había tal muchedumbre y confusión
que era difícil la identificación, especialmente por cuanto todos los presentes
cubrían sus caras lo más que podían». Pese a la amenaza de nuevas torturas,
rehusó sellar su confesión con un juramento final. Else Gwinner murió quemada
el 21 de diciembre de 1601.
Además de la estrapada, el potro y la empulguera, los cazadores de brujas
utilizaban sillas con puntas afiladas calentadas desde abajo, zapatos con
objetos punzantes, cintas con agujas, yerros candentes, tenazas al rojo vivo,
hambre e insomnio. Un crítico contemporáneo de la caza de brujas, Johann
Mattháus Meyfarth, escribió que daría una fortuna si pudiera desterrar el
recuerdo de lo que había visto en las cámaras de tortura:
He visto miembros despedazados, ojos sacados de la
cabeza, pies arrancados de las piernas, tendones retorcidos en las
articulaciones, omoplatos desencajados, venas profundas inflamadas, venas
superficiales perforadas; he visto las víctimas levantadas en lo alto, luego
bajadas, luego dando vueltas, la cabeza abajo y los pies arriba. He visto cómo
el verdugo azotaba con el látigo y golpeaba con varas, apretaba con
empulgueras, cargaba pesos, pinchaba con agujas, ataba con cuerdas, quemaba con
azufre, rociaba con aceite y chamuscaba con antorchas. En resumen, puedo
atestiguar, puedo describir, puedo deplorar cómo se violaba el cuerpo humano.
Durante toda la locura de la brujería, toda confesión arrancada bajo
tortura tenía que ser confirmada antes de que se dictara sentencia. Así, los
documentos de los casos de brujería siempre contienen la fórmula. «Y así ha
confirmado por su propia voluntad la confesión arrancada bajo tortura». Pero
como indica Meyfarth, estas confesiones carecían de valor al objeto de poder
separar las verdaderas brujas de las falsas. ¿Qué significa, se pregunta, el
que encontremos fórmulas como: «Margaretha ha confirmado ante el tribunal de
justicia por propia voluntad la confesión arrancada bajo tortura»?
Significa que, cuando confesaba después de un tormento
insoportable, el verdugo le decía: «Sí pretendes negar lo que has confesado,
dímelo ahora y lo haré aún mejor. Sí niegas delante del tribunal, volverás a
mis manos y descubrirás que hasta ahora sólo he jugado contigo, porque te voy a
tratar de un modo que arrancaría lágrimas de una piedra». Cuando Margaretha es
conducida ante el tribunal, está encadenada y sus manos tan fuertemente atadas
que «manan sangre». A su lado se hallan carcelero y verdugo, y a sus espaldas
guardianes armados. Tras la lectura de la confesión, el verdugo le pregunta si
la confirma o no.
El historiador Hugh Trevor-Roper insiste en que se realizaron muchas
confesiones a las autoridades públicas sin ninguna evidencia de tortura. Pero
incluso estas confesiones «espontáneas» y «realizadas libremente» deben
evaluarse en función de las formas de terror más sutiles de las que disponían
examinadores y jueces. Era una práctica establecida entre los examinadores de
brujería, amenazar primero con la tortura, después describir los instrumentos
que se utilizarían, y finalmente mostrarlos. Las confesiones se podían obtener
en cualquier momento del proceso. Los efectos de estas amenazas probablemente
lograron «confesiones» durante la instrucción del proceso que hoy en día nos
parecen «espontáneas». No niego la existencia de confesiones verdaderas o de brujas
«verdaderas», pero me parece sumamente perverso que los especialistas modernos
aborden el empleo de la tortura como si fuera un aspecto secundario en las
investigaciones sobre brujería. Los examinadores nunca quedaban satisfechos
hasta que las brujas confesas daban nombres de nuevos sospechosos, que
posteriormente eran acusados y torturados de una manera rutinaria.
Meyfarth menciona un caso en el que una anciana torturada durante tres días
reconoció al hombre a quien había delatado: «nunca te había visto en el
aquelarre, pero para acabar con la tortura tuve que acusar a alguien. Me acordé
de ti porque cuando era conducida a la prisión, te cruzaste conmigo y me
dijiste que nunca hubieras creído esto de mí. Te pido perdón, pero si fuera de
nuevo torturada te volvería a acusar». La mujer fue enviada al potro y confirmó
su historia original. Sin tortura no puedo comprender cómo la locura de la
brujería pudo cobrarse tantas víctimas, no importa cuántas personas creyeran
realmente que volaban hasta el aquelarre.
Prácticamente todas las sociedades del mundo tienen algún concepto sobre la
brujería. Pero la locura de la brujería europea fue más feroz, duró más tiempo
y causó más víctimas que cualquier otro brote similar. Cuando se sospecha de
brujería en las sociedades primitivas, tal vez se empleen ordalías dolorosas
como parte del intento de determinar la culpabilidad o la inocencia. Pero en
ninguno de los casos que conozco se tortura a las brujas hasta confesar la
identidad de otras brujas.
Incluso en Europa, sólo después del año 1480, se empleó la tortura para
estos fines. Antes del año 1000 d.C. nadie era ejecutado si un vecino alegaba
haberle visto con el diablo. Las gentes se acusaban entre sí de ser hechiceros
o brujas y de tener poderes sobrenaturales para hacer el mal. Y había mucha
especulación sobre ciertas mujeres capaces de viajar por el aire y recorrer
grandes distancias a enormes velocidades. Pero las autoridades tenían poco
interés en cazar sistemáticamente a las brujas y obligarlas a confesar sus
crímenes. De hecho, la existencia la Iglesia Católica insistía en un principio
en que no había cosas tales como brujas que volaban por el aire. En el año 1000
d. C. se prohibió la creencia de que estos vuelos ocurrían en la realidad; después
de 1480, se prohibió la creencia de que no ocurrían. En el año 1000 d. C. la
Iglesia sostenía oficialmente que el viaje era una ilusión provocada por el
diablo. Quinientos años más tarde, la Iglesia sostenía oficialmente que quienes
afirmaban que el viaje era simplemente una ilusión estaban asociados con el
diablo.
El punto de vista más antiguo se regía por un documento llamado Canon
Episcopi. En relación con la gente que creía que bandas de brujas volaban
durante la noche, el Canon advertía: «El alma impía cree que estas cosas no
suceden en el espíritu sino en el cuerpo». En otras palabras, el diablo puede
hacernos creer que vosotros u otros viajáis por la noche, pero ni vosotros ni
ellos pueden hacerlo realmente. La prueba de lo que significa «realmente» y de
su diferencia decisiva con las definiciones posteriores de «realidad» consiste
en que no se puede acusar de maleficencia a nadie a quien vosotros o vuestros
compañeros de ensueño creéis que está viajando. Sólo es un sueño el que
estuvierais allí, y otros no deben ser considerados responsables de lo que
hacéis en vuestros sueños. Sin embargo, el soñador tiene malos pensamientos y
debe ser castigado, pero no con la hoguera, sino con la excomunión.
Se tardó varios siglos en invertir el Canon Episcopi, convirtiéndose en un
delito herético el negar que las brujas se transportaran tanto corporal como
espiritualmente. Una vez establecida la realidad del viaje, fue posible
interrogar a toda bruja confesa sobre las demás personas que asistían al
aquelarre. La tortura aplicada en este momento garantizaba que se produciría
una reacción en cadena. Como sucede en los modernos reactores nucleares, cada
bruja quemada conducía automáticamente a dos o más nuevas candidatas a la
quema.
Para que el sistema funcionara perfectamente, se utilizaron refinamientos
complementarios. Se reducían los costos del proceso mediante el sistema de
obligar a la familia de la bruja a pagar la factura por los servicios prestados
por torturadores y verdugos. Asimismo,
la familia corría con el costo de los haces de leña y del banquete que los
jueces daban después de la quema. Por lo demás, se fomentaba el entusiasmo de los funcionarios locales por la caza de
brujas, autorizándoles a confiscar todos los bienes de cualquier persona
condenada por brujería.
Ciertos aspectos del sistema maduro de la caza de brujas se perfeccionaron
ya en el siglo XIII, pero no como parte de la lucha contra las brujas. La
Iglesia autorizó por primera vez el empleo de tortura no contra las brujas,
sino contra los miembros de las organizaciones eclesiásticas ilícitas que
nacían en toda Europa y amenazaban con romper el monopolio que Roma detentaba
sobre los diezmos y los sacramentos. En el siglo XIII, por ejemplo, los
albigenses (también llamados cátaros) del sur de Francia se habían convertido
en un poderoso cuerpo eclesiástico independiente, con su propio clero, que se
reunía públicamente bajo la protección de facciones disidentes de la nobleza
francesa.
El Papa tuvo que recurrir a una guerra santa -la cruzada albígense- para
impedir la ruptura de la Francia meridional con la cristiandad. Los albigenses
fueron finalmente exterminados, pero surgieron muchas otras sectas heréticas,
como los valdenses y los vandois. Para combatir a estos movimientos
subversivos, la Iglesia creó gradualmente la Inquisición, un poder paramilitar
especial cuya única función era extirpar la herejía. Los herejes perseguidos
por la Inquisición en Francia, Italia y Alemania, actuaban en secreto, formaban
células clandestinas y celebraban reuniones secretas. Los inquisidores papales
que vieron cómo sus esfuerzos eran frustrados por las actividades secretas del
enemigo solicitaron autorización para aplicar la tortura y obligar así a los
herejes a confesar y dar el nombre de sus cómplices. El Papa Alejandro IV
concedió esta autorización a mediados del siglo XIII.
Mientras valdenses y vandois eran torturados, las brujas gozaban todavía de
la protección del Canon Episcopi. La brujería era un crimen pero no una
herejía, puesto que el aquelarre era una invención de la imaginación. Pero con
el paso del tiempo, los inquisidores papales se preocuparon cada vez más por la
falta de jurisdicción en los casos de brujería. Argüían que la brujería ya no
era lo que solía ser en la época del Canon Episcopi. Se había desarrollado un
nuevo tipo, mucho más peligroso, de bruja: una
bruja que podía volar realmente hasta los aquelarres. Y estos aquelarres
eran precisamente como las reuniones secretas de las otras sectas heréticas,
aunque los ritos eran mucho más repugnantes. Si se podía torturar a las brujas
como a los demás herejes, sus confesiones conducirían al descubrimiento de un
extenso cuerpo de conspiradores secretos. Finalmente Roma accedió. Un Papa
llamado Inocencio promulgó una bula en 1448 que autorizaba a los inquisidores
Heinrich Institor y jakob Sprenger a emplear todo el poder de la Inquisición
para extirpar las brujas de toda Alemania.
Institor y Sprenger convencieron al Papa con argumentos que posteriormente
presentaron en su libro “El Martíllo de las Brujas”, que sería para siempre el
manual completo del cazador de brujas. Es verdad, admitían, que algunas brujas
sólo imaginaban que asistían al aquelarre; pero muchas eran transportadas
realmente allí en cuerpo. De todas formas, da lo mismo, ya que la bruja que
sólo acude en la imaginación ve lo que ocurre con tanta fiabilidad como aquélla
cuyo cuerpo es transportado. Y respecto a aquellos casos en los que un marido
ha jurado que su mujer estaba en la cama a su lado mientras otras brujas habían
testificado que estaba en el aquelarre, no era su mujer a la que él tocaba,
sino un diablo que estaba en su lugar. Tal vez el Canon Episcopi había afirmado
que el vuelo sólo era imaginario, pero no era nada imaginario el daño que las
brujas estaban provocando. ¿«Quién es tan estúpido para mantener... que toda su
brujería y daños son fantásticos e imaginarios, cuando es evidente lo contrario
a los ojos de todo el mundo»? La brujería ha provocado todas las desgracias
imaginables: pérdida del ganado y de las cosechas, muerte de niños, enfermedad,
achaques, infidelidad, esterilidad y locura. El Martillo de las Brujas concluía
con un informe detallado de cómo se podían identificar, acusar, procesar,
torturar, declarar culpables y sentenciar a las brujas. El sistema de caza de
brujas estaba ya completo, listo para que los cazadores de brujas, católicos y
protestantes, lo aplicaran en toda Europa en los 200 años siguientes, con
resultados devastadores. Listo para producir, año tras año, un
aprovisionamiento interminable de nuevas brujas que sustituían a las que
estaban encarceladas o habían sido quemadas.
¿Por qué se anuló el Canon Episcopi? La explicación más sencilla es que los
inquisidores tenían razón: las brujas se reunían en aquelarres secretos -aun
cuando no llegaran hasta allí sobre sus escobas- y constituían en realidad una
amenaza tan palpable para la seguridad de la cristiandad como los valdenses o
los otros movimientos religiosos clandestinos. Los descubrimientos recientes
sobre la base práctica del vuelo sobre escobas no permiten sostener esta
teoría. Michael Harner, profesor de la New School for Social Rescarch ha
mostrado que las brujas europeas se asociaban popularmente con el empleo de
ungüentos mágicos. Antes de viajar por el aire sobre sus escobas, las brujas
«se untaban» con ellos. Uno de los típicos casos citados por Harner es el de
una bruja en la Inglaterra del siglo XVII, quien confesó que «antes de ser
transportada a las reuniones, untaron sus frentes y sus muñecas con un Aceite
que les trae el Espíritu (que huele a crudo)». Otras brujas inglesas relataban
que el «Aceite» tenía un color Verdoso y se aplicaba en la frente con una
pluma. En los primeros relatos, se dice que la bruja aplicaba el ungüento a un
bastón tras lo cual «temblaba y galopaba contra viento y marea, cuando y en la
forma que le apetecía». Una fuente del siglo xv citada por Harner relata la
unción tanto del palo como del cuerpo- «Untan un bastón y montan sobre él o se
untan bajo los brazos y en otros lugares vellosos». Otra fuente declara: «Las
brujas, varones y hembras, que han pactado con el diablo, sirviéndose de ciertos
ungüentos y recitando ciertas palabras son conducidas durante la noche a
tierras lejanas».
Andrés Laguna, un médico del siglo XVI que ejercía en Lorraine, describió
el descubrimiento del tarro de una bruja «lleno hasta la mitad de un cierto
ungüento verde con el que se untaban; cuyo olor era tan fuerte y repugnante que
se mostró que estaba compuesto de hierbas frías y soporíferas en grado sumo,
que son la cicuta, la hierba mora, el beleño, y la mandrágora». Laguna logró un
bote lleno de este ungüento y lo utilizó para llevar a cabo un experimento con
la mujer de un verdugo de Metz. Untó a esta mujer desde la cabeza hasta los
pies, tras lo cual «ella se quedó dormida de repente con un sueño tan profundo,
con sus ojos abiertos como un conejo (también parecía una liebre cocida) que no
podía imaginar cómo despertarla». Cuando Laguna logró finalmente que se
levantara, había estado durmiendo durante 36 horas. Se quejó: «¿Por qué me
despiertas en este momento tan inoportuno? Estaba rodeada de todos los placeres
y deleites del mundo». Entonces sonrió a su marido que estaba allí, «que
apestaba a ahorcado», y le dijo: «bribón, sabes que te he puesto los cuernos, y
con un amante más joven y mejor que tú».
Harner ha reunido algunos de estos experimentos con ungüentos en los que
intervenían las mismas brujas. Todos los sujetos caían en un sueño profundo, y
cuando se les despertaba, insistían en que habían estado lejos en un largo
viaje. Por consiguiente, el secreto del ungüento era conocido por muchas
personas que vivían en la época de la locura de las brujas, aun cuando los
historiadores modernos han tendido generalmente a olvidar o minimizarlo. La
mejor exposición de un testigo ocular sobre el tema fue realizada por uno de
los colegas de Galileo, Gíambattista della Porta, quien obtuvo la formula de un
ungüento que contenía hierba mora.
Tan pronto como está preparado, untan la parte del
cuerpo, frotándose antes a conciencia, de modo que su piel se vuelve de color
rosa... Así en algunas noches de luna se creen transportadas a banquetes con
música y danzas, copulando con los jóvenes a los que más desean. Tan grande es
la fuerza de la imaginación y de la apariencia de las imágenes, que la parte
del cerebro llamada memoria está casi repleta de este tipo de cosas; y puesto
que ellas mismas son muy propensas, por inclinación de fa naturaleza, a la
creencia, se aferran a las imágenes de tal modo que el mismo espíritu se altera
y no piensan en otra cosa durante el día y la noche.
Harner, que ha estudiado el empleo de alucinógenos por los chamanes entre
los jíbaros del Perú, cree que el agente alucinógeno activo en los ungüentos de
las brujas era la atropina, un poderoso alcaloide descubierto en plantas
europeas tales como la mandrágora, el beleño y la belladona (¡hermosa señora!).
El rasgo más sobresaliente de la atropina es el ser absorbible a través de la
piel intacta, una característica que se aprovecha en los emplastos de belladona
aplicados sobre la piel con el fin de aliviar los dolores musculares. Algunos
experimentadores modernos han recreado ungüentos de brujas basándose en
fórmulas conservadas en documentos antiguos. Un grupo de Göttingen, Alemania,.
relata haber caído en un sueño de 24 horas en el que soñó con «viajes excitantes,
danzas frenéticas y otras aventuras misteriosas de este tipo relacionadas con
orgías medievales». Otro experimentador que simplemente inhaló los humos del
beleño habla de la «sensación loca de que mis pies se volvían más ligeros, se
dilataban y se desprendían de mi cuerpo... al mismo tiempo experimenté una
sensación embriagadora de volar».
Pero, ¿qué papel desempeñaba el bastón o la escoba que todavía podemos
observar en la actualidad entre las piernas de las «brujas» en la víspera del
día de Todos los Santos? Según Harner, no era un simple símbolo fálico:
El empleo del bastón o escoba era indudablemente algo
más que un acto simbólico freudiano; servía para aplicar la planta que con-
tenía atropina a las membranas vaginales sensibles, así como para proporcionar
la sugestión de cabalgar sobre un corcel, una ilusión típica del viaje de las
brujas al aquelarre.
Si la explicación de Harnet es correcta, entonces la mayor parte de los
aquelarres «verdaderos» implicaban experiencias alucinógenas. El ungüento
siempre se aplicaba antes de que las brujas fueran al aquelarre, nunca después
de haber estado allí. De modo que fuere cual fuere la razón que se escondía
tras la decisión papal de utilizar la inquisición para extirpar la brujería, no
se podía tratar de la creciente popularidad de los aquelarres. Naturalmente lo
que pudo haber sucedido es que mucha gente empezó a «viajar». No voy a excluir
esta posibilidad. Sin embargo, sabemos que la inquisición era capaz de
conseguir los nombres de la gente vista en los inexistentes aquelarres. ¿Por
qué entonces debemos suponer que estas personas eran «viajeros» habituales? Dado
que la inquisición no se ocupaba de identificar a las brujas sobre la base de
su posesión de ungüentos (El Martillo de las Brujas tiene poco que decir sobre
este tema) me parece probable que la mayor parte de las «verdaderas brujas»
-los «viajeros» habituales nunca fueron identificados y que la mayor parte de
la gente quemada nunca había «viajado».
Los ungüentos alucinógenos explican muchas de las características
específicas de la creencia en la brujería. La tortura explica la propagación de
estas creencias mucho más allá de la órbita de los usuarios reales de los
ungüentos, Sin embargo, persiste el enigma de por qué tuvieron que morir
500.000 personas por crímenes cometidos en los sueños de otras personas. Para
resolver este enigma debemos retomar el análisis de la tradición
militar-mesiánica.
La gran locura de las brujas
La mayor parte de la gente no sabe que los levantamientos de índole
militar-mesiánica eran tan corrientes en la Europa de los siglos XIII al XVII
como lo habían sido en Palestina durante las épocas griega y romana. Ni tampoco
que la Reforma Protestante constituye en muchos aspectos la culminación o el
resultado de esta agitación mesiánica. Como sucedió con sus predecesores en
Palestina, los brotes de fervor mesiánico en Europa se dirigían contra el
monopolio de la riqueza y el poder que detentaban las clases gobernantes. Mi
explicación de la locura de la brujería consiste en que fue en gran parte
.creada y sostenida por las clases gobernantes como medio de suprimir esta ola
de mesianismo cristiano.
No es accidental el que la brujería empezara a tomar un auge creciente
junto con violentas protestas mesiánicas contra las injusticias sociales y
económicas. El Papa autorizó el empleo de la tortura contra las brujas poco
antes de la Reforma Protestante, y la locura de la brujería alcanzó su apogeo
durante las guerras y revoluciones de los siglos XVI y XVII que pusieron fin a
la era de unidad cristiana.
Para las masas europeas, el ocaso del feudalismo y el surgimiento de
monarquías nacionales fuertes fue un período de gran tensión. El desarrollo del
comercio, los mercados y la banca obligó a los propietarios de tierra y capital
a desarrollar empresas orientadas hacia la maximización de los beneficios. Esto
sólo se podía alcanzar poniendo fin a las relaciones paternalistas de pequeña
escala características de los burgos y los señoríos feudales. Las tierras se
dividieron, los siervos y criados fueron sustituidos por aparceros y
arrendatarios campesinos, y los señoríos independientes se convirtieron en
empresas agrícolas de cultivos comercializables. La gente del campo perdió sus
parcelas de subsistencia y sus granjas familiares, y gran cantidad de campesinos
desposeídos marcharon a las ciudades en busca de empleo como trabajadores
asalariados. A partir del siglo XI la vida se volvió más competitiva,
impersonal y comercializada, empezó a regirse más por el beneficio que por la
tradición.
A medida que crecía la depauperación y la alienación, cada vez más gente
empezó a hacer predicciones sobre la segunda venida de Cristo. Muchos vieron
que el final del mundo se manifestaba ante sus ojos en el pecado y la lujuria
de la Iglesia, la polarización de la riqueza, la escasez y las pestes, la
expansión del Islam y las guerras incesantes entre facciones rivales de la
nobleza europea.
El principal teórico del mesianismo de la Europa Occidental fue Joaquín de
Fiore, cuyo sistema profético ha sido calificado por el historiador Norman Cohn
de «el más influyente de los conocidos en Europa hasta la aparición del
marxismo». Entre 1190 y 1195 Joaquín, que era un abad calabrés, descubrió cómo
calcular el momento en que el presente mundo del sufrimiento daría paso al
reino del espíritu. Joaquín creía que la primera edad del mundo era la Edad del
Padre, la segunda la Edad del Hijo, la tercera la Edad del Espíritu Santo. La
tercera edad sería el Sabbath o día de descanso, en el que no habría necesidad
de riqueza o propiedad, trabajo, alimento o abrigo; la existencia sería puro
espíritu y todas las necesidades materiales serían superfluas. Las instituciones
jerárquicas como el Estado y la Iglesia se- rían sustituidas por una comunidad
libre de seres perfectos.
Joaquín predijo que la Edad del Espíritu empezaría hacia el año 1260. Esta
fecha se convirtió en el objetivo de varios movimientos de corte
militar-mesíánico basados en la creencia de que el emperador Federico II (1194-
1250), iba a anunciar la Tercera Edad.
Federico desafió abiertamente el poder del Papa, lo que causó la colocación
de su reino bajo un entredicho papal que prohibía el bautismo, el matrimonio,
la confesión y los demás sacramentos. El ala fanática de la pobreza de la orden
franciscana, conocida como los Espirituales, apoyó a Federico. Afirmaban que
Federico pronto realizaría el papel de Cristo, limpiando la Iglesia de riqueza
y lujo y destruyendo al clero. Federico fue proclamado en Alemania Salvador por
los predicadores errantes de Joaquín, quienes denunciaron al Papa,
administraron sacramentos y dieron la absolución desafiando la prohibición
papal. Uno de estos predicadores, el hermano Arnoldo, dijo en Suabia que Cristo
volvería en el año 1260 y confirmaría el hecho de que el Papa era el Anticristo,
y el clero los «miembros» del Anticristo. Todos ellos serían condenados por
vivir en el lujo, y explotar y oprimir al pobre. Federico II confiscaría
entonces la gran riqueza de Roma y la distribuiría entre los pobres, los únicos
cristianos verdaderos.
Como ocurrió con el mesías cristiano la muerte prematura de Federico en el
año 1250 no destruyó las fantasías mesiánicas asociadas con su gobierno. Se
convirtió en un «Emperador Durmiente», y en el año 1284 un hombre que afirmaba
ser el Federico «despertado» atrajo seguidores en Neuss antes de ser quemado
por herejía. Cientos de años más tarde, todavía serían quemados algunos
Federicos salvadores.
Norman Cohn describe un documento militar-mesiánico conocido como el Libro
de los Cien Capítulos escrito a principios del siglo XVI, que predecía el
retorno de Federico sobre un caballo blanco para gobetnar al mundo entero. El
clero, desde el Papa hasta el último sacerdote, seria aniquilado al ritmo de
2.300 por día. El emperador también mataría a todos los prestamistas, los
mercaderes fraudulentos y los juristas sin escrúpulos. Se confiscaría toda la
riqueza para distribuirla entre los pobres; la propiedad privada sería abolida,
y todas las cosas se tendrían en común: «Toda propiedad se convertirá en una
sola propiedad, entonces habrá un solo pastor y un solo redil».
Como preparación para la tercera edad predicha por Joaquín de Fiore,
bandas de hombres especializados en
autoflagelarse con correas con puntas de hierro comenzaron a recorrer las
ciudades. Al llegar a las plazas, estos «flagelantes» se desnudaban hasta la
cintura y se azotaban en la espalda hasta que fluía la sangre. Inicialmente los
flagelantes practicaban la penitencia como medio de «enderezar la senda» para
la tercera edad. Pero sus actividades se volvieron cada vez más subversivas y
anticlericales, especialmente en Alemania después del año 1260. Cuando
empezaron a afirmar que el simple acto de participar en una de sus procesiones
absolvía a un hombre de pecado, la Iglesia les declaró herejes y se vieron
obligados a actuar en secreto. Salieron a la superficie en el año 1348 cuando
la Peste Negra asolaba Europa. Los flagelantes culparon a los judíos de la
Peste Negra e incitaron a las masas en todas las ciudades para masacrar a los
habitantes judíos. Poniéndose por encima del Papa y del clero, afirmaban que su
sangre tenía el poder de redimir y que eran un ejército de santos que salvaría
al mundo de la ira de Dios. Apedreaban a los sacerdotes que intentaban
detenerlos, interrumpían los oficios religiosos habituales, confiscaban y
redistribuían los bienes de la Iglesia.
El movimiento de flagelantes culminó en una sublevación mesiánica dirigida
por Kontad Schmid, quien afirmaba ser el Emperador Dios Federico. Schmíd azotó
a sus seguidores y les bañó en su propia sangre como una forma superior de
bautismo. Como los creyentes en el cargo de Nueva Guinea, la gente de Turingia
vendió sus posesiones, rehusó trabajar y se preparó a ocupar su puesto en el
coro angélico que estaría más próximo al Emperador-Dios después del Juicio
Final. Este acontecimiento estaba fijado para el año 1369. Merced a la
intervención enérgica de la Inquisición, Schmid fue quemado antes de poder
ultimar su obra. Años más tarde, todavía se veían flagelantes en Turingia, y
trescientos de ellos fueron quemados en un solo día en el año 1416.
Una manera de librarse de los pobres alienados que provocaban disturbios
era reclutar su ayuda en las Guerras Santas o Cruzadas, que pretendían
reconquistar Jerusalén del Islam. No obstante varias de estas cruzadas
fracasaron y se convirtieron en movimientos revolucionarios mesiánicos
dirigirlos contra el clero y la nobleza. En la Cruzada de los Pastores, por
ejemplo, un monje renegado llamado Jacobo afirmó haber recibido una carta de la
Virgen María convocando a todos los pastores para liberar el Santo Sepulcro.
Decenas de millares de pobres siguieron a Jacobo a todas partes, armados con
horcas, hachas y puñales que blandían en el aire cuando entraban en una ciudad,
intimidando a las autoridades para que les dieran una recepción adecuada.
Jacobo tuvo visiones, curó enfermos, dio banquetes milagrosos en los que el
alimento aparecía con más rapidez de la que podía ser comido, denunció al clero
y mató a todos los que se atrevieron a interrumpir sus sermones. Sus seguidores
marcharon de ciudad en ciudad, atacando a los clérigos o ahogándoles en el río.
La interacción entre los intereses esencialmente conservadores pero
enfrentados de la Iglesia y el Estado y la amenaza de una revolución radical de
las clases bajas acercaron a Europa cada vez más a la Reforma Protestante.
Podemos ver cómo se realizó este proceso en el movimiento de los husitas de la
Bohemia del siglo xv, Los husitas confiscaron los bienes de la Iglesia e
intentaron obligar al clero a vivir una vida de pobreza apostólica. Como
represalia, el Papa y sus aliados iniciaron una serie de campañas represivas
conocidas en la actualidad ,como las Guerras Husitas. A medida que se propagaba
la violencia surgió de entre las masas depauperadas un tercer grupo de
combatientes, conocidos como los taboritas, nombre derivado de Tabor en el
Monte de los Olivo donde Jesús predijo su segunda venida. Para los taboritas,
las Guerras Husitas marcaban el inicio del fin del mundo. Se lanzaron a la
batalla para «lavar sus manos en sangre», dirigidos por profetas mesiánicos que
insistían en que todo sacerdote auténtico tenía la obligación de perseguir,
herir y matar a todo pecador.
Tras el exterminio del enemigo, los taboritas esperaban que se iniciaría la
tercera edad de Joaquín de Fiore. No habría sufrimientos físicos ni necesidades
materiales; el mundo se tornaría una comunidad de amor y paz, sin impuestos,
propiedad o clases sociales. En el año 1419, millares de estos «espíritus
libres» bohemios (los precursores del estilo de vida «bohemio») establecieron
una comuna cerca de la ciudad de Usti en el río Luzhnica. Se ganaban la vida
mediante correrías en el campo, arrebatando y llevándose como botín todo lo que
podían coger, puesto que como hombres de la Ley de Dios, se creían con derecho
a apoderarse de todo lo que pertenecía a los enemigos de Dios.
Movimientos similares se repitieron en Alemania durante el siglo XV. Por
ejemplo, en el año 1476 un pastor llamado Hans Böhm tuvo una visión de la
Virgen María, quien le dijo que de ahora en adelante los pobres deberían
rehusar todo pago de impuestos y diezmos como preparación para el reino
venidero. Todas las gentes pronto vivirían juntas sin distinción de rango; todo
el mundo tendría igual acceso a los bosques, agua, pastos y zonas de caza y
pesca. Muchedumbres de peregrinos avanzaron sobre Niklashausen desde toda
Alemania para ver al «Joven Santo». Caminaban en largas columnas, se saludaban
unos a otros como «hermanos», y entonaban cantos revolucionarios.
No podemos comprender la forma específica que finalmente alcanzó la reforma
protestante prescindiendo de la alternativa militar-mesiánica radical que
estremeció tanto a los poderes seculares como a la Iglesia. Lutero estaba
convencido, al igual que muchos antes que él, que vivía en los Ultimos Días,
que el Papa era el Anticristo y que el papado tendría que ser destruido antes
de realizarse el Reino de Dios. Pero el Reino de Dios de Lutero no sería de
este mundo; y creía que la manera adecuada de realizarlo sería mediante la
predicación en vez de la sublevación armada. La nobleza alemana acogió con
agrado la mezcla de piedad radical y política conservadora de Lutero. Era la
combinación adecuada para liberarse del gobierno papal sin aumentar el riesgo
de la agitación social.
Thomas Müntzer, al principio discípulo de Lutero, proporcionó el
contrapunto radical al movimiento de Lutero. Lutero y Müntzer eligieron lados
opuestos en la gran rebelión campesina del año 1525. Lutero condenó a los
campesinos en su panfleto, «Contra las bandas ladronas y asesinas de
campesinos» al que Müntzer replicó que las gentes que apoyaban a Lutero eran
también «ladrones que utilizaban la ley para prohibir a otros robar». Müntzer
insistía en que lo que Lutero llamaba ley de Dios era simplemente un dispositivo
para proteger la propiedad. Los «culpables de la usura, el hurto y el robo son
nuestros Señores y Príncipes». Acusó a Lutero de fortalecer el poder de los
«canallas impíos, para que continúen con sus viejas costumbres». Müntzer,
convencido de que la sublevación de los campesinos señalaba el inicio del Nuevo
Reino, asumió el mando del ejército campesino. Comparó su papel al de Gedeón en
la batalla contra los medianistas, y en la víspera del encuentro con el enemigo
comunicó a sus seguidores -campesinos mal pertrechados y sin entrenamiento- que
Dios le había hablado y le había prometido la victoria. Afirmó que él mismo les
protegería cogiendo las balas de cañón en la manga de su capote. Dios no
permitiría nunca que su pueblo elegido pereciera. Tras los primeros cañonazos,
los campesinos rompieron filas y cinco mil de ellos fueron exterminados
mientras huían. El propio Müntzer fue torturado y decapitado poco después.
El ala radical de la Reforma continuó con toda su fuerza durante el siglo
XVI y la primera parte del XVII. Conocido como el movimiento de los
anabaptistas, dio origen a no menos de 40 sectas diferentes y a docenas de
levantamientos milítar-mesiánicos siguiendo la tradición de los taboritas y de
Müntzer. Tanto los gobernantes católicos como los protestantes les consideraron
como una conspiración herética omnipresente para destruir todas las relaciones
de propiedad y redistribuir la riqueza de la Iglesia y del Estado entre los
pobres. Por ejemplo, uno de los discípulos de Müntzer, Hans Hut, anunció que
Cristo retornaría en el año 1528 para inaugurar el reino de Dios, con el amor
libre y la comunidad de bienes. Los anabaptistas juzgarían a los falsos
sacerdotes y pastores. Los reyes, nobles y grandes de la tierra serían
encadenados, Melchoir Hoffman, otro seguidor ale Müntzer, predijo que el mundo
acabaría en el año 1533. A Hoffman le sucedió un panadero, Jan Matthys de
Haarlem, quien predicaba que el justo debía empuñar la espada y preparar
activamente el camino para Cristo limpiando la tierra de impíos.
En el año 1534 Münster, Westfalia, se convirtió en el centro del movimiento
anabaptista. Todos los católicos y protestantes fueron expulsados y se abolió
la propiedad privada. Pronto asumió el liderazgo Juan de Leyden, quien afirmó
ser el sucesor de David y exigió honores reales y obediencia absoluta en lo que
los anabaptistas llamaron su «Nueva Jerusalén».
Motivos mesiánicos radicales similares animaban a las clases bajas en
Inglaterra durante el siglo XVII, proporcionando gran parte de la energía para
la Guerra Civil Inglesa. El ejército New Model (de nuevo cuño), de Oliver
Cromwell, estaba integrado por millares de voluntarios que creían que un reino
de «santos» se establecería en suelo inglés y que Cristo descendería para
gobernar sobre ellos. En el año 1649 Gerrad Winstanley recibió una visión que
le mandó prepararse para el fin del mundo estableciendo una comunidad de
«cavadores» (diggers) en la que no habría propiedad privada, ni distinción de
clases, ni forma alguna de coerción. Y en 1656, antiguos partidarios de
Cromwell, los Hombres de la Quinta Monarquía, le declararon Anticristo e
intentaron establecer un nuevo reino de santos por la fuerza de las armas (la
Quinta Monarquía aludía al milenio durante el que Cristo reinaría).
¿Qué tiene que ver todo esto con la brujería? Como he señalado al principio
del capítulo, hay una estrecha relación cronológica entre el inicio de la
locura de las brujas y el desarrollo del mesianismo europeo. El sistema de caza
de brujas ideado por Institor y Sprenger fue aprobado por Inocencio VIII en un
momento en que Europa rebosaba de movimientos mesiánicos y profecías de la
tercera edad. Alcanzó su punto culminante como consecuencia de la reforma
-tanto Lutero como Calvino creían ardientemente en los peligros de la brujería-
al igual que los violentos y radicales movimientos de protesta basados en las
doctrinas mesiánicas revolucionarias de la tercera edad.
¿Hay una explicación práctica del desarrollo paralelo de la protesta social
mesiánica y la locura de la brujería? Un punto de vista convencional consiste
en que la propia brujería constituía una forma de protesta social. Por ejemplo,
según el profesor Jeffrey Burton Russell, experto en la historia de la
disensión medieval, la brujería, el misticismo, los flagelantes y la herejía
popular corresponden todos a la misma categoría. «Todos rechazaban, en un grado
u otro, una estructura institucional que se consideraba defectuosa». No estoy
de acuerdo. Para explicar la locura de la brujería como protesta social, hay
que ir más lejos y adoptar la visión de la «realidad» propuesta por El Martillo
de las Brujas. Hay que creer que Europa estaba infestada de gentes que
amenazaban el statu quo reuniéndose para rendir culto al diablo. Pero si las
verdaderas brujas voladoras eran sobre todo «viajeras» del beleño, entonces no
entran en la misma categoría que los taboritas o los anabaptistas, de la misma
manera que los drogadictos tampoco pertenecen a la misma categoría que las
Panteras Negras. El que algunas personas aquí y allá tuvieran alucinaciones de
relaciones sexuales con el diablo, o hechizaran a la vaca del vecino, no
representaba una amenaza para la supervivencia de las clases acaudaladas y
gobernantes. Probablemente las brujas provenían de las clases frustradas y
descontentas; pero esto no las convierte en elementos subversivos. Para que un
movimiento constituya una protesta seria contra un orden establecido, debe tener
doctrinas explícitas de crítica social o emprender una línea de acción
peligrosa o amenazadora. Hicieran lo que hicieran las brujas en sus aquelarres,
si es que alguna vez los hubo, no ha quedado testimonio alguno de que se
dedicaran a condenar el lujo de la Iglesia o a pedir la abolición de la
propiedad privada y el fin de las diferencias de rango y autoridad. Si lo
hicieron, no eran brujas sino valdenses, taboritas, anabaptistas o miembros de
alguna otra secta político-religiosa radical, muchos de los cuales fueron sin
duda quemados por brujería en vez de por sus creencias mesiánicas.
Para comprender la locura de las brujas debemos estar dispuestos a
identificar una especie de realidad que es al propio tiempo distinta y opuesta
a la conciencia de estilo de vida de las brujas y de los inquisidores. Según el
profesor Russell, bastaba con que el clero y la nobleza creyeran que la
brujería era peligrosa y subversiva. «Lo que la gente creía que sucedía»,
señala, «es tan interesante como lo que sucedió "objetivamente", y
mucho más cierto». Pero este es precisamente el punto sostenido por Institor y
Sprenger: “¡sois responsables de lo que hacéis en los sueños de otros!”
Tenemos que decidirnos sobre ciertos sucesos. Else Gwinner no tuvo
relaciones sexuales con el diablo, y esto no es una conclusión sin interés o
incierta si consideramos el hecho de que fue carbonizada por haberlas tenido.
Como sucede con cada uno de los estilos de vida aparentemente extraños que
hasta ahora hemos examinado, la locura de las brujas no se puede explicar en
términos de la conciencia de la gente que participó en ella. Todo depende de la
disposición del observador a consentir u oponerse a las fantasías de los
diferentes participantes.
Si la brujería era una herejía peligrosa, como insistía la Inquisición, no
hay ningún misterio en la obsesión represora del Santo Oficio. Si, por el
contrario, era una actividad relativamente inofensiva, si no en gran parte
alucinatoria, ¿por qué se empleó tanto esfuerzo en suprimirla, especialmente en
un momento en que la Iglesia estaba siendo empujada hasta los límites de sus
recursos por la gran ola militar-mesiánica del siglo XV?
Esto nos lleva a una cuestión crucial que concierne a la distinción entre
lo que sucedió de verdad y lo que la gente pensaba que sucedió. ¿Es cierto que
la Inquisición estaba consagrada a la represión de la herejía brujeríl? El
supuesto de que la principal ocupación de los cazadores de brujas era la
aniquilación de éstas se basa en la conciencia de estilo de vida que profesaban
los propios inquisidores. Pero el supuesto contrario -a saber, que los
cazadores de brujas hicieron un esfuerzo extraordinario para aumentar el
aprovisionamiento de brujas y difundir la creencia de que las brujas eran
reales omnipresentes y peligrosas- se asienta en muy sólidos elementos de
juicio. ¿Por qué deben aceptar los estudiosos modernos las premisas de la
conciencia de estilo de vida de los inquisidores? La situación exige que nos
preguntemos no por qué estaban los inquisidores obsesionados con destruir la
brujería, sino más bien por qué estaban tan obsesionados en crearla.
Prescindiendo de lo que ellos o sus víctimas pudieran haber pretendido, el
efecto inevitable del sistema inquisitorial fue hacer más verosímil la brujería
y, por tanto, incrementar el número de acusaciones de brujería.
El sistema de caza de brujas estaba demasiado bien diseñado, fue demasiado
duradero, severo y tenaz. Y sólo se pudo sostener gracias a intereses
duraderos, severos y tenaces. El sistema brujeril y la locura de las brujas
tenían usos prácticos y mundanos diferentes de los fines declarados de los
cazadores de brujas. No me refiero aquí a los emolumentos y pequeñas ventajas
que he descrito antes: la confiscación de propiedades de los acusados y los
honorarios percibidos por los gastos de tortura y ejecución. Estas recompensas
ayudan a explicar por qué los técnicos de la caza de brujas realizaban su
trabajo con tanto entusiasmo. Pero tales beneficios formaban parte del aparato
de caza de brujas en vez de ser una de sus causas.
Sugiero que la mejor manera de comprender la causa de la manía de las
brujas es examinar sus resultados terrenales en lugar de sus intenciones
celestiales. El resultado principal del sistema de caza de brujas (aparte de
los cuerpos carbonizados) consistió en que los pobres llegaron a creer que eran
víctimas de brujas y diablos en vez de príncipes y papas. ¿Hizo agua vuestro
techo, abortó vuestra vaca, se secó vuestra avena, se agrió vuestro vino,
tuvisteis dolores de cabeza, falleció vuestro hijo? La culpa era de un vecino,
de ese que rompió vuestra cerca, os debía dinero o deseaba vuestra tierra, de
un vecino convertido en bruja. ¿Aumentó el precio del pan, se elevaron los
impuestos, disminuyeron los salarios, escaseaban los puestos de trabajo? Obra
de las brujas. ¿La peste y el hambre destruyen una tercera parte de los
habitantes de cada aldea y ciudad? La audacia de las diabólicas e infernales
brujas no conocía límites. La Iglesia y el Estado montaron una denodada campaña
contra los enemigos fantasmas del pueblo. Las autoridades no regatearon
esfuerzo alguno para combatir este mal, y tanto los ricos como los pobres
podían dar las gracias por el tesón y el valor desplegados en la batalla.
El significado práctico de la manía de las brujas consistió, así, en
desplazar la responsabilidad de la crisis de la sociedad medieval tardía desde
la Iglesia y el Estado hacia demonios imaginarios con forma humana. Preocupadas
por las actividades fantásticas de estos
demonios, las masas depauperadas, alienadas, enloquecidas, atribuyeron sus
males al desenfreno del Diablo en vez de a la corrupción del clero y la
rapacidad de la nobleza. La Iglesia y el Estado no sólo se libraron de toda
inculpación, sino que se convirtieron en elementos indispensables. El clero y
la nobleza se presentaron como los grandes protectores de la humanidad frente a
un enemigo omnipresente pero difícil de detectar. Aquí había, por fin, una
buena razón para pagar diezmos y someterse al recaudador de impuestos.
Servicios vitales que atañían directamente a la vida en este mundo y no a la de
ultratumba se prestaban con ruido y furia, llama y humo. Los esfuerzos de las
autoridades por hacer la vida algo más segura eran hechos palpables; se podía
oír realmente los gritos de las brujas cuando bajaban al infierno.
¿Quienes fueron los chivos expiatorios? El singular estudio de H. C. Erik
Midelfort sobre 1.258 ejecuciones por brujería en el suroeste de Alemania entre
1562 y 1684 muestra que el 82 % de las brujas eran mujeres. Ancianas indefensas
y parteras de la clase baja eran normalmente las primeras en ser acusadas en
cualquier brote local. Cuando se arrancaban nuevos nombres a las primeras
víctimas, destacaban los niños de ambos sexos y los hombres. Durante la fase
culminante de pánico caracterizada por ejecuciones en masa, solían morir
mesoneros, unos pocos mercaderes acaudalados y algún que otro magistrado y
maestro. Pero cuando las llamas rozaban los nombres de las gentes que gozaban
de alto rango y poder, los jueces perdían confianza en las confesiones y cesaba
el pánico. Rara vez se amenazaba a los médicos, juristas y profesores de
universidad. Evidentemente los propios inquisidores y el clero en general
también estaban totalmente a salvo. Si en alguna ocasión una pobre alma
desorientada era lo bastante necia para haber visto al Obispo o al príncipe
heredero en un aquelarre reciente, sin duda se ganaba torturas inenarrables. No
es de extrañar que Midelfort sólo pudiera encontrar tres casos de acusaciones
de brujería contra miembros de la nobleza, y que ninguno de ellos fuera
ejecutado.
Lejos de ser «el reflejo de una estructura institucional que se consideraba
defectuosa», la manía de las brujas era parte integral de la defensa de esa
estructura institucional. Podemos comprender mejor esto comparando la manía de
las brujas con su antítesis contemporánea, el mesianismo militar. La manía de
las brujas y los movimientos militar-mesiánicos incorporaban temas religiosos
populares que en parte eran aprobados por la Iglesia establecida. Ambos se
basaban en la conciencia de estiló de vida existente, pero con consecuencias
radicalmente diferentes. El mesianismo militar reunió a los pobres y
desposeídos. Les proporcionó un sentido de misión colectiva, disminuyó la
distancia social, les hizo sentirse «hermanos». Movilizó a las gentes en todas
las regiones, focalizó sus energías en un tiempo y lugar concretos, y llevó a
batallas campales entre las masas desposeídas y depauperadas y las clases
situadas en la cima de la pirámide social. Por el contrario, la manía de la
brujería dispersó y fragmentó todas las energías latentes de protesta.
Desmovilizó a los pobres y desposeídos, aumentó la distancia social, les llenó
de sospechas mutuas, enfrentó al vecino contra el vecino, aisló a cada uno,
hizo a todos temerosos, aumentó la inseguridad de todo el mundo, hizo a cada
uno sentirse desamparado y dependiente de las clases gobernantes, centró la
cólera y frustración de todo el mundo en un foco puramente local. De esta manera evitó
que los pobres afrontaran al establishment eclesiástico y secular con peticiones
de redistribución de la riqueza y nivelación del rango. La manía de las brujas
era el reverso del mesianismo radical militar. Era la bola mágica de las clases
privilegiadas y poderosas de la sociedad. Este era su secreto.
El retorno de las brujas
Después de ser tildada de superstición y sufrir años de ridículo, la
brujería ha vuelto como una fuente respetable de excitación. No sólo la
brujería, sino toda clase de especialidades ocultistas y místicas, desde la
astrología al Zen, pasando por la meditación, el Hare Krishna y el I Ching, un
antiguo sistema chino de magia. Captando el espíritu de los tiempos, un libro
de texto titulado Modern Cultural Anthropology alcanzó recientemente un éxito
inmediato al declarar: «La libertad humana incluye la libertad de creer».
El resurgimiento inesperado de actitudes y teorías consideradas durante
largo tiempo como incompatibles con la expansión de la tecnología y la ciencia
occidentales se asocia al desarrollo de un estilo de vida conocido bajo el
nombre de «contracultura». Según Theodore Roszak, uno de los profetas adultos
del movimiento, la contracultura salvará al mundo de los «mitos de la
conciencia objetiva». «Subvertirá el punto de vista científico del mundo» y lo
sustituirá por una nueva cultura en la que predominarán «las capacidades no
intelectivas». Charles A. Reích, otro profeta menor de los últimos tiempos,
habla de un estado de ánimo milenario que denomina Conciencia III. Alcanzar la
Conciencia III supone «desconfiar profundamente de la lógica, la racionalidad,
el análisis y los principios»
En el estilo de vida contracultural, son buenos los sentimientos, la
espontaneidad, la imaginación; la ciencia, la lógica y la objetividad son
malos. Sus miembros se jactan de huir de la «objetividad» como de un lugar
habitado por la peste, Un aspecto central de la contracultura es la creencia de
que la conciencia controla la historia. La gente es lo que acontece en sus
mentes; para que sea mejor, todo lo que hay que hacer es proporcionarle ideas
mejores. Las condiciones objetivas cuentan poco. El mundo entero ha de ser
alterado como consecuencia de una «revolución de la conciencia». Todo lo que
necesitamos hacer para detener el crimen, acabar con la pobreza, embellecer las
ciudades, eliminar la guerra, vivir en paz y en armonía con nosotros mismos y
la naturaleza es abrir nuestra mente a la “Conciencia III”, es decir: cambiar
la conciencia. «La conciencia es anterior a la estructura... todo el Estado
corporativo sólo se asienta en la conciencia».
En la contracultura, se estimula la conciencia para que se aperciba de sus
potencialidades inexploradas. La gente de la contracultura realiza «viajes» -se
«coloca»- para ampliar su mente. Utilizan hongos, marihuana y LSD para
«enrollarse». Charlan, tienen encuentros con, o cantan para «flipar» con Jesús,
Buda, Mao-Tse-Tung. La finalidad es expresar la conciencia, demostrar la
conciencia, alterar la conciencia, aumentar la conciencia, ampliar la
conciencia, todo menos objetivar la conciencia. Para los acuarianos, pasotas y
alucinados partidarios de la Conciencia III, la razón es una invención del
complejo militar-industrial. Hay que acabar con ella lo mismo que con la
«pasma».
Las drogas psicodélicas son útiles porque permiten que las relaciones
«ilógicas» parezcan «perfectamente naturales». Son buenas porque, como dice
Reich, hacen «irreal lo que la sociedad toma más en serio: los horarios, las
conexiones racionales, la competencia, la cólera, la autoridad, la propiedad
privada, la ley, el status, la supremacía del Estado». Constituyen un «suero de
la verdad que expulsa la falsa conciencia». Quien ha alcanzado la Conciencia
III «no “conoce los hechos” No tiene que conocerlos porque “conoce” la verdad
que parece ocultarse a los demás».
La contracultura celebra la vida supuestamente natural de los pueblos
primitivos. Sus miembros llevan collares, cintas en la cabeza, se pintan el
cuerpo y se visten con ropas andrajosas llenas de color; anhelan ser una tribu.
Creen que los pueblos tribales no son materialistas, sino espontáneos, y se
hallan en contacto reverente con fuentes ocultas de encantamiento.
En la antropología de la contracultura, la conciencia primitiva se resume
en el chamán, una figura que tiene luz y poder pero que nunca paga los recibos
de la luz. Se admira a los chámanes porque son expertos en «cultivar estados de
conciencia exóticos» y en vagar «entre los poderes ocultos del universo». El
chamán posee «superconciencia». Tiene «ojos de fuego cuyas llamaradas se abren
paso a través de la mediocridad del mundo y perciben los prodigios y terrores
del más allá». Utilizando alucinógenos y otras técnicas como la autoasfixia,
tambores hipnóticos y ritmos de danza, el chamán, según Roszak, «cultiva su
relación con las fuerzas no intelectivas de la personalidad tan asiduamente
como un científico se adiestra en la objetividad».
Podemos aprender mucho sobre la contracultura si examinamos al popular
héroe de Carlos Castaneda Don Juan, indio yaqui y «hombre de conocimiento»
superconsciente y misterioso. Castaneda describe sus experiencias como
estudiante novato de antropología que quería penetrar la realidad aparte, no
ordinaria, del mundo chamánico. Don Juan aceptó a Castaneda como aprendiz, y
Castaneda empezó a escribir una tesis doctoral basada en las enseñanzas de Don
Juan. Para convertir a Castaneda en un «hombre de conocimiento», Don Juan
inició al ingenuo estudiante en diferentes sustancias alucinógenas. Tras su
encuentro con un perro luminiscente y transparente y un jején de cien pies
Castaneda empezó a dudar de que su realidad normal fuera más real que la
realidad no ordinaria en la que su mentor le había introducido. Al principio
Castaneda estaba resuelto a descubrir la concepción del mundo de un «hombre de
conocimiento». Pero el aprendiz empezó gradualmente a sentir que aprendía algo
sobre el mundo mismo.
«Es estúpido e inútil», observaba otro antropólogo, Paul Riesman, en una
reseña en el New York Times, «pensar que los conocimientos de Don Juan y de
otros pueblos no occidentales sólo constituyen una concepción de alguna
realidad fija. Castaneda deja en claro que las enseñanzas de Don Juan nos dicen
algo de cómo es realmente el mundo».
Ambos planteamientos son incorrectos. Castaneda no esclarece nada. Y la
«realidad aparte» de Don Juan no es extraña a los «pueblos occidentales». El
viaje alucinógeno más famoso de Castaneda evoca cuestiones que ya examinamos
previamente. Don Juan y Castaneda pasaron varios días preparando una pasta de
«yerba del diablo», mezclada con manteca de cerdo y otros ingredientes. Bajo la
supervisión de Don Juan, el aprendiz untó con la pasta las plantas de sus pies
y las partes interiores de sus piernas, reservando la mayor parte para sus
genitales. La pasta tenía un olor sofocante, acre, «como una especie de gas».
Castaneda se enderezó y empezó a pasear, pero sintió que sus piernas eran «como
de goma y largas, sumamente largas».
Bajé la mirada y vi a Don Juan sentado debajo de mí;
muy por debajo de mí. El impulso, me hizo dar otro paso, aún más elástico y más
largo que el precedente, Y entonces me elevé. Recuerdo haber descendido una
vez; entonces di un empujón con ambos pies, salté hacia atrás y me deslicé
sobre mi espalda. Veía el cielo oscuro sobre mí y las nubes que pasaban a mi
lado. Moví bruscamente mi cuerpo para poder mirar hacia abajo. Vi la masa
oscura de las montañas. Mi velocidad era extraordinaria.
Después de aprender a maniobrar volviendo la cabeza, Castaneda experimentó
«tal libertad y velocidad como nunca había conocido antes». Finalmente se creyó
obligado a descender, Amanecía; estaba desnudo y se encontraba a media milla de
donde había partido. Don Juan le aseguró que practicando volaría mejor:
Puedes volar por el aire cientos de millas para ver lo
que sucede en cualquier lugar que desees, o para asestar un golpe mortal a tus
enemigos de muy lejos.
Castaneda preguntó a su maestro: «Don Juan, ¿he volado de verdad?» A lo que
el chamán respondió: «Esto es lo que tú me has dicho. ¿No es verdad?»
Entonces, Don Juan, no volé de verdad. Sólo volé en mi
imaginación, en mi mente. ¿Dónde estaba mi cuerpo?
A lo que Don Juan respondió:
No crees que un hombre puede volar; y sin embargo, un
brujo puede recorrer millares de millas en un segundo para ver lo que sucede.
Puede asestar un golpe a sus enemigos situados a gran distancia. Por
consiguiente, ¿vuela o no vuela?
¿Suena esto familiar? Así debería ser. ¿Qué debaten Don Juan y Castaneda si
no son los respectivos méritos del Canon Episcopi y de El Martillo de las
Brujas de Institor y Sprenger? ¿Las brujas vuelan sólo mentalmente o también
corporalmente? Finalmente, Castaneda le pregunta a Don Juan qué sucedería si se
atara a una piedra con una cadena pesada: «Me temo que tendrías que volar
sujetando la piedra con su cadena pesada».
Como nos ha enseñado el profesor Harner, las brujas europeas volaban
después de frotarse con ungüentos que contenían la atropina alcaloide que
penetra por la piel. El profesor Harner también nos relata que la atropina es
un ingrediente activo en el género de plantas Datura, conocidas en el Nuevo
Mundo como hierba Jimson, estramonío, trompeta de Gabriel o hierba del diablo
(la raíz de esta última variedad es la que transportó por el aire a Castaneda).
De hecho, Harner predijo que volaría como una bruja antes de que Castaneda se
frotara con la hierba del diablo:
Hace varios años encontré una referencia del empleo de
un ungüento de Datura por los indios yaqui del norte de Méjico, quienes según
se dice se frotaban con él el estomago para «tener visiones». Puse esto en
conocimiento de mi compañero y amigo Carlos Castaneda, quien estaba estudiando
con un chamán yaqui, y le pedí que averiguara sí este yaqui empleaba el
ungüento para volar y determinara así sus efectos.
Por consiguiente, la superconciencia chamánica no es sino la conciencia de
las brujas considerada de modo favorable en un mundo que ya no se ve amenazado
por la Inquisición. La «realidad aparte» previamente ignorada por los «pueblos
occidentales», autosatisfechos de su objetividad, hasta tal punto forma parte
de la civilización occidental que apenas hace 300 años los «objetívadores» eran
quemados en la hoguera por negar que las brujas podían volar.
En el primer capítulo citaba la afirmación de que la expansión de la
«conciencia objetiva» produce inevitablemente una pérdida de la «sensibilidad
moral». La contracultura y la Conciencia III se autorrepresentan corno
corrientes humanizadoras que buscan el restablecimiento del sentimiento, la
compasión, el amor y la confianza mutua en las relaciones humanas. Encuentro
difícil reconciliar esta postura moral con el interés expresado por la brujería
y el chamanismo. Por ejemplo, Don Juan sólo puede ser descrito como amoral. Tal
vez sepa cómo «vagar entre los poderes ocultos del universo», pero no le
preocupa la diferencia entre el bien y el mal en el sentido de la moralidad
occidental tradicional. Sus enseñanzas están, de hecho, desprovistas de
«sensibilidad moral».
Un incidente en el segundo libro de Castaneda resume mejor que ningún otro
la opacidad moral de la superconciencia del chamán. Habiendo alcanzado fama y
fortuna con Las enseñanzas de Don Juan, Castaneda intentó encontrar a su mentor
para darle un ejemplar. Mientras esperaba que apareciera Don Juan, Castaneda
observó una pandilla de golfillos de la calle que vivían comiendo las sobras
dejadas en las mesas de su hotel. Después de observar durante tres días a los
niños que entraban y salían «como buitres», Castaneda se «desalentó de verdad».
Don Juan se sorprendió al oír 'esto. «¿De verdad te dan lástíma?», inquirió.
Castaneda insistió en que sí, y Don Juan le preguntó «¿por qué?» Porque me
preocupa el bienestar de mi prójimo. Son sólo niños y su mundo es desagradable
y ordinario. Castaneda no dice que los niños le den lástima porque comen los
residuos que ha dejado en la mesa. Lo que parece preocuparle es que sus vidas
son «desagradables y ordinarias». El hambre y la pobreza suscitan malos
pensamientos o pesadillas. Recogiendo la insinuación, Don Juan amonestó a su
alumno por suponer que estos golfillos no podían madurar mentalmente y llegar a
ser «hombres de conocimiento» ¿Crees que tu riquísimo mundo te ayudará a llegar
a ser un hombre de conocimiento? Cuando Castaneda se ve obligado a admitir que
su opulencia no le había ayudado a convertirse en un gran brujo, Don Juan le
agarra:
Entonces, ¿cómo te pueden dar lástima estos niños?...
Cualquiera de ellos puede convertirse en un hombre de conocimiento. Todos los
hombres de conocimiento que conozco eran niños como los que ves comer restos y
lamer mesas.
Para muchos de los miembros de la contracultura, el producto moralmente más
degenerado de la concepción científica del mundo es el tecnócrata, el técnico
despiadado, inescrutable, entregado al conocimiento especializado, pero
indiferente en lo que respecta a quién lo utiliza y para qué fin. Sin embargo,
Don Juan es precisamente uno de estos tecnócratas. El conocimiento que él
imparte a Castaneda no lleva ninguna connotación moral. La principal
preocupación de Castaneda al convertirse en un «hombre de conocimiento» es
conseguir tomar algo o llegar a un estado que le ponga “en órbita” de un modo
permanente. En cuanto a la preocupación moral sobre cómo han de aplicarse los
poderes extraordinarios de Don Juan Castaneda podía también haber aprendido a
pilotar un B-52. Su relación con Don Juan se revela un erial moral en el que la
tecnología constituye el bien supremo, incluso si él y su maestro comen
«botones» en vez de apretarlos.
Sostengo que es totalmente imposible subvertir el conocimiento objetivo sin
subvertir la base de los juicios morales. Si no podemos saber con certeza
razonable quién hizo qué cosa, cuándo y dónde, no podemos esperar proporcionar
una descripción moral de nosotros mismos. Si no somos capaces de distinguir
entre el criminal y la víctima, el rico y el pobre, el explotador y el
explotado debemos defender la suspensión total de los juicios morales, o
adoptar la posición inquisitorial y considerar responsable a la gente de lo que
hace en los sueños de los demás.
Como descubrieron los reporteros de la revista Time cuando intentaron
redactar un artículo sobre Carlos Castaneda, la “Conciencia III” puede rodear
de una niebla impenetrable los acontecimientos humanos más sencillos. Invocando
su libertad de creencia, Castaneda inventó, imaginó, o alucinó partes extensas
de su propia biografía: Nació en el Perú, no en el Brasil. Fecha de nacimiento
1925, no 1935. Su madre falleció cuando tenía 6 años, no 24. Su padre era
joyero, no profesor de Literatura. Estudió pintura y escultura en Líma, no en
Milán. «Solicitarme que verifique mi vida presentando mis estadísticas», dijo
Castaneda, «es como utilizar la ciencia para validar la hechicería. Le roba al
mundo su magia.» Según Castaneda, Don Juan hace lo mismo. El chamán más famoso
del mundo no quiere que le fotografíen, le graben en magnetófono o le
interroguen, ni siquiera su aprendiz. Nadie, salvo Castaneda, parece saber
quién es Don Juan. Castaneda admite libremente: «¡Oh, soy un mentiroso! ¡Oh,
cómo me gusta contar trolas! » Y al menos un amigo peruano le recuerda como un
«gran embustero».
Tal vez Don Juan no exista. O quizá debamos decir que Castaneda tuvo un
encuentro «mental» pero no «corporal» con un brujo yaqui. Según la autoridad de
la Inquisición aun así este encuentro permitiría una exposición exacta de las
enseñanzas de Don Juan. O puede que Castaneda fuera algunas veces con la
«imaginación» y otras veces con el «cuerpo». Estas son ideas fascinantes, pero
no pueden hacer sino una contribución imaginaria a la elevación de nuestra
sensibilidad moral.
La contracultura realiza afirmaciones que se extienden mucho más allá de la
supuesta conservación de la moralidad individual. Sus defensores insisten en
que la superconciencia puede transformar el mundo en un lugar más amistoso y
más habitable; ven el rechazo de la objetividad como una manera políticamente
eficaz de alcanzar una distribución equitativa de la riqueza, el reciclaje de
los recursos, la abolición de las burocracias impersonales y la corrección de
otros aspectos deshumanizados de las modernas sociedades tecnocráticas. Alegan
que estos males provienen de las malas ideas que tenemos sobre el status y el
trabajo. Si hacemos cesar nuestros intentos de presumir, y si dejamos de creer
que el trabajo es un bien en sí mismo, ocurrirá la transformación revolucionaria
sin necesidad de hacer daño a nadie. Como en un lugar de ensueño, «podemos
hacer una nueva elección siempre que estemos dispuestos a ello». El
capitalismo, el Estado corporativo, la era de la ciencia, la ética protestante:
todas estas cosas representan tipos de conciencia y pueden alterarse eligiendo
una nueva conciencia. «Todo lo que tenemos que hacer es cerrar nuestros ojos e
imaginar que todos se han convertido en una Conciencía III: el Estado
corporativo desaparece... El poder del Estado corporativo finalizará tan
milagrosamente como un beso rompe el encantamiento maligno de un brujo.»
Una conciencia tan desconectada de las realidades prácticas y mundanas es,
de hecho, brujería más que política. La gente puede modificar su conciencia
cuando así lo desee. Pero normalmente no lo desea. La conciencia está adaptada
a condiciones prácticas y mundanas. Estas condiciones no se pueden imaginar
dentro o fuera de la existencia a la manera en que un chamán hace aparecer y
desaparecer jejenes de cien pies. Como he indicado antes en el capítulo sobre
el potlatch, los sistemas de prestigio no se crean mediante vibraciones desde
el espacio exterior. La gente aprende la conciencia del consumismo competitivo
porque están constreñidos a actuar así por fuerzas políticas y económicas muy
poderosas. Estas fuerzas sólo se pueden modificar mediante actividades
prácticas enderezadas a cambiar la conciencia alterando las condiciones
materiales donde se desarrolla ésta.
Las buenas noticias de la contracultura referentes a la revolución mediante
la conciencia no son ni nuevas ni revolucionarias. El cristianismo ha intentado
realizar una revoluciono mediante la conciencia durante dos mil años ¿Quién
negará que la conciencia cristiana pudo haber cambiado el mundo? Sin embargo,
fue el mundo quien cambió la conciencia cristiana. Si todos adoptaran un estilo
de vida no competitivo, generoso, pacífico y lleno de amor, podríamos tener
algo mejor que la contracultura, podríamos tener “el Reino de Dios”.
La política concebida según la imagen de la Conciencia III se realiza en la
mente, no en el cuerpo. La conveniencia de este tipo de política para los que
ya poseen riqueza y poder debe ser evidente. La reflexión filosófica de que la
pobreza es, después de todo, un estado mental siempre ha sido fuente de confort
para los que no son pobres. A este respecto, la contracultura simplemente
presenta en una forma algo modificada el desprecio tradicional que los teóricos
cristianos expresan por los bienes de este mundo. También la garantía de que
nada acaecerá por la fuerza es tradicionalista y se sitúa dentro de la
corriente principal de la política conservadora. La Conciencia III destruirá el
Estado corporativo «Sin violencia, sin apoderarse del poder político, sin
derrocar ningún grupo existente de personas». La contracultura jura atacar las
mentes, no los beneficios del capital
Por definición, la contracultura es el estilo de vida de la juventud
alienada de clase media educada en la universidad. Están excluidos
específicamente los que «continúan velando las cenizas de la revolución
proletaria» y los «jóvenes de color militantes». La esperanza de que la
contracultura transforme la sociedad en «algo que el ser humano pueda
identificar como su hogar» se basa en el hecho de que es un movimiento de la
clase media. Lo que la hace tan importante «es que un rechazo radical de la
ciencia y los valores tecnológicos aparezca tan próximo al centro de nuestra
sociedad, en vez de en los márgenes despreciables, y sean los jóvenes de clase
media los que dirijan esta política de la conciencia».
Aparte de la cuestión de si una política de la pura conciencia debe
llamarse política en vez de brujería o cualquier otra forma de magia, tenemos
que señalar otros dos puntos dudosos. Primero, la contracultura no rechaza los
valores tecnológicos in toto; segundo, el rechazo de un cierto tipo de ciencia
siempre ha estado presente en el mismo centro de nuestra civilización.
La contracultura no se opone a utilizar los productos tecnológicos de la
investigación científica «objetiva». Teléfonos, estaciones FM, equipos
estereofónicos, vuelos en reactores a precios económicos, píldoras de
estrógenos para el control de la natalidad, alucinógenos y antídotos químicos
son esenciales para la buena vida de la Conciencia III.
Es más, la dependencia de la música de alta fidelidad con muchos decibelios
ha creado el máximo grado de subordinación de un lenguaje popular a la
tecnología en la historia de las artes interpretativas. Por lo tanto, la
contracultura acepta, al menos tácitamente, la existencia de especialistas en
las ciencias físicas y biológicas cuya tarea es diseñar y mantener la
infraestructura tecnológica del estilo de vida.
Las formas de la ciencia más aborrecidas desde la perspectiva de la
Conciencia III no son las ciencias de laboratorio, sino las que buscan aplicar
los modelos de laboratorio al estudio de la historia y los estilos de vida. La
contracultura describe el rechazo del estudio científico de los estilos de vida
y la historia como si se tratara de una desviación de alguna pauta
profundamente arraigada. Pero incluso entre los llamados científicos sociales y
de la conducta, la forma predominante del conocimiento no es ni nunca ha sido lo que dice la
contracultura. ¿Cómo puede reaccionar alguien a una sobredosis de ciencia de
los estilos de vida cuando la ciencia de los estilos de vida insiste en que los
enigmas examinados en los capítulos anteriores de este libro carecen de
explicación científica? La extensa «objetivación» en el estudio de los
fenómenos de los estilos de vida sólo es un mito de la elaboración onírica
social de la contracultura. La conciencia predominante entre la mayor parte de
los profesionales interesados en explicar los fenómenos de los estilos de vida
no se distingue prácticamente de la conciencia III.
Si el retorno de las brujas implicara entregar los laboratorios de física,
química y biología a gente que desprecia la evidencia objetiva y el análisis
racional, poco tendríamos que temer. El ejercicio de la libertad de creencias
en el laboratorio sólo podría ser un inconveniente temporal hasta que los
restos carbonizados de los experimentadores superconscientes fueran barridos
junto con los escombros que originaran. Desafortunadamente, el oscurantismo
aplicado a los estilos de vida no se autodestruye. Las doctrinas que impiden a
la gente comprender las causas de su existencia social poseen gran valor
social. En una sociedad dominada por modos de producción e intercambio
injustos, los estudios sobre los estilos de vida que oscurecen y distorsionan
la naturaleza del sistema social son mucho más comunes y se valoran mucho más
que los míticos estudios «objetivos» tan temidos por la contracultura. El
oscurantismo aplicado a los estudios sobre los estilos de vida carece de la
«praxis» de la ingeniería de las ciencias de laboratorio. Falsificadores,
místicos y charlatanes no son barridos con los escombros; de hecho, no hay
escombros porque todo continúa como siempre ha sido.
He mostrado en los capítulos anteriores que la conciencia profundamente
mistificada es a veces capaz de galvanizar la disensión convirtiéndola en
movimientos de masas efectivos. Hemos visto cómo formas sucesivas de mesianismo
en Palestina, Europa y Melanesia canalizaron enormes impulsos revolucionarios
que pretendían una distribución más justa de la riqueza y el poder. También
hemos visto cómo la Iglesia y el Estado renacentistas utilizaron la locura de
las brujas para encantar y confundir a los partidarios radicales de la
comunidad.
¿Dónde encaja la contracultura dentro de este panorama? ¿Es una fuerza
conservadora o radical? En su propia elaboración onírica la contracultura se
identifica con la tradición de la transformación milenaria. Theodore Roszak
afirma que la finalidad principal de la contracultura es proclamar «un nuevo
cielo y una nueva tierra», y, en su fase de formación, la Conciencia III
reunirá muchedumbres de jóvenes disidentes en conciertos de rock y protestas
contra la guerra. Pero incluso en la cumbre de su eficacia organizativa, la
contracultura careció de los fundamentos del mesianismo. No tenía líderes
carismáticos ni una visión de un orden moral bien definido. Para la Conciencia
III el liderazgo es otro truco del complejo militar-industrial, y corno he
indicado hace un momento, un conjunto de fines morales bien definidos se puede
reconciliar con el relativismo amoral de chamanes como Don Juan.
El rechazo de la objetividad, el relativismo amoral y la aceptación de la
omnipotencia del pensamiento hablan de la bruja, pero no del salvador. La
Conciencia III presenta todos los síntomas clásicos de la elaboración onírica
de un estilo de vida cuya función social es disolver y fragmentar las energías
de la disensión. Esto debería haber sido claro por la gran importancia dada a
«hacer lo que le venga a uno en gana». No se puede hacer una revolución si cada
uno hace lo que le da la gana. Para hacer una revolución todos deben realizar
la misma cosa.
Así, el retorno de las brujas no es un simple capricho inescrutable. La
moderna reaparición de la brujería tiene puntos claros de similitud con la
locura medieval. Naturalmente hay muchas e importantes diferencias. Se admira a
la bruja moderna mientras se teme a la bruja de antaño. Nadie en la
contracultura quiere quemar a otro por creer o no creer en las brujas; Reich y
Roszak no son Institor ni Sprenger; y 4a contracultura no se ha comprometido
afortunadamente con ningún cuerpo específico de dogmas. Sin embargo, nos queda
el hecho de que la contracultura y la Inquisición están hombro con hombro en la
cuestión del vuelo de las brujas. Dentro de la libertad de creencia de la
contracultura, las brujas son una vez más tan verosímiles como cualquier otra
cosa, Esta creencia contribuye claramente a la consolidación o estabilización
de las desigualdades contemporáneas merced a toda su inocencia alegre. Millones
de jóvenes educados creen seriamente que la proposición de eliminar con besos
al Estado corporativo como si fuera un «encantamiento maligno» es tan eficaz o
realista como cualquier otra forma de conciencia política. Como su predecesor
medieval, nuestra manía actual de las brujas embota y confunde a las fuerzas de
la disensión, Como el resto de la contracultura, pospone el desarrollo de un
conjunto racional de compromisos políticos. Y ésta es la razón por la que es
tan popular entre los grupos más opulentos de nuestra población. Esta es la
razón por la que ha vuelto la bruja.
Epílogo
Si la bruja ya está aquí, ¿puede estar muy lejos el salvador?
Norman Cohn, en su libro The Pursuit of the Millennium, vincula los
movimientos mesiánicos que precedieron a la Reforma protestante con las
convulsiones seculares del siglo xx. Pese a su desprecio de los mitos y
leyendas específicos del mesianismo judeocristiano, la conciencia de estilo de
vida de figuras como Lenin, Hitler y Mussolini tuvo su origen en un conjunto de
condiciones prácticas y mundanas similares a las responsables del surgimiento
de salvadores religiosos tales como Juan de Leyden, Müntzer, o incluso Manahem,
Bar Kochva y Yali. Los mesías militares ateos y seculares comparten con sus
predecesores religiosos una «promesa milenaria ilimitada, realizada con una
convicción de tipo profético ilimitada». Al igual que los salvadores
judeocristianos, afirman estar encargados personalmente de la misión de llevar
la historia a una consumación predeterminada. Para Hitler se trataba del Reich
milenario purificado del pólipo de los judíos y otras brujas y diablos
domésticos; para Lenin se trataba de la Jerusalén Comunista cuyo lema era el de
la primera comuna cristiana: «y todos los que habían abrazado la fe vivían
unidos, y tenían todas las cosas en común», o como dice Trotskí: «Dejad que los
sacerdotes de todas las confesiones religiosas hablen de un paraíso en el más
allá; nosotros decimos que crearemos un verdadero paraíso para los hombres en
esta tierra». Para las masas alienadas, inseguras, marginales, depauperadas,
endemoniadas y hechizadas, el mesías secular promete redención y realización a
escala cósmica. No sólo la oportunidad de mejorar la propia existencia
cotidiana, sino el compromiso total en una misión de «importancia única y
maravillosa».
Medida por las visiones grandiosas de la conciencia militar-mesiánica la
contracultura parece ser una afirmación relativamente inofensiva de la
futilidad de la lucha política, sea de derechas, de izquierdas o de centro.
Pero la complacencia sólo es una respuesta apta para la Conciencia III a corto
plazo y en ausencia de una disciplina bien formada capaz de explicar los
procesos causales de la historia.
La pretendida «subversión de la concepción científica del mundo» no es
peligrosa porque amenace realmente alguna parte de la infraestructura
tecnológica de nuestra civilización. Los entusiastas de la contracultura
dependen tanto del transporte de alto consumo energético, de la electrónica
transistorizada y de la producción masiva de tejidos y alimentos como el resto
de nosotros, pero les faltan la voluntad y el conocimiento necesarios para una
reversión a formas de producción y comunicación más primitivas. De todas
formas, nada hay que temer de una secta, clase o nación que no participe en el
progreso de la tecnología nuclear, cibernética y biofísica. Tales grupos
sufrirán inevitablemente el destino de los otros pueblos de la Edad de Piedra
del siglo XX. Tal vez sobrevivan, pero sólo precariamente y bajo la tolerancia
de vecinos enormemente más poderosos, en reservas o en comunas protegidas por
su valor como atracciones turísticas. La regresión a etapas tecnológicas más
primitivas o incluso el mantenimiento del nivel alcanzado en la actualidad por
las potencias industrializadas sólo puede aparecer como la proposición más
ridícula y descabellada para la mayor parte de la humanidad que cada día está
más decidida a mejorar su estilo de vida rompiendo el monopolio euroamericano y
japonés sobre la ciencia y la tecnología. Un millón de Reíchs y Roszaks
entonando cánticos afectan al progreso y propagación de la ciencia y la
tecnología tanto como el chirrido de un solo grillo vagabundo al funcionamiento
de un alto horno automatizado. La amenaza de la contracultura está en otra
parte.
Creemos que los gurús de la Conciencia III no pueden detener o aminorar el
progreso de la tecnología; pero pueden aumentar el nivel de la confusión
popular en lo que atañe a los modos en que se ha de desarrollar esta tecnología
para reducir, en lugar de intensificar, las injusticias y la explotación, a los
modos en que se ha de desarrollar para que sirva a fines humanos y
constructivos en vez de intensificar la producción pero mantener la explotación
o sembrar el terror y la destrucción. La intensificación de la confusión, la
involución psíquica y la amoralidad sintetizadas en el retorno de las brujas
acarrean para cualquier persona consciente de la historia de nuestra
civilización la amenaza inminente del retorno del mesías. El desprecio de la
razón, la evidencia y la objetividad -la superconsciencia y la embriagadora
libertad de creencia- no cesan de privar a una generación entera de los medios
intelectuales para resistir a la próxima petición de una «lucha final y
decisiva» para alcanzar la redención y la salvación a escala cósmica.
Los estados mentales alucinatorios no pueden alterar la base material de la
explotación y la alienación. La Conciencia III no cambiará nada que sea
fundamental o causativo en la estructura del capitalismo o imperialismo. Por
tanto, lo que nos espera no es la quimera de la libertad individual absoluta,
sino alguna nueva pero más maligna forma de mesianismo militar, provocada por
las payasadas de una clase media que intentó domesticar a sus generales con
mensajes telepáticos y creyó poder humanizar a la mayor concentración de
riqueza corporativa que jamás ha visto el mundo caminando descalza y comiendo
mantequilla de cacahuete sin homogeneizar.
Como he dicho al principio de este libro, la mentira más perniciosa
perpetrada en nombre de la libertad de creencia es la afirmación de que estamos
amenazados por una sobredosis de «objetividad» sobre las causas de nuestros
propios estilos de vida. El estilo de vida de grupos como los yanomamo y los
maring deja en claro que es pura tontería suponer que la objetividad científica
constituye el pecado original de la humanidad. La sola historia de Europa
evidencia que la mutilación, el destripamiento, el descuartizamiento, el
suplicio, el ahorcamiento, la crucifixión y la quema de gente inocente han
precedido durante mucho tiempo al surgimiento de la ciencia y tecnología
modernas.
Algunas de las formas específicas de injusticia y alienación
características de la sociedad industrial son, claro está, producto de los
instrumentos y técnicas específicos introducidos por los progresos en las
ciencias naturales y de la conducta. Pero una sobredosis de objetividad
científica en lo que concierne a comprender las causas de los fenómenos de los
estilos de vida no es responsable de ninguna de las patologías de la vida
contemporánea. La objetividad científica sobre las causas fundamentales del racismo
no es lo que lleva a disturbios étnicos, vuelca los autobuses escolares y
bloquea la construcción de apartamentos para familias pobres. La objetividad
científica no es la causa del machismo o del «chauvinismo» femenino u
homosexual. No es una sobredosis de
objetividad científica sobre los estilos de vida la que originó las prioridades
escoradas en favor de alunizajes y mísiles en vez de hospitales y viviendas. Ni
es una sobredosis de objetividad científica sobre los estilos de vida la que ha creado la crisis de
la población, ¿Y qué tiene que ver la objetividad científica con el deseo
infinito de consumismo, el consumo y despilfarro conspicuos, la obsolescencia
de la mercancía, la sed de status, el erial cultural de la televisión y todas
las demás misteriosas fuerzas conductoras de nuestra competitiva economía
capitalista? ¿Fue una falta de libertad de creencia la que condujo al saqueo de
minerales, bosques y suelos, a las cloacas a cielo abierto y al alquitrán en
las playas? ¿Qué había de racional, razonable, «objetivo» o «científico» en
todo esto? ¿Cómo puede explicar una sobredosis de objetividad sobre los estilos
de vida una guerra para la que tres presidentes de los Estados Unidos no
pudieron ofrecer una razón racional pero que tampoco pudieron detener?
También se podría creer que la objetividad era el estilo de vida dominante
en la Alemania de 1932, que el bestial culto ario de la humanidad rubia, la
anatematización de semitas, gitanos y eslavos, el culto a la madre patria y el
canto wagneriano, el desfile al paso de oca y el Sieg-Heil ante el Führer,
todos provenían del atrofiamiento de los sentimientos y «capacidades
intelectivas» del pueblo alemán. Lo mismo podemos decir del stalinismo, con su
culto al Tío José, sus genuflexiones ante el cadáver de Lenin, sus intrigas en
el Kremlin, sus campos siberianos de esclavos y su dogmatismo de la línea del
partido.
Naturalmente, tenemos nuestros especialistas en juegos de suma cero del Dr.
Strangelove, nuestros super-objetivadores en potencia, que objetivan la vida
humana contando cadáveres y automatizando la muerte. Pero el error moral de
estos tecnólogos y sus manipuladores políticos es un déficit de objetividad
científica sobre las causas de las diferencias en los estilos de vida, no un
excedente. El derrumbamiento moral de Vietnam no fue provocado por una
sobredosis de conciencia objetiva sobre lo que hacíamos. Consistió en el
fracaso en extender la conciencia más allá de las tareas puramente
instrumentales al significado práctico y trivial de nuestros programas
políticos y fines nacionales. Mantuvimos la guerra en Vietnam porque nuestra
conciencia estaba mistificada por símbolos de patriotismo, sueños de gloria, un
orgullo inquebrantable y visiones de imperio. Nuestro estado de ánimo era
exactamente lo que la contracultura deseaba que fuéramos. Nos creíamos
amenazados por diablos con ojos rasgados y pequeños hombres amarillos
despreciables; estábamos cautivados por visiones de nuestra propia majestad
inefable. En síntesis, estábamos drogados.
No veo razón alguna por la que la nueva tolerancia de modos de conciencia
involutivos, etnocéntricos, irracionales y subjetivos vaya a originar algo
netamente diferente de lo que siempre hemos tenido: brujas y mesías. No
necesitamos más vibraciones mágicas, mayores cultos psicotrópicos y «rollos»
más extravagantes. No afirmo que una mejor comprensión de las causas de los
fenómenos de los estilos de vida vaya a producir esplendores milenarios. Sin
embargo, hay una base bien fundada para suponer que si luchamos por
desmitificar nuestra conciencia ordinaria, mejoraremos las perspectivas de paz
y justicia económica y política. Por pequeño que sea este cambio potencial de
las probabilidades a nuestro favor, creo que debemos considerar la expansión de
la objetividad científica en el dominio de los enigmas de los estilos de vida
como un imperativo moral. Es, por lo demás, la única cosa que jamás se ha
intentado.
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