Libro No. 327. Cuentos Nuevos & Cuentos Dramáticos. Pardo Bazán, Emilia.
© Libro No. 327. Cuentos Nuevos & Cuentos Dramáticos.
Pardo Bazán, Emilia. Colección Emancipación Obrera. Julio 7 de 2012.
Título
original: © Cuentos Nuevos & Dramáticos.
Emilia Pardo Bazán
Versión
Original: © Emilia Pardo Bazán. Cuentos Nuevos /
Cuentos Dramáticos
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
Emilia Pardo Bazán
CUENTOS NUEVOS
&
CUENTOS DRAMÁTICOS
Cuentos nuevos
Índice
Cuentos
nuevos
La niña
mártir
El Cinco de
Copas
Náufragas
Las dos
vengadoras
La mariposa
de pedrería
El ruido
El tornado
Agravante
La hierba
milagrosa
Sobremesa
Evocación
Confidencia
Piña
La calavera
Cuatro
socialistas
El tesoro
La paloma
negra
Sedano
El milagro
del hermanuco
Madre
Cuento
primitivo
La cena de
Cristo
Apostasía
La flor de
la salud
La flor
seca
La cruz
roja
Linda
Rosquilla
de monja...
Geórgicas
El voto
Los huevos
arrefalfados
El baile
del Querubín
Coleccionista
En verso
El sino
Paracaídas
Cuentos nuevos
[Nota
preliminar: Edición digital a partir de la de Obras Completas, 4ª edición,
Madrid, Aguilar, 1964, Vol. II, pp. 1387-1473 y cotejada con la edición crítica
de Juan Paredes Núñez Cuentos completos, La Coruña, Fundación Pedro Barrié de
la Maza, Conde de Fenosa, 1990, T. I, pp. 135-244.]
La niña mártir
No se trata
de alguna de esas criaturas cuyas desdichas alborotan de repente a la prensa;
de esas que recoge la policía en las calles a las altas horas de la noche,
vestidas de andrajos, escuálidas de hambre, ateridas de frío, acardenaladas y
tundidas a golpes, o dilaceradas por el hierro candente que aplicó a sus
tierras carnecitas sañuda madrastra.
La mártir
de que voy a hablaros tuvo la ropa blanca por docenas de docenas, bordada,
marcada con corona y cifra, orlada de espuma de Valenciennes auténtico; de
Inglaterra le enviaban en enormes cajas, los vestidos, los abrigos y las tocas;
en su mesa abundaban platos nutritivos, vinos selectos; el frío la encontraba
acolchada de pieles y edredones; diariamente lavaba su cuerpo con jabones
finísimos y aguas fragantes, una chambermaid británica.
En invierno
habitaba un palacete forrado de tapices, sembrado de estufas y caloríferos; en
verano, una quinta a orillas del mar, con jardines, bosques, vergeles, alamedas
de árboles centenarios y diosas de mármol que se inclinan parar mirarse en la
superficie de los estanques al través del velo de hojas de ninfea...
Si quería
salir, preparado estaba en todo tiempo el landó o el sociable; si prefería
solazarse en casa, le abrían un armario atestado de juguetes raros, y salían de
él, como salen de una viva imaginación los cuentos, seres maravillosos,
creaciones de la magia moderna: el jockey vestido de raso azul y botón de oro,
con su caballo que galopa de veras y salta zanjas; la muñeca que mueve la
cabeza, y abre los ojos, y llama a sus papás con mimoso quejido infantil; la otra
muñeca bailarina que, asiendo un aro de flores, gira, revolotea, se columpia,
danza y repica con los pies y, por último, saluda al público, enviándole un
beso volado; el cochecillo eléctrico, el acróbata, el mono violinista, el
ruiseñor mecánico, que gorjea, sacude la cabeza y eriza las plumas; todos los
autómatas, todos los remedos, todos los fantoches de la vida, que a tanto alto
precio se compran para entretener a los hijos de padres acaudalados.
Pues no
obstante, yo os digo que la niña de mi cuento era mártir, y que mártir murió, y
que después de muerta, su cara, entre los pliegues del velo de muselina,
mostraba más acentuada que nunca la expresión melancólica y grave, tan
sorprendente en una criatura de diez años, adorada y criada entre algodones.
Mártir,
creedlo; tan mártir como las abandonadas que en las noches de enero se
acurrucan tiritando en el umbral de una puerta. La vida es así; para todos
tienen destinado su trago de ajenjo; sólo que a unos se lo sirve en copa de oro
cincelada, y a otros en el hueco de la mano. El dolor es eternamente fecundo;
unas veces da a luz en sábanas de holanda, y otras, sobre las guijas del
arroyo.
Hija de
padres machuchos, que contaban perdida toda esperanza de sucesión; única
heredera de ilustre nombre y de pingües haciendas, la niña fue desde sus
primeros años víctima de sus propios brillantes destinos. Pendientes de sus más
leves movimientos, espiando su respiración, contando los latidos de su
corazoncillo inocente, los dos cincuentones la criaron como se creía en el
invernáculo la flor rara, predestinada a sucumbir al primer cierzo. Un médico,
que bien podemos llamar de cámara, tenía especial encargo de llevar el alta y
baja de las funciones fisiológicas de la criatura. Se apuntaban las chupadas de
leche que pasaban del seno del ama a la boquita de la nena. Un reloj
puntualísimo marcaba por minutos el sueño, el despertar, las horas de comer, la
del aseo, la del paseo. Un termómetro graduaba el temple del agua de las
abluciones; fina balanza pesaba el alimento y las ropas, según las
prescripciones y órdenes minuciosas del doctor. Cuando vino la crisis de la
dentición, y con ella el desasosiego, la
impaciencia, la casa se convirtió en una Trapa: nadie alzaba la voz; nadie
pisaba fuerte por no sobresaltar a la niña, por no quitarle el sueño.
El régimen
pareció higiénico y se hizo permanente ya. Diríase que aquella morada sordomuda
era una capilla erigida al dios del silencio; y la niña, con la singular
adivinación que a veces demuestra la infancia, comprendiendo que allí los
ruidos no tendrían eco, ni eco las risas, fue, desde que rompió a andar,
calladita, formal, obediente, seria... tan seria y tan obediente, que daba una
lástima terrible.
Hubo un
terreno en que no pudo ser tan dócil. Desplegando la mejor voluntad, la niña no
lograba sacar buen color, el color de manzana sanjuanera que alegra a las
madres. Su tez de seda, satinada y transparente por la clorosis, se jaspeaba
con venitas celestes y a trechos con la suave amarillez del marfil. Sus ojos
azules, de un azul oscuro, eran hondos, tranquilos y resignados. Su boca
parecía una rosa desteñida, mustia ya.
Sea por el
cuidado que habían puesto en que no sintiese nunca la menor impresión de frío,
o sea por el mismo empobrecimiento de la sangre, era tan friolera, que en el
rigor del verano, vestía de lana blanca, con polainas y guantes blancos
también. Al verla pasar toda blanca, esbelta, derecha, despaciosa, grave, las
ideas sanas y humorísticas que infunde la niñez cedían el paso a otras ideas
fúnebres, de claustro y de mausoleo. No creáis que sus padres no advertían que
la niña era una lamparita de ésas que apaga un soplo. Tanto lo advertían, que
por eso mismo cada día calafateaban mejor las rendijas por donde pudiese
deslizarse una ráfaga perturbadora. Así que blindasen, acolchasen y forrasen
completamente la casa, no penetraría el hálito sutil de la muerte. Vengan
algodones, vengan telas, vengan clavos; aislemos a la niña. ¡Ah! ¡Si la madre
pudiese restituirla a la concavidad del claustro materno, y el padre al calor
de las entrañas generadoras! ¡Si fuese dable meterla en la
campana neumática, o alojarla en la máquina donde
incuban los polluelos!
Por la
ventana, entreabriendo los pesados cortinajes, la niña veía a veces jugar en la
calle a los desharrapados granujas. Frescos, risueños, turbulentos, derramando
vida, los chicos se embestían con una cabeza de toro hecha de mimbres, o se
liaban a cachete limpio, o se santiguaban con peladillas. En la quinta, desde
donde se dominaba la playa, granujas también, los hijos de los pescadores, que,
desnudos, bronceados, ágiles y saltadores como peces y, en bandadas como ellos,
se bañaban, permaneciendo horas enteras dentro del agua verdosa en que se
zampuzaban a manera de delfines.
Por orden
del médico, la niña se bañaba también. Le habían preparado una cómoda y ancha
caseta; allí la desnudaban y, arropada en mil abrigos, la llevaban a los brazos
del bañero, que la sepultaba un momento en el mar y la sacaba inmediatamente,
recibida la impresión. Esta impresión era, por cierto, terrible. La sangre
fluía al corazón de la criatura: trémula y con las pupilas dilatadas, miraba
aquel infinito espantable, aquel abismo de agua verde y rugiente, la ola que
avanzaba pavorosa, cóncava, cerrándose ya como para devorarla; y los dientes de
la niña castañeteaban, y pensaba para sí: "Tengo miedo." Pero ni un
grito ni un suspiro la delataban. El voto de silencio no lo rompía ni aun
entonces. Sólo que después, al ver desde la ventana a los traviesos gateras en
familiaridad con las terribles olas, jugueteando con ellas lo mismo que
gaviotas, pensaba la niña mártir: "¿Cómo harán para ser tan valientes esos
chicos?"
Entre
tanto, la Muerte, riéndose con siniestra risa de calavera, se acercaba a la
señorial y cerrada mansión. Es de saber que no encontró ni puerta por donde
pasar, ni siquiera por donde colarse, y hubo de entrar, aplanándose, por debajo
de una teja, a la buhardilla; de allí, por el ojo de la llave, pasar a la
escalera, y desde la escalera, enhebrarse por debajo de la levita del médico,
que se metió casa adentro muy impávido, con la Muerte guardadita en el bolsillo,
detrás de la fosforera.
A causa de
tantas dificultades como encontró para insinuarse en la casa de la niña, la
Muerte quedó algo quebrantada, y no se presentó con empuje y arresto, sino con
mansedumbre hipócrita, tardando bastante en llevarse a la criatura. El tiempo
que aguardó la Muerte a tomar bríos fue para la mártir larga cuestión de
tormento.
Drogas
asquerosas, pócimas nauseabundas por la boca, papeles epispásticos y
vejigatorios sobre la piel; cauterio para las llagas que abría en su garganta
la miseria de su organismo; todo se empleó, sin que rompiese el voto del
silencio la víctima, y sin que sus verdugos atendiesen la súplica de sus
vidriados ojos..., porque aquellos verdugos la idolatraban demasiado para
perdonarle ni un detalle del suplicio. Sólo en el último instante, cuando
todavía le presentaban una cucharada de no sé qué mejunje farmacéutico, la niña
suspiró hondamente, se incorporó, dijo que no tres veces con la cabeza y,
echando los brazos al cuello de la insensata madre, pegando el rostro al suyo,
murmuró muy bajo: "Abre la ventana, mamá."
Era, sin
duda, la congoja del postrer ataque de disnea que empezaba. Poco duró. Y la
mártir quedó bonita, cándida, exangüe, pero con una expresión de amargura
reconcentrada, como el que se va de la vida dejándose algo por hacer, por decir
o por sentir; algo que era quizá la esencia de la vida misma.
En el ataúd
forrado de raso, bajo las lilas blancas que la envolvían en aristocráticos
aromas, los pobres despojos pedían justicia, se quejaban de un asesinato lento.
Por ser la estación primaveral y la noche templada y por disipar el olor a cera
y a difunto, los que velaban a la niña abrieron la ventana. Al entrar la
bienhechora bocanada de aire libre, la carita demacrada pareció adquirir
plácida expresión de reposo.
Tal vez no
quería pasar sin orearse del encierro de su casa al encierro del nicho.
"Nuevo
Teatro Crítico", núm. 26, 1893.
El Cinco de
Copas
Agustín
estudiaba Derecho en una de esas ciudades de la España vieja, donde las piedras
mohosas balbucean palabras truncadas y los santos de palo viven en sus
hornacinas con vida fantástica, extramundanal. A más de estudiante, era Agustín
poeta; componía muy lindos versos, con marcado sabor de romanticismo; tenía
momentos en que se cansaba de bohemia escolar, de cenas a las altas horas en La
flor de los campos de Cariñena, apurando botellas y rompiendo vasos; de malgastar
el tuétano de sus huesos en brazos de dos o tres ninfas nada mitológicas, de
leer y de dormir; y como si su alma, asfixiada en tan amargas olas, quisiese
salir del piélago y respirar aire bienhechor, entraba en las iglesias y se
paraba absorto ante los ricos altares, complaciéndose en los primores de la
talla y las bellezas de la escultura, y sintiendo esa especial nostalgia
reveladora de que el espíritu oculta aspiraciones no satisfechas y busca algo
sin darse cuenta de lo que es.
Entre las
iglesias a que Agustín se sentía más atraído, había dos adonde le llamaban no
sólo la nostalgia consabida, sino -fuerza es decirlo- otros móviles asaz
profanos. Era la una soberbia basílica en que el arte del Renacimiento había
agotado sus esplendores, y en ella, destacándose sobre el fondo de la luz de
ancha ventana, se admiraba la escultura de cierta Magdalena bellísima, vestida
sólo de un pedazo de estera y de sus ondeantes y regios cabellos. Al través de
la crencha rubia y del grosero tejido, se adivinaban líneas de euritmia
celestial. Agustín devoraba con ojos ávidos a la santa meretriz y se deshacía
en afán de resucitarla. En el otro templo predilecto de Agustín no había
pecadoras bonitas, ni siquiera maravillas de arte; paredes casi desnudas,
salpicadas por los sombríos lienzos del vía crucis; retablos humildes, una pila
ancha, honda, llena de agua hasta el borde, y allá en el techo, en vez de
emperifollada e historiada cúpula, un solo emblema pictórico, muy
triste; sobre la fría blancura, cinco manchas de
almazarrón, que recordaban a los distraídos cómo aquel templo pertenecía a una
comunidad franciscana. Agustín llamaba a los chafarrinones bermejos el Cinco de
Copas.
No podía
acertar Agustín con la razón de sus visitas a la iglesia austera, desprovista
de esa opulencia ornamental que fascina los sentidos. Quizá la soledad del
convento, situado a un extremo de la población, al pie de una colina, en el
repuesto Valceleste; quizá la misma silenciosa nave, donde retumbaba el ruido
de los pasos; quizá las sugestivas figuras de los dos frailes, en oración a uno
y otro lado del altar; quizá el oficio de difuntos, que ciertos días salmodiaba
la comunidad de un modo tan profundo y extraño... Agustín, sin embargo,
atribuía su interés por la escondida iglesia al Cinco de Copas embadurnado de
almazarrón. Le inspiraba una especie de aversión atractiva. Irritábale lo
grosero de la pintura, y, más que nada, sus denegridos y secos tonos. "Eso
no ha sido sangre nunca. ¿En qué se parece eso a la sangre? ¡Vaya una manera de
representar llagas! ¡Y qué frailes estos, que dejan ahí en el techo ese naipe
ordinario y no lo borran siquiera por decoro!" Algunas
veces el estudiante se llevaba a Valceleste a sus
compañeros de aula y también de jarana y francachela, y, apoyados en la pila
del agua bendita, no sin prodigar carantoñas a las devotas vejezuelas que
entraban persignándose, hacían chacota del Cinco de Copas, celebrando la
ocurrencia de quien tan oportuna y gráficamente lo bautizara.
De pronto,
un interés nuevo y avasallador llenó la vida de Agustín. Había llegado al
pueblo, estableciéndose en él, una familia que el estudiante conocía
casualmente, relación de temporada de balneario; y como entrase a visitarlos
algo temprano, antes de la hora de comer, tropezóse en el pasillo con la hija
mayor, Rosario, de quince años, que salía de su cuarto, suelto el pelo y en
ligerísimo traje. Chilló y huyó la niña; quedóse el estudiante confuso, pero la
imagen apenas entrevista, el rielar del flotante pelo rubio sobre las carnes de
nácar, le persiguió como visión de la fiebre, mezclando en su desenfrenada
imaginación la inerte escultura de la Magdalena y la escultura viva de la
doncella.
Del
matrimonio pensaba horrores Agustín; constábale, además, que en muchos años no
tenía probabilidad racional de sostener una familia; y aunque asomos de innata
honradez le decían que era infame perder a la hija de unos amigos confiados y
afectuosos, el mal deseo pudo más. Miradas, sonrisas, paseos por la calle,
encuentros en la catedral, palabras de miel, cartas abrasadoras... No tanto se
requería para vencer a la criatura inexperta, que ignoraba toda la extensión
del mal. Al cabo de cuatro meses de asedio, Rosario otorgó la peligrosa cita.
Sus padres salían del pueblo, a una aldeíta próxima; ella se quedaba sola,
veinticuatro horas lo menos, con la vetusta y sorda criada; todo dispuesto a
maravilla, como por el gran galeoto Lucifer.
Al recibir
el aviso, Agustín sufrió un acceso de alegría insana; sus nervios se cargaron
de electricidad, y sintióse poseído de tal necesidad de correr, gesticular y
pegar brincos, que parecía loco. Faltaba una semana aún, y la enervante espera
le sacaba de quicio. Llevaba cinco noches sin dormir y cinco días en que,
rehusando el alimento sano y sencillo, le sostenían algunas copas de coñac.
Cuando solo una tarde y una noche le separaban del instante supremo, resolvió
dar largo paseo, a fin de que el ejercicio violento le permitiese dormir de
víspera, por no caer malo y desperdiciar la ocasión.
Salió del
pueblo, subió carretera arriba, respirando con deleite la frescura de la tarde,
el olor de los pinares y de los prados, y dando un gran rodeo a campo traviesa
alcanzó la senda que guiaba a lo alto de la colina, bajo la cual descansan
Valceleste y el convento. Al llegar a la cruz del Humilladero, desde donde los
peregrinos, cara contra el polvo, saludaban a la santa ciudad, Agustín sintió
que le rendía la fatiga, y sentándose en las gradas durmió. ¿Cuánto tiempo?
¿Media hora? Tal vez más; porque cuando despertó, el sol ya quería transponer
las violadas crestas del monte.
Su primer
pensamiento, al recordar, no fue para Rosario ni para las esperadas venturas,
sino para el Cinco de Copas.
"¡Cuánto tiempo hace que no veo aquel mamarracho!", dijo entre
sí el mozo, riendo en alto y registrando con la vista, allá en el fondo de
Valceleste, el convento, el claustro, la huerta, las torres de la iglesia, que
ya empezaban a anegarse en las sombras del crepúsculo. Casi al mismo tiempo que
se acordaba de los rojos brochazos, sintió levísimo roce de pisadas, y un
fraile, calada la capucha, sepultadas en las mangas ambas manos, cruzó por
delante de él. Nada tenía de extraño que pasase un fraile a tales horas; sin
duda, por ser la de la queda, regresaba a Valceleste; y, con todo, el
estudiante percibió esa sensación súbita que no puede definirse y que es
preludio del miedo. Antes de salvar el recodo de la senda, volvióse el fraile,
y su cara puntiaguda, exangüe, sumida, chupada, momia, surgió de la capilla;
sus pupilas cóncavas y ardientes se clavaron en Agustín y, sacando de la manga
una pálida mano, hízole una seña... El estudiante se estremeció, pero al punto
saltó del
asiento de piedra.
"¡Bueno, y qué! Un fraile que me saluda... La cosa no tiene nada de
particular... He de saber quién es, o no me llamo Agustín."
Bajó
precipitadamente la agria cuesta; ya no se veía allí rastro de fraile. No
obstante, al acercarse al atrio, parecióle a Agustín que le veía entrar en el
templo. "Irá a rezarle al Cinco de Copas. Allá voy yo también, y si el
fraile flaco me habla, le digo que borren semejante adefesio."
El templo
estaba completamente vacío y casi oscuro; Agustín alzó la mirada hacia la
cúpula, y apenas distinguió los cinco brochazos, confusos y lívidos. La idea
fija de toda la semana remaneció entonces, al disiparse la vaga impresión de
temor causada por la aparición frailesca. Mientras echaba atrás la cabeza para
ver el famoso naipe. Agustín, súbitamente, recordó con gran lucidez a Rosario,
y su inocencia, y su frescura de azucena en capullo... Sus oídos zumbaron,
secósele el paladar..., y apenas la voluptuosa imagen invadió sus sentidos,
notó que, de pronto, los cinco redondeles del techo adquirían color sangriento,
abriéndose y palpitando como los labios de una herida. De su vivo seno fluían
líquidas gotas, que empezaron a caer lentamente, con centelleo de rubíes, y que
salpicaron el suelo todo alrededor del estudiante.
-¡Ahora veo
que son verdaderas llagas! -gimió Agustín sin poder bajar las pupilas.
Una gota
más gruesa, roja, resplandeciente, descendía de la llaga central, y despaciosa,
pesada como plomo, vino a rebotar sobre la frente del estudiante...
***
Hace
bastantes años que viste el sayal, habiéndose dejado en el mundo, para que
otros los recojan, versos, devaneos, libros de Strauss y Buchner, naipes y
risas. Alguna vez, en la portería de Valceleste, le he preguntado, a fin de
animarle y ver qué contesta:
-Padre, ¿se
acuerda del Cinco de Copas?
"Nuevo
Teatro Crítico", núm. 26, 1893.
Náufragas
Era la hora
en que las grandes capitales adquieren misteriosa belleza. La jornada del
trabajo y de la actividad ha concluido; los transeúntes van despacio por las
calles, que el riego de la tarde ha refrescado y ya no encharca. Las luces
abren sus ojos claros, pero no es aún de noche; el fresa con tonos amatista del
crepúsculo envuelve en neblina sonrosada, transparente y ardorosa las
perspectivas monumentales, el final de las grandes vías que el arbolado
guarnece de guirnaldas verdes, pálidas al anochecer. La fragancia de las
acacias en flor se derrama, sugiriendo ensueños de languidez, de ilusión
deliciosa. Oprime, un poco el corazón, pero lo exalta. Los coches cruzan más
raudos, porque los caballos agradecen el frescor de la puesta del sol. Las
mujeres que los ocupan parecen más guapas, reclinadas, tranquilas, esfumadas
las facciones por la penumbra o realzadas al entrar en el círculo de claridad
de un farol, de una tienda elegante.
Las
floristas pasan... Ofrecen su mercancía, y dan gratuitamente lo mejor de ella,
el perfume, el color, el regalo de los sentidos.
Ante la
tentación floreal, las mujeres hacen un movimiento elocuente de codicia, y si
son tan pobres que no pueden contentar el capricho, de pena...
Y esto
sucedió a las náufragas, perdidas en el mar madrileño, anegadas casi, con la
vista alzada al cielo, con la sensación de caer al abismo... Madre e hija
llevaban un mes largo de residencia en Madrid y vestían aún el luto del padre,
que no les había dejado ni para comprarlo. Deudas, eso sí.
¿Cómo podía
ser que un hombre sin vicios, tan trabajador, tan de su casa, legase ruina a
los suyos? ¡Ah! El inteligente farmacéutico, establecido en una población, se
había empeñado en pagar tributo a la ciencia.
No contento
con montar una botica según los últimos adelantos, la surtió de medicamentos
raros y costosos: quería que nada de lo reciente faltase allí; quería estar a
la última palabra... "¡Qué sofoco si don Opropio, el médico, recetase
alguna medicina de estas de ahora y no la encontrasen en mi establecimiento! ¡Y
qué responsabilidad si, por no tener a mano el específico, el enfermo empeora o
se muere!"
Y vino todo
el formulario alemán y francés, todo, a la humilde botica lugareña... Y fue el
desastre. Ni don Opropio recetó tales primores, ni los del pueblo los hubiesen
comprado... Se diría que las enfermedades guardan estrecha relación con el
ambiente, y que en los lugares solo se padecen males curables con friegas, flor
de malva, sanguijuelas y bizmas. Habladle a un paleto de que se le ha
"desmineralizado la sangre" o de que se le han "endurecido las
arterias", y, sobre todo, proponedle el radio, más caro que el oro y la
pedrería... No puede ser; hay enfermedades de primera y de tercera,
padecimientos de ricos y de pobretes... Y el boticario se murió de la más
vulgar ictericia, al verse arruinado, sin que le valiesen sus remedios
novísimos, dejando en la miseria a una mujer y dos criaturas... La botica y los
medicamentos apenas saldaron los créditos pendientes, y las náufragas, en parte
humilladas por el desastre y en parte soliviantadas por ideas fantásticas, con
el
producto de la venta de su modesto ajuar casero, se
trasladaron a la corte...
Los
primeros días anduvieron embobadas. ¡Qué Madrid, qué magnificencia! ¡Qué
grandeza, cuánto señorío! El dinero en Madrid debe de ser muy fácil de ganar...
¡Tanta tienda! ¡Tanto coche! ¡Tanto café! ¡Tanto teatro! ¡Tanto rumbo! Aquí
nadie se morirá de hambre; aquí todo el mundo encontrará colocación... No será
cuestión sino de abrir la boca y decir: "A esto he resuelto dedicarme,
sépase... A ver, tanto quiero ganar..."
Ellas
tenían su combinación muy bien arreglada, muy sencilla. La madre entraría en
una casa formal, decente, de señores verdaderos, para ejercer las funciones de
ama de llaves, propias de una persona seria y "de respeto"; porque,
eso sí, todo antes que perder la dignidad de gente nacida en pañales limpios,
de familia "distinguida", de médicos y farmacéuticos, que no son
gañanes... La hija mayor se pondría también a servir, pero entendámonos; donde
la trataran como corresponde a una señorita de educación, donde no corriese
ningún peligro su honra, y donde hasta, si a mano viene, sus amas la mirasen
como a una amiga y estuviesen con ella mano a mano... ¿Quién sabe? Si daba con
buenas almas, sería una hija más... Regularmente no la pondrían a comer con los
otros sirvientes... Comería aparte, en su mesita muy limpia... En cuanto a la
hija menor, de diez años, ¡bah! Nada más natural; la meterían en uno de esos
colegios gratuitos que hay, donde las educan muy bien y no cuestan a
los padres un céntimo... ¡Ya lo creo! Todo esto lo
traían discurrido desde el punto en que emprendieron el viaje a la corte...
Sintieron
gran sorpresa al notar que las cosas no iban tan rodadas... No sólo no iban
rodadas, sino que, ¡ay!, parecían embrollarse, embrollarse pícaramente... Al
principio, dos o tres amigos del padre prometieron ocuparse, recomendar... Al
recordarles el ofrecimiento, respondieron con moratorias, con vagas palabras
alarmantes... "Es muy difícil... Es el demonio... No se encuentran casas a
propósito... Lo de esos colegios anda muy buscado... No hay ni trabajo para
fuera... Todo está malo... Madrid se ha puesto imposible..."
Aquellos
amigos -aquellos conocidos indiferentes- tenían, naturalmente, sus asuntos, que
les importaban sobre los ajenos... Y después, ¡vaya usted a colocar a tres
hembras que quieren acomodo bueno, amos formales, piñones mondados! Dos
lugareñas, que no han servido nunca... Muy honradas, sí...; pero con toda
honradez, ¿qué?, vale más tener gracia, saber desenredarse...
Uno de los
amigos preguntó a la mamá, al descuido:
-¿No sabe
la niña alguna cancioncilla? ¿No baila? ¿No toca la guitarra?
Y como la
madre se escandalizase, advirtió:
-No se
asuste, doña María... A veces, en los pueblos, las muchachas aprenden de estas
cosas... Los barberos son profesores. Conocí yo a uno...
Transcurrida otra semana, el mismo amigo -droguero por más señas- vino a
ver a las dos ya atribuladas mujeres en su trasconejada casa de huéspedes,
donde empezaban a atrasarse lamentablemente en el pago de la fementida cama y
del cocido chirle... Y previos bastantes circunloquios, les dio la noticia de
que había una colocación. Sí, lo que se dice una colocación para la muchacha.
-No crean
ustedes que es de despreciar, al contrario... Muy buena... Muchas propinas. Tal
vez un duro diario de propinas, o más... Si la niña se esmera..., más, de fijo.
Únicamente..., no sé... si ustedes... Tal vez prefieren otra clase de servicio,
¿eh? Lo que ocurre es que ese otro... no se encuentra. En las casas dicen:
"Queremos una chica ya fogueada. No nos gusta domar potros." Y aquí
puede foguearse. Puede...
-Y ¿qué
colocación es esa? -preguntaron con igual afán madre e hija.
-Es...,
es... frente a mi establecimiento... En la famosa cervecería. Un servicio que
apenas es servicio... Todo lo que hacen mujeres. Allí vería yo a la niña con
frecuencia, porque voy por las tardes a entretener un rato. Hay música, hay
cante... Es precioso.
Las
náufragas se miraron... Casi comprendían.
-Muchas
gracias... Mi niña... no sirve para eso -protestó el burgués recato de la
madre.
-No, no;
cualquier cosa; pero eso, no -declaró a su vez la muchacha, encendida.
Se
separaron. Era la hora deliciosa del anochecer. Llevaban los ojos como puños.
Madrid les parecía -con su lujo, con su radiante alegría de primavera- un
desierto cruel, una soledad donde las fieras rondan. Tropezarse con la florista
animó por un instante el rostro enflaquecido de la joven lugareña.
-¡Mamá!,
¡rosas! -exclamó en un impulso infantil.
-¡Tuviéramos pan para tu hermanita! -sollozó casi la madre.
Y
callaron... Agachando la cabeza, se recogieron a su mezquino hostal.
Una escena
las aguardaba. La patrona no era lo que se dice una mujer sin entrañas: al
principio había tenido paciencia. Se interesaba por las enlutadas, por la niña,
dulce y cariñosa, que, siempre esperando el "colegio gratuito", no se
desdeñaba de ayudar en la cocina fregando platos, rompiéndolos y cepillando la
ropa de los huéspedes que pagaban al contado. Solo que todo tiene su límite, y
tres bocas son muchas bocas para mantenidas, manténganse como se mantengan.
Doña Marciala, la patrona, no era tampoco Rotchschild para seguir a ciegas los
impulsos de su buen corazón. Al ver llegar a las lugareñas e instalarse ante la
mesa, esperando el menguado cocido y la sopa de fideos, despachó a la fámula
con un recado:
-Dice doña
Marciala que hagan el favor de ir a su cuarto.
-¿Qué
ocurre?
-No sé...
Ocurría que
"aquello no podía continuar así"; que o daban, por lo menos, algo a
cuenta, o valía más, "hijas mías", despejar... Ella, aquel día
precisamente, tenía que pagar al panadero, al ultramarino. ¡No se había visto
en mala sofocación por la mañana! Dos tíos brutos, unos animales, alzando la
voz y escupiendo palabrotas en la antesala, amenazando embargar los muebles si
no se les daba su dinero, poniéndola de tramposa que no había por dónde
agarrarla a ella, doña Marciala Galcerán, una señora de toda la vida.
"Hijas", era preciso hacerse cargo. El que vive de un trabajo diario
no puede dar de comer a los demás; bastante hará si come él. Los tiempos están
terribles. Y lo sentía mucho, lo sentía en el alma...; pero se había concluido.
No se les podía adelantar más. Aquella noche, bueno, no se dijera, tendrían su
cena...; pero al otro día, o pagar siquiera algo, o buscar otro hospedaje...
Hubo
lágrimas, lamentos, un conato de síncope en la chica mayor... Las náufragas se
veían navegando por las calles, sin techo, sin pan. El recurso fue llevar a la
prendería los restos del pasado: reloj de oro del padre, unas alhajuelas de la
madre. El importe a doña Marciala..., y aún quedaban debiendo.
-Hijas,
bueno, algo es algo... Por quince días no las apuro... He pagado a esos
zulúes... Pero vayan pensando en remediarse, porque si no... Qué quieren ustés,
este Madrid está por las nubes...
Y echaron a
trotar, a llamar a puertas cerradas, que no se abrieron, a leer anuncios, a
ofrecerse hasta a las señoras que pasaban, preguntándoles en tono insinuante y
humilde:
-¿No sabe
usted una casa donde necesiten servicio? Pero servicio especial, una persona
decente, que ha estado en buena posición..., para ama de llaves... o para
acompañar señoritas...
Encogimiento de hombros, vagos murmurios, distraída petición de señas y
hasta repulsas duras, secas, despreciativas... Las náufragas se miraron. La
hija agachaba la cabeza. Un mismo pensamiento se ocultaba. Una complicidad,
sordamente, las unía. Era visto que ser honrado, muy honrado, no vale de nada.
Si su padre, Dios le tuviere en descanso, hubiera sido como otros..., no se
verían ellas así, entre olas, hundiéndose hasta el cuello ya...
Una tarde
pasaron por delante de la droguería. ¡Debía tener peto el droguero! ¡Quién como
él!
-¿Por qué
no entramos? -arriesgó la madre.
-Vamos a
ver... Si nos vuelve a hablar de la colocación... -balbució la hija. Y, con un
gesto doloroso, añadió: -En todas partes se puede ser buena...
"Blanco y Negro", núm. 946, 1909.
Las dos
vengadoras
Al conde
León Tolstoi
Había un
hombre muy perseguido, no tanto por la suerte como por los demás hombres, sus
prójimos y, especialmente, por los que debieran profesarle cariño y tenerle
ley. No parecía sino que, por negra fatalidad, a Zenón -que así se llamaba-
toda la miel se le volvía hiel o mejor dicho, ponzoña. Sus hermanos, que eran
dos, se concertaron para despojarle de la herencia paterna y le dejaron en la
calle, sin más ropa que la puesta, sin techo ni lumbre. Casóse, y su mejor
amigo le afrentó públicamente con su mujer y, como si no bastase, la vil pareja
le acusó de falsario, forjó pruebas contra él y logró que le sentenciasen a
presidio, donde, inocente, arrastró largo tiempo el grillete de los criminales.
Aunque
Zenón tenía al principio el alma abierta y generosa, el carácter noble y suma
bondad, las traiciones, persecuciones y calumnias, el deshonor, los ultrajes y
los desengaños fueron ulcerando su espíritu y cambiando su ser de tal manera
que, en vez de resignarse y perdonar, como perdonó el Maestro, sintió poco a
poco crecer en su corazón un espantable deseo, una sed ardentísima de venganza.
Ya no ansiaba cumplir el tiempo de su condena por ser libre y volver a la
sociedad, sino por buscar ocasión de saciar la ira que, gota a gota, había ido
destilando. Pasábase las noches en vela fraguando planes que ejecutaría al
punto de terminarse su cautiverio. Con paciencia, hilo a hilo, iba tejiendo la
trama, y restregándose las manos gozoso, decía para sí: "Hoy salgo y
mañana vuelvo a la prisión, pero de esta vez vuelvo por algo, por haber pagado
a mis enemigos con usura el mal que me hicieron. Inocente me encerraron aquí, y
otra vez me encerrarán culpable, pero habiendo saboreado
las delicias del desquite. Véngueme yo, y álcese el
patíbulo después."
Cumplió
Zenón su tiempo y salió de las cárceles, resuelto a poner por obra sus airados
propósitos. Lo primero que determinó fue pegar fuego a la casa solariega que le
pertenecía y de donde sus hermanos le habían expulsado con dolo. Aprovecharía
las sombras de la noche y, disfrazado de pordiosero, oculto en un cobertizo,
esperaría a que todos se entregasen al descanso, obstruiría bien las cerraduras
de puertas y ventanas, y cuando estuviesen en el descuido del primer sueño,
prendería las virutas impregnadas de resina, a fin de que todo ardiese como
yesca. Así que las llamas subiesen muy altas y los clamores de los encerrados
fuesen extinguiéndose -lo cual probaría que ya los tenía asfixiados el humo-,
Zenón huiría, yendo a introducirse secretamente en su propia casa, donde la
falsa mujer y el mal amigo estarían juntos. Zenón conocía bien las entradas y
salidas y podía deslizarse y esconderse sin ser observado de nadie. Compró un
puñal, porque a éstos deseaba verlos morir y
saborear las convulsiones de su agonía.
Así que se
puso el sol, vistió sus ropas de mendigo y, apoyado en un palo, tomó el camino
de la casa que pensaba incendiar. Caminaba como el Destino, entre tinieblas más
densas cada vez, cuando a una revuelta de la carretera advirtió cierta claridad
misteriosa que alumbraba vivamente el paisaje, y se le aparecieron, juntas y
cogidas de la mano, dos mujeres que formaban singular contraste.
Una era
amarilla, escuálida, tan escuálida que los huesos se entreparecían bajo la seca
piel; tenía palmas de esqueleto, y al través de los polvorientos crespones
negros que la cubrían, se notaba que carecía de seno y de toda redondez
femenil; con la mano derecha empuñaba y esgrimía reluciente hoz. La otra mujer
era lozana, mórbida, colorada, blanca y de un rubio encendido los cabellos;
vestía gasas de mil colores: rojo, verde, rosa, azul, aunque pegada al cuerpo llevaba
una túnica negrísima. Zenón miraba a las dos apariciones, como preguntando qué
le querían, hasta que ambas dijeron a una voz:
-Somos las
Vengadoras y nos presentamos para que elijas, entre las dos, la que creas más
eficaz.
-Yo -añadió
la mujer escuálida- me llamo Muerte, y soy por ahora tu preferida. Has apelado
a mí para vengarte de tus enemigos, y tienes resuelto carbonizar a los unos y
coser a puñadas a los otros. Heme aquí dispuesta a complacerte sin tardanza;
así como así, poco trabajo me cuesta darte gusto, porque es cuestión de
adelantar los sucesos: año arriba o abajo, tus enemigos no podrán librarse de
esta hoz que empuño.
-Escucha
-intervino la lozana mujer-: antes de que te entregues a mi hermana, que te
engatusará por lo sencillo y expeditivo de los recursos que emplea, atiéndeme a
mí, y de seguro que yo seré la elegida. Para convencerte no necesito sino
enseñarte los cuadros de mi linterna mágica. Abre los ojos y mira bien.
Zenón miró,
y sobre el fondo blanco del paño que extendía la mujer hermosa, vio agitarse
las siluetas de sus aborrecidos hermanos. El menor echaba a hurtadillas una
pulgarada de polvos blancos en la taza del mayor, y el mayor, después de haber
bebido lo que contenía la taza caía al suelo entre horrendas convulsiones; pero
no moría; arrastrábase largo tiempo apoyado en un báculo, y en cada plato que
le servía el menor, mezclaba nuevo tósigo, hasta que el envenenado se iba
quedando imbécil, reducido a la idiotez y abandonado de todos y cubierto de
miseria expiraba en un rincón. Así que moría, su espectro comenzaba a
aparecerse en sueños al culpable, a quien Zenón veía erguirse en la cama,
trémulo, con el pelo erizado y los ojos fuera de las órbitas. Cambió de
personajes la linterna, y se destacaron las siluetas de la esposa y del amigo
de Zenón: ella siguiendo a su querido como la sombra al cuerpo, abrasaba en
celos rabiosos; él procurando huir, lleno de hastío, de aquella
amante ya marchita por la edad y las pasiones.
Escondíase él, o se pasaba el día en casa de otras mujeres, y ella lloraba, y
sus lágrimas eran como gotas de fuego que abrasaban el paño donde caían. Ya
cansado de que le espiasen y le acusasen, él se volvió y Zenón fue testigo de
cómo el seductor de su mujer le ponía en el rostro la mano...
-Esta será
mi obra -pronunció la Vida solemnemente- si no se atraviesa mi hermana y me
apaga la linterna. Ahora, tú dirás, Zenón, cuál de nosotras dos te conviene
para Vengadora. ¿Sigues con el propósito de incendiar y acuchillar? ¿Quieres
que te ayude la Muerte?
-No
-respondió Zenón, que se limpió una lágrima-. Si la crueldad y el odio aún
persistiesen en mí, lo que pediría a tu hermana sería que tardase muchos,
muchos años en pasar el umbral de mis enemigos, y que te dejase a ti paso
franco.
-Con tanta
más razón -dijo irónicamente la Muerte, algo despechada, pues al fin es mujer,
y no gusta de que la desairen- cuanto que yo, tarde o temprano, no he de
faltar, y que en mi danza general todos harán mudanza, sin que les valgan
excusas.
***
Zenón
escribió a sus enemigos para advertirles que les perdonaba, y se retiró a un
desierto, donde vive cultivando la tierra y sin querer ver rostro humano.
"El
Imparcial", 29 de agosto de 1892.
La mariposa
de pedrería
Érase que
se era un mozo muy pobre, y vivía en una guardilla de las más angostas y
desmanteladas de la gran capital. Los muebles del tugurio se reducían a dos
sillas medio desfondadas, un catre con ratonado jergón, una mesilla mugrienta,
un tintero roñoso y un anafre comido de orín. El mozo -a quien llamaré
Lupercio- cubría sus carnes con traje sutil de puro raído y capa ya
transparente. Las botas, entreabiertas; por ropa blanca, cuatro andrajos de
lienzo; por corbata, un pingo. Así es que Lupercio sufría grandes fatigas y
rubores, y cuando al salir a la calle para comprar un panecillo o diez céntimos
de leche se cruzaba con alguna niña bonita, limpia y bien puesta, ardiente
oleada de fuego le subía al rostro.
Para evitar
el bochorno de que las mujeres se fijasen en su pergeño, sólo salía al
anochecer, cuando es más fácil pasar inadvertido entre la gente que por las
calles se codea y empuja. Entonces Lupercio, llevado por la marejada del
gentío, veía y hasta rozaba cuerpos gallardos, recibía el rayo de fulgurantes
pupilas, sentía el roce eléctrico de la seda crujidora y aspiraba bocanadas de
finas esencias. Sus ojos ávidos seguían al tren de lujo, maceta de donde emergen,
blandamente columpiadas, aristocráticas flores. Detrás de los vidrios de las
tiendas alzábanse pirámides de botellas de vinos generosos, y la luz se
filtraba al través de su vientre con reflejos de oro y de sangre. Otros
escaparates presentaban el libro nuevo, gentil, de lustrosa cubierta, o el
rancio infolio, clave del pasado. Y Lupercio temblaba de fiebre, de ansia de
amar, de gozar, de aprender, de vivir.
Una noche
subió a su guardilleja más calenturiento que nunca. Encendió mortecina lámpara,
abrió la ventana para que el tabuco se ventilase y, dejando caer la cabeza
sobre la mano, poco tardó en rezumar por entre sus dedos lágrima abrasadora.
Alzó la frente, miró al anafre y se le ocurrió que en él estaba el remedio de
cuantos males hay en el mundo. Estas cosas, lector amigo, de cien veces que se
piensen, dígote en verdad que no se hacen una. Lupercio, que realmente estaba
triste, triste hasta morir, de pronto cogió la pluma, la sepultó en el roñoso
tintero, la paseó sobre un fragmento de papel... y salieron renglones
desiguales, los primeros que había compuesto nunca. Cuando terminó la
composición, o lo que fuese, el mozo vio, a la luz de la mortecina lámpara,
posado sobre su tintero, un insecto extraño, fúlgido, deslumbrador: una
mariposa de pedrería.
Su abdomen
era de una perla oriental: de esmeraldas su corselete; sus alas de rubíes y
brillantes, y al remate de sus antenas temblaban, como gotas de rocío, dos
cristalinos solitarios de incomparable pureza. Lo más encantador de la mariposa
es que, siendo de pedrería, estaba viva, pues al tender Lupercio la mano para
cogerla, voló la mariposa y fue a posarse más lejos, a la orilla de la mesa. El
mozo se quedó sobrecogido; si se empeñaba en cogerla, de fijo que la mariposa
huiría por la ventana abierta. Renunciando a perseguir al resplandeciente
insecto, Lupercio se contentó con admirarlo.
La mariposa
tenía, sin duda alguna, luz propia, porque apartada de la escasa de la lámpara,
centelleaba más, proyectando irisados reflejos sobre toda la guardilla. Y es el
caso que, a la claridad emanada de la mariposa, así se transformaba la vivienda
de Lupercio, que no la conocería nadie. Invisibles tapiceros revistieran las
paredes de telas, cuadros, espejos y colgaduras; del techo pendían arañas de
veneciano vidrio y cubría el suelo alfombra turquesca de tres dedos de gordo.
¡Qué metamorfosis! En las Gorgonas de Murano se deshojaban rosas: sobre un
velador árabe tentaban el apetito frutas, dulces y refrescos; blancas melodías
de laúd acariciaban el aire y, abriéndose sutilmente la puerta, una mujer, digo
mal, una diosa, envuelta en gasas tenues y sin más tocado que las rubias hebras
de febeo cabello, se adelantó, tomó del velador una granada entreabierta,
reventando en granos de púrpura, y se la ofreció a Lupercio con lánguida
sonrisa... Todo este misterio duró hasta que
la mariposa, desde el borde de la ventana, alzó su
vuelo, perdiéndose en la oscuridad de la noche.
Aunque al
volar la mariposa de pedrería la guardilleja volvió a su prístina y natural
fealdad, miseria y desaliño, desde aquel día Lupercio no pensó en la muerte.
Tenía un interés, una esperanza: que repitiese su visita la encantada
bestezuela. Y la repitió, en efecto, al conjuro de la pluma mojada en tinta y
los renglones desiguales. Volvió la mariposa, y esta vez convirtió la guardilla
en jardín tropical, poblado de naranjos y palmeras, donde vírgenes africanas ofrecían
a Lupercio agua fría en ánforas rojas estriadas de plata y azul. Así que se
habituó a responder al conjuro, la mariposa fue transformando la mansión de
Lupercio, ya en gruta oceánica, con náyades, corales y espumas, ya en bahía
polar que alumbra boreal aurora, ya en patio de la Alhambra, con arrayanes y
fuentes de mármol, donde se leen versículos del Corán; ya en camarín gótico,
dorado como un relicario...
Mientras
tanto, un periódico imprimía los versos de Lupercio -porque versos eran, ya es
hora de confesarlo- y, poco a poco, los fue conociendo, estimando y luego
admirando el público. Tras la admiración y el aplauso del público vino la
envidia de los rivales, la curiosidad de los poderosos y la protección de
algunos más inteligentes; con la protección, un poco de bienestar; luego, algo
que pudiera llamarse desahogo y, por último, una serie de felices circunstancias
-herencia, lotería, negocios-, la riqueza. Lupercio vivió, amó, gozó, rodó en
carruaje al lado de pulcras damiselas, con trajes de seda de eléctrico roce...,
y no necesito decir que, impulsado por el aura de la fortuna, fue bajando,
primero de su guardilla al piso segundo; después, del segundo al primero, hasta
que resolvió construir para su residencia un lindo palacio, a orillas del mar,
en Italia. Había en él jardines, salones, tapicerías, brocados, alfombras,
objetos de arte; en suma, cuanto pudo soñar Lupercio
en la guardilla de los años juveniles.
Sin
embargo, su mujer, sus hijos, sus amigos, sus criados, le veían cabizbajo,
abatido, deshecho y notaban que, de día en día, se iba agriando su carácter, y
ennegreciéndose su humor, y rebosando en él tedio y hastío. Nadie se explicaba
el cambio, porque nadie sabía que la mariposa de piedras, la maga de la
guardilla, la que también había frecuentado el piso segundo y honrado alguna
que otra vez el principal, no se dignaba apoyar sus patitas de esmalte en el
reborde de las ventanas del palacio, abiertas siempre en verano como en
invierno, para dejarle franca la entrada.
Lupercio se
ponía de pechos en la rica balconada de mármol que dominaba el jardín, y desde
la cual se divisaba la extensión del golfo de Nápoles y se oía el murmurio de
sus aguas, y miraba a las estrellas por si de alguna iba a bajar la mariposa;
pero las estrellas titilaban indiferentes y, de mariposa, ni rastro. Lupercio
abría a centenares botellas de generosos vinos -de aquellos que en la mocedad
le tentaban como un sueño irrealizable-, y en el fondo espumoso del cristal no
dormía la mariposa tampoco. Lupercio comía granadas con algunas risueñas
beldades muy aficionadas a la fruta, y tampoco en el seno de púrpura se
ocultaba la mariposa maldita, la de las alas de rubíes...
¿Que si
había muerto? ¡Para morir estaba ella! Sabe, ¡oh lector!, que las mariposas de
pedrería son inmortales. Sólo que la tunanta no tenía ganas de perder el tiempo
con gente machucha, y andaba transformando en palacio, jardín o edén otro
domicilio modesto, donde un mozo soñador garrapateaba no sé si verso o prosa...
"El
Imparcial", 18 de julio de 1892.
El ruido
Camilo de
Lelis había conseguido disfrutar la mayor parte de los bienes a que se aspira
en el mundo y que suelen ambicionar los hombres. Dueño de saneado caudal, bien
visto en sociedad por sus escogidas relaciones y aristocrática parentela,
mimado de las damas, indicado ya para un puesto político, se reveló a los
veintiséis años poeta selecto, de esos que riman contados perfectísimos
renglones y con ellos se ganan la calurosa aprobación de los inteligentes, la
admirativa efusión del vulgo y hasta el venenoso homenaje de la envidia. Sobre
la cabeza privilegiada de Camilo derramó la celebridad su ungüento de nardo, y
halagüeño murmullo acogió su nombre dondequiera que se pronunciaba. Abríase
ante Camilo horizonte claro y extenso; la única nubecilla que en él se divisaba
era tamaña como una lenteja. No obstante, el marino práctico la llamaría
anuncio de tempestad.
Para
comprender la trascendencia de la nubecilla, conviene saber que la originalidad
literaria de Camilo consistía en una tan delicada, refinada y exquisita
construcción del período, que las palabras, engarzadas como eslabones de
primorosa cadena de esmalte, se realzaban unas a otras y hacían música como de
agua corriente o de arpas estremecidas por el viento y que despiden sones
aéreos, prolongados y dulcísimos. El efecto que las rimas de Camilo producían
en el lector era el de una vibración lenta y profunda, suave y embelesadora.
Diríase que los tales versos nacían hechos, ordenados, sin esfuerzo alguno por
el instinto, como producto natural de la espontaneidad de un gran artista; más
lejos de ser así, Camilo de Lelis, premioso, exigente consigo mismo e idólatra
de la forma pura, desdeñando por ella la realidad, dedicaba, no sólo a cada
frase, sino a la elección de cada verbo, horas de reflexión, de trabajo
mnemotécnico, repasando las palabras que más halagan el oído,
buscando el adjetivo plástico que pone de
manifiesto casi visiblemente la línea, el color y el relieve de los objetos,
aunque no engendre el inefable y espiritual goce de sentir, pensar y soñar.
Ello es que
al joven poeta le costaba sudor de sangre cada renglón. Y fue lo malo que,
cuando se hubo embriagado con los elogios tributados a la factura de sus
primeros poemas, aún refinó más la de los siguientes, y los cinceló con rabia,
con encarnizamiento, encerrándose en su gabinete de estudio y negándose a
salir, hasta para comer, mientras no encontrase el efecto de sonoridad o de
dulzura que recreaba su oído de melómano. No tardó mucho en notar cómo le era imposible
semejante labor en aquél pícaro gabinete, donde se oían todos los ruidos de la
calle céntrica: paso de ómnibus y tranvías, que hacían retemblar las vidrieras;
rodar atronador de coches, que imponían al pavimento viva y momentánea
trepidación; pregones de verduleras, que rompían con entonaciones ásperas y
guturales las cadencias de sílabas que arrullaban a Camilo; riñas callejeras;
trotadas de caballo; rebuznos asnales y pianos mecánicos, más insufribles aún
que los rebuznos. Al principio estos ruidos
importunaban al escritor, como importuna una
sensación de conjunto, la bárbara irrupción de una murga, el vocerío de una
feria; pero así que fijó su atención en el hecho de que la calle era
bulliciosa, infernalmente estrepitosa, notó con angustia que cada ruido se
destacaba de los demás y se precisaba y definía, obstruyéndole el cerebro y no
permitiéndole tornear un solo verso. Los tranvías le pasaban por las sienes;
los coches rodaban sobre su tímpano; los apremiantes pregones, los apasionados
y rijosos rebuznos parecían feroces gritos de guerra; las tocatas de los pianos
eran gatos de erizada pelambre que sobre la mesa de escritorio bufaban
enzarzados o trocaban maulladas ternezas.
Crispado y
dolorido ya, Camilo de Lelis recordó que tenía dinero y podía permitirse el
lujo de un estudio silencioso. Gastó varios días en recorrer la capital, hasta
que en un barrio limítrofe con el campo descubrió una casita o más bien hotel,
de estos a la malicia que ahora se usan, que por lo retirado del movimiento y
tráfago de las calles y por el jardincillo que tenía al frente, pareció al
artista el refugio que soñaba. Realizó la mudanza con apresuramiento febril;
instaló sus libros, sus muebles tallados, sus cacharros, sus damasquinas armas
y bordadas telas -porque Camilo necesitaba verse rodeado de atmósfera de
elegancia para trabajar-, y cuando todo estuvo en orden, antecogió las
cuartillas y enristró la pluma. Apenas llevaba trazadas las tres estrellas,
único título del poema que proyectaba, agitóse convulso en el sillón como si
hubiese recibido eléctrica corriente. Era que de la calle desierta, abriéndose
paso por entre las éticas lilas y los polvorientos
evónimos, entraba una especie de gorjeo infantil,
entrecortado de risa, de chillidos gozosos, de monosílabos palpitantes de
curiosidad: en suma, la charla fresca de unos chicos que delante de la verja
jugaban a la rayuela con cascos de teja, despojos de la tejera próxima.
El poeta se
llevó las manos a las sienes, y poco después, como el parloteo de los gurriatos
no cesaba, cogió el tintero y lo arrojó contra la pared, lo cual prueba que la
cabeza de Camilo de Lelis empezaba a trastornarse. Sin embargo, resolvió
esperar a la noche, hora del silencio, según todos los vates clásicos, y así
que las tinieblas colgaron sus pabellones de crespón, he aquí que vuelve a
llamar a la musa... Y cuando mentalmente apareaba el consonante del primer
verso con el del tercero -como quien aparea soberbias perlas para pendientes de
una hermosa-, oyó otra vez rumor junto a la verja... No como antes, espontáneo,
regocijado y bullicioso, sino reprimido, suave, tímido, dialogado, interrumpido
de tiempo en tiempo por calderones que estremecían y exaltaban hasta el
paroxismo el cerebro del que oía... ¡Dos enamorados! ¡Una pareja! ¡Allí! El
poeta se puso a renegar del amor, lo mismo que si el arte no existiese por él y
para él... Y a la mañana siguiente Camilo de Lelis
tomaba el tren y buscaba en la soledad de una
provincia retiro bronco, la guarida de una fiera montés.
Hallóla a
medida del deseo. Era, en la vertiente de una montaña, un conventillo en
ruinas, donde mandó hacer los reparos necesarios para dejarlo habitable.
Encerróse allí sin más compañía que una anciana criada. Parecía aquello el
mismo palacio del Silencio augusto y reparador; y el poeta, al entrar en su
mansión romántica, suspiró de gozo y se puso a escuchar las mudas armonías del
desierto. Cuando pensaba saborear la callada paz de la atmósfera, el canto de
un gallo resonó, imperioso y clarísimo. ¡Aquí de Dios! Al punto se le retorció
el pescuezo al gallo; pero el sacrificio fue estéril, y Camilo no tardó en
convencerse de que el viejo conventillo era cien veces más ruidoso que las
calles de la corte. Sordos arrullos de palomas torcaces; correrías de ratones
por los desvanes oscuros; zumbido de abejas que entraban por la ventana; coros
de árboles agitados por el viento, y, sobre todo, el eterno plañir de la
cascada, que desplomándose de lo alto de la roca al fondo del
valle, deshecha en irrestañable llanto, inundaba de
desesperación el alma del artista, ya reducido a la impotencia y presa en breve
de la insania.
***
A los
treinta años, casi olvidado de sus admiradores de un día, Camilo de Lelis
expiraba en el manicomio. Su primera impresión, al encontrarse en el nicho, fue
-no se admire el lector- de inmenso bienestar. Por fin habían cesado los
malditos ruidos de la tierra, por fin su cerebro no sentía las horribles
punzadas de agujas candentes y los tenazazos que por el oído llegaban a las
últimas células de la sustancia gris... ¡Qué hermoso silencio absoluto, eterno,
sin límites, como océano extendido desde lo infinito terrestre a lo infinito
celestial!
De
pronto... ¡No, si no puede ser! ¿Se concibe que existan ruidos dentro de una
tumba, que atraviesen las paredes de un nicho, la espesura de una caja de cinc
y de un recio ataúd forrado de paño grueso? No se concebirá, pero lo cierto es
que algo suena... Camilo de Lelis se estremece, quiere incorporarse, quiere
gemir... El ruido que le quita las dulzuras del perenne reposo es la
fermentación que comienza, son los gusanos, que no tardarán en pulular sobre su
pobre cuerpo... ¡Tampoco el sepulcro está solitario, y el adorador de la pura e
inalterable Forma encuentra en él a su enemiga la Vida!
"El
Imparcial", 21 de noviembre de 1892.
El tornado
Entre las
caras aldeanas, a la salida de misa, se destacaba siempre para mí, con relieve
especial, la de un presbítero, que era aldeana, por las líneas y no por la
expresión. Las caras no van más allá que las almas, y es el alma lo que se
revela en los rasgos, en el pliegue de la boca, en la luz de los ojos. Aquel
cura, arrinconado en la montaña, no sé qué presentaba en su fisonomía de
resuelto y de advertido, de dolorido y de resignado, que me advirtieron, sin necesidad
de preguntar a nadie, que tenía un pasado distinto del de sus congéneres de
misa y olla, los cuales, desde el seminario, se habían venido a la parroquia, a
no conocer más emociones que las del día de la fiesta del Patrón o las de la
pastoral visita.
Habiéndole
manifestado mi curiosidad al señorito de Limioso, se echó a reír a la sombra de
sus bigotes lacios.
-Pues
apenas se alegrará Herves cuando sepa que usted quiere oírle la historia...
Como que los demás ya le tenemos prohibido que nos la encaje... Solo se la
aguantamos una vez al año, o antes si hay peligro de muerte...
Convenido;
vendría el cura aquella tarde misma. Le esperé recostado en un banco de vieja
piedra granítica, todo rebordado de musgos de colores. Hacía frío, y el paisaje
limitado, montañoso, tenía la severidad triste del invierno que se acercaba.
Uno de esos pájaros que se rezagan y todavía se creen en tiempo oportuno de
amar y sentir, cantaba entre las ramas del limonero añoso, al amparo de su
perfumado y nupcial follaje perenne. En las vides no quedaban sino hojas rojas,
sujetas por milagro y ya deseosas de soltarse y pagar su tributo a la ley de
Naturaleza.
Hay en
estos aspectos otoñales del paisaje una melancolía tranquila y, por lo mismo,
más profunda, un mayor convencimiento de lo efímero de las cosas... Cuando
entraron el cura y el señorito, dispuestos a satisfacer una curiosidad tan
transitoria como la vida, ya mi espíritu andaba muy lejos: se había ido a donde
no hay curiosidades, a una región de contemplativa serenidad.
Media hora
después oía yo el relato de una aventura vulgar, pero que había bastado para
dar aroma de pena antigua a la existencia de aquel hombre y para sugerirle un
romanticismo, allá a su manera, complicado de cierto orgullo... Por la aventura
podía mirar con superioridad, en lo interno, a sus compañeros, y en las largas
sobremesas de los convites parroquiales, excitada la imaginación a poder del
generoso y el anisete, revivir los dramáticos momentos, ser otra vez el que
corrió graves peligros y estuvo a punto de que un vórtice le tragase...
-Al
concluir la carrera -díjome después de recogerse un momento, como si no se
supiese la relación de memoria- me encontré con que se murió una buena señora
que era mi madrina de misa, y tuvo la ocurrencia de legarme una manda regular.
Eché mis cuentas, y en vez de prestar a réditos para sacar al año una pequeñez,
cargando además mi alma con responsabilidades, acordé salir un poco a ver el
mundo. Yo hijos no había de tener; mis sobrinos..., ¡que se arreglasen!..., y
como el viajar es la única diversión que no se mira mal en nosotros, ¡viajemos!
Casi siempre, en tocando a salir de casa, mis colegas la emprenden hacia Roma.
Una peregrinación..., ¡y adelante! Muy natural... Pero a mí, no sé por qué me
entró afán de hacer todo lo contrario. Lo más diferente de Roma y de cuanto
conocemos -pensé- serán los Estados Unidos... Y allá me fui, en un buque
hermosísimo, y llegué a Cuba sin el menor tropiezo, y de la Habana, que por
cierto me gustó de veras (a poco me quedo allí a vivir),
pasé a la América del Norte, hallando tantas cosas
de admirar que, para lo que me resta de estar en el mundo, tengo que rumiar
memorias. Todo lo apunté en unos cuadernos para que no se me olvidase; y cada
vez que leo en la Prensa algún invento o algún caso que parece mentira..., de
mis cuadernos echo mano... y digo para mí...
-Y para los
demás también -advirtió el señorito-. ¡Pues no nos tendrá leídos los
cuadernitos que digamos!
-Y, bueno
¿de qué voy a tratar? ¿De política? ¿De chismes? ¡Ello es que en mis
cuadernitos será raro que no se halle ya mencionado lo que nos dan por grandes
novedades los periódicos...! En fin, yo me pasé más de un año entre aquella
gente, sin conocer a nadie, con barbas y sin corona, aunque, gracias a Dios,
sin faltar a las obligaciones de mi estado. Y así me estaría hasta la
consumación de los siglos si no llega a escasearme el dinero, droga más
necesaria allí, según pude advertir, que en parte alguna... Como no era cosa de
echarme a pedir limosna, y a más no es costumbre de aquella gente el darla,
tomé el partido de embarcarme otra vez, y la travesía desde Nueva York a la
Habana fue una delicia...
En la
Habana -donde no quise saltar a tierra, temeroso de no decidirme luego a salir
de allí, aunque para mantenerme en aquel paraíso hubiese de ponerme a hacer la
zafra en lugar de un negro- subió a bordo una señora joven, de riguroso luto
-no despreciando, bien parecida-, con un niño muy guapo, de unos seis años.
Éramos la señora y yo de los pocos españoles que en el buque iban; éramos ambos
pasajeros de segunda, y por educación y porque me daba lástima empecé a
saludarla y a entretenerme con el niño, una monada de listo y de cariñoso. El
padre, por lo visto, era empleado, y se había muerto del vómito. Cada vez que
salía la conversación, la viuda, lamentando su desamparo, lloraba; pero poco a
poco se puso casi alegre, me gastaba bromas, y siempre procuraba encontrarse
conmigo en el puente para charlar. No sabía que yo era sacerdote, y yo, vamos,
no se lo dije: me parecía raro, con la barba que me llegaba a las solapas del
chaleco. Al desembarcar, después de rasurarme...,
bueno que lo supiese.
Como un
golfín iba la embarcación hasta llegar a la altura de las Azores. Sin embargo,
el capitán había torcido el gesto al ver un celaje muy descolorido, que luego
fue volviéndose cobrizo al anochecer, y ya de noche, negro, lo propio que si en
el cielo se hubiese volcado un tonel de tinta... Algunas exhalaciones
parpadearon en el horizonte; pero la calma era tal, que el agua parecía aceite
grueso. No se acostó el capitán, y yo tampoco; no sé qué inquietud me desvelaba.
Al amanecer, el celaje se mostró más negro si cabe, y una ceja gigantesca, un
arco inmenso apareció casi encima de nosotros, dibujado como por mano firme y
maestra.
-¿Qué hay,
capitán?- le pregunté al verle tan sombrío como el cielo.
-¡Qué ha de
haber, me...! -y juró entre dientes-. ¡Que tenemos encima el tornado... y que
será de los de primera! ¿No ve usted qué perfecto es el arquito?
Ya había yo
oído en el pasaje mentar el tornado con expresiones de terror; el tornado es el
coco de aquellos mares. Así y todo, como la calma era tan absoluta y yo no
entendía de achaque de navegación, no sentí al pronto mucho miedo. Empecé a
sentir las cosquillas cuando pasajeros y tripulación salieron al puente y en
voz baja se cambiaron impresiones. Todos mirábamos fijamente a aquella ceja
colosal de un ojo terrible, inmóvil, que nos amenazaba. La calma era de plomo;
no sé expresarlo sino así; en plomo nos creíamos envueltos. Una pluma de ave
echada al aire permanecía en suspensión. Y nuestras almas estaban como aquella
pluma; pendientes y esperando el primer soplo...
En aquellos
segundos de ansiedad trágica en que ni respirábamos, fue cuando la viuda, con
su niño de la mano, su ropa negra, y más blanca la cara que un papel, se acercó
a mí y me dijo de una manera que me llegó al corazón:
-No tenemos
a nadie en este mundo... Yo sólo en usted he puesto mi esperanza... Si sucede
algo, ¿nos amparará? Esta criaturita sin padre...
Y, sin
duda, yo estaba loco del susto que todos teníamos metido en el cuerpo, porque
le contesté cogiéndola de las manos:
-A no ser
que muriese yo primero, ni usted ni el niño han de pasar daño ninguno. El padre
del niño aquí está.
Aún no hube
proferido tal dislate..., ¡zas!, prorrumpe el huracán por el Nordeste con una
fuerza inaudita; una fuerza tal, que todo el barco tembló y se paró; y no era
que se hubiese roto la máquina -que se rompió después-, sino que ni con cien
máquinas avanzaría... Saltaron luego unas olas..., ¡vaya unas olas de horror!
Nadie creería que de aquella mar de aceite podían levantarse semejantes
monstruos... Caíamos al fondo, y nos veíamos de repente en la cumbre de una
muralla altísima, y debajo nos esperaba, para recogernos en otra caída, un
abismo sin fin... El capitán estaba como loco; dos veces rodó al suelo, y en
una de ellas, por desdicha, se rompió la cabeza contra no sé qué... Tomó el
mando el segundo. Era mucho menos hombre, de menos agallas marineras, y
comprendimos que estábamos perdidos sin remedio. El barco, al tener que
ascender, se cansaba como una persona, se dormía cada vez más tiempo y no
aguardábamos sino el instante en que, sin fuerzas la embarcación para
vencer la espantosa subida, la ola se cerrase sobre
nosotros y nos quedásemos allá abajo, en el remolino que produjésemos al ser
absorbidos. Entre la confusión y el alocamiento de todos -cada uno pensaba en
sí o en los suyos y nadie atendía a nadie- la viuda, sin saber lo que hacía, se
me agarró a los hombros y empezó a decirme disparates..., ¡porque estaba como
los demás: fuera de juicio!... Yo no iba a seguirla por el camino que
emprendía..., y a su oído, murmuré:
-No puedo
hacerle más favor que darle la absolución... Soy sacerdote, y vamos a morir en
este instante...
Pegó un
chillido y se apartó de mí... Y en el mismo momento, al rolar al Sur y al
Sudeste, abonanzó de un modo tan repentino que parecía cosa milagrosa... Los
oficiales dijeron después que sucede así con los tornados, que si duraran como
dan...
En el resto
de la travesía no volví a acercarme ni siquiera al pobre del niño. Desembarqué
lo más pronto posible; en Lisboa. Y a veces, en esta paz que ahora disfruto, me
parece que cuanto me pasó no me pasó, sino que lo habré soñado.
-Por eso
nos lo cuenta cada año doce veces -arguyó, escéptico, el señorito-. Contándolo
se convence de que no es inventiva... Así nos convenciese a los demás...
"Blanco y Negro", núm. 928, 1908.
Agravante
Ya conocéis
la historia de aquella dama del abanico, aquella viudita del Celeste Imperio
que, no pudiendo contraer segundas nupcias hasta ver seca y dura la fresca
tierra que cubría la fosa del primer esposo, se pasaba los días abanicándola a
fin de que se secase más presto. La conducta de tan inconstante viuda arranca
severas censuras a ciertas personas rígidas; pero sabed que en las mismas
páginas de papel de arroz donde con tinta china escribió un letrado la aventura
del abanico, se conserva el relato de otra más terrible, demostración de que el
santo Fo -a quien los indios llaman el Buda o Saquiamuni- aún reprueba con
mayor energía a los hipócritas intolerantes que a los débiles pecadores.
Recordaréis
que mientras la viudita no daba paz al abanico, acertaron a pasar por allí un
filósofo y su esposa. Y el filósofo, al enterarse del fin de tanto abaniqueo,
sacó su abanico correspondiente -sin abanico no hay chino- y ayudó a la viudita
a secar la tierra. Por cuanto la esposa del filósofo, al verle tan
complaciente, se irguió vibrando lo mismo que una víbora, y a pesar de que su
marido le hacía señas de que se reportase, hartó de vituperios a la abanicadora,
poniéndola como solo dicen dueñas irritadas y picadas del aguijón de la
virtuosa envidia. Tal fue la sarta de denuestos y tantas las alharacas de
constancia inexpugnable y honestidad invencible de la matrona, que por primera
vez su esposo, hombre asaz distraído, a fuer de sabio, y mejor versado en las
doctrinas del I-King que en las máculas y triquiñuelas del corazón, concibió
ciertas dudas crueles y se planteó el problema de si lo que más se cacarea es
lo más real y positivo; por lo cual, y siendo de suyo
propenso a la investigación, resolvió someter a
prueba la constancia de la esposa modelo, que acababa de abrumar y sacar los
colores a la tornadiza viuda.
A los pocos
días se esparció la voz de que la ciencia sinense había sufrido cruel e
irreparable pérdida con el fallecimiento del doctísimo Li-Kuan -que así se
llamaba nuestro filósofo- y de que su esposa Pan-Siao se hallaba inconsolable,
a punto de sucumbir a la aflicción. En efecto, cuantos indicios exteriores
pueden revelar la más honda pena, advertíanse en Pan-Siao el día de las
exequias: torrentes de lágrimas abrasadoras, ojos fijos en el cielo como
pidiéndole fuerzas para soportar el suplicio, manos cruzadas sobre el pecho,
ataques de nervios y frecuentes síncopes, en que la pobrecilla se quedaba sin
movimiento ni conciencia, y sólo a fuerza de auxilios volvía en sí para
derramar nuevo llanto y desmayarse con mayor denuedo.
Entre los
amigos que la acompañaban en su tribulación se contaba el joven Ta-Hio,
discípulo predilecto del difunto, y mancebo en quien lo estudioso no quitaba lo
galán. Así que se disolvió el duelo y se quedó sola la viudita, toda suspirona
y gemebunda, Ta-Hio se le acercó y comenzó a decirle, en muy discretas y
compuestas razones, que no era cuerdo afligirse de aquel modo tan rabioso y
nocivo a la salud; que sin ofensa de las altas prendas y singulares méritos del
fallecido maestro, la noble Pan-Siao debía hacerse cargo de que su propia vida
también tenía un valor infinito y que todo cuanto llorase y se desesperase no
serviría para devolver el soplo de la existencia al ilustre y luminoso Li-Kuan.
Respondió
la viuda con sollozos, declarando que para ella no había en el mundo consuelo,
además de que su inútil vida nada importaba desde que faltaba lo único en que
la tenía puesta; y entonces el discípulo, con amorosa turbación y palabras algo
trabadas -en tales casos son mejores que muy hilados discursos-, dijo que,
puesto que ningún hombre del mundo valiese lo que Li-Kuan, alguno podría haber
que no le cediese la palma en adorar a la bella Pan-Siao; que si en vida del
maestro guardaba silencio por respetos altísimos, ahora quería, por lo menos,
desahogar su corazón, aunque le costase ser arrojado del paraíso, que era donde
Pan-Siao respiraba, y que si al cabo había de morir de amante silencioso,
prefería morir de rigores, acabando su declaración con echarse a los diminutos
pies de la viuda, la cual, lánguida y algo llorosa aún, tratándole de loquillo,
le alzó gentilmente del suelo, asegurando benignamente que merecía, en efecto,
ser echado a la calle, y que si ella no
lo hacía, era sólo en memoria de la mucha
estimación en que tenía a su discípulo el luminoso difunto. Y, sin duda, la
misma estimación y el mismo recuerdo fueron los que, de allí a poco -cuando
todavía por mucho que la abanicase, no estaría seca la tierra de la fosa de
Li-Kuan- impulsaron a su viuda a contraer vínculos eternos con el gallardo
Ta-Hio.
Vino la
noche de bodas, y al entrar los novios en la cámara nupcial, notó la esposa que
el nuevo esposo estaba no alegre y radiante, sino en extremo abatido y
melancólico, y que lejos de festejarla, callaba y se desviaba cuanto podía; y
habiéndole afanosamente preguntado la causa, respondió Ta-Hio con modestia que,
le asustaba el exceso de su dicha, y le parecía imposible que él, el último de
los mortales, hubiese podido borrar la imagen de aquel faro de ciencia, el
ilustre Li-Kuan. Tranquilizóle Pan-Siao con extremosas protestas, jurando que
Li-Kuan era, sin duda, un faro y un sapientísimo comentador de la profunda
doctrina del Libro de la razón suprema, pero que una cosa es el Libro de la
razón suprema y otra embelesar a las mujeres, y que a ella Li-Kuan no la había
embelesado ni miaja. Entonces Ta-Hio replicó que también le angustiaba mucho
estar advirtiendo los primeros síntomas de cierto mal que solía padecer, mal
gravísimo, que no sólo le privaba del sentido, sino que
amenazaba su vida. Y Pan-Siao, viéndole pálido,
desencajado, con los ojos en blanco, agitado ya de un convulsivo temblor...
-Mi sándalo
perfumado -le dijo-, ¿con qué se te quita ese mal? Sépalo yo para buscar en los
confines del mundo el remedio.
Suspiró
Ta-Hio y murmuró:
-¡Ay mísero
de mí! ¡Que no se me quita el ataque sino aplicándome al corazón sesos de
difunto! -y apenas hubo acabado de proferir estas palabras cayó redondo con el
accidente.
Al pronto
quedó Pan-Siao tan confusa como el lector puede inferir; pero en seguida se le
vino a las mientes que, en los primeros instantes de inconsolable viudez, había
mandado que al luminoso Li-Kuan le enterrasen en el jardín, para tenerle cerca
de sí y poderle visitar todos los días. A la verdad, no había ido nunca: de
todos modos, ahora se felicitaba de su previsión. Tomó una linterna para
alumbrarse, una azada para cavar y un hacha que sirviese para destrozar las
tablas del ataúd y el cráneo del muerto; y resuelta y animosa se dirigió al
jardín, donde un sauce enano y recortadito sombreaba la fosa.
Dejó en el
suelo la linterna y el hacha, dio un azadonazo..., y en seguida exhaló un
chillido agudo, porque detrás del sauce surgió una figura que se movía, y que
era la del mismísimo Li-Kuan, ¡la del esposo a quien creía cubierto por dos
palmos de tierra!
-Sierpe
escamosa -pronunció el filósofo con voz grave-, arrodíllate. Voy a hacer
contigo lo que venías a hacer conmigo; voy a sacarte los sesos, si es que los
tienes. Entre mi discípulo Ta-Hio y yo hemos convenido que sondaríamos el fondo
de tu malicia, y, sobre todo, de tu mentira. No castigo tu inconstancia que
sólo a mí ofende, sino tu fingimiento, tu hipocresía, que ofenden a toda la
Humanidad. ¿Te acuerdas de la dama del abanico?
Y el esposo
cogió el hacha, sujetó a Pan-Siao por el complicado moño, y contra el tronco
del sauce le partió la sien.
"El
Liberal", 30 de agosto de 1892.
La hierba
milagrosa
Explicaciones
Al cuento
La hierba milagrosa debe preceder, a título de explicación, la carta que dirigí
al señor don Miguel Moya, director de El Liberal. Madrid, 22 de octubre de
1982.
Mi
distinguido amigo: Al llegar a esta corte y registrar la pirámide de papeles y
libros que me esperaban, encuentro un número de La Unión Católica, donde se
dice que mi cuento Agravante, que El Liberal insertó el 30 de agosto próximo
pasado, no es mío, sino de Voltaire. Me ha caído en gracia el que un periódico
se tome la molestia de investigar la procedencia del cuento, cuando yo la
declaraba en el cuento mismo, diciendo expresamente que lo había encontrado en
las propias hojas de papel de arroz donde se conservaba la historia de la dama
del abanico blanco, igualmente publicada por El Liberal bajo la firma del
distinguido escritor Anatole France.
Lo que me
pareció excusado añadir -porque lo saben hasta los gatos- es que esas hojas de
papel de arroz, de donde tomó Anatole France su historieta y yo la mía, son las
de los auténticos y conocidísimos Cuentos chinos, que recogieron los misioneros
y coleccionó Abel de Remusat en lengua francesa.
En esa
colección, la historia de la dama del abanico blanco y la de la viuda
inconsolable y consolada forman un solo cuento.
Pero no es
allí únicamente donde existe la tal historia, pues con sólo abrir (¡recóndita
erudición!) el Gran Diccionario Universal de Larousse, que forma parte
integrante del mobiliario de las redacciones, hubiese visto La Unión Católica
que esa historieta es conocida en todas las literaturas bajo el título de La
matrona de Efeso, y que igualmente se encuentra en la India, en la China, en la
antigüedad clásica y en la inmensa mayoría de los modernos cuentistas, que
dramática y sentenciosa entre los chinos, ha tomado en otras naciones, en boca
de los narradores de fabliaux y en Apuleyo, Boccaccio, La Fontaine y Voltaire,
sesgo festivo y burlón; y añade el socorrido Diccionario: "Esta ingeniosa
sátira de la inconstancia femenil parece tan natural y verdadera, que se diría
que brotó espontáneamente en la imaginación de todo cuentista, y no hay que
recurrir a la imitación para explicar tan singular coincidencia."
De estas
laboriosas investigaciones se desprende que el cuento es tan de Voltaire como
mío, e hicimos bien Anatole France y yo en repartírnoslo según nos plugo, y
hasta pude ahorrarme la declaración de su procedencia. En efecto, por mi parte,
para remozar esa historia, no la he leído en Voltaire ni en ningún autor
moderno, sino en la misma colección de Cuentos chinos; y estoy cierta de que mi
versión se diferencia bastante de las demás.
Si entrase
en mis principios dar por mío lo ajeno, o sea gato por liebre, no juzgo difícil
la empresa. Claro está que yo no había de ser tan inocente que ejercitase el
instinto de rapiña en lo que cada quisque conoce -o debe conocer por lo menos,
pues se dan casos, y si no ahí está el descubrimiento de La Unión-. Sobran
libros arrumbados: el que quiera tener algo bien oculto, que lo guarde en uno
de esos libros. Ea, a la prueba me remito: vamos a hacer una experiencia. Al
que acierte y diga qué autor español refiere en pocos renglones el caso que va
usted a publicar bajo mi firma con el título de La hierba milagrosa, le regalo
una docena de libros, que no diré que sean buenos, pero corren como si lo
fuesen. Queda excluido de concurso Marcelino Menéndez y Pelayo.
De v.
siempre afectísima amiga s.s.q.b.s.m.
Emilia
Pardo Bazán.
Publicada
esta carta con el cuento La hierba milagrosa, recibí algunas donde se me
indicaban libros y autores que contenían el argumento del nuevo cuentecillo; no
obstante, ninguna de aquellas cartas se refería a autor español; la mayor parte
de mis corresponsales citaban a Ariosto, en cuyo poema Orlando furioso ocupaba
el episodio de La hierba milagrosa un canto casi íntegro. Por fin, el señor don
Narciso Amorós, escritor de erudición varia y peregrina, nombró a un autor
español que traía el caso de la hierba, y aun cuando no era el mismo autor de
donde yo lo había tomado -Luis Vives, en su Instrucción de la mujer cristiana,
tratado de las vírgenes-, me pareció que no por eso dejaba de llenar el señor
Amorós las condiciones del certamen, y tuve el gusto de ofrecerle el
insignificante premio.
Como se ve,
el acertijo no era ningún enigma de la esfinge para quien poseyese cierto
caudal de doctrina bibliográfica. Sin embargo, siendo tan fácil descifrar la
charada, mi acusador de La Unión Católica no la descifró, por no molestarme,
según declaró poco después.
Páguele
Dios atención tan extraña, pues ningún género de molestia, al contrario, me
causaría ver consagrar a que se esclareciesen los orígenes de La hierba
milagrosa igual diligencia que a descubrir el panamá de Agravante.
***
El caso que
voy a referiros debió de suceder en alguna de esas ciudades de geométrica
traza, pulcras, bien torreadas, de apiñado caserío, que se divisan, allá en
lontananza, empinadas sobre una colina, en las tablas de los pintores místicos
flamencos. Y la heroína de este cuento, la virgen Albaflor, se parecía, de
seguro -aunque yo no he visto su retrato- a las santas que acarició el pincel
de los mismos grandes artistas: alta y de gráciles formas, de prolongado corselete
y onduloso y fino cuello, de seno reducido, preso en el jubón de brocado, de
cara oval y cándidos y grandes ojos verdes, que protegían con dulzura
melancólica tupidas pestañas; de pelo dorado pálido, suelto en simétricas
conchas hasta el borde del ampuloso traje.
La
tradición asegura que Albaflor, pudiendo competir en beldad, discreción,
nobleza y riqueza con las más ilustres doncellas de la ciudad, las vencía a
todas por el mérito singularísimo de haber elevado a religioso culto el amor de
la pureza. La devoción a su virginidad rayaba en fanatismo en Albaflor,
revelándose exteriormente en la particularidad de que cuanto rodeaba a la
doncella era blanco como el ampo de la intacta nieve. Albaflor proscribía lo
que no ostentase el color de la inocencia, y allá en el interior de su alma -si
el alma tuviese ventanas de cristal- también se verían piélagos de candor y
abismos de pudorosa sensibilidad, que siempre vigilante, vedaba el ingreso
hasta el más ligero, sutil y embozado deseo amoroso, rechazándolo como rechaza
el escudo de acero la emponzoñada flecha.
¿Decís que
era virtud? Virtud era, pero también muy principalmente labor estética;
delicada y mimosa creación de la fantasía de Albaflor, que se complacía en ella
cual el artista se complace en su obra maestra, y la retoca y perfecciona un
día tras otro, añadiéndole nuevos primores. La que sentía Albaflor al registrar
su alma con ojeada introspectiva y encontrarla acendrada, limpia, tersa, clara
como luna de espejo, como agua serenada en tazón de alabastro, envolvía un
deleite tan refinado y original, tan aristocrático y altivo, que no se le puede
comparar ninguna felicidad culpable. Sabíanlo ya los mancebos de la ciudad y
habían renunciado a galantear y rondar a Albaflor. Cuando la veían pasar por la
calle, semejante a una aparición, recogiendo con dos dedos la túnica de blanco
tisú, la saludaban inclinándose y la seguían -hasta los más disolutos- con ojos
reverentes.
Aconteció
por entonces que un conquistador extranjero invadió el reino y puso sitio a la
ciudad donde vivía Albaflor. La desesperada resistencia fue inútil; no dio más
fruto que encender en furor al jefe enemigo, inspirándole la bárbara orden de
que la ciudad fuese entrada a sangre y fuego.
La
soldadesca se esparció, desnuda la espada y al puño la tea, y pronto la triste
ciudad se vio envuelta en torbellinos de humo y poblado el ambiente de gemidos,
gritos de espanto y ayes de agonía, mezclados con imprecaciones y blasfemias
espantosas.
Estaba la
morada de Albaflor situada a un extremo de la población, y como el padre de la
doncella, habiendo salido a defender las murallas, yacía cadáver sobre un
montón de escombros, Albaflor, transida de angustia, se había encerrado en sus
habitaciones, y rezaba de rodillas, viendo al través de los emplomados vidrios
cómo el sol tramontaba envuelto en celajes carmesíes. De improviso saltó hecha
pedazos la vidriera, y se lanzó en la cámara un hombre, un soldado -mozo,
gallardo, furioso, implacable-, pero que de improviso se paró, sorprendido,
quizá, por el aspecto de la cámara.
Revestían
las paredes amplias colgaduras blancas, sujetas con tachones y cordonería de
plata reluciente. Del techo colgaba una lámpara del mismo metal. Pieles de
armiño y vellones de cordero mullían el piso. El sillón y el reclinatorio eran
chapeados de marfil, como asimismo el diminuto lecho. En una jaula se revolvía
cautiva nevada paloma. Y sobre los poyos del balcón, en vasos de mármol blanco,
se erguían haces apretadísimos de azucenas, centenares de azucenas abiertas o
para abrir, y campeando en medio de ellas, airoso y nítido como garzota de
encaje, un tiesto de cristal, de donde emergía el lirio blanco, al que su dueña
regaba con religioso esmero, viendo en la soñada flor un símbolo...
Como si al
iracundo vencedor la hermosura y el aroma de las flores le despertasen ideas de
destrucción y exterminio, blandió la espada, segó y destrozó colérico el
embalsamado bosque de azucenas. Las flores cayeron al suelo rotas y el soldado
las pisoteó; después alzó el puño y fue a arrancar el lirio.
Oyóse un
sollozo. Albaflor lloraba por su lirio emblemático, tan fresco, tan fino, de
hojas de seda transparente, que iba a ser hollado sin piedad... Al sollozo de
Albaflor, el soldado volvió la cabeza y divisó a la virgen arrodillada, vestida
de blanco, destacándose sobre el fondo de oro de la tendida cabellera, y con
rugido salvaje se precipitó a destrozar aquel lirio, más bello y suave que
ninguno. Presa Albaflor en los brazos de hierro, se crispó, defendiéndose
rabiosamente, y en un segundo, en que se aflojó algún tanto la tenaza, dijo con
anhelo al soldado:
-Déjame y
te daré un tesoro.
-¿Tesoro?
-respondió él, estrechándola embriagado-. Cuanto hay aquí me pertenece, y el
tesoro lo mismo. No te suelto.
-Es que el
tesoro sólo yo lo conozco -respondió afanosamente la doncella-. Si no lo
aceptas, te pesará. Si muero, me llevaré el secreto a la tumba; y yo moriré si
no me sueltas; ¿no ves cómo se me va la vida?
En efecto:
el soldado vio que la doncella, lívida y desencajada, parecía ya un cadáver.
-¿Qué
tesoro es ése? -preguntó, desviándose un poco-. ¡Ay de ti si mientes! De nada
te servirá; no me engañes.
-Hay -dijo
Albaflor, serenándose y con energía- una hierba milagrosa. El que la lleva
consigo no puede ser herido por arma ninguna. Si la pones bajo tu coraza, harás
prodigios de valor en los combates, y serás invulnerable, y llegarás a
conquistar mayor gloria que el gran Alejandro. La hierba sólo crece en mi
jardín, y nadie la conoce y sabe sus virtudes sino yo, que he ofrecido, por
saberlas, perpetua castidad. Si me desfloras, no podré enseñarte la hierba. Yo
misma no la encontraré si pierdo mi honor.
-Vamos
-exclamó el soldado casi persuadido, aunque todavía receloso-. La hierba, ahora
mismo; a ser cierto lo que aseguras, a pesar de tu belleza, te miraré como
miraría a mi propia madre.
Juntos
salieron al jardín Albaflor y su enemigo. Recorrieron sus sendas, y en el
sombrío rincón de una gruta inclinóse la doncella, y registrando cuidadosamente
la espesura, dio un grito de triunfo al arrancar una planta menuda que presentó
al soldado. Este la tomó meneando la cabeza desconfiadamente.
-¿Quién me
asegura, doncella, que no me engañas por salvarte? -murmuró al recibir la
hierba milagrosa-. ¿Quién me hace bueno que al entrar en batalla no será esta
hierba inútil y vano amuleto, como los que fabrican las viejas con cuerda de
ahorcado? ¡Creo que soy el mayor necio en perder el tesoro real y efectivo de
tu belleza por este mentiroso hechizo!
-Ahora
mismo -dijo Albaflor, mirando fijamente al mozo- vas a cerciorarte de que no te
engañé y a probar las virtudes de la hierba. Desnuda tienes la espada; aquí hay
un banco de piedra; yo pongo en él el cuello, con la hierba encima, y tú, de un
tajo bien dado, pruebas a degollarme. Hiere sin temor -añadió la doncella,
sonriendo gentilmente-, emplea toda tu fuerza, que no lograrás producirme ni
una rozadura. ¡Ea! ¿Qué aguardas? Ya estoy, ya espero... Asegúrame de los
cabellos, que así te es más fácil el golpe...
El soldado,
lleno de curiosidad, cogió la rubia mata, se la arrolló a la muñeca, tiró hacia
sí y de un solo golpe segó el cuello del cisne, horrorizado cuando un caño de
sangre roja y tibia le saltó a la cara, envuelto en la hierba milagrosa...
Así salvó
Albaflor el simbólico lirio blanco.
"El
Liberal", 24 de agosto de 1892.
Sobremesa
El café,
servido en las tacillas de plata, exhalaba tónicos efluvios; los criados,
después de servirlo, se habían retirado discretamente; el marqués encendió un
habano, se puso chartreuse y preguntó a boca de jarro al catedrático de
Economía política, ocupado en aumentar la dosis de azúcar de su taza:
-¿Qué opina
usted de la famosa teoría de Malthus?
Alzó el
catedrático la cabeza, y en tono reposado y majestuoso, moviendo con la
sobredorada cucharilla los terrones impregnados ya, dijo con expresivo
fruncimiento de labios y pronunciando medianamente la frase inglesa:
-Moral
restraint... ¡Desastroso, funesto para la vida de las naciones! Error viejo, ya
desacreditado... Pregúntele usted al señor Samaniego de Quirós, que tan
dignamente representa a la república de Nueva Sevilla, si está conforme con
Malthus y su escuela.
-Distingo
-contestó el ministro americano, deteniendo la taza de café a la altura de la
boca, por cortesía de responder sin tardanza-. Soy partidario en Europa y
enemigo en América. Nosotros poseemos una extensión enorme de tierra
fertilísima, y hemos cubierto el territorio de ferrocarriles y salpicado el
litoral de magníficos puertos; ahora sólo nos faltan brazos que beneficien esa
riqueza, y nos convendría que el tecolote, o lechuza sagrada, que en nuestra
mitología indiana estaba encargada de derramar los gérmenes humanos sobre el
planeta, nos sembrase un hombre detrás de cada mata, para convertir en Paraíso
terrenal cultivado lo que ya es paraíso, pero inculto.
-No les
hacía a ustedes la pregunta sin intríngulis -advirtió el marqués-. Quería saber
su opinión para formar la mía respecto a una mujer que fue condenada a cadena
perpetua y que yo no he llegado a convencerme de si era la mayor criminal o la
más desdichada criatura del mundo.
-Pues ¿qué
hizo esa mujer? -preguntaron a la vez y con el interés que siempre despierta el
anuncio de un drama todos los convidados del marqués, apiñándose alrededor de
la mesilla cargada con el cincelado servicio de café y las botellas de licores
color topacio.
-Lo habrán
ustedes leído quizá en los periódicos; pero esas noticias telegráficas, en
estilo cortado, se olvidan al día siguiente, a no ser que, como a mí, produzcan
impresión tan profunda que luego se quiera averiguar detalles y que,
averiguados, quede fija en el alma la terrible historia en forma de problema,
de remordimiento y de duda. La van ustedes a oír..., y si la sabían ya, me lo
dicen, y también lo que piensan de ella, a ver si me ilumina su ilustrado parecer.
En uno de
los barrios más destartalados y miserables de este Madrid, donde se cobija
tanta miseria, ocupó un mal zaquizamí una pareja de pobretes; él, obrero
gasista; ella, hija del arroyo. El marido trabajó algún tiempo... regular; en
fin, que comían casi siempre o poco menos. Vinieron los chiquillos, más espesos
que las hogazas; hizo falta trabajar firme, pero el hombre flojeó, mientras la
mujer se agotaba lactando. La historia eterna, reproducida a cientos de miles
de ejemplares: un poco de fatiga y desaliento trae la holganza; la holganza
llama por la bebida; la bebida, por el hambre; el hambre, por las quimeras; de
las quimeras se engendran la riña y la separación. El obrero, una noche
abandonó el tugurio, soltando blasfemias y maldiciendo de su estrella
condenada, porque, según él, quien se casa es un bruto; quien tiene hijos, dos
brutos, y quien los mantiene, tres brutos y medio, y jurando que cuando él
volviese a aportar por semejante leonera habría criado pelos la
rana.
Allí se
quedó sola la mujer, con los cinco vástagos, la mayor de diez años, de once
meses el menor. Buscó labor, pero no la encontró, porque no podía apartarse de
los niños y, en especial, del que criaba, ni se improvisan de la noche a la
mañana casas donde admitan a una asistenta o una lavandera desconocida,
famélica, hecha un andrajo, con un marido borrachín y de malas pulgas. El único
trabajo que le salió, como ella decía, fue recoger huesos, trapos y estiércol
en las carreteras; gracias a este arbitrio se ganaba un día con otro sus tres o
cuatro perros grandes.
Vino un
invierno lluvioso y muy crudo, y el recurso faltó, porque la lluvia es la
enemiga del trapero; le hace papilla la mercancía. Transcurrió una semana, y en
ella empezaron a debilitarse de necesidad los niños. La madre andaba escasa de
leche; el crío lloraba la noche entera, tirando del pecho flojo. El panadero, a
quien se le debían ya dieciséis pesetas, se cerró a la banda, negándose a fiar.
La Sociedad de San Vicente dio unos bonos, y comidos los bonos, el hambre y el
desabrigo volvieron. La mujer salió de su casa una tarde -víspera, por cierto,
de Reyes- y vendió su única joya, una chivita blanca, muy hermosa, por la cual
sacó algunos reales. Fuese a la plaza Mayor, compró unos Reyes Magos,
preciosos, a caballo, con su estrella y su portalillo; además atestó los
bolsillos de piñonate y se echó una botella de vino bajo el brazo. Llevó pan,
garbanzos, tocino; llegó a su casa; puso el puchero, y los niños, locos de
alegría, después de jugar mucho con los Santos Reyes,
comieron olla y golosinas, y se acostaron
atiborrados, y se durmieron al punto. La madre también comió y bebió vino a
placer. Con el alimento y el arganda sintió que subía la leche a su seno: se
desabrochó y dio un solemne hartazgo al pequeñillo. Así que le vio tan lleno
que cerraba los ojos, le metió de firme el pulgar por el cuello, asfixiándole.
Se llegó
luego al mal jergón donde juntos dormían la niña de tres años, el niño de seis
y el de nueve. A la de tres le apretó el gaznate hasta dejarla en el sitio. Al
de seis, igual. Pero el mayorcito se despertó, y sintiendo las manos de su
madre en el pescuezo, se defendió como un fierecilla. Mordía, saltaba, pateaba,
no quería morir; la madre consiguió batirle la cabeza contra la pared y así
aturdido, ahogarle.
Volvióse
entonces y vio a la niña mayor, de diez años, incorporada en su jergón, con los
ojos dilatados de horror y las manos cruzadas, chillando, pidiendo
misericordia. Tenía aún sobre la almohada las figuritas de los Santos Reyes.
"Paloma -dijo la madre, acercándose-, tu padre se ha largado, a tus
hermanitos los he despachado, y yo llevaré el mismo camino en seguida, porque
no puedo más con la carga. ¿Te quieres tú quedar sola en este amargo
mundo?"
Y la
chiquilla, convencida, alargó el pescuezo y se dejó estrangular sin defenderse;
como que, muerta, tenía una expresión dulce y casi feliz.
Cubrió la
madre a las cinco criaturas con unos trapos y las mantas, encendió el anafre,
cerró las ventanas, se tendió en la cama y esperó.
Los vecinos
habían oído gritar al chico y a la niña. Percibieron tufo de carbón, recelaron
y rompieron la puerta. La madre se salvó de morir; la llevaron a la cárcel
entre una multitud que la amenazaba y maldecía; la juzgaron, y en la duda de si
era fingido o no era fingido el suicidio, ni se atrevieron a enviarla al palo
ni a absolverla. Lo que hicieron fue sentenciarla a cadena perpetua.
Al pronto,
nadie comentó la historia del marqués, tan impropia de un amo de casa que
obsequia a sus amigos. Por fin, el catedrático de Economía murmuró
sentenciosamente:
-No veo
clara la conducta de esa mujer. ¿Por qué no ahorró los dineros producto de la
venta de la cabra, en vez de malgastarlos en figuritas de Reyes y estrellas de
talco? Con esos cuartos vivían una semana lo menos. El pobre es imprevisor.
¡Ah, si pudiésemos infundirle la virtud del ahorro! ¡Qué elemento de
prosperidad para las naciones latinas!
-Y usted
-preguntó el marqués, sonriendo-, ¿enviaría a esa mujer a presidio?
-¡Qué
remedio! -exclamó el interrogado, presentando las suelas de las botas al
calorcillo de la chimenea.
"El
Liberal", 16 de enero de 1893.
Evocación
El marqués
de Zaldúa era, al entrar en la edad viril, secretario de Embajada, garzón
cumplido y apuesto, con una barba y un pelo que parecían siempre acabados de
estrenar, manos tan pulcras como las de una dama, vestir intachable, y
conversación variada y en general discreta; en suma, dotado de cuantas prendas
hacen brillar en sociedad a un caballero. Y en sociedad brillaba realmente el
marqués; sonreíanle las bellas, y de buen grado se refugiaban en su compañía, a
la sombra de una lantana o de un gomero, en una serre, a charlar y oír
historias, a desmenuzar el tocado o a comentar los amoríos de los demás. Su
brazo para ir al comedor, su compañía para el rigodón, eran cosas gratas; su
saludo se devolvía con halagüeña cordialidad, de igual a igual; ramo que él
regalase se enseñaba a las amigas, previo este comentario: "De Zaldúa.
¡Qué amable! ¡Qué bonitas flores!"
En vista de
estos antecedentes, no faltará quien crea que nuestro diplomático es un
afortunado mortal. No obstante, el marqués, que por tener buen gusto en todo
hasta tiene el de no ser jactancioso ni fatuo, afirma, cuando habla en
confianza absoluta, que no hay hombre de menos suerte con las mujeres.
-Si me
pasase lo contrario; si fuese un conquistador, me lo callaría -suele añadir,
sonriendo-. Pero puesto que nada conquisto, no hay razón para que me haga el
misterioso y oculte mis derrotas. Soy el perpetuo vencido: ya he desesperado de
sitiar plazas, porque sé que habría de levantar el cerco prudentemente, para
salvar siquiera el amor propio.
Reflexionando sobre el asunto, he dado en creer que mi mala ventura es
hija de lo que llaman mis éxitos de salón. ¿Ha observado usted que las mujeres
menos amadas son esas tan festejadas, esas reinas mundanas que al pasar
levantan rumor de admiración y a quienes todos los hombres tienen alguna
insustancialidad que decir? Algo parecido nos debe de suceder a los que en los
círculos muy escogidos no hacemos papel del todo desairado. También creo que me
perjudica..., no vaya usted a reírse..., la buena educación de familia. Me la
inculcaron desde niño, y soy extremadamente cortés con las señoras: imposible
que nadie las trate con más respeto, con más delicadeza. Al hablarles las
incienso; al sonreírles les dedico un poema. Y aunque parezca extraño..., a
veces se me ocurre que las mujeres, por la dependencia en que vive su sexo
desde hace tiempo inmemorial, tienen un flaco inconfesado por los hombres
insolentes y duros, reconociendo en ellos al amo y señor. Los que estamos
dispuestos a descolgar la luna para complacerlas,
quizá pasamos por sandios o por débiles: dos cosas igualmente malas.
Cierto día,
hablando así el marqués a un amigo suyo, el amigo le preguntó si era posible
que tanta galantería, tanta corrección, no le hubiesen valido algo más que
simpatías, y si nunca se había creído dueño del corazón de una dama. El
marqués, después de algunos instantes de perplejidad, contestó:
-En fin, ya
ha pasado tiempo, la interesada no existe, y si usted me permite callar el
nombre, contaré la única fortunilla que tuve... Después que usted se entere, no
me llamará alabadizo por haberla contado... Es una victoria negativa, que
concurre a demostrar lo mismo que decíamos antes -y aquí el marqués sonrió con
cierto humorismo triste-; a saber, que no eclipsaré yo a los Tenorios ni a los
Mañaras.
Una de las
veces que vine a España con licencia a ver a mi madre, encargóme ésta que,
cuando regresase a París, visitase a una duquesa amiga suya, a quien no había
visto en muchos años, porque vivía retirada, desde la muerte de una hija muy
querida, en soberbia quinta, a poca distancia de Bayona. Resuelto a cumplir el
deseo de mi madre, resolví también no aburrirme, o al menos no demostrarlo, en
las horas que la visita durase. Me bajé en la estación más próxima a la quinta,
donde ya me esperaba el capellán de la duquesa con un break.
A fuer de
señora fina, la duquesa me recibió con muestras de contento, y salió a
saludarme al vestíbulo, toda de luto, sin más adorno que unos pendientes de
perlas de inestimable precio, por lo iguales, lo gruesas y la hermosura de su
oriente...
-¿Como
aquellas dos perlas que usted lleva en la pechera muchas noches?
-Justo. Mi
primer movimiento, al ver a la señora, fue tomarle la mano y besársela con
devoción y viveza. Noté, sorprendido, que tan sencilla atención le hacía salir
el color a las mejillas. ¡Cuánto tiempo que nadie le besaba la mano! No sé por
qué, al advertirlo, me ocurrió lisonjear un poco a la pobre señora, tratándola
como trata a una mujer joven, guapa y digna un muchacho de buena sociedad, con
hábil mezcla de respeto y galantería. Las primeras palabras de la duquesa
fueron para notar mi gran parecido con mi madre, y lo dijo con la tierna
turbación del que recuerda afectos y alegrías pasadas. Después añadió que,
comprendiendo lo que son muchachos, me rogaba que me considerase en su casa
enteramente libre, y que sabiendo las horas de comer, y enterado de que en la
quinta había coches y caballos a mi disposición, podía arreglar los días a mi
gusto. Respondí con calor que no me había desviado de mi camino sino para verla
y acompañarla, y que ella no sería tan cruel que no
me permitiese gozar, aunque solo fuese por breve
tiempo, de su conversación y trato. Nuevamente se coloreó su cara, y como
hiciese una indicación al capellán para que me mostrase la quinta, le supliqué,
si no le era molesto, que me la enseñase ella misma, a la hora que tuviese por
más conveniente, porque el recuerdo de aquella finca se uniese al de su dueña
en el santuario de mi memoria. Al punto, la duquesa pidió su sombrilla su
sombrerito de jardín, y, sin dilación, quiso que fuésemos a recorrer arriates,
estufas, bosques y granja o caserío de los colonos. Le presenté el brazo y la
sostuve con vigor, con la tensión de músculos que en un baile desarrollamos
para pasear por los salones a la reina de la fiesta y ostentarla.
Durante el
paseo la fui animando, a fuerza de atención, a que hablase mucho, y dos o tres
veces la hice reír, y contestar en tono chancero. En el invernáculo nos paramos
delante de una flor rara, el jazmín doble, y alabando su aroma, le rogué que me
pusiese una rama en el ojal. Consintió, declarando que yo era muy caprichoso: y
mientras me sujetaba la rama con sus dedos torneados aún, la miré al fondo de
las pupilas, con una gratitud risueña y..., no sé cómo diga..., iba a decir
amorosa..., en fin, con un no sé qué, que le hizo bajar los ojos... ¡Sí,
bajarlos!
Volvió de
la excursión algo fatigada; subió a arreglarse para comer, y durante la comida
procuré seguir entreteniéndola, sin que la conversación languideciese un
minuto. A los postres, volví a ofrecerle el brazo, y ya lo tomaba para pasar al
salón, cuando el capellán, asombrado, le recordó que faltaba dar las gracias.
Rezamos, y ya en el salón, me senté al lado de la duquesa, e insensiblemente la
traje a hablar de su juventud, de sus triunfos. Al contarme que en un baile de
casa de Montijo llevaba traje rosa salpicado de jazmines -justamente de
jazmines-, exclamé, como involuntariamente: "¡Qué hermosa estaría
usted!" Volvió la cabeza, hubo un silencio eléctrico de algunos
segundos..., y noté que su respiración se hacía difícil.
Al
retirarme a mi cuarto, recapacité y me alarmé, lo confieso; vi en perspectiva
la ridiculez posible de una situación hasta entonces tan original, tan
graciosa, tan culta..., y resolví marcharme a coger el tren que pasa al
amanecer por Bayona. Dicho y hecho: salté de la cama, me vestí, bajé a la
cuadra, mandé poner el break y dejé una cartita para la duquesa, donde,
presentándole todas mis excusas, indicaba que las despedidas son siempre
melancólicas, y que mi deseo era que no quedase ningún mal recuerdo de mi breve
estancia.
El día de
Año Nuevo recibí en París una caja. No contenía más que jazmines dobles. El día
de mi santo recibí otra. Igual contenido. Al cumplirse un año -día por día- de
mi llegada a la quinta, más jazmines. Ya no pude dudar de la procedencia. La
duquesa los criaba a precio de oro y me los enviaba en toda estación.
Después
nada recibí... más que la noticia de la muerte de la duquesa, y a poco me
entregaron esas perlas que usted sabe -sus pendientes-, que en su testamento me
legaba, a título de recuerdo del día en que nos conocimos. Así rezaba la
cláusula: en que nos conocimos.
Ea, ya sabe
usted mi conquista...
-¿Y usted
cree -preguntó el amigo, con suma curiosidad- que la duquesa no enfermó de pena
de no verle?
-La duquesa
tenía sesenta y cinco años -dijo, por vía de contestación, Zaldúa.
"El
Liberal", 10 de agosto de 1892.
Confidencia
Nunca me
había sido posible adivinar qué oculto dolor consumía a Ricardo de Solís,
imprimiendo en sus facciones una huella tan visible de siniestra amargura.
Todos
cuantos le veían experimentaban la misma curiosidad punzante, igual deseo de
conocer el secreto -que había secreto saltaba a los ojos- de por qué aquel
hombre parecía la tétrica imagen de la pena.
Los más
sagaces ni presumían siquiera dónde podría hallarse la clave del misterio.
Ricardo de Solís era soltero; su hacienda, mucha; limpia y noble su
ascendencia; vigorosa su complexión; su presencia, gallarda. Alguien atribuyó
su abatimiento a males físicos; su médico lo desmintió, asegurando que nada le
dolía a Solís. Las damas cuchichearon no sé qué de amores imposibles y secretos
lazos ilegales; púsose en acecho la malicia, fisgoneando como entremetida
dueña, y sólo descubrió patentes indicios de una indiferencia suprema en
cuestiones femeniles.
Se habló de
pérdidas en Bolsa, de deudas, de usuras, de atolladeros sin salida; pero el
agente que manejaba fondos de Solís, su abogado, sus proveedores, sus
compañeros de Casino, desmintieron tales voces, declarando que no existían en
Madrid cien fortunas tan saneadas ni tan bien regidas como la de don Ricardo.
Por ninguna parte se veía el punto negro, y justamente el no verlo excitaba más
la sed de saber y enterarse de lo que a nadie importa, sed que aflige y caracteriza
a los desocupados e inútiles, o sea, a la mayoría social.
A mí
también declaro que me daba en qué pensar el enigma; pero mi curiosidad -y
perdónenme los demás curiosos- tenía alguna justificación, al modo que la tiene
la crueldad del vivisector que despelleja a un conejo en interés de la ciencia.
Cuanto más vivo, más voy creyendo en la Biblia en cuyas páginas se estudia el
supremo saber de la humanidad. Como los rancios y primorosos horarios que
iluminaba la mano paciente del monje en la Edad Media, el libro del corazón humano
no tiene página que sea igual a otra. Como en esos mismos horarios, al lado de
la página donde los ángeles, cercados de luz, saludan a la Inmaculada Doncella,
está la página donde los vicios, representados al natural o en forma de
inmundas alimañas, ostentan sin rebozo su fealdad y desnudez. Como en los
mismos horarios, la impresión definitiva que produce en el alma el conjunto de
divina pureza y desnuda fealdad, es una impresión religiosa.
Defendida
así mi propia causa, diré que puse en juego todos los recursos decorosos y
lícitos, todas las estratagemas de buena guerra, para descifrar el logogrifo
viviente. Busqué con maña el trato de Solís, estudié el modo de atraerle a mi
casa, le serví en dos o tres asuntos de poca monta y tuve la habilidad de
presentarme como persona a quien son profundamente indiferentes las historias
ajenas. No sé si lo creyó, pues la impertinencia de las gentes le tenía muy prevenido
y en guardia; sé que aparentó creerlo, y estimó mi cauta discreción en lo que
valía. Quizá lisonjeado por ella -la discreción es siempre una lisonja, pues
implica respeto-, fue dejándose ganar al trato frecuente, siempre reservado,
siempre serio, siempre mudo sobre lo esencial, lo que todos deseaban saber, y
yo más que todos.
Cuando ya
íbamos siendo amigos, me pareció notar que la escondida llaga de la vida de
Solís se enconaba. La contracción de su rostro, lo torvo de su mirar, la
expresión de condenado visible en ojos, boca y hasta en la nerviosa dilatación
de la nariz -por donde exhalaba involuntariamente el suspiro de agonía a que
los apretados labios no querían abrir camino-, eran otros tantos indicios
delatores del desastre moral, sujeto, como el físico, a las leyes fatales de progresión.
El alma de Ricardo de Solís naufragaba; hundida en las olas y sin fuerza ya
para combatirlas, sacaba a flor de agua la cabeza, miraba con desesperación al
cielo y volvía a sentirse absorbida por el remolino inexorable.
Al mismo
tiempo que observé todos estos síntomas alarmantes, creí percibir otros...
-¡cuán leves eran!, ¡cuán vagos!, ¡cuán indefinibles!- de una tendencia a
quebrantar aquel horrible silencio, a deshacer el nudo de la garganta, a
despedazar la glacial costra, dejando paso al torrente de lava que estremecía
el subsuelo. Los librepensadores que hacen mofa de la confesión auricular
desconocen la íntima contextura de nuestro espíritu, que rara vez puede
resistir sin desfallecer el peso del secreto propio. El reo que, acosado,
acorralado, con la sentencia de muerte encima, sabe que el confesar es
peligroso, pero confiesa, porque no puede menos, saborea un placer inefable,
cuya causa no adivina, porque ignora que la afirmación de la verdad complace a
nuestra alma racional, como a nuestra vista la línea recta.
Tal era,
sin duda, el estado psíquico de Ricardo de Solís: en varias ocasiones sospeché
que le subía a la boca la confesión, y allí se paraba, espantada de sí misma.
Y, por último, adquirí el convencimiento de que Solís -un día u otro, quizá
mañana, quizá dentro de un año- hablaría, porque era necesario, era fatídico
que hablase. Lejos de facilitarle ocasión, me esmeré más que nunca en que me
creyese indiferente y distraída. Los cismáticos griegos se confiesan a una
pared y no tienen rubor. Yo fingí ser de cal y canto, para que, al llegar la
segura y tremenda confidencia, fuese absoluta, sin hipócritas reticencias, ni
atenuaciones, ni distingos.
Una noche
entró Solís. Nadie estaba conmigo; ardía mansamente la chimenea; la pantalla
verde apenas dejaba filtrar la claridad del quinqué; el aposento se encontraba
a esa fantástica semiluz que favorece la expansión de la confianza. Fuera
zumbaba el viento de invierno, lúgubre y sordo; dentro la alfombra y las
cortinas amortiguaban el ruido más leve. En el modo de saludar, de sentarse, de
iniciar la conversación, comprendí ¡desde el primer instante! que aquella noche
se descorría el velo misterioso.
He de
confesar mi cobardía. A las primeras palabras de la historia de Solís sentí
impresión tal, que quise rechazar la confidencia, y aconsejé al desgraciado que
fuese a arrodillarse a los pies de un hombre bueno y justo, con facultad para
absolver a los mayores culpables en nombre del que murió por ellos. Mi repulsa
fue hábil, pues acrecentó en Solís el ansia de abrir su corazón.
-No hay
sacerdote para mí -me dijo, ronco y tembloroso, apoyando en las manos la
frente-. Ni hay sacerdote, ni yo quiero ser perdonado... ¡El perdón me
horroriza! -añadió, rechinando los dientes-. No, no se asuste usted todavía.
Ahora verá usted. ¿Usted sabe lo que quieren a sus hijos las madres? Pues pinte
usted el cariño de cien madres de las más extremosas, y comprenderá usted lo
que era la mía... No me separé de ella desde el día en que nací, y creo que eso
mismo..., creo que el exceso... Lo cierto es que, cuando fui un minuto hombre,
hirvió en mí un ansia insensata de libertad.
Quería
vivir a mi gusto, no sé si mal, o si bien, pero dueño de mí, sin traba ninguna
de voluntad ajena. Un instinto diabólico me llevaba a hacer todo lo contrario
de lo que quería y aconsejaba mi madre. Sospecho que aquello tenía algo de
manía o demencia. El alma es insondable. No sé cómo fue, puedo jurarlo; pero lo
cierto es que la contradecía, la afligía, la maltrataba con rabia, primero de
palabra, después...
Aquí Solís
exhaló una especie de gemido convulsivo y calló. Yo me guardé muy bien de
manifestar que me asustaba la revelación horrenda. Mi silencio y mi serenidad
animaron al reo.
-Lo que más
la angustiaba era el que yo bebiese..., y, sin ganas, bebía..., solo por
mortificarla, por... Adquirí costumbre... Sucedió que una vez vine a casa...
ebrio..., ebrio... Con toda la energía de su amor me reprendió, afeó el mal
hábito..., y... después... quiso acostarme, cuidarme como cuando era niño...
Salté furioso..., la rechacé brutalmente..., no sé lo que dije..., la amenacé,
jurando que si se empeñaba en tratarme como a un muñeco, pegaría fuego a la
casa... Y al decirlo, arrimé la luz que estaba sobre la mesa a una cortina...
La llama subió de prisa, culebreando... Yo entonces tuve no sé qué vislumbre de
razón, y huí pidiendo a voces: "¡Agua, socorro!" Por pronto que
acudieron los criados, que ya dormían... mi madre..., desmayada, aturdida del
golpe que le di al rechazarla..., caída en el suelo al pie de la cortina..., su
traje en comunicación..., rodeada de llamas...
El
parricida alzó la cabeza y clavó en mí dos ojos que eran dos ascuas vivas. Pedí
a Dios que les enviase a aquellos ojos una lágrima..., y Dios, compasivo, debió
de oírme, porque las ascuas se apagaron, se vidriaron... Un sollozo acompañó el
fin de la confesión.
-Mi madre
dijo a todos que ella misma, con la bujía, se había prendido fuego a la ropa...
De allí a ocho días..., porque duró ocho días..., entre sufrimientos que hacen
erizar los pelos... Las ballenas del corsé, de acero, incrustadas en la
carne... La camisa adherida a la piel, que salió con ella a tiras...; los ojos,
ciegos...; las costillas, descubiertas; el hueso del brazo, hecho carbón...
-Segura
estoy -dije, interrumpiendo a Solís- de que su madre de usted, antes de morir,
le perdonó y le bendijo.
Contestóme
un ahogado grito del hombre que ya no podía reprimir la convulsión, y su voz,
que apenas se oía:
-Eso...,
eso fue lo malo... el perdón maldito... No, si yo no tengo remordimientos...,
si yo no me arrepiento, no... Solo quiero me quiten aquel perdón..., y volveré
a gozar, a reír, a tener amores, a comer, a vivir como los demás... El
perdón... El perdón que me dio agonizando... ¡Ese perdón! ¡Ah! ¡Qué venganza
tan infame! El perdón es lo que yo tengo aquí... ¡De eso me muero! Y seco ya el
llanto, rugió una maldición y salió huyendo como en la noche de su crimen. Oí
el portazo que dio, y quedé trémula, pesarosa de saber y queriendo saber más
todavía.
No supe
más. Ricardo de Solís no volvió a mi casa. Pocos días después desapareció de la
villa y corte. Se cuenta que pasó al África, y que en Tánger se pegó un tiro en
la sien.
"El
Imparcial", 5 de diciembre de 1892.
Piña
Hija del
sol, habituada a las fogosas caricias del bello y resplandeciente astro, la
cubana Piña se murió, indudablemente, de languidez y de frío, en el húmedo
clima del Noroeste, donde la confinaron azares de la fortuna.
Sin
embargo, no omitíamos ningún medio de endulzar y hacer llevadera la vida de la
pobre expatriada. Cuando llegó, tiritando, desmadejada por la larga travesía,
nos apresuramos a cortarle y coserle un precioso casaquín de terciopelo naranja
galoneado de oro, que ella se dejó vestir de malísima gana, habituada como
estaba a la libre desnudez en sus bosques de cocoteros. Al fin, quieras que no,
le encajamos su casaquín, y se dio a brincar, tal vez satisfecha del suave
calorcillo que advertía. Solo que, con sus malas mañas de usar, en vez de
tenedor y cuchillo, los cinco mandamientos, en dos o tres días puso el casaquín
majo hecho una gloria. El caso es que le sentaba tan graciosamente, que no
renunciamos a hacerle otro con cualquier retal.
Porque es
lo bueno que tenía Piña: que de una vara escasa de tela se le sacaba un
cumplido gabán, y de medio panal de algodón en rama se le hacía un edredón
delicioso. ¡Y apenas le gustaba a ella arrebujarse y agasajarse en aquel
rinconcejo tibio, donde el propio curso de su sangre y la respiración de su
pechito delicado formaban una atmósfera dulce, que le traía vagas
reminiscencias del clima natal!
De noche se
acurrucaba en su medio panalito; pero de día, la vivacidad de su genio no le
daba lugar a que permaneciese en tal postura, y todo se le volvía saltar,
agarrarse a una cuerda pendiente de un anillo en el techo, columpiarse,
volatinear, enseñarnos los dientes y exhalar agrios chillidos. Si le llevábamos
una avellana, media zanahoria, una uva, tendía su mano negra y glacial, de
ágiles deditos, trincaba el fruto, la golosina o lo que fuese, y mientras lo mordiscaba
y lo saboreaba y lo hacía descender, ya medio triturado, a las dos bolsas que
guarnecían, bajo las mejillas, su faz muequera, nos miraban con benevolencia y
no sin algún recelo sus contráctiles ojos de oro, ojos infantiles, que velaba
una especie de melancolía indefinible.
Mucho
sentíamos verla prisionera detrás de aquella reja de alambre; pero ¡el diablo
que suelte a una criatura por el estilo! No quedaría en casa, a la media hora
de haberla soltado, títere con cabeza. Un día que logró escaparse, burlando
nuestra severa vigilancia, causó más averías que el ciclón. Volcó dos jarrones
de flores, haciéndolos añicos, por supuesto; arrancó las hojas a tres o cuatro
volúmenes; paseó por toda la casa la gorra del cochero, acabando por arrojarla
en el fogón; destrozó un quinqué, se bebió el petróleo, y, por último, apareció
medio ahorcada en los alambres de una campanilla eléctrica. De milagro la
sacamos con vida, demostrándonos una vez más su escapatoria que la libertad no
conviene a todos, sino tan sólo a los que saben moderadamente disfrutarla.
Pero, claro
está, la infeliz Piña, al verse libre y señera, se había creído en sus
florestas del trópico, donde nadie arma bronca a nadie por rama tronchada más o
menos. Pasado el desorden de su primera embriaguez, cayó Piña en abatimiento
profundo, no sé si por reacción de la febril actividad gastada en pocas horas,
o si por obra de la turca de petróleo. Causaba pena verla al través del
enrejado, tan alicaída, tan pálida, con el pellejo de las fauces tan arrugado y
el pelo tan erizado y revuelto. Su inmovilidad entristecía la jaula, y su
plañidero gañido tenía cierta semejanza con la queja sorda del niño debilitado
y enfermo. Comprendimos que era preciso intentar algún remedio heroico, y al
primer capitán de barco que quiso aceptar la comisión le encargamos un novio
para Piña.
¡Nada menos
que un novio!
Porque
conviene saber que Piña conservaba el candor, la inocencia, la honestidad y
todas esas cosas que deben conservar las damiselas acreedoras a la
consideración y respeto del público. La flor -si así puede decirse- de su
virginidad estaba intacta. Y aunque ningún indicio justificara la atrevida y
ofensiva suposición de que Piña estuviese atravesando la sazón crítica en que
las doncellas se pirran por marido, la pena y decaimiento en que se encontraba
sumergida eran motivo suficiente para que le proporcionásemos la suprema
distracción del amor y del hogar. Aflojamos, pues, cinco duros, y el novio, muy
lucio de pelaje y muy listo de movimientos, entró en la jaula como en
territorio conquistado.
¿Estaría
aquel galán empapado en las teorías de Luis Vives, fray Luis de León y otros
pensadores, que consideran a la hembra creada exclusivamente para el fin de
cooperar a la mayor conveniencia, decoro, orgullo, poderío y satisfacción de
los caprichos del macho? ¿Se habría propuesto llevar a la práctica el irónico
mandamiento de la musa popular, que dice
Tratarás a
tu mujer
como mula
de alquiler...,
o procedería guiado por un espíritu de venganza y
resentimiento, al notar que la joven desposada le recibía con frialdad evidente
y con despego marcadísimo? Lo que puedo afirmar es que, desde el primer día, el
esposo de Piña -al cual pusimos el nombre significativo de Coco- se convirtió
en aborrecible tirano. Yo no sé si medió entre ellos algo semejante a
conyugales caricias; respondo, sí, de que, o por exceso de pudor -raro en
gentes de su casta- o porque tales caricias no existieron, jamás advertimos que
Coco y Piña, en sus mutuas relaciones, se hubiesen de otra manera sino de la
que voy a referir.
Encogida
Piña en un rincón de la jaula, entre jirones de verduras, peras aplastadas y
destrozadas zanahorias, llegábase a ella su marido, y bonitamente se le sentaba
encima del espinazo, lo mismo que en cómodo escabel, poniéndole las dos patas
sobre las ancas, y agarrándose con las dos manos al pescuezo de la infeliz, a
riesgo de estrangularla. En tan difícil posición se sostenía en equilibrio
Coco, sirviéndole de entretenimiento el atizar de cuando en cuando a su víctima
un mordisco cruel, un impensado zarpazo o una bofetada en los ojos. Ella,
trémula, engurruminada, hecha un ovillo, se mantenía quieta, porque la menor
tentativa de escapatoria le costaría mordiscos y lampreazos sin número. Era
inconcebible que el verdugo no se fatigase de estar así en vilo, pero no se
fatigaba, y permanecía enhiesto en su pedestal viviente, como los sátrapas
orientales que extendían al pie de su trono una alfombra de cuerpos humanos. Si
nos acercábamos a la jaula, ofreciendo a la pareja
alguna finecilla de dulces o frutas, la zarpa de
Coco era la que asomaba al través del enrejado de alambre, y sus papos los
únicos donde iban a esconderse las fresas o las almendras presentadas al
matrimonio. Por ventura, dominada del instinto de la golosina, intentaba Piña
alargar la diestra, mientras en sus ojos mortecinos, de arrugado y sedoso
párpado, brillaba una chispa de deseo; pero inmediatamente, los dientecillos
del marido hacían presa en sus orejas, el bofetón caía sobre sus fauces, y todo
estímulo de la gula cedía ante la presión del dolor y del miedo.
Miedo, ¿por
qué? He aquí el problema que preocupaba, cuando me ponía a reflexionar en la
suerte de la maltratada cubanita. Su marido, por mejor decir, su tirano, era de
la misma estatura que ella; ni tenía más fuerza, ni más agilidad, ni más
viveza, ni dientes más agudos, ni nada, en fin, sobre qué fundar su despotismo.
¿En qué consistía el intríngulis? ¿Qué influjo moral, qué soberanía posee el
sexo masculino sobre el femenino, que así lo subyuga y lo reduce, sin oposición
ni resistencia, al papel de pasividad obediente y resignada, a la aceptación
del martirio?
Los
primeros días, en una lucha cuerpo a cuerpo, sería imposible profetizar quién
iba a salir vencedor, si el macho o la hembra, Piña o Coco. La hembra ni
siquiera intentó defenderse: agachó la cabeza y aceptó el yugo. No era el amor
quien la doblegaba, pues nunca vimos que su dueño le prodigase sino manotadas,
repelones y dentelladas sangrientas. Era únicamente el prestigio de la
masculinidad, la tradición de obediencia absurda de la fémina, esclava desde
los tiempos prehistóricos. Él quiso tomarla por felpudo, y ella ofreció el
espinazo. No hubo ni asomo de protesta.
Y Piña se
moría. Cada día estaba más pálida, más flaca, más temblona, más indiferente a
todo. Ya no se rascaba, ni hacía muecas, ni nos reñía, ni trepaba por la soga.
Su débil organismo nervioso de criatura tropical se disolvía; la falta de
alimento traía la anemia, y la anemia preparaba la consunción. Nosotros
habíamos desempeñado hasta entonces el papel de la sociedad, que no gusta de
mezclarse en cuestiones domésticas y deja que el marido acabe con su mujer, si
quiere, ya que al fin es cosa suya; pero ante el exceso del mal, determinamos
convertirnos en Providencia, y estableciendo en la jaula una división,
encerramos en ella al verdugo, dejando sola y libre a la mártir.
Pintar los
visajes y chillidos de Coco sería cuento de no acabar nunca. Al ver que le
ofrecíamos a Piña golosinas y alimento, sus gritos de envidia y cólera aturdían
la jaula. Y al pronto, Piña..., ¡oh hábito del miedo y de la resignación!, no
se atrevía a saborear el regalo, como si aún al través de la reja, en la
imposibilidad de hacerle daño alguno, le impusiese el déspota su voluntad. Con
todo, según fueron pasando días, renació en Piña la confianza, lo mismo que en
su desollado cogote brotaba nuevamente el pelo. Reflorecía su salud,
engruesaba, sus ojos de ágata brillaban, sus dientes parecían más blancos, su
rabo prehensil estaba muy juguetón, y sus manos traviesas retozaban fuera de
los alambres, complaciéndose en espulgar, por vía de caricia, a todo el que se
acercaba a su prisión. Si a esto se añade la proximidad del verano, lo suave de
la temperatura, las frecuentes visitas del sol a la galería de cristales donde
teníamos la jaula, se comprenderá la dicha de la
esposa de Coco, su alegría y su nueva juventud,
revelada en lo fino de su pelaje y en lo rápido de sus movimientos y
gesticulaciones.
Para mayor
felicidad de Piña, nos trasladamos a La Granja, y allí se le permitió
explayarse por los jardines, subiéndose a los árboles cuanto consentía el largo
de una cadenita ligera. Ella danzaba por la copa de las acacias y entre el
follaje de las camelias, soñando tal vez que el cielo era no azul celeste, sino
turquí, que el bosquecillo de frutales se convertía en cerrado manglar, y que
en el estanque nadaban, en lugar de rojos ciprinos, pardos caimanes que dejaban
en el agua un rastro de almizcle.
Ya no la
prendíamos en jaula; nos contentábamos con amarrar su cadena, de noche, a una
argollita. Cierta mañana encontramos la argolla y algún eslabón roto de la
cadena, pero a Piña, no. Apareció, después de largas pesquisas, en un alero del
tejado, tiritando y medio muerta. Ebria de libertad y de luz, confundió las
noches de Galicia con las luminosas y tibias noches antillanas, y el rocío, la
niebla, el frío del amanecer la hirieron con herida mortal.
Expiró lo
mismo que una persona, o, por mejor decir, que una criatura: tosiendo, gimiendo
blandamente, con agonía estertorosa, vidriándose sus ojos y humedeciéndose sus
lagrimales. Mis niños quisieron enterrarla solemnemente en el jardín; cavaron
su fosa al pie del gran naranjo bravo, no lejos de un pie de salvia todo
florido; depositaron el cuerpo envuelto en un paño blanco; lo recubrieron de
tierra, echaron sobre la sepultura flores, conchas, hasta cromos y aleluyas, y
mientras los dos mayores lloraban todas las lágrimas de su corazoncito piadoso,
la pequeña, haciendo trompeta con el hocico salado y ensayando los gestos y
pucheros que juzgó más adecuados para expresar el dolor, pronunció estas
palabras, condena del sentimentalismo y fórmula de un carácter jovial y
antirromántico:
-Yo también
quería llorar por la mona. ¡Pero no puedo!
"La
Ilustración Artística", núm. 447, 1890.
La calavera
El chiflado
habló así:
-Desde que,
por imitar a Perico Gonzalvo, que la echa de elegante y de original, puse en mi
habitación, sobre un zócalo de terciopelo negro, la maldita calavera (después
de haberla frotado bien para que adquiriese el bruñido del marfil rancio),
empecé a dormir con poca tranquilidad, y a sentirme inquieto mientras velaba.
La calavera me hacía compañía y estorbo, lo mismo que si fuese una persona, y
persona fiscalizadora, severa, impertinente, de esas que todo lo husmean y
censuran nuestros menores actos en nombre de una filosofía indigesta y
melancólica, de ultratumba. Cuando por las mañanas me plantaba yo frente al
espejo para acicalarme, tratando de reparar, dentro de lo posible, el estrago
de los cuarenta en mi rostro y cuerpo, no podía quitárseme del magín que la
calavera me miraba, y se reía silenciosa y sardónicamente cada vez que aplicaba
yo cosmético al bigote y traía adelante el pelo del colodrillo para encubrir la
naciente calva. Al perfumar el pañuelo con esencia
fina, al escoger entre mis alfileres de corbata el
más caprichoso, oía como en sueños una vocecilla estridente, sibilante,
mofadora, que articulaba entre la doble hilera de dientes, amarillos todavía,
implantados en las mandíbulas: "¡Imbéciiil de vaniiiidoso!" Será una
tontería muy grande; pero lo cierto es que me molestaba de veras.
Por las
noches, al recogerme, noté que la calavera se ponía más cargante, entrometida y
criticona. Su respingada nariz y su boca irónica, tan parecidas (salvo la
carne) a la expresiva fisonomía de don Cándido Nocedal, me preguntaban y
acusaban con una chunga despreciativa, capaz de freír la sangre al hombre más
flemático: "¿Por dónde has andado, vamos a ver, grandísimo perdido,
botarate de siete suelas? ¿Qué nido era aquel donde entraste esta tarde tan de
ocultis? ¿Se puede saber quién te esperaba allí? ¿Y te crees buenamente,
presumido, que con tu calvita y tus arrugas y tus cuarenta del pico estás ya
para seducir a nadie? Por los monises, por las sangrías que te dan al bolsillo,
campas tú, que si no... Vamos a ver: ¿qué te sacaron hoy con tanta zaragatería
de la cartera? ¿No fue un billete de a cien? ¿No salió luego otro de a
cincuenta por contrapeso? ¡Ah, memo Paganini, caballo blanco! ¡Lo que se
divertirán con ese dinero a cuenta tuya!..."
Le aseguro
a usted que la calavera, en este punto, entreabría el tenazón de sus
mandíbulas, y se reía bajo, sin que las ondas de su silenciosa carcajada
agitasen el aire. Apretando los dientes otra vez y adoptando el énfasis
doctoral de quien sermonea sobre las miserias y locuras del mundo -mientras yo
procedía a mis abluciones nocturnas o buscaba en el armario de luna la camisa
de dormir-, continuaba:
-Y después,
¿a qué más andurriales te condujo tu flaqueza? Lo sabemos, lo sabemos, aunque
usted se lo tenga muy bien callado. Al Congreso, a adular al ministro
Calabazote y al general Polvorín. A arrastrarte por los suelos, a ofrecerte
incondicionalmente para todo lo que te ordenen y manden, a mendigar un
distrito, ese soñado distrito que nunca llega, ni llegará, porque a ti te
emboban con buenas palabritas y te sostienen hace cuatro años con la boca
abierta esperando el higuí... Del Congreso... ¡No me lo niegues, porque estoy
muy bien informada! Del Congreso te fuiste a la Redacción de El Estómago,
diario ministerial que cobra cinco subvenciones y media, a que te insertasen un
sueltecito de tu puño, donde te das bombo, incluyéndote en el grupo de personas
caracterizadas que se disponen a prestar incondicional apoyo a la política de
nuestro ilustre jefe Calabazote. Y a renglón seguido...
Aquí me
revolví furioso contra la intransigente censora, diciendo:
-Bueno, ¿a
renglón seguido, qué? Y a renglón seguido me fui a comer con unos amigos... ¡Me
parece que cosa más inocente y natural!...
-¡Tate,
tate! -replicaba la calavera insufrible-. Las cosas dichas así parecen lo más
sencillito... Pero a mí, no me la das tú, aunque vuelvas a nacer cien veces...
Ya soy vieja. Ya se me ha caído todo el pelo. La experiencia me hace sagaz.
Fuiste a comer en casa del banquero Tagarnina, no porque sea amigo tuyo ni
porque le estimes, pues bien persuadido estás de que su riqueza la granjeó
arruinando a muchos infelices y saqueando al país con contratas y empréstitos,
sino porque tiene buen cocinero y exquisita bodega, y también porque su mujer,
¡que es una mujer de patente!, has soñado tú que te mira con buenos ojos...,
cuando lo que hay es que los tiene preciosos, y no ha de ponerse a bizcar si
los fija en tu cara. La verdad desnuda... ¿A que no se te ocurre ir a hacer
penitencia con tus amigos los de Martínez, que te ofrecerían un modesto
pucherito? Tagarnina ya es otra cosa; aquel borgoña añejo..., aquel rin de
principios de siglo..., aquellas trufas de la poularde...
Vamos, que aún se te hace agua la boca, compañero,
si de eso te acuerdas... ¿Eh? ¡Qué magníficas estaban! Aún te relames
epicúreo... Y ahora, ¿qué tal? ¿Vas a acostarte para digerirlas como un prior?
¡Acostarme!
No, y ello es que no había más remedio. Encendida mi lamparilla, entreabría con
cuidado las sábanas, me descalzaba, y ¡zas!, me hundía en el lecho blando. El
primer momento era de bienestar incomparable. Mi cuarto y todos mis muebles son
confortables y regalones, como de solterón egoísta que adorna y prepara un
rincón a su gusto, a fin de vivir en él hecho un papatache, saliendo fuera a
comer y almorzar y teniendo su criadito que por las mañanas limpie y arregle.
En la cama había puesto especial cuidado, considerando que la mitad de nuestra
vida se desliza en ella. La lana más rica, para el colchón; el plumón más caro,
para edredones y almohadas; mantas suaves, que se ciñen al cuerpo y no pesan;
un cubrecama antiguo, de seda bordada de colores; en suma: una cama de
arzobispo que padece gota y se levanta tarde. ¡Ay! ¡Qué bien me sabía la camita
deliciosa, antes que por rutina, por ese espíritu de plagio, que es el cáncer
de nuestra sociedad, incurriese yo en la
tontuna de traerme a mi cuarto una porquería como
la dichosa calavera!
Apenas
empezaba a conciliar el primer sopor entre el grato calorcillo de las amorosas
mantas, la calavera, antes tan campechana y bromista, mudaba de registro, se
ponía trágica y balbucía -en honda y cavernosa voz, que sonaba cual si girase
entre las descarnadas vértebras por falta de laringe- cosazas pavorosas y
tremendas. De las cuencas llenas de sombra parecía brotar diabólica chispa. Los
dientes castañeteaban como estremecidos por el pavor. Yo sepultaba la cabeza
entre las sábanas temiendo oír; pero el caso es que oía, oía; la voz de la
calavera penetraba al través de aquel muro de lienzo, y, deslizándose como una
sierpe en el hueco de mis oídos, llegaba a mi cerebro excitado por el estúpido
temor y la sugestión del insomnio, que se convierte muy luego en el insomnio
mismo.
-¡Hola!
¿Qué es eso? ¿No duermes, no te entregas como otras veces al placer de roncar a
pierna suelta, después de hacer tu gusto todo el santísimo día? ¿Es acaso mi
proximidad lo que te desvela? ¡Ah bobo! ¡Inconsecuente! ¿Pues no piensas tú,
para mayor comodidad tuya, para quitarte los escrúpulos y vivir según te
acomoda y no privarte de nada, que yo soy únicamente un poco de fosfato de cal,
la cáscara de una nuez ya digerida por el tiempo? Pues si soy eso, ¿por qué
cavilas tanto en mí, hombre pusilánime? ¿Hase visto fantasmón? Explícame por
qué se te ocurre a veces cavilar qué será de mi alma, por dónde andará rodando.
Con que mucho de despreocupación, y espíritu fuerte, y materialismo de
Cervecería Inglesa y Café de Viena, y apenas apaga usted la palmatoria ya le
tenemos acordándose de...
Los dientes
de la calavera -o tal vez los míos- se entrechocaban con fuerza convulsiva, y
salían entrecortadas estas dos palabras tremendas: "¡La Muerte!... ¡El
Infierno!"
La calavera
prosiguió más bajito aún:
-El
Infierno... quedamos en que no crees en él. ¿Creer en esas papas? Está bueno
para las viejas y los niños. Un hombre como tú, ilustrado, moderno, se ríe de
semejantes farsas. ¿Tenazazos, llamas, calderas, gemidos, demonios rabudos,
eternidad de penas? A otro perro con ese hueso. Corriente: descartemos el
Infierno... Mandémoslo retirar a toda prisa. No sirve ya. Al cesto con él...
Daba yo una
vuelta en la cama, buscando postura mejor, y la calavera susurraba:
-Pero lo
que es en lo otro..., en la de la guadaña... Vamos, lo que es en ésa... crees a
puño cerrado. ¿Acerté?
Un soplo
glacial acariciaba mis sienes. En la raíz de mis cabellos, gotitas de sudor se
cuajaban. Mis nervios, encalabrinados, gritaban con furia "Cualquiera
duerme hoy."
-Vamos, que
de esta vez he puesto el dedo en la llaga -recalcaba la calavera-. ¿A que sí?
No la eches de guapo, compañero; aquí no estamos a engañarnos... Nos conocemos,
camará. Tus medranitas te pasas de cuando en cuando, acordándote de la hora que
ha de sonar sin remedio alguno... Porque ¡mira tú qué cosa más diabólica! Nunca
te llegará, probablemente, la de salir diputado, gracias a la influencia de
Calabazote; es regular que tampoco suene la de tu primera cita con la señora de
Tagarnina, el banquero; casi puede jurarse que no verás la de cobrar aquel pico
que te deben, ni la de que te adjudiquen la hacienda del Encinarejo, ni la de
colgarte la gran cruz, ni ninguna de esas horitas que tu vanidad desea...
¡Pero, en cambio, la hora..., aquella en que no quieres pensar nunca...,
aquella que te empeñas en suprimir con la imaginación...; lo que es ésa...,
aunque se descompongan todos tus relojes..., ha de sonar, más fija, más
puntual..., más exacta! ¡Ni un segundo de
atraso..., ni uno!
Temblor
general se apoderaba de mis miembros, y en las sienes parecía que me pegaban
furibundos martillazos.
-Hace pocos
días -continuaba la voz- viste morir de una pulmonía fulminante al bueno de
Paco Soto. La víspera de caer en cama corristeis una broma en Fornos con la
Belén Torres... ¡Ya ves si tengo yo informes! A mí no se me escapa ni esto...
¡Cuánto se reía Paquillo! Bueno; pues tú llevaste una cinta de su féretro...
¿No te acuerdas? Y estuviste en la Sacramental, y viste cómo le metieron en el
nicho... ¿A ti te gustaría que te soplasen en un nicho? ¿A que no? Más
calentita está la cama tuya... y más blanda..., ¿eh? Pero lo del nicho tiene
que llegar... Y ¿qué me dices? ¿Por dónde andará Paco Soto, con aquellas guasas
que gastaba y aquella afición suya a cazar y a comer y a beber seco? ¿Crees tú
que es enteramente imposible que el alma de Soto...? ¡Ah! No me acordaba de que
eso del alma se te hace a ti muy duro de tragar..., muy durillo. Bueno;
admitido que eso del alma... Pero si en cerrando el ojo se acaba toda la
fiesta, ¿por qué diantres me tienes así... este
respetillo..., este pavor..., este...? Mira...,
ahora calo yo tu conciencia, hasta lo más hondo de ella... Mañana has
determinado echarme al pozo... ¡Qué vergüenza!... ¡Cobarde! Me has cogido
miedo, miedo supersticioso, pero cerval... ¡Ja, ja! Miedo, miedo. Como se lo
tienes a lo otro..., al final..., al desenlace de la comedia... Por eso me
echarás al pozo; porque yo soy una vocecita misteriosa que te habla de lo que
hay por esos mundos desconocidos..., y, mal que te pese..., ¡chúpate esa!,
reales, reales..., reales.
Me
incorporé en la cama, con los pelos erizados.
-Bribona,
mañana te juro que te vas por la ventana a la calle. Espantajo del otro barrio,
yo te ajustaré las cuentas. A tu sitio, que es la tierra; a pudrirte, a
disolverte, a hacerte polvo impalpable. Lo que es de mí no te ríes tú. Ahora...
a la perrera, a la leñera... A la basura, que es tu sitio.
Encendí
fósforos, la palmatoria, el quinqué... Así el cráneo y lo arrojé con ira al
cajón de la leña. Lo célebre es que no me atreví a volver a acostarme. Pasé el
resto de la noche en un sillón, azorado, nervioso, como si custodiase el cuerpo
de un delito, la prueba de un crimen. Rayó el alba, y en el mismo sillón
concilié algunos minutos de agitado sueño. Así que fue día claro, saqué la
calavera, que me pareció a la luz del día un trasto ridículo: la envolví en un
número de La Correspondencia; salí de casa, tomé un simón y dí orden de ir por
la ronda de Embajadores, hasta topar con un sitio retirado. Cerca de unas
yeserías arrojé el bulto, que al caer dio contra una piedra, y desenvolviéndose
del periódico, rebotó con ruido seco y lúgubre.
-¡Ah
recondenada calavera! Ya no volverás a darme quehacer. Poco me importa que
creas que te temo... No es a ti, fúnebre espantajo; es a mi propio, a mi
imaginación, a mi cabeza loca, a quien tengo un poco de miedo; por lo demás...
Ahí te quedas, hasta que te descubra algún chicuelo que juegue contigo a la
pelota...
¡Con qué
gusto me metí aquella noche en la cama! Iba a dormir, a reposar
deliciosamente...
-¿Y reposó
usted?
-¡Ay
señora! -contestó a mi interrupción el chiflado-. La calavera ya no estaba en
su zócalo de terciopelo... ¡Pero si viese usted! De la habitación no había
salido. Estaba más cerca de mí, estaba precisamente en el sitio de donde yo
quise arrojarla. ¡Aquí, aquí! -repitió, golpeándose la frente y el pecho.
"Nuevo
Teatro Crítico", núm. 29, 1893.
Cuatro
socialistas
Por
extraordinario, estaba la mar como una balsa de aceite. Las olas, de un verde
vítreo alrededor de la embarcación, eran, a lo lejos, bajo los rayos del sol,
una sábana azul, tersa y sin límites. La hélice del vaporcillo batía el agua
con rapidez, alzando, entre olores de salitre, espuma bullente y rumorosa.
De los
pasajeros que se habían embarcado en Cádiz con rumbo a las africanas costas,
cuatro, agrupados en la popa, conversaban. No se ha visto cosa más heterogénea
que las cataduras de los cuatro. Uno era membrudo y rechoncho, y a pesar de
vestir la holgada blusa del obrero, a tiro de ballesta se le conocía ser de
aquellos del brazo de hierro y de la mano airada, y que había de caerle bien a
su tipo majo el marsellés y el zapato vaquerizo. Gastaba aborrascadas patillas
negras, y chupaba un puro grueso y apestoso. El otro, caballero por su ropa, y
por sus trazas, era alto y descolorido, de cara inteligente y seria; sus ojos
miopes, fatigados, de rojizo y lacio párpado, los amparaban lentes de oro. El
tercero era un viejecito, tan viejecito, que le temblaba la barba al hablar, y
la falta de dientes le sumía la boca debajo de la nariz; y si no mentía el
burdo sayalote negruzco, el manto de la misma tela y color, con cruz roja, el
cordón de triple nudo y las sandalias, pertenecía
a alguno de los numerosos colegios de Misioneros
Franciscanos establecidos en el litoral de África. El cuarto..., es decir, la
cuarta, llevaba el desarirado hábito de las Hermanitas de los Pobres; era
joven, coloradilla, de cara inocentona y alegre, parecida a la de ciertas
efigies de palo que se ven en los templos de aldea. El obrero estaba sentado
sobre un fardo, con las piernas muy esparrancadas; los demás, de pie,
reclinados en la borda.
-Pues na,
que el hombre se cansa de vivir a la sombra y aguantando mal quereres -gruñía
el de la blusa, ceceando y escupiendo de costado-. O ha de ser un borreguiyo
que diga amén a cuanto se le antoje al patrón, y se deje chupar la sangre toda,
o ya sa fastidiao. Y aluego le cuelgan a usté el sambenito; que levanta usté de
cascos a los demás, y que donde está usté se armó la gresca. Porque me vieron
en un mitin, ya too Dios que se desmandaba tenía yo la culpa. Porque un día cae
una pelotera cerilla..., un descuido..., en el almacén, y se alsa una llamará
que se quería tragar la fábrica..., ¿quién había de ser? Curro, y aposta. Yasté
ve que... fumando.
-Pues mucho
cuidadito -respondió el de los lentes- con que en el gran establecimiento
agrícola industrial en que le daré a usted trabajo caiga cerilla ninguna...
¿eh? Porque yo tengo tan malas pulgas como los patronos.
-Y es la
fija; toos los burgueses, idénticos -declaró el obrero con voz opaca y sombrío
mirar.
-No soy
burgúes -repuso con imperceptible desdén el aludido-. Mi padre hacía zapatos en
Écija. A fuerza de privaciones me dio carrera. Seguí la de ingeniero mecánico.
No poseo un céntimo de capital; sólo tengo mi cabeza y mi corazón. Paso al
África a dirigir en parte una empresa que se funda con dinero inglés y brazos
españoles, a competencia con las industrias francesas, que son allí las
boyantes. Estaré al frente de los talleres. Se me ha dado carta blanca, y podré
aplicar las nuevas y humanitarias ideas sociológicas relativas a la vida
fabril. Bajo mi dirección no habrá explotados. Se amparará a la mujer y al
niño. Se ensayará la cooperación. Moralidad, equidad, justicia. Si no, dejo el
puesto. Pero... ¡al que me revuelva el cotarro..., sin escrúpulo ninguno, y
como a un lobo rabioso..., le salto la tapa de los sesos! Usted verá si le trae
cuenta entrar en mis talleres.
Habíase
puesto en pie el obrero, y en sus morenas facciones y por su frente de bronce,
expuesta al sol, corrían como olas encrespadas arrugas profundas, surcos de
odio. Su mano se crispó en la cintura, señalando bajo la blusa el relieve de la
ancha navaja cabritera. Mas de pronto, y sin transición, con la movilidad del
meridional, adoptó expresión halagüeña, melosa, casi humilde y dirigiéndose al
franciscano y a la hermanita más que al de los lentes, exclamó:
-¡Pues no
que no entraría! Clavos timoneros soy capaz de arrancar con los dientes pa
enviar algo de parné a la mujer y a los chiquititiyos. El corazón traigo como
una lenteja, de que se me queden allá hambreando, después de tantas crujidas y
tantas necesidades como aguantaron ya en este pinturero mundo. En especial la
gurruminiya de once meses me la llevaría yo, si pudiera, en los hombros, como
San Cristóbal, y le daría yo tortas de almíbar amasás con mi sangre. ¡Por
éstas!
Y al besar
la cruz de los dedos, una lágrima asomó repentinamente a los lagrimales del
anarquista incendiario.
-¡Válganos
la Virgen Santísima, qué desgracias hay en la tierra! -exclamó la hermanita con
simpatía profunda.
-Eso está
muy bien -pronunció con calma el ingeniero-. Quiera usted mucho a sus chicos, y
trabaje para ellos, y no se ladee, y le irá mejor. De los atentados y los
crímenes no nace la justicia social. ¿A que el padre está conforme? -añadió,
dirigiéndose al franciscano.
-Entiendo
poco de estas novedades de ahora -contestó el fraile afablemente, en su voz
cascada y lenta-. Yo, con decir misa, confesar y obedecer... Lo único que sé es
que nosotros, desde hace quinientos años, vivimos bajo el sistema de la
comunidad de bienes. Por nosotros, aunque todo se repartiera... Ya ve usted: no
podemos poseer ni el valor de un céntimo; no somos propietarios ni aun del
sayal que nos cubre. Si usted me pregunta sobre eso, de que tanto se habla del
socialismo..., un pobrecito fraile como yo, lo único que opina es que los
ricos, por su propia conveniencia y para ganar el cielo, deben ablandarse de
entrañas y dar mucha limosna..., y los pobres ser resignados y laboriosos,
porque dice el Evangelio que pobres siempre los habrá en el mundo, siempre...
-Bonito
conzuelo e tripaz -gruñó el anarquista.
-¿Qué hizo
nuestro santo patriarca? -prosiguió el viejecito con una llama de entusiasmo en
las pupilas-. Dio cuanto tenía a los pobres... No quiso propiedad, no quiso
dinero, porque la codicia es la que estraga el corazón... Nos descalzó, nos
mandó pedir limosna... Quiso que todos fuésemos iguales, sin vanidades ni
distinciones ni soberbias tontas, que se han de acabar en el sepulcro...
¿Hablan de nivelación social? Me parece que para nivelados... Que lo diga aquí
la hermanita; es cosa muy buena el ser libre y pobre; el dar de puntapiés, así,
como la sandalia, al mundo y a las riquezas malditas.
-¡Ay padre!
-respondió la simplona-. Ya que pregunta a servidora... si no me regaña..., le
diré mi parecer. No soy como usted. Soy muy codiciosa. ¡Vaya si me gustaría que
se repartiesen tantos millones como andan por ahí mal empleados! Cogería
servidora un par de cientos de milloncitos... y ¡anda con ella!
-¡Hermana
Belén! -advirtió severamente el fraile.
-¡Pero,
padre Salvador!, usted es un santo, y como un santo, ni ve, ni oye, ni
entiende. ¿Ha estado en Madrid, en alguno de esos palacios tan atroces?
Servidora, sí..., que me llevó la mujer del cochero a ver las cuadras de aquel
grandísimo que está junto a Recoletos..., antes de la Castellana. ¡Padre del
alma! Hasta espejos y fuentes, y pilas de mármol blanco, y alfombras tenían los
caballos allí. ¡Y nuestros ancianitos sin mantas con que abrigarse en el
invierno, arrecidos, tiritando! ¡Y los niños, ángeles míos, traspillados de
miseria! No me llame tonta...; yo sé lo que me digo... Había un perrito de la
señora marquesa, que me lo trajeron en un cesto acolchado de raso, y era un
bicho horrible..., con unos pelos..., una rata me pareció, tanto, que servidora
pegó un chillido, así: "¡Huy!" Pues el perro había costado allá en
Inglaterra cinco mil pesetas... ¿Usted lo oye, padre? Cinco mil... Con cinco
mil pesetas se echan los cimientos del asilo para los ancianos... ¡Y al
avechucho aquel me lo lavaban con jabón y agua de
olor todos los días!... ¡Que si quiero reparto!
La carita
de madera se había transfigurado; una ráfaga de pasión hacía brillar los ojos,
fruncirse las cejas, palidecer las mejillas y dilatarse la nariz redonda.
-Si no
fuera tan sencilla como es, hermana Belén, ahora merecería una peluca gorda
-contestó el fraile-. Baje, baje a la cámara a ver cómo sigue del mareo la
compañera.
La monjita
obedeció, cruzando las manos, y echó a andar, sonándole las cuentas del rosario
cuando bajaba la escalera. El vapor volaba, como si le animase la proximidad de
la costa.
A lo lejos
se divisaba ya el faro de Tánger.
"El
Liberal", 1 de mayo de 1893.
El tesoro
Lo que voy
a referir sucedió en el país de los sueños. ¿Verdad que algunas veces gusta
echar un viajecillo a esta tierra encantada, de azules lejanías, de irisadas
playas, de bosques floridos, de ríos de diamantes y de ciudades de mármol,
ciudades donde nada deja que desear la Policía urbana, ni el servicio de
comunicaciones, ni el tiempo, que siempre es espléndido; ni la temperatura, que
jamás sopla el trancazo y la bronquitis?
En tan
deliciosa comarca vivía una moza como un pino de oro, llamada Inés. Quince
mayos agrupaban en su gallarda persona todas las perfecciones y gracias de la
Naturaleza, y en su espíritu todos los atractivos misteriosos del ideal. Porque
instintivamente -supongo que lo habréis notado- atribuimos a las niñas muy
hermosas bellezas interiores y psicológicas que correspondan exactamente a las
que en su exterior nos embelesan. Aquellos ojos tan claros, tan nacarados y tan
húmedos de vida, no cabe duda que reflejan un pensamiento sin mancha,
comparable al ampo de la misma nieve. Aquella boca hecha de dos pétalos de rosa
de Alejandría, solo puede dar paso a palabras de miel, pero de miel cándida y
fresca. Aquellas manitas tan pulcras, en nada feo ni torpe pueden emplearse: a
lo sumo podrán entretejer flores, o ejecutar primorosas laborcicas. Aquella
frente lisa y ebúrnea no puede cobijar ningún pensamiento malo: aquellos pies
no se hicieron para pisar el barro vil de la tierra,
sino el polvo luminoso de los astros; aquella
sonrisa es la del ángel... ¡Acabáramos! Esta es la palabra definitiva: de
ángeles se gradúan todas las doncellitas lozanas, y de brujas todas las
apolilladas y estropajosas viejas: que así como así el alma no se ve por un
vidrio, sino envuelta en el engañoso ropaje de la forma, y si Carlota Corday no
es linda, en vez del ángel del asesinato le ponen el demonio.
De lo dicho
resulta que Inés poseía y ostentaba el diploma de angelical, y no solo lo
poseía, sino que era digna de él. Sus ojos radiantes, su ingenua boca
entreabierta, su frente sin una nube, no mentía, no. Inés no sabía jota de lo
malo. Imaginaos una tabla rasa donde nada hay escrito: suponed un lienzo sin
una sola mácula; figuraos un pajarito de plumas blancas, al que ni por
casualidad le encontraríamos una de medio color, y tendréis apropiada imagen de
lo que eran el alma y el corazoncito y los sentidos y las potencias de Inés.
Con todo
eso, y dado que a fuer de biógrafo puntual y exacto no quisiera errar ni en una
coma, he de confesaros que allá en el más escondido camarín del pensamiento de
la niña había... ¿qué? ¿El pelito invisible que rompe el cristal? ¿El globulito
de ácido que corroe el acero? Menos que eso... Una curiosidad.
Es el caso
que yendo Inés cierta tarde de paseo por las orillas del riachuelo, festoneadas
de anémonas, espadañas y gladiolos, en un remanso formado por dos peñascos que
casi se tocaban, vio que hacia la base de las rocas abríase la bocaza de una
cueva oscura. Mirando estaba al antro y cavilando qué podría ocultar en su
seno, cuando del agujero se destacó una figura humana, un anciano de melena
gris, túnica morada, gorro puntiagudo, varilla en cinto y, en suma, toda la
traza de un nigromante de comedia. Acercóse el brujo a la niña, y con
sonrisilla de malignidad le entregó un cofrecito de preciosa filigrana,
incrustado de corales y esmaltado de raros signos negros y desconocidos
caracteres. Inés, que no podía más de miedo, iba a rehusar la dádiva del brujo,
pero éste, con razones muy perfiladas y tono de autoridad, le mandó que se
guardase el cofre, añadiendo que era un obsequio que le destinaba, ya que se
había acercado tanto a la cueva, donde no entraba ningún ser humano.
-El
cofrecito -añadió- es de por sí un tesoro; pero contiene otro más inestimable
aún; como que encierra el tesoro de tu inocencia. No pierdas nunca ese cofre,
no lo abras, no lo rompas, no lo regales, no lo vendas, no te apartes de él un
minuto, y adiós, y que seas muy feliz, Inesilla. ¡Ay! Desde que te he visto...,
créelo, me pesan más las tres mil navidades que ayer cumplí.
Volvióse el
mágico a su caverna, e Inés regresó a su casa con el cofrecillo muy agarrado,
sin atreverse ni a mirarlo casi. Le parecía tan bonito y tan frágil, que temía
se fuese a evaporar. Lo depositó en sitio seguro, y desde aquella misma hora la
inevitable curiosidad empezó a tentarla, dictándole monólogos del tenor
siguiente:
-Bueno, ya
sé que no debo abrir ni romper ese cofrecito. Corriente: no lo abriré, ni lo
romperé. Pero ¿y si Dios quiere que se abra solo? Lo que es entonces...,
entonces sí que, pese a quien pese, me entero de lo que hay guardado en él. ¿Se
abrirá? Dios mío, ¡que se abra! La estantigua del brujo aquel me dijo que el
cofre encierra mi inocencia. Eso precisamente es lo que me hace rabiar. Si me
hubiese dicho que encerraba una flor, una alhaja, una mariposita, una cinta, un
pomo de esencia..., ¡bah!, entonces, un comino se me importaría verlo. ¡Pero mi
inocencia! Si no tuviese curiosidad, sería yo de palo. ¿Cómo será una
inocencia? Nunca me enseñaron por ahí inocencia alguna. ¿Será verde? ¿Será
azul? ¿Será colorada? ¿Será larga? ¿Será redonda? ¿Será linda? ¿Será horrible?
¿Pícara? ¿Tendrá veneno? ¿Será un gusano? ¿Será...? ¡Válgame Dios! ¡Pues si ya
me ha levantado jaqueca la inocencia maldita!
En estos
dares y tomares y cavilaciones y discursos andaba Inés, y todos venían a parar
en ganas de mandar a paseo las prohibiciones del mágico y abrir el cofrecillo,
en vista de que ninguna probabilidad tenía a su favor la hipótesis de que solo
y por su propia virtud se abriese. No obstante, el recelo la contenía y el
encantado cofre permanecía intacto.
Ahondando
más en sus meditaciones, Inés se resolvió a salir de dudas sin infringir la
ley, y empezó a preguntar a sus amigas y amigos qué hechura tenía la inocencia,
de qué color era y para qué servía. Con gran sorpresa y mayor disgusto notó que
nadie le respondía acorde, ni le proporcionaba el menor dato que pudiese
guiarla a su indagación. Unos fruncían la boca, bajaban la vista y se quedaban
perplejos; otros se reían, mitad con fisga y mitad con lástima; alguno la
reprendió por venirse con tales preguntas, impropias de una niña formal y
honrada, con lo cual, Inés, muy compungida, lloró de vergüenza, ignorando qué
clase de delito había cometido para que la tratasen así.
Convencida
ya de que nadie le diría más que chirigotas o cosas duras, atormentada por el
enigma que se cifraba en el cofrecillo, la niña se desmejoró, se sintió atacada
de inquietud febril, y, a ratos, de ese marasmo profundo que sigue a las
reacciones violentas de la voluntad. Porque no hay cosa de más tormento para el
espíritu que la acción concebida, deseada y no ejecutada, y ése es el mal
terrible de Hamlet: la indecisión. En verdad os digo que si Hamlet fuese mujer,
no se vuelve loco por estancación de la voluntad. La mujer es más resuelta:
quiere y hace. Inés, al sentirse enferma, quiso sanar, y una mañana sola,
trémula, rompió la cerradura del cofrecillo del mago.
Alzó la
tapa, aquel velo de Isis... ¡Oh asombro! En el fondo del cofrecillo no había
cosa alguna... Repito que nada; ni rastro, ni ostugo, ni señal del cacareado
tesoro. La atónita Inés únicamente creyó ver que por el aire se dispersaba una
leve y blanquecina columna de humo... Al mismo tiempo, los desconocidos
caracteres de esmalte negro que adornaban los frisos del cofrecillo se
aclaraban hasta convertirse en signos del alfabeto que poseía Inés, la cual,
abriendo mucho los ojos, leyó de corrido: "Cuando sepas lo que es la
inocencia, será que la perdiste."
"El
Liberal", 6 de abril de 1893.
La paloma
negra
Sobre el
cielo, de un azul turquí resplandeciente, se agrupaban nubes cirrosas, de
topacio y carmín, que el sol, antes de ocultarse detrás del escueto perfil de
la cordillera líbica, tiñe e inflama con tonos de incendio. Ni un soplo de aire
estremece las ramas de los espinos; parecen arbustos de metal, y el desierto de
arena se extiende como playazo amarillento, sin fin.
Los
solitarios, que ya han rezado las oraciones vespertinas, entretejido buen
pedazo de estera y paseado lentamente desde el oasis al montecillo, rodean
ahora al santo monje del monasterio de Tabenas, su director espiritual, el que
vino a instruirlos en vida penitente y meritoria a los ojos de Dios. De él han
aprendido a dormir sobre guijarros, a levantarse con el alba, a castigar la
gula con el ayuno, a sustentarse de un puñado de hierbas sazonadas con ceniza,
a usar el áspero cilicio, a disciplinarse con correas de piel de onagro y
permanecer horas enteras inmóviles sobre la estela de granito, con los brazos
en cruz y todo el peso del cuerpo gravitando sobre una pierna. De él reciben
también el consuelo y el valor que exigen tan recias mortificaciones: él, a la
hora melancólica del anochecer, cuando el enemigo ronda entre las tinieblas,
los entretiene y reanima contándoles doradas y dulces historias y hablándoles
del fervor de las patricias romanas, que se retiraron al
monte Aventino para cultivar dos virtudes: la
castidad y la limosna. Al oír estos prodigios del amor divinal, los solitarios
olvidan la tristeza, y la concupiscencia, domada, lanza espumarajos por sus
fauces de dragón.
Pendientes
de la palabra del santo monje, los solitarios no advierten que una aparición,
bien extraña en el desierto, baja del montecillo y se les aproxima. Una
carcajada fresca, argentina y musical como un arpegio, los hace saltar
atónitos. Quien se ríe es una hermosa mujer.
De mediana
estatura y delicadas proporciones, su cuerpo moreno, ceñido por estrecha túnica
de gasa, color de azafrán, que cubre una red de perlas, se cimbrea ágil y
nervioso, como avezado a la pantomima. Ligero zueco dorado calza su pie
diminuto, y su inmensa y pesada cabellera negra, de cambiantes azulinos,
entremezclada con gruesas perlas orientales, se desenrosca por los hombros y
culebrea hasta el tobillo, donde sus últimas hebras se desflecan esparciendo
penetrantes aromas de nardo, cinamomo y almizcle. Los ojos de la mujer son
grandes, rasgados, pero los entorna en lánguido e iniciativo mohín; su boca,
pálida y entreabierta, deja ver, al modular la risa, no solo los dientes de
nácar, sino la sombra rosada del paladar. Agitan sus manos crótalos de marfil,
y saltando y riendo, columpiando el talle y las caderas al uso de las
danzarinas gaditanas, viene a colocarse frente al círculo de los anacoretas.
Algunos se
cubren los ojos con las manos o se postran pegando al polvo la cara. Muchos
permanecen en pie, hoscos, ceñudos, con las pupilas vibrando indignación. Uno,
muy joven, tiembla, palidece y se coge a la túnica de piel de cabra del monje
santo. Otro se desciñe las disciplinas de cuero que lleva arrolladas a la
cintura con el ánimo de flagelar a la pecadora, y destrozar sus carnes
malditas. El santo les manda detenerse por medio de una señal enérgica y, acercándose
a la danzarina, exclama sin ira ni enojo:
-Hermana
mía, ya sé quien eres. No te sorprendas: te conozco, aunque nunca te he visto.
Sé también a qué vienes, y por qué nos buscas en esta soledad. Lo sé mejor que
tú: tú crees que has venido a una cosa, y yo en verdad te digo que vienes, sin
comprenderlo, a otra muy distinta. Hermanos, no temáis a la hermana: admirad
sin recelo su hermosura, que al fin es obra de nuestro Padre. Miradla como yo
la miro, con ojos puros, fraternales, limpios de todo infame apetito. ¿Sabéis
el nombre de esta mujer?
-Yo, sí
-contesta sordamente el jovencito, sin alzar la vista, sin soltar la túnica del
monje-. Es la célebre cómica y bailarina a quien en Antioquía dan el
sobrenombre de Margarita. Todos la adoran; Padre mío, todos se postran a sus
pies; su casa parece templo de un ídolo, donde rebosan el oro y la pedrería. El
diablo reside en ella y las abominaciones la ahogan y la arrastran al infierno.
Retirémonos a nuestras chozas. Esta mujer infesta el aire.
El monje
guarda silencio. Por último, y dirigiéndose a la comedianta, que ya no agita
los crótalos ni ríe, murmura con bondad, casi familiarmente:
-Mujer, te
llaman Margarita por tu beldad y porque tus amadores te han cubierto de perlas.
Posees tantas como lágrimas hiciste derramar. Tus cofrecillos de sándalo y
plata están atestados de riquezas. Por cada perla de esas que ganaste con el
vicio, yo te anuncio que has de verter un río de lágrimas. No me mires con
terror. Yo te amo más que esos que te ciñeron las sartas magníficas y te
colgaron de las orejas soles de diamantes. Sí, te amo, Margarita; te esperaba
ya. Ayer noche, cuando rodeada de diez a doce libertinos beodos apostaste que
vendrías aquí a tentarnos, yo velaba y hacía oración en mi choza. De pronto, vi
entrar por la ventanilla, revoloteando, una paloma, que más parecía un
cuervo..., porque no era blanca, sino negrísima. La paloma se me posó en el
hombro, arrullando y su pico de rosa me hirió aquí. Mira -el monje, apartando
la túnica, muestra en el velludo pecho una señal, una doble herida roja, un
profundo picotazo-. Cogí la paloma, y en vez de hacerle daño
la sumergí en el ánfora donde conservamos el agua
bendita para exorcizar. La paloma empezó a soltar su costra de negro fango y,
blanqueando poco a poco, vino a quedar como la más pura nieve. Limpia ya, se me
ocultó en el pecho..., durmió allí al calor de mi corazón amante, y por la
mañana no la vi más. Tú eres ahora la paloma negra. Tú serás bien pronto la
paloma blanca. Vuélvete a Antioquía; en la primera hondonada te aguardan tu
silla de manos y sus portadores, y tu escolta y tus amigos y tus aduladores viles...
Pero volverás, paloma mía negra; volverás a lavarte... ¡Hasta luego!
La
danzarina mira al santo, incrédula, propensa todavía a mofarse, pero sintiendo
la risa helada en la garganta y a la vez contemplando con horror y curiosidad
la barba enmarañada y larga hasta la cintura, las demacradas mejillas, los
brazos secos y descarnados y los ojos de brasa del asceta.
-¡Hasta
luego, hermana! -repite él gravemente.
Y con el
dedo señala a la ladera del montecillo.
***
Pasan
cuatro años. El santo monje, acompañado del joven solitario que con tanto miedo
se agarraba a su túnica, va a orar a los lugares donde murió Cristo, y al pasar
por el monte Olivete, poblado también, como el yermo, de gentes consagradas a
la penitencia, se detiene ante una choza tan reducida, que no se creería
vivienda de un ser humano. Al punto se abre una reja y asoma un rostro
espantoso, el de una mujer momia, con la piel pegada a los huesos, los labios
consumidos y los enormes ojos negros devastados por el torrente de lágrimas que
sin cesar mana de ellos y cae empapando el andrajoso ropaje y el pelo revuelto,
desgreñado y cubierto de polvo.
-¿De qué
color estoy, padre mío? -pregunta con ansiedad infinita, en voz cavernosa, la
penitente-. ¿Negra aún?
-Más blanca
que la azucena; más que la túnica de los ángeles -responde el monje, e
inclinándose con ternura imprime en la frente de la arrepentida el cristiano
beso de paz; vuélvese después hacia el discípulo, que torvo aún por el rencor
de las viejas tentaciones tiene fruncido el ceño, y murmura-. ¿No recuerda lo
que dijo el Señor? Las mujeres a quienes los fariseos llaman perdidas nos
precederán en el reino de los cielos.
Para que no
dudéis de la verdad de las palabras del monje, añadiré que ésta es, sin
variación esencial, la leyenda de la bienaventurada santa Pelagia, a quien hoy
veneramos en los altares, y a quien apodaban La Perla cuando aplaudía sus
pecaminosas danzas la capital de la tetrópolis de Siria.
"El
Imparcial", 24 de abril de 1893.
Sedano
Dos años
hacía que despachábamos juntos en la misma oficina, mesa con mesa, y aún no
había yo podido averiguar gran cosa respecto al buen Sedano, viejecillo flaco,
temblón, de labio colgante, con los ojos siempre turbios y húmedos, pero tan
exacto, tan asiduo, tan formal, tan complaciente hasta con el último meritorio
-con el público no hay que decir- que se le tenía por un infelizote de esos que
provocan a risa. Era el viejo, a no dudarlo, lo que yo llamaría un humillado y
un vencido; hombre que de plano y en conciencia se juzga inferior a los demás,
y pide con su actitud que se le conserve de limosna el último puesto que ocupa
en el indigesto y mezquino banquete de la vida.
Aficionado
a los pobres de espíritu -que en compensación de la servidumbre de aquí abajo
poseerán el reino de allá arriba-, me declaré amigote de Sedano. A la salida de
la oficina le acompañaba hasta su casa, le daba consejos, le regalaba cigarros
y solía convidarle a una taza de café y a una copita de licor de damas
-curaçao, kumme o Marie Brizard-. Estos obsequios me conquistaron una gratitud
tan desproporcionada a su importancia y valor, que, a la verdad, me confundía y
casi diré que me atosigaba; sí, me atosigaba, conmoviéndome un poco..., pero el
tósigo se sobreponía a la emoción dulce. ¿No es cierto, lector, que existe en
nosotros un pudor de alma que nos hace pesado el excesivo agradecimiento? ¿No
es verdad que la mansedumbre y la modestia, en grado tan alto, nos cohíben y
hasta nos abochornan?
-Sedano -le
dije un día para desviar la conversación del terreno del reconocimiento-,
cuénteme usted su vida y milagros. ¿Es usted soltero, casado, viudo? He oído
que tiene usted una hija no sé dónde. Ea, a hacer confesión general.
-¡Bah!
-respondió él, con un destello de ironía mansa en las lloronas pupilas-. Yo
tengo vida, pero milagros, no; todo lo mío es bien vulgar. Soy de Zamora, y me
crié en casa de una tía mía, con posibles, que me sirvió de madre. Me dejó
algunos cuartitos en treses, que decíamos entonces. Vine a Madrid a acabar la
carrera, y más adelante conseguía un destino, porque el señor don Luis González
Bravo había sido compañero de mi padre, que en gloria esté. Aquella aldaba me
sirvió de mucho. No soy de los que más padecieron bajo el poder de Poncio
Pilato; es decir, de la cesantía. Verdad que procuro hacerme útil en la casa.
-Y esos
cuartos que trajo usted de Zamora, ¿los gastó o los invirtió en otra clase de
renta? -pregunté considerando el pelaje de Sedano y suponiendo que tal vez los
famosos treses serían el hilo de que yo deseaba tirar.
-¡Los
treses! -repitió él, bajando la cabeza, mientras una súbita llamarada encendía
sus amarillentos pómulos-. Los treses... ya sabe usted que con la revolución
pegaron un bajón hasta los profundos abismos. Yo supe extraoficialmente, por un
ad latere del señor don Luis González Bravo (¡Dios le haya dado su santa
gloria!), que iban a caer al pozo los tresecitos. ¿Y qué hago? Vendo con tiempo
mis cuarenta y tantos mil pesos nominales... Así no pudo fastidiármelos la
Gloriosa -añadió, sonriendo con expresión de malicia pueril, como el que se
frota las manos celebrando su propia sagacidad.
Mírele, y
cada vez me parecieron sus trazas más incompatibles con cuarenta mil duros, ni
nominales ni efectivos. Era clásico en la oficina el gabán color de ala de
mosca de Sedano, y su corbata, pasada de los fríos y calores, y su paraguas
que, picado y limado en las costuras, embarcaba más agua de la que repelía. Me
confirmé en que los misteriosos treses encerraban la clave de la historia de
aquel hombre.
-¿Y qué
hizo usted con el dinero? -insistí, asediándole.
-¡El
dinero!... El dinero es una cosa que no parece sino que tiene alas -dijo,
volviéndose al rincón oscuro, y hablando como si algo se le atragantase.
-Vamos, que
lo despabiló usted alegremente. ¡Vaya con el pillín de Sedano! Francachelas,
¿eh? ¿Buenas mozas? Porque entonces era usted joven todavía.
-Francachelas, no, por cierto... Yo he sido siempre raro..., muy
raro..., hasta maniático... en ese particular de las mujeres. Me entraba un
encogimiento... Nunca supe..., vamos, empezar. Si no fuese por los amigos, que
a veces le sacan a uno de sus casillas... Si yo le dijese a usted..., iba usted
a reírse de mí, pero a carcajadas. Solo que como todo el mundo tiene su alma en
su almario..., y de una manera o de otra necesita querer a alguien, yo, cuando
vine a Madrid, conocí a una señora muy guapa, viuda, hermana de un pariente mío
por afinidad. Era tan buena..., quiero decir, era tan cariñosa conmigo..., que
yo (figúrese usted, un muchacho) me fui acostumbrando a su trato y a su
carácter de un modo... en fin, no salía de aquella casa. Tanto, que las malas
lenguas dieron en murmurar, y un día hasta oí que se decía en un corro si la
señora estaba o no en cierto compromiso. Naturalmente que primero me enfadé
muchísimo y luego me burlé de los murmuradores, porque yo la miraba
como se mira a las santas del cielo, y sabía de
fijo que tal barbaridad no podía ser. En esto la señora se ausentó de Madrid y
me quedé medio muerto, ¡con una tristeza!, ¡con una soledad!... Figúrese usted
mi admiración cuando una mañana entra en mi cuarto de la casa de huéspedes una
mujer vestida de negro, muy tapada..., ¡y se descubre y me pone en los brazos
una niña! "Ampárela usted, Sedano; no tiene padre, no tiene a nadie en el
mundo...; a mí no me permite ampararla mi honor." ¡Qué disgusto pasé! Me
acuerdo que hasta lloré con el berrinche...
-¿Era la
viuda? ¿La que usted quería?
-La misma.
Pero yo, por mi parte, le aseguro a usted que ni con el pensamiento...
-Lo creo,
lo creo... ¿Y la niña?
Profunda
transformación noté en la marchita cara de Sedano. Sus ojos, turbios y húmedos,
se aclararon un instante, y augusta expresión de amor los hizo irradiar
dulcemente. Os aseguro que es hermoso espectáculo el de la luz de la bondad
iluminando el rostro de un hombre.
-La niña
vivió conmigo veintiún años. Busqué ama, niñera... Vamos, me dio que hacer;
¡pero cosa más linda! Quisiera que usted la hubiese visto entonces. Llamaba la
atención al sacarla a paseo vestidita de terciopelo azul. Yo rabiaba a veces,
porque es mucha la jaqueca que levanta una chiquitina: que la dentición, que el
miedo a la difteria, que la educación, que vigilarla para que ningún pillastre
la engatuse... Luego, gastos, muchos gastos...; eso le pedí al señor González
Bravo el destino. A Enriqueta no quería yo que le faltasen comodidades, ni
gustos, ni diversiones. A su edad...
-¿Y qué ha
sido de la niña? -pregunté con interés cada vez mayor.
-Casada
está, y en Filipinas con su marido... -y la voz de Sedano, al decir esto, se
ablandó como si la mojasen-. Se casó con un militar... En fin, a usted no he de
andarle con tapujos. La chiquilla se enamoró como una desesperada de un
muchacho... que es guapo, muy simpático, muy jaranero, gracioso..., perdido...
¡Así les gustan a ellas! Desde que la vi tan amelonada, no hubo más recurso que
dejarlos casar. Me quedé hecho un páparo; no podía acostumbrarme, la casa se me
venía encima, y siempre me escapaba a la del matrimonio joven. Un día me
encuentro a la criatura hecha un mar de lágrimas. "Chiquilla, ¿qué
tienes?" "¡Ay padrino! (me llamaba así). Pepe ha jugado... fondos que
no eran suyos..., la vergüenza..., el deshonor... Ayer compró un revólver... Si
él se mata, yo también..." ¿Qué haría usted en mi caso?
-Entendido,
Sedano; ya adivino el paradero de los treses...
-No, mire
usted; entonces no le dí más que siete mil duros... Hasta dos años después...
¡Y si usted viese! ¡Parecía que se había enmendado el maldito!
-Total, que
no le quedó a usted más recurso que la oficina -exclamé alargando a Sedano un
entreacto muy oloroso.
-Y quiera
Dios que no me falte -respondió él, pagándome con una de aquellas sofocantes
miradas de gratitud.
Desde esta
conversación, me infunde cierto respeto el gabán color ala de mosca, y desearía
insinuarme con el ministro de Fomento, a fin de parar el golpe si amaga la
cesantía de Sedano.
"El
Liberal", 24 de abril 1893.
Cuentos dramáticos
Índice
Cuentos
dramáticos
En tranvía
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La paz
Suerte
macabra
El
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La ventana
cerrada
Infidelidad
De vieja
raza
Benito de
Palermo
Ley natural
El comadrón
El voto de
Rosiña
Vivo
retrato
El décimo
La puñalada
En el Santo
Santos
Bueno
Sustitución
La
"Compaña"
La
dentadura
Inspiración
Oscuramente
El ahogado
El molino
Aventura
El oficio
de difuntos
"Juan
Trigo"
El camafeo
Voz de la
sangre
Cuentos dramáticos
[Nota
preliminar: Edición digital a partir de la de OO.CC. (Madrid, Aguilar, 1963, 4ª
ed., T. I, pp. 1382-1468) y cotejada con la edición crítica de Juan Paredes
Núñez (Cuentos completos, La Coruña, Fundación Pedro Barrié de la Maza, Conde
de Fenosa, 1990, T. II, pp. 97-204.]
En tranvía
Los últimos
fríos del invierno ceden el paso a la estación primaveral, y algo de fluido
germinador flota en la atmósfera y sube al purísimo azul del firmamento. La
gente, volviendo de misa o del matinal correteo por las calles, asalta en la
Puerta del Sol el tranvía del barrio de Salamanca. Llevan las señoras sencillos
trajes de mañana; la blonda de la mantilla envuelve en su penumbra el brillo de
las pupilas negras; arrollado a la muñeca, el rosario; en la mano enguantada,
ocultando el puño del encas, un haz de lilas o un cucurucho de dulces,
pendiente por una cintita del dedo meñique. Algunas van acompañadas de sus
niños: ¡y qué niños tan elegantes, tan bonitos, tan bien tratados! Dan ganas de
comérselos a besos; entran impulsos invencibles de juguetear, enredando los
dedos en la ondeante y pesada guedeja rubia que les cuelga por las espaldas.
En primer
término, casi frente a mí, descuella un "bebé" de pocos meses. No se
ve en él, aparte de la carita regordeta y las rosadas manos, sino encajes,
tiras bordadas de ojetes, lazos de cinta, blanco todo, y dos bolas envueltas en
lana blanca también, bolas impacientes y danzarinas que son los piececillos. Se
empina sobre ellos, pega brincos de gozo, y cuando un caballero cuarentón que
va a su lado -probablemente el papá- le hace una carantoña o le enciende un
fósforo, el mamón se ríe con toda su boca de viejo, babosa y desdentada,
irradiando luz del cielo en sus ojos puros. Más allá, una niña como de nueve
años se arrellana en postura desdeñosa e indolente, cruzando las piernas,
luciendo la fina canilla cubierta con la estirada media de seda negra y columpiando
el pie calzado con zapato inglés de charol. La futura mujer hermosa tiene ya su
dosis de coquetería; sabe que la miran y la admiran, y se deja mirar y admirar
con oculta e íntima complacencia, haciendo un mohín
equivalente a "Ya sé que os gusto; ya sé que
me contempláis". Su cabellera, apenas ondeada, limpia, igual, frondosa,
magnífica, la envuelve y la rodea de un halo de oro, flotando bajo el sombrero
ancho de fieltro, nubado por la gran pluma gris. Apretado contra el pecho lleva
envoltorio de papel de seda, probablemente algún juguete fino para el hermano
menor, alguna sorpresa para la mamá, algún lazo o moño que la impulsó a
adquirir su tempranera presunción. Más allá de este capullo cerrado va otro que
se entreabre ya, la hermana tal vez, linda criatura como de veinte años, tipo
afinado de morena madrileña, sencillamente vestida, tocada con una capotita
casi invisible, que realza su perfil delicado y serio. No lejos de ella, una
matrona arrogante, recién empolvada de arroz, baja los ojos y se reconcentra
como para soñar o recordar.
Con
semejante tripulación, el plebeyo tranvía reluce orgullosamente al sol, ni más
ni menos que si fuese landó forrado de rasolís, arrastrado por un tronco inglés
legítimo. Sus vidrios parecen diáfanos; sus botones de metal deslumbran; sus
mulas trotan briosas y gallardas; el conductor arrea con voz animosa, y el
cobrador pide los billetes atento y solícito, ofreciendo en ademán cortés el
pedacillo de papel blanco o rosa. En vez del olor chotuno que suelen exhalar
los cargamentos de obreros allá en las líneas del Pacífico y del Hipódromo,
vagan por la atmósfera del tranvía emanaciones de flores, vaho de cuerpos
limpios y brisas del iris de la ropa blanca. Si al hacerse el pago cae al suelo
una moneda, al buscarla se entrevén piececitos chicos, tacones Luis XV, encajes
de enaguas y tobillos menudos. A medida que el coche avanza por la calle de
Alcalá arriba, el sol irradia más e infunde mayor alborozo el bullicio
dominguero, el gentío que hierve en las aceras, el rápido
cruzar de los coches, la claridad del día y la
templanza del aire. ¡Ah, qué alegre el domingo madrileño, qué aristocrático el
tranvía a aquella hora en que por todas las casas del barrio se oye el choque
de platos, nuncio del almuerzo, y los fruteros de cristal del comedor sólo
aguardan la escogida fruta o el apetitoso dulce que la dueña en persona eligió
en casa de Martinho o de Prast!
Una sola
mancha noté en la composición del tranvía. Es cierto que era negrísima y
feísima, aunque acaso lo pareciese más en virtud del contraste. Una mujer del
pueblo se acurrucaba en una esquina, agasajando entre sus brazos a una
criatura. No cabía precisar la edad de la mujer; lo mismo podría frisar en los
treinta y tantos que en los cincuenta y pico. Flaca como una espina, su mantón
pardusco, tan traído como llevado, marcaba la exigüidad de sus miembros: diríase
que iba colgado en una percha. El mantón de la mujer del pueblo de Madrid tiene
fisonomía, es elocuente y delator: si no hay prenda que mejor realce las
airosas formas, que mejor acentúe el provocativo meneo de cadera de la
arrebatada chula, tampoco la hay que más revele la sórdida miseria, el cansado
desaliento de una vida aperreada y angustiosa, el encogimiento del hambre, el
supremo indiferentismo del dolor, la absoluta carencia de pretensiones de la
mujer a quien marchitó la adversidad y que ha renunciado por
completo, no sólo a la esperanza de agradar, sino
al prestigio del sexo.
Sospeché
que aquella mujer del mantón ceniza, pobre de solemnidad sin duda alguna,
padecía amarguras más crueles aún que la miseria. La miseria a secas la acepta
con feliz resignación el pueblo español, hasta poco hace ajeno a
reivindicaciones socialistas. Pobreza es el sino del pobre y a nada conduce
protestar. Lo que vi escrito sobre aquella faz, más que pálida, lívida; en
aquella boca sumida por los cantos, donde la risa parecía no haber jugado
nunca; en aquellos ojos de párpados encarnizados y sanguinolentos, abrasados ya
y sin llanto refrigerante, era cosa más terrible, más excepcional que la
miseria: era la desesperación.
El niño
dormía. Comparado con el pelaje de la mujer, el de la criatura era flamante y
decoroso. Sus medias de lana no tenían desgarrones; sus zapatos bastos, pero
fuertes, se hallaban en un buen estado de conservación; su chaqueta gorda sin
duda le preservaba bien del frío, y lo que se veía de su cara, un cachetito
sofocado por el sueño, parecía limpio y lucio. Una boina colorada le cubría la
pelona. Dormía tranquilamente; ni se le sentía la respiración. La mujer, de
tiempo en tiempo y como por instinto, apretaba contra sí al chico, palpándole
suavemente con su mano descarnada, denegrida y temblorosa.
El cobrador
se acercó librillo en mano, revolviendo en la cartera la calderilla. La mujer
se estremeció como si despertase de un sueño, y registrando en su bolsillo,
sacó, después de exploraciones muy largas, una moneda de cobre.
-¿Adónde?
-Al final.
-Son quince
céntimos desde la Puerta del Sol, señora -advirtió el cobrador, entre regañón y
compadecido-, y aquí me da usted diez.
-¡Diez!...
-repitió vagamente la mujer, como si pensase en otra cosa-. Diez...
-Diez, sí;
un perro grande... ¿No lo está usted viendo?
-Pero no
tengo más -replicó la mujer con dulzura e indiferencia.
-Pues
quince hay que pagar -advirtió el cobrador con alguna severidad, sin resolverse
a gruñir demasiado, porque la compasión se lo vedaba.
A todo
esto, la gente del tranvía comenzaba a enterarse del episodio, y una señora
buscaba ya su portamonedas para enjugar aquel insignificante déficit.
-No tengo
más -repetía la mujer porfiadamente, sin irritarse ni afligirse.
Aun antes
de que la señora alargase el perro chico, el cobrador volvió la espalda
encogiéndose de hombros, como quien dice: "De estos casos se ven
algunos." De repente, cuando menos se lo esperaba nadie, la mujer, sin
soltar a su hijo y echando llamas por los ojos, se incorporó, y con acento
furioso exclamó, dirigiéndose a los circunstantes:
-¡Mi marido
se me ha ido con otra!
Este
frunció el ceño, aquél reprimió la risa; al pronto creímos que se había vuelto
loca la infeliz para gritar tan desaforadamente y decir semejante
incongruencia; pero ella ni siquiera advirtió el movimiento de extrañeza del
auditorio.
-Se me ha
ido con otra -repitió entre el silencio y la curiosidad general-. Una ladronaza
pintá y rebocá, como una paré. Con ella se ha ido. Y a ella le da cuanto gana,
y a mí me hartó de palos. En la cabeza me dio un palo. La tengo rota. Lo peor,
que se ha ido. No sé dónde está. ¡Ya van dos meses que no sé!
Dicho esto,
cayó en su rincón desplomada, ajustándose maquinalmente el pañuelo de algodón
que llevaba atado bajo la barbilla. Temblaba como si un huracán interior la
sacudiese, y de sus sanguinolentos ojos caían por las demacradas mejillas dos
ardientes y chicas lágrimas. Su lengua articulaba por lo bajo palabras
confusas, el resto de la queja, los detalles crueles del drama doméstico. Oí al
señor cuarentón que encendía fósforos para entretener al mamoncillo, murmurar
al oído de la dama que iba a su lado.
-La
desdichada esa... Comprendo al marido. Parece un trapo viejo. ¡Con esa jeta y
ese ojo de perdiz que tiene!
La dama
tiró suavemente de la manga al cobrador, y le entregó algo. El cobrador se
acercó a la mujer y le puso en las manos la dádiva.
-Tome
usted... Aquella señora le regala una peseta.
El contagio
obró instantáneamente. La tripulación entera del tranvía se sintió acometida
del ansia de dar. Salieron a relucir portamonedas, carteras y saquitos. La
colecta fue tan repentina como relativamente abundante.
Fuese
porque el acento desesperado de la mujer había ablandado y estremecido todos
los corazones, fuese porque es más difícil abrir la voluntad a soltar la
primera peseta que a tirar el último duro, todo el mundo quiso correrse, y
hasta la desdeñosa chiquilla de la gran melena rubia, comprendiendo tal vez, en
medio de su inocencia, que allí había un gran dolor que consolar, hizo un gesto
monísimo, lleno de seriedad y de elegancia, y dijo a la hermanita mayor: "María,
algo para la pobre." Lo raro fue que la mujer ni manifestó contento ni
gratitud por aquel maná que le caía encima. Su pena se contaba, sin duda, en el
número de las que no alivia el rocío de plata. Guardó, sí, el dinero que el
cobrador le puso en las manos, y con un movimiento de cabeza indicó que se
enteraba de la limosna; nada más. No era desdén, no era soberbia, no era
incapacidad moral de reconocer el beneficio: era absorción en un dolor más
grande, en una idea fija que la mujer seguía al través del espacio,
con mirada visionaria y el cuerpo en epiléptica
trepidación.
Así y todo,
su actitud hizo que se calmase inmediatamente la emoción compasiva. El que da
limosna es casi siempre un egoistón de marca, que se perece por el golpe de
varilla transformador de lágrimas en regocijo. La desesperación absoluta le
desorienta, y hasta llega a mortificarle en su amor propio, a título de
declaración de independencia que se permite el desgraciado. Diríase que
aquellas gentes del tranvía se avergonzaban unas miajas de su piadoso arranque
al advertir que después de una lluvia de pesetas y dobles pesetas, entre las
cuales relucía un duro nuevecito, del nene, la mujer no se reanimaba poco ni
mucho, ni les hacía pizca de caso. Claro está que este pensamiento no es de los
que se comunican en voz alta, y, por lo tanto, nadie se lo dijo a nadie; todos
se lo guardaron para sí y fingieron indiferencia aparentando una distracción de
buen género y hablando de cosas que ninguna relación tenían con lo ocurrido.
"No te arrimes, que me estropeas las lilas." "¡Qué
gran día hace!" "¡Ay!, la una ya; cómo
estará tío Julio con sus prisas para el almuerzo..." Charlando así,
encubrían el hallarse avergonzados, no de la buena acción, sino del error o
chasco sentimental que se le había sugerido.
* * *
Poco a poco
fue descargándose el tranvía. En la bocacalle de Goya soltó ya mucha gente.
Salían con rapidez, como quien suelta un peso y termina una situación
embarazosa, y evitando mirar a la mujer inmóvil en su rincón, siempre trémula,
que dejaba marchar a sus momentáneos bienhechores, sin decirles siquiera:
"Dios se lo pague." ¿Notaría que el coche iba quedándose desierto? No
pude menos de llamarle la atención:
-¿Adónde va
usted? Mire que nos acercamos al término del trayecto. No se distraiga y vaya a
pasar de su casa.
Tampoco me
contestó; pero con una cabezada fatigosa me dijo claramente: "¡Quia! Si
voy mucho más lejos... Sabe Dios, desde el cocherón, lo que andaré a pie
todavía."
El diablo
(que también se mezcla a veces en estos asuntos compasivos) me tentó a probar
si las palabras aventajarían a las monedas en calmar algún tanto la ulceración
de aquella alma en carne viva.
-Tenga
ánimo, mujer -le dije enérgicamente-. Si su marido es un mal hombre, usted por
eso no se abata. Lleva usted un niño en brazos...; para él debe usted trabajar
y vivir. Por esa criatura debe usted intentar lo que no intentaría por sí
misma. Mañana el chico aprenderá un oficio y la servirá a usted de amparo. Las
madres no tienen derecho a entregarse a la desesperación, mientras sus hijos
viven.
De esta vez
la mujer salió de su estupor; volvióse y clavó en mí sus ojos irritados y
secos, de horrible párpado ensangrentado y colgante. Su mirada fija removía el
alma. El niño, entre tanto, se había despertado y estirado los bracitos,
bostezando perezosamente. Y la mujer, agarrando a la criatura, la levantó en
vilo y me la presentó. La luz del sol alumbraba de lleno su cara y sus pupilas,
abiertas de par en par. Abiertas, pero blancas, cuajadas, inmóviles. El hijo de
la abandonada era ciego.
"El
Imparcial", 24 febrero 1890.
Adriana
Dejé caer
el periódico, exclamando con sorpresa dolorosa:
-Pero ¡esa
pobre Adriana! Morirse así, del corazón, casi de repente... ¡Nadie estaba
enterado que padeciese tal enfermedad!
-Yo sí lo
sabía -declaró el vizconde de Tresmes-, y aún sabía más: sabía cuándo y cómo
adquirió el padecimiento, y es cosa curiosa.
-Entérenos
usted -suplicamos todos.
Y el
vizconde, que rabiaba siempre por enterar, nos contó la historia siguiente:
-Adriana
Carvajal, casada con Pedro Gomara, vivía dichosísima. Los esposos reunían
cuanto se requiere para disfrutar la felicidad posible en el mundo: juventud y
amor, salud y dinero, que son la salsa o condimento de los Primeros platos, sin
él desabridos, amargos a veces. Faltábales, sin embargo, un heredero, un niño
en quien mirarse; pero la suerte no había de mostrarse avara en esto, y les
envió, por fin, el rapaz más lindo que pudo soñar la fantasía de una madre,
apasionada y loca ya desde antes de la maternidad, como era Adriana. Al nacer
el chico (a quien pusieron por nombre Ventura, en señal de la que les prometía
su nacimiento), Adriana estuvo en grave peligro, y el doctor declaró que no
volvería a tener sucesión. El delirio con que marido y mujer amaban a su
Venturita fue causa de que oyesen complacidos el vaticinio del doctor. ¡Un solo
hijo, y todo para él! ¡Adriana libre ya por siempre de riesgos y trabajos!
Tanto mejor..., y a vivir y a cuidar del retoño.
Este se
crió hermoso y lozano como una rosa. Yo, que no soy nada aficionado a los
chicos -advirtió sonriendo en vizconde de Tresmes-, confieso que aquél me hacía
muchísima gracia. Aparte de su lindeza (parecía uno de los angelitos que
pintaba Murillo, morenos y de pelo oscuro), tenía un no sé qué simpático, una
mezcla de inocencia y picardía, una risa tan fresca, unas acciones tan
imprevistas y tan originales, una precocidad (pero no de esas precocidades
empalagosas de chiquillo sabio y serio, que me revientan, sino la precocidad de
un diablillo con un ingenio celestial), que, vamos, no había más remedio que
llevarle juguetes y dulces, por el gusto de sentarle un rato sobre las
rodillas.
De la
chifladura de sus padres sería inútil hablar, porque ustedes la adivinan.
Estaban chochitos; no conocían otro Dios que el tal muñeco. Adriana no se había
apartado un instante de su cuna, vigilando a la nodriza, arrebatándole el
pequeño así que acababa de mamar, vistiéndole, desnudándole, bañándole y
guardándole el sueño... Y así que empezó a interesarse por el mundo exterior, a
extender las manitas y a pedir "tochas", les faltó tiempo para darle
cuanto deseaba y mil objetos más, que ni se le ocurrían ni podían ocurrírsele.
La hermosa casa antigua con jardín que habitaban los Gomara se llenó de
cachivaches. ¡Y bichos! El arca de Noé. Los caballos de cartón andaban
mezclados con los pájaros vivos; sobre un ferrocarril mecánico veríais un
pulcro galguito de carne y hueso; el coche tirado por carneros era abandonado
por una gran caja de soldados autómatas, que hacían el ejercicio... Crea usted
que derrochaban dinero en semejantes chucherías, y yo le dije alguna vez a
Adriana, porque tenía confianza con ella:
-Hija,
estáis malcriando a este pequeñín...
-Déjele que
se divierta ahora -me contestaba-; demasiado rabiará algún día... ¡Ojalá pueda
ofrecerle siempre lo que le haga dichoso!
El
repertorio de los juguetes y sorpresas se agota pronto, y no sabía ya Adriana
qué nueva emoción dar a Ventura, cuando el cocinero de la casa, que había
andado embarcado diez años y conservaba amigotes en todas las regiones del
planeta, se descolgó un día regalando al chico un mono. Soy poco inteligente en
Historia Natural, y no me pidan ustedes que clasifique la alimaña; solo les
diré que ni era de esos monazos indecorosos y feroces que nadie se atreve a
tener en las casas, como el orangután, ni tampoco de esos titíes engurruminados
y frioleros que se pasan la vida tiritando entre algodón en rama. Más bien era
grande que pequeño; tenía el pelaje gris verdoso y el hocico de un rojo mate,
como el de hierro oxidado; se veía que estaba en la juventud y rebosando
fuerza, y aunque goloso y travieso como toda la gente de su casta, no era
maligno. Inteligente e imitador en grado sumo, no podía hacerse delante de él
cosa que no parodiase, y su agilidad y presteza nos divertían
muchísimo; era cosa de risa verle fingir que
fregaba platos o que rallaba pan en la cocina, y saltar sobre el lomo de los
caballos para ayudar al lacayo en sus faenas de limpieza.
A pesar de
la índole relativamente benigna del mono, su inquietud y su vivacidad obligaban
a tenerle preso en una caseta con fuerte cadenilla, porque ya dos veces se
había escapado a corretear por árboles y chimeneas; cuando se le soltaba había
que vigilarle, y a Venturita, que acababa de cumplir los tres años y que
idolatraba en el mono, era preciso guardarle también para que no desatase la
cadenilla, pues lo hacía con habilidad singular.
Una tarde
que había yo almorzado en casa de Gomara y estábamos tomando el té en un
cenador del jardín -me acuerdo como si fuera ahora mismo, porque hay cosas que
impresionan, aunque uno no quiera-, vimos cruzar como un rayo al mono; tan como
un rayo, que más bien lo adivinamos que lo vimos. "¡Adiós, ya se ha
escapado ese maldito de cocer!", dijo Pedro Gomara, levantándose; y
Adriana, con sobresalto instintivo, lo primero que exclamó fue: "¿Dónde
estará Ventura?" "Ese le habrá soltado, de fijo", respondió Pedro,
que frunció el entrecejo ligeramente. En el mismo instante resonó un agudo
chillido de mujer, un chillido que revelaba tal espanto, que nos heló la
sangre; y voces de hombres, las voces de los criados que nos servían, y que
corrían hacia el cenador, clamando con angustia: "Señorito,
señorito", nos obligaron a precipitarnos fuera. Adriana nos siguió sin
decir palabra; un grupo formado por los sirvientes y la desesperada niñera nos
rodeó, señalando hacia el tejado de la
casa; y allí, al borde de la última hilera de
tejas, sentado en el conducto de cinc, que recogía aguas de lluvias, estaba el
mono con el niño en brazos.
El padre,
con ademanes de loco, iba a precipitarse al zaguán para subir a las bohardillas
y salir al tejado; yo pedía una escalera para intentar el desatino de subir por
ella a la formidable altura de tres pisos, cuando Adriana, muy pálida (¡qué
palidez la suya, Dios!) y con los ojos fuera de las órbitas, nos contuvo,
murmurando en voz sorda y cavernosa, una voz que sonaba como si pasase al
través de trapos húmedos:
-Por la
Virgen..., quietos..., todos quietos..., no se mueva nadie... Y silencio..., no
chillar..., no chillar...; hagan como yo... Quietos...; si le asustamos, le
tira.
Sentimos
instantáneamente que tenía razón la madre y quedamos lo mismo que estatuas. Era
el mayor absurdo que intentásemos luchar en agilidad y en vigor, sobre un
tejado, con un mono. Antes que nos acercásemos estaría al otro extremo del
tejado, y el niño, estrellado en el pavimento.
Era preciso
jugar aquella horrible partida: aguardar a que el mono, por su libre voluntad,
se bajase con el niño. Yo miraba a Adriana; su palidez, por instantes, se
convertía en un color azulado; pero no pestañeaba. El mono nos hacía gestos y
muecas estrafalarias, apretando y zarandeando a su presa, y de improviso se oyó
distintamente el llanto de la criatura, llanto amarguísimo, de terror; sin duda
acababa de sentir que estaba en peligro, aunque no lo pudiese comprender
claramente. La madre tembló con todo su cuerpo, y el padre, inclinándose hacia
mí, sollozó estas palabras:
-Tresmes,
usted, que es buen tirador... Una bala en la cabeza... Voy por la carabina.
Idea
insensata, delirante, porque aun siendo yo un Guillermo Tell, al matar al mono
haríamos caer al niño; pero no tuve tiempo de negarme; intervino Adriana con un
"no" tan enérgico, que su marido se mordió los puños... Y la madre,
terriblemente serena, añadió en seguida:
-Si le
miramos, nunca bajará... Hay que retirarse... Hay que esconderse; que no nos
vea.
Nos
recogimos al cenador, desgarramos la pared de enredaderas, y desde allí, como
se pudo, espiamos al enemigo. ¿Les estremece a ustedes la situación? ¡Pues
estremézcanse más! Duró veinte minutos. Sí; los conté por mi reloj. En esos
veinte minutos, el mono depositó al niño en el tejado, le acarició como había
visto hacer a la niñera, le obligó a pasear cogido de la mano, le aupó sobre la
chimenea y le llevó a cuestas, a caballito (un sainete, que en otra ocasión nos
haría desternillarnos). Durante esos veinte minutos, Pedro anhelaba; a Adriana
no se le oía ni respirar. Por fin, el mono miró hacia abajo, hizo varios
visajes y, recogiendo a Ventura, se descolgó rápidamente con su carga, lo mismo
que un funámbulo sin cuerda, al jardín... Entonces salimos con explosión todos,
todos, menos la madre, que había caído redonda, y el animal, asustado, soltó al
chico ileso y se refugió en su caseta.
Aquella
tarde Adriana sufrió dos sangrías, que no sacaron más que gotas negras, y desde
entonces padeció del corazón. Parecía que se había repuesto mucho en estos
últimos años; pero, ¡bah!, la herida era mortal y ella no lo ignoraba...
-¿Y qué fue
del mono? -preguntamos como chiquillos.
-Tuve yo
que pegarle el tiro... ¡Si viesen ustedes que me daba lástima! -repuso el
vizconde.
"El
Imparcial", 12 octubre 1896.
Vitorio
-Sí,
señores míos -dijo el viejo marqués, sorbiendo fina pulgarada de
"cucarachero", golpeando con las yemas de los dedos la cajita de
concha, lo mismo que si la acariciase-. Yo fui, no sólo amigo, sino defensor y
encubridor de un capitán de gavilla. ¿No lo creen ustedes? ¡Histórico,
histórico! A mi ladrón le ahorcaron en Lugo, y consta en autos.
Lo que se
ignoró siempre (los jueces, en ese punto, no consiguieron hacer ni tanto así de
luz) es el verdadero nombre que llevaba el ladrón, allá en sus mocedades, antes
de dedicarse a tan infamante oficio, cuando se educaba conmigo en el Colegio de
Nobles de Monforte. Desde que se metió a capitán de forajidos le conocieron por
Vitorio; así le llamaremos. ¡Líbreme Dios de echar baldón sobre una familia
antigua e ilustre y deshacer lo que el pobrecillo llevó a cabo con el valor que
ustedes verán, si me atienden.
Les aseguro
que en el Colegio de Nobles no tuve compañero que me pareciese más simpático.
De carácter vivo y vehemente, de inteligencia clara y feliz memoria, estudiaba
con suma facilidad; los maestros estaban encantados de él. Al mismo tiempo,
travesura que en el colegio se ejecutase, era sabido: ¿quién la discurrió?
Vitorio. No sé qué maña se daba, que siempre era cabeza de motín, y todos nos
poníamos a sus órdenes, reconociendo su iniciativa y su autoridad. Era en sus
resoluciones tenacísimo y violento, pero pundonoroso hasta dejárselo de sobra,
y si alguien me dice entonces que Vitorio pararía en ladrón, creo que al tal le
deshago yo la cara a bofetones.
Como
siempre fui enclenque y enfermizo, Vitorio me había tomado bajo su protección,
y más de una vez escarmentó a los colegiales que me jugaban pasaditas. Esto, y
el ascendiente que ejercía por su manera de ser, hicieron que yo fuese
consagrando a Vitorio apasionada adhesión.
Un día
recibió Vitorio cartas de su casa, y con ellas la amarguísima noticia de que su
padre, que era viudo, se disponía a contraer segundas nupcias.
El
paroxismo de ira del muchacho, que adoraba en el recuerdo de su madre, fue
tremebundo; espumaba de rabia, se retorcía, se quería romper la cabeza contra
la pared del dormitorio. Le consolé lo mejor que pude, y cuando ya le creía
aplacado, he aquí que se levanta de noche y me propone que nos descolguemos por
la ventana, atando las sábanas unas a otras, y que, andando diez leguas,
lleguemos a tiempo de impedir la boda de su padre. La fascinación de Vitorio
era tal, que al pronto consentí en el absurdo proyecto, y si invencibles
dificultades materiales no nos lo estorbasen, creo que lo realizamos.
Poco tardé
en salir del colegio, y en bastantes años nada supe de Vitorio. Estudié Derecho
en Compostela, me casé, enviudé, y, teniendo que arreglar cuestiones de
intereses, me establecí en mi casa de aldea de los Adrales, situada entre
Monforte y Lugo, en país montuoso.
Hablábase
mucho, en las veladas junto al fuego, de la gavilla que recorría aquellas
inmediaciones, y de la original conducta de su jefe. Contábase que tenía
prohibido matar y atormentar, a menos que le hiciesen resistencia; que jamás
despojaba por completo una casa, sino que siempre cuidaba de dejar algún dinero
a los robados, para que no careciesen de todo en los primeros instantes; que
algunas veces sus robos llenaban el fin de reparar antojos de la suerte, pues
daba al pobre lo del rico, al segundón lo del mayorazgo, al seminarista lo del
racionero y al arrendatario lo del señor. Añadían que era galante con las
damas, y que éstas, aunque robadas, no le querían mal, ni mucho menos. En
resumen: la clásica silueta del "bandido generoso", y si de Vitorio
no hubiese más que decir, se podía ahorrar el relato o sustituirlo por
historias muy análogas, verbigracia, la de José María.
Aun cuando
yo, por precisión, guardaba en casa dinero (entonces no era tan fácil como hoy
ponerlo a buen recaudo), y aunque no alardeo de valiente, ello es que las
noticias referentes a la gavilla me alarmaron poco, y seguí cenando siempre con
las ventanas abiertas -era muy calurosa la estación- y quedándome entretenido
en leer hasta que me entraba sueño, sin pensar en cerrarlas. Una noche, estando
bien descuidado, cátate que, lo mismo que una bala, cae a mis pies un hombre,
pálido, demacrado, con la ropa hecha trizas, y sin que yo tuviera tiempo a
nada, exclama, cogiéndome de un hombro, en tono lastimero:
-¡Sálvame,
Jerónimo! Soy fulano..., tu compañero, tu antiguo amigo. Me persiguen, mi vida
está en tus manos.
Le hice
señas de que no temiese; corrí a trancar la ventana con barra doble; cerré
también las puertas, y tendí los brazos a Vitorio, porque ya le había
reconocido. Aunque desfigurado y muy variado por la edad, reconstruí aquella
cabeza hermosa, morena, de facciones tan delicadas y de tan viril expresión. No
sin gran sorpresa mía, Vitorio se resistió a abrazarme, y murmuró
fatigosamente:
-Dame
algo...: hace tres días que no pruebo alimento.
Le serví de
la cena que aún estaba allí sin recoger, y así que reparó sus fuerzas, me dijo:
-No me
abraces, Jerónimo. Soy el capitán de gavilla de quien tanto habrás oído, y por
milagro no estoy en poder de los que quieren ahorcarme. Si me conservas algún
cariño, ocúltame y déjame dormir, si no, échame; pero no digas a nadie cómo y
dónde me conociste...
Existía en
los Adrales un precioso escondrijo antiguo, una especie de desván practicado
bajo otro desván, oculto por un segundo tabique, y con salida a una escalerilla
recatada en el hueco de la pared, y que moría al pie del bosque. Allí metí a
Vitorio, y aunque la fuerza que le perseguía rodeó mi casa, y aunque se la dejé
registrar sin oponer reparo, no encontraron al fugitivo, ni era posible, a no
estar en el secreto, que sólo sabíamos el mayordomo y yo. Conjurado el peligro,
no quise que se alejase Vitorio hasta que descansó bien, se lavó, se afeitó, se
vistió con ropa mía y tuvo en el cinto dos ricas pistolas inglesas y en la
bolsa oro. No le pregunté palabra, no le dirigí observaciones ni le di
consejos, y esta delicadeza fue, sin duda, la que le movió a decirme poco antes
de marchar:
-Jerónimo,
¿te acuerdas de la boda de mi padre y de aquel disparate que queríamos hacer en
el colegio? Pues de no hacerlo vino mi perdición. Cuando llegué a mi casa
encontré dueña de ella a una madrastra que obligaba a mi hermana a que la
sirviese, y que hasta la pegaba delante de mí, ¡delante de mí! Tú me has
conocido... Recordarás mi carácter... ¡Asómbrate! Yo, al pronto, supe
reprimirme, y hablé a mi padre como un hombre habla a otro hombre. Le dije que
quería llevarme a mi hermana, y que sólo le pedía algún auxilio en dinero para
que ella no se muriese de hambre. Me contestó con desprecio, con enojo, y me
ordenó que respetase a mi madrastra. Entonces, fuera de mí, le dije que mi
madrastra no merecía respeto, y que se lo demostraría antes de un año. Y así
fue, Jerónimo: a los pocos meses mi madrastra y yo... ¿Entiendes? ¡Me lo
propuse y lo conseguí..., lo conseguí...! ¡Por "aquello", y no por
"lo de ahora", merezco que me cojan y me ahorquen...! En fin: lo
cierto es que
mi padre no pudo dudar de su afrenta, y me echó de
casa, maldiciéndome, apaleándome y prohibiéndome que usase su nombre jamás. El
resto ya lo sabes... Adiós, voy a reunirme con mi gente, que andará esparcida
por la montaña.
Desapareció
y supe que la gavilla se había retirado de aquellos contornos, metiéndose
sierra adentro, por sitios casi inaccesibles. Dos años después del imprevisto
lance, se habló mucho de un robo cometido por Vitorio en casa de un señor
canónigo de Lugo. Consistía la originalidad en que el robo lo había realizado
Vitorio solo, en una ciudad y a las doce del día. Hallábanse juntos el buen
canónigo y cierto clérigo de misa y olla, jugando al tute, por más señas, cuando
vieron entrar a un caballero apersonado y galán que los saludó muy cortésmente.
-Soy
Vitorio -dijo-; pero no se asusten ustedes, que no traigo ánimo de hacerles
ningún mal. Entendámonos como se entiende la gente de buena educación; vengo
por los cinco mil duros en onzas de oro que el señor canónigo guarda ahí,
debajo de esa arquilla; con levantar un ladrillo numerado, aparecerá el
escondrijo.
-¡Cinco mil
duros! -gritó el canónigo, más muerto que vivo-. Pero, señor de Vitorio, ¡si
jamás he poseído esa suma!
Y el
clérigo, oficiosamente, exclamaba:
-¡Ea!,
señor canónigo, no haya más; dé usted al señor de Vitorio esos cuartos,
siquiera por la gracia y la amabilidad con que los pide.
-Déselos
usted, si los tiene, y no disponga de caudales ajenos -replicaba, afligido, el
canónigo.
Y Vitorio,
siempre afable, añadía:
-Bien dice
el señor canónigo; este cura, mientras le aconseja a usted que se desprenda de
tan gruesa suma, se está escondiendo en la pretina una tabaquera de plata, como
si Vitorio fuese algún ratero que cogiese porquerías semejantes. Pero, señor
canónigo, yo sé que los cinco mil duros ahí están; yo me veo en un grave apuro
(que si no, no molestaría a persona tan respetable como usted). Buen ánimo; si
puedo, he de restituírselos.
Y con
gallardo ademán entreabrió su abrigo, viéndose relucir la culata de unas
pistolas (quizás las mías). El trémulo canónigo y el abochornado clérigo
alzaron el ladrillo y entregaron a Vitorio los talegones. El forajido se
inclinó, hizo mil cortesías, y los hombres, que con un grito hubieran podido
perderle, se quedaron más de diez minutos sin habla, mientras él,
tranquilamente, bajaba las escaleras.
Sin
embargo, el clérigo, que era sañudo y rencoroso, la tuvo guardada, como suele
decirse. Un día de feria, saliendo de la catedral, creyó reconocer a Vitorio en
un aldeano que llevaba a vender una pareja de bueyes, y le siguió con cautela.
Notó que el aldeano tenía las manos blancas y finas, y corrió a delatarle. Hizo
rodear la taberna donde había observado que entraba, y así cogieron en la
ratonera al célebre capitán, a quien ya sin esperanzas de alcanzarle perseguían
por montes y breñas.
La causa de
Vitorio tardó mucho en fallarse. Se susurraba que, por ser de muy esclarecida y
calificada familia, no se atrevían los jueces a mandarle ahorcar, y que si
revelaba su verdadero nombre se le dejaría evadirse o le indultaría la Reina.
Yo me encontraba entonces lejos de mi país, y las noticias en aquel tiempo no
volaban como ahora. Por casualidad llegué a Lugo el mismo día en que pusieron
en capilla a Vitorio. Corrí a verle, afectadísimo. Habíanme asegurado que la
noche anterior una dama muy tapada, penetrando en la prisión, habló largo
tiempo con Vitorio, y sospechando amoríos, compromisos, lazos que quedaban en
el mundo, pregunté a mi antiguo compañero si tenía algo que encargarme para
alguna mujer.
-No
-respondió, sonriendo con calma-; no tengo a nadie que me llore. La señora que
estuvo a verme ocultando el rostro es mi hermana, a quien he prometido
solemnemente dejarme ahorcar sin que me arranquen mi nombre de familia. Y este
es el único favor que te pido, Jerónimo: ¡que nadie, nadie sepa nunca!... No he
de deshonrar a mi padre dos veces.
En efecto,
Vitorio murió callando; el clérigo de la tabaquera de plata acudió a presenciar
cómo perneaba en la horca; pero el señor canónigo, que no podía olvidar los
finos modales con que le habían quitado sus cinco mil duros aplicó muchas misas
por el alma del infeliz.
"El
Imparcial", 15 enero 1894.
"Las
desnudas"
Una tarde
gris, en el campo, mientras las primeras hojas que arranca el vendaval de otoño
caían blandamente a nuestros pies, recuerdo que, predispuestos a la melancolía
y a la meditación por este espectáculo, hablamos de la fatalidad, y hubo quien
defendió el irresistible influjo de las circunstancias y de fuerzas externas
sobre el alma humana, y nos comparó a nosotros, depositarios de un destello de
la Divinidad, con la piedra que, impelida por leyes mecánicas, va derecha al
abismo. Pero Lucio Sagris, el constante abogado de la espiritualidad y del
libre albedrío, protestó, y después de lucirse con una disertación brillante,
anunció que, para demostrar lo absurdo de las teorías fatalistas, iba a
referirnos una historia muy negra, por la cual veríamos que, bajo la influencia
de un mismo terrible suceso, cada espíritu conserva su espontaneidad y escoge,
mediante su iniciativa propia, el camino, bueno o malo, que en esto
precisamente estriba la libertad. -Pertenece mi historia
-añadió- a un cruento período de nuestras luchas
civiles, después de la Revolución de 1868; y evoca la siniestra figura de uno
de esos hombres en quienes la inevitable crueldad y fiereza del guerrillero se
exaspera al sentir en derredor la hostilidad y la enemiga de un país donde
todos le aborrecen: hablo del contraguerrillero, tipo digno de estudio, que
mueve a piedad y a horror. Mientras el guerrillero, bien acogido en pueblos y
aldeas, encontraba raciones para su partida y confidencias para huir de la tropa
o sorprenderla, descuidada, el contraguerrillero, recibido como un perro, sólo
por el terror conseguía imponerse: siempre le acechaban la traición y la
delación; siempre oía en la sombra el resuello del odio. En guerras tales, el
país está de parte de los guerrilleros; o, por mejor decir, las guerrillas son
el país alzado en armas, y el contraguerrillero es el Judas contra el cual todo
parece lícito, y hasta loable.
Ahora,
pues, el contraguerrillero de mi historia -supongamos que se llamaba el Manco
de Alzaur- había conseguido realizar el triste ideal de esta clase de héroes;
al oír su nombre, persignábanse las mujeres y rompían a llorar los chicos.
Interpelado el Gobierno en pleno Parlamento acerca de algunas atrocidades de
aquel tigre, protestó de que eran falsas, y que, si fuesen verdad, recibirían
condigno castigo; pero realmente, las instrucciones secretas dadas al general
encargado de pacificar el territorio en que funcionaba la contraguerrilla del
Manco, encerraban la cláusula de dejarle a su gusto, y cuanto más, mejor. Sin
embargo, el general, a quien repugnaban y estremecían ciertos actos de
barbarie, y que además tenía hijas y era padre tiernísimo, solía encargar mucho
al contraguerrillero que, al menos, no se oprimiese violentamente a las
mujeres; y el Manco se comprometió a ello, jurando que si alguno de su partida
incurría en tal delito, le cortaría inmediatamente las dos
orejas. Los contraguerrilleros, que conocían las
malas pulgas de su jefe, se guardaban bien de contravenir a lo mandado.
Si en
alguna ocasión lamentó el Manco haber empeñado su formidable palabra al
general, fue el día en que, evacuado por las fuerzas de Radico y Ollo el pueblo
de Urdazpi, penetró la contraguerrilla en este foco del carlismo. Es de saber
que el párroco de Urdazpi se encontraba desde hacía año y medio al frente de
una partidilla, tan escasa en número como resuelta y hazañosa, y más de diez
veces había puesto la ceniza en la frente al Manco yéndole a los alcances, batiéndole,
cogiéndole prisioneros y dispersando a su gente, con harto corrimiento y rabia
del contraguerrillero. El odio al cura de Urdazpi era ya como un frenesí en el
Manco, y en Urdazpi vivían cinco lindas y honestas muchachas, carlistas y
devotas, sobrinas del párroco faccioso, hijas de su única hermana, fusilada por
los liberales en la anterior guerra. Cuando trajeron ante el Manco, amarillas
cual la muerte y tan sobrecogidas que ni podían llorar a las cinco infelices,
se alzó un tumulto en el alma feroz del
contraguerrillero; la promesa al general combatía
los ímpetus salvajes de un corazón sediento de venganza, la venganza inicua de
ensañarse en la familia de su enemigo, y devolvérsela vilipendiada y manchada,
como se devuelve un trapo que ha limpiado el suelo de la cámara donde se
celebra orgía impura. Meditó un instante, frunciendo las hirsutas cejas bajo
las cuales encandecían dos ojos de brasa; de pronto, una sonrisa feroz dilató
su boca; había encontrado el medio de no faltar a su palabra, y al mismo tiempo
de mancillar al cura en la persona de sus sobrinas. Dio en vascuence una orden
terminante, y poco después las cinco doncellas, enteramente despojadas de sus
ropas, eran paseadas y empujadas al través de las calles del pueblo, entre
rechifla, denuestos, golpes y groseros equívocos de los inhumanos que las
rodeaban, ebrios de vino y de sangre. El Manco había anunciado que sería reo de
pena capital cualquiera de sus contraguerrilleros que no se limitase a mofarse
de la
desnudez de aquellas desdichadas vírgenes, las
cuales, estúpidas de vergüenza, intentando velarse el rostro con el pelo,
echándose por tierra para que el fango de las calles las sirviese de vestido,
pedían con llanto entrecortado y desgarrador que les devolviesen su ropa y las
fusilasen pronto; y al verlas como estatuas de dolorido e injuriado mármol, el
Manco en persona, o satisfecho o ablandado ya, escupió a los desnudos y
mórbidos hombros de la más joven, y dijo con bestial risa: "Ahora ya pueden
volverse a su madriguera estas carcundas".
Considerar
el estado de ánimo de las sobrinas del cura después del afrentoso suplicio, es
como si nos asomásemos a un abismo de desesperación. Nótese que eran mujeres de
intachable conducta, de grave recato, de profunda religiosidad, más bien
exaltada; que las respetaban en el pueblo por honradas y las celebraban por
hermosas; que a pesar de su fe no tenían vocación monástica, y entre los mozos
incorporados a la partida del cura, más de uno rondaba sus ventanas y pensaba
en bodas a la conclusión de la guerra. Pero después del horrible atropello del
Manco, para las sobrinas del párroco de Urdazpi se había cerrado el horizonte,
se habían acabado las perspectivas de la vida y del mundo. La gente, al hablar
de ellas, sólo las llamaban Las desnudadas, y este apodo infamante era como
inmensa mancha extendida sobre su piel, quemada por tantos impuros ojos.
Abrumadas bajo la carga de la desventura, permanecían recluidas en casa, sin
asomarse a la ventana siquiera sin salir ni a la
iglesia; ¡la iglesia, que es el refugio de todos
los dolores! Como si estuviesen contaminadas de lepra, como a los lazrados que
la Edad Media aislaba, les traía una amiga, movida a compasión, lo necesario
para su sustento, y se lo dejaba en el portal, en un cesto, diariamente, pues
ni aun de ella consentían ser vistas y habladas. Así vivieron un año...
-Pues por
ahora -dijimos a Lucio Sagri, interrumpiéndole-, su historia de usted demuestra
que, sometidas a unas mismas circunstancias, las cinco sobrinas del cura de
Urdazpi adoptaron un género de vida absolutamente idéntico.
-¡Aguarden,
aguarden! -clamó Lucio-. No se ha concluido el episodio. Al año, la consabida
amiga avisó para el entierro de una de las sobrinas, la menor. Aquélla a cuyos
cándidos hombros desnudos había escupido el Manco. Enferma de tristeza desde el
día de su desgracia, había ocultado su padecimiento por no ver al médico, o más
bien porque el médico no la viese. Y la primera salida de la Desnudada fue con
los pies para adelante, camino del cementerio. Pocos días después dejó la casa
otra Desnudada, la mayor. Hizo su viaje de noche, con la cara envuelta en
tupido velo, y apareció en Vitoria, en la casa matriz de las religiosas de una
Orden que tiene por misión asistir a los enfermos y amparar a los niños
abandonados.
Quedaban
solamente en Urdazpi tres de las sobrinas del cura; pero de allí a medio año
escapáronse juntas dos de ellas, y se incorporaron a la partida, que por
entonces recorría las cercanías en triunfo. Una de las muchachas tuvo ocasión
de pelear como un hombre, con denuedo rabioso, contra las tropas liberales
hasta que una bala le atravesó el fémur y pereció desangrada. En cuanto a la
otra...
-¿Murió
también? -preguntamos.
-Peor que
si muriese -contestó melancólicamente el narrador-. No sé qué será de ella;
rodará por Bilbao; es lo probable. Esa no supo comprender que por mucho que
desnuden el cuerpo, el pudor y decoro sólo se pierden cuando se desnuda el
alma.
-¿Y la
quinta sobrina del cura de Urdazpi?
-¡Ah! Esa
vive hoy al lado de su tío, que se acogió a indulto al terminar la guerra
civil. Humilde y resignada, ya madura, atendiendo a sus labores domésticas y a
sus devociones, no parece recordar que en algún tiempo quiso vivir apartada de
sus semejantes... Y en el pueblo la respetan, ¡vaya si la respetan! A pesar de
que no puede olvidarse la espantosa acción del Manco, nadie se atrevería a
llamarla Desnudada en alta voz.
"Blanco y Negro", núm. 304, 1897.
Semilla
heroica
-Si la
santidad de la causa es la que hace al mártir, lo mismo podremos decir del
héroe -declaró Méndez Relosa, el joven médico que desde un rincón de provincia
empezaba a conquistar fama envidiable-. Sólo es héroe el que se inmola a algo
grande y noble. Por eso aquel pobre arrapiezo, a quien asistí y que tanto me
conmovió, no merece el nombre de héroe. A lo sumo, fue una semilla que,
plantada en buena tierra, germinaría y produciría heroísmo...
-Con todo
-objeté- si respecto al mártir las enseñanzas de la Iglesia nos sacan de dudas,
sobre el héroe cabe discutir. El concepto del heroísmo varía en cada época y en
cada pueblo. Acciones fueron heroicas para los antiguos, que hoy llamaríamos
estúpidas y bárbaras. Hasta que los ingleses lo prohibieron, en la India se
creía -y se creerá aún, es lo probable- que constituye un rasgo sublime,
edificante, gratísimo al Cielo, el que una mujer se achicharre viva sobre el
cadáver de su marido
-No niego
-declaró Méndez- que la gente llama heroísmo a lo que realiza su ideal, y que
el ideal de unos puede ser hasta abominable para otros. El embrión de héroe
cuya sencilla historia contaré estuvo al diapasón de ciertos sentimientos
arraigados en nuestra raza. Lo que le causó esa efervescencia que hace
despreciar la muerte, fue "algo" que embriaga siempre al pueblo
español. Lo único que revela que el ideal a que aludo es un ideal inferior, por
decirlo así, es que para sus héroes, aclamados y adorados en vida, no hay
posterioridad; no se les elevan monumentos, no se ensalza su memoria...
Las plazas
de toros -continuó después de una breve pausa- han cundido tanto en el período
de reacción que siguió a la Revolución de septiembre, que hasta nuestra buena
ciudad de H*** se permitió el lujo de construir la suya, a la malicia, de
madera, pero vistosa. Cuando se anunció que el célebre Moñitos, con su
cuadrilla, estrenaría la plaza durante las fiestas de nuestra patrona la Virgen
del Mar, despertóse en H***, más que entusiasmo, delirio. No se habló de otra
cosa desde un mes antes; y al llegar la gente torera, nos dio, no me exceptúo,
por jalearla, obsequiarla, convidarla y traerla en palmitas desde la mañana
hasta la noche. Les abrimos cuenta en el café, les abrumamos a cigarros y les
inundamos de jerez y manzanillas. Nos cautivaba su trazo franco y gravemente
afable, aunque tosco; nos hacía gracia su ingenuidad infantil, su calma moruna,
aquel fatalismo que les permitía arrostrar el peligro impávidos, y, en suma,
aquel estilo plebeyo, pero castizo, de grato sabor
nacional. En poco días cobramos afición a unos
hombres tan desprendidos y caritativos, valientes hasta la temeridad y nunca
fanfarrones, creyendo descubrir en ellos cualidades que atraían y justificaban
la simpatía con que en todas partes son acogidos.
Yo me
aficioné especialmente a un mocito como de quince años, pálido desmedrado,
nervioso, que atendía por el alias de Cominiyo. Venía la criatura con los
toreros en calidad de monosabio, y era la perla de su oficio; un chulapillo
vivo y ágil como un tití, que parecía volar. Desde la primera de las cuatro
corridas de aquella temporada en H***, Cominiyo llamó la atención y se ganó una
especie de popularidad por su arrojo, su agilidad de tigre, sus gestos cómicos
y su oportunidad en acudir a donde hacía falta. La parte que representaba
Cominiyo en el drama desarrollado en el redondel era bien insignificante; pero
él se ingeniaba para realzar un papel tan secundario, y cuando de los tendidos
brotaban frases de elogio para el rapaz, sus macilentas mejillas se iluminaban
con pasajero rubor de orgullo, y sus ojos negros ricamente guarnecidos de
sedosas pestañas, irradiaban triunfal lumbre.
Cominiyo me
había confiado sus secretas ambiciones. Como el poeta de buhardilla sueña la
coronación en el Capitolio; como el recluta sueña los tres entorchados; como el
oscuro escribiente la poltrona, Cominiyo soñaba ser picador. En vez de ir a las
ancas del caballo, quería ir delante, luciendo la fastuosa chaquetilla de
doradas hombreras, el ancho sombrerón de fieltro, los calzones de ante, el
rígido atavío de esos hombres curtidos y recios, de piel de badana, en que no
hacen mella los batacazos. Pero ¿cuándo lograría Cominiyo ascender tan alto?
Probablemente así que hubiese demostrado de una manera indudable su gran
corazón; así que hiciere "una hombrá". Y dispuesto estaba a hacerla a
cualquier hora, y más que dispuesto deseoso, que el valor pide ocasión y
tiempo.
En la
cuarta corrida presentóse la ocasión tan anhelada y por cierto que con trágico
aparato. El tercer toro, hermoso bicho, de gran poder, dio un juego tal desde
que salió a la plaza, que llegó a causar cierto pánico: como aquél pocos.
Después de destripar por los aires a dos caballos, la emprendió con el que
montaba el picador Bayeta, y en un santiamén dejó al jinete aplastado bajo la
cabalgadura, en la cual se ensañó y cebó furioso. Crítica era la situación del
picador. El peso del jaco le asfixiaba, y si se rebullese, con él la
emprendería el toro. En vano la cuadrilla, a capotazos, quería engañar y
distraer a la fiera, y Bayeta, ahogándose, asomada la cabeza por detrás del
espinazo del jaco moribundo. Ya el toro se lanzaba hacia la nueva presa, y ya
el picador se veía recogido y despedido hasta las nubes, cuando una figurilla
menuda apareció firmemente plantada sobre el vientre del tendido caballo, y,
retando al toro con temeraria bizarría, le hirió repetidas veces con
la mano en el inflamado morro y hasta osó juguetear
con los agudos cuernos mientras salvaban al picador. Cominiyo, que realizada la
proeza intentaba salir escapado, saltó hacia atrás, resbaló en la viscosa
sangre, un charco rojo que el caballo había soltado de los pulmones, y el toro
le pilló allí mismo, contra las tablas, y le enganchó y levantó en alto y lo
dejó caer inerte.
Corrí a la
enfermería y reconocí la herida del muchacho, comprobando una cosa horrible
que, a pesar de la impasibilidad profesional, me causó grima. El toro había
cogido a Cominiyo por la espalda, en la región lumbar; sin duda la fiera tenía
astillado el cuerno, y en la astilla sacó un jirón del hígado, una sangrienta
piltrafa. Cominiyo no tenía salvación, y su lucha con la muerte, sostenida por
la juventud y la índole de la misma lesión, fue larga y cruel. Ocho días le
devoró la fiebre inflamatoria, y como él ignoraba la gravedad de la herida, se
agitaba en un frenesí de alegres esperanzas y de ambiciosas aspiraciones. La
ovación tributada a su hazaña le tenía borracho de gozo, y me decía
entusiasmado, mientras yo trataba de calmar sus dolores, que eran atroces,
sobre todo al principio:
-Me he
portado como los hombres. Digasté: ¿seré picador?
El día en
que le acompañamos al cementerio, yo al ver que le echaban encima la húmeda
tierra, pensé mucho sobre el heroísmo. Sería una irrisión plantar laureles en
sepultura del rapaz..., y sin embargo, a mí me parecía que de la misma madera
del alma de Cominiyo están hechas las almas de algunos que podrían reclamar la
sombra del árbol sagrado para su tumba.
Mientras
regresábamos comentando la suerte del atrevido monosabio, yo recordaba una
copla popular.
Hasta la
leña en el monte
tiene su
separación;
una sirve
para santos;
otra para
hacer carbón.
Justiciero
De vuelta
del viaje, acababa el Verdello de despachar la cena, regada con abundantes
tragos del mejor Avia, cuando llamaron a la puerta de la cocina y se levantó a
abrir la vieja, que, al ver a su nieto, soltó un chillido de gozo.
En cambio,
Verdello, el padre, se quedó sorprendido, y, arrugando el entrecejo
severamente, esperó a que el muchacho se explicase. ¿Cómo se aparecía así, a
tales horas de la noche, sin haber avisado, sin más ni más? ¿Cómo abandonaba, y
no en víspera de día festivo, su obligación en Auriabella, la tienda de paños y
lanería, donde era dependiente, para presentarse en Avia con cara compungida,
que no auguraba nada bueno? ¿Qué cara era aquella, rayo? Y el Verdello, hinchado
de cólera su cuello de toro, iba a interpelar rudamente al chico, si no se
interpone la abuela, besuqueando al recién venido y ofreciéndole un plato de
guiso de bacalao con patatas oloroso y todavía caliente.
El muchacho
se sentó a la mesa frente a su padre. Engullía de un modo maquinal, conocíase
que traía hambre, el desfallecimiento físico de la caminata a pie, en un día
frío de enero; al empezar a tragar daba diente con diente, y el castañeteo era
más sonoro contra el vidrio del vaso donde el vino rojeaba. El padre picando
una tagarnina con la uña de luto, dejaba al rapaz reparar sus fuerzas. Que
comiese..., que comiese... Ya llegaría la hora de las preguntas.
No tenía
otro hijo varón; una hija ya talluda se había casado allá en Meirelle, ¡lejos!
Este chico, Leandro, endeble nació y endeble se crió. Al cabo, fruto de una
madre tísica. Para proporcionarles bienestar a la madre y al hijo, el Verdello
trajinaba día y noche por anchas carreteras y senderos impracticables,
ejercitando con ardor su tráfico de arriería, comprando en las bodegas de los
señores cosecheros y revendiendo en figones y tabernas el rico zumo de las vides
avienses. Vino que catase y adquiriese el Verdello, vino era, ¡voto al rayo!, y
vino de recibo en color y sabor. No necesitaba el arriero, para apreciar la
calidad del líquido, beber de él; se desdeñaría de hacer tal cosa. Le bastaba,
estando en ayunas, echar dos o tres gotas en la punta de la lengua, esto para
el sabor; y para el color, otras tantas en la manga de la camisa, arremangada
sobre el fornido brazo. Tal mancha, tal calidad. Y allí quedaban las manchas
color de violeta, con armas parlantes de la
arriería. El Verdello podía decir, con solo mirar a
las manchas, qué bodegas del Avia daban el vino más honradamente moro.
¡Buen
oficio el de arriero!¡Buen oficio para el hombre que gasta pelos en el corazón,
que de nada se asusta y se lleva en el cinto sus cuatro docenas de onzas, o,
ahora que no hay onzas, su fajo de billetes de a cien, y como seguro de las
onzas y los billetes, en un bolsillo del chaquetón, el revólver cargado, y en
otro, la navaja, amén de la vara de aguijón con puño y a veces la escopeta de
tirar a las perdices en tiempo de vacaciones! Porque hay sitios de la carretera
que se pueden pasar durmiendo; pero los hay que es poco rezar el Credo, y
conviene estar dispuesto a santiguar a tiros a los bromistas. Ya se habían
querido divertir con Verdello, y un corte de hoz y dos abolladuras de estacazo
tenía en la cabeza; pero llevó que contar el gracioso. Mejor dicho, no lo contó
más que una semana.
Y sólo un
Verdello es capaz de andar siempre atravesando por los caminos, sin parar y
aguantando heladas, lluvias y calores. Así es que no quiso que Leandro siguiera
el perro oficio. El muchacho estaría mejor a la sombra, bajo tejas, abrigado y
comiendo a sus horas. Y así que cumplió los trece años, le colocó en una tienda
de Auriabella, una casa muy decente. Al despedirse del chico con efusión de
cariño brusco y bárbaro, medio a pescozones, el padre le leyó la cartilla:
"Aquí se cumple... Aquí el hombre se porta, y si no, ¡ojo conmigo...!
Honradez... Trabajar... Como te descuides en lo menor, ya puedes prepararte,
¡rayo!"
No hubo
necesidad de desplegar rigor. El principal de Leandro escribía satisfecho. Era
listo el chiquillo, sabía despachar, complacer, y ascendía poco a poco desde la
escoba de barrer la tienda y las cabezas de cardo de alzar el pelo a los paños,
al libro de contabilidad. Con el tiempo vendría a ser el alma de
establecimiento. La mujer del Verdello, devorada por la consunción, murió
tranquila respecto al porvenir de su hijo, viéndole ya, en su fantasía tendero
acomodado, grueso, tranquilo, de levita los domingos y en el bolsillo del
chaleco su buen reloj de oro.
Viudo, sin
más compañía que la vieja, el Verdello, aunque robusto y atlético, no pensaba
en volver a casarse. Que se casase el rapaz, que ya tenía sus diecinueve años.
Alusiones y reticencias del principal habían puesto al padre en sospechas de
que Leandro andaba en pasos algo libres. ¡Cosas de la edad! Que no le
distrajesen de la obligación..., y lo demás no importa... ¿A qué venía el ceño
del patrón, cuando reconocía que el chico no faltaba de su sitio nunca, y ni el
mostrador ni la caja quedaban desamparados ni un minuto? ¿Pues acaso él, el
propio Verdello, si rodaba por mesones y tugurios de ciudades, no tenía sus
desahogos, sin otras consecuencias? ¡Bah! Un hombre es un hombre... y con más
motivo un rapaz.
Sin
embargo, al verle llegar así, a horas impensadas, cabizbajo, desencajado, el
padre sintió allá dentro algo cortante y frío, como el golpe de un puñal. ¿Qué
sucedía? ¿Qué embuchado era aquel, demonio? Y la mirada de sus pupilas fieras
se clavaban en Leandro, queriendo encontrar otras pupilas que rastreaban por el
plato, mientras los blancos dientes seguían castañeteando o de miedo o de
frío...
Acabóse la
cena y salió la abuela a preparar la cama, a rebuscar un jergón y una manta,
proyectando la añadidura de sus refajos colorados, ¡helaba tanto aquella
noche!, y solo ya el padre con el hijo, salió disparada la pregunta:
-¿Tú qué
hiciste? ¡Rayo! ¿Tú qué hiciste? Sin mentir...
Como el
muchacho callase, dando mayores señales de abatimiento, el Verdello pateó, y en
un arranque, soltó la bomba.
-¡Tú has
robado! ¡Tú has robado!
Con inmensa
angustia, con movimiento infantil, Leandro quiso echarse en brazos de su padre;
pero este le rechazó de un modo instintivo y violento, lanzándole contra la
pared. El muchacho rompió a sollozar, mientras el arriero, entre juramentos y
blasfemias, repetía:
-¡Has
robado..., cochino! Robaste la caja, robaste a tu principal... ¡Para pintureros
vicios! Y ahora lloras... ¡Rayo de Judas! ¡Me...!
Echaba
espuma por la boca, braceaba, cerraba los puños... De repente se aquietó. Para
quien le conociese, era aquella quietud muy mala señal. Callado, derecho en
medio de la cocina, alumbrado por el hediondo quinqué de petróleo y las llamas
del hogar, parecía una grosera estatua de barro pintado, con trágicos rasgos en
el rostro, donde se traslucían los negros pensares. ¡Tener un ladrón en casa!,
Él, el Verdello, había sido toda su vida hombre de bien a carta cabal; su
palabra valía oro, sus tratos no necesitaban papel sellado, ni señal siquiera.
Palabra dicha, palabra cumplida. En las bodegas y las tabernas ya conocían al
Verdello. Traficar y ganar; pero con vergüenza, sin la indecencia de quitar un
ochavo a nadie... ¿Quién se fiaría ya del padre de un ladrón? ¡Rayos! Y con
desdén glacial, como si escupiese un resto de colilla, arrojó al rostro del
muchacho la frase:
-El robar
no te viene de casta.
No hubo más
respuesta que sollozos, y el padre añadió con la misma frialdad;
-¿Cuánto
cogiste? Porque mañana temprano salgo yo a devolverlo.
Alentó algo
el culpable, y, tratando de asegurar la voz, murmuró débilmente y entre hipos:
-Ciento
noventa y siete pesos y dos reales...
No pestañeó
el arriero. Podía pagar. Se quedaba sin economía, pero... ¡Dios delante! Eso,
en comparanza de otras cosas. Mientras echaba sus cuentas, con la mano derecha
se registraba faja y bolsos sin duda requisando el capital que guardaba allí,
fruto de las ventas realizadas en Cebre y en Parmonde... Acabado el registro,
se volvió hacia el muchacho, y señaló a la puerta trasera de la cocina:
-¡Anda ahí
fuera! ¡Listo!
¿Fuera? ¿A
qué? No servía replicar. Leandro obedeció. ¡Que bocanada de hielo al entrar en
la corraliza! La noche era de la de órdago: las estrellas competían en brillar
en el cielo, la escarcha en el suelo, y el pilón del lavadero se acaramelaba en
la superficie. El mastín de guarda ladró al divisar a los dos hombres; pero su
fiel memoria afectiva le iluminó al instante, y loco de alegría se arrojó a
Leandro, apoyándole en el pecho las patas. Y cuando padre e hijo pasaron el
portón de la corraliza, el can echó detrás, meneando todavía la cola, brincando
de gozo. Anduvieron por sembrados y maizales cosa de un cuarto de hora, hasta
que el Verdello hizo alto al pie de las tapias de un huerto, derruidas ellas y
abandonado él. Y, empujando al muchacho, le arrimó al tapial y se colocó
enfrente, ya empuñando el revólver.
Leandro se
le desvió con un salto rápido de su instinto animal. Comprendía, y su juventud,
la savia de los veinte años, protestaba sublevándose. ¡No; morir, no! Quiso
correr, huir a campo traviesa. Y aquel temblor de antes, el de los dientes, el
de las manos, descendió a sus piernas flacuchas de mozo enviciado en
mujerzuelas, y le doblegó y le hizo caer postrado, medio de rodillas,
balbuciendo:
-¡Perdón!
¡Perdón!
El padre se
acercó; vio a la semiclaridad de los astros dos ojos dilatados por el terror,
que imploraban..., e hizo fuego justamente allí, entre los dos ojos, cuya
última mirada de súplica se le quedó presente, imborrable. Cayó el cuerpo boca
abajo, y el golpe sordo y mate contra la tierra endurecida por la helada sonó
extrañamente; el perro exhaló un largo aullido, y el arriero se inclinó; ya no
respiraba aquella mala semilla.
"El
Imparcial", 12 febrero 1900.
Elección
Lentamente
iba subiendo la cuesta el carro vacío, de retorno, y sus ruedas producían ese
chirrido estridente y prolongado que no carece de un encanto melancólico cuando
se oye a lo lejos. Para el labriego, es causa de engreimiento la agria queja
del carro; pero esta vez en el corazón de Telme, resonaba con honda tristeza. A
cada áspero gemido sangraba una fibra. Tranquilos en su vigor, los bueyes
pujaban, venciendo el repecho; la querencia les decía que por allí iban
derechos al brazado de hierba, acabado de apañar. Sus hocicos babosos,
recalentados por la caminata, se estremecían, aspirando la brisa del anochecer,
en que flotaba el delicioso perfume de la pradería.
A la puerta
de la casucha esperaba la mujer de Telme, la tía Pilara, seca, negruzca,
desfigurada, más que por la maternidad y los años, por las rudas faenas
campestres. Ayudó Pilara a su marido a desuncir el carro, y mientras él
encendía un cigarrillo, acomodó los bueyes en el establo separado por un
tabique del "leito" conyugal. No cruzaron palabra. No era que no se
quisieran; al contrario, queríanse bien aquellos dos seres, a su modo: sino que
el labriego es lacónico de suyo, y la absoluta comunidad de intereses hace
entenderse sin gastar saliva. La actitud de Telme y su gesto decían a Pilara
cuanto le importaba saber. El hijo había salido útil, según el
reconocimiento..., y por ende ya era "del rey"; era soldado.
Con un nudo
en la garganta, con escozor en los párpados, dispuso Pilara la cena, colocando
sobre la artesa las dos escudillas de humeante caldo de "pote". Las
despacharon, y, ahorrando luz, se acostaron al punto. Oíase el rumiar de los
bueyes, moliendo la hierba jugosa, y no se oía a marido y mujer rumiar la pena,
atravesada en el gaznate. Dieron vueltas. Suspiró Pilara; Telme gruñó. ¡Vete
noramala, sueño de esta noche!
De pronto
-aún no pensaban en cantar los gallos- saltó de la celdilla que sirve de cama
al campesino mariñán, y encendiendo un "mixto" y la candileja de
petróleo, pasó al establo y se dispuso a sacar la yunta. Pilara, sorprendida,
medio soñolienta, le siguió. ¿Qué era aquello? ¿Iba a la feria, por fin? Que
esperase tan siquiera hasta que ella trajese para los animales otra carga de
"herbiña"... Y el labriego, brusco y sombrío, respondió a media
habla:
-No es
menester... No van con el carro. No llevan más labor que echar una pata delante
de otra...
La mujer se
quedó como de piedra. No insistió. ¿Para qué? Sobraban explicaciones. Había
comprendido. La limitada vida del labriego se compone de hechos de
significación indudable. Quien lleva a la feria la yunta sin el carro, va a
venderla. A eso iba Telme; a deshacerse de sus hermosos bueyes para librar al
mozo.
Pasado el
primer instante, como barril de mosto al que le quitan el tapón, se soltó a
chorros la aflicción de Pilara. La marcha de los bueyes, para no volver más,
era cosa tan dura, que la aldeana sintió un dolor físico en las entrañas; le
arrancaban lo mejor de su casa, lo mejor de la parroquia, lo bueno del mundo,
¡En cuatro leguas de "arredor" no había yunta como aquélla, bueyes
tan parejos, tan rojos, de un color rojo brillante como el limpio cobre, tan
gordos, tan grandes, de tanta ley para el trabajo, y tan mansos y amorosos, que
un chiquillo de siete años los lindaba!
Verdad que
tampoco se conocía otro rapaz como Andresiño, más garrido, más sano, más
hombre... ¡Y también querían arrebatárselo! ¡Nuestra Señora nos ayude, San
Antonio nos valga! Pilara sollozaba a gritos, arañándose el atezado rostro.
Telme,
entre tanto, en la corraliza, pasaba el "adival" por entre las astas
de los bueyes, y rezongaba, rechazando a su desconsolada mujer.
-¡Pues o
los bueyes o el mozo! Una de dos.
Echó la
aldeana los brazos al buey de la izquierda, el Marelo -el más guapo y forzudo,
el que lucía una estrellita blanca en el testuz- y a su manera, torpemente y
hociqueando, besó los anchos ojos, tibios y pestañudos de la bestia.
La caricia
equivalía a una despedida; la madre, lo mismo que el padre, "escogía"
al suyo, al hijo; no querían, enviarlo allá, a las islas del demonio, donde la
fiebre y la peste chupan a los hombres y el machete los descuartiza. ¡Asús mío!
Pero una cosa es "escoger" a quien cumple que se escoja, y otra no
tener ley a la yunta, ¡que para no tenérsela, había que ser de palo! Porque, a
más de que aquella yunta le ponía la ceniza en la frente a todas las de la
Mariña, se ha de mirar de que Pilar y Telme llevaban años quitándose el
mendrugo de la boca para dárselo a los bueyes. La corteza de borona, la
encaldada de patatas, calabazo y berza, son alimentos que comparten el labrador
y el buey; lo que hace encaldada para el animal, hace caldo para el dueño. Si el
buey engorda, es que el labrador se priva, mermando su ración. La vanidad, ese
tenacísimo sentimiento humano, que nunca pierde sus derechos, también alienta
en los labradores. Toda la parroquia envidiaba la yunta, hasta tal
extremo, que Pilara les había colgado de las astas,
de suerte que cayese en el remolino central del testuz, un evangelio y dos
dientes de ajo encerrados en una bolsa, remedio contra la "envidia",
que para el aldeano es una fuerza misteriosa, capaz de maleficiar. Pero, aunque
dañina, la envidia es lisonjera. Telme iba por el camino real con sus bueyes,
que ni el Papa en su silla. Y ahora..., ni fachenda, ni provecho, ni orgullo,
ni labranza; al agua todo. El carro, perpetuamente inmóvil y en la corraliza;
las tierras, sin arar; los lucrativos "carretos" de piedra y arena,
para otro... No había remedio. ¡La elección estaba hecha!
Así que se
alejó Telmo y dejó de oírse el paso acompasado de la yunta, Pilara secó en el
dorso de la áspera mano los últimos lagrimones, y, resignadamente, se puso a
disponer lo necesario para la cocedura. Con llorar no se calienta el horno ni
se amasa la harina.
La aldeana
bregó sin descanso. Mientras partía y disponía la leña y sobaba la masa con las
oscuras manos, la congoja iba calmándose. Adiós los bueyes..., pero ya vendría
el rapaz. Si buena era la yunta, Andresillo mejor. A forzudo y voluntario,
ninguno le ganaba. En un día despabilaba él más obra que en una semana otros. Y
ni pinga de vino, ni camorrista, ni amigo de ir de tuna. Ganas tenía de
arrendar un lugar y casarse; pero ahora que sus padres se quedaban por él sin
la luz de los santos ojos..., ya les ayudaría a juntar para otra pareja. Con lo
que tenían guardado en el pico del arca y el jornal de Andrés, en dos o tres
años...
No pasaba
de mediodía cuando regresó Telme, cabizbajo, solo ya, con las manos vacías,
enrollado el "adival" alrededor del cuerpo. Esta vez, Pilara preguntó
ansiosa: "¿Cuánto? ¿Cuánto?" Telme tardó en responder. Al cabo,
mohíno, al ir a sentarse a comer el pote con unto rancio y la
"borona" enmohecida -la "bolla" fresca no había salido aún
del horno, ni saldría hasta la tarde-, desató la lengua, entre reniegos, porque
ya sabía Telme que lo que bajase de cinco mil y pico era regalar la yunta; y en
aquella maldita feria no parece sino que se habían juramentado los compradores
para no ofrecer arriba de cuatro mil. Y era pillada y "mala idea",
porque tan pronto como se los dejó a un chalán desconocido, con acento andaluz,
en cuatro mil y pico, otro de Breanda le dio ventaja al chalán y se los llevó.
Pero ¡tenían que ir al arca...! Y pronto, pronto. Que él pediría emprestada la
burra a Gorio de Quintás, y a las tres, Dios mediante, había de estar en
Marineda, depositando el dinero
a cambio del hijo.
Abrieron el
arca como si se hubiesen abierto las venas. Pilara cruzaba las manos, gemía
bajito, alzaba al cielo los ojos, se cogía la cabeza, al volver del revés sobre
la artesa el calcetín de lana gorda: los ahorriños de tanto tiempo. Estaban en
moneda sonante, en metálico; el labriego no quiere guardar papel. Había duros
relucientes del nene, otros oxidados, mucha peseta, calderilla roñosa. Aunque
sabían al dedillo la cantidad recontaron: sobraba un pico. Telme añudó lo
necesario en un pañuelo de algodón azul, por no mezclarlo con lo de la venta,
que iba casi todo en billetes de a ciento, oculto a raíz de la carne. Hecho
esto, salió en demanda de la pollina.
Pilara
aguardó, aguardó hasta las altas horas. No sabía si su hombre dormía aquella
noche en Marineda, para volver con el mozo, temprano. Se acostó al fin. A cosa
de la una oyó llamar a voces, y conoció la de Telme. La sangre le dio una
vuelta. Saltó en camisa, encendió la candileja, abrió: Telme, con la cara color
de difunto, estaba delante de ella. ¡Madre mía de las Angustias! ¿Qué pasaba?
¿Y Andresiño?
-¡Calla!
-profirió Telme-. No me hables, que pego fuego a la casa, y te parto los lomos
y se los parto al mismísimo divino Dios... Ya hemos quedado solos, mujer, sin
bueyes y sin hijo. ¡El chalán de la feria... me metió cuatro billetes falsos!
Y el padre,
en vez de realizar sus amenazas de partir los lomos a todo el mundo, se dejó
caer al suelo y se arrancó el pelo a puñados, llorando como las mujeres.
"La
Chucha"
Lo
primerito que José San Juan -conocido por el Carpintero- hizo al salir de la
penitenciaría de Alcalá, fue presentarse en el despacho del director.
Era José un
mocetón de bravía cabeza, con la cara gris mate, color de seis años de
encierro, en los cuales sólo había visto la luz del sol dorando los aleros de
los tejados. La blusa nueva no se amoldaba a su cuerpo, habituado al chaquetón
del presidio; andaba torpemente, y la gorra flamante, que torturaba con las
manos, parecía causarle extrañeza, acostumbrado como estaba al antipático
birrete.
-Venía a
despedirme del señor director -dijo humildemente al entrar.
-Bien,
hombre; se agradece la atención -contestó el funcionario-. Ahora, a ser bueno,
a ser honrado, a trabajar. Eres de los menos malos; te has visto aquí por un
arrebato, por delito de sangre, y sólo con que recuerdes estos seis años,
procurarás no volver... Que te vaya bien. ¿Quieres algo de mí?
-¡Si usted
fuera tan amable, señor director...; si usted quisiera...
Animado por
la benévola sonrisa del jefe, soltó su pretensión.
-Deseo ver
a una reclusa.
-Es tu
"chucha", ¿verdad?... Bueno; la verás.
Y escribió
una orden para que dejasen entrar a Pepe el Carpintero, en el locutorio del
presidio de mujeres. Bien sabía el director lo que significaban aquellas
relaciones entre penados, los galanteos a distancia y sin verse de
"chuchos" y "chuchas"; el amor, rey del mundo, que se
filtra por todas partes como el sol, y llega donde éste no llegó nunca,
perforando muros, atravesando rejas.
Tenían casi
todos los penados en la penitenciaría de mujeres una "galeriana" que
por cariño remendaba y lavaba su ropa; una compañera de infortunio, a la cual
no habían visto nunca, y cuyas atenciones pagaban con cargo rebosando
sentimentalismo ridículo..., pero sincero. Era el sacro amor, introduciéndose
en aquel infierno para burlarse de la seriedad de las leyes humanas; la vida y
sus efectos floreciendo allí donde el castigo social quiere convertir a los
réprobos en cadáveres con apariencia de vida. El presidio, un convento vetusto,
y el penal de mujeres, soberbio y flamante, contemplábanse desde cerca, mudos,
inmutables; pero un soplo de pasión contenida y ardiente, de primavera amorosa,
germinando entre la mugre de la "casa muerta", iba de uno a otro
edificio como la caricia fecundadora que por el aire se envían las palmeras de
distinto sexo.
Tan grande
emoción embargaba a Pepe al dirigirse al locutorio de mujeres, que sus piernas,
temblorosas, acortaban el paso..., ¿Cómo sería su "chucha"? ¡Por fin
iba a verla! Y pensando en las formas de que la había revestido su imaginación
en las noches de insomnio o en los solitarios paseos patio abajo y arriba, todo
el pasado revivía de golpe en su memoria. Para comenzar, su entrada en
presidio, resultado de tener mal vino y pronta la mano; los primeros meses de
sorda excitación, de huraño aislamiento, viendo deslizarse los días como
pesadas ondulaciones de un río gris y triste. Después, cuando hizo amigos,
extrañáronse de que un muchacho cual él, guapo y terne, que si estaba en
trabajo era por ser muy pobre, no tuviera su "chucha", su "chucha"
como los demás. Ellos se encargaban del arreglo; escribirían a sus amigas, y no
faltaría en la casa de enfrente quien atendiese a tan buen mozo. Un día le
dijeron que su "chucha" se llamaba Lucía, más conocida por el apodo
de la
Pelusa, y Pepe le escribió, encontrando dulce
satisfacción en saber que más allá de aquellos muros había alguien que pensaba
en él y se interesaba por su vida. Pronto a este goce espiritual se unieron
satisfacciones del egoísmo: alababan la limpieza de su ropa blanca y sentían
envidia al ver ciertos manjares, obra todo de la Pelusa, de la enamorada
"chucha", que, invisible como un duende, tenía para él cuidados
maternales.
-Pero,
camarada, ¡y qué suerte la tuya! -le decían los compañeros de pelotón con mal
encubierta envidia.
-Esa Pelusa
es de oro -añadía un veterano del presidio, oráculo de la gente joven-.
Consérvala, chaval, que mujeres así entras pocas en libra.
-Pero ¿cómo
es? -preguntaba Pepe con creciente curiosidad-. ¿Es joven?¿Por qué está presa?
-Algo mayor
que tú debe de ser, pues creo que no es ésta la primera vez que visita la
casa..., pero ¿qué te importa que sea joven o vieja? Tú déjate querer, que esa
es la obligación de los buenos mozos, y cuando salgas en libertad, búscate otra
que te atienda lo mismo.
Pepe
protestaba. Sentía duplicarse el agradecimiento hacia aquella mujer; las
relaciones, que al principio le parecían cosa de risa -buena únicamente para
distraer el tedio encierro-, le llegaban muy adentro ya, y la gratitud se
volvía atracción, viendo que no pasaba día sin que en el rastrillo le
entregasen para él paquetes de tabaco, prendas de ropa o algo de comer que le
sostenía fuerte, robusto y sano, librándole del rancho insípido del penal, la
peor engañifa para el hambre.
Pocos días
dejaban de escribirse. Las primeras cartas respiraban este énfasis amoroso
aprendido en los epistolarios populares; pero fueron haciéndose más sinceras,
según los dos amantes, por aquel reiterado contacto de alma: iban conociéndose.
Hablaban de su situación, de la desgracia en que se veían, en términos vagos,
como si les causara rubor decir por qué y de qué modo, y contaban fecha tras
fecha el tiempo que les faltaba para cumplir. Él saldría libre un año antes que
ella... ¡Con qué tristeza lo repetía la pobre "chucha"! Y José
protestaba con entereza de muchacho enérgico, caballeresco a su manera, incapaz
de faltar a la palabra. Él esperaría a que saliera ella; se casarían y serían
felices; lo decía de corazón, sintiéndose ligado para toda su vida por el
reconocimiento a sacrificios que habían endulzado sus amargas horas.
No sabía si
aquello era amor; realmente, nunca se había sentido dominado por mujer alguna;
no recordaba más que lances fáciles, los encuentros causales de su época
obrera; pero a su "chucha"... la quería sin conocerla y juraba no
abandonarla jamás. No porque estuviese en presidio era un canalla capaz de
olvidar a aquella mujer que pensaba en él a cada momento y trabajaba porque
nada le faltase. Consistía su única preocupación en saber algo de la historia o
del aspecto de su "chucha". Por desgracia, los mandaderos no la
conocían; en la Galera, regida por monjas, no entraba otro hombre sino el
director; y con escrupulosa delicadeza, ni él ni ella se atrevían en sus cartas
a hablar del pasado ni de sus personas, como temiendo que al entrar luz se
rasgara el ambiente del misterio amoroso y se disipase el hechizo. Los últimos
días, ¡qué turbación tan intensa!... Pepe hablaba entusiasmado de la próxima
salida, y ella contestaba lacónicamente; sus palabras respiraban tristeza, casi
se lamentaba de que el hombre amado recobrase la
libertad, recelando despertar del ensueño de seis años. Y la misma impaciencia
de sus últimos días de escribir dominaba a Pepe cuando entró en el locutorio de
las penadas. Después de entregar la orden del director, quedóse solo, hasta que
por fin, a través de la tupida reja, oyó suaves pisadas femeniles. Dos monjas
se apostaron inmóviles en el fondo de la galería, donde no podían oír las
palabras, pero sí seguir con la vista todos los movimientos de la que ocupaba
el locutorio; y una galeriana fue aproximándose con paso torpe, cual si le
asustase llegar a la reja.
No hizo
movimiento alguno. ¡Las monjas no le habían entendido! Aquella mujer no era la
que él buscaba; y miró con extrañeza a la reclusa, especie de payaso de la
miseria, disfrazado con faldas grises; criatura exigua, demacrada, encogida,
los ojos saltones veteados de sangre, de pelo canoso, cerril y escaso,
alborotado sobre la frente y asomando entre los labios lívidos una dentadura
enorme, amarillenta, de caballo viejo. La mujer aparecía, además, mal
pergeñada, sucia, como si enfaenada en la furia del trabajo se hubiese olvidado
de sí misma. Se miraron algunos instantes con extrañeza, y acabaron sonriendo,
convencidos de la equivocación.
-No; no es
usted -dijo Pepe-. Yo busco a la Pelusa. Me acaban de poner en libertad y vengo
a conocerla.
La
galeriana se hizo atrás con rápido movimiento de mujer cuyo sistema nervioso
está en perpetua tensión por el género de vida.
-¿Eres
tú..., tú...? ¡Pepe!
Y se lanzó
contra los hierros, como si buscase verle mejor, devorarle con los ojos.
Permanecieron silenciosos breves instantes. Ella, pasada la primera
impresión, mostró profundo desaliento; sus ojos se llenaban de lágrimas,
tributo pagado a la decepción horrible. Él absorbía con la mirada la degradación
de aquella ruina, que parecía haber recogido en su persona la vejez y la
inmundicia de todo presidio... ¡Dios, cuán fea era! Tragándose el llanto,
sofocando su tristeza, la Pelusa fue la primera en romper el silencio, como si
deseara terminar cuanto antes aquella escena penosa y difícil.
-¿Vienes a
despedirte?... Bien hecho; se estima. Mira: yo, mientras viva, no te olvidaré.
Y bajó la
cabeza para no mirarle; dijérase que su presencia le causaba daño, revolviendo
el rescoldo de su cariño de la entraña..., condenado a extinguirse.
-No, Lucía;
vengo no más a verte. Ni me despido ni me voy... Vengo a decirte... que soy el
mismo... y a cumplirte la palabra.
Pepe
profirió esto con fuerza, con acometividad, ofendiéndole la sospecha de que
aquella entrevista pudiese ser la última. Entonces la "chucha" se
atrevió a contemplarle; pero con expresión de tierna lástima, a estilo de madre
que agradece dulces mentiras del hijo.
-No quieres
darme mal rato... Bien, hombre... Dios te lo pague; pero ya ves como soy:
vieja, un susto, y, además, poca salud... ¡Si supieras qué guerra les doy a las
pobres hermanas con este corazón que siempre me está doliendo!...
Se detuvo
al llegar aquí, cual si se avergonzase. Su cara, de una palidez blanduzca, tono
de cera amasada con arcilla, se coloreó, animándose. Hizo un esfuerzo y
continuó:
-Estoy aquí
por ladrona; no he hecho otra cosa en mi vida sino robar... Y a ti, ¡basta
verte!, tienes cara de bueno; habrás venido por alguna desgracia..., vamos, por
bronca o cosa parecida. No me engañes, ¿para qué?... No vas a salir con que me
quieres, hijo... Mirame bien... ¡Si puedo ser tu madre!
Impresionado por las palabras de la reclusa, Pepe quería discutirlas, y
las acogía con furiosos movimientos de cabeza; pero Lucía prosiguió, sin darle
tiempo a que protestase:
-Estoy más
enferma de lo que parece; después de este trago, ya sé que no salgo de aquí con
vida, ¡ay, cómo me duele el perro corazón!... Es que me han engañado; yo creí
que eras uno de tantos, un verdadero "chucho", uno del presidio... Y
por eso te quise; ¡nada, cosas que se le ponen a una en la cabeza; humo que se
le mete allí!... ¡Y estaba yo más atontecida! ¡Ea, hombre!, márchate y no te
acuerdes del santo de mi nombre, Dios te dé suerte, cuanta mereces, y que
encuentres una mujer según necesitas... Porque tú vales un imperio... ¡Eres
mucho mozo, caramba!
Lo
murmuraba con el alma entera, pegando su pobre cabeza de caricatura a los
hierros, apretando contra ellos sus manos descarnadas, ansiosas de tocar al
deseado de sus ensueños, que se presentaba en la realidad, joven, arrogante y
con aquel aire de bondad y simpatía...
-No, Pelusa
-contestó el mocetón con entereza-. Yo soy muy hombre, y los hombres sólo
tenemos una palabra. Prometí casarme contigo y esperaré a que salgas. No vengo
a despedidas, sino a que me conozcas..., y a decirte hasta luego. ¿Si te
creerás que se olvidan seis años de sacrificios, de vestirme y matarme el
hambre, mientras tú sabe Dios lo que comerías y como vivirías?... Pues ni que
fuera yo un señorito de esos que viven estrujando a las mujeres...
Seguía la
Pelusa agarrada a los hierros, y vacilaba lo mismo que si aquellas palabras
cayesen con tremenda pesadumbre sobre su cuerpo endeble.
-Pero ¿va
de veras? -murmuró, con voz ronca-. ¿Serás capaz de quererme así como soy?...
¿Vas a esperarme todo un año?
-Mira,
Pelusa -continuó el muchacho- yo no sé si te quiero como a las otras mujeres.
Lo que te digo es que no pienso irme y no me iré... ¿Que no eres guapa, guapa?
Conformes. ¿Pero es que en el mundo sólo las guapas han de encontrar quien las
quiera? No me importa lo que fuiste ni por qué entraste aquí: a mi lado serás
otra cosa. Esperaré trabajo, el director, que es bueno, me empleará en las
obras de la casa, si es preciso pasaré necesidad, pediré limosna... Lo que te
aseguro es que no me largo, y que ahora soy yo, ¡yo!, quien traerá a su
"chucha" ropa y comida.
Lucía
cerraba los ojos. Parecía que le deslumbraban las fogosas palabras de aquel
hombre, y echaba atrás el rostro contraído por grotesca mueca que expresaba
asombro y felicidad.
-Tengo aquí
clavado el agradecimiento -prosiguió Pepe- y ganas de llorar cuando pienso en
lo que has hecho por mí. ¿Dices que podrías ser mi madre? Lo serás si quieres;
yo no he conocido a la mía. Sales y viviremos juntos; trabajaré para ti sin
pensar más en copas ni en amigos; a mi lado engordarás y te remozarás, ¡y a no
acordarse de este sitio! Tu aquí encontraste un hombre de bien, y yo la primera
mujer de mi vida.
-¡Dios
mío!... ¡Virgen Santísima! ¡Virgen!...
Era la
Pelusa, que se desplomaba lentamente, mientras sus manos se cubrían de arañazos
al desasirse y deslizarse por el enrejado duro y pinchador.
Cayó como
un fardo de harapos, estremeciéndose, balbuciendo entre convulsiones, con
vocecilla infantil:
-¡Pepe,
Pepe mío!
Las dos
monjas, mudos testigos de la entrevista, vieron caer a la Pelusa y corrieron
para recoger del suelo aquel montón de infelicidad.
Otras
monjas, atraídas por los gritos, comenzaron por expulsar a Pepe del locutorio;
a pesar de sus ruegos y exclamaciones, las hermanas no se daban cuenta de lo
ocurrido. Si gustaba podía volver otro día, con permiso del director...
Pero ni lo
pidió ni tuvo que buscar trabajo. ¿Para qué? Al día siguiente la Pelusa era
borrada del registro del penal. El soplo de ventura y de vida que el
"chucho" había llevado consigo al locutorio rompió el corazón de la
miserable y la hizo libre.
"El
Liberal", 1 febrero 1900.
El vino del
mar
Al reunirse
en el embarcadero para estibar el balandro Mascota, los cinco tripulantes
salían de la taberna disfrazada de café llamada de "América" y
agazapada bajo los soportales de la Marina fronterizos al Espolón; tugurio
donde la gentualla del muelle: marineros, boteros, cargadores y
"lulos", acostumbra juntarse al anochecer. De cien palabras que se
pronuncien en el recinto oscuro, maloliente, que tiene el piso sembrado de
gargajos y colillas, y el techo ahumado a redondeles por las lámparas
apestosas, cincuenta son blasfemias y juramentos, otras cincuenta suposiciones
y conjeturas acerca del tiempo que hará y los vientos reinantes. Sin embargo,
no se charla en "América" a proporción de lo que se bebe; la chusma
de zuecos puntiagudos, anguarina embreada y gorro catalán es lacónica, y si
fueseis a juzgar de su corazón y sus creencias por los palabrones obscenos y
sucios que sus bocas escupen, os equivocaríais como si formaseis ideas del
profundo Océano por los espumarajos
que suelta contra el peñasco.
Acababan de
sonar las ocho en el reloj del Instituto cuando acometieron aquellos valientes
la faena de la estibadura, entre gruñidos de discordia. Y no era para menos.
¿Pues no se emperraba el terco del patrón en que la carga de bocoyes de vino,
si había de ir como siempre en la cala, fuese sobre cubierta? Aquello no lo
tragaba un marinero de fundamento como tío Reimundo, alias Finisterre, que
había visto tanta mar de Dios. Ahí topa la diferencia entre los que navegaron
en mares de verdad, donde hay tiburones y huracanes, y los que toda la vida
chapalatearon en una ponchera. ¡Zantellas del podrido rayo! ¿Quería el patrón
que el barco se les pusiese por sombrero? ¡Era menester estar loco de la
cabeza, corcias! ¡Para más, en noche semejante, con lo falsa que es esa costa
de Penalongueira, y habiendo empezado a soplar el Sur, un viento traidor que
lleva de la mano el cambiazo al "Nordés"! No se la pegaba al tío
Reimundo la calma de la bahía, sobre cuya extensión tersa y plácida
prolongaban las mil luces de la ciudad brillantes
rieles de oro; al viejo le daba en la nariz el aire "de allá", de mar
adentro, la palpitación del oleaje excitado por la mordedura de la brisa. Todo
esto, a su manera, broncamente, a media habla, lo dijo Finisterre. El Zopo,
otro experto, listo de manos y contrahecho de pies, opinaba lo mismo.
Pero Adrián
y el Xurel -mozalbetes que acababan de alegrarse unas miajas con tres copas de
caña legítima y sentían duplicados sus bríos- ya estaban rodando los bocoyes
para encima de la Mascota. Sabedores de que aquellos toneles encerraban vino,
los manejaban con fiebre de alegría codiciosa, calculando la suma de goces que
encerraban en sus panzas colosales. ¿A ellos qué les importaban los gruñidos de
Finisterre? Donde hay patrón no manda marinero.
Entre
gritos furiosos para pujar mejor, el "¡ahiaaá!" y el
"¡eieiea!" del esfuerzo, acabóse la estibadura en una hora escasa.
Sobre el cielo, antes despejado, se condensaban nubes sombrías, redondas, de
feo cariz. Un soplo frío rizaba la placa lisa del agua. Juró Finisterre entre
dientes y renegó el patrón de los agoreros miedosos. Mejor si se levantaba
viento; ¡así irían con la vela tan ricamente! El balandro no era una pluma, y
necesitaba ayuda, ¡carandia! Y ocupó su lugar, empuñando el timón. ¡Ea, hala,
rumbo avante!
Como por un
lago de aceite marcharon mientras no salieron de la bahía. Según disminuía y se
alejaba la concha orlada de resplandor y el rojo farol del Espolón llegaba a
parecer un punto imperceptible, y otro la luz verde del puerto, el vientecillo
terral insistía, vivaracho, como niño juguetón. Habían izado la cangreja, y la
Mascota cortó el oleaje más aprisa, no sin cabecear. Descasaban los remeros,
bromeando. Sólo Finisterre se ponía fosco. A cada balance de la embarcación le
parecía ver desequilibrarse la carga.
Ya
transponía la barra, y el alta mar luminosa, agitada por la resaca, se extendía
a su alrededor. Para "poncheras" según el despreciativo dicho del tío
Reimundo, la ponchera "metía respeto". El patrón, a quien se le iba
disipando el humo de la caña, fruncía las cejas, sintiendo amagos de inquietud.
Puede que tuviese razón aquel roñicas de Finisterre; la mar, sin saber por qué,
no le parecía "mar de gusto"... Tenía cara de zorra, cara de dar un
chasco la maldita...
Al
vientecillo se le antojó dormirse, y una especie de calma de plomo, siniestra,
abrumadora, cayó encima. Fue preciso apretar en los remos porque la vela apenas
atiesaba. El balandro gemía, crujía, en el penoso arranque de su marcha lenta.
Súbitas rachas, inflando la cangreja un momento, impulsaban la embarcación,
dejándola caer después más fatigada, como espíritu que desmaya al perder una
esperanza viva. Y cuando ya veían a estribor la costa peligrosa de Penalongueira,
que era preciso bordear para llegarse al puertecillo de Dumia y desembarcar el
género, se incorporó de golpe Finisterre, soltando un terno feroz. Acababa de
percibir, allá a lo lejos ese ruido sordo y fragoroso de la tempestad
repentina, del salto del aire que azota de pronto la masa líquida y desata su
furor. El patrón, enterado, gritaba ya la orden de arriar la vela. Aquello fue
ni visto ni oído.
Enormes
olas, empujándose y persiguiéndose como leonas enemigas, jugaban ya con el
balandro, llevándolo al abismo o subiéndolo a la cresta espantosa. De cabeza se
precipitaba la embarcación, para ascender oblicuamente al punto. El patrón,
sintiendo su inmensa responsabilidad, hacía milagros, animando, dirigiendo. ¡La
tormenta! ¡Bah! Otras había pasado y salido con bien, gracias a Dios y a
Nuestra señora de la Guía, de quien se acordaba mucho entonces, con ofrecimientos
de misa y excotos de barquitos, retratos de la Mascota para colgar en el techo
del santuario... Verdad; no era el primer temporal que corrían; pero..., no
llevaban la carga estibada sobre cubierta, sino en el fondo de la cala, bien
apañadita, como Dios manda y se requiere entre la gente del oficio. Y los que
habían cometido aquella barbaridad supina, ahora, a pesar de las furiosas voces
de mando del patrón, perdían los ánimos para remar, como si sintiesen en las
atenazadas mejillas el húmedo beso de la
muerte... Sólo una resolución podía salvarlos.
Finisterre la sugirió, mezclando las interjecciones con rudas plegarias. El
patrón resistía, pero el cariño a la vida tira mucho, y por unanimidad resolvió
largar al agua los malditos bocoyes. ¡Afuera con ellos, antes de que se
corriesen a una banda y sucediese lo que se estaba viendo venir! Sin más
ceremonias empujaron una de las barricas para lanzarla por encima de la
borda...
Los que
intentaron la faena sólo tuvieron tiempo de retroceder a saltos. La barrica
andaba; la barrica se les venía encima ella sola. Y las demás, como rebaño de
monstruos panzudos la seguían. Corrían, rodaban locas de vértigo, a hacinarse
sobre la banda de babor, y el balandro, hocicando, con la proa recta a la sima,
daba espantoso salto, el pinche-carneiro vaticinado por Finisterre, y soltando
en las olas toda su carga, barricas y hombres, flotaba quilla arriba, como una
cáscara de nuez.
La primera
noticia del naufragio se supo en el puertecillo de Ángeles, frontero a la
bahía, porque dos bocoyes salieron allí, a la madrugada, y quedaron varados en
la playa al retirarse la marea. Corrió el rumor de la presa, y se apiñaron en
la orilla más de cien personas -pescadores, aldeanos, carreteros, carabineros,
sardineras, mujerucas, chiquillería-. Nadie ignoraba lo que significa la
aparición de bocoyes llenos en una playa de la costa. Aún les retumbaba en los
oídos el bramar de la tormenta. Pero ahora hacía un sol hermoso, un día
magnífico, "criador". Era domingo; por la tarde bailarían en el
castañal; y con la presa, no había de faltar vino para remojar la gorja. ¡Nadie
hizo comentarios tristes, sino los pescadores, que, sin embargo, se consolaron
pensando en el rico vientre de las barricas...! Solo una vejezuela, que había
perdido a su mozo, su hijo, de veinte años, en un lance de mar, escapó de la
playa dando alaridos y apostada cerca del carro en el cual fueron
llevados los toneles al campo de la romería,
chillaba:
-¡No,
bebades, no bebades! Ese vino sabe a la sangre de los hombres y al amarguío de
la mar.
Le hicieron
el mismo caso que los tripulantes del balandro a Finisterre.
"El
Imparcial", 18 junio 1900".
Fuego a
bordo
-Cuando
salimos del puerto de Marineda -serían, a todo ser, las diez de la mañana- no
corría temporal; sólo estaba la mar rizada y de un verde..., vamos, un verde
sospechoso. A las once servimos el almuerzo, y fueron muchos pasajeros
retirándose a sus camarotes, porque el oleaje, no bien salimos a alta mar, dio
en ponerse grueso, y el buque cabeceaba de veras. Algunos del servicio nos
reunimos en el comedor, y mientras llegaba la hora de preparar la comida nos
divertíamos en tocar el acordeón y hacer bailar al pinche, un negrito muy feo;
y nos reíamos como locos, porque el negro, con las cabezadas de la embarcación
y sus propios saltos, se daba mil coscorrones contra el tabique. En esto, uno
de los muchachos camareros, que les dicen estuarts, se llega a mí:
-Cocinero,
dos fundas limpias, que las necesito.
-Pues vaya
usted al ropero y cójalas, hombre.
-Allá voy.
Y sin más,
entra y enciende un cabo de vela para escoger las fundas.
¡Aquel cabo
de vela! Nadie me quitará de la cabeza que el condenado..., ¡Dios me perdone!,
el infeliz del camarero, lo dejó encendido, arrimado a los montones de ropa
blanca. Como un barco grande requiere tanta blancura, además de las estanterías
llenas y atestadas de manteles, sábanas y servilletas, había en el San Gregorio
rimeros de paños de cocina, altos así, que llegaban a la cintura de un hombre.
Por fuerza, el cabo se quedó pegadito a uno de ellos, o cayó de la mesa,
encendido, sobre la ropa. En fin: era nuestra suerte, que estaba así preparada.
Yo no sé
qué cosa me daba a mí el cuerpo ya cuando salimos de Marineda. Siempre que
embarco estoy ocho días antes alegre como unas castañuelas, y hasta parece que
me pide el cuerpo algo de broma con los amigos y la familia. Pues de esta
vez..., tan cierto como que nos hemos de morir..., tenía yo el viaje atravesado
en el gaznate, y ni reía ni apenas hablaba. La víspera del embarque le dije a
mi esposa:
-Mujer,
mañana tempranito me aplancharás una camisola, que quiero ir limpio a bordo.
Por la
mañana entró con la camisola, y le dije:
-Mujer,
tráeme el pequeño que mama.
Vino el
chiquillo y le di un beso, y mandé que me lo quitasen pronto de allí, porque
las entrañas me dolían y el corazón se me subía a la garganta. También la
víspera fui a casa del segundo oficial, el señorito de Armero, y estaba la
familia a la mesa; y la madre, que es así, una señora muy franca, no ofendiendo
lo presente, me dijo:
-Tome usted
esta yema, Salgado.
-Mil
gracias, señora; no tengo voluntad.
-Pues
lléveles éstas a los niños... ¿Y qué le pasa a usted, que está qué sé yo cómo?
-Pasar,
nada.
-¿Y qué le
parece el viaje, Salgado?
-Señor, la
mar está bella, y no hay queja del tiempo.
-No, pues
usted no las tiene todas consigo. Le noto algo en la cara.
Para aquel
viaje había yo comprado todos los chismes del oficio; por cierto que en la
compra se me fue lo último que me quedaba: setenta duretes. Los chismes eran
preciosos: cuchillos de lo mejor, moldes superiores, herramientas muy finas de
picar y adornar; porque en el barco, ya se sabe: le dan a uno buena batería de
cocina, grandes cazos y sartenes, carbón cuanto pida, y víveres a patadas; pero
ciertas monaditas de repostería y de capricho, si no se lleva con qué
hacerlas... Y como yo tengo este pundonor de que me gusta sobresalir en mi arte
y que nadie me pueda enseñar un plato... Por cierto que esta vanidad fue mi
perdición cuando sostuve restaurante abierto. Me daba vergüenza que estuviese
desairado el escaparate, sin una buena polla en galantina, o solomillo mechado,
o jamón en dulce, o chuletas bien panadas y con su papillotito de papel en el
hueso... Y los parroquianos no acudían; y los platos se morían de viejos allí;
y cuando empezaban a oler, nos los comíamos por
recurso; mis chiquillos andaban mantenidos con
trufas y jamón, y el bolsillo se desangraba... Si no levanto el restaurante, no
sé qué sería de mí; de manera que encontrar colocación en el barco y admitirla
fue todo uno. Pensaba yo para mi chaleco: "Ánimo, Salgado; de veintiocho
duros que te ofrecen al mes, mal será que no puedas enviarle doce o quince a la
familia. No es la primera vez que te embarcas; vámonos a Manila; ¿quién sabe si
allí te ajustas en alguna fonda y te dan mil o mil quinientos reales mensuales,
y eres un señor?". Lo dicho: la suerte, que arregla a su modo nuestros
pasos... Estaba de Dios que yo había de perder mis chismes, y pasar lo que
pasé, y volver a Marineda desnudo.
¿En qué
íbamos? Sí, ya me acuerdo. Faltaría hora y media para la comida, cuando me
pareció que por la puerta del ropero salía humo. El que primero lo notó no se
atrevía a decirlo: nos mirábamos unos a otros, y nadie rompía a gritar. Por
fin, casi a un tiempo, chillamos:
-¡Fuego!
¡Fuego a bordo!
Mire usted,
no cabe duda: lo peor, en esos momentos en que se suceden cosas horrorosas, es
aturdirse y perder la sangre fría. Si cuando corrió el aviso se pudiese dominar
el pánico y mantener el orden; si media docena de hombres serenos tomasen la
dirección, imponiéndose, y aislasen el fuego en las tripas del barco, estoy
seguro de que el siniestro se evitaba. Yo, que todo lo presencié, que no perdí
detalle, puedo jurar que no entiendo cómo en un minuto se esparció la noticia,
y ya no se vieron sino gentes que corrían de aquí para allí, locas de miedo.
Para mayor desdicha empezaba a anochecer, y la mar cada vez más gruesa y el
temporal cada vez más recio aumentaba el susto. Aquello se convirtió en una
Babel, donde nadie se entendía ni obedecía a las voces de mando.
El capitán,
que en paz descanse, era un mallorquín de pelo en pecho, valentón, y no tiene
que dar cuenta a Dios de nada, pues el pobrecillo hizo cuanto estuvo en su
mano; pero le atendían bien poco. Acaso debió levantar la tapa de los sesos a
alguno para que los demás aprendiesen; bueno, no lo hizo; él fue el primero a
pagarlo, ¡cómo ha de ser! Nos metimos él y yo por el corredor de popa, con
objeto de ver qué importancia tenía el incendio; y apenas abrimos la puerta de
hierro, nos salió al paso tal columna de humo y tal cortina de llamas, que
apenas tuvimos tiempo a retroceder, cerrar y apoyarnos, chamuscados a medio
asfixiar, en la pared. Yo le grité al capitán:
-Don
Raimundo, mire que se deben cerrar también las puertas de hierro a la parte de
proa.
Él daría la
orden a cualquiera de los que andaban por allí atortolados; puede que el
tercero de abordo; no sé; lo cierto es que no se cumplió, y en no cumplirse
estuvo la mitad de la desgracia. Nosotros, a toda prisa, nos dedicamos a
refrescar con chorros de agua las puertas de hierro, para que el horno
espantoso de dentro no las fundiese y saltasen dejando paso a las llamas. ¿De
qué nos sirvió? Lo que no sucedió por allí sucedió por otro lado. Nos pasamos
no sé cuánto tiempo remojando la placa, envueltos en humareda y vapor; mas al
oír que por la proa salían las llamas ya, se nos cansaron los brazos, y huyendo
de aquel infierno pasamos a la cubierta.
Verdaderamente cesó desde entonces la batalla con el fuego y las
esperanzas de atajarlo, y no se pensó más que en el salvamento; en librar, si
era posible, la piel; eso, los que aún eran capaces de pensar; porque muchísimos
se tiraron al suelo, o se metieron a arrancarse el pelo por los rincones, o se
quedaron hechos estatuas, como el tercero de a bordo, que tan pronto se declaró
el incendio se sentó en un rollo de cuerdas y ni dijo media palabra, ni se
meneó ni soñó en ayudarnos.
A las dos
horas de notarse el fuego la máquina se paró. Si no se para, tenemos la
salvación casi segura; ardiendo y todo, llegaríamos al puerto. Lo que
recelábamos era que el vapor comprimido y sin desahogo hiciese estallar la
caldera. Todos preguntábamos al engineer, un inglés muy tieso, muy callado y
con un corazón más grande que la máquina. No se meneaba de su sitio, ni se
demudó poco ni mucho; abrió todas las válvulas, y nos dijo con flema:
-Mi
responde con mi head, máquina very-good, seguros por ella no explosión.
Al ver que
la pobre de la máquina se paraba, nos quedamos, si cabe, más aterrados; no
creíamos que el incendio llegase hasta donde, por lo visto, llegaba ya;
comprendimos que el fuego no estaba localizado y contenido sino que era dueño
de todo el interior del buque y no había más remedio que cruzarse de brazos y
dejarle hacer su capricho.
-¡Barco
perdido, don Raimundo! -dije al capitán.
-Barco
perdido, Salgado.
-¿Y
nosotros?
-Perdidos
también.
-Esperanza
en Dios, don Raimundo. Y él se echó las manos a la cabeza, y dijo de un modo
que nunca se me olvida:
-¡Dios!
Yo no sé
qué le habíamos hecho a Dios los trescientos cristianos que en aquel barco
íbamos; pero algún pecado muy gordo debió de ser el nuestro para que así nos
juntase castigos y calamidades. De cuantas noches de temporal recuerdo -y mire
usted que algo se ha navegado-, ninguna más atroz, más furiosa que aquella
noche. Una marejada frenética; el barco no se sostenía; ola por aquí, ola por
acullá; montes de agua y de espuma que nos cubrían; ya no era balancearse; era
despeñarse, caer en un precipicio; parecía que la tormenta gozaba en movernos y
abanicarnos para avivar el incendio. Soplaba un viento iracundo; llovía sin
cesar; y la noche, tan negra, tan negra, que sobre cubierta no nos veíamos las
caras. Unos lloraban de un modo que partía el corazón; otros blasfemaban;
muchos decían: "¡Ay, mis pobres hijos!". No entiendo cómo el timonel
era capaz de estarse tan quieto en su puesto de honor, manteniendo fijo el
rumbo del barco para que no rodase como una pelota por aquel mar
loco.
Pronto
empezaron a alumbrarnos las llamas, que salían por la proa, no ya a intervalos,
sino continuamente, igual que si desde adentro las soplasen con fuelles de
fragua. Lo tremendo de la marejada hizo que no se pensase en esquifes; meterse
en ellos se reducía a adelantar la muerte. En esto gritaron que se veía
embarcación a sotavento.
¡Un buque!
Desde que se declaró el incendio no habíamos cesado de disparar cohetes y
fuegos de bengala, con objeto de que los buques, al pasar cerca de nosotros,
comprendiesen que el barco incendiado contenía gente necesitada de socorro. Y
vea usted cómo Dios, a pesar de lo que dije antes, nunca amontona todas las
desgracias juntas. Aún tenemos que agradecerle que el sitio del siniestro es un
punto de cruce, donde se encuentran las embarcaciones que hacen rumbo al
Atlántico y al Mediterráneo. Pocas millas más adelante ya no sería fácil hallar
quien nos socorriese.
Al ver el
buque, la gente se alborotó, y los más resueltos arriaron los esquifes en un
minuto. Allí no había capitán, ni oficiales, ni autoridad de ninguna especie;
los contramaestres se cogieron el esquife mejor, y cabiendo en él treinta
personas, resultó que lo ocuparon sólo cinco. Ya se sabe lo que hace el miedo a
morir; ni se repara en el peligro, ni hay compasión, ni prójimo. Sin mirar lo
furioso del oleaje y lo imposible que era nadar allí, se echaron al mar
muchísimas personas por meterse en los esquifes. Aún parece que oigo las voces
con que decían al contramaestre.
-¡Espere,
nuestramo Nicolás, espere por la madre que le parió; la mano, nuestramo!
Y él, en su
maldita jerga catalana, respondía:
-N'om fa
res; n'om fa res.
Y cuando
los infelices querían halarse al esquife y se agarraban a la borda, los de
adentro, desenvainando cuchillos, amenazaban coserlos a puñaladas.
De esta vez
hubo ya bastantes víctimas; los esquifes se alejaron, y nuestra esperanza con
ellos. Después de recoger a aquellos primeros náufragos, el buque siguió su
rumbo, porque no le permitía mantenerse al pairo el temporal.
A todo
esto, ¡si viese usted cómo iba poniéndose la cubierta! Oíamos el roncar del
incendio, que parecía el resoplido de un animalazo feroz, y a cada instante
esperábamos ver salir las llamas por el centro del buque y hundirse la
cubierta. Nos arrimábamos cuanto podíamos a la parte de popa, pues además el
calor del suelo se hacía insoportable, y del piso de hierro cubierto con
planchas de madera salían, por los agujeros de los tornillos, llamitas cortas,
igual que si a un tiempo se inflamasen varias docenas de fósforos, sembrados
aquí y acullá. Ya ni el frío ni la oscuridad eran de temer; ¡qué disparate!,
buena oscuridad nos dé Dios: la popa algunas veces estaba tan clara como un
salón de baile; iluminación completa: daba gusto ver el horizonte cerrado por
unas olas inmensas, verdes y negruzcas, que se venían encima, y sobre las
cuales volaba una orillita de espuma más blanca que la nieve. También divisamos
otro buque, un paquebote de vapor, que se paraba, sin duda, para
auxiliarnos. ¡Estaba tan lejos! Con todo, la gente
se animó. El segundo, el señorito de Armero, se llegó a mí y me tocó en el
hombro.
-Salgado,
¿puede usted bajar a la cámara? Necesito un farol.
-Mi
segundo, estoy casi ciego... Con el calor y el humo me va faltando la vista.
-Aunque sea
a tientas..., quiero un farol.
Vaya, no sé
yo mismo cómo gateé por las escaleras; la cámara era un horno; el farol todavía
estaba encendido; lo descolgué y se lo entregué al segundo, convencido de que
le daba el pasaporte para la eternidad, pues el esquife en que él y otros
cuantos se decidieron a meterse era el más chico y estaba muy deteriorado. Lo
arriaron, y por milagro consiguieron sentarse en él sin que zozobrase. Entonces
empezó la gente a lanzarse al mar para salvarse en el esquife, y pude notar
que, apenas caían al agua, morían todos. Alguno se rompió la cabeza contra los
costados del buque; pero la mayor parte, sin tropezar en nada, expiró
instantáneamente. ¿Era que hervía el agua con el calor del incendio y los
cocía? ¿Era que se les acababan las fuerzas? Lo cierto es que daban dos
paladitas muy suaves para nadar, subían de pronto las rodillas a la altura de
la boca, y flotaban ya cadáveres.
Los del
esquife remaban desesperadamente hacia el barco salvador. Supe después que a la
mitad del camino, notaron que el esquife, roto por el fondo, hacía agua y se
sumergía; que pusieron en la abertura sus chaquetas, sus botas, cuanto pudieron
encontrar; y no bastando aún, el señorito de Armero, que es muy resuelto, cogió
a un marinerillo, lo sentó o, por mejor decir, lo embutió en el boquete, y le
dijo (con perdón):
-¡No te
menees, y tapa con el...!
Gracias a
lo cual llegaron al buque y les pudimos ver ascendiendo sobre cubierta. No sé
si nos pesaba o no el habernos quedado allí sin probar el salvamento. ¡Los
muertos ya estaban en paz, y los salvados..., qué felices! El buque aquel
tampoco se detenía; era necesario aguardar a que Dios nos mandase otro, y
resistir como pudiésemos todo el tiempo que tardase. Es verdad que nuestro San
Gregorio aún podía durar. Al fin, era un gran vapor de línea, con su cargamento,
y daba qué hacer a las llamas. El caso era refugiarse en alguna esquina para no
perecer abrasados.
Al capitán
se le ocurrió la idea de trepar a la cofa del gran árbol de hierro, del palo
mayor. Mientras el barco ardía, creyó él poder mantenerse allí, seguro y libre
de las llamas, como un canario en su jaula. Yo, que le vi acercarse al palo, le
cogí del brazo en seguida.
-No suba
usted, capitán; ¿pues no ve que el palo se tiene que doblar en cuanto se ponga
candente?
El pobre
hombre, enamorado del proyecto, daba vueltas alrededor del palo estudiando su
resistencia. Creo que si más pronto le anuncio la catástrofe, más pronto
sucede. El árbol..., ¡pim!, se dobló de pronto, lo mismo que el dedo de una
persona, y arrastrado por su peso, besó el suelo con la cima. Por listo que
anduvo el capitán, como estaba cerca, un alambre candente de la plataforma le
cogió el pie por cerca del tobillo y se lo tronzó sin sacarle gota de sangre, haciendo
a un tiempo mismo la amputación y el cauterio; respondo de que ningún cirujano
se lo cortaba con más limpieza. Le levantamos como se pudo, y colocando un sofá
al extremo de la popa, le instalamos del mejor modo para que estuviese
descansado. Se quejaba muy bajito, entre dientes, como si masticase el dolor, y
medio le oí: "¡Mi pobre mujer!, ¡mis hijitos queridos!, ¿qué será de
ellos?". Pero de repente, sin más ni más, empezó a gritar como un
condenado, pidiendo socorro y medicina. ¡Sí, medicina! ¡Para
medicinas estábamos! Ya el fuego había llegado a la
cámara y a pesar del ruido de la tormenta oíamos estallar los frascos del
botiquín, la cristalería y la vajilla. Entonces el desdichado comenzó a rogar,
con palabras muy tristes, que le echásemos al agua, y usando, por última vez,
de su autoridad a bordo, mandó que le atásemos un peso al cuerpo. Nos
disculpamos con que no había con qué atarle, y él, que al mismo tiempo estaba
sereno, recordó que en la bitácora existe una barra muy gruesa de plomo, porque
allí no puede entrar ni hierro ni otro metal que haga desviar la aguja
imantada. Por más que nos resistimos, fue preciso arrancarla y colgársela del
cuello, y como el peso era grande y le obligaba a bajar la cabeza, tuvo que
sostenerlo con las dos manos, recostándose en el respaldo del sofá. Como
llevaba en el bolsillo su revólver, lo armó, y suplicó que le permitiesen
pegarse un tiro y le arrojasen al mar después. ¡Naturalmente que nos opusimos!
Le instamos para que dejase
amanecer; con el día se calmaría la tormenta, y
algún barco de los muchos que cruzaban nos salvaría a todos. Le porfiábamos y
le hacíamos reflexiones de que el mayor valor era sufrir. Por último desmontó y
guardó el revólver, declarando que lo hacía por sus hijos nada más. Se quejó
despacito y se empeñó en que habíamos de buscar y enseñarle el pie que le
faltaba. ¿Querrá usted creer que anduvimos tras del pie por toda la cubierta y
no pudimos cumplirle aquel gusto?
Después del
lance del capitán, ocurrió el del oficial tercero, y se me figura que de todos
los horrores de la noche fue el que más me afectó. ¡Lo que somos, lo que somos!
Nada; una miseria. El tercero era un joven que tenía su novia, y había de
casarse con ella al volver del viaje. La quería muchísimo, ¡vaya si la quería!
Como que en el viaje anterior le trajo de Manila preciosidades en pañuelos, en
abanicos de sándalo, en cajitas en mil monadas. No obstante... o por lo
mismo... en fin ¡qué sé yo! Desgracias y flaquezas de los mortales..., el pobre
andaba triste, preocupado, desde tiempo atrás. Nadie me convencerá de que lo
que hizo no lo hizo "queriendo" porque ya lo tenía pensado de antes y
porque le pareció buena la ocasión de realizarlo. Si no, ¿qué trabajo le
costaba intentar el salvamento con el señorito de Armero? Ya determinado a
morir, tanto le daba de un modo como de otro, y al menos podía suceder que en
el esquife consiguiese librar la piel. Bien; no cavilemos. El
no dio señales de pretender combatir el fuego, y
mientras nosotros manejábamos el "caballo" y soltábamos mangas de
agua contra las puertas, envueltos en llamas y humo, él, quietecito y como
atontado. Al marcharse el señorito de Armero, le llamó a la cámara para
entregarle su reloj, un reloj precioso con tapa de brillantes, y dos sortijas
muy buenas también, encargándole que se las llevase a su novia como recuerdo y
despedida. Lo que yo digo; el hombre se encontraba resuelto a morir. Luego subió
a popa, y le vi sentado, muy taciturno, con la cabeza entre las manos.
A dos pasos
me coloqué yo. Él se volvió y me dijo:
-Cocinero,
¿tiene usted ahí un cigarro?
-Mi
oficial, sólo tengo picadura en el bolsillo del chaquetón... Pero este tiene
tabacos, de seguro... añadí, señalando a un camarero que estaba allí cerca.
¿Querrá
usted creer que el bruto del camarero se resistía a meter la mano en el
bolsillo y soltar el cigarro?
-Animal -le
grité-, no seas tacaño ahora. ¿De qué te servirá el tabaco, si vamos todos a
perecer?
En vista de
mis gritos, el hombre aflojó el cigarro. El tercero lo encendió y daría, a todo
dar, tres chupadas; a cada una le veía yo la cara con la lumbre del cigarro: un
gesto que ponía miedo. A la tercera chupada, acercó a la sien el revólver, y
oímos el tiro. Cayó redondo, sin un "ay".
Nadie se
asustó, nadie gritó; casi puede decirse que nadie se movió, estábamos ya de tal
manera, que todo nos era indiferente. Sólo el capitán preguntó desde el sofá:
-¿Qué es
eso? ¿Qué ocurre?
-El tercero
que se acaba de levantar la tapa de los sesos.
-¡Hizo
bien!
De allí a
poco rato, murmuró:
-Echadle al
mar.
Obedecimos,
y a ninguno se le ocurrió rezar el Padrenuestro.
¡Es que se
vuelve uno estúpido en ocasiones semejantes! Figúrese usted que en los primeros
instantes recogió el capitán, de la caja, seis mil duros y pico en oro y
billetes; seis mil duros y pico que anduvieron rodando por allí, sobre
cubierta, sin que nadie les hiciese caso ni los mirase. En cambio, al piloto se
le había metido en la cabeza buscar el cuaderno de bitácora y se desdichaba
todo porque no daba con él, lo mismo que si fuese indispensable apuntar a qué
altura y latitud dejábamos el pellejo. Pues otra rareza. En todo aquel
desastre, ¿quién pensará usted que me infundía más lástima? El perro del
capitán, un terranova precioso, que días atrás se había roto una pata y la
tenía entablillada; el animalito, echado junto al timón, remedaba a su amo, los
dos iguales, inválidos y aguardando por la muerte. ¡Si seré majadero! El perro
me daba más pena.
Ya las
llamas salían por sotavento y la mañana se iba acercando ¡Qué amanecer, Virgen
Santa! Todos estábamos desfallecidos, muertos de sed, de frío, de calor, de
hambre, de cansancio y de cuanto hay que padecer en la vida. Algunos
dormitaban. Al asomar la claridad del día, salió del centro del barco una
hoguera enorme; por el hueco del palo mayor se habían abierto paso las llamas,
y la cubierta iba, sin duda, a hundirse, descubriendo el volcán. Contábamos con
el suceso, y a pesar de que contábamos, nos sorprendió terriblemente. Empezamos
a clamar al Cielo, y muchos a enseñarle el puño cerrado, preguntando a Dios.
-¿Pero qué
te hicimos?
El capitán,
que tiritaba de fiebre, me dijo gimiendo:
-¡Agua!
¡Por caridad, un sorbo de agua!
¡Agua!
Puede que la hubiese en el aljibe. Así que lo pensé fui hacia él y se me
agregaron varios sedientos, poniendo la boca en unos remates que tiene el
aljibe y son como biberones por donde sale el agua. ¡Qué de juramentos
soltaron! El agua, al salir hirviendo, les abrasó la boca. Yo tuve la
precaución de recibirla en mi casquete y dejarla enfriar. El capitán continuaba
con sus gemidos. Tuve que dársela medio templada aún. ¡Me miró con unos ojos!
-Gracias,
Salgado.
-No hay de
qué, capitán... ¡Se hace lo que se puede!
La
tormenta, en vez de ir a menos, hasta parece que arreciaba desde que era de
día. Para no caer al mar, nos cogíamos a la barandilla. Pasó un barco, y por
más señales que le hicimos, no se detuvo; y debió de vernos, pues cruzó a poca
distancia. A mí me dolían de un modo cruel los ojos secos por el fuego, y
cuanto más descubría el sol, menos veía yo, no distinguiendo los objetos sino
como a través de una niebla. Por otra parte, me sentía desmayar, pues desde el
almuerzo de la víspera no había comido bocado, y se me iba el sentido.
Casualmente, se encontraron sobre cubierta, descuartizadas y colgadas, las
reses muertas para el consumo del buque, y con el calor del incendio estaban
algo asadas ya. Los que nos caíamos de necesidad nos echábamos sobre aquel gigantesco
rosbif, medio crudo, y refrescábamos la boca con la sangre que soltaba. Nos
reanimamos un poco.
A mediodía
sucedió lo que temíamos: quedó cortada la comunicación entre la popa y la proa,
derrumbándose con gran estrépito media cubierta y viéndose el brasero que
formaba todo el centro del barco. Salieron las llamas altísimas, como salen de
los volcanes, y recomendamos el alma a Dios, porque creíamos que iban a
alcanzarnos. No sucedió esto por dos razones: primera, por tener el buque, en
vez de obra muerta de madera, barandilla de hierro, segunda, por estar las
puertas de hierro cerradas hacia la parte de popa, lo cual contuvo el incendio
por allí, obligándole a cebarse en la proa. De todas maneras, no debían las
llamas de andar muy lejos de nuestras personas, ya que a eso de las tres de la
tarde empezamos a advertir que el piso nos tostaba las plantas de los pies.
Atamos a una cuerda un cubo, y lo subíamos lleno de agua de mar, vertiéndolo
por el suelo para refrescarlo un poco. Ya comprendíamos lo estéril del recurso,
y en medio de lo apurados que estábamos, no faltó
quien se riese viendo que era menester levantar
primero un pie y luego bajar aquel y levantar el otro para no achicharrarse.
Serían las tres. El capitán me llamó despacio
-Salgado,
¡cuánto mejor era morir de una vez!
-Para morir
siempre hay tiempo, mi capitán. Aún puede que la Virgen Santísima nos saque de
este apuro.
Claro que
yo se lo decía para darle ánimos; allá, en mi interior, calculaba que era
preciso hacer la maleta para el último viaje. Bien sabe Dios que no pensaba en
las herramientas que había perdido ni en mi propia muerte, sino en los
chiquillos que quedaban en tierra. ¿Cómo los trataría su padrastro? ¿Quién les
ganaría el pan? ¿Saldrían a pedir limosna por las calles? A lo que yo estaba
resuelto era a no morir asado. Miré dos o tres veces al mar, reflexionando cómo
me tiraría para no romperme la cabeza contra el casco y no sufrir más martirio
que el del agua cuando me entrase en la boca. Para acabar de quitarnos el
valor, pasó un barco sin hacer caso de nuestras señales. Le enseñamos el puño,
y hubo quien gritó:
-¡Permita
Dios que te veas como nos vemos!
Ya nos
rendía los brazos la faena de bajar y subir baldes de agua, que era lo mismo
que apagar con saliva una hoguera grande, y convencidos de que perdíamos el
tiempo y que era igual perecer un cuarto de hora antes o después, el que más y
el que menos empezó a pensar cómo se las arreglaría para hacer sin gran
molestia la travesía al otro barrio. Yo me persigné, con ánimo de arrojarme en
seguida al mar. ¡Qué casualidades! Hete aquí que aparece una embarcación, y en
vez de pasar de largo, se detiene.
Ya estaba
el barco al habla con nosotros: una goleta inglesa, una hermosa goleta, que
desafiaba la tempestad manteniéndose al pairo. Los que conservaban ojos sanos
pudieron leer en su proa, escrito con letras de oro, Duncan. Empezamos a gritar
en inglés, como locos desesperados:
-Schooner!
Schooner! Come near!
-Trhow te
the water! -nos respondían a voces, sin atreverse a acercarse.
¡Echarnos
al agua! ¡No quedaba otro recurso y este era tan arriesgado! En fin qué
remedio: los esquifes no podían aproximarse, por el temporal, y el buque menos
aún. Nuestro San Gregorio, cercado por todas partes de llamas inmensas, ponía
miedo. Había que escoger entre dos muertes: una segura y otra dudosa. Nos
dispusimos a beber el sorbo de agua salada.
El primer
chaleco salvavidas que nos arrojaron al extremo de un cabo se lo ofrecimos al
capitán.
-¡Ánimo!
-le dijimos-. Póngase usted el chaleco, y al mar; mal será que no bracee usted
hasta la goleta.
-¡No puedo,
no puedo!
-Vaya, un
poco de resolución.
Se lo puso
y medio murmuró gimiendo:
-Tanto da
así como de otro modo.
Y acertaba.
Aquello fue adelantar el desenlace, y nada más. Se conoce que o la humedad del
agua, o el sacudimiento de la caída, le abrieron las arterias del pie tronzado,
y se desangró en un decir Jesús; o acaso el frío le produjo calambre; no sé, el
caso es que le vimos alzar los brazos, juntarlos en el aire y colarse por el
ojo del salvavidas al fondo del mar. Quedaron flotando el chaleco y la gorra, a
él no le vimos más en este mundo.
Seguían
echándonos, desde la goleta, cabos y salvavidas, y la gente, visto el caso del
capitán, recelaba aprovecharlos. Yo me decidí primero que nadie. Ya quería, de
un modo o de otro, salir del paso. Pero antes de dar el salto mortal reflexioné
un poco y determiné echarme de soslayo, como los buzos, para que la corriente,
en vez de batirme contra el buque, me ayudase a desviarme de él. Así lo hice,
y, en efecto, tras de la zambullida, fui a salir bastante lejos del San
Gregorio. Oía los gritos con que desde el schooner me animaban, y oí también el
último alarido de algunos de mis compañeros a quienes se tragó el agua o
zapatearon las olas contra los buques. Yo choqué con la espalda en el casco del
Duncan: un golpe terrible, que me dejó atontado. Cuando me halaron, caí sobre
cubierta como un pez muerto.
Acordé
rodeado de ingleses. Me decían: ¡Go!, ¡cook!, ¡go! ¡a la cámara! Me incorporé y
quise ir a donde me mandaban, pero no veía nada, y después de tantos horrores
me eché a llorar por primera vez, exclamando:
-My no
look..., ciego..., enséñeme el camino.
Me
levantaron entre dos y me abracé al primero que tropecé, que era un grumete, y
rompió también a llorar como un tonto. No sé las cosas que hicieron conmigo los
buenos de los ingleses. Me obligaron a beber de un trago una copa enorme de
brandy, me pusieron un traje de franela, me dieron fricciones, me acostaron, me
echaron encima qué sé yo cuántas mantas y me dejaron solito.
¿Qué sentí
aquella noche? Verá usted... Cosas muy raras; no fue delirar, pero se le
parecía mucho. Al principio sudaba algo y no tenía valor para mover un dedo, de
puro feliz que me encontraba. Después, al oír el ruido del mar, me parecía que
aún estaba dentro de él y que las olas me batían y me empujaban aquí y allí.
Luego iban desfilando muchas caras; mis compañeros, el tercero a la luz del
cigarro, el capitán y gentes que no veía hacía tiempo, y hasta un chiquillo que
se me había muerto años antes...
En fin, por
acabar luego: llegamos a Newcastle, se me alivió la vista, el cónsul nos dio
una guinea para tabaco, y a los pocos días nos embarcamos en un barco español
con rumbo a Marineda ¡Qué diferencia del buque inglés! Nuestros paisanos nos
hicieron dormir en el pañol de las velas, sobre un pedazo de lona; apenas
conseguimos un poco de rancho y galleta por comida; como si fuésemos perros.
De la
llegada, ¿qué quiere usted que diga? A mi mujer le habían dado por cierta mi
muerte; en la calle le cantaban los chiquillos coplas anunciándosela. Supóngase
usted cómo estaba y cómo me recibió. Ahora he de ir al santuario de La Guardia:
no tengo dinero para misas; pero iré a pie descalzo, con el mismo traje que
tenía cuando me hallaron sobre la cubierta del Duncan: chaleco roto por los
garfios del salvavidas, pantalón chamuscado y la cabeza en pelo; se reirán de
verme en tal facha, no me importa, quiero besar el manto de la Virgen y rezar
allí una Salve.
Me faltará
para pan, pero no para comprar una fotografía del San Gregorio... ¿Ha visto
usted cómo quedó? El casco parece un esqueleto de persona, y aún humea; el
cargamento de algodón arde todavía, dentro se ve un charco negro, cosas de
vidrio y de metal fundidas y torcidas... ¡Imponente!
¡Que si me
da miedo volver a embarcarme! ¡Bah! ¡lo que está de Dios..., por mucho que el
hombre se defienda...! Ya tengo colocación buscada ¿Quiere usted algo para
Manila? ¿Que le traiga a usted algún juguete de los que hacen los chinos? El
domingo saldremos...
Di al
cocinero del San Gregorio unos cuantos puros. Tiene el cocinero del San
Gregorio buena sombra y arte para narrar con viveza y colorido. Durante la
narración, vi acudir varias veces las lágrimas a sus ojos azules, ya sanos del
todo.
La paz
Declarada
la guerra entre los dos bandos enemigos, cada cual pensó en armarse. La
elección de jefes no ofrecía dificultad: Pepito Lancín era aclamado por los de
los bandos de la izquierda, y Riquito (Federico) Polastres, por los de la
derecha. Merecían los dos caudillos tan honorífico puesto. Con su travesura y
su viveza de ingenio inagotable, Pepito Lancín conseguía siempre divertir a los
compañeros de colegio, discurriendo cada día alguna saladísima diablura y volviendo
loco al catedrático de Historia, don Cleto Mosconazo, a quien había tomado por
víctima. Ya le tenía dentro del tintero una rana viva; ya le disparaba con la
cerbatana garbanzos y guisantes; ya le untaba de pez el asiento para que se le
quedasen pegadas las faldillas del gabán; ya le colocaba un alfiler punta
arriba en el brazo del sillón, donde el señor Mosconazo tenía costumbre de
pegar con la mano abierta mientras explicaba a tropezones las proezas de Aníbal
o las heroicidades de Viriato el pastor. Verdad
que, después de cada gracia, Pepito Lancín "se
cargaba" su castigo correspondiente: ya el tirón de orejas, ya el encierro
a pan y agua, ya la hora de brazos abiertos o de rodillas, y cuando algún
disparo de la cerbatana hacía blanco en la nariz del profesor, este recogía el
proyectil y lo deslizaba bajo la rótula del delincuente arrodillado. Parece
poca cosa estarse de rodillas sobre un garbanzo una horita ¿eh? ¡Pues hagan la
prueba y verán lo que es bueno!
Lejos de
mermar el prestigio de Pepito Lancín, los castigos sufridos con estoicismo
alegre, mezclando las muecas de burla con las contracciones de dolor, le hacían
más popular entre los muchachos. En cuanto a Riquito Polastres, su fama
reconocía otro origen; las cualidades morales e intelectuales, la constancia y
la agudeza eran privilegio de Lancín; de Polastres, la fuerza física, unos
puños como pesas de gimnasia y un pecho como la proa de un navío. El diminutivo
de Federiquito parecía un epigrama, mirando aquel corpachón y aquellas manazas
descomunales, y presenciando cómo el muchacho, de una puñada, hacía astillas el
pupitre, y de una morrada deshacía una jeta "de hombre"; porque en
esto se fundaba la gloria, la prez de Riquito; a los doce años había calentado
los morros al asistente del papá de su novia, que quería espantarle del portal
como se espanta a un perro faldero. Sí, ¡buen faldero te dé Dios! Aún tenía el
zanguango del asistente un ojo hecho una lástima y un
carrillo inflamado, de resultas de la trompada
fenomenal que le atizó Riquito...
Esta
contraposición de aptitudes que se observaba en los dos jefes de bando provocó
la declaración de la guerra, porque cada día se chungueaban los izquierdos a
cuenta de los derechos, tratando a Riquito de "mulo" y de
"zoquete", y los derechos acusaban a los izquierdos de
"gallinas" y de "señoritas almidonadas", lo cual es
altamente ofensivo y no puede quedar impune. Nada, nada, a armar una guerra; el
campo de batalla sería el descampado fronterizo al hospital y a espaldas del
Cuartel Nuevo; allí se vería quién es quién, y si los de la izquierda gastan
enaguas o pantalones. No ha de ser una pedrea vulgar, como otras, sino una
batalla en regla, igual que las que traen los periódicos; se emplearán armas
blancas y de fuego; cada cual recogerá de su casa lo que encuentre, y los dos
bandos se encontrarán a las seis de la mañana, una hora antes de entrar en
clase -porque después pasa gente y andan cerca "los del orden"-, en
el sitio señalado, al mando de sus jefes respectivos.
Ni un
combatiente faltó de las filas.
El
entusiasmo, el ardor bélico, se reflejaban en todos los semblantes. De
armamento, a decir verdad andábamos medianamente: éste traía una pistola de
salón descargada; aquél un cuchillo de mesa; lo que más abundaba eran las
navajas y los cortaplumas, los sables de juguete y algún bastón de estoque
sustraído a papá. Sin embargo, Pepito Lancín, entreabriendo su americana,
mostró con orgullosa sonrisa un cinturón de cuero y, atravesado en él, un
magnífico revólver de níquel; Riquito se retorció de envidia. ¡Un revólver como
Dios manda, un revólver de verdad! Para aplastar completamente a su adversario,
Lancín dijo con fatuidad suma:
-Cargadito
con seis tiros... Y en el bolsillo cápsulas.
Sonrió
Riquito con desprecio. No necesitaba armas: le bastaban sus puños. Así lo
declaró en alta voz: las armas, para los cobardes, para las gallinas de la
izquierda del colegio. Los dos bandos se hicieron muecas y cruzaron los
insultos de costumbre; después, a la voz severa de los jefes, se replegaron
para situarse en línea de batalla. De pronto, el denodado Lancín se adelantó al
centro del espacio libre y encarándose otra vez con Riquito, exclamó
perentoriamente:
-Ahora
veréis lo que es el valor de los españoles. ¡Muchachos! ¡Viva España! ¡A la
balloneta!
El caso es
que Riquito era tan cerrado de meollo, que al pronto no entendió la
significación de aquel grito, y lo repitió inconscientemente, haciendo coro a
su enemigo. ¿Que viviese España? ¡Claro! Eso ¿qué tenía de particular? Los
murmullos de su tropa le sorprendieron. ¿Por qué protestaban y enseñaban los
puños, no a los "izquierdos", sino a él, a su excelencia el general
Polastres? ¿Por qué repetían: "No nos da la gana, barajas. ¡Eso no,
contra!"? Para comprender lo que sucedía fue preciso que uno de los más
despabilados "derechos" metiéndole los dedos por los ojos a su jefe,
le gritase:
-¡Barajas,
tonto, que no queremos ser nosotros los mambises y que ellos sean los
españoles!
Tenía
razón. ¿Cómo no se le había ocurrido inmediatamente? ¡Aquel tunarra de Lancín
los quería fastidiar! ¡Ah, granuja! Rebosando indignación, echando chispas,
Polastres corrió hasta el general enemigo, sin temor a que le envolviesen y le
hiciesen prisionero viéndole solo. Sentíase capaz de hundir las paredes con la
frente; iba ciego, frenético, por lo sangriento de la burla. Por instinto de
caballerosidad, los adversarios le aguardaron a que se explicase.
-Oye tú,
Lancín, ¿quiénes éramos nosotros?
-¡Anda
éste! Erais los mambises -respondió Pepito, apretando la culata de su revólver,
por el fino gusto de acariciarla.
-¿Y
vosotros?
-Eramos
españoles, ya se sabe. ¿Qué habíamos de ser?
-¡Claro,
como que íbamos a entrar así! No vale. ¡No se nos antoja, barajas! ¿piensas que
te moneas conmigo?
-Y
entonces, ¿cómo va a ser, bruto, animal? Si no éramos contrarios, cata que no
había guerra.
-¡Pues que
la haya o que no la haya! Eres muy listo tú. Déjanos a nosotros ser españoles y
ser vosotros los enemigos.
-No puedo
-objetó con suprema dignidad Lancín.
-¿No?
¡Verás si puedes, rayo! Del lapo que te voy a soltar..., te dejo negro, y
estarás muy propio.
-¡Pero,
adoquín, si tengo la bandera ya! -contestó riendo triunfalmente el general
Pepito, que sacó del bolsillo un trapo de percalina amarillo y rojo, resto
probablemente de algún adorno de mástil en las últimas fiestas que había
celebrado la ciudad, y lo tremoló orgulloso en el aire, repitiendo el
patriótico grito lanzado momentos antes y contestado antes y ahora por los dos
ejércitos. Al escucharlo por segunda vez, al ver ondear la bandera la hueste de
Riquito se precipitó y rodeó a Lancín, aclamando lo mismo que él aclamaba con
voces atipladas y roncas, pero con una cordialidad y alegría que revelaba
disposiciones pacíficas; y el jefe, confuso, no encontrando solución al
problema -más fácil le parecía arremeter contra todos: contra el enemigo y
contra los que se le pasaban traidoramente-, exclamó avergonzado, llorando como
un becerro:
-Me has
partido... Esto "no sirve"... No puede haber batalla... Si todos
éramos españoles, no nos podíamos pegar. También te aseguro que cuando yo te
pille, y no esté delante nadie, y no tengas bandera...
-¡Vaya una
gracia que harás! Tienes una fuerza que parece de buey -contestó altivamente
Lancín, disparando su revólver al aire, mientras los dos ejércitos
fraternizaban y Riquito se arrepentía ya de su amenaza poco generosa.
Las mamás
de los guerreros nunca supieron de la que habían escapado.
"El
Liberal", 3 enero 1897.
Suerte
macabra
¿Queréis
saber por qué don Donato, el de los carrillos bermejos y la risueña y regordeta
boca se puso abatido, se quedó color tierra y acabó muriéndose de ictericia?
Fue que -oídlo bien- le cayó el premio gordo de Navidad, los millones de
pesetas...
Antes de
ese acontecimiento, don Donato era un hombre que podía llamarse feliz, si tal
adjetivo no pareciese un reto al destino, que siempre está enseñando los
dientes a los mortales. Encerrado en su droguería y herboristería de la calle
de Jacometrezo, haciendo todos los días a la misma hora las mismas cosas
insípidas y rutinarias, don Donato era plácidamente optimista; sus excesos y
lujos consistían en alguna escapatoria a los teatrillos alegres porque don
Donato aborrecía la literatura triste -al teatro se va a reír-, y sus
derroches, en traerse a casa las mejores frutas y legumbres del mercado del
Carmen, pues adoraba, a fuer de obeso, los alimentos flojos.
Jugador
empedernido de lotería, nunca perdió sorteo, y no sólo se arriesgaba él, sino
que tomaba parte con amigos y hasta les encomendaba la adquisición de décimos
en administraciones que por cualquier motivo juzgaba afortunadas, dentro de las
laboriosas combinaciones que realizaba para perseguir y acorralar a la suerte,
a quien un día u otro estaba cierto de coger por las alas. ¿En qué se fundaba
tal seguridad? No podía decirlo; pero le alentaba una fe robusta, un instinto o
presentimiento (llámenle los escépticos como quieran). Supersticioso y
calculista pueril, sucedíale a veces pararse en seco ante el número de una casa
o el de un coche simón y correr a la Administración a pedir el mismo número. Lo
que más le confirmaba en su manía era la circunstancia que realmente parecerá
extraña a todo el que conozca la lotería un poco: en la ya larga existencia de
jugador de don Donato, que jugaba cada sorteo, en algunos doble y triple, no le
había caído, no digamos un premio
regular, pero ni una aproximación, ni un reintegro
en Nochebuena, ni nada, nada... Esta singular reserva de la fortuna le parecía
a don Donato signo infalible de que sólo se ocultaba para venir un día de
pronto, fulminante, terrible, con los brazos abiertos y las manos tendidas,
llenas de oro.
Hará dos
años, estudiando don Donato la marcha del "gordo", del premio
deslumbrador de Navidad, observó que desde tiempo inmemorial no había caído en
M***, y, herida su imaginación por esta circunstancia, encargó a un amigo
corresponsal que allí tenía que le tomase "un billete" nada menos. A
vuelta de correo recibió la respuesta y el número del billete adquirido, en el
cual el comprador se reservaba un décimo. Giró el dinero don Donato; guardó como
oro en paño el número y la carta comprobante, y esperó el sorteo, con fatalismo
de musulmán. Sin emoción compró la lista cuando la oyó vocear, y al fijar los
ojos en el glorioso número, una oleada de sangre afluyó a su cabeza... Era el
número adquirido en M***; el propio número...; el suyo, el esperado, el de los
millones...; allí estaba claro como la luz. ¡El premio, el premio... La
Fortuna, abierta de brazos, derramando oro con sus anchas manos pródigas!
Se repuso
de pronto Don Donato. ¿Pues qué, no contaba con aquello desde tantos años
hacía? ¡Era lógico que al fin viniese! Una alegría intensa, serena, le
embargaba plácidamente, mientras corría a cerciorarse..., aunque estaba seguro
de que resultaría verdad. Y verdad resultó. No quedaba más que recoger, cobrar
y disfrutar a pulso lo cobrado.
No
queriendo hacer pública su dicha, por quitarse murgas y sablazos; pensando que
nadie ejecuta las cosas mejor que el interesado, aquella misma noche tomó el
tren y no paró hasta dar con su cuerpo en M***. Llegó a hora avanzada de la
noche siguiente, molido y asendereado, como sedentario que viaja sin ganas y
por precisión, y hubo de recogerse a una posada para aguardar con la luz del
día la hora de presentarse a su corresponsal y reclamar el billete. Al acostarse
pensó en madrugar; mas de puro quebrantado le tomó el sueño y despertó muy
tarde. Vistióse, y, con indefinible sobresalto, corrió a casa del amigo, en
cuyas manos se encontraba el tesoro. En la esquina de la calle vio gentío:
monagos, mujerucas que lanzaban exclamaciones de compasión; escuchó las notas
del piporro, la salmodia de los curas; rompió por entre la compacta
muchedumbre; se abrió paso hasta el portal, y, al querer enfilar la escalera
tropezó con un ataúd que bajaba en hombros... Ya lo adivinas, lector:
encerraba el cadáver del poseedor del billete
premiado.
Después de
cortos momentos de angustia cruel, don Donato se resolvió a penetrar, sin
encomendarse a Dios ni al diablo, hasta el gabinete donde lloraba la viuda.
Brutalmente -millones quitan escrúpulos- formuló la cuestión y reclamó el
billete. Era de temer un desmayo: no lo hubo; la viuda, digna y tranquila,
franqueó a don Donato el mueble donde el difunto guardaba sus papeles de mayor
interés. A la primera de cambio encontraron en el cajón central una cédula de letra
del muerto, que decía así: "Día tantos..., he comprado para el señor don
Donato Galíndez, droguero en Madrid, un billete entero de lotería, número
tantos, que conservo en mi poder"... Y debajo: "Día tanto...:
recibida letra importe billete, menos un décimo que reservo para mí..."
Abrió tanto los ojos la viuda con lo del décimo, y desde aquel mismo instante
se consagraron ella y don Donato, rivalizando en celo, a registrar la casa de
abajo arriba; pero aún cuando gastaron tres días en pesquisas minuciosas, nada
pudieron encontrar. El billete había desaparecido.
Al cuarto
día, don Donato, que tenía fiebre y estaba medio loco, iba a retirarse
amenazando a la justicia, cuando la viuda, llamándole a un rincón y titubeando,
le dijo quedamente:
-¿Sabe
usted que..., que pienso una cosa? Se me ha clavado aquí -y apoyaba el índice
en el entrecejo.
-¿Qué cosa,
señora mía?
-Que...,
tal vez..., ese..., ese billete..., esté... Si; casi de fijo está...
-¿Dónde,
voto a mil pares?...
-¡Está...
enterrado..., con mi esposo!
-¡Enterrado!
-¡Enterrado! -exclamó don Donato a punto de que lo enterrasen también.
¿Lo creerán
ustedes? Si no lo creen, hacen mal. El terror a los muertos era tan profundo en
don Donato, que si no le anima y envalentona la viuda, tal vez renuncia
entonces a perseguir su billete.
-No dude
que está allí -insistía ella más resuelta cada vez-, porque "llevó
puesta" su levita nueva, la de paño fino, y es la misma que usó tres o
cuatro días antes de morir... Juraría que el billete va en el bolsillo. Como mi
esposo falleció casi de repente...
Azuzado por
la valerosa señora, don Donato se enteró de las formalidades necesarias para
hacer exhumar judicialmente un cadáver, y pareciéndole empresa erizada de
dificultades y hasta de peligros, resolvió echar por la calle de en medio y
sobornar al encargado de la custodia del cementerio para que abriese el nicho y
el ataúd. Encuéntrase el cementerio de M*** situado a orillas del mar, y la
noche en que se realizó la lúgubre hazaña era de tormenta horrible; silbaba el
viento entre los negros cipreses, y el sordo e imponente murmurio del Océano
tenía los tonos de queja de maldición y de llanto; clamores sobrehumanos por
los amenazadores y tristes, parecidos a un coro de voces de muertos. A don
Donato le corría el sudor en frías gotas, desde el cráneo hasta la nuca; sus
dientes castañeaban y sus piernas flaqueaban como si fuesen de algodón.
Destapiaron el nicho; para sacar la caja tuvo el droguero que ayudar, pues
pesaba bastante; y cuando se alzó la tapa de cinc, la primera
bocanada de putrefacción, el hedor cadavérico dio,
más que en las narices, en el alma a don Donato. La viuda, siempre animosa, le
dijo al oído:
-¡Ea!...
registre usted; no vaya a creer, si registro yo, que le engaño.
Acercó el
sepulturero la linterna; don Donato, con esfuerzo sobrehumano, se inclinó sobre
la caja; vio una cara espantosa, verde ya; unos ojos abiertos, vidriados y
aterradores, una barba fosca, unos labios lívidos...; y solo cuando la viuda
repitió con energía:
-Pero,
¡regístrele usted!
Sólo
entonces, lo repito, se dio cuenta de lo más horroroso... ¿Qué había de
registrar? ¡El cadáver estaba desnudo! Cayó desplomado el droguero, mientras la
viuda, con acento de desesperación, exclamaba:
-¡Estúpida
de mí! ¡Por qué no picaría yo a tijeretazos la ropa! ¡Cuando la ven entera se
la llevan los muy ladrones!
Se dio el
oportuno aviso a la policía; se registraron las casas de empeño y préstamos de
toda España; mas no apareció el siniestro billete, y el premio se lo guardó la
Hacienda, frotándose las manos (es una manera de decir). Probablemente, el
ladrón de la levita arrojó al mar, sin examinarlos, los papeles que halló en
los bolsillos, por temor a que le comprometiesen... Lo cierto es que don
Donato, a su vez, cayó enfermo y murió consumido de hipocondría, enseñando los
puños a una figura imaginaria, que debía de ser la descarada, la idiota de la
suerte.
"Revista Moderna", núm. 94, 1898.
El
guardapelo
Aunque son
raros los casos que pueden citarse de maridos enamorados que no trocarían a su
mujer por ninguna otra de las infinitas que en el mundo existen, alguno se
encuentra, como se encuentra en Asia la perfecta mandrágora y en Oceanía el
pájaro lira o menurio. ¡Dichoso quien sorprende una de estas notables
maravillas de la Naturaleza y tiene, al menos, la satisfacción de contemplarla!
Del número
de tan inestimables esposos fue Sergio Cañizares, unido a Matilde Arenas. Su
ilusión de los primeros días no se parecía a esa efímera vegetación primaveral
que agostan y secan los calores tempranos, sino al verdor constante de húmeda
pradera, donde jamás faltan florecillas ni escasean perfumes. Cultivó su cariño
Sergio partiendo de la inquebrantable convicción de que no había quien valiese
lo que Matilde, y todos los encantos y atractivos de la mujer se cifraban en
ella, formando incomparable conjunto. Matilde era para Sergio la más hermosa,
la más distinguida, donosa, simpática, y también, por añadidura, la más
honesta, firme y leal. Con esta persuasión él viviría completamente venturoso,
a no existir en el cielo de su dicha -es ley inexorable- una nubecilla tamaño
como una almendra que fue creciendo y creciendo, y ennegreciéndose, y
amenazando cubrir y asombrar por completo aquella extensión azul, tan radiante,
tan despejada a todas horas, ya reflejase las
suaves claridades del amanecer, ya las rojas y
flamígeras luminarias del ocaso.
La diminuta
nube que oscurecía el cielo de Sergio era un dije de oro, un minúsculo
guardapelo que, pendiente de una cadenita ligera, llevaba constantemente al
cuello Matilde. Ni un segundo lo soltaba; no se lo quitaba ni para bañarse, con
exageración tal, que como un día se hubiese roto la cadena, cayendo al suelo le
dijo, Matilde, pensando haberlo perdido, se puso frenética de susto y dolor;
hasta que, encontrándolo, manifestó exaltado júbilo.
Desde el
primer momento de intimidad conyugal, que permitió a Sergio ver brillar sobre
el blanco raso del cutis de Matilde el punto de oro del guardapelo, aquel punto
se le clavó en el alma, atrayendo sus ojos como si le hipnotizase. No llevaba
Matilde cerca del corazón otra alhajilla ni escapulario, ni cruz, ni medalla, y
Sergio, deseando arrojar de sí vagos temores, supuso buenamente que el
guardapelo encerraría algún emblema religioso. Alzándolo como al descuido,
preguntó:
-¡Tienes
aquí una Virgen?
-No
-respondió lacónicamente Matilde.
-¿Algún
santo de tu devoción?
-Tampoco.
-¡Ah!
-murmuró el esposo. Y se mordió los labios. Hay en el amor verdadero un
instinto de delicadeza y altivez que impone la discreción: cuanto más crece el
ansia de "saber", mayor es la exigencia de que sea franco y sincero,
y que lo sea espontáneamente, el ser querido; se desea deber la tranquilidad a
una expansión de cariño y ternura, Sergio sintió que su dignidad amorosa no le
permitía insistir en la pregunta, y fingió olvidarse de ella; pero le quedó la
espina hincada muy adentro.
Aparentó
estar alegre, cuando realmente se encontraba abatido y melancólico, y apenas
acertaba a pensar sino en el guardapelo de su esposa. ¿Que contenía? Hubiese
dado la vida por salir de dudas... pero oyéndolo de boca de ella misma, de sus
dulces labios, en uno de esos arranques leales y divinos en que los espíritus
se besan, entrelazan y funden. Mas como Matilde, aunque siempre zalamera y
halagadora, continuaba callándose lo del guardapelo, Sergio comprendió que se
confundía su razón, que padecía mucho, y que, cuando tenía delante a su mujer,
linda, adornada, dispuesta a amantes expansiones, en vez de ver su codiciada
hermosura, solo veía el siniestro punto de oro, el guardapelo fatal.
Matilde
notó por fin la preocupación de su marido, y con coquetería y mimos quiso
arrancarle la confesión de sus causas. Un día, tanto apretó, que Sergio,
vencido -el que ama, fácilmente se rinde-, reclinando la cabeza en el seno de
su mujer, declaró que le atormentaba ignorar lo que contenía aquel tan estimado
guardapelo.
-¿Y era
eso? -respondió Matilde sonriente-. ¡Válgame Dios! ¡Por que no lo dijiste más
pronto! En este guardapelo..., hay un mechón de pelo de mi padre.
La
explicación parecía muy satisfactoria; y, sin embargo, Sergio, al oírla, sentía
hondo estremecimiento allá en lo íntimo de su conciencia. No le había sonado
bien la voz de Matilde; no encontraba en ella ese timbre claro, que es como el
eco de la verdad. Por primera vez desde su boda tuvo un violento arranque, y
señalando a la cadena, ordenó:
-Abre ese
guardapelo.
Leve
palidez se extendió por las mejillas de Matilde, pero obedeció; apretó el
resorte, y Sergio divisó, tras su cristal, un mechón de pelo fino, de un rubio
ceniza... En vez de echar los brazos al cuello de su mujer, que repetía:
"¿Lo ves?", Sergio volvió a percibir otro golpe, otra fría
puñalada... Retiróse lentamente, y aquel día los esposos no se hablaron.
Matilde, quejándose de jaqueca se acostó a mediodía, y Sergio salió al campo a
pasear.
Cavilaba,
discurría. Su suegro, ya difunto, y a quien había conocido calvo, con cerquillo
de pelos grises, ¿sería en su juventud tan rubio? La cosa era bastante difícil
de averiguar. Probablemente nadie recordaba ese detalle, pues para nadie tenía
importancia, sino para él. Sergio, en aquella hora de su vida. ¿Quién le diría
la verdad? Los días siguientes, disimulando la inquietud, preguntó a troche y
moche, frecuentó el trato de contemporáneos de su suegro, revisó retratos
antiguos, fotografías, una miniatura... Nada logró sacar en limpio, más que
noticias contradictorias.
Por fin,
recordó que hacía pocos meses Matilde le había interesado en una recomendación
a favor de un quinto, nieto de cierta buena mujer que había sido niñera de su
padre, y que vivía aún en una aldea cercana. Sergio, afanoso, ensilló el
caballo y no paró hasta apearse ante la cabaña de la viejecita. Esta, que
frisaba en los ochenta y tres años, estaba impedida, medio ciega y casi sorda.
Costóle gran trabajo a Sergio hacer comprender a la anciana su extraña pregunta.
¿De qué color tenía el pelo su suegro, cuando era niño? Al fin, la vieja,
meneando la cabeza decrépita, respondió en cascada voz, alzando el dedo índice:
-¿El pelo?
Lo tenía negrito, negrito como la endrina. ¡Ay! Era muy guapo.
Sergio, que
al pronto se quedó convertido en piedra, salió después corriendo como un loco.
Matilde había mentido. ¡La condenaba aquel testimonio irrevocable! No podía ser
recuerdo filial el mechón rubio.
Una semana
tardó Sergio en volver a su hogar. Anduvo errante, desatinado, y durante
aquella semana puede decirse que recorrió el ciclo de vida del sentimiento y
que agotó entera la copa de la duda y la desesperación, sufriendo la profunda
miseria moral que acompaña a los celos. Los dos primeros días dio por seguro
que Matilde era una gran culpable y decidió matarla. Los dos siguientes supuso
que el mechón no recordaba sino algún inocente amorío de la adolescencia. Y al
correr los tres últimos empezó a sonreírle una hipótesis que a cada paso se le
figuraba más cuerda y razonable: la anciana, chocha ya se había equivocado,
como se equivocan hasta en lo más patente otras dos centenarias temblonas, la
historia y la tradición. Al séptimo día, en el alma de Sergio, el amor
consiguió reconstruir su mundo ideal: la condenada vieja mentía, era una
bellaca embustera y maliciosa; el padre de Matilde tenía el pelo rubio, muy
rubio, en último caso, si aquel mechón fuese "una memoria"...,
¿qué importaba? No hay mujer que no conserve un
guardapelo y lo lleve, si no al cuello, en el corazón, lo que es peor, ¡peor
infinitamente!
Y Sergio,
dolorido, pero resignado y ferviente, volvió al lado de Matilde, acostumbrado
ya al brillo siniestro del punto de oro.
"El
Imparcial", 17 julio 1898.
La ventana
cerrada
-Si alguna
febril curiosidad he padecido en mi vida -declaró Pepe Olivar, el original
escritor que hizo ilustre el prosaico seudónimo de Aceituno-; si me convencí
prácticamente de que por la curiosidad se puede llegar a la pasión, fue debido
al enigma de una ventana cerrada siempre, y detrás de la cual supuse que vivía,
o más bien que moría, una mujer a quien no conseguí ver nunca... ¡Nunca!
-Eso parece
leyenda de antaño, cuento misterioso de la época romántica -exclamó uno de
nosotros.
-¿Y tú te
figuras, incauto -repuso Aceituno sarcásticamente-, que ha inventado algo el
Romanticismo? ¿Supones que no hubo románticos sino allá por los años del
treinta al cuarenta? ¿Desconoces el romanticismo natural, que no se aprende?
¿Piensas que la imaginación puede sobrepujar a la realidad? Las infinitas
combinaciones de los sucesos producen lo que ni aún entrevé la inspiración
literaria. De esto he tenido en mi vida muchas pruebas; pero la historia de la
ventana... ¡ah!, esa pertenece no al género espeluznante, sino a otro, poco
lisonjero ciertamente para mí... Con todo, no careció de poesía: poesía fueron,
y poesía de gran vibración, las violentas emociones que logró producirme.
Supón que
yo era muy muchacho: iba a cumplir los diecinueve, y desde C*** acababa de
trasladarme a Madrid para completar mis estudios en la Facultad de Medicina y
despabilarme (así decía mi padre, que me tenía por un rapaz encogido y torpe).
Es frecuente que los chicos, por exceso de sensibilidad, parezcan lerdos; así
me pasaba a mí; andaba por el mundo como dormido, mientras en mi interior se
representaban novelas, dramas y tragedias, siempre con el mismo protagonista,
siempre con el mismo protagonista: el pobre estudiante de Medicina, que desde
el balcón de una casa de huéspedes de las más baratas miraba pasar el
torbellino de la corte, el descenso de los elegantes trenes hacia el paseo y
los toros, el movimiento incesante, vertiginoso, de una de las grandes arterias
madrileñas.
Dominaba mi
balcón del cuarto piso no sólo la ancha calle que sabéis, sino las estufas,
dependencias y jardines de cierto magnífico palacio. Cuando el bullicio
callejero me aburría; cuando, rendido de estudiar para prepararme a los
exámenes o de tragar libros y almacenar conocimientos, o de darme un atracón de
versos, soñaba con siestas en el campo y excursiones al través de las rientes
campiñas galaicas reposaba fijando la vista en lo que familiarmente llamaba "mi
jardín". Dada la penuria de vegetación del interior de Madrid, el tal
jardín se me figuraba un oasis consolador de la estrechez de mi cuarto, del
tiesto de albahaca tísica que cultivaba mi patrona, de la falta de dinero para
salir al campo los domingos. Frondosos y crecidos eran los árboles que
sombreaban la fachada del palacio; pero, en otoño, los de hoja caduca, al
despojarse de su rozagante vestido verde, me descubrían, en el segundo piso, en
el ángulo del edificio, muy distinta del pórtico por donde salían los
carruajes, "la ventana"...
Al pronto
no extrañé que aquella ventana, alta y rasgada, fuese la sola que jamás se
abría, la única que, protegida siempre por el abrigo de su tupido cortinaje de
seda, permanecía velada como un santuario y cerrada como la reja de una
prisión. Así que caí en la cuenta, lo único que me atraía del palacio
espléndido era la ventana dichosa. Mi vista, que antes registraba afanosamente
los dorados salones, las bien decoradas estancias, los gabinetes llenos de
delicados chirimbolos, el lujo severo del comedor, con sus bandejas de plata
repujada, y sus flamencos tapices -cosas que daban idea de una vida superior,
desconocida para mí-, ahora desdeñaba tal espectáculo, y "atraída por un
imán más poderoso", como dice Hamlet, no se apartaba del ángulo del
edificio, de la ventana nunca abierta.
Con
insinuantes preguntas a mi patrona, haciendo charlar a mis compañeros de
hospedaje y café, que se jactaban de conocer a fondo la crónica madrileña,
quise averiguar la biografía de los moradores del palacio. Si bien todos
afirmaban saberla a ciencia cierta y con pelos y señales, al precisar solo
obtuve datos truncados y hasta contradictorios, que me pusieron en mayor
confusión.
El dueño
del palacio era un opulento magnate que había pasado larguísimas temporadas en
el extranjero desempeñando altos puestos diplomáticos. Por su alejamiento de la
Patria y por su carácter reservado y altanero, tenía en Madrid, escasos amigos
y contadas relaciones, y era de los que ni se dejan ver ni quieren gente. Al
tratarse de la familia del señorón, empezaban las opuestas versiones y las
noticias novelescas. Según unos, el magnate estaba viudo de cierta bellísima
inglesa, y tenía consigo a una hija no menos hermosa, único fruto de su enlace;
según otros, la inglesa no había muerto y residía en el palacio secuestrada por
los bárbaros celos del esposo... Gentes de imaginación volcánica aseguraban que
la dama emparedada del palacio no era sino una odalisca robada en
Constantinopla, y muchos la convertían en princesa circasiana venida de los
países donde es más puro el tipo humano en la raza blanca, y donde la mujer,
satisfecha con tener a su lado al señor y dueño, no
aspira ni a sentir en las losas de la calle su
diminuta babucha bordada de perlas... Estas suposiciones, me derramaron en las
venas vitriolo y fuego. ¡Recuerdo que frisaba yo en los veinte años, y que no
había amado aún! Noches enteras me pasé fantaseando la ventana cerrada que
guardaba, a mi parecer, la clave de mi destino. Con el corazón palpitante
espiaba la aparición de la mujer que alguna vez, fatalmente entreabriría el
cortinaje y pagaría mis miradas con una sola, resumen de la dicha... No me cabía
duda; la primera ojeada de la cautiva sería chispa de rayo, premio de mi
insensata y romancesca devoción... Me procuré unos gemelos marinos para mejor
escrutar el arcano de la ventana. Conté las mallas del encaje del transparente,
las bellotas de pasamanería del cortinaje doble, los arabescos del brocado...
Cuando se encendían dentro las lámparas, yo veía pasar y repasar una sombra
gallarda, esbelta, ya arrastrando flotante bata, ya ceñida por severo traje
oscuro; sombra
divina, cuerpo de mi ensueño loco... ¿Lo creerán o
dirán que exagero? Hasta tal punto me sacaban de quicio la dama invisible y la
ventana cerrada, que eran indiferentes a mi juventud fogosa todas las mujeres y
se me hacía aborrecible la lectura como no encontrase en los libros alguna
situación semejante a la mía...
¡Los planes
que forjé! ¡Los delirios que se me ocurrieron! ¿Por qué secuestraban a aquella
mujer celestial? ¿Qué tirano, qué verdugo era el magnate? ¡Qué nombre daba a
sus derechos? ¿Padre? ¿Marido? ¿Raptor y amante celoso? ¿Había yo de tolerar el
crimen? ¿No podía el oscuro estudiante, el cero social, libertar a la
prisionera? ¿Tanto costaba escalar la tapia, saltar la puerta, aprovechar
descuidos de los servidores, deslizarse escalera arriba, aparecer de súbito en
el cuarto de la hermosa, caer a sus pies y decir en voz conmovida: "Aquí
me tienes; el cielo te depara un redentor"?
Sólo que
del pensamiento al hecho... A pesar de mi fiebre amorosa y heroica, el aspecto
señorial del palacio, la gravedad del portero de librea de gala, lo sólido del
enverjado, los ladridos roncos del colosal dogo de Ulm, la saludable memoria
del Código y también la certidumbre de mi bolsillo vacío (no hay cosa que así
cohíba), hacía que mis propósitos se desvaneciesen como el humo. Y quiso la
pícara casualidad que una mañana que me levanté muy resuelto, al mirar al
jardín y al palacio, pensé que me daba un accidente... ¡La ventana, la
ventana!, estaba abierta de par en par.
Exhalé un
grito, asesté los gemelos... La habitación, un elegante y muelle boudoir
femenino, se encontraba vacía, desierta, solitaria... Recorrí las demás
ventanas del palacio, todas abiertas, y en los salones ni alma viviente... El
portero, ya sin librea, fumaba en el jardín; dos mozos retiraban plantas y
jarrones a la estufa. Bajé mis cuatro pisos, crucé la calle, me llegué a la
verja, tiré de la campana, pregunté... los señores, la víspera, se habían
marchado a Berlín.
-¿Y
llegaste a averiguar, ¡oh insigne Aceituno!, quién era la dama secuestrada?
Pepe Olivar
sonrió con ironía y humorismo, no sin mezcla de tristeza y nostalgia, su
sonrisa propia, la marca de su estilo.
-Reíos
también, ¡es muy chusco! Era la esposa del magnate una inglesa... y
secuestrada, ya lo creo..., pero por su propia voluntad, único medio de que no
rompa sus hierros una mujer. Esta padecía una enfermedad de la piel; una de
esas afecciones tercas y repugnantes que desfiguran el rostro. De flor de
Albión se había convertido en berenjena madura..., y como la prescripción era
evitar la más leve corriente del aire, no salía del tocador... Por otra parte,
no quería que la viese nadie con la cara echada a perder. Un doctor alemán
restauró las rosas y la nieve de aquella faz, que yo adoré sin haberla visto.

