Libro No. 328. Historia Criminal Del Cristianismo . Karlheinz Deschner.
© Libro No. 328. Historia Criminal Del Cristianismo . Karlheinz
Deschner. Colección Emancipación Obrera. Julio 14 de 2012.
Título original: © Kriminalgeschichte des Christentums
Versión Original: © Kriminalgeschichte des Christentums.
Karlheinz Deschner
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Guillermo Molina Miranda
Karlheinz Deschner
Historia
Criminal Del Cristianismo
Los orígenes, desde el paleocristianismo hasta el final de la era
constantiniana
Título original: Kriminalgeschichte des Christentums
Dedico esta obra, especialmente, a mi amigo Alfred
Schwarz. Asimismo deseo expresar mi gratitud a mis padres, que tanto me
ayudaron en todo momento, y a todos cuantos me prestaron su colaboración
desinteresada:
Wilheim Adier
Prof. Dr. Hans Albert
Lore Albert
Klaus Antes
Else Arnold
Josef Becker
Kari Beerscht
Dr. Wolfgang Beutm
Dr. Otto Bickel
Dr. Dieter Birnbacher
Dr. Eleonore Kottje-Birnbacher
Kurt Birr
Dr. Otmar Einwag
Dr. Kari Finke
Franz Fischer
Kláre Fischer-Vogel
Henry Gelhausen
Dr. Helmut Háu/31er
Prof. Dr. Norbert Hoerster
Prof. Dr. Walter Hofmann
Dr. Stefan Kager y Frau Lena
Hans Kalveram
Kari Kaminski y Frau
Dr. Hedwig Katzenberg
Dr. Klaus Katzenberg
Hilde y Lothar Kayser
Prof. Dr. Christof Kellmann
Dr. Hartmut Kliemt
Dr. Fritz Kóble
Hans Koch
Hans Kreil
Ine und Ernst Kreuder
Eduard Küsters
Robert Máchier
Jürgen Mack
VolkerMack
Dr. Jórg Mager
Prof. Dr. H. M.
Nelly Moia
Fritz Moser
Regine Paulus
Hildegunde Rehie
M. Renard
Germán Rüdel
Dr. K. Rügheimer y Frau Johanna
Heinz Ruppel y Frau Renate
Martha Sachse
Hedwig y Willy Schaaf
Friedrich Scheibe
Else y Sepp Schmidt
Dr. Werner Schmitz
Norbert Schneider
Dr. Gustav Seehuber
Dr. Michael StahI-Baumeister
Prof. Dr. Wolfgang StegmüUer
Almut y Walter Stumpf
Artur Uecker
Dr. Bernd Umiauf
Helmut Weiland
Klaus Wessely
Richard Wiid
Lothar Willius
Dr.EIsbethWolffheim
Prof. Dr. Hans Wolfiheim
Franz zisperge
Dr. Ludwig Zollit
Karlheinz Deschner Historia
Criminal Del Cristianismo
índice
1. Antecedentes en el Antiguo Testamento
Israel
El asentamiento y el «buen Dios»
La pena de muerte y la «guerra santa»
Los estragos de David y los traductores
modernos de la Biblia
Judá, Israel y el «azote del Señor»
Clericalismo reaccionario y orígenes de la
teocracia
Mucho dinero para «el Señor»: el óbolo del
Templo
El belicismo sacro de los Macábeos
La guerra judía (66-70)
Bar Kochba y la «última guerra de Dios»
(131-136)
2. Empiezan dos milenios de persecuciones
contra los judíos
La religión judía, tolerada por el Estado
pagano
Interpretatio Christiana
Manifestaciones antijudías en el Nuevo
Testamento
El antijudaísmo en la Iglesia de los siglos
II al IV
E fren, doctor de la Iglesia y antisemita
Juan Crisóstomo, doctor de la Iglesia y
antisemita
Los santos Jerónimo e Hilario de Poitiers,
antisemitas
Embustes antijudíos de la Iglesia y su
influencia sobre el derecho laico
3. Primeras insidias de cristianos contra
cristianos
En los orígenes del cristianismo no existió
una «fe verdadera» .
Primeros «herejes» en el Nuevo Testamento
Despreciadores de padres, de hijos, de
«falsos mártires» por amor de Dios
El Cantar de Ágape y las «bestias negras»
del siglo II (Ignacio,Ireneo, Clemente de Alejandría)
Las «bestias con cuerpo humano» del siglo
III (Tertuliano, Hipólito, Cipriano)
El «Dios de la paz.» y los «hijos de
Satanás» en el siglo IV (Pacomio, Epifanio, Basilio, Ensebio, Juan Crisóstomo,
Efrén,
Hilario)
San Jerónimo y sus «reses para el matadero
del infierno» .
4. Primeros ataques contra el paganismo
La temática antipagana en el cristianismo
primitivo
Compromisos y odio antipagano en el Nuevo
Testamento
La
difamación del cosmos y de la religión y la cultura paganas (Arístides,
Atenágoras, Tatiano, Tertuliano, Clemente y otros)
Las persecuciones contra los cristianos en
el espejo de la historiografía eclesiástica
Los emperadores paganos vistos
retrospectivamente
Celso y Porfirio: los primeros adversarios
del cristianismo
5. San Constantino, el primer emperador
cristiano, «símbolo de diecisiete siglos de historia eclesiástica»
Los nobles ancestros y el terror del Rin
Guerra contra Majencia
Primeros privilegios para el clero
cristiano .
Guerra contra Maximino Daia
Guerra contra Licinio
El clero católico, cada vez más favorecido
Constantino como salvador, libertador y
vicario de Dios
De la Iglesia pacifista a la Iglesia del
páter castrense
Vida familiar cristiana y rigorismo de las
prácticas penales
Constantino contra judíos, «herejes» y
paganos
6. Persia, Armenia y el cristianismo
San Gregorio destruye el paganismo armenio
y funda un patriarcado hereditario
El primer Estado cristiano del mundo: una
guerra tras otra «en nombre de Cristo»
Planes ofensivos de Constantino y las
Disertaciones sobre la guerra del padre Átanoslo
7. Los hijos cristianos de Constantino y
sus sucesores
La primera dinastía cristiana fundada sobre
el exterminio familiar
Primeras guerras entre cristianos devotos
INTRODUCCIÓN GENERAL
SOBRE LA TEMÁTICA, LA METODOLOGÍA, LA
CUESTIÓN DE LA OBJETIVIDAD Y LOS PROBLEMAS DE LA HISTORIOGRAFÍA EN GENERAL
«El que no escriba la historia universal
como historia criminal, se hace cómplice de ella.»
K.D.1
«Yo condeno el cristianismo, yo formulo
contra la Iglesia cristiana la más formidable acusación que jamás haya
expresado acusador alguno.
Ella es para mí la mayor de todas las
corrupciones imaginables, [...] ella ha negado todos los valores, ha hecho de
toda verdad una mentira, de toda rectitud de ánimo una vileza. [...] Yo digo
que el cristianismo es la gran maldición, la gran corrupción interior, el gran
instinto de venganza, para el que ningún medio es demasiado venenoso, secreto,
subterráneo, bajo; la gran vergüenza eterna de la humanidad [...].»
FRIEDRICH NIETZSCHE2
«Abrasar en nombre del Señor, incendiar en
nombre del Señor, asesinar y entregar al diablo, siempre en nombre del Señor.»
GEORG CHRISTOPH LICHTENBERG3
«Para los historiadores, las guerras vienen
a ser algo sagrado; rompen a modo de tormentas saludables o por lo menos
inevitables que, cayendo desde la esfera de lo sobrenatural, vienen a
intervenir en el decurso lógico y explicado de los acontecimientos mundiales.
Odio ese respeto de los historiadores por lo sucedido sólo porque ocurrió, sus
falsas reglas deducidas a posterior!, su impotencia que los induce a postrarse
ante cualquier forma de poder.»
ELIAS CANETTI4
Para empezar, voy a decir lo que no debe
esperar el lector.
Como en todas mis críticas al cristianismo,
aquí faltarán muchas de las cosas que también pertenecen a su historia, pero no
a la historia criminal del cristianismo que indica el título. Eso que también
pertenece a la historia se encuentra en millones de obras que atiborran las
bibliotecas, los archivos, las librerías, las academias y los desvanes de las
casas parroquiales; el que quiera leer este material puede hacerlo mientras
tenga vida, paciencia y fe.
No. A mí no me llama la vocación a
discurrir, por ejemplo, sobre la humanidad como «masa combustible» para Cristo
(según Dieringer), ni sobre el «poder inflamatorio» del catolicismo (Von
Balthasar), a no ser que hablemos de la Inquisición. Tampoco me siento llamado
a entonar alabanzas a la vida entrañable que «reinaba en los países católicos
[...] hasta épocas bien recientes», ni quiero cantar las «verdades reveladas
bajo el signo del júbilo» que, según el católico Rost, figura entre «las
esencias del catolicismo».
No seré yo tampoco el cantor del «coral
gregoriano», ni de «la cruz de término adornando los paisajes», ni de «la
iglesiuca barroca de las aldeas», que tanto encandilaban a Walter Dirks. Ni
siento admiración por el calendario eclesiástico, con su «domingo blanco», por
más que Napoleón dijese, naturalmente poco antes de morir, que «el día más
bello y más feliz de mi vida fue el de mi primera comunión» (con imprimatur).
¿O debo decir que el IV Concilio de Toledo (633) prohibió cantar el Aleluya, no
ya durante la semana de la Pasión, sino durante toda la Cuaresma? ¿Que fue
también allí donde se dictaminó que la doxología trinitaria debía decir al
final de los Salmos, Gloria et honor patri y no sólo Gloria patrHS
Poco hablaremos de gloria et honor
ecciesiae o de la influencia del cristianismo, supuesta o realmente (como
alguna vez ocurriría) positiva. No voy a contestar a la pregunta: ¿para qué
sirve el cristianismo? Ese título ya existe. Esa religión tiene miles, cientos
de miles de panegiristas y defensores; tiene libros en los que (pese a tantas
«debilidades», tantos «errores», tantas «flaquezas humanas», ¡ay!, en ese
pasado tan venerable y glorioso) aquéllos presumen de la «marcha luminosa de la
Iglesia a través de las eras» (Andersen), y de que la Iglesia (en ésta y en
otras muchas citas) es «una» y «el cuerpo vivo de Cristo» y «santa», porque «su
esencia es la santidad, y su fin la santificación» (el benedictino Von
Rudioff); mientras que todos los demás, y los «herejes» los primeros, siempre
están metidos hasta el cuello en el error, son inmorales, criminales, están
totalmente corrompidos, y se hunden o se van a hundir en la miseria; tiene
historiadores «progresistas» y deseosos de que se le reconozcan méritos,
repartiendo siempre con ventaja las luces y las sombras, para matizar que ella
promovió siempre la marcha general hacia la salvación y el progreso.6
Se sobreentiende, a todo esto, que los
lamentables detalles secundarios (las guerras de religión, las persecuciones,
los combates, las hambrunas) estaban en los designios de Dios, a menudo
inescrutables, siempre justos, cargados de sabiduría y de poder salvífíco, pero
no sin un asomo de venganza, «la venganza por no haber sido reconocida la
Iglesia, por luchar contra el papado en vez de reconocerle como principio
rector» (Rost).7
Dado el aplastante predominio de las
glorificaciones entontecedoras, engañosas, mentirosas, ¿no era necesario
mostrar, poder leer, alguna vez lo contrario, tanto más, por cuanto está mucho
mejor probado? Una historia negativa del cristianismo, en realidad ¿no sería el
desiderátum que reclamaba o debía inducir a reclamar tanta adulación? Al menos,
para los que quieren ver siempre el lado que se les oculta de las cosas, el
lado feo, que es muchas veces el más verdadero.
El principio de audi alteram partem apenas
reza para una requisitoria. Picos de oro sí tenemos muchos..., eso hay que
admitirlo; generalmente lacónicos, sarcásticos, cuyo estudio en cientos de
discusiones y siempre que sea posible debo recomendar y encarecer expresamente,
en el supuesto que nos acordemos de compararlos con algún escrito de signo
contrario y que esté bien fundamentado.
El lector habrá esperado una historia de
«los crímenes del cristianismo», no una mera historia de la Iglesia. (La
distinción entre la Iglesia y el cristianismo es relativamente reciente,
pudiendo considerarse que no se remonta más allá del Siglo de las Luces, y
suele ir unida a una devaluación del papel de la Iglesia como mediadora de la
fe.) Por supuesto, una empresa así tiene que ser una historia de la Iglesia en
muchos de sus puntos, una descripción de prácticas institucionales de la
Iglesia, de padres de la Iglesia, de cabezas de la Iglesia, de ambiciones de
poder y aventuras violentas de la Iglesia, de explotación, engaño y
oscurantismo puramente eclesiásticos.
Sin duda tendremos que considerar con la
debida atención las grandes instituciones de la Ecciesia, y en especial el
papado, «el más artificial de los edificios» que, como dijo Schiller, sólo se
mantiene en pie «gracias a una persistente negación de la verdad», y que fue
llamado por Goethe «Babel» y «Babilonia», y «madre de tanto engaño y de tanto
error». Pero también será preciso que incluyamos las formas no eclesiásticas
del cristianismo: los heresiarcas con los heresiólogos, las sectas con las
órdenes, todo ello medido, no con arreglo a la noción general, humana, de la
criminalidad, sino en comparación con la idea ética central de los Sinópticos,
con la interpretación que da el cristianismo de sí mismo como religión del
mensaje de gozo, de amor, de paz y como «historia de la salvación»; esta idea,
nacida en el siglo XIX, fue combatida en el XX por teólogos evangélicos como
Barth y Buitman, aunque ahora recurren a ella de buena gana los protestantes, y
que pretendería abarcar desde la «creación» del mundo (o desde el «primer
advenimiento de Cristo») hasta el «Juicio final», es decir, «todos los avalares
de la Gracia» (y de la desgracia), como escribe Darlapp.8
El cristianismo será juzgado también con
arreglo a aquellas reivindicaciones que la Iglesia alzó y dejó caer
posteriormente: la prohibición del servicio de las armas para todos los
cristianos, luego sólo para el clero; la prohibición de la simonía, del préstamo
a interés, de la usura y de tantas cosas más. San Francisco de Sales escribió
que «el cristianismo es el mensaje gozoso de la alegría, y si no trae alegría
no es cristianismo»;
pues bien, para el papa León XIII, «el
principio sobrenatural de la Iglesia se distingue cuando se ve lo que a través
de ella ocurre y se hace».9
Como es sabido, hay una contradicción
flagrante entre la vida de los cristianos y las creencias que profesan,
contradicción a la que, desde siempre, se ha tratado de quitar importancia
señalando la eterna oposición entre lo ideal y lo real..., pero no importa. A
nadie se le ocurre condenar al cristianismo porque no haya realizado del todo
sus ideales, o los haya realizado a medias, o nada. Pero tal interpretación
«equivale a llevar demasiado lejos la noción de lo humano e incluso la de lo
demasiado humano, de manera que, cuando siglo tras siglo y milenio tras milenio
alguien realiza lo contrario de lo que predica, es cuando se convierte, por
acción y efecto de toda su historia, en paradigma, personificación y
culminación absoluta de la criminalidad a escala histórica mundial», como dije
yo durante una conferencia, en 1969, lo que me valió una visita al juzgado.10
Porque ésa es en realidad la cuestión. No
es que se haya faltado a los ideales en parte, o por grados; no, es que esos
ideales han sido literalmente pisoteados, sin que los que tal hacían depusieran
ni por un instante sus pretensiones de campeones de aquéllos, ni dejaran de
autoproclamarse la instancia moral más alta del mundo. Entendiendo que tal
hipocresía no expresaba una «debilidad humana», sino bajeza espiritual sin
parangón, abordé esta historia de crímenes bajo la idea siguiente: Dios camina
sobre abarcas del diablo (véase el epílogo de este volumen).
Pero al mismo tiempo, mi trabajo no es sólo
una historia de la Iglesia sino, precisamente y como expresa el título, una
historia del cristianismo, una historia de dinastías cristianas, de príncipes
cristianos, de guerras y atrocidades cristianas, una historia que está más allá
de todas las cortapisas institucionales o confesionales, una historia de las
numerosas formas de acción y de conducta de la cristiandad, sin olvidar las
consecuencias secularizadas que, apartándose del punto de partida, han ido desarrollándose
en el seno de la cultura, de la economía, de la política, en toda la extensión
de la vida social. ¿No coinciden los mismos historiadores cristianos de la
Iglesia en afirmar que su disciplina abarca «el radio más amplio de las
manifestaciones vitales cristianas» (K. Bornkamm), que integra «todas las
dimensiones imaginables de la realidad histórica» (Ebeling) sin olvidar «todas
las variaciones del contenido objetivo real» (Rendtorff)?11
Cierto que la historiografía distingue
entre la llamada historia profana (es ésta una noción usual tanto entre
teólogos como entre historiadores, por contraposición a lo sagrado o santo) y
la historia de la Iglesia, Aun teniendo en cuenta que ésta no se constituyó
como disciplina independiente hasta el siglo xvi, y por mucho que cada una de
ellas quiera enfilar (no por casualidad) rumbos distintos, realmente la
historia de la Iglesia no es más que un campo parcial de la historia general,
aunque a diferencia de ésta guste de ocultarse, como «historia de la
salvación», tras los «designios salvíficos de Dios», y la «confusión de la
gracia divina con la falibilidad humana» (Bláser) se envuelva en la
providencia, en la profundidad metafísica del misterio.12
En este campo los teólogos católicos suelen
hacer maravillas. Por ejemplo, para Hans Urs von Balthasar, ex jesuíta y
considerado en general como el teólogo más importante de nuestro siglo después
de su colega Kari Rahner, el motor más íntimo de la historia es el
«derramamiento» de «la semilla de Dios [...] en el seno del mundo. [...] El
acto generador y la concepción, sin embargo, tienen lugar en una actitud de
máxima entrega e indiferenciación. [...] La Iglesia y el alma que reciben el
nombre de la Palabra y su sentido deben abrírsele en disposición femenina, sin
oponer resistencia, sin luchar, sin intentar una correspondencia viril, sino
como entregándose en la oscuridad».13
Tan misteriosa «historia de la salvación»
(y en este caso descrita por medio de una no muy afortunada analogía), nebulosa
aunque pretendidamente histórico-crítica, pero inventada en realidad bajo una
premisa de renuncia al ejercicio de la razón, es inseparable de la historia
general, o mejor dicho, figura entre los camaranchones más oscuros y
malolientes de la misma. Es verdad que dicen que el Reino de Cristo no es de
este mundo, y que se alaban, principalmente para contraponerse a la
interpretación marxista de la historia, de que ellos ven ésta como
espiritualidad, como «entelequia trascendente», como «prolongación del mensaje
de Dios redivivo» (Jedin); precisamente, los católicos gustan de subrayar el
carácter esotérico de la «verdadera» historia, «le mystére de 1'histoire» (De
Senarclens). Como aseguran, «la trascendencia de todo progreso» está ya
realizada en Cristo (Daniélou); sin embargo, los «vicarios» de éste y sus
portavoces cultivan intereses de la más rabiosa actualidad. Papas y obispos, en
particular, jamás han desdeñado medio alguno para estar a bien con los
poderosos, para rivalizar con ellos, para espiarlos, engañarlos y, llegado el
caso, dominarlos. Con ambos pies bien plantados en este mundo, podríamos'decir,
como si estuvieran dispuestos a no abandonarlo jamás.14
Esa línea de conducta empezó de una forma
harto contundente a principios del siglo IV, con el emperador Constantino, a
quien no en vano hemos dedicado el capítulo más largo de este volumen, y se
prolonga a través de las teocracias del Occidente medieval hasta la actualidad.
Los imperios de Clodoveo, Carlomagno, Olaf, Alfredo y otros, y no digamos el
Sacro imperio romano-germano, se construyeron así sobre bases exclusivamente
cristianas. Muchos príncipes, por convicción o por fingimiento, alegaron que sus
creencias eran el móvil de su política, o mejor dicho, la cristiandad medieval
lo remitía todo a Dios y a Jesucristo, de tal manera que hasta bien entrado el
siglo xvi la historia de la Iglesia coincidió en gran medida con la historia
general, y hasta hoy resulta imposible dejar de advertir la influencia de la
Iglesia sobre el Estado en múltiples manifestaciones. En qué medida, con qué
intensidad, de qué maneras: dilucidar eso, dentro de mi tema y a través de las
distintas épocas, es uno de los propósitos principales de mi obra.
La historia general del cristianismo en sus
rasgos más sobresalientes ha sido una historia de guerras, o quizá de una única
guerra interna y externa, guerra de agresión, guerra civil y represión ejercida
contra los propios subditos y creyentes. Que de lo robado y saqueado se diese
al mismo tiempo limosna (para adormecer la indignación popular), o se pagase a
los artistas (por parte de los mecenas deseosos de eternizarse a sí mismos y
eternizar su historia), o se construyesen caminos (para facilitar las campañas
militares y el comercio, para continuar la matanza y la explotación), no debe
importarnos aquí.
Por el contrario, sí nos interesa la
implicación del alto clero, y en particular del papado, en las maniobras
políticas, así como la dimensión y la relevancia de su ascendiente sobre
príncipes, gobiernos y constituciones. Es la historia de un afán parasitario,
primero para independizarse del emperador romano de Oriente, luego del de
Occidente, tras lo cual enarbolará la pretensión de alcanzar también el poder
temporal sirviéndose de consignas religiosas. Muchos historiadores han
considerado indiscutible que la prosperidad de la Iglesia tuvo su causa y su
efecto en la caída del Estado romano. El mensaje de que «mi Reino no es de este
mundo» se vio reemplazado por la doctrina de los dos poderes (según la cual la
autoritas sacrata pontificum y la regalis potestas serían mutuamente
complementarias); después dirán que el emperador o el rey no eran más que el
brazo secular de la Iglesia, pretensión ésta formulada en la bula Unam Sanctam
de Bonifacio VIII y que no es depuesta oficialmente hasta León XIII (fallecido en
1903), lo que de todas maneras no significa gran cosa. La Cristiandad
occidental, en cualquier caso, «fue esencialmente creación de la Iglesia
católica», «la Iglesia, organizada de la hierocracia papal hacia abajo hasta el
más mínimo detalle, la principal institución del orden medieval» (Toynbee).15
Forman parte de la cuestión las guerras
iniciadas, participadas o comandadas por la Iglesia: el exterminio de naciones
enteras, de los vándalos, de los godos, y en Oriente la incansable matanza de
eslavos..., gentes todas ellas, según las crónicas de los carolingios y de los
Otones, criminales y confundidas en las tinieblas de la idolatría, que era
preciso convertir por todos los medios, sin exceptuar la traición, el engaño y
la vesanía, ya que en la Alta Edad Media el proceso de evangelización tenía un
significado militante, como luchar por Cristo con la espada, «guerra santa»,
nova religio, única garantía de todo lo bueno, lo grande y lo eterno. Cristo,
descrito como soldado desde los más antiguos himnos medievales, combatiente, se
convierte en caudillo de los ejércitos, rey, vencedor por antonomasia. El que
combate a su favor por Jerusalén, por la «tierra de promisión», tiene por
aliadas las huestes angélicas y a todos los santos, y será capaz de soportar
todas las penalidades, el hambre, las heridas, la muerte. Porque, si cayese, le
espera el premio máximo, mil veces garantizado por los sacerdotes, ya que no
pasará por las penas del purgatorio, sino que irá directo del campo de batalla
al Paraíso, a presencia del Sagrado Corazón de Jesús, ganando «la eterna
salvación», «la corona radiante del Cielo», la requies aeterna, vita aeterna,
salus perpetua... Los así engañados se creen invulnerables (lo mismo que los
millones de víctimas de los capellanes castrenses y del «detente bala» en las
guerras europeas del siglo xx) y corren hacia su propia destrucción con los
ojos abiertos, ciegos a toda realidad.16
Hablaremos de las cruzadas, naturalmente,
que durante la Edad Media fueron unas guerras estrictamente católicorromanas,
grandes crímenes del papado, que fueron perpetrados en la seguridad de que,
«aunque no hubiese otros combatientes sino huérfanos, niños de corta edad,
viudas y reprobos, es segura la victoria sobre los hijos del demonio». Sólo la
muerte evitó que el primer emperador cristiano emprendiese una cruzada contra
los persas (véase el final del capítulo 5); no se tardaría demasiado en
organizar la inacabable secuencia de «romerías en armas», convertidas en una
«empresa permanente», en una idea, en un tema que por ser «repetido
incesantemente, acaba por empapar las sociedades humanas, e incluso las
estructuras psíquicas» (Braudel). Porque el cristiano quiere hacer dichoso al
mundo entero con sus «valores eternos», sus «verdades santificantes», su
«salvación final» que, en demasiadas ocasiones, se ha parecido excesivamente a
la «solución final»; un milenio y medio antes de Hitler, san Cirilo de Alejandría
ya sentó el primer ejemplo de gran estilo católico apostólico contra los
judíos. El europeo siempre sale de casa en plan de «cruzada», ya sea en la
misma Europa o en África, Asia y América, «aun cuando sea sólo cuestión de
algodón y de petróleo» (Friedrich Heer). Hasta la guerra del Vietnam fue
considerada como una cruzada por el obispado estadounidense quien, durante el
Vaticano II, incluso llegó a pedir el empleo de las armas nucleares para salvar
la escuela católica. Porque «incluso la bomba atómica puede ponerse al servicio
del amor al prójimo» (según el protestante Künneth, transcurridos trece años de
la explosión de Hiroshima).17
La psicosis de cruzada, fenómeno que
todavía muestra su virulencia en la actual confrontación Esíe-Oeste, produce
minicruzadas aquí y allá, como la de Bolivia en 1971, sin ir más lejos, que fue
resumida por el Antonius, órgano mensual de los franciscanos de Baviera, en los
términos siguientes: «El objetivo siguiente fue el asalto a la Universidad, al
grito de batalla por Dios, la patria y el honor contra el comunismo [...],
siendo el héroe de la jornada el jefe del regimiento, coronel Celich: He venido
en nombre propio para erradicar de Bolivia el comunismo. Y liquidó
personalmente a todos los jóvenes energúmenos hallados con las armas en la
mano. [...] Ahora Celich es ministro del Interior y actuará seguramente con
mano férrea, siendo de esperar que ahora mejoren un poco las cosas, ya que con
la ayuda de la Santísima Virgen puede considerarse verdaderamente exterminado
el comunismo de ese país.»18
Aparte de las innumerables complicidades de
las Iglesias en otras atrocidades «seculares», comentaremos las actividades
terroristas específicamente clericales como la lucha contra la herejía, la
Inquisición, los pogroms antisemitas, la caza de brujas o de indios, etcétera,
sin olvidar las querellas entre príncipes de la Iglesia y entre monasterios
rivales. Hasta los papas se presentan finalmente revestidos de casco y coraza y
empuñando la tizona. Poseen sus propios ejércitos, su armada, sus herreros fabricantes
de armas..., tanto así que todavía en 1935, cuando Mussolini cayó sobre
Abisinia entre frenéticas alabanzas de los prelados italianos, ¡uno de sus
principales proveedores de guerra fue una fábrica de municiones propiedad del
Vaticano! En la época de los Otones, la Iglesia imperial está completamente
militarizada y su potencia de combate llega a duplicar la fuerza de los
príncipes «seculares». Los cardenales y los obispos envían ejércitos en todas
direcciones, caen en los campos de batalla, encabezan grandes partidos, ocupan
cargos como prelados de la corte o ministros, y no se conoce ningún obispado
cuyo titular no anduviese empeñado en querellas que se prolongaban a veces
durante decenios. Y como el hambre de poder despierta la crueldad, más adelante
hicieron otras muchas cosas que durante la Alta Edad Media todavía no habrían
sido posibles.'9
Dedicaremos una atención pormenorizada a la
formación y multiplicación de los bienes de la Iglesia («peculio de los
pobres», oficialmente, al menos desde los tiempos de Pelagio I), acumulados
mediante compra, permuta, diezmo, rediezmo, o por extorsión, engaño, robo, o
alterando el sentido de las antiguas prácticas de culto mortuorio de los
germanos, convirtiendo el óbolo para los muertos en limosna para las almas, o
quebrantando el derecho de herencia germánico («el heredero nace, no se
elige»). También saldrá a la luz lo de explotar la ingenuidad, la fe en el Más
Allá, pintar los tormentos del infierno y las delicias del cielo, de donde
resultan, entre otras cosas, las fundaciones de los príncipes y de la nobleza y
también, sobre todo durante la Alta Edad Media, las mandas de los pequeños
propietarios y de los colonos, pro saluteanimae.
Abundaban en la Iglesia los propietarios de
latifundios enormes: los conventos de monjes, los conventos de monjas, las
órdenes militares, los cabildos catedralicios y hasta las iglesias de los
pueblos. Muchas de esas propiedades parecían más cortijo que casa de Dios, y
estaban atendidas por sirvientes, domésticos y esclavos. En sus mejores
tiempos, la abadía del Tegernsee fue propietaria de 11.860 alquerías; el
convento de Saint Germain des Prés, junto a París, tenía unas 430.000
hectáreas, y el abate de Saint Martín de Tours llegó a poseer 20.000
sirvientes. Y mientras los hermanos legos y los siervos de la gleba cargaban
con las faenas, mientras los conventos se enriquecían gracias a las dotes y las
herencias, la riqueza inevitablemente corrompía cada vez más a los religiosos.
«De la religión nació la riqueza —decía un proverbio medieval—, pero la riqueza
devora a la religión.» En tiempos la Iglesia cristiana fue dueña de una tercera
parte de las tierras de Europa; en 1917, la Iglesia ortodoxa era propietaria de
una extensión de territorio en Oriente proporcional a Rusia. Y todavía hoy la
Iglesia de Cristo es la mayor terrateniente privada del mundo. «¿Dónde
hallaremos a la Iglesia? Naturalmente allí, donde campea la libertad» (según el
teólogo Jan Hoekendijk).20
En la Edad Media, el estatuto de las clases
menesterosas, naturalmente determinado por el régimen feudal, y las
usurpaciones territoriales de los príncipes y de la Iglesia conllevaron una
opresión cada vez mayor, que recayó sobre grandes sectores de la población, y
acarrearon la ruina de lospauperes liben homines y los minus potentes mediante
la política de conquistas, el servicio de las armas, los tributos, la represión
ideológico-religiosa y rigurosísimos castigos judiciales. Todo ello provocó la
resistencia individual y colectiva de los campesinos, cuyas sociedades secretas
e insurrecciones, conjurationes y conspirationes llenan toda la historia de
Occidente desde Carlos el Grande hasta bien entrada la Edad Moderna.
Serán temas especiales de nuestra
investigación en ese contexto: el derecho de expiación, el bracchium saeculare
o intervención de las autoridades temporales en la sanción de disposiciones y
leyes de la Iglesia, con aplicación cada vez más frecuente de la pena capital
(por decapitación, ahorcamiento, muerte en la hoguera, lapidación,
descuartizamiento, empalamiento y otros variados sistemas). De los catorce
delitos capitales legislados por Carlomagno después de someter a sangre y fuego
a los sajones, diez se refieren exclusivamente a infracciones de tipo
religioso. La frase estereotipada morte moriatur recae sobre cuantos actos
interesaba reprimir a los portadores del mensaje gozoso: robo de bienes de la
Iglesia, cremación de los muertos, denegación del bautismo, consumo de carnes
durante los «sagrados cuarenta días de la Cuaresma», etcétera. Con arreglo al
antiguo derecho penal de Polonia, a los culpables de haber comido carne durante
el ayuno pascual se les arrancaban los dientes.21
Discutiremos también los castigos
eclesiásticos por infracciones al derecho civil. Los tribunales eclesiásticos
fueron cada vez más odiados. Hay cuestiones que discutiremos extensamente: las
prácticas expiato-
rias (los bienes robados a la Iglesia
debían restituirse al cuádruple, y según el derecho germánico hasta veintisiete
veces lo robado); las prisiones eclesiásticas y monacales, llamadas
especialmente ergástulas (también se llamaba ergástula a los ataúdes), donde
eran arrojados tanto los «pecadores» como los insumisos y los locos, e
instaladas generalmente en sótanos sin puertas ni ventanas, pero bien provistas
de grilletes de todas clases, potros de martirio, manillas y cadenas. Se
documentará la pena de exilio y la aplicación de este castigo a toda la
familia, en caso de asesinato de un cardenal, extensible hasta los
descendientes masculinos en tercera generación. También estuvieron muy en boga
la tortura y los castigos corporales, sobre todo en Oriente, donde hizo furor
la afición a mutilar miembros, sacar ojos, cortar narices y orejas. Asimismo
gozaban de especial predilección, como suele suceder en los regímenes
teocráticos, los azotes, como demuestra incluso la abundancia de sabrosas
denominaciones (corporis castigatio.flageüum^ flagelli disciplina, flagellorum
poena, percussio, plagae, plagarum virgae, verbera, verberatio, verberum,
vindicta y así sucesivamente). La pena de los azotes, con la que se sancionaban
hasta las más mínimas infracciones, se aplicó sobre todo en los conventos a
monjes y monjas, pero también a los menores de edad, a los sacerdotes y sobre
todo a los miembros del bajo clero, todos los cuales recibieron palos desde el
siglo v hasta el xix por lo menos; a menudo, eran los abades y obispos quienes
esgrimían el látigo, el vergajo o la correa; a veces, los maltratados por los
obispos eran abades, y habitualmente se superaba el tope de 40 o 39 golpes
señalado por la ley mosaica para llegar a los 70, los 100 o los 200, quedando
esta determinación «a discreción del abad» aunque, eso sí, sólo en casos
excepcionales se autorizaba a «proceder hasta la muerte del reo» (según el
católico Kober en comentario a Reg. Magistri c. 13). Es bastante plausible que
no todas las autoridades llegasen a tales excesos, y seguramente no todos
serían tan vesánicos como el abad Transmundo, que arrancaba los ojos a los
monjes del convento de Tremití, o les cortaba la lengua (y que, pese a ello,
gozó de la protección personal del papa Gregorio VII, quien también gozó de
gran notoriedad). Ni debe sorprender que ocurriesen tales cosas cuando
autoridad tan señalada como Pedro Damián, cardenal, santo y padre de la
Iglesia, llegaba a la conclusión de que, si un castigo de 50 azotes era lícito
y saludable, cuánto más no debería serlo uno de 60,100, 200 o incluso 1.000 o
2.000 azotes. Por eso, durante toda la Edad Media menudearon las insurrecciones
de religiosos, hartos de algún abad frenético que luego era linchado, mutilado,
cegado, envenenado o apuñalado por su grey. Incluso delante del altar fue
traspasado a puñaladas alguno de estos superiores, o asesinado por bandidos a
sueldo. El caso es que los castigos corporales para los inferiores fueron tan
frecuentes durante la Alta y la Baja Edad Media, que el ordinario solía preguntar
rutinariamente durante sus visitas si se sabía de alguien que no fustigase a
sus esclavos o colonos.22
Otros aspectos que van a merecer nuestra
atención: la posición de la Iglesia ante la esclavitud y el trabajo en general;
la política agraria, comercial y financiera de los monasterios, verdadera banca
de la Alta Edad Media (durante los siglos X y xi hallamos en la Lorena
monasterios en funciones de institutos de crédito o verdaderos bancos),
convertidos en potencias económicas de primera magnitud. La agitación de los
monjes en el mundo de la política y del dinero fue incesante, sobre todo
durante las ofensivas alemanas hacia el Este, cuando las órdenes participaron
en empresas de colonización y asentamiento, después del genocidio de naciones
enteras. A comienzos del siglo XX, los jesuítas controlaban todavía la tercera
parte del capital en España, y ahora que llegamos a finales del mismo siglo
dominan el banco privado más grande del mundo, el Bank of América, mediante la
posesión del 51 % de sus acciones. Y el papado sigue siendo una potencia
financiera de categoría mundial, que además cultiva los más íntimos contactos
con el mundo del hampa mediante instrumentos como el Banco de Sicilia, entre
otros, llamado «el banco de la Mafia».
El financiero Michele Sindona, ex alumno de
los jesuítas y «el italiano más célebre después de Mussolini» (Time), as de los
banqueros de la Mafia (cuya actividad se desarrolló principalmente en Italia,
Suiza, Estados Unidos y el Vaticano), siciliano que tuvo más bancos que camisas
tienen muchos hombres y que, según se dice, hizo buena parte de su fortuna
gracias al tráfico de heroína, era íntimo amigo del arzobispo de Messina y
también del arzobispo Marcinkus, director del banco vaticano «Instituto para
las Obras de Religión» («mi posición en el Vaticano es extraordinaria»,
«única»), y entre sus amistades figuraba Pablo VI. Sindona era también asesor
financiero y asociado comercial de la Santa Sede, cuyos bancos siguen
especulando con el dinero negro del gangsterismo organizado italiano. El
mafioso Sindona, «probablemente el hombre más rico de Italia» (Lo Bello), que
«había recibido del papa Pablo VI el encargo de reorganizar la hacienda
vaticana» {Süddeutsche Zeitung) en 1980, fue condenado a 25 años de cárcel en
Estados Unidos, como responsable de la mayor quiebra bancaria de la historia de
dicho país; más tarde, fue extraditado a Italia, donde, en 1986, dos días
después de su condena a cadena perpetua (por inducción al homicidio), murió
envenenado con cianuro pese a todas las medidas de seguridad que se habían
adoptado. Significativas fueron las declaraciones del magistrado milanos Guido
Viola, después de investigar doce años de actividades financieras de Sindona
(105.000 millones de pesetas en pérdidas, sólo en Italia): «El juicio no ha
servido para destapar por completo ese tarro de inmundicia». También Roberto
Calví, otro banquero de la Mafia que acabó colgado de un puente sobre el
Támesis en 1982, figuraba durante el pontificado de Pablo VI en el cerrado
círculo de los «uomini di fiducia», y en su calidad de «banquero de Dios», como
le llamaban en Italia, contribuyó a «propagar por todo el mundo el cáncer de la
delincuencia económica instigada desde el Vaticano». (Mencionemos de paso que,
en abril de 1973, el director Lynch, del Departamento de represión del crimen
organizado y la corrupción en el Ministerio de Justicia estadounidense,
acompañado de funcionarios policiales y del FBI presentó en la Secretaría de
Estado vaticana «el documento original por el que el Vaticano» encargaba a la
Mafia de Nueva York «títulos falsificados por un valor ficticio de casi mil
millones de dólares», «una de las mayores estafas de todos los tiempos»; el
autor del encargo, por lo que parece, no era otro que el arzobispo Marcinkus,
«íntimo amigo de Sindona» [YaIlop].) El predecesor de Pablo, el papa Pío XII,
cuando murió en 1958 dejó una fortuna privada (la misma que, según ciertas
alegaciones, había gastado por entero en salvar a muchos judíos de las
persecuciones nazis) de 500 millones de pesetas en oro y papeles de valor.
Durante su pontificado, el nepotismo alcanzó dimensiones verdaderamente
renacentistas. Se ve que los ministros de la salvación pensaban sobre todo en
salvar su propio patrimonio.23
La avaricia de los prelados está
documentada por testimonios de todas las épocas, así como el enriquecimiento
privado de papas, obispos y abades, sus lujos generalmente desaforados, las
malversaciones del patrimonio eclesiástico en beneficio de parientes, la
simonía, la captación de canonjías o su usurpación, el cambalacheo de
dignidades eclesiásticas, desde la de sacristán de aldea hasta la misma de
pontífice. O la venta de vino, cerveza, óleos, hostias, pildoras abortivas (!)
llamadas lateólas;
la práctica del soborno incluso por parte
de los más famosos doctores de la Iglesia, del papa Gregorio I, de san Cirilo
(que impuso un dogma mariano con ayuda de enormes sumas de dinero), y otros
muchos negocios como el préstamo, tráficos diversos, usura, óbolo de San Pedro,
indulgencias, colectas, captación de herencias durante dos milenios, sin
exceptuar las gigantescas operaciones de tráfico de armas. Todo ello
consecuencia de la plétora de privilegios de que disfrutaba el alto clero,
derechos de inmunidad, franquicias, condados, aranceles, dispensas de
impuestos, privilegios penales, culminando en la autonomía orgullosa del
pontífice romano: sic voló, sic jubeo! («Así lo quiero, así lo ordeno»). Sin
olvidar el aspecto económico de las persecuciones contra idólatras, judíos,
herejes, brujos, indios, negros, ni el factor económico de la milagrería, las
estampitas, las vidas de santos, los librillos milagrosos, los centros de
peregrinaje y tantas otras cosas.24
El santo fraude, o pía fraus, con sus
diversos tipos de falsificación (apostolización, concurrencia de peregrinos,
escrituras de propiedad, garantías jurídicas) se estudia en un apartado
diferente, teniendo en cuenta que en toda Europa, hasta bien avanzada la Edad
Media, los falsificadores fueron casi exclusivamente los religiosos. En
conventos y palacios episcopales, y por motivos de política eclesiástica,
buscaban la manera de imponerse en las luchas de rivalidad mediante la
falsificación de diplomas o la práctica de la interpolación en los originales.
La afirmación de que durante la Edad Media hubo casi más documentos, crónicas y
anales falsos que verdaderos, apenas es exagerada; el «santo engaño» se
convirtió en un factor político, «el taller del falsificador en instancia
ordenadora de la Iglesia y del derecho» (Schreiner).25
La explotación sin escrúpulos de la
ignorancia y de la superstición, en donde triunfan los engaños basados en
reliquias, libros de devoción, milagrerías y leyendas (o dicho de manera
científica, «la reinterpretación de los hechos históricos en el sentido de una
causalidad hagiológica», según Lotter), dirige nuestra atención hacia los
aspectos culturales, y más principalmente hacia los de política educativa.
Sin duda, las Iglesias, y en particular la
Iglesia romana, han creado valores culturales importantes, sobre todo
construcciones, lo que obedecía por lo general a motivos nada altruistas
(representación del poder), así como en el dominio de la pintura, respondiendo
también a razones ideológicas (las sempiternas ilustraciones de escenas
bíblicas y de leyendas de santos). Pero dejando aparte que el tan decantado
amor a la cultura contrasta fuertemente con la indiferencia cultural del
paleocristianismo, que contemplaba las «cosas de este mundo» con total
menosprecio escatológico, puesto que creía inminente el fin de todas ellas
(error fundamental, en el que cayó el mismo Jesús), conviene tener presente que
la mayoría de las aportaciones culturales de la Iglesia fueron posibles gracias
a la explotación sin contemplaciones de las masas, esclavizadas y empobrecidas
siglo tras siglo. Y frente a ese fomento de la cultura encontramos todavía más
represión cultural, intoxicación cultural y destrucción de bienes culturales.
Los magníficos templos de adoración de la Antigüedad fueron arrasados casi en
todas partes; edificios de valor irreemplazable ardieron o fueron derribados,
sobre todo en la misma Roma, donde las ruinas de los templos servían de
canteras. En el siglo x se dedicaban todavía a derribar y romper estatuas,
arquitrabes, a quemar pinturas, y los más bellos sarcófagos servían de bañeras
o de comederos para los cerdos. De modo similar, pisotearon la grandiosa
cultura de los árabes de España «no quiero decir qué clase de pies», para citar
la frase de Nietzsche. Y en América del Sur el catolicismo arruinó (además de
muchos millones de vidas) más tesoros culturales que los que innegablemente
aportó, pese a la sobreexplotación.26
Pero la destrucción más tremenda, apenas
imaginable, ha sido la causada en el terreno de la educación. La cultura
general de la Antigüedad cada vez más desterrada de las escuelas, la enseñanza
teológica convertida en enseñanza por antonomasia. Durante toda la Edad Media
sólo se consideraban útiles aquellas ciencias que contribuyeran a la prédica
eclesiástica. Entre los reunidos en el Concilio de Calcedonia se hallaron 40
obispos analfabetos. Los papas de los siglos siguientes se envanecían de su
ignorancia, no sabían el griego y hablaban pésimamente el latín. Gregorio I
Magno, el único papa doctor de la Iglesia además de León I, según la tradición
mandó quemar una gran biblioteca que existía en el Palatino. Es probable que no
todos los papas de los siglos IX y X supieran leer y escribir.
En la Edad Media las artes no eran sino
instrumentum theologiae, y algunas veces fueron condenadas como «necedades y
vanidades». («Mi gramática es Cristo.») En las órdenes abundaban también los
illiterati et idiotae. Desapareció el floreciente comercio librero de la
Antigüedad, la actividad de los monasterios fue puramente receptiva.
Trescientos años después de la muerte de Alcuino y de Rábano Mauro, los
discípulos todavía estudiaban con los manuales que aquéllos escribieron. E
incluso santo Tomás de Aquino, el filósofo oficial de la Iglesia, escribe que
«el afán de conocimientos es pecado cuando no sirve al conocimiento de Dios».27
Aunque, en realidad, apenas estudiaba una
ínfima minoría; todavía hoy, buena parte de la sabiduría del clero se funda en
la ignorancia de los laicos. Hasta la época de los Hohenstaufen, la mayoría de
los príncipes cristianos no sabían leer ni escribir; un trazo dibujado al pie
de los documentos bastaba para considerarlos válidos. Los aristócratas
medievales fueron «necios» (necio = el que no sabe) durante mucho tiempo; así
podía engañarlos más fácilmente el clero. Y las masas populares vegetaron en
condiciones del más absoluto analfabetismo hasta bien entrada la Edad Moderna.
Después de la primera guerra mundial, o más;
concretamente en 1930, cuando dos terceras
partes de la población española padecían carencias alimentarias endémicas, sólo
en Madrid se contaban 80.000 niños sin escolarizar, obedeciendo sin duda a los
principios definidos por un ministro católico. Bravo Murillo, cuando, al
solicitarle licencia para levantar una escuela con capacidad para 600 hijos de
obreros, contestó: «Lo que necesitamos no son hombres que sepan pensar, sino
bueyes que sirvan para trabajar» .
En las universidades, la hipertrofia del
aristotelismo abortó cualquier posibilidad de investigación independiente. Al
dictado de la teología estaban sometidas la filosofía y la literatura; en
cuanto a la historia como ciencia, era desconocida por completo. Se condenó la
experimentación y la investigación inductiva; las ciencias experimentales
quedaron ahogadas por la Biblia y el dogma; los científicos arrojados a las
mazmorras, o a la hoguera. En 1163, el papa Alejandro III (recordemos de paso
que por esa época existían cuatro antipapas) prohibió a todos los clérigos el
estudio de la física. En 1380, una decisión del parlamento francés prohibía el
estudio de la química, remitiéndose a un decreto del papa Juan XXII. Y mientras
en el mundo árabe (obediente a la consigna de Mahoma: «La tinta de los
escolares es más sagrada que la sangre de los mártires») florecían las
ciencias, en especial la medicina, en el mundo católico las bases del
conocimiento científico permanecieron inalteradas durante más de un milenio,
hasta bien entrado el siglo xvi. Que los enfermos buscasen consuelo en la
oración, en vez de llamar al médico. La Iglesia prohibía la disección de
cadáveres, y a veces incluso rechazó el empleo de medicamentos naturales por
juzgarlo una intervención ilícita en los designios divinos. En la Edad Media no
tenían médico ni siquiera las abadías más grandes. En 1564, la Inquisición
condenó a muerte al médico Andrés Vesalio, fundador de la anatomía moderna, por
haber abierto un cadáver y por haber afirmado que al hombre no le falta la
costilla con que fue creada Eva.29
En coherencia con esa tutela de la
enseñanza, encontramos otra institución, la censura eclesiástica, muy a menudo
(por lo menos desde los tiempos de san Pablo, en Efeso) dedicada a la quema de
libros adversos, paganos, judíos o sarracenos, a la destrucción (o la
prohibición) de literaturas cristianas rivales, desde los libros de los
arríanos y nestorianos hasta los de Lutero. Pero no vayamos a olvidar que los
protestantes también implantaron a veces la censura, incluso para los sermones
fúnebres y también para obras no teológicas, siempre que tocaran cuestiones
eclesiásticas, religiosas o de costumbres.
Ésta es una selección de los principales
temas que he contemplado en mi historia del crimen. Y sin embargo, no es más
que un segmento minúsculo de la historia en general.
¡La historia!
Fábula, según Napoleón; charlatanería, como
dijo HenryFord; destilado de rumores, según Cariyie, y vergüenza del género
humano, según el parecer de Seume (tan escasamente conocido como digno de ser
leído). Y yo añado: la prueba más segura del fracaso de la educación. La
historia de los individuos y de los pueblos es, sin duda, lo más complejo y
complicado, porque pretende abarcar e integrar todos los fenómenos del universo
humano, en todo momento una catarata gigantesca en donde intervienen factores
forzosamente ocultos, tanto para los contemporáneos como para la posteridad,
sentimientos, ideas, acontecimientos, los condicionantes de esos hechos, la
manera en que los mismos son percibidos, una barabúnda insospechable de eventos
que pertenecen al pasado, un entramado vertiginoso de formas sociales y de
formas del derecho, de normas, de roles percibidos o no, de actitudes y
mentalidades, de infinitos ritmos de vida heterogéneos e incluso antagónicos,
de influencias de pensadores, de factores geopolíticos, de procesos económicos,
de estructuras de clase, en donde hay que considerar tanto las variaciones del
clima como las estadísticas demográficas, la práctica de la esclavitud como los
conciertos de Bach, la noche de San Bartolomé, las jugadas de fortuna y las crisis
de los precios, las neurosis eclesiógenas, las encíclicas papales y los
castigos judiciales, la prostitución, los debates parlamentarios y la
vivisección, la moda, y mucho más, ya que, por si fuera poco, el psicoanálisis
agrega las motivaciones inconscientes, sin dejar de lado las aportaciones de la
psicosociología analítica, las de la historiografía misma o historia de la
historia, en un palabra, citando a Max Weber: «Una corriente titánica y caótica
de acontecimientos que avanza a través del tiempo», o como dice Droysen: «la
historia que engloba todas las historias».30
¿Es posible encontrar un punto fijo en esta
ebullición de la agitada humanidad? ¿Hallaremos una constante en lo que, por
definición, es devenir ininterrumpido? ¿Existe algo que no cambie, o que retome
siempre como el río de Heráclito?
Sin duda, no reconocemos en esta
descripción el papel que ya Cicerón adjudicó a la historia como magistra vitae.
¿Será tal vez lo contrario? ¿Quizá la única conclusión que podemos sacar es
«que los pueblos y los gobiernos jamás han aprendido nada de la historia, ni se
han atenido nunca a las reglas que de ella pudieran deducirse»? Casi todas las
frases lapidarias de Hegel me llevan a contradecir las anteriores, y también
ésa es cierta sólo cuando nos referimos a los pueblos. Porque los gobiernos sí
han aprendido de la historia, y con tal éxito, que las únicas artes en que no
se inventa nada nuevo son las de la conducción de los hombres, como podemos ver
con un poco de perspectiva.
Retornemos durante unos momentos al
presente.
Cualquiera de nosotros puede leer la
historia, más aún, revivirla a través de sus propios ojos, aunque sin duda no
tanto directamente como por vía de la «realidad» de los medios, es decir de los
textos, las noticias, los sermones escritos, los «cien rostros» (Braudel).
Pero, por muy inextricable que parezca la confusión de los hechos históricos,
los conflictos de intereses, las influencias rivales, y por complicado que sea
el organismo de la sociedad, una cosa sí podemos ver todos, indiscutida y,
según todas las apariencias, indiscutible: que siempre hubo y hay en el mundo
una minoría que manda y una gran mayoría que es mandada, que hubo y hay
capillas reducidas de astutos explotadores y ejércitos innumerables de
humillados y ofendidos. «Comoquiera que definamos el Estado y la sociedad,
permanece siempre la oposición entre la masa de los gobernados y el pequeño
número de los gobernantes» (Ranke). Esto rige para la era de la exploración
espacial y la de la revolución industrial, lo mismo que para la época del colonialismo,
o la del capitalismo mercantilista occidental, o la de las sociedades
esclavistas de la Antigüedad. Así ha venido ocurriendo siempre, al menos,
durante los dos mil años que aquí nos ocupan; no digo que se trate de una ley,
pero sí que ha sido la regla general. ¡Nunca fueron los pueblos dueños de sus
destinos! Siempre predominó un cierto afán de poder y de seguridad, siempre
mandó una minoría mediante la opresión sobre la mayoría, mediante la
explotación, perpetrando matanzas en o por medio de ella, unas veces más que
otras, admitámoslo, pero por lo general con excesiva asiduidad. En todos los
siglos que nos ocupan, la historia estuvo hecha de opresión y humillaciones, de
clases altas explotadoras y clases bajas explotadas: lo que hoy se llama
«Estado de derecho» y que forma parte indisoluble de la civilización humana, o
mejor dicho de la cultura humana, y digo bien, porque los pueblos «cultos»
siempre fueron los primeros en dar ejemplo.31
«La historia no se repite»: el dicho se
repite siempre..., como la Historia misma: en las tensiones sociales, las
insurrecciones, las crisis económicas y las guerras. Es decir, en sus hechos
principales y capitales, cuyas repercusiones, sin embargo, alcanzan a los
ámbitos más íntimos de la vida privada, en las relaciones entre amo y criado,
entre amigo y enemigo. Visto de esa manera, en principio nunca pasa nada nuevo,
pues, en lo cualitativo, poco importa si la opresión se ejerció por medio del
arco y la flecha o por el arcabuz, la ametralladora o la bomba atómica.
La historia es un drama de muchos actos...,
de violencia, sobre todo, aunque también un progreso ininterrumpido, digamos,
desde el cazador de cabezas hasta el especialista en lavados de cerebro, desde
la cerbatana hasta el misil, desde el derecho del más fuerte hasta el derecho
escrito en articulados, ese disfraz de la violencia. Y así vamos de tratado de
paz en tratado de paz, de metástasis en metástasis, de tropiezo en tropiezo.
Queda visto, pues, lo que es permanente
dentro de las mudanzas de la historia, la estructura que la informa en
profundidad. He ahí el punto fijo en medio del cambio, la verdadera «histoire
de longue durée» (Braudel), o en todo caso más duradero que las eras abarcadas
por esa noción: un «modelo» que lleva milenios de vigencia, un ritmo más o
menos uniforme, una especie de «histoire biologique». Es casi como el ritmo de
las mareas o el de las estaciones de la naturaleza, que también se repite a su
manera; aunque pueda parecer desprovisto de una finalidad, obedece a leyes
causales, a cuyas manifestaciones, sin embargo, sólo podemos asignar una
probabilidad estadística y no una certeza. Por el contrario, la historia
responde a intenciones y a voluntades, es decir, a acciones humanas
deliberadas.32
Indudablemente, la historia en su
globalidad es también acción humana única e irrepetible. Sin duda, la dimensión
antropológica subrayada por el historicismo, la categoría de la individualidad,
tiene sus derechos en esto como en todo: la importancia de la idiosincrasia de
una persona determinada, la relevancia del carácter único de los fenómenos.
Pero también está lo general, lo común, lo constante, mil veces demostrado
empíricamente, sin que por eso sea necesario creer como Hobbes, pongamos por
caso, o como Gobineau y como Burke, en la posibilidad de cultivar la historia
con la perfección y la precisión de las ciencias naturales; esa historia de la
que el mismo Edmund Burke escribió, en 1790 (en sus Reflections on the
Revolution in France), que estaba hecha en su mayor parte «de la miseria que
impera en el mundo por causa de la vanidad, la ambición, la codicia, la
venganza, la lujuria, la insumisión, la hipocresía, y todas las demás pasiones
desatadas. [...] Estos vicios son la causa de aquellas tormentas. La religión,
la moral, las leyes, las prerrogativas, los privilegios, no son más que
pretextos». Y el mismo Kant decía no poder encontrar ninguna intención racional
y propia en los hombres y en sus juegos, refiriéndose a «la marcha absurda de
los negocios humanos» y afirmando no poder evitar «un cierto enojo cuando uno
contempla lo que sucede, por acción y por omisión, en el gran teatro del mundo,
y que pese a ocasionales asomos de prudencia, al fin se mezclan en todo la
necedad, la infantil vanidad, y también no menos infantiles actos de malicia y
afán destructivo; de manera que, en conclusión, no sabe uno qué opinar de esta
especie nuestra, tan pagada de sus supuestas prendas».33
Muchos sucesos abonan estas opiniones de
Burke y de Kant, sobre todo después de los dos siglos transcurridos. Parece
como si la humanidad careciese de capacidad para elevarse y redimirse de la
miseria moral. En efecto, lo histórico es el infierno, y la historia la
resurrección de lo que no debería volver nunca; un espectáculo ruin, en el que
los pueblos (perros encadenados que sueñan con la libertad) mueren más pronto
bajo las consignas que éstas bajo los pueblos. De esta manera, gobernar, por lo
general, no significa sino impedir la justicia, hacer lo menos posible para
muchos y lo máximo para muy pocos; y el derecho tampoco es la precondición de
la justicia, sino que sirve únicamente para evitarla y prevenirla. Summa
sumarum: que no se puede hablar de ética a los que sólo creen en la «política
de las realidades». Como dicen los chinos, habíale de ideas a un chacinero y
creerá que estás hablando de cerdos. Las ideas no son sino las bambalinas del
escenario del mundo; en la escena, mientras unos mueren otros ríen entre
bastidores. El militarismo es la mística del homicidio, la historia apenas otra
cosa sino negocios, la riqueza pocas veces otra cosa sino el residuo de los
crímenes, y mientras los unos se desmayan de hambre los otros están hartos
antes de sentarse a la mesa. El hecho de que, cuando salgamos de este mundo,
como lamentaba Voltaire, hayamos de dejarlo tan necio y mísero como lo
encontramos al nacer, parece todavía una idea soportable ante la sospecha de
que dentro de dos mil años aún será tan necio y mísero como lo era dos mil años
antes de nosotros.
Tal vez fuese otro el juicio, o mejor dicho
seguramente lo sería, si pudiéramos abarcar totalmente la historia, el conjunto
del universo humano, aunque a mi modo de ver eso quizá sería peor. Pero la
verdad es que el conocimiento completo de los hechos es utópico, limitado
nuestro saber histórico, perdidas o intencionadamente destruidas muchas
informaciones valiosas; de la mayoría de los acontecimientos, además, jamás
quedó comprobante alguno. Todo cuanto sabemos, a excepción de algunos testigos
de piedra, visibles o desenterrados por los arqueólogos, se lo debemos a la
historiografía. Y por minúscula que sea la noticia que ella nos da, nada más
podemos averiguar: quod non est in actis, non est inmundo.
Como cualquier otro historiador, yo sólo
contemplo una historia de entre las incontables historias posibles, particular,
peor o mejor delimitada; e incluso de ese aspecto parcial no puede considerarse
todo el «complejo de la acción», idea absurda, dado además el volumen de los
datos existentes: teóricamente imaginable, pero prácticamente imposible y ni
siquiera deseable.
No. El autor que se proponga escribir La
historia criminal del cristianismo se ve constreñido a mencionar sólo el lado
negativo de esa religión. No presentará un continuum sin fisuras, cosa también
imposible, por supuesto, sino un «modelo de realidad» conforme a su propósito,
en el que señalará únicamente los hechos más destacados y sintomáticos del
devenir cronológico, los rasgos esenciales e históricamente relevantes, los que
acarrearon las consecuencias más graves, los efectos más negativos y terribles,
cuyo peso ha excedido a fin de cuentas el de los supuesta o realmente
positivos. Quiero mostrar asimismo la tendencia que determina la historia, esa
tendencia de fondo que ha condicionado o marcado durante esos dos mil años los
destinos de las generaciones y las naciones, influidas, dominadas o combatidas
por el cristianismo; señalaré las cabezas y las ideas rectoras de esa política
cristiana, sus declaraciones, sus acciones, y muchos miles de hechos, hechos
típicos, no alineados intencionadamente en un contexto tendencioso, ni con
intención maliciosa ni calumniadora, sino presentados en su verdadero y propio
contexto.
Quien prefiera leer acerca de otros
aspectos, que lea otros libros: La fe gozosa, por ejemplo, El Evangelio como
inspiración, ¿Es verdad que los católicos no son mejores que los demás?, ¿Por
qué amo a mi Iglesia?, El cuerpo místico de Cristo, Bellezas de la Iglesia
católica. Bajo el manto de la Iglesia católica. Dios existe (Yo le he
conocido). El camino del gozo hacia Dios, La buena muerte del católico. Con el
rosario hacia el Cielo, SOS desde el Purgatorio, El heroísmo del matrimonio
cristiano.^
O si le parece demasiado monótona esa
selección, provista casi siempre de Imprimatur, hay otros heroísmos, no sólo el
del matrimonio cristiano: Heridas del héroe. La Cruz en el hospital de campaña.
Nuestra guerra (Consideraciones éticas), La conciencia éticorreligiosa durante
la guerra mundial. La guerra mundial a la luz de los sermones de campaña del
protestantismo alemán. Lucha y victoria (Ideas en Viernes Santo y Pascua como
mensaje de la Patria para el Ejército y la Armada), Libro de himnos para el personal
militar evangélico. Bendiciones para el frente de batalla. El pastor de almas
en la guerra. Pastores en el ejército de Hitler, ¡A las armas!. Fidelidad hasta
la muerte. Caídos en el seno del Señor, Jóvenes caídos con honor.
Bienaventurados sean los caídos, María Auxiliadora de Occidente (Fátima y la
«Vencedora en todas las batallas de Dios»: el combate decisivo en Rusia) .34a
¡La literatura procristiana! Más numerosa
que las arenas del mar:
contra 10.000 títulos apenas uno por el
estilo de esta Historia criminal del cristianismo. Sin olvidar los millones de
ejemplares que suman las incontables publicaciones periódicas confesionales, y
que medio mundo anda lleno de reclutadores profesionales del cristianismo, de
iglesias, de conventos; incluso las pequeñas pantallas están saturadas de Cruz
y de Cristo, hasta el punto de que si Goethe viviera hoy, tendría motivos para
repetir aquel sarcasmo suyo: «Entre tantas cruces y cristos/al Cristo verdadero
y a su Cruz han ocultado»; en nuestros televisores veremos desde la ingeniosa
Palabra de Dios dominical hasta las infiltraciones en todas las emisiones
imaginables de todos los espacios culturales, sin olvidar la bendición papal
urbi et orbe en no sé cuántos idiomas. Y resulta que verdaderamente hay entre
los cristianos hombres de buena voluntad, como sucede en todas las religiones y
en todos los partidos, lo que no debe tomarse como dato en favor de esas
religiones y partidos, porque si eso se admitiese, ¡cuántos sinvergüenzas
testimoniarían en contra! Hay incluso pastores que se inmolan voluntariamente
por sus ovejas..., aunque los jefes de esos pastores prefieran comérselas.
Porque todas las religiones viven, en parte, del hecho que algunos de sus creyentes
son mejores que ellas. Y los cristianos buenos son los más peligrosos, porque
tienden a confundirse con el cristianismo, o para decirlo con las palabras de
Lichtenberg, «existen muchos cristianos justos, indiscutiblemente, sólo que no
es menos cierto que sus obras in corpore y como tales nunca han servido para
gran cosa».35
Juicios semejantes y expresados en términos
bastante más contundentes los hallamos en personajes tan diferentes entre ellos
como Gior" daño Bruno, Bayie, Voltaire, Diderot y Helvecio, Goethe,
Schiller y Schopenhauer, Heine y Feuerbach, Shelley y Bakunin, Marx, Mark Twain
o Nietzsche. O como Hebbel, quien vio que «el cristianismo trajo al mundo
escasas bendiciones y muchas desgracias», observación en la que, dice,
«coinciden muchas de las cabezas mejores y más nobles». Y halla las causas no
en la Iglesia cristiana, como la mayoría de los críticos, sino «en la religión
cristiana», esa «peste de la Humanidad», «germen de toda discordia»: «Odio y
aborrezco el cristianismo»; y quiere plantear «a la altanería cristiana una
única pregunta: ¿cómo se explicaría que todo el que alguna vez fue importante
en este mundo pensó del cristianismo lo mismo que pienso yo?».36
Que los cristianos, repitiendo la expresión
de Lichtenberg, in corpore y en sus obras como tales nunca han servido para
gran cosa, y que tenemos pleno derecho a compartir el desprecio de Hebbel hacia
el cristianismo; es lo que se propone demostrar esta historia de «los crímenes
del cristianismo».
¿En qué se basa mi trabajo?
Lo mismo que la mayoría de los estudios
históricos, se basa en las fuentes, en la «tradición», en la historiografía
contemporánea. Es decir, sobre todo en textos. Se funda en la bibliografía
histórica secundaria y sus ciencias auxiliares, la numismática, la heráldica,
la sigilografía y otras, sin olvidar la utilidad de ciertas disciplinas
parciales y estudios vecinos, en particular, como es lógico, la historia de la
Iglesia con sus múltiples apartados que se entrecruzan: la historia de las
misiones, la de la fe, la de las doctrinas teológicas y los dogmas, las vidas
de mártires y otros religiosos, la historia del papado e incluso la historia de
las «devociones». Hay que tener en cuenta, asimismo, a la arqueología, la
historia económica y social, la historia del derecho común y constitucional, la
historia militar y de la guerra, la geografía y la estadística. Un espectro tan
amplio de disciplinas, en muchas de las cuales las investigaciones se hallan
además tan avanzadas que incluso los especialistas tienen dificultad en
seguirlas, sólo puede explotarse de manera parcial, incompleta.
Sin embargo, hay una cuestión más
importante que la de las bases de mi trabajo, bastante obvias por otra parte.
Esa cuestión es: ¿cómo veo yo la historia? ¿Y cómo la describiré? Porque las
diferencias de plantemiento metodológico suelen determinar desde el primer
momento los puntos de vista y las valoraciones. Un teórico de la ciencia como
Wolfgang Stegmüller ha llegado a afirmar que «el método elegido determina en
grado decisivo la perspectiva teorética resultante de la investigación».37
Nadie creerá que el autor de una Historia
criminal del cristianismo vaya a tomar de la Revelación, ni de Roma, los
principios de su historiografía, ni siquiera de una noción protestante de la
Iglesia, por espiritualizada que nos la presenten, ni de ninguna interpretación
teológica de la historia por «progresista» que se pretenda. Esos saltos
mistificantes de fronteras, hacia las categorías de la perspectiva
sobrenatural, ese pasar de la historia a la «intrahistoria» y de las esferas
terrestres a las celestes, quedan reservados a los apóstoles del delirio
histórico-salvífico, a los numerosos lacayos de la Iglesia condicionados desde
el seno materno y la familia, pasando por el bautismo (es decir, en el fondo,
por un azar geográfico) y hasta llegar a los honores, a los premios, a las
cátedras, a las prebendas, aunque en el fondo, según me ha demostrado la
experiencia, sean unos «creyentes» tanto más escépticos cuanto más
inteligentes.
Pero ¿qué diré de mi propia objetividad?
¿Acaso no soy parcial también? ¿No hablo desde mis propios prejuicios?
¡Naturalmente! Como cualquier hijo de
vecino. Porque todos somos subjetivos, todos estamos condicionados por
múltiples influencias, individuales y sociales, por nuestro origen, nuestra
educación, nuestro ambiente social, nuestra época, las experiencias de nuestra
vida, los intereses que nos llevan a explorar estas o aquellas áreas del
conocimiento, por nuestra religión o irreligión; en fin, por una multiplicidad
de influjos variados y toda una red de vínculos determinantes.
Si todos estamos condicionados, lo mismo
cabe decir del historiador. El primero en admitirlo, para lo tocante a la
ciencia histórica, fue Chiadenius. Así que yo también tengo mi «punto de mira»,
según la terminología un poco obsoleta de Chiadenius, o mi «posicionamiento»,
de acuerdo con la noción clásica introducida por Kari Mannheim en la sociología
de la ciencia; sin duda, estoy también determinado por un cierto clima de
opinión contemporáneo, por mis estudios y por los demás conocimientos que he
ido adquiriendo. Admito que antes de ponerme a escribir había tomado ya ciertas
decisiones; sólo un inconsciente podría abordar una tarea así desde una
pretensión de completa imparcialidad. Pero, prescindiendo de que una
investigación iniciada desde esa óptica apenas conseguiría interesar a nadie,
ni siquiera el más ignorante podría seguir siéndolo por tiempo indefinido,
porque no tardaría en formarse algunas «opiniones previas», de cualquier signo
que fuesen.38
Uno de mis críticos me acusaba de
«parcialidad» por exponer en el prólogo de un trabajo mío ciertas tesis que, a
su entender, debían figurar al final. Prescindiendo de que yo, como la mayoría
de los autores, suelo escribir el prólogo cuando la obra está terminada, cuando
empiezo un libro, naturalmente, y también como la mayoría de los autores, tengo
una idea bastante aproximada de lo que voy a poner en él. Esto lo sabe
cualquiera que haya escrito aunque sólo sea una carta. Hay que señalar que la
investigación y la descripción, en historia, no sólo viven de coincidencias,
como dice Droysen, sino que las buscan deliberadamente. Es preciso «saber lo
que se busca, porque sólo así lo encuentra uno;
las cosas hablan con tal de que uno sepa
preguntarles».39
Después de estudiar la historia, y en
particular la del cristianismo, durante muchos lustros, y a medida que uno va
conociéndola mejor, se forma una cierta Filosofía de la historia (Voltaire fue
el primero que utilizó ese término), una cierta opinión del cristianismo, no
peor, porque no podía serlo, y repito que no soy el único que piensa así. Pero
cuando expongo sin rodeos mi subjetividad, mi «punto de mira» y mi
«posicionamiento», me parece que demuestro mi respeto al lector mejor que los
escribas mendaces que quieren vincular su creencia en milagros y profecías, en
transubstanciaciones y resurrecciones de entre los muertos, en cielos,
infiernos y otros prodigios, con la pretensión de objetividad, de veracidad y
de rigor científico.
¿Acaso no soy yo, con mi parcialidad
confesa, menos parcial que ellos? ¿Es que mi experiencia, mi formación, no me
autorizan a formarme una opinión más independiente acerca del cristianismo? Al
fin y al cabo yo abandoné el cristianismo, pese a haberme formado en un hogar
proiundamente religioso, tan pronto como aquél dejó de parecerme verdadero, con
lo que no dejaba de privarme de ciertas oportunidades que, de otro modo, quizá
habrían estado a mi alcance. ¡Siempre me sorprende comprobar cómo el partido cristiano
niega seriedad a las interpretaciones de la historia soviética ofrecidas por
historiadores soviéticos, mientras toma muy en serio las interpretaciones
cristianas de los teólogos cristianos!
Admitámoslo: todos somos «parciales», y el
que pretenda negarlo miente. No es nuestra parcialidad lo que importa, sino el
confesarla, sin fingir «objetividades» imposibles ni elevar pretensiones de
«verdades eternas». Lo que importa es la cantidad y la calidad de las pruebas
que aduzcamos para documentar nuestra «parcialidad», si las fuentes utilizadas
son relevantes, si el instrumental metodológico, el nivel de argumentación y la
capacidad crítica son adecuados. Lo decisivo, en fin, es la superioridad palmaria
de una «parcialidad» sobre otra.
¡Todos somos parciales! Todo historiador
tiene sus determinantes vivenciales y psíquicas, sus opiniones previamente
formadas. La situación de cada uno está socialmente determinada, en función de
la clase y del grupo. Todos tenemos nuestras simpatías y nuestras antipatías,
conocemos nuestras hipótesis favoritas y nuestros sistemas de valores. Cada
cual juzga de manera personal, especulativa, condicionado por su propio
horizonte mental a la hora de plantearse los problemas, y en el trasfondo de
sus trabajos pueden hallarse siempre «explícitas, o implícitas como sucede más
a menudo [...] convicciones de alcance muy general acerca de la Filosofía de la
historia» (W.J. Mommsen).40
Esto es particularmente cierto en el caso
de los historiadores que más se empeñan en negarlo, porque son los que más
mienten..., y luego se echan mutuamente los perros del cristianismo; qué
ridículo, cuando leemos que los católicos acusan de «parcialidad» a los
protestantes, los protestantes a los católicos, cuando miles de teólogos de las
más variadas confesiones se lanzan mutuamente tan socorrido reproche. Por
ejemplo, cuando el jesuíta Bacht quiere ver en el protestante Friedrich Loofs
«un exceso de celo reformado en contra de la condición monástica como tal»,
motivo por el cual «sus opiniones son demasiado unilaterales». ¿Y cómo no iba a
opinar con parcialidad el jesuíta Bacht cuando se refiere a un reformado, él,
que pertenece a una orden cuyos miembros tienen la obligación de creer que lo
blanco es negro y lo negro blanco, si así lo manda la Iglesia?41
Lo mismo que a Bacht, a todos los teólogos
católicos el hábito de la obediencia incondicional se les impone a través del
bautismo, el dogma, la cátedra, la licencia eclesiástica para imprimir y otras
muchas obligaciones y cortapisas. Y así viven año tras año, disfrutando de un
sueldo seguro, a cambio de propugnar una determinada opinión, una doctrina
concreta, una interpretación determinada de la historia, fuertemente impregnada
de teología. De la que pocos se atreven a renegar, porque las consecuencias pueden
ser terribles. En Italia, una vez firmado el Concordato de 1929 con Mussolini,
los clérigos que colgaban la sotana no podían enseñar en ningún centro ni
desempeñar cargo público alguno. Todos y cada uno de estos casos eran tratados
durante lustros «como si hubiesen asesinado a alguien, con el objeto de
conseguir que los renegados sean arrojados a la calle sin contemplaciones y se
mueran de hambre» (Tondi, S.J.). Es bien significativo que el cardenal
Faulhaber, de Munich, recomendase expresamente ese artículo 5 del Concordato
italiano a la atención de Adolf Hitler, como hizo el 24 de abril de 1933, es
decir, sin pérdida de tiempo. Pero los lacayos de la Iglesia no dimiten; al
contrario, cuanto mayor sea su inteligencia y más profundo su conocimiento de la
historia, más prefieren seguir fingiendo; no tanto para engañarse a sí mismos,
sino para seguir cultivando el engaño de los demás. Por ejemplo, acusando de
parcialidad a los adversarios de su confesión y fingiendo creer que, en cambio,
los católicos se encuentran a salvo de tal defecto; como si existiese, de dos
mil años acá, otra parcialidad más pérfida que la católica. Precisamente por
eso, ellos se certifican siempre a sí mismos el más invariable respeto a la
verdad científica y a la objetividad.42
Mientras tanto, la consideración de la
historia como ciencia, como saber objetivante, y la posibilidad de la
objetividad en el terreno científico (que es un problema de «teoría de la
historia») está siendo puesta en duda o negada tajantemente por los mismos
historiadores, y digo más, por los «especialistas». En nuestra sociedad, el que
no figura en la nómina de la industria científico-histórica establecida, en el
muy ilustre gremio de la interpretación universitariamente homologada, siempre
en cabeza de las investigaciones, lo que equivale a decir siempre atento a la
próxima vuelta de la tortilla del poder, simplemente no existe. Al menos de
momento..., porque a veces se cambian las tornas. He leído a demasiados
historiadores como para respetarlos mucho; por el mismo motivo, a algunos,
pocos, los respeto tanto más. En la mayoría de los casos, sin embargo, la
lectura de libros de historia puede ser tan útil como la lectura del vuelo de
los pájaros que hacían los antiguos augures. No en vano un hombre tan notable
en su especialidad como el francés Fernand Braudel nos previene contra «1'art
pour 1'art» en los dominios de la historia. Y según William O. Aydelotte, un
experto inglés, el criterio del consenso en el seno del grupo erudito «con
frecuencia conduce a un dominio insuficiente del oficio», ya que el historiador
podría caer bajo el dominio de «influencias externas» y tal vez acabaría por
decir «no lo que refleja sus verdaderas convicciones u opiniones, sino lo que
cree que puede agradar a su público».43
Cuan revelador el hecho de que cada
generación de historiadores se dedique a reescribir la misma historia, a
revisar esa antigua periodificación y esos personajes tradicionales,
exactamente como hizo la generación anterior de sabios con las obras de sus predecesores,
¿y sin duda para verse a su vez puesta en tela de juicio por la siguiente?
Porque, ¿se sigue discutiendo de un asunto cuando éste ha quedado bien
resuelto? Parafrasear un relato, ¿aporta algo nuevo al mismo? ¿Es eso
investigación, progreso y profundización del saber? En historiadores del pasado
encuentro a menudo cosas mejores, y a veces mucho mejores, que en los modernos.
Naturalmente, los historiadores han buscado
explicaciones para esa «reinterpretación de la historia» (Acham), para sus
«innovaciones historiográficas» (Rüsen), explicaciones seductoras muchas veces,
pero que no quitan el hecho de que la generación de historiadores que les
suceda volverá a escribir la historia a su vez. Entre los unos y los otros
surgen nuevos criterios, ideas predominantes, modos de expresión, métodos y
«modelos», apreciaciones y depreciaciones dictadas por las modas, claves que
adquieren o pierden vigencia según el interés de la época. Durante el siglo xix
predominó la «historia de acontecimientos», hoy los estudios se vuelven más
hacia la «historia cuantitativa». También hay posiciones mediadoras. De vez en
cuando alguien recupera las técnicas antiguas, si es que en realidad no las
hemos conservado siempre, de la «histoire événementielle» narrativa que,
siguiendo una tradición que se remonta a la Antigüedad y que contempla la
historia como una disciplina principalmente literaria, había sido desplazada en
casi todas partes, con la posible excepción de Inglaterra, por la «histoire
structurelle», la reflexión analítica, el discurso crítico, la fijación de los
conceptos con todo el rigor posible. Y así se ha producido recientemente en
todo el mundo un renacimiento de la antigua historia narrativa, o una especie
de reequilibrio. Otros siglos verán otras maneras de ver las cosas, otros
criterios de plausibilidad, otras disputas metodológicas, nuevas formas mixtas
y nuevos mediadores.44
Podremos preguntarnos de dónde sacan los
historiadores la suficiencia para «sonreírse hoy de ciertas manifestaciones
[...] de ingenuidad histórica del siglo XIX» (Koselleck), olvidando que los
historiadores del siglo XXI tendrán ocasión de sonreírse al contemplar el
estado de los co•nocimientos y de las opiniones de muchos historiadores del XX,
y que a su vez muchos del XXII se sonreirán de los del XXI..., siempre
suponiendo, naturalmente, que esos siglos llegue a verlos la humanidad. ¿No
será una constante de todas las épocas eso de reírse los unos de los otros
entre historiadores, y no serán locos los que así se empeñan en afirmar que
ellos han descubierto las leyes inmutables de la ciencia histórica, o por lo
menos las más probables, o que han andado cerca de ellas?45
Algunos objetarían que en esto de
reescribir, parafrasear y reorientar continuamente la historia hay que ver la
prueba de su propio afán de verdad y de exactitud científica, de la incesante
búsqueda de mayor objetividad, de mayor precisión, teniendo en cuenta por otra
parte la existencia de unas mejores condiciones de trabajo, de un instrumental
más poderoso, de nuevas técnicas de investigación y nuevos métodos de
interpretación, de sondeos más profundos, mejores posibilidades de
verificación, nuevas concepciones teoréticas y metodológicas, planteamientos
mejor delimitados, o ampliados, o más exactos de los problemas, sin mencionar
las localizaciones de nuevas fuentes.
Sin embargo, lo que demuestran en realidad
las obras de los historiadores es que el centro de gravedad de sus intereses
sólo se desplaza, por lo común, cuando se desplazan los intereses de la
actualidad, sus ideologías, sus conceptos; que la historiografía se halla
mediatizada en cierta medida por presupuestos extracientíficos, del entorno
metacientífico, por los poderes imperantes, por la praxis política, que está
sometida al influjo determinante de la voluntad estatal, que obedece a las
disposiciones y a las intenciones de los dictadores y que, por consiguiente,
como enseña el presentismo desarrollado sobre todo por los historiadores
norteamericanos (contra el positivismo), no es más que la proyección sobre el
pasado de los intereses del presente; esto se manifiesta en todo el mundo, y
precisamente en nuestro siglo más que en ningún otro. Y lo mismo debió suceder
durante el siglo pasado, mutatis mutandis. ¡De qué sirven las mejores teorías
sobre la objetividad de la ciencia histórica, cuando la realidad de esa misma
ciencia niega tales teorías a cada paso! Tal contradicción casi nos recuerda la
que existe entre las prédicas del cristianismo y sus prácticas.
Tampoco las polémicas metodológicas, como
la famosa disputa metodológica del siglo xix, suelen ser objetivas, sino
discusiones de orden político, procesos de transmutación de los valores
sociales. Donde aparentemente se habla de ciencia, de investigación, de
reflexión teórica, en realidad advertiremos la influencia de las realidades pre
y extracientíficas, la política cotidiana, las realidades de la vida social, la
subjetividad, los egoísmos.46
Al problema de la subjetividad se le suma
otro más especial y delicado que guarda relación con el mismo. La dificultad no
proviene del hecho de que las fuentes se hallen a menudo incompletas, de que
las dataciones son inseguras, por no hablar de las considerables diferencias
que se registran entre disciplinas distintas como la arqueología, la
lingüística y la historia; la cuestión a que nos referimos es que la historia
está hecha de textos, que toda historiografía es lenguaje, y lenguaje de
historiador por más señas.
Según Louis Halphen (1946), sería
suficiente «dejarse llevar por los documentos de una manera determinada, en la
misma sucesión en que se nos han ofrecido uno tras otro, para ver establecido,
de modo casi automático, el encadenamiento de los hechos». Pero, por desgracia,
los hechos «historiográficos» no son lo mismo que los hechos «históricos», las
palabras no son la realidad, no sonfaits bruts, y lamentablemente no existe
«una divisoria exacta entre historia y mitología [...], ninguna frontera
claramente delimitada entre hechos y teorías» (Sir Isaiah Berlín), sino que las
unas y los otros «están entretejidos, de tal manera que sería inútil el
pretender separarlos» (Aron). Y efectivamente, también los hechos históricos
pueden ser vistos y valorados de diferentes maneras, iluminados bajo un
determinado prisma, u oscurecidos, deformados, tergiversados, falseados, o
pueden ofrecer de por sí diferentes niveles de interpretación, habiendo nacido
ya como «construcciones científicas» (Bobinska), como una «construcción del
historiador» (Schaff). En una palabra, que la vida histórica no se puede captar
adecuadamente mediante la simple reproducción; escribir historia siempre es
entretejer hechos, hipótesis, teorías. «Todo hecho es ya teoría», según la
aguda definición de Goethe.47
Por cuanto la historia es pasado, nunca nos
vemos inmediatamente confrontados con un acontecimiento histórico, con el hecho
desnudo como tal, con «lo que propiamente fue», según Ranke; lo que desde luego
parece más modesto que el propósito originario. El historiador conservador, que
comparaba su oficio con el del sacerdote (¡vaya por Dios!) y se extendía él
mismo certificados de imparcialidad y máxima objetividad, aseguraba querer
«borrar su subjetividad» y «hablar sólo de cosas tales, que dejen ver las fuerzas
poderosas», atribuyendo a la historia «verdadera» la misión, más allá de los
pros y los contras partidistas, de «ver, de iluminar [...] para luego dar
cuenta de lo visto».48
Esta fe inconmovible del objetivismo,
llamada «ocularismo» por el conde Paúl York Wartenburg y satirizada como
proposición de una «objetividad del eunuco» por Droysen («sólo los
inconscientes pueden ser objetivos»), es ilusoria. Porque no existe verdad objetiva
en historiografía, ni la historia tal como ocurrió; «sólo puede haber
interpretaciones históricas, y de ésas ninguna es definitiva» (Popper).
Pensemos que el historiador sólo tiene en sus manos descripciones de los
«sucesos» o de los «hechos», y eso desde las «fuentes» mismas, es decir, los
soportes primarios de la información, las epigrafías, los documentos.49
Pero esas descripciones, a su vez, son obra
de unos autores que utilizaban para su trabajo recursos retóricos y narrativos,
pues en todas las épocas se ha suscitado y se sigue suscitando la necesidad de
explicar los hechos en un orden determinado, y eso es un acto no tanto
científico como literario. Los autores de las descripciones, de buena o de mala
fe, omiten tal cosa, callan tal otra; a ellos, naturalmente, también les mueven
unos intereses, una mayor o menor parcialidad, a partir de la cual los comprobantes
originales, digamos que correctos (teniendo en cuenta que toda traducción es,
en mayor o menor medida, interpretación) han sido coloreados de una manera
determinada, situados en un cierto contexto; de manera más o menos consciente,
la visión del mundo que tengan esos autores habrá servido de hilo conductor a
su interpretación. Al problema de los textos se suma con frecuencia el de la
tradición, o el fenómeno, no tan raro como se cree, de las falsificaciones y
las interpolaciones. Y tampoco los historiadores modernos se apartan un ápice
de esa línea cuando manejan los documentos y seleccionan éste, omiten el otro,
subrayan, explican, dilucidan, fieles a su propia Weltanschauung.
La existencia de los corifeos no contribuye
a reforzar nuestra fe en la objetividad de su oficio, que digamos. Theodor
Mommsen (Premio Nobel en 1902) dejó escrito que la fantasía «es madre de toda
Historia lo mismo que de toda poesía»; Bertrand Russell puso a una de sus obras
el título de History as an Art; A.L. Rowse, destacado historiador inglés de
nuestro siglo, dice que la historia está mucho más cerca de la poesía de lo que
comúnmente se cree: «In truth, I think, it is in essence the same» («En verdad creo
que es en esencia lo mismo»). Según Geoffrey Elton (1970), es sobre todo
«narración»: «A story, a story ofthe changíng fortunes of men, and political
history therefore comes first because, abo ve all the forms of historical
study, it wants to, e ven needs to, tell a story» («Narración de la suerte
cambiante de los hombres, y por eso la historia política es la primera, por
encima de todas las formas de los estudios históricos, porque quiere, más aún,
necesita narrar»). También Hayden White ha afirmado recientemente que los
textos históricos no son sino «productos del arte literario» (literary
artifacts). Conocedores del tema como Koselleck y Jauss coinciden en afirmar
que la facticidad y la ficción se entretejen. Quizá haya sido H. Strasburger el
autor de la definición más acertada (1966), la misma que admitió expresamente
F.G, Maier en 1984: «La historia es una disciplina mixta que participa de la
ciencia y del arte», añadiendo «hasta hoy mismo», aunque ya Ranke había dicho,
en 1824, que la misión del historiador era «tanto literaria como erudita», y
que la historia misma era «arte y ciencia al mismo tiempo».50
Si tenemos presente que todas las
operaciones no objetivas, «no naturalistas», de los historiadores posteriores
utilizan como material las exposiciones, los patrones interpretativos, las
tipificaciones de los historiadores pretéritos, que actuaron a su vez de la
misma manera, más o menos, porque no hay otra, y que incluso nuestras «fuentes»
tienen un origen similar, que han atravesado otras mediaciones y otras
interpretaciones, que son ya selección, híbridos de hechos históricos y texto,
y eso en el mejor de los casos, es decir, «literatura» que no significa sino
constructo o «tradición», si lo vemos daro, parecerá evidente que toda
historiografía se escribe sobre el trasfondo de nuestra personal visión del
mundo.51
Es verdad que muchos eruditos carecen de
tal visión del mundo y por ello suelen considerarse, ya que no señaladamente
progresistas, sí al menos señaladamente imparciales, honestos y verídicos. Son
los adalides de la «ciencia pura», los representantes de una supuesta postura
de neutralidad o indiferencia en cuanto a las valoraciones. Rechazan toda
referencia a un punto de vista determinado, toda subjetividad, como pecados
anticientíficos o verdaderas blasfemias contra el postulado de objetividad que
propugnan, contra ese sine ira etstudio que tienen por sacrosanto y que, como
ironiza Heinrich von Treitschke, «nadie respeta menos que el propio hablante».
Tenemos, pues, «que lo que llaman ciencia pura, es decir, el registro de los
sistemas y de las hipótesis, de las explicaciones y las observaciones, todo
ello viene lleno, o mejor dicho, saturado hasta la saciedad de los más
ancestrales mitologismos sensibles y ultrasensibles», como anotó Charles Péguy
con clarividencia poco habitual, aunque hablando, como es lógico, desde su
propia posición de católico.52
Pues bien, la ficción de la ingenuidad
teórico-científica y la ocultación de las premisas ideológicas de la
presentación histórica pueden servir para disimular muchas cosas, una inercia
mental propia de la especialidad, por ejemplo, una estrechez de perspectivas, o
la pusilanimidad que precisamente hace estragos en los círculos de expertos, en
el «pequeño museo de los elegidos» (Von Sybel), un relativismo ético y un
escapismo que huye cobardemente de las decisiones tajantes en materia de
principios..., lo que no deja de ser también una decisión, ¡la de declararse
irresponsable en nombre de la responsabilidad científica! Porque una ciencia
que no quiere formular valoraciones, con ello, quiéralo o no, se hace aliada
del status quo, apoya a los que dominan y perjudica a los dominados. Su
objetividad es sólo aparente y en la práctica no significa otra cosa sino amor
a la propia tranquilidad, apego a la seguridad y a la carrera. No discuto que
un planteamiento histórico valorativo pudiera ser rechazado o descartado desde
una determinada convicción científica. Pero sé que la repugnancia del
historiador ante la interpretación de la historia, su miedo a admitir lo que
ocurre en realidad, «no es más que otro ejemplo de la conocida "trahison
des cleros", la negativa del especialista a vivir lo que predica»
(Barraclough).53
Sin duda existe más de un método y más de
dos para cultivar la historia. O mejor dicho, existe una multiplicidad de
métodos, como demuestra la historiografía norteamericana, sin que ninguno de
ellos pueda pretender la exclusiva. Pero, aunque haya muchas formas diversas
del saber y de la ciencia, aquí sólo nos importan dos posturas: la que cultiva
la ciencia por sí misma, por considerarla como lo más elevado, lo último, como
una especie de religión y que, como ésta, sería capaz de pasar por encima de
los cadáveres (y lo hace); y aquella ciencia que sin considerarse ni lo más
alto ni lo definitivo, se pone al servicio de los hombres, del mundo y de la
vida, y en particular asocia la historiografía con «el deber de la pedagogía
política», como ha dicho Theodor Mommsen, que no tuvo reparos en afirmar que la
historia era el «juicio contra los muertos» y que a la vista de su «brutalidad
desnuda», de su «barbarie supina», invitaba a abandonar «la fe infantil en
cuanto a que la civilización consiga erradicar la bestialidad de la naturaleza
humana».54
Las expresiones más conocidas de estas dos
posturas frente a la ciencia podemos hallarlas en el siglo XIX: de un lado, el
optimismo cientifista, tanto para las ciencias naturales como para las
históricas, el positivismo y el objetivismo; del otro, el pesimismo radical de
Nietzsche, quien vio en las ciencias naturales de su época «algo terrible y
peligroso», y las denunció como manifestación de aquella «estolidez
funestísima» susceptible de acarrear quizá, algún día, la ruina general.
Similar es su valoración de la ciencia histórica imperante, que exige sea
reemplazada por una historia «al servicio de la vida», una historia que ofrezca
«ejemplo, enseñanza, consolación», pero sobre todo una «Historia crítica», que
juzgue el pasado, que «indague sin contemplaciones y que condene», porque «todo
pasado [...] es digno de ser condenado».55
En un polo opuesto podríamos situar quizá a
Max Weber, defensor de una separación rigurosa entre ciencia y juicios de
valor, ya que según su concepto de la ciencia, ésta no debe ser sino
investigación empírica e inventario analítico, ajena por definición a toda
clase de valores, sentidos o finalidades; aunque también Weber distingue entre
juicio de valor y (el término neokantiano de) referencia valorativa, ésta sí
aceptada, entendiendo que los conocimientos científicos han de estar al
servicio de unas decisiones tomadas en función de determinados valores, no sin
incurrir con ello en flagrantes contradicciones.56
Pero nuestra vida no transcurre exenta de
valores, sino llena de ellos, y las ciencias en tanto que parte de la vida, si
se pretenden libres de valores incurren en hipocresía. Todos hemos de comparar,
calibrar, decidir cada día; ¿por qué iba a librarse de esa ley la ciencia, que
no es nada que esté fuera de nuestra vida, ni mucho menos por encima, y que
figura entre las cosas que pueden amenazarnos o contribuir al progreso de la
humanidad y del mundo? He tenido en mis manos obras de historiadores que venían
dedicadas a la esposa, fallecida en un bombardeo, o tal vez a dos o tres hijos
caídos en los frentes, y sin embargo, a veces, esas personas quieren seguir
escribiendo «ciencia pura» como si no hubiese pasado nada. Allá ellos. Yo
pienso de otra manera. Pues, aunque existiese, que yo digo que no puede
existir, la investigación histórica totalmente apolítica, ajena a toda clase de
juicios de valor, tal investigación no serviría para nada, sino para socavar
los fundamentos éticos y abrir paso a la inhumanidad. Además no sería verdadera
«investigación», porque no se dedicaría a revelar las relaciones entre las
cosas; como mucho podría ser mero trabajo previo, mera acumulación de
materiales, según ha señalado Friedrich Meinecke.57
Ahora bien, ¿hasta qué punto coincide la
realidad de la historia con mi exposición? No entro aquí en el problema de la
teoría del conocimiento (así como el de la estructura de nuestro aparato de
percepción). He preguntado hasta qué punto, y no si coincide o no coincide.
Pues cuando Wittgenstein dice de un axioma matemático que «no es axioma porque
nos parezca evidente, sino porque admitimos la evidencia como prueba de
verdad», y Einstein afirma que «las leyes de la matemática, en la medida en que
se refieren a la realidad, no están demostradas, y en la medida en que están
demostradas no se refieren a la realidad», ¿con cuánta mayor desconfianza no
tendremos que considerar la historiografía?58
Todo historiador escribe dentro de un
determinado sistema de referencia político y social, y eso se refleja de manera
inconfundible en sus puntos de vista, e incluso en los mecanismos previos de
selección que utiliza. Pues no hay ninguno que no «saque las cosas de su
contexto», ya que no es posible hacerse con el objeto real, que es el pasado,
con sus cadenas de acontecimientos sumamente complicadas y además no
directamente accesibles para nosotros, con ese tejido gigantesco de ideas y de
acciones, con esa multiplicidad de sucesos similares o contradictorios, de
procesos, de relaciones: ¿quién sería capaz de reproducir objetivamente todo
eso como quien saca un retrato al natural? Y no sólo hay que seleccionar, sino
que además es preciso interpretar, ya que no sólo importa el tema histórico
elegido sino también la manera de presentarlo (y no me refiero aquí a los
aspectos formales, no porque no sean esenciales, sino porque son tan amplios y
complicados que su discusión aquí llevaría demasiado lejos esta digresión): los
medios lingüísticos empleados por el historiador en su exposición, el modelo
narrativo, el género literario, el «tipo de representación», o dicho
llanamente: su manera de «deformar», «alienar» y «violentar» el asunto, no
necesariamente de mala fe, sino muchas veces con las mejores intenciones.
Como cualquiera que se dedique a escribir
historia, en consecuencia, yo he seleccionado, por principio, he «sacado de
contexto»..., el más absurdo de los reproches, dado que no puede hacerse de
otra manera. Como cualquiera, he tenido que seleccionar dentro de mi tema. Como
cualquiera, cuando presento a esos criminales coronados, no coronados o
autocoronados, los obispos y papas, los generales y otros protagonistas de los
negocios y de la historia (porque los negocios acaban por hacer historia), no
reproduzco todos los detalles de sus biografías, las incidencias individuales,
los problemas personales, las aventuras amorosas (todo lo cual, sin embargo, no
deja de tener su importancia) o las alteraciones de la bilis, aunque su
influencia sobre el acontecer macroscópico haya sido mayor de lo que se suele
creer. Porque comúnmente, tales detalles no son conocidos, y aunque lo fuesen
difícilmente podríamos calibrar en qué medida influyeron en la historia
universal. En esto, como en otros muchos aspectos, quedan todavía oportunidades
magníficas para toda clase de tesinas y tesis, e incluso cabría inaugurar una
rama científica nueva: junto a la medicina forense tendríamos una medicina
histórica (a no confundir con la historia de la Medicina, establecida desde
hace bastante tiempo ya, y con no poco éxito por cierto), divisible en toda una
serie de apartados y temas como: «Historia sistemática de la digestión de las
cabezas coronadas y ungidas y su influencia sobre el Occidente cristiano, desde
la querella de las investiduras hasta la guerra de los Treinta Años. Con un
índice suplementario sobre las digestiones, los digestivos y los digestorios de
todos los papas y antipapas de ese período».
Es posible que buena parte de la exposición
anterior haya parecido demasiado teórica (el caso es que no se puede escribir
historia si no es a partir de una teorización), o incluso demasiado escéptica.
Sin embargo, hay motivos para el escepticismo, y no son pocos, aunque no vamos
a llegar hasta el punto de capitular y decir que no creemos en nada.
Por otra parte, la fe cada vez menor, y no
sin causa, en la posibilidad de alcanzar la objetividad histórica, no debe
minar en ningún caso «la ética científica del historiador», ni conducir a la
«decadencia de la racionalidad» (Junker/Reisinger).59 Más perjudica a esa
ética, me parece, la pretensión de objetividad, porque tal pretensión
necesariamente hipócrita sólo tiende a preservar «el fundamento de la ciencia
histórica», que no es otro sino el carácter científico de esa disciplina,
reiteradamente puesto en duda por muchos. A mí, en cambio, apenas me interesa
esta cuestión; la verdad, o mejor dicho la probabilidad, me preocupa más que
las ciencias que en nombre de la ciencia niegan la verdad. Además prefiero por
principio la vida a la ciencia, sobre todo cuando ésta empieza a evidenciarse
como una amenaza contra la vida en el más amplio sentido. A esto se suele
objetar que no es «la ciencia» la culpable, sino algunos científicos (lo malo
es que son muchos, a lo peor casi todos), argumento bastante similar al que
afirma que no hay que echar a la cuenta del cristianismo los pecados de la
cristiandad.
Todo esto no significa que yo sea
partidario del subjetivismo puro, que no existe, como no existe la objetividad
pura. Naturalmente, no niego la utilidad de las escalas de valores, de las
referencias verificables, de las experiencias comunicables y reproducibles, del
saber intersubjetivo y de los vínculos intersubjetivos. ¡Pero sí niego las
interpretaciones intersubjetivas! Un filósofo de la historia como Benedetto
Croce sabía muy bien por qué admitía los juicios subjetivos en la contemplación
histórica: «por una razón irrebatible», y es que «no hay manera de
excluirlos».60
Cuando decimos que en historia no sirve la
rigidez lógica del silogismo, no afirmamos que no se deba razonar, ni que se
deba razonar ilógicamente. Aunque muchas cosas, o todas, como quieren los
escépticos más radicales, sean controvertibles, existe una posibilidad de
acercarse más o menos a unos hechos históricos, y de aducir mejores o peores
razones que justifiquen una determinada manera de contemplarlos (o no
justifiquen, si son tan malas). Para citar la definición negativa de William O.
Aydelotte: «La afirmación de que todos los juicios son inseguros no implica que
todos sean inseguros en igual medida».61
A esto me atengo, así como a la convicción
de que pese a toda la complejidad, al caos y a la confusión de la historia, es
posible extraer algunas conclusiones generales, y destacar lo esencial, lo
típico, lo decisivo. En una palabra, que es posible generalizar lo que suele
ser discutido, negado o menospreciado por considerarlo demasiado especulativo o
no demostrable; sin embargo, el historiador que no se limita a cultivar su
disciplina por curiosidad de visitante museístico bien tiene que generalizar alguna
vez, si pretende decir algo que valga la pena. Naturalmente, sin avanzar un
paso más allá de lo que le consientan los datos que tenga a su disposición.62
Para que tales generalizaciones tengan
fuerza concluyente, yo utilizo, entre otros métodos, el de la cuantificación,
consistente en recopilar gran número de casos, variantes, datos comparables,
siempre que sean relevantes y representativos. Escribir historia quiere decir
destacar rasgos principales. Procedo por acumulación de material informativo.
Ambas cosas, la generalización y la cuantificación, van necesariamente unidas.
Escasa capacidad de convicción tendría mi
tesis del carácter criminal del cristianismo si para demostrarla me limitase a
ofrecer algunos ejemplos. Pero, tratándose de una obra de varios tomos, nadie
dirá que esos ejemplos sean aislados o poco concluyentes. Pienso, como Cicerón,
que «la ley principal de la historiografía es que nadie se atreva a escribir
cosa alguna que sea falsa». Pero donde Cicerón continúa («En segundo lugar, que
nadie se atreva a dejar de escribir lo que sea verdadero, ya que daría lugar a
sospechar que le mueve una parcialidad favorable o una enemistad») ,63 yo digo
que en mi caso no hace falta que nadie se moleste en sospechar. Porque escribo
«por enemistad»; la historia de aquellos a quienes describo me hizo enemigo de
ellos. Y no me consideraría refutado por haber omitido lo que también era
verdadero, sino únicamente cuando alguien demostrase que he escrito algo falso.
Ahora bien, y para aludir brevemente a la
estructura de la obra, como todo esto se escribió con el propósito justificable
de prestar un servicio a aquellas personas que dispongan de poco o ningún
tiempo que dedicar a la investigación personal acerca del cristianismo, he
procurado exponer con la mayor claridad posible, en los diversos tomos y
capítulos, todos estos hechos y acontecimientos, junto con los paralelismos y
las relaciones causales que he creído advertir, y las conclusiones que extraigo
de ellos: por orden cronológico a menudo, con cierta sistematización, tratando
de destacar expresamente los aspectos más importantes, con cesuras o divisiones
intencionadas entre distintas temáticas o entre distintos períodos, resumiendo
en algunos puntos, introduciendo en otros una ojeada panorámica,
retrotrayéndome a un pasaje anterior, añadiendo digresiones. En fin, todo lo
que suele hacerse para facilitar la lectura y la visión general del asunto.
Criticar es fácil, según una opinión
corriente; lo dicen sobre todo quienes por oportunismo, por indolencia o por
incapacidad jamás han intentado criticar nada en serio. No faltan los que
opinan que eso de criticar está muy mal..., sobre todo cuando los criticados
son ellos, aunque esto último no lo confesarían jamás. Muy al contrario,
afirman siempre que no tienen nada en contra de la crítica, que todas las
críticas son bien recibidas pero, eso sí, siempre y cuando sean críticas
positivas, constructivas, y no críticas negativas y deletéreas. Entendiéndose
siempre que la crítica constructiva es aquella que no profundiza demasiado, o
mejor aún si sólo es crítica en apariencia, procedente de aquellos que, en el
fondo, están de acuerdo con nosotros. En cambio, se juzga «negativo»,
«estéril», «condenable», el ataque que apunta a los fundamentos con intención
de destruirlos. Cuanto más convincente sea dicho ataque, más se expondrá su
autor a verse denigrado..., o silenciado.
Los círculos clericales son los más
sensibles a la crítica. Precisamente los mismos que dicen «no juzgues, y no
serás juzgado», pero consignan al infierno cuanto no les interesa, los mismos
cuya Iglesia gusta de presentarse como la principal instancia moral del mundo,
tal como viene haciendo desde hace siglos y seguirá haciendo todavía, ésos son
los que más se indignan cuando ven que alguien quiere tomarles la medida y
juzgarlos a ellos; y cuanto más agudo sea el juicio y más aplastante el
veredicto, más grande es su ira y su furor. Sólo que esa ira y ese furor (a
diferencia de las pasiones que conmueven a los demás mortales) son santa ira y
santo furor, «furor ordenado», cómo no, que según Bernard Háring, gran
entendido en moral, es «una fuerza indudablemente útil que ayuda a superar los
obstáculos que se oponen al bien, a conseguir nuestro objetivo, ciertamente
elevado pero difícil. El enamorado que no es capaz de enojarse no tiene sangre
en las venas [!]; pero si amamos el bien enardecidamente, con todas nuestras
energías anímicas y corporales, no serán menores nuestras energías en el
momento en que debamos oponernos al mal. Porque no es lo propio del cristiano
soportar los males con pasividad, sino alzarse contra ellos con valor y
haciendo acopio de todas tós fuerzas. Y entre éstas figura también la capacidad
de enojarse».64
Con inflamada indignación se alzan esos
círculos, precisamente, contra «la manía de juzgar» (Aitmeyer), y dan muestras
de su escándalo con ribetes «científicos» cuando un autor, habráse visto, se
atreve a «valorar», cuando «el historiador, reconocida su incapacidad en tanto
que moralista, asume el papel de fiscal», cuando «cae en la tentación» de
«extremar el rigorismo de su perspectiva», cuando se hunde «en las simas del
maximalismo idealista», o adopta «la fraseología forense», y todo ello sin
preocuparse del «tradicional problema historiográfico de la practicabilidad de
las exigencias éticas» (Volk, S.J.).65
¿Acaso no es grotesco que los
representantes juramentados de un culto mistérico ancestral, los que creen en
trinidades, ángeles, demonios, infiernos, partos de vírgenes, asunciones
celestes de un cuerpo real, conversiones del agua en vino y del vino en sangre,
quieran impresionarnos con su «ciencia»? ¿Que el jesuíta Volk (a quien la regla
decimotercera de su orden impone creer «que lo que yo tengo por blanco no es
tal, sino negro, si lo manda la jerarquía eclesiástica») pueda presumir de un
«espíritu de lúcida independencia y objetividad»? ¿Y no será el colmo de lo
grotesco que personajes semejantes sigan recibiendo los honores del propio
mundo científico?66
Pero son ellos precisamente quienes, al
tiempo que condenan los juicios de valor y el pretender erigirse en fiscal (por
parte de otros), más abusan del farisaico lugar común, sobre todo en los libros
de historia, de que tal cosa y tal otra hay que entenderlas «teniendo en cuenta
el espíritu de la época» (Dempf); durante el imperio romano tardío, por
ejemplo, la aplicación de leyes contra el bandidaje a los «herejes» convictos,
o mejor dicho toda la política eclesiástica de los emperadores de ese período,
«o también —como agrega el mismo Dempf, siempre tan servicial—como en el
período comparable de nuestra cultura occidental [!], la época de las guerras
de religión, o sea, digamos, de 1560 a 1648».67 De todo eso y mucho más,
incluyendo el tiempo transcurrido entre esas dos épocas, se nos invita a
hacernos cargo en nombre del «espíritu de la época», para que lo comprendamos y
disculpemos. En particular, los teólogos historiadores de la Iglesia se ven
obligados a utilizar con asiduidad estos argumentos, que no sería lícito
rechazar siempre o por principio, atenuantes, exculpatorios o absolutorios.
Ellos dicen que hay que comprender, lo explican, nosotros lo comprendemos, y
una vez comprendidas así las cosas desde «el espíritu de la época», dejan de
parecemos tan graves, empieza a parecemos que no pudieron ser de otro modo; al
fin y al cabo, ¿no obedece toda la historia a la voluntad del Señor?
En 1977, el teólogo Bernhard Kótting
declaró ante la Academia de Ciencias de Renania-Westfalia que no sería justo
exigir hoy que los obispos de la época constantiniana «hubieran solicitado al
emperador un trato igual para todos los grupos religiosos, obedeciendo al
espíritu de la caridad cristiana pongamos por caso. Eso sería querer determinar
desde nuestros criterios actuales el horizonte espiritual en que vivían los
hombres de la Antigüedad, y proyectar nuestras ideas actuales sobre la
legitimidad del poder político hacia el siglo IV de nuestra era».68
Tal argumentación, expuesta en nombre de la
perspectiva histórica, es precisamente un insulto a dicha perspectiva y es
absurda por más de un motivo. En primer lugar, la Antigüedad pagana había sido
bastante tolerante en asuntos de religión. En segundo lugar, fueron
precisamente los autores cristianos de los siglos u, III y comienzos del IV
quienes reclamaron con mayor apasionamiento la libertad de cultos, y ello en
nombre del «espíritu de la caridad cristiana». Y en tercer lugar ¿qué valor
hemos de asignar a ese «espíritu de la caridad cristiana», sabiendo que ha sido
constantemente postergado en el siglo IV como en todos los demás transcurridos
desde entonces, sin olvidar el siglo XX (sus dos guerras mundiales, su guerra
del Vietnam), ya que seguramente ahora los cristianos no viven en el horizonte
espiritual de la Antigüedad, pero tampoco en el «espíritu de la caridad
cristiana». ¡No existe la proyección de nociones anacrónicas que se denuncia!
En ninguna época los poderosos (del Estado y de la Iglesia) hicieron el menor
caso del «espíritu de la caridad cristiana», invocado siempre sobre el papel,
única y exclusivamente, pero siempre abyectamente traicionado en la realidad.
Ése es el espíritu de la época que hay que considerar, en todas las épocas
idéntico a sí mismo, y lo demás son trampas para incautos. Pero el «espíritu de
la época», siempre útil a toda aplicación apologética, anida en las mentes
queriendo disculpar, queriendo quitar hierro. El mismo Goethe ironizaba sobre
esto en su Fausto:
Lo que llamáis espíritu de los tiempos, en
el fondo no es sino el espíritu de los amos.
Si no nos vale el testimonio del poeta, por
notoriamente anticristiano y no poco anticlerical, acudamos al de san Agustín:
«Corren malos tiempos, tiempos miserables, dice la gente. Dejadnos vivir bien,
y sean buenos los tiempos. Porque nosotros mismos somos los tiempos que corren;
tal como seamos nosotros, así será nuestro tiempo».69 En otros sermones suyos,
San Agustín reiteró esta idea de que no hay por qué acusar a los tiempos ni al
«espíritu de la época», sino a los mismos humanos que (como los historiadores
de hoy mismo) acusan de todo a los tiempos que corren, a la época miserable,
difícil y turbia. Porque «el tiempo no ofende a nadie. Los ofendidos son los
hombres, y otros hombres son los que infligen las ofensas. ¡Oh dolor! Se ofende
a los hombres, se les roba, se les oprime, y ¿por obra de quién? No de leones,
no de serpientes, no de escorpiones, sino de los hombres. Y así viven los
hombres el dolor de las ofensas, pero ¿no harán ellos mismos otro tanto, así
que puedan, y por mucho que lo hayan censurado?».70
San Agustín sabía muy bien de qué hablaba,
pues la última frase de la cita le cuadra perfectamente a él mismo (véase el
capítulo 10). Por otra parte, y a diferencia de Voltaire, yo no estoy tan
convencido de que exista una raison universelle imperecedera. Ni tampoco
transfiero al remoto pasado las ideas ni las escalas de valores de la
actualidad, hábito mental al que Montesquieu llamó con razón, aunque no sin
cierta exageración, «la más terrible fuente del error».71 En toda época, sin
embargo, al menos durante los últimos dos mil años, las rapiñas, los
homicidios, la opresión, las guerras, fueron tenidas por lo que eran y son; no
deberíamos olvidarlo, y menos que nadie los cristianos. Porque ellos habían
recibido a través de los Sinópticos el mensaje de Jesús, indiscutiblemente
pacifista y social, y los encendidos llamamientos al «comunismo del amor» de
los padres y doctores de la primera Iglesia, hasta bien entrado el siglo iv. En
una palabra, el mundo fue haciéndose cada vez más cristiano..., y cada vez peor,
en muchos aspectos. Porque el cristianismo se funda en una serie de
mandamientos, el del amor al prójimo, el del amor al enemigo, el no robarás, el
no mataras; pero también se funda en la astucia, para no respetar ninguno de
esos mandamientos.
Como esto, en el fondo, no pueden negarlo
los apologistas, nos objetan que algunas veces (es decir, todas las veces que
fue necesario, cualquiera que sea el período histórico que consideremos) los
protagonistas «no eran cristianos verdaderos». Pero veamos, ¿cuándo hubo
cristianos verdaderos? ¿Lo fueron los sanguinarios merovingios, los francos tan
aficionados a expediciones de saqueo, las mujeres déspotas del período
lateranense? ¿Fue cristiana la gran ofensiva de las cruzadas? ¿Lo fueron la
quema de brujas y de herejes, el exterminio de los indios, las persecuciones
casi bimilenarias contra los judíos? ¿La guerra de los Treinta Años? ¿La
primera guerra mundial? ¿La segunda, o la del Vietnam? Si todos ésos no fueron
cristianos, ¿quién lo ha sido?
En cualquier caso, el espíritu de los
tiempos no ha sido siempre el mismo en cada época concreta.
Mientras los cristianos iban propagando sus
Evangelios, sus creencias, sus dogmas, mientras transmitían su infección a
territorios cada vez más extensos, hubo no pocos hombres, como los primeros
grandes debeladores del cristianismo, Celso en el siglo II y Porfirio en el
III, que supieron alzar una crítica global y aplastante, cuyas razones todavía
hoy consideramos justificadas, como admiten incluso, todo hay que decirlo, los
teólogos cristianos del siglo XX.
Pero no eran los paganos los únicos que se
rebelaban contra la doctrina cristiana. En la misma época en que se vivía y
moría por la fe en el dogma de la Trinidad, judíos y musulmanes lo rechazaban
calificándolo de provocación inadmisible; tanto éstos como aquéllos veían en la
paradoja del Dios hecho hombre un absurdo, una «injusticia», una «ofensa». Por
lo que toca a las doctrinas rivales acerca de la doble naturaleza, el filósofo
y místico islámico Al Ghazali (1059-1110) no lograba distinguir en los argumentos
de los monofisitas, los nestorianos, los ortodoxos;
sólo veía manifestaciones «incomprensibles,
tal vez de pura necedad y pobreza de espíritu».72
Al igual que en los pensamientos, las
personas de una misma época difieren asimismo en las obras.
Mientras el cristianismo se hacía culpable
de tropelías espantosas, el budismo, que no tuvo nunca en la India una Iglesia
organizada al estilo occidental, ni autoridad central dedicada a homologar la
fe verdadera, daba muestras de una muy superior tolerancia. Los creyentes no
sacerdotes no contraían ningún compromiso exclusivo, ni eran obligados a
abjurar de otras religiones, ni se convertía a nadie por la fuerza. Muy al
contrario, su amplitud de miras frente a las demás confesiones de otros países
fue precisamente uno de sus «rasgos característicos» (Mensching).73
Sus virtudes pacificadoras pueden
observarse, por ejemplo, en la historia del Tíbet, cuyos habitantes, nación
guerrera entre las más temidas de Asia, se convirtieron en una de las más
pacíficas bajo la influencia del budismo. En ese país, pese a su profunda
religiosidad y a la existencia de una jerarquía sacerdotal bien organizada,
reinó la tolerancia más absoluta entre toda clase de creencias y de sectas. Con
razón escribe el lama budista Anagarika Govinda: «Las religiones que admiten
plenamente la individualidad humana con todos sus derechos, se convierten
automáticamente en impulsoras de la humanidad. Por el contrario, las que elevan
la pretensión de poseer la verdad en exclusiva, o las que desprecian el valor
del individuo y de las convicciones individuales, amenazan convertirse en
enemigas de la humanidad, y ello en la misma medida en que la religión pase a
convertirse en cuestión de poder político o social».74
El espíritu del tiempo ni siquiera imperaba
sin límites entre los cristianos; ¡no todos estaban ciegos! Así, el gran
trovador Peire Cardinal ironizaba sobre Hugo de Monfort y su epitafio: «Cuando
uno mató gente, derramó sangre, condenó almas, instigó asesinatos, anduvo en
consejo de reprobos, incendió, destruyó, violó, usurpó tierras, destripó
mujeres y degolló niños, entonces dicen que mereció la corona de los Cielos y
brillará allí para siempre».75 Durante el siglo XIII llegó a desarrollarse toda
una literatura satírica contra las cruzadas, como en estos sarcasmos del
francés Ruteboeuf:
Que se atiborren de vino primero
y duerman ebrios junto al fuego,
luego tomen la cruz con hurra y alegría
y asila cruzada veréis que ha comenzado,
que mañana, con la primera luz del día,
en desbandada y deshonor habrá terminado.76
Quiere decirse que no todo el mundo andaba
poseído del espíritu de su época, ni privado de la facultad crítica y de la
capacidad para comparar, verificar y juzgar. En todos los siglos existió una
conciencia moral, incluso entre cristianos, y no menos que entre «herejes».
¿Por qué no habríamos de aplicar al cristianismo su propia escala de medida
bíblica, o en ocasiones incluso patrística? ¿No dicen ellos mismos que «por sus
frutos los conoceréis»?
Como cualquier otro crítico social yo soy
partidario de una historiografía valorativa. Considero la historia desde un
compromiso ético, que me parece tan útil como necesario, de «humanisme
historique». Para mí, una injusticia o un crimen cometidos hace quinientos,
mil, mil quinientos años son tan actuales e indignantes como los cometidos hoy
o los que sucederán dentro de mil o de cinco mil años.
Escribo, por tanto, con intencionalidad
política, que no es otra sino la ilustrada y emancipadora. Siempre estaré más
cerca de la «histoire existentielle» que de la «histoire scientifique». Y la
cuestión, últimamente muy debatida, de si la historia es o no una ciencia (cosa
que ya negaban Schopenhauer y Buckie), apenas me preocupa. Los esfuerzos (casi
diría los esguinces) polémicos de muchos historiadores profesionales, deseosos
de probar el carácter científico de su disciplina, me parecen sospechosos, y muchas
veces no tan «científicos» como «demasiado humanos». Mientras exista el género
humano habrá historia; qué nos importa que se le reconozca el predicado de
científica o no. Tampoco la teología es una ciencia (si lo fuera, sería la
única que no consigue averiguar nada acerca del objeto de sus investigaciones;
al menos los historiadores se salvan de ese reproche), pero tiene más cátedras
que otras disciplinas que sí lo son. Al menos, en Alemania federal y durante el
séptimo decenio del siglo XX, había en Würzburg diez cátedras para 1.149
estudiantes de ciencias político-sociales, y dieciséis cátedras para 238
futuros teólogos. Más aún, en Bamberg, el Estado federal de Baviera, gobernado
por los socialcristianos, financiaba once plazas de número para treinta
estudiantes de teología. Es decir, más profesores numerarios para treinta
futuros expertos en asuntos de tejas para arriba (si no abandonaban antes la
carrera) que para 1.149 estudiantes de otras ciencias no tan orientadas al Más
Allá.77
Tengo para mí que la historia (y habrá
bastado el ejemplo anterior, que no es sino una gota en un océano de
injusticias) no puede cultivarse sine ira et studio. Sería contrario a mi
sentido de la equidad, a mi compasión para con los hombres. El que no tiene por
enemigos a muchos, es enemigo de toda humanidad. Y quien pretenda contemplar la
historia sin ira ni afectación, ¿no se parece al que presencia un gran incendio
y ve cómo se asfixian y abrasan las víctimas sin hacer nada por salvarlas,
limitándose a tomar nota de todo? El historiador que se aferra a los criterios
de la ciencia «pura» es forzosamente insicero. O quiere engañar a los demás, o
se engaña a sí mismo. Diría más, es un delincuente, porque no puede haber
delito peor que la indiferencia. Ser indiferente es facilitar el homicidio
permanente.
Estos juicios, que quizá parezcan
extravagantes o excesivamente severos, son consecuencia del doble sentido de la
noción de historia, que se refiere tanto al suceso mismo como a la descripción
de lo sucedido, res gestae y rerum gestarum memoriae. Y la historiografía no es
sólo grafía sino también historia, parte de la misma, puesto que no se limita a
reflejarla, bajo el matiz que sea; el historiador hace historia también.
Importa tener presente que la reflexión deriva en acción, que influye en las
ideas y en los actos de los humanos, de sus dirigentes y corruptores,
influencia que en algunos casos ha podido ser determinante. En consecuencia,
toda historiografía reviste tres aspectos: «narra la historia, es historia y
hace historia» (Beumann).78
Los historiadores nunca han dejado de tener
una opinión excelente acerca de ellos mismos. La misma ha ido mejorando en el
decurso del tiempo y nunca ha estado tan hipertrofiada como hoy, pese a todos
los déficits teóricos, escrúpulos metodológicos, titubeos y
autojustificaciones, pese a la diversidad de escuelas historiográfícas rivales,
para no hablar de los ataques externos. «El lugar de la historia
préterita-desnaturalizada es la cabeza del historiador. De la historia real, no
puede conservarse en aquélla sino su contenido» (Junker/Reisinger). En el siglo
XX, precisamente, los historiadores han llegado a creerse protagonistas de la
historia, hasta el punto que justifican la crítica de Edward Hallet Carr:
«Historia es lo que hace el historiador».79
Sin embargo, esto sólo es una parte de la,
verdad. Es más importante recordar que, por lo general, se hace historia a
favor o en contra de los hombres, que siempre ha gobernado una minoría para la
mayoría y en contra de ella, en contra de las masas dolientes y pacientes. La
regla es que la historia política se funda en el poder, en la violencia, en el
crimen; y por regla general también, esto no sólo lo silencia la mayoría de los
historiadores, sino que muchos prefieren alabarlo, como siempre, al servicio de
los potentados y del espíritu de los tiempos. Por tanto, también es regla que
la historiografía no tiende a mejorar la política, sino que por lo general «se
deja corromper por ella» (Ranke)..., y la corrompe a su vez. Pues así como
sería posible hacer la política en favor de la mayoría, pero más comúnmente se
hace en contra de ella, también la historiografía procede en contra de ella. A
nosotros, en cambio, lo que nos importa no es la revolución en el trono, sino
el destino de los hombres, como dijo Voltaire. Muchos historiadores, en vez de
decirse homo sum como era su deber, prefirieron dedicarse a la descripción de
batallas. Y si conserva hoy su validez la sentencia de san Juan Crisóstomo, «el
que elogia el pecado es más culpable que el que lo comete», entonces los que
elogian los crímenes de la historia y ensalzan a los criminales, ¿no son
incluso peores que éstos?80
Lo cual nos obliga a plantearnos la
cuestión siguiente: ¿Qué es crimen? ¿Quiénes son criminales?
Para responder a eso no voy a citar el
Código Penal, teniendo en cuenta que tales códigos tienden siempre a la
reproducción de lo socialmente establecido, a expresar la ideología del
Establishment, por cuanto se escriben bajo la influencia de la minoría dominante
y en contra de la mayoría dominada. Yo me fundo en la communis opinio, a la que
no es del todo ajena la ciencia jurídica cuando establece que es homicida el
que mata a otro intencionadamente, sobre todo cuando lo hace por motivos
«bajos», como quitarle sus bienes o ponerse en su lugar, por ejemplo. Sólo que
la Justitia hace una gran diferencia entre matar a uno o matar a millones: sólo
lo primero es crimen. Y también hace diferencia entre matar a millones y robar
millones: sólo lo segundo es justiciable. Para mí, esa «justicia» no es digna
de su nombre.
Pero el sentido común, que pretende tener
claro quién es un criminal, también cree saber bien a quiénes convierte en
héroes. ¿Quién habrá contribuido más a ello, después del Estado y de la
Iglesia, sino la historiografía? En la mayor parte de las fuentes relativas a
nuestra era ha predominado la tradición de los opresores, y ha sido ignorada la
de las capas oprimidas. Se presenta bajo la luz más favorable a los actores de
la historia, al reducido grupo de los déspotas que la hicieron; los lomos que
la soportaron quedan en la oscuridad, siempre o casi siempre, De tal manera que
la influencia de la historiografía, sobre todo la de los últimos siglos, puede
tildarse de catastrófica. No fue hasta 1984 cuando Michael Naumann demostró en
su trabajo El cambio estructural del heroísmo que, desde la época absolutista,
«el poder político, las instituciones sociales, la historia y la identidad
nacional tienden a "condensarse" y "personificarse" en la
figura del héroe nacional», que también las masas han interiorizado los actos
de tales héroes como «existencialmente representativos» y «dignos de
emulación», y que «siempre han sido los historiadores los primeros en presentar
como "héroes" a estos personajes».81
Ahora bien, el heroísmo, y sobre todo el
heroísmo político, suele ser más a menudo la mala disposición que quiere la
ruina de otros, que la buena disposición para el autosacrificio. Y si Jean Paúl
dijo que la historia no sólo era la novela más verídica que jamás hubiera
leído, sino también la más hermosa, seguramente no llegaremos a saber nunca qué
razones tendría para decirlo. Ni tampoco por qué Goethe («en una de sus
manifestaciones más conocidas», según Meinecke) afirmó que lo mejor que nos
queda de la historia es el entusiasmo que ella suscita. La historia del
intelecto, no diré que no. La historia del arte, indudablemente. Pero, ¿la
política? ¿Esta canción malsonante?82
Sea como fuere, tenemos que Thomas Cariyie,
«el virrey de Goethe en Inglaterra» presenta la Historia universal, en su obra
programáticamente intitulada Los héroes y el culto del héroe {Héroes ana Hero
Worship) como la historia de los grandes hombres. O lo que es lo mismo, la
fuerza como fuente de la legitimidad. En ello ha coincidido la inmensa mayoría
de los historiadores profesionales, a los que realmente deberíamos llamar
historiadores del Estado y que, en gran parte, no son sino funcionarios estatales
que adoran a esos «grandes» hombres igualmente dotados para el mal como para el
bien, a tal punto que el historiador Treitschke, hijo de un general de Sajonia,
llegó a censurar la lucidez moralizante que «sólo concibe la grandeza como lo
opuesto al desafuero».83
Ni siquiera una cabeza tan clara como la de
Hegel consiguió ver la cuestión de otro modo; pero esto no debe sorprendernos,
tratándose de un intelecto que por su parte se creía en posesión de la verdad
absoluta (en contradicción con el sistema desarrollado por él mismo), que se
tenía por un fiel «cristiano luterano» y que en su Filosofía de la historia
identificó a ésta con la revelación divina; que, por otra parte y como máximo
panegirista de la autoridad estatal en su versión más intolerante, rechazó todo
lo marginal, todo lo diferente, como en el caso de «la demencia de la nación
judía», en algunos pasajes llamada «incompatible [...] con las demás naciones»,
y que reserva todo su odio para los débiles y contestatarios, a los que llama
«miembros gangrenados», «seres próximos a la descomposición», al tiempo que
desaprueba las políticas «de paños calientes» y las «medidas suaves», como
apologista que fue de la violencia, de «proceder con la máxima intransigencia»,
que recomendaba que el Estado debía justificarse a sí mismo «por medio de
laviolencia» a fin de obtener «la sumisión del hombre a la autoridad». En
cuanto a «esa chusma del pueblo alemán», sería preciso reuniría en una masa
«mediante la violencia de un conquistador», para obligarla a «comportarse como
corresponde a Alemania». «Así, todos los grandes Estados se crearon por la
violencia superior de los grandes hombres»; en coherencia con ello, para Hegel
la paz, y no hablemos de la idea kantiana de la paz permanente, es una
pesadilla, ya que, a largo plazo, significaría «el apoltronamiento de la
humanidad» e incluso «la muerte». En cambio, la guerra tiene la «significación
superior» de servir para «preservar la salud moral de los pueblos, lo mismo que
el movimiento de los vientos impide que se estanquen las aguas del mar». En
cuanto al «estamento militar», Hegel dice sin rodeos que «le incumbe el deber
[...] de sacrificarse». Ahora bien, el sacrificio (a veces eüfemísticamente
llamado «abnegación») «en pro de la individualidad del Estado» es también deber
general. La obediencia es el principio de toda sabiduría, como dijo ya san
Agustín..., y en efecto, ese principio conduce muchas veces a la muerte
«heroica». «El verdadero valor de los pueblos cultos [!] es la disposición para
sacrificarse al servicio del Estado», y ya que los Estados se reconocen los
unos a los otros incluso durante las guerras, y que «incluso en la guerra misma
la guerra se determina como una situación pasajera», Hegel concluye que «la
guerra moderna es más humana, ya que no se enfrentan personas alzadas en odio
contra personas», típica idea cristiana por cierto, casi como de cura de
regimiento; si Hegel hubiese conocido la posibilidad de una guerra
atómica-bacteriológica-química, sin duda habría visto bellamente confirmadas
sus previsiones. Dios se encarga de que todo se presente en su punto: «La
humanidad necesitaba de la pólvora, y la pólvora fue inventada». La humanidad
necesitaba de un Hegel, y hete aquí que apareció el maestro. Necesitaba guerras
más humanas, y no le faltaron. No hay nada comparable a un pensador
impertérrito, capaz de escribir incluso que los actores de la historia
«merecieron la fama por hacer lo que hicieron como lo hicieron. No se podría
decir cosa peor del héroe, sino que actuó inocentemente, porque el honor de los
grandes caracteres consiste en soportar las culpas», en efecto, mientras que la
culpabilidad vergonzosa queda reservada para los «pequeños»; a éstos, cuando
son culpables, y a veces aunque no lo sean, les toca la cárcel, el nudo
corredizo o la silla eléctrica. A los grandes criminales, en cambio, el elogio
de los historiadores y de los filósofos de la historia.84
No falla; si generaciones enteras han
tenido maestros así, ¿cómo ha de extrañarnos que se dejaran seducir por el
primer aventurero que les deparase la historia? ¿No andarían mejor los asuntos
de la humanidad, y también los de la historia, si los historiadores (y las
escuelas) iluminasen y educasen basándose en criterios más éticos, condenando
los crímenes de los soberanos en vez de alabarlos? Pero la mayoría de los
historiadores prefieren difundir las heces del pasado como si hubieran de
servir como abono para los paraísos del porvenir. La historiografía alemana,
sobre todo, se encargó de colaborar al mantenimiento de las formas históricas
tradicionales así como de las sociales, a la reproducción del «orden» existente
(un orden que no es en realidad sino caos social y guerra continua, interna y
externa), en vez de contribuir a derribarlo. La historiografía alemana, sobre
todo, vinculó su suerte al apriorismo nacionalista. A partir del siglo XIX,
entra en el remolino de la idea del Estado nacional, del optimismo patriótico y
de la fe en la construcción nacional. Ella padeció desde luego esas tendencias
en mayor medida que la historiografía de otros países, pero también contribuyó
lo suyo a configurarlas. En cambio, la vinculación entre los procesos políticos
y los sociales, es decir la historia social (que va a desempeñar un papel
importante en esta obra, y que había tomado un impulso considerable a partir de
finales del siglo xix), ha preferido ignorarla y casi proscribirla, porque se
entendía que «nuestro Estado, nuestra política de gran potencia, nuestra
guerra, están al servicio de los bienes superiores de nuestra cultura
nacional», que Alemania «representa la idea de la nación en su forma más
elevada» y el enemigo, por el contrario, «el nacionalismo más brutal», como
afirmaba en tiempos de la primera guerra mundial Friedrich Meinecke, más tarde
convertido al liberalismo de izquierdas. Y todavía después de lo de Hitler,
cuando algunos empezaron a abrir los ojos, la gran mayoría de los
historiadores, y no sólo dentro de nuestras fronteras (cada vez más reducidas,
como resultado de aquella misma política de gran potencia), aunque desengañados
de la idealización y la adoración del Estado, no obstante quieren seguir
justificándolo y defendiéndolo, y ni siquiera en la historiografía alemana más
reciente hallamos apenas criterios «científicos», sino la proyección de
determinados intereses de la actualidad hacia el pasado, lo que ha dado lugar a
«las tendencias claramente restaurativas de la historia alemana de posguerra»,
según Groh.85
Continúan bien arraigados en las mentes, y
por desgracia no sólo en las de los historiadores, el nacionalismo político,
ahora llamado «europeísmo» (que no es sino un nacionalismo ampliado para peor)
y la mentalidad de gran potencia: el imperialismo, en una palabra. Es casi
repugnante leer siempre las mismas justificaciones por parte de los eruditos,
tanto los eclesiásticos como los no eclesiásticos e incluso los
antieclesiásticos.
Ejemplo de ello, para citar sólo uno, es la
glorificación cotidiana de Carlomagno (o Carlos el Grande), un héroe casi
universalmente encomiado hasta alturas celestiales: el mismo que durante sus
cuarenta y seis años de reinado y perpetuas guerras emprendió casi cincuenta
campañas y que saqueó todo lo que pudo en los cientos de miles de kilómetros
cuadrados de su imperium Christianum (Alcuino), su regnum sanctae ecclesiae
(Libri Caroliní), en virtud de cuyos méritos fue elevado a los altares en 1165
por Pascual III, el antipapa de Alejandro III, siendo confirmada la
canonización por Gregorio IX y no anulada por ningún papa posterior, que yo
sepa; durante mi infancia, yo todavía celebraba mi onomástica en la fecha de
«San Carlos el Grande».
Naturalmente, los historiadores no dicen
que un hombre de ese calibre fuese un saqueador, un incendiario, un homicida,
un asesino y un cruel tratante de esclavos; el que escribe en esos términos se
desacredita ante el mundo científico.86 Los investigadores auténticos, los
especialistas, usan otras categorías muy distintas; las peores expediciones de
saqueo y los genocidios de la historia vienen a llamarse expansiones,
consolidación, extensión de las zonas de influencia, cambios en la correlación
de fuerzas, procesos de reestructuración, incorporación a los dominios,
cristianización, pacificación de tribus limítrofes.
Cuando Carlomagno sojuzga, explota, liquida
cuanto encuentra a su alrededor, eso es «centralismo», «pacificación de un gran
imperio»; cuando son otros los que roban y matan, son «correrías e invasiones
de los enemigos allende las fronteras» (sarracenos, normandos, eslavos,
avaros), según Kámpf. Cuando Carlomagno, con las alforjas llenas de santas
reliquias, incendia y mata a gran escala, convirtiéndose así en noble forjador
del gran imperio franco, el católico Fleckenstein habla de «integración
política» e incluso viene a subrayar que no se trataba «de una empresa
extraordinaria [...], sino de una operación que implicaba una misión
permanente». Nada más cierto. Lo que pasó fue que «el Occidente», según
Fleckenstein (pero casi todos los historiadores escriben así), «no tardó en
dilatarse más allá de la frontera oriental de Alemania», terminología que
tiende a evocar un fenómeno de la naturaleza o de la biología, el crecimiento
de una planta o el desarrollo de un niño... Algunos especialistas usan
expresiones incluso más inocuas, pacíficas, hipócritas y ;U como Camill
Wampach, catedrático de nuestra Universidad de Bonn; ^ «El país invitaba a la
inmigración, y la región limítrofe de Franconia daba?;
habitantes a las tierras recién liberadas»
,87 ^
Sin embargo podríamos describir con más
lucidez lo que ocurrió en -^ realidad, y ni siquiera sería necesario que
padeciese por ello la «grande-1, za»: «El emperador Carlos fue grande como
conquistador. Ahora se le ;í planteaba la misión aún más grande de crear un
nuevo orden allí donde; í hasta entonces, sólo se había presentado como
destructor». Así es: primero se destruye, después se edifica un «nuevo orden».
Y partiendo de ese «nuevo orden», salimos otra vez de nuestras fronteras, o
bien para seguir «renovando el orden», lo que desde luego nos obliga a seguir
presentándonos como destructores, o si eso no fuese posible, para continuar con
las escaramuzas fronterizas; lo que importa en todo caso, es seguir
creciendo.88
Acabo de citar una antigua Historia del
obispado de Hildesheim (1899), cuyo autor es un clérigo no del todo
desconocido, el canónigo Adolf Bertram, caracterizado por «el realismo de los
oriundos de la Baja Sajonia» (Volk, S.J.). Tan grande fue su realismo que, no
conforme con celebrar la grandeza de Carlomagno, y en su dignidad ulterior de
cardenal y presidente de la Conferencia Episcopal de Alemania, no desdeñó la
oportunidad de saludar a un nuevo conquistador y creador de un nuevo orden en
el sur, en el oeste y en el este que, si no ha sido elevado a los altares
tampoco nos consta que fuese excomulgado: Adolf Hitler, cuya anexión de Austria
fue aprovechada por el primado Bertram «para expresar con el debido respeto mi
felicitación y mi gratitud [...ja cuyo fin he dispuesto un solemne redoble de
campanas para el próximo domingo». Y que todavía el 10 de abril de 1942
aseguraba «al excelentísimo Caudillo [Führer] y Canciller del Reich» que los
obispos alemanes elevaban sus oraciones «por la continuación de vuestros éxitos
victoriosos en la guerra [...]».
Y es que los príncipes de la Iglesia,
realistas o no, estuvieron siempre que pudieron al lado de los grandes
aventureros de la historia, como más adelante iremos viendo, en la medida en
que a éstos (al principio) suele sonreírles el éxito. Nada impresiona tanto a
los príncipes de la Iglesia como el éxito (aunque luego, a toro pasado, suelen
apuntarse a la resistencia). Así, un partidario tan frenético de la primera y
segunda guerras mundiales como el cardenal arzobispo de Munich Freising, el
«resistente» Faulhaber, pudo afirmar que «cuando el mundo sangra por mil
heridas y las lenguas de los pueblos se confunden como en Babel, entonces ha
sonado la hora de la Iglesia católica». Pero ya en el siglo V (cuando san
Agustín se había declarado abierto partidario de la guerra, aunque fuese la
guerra ofensiva), el patriarca Teodoreto decía que «los hechos de la historia
nos demuestran que la guerra nos favorece más que la paz».89
Incluso un historiador tan importante y tan
crítico para con la Iglesia como Johannes Haller se entusiasma (en 1935, dicho
sea de paso) con «las hazañas del gran rey Carlos» y afirma sin rodeos que «la
sumisión de los sajones era para el imperio franco una necesidad, a los efectos
de la seguridad nacional, y que sólo podía llevarse a cabo por medio de la
violencia sin contemplaciones, es decir que la razón no estaba del todo con los
sajones. Además no hay que olvidar que se trataba de incorporar un pueblo primitivo
a un Estado ordenado, es decir, de extender el imperio de la civilización
humana [.. .]».90
Debemos entender, pues, que allí donde la
historia se produce «por medio de la violencia sin contemplaciones», se está
extendiendo «el imperio de la civilización humana». Evidente, y así hemos
continuado desde entonces en todas partes, en Europa, en América, sobre todo
bajo la enseña del cristianismo: explotación interminable y descarada, y una
guerra tras otra, pero..., no exageremos, hasta que por fin llegamos a la
posibilidad de que desaparezca Europa o la humanidad entera, cuando el jesuíta
Hirschmann reclama «el valor necesario para arrostrar el sacrificio del rearme
nuclear, dada la situación actual, incluso ante la perspectiva de la
destrucción de millones de vidas humanas», y Gundiach, también jesuíta, se
plantea incluso la destrucción del mundo, «ya que, por una parte, poseemos la
seguridad de que el mundo no será eterno, y por otra parte nosotros no somos
responsables de su fin», contando desde luego con la aprobación del papa Pío
XII, que consideraba lícita incluso la guerra atómica bacteriológica-química
contra «los delincuentes sin conciencia». Todo esto bajo el signo de la
«extensión del imperio de la civilización humana». Confesemos, pues, que no se
trataba de pacificar naciones primitivas en defensa de un Estado ordenado, sino
de la lucha despiadada del más fuerte contra el más débil, del más corrompido
contra el (tal vez) menos corrupto. La ley de la selva, en una palabra, que es
la que viene dominando en la historia de la humanidad hasta la fecha, siempre
que un Estado se lo propuso (u otro se negó a someterse), y no sólo en el mundo
cristiano, naturalmente.91
Porque, como es lógico, no vamos a decir
aquí que el cristianismo sea el único culpable de todas esas miserias. Es
posible que algún día, desaparecido el cristianismo, el mundo siga siendo
igualmente miserable. Eso no lo sabemos; lo que sí sabemos es que, con él,
necesariamente todo ha de continuar igual. Es por eso que he procurado destacar
su culpabilidad en todos los casos esenciales que he encontrado, procurando
abarcar el mayor número posible de ellos pero, eso sí, sin exagerar, sin sacar
las cosas de quicio, como podrían juzgar algunos que, o no tienen ni la menor
idea sobre la historia del cristianismo, o han vivido totalmente engañados al
respecto.
Que toda política de fuerza estuvo siempre
acompañada de una discusión teológica, que por ejemplo «la labor teológica»
continuó durante la lucha contra el arrianismo y que «no toda la vida de la
Iglesia se agota en las luchas por el poder entre las facciones»
(Schneemelcher) es cosa que nadie niega, y que se cumple para toda la historia
del cristianismo. Pero el autor, después de leer tantos plagios al cabo del
año, no tiene una gran opinión de la labor teológica ni de la vida de la
Iglesia. Muy al contrario, porque considera que sólo sirven, con sus mentiras
dogmáticas, sus justificaciones homilíticas y el adormecimiento litúrgico de
las conciencias (las dudas que el sermón no haya despejado, las ahoga el
estruendo del órgano), a la lucha descarnada por el poder, de la que siempre
fueron y siguen siendo instrumentos.92
CAPÍTULO 1
ANTECEDENTES EN EL ANTIGUO TESTAMENTO
«Y ¿qué sucedió? [...] "El ángel del
señor, dicen, cayó sobre el campamento de los asirios y mató de ellos a 185.000
hombres;
y al día siguiente, los que se alzaron no
vieron más que cadáveres".
Ésos son los frutos del temor de Dios
[...].» SAN CIRILO DE ALEJANDRÍA, DOCTOR DE LA IGLESIA1
«... muestra claramente que la historia
cultural e historia política no se pueden separar. Esto, que es patente en
general, lo es mucho más en el caso de Israel, en cuya historia apenas se
menciona una batalla que no tenga algún motivo religioso».
MARTINUS ADRIANUS BEEK2
«Más peligroso que la inseguridad de los
caminos y las bandas de patriotas y salteadores de las montañas fue el avance
de la teología judía.»
THEODOR MOMMSEN3
«En todo lugar se advierte fácilmente que
las penas más extravagantes son siempre las debidas a la intervención de los
teólogos [.. .1.»
«Al exterminio de los paganos vino a
sumarse la metódica destrucción de sus cultos y sus objetos de culto. [.. .1 El
asesinato de religiosos de las demás creencias, con sus mujeres y sus hijos, se
considera como una manera de proceder típicamente israelita.»
ERICHBROCK4
«Gracias a la lucha contra los cananeos
quedó vencido el politeísmo y fue posible la conquista de la tierra prometida
por el Dios de los padres, para que sirviera como plataforma de la Revelación.
La guerra contra los cananeos fue, por tanto, una guerra de religión, lo mismo
que las futuras cruzadas de los cristianos en aquellos mismos lugares, y por
eso se sirvió de la misma arma religiosa de la confianza en el Señor, que
decía: "Dios lo quiere".»
CARDENAL MICHAEL FAULHABER5
Israel
El país en donde surgió el cristianismo,
una estrecha franja costera al este del Mediterráneo, en los confines
occidentales de Asia, es un puente entre el Asia Menor y el norte de África, en
particular Egipto. En este «rincón de las tormentas» entre ambos continentes
rivalizaron las mayores potencias de la Antigüedad. En época pre-israelita le
llamaban Canaán (bajo este nombre aparece noventa y ocho veces en la Biblia),
topónimo que seguramente deriva del acadio «kinnahu» que designaba a la
púrpura, importante mercancía de aquellos tiempos. Desde la conquista de Israel
por los romanos bajo el emperador Adriano, en la segunda guerra judía, llevó el
nombre de Palestina, ya que aquéllos pretendían borrar hasta el recuerdo del
judaismo. En la Biblia no figura esa denominación; sólo en la Vulgata, es
decir, en su traducción al latín aparece la palabra palaestini, aunque se
designa con ésta a los filisteos. A veces, los romanos, y también algunos
autores bíblicos, aplicaron a toda Palestina el nombre de su región meridional,
Judea, de donde deriva el nombre de judíos. Al principio, los únicos en
utilizar ese nombre fueron los no judíos, ya que aquéllos preferían llamarse el
pueblo de Israel.6
En cambio, es relativamente rara la
denominación «la tierra de Israel»; mucho más a menudo encontramos la expresión
«tierra de Judá» referida, como queda dicho, a toda Palestina, que en su época
de mayor expansión tendría una superficie no superior a la de Sicilia. A todo
cuanto usurparon como «herencia» de disposición divina le dieron también el
nombre de «Tierra de Promisión», como dice todavía la Epístola a los Hebreos, o
«Tierra Santa», siguiendo la costumbre según la cual, la palabra santa tiende a
cubrir con un manto deslumbrador los territorios, las intenciones y los
personajes más oscuros. En el Talmud leemos, sencillamente, «la tierra», lo que
ha sido celebrado por Daniel Rops con involuntaria ironía: «¡La tierra por
antonomasia, la tierra de Dios!».7
El asentamiento y el «buen Dios»
Los israelitas, pueblo nómada, pastores de
ganado según algunos investigadores, ocuparon parte de la tierra de Canaán
quizá en el siglo XIV a. de C., y con toda seguridad en el XIII, donde se
fundieron con otros invasores anteriores, los hebreos; proceso que intuimos
pacífico a medias, y en todo caso difícil, históricamente llamado asentamiento
y que sigue siendo un problema muy discutido. No obstante, es indudable que hay
que buscar sus orígenes en el debilitamiento de la autoridad egipcia. Las doce
tribus, que hasta entonces habían vivido separadas, cada una por su cuenta,
formarían una «anfictionía» de fuerte matiz religioso, una especie de Estado
teocrático cuyos centros serían los santuarios o lugares de peregrinación. Con
el tiempo, estas tribus se unieron alrededor del culto a Yahvé, pues no fue una
unidad natural o consanguínea, sino que se basaba en la «alianza» con este
dios. Ciertamente, adoraban además a otras divinidades y espíritus, como El, de
origen semítico, una deidad dotada de un miembro particularmente voluminoso,
que luego acabó confundiéndose con Yahvé. Conocieron también el culto a los
astros, a las fuerzas de la naturaleza, a las divinidades domésticas
{teraphim), a ciertos animales (el becerro, la serpiente), a lugares sagrados
como árboles, fuentes y rocas.
Poco a poco, los israelitas fueron
destruyendo la nutrida red de las ciudades-Estado cananeas de la última Edad
del Bronce, que se extendían en las comarcas de Palestina y Siria y eran
defendidas por ejércitos en parte mercenarios, de un nivel cultural bastante
superior; en suma, un país por el que, como sabemos, corrían la leche y la
miel: «Y os di tierras que vosotros no habíais labrado, y ciudades que no
habíais edificado, para que habitaseis en ellas, y os di viñas y olivares que
no habíais plantado». Todo esto puso Yahvé en sus manos. Y junto a las
constantes matanzas de cananeos (en el Antiguo Testamento llamados también
«amorróos» e «hititas», y descritos como totalmente degenerados), los
israelitas lucharon contra amonitas y moabitas; de estos últimos vencieron en
cierta ocasión, según la Biblia, a «unos 10.000 hombres, robustos y valerosos».
Y pelearon siempre contra los filisteos, de los que Samgar mató él solo a 600,
según se afirma, «con una reja de arado», a lo que apostilla el traductor Lutero
que aquél fue el «libertador de Israel». Precisamente, la enemistad contra los
filisteos, quienes, procedentes seguramente de las islas del Egeo, dominaban
cinco ciudades costeras (Gaza, Astod, Ekron, Ascalón y Gath), sirvió para dar
forma al delirio nacionalista judío y forjar la unión de las tribus, antes mal
avenidas. Los israelitas guerrearon contra los tiskal, los midianitas, los
árameos y, cómo no, también contra ellos mismos, hasta el punto que Bethel ( =
la casa de Dios), pongamos por caso, fue destruida cuatro veces entre los años
1200 y 1000 a. de C.8
Ahora bien, esas batallas no eran
«profanas», aventuras de vagabundos sanguinarios, salteadores de caminos ni
bandidos de la estepa, como los llama una crónica contemporánea de
Tell-el-Amarna, sino obra de «un reino sacerdotal y nación santa» (Ex. 19, 6),
de pastores de carácter puro, en los que «ardía el Espíritu divino» (Noth), a
las órdenes de «caudillos carismáticos» (Würthwein). A la cabeza de todos ellos
combatía Yahvé, el que no perdona a nadie su castigo, cuya nariz exhala humo y
cuya boca escupe «fuego devorador», el que «arroja llamas», hace llover azufre,
envía serpientes encendidas y la peste, el «Señor de los Ejércitos», de las
«huestes de Israel», el «guerrero justo», el «héroe terrible», el «dios
terrible», el «dios celoso, que castiga en los hijos la maldad de los padres
hasta la tercera y la cuarta generación de los que le aborrecen». Cierto que
alguna vez Yahvé «usa de misericordia» y realiza acciones «salvíficas». Pero si
alguna vez se preocupa por los paganos, ello sólo sucede en la medida que «los
gentiles eran judíos en potencia» (Fairweather). Por lo demás, de él sólo
emanan «tribulaciones», «destrucción», no poca «ruina súbita», por ser «para
los habitantes de toda la tierra». Cuando hace acto de presencia, el mundo
tiembla, se estremecen las montañas y los enemigos caen como moscas. La regla
de oro para el trato con una ciudad enemiga: «Cuando gracias a Yahvé, tu Se
V" ñor, haya caído en tus manos, pasarás por la espada a todos los hombres
'"\ que en ella habiten, y serán tuyas las mujeres y los niños así como
las bestias y todo cuanto hubiere en ella». Evidentemente, tan misericordioso
trato sólo está reservado a los enemigos lejanos; a los más próximos: «Ni uno
solo debe quedar con vida».9
Pero ese Dios, obsesionado por su
absolutismo como ningún otro en toda la historia de las religiones, y de una
crueldad asimismo inigualada, es el mismo Dios de la historia del cristianismo.
Todavía hoy pretende que la humanidad crea en él, que le rece, que entregue la
vida por él. Es un Dios tan singularmente sanguinario que «absorbió lo
demoníaco». Porque, ^ «siendo él mismo el demonio más poderoso, no necesitó
Israel demonios de ninguna otra especie» (Volz). Es un Dios que hierve de celos
y de afán de venganza, que no admite ninguna tolerancia, que prohibe del modo
más estricto las demás creencias e incluso el trato con los infieles, los
goyim, por antonomasia calificados de rasha, gente sin dios. Contra éstos
reclama «espadas bien afiladas» para ejercer el «exterminio»..., «por sus
errores, ¡aleluya!». «Cuando el Señor Dios tuyo te introdujere en la tierra
que -^ vas a poseer, y destruyere a tu
vista muchas naciones [...] has de acabar con ellas sin dejar alma viviente. No
contraerás amistad con ellas, ni las tendrás lástima; no emparentarás con las
tales, dando tus hijas a sus hijos, ni tomando sus hijas para tus hijos [...].
Exterminarás todos los pueblos que tu Señor Dios pondrá en tus manos. No se
apiaden de ellos tus ojos.»10
Nada complace tanto a ese Dios como la
venganza y la ruina. Se embriaga de sangre. Desde el «asentamiento», los libros
históricos del Antiguo Testamento «no son sino larga crónica de matanzas
siempre renovadas, sin motivo y sin misericordia» (Brock): «Ved cómo Yo soy el
solo y único Dios, y cómo no hay otro fuera de Mí [...]. Vivo Yo para siempre,
que si aguzare mi espada y la hiciere como el rayo, y empuñare mi mano la
justicia, tomaré venganza de mis enemigos [...]. Embriagaré de sangre suya mis
saetas, de la sangre de los muertos y de los prisioneros, que a manera de
esclavos van con la cabeza rapada; en sus propias carnes cebarse ha mi
espada».n
El 7 de febrero de 1980, el teólogo judío
Pinchas Lapide inauguraba en la Universidad de Munich unas sesiones de la
«Sociedad para la colaboración judeo-cristiana» con una conferencia sobre «Lo
específico del judaismo»; en ella había la afirmación siguiente: que si fuese
preciso resumir la fe de Israel en una sola frase, de manera telegráfica, la
misma tendría que ser «la sed de unidad». Prescindiendo de que la sed de
unidad, como nos enseña la historia, suele acarrear consecuencias
catastróficas, ¿no sería más justo hablar de sed de sangre? Pero Lapide, como
casi todos los teólogos, en realidad no piensa en la historia bíblica, sino en
la teología, y por eso deduce como «primera consecuencia del monoteísmo judío»
la existencia de una «ética unitaria», ¡y afirma que el valor más elevado de
dicha fe sería el respeto a la vida humana!, «porque, para salvar una vida, y
aunque fuese la propia, no sólo pueden, sino que deben quebrarse temporalmente
casi todos los mandamientos...». Sin embargo, ¿no nos enseña la historia
bíblica de Israel (y no pocos episodios de la contemporánea) que, en efecto,
los mandamientos se quiebran a menudo, aunque no para salvar vidas, sino para
destruirlas? Lo que no obsta para que Lapide llegue a esta segunda conclusión:
que el monoteísmo judío implica «la igualdad de todos los hijos de Dios» y «el
mismo derecho de todos los mortales a la salvación», en concordancia con el
«mensaje gozoso del monte Sinaí, que ahoga en germen toda pretensión de pueblo
elegido.. -».12
Sin embargo, en la Biblia, tal como
nosotros la conocemos, predomina un tono muy diferente. Ese Dios de la Biblia
es incluso peor que su pueblo. No exige respeto a la vida humana, ni reconoce
la igualdad entre todos, ni el derecho de todos a la salvación por igual, sino
todo lo contrario. Una y otra vez protesta contra el que no se hayan ejecutado
sus órdenes de exterminio, de que se haya confraternizado excesivamente con los
infieles. «Tampoco exterminaron las naciones que les había mandado el Señor, antes
se mezclaron con los gentiles, y aprendieron sus obras, y dieron culto a sus
ídolos, y fue para ellos un tropiezo...» Porque ese Dios quiere ser un Dios
exclusivo, que no consiente a su lado ninguna otra cosa, «always at war with
other gods» (Dewick). Los rivales deben desaparecer. Se anuncia la guerra total
de religión..., tabula rasa! «Asolad todos los lugares en donde las gentes, que
habéis de conquistar, adoraron a sus dioses... Destruid sus altares y quebrad
sus estatuas; entregad al fuego sus bosques profanos; desmenuzad los ídolos y
borrad sus nombres de aquellos lugares.» Órdenes tantísimas veces reiteradas
por «el buen Dios» en el Antiguo Testamento. Y si alguno se niega, o incluso
propone servir a dioses ajenos, aunque sea el hermano, el hijo o la hija, «o tu
mujer, que es la prenda de tu corazón», debe morir, y «tú serás el primero en
alzar la mano contra él.. .».13
La traición contra Yahvé, muchas veces
visto en la figura del «esposo» (aunque no de diosas, por supuesto, ni siquiera
de una sola diosa, sino del pueblo de Israel) merece con frecuencia el nombre
de «fornicación», lo que ha de entenderse al pie de la letra: la madre se
«prostituye», los hijos son unos «bastardos», las hijas unas «rameras», las
novias «unas adúlteras», los hombres siguen a las «fornicarias», a las
«prostitutas del templo», «la nación abandona al Señor por amor a la
fornicación», ha aceptado «el salario de la inmundicia»; a veces «la palabra de
Dios» no titubea en describir la «Tierra de Promisión», la «Tierra Santa», como
una especie de paraíso del leocinio. Ejemplar, así, la conducta del profeta
Oseas, el que engañó a su mujer en los ritos cananeos de la fecundidad, lo que
sin duda no dejaría de servirle de inspiración; pero también Jeremías compara
la idolatría de Israel con el comportamiento de las bestias en celo: «Reconoce
lo que has hecho, dromedaria desatinada, que vas girando por los caminos cual
asna silvestre, acostumbrada al desierto, que en el ardor de su apetito va
buscando con el olfato aquello que desea...».14
En el caso de que este pueblo desobedezca,
Yahvé le anuncia horrores inenarrables, castigos de «hambre y [...] un ardor
que os abrasará los ojos y consumirá vuestras vidas [...] y enviaré contra
vosotros las fieras del campo, para que os devoren a vosotros y a vuestros
ganados». Y sigue amenazando: «Maldito serás en la ciudad y maldito en el campo
[...] y enviará el Señor sobre tí hambre y necesidad [...] y hará el Señor que
se te pegue la peste, hasta que acabe contigo, en la tierra en cuya posesión entrares
[...] te herirá el Señor con las úlceras y las plagas de Egipto, y en el sieso,
y también con sarna y comezón, de tal manera que no tengas cura [...] te herirá
el Señor con úlceras malignísimas en las rodillas y en las pantorrillas, y de
un mal incurable desde la planta del pie hasta la coronilla [...] el Señor
acrecentará tus plagas y las de tu descendencia, enfermedades malignas e
incurables»,15 y así sucesivamente.
La pena de muerte y la «guerra santa i»
Junto a las grandes matanzas propias de las
guerras, naturalmente la pena de muerte se aplicaba con gran profusión; sin
embargo, las sentencias (a ejecutar mediante lapidación por lo general, en
casos excepcionales por cremación en la hoguera) no estaban confiadas a ninguna
instancia concreta.16
Legalizada por el código mosaico y
justificada por razones de religión, la pena de muerte sancionaba infinidad de
infracciones. No sólo debe morir el asesino, sino también el que roba a otro, y
el que maltrata a su padre o a su madre, o aunque sólo los maldiga. La misma
pena recae sobre el adulterio (para la adúltera y para su amante), sobre las
relaciones sexuales durante la menstruación, sobre la prostitución de la hija
de un sacerdote, sobre la prometida que no hubiese gritado al ser violada; ítem
más, sobre el incesto, la homosexualidad, la zoofilia (ejecutándose también al
animal en cuestión): «La mujer que pecare con cualquier bestia, sea muerta
juntamente con la bestia» (Lv. 10 y 16). Por lo general, la mujer, frivola e
irresponsable, era tenida en poco, según demuestra la frecuente mención:
«mujeres, esclavos y niños», como seres pertenecientes a una misma categoría; a
menudo eran difamadas, cubiertas de sarcasmos, postergadas, desterradas de la
vida pública y relegadas a la maternidad como sentido único de su vida, todo lo
cual fue recogido más tarde por el cristianismo. Pena de muerte, por supuesto,
para quien rindiese culto a otro dios, lo mismo que para quien blasfemase, o no
cumpliese con el precepto de la circuncisión, o practicase la hechicería, o la
adivinación, o se atreviese a profanar el monte Sinaí. Pena de muerte para
quien se acercase al Arca de la Alianza, para el sumo sacerdote que no vistiese
correctamente sus paramentos en el Templo, para quien trabajase en sábado,
consumiese pan ácimo durante la passah, omitiese presentar las ofrendas,
comiese de la carne del sacrificio pasados tres días, quebrantase a sabiendas
los ritos, desobedeciese a sacerdotes o jueces, y cientos de supuestos más.17
La pena de muerte, impuesta muchas veces
por infracciones menores o por puro capricho, se revestía de un sentido
religioso, pues lo mis-i^ mo que mentían y engañaban en nombre de Yahvé (como
fue engañado Judá por Tamar, Esaú por Rebeca, Faraón por la comadrona hebrea,,
Labán por Jacob, que significa «el astuto», y que a su vez engañó a otros, y no
poco, pese a estar conceptuado como «de buenas costumbres»), también mataban
según el espíritu de Yahvé. Más aún, el propio Yahvé devora, escupe fuego,
envía maremotos, y mata, pero no a individuos, sino a grupos enteros: a todos
los primogénitos de los egipcios, a los rebeldes y libidinosos durante la
travesía del desierto, a los tres mil adoradores del becerro de oro: «Así habla
el Señor Dios de Israel: que cada uno ciña la espada [...] y dé muerte a su
hermano, a su amigo y a su prójimo». Yahvé extermina a la familia del sumo
sacerdote Eli, y lo mismo las casas de los reyes Jeroboam, Baisa, Acab;
destruye ciudades en^ teras como Sodoma y Gomorra «por el fuego y el azufre que
llovieron del cielo», a toda la humanidad por medio del diluvio. «La Biblia
contiene el relato de las grandes acciones, de las mirabilia realizadas por
Dios en el Cosmos y en la historia», como ha escrito el católico Daniélou.18
Y puesto que eso hace el Señor, al tiempo
que arenga una y otra vez a Israel: «De hoy en adelante pondré temor y espanto
ante tí entre todas las naciones que moran bajo el cielo»; y truena:
«Perseguiréis a vuestros enemigos, y caerán delante de vosotros; cinco de los
vuestros perseguirán a diez extraños, y cien de vosotros a diez mil: vuestros
enemigos caerán en vuestra presencia al filo de la espada», se deduce
forzosamente que tales acciones no son en modo alguno criminales, sino justas
y, en esencia, religiosas; la guerra misma es un acto de devoción, algo sagrado
(qiddes milhama significaba consagrar para la batalla), y el campamento el
primer santuario en el más propio sentido de la palabra: «Las guerras se
conducían casi siempre como guerras santas. [...} Toda guerra es asunto de la
directa incumbencia de Yahvé» (Gross). Los éxitos en el combate se atribuyen
exclusivamente a ese poder superior. Todas las victorias son victorias de
Yahvé, las guerras son guerras de Yahvé, los enemigos lo son de Yahvé, los
homicidas son «el pueblo de Yahvé», y el botín, lógicamente, también le
corresponde a él. Todos los espadones deben ser ritualmente puros y confiar en
Dios, todos son «bendecidos» y lo mismo sus armas. Antes de la matanza se
practican ofrendas. Existe un clero influyente y bien organizado. Importancia
particular reviste la consulta antes de la batalla; el Arca de la Alianza
garantiza la presencia de la divinidad y acompaña a los combatientes. El
sacerdote los arenga, Íes da ánimos, les quita el miedo: «Porque el Señor,
vuestro Dios, os acompaña...»; «el Señor es mi estandarte».19
¡Cuántas de estas cosas retornan en el
cristianismo! Para que nada falte, los que aborrecen a Yahvé deben caer, a fin
de que viva el pueblo «de la Alianza», el medio elegido para la salvación del
mundo. Aún en tiempos de Moisés, los israelitas acabaron con los importantes
reinos de Sebón y de Og, al norte de Moab. Liquidaron a Sehón, el rey de los
amorreos, y «fue pasado a cuchillo por los hijos de Israel» y «se apoderaron de
sus mujeres y niños, y de todos los ganados, y de todos los muebles; saquearon
cuanto pudieron haber a las manos». De similar manera fue derrotado Og, rey de
Basan, y «mataron, pues, también a este rey, con sus hijos y a toda su gente,
sin dejar hombre con vida, y se apoderaron de su tierra», «devastando a un
mismo tiempo todas sus ciudades; no hubo población que se nos escapara; nos
apoderamos de sesenta ciudades [...] y exterminamos aquella gente [...] con
hombres, mujeres y niños; y cogimos los ganados y los despojos de las
ciudades». Y las Sagradas Escrituras nos cuentan de la victoria sobre los
madianitas:
«Como los hubiesen vencido, mataron a todos
los varones, y a sus reyes [...] y se apoderaron de sus mujeres y niños, y de
todos los ganados, y de todos los muebles [...]. Ciudades, aldeas y castillos,
todo lo devoró el fuego».
Pero ni siquiera esto bastaba a Moisés,
personaje a quien un opúsculo de 1598, De los tres grandes embusteros, achacaba
«los mayores y más flagrantes crímenes» {summa et gravissime Mosis crimina),
pues «enojado contra los jefes del ejército» preguntó cómo habían dejado con
vida a las mujeres y a los niños: «Matad, pues, todos cuantos varones hubiere,
aun a los niños, y degollad a las mujeres que han conocido varón; reservaos
solamente a las niñas y a todas las doncellas. [...] Y se halló que el botín cogido
por el ejército era de seiscientas y setenta y cinco mil ovejas, setenta y dos
mil bueyes; asnos, setenta y un mil; y de treinta y dos mil personas vírgenes
del sexo femenino»; muertes y rapiñas tremendas que, además, eran contrarias a
los mandamientos quinto y séptimo del propio Moisés.20
De esta manera, entre 1250 y 1225 el
«pueblo de Dios» asoló la mayor parte de Canaán, dedicado al exterminio
(espoleado generalmente por gritos de guerra religiosos por el estilo de
«espada de Dios por Gedeón»): mata, erradica «audazmente» a los malos, secuestra
a las mujeres y a los niños, en el mejor de los casos, aunque eso sí, no olvida
nunca el ganado. En una palabra, perpetran las atrocidades más horribles y se
alaban por ello, y queman ciudades y aldeas hasta no dejar piedra sobre piedra.
Hoy día, cuando se excavan los antiguos poblamientos cananeos, es frecuente
hallar un grueso estrato de cenizas que confirma la destrucción por el fuego.
Una de las ciudades palestinas más importantes del eneolítico tardío, Asdod o
Tell-Isdud, emplazada sobre la ruta internacional del mar {vía maris) y que
llegaría a ser la capital de la Pentápolis filistea, desapareció destruida por
el fuego en el siglo XIII a. de C., lo mismo que su vecina Tell-Mor,
seguramente. Y también pereció en llamas Hazor, una de las plazas fortificadas
más importantes de Canaán, entre los lagos de Hule y de Genezaret, al igual que
Laquis, hoy Tell Ed-Duwer, punto de importancia estratégica y entonces una de
las ciudades amuralladas más fuertes de Palestina, y Debir (Tell Bet Mirsim),
Eglon (Tell El Hesi) y otras muchas. Cierto que no es posible demostrar sin
lugar a dudas que todas estas destrucciones fuesen obra de los israelitas, pero
«it is true that there is ethnic intolerance all through Israel's history»
(Parkes).21
A veces el exterminio se extendía a tribus
enteras, y es que era común el lanzar contra el enemigo la forma más severa de
la guerra decretada por el Señor, el anatema (en hebreo herám, que era la
negación propiamente dicha de la vida, y cuya palabra deriva de una raíz que
significa «sagrado» para los semitas occidentales), ofrecido a Yahvé como una
especie de inmensa hecatombe o «sacrificio ritual». No por casualidad se han
comparado las descripciones bíblicas del «asentamiento» con las posteriores
campañas del Islam (ni con mucho tan sangrientas como aquéllas), cuando se dice
que los conquistadores debían sentirse verdaderamente «depositarios de la
palabra de Dios» y protagonistas de una guerra santa. «Sólo éstas, no las
profanas, terminan con el anatema que supone el exterminio de todos los
vivientes en nombre de Yahvé» (Gamm). Precisamente, «la destrucción de raíz
[...] sólo encuentra explicación en el fanatismo religioso de los israelitas».
La «insurrección» obedecía a una «determinación primariamente sociorreligiosa»
(Cornfeld/Botterweck). Son los casos en que el Señor manda expresamente:
«Porque en las ciudades que se te darán no
dejarás un alma viviente, sino que a todos sin distinción los pasarás a
cuchillo; es a saber, al heteo y al amorreo, y al cananeo y al fereceo, y al
heveo y al jebuseo, como el Señor tu Dios te tiene mandado, para que no os
enseñen a cometer todas las abominaciones que han usado ellos con sus dioses, y
ofendáis a Dios vuestro Señor».22
Semejantes excesos de la fe tenían su
origen, en primer lugar, en el nacionalismo de aquel pueblo antiguo, sin duda
uno de los más extremistas que se hayan conocido, unido a la rigurosidad de un
monoteísmo desconocido en aquellas regiones. Ambos elementos se potenciaban
mutuamente en la pretensión de ser el pueblo elegido, jamás abandonada por «el
pueblo de Dios» ni siquiera durante las tribulaciones de la diáspora, juzgada
por su intolerancia, desde los tiempos más antiguos, como odium generis humani,
aborrecimiento al género humano o, como escribió Tácito, «adversus omnes alios
hostile odium»; éste, sin embargo, alaba la «pertinaz superstición» de los
judíos (pervicacia superstitionis) y en sus Historias comenta que son un género
de personas odioso a ojos de los dioses (genus hominum... invisum deis), un
pueblo abominable {taeterrima gens), de costumbres «perniciosas y sucias»,
«absurdas y ruines». La segunda condición del fanatismo religioso judío fue la
convicción de que todos los «infieles» eran gente de costumbres corrompidas,
consecuencia ésta de su propia «idolatría»: los supuestos vicios sexuales
largamente detallados en el texto bíblico, las «abominaciones» tremendas que
hacían «impuras» las tierras, las «costumbres inmundas» de los paganos, tales que
«la tierra en que moran los escupe» y «cualquier persona que incurriere en
alguna de estas abominaciones, será exterminada de su pueblo. [...] Yo soy el
Señor Dios vuestro».23
Y pese a que los paganos siempre se
mostraron dispuestos a reconocer al dios de los judíos, y pese a que, o
precisamente porque, en líneas generales, conducían sus guerras con menor
crueldad, los israelitas de la época predavídica perpetraron los crímenes más
terribles, y celebraron el genocidio como acción agradable a los ojos del
Señor, casi como símbolo de la fe. Y esa «guerra santa», entonces y más tarde
llevada a cabo con especial vehemencia, sin admitir ni negociaciones, ni
pactos, sino sólo el exterminio del enemigo, del incircunciso (o del no
bautizado, del «hereje», del «infiel»), es «un rasgo típicamente israelita»
(Ringgren). Según la mayoría de los aspectos, la descripción
veterotestamentaria del libro de los Jueces, fechada entre 1200 y 1050, es
decir, siglo y medio después del «asentamiento», es una fuente de información
si no del todo fiable, sí bastante válida; y en ella apenas se menciona otra
cosa que «guerras santas». Éstas empezaban siempre con bendiciones, después de
un período de continencia sexual, y terminaban por lo general con la
liquidación total del enemigo, hombres, mujeres y niños. «Las ruinas de muchas
aldeas y ciudades, repetidamente destruidas durante los siglos xn y XI,
proporcionan el más gráfico de los comentarios arqueológicos»
(Cornfeld/Botterweck).24
También el libro de Josué, correspondiente
al mismo trasfondo histórico y, en general, vinculado estrechamente con el de
los Jueces, describe la conquista de la tierra prometida como una «guerra santa
de Yahvé», llevada a cabo con una brutalidad insuperable. El Arca del Alianza,
garantía de la presencia divina, acompañaba a las masacres. Con su ayuda,
cruzaron el río Jordán, y fue paseada durante siete días alrededor de Jericó,
mientras siete sacerdotes tocaban las trompetas «ininterrumpidamente», después
de lo cual se ejecutó el anatema «y pasaron a cuchillo a todos cuantos había en
ella [en Jericó], hombres y mujeres, niños y viejos; matando hasta los bueyes,
y las ovejas, y los asnos». De igual manera procedieron Josué y «los hijos de
Israel» con todas las demás poblaciones que redujeron a escombros y cenizas,
como Hai, Maceda, Lebna, Laquis, Eglón, Hebrón, Dabir, Asor, o Gabaón, donde,
durante los combates, el sol «permaneció inmóvil en medio del cielo casi todo
un día» (si bien hoy, según la interpretación católica de monseñor Rathgeber,
este «relato increíble de la Biblia» significa, sencillamente, que el sol
desapareció tapado por negras nubes). Y la «palabra de Dios» repite con
fatigante monotonía: «Acabando con cuanto había», «quitando la vida a todos sus
habitantes», «acabando a filo de espada con cuanto había», «de tal suerte los
destrozó, que no dejó alma viviente de ellos»; pero, eso sí, «repartieron entre
sí todos los despojos y los ganados de estas ciudades, después de haber quitado
la vida a todos los habitantes».25
Es posible que el asentamiento de los
israelitas no se realizase sólo mediante campañas de exterminio. Podemos
imaginar que también utilizarían la infiltración lenta y que, poco a poco, se
irían confundiendo con los autóctonos. El mismo Yahvé mostraba, en principio,
un talante pacífico: «En el caso de acercarse a sitiar una ciudad, ante todas
las cosas le ofrecerás la paz; si la aceptase y te abriese las puertas, todo el
pueblo que hubiere en ella será salvo y te quedará sujeto, y será tributario
tuyo», aunque en caso contrario, naturalmente, las Sagradas Escrituras ordenan:
«Pasarás a cuchillo a todos los varones de armas tomar que hay en ella». De tal
manera que apenas hubo paz en Palestina, utilizándose todos los recursos
bélicos entonces conocidos: el espionaje, la emboscada, las maniobras y asaltos
de noche, el minado de las murallas, la penetración a través de galerías
subterráneas, el empleo de máquinas balísticas y otros muchos. (Sin embargo,
durante mucho tiempo los israelitas no tuvieron carros de combate ni
caballería. Aquellos antiguos nómadas no sabían servirse de los caballos, que
no fueron usados hasta la entrada de Absalón en Jerusalén; por eso, Josué hizo
que les cortaran los tendones y mandó quemar los carros. Incluso David, que
también ordenaba inutilizar los caballos de sus enemigos, tenía los asnos y los
mulos por única montura.)26
Los estragos de David y los traductores
modernos de la Biblia
En la época de los reyes, las guerras, las
incursiones y las rapiñas se sucedieron sin solución de continuidad.
Samuel, último juez de Israel y primer
profeta, peleó contra los filisteos y los derrotó pero luego, sintiéndose
viejo, hizo ungir caudillo del ejército a Saúl y le ordenó en nombre de Dios:
«Ve, pues, ahora y destroza a Amalee y arrasa cuanto tiene: no le perdones, ni
codicies nada de sus bienes, sino mátalo todo, hombres y mujeres, muchachos y
niños de pecho, bueyes y ovejas, camellos y asnos...». La católica enciclopedia
de muchos tomos Lexikon für Theologie und Kirche apostilla que el profeta en
cuestión fue un personaje «sin tacha», y aún va más lejos en el elogio de su
sucesor: «Un gran afán en la defensa de la teocracia, de la ley y del derecho,
fue la mayor prenda del carácter de Saúl». Y este rey, el primero de Israel
(1020-1000) ungido por Samuel, figura típicamente «carismática» a través de
quien actuaba «el espíritu del Señor» y, sin embargo, «psicópata evidentemente
depresivo y atormentado por la manía persecutoria» (Beck), continuó con energía
la tradición de las «guerras santas». Como cuenta la Biblia, Saúl combatió a
«cuantos enemigos le rodeaban», moabitas, amonitas, edomitas, contra los reyes
de filisteos y amalecitas. Eso sí, cuando de acuerdo con las órdenes superiores
hizo matar a todos los amalecitas incluidos los niños de pecho, pero se guardó
los mejores ganados, incurrió en la ira del Señor y en la del profeta Samuel,
tras lo cual sufrió una tremenda derrota a manos de los filisteos y se suicidó:
por cierto, éste es el primer acto de este género que menciona la Biblia.27
Su sucesor, David, nombre que significa el
escogido (de Dios), el que compró como esposa a la hija de Saúl, Micol, por el
precio de cien prepucios de filisteos, hacia el final del milenio anunció el
principio del Estado nacional y consiguió así el máximo período de esplendor
para Israel, cuyas posesiones llegaron entonces desde la Siria media hasta los
límites de Egipto; era la nación más fuerte entre los grandes imperios de
Mesopotamia, Hamath y Egipto.
Tal como había sucedido con Saúl, también
de David (1000-961) se apoderó «el espíritu del Señor» y le hizo emprender una
campaña tras otra, ya que eran muchos los «opresores»: al norte, contra los
últimos enclaves de los cananeos, contra los amonitas, los moabitas, los
edomitas, los árameos, los sirios de Adarecer. Y así lo reconoció David en su
himno de acción de gracias: «Perseguiré a mis enemigos, los exterminaré: no
volveré atrás hasta acabar con ellos. Los consumiré y haré añicos, de suerte
que no puedan ya reponerse. Caerán todos bajo mis pies». «Pero nunca empezó él
una guerra —le alaba san Ambrosio, doctor de la Iglesia— sin haber pedido
consejo al Señor. Por eso también fue vencedor en todas las batallas, él que
esgrimió la espada hasta la más avanzada edad.» Como avezado ex capitán de una
partida de bandoleros (cuyas actividades cuenta el Who's Who in the Oíd
Testament bajo el atractivo epígrafe de «The Guerrilla Years»), el «héroe
magnífico» (san Basilio dixit) actuaba de forma especialmente contundente, a
pesar de lo cual (o precisamente por eso) se le admira no sólo en la teología
judía, sino también en la cristiana y la islámica como persona de destacada
significación religiosa. «Siempre que salió en campaña, David no dejó hombre ni
mujer con vida —le alaban las Sagradas Escrituras—; así hacía David cuando
moraba en tierra de filisteos.» Durante dieciséis meses vivió bajo la
protección del rey Aquis, en Get, huyendo de la ira de Saúl; pero luego el
mismo David infligió tales derrotas a los filisteos, que éstos apenas vuelven a
ser mencionados en la Biblia. Entre otras costumbres del elegido del Señor (el
primero que estableció el núcleo de un ejército permanente, y acentuó el
carácter, ya existente, de la fe judaica como religión del Estado, convirtiendo
a los príncipes de los sacerdotes en funcionarios reales y miembros de su
corte) figuraba la de cortarles los tendones a los caballos del enemigo; alguna
vez se empleó también en cortar manos y pies a los enemigos mismos. Otra de las
aficiones del «divino David, profeta grande y suavísimo» (según el obispo
Teodoreto, historiador de la Iglesia) consistía en picar a los prisioneros con
serruchos y tenazas de hierro y quemarlos en hornos de ladrillos, como hizo con
los habitantes de todas las ciudades amonitas.28
Viene al caso recordar que, en 1956, el
Consejo de la Iglesia evangélica alemana y la Unión de las Sociedades Bíblicas
Evangélicas acordaron la edición de una Biblia, «según la versión de Martín
Lutero en lengua alemana», edición que, autorizada en 1964 y publicada en 1971,
reproduce de la manera siguiente el pasaje que acabo de citar: «A los
habitantes los sacó, y púsolos a trabajar como esclavos con las sierras y las
hachas de hierro, y en los hornos de ladrillos». Sin embargo, Martín Lutero lo
había traducido así: «A los habitantes los sacó, y mandó que fuesen aserrados,
haciendo pasar narrias de hierro, y despedazarlos con cuchillos, y arrojarlos a
los hornos de ladrillos».29
Este pasaje se corresponde con otro del
Libro 1° de las Crónicas (20,3), en donde la susodicha Biblia autorizada por el
Consejo de la Iglesia evangélica alemana, «según la versión de Martín Lutero»,
dice: «A cuyos habitantes los hizo salir fuera, y sometiólos a la servidumbre
del trabajo en los trillos, sierras y rastras», pero las palabras que Lutero
escribió fueron: «A cuyos habitantes los hizo salir fuera, e hizo pasar por
encima de ellos trillos y rastras, y carros armados de cortantes hoces; de manera
que quedaban hechos piezas y añicos» .30
Eso es una falsificación, y responde a un
cierto método.
En el decurso de los últimos cien años, la
Iglesia evangélica ha propuesto nada menos que tres revisiones de la Biblia
luterana. En la versión revisada de 1975 apenas dos terceras partes del texto
remiten directamente a la traducción hecha por Lutero. Una de cada tres
palabras ha sido cambiada; a veces, es cuestión de matiz, pero otras veces la
modificación tiene su importancia: ¡de las 181.170 palabras que suma, poco más
o menos, el Nuevo Testamento, la innovación se extiende a unas 63.420 palabras!
(Los investigadores más críticos coinciden en afirmar que la modernización
léxica necesaria para una comprensión actual del texto no exige cambiar más de
2.000 o 3.000 palabras.) Poco se figuraba Lutero que sus herederos espirituales
iban a enmendarle la plana tan ampliamente, él cuyo lema como traductor fue que
«las palabras deben ponerse al servicio de la causa, y no la causa al servicio
de las palabras», y que «el sentido no está al servicio de las palabras, sino
éstas al servicio del sentido, al que deben plegarse y obedecer».31
Es evidente que siempre cabe la posibilidad
de «quitar hierro» en una traducción..., perdiéndole el respeto al predecesor;
pero cuando la Iglesia evangélica anuncia una Biblia, «según la versión de
Martín Lutero en lengua alemana», en realidad vende una crasa falsificación. De
todas maneras, si los hubieran hecho esclavos, siendo ellos unos idólatras,
seguramente no habrían corrido una suerte mucho más envidiable, incluso los no
combatientes; como ha comentado el arqueólogo Glueck, que excavó la ruinas de Eilat,
sobre los esclavos del Estado que allí trabajaban en los hornos de ladrillos:
«The rate of mortality musí have beenterrific».32
En la Biblia, un tal Semeí maldice a David
llamándole «sanguinario» y le arroja piedras; Erich Brock y algunos más han
opinado que «no era para menos». Hasta el propio Señor lo confirma: «Tú has
derramado mucha sangre, y hecho muchas guerras». Pero, eso sí, siempre «con el
Señor», siempre «por voluntad del Señor»; por ello, sin duda, «miraba el Señor
a David con agrado», por ejemplo después de escabechar a «veintidós mil
árameos», o tras una matanza de «dieciocho mil» edomitas. «Haz todo cuanto te
inspira tu corazón, porque Dios está contigo», dice en otro lugar; «contigo he
andado en todas tus marchas, y en tu presencia he derrotado a todos tus
enemigos, y te he dado renombre, cual puede tenerlo uno de los magnates que son
famosos sobre la tierra».33 Aunque los nombres de «los magnates famosos sobre
la tierra», a menudo, no sean sino la nómina de los más grandes criminales.
El «sanguinario» David, no obstante, y al
modo de todos los sanguinarios por devoción, da fe de su propia «rectitud», de
su propia «pureza»: «El Señor me recompensará según mi justicia, y me tratará
según la pureza de mis manos»; «he vivido con inocencia de corazón en medio de
mi familia»; «jamás he puesto la mira en cosa injusta». Incluso en sus últimas
palabras, David se presenta «puro como la luz de la mañana cuando sale el sol,
al amanecer de un día despejado». Y el Dios del Antiguo Testamento (seguido en
esto, con bella continuidad, por el de los milenios cristianos), es «sin tacha»
como el mismo David, pero además un «sanguinario» mucho más grande, que, por
ejemplo, acaba con 50.700 personas sólo porque osaron mirar el Tabernáculo...,
aunque la tan mentada Biblia del Consejo de la Iglesia evangélica haya
convertido los «cincuenta mil siete cientos» de Lutero en modestos «setenta».34
Pero si Dios alabó al «sanguinario» David
por cumplir sus mandamientos y andar siempre bajo la sombra del Señor, haciendo
sólo lo que pudiese agradarle, y si David se alabó a sí mismo, también le ha
alabado siempre, incansable, el clero cristiano que, como me propongo
demostrar, en todas las épocas ha estado a favor de los grandes criminales de
la historia, en la medida en que ello pudiera serle de utilidad. El mismo rey
«sanguinario» fue el primero en favorecer al clero cuanto pudo, y por eso ha
servido de ejemplo durante milenios: por ser fiel al Señor, por hacer la guerra
en nombre del Señor, por santificar el botín destinándolo a la construcción del
Templo (quien intentase ocultar la contribución se exponía al exterminio de
toda su familia, ganado incluido), «el oro y la plata tomados a los idólatras
edomitas, moabitas, amonitas, filisteos y amalecitas», poniendo punto en boca a
quien aborreciese de Dios y de sus servidores. «Los transgresores serán
desarraigados todos como espiñas, a las cuales nadie toca con la mano, sino que
[...] mete fuego en ellas para abrasarlas y reducirlas a la nada.»
«La grandeza de David y sus éxitos
—escribía en 1959 el Lexikonftir Theologie und Kirche— justifica la
consideración en que le ha tenido la posteridad»; la misma obra le reconoce,
por otra parte, «virtudes humanas extraordinarias».35
Judá, Israel y «el azote del Señor»
A partir de 926, tras el hundimiento del
gran reino forjado por David hacia el año 1000 a. de C., que abarcaba toda
Palestina, y la división del mismo en un reino meridional (bajo la casa de
David) y otro septentrional (bajo diversos reyes), cuya capital fue Samaría, ya
no cesaron jamás las luchas por el poder, los disturbios, los golpes de Estado
de los magnates y las guerras entre los dos países. Durante generaciones los
príncipes se hostilizaron mutuamente, los ejércitos chocaron entre gritos de
batalla al sonido de las trompas; hay que tener en cuenta que Jerusalén distaba
sólo dieciséis kilómetros de la frontera con el reino septentrional. En el
fragmentario reino meridional de Judá, constituido solamente por las tribus de
Judá y Benjamín, reinó al principio Roboam, hijo de Salomón; en el
septentrional de Israel, formado por las diez tribus restantes, reinaba
Jeroboam, el gran enemigo de Salomón. «Durante la vida de Roboam continuó la
guerra entre éste y Jeroboam», dice la Biblia; «continuó la guerra entre Asá y
Baasá, rey de Israel, mientras vivieron ambos». Si hemos de creer la «palabra
de dios», la sangre corrió a raudales. «Los de Judá cobraron grandísimos bríos,
por haber puesto su esperanza en el Señor Dios de sus padres. Abía fue
persiguiendo a Jeroboam en su fuga [...] ni pudo Jeroboam alzar ya cabeza [...]
e hirióle el Señor y murió. Después que se aseguró Abía en el trono, tomó
catorce mujeres, y de ellas tuvo veintidós hijos y diez y seis hijas.»
(Claro que Salomón [961-922], pese a su
sapiencia tomó 700 mujeres y 300 concubinas, y si se apartó del Señor a ratos
fue porque algunas de ellas le habían aficionado al culto idolátrico.)36
En la guerra de judíos contra judíos los
prisioneros debían ser luego puestos en libertad, aunque esa condición no
siempre se cumplió al pie de la letra; de lo contrario, habrían sido eliminados
sin más o vendidos como esclavos, según las prácticas que atestiguan las
Escrituras, que por cierto los declara especialmente necesitados de la ayuda
divina y les promete la salvación..., para la época mesiánica, naturalmente.37
Alguna que otra vez los dos reinos entablan
negociaciones o unen sus fuerzas; así lo hicieron el rey Joram de Israel
(852-841) y el rey Josafat de Judá (870-849) contra los moabitas, tradicionales
aliados de los hebreos. Grandes extensiones del reino de Moab quedaron
totalmente devastadas, ya que se practicaba una especie de táctica de tierra
quemada. «Destrozaron a Moab, destruyendo las ciudades; llenaron de piedras,
que cada uno echaba, los campos más fértiles, cegaron todos los manantiales de
las aguas, y cortaron todos los árboles frutales.» Pero no tardan en reanudar
las guerras fratricidas, en saquear, en asolar, en conspirar para lograr
enfrentamientos entre otras naciones, en combatir a favor o en contra de éstas.
Ciento cincuenta años de guerras ininterrumpidas que merecen la siguiente
alabanza bíblica, tan exagerada como siempre: «Los hijos de Israel mataron de
los sirios en un día cien mil hombres de infantería. Los que pudieron salvarse
huyeron a la ciudad de Afee, y cayó el muro sobre veintisiete mil hombres que
habían quedado». «Cómo han abandonado ellos la ciudad famosa, la ciudad de
delicias», ironiza Jeremías sobre Aram (Damasco), y profetiza: «Serán
degollados sus jóvenes por las calles, y quedarán exánimes en aquel día todos
sus guerreros. Y aplicaré fuego al muro de Damasco, el cual consumirá por
completo las murallas del rey Benadad». Así dice «el más personal, el más
íntimo de todos los profetas», al que hay que colocar entre «los espíritus
religiosos más grandes de todos los tiempos» y como uno «de los más próximos al
Cordero de Getsemaní» (Nótscher) .38
Precisamente los profetas insistieron mucho
en lo de la «guerra santa»; Isaías, en particular, considera como tal a la
historia entera de Israel. Es habitual la pretensión de confundir tales
batallas con el «juicio de Dios».39
Lo mismo que todas las victorias son del
Señor, las derrotas se explican como castigo de la desobediencia, «Filosofía de
la historia» que encontramos por doquier, y no sólo en los dos Libros de los
Reyes. De esta manera, Cirilo de Alejandría, personaje por cierto muy indicado
para nuestra historia criminal, formulaba la definición siguiente refiriéndose
a los reyes «de la nación judía»; «Los unos olvidaron el santo temor de Dios
[...] y ésos perecieron miserablemente. [...] Los otros se condujeron como tutores
del culto al Señor [...] y ésos vencieron sin dificultades a sus enemigos y
aplastaron a sus contradictores».40
Cuando los hijos de Israel «mataron de los
sirios en un día cien mil hombres de infantería» , Yahvé «entregó en sus manos
toda esa gran muchedumbre» para que acabasen de conocer «que Yo soy el Señor».
En la guerra fratricida entre Judá, bajo el rey Abía (914-912), e Israel bajo
el rey Jeroboam (913-910), la primera venció con la ayuda divina contra un
ejército, dicen, de un millón doscientos mil hombres. «Mirad, en cabeza de
nuestro ejército avanza el Señor Dios nuestro con sus servidores...» Después de
la victoria sobre los etíopes, «destruyeron todas las ciudades al contorno de
Gerara; porque se había apoderado de todos un gran terror, y las ciudades
fueron saqueadas, y se sacaron de ellas muchos despojos». Cuando se acerca la
masa de los amonitas y los moabitas coaligados, es el mismo Señor quien arenga
a sus fieles por boca de su profeta: «No tenéis que temer ni acobardaros a la
vista de esa muchedumbre, porque el combate no está a cargo vuestro, sino de
Dios». Siempre es «el terror del Señor» el que se derrama «por todos los reinos
circunvecinos de Judá», cuyos príncipes no cejan hasta ver las ciudades
«convertidas en montones de escombros» y sus habitantes diezmados, a tos que se
compara en las Escrituras con la hierba que crece sobre los tejados, agostada
antes de madurar.41
Aunque también suele ocurrir que «el terror
del Señor» cunda entre las propias filas.
Casi la mitad de los reyes de Israel
murieron asesinados. Las Sagradas Escrituras, que resumen los hechos de casi
todos estos reyes en la sentencia «hizo el mal delante del Señor», describen la
situación así: «El año treinta y ocho del reinado de Azarías, rey de Judá,
reinó Zacarías, hijo de Jeroboam, sobre Israel, en Samaría, por espacio de seis
meses», pero «conjuróse contra él Sellum, hijo de Jabes, y acometiéndole en
público, le mató y reinó en su lugar». El reinado siguiente duró tan sólo un
mes, «porque Manahem [...] fue a Samaría, e hiriendo a Sellum, hijo de Jabes,
lo mató, y reinó en su lugar». En cambio, Manahem, que cuando se apoderó de
Tapsa mató a todas las mujeres preñadas «a las cuales hizo rasgar el vientre»,
logró mantenerse durante diez años con la ayuda del Señor y murió
pacíficamente. Pero su hijo Facela sólo reinó dos años, ya que luego «conjuróse
contra él Facea, [...] el cual le acometió (...] en la torre de la casa real,
cerca de Argob y de Arie, y quitóle la vida, y reinó en su lugar». Y aunque
Facea gobernó durante veinte años, finalmente Osee organizó una conspiración
contra él, «y armóle asechanzas, e hirióle, y le mató, y reinó en su lugar».42
Verdad es que, siempre con la ayuda del
Señor, a menudo hubo escabechinas dinásticas de más alcance; así, por ejemplo,
cuando Baasá hubo dado muerte a Nadab, rey de Israel (910-909; era uno de los
hijos de Jeroboam) y «reinó en su lugar», la Biblia nos cuenta que así que fue
rey «exterminó toda la familia de Jeroboam; no dejó con vida ni una sola
persona de su linaje, «sino que le extirpó enteramente, según lo había predicho
el Señor», porque Jeroboam «había irritado al Señor Dios de Israel». Después de
esto, Baasá reinó durante veinticuatro años (909886) y le sucedió su hijo Ela;
pero ése sólo duró dos años. Porque «se rebeló contra él su siervo Zambri,
comandante de la mitad de su caballería [...] y le mató [...] y entró a reinar
en su lugar». Y tal como Baasá, según lo predicho por el Señor, había extirpado
el linaje de Jeroboam, también Zambri «luego que llegó a ser rey, y se hubo
sentado en el trono, exterminó toda la casa de Baasá, y todos sus deudos y
amigos, no dejando vivo ni siquiera un perro» (Lutero traduce literalmente, en
su recio alemán, la expresión «no dejando vivo ni siquiera al que meaba contra
la pared»).43
Tal cosa ocurría en el año del Señor de
885, pero Zambri sólo reinó siete días en Tersa y luego murió abrasado en el
palacio, pues «todo Israel» se había alzado y tomado por rey suyo a Amri,
general del ejército en campaña. Pues bien, aunque Amri (885-874) llegó al
poder sin derramamiento de sangre por su parte, y aunque fue uno de los
soberanos más capaces del reino septentrional, y fundó una dinastía que perduró
cuarenta años (siendo digno de anotarse que él y su hijo Acab actuaron con
tanto acierto político, económico e incluso cultural, que las inscripciones
asirías de épocas posteriores todavía se refieren a Israel como «Bit Humri»,
«la casa de Amri»), el Antiguo Testamento tiene poco que decir de él. Ocurre
que Amri se dedicó a fomentar el sincretismo religioso, con lo que «hizo el mal
delante del Señor» y aun «sobrepujó en maldad a cuantos le habían precedido».44
También su hijo Acab (874-853), a quien las
investigaciones modernas nos presentan como un administrador inteligente (en
beneficio de las capas privilegiadas, eso sí) y gran constructor de ciudades,
queda en la Biblia como un paradigma de perversidad, como un renegado y como el
déspota por antonomasia. Pues aunque oficialmente permaneció fiel al culto de
Yahvé, consultó siempre a los profetas de Yahvé antes de tomar ninguna decisión
importante y dio nombres inspirados en Yahvé a sus hijos, sin embargo también
toleró otros cultos. Y su mujer, la princesa fenicia Isebel de Tiro, llamada
Jezabel en la Vulgata y condenada en el Apocalipsis (2, 20) como símbolo
femenino de la idolatría, era una ferviente adoradora del dios Baal de Tiro y
además introdujo los cultos de la fecundidad de Atirat Jam, presididos por la
deidad marina Azera. El propio Acab erigió un templo con altar a Baal, hizo
esculpir una figura de Azera, con todo lo cual «hizo más males en la presencia
del Señor que todos sus predecesores».45
En la cruzada contra las religiones de los
pueblos vecinos, el castigo nunca se hace esperar demasiado. Su iniciador fue
el profeta Elíseo, discípulo y compañero del famoso Elias, fanático debelador
de los seguidores de Baal, que concentró sus ataques sobre el rey Acab y la
reina Isebel, aunque con prudencia y sin mancharse personalmente las manos,
utilizando la mediación de uno de los llamados «hijos de los profe" tas»,
es decir, de un discípulo que actuaba como profeta a cambio de una remuneración
(anticipando con esto las prácticas del clero cristiano) para luchar contra la
política liberal en materia religiosa; además, estos «hijos de los profetas»
acompañaban al ejército, al que arengaban con sollamas patrióticas y propaganda
de la «guerra santa». Con la intervención de uno de estos agentes, Elíseo
promovió la insurrección del general Jehú y le hizo ungir rey de Israel; como
no ignoraba que la entronización de Jehú acarrearía un baño de sangre. Elíseo
prefirió soslayar la intervención directa. Pero el «hijo de los profetas» hizo
saber en nombre del Señor: «Exterminarás la casa de Acab [...] desde lo más
estimado hasta lo más vil y desechado en Israel [...] y a Jezabel la comerán
los perros en el campo de Jezrael».46
Dicho esto, Jehú (841-814) liquidó a toda
la dinastía de Amri. Primero mató a Joram (852-841), hijo de Acab. Luego hizo
asesinar a la reina Isebel en Jezrael, y poco después a Ococías, hijo de Joram
y rey de Judá; seguidamente organizó el exterminio de setenta hijos de Acab en
Samaría, cuyas cabezas fueron enviadas a Jehú en cestos, con la advertencia:
«Considerad ahora cómo no ha caído en tierra una sola palabra de las que habló
el Señor contra la casa de Acab». No obstante, con el fin de saldar más redondamente
las cuentas del Señor, «hizo, pues, matar Jehú a cuantos habían quedado de la
familia de Acab en Jezrael, y a todos sus magnates, y familiares, y sacerdotes,
sin dejar ninguno con vida». Una vez en Samaría, se tropezó con los hermanos de
Ococías, el rey de Judá ya eliminado por él, y ordenó masacrarlos también:
«Prendedlos vivos. Presos que fueron vivos, los degollaron junto a una cisterna
vecina a la casa esquileo, en número de cuarenta y dos hombres, sin perdonar a
ninguno. »47
Así sucedió conforme a la «palabra de Dios»
transmitida a Jehú por el discípulo de Elíseo. Quizá fuese también el mismo
Elíseo quien inspiró el degüello de los sacerdotes de Baal, lo que parece tanto
más probable por cuanto el amo y maestro de aquél, el profeta Elias (honrado
por los católicos como «patrono de la pureza de corazón en las familias», de
acuerdo con Hamp) había organizado ya una matanza similar a orillas del arroyo
de Cisón, «en número de cuatrocientos cincuenta hombres», según la Biblia, «uno
de los puntos culminantes de su carrera», como apostillan los investigadores
cristianos, no sin observar que «los profetas de Baal jamás habían mostrado una
postura agresiva» (Caspari). Pero el profeta «está siempre poseído del espíritu
de Dios», como dice Hilario, doctor de la Iglesia, sobre todo teniendo en
cuenta la presencia de un Elias (el nombre significa «Yahvé es mi Dios»; y
comenta Preuss: «El mismo nombre era ya todo un programa teológico») en el
fondo de la escena. El rey Jehú prolonga drásticamente la pía tradición; llama
a todos los sacerdotes y seguidores de Baal «porque voy a hacer un sacrificio
grandioso a Baal», y ordena luego «entrad dentro, y matadlos; que ninguno
escape. Y los soldados y capitanes los pasaron a cuchillo». Esta hazaña es
alabada por el Señor en persona: «Por cuanto has ejecutado con celo lo que era
justo y agradable a mis ojos [...] tus hijos, hasta la cuarta generación,
ocuparán el trono de Israel». Y el propio Jehú, aunque tampoco él «se apartó de
los pecados de Jeroboam», ocupó el susodicho trono durante veintiocho años.48
Sin embargo, no termina con esto la cadena
de crímenes. Atalía (841835), madre de Ococías, que se había alzado con el
mando en Judá tras la muerte de su hijo, como primera providencia se dedicó al
exterminio de la casa de David, con la intención de eliminar a posibles rivales
peligrosos; una medida profiláctica, como si dijéramos. Hasta que la propia
Atalía fue muerta a su vez, a instigación del sumo sacerdote Joyada, por cuanto
Atalía, recordémoslo, hija de Acab y de Isebel, había fomentado el culto a Baal
haciéndose con ello especialmente odiosa a la casta sacerdotal. «El espíritu de
Elias y de Elíseo triunfaba tanto en el norte como en el sur» (Beek).
Un siglo después, en 722, los asirlos
conquistaban Israel, el reino septentrional, al primer asalto; ¡juicio de Dios
por las continuas ofensas a la verdadera fe! Pero entre los años 597 y 587 los
babilonios, bajo Nabucodonosor, se apoderan asimismo del reino meridional,
Judá. En 586 asaltan y destruyen totalmente Jerusalén, ejecutan a buen número
de los magnates incluido el primer sacerdote Saraías, deportan a la clase
dirigente y no dejan en el país sino a una parte del «pueblo bajo», «para
cultivar las viñas y los campos». La caída de Judá castigaba, sobre todo, las
iniquidades de Salomón (la ausencia de campañas bélicas durante su reinado,
quizá) y de otros reyes; todo ello consecuencia del «gran furor» que el Señor
había concebido contra Judá a causa de todos los pecados cometidos.49
Babilonia, gran imperio que en tiempos de
Nabucodonosor había sido prácticamente inexpugnable y casi invencible, cayó
sólo medio siglo después a manos de Ciro II, fundador de la gran potencia
persa; la capital misma se entregó en el año 539 sin disparar ni una sola
flecha. Pero doscientos años más tarde también había desaparecido el imperio
persa, hasta entonces el más grande del mundo. Alejandro de Macedonia fue su
vencedor, y estableció en Babilonia su capital (331-323). Bajo los sucesores de
éste, los descendientes de Seleuco, desempeñó todavía un papel histórico
notable entre los años 312 y 64 a. de C. Luego sobrevinieron los romanos, y
apenas cien años después de Jesucristo, Babilonia no era más que un montón de
ruinas célebres.
Clericalismo reaccionario y orígenes de la
teocracia
Durante su exilio en Babilonia, el rey
Joaquín de Judá (597) recibió sin duda un trato digno. Y cuando el rey persa
Ciro II conquistó el reino de Babilonia, entre 538 y 537, ese hombre (que ya
entonces practicaba los principios hoy consagrados por el derecho de gentes:
respeto al enemigo vencido como a igual, tolerancia frente a las religiones
ajenas) ofreció a todos los judíos que lo quisieran el regreso a Palestina; más
aún, dispuso la reconstrucción del Templo a costa del erario real y devolvió a
los judíos el tesoro de oro y plata capturado por Nabucodonosor en Jerusalén.
Por ello, incluso el Antiguo Testamento tiene palabras de alabanza para el rey
idólatra: «pastor de Dios» y «ungido del Señor» en el deutero-Isaías. Y el
mismo Señor afirma: «Tú has cumplido todos mis designios», y eso que tales
designios no podían ser ni son más diferentes.50
Una minoría de los exiliados regresó a su
país e inició, en el año 520, la reconstrucción del Templo, quedado terminado
en 515 el llamado segundo Templo, más grande que el anterior, principalmente
gracias a los subsidios de los persas. Volvió a florecer Jerusalén como capital
de la provincia persa de Jehud, pero gozando de una notable autonomía. También
otras ciudades se repoblaron, controladas por gente de confianza de los persas
como el davídida Zorobabel, aunque el clero no tardó en acaparar el poder, iniciándose
así una evolución en virtud de la cual, hacia la época helenística, el
verdadero amo de Judea era el sumo sacerdote, que mandaba en ella como los
reyes en otros países. Pero ya bajo el dominio de los persas se había
convertido en la cabeza espiritual y temporal de la comunidad judía, y ésta en
una teocracia conducida por el clero que, como clase más rica y poderosa en
Jerusalén, controlaba asimismo los asuntos políticos y económicos; es decir,
que mandaba en todos los sentidos. Se renovaba la «alianza» con el Señor bajo
la pretensión de que tal «nueva alianza» {berit hadashah) debía ser algo
totalmente distinto de la primitiva alianza del Sinaí, aunque no fuese en
realidad sino un refrito: «para que sepan los idólatras que Yo soy el Señor tu
Dios». En la práctica, el discurso seguía siendo el del exclusivismo, el de la
intolerancia religiosa, el de la demencia nacionalista; únicamente se aplazaban
para un futuro indefinido las utopías escatológicas, la victoria total de Yahvé
y la construcción del «reino de Dios». Toda idea cosmopolita, por el contrario,
seguía siendo para los profetas judíos una «abominación idólatra».51
En este sentido, destacó la actividad del
sacerdote Esdras, representante oficial {sofer, «secretario») del culto a Yahvé
en la corte persa, con el título oficial de «doctor en leyes del Dios de los
Cielos». Descendiente de la notable familia sacerdotal de los hijos de Sadoc,
de cuyas filas salieron, a partir de la restauración (es decir, desde la
supuesta renovación religiosa y nacional), todos los sumos sacerdotes, se
presentó «enviado desde Babel» por el rey persa Artajerjes (sería el primero, o
el segundo de ese nombre) en el año 458, o quizá en 398 a. de C., poco importa.
Por supuesto, venía guiado por «la mano del Señor» y con la exclusiva intención
de restaurar la pureza de la ortodoxia, de la fe mosaica. Lo primero que hizo
fue declarar ilegítimos los matrimonios mixtos y ordenar la expulsión de todas
las mujeres extranjeras así como de sus hijos, con el fin de poner coto a las
influencias foráneas. Esdras, considerado como uno de los legisladores y
reformadores judíos más importantes de los siglos V y IV, se mesó los cabellos
de su cabeza y de su barba al ver dichos matrimonios, se postró de rodillas,
lloró, rezó e imploró a los judíos:
«Vosotros habéis prevaricado y tomado
mujeres extranjeras [...]; separaos de los pueblos del país y de las mujeres
extranjeras». Tal era su radicalismo, que ni siquiera ofreció la posibilidad de
que aquellas mujeres se convirtiesen a la religión judaica. A todas luces, su
causa era más bien la de la pureza racial. Y naturalmente, ofreció la
explicación que todos los hombres de religión han tenido siempre para las
catástrofes de todas clases: «Nosotros mismos hemos pecado gravemente hasta
este día, y por nuestras iniquidades hemos sido abandonados nosotros, y
nuestros reyes, y nuestros sacerdotes en manos de los reyes de la tierra, y al
cuchillo, y a la esclavitud, y al saqueo, y a los oprobios, como se ve aún en
este día». No dejamos de advertir un hondo regusto chauvinista, cuando dice de
los demás pueblos que son «inmundos» y que, por tanto, «no procuraréis jamás su
amistad ni su prosperidad, si queréis haceros poderosos, y comer de los bienes
de esta tierra, y dejarla a vuestros hijos en perpetua herencia».52
También Nehemías (que quiere decir «Dios
consuela»), elevado al importante cargo de copero de Artajerjes y gobernador
(tirshata), cuando regresó de Persia a Jerusalén (entre 445 y 444, según las
investigaciones más recientes), abundó en el mismo tema, desagradándole ante
todo lo de las mujeres extranjeras. Y ello a pesar de que el padre Abraham, que
siempre gozó del favor del Señor «a pesar de su prepucio» (san Justino), se
había casado con la egipcia Agar, y de que su esposa Sara había sido idólatra.
Nehemías tampoco tuvo en cuenta que Isaac, hijo de Abraham y Sara, se casó con
la extranjera Rebeca, y Jacob, hijo de éstos, con una mujer de otra tribu, como
lo era Bala, y una esclava idólatra como Celia. Y el propio Moisés, pese a las
protestas de Miriam y de Aarón, se casó con una etíope sin que Yahvé tuviese
nada que objetar. Pero cuando Nehemías regresó de «Babel» a Jerusalén, no halló
tarea más necesaria que la de combatir el liberalismo imperante, al que
maldijo: «Los reprendí, y los excomulgué. E hice azotar algunos de ellos, y
mesarles los cabellos, y que jurasen por Dios que no darían sus hijas a los
hijos de los tales, ni tomarían de las hijas de ellos para sus hijos ni para sí
mismos»;
todo ello en pro de la purificación de la
raza, sobre todo, pero también para edificación del pueblo de Dios y defensa de
la autoidentificación como pueblo elegido, lo que justificaba en realidad la
norma de segregación. En efecto, los fanáticos Esdras y Nehemías salieron
siempre triunfantes, por muchos disturbios y por muchas desgracias que
produjese su actuación. No sólo los levitas tuvieron que someterse a la prueba
de la pureza de sangre, es decir, a la verificación de sus registros
genealógicos, sino que además se anularon los matrimonios mixtos, como queda
dicho, expulsando a las mujeres y a su descendencia. Y, sin embargo, en otras
épocas el Señor había admitido e incluso recomendado el casamiento con
prisioneras extranjeras: «Si [...] vieres entre los cautivos una mujer
hermosa», aunque acabasen de matar a su padre y a su madre, podían tenerla por
mujer, al menos hasta que les «desagradare». Pero ahora pasaba a predominar la
norma de la Tora, tanto así que incluso hoy día los judíos ortodoxos desaprueban
los matrimonios mixtos y sólo se consienten excepcionalmente cuando la mitad no
judía de la pareja está dispuesta a abrazar la religión ,53
Nehemías, alabado posteriormente por su
patriotismo, echó leña al fuego del nacionalismo judío y evocó en téminos
altisonantes las épocas gloriosas de los antepasados fieles a la fe: «Tú los
hiciste dueños de reinos y pueblos [...], tú abatiste delante de ellos a los
[...] que la habitaban [...] y he aquí que nosotros mismos somos hoy esclavos
[...] en esta tierra que diste a nuestros padres».54
No por casualidad, a los tres días de su
llegada Nehemías emprendió una inspección nocturna y secreta (según Comay),
«sin declarar a nadie lo que Dios me había inspirado hacer en Jerusalén», es
decir, un detenido escrutinio acerca del estado de las murallas (pues no otro
era el objetivo de su viaje), tras lo cual exclamó: «Venid y reedifiquemos los
muros de Jerusalén, y no vivamos más en estado de tanta ignominia».55 En
efecto, cuando hablaba del «lastimoso estado en que nos hallamos», aludía en
realidad a la servidumbre política, lo mismo que antes había hecho Esdras.
Porque la clase dominante, el clero (siempre la principal aprovechada en toda
época, pero más en tiempos de catástrofe), no lo pasaba nada mal; detalle
importante, que va a repetirse con frecuencia durante la era cristiana y sobre
el cual tendremos ocasión de volver, como sucede con tantos otros de los
aspectos tratados en el presente capítulo.
Mucho dinero para «el Señor»: el óbolo del
Templo
Los historiadores griegos Hecateo y
Aristeas, que viajaron por Palestina hacia la época de la restauración,
alrededor del año 300 a. de C., admiraron la pompa con que se presentaba el
sumo sacerdote y el número de los que celebraban en el templo, no inferior a
setecientos. Pero también el autor de la «Sabiduría de Jesús, hijo de Sirac»,
oriundo seguramente de Jerusalén y doctor de la Ley, elogiaba hacia el año 170
a. de C. la impresión que causaba el sumo sacerdote en el pueblo: «Cuan
magnífico era [...], como lucero de la mañana entre tinieblas [...], como las
azucenas junto a la corriente de las aguas [...], rodeado del coro de sus
hermanos, y a la manera de un alto cedro sobre el monte Líbano, como una
hermosa palmera cercada de sus renuevos y racimos [...]. Asimismo todo el
pueblo, a una, se postraba de repente sobre su rostro en tierra para adorar al
Señor Dios suyo [...]; entonces el sumo sacerdote, bajando del altar, extendía
sus manos hacia toda la congregación [...} para dar gloria al Señor con sus labios
y celebrar su santo nombre».56 Casi como el ensayo de una aparición pública del
papa hoy día..., sólo que, a pesar de todo, incomparablemente más modesta.
Muchos son los paralelismos que podríamos
trazar entre los pontífices romanos y sus antecesores y modelos judíos.
Desde el comienzo, el clero judío proveyó
con largueza a sus propias necesidades..., mediante órdenes «divinas»,
naturalmente. «Ofrecerás en la casa del Señor Dios tuyo las primicias de los
frutos de tu tierra...» «Todas las cosas que son ofrecidas por los hijos de
Israel [...], el aceite, vino y trigos más exquisitos, todo lo que se ofrece en
primicias al Señor [...], todos los primogénitos de cualquier especie, sean de
hombres o sean de animales [...] y que nadie se presente ante mí con las manos
vacías.» «Entrad el diezmo en mis trojes sin quitar nada de ello.»57
Todos tenían que tributar, por lo público
como por lo privado. Con el tiempo, la cuantía de los gravámenes se duplicó o
incluso triplicó. Sobre el diezmo de las bestias se cargó otro «rediezmo»; si
el camino era demasiado largo y excesivo el peso, «de tal suerte que no
pudieses llevar allá todas estas cosas, las venderás y reducirás a dinero, lo
llevarás contigo e irás al lugar que el Señor tu Dios haya escogido...». E
incluso se ideó un tercer diezmo o diezmo de los pobres (de los que había
multitudes en Palestina; además, durante los siglos I anterior y i posterior a
nuestra era, la miseria incluso se agravó), aunque «sólo» se cobraba cada tres
años. Así las cosas, el clero recibía la décima parte de cuanto produjeran los
campos y los frutales, así como de los vacunos y ovinos y de «todo cuanto pasa
bajo la vara del pastor»; a los remolones se les cobraba el quíntuplo como
penalización. Los ingresos del Templo de Jerusalén llegaron a niveles
insospechados. El primer gravamen permanente que se menciona en el Antiguo
Testamento, el tributo del padrón, tenía un origen religioso ya que se
consideraba como «expiación» e iba destinado «para el servicio del Tabernáculo
del Testimonio». Todo judío varón de más de veinte años tenía que pagar ese
rescate «para que no haya entre ellos ningún desastre», y la cantidad era de
medio sido: «según el peso del Templo, un sido tiene veinte óbolos». Y lo que
es más revelador: «el rico no dará más de medio sido, ni el pobre dará menos».
El Templo recibía ingresos por exvotos y por innumerables motivos en infinidad
de ocasiones. También los reyes israelitas, cuyo palacio comunicaba por medio
de un portillo con la casa de Yahvé, Templo de Salomón (que subsistió durante
casi cuatrocientos años sin apenas modificación alguna), hicieron
contribuciones al tesoro, aunque más de una vez también se aprovisionaron del
mismo cuando les hizo falta. A menudo, sus riquezas tentaron a los invasores.
Bajo Roboam fue saqueado por Sesac, rey de Egipto; bajo Amasias por Joás, rey
de Israel; también echaron mano Nabucodonosor y otros. En ocasiones, por el
contrario, recibió aportaciones de soberanos extranjeros. En el siglo I de
nuestra era, la reina Elena de Adiabene (Asiría) se convirtió al judaismo junto
con sus hijos Izates y Monobazos; esta dinastía, cuyos grandiosos sepulcros
todavía hoy se conservan perfectamente en Jerusalén, favoreció en adelante al
Templo con gran generosidad; muchos príncipes adiabenos combatieron a la cabeza
de sus huestes durante la guerra judía contra los romanos. Sin embargo, las
principales fuentes de ingresos no fueron éstas, sino la caudalosa y continua
corriente de los peregrinos, que aportaban los sacrificios reglamentarios.
Durante la época de los reyes, todo varón israelita debía visitar Jerusalén
tres veces al año, y después del exilio fue éste el único lugar reconocido para
tales aportaciones, ya que allí se disponía de almacenes especiales para su
recogida. En la fiesta de Passah llegaba a Jerusalén tal número de peregrinos
que la población de la ciudad se triplicaba sobradamente, y las licencias para
poner puestos de venta en la gran feria de la Passah engrosaban directamente el
erario del sumo sacerdote; pero hubo otros mercados en Jerusalén, el de las
frutas, el del trigo, el de la madera, la feria del ganado, e incluso existía
en la «ciudad santa» una columna donde se subastaban los esclavos y esclavas.
Otras muchas oblaciones, como los sacrificios pacíficos y los expiatorios, iban
total o parcialmente destinadas al clero, se consideraban especialmente sagradas
y en algunos casos era obligado pagar en metálico. Durante toda la época del
segundo Templo, enviaron dinero los judíos de la diáspora, es decir, los que en
número superior al millón vivían lejos de Palestina; casi todas las ciudades
tenían una caja para el «óbolo del Templo». De muchos países, como Babilonia y
otros del Asia Menor, se enviaban cantidades tan grandes que llamaron la
atención, no sólo de los salteadores de
caminos, sino incluso de los gobernadores romanos. Y después de la destrucción
del segundo Templo, los «sabios» siguieron recomendando las peregrinaciones, en
atención a la enorme fuente de ingresos que representaban.58
Los santuarios israelitas funcionaban
incluso como bancos, por cuanto prestaban de sus tesoros contra interés, cuyo
tipo seguramente sería parecido al imperante en los países vecinos (entre el 12
% en el Egipto ptolemaico y del 33 % al 50 % en Mesopotamia); nada dice al
respecto la Biblia, ¡excepto la prohibición genérica de cobrar intereses!59
Los representantes del clero siempre se
apañaron bien en esto de sacar dineros y ofrendas, puesto que se trata del
«servicio de Dios», nada menos. En el aspecto financiero, precisamente, el
clero cristiano fue discípulo aventajado del judío, que se las arregló para
sacar el jugo de la renta nacional «por mil y una maneras» (Alfaric). Como es
lógico, el sumo sacerdote y sus auxiliares más directos se quedaban con la
parte del león. El historiador judío Josefo ilustró con numerosos detalles
típicos la voracidad del alto clero, que naturalmente no reconocía a los demás
templos de Yahvé: ni el de Jeroboam en Betel, pese a ser una fundación nacional
lo mismo que el Templo de Jerusalén, ni los dos templos existentes fuera de
Palestina, el de Elefantina y el de Leontópolis, ni mucho menos el de los
samaritanos, que por otra parte no supusieron nunca una competencia seria en
cuanto a capacidad de atracción sobre los judíos de la diáspora. En cambio, el
bajo clero vivía en la necesidad, obligado a enviar el diezmo de su diezmo de
recaudación por otro lado bastante incierta, ya que solían ser víctimas de los
bandoleros, que trataban sin contemplaciones a quienquiera que se resistiese.
«A veces, eran sacerdotes de alto rango, o el mismo sumo sacerdote, quienes
organizaban las partidas» (Alfaric).60 En cambio, la cúpula del clero se
beneficiaba con frecuencia de la generosidad de los príncipes. Así, en el
decreto de Artajerjes en favor de Esdras, «tú eres enviado de parte del rey
[...] a llevar la plata y el oro, que así el rey como sus consejeros han
ofrecido espontáneamente al Dios de Israel [...]. Además, toda la plata y el
oro que recogieres en toda la provincia de Babilonia de ofertas voluntarias del
pueblo, y lo que espontáneamente ofrecieren los sacerdotes para la casa de su
Dios, que está en Jerusalén, tómalo libremente, y cuida de comprar con este
dinero [...]. En orden a lo demás que fuere menester para la casa de tu Dios
[...], se te dará del tesoro y del fisco real», prohibiendo además, en el mismo
decreto, «imponer alcabala, ni tributo, ni otras cargas a ninguno de los
sacerdotes [...] y sirvientes de la casa de este Dios».61
En tiempos de Nehemías hubo 4.289
sacerdotes organizados en 24 clases, y las rentas del Templo eran tan enormes
que fue preciso establecer depósitos en otras ciudades, ya que Nehemías exigía
«contribuir todos los años con la tercera parte de un sido para los gastos de
la casa de nuestro Dios», «la leña que se debe ofrecer y conducir [...] a la
casa de nuestro Dios», «las primicias de todos los frutos de cualquier árbol
[...], los primerizos de nuestros hijos, y de nuestros ganados», etc. Esto nos
lleva a recordar expresamente las oblaciones, primicias y diezmos «establecidos
por la Ley para los sacerdotes y levitas, pues nuestros sacerdotes y levitas
son la alegría de Judá». En realidad, este clero rico, que en los tiempos de la
monarquía había reglamentado hasta los menores detalles de sus privilegios,
tenía cada vez más enemigos, e incluso los demás sacerdotes, levitas, porteros
y cantores, natineos, auxiliares por tanto del alto clero y en cierto modo
suplentes del mismo, mantuvieron difíciles relaciones con aquél. Tenían derecho
al diezmo sobre los cereales y el vino, pero el pueblo explotado se negaba
muchas veces a pagar el tributo. En la época helenística, el Templo detrajo
incluso una parte del diezmo levítico para incrementar su riqueza ya entonces legendaria.62
Las diferencias entre las clases llegaron a
ser escandalosas, precisamente cuando las castas dominantes se habían dividido
en un grupo estrictamente conservador y otro de orientales más o menos
helenizados, o de helenos orientalizados, contradicción religioso-cultural que
poco a poco iba a desembocar en una catástrofe.
El belicismo sacro de los Macabeos
Desde la conquista de Palestina por
Alejandro Magno (332 a. de C.), dominó la dinastía (más bien projudía) de los
Ptolomeos, a la que sucedió en 198 la dinastía también macedonia (pero cada vez
más antijudía) de los Seleucos; quiere decirse con ello que el helenismo
desempeñó en Judea un papel cada vez más importante.
En particular, las capas superiores, la
aristocracia clerical y terrateniente, así como los mercaderes ricos, a los que
atraía la superioridad de la cultura griega y la libertad de su estilo de vida,
fueron tendiendo hacia el «cosmopolitismo» y abandonando el legado de los
antepasados en manos de las clases bajas y de los círculos tradicionalistas,
guardianes de la «semilla sagrada». Esta herencia era sólo «barbarie» a ojos de
los griegos; hacia el siglo II antes de nuestra era, el proceso de helenización
se había extendido a buena parte de los sectores más progresistas de la
población. En el libro 2° de los Macabeos se lamenta esa helenización e
«inclinación a las costumbres extranjeras», combatida por el sumo sacerdote
Onías III; pero éste fue derribado por una conspiración que organizó contra él
su propio hermano Jasón, que prometió dar al rey los tesoros del Templo. Una
vez conseguido el sumo sacerdocio, Jasón estableció en Jerusalén un gimnasio,
un ephebeión, y se planteó la posibilidad de homologar la situación
político-religiosa de la capital con la de las numerosas ciudades helenísticas
del país, convirtiendo a Jerusalén en una polis griega. Ello provocó la
reacción de los tradicionalistas, que veían peligrar las antiguas costumbres
judías, sus leyes y sus creencias. Creció el malestar, hubo disturbios y
altercados callejeros, todo lo cual desencadenó fuertes medidas represivas por
parte del enérgico soberano seleúcida Antíoco IV Epifanes («Dios revelado»; «el
Nerón sirio», según el cardenal Faulhaber), que intentaba consolidar su reino
tambaleante mediante la introducción de una religión sincrética que lo
unificase. Además, profanó el Templo de Jerusalén (en 168 hizo reformar el gran
altar de los holocaustos y puso allí mismo un altar a Zeus Olímpico), prohibió
la religión judía e incendió la ciudad, no sin saquear antes el tesoro del
Templo y llevarse 1.800 talentos (que supondrían unos mil millones de pesetas;
una tentativa anterior por parte de Seleúco IV fue abortada por los sacerdotes,
que disfrazados de ángeles a caballo expulsaron del Templo a los idólatras
encabezados por Heliodoro y le propinaron a éste una gran paliza. Siglos
después, el pintor Rafael recibiría del papa León X el encargo de solemnizar
tan significativo episodio en una de las paredes del Vaticano).63
La muerte de los siete «hermanos macabeos»
junto con su madre en Antioquía, a orillas del Orontes, sucedió posiblemente en
el verano de aquel mismo año 168. Si ese martirio es un hecho histórico y no un
mito de la propaganda religiosa, aquéllos cayeron como judíos rebeldes,
naturalmente, y no como los testigos de la fe o «campeones del monoteísmo»
(según el benedictino Bévenot) que han querido ver en ellos tanto la leyenda
judía como la cristiana, ya que se trata de los únicos «mártires» venerados por
ambas tradiciones. Sin embargo, en el siglo iv, los cristianos se apoderaron de
la sinagoga de Antioquía, donde según la tradición descansaban las codiciadas
reliquias; además de convertir el edificio en una iglesia suya, hicieron de
aquellos rebeldes «los santos macabeos», unos héroes cristianos anteriores a
Cristo, como si dijéramos, y dispersaron sus restos para que pudieran ser
adorados en todo el mundo.64
Según Elias Bickermann, si las rigurosas
medidas de Antíoco IV contra los judíos hubieran surtido efecto, no sólo
habrían supuesto el fin del judaismo, sino que además «habrían imposibilitado
la aparición del cristianismo y la del Islam».65
Nuestra imaginación casi no logra concebir
un mundo tan diferente. Aunque también cabe suponer que no sería demasiado
distinto; en todo caso, no fueron las medidas del rey las que acarrearon la
sublevación, como se ha venido afirmando tradicionalmente y hasta hoy mismo. Es
más exacto lo contrario: que la insurrección ya estaba en marcha, y de ahí la
severidad de las represalias. Los acontecimientos (cuya cronología es muy
discutida, debido a la escasez de las fuentes y la poca credibilidad de las
mismas) fueron cobrando una dinámica propia; el partido nacionalista judío se
reforzó y comenzó la «guerra de religión» (Bringmann), «la hazaña gloriosa del
pueblo judío» (Bévenot) y de los asideos (jasidim), una secta de fanática
fidelidad a la Ley, formada por sacerdotes y legos y que constituyó la fuerza
de élite de los rebeldes. Cierto que hacia finales de otoño del 165 a. de C.,
Antíoco IV retiró las prohibiciones religiosas; tanto él como su sucesor,
Antíoco V, ensayaron luego una política de conciliación, de pacificación y
amnistía. Pero los rebeldes extendieron el teatro de las luchas más allá de la
propia Judea; y pese a que coincidieron en este conflicto diversos móviles
políticos y sociales, que cobraron cada vez más importancia, o precisamente
debido a ello, la «guerra santa» contra la dominación seleúcida casi parece una
continuación de las gloriosas matanzas de la época del «asentamiento» y
posteriores, una restauración del Israel anterior al exilio; acaudillados por
Yahvé, inician una especie de regeneración nacional;una vez más están en juego
los valores más sagrados y hay que defender la ley mosaica «con la espada en la
mano, hasta la muerte si fuere necesario» (Nelis). «El punto de convergencia de
aquellos luchadores por la libertad fue el altar del Señor, y su divisa: Yahvé
es mi escudo» (cardenal Faulhaber). En una palabra, que siempre la sed de
sangre y de venganza son «resultantes de la devoción» (Wellhausen) .66
El primer cabecilla rebelde de los macabeos
(de cuyo alzamiento iba a resultar un nuevo Estado y reino con la dinastía de
los Asmoneos) fue el sacerdote y asesino Matatías (que significa «obsequio de
Yahvé»), de la familia de Asmón. Poseído por el «celo religioso» a la manera
bíblica tradicional, mató a un israelita que por orden del comisionado real
pretendía celebrar un sacrificio a los ídolos, y también al propio comisionado,
e inició una guerra de guerrillas contra la ocupación siria. Estos hechos todavía
no revestían mayor trascendencia; pero a la muerte de Matatías (166 a. de C.)
asumió el caudillaje de los rebeldes uno de los cinco hijos de aquél, Judas
Macabeo (derivado seguramente del hebreo maqqaebaet, el martillo), «un
"Carlos Martel" del Antiguo Testamen
'' to», «el héroe de la espada ungida», «el alma de la resistencia»
(según el cardenal Faulhaber). Su especialidad: los ataques relámpago, las
emboscadas nocturnas, los incendios amparado en la oscuridad, «campañas
felices» (Bévenot, benedictino). Judas el Martillo generalizó la lucha de
guerrillas, saltándose incluso la prohibición de combatir en sábado. Y como los
sirios estaban comprometidos en un conflicto contra los | partos, aquél pudo
derrotar a los generales enemigos en Betorón, Emaús y Betsura; tomó Jerusalén y
purificó el Templo, en donde había hallado «la abominación de la desolación»
(Daniel 12,11) impuesta por Antíoco Epifanes; además hizo clavar la cabeza del
general enemigo Nicanor sobre la puerta de la ciudadela (hecho que sigue conmemorándose
hoy día por medio de una festividad fija del calendario). Una vez más, el Señor
había salvado milagrosamente a su pueblo. Pero en 163, cuando Antíoco IV murió
durante una campaña contra los partos y el regente Lisias ofreció la paz y la
libertad de cultos, los macabeos se negaron, pese a que las condiciones habían
sido aceptadas por el sumo sacerdote Alcimo y por los asideos o partidarios de
la restauración religiosa; el objetivo de los macabeos era ya la independencia
política, y no sólo la religiosa, y el exterminio de los «idólatras» en todo
Israel. Sin y. embargo, con esta oposición contribuyeron paradójicamente, como
I suele suceder, a la consolidación «de la propia dinastía helenística que I
los ortodoxos se habían propuesto combatir; al ofrecer un tratado a los
romanos. Judas, el que combatía incluso los sábados, ha admitido ya las formas
paganas, con sus religiones, sus costumbres y sus estilos de vida» (Fischer). Y
tras haber derramado grandes cantidades de sangre pagana, el mismo Judas cayó,
entre los años 161 y 160, en un combate desesperado contra Báquides,
convirtiéndose en el prototipo del héroe judío y pasando a ocupar incluso un
lugar en la galería de los combatientes cristianos, como prototipo de soldado
luchador por la fe.67
El hermano menor de Judas, Jonatás,
convertido en sumo sacerdote y gobernador militar de Judea (cargos, como se
puede ver, magníficamente complementarios) gracias a las dificultades internas
del Estado seleúcida y con la anuencia del rey sirio, murió asesinado el año
143; su hermano y sucesor. Simón, oficialmente llamado «sacerdote perpetuo,
caudillo y príncipe de los judíos», cayó de igual forma en 135, a manos de su
propio yerno Ptolomeo. Pero ya el cargo de sumo sacerdote pasaba a ser
hereditario; aunque con Simón murieron sus hijos Matatías y Judas, el tercero,
Juan Hircano I (135-103), que consiguió escapar a la conjura, se convirtió en
la nueva estrella del belicismo macabeo y fue de facto el soberano de un reino
independiente. Aliándose primero con los fariseos y luego con la aristocracia
clerical de los saduceos de Jerusalén, y favorecido por las rivalidades
sucesorias de los sirios, emprendió grandes campañas militares, como ya no se
conocían desde los tiempos de Salomón. Así, judaizó por la fuerza de las armas
las provincias de Idumea y Galilea; pero no hay que creer que éstas fuesen
vulgares campañas de expansión o por ambición de poder; eran «guerras
religioso-particulares denominadas guerras santas» (R. Meyer), ya que estas
«verdaderas expediciones de rapiña» se presentaban como «mera recuperación de
tierras que el Señor había dado en herencia a los antepasados» (Beek). Al mismo
tiempo, el sumo sacerdote asumía en su corte la pompa y el ceremonial de los
magnates helenístico-orientales, y no titubeó en llevarse 3.000 talentos de la
necrópolis real israelita, inmensamente rica, con objeto de allegar medios para
sus campañas, según Josefo.68
Juan Hircano asoló también Samaría, región
que desaparece por completo de la historia política en la época cristiana.
Samaría, que había sido la capital del
reino de Israel, ampliada con gran esplendor por el rey Amri, siempre rivalizó
con Jerusalén; los samaritanos, pueblo híbrido en medio de Palestina, entre
judío e idólatra, fueron odiados por los judíos más que ningún otro. En el año
722 a. de C. cuando el asirio Sargón II logró vencer la fuerte resistencia de
Samaría después de tres años de asedio y la arruinó, esto importó bien poco a
los judíos, que se mostraron igual de indiferentes en 296, ante la nueva destrucción
de la ciudad por Demetrio Poliorcetes, en el curso de las rivalidades entre los
diadocos o sucesores de Alejandro. Los samaritanos, a quienes pocos años antes
el mismo Alejandro Magno había autorizado la construcción de un templo sobre el
monte Garizim, con el evidente propósito de hacer la competencia al de
Jerusalén, conservaban la fe judía, pero en versión atenuada. De las Sagradas
Escrituras admitían únicamente el Pentateuco, es decir, los cinco libros de
Moisés; los judíos los consideraban «inmundos» y los excluyeron de la
reconstrucción del Templo. En 128, Juan Hircano redujo a escombros el templo
del monte Garizim, pero subsistió allí un núcleo de «clero insumiso». «Se
insolentaban hasta el punto de llamarse poseedores de la verdadera religión de Israel»
(Daniel Rops). ¡Como si alguna religión en el mundo se hubiese presentado nunca
con el atributo de falsa! Hacia el año 107 a. de C., el sumo sacerdote Hircano
emprendió la destrucción de Samaría (pero fue reconstruida medio siglo después
por el gobernador romano Aulo Gabinio, y poco después magníficamente ampliada
por Heredes).69
El hijo de Hircano, Jonatás, o Alexandros
Jannaios (103-76, tras sólo un año de reinado de su hermano Aristóbulo, que
arrojó a las mazmorras a varios de sus hermanos y dejó que su propia madre
muriese de hambre en la cárcel), continuó la misma política. Como rey y sumo
sacerdote inició varias campañas santas, aunque desafortunadas (pero, ¿acaso no
lo son todas las guerras?) contra los Ptolomeos, los Seleucos, los nabateos, e
incluso una guerra civil contra los fariseos, en la que recurrió a mercenarios extranjeros,
reclutados, según las crónicas, de entre la hez de la sociedad. En esta última
venció, lo que le permitió vengarse cruelmente. Ochocientos de sus adversarios,
«que habían combatido con el mismo encono que suelen mostrar siempre los
devotos cuando luchan por la posesión de cosas terrenales» (Mommsen), fueron
crucificados; en la contienda perecieron, según Josefo, unas cincuenta mil
personas. Finalmente, Alexandros Jannaios, aficionado a la piratería marítima
entre otras cosas e identificado a menudo por los historiadores como «el
sacerdote malhechor» que mencionan los textos de Qumrán, consiguió dominar casi
toda Palestina, es decir un reino casi tan grande como el que fue en tiempos de
David..., pocos años antes de que fuese conquistada por los romanos bajo
Pompeyo (64 a. de C.), que destruyeron el Estado asmoneo y después de arrasar a
Jerusalén la redujeron de nuevo a la categoría de capital provinciana. En la
lucha cayeron muchos judíos pero, seguramente, serían más los deportados a
Roma, prisioneros y esclavos.70
Con este episodio concluía un siglo de
«guerras santas». Pocos de los macabeos murieron de muerte natural: Judas
Macabeo, en campaña;
su hermano Jonatás, asesinado; Simón,
asesinado; Hircano II, nieto de Juan Hircano I, ejecutado por Herodes, el
aliado de los romanos; Aristóbulo II, envenenado; su hijo Alejandro,
ajusticiado, lo mismo que el hermano de éste y último príncipe asmoneo, Antígono
Matatías. También la hija de Alejandro, Mariamne, casada en el año 37 con
Herodes, murió víctima de intrigas palaciegas, lo mismo que su madre.
Alejandra, y sus hijos, Alejandro y Aristóbulo. «El reinado de Herodes fue, en
gran medida, una época de paz para Palestina...» (Grundmann).71
A la cabeza de estos conflictos, guerras
imperialistas, guerras civiles y atrocidades varias reluce la estrella,
histórica o no, de los siete «hermanos macabeos», siete héroes de la «guerra
santa». Es así que dichos macabeos no sólo merecen ser «reverenciados por
todos», según Gregorio Nacianceno, doctor de la Iglesia, sino que: «Quienes los
alaban, y quienes oyen su elogio, mejor deberían imitar sus virtudes y,
espoleados por este ejemplo, elevarse a iguales hazañas» , Es una opinión
típica. Los más conocidos doctores de la Iglesia rivalizan en elogios a los
(supuestos) protomártires de la insurrección, aquellos «hermanos macabeos» que,
según san Agustín, «antes de la Encarnación de Cristo ya lucharon por la Ley de
Dios hasta dar la propia vida», que «erigieron el estandarte magnífico de la
victoria», según Juan Crisóstomo. Convertidos en símbolos de la ecciesia
militans, convertida la sinagoga de Antioquía que albergaba los supuestos
sepulcros en una iglesia cristiana, transferidas sus preciadas «reliquias» a
Constantinopla, y luego a la iglesia romana de San Pietro in Vincola y a la
iglesia de los Macabeos en Colonia y celebrados en Alemania y Francia, donde
son venerados sobre todo en los valles del Rin y del Ródano, se les recuerda ya
en los tres martirologios más antiguos. E incluso en el siglo XX (cuando
numerosas organizaciones judías, especialmente clubes juveniles y sionistas,
toman el nombre de «macabeos» o «Makkabi»), el católico Lexikon für Theologie
una Kirche los alaba como «protomártires del monoteísmo», y la Iglesia celebra
su memoria con la festividad del primero de agosto.73
La existencia de santos cristianos antes de
Jesucristo sólo puede parecer absurda a quien desconozca la mentalidad
católica, al escéptico empedernido que se empeña en tomar la lógica como
fundamento único de cualquier razonamiento.
Quizá estas personas desconozcan que el
teólogo Jean Daniélou escribió, ya en 1955, todo un tratado sobre Los santos
paganos del Antiguo Testamento, que ciertamente no aspira a ser «un estudio
puramente científico», ni tampoco una «hagiografía edificante», sino «una obra
de misión teológica». Podemos pasar por alto estas distinciones semánticas,
puesto que están de más tratándose de la obra de un hombre capaz de mantener,
con suave celo, que existieron santos «paganos», «gentes que sin haber conocido
a Cristo, no obstante pertenecían ya a su Iglesia», y de extraer la
sorprendente consecuencia de que «fuera de la Iglesia no puede haber
salvación». El autor católico recaba el auxilio de las Escrituras y de la
tradición, la ayuda de san Agustín y la de la Iglesia primitiva, para señalar
que los santos del Antiguo Testamento tuvieron, cuando menos, «un lugar
destacado» que hoy, por desgracia, «ya no tienen». Daniélou no es el único en
lamentar «el olvido en que se les tiene» a santos como, por ejemplo, Abel, Enoc,
Daniel, Noé, Job o Melquisedec. Sin olvidar al santo Lot, aunque cometiese
incesto con sus dos hijas (eso sí, en estado de embriaguez) con tal éxito que
«a su tiempo» ambas parieron (Gn. 19, 30 ss.), «un hombre sencillo, un
exponente de la vida en lo que tiene de más cotidiano», como escribe Daniélou,
«y también un paradigma de pureza, en cuya biografía hallamos un valor
ejemplarizante».74
Santos paganos..., y guerras santas.
En las dos grandes insurrecciones de los
siglos I y II retornó la práctica de la «guerra santa» con todo su salvajismo y
su crueldad, con sus locuras apocalípticas; el «combate de las postrimerías»
contra la Roma idólatra perseguía, nada menos, «el Reino mesiánico de Dios».
La guerra judía (66-70)
Los zelotes, un grupo nacionalista judío
originariamente constituido, sin duda, por un sector del clero de Jerusalén
hacia el año 6, instigaron esa guerra como reacción frente al poder del
ocupante romano. Pese a la existencia de rasgos diferenciales notables entre
zelotes y cristianos, se han observado también muchos puntos de contacto. No es
casual que uno de los apóstoles de Jesús, un tal Simón, sea llamado en el
Evangelio de Lucas «el zelote» y en el de Mateo «el cananeo», lo que representa
una simple transcripción del arameo qanna'i, «el exaltado». Entre los zelotes,
a quienes la investigación actual atribuye una influencia importante en la
trayectoria de Jesucristo, abundaban los rumores apocalípticos, como el oráculo
que decía que, por aquellos tiempos, «uno de los suyos sería el rey del mundo»;
cuatro lustros antes del estallido de la guerra judía propiamente dicha,
luchaban ya contra los romanos, pero más aún contra ciertos judíos
antipatriotas. Sus enemigos les llamaban «sicarios», que quiere decir «los del
cuchillo», porque iban armados con una especie de gumía, la «sica», con la que
apuñalaban por la espalda a quienes no les caían bien, entre los que se
contaban, ante todo, algunos judíos ricos que por motivos de interés pactaban
con los romanos; se dice (por parte de Eusebio, historiador de la Iglesia) que
una de sus primeras víctimas había sido «el sumo sacerdote Jonatás». «Cometían
sus asesinatos a pleno día y en medio de la ciudad; aprovechaban sobre todo los
días festivos para confundirse en las aglomeraciones, y apuñalaban a sus
enemigos con dagas pequeñas que llevaban ocultas bajo las túnicas. Cuando la
víctima caía, los asesinos se sumaban al revuelo y a las exclamaciones de
consternación, y gracias a esta sangre fría no fueron descubiertos casi nunca.»
Josefo, que en plena guerra cambió de bando y se puso a favor de los romanos,
moteja a los zelotes de asesinos y bandoleros, pero no se le olvida mencionar
que «tenían muchos partidarios, sobre todo entre la juventud».75
En los círculos extremistas se azuzaba
públicamente a la insurrección contra Roma. Leían con preferencia los dos
libros de los Macabeos (cuya inclusión definitiva en las Sagradas Escrituras,
recordémoslo de paso, data del Concilio de Trento, es decir, del siglo xvi),76
para exaltarse con aquellas «acciones heroicas» y esperaban poder reeditar
frente a los romanos, con la ayuda del Señor, los triunfos conseguidos contra
los griegos. De esta manera se produjo al fin la Bellum ludaicum (66-70), una
aventura sangrienta en la que incluso los romanos se vieron obligados a echar
el resto, militarmente hablando.
Dicha obra tan agradable a los ojos del
Señor, acaudillada primero por Eleazar ben Simón, hijo de un sacerdote, así
como por Zacarías ben Falec, continuada luego por Juan de Gichala, comenzó en
un momento bien escogido, un sábado, con el degüello de los escasos romanos de
guardia en la torre Antonia de Jerusalén y en las poderosas fortificaciones del
palacio real. Antes de rendir a la guarnición, prometieron que no matarían a
nadie; luego, sólo perdonaron a un oficial que se avino a ser circuncidado. (Más
tarde, los cristianos también perdonarían a los judíos que aceptaban la
conversión.) En las ciudades griegas de la región, Damasco, Cesárea, Ascalón,
Escitópolis, Hippos, Gadara, los helenos organizaron a cambio una matanza de
judíos: 10.500 o 18.000 sólo en Damasco, según se cuenta. Al mismo tiempo, los
judíos insurrectos, estimulados por el ardor de su fe y por los grandiosos
recuerdos de las hazañas de los macabeos, iban limpiando de minorías toda
Judea.
Los romanos empezaban a ponerse en marcha,
primero a las órdenes del gobernador de Siria, Cayo Cestio Gallo; luego Nerón
envió a uno de sus mejores generales, el ex tratante de muías Tito Flavio
Vespasiano, cuyas primeras operaciones militares fueron sumamente cautelosas;
además, después se encontró en una situación políticamente delicada, debido a
la muerte de Nerón y la caída de Galba. Pero en el verano del año 68 controlaba
ya casi toda Palestina; entre otras cosas, mandó quemar el eremitorio de Qumrán,
a orillas del mar Muerto, cuya importante biblioteca, que poco antes los monjes
habían ocultado en las cuevas de la montaña, no ha sido descubierta hasta
mediados del siglo XX. También diezmó a los samaritanos, que habían tomado
parte en la insurrección judía. Cerealis hizo con 11.600 de ellos una hecatombe
en el monte Garizim. Mientras tanto, en Jerusalén, ciudad de «triste fama»
según Tácito, a la que ya tenía puesto cerco Vespasiano, los hijos de Dios
divididos en dos partidos se combatían mutuamente; incluso llegó a formarse una
tercera facción que luchó contra las otras dos en el Templo. Éste, con sus
aledaños, era una verdadera fortaleza, convertida en reducto de los zelotes...,
¡que siguieron celebrando los ritos incluso bajo el asedio! Mientras las masas,
privadas de víveres, se morían de hambre, los judíos se apuñalaban mutuamente
en peleas callejeras, o degollaban a los prisioneros en las mazmorras, pero sin
dejar de hacer causa común contra los romanos. Estos, por su parte, también
solían pasar los prisioneros a cuchillo o los crucificaban. Vespasiano tuvo que
partir hacia Roma, ya que sus tropas le habían proclamado emperador. Pero dos
años después, a comienzos de septiembre del año 70, su hijo Tito puso fin a la
insurrección con un baño de sangre: previamente, estando en la Cesárea
palestina, en Berytus (Beirut) y en otros lugares, había mandado arrojar miles
de judíos prisioneros a las fieras del circo, o los obligaba a matarse
mutuamente en duelos, o los quemaba vivos. Los escasos sobrevivientes de
Jerusalén, reducida a un único montón de ruinas, fueron acuchillados o vendidos
como esclavos. El Templo ardió hasta los fundamentos, con todos sus bienes
atesorados durante seis siglos, en el aniversarlo de la destrucción del
primero. La lucha continuó durante varios años más en varias fortalezas
aisladas, como Herodión, Maquiros y Masada, hasta que los defensores se
suicidaron junto con sus mujeres y sus hijos.77
En el año 71, el vencedor entró triunfante
en Roma, donde todavía hoy puede verse el arco de Tito en recuerdo de la
hazaña...
La masacre había costado cientos de miles
de vidas. Jerusalén quedaba arrasada como antaño lo fueron Cartago y Corinto, y
el país incorporado a los dominios del emperador. A los vencidos se les
impusieron tributos abrumadores, hasta del quinto de las primeras cosechas, y
para mayor calamidad, el país sufría la plaga de las partidas de bandoleros. La
vida religiosa, en cambio, y como no podía ser de otro modo, florecía. Los
judíos estaban gobernados por un consejo de 72 levitas, cuyo dirigente máximo
ostentaba el título de «príncipe». Y la oración diaria de las 18 rogativas, la
schemone esre, comparable al Padrenuestro de los cristianos, se enriqueció con
una petición más, la que imploraba la maldición divina sobre los minnim, los
cristianos, y solicitaba su exterminio. El caso es que ni en Palestina ni en
lugar alguno se prohibió a los judíos la práctica de su religión: «Por
prudencia se abstuvieron de declarar la guerra a la fe judía en tanto que tal»
(Mommsen).78 Pero todavía les aguardaba una derrota mayor, pocos decenios más
tarde, como consecuencia del segundo intento de una última «guerra de Dios».
Bar Kochba y la «última guerra de Dios»
(131-136)
A esta nueva sublevación se adelantaron en
el año 115 diversos alzamientos entre los judíos de la diáspora, muy numerosos
en el área mediterránea; según Filón, sólo en Alejandría se contaba más de un
millón. Todavía no estaban desengañados del sueño mesiánico. Durante la guerra
de Trajano contra los partos (114-117), corrió el rumor de una derrota
desastrosa del imperio y hubo, además, un gran terremoto que destruyó Antioquía
y otras ciudades del Asia Menor; ante estos desastres, los zelotes creyeron llegado
su momento. En la Cirenaica, donde según se afirma murieron 200.000 no judíos,
el «rey» y «Mesías» LukuasAndrés destruyó la capital, Cirene. En Chipre, los
insurgentes arrasaron Salamina y, según las crónicas, asesinaron a 240.000 no
judíos, cifra evidentemente exagerada. A partir de entonces, sin embargo, los
judíos tuvieron prohibido el acceso a la isla y se ejecutaba incluso a los
náufragos, si eran israelitas. En Egipto, donde los romanos liquidaron en
represalias a todos los judíos de Alejandría, los combates se prolongaron
durante años. En todos los lugares, la diáspora judía resultó duramente
castigada.79
En la misma Palestina, el sucesor de
Trajano, el emperador Adriano (117-138), gran devoto de los dioses, hizo
construir sobre las ruinas de Jerusalén una ciudad nueva, Aelia Capitolina, y
en el solar del Templo levantó un altar a Júpiter y un templo de Venus. Y hete
aquí que en el año 131, Simón ben Kosiba (Bar Kochba) inicia una guerra de
guerrillas tan generalizada y tan mortífera, que obliga al propio emperador a
tomar el mando de las tropas romanas. Bar Kochba (en arameo significa «hijo de
la estrella», así llamado después del éxito de su alzamiento; en el Talmud, el
vencido recibió el nombre de Ben Kozeba, «hijo de la mentira») se hace con el
poder en Jerusalén. Su consejero principal es el rabino Aqiba, que le saluda
con una clásica cita mesiánica llamándole «estrella de Jacob», o salvador de
Israel. También le apoya el sumo sacerdote Eleazar, muerto más tarde por el
propio Bar Kochba porque le aconsejaba la rendición. Sin embargo, hubo dos años
de moral alta en Jerusalén, reanudándose el culto en el Templo y proclamándose
una nueva era de libertad; hasta que el emperador Adriano envió cuatro legiones
al mando de su mejor general. Julio Severo, con gran número de tropas
auxiliares y una gran flota. Los romanos fueron recobrando terreno poco a poco.
Según Dión Casio, cuyas exageraciones sin embargo son notorias, murieron
580.000 combatientes judíos y fueron arrasadas 50 fortalezas, destruidos 985
pueblos, y enviadas al cautiverio decenas de miles de prisioneros. Mommsen
considera que dichas cifras «no son inverosímiles», dado que los combates
fueron encarnizados y seguramente acarrearon el exterminio de toda la población
masculina. Las mujeres y los niños inundaron los mercados de esclavos, lo que
originó una baja de los precios. La última población que cayó fue Beth-Ter (la
actual Bittir), al oeste de Jerusalén, donde murió el mismo Bar Kochba en
circunstancias no bien explicadas. El solar del Templo y sus alrededores fueron
arados con bueyes; en cuanto a los zelotes, los romanos los exterminaron totalmente,
pues al fin comprendieron que el fanatismo religioso de los judíos era la
verdadera causa de su insumisión. «Durante los cincuenta años siguientes no se
vio en Palestina ni el vuelo de un pájaro», dice el Talmud. Los israelitas
tenían prohibida bajo pena de muerte la entrada en Jerusalén, y se duplicó la
guarnición. Hasta el siglo IV no pudieron regresar los judíos allí para llorar
una vez al año, el día 9 del mes Aw, la pérdida de la «ciudad santa». Y hasta
el siglo XX, o más exactamente hasta el 14 de mayo de 1948, no lograron fundar
de nuevo un Estado judío, el Eretz Israel.80
CAPÍTULO 2
EMPIEZAN DOS MILENIOS DE PERSECUCIONES
CONTRA LOS JUDÍOS
«¿Qué podrás decirme tú, mi querido judío?»
SAN JUAN CRISÓSTOMO, DOCTOR DE LA IGLESIA'
«Abajo con el judío.» SAN BASILIO, DOCTOR
DE LA IGLESIA2
«Peor que el mismo demonio.»
SAN ATANASIO, DOCTOR DE LA IGLESIA3
«Dos clases de humanos, los cristianos y
los judíos.» «La luz y las tinieblas.» «Pecadores», «homicidas», «basura
revuelta».4 SAN AGUSTÍN, DOCTOR DE LA IGLESIA
«Perseguir al que no piensa igual que
nosotros, ése ha sido en todo lugar el privilegio de los religiosos.»
HEINRICHHEINE5
Exceptuando en Palestina, en la época del
paganismo los judíos no lo pasaron del todo mal. Es cierto que el antisemitismo
tiene raíces antiguas. El primer testimonio documental lo encontramos en los
papiros árameos de Elefantina. En 410 a. de C., fue destruido en Elefantina un
santuario ofrecido a Yahvé, posiblemente porque los judíos se mostraron
contrarios a la independencia egipcia y partidarios de la potencia ocupante,
que era entonces Persia. Hacia el año 300 a. de C., el antijudaísmo estaba ya
bastante difundido; por ejemplo, corría ya el rumor de que los judíos eran
descendientes de leprosos. Tales enemistades obedecían a móviles principalmente
religiosos, y también políticos, rara vez económicos y casi nunca de tipo
racial.6
Con sus insurrecciones bajo Nerón, Trajano
y Adriano los judíos (téngase en cuenta que representaban un 7 % u 8 % de la
población total del imperio) se ganaron la consideración de peligrosos para el
Estado; en general, se desconfiaba de ellos. Entre otras cosas, molestaba su
actitud despreciativa frente a las demás culturas, religiones y nacionalidades,
así como su aislamiento social (amixid}. Tácito, siempre moderado, censura sin
embargo su postura desdeñosa frente a los dioses y a la patria y menciona su carácter
extraño, el exclusivismo de sus costumbres (diversitas morum). En él, lo mismo
que en otros autores paganos (cuyas manifestaciones antijudías sin duda no
dejaron de ejercer alguna influencia), como Plinio el Viejo, Juvenal (autor «de
lectura obligada» en las escuelas de la Edad Media), Quintiliano (también autor
clásico en los comienzos de la Era moderna), se reflejan indudablemente las
impresiones de la guerra judía. Pero ya Séneca, que se suicidó en el año 65, es
decir, un año antes del comienzo de dicha guerra, había escrito que «las
costumbres de ese pueblo sumamente aborrecible han cobrado tanta fuerza, que
están introducidas en todas partes: ellos, los vencidos, han dado leyes a sus
vencedores».7
La religión judía, tolerada por el Estado
pagano
Pero incluso los amos de Roma se mostraron
tolerantes hacia los judíos (en quienes hallaban a campesinos, artesanos,
obreros; en esa época todavía no estaban caracterizados como mercaderes), y en
algunos casos mostraron cierta simpatía hacia ellos. Disfrutaban de algunos
privilegios especiales, sobre todo en Oriente, como la observancia del sábado.
Tenían fuero propio y no estaban obligados a someterse a la jurisdicción
romana. César los apoyó en muchos sentidos. Augusto dotó con generosidad al
Templo de Jerusalén. Según los términos de la donación imperial, todos los días
sacrificaban allí un toro y dos corderos «al Dios más alto». Agripa, un íntimo
amigo de Augusto, favoreció también a los judíos. En cambio, el emperador
Calígula (37-41), algo excéntrico y aspirante a tener templo propio, que se
presentaba en público revestido de los atributos de diversas divinidades,
incluso femeninas, que vivía casado con su hermana Drusila y pretendía que se
erigiese su imagen incluso en el Sanctasanctórum de Jerusalén, hizo expulsar a
los judíos de las principales ciudades de Partía, donde eran especialmente
numerosos. Pero incluso el emperador Claudio, antes de perseguir a los judíos
de Roma, había promulgado un decreto a su favor, en el año 42, otorgándoles
fuero especial válido en todo el imperio, aunque al mismo tiempo les advertía
que no abusaran de la magnanimidad imperial y que no menospreciaran las
costumbres de otros pueblos. La mujer de Nerón, Popea Sabina, fue una gran
protectora del judaismo. En líneas generales, la administración romana se
mostró siempre dispuesta «a contemporizar en la medida de lo posible, y aún
más, con todas las exigencias de los judíos, justificadas o no» (Mommsen).8
Ni siquiera después de la conquista de
Jerusalén hostilizaron los emperadores a la fe judía, que para ellos era
religio licita. Vespasiano y sus sucesores corroboraron los privilegios ya
concedidos por César y por Augusto. Los judíos podían casarse, firmar
contratos, adquirir propiedades, ocupar cargos públicos, poseer esclavos y
muchas cosas más, como cualquier ciudadano romano. Las comunidades judías
podían administrar sus propios bienes y tenían una jurisdicción propia, aunque
limitada. Incluso después de la insurrección de Bar Kochba, el emperador
Adriano y sus sucesores consintieron la celebración pública de los cultos
judíos, y concedieron la dispensa de las obligaciones comunes que fuesen
incompatibles con su religión. Ni siquiera en las provincias existían casi
restricciones contra ellos; construían sinagogas, nombraban a sus síndicos, y
estaban exentos del servicio militar en atención a sus creencias.9
Y todo ello porque, así como hoy en día los
pueblos primitivos desconocen en sus creencias la pretensión de exclusividad de
un «ser superior», también el helenismo antiguo era característicamente
tolerante. En el politeísmo, ninguna divinidad puede pretender la exclusiva.
Los cultos autóctonos se fundían sin inconvenientes con los importados. En el
panteón antiguo predominaba una especie de colegialidad o compañerismo
amigable; los fieles podían rezarle al dios que prefiriesen, creían reconocer a
dioses propios bajo las apariencias de los ajenos, y desde luego no se
molestaban en tratar de «convertir» a nadie. Dice Schopenhauer que la
intolerancia es una característica esencial del monoteísmo, que sólo el Dios
único es «por su naturaleza, un dios celoso, que no quiere consentir la
subsistencia de ningún otro. En cambio los dioses del politeísmo son por
naturaleza tolerantes; viven y dejan vivir, y en principio toleran a sus
colegas, los dioses de la misma religión. Más adelante, esa tolerancia se
extiende igualmente a las deidades extranjeras». A los paganos, la creencia en
un Dios único se les antoja pobreza de conceptos, uniformidad, desacralización
del universo, ateísmo. Nada más ajeno a su manera de pensar que la idea de que
los dioses de los extranjeros sean necesariamente ídolos; nada les suena tan
incomprensible como ese «no tendrás a otro Dios más que a Mí» de los judíos;
les extraña ese Dios que no deja de gritar «Yo soy el Señor», «Yo soy el
Señor», «Yo soy el Señor tu Dios», expresión que se repite hasta dieciséis
veces en el capítulo 19 del Levítico, por poner un ejemplo y no de los más
extensos. El paganismo no conoce nada comparable al pacto de sangre entre Yahvé
y su «pueblo elegido». Y nada excitaba tanto la antipatía contra los judíos
como el comportamiento de éstos en razón de sus creencias. León Poliakov ha
afirmado, incluso, que «nada, excepto sus prácticas religiosas».10
Interpretatio Christiana
Los cristianos, en quienes naturalmente los
judíos no veían otra cosa sino doctores del error, convirtieron la idea de
«Israel, pueblo elegido» en la pretensión de verdad absoluta del cristianismo y
el mesianismo judío en el mensaje de la segunda venida de Jesucristo; es éste
el primer paso importante en la evolución de la Iglesia primitiva, por el cual
el cristianismo se diferenció de su religión madre, la judía.
No los judíos, sino los cristianos pasaban
a ser ahora el «pueblo de Israel», del cual habían apostatado los judíos. De
esta manera, les arrebataron el Antiguo Testamento y lo utilizaron como arma
contra ellos mismos; extraordinario proceso de falsificación que recibe el
nombre de Interpretatio Christiana, fenómeno singular que no tiene antecedentes
en toda la historia de las religiones, y que es prácticamente el único rasgo
original del cristianismo. «Vuestras Escrituras, o mejor dicho, no vuestras, ¡sino
nuestras!», escribía Justino en el siglo II. Le consta a Justino que «aunque
las lean, no las entienden». Al sentido literal de las Escrituras oponían, en
una operación de exégesis que pone los cabellos de punta, un supuesto sentido
simbólico o espiritual, para poder afirmar que «los judíos no entendían» sus
propios textos sagrados. La Iglesia reivindicó lo que le convenía, las
alabanzas, las promesas, las figuras nobles o juzgadas como tales, en
particular las de los patriarcas y profetas, identificando con los judíos, en
cambio, a los personajes siniestros, los delincuentes, sobre quienes recaían
por consiguiente las amenazas bíblicas. Incluso enajenaron las «reliquias» de
los macabeos, conservadas desde el siglo II a. de C. en la gran sinagoga de
Antioquía, al declararlas cristianas; más aún, a finales del siglo IV, dichas
reliquias fueron trasladadas, con lo que los judíos quedaban en la
imposibilidad de rendirles culto. Y convirtieron la conmemoración judía en una
festividad del calendario cristiano, que subsiste hasta nuestros días.n
Los cristianos les arrebataron a los judíos
cuanto pudiera ser útil a la polémica antijudía. Como ironiza Gabriel Laub, el
cristianismo no habría sido posible «si hubiera existido en la época
veterotestamentaria algo parecido a la convención internacional de los derechos
de autor». En el siglo I, los cristianos hablaban ya de «nuestro padre Abraham»
y aseguraban que «Moisés, en quien tenéis puestas vuestras esperanzas, en
realidad es vuestro acusador». En el siglo II, la figura de Moisés les servía
para demostrar la solera y el prestigio de la cristiandad; y, finalmente, los
«caudillos de los hebreos» pasaban a ser, sencillamente, «nuestros primeros
padres».12
Todo esto, y más, ha sido estupendamente
sistematizado por la teología cristiana. El Antiguo Testamento era la
«Revelación primitiva», el anticipo de algo más grande que iba a producirse
después; la teología cristiana habla de un «motivo de teofanía». Si existe el
Antiguo Testamento, es para anunciar cosas que van a tener su cumplimiento en
el Nuevo; «el motivo de cumplimiento», en donde, naturalmente, todo aparece
«más diáfano», «más grande», «más completo», más todo: es el «motivo de
superación». Los aspectos que no acaban de cuadrar se modifican mediante el
«motivo de enmienda»; los que no cuadraban en absoluto, se eliminan: «motivo de
supresión»; y como los judíos eran lo que menos cuadraba, se les suprime por
«motivo de apostasía».13
Lo dicho: Interpretatio Christiana. Una
religión expropia a otra y luego insulta, combate, persigue a la religión
expropiada, y esto durante dos mil años.
Ello era necesario, porque en el
cristianismo, lo que no se retrotrae al paganismo pertenece, sin excepción, a
la fe judaica: su Dios, su monoteísmo, su liturgia en la parte no helenística
de la misma, la prohibición de que la mujer participe en el servicio de la
Palabra, el mismo servicio aludido, el Padrenuestro y otras muchas oraciones,
los ritos de anatema y excomunión (utilizados muy pronto y con frecuencia, pese
al mandamiento de amor al prójimo); ítem más, las legiones de los ángeles (que,
sin embargo, todavía en el siglo iv eran una creencia proscrita por la
Iglesia), herencia de un politeísmo antiguo, encabezadas por los arcángeles;
así como numerosas ceremonias, por ejemplo la imposición de las manos en el
bautismo o la ordenación; los días de ayuno, las festividades como la Pascua,
Pentecostés... Incluso la palabra Cristo (del griego christos) no es otra cosa
que una traducción del hebreo maschiah o «mesías».14
Y también las jerarquías del clero judaico,
la distribución en sumos sacerdotes, sacerdotes, levitas y laicos, sirvieron de
modelo estructurador de las primeras comunidades cristianas. Los paralelismos
son tan llamativos, que incluso han movido a buscar en la organización del
judaismo tardío el molde del catolicismo romano plenamente desarrollado.
La noción del dogma indispensable para la
salvación, la importancia concedida al magisterio de los obispos, tienen el
mismo origen. La administración de la caja eclesiástica fue organizada más o
menos como la del fondo sacro judío. Hasta las catacumbas cristianas seguían el
modelo de los cementerios subterráneos de los judíos. La teología moral
católica tiene sus antecedentes en la casuística de la doctrina moral de los
rabinos. O mejor dicho, la mayor parte de la moral cristiana es judía; Michael
Grant encuentra «el 90 % de ella en la del judaismo [...], incluido el
mandamiento del amor al prójimo; la novedad más llamativa que añade es el
mandamiento del amor al enemigo...», pero tampoco eso constituía una innovación
absoluta, ya que lo mismo encontramos entre los budistas, en Platón, en la
escuela estoica; incluso Jeremías e Isaías cantaban sus delicias: «Presentará
su mejilla al que le hiere; le hartarán de oprobios».15
Como bastardo, el cristianismo se
avergonzaba de sus orígenes, de su falta de originalidad. Y como, lógicamente,
los judíos no querían admitir que sus creencias hubiesen de subordinarse a la
interpretación cristiana, sino que pretendían seguir siendo el «pueblo elegido»
de Dios, los cristianos se dedicaron a atacarles..., con lo que se sumaban a la
misma misión que aquéllos, a la intolerancia salvaje de aquella deidad
primitiva de un pueblo nómada, uno de los ídolos más vengativos que haya
conocido la historia del mundo. Llevaron su agitación sobre todo a los círculos
previamente trabajados por la influencia judía, y alcanzaron «una parte
considerable» de sus primeros éxitos «a costa del judaismo» (Brox).16
Manifestaciones antijudías en el Nuevo
Testamento
El primero en marcar el tono fue Pablo, el
verdadero fundador del cristianismo. Aunque el apóstol, «siervo de Dios» como
él mismo se llamaba modestamente, supiera cantar al amor con acentos
arrebatadores, en realidad dedicó muchas más palabras al odio más encarnizado,
como han visto muchos, desde Porfirio, pasando por Voltaire, hasta Nietzsche y
Spengler. Así, se convirtió en un clásico de la intolerancia, un prototipo del
proselitismo, un creador genial de ese estilo ambiguo que oscila entre el
servilismo rastrero y la brutalidad más desvergonzada, y que hizo escuela sobre
todo entre los grandes de la Iglesia; agitador tan cerril y porfiado, que
durante el período nazi algunos teólogos cristianos hallaron paralelismos entre
las primitivas comunidades y «las centurias del ejército pardo de Hitler»,
llegando a soñar en unas «secciones de asalto de Cristo» (pero Goethe opinaba,
en cambio: «Si a san Pablo concedieran un obispado / de alborotador mudara en
barrigón tranquilo / lo niismo que con ceteri confratres ha pasado»).17
De esa guisa, Pablo (también los judíos
suelen considerarle creador del cristianismo) abrió el fuego contra los judíos
y no dejó de luchar contra ellos en toda su vida. Era aficionado a predicar en
las sinagogas, como viendo en ellas «el punto de partida y las bases» (Hruby)
de su misión. Para lo demás, consideraba que los cristianos, sobre todo los de
origen pagano, han pasado a constituir el verdadero pueblo de Israel;
esta afirmación aparece por primera vez en
la carta a los gálatas (6,16). Érgo prefiere solicitar a los gentiles, para que
«caídos los judíos» la salvación beneficie a aquéllos. En cuanto a los judíos
mismos, se sacude las ropas: «Caiga vuestra sangre sobre vuestras cabezas», y
prosigue: «Puro compareceré desde ahora ante los gentiles». «Los gentiles, que
no seguían la justicia, han abrazado la justicia»; los judíos, en cambio, «no
han llegado a la ley de la justicia». Es verdad que tienen celo de las cosas de
Dios, «pero no es un celo según la ciencia». Y «la mayor parte de ellos
desagradaron a Dios, y así quedaron muertos en el desierto».18
Como era de esperar, los judíos
contraatacaron. Este hecho fue muy destacado por los católicos alemanes en
tiempos de Hitler, por ejemplo en el libro Santa Patria alemana {Heilige
deutsche Heimat, con censura eclesiástica), que recuerda continuamente cómo los
judíos «calumniaron, maldijeron y persiguieron» a Pablo, esa «maravilla del
Espíritu y de la Gracia», cómo conspiraron contra él por ser «amigo de los
gentiles», cómo «planearon matarle» y «organizaron varios atentados contra él»,
«le expulsaron de las sinagogas como si fuese un apestado o un leproso», le
desterraron «a los lugares más inhóspitos bajo el cielo, a los bosques y a los
desiertos donde no viven más que las fieras», etcétera.19
En efecto, el apóstol fue azotado varias
veces por los judíos; se trataba de un tormento cruel, y que iba a tener un
gran porvenir durante la época cristiana. Muchas veces los azotes cortaban
«hasta tocar el hueso» y algunos supliciados no sobrevivían a semejante trato.
Por parte de Pablo era absurdo el intento de volver el Antiguo Testamento
contra los mismos judíos. Así, les echa en cara las persecuciones sufridas por
los profetas y la muerte de Jesucristo, argumento propagandístico este último
que iba a ser utilizado con mucho efecto por la Iglesia. En realidad, el tema
del pueblo deicida no fue más que «una argucia», no especialmente hábil, «para
echar sobre los judíos el peso de la responsabilidad por la ejecución de Jesús»
(Guignebert). Además, los acusa con carácter general de adúlteros, ladrones y
profanadores de templos. Afirma que la recaída en el judaismo sería tan grave
como volver a la idolatría. Los declara malditos «hasta el fin del mundo» por
el Nuevo Testamento; a decir verdad, el «heraldo amabilísimo del Evangelio»
(según el católico Walterscheid) utilizó las mismas expresiones estereotipadas
que los antisemitas de la antigüedad y afirmó que todo el patrimonio espiritual
y religioso de los judíos no era nada más que «inmundicia» .20
En los Hechos de los Apóstoles quedan
señalados una y otra vez como «traidores y asesinos»; en la Carta a los Hebreos
como gente que ha «lapidado, torturado, aserrado, matado a espada». El
Evangelio de Juan, que es el texto más antijudío de la Biblia, nos los presenta
más de cincuenta veces como enemigos de Jesús. Son casi continuas las
conspiraciones contra su vida; aparecen como paradigmas de la maldad e hijos
del demonio. El antijudaísmo fue el leitmotiv de este evangelista, y la
consecuencia una visión sin matices, todo blanco o todo negro: a un lado los
hijos de Dios, la luz, la verdad, la fe, al otro los hijos de Satán, la
oscuridad, la mentira, la «herejía». «Jamás se formuló juicio tan severo contra
el judaismo en general», escribió en 1928 el teólogo Weinel. En el Apocalipsis
los llama «sinagoga de Satanás».21
De Pablo, de Juan y demás inspirados de la
Biblia tomaron, pues, los padres de la Iglesia lo que les convino. Desde el año
70, judíos de la diáspora y cristianos viven separados en todas partes, y crece
la polémica antijudía.22
El antijudaísmo en la Iglesia de los siglos
II al IV
La hostilidad creciente contra los judíos
en tiempos del cristianismo primitivo se observa en los escritos de iospatres
aevi apostolici, es decir, de los padres apostólicos, designación ésta creada
por la patrística del siglo XVII para referirse a los autores que vivieron poco
después que los apóstoles: «Cuando la tierra todavía estaba caliente de la
sangre de Cristo», según la expresión de san Jerónimo.
De ellos sólo conocemos bien a uno,
Ignacio, obispo de Antioquía de Siria, que escribió, a comienzos del siglo n,
varias epístolas contra los judíos. «Cuando alguien venga a predicaros de cosas
de judíos, no le escuchéis», exhorta Ignacio, porque las doctrinas del judaismo
son «falsas y erróneas», «astucias», «consejas de viejos, que de nada sirven»,
«falacias que son como columnas funerarias y cámaras sepulcrales». Los judíos
«no han recibido la gracia», al contrario, persiguieron a los «profetas inspirados
por el Señor». «Apartad de vosotros la levadura que se ha corrompido...».23
Toda la literatura cristiana, siguiendo la
línea que empieza a marcar el Nuevo Testamento, vilipendia a los judíos
llamándolos asesinos de profetas..., como si aquéllos no se hubieran dedicado a
otra cosa; sin embargo, de los numerosos profetas citados en el Antiguo
Testamento, sólo dos fueron efectivamente asesinados,24 mientras que Elias,
según la Biblia, hizo degollar a 450 sacerdotes de Baal, como ya hemos visto.
La carta de Bernabé, originaria de Siria
hacia el año 130, muy apreciada por la Iglesia antigua y que figuró durante
algún tiempo entre los textos de lectura obligada, les niega a los judíos sus
Sagradas Escrituras diciendo que no las entienden, «porque se dejan persuadir
por el ángel del mal». En cambio, el autor de la epístola, un pagano converso y
visiblemente iluminado, ofrece pruebas de una comprensión muy superior. Al
glosar, por ejemplo, la prohibición de comer carne de liebre, explica que va
contra la pederastía y similares, porque la liebre renueva el ano todas las
temporadas y «tiene tantos orificios cuantos años ha vivido». Tampoco quiere
admitir el desconocido autor que los judíos tengan algún tipo de alianza con el
Señor, puesto que se hicieron indignos de ello «a causa de sus
prevaricaciones». Al fin y al cabo, Cristo vino al mundo «para que fuese
colmada la medida de los pecados de quienes habían perseguido a sus profetas
hasta la muerte», por lo que Jerusalén e Israel estaban «condenados a desaparecer».25
San Justino, importante filósofo del siglo
II, se manifiesta (lo mismo que Tertuliano, Atanasio y otros) muy complacido
con la terrible destrucción de Palestina a manos de los romanos, la ruina de
sus ciudades y la quema de sus habitantes. Todo ello lo juzga el santo como un
castigo del cielo, «lo que os ha sucedido, bien empleado os está [...], hijos
desnaturalizados, ralea criminal, hijos de ramera». Y no acaban ahí las
invectivas del «suavísimo Justino» (Harnack), cuya fiesta figura adscrita al 14
de abril por disposición de León XIII (fallecido en 1903); dicho santo dedica
muchos otros epítetos a los judíos: los llama enfermos de alma, degenerados,
ciegos, cojos, idólatras, hijos de puta y sacos de maldad. Afirma que no hay
agua suficiente en los mares para limpiarlos. Este hombre, que según el exégeta
Eusebio vivió «al servicio de la verdad» y murió «por anunciar la verdad»,
afirma que los judíos son culpables de todas las «injusticias que cometen todos
los demás hombres», calumnia en la que no cayó ni siquiera Streicher, el
propagandista de Hitler. Sin embargo, vemos que el prior benedictino Gross no
dice ni una sola palabra acerca del antijudaísmo de Justino en el
correspondiente artículo del Lexikonfür Theologie und Kirche, de 1960. En
cambio, el mismo autor figura en un libro de texto, la Historia de la Iglesia
antigua de 1970, como «personaje ejemplar».26
A finales del siglo II, Melitón de Sardes
(poco después colocado por su colega Polícrates de Efeso entre las grandes
estrellas de la Iglesia en el Asia Menor) escribe un sermón terrible. Una y
otra vez fustiga la «ingratitud» de los judíos, y lanza de nuevo «la terrible
acusación del deicidio [...] entendido como una culpa hereditaria» (según el
católico Frank).
Israel nación ingrata...,
tesoros de gracia recibiste
y los pagaste con negra ingratitud,
devolviendo mal por bien,
tribulaciones por alegría,
¡muerte por vida!
Tú debías morir en su lugar.
Mas no fue así, truena la voz del
predicador «universalmente reconocido como uno de los profetas que recibieron
aún los últimos fulgores del cristianismo primitivo» (Quasten), conservada en
un papiro manuscrito cuyo contenido no fue publicado hasta 1940:
¡Mataste a Nuestro Señor en medio de
Jerusalén! Oídlo todas las generaciones y véalo:
«Se ha cometido un crimen inaudito»...27
A comienzos del siglo III, el obispo romano
Hipólito, discípulo de san Ireneo y padre de la «católica Iglesia primitiva»,
redactó un panfleto venenoso, Contra los judíos, llamados «esclavos de las
naciones», y pide que la servidumbre de este pueblo dure, no setenta años como
el cautiverio de Babilonia, no cuatrocientos treinta años como en Egipto, sino
«por toda la eternidad». San Cipriano, que fue un hombre muy rico, retor y
obispo de Cartago en el año 248 después de divorciarse de su mujer, se dedicó a
coleccionar aforismos antijudíos y suministró así munición a todos los
antisemitas cristianos de la Edad Media. Según las enseñanzas de este célebre
mártir, caracterizado por su «indulgencia y cordial hombría de bien» (Erhard),
los judíos «tienen por padre al diablo»; exactamente lo mismo que decían los
rótulos de los escaparates en la redacción del Stürmer, el periódico de
agitación de las SS hitlerianas. El gran autor Tertuliano dice que las
sinagogas son «las fuentes de la persecución» (fontes persecutionum), olvidando
que los judíos no intervinieron en las persecuciones de los siglos u, III y IV
contra los cristianos. Lógico, porque tales reproches pertenecen al repertorio
habitual de la comunicación entre religiones, basada en la calumnia mutua.
Tertuliano también nos hace saber que los judíos no van al cielo, que ni
siquiera tienen nada que ver con el Dios de los cristianos, y afirma: «Aunque
Israel se lavase todos los miembros a diario, jamás llegaría a purificarse».
Incluso el noble Orígenes, pronto clasificado entre los herejes, opina que las
doctrinas de los judíos de su época no son más que fábulas y palabras hueras; a
sus antepasados les reprocha, una vez más, «el crimen más abominable» contra
«el Salvador del género humano [...]. Por eso era necesario que fuese destruida
la ciudad donde Jesús padeció, y que el pueblo judío fuese expulsado de su
patria». En la epístola de Diogneto, autor cuyo nivel intelectual y dominio de
la lengua tiene en mucha estima la teología actual, hallamos asimismo las burlas
usuales contra las costumbres de los judíos y la caracterización de éstos como
estúpidos, supersticiosos, hipócritas, ridículos, impíos; en una palabra,
«establece todo un catálogo de vicios judaicos» (C. Schneider).20
Con el aumento del poder del clero en el
siglo IV, también creció la virulencia del antijudaísmo, como ha observado el
teólogo Harnack. Cada vez es más frecuente que los «padres» se dediquen a
escribir panfletos Contra judíos. Algunos de los más antiguos se han perdido;
nuestras referencias empiezan con los de Tertuliano (otro que luego se descolgó
de la Iglesia oficial), Hipólito de Roma, y una serie de doctores de la
Iglesia, desde san Agustín hasta san Isidoro de Sevilla en el siglo vil. Los
opúsculos antijudíos se convierten en literatura de género dentro de la Iglesia
(Oepke).29
Gregorio Niseno, aun hoy celebrado como
gran teólogo, condenó a los judíos en una sola letanía, donde los llama
asesinos de Dios y de los profetas, enemigos de Dios, gente que aborrece a
Dios, que desprecia la Ley, abogados del diablo, raza blasfema, calumniadores,
ralea de fariseos, pecadores, lapidadores, enemigos de la honradez, asamblea de
Satán, etcétera. «Ni siquiera Hitler formuló contra los judíos más acusaciones
en menos palabras que el santo y obispo de hace mil seiscientos años», alaban
unos «católicos estrictos» en un panfleto de varios cientos de páginas. ..,
contemporáneo del Concilio Vaticano II, por cierto.30
San Atanasio, «una de las figuras más
importantes de la historia de la Iglesia», un «emisario de la divina
Providencia» (Lippl), no sólo atacó durante toda su vida a los paganos,
llamándoles «herejes», sino también a los judíos, cuya «contumacia», «locura»,
«necedad» según él, provienen directamente «del traidor Judas, que era uno de
ellos». «Los judíos han perdido el sendero de la verdad», «babean de frenesí
[...] más que el mismo demonio», «han recibido el justo castigo de su
apostasía, pues además de su ciudad perdieron también el sentido común».31
En Eusebio, obispo de Cesárea e historiador
de la Iglesia, hallamos frecuentes alusiones, no exentas de complacencia, al
sino de los judíos, insistiendo en que «en tiempos de Pilatos y con el crimen
contra el Salvador comenzó la desgracia de todo el pueblo» que, a partir de
entonces, «en la ciudad y en toda Judea no quieren acabar las insurrecciones,
las guerras y los atentados» y que, «cuando nuestro Salvador hubo subido al
cielo, ellos aumentaron sus culpas con los crímenes inenarrables que cometieron
contra sus apóstoles»: lapidación de san Esteban, decapitación de Santiago,
«tribulaciones sin cuento» de los demás apóstoles..., «por lo que finalmente
cayó el castigo de Dios sobre los judíos, por sus muchas prevaricaciones [...],
quedando borrada de la historia humana, de una vez por todas, esa ralea de
impíos».32
Todo ello, el giro antijudío de la
interpretación teológica de la historia, el triunfo sobre las «iniquidades» de
los judíos, su «desgracia sin parangón», sus «continuas tribulaciones», su
«miseria sin redención posible», las «hecatombes de judíos» en que «hasta
treinta mil de ellos perecieron pisoteados» o «por el hambre y la espada [...]
hasta un millón y cien mil judíos», la satisfacción con que se comentan «las
terribles desventuras» de los deicidas, no dejaría de influir en los primeros
emperadores cristianos, cuyo favor supo ganarse muy pronto el obispo e
influyente consejero Eusebio. No es casual la orientación cada vez más
antijudía de las leyes romanas a partir del mismo Constantino.33
Efrén, doctor de la Iglesia y antisemita
San Efrén (306-373), merecedor del más alto
título de la Catholica, «cítara del Espíritu Santo», «mansedumbre», «hombre de
paz en Dios», fue uno de los más encarnizados enemigos de los judíos de todas
las épocas. El, que descendía de una familia cristiana y que ya de niño dio
muestras de un carácter ofensivo y brutal, como demostró apedreando durante
varias horas la vaca de un pobre hasta matarla, más tarde hizo gala del mismo
talante en su polémica contra los judíos. Este profesor de la academia cristiana
de Nisibis, en el país de los dos ríos, es decir entre el Tigris y el Eufrates,
los apostrofó de canallas y serviles, dementes, servidores del demonio,
criminales, sanguinarios incorregibles y «noventa y nueve veces peores que
cualquier no judío». A los «deicidas», el doctor de la Iglesia prefería
contemplarlos como simples asesinos. Este santo antisemita, por otra parte, fue
el autor de los cánticos más antiguos de la Iglesia, «el primer cantor de
villancicos de la Cristiandad». Formó un coro de voces femeninas que recorría
los templos de toda el Asia Menor interpretando una versión musical de la
Historia Sagrada compuesta por él «y que se entendía sin necesidad de mayores
explicaciones» (Hmmeler, católico).34
Tampoco hacían falta muchas explicaciones
para entender que a san Efrén no le gustaban los judíos. Este autor, cuyos
méritos la Iglesia juzgó tan importantes que los conmemoró por duplicado (el 28
de enero la Iglesia oriental, el 18 de junio la occidental), jamás se cansó de
comparar la pureza radiante del catolicismo y de los profetas con «la necedad»,
«el hedor» y «los asesinatos» del pueblo judío. «Salud a ti, noble Iglesia. Que
todos los labios pronuncien tu elogio, tú que eres libre [,..] del hedor de los
apestosos judíos». Según asegura Efrén (cuya proclamación como doctor ecciesiae
data de 1920), el pueblo judío «intenta contagiar a los sanos sus antiguas
enfermedades; con la cuchilla, el cauterio y la medicina que requerían sus
propios males intenta descuartizar los miembros llenos de salud [...]. El
esclavo embrutecido intenta colocar sus propias cadenas a los hombres
libres».35
Con insistencia sugiere «el admirable
Efrén» (Teodoreto), «el gran clásico de la Iglesia siria» (Altaner, católico)
que, si el pueblo judío mató a los profetas y mató también a Dios, ¿qué otros
crímenes no cometerá? «Demasiada sangre ha derramado; ya no dejará de hacerlo,
sólo que antes mataba en público y ahora asesina en secreto [...] ¡Huye de él
[del pueblo judío], desgraciado, porque no ansia otra cosa sino tu muerte y tu
sangre! Si quiso que cayera sobre él la sangre de Dios, ¿piensas que temerá derramar
la tuya? [...] A Dios clavaron en una cruz [...];
los profetas fueron degollados como
corderos [por ellos]. Matarifes se hicieron cuando vinieron médicos a sanarlos.
¡Corre, huye, busca refugio en Cristo, aléjate de esa nación enloquecida! [El
Hijo de Dios] visitó a los descendientes de Abrahán, pero los herederos se
habían convertido en asesinos».36
El Lexikonfür Theologie una Kirche (Roma,
1959), recopilado por el teólogo y padre benedictino Edmund Beck, ha dedicado a
Efrén un artículo relativamente largo, pero no dice ni media palabra del
furioso antisemitismo del santo varón.37
Juan Crisóstomo, doctor de la Iglesia y
antisemita
Más furibundo que Efrén en sus ataques
contra los «miserables, inútiles judíos», desde el siglo vi Juan Crisóstomo
mereció a pesar de ello, ya que no precisamente por ello, el epíteto de
chrysostomos, que significa «boca de oro»; desde el vil se le añadió el
predicado de «sello de los padres», es decir, que su palabra era siempre la
última y definitiva.38
En muchos escritos y en ocho largos e
incendiarios sermones, de los que prodigaba hacia los años 386 y 387 en su
ciudad natal de Antioquía ese predicador de insignificante apariencia,
enfermizo, dotado de poca voz pero muy popular («predicar me sana» decía),
pocos crímenes o vicios quedaron pendientes de ser atribuidos a los judíos.
(Uno de sus sermones, en el que, para empezar, presumió de haber alcanzado ya
su objetivo de confundir a los judíos y taparles la boca, fue tan largo que el
orador terminó completamente afónico..., pero reanudó la lucha al día
siguiente, fiesta de las expiaciones por cierto.)39
Hijo de un alto oficial y ex jurista, como
predicador considera que la función del sermón estriba sobre todo en
«reconciliar», en «consolar», puesto que las Escrituras en sí sólo contienen
«consolaciones»; pero en lo tocante a los judíos no deja de fustigar «el
sentido homicida» de los mismos, su «carácter asesino y sanguinario». Así como
ciertos animales tienen veneno, explica Crisóstomo, «igualmente vosotros y
vuestros padres estáis llenos de afán de matar». En particular, los judíos
contemporáneos de Jesús «cometieron los mayores pecados», estaban «ciegos»,
carecían de «escrúpulos de conciencia», «maestros de iniquidades», afectados de
una «especialísima corrupción del alma», «parricidas y matricidas». Ellos
«mataron a sus maestros con sus propias manos», lo mismo que hicieron con
Cristo, «crimen capital» ante el que «palidecen todas las demás abominaciones»,
y por el que recibirán «un castigo terrible». Serán «proscritos», pero no
«según las leyes habituales de la historia universal», sino que será «una venganza
del cielo», una «venganza más insoportable, más terrible que ninguna de las
conocidas hasta ahora, sea entre judíos o en otros confines del mundo».40
El patrón de los predicadores, cuyas obras
(dieciocho tomos de la Patrología Graeca de Migne) han merecido en el siglo XX,
y por parte del benedictino Crisóstomo Baur, la calificación de «mina
inagotable», «unión perfecta y ejemplar del espíritu cristiano con la belleza
helénica en las formas», dedica a los judíos epítetos tales como diabólicos,
peores que los sodomitas, más crueles que las fieras. Contra ellos, cuyos
cultos y cuya cultura ejercían precisamente gran influencia sobre los
cristianos de Antioquía, lanza reiteradas acusaciones de idolatría, además de
tratarlos de estafadores, ladrones, epulones y lujuriosos. Los judíos viven
sólo para su barriga, sus instintos y sólo entienden de comer, beber y abrirse
las cabezas los unos a los otros. «En su desvergüenza son peores que los cerdos
y los cabrones.» O como dice Baur: «Sus sermones suelen ser de estilo
dialogante, pero noble y elevado». Crisóstomo, cuyos escritos son más
difundidos y leídos que los de ningún otro doctor de la Iglesia, difama a los judíos
más gravemente que ninguno de sus predecesores; el «más grande hombre de la
Iglesia antigua» (Theiner), que se lamentó alguna vez de que «no hay nada más
duro de sobrellevar que los insultos», enseñó que no se debe tener trato con
demonios ni con judíos, que éstos no eran mejores que «los puercos y los machos
cabríos», «peores que todos los lobos juntos» y que mataban a sus hijos con sus
propias manos; aunque de esto último hubo de retractarse más adelante, y dijo
que, aunque ya no acostumbraban matar a sus propios hijos (!), sí habían matado
a Cristo y eso era mucho peor. «Los judíos reúnen el coro de los libidinosos,
las hordas de mujeres desvergonzadas, y todo ese teatro junto con sus
espectadores lo llevan a la sinagoga. Así pues, no hay ninguna diferencia entre
la sinagoga y el teatro. Pero la sinagoga es más que un teatro, es una casa de
lenocinio, un cubil de bestias inmundas, una madriguera del diablo. Y las
sinagogas no son el único refugio de ladrones, mercaderes y demonios, porque lo
mismo son las almas de los judíos.» Aconseja a los cristianos que no consulten
a médicos judíos, «antes morir», que se alejen de todos los judíos «como peste
y plaga del género humano que son». Y puesto que los judíos «pecaron contra
Dios», su servidumbre «no conocerá fin», muy al contrario, «se agravará día
tras día».41
Casi palidece un Streicher en la
comparación con este «predicador de la gracia divina» (Baur). Pero incluso
después de la segunda guerra mundial se le certifica su «grandeza», su
«humanidad», su «humor suavísimo, que exhala un aroma como a rosas» (Anwander),
así como «la viveza cordial del lenguaje», que todavía «dice cosas al hombre
moderno que le tocan de cerca» (Kraft); o que las homilías de Juan «en parte se
leen todavía hoy como sermones cristianos, caso seguramente único en toda la
Antigüedad helénica» (V. Campenhausen); mientras que Hümmeler, en tiempos de
Hitler, no lo olvidemos, «nuestra agitada época», le alaba su «elocuencia
arrebatadora» y su «tremenda capacidad de sugestión sobre las almas».42
Con extraordinaria insistencia vuelve Juan
Crisóstomo sobre el tema de la eterna servidumbre de los judíos, y abunda, de
acuerdo con Pablo o los profetas, en lo de los «castigos más graves» por la
incredulidad de los judíos. Incluso cuando Pablo todavía busca razones para
«presentar la cuestión bajo una luz más benigna», Juan constata, satisfecho,
que «no las encuentra, tal como están las cosas, e incluso lo que dijo de ellos
sirve de acusación todavía más grave» y supone «una nueva condena contra los judíos»,
«un golpe». Y la maldición del profeta: «Oscurézcanse sus ojos de tal modo que
no vean, y haz que sus espaldas estén cada vez más encorvadas hacia la tierra»,
apenas merece comentario alguno para el santo, pues: «¿Cuándo ha sido tan fácil
como ahora capturar a los judíos y hacerlos prisioneros? ¿Cuándo había
encorvado tanto el Señor sus espaldas? Y lo que es más, que no habrá tampoco
redención de estos males para ellos». '3
¿Cuándo ha sido tan fácil como ahora
capturar a los judíos y hacerlos prisioneros? ¿No es eso invitar a la
persecución, a la caza contra los judíos? Para Juan, «gran luminaria del orbe
terrestre» (Teodoreto), los judíos son «como los animales, que no tienen uso de
razón», «llenos de embriaguez y de gula [...], de extrema perversidad, [...] no
quieren doblar la cerviz al yugo de Cristo ni tirar del arado de la Doctrina
[...], pero tales bestias, que no sirven para el trabajo, sólo son útiles para
el matadero. Y así ha sucedido con ellos, que habiendo resultado inútiles para
el trabajo se les ha destinado al matadero. Y por eso ha dicho Cristo:
"pero en orden a aquellos enemigos
míos, que no me han querido por rey, conducidlos acá, y quitadles la vida en mi
presencia" (Le. 19,27)».44
Con razón dice Franz Tinnefeid que resulta
difícil no ver en estas palabras «la invitación al genocidio contra los
judíos». Y considera «muy probable, aunque no demostrable» que hubiese una
relación entre estos sermones odiosos y las actividades antijudías en la parte
oriental del imperio. En sus sermones antisemitas, Juan, con metódica perfidia,
pone siempre en boca del «Cristo» palabras que en su intención eran
metafóricas, entresacándolas arbitrariamente de las parábolas, como en la de
las diez minas, que acabamos de citar, donde no es Cristo quien habla sino el
supuesto rey dirigiéndose a sus siervos.45
Es también característica la reiteración de
Crisóstomo sobre los «vicios antiguos» de los judíos; en lo tocante a vicios
actuales, poco tenía que enseñar a sus ovejas, ni habrían salido moralmente
aventajadas en la comparación con los judíos. De los judíos del pasado sí podía
decirse que vivían «en la impiedad y en el pecado, sin omitir los más graves
[...], adoraron el becerro de oro [...] y profanaron el Templo», que
«degollaron profetas y derribaron altares»; en una palabra, que el judaismo
había «descendido a todo género de aberraciones [...] hasta la saciedad».46
Y es que la realidad era bastante distinta,
y no poca la influencia de los judíos en una ciudad como Antioquía, capital
oriental del imperio, donde la comunidad judía era especialmente numerosa; se
consultaba a sus médicos, se celebraban sus fiestas, se bailaba a pies
descalzos con los judíos en el mercado, se respetaban sus ayunos, se juraba por
los libros santos de la Sinagoga, se solicitaba la bendición al rabino, y quizá
fue esto último lo que más molestó a Crisóstomo, que escribe: «Es extraño, pero
aunque han cesado las abominaciones, el castigo se ha multiplicado y no cabe
esperar que muden las cosas. No setenta años, no cien ni doscientos, sino
trescientos y muchos más vienen durando sin que se atisbe ni una sombra de
esperanza. Y eso que ahora no adoráis a los ídolos ni hacéis ninguna de las
cosas que antes osabais. ¿Cómo se explica esto? [...] Os lo había anunciado el
Profeta cuando dijo que vuestras espaldas estarían cada vez más encorvadas
hacia la tierra». Esto significaba, según el «boca de oro», la «interminable
prolongación de las penalidades» y la «miseria sin fin».47
Los santos Jerónimo e Hilario de Poitíers,
antisemitas
No es menor el odio antijudío que destila
el cálamo (bastante venenoso por otra parte) de otro doctor de la Iglesia,
Jerónimo, que por cierto tuvo bastante participación en el mísero final de Juan
Crisóstomo a manos de su principal enemigo, a lo que contribuyó prestando
«servicios de esbirro», como ha escrito Grützmacher.
El antijudaísmo de Jerónimo se halla sobre
todo en sus exégesis bíblicas, y principalmente en el comentario al libro del
profeta Isaías; la obra es de tono agudamente polémico y abunda en sarcasmos
contra las esperanzas de futura grandeza terrenal de los judíos (y de paso
contra los cristianos quiliastas, a los que tiene por «medio judíos» y «los más
miserables de entre los humanos»), que esperaban el milenio de Cristo en la
tierra y el reinado de la justicia y la felicidad en este mundo, por más que tal
creencia estuviese entonces muy difundida en la cristiandad antigua y la
hubiesen compartido, entre otros, Ireneo, Tertuliano, Victorino de Poetavium y
Lactancio. Una vez más, los judíos no supieron leer sus propios libros
sagrados, según Jerónimo, que se burla de ellos, los ridiculiza y desprecia por
considerar mentirosa toda su escatología. No anda corto en elocuentes elogios
al triunfo de la cristiandad sobre los judíos, si bien éstos aún podían
maldecir a los cristianos, bajo el nombre de nazarenos, tres veces al día, en
sus sinagogas. Fustiga su altanería y en particular su avaricia, y tan grande
es su aborrecimiento que ni siquiera quiere conceder la conversión de Israel al
final de los tiempos, en la que incluso Pablo había creído.48
Jerónimo no quiere desaprovechar ocasión,
ni en su correspondencia con Agustín, también adversario decidido de los
judíos, para manifestar su aversión llamándolos «ignorantes» y «malvados»,
además de «blasfemos contra Dios».
Agustín es aleccionado en los términos
siguientes: «Ante Jesucristo nada vale la circuncisión ni el prepucio...», o
cuando se afirma: «Los usos y las costumbres de los judíos son la perdición y
la muerte para los cristianos; cristiano judío o de origen pagano, el que los
guarda reo es del demonio». ¿Acaso no se trata aquí de asuntos «de las
sinagogas de Satanás»?49
En Occidente, san Hilario de Poitiers,
vastago de noble familia gala (hacia 315-367), «combatiente del más inflamado
amor a Cristo y de la más apasionada fe en Cristo» (Antweiler), se niega a
comer en la misma mesa que un judío, le niega incluso el saludo. Y aquel rico
perverso de la Biblia, aquel famoso tirano y traidor cuya ruina profetiza el
salmo 52, según Hilario no es otro sino el pueblo judío, que poseído por
Satanás sólo puede hacer las obras del mal. «No son hijos de Abraham ni hijos
de Dios, sino de la estirpe de la serpiente, y siervos del diablo [...], hijos
de una voluntad satánica.» Y atendido que no existe para ellos la posibilidad
de justificación, «es necesario tacharlos del libro de la vida». Únicamente los
arríanos serían enemigos más grandes de Cristo, según Hilario, «Atanasio de
Occidente» como le llaman, en lo que aciertan por más motivos de los que se
suele pensar, cuyos méritos fueron todavía más grandes como «azote de herejes»
y le valieron, en 1851, el título de doctor de la Iglesia, el más alto honor
para un creyente de la fe católica, como se sabe, y que sólo dos de los papas
han merecido.50
Del antijudaísmo de otros grandes
patriarcas occidentales, como Ambrosio y Agustín, tendremos ocasión de tratar
más adelante.
Sobre la inquina antijudía del cristianismo
primitivo apenas hay lugar para la exageración. En 1940, en plena época
hitleriana, Cari Schneider confiesa que «pocas veces en la historia se
encuentra un antisemitismo tan decidido y tan intransigente [...] como el de
aquellos primeros cristianos». Ello fue obra, sobretodo, del clero, al que
escuchaba el pueblo (y pronto sería escuchado por otros) mucho más que ahora, y
cuyos sermones encontraban un ambiente bien distinto de la indiferencia
soñolienta de nuestros días.51 Ya Pablo de Samosata, gran vividor y desde el
año 260 obispo de Antioquía, censuraba a los que guardaban silencio durante los
sermones. Era cuestión de aplaudir como en el circo y el teatro, de hacer volar
pañuelos; los gritos, las pataletas, el ponerse en pie de un salto eran gestos
habituales. En las catedrales resonaban las interpelaciones: ¡Campeón de la fe!
¡Decimotercer apóstol! ¡Anatema sea el que diga otra cosa! En las actuaciones
de Crisóstomo, sin ir más lejos, cuyas andanadas de odio aclamadas por el
público eran registradas simultáneamente por varios taquígrafos, el público
perdía la compostura hasta el punto de que el mismo orador se veía en la
obligación de reclamar orden diciendo que la casa de Dios no era un teatro, ni
el predicador un histrión. Sin embargo, a los demagogos eclesiásticos de la
época no dejaban de agradarles los aplausos, mendigados por algunos, como el
obispo Pablo, con latiguillos, o agradecidos por otros, como el monje Esquió de
Jerusalén, adulando a los oyentes. Tampoco Agustín era insensible a los
aplausos, de los que según decía sólo le molestaban los de los pecadores.52
Embustes antijudíos de la Iglesia y su
influencia sobre el derecho laico
En nuestro estudio hemos recopilado los
disparates antijudíos de la Iglesia antigua. Aunque los hemos citado en
extracto, vale la pena reproducir aquí por extenso un pasaje importante: «Los
judíos no son el pueblo de Dios, sino que descienden de unos egipcios leprosos;
el Señor los odia y ellos odian a Dios. No han entendido el Antiguo Testamento,
sino que lo han falsificado, y únicamente los cristianos conseguirán
restablecerlo. Los judíos no quieren espiritualidad, ni cultura, son el
paradigma del mal, hijos de Satanás, son indecentes, asedian a todas las
mujeres, son hipócritas, embusteros, y odian y desprecian a todos los no
judíos. Los cristianos suelen complacerse en señalar la dureza de los juicios
formulados por los profetas contra los mismos judíos». Y continuamos: «Los
judíos fueron los que crucificaron a Cristo; los Evangelios disculpan al
gobernador romano y acusan a los judíos; no fueron los soldados romanos, sino
los judíos quienes atormentaron a Jesús y se mofaron de él; en el Calvario, los
paganos se convierten mientras que los judíos continúan con sus burlas. Tal
como mataron a Dios, les gustaría matar a todos los cristianos, porque en todo
tiempo los judíos siguen siendo fieles a sí mismos». Los que así escribían no
eran fanáticos, sino gente instruida y distinguida, como Clemente de
Alejandría, Orígenes y Crisóstomo, entre los menos radicales. «[...] No puede
existir un compromiso entre judíos y cristianos, aunque aquéllos pueden prestar
a éstos servicios de esclavos. »53
Según la composición de lugar de los
doctores de la Iglesia primitiva, la influencia de cuyos tratados antijudíos
abarcó toda la Edad Media y llegó incluso hasta la moderna, los judíos debían
vivir dispersos por siempre jamás, errar por el mundo como apatridas, ser
esclavos de los demás pueblos. Que nunca vuelvan a construir su Templo en
Jerusalén, exige el doctor de la Iglesia Jerónimo; que nunca vuelvan a ser un
solo pueblo en un solo país, reclama el doctor de la Iglesia Crisóstomo; pero
que no desaparezcan del todo, pide Agustín, porque así servirán de testimonio
vivo de la «verdad» del cristianismo. Al contrario, la imprecación del pueblo
deicida, «caiga su sangre sobre nosotros y sobre los hijos de nuestros hijos»,
debe cumplirse en ellos hasta el fin de los tiempos.54
Desde comienzos del siglo IV, el
antijudaísmo de los primeros cristianos, hasta entonces sólo literario, empieza
a tomar cuerpo en los cánones eclesiásticos. Como ha señalado Poliakov, «para
los cristianos, el pueblo judío es criminal convicto».55
El alto clero empezó a destruir
sistemáticamente las relaciones entre cristianos y judíos, que hasta entonces
habían sido buenas por lo general, con el propósito de llegar a impedir todo
contacto social. El pueblo cristiano, como ha señalado el católico Kühner, «fue
inducido y azuzado por sus líderes eclesiásticos». En 306, el Sínodo de Elvira
prohibe bajo penas severísimas sentarse a la mesa con judíos, permitirles la
asistencia a la bendición de los campos, los matrimonios mixtos entre ellos y
los cristianos, e incluso amenaza con la excomunión el simple trato personal.
El Sínodo de Antioquía prohibió en 341 la celebración común de la Pascua; los
clérigos que infringieran la prohibición serían expulsados y desterrados. A
menudo Oastó la visita a una sinagoga para merecer la suspensión. Los decretos
sinodales antijudíos se hicieron cada vez más abundantes.56
La influencia de las leyes eclesiásticas
hizo que el derecho laico empezase a recoger también numerosas disposiciones de
marcada tendencia antisemita.
La religión judía, hasta entonces
permitida, se vio cada vez más perseguida y reprimida. En los decretos
imperiales se alude a ella llamándola «secta infame», «secta nefaria, iudaica
perversitas, nefanda superstitia»; los cultos fueron censurados y el proselitismo,
absolutamente prohibido. Es verdad que, a veces, algunos príncipes de los
paganos habían promulgado leyes antijudías; pero los emperadores cristianos las
renovaron drásticamente. En 315, Constantino hizo de la conversión al judaismo
un crimen capital; tanto el judío proselitista como el cristiano converso eran
reos de muerte. De manera similar perseguía el Estado cristiano los matrimonios
entre judíos y cristianos: a partir de 339, al contrayente judío, a ambos desde
388 en adelante. Los hijos de Constantino promulgaron la confiscación de bienes
de los cristianos que judaizaran, y castigaron con pena de muerte el casamiento
de judío con cristiana, así como la circuncisión de los esclavos. Poco a poco,
los judíos se vieron privados de los derechos comunes; se les limitó la
capacidad para testar, se les expulsó de numerosas profesiones, de los cargos
•palatinos, de la abogacía (es decir militia palatina y fogata}, del ejército,
disposición esta última que continuó en vigor hasta el siglo XIX y fue restablecida
por Hitler. En 438, fueron excluidos por decreto de todos los cargos públicos;
sólo podían acceder al decurionato, es decir, a cargos municipales y aun éstos
porque eran onerosos y muchas veces había que obligarles, «pues no pretendemos
hacer merced a esos individuos abominables, sino condenarlos» (Teodosio II).
Infracciones banales eran penadas con la confiscación de bienes o con la
muerte.57
De acuerdo con un estudio sistemático
reciente, a partir del siglo IV las medidas jurídicas tomadas por los
emperadores cristianos incluyen:
castigos arbitrarios, prohibición de la
trata de esclavos, expropiación de determinados esclavos, multas, trabas
legales para poder testar o contraer matrimonio, confiscación de bienes y pena
de muerte, esta última ya desde los tiempos de Constantino I, Constantino II y
Teodosio I. Según el Códex Theodosiano, los judíos son gente de vida equívoca y
de creencias equivocadas, desvergonzados, inmorales, repugnantes y sucios; sus
opiniones son contagiosas como la peste. «Este vocabulario de la difamación personal
penetra en la legislación romana después de Constantino, como demuestra la
comparación con el material conservado de los tres primeros siglos de nuestra
era» (Lengenfeid).58
A finales del siglo IV y principios del v
los emperadores se muestran más tolerantes con los judíos, a ratos, pero suelen
ser demasiado débiles para reprimir con eficacia los asaltos a las sinagogas,
los incendios y las usurpaciones a que se entregan cada vez más los cristianos.
En esta persecución de creciente violencia no dejarían de intervenir los
móviles económicos, y hasta cierto punto el racismo, pero el motivo principal
era el religioso. En toda la Antigüedad y durante la Alta Edad Media, las legislaciones
antijudías se justifican siempre por razones de religión. Escribe Harnack que,
según el parecer unánime de los autores cristianos del período patrístico,
«Israel había sido desde siempre la Iglesia diabólica».59
Pero diabólicos o endiablados lo eran ellos
mismos, los cristianos, incluso contra los hermanos separados de su misma fe,
como veremos.
CAPÍTULOS
PRIMERAS INSIDIAS DE CRISTIANOS CONTRA
CRISTIANOS
«¡Pluguiera a Dios que fuesen exterminados
los que os escandalizan!» SAN PABLO1
«Os prevengo contra las bestias en figura
humana.»
SAN IGNACIO2
«No sólo queremos levantar la bestia, sino
herirla por todas partes.» SANIRENEO3
«Pues todo aquel que no admite que Jesús se
nos apareció en carne y hueso es un Anticristo, [.. .1 es siervo del demonio,
[.. .1 es el primogénito de Satanás.»
SAN POLICARPO4
«Ningún hereje es cristiano. Pero si no es
cristiano, todo hereje es demonio.» «Reses para el matadero del infierno.»
SAN JERÓNIMO, DOCTOR DE LA IGLESIA5
«Pero si tomamos las armas los unos contra
los otros, estamos perdidos sin necesidad de que intervenga el demonio. Toda
guerra es funesta pero la guerra civil lo es más. Y la guerra entre nosotros
mismos es aún más funesta que una guerra civil.» SAN JUAN CRISÓSTOMO, DOCTOR DE
LA IGLESIA6
«Hablan en pro de sus religiones, no con la
mesura y la moderación que sus grandes maestros predicaron mediante la palabra
y el ejemplo, sino [...1 con acaloramiento tal, que no parece sino que no
tuviesen razón.»
LICHTENBERG7
«Apenas terminaron de predicar a Cristo, se
acusaron mutuamente de Anticristos [.. .1 y como es natural, en todas estas
disputas teológicas no había nada que no estuviese construido sobre el absurdo
y el engaño.»
VOLTAIRE8
Al igual que atacaron verbalmente a los
judíos (antes de pasar a verbis ad verbera, de las palabras a los golpes..., al
expolio, a la persecución generalizada y a las grandes matanzas), desde el
principio también riñeron los unos contra los otros hasta llegar a las manos,
lo que comenzó mucho más pronto de lo que generalmente se cree.
En los orígenes del cristianismo no existió
una «fe verdadera»
La Iglesia enseña que la situación
originaria del cristianismo era de «ortodoxia», es decir, de «fe verdadera»;
más tarde, aparecería la «herejía» (de aíresis == la opinión elegida),
entendida como el camino desviado, apartamiento respecto del recto camino
inicial. La noción de «herejía» existe ya en el Nuevo Testamento, pero adquiere
su significado peyorativo por obra del obispo Ignacio, en el siglo II, el mismo
que aportó la noción de «católico» decenios antes de que la Iglesia lo fuese
verdaderamente. Sin embargo, la palabra «herejía» no tenía en sus orígenes el
significado que luego se le atribuyó; para los autores bíblicos y demás judíos,
no se interpretaba en contraposición con el fenómeno de la ortodoxia, por otra
parte inexistente aún. En la literatura clásica se llamaba «herejía» a
cualquier opinión, grupo o partido científico, político o religioso. Poco a
poco, sin embargo, el término adquirió la connotación de lo sectario y
desacreditado.9
Ahora bien, el esquema «ortodoxia original
contra herejía sobrevenida», imprescindible para mantener la ficción
eclesiástica de una tradición apostólica supuestamente ininterrumpida y
guardada con fidelidad, no es más que un invento a posteriori y tan falso como
esa misma doctrina de la tradición apostólica. El modelo histórico según el
cual la doctrina cristiana, en sus comienzos, era la pura y verdadera, luego
contaminada por los herejes y cismáticos de todas las épocas, «la teoría del
desviacionismo, tan socorrida —como ha escrito incluso el teólogo católico
Stockmeier—, no se ajusta a ninguna realidad histórica». Tal modelo no podía
ser verídico de ninguna manera, porque el cristianismo en sus comienzos distaba
de ser homogéneo; existía sólo un conjunto de creencias y principios no muy
bien trabados. Aún «no tenía un símbolo de fe definido (una creencia cristiana
reconocida) ni unas Escrituras canónicas» (E.R. Dodds)10 Ni siquiera podemos
remitirnos a lo que hubiese dicho el propio Jesús, porque los textos cristianos
más antiguos no son los Evangelios, sino las Epístolas de Pablo, que por cierto
contradicen a los Evangelios en muchos puntos esenciales, para no mencionar
otros muchos problemas de bastante trascendencia que se plantean aquí.
Los primeros cristianos incorporaban no
una, sino muchas y muy distintas tradiciones y formas. En la comunidad
primitiva se registró al menos una división, que sepamos, entre los
«helenizantes» y los «hebraicos». También hubo violentas discusiones entre Pablo
y los primeros apóstoles originarios. Y muchas de las cosas que luego fueron
perseguidas y tenidas por diabólicas estaban más cerca de las creencias
originarias que la «ortodoxia», ésta sí establecida a posteriori. Las luchas
políticas por el poder en el seno de la Iglesia siempre utilizaron como
pretexto la teología, la fe supuestamente «verdadera», con objeto de combatir
mejor a los rivales. A veces intervinieron consideraciones de oportunidad, por
ejemplo cuando una creencia concreta predominaba en una región. En determinadas
zonas del Asia Menor, de Grecia, de Macedonia, pero sobre todo en Edessa, en
Egipto, desde el comienzo se predicó el cristianismo en variantes bastante
alejadas de lo que luego sería tenido por «la ortodoxia» y, sin embargo, en ninguna
de dichas regiones se dudaba de que aquello fuese el cristianismo legítimo. Y
los creyentes mirarían con igual orgullo y desprecio a los llamémosles
ortodoxos que éstos a ellos. Desde siempre toda tendencia, iglesia o secta,
tiende a considerarse como la «verdadera», la «única», el cristianismo
auténtico.n
Es decir, en los orígenes de la nueva fe no
hubo ni una «doctrina pura» en el sentido actual protestante, ni una Iglesia
católica. Era una secta judaica separada de su religión madre, el judaismo, el
segundo paso principal de cuya evolución fue su constitución en comunidades
cristianas bajo la dirección de Pablo, y no sin fuertes polémicas con los más
primitivos cristianos, los apóstoles oriundos de Jerusalén. Luego, durante la
primera mitad del siglo n, se constituyó la Iglesia de Marción, que llegó a extenderse
por todo el Imperio romano y seguramente sería más internacional que la
católica ortodoxa; ésta no empezó a cristalizar hasta la segunda mitad del
siglo y, salvo las creencias religiosas básicas, lo adoptó casi todo de
Marción, creador además del primer Nuevo Testamento.
Si hemos de creer a la communis opinio, la
Iglesia católica primitiva surgió entre los años 160 y 180. Las comunidades que
hasta entonces habían vivido con relativa independencia buscaron una
vinculación legal más estrecha, así como la unificación doctrinal, con objeto
de poder discriminar quién era «verdadero creyente» y quién no. Pero tampoco
estas Iglesias atesoraban una «ortodoxia» definida e invariable; reinaba por
aquel entonces una flexibilidad que hoy nos parece extraña. Pronto surgirían
«herejías» y «herejes» cada vez en mayor número y más frecuentes, pero no
procedentes del exterior «como quiere la leyenda» (V. Soden); el sentido del
movimiento herético era más bien de dentro hacia afuera. Al ser destruidos casi
todos sus escritos, apenas tenemos de estos primeros movimientos alguna noticia
parcial, deformada y, a menudo, totalmente falsa.12
A finales del siglo II, cuando se
constituyó la Iglesia católica, es decir, cuando los cristianos se hubieron
constituido en muchedumbre, como ironizaba el filósofo pagano Celso, empezaron
a surgir entre ellos las divisiones y los partidos, cada uno de los cuales
reclamaba una legitimidad propia, «que era lo que pretendían desde el primer
momento». «Y como consecuencia de haber llegado a ser multitud, se distancian
los unos de los otros y se condenan mutuamente; hasta el punto que no vemos que
tengan otra cosa en común sino el nombre [...], ya que por lo demás cada
partido cree en lo suyo y no tiene en nada las creencias de los otros.» A
comienzos del siglo III, el obispo Hipólito de Roma cita 32 sectas cristianas
en competencia que, hacia finales del siglo IV, según el obispo Filastro de
Brescia, alcanzaban el número de 128 (más 28 «herejías» precristianas). A falta
de poder político, sin embargo, la Iglesia preconstantiniana sólo podía
desahogarse verbalmente contra los «herejes», al igual que contra los judíos; a
la enemistad cada vez más profunda con la sinagoga, se sumaban así los
enfrentamientos cada vez más odiosos entre los mismos cristianos, debido a sus
diferencias doctrinales. Es más, para los doctores de la Iglesia tales
desviaciones constituían el pecado más grave, porque las divisiones, a fin de
cuentas, implicaban la pérdida de afiliados, la merma del poder. De tal manera
que en estas polémicas no se trataba de entender el punto de vista del
oponente, ni de explicar el propio, lo que tal vez hubiera sido inconveniente o
peligroso. Sería más exacto decir que obedecían al propósito «de aplastar al
contrario por todos los medios» (Gigon). «La sociedad antigua no había conocido
nunca este género de disputas, porque tenía de las cuestiones religiosas otro
concepto distinto y nada dogmático» (Brox).13
Primeros «herejes» en el Nuevo Testamento
Otra vez encontramos a Pablo, «el primer
cristiano, el inventor del cristianismo» (Nietzsche). Como judío, había sido un
espectador «complacido» de la lapidación de Esteban; más aún, solicitó al sumo
sacerdote un permiso especial para perseguir a los seguidores de Jesús más allá
de Jerusalén. «Iba asolando la Iglesia», «sacaba con violencia a hombres y
mujeres, y los hacía meter en la cárcel»; él mismo confiesa: «Yo perseguí a
muerte a los de esta nueva doctrina». Exagera, quizá, para hacer que pareciese
más grandiosa su conversión ulterior, aunque la descripción cuadra con lo que
sabemos de su carácter fanático.14
«El más noble entre los luchadores»
(Gregorio Nacianceno), el «atleta de Cristo» (Crisóstomo, Agustín), se describe
a sí mismo como espadachín «que no lanza tajos al aire»; sabemos también que
para él las situaciones se convierten pronto en «misiones estratégicas». Sus
escritos abundan en giros del lenguaje militar, y concibe toda su existencia
como militia Christi; sorprende hallar en germen la mayoría de los mecanismos
de que iban a servirse los futuros papas en su afán de llegar a dominar el
mundo, entre ellos, y no los menos importantes, su elasticidad, su oportunismo
para establecer pactos cuando no veía posibilidad de imponerse, su habilidad,
que le lleva a decir que los paganos recibieron la misma herencia; Pablo se
alaba por ser «el apóstol de los gentiles», sin perjuicio de recordar, cuando
más conviene, que «yo también soy de Israel», «somos por naturaleza judíos, que
no gentiles nacidos en el pecado». Lo que finalmente le conduce a declarar: «Lo
he sido todo para todos...», y: «Pero si la fidelidad de Dios con ocasión de mi
infidelidad se ha manifestado más gloriosa, ¿por qué razón todavía soy yo
condenado como pecador?».15
Pablo el fanático, el clásico de la
intolerancia, suministró el ejemplo del tratamiento que en adelante dispensaría
Roma a quienes no pensaran como ella, o mejor dicho, «su figura es fundamental
para entender el origen de ese género de polémica» (Paulsen).16
Así se demostró en sus relaciones con los
primeros apóstoles, sin exceptuar a Pedro. Antes de que la leyenda piadosa
fabricase la pareja ideal de los apóstoles Pedro y Pablo (todavía en 1647, el
papa Inocencio X condenaba por herética la equiparación de ambos, mientras que
hoy Roma celebra sus festividades el mismo día, el 29 de junio), los
partidarios del uno y el otro, y ellos mismos, se hostilizaban con furor;
incluso el libro de los Hechos de los Apóstoles admite que hubo «gran
conmoción». Pablo, pese a haber recibido de Cristo «el ministerio de predicar
el perdón», contradice a Pedro «cara a cara», le acusa de «hipocresía» y
asegura que con él eran igual de hipócritas «los circuncisos». Hace burla de
los dirigentes de la comunidad de Jerusalén, llamándolos «protoapóstoles», cuyo
prestigio según afirma nada le importa, puesto que no se trata sino de unos
«mutilados», «perros», «apóstoles de embustes». Lamenta la penetración de
«falsos hermanos», las divisiones, los partidos aunque se declarasen a su favor,
al de Pedro o al de otros. A sus adversarios les reprocha sus envidias, sus
odios y discordias, su confusión, sus persecuciones y maldiciones, así como la
falsificación de la fe, por todo lo cual los maldice reiteradamente. A la
inversa, la comunidad primitiva le reprochó esos mismos defectos y aun otros
más, incluida la avaricia, acusándole de estafa y llamándole además cobarde,
anormal y loco, al tiempo que procuraba la defección de sus seguidores.
Agitadores enviados por Jerusalén irrumpen en sus dominios, incluso Pedro,
llamado «hipócrita», se enfrenta en Corinto a las «erróneas doctrinas de
Pablo». La disputa no dejó de enconarse hasta la muerte de ambos y prosiguió
con los seguidores. En la Epístola a Tito, dice de «los circuncisos» (los
cristianos de origen judío) que son «desobedientes y embusteros», y que «es
menester taparles la boca», mientras que el Evangelio según Mateo
(judeocristiano) llama perros y cerdos a los no judíos.17
Como celebra con júbilo Orígenes, Dios
dispensa su sabiduría en cada palabra de las Escrituras.18
Las principales epístolas de Pablo, que
compara su misión con un pugilato y se concibe a sí mismo como «guerrero» de
Cristo, son en gran parte panfletarias. Los temperamentos fuertes como Apolo o
Bernabé prefieren alejarse; sólo aguantan a su lado los jóvenes como Timoteo,
los novicios como Tito, o los acomodaticios como Lucas.19
Porque Pablo, muy diferente en esto al
Jesús de los Sinópticos, sólo ama a los suyos. Overbeck, el teólogo amigo de
Nietzsche que llegó a confesar que «el cristianismo me ha costado la vida...,
porque he necesitado toda la vida para librarme de él», sabía muy bien lo que
se decía cuando escribió: «Todos los aspectos bellos del cristianismo se
vinculan a Jesús, y todo lo más desagradable a Pablo. Era la persona menos
indicada para entender a Jesús». A los condenados, ese fanático quiere verlos
entregados «al poder de Satanás», es decir, reos de muerte. Y la pena impuesta
al incestuoso de Corinto, que fue pronunciada, dicho sea de paso, con arreglo a
una fórmula típicamente pagana, debía provocar su aniquilación física,
semejante a los efectos letales de la maldición de Pedro contra Ananías y
Safira. ¡Pedro y Pablo y el amor cristiano! Quien predicase otra doctrina, así
fuese «un ángel del cielo», sea por siempre maldito. Y repite, incansable,
«¡maldito sea!», «¡quisiera Dios aniquilar a los que os escandalizan!»,
«maldito sea todo el que no ama al Señor», anatema sit que se convirtió en
modelo de las futuras bulas católicas de excomunión. Pero el apóstol habría de
dar otra muestra de su ardor, de la que también tomaría ejemplo la Iglesia (y
aun otros, como los nazis): en Éfeso, donde se hablaba «en lenguas» y donde
hasta las prendas interiores usadas por los apóstoles curaban enfermedades y
expulsaban demonios, muchos cristianos, quizá desengañados de la magia vieja en
vista de los nuevos prodigios, «hicieron un montón de sus libros, y los
quemaron a vista de todos; y valuados, se halló que montaban cincuenta mil
denarios. Así se iba propagando más y más, y prevaleciendo la palabra de Dios..
.».20
Desde el mismo Nuevo Testamento, temprano
espejo de gran número de tendencias rivales, menudean las condenas contra
«espíritus falaces y doctrinas diabólicas, enseñadas por impostores llenos de
hipocresía, que tendrán la conciencia cauterizada o ennegrecida por los
crímenes»; el que piensa de manera diferente es cubierto de dicterios de todas
clases: «Su palabra se multiplica como un cáncer», «viven pendientes de sus
bajas pasiones», «en el vértigo de los vicios infernales». Ya el Nuevo
Testamento identifica la herejía con la «blasfemia contra Dios», el cristiano
de otro matiz con el «enemigo de Dios»; ya los cristianos empiezan a llamar
«infieles» a otros cristianos, «esclavos de la perdición», «almas adúlteras y
corrompidas», «hijos de la maldición», «hijos del diablo», «animales sin razón
y por naturaleza creados únicamente para ser cazados y exterminados», en
quienes se quiere ver confirmado el dicho según el cual «el perro retorna
siempre a su propio vómito» y «el cerdo se revuelca en su propia inmundicia».
Ya se escuchan las primeras amenazas: «El Señor exterminó a los incrédulos», ya
se cita: «Mía es la venganza, dice el Señor».21
«La lectura de las Sagradas Escrituras es
de inapreciable utilidad —nos instruye Juan Crisóstomo—, porque eleva el alma
hacia el cielo.»22
La realidad es que las primeras muestras de
la intolerancia más extrema se encuentran ya en el Nuevo Testamento, que
prohibe incluso el trato con el díscolo, porque «esclavo es del pecado». Ni
recibirle en casa, ni ofrecerle el saludo, porque saludarle sería hacerse
cómplice de sus malvadas actividades, lo que equivale a prohibir toda relación,
y no iba a ser la última vez que se escuchase tal mandamiento. Según nos
instruyen las Escrituras: «Huye del hombre hereje, después de haberle corregido
una, y dos veces; sabiendo que quien es de esta ralea, está pervertido, y es
delincuente». Por lo que parece, ésta fue práctica habitual de los apóstoles,
quejosos de «los muchos crímenes que se dan entre cristianos» (J.A. y A.
Theiner); Policarpo de Esmirna da testimonio de que uno de los «padres
apostólicos», que en su juventud incluso había escuchado al mismo apóstol Juan
y luego había logrado «muchas conversiones de herejes», contaba que estando
Juan, el discípulo del Señor, en Éfeso, y disponiéndose a tomar un baño, vio
allí a Cerinto, por lo que salió de la casa exclamando: «¡Huyamos!, pues cabe
que la casa se hunda estando en ella Cerinto, el enemigo de la verdad».23
Esta historia se retrotrae a Ireneo, padre
de la Iglesia, aunque todavía hoy se discute quién debió ser el tal Cerinto; en
la tradición católica nos lo presentan como gnóstico, quiliasta y judaizante.
En cualquier caso, una de sus peores «herejías» estuvo en afirmar que Jesús «no
nació de una virgen», por parecerle a Cerinto que tal cosa era imposible, sino
que fue «hijo de José y de María» y, por tanto, igual a todos los demás
hombres, aunque «fuese superior a ellos en justicia, sabiduría y prudencia».24
Esto no parece del todo absurdo, y lo mismo
debió de parecer a muchos de los que lo oyeron en la Antigüedad. De manera que
ya entonces un «verdadero creyente» no podía bañarse en la misma casa que un
«hereje» sin incurrir en un peligro mortal, como quiere la leyenda, o la
«fábula» puesta en circulación por Ireneo, según Edward Schwartz «con refinada
mendacidad, para coronarse a sí mismo con la pequeña gloria de un discípulo
indirecto de los apóstoles...». El exégeta Eusebio, que repite la anécdota de
Ireneo, comenta que «los apóstoles y sus discípulos evitaban el trato con los
enemigos de la verdad hasta el punto que ni siquiera la palabra querían
dirigirles».25
Despreciadores de padres, de hijos, de
«falsos mártires» por amor de Dios
Estos comportamientos sí fueron respetados
siempre por la Iglesia, que sobre todo prohibió siempre la communio in sacris,
la oración en compañía de cristianos de otras confesiones, frecuentar sus
iglesias y oficios sagrados, el trato oficial con sus clérigos y, naturalmente,
la concurrencia a los sacramentos con los excomulgados. ¿No confesaba el propio
Pablo, hablando de «sus» comunidades, que «se muerden y devoran los unos a los
otros»? Según el Nuevo Testamento, incluso entre los «verdaderos creyentes» predominaban
las envidias y las disputas, reinaba «el malestar por toda clase de acciones
reprensibles», «riñas y pleitos»: «Matáis y ardéis de envidia».26
Con qué frecuencia se esgrimía ya la espada
que el mismo Jesús contribuyó a templar cuando invitaba a los hijos a
levantarse contra los padres, y a éstos contra los hijos, «y los enemigos del
hombre serán las personas de su misma casa». Cuántas escenas, discordias y
odios, sobre todo entre las capas más bajas e ignorantes, cuántas tragedias
hasta el día de hoy. Y cuántos fanáticos, devotos cerriles, envenenando
familias, invitando a denunciar a padres, esposos, esposas, fomentando la
inhumanidad, invitando al abandono de todos los vínculos sociales, al
aislamiento, al enclaustramiento en los monasterios: Crisóstomo condenó a todo
el que pretendiera disuadir a sus hijos de hacerlo. E incluso los esclavos
cristianos procuraban convencer a los jóvenes para que abjurasen de sus
creencias, desobedeciendo, si fuese necesario, a sus padres y maestros.27
Sin embargo, lo que más importaba a los
líderes de la Iglesia era la ingratitud, la desobediencia, la falta de
contemplaciones; o como dice Clemente de Alejandría: «El que tenga un padre, o
un hermano, o un hijo impío [...] no conviva ni ande de acuerdo con él, sino
que se disolverá el vínculo carnal a causa de la discordia espiritual [...].
Que Cristo sea en ti el vencedor». O como Ambrosio, doctor de la Iglesia: «Los
padres se oponen, pero es menester desoírlos [...]. Tú, doncella, debes superar
la obediencia infantil. El que vence a la familia ha vencido al mun; do». Según
Crisóstomo, doctor de la Iglesia, es lícito desconocer a los padres si ellos
quieren oponerse a que llevemos una vida ascética. Cirilo de Alejandría, doctor
de la Iglesia, prohibe el respeto a los padres, «cuando es inoportuno y
peligroso», es decir, «cuando por él peligra la fe». También es preciso que «la
ley del amor a los hijos y a los hermanos se incline y retroceda, [...] a fin
de cuentas, para el creyente la muerte es preferible a la vida».
Jerónimo, doctor de la Iglesia, se dirigía
a Heliodoro (el futuro obispo de Altinum, cerca de Aquilea), que regresaba de
Oriente movido por el cariño a su familia y, sobre todo, a su sobrino Nepote,
convenciéndoles de la necesidad de romper con los suyos: «Por más encariñado
que estés con tu sobrino, y aunque tu propia madre con el cabello revuelto y
las vestiduras desgarradas te mostrase los pechos con los que te crió, y aunque
tu padre cruzándose en el umbral de la puerta te implorase, tú pasarás por encima
de tu progenitor sin derramar ni una lágrima, y correrás a enrolarte bajo las
banderas de Cristo». (Y confiesa Jerónimo que, cuando él mismo abandonó a sus
padres y hermanos, el sacrificio más grande había sido el de tener que
renunciar a los placeres de la mesa bien puesta y de la vida agradable.) Otro
doctor de la Iglesia, el papa Gregorio I, dice que «el que tiene ansia de los
bienes eternos no hace caso [...] del padre, ni de la madre, ni de los hijos
que tuviere». San Columbano, el apóstol de los alamanos, pasó por encima de su
madre que se había arrojado al suelo llorando y exclamó que no volvería a verla
jamás mientras viviera. Y siglos después, inspirándose evidentemente en
Jerónimo (que, por su parte, tampoco hizo ascos nunca a ese género de préstamos
literarios), Bernardo, doctor de la Iglesia, escribía: «Y aunque tu padre se
hubiese tendido de través en el quicio de la puerta y tu madre descubriéndose
el seno te enseñase los pechos con los que te crió [...], tú pisotearás a tu
padre y pisotearás a tu madre [...] y correrás, sin que se te escape ni una
lágrima, a enrolarte bajo las banderas de Cristo».28
Sin derramar ni una lágrima, e incluso con
odio y burla, contemplan a los que dan testimonio con su sangre de una fe
distinta.
De conformidad con el axioma agustiniano:
martyrem nonfacitpoena sed causa (los mártires no los hace el suplicio, sino la
causa [que propugnan]), la Iglesia mayoritaria prohibió rotundamente el culto a
los mártires que no fuesen católicos, puesto que eran «falsos mártires» y «Dios
no los mira», según el Sínodo de Laodicea (Frigia), del siglo IV. Según
Cipriano, Crisóstomo y Agustín, derramaron su sangre en vano (lo que, a fin de
cuentas, es excesivamente cierto) y no por ello dejaban de ser unos criminales.
El fanatismo de Agustín queda reflejado en su dicho de que no dejaría de ser
reo del infierno quien se hiciese quemar vivo por Cristo, si no pertenecía a la
Iglesia católica. Apenas un siglo después, Fulgencio, obispo de Ruspe, enseñaba
lo mismo (en un tratado que durante la Edad Media fue atribuido a la pluma de
Agustín y, por consiguiente, muy leído, y en el que se leía que «ningún
herético ni cismático [...] puede salvarse, por más limosnas que haya
repartido, y ni siquiera derramando su sangre en nombre de Cristo»).29
Los católicos que hubiesen rezado en
capillas de mártires «heréticos» se arriesgaban a ser excomulgados y debían
hacer penitencia, consistente por lo general en abrumar a los héroes de las
demás creencias amontonando sobre ellos las peores calumnias posibles. En esto,
Cipriano, Tertuliano, Klipólito, Apolonio y otros hicieron méritos increíbles.
Apolonio, por ejemplo, decía de Alejandro, montañista, que había sido
«bandolero» y que, por tanto, «no se le condenaba por sus creencias», sino por
sus «actividades delictivas» iniciadas, cómo no, desde que abandonó la
verdadera fe. Es posible que no todas fuesen calumnias. En cualquier caso, para
cada bando los suyos eran los santos y buenos, los que padecían persecución por
defender la verdad, mientras que los contrarios eran los incrédulos,
envidiosos, malvados, obcecados, falsos, locos y traidores..., y así durante
siglos se extendió el griterío contra los herejes; no la polémica objetiva,
sino la demagógica y denigrante. «En estos círculos vilipendiar al contrario se
consideraba más importante que una refutación en regla» (Walter Bauer).30
Así podemos comprobarlo en la literatura
paleocristiana, sin necesidad de recurrir al Nuevo Testamento.
El Cantar de Ágape y las «bestias negras»
del siglo n (Ignacio, Ireneo, Clemente de Alejandría)
La primera Epístola Clementina, escrita
hacia el año 96 d. de C. (y atribuida al supuesto tercer sucesor de Pedro), el
documento más antiguo de la patrística, la emprende contra los dirigentes de la
oposición corintia que deseaban volverse hacia Oriente, abandonando Occidente,
y los llama «individuos acalorados e imprudentes», «caudillos de la discordia»,
«padres de la disputa y del desacuerdo», que «desgarran [...] los miembros de
Cristo mientras comen y beben, y engordan, y son descarados, vanidosos, reñidores
y fanfarrones, hipócritas y necios», «un gran deshonor...»; el documento fue
descrito como «un cantar al amor divino que todo lo perdona, que todo lo sufre
y que es un reflejo del propio amor de Dios. Ni siquiera Pablo escribió
palabras más bellas» (Hümmeler).31
En el siglo II salta a la palestra Ignacio
de Antioquía, un santo que creó el «episcopado monárquico», es decir que
introdujo en toda la Iglesia católica la idea de que cada comunidad o Iglesia
provincial debía depender de un solo obispo, siendo preciso, según el obispo
Ignacio, «que el obispo sea considerado como Nuestro Señor mismo» (!). Ignacio,
«personalidad de dotes carismáticas [...], realmente fuera de lo común»
(Perier), que «aprendió de Pablo que la fe cristiana debe ser entendida como
una actitud existencial» (Buitmann), llama a todos los cristianos que no son de
su cuerda «portavoces de la muerte», «apestados», «fieras salvajes», «perros
rabiosos», «bestias», y asegura que sus dogmas son «inmundicia maloliente», sus
ceremonias «ritos infernales». Así se expresa Ignacio, «cuya entrega en Cristo
[...] se manifiesta en su lenguaje» (Zeller), cuya «cualidad más sobresaliente
es su mansedumbre» (Meinhold), y que asegura que «hay que huir» de las falsas
doctrinas como de las fieras, porque son como perros rabiosos, que muerden a
traición, como «lobos que se fingen mansos» y «veneno letal».32
Estas metáforas son corrientes en la
literatura patrística, que gusta de comparar las «herejías» y los «herejes» con
los magos (incluso Pedro mereció alguna vez, como Pablo, el calificativo de
maleficus y Simón el Mago es invariablemente el magus maléficas), que llevan
consigo el veneno en redomas, en el corazón, en la lengua, entre los labios:
veneno de alimañas, de víboras, tanto más peligroso por cuanto suele
presentarse disimulado con mieles. La utilización de esta «técnica» por parte
de cristianos está probada cuando menos desde el siglo IV, por ejemplo, en el
caso del emperador Constantino, que probablemente envenenó a su hijo Crispo;
también la podemos encontrar poco después, en la historia de un sacerdote que
mediante soborno asesinaba con vino de misa emponzoñado. Tenemos luego la
nómina de personalidades cristianas, sobre todo reinas y princesas, que mataron
mediante vinos envenenados más o menos benditos. «En la leche de Dios mezclan
albayalde», como escribió un autor desconocido.. ,33
Dice Ignacio que los «herejes» viven «a
manera de judíos», que propagan «falsas doctrinas», «fábulas viejas que no
sirven para nada». «El que se haya manchado con eso, reo es del fuego eterno»,
«morirá sin tardanza». Y además los que enseñan el error «perecerán víctimas de
sus disputas». «Os prevengo contra esas bestias con figura humana.» El santo
obispo, que se califica a sí mismo de «trigo de Dios» y de quien se alaba
todavía hoy su «seductora benevolencia» (Hümmeler) y su «lenguaje [...] lleno
de la antigua dignidad» (cardenal Willebrands), fue el primero en utilizar la
palabra «católico» para designar la que hoy es la confesión de setecientos
millones de cristianos, aunque ya Fierre Bayie (1647-1706), uno de los
pensadores más claros no sólo de su época, escribió y justificó que «todo
hombre honrado "debería considerarse ofendido de que le llamasen
católico"».34
Hacia el año 180, intervino en el coro de
los que tronaban «contra las herejías» Ireneo, el obispo de Lyon. Es el primer
«padre de la Iglesia» porque fue el primero en dar por sentada la noción de una
Iglesia católica y supo comentarla teológicamente; pero fue también el primero
que identificó a los maestros de errores con la figura del diablo, que «declaró
malicia deliberada las creencias de los demás» (Kühner).35
Ireneo también se adelantó a los grandes
polemistas de la Iglesia en los ataques contra el gnosticismo, una de las
religiones rivales del cristianismo y quizá la más peligrosa para éste. De
origen sin duda más antiguo, aunque es poco lo que se sabe de sus orígenes y
muchos puntos siguen siendo controvertidos hoy, representaba un dualismo
todavía más extremo y pesimista; su difusión se produjo con rapidez increíble,
pero en una infinidad de variantes que confunde a los estudiosos. Y como
también tomó prestadas muchas tradiciones cristianas, la Iglesia creyó que la
gnosis era una herejía cristiana y como tal luchó contra ella, aunque desde
luego sin lograr la «conversión» de ningún jefe de escuela o de secta de los
gnósticos. El caso es que mucho de éstos, en razón de sus cualidades
personales, como ha concedido el católico Erhard, «fascinaban a muchos fieles
de las comunidades...». A partir del año 400, poco más o menos, el catolicismo
se dedicó a destruir sistemáticamente los documentos escritos de esta religión,
que tenía un acervo riquísimo de ellos.
Incluso en pleno siglo xx, cuando se halló
en Nag-Hamadi, una localidad del Alto Egipto, una biblioteca gnóstica completa,
no faltaron eclesiásticos para reanudar la difamación de la gnosis, «ese veneno
infiltrado», «foco de intoxicación» que sería preciso «erradicar» (Baus).36
Ireneo fustiga las «elucubraciones
mentales» de los gnósticos, «la malicia de sus engaños y la perversidad de sus
errores». Los califica de «histriones y sofistas vanos», de gentes que «dan
rienda suelta a su locura», «necesariamente trastocadas». Este santo, cuya
importancia para la teología y para la Iglesia «apenas puede sobreestimarse»
(Camelot), en su obra principal exclama: «Ay, y oh dolor» en cuanto a la
epidemia de las «herejías», para corregirse a sí mismo inmediatamente: «Es
mucho más grave, es algo que está más allá de los ayes y de las exclamaciones
de dolor»; el padre de la Iglesia censura en particular el hedonismo de sus
adversarios. Según se cuenta, los marcosianos, que alcanzaron hasta el valle
del Ródano (donde se enteró de su existencia Ireneo), eran propensos a seducir
damas ricas..., aunque también los católicos las prefirieron siempre a las
pobres. Es verdad que algunos gnósticos eran partidarios del libertinaje, pero
también los hubo ascéticos rigurosos. Ireneo hace mucho hincapié en eso de la
incontinencia. «Los más perfectos de entre ellos —afirma— hacen todo lo
prohibido sin empacho alguno [...], se entregan sin medida a los placeres de la
carne [...], deshonran en secreto a las mujeres a quienes pretenden
adoctrinar». El gnóstico Marco, que enseñaba en Asia, donde según afirmaban se
había amancebado con la mujer de un diácono, tenía «como asistente un
diablillo», un «precursor del Anticristo» que «había seducido a muchos hombres
y a no pocas mujeres». «También sus predicadores ambulantes sedujeron a muchas
mujeres simples.» Los sacerdotes de Simón y los de Menandro también eran
siervos del «placer sensual»; «utilizan conjuros y fórmulas mágicas, y
practican la confección de filtros amorosos». Y lo mismo los partidarios de
Carpócrates; incluso Marción, pese a su reconocido ascetismo, es tildado de
«desvergonzado y blasfemo» por Ireneo. «No sólo hay que levantar la bestia,
sino que es preciso herirla en todos los flancos.»37
En los umbrales del siglo III, Clemente de
Alejandría considera que los «herejes» son individuos «engañosos», «mala
gente», incapaz de distinguir «entre lo verdadero y lo falso», que no tiene
conocimiento del «Dios verdadero» y, por supuesto, tremendamente lujuriosos.
«Tergiversan», «fuerzan», «violentan» la interpretación de las Escrituras; así,
Clemente, alabado aún hoy por su «amplitud de miras y su benignidad
espiritual», define a los cristianos de las demás tendencias como aquéllos que
«no conocen los designios de Dios» ni las «tradiciones cristianas», que «no
temen al Señor sino en apariencia, puesto que se dedican a pecar asemejándose
por ello a los cerdos». «Como seres humanos convertidos en animales [...], son
los que desprecian y pisotean las tradiciones de la Iglesia.»38
Las «bestias con cuerpo humano» del siglo
III (Tertuliano, Hipólito, Cipriano)
, Hacia comienzos del siglo ni, Tertuliano,
hijo de un suboficial y abogado que ejercía ocasionalmente en Roma (donde apuró
hasta el fondo la copa del placer, como él mismo confesó) escribe sus
«requisitorias contra los heréticos», aunque a no tardar, y durante los dos
decenios finales de su vida, él mismo pasaría a ser un «hereje», un montañista
y elocuente caudillo de un partido propio, el de los tertulianistas. En su
Praescriptío, sin embargo, aquel tunecino ingenioso y burlón, que dominaba
todos los registros de la retórica, «demuestra» que la doctrina católica es la
originaria y por tanto la verdadera, frente a las innovaciones de la herejía, y
que el «hereje», por tanto, no es cristiano y sus creencias son errores que no
pueden aspirar a ninguna dignidad, ninguna autoridad, ninguna validez ética.
(Más adelante, aquel polemista nato fustigaría con su ingenio y su afilada
lengua a los católicos, pese a haber sido el creador de la noción
institucionalizada de Iglesia, así como de todo el aparato doctrinal acerca del
pecado y el perdón, el bautismo y la penitencia, de la cristología y del dogma
de la Trinidad; mejor dicho, la misma noción de Trinidad fue obra suya.) Cuando
aún pertenecía a la Iglesia —hasta el punto que, posteriormente, llegaría a
llamársele el fundador del catolicismo—, era partidario de evitar la polémica
con los «herejes», diciendo que «nada se saca de ella, sino malestares del
estómago o de la cabeza»; incluso les niega la escritura, ya que dice que
«arrojan las cosas santas a los perros y las perlas, aunque sean falsas, a los
cerdos». Los llama «espíritus equivocados», «falsificadores de la verdad»,
«lobos insaciables». Para Tertuliano «sólo vale la lucha; es preciso aplastar
al enemigo» (Kótting).39
Hacia la misma época Hipólito, el primer
antiobispo de Roma, relacionaba en su Refutatio hasta 32 herejías, 20 de ellas
gnósticas. Es, de entre todos los heresiólogos de la época preconstantiniana,
el que más noticia dejó acerca de los gnósticos, ¡y eso que no sabía nada de
ellos! Además, estos «heréticos» sólo le servían de pantalla para el ataque
contra su verdadero enemigo, Calixto, el obispo de Roma, y la «herejía» de los
«calixtianos».40
Según Hipólito, que hablando de sí mismo
asegura querer evitar hasta las apariencias de la «maledicencia», muchos de los
heréticos no son más que «embusteros llenos de quimeras», «ignorantes
atrevidos», «especialistas en embrujos y conjuros, filtros amorosos y fórmulas
de seducción». Los noecianos son «el foco de todas las desgracias», los
encratitas «unos engreídos incorregibles», la secta perática una cosa «necia y
absurda»; los montañistas «se dejan embaucar por las mujeres», y sus «muchos
libros necios» son «indigestos y no merecen ni media palabra». Los docetianos
propugnan una «herejía confusa e ignorante», e incluso Marción, tan abnegado y
personalmente intachable, no es más que «un plagiario», un «discutidor», «mucho
más loco» que los demás, y «más desvergonzado»; en cuanto a su escuela, «llena
de incongruencias y de vida de perros», es una «impiedad herética». «Marción o
uno de sus perros», escribió el antiobispo santo (y santo patrono de la
caballería) Hipólito, afirmando finalmente que había roto «el laberinto de la
herejía, y no con la violencia», sino «con la fuerza de la verdad».41
Hacia mediados del siglo III, entre los que
luchaban sin descanso contra los defensores de otras creencias, figura también
el santo obispo Cipriano, el autor del dicho: «El padre de los judíos es el
demonio», que tanta fortuna tendría entre los nazis; era un arrogante, un
representante típico de su gremio, que pretendía que «ante el obispo hay que
ponerse en pie como antes se hacía frente a las figuras de los dioses paganos»,
y eso que Cristo dijo, según el Evangelio de Juan: «¿Cómo es posible que creáis,
vosotros, que andáis mendigando alabanzas unos de otros?».42
Como los judíos y paganos, los adversarios
cristianos de Cipriano son para éste criaturas del demomo, que «testimonian
todos los días con voz enfurecida su demencia frenética». Y así como cualquier
escritor católico «respira santa inocencia», en las manifestaciones de «los
traidores a la fe y adversarios de la católica Iglesia», de «los desvergonzados
partidarios de la degeneración herética», no se encuentran sino «ladridos de
calumnia y falso testimonio», mientras entre ellos «estallan las llamas de la
discordia cada vez más irreconciliable» y viven entregados «al robo y a todos
los demás crímenes».43
Insiste y se repite Cipriano, por ejemplo
en su epístola número 69, en que todo «hereje» es «enemigo de la paz de nuestro
Señor», que «los herejes y renegados no gozan de la presencia del Espíritu
Santo», «que son reos de los castigos a que se hacen acreedores por unirse en
la insumisión contra sus superiores y obispos», que «todos sin remisión serán
castigados», que «no hay esperanza para ellos», que «todos serán arrojados a la
perdición» de manera que «perecerán todos esos demonios». A los «herejes», argumenta
el santo con abundantes pruebas tomadas del Antiguo Testamento, «no se les
deben ni los alimentos ni las bebidas terrestres», como tampoco, ni que decir
tiene, «el agua salvífica del bautismo y la gracia divina»; del Nuevo
Testamento deduce que «hay que apartarse del hereje como del "pecador
contumaz, que él mismo se condena"».44
No tolera el obispo Cipriano contacto de
ningún género con los cristianos separados. «La separación abarca todas las
esferas de la vida» (Girardet). Para Cipriano, que se dedica de vez en cuando a
establecer «verdaderas listas de herejes» (Kirchner), la Iglesia católica lo es
todo y lo demás, en el fondo, no es nada. Elogia a la Iglesia como fuente
sellada, huerto cerrado, paraíso ubérrimo y, reiteradamente, como «madre», de
la que sólo quieren separarse «el contumaz espíritu de partido y la tentación herética»,
engañando a los fieles, que a no tardar andarán por ahí «balando como ovejas
perdidas» en vez de comportarse como «guerreros valientes», «defensores del
campamento de Cristo», que tienen prometidos los placeres celestiales,
sublimados, si cabe, por la posibilidad de contemplar el suplicio eterno de sus
perseguidores. Ahora bien, el que no está en la Iglesia perecerá de sed, porque
ha preferido quedarse fuera (foris, terrible palabra que se repite
machaconamente), donde no hay nada y todo es engaño; el que está fuera es como
si hubiera muerto. «Fuera no hay luz, sino oscuridad; ni fe, sino incredulidad;
ni esperanza, sino desesperación; ni razón, sino error; ni vida eterna, sino
muerte; ni amor, sino odio; ni verdad, sino mentira; ni Cristo, sino el Anticristo.»
En las tinieblas exteriores todos perecen; allí no bautizan, sólo riegan con
agua, al igual que los paganos. Cipriano no quiere tener nada en común con los
«herejes», con cismáticos entre los cuales no establece ninguna matización: ni
Dios ni Cristo, ni Espíritu Santo, ni fe ni Iglesia. Para él no son sino
enemigos: alieni, profani, schismatici, adversarii, blasphemantes, inimici,
hostes, rebelles, todo lo cual se resume en una palabra: antichristi.45
Ese tono acaba por ser el habitualmente
utilizado en las relaciones interconfesionales. Mientras la Iglesia propia es
alabada como «lazareto», «paraíso ubérrimo», las doctrinas de los adversarios
siempre son «absurdas, confusión», «mentira infame», «magia», «enfermedad»,
«locura», «fango», «peste», «balidos», «aullidos bestiales» y «ladridos»,
«delirios y embustes de viejas», «la mayor impiedad». En cuanto a los
cristianos separados, siempre son «engreídos», «ciegos», «persuadidos de valer
más que los demás», «ateos», «locos», «falsos profetas», «primogénitos de
Satanás», «portavoces del demonio», «bestias con forma humana», «dragones
venenosos», «orates», contra los que hay que proceder, a veces, incluso con
exorcismos. Contra los herejes se repite asimismo el cargo de corrupción de
costumbres; son «enamorados de su cuerpo e inclinados a las cosas de la carne»,
«sibaritas» que sólo piensan «en la satisfacción del estómago y de otros
órganos aún más bajos», que «se entregan a la lujuria más desaforada», que son
como los machos persiguiendo a muchas cabras, o como garañones que relinchan al
olfatear la yegua, o como cerdos gruñidores y verriondos. Según el católico
Ireneo, el gnóstico Marco seducía a sus feligresas con «filtros y pócimas de
magia» para «mancillar sus cuerpos». Tertuliano, después de hacerse montañista,
prueba que los católicos se entregaban a borracheras y orgías sexuales durante
la celebración de la santa cena; el católico Cirilo dice que los montañistas
eran ogros devoradores de niños. ¡De cristianos a cristianos! Y sin embargo,
Agustín había dicho: «No creáis que las herejías son obra de cuatro
pusilánimes; sólo los espíritus fuertes originan escuelas heterodoxas».46 San
Agustín dedicó toda su vida a perseguirlas, ya entonces con ayuda del brazo
secular.
«Si alguna época hubo que pudiese llamarse
de la objetividad —asegura el católico Antweiler—, fue la era patrística, y me
refiero sobre todo a la época alrededor del siglo IV.
El «Dios de la paz» y los «hijos de
Satanás» en el siglo rv (Pacomio, Epifanio, Basilio, Ensebio, Juan Crisóstomo,
Efrén, Hilario)
Durante el siglo iv, a medida que
menudeaban las divisiones y las sectas, los cismas, las herejías se
desarrollaban con osadía creciente, el griterío antiherético se hace también
más estridente, más agresivo; al propio tiempo, la lucha contra los no católicos
busca los apoyos judiciales; es una época de agitación y de actuaciones casi
patológicas, una verdadera «enfermedad espiritual» (Kaphan).48
San Pacomio, el primer fundador de
monasterios cristianos (desde el año 320 en adelante) y autor de la primera
regla monástica (de rito copto), odiaba a los «herejes» como a la peste. Este
«abad general», que escribió en clave parte de sus epístolas, se considera
capaz de descubrir a los herejes por el olfato y afirma que «los que leen a
Orígenes irán al círculo más bajo del infierno». Las obras completas de este
gran teólogo preconstantiniano (que fue defendido y apreciado incluso por
grandes fanáticos como Atanasio) las arrojó Pacomio al Nilo.49
En el siglo iv, el obispo Epifanio de
Salamina, apóstata judío y antisemita fantasioso y viperino, redacta su Cajón
de boticario (Panarion), en donde pone en guardia a sus contemporáneos contra
nada menos que 80 «herejías», ¡entre las cuales se cuentan incluso 20 sectas
precristianas! Tanto irritan estas herejías al santo, que el poco entendimiento
de que le dotó la naturaleza queda totalmente oscurecido, y aunque su fervor
hoy nos parezca hallarse en proporción inversa a la claridad del razonamiento,
ello no impide que un correligionario como san Jerónimo le elogie como patrem
paene omnium episcoporum et antiquae reliquias sanctitatis, ni que el segundo
Concilio de Nicea (787) honrase a Epifanio con el título de «patriarca de la
ortodoxia». En su Cajón de boticario, tan confuso como prolijo, el fanático
obispo agota la paciencia del lector con la pretensión de suministrar dosis
masivas de «antídoto» a quienes hubieran sido mordidos por esas víboras de
distintas especies, que son precisamente los «herejes», para lo cual el
«patriarca de la ortodoxia» no sólo «da como ciertas las patrañas más
extravagantes e increíbles, empeñando incluso su palabra como testigo personal»
(Kraft), sino que además inventa nombres de «herejes» y se saca de la manga
nuevas «herejías» inexistentes.50
¡La historiografía cristiana!
En el siglo iv, Basilio el Grande, doctor
de la Iglesia, considera que los llamados heréticos están llenos de «malicia»,
«maledicencia» y «calumnias», de «difamación desnuda y descarada». A los
«herejes» les gusta «tomar todas las cosas por el lado malo», provocan «guerras
diabólicas», tienen «las cabezas pesadas por el vino», «nubladas de
embriaguez», son unos «frenéticos», «abismos de hipocresía», de «impiedad». El
santo está convencido de que «una persona educada en la vida del error no puede
abandonar los vicios de la herejía, lo mismo que ur|t negro no puede cambiar el
color de su piel ni una pantera sus man" j chas», motivo por el cual era
preciso «marcar a fuego» la herejía, «erra' dicarla».51
Eusebio de Cesárea, «padre de la historia
eclesiástica», nacido entre los años 260 y 264 y futuro favorito del emperador
Constantino, nos ofrece una relación completa de «herejías» horribles. El
célebre obispo, hoy poco estimado por los teólogos, que le juzgan «escaso en
ideas» (Ricken S.J.), «de menguada capacidad teológica» (Larrimore), fustiga a
un gran número de hombres falsos y embaucadores: Simón el Mago, Satorrinus de
Alejandría, Basílides de Alejandría, Carpócrates..., escuelas de «herejes enemigos
de Dios», que operan con el «engaño» e incurren en «las abominaciones más
repugnantes».52
Pero hete aquí que «continuamente levantan
cabeza nuevas herejías». Tan pronto se denuncian «las perjudiciales doctrinas»
de Cerdón, como «las blasfemias desvergonzadas» de Marción que, como dice
Ireneo, «van haciendo escuela». Ahí es Bardesanes quien «no acierta a
desprenderse del fango del viejo error», o Novato quien «se presenta con sus
creencias totalmente inhumanas», o Maní, «el frenético, que ha prestado el
nombre a su herejía inspirada por el diablo», un «bárbaro», que esgrime «las
armas de la confusión mental», de sus «doctrinas falsas e impías», «veneno
letal».53
Tampoco Juan Crisóstomo, el gran enemigo de
los judíos, consigue ver en los herejes otra cosa que «hijos del diablo»,
«perros que ladran»;
por cierto que las comparaciones con los
animales son un argumento muy utilizado en las polémicas contra los «herejes».
En su comentario sobre la Epístola a los
romanos, Crisóstomo se coloca al lado de Pablo, «esa trompeta espiritual», para
luchar contra todos los cristianos no católicos, y le cita con satisfacción
cuando dice: «El Dios de la paz [!] ha de triturar a Satanás bajo vuestros
pies». Crisóstomo pone en guardia contra «la malicia de los reprobos», contra
«su naturaleza pecaminosa», su «enfermedad», ya que de ellos no puede
sobrevenir otra cosa sino «la perdición de la Iglesia», «el escándalo», «la
división»: Ésta, a su vez, procede «de la esclavitud del vientre y de las demás
pasiones», porque «los maestros de los herejes son esclavos del vientre», es
decir, que no sirven al Señor sino, una vez más parafraseando a Pablo, «sirven
a sus vientres». Esta idea se encuentra también en la Epístola a los
filipenses: «Tienen por dios a su vientre». Y en la Epístola a Tito: «Malignas
bestias, vientres perezosos». Pero «El, que se complace en la paz, aniquilará a
los que destruyeron la paz»; nótese bien que no dice que ha de «someterlos»,
sino «triturarlos», más concretamente «bajo vuestros pies». En un sermón a los
cristianos, Crisóstomo invita a que los blasfemos públicos (que en esta época
ya incluían a los judíos, a los idólatras, a los «herejes», apostrofados con
frecuencia de «anticristos») sean interpelados en las calles y, en caso
necesario, reciban la debida paliza.54
Para Efrén, doctor de la Iglesia y persona
que profesaba un odio profundo a los judíos, sus enemigos cristianos eran
«renegados abominables», «lobos sanguinarios» y «cerdos inmundos».
De Marción, primer fundador de iglesas
cristianas (y también creador del primer Nuevo Testamento y más radical que
nadie en la condena del Antiguo, y que según Wagemann tuvo del Evangelio «una
comprensión más profunda que ninguno de sus contemporáneos»), Efrén sólo nos
dice que carece de razón y que su única arma es «la calumnia». Es «un ciego»,
«un frenético», «una ramera de conducta desvergonzada»;
sus «apóstoles» no son más que «lobos».
En cuanto a Bardesanes, es decir, el sirio
Bar Daisan (154-222), el padre de la poesía siria, teólogo, astrónomo y
filósofo de la corte de Abgar IX de Edessa, cuya doctrina fue la forma
predominante del cristianismo en Edessa y en todo el reino osroeno hasta el
siglo iv, Efrén halla en él «un carro cargado de mala hierba», «el paradigma de
la blasfemia; es una hembra que se vende en la oscuridad sobre un catre», «una
legión de demonios en el corazón y el nombre del Señor siempre en los labios».
Siglo tras siglo, la Iglesia ha condenado a Bardesanes por gnóstico, cuando hoy
sabemos que sus creencias apenas guardan ninguna vinculación con el
gnosticismo, que Bardesanes fue «una cabeza sumamente original e independiente»
y que propugnó un curioso sincretismo entre la fe cristiana, la filosofía
griega y la astrología babilónica. Bardesanes no logró imponerse, aunque
todavía quedaban algunos seguidores de su escuela a comienzos del siglo viii .
Efrén lanza también las peores difamaciones
contra Maní, un persa de origen noble cuya religión prohibía el servicio
militar, el culto a la imagen del emperador y toda práctica de otros cultos
foráneos. Nacido en 216 cerca de la residencia de los partos en
Seleucia-Ctesifonte, Maní fue educado en la secta baptista de los mándeos y
recibió alguna influencia de Bardesanes, hasta que por último, tras verse
envuelto en la política religiosa de los reyes sasánidas, murió en la cárcel
por su doctrina (mezcla de concepciones budistas —ya que Mani había visitado la
India—, babilonias, iraníes y cristianas) en tiempos del rey Bahram I, hacia el
año 276. Fue «el jefe religioso más notable de la época», fundador «de una
religión mundial, casi podría decirse [...] de la única religión mundial que
haya existido» (Grant), pero sus apóstoles no son para Efrén más que «perros».
«Son perros enfermos [...], totalmente enloquecidos, a los que habría que matar
a palos.» En cuanto al propio Maní, «que tantas veces bebió los esputos del
dragón, vomita lo amargo para que beban sus seguidores y lo ácido para sus
discípulos»; a través de él, «se revuelca el diablo en su propio cieno como una
piara de cerdos». El doctor de la Iglesia termina su himno 56 «contra los hijos
de la serpiente en la Tierra», entonando este canto: «Que todas las bocas
entonen tu alabanza, santa Iglesia, ya que estás limpia del fango y de la
suciedad de los partidarios de Marción, el loco furioso; lejos de tí también
los embustes y las impurezas de Bardaisan así como el hedor de los apestosos
judíos».55
Es evidente que quien quiera aprender a
odiar, a insultar, a calumniar sin empacho, a mentir y difamar, ha de buscar
ejemplo en los santos padres de la Iglesia, los grandes fundadores del
cristianismo. Así procedieron contra todos los que no pensaban como ellos,
cristianos, judíos, o paganos: «No tengáis contemplaciones con la inmundicia
idólatra» (Efrén); para ellos, el paganismo no era más que «necedad y engaño en
todos los aspectos» y los mismos paganos «gentes que han mentido», que «devoran
cadáveres» y son «como los cerdos», son «una piara que va ensuciando el mundo..
.».56
Por contra, en un libro sobre Héroes y
Santos aparecido durante la época hitleriana, (con el nihil obstat y en edición
de gran tirada), se alaba la suavidad de Efrén y se cuenta cómo «le corrían las
lágrimas por las mejillas cuando se sentía traspasado de recogimiento
interior»; en cuanto a la violencia de su estilo, se explica por «el calor de
las polémicas de aquellos años de lucha y la santa indignación de un ánimo
devoto», ya que en realidad, exhibe el autor su carácter pacífico y
contemplativo, hasta el punto que «después de hacer vigilia toda la noche,
cuando se aprestaba a la oración de maitines, sobreveníale el espíritu de
Dios».57
Mal asunto ése, como nos lo demuestra
también el caso de Hilario, doctor de la Iglesia que aparte su especial inquina
contra los judíos y los idólatras, esos «desvergonzados», «sanguinarios», «ese
rebaño de reses de yugo» desprovisto de razonamiento, que «nacen y se
multiplican casi como las bandadas de cuervos»,58 tuvo también por principales
enemigos a los «herejes».
Nacido en la Galia a comienzos del siglo
IV, atacó sobre todo a los arríanos y luchó, como atestigua el católico
Hümmeler pese a los mil quinientos años transcurridos, «hasta el último aliento
contra esa peste». Pese a la derrota inicial frente a su principal adversario,
el obispo Saturnino de Aries (lo que le llevó a lamentarse de que «ahora hay
casi tantas creencias como estilos de vida»), Hilario consideró plenamente
justificada su lucha porque no se le podía rebatir «sino con falsedades
deliberadas», ya que él predicaba «la sana doctrina y la única verdadera»; en
356, cuando fue depuesto por el Sínodo de Biterrae (Béziers), prefirió el
exilio temporal en Frigia, mientras lamentaba que «nadie quiere escuchar
nuestra sana doctrina».59
Nosotros sospechamos, sin embargo, que no
fue desterrado por razones de fe, sino por otros crimina de un carácter más
político. Hilario aprovechó este exilio oriental (de 356 a 359, durante el que
molestó tanto a los amaños, que consiguieron que fuese devuelto a su país aquel
«espanto de Oriente») para escribir un tratado completo contra ellos en doce
libros, De Trinitate. Una larga retahila de insultos llena las páginas, por
otro lado tediosas y escasamente originales. En sus páginas escribía: «Ninguna
destrucción violenta y súbita de ciudades y el exterminio de todos sus
habitantes hizo jamás tanto mal [!] como esa nefasta doctrina del error, que es
la ruina de los soberanos»; y concluía diciendo que su Iglesia era «la
comunidad [...] del Anticristo».60
Admirado por Jerónimo hasta el punto de que
éste se tomó la molestia de copiar de puño y letra, en Tré veris, una obra de
Hilario, alabado por Agustín como defensor formidable y proclamado por Pío IX,
en 1851, doctor de la Iglesia, tras largos discursos sobre el bautismo, la
Trinidad y el eterno combate de Satanás contra Jesucristo, el santo Hilario
carga contra «la perfidia y la necedad», «el sendero viscoso y retorcido de la
serpiente», «el veneno de la falsedad», «el veneno escondido», «la demencia de
los doctores del error», sus «desvarios febriles», «epidemia», «enfermedad»,
«invenciones mortíferas», «trampas para incautos», «artimañas», «locura sin
fin», el «cúmulo de mentiras de sus palabras», etcétera, etcétera.61
Con estas letanías, Hilario («enemigo de
frases hueras», «primer dogmático y exégeta notable de Occidente», según
Altaner, quien halló en esos estudios «de la ortodoxia» una «amplitud de miras
extraordinaria y es decir poco»; «gran talento y dotes extraordinarias del
espíritu» que, según Antweiler, es un rasgo común «de todas las personalidades
fuertes y originales de la Iglesia católica») llena los doce libros de su De
Trinitate, «el mejor tratado contra los arríanos» (Anwander). El monótono
caudal de odio se interrumpe sólo para dilucidar (o quizá sería mejor decir
oscurecer) la cuestión de la Trinidad, materia desde luego difícil y sobre la
que nuestro santo y doctor de la Iglesia no andaba muy firme; en otra de sus
obras capitales, De Synodis, se muestra partidario de la teología eusebiana,
¡es decir, de una especie de conciliación entre él homoiusios oriental de los
arríanos moderados y el homousios de la Iglesia occidental!, por lo que no gozó
del aprecio de sus contemporáneos, que le juzgaban sospechoso (381), lo que no
obsta para exclamaciones del tipo: «¡Cuánta contumacia en el error y cuánta
necedad mundana!», «¡oh locura abominable, propia de espíritus sin esperanza!,
¡oh imprudencia necia de los impíos sin Djos, cuántas mentiras no parirá
vuestro espíritu demente!», para terminar afirmando que, Hilario, «favorecido
por los dones del Espíritu Santo, supo glosar el símbolo de la fe en los
términos más moderados».62
San Jerónimo y sus «reses para el matadero
del infierno»
En cambio, al maestro Jerónimo, de rica
fortuna heredada de noble casa católica, podemos admitirle sin ningún género de
dudas que «jamás he respetado a los doctores del error, y siempre he sentido
como una necesidad del corazón la de que los enemigos de la Iglesia fuesen
también mis enemigos». Y, en efecto, Jerónimo llevó con tal ardor la lucha
contra los herejes que, sin proponérselo, suministró munición más que sobrada a
los paganos, incluso en un tratadito sobre la virginidad, por ejemplo, que
según él le era muy preciosa. Verde todavía como en los tiempos de su más
lúbrica juventud, el santo se lo dedicó a Eustaquia, una jovencísima
(diecisiete años) romana de rancia nobleza, «discípula» y, andando el tiempo,
también santa; su fiesta se conmemora el 28 de septiembre. Jerónimo le dio a
conocer «las suciedades y los vicios de todas clases», como admite su biógrafo
moderno el teólogo Georg Grützmacher, adjetivándolo de «repugnante».63
Al mismo tiempo que se enciende al rojo
vivo contra los «herejes» y recibe a su vez, ocasionalmente, igual
calificación, Jerónimo plagia a diestro y siniestro, queriendo hacerse admirar
por su imponente erudición. A Tertuliano lo copió casi al pie de la letra, sin
nombrarle. Del gran sabio pagano Porfirio sacó cuanto sabía de medicina, sin
reconocerle el mérito. Con frecuencia se manifiesta «la repelente mendacidad de
Jerónimo» (Grützmacher).64
Viniendo de tan santa boca, parece un
ejercicio de moderación llamar sólo «blasfemo» a Orígenes, de quien por cierto
también copió «con descaro páginas enteras» (Schneider), o cuando dice de
Basílides que fue «antiguo maestro de errores, notable sólo por su ignorancia»,
y de Paladio «hombre de bajas intenciones»; ya en su tono habitual, llama a los
«herejes» «asnos en dos pies, comedores de cardos» (de las oraciones de los
judíos, según él raza indigna de figurar en el género humano, dijo también que
eran rebuznos); a los cristianos de otras creencias los compara con los
«cerdos» y asegura que son «reses para el matadero del infierno», además de
negarles el nombre de cristianos, puesto que son «del diablo»: «Omnes haeretici
christiani non sunt. Si Christi non sunt, diaboli sunt» 65
Este santísimo doctor de la Iglesia, a
quien dedicamos especial atención en este apartado (porque no le hemos
concedido capítulo propio, a diferencia de los teólogos puros como Atanasio,
Ambrosio y Agustín), se enemistó en ocasiones o para siempre incluso con gente
de su propio partido como, por ejemplo, con el patriarca Juan de Jerusalén, que
persiguió durante muchos años a Jerónimo y a sus eremitas. Y todavía más
violenta fue su enemistad con Rufino de Aquilea; en todos estos casos la
discusión versó acerca de las obras de Orígenes, al menos aparentemente.66
Orígenes, cuyo padre Leónidas ganó en el
año 202 la palma del martirio, sufrió suplicio él mismo bajo Decio, pero se
negó a apostatar, y falleció alrededor de 254 (tendría unos setenta años), no
se sabe si de resultas de la tortura. Lo que sí es seguro es que Orígenes fue
una de las figuras más nobles de la historia del cristianismo.67
Este discípulo de Clemente de Alejandría
personificó en su época' toda la teología cristiana oriental. Aún mucho tiempo
después de su muerte, sería alabado por numerosos obispos o, mejor dicho, por
la mayoría de los de Oriente, entre ellos Basilio, doctor de la Iglesia, y
Gregorio Nacianceno, que colaboraron en un florilegio de los escritos de
Orígenes bajo el título de Philokalia. Incluso fue apreciado por Atanasio, que
le protegió y lo citó muchas veces. Hoy día vuelve a ser elogiado por bastantes
teólogos católicos y es posible que la Iglesia se haya arrepentido de la
condena por herejía, demasiado poco matizada, que pronunció contra él en su
momento.68
En la Antigüedad fueron casi constantes las
disputas alrededor de Orígenes; como suele ocurrir, la fe apenas fue algo más
que un pretexto en todas ellas. Ello fue evidente sobre todo alrededor del año
300, y del año 400 , y otra vez a mediados del siglo vi, cuando nueve tesis de
Orígenes fueron condenadas en 553 por un edicto de Justiniano, sumándose a
dicha condena todos los obispos del imperio, entre los que destacaban el
patriarca Menón de Constantinopla y el papa Vigilio. La decisión del emperador
obedecía a un móvil de política (eclesial), el intento de poner fin a la
división teológica entre griegos y sirios uniéndolos contra un enemigo común,
que no era otro que Orígenes. Pero, además, hubo razones dogmáticas (que, sin
embargo, también son siempre razones políticas), es decir, algunos «errores» de
Orígenes como el de su cristología «de subordinación», según la cual el Hijo es
menor que el Padre, y el Espíritu menor que el Hijo, lo que ciertamente refleja
mejor las creencias de los primitivos cristianos que el dogma posterior.
También cabe señalar su doctrina de la apocátastasis, o reconciliación general,
en la que se negaba que el infierno fuese eterno, idea horrible que para
Orígenes no puede conciliarse con la de la misericordia divina, y que encuentra
su origen (lo mismo que la doctrina opuesta) en el Nuevo Testamento.69
Hacia el año 400, la disputa sobre Orígenes
y su doctrina se fundamentó en una penosa rivalidad entre los obispos Epifanio
de Salamina y Juan de Jerusalén. La polémica trataba del derecho a predicar en
la iglesia del Sepulcro (polémica iniciada en 394), y motivó el violento
conflicto entre Jerónimo y el tratadista Rufino de Aquilea.70
Rufino, monje predicador, vivió seis años
en Egipto, hasta 377, y luego se instaló como ermitaño en las cercanías de
Jerusalén, hasta el año 397 en que regresó a Italia; en 410, huyendo de los
visigodos de Alarico, murió en Messina. Desde su época de estudiante había sido
amigo de Jerónimo y, lo mismo que éste, traductor entusiasta de Orígenes. Ante
la nueva disputa, sin embargo, Rufino se desdijo varias veces de forma
lamentable pero, aunque pronunció el símbolo de la fe delante del papa
Anastasio en señal de ortodoxia, nunca renegó tanto de Orígenes como lo hiciera
Jerónimo, pese a los ardorosos panegíricos escritos por éste bajo la influencia
de Gregorio Nacianceno. El caso fue que a Jerónimo, viendo que le acusaban de
hereje, se le encogió el ánimo y no tuvo reparo en mudar de opinión. Después,
la emprendió contra Orígenes, fustigando en particular su doctrina
espiritualista de la aniquilación de los cuerpos, «la más horrible de las
herejías» y, quizá esto sea lo peor de todo, pretendió haber sido enemigo de
Orígenes desde siempre.71
Rufino, en la misma época en que se
justificaba frente al desconfiado papa Anastasio, sin embargo, preparaba un
ataque demoledor contra Jerónimo exagerando dos invectivas contra Orígenes,
distorsionándolas y con virtiéndolas en algo irreal, con el único fin de
golpear a Jerónimo con ellas. Algunos de estos golpes, lógicamente, los acusó
el destinatario, porque es verdad lo que dice Rufino cuando afirma que Jerónimo
rompió su juramento de no leer más a los autores clásicos, o que en una
epístola a su joven amiga Eustaquía había llamado a la madre de ésta, Paula,
«suegra de Dios», o que había elogiado a Orígenes diciendo de éste que era «el
más grande doctor de la Iglesia después de los Apóstoles», para luego
presentarle como el gran patrono de la mentira y del perjurio, o que en un
anónimo había llamado «cuervo» y «pajarraco negro como la pez» a san Ambrosio.
«Pero si luego condenas a todos aquellos a quienes alguna vez alabaste, como a
Orígenes, Dídimo y Ambrosio, no he de lamentarme de que a mí, que soy una sabandija
en comparación con aquéllos, me destroces ahora después de haberme elogiado en
tus cartas...»72
Rufino, padre de la Iglesia laborioso
aunque escasamente original, fue bastante ortodoxo a pesar de tal o cual
desviación (pero, ¡qué podía significar eso en aquella época!) y era, en cuanto
a su carácter, una amalgama de valor y cobardía, de perfidia y de hipocresía.
Arrojaba sus flechas envolviéndolas entre un prólogo edificante y un epílogo
piadoso, como era y sigue siendo costumbre entre los polemistas cristianos.
Para empezar dice que, de acuerdo con las palabras del Evangelio según las
cuales bienaventurados sean los perseguidos, él, como su mentor Jesús, el
Médico celestial, quiso dar la callada por respuesta a las acusaciones de
Jerónimo. Y para terminar, después de haber escupido todo su veneno y toda su
bilis, escribe: «No contestemos a esos insultos ni a esas calumnias, ya que
nuestro Maestro Jesús nos enseñó a soportarlo todo con mansedumbre» ,73
Jerónimo se puso furioso. Y aunque no
conocía los ataques de Rufino sino de oídas, como quien dice, a través de
cartas de terceros, en seguida movilizó su temida pluma. Muy superior a su
oponente en conocimientos, agudeza y estilo, aunque igual a él en falta de
escrúpulos y afán de difamar, el santo no titubea en repetir rumores y
falsedades. Censura de buena gana la perversidad de Rufino para mejor disimular
así la propia, silencia las acusaciones verdaderas, a la vez que pone en
circulación semiverdades o calumnias, e incluso da a entender que Rufino y sus
protectores pretendían alcanzar el solio pontificio mediante sobornos, además
de conspirar contra la vida del papa Anastasio, notorio enemigo de Orígenes.74
Entonces Rufino montó en cólera, lo que dio
lugar a una animada correspondencia entre ambos padres de la Iglesia, que se
acusaban mutuamente de robo, perjurio y falsificación. Para el caso de que no
quisiera callar Jerónimo, Rufino le amenazó con llevarle ante los tribunales
civiles y relevar su vida más íntima. Jerónimo replicó: «Te alabas de estar al
corriente de los crímenes que, según dices, te confesé cuando éramos íntimos
amigos. Dices que los divulgarás ante la opinión y que me pintarás tal como soy.
Pero yo también sé pintarte a ti». Y en medio de los sarcasmos, de las ironías,
de la marea de verdades y mentiras, tampoco Jerónimo deja de invocar a «Jesús
el Mediador», fingiendo lamentar «que dos ancianos hayan tomado la espada por
culpa de unos herejes, teniendo en cuenta sobre todo que ambos quieren llamarse
católicos. Con el mismo ardor con que antaño loábamos a Orígenes, unamos las
manos y los corazones y condenémosle ahora, ya que le condena la redondez
entera de la Tierra.. .».75
Pero no hubo nada de eso. Jerónimo no
habría sido santo ni doctor de la Iglesia si, a la muerte de Rufino en 410, no
hubiese prorrumpido en las exclamaciones de júbilo siguientes: «Murió el
escorpión en tierras de Sicilia, y la hidra de numerosas cabezas dejó de silbar
contra nosotros», y poco más adelante: «A paso de tortuga caminaba entre
gruñidos [...], Nerón en su fuero interno y Catón por las apariencias, era en
todo una figura ambigua, hasta el punto que podía decirse que era un monstruo
compuesto de muchas y contrapuestas naturalezas, una bestia insólita al decir
del poeta: por delante un león, por detrás un dragón y por enmedio una
quimera».76
Vivo o muerto Rufino, el doctor de la
Iglesia Jerónimo jamás se refirió a él sin insultarle. También se enemistó con
Agustín, otro doctor de la Iglesia, si bien en este caso el conflicto —bastante
menos violento, por cierto— fue iniciado por el más joven de los dos, Agustín.
En 394 y siendo todavía un simple
sacerdote, Agustín escribió por primera vez a Jerónimo, que por entonces ya era
loado universalmente como una de las luminarias de la Iglesia. Esta carta no la
recibió nunca Jerónimo; la segunda, enviada en 387, no le llegaría hasta 402 y
aun entonces bajo la forma de copia no firmada. Anomalías que sólo podían
suscitar la desconfianza de Jerónimo. «¡Envíame firmada con tu nombre esta
epístola, o deja de molestar a un anciano que no desea sino vivir tranquilo en
su solitaria celda!» Más debieron molestarle las críticas introducidas por
Agustín en sus epístolas, aunque corteses como cumplía a tan ilustre exégeta
bíblico, pero penetrantes y no desprovistas de una punta de malicia en
ocasiones, y a veces «una flecha del peso de una falarica» (que era una
jabalina bastante pesada de aquellos tiempos). «Si censuras con acritud mis
palabras, pero si me exiges que me corrija, que me retracte, y me arrojas
miradas torcidas [...]», le escribe Jerónimo a Agustín, de santo a santo, de doctor
a doctor de la Iglesia, afirmando que los suyos no pasan de «alfilerazos, o
menos aún». Pese a las alabanzas con que se acompañaba la ingenua petición, no
debió de fastidiarle menos que Agustín le pidiera la continuación de sus
traducciones al latín de los comentaristas griegos de la Biblia..., en especial
de aquél a quien tanto solía citar en sus escritos (!), es decir. Orígenes, que
ya por aquel entonces figuraba como «hereje» en la lista negra del destinatario
de la carta.77
El hombre de Belén comprendió que aquel
africano que le remitía nuevas y más agudas críticas acerca de su traducción de
la Biblia no era un simple Rufino, frente a quien pudiese presumir de vir
trilinguis {hebraeus, graecus, latinus): «Yo, filósofo, retor, gramático,
dialéctico, hebreo, griego, latino, yo trilingüe, tú bilingüe y tal, que cuando
te oyen hablar los griegos te tienen por latino, y cuando te oyen los latinos
te toman por griego». Contra el nuevo oponente no valían esas tretas, así que
Jerónimo tuvo que disimular más o menos su iracundia durante el intercambio de
golpes bajos. Escribió que él había corrido lo suyo, que había tenido su hora y
se había ganado el descanso; que ahora corriese Agustín a pasos tan largos como
su ambición se lo permitiese. Y le rogaba al entonces obispo que no le
molestase más, que no desafíase al anciano que no tenía ganas de hablar, ni de
presumir de sus conocimientos, ni le llamase «abogado de la mentira» o «heraldo
de la mentira». Ya se sabía, la «vanidad infantil» inspiraba a los jóvenes la
costumbre de atacar a los famosos para hacerse famosos a su vez. «En el terreno
de las Sagradas Escrituras, tú, el joven, no irrites al anciano, porque podría
verificarse en tí lo que dice el proverbio de que el buey cansado tiene la
pisada más fuerte.»78
Además de negarse a criticar los escritos
de Agustín que le enviaban, diciendo que tenía bastante quehacer con los suyos
propios, Jerónimo siempre trató de calmar los ardores combativos de su
corresponsal. Le aconsejaba que si quería brillar con su ciencia, «poner su luz
en el candelero», en Roma no dejaría de encontrar jóvenes eruditos de sobra, y
que no rehuirían la disputa bíblica con un obispo. En cuanto al propio
Jerónimo, que no tenía rango alguno en la jerarquía, lo que quizá le ofendía
más que la creciente fama de Agustín, recordaba los extraños avalares de las
primeras epístolas; el haberlas recibido con tanto retraso seguramente había
sido intencionado (en opinión de algunas personas de su confianza, «verdaderos
servidores de Cristo»), por «afán de notoriedad y de hacerse aplaudir por el
pueblo [...], para que muchos fuesen testigos de tus ataques contra mí. Yo
permanecía callado como si me ocultase mientras uno más sabio lanzaba sobre mí
toda la caballería, sin que yo, como el más ignorante, hallase nada que
replicar. Así te presentarías como el que acertó a colocar mordaza y freno al
pobrecito hablador». Con sus palabras de alabanza, según Jerónimo, Agustín sólo
pretendía quitar hierro a las censuras. También señalaba que no le habría
creído capaz de «asaltarme con el puñal untado en miel, como suele decirse».
Para terminar, dice que le cree partidario de la «herejía» ebionita. La
reacción de Agustín fue mesurada en todo momento, pero inflexible, por lo que
Jerónimo prefirió dar la callada por respuesta a la última epístola, aunque
fingiese aliarse con él en la lucha contra los «herejes».79
La medida de lo que era capaz de hacer un
santo que tan rudamente polemizaba contra los demás padres, lo demostró
Jerónimo en un breve tratado, Contra Vigilantius, escrito según confesión
propia en una sola noche. Tratábase de un sacerdote galo de comienzos del siglo
v, que había emprendido una campaña tan franca como apasionada contra el
repelente culto a las reliquias y a los santos, contra el ascetismo en todas
sus formas, y contra los anacoretas y el celibato, y que recibió el apoyo de no
pocos obispos.
«La capa de la Tierra ha producido muchos
monstruos —inicia Jerónimo su exabrupto—, y la Galia era el único país que aún
carecía de un monstruo propio [...], de ahí que surgiese, no se sabe de dónde,
Vigilantius, o mejor sería llamarle Dormitantius, para combatir con su espíritu
impuro el espíritu de Cristo.» Después, pasaba a llamarle «descendiente de
salteadores de caminos y gentes de mala vida», «espíritu degenerado», «hombre
de cabeza trastornada, digno de la camisa de fuerza hipocrática», «dormilón», «tabernario»,
«lengua de serpiente», «bocaza calumniosa», y encontraba en él «malicias
diabólicas», «el veneno de la falsía», «blasfemias», «difamaciones
desaforadas», «sed de dinero», «embriaguez comparable a la del padre Baco»; le
acusaba de «revolcarse en el fango» y «ostentar el pendón del diablo, y no el
de la Cruz». Escribe: «Vigilantius, perro viviente», «¡oh monstruo, que debería
ser deportado a los confines del mundo!», «¡oh vergüenza!, dicen que tiene a
obispos, incluso, como cómplices de sus crímenes...». Tan pronto hace chistes:
«Tú duermes despierto y escribes dormido», como se indigna diciendo que
Vigilantius «vomitó sus libros durante el sueño de una borrachera», que «había
escupido la inmundicia que se alojaba en sus abismos interiores». Finge
indignarse con la desvergüenza de Vigilantius, que durante un terremoto a
medianoche huyó de su celda desnudo. El amigo íntimo de Eustaquia censura
también el hecho de que «el dormilón da rienda suelta a sus pasiones y
multiplica los ardores naturales de la carne con sus consejos [...] o mejor
dicho, los apaga yaciendo con hembras. Con lo que, al final, no nos
diferenciaremos en nada de los cerdos, no quedará ninguna distancia entre
nosotros y los animales irracionales, entre nosotros y los caballos...», y así
sucesivamente, siempre en el mismo tono.80
Igualmente rudo fue el tono polémico
utilizado por Jerónimo contra Joviniano, un monje establecido en Roma.
Joviniano se había alejado del ascetismo
radical a pan y agua y propugnaba por aquel entonces un estilo de vida más
llevadero; contaba con muchos seguidores que opinaban que el ayuno y la
virginidad no eran méritos especiales, ni las vírgenes mejores que las casadas;
eran partidarios de poder casarse varias veces y creían que las recompensas
celestiales serían iguales para todos, sin distinción de categorías. En cambio,
Jerónimo argumentaba con citas sacadas del Nuevo Testamento que el matrimonio
de los cristianos (ante la manifiesta imposibilidad de prohibirlo por completo)
tenía que ser un matrimonio blanco. «Si nos abstenemos del concubinato,
honramos a nuestras mujeres. Pero si no nos abstenemos, evidentemente no las
honramos sino todo lo contrario, las profanamos.» En su frenético elogio de los
ideales anacoretas cubre de insultos a Joviniano, hasta el punto que Domnio,
uno de sus amigos en Roma, le envió una lista de los pasajes más chocantes de
su escrito con el ruego de que los reconsiderase o enmendase; e incluso el
promotor de los dos tratados Contra Joviniano, Panmaquio, yerno de Paula la
amiga de Jerónimo, hizo comprar todos los ejemplares existentes en Roma para
retirarlos de circulación. Otro rasgo característico es que Jerónimo sólo se
atrevió a lanzar sus dos tratados contra Joviniano después de que éste hubiese
sido condenado por dos sínodos, a mediados de los años noventa del siglo IV,
uno en Roma, bajo la dirección del obispo Siricio, y otro en Milán, presidido
por Ambrosio, quien juzgó las opiniones de Joviniano, bastante razonables a fin
de cuentas, como «aullidos de fieras» y «ladridos de perros». Por su parte,
Agustín, olfateando «herejía», apeló a la intervención del Estado y para
subrayar mejor sus tesis consiguió que el monje fuese azotado con látigos de
puntas de plomo y desterrado con sus acólitos a una isla dalmática. «No son
crueldades las cosas que se hacen ante Dios con pía intención», escribió
Jerónimo.81
La «principal habilidad» de Jerónimo
consistía en «hacer aparecer como canallas y desalmados a todos sus
adversarios, sin excepción» (Grützmacher).
Así era el típico estilo polémico de un
santo que, por ejemplo, insultó igualmente a Lupicino, el ordinario de su
ciudad natal de Estridón con el que se había enemistado, concluyendo la
diatriba con esta burla:
«Para la boca del asno los cardos son la
mejor ensalada». O como cuando la emprendió contra Pelagio, hombre de
costumbres verdaderamente ascéticas, de gran estatura moral y sumamente culto.
Pese a haber sido en otro tiempo amigo suyo, lo califica de simplón, engordado
con gachas de avena, demonio, perro corpulento, «animalote bien cebado, que
hace más daño con las uñas que con los dientes. Ese perro es de la famosa raza
irlandesa, no lejos de la Bretaña, como todo el mundo sabe, y hay que acabar
con él de un solo tajo con la espada del espíritu, como con aquel can Cerbero
de la leyenda, para hacerle callar de una vez por todas lo mismo que a su amo,
Plutón». De sus contrarios en general, «doctores del error», el polemista dice
que «no han podido acabar con nosotros por la espada, aunque no habrá sido por
falta de ganas».82
Mientras dispensa ese trato a un hombre tan
universalmente respetado como Pelagio, propugna el ascetismo y la vida de
anacoreta, que fueron los temas de la mayoría de sus obras, con tantas mentiras
y exageraciones que incluso Lulero, en su charla de sobremesa, protesta:
«No sé de ningún doctor que me resulte tan
insoportable como Jerónimo...». En su debut literario supo describir la
historia de una cristiana contemporánea que, acusada de adulterio
—injustamente, según nos cuenta—, es condenada a muerte por un juez malvado,
descrito como un practicante secreto de los cultos paganos. Torturada con
suplicios horribles, que se comentan con todo refinamiento, dos verdugos la
hieren finalmente con la espada hasta siete veces, pero es en vano. También
supo contar Jerónimo («el erudito más grande de que pudo ufanarse en su época
la Iglesia cristiana», según J.A. y A. Theiner) la historia del anacoreta que
vivió en el fondo de una mina y se alimentaba con cinco higos al día, o la de
otro que durante treinta sólo comía mendrugos de pan y bebía un poco de agua
turbia. Y divulgar la vida del legendario Pablo de Tebaida, de cuya existencia
real dudó a veces el propio autor, y cuyas tremebundas hazañas se hicieron
famosas en todo el mundo.
Por ejemplo, llegó a afirmar (él, que hacía
burla de las mentiras descaradas que otros propalaban acerca de Pablo) que
todos los días, durante sesenta años, un cuervo llevó al anacoreta medio pan en
el pico: «El mejor novelista de su época» (Kühner).83
Este Jerónimo que unas veces difamaba sin
contemplaciones y otras elogiaba con escaso respeto a la verdad, que fue
durante algún tiempo consejero y secretario del papa Dámaso, y luego abad en
Belén, panegirista del ascetismo y que gozó de gran popularidad durante la Edad
Media, ha sido elevado con instinto infalible al patronato universitario, en
particular de las facultades teológicas. Nos parece que le faltó poco para
llegar a ser papa. Cuando menos, él mismo atestigua que según el parecer común,
era merecedor de la máxima dignidad eclesiástica: «He sido llamado santo,
humilde, elocuente». Pero sus íntimas relaciones con diversas damas de la alta
aristocracia romana excitaban la envidia del clero. Además, el fallecimiento de
una joven, atribuido por el indignado pueblo, es de suponer que no sin motivos,
al «detestabile genus monachorum», le hizo impresentable en Roma. Por eso huyó,
seguido al poco por sus amigas, de la ciudad de sus sueños de ambición.84
En pleno siglo XX, sin embargo, Jerónimo
«brilla» todavía en el gran Lexikon für Theologie und Kirche, editado por
Buchberger, obispo de Regensburg, «pese a ciertos aspectos negativos, por su
hombría de bien y su elevación de miras, por la seriedad de sus penitencias y
la severidad para consigo mismo, por su sincera piedad y su amor ardiente a la
Iglesia». «Fue muy respetado entre los mejores de su época» (Schade). Sin
embargo, un teólogo tan notable como Cari Schneider, reprocha «las peores
necedades» al hombre que mereció la máxima mención de honor de la Catholica, el
título de doctor de la Iglesia, y patrón de sus facultades de Teología, y le
acusa de «difamaciones y falsificaciones sin escrúpulos, afán de intriga y
soberbia enfermiza, apasionamiento excesivo y carácter traicionero»,
«falsificación de documentos, plagio, exabruptos de odio, denuncias.. .».85
Algunas veces los doctores de finales del
siglo IV lamentaron aquel estado de cosas, aquella «guerra interna», en
exclamaciones retóricas o en quejas sinceras.
«He oído a nuestros padres el comentario
—escribe Juan Crisóstomo— de que antes, durante las persecuciones, sí había
verdaderos cristianos.» Pero ¿cómo vamos a convertir infieles ahora?, se
pregunta:
«¿Mediante milagros? Ya no existen.
¿Mediante el propio ejemplo de nuestras acciones? Están totalmente pervertidas.
¿Con el amor? De eso no se encuentra ni rastro». Y manifiesta que todo está
destruido y perdido. «Nosotros, que fuimos llamados por Dios para curar a
otros, andamos necesitados de alguien que nos sane.»86
En el mismo sentido se manifestó el doctor
de la Iglesia Gregorio Nacianceno, quien dimitió siempre de sus cargos
eclesiásticos mediante el procedimiento de fugarse: «¡Qué desgracia! Nos
abalanzamos los unos contra los otros y nos devoramos [...] y siempre bajo el
pretexto de la fe, que sirve de tapadera con su nombre venerable a todas las
disputas privadas. Nada tiene de extraño, pues, el odio que nos profesan los
paganos. Y lo peor es que ni siquiera podemos afirmar que estén equivocados
[...]. Eso es lo que hemos merecido con nuestras luchas fratricidas».87
En 372, también Basilio, doctor de la
Iglesia, desesperaba de poder expresar una queja «proporcionada a la
desgracia»: «El temor a las gentes que no temen a Dios les franquea a éstas el
camino hacia las dignidades de la Iglesia; así es evidente que la máxima
impiedad va a premiarse con el máximo cargo, de manera que los más grandes
pecadores van a parecer idóneos para la dignidad episcopal [...] y los
ambiciosos despilfarran el óbolo de los pobres en provecho propio y para
regalos [...]. Bajo el pretexto de luchar por la religión se dedican a dirimir
sus enemistades particulares. Y otros, para que no se les exijan las
responsabilidades por sus delitos se dedican a fomentar divisiones entre los
pueblos, de manera que sus crímenes pasen más desapercibidos en medio del
desorden general».88
Sin duda, la crítica de Basilio se dirige
sobre todo contra «la plaga de la herejía», que estaba extendiéndose desde las
fronteras de Iliria hasta la Tebaida, habiendo devorado ya «la mitad de la
Tierra». ¡Pero también los herejes son cristianos! Por eso le parece al obispo
tanto más lamentable que «la parte que parecía sana también está rota por la
discordia», que «junto a las guerras exteriores» hacían estragos «los
disturbios internos», y que junto «a la lucha franca contra los herejes» las
hubiese también «entre los verdaderos creyentes».89
Aun así, a las «guerras exteriores», a la
lucha contra judíos y contra «herejes», se sumaba ya la guerra contra el
paganismo.
CAPITULO 4
PRIMEROS ATAQUES CONTRA EL PAGANISMO
«Gozaránse los santos en la gloria, [...]
resonarán en sus bocas elogios de Dios, y vibrarán en sus manos espadas de dos
filos, para ejecutar la venganza en las naciones, y castigar a los pueblos
impíos; para aprisionar con grillos a sus reyes, y con esposas de hierro a sus
magnates; para ejecutar en ellos el juicio decretado, [...1 ¡aleluya!»
SALMOS.149.5yss.
«Y al que hubiese vencido, y observado
hasta el fin mis obras, yo le daré autoridad sobre las naciones, y regirlas ha
con vara de hierro, y serán desmenuzadas como vasos de alfarero.»
APOCALIPSIS, 2,26 y ss.
«Pues vos también, Emperador santísimo,
tenéis el deber de sujetar
y el de castigar, y es vuestra obligación,
en virtud del primero de los mandamientos del Altísimo, el perseguir con
vuestra severidad y por todas las maneras posibles la abominación de la
idolatría.» FIRMICO MATERNO, PADRE DE LA IGLESIA1
«Dos medidas importaron sobre todo a
Firmico: la destrucción de los templos, y la persecución a muerte de quienes no
pensaran como él.»
KARL HOHEISEL2
Si desde el primer momento los cristianos
combatieron con «santa ira» a judíos y «herejes», en cambio mostraron cierta
moderación frente a los paganos, llamados héllenes y éthne por los tratadistas
del siglo iv. El concepto de «paganismo», muy complejo y referido tanto al
ámbito religioso como al de la vida intelectual, excluía sólo a los cristianos
y a los judíos, y posteriormente a los musulmanes. No se trata, naturalmente,
de una noción científica, sino teológica y procedente de la época tardojudía-neotestamentaria,
con las obvias connotaciones negativas. Traducido al latín dio primero gentes
{arma diaboli, según san Ambrosio), y luego, a medida que los partidarios de la
antigua religión iban quedando reducidos a las zonas rurales, pagani, paganas.
En la acepción que designó a los no cristianos, esta palabra aparece por
primera vez en dos epigrafías latinas de comienzos del siglo iv; en el sentido
corriente significaba «campesinos» o «paisanos» o también puede entenderse como
antónimo de «militares». Por ejemplo, los «paganos», es decir, aquellas
personas que no eran soldados de Cristo, se llamaban en gótico antiguo thiudos,
haithns, que en antiguo altoalemán da heidan, haidano (alemán moderno: Heiden),
con el probable significado de «salvajes» (!).3
Decíamos, pues, que el trato inicial dado
por el cristianismo a estos «salvajes» fue bastante suave. Notable detalle, que
preludia la táctica utilizada por la Iglesia durante el próximo y largo milenio
y medio: frente a las mayorías, prudencia, hacerse tolerar, sobrevivir, para
luego destruirlas tan pronto como sea posible. Si nosotros tenemos la mayoría,
¡fuera la tolerancia!; en caso contrario: a favor de ella. ¡Eso es el
catolicismo clásico, hasta el día de hoy! En nuestros días hemos visto como un
teólogo reformado y socialista religioso, Kari Barth, escribe que las
religiones sólo contienen superstición y «deben ser totalmente abolidas para
dejar sitio a la Revelación».4
Al principio, los paganos vieron en el
cristianismo solamente una secta disidente del judaismo, que participaba de la
opinión negativa que merecían los judíos en general, tanto más por cuanto,
además de haber heredado la intolerancia y el exclusivismo religioso de
aquéllos, ni siquiera representaban como ellos una nación coherente. Los
antiguos creyentes sólo hallaban «impiedad» en aquellos grupúsculos
innumerables, que además no tomaban parte en la vida pública, lo que les hacía
sospechosos de inmoralidad. En una palabra, eran despreciados y se les hacía
responsables de epidemias y hambrunas, por lo que no era de extrañar que
resonase de vez en cuando el grito de: «¡Los cristianos a los leones!» (a un
autor judío, anota León Poliakov, esas resonancias le resultan extrañamente
familiares). De ahí que los padres de la época preconstantiniana escribiesen la
«Tolerancia» con mayúsculas, haciendo de la necesidad virtud, incansables en la
exigencia de libertad de culto, de respeto a sus creencias, al tiempo que hacían
protestas de desprendimiento, de virtud, como quienes vivían en la tierra pero
como si anduviesen ya por el cielo, amando a todos y no odiando a nadie, no
devolviendo mal por mal, prefiriendo sufrir injusticias que infligirlas, ni
demandar a nadie, ni robar, ni matar.5
Si casi todas las cosas de los paganos les
parecían «infames», en cambio los cristianos se consideraban «justos y santos».
«Y como saben que aquéllos están en el error, se dejan maltratar por ellos...»
Hacia 177, Atenágoras explicaba a los emperadores paganos que «se debe permitir
que cada cual tenga los dioses que prefiera». Hacia el año 200, también
Tertuliano se muestra partidario de la libertad de religión; que los unos recen
al cielo y los otros a los altares de fides; que éstos adoren a Dios v los otros
a Júpiter, «es un derecho humano y una libertad natural para todos el adorar lo
que le parezca mejor, ya que con tales cultos nadie perjudica ni beneficia a
los demás...». Todavía Orígenes citaba una larga serie de puntos comunes entre
la religión de los paganos y la cristiana, para destacar mejor el prestigio de
ésta, y no quiere consentir blasfemias contra dioses de ningún género, ni
siquiera en situaciones de flagrante injusticia.6
Es posible que algunos padres de la Iglesia
se expresasen así por convicción; en otros no sería sino cálculo y oportunismo.
La temática antipagana en el cristianismo
primitivo
Pero, por mucho que postulasen la libertad
religiosa, atacaron a los paganos del mismo modo que hicieron con los judíos y
«herejes». Esa polémica, esporádica o casi podríamos decir casual al principio,
va ganando terreno desde finales del siglo u, es decir, cuando empezaban a
sentirse fuertes. De la época de Marco Aurelio (161-180) conocemos los nombres
de seis apologistas cristianos y los textos de tres apologías (de Atenágoras,
Tatiano y Teófilo).7
Los temas antipaganos son numerosos, pero
aparecen bastante dispersos, incluso en la bibliografía posterior. Hacen
alusión a la teogonia y la mitología de los paganos, al politeísmo, a la
naturaleza de los dioses, a las imágenes, su culto y su manufactura, al origen
diabólico del «culto a los ídolos». Esto último en un cristiano se consideraba
pecado gravísimo, sancionado con la expulsión.8
La argumentación de estos primeros tratados
(y la de los que vinieron después) realmente no convenció mucho y no tuvo
éxito, ni siquiera literario (Wlosok). Apenas influyó sobre la opinión pública
y no tuvo ninguna trascendencia en el plano político; es una corriente turbia,
escasa y pobre de ingenio, que fluye a través de los siglos siempre igual a sí
misma. Los cristianos tomaron muchas de sus críticas de los mismos paganos,
como sucede con el historiador Eusebio o Atanasio, el doctor de la Iglesia, que
se remontan a veces hasta los presocráticos. Con anterioridad al cristianismo,
la crónica escandalosa del Olimpo pagano y los rasgos excesivamente obscenos de
la mitología habían merecido fuertes críticas, lo mismo que se había discutido,
y con bastante apasionamiento algunas veces, la interpretación del culto a las
imágenes.9
Los mitos antiguos eran un escándalo para
los cristianos, a quienes chocaban por «inmorales», por abundar en «amores» y
«cupiditas» o bajos deseos.
Arnobio de Sicca, que fue maestro de
Lactancio, dedicó siete mamotretos, patéticamente aburridos, a polemizar Contra
los paganos, cuyos dioses tenían sexo «como los perros y los cerdos», «miembros
vergonzosos que una boca honesta ni siquiera puede nombrar». Critica que se
libren a sus pasiones «a la manera de los animales inmundos», «con frenético
deseo al intercambio de inmundicias del coito». Arnobio, como otros muchos
tratadistas, da la relación de los amores olímpicos, de Júpiter con Ceres, o
con humanas como Leda, Dánae, Alcmena, Electra y miles de doncellas y mujeres,
sin olvidar al efebo Catamito, «a nada hace ascos Júpiter [...] hasta que
finalmente se diría que el desgraciado sólo nació para ser semilla de crímenes,
blanco de injurias y lugar común en donde se vierten todos los excrementos de
las cloacas del teatro»;
de teatros que, según Arnobio, merecerían
ser derribados, así como quemados la mayoría de los escritos y libros.10
¡Un dios adúltero es mil veces peor que
otro que extermina a la humanidad mediante un diluvio! Los cristianos juzgan
como ridiculas leyendas las historias de dioses que cuentan Hornero y Hesíodo.
En cambio, que el Espíritu Santo pudiese dejar embarazada a una doncella sin
alterar su virginidad era una cosa muy seria, como demostró uno de los
católicos más famosos de la época antigua, Ambrosio (cuya «grandeza», según
Wytzes, desde luego «no hay que buscarla en la originalidad del ingenio»);
¿acaso los buitres no procrean sin el concurso del apareamiento?: «Dicen
imposible en la madre de Dios lo que no se les discute a los buitres. Estas
aves conciben sin el macho, cosa que nadie niega; en cambio, a María, por
concebir estando prometida, se quiere poner en tela de Juicio su castidad»; Que
los paganos enterrasen la figura de un dios, le dispensaran honras fúnebres y
luego celebrasen con fiestas su resurrección, también les parecía altamente
risible a los cristianos, aun teniendo por santa su propia liturgia de Semana
Santa y Pascua de Resurrección. De nuevo nos proporciona san Ambrosio unas
demostraciones de cariz científico: la metamorfosis del gusano de seda, los
cambios de color del camaleón y la resurrección del ave fénix.n A los antiguos
creyentes, los cristianos les acusan de adorar a la criatura en vez de dar
culto al creador. Reiteran siempre la «demostración» de la naturaleza material
de los ídolos: «Se arrodillan ante la obra de sus propias manos», como
censuraba ya Isaías, o como dice el salmo 115:
«Boca tienen, mas no hablarán; tienen ojos,
pero jamás verán. Orejas tienen y nada oirán; narices, y no olerán...». En
realidad, los antiguos no identificaban a las imágenes con los dioses; sabían
que sólo eran «representaciones simbólicas, [...] no las divinidades mismas»
(Mensching). Para los cristianos, sin embargo, tales divinidades eran «muertas
e inútiles» (Arístides), no podían «ni ver, ni oír, ni caminar» (Apocalipsis de
Juan). Según Gregorio Niceno, una estrella de la teología católica de la época,
la impasibilidad de las estatuas se contagiaba a sus adoradores. Además, estos
ídolos, estos «objetos inservibles», como diagnostica el historiador de la
Iglesia Eusebio, ocultan «muchas infamias». Se rellenan con huesos,
desperdicios, paja, y sirven de refugio a los insectos, a las cucarachas, a los
ratones y a las aves que anidan en ellos. Minucio Félix, Clemente de
Alejandría, Arnobio y otros pintan con más o menos complacencia el deterioro de
las imágenes, «cuando las golondrinas cruzan volando las bóvedas de los templos
y dejan caer su inmundicia, y así vemos cómo poco a poco las cabezas, los
rostros, las barbas, los ojos, las narices de las divinidades van cubriéndose
de excrementos [...]; enrojeced, pues, de vergüenza [...]». Los dioses —ironiza
Maximino, obispo amano— son carcomidos por las arañas y los gusanos. Y el
Martyrium Poly carpí nos los pinta abonados de cagarrutas de perro.12
Según Tertuliano, tan temible como
adorarlos o adquirirlos era el fabricarlos, actividad que, con el adulterio y
la prostitución, era uno de los máximos pecados mortales. Porque, como
observaban astutamente los cristianos, a los dioses los martillan, los tallan,
los lijan y los encolan, «los queman en hornos de alfarero, los pulen con la
muela y la lima, los cortan con la sierra, el berbiquí y el hacha, los alisan
con el formón. ¿No es locura todo eso?». Y todavía más, ya que las imágenes se
hacían «a veces» de los «adornos de las prostitutas y las joyas de las hembras,
o de huesos de camello...» (Arnobio). Atenágoras afirma que siempre se sabe de
qué taller ha salido cualquier dios; según Orígenes, son los de los artistas
más degenerados, de la misma categoría que los saltimbanquis y las
envenenadoras. Justino, el santo enemigo de los judíos, nos cuenta que además
seducían a sus esclavas jóvenes y las convertían en cómplices de la obra
diabólica.13
Muchas de las críticas contra los paganos,
cuando no todas, podrían volverse contra los mismos cristianos.
Como cuentan Clemente de Alejandría o
Arnobio, muchas veces los artistas creaban en las imágenes retratos de modelos
de carne y hueso, aunque fuesen «prostitutas y deshonradas» como Cratina, la
amante de Praxíteles que sirvió de modelo para la Afrodita de Gnido. Pero ¿no
tienen el mismo origen muchas de nuestras imágenes de vírgenes, santos y
personajes bíblicos? ¿Acaso no pintó Fra Filippo Lippi a la monja Lucre- zia
Buti (más tarde su mujer, después de raptarla en 1456) con su hijo en la figura
de María con el niño Jesús? ¿No eternizó Durero a las concubinas del cardenal
de Maguncia, Alberto II (1514-1545), Catalina Stolzenfeís y Ernestina Mehandel,
como hijas de Lot, y Lucas Cranach a Ernestina como «santa Úrsula», así como
Grünewaid a Catalina en la figura de «santa Catalina en las bodas místicas»?
Minucio Félix, un africano que ejercía de abogado en Roma, criticaba que se
paseasen figuras de los dioses durante las procesiones paganas. Con el tiempo,
las cristianas se llenaron también de cohortes enteras de santos; el arzobispo
Alberto de Magdeburgo incluso paseó a una cortesana puesta en andas como
«figura viviente». Y si el obispo Eusebio consideró que la exposición de las
imágenes era un engaño para niños y mayores de pocas luces, ¿qué no diremos de
los millones de santos de estuco que hoy se venden comercialmente?14
Hay más; la polémica contra los paganos
censuraba que el hombre se arrodillase ante la obra hecha con sus propias
manos, tal como hoy los cristianos se arrodillan ante imágenes de Cristo y de
los santos. Se burlaban de la costumbre de besar los «ídolos»..., y ellos besan
las figuras de santos y las reliquias. Afirmaban que las apariciones de dioses
no servían como demostración de la existencia de los mismos, ¿qué demuestran
entonces las apariciones de Cristo? Agustín aporta un argumento definitivo: los
«ídolos» no protegen a los soldados en la guerra, ¿acaso sirven las estampitas?
Clemente, Arnobio y otros se reían de los incendios de templos y otras
catástrofes; en la segunda guerra mundial, sin ir más lejos, cayeron millares
de iglesias (ya Lichtenberg ironizaba a costa de los curas que instalaban
pararrayos en sus campanarios). Los cristianos opinaban que el material
consumido en la fabricación de imágenes podía destinarse a mejores fines, que
cuando éstas eran de materiales nobles se hacía preciso encerrarlas para
defenderlas de los ladrones; lo mismo sucede con los tesoros artísticos de las
iglesias. ¡Es que no se confía mucho en la protección celestial! Los cristianos
criticaban que la religión romana y el Imperio romano tuviesen sus orígenes en
crímenes y homicidios, ¿acaso no sucedió lo mismo con las iglesias cristianas y
los imperios cristianos?15
Los inspiradores de estas idolatrías,
naturalmente, no eran otros que el demonio y sus legiones de seres maléficos.
Supersticiosos y contaminados de prácticas mágicas desde el primer momento, lo
mismo que los paganos, los cristianos creían que los cultos idolátricos eran de
directa inspiración diabólica; algunos, como Tertuliano, también incluyen en
esa calificación el circo, el teatro, el anfiteatro y el estadio. Según los
padres de la Iglesia, los demonios eran autores de los cultos idolátricos,
parodiaban la Santa Cruz en las imágenes de los dioses y se ocultaban en éstas,
se servían del oráculo y de los milagros paganos para evitar la conversión de
los idólatras al cristianismo y dictaban a los poetas sus mentirosas
narraciones, además de alimentarse a ellos mismos con los humos de los
sacrificios paganos.16 Es significativo, no obstante, que todas estas críticas,
estas censuras y estas burlas no se manifestasen hasta tiempo después; en los
comienzos, cuando los cristianos aún eran minoría, no les quedaba otro remedio
que poner al mal tiempo buena cara. El mundo antiguo era pagano casi por entero
y frente a esta supremacía los cristianos actuaban con prudencia, o incluso
establecían compromisos en caso necesario, a fin de poder acabar con ella
cuando llegase la hora.
También eso se pone de manifiesto en los
autores cristianos más antiguos.
Compromisos y odio antipagano en el Nuevo
Testamento
Las prédicas de Pablo contra los paganos
fueron bastante más moderadas que contra «herejes» y judíos. A menudo, procura
contraponerlos y no son raras las manifestaciones de clara preferencia en favor
de los «idólatras». Lo mismo que quiso ser «apóstol de los gentiles», y dice
que ellos participarán de la «herencia» y les promete la «salvación», acató
también la autoridad pagana, de la que dice «proviene de Dios», que representa
el «orden de Dios» y «no por un quizá ciñe la espada». Espada que, por cierto,
finalmente se abatió sobre él, y eso contando con que además había sido azotado
en tres ocasiones, pese a su ciudadanía, y encarcelado siete veces.17
Ya Pablo no vio nada bueno en los paganos,
sino que opina que «proceden en su conducta según la vanidad de sus
pensamientos», «tienen oscurecido y lleno de tinieblas el entendimiento», y el
corazón «insensato», «llenos de envidia, homicidas, pendencieros, fraudulentos,
malignos, chismosos», y «no dejaron de ver que quienes hacen tales cosas son
dignos de muerte». Todo ello, según Pablo (y en esto se mostraba completamente
de acuerdo con la tradición judaica tan odiada por él), era consecuencia del
culto a los ídolos, del que sólo podía resultar avaricia e inmoralidad; a los
«servidores de los ídolos» suele nombrarlos de corrido con los salteadores de
caminos. Además, los llama infamadores, enemigos de Dios, soberbios, altaneros,
inventores de vicios; y previene contra sus festividades, prohibe la
participación en sus cultos, en sus banquetes sacramentales, en «la comunión
diabólica», la «mesa diabólica», el «cáliz del diablo»: son palabras fuertes.
¿Y sus filósofos? «Los que se creían más sabios han acabado en necios.»18
Podemos remontarnos aún más atrás, sin
embargo, porque ya el Nuevo Testamento arde en llamas de odio contra los
gentiles.
En su primera carta, Pedro no titubea en
considerar por un igual el estilo de vida de los paganos y las «lascivias,
codicias, embriagueces e idolatrías abominables». En el Apocalipsis de Juan,
Babilonia (nombre simbólico de Roma y del Imperio romano) es «morada de
demonios», «la guarida de todos los espíritus inmundos»; los «sirvientes de los
ídolos» quedan colocados junto a los asesinos, junto a «los impíos y
malhechores y homicidas», los «deshonestos y hechiceros [...] y embusteros, su
suerte será en el lago que arde con fuego y azufre». Porque el paganismo, «la
bestia», debe estar donde se halla «la morada de Satán», donde «Satanás tiene
su asiento». Por eso el cristiano debe regir a los paganos «con vara de hierro,
y serán desmenuzados como vasos de alfarero». Todos los autores de la primera
época, incluso los más liberales como subraya E.C. Dewik, asumen «esa enemistad
sin paliativos».19
La difamación del cosmos y de la religión y
la cultura paganas (Arístídes, Atenágoras, Tatiano, Tertuliano, Clemente y
otros)
Hacia mediados del siglo II, Arístides, uno
de los primeros apologetas, fustigó (en una apología que no se descubrió hasta
1889, en el monasterio de Santa Catalina del Sinaí) la divinización del agua,
del fuego, de los vientos, del sol y, desde luego, el culto a la tierra, ésta
por ser el lugar «donde se almacena la inmundicia de los humanos y la de los
animales, tanto salvajes como domésticos [...] y la descomposición de los
muertos», «recipiente de cadáveres». Sin embargo, la enemistad especial de este
cristiano iba orientada sobre todo, lo mismo que sucede con muchos de nuestros
contemporáneos, contra «la envoltura oscura y tortuosa del lenguaje mitológico
de los egipcios», como escribe McKenzie. Pues ellos, «el más simple e
irracional de todos los pueblos de la tierra», rendían culto a los animales
(aunque, desde el punto de vista de la historia de las religiones, es
discutible que los animales hayan sido tenidos por divinidades, sino más bien
una de las formas de manifestación de la divinidad). A la gente de iglesia eso
le parecía un escándalo digno de toda censura. Una y otra vez acusan la
indignación que les produce el culto a las divinidades teriomorfas, el pez, la
paloma, el perro, el asno, el buey y el macho cabrío, e incluso el ajo y la
cebolla. «¡No se dan cuenta esos míseros de que todas estas cosas no son
nada!»20
Nada, pues, el reino animal, ni el vegetal.
Nada, el placer. Y los mundos politeístas: «Locura», «habladurías blasfemas,
ridiculas y necias», que son origen de «todo lo malo, espantable y repugnante»,
de «grandes vicios», de «guerras inacabables, grandes hambrunas, amargos
cautiverios y miseria absoluta», todo lo cual cae sobre la humanidad, «a causa
del paganismo» y sólo por eso.21
A finales del siglo II, el ateniense
Atenágoras quiere ver a Dios, el padre de la razón, hasta en las criaturas
desprovistas de ella, y reclama que se honre la imagen de Dios no sólo en la
figura humana, sino también en las de aves y animales terrestres. Precavido, el
cristiano declara que «es preciso que cada cual elija a los dioses de su
preferencia», asegu- ra que no alberga la intención de atacar sus imágenes y ni
siquiera niega que éstas sean capaces de obrar milagros; Agustín se pronuncia
de manera muy parecida. Qué humilde, o casi podríamos decir, devoto parece
Atenágoras en su Rogativa en favor de los cristianos, cuando solicita la
«indulgencia» de los paganos Marco Aurelio y Cómodo, y alaba su «gobierno
prudente», su «bondad y clemencia», su «ánimo pacífico y amor a los humanos»,
su «afán de saber» y su «amor a la verdad», sus «benéficas acciones»; incluso
les asigna títulos honoríficos que no les correspondían.22
Sin embargo, por la misma época, es decir,
hacia 172, el oriental Tatiano redacta una tremenda filípica contra el
paganismo. Para este discípulo (cristianizado en Roma) de san Justino y futuro
caudillo de la «herejía» encratita, para el «filósofo bárbaro Tatiano», como él
mismo se llama, los paganos son unos pretenciosos ignorantes, pendencieros y
aduladores. Están llenos de «soberbia» y de «frases campanudas», pero también
de lujuria y mentira. Sus instituciones, sus costumbres, su religión y sus
ciencias no son más que «necedades», «estupidez bajo múltiples disfraces»,
«aberraciones». En su Discurso a los creyentes de Grecia, Tatiano critica «la
palabrería de los romanos», «la frivolidad de los atenienses», «la turba
innumerable de vuestras inútiles poetisas, vuestras concubinas y demás
parásitos». El ex alumno de los sofistas encuentra «falta de medida» en
Diógenes, «gula» en Platón, «ignorancia» en Aristóteles, «habladurías de
viejas» en Feréquides y Pitágoras, «vanidad» en Empédocles. Safo no es más que una
«hembra deshonesta, presa de furor uterino», Aristipo un «hipócrita lujurioso»,
Heráclito un «autodidacta vanidoso»; en una palabra: «Son charlatanes, que no
doctores —ironiza el cristiano—, grandes en palabras pero parcos en saberes»,
que «andan sobre pezuñas como animales salvajes».23
Tatiano hace tabla rasa de la retórica
clásica, de las escuelas, del teatro, «esos hemiciclos [...] donde el público
se regodea escuchando inmundicias»; se carga incluso las artes plásticas (por
su temática y por los modelos elegidos), e incluso lo que todo el mundo ha
admirado y sigue admirando, la poesía y la filosofía de los griegos; opone
continuamente la «frivolidad», la «necedad», la «enfermedad» del paganismo a la
«prudencia» cristiana. Frente a «las doctrinas rivales y engañosas de los que
ciega el demonio», las «enseñanzas de nuestra sabiduría».
Los verdaderos amantes de la sabiduría,
afirma Tatiano, frecuentan las iglesias. «No somos payasos, oh seguidores de
las doctrinas griegas, y no nos prestamos a farsas», y «nosotros no mentimos»,
«vuestras palabras son necedades...». Entre «las verdades de las que soy
heraldo» figuraban algunos cuentos para no dormir de Tatiano, como que los
paganos comían carne de cristianos para que éstos no pudiesen resucitar el Día
del Juicio.24
Con este discurso («única y contundente
requisitoria contra todos los logros del espíritu helénico en todas las
disciplinas», según Krause), empieza el menoscabo de toda la cultura pagana, al
que siguió el ostra-
cismo y casi el olvido total en Occidente
durante más de un milenio. Pero mientras un investigador crítico como Johannes
Geffeken dice del sirio Tatiano que fue un «oriental enemigo de la cultura»,
«redomado hipócrita» y «erudito a la violeta», además de «embustero que no
respetaba a los demás ni se respetaba a sí mismo», en cambio el partido
católico del siglo XX todavía defiende a Tatiano y habla de la «belleza y
utilidad» del tratado en cuestión, del que ya en el siglo IV decía el
historiador Eusebio que era «famoso entre las gentes». El mismo obispo asegura
que era «la más bella y útil de todas las obras de Tatiano».25
Ahora bien, el tan repetido Tatiano
militaba en el mismo frente de la Iglesia antigua que se extiende desde san
Ignacio (que rechazaba todo contacto con la literatura pagana y casi podría
decirse que con la instrucción en general) y su correligionario Policarpo,
obispo de Esmirna, hasta el polígrafo Hermíades y su Sátira de los filósofos
paganos, tan burda como elemental, el padre de la Iglesia Ireneo, el obispo
Teófilo de Antíoquía y otros que manifestaron su inquina contra la filosofía
antigua, condenada como «falsas especulaciones», «desvarios, absurdos, delirios
de la razón, o todas estas cosas a la vez». Según san Teófilo (espíritu
bastante mediocre, pero que fue titular de una sede prestigiosa), lo que
difunden los representantes de la cultura griega sin excepción no es más que
«palabrería», «charla inútil», ya que «no han tenido ni el menor atisbo de la
verdad», «no han encontrado ni la más mínima pizca de ella».26
En las mismas valoraciones abundó
Tertuliano. Moviéndose en la ambigüedad, como corresponde a los buenos
cristianos, supo defender la tolerancia, dejando que se rezase lo mismo a
Júpiter que ante el altar de la fe, y protestó de que se privase a nadie «de la
libertad de religión y de elegir libremente a sus divinidades»; pero, al mismo
tiempo, se burla: ¿qué tienen en común un filósofo y un cristiano, un discípulo
de Grecia y un discípulo del cielo, un falsificador de la verdad y un renovador
de ella? El veredicto sobre la filosofía es finalmente condenatorio (pese a que
él jamás vivió de otra cosa), y abarca a la cultura griega en general. Nada le
debe el cristianismo, porque aquélla no es más que halago para los oídos,
necedad, obra del diablo, y si alguna vez se acerca a la verdad, es por
coincidencia o por plagio.27
Sin embargo, para Tertuliano, el colmo de
la impiedad y la culminación de los siete pecados capitales, que en los
gentiles se suponen con carácter general, es la adoración de múltiples dioses,
sin tener en cuenta que al fin y al cabo éstos no son sino las fuerzas de la
naturaleza personificadas y divinizadas, o las de la potencia sexual. Pues
bien. Tertuliano, quizá más que ningún otro autor cristiano antes que él,
emprendió una lucha sistemática contra este culto. Comprueba con satisfacción
el escaso respeto que los paganos tenían a sus propios ídolos y en lo tocante a
los usos de su religión. Pone en su punto de mira la impasibilidad de los
dioses, la indignidad de sus mitos; se burla y se escandaliza de que los
cristianos no puedan ir a parte alguna sin tropezarse con dioses. Les prohí- be
cualquier actividad ni remotamente relacionada con la «idolatría», así como la
elaboración y venta de imágenes y todas las profesiones útiles al paganismo,
incluido el servicio militar.28
Incluso un amigo de la filosofía griega
como Clemente Alejandrino, en su Advertencia a los gentiles rebatía, a la
vuelta del siglo III, todos aquellos «mitos santificados», «altares impíos»,
«adivinos y oráculos demenciales e inútiles», y todas sus «escuelas de sofismas
para incrédulos y garitos donde abunda la locura». Por lo que se refiere a los
«cultos mistéricos de los impíos», Clemente se propone «revelar los engaños que
se ocultan en ellos», su «desvarío sacro», ya que no hay en ellos más que «orgías
engañosas», «totalmente inhumanas», «semilla de todo mal y de la perdición»,
cultos abominables que sin duda sólo impresionarían «a los bárbaros más
incultos de entre los tracios, a los más tontos de entre los frigios y a los
más supersticiosos de entre los griegos».29
De todo lo que era realmente bello y lleno
de sentido, como la divinización de los astros y del sol, al que rendían culto
especialmente los persas, de la tierra y sus frutos, de las aguas —sobre todo
entre los egipcios, que divinizaron en particular las del Nilo—, así como del
erotismo y la sexualidad, abominó expresamente dicho padre de la Iglesia,
precedido en esto por Arístides y seguido por otros como Firmico Materno o
Atanasio, doctor de la Iglesia, en su Oratio contra gentes, en donde el obispo
no sólo condena la divinización de imágenes, seres humanos y animales, sino
también la de los astros y los elementos; para él la religiosidad pagana estaba
enteramente fundada en el exceso sexual y la amoralidad.30
Los cristianos de la Antigüedad no
entendían el fascinante ciclo de la vida de las plantas, tan celebrado por los
paganos, ni la interpretación de mitos antiquísimos en relación con la
fecundidad, que implicaban la participación en realidades telúricas y cósmicas,
así como la experiencia, profundamente religiosa, del eco de lo bello y lo
vital en cada ser humano. «En esta religión todo guarda relación con la arada,
la siembra y la recolección de los frutos del campo», escribió Plutarco
refiriéndose a la de los antiguos egipcios. Al igual que en otros muchos
sistemas de creencias, éstas eran alusiones simbólicas al eterno ciclo de la
muerte y el renacimiento.31
En estas modalidades de la adoración al
sol, la luna y las estrellas, a la tierra, su fertilidad y sus alegrías,
Clemente de Alejandría tampoco quiso ver otra cosa que la «culminación de la
necedad», «impiedad y superstición», «caminos aberrantes y resbaladizos que
apartan de la verdad, que desvían al hombre de su ruta hacia el cielo y que le
precipitan hacia los abismos». «¡Ay de tanto desvarío! —exclama Clemente—. ¿Por
qué habéis prescindido del Cíelo para adorar la tierra? [...] Habéis, quiero
repetirlo otra vez, rebajado la fe a ras del suelo. [...] Pero yo estoy
acostumbrado a pisar la tierra con los pies, que no adorarla.»32
En esto de pisar o pisotear la tierra con
los pies podemos percibir, incluso con más claridad que en Arístides, el eco
desgraciado del «Y do- minad» veterotestamentario. Ahí nace la tendencia
destructiva, de consecuencias que todavía hoy podemos apenas abarcar; en vez
del «cosmos natural» interviene un «cosmos eclesiástico», un antropocentrismo
religioso radical, cuyas numerosas repercusiones y cuyos «progresos» perduran
más allá de la teocracia medieval y que conducen, como ha escrito con
clarividencia A. Hilary Armstrong, hacia «a wholly man-centered technocratic
paradise, which is beginning to look to more and more ofus more and more like
hell».33
Aún en 1968 un teólogo protestante como
Albrecht Peters podía escribir, aludiendo expresamente al mandato bíblico que
hemos citado más arriba: «En el encuentro con Dios, el hombre quedaba liberado
de las fuerzas cósmicas elementales, del deber de idolatrizar lo mundano y
palpable; frente al Dios único aprendía a ver el mundo como unidad [...],
alcanzaba la posibilidad de la secularización, la libertad interior [...] que
le permite dominar tecnológicamente ese mundo así desmitologizado [!].[...]
Esta secularización aportada por el cristianismo supera todas las tendencias
secularizadoras anteriores por su mayor capacidad de penetración; la dominación
técnica del mundo arrastra en su remolino a todas las culturas».34
Al tiempo que condena la divinización del
Cosmos, Clemente Alejandrino lanza en su Protreptikos un sistemático anatema
contra la sexualidad, tan vinculada con los cultos paganos, «con vuestros
demonios y vuestros dioses y semidioses, propiamente llamados así como si
habláramos de semiburros [los mulos]». En sus casas, se indigna Clemente
mientras equipara a los dioses con los demonios, los paganos «exponen en
imágenes las pasiones impuras de los demonios», «ponen monumentos a la
desvergüenza de sus dioses», «figurillas de Pan con jóvenes desnudas, sátiros
borrachos y miembros viriles en erección». «En la virtud no sois más que
espectadores; en la maldad, por el contrario, habéis llegado a ser campeones.»
«¡Cuánto ofenden a la vista esas inmoralidades!»35
En conclusión, establece Clemente, «todas
las acciones de los gentiles son pecaminosas»; en todos los que «rinden culto a
los ídolos» ve lo mismo que, literalmente, caracterizaba a incontables
anacoretas cristianos: «El cabello sucio, las ropas mugrientas hechas jirones,
no saben lo que es un baño y llevan las uñas largas como garras de fieras»; de
los santuarios antiguos dice que no son más que «sepulturas y cárceles»; en las
imágenes sacras de los egipcios, sólo ve «animales [que] pertenecen a las cuevas,
o a los muladares, por lo que no ha de sorprendernos el inaudito triunfo de la
religión cristiana sobre los paganos».36
A comienzos del siglo IV, el Sínodo de
Elvira promulgó una serie de disposiciones antipaganas: contra el «culto a los
ídolos», contra la magia, contra las costumbres paganas, contra el matrimonio
entre cristianos y paganos o sacerdotes idólatras, todo lo cual se sancionaba
con las máximas penas eclesiásticas; el culto pagano implicaba la excomunión
incluso in articulo mortis, lo mismo que para los asesinos y los fornicadores.
Sin embargo, el concilio en cuestión se abstuvo de posiciones extre- mistas; en
su canon 60, por ejemplo, negaba la consideración de mártires a quienes
hubieran perecido durante los tumultos consiguientes a la destrucción de
«imágenes idólatras».37 Y es que el cristianismo no era todavía una religión
autorizada.
El tono cambió cuando se vio elevado a la
categoría de religión oficial. En el conflicto con los antiguos creyentes, la
gran inflexión se produce en el año 311, cuando el emperador Galerio autorizó
el cristianismo, aunque de mala gana, y en 313, a partir de cuyo momento el
emperador Constantino menudeó favores y demostraciones de simpatía para con
esta religión, a la que concedió numerosos privilegios. Aliados de la potencia
más fuerte del mundo, de la noche a la mañana los tratadistas cristianos no sólo
cambiaron de tono, sino incluso de mentalidad, podríamos decir.38
Las persecuciones contra los cristianos en
el espejo de la historiografía eclesiástica
Poco después de la última persecución,
empiezan las acusaciones contra los paganos, precisamente a causa de esas
persecuciones, presentadas con enorme exageración..., y en esa tónica hemos
seguido hasta bien avanzado el siglo XX, cuando todavía se escribe que durante
el siglo i el cristianismo «se bañaba en su propia sangre», se hace ponderación
de «las huestes innumerables de personajes heroicos», y se evoca «el siglo II
recorrido por la procesión de los que llevan en la frente la marca sangrienta
del martirio» (Daniel Rops); aunque, a veces, haya que confesar que «no fueron
millones» (Ziegler, 1956). Las investigaciones más serias y no refutadas por
nadie calculan la cifra de las víctimas cristianas unas veces en 3.000, otras
en 1.500 «para el total de los tres siglos de persecuciones». La cifra quizá
sea discutible; lo que nadie puede negar, en cambio, es que con frecuencia los
cristianos mataron a muchos más judíos en un solo año y, a veces, en un solo
día.39
Cristiano tan digno de respeto como
Orígenes, fallecido en 254, cuyo padre fue mártir, y que padeció suplicio él
mismo, dice que el número de testigos de sangre del cristianismo fue «pequeño y
fácilmente recontable». En efecto, sucede que la mayoría de las «actas de los
mártires» son falsificaciones, que muchos emperadores paganos jamás
persiguieron el cristianismo, y que el Estado no se metió con los cristianos
debido a su religión. En realidad, el funcionariado del antiguo régimen los
trataba con bastante tolerancia. Les concedían aplazamientos, se saltaban los
edictos, toleraban engaños, los dejaban en libertad o les enseñaban las
argucias legales con que podían librarse de la persecución sin abjurar de su
fe. A los que se denunciaban a sí mismos los mandaban a casa, e incluso muchas
veces soportaron con indiferencia las provocaciones.
En la primera mitad del siglo IV, sin
embargo, el obispo Eusebio, «padre de la historiografía eclesial», se muestra
inagotable en la invención de historias sobre los malvados paganos, los
terribles perseguidores del cristianismo. A ese tema dedica todo el libro
octavo de su Historia de la Iglesia, del que seguramente puede afirmarse lo
mismo que dijo un estudioso de los tomos noveno y décimo de esta obra (que es
casi la única fuente disponible sobre la historia de la Iglesia en la
Antigüedad):
«Énfasis, perífrasis, omisiones, medias
verdades, e incluso falseamiento de los originales, reemplazan a la
interpretación científica de documentos fiables» (Morreau).40
Vemos ahí cómo, una y otra vez, los
malvados paganos (en realidad, nuestro obispo Eusebio) torturan a latigazos a
los cristianos, «esos luchadores realmente admirables», les arrancan las carnes
a cuchilladas, les rompen las piernas, les cortan las narices, las orejas, las
manos y otros miembros. Eusebio echa vinagre y sal en las heridas, clava cañas
aguzadas bajo las uñas, abrasa espaldas con plomo derretido, fríe a los
mártires en parrillas «para prolongar el tormento». En todas estas situaciones
y muchas más, las víctimas conservan su entereza, incluso su buen humor:
«Cantaban alabanzas al Dios del cielo y daban gracias a sus torturadores, hasta
el último aliento».41
Otros creyentes, nos informa Eusebio, eran
anegados en el mar «por orden de los servidores del demonio», o crucificados, o
decapitados «a veces en número de hasta cien hombres y niños de corta edad [!]
y mujeres en un solo día. [...] La espada del verdugo se mellaba [...] y los
sayones fatigados se veían obligados a relevarse». Otros eran arrojados «a las
fieras antropófagas», para ser devorados por jabalíes, osos, panteras.
«Nosotros hemos sido testigos presenciales [!] y hemos visto cómo por la gracia
divina de nuestro Redentor Jesucristo, de quien daban testimonio [...], cuando
la bestia se aprestaba al salto, retrocedía una y otra vez como repelida por
una fuerza sobrenatural». El obispo cuenta de los cristianos (cinco en total)
que iban a ser «destrozados por un toro enfurecido»: «Por más que escarbaba con
las pezuñas y asestaba cornadas a un lado y a otro, espoleado por hierros al
rojo, resoplando de rabia, la Divina Providencia no permitió que les hiciera
ningún daño».42
¡La historiografía cristiana!
En un pasaje, Eusebio menciona «toda una
aldea de Frigia habitada por cristianos», cuyos habitantes, «incluso las
mujeres y los niños», fueron quemados vivos..., pero desafortunadamente olvidó
comunicarnos el nombre de la aldea en cuestión. Es un rasgo habitual éste de
prescindir de los detalles, pese a haber sido, como dice, testigo presencial;
prefiere hablar de «legiones innumerables», de «grandes masas» exterminadas en
parte por la espada, otras veces por el fuego, «incontables hombres y mujeres y
niños» que murieron «de diversas maneras por la doctrina de nuestro Redentor».
«Sus muestras de heroísmo desafían toda descripción.»43
Conviene recordar aquí que, durante el
Concilio de Tiro, en 335, el obispo egipcio Pótamo de Heraclea acusó a Eusebio
de haber renega- do durante la persecución, algo que, lógicamente, no está
demostrado y además podría ser una de las habituales calumnias entre colegas
.44
Durante la persecución de 177 en las
Galias, bajo Marco Aurelio (161-180), emperador filósofo cuyos Pensamientos
admiró Federico II de Prusia, Eusebio cuenta que hubo «decenas de miles de
mártires»; sin embargo, los martirologios de la persecución gala bajo Marco
Aurelio totalizan... 48 víctimas. De todas ellas, el aquí tan citado Lexikonfür
Theologie una Kirche sólo recuerda a ocho, «santa Blandina con el obispo Potino
y seis de sus seguidores». Por el contrario, el número de víctimas paganas en
Galia fue, en siglos posteriores, «bastante superior» (C. Schneider).45
Sobre la persecución de Diocleciano, la más
cruenta (contra la voluntad expresa de este notable emperador), Eusebio no pudo
lamentar —o quizá sería mejor decir celebrar, ya que los caudillos de la
Iglesia siempre consideraron providenciales las persecuciones, y esto lo han
afirmado algunos papas de nuestro siglo XX—46 que las víctimas se hubiesen
contado por decenas de miles, ya que vivían aún muchos testigos presenciales.
Las persecuciones constituyen un estímulo, fomentan la unidad de los
perseguidos y son la mejor propaganda imaginable de todos los tiempos. Eusebio,
autor de una crónica «sobre los mártires de Palestina», y que dejó escrito en
su Historia de la Iglesia: «Conocemos los nombres [...] de los que destacaron
en Palestina», cita un total de 91 mártires, y no «decenas de miles». En 1954,
De Ste Croix revisó para la Harvard Theological Review las cifras del «padre de
la historiografía cristiana» y le salieron sólo dieciséis mártires palestinos,
y eso para la peor de las persecuciones, que duró allí diez años, con lo que el
promedio no da ni siquiera dos víctimas al año. Pese a todo esto, uno de los
panegiristas modernos de Eusebio rechaza la conclusión de que Eusebio careciese
de «escrupulosidad científica» (Wallace-Hadrill).47
Hasta los emperadores paganos, pese a
considerarlos designados «por Dios» como mantenedores de su «orden», quedaron
sometidos al trato peyorativo de los padres de la Iglesia. Los del siglo II,
que según Atenágoras eran todavía «clementes y bondadosos», sabios y amantes de
la verdad, pacíficos, ilustrados, benefactores, etcétera, a comienzos del siglo
IV eran reemplazados por monstruos sin parangón posible.
Los emperadores paganos vistos
retrospectivamente
Los alaridos triunfales de los cristianos
empezaron hacia el año 314, por obra de Lactancio. Su panfleto Sobre las
muertes de los perseguidores es tan ruin por la elección de su tema, por su
estilo y por su nivel, que durante mucho tiempo se quiso negar la autoría del
Cicero christianus, aunque hoy la autenticidad se considera (casi)
indiscutible. Pocos insultos ahorra Lactancio a los emperadores romanos en su
escrito, publicado en Galia mientras educaba a Crispo, hijo de Constantino:
«Enemigos de Dios», «tiranos», a los que compara con los lobos y describe como
fieras, «bestias». Apenas acababa de cambiar el ambiente político, comenta
Campenhausen, y ya «la vieja ideología de mártires y perseguidos desaparece de
la Iglesia como si se la hubiese llevado el viento, reemplazada por su
contraria».48
Aunque perseguidor de los cristianos, el
emperador Decio (249-251) se había propuesto gobernar pacíficamente, según dejó
consignado en sus monedas (pax provinciae), y según las fuentes históricas fue
un hombre de excelentes cualidades, hasta que cayó derrotado ante el caudillo
de los godos Kniva y murió en Abrittus, lugar correspondiente a la actual
región de la Dobruja. Pues bien, Decio fue para Lactancio «un enemigo de Dios»,
«un monstruo abominable» que mereció acabar pasto de «las fieras y los buitres».
De Valeriano (253-260), que también persiguió a los cristianos y que murió
prisionero de los persas, afirma Lactancio que «le arrancaron la piel, que fue
curtida con tinte rojo para ser expuesta en el templo de los dioses bárbaros
como recordatorio de aquel' gran triunfo». Diocleciano (284-305), que había
empleado a Lactancio como rhetor latinus en Nicomedia cuando era un pobretón y
que luego, durante las persecuciones y residiendo Lactancio en la capital
imperial, no le tocó ni un hilo de la ropa, merece el apelativo de «grande en
la invención de crímenes». En cuanto a Maximiano (285-305), corregente con
Diocleciano, según cuenta Lactancio «no era capaz de negarse a ninguna
satisfacción de sus bajas pasiones»: «Por doquiera que iba, allí arrebataban a
las doncellas de los brazos de sus padres para ponerlas a su disposición».49
Pero el peor «de los malvados que hayan
alentado jamás» fue el emperador Galerio (305-311), yerno de Diocleciano;
Lactancio le considera el verdadero inspirador de los pogromos iniciados en
303, en los que se propuso «maltratar a todo el género humano». Cuando «el
miserable quería divertirse», llamaba a uno de sus osos, «en fiereza y
corpulencia comparable a él mismo», y le echaba seres humanos para comer. «Y
mientras le destrozaba los miembros a la víctima, él reía, de manera que allí
nunca se cenaba sin acompañarse del derramamiento de sangre humana», «la
hoguera, las crucifixiones y las fieras eran el pan de cada día», y «reinaba la
arbitrariedad más absoluta». Los impuestos eran tan abusivos que personas y
animales domésticos morían de inanición, y «sólo sobrevivían los mendigos.
[...] Pero hete aquí que aquel soberano tan compasivo se acordó de ellos
también, y queriendo poner fin a sus penalidades hizo que los reunieran para
sacarlos en barcas al mar y ahogarlos allí».50
¡La historiografía cristiana!
Al mismo tiempo, Lactancio no deja de
asegurar, en esta «primera aportación del cristianismo a la filosofía y la
teología de la historia» (Pichón), que ha «recopilado todos estos hechos [...]
con la fidelidad más concienzuda, a fin de que no se pierda el recuerdo de los
mismos y que ningún historiador futuro pueda desfigurar la verdad» ,51 El
castigo de Dios alcanzó a Galeno en forma de cáncer, «una llaga maligna en la
parte más baja de los genitales», mientras Eusebio, más pudoroso, prefiere
aludir a aquellas partes «que no se nombran». Posteriormente, otros tratadistas
eclesiásticos como Rufino y Orosio inventaron la leyenda de un suicidio. En
cambio, Lactancio, después de establecer la fama de Galerio en la
historiografía como «bárbaro salvaje» (Altendorf), dedica varias páginas a
describir con regodeo la evolución de la enfermedad (el léxico es similar al
utilizado en otro pasaje donde explica, siguiendo el ejemplo del obispo
Cipriano, las satisfacciones que experimentarán los elegidos cuando contemplen
el suplicio eterno de los condenados): «El cuerpo se cubre de gusanos. El hedor
no sólo invade el palacio, sino que se propaga por toda la ciudad. [...] Los
gusanos lo devoran vivo y el cuerpo se disuelve en una podredumbre
generalizada, entre dolores insoportables...». El obispo Eusebio añadía a su
relato esta apostilla: «De los médicos, los que no pudieron resistir aquel
hedor repugnante por encima de toda medida fueron abatidos allí mismo, y los
que luego no supieron hallar remedio, juzgados y ejecutados sin, compasión».
¡ La historiografía cristiana!
El caso es que Galerio, cuya agonía nos
pintan los padres de la Iglesia sin ahorrar ninguno de los tópicos antiguos,
aunque enfermo de muerte llegó a firmar, el 30 de abril de 311, el llamado
«Edicto de tolerancia de Nicomedia», por el que ponía fin a las persecuciones
contra los cristianos (en principio justificadas, en esta ocasión como en
otras, por la doctrina de Diocleciano sobre la supremacía del Estado) y
proclamaba que el cristianismo era una r-eligió licita. Incluso les autorizaba
a reconstruir sus iglesias «bajo la condición de que no contravengan las leyes
en manera alguna». Con esta Carta Magna, aunque concebida en términos no
excesivamente amistosos, Galerio, que efectivamente murió pocos días después en
Serdica, «dejó un loable testimonio de su honestidad personal», según Hónn, ya
que «por primera vez en la historia, los cristianos quedaban en cierto modo
legalizados» (Grant).53
Galerio se había adjudicado las provincias
danubianas y la región balcánica; estableció su residencia principal en Sirmium
y quiso renovar el imperio, en lo político así como en lo religioso, con
arreglo a las reglas establecidas por Diocleciano. No fue un monstruo como nos
lo pintan las plumas de Lactancio y demás padres de la Iglesia sino, tal como
nos lo describen otras fuentes más fiables, un soberano justo y bien
intencionado, aunque ciertamente algo inculto. Aurelio Víctor, prefecto de Roma
en 389 y autor de una historia de los emperadores romanos, dice que había sido
pastor y que, pese a ser «de modales rudos» y «carente de educación», poseía
otras «cualidades con que le había distinguido la naturaleza»; entre otras
cosas elogia la colonización de nuevas tierras en Panonia (a la que llamó
provincia Valeria, por el nombre de su esposa, que fue quien influyó en su
ánimo a favor de los cristianos), con la puesta en explotación de bosques
inmensos y la construcción de un canal entre el lago Pelso (el actual Balatóa,
posiblemente) y el Danubio.54
Pero Lactancio, eso sí, el mismo que poco
antes, cuando los cristianos aún eran perseguidos, exclamaba: «Que cese la
violencia; no más injusticia; la religión no puede imponerse»; «con palabras y
no con varas hay que propugnar la causa, sea cual sea»; «mediante la paciencia,
no con la crueldad; mediante la fe, no con el crimen»; el que afirmaba que «la
raíz de toda justicia y el fundamento de todo sentido común» se condensaban en
el principio de «no hagas con los demás lo que no quisieras que hicieran contigo
mismo; por nuestro propio ánimo podremos colegir lo que hay en el del prójimo»;
ese Lactancio es el que luego afirma que los soberanos de los gentiles eran
«criminales ante Dios», y celebra que hayan sido «exterminados de raíz con toda
su ralea». «Ya yacen postrados en el suelo aquéllos que pretendían desafiar a
Dios; los que derribaron el Templo tardaron en caer, pero han caído mucho más
bajo y tuvieron el fin que merecían.» En cambio, el padre de la Iglesia sólo
encuentra elogios para las matanzas perpetradas por Constantino con los
prisioneros francos en el anfiteatro de Tréveris. Exultante de gratitud, en el
epílogo de su De las muertes de los perseguidores, celebra que «la misericordia
eterna del Señor se ha dignado mirar hacia la tierra y rescatar a sus ovejas,
que andaban dispersas y perseguidas por los lobos sanguinarios, reuniéndolas de
nuevo y poniéndolas a salvo, y exterminando a las fieras malvadas. [...] El
Señor los aniquiló y los ha borrado de la faz de la tierra; cantemos, pues, el
triunfo del Señor, celebremos la victoria del Señor con himnos de alabanza..
.».55
Otro protegido de Constantino, el
historiador Eusebio, abunda en los mismos términos contra los emperadores
paganos. A Valeriano lo pinta haciendo «carnicerías de niños, sacrificios de
las criaturas de los más desgraciados, mientras los arúspices consultaban las
entrañas de los recién nacidos y se descuartizaba a quienes eran imagen y
semejanza de Dios»; similares acusaciones merece el emperador Majencio, a quien
se le atribuyen además matanzas de leones y de mujeres embarazadas (aparte el
asesinato en masa de senadores). Tal género de acusaciones acaba por
convertirse en un tópico de la historiografía eclesiástica, especialmente con
referencia a Galerio, Maximiano, Severo y, cómo no. Juliano el Apóstata.
Empresa fácil ésta para Eusebio, que había demostrado en los quince libros de
su Praeparatio Evangélica la bajeza y la maldad del paganismo así como la
elevación y las virtudes del partido propio, que había personificado el
helenismo entero en la figura de un diablo, «un demonio pagano que odia la
bondad y ama la malicia» y que asalta a los cristianos, tan nobles ellos, «con
la furia de un perro rabioso», «con demencia bestial», «con venenos maléficos y
letales para las almas» y azuza contra ellos «a todas las fieras salvajes y a
todos los monstruos con figura humana». Por eso Eusebio manifiesta su júbilo
cuando Constantino «emprendió la persecución contra los que tal hacían, e hizo
caer sobre ellos el merecido castigo que les tenía reservado el Señor», y
cuando «ahora los poderosos escupen el rostro de los ídolos», y «pisotean las
leyes de los demomos», burlándose de las «necedades» paganas; «la ralea de los
impíos ha desaparecido de entre el común de los hombres», «las fieras salvajes,
los lobos y toda clase de bestias crueles y sanguinarias.. .».56
Antes de contemplar más de cerca a esas
nuevas majestades cristianas, vamos a fijarnos brevemente en dos de los
primeros grandes adversarios que tuvo el cristianismo en la Antigüedad. Muy
pronto los paganos supieron descubrir los puntos débiles en la argumentación de
los santos padres y refutarla, cuando no conducirla ad absurdum.
Celso y Porfirio: los primeros adversarios
del cristianismo
Si bien es cierto que los primeros
emperadores cristianos ordenaron la destrucción de las obras anticristianas de
esos filósofos, como era lógico, ha sido posible reconstruirlas en parte,
entresacando de los tratados de sus mismos adversarios; la obra de Celso, en
particular, se deduce de una réplica en ocho libros escrita por Orígenes hacia
248. El teólogo más influyente de los primeros tiempos de la cristiandad se
tomó evidentemente mucho trabajo en refutar a Celso, cosa tanto más difícil por
cuanto en muchos pasajes se ve obligado a confesar las razones que asisten a su
adversario. Pese a ser uno de los cristianos más honestos que se puedan citar,
y pese a sus propias protestas de integridad, en muchos casos Orígenes tuvo que
acudir a subterfugios, a la omisión de puntos importantes, y acusa de las
mismas prácticas a Celso, autor desde luego no exento de tendenciosidad pero
más fiel a la realidad de los hechos. Orígenes le reitera la calificación de
necio de primera categoría, aunque el haberse molestado en escribir una réplica
extensa «vendría a demostrar más bien lo contrario», como dice Geffcken.57
La Palabra verdadera {Alethés Logos) de
Celso, originaria de finales del siglo II, es la primera diatriba contra el
cristianismo que conocemos. Como obra de alguien que fue filósofo platónico, el
estilo es elegante en su mayor parte, los argumentos matizados y hábiles, otras
veces irónicos, y no del todo desprovisto de cierta voluntad de conciliación.
El autor se muestra buen conocedor del Antiguo Testamento, de los Evangelios, y
también de la historia interna de las comunidades cristianas; poco sabemos de su
figura, pero según su obra ciertamente no fue un personaje vulgar.58
Celso distinguió con claridad los puntos
más precarios de la doctrina cristiana, por ejemplo la mezcla de elementos
judaicos con otros del estoicismo, del platonismo, y aun de las creencias y
cultos mistéricos egipcios y persas. Opina que «todo esto se expresó mejor
entre los griegos [...] y sin tanta altanería ni pretensión de haber sido
anunciadas por Dios o el Hijo de Dios en persona». Celso hace burla de
la^vanidad de los judíos y los cristianos, de sus pretensiones de ser el pueblo
elegido:
«Por encima de todos está Dios, y después
de Dios nosotros, creados por Él y semejantes a Él en todo; lo demás, la
tierra, el agua, el aire y las estrellas, es todo nuestro, puesto que se creó
para nosotros y por tanto debe ponerse a nuestro servicio». Para rebatir esto,
Celso compara «la ralea de los judíos y cristianos» con «una bandada de
murciélagos, o un hormiguero, o una charca llena de ranas que croan, o de
lombrices. ..», afirmando que el hombre no lleva tanta ventaja al animal y que
es sólo un fragmento del cosmos, cuyo creador atiende sólo a la totalidad.59
De ahí, Celso se ve obligado a preguntar
por qué descendió el Señor entre nosotros. «¿Acaso necesitaba ponerse al
corriente acerca del estado de cosas reinante entre los hombres? Si Dios lo
sabe todo, ya debía estar enterado, y sin embargo nada hizo por poner remedio a
tales situaciones antes.» ¿Por qué precisamente entonces, y por qué debía
salvarse sólo una parte minúscula de la humanidad, condenando a los demás «al
fuego del exterminio»? Y ¿cómo podía resucitar un cuerpo ya descompuesto y
presentarse incólume? «Como no saben qué replicar a eso, utilizan el muy
socorrido subterfugio de asegurar que Dios lo puede todo.»60
En lo tocante a la ética cristiana, Celso,
buen conocedor de la historia comparativa de las religiones, no encuentra nada
nuevo. Con bastante razón dice que «es la misma de los demás filósofos, y no
una ciencia venerable, ni nueva». Incluso el mandamiento del amor al enemigo le
parece «muy antiguo y mejor expresado por otros antes», y «no en términos tan
rústicos». Así cita como ejemplo el famoso pasaje 49 B-E del Gritón platónico.
El diálogo entre Sócrates y Critón subraya la idea de que «bajo ninguna circunstancia
es lícito obrar injustamente», ni tampoco «cuando se nos ha infligido una
injusticia», «por grande que fuese el mal padecido»; que «nunca es lícito hacer
lo que no es justo, ni defenderse devolviendo injusticia por injusticia...».
Celso incluso da a entender que, antes de Platón, otros hombres inspirados
habían propugnado la misma opinión, con lo que alude posiblemente a las
doctrinas pitagóricas.61
Con toda la razón desde el punto de vista
de la historia de las religiones, aduce el pagano que la figura de Cristo no
reviste tanto carácter excepcional en comparación con Hércules, Esculapio,
Dionisos y otros muchos que realizaron prodigios y ayudaron a los demás. «¿O
acaso pensáis que lo que se cuenta de esos otros son fábulas y deben pasar por
tales, mientras que vosotros habéis dado mejor versión de la misma coinedia, o
más verosímil, como lo que exclamó antes de morir en la cruz, y lo del terremoto
y la súbita oscuridad?» Antes de Jesús hubo divinidades que murieron y
resucitaron, legendarias o históricas, lo mismo que hay testimonios de los
milagros que obraron, junto con otros muchos «prodigios» y «juegos de habilidad
que logran los prestidigitadores». «Y s! esos son capaces de realizar tales
cosas, ¿tendremos que tomarlos por Hijos de Dios?» Aunque, naturalmente, «los
que desean que se les engañe siempre están prestos a creer en apariciones como
la de Jesús».62 Celso subraya repetidas veces que los cristianos se recluían
entre los círculos más incultos y más propensos a creer en prodigios, que su
doctrina sólo convence a «las gentes más simples», ya que ella misma «es simple
y adolece de carácter científico». En cambio, a las personas cultas, asegura
Celso, los cristianos las evitan, sabiendo que no se dejan embaucar. Prefieren
dirigirse a los ignorantes para contarles «grandes maravillas» y hacerles creer
que «no se debe hacer caso de padres ni de maestros, sino escucharles
únicamente a ellos. Que aquéllos sólo dicen tonterías y necedades [...] y que
sólo los cristianos tienen la clave de las cosas y que saben cómo hacer felices
a las criaturas que les siguen. [...] Así hablan ellos. Pero cuando ven que se
acerca un maestro con instrucción y discernimiento, o incluso el padre en
persona, entonces los más prudentes prefieren alejarse a toda prisa; pero los
más descarados incitan a la desobediencia, diciéndoles a los niños que no se
puede hablar de cosas importantes delante de los padres y maestros, puesto que
ellos no quieren nada con personas tan profundamente corrompidas y encenagadas
en la maldad, que sólo saben imponer castigos. Y les insinúan que, si quieren ,
pueden abandonar a sus padres y maestros...».63
La veracidad de lo que se cuenta en estos
párrafos apenas puede ponerse en duda, si tenemos presente el fanatismo con que
muchos siglos después los padres eclesiásticos siguen incitando a desobedecer a
los padres naturales, cuando éstos pretenden oponerse a sus fines.
Un siglo después de Celso, el relevo de la
lucha literaria contra la nueva religión lo toma Porfirio. Nacido alrededor de
233 y seguramente en Tiro (Fenicia), a partir de 263 Porfirio se estableció en
Roma, donde vivió durante decenios y se dio a conocer como uno de los
principales seguidores de Plotino (pensador éste que, pese a sus virtudes,
según el padre Firmico, quedó refutado por completo al enfermar de la lepra y
morir miserablemente). De los quince libros de Porfirio Contra los cristianos,
fruto de una convalecencia en Sicilia, hoy se conservan sólo algunas citas y
extractos. La obra propiamente dicha fue víctima de los decretos de príncipes
cristianos, Constantino el primero, y luego, hacia 448, los emperadores
Teodosio II y Valentiniano III, que ordenaron la primera purga de libros en
interés de la Iglesia.64
Por desgracia, las referencias conservadas
de la obra no dan una idea tan completa como en el caso de Celso. Podemos
suponer que Porfirio conoció la Palabra verdadera de aquél; algunos argumentos
se repiten casi al pie de la letra, cosa por otro lado bastante lógica. También
Porfirio se pregunta, por ejemplo, qué tenían que aguardar tantas naciones
anteriores a la venida del Cristo. «¿Por qué fue preciso esperar a una época
reciente, permitiendo que se condenaran tantísimas personas?» Porfirio parece
más sistemático que Celso, más erudito; le supera como historiador y filólogo,
así como en el conocimiento de las Escrituras cris* tianas. Domina los detalles
más a fondo y critica con severidad el Antiguo Testamento y los Evangelios;
descubre contradicciones, lo que le convierte en un precursor de la crítica
racionalista de la Biblia. Niega decididamente la divinidad de Jesús. «Aunque
hubiese entre los griegos alguno tan obtuso como para creer que realmente los
dioses residen en las imágenes que tienen de ellos, ninguno lo sería tanto como
para admitir que la divinidad pudo entrar en el vientre de María virgen, para
convertirse en feto y ser envuelta en pañales después del parto.»65
Porfirio critica también a Pedro, y sobre
todo a Pablo, personaje que le parece (lo mismo que a otros muchos hasta la
fecha de hoy) notablemente antipático. Le juzga ordinario, oscurantista y
demagogo, y le acusa de codicia, cosa que antes él habían señalado ya algunos
cristianos, pues por algo dijo el mismo Pablo: «¿Quién milita jamás a sus
expensas? ¿Quién planta una viña, y no come de su fruto? ¿Quién apacienta un
rebaño, y no se alimenta de la leche del ganado?», acogiéndose acto seguido a
la Ley de Moisés: «No pongas bozal al buey que trilla». Porfirio incluso afirma
que Pablo, como era pobre, predicaba para sacar dinero a las damas ricas y que
no era otra la finalidad de sus múltiples viajes. Hasta san Jerónimo reparó en
la acusación de que las comunidades cristianas estaban regentadas por mujeres y
que el favor de las damas decidía quiénes podían acceder a la dignidad del
sacerdocio.66
El pagano también censura la doctrina de la
salvación, la escatología cristiana, los sacramentos, el bautismo, la comunión;
el tema central de sus críticas es, de hecho, la irracionalidad de las
creencias y no ahorra improperios, pese a lo cual Paulsen podía escribir en
1949: «La obra de Porfirio fue un alarde tal de erudición, de intelectualismo
refinado y de capacidad para la comprensión del hecho religioso, que jamás ha
sido superada, ni antes ni después, por ningún otro tratadista. Anticipa toda
la crítica moderna de la Biblia, a tal punto que muchas veces el investigador
actual, mientras lo lee, no puede sino asentir en silencio a tal o cual
pasaje». Y el teólogo Harnack escribe que «Porfirio todavía no ha sido
refutado», «casi todos sus argumentos, en principio, son válidos».67
Verdad es que Porfirio, hombre de su tiempo
al fin y al cabo, junto a su crítica ilustrada nos sorprende por su firme
creencia en oráculos y demomos. En la obra de su predecesor hallamos asimismo
muchas ingenuidades, aunque también a Celso le reconoció el teólogo Ahiheim, en
1969, «una crítica devastadora de la imagen de Jesús que transmitieron los
Evangelios». Y cuando Celso termina «en tono conciliador» proponiendo a los
cristianos que tomen parte en la vida pública, que presten el servicio militar,
ellos atendieron a la sugerencia y no con poco interés, según opina el teólogo:
«De la noche a la mañana se pasaron al lado de Constantino, junto con los
poderosos y los opresores. Comenzaba en ese momento la desgraciada alianza
entre el trono y el altar».68
Los inicios de dicha alianza, cuyas
gravísimas consecuencias perduran hasta hoy, serán objeto de nuestro capítulo
siguiente.
SAN CONSTANTINO, EL PRIMER EMPERADOR
CRISTIANO, «SÍMBOLO DE DIECISIETE SIGLOS DE HISTORIA ECLESIÁSTICA»
«En todas las guerras que emprendió y
capitaneó, alcanzó brillantes victorias [...].» SAN AGUSTÍN, PADRE DE LA
IGLESIA1
«De entre todos los emperadores romanos, él
solo honró a Dios, el Altísimo, con extraordinaria devoción, él solo anunció
con valentía la doctrina de Cristo, él solo exaltó a su Iglesia como nadie
desde que existe memoria humana; él solo puso fin a los errores del politeísmo
y abolió toda clase de culto a los ídolos.»
EUSEBIO DE CESÁREA, OBISPO2
«Constantino era cristiano. El que obra
así, y sobre todo en un mundo | que todavía era mayoritariamente pagano, tiene
que ser cristiano 'i de corazón, y no
sólo con arreglo a las demostraciones externas.» » KURT ALAND, TEÓLOGO3
«La cristiandad tuvo siempre ante sus ojos,
como ejemplo luminoso, la figura de Constantino el Grande.»
PETER STOCKMEIER, TEÓLOGO4
«También sus posturas espirituales fueron
las propias de un verdadero creyente.»
KARL BAUS, TEÓLOGO5
«Ese monstruo Constantino. [...] Ese
verdugo hipócrita y frío, que degolló a su hijo, estranguló a su mujer, asesinó
a su padre
y a su hermano políticos, y mantuvo en su
corte una caterva de sacerdotes sanguinarios y cerriles, de los que uno solo se
habría bastado para poner a media humanidad en contra de la otra media y
obligarlas a matarse mutuamente.»
PERCY BYSSHE SHELLEY6
Los nobles ancestros y el terror del Rin
Constantino, nacido en Nissus (Nich), en
los alrededores de la actual Sofía, empezó por falsificar su genealogía, la
religión de su padre y su propio origen.
Constancio I Cloro empezó su carrera como
protector, es decir, guardaespaldas imperial; después, fue promovido a tribuno
militar, prefecto de los pretorianos, cesar en 293 y emperador de Occidente en
305. Era pagano, aunque presumiblemente no muy fanático. Pero, más tarde,
Constantino quiso que pasara por cristiano y «muy atento a la palabra de Dios»
(Eusebio). La verdad es que Constancio, a diferencia de sus copríncipes, hizo
la vista gorda en relación con los decretos de Diocleciano, lo que no quita que
(aunque, según Eusebio, «no participó de ningún modo en la guerra contra
nosotros») expulsase a los cristianos del ejército; por su parte era, devoto
del culto a Marte, dios de la guerra al fin y al cabo y segundo de la trinidad
Júpiter-Marte-Quirino. El propio Lactancio reconoce que Constancio destruyó
iglesias; de las Gallas, que formaban parte de su jurisdicción, tenemos incluso
actas de mártires en su época, aunque eso naturalmente no demuestra gran cosa.
Si la religión de su padre era un poco
oprobiosa para Constantino, algo parecido le sucedía también con su árbol
genealógico. Constancio era un ilirio de baja extracción. Otros emperadores
paganos tuvieron a orgullo el ser de origen humilde. Vespasiano, por ejemplo,
al que apodaban «mulio» (tratante de muías), «de orígenes oscuros y sin nobleza
alguna entre sus antepasados» (Suetonio), visitaba con frecuencia su aldea, no
hizo reformar la casa natal, y durante toda su vida usó para beber en fiestas y
ceremonias un cubilete de plata que había pertenecido a su abuela Tertulia. En
cambio, Constantino pretendía que su padre era descendiente del emperador
Claudio II Gothicus, es decir, el famoso debelador de los godos; con ello
llamaba usurpadores a sus corregentes, según consta en las monedas de la época
a partir de 314, para legitimar su propia dictadura. Eusebio, el historiador
eclesiástico, le alaba su «rancio abolengo». Y la madre de Constantino, santa
Elena, supuesta princesa británica, había sido pagana y tabernera {stabularid)
en los Balcanes. Con esta santa vivió en concubinato Constancio Cloro antes de
su primer matrimonio (con la emperatriz Teodora), y luego en una situación de
bigamia. La aristocracia grecorromana llamaba a Constantino «el hijo de la concubina»;
Ambrosio, doctor de la Iglesia, incluso dejó escrito que Jesucristo la había
elevado «del fango al trono». (Pero en 326, cuando ella emprendió una
«peregrinación» a «Tierra Santa» y el obispo Eustatio de Antioquía se atrevió a
decirle algo semejante cara a cara, Constantino lo envió al exilio, de donde no
regresó jamás.) Las familias gentiles más notables despreciaban a Elena por sus
orígenes, y la futura santa, «intrigante, autoritaria y totalmente desprovista
de escrúpulos», hizo cuanto pudo por alejar a Teodora de Constancio con la
colaboración de los cristianos y la desterró a unas dependencias del palacio
con su familia; todo ello para asegurar la sucesión a su propio hijo.7
Diga lo que diga la propaganda cristiana,
Constantino fue extraordinariamente belicoso y si la empresa prometía éxito, no
retrocedía ante ninguna clase de crímenes o de crueldades. Ya su padre, cuando
residía en Augusta Treverorum (Tréveris) en su condición de más occidental de
los corregentes de Diocleciano —por cierto, ocupaba con su palacio toda la
parte nororiental de la que fue gran metrópoli de su época—, mantuvo una
actividad guerrera casi constante. Según se cuenta, miles de francos fueron
muertos, prisioneros, deportados o esclavizados por él, aunque todavía en pleno
siglo XX el bando católico quiera mantener que fue un «soberano benigno y
justo» (Bihimeyer). Y aunque fuese «durante toda su vida», según asegura
Eusebio, «clemente y misericordioso», «extremadamente bondadoso y cordial con
todos», el caso es que disputó grandes batallas en el frente del Rin, emprendió
expediciones contra pictos y escotos, y venció varias veces, entre los años 293
y 297, a los usurpadores Carausio y Alecto, arrebatándoles las islas
británicas. También su hijo Constantino, que permaneció largos años retenido
casi a manera de rehén en la corte de Diocleciano, acompañaba a éste durante
sus numerosas campañas por Egipto, a Galerio contra los persas y los sármatas,
y destacaba personalmente en combates cuerpo a cuerpo contra «bárbaros» y
fieras..., no siempre con carácter de voluntario, imaginamos, pero «la mano de
Dios protegió al joven guerrero» (Lactancio).8
El 25 de julio de 306, cuando falleció
Constancio I Cloro en Eboracum, la actual York (Inglaterra), después de una
victoria sobre los pictos, las tropas nombraron sin demora emperador al joven
Constantino. Pero Galerio, que táctica y formalmente quedaba como primer
Augusto dentro del sistema de la tetrarquía, sólo quiso reconocer a Constantino
como cesar. Aquella proclamación había sido un acto ilegal que rompía el orden
de la segunda tetrarquía y suponía graves amenazas; deliberadas,
indudablemente, pues como nos informa el obispo Eusebio, «Dios mismo. Rey de
reyes, lo tenía decidido desde mucho antes». Por algo Constantino se impuso
como «primera y principal ocupación —según el padre Lactancio— la de
restablecer a los cristianos en el ejercicio de sus prácticas religiosas. El
restablecimiento de la santa religión fue el primero de sus decretos». Una vez
se vio dueño de la Britania y la Galia, en el año 310 emprendió el saqueo de
España, es de suponer que para privar a Roma del aprovisionamiento de los cereales
ibéricos, e indisponer contra Majencio a la población hambrienta. Pero lo que
más cultivó Constantino fueron las guerras fronterizas, que le convirtieron en
el espanto de todo el Rin. Y eso que según Eusebio era, como su padre, «de
naturaleza bondadosa, benigna y filantrópica como nadie», razón por la cual
«Dios puso a sus pies las más diversas tribus de bárbaros». Su política
exterior «desde el principio se caracterizó por su agresividad, pues conducía
las campañas en contragolpes y profundas penetraciones por territorio enemigo»
(Stallknecht). En 306 y 310 diezmó a los brúcteros, robó sus ganados, incendió
sus aldeas y lanzó a los prisioneros al circo para que fuesen pasto de las
fieras. «También a los brúcteros atacaste de improviso y fue incontable el
número de los muertos», celebra un cronista oficial en Tréveris, residencia
oficial del emperador desde 293. «De los hombres prisioneros, los que no valían
para soldados por no ser de fiar, ni para esclavos por demasiado fieros, echó
todos al circo y fueron tantos, que fatigaron hasta a las bestias salvajes»,
algo que incluso en aquellos tiempos no era frecuente e inspiraba pavor. El
joven emperador ahogó en sangre cualquier conato de rebelión; en 311 y 313
aplastó a los alamanos, ya muy castigados por su padre, así como a los francos,
cuyos reyes Ascarico y Merogaisio fueron destrozados por osos hambrientos, para
edificación general. (Los francos idólatras respetaban la vida de los
prisioneros de guerra, y el rey de los alamanos, Eroco, había apoyado desde
Eboracum la proclamación de Constantino como emperador.)9
Pero Constantino, después de arrojar a la
arena a sus víctimas (de los 71 anfiteatros conocidos de la Antigüedad, el de
Tréveris era el décimo en importancia, con 20.000 asientos) y viendo la
aceptación del espectáculo, decidió convertirlo en institución permanente. Así
los «juegos francos», a celebrar todos los años entre el 14 y el 20 de julio,
pasaban a ser el punto culminante de la temporada (aunque es posible que los
reyes «francos» Ascarico y Merogaisio fuesen brúcteros o tubantes, en
realidad).10
Mientras el joven soberano amenizaba de ese
modo la vida de los habitantes de Tréveris, había en el Imperio romano otros
tres emperadores: Majencio en Occidente, que tenía autoridad sobre Italia y
África; Maximino Daia en Oriente, cuyo territorio comprendía la parte no
europea del imperio (todas las provincias al sur de la cordillera del Tauro, y
además Egipto), así como Licinio, dueño de las regiones danubianas (Panonia y
Retía). Eso de que hubiese tantos emperadores, a Constantino le parecía
intolerable, y se propuso desmontar el sistema de la tetrarquía, instituido por
Diocleciano para consolidar aquel gigantesco imperio. Inició la destrucción del
«orden» establecido mediante una campaña bélica tras otra, eliminando
sucesivamente a sus rivales y estableciendo una vinculación cada vez más fuerte
entre el imperio y la Iglesia cristiana. Tal «revolución» constantiniana
ciertamente fue un punto decisivo en la historia del cristianismo, y también
produjo el encumbramiento de una nueva clase dominante, el clero cristiano,
aunque manteniendo las antiguas relaciones basadas en la guerra y la
explotación. A eso se le ha llamado «el comienzo de la era metafísica mundial»
(Thiess).11
Guerra contra Majencio
Para asegurarse el flanco, Constantino se
alió primero con Licinio, uno de los cesares orientales; aguardó al
fallecimiento del emperador Galerio y cayó luego por sorpresa —contra la
opinión de sus consejeros—, movido puramente por «la compasión ante los
padecimientos de los pobladores oprimidos de Roma» (Ensebio), sobre Majencio,
el corregente occidental, cuyo campamento parecía «el cubil de una fiera
acorralada».12
Naturalmente, hay muchos historiadores que
quieren disculpar a Constantino en este punto, como en tantos otros. Seeck, por
ejemplo, muy inclinado a defender al agresor, no sólo establece como principio
general que aquel «héroe invicto» había «evitado siempre todas las guerras que
no le fueron impuestas», sino que, refiriéndose a Majencio, asegura que por más
que Constantino procuró eludir el enfrentamiento «lo preveía desde hacía mucho
tiempo, razón por la cual se preparó concienzudamente». De Majencio, Seeck
escribe: «Aunque planeaba una guerra de ataque, retuvo en Roma el grueso de su
ejército para mejor protección de su valiosa persona, e hizo acumular
provisiones de grano como para resistir durante larguísimo tiempo». En
realidad, las fuerzas de que disponía Majencio eran escasas y estaban mal
preparadas para una campaña; quizá por eso no disimulaba sus intenciones
pacíficas. En cambio, Constantino se movía guiado por un principio único, «el
de una soberanía más amplia» (Vogt), o mejor dicho, el de la soberanía
universal, principatum totius orbis adfectans (Eutropio). Después de armarse
hasta los dientes, descargó un verdadero diluvio de propaganda contra la
«tiranía» del romano; la Iglesia no tardó en marcar también el paso y en pintar
a Majencio con todos los colores del infierno.13
En realidad, Majencio (emperador desde 306
a 312) suspendió las persecuciones contra los cristianos, refrendó el edicto de
Galerio por el que se había concedido a estos, en 311, la libertad bajo
condiciones, y lo hizo cumplir escrupulosamente yendo, en Roma y en África,
incluso más allá de lo estrictamente obligado. Con razón le llamó libertador de
la Iglesia el obispo Optato de Mueve. Es verdad que desterró de Roma al obispo
Eusebio y a Marcelo, sucesor de éste, pero fue debido a las trifulcas subsiguientes
a otras tantas elecciones poco limpias, es decir, a título de «medidas de
policía, estrictamente» (Ziegler). Devolvió a las comunidades cristianas los
bienes que les habían confiscado, incluidas las fincas —y eso que el edicto no
le obligaba a tanto, y sorprende tanto más si hemos de creer lo que cuentan, en
el sentido de que Majencio saqueó los templos paganos—, les concedió nuevos
cementerios y autorizó la celebración pública del culto y la libre elección de
los obispos. Majencio siguió la misma política de tolerancia con los cristianos
de África. Algunos de los beneficios que concedió al clero fueron atribuidos
luego a Constantino. Por otra parte, Majencio no fue más incapaz que otros
emperadores y procuró embellecer la capital; llamado desde el primer momento
«conservator urbis suae», no abandonó nunca la ciudad y respetó las tradiciones
municipales como ningún otro emperador lo había hecho. Pese a la brevedad de su
mandato y a las dificultades de la situación en todos los sentidos, emprendió
grandiosas construcciones, entre ellas, en recuerdo de su hijo, el circo de la
vía Apia, el gran templo doble a Venus y Dea Roma (posteriormente destruido por
un incendio), así como «la mayor obra cubierta de la Antigüedad clásica»,
llamada «Basílica Constantiniana», aunque Constantino sólo la terminó. Más que
ningún otro emperador del período tardío, procuró mejorar la red viaria, sobre
todo alrededor de Roma, pero también en el resto de Italia y en África hasta
los confines del desierto. Sin duda, no fue el horrible tirano que nos presenta
la odiosa propaganda clerical. Verdad es que agobió a la clase terrateniente,
una clase que no tardaría en mantener muy buenas relaciones con la Iglesia, a
base de impuestos, lo que precisamente le hizo muy popular entre el pueblo
llano. Pero, más tarde, perdió todo su carisma, al faltar el trigo y declararse
una gran hambruna, tras caer África durante mucho tiempo en manos de un
usurpador y haberse perdido España, que Constantino le arrebató en 310.14
Majencio mimó a los romanos de la capital,
mientras sangraba mediante nuevos tributos a los labradores, y sobre todo a los
más ricos de entre éstos; en el caso de los grandes terratenientes, que eran
además senadores inmensamente ricos y que por ello debían pagar en oro, se dice
que el emperador recurrió a la violencia e hizo desterrar, encarcelar o
ejecutar sin juicio previo a muchos de ellos. En realidad, no se conoce ningún
nombre de senador ejecutado por orden de Majencio. Lo que sí consta es cómo la
aristocracia romana, «terriblemente diezmada por la espada del verdugo» según
Seeck, resurge bajo Constantino con toda su influencia y en todo su esplendor.
Y los mismos que habían adulado indignamente a Majencio, pese a todo, poco
después adularon a Constantino.15
No sería histórico, pues, presentar la
campaña de Constantino contra Majencio como una cruzada, emprendida para librar
a la Iglesia del yugo de un tirano fanático. Y aunque ni siquiera Constantino
pudo afirmar que su rival hubiese discriminado a los cristianos, y aunque las
fuentes cristianas atestiguan la tolerancia de Majencio, el clero no tardó en
convertir aquella agresión en una especie de guerra de religión y a Majencio en
un verdadero monstruo.16
El primero en manipular la historia fue
Eusebio, que no logra concretar sus acusaciones acerca de «los crímenes de que
se sirvió ese hombre para someter a sus vasallos de Roma mediante el imperio de
la violencia». «No hubo indignidad en que no cayera, ni crimen impío y
desvergonzado que no cometiera, ni adulterio y profanación de toda especie.
[...] Todos, los ciudadanos y los altos funcionarios, le temían por igual y
padecieron [...] la brutalidad de aquel tirano sanguinario. [...] Es
incalculable el número de los senadores a quienes hizo ajusticiar para hacerse
con sus fortunas, asesinándolos en masa bajo tal o cual pretexto. [...] Hizo
abrir los vientres de las embarazadas y consultar las entrañas de niños recién
nacidos [...] para conjurar demonios y evitar la guerra [!].»17
¡La historiografía cristiana!
Esta imagen ficticia de un «tirano impío»
fue dirundida por los cristianos tan pronto como cayó el emperador, cuya
biografía falsearon por entero. Pintaron como soberano lujurioso a quien llevó
en realidad una vida familiar totalmente morigerada. Describieron violaciones
de esposas y doncellas, encarcelamientos de padres y maridos, tormentos
sanguinarios, vejaciones imaginarias contra los cristianos. En una palabra, se
crea para la posteridad la imagen distorsionada de un déspota odioso, tan
cobarde como temido, imagen que incluso matiza las opiniones de algunos
investigadores críticos como Schwartz o Ernst Stein. Más lapidario todavía, el
Lexikonfür Theologie una Kirche editado por Buchberger, obispo de Regensburg,
termina con cuatro líneas su juicio sobre Majencio: «Un tirano cruel y
desenfrenado».18
En cambio, Groag, en un juicio más ajustado
sobre la figura del emperador demuestra que Majencio, cercado por sus enemigos
y en una situación límite, mantuvo siempre sus designios pacíficos; no tenía
ninguna vena guerrera, no veía ninguna finalidad en la lucha, y no asistía a
las maniobras militares, aunque sí supo nombrar generales excelentes. Sus
actitudes frente a la Iglesia romana y a la cartaginense no fueron en modo
alguno las de un cristiano, sino de tolerancia, «combinando con mesura lo
benevolente y lo indulgente». Su energía se revela en los afanes constructores
«de admirable grandiosidad» y en la seriedad con que dirigió el aparato
administrativo. «Las fuentes no citan ni un solo ejemplo concreto de esa
crueldad que se le ha imputado.»19
La popularidad de que justificadamente
gozaba Majencio entre el pueblo romano se desvaneció, sin embargo, al faltar
los alimentos al perderse África y poco después España.20
Por el contrario, en la agresión
constantiniana se quiso ver la acción de «Dios» e incluso la de las «huestes
celestiales».
En la primavera de 312, el atacante, que se
había preparado a conciencia y además se declaró oficialmente en guerra, cruzó
los Alpes occidentales a marchas forzadas con sólo la cuarta parte de sus
efectivos, que serían unos veinticinco mil o treinta mil soldados de a pie y
jinetes: «Menos de los que llevó Alejandro Magno en sus campañas», le alaba uno
de sus aduladores. Parte del cuerpo expedicionario, que ya entonces iba
acompañado de obispos, estaba formado por germanos, cuyo rápido avance por el
norte de Italia, aprovechando la superioridad numérica, espantó incluso a los
oficiales de Constantino. «Confiando en el auxilio divino» (Eusebio) se apoderó
de Segusio (Susa, una fortaleza de la frontera);
siempre confiando en el auxilio divino y en
una nueva táctica contra los jinetes acorazados del enemigo, venció en campo
abierto frente a Turín y en otra batalla, ésta particularmente sangrienta, ante
Verona, donde la matanza se prolongó hasta bien entrada la noche. Allí perdió
Majencio a su mejor general, Pompeyano Rúrico, prefecto de los pretorianos.
Constantino cargó de cadenas a los defensores, se apoderó también de Aquilea,
otra fortaleza importante, y prosiguió su avance sobre Roma. El 28 de octubre se
presentó en el puente Milvio, hoy llamado Ponte Molle. Pero Majencio, y éste es
un tema que se ha discutido mucho entre historiadores, abandonó la protección
de las murallas y combatió en campo abierto con el Tíber a sus espaldas;
además, el grueso de su ejército peleó con poco ardor, exceptuando a los
pretorianos, que sí lucharon sin ceder terreno hasta que cayó el último hombre.
Majencio se ahogó en el río junto con buen número de sus soldados,
«cumpliéndose así la profecía divina: "Se hundieron como plomos en las
aguas profundas"» (Eusebio). O como dice Lactancio: «La mano de Dios pesó
en el campo de batalla» .21
A esta victoria de Constantino, celebrada
por todos los historiadores de la Iglesia como nacimiento del imperio
cristiano, contribuyeron las tropas germánicas, en especial la llamada auxilium
(un contingente de mercenarios) de los cornuti (porque llevaban casco con
cuernos, cuyo símbolo introdujo el emperador, como muestra de gratitud, en el
escudo de los ejércitos romanos) .22
Los padres de la Iglesia y el arte
cristiano de la época trazaron un paralelismo entre esta matanza histórica de
trascendencia mundial y la del ejército egipcio que se ahogó en las aguas del
mar Rojo, o traen incluso a colación la caída de Pablo en el camino de Damasco,
a fin de forzar la interpretación de un «nuevo Moisés» designado por voluntad
directa de Dios. Una medalla de plata de Ticino (315) presenta la victoria del
puente Milvio como una intervención divina: «Primer documento oficial y civil
de la cristianización de las ambiciones constantinianas de monarquía universal»
(Alfóldi). Eusebio y Lactancio echan mano de leyendas contradictorias (o lo que
es lo mismo, de la «santa mentira») al objeto de presentar la victoria sobre
Majencio como una victoria de la religión nueva sobre la antigua. Con ello
crean un fenómeno completamente nuevo en el cristianismo, y de alcance
tremendamente destructivo: la religiosidad militante en lo político, la llamada
teología imperial, cuya presencia podemos advertir en todo el período que va
desde los carolingios y los Otones hasta las dos guerras mundiales de nuestro
siglo. En realidad, el perdedor Majencio, cuyo padre había muerto dos años
antes a manos de Constantino, había tolerado y favorecido en todo momento a los
cristianos; y, por otra parte, su vencedor había venerado al Apolo gálico, a
Hércules hasta 310, y durante mucho tiempo siguió acuñando monedas con figuras
de dioses paganos como Sol Invictus, Júpiter Capitolino y Marte, siendo el
primero de éstos el que durante más tiempo tuvo culto oficial, tanto así que la
festividad del domingo, introducida en 321, era en realidad el llamado dies
Solis; con ella Constantino, notorio antisemita, evidentemente quiso reemplazar
la fiesta judaica del sábado por el día del Señor cristiano. Poco antes de su
muerte, Constantino hizo representar su persona en una estatua de pórfido bajo
la figura de Helios, e incluso la víspera de su fallecimiento restableció una
ley antigua por la que «los sacerdotes paganos quedaban exentos a perpetuidad
de los tributos inferiores». De sí mismo afirmaba que jamás había cambiado de
divinidad a la hora de recogerse a rezar.
En Roma, sacaron a Majencio del fango, le
cortaron la cabeza, que fue apedreada y cubierta de excrementos durante el
paseo triunfal y luego conducida a África; finalmente, fueron pasados a
cuchillo el hijo del vencido y todos sus partidarios políticos, y exterminada
toda la familia de Majencio. «Ofreciste clemencia sin hacerte de rogar —dice un
panegirista—. Roma exulta de felicidad ante tan fausta victoria.» En efecto,
Constantino se presentó con palabras de libertad y no tardó en figurar como
«libertador de la ciudad» {liberatori urbis) sobre la piedra y el metal
acuñado, como «restaurador de las libertades públicas» y «emperador excelente»
{restitutor publicae libertatis, optimus princeps), aunque en realidad los
supuestos «liberados» no tardaron en quedar despojados de todo poder político
efectivo.23
Primeros privilegios para el clero
cristiano
El 29 de octubre, el vencedor prescindió
del sacrificio pagano en honor de Júpiter Capitolino; el clero cristiano se vio
favorecido inmediatamente después de la batalla. De hecho, había más cristianos
en Italia y en África que en la Galia. Y en Roma, donde el Senado hizo
construir en honor de Constantino el arco de triunfo que todavía hoy podemos
ver junto al Coliseo, quizá fue entonces cuando regaló al obispo Milcíades la
domus Faustae con todas sus fincas; se trataba de un palacio imperial que había
pertenecido a la familia Laterani y que en aquellos momentos era propiedad de
Fausta, la segunda esposa del emperador, que la había heredado de su padre
Maximiano. Pero como Fausta no era cristiana, la transmisión del palacio
lateranense probablemente no debió de tener lugar hasta después del asesinato
de la propietaria. En cualquier caso, ello mejoró en gran medida las
condiciones de alojamiento del pontífice romano, en cuyos dominios permaneció
dicha sede hasta el año 1308. Además, el soberano cursó instrucciones a los
obispos de que ampliasen sus iglesias o construyesen otras nuevas, para lo cual
prometía «abundante apoyo de sus propios medios» (Eusebio). En África, que
había incorporado a su mandato tras una campaña victoriosa, hacia finales de
312 y comienzos de 313 restituyó las iglesias que habían sido confiscadas,
aunque hubiesen quedado en manos de ciudadanos particulares. Y ordena
personalmente a Anilino, el procónsul, que se ocupe de «reintegrar las casas y
los huertos [...] y todo lo que se halle en manos de ciudadanos o de otras
personas» a la Iglesia «con la mayor diligencia posible».24
Además, Constantino apoyó al alto clero con
dinero.
«Para las intenciones de la justa y
santísima Iglesia católica» recibe Cartago varios cientos de miles de marcos;
el emperador en persona, después de entrar en Roma, comunica al obispo
Ceciliano que Ursus, «el prestigioso administrador general de los negocios de
África, tiene orden de entregarle la suma de 3.000/o//e a tu santidad»; dicha
suma (unfollis era una bolsa de unos cien marcos) debía ser repartida entre los
obispos de acuerdo con una lista de destinatarios elaborada por Osio, arzobispo
de Córdoba, amigo del emperador y consejero suyo para los asuntos religiosos.
En caso necesario se aumentaría la contribución, sin importar cuánto pudiese
gravar al erario estatal. Porque, como escribió Constantino al patriarca de
Cartago (que gracias a estos apoyos ilimitados del emperador pudo resistir a
los cismáticos donatistas, eso sí, bajo la condición de que renunciase a la
teología sacramental de san Cipriano), «si advirtieres que la suma no alcanza
para todos ellos [...], no tengas reparo en pedir lo que sea necesario a
Heráclides, el administrador de nuestros dominios». Y, efectivamente, en 313
convocaban un sínodo en Roma..., aunque éste no se celebró en el palacio
«papal», ¡sino en el del emperador!25
Al mismo tiempo, el procónsul de África,
Anilino, recibió del soberano instrucciones en que se advierte expresamente «de
los graves peligros para el Estado» que pueden resultar si se descuida «el
máximo respeto al poder altísimo de la divinidad celestial», por lo cual estima
imprescindible que aquellos «que se consagran al servicio de dicha santa
religión, a los que suelen llamar clérigos, queden exentos a perpetuidad de
toda clase de tributos y servicios al Estado». Con lo cual quedaba oficialmente
reconocido el clero cristiano como estamento privilegiado.26
Al generoso vencedor, que se consideraba
investido de una misión como «protegido (famulus) de Dios», sólo se le oponían
ya los dos potentados de Oriente, Maximino Daia, residente en Antioquía, y
Licinio, que tenía su sede en Serdica.27
Guerra contra Maximino Daia
Maximino Daia, emperador romano (309-313) y
sucesor de Galerio, había sido en tiempos de Diocleciano un riguroso
perseguidor del cristianismo en sus dominios, las diócesis de Oriente y Egipto.
Después del Edicto de Tolerancia de Galerio, publicado en Nicomedia el 30 de
abril de 311, Maximino hizo concesiones, de mala gana indudablemente, y con
reservas. En su caso, sin embargo, también «era obvio el cambio decisivo de
actitud» en relación con los cristianos (Castritius), y evidentemente falsa la
afirmación de Eusebio, cuando dice que Maximino guardó secreto sobre el edicto
de Galerio y tomó las disposiciones necesarias «para evitar que fuese conocido
en el territorio de su jurisdicción». Más cierto es que al obispo Eusebio,
cuando transcribió el edicto, se le olvidó citar el nombre de Maximino entre
los firmantes del mismo. Es verdad que éste no lo hizo publicar en su contenido
literal, lo que formalmente no era ninguna anomalía, y si lo publicó
seguramente sería a insistencia de sus corregentes o bajo la presión de la
guerra armenia en que se había embarcado. Ya que este cesar, precisamente,
acababa de consolidar el paganismo mediante un sistema de culto unificado y
además era el inspirador de una activa propaganda anticristiana; entre otras
cosas, imponía las falsas «actas de Pilatos» como lectura obligada en las
escuelas. También accedió a los ruegos de las autoridades de Nicomedia, Tiro y
otras ciudades que deseaban expulsar a los cristianos «si reinciden en sus
malditas locuras», y prometió recompensar «con toda clase de mercedes» el celo
de los que lo solicitaban. Según Eusebio y Lactancio, dichos grupos
anticristianos de la ciudadanía habían sido instigados por el mismo emperador,
lo que al parecer no es cierto, aunque desde luego parece seguro que comulgaba
con ellos. De ahí que según Eusebio, este soberano, «el más impío de todos los
hombres y el peor enemigo de la devoción», fuese todavía más malo que el
emperador Majencio, «enemigo de todo lo noble y perseguidor de toda virtud»,
que obtuvo por extorsión «enormes sumas» y «exageró su vanidad hasta la
locura», además de entregarse a la bebida hasta perder el conocimiento, en
«excesos jamás superados por nadie» y «no pasaba nunca por una población sin
deshonrar a las casadas y secuestrar a las doncellas», junto con otras cosas
del mismo calibre, obligadas en cualquier escrito polémico de la época.28
Como era natural, Maximino Daia encontró el
castigo que merecían sus pecados. El «padre de la historia eclesiástica», o
incluso «de la historia universal» (según Erhard), detalla, infatigable, los
estragos de la venganza divina: «Las lluvias del invierno dejaron de producirse
en la cuantía acostumbrada [...], hambres imprevistas [...] seguidas de la
peste y de otra enfermedad desconocida [...] por la que incontables hombres,
mujeres y niños quedaban ciegos»; por si esto fuese poco (ya sabemos que el Señor
jamás abandona a los suyos, véase el Antiguo Testamento), la guerra con los
armenios. En una palabra, matanzas, hambre, peste, enfermedad, inundaciones;
los humanos vagaban por las calles «como espectros», los cadáveres se
amontonaban en las vías públicas «e incluso eran devorados por los perros».
Todo esto fue la respuesta del cielo «al desafío imprudente del tirano contra
la divinidad» y «a los decretos de las ciudades contra nosotros».29
Como sucede con tantos otros apologistas,
al obispo Eusebio le obsesiona el afán de calumniar a todos los enemigos del
cristianismo hasta que los deja que no hay por dónde cogerlos, bien sea
mediante la «santa exageración» o la «santa mentira». Dice, por ejemplo, que
Maximino Daia había sugerido a los antioquenos «que solicitasen como gracia
especial del emperador el que no se permitiese residir en la ciudad a ningún
cristiano». O como cuando afirma que el emperador no dejó que colgaran las
tablas con el edicto de Galerio, o que el interventor de la hacienda municipal,
Theoteknos, había «empujado a la muerte» a tantísimas personas. La realidad es
que hubo por aquel entonces muy pocos mártires cristianos; el propio Eusebio
sólo consigue recordar los nombres de tres..., y ya sabía lo que se decía Jacob
Burckhardt cuando escribió del «padre de la historiografía eclesiástica» que no
sólo era «el más repugnante de los aduladores», sino también «el primer
historiador deliberada y totalmente mendaz de la Antigüedad».30
Y Lactancio no merece mucha más
credibilidad. Aunque el emperador Maximino suspendió durante algún tiempo la
persecución contra los cristianos en sus dominios (entre julio y noviembre de
309, por antipatía contra Galerio), no por ello dejaba de ser «un monstruo
indescriptible», sus dilapidaciones «inmoderadas», sus vicios tales «que nunca
se había visto nada parecido». «Castrados y alcahuetes andaban espiando por
todas partes, y allí donde encontraban unas facciones bien proporcionadas, el
padre y el esposo perdían sus derechos...» y «cuando caía en sus garras un
cristiano, lo sacaban en secreto al mar y lo ahogaban». Es el tono que ha
predominado hasta hoy en toda la historiografía cuando ha tenido que referirse
a este emperador, de manera que aparte algunos intentos de rehabilitación (como
los de Stein y A. Piganiol), los autores modernos siguen condenando con
unanimidad casi total al «zélote du paganismo» (Grégoire).31
En realidad, Maximino Daia no fue un mal
regente. Supo administrar y protegió la literatura y las ciencias, pese a ser
él mismo de origen humilde y cultura escasa. Sus persecuciones contra los
cristianos, entre los años 311 y 312, bastante «moderadas» por otra parte como
resume un estudio reciente acerca de esa figura histórica, «obedecían a
instancias de las autoridades locales, motivadas por razones económicas y a las
que el cesar, por evidentes razones, no podía negarse» (Castritius), ya que las
prácticas cristianas comprometían la potencia económica de las ciudades, y el
monarca dependía para todo de las contribuciones de éstas.32
Maximino no era del todo ajeno a ciertos
pensamientos religiosos, como cuando escribe en respuesta a las instancias de
las ciudades:
«Prosperen las ciudades de la gran llanura
y que ellos [los paganos] vean ondear a impulsos de la brisa serena los campos
de trigo y los pastizales que la lluvia benéfica habrá sembrado de hierba y
floréenlas; y que todos se alegren, ya que por nuestras devociones y
sacrificios hemos ganado la benevolencia del poderoso Marte, que nos favorece
con la paz y la seguridad de que tranquilamente disfrutamos».33
La paz, sin embargo, no iba a durar mucho.
De ello se ocupaban I Constantino y Licinio, despabilados a este efecto por el
«Rey de reyes, Señor del Universo y Salvador, dos hombres amados por la
divinidad contra los dos tiranos más impíos». Una vez eliminado el primero de
éstos, Majencio, en febrero de 313 Constantino renovó en Milán el pacto con
Licinio, a quien casó con su hermana Constancia para refrendar el acuerdo. En
una constitución, el llamado Edicto de Milán, ambos emperadores concedieron
entidad jurídica al cristianismo, y con especial referencia a éste proclamaron
la libertad de cultos en todo el imperio. Una vez derribado Maximino, la
tolerancia se extendería a la parte oriental, pero ya equiparadas todas las
religiones desde el punto de vista jurídico. Maximino, que construía templos en
todas las ciudades o mandaba reconstruir los antiguos, y que puso protección a
los sacerdotes paganos más notables, adivinó sin dificultad lo que se le venía
encima. Durante el crudo invierno de 312 a 313, aprovechó una ausencia de
Licinio para invadir Siria; después de conquistar Bizancio y Heraclea, el 30 de
abril de 313 se enfrentó en el lugar llamado «Campus Serenus», próximo a
Tzirallum, con un enemigo que ostentaba ya divisas cristianas en sus banderas.
Según el padre Lactancio, ésa fue ya una
verdadera guerra de religión, juicio con el que coincide Johannes Geffcken
cuando la llama «la primera guerra de religión verdadera que hubo en el mundo».
Licinio, al que se le había aparecido la víspera «un ángel del Señor», el día
de la batalla hizo que los soldados se quitaran los cascos para rezar; sus
carniceros «alzaron las manos al cielo», invocaron tres veces el nombre de Dios
y luego, «con los corazones llenos de valor, se pusieron otra vez los cascos y alzaron
los escudos». Fue entonces que se produjo un milagro, cuando «aquellas escasas
fuerzas hicieron una gran matanza». ¡La religión del amor puesta a pintar
batallitas! Maximino pudo escapar disfrazado de esclavo en dirección a
Nicomedia y luego continuó con sus fieles hacia Cilicia, pasando los montes del
Tauro. El mismo año murió en Tarso, suicidado o enfermo, mientras las tropas de
Licinio avanzaban ya sobre la ciudad por tierra y por mar.
Sobre el mismo suceso, Eusebio cita dos
relatos contradictorios pero no olvida pintar también con regocijo el final de
Maximino, «devorado por un fuego invisible que le envió Dios». Lactancio afirma
incluso que Maximino se volvió loco y «durante cuatro días arañó la tierra con
las manos para comérsela. Más tarde, cuando los terribles dolores le obligaron
a golpearse la cabeza contra las paredes, se le saltaron los ojos de las
órbitas. Sólo entonces, ciego, vio a Dios que se aprestaba a juzgarle en compañía
de una corte celestial de diáconos revestidos de casullas blancas [...] y creyó
en Jesucristo, a quien rezaba para que se compadeciera de sus sufrimientos».34
¡La historiografía cristiana!
La «buena nueva» había triunfado por
primera vez en todo el Imperio romano y los demás «enemigos de Dios», según
Eusebio, es decir, los partidarios de Maximino Daia «fueron exterminados [...]
después de largos suplicios»; «sobre todo los que, para halagar al soberano,
más habían perseguido a nuestra religión cegados por su soberbia», secongratula
el santo obispo. En efecto, Licinio, como cuenta Eduard Schwarz, «documentó su
simpatía para con la Iglesia principalmente por medio de un tremendo baño de
sangre, acogido por los cristianos con gran griterío de júbilo». Allí
perecieron las mujeres y los niños que habían sobrevivido a la actuación de
otros emperadores o cesares. Entre otros fueron asesinados Severiano, hijo del
emperador Severo (a su vez, asesinado en 307), Candidiano, hijo del emperador
Galerio (que había sido confiado por el padre moribundo a la tutela de
Licinio); asesinadas también, y de la manera más brutal, Prisca y Valeria,
esposa e hija de Diocleciano, junto con los hijos de esta última, pese a las
súplicas del anciano emperador, que ya había abdicado y que murió ese mismo
año. Asesinada igualmente la esposa de Maximino Daia, un hijo de ocho años y
una hija de siete, prometida de Candidiano. Y «también los que se envanecían de
su parentesco con el tirano [...] padecieron la misma suerte, tras grandes
humillaciones», es decir, fueron exterminadas familias enteras y «borrados de
la faz de la tierra los impíos» (Eusebio). También Lactancio comenta que «los
impíos recibieron verdadera y justamente, con el juicio de Dios, el pago de sus
acciones» y el mundo entero pudo ver su caída y su exterminio, «hasta que no
quedó de ellos ni el tronco ni las raíces».35
Guerra contra Licinio
Dos emperadores habían desaparecido; «dos
hombres bienamados de Dios», según Eusebio, quedaban. «Para agradecer las
mercedes recibidas del Señor, empezaron a limpiar [!] de enemigos de Dios el
mundo.» Ya se sabe que ése ha sido siempre un asunto urgente. Seguramente,
debió de ser hacia el año 316 (y no en 314 como se dice) cuando Constantino
rompió hostilidades contra Licinio en los Balcanes, puesto que la divinidad más
alta, según él mismo, «en sus celestiales designios» le había confiado «la
dirección de todos los asuntos terrenales». La batalla tuvo lugar el 8 de
octubre junto a Cibalae, a orillas del Save, donde Constantino, «faro luminoso
de la Cristiandad» (escribe el católico Stockmeier), aniquiló a más de veinte
mil de sus enemigos. A ésta le siguió, en Filipópolis, una de las matanzas más
espantosas de la época, que no decidió el resultado final, pero en cualquier
caso Constantino había logrado arrebatar a su cuñado casi todas las provincias
europeas (las actuales Hungría, Bulgaria, Rumania, Dalmacia, Macedonia y
Grecia); luego, hizo las paces con él, aunque no fuese ya un «hombre bienamado
de Dios», sino un «pérfido enemigo» (según Eusebio), y dedicó diez años al
rearme y a la propaganda en favor del cristianismo, ya que en Oriente, por
ejemplo en el Asia Menor, la mitad de la población era ya cristiana en algunas
zonas. Transcurridos esos diez años, se alzó de nuevo en busca de la «solución
final».36
El «salvador y benefactor» había preparado
la batalla decisiva mediante una serie de medidas político-religiosas; los
cristianos trabajaban a favor de Constantino y desprestigiaban a Licinio como
«enemigo del orbe civilizado» incluso en las zonas que eran del diablo. Además,
lo cercó mediante un pacto con los armenios, para entonces ya convertidos al
cristianismo (véase el capítulo 6), y preparó la futura guerra como cruzada y
«guerra de religión» (como ha dicho el católico Franzen):
«Ciertamente, [...] como [si de] una guerra
de religión [se tratase]» (C.T.H.R. Ehrhardt), con sus capellanes de
regimiento, su lábaro o estandarte con las iniciales de Jesucristo constituido
como emblema de la guardia imperial, y con una campaña de «santo entusiasmo».
En el bando contrario, Licinio re vitalizó el paganismo y persiguió a la
Iglesia prohibiendo los sínodos, despidiendo a los cristianos del ejército y
del funcionariado, poniendo trabas a la celebración pública del culto y
promulgando diversos castigos y destrucciones; al mismo tiempo, celebró cultos
y oráculos e hizo poner en sus banderas las imágenes de diversos dioses,
«contra el falso dios extranjero» y «su bandera deshonrosa». En realidad, lo
que importaba a uno y a otro era el poder exclusivo, la monarquía universal. En
el verano de 324 se enfrentaron dos ejércitos de tamaño descomunal para la
época (los soberanos incluso habían desguarnecido las fronteras); 130.000
hombres, según se afirma, con 200 naves de guerra y más de dos mil barcos de
transporte por parte de Constantino, y 165.000 hombres (entre los cuales un
fuerte contingente godo bajo el mando del príncipe Alica) con 350 naves de
guerra por parte de Licinio, cifras que implican el más ruinoso saqueo de todos
los recursos del imperio. El 3 de julio fue derrotado el ejército de Licinio en
tierra, y lo mismo su flota en el Helesponto; el 18 de septiembre perdió la
última y definitiva batalla de Crisópolis (la actual Skutari), frente al Cuerno
de Oro, en la orilla asiática del Bosforo.37
Decisión del cielo, qué duda cabe. Tanto
había rezado el «santo y puro» Constantino, tanto había insistido en que sus
tropas lanzasen tres veces el grito de guerra: «Dios todopoderoso, a ti y sólo
a tí clamamos y de ti esperamos la victoria». Cuarenta mil cadáveres quedaron
sobre el campo de batalla. La flota al mando de Crispo, que contaba entonces
diecisiete años, embistió al enemigo en los Dardanelos y los restos fueron
aventados además por un temporal milagroso junto a los acantilados de
Gallipoli, hundiéndose 130 naves y 5.000 marineros. (Pero, en 1959, el teólogo
católico Stockmeier comentaba las carnicerías constantiniañas escribiendo que
«todos los emperadores cristianos han procurado emular ese ejemplo, faro
espiritual y guía de príncipes».) Después de la derrota de Crisópolis a Licinio
le quedaron unos treinta mil seguidores. A ruegos de Constancia, Constantino
juró respetarle la vida, pero un año más tarde y estando Licinio en Tesalónica,
donde se dedicaba a conspirar con los godos según se cuenta, fue estrangulado
junto con Marciniano, su generalísimo. En todas las ciudades del Oriente
comenzó el exterminio de los más notables partidarios de Licinio, con o sin
juicio. Así que después de diez años de guerra civil y continuas campañas de
agresión por parte de Constantino, este «general victorioso cíebelador de todas
las naciones» y «caudillo del orbe entero», como se hizo titular, quedaba (y
con él, el cristianismo) vencedor definitivo y dueño del Imperio romano."
Ahora bien; mientras Constantino mantuvo
una postura ambigua y Licinio pasaba por ser el patrono y el protector de los
cristianos, Eusebio naturalmente cultivó la adulación de Licinio; el célebre
obispo, que iba modificando las sucesivas versiones de su obra con arreglo no
sólo al «estado de los conocimientos», sino también atendiendo al resultado «de
sus cálculos políticos» (Vogt), escribió páginas y más páginas encomiásticas.
Mientras ambos emperadores fueron aliados, ambos eran predilectos del Señor,
según Eusebio y Lactancio, «destacados por su prudencia y por su temor a Dios»,
e iban a servir de instrumento divino para «limpiar la tierra de impíos». El
mismo Eusebio reconoce que Licinio favoreció «constantemente» a los cristianos
por medio de sus edictos, concediendo privilegios y dinero a los obispos. Es
por eso que su cabeza, lo mismo que la de Constantino, aparece con halo de
santidad o «nimbo» en las monedas, como símbolo de la iluminación divina. En
cambio, cuando Constantino se enemistó con Licinio, los «padres» corrigieren
sus textos y Licinio pasó a ser hermano del mismísimo diablo. En las últimas
ediciones de su Historia de la Iglesia, Eusebio tachó párrafos enteros.
Licinio, antes «parangón de la virtud y de la piedad», pasó a ser, en la transcripción
de Barney, «un monstruo depravado», un «infame», un «impío», «hombre que ofende
a Dios», «que ignora las leyes», que «odia a toda la humanidad», que «mereció
la ceguera y la locura por su maldad congénita». Sobre sus seguidores recayó la
amenaza de excomunión promulgada por el Concilio de Nicea.39
La brutalidad de Licinio quedó bien patente
con el exterminio de las familias imperiales; en ese momento todavía era la
niña de los ojos de los historiadores eclesiásticos. Entre sus víctimas hubo
también filósofos inocentes, o mejor dicho, fue un gran enemigo de la gente de
letras en general y de los jurisconsultos en particular, «esa peste venenosa
del Estado», como solía decir. Por otra parte, y pese a hallarse el
cristianismo mucho más difundido en la parte oriental, Licinio nunca fue tan
benevolente con los cristianos como Constantino; por ejemplo, nunca pensó en
delegar competencias estatales a la Iglesia, ni permitió intromisiones en
asuntos de administración pública o política económica. Redujo gastos
cortesanos y gravó fuertemente las grandes propiedades. Además, intentó ayudar
al campesinado, clase social muy perjudicada por aquel entonces y de la que él
mismo procedía.40
En cambio, el emperador cristianísimo y su
Iglesia, cada vez más enriquecida, no sólo adoptaron políticas muy diferentes,
sino que además clasificaron a la humanidad entera en buenos y malos, patrón
que nos resulta familiar desde el Antiguo y el Nuevo Testamento, así como en
otras culturas no cristianas, y perfectamente adaptado a la ideología religiosa
de Constantino. Este sistema tan útil, sobre todo para combatir a los
colectivos insumisos, no ha sido abandonado jamás por la Iglesia, y vemos que
parecida estrategia demagógica ha seguido funcionando en boca de nuestros
caudillos durante nuestro mismo siglo, a raíz de la división entre Oriente y
Occidente. A la Iglesia y a la cristiandad nunca les han faltado demonios que
combatir, y así les pasó a muchos emperadores de la era anterior a Constantino,
lo mismo que a Majencio, Maximino Daia y finalmente a Licinio. El protector del
propio bando, en cambio, es «el príncipe prudente amado de Dios», el «emperador
bondadosísimo» que da muestras de clemencia incluso para con los mismos
diablos, a imagen y semejanza del que accedió a tener por cuñado a uno de
ellos, «admitiéndole en la nobleza de cuna imperial».41
Así resalta más la ingratitud de los
pérfidos, la maldad de los «tiranos impíos». Todo en vano, naturalmente,
estando Constantino como estaba «en amistad con el Señor, su protector y
refugio», de tal manera que pudo librarse siempre de las «asechanzas del
traidor» y aparecer en los escenarios (y los campos de batalla) de la historia
como «gran luz y salvador en medio de las tinieblas de la noche más oscura»,
como «benefactor», «protector de los buenos», «príncipe excelentísimo»,
«salvador», que cosechó sus victorias sobre los impíos «en merecida recompensa
por su religiosidad», viéndose en el apuro de «tener que eliminar [!] a algunos
descreídos en bien de la mayor parte de la humanidad». Y así Licinio «fue
destruido y arrojado al fango. En cambio, su poderoso vencedor, Constantino,
adornado de todas las virtudes del hombre temeroso de Dios, entró en posesión
de todas las provincias orientales que le pertenecían, y cuya soberanía
compartió con su hijo Crispo, queridísimo del Señor y semejante en todo a su
padre. [...] Libre quedaba la humanidad del temor a sus antiguos tiranos, para
celebrar la victoria con fastuosas fiestas de luz».42
El clero católico, cada vez más favorecido
Evidentemente, se inauguraba el paraíso
terrenal, para los «obispos de la corte» constantiniana al menos, y para la
jerarquía católica, cuyo servilismo frente al emperador asumía, como Eusebio en
sus escritos, «el tono de salmista cuando habla del Señor» (Kühner). Otros
hacían coro, como los padres de la Iglesia Ambrosio, Crisóstomo, Jerónimo,
Cirilo de Alejandría. Y no les faltaban motivos. La religión cristiana, antes
perseguida, pasaba a ser reconocida y oficial; más aún, la Iglesia católica y
sus prelados disfrutaban de crecientes privilegios que les valían poder y
riquezas.43
Las muestras del favor imperial no se
redujeron a los privilegios dispensados después de la batalla del puente Milvio
(año 312), ni se circunscribieron a Roma, donde el líber pontificalis, es
decir, la crónica oficial del papado pinta «un cuadro imponente del rápido
enriquecimiento de las iglesias romanas» (Caspar). Dichas iglesias, la basílica
lateranense. San Pedro, San Pablo, no sólo poseían fincas en la capital y sus
cercanías, sino además en el Mediodía italiano y en Sicilia. El emperador hizo
donación al clero de grandes propiedades en Siria, en Egipto, así como en
Tarso, Antioquía, Alejandría y otras grandes ciudades. Debemos tener en cuenta
que las donaciones orientales suponían, además de rentas, operaciones de
importación sobre todo en el mercado de especias y esencias de Oriente, muy
apreciadas por los romanos. En una palabra, empezaba a acumularse el célebre
Patrimonium Petri, del que tendremos ocasión de ocuparnos muy a menudo más
adelante.44
Constantino mandó «multiplicar y difundir
los libros de inspiración divina [...] en ediciones de gran esplendor». Sobre
todo, fue aficionado a construir basílicas monumentales, siete de ellas sólo en
Roma, «espléndidamente dotadas, muchas veces sin reparar en el detrimento del
erario imperial». En la decoración se gastaban metales preciosos y, para mayor
magnificencia, las fundaciones iban acompañadas de generosas donaciones de
fincas de Italia, África, Creta, las Galias (uno de cuyos templos disfrutaba de
una renta anual de más de 14.000 sueldos, que equivalían a 200 libras de oro).
Sólo la Iglesia romana recibió de Constantino más de una tonelada de oro y casi
diez toneladas de plata. La más grande de las «casas de Dios» en Roma, y con
mucho la mejor dotada, la Basílica Constantiniana se emplazó, atendiendo a
consideraciones de estrategia militar, sobre los fundamentos de un antiguo
cuartel, que lo había sido de los equites singulares imperatoris, es decir, de
la guardia montada del emperador. La construcción de dicha basílica
«constantiniana», dicho sea de paso, fue iniciada por Majencio.45
En tiempos de Constantino empieza la
metonimia (tanto en latín como en griego) de la palabra «iglesia» para
significar tanto la comunidad de los creyentes como el edificio, antes llamado
también templum, aedes y otros nombres. Constantino siguió erigiendo iglesias
en Ostia, Alba, Ñapóles, y también en Asia Menor y Palestina; como él mismo
escribió a Eusebio, «todas ellas deben ser dignas de nuestro amor al fasto» y
monumentos a sus victorias. Muchas de ellas se construyeron sobre el solar de
los templos paganos derribados y fueron financiadas por las autoridades
locales, militares o civiles, de acuerdo con las órdenes del soberano. Eusebio
nos cuenta que «cursó instrucciones a los gobernadores de las provincias
orientales para que las donaciones fuesen abundantes, y aun sobreabundantes».
El obispo Macario de Jerusalén, por ejemplo, recibió orden de construir una
basílica «cuya magnificencia no sólo debe exceder a la de todas las conocidas,
sino a la de cualquier monumento que pueda encontrarse en ésta o cualquier otra
ciudad». Después de la victoria sobre Licinio, dispuso que en los territorios
usurpados se aumentase «la altura de las casas de oración, y también la planta»
de las iglesias del Señor, «sin escatimar gastos, y acudiendo al erario
imperial cuando fuese preciso para cubrir el coste de la obra». Y recomienda
«la mayor diligencia» en restaurar y ampliar las iglesias existentes o
construir otras nuevas. «Lo que precises para ello, tú mismo lo demandarás
personalmente o por emisario tuyo, al igual que los demás obispos, de los
generales o gobernadores de vuestras provincias.»46
Ahora bien, todas estas iglesias —la
basílica de San Pedro de Roma, la del Santo Sepulcro de Jerusalén, inaugurada
por el emperador en persona (335), cuya pompa debía ser superior a la de todas
las demás, la del Nacimiento en Belén, la de los Apóstoles y la de la Paz
(Irene) en Constantinopla, la gran basílica de Antioquía, las de Tiro y
Nicomedia, dotadas con fastuosidad «verdaderamente imperial», «decoradas con
múltiples y riquísimas ofrendas votivas de oro, plata y piedras preciosas»—
consumían sumas inmensas. Tanto más por cuanto la manía constructora del
emperador era emulada por los demás miembros de la familia imperial, y sobre
todo por su madre, Elena. Eusebio, como cronista de la corte, no se cansa de
alabar «la generosidad inagotable de las donaciones imperiales». «Hemos visto
cómo las iglesias fueron restauradas de su ruina hasta alcanzar alturas jamás
vistas, y dotadas de un esplendor que nunca tuvieron las antiguas, destruidas
durante la persecución [...], tal como si hubiese desaparecido de una vez por
todas la abominación de la idolatría.» A pesar de ello, durante todo el siglo
IV no cristalizó un estilo artístico cristiano, ni puede advertirse ninguna
preferencia hacia un estilo determinado.47
Pero ¿a qué venían aquellos dispendios
exorbitantes en la construcción de templos monumentales, esquilmando para ello
a la población, no imitados por ningún otro emperador hasta el reinado de
Justiniano en Bizancio? Indudablemente, Constantino pretendía demostrar «en
quiénes confiaba como sostén de su imperio» (Doerries).48
Sin embargo, eso no fue todo, ni mucho
menos.
El propio Eusebio se refiere una y otra vez
a las «ricas ofrendas votivas», incluso «para favorecer a los pobres y promover
la rápida adopción de la doctrina salvífica». Aquí encontramos otro privilegio
tradicional del clero. «Pero la Iglesia de Dios fue distinguida sobre todo por
su generosidad.» Y lo más importante, «honró principalmente a aquellos hombres
que más habían destacado en consagrar sus vidas a la sabiduría divina». En más
de un sínodo o inauguración del templo, fueron recibidos por el soberano «en
magníficas fiestas y banquetes», o bien «obsequiados con ricos presentes de
acuerdo con su rango y dignidad». «Los obispos recibieron cartas y honores del
emperador, así como frecuentes donaciones en dinero»: la frase citada se
refiere al caso de Licinio.49
El clero, en particular, recibió de
Constantino «las más grandes honras y distinciones, en tanto que hombres
consagrados al servicio del Señor». Una y otra vez reitera que «fueron honrados
y envidiados a los ojos de todos», «acrecentó su prestigio mediante leyes y
decretos», «la generosidad imperial abrió de par en par las arcas del tesoro y
distribuyó sus riquezas con mano generosa». Y no fueron pocos los obispos que
se vieron así en condiciones de emular la grandiosidad y el fasto <^e la
corte imperial misma. Recibieron títulos especiales y sahumerios de incienso;
se les rendía honores de rodillas, se les sentaba en tronos concebidos a imagen
y semejanza del trono de Dios.50
¡A otros les recomiendan la humildad en sus
sermones! Tantas y tales fueron las muestras del favor de Constantino, que la
influencia y el poder económico de los obispos aumentaron rápidamente.
Participaban del reparto gratuito de trigo. En favor de ellos y sólo para ellos
el emperador anuló las leyes que desfavorecían a las personas solteras o sin
hijos. Los equiparó a los más altos funcionarios, los que no estaban obligados
a la genuflexión en presencia del soberano. Quedaron autorizados a usar el correo
imperial, y fue tal el abuso que hicieron de este privilegio que bajo el
reinado del sucesor, Constantino II, dicho servicio quedó casi arruinado en
muchas provincias. (El correo imperial tenía dos modalidades, el cursus
clabularis, que utilizaba carretas de bueyes, y que fue el autorizado a los
obispos, y el cursus velox, es decir, el servicio urgente.) En 313, las
autoridades eclesiásticas quedaron dispensadas de las muñera, es decir, de la
obligación de prestar servicio personal a la ciudad y al Estado; mediante otra
ley posterior, se libraron también de pagar las tasas sobre los oficios (ya se
sabe que los eclesiásticos siempre tienen otra actividad económica al margen).
La justificación:
«Indudablemente, los beneficios que
obtienen con sus talleres deben revertir en caridades para los pobres». Estos
privilegios fiscales, entre otros muchos de que disfrutaban, motivaron que
muchos ricos intentasen abrazar el estado eclesiástico para evadir impuestos,
corruptela que hubo de ser prohibida expresamente por el emperador en 320, ¡ya
vemos que se habían dado prisa! En 321, las iglesias fueron autorizadas a
recibir herencias, derecho que los templos paganos nunca habían disfrutado,
salvo casos especialísimos. En cambio, para la Iglesia este privilegio resultó
tan lucrativo, que apenas dos generaciones más tarde el Estado se vio en la
necesidad de promulgar un decreto «contra el expolio de los devotos más
crédulos, sobre todo las mujeres» (Caspar). Ello no fue obstáculo para que,
sólo un siglo después, el patrimonio eclesiástico hubiese alcanzado
proporciones gigantescas, al ser cada vez más numerosos los cristianos que «por
la salvación de su alma» hacían donaciones a la Iglesia, o dejaban fortunas enteras.
Esa costumbre se convirtió en una especie de epidemia durante la Edad Media,
apoderándose la Iglesia de una tercera parte de la extensión de toda Europa.51
Nada nuevo, en principio, pues ya los
sacerdotes paganos acostumI braban a arrimarse al frondoso árbol del Estado
para lucrarse, para arrebatar privilegios y obtener dispensa de tributos y
alcabalas..., justificándolo siempre en razón de la utilidad de la religión
para ese mismo Estado y observaba que allí los sacerdotes, que le parecieron
más hábiles que los de otras provincias, eran dueños de la tercera parte del
país y «no pagaban tributos de ningún género». Cien años más tarde, el prefecto
de Egipto dispensó de la prestación personal en forma de trabajo en el campo a
los sacerdotes del dios cocodrilo de Arsinoe; como se ve, era una excepción
poco frecuente. Y otro siglo después, cuando un despacho administrativo de
Egipto transmitía la instancia de «numerosos sacerdotes y arúspices» en
petición de una dispensa similar, estos peticionarios se remitieron a «las
leyes sagradas» y al precedente establecido por aquel prefecto de Egipto.
Algunos sacerdotes la justifican aduciendo que necesitaban mucho tiempo para
educar a sus hijos con vistas a hacerlos también sacerdotes, lo cual era
indispensable «a fin de preservar la crecida del sagrado río Nilo y la
prosperidad eterna de nuestro emperador y señor».52
Junto a estos privilegios generales del
clero, no faltaban las peticiones adicionales de carácter privado. Así, por
ejemplo, hacia el año 336 el obispo católico de Oxyrhyncos solicitaba a un
funcionario municipal la dispensa de sus obligaciones de administrar varias
fincas y tutelar a varios menores de edad. (Al mismo tiempo, ese funcionario
recibía otra petición, ésta de un «sacerdote del templo de Zeus, de Hera y de
las grandes divinidades» de la localidad, «servidor y curador de las
estatuas».)53
Incluso los cristianos de a pie recibieron
las mercedes de Constantino. Los ciudadanos de Maiuma, distrito portuario de
Gaza, en Palestina, se convirtieron en masa y adquirieron así su autonomía
municipal, con lo que dejaron de depender administrativamente de Gaza hasta el
reinado de Juliano. En el año 325, una ciudad frigia solicitaba privilegios
fiscales con el argumento de que todos sus habitantes, sin excepción, eran
cristianos.54
Tanto confiaba Constantino en los prelados,
que incluso les delegó parte de las atribuciones del Estado. En los juicios, el
testimonio de un obispo tenía más fuerza que el de los «ciudadanos
distinguidos» (honoratiores) y era inatacable; pero hubo más, los obispados
adquirieron jurisdicción propia en causas civiles (audientia episcopalis). Es
decir, cualquiera que tuviese un litigio podía dirigirse al obispado, cuya
sentencia sena «santa y venerable», según decretó Constantino. El obispo estaba
facultado para sentenciar incluso en contra del desee expreso de una de las
partes, y además el fallo era inapelable, limitándose el Estado a la ejecución
del mismo con el poder del brazo secular; procede observar aquí hasta qué punto
eso es contrario a las enseñanzas de Jesús, adversario de procesos y juramentos
de todas clases, quien dijo no haber venido para ser juez de los hombres y que
dejó mandado que cuando alguien quisiera quitarle a uno el vestido mediante un
pleito, se le regalase también el manto. Pues bien, Constantino concedió a los
obispos atribuciones judiciales y también el poder para liberar a los esclavos,
la llamada manumissio in ecciesia, seguramente a instancias del obispo Osio de
Córdoba, que era el más importante de entre sus consejeros cristianos y residió
en la corte imperial desde el año 312 hasta el año 316. Cualquier clérigo podía
darles la libertad en el lecho de la muerte aun sin testigos ni documento
escrito. «Pronto se convirtió la Iglesia en un Estado dentro del Estado»
(Kornemann).55
Los favores imperiales de que disfrutaba el
clero cristiano/llegaron a ser tan considerables, que muchos funcionarios
municipales intentaban alcanzar algún cargo eclesiástico, hasta que el
emperador lo prohibió expresamente en 326, y aun tres años después fue
necesario reafirmar la prohibición: «No se multiplique sin necesidad el número
de eclesiásticos;
y que cuando uno de éstos fallezca, se
elija a otro que no tenga parentesco entre los decuriones [regidores de la
ciudad]». En cuanto al derecho ilimitado a ser beneficiario de herencia,
mandas, legados y donaciones, a la Iglesia le resultaba tan lucrativo que en
370 le fue retirado, por lo que Jerónimo protestaba en 394: «¡Bien que pueden
heredar los sacerdotes idólatras, los actores, los cocheros y las
prostitutas!».56
Constantino como salvador, libertador y
vicario de Dios
Sin embargo, es evidente que Constantino,
homo politicus al fin y al cabo, tendría sus motivos para dispensar tantos
honores, favores y riquezas. Al contrario que el pueblo ingenuo, los que mandan
nunca dan nada «por el amor de Dios». No existiendo en aquella época
librepensadores —según la opinión autorizada—, poco nos importa saber si el
emperador, que durante algún tiempo y antes de manifestarse como cristiano
fomentó con más asiduidad que ninguno de sus predecesores el culto al sol, fue
en realidad un creyente sincero y hasta qué punto. Cuando era soberano en las
Galias, donde los cristianos eran relativamente poco numerosos, apenas hizo
ningún caso de ellos. Sólo cambió cuando pasó a reinar sobre Italia y el norte
de África, donde aquéllos abundaban más, y no digamos después de conquistar las
provincias orientales, casi totalmente cristianizadas. El hecho decisivo es que
Constantino, hombre del «cambio», «revolucionario», pasó y pasa por haber sido
cristiano y más aún, ejemplo magnífico de príncipe cristiano ideal. En este
sentido, nos importan sobre todo las consecuencias de su política, «conducida
en nombre del cristianismo y con plena colaboración por parte de éste»,
consecuencias que a través de merovingios, carolingios, Otones y el sacro
Imperio romano germánico han empapado toda la cultura europea y se han
prolongado hasta nuestros días. Rudolf Hernegger dice no conocer ningún otro
personaje histórico «cuya influencia haya permanecido tan invariable a lo largo
de diecisiete siglos», y subraya, a nuestro entender con razón, que «desde hace
mil setecientos años ha merecido la Iglesia el epíteto de
"constantiniana"».57
Constantino, un gran viajero desde su
primera juventud, y muy bien informado en materia de política religiosa, pudo
contar con los cuadros dirigentes de la Catholica, la organización más sólida y
más fuertemente disciplinada de la época. En esta organización quizá vería un
modelo útil para la que pensaba imprimir a su propio imperio, de manera que la
conversión del emperador seguramente obedecería más a móviles políticos que
religiosos, cosa que en aquellos tiempos no suponía ninguna distinción estricta,
y tal vez se debía mucho a «consideraciones militares» (Chadwick).
Los antecesores de Constantino temieron a
los cristianos y algunos de ellos los combatieron. En cambio, él los favoreció
y así los ganó para su causa, hasta el punto que se llamaba a sí mismo «obispo
para asuntos exteriores» {episkopos ton ektós) de la Iglesia, o como ironizaba
Grégoire, «el gendarme de la Iglesia». En efecto, puso el clero a su servicio y
le impuso su voluntad. «Pronto dominó al episcopado lo mismo que a su
funcionario y exigió obediencia incondicional a los decretos públicos, aun cuando
éstos interviniesen en los asuntos internos de la Iglesia» (Franzen, católico).
La Iglesia ganaba influencia pero perdía independencia, y esto empezaron a
verlo algunos ya durante el siglo iv; pasaba a ser parte del imperio, en vez de
ser éste una parte de la Iglesia. Los obispos debían gratitud al emperador, su
protector, que tanto los había favorecido. Y le obedecían; él era el amo,
convocaba concilios e incluso decidía en cuestiones de fe, por confusa que
fuese su propia cristología (pero... ¿cuál no lo es?), imponiendo fórmulas, que
él y sus sucesores obligaron a respetar. Él y ellos hicieron la Iglesia del
Estado, «en donde la palabra del emperador, sin llegar a ser mandamiento
máximo, tenía sin embargo un peso decisivo y no sólo en cuestiones de orden
externo, sino también en temas de doctrina» (Aland). Y aunque Constantino,
cuando venían mal dadas, siguiera consultando las señales del cielo y las
visceras de los animales, sin embargo hizo cristianizar a toda su familia y
acabó por recibir también el bautismo, haciéndose llamar salvador designado por
Dios, enviado del Señor y hombre de Dios. Declaró que le debía todo cuanto era
y había alcanzado «al Dios más grande», ordenó que se le rindieran honores como
«representante de Cristo» {vicarios ChristÍ) y que le enterrasen como
«decimotercer Apóstol».58
Cierto que hubo de renunciar al título de
divus que habían ostentado Diocleciano y sus corregentes. Este título,
tradicional entre los emperadores romanos, significaba una categoría de
«divinidad» algo inferior a los dioses del Olimpo, pero cercana a éstos de
todas maneras y con pretensiones de recibir culto, de tal manera que el
emperador era sacer y sanctus. Paganos y cristianos debían saludarle con la
genuflexión, de la que tal vez sólo estaban dispensados los obispos. Y también
era sagrada cualquier cosa que él hubiese tocado. (Sanctus y sanctitas,
nociones bien habituales del paganismo, fueron predicados de la dignidad
imperial.)
El punto central de la nueva capital de
Constantino, que recibió su nombre, era la corte, de lujo exagerado a la manera
oriental, construida «iubente Deo», es decir, por orden divina, sobre un
terreno cuatro veces más extenso que la antigua Bizancio y con ayuda de
cuarenta mil operarios godos. Con la fundación de esta «nueva Roma», la antigua
capital del imperio quedaba definitivamente relegada a un segundo puesto; se
reforzaba la influencia del Oriente heleno y se agudizaban los conflictos entre
la Iglesia oriental y la occidental. Constantino, por su parte, superó a los
antiguos emperadores cuando denominó a su palacio, prototipo de la basílica
primitiva y «casa del rey», no «campamento» (castra) como aquéllos, sino templo
(domus divina), a imagen y semejanza de la sala del trono celestial. Y mucho
antes que los papas, se hizo llamar vicario de Cristo y más que obispo, nostrum
numen, «nuestra divinidad», junto con el predicado de «sacratissimus», que
luego ostentaron los emperadores cristianos durante varios siglos e incluso
algunos obispos. Relacionado con ello, la casa privada del soberano, sacrum
cubiculum, adquiría «mayor relevancia» (Ostrogorsky), al igual que todo lo
tocante a su persona; la sala del trono tenía forma de basílica, como si fuese
un santuario, y se creó un ceremonial de recio sabor eclesiástico, que más
tarde los emperadores bizantinos intensificaron, si cabe.59
En estas épocas en que incluso ciertos
individuos particulares adquirían categoría de semidioses, al emperador se le
reconocía naturaleza (casi) divina, como lo indica la ceremonia de la
«proskynesis»: los que comparecían a su presencia se arrojaban al suelo, de
cara a tierra. Estas modas fueron introducidas por los emperadores paganos
desde antes de Nerón, que ostentó los títulos de caesar, divus y soler, o sea,
emperador, dios y salvador; Augusto se hizo llamar mesías, salvador e hijo de
Dios, lo mismo que César y Octaviano, libertadores del mundo. Este culto al
soberano ejerció una profunda influencia que se refleja en el Nuevo Testamento,
con la divinización de la figura de Cristo. La Iglesia prohibía rendir culto al
emperador, pero asumió todos los ritos del mismo, incluyendo la genuflexión y
la adoración de las imágenes; recordemos que la figura laureada del emperador
recibía culto popular con cirios e incienso.60
Claro está que estas demostraciones de
culto no iban ya dirigidas al emperador, sino a Dios, a quien se adoraba en la
figura de aquél, truco teológico mediante el cual, si bien se subrayaba
verbalmente el aspecto devocional en las apologías, en la práctica significó
que se mantenían las mismas costumbres de antes (en Bizancio, hasta el siglo
xv). Y también los monarcas cristianos imitaron el ceremonial cortesano y los
cultos del imperio de Oriente. Recibieron culto religioso y trato de divinidad
aunque, siguiendo la inspiración constantiniana, no directamente dirigidos a su
persona, sino en calidad de representantes de Dios en la tierra, ya que a
través de ellos habla y actúa la voluntad divina. El emperador, y este punto es
de importancia fundamental, actúa por encargo de Dios, como si dijéramos, y por
tanto no se somete a ninguna crítica ni rinde cuentas a nadie. Su voluntad es
ley, su Estado es «el Imperio de la arbitrariedad»; la constitución es una
autocracia al estilo oriental, y la jurisprudencia deja de existir lo mismo que
las antiguas diputaciones de las provincias. No hay ciudadanos, sino subditos,
para no hablar de derechos humanos de ninguna especie. La razón siempre está de
parte del emperador, del Estado, y ya la Iglesia antigua se encargó de corroborar
este extremo desde el punto de vista teológico, con notable unanimidad. De tal
manera que, en la mentalidad de los cristianos bizantinos, todo el imperio se
convierte en un corpus politicum mysticum, y el propio Constantino, a su
muerte, es proclamado divus oficialmente. Las monedas acuñadas en las cecas de
sus hijos cristianos nos lo presentan subiendo a los cielos, lo mismo que se
hizo con su padre. Delante de sus estatuas colocan lámparas y cirios y se ora
para solicitar la curación de enfermedades. En el hipódromo tenía una estatua
de cuerpo entero, llevando en la mano el cetro dorado de la ciudad; el regente
de tumo y la población entera debían saludarla, puestos en pie, con una
reverencia.61
Tan pronto como se vio soberano único,
Constantino aumentó la pompa de su residencia; las obras empezaron
inmediatamente después de la victoria sobre Licinio (324). Tomó prestado del
ceremonial cortesano de los persas y los indios. Ante el ejército se presentaba
revestido de una coraza de oro con piedras preciosas; ante el Senado, en ropa
de gala y cubierto de joyas. A sus vestidos se les reservaba la seda púrpura, a
sus imágenes el mármol de Egipto. En las audiencias, sólo él podía estar de
pie, en medio de un círculo de pórfido exclusivo. Inventó nuevos y sonoros
títulos para sus dignatarios; en fin, la vida cortesana se hizo cada vez más
fastuosa.62
Al mismo tiempo, Constantino creó en su
palacio, tan suntuoso, una comunidad cristiana a la que reunía para
contemplaciones bíblicas y oraciones comunes. Por otro lado, se dice de él
mismo que rezaba a Dios, que solía entrar en una tienda dispuesta para oraciones
antes de una batalla y que incluso pronunciaba discursos teológicos sobre
cuestiones fundamentales de la fe.63
En estos momentos, los obispos y padres de
la Iglesia veían en él un carisma especial, lo comparaban con Abraham y Moisés,
elogiaban su «religiosidad», le llamaban «caudillo amado de Dios» y «obispo de
todos, nombrado por Dios» {koinós episkopos), «el único de todos los
emperadores romanos que ha sido amigo de Dios», y sin que nadie los
contradijera, «salvador» y «libertador». Dijeron que era «un ejemplo de vida en
el temor de Dios, que ilumina a toda la humanidad», e hicieron de él un
prototipo de príncipe cristiano. Estas fórmulas seguirían influyendo en la
posteridad, incluso hasta la época moderna, a través de la trilogía
Dios-Cristo-Emperador (gozando la forma monárquica de gobierno más alta
consideración que ninguna otra). No es la historiografía profana, sino la
eclesiástica, quien le ha dado el sobrenombre de «el Grande», y «con plena
justificación» por cierto, según el católico Ehrhard. En la Inglaterra medieval
se alzaban todavía capillas con su nombre. Y en pleno siglo xx se quiere ver en
su figura, todavía, «una actitud de firme fe cristiana», «celo misionero» (el
católico Baus), «una profundización gradual en el espíritu del cristianismo y
una afición cada vez mayor a la religiosidad» (el católico Bihimeyer); se le
celebra todavía como «ejemplo luminoso [...] de la cristiandad», «princeps
christianus» (el católico Stockmeier), «cristiano según el corazón y no sólo
por gestos externos» (el protestante Aland). La Iglesia oriental le tiene como
«decimotercer apóstol»; a él y a su madre los cuenta entre los santos, y muchas
iglesias griegas tienen su imagen y celebran con gran pompa su festividad el 21
de mayo. Así, Constantino, «el más religioso de todos los emperadores»
(religiosissimus Augustas) se convirtió «en figura ideal, no sólc? de un
emperador cristiano, sino del príncipe cristiano por antonomasia» (Lówe).64
De la Iglesia pacifista a la Iglesia del
páter castrense
Ese príncipe, inhumado entre las estelas
funerarias de los apóstoles y santificado por la Iglesia oriental —aunque no
faltan en la occidental héroes del mismo género, Carlomagno por ejemplo,
llamado carnicero de sajones aunque sus hazañas se extendieron a otras muchas
tribus, o Enrique II, «mil delincuentes santificados» (Helvetius) —, ese santo
Constantino que jamás perdió una batalla, «hombre de guerra» (Prete),
«personificación del perfecto soldado» (Seeck), libró incontables guerras y
grandes campañas, la mayoría «de una dureza terrible» (Kornemann). En verano u
otoño de 306, contra los bructerios, primero en territorio romano y luego
invadiéndolos. En 310, otra vez contra los bructerios;
incendia las aldeas y ordena el
descuartizamiento de los cabecillas. En 311, contra los francos; los jefes de
las tribus pagan con la vida. En 314, contra los sármatas, ya vencidos por él
mismo en tiempos de Galeno, mereciendo ahora el título de «gran debelador de
los sármatas» {sarmaticus maximus). En 315, contra los godos (gothicus
maximus}. En 320, su hijo Crispo derrota a los alamanos; en 332, es él mismo
quien nuevamente derrota a los sármatas. Todo ello le vale un rico botín y
millares de prisioneros, deportados a tierras romanas como esclavos. En 323,
vence a los godos y ordena quemar vivos a todos los aliados de éstos. Los
sobrevivientes también son arrojados a la esclavitud; nuevo título: «gothorum
victor triumphator». Nueva fundación: los juegos «ludí gothici», que se
celebran todos los años del 4 al 9 de febrero (después de haber fundado los
«juegos francos»). Durante los últimos decenios de su vida, Constantino
combatió a menudo en las regiones danubianas, tratando de hacer «tierra de
misión» de ellas (Kraft), e inflige a los germanos derrotas que influyeron
hasta en la historia religiosa de éstos (Doerries). En 328, somete a los godos
en Banat. En 329, Constantino II casi extermina un ejército de alamanos. En
332, padre e hijo aplastan nuevamente a los godos en Marcianópolis; el número
de muertes, incluso por hambre y congelación («/ame et frigore», como dice el
Anónimo Valesiano), se calculó en cientos de miles, sin exceptuar a mujeres y
niños víctimas del «gran debelador de los godos». En el mismo año de su
fallecimiento, el «creador del imperio mundial cristiano» (Dólger), a
instancias del clero armenio sobre todo, se hallaba preparando una expedición
contra los persas, a quienes se proponía vencer en una verdadera cruzada, con
muchos obispos de campaña y capilla portátil de todo el instrumental
litúrgico.65
Nada nuevo tampoco, en el fondo. La
religión siempre estuvo íntimamente asociada con las batallas, desde el primer
momento. Las naciones siempre tuvieron dioses de la guerra, los dirigentes
combatieron a las órdenes y bajo la aprobación de éstos. En la India, los
sacerdotes acompañaban al general. Los ejércitos de los germanos solían
reunirse en el bosque sagrado y ostentaban en las batallas los símbolos del
culto;
«los sacerdotes prestaban el servicio de
las armas al cristianismo» (Andresen/DenzIer). En sus campañas, los romanos
apreciaron en mucho el apoyo de la religión: Marte, el dios de la guerra, tenía
templos en el Campo de Marte, en la vía Apia, en el Circus Flaminius, y otro
bajo la advocación de Utor (vengador) en el Foro Augusto. Sus fiestas se
celebraban en marzo y octubre, seguramente coincidiendo con las épocas
tradicionales de comienzo y final de las campañas bélicas; se limpiaban los
cuernos de la guerra el 23 de marzo y el 23 de mayo, y los caballos eran
bendecidos. Los salios, sacerdotes danzantes, ejecutaban una danza sagrada.
Eran propietarios de un escudo caído directamente del cielo e invocaban a los
dioses mediante el carmen saliare; igualmente, los generales, antes de ponerse
en campaña, debían agitar las «lanzas de Marte» al grito de: «¡Despierta,
Marte!». Más importante aún era el papel de la religión en las guerras de los
judíos, cuyo «Testamento» asumieron los cristianos aunque sin imitar, de
momento al menos, sus gritos de guerra.66
Así, Orígenes, el teólogo más importante de
la época patrística, opinaba que el cristiano que interpretase el Antiguo
Testamento al pie de la letra tendría que «avergonzarse» ante la comparación
con «otras leyes en apariencia mucho más perfeccionadas, humanas y razonables,
como las de los romanos o las de los atenienses, por ejemplo». Los pasajes
bélicos de la Biblia, según Orígenes, deberían someterse a una interpretación
espiritual, ya que de lo contrario, los apóstoles «no habrían permitido la
lectura de estos libros de los hebreos en las iglesias de los discípulos de
Cristo». «Nosotros, obedientes a las enseñanzas de Jesús, preferimos romper las
espadas [...] y convertir las lanzas en rejas de arado. [...] Ni queremos
esgrimir la espada contra otras naciones, ni deseamos la guerra.. .»67
A fin de cuentas, el Jesús de los
Sinópticos se nos presenta como adversario de las guerras, pacifista; desconoce
los instintos chauvinistas y la sed de poder. No permite que la «buena nueva»
se propague por medio de la espada y el fuego. Por el contrario, rechaza la
violencia, ordena renunciar a la defensa propia, impone el heroísmo de la
paciencia, no el de la autoafirmación. Incluso ordena devolver bien por mal.68
Según el Nuevo Testamento, el cristiano «no
debe llevar otras armas que el escudo de la fe, el yelmo de la salvación y la
espada del espíritu que es la palabra de Dios». De acuerdo con la prohibición
neotestamentaria de matar, durante los tres primeros siglos del cristianismo
nadie permitió jamás el servicio militar. Justino, Tatiano, Atenágoras,
Tertuliano, Orígenes, Cipriano, Arnobio, Lactancio, por muchas que fuesen sus
diferencias humanas y teológicas, y con independencia de su evolución ulterior
convirtiéndose en «herejes», siendo anatomizados como tales, o permaneciendo
dentro de la «ortodoxia», coinciden en predicar incansablemente al mundo entero
las virtudes de la no violencia. Todos aseguran, como Atenágoras, que el
cristiano «no debe odiar al enemigo, sino amarle [...] e incluso bendecirle y
orar incluso en favor de quienes atenían contra su vida»; que «no hay que
devolver golpe por golpe, ni acudir al juez aunque nos roben». «No hay que
ofrecer resistencia», escribe Justino al comentar el Sermón de la Montaña. El
emperador no puede ser cristiano ni un cristiano podría ser jamás emperador.
Tertuliano contrapone el deber del cristiano y el servicio de las armas, la
fidelidad a las banderas mundanas y el deber de fidelidad a Dios, «el
estandarte de Cristo y las banderas del diablo, el partido de la luz y el
partido de las tinieblas», diciendo que son «irreconciliables» y manifestando
expresamente que «todo uniforme está vedado para nosotros, porque es el emblema
de una profesión prohibida». «¿Cómo podríamos hacer la guerra, ni siquiera ser
soldados en tiempos de paz, sin la espada que el Señor quitó de nuestras
manos?», pues, «cuando desarmó a Pedro arrebató la espada a todos los
soldados». Clemente de Alejandría llega hasta el extremo de abominar de la
música militar (coincidiendo en esto con Albert Einstein, que —bien es verdad
que por otras razones— decía que todo el que gusta de marcar el paso al compás
de las marchas militares «tiene cerebro por un error de la naturaleza»). Los
teólogos no admitían la legítima defensa ni la pena de muerte, en contradicción
con el Antiguo Testamento que imponía ese castigo a los adúlteros, a los
homosexuales e incluso a los animales «impuros».69
En el canon del obispo romano san Hipólito
(del siglo III, el segundo en antigüedad de entre los que han llegado hasta
nosotros), incluso los cazadores debían elegir entre abandonar la caza o
abandonar la conversión. Para los cristianos, la prohibición de matar era
absoluta y todos los padres de la Iglesia anteriores a la época constantiniana
la interpretaron al pie de la letra, siguiendo las enseñanzas del Sermón de la
Montaña. «Al soldado que preste servicio bajo las órdenes de un gobernador,
decidle que no debe tomar parte en ninguna ejecución —enseña Hipólito en su
Tradición apostólica—. Quien ostente un mando militar o la gobernación de una
ciudad, quien vista la púrpura, debe dimitir o ser recusado. El catecúmeno o el
creyente que pretenda hacerse soldado, sea recusado, porque ha despreciado al
Señor.» Es decir, la postura en contra de matar era consecuente, cualquiera que
fuese el motivo o el derecho que pretendiera justificarlo: ni en los campos de
batalla, ni en defensa propia, ni en el circo, ni en ejecución de una
sentencia.70
«No se puede servir al mismo tiempo a Dios
y a los hombres», afirma Tertuliano; «no es posible servir a ambos, a Dios y al
emperador». Y acto seguido ironiza a costa de los cristianos deseosos de ocupar
cargos públicos: «si ellos creen que es posible desempeñar algún cargo sin
rendir culto a los dioses o permitirlo, sin administrar ningún templo, sin
recaudar tributos religiosos, sin patrocinar espectáculos ni presidirlos, sin
asistir a celebraciones públicas, ni promulgar edictos, ni jurar por los dioses,
si como detentadores del poder judicial [no] ordenaron ninguna ejecución ni
ninguna deshonra pública {ñeque iudicit de capite alicuius velpudore; por lo
que parece, las multas serían leves), no condenaron a nadie en última instancia
ni provisionalmente {ñeque damnet ñeque paedamnet), no hicieron cargar a nadie
de cadenas, ni encarcelar ni torturar a nadie, en una palabra, si estos
cristianos creen que todo eso es factible, entonces...», y Tertuliano renuncia
a la conclusión, dejando que la saque el lector.71
Atenágoras nos cuenta que «los cristianos
ni siquiera soportan ser espectadores de una ejecución capital ordenada por
sentencia», puesto que, según su criterio, «apenas hay diferencia entre asistir
a una ejecución y perpetrarla uno mismo, razón por la cual prohibimos ese
género de espectáculos». «Así pues, nosotros, que ni siquiera osamos mirar para
no contaminarnos de la infamia y la deuda de sangre, ¿como seríamos capaces de
matar a nadie?»72
Eso, como queda dicho, rige en cualquier
caso. Más aún cuando se trata de matanzas en masa, de hecatombes. De aquí que
la Iglesia primitiva condenase la guerra «sin paliativos» (Cadoux); «amar al
prójimo y matarle son nociones incompatibles». «Todos los autores notables,
tanto del Oriente como del Occidente, rechazan la participación de cristianos
en las acciones bélicas» (Bainton). Todavía era desconocida la absurda
distinción que introdujo el clero posconstantiniano después de haber degenerado
en Iglesia oficial y estatal, cuando condena las muertes al por menor, digamos,
pero elogia las matanzas en el campo de batalla. Los caminos están infestados
de salteadores, los piratas hacen estragos en los mares, escribe el futuro
mártir Cipriano («sin duda el obispo africano más notable del siglo ni, quizá
sin exceptuar a Agustín», según Marschall), en todas partes de la tierra se
derrama la sangre humana, pero «cuando es la de un solo hombre le llaman
crimen; cuando son muchos y se hace públicamente, dicen que es un acto de
valor. La magnitud del estrago asegura la impunidad del criminal.. .».73
Precisamente, la magnitud del estrago que
excusa al criminal ha venido siendo desde siempre la moral de la Iglesia. ¡No
así durante los primeros tiempos del cristianismo! Tenemos, por ejemplo, que
durante los años 66 y 67, poco antes de que los romanos pusieran cerco a
Jerusalén, la comunidad primitiva emigró de las tierras que ocupaba en la
orilla oriental del Jordán hacia Pella —donde hoy se alzan las ruinas de
Chirbet Fahil— «porque no querían ceñir [la] espada», como subraya el teólogo
Erhard. Por eso, también, durante la insurrección de los judíos acaudillados
por Bar Kochba, «únicamente los cristianos soportaron martirios terribles por
no querer negar a Jesucristo ni pecar contra su doctrina»; quiere decirse que
no tomaron las armas contra sus compañeros de fe: nonpossum militare, non
possum malefacere; christianus sum. Por eso, en África, Maximiliano, hijo de
militar, se niega a prestar el servicio de las armas («Yo no sirvo al mundo,
sino sólo a Dios mi Señor») y es ajusticiado por el procónsul. Es decir, había
ya cristianos en el ejército (esto sucedía durante el siglo II a. de C.),
porque eran soldados antes de su conversión y, obedeciendo a las disposiciones
de Pablo, siguieron siéndolo, ¡pero se negaban a combatir! Ello explica
seguramente por qué la última persecución de Diocleciano (303-311), como relata
Eusebio, «empezó por los hermanos que militaban en las legiones», y sabemos
también que dieron «la mayoría de los mártires» (Andresen/DenzIer).74 No sería
sólo por negarse a rendir culto a la persona del emperador, según les demandaba
su religión.
Ahora bien: «Pocas épocas cayeron tan
pronto en el olv/ido como los primeros tres siglos de la fe cristiana», como
lamenta el católico Kühner. Es verdad que, a comienzos del siglo IV, el Sínodo
de Elvira excomulgaba todavía a los creyentes que por una denuncia (sin entrar
en si ésta estaba justificada o no) hubiesen dado lugar a una condena de muerte
o exilio. Pero, en el año 313, Constantino y Licinio promulgan su Edicto de
Tolerancia; el cristianismo, antes prohibido, pasa a ser una religión lícita (que
a partir de ese momento se apresura a declarar ilícitas todas las demás), ¡y de
la noche a la mañana se produce la asombrosa metamorfosis de los pacifistas en
capellanes de regimiento! Si antes lo arrostraban todo, incluso el martirio,
con tal de no prestar el servicio, ahora la necesidad de matar les parece
evidente. Apenas reconocidos por el Estado, en 314 el Sínodo de Arélate
(Arles), «escuchando las voces del Espíritu Santo y de sus ángeles», excomulga
a los cristianos desertores. El que arrojaba las armas era arrojado de la
comunidad de los creyentes. Los que antes eran «militia Christi» pasaron a
convertirse en milicia efectiva. Siempre fue algo sospechosa esa noción; el
mismo Pablo se muestra muy aficionado a la terminología militar cuando habla de
«las armas del Señor», «la coraza de la justicia», «el escudo de la fe», «el
yelmo de la salvación», «las ígneas flechas del Maligno». ¡Lo que podría haber
llegado a ser, si hubiera vivido en tiempos de Agustín! Los nombres de los
soldados mártires desaparecieron rápidamente del calendario eclesiástico, para
ceder su lugar a divinidades militares, al propio Jesucristo, a la Virgen, a
diversos santos, bajo advocaciones destinadas a suplantar el papel de los
ídolos bélicos paganos. La jura de bandera recibió el nombre de sacramentum,
que ya es el colmo.75
También es curioso observar cómo entre los
oficiales y generales de la época tardía del imperio oriental, relacionados por
Rábano de Haehiing para el período comprendido entre mediados del siglo IV y
mediados del v, y en la medida en que consta qué religión profesaban, hallamos
ya a veinte cristianos (ortodoxos), cinco arríanos y sólo siete paganos.
Además, Rábano sospecha que entre los militares destacados del período hubo
otros cinco ortodoxos, un arriano y dos paganos, aunque para la mayoría de los
casos no se sabe nada concreto.76 Entre los dignatarios militares del imperio
occidental cita con seguridad a trece ortodoxos, tres arríanos y ocho paganos,
y sospecha que otros cinco eran cristianos ortodoxos, sin más precisiones
acerca de otros arríanos o paganos. En cualquier caso, vemos que la mayoría de
los generales influyentes, que se sepa, eran ya cristianos.77
Un siglo, o más exactamente ciento dos años
después del sínodo de Arles, todos los no cristianos quedaron excluidos del
ejército por un decreto debido a un emperador cristiano; las matanzas en masa,
ya se ve, quedan exclusivamente reservadas a los cristianos.78
Y desde hace mil quinientos años, los
historiadores cristianos toman nota del hecho sin pestañear..., o mejor dicho
¡lo aprueban!
Hans von Campenhausen, uno entre tantos, en
su estudio «El servicio militar de los cristianos según la Iglesia primitiva»,
ironiza a costa de la «ingenuidad» de aquélla al proclamar y practicar el
pacifismo, «el derecho a la excepción». Nuestro teólogo y aristócrata lo
explica recordando la existencia de «reducidos enclaves de mentalidad más o
menos pequeñoburguesa en las comarcas rurales del interior»; en el fondo, dice,
a los primeros cristianos les faltaba el verdadero sentido de la
responsabilidad; sus creencias eran demasiado superficiales. «Los cristianos
aún no habían asumido la responsabilidad política [!], y tampoco habían
profundizado en las reflexiones de la Antigüedad sobre las relaciones entre
política y Estado. Pero tal situación no podía ser duradera.» «La evolución era
imparable, y con la extensión de la Iglesia las responsabilidades no podían
quedar confinadas al terreno de la contemplación espiritual.»79
«Profundización» y «responsabilidad» son
eufemismos que en este caso significan que la Iglesia se hizo del partido de
los depredadores; a partir de ese momento, compartió la responsabilidad directa
e indirecta de un milenio y medio de matanzas. Pero no estaríamos hablando de
un teólogo, si se hubiese atrevido a decirlo en términos tan crudos. Como la
mayoría de sus congéneres, prefiere hablar con dos lenguas. Él no dirá «que la
Iglesia haya abandonado la idea de exclusividad a partir de la supuesta "desviación"
constantiniana [!]»; o, «la Iglesia no capituló frente al mundo y su derecho de
guerra», puesto que, como él asegura, «no proclama el servicio de las armas
como una ley absoluta», admitiendo el principio de excepción «al reconocer el
derecho de asilo que ampara las puertas del templo y del convento, donde cesa
la vigencia del derecho de guerra y la de la justicia de sangre». Es decir, se
trataba de salvar ante todo lo más importante, el pellejo de los miembros del
clero (poco importa la sangre de los laicos), ¡y las apariencias! «Los
religiosos y sacerdotes quedan dispensados de combatir», y además: «El
cristiano jamás interpreta los frentes políticos y militares dando la razón
última a un solo partido y sin admitir excepciones». De esta manera, el cristianismo
concilia, en cierto modo, la guerra con la no violencia; la «excepción bien
entendida», en este caso, es la interpretación necesaria y la confirmación de
la «regla bien entendida».80
La interpretación de Campenhausen se ajusta
a la regla habitual entre teólogos.
Hallamos un representante característico de
ese cambio de planteamiento, la gravedad de cuyas consecuencias apenas cabe
exagerar, de ese abandono radical (prescindiendo de sofismas a lo Campenhausen)
de la centenaria religiosidad estrictamente pacifista de los orígenes,
precursor de futuros aggiornamentos sorprendentes, en otro «padre de la
Iglesia», Lactancio, que «fue uno de los primeros en disfrutar, como favorito
del emperador, del nuevo régimen de alianza entre la espada y la cruz» (Von
Campenhausen), o dicho de otro modo, uno de los primeros en mudar de camisa.81
En sus Divinae Institutiones, la principal
apología cristiana de la época preconstantiniana, redactada poco antes del año
313 (!), Lactancio s^ muestra partidario apasionado del humanismo, la
tolerancia y el amor fraternal. Sin duda, no hay en el mundo nada más
importante que la religión; pero a ésta se la defiende «muriendo y no matando,
sufriendo con paciencia, que no obrando con crueldad, mediante la fe y no
mediante el crimen. Si pretendierais defender la religión derramando sangre y
torturando, no la defendéis, sino que la mancháis y la deshonráis». En
consecuencia, Lactancio impugna en su tratado los nacionalismos y las guerras.
«No puede ser justo el que perjudica al prójimo, el que odia, el que roba, el
que mata, que eso es lo que hacen quienes pretenden servir a su patria.» Y no
sólo desaprueba la guerra, sino también el homicidio, «aun en los casos en que
lo considera legítimo el derecho mundano». Condena incluso a los denunciantes
cuando la acción denunciada esté sancionada con la pena capital. Sin embargo,
en 314, el mismo autor escribió un resumen o epitomé donde tachó todos los
pasajes pacifistas y alabó a quienes dan su vida por la patria, «una obra
extraordinariamente lograda», según Von Campenhausen.82
Lactancio se presenta como paradigma del
cambio de posturas de su Iglesia. Desterrado en otros tiempos, y muchas veces
víctima de grandes penurias, poco después de 313 se le nombra preceptor de
Crispo, el hijo de Constantino, y consejero del mismo emperador. El súbito
éxito profesional, los fastos de la corte, las villas suntuarias del valle del
Mosela, los palacios de Tré veris (convertida en ciudad por Augusto, en
residencia imperial por Constantino y su madre Elena, frecuentada luego por
doctores de la Iglesia como Atanasio, Ambrosio y Jerónimo), el trato, en fin,
con la «mejor» sociedad del imperio, hicieron que el anciano Lactancio olvidase
lo que había predicado durante toda su vida. El agradecido tratadista corrige
la dedicatoria de su principal obra y se pone a elogiar la actividad bélica y
legislativa del soberano. Es entonces cuando el cristianismo pasa a convertirse
en «lucha sangrienta entre el bien y el mal» (Prete), y el autor en un
«precursor de los nuevos tiempos» (Von Campenhausen) .83
Así traicionó Lactancio sus propias
convicciones, renegando de casi tres siglos de tradición pacifista. Y con él,
en el fondo, la Iglesia entera, obediente a la voluntad del emperador que la
había reconocido y hecho rica e influyente, pero que no tenía empleo para un
clero pacifista y pasivo, sino para quienes se avinieran a bendecir sus armas.
Y que no han dejado de bendecirlas desde entonces, o como ha escrito Heine: «No
fue sólo el clero de Roma, sino también el inglés, el prusiano; en una palabra,
siempre el sacerdocio privilegiado se asoció con cesares y similares en la
represión contra los pueblos».84
Los teólogos modernos, que no se atreven a
negar en redondo esa bancarrota de la doctrina de Jesús, hablan de un «pecado
original» del cristianismo. Con ello pretenden restar importancia al hecho,
como recordando el cuento de la serpiente y la manzana, como si toda la
cuestión no fuese más que «un pequeño desliz edénico». Como si no hablásemos de
matanzas perpetradas durante milenios, ahora se cometen en nombre de «la buena
nueva», de la «religión del amor», y resultan ser justas, necesarias y aun
excelentes, culminando en la «guerra santa», en el colmo del despropósito
criminal; junto con la inquisición y la quema de brujas, la «guerra santa»
figura entre las pocas novedades aportadas por el cristianismo. Antes de su
aparición era desconocido «el horrible desvarío de las guerras de religión»
(Voltaire), «esa locura sangrienta» (Schopenhauer) .85
Nace así una teología nueva, aunque
envuelta en el ropaje terminológico de la vieja para disimular. Y no sólo
política, sino además militarista; ahora hablan de Ecciesia triumphans, de
Ecciesia militans, de la teología del emperador..., o de todos los emperadores,
al menos de los romanos de la Antigüedad que retrotraían su linaje a César,
pero mucho más allá en realidad. Cierto que Constantino aborrecía casi tanto
como el mismo Yahvé el hedor de los sacrificios paganos, «ese error vergonzoso
que ha arruinado a tantas naciones»; «Huyo de la sangre inmunda, de todos los
hedores repugnantes y malignos»;86 en cambio, el hedor de la sangre en los
campos de batalla era tan agradable para el soberano como para el mismísimo
Señor de los Ejércitos...
El monarca que una vez dijo que «como
hombre de Dios, en el fondo nada me es extraño y todo lo sé», manifestación de
soberbia que nunca se le ocurrió a ninguno de los cesares paganos, desde luego
sabía lo que quería: consolidar el imperio por medio de la unidad religiosa. Lo
mismo había pretendido su predecesor Diocleciano, sólo que éste favoreció al
partido idólatra. Constantino buscó la ayuda de los cristianos para llevar a
cabo su «revolución». Por un lado, en sus cartas a los obispos, los sínodos y las
comunidades reclama, incansable, la unidad, la concordia, «la paz y la armonía
de los espíritus» y asegura que su principal objetivo es «la felicidad de los
pueblos de la Iglesia católica bajo una misma fe, el amor puro y la
religiosidad auténtica», y «que la Iglesia de todos sea una». Por el otro lado,
el déspota mimaba las relaciones con el ejército y fue siempre, y antes que
nada, caudillo militar. Emprendió una reorganización decisiva del ejército,
desglosando los efectivos de la infantería y la caballería; formó milicias para
la defensa de las fronteras, reclutadas sobre todo entre los veteranos; creó
divisiones móviles, entre las que figuraron también \ospalatini o guardia de
palacio, y fue uno de los principales promotores del reclutamiento de mercenarios
germanos.87
En verdad aquel hombre supo lo que quería:
una fe potente y un ejército potente. La mejor manera de servir al Estado,
sentenció, es cumplir con Dios en todos los aspectos. Él fue quien introdujo
los servicios religiosos en el ejército. «En primer lugar, fue mi propósito la
unidad en el sentir de todas las naciones en lo tocante a la divinidad; lo
segundo, sanar el mundo, que padecía entonces de una grave enfermedad, y
restituirle la salud. Mis esfuerzos en tal sentido, por un lado, se
desarrollaron en el secreto de mi corazón; por el otro, he tratado de alcanzar
estos objetivos por medio de mi poderío militar.» La vieja política de fuerza,
pues, con la novedad de no invocar ya a los dioses paganos, sino al que murió
en la cruz. «Portando siempre Tu sello —dice en un edicto imperial—, he
acaudillado un ejército victorioso; y dondequiera que lo reclame la necesidad
del Estado, atenderé a los signos visibles de Tu voluntad y tomaré las armas
contra los enemigos.»88
Y también los obispos sabían lo que
querían, sólo que ello tenía poco que ver con los mandamientos de Jesucristo su
Señor y mucho con las órdenes de su señor Constantino, sin descuidar por eso
las intenciones propias. ¡El trono y el altar! El clero, o por lo menos el alto
clero, figuraba entre los dignatarios del imperio, acumulaba dineros,
propiedades, honores, y todo ello gracias a un príncipe cristiano, a sus
batallas y sus victorias. ¿No era preciso mostrarse obedientes y complacientes
en tal situación? Lo mismo que él distinguía al episcopado, éste favoreció a
los funcionarios imperiales en el seno de la Iglesia. En virtud del canon 7 del
Sínodo de Arles se les concedió que, caso de haber incurrido en un pecado
normalmente sancionado con la excomunión, ésta no sería promulgada ipso facto
como les sucedía a los creyentes del montón. Ya durante el siglo iv, extensos
sectores de la Iglesia se inclinaban a la identificación entre ésta y el
Estado. Y si antes los ejércitos combatían como seguidores de los ídolos, de
los demomos y del mismo diablo, ahora «la mano de Dios» presidía «el signo de
las batallas»; es Dios en persona quien hace «señor y soberano» a Constantino,
y vencedor, «único entre todos los príncipes que han existido, invencible e
inexpugnable», porque el Señor que le hizo «terrible» «combate a su lado». Por
eso su teólogo de corte celebra que la primera majestad cristiana venciese «con
gran facilidad a más naciones que ninguno de los emperadores anteriores».
Constantino es el «amado de Dios y tres veces bendito».89
¡Qué perversión! Por haber vencido por las
armas a las demás religiones se quiere ver en el cristianismo a la «única
verdadera». Una religión de amor se justificaba por la suerte de las batallas,
por miles de muertes, sin que ningún obispo, papa ni padre de la Iglesia haya
tenido nada que decir en contra.
Una vez más, nos encontramos ante un caso
conocido. Los dioses como ayudantes de las empresas militares abundan en la
historia romana. Así, por ejemplo, en la batalla del lago Regilo intervinieron
los Dioscuros, «hijos de Zeus» a los que se invocaba en las situaciones de
apuro; Escipión fue ayudado por Neptuno en la toma de Cartago Nueva, Apolo
acudió en auxilio de Octavio contra Antonio, el dios del Sol ayudó a Aureliano
contra Zenobia, y así sucesivamente. Y hete aquí que toda esa teoría pagana de
la victoria militar se pasa al campo de la Iglesia del pacifismo, sin olvidar a
Diké, la diosa de la venganza que tiene en su poder las llaves de la guerra,
que tiene por atributo una o dos espadas y por ayudantes a las Erinias.90
La mayoría de los cortesanos de Constantino
eran cristianos, naturalmente. Y todos los funcionarios llevaban uniforme,
«recordando —como escribe Peter Brown— sus agitados comienzos en la vida
militar [...]; incluso los emperadores habían renunciado a la toga y se hacían
representar en atuendo bélico por los escultores». Los investigadores subrayan
que esta invocación de incalculables consecuencias históricas comenzó en el
ejército. «Los cristianos estaban perfectamente al tanto de que Constantino
sólo se había inclinado hacia ellos con el fin de consolidar sus éxitos
políticos y militares» (Straub). Al tiempo que el emperador militarizaba cada
vez más la nueva religión, la comunidad romana fue, de entre todas, seguramente
la primera que autorizó el oficio de soldado a sus seguidores. Ya después de su
victoria sobre Majencio, adoptó el agresor un estandarte con la cruz {labarum)
y el monograma XP. Dicen que oraba siempre que se veía en una situación de
peligro. Y condujo la campaña contra Licinio, que no fue más que una lucha por
desplazar al rival, como una guerra de religión, a la que acudió acompañado de
obispos y provisto de una tienda de campaña especial para las oraciones. De la
misma salía listo para la batalla y, lanzando el grito de guerra a sus sicarios,
según el elogio del gran pastor Eusebio, «los abatían a todos, hombre a
hombre».91
Tales prácticas son elogiadas por no pocos
historiadores modernos. «La imagen que se presenta a nuestros ojos no es la de
un hipócrita» (Straub), sino «la de un verdadero soldado, que busca en el
estandarte de la Cruz el consejo del Cristo en quien creyó» (Weber).92
El obispo de la corte ni siquiera titubea
en manifestar que Constantino «venció siempre sobre sus enemigos y pudo
disfrutar de los monumentos a sus victorias» precisamente porque «se había
reconocido creyente y siervo del Rey de reyes». Y Teodoreto, continuador de la
historia eclesiástica iniciada por Eusebio (de 323 a 428) escribió la frase
siguiente, digna de ser recordada: «Los hechos históricos nos enseñan que la
guerra trae mayor provecho que la paz»; como es lógico, también este obispo
juzga a Constantino un personaje «digno de todo encomio», y no titubea en
acudir para ello al estilo paulino: «No de hombres ni por mediación de hombres
(Ga. 1,1), sino del cielo mismo recibió su oficio», en coincidencia con las
fanfarronadas del propio Constantino cuando dice que «Dios es el autor original
de todas mis heroicas hazañas».93
«Cristo vence» es la nueva fórmula
cristiana para aludir a las victorias del emperador. «Cuando el emperador
vence, Cristo vence y la Cruz vence», apostilla Hernegger. En el fondo, se
mantiene invariable la fe pagana en el poder milagroso del caudillo, sólo que
ahora no vence con ayuda de los sacerdotes paganos, sino ayudándose de la Cruz.
Precisamente, «por hacer todo lo contrario [!] de lo que hicieron los crueles
tiranos, sus predecesores, pudo triunfar sobre todos sus adversarios y todos
los enemigos» (Eusebio). La religión de la paz se convierte en una religión que
no da paz. a nadie.,94
El primer emperador cristiano propagó la
cruz por todas partes y no sólo en las iglesias. No sólo la construcción de
éstas adoptó la planta en forma de cruz, como las de Pablo y Pedro de Roma. A
partir del siglo IV, prolifera como símbolo de honor o de victoria en las
monedas y corona el cetro del emperador. Aparece también en los campos de
batalla. Y el clero no tiene nada que objetar, todo lo contrario. «Con la cruz
de Cristo y con su nombre en los labios van al combate, confortados y llenos de
valor», dice un predicador tan notable como Ambrosio, según el cual «el valor
en la guerra es lícito y honroso, por cuanto prefiere la muerte a la esclavitud
y el oprobio» (o como se diría hoy, antes muertos que rojos). También Agustín
nos enseña: «No creáis que no puede agradar a Dios quien se consagra al
servicio de las armas». Sólo cuando empezaron a enfrentarse cristianos contra
cristianos, la cruz sobre los estandartes se convirtió en motivo de escándalo.
Lulero decía que si fuese soldado, «en viendo en el campo de batalla una enseña
con la cruz [...] huiría de ella como alma que lleva el diablo; pero cuando
asoma la enseña del emperador Carolus o de cualquier otro príncipe podemos
seguirla con alegría y valor, porque ésa y no otra es la que hemos jurado» ,95
Hete aquí cómo en el cristianismo, la
religión de la hipocresía, las apariencias cuentan por encima de todo, incluso
para un protestante.
En la época de las invasiones fue muy
corriente que los obispos participasen en la lucha armada. El clero arriano, en
particular, estaba totalmente organizado en régimen de capellanía militar; a
cada centuria le correspondía un sacerdote, y un obispo cada diez centurias.
Durante el reinado de Teodorico, los obispados de Rávena y sus alrededores se
dis* tribuyeron de acuerdo con las regiones militares;,de manera similar, las
iglesias amanas de Roma y Bizancio eran en realidad «las capillas de los
acuartelamientos» (Von Schubert).96
El Estado cristiano sanciona la deserción
con las penas más graves:
decapitación del desertor y muerte en la
hoguera para quienes le hubieran dado refugio. En África cortaban las manos o
quemaban vivos incluso a los reos de insubordinaciones leves. Del período
comprendido entre los años 365 y 412 han llegado hasta nosotros nada menos que
diecisiete leyes contra la deserción. En 416, Teodosio II ordena que sólo los
cristianos sean aceptados en las filas del ejército. Ello no impide que, cuando
conviene, los clérigos abominen de la guerra y prediquen la deserción; así, durante
el reinado de Sapur II en Persia (310-379), los cris» tianos se negaron a
servir bajo sus banderas, haciendo con ello un gran favor a los de Roma. De
manera similar, en 362, el padre Atanasio amenazaba con la excomunión a cuantos
sirvieran en el ejército de Juliano (que se había convertido al paganismo) y
les exigía que desertasen, si eran cristianos.97
En ciertas ocasiones, todavía se
desempolvaban los despojos del primitivo pacifismo cristiano.
El santo Martín de Tours, convertido al
cristianismo pocos años antes de la muerte de Constantino, continuó como tal
dos años más en el ejército, pero llegada la hora de la batalla se negó a
combatir. Su biógrafo, Sulpicio Severo, recurre a numerosos eufemismos en su
Vita Martini turolensis para disimular el hecho de que el santo había sido
antes oficial. En 386, un concilio romano excluyó de la profesión sacerdotal a
quienes hubiesen jurado las armas después de convertirse al cristianismo.
Crisóstomo llega al punto de asegurar que en sus tiempos todos los soldados
eran voluntarios y que no se obligaba a nadie a prestar el servicio militar. En
su opinión, los vencedores son culpables de toda clase de crímenes y sólo
buscan el saqueo y el botín, como los lobos. Algo parecido opinó poco más tarde
Salviano, padre de la Iglesia, y antes que él lo dijo también san Basilio: los
homicidas uniformados eran mucho peores que los salteadores de caminos. Por
eso, «las manos impuras de los soldados» deben quedar excluidas de la comunión
al menos durante tres años (pero nótese que los homosexuales, los incestuosos y
los adúlteros son amenazados por Basilio con quince años de penitencia). De
manera similar, durante todo el primer milenio, los tratados penitenciales
imponen al soldado que ha matado (aun en combates defensivos) castigos de
cuarenta días, por lo general. Y todavía el obispo Fulberto de Chartres
(fallecido en 1029), discípulo de Gerberto de Reims, el futuro papa Silvestre
II, dictaminaba: «Si alguien mata a otro en guerra declarada, cumplirá un año
de penitencia».98
¡Qué poco, en comparación con el rigorismo
primitivo! Son penas sin trascendencia práctica, y en un terreno tan abonado
para la doble moral cristiana tampoco se observarían de una manera demasiado
estricta. Un príncipe de la Iglesia tan avezado en las luchas callejeras como
Atanasio predica sin rebozo que los cristianos prefieren dedicarse «no a los
combates, sino a sus ocupaciones domésticas; en vez de utilizar las manos para
empuñar armas, las unen en la oración». Pero en otro pasaje, el mismo santo considera
que aun no estando permitido el homicidio, «en la guerra no sólo es lícito,
sino encomiable dar muerte a los enemigos». Otro doctor de la Iglesia, Juan
Crisóstomo, el mismo que había comparado a los guerreros con los lobos y que
había afirmado que la manera cristiana de hacer la guerra es confundirse con
los lobos siendo ovejas y vencer convirtiéndolos a ellos en ovejas, admite en
otra oportunidad la excepción «admirable» del que portando espada «se mantiene
firme en medio del caos de la batalla». En cuanto a Ambrosio, le parece natural
el alabar el valor del soldado «que defiende a la patria contra los
"bárbaros"», para no mencionar otra vez los escritos de
Agustín."
Lo mismo que hoy, predican la paz como
norma general, pero fomentaban sin reparos la guerra cuando la ocasión lo
demandaba. Predicaban el Evangelio, pero no tenían inconveniente en forzar su
interpretación cuando ello interesaba a las propias ambiciones de poder,
siguiendo en esto el ejemplo de Constantino, a cuya semblanza volvemos
seguidamente.
Vida familiar cristiana y rigorismo de las
prácticas penales
El primer emperador cristiano, además de
revelarse como un gran caudillo militar, se mostró coherente en la aplicación
de la pena capital, emulado también en esto por los teólogos católicos de todas
las épocas, sin exceptuar la nuestra. En efecto, el soberano que después de sus
victorias alababa «la dulzura de la convivencia» y veía «extenderse cada vez
más el cristianismo» en el seno de su familia, sentó mediante el ejemplo de sus
numerosos crímenes dinásticos un precedente que luego fue imitado con asiduidad
en todas las cortes cristianas.100
En el año 310, el hijo de santa Elena, de
quien aseguran todavía los historiadores cristianos de Ia'segunda~mltad del
siglo XX que «pocos de sus sucesores alcanzaron su grandeza política y humana»
(Baus) y que «en su vida privada no hizo ningún secreto de sus convicciones
cristianas, llevando una vida familiar cristianamente ejemplar» (Franzen), hizo
ahorcar a su suegro, el emperador Maximiano, en Massilia (Marsella)*" tras
lo cual fueron destruidas todas las estatuas e imágenes que lo representaban;
ordenó estrangular a sus cuñados Licinio y Basiano, esposos de sus hermanas
Constancia y Anastasia; en 336, esclavizó al príncipe Liciano. hijo de Licinio.
que fue luego azotado y asesinado en Cartago;
en 326, hizo asesinar a Crispo, hjjo suyo
(habido de su concubinato con Minervina poco antes de casarse con Fausta),
seguramente envenenado, junto con «numerosos amigos suyos» (Eutropio), dicho
sea de paso, pocos meses después del Concilio de Nicea en que fue promulgado el
Símbolo de la Fe. Y por último, este parangón de la grandeza humana acusó de
adulterio con_Crispo a su propia
esposa Fausta, madre de tres hijos y dos
hijas, reconocida poco antes en monedas como «spes reipublicae» (esperanza del
Estado); aunque nada se demostró (y aunque las canas al aire del propio
soberano eran públicas y notorias), fue ahogada en un baño y todas sus
propiedades del antiguo barrio lateranense adju dicadas definitivamente al
papa. 101
¡«Vida cristiana ejemplar», en efecto
(Franzen)!
«Desde cualquier perspectiva que juzguemos
como historiadores la cuestión de las convicciones religiosas de Constantino,
se impone la conclusión de que se comportó como cristiano convencido», escribe
Aland en una deducción basada, sin duda, en el entorno familiar del emperador
ya que no en su política familiar, como parece evidente. El historiador
bizantino Zósimo, pagano acérrimo cuya muy bien documentada historia de los
emperadores es, junto con las Rerum gestarum libri XXXI de Amiano, nuestra
principal fuente de información sobre los hechos del siglo IV, asegura que
después de la liquidación de su hijo y su esposa la impopularidad de
Constantino en Roma había llegado a ser tan grande, que prefirió mudar de
residencia. E incluso Seek, admirador suyo en tanto que héroe militar, que le
atestigua «la escrupulosidad de cristiano y de gobernante», no consigue
perdonarle, en el mismo pasaje, «la fría brutalidad del mercenario».102
La decadencia del Derecho se agudizó
durante estos siglos IV y V de nuestra era. La mentalidad clásica de la época
pagana se vio desplazada por el derecho vulgar de la época tardorromana y la
legislación cayó «a un nivel de primitivismo acientífico» (Kaser), lo que
justifica la afirmación de Jerónimo, doctor de la Iglesia (no exenta de cierto
cinis cuente en las obras de este autor): «aliae sunt leges Caesaru\
Christi...»103
Durante el período republicano, la pena de
muerte, aunquq malmente abolida, se hallaba fuertemente limitada en su api Bajo
los cesares, la tolerancia fue incluso mayor, aunque sólo en| ció de las clases
altas, los senadores y los oficiales; en cambio, gente de a pie (humiliores,
tenuiores) empezaron a menudear la cada vez más rigurosas.104
Esta tendencia se prolonga durante el
período cristiano, siend vez más frecuente la aplicación de la pena capital,
fervorosament ficada por la Iglesia lo mismo que el servicio militar. A partir
de tantino, los emperadores «acentúan notablemente la severidad contra los
libertos y los esclavos» (Nehisen). En el terreno de las declaraciones
programáticas —y tal como sucede también con la Iglesia, a quien siempre se le
dan muy bien—, todo era muy noble, muy elevado y pomposo, a fin de crear una
impresión de humanismo y generosidad. En apariencia, el ius stríctum tan
respetado antes de la época cristiana quedaba reemplazado por la «filantropía»
del príncipe; su «magnanimidad» y su «bondad» decidían acerca del «bien común»;
tanto a Constantino como a otro emperador no menos brutal, Justiniano, se les
atribuye la frase «en todos los asuntos, la justicia y el buen sentido han de
primar sobre la letra de la ley». Pero incluso un historiador tan amigo de
Constantino y del cristianismo como Doerries admite que fue un rasgo
característico de la época «la introducción de la retórica en la legislación,
con una fraseología "humanista" tendente a enmascarar la dura
realidad de unas disposiciones cada vez más severas», y que precisamente en
tiempos de Constantino «la contaminación del derecho consuetudinario vulgar
enturbia la claridad del viejo Derecho romano, [...] la redacción se vuelve
confusa y empeora la definición de los conceptos jurídicos. En todo ello se
manifiesta no sólo la decadencia de la cultura jurídica, sino también, e
inconfundiblemente, el peso de las realidades de la época.. .».105
Pero la época a que se alude en ese pasaje
fue la cristiana y Constantino, «soberano digno de toda alabanza» (Teodoreto),
el príncipe que marcaba el tono. Tan pronto como se vio emperador único, aquel
autócrata impuso su voluntad personal «como fuente inmediata del Derecho»
(Schwartz); fueron leyes suyas las que contribuyeron a esa «barbarie cada vez
más flagrante del derecho penal tardorromano» (Stein), a esas prácticas
judiciales «de rara crueldad», según Ernst Kornemann.106
La justicia pagana, qué duda cabe, era
también muy dura, aunque no del todo exenta de rasgos humanitarios. También es
cierto que Constantino atenuó el rigor de muchas disposiciones, quién sabe si
influido por algún consejero cristiano. Por ejemplo, puso trabas legales al
repudio de la esposa (aunque no lo abolió), mejoró la protección del deudor
frente a sus acreedores, y reemplazó la crucifixión (con rotura de los huesos
de las piernas, según se practicaba hasta el año 320) por el ahorcamiento
simple. En el año 316, Constantino prohibió las marcas a fuego en el rostro,
castigo adicional impuesto a los condenados a trabajos forzados o a luchar como
gladiadores en el circo, «porque el hombre está hecho a imagen y semejanza de
Dios»..., y además las marcas a fuego podían aplicarse en la mano o en la
pantorrilla. Sin embargo, y aun prescindiendo de que la evolución del Derecho
seguía en algunos casos bajo la influencia de las doctrinas humanizantes del
derecho antiguo (pagano) o de la filosofía antigua (pagana), es preciso admitir
que las tendencias más benignas del cristianismo también influyeron. Para otros
supuestos delictivos, en cambio, Constantino enconó la gravedad de las
penas.107
En particular, aquel emperador «para quien
era lo mismo que la ejecución fuese encargada al verdugo que a un asesino
pagado» y que «no valoraba en nada la vida humana» (Seeck), aumentó los
castigos por falsificar moneda; la primera majestad cristiana, pese a su lema
«la justicia y la paz se han besado» (iustitia etpax osculatae sunt) sancionó
con pena de muerte, en vez del tradicional destierro, la publicación de libelos
anónimos, y ordenó que se arrancase la lengua a los calumniadores, «la plaga
más grande de la vida humana» antes de ejecutarlos. A los parricidas (como él
mismo), el tirano, en cuya legislación quiere ver todavía el Handbuch der
Kirchengeschichte «una atención creciente a la dignidad de la persona humana» y
el historiador Baus «el respeto creciente a la vida humana», la insaculación
(poena culleí): «Sea un saco lleno de serpientes la última morada del criminal
expulsado de la comunidad, los reptiles inmundos su última compañía y el
precipicio su último camino».
Horrenda fue también la persecución del
soberano, que «inauguró la cristianización de la vida pública» (Franzen) y la
humanización del Derecho «bajo la influencia de las ideas cristianas» (Baus)
contra los delitos deshonestos; por ejemplo, criminalizó el rapto, hasta
entonces delito privado. De manera que no sólo condenaba a muerte al raptor, y
de manera horrible, sino también a la novia si había consentido, y además a
quienes hubiesen actuado como mediadores, echando plomo derretido en la boca de
las dueñas y quemando vivos a los esclavos. Los esclavos que hubiesen tenido
relaciones sexuales con sus amas eran decapitados y ellas quemadas vivas, sin
que conste ninguna disposición simétrica sobre los amos que tuviesen relaciones
sexuales con esclavas. Constantino equiparó el adulterio, seguramente por
influencia cristiana, con los peores crímenes, y además amplió la definición
del supuesto. Bien es verdad que el adulterio estuvo castigado con pena de
muerte desde el siglo II, pero Constantino añadió «detalles de mayor crueldad»
a la ejecución. «Sus disposiciones en materia penal fueron bastante duras»
(Vogt). De él escribió Shelley, que se consideraba a sí mismo «filántropo,
demócrata y ateo» y que mereció los mayores elogios de Byron («una cabeza de
gigante...»): «Los castigos que promulgó ese monstruo, el primer emperador
cristiano, contra los placeres del amor prohibido fueron tan inenarrablemente
graves que ningún legislador moderno los consideraría ni siquiera contra los
peores delitos». Mientras, Constantino, «que no invocaba a los demonios, sino
al Dios verdadero», por una parte prohíl los arúspices el ejercicio privado de
su oficio, pero lo tolera en públic en el año 320, habiendo caído un rayo sobre
su palacio, ordenó sac cios para consultar las visceras de los animales,
frecuentaba astróloj practicaba sortilegios y encantamientos, curas simpáticas
y otras a de magia para fomentar la salud, o las cosechas, o para evitar inunda
nes y pedriscos; pero por otra parte castiga con el exilio y la confisca< de
bienes la administración de bebedizos o filtros amorosos; en cas(
envenenamiento producido por éstos, los culpables eran arrojados í fieras o
crucificados. (Pero también Calocaerus, el intendente de los tablos de camellos
del emperador, fue torturado y crucificado en Ch por intentar un golpe de
Estado.)108
La tortura, que aún habría de celebrar
grandes fastos (cristianos) desempeñaba ya un papel muy importante, sobre todo
para reprimir a los numerosos esclavos que el Estado y la Iglesia empleaban en
el cultivo de sus inmensas propiedades, motivo por el cual no fue abolida la
esclavitud, sino muy al contrario, reforzada mediante disposiciones de especial
severidad, sobre todo contra los fugitivos. Constantino autorizó también el
interrogatorio mediante la tortura durante los procesos, «los métodos previstos
eran de extraordinaria crueldad» (Grant).109
Acabamos de mencionar que el derecho
constantiniano castigaba con el hacha y las hogueras las relaciones sexuales
entre ama y esclavo, no así las habidas entre amo y esclava. Tal como sucedía
durante el paganismo, cualquier casado podía servirse de sus esclavas como le
apeteciera, contando en todo caso con la aprobación del legislador —«aliae
suntleges Caesarum, aliae Christi», como dice Jerónimo—; Constantino mantuvo
las prácticas paganas, sobre todo en cuestiones fundamentales, cuando le
interesó y sin importar si eran contrarias a la fe cristiana. El abandono de
los niños, por ejemplo, radicalmente condenado según el cristianismo, le parece
bastante «tolerable»; y llama la atención el hecho de que la Iglesia apenas
tuviese nada que objetar; el mismo Harnack afirma que «no consta que se llamase
al orden a los amos cristianos por los abusos cometidos con las esclavas, y eso
da mucho que pensar».
Desde que se escribieron estas líneas, se
descubrieron algunas excepciones en textos de Lactancio y de Agustín, por
ejemplo, pero en 1978 Alfred Stuiber todavía reparaba en que «los predicadores
y tratadistas cristianos, pese a sus numerosas advertencias contra la
deshonestidad y el adulterio, no advirtiesen sino muy raras veces contra ese
peligro tan presente en el ámbito doméstico».110
El derecho constantiniano dificultó en gran
medida los divorcios, en lo que advertimos casi con seguridad las influencias;
además, a partir del año 326 dejó de tolerar el concubinato de los hombres
casados como sucedía en el derecho romano clásico; mejor dicho, hasta esa fecha
no existía tal relación desde el punto de vista jurídico. Más adelante fue
sujeto de legislaciones numerosas y cada vez más restrictivas; por ejemplo, las
concubinas y sus hijos no podían heredar del varón, amante o padre, ni por donación
ni por cesión ínter vivos ni por última voluntad. Más adelante, los hombres de
clase distinguida que cohabitaran de manera pública y notoria con mujer de
estado inferior se hacían reos de infamia y arriesgaban la pérdida de sus
derechos civiles. Por otra parte, Constantino prohibió legitimar al hijo de una
esclava, pareciéndole ésta «liberalidad excesiva»; y si Diocleciano prohibió a
los padres el vender a sus hijos como esclavos, Constantino lo permitió en los
casos de grave necesidad y siempre que se hiciese bajo pacto de recompra. Si un
esclavo se tomaba la libertad por su cuenta y se refugiaba entre los barban,
una vez capturado le cortaban un pie y lo destinaban a trabajos forzados en las
minas, lo que casi siempre venía a ser lo mismo que una pena de muerte. Por
orden de Constantino (imitado posteriormente por otras majestades no menos
cristianísimas como Arcadio y Justiniano), a los esclavos o los mensajeros que
denunciasen a su amo (excepto en los casos de adulterio, alta traición o delito
fiscal, y eso de por sí ya es bastante significativo) se les debía ejecutar sin
más investigación de causa ni audiencia de testigos \\\
Con frecuencia leemos elogios del primer
emperador cristiano por haber mejorado la triste suerte de los esclavos,
explicando por ejemplo que «en varias de sus leyes prolongó las antiguas
tendencias del derecho romano en el sentido de favorecer la manumisión y el
trato humano a los esclavos» (Vogt), o como escribió Einhold en 1982: «Atenuó
la severidad de las leyes tocantes a los esclavos».112 ¿Hay algo de cierto en
eso?
Veamos dos edictos de Constantino que
afectan a «la suerte de los esclavos».
El primero, dado en Roma a 11 de mayo del
año 319 (el lugar no es verdadero porque para entonces el emperador se
encontraba en Sirmium, lo cual da pie a dudar también de la fecha), iba
dirigido, por lo visto, al prefecto romano Baso y dice: «Del Emperador Augusto
a Baso: Cuando un amo fustigue a su esclavo con varas o correas [virgis aut
loris} o le haya aherrojado para mejor vigilarle, si el esclavo muriese no tema
aquél haber cometido ningún delito; no se admita en esto ninguna interpretación
sobre fechas o circunstancias». El amo sólo sería culpable de homicidio cuando
la muerte del esclavo se produjese por efecto de una acción especialmente
brutal, a diferencia de los castigos acostumbrados (y autorizados) mediante
varas o grilletes. Seguidamente, Constantino pasa a desgranar una relación tan
larga como farragosa de las diversas formas horribles de muerte que pretende
prohibir, a fin de demostrar el progreso realizado en comparación con las
bárbaras costumbres de los paganos; pero en realidad sus limitaciones y sus
llamadas a la moderación no eran ninguna novedad, sino una mera confirmación de
las disposiciones antiguas.113
Fue sobre todo Adriano (117-138) el que más
destacó en querer mejorar la situación de los esclavos. Mandó cerrar las
terribles mazmorras para esclavos (ergastula), abolió los interrogatorios
judiciales bajo tortura y la venta de esclavos para combates de gladiadores,
salvo autorización judicial, y prohibió que los amos les dieran muerte
personalmente o por encargo. Una romana que había maltratado a un esclavo suyo
por un motivo banal fue condenada por Adriano a cinco años de destierro. En
líneas generales, dicho emperador, el primero de los romanos qu usó la barba de
los filósofos y dispensó a la intelectualidad (filósofos maestros, médicos) de
la prestación personal obligada para todos los ciudadanos, introdujo una
legislación (relativamente) más humana.'
Constantino, en cambio, no se dio por
satisfecho con el primer decreto que acabamos de citar; algún tiempo después
promulgó otro parecido, pero todavía más riguroso: «Del mismo Augusto a
Maximiliar Macrobio. Cuando tal incidencia motive que el esclavo sea azotado
por su amo resultando de ello la muerte de aquél, sea el amo exento de culpa
[culpa nudi sunt], ya que se hizo tratando de prevenir un mal mayor y de
corregir al esclavo. En estos asuntos, en que interesa al amo la defensa de su
potestad íntegra, es nuestra voluntad que no se investigue si el castigo fue
infligido con voluntad de dar muerte a un ser humano o por accidente; en
cualquier caso será declarado inocente del homicidio si éste ocurrió como
consecuencia del correctivo doméstico normal; pero si durante esta disciplina
necesaria, la fatalidad quiso que el esclavo falleciera [inminente fatali
necessitate], no teman los amos ningún género de investigación [nullam metuant
domini quaestionem]. Sirmium, 18 de abril de 326».115
Imposible mayor complacencia con los dueños
de esclavos que la del emperador cristiano, «a quien todos conocimos como padre
bondadosísimo», según el obispo Teodoreto, en este segundo decreto (cuya fecha
y lugar son una vez más dudosos). Ahora prohibe expresamente toda investigación
de intenciones. Pueden quedar contentos los esclavistas, puesto que todo lo que
hagan se entenderá hecho en bien de sus esclavos, con móviles pedagógicos como
si dijéramos. Y si las víctimas muriesen, al fin y al cabo, habrá sido por
«necesaria fatalidad inminente». Nada ha cambiado, por tanto, en comparación
con el derecho antiguo, como glosa Stuiber. «Pese a la palabrería de tinte
moralista y humanitario, se mantiene deliberadamente la crueldad tradicional
frente a los esclavos [...]. Ambos decretos nos revelan un carácter impaciente
y duro, bastante despreocupado de finas distinciones jurídicas, que arroja en
la balanza todo el peso de su imperial autoridad para mayor descanso de los
propietarios tal vez intranquilos».116
Hay que admitir que los criterios del
Sínodo de Elvira fueron más humanitarios; de acuerdo con el canon 5, la
propietaria que matase a una esclava como consecuencia de una crueldad excesiva
en el castigo pagaría una penitencia..., siempre y cuando la víctima falleciese
en el plazo de tres días, o como dice literalmente el sínodo, «entregase su
alma entre dolores terribles antes de que transcurra el tercer día» (intra
tertium diem animam cum cruciatu effundat). Es decir, si la esclava reventase
el cuarto día o más tarde, o acabase por reponerse, la dueña quedaba dispensada
de toda penitencia, según los obispos reunidos en el sur de España. No se puede
decir que los sínodos no fuesen respetuosos con los derechos... de los
propietarios. En el siglo XII, el canon 5 de Elvira acabó incorporado, vía
Decreto de Graciano, al Corpus iuris canonoci 117
.
Constantino contra judíos, «herejes» y
paganos
El emperador no se mostró muy amigo de los
judíos, seguramente estaba muy influido por los permanentes ataques antisemitas
de los doctores de la Iglesia, que hemos visto en el capítulo 2, y el reciente
Sínodo de Elvira, que había sancionado con penitencias muy fuertes las
relaciones entre cristianos y judíos, en particular la asistencia a bendiciones
de campos y banquetes celebrados por éstos.118
Los emperadores romanos fueron bastante
tolerantes con el judaismo; ni siquiera Diocleciano trató de obligarles a
cumplir con los ritos paganos. En cuanto a Constantino, pese a reconocerlo como
religio licita, les creó dificultades de todas clases y adoptó frente a esta
profesión religiosa «actitudes predominantemente negativas» (Antón). En su
primera disposición antijudía, fechada en otoño de 315, amenaza ya con la
hoguera, y eso que el 313 había anunciado una amplia tolerancia mediante un
decreto firmado conjuntamente con Licinio, en el sentido de que «los cristianos
y todos los demás ciudadanos podrán elegir libremente la religión que
prefieran». En la exposición de motivos, los coautores declaran haber decidido
«después de madura y acertada reflexión» que «cada cual debe ser libre de optar
por la religión que en su fuero interno haya juzgado ser la que más le
conviene». Pero después del Concilio de Nicea, Constantino llega a la
conclusión, reflejada en una epístola a todas las comunidades, de que los judíos,
«mancillados por el delirio», «heridos por la ceguera del espíritu», «privados
del recto juicio», son «una nación odiosa», y les prohibe pisar la ciudad de
Jerusalén que él y su madre habían llenado de iglesias, excepto un solo día al
año. Ademas, les prohibe tener esclavos como los cristianos; esta disposición
tuvo graves consecuencias, pues fue una de las primeras que privaron a los
judíos, en la práctica, de poseer explotaciones agrícolas. El cristiano que
judaizase era reo de muerte. Además, Constantino renovó una ley de Trajano,
promulgada doscientos años antes, según la cual el pagano que se convirtiese al
judaismo era condenado a la hoguera; de paso, generalizó este castigo a todas
las comunidades judías que acogiesen a un pagano converso y a todos los que
tratasen de impedir la conversión de un judío al cristianismo. El primogénito
de Constantino y segundo emperador de su nombre amplió la legislación antijudía
con disposiciones cada vez más rigurosas; o mejor dicho, el antisemitismo
inspiró en líneas generales la política de toda la dinastía en materia de
religión.119
Lógicamente, cabría esperar que se hubieran
producido revueltas judías durante ese reinado. Las noticias que confirman
dicho extremo, sin embargo, son dudosas; es probable que los primeros amagos de
rebelión fuesen sofocados inmediatamente y las crónicas dicen que se cortaron
algunas orejas por ese motivo.120
Más dura todavía fue la política contra los
«herejes», y esto ya desde la época de la regencia, a partir del año 311, con
motivo de que muchos de los que habían abjurado del cristianismo pretendían
recibir de nuevo el bautismo; de esto resultó un cisma con repercusiones
sangrientas que se prolongaron durante varios siglos. Es en esa época cuando
aparece por primera vez en un documento imperial la definición de «católico» en
contraposición a la figura del «herético».121
En una carta de invitación al Sínodo de
Arles, a celebrar en agosto de 314, dirigida a Cresto, obispo de Siracusa, el
emperador lamenta que se hayan producido en África «determinadas divisiones
funestas y erróneas» dentro de «la religión católica», después de censurar
estas «reprobables discordias entre hermanos», estas «interminables y enconadas
luchas de partidos», advierte al obispo siciliano que «precisamente los que más
deber tienen de entenderse fraternalmente viven en un estado abominable de discordia...».122
¿Qué había sucedido?
En el año 311, habiendo fallecido el obispo
Mensurio, fue nombrado sucesor, a lo que parece incorrectamente, el
archidiácono Ceciliano, de quien desconfiaban desde hacía mucho tiempo los
partidarios más fanáticos del culto a los mártires, por cuanto se afirmaba que
uno de los que oficiaron en su consagración, el obispo Félix de Abthungi, había
sido traidor durante la persecución y había revelado escritos sagrados. En
consecuencia, la consagración carecía de validez no sólo en Cartago, sino
también en todas las comunidades africanas. También se decía que Ceciliano
había saboteado el aprovisionamiento de víveres para los mártires sitiados de
Abitina. Setenta dignatarios eclesiásticos tunecinos protestaron, promulgaron
la deposición de Ceciliano y nombraron en su lugar al lector Mayorino. Todo
ello se hizo mediante ciertos sobornos, dicho sea de paso, ya que la rica
cartaginesa Lucila, de quien era doméstico Mayorino, pagó de su bolsillo 400
folies, es decir, unos 40.000 marcos oro. La adinerada devota había sido objeto
de las censuras de Ceciliano porque antes de comulgar besaba ostentosamente un
hueso que, según ella, era una sagrada reliquia, pero no había sido reconocido
como tal.
Mayorino murió en el año 315, pero el cisma
prosiguió bajo Donato el Grande, dignatario enérgico y bien dotado para el
mando, que contaba con el apoyo de la gran mayoría de los cristianos de África,
pero muchos de cuyos seguidores, según se afirmaba, habían apostatado también.
Fueron los llamados pars Donati o donatistas, que apenas veinte años después
convocaron en Cartago el primer concilio donatista del que tenemos noticia, y
que reunió a 200 obispos. No era cuestión de diferencias doctrinales, puesto que
«llevan la misma vida eclesiástica que nosotros, las mismas lecturas, la misma
fe, iguales sacramentos e idénticos —como escribió Optato de Mileve, el primero
que los combatió – y no solo la guadaña de la envidia los ha separado de las
raíces de nuestra madrela Iglesia». Sin embargo, los donatistas rechazaban la
asociación con el Estado, la alianza
constantiniana entre el trono y el al-
tar. Juzgaban que ellos eran la verdadera
Ecciesia sanctorum y que la
Iglesia Romana era la civitas diaboli;
apelaban a las creencias del cristianitivo al exigir mayor austeridad para el
clero. Pretendían que mantenerse moralmente cualificado, es decir, libre de
peca. la validez de los sacramentos dependía de la pureza del ofiacuerdo, en
esto, con una tradición de la Iglesia africana, proitre otros por san
Cipriano). Por último, pero no menos importante, los donatistas no querían
reconocer como cristianos a los que habían abjurado durante la persecución y
habían entregado a los perseguidores las Biblias u otros escritos «sagrados»,
entre otras abominaciones peores, como por ejemplo rendir culto a los ídolos
paganos de lo que se acusó al diácono Ceciliano y con toda seguridad al obispo
romano Marcelino (296-304). Por todo ello, los oportunistas eran considerados
lapsi y traditores, es decir, apóstatas y traidores. Los católicos que se
convertían al donatismo recibían por segunda vez las aguas bautismales,
entendiendo que el único sacramento válido era el administrado según la fe
donatista. Cuentan que los donatistas solían purificar el suelo que hubiese
pisado un católico.123
Todo esto contrariaba enormemente a Roma
que, por lógicas razones, mantenía la doctrina de que la Iglesia es la
institución que objetivamente dispensa el perdón y la salvación, es decir, no
deja de ser santa por muy corruptos que (subjetivamente) puedan resultar sus
miembros. Esta doctrina es fruto excelentísimo del sacramento del Orden, con su
character indelebilis, es decir, que imprime carácter permanente en la persona
del sacerdote; criterio no reconocido por la Catholica primitiva y que además
se halla en franca contradicción con la doctrina de la misma.124
Por supuesto, la nueva opinión resultaba
útil para combatir a los donatistas. «Si el servidor de la palabra evangélica
es un justo, será partícipe del Evangelio; si no lo es, no por ello deja de ser
administrador del mismo», establece Agustín. Los donatistas recurrieron al
emperador, pero el recurso fue rechazado, «en presencia del Espíritu Santo y de
sus ángeles», por Roma en 313, por Arles, convertida en capital de la Galia por
Constantino, en 314 (durante el mismo sínodo que prescindió del pacifismo cristiano);
y apenas hubo concluido con el relativo éxito que sabemos la campaña de
Constantino contra Licinio, se volvió contra los donatistas a instigación del
obispo Ceciliano, en una campaña que duró varios años, presidida por la
decisión de «no tolerar ni el menor asomo de división o desunión, dondequiera
que fuere». Más aún, en una carta de comienzos de 316 a Celso, vicario de
África, amenazaba:
«Pienso destruir los errores y reprimir
todas las necedades, a fin y efecto de ofrecer a todo el género humano la única
religión verdadera, la justicía única y la unanimidad en el culto al Señor
todopoderoso». A los donatistas les quitó sus iglesias y sus fortunas, exilió a
sus jefes y mandó tropas que hicieron matanzas de hombres y mujeres. Aún no
había empezado la hecatombe de paganos y ya cristianos hacían mártires a otros
cristianos en una sangrienta guerra campesina, ya que los esclavos agrarios del
norte de África, bárbaramente explotados, habían hecho causa común con los
donatistas. Fueron asaltadas varias basílicas y todo el que ofreció resistencia
a los soldados resultó muerto, incluyendo a dos obispos donatistas. A partir de
entonces, los herejes llevaron un calendario propio de mártires y estas
víctimas contribuyeron a enconar el cisma. Ante la inminencia de la nueva
campaña contra Licinio, en 321, el emperador dispensó a los sacerdotes
desterrados, les devolvió sus iglesias, reconoció su fracaso y recomendó a los
católicos que aplazaran para mejor oportunidad la venganza de Dios.125
Nunca tuvo reparo Constantino, y menos
todavía sus sucesores, en poner la fuerza al servicio de las exigencias de los
grandes dignatarios eclesiásticos, pues para ellos la unidad del imperio era
preferible a cualquier división. Por la misma razón, sin embargo, y por más que
ello pudiera disgustar al clero, muchas veces hicieron de mediadores entre los
grupos rivales e incluso entre las tan pendencieras sectas cristianas. Con
frecuencia, los soberanos procuraron contener los excesos de los fanáticos y arbitrar
las diferencias doctrinales en busca de compromiso, en particular cuando los
partidos en discordia eran poderosos y, por tanto, políticamente influyentes.
Sin embargo, y como escribe Johannes Heller, «la época se caracteriza por las
divisiones, las discordias y los conflictos dondequiera que uno mire».126
Por todo ello, los esfuerzos conciliadores
fracasaban una y otra vez, no quedando sino el recurso a la fuerza, a la
violencia. En los años 326 y 330, Constantino emitía edictos en favor del clero
católico, mientras desfavorecía expresamente a «herejes» y «cismáticos». E
incluso durante el período final de su reinado, entre los años 336 y 337, tuvo
lugar una severa persecución contra los donatistas, a cargo del prefecto
Gregorio, que había sido atacado por Donato en una epístola, que fue acogida
como una «heroicidad» y distribuida en numerosas copias, llamándole «vergüenza
del Senado y oprobio de la prefectura».127
Constantino luchó también contra la iglesia
de Marción, más antigua y en algún momento dado seguramente también más seguida
que la católica. Prohibió los oficios de la misma aun cuando se celebrasen en
casas particulares, hizo confiscar sus imágenes y sus propiedades, y ordenó la
destrucción de sus templos. Los sucesores, instigados con toda probabilidad por
los obispos, extremaron la persecución contra esa secta del cristianismo,
después de haberla difamado ya por todos los medios, incluso recurriendo a falsificaciones,
durante los siglos n y ni.128
En el año 326, poco después del Concilio de
Nicea, Constantino promulgó un severísimo edicto «contra herejes de toda laya»
(supuestó(que fuese auténtico y no una ficción de Eusebio, que es quien nos
comunica la noticia del mismo), muy imitado por otros posteriores, ya que les
atribuye toda clase de «mentiras», «necedades» y dice que son «una epidemia»,
«enemigos de la verdad y adversarios de la vida», y «propagandistas de la
destrucción». El dictador les prohibe el culto, adjudica a los católicos «sus casas
de oración» y les quita todas las demás propiedades. «Los que quieran dedicarse
a la práctica de la religión pueden hacerlo en las iglesias católicas.» Eusebio
cuenta, entusiasmado, cómo se limpiaron «las madrigueras de los heréticos» y
fueron acosadas «esas fieras salvajes». «Así resplandece exclusivamente la luz
de la Iglesia católica.»129
Las actuaciones de Constantino contra los
«herejes» sentaron ejemplo, pero al menos les respetaba la vida en la mayoría
de las ocasiones. A fin de cuentas, no le importaba tanto la religión como la
unidad de la Iglesia sobre la base del concilio niceno, y de ahí la unidad del
imperio. Sin duda, tenía de la religión un concepto exclusivamente político,
aunque los problemas religiosos siempre, y desde el primer momento, se
presentaron en relación con los conflictos sociales y políticos, en interés del
poder del Estado promovió la unidad de la Iglesia y no otra era la causa de su
odio a las discordias de todo género. «Yo estaba seguro de que, si lograba
culminar mi propósito de unificar a todos los servidores de Dios, cosecharía
frutos abundantes en pro del interés público», escribe en una carta a Arrio y
al obispo Alejandro.130
Frente a los paganos, este príncipe tan
deseoso de reforzar la unidad estatal se comportó, en principio, con notable
reserva; hay que tener en cuenta que aún eran gran mayoría, sobre todo en las
provincias occidentales, y que también predominaban en las filas del ejército.
Por eso el futuro santo de los cristianos orientales asumió durante toda su
vida la dignidad de pontifex maximus que le correspondía oficialmente como
emperador, que simbolizaba la vieja alianza entre la religión pagana y el
Estado, y que nunca dejó de figurar en los documentos oficiales. Y no sólo san
Constantino presidió durante toda su vida en el colegio de los sacerdotes
paganos, lo que entre otras cosas le confería el derecho a efectuar
nombramientos entre ellos, sino que además mantuvo la costumbre de hacerse
dedicar templos a su nombre, como por ejemplo el que se erigió en la villa de
Hispellum, en la actual Umbría, aunque evitando que se practicaran en ellos
«rituales paganos».131
En el año 330, sin embargo, lanza una
condena contra la escuela neoplatónica e incluso ordena la ejecución de
Sopatro, que venía presidiendo dicha escuela desde la muerte de Yámblico. El
filósofo fue víctima de una intriga cortesana montada por Ablabio, praefectus
praetorio de Oriente y cristiano explícitamente confeso, para librarse de él.
Durante algún tiempo, Ablabio fue el más influyente de los consejeros de
Constantino y además preceptor de su hijo..., hasta 338, en que el nuevo
emperador hizo liquidar a su mentor. Es probable, no obstante, que en tiempos
del mismo Constantino los cristianos hallasen ya más facilidades que otros para
hacer carrera en la corte y en la administración estatal. A medida que ellos
progresaban sin límite y mientras dediñaba la influencia de los paganos, es
decir, durante los últimos años de la época constantiniana, el emperador empezó
a proceder también en contra de éstos, para mayor satisfacción del partido
cristiano, como es lógico.132
Cuando promulgó el Edicto de Milán (313),
todavía opinaba que «la tranquilidad de nuestro régimen» impone que «todos sean
libres de elegir la divinidad de sus preferencias y rendirle culto, y así lo
mandamos y disponemos, para que nadie crea que deseamos postergar ningún culto
ni ninguna religión». Pero después, Constantino se dejó influir durante dos
decenios por las jerarquías cristianas y los paganos pasan a ser (recordemos
los insultos dedicados a judíos y «herejes») «insensatos», «gentes sin moral» y
su religión un «semillero de discordia», «error funesto», «imperio de las
tinieblas», «locura perjudicial que ha arruinado a naciones enteras». En
consecuencia, estima que el Señor le impone la obligación de «destruir el
execrable culto a los ídolos».133
Según los historiadores, «la política de
este emperador rara vez ultrapasó el límite de la parcialidad en el trato
dispensado a cristianos y paganos» (Von Walter) o, como escribió en 1982 el
teólogo Meinhold, fue «emblema de la tolerancia, que respetó los derechos de
todas las religiones entonces existentes».134
En realidad, tanto la coexistencia
proclamada en los años 311 y 313 como el correlativo principio de libertad de
religión fueron víctimas de una erosión gradual, predominando finalmente la
tendencia represiva. A medida que Constantino acumulaba poder y ganaban más
radio de acción sus disposiciones, empeoraban las condiciones para los paganos,
sobre todo durante el último período de su reinado. En el año 319, había
legislado ya contra los arúspices y demás adivinadores paganos del porvenir
(los mismos de quienes ya Catón decía que no podían contener la risa cuando se
encontraban dos de ellos en la calle), aunque sólo un año más tarde él mismo
consultaba sus servicios profesionales (también sus predecesores, como Augusto,
Tiberio y otros habían legislado contra la magia). Inmediatamente después de su
victoria sobre Licinio, Constantino garantizó expresamente la libre práctica
del culto a los practicantes de la antigua religión, en una epístola dirigida a
las provincias orientales: «Que cada cual crea lo que su corazón le dicte», en
una primitiva versión de la célebre frase de Federico II de Prusia: «Que cada
cual busque la salvación a su manera», aunque ya Josefo había expresado antes
la misma idea. Pero no parece que el regente lo dijera en serio; su verdadera
intención era que todos los humanos «reverencien al único Dios verdadero» y que
abandonasen «los templos de la mentira».135
Mientras los paganos de las provincias
occidentales disfrutaban aún de una relativa tranquilidad, en Oriente las
persecuciones empezaron después de la derrota definitiva de Licinio (324).
Constantino prohibió que se erigieran nuevas estatuas a los dioses, que se
rindiese culto a las existentes, que se consultasen los oráculos y todas las
demás formas» del culto pagano; en 326, llegó a ordenar la destrucción de todas
las imágenes, al tiempo que iniciaba en Oriente la confiscación de propiedades
de los templos y el expolio de valiosas obras de arte. En su nueva capital,
Constantino, bendecida el 11 de mayo de 330 después de seis años de obras
financiadas en parte por el monarca gracias a los tesoros confiscados a los
templos, quedaron prohibidos los cultos y las festividades del paganismo y se
les retiraron las rentas a los templos de Helios, Artemis Selene y Afrodita.
Constantino, calificado de «renegado» e «innovador y destructor de antiguas y
venerables constituciones» por el emperador Juliano, pero alabado por muchos
historiadores modernos en razón de su inteligente moderación, no tardó en
prohibir la reparación de los templos paganos que amenazasen ruina y ordenó
numerosas clausuras y destrucciones, «dirigidas precisamente contra los que más
habían sido venerados por los idólatras» (Eusebio). Dispuso el cierre del
Serapion de Alejandría, el del templo al dios Sol en Heliópolis, el derribo del
altar de Mambre (con motivo de que el Señor en persona se había aparecido allí
al padre Abraham, en compañía de dos ángeles), y el del templo de Esculapio en
Aegae, cumpliéndose esto último con tanta diligencia «que no quedaron ni
siquiera los fundamentos del antiguo desvarío» (Eusebio). Ordenó asimismo la
destrucción del templo de Afrodita sobre el Góigota, por el «gran escándalo»
que representaba para los creyentes; también le llegó el turno al de Aphaka en
el Líbano, de cuyo santuario, «peligrosa telaraña para cazar almas» y que según
el emperador «no merece que le alumbre el sol», no quedó piedra sobre piedra; y
el muy famoso de Heliópolis, incendiado y reducido a escombros por un comando
militar. Según el católico Ehrhard, sin embargo, «Constantino se abstuvo
prudentemente de cualquier provocación contra los partidarios del culto
antiguo»; la realidad es que el ejemplo de Elias, cuando fueron pasados a
cuchillo los sacerdotes de Baal, sirvió de inspiración a «toda clase de
desmanes» (Schulze). Constantino hizo quemar los escritos polémicos de
Porfirio. A partir del año 330, en que fue prohibido el neoplatonismo, los cristianos
abundaron en saqueos de templos y rotura de imágenes, como celebraron todos los
cronistas cristianos y pese a haber sido prohibidas implícitamente tales
actividades por el Concilio de Elvira. El santo Teófanes, en su cronografía
ampliamente difundida durante la Edad Media, hace constar que «el piadoso
Constantino» se había formado el propósito de «destruir las imágenes de los
ídolos y sus templos, de tal manera que los mismos desaparecieron de muchos
lugares, y todas sus rentas fueron asignadas a las iglesias del Señor».136
Los clérigos no anduvieron remisos en
colaborar. El diácono Cirilo, que se había destacado especialmente por su
fanática manía destructora —«lleno de santo celo», según Teodoreto—, sin
embargo fue asesinado y descuartizado en tiempos de Juliano, aunque el castigo
de Dios no tardó en alcanzar a los homicidas, que según se cuenta habían
devorado incluso los hígados del santo varón. Bien es verdad que «no podían
permanecer ocultos al ojo que todo lo ve [...]; los que habían tomado parte en
aquel crimen horrible perdieron los dientes y sus lenguas se cubrieron de
úlceras pustulosas, y por último acabaron perdiendo también la vista, de manera
que los castigos padecidos sirvieron de testimonio acerca de la verdad de la
religión cristiana» (Teodoreto).137
¡La historiografía cristiana!
En contra de lo que querrían hacernos creer
los historiadores cristianos, al emperador, naturalmente, no le interesaba
luchar cara a cara contra el paganismo que aún detentaba la mayoría en gran
parte del imperio y conservaba parte de su fuerza; lo que por supuesto no quita
que fuesen bien recibidas no sólo por las iglesias, sino también por el mismo
emperador y su corte, «las pequeñas expropiaciones materiales» (Voelkl): las
piedras, las puertas, las figuras de bronce, las vasijas de oro y plata, los relieves,
«los valiosos y artísticos exvotos de marfil confiscados en todas las
provincias», como destaca Eusebio. «Por todas partes andaban robando, saqueando
y confiscando las imágenes de oro y plata [...] y las estatuas de bronce»
(Tinnefeid). Constantino ni siquiera respetó los famosos trípodes de la
pitonisa del santuario de Apolo en Delfos. El historiador Kornemann constata
«un latrocinio de obras de arte como jamás se había visto en toda Grecia».
Incluso san Jerónimo criticó que la ciudad de Constantinopla se hubiese
construido con el botín de casi todas las demás ciudades. «En un abrir y cerrar
de ojos desaparecerían templos enteros», se regocija Eusebio. El Olimpo entero
quedó reunido en la «nueva Roma», en donde el emperador, aun sin atreverse a
derruir los templos, hizo quitar de ellos todas las estatuas. Los dioses más
venerados quedaron instalados en casas de baño, basílicas y plazas públicas;
así ocurrió con la Hera de Samos, la Atena Lindia, la Afrodita de Cnido. Como
era lógico, la nueva capital a orillas del Bosforo (caracterizada también por
siete colinas y asimilada en todo por su fundador a la ciudad del Tíber, con
sus catorce regiones, su senado, etcétera.) no tuvo ritos paganos, ni culto a
Vesta, ni templo capitolino; lo que hizo Constantino fue conferirle «un rostro
inequívocamente cristiano» y «el carácter de una contra-Roma cristiana» (Vogt),
que debía servir como pública demostración de la victoria sobre el paganismo. A
una estatua de Rea con dos leones, por ejemplo, le modificaron la postura de
los brazos para que pareciese una orante. A una Tyché le marcaron la frente con
una cruz. El Apolo deifico, que había sido el monumento más venerable del mundo
helénico, fue reconvertido en un Constantino el Grande (como escribió
Nietzsche;
«Constantino ha sido el venerado destructor
del oráculo») mediante la adición de un orbe de oro coronado por una cruz en la
mano, y una placa cuya epigrafía confirmaba la nueva advocación. En cambio, el
centurión Balmasa, un ladronzuelo (los crímenes pequeños son los únicos que se
pagan siempre) que había echado mano de una figura de Atenea Pallas, fue
ajusticiado, mientras los metales nobles robados por el emperador pasaban a
engrosar las finanzas de la Iglesia y del Estado, ya que en el año 333 se hizo
perentoria la necesidad de poner de nuevo en funcionamiento las cecas.
«Riquezas inmensas desaparecieron amonedadas o fueron a rellenar las arcas
vacías de la Iglesia», nos recuerda Voelkl.138
La consabida profanación de los dioses
también fue iniciada por Constantino, si hemos de prestar crédito al testimonio
del obispo Eusebio. Ante todo, el emperador hizo «exponer públicamente en todas
las plazas de la capital las imágenes durante tan largas eras veneradas por el
engaño, de tal modo que ofreciesen un espectáculo aborrecible a todos cuantos
las viesen [...] y que todos comprendieran que el emperador hacía de todos
aquellos ídolos juguetes de la plebe y objeto de mofa». Lo mismo que se hizo en
Roma por orden del soberano, aunque no pocos eruditos lo valoran como una
medida de protección y embellecimiento. En las provincias, los emisarios del
emperador «sacaron a la luz incluso las imágenes que habían permanecido
escondidas y recubiertas de polvo, quitándoles a los dioses todos sus adornos,
para que todos pudieran ver la fealdad que ocultaban las figuras pintadas.
[...] Los dioses de los antiguos mitos se vieron así arrastrados con sogas de
cáñamo».139
Si para los cristianos el ejemplo del
emperador era ya casi una orden, lo mismo les sucedió a muchos paganos deseosos
de evitar conflictos. De ahí que Eusebio nos cuente que los habitantes de la
provincia fenicia «entregaron a las llamas numerosas imágenes de ídolos
acogiéndose así a la ley salvadora. Y lo mismo en otras muchas provincias,
prefiriendo el camino de la salvación, renunciaron a todas aquellas naderías.
[...] Los templos y los santuarios, antes tan orgullosos, fueron destruidos sin
que nadie lo ordenase, construyéndose en su lugar iglesias y cayendo en el
olvido el viejo desvarío».140
Un desvarío a cambio de otro.
Considerados en conjunto, los primeros
siglos de la Ecciesia triumphans bajo el primer emperador cristiano justifican
la opinión del filósofo francés Helvecio (1715-1771), cuando dice que «el
catolicismo propugnó siempre el
latrocinio, el expolio, la violencia y el homicidio», y aún más es este otro
juicio del mismo pensador sobre aquella época tan adornada por los cronistas de
la posteridad: «¡Qué le importan a la Iglesia las acciones tiránicas de los
reyes ensoberbecidos, con tal de participar en el poder de ellos!». Como había subrayado ya
otro santo, Policarpo, «el anciano príncipe de Asia» (Eusebio), a quien es
costumbre invocar contra dolores de oídos, a los cristianos se les enseña que
«deben acatar a los príncipes y jefes que han recibido su autoridad de Dios,
siempre y cuando ello no nos perjudique».141
En el año 337, Constantino se propuso
lanzar una cruzada contra el rey de los persas y «bárbaro de Oriente» Sapur II;
como de costumbre, según escribe el historiador Otto Seeck, no lo hizo por su
propia voluntad, «sino obedeciendo una vez más al designio divino que le había
elegido como instrumento para restaurar el imperio de Alejandro y llevar
elmensaje del cristianismo hasta el último rincón del orbe». Aunque el persa
envió embajadores en 337 para ofrecer la paz, no fueron escuchados por el
emperador (como el mismo Seeck admite en la página siguiente). Así pues, el
«héroe jamás derrotado» quería la guerra, la cruzada, asistida como era de
rigor por «el necesario servicio religioso», según cuenta Eusebio, que relata
asimismo cómo los obispos le aseguraron al emperador «que tomarían parte de muy
buen grado en la expedición, sin retroceder jamás ante el enemigo y colaborando
a la victoria con sus más fervorosas oraciones».142
Sin embargo, en la Pascua del mismo año, el
soberano cayó enfermo. Primero buscó remedio en los baños calientes de
Constantinopla, y luego en las reliquias de Luciano, patrono protector del
arrianismo y discípulo que fue del propio Arrio. Por último recibió en su
finca, Achyrona de Nicomedia, las aguas del bautismo, pese a su deseo de
tomarlas a orillas del Jordán como Nuestro Señor. En aquel entonces (y hasta el
año 400 aproximadamente) era costumbre habitual aplazar el bautismo hasta las
últimas, sobre todo entre príncipes responsables de mil batallas y condenas a
muerte. Como sugiere Voltaire, «creían haber encontrado la fórmula para vivir
como criminales y morir como santos». Después del bautismo, que fue
administrado por otro correligionario de Luciano llamado Eusebio Constantino
fallecido el 22 de mayo del año 337. Así las cosas, resulta que el primer
princeps christianus se despidió de este mundo como «hereje», detalle que
origina no pocos problemas para los historiadores «ortodoxos», pero que le fue
perdonado incluso por el enemigo más acérrimo del arrianismo en Occidente, san
Ambrosio, «teniendo en cuenta que había sido el primer emperador que abrazó la
fe y la dejó en herencia a sus sucesores, por lo que le incumbe el más alto
mérito [magnum meriti]».143
Mientras los cristianos casi prescindían de
su sentido común por elogiar a Constantino, lógicamente son muy pocos los
testimonios de sus críticos que han llegado hasta nosotros, entre ellos los del
emperador Juliano o los del historiador Zósimo, lo que dista de ser un hecho
casual.144
La cruzada prevista por Constantino contra
los persas fija nuestra atención en un reino que no tardaría en verse asediado
por otros príncipes cristianos; en especial, consideraremos el caso de Armenia,
el primer país del mundo que hizo del cristianismo la religión del Estado.
CAPITULO 6
PERSIA, ARMENIA Y EL CRISTIANISMO
«El origen y la fundación de esa Iglesia
son típicamente armenios. Gregorio [el apóstol de Armenia] recorre
violentamente el país, rodeado de tropas, destruye los templos y va
cristianizando a la población. Era una cosa nunca vista hasta entonces en el mundo
helénico.»
G.KUNGE1
«Los armenios pasaron a cuchillo todo el
ejército persa, sin permitir que se salvase ni uno solo», «no dejaron hombre ni
mujer con vida». «Vieron el baño de sangre perpretado entre las tropas
derrotadas. Toda la región apestaba por el hedor de los cadáveres. [...] Así
quedó vengado san Gregorio.»
FAUSTO DE BIZANCIO2
«Consolaos en Cristo, porque quienes
murieron lo hicieron en primer lugar por la patria, por la Iglesia y por la
gracia de la divina Religión [...1.» WRTHANES, PATRIARCA DE ARMENIA3
Desde hacía siglos, dos grandes potencias
rivalizaban en el Próximo Oriente, el Imperio romano al oeste y el reino de los
partos al este, aunque tampoco faltaron largos períodos de paz, e incluso de
relaciones bastante amistosas, bajo Augusto y sus sucesores, bajo Adriano y
durante la época de los Antoninos. Durante el período de los Severos, a
comienzos del siglo lll, ambos Estados se otorgaron reconocimiento recíproco y
el gran rey de los partos trataba de igual a igual con el emperador romano.4
Dicho estado de cosas terminó en el año 227
con la caída de los partos y el auge de la dinastía persa (de los sasánidas),
enemiga muy peligrosa para Roma. Ambos bloques, el neopersa y el romano, tenían
fuertes ambiciones imperialistas. Ambas potencias se enfrentaron en guerras
ofensivas y defensivas, guerras de unas dimensiones mucho mayores de lo que
comúnmente se piensa, y en ellas el cristianismo desempeñó un papel cada vez
más importante.
Durante los siglos ni y IV, la nueva
religión se propagó por toda Persia, difundida allí por romanos prisioneros de
guerra que se quedaron en el país, sirios occidentales deportados y otras
naciones. En 224, la comunidad cristiana contaba ya con dieciséis obispos. Pero
así como los romanos persiguieron el cristianismo, en cambio ni los arsácidas
ni los sasánidas organizaron pogromos anticristianos, según las noticias que
nos han llegado. Pudieron darse persecuciones locales instigadas por algún
mago, pero sin que fuesen ordenadas por el soberano. De ahí que, durante el
siglo lll, Persia fuese tierra de asilo para muchos cristianos.5
Los sasánidas mantuvieron su política de
tolerancia aun a pesar de haberse propuesto a fines de reordenación política la
restauración del antiguo credo iraní, es decir, la renovación del mazdeísmo, la
religión fundada por Zoroastro que, sin embargo, cayó luego al primer empuje
del Islam. Durante un breve paréntesis, bajo Sapur I y su hijo, también
fomentaron la religión de Mani. Y aunque el gran rey hizo ejecutar a una de sus
mujeres, Estassa, que se había convertido al cristianismo, y desterró por igual
motivo a la reina Siraran, hermana de aquélla, no obstante dejó mandado «que
cada cual sea libre de profesar sin temor el culto que prefiera: los magos, los
zándicos, los judíos, los cristianos y todas las demás sectas [...] en todas
las provincias del reino persa».6
No era de ese parecer el gran rey Bahram I
(274-277), que influido por el maestro mago Kartir combatió con energía todas
las confesiones no mazdeistas e hizo encarcelar a Maní, por supuestos delitos
contra la religión zoroástrica, en el presidio de la capital Bet-Lapat
(Gundi-Sapur), donde falleció en 276. (Un siglo después, su seguidor Sisinio
sería crucificado por orden de otro rey.) También Bahran II (277-293) hizo
matar a su mujer, la cristiana Quandira, y permitió que los magos persiguieran
a cristianos y maniqueos; al poco tiempo, la hostilidad se redujo a estos
últimos mientras que los cristianos disfrutaron de tranquilidad a partir de
290, aproximadamente, cuando Papa accedió al obispado de la nueva capital,
Ctesifonte. Y la situación continuó con pocos cambios cuando Nerses (293-303),
sucesor de Bahran II, después de sufrir una tremenda derrota (en 297, que fue
el principal acontecimiento de la época en materia de política internacional) a
manos de Galerio, el yerno de Diocleciano, en 298 tuvo que ceder mediante
tratado cinco provincias de la Mesopotamia, junto con la ciudad de Nisibis, y
reconocer además el protectorado romano sobre Armenia, país de importancia
estratégica como Estado-tampón situado entre las dos grandes potencias.7
El monarca armenio Trdat (Tirídates) III,
dos veces expulsado por los persas y dos veces reinstaurado gracias a la ayuda
de los romanos, emuló en Armenia las persecuciones de Diocleciano. Por lo
visto, hacía bastante tiempo que vivían allí cristianos. Diocleciano recordó al
armenio sus obligaciones en una larga epístola, a la que éste, muy servil,
contestó que haría lo que le mandasen, pues no podía olvidar que debía su trono
a los romanos. Pero poco después, y diez años antes de la subida de Constantino
al trono imperial, el rey tomó las aguas del bautismo y se convirtió en el
«Constantino de los armenios», siendo éste el primer país del mundo que hizo
del cristianismo su religión oficial.8
San Gregorio destruye el paganismo armenio
y funda un patriarcado hereditario
La conversión de Armenia fue obra de
Gregorio el iluminador, el apóstol de los armenios. Converso al cristianismo en
Cesárea, empezó a predicar la nueva religión hacia el año 280, cuando Trdat
reconquistó Armenia. Tenía gran ascendiente sobre Khosrovidukht, una hermana
del rey, gracias a lo cual acabó gozando de la privanza del soberano...,9
proceso bien característico, pues sabemos que el clero siempre se ha servido de
las mujeres, las hermanas, las esposas o las queridas de los príncipes para
llegar a dominar a éstos; por este procedimiento se logró la «cristianización»
de naciones enteras. Persuadido por su hermana, el rey Trdat envió finalmente a
la Cesárea una delegación encabezada por Gregorio; una vez allí, el ordinario
Leoncio le hizo obispo y cabeza espiritual de la Iglesia armenia. Poco después
se convirtieron Trdat y su esposo Arshken, promulgándose un edicto por el cual
todos los subditos (como cuenta Sozomenos, historiador de la Iglesia) quedaron
obligados a abrazar la religión del monarca;
se trata de la primera proclamación del
cristianismo como religión oficial, aunque desde el siglo iv la fecha exacta de
la disposición es objeto de controversias, debido sobre todo a que casi todos
los cronistas eclesiásticos de la época silenciaron el caso sistemáticamente.10
Por extraño que eso pueda parecemos y
mientras se sigue discutiendo la fecha, queda el hecho de que la proclamación
del cristianismo como religión oficial de Armenia inicia un período de
tremendas persecuciones contra el paganismo.
Respaldado y protegido por el rey, Gregorio
se dedicó a destruir concienzudamente los templos para reemplazarlos por
iglesias cristianas, que además fueron dotadas con generosidad. En Ashtishat,
la antigua Artaxata, que había sido un centro destacado del politeísmo, «el
maravilloso Gregorio» (Fausto de Bizancio) arrasó el templo de Vahagn
(Hércules), el de Astiik (Venus) y el de Anahit; luego construyó una espléndida
iglesia cristiana destinada a ser el nuevo «santuario nacional» de Armenia. Al
mismo tiempo, Gregorio hizo construir un palacio para uso propio. Fue nombrado
arzobispo, primer dignatario del reino después del rey y katholikos. Este
título, adoptado también por los arzobispos de Persia, Etiopía, Iberia y
Albania, resultaba muy significativo, ya que antiguamente era el que
correspondía a un alto funcionario de la hacienda pública. Gregorio el
iluminador, venerado como santo por la Iglesia armenia e incluido asimismo en
el martirologio romano por el papa Gregorio XVI (su advocación se celebra el 30
de septiembre), no dejó de atender a las necesidades propias y de los suyos,
utilizando las propiedades de la Iglesia en beneficio personal y de sus
parientes. Nombró obispo y sucesor suyo en calidad de katholikos (325-333) a su
hijo benjamín, Aristakes; y tan alta dignidad, que implicaba el mando sobre
doce obispados y la primacía espiritual de la nación, se fue heredando en el
seno de la familia hasta que falleció, sin dejar descendencia, su último
representante, el katholikos Sahak (390-438), tras lo cual pasó a una rama
próxima, la de la familia Mamikonia.n
Al principio, y esto es bien significativo,
el cristianismo arraigó sólo entre la aristocracia, y podemos imaginar cuál
sería la profundidad de sus convicciones. La ética del cristianismo no
desempeñaba ningún papel en aquella corte real. El motivo de la conversión del
monarca, y de la subsiguiente conversión a escala nacional, no fue otro sino la
desconfianza y la enemistad frente a los persas. En esto coincidían los
intereses de los armenios y los de los romanos, ya que éstos se veían en la
necesidad de tener en cuenta la importancia estratégica del país y su constante
política de juego a dos barajas entre las grandes potencias. De manera que se
produjo la alianza y la cristiana Armenia, lo mismo que la cristiana Roma, se
embarcó en una serie de campañas militares.12
El primer Estado cristiano del mundo:
una guerra tras otra «en nombre de Cristo»
El escritor bizantino Fausto, autor hacia
el año 400 de una grandilocuente historia de Armenia, dedica docenas de
capítulos a las sucesivas escabechinas que totalizaron 29 victorias a lo largo
de treinta y cuatro años. Si hemos de creer lo que dice este autor cristiano
(de veracidad bastante discutible), los persas armaron sucesivos ejércitos de
ciento ochenta mil, cuatrocientos mil, ochocientos o novecientos mil y hasta
cuatro o cinco millones de hombres. Y aunque los cristianos combatieron en
inferioridad numérica de uno a diez, o incluso de uno a cien, exterminaron
siempre a sus enemigos..., mujeres y niños incluidos. En 1978, un notable
dignatario de la iglesia apostólica armenia, Mesrob Krikorian, se hace eco de
esos ditirambos: «En cualquier caso, la religión cristiana asumió primordial
importancia para Armenia y para todos los armenios de la época...»; en
cualquier caso, Fausto subraya una y otra vez que «todos los soldados persas
fueron pasados a cuchillo por las tropas cristianas, no salvándose ni uno solo
de ellos», «ni siquiera las mujeres del séquito», «ni uno solo escapó con
vida», «hicieron un baño de sangre general».13
¡Un nuevo y bello rostro!
La lectura de estas crónicas recuerda
vivamente el Antiguo Testamento y las masacres y correrías de los israelitas.
«Los armenios realizaron una incursión por las provincias persas», «regresaron
cargados de tesoros, armas, joyas y cuantioso botín, cubriéndose de gloria
imperecedera y enriqueciéndose sin cuento», «pasaron a fuego y hierro el país».
En ocasiones, lucharon también contra la cristiana Roma, aliado o no con los
paganos persas (y con éxito no menor, como ya se comprende);
así por ejemplo, según Fausto, «durante
seis años seguidos asolaron las provincias griegas», «pasaron a cuchillo a
todos los griegos de tal manera que ni uno solo se salvó», y «no hay medida ni
cuenta de los tesoros que llevaron consigo.. .»14
Siempre, naturalmente, combatiendo bajo las
banderas de Dios, fiando en Dios, venciendo en nombre de Dios; es Dios quien
concede «la suerte de las grandes victorias», es «confiando en Dios» como se
asalta el campamento de los persas. En los campos de batalla, al rey le
acompaña siempre el katholikos, el «gran arzobispo de Armenia». «Y vieron el
baño de sangre realizado con las tropas derrotadas. El hedor de los cadáveres
apestaba toda la región [...]. Así quedó vengado san Gregorio en la persona del
rey Sanesan y en su ejército, pues no sobrevivió ni uno solo para contarlo.»15
Claro es que, a veces, el servicio del
Señor producía bajas en las propias filas. Para eso estaba entonces la Iglesia
católica, para tranquilizar, consolar, arengar, dar ánimos, como hacía por
ejemplo «el sumo sacerdote Wrthanes», otro de los hijos del «sumo Gregorio».
Después de haber sufrido pérdidas especialmente graves, «sobre todo de
personalidades de la aristocracia», el
patriarca Wrthanes confortó a todos los afectados, al rey y a sus tropas, que
como se nos cuenta con la habitual abundancia de hipérboles, «estaban presa de
gran tristeza, con los ojos arrasados de lágrimas, cariacontecidos y con el
espíritu vencido al considerar la desproporción entre el número de los
fallecidos y el de los supervivientes».16
Era la hora de los sacerdotes; en aquel
momento menudeaban ya las frases que no han dejado de repetir desde hace
siglos: «Consolaos en Cristo, porque los que murieron han caído por la patria,
por las iglesias y por el consuelo de la santa religión, a fin de que la patria
no se vea vencida e invadida, que las iglesias no sean profanadas con desprecio
de sus mártires, que los sacerdotes del Señor no caigan en manos de los impíos
e incrédulos, que se preserve la santa fe y que los hijos del bautismo no sean
llevados al cautiverio ni renegar de sus creencias para someterse al abominable
culto de la idolatría. [...] No hay que llorarlos, sino honrarlos por lo que
hicieron mediante leyes que proclamen por todo el país el deber de recordarlos
como héroes de Cristo y celebrar su fiesta con alegría...».17
El katholikos Wrthanes dispuso, pues, la
celebración anual del día de los caídos, de los «testigos de Cristo», los
«héroes de Cristo», a fin de promover imitadores de su ejemplo. Y también
promulgó que en adelante se recordase a los caídos en las misas, es decir,
santos y héroes casi al mismo nivel, con el argumento de que «cayeron en la
guerra como Judas y los macabeos Matatías y sus hermanos».18
Y como también cayó el general mismo, el
patriarca y el rey ordenaron que el hijo del difunto (un niño todavía) «sea
educado [...] de tal modo que viva en la fe de sus mayores y de su padre, y
emprenda heroicas acciones [...] en nombre de Cristo Nuestro Señor sobre todo,
que atienda a las viudas y los huérfanos, y que asuma durante toda su vida las
funciones de valiente general y famoso caudillo de los ejércitos».19
El clero y la guerra... unidos en el primer
Estado cristiano del mundo. Acciones heroicas «por Cristo Nuestro Señor». Sin
duda, los armenios no necesitaban la bendición eclesiástica para ponerse a
luchar y a matar. Pero el caso es que la bendición no les faltó, debidamente
argumentada con toda clase de razones metafísicas, justificaciones bíblicas y
evangélicas, etcétera. Y siguieron combatiendo, venciendo en unas batallas y
perdiendo y desangrándose en otras, «como fieras salvajes, como leones», según el
panegírico de Fausto, año tras año, decenio tras decenio. Luego se generalizó
la fatiga; los combatientes desearon la paz y solicitaron la ayuda del sumo
pontífice. Habían combatido durante treinta años, como él mismo sabía muy bien;
treinta años sin descansar las armas, treinta años sudando y portando la
espada, la daga y la lanza. «No lo soportamos más, y no queremos seguir
luchando; mejor sería que nos sometiéramos al rey de los persas.. .»20
Pero fue el katholikos Nerses I, otro
discípulo de aquel que dijo:
«Bienaventurados los mansos de corazón»,
quien se opuso, y aun sin ser demasiado amigo del rey invitó a seguir luchando
por él. Fausto menciona con orgullo que el nuevo arzobispo, de pasado militar y
funcionarial, «tenía aspecto de guerrero» y había demostrado «un envidiable
vigor en los ejércitos de armas», además de fomentar siempre y en todas partes
el cristianismo, como era natural. «La luz del orden de la Iglesia brilló en
todo su esplendor, las relaciones entre las iglesias católicas quedaron armonizadas
en el más bello orden, y se multiplicó el número de las santas ceremonias así
como el de los servidores de la Iglesia. Hizo construir numerosos templos
nuevos y reconstruir los antiguos. Muchas fueron también las vocaciones en el
monacato. [...] Nunca tuvo la tierra armenia otro que pudiera comparársele.»21
Un hijo auténtico de su Iglesia, podríamos
decir, nada deseoso de secundar los anhelos de paz de los armenios. El rey
Arsakes o Arsaces «quería continuar la guerra» (Fausto), aunque fuese un gran
pecador, como decía el patriarca (alabado todavía en el Lexikon für Theologie
una Kirche como «gran renovador de la vida religiosa en Armenia»):
«Queréis entregaros a la esclavitud en
manos de los idólatras, renegar de vuestra vida en Dios, abandonar a vuestros
príncipes designados por Dios para servir a unos extranjeros, cuya errónea
religión tenéis que abrazar; [...] pero, aunque Arshak fuese mil veces peor, al
menos le reza al verdadero Dios; aunque sea un pecador, es vuestro rey, y tal
como dijisteis en mi presencia, hace tantos años que combatís por vosotros y
por vuestra vida, por la tierra, por vuestras mujeres e hijos, y lo que vale
más que todo eso, por vuestras iglesias y por el juramento de vuestra fe en
Nuestro Señor Jesucristo. ¡Y siempre os concedió el Señor la victoria en su
nombre! Pero ahora no queréis vivir sometidos a la fe de Cristo, sino a la
falsa religión de la magia y sus seguidores. [...] Quiera la ira del Señor
arrancaros de raíz y lanzaros para toda la eternidad a la esclavitud oprobiosa
de los paganos, de manera que no arrojéis nunca más de vosotros el yugo de la
servidumbre...».22
Ni por ésas quisieron seguir peleando los
armenios. Fausto cuenta que la arenga del patriarca fue acogida con un gran
abucheo; se formó un tumulto «y todos retornaron a sus casas, porque no querían
seguir escuchando tales palabras».23
Debido a sus excesivas simpatías para con
la Cesárea romana, el katholikos Nerses I se vio relevado por el antikatholikos
Cunak. Al acceder al trono el rey Pap, fue repuesto en su dignidad, pero murió
envenenado en 373 por instigación del mismo soberano durante la festividad de
la Reconciliación. Al año siguiente, sin embargo, Trajano, general de los
ejércitos romanos de Oriente, hacía asesinar al rey Pap durante un banquete,
por haber propugnado la independencia de la Iglesia armenia y la aproximación a
Persia.24
Planes ofensivos de Constantino y las
Disertaciones sobre la guerra del padre Atanasio
Las preferencias, como era natural, iban en
el sentido de incorporar la cristiandad persa al imperium romanum. Durante el
Concilio de Nicea, el historiador Eusebio —que había visto ya que «imperio» y
«oikumene», imperium y orbis terrarum, eran nociones sinónimas— contemplaba con
satisfacción la posibilidad de tener un obispo godo y otro persa, cuando se
hubiera «logrado incorporar ambas naciones a la Iglesia imperial» (Von
Stauffenberg).25
Apenas un decenio antes, probablemente en
314, el rey armenio había firmado con Licinio y Constantino un solemne pacto de
alianza, que apenas sería otra cosa sino que pacto militar contra Persia
encaminado a consolidar la comunidad de creencia. La misión de los obispos
armenios por los reinos caucásicos, que tuvo lugar bajo el reinado de Chosrau
II, sucesor de Trdat y también gran amigo de Roma, fue otra jugada del
expansionismo imperial romano. Y en 334, cuando los persas pusieron en aprietos
a los armenios, y los jinetes sasánidas hicieron prisionero al heredero de
Trdat, fue Constantino quien envió tropas bajo el mando de su hijo Constancio;
después de algunos reveses iniciales, los expedicionarios derrotaron al
ejército invasor, cayendo en los combates el caudillo de éste, Narsch, un
príncipe hermano del rey persa ShapurII.26
El alcance de los planes de Constantino lo
demuestra el hecho que, en 335, nombró a su sobrino Anibaliano, hijo de su
hermano Dalmacio, «rey de Armenia y de los pueblos que la rodean»; se trataba
de asegurarse la posesión de Armenia, cuyo trono estaba en aquellos momentos
vacante, así como las provincias limítrofes con el imperio por Oriente, y aun
ampliarlas si fuese posible.27
Es evidente que las ambiciones con respecto
a Oriente eran de tipo e-xpansionista. Y cuando Constantino, «obedeciendo sólo
a su libre albedrío», como asegura el obispo Teodoreto, decidió «hacer suya la
causa de los discípulos de la verdad cristiana en Persia» al enterarse de que
«eran expulsados de sus tierras por los paganos, y el rey de éstos, esclavo del
error, procuraba perjudicarlos por mil maneras»,28 escribió una carta a los
persas en términos amenazantes, o mejor dicho, no una carta 8U10 un sermón, en
una de aquellas patéticas profesiones de fe que viniendo de potentados
cristianos no suelen augurar nada bueno.
En su epístola, Constantino reconoce sin
empacho que «estoy entregado a este servicio de Dios. Apoyándome en mis
campañas sobre el poder de este Dios, y comenzando en las orillas más alejadas
del Océano^ he exaltado todo el orbe terrestre mediante la esperanza de la
salvaron, de tal modo que todas las naciones que padecían bajo el poder de tan
terribles tiranos, expuestas a toda clase de desgracias, al participar en e!
mejoramiento general de las condiciones de gobierno han despertado a una nueva
vida, por decirio así, como si se hubiesen beneficiado de una medicina
prodigiosa. A ese Dios venero, y su símbolo es llevado a hombros por mis
tropas, que van siempre allá donde las llama la justa causa del derecho,
mereciendo en premio las más estupendas victorias».
Después de explicarle al gran rey que Dios
mira con agrado las obras de los bondadosos y mansos de corazón, y ama a los
seres de corazón puro y de alma sin mácula (a la cabeza de los cuales, sin
duda, se contaba él mismo), tampoco le oculta que a los malos suele tratarlos
de otras maneras muy diferentes, que la impiedad es castigada y los soberbios
humillados y arrojados a las tinieblas por naciones enteras o incluso por
varias generaciones. «Creo no equivocarme, hermano mío [...]», le escribe
Constantino, expresando su alegría (no sin insinuar una cierta amenaza, una vez
más) de que «los bellos paisajes de Persia también estén poblados de tantos
cristianos». Y «que sean contigo todos los parabienes, lo mismo que con ellos,
si así tú los tratas, pues de esta manera habrás merecido la benevolencia del
Señor y dueño del mundo».29
Para Eusebio, como historiador de la
Iglesia, este llamamiento al rey de los persas demuestra que todas las naciones
del oikumene eran conducidas por Constantino a manera de timonel y preceptor de
pueblos instituido por Dios. Precisamente, «una idea de imperio universal,
"católicamente" determinada» es el tema principal de la biografía de
Constantino, tal como la ve su panegirista Eusebio, «y todo conduce a ver en la
prevista guerra contra los persas [...] la que había de ser su coronación definitiva»
(Von Stauffenberg).30
En sus manifiestos religioso-políticos, el
emperador reitera su vocación de salvar a la humanidad de la peste de las
tiranías anticristianas, unificarla bajo el signo de la «verdadera fe» y
plasmar esa unidad en un nuevo imperio cristiano universal. En el año 337,
precisamente, cuando la muerte de Constantino truncó la gran campaña cuyos
preparativos venían realizándose desde hacía varios años, Afrahat, el decano de
los padres de la Iglesia siria, monje y probablemente obispo (y seguramente
gran enemigo de los judíos, como su compatriota Efrén) escribió su tratado
sobre las guerras, un opus «dictado totalmente por la impresión de los
preparativos bélicos que se iniciaban en Occidente» (Blum). El padre Afrahat,
«personalidad venerable, de gran seriedad ética» (Schühlein), hace en este
escrito un llamamiento belicista a todos los cristianos, celebrando «el
movimiento que se anuncia en estos tiempos», «los ejércitos que se reúnen para
la batalla». Ve que «las tropas se alzan y vencen», «los ejércitos se han reunido
para el juicio de Dios». Considera que el Imperio romano será como el macho
cabrío y romperá los cuernos al carnero de Oriente, que representará al
inminente reinado de Cristo y que será invencible «porque marcha con este
ejército ese hombre fuerte llamado Jesús, cuyas armas llevan todas las legiones
del imperio» .31
Jesús en el ejército, Jesús acaudillando
las tropas, Jesús presidiendo batallas..., en el siglo IV como en el XX, en la
primera guerra mundial, en la segunda, en la del Vietnam...
Shapur II (310-379), que se había mostrado
tolerante al principio con los cristianos, lo mismo que sus predecesores Nerses
(293-303) y Hormizd II (303-309), pasó a considerarlos como espías de los
romanos y no eludió el conflicto. Pero antes quiso consolidar su reino en el
interior, para lo cual recurrió a los mismos medios que Constantino; y así como
éste había buscado la estabilidad interior en el cristianismo, Shapur lo hizo
proclamando el mazdeísmo como religión de Estado. Y tal como, a efectos de la
mencionada estabilización, Constantino hizo convocar el Concilio de Nicea,
también Shapur organizó una conferencia religiosa, en la que el sumo mobed
Aturpat estableció las diferencias entre el culto oficial del Estado y los
disidentes, decretando que «ahora que hemos divisado la única [verdadera]
religión de la Tierra, no permitiremos que nadie persevere en sus creencias
falsas, y pensamos poner gran celo en esa misión».32
No sabemos contra quién se dirigiría
primariamente ese concilio de los persas; pero lo cierto es que el gran rey se
enfrentaba con un partido cristiano cada vez más numeroso. Los peligros no eran
sólo externos, ya que los cristianos persas se envalentonaban al conocer el
triunfo de su religión en el seno del Imperio romano.
En la capital, Seleucia-Ctesifonte
precisamente, y a finales del siglo III, el obispo Sabía había pronunciado
palabras tan encendidas sobre la «victoria de Nuestro Señor», la soberbia de
los reyes y la vanidad de los poderes terrenales, que luego hubo de poner pies
en polvorosa; otro obispo ambicioso. Papa BafAggai, provocó disturbios al
pretender la primacía sobre los demás obispos y la autoridad sobre toda la
comunidad de los cristianos persas, es decir la creación de una especie de
patriarcado persa. Ello habría supuesto una consolidación, y al mismo tiempo la
acentuación de la tendencia prooccidental de aquella Iglesia, motivo por el
cual Papa contó con el apoyo de varios prelados occidentales, entre los que
destacó el obispo de Edessa (la actual Urfa de Turquía), que era entonces uno
de los baluartes de la acción misionera de los cristianos. Sin embargo. Papa,
primero de la serie de los katholikoi y luego patriarcas de
Seleucia-Ctesifonte, no dejaba de tener enemigos en las filas de su propio
clero, el principal de ellos su archidiácono Simeón. La corte persa fomentaba
esta oposición e incluso cosechó un notable triunfo a largo plazo, cuando la
Iglesia persa bajo Dadisho se declaró definitivamente autocéfala (aunque esto
no sucedió hasta los años 423 y 424), anulando el derecho de recurrir a los
patriarcas occidentales e instituyendo que el «katholikos de Oriente» sólo era
responsable «ante Cristo», autonomía que los dirigentes de la Iglesia persa
mantuvieron siempre y hasta nuestros días, en que el actual máximo dignatario
de la misma reside en San Francisco, (EE.UU).33
Pese a los apuros en que se veía Shapur II,
pese a que se acercaba a las fronteras un Constantino cada vez más poderoso,
pese al hecho de que la Iglesia persa era sospechosa de conspirar con el
tradicional enemigo romano y que en el interior «judíos y maniqueos, los
mayores enemigos del nombre de cristiano», según la crónica de Arbela,
denunciaban ante los magos que «todos los cristianos eran espías de los
romanos», a pesar de todo no hubo persecución oficial contra aquéllos. Cierto
que se habla de dos pogromos locales (en 318 y 327), pero no están documentados
y podrían ser apócrifos. En el año 337, sin embargo, cuando Constantino murió
antes de entrar en campaña, el rey persa consideró que era el momento oportuno
para recuperar las cinco provincias mesopotámicas perdidas en su día, junto con
la capital Nisibis..., pero fracasó ante las fuertes murallas de ésta, que se
defendió con buena fortuna bajo el mando de su obispo.34
Según la crónica de Arbela, fue justamente
esta derrota la que desencadenó la persecución de Shapur contra las iglesias.
«El rey emprendió la retirada entre amenazas, jurando que extirparía de sus
reinos la fe de los romanos».
Dicha persecución comenzó en el año 340.
Mediante un decreto, el
obispo de la capital, Simón Bar Sabba^e, «y
todo el pueblo de los nazarenos» vieron duplicadas las tasas y alcabalas, a
modo de multa por negarse a prestar el servicio militar. «Viven en nuestro
país, pero están confabulados con el emperador nuestro enemigo.» También se les
acusó de despreciar la religión (estatal) zoroástrica y de negarse a rendir
culto al rey persa. Otros factores importantes fueron la gran cohesión de las
comunidades, impulsada desde el sector occidental, así como la vieja enemistad entre
cristianos y judíos; a esta última confesión se había convertido la madre de
Shapur II, la reina Fphra Hormiz, mientras que, en el bando opuesto,
Constantino cultivaba una política bastante antijudía, como hemos visto. De la
primera persecución de Shapur fueron víctimas el katholikos Simón Bar Sabba'e
(año 344), cinco obispos y 97 presbíteros y diáconos. Sin embargo, los motivos
de esta campaña de exterminio, que duró varios decenios, «eran fundamentalmente
políticos, aunque no sin un trasfondo importante de origen religioso, como es
lógico» (Blum); además, «con sus actitudes, el clero cristiano se lo había
buscado
sobradamente» (Rubín).35
Las guerras contra los persas prosiguieron.
Después de su fracaso ante Nisibis, en el
año 338, Constancio, hijo de Constantino, nombró como primera providencia rey
de Armenia a Arsaces, hijo del ciego rey Tiran. Al año siguiente cruzó varias
veces el Tigris para realizar incursiones en Persia; pero en el año 344, en una
gran batalla junto a Singara los romanos padecieron graves pérdidas. Sin
embargo, también el ejército persa, constituido fundamentalmente hasta el siglo
VI por la caballería y por una masa de siervos campesinos, quedó muy debilitado;
el heredero del trono cayó prisionero y fue linchado por la soldadesca romana.
En los años 346 y 350, los persas realizaron sendos intentos de recobrar
Nisibis; en el segundo de estos asedios, el más prolongado ya que se mantuvo
durante tres meses, el rey Shapur incluso hizo desviar el curso del cercano río
Migdonio para lanzar la fuerza de las aguas contra las murallas de la ciudad,
consiguiendo derribarlas en parte.36
San Efrén, que fue oriundo de Nisibis,
celebró en una colección de cantares de gesta la resistencia de su maestro, el
obispo Jacob, y de los demás defensores frente a los reiterados asedios de los
persas. Y también Teodoreto, pastor principal de Ciro desde 423 contra su
propia voluntad, elogió a Jacob, «protector y caudillo», «hombre de Dios».
Cuando las aguas del río rompieron contra las murallas «como un ariete
gigantesco», Jacob ordenó «que fuesen reparadas durante la noche y que subieran
arriba las máquinas de guerra, para impedir nuevas aproximaciones de los
atacantes; y todo esto lo consiguió sin acercarse para nada a las murallas, ya
que permanecía confinado en el templo, donde oraba e invocaba la protección de
Dios sobre sus conciudadanos». Véase cómo en el siglo iv los obispos habían
aprendido ya a utilizar las máquinas de guerra y a ser «caudillos» sin
mancharse las manos. «Brillaba a su alrededor el halo de la benignidad
apostólica.»37
Pero luego el emperador Joviano, nada
menos, él tan alabado por el clero, entregó a los persas esa posición clave, la
inexpugnable ciudad de Nisibis..., a lo que el padre de la Iglesia Efrén,
tremendamente defraudado, se retiró hacia Edessa diciendo que la ciudad había
sido entregada por el apóstata Juliano (!). El regente cristiano, Joviano,
incluso firmó un tratado prometiendo que dejaría de ayudar a su fiel cliente y
aliado el rey Arsaces II de Armenia contra los persas.38
En el año 371, se enfrentaron de nuevo en
Armenia un ejército romano a las órdenes del emperador Valente y otro persa
bajo Shapur II, pero hubo parlamentos y cada uno se retiró hacia su territorio.
También cuando Teodosio I, durante los años ochenta de aquel siglo, envió una
vez más tropas a Armenia, se prefirió envainar las armas y dialogar,
acordándose la división y reparto del país. Ni Shapur III (383-388) ni su
sucesor, Bahram IV (388-399), quisieron renunciar a sus reivindicaciones frente
a los vecinos occidentales.39
Los aires cambiaron, literalmente, para los
cristianos persas y los entonces cuarenta obispos que los mandaban, durante el
reinado de Jezdegerd I (399-420), enemigo declarado del mazdeísmo y del clero
zoroástrico, por lo que ha ingresado en la tradición de éstos como «el pecador»
por antonomasia, mientras que la bibliografía siriocristiana le tiene por «el
ungido, el rey cristiano» no menos paradigmático. Jezdegerd tuvo por valido al
obispo Maruta de Maiphkerat (Martirópolis), el reorganizador de la Iglesia
persa, e incluso autorizó dos sínodos. En 420, una delegación encabezada por el
obispo Acacio de Amid (ciudad del curso superior del Tigris) se presentó en la
corte persa y declaró que todos los cánones de la Iglesia occidental regían
también para la oriental, corroborando así la unidad del cristianismo por
encima de todas las fronteras.
Pero en el último año del reinado de
Jezdegerd, cuando los persas cris-
tianos, envalentonados por la protección
oficial, quisieron combatir el culto al fuego y un obispo de los más fanáticos,
san Abdas, hizo destruir el templo mazdeísta de Susiana, la corte les retiró
sus favores. El obispo Abdas, «adornado por muchas y muy diversas virtudes»,
fue interpelado «con serenidad» por el soberano, pero como se negó a
reconstruir el templo fue condenado a muerte y ejecutado (su martirio se
conmemora el 5 de septiembre). Dícese que entonces se dispuso «la destrucción
de todas las iglesias» (Teodoreto). Y en el año 421, cuando las provincias
orientales romanas se negaron a entregar cierto número de cristianos fugitivos,
estalló una nueva guerra entre ambos imperios, a la que un año después puso fin
un tratado de paz que debía regir durante cien años, pero duró menos de
veinte.40
Finalmente, la Iglesia armenia se
independizó totalmente de las provincias romanas orientales y de su «Iglesia
madre», la de Cesárea. Gregorio el iluminador, converso y ordenado allí, ordenó
a su vez personalmente a sus hijos; y aunque toda la sucesión de katholikos
hasta Nerses fue bendecida en Cesárea, a partir del patriarca Sahak (360438),
hijo de Nerses, cesó esa costumbre. La Iglesia armenia tuvo un desarrollo
autónomo, tanto en su organización como en su doctrina, hasta convertirse en
una Iglesia nacional independiente tanto de los monofisitas sirios como de la
misma Roma. Todavía hoy se considera equiparable al papado en categoría. Lo
mismo que la Iglesia romana, se pretende de origen apostólico (por los
apóstoles Tadeo y Bartolomé), e incluso retrotrae su fundación al mismo
Jesucristo; aquí como allá, «santas mentiras» en todo momento.41
CAPÍTULO 7
LOS HIJOS CRISTIANOS DE CONSTANTINO Y SUS
SUCESORES
«Desde Constantino, los emperadores fueron
cristianos mucho más devotos de lo que habían sido nunca como paganos.»
FRANKTHIESS1
«De esta manera, el emperador cristianísimo
es el patrono protector de todos los cristianos; defiende sus intereses, estén
ellos donde estén,
y esta convicción y esta obligación las
asumen todos los sucesores de Constantino como elementos constituyentes de la
razón de Estado, y así lo cumplen.»
K.K.KLEIN2
«Durante los siglos IV y V, la alianza
entre el cristianismo y el Imperium Romanum [...] proporcionó a los habitantes
del imperio un sentido de las cosas finales, de la finalidad y el objeto de la
propia
existencia..., una imagen del mundo
totalmente nueva, en consecuencia, a la que fácilmente se habría augurado una
larga duración. El imperio pudo considerarse como institución cristiana,
y si la meta del cristianismo era traer a
todos los hombres la paz de Dios, por otro lado el imperio también persiguió
metas que tendían hacia la paz.»
DENYS HAY3
Todo parecía muy prometedor: una idea nueva
del mundo, el imperium como institución cristiana orientada hacia la paz, los
emperadores convertidos en unos cristianos llenos de celo... Efectivamente, los
hijos de Constantino, Constantino II, Constancio II y Constante, junto con el
padre, fueron comparados por Eusebio con la Trinidad, de la que serían imagen
terrenal ennoblecida por «la herencia de la fe», «la filiación divina», la
«qualitas christiana». Por una parte, Constantino I había cuidado mucho su educación
religiosa, haciendo de ellos «unos partidarios verdaderamente fanáticos de la
nueva fe» (Browning); por otra parte, casi desde que comenzaron a andar
estuvieron acompañados de experimentados prefectos, vestidos de púrpura, en las
filas del ejército. Apenas tenían quince, doce, once años, tomaron parte en
campañas que se desarrollaban en remotos frentes. Buenos cristianos, soldados
intrépidos:
una combinación ideal, propugnada durante
siglos por esa religión de la paz que jamás ha llevado la paz a parte alguna.4
La primera dinastía cristiana fundada sobre
el exterminio familiar
La
realidad es que el ejemplo del imperial padre hizo mucha escuela. Apenas hubo
fallecido éste, Constancio II, que se consideraba un enviado de Dios y «obispo
de obispos», y alguna vez practicó incluso la continencia sexual, inició en
agosto de 337 el exterminio de casi todos los miembros masculinos de la casa
imperial en Constantinopla: su tío Dalmacio, medio hermano de Constantino, que
había vivido muchos años rodeado de espías, y el padre del emperador Juliano,
Julio Constancio, muy odiado por la emperatriz santa Elena, amén de seis primos
y otras personalidades cortesanas mal vistas. Entre éstas, el casi omnipotente
Ablabio, prefecto de los pretorianos, cuya hija Olimpia fue prometida de niña a
Constante. (Más tarde, Constancio la casó con el rey de los armenios, Arsaces
III, y murió por obra de la anterior esposa del soberano, con la complicidad de
un sacerdote que mezcló veneno en el vino de misa.) La misericordia cristiana
sólo respetó a Juliano, que tenía cinco años (sería asesinado durante una campaña
contra los persas); su hermanastro Gallo también se salvó porque se hallaba tan
enfermo que parecía perdido de todas maneras (moriría en Istria el año 354).
Constancio era cristiano, también lo era la mayoría de sus obedientes sicarios,
soldados de su guardia; Juliano dedujo de todo ello que «no hay fiera tan
peligrosa para el hombre como lo son los cristianos para sus compañeros de fe».
Y así como ningún hombre de la Iglesia había criticado los asesinatos de
parientes perpetrados por Constantino, tampoco nadie censuró los del devoto
Constancio, «uno de ios príncipes cristianos más notorios del siglo» (Aland).
Eusebio alude a la «inspiración de más arriba» para justificar la carnicería.
En Constancio se podía contemplar a un Constantino redivivo, escribió el
obispo, y no se equivocaba. Los elogios dedicados al múltiple parricida y
belicoso Constancio son casi tan ditirámbicos como los que merece el caudillo
militar y exterminador de parientes Constantino.5
Paradigma de la crueldad según Amiano,
Constancio no tardó en mandar recado al obispo Eusebio de Nicomedia, el
preceptor de Juliano, de que no le hablase jamás de los destinos de la familia.
Y seis años después, hallándose Juliano y Gallo presos en Macellum, una
siniestra fortaleza escondida entre montañas —«sin que se autorizase a nadie
acercarse a nosotros, sin estudios dignos de tal nombre, sin conversaciones,
aunque eso sí, rodeados de un espléndido servicio...», recuerda Juliano—, un
agente secreto del emperador le sugirió a Gallo, el primogénito, que Constancio
no era culpable de la muerte de su padre, y que el exterminio de su familia
había sido un acto incontrolado de la soldadesca.6
Primeras guerras entre cristianos devotos
Después de la matanza, los hijos de
Constantino se repartieron el botín. El mayor, Constantino II (337-340) se
quedó con las provincias occidentales, la Galia, Híspanla, Britania, y
estableció su residencia en Tréveris; el benjamín, Constante, las centrales,
Italia, África y Grecia, con su capital en Sirmium (la actual Mitrovicz, en
Servia). Constancio II (337-361), que los sobrevivió y heredó a todos, se
adjudicó Oriente y residió en Antioquía hasta el 350..., cuando no estaba en
campaña.
Pronto estalló la guerra entre el mayor y
el benjamín por una cuestión de deslindamiento de fronteras. A principios de
340, Constantino II salió de la Galia e invadió por sorpresa Italia, pero cayó
en una emboscada cerca de Aquileia, mientras intentaba forzar un paso alpino.
Los generales de Constante le dieron muerte y arrojaron su cadáver al río Aisa.
En aquellos momentos Constancio II, como veremos en el apartado siguiente,
estaba muy ocupado con las querellas entre cristianos y sobre todo con las incursiones
de los persas en Oriente, de manera que Constante pudo quedarse con las
provincias occidentales sin discusión alguna.7
Aquel adolescente de diecisiete años, dueño
de las dos terceras partes del inmenso imperio, era el único bautizado de entre
los hijos de Constantino y había sido educado en la castidad, la máxima virtud
cristiana, como sabemos. De hecho, rehuía a las mujeres pero solía gozar de la
compañía de rubios efebos germanos, rehenes o esclavos, con los que salía a
cazar por remotos bosques solitarios, mientras se declaraba públicamente
enemigo de la pederastía. También fue enemigo de francos y alamanos, acaudilló
campañas en la Panonia y en Britania, llenó de exvotos las iglesias católicas y
no se mostró tacaño con los prelados que le rodeaban para mendigar sus favores.
Saqueó el imperium todavía más que su padre; su incesante sed de dinero le
indujo a la venta de los cargos públicos, además de abrumar a la población con
impuestos, lo cual desencadenó una inflación monetaria que, como de costumbre,
perjudicaba sobre todo a los pobres. Y mientras crecía su impopularidad a
consecuencia de esta política financiera, así como por las rigurosas medidas
disciplinarias que implantó en el ejército y por su carácter altanero y
desdeñoso, procuraba ganar para la causa católica a su hermano Constancio, que
simpatizaba más bien con los arríanos, utilizando a veces las amenazas como
argumento.8
Dentro de los dominios de Constante, se
producen en Roma las primeras destrucciones de templos, esporádicas al
principio, así como una renovada persecución contra los donatistas. Como no se
dejaban corromper por los dineros del emperador, que el anciano Donato había
rechazado con brusquedad, Constante decidió expropiar a los clérigos insumisos
y, mediante la fuerza de las armas, entregó las iglesias donatistas a los
católicos. En 347 se produjo el sangriento aplastamiento de la insurrección de
Bagai, donde fue asesinado el ordinario, otro Donato y el obispo Márculo, santo
principal de los donatistas. Otros fueron atados a columnas y azotados por
orden de Macario, el comisario imperial, alabado por los católicos como
«abogado de la santa causa». Se empezó a hablar de «la persecución macariana»;
algunos donatistas murieron torturados en las cárceles. Muchos huyeron y otros
fueron desterrados. El mismo Donato murió, al parecer en el naufragio de la
nave donde viajaba deportado. Los bienes de los exiliados fueron confiscados.
En Numidia, los pogromos alcanzaron grandes proporciones y no cesaron hasta el
año 362, en que se quebró la oposición y los católicos que habían llamado a las
tropas imperiales pudieron alabar de nuevo a Dios por la unidad recobrada.9
Mientras tanto, el 18 de enero de 350, se
produjo en Autun (Lyon) el pronunciamiento del general Magnencio, nacido en
Amiens e hijo de una franca y de un bretón, que se apoderó de las provincias
occidentales. Según algunas fuentes más tardías era pagano; sin embargo, las
monedas que hizo acuñar sugieren lo contrario, es decir, que era cristiano. Los
francos y los sajones le apoyaron en seguida, y cayeron en sus manos todas las
ciudades y fortalezas del Rin. Britania, Galia, Italia y África se apresuraron
a reconocerle como emperador. Sus tropas llegaron hasta Libia, y el obispo
Atanasio, que «se propasaba más de lo que le autorizaba su dignidad,
inmiscuyéndose incluso en los asuntos exteriores» (Amiano), escribió entonces
una carta al usurpador cuyos soldados estaban ya entrando en su diócesis. Esta
misiva cayó en manos de Constancio y fue negada por su autor en nombre de Dios
y del Hijo unigénito junto con otros muchos sagrados juramentos, calificándola
de falsificación perpetrada por los «arríanos». El santo no dejó piedra por
remover para quitarse aquella mancha; dijo que Magnencio había sido un traidor,
un perjuro, un nigromante y un asesino..., sin embargo, y eso sí que es
sospechoso, más adelante dejó escrito que el insurrecto, el «Satán», había sido
un rey y que Constancio lo asesinó. Odiado por todos, Constante trató de huir
hacia Hispania, aunque allí era un desconocido, pero Magnencio envió a Gaiso en
su persecución y fue cazado en una remota aldea de la Galia pirenaica, donde se
había refugiado en una iglesia. Contra todo derecho de asilo, lo arrancaron de
allí y le dieron muerte.10
Ciertamente, Magnencio, el primer anticésar
germánico y el más peligroso de todos los usurpadores que amenazaron el trono
de Constancio (hasta seis en total), no logró disfrutar de su victoria durante
mucho tiempo. El emperador salió de los Balcanes hacia el Danubio, para iniciar
la «guerra santa», con unos efectivos que duplicaban los de su contrario. Según
Teodoreto, hasta los paganos del ejército tuvieron que bautizarse por orden de
Constancio. En cuanto a Filostorgio, continuador de la historia eclesiástica de
Eusebio, interpreta como guerra de religión la batalla del 28 de septiembre de
351 junto a Mursa (Esseg, la actual Sisak de Yugoslavia), que fue la más
cruenta del siglo y sin duda una de las grandes hecatombes de la historia.
Magnencio perdió seguramente porque el jefe de su caballería, el franco (y
cristiano) Silvano se pasó a Constancio junto con la élite de sus jinetes antes
de la batalla. Se dice que de los 116.000 soldados cayeron o se ahogaron en el
Drau 54.000; de ellos, 24.000 estaban en el ejército de Magnencio y 30.000 en
el de Constancio. Este último se guardó mucho de personarse en el campo de
batalla. Después de haber atizado hábilmente el entusiasmo «religioso» de sus
soldados, se retiró a una capilla apartada, para orar en compañía del obispo
Valente de Mursa, al que durante la noche se le había aparecido un ángel para
anunciarle la victoria. (Esta circunstancia le aseguró al prelado, hábil
oportunista que cambió varias veces de bando teológico —de arriano a católico y
luego, otra vez arriano— una gran influencia sobre aquel monarca tan creyente,
y además supersticioso.) No fue hasta el día siguiente que su majestad hizo
acto de presencia en el campo de batalla, para derramar unas lagrimillas a la
vista de los montones de cadáveres; serían de alegría por la victoria. En
cambio, Magnencio era expulsado de Italia en 352, fue derrotado también en las
Galias y el 10 de agosto del año 353, viéndose cercado en su castillo de Lyon,
se arrojó sobre la punta de su propia espada, no sin haber acabado antes con
sus amigos más íntimos, su hermano Desiderio y su madre. Constancio hizo que
pasearan la cabeza del enemigo por el país, y mandó cortar otras muchas. Sus
esbirros recorrían todas las provincias occidentales; los acusados de rebeldía
eran cargados de cadenas sin más averiguación previa y enviados a la corte para
ser juzgados.n
Constancio y su gobierno de estilo
cristiano
El emperador Constancio II, correoso y
enérgico, aunque también bastante astuto y desconfiado, no cargó su conciencia
sólo con esos crímenes judiciales contra los supuestos partidarios de unos
rivales ya vencidos, o con la eliminación de generales sospechosos y de sus
amigos o ayudantes. No contento con estas matanzas pérfidas, el
«religiosissimus imperator» emprendió continuas guerras contra los alamanos,
los sármatas, los persas y otras naciones; siempre muy precavido, lento pero
concienzudo, preparando siempre las campañas a fondo, desde Mesopotamia hasta
el Rin. A sus espaldas solía dejar sólo la tierra quemada.12
En unas recientes Investigaciones sobre la
política exterior del imperio romano tardío, Stallknecht ha intentado
documentar las intenciones pacíficas de este emperador, diciendo que se
limitaba a realizar demostraciones de fuerza para salvaguardar las fronteras,
prefiriendo siempre las estrategias que supusieran menos bajas. «Tan pronto
como los bárbaros solicitaban la paz, él se avenía a negociar con ellos y
cerraba el tratado a poco que ellos se avinieran a sus condiciones.» Pero
¿quién no firmará un tratado de paz cuando el enemigo se aviene a nuestras
condiciones? Ante esta evidencia, el mismo Stallknecht se ve obligado a
confesar que Constancio «interpretaba como rebeldía y contumacia la menor
resistencia a aceptar sus condiciones», y castigaba tales actitudes del modo
más cruento, titubeando sólo mientras la cuestión estaba en el alero, pero
golpeando sin vacilar tan pronto como la falta de acuerdo se hiciese patente. A
fin de cuentas, ese supuesto estudio sobre la política exterior del Imperio
romano entre los años 306 y 395 (es decir, durante el primer siglo cristiano)
se reduce a la crónica de un inacabable rosario de guerras. En ellas,
Constancio gustaba de hacerse acompañar por capellanes que estuviesen en olor
de santidad..., y es que «a su manera se tomaba en serio los mandamientos de la
Iglesia cristiana» (Lietzmann).13
En efecto, aquel político de cuchicheo y
gabinete, en cuya corte se reunió una extraordinaria acumulación de obispos,
tenía relaciones muy intimas con la religión. «El primer gobernante que se
consideró entronizado "por la gracia de Dios"» (Seeck), y que gustaba
de llamarse oficialmente señor de toda la tierra y «mi eternidad» {aeternitatem
meam), estaba convencido de ser un instrumento designado por el Altísimo y de
que gozaba de la protección especial de un ángel, cuyos vagos y vaporosos contornos
incluso creyó ver a veces, flotando en el aire. Practicó la castidad con más
convicción que su hermano, el aficionado a los erebos. Inmediatamente después
de su sangriento debut, hizo separar a los hombres de las mujeres en las
cárceles. En cuanto a los matrimonios entre parientes consanguíneos que el
clero condenaba, lo castigó con pena de muerte para los grados más próximos. En
uno de sus decretos proclamaba: «Es nuestra voluntad vivir orgullosos de
nuestra fe, en la convicción de que nuestro imperio se sostiene más por la
religión que por las hazañas y trabajos y los sudores de los cuerpos».14
Lógicamente, este emperador favoreció a los
sacerdotes cristianos todavía más que su padre, y confirmó, amplió y multiplicó
los privilegios otorgados.
Si Constantino los había dispensado de la
contribución artesanal, Constancio les perdonó la territorial y la tasa por uso
del correo. En el año 355, dispuso que los obispos no pudieran ser juzgados por
los tribunales comunes, «para evitar falsos testimonios promovidos por los
espíritus fanáticos». Y no sólo los dispensó de los servicios comunes, sino que
ellos «y sus mujeres e hijos así como sus sirvientes de ambos sexos serán
exentos a perpetuidad de toda clase de impuestos y prestaciones por cuenta del
Estado». Sin embargo, y esto es típico de toda la historia eclesiástica, tales
concesiones sólo sirvieron para que el clero reclamase todavía más privilegios.
Así por ejemplo, el Concilio de Rimini exigió «que los bienes raíces que
aparezcan como propiedades de la Iglesia sean francos de cargas de todas clases
y que se cancele la deuda fiscal pendiente», cosa que durante algún tiempo, por
lo que parece, llegaron a obtener.15
Constancio, que no fue bautizado sino hacia
el final de su vida, tal como había hecho su padre (y también en ese caso,
siendo el oficiante un arriano, Eudocio de Antioquía), fue cristiano amano, lo
que explica la «mala prensa» que encontró entre los padres de la Iglesia,
obedeciendo muchas veces al móvil político que en algunos casos rayó en la alta
traición. De ahí los improperios de Lucifer de Calaris, por ejemplo:
«Nosotros, los obispos consagrados por el
Espíritu Santo, ¿hemos de respetarte a tí, que eres un lobo sanguinario? [...]
¿Quién más necio?...». El padre Hilario lo compara a Nerón, Decio y Maximiano,
aunque se abstuvo de publicar su diatriba Contra Constancio antes del
fallecimiento del criticado. El padre Atanasio, su principal adversario, lo
incluye en la nutrida nómina de grandes pecadores bíblicos; le tilda de
perjuro, injusto, irresponsable y peor que los emperadores paganos, caudillo de
los impíos, cómplice de bandoleros y Anticristo. «Casi no caben insultos peores
que los prodigados por Atanasio» (Hagel).16
Recientemente, Richard Klein ha intentado
revisar «esa imagen panfletaria del princeps arianorum Constantius, trazada por
una animadversión personal y aceptada por muchos pese a constituir una grosera
falsificación de la realidad; por difundida que esté la noción de Constancio
como arriano, no deja de corresponder a un cliché; nos parece más cierto que
este emperador obedeció, como su padre, primordialmente a móviles políticos,
que no religiosos, haciendo del clero instrumento del poder».17
Así lo pone de manifiesto la «misión» del
indio Teófilo en Arabia, hacia el año 340.
Este personaje, exiliado en Roma a título
de rehén, fue educado por Eusebio de Nicomedia, probablemente el mismo que le
ordenó obispo poco antes de iniciar su expedición. Como jefe de la delegación
imperial, apenas hizo labor misionera, sino política (aunque venga a ser lo
mismo a fin de cuentas). El imperio tenía grandes intereses en la Arabia Félix,
donde descargaban las naves portadoras de los preciados productos orientales de
importación para continuar el transporte por la vía terrestre. El obispo Teófilo,
que viajó allí con una gran flota mercante, fomentó dichos intereses mediante
una táctica de sobornos a los jeques. No hizo conversiones, no fundó diócesis
ni ordenó sacerdotes, y si hizo construir alguna «casa de Dios», fue atendiendo
siempre a tangibles razones políticas o económicas. Así autorizó la erección de
una iglesia en Tafaron, a orillas del mar Rojo, porque era la capital de la
región, y otra en Adana, junto al océano Índico, porque era el puerto más
importante para el comercio de los romanos con la India. Un tercer templo se
alzó en la desembocadura del golfo Pérsico, donde interesaba ganarse a la
población local. A Constancio le convenía influir sobre los árabes y sus
príncipes, que soportaban mal la superioridad militar de los persas, y que en
adelante las habituales expediciones de saqueo no recorriesen las provincias
romanas limítrofes sino el territorio vecino. Incluso cabía la posibilidad de
ganárselos como aliados, o cuando menos como simpatizantes, aunque neutrales,
de cara a la inminente guerra contra los persas, principales enemigos de Roma
en Oriente. Por eso, la expedición misionera del obispo no llevó como regalos,
digamos, doscientas biblias, sino doscientos corceles de pura raza capadocia,
en naves especialmente acondicionadas para transportarlos.18
Otro ejemplo de cómo la razón de Estado era
la definitiva para Constancio nos lo proporciona el caso de Armenia, región
cuyos problemas conocía de su época de cesar.
Cuando el katholikos Nerses promovió la
fusión de la Iglesia armenia con la griega, entrando al mismo tiempo en la zona
de influencia del Imperio romano, el emperador dio su visto bueno; pero cuando
el mismo patriarca se dedicó a consolidar su posición militarizando cada vez
más su séquito y poniéndose de parte de los señores feudales, y cuando censuró
acremente al rey Arsaces por el asesinato de su sobrino Knel para poder casarse
con Farantzem, esposa de éste, lo que motivó el relevo de Nerses por un (anti)patriarca
llamado Tsunak, Constancio no respaldó en modo alguno al obispo legítimo, a
quien antes había apoyado, sino que prefirió la amistad del rey Arsaces, que
era el más importante de entre sus aliados en Oriente, demostrando con ello que
valoraba más esta alianza frente al común enemigo persa que la legitimidad del
katholikos. Nerses fue desterrado por Arsaces y no pudo regresar hasta nueve
años más tarde.19
Lo mismo que su padre, Constancio utilizó
el cristianismo como instrumento de su política y no al revés. Por eso, tan
pronto como se vio emperador único/su primera preocupación fue la unidad de la
Iglesia, aunque a diferencia de su progenitor prefirió buscarla en los
arríanos. De ahí que fuese desterrando uno tras otro a numerosos patriarcas
católicos, entre ellos Atanasio, Pablo de Constantinopla e Hilario de Poitiers.
También otros, como el papa Liberio y Osio de Córdoba, sufrieron el peso de su
autoridad: «Mi voluntad ha de ser ley para la Iglesia —explicó a los reunidos
en Milán en 355—. Obedeceréis, o seréis desterrados». Al mismo tiempo
continuaba la persecución contra los donatistas de África que no iniciara
Constantino, e incluso procedió contra una secta del amanismo, la de los
eunomianos, setenta de cuyos obispos se dice fueron exiliados por orden suya.20
Con los judíos, Constancio se mostró
incluso más brutal que su padre. Una ley del año 339, que los tilda de «secta
nefanda» y llama «mercados» {conciliábulo) a sus lugares de reunión, prohibe
bajo pena de muerte en la hoguera poner dificultades a ningún judío que
pretendiese convertirse al cristianismo. Ahora bien, y aunque los judíos
estuviesen autorizados a hacerse cristianos, el cristiano que se convirtiera al
judaismo arrostraba la «pena merecida», según el emperador, de confiscación de
todos sus bienes. Prohibió los casamientos entre cristianos y judíos; en
particular, persiguió el ingreso de las mujeres en las comunidades hebreas con
la pena de muerte. Los judíos no podían comprar esclavos, ni aunque fuesen
paganos, bajo pena de confiscación de bienes, o pena de muerte si se atrevían a
circuncidarlos. En consecuencia, les vedaba cualquier actividad económica cuya
explotación necesitase el empleo de esclavos; seguramente, fue entonces cuando
empezó la dedicación de los judíos a las actividades financieras, que los
hicieron todavía más odiados. La represión fue severa, sobre todo con los
judíos de Palestina, tras una insurrección que fue sangrientamente aplastada.21
Muy dura fue asimismo la actitud de
Constancio frente a los paganos, seguramente instigada por el partido
cristiano.
Un padre de la Iglesia que predica el
saqueo y la matanza
Y llegó la hora de Firmico Materno, quien
manifestaba con alegría que «si bien en algunas regiones rebullen todavía los
miembros moribundos de la idolatría, parece próxima la erradicación completa de
tan perniciosa aberración en todas las provincias cristianas», lo que le servía
para lanzar esta proclama a los emperadores cristianos: «¡Fuera todos los
ornatos paganos de los templos! ¡A la ceca y al crisol con el metal de las
estatuas idólatras, para que se fundan al calor de las llamas!». Y les recordaba
la obligación que tenían de «corregir y castigar», de «perseguir por todas las
maneras posibles a los seguidores del culto idólatra», prometiendo siempre a
cambio «el premio celestial» y «cuantiosos beneficios. Obrad, por tanto, según
está escrito y dispuesto...». Con razón ha escrito Schulze que la lucha del
Estado contra la religión pagana, «desde sus comienzos bajo Constantino hasta
su pleno desarrollo bajo Constancio, estuvo presidida por la anuencia y aun la
colaboración de la Iglesia», que «ejerció una influencia activa en cuanto a la
legislación» (Gottiieb).22
Julio Firmico Materno, siciliano de familia
senatorial oriunda de Siracusa, según parece no efectuó su pública conversión
al cristianismo hasta que quedó claro que los hijos de Constantino se
pronunciaban en favor de dicha religión con más claridad que su padre. En la
diatriba Sobre el error de las religiones paganas, redactada hacia el año 347,
Firmico incita a los emperadores Constancio y Constante, llamados «sacratissimi
imperatores» y «sacrosancti», al exterminio, sobre todo, de los cultos
mistéricos, los competidores más peligrosos del cristianismo; se trataba de los
cultos a Isis, Osiris, Serapis, Cibeles y Atis, Dionisio-Baco y Afrodita, y el
culto solar del mitraísmo, el más pujante de la época, caracterizado por
numerosos y sorprendentes paralelismos con la religión cristiana. El caso es
que nuestro renegado fue persona instruida, de gran cultura, y tanto que siendo
todavía pagano escribió un erudito y muy piadoso estudio sobre «los cultos
sagrados» (Weyman), así como un tratado de astrología, Matheseos librí VIH, el
más completo y voluminoso de la Antigüedad; en cambio, como cristiano polemizó
acremente contra el culto a los elementos (agua, tierra, aire y fuego) habitual
en las religiones orientales. Muchos autores católicos niegan todavía (pese a
haberse demostrado incontestablemente en 1897) que Firmico fuese el autor de
aquellas diatribas sanguinarias, que se desacreditan por su mismo estilo
fanático y recargado de pleonasmos, prototipo de futuras retóricas panfletarias
del catolicismo.23
Cristo, se congratula el padre de la
Iglesia, «ha derribado la columna en donde tenía su imagen el demonio», que
aparece así «casi vencido, convertido en fuego y cenizas». «Poco falta ya para
que el diablo, totalmente avasallado por vuestras leyes, quede totalmente
destruido poniendo fin al nefasto contagio, una vez exterminado el culto a los
ídolos, ese veneno [...]. Celebrad con júbilo la aniquilación del paganismo,
cantad a plena voz el aleluya [...], pues habéis vencido como soldados de
Cristo.»24
Todavía no, sin embargo. Aún existían las
religiones profanae, aún continuaban en pie casi todos los templos y aún
acudían los paganos a sus santuarios. Por este motivo, el agitador reclama la
confiscación de sus bienes, la destrucción de los centros de adoración. Que se
ponga término a la necedad, exige con más énfasis que ningún otro cristiano
antes que él. «Tollite, tollite, securi... Quitad, quitad sin temor, santísimo
emperador, los ornatos de los templos. Fundid las figuras de los dioses y
acuñad con ellas vuestra moneda; incorporad los exvotos al erario imperial. El
Señor os ha llamado a empresas más altas, cuando hayáis coronado la tarea de
aniquilar todos los templos. »25
La propagación del cristianismo, ésa era la
empresa más alta, junto con la erradicación de las perniciosas doctrinas
paganas. Claro está, los paganos no opinaban que fuese así, sino al revés.
«Cobraba cada vez
más fuerza la opinión de que con la
irrupción del cristianismo en el mundo había empezado una decadencia general de
la especie humana» (Friedlander). Pero prescindiendo de que la vida y el
pensamiento fuesen mucho más libres durante la época del paganismo, hay que
tener en cuenta que éste conoció también —tal como ha señalado Kari Hoheisel en
un voluminoso estudio sobre el tratado de Firmico—, «junto a los aspectos
turbios de la agitación orgiástica, una aspiración ascética y una práctica de
la castidad que eran la admiración de muchos cristianos. En aquel tiempo, los
rasgos obscenos de la mitología habían desaparecido frente al rigorismo, o
circulaban en todo caso bajo un disfraz secular. [...] Las religiones antiguas
ofrecían refugio y consuelo a sus partidarios; les ayudaban a comprender la
existencia, ordenaban las relaciones entre los hombres y daban un sentido a las
cuestiones trascendentes de la existencia. [...] Casi todas las doctrinas sal
vincas que estudió Firmico eran potencias espirituales de gran vitalidad».26
De ahí precisamente el fanatismo, la rabia
frenética, la incitación al pogromo. Por eso los paganos sólo podían ser
«necios», «infames», «apestados», y era preciso que «tales abominaciones sean
erradicadas y exterminadas por nuestro santísimo emperador». Por eso el santo
padre postula «leyes severísimas», el saqueo de los templos, la aplicación de
«el fuego y el hierro», la persecución «por todos los medios». Siempre
invocando al Yahvé del Antiguo Testamento, como es lógico; hasta entonces
ningún cristiano se había reclamado con tanto énfasis heredero de las
hecatombes bíblicas, ni había utilizado de manera tan sistemática el precedente
para justificar el recurso a la brutalidad y al terror. Dios amenaza incluso a
la familia y a los hijos de los hijos, «para que no sobreviva la semilla
maldita, [...] y no quede ni rastro de las generaciones paganas». «Ni al hijo
ni al hermano perdonará, e incluso traspasará con la espada el cuerpo de la
esposa amada; al amigo perseguirá con noble intransigencia, y el pueblo entero
se alzará en armas para destrozar a los infames.»27
Tan pronto como la Iglesia se encontró en
una posición de fuerza, dejó de rechazar la violencia para pasar a ejercerla
«por todos los medios», como dice el teólogo Cari Schneider. La vieja
apologética que hablaba de libertad de cultos queda desplazada por el libelo y
la diatriba; la ideología del martirio y las vidas ejemplares de los mártires
no interesan ya, es la hora del fanatismo perseguidor, de «los poderosos
llamamientos a la cruzada» por parte de un Firmico «denigrador de las
religiones no cristianas como ningún otro antes que él» (Hoheisel). Los
emperadores, ciertamente, eran quienes disponían de los medios para aplicar la
coerción y la violencia; pero ellos también eran cristianos y no serán
necesarias muchas pruebas para suponer que el libro de Firmico Materno,
dedicado a los emperadores Constancio y Constante, no dejaría de influir en
alguna medida sobre la política antipagana de los mismos, sus prohibiciones y
sus amenazas. Y éstas, a su vez, determinarían la postura del autor de ese
panfleto cristiano.28
Primeros asaltos a los templos. Torturas y
terrorismo judicial bajo Constancio
Así se entiende mejor la santa ira contra
el paganismo, que todavía tenía muchos seguidores entre los campesinos, los
muchos retores y filósofos; también se conservaba entre la aristocracia
cultivada, sobre todo las más rancias familias senatoriales, incluso entre las
del imperio de Oriente.29
En el año 341, un decreto atribuido a
Constante comenzaba no con la clásica exposición de motivos, sino con un grito
propagandístico: «¡Que cese la superstición! ¡Que sea abolido el desvarío de
los sacrificios!» (caesat superstitio sacrificiorum aboleatur insania}',
consecuente con ello, el soberano dispuso en 346 el cierre, con efectos
inmediatos, de los templos sitos en las ciudades; en 356, se ordenaba la
clausura de todos los templos. La cuestión estribaba en impedir que los
malvados (perditi) siguieran haciendo sus cosas malas, lo que desencadenó una
oleada de asaltos contra los templos. La confiscación de bienes y la muerte por
pisar un templo, o por participar en la «aberración» de los sacrificios o
adorar una imagen, era uno de los puntos de las leyes de Constancio: «Quien
tales cosas haga, sea abatido por la espada vengadora». También amenazaba con
la confiscación de bienes a los gobernadores que no pusieran celo suficiente en
el cumplimiento del decreto. Un año después, en 357, el regente amplió la pena
de muerte a las prácticas adivinatorias y astrológicas. «Que callen ahora y de
una vez para siempre.» En realidad, aún había muchos paganos incluso entre el
alto funcionariado; en su mayor parte, la aristocracia romana vieja y el mundo
de la cultura seguían fieles a la antigua fe, motivo por el cual muchas de
estas leyes fueron, de momento, papel mojado. Pero eran síntomas del auge de la
intolerancia, y mientras tanto los pastores cristianos iban aumentando el
número de sus cabezas.30
Pero no siempre quedaron en papel mojado.
Libanio, retor pagano de Antioquía, ha contado que Constancio heredó de su
padre «la chispa de la inclinación a las malas acciones, convertida por él en
un gran incendio, pues hace saquear los tesoros de los dioses, derriba los
templos, anula los sagrados cánones». Libanio comenta que Constancio
«generalizó a la retórica [logoi} el desprecio del culto pagano, y no es de
extrañar, porque ambas cosas, el culto y la retórica, están emparentadas y van
unidas»; el lector contemporáneo entenderá que con esto acusaba al emperador de
ir al mismo tiempo contra la religión y contra la cultura del paganismo.31
Los cristianos más fanáticos atentaban ya
contra los altares y los templos. El diácono Cirilo de Heliópolis, por ejemplo,
se hizo famoso con sus acciones. En Aretusa de Siria, el sacerdote Marco hizo
derribar un antiguo santuario (lo que luego, siendo obispo y durante la
reacción pagana de Juliano, le valió una grave paliza). En Cesárea de
Capadocia, la comunidad cristiana arrasó un templo de Zeus, patrono de la
ciudad, y otro de Apolo. En Alejandría, el arriano Georgios destruyó toda una
serie de lugares sagrados del paganismo. En una palabra, vemos que ya entonces
hacía estragos «el mismo fanatismo religioso por el que unos cristianos tomaban
las armas contra otros —como ha escrito Johannes Geffcken—, aunque algunos
excesos obedecerían más bien al móvil de la codicia».32
Cierto que cuando Constancio visitó por
primera vez Roma, en mayo de 357, toleró la subsistencia del panteón, el templo
de Júpiter sobre el Capitolio donde residía la Tyche romana; impresionado por
las tradiciones de la ciudad, toleró e incluso patrocinó los ritos paganos de
la misma, confirmó los privilegios de las vestales y contribuyó con dinero a
las festividades. Sin duda, se trataba de contemporizar con la poderosa
aristocracia romana, pero estas demostraciones de favor producían
resurgimientos del paganismo en toda Italia, posiblemente con la excepción de
Sicilia. De manera que Roma siguió siendo una plaza fuerte de la religión
antigua.33
Una generación más tarde, sin embargo, todo
esto había cambiado bastante. Durante una visita del general en jefe de los
ejércitos occidentales del emperador Teodosio, la esposa de aquél descubrió que
la estatua de la Gran Madre lucía un precioso collar y se lo apropió para
usarlo personalmente. Una anciana, la última vestal, que se atrevió a criticar
el latrocinio perpetrado por la distinguida visitante, fue expulsada del templo
y pronunció una maldición que, según cuenta Zósimo, se cumplió.34
Constancio persiguió a los acusados de
prácticas mágicas aún más que a judíos y paganos, pues tenía un pánico cerval a
cuanto oliese a brujería o artes diabólicas, aparte los prejuicios contra los
paganos que daban el móvil religioso habitual.
En el año 357, el emperador decretó la pena
de muerte contra adivinos, magos, clarividentes y arúspices. Los astrólogos y
los intérpretes de sueños podían ser torturados ante el tribunal para
obligarlos a confesar. Incluso un paseo nocturno por un cementerio podía
constituir indicio de prácticas de magia negra {magicae artes). Bastaba con
usar un amuleto para arriesgarse a perder la cabeza. La revelación de sueños de
contenido equívoco podía dar lugar a una denuncia por alta traición. «El que
consultase a un adivino [hariolus] acerca del chillido de un murciélago o
porque se le hubiese cruzado un tejón en su camino u otras señales similares
—asegura el contemporáneo Amiano Marcelino— era llevado ante los tribunales y
reo de muerte.» Pero no se trata de un informante imparcial; Amiano suele
exagerar las actuaciones del déspota a quien odiaba para sustanciar la
acusación de terrorismo judicial.35
En el año 358, el emperador amenazaba con
la tortura por prácticas de brujería y adivinación incluso a los antes
privilegiados de su entorno y a los miembros del séquito del cesar. En caso de
falso testimonio del «culpable», éste era condenado al suplicio del caballo de
madera, consistente en desgarrar los flancos de la víctima con unas garras
metálicas. Por lo visto, la fe del soberano, como la de otras muchas
generaciones futuras de cristianos, era magníficamente compatible con la
tortura y el ajusticiamiento. «La sinceridad de sus convicciones cristianas
está por encima de toda duda. [...] El Símbolo de la Fe no era una simple
fórmula para él, sino elemento regulador de todas sus acciones en materia de
ética religiosa, de toda su personalidad» (Schuitze).36
Agobiado de miedo y de manía persecutoria,
cargado de «manías de vieja» (Funke), Constancio II mantuvo una nutrida policía
secreta. En otoño de 359, se produjo en Escitópolis (la actual Beth Sheab, de
la Jordania occidental) un proceso por consulta de oráculos, celebración de
sacrificios, uso de amuletos y visitas nocturnas a sepulcros; el emperador
encargó la instrucción de la causa a un tal Paulo, motejado Tartareus (Paulo el
infernal), «capaz de sacar negocio incluso de los trebejos del suplicio, lo mismo
que cualquier tratante de esclavos», y que, según nos cuenta Amiano, inauguró
en Palestina un auténtico régimen de terror.37
Paulo, oriundo de Híspanla y llamado
también Catena (cadena, grillete), era posiblemente arriano. En la corte
imperial, su cargo de notarius le asignaba competencias para misiones
especiales, y sobre todo para la persecución de los delitos de alta traición,
en todo el ámbito del imperio. Tal vez se trate del mismo Paulo que inició
hacia el año 345, siendo todavía emperador Constante, la persecución contra los
donatistas en el norte de África. En el año 353, se dedicaba a buscar en
Britania a los partidarios del usurpador Magnencio; dos años más tarde, a los
seguidores del usurpador Silvano. Este último, que era franco y cristiano,
adversario de Constancio en la batalla de Mursa, había sido enviado a la Galia
para luchar contra unos invasores germanos. Asediado por sus enemigos en la
corte y acusado de alta traición mediante cartas falsas, el 11 de agosto de 355
se hizo proclamar emperador por las tropas galogermanas en Colonia. Pero pocas
semanas después, mientras huía y estaba refugiado en una capilla, fue asesinado
por sus bracchati y cornuti (cuerpos de ejército formados también, en parte,
por germanos) que habían sido sobornados por Constancio. El soberano mandó
supliciar a todos los amigos y colaboradores de Silvano. En verano de 359,
Paulo estuvo en Alejandría, investigando a los partidarios de Atanasio, pero en
361 fue quemado vivo en Calcedonia por sentencia de Juliano, en el curso de las
represalias ordenadas por éste contra los sicarios de su predecesor.38
El notario Paulo quedaba excluido del
procedimiento judicial en las actuaciones contra los seguidores de Magnencio y
de Silvano; lo mismo pasó en el proceso de Escitópolis, donde las fuerzas en
litigio eran el poder estatal, por una parte, y los paganos por otra (sin duda
serían paganos de los más decididos). Por eso, el Estado se saltó las
competencias del juez ordinario, Hermógenes, prefecto de Oriente hacia 358 o
359, porque era también pagano, había consultado el oráculo en la corte por
encargo de Licinio, y hacia 353 y 358, siendo todavía procónsul Archiae en
Corinto, a menudo había pasado días enteros en el santuario de la Diké. En su
lugar nombraron instructor al cristiano Modesto. La consecuencia fue que de
entre los acusados, los más poderosos o influyentes salieron bien librados; en
cambio, varios individuos desconocidos o de posición modesta fueron ejecutados
por infracciones más bien banales, como por ejemplo llevar un amuleto contra
las fiebres.39
Domicio Modesto, el comes Oriens, era otro
personajillo repelente de la corte; lo mismo que Paulo, se hizo cristiano
cuando accedió al poder Constancio II. Bajo el emperador Juliano se hizo pagano
igual que el emperador, lo que le valió la prefectura de Constantinopla. A la
muerte de Juliano se hizo bautizar por un sacerdote arriano, y en 370 ascendió
a la prefectura imperial, uno de los cargos más importantes que podía nombrar
el emperador arriano Valente, y que desempeñó persiguiendo sin tregua a los católicos;
incluso se atrevió a meterse con Basilio, padre de la Iglesia, aunque luego
tuvo correspondencia con él. Este reiterado transfuguismo de Modesto no sólo
fue beneficioso para su carrera; aun siendo teóricamente «pobre» con su salario
de comes Oriens, en tiempos de Valentiniano y de Valente se convirtió en
propietario de grandes latifundios.40
Hecatombes bajo el piadoso Galo
En Palestina, escenario del proceso de
Escitópolis, habían ocurrido poco antes los desmanes de Galo, un primo de
Constancio que se salvó de la matanza dinástica del año 337. Encontramos aquí a
otro buen cristiano, asiduo a la iglesia desde la infancia, gran lector de la
Biblia y esposo supuestamente fiel de la anciana Constancia, hermana del
emperador casada en segundas nupcias y notoria arpía, «una furia desatada —como
escribió Amiano—, tan sanguinaria como su mismo esposo». Galo envió a su
hermanastro Juliano varias cartas de reconvención, invitándole a regresar al
cristianismo; en 351, año de su proclamación como cesar, escandalizó a los
paganos llevando los huesos de san Babilas —la primera traslación bien
documentada que conocemos, dicho sea de paso— al famoso santuario de Apolo en
Dafne, que así quedó desnaturalizado.
El cristiano Galo, gran aficionado al
pugilato (en aquel entonces el boxeo era muy cruento, con frecuentes roturas de
huesos), se reveló como un pequeño tirano en su residencia, Antioquía, mediante
arbitrariedades de todas clases y procesos por alta traición y brujería en los
que se hizo burla de todas las normas jurídicas y que acarrearon una estela de
confiscaciones, destierros, torturas horribles y ejecuciones. La lucha contra
los paganos revestía tintes de verdadero fanatismo, y utilizaba una red de espías
que abarcó toda la ciudad. El cesar Galo, de quien dice Teodoreto con énfasis
que «fue ortodoxo a machamartillo hasta el día de su muerte», incluso indujo
algunos linchamientos por parte de la plebe para librarse de ciertos
conciudadanos incómodos. En 352, cuando
los judíos sufrieron otro de sus periódicos ataques de excitación
mesiánica y se rebelaron contra la prohibición de tener esclavos que no fuesen
judíos, asaltando una guarnición romana para procurarse armas y nombrando rey a
un tal Patricio, el piadoso Galo quemó ciudades enteras y degolló hasta los
niños. De este régimen de terror tampoco se salvaban los altos funcionarios
imperiales; así cayó el prefecto de Oriente, Talasio, responsable directo ante
el emperador. Le sucedió Domiciano, que al poco de su llegada a Antioquía fue
capturado por la soldadesca, arrastrado por las calles, colgado de las piernas
y arrojado al río Orontes; el mismo fin padeció su cuestor, Monzo. Hubo otros
asesinatos diversos, y hacia comienzos del verano de 354 la población se alzó
«por variados y complicados motivos», como escribe Amiano, pero sobre todo a
causa de la hambruna y la miseria general. El gobernador Teófilo resultó muerto
y descuartizado. Constancio se vio en la necesidad de llamar a su primo, pese a
haberle prometido inmunidad total, y le pidió que se hiciese acompañar por su
mujer, «la encantadora Constancia», pues hacía tiempo que no la veía. Galo
comprendió que había gato encerrado, pero confiaba en el apoyo de Constancia,
la hermana del emperador. Pero esta valedora falleció en aquellos días de
resultas de unas fiebres y el emperador hizo decapitar a su hombre de confianza
una mañana de otoño de 354, en Flanona (cerca de la actual Pola, en Istria).
Tras la ejecución procedió con el potro del suplicio, el hacha del verdugo o el
destierro contra todos los amigos de Galo, sus oficiales y funcionarios, e
incluso contra algunos religiosos.41
Sólo la muerte del soberano, a los cuarenta
y cuatro años de edad, ocurrida en Mopsukrene el 3 de noviembre de 361, evitó
la confrontación de éste con su primo Juliano.
La reacción pagana bajo Juliano
Al igual que su hermano Galo, también
Juliano se salvó de la matanza de parientes, aunque como miembro de la dinastía
imperial no dejó de estar estrechamente vigilado, primero en una fastuosa finca
de Nicomedia, que había sido propiedad de su madre (Basilina, fallecida poco
después del nacimiento de Juliano), y luego en la solitaria fortaleza de
Macellum, sita en el corazón de Anatolia, donde también estuvo prisionero su
hermano mayor. El desconfiado emperador tejió una tupida red de espías
alrededor de ambos príncipes, para que le trasmitieran todas y cada una de las
palabras de éstos. Vivían «como prisioneros en aquel castillo persa» (Juliano),
prácticamente arrestados y seguramente amenazados de muerte. En Nicomedia, le
pusieron a Juliano un preceptor, el obispo Eusebio, pariente de Basilina,
eclesiástico y hombre de mundo ya conocido por aquel entonces, que siguiendo la
costumbre de los prelados orientales solía teñirse las uñas con cinabrio y el
pelo con henna, y que tenía instrucciones de educar severamente al niño en la
religión cristiana, de impedirle todo contacto con la población y de «no
hablarle jamás del trágico fin de su familia», aunque a sus siete años lo tenía
bien presente y ello motivaba frecuentes accesos de llanto y terribles
pesadillas nocturnas. En Macellum, donde estuvo confinado siete años sin apenas
otra compañía que la de sus esclavos, tuvo por educador al arriano Jorge de
Capadocia, encargado de formarle para el sacerdocio. Pero luego pudo salir y se
instaló en Constantinopla, donde vivió las disputas entre arríanos y ortodoxos
y conoció la vida real de aquel mundo de violentos tumultos y encendidas
excomuniones mutuas. Hacia finales de 351, cuando contaba veinte años,
Constancio ordeno que prosiguiera sus estudios en Nicomedia. Juliano visitó
Pérgamo, Efeso y Atenas, donde tuvo maestros notables que le ganaron para el
paganismo. Nombrado cesar en 355 por Constancio, y proclamado augustus por el
ejército en París en 360, el mismo soberano, que no tenía descendencia, a la
hora de la muerte le nombró sucesor..., cuando ya los dos ejércitos enfrentados
marchaban el uno al encuentro del otro. Se produjo entonces una efímera
restauración de las tradiciones politeístas, con el establecimiento de una
«religión de Estado» helenística, cuya organización siguió en muchos aspectos
el patrón de los cánones cristianos.42
Juliano intentó reemplazar la cruz y el
nefasto dualismo de los cristianos por una fórmula compuesta de ciertas
corrientes de la filosofía helenísticas y de un «panteísmo solar». Sin
descuidar a los demás dioses del panteón pagano, hizo construir un templo al
dios Sol —identificable seguramente con Mitra— en el palacio imperial; en
numerosas ocasiones proclamó su veneración por el basileus Helios, el rey Sol,
que era ya entonces una tradición bimilenaria: «Desde mi infancia, me
inspiraron un anhelo invencible los rayos del dios, que siempre han cautivado
mí alma, de tal manera que constantemente deseaba contemplarlo e incluso de
noche, cuando me hallaba en el campo, lo olvidaba todo para admirar la belleza
del cielo estrellado...».43
Hoy nos hemos acostumbrado a interpretar la
reacción de Juliano como un movimiento nostálgico, un anacronismo romántico o
el intento absurdo de volver hacia atrás las manecillas del reloj. Pero ¿por
qué lo interpretamos así? ¿Acaso fue refutado, o podía serlo, en vez de ahogado
en sangre? ¿Habría sido diferente la marcha de los acontecimientos? Quién sabe
si un mundo no cristiano habría sido menos belicoso...;
¡aunque sepamos por los diecisiete siglos
transcurridos desde entonces que el mundo no cristiano jamás ha sido tan
guerrero, ni con mucho! Quién sabe si, al decaer el terrible mandamiento
bíblico según el cual el hombre debe someter a la naturaleza, nos habríamos
ahorrado las graves consecuencias que padecemos ahora en forma de destrucción
del medio ambiente. Desde luego, no imaginamos que en un mundo pagano hubiese
subsistido la hipocresía, esa plaga del cristianismo, ni la intolerancia
religiosa.
Lo cierto e innegable es que el emperador
Juliano (desde 361 hasta 363), llamado «el Apóstata» por los cristianos, fue
muy superior a sus predecesores cristianos en cuanto a carácter, moralidad y
espiritualidad.
Instruido en filosofía y literatura, que
cultivó además activamente, de carácter serio y sensible aunque a veces
bastante sarcástico en lo tocante a la religión cristiana. Juliano se había
dado cuenta de que la «alta teología» (en la que, no lo olvidemos, él mismo
había sido educado) se reduce en esencia a dos gestos, el de silbar para
espantar a los espíritus malignos y el de persignarse. No sólo fue «el primer
emperador auténticamente culto desde hacía más de un siglo» (Brown), sino que
también mereció «un lugar destacado entre los escritores de la época en lengua
griega» (Stein), y supo rodearse de los mejores pensadores de su tiempo. Celoso
del cumplimiento de su deber y enemigo de toda molicie, ya que jamás tuvo
queridas ni efebos, ni se emborrachó nunca, el emperador se ponía a trabajar
desde la madrugada; intentó racionalizar la burocracia y colocar a
intelectuales en los altos cargos gubernamentales y administrativos. Abolió los
fastos de la corte, la tenencia de eunucos y bufones, y todo el sistema de
aduladores, parásitos, espías y denunciantes, que fueron despedidos a millares.
Redujo el servicio, rebajó en una quinta parte los impuestos, actuó con
severidad contra los recaudadores infieles y saneó el correo estatal. También
abolió el labarum, es decir, el estandarte del ejército con el anagrama de
Cristo, y trató de resucitar los cultos antiguos, las fiestas, la paideia, la
educación clásica. Ordenó la devolución de los templos antiguos o la
reconstrucción de los que habían sido destruidos, e incluso la devolución de
las estatuas y demás ornamentos sagrados que adornaban los jardines de los
particulares que se los habían apropiado. Pero no prohibió el cristianismo; al
contrario, permitió el retorno de los clérigos exiliados, lo que sólo sirvió
para fomentar nuevas conspiraciones y tumultos. Los donatistas de África, al
tiempo que elogiaban al emperador como parangón de la justicia, desinfectaron
sus iglesias recién recobradas fregándolas de arriba abajo con agua de mar,
lijaron la madera de los altares y el yeso de los muros, recuperaron la
influencia perdida bajo Constante y Constancio II, y se dispusieron a disfrutar
su venganza. Los católicos fueron convertidos a la fuerza, sus iglesias
expropiadas, sus libros quemados, sus cálices y ostensorios lanzados por las
ventanas y las hostias arrojadas a los perros;
algunos clérigos maltratados fallecieron.
Hasta 391, los donatistas siguieron teniendo vara alta, al menos en Numidia y
Mauritania.44
Juliano fue amigo de los judíos, lo que los
hizo todavía más odiados, si cabe, por los predicadores cristianos. «Los judíos
estaban fuera de sí, de tan entusiasmados», se burla Efrén, que asegura que los
«circuncisos» adoraban las monedas acuñadas por Juliano con la figura de un
toro, «en el que reconocen a su antiguo becerro de oro». Cierto que Juliano,
como partidario del politeísmo, criticaba el Antiguo Testamento y su rigorismo
monoteísta, así como la arrogancia del supuesto pueblo elegido, pero concedió a
Yahvé un rango igual al de los demás dioses e incluso admitió alguna vez que el
Dios adorado por los judíos era «el mejor y más poderoso de todos». Una
delegación judía que en julio del año 362 le visitó en Antioquía, obtuvo la
autorización para reconstruir el Templo de Jerusalén y la promesa de nuevos
territorios, en una especie de anticipación del actual «sionismo», lo que
motivó el júbilo de la diáspora. La reconstrucción del templo fue iniciada con
gran afán la primavera siguiente, mientras Juliano emprendía su campaña en
Persia, pero hacia finales de mayo un incendio, juzgado «providencial» por los
cristianos, así como la muerte de Juliano, significaron el fin de las obras
para siempre.45
Juliano se mostró siempre partidario de la
tolerancia, incluso para con los cristianos. Si sus disposiciones en cuanto a
los «galileos», dijo en cierta ocasión, eran benignas y humanitarias, ellos
debían corresponder no molestando a nadie, ni tratando de imponer la asistencia
a sus iglesias. En una carta a los ciudadanos de Bostra, escribió: «Para
convencer y para enseñar a los hombres, es preciso emplear la razón y no los
golpes, las amenazas y los castigos corporales. No me cansaré de repetirlo:
si sois sinceros partidarios de la
verdadera religión, os abstendréis de molestar, atacar u ofender a la comunidad
de los galileos, que son más dignos de lástima que de odio, puesto que andan
equivocados en asuntos de tanto fuste y trascendencia».46
Hemos tenido ocasión de referirnos a los
privilegios conseguidos por el clero bajo los emperadores cristianos,
inaugurados por Constantino y ampliados por Constancio, al tiempo que
emprendían medidas de presión contra los insumisos. Juliano no titubeó en
llamar a estos exiliados ni en devolverles sus bienes, aunque les prohibió que
usurparan funciones de jueces ni que inscribieran testamentos como si fuesen
notarios, ni mucho menos «apropiarse de las herencias de otros registrándolas a
su propio nombre».47 El patriarca Jorge no había sido, ni con mucho, el único
en recurrir a semejantes procedimientos para hacerse rico.
Ahora bien, y por más que Juliano fuese
partidario de la tolerancia, por mucho que procuraba que las sentencias no se
viesen influidas por la confesión religiosa de los litigantes, por elevada que
fuese la ética exigida a sus sacerdotes —filantropía, imparcialidad, justicia,
bondad e incluso amor al enemigo—, ante la presencia del fanatismo él, que fue
«pese a sus errores, uno de los personajes más nobles y más dotados de la
historia universal, y quizá el más amable» (Stein), no pudo evitar el empleo de
la violencia contra los violentos, los cristianos que se dedicaban a profanar e
incluso destruir los templos recién reconstruidos en Siria y Asia Menor, así
como las estatuas. Su legislación en materia de enseñanza suscitó muchos odios,
por cuanto prohibía a los cristianos el estudio de la literatura griega
(diciendo «que se queden en sus iglesias interpretando a su Mateo y su Lucas»),
Asimismo, exigió la devolución de las columnas y capitales robados de los
templos por los cristianos para adorno de sus «casas de Dios». «Si los galileos
quieren tener ornato en sus templos, sea enhorabuena, pero no con los
materiales pertenecientes a otros lugares de culto.» Cuenta Libanio cómo podían
verse por todas partes «los barcos y los carros que devolvían sus columnas a
los dioses saqueados». Y cuando se rrodujo^en Edessa un^ataque^e los amaños
contra un pequeño núcleo sobreviviente (legñósticos valentinianos,
Jufíano^procedió contrasellos argumentando con ironía que «no pretendía
ptra^osa que ayudarles a encontrar el camino del cíelo». «Puesto que ellos
tienen una ley, por todos los conceptos admirable, que los obliga a vender todo
lo que tienen para dárselo a los pobres, a fin de emprender más ligeros el
viaje a los reinos celestiales, yo el emperador para ayudarles en ese empeño he
ordenado que todos los dineros de la Iglesia de Edessa sean repartidos entre
los soldados.» El resto de las propiedades fue confiscado en beneficio del
erario imperial mediante un decreto que, según parece, quedó como un caso
aparte.48
El 22 de octubre de 362, los cristianos
incendiaron el templo de Apolo en Dafne, que había sido restaurado por el
soberano, y destruyeron la famosa estatua. En represalia, Juliano hizo arrasar
la basílica de Antioquía y otras iglesias consagradas a diversos mártires. (Por
cierto, los cristianos dijeron que el templo había sido herido por un rayo;
según Libanio, no había nubes de tormenta la noche del incendio.) En Damasco,
Gaza, Ascalón, Alejandría y otros lugares ardieron las basílicas cristianas, a
veces con la colaboración de los judíos; algunos creyentes fueron torturados o
muertos, entre ellos el obispo Marco de Aretusa, como ya hemos contado, por lo
que entró en la nómina de los mártires. Pero, en líneas generales, «más
ofendidos habían sido los derechos de los paganos» (Schuitze), y en cualquier
caso dicho pogromo no fue más que una reacción frente a los excesos de los
cristianos, sus abusos y sus diatribas contra el paganismo. Los verdaderos
mártires cristianos (dejando de lado por ahora aquéllos cuya existencia es a
todas luces apócrifa) pudieron contarse con los dedos de una mano: Juventino y
Máximo, ejecutados por sedición, y los presbíteros Eugenio y Macario que,
desterrados a Egipto, fallecieron allí cuarenta días después. Las protestas de
los cristianos solían ser despachadas por el emperador con la frase: «Mi razón
ha escuchado vuestra sinrazón». Juliano incluso consintió que permaneciese en
Antioquía el obispo Melecio; al obispo Maris de Calcedonia, que había atacado
públicamente al emperador llamándole traidor y ateo durante una audiencia, se
limitó a contestarle con sarcasmo que prefería aplazar la guerra contra los
«galileos» para cuando hubiese concluido su campaña en Persia.49
En todo el imperio, desde Arabia y Siria,
pasando por Numidia, y hasta los Alpes italianos, Juliano era celebrado como
«benefactor del Estado», «deshacedor de los entuertos pasados», «restaurador de
los templos y del imperio de la libertad», «magnánimo inspirador de los edictos
de tolerancia». En una epigrafía latina de Pérgamo, le llama «dueño del mundo,
maestro de la filosofía, soberano venerable, emperador temeroso de los dioses,
siempre vencedor augusto, defensor de las libertades republicanas». Otra inscripción,
ésta en árabe, dice que «sólo hay un Dios y un emperador Juliano». El regente,
que tenía lo que hoy llamanamos sensibilidad social, abolió muchos privilegios
injustificados, rebajó impuestos y mejoró varias ramas de la economía. «¡Oh
infelices labradores! —exclama después de su muerte el noble Libanio—. ¡Pronto
volveréis a ser víctimas del fisco! Vosotros, los pobres, los oprimidos de
siempre, ¿de qué os servirá ahora tanto clamar al cielo?» Incluso uno de los
principales detractores intelectuales de Juliano, Gregorio Nacianceno,
confesaba que le dolían los oídos de tanto escuchar elogios del liberal régimen
de aquél, según Ernst Stein «uno de los más sanos que jamás llegó a tener el
Imperio romano».50
Pero con eso no hizo felices a todos; los
menos felices eran los cristianos, principalmente los de Antioquía. Habituados
al fasto y al lujo, a fiestas, juegos y orgías, la severidad de Juliano los
irritaba y contrariaba, así como su austeridad, su vestir desaliñado, sus
comidas espartanas, sus largas vigilias e incluso su larga barba, lo que motivó
que sacaran coplas y pliegos de cordel. El emperador Juliano, que estaba en
situación de aplastar a los burlones con un simple gesto, se limitó a escribir
una réplica titulada Misopogon {El enemigo de la barba), «un gruñido del león
contra los mosquitos de la fábula», «un caso único en la historia de los reyes
y de los pueblos» (Chateaubriand) .51
«Es cierto —replica Juliano en esta obra,
muy admirada por numerosos literatos y cargada de ironía, tristeza, amargura y,
lo que es más sorprendente por venir de quien viene, una burla de él mismo—. Es
cierto, llevo barba y eso no gusta a mis enemigos. Dicen que así no se puede
comer sin tragar un puñado de pelos con cada bocado. Pero voy a revelarles algo
que todavía no saben: No la peino jamás; me gusta así de selvática y
descuidada. Es el prado en donde apaciento a mis piojos. En cuanto a mi pecho,
lo tengo velludo como un mono. También es verdad que no me baño jamás en agua
de rosas ni en leche perfumada, y que despido un hedor repugnante. Es verdad
que voy intencionadamente más sucio que un cínico o un galileo, y también que
visto con descuido y como parcamente...
»Es cierto que normalmente prefiero el
rancho de mis soldados, que duermo en un jergón colocado expresamente para la
noche, y que dedico muchas vigilias al trabajo y a la meditación...
»Cuando me presenté aquí, me recibisteis
como a un dios. No pedía yo tanto. Vuestro senado me expuso vuestras
preocupaciones y yo las he atendido. He rebajado vuestros impuestos. Os he
adelantado grandes sumas en oro y plata. He perdonado la quinta parte de los
tributos. Más no podía hacer sin quitar a otros lo suyo.
»Para salvar vuestros apuros de
aprovisionamiento, he traído trigo de Tiro y de Egipto, pagado por mí, pero ese
trigo no se ha repartido entre los pobres, sino que se lo quedaron los
poderosos de entre vosotros para revenderlo al triple de su precio, a fin de
poder seguir celebrando alegremente sus fiestas. Todo eso, lo habéis olvidado.
»¿Que si me importa? Os consiento que
sigáis cubriéndome de improperios, en lo que se manifiesta vuestra ingratitud.
Os permito que me acuséis como yo mismo acabo de acusarme. Más aún, yo superaré
todas las críticas que día a día me dirigís, pues soy tan necio que no había
comprendido las costumbres de esta ciudad. ¡Ya podéis burlaros de mí!
¡Maltratadme! ¡Insultadme! ¡Hacedme trizas con vuestros colmillos! Por mi
parte, os castigaré de una sola manera, no con ejecuciones, azotes, cadenas ni
cárceles, ¿de qué serviría, puesto que no vais a corregiros? [...] He decidido
dejar Antioquía y no volver aquí jamás. Prefiero establecer mi residencia en
Tarso.. ,»52
Por segunda vez, el ejército iba a ser el
factor decisivo en la caída del paganismo y el auge del cristianismo. Juliano
había ordenado la exclusión de los cristianos, pero tropezó con la resistencia
de éstos. Algunos soldados propusieron apuñalar al «Apóstata» durante un
desfile. Los dos instigadores, unos oficiales llamados Juventino y Máximo,
fueron ejecutados y, como hemos mencionado, convertidos así en nuevos
«mártires».53
Durante la campaña en Persia, iniciada por
el emperador desde Antioquía (que era la principal base de operaciones de los
romanos contra los persas) el 5 de marzo de 363, se presentó una ocasión más
favorable. Juliano, que no llevaba coraza, cayó al norte de Ctesifonte, a
orillas del Tigris. ¿Por qué iba desarmado? ¿Fue herido por una lanza enemiga
o, como afirman algunos, desde las propias filas? Nadie lo supo. Se rumoreó
incluso que él mismo había pedido que lo traspasaran, supuestamente después de
haber constatado la situación desesperada de su ejército. Libanio, que fue
amigo de Juliano, asegura que el autor fue un hombre «que se negaba a rendir
culto a los dioses». E incluso un historiador cristiano asegura que Juliano
murió a medianoche del 26 de junio de 363, cuando tenía treinta y dos años y
había gobernado durante veinte meses, víctima de un asesino a sueldo de los
cristianos..., un héroe sin tacha, naturalmente, que «perpetró esta acción
audaz en defensa de Dios y de la religión». (Los persas adujeron que no pudo
ser uno de los suyos, porque estaban fuera de tiro cuando el emperador fue
herido en medio de sus tropas.) «Sólo una cosa es segura —ha escrito
Benoist-Méchin—, y es que no fue un persa.» Aunque tampoco aporta ninguna
demostración definitiva. «Sea como fuere —escribió Teodoreto, padre de la
Iglesia—, y fuese hombre o ángel quien esgrimió la espada, lo cierto es que
actuó como servidor de la voluntad divina.»54
Cuentos de la vieja cristianos
Los cristianos, sin embargo, predicadores
del amor al enemigo y de la doctrina de que toda autoridad emana de Dios,
celebraron la muerte del emperador con grandes banquetes públicos, con fiestas
en las iglesias y capillas y bailes en los teatros de Antioquía, la ciudad que,
como dice Ernest Renán, «estaba plagada de titiriteros, charlatanes, actores,
magos, taumaturgos, brujas y estafadores religiosos». La diatriba en tres
volúmenes que Juliano había escrito poco antes de su muerte. Contra los
galileas, fue prontamente destruida, pero cincuenta años más tarde, el doctor
de la Iglesia Cirilo todavía se molestaba en polemizar contra ella: Pro sánela
Christianorum religione adversas libros athei Juliani en treinta volúmenes, de
los cuales han llegado diez hasta nosotros en su texto íntegro griego y otros
diez en fragmentos griegos y siríacos. Naturalmente, un obispo como Cirilo,
enemigo tan declarado de la filosofía que incluso pretendió prohibir su
enseñanza en Alejandría, no pretende profundizar en el pensamiento de Juliano,
sino sólo «aplastarlo con la máxima energía» (Jouassard). Los cristianos
destruyeron también todos los retratos de Juliano y las epigrafías que
conmemoraban sus victorias, sin escatimar medios para borrar de la memoria de
los hombres su recuerdo.55
En vida de Juliano, los más famosos
doctores de la Iglesia habían guardado un prudente silencio, pero poco después
de su muerte y durante mucho tiempo más, se dedicaron a atacarle. Y mientras el
mismo Agustín reconocía, entre las habituales perfidias, que Juliano había sido
hombre «de cualidades no comunes», Juan Crisóstomo aseguraba que «todos hemos
vivido en peligro mortal», ya que Juliano hacía sacrificar incluso a los niños,
costumbre atribuida también a los judíos por el mismo santo, dicho sea de paso.
También Gregorio Nacianceno dedicó dos diatribas al emperador muerto y
enterrado, grotescas caricaturas en las que lo presenta como instrumento del
diablo y «cerdo que se revuelca en el fango». «Reunía en su persona todos los
vicios: la apostasía de Jeroboam, la idolatría de Acab, la dureza de Faraón,
las inclinaciones profanadoras de Nabucodonosor, y todos ellos se resumían en
el principal, el de su impiedad.»56
Efrén, otro santo cuyos cánticos odiosos
eran repetidos por la feligresía de Edessa, dedicó todo un tratado a «Juliano
el Apóstata», el «emperador pagano» y, según él, «frenético», «tirano»,
«embaucador», «maldito» y «sacerdote idólatra». «Su ambición le concitó la
lanzada mortal» que «desgarró su cuerpo preñado de oráculos de sus magos» para
enviarlo definitivamente «a los infiernos». Así muriesen destrozados todos los
partidarios del paganismo: «El Galileo pasará por la rueda todo el rebaño de
los magos y los arrojará a los lobos del desierto, mientras que el rebaño de
los galileos se multiplicará y conquistará el mundo». No retrocede Efrén ante
el embuste cuando asegura que fue Juliano quien entregó Nisibis a los persas
«para eterno baldón suyo».57
En realidad, fue Joviano, el sucesor
cristiano de Juliano, quien cedió esta fortaleza (Nusaybin) a los persas, y
también otra posición clave para los romanos, la de Singara (Sinjar), amén de
cinco provincias fronterizas a orillas del Tigris que habían sido conquistadas
en 297 por Maximiano y Diocleciano. Avergonzado por esa traición, durante su
retirada no se atrevió a pernoctar entre las murallas de Nisibis, sino que
acampó ante las puertas y así él y su ejército pudieron presenciar, al día
siguiente, la entrada de un alto funcionario persa que izó su bandera sobre las
almenas. Pero el doctor de la Iglesia Efrén salió para darse el gusto de
contemplar el cadáver de Juliano (que, embalsamado, era transportado por las
tropas para ser luego enterrado a las afueras de Tarso —recordemos que Juliano
quiso residir allí después de una victoria sobre los persas—, junto a la
calzada romana que conducía a los desfiladeros del Tauro y frente a la
sepultura de Maximino Daia). El santo Efrén observó al soberano muerto y cantó:
Me acerqué, ¡oh hermanos! y contemplé los
despojos del impuro. En pie al lado del yacente me burlé de su paganismo.58
Efrén escribió además cuatro cantos de
muchas estrofas «contra el emperador Juliano, que se hizo pagano, contra las
doctrinas erróneas y contra los judíos, sobre la melodía del himno "honrad
siempre a la verdad"».59
En estas producciones, con el estribillo
para el coro: «¡Saludemos a quien lo destruyó y vistió de luto a los hijos del
error!», Juliano es presentado como un lujurioso repugnante, en contradicción
con Amiano, que alaba la sobriedad de sus costumbres. Le llaman mago,
embustero, oscuro, malvado, tirano, lobo y cabrón. En la estrofa inicial, así
se expresa la santa inquina: «Las bestias se alegraban al verle, los lobos se
le acercaban, [...] incluso los chacales aullaban de satisfacción». En la
quinta dice que: «El estiércol fermentó y parió serpientes de todos los tamaños
y una gusanera de todas clases...». En la decimoquinta se manifiesta la óptica
lamentablemente reducida, no sólo de aquel doctor de la Iglesia sino de toda su
Iglesia, a blanco y negro: «Pues sólo la Iglesia fue su enemiga incondicional,
así como él y todos los suyos fueron enemigos de ella. Lo cual demuestra sin
lugar a dudas que sólo pueden existir dos partidos, con la Iglesia o contra
ella».60
Los historiadores clericales del siglo v,
que a veces también fueron juristas, como Rufino, Sócrates, filostorgio,
Sozomeno, Teodoreto, hablan de Juliano en un tono todavía peor.
Teodoreto, padre de la Iglesia, afirma muy
convencido que Juliano hizo colgar a una mujer con los brazos abiertos en el
templo de Carrae (ciudad de Mesopotamia al sudeste de Edessa, que es la Harán
de la Biblia) «abriéndole el vientre de una cuchillada para leer el porvenir en
sus visceras, que naturalmente le prometieron una victoria sobre los persas.
[...] Cuentan que en Antioquía se han encontrado muchas cajas llenas de cabezas
en el palacio imperial, y pozos cegados de cadáveres. Son cosas que se aprenden
en la escuela de los abominables dioses».61
Los cristianos empezaron a propalar durante
el siglo V estos cuentos de la vieja que, como rasgo característico, suelen
incluir una nota de perversión sexual. Así, dicen que en la Heliópolis libanesa
Juliano hizo que desnudaran a unas monjas para afeitarles el vello, y luego las
asesinaron y echaron sus visceras a los cerdos. Ningún contemporáneo del
emperador cita ese caso, como es natural, y si hubo tropelías de la plebe o
abusos de algún gobernador, fue sin su anuencia. Como ha escrito su biógrafo Robert
Browning, «no tenía inclinación ni voluntad de violentar a nadie para hacerle
cambiar de opinión». Y, sin embargo, sus enemigos se empeñan en calificarle de
«cabrón maloliente», «renegado», «anticristo», y los religiosos cristianos le
llaman «perro maldito» y «lacayo del diablo». Se tejió toda una serie de
leyendas de rabia y odio alrededor del santo Mercurio, el supuesto asesino de
Juliano. Se contó que también en Orontes, como en los sótanos del palacio
imperial, se habían encontrado cadáveres de criaturas, vestigios de los
sacrificios paganos de Juliano. En las leyendas grecosirias aparece como un
ogro que arranca el corazón del pecho a los niños, con objeto de celebrar
conjuros mágicos; y la bibliografía cristiana se enriquece con anécdotas en
donde el emperador se entretiene en profanar reliquias de mártires y santos,
abre el vientre a las embarazadas, jura fidelidad a la diosa de los infiernos
Hécate, se hace rebautizar con sangre de cerdo y sacrifica cristianos «en honor
de Júpiter». En todos los países cristianos aparecieron leyendas de falsos
mártires, y eso que bajo su régimen apenas hubo tales.62
Mientras el mundo cristiano difamaba al
«renegado», como suele hacer con sus enemigos, la Ilustración corrigió esa
imagen en el sentido diametralmente opuesto.
En 1699, el teólogo protestante Gottfried
Arnold, en su Historia imparcial de la Iglesia y de las herejías, rehabilitaba
la figura de Juliano. Pocos decenios después, Montesquieu lo elogiaba como
estadista y legislador. Voltaire escribió: «Así, ese hombre que nos ha sido
descrito con los trazos de horrible fue quizá el más noble de todos, o por lo
menos el segundo». Montaigne y Chateaubriand le cuentan entre las máximas
figuras históricas. Goethe se alababa de comprender y compartir la
animadversión de Juliano contra el cristianismo. Schiller quiso hacerle
protagonista de uno de sus dramas. Shaftesbury y Fielding le ensalzaron y
Gibbon considera que merecía haber sido dueño del mundo. Ibsen escribió César y
Galilea, y Nikos Kazantzakis su tragedia Juliano el Apóstata, estrenada en
París en 1948. Más recientemente, entre los años 1962 y 1964, el norteamericano
Gore Vidal le dedicó una novela. El historiador francés André Piganiol
considera, con razón, que la verdadera grandeza de la figura de Juliano está en
el plano ético, aunque se equivoca al interpretar el fenómeno de la santidad,
como muchos, cuando dice que el emperador le parece más «santo» que la mayoría
de los teólogos de su época, lo que no es precisamente un elogio. El
historiador Rubín opina que el emperador fue una autoridad en materia de
religión y dice que «aunque gran escritor y gran caudillo militar, destaca más
como personalidad». Y también Robert Browning, pese a la severidad de algunos
juicios suyos sobre Juliano, concluye resumiendo que fue un literato brillante
y que «poseía una nobleza de carácter que le hace destacar casi como un faro
entre los numerosos oportunistas de su época».63
En cambio, el benedictino Baur
(representativo, en esto, de muchos católicos actuales) sigue difamando a
Juliano en pleno siglo xx, llamándole «soñador ajeno a la realidad»,
«"majestad" dudosa», y repetidamente «fanático», «fanático juvenil»,
«fanático resentido». Le parece falto de «tacto y dignidad», y sobrado en
cambio de «obsesión», «vanidad sin límites», «ridiculez». En sus actos
encuentra «el desvarío del fanatismo», «la intolerancia del ideólogo», «una
extraordinaria falta de visión política y de comprensión». Dice que como hombre
«no supo distinguir entre las aficiones personales y los deberes y cometidos de
un gobernante», y que dio cargos «a filósofos y charlatanes de todas clases».
Pero, si bien le acusa de «graves persecuciones», violaciones y muertes de
cristianas y cristianos, a veces bajo «refinados tormentos», se contradice
cuando afirma que si Juliano se hubiera sentido más fuerte, «sin duda habría
procedido a una persecución sangrienta», o en otro pasaje, «la persecución
sangrienta no se habría hecho esperar».64
Tras la muerte de Juliano, y habiendo
renunciado el sucesor designado, Segundo Salutio, un filósofo pagano moderado y
prefecto de los preteríanos de Oriente que había sido amigo personal de
Juliano, en julio del año 363 y por un año accedió al trono el ilirio Joviano,
un general de la guardia.
Joviano, Valentíniano I y Valente
Aunque «cristiano convencido», «cristiano y
católico» (Baur), «an earnest Catholic» (The Oxford Classical Dictionary),
aunque que se cuenta que fue insumiso cuando el ejército aún celebraba
sacrificios paganos, en el momento de acceder al trono, Joviano mandó celebrar
uno y consultar las visceras. Su primer acto de gobierno fue aquel tratado
vergonzante con los persas, en el que hizo grandes concesiones territoriales al
ceder todas las posesiones romanas de la otra orilla del Tigris así como una
franja considerable de la suya, con varias ciudades importantes como Nisibis,
cuyos habitantes le habían suplicado la autorización para defender sus murallas
aun después de la retirada de las fuerzas romanas. Y mientras los persas izaban
su pabellón sobre la ciudadela y los habitantes de Nisibis abandonaban la
ciudad, los correos de Joviano ya volaban hacia Occidente para anunciar la gran
victoria del emperador.65
Bien distinto del asceta Juliano, el
emperador católico, de mediocre cultura aunque aficionado a dárselas de
mecenas, celebrado por la Iglesia como «compañero de los santos», era amante
del vino, las mujeres y las fiestas. Restableció el lábaro como estandarte
imperial y no sólo hizo asesinar a un notario mayor del mismo nombre, al que
temía como posible candidato al trono, sino que además depuso a numerosos
funcionarios civiles y militares de los nombrados por Juliano, confiscando sus
bienes y desterrándolos o ejecutándolos. Según Teodoreto, estas medidas sólo
afectaron a los que habían cometido abusos contra cristianos o contra la
Iglesia cristiana. A un tal Vindaonio Magno que había destruido una «casa de
Dios» en Berytus lo condenó a muerte, pero luego le perdonó la pena a cambio de
que pagase de su bolsillo la reconstrucción. El paganismo no fue especialmente
perseguido, aunque se cerrase o destruyese algún que otro templo (como el de
Corfú), se prohibiesen los sacrificios o se quemase en Antioquía una biblioteca
establecida por Juliano en el templo del Trajano (por contener principalmente
obras anticristianas). Un poco incapaz, pero obediente a las sugerencias del
clero, tan pronto como pisó tierras romanas Joviano restituyó sus privilegios a
los jubilosos sacerdotes, además de darles otros que antes no tenían. En el
decurso del tiempo arrebataron muchos más. Los sacerdotes desterrados
regresaron, los prelados se agolparon a montones en la corte, e incluso en
Oriente revivió la fe nicena. El santo Atanasio, distinguido por el emperador
con una epístola y triunfalmente recibido en Hierápolis, le profetizó a Joviano
por escrito «un reinado largo y pacífico»..., sólo que ocho meses más tarde, el
17 de febrero de 364, el emperador fallecía en Dadastana (Bitinia), a la
temprana edad de treinta y un años, «bellamente preparado para la muerte»,
según Teodoreto, pero en realidad intoxicado por un brasero de carbón. Lo
enterraron en el templo apostólico de Constantinopla.66
De nuevo rechazó la púrpura Segundo
Salutio, por lo que tras duras discusiones los dignatarios del imperio
eligieron, a finales de febrero del año 364, a Valentiniano, descendiente de
unos labradores de Panonia e hijo del general Graciano. El 28 de marzo, en el
campo de Marte, el nuevo emperador nombró corregente para la parte oriental del
imperio a su hermano Valente, «por unanimidad —ironiza Amiano—, puesto que
nadie se atrevió a contradecirle», aunque se reservó para sí mismo lapotior
auctoritas ,67
De Valentiniano y Valente, en cuya época se
generalizó el uso de la palabra pagani para designar a los adeptos de la
antigua religión, suele afirmarse que fueron «tolerantes» para con la antigua
religión. Ciertamente, ostentaron todavía, como sus predecesores, el título
depontifex maximus. Entre los altos cargos del ejército y de la administración
predominaban todavía los paganos, aunque por última vez y por la escasa mayoría
de 12 a 10. En la parte asignada a Valente, la nómina de los funcionarios conocidos
nos da, junto a nueve politeístas, un maniqueo, tres arríanos y diez ortodoxos.
Muchos senadores prestigiosos de la época de Juliano y de antes abandonaron el
cargo, evidentemente por causa de sus creencias. Además, los corregentes
promulgaron confiscaciones de propiedades de los templos (para incorporarlas a
su peculio particular), castigos contra astrólogos y amenazas de pena capital
para los practicantes de conjuros nocturnos.68
Ambos emperadores se mostraron cristianos
confesos; se dice incluso que Valentiniano había sido represaliado por ello en
tiempos de Juliano, mientras que no consta ninguna incidencia similar para el
caso de Valente. Ambos anunciaron por decreto (suponiendo que sea auténtico)
que «la Trinidad está constituida por una sola esencia y tres personas, el
Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, y ordenamos que así lo crean todos...».
Pronto, sin embargo, hubo diferencias doctrinales entre ellos y cada uno se
dedicó a fomentar la suya; mientras Valentiniano I, el emperador de Occidente,
permanecía fiel al credo niceno, Valente, que «había sido ortodoxo al
principio» (Teodoreto), impulsaba en Oriente las creencias arrianas; en cierto
modo cabría decir que así se expresaba la eterna rivalidad entre el Este y el
Oeste. Ambos, y sobre todo Valente, eran bastante incultos; ambos fueron
brutales, en particular Valentiniano; y ambos tenían un pánico cerval a la
brujería. Ambos fueron también emperadores-soldados, militares entronizados
que, en consecuencia, fomentaron activamente la militarización y disputaron
guerras internas y externas que desangraron provincias enteras. Ninguno de los
dos retrocedió ante el perjurio ni ante el crimen; al contrario, demostraron
una «notable falta de escrúpulos» (Stallknecht) en sus métodos políticos.69
Después de su proclamación, Valentiniano y
Valente viajaron juntos a través de Tracia y Dacia, para separarse en
Sirmium.70
Ríos de sangre bajo el católico
Valentiniano I
El católico Valentiniano I (364-375), que
residió con frecuencia en Milán y Tréveris, nacido en 321 en Cibalae,
importante puesto militar de Panonia, era rubio y de ojos azules, diligente,
osado y astuto. Oficial de la guardia personal de Juliano, y de cuarenta y tres
años de edad en el momento de acceder al trono, le importaron poco los dogmas o
las disputas del clero, e incluso combatió con leyes las tendencias
adquisitivas de éste; en el decreto anteriormente citado decía: «Obispos,
dejaos de utilizar como pretexto la autoridad del emperador y no persigáis a
los verdaderos servidores de Dios...». Sin embargo, Valentiniano era muy
supersticioso (antes habría renunciado a ser emperador que coronarse en un día
bisiesto, por lo que retrasó un día su proclamación), y tenía muy en cuenta que
se cumpliesen todos los ritos, incluidos los cristianos. En materia de
religión, legisló unas treinta constituciones. Restableció los privilegios del
clero creados por Constantino y prohibió que los cristianos fuesen condenados a
pelear como gladiadores. Como católico puritano que era, sancionó el adulterio
con la pena de muerte y él mismo fue un marido fiel (al menos con su segunda
esposa, Justina, más joven que la primera, y que a su vez había estado casada
en primeras nupcias con el usurpador Magnencio). En el año 357, siendo todavía
tribuno, Valentiniano contrajo matrimonio con una tal Marina Severa, católica y
madre del futuro emperador Graciano. Pero, en 369, la envió a las Galias para
casarse con la bellísima Justina, que además era de familia aristocrática. Sólo
después de la muerte de este emperador, en 375, se atrevieron los obispos a
criticar ese divorcio. No obstante, en una ley del 17 de noviembre de 364, el
emperador disponía que los jueces y funcionarios que hubiesen perjudicado
intencionadamente a cristianos serían reos de muerde o confiscación de bienes.
En 368, dispuso que los religiosos sólo fuesen juzgados por otros religiosos,
cuando el litigio tocase a cuestiones de fe o de disciplina. En cambio, tanto Valentiniano
como Valente fueron tolerantes con los judíos y otorgaron privilegios a sus
teólogos.71
En líneas generales, este soberano
ascendido de entre las filas del ejército y muy condicionado siempre por las
prioridades de su política militar, prefirió evitar los conflictos religiosos,
como lo demuestra la ocupación paritaria de los cargos públicos bajo su
mandato. De esta manera, toleró a casi todas las sectas, y sobre todo se mostró
de una indulgencia sorprendente para con Aujencio, el obispo arriano de Milán,
aunque por otra parte fue el primer emperador cristiano que persiguió a los
maniqueos, disponiendo contra ellos, en 372, el destierro y la confiscación de
sus lugares de culto; en 373 hizo un baño de sangre entre los donatistas, que
se habían rebelado.72
Provocados sobre todo por las brutales
maneras de Romano, el comes Afrícae entre los años 364 y 373, en 372 un
príncipe cliente llamado Firmio, católico romanizado a quien Valentiniano había
nombrado dux Mauretaniae, se hizo proclamar emperador, siendo secundado por
algunos destacamentos romanos. Los mauritanos, y sobre todo los donatistas —a
quienes en tiempos de Agustín se motejaba todavía defirmiani—, cuyas prácticas
anabaptistas acababan de ser prohibidas por Valentiniano, se sumaron
entusiasmados al partido de Firmio. En Rusicade, el ordinario les abrió las
puertas de la ciudad y aplaudió mientras las hordas mauritanas saqueaban las
casas de los católicos. La zona de influencia de Firmio no quedó limitada a la
Mauritania y la Numidia, ya que fue reconocido por algunas ciudades del África
proconsularis. Entonces se puso en marcha contra Firmio el magister militum
Teodosio, católico hispano y padre del futuro emperador; dos veces le ofreció
la paz por mediación de varios obispos, y otras tantas rompió su promesa. Las
tropas rebeldes eran pasadas a cuchillo después de rendirse, y pudieron
considerarse afortunados los que se salvaban con sólo ambas manos cortadas. A
los así engañados no les quedó más remedio que combatir con el vigor de la
desesperación, de donde resultó una guerra terrible, de una crueldad poco
usual, que asoló todo el norte de África. El general Teodosio no sólo hizo
quemar vivos, o por lo menos mutilar a los soldados que desertaban hartos de
combatir, sino que además practicó la táctica de tierra quemada sobre extensos
territorios y exterminó las tribus mauritanas hasta hacer cientos de miles de
víctimas. «El régimen severo del emperador Valentiniano I [...] creó las
condiciones necesarias para la paz» (Neuss/Oedinger). Firmio, al verse acorralado,
se ahorcó (entre 374 y 375); en cuanto a Teodosio, fue víctima de una intriga
cortesana y decapitado en Cartago a comienzos de 376, arrastrando en su caída a
su hijo del mismo nombre. En cambio, Romano, el comes Africae cuyos latrocinios
habían provocado toda aquella rebelión, y que había sido encarcelado por
Teodosio en 373, después del juicio celebrado en 376 quedó en libertad. Una vez
aplastada la rebelión, el papa prohibió la celebración de los cultos
donatistas, y el santo Opiato de Mileve, que por aquel entonces atacó a los
donatistas en una obra de siete volúmenes (cuyo título no se ha conservado),
seguramente no sin alguna que otra falsificación documental, exigió para ellos
la pena de muerte, con apoyo de ejemplos del Antiguo Testamento: «Opiato
escribe en tónica irenista», comenta el católico Martín; quiere decirse
conciliadora.73
Valentiniano, en su condición de «cristiano
convencido» (así lo califica Bigelmair, e incluso Joannou) no retrocedió ante
el crimen judicial contra los magos, los adivinos y los «delincuentes
sexuales». Su divisa:
la severidad y no la clemencia es la madre
de la justicia. Sus jueces recibieron instrucciones de proceder con dureza, y
la benignidad de algunas disposiciones quedó más que compensada por la falta de
escrúpulos de muchos de aquéllos. «Los principios más elementales de la
justicia fueron burlados mediante penas de muerte sin pruebas, o fundadas en
confesiones arrebatadas mediante la tortura» (Nagí). El emperador, hijo de
campesinos, odiaba a la antigua nobleza romana e hizo registrar sus casas en
busca de recetarios de magia y filtros amorosos; hombres y mujeres de las
mejores familias fueron desterrados o ejecutados, y confiscadas sus
propiedades. En sus accesos de rabia, ordenaba ejecuciones sin pestañear; las
faltas menores eran castigadas con la hoguera o la decapitación, las mayores
con la muerte por tortura. Un paje que durante una partida de caza había
soltado demasiado pronto a los perros fue muerto a latigazos, y no era un caso
excepcional. Jamás ejerció su derecho de indulto.74
Los delincuentes a veces eran arrojados a
dos osas, «Doradita» (mica áurea) e «Inocencia» que el soberano tenía en jaulas
al lado de su dormitorio. En época reciente, Reinhold Weijenborg ha intentado
rebatir esta anécdota referida por Amiano diciendo que «no puede ser cierta en
su sentido literal». Así que se ha inventado una «segunda lectura», según la
cual esas dos jaulas serían las habitaciones de las emperatrices, Marina Severa
y Justina. Dice nuestro erudito que el historiador antiguo «tenía el humor vengativo»,
y había sido humillado por Valentiniano y además profesaba cierta antipatía
contra Justina. Nos parece que Weijenborg intenta tomarnos el pelo, aunque eso
sí, de manera científica. Valentiniano I prohibió celebrar ejecuciones los
domingos. «Muchos, agradecidos, daban su nombre a los hijos»
(Neuss/Oedinger).75
En el fondo, al emperador apenas le importó
otra cosa que no fuera el ejército. Mientras apremiaba el cobro de los tributos
con brutalidad, confiscaba fortunas enormes a través de las sentencias
judiciales y toleraba una inmensa corrupción administrativa, que enriqueció a
muchos de sus funcionarios (sólo eran denunciados y castigados los de escasa
categoría), en lo militar, en cambio, Valentiniano demostró ser «un genio
natural». Pasó los once años de su mandato casi siempre a orillas del Rin y del
Mosela. Bajo su dirección, se construyó una gran red de castillos, cabezas de
puente y torres de vigía, alabada incluso por Amiano; entre Andernach y Basilea
creó fortificaciones y consolidó las defensas de las actuales Boppard, Alzey,
Kreuznacir, Worms, Horburg, Kaiseraugst;
hizo construir cabezas de puente en
Wiesbaden, Altrip (Alta Ripa), Alt-Breisach. Extendió el limes (fue el último
emperador que se ocupó de reforzarlo) hasta el Rin y el Danubio, a cuyas
fuentes llegó, así como hasta el Neckar y el valle del Kinzig. «Gran terror de
los sajones», durante los años 368 y 369, el comes Teodosio (el futuro vencedor
de Fir" mió) pacificó la Britania hasta la antigua muralla de Adriano
siguiendo las instrucciones imperiales. Hizo frecuentes incursiones en la otra
orilla del Rin. Guerreó dos veces contra los alamanos, aunque durante la
segunda campaña éstos le infligieron graves pérdidas, hasta que su rey
Vithicabio (cuyo padre, Vadomar, había prestado servicios a los romanos en
tiempos de Juliano) cayó asesinado por unos sicarios enviados por Valentiniano.
Asoló también con el fuego y la espada los territorios de francos y cuados; en
370, obtuvo de los sajones una retirada mediante tratado, para atacarlos luego
a traición y exterminarlos.76
El emperador Valentiniano, que se tenía a
sí mismo por una persona pacífica (error de perspectiva frecuente entre los de
su clase y condición), murió de un ataque de furor. Estaba parlamentando con
unos pobres cuados, a cuyo rey Gabinio había invitado en 374 su dux Valeriae,
Marceliano, para asesinarlo de una puñalada por la espalda durante un banquete
(véase el asesinato del rey de los alamanos, que acabamos de recordar), cuando
habiendo montado en cólera se le puso el rostro congestionado, de color púrpura,
y cayó como herido por el rayo. Tuvo un vómito de sangre y murió en seguida, el
17 de noviembre del año 375, en la ciudad fronteriza de Brigetio (frente a
Komorn), siendo inhumado en Constantinopla.77
Temblor y crujir de dientes bajo el amano
Valente
Su hermano Valente (364-378), el último
emperador que apoyó oficialmente el arrianismo, había sido antes ortodoxo, pero
se convirtió seguramente por influencia de su mujer Albia Domenica, «quien
pronto fue presa del error arriano y le convenció, de tal modo que ambos se
precipitaron en los abismos de la blasfemia»; esto favoreció en principio al
patriarca Eudoxio, «que aún tenía en sus manos el timón de Constantinopla, pero
no para llevar el barco a buen puerto, sino para hundirlo» (la cita es de
Teodoreto), y luego a un sucesor más moderado, Demófilo. Instigado por Eudoxio,
Valente actuó contra las sectas y demás desviacionismos, incluso contra los
semiarrianos que luego, con tal de medrar, hicieron una vergonzosa abjuración
en Roma.
Los católicos fueron muy duramente
perseguidos durante los últimos años del régimen de este emperador, lo que
enconó la resistencia e hizo que incluso los desterrados fuesen considerados
mártires. Entre éstos figuraron los obispos Atanasio de Alejandría, Melecio de
Antioquía, Pelagio de Laodicea, Eusebio de Samosata, Barsés de Edesa y otros
muchos. Algunos católicos fueron ahogados en Antioquía, y también hubo
martirios en Constantinopla. Incluso se cuenta que en el año del Señor 370,
Valente envió cartas secretas a su prefecto Modesto, disponiendo que ochenta
obispos y sacerdotes católicos fuesen conducidos con engaños a bordo de un
barco, el cual fue quemado con todos sus pasajeros en alta mar; también se dice
que huestes enteras de «partidarios de la verdadera fe» fueron arrojadas al
Orontes. Y aunque san Afrahat, militante sirio, sanó a un caballo del emperador
con agua bendita, dispersó una nube de langosta y reformó con el santo óleo a
un casado demasiado aficionado a echar canas al aire, nada de esto sirvió para
que Valente abandonase su «herejía».78
«Sobre nosotros ha caído una persecución,
mis venerados hermanos, la más enconada de todas», se lamentaba, en 376,
Basilio, doctor de la Iglesia, en carta a los obispos de Italia y de la Galia
(aunque él personalmente no había sido molestado). Se cerraban casas de
oración, se abandonaba el servicio de los altares, eran encarcelados los
obispos bajo cualquier falso pretexto, y enviados de noche al destierro y a la
muerte. «Es bien sabida —continúa Basilio—, aunque hayamos preferido
silenciarla», la deserción de los sacerdotes y diáconos, la dispersión del
clero; en una palabra, «se ha cerrado la boca de los creyentes, mientras que
las lenguas blasfemas andan sueltas y se atreven a todo».79
Según Fausto de Bizancio, siempre tan
exagerado, Valente mandó a todas las ciudades «pastores ateos» y «falsos
obispos arríanos». «Todos los doctores de la verdadera fe fueron separados de
sus partidarios, y suplantaron sus puestos los sirvientes de Satán. »80
A Valente le inspiraba tanto temor la
brujería, que la castigó con pena de muerte desde el primer año de su mandato.
Por este motivo, reanudó la persecución iniciada por Constantino contra los
adeptos de la magia negra, los clarividentes, los intérpretes de sueños, desde
el invierno de 371 y durante dos años «como una fiera en el anfiteatro. [...]
Era tan grande su furor, que parecía lamentar el no poder prolongar el martirio
de sus víctimas después de la muerte» (Amiano). En el año 368, el senador Abieno
perdió ya la cabeza porque una dama con quien andaba en relaciones se sintió
víctima de un encantamiento. El procurador Marino padeció pena de muerte porque
se había procurado con artes mágicas la mano de una tal Hispanila. El cochero
Atanasio murió quemado por ejercer las artes de la magia negra. El miedo se
extendió por todo Oriente; eran miles los detenidos, torturados, liquidados,
incluso altos funcionarios públicos, sabios filósofos; participantes o simples
testigos eran quemados vivos, estrangulados, decapitados, como en Efeso, pese a
hallarse enfermo, el filósofo Máximo, que había sido amigo y preceptor de
Juliano. Se confiscaban sus bienes, se les extorsionaba con cuantiosas multas;
bastaba una palabra imprudente, o haberse atrevido a fabricar un crecepelo. La
demagogia hizo quemar bibliotecas enteras, afirmando que eran «libros de
magia». Y como la maquinaria de la justicia era todavía demasiado lenta para
Valente, las decapitaciones y las hogueras prescindieron de formalidades
judiciales; al mismo tiempo, él se consideraba un soberano clemente, como su
hermano Valentiniano, además de fiel cristiano, buen esposo y hombre casto.
Nadie niega que imperase en su corte la «pureza de costumbres». Un verdugo que
conducía a la ejecución una adúltera desnuda, fue también quemado vivo en
castigo por tal desvergüenza.81
Procopio, de cuarenta años y pariente de
Juliano, se alzó en Constantinopla, principalmente con el apoyo de los paganos;
apenas logró hacerse con el usurpador, Valente lo hizo decapitar sin demora el
27 de mayo del año 366. El caso fue que durante esta insurrección Valente pasó
mucho miedo y estuvo a punto de abdicar, desistiendo sólo a ruegos de su
séquito. El castigo de los rebeldes fue despiadado; las fortunas de los
condenados enriquecieron los bolsillos de Valente y sus principales
funcionarios. Otro pariente de Procopio, Marcelo, que también creyó que podía
llegar a ser emperador, fue eliminado con todos sus seguidores después de
crueles suplicios; el mismo fin tuvo la conspiración de Teodoro, entre 371 y
372. Valente «perdió todo sentido de la medida» (Nagí), persiguió incluso a las
mujeres de los sublevados, hizo quemar infinidad de libros y siguió
enriqueciéndose junto con sus verdugos. Todo esto sucedía en medio de casi un
decenio de conflictos con los persas. El rey de Armenia, como no era de fiar,
fue asesinado por oficiales romanos durante un banquete; sin embargo la
aristocracia romana permaneció fiel a Roma, «movida sobre todo por la común fe
cristiana» (Stallknecht). En el año 367, el emperador inició además una campaña
contra los ostrogodos, que habían ayudado a Procopio. Las operaciones
discurrieron entre turberas y pantanos, y aunque se puso precio a las cabezas
de los godos, la guerra terminó sin éxito en 369. El 9 de agosto de 378, en
Adrianápolis, Valente perdió la batalla y la vida.82
Hemos visto, pues, cómo gobernaron aquel
formidable imperio las primeras majestades cristianas: Constantino, sus hijos,
y los emperadores Joviano, Valentiniano I, Valente. ¿Se comportaron, en tanto
que «instituciones cristianas», de manera más benigna, más humanitaria, más
pacífica que sus predecesores, o que el mismo Juliano el Apóstata?
Junto a las constantes matanzas en el
interior del imperio, en las fronteras, en territorio enemigo, bajo condiciones
de colosal explotación, intervenían las eternas querellas clericales. La
política interior del siglo iv estuvo determinada por la lucha entre las dos
confesiones principales, los arríanos y los ortodoxos. En el punto crucial se
encontraba Atanasio de Alejandría, el obispo más destacado a caballo entre
Constantino y Valente y uno de los más nefastos de todos los tiempos, cuya
impronta se haría notar en tiempos venideros.

