© Libro No. 405. Nido de Hidalgos. Turguenev, Iván. Colección
Emancipación Obrera. Abril 13 de 2013.
Título original: © Nido de Hidalgos, Ivan Turguenev
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Emancipación: Guillermo Molina Miranda
Ivan Turguenev
NIDO
DE
HIDALGOS
Ivan Turguenev
NIDO DE
HIDALGOS
CAPÍTULO I
Aquel claro día de primavera llegaba al ocaso. Muy alto, en el cielo,
veíanse ligeras nubes rosáceas que, más que cernerse destacando sobre la
tierra, parecían como confundidas con la inmensidad azul.
Junto a la ventana abierta de una linda casa situada en el extrarradio
de O..., capital de la provincia -lo relatado acaece en el año 1842-, se
hallaban sentadas dos damas: una de ellas representando tener alrededor de
cincuenta años y la otra con apariencias de ser ya septuagenaria.
Era el nombre de la primera de estas damas María Dimitrievna Kalitine.
Su marido, antiguo procurador del Gobierno, que en sus tiempos había alcanzado
fama de reputado jurisconsulto, y que, por otra parte, se caracterizaba por su
temperamento tenaz y enérgico, a la vez que astuto, había muerto hacía unos
diez años. De niño había recibido una educación esmerada y más tarde cursó sus
estudios en una Universidad. Nacido en un ambiente humilde, se impuso como
deber llegar a conquistar una posición, a pesar de que para ello no contaba con
otra base que su férrea voluntad. María casóse con él cediendo a impulsos de su
amor, ya que además de ser un hombre en extremo inteligente era persona de
agradable aspecto, apacible y, cuando él se lo proponía, extraordinariamente
seductor. María Dimitrievna --cuyo nombre de soltera era Pestova- había
perdido a sus padres en edad temprana. Después de haber pasado algunos años en
un colegio de Moscú, al terminar sus estudios fijó su residencia en su casa
solariega de Pokrovskoïe, a cincuenta
verstas de O..., junto con su tía y su hermano mayor. Poco tiempo después
viéronse obligados a trasladarse a San Petersburgo, adonde su hermano había
sido llamado para cumplir su servicio militar; y allí vivieron, sujetas ella y
su tía a humillante dependencia, hasta que la muerte repentina de aquél vino a
librarles de su tiranía.
María heredó Pokrovskoïe, mas
vivió poco tiempo en ella. Un año después de su matrimonio con Kalitine -quien
en pocos días había logrado conquistar su corazón -la posesión de Pokrovskoïe fue trocada por otra menos agradable y
que incluso estaba falta de habitaciones,
pero que resultaba de mayores rendimientos. Además, al mismo tiempo, Kalitine
compró una casa en O... y en ella fijó con su mujer su residencia definitiva.
Frente a la casa veíase un jardín ue se extendía hacia los campos que
circundaban la población. "De esta manera no tendremos necesidad de
trasladarnos a la campiña", había declarado Kalitine, quien, por otra
parte, sentíase poco inclinado a gustar de los atractivos que ofrece la vida
rústica.
María soñaba muchas veces con el regreso a su
querida Pokrovskoïe para poder disfrutar de todos los encantos de que se
hallaba rodeada, pero no se atrevía en manera alguna a contrariar el gusto de
su marido, cuyo talento y experiencia del mundo era la primera en respetar y
admirar. Y cuando Kalitine murió, después de quince años de matrimonio,
dejándole tres hijos, dos niñas y un niño, María se hallaba tan acostumbrada ya
a la vida que le brindaba, que ni por un pomento sintió la tentación de
abandonar la ciudad de O...
En su juventud, María había sido una rubia muy
linda; a los cinuenta años, su figura, por más que hubiese engordado algo,
todavía postraba un contorno agradable. Antes que buena era sensible y, pese a
su edad madura, conservaba aún toda la apariencia de una colegiala; tenía la
misma irascibilidad de una niña mimada, al extremo de que prorrumpía en llanto
cuando la contrariaban y, en cambio, demostraba ser amable hasta la exageración
cuando veía satisfechos sus deseos. Su
casa había llegado a ser considerada como una de las más bonitas de la
población. Contaba con una respetable fortuna que, más que de su herencia, era
producto del trabajo efectuado por su marido. Vivía en compañía de sus dos
hijas, y su hijo era pensionista en uno de los mejores colegios del Estado, en
San Petersburgo.
La anciana señora que aparecía sentada junto a
la ventana, al ido de María, era la misma tía, hermana de su padre, con la cual
en otros tiempos había pasado algunos años de soledad de Pokrovskoïe. llamábase
Marfa Timofeevna Pestova, y era tenida como una mujer original, como un
espíritu independiente, que gustaba de proclamar siempre y en todas parte: la
verdad. Aunque solamente dispusiera de recursos insignificantes, sabía
comportarse de tal suerte que daba la impresión de que se trataba de una
persona que tenía una fortuna a su alcance. En otros tiempos había detestado
abiertamente a Kalitine, tal punto que cuando éste contrajo matrimonio con
María Dimirievna, se refugió en su aldea, viviendo por espacio de diez años en
una choza ahumada que pertenecía a un mujik. Marfa Timofeevna era de pequeña estatura, con cabellos aún negros, y
caracterizábase por su aguda nariz y por sus ojos llenos de vivacidad; a pesar
de sus años manteníase aún erguida y tenía por costumbre expresarse con
claridad, valiéndose para ello de una voz tan fina como vibrante.
-¡Qué te ocurre, hija mía? preguntó de pronto
la anciana señora a María-. ¿Por qué suspiras de esa manera?
-Ignoro a qué será debido -contestó la
interrogada, y tras una pausa agregó- ¡Qué encantadoras son esas nubes!
-¿Es acaso la vista de ellas lo que te hace
suspirar?
María no articuló palabra.
-¿Por qué no vendrá Guedeonovsky? murmuró en
voz baja María, mientras movía las largas agujas que empleaba para tejer una
gran banda de lana-. Suspiraría contigo, o bien nos entretendría con sus
simplezas.
-¡Usted siempre gusta de hablar mal de él!
Sergio Petrovitch es una persona respetable.
-¡Respetable! -insinuó con cierta malicia la
anciana señora. -¡Fue tan buen amigo de mi difunto marido! -exclamó María-.
¡Aun hoy, le recuerda en alguno de sus relatos...!
No deja de ser perfectamente lógica tal
conducta, si se tiene en cuenta que tu marido le había sacado más de una vez de
situaciones apuradas -refunfuño María, y las agujas aceleraban su marcha.
-¡Sabe mostrarse tan humilde! -continuó la
vieja señora-. Pero, a pesar de las canas que ennoblecen su cabeza, se puede
afirmar que no abre la boca más que para decir una mentira o para referir un
chisme. ¡Y pensar que tal hombre ostenta el cargo de consejero de Estado!
¡Bien se ve que es hijo de un pope.
La naturaleza humana nunca está libre de
pecado, tía mía. Es indudable que Sergio Petrovitch está falto de educación,
que no conoce el francés, mas a pesar de todo ello resulta un hombre agradable.
-¡Sí, sabe adularte! Que no conozca el francés
no es ningún defecto grave... Yo misma hablo muy imperfectamente tal idioma.
Pero, a mi ver, sería preferible que no conociere ninguna lengua, ya que así no
podría mentir. Míralo; ahí lo tienes. Cuando uno habla del lobo, pronto sale
del bosque -agregó Marfa.
Al oír las últimas palabras de su tía, María se
arregló maquinalmente el peinado, mientras la anciana señora le dirigía
burlona mirada, y exclamaba luego:
-¡Oh, querida! ¡Veo un cabello blanco en tu
cabeza! Será preciso que llames la atención de tu Pelagia a fin de que cuide
mejor tu peinado.
Usted no cambiará nunca, tía murmuró María,
imprimiendo una intención agresiva a sus palabras.
-¡Sergio Petrovitch Guedeonovsky! -anunció un
pequeño lacayo cosaco, apareciendo en el umbral de la puerta.
II
Un hombre entró. De alta estatura, su aspecto
era distinguido. Después de saludar a la dueña de la casa y a Marfa se acercó
de nuevo a María, cuya mano besó dos veces consecutivas con gran respeto.
Sentóse luego, reposadamente, en una butaca y mientras se frotaba la punta de
sus dedos preguntó sonriendo levemente:
-¿Está bien de salud Lisa Mikhailovna?
-Sí -respondió María-, se halla en el jardín.
-¿Y Elena Mikhailovna?
También está en el jardín. ¿Se cuenta algo
nuevo?
-¡Ya lo creo! -respondió Guedeonovsky bajando
los párpados y alargando los labios-. Hay una noticia verdaderamente extraordinaria:
¡Feodor Ivanitch Lavretsky ha llegado!
-¿Fedia aquí? -exclamó Marfa-. Esta noticia es
inventada por ti, querido.
Es cierta, señora. Le he visto con mis propios
ojos.
Puedes haberte equivocado.
-Presenta mejor aspecto -añadió Guedeonovsky,
haciendo caso omiso de la interrupción-. Sus espaldas son más recias, su color
más sano.
-¿Presenta mejor aspecto? -repitió María,
procurando acentuar las palabras-. ¿Cómo puede ser así?
Verdaderamente -repuso el recién llegado-, otro
en su lugar no se habría atrevido a presentarse aquí.
-¿Y por qué motivo? -interrumpió vivamente
María-. No comprendo a qué vienen las tonterías que estás diciendo. Él no hace
más que retornar a su casa. Además, ¿por qué ha de ocultarse? ¿De qué se le
puede acusar?
-Permítame usted que le diga, señora, que un
marido es siempre culpable cuando su mujer no se porta como es debido.
Eso lo dices, querido, por la sencilla razón de
que no te has casado aún.
En los labios de Guedeonovsky asomó una falsa
sonrisa.
-Perdone mi curiosidad -exclamó, tras unos
momentos de silencio-. ¿A quién va a ofrecer ese chal tan encantador?
María le lanzó una mirada impregnada de
malicia.
Este chal va destinado -respondió ella- a una
persona que no ha sido nunca amiga de chismes, que no sabe recurrir a la
astucia y que jamás ha hecho alianza con la mentira. Conozco bien a Fedia y por
lo tanto puedo afirmar que solamente puede reprochársele una cosa: haber mimado
con exceso a su mujer. Por otra parte, no hay que olvidar que él se casó por
amor, y que los matrimonios nacidos del amor jamás conducen a una felicidad
completa.
La anciana señora dirigió una mirada de reojo a
María, y al mismo tiempo que se levantaba pronunció estas palabras:
-Y ahora, querido, quedas en libertad de
criticar a quien te plazca, incluso a mí, puesto que me marcho para no
estorbaros.
Dicho esto, Marfa se alejó.
-¡Permanece invariable! -exclamó María, sin
apartar la vista de la anciana señora-. ¡Siempre será la misma!
-Su avanzada edad ya no da derecho a esperar
ningún cambio -respondió Guedeonovsky- Ha hecho alusión a la astucia. Pero
¿quién no se siente astuto hoy día? Es, por decirlo así, una norma que nos
impone la corriente del siglo. Un amigo mío, persona muy respetable por el
elevado cargo que ocupa, acostumbra decir a menudo: "En nuestros días,
incluso la gallina se ve obligada a echar mano de la astucia para lograr su
grano". No obstante, siempre que la contemplo a usted, confieso que me
creo obligado a hacer una salvedad y me digo: "¡Qué angelical
criatura!" Permítame que bese su blanca mano.
María dejó escapar leve sonrisa, mientras
tendía su gordezuela mano a Guedeonovsky, que la besó con cariño. Luego, María
avanzó su butaca inclinándose ligeramente y preguntó en voz baja:
-¿Es cierto que usted ha visto a Lavretsky? ¿Y
realmente presenta buen aspecto?
-Sí, señora, le he visto alegre y bueno
-respondió Guedeonovsky, también en voz baja.
-¿Usted sabe por dónde anda actualmente su
esposa?
No hace mucho que se encontraba en París. Ahora
creo que se ha dirigido a Italia.
En realidad, la situación de Feodor resulta
horrible. Es más: no sé cómo puede sobrellevarla. Es indudable que
todos tenemos que soportar los martillazos de la
adversidad, pero su deshonor ha alcanzado resonancia en toda Europa.
Guedeonovsky lanzó un suspiro.
-¡Es cierto! Se ha llegado a decir que ella
contaba con un cortejo de artistas, de pianistas y de leones, como se les designa allí. Es
decir: que tiene tratos con toda clase de gentes. Es una persona para la cual
ya no existe la palabra pudor.
Es doloroso, verdaderamente doloroso -exclamó
María-. Yo lo siento por Feodor, que es mi primo como usted ya debe saber.
-Sí, sí, ya estoy en antecedentes. ¿Puede serme
desconocido cuanto se refiera a la apreciable familia de usted?
-¿Cree usted que él tendrá valor para
presentarse en esta casa?
-Me inclino a suponer que eso es lo más
probable. Según se dice, tiene la intención de acogerse a la vida del campo.
María, después de dirigir los ojos al cielo,
profirió estas palabras:
-¡Ah, Sergio, con cuánta precaución debemos
proceder siempre las mujeres! ¡Cuánta necesidad tenemos de ser prudentes!
No todas las mujeres son iguales, María
Dimitrievna. Desgraciadamente, siempre se encuentra alguna que es ligera por
temperamento... Además, la edad no pocas veces influye en ello... y sobre
todo, la educación que se recibe desde la niñez...
-Es innegable que, desgraciadamente, se
encuentran mujeres de tal condición.
Mamá, mamá -gritó una encantadora niña de unos
once años que penetró corriendo en la habitación-. Mamá, ahí viene a caballo
Vladimiro Nicolaevitch.
María se levantó, haciendo lo propio Sergio.
Éste se inclinó hacia la jovencita y dijo:
-Mi saludo más respetuoso a la señorita Elena
Mikhailovna. Despúés, discretamente, se refugió en un rincón.
-Monta un caballo soberbio -agregó la niña-.
Acaba de pasar por delante de la puerta del jardín y nos ha dicho a Lisa y a
mí que se detendría ante la escalinata.
En este instante oyóse ruido de herradura, y
apareció en la calle un precioso caballo bayo, que se paró frente a la ventana
que estaba abierta, obligado por su jinete, un elegante caballero.
III
-¡Buenos días! María Dimitrievna -gritó el jinete con voz tan
simpática como sonora-. ¿Qué me dice usted de mi nueva compra? María se acercó
a la ventana.
-¡Buenos días, Vladimiro! ¡Tiene usted un magnífico caballo!
¿A quién lo ha comprado?
-Lo he comprado en la remonta. ¡Y bien caro que
me cuesta!
-¿Cómo le nombra usted?
-Orlando. Pero no me satisface este estúpido nombre y
pienso cambiarlo por otro... ¡Quieto caballo! ¡Qué revoltoso!
El caballo daba muestras de impaciencia
piafando, agitando su fina cabeza y moviendo su boca, cubierta de espuma.
No tengas miedo, Lenotchka; acarícialo cuanto
gustes.
La jovencita extendió el brazo para poder
acariciar al animal; éste se encabritó bruscamente y dio un salto de costado.
Mas el jinete no perdió su sangre fría, apretó las rodillas, hizo crujir el
látigo y, a pesar de la resistencia del animal, le obligó a volver junto a la
ventana.
-¡Cuidado! ¡Cuidado! -repetía María.
-Lenotchka, puedes acariciarlo si te place. Yo
no he de consentirle más sus caprichos.
De nuevo la niña extendió el brazo y
tímidamente rozó la cabeza de Orlando, que tascaba su freno y se agitaba.
-¡Bravo! -gritó María-. Ahora apéese usted y entre.
El caballero, de un solo movimiento, volvió
bruscamente el caballo y entró galopando en el patio. Apenas transcurridos
unos instantes, hacía su entrada en el salón blandiendo aún el látigo.
Simultáneamente, por el umbral de otra puerta asomaba una joven de talle
esbelto y de hermosos cabellos negros, luciendo arrogante sus diecinueve
primaveras. Era Lisa, la hija mayor de María.
IV
El joven a quien acaba de conocer el lector se
llamaba Vladimiro Nicolaevitch Panchine. Figuraba como agregado especial
adscrito al Ministerio del Interior, en San Petersburgo, y había sido enviado
con una misión oficial cerca del gobernador de O..., el general Sonnenberg, de
quien era pariente lejano.
El padre de Panchine, capitán retirado de
caballería, conocido como jugador, había tenido siempre el prurito de
relacionarse con la alta sociedad. Pertenecía a los clubes ingleses de Moscú y
San Petersburgo y llegó a alcanzar fama de hombre listo y agradable, aunque de
fondo algo dudoso. Contra lo que daba derecho a esperar de su habilidad, estaba
siempre expuesto a deslizarse por la pendiente de la ruina; por tal razón, la
herencia que dejó a su hijo no pasaba de regular y aun hay que añadir que
algunos de los bienes que la nutrían no estaban del todo libres de cargas. Es
preciso proclamar, por otra parte, que se había preocupado en gran manera de la
educación de su hijo, si bien aquélla resultó bastante incompleta gracias al
criterio particular en que se inspiró. Vladimiro hablaba el francés con toda
perfección, el inglés correctamente y el alemán de una manera muy defectuosa. A
los quince años, Vladimiro sabía ya entrar en un salón sin azorarse, permanecer
en él sin hacer el ridículo y despedirse en el instante más oportuno. Su padre
le había procurado numerosas relaciones mientras barajaban las cartas en
cualquier partida de juego, y si en ella su compañero era persona influyente,
jamás dejaba pasar la ocasión de hablar de su Vladimiro. Este, por su parte,
durante sus años de permanencia en la Universidad, entró en relación con
compañeros que pertenecían a las familias más encumbradas de la sociedad; ello
le ofreció la coyuntura de poder frecuentar los más elegantes salones, en los
que era recibido con muestras inequívocas de simpatía.
Vladimiro era un joven de buena presencia, de
carácter afable, temperamento alegre, dotado de buen humor, perfecto camarada;
reunía, en fin, todas las cualidades que son necesarias para merecer el título
de mozo encantador, de excelente camarada. La tierra prometida se abría para
él. Pronto supo penetrar el secreto de la ciencia del mundo y las leyes a que
éste obedece; tomó un aire grave, con sus ribetes de irónico, para hablar
incluso de futilezas, y en cambio un tono despreocupado para hablar de cosas serias;
bailaba bien, vestía a la moda inglesa, y en poco tiempo su reputación de
hombre fino, agradable y perspicaz se extendió por toda la ciudad de San Petersburgo.
Ciertamente, Panchine era tan listo como su
padre, con la ventaja de estar mucho mejor dotado. Tenía una voz agradable,
facilidad para el dibujo, componía versos y sabía representar con cierta
gracia. A los veintiocho años había llegado a la categoría de gentilhombre de
cámara. Pensaba en el porvenir, muy seguro de sí mismo, de su talento y de su
perspicacia. Conocía la psicología de los hombres y mejor aún la de las
mujeres, y no ignoraba ninguna de sus debilidades. Amante de las bellas artes,
mostraba entusiasmo, exaltación, fantasía al tratar de ellas, y aprovechaba
cualquier oportunidad para permitirse libertades, sostener relaciones en todas
partes y vivir sin obligaciones.
Vladimiro, en el fondo, era hombre frío y
astuto y tenía el don de saber abarcar en todo momento, incluso en los más
culminantes de sus excesos, los pormenores más recónditos; sin embargo, no
pecaremos de exagerados si afirmamos que jamás hacía dejación de su dignidad,
ni se envanecía de sus conquistas. Desde su llegada a O... fue presentado en
casa de María y muy pronto fue considerado como una de las personas más adictas
de sus salones. María se mostraba encantada de su amistad y le hallaba
delicioso.
Panchine saludó muy amablemente a todas las
personas que se encontraban reunidas en el salón: estrechó la mano de María
Dimitrievna y de Lisa Mikhailovna, golpeó levemente en la espalda a
Guedeonovsky y, girando sobre sus talones, se dirigió hacia Lenotchka, tomó la
morena cabeza de ésta entre sus manos, y, con suavidad, la besó en la frente.
-¿Y no le asusta a usted tener que montar un
caballo tan fogoso? preguntó María.
-¡Oh, no! ¡Si es un animal muy dócil! Temo
mucho más a Sergio Petrovitch cuando juego con él; ayer llegó a despojarme por
completo en casa de los Belenitzine.
Guedeonovsky se echó a reír con risa servil: le
convenía lograr la protección del joven funcionario, favorito del gobernador.
En sus conversaciones con María Dimitrievna no
dejaba de mencionar muy a menudo los méritos y cualidades incomparables de
Panchine.
No puede uno menos que alabarle -decía-. Su
éxito es notable aun en las más altas esferas de la sociedad; cumple a la
perfección todas las tareas que le son confiadas y, sin embargo, no demuestra
envanecerse de ello.
Aun sabiendo que se le consideraba, hasta en la
misma San Petersburgo, como un excelente funcionario, hablaba siempre de su labor
de una manera superficial, como conviene a un hombre de mundo que no debe dar
importancia a ciertas cuestiones; pero en verdad que era muy activo y no dejaba
de mano los asuntos por sencillos que ellos fueran. Los jefes reconocían sus
poco comunes dotes y Panchine, por su parte, esperaba, sin apurarse por ello,
que día habría de llegar en que le hicieran ministro.
Y sin prestar ya más atención a Guedeonovsky,
se encaminó hacia el lugar en que estaba Lisa.
-Me ha sido imposible dar en la ciudad con la
obertura de Oberon --comenzó por decir-. La señora
Belenitzine me aseguró que en su casa encontraría toda la música clásica; pero,
en realidad, excepción hecha de los valses y polkas, no tiene nada. En vista de
esto he escrito inmediatamente a Moscú, y espero poder disponer de dicha
obertura para dentro de ocho días. ¡Ah! -añadió-, ayer compuse una nueva
melodía, cuya letra también me pertenece y deseo conocer su opinión sobre el
valor que la misma puede tener. ¿Me permite que la cante? La señora Belenitze
la encuentra muy bonita; mas ¡qué vale para mí su opinión! Es la de usted la
que a mí me interesa... Aunque tal vez sea preferible aguardar para más tarde.
-¿Por qué esperar? ¿Por qué no ejecutarla en
seguida? -dijo María Dimitrievna.
-Voy, gustoso, a complacerla -dijo Panchine con
una dulce sonrisa.
Y sentándose al piano, después del breve
preludio, cantó con voz suave y melódica esta romanza:
En lo alto del cielo,
entre nubes ligeras,
la Luna brilla;
y sus rayos rielan, juguetones,
en el inmenso mar...
Mi corazón, sufriendo por ti,
anhelando placeres y amar,
cobija también un amor
infinito en su dolor,
como el mar...
Mas tú, tan fría, tan quieta,
como esa Luna clara
¡te ríes de mi pena,
del amor y de la dicha!...
Panchine tuvo interés en que resaltara la
segunda estrofa, a la que quiso dar una expresión especial. El ritmo del
acompañamiento semejaba el murmullo de las olas del mar. El joven, al llegar a
las palabras "como esa Luna clara" exhaló leve suspiro, entornó los
ojos y cantó el resto de la última estrofa bajando el tono de voz: morendo.
Cuando hubo terminado, Lisa elogió la romanza,
María declaró que resultaba una cosa "encantadora" y Guedeonovsky,
por su parte, añadió:
-¡Magnífico! ¡Soberbio! ¡Son tan dignas de
admirar la música como la poesía!
La obra del joven dilettante había
gustado a todos los presentes. No obstante, detrás de la puerta del salón se
encontraba un anciano que acababa de entrar y a quien, a juzgar por su aspecto
taciturno, la melodía de Panchine, a pesar de la belleza que encerraba, no
había causado ningún placer. Durante algunos instantes continuó inmóvil,
sacudió con su inmenso pañuelo el polvo de sus botas, frunció las cejas, apretó
los labios y curvando más sus espaldas ya de por sí curvadas, penetró
cautelosamente en el salón.
-¡Buenos días, Cristóbal Fiodoritch! -gritó Panchine, el primero,
yendo al encuentro del anciano-. Ignoraba que usted estuviera ahí, de lo
contrario no me habrá atrevido a cantar mi romanza. No ignoro que usted no
siente predilección por la música ligera.
Es que no he escuchado -contestó Cristóbal,
expresándose en un ruso deficiente.
Dicho esto, el anciano saludó a todos y se
preparó para dar su acostumbrada lección a la señorita Elena.
-Le ruego que nos acompañe un rato, después de
la lección -dijo Panchine-; la señorita Lisa y yo nos proponemos tocar una
sonata de Beethoven a cuatro manos.
Luego añadió:
-Lisa me ha enseñado la cantata que usted le
dedicó. ¡Es una obra maestra! Sé apreciar más o menos la música seria; y aunque
a veces me resulta pesada, no dejo de reconocer que es muy útil.
El anciano profesor, al oír la alusión que se
hacía a su cantata, se puso colorado, dirigió una rápida mirada a Lisa y
abandonó rápidamente el salón.
Al salir el profesor, María pidió a Panchine
que cantara otra vez su melodía, pero él declaró que no se atrevía a molestar
de nuevo al profesor alemán y, a su vez, rogó a Lisa que tocase con él la
sonata de Beethoven.
María, conformándose con la negativa, lanzó un
suspiro y dirigiéndose a Sergio le propuso un paseo por el jardín.
Guedeonovsky sonrió amablemente, complacido,
tomó su sombrero e inclinándose ante los jóvenes salió con María. Ya solos,
Panchine y Lisa, sin decir palabra, se sentaron al piano y se dispusieron a
tocar mientras que del piso superior llegaban a sus oídos los ligeros acordes
de las escalas tocadas por los aún inhábiles dedos de la pequeña Lenotchka.
V
Cristóbal Fiodor Gottlieb Lemme era un profesor
dé música, un verdadero artista. Nacido en 1786 en Chemnitz, en el reino de
Sajonia, de padres músicos, a los cinco años de edad aprendía ya a tocar tres
instrumentos; a los diez, a causa de haber quedado huérfano de padre y madre;
se vio obligado a recurrir a la música para ganarse el pan diario. Por espacio
de mucho tiempo se dedicó a la vida de bohemio, tocando en los más
diversos lugares, hasta que llegó a formar parte de una orquesta, de la que más
tarde fue nombrado director. No era un gran virtuoso de la música, pero la
conocía a fondo.
A la edad de veintiocho años se dirigió a
Rusia, llamado por un gran señor que tenía el prurito de contar con una
orquesta, no precisamente por el amor que le inspiraba la música, sino para
satisfacer su vanidad. Transcurridos siete años, el opulento señor se había
arruinado y Lemme se vio obligado a abandonar la casa sin disponer de ningún
ahorro.
Ante tal contrariedad -que para él representaba
la miseria-, sus amigos le aconsejaron que volviera a Alemania, pero prefirió
permanecer en Rusia, el "Eldorado" para los artistas. Durante unos
veinte años, el músico alemán estuvo luchando por la vida, que en algunos
instante fue muy dura para él. En medio del naufragio de sus ilusiones de
artista sólo le sostenía en pie una idea: poder volver a su país natal. El
destino, implacable, le negó este último placer; y al llegar a los cincuenta
años, enfermo, envejecido prematuramente, se refugió en la ciudad de O..., en
donde atendía a su sustento merced a lo que le producían algunas lecciones de
música.
El aspecto exterior de Lemme no predisponía
ciertamente en su favor. Era de pequeña estatura, encorvado, de hombros
acusados, vientre hundido y enormes pies planos. Su rostro surcado de arrugas,
las mejillas muy hundidas, y el obstinado silencio que casi siempre guardaba,
contribuían a darle una expresión casi siniestra. Las contrariedades de todo
orden con que había tenido que luchar habían dejado profunda huella en el
rostro del pobre músico. No obstante, hay que proclamar que bajo la ruda
corteza de aquel hombre, mejor diríamos aún, bajo aquella ruina ambulante, se
descubría un fondo bueno y honrado como pocos.
Gran admirador de Bach y de Haendel, impulsado
por su temperamento de artista, y dotado, por otra parte, de esa fuerza de
pensamiento propio de la raza germana, Lemme habría podido alcanzar categoría
de eminente compositor por poco que el Destino se le hubiese mostrado
propicio. A pesar de haber escrito mucho, no logró tener el honor de ver
interpretada ninguna de sus obras. Un día, hacía de ello ya mucho tiempo, uno
de sus amigos y admiradores, alemán y pobre como él, había editado a su costa
dos sonatas de Lemme; mas permanecieron ignorantes en las casas de música y a
poco desaparecieron sin dejar rastro, como si hubieran sido sumergidas, en
plena noche, en las aguas de profundo río.
Lemme acabó por resignarse con su destino.
Pasaron los años y su ser se desecó, se endureció, como ya antes sus dedos se
habían endurecido y desecado. En la sola compañía de una anciana criada que
había sacado de un asilo (no se había casado) vivía pobremente en O... en una
pequeña casita cercana a la de los Kalitine; paseaba y leía la Biblia, un libro
de salmos y a Shakespeare en una traducción de Shlegal.
Lemme no componía nada desde hacía mucho tiempo, pero Lisa, su mejor discípula,
lo sacó de su inactividad logrando que preparase la romanza a que se había
referido Panchine. La lectura de esta pieza, escrita para dos coros, la tomó de
un salmo, al que añadió algunos versos de su invención. En la primera página de
la obra se leían estas palabras: "¡Únicamente poseen la verdad los puros
de corazón! Cantata compuesta por el profesor C. T. G. Lemme y dedicada a su
querida discípula Elisabeta Kalitine". Las palabras "¡únicamente
poseen la verdad los puros de corazón!" y "Elisabeta Kalitine"
estaban rodeadas de ornamentos. Al final de la página figuraba esta nota: Für Sie allein (para usted sola).
Ahora el lector tiene la clave del porqué Lemme
buscó la mirada, de Lisa y se puso colorado al saber que Panchine conocía su
cantata. Ello le había sido muy doloroso.
VI
Panchine atacó con energía los primeros acordes
de la sonata, mas Lisa no comenzó su parte. El se detuvo y se volvió hacia la
joven. La mirada de ésta se fijaba en él con marcado descontento; no sonreía y
su rostro aparecía grave, triste.
-¿Qué le pasa? preguntó Panchine.
-¿Cómo no ha cumplido su palabra? -contestó la
joven-. Recuerde usted que, al enseñarle la romanza, le impuse como condición
que no hablase de ella a Lemme.
-Perdóneme usted, Lisa, pero la casualidad ha
querido... Usted ha contrariado al señor Lemme y le ha causado pena, y a su vez
me ha contrariado a mí. Además, yo he perdido la confianza del maestro.
-Créame, Lisa, que ha sido algo superior a mi
voluntad. No puedo ver a un alemán sin que sienta la tentación de hacerle
rabiar.
-¡Por Dios, Vladimiro, no hable usted así!
¿Olvida usted que se trata de un anciano pobre, solitario, en quien se ha
cebado la adversidad?
Panchine se turbó al oír estas palabras.
-Es verdad cuanto usted dice -exclamó-. Mi
ligereza me lleva por este camino. Tal defecto me perjudica a menudo, al
extremo de que me confunden con un egoísta.
Calló durante algunos instantes. En todas las
conversaciones en que participaba Panchine, éste casi siempre terminaba por
hablar de sí mismo, si bien lo hacía con tanta sencillez y naturalidad que no
se llegaba a sospechar que hubiese en ello segunda intención.
-Aquí mismo, en esta casa -añadió Panchine,
tras una pausa-, su mamá de usted se muestra muy atenta conmigo, pero en realidad
aún no me ha sido dable descubrir la opinión que usted haya formado de mi
persona. En cuanto a su tía, es evidente que no le resulto nada simpático, a
buen seguro que la habré ofendido con alguna palabra imprudente y estúpida.
¿Verdad que no siente ningún afecto por mí?
-Sí; usted no es para ella persona simpática
-respondió la joven, tras un segundo de vacilación.
Panchine recorrió rápidamente las teclas con
sus dedos y a sus labios asomó una sonrisa apenas perceptible.
-Lo siento -dijo él-, pero ¿usted me juzgará
también un egoísta?
Yo no le conozco a fondo, pero a pesar de eso,
no le tengo por persona egoísta; al contrario, estoy reconocida a usted...
-Adivino lo que usted va a decirme -replicó
vivamente Panchine, volviendo a recorrer las teclas-; me está agradecida por
las notas y los libros que le traigo y, además, por los dibujos bastante
mediocres que le ofrezco para su álbum, etc., etc. Pues bien: puedo hacer todas
esas cosas y ser, sin embargo, un hombre egoísta. Voy a permitirme suponer que
usted no se aburre en mi compañía y que, por otra parte, no habrá formado mal
concepto de mí; no obstante, usted quizá crea que yo sacrificaría
gustosamente... ¿cómo diría yo?, un buen amigo por una palabra agradable.
Usted tiene el defecto de ser algo distraído y
ligero, al igual que todos los hombres de mundo -dijo Lisa-, pero no creo se le
pueda reprochar nada más.
Panchine no pudo disimular un pequeño gesto de
contrariedad.
-Bueno, no hablemos más de ello -objetó
Panchine-. Si le parece bien, vamos a tocar nuestra sonata, pero antes
permítame que le dirija un ruego, y es que no me llame usted "hombre de
mundo"; tal calificativo me resulta odioso. Anch'io sono pittore. Ahora voy a probarle que, aun
cuando imperfecto, yo también soy un artista. ¿Vamos?
Vamos -contestó Lisa.
El primer adagio, a pesar de ciertas
equivocaciones de Panchine, fue ejecutado con bastante perfección. Tocaba
fácilmente sus propias composiciones y las piezas que había aprendido, pero
leía la música con dificultad. Su segunda parte de la sonata, es decir, un allegro vivace, fue ejecutado deficientemente,
a causa de que el joven perdió el compás casi desde sus comienzos. Entonces no
pudo contenerse por más tiempo y dijo riendo:
-Verdaderamente, hoy no me encuentro en
situación de tocar. Si Lemme ha llegado a oírnos, con seguridad que se habrá
desmayado de horror.
Lisa se levantó, cerró el piano y dirigiéndose
a Panchine preguntó:
-¿Qué vamos a hacer ahora?
-La pregunta que usted acaba de hacer la
descubre por completo. Por lo visto, usted no puede permanecer inactiva. Ya
que desea ocuparse en algo, si le parece, podremos dibujar mientras queda luz.
Tal vez otra musa, la musa del dibujo -en este momento no me acuerdo de su
nombre- se muestre más propicia conmigo. ¿Dónde ha colocado su álbum? Si mal no
recuerdo, no acabé aún mi paisaje. Lisa fue a buscar el álbum a una habitación
inmediata.
Panchine, al quedar solo, sacó de uno de sus
bolsillos un fino pañuelo de batista, frotó con él sus uñas y, un poco de
costado, contempló sus manos, blancas y bien cuidadas. En el índice de la izquierda
ostentaba una sortija en espiral.
Lisa regresó a poco y Panchine fue a sentarse
junto a la ventana y tomó el álbum.
-¡Ah! -exclamó, cuando lo tuvo entre sus
manos-. Observo que usted ha comenzado a copiar un paisaje y que le sale muy
bien, extraordinariamente bien. Tal vez tan sólo las sombras no destacan como
es debido. ¿Me hace el favor del lápiz?
Panchine comenzó a trazar algunos rasgos. Casi
siempre dibujaba el mismo paisaje: árboles desgreñados, en primer término,
luego una llanura y, al fondo, montañas.
Lisa lo miraba trabajar inclinada sobre su
hombro.
En el dibujo, como en la vida, decía Panchine,
inclinando la cabeza tan pronto a la derecha como a la izquierda-, la ligereza
y la audacia son las condiciones primordiales del éxito.
En aquel momento, Lemme entró inesperadamente
en el salón. Saludó cortésmente y se dispuso a salir de nuevo; pero Panchine,
soltando lápiz y álbum, se apresuró a cerrarle el paso.
-¿Adónde va usted, mi querido Cristóbal? ¿No
quiere acompañarnos a tomar el té? -le dijo.
No, me voy a mi casa, porque me duele la cabeza
-contestó Lemme.
Le ruego se quede con nosotros. Discutiremos
sobre la obra de Shakespeare.
-Me duele la cabeza -repitió el profesor.
-Sin contar con usted hemos intentado tocar una
sonata de Beethoven -añadió Panchine, pasándole
cariñosamente el brazo por la cintura y sonriendo-, pero ha sido imposible. Figúrese cómo estaría
yo, que no podía tomar dos notas justas seguidas.
Hubiera sido preferible que hubiese usted
cantado otra vez su romanza -replicó Lemme.
Y dicho esto, separó el brazo de Panchine y se
marchó. Lisa corrió tras él y logró alcanzarle.
-Oiga usted, señor Lemme -le dijo en alemán-;
confieso mi culpa con usted; perdóneme.
Lemme no articuló palabra.
-Si me he atrevido a enseñar la cantata de
usted a Vladimiro Nicolaevitch es porque estaba segura de que sabría
apreciarla. En efecto, le ha gustado mucho, muchísimo.
Lemme se detuvo y dijo en ruso:
-Eso no tiene nada de particular, además
-agregó en su lengua materna-, no debe usted perder de vista que él no es más
que un dilettante y no puede comprender nada. ¿No
lo cree usted?
-Expresándose así no rinde a Panchine la
justicia debida a sus méritos. Ha de saber usted que él lo comprende y sabe
asimismo un poco de todo.
-Sí, pero no pasa de ser un amateur. La materia prima es de calidad inferior, el trabajo no es cuidadoso. Eso
gusta, él mismo gusta, y esto le satisface. ¡Lo celebro mucho! Yo no debo
incomodarme, mi cantata y yo somos dos viejos amigos imbéciles. Es verdad que
se me ha vejado, pero eso no tiene ninguna importancia.
-Le ruego de nuevo que me perdone, Cristóbal
Fiodoritch -repitió Lisa.
-Eso no tiene importancia, no tiene ninguna
importancia -dijo él, en ruso -. Usted es una buena muchacha... Alguien viene a
esta casa. Adiós. Usted es muy buena muchacha:
El anciano profesor se dirigió apresuradamente
hacia la puerta, por donde entraba un señor desconocido para él. Siguiendo la
norma de conducta que se había trazado, según la cual saludaba a todas las
personas extrañas y se ocultaba de las que le eran conocidas, Lemme le dirigió
un saludo muy cortés y desapareció tras del muro. El desconocido lo miró algo
extrañado, pero en seguida se dio cuenta de la presencia de Lisa y se acercó a
ella.
VII
Usted seguramente no me reconocerá -dijo el
recién llegado, descubriéndose-, pero yo la reconozco a usted, a pesar de haber
transcurrido más de ocho años desde que la vi por última vez. Usted era por
aquel entonces una niña. Yo soy Lavretsky. ¿Se halla en casa su mamá? ¿Podré
tener el honor de hablarle?
-Mi mamá experimentará un gran placer al verle
a usted --respondió Lisa-; ella tenía ya noticia de su llegada.
Usted se llama Lisa, ¿verdad? preguntó
Lavretsky en el instante en que se disponía a subir la escalera del vestíbulo.
-Sí, señor.
-Me acuerdo perfectamente de usted porque en
fisonomía es de aquellas que no se pueden olvidar. Recuerdo que yo le traía bombones.
Lisa se puso colorada y pensó para sus
adentros: "¡Qué persona más extraña!
El recién llegado se detuvo un instante en la
antecámara. Lisa penetró en el salón, en donde resonaba la voz y las carcajadas
de Panchine. Se hallaba refiriendo los chismes que corrían por la ciudad a
María y a Guedeonovsky, que acababan de regresar del jardín, y reía el primero
de lo que relataba.
Al enterarse de la visita de Lavretsky, María
se turbó y palideció algo; luego, decidida, se dirigió a su encuentro.
-¡Buenos días, mi querido primo! -exclamó la dueña de la
casa, con voz ungida de emoción. ¡Cuánto placer experimento en verle de nuevo!
-¡Buenos días, mi buena prima! -respondió Lavretsky, apretando
cariñosamente la mano que se le tendía-. ¿Cómo está usted?
-Siéntese, siéntese, querido Feodor. ¡Ah! ¡Qué
dichosa soy de verle a usted! Permítame ante todo que le presente a mi hija
Lisa.
-Yo mismo me he presentado ya -contestó
Lavretsky.
-El señor Panchine... El señor Sergio
Petrovitch Guedeonovsky... Mas, siéntese; se lo ruego... Le estoy viendo y a
pesar de ello no puedo dar crédito a mis ojos ¿Cómo se encuentra usted de
salud?
-Perfectamente bien, como usted misma puede
verlo. Con respecto a usted, casi casi me atrevería a decir que la encuentro
más joven que cuando la vi la última vez, hace ocho años.
-¡Oh! ¿Es posible? ¿Hace ya tantos años que no
nos habíamos visto? -repuso María, con la misma expresión de dulzura que si
despertara de un sueño-. ¿De dónde viene usted ahora? ¿En dónde vivía? ...
¿Piensa usted permanecer entre nosotros mucho tiempo?
Vengo de Berlín -contestó Lavretsky- y me
propongo salir mañana mismo para el campo.
-Naturalmente, residirá usted en Lavriki.
No. Poseo una pequeña quinta a veinticinco
verstas de aquí y en ella es donde pienso residir.
-¿Acaso la quinta que heredó usted de Glafira
Petrovna?
-La misma.
-¡Sin embargo, Feodor, usted tiene una bella
morada en Lavriki! La fisonomía de Lavretsky se ensombreció un poco y dijo:
-Cierto; pero en mi otra posesión existe una
pequeña casita que me conviene por el momento y, en verdad que no dejará de
ofrecerme las más indispensables comodidades.
María se turbó de nuevo, a tal extremo que hubo
de enderezarse en su sillón y afianzar sus codos para sostenerse. Panchine vino
en su auxilio cuidando de entablar conversación con Lavretsky. María, que iba
serenándose por momentos, dirigía tan sólo de vez en cuando alguna pregunta a
su huésped. Éste, al verla en aquel estado de postración, no pudo contener su
impaciencia y algo bruscamente le preguntó:
-¿No se encuentra usted bien, prima?
-Sí, gracias a Dios. Pero ¿por qué me lo
pregunta usted?
-Me pareció verla algo indispuesta, postrada.
María le miró con aire digno, un tanto ofendida
por su brusquedad.
-Hete aquí -se decía María- que cualquiera otro
en tu caso hubiese muerto de dolor y tú, como si nada te hubiera ocurrido, aún
te has llenado de grasa... ¡Mas si él es así, a mí que me importa!
María, que en su salón se expresaba siempre con
términos escogidos, no se privaba de emplear los más vulgares en sus
soliloquios. Lavretsky aparecía en actitud serena, sin que se notaran en él las
huellas que los pesares dejan siempre en las personas víctimas del cruel
destino.
Su aspecto exterior acreditaba un perfecto
estado de salud y proclamaba un gran vigor fisico. La única excepción la
constituían sus ojos, que unas veces parecían expresar melancolía y otras
fatiga, y su voz de tono ligeramente apagado.
Mientras Panchine se esforzaba en sostener la
conversación, que giraba en torno a asuntos esencialmente industriales, se oyó
la voz de María Timofeevna detrás de la puerta entreabierta. La anciana se ñora
penetró rápidamente en el salón y besó en seguida a Lavretsky sin que éste
tuviera el tiempo preciso para levantarse.
-¡Pero si es Fedia! ¡Sí, es Fedia! ¡Deja que te
contemple, deja que te contemple! -exclamó la recién llegada-. Te encuentro muy
bien. Aunque hayas envejecido algo, se puede decir que no te has afeado.
¿Verdad que no te has acordado de preguntar si aún vivía tu vieja tía? Y, no
obstante, yo te he visto nacer. Pero tu olvido no tiene importancia. ¿Por qué
habías de acordarte de mí? Has hecho muy bien en decidirte a venir. Dime,
querida -continuó, dirigiéndose a María-, ¿le has invitado a tomar algo?
-¡Oh!, no quiero nada, absolutamente nada
-exclamó vivamente Lavretsky.
-Espero que cuando menos tomarás una taza de té
con nosotros. ¡Por Dios! Viene a vernos y no sabéis ofrecerle una taza de té.
Y ahora recuerdo que, siendo niño, eras muy glotón y es de creer que hoy no
despreciarás los buenos bocados.
En aquel momento, Panchine se adelantó hacia la
anciana, perdida en su alegría, y se inclinó profundamente ante ella.
-Excúseme usted -le dijo la anciana,
contestando a su saludo-. En mi emoción, no le había visto. -Y dirigiéndose a
Lavretsky, continuó:
-¡Oh, qué parecido eres a tu difunta madre!
Solamente tienes la nariz como tu padre. Y ahora, una pregunta: ¿permanecerás
mucho tiempo a nuestro lado?
No, mi querida tía, parto mañana.
-¿Hacia dónde?
-Hacia mi casa, a Vassilievskoïe.
Bien, sea mañana, si así te conviene y que Dios
te acompañe. Tú ya debes saber lo que te conviene, pero es necesario que no te
olvides de mí.
La anciana señora hizo una pausa, acarició las
mejillas de Lavretsky y luego prosiguió:
No creía poder verte de nuevo. No es que me
sienta próxima a morir, no, todavía alimento la esperanza de vivir algunos años
más. Es tradición que los Pestoff gozamos de vida larga, tanto que tu abuelo
tenía por costumbre decir que vivíamos dos existencias. Pero nadie sabía el
tiempo que permanecerías aún en el extranjero. A juzgar por tu aspecto
exterior, eres el hombre robusto de otras veces. Aseguraría que sigues
levantando diez arrobas con una sola mano. Hablando entre nosotros, bien puedo
decir que tu padre estaba falto de sentido común, pero a pesar de ello no pudo
estar más acertado al ponerte bajo los cuidados de un preceptor suizo. ¿Te
acuerdas cómo luchabais los dos al practicar un ejercicio al que, si no ando
equivocada, le dabais el nombre de gimnasia? Pero observo que no hago más que
privar de hablar al señor Panchine (al pronunciar este nombre siempre
acentuaba la última sílaba). Vámonos a la terraza, en donde tomaremos el té. Te
daremos a probar una crema excelente, superior a la de vuestro Londres y de
vuestro París. Vamos, vamos, mi pequeño Fedia, dame tu brazo. A esto sí que se
le puede llamar un brazo robusto, y no hay que temer la caída contando con él.
Todos los allí presentes se levantaron y se encaminaron hacia la
terraza, salvo Guedeonovsky, que se alejó furtivamente. Durante la conversación
de Lavretsky con la dueña de la casa, Panchine y Marfa, habían permanecido
quietos en un rincón, escuchando atentamente con infantil curiosidad,
entornados sus ojos y apretados sus labios, sin perder sílaba ni gesto,
preparándose concienzudamente a extender por toda la ciudad la nueva de la
llegada de Lavretsky.
Aquella misma noche, a las once, he aquí lo que ocurría en la mansión
de los Kalitine.
En la planta baja de la casa, aprovechando un momento propicio,
Vladimiro Nicolaevitch Panchine se despedía de Lisa, expresándose en estos
términos, mientras retenía la mano de la muchacha:
Usted no ignora qué es lo que a mí me atrae aquí y por qué vengo sin
cesar a esta casa; es inútil que hablemos cuando todo aparece tan claro.
Lisa no respondió. Sin sonreír, un tanto ruborizada, enarcando ligeramente
las cejas, miraba con insistencia el suelo, mas sin tratar de retirar la mano
de las que la aprisionaban.
Arriba, en la habitación de Marfa, iluminada por una pequeña lámpara,
suspendida ante antiguos iconos, se encontraba Lavretsky sentado en un sillón,
apoyados los codos en las rodillas y teniendo oculta la cara entre sus manos;
la anciana señora, en pie y en actitud silenciosa, pasaba de vez en vez
dulcemente la mano por los cabellos del recién llegado, que permaneció más de
una hora junto a ella después de haberse despedido de María Dimitrievna.
Durante este tiempo ninguno de los dos articuló palabra. ¿Para qué
hablar y para qué entretenerse en hacer preguntas si ella no solamente lo
comprendía todo, sino que tomaba parte en todos los sufrimientos que llenaban
el corazón de Lavretsky?
VIII
Feodor Ivanitch Lavretsky (el lector permitirá que interrumpamos
durante algunos instantes nuestro relato) pertenecía a una rancia familia
aristocrática. El primero de sus antepasados era oriundo de Prusia, de donde
llegó reinando Wassili el Ciego, quien,
como premio a sus servicios, le concedió doscientas hectáreas de tierra en el
Alto Bejetsky. Muchos de sus descendientes estuvieron a las órdenes de
poderosos príncipes y fueron enviados como voivodas a las provincias
fronterizas, si bien ninguno de ellos alcanzó categoría superior a la de stolnik
ni llegó a poseer gran fortuna. El más influyente y el más célebre de los
Lavretsky fue Andrés, el bisabuelo de Feodor, hombre rudo, atrevido,
inteligente y astuto, del que aún se recuerda su despotismo, su irritable
carácter, sus locas prodigalidades y su avaricia insaciable. Había elegido una
mujer digna de él, violenta, vengativa, igual en todo a su marido. De ella
tuvo a Pedro -abuelo de Feodor- que por cierto no se parecía en nada a su padre.
A la muerte de éste contaba treinta años de edad, y se encontró en posesión de
una extensa propiedad con más de dos mil siervos. Pero no tenía temperamento
para saber conservarla y pronto disipó una gran parte de su fortuna; y no hizo
solamente esto, sino que pudo atribuirse la triste gloria de haber dispersado
completamente a su vasta servidumbre.
La mujer de Pedro Andrevitch era una dulce e insignificante criatura;
él no la había elegido, sino su padre entre las familias de la vecindad. Ana
Pavlovna, que así se llamaba la esposa de Pedro, no se ocupaba en nada,
absolutamente, concretándose a recibir amablemente a los innúmeros invitados
de su marido. Mostrábase voluntariosa y complaciente para todo el mundo, por.
más que aquello que juzgaba su obligación era para ella, según lo declaraba, la
"misma muerte".
De su matrimonio había tenido dos hijos: Iván, o sea, el padre de
Feodor, y una hembra que recibió el nombre de Glafira. El hijo fue educado en
casa de una tía suya, solterona y muy rica, la princesa Koubenskaia, que había
prometido nombrar a su sobrino heredero universal de todos sus bienes
(condición sin la cual el padre no hubiera dejado partir al muchacho), y ella
le vistió como a una muñeca, le proporcionó numerosos profesores y le dio un
preceptor francés, ex abate y discípulo de Juan Jacobo Rousseau. Se llamaba Courtin de Vaucelles y
era un hombre astuto, aunque educado y encantador; la princesa le apodaba
"La dulce flor de la emigración" y acabó, a los sesenta y dos años,
por desposarse con "La dulce flor", nombrándole su legatario
universal. Poco después, llena de afeites, perfumada de ámbar a lo Richelieu, murió
extendida sobre un diván estilo Luis XV, con una esmaltada tabaquera en una de
sus manos y rodeada de perros y parlanchinas cotorras. Su marido la había abandonado
llevándose la mayor parte de su fortuna.
Diecinueve años contaba Iván al acaecerle tan inesperado contratiempo
(la boda, no la muerte de su tía) y optó por regresar a la casa paterna, ya que
la vida de San Petersburgo, en la que había crecido, se hallaba vedada para él
y no hallaba ningún interés en lograr un puesto en la administración del
Estado, porque era preciso comenzar por los empleos más subalternos y
dificiles. El nido paterno le pareció impropio y miserable. El sombrío aislamiento de
la vida en la estepa le hacía sufrir. Toda su familia, excepto su madre, le
tenía mala voluntad. Su padre no podía soportarle sus costumbres ciudadanas,
sus fracs, sus chupas, sus libros, su flauta. Su gusto por la higiene y la
comodidad disgustaba asimismo al anciano, que se quejaba continuamente de él.
"Todo lo nuestro le desagrada, decía, no come apenas, el olor de los
sirvientes le molesta, el calor de las habitaciones le incomoda, como la vista
de un hombre ebrio; no puede nadie pelearse en su presencia. No quiere
ocuparse en nada y su salud es escasa. Ya veis qué delicia. Y todo ello parece
que se lo debe a un tal Voltaire".
Pedro Andrevitch odiaba especialmente a Voltaire y a Diderot,
aun sin conocer ninguna de sus obras, ya que no era leer su misión.
Y Pedro tenía en parte razón: el joven Iván estaba impregnado de Voltaire y Diderot,
tanto como de Rousseau, de Helvetius, de Raynal y otros; mas sólo su cabeza. Su preceptor, ex
abate y enciclopedista, le había enseñado en bloque, sin profundizar, toda la
sabiduría del siglo XVIII, y tal ciencia subsistía en él sin mezclarse con su
sangre, sin penetrar en su alma, sin ser para él artículo de fe, convicción
viviente.
Los huéspedes habituales de la casa paterna sufrían también con la
presencia de Iván, Éste los despreciaba ostensiblemente y le tenían miedo.
Y hasta Glafira, la hermana mayor, se sintió contrariada con la vuelta
de Iván. Era Glafira una criatura singular, feúcha, contrahecha, flacucha, con
ojos inmóviles, de mirada dura; de boca pequeña y contraída. Recordaba en todo
a su abuela, la mujer de Andrés. Por su carácter absoluto y autoritario jamás
había querido casarse. Ya se ha dicho que la vuelta de su hermano la contrarió,
ya que en su ausencia había contado con heredar cuando menos la mitad de los
bienes de su padre; por su avaricia también se asemejaba a su abuela. Además,
Glafira estaba celosa de su hermano; él era distinguido, educado; hablaba a la
perfección el francés, con puro acento parisién, mientras que ella, a duras
penas podía decir: "Bonjour, comment vous portezvous? " Verdad que tampoco su padre ni su madre conocían
una sola palabra de tal lengua, pero eso no era un consuelo.
Iván no encontraba remedio para su hastío. Sólo junto a su madre
hallaba consuelo; y con ella pasaba horas enteras escuchando sus sencillas
palabras y comiendo golosinas.
Entre las sirvientes que Ana Pavlovna tenía a sus órdenes, se encontraba
una llamada Melania, joven muy linda, de ojos dulces, de finos rasgos, pura y
de gran corazón. Los dos jóvenes notaron pronto que el imán del amor atraía sus
corazones y la linda muchacha, que amaba a Iván como sólo las rusas saben amar,
no tardó en ser suya. Toda la población supo bien pronto las relaciones que
unían al joven señor con Melania y la noticia fue también conocida de Pedro Andrevitch.
"¡Buena ocasión para confundir al elegante filósofo!", se dijo el
padre, e inmediatamente dispuso que la joven sirvienta fuese encerrada y que el
hijo compareciera ante su presencia. Inútil fue que la esposa quisiera
calmarle. En medio de una tempestad de gritos y de amenazas, le echó en cara
su incredulidad, su hipocresía, su inmoralidad. Gustoso se vengaba en el joven
de la decepción que le había ocasionado la princesa Koubenskaia y le lanzó un
torrente de injurias.
Iván, no sin violentarse interiormente, guardó silencio hasta oír que
su padre le amenazaba con un castigo infamante. Entonces no pudo contenerse más
y en actitud tan digna como altiva dijo a su padre que era injusto al acusarlo
de inmoralidad, ya que estaba dispuesto a reparar su falta por el único
procedimiento que puede poner en práctica una conciencia honrada, es decir:
casándose con Melania. Ante tal afirmación, el padre, encendido en ira, se
arrojó con los puños levantados sobre el hijo, que ese día -como si lo hubiese
hecho adrede-, se hallaba vestido elegantemente, con frac a la inglesa,
pantalón de ante y botas con vueltas. Ana Pavlovna, al ver la actitud de su
marido, lanzó un grito y ocultó la faz entre sus manos, mientras que el joven
no dudó un instante: huyendo a todo correr, atravesó, sin volverse a mirar
siquiera, la casa, la terraza, el jardín y la huerta y ganó el camino. Y por él
corrió hasta el momento en que dejó de percibir los pesados pasos y las
vociferaciones de su padre.
-¡Detente, malvado! -gritaba el padre-, ¡detente o te maldigo! Mas el
joven no se detuvo y buscó refugio en la casa de un propietario vecino.
Pedro volvió a su casa sin fuerzas, cubierto de sudor, y, sin apenas
poder hablar aún, declaró que retiraba a su hijo su bendición y su herencia.
Los absurdos libros de Iván ordenó que fueran quema dos y dispuso que la
sirvienta Melania fuese desterrada a un lugar lejano. Humillado y furioso, el
joven juró vengarse de su padre, y enterado de sus propósitos, se ocultó
sigilosamente para poder detener el carro que conducía a la joven, se apoderó
de ella a viva fuerza y la condujo precipitadamente a la población más cercana,
en donde se casaron.
Al día siguiente Iván escribió a su padre una carta fría e irónica,
aunque cortés, y partieron hacia la aldea en que vivía su primo en tercer
grado, Demetrio Pestoff, en compañía de su hermana Marfa, a la que ya conoce el
lector. Les contó al detalle todo lo que le estaba ocurriendo, declaró su
intención de buscar un empleo en San Petersburgo, y terminó suplicándoles que
dieran asilo a su mujer, a lo que accedieron gustosos Demetrio y Marfa, dos
buenas almas que sólo se complacían en hacer el bien. Con ellos permaneció Iván
tres semanas, esperando impaciente una respuesta de su padre, respuesta que no
llegó ni podía llegar.
Al enterarse Pedro Andrevitch del matrimonio de su hijo, cayó enfermo
y dio la orden de que jamás volviera a pronunciarse en su presencia el nombre
de Iván. La buena madre, dejándose llevar del profundo amor que sentía hacia su
hijo, le mandó quinientos rublos, por medio de un mensajero, a la vez que un
icono para su nuera. No osó escribirle, pero encargó que le pusieran de
manifiesto que, con la ayuda de Dios, esperaba transformar la cólera de su
marido en clemencia y que enviaba su bendición maternal a Melania, a pesar de
no ser ésta la nuera que para su hijo hubiera deseado.
Iván se encaminó a San Petersburgo, donde le aguardaba un porvenir
incierto. Partió con el corazón alegre, siquiera porque le era dable abandonar
la vida del campo, que detestaba hasta lo inaudito. En aquellos instantes, la
satisfacción del deber cumplido, de un triunfo alcanzado, de un orgullo
satisfecho, llenaban su corazón. No le causó mucho pesar separarse de la que
era su mujer; quizás hubiera sufrido más de haberse quedado junto a ella. Y
terminado aquel asunto, fuerza era dedicarse a otro.
En San Petersburgo, a despecho de sus propias suposiciones, la suerte
le favoreció. La princesa Koubenskaia, antes de morir, había podido reparar su
falta con su sobrino y, con su valiosa recomenda ción, le dejaba cinco mil
rublos (quizá sus últimos recursos) y un reloj ornado con sus iniciales
rodeadas por una guirnalda de amorcillos, y aún no habían transcurrido los tres
meses desde su permanencia en San Petersburgo cuando fue nombrado para ocupar
una plaza en la Embajada rusa de Londres, hacia donde partió en el primer navío
que pudo admitirle a su bordo.
Pocos meses después de ocupar su destino, recibió una carta de
Pestoff, en la que se le comunicaba el nacimiento de un hijo, venido al mundo
en la aldea de Pokrovskoïe el día 20
de agosto de 1807. Al niño se le había impuesto el nombre de Feodor. En la
carta aparecían algunas líneas de su esposa, pocas, dado el estado de
debilidad en que se hallaba, pero las suficientes para que Iván se
sorprendiera, ya que él ignoraba que, gracias a Marfa Timofeevna, su mujer
había aprendido a escribir.
Iván no se abandonó mucho tiempo a la dulce emoción de la paternidad,
ya que por aquellos días andaba atareado en hacer la corte a una de las más
famosas Frinés o Lais de la época. (Eran los tiempos en que aún
imperaban los nombres clásicos). Acababa de firmarse el tratado de Tilsitt, y
todo el mundo se hallaba poseído por la fiebre del placer. Una preciosa
muchacha de juguetones ojos negros
le había trastornado la cabeza. No era rico, es cierto, pero tenía suerte en
el juego, veía aumentar el número de sus relaciones y se le invitaba a todas
las partidas de placer; en pocas palabras, se podía decir de él que le era
dable navegar a toda vela.
IX
El viejo Pedro Andrevitch Lavretsky no se decidía a perdonar a su hijo
su matrimonio.
Si el joven, transcurridos algunos meses, hubiese implorado la gracia
de su padre, sin duda la habría obtenido, pero Iván parecía dar al olvido todo
lo que pudiese girar en torno a esta reconciliación.
Cada vez que la esposa de Pedro trataba de inclinar a su marido al
perdón, obtenía la misma respuesta:
-¡No me hables de perdonar! Ese bribón puede dar gracias a Dios de que
no lo haya maldecido; mi difunto padre, en mi lugar, le habría dado muerte con
sus propias manos y habría hecho muy bien.
Por lo que respecta a la esposa de Iván, el viejo, en un principio, no
podía sufrir que se hablase de ella en su presencia; tanto es así, que una vez
que la familia Pestoff le escribió una carta en la que le hacía alusión a su
nuera, contestó diciendo que no conocía ninguna nuera suya. Más tarde, al tener
noticia del nacimiento del niño, su corazón se enterneció; quiso saber noticias
de la madre e incluso le mandó dinero, aunque procurando ocultar su nombre.
Apenas contaba el niño un año cuando Ana Pavlovna cayó enferma de gravedad.
Viendo próximo su fin, suplicó a su marido, con lágrimas en los ojos, que ya comenzaban a apagarse,
que le permitiera despedirse de su nuera y bendecir a su nieto. El esposo,
dominado por la emoción, accedió al ruego y dio instrucciones para que
rápidamente fueran en busca de su nuera, que al fin se presentó acompañada de su
hijo y de Marfa.
Melania entró medio muerta de miedo en la habitación donde se hallaba
Pedro Andrevitch, y tras de ella la nodriza conduciendo al pequeñuelo. Pedro la
miró sin decir palabra y la joven se le aproximó temblorosa, asió su mano, y tímidamente depositaron en ella sus labios
un débil beso.
Buenos días, nueva aristócrata -dijo él tras un
penoso silencio-. Vamos a ver a la enferma.
Y levantándose, se inclinó sobre el pequeño
Fedia. El niño, sonriendo, le tendió sus débiles bracitos. El anciano se
emocionó.
-Mi pobre chiquitín -dijo-. Por ti, sólo por ti
perdonaré a tu padre. No, no te abandonaré.
Tan pronto como Melania penetró en la alcoba de
Ana Pavlovna, junto al umbral, se arrodilló. La pobre enferma le dio a entender
que se acercase, y una vez la tuvo a su lado, la abrazó y bendijo al
pe-queñuelo. Después, dirigiendo la vista hacia su marido, intentó hablar.
Adivino lo que vas a decirme -exclamó Pedro-.
No sufras más; Melania se quedará en casa y perdonaré a Vanka.
Ana Pavlovna, haciendo un supremo esfuerzo,
cogió la mano de su marido y la besó. Aquella misma noche dejó de existir.
Pedro Andrevitch hizo honor a su palabra.
Comunicó a su hijo que en memoria a su difunta madre y en atención al inocente
Feodor, le enviaba su bendición y que además había autorizado a Melania para
vivir en la casa paterna.
En un principio la situación de la joven fue
muy penosa, hasta que en forma lenta y gradual supo adaptarse a lo que exigía
el temperamento de su padre político. Este, por su parte, llegó a convivir
bien con su nuera e incluso a tomarle cariño; pero, a pesar de todo, nunca, o
casi nunca le hablaba y aun a veces se echaba de ver que al afecto que sentía
por ella se juntaba una sombra de involuntario desdén.
Mas la persona que contribuyó a hacer penosa la
vida de Melania fue su propia cuñada, que ya en vida de su madre, poco a poco,
había ido monopolizando la dirección de la casa. Todos le obede cían, sin
exceptuar a su mismo padre, tanto era así que no se podía disponer ni de un
terrón de azúcar sin contar con su consentimiento. ¡Y qué mujer, Dios mío!
Hubiera preferido morir antes que ceder un ápice de su poder a otra condueña de
casa, y tratándose de su cuñada, ni pensar que pudiera renunciar a su dominio.
El matrimonio de su hermano la había indignado más aún que a su mismo padre, y
por tal motivo concibió la idea de tener constantemente sojuzgada a la que ella
llamaba "la advenediza", no perdonando ningún medio para humillarla.
Melania, desde su instalación en la casa, fue considerada como una esclava por
parte de Glafira y no pasaba día sin que ésta recordase a aquélla su origen.
Alegando como razón poderosa que no era capaz de ocuparse en la educación de su
hijo, se lo quitaron de sus brazos y casi casi llegaron a prohibirle que lo
viera; el niño quedó bajo la exclusiva vigilancia de Glafira.
Melania, temperamento tímido por excelencia; en
vista de la enorme contrariedad que pesaba sobre su corazón de madre, en las
cartas que dirigía a su marido no hacía más que suplicarle que regre sara lo
más pronto posible. Iván le prometía acceder a sus ruegos, pero nunca se
decidía a cumplir sus promesas.
Hasta el año 1812 no se reintegró al hogar
paterno. Padre e hijo, al hallarse frente a frente después de seis años de
separación, se abrazaron con la mayor efusión, dando al olvido sus pasada discordias.
En aquellos días se cernía sobre Rusia un
peligro de trascendencia histórica: el país en masa se alzaba contra el
enemigo y ambos sintieron en sus arterias los latidos patrióticos de su sangre
rusa, y Pedro, llevado de su amor a Rusia, equipó a sus expensas un regimiento
de voluntarios. Terminó la guerra, desapareció el peligro, e Iván se sintió
dominado de nuevo por el aburrimiento, ya que él sólo soñaba con la sociedad
que había abandonado. Su esposa no reunía los atractivos necesarios para poder
retenerle a su lado.
Melania pasó por la dolorosa prueba de ver que
su marido no se dignaba interceder a fin de que le fuera devuelto su hijo, y
poseída de honda pena se extinguió en pocos días, sin que sus labios
pronun-ciaran una sola palabra de maldición. Incapaz de resistir a nada ni a
nadie, no se atrevió a luchar ni con su mal. A punto de exhalar el postrer
suspiro, miraba a Glafira con dulce sumisión, y lo mismo que Ana Pavlovna, al
morir, había besado la mano de Pedro, Melania, en su lecho de muerte, besó la
mano de Glafira y le recomendó al hijo de sus entrañas. Así terminó la vida de
tan dulce criatura. Arrancada violentamente del suelo que la había visto nacer,
se marchitó y desapareció pronto sin dejar apenas huella alguna de su paso y
sin que nadie lamentara su muerte.
A decir verdad, los únicos que la echaron de
menos en la casa fueron Pedro y los domésticos, sobre todo el primero. Quiso el
destino que éste no sobreviviera mucho a su nuera y cinco años más tarde, en
el invierno de 1819, murió apaciblemente en Moscú, adonde se habían trasladado
en unión de Glafira y su nieto. Pedro, antes de expirar, mostró deseos de ser
enterrado al lado de su mujer y de Melania.
Al ocurrir la muerte de su padre, Iván se
encontraba en París con el exclusivo objeto de disfrutar de los placeres que
brinda la capital francesa; en seguida formó el propósito de trasladarse a
Rusia, en donde le reclamaban dos asuntos de
capital interés: la administración de sus dominios y la educación de su hijo,
que acababa de cumplir doce años.
X
Iván Petrovitch regresó a Rusia convertido en un verdadero anglómano.
Cortos los cabellos, ajustado el pantalón, con verde redingote de largos faldones, con múltiples
vueltas en su corbata; la expresión altanera, el aspecto serio y desenvuelto a
la vez; pronunciando las palabras sin separar los dientes, riendo bruscamente,
sin transición, con ausencia total en su rostro de atractiva sonrisa; sus
discursos versaban tan sólo sobre política o economía y, por si todo eso fuera
poco, una desmedida pasión por el bistec sangriento y por el vino de Oporto le
dominaba. En fin, parecía estar saturado complemente de espíritu inglés. Mas,
aun siendo un anglómano, regresaba también hecho un verdadero patriota, a pesar
de que no se recataba en declarar que conocía muy poco Rusia, que él no tenía
ninguna costumbre rusa y hablaba la lengua maternal en forma asaz curiosa. En
la conversación corriente, sus pesadas y triviales frases estaban llenas de
barbarismos.
Iván Petrovitch había traído consigo un cierto número de proyectos y
planes referentes a la forma de mejorar la gestión de los empleados en los
asuntos del Estado.
De todo se quejaba, más particularmente de la ausencia de un sistema,
y ya en la primera entrevista que tuvo con su hermana le declaró la intención
de reformar por completo la administración de sus dominios; un nuevo sistema
iba a ser implantado. Glafira nada respondió; apretó sus labios y pensó:
"Y yo ¿qué pito tocaré en tal asunto?" Mas cuando se vio instalada en
el campo con su hermano y su sobrino, no tardó en tranquilizarse, ya que desde
el mismo día de la llegada no le faltaron ocupaciones; las bocas inútiles
fueron bien pronto eliminadas y se dio orden de vedar la entrada en la mansión
a los visitantes de antaño. Un vecino lejano, un barón rubio y escrofuloso,
sumamente distinguido y sumamente tonto, vino a recobrar su plaza, mas fue en
vano. Nuevos muebles sustituyeron a los antiguos. Nuevas costumbres fueron
implantadas: el desayuno no se sirvió como antes, y vinos extranjeros, de
marca, reemplazaron con ventaja al vodka y
a los licores caseros. Se dotó a la servidumbre de nuevas libreas y
al antiguo blasón de familia se le agregó esta divisa: In recto virtus. Mas, pese a todo ello,
la autoridad de Glafira continuó intacta: como en el pasado, ella dirigía las
compras y las ventas, y un ayuda de cámara, alsaciano, que Iván había traído
del extranjero y que trató de luchar, fue vencido y hubo de despedirse. La
administración del dominio, en la que Glafira se había igualmente ocupado
antes, quedó tal como estaba, a pesar de los esfuerzos de Iván para poner orden
en tal caos y hubo de contentarse con aumentar un tanto las cargas de
servidumbre y obligar a los mujiks que
se dirigieran directamente a Glafira. Pese a su patriotismo, Iván despreciaba
a los hombres de su raza.
El sistema de Iván Petrovitch únicamente pudo ser aplicado a Fedia: la
educación del muchacho hubo de sufrir "la reforma integral- y sólo por
Iván fue dirigida, desde su llegada.
XI
Durante los años de permanencia de su padre en el extranjero, el pequeño
Fedia, como ya se ha dicho, estuvo bajo la vigilancia exclusiva de Glafira.
Cuando ocurrió el fallecimiento de su madre, el niño aún no había cumplido los
ocho años. A pesar de que no le era dable verla todos los días, la amaba con
pasión; en su corazón quedó grabado para siempre el recuerdo de su dulce y
pálido rostro, de sus tristes ojos, de
sus tímidas caricias. No obstante la falta de comprensión propia de su edad,
él llegó a adivinar la situación especial de su madre en la casa y veía alzarse
entre ambos una barrera que ella no quería o no podía franquear. Por otra
parte, él rehuía el encuentro de su padre y, a su vez, Iván no le acariciaba
jamás; tan sólo su abuelo, algunas veces, le golpeaba cariñosamente en la
cabeza, le consideraba como un joven estúpido y le denominaba pequeño salvaje.
Muerta Melania, Glafira se apoderó en absoluto del rapazuelo, que la
temía enormemente; en algunos momentos, cuando contemplaba aquellos ojos de mirada imperiosa y oía
aquella voz ruda, sentía verdadero espanto; a tal punto que ante ella ni
siquiera se atrevía a abrir la boca. Cuando el niño intentaba moverse de la
silla, su tía en seguida le salía al paso con estas palabras: "¿Adónde quieres
ir? ¡A ver si te puedes estar quieto!"
El domingo, una vez terminada la misa mayor, era el único día en que
le permitían jugar; para ello le entregaban un enorme volumen, libro
misterioso titulado Símbolos y Emblemas, cuyo
autor era un tal Maximovitch-Ambodik, en el que campeaba una multitud de
grabados indescifrables junto con un texto no menos oscuro redactado en cinco
idiomas. Fedia llegó a conocer con todos sus pormenores aquellos dibujos,
siempre los mismos, que despertaban su imaginación y le obligaban a meditar, y
que representaban para él su única distracción.
Cuando Glafira creyó que era llegado el momento de que el niño
aprendiese música e idiomas, contrató a vil precio a una anciana señorita
sueca que hablaba con dificultad el alemán y el francés, toca ba mediocremente
el piano, y era, además, persona muy competente en el arte de salar los
cohombros, y, desde entonces, en la sociedad de tal institutriz, de su tía y de
una anciana sirvienta llamada Vassilievna, pasó Fedia cuatro interminables
años, inmóvil en cualquier rincón, horas y horas, con la odiosa obra Emblemas
y Símbolos ante él. En aquella habitación de la planta baja desde la que se
percibía olor a geranios, alumbrada tan sólo con la pálida luz de una bujía,
sólo se oía el monótono chirrido de un grillo que quizá también se aburriera,
el tic tac del reloj, el ruido que producía un ratón al roer en la sombra la
tapicería. Las tres ancianas, nuevas Parcas, movían silenciosamente sus largas
agujas de tejer, y la sombra de sus manos proyectándose en las paredes, en la
penumbra, hacían nacer en el cerebro del pequeñuelo ideas embelesadoras unas
veces, temerosas otras. Nadie mostraba interés por Fedia, que daba la impresión
de un niño vulgar, pálido, mal fachado, torpón: un verdadero mujik según
Glafira. Mas, su palidez pronto hubiera desaparecido si hubiese podido salir
más a menudo. Por otra parte, aprendía bastante bien lo que le enseñaban aun
cuando, a menudo, se mostraba perezoso. No lloraba jamás, pero de vez en cuando
una crisis de obstinación hacía presa en él y en aquellos momentos nadie era
capaz de hacerle obedecer.
Por otra parte, el niño no sentía el menor afecto hacia las personas
que convivían con él. ¡Desdichado el corazón que no amó desde su más tierna
infancia!
Tal era la situación en que se encontraba Fedia en el momento en que
su padre se reintegró al hogar, y al instante, sin perder tiempo, Iván se
propuso aplicarle su sistema.
Es preciso, ante todo, hacer de él un hombre -dijo Iván a su hermana
Glafira-; y no solamente un hombre, sino todo un espartano. La primera
providencia que tomó fue vestir a su hijo a la escocesa y el pequeñuelo paseó
desde entonces con las piernas desnudas y luciendo en su gorra una pluma de
gallo. La anciana institutriz sueca fue sustituida por un joven suizo, que conocía a la perfección todas las reglas
de la gimnasia; la música, que, en opinión suya, no era ocupación de un hombre,
fue proscrita para siempre; en cambio, se adiestró la inteligencia del niño en
el estudio de las ciencias naturales, del derecho internacional, de las
matemáticas, de los trabajos de carpintería -que tanto gustaban a Juan Jacobo Rousseau-, sin
olvidar las nociones de heráldica, para despertar en él el tono aristocrático:
he aquí todo el bagaje intelectual que convenía a "un hombre". El
niño tenía la obligación de levantarse a las cuatro de la mañana, lavarse con
agua fría y correr a la cuerda, como potro en doma, alrededor de un poste; no
comía más que una vez al día, limitándose su comida a un solo plato, montaba a
caballo, tiraba a la ballesta y, finalmente, siguiendo el ejemplo de su padre,
ejercitaba su voluntad y su fuerza de carácter; de acuerdo con las
instrucciones recibidas, anotaba en un libro de memorias los sucesos de la
jornada y sus propias impresiones. Iván, por su parte, redactaba para Fedia, en
francés, instrucciones en el curso de las cuales le llamaba "hijo" y
le trataba de "usted". En ruso, el niño tuteaba a su padre, mas no
osaba sentarse en su presencia. Tal sistema convirtió al niño en un ser casi
imbécil, aunque, por otro lado, no puede negarse que ejerció una influencia
bienhechora sobre su salud; a tal punto que llegó a ser un apuesto mozo. Su padre
estaba muy satisfecho de su sistema y de los progresos que realizaba Fedia, al
que designaba con el nombre de "hijo de la naturaleza, mi obra". Así
que Fedia hubo cumplido los dieciséis años, Iván se esforzó en inculcar en el
ánimo del muchacho el desprecio a la mujer, con lo cual aquel joven espartano,
de tímido corazón, por cuyas venas circulaba sangre rica y ardiente, hubo de
esforzarse en parecer indiferente, frío, rudo.
El tiempo corría. Iván pasaba la mayor parte del año en Lavriki -su
principal propiedad hereditaria-, aunque tenía la costumbre de vivir en Moscú
durante una buena parte del invierno, en un hotel, y allí se resarcía
frecuentando el club, discurriendo por los salones de la aristocracia,
desarrollando sus ideas, sus pensamientos y mostrándose, más que nunca,
anglómano, excelente crítico y gran político.
Llegó el año 1825 con gran secuela de males que trajo tras sí. Los
amigos de Iván hubieron de sufrir toda clase de pruebas, y el padre de Fedia se
cansó de dirigir sus propiedades y de vivir recluido. Otro año pasó.
Súbitamente vio cómo desaparecía su vigor, cómo le abandonaban las fuerzas; y
esa crisis de salud trajo como consecuencia inmediata un cambio radical en su
conducta. El librepensador se acercó a la Iglesia, ordenó Te Deums; el
recalcitrante anglómano retornó a los baños de vapor rusos; comía a las diez de
la mañana, se acostaba a las nueve de la noche y hasta llegaba a escuchar ya,
sin adormecerse, las murmuraciones de su anciano mayordomo. El hombre político
acabó por quemar todos sus proyectos, toda su correspondencia, y abdicando de
todos sus principios, se acobardaba ante el gobernador y trató de congraciarse
con el jefe de policía, y aquel hombre de voluntad inflexible antes, se lamentaba
plañideramente ahora si le faltaba un botón en sus vestidos o se le servía la
sopa fría. De nuevo fue Glafira la dueña de la casa, y de nuevo recibió a los
intendentes, a los notables de la aldea, a los sencillos mujiks, rendidos
ante la "vieja hechicera", como la llamaba la servidumbre.
El joven Fedia fue el primero en asombrarse ante los nuevos derroteros
que seguía su padre. Cumplidos ya sus dieciocho años, su inteligencia se
despertaba y trató de hallar el modo de libertarse del yugo que le oprimía.
Desde hacía tiempo venía notando cierta inconsecuencia en la vida del que era
el autor de sus días, una contradicción entre sus palabras y sus acciones, una
especie de incompatibilidad entre sus teorías liberales y su rígido
despotismo, pero nunca había podido imaginar una transformación tan completa.
Iván Petrovitch habíase convertido, de la noche a la mañana, en un perfecto
egoísta.
Cuando el joven Lavretsky se disponía a partir para Moscú con objeto
de ingresar en aquella Universidad, cayó sobre Iván una nueva desgracia: se
quedó repentinamente ciego, y lo que era peor todavía, sin esperanzas de
curación.
Los médicos del país no le merecían suficiente confianza, por cuyo
motivo pidió autorización para poder trasladarse al extranjero, autorización
que le fue denegada. En vista de tal negativa, en com pañía de su hijo,
recorrió Rusia por espacio de tres años de médico en médico, de ciudad en
ciudad. Su nerviosidad, su falta de valor, desesperaban a los doctores, tanto
como a su hijo y a la servidumbre. Desesperado del todo, regresó a Lavriky,
pero ya no era más que un verdadero niño caprichoso y llorón, y días amargos
comenzaron para todos. Iván no era soportable más que mientras se hallaba a la
mesa; jamás comiera con tamaña glotonería; el resto de su tiempo, ni reposaba
él ni dejaba descansar a los demás. Rezaba, se lamentaba, lloriqueaba,
abominaba de la política, de su "sistema" de todo lo que había sido
antes el norte de su vida y que había ofrecido como ejemplo a su hijo. Repetía
sin cesar que él en nada creía, y, sin embargo, rezaba casi de continuo. No
podía estar solo un instante y era indispensable que, noche y día, hubiera
alguien junto a su butaca, junto a su lecho, para que le distrajera
refiriéndole cualquier suceso, o historia, o anécdota, que interrumpía a cada
momento gritando: "¡Qué absurdos! ¿Qué es lo que me estás contando?"
Y era sobre todo Glafira la que más sufría con tal estado de cosas;
Iván no sabía pasarse sin ella, que toleraba todas las fantasías del enfermo y
tenía buen cuidado de no mostrar con el tono de su voz la impaciencia o el odio
que en ciertos instantes la dominaba. Dos años se pasaron así; Iván murió en
los comienzos de un mes de mayo, en el momento en que acababan de sacarle al
balcón para que tomara el sol. "Glacha, Glachka, tráeme un caldo, vieja
imbé..." Chillaba en aquel instante, mas no pudo acabar, su lengua se le
entorpeció y cayó para siempre. Glafira, que acababa de recoger la taza de
caldo que traía el mayordomo, se detuvo, miró el demacrado semblante de su
hermano, trazó lentamente el signo de la cruz y sin hablar palabra se alejó;
Fedia, que había presenciado la muerte de su padre, nada pudo decir; fue a
apoyarse en la balaustrada y acodado sobre ella, inmóvil, contempló largamente
el jardín, tan verde y perfumado, deslumbrante bajo los dorados rayos del sol
de primavera.
Tenía ya Fedia veintitrés años y, sin embargo, cuán rápidos habían
transcurrido para él, casi sin que lo advirtiera... La vida se abría ante él en
amplias perspectivas.
XII
En cuanto hubo enterrado a su padre y confiado a la insustituible
Glafira la administración de sus propiedades, Lavretsky salió en dirección a
Moscú adonde le llamaba una fuerza oscura y desconocida, pero imperiosa. No
ignoraba los defectos de que adolecía su educación y se dispuso a remediarlos
en lo que estuviera de su parte. En el curso de los últimos cinco años, había
visto y leído mucho y gran número de ideas fomentaban en su cabeza; más de un
profesor hubiera podido envidiar alguno de sus conocimientos, pero, por
contra. Fedia ignoraba gran parte de lo que cualquier alumno de un Liceo sabe
perfectamente. Lavretsky creía ser un ente singular, distinto de los demás
seres, y eso le privaba de toda libertad de espíritu. El anglómano había
ocasionado un gran perjuicio a su hijo con su "sistema"; el joven
había estado sometido completamente a su padre, era ya tarde: la costumbre era
ley para él. El sistema detestable que le había impuesto su difunto padre
comenzaba a dar sus frutos.
A la edad de los veintitrés años había llegado a la triste conclusión
de que no sabía convivir con sus semejantes. Es más: se daba perfecta cuenta de
que era incapaz de alzar los ojos hacia una mujer, a pesar de que su corazón
estaba sediento de amor. Poseído de un espíritu lúcido y sano, si bien algo
lento en la comprensión, con su tendencia a la contemplación, a la pereza y a
la terquedad, le habría sido conveniente ser lanzado al torbellino del mundo
desde su infancia en vez que recluirle en un aislamiento ficticio. Se dio
cuenta de que había quedado roto el círculo mágico que le encerraba, y, sin
embargo, permaneció inmóvil, como recogido en sí mismo. A pesar de que su edad
no parecía muy a propósito para ello, decidió ingresar en la Universidad con
objeto de seguir los cursos de ciencias fisicas y de matemáticas.
Robusto, de subido color, ostentando cerrada barba, siempre taciturno,
causó a sus camaradas extraña impresión y no dudaban ellos que en aquel grave
hombre que puntualmente llegaba a la Universidad en hermoso trineo tirado por
dos caballos, se ocultaba un alma infantil. Para algunos era un extraño
pedante, y como no tenían necesidad de él, no le buscaban; él, a su vez, los
evitaba. Sólo hizo una excepción en sus dos primeros años de Universidad, la de
un estudiante que le daba repaso de latín. Ese estudiante, llamado Michalevitch,
joven fogoso y poeta, tomó a Lavretsky un vivo cariño. Estaba escrito que tal
amistad debía producir un cambio de importancia en su existencia.
El célebre Motchaloff actuaba en los teatros de Moscú, y Lavretsky,
que era un gran admirador suyo, no perdía ninguna de sus representaciones. Una
noche que había acudido al teatro llamó su atención una joven que divisó en un
palco del primer piso; se puede decir que nunca había sentido una impresión
parecida a pesar de que, por lo general, se estremecía ante cualquier mujer. La
vida y la gracia animaban los rasgos del rostro un tanto moreno y ovalado de la
joven; era puro y agradable; en sus hermosos ojos, que miraban atenta y
dulcemente por bajo gráciles cejas, se revelaba la inteligencia, como se
revelaba la gracia en la fina sonrisa de sus expresivos labios, en la misma
indolente postura de su cabeza, de sus brazos y de su cuello. Su toilette acusaba
un gusto exquisito. Al lado de la joven aparecía una mujer que representaba
tener unos cuarenta y cinco años, y al fondo del palco veíase un hombre de
mediana edad, vestido con amplio redingote y rodeando su cuello ancha corbata, de aire
majestuoso, a pesar de la desconfianza y malicia que se leía en su mirada.
Lavretsky no podía separar sus ojos de la joven. De pronto observó que se
abría la puerta del palco y que entraba Michalevitch, es decir, la única
persona que conocía en Moscú. La tal aparición tenía para nuestro hombre un
significado muy especial. Desde aquel momento lo que pasaba en la escena dejó
de interesar a Lavretsky; incluso el mismo Motchaloff no produjo en él la
impresión habitual, a pesar de que aquella noche se había superado a sí mismo.
En un pasaje de la pieza, Lavretsky volvióse involuntariamente hacia la hermosa
joven y pudo darse cuenta de que los ojos de ella, inclinada hacia delante,
lentamente se dirigían hacia él, y fue tanta la emoción que experimentó nuestro
hombre que toda la noche estuvo pendiente de aquellos ojos de fuego.
Por fin quedaba roto el dique que había sido construido tan hábilmente.
Lavretsky se ahogaba en un mar de inquietudes y al día siguiente, como
impelido por una fuerza misteriosa, fue en busca de Michalevitch. A instancia
suya, el amigo le informó de todo: que la joven se llamaba Bárbara Pavlovna
Korobine; que las dos personas que la acompañaban en el palco eran su padre y
su madre, y que Michalevitch los conocía desde hacía un año, cuando él era
preceptor en la casa del conde N., en los alrededores de Moscú. Hablaba con
verdadero entusiasmo de Pavlovna.
Michalevitch comprendió en seguida la profunda impresión que Bárbara
había producido en el ánimo de Lavretsky y, en vista de esto, le prometió
presentársela, no sin advertirle antes que el padre era un hombre sencillo y la
madre una verdadera estúpida. Lavretsky enrojeció, balbuceó algunas palabras y
se separó de su amigo. Durante cinco días luchó contra su timidez; al sexto,
el joven espartano se vistió con traje nuevo y fue a poner su destino en las
manos de su amigo Michalevitch; éste, íntimo de la casa, se- limitó a pasar un
cepillo por sus cabellos y se dispuso a acompañar a su amigo a casa de los
Korobine.
XIII
Pablo Petrovitch Korobine, padre de Bárbara, era un general retirado
que había hecho toda su carrera militar en San Petersburgo. En su juventud era
considerado tan buen oficial como excelente danzarín. Sin fortuna personal,
durante largo tiempo hubo de contentarse con desempeñar funciones de ayudante
de órdenes cerca de dos o tres generales poco conocidos, y acabó por casarse
con la hija de uno de ellos, que le aportó una dote de poco más de veinticinco
mil rublos. Ya casado, estudió minuciosamente los tratados relativos a la
táctica y estratega militar, y después de veinte años de dedicarse a tales trabajos,
pudo obtener el empleo de general. Hubiera podido descansar y, poco a poco,
asegurar su bienestar, mas quiso proceder rápidamente, ambicionando aumentar
su escasa fortuna, y concibió un proyecto según el cual fructificarían en su
provecho los ingresos del Estado. Pero el general no supo ser generoso; fue
denunciado, y su reputación quedó muy mal parada, a tal punto, que su carrera
militar quedó truncada y se le aconsejó que presentara la dimisión. Durante dos
años aún residió en San Petersburgo, confiado en hallar un empleo civil bien
retribuido, mas nada se le ofreció. Su hija acabó sus estudios, los gastos
aumentaron de día en día y, desolado, hubo de resignarse, trasladar su
residencia a Moscú, cuya población le brindaba una vida más barata, y comenzar
la vida del general retirado sin más ingresos que 2,750 rublos por año. No hay
que olvidar, por otra parte, que Moscú es una ciudad eminentemente hospitalaria
y que merced a esta circunstancia los recién llegados a ella encuentran cordial
acogida y, particularmente, un general no podía menos de ser bien recibido. A
poco, en los principales salones de la capital, la fisonomía del general, su
marcial figura, fueron familiares. Todas las personas que erraban alrededor de
las mesas de juego, conocían la nuca rapada y los ralos y teñidos cabellos del
general, su cinta de la Orden de Santa Ana, su corbata negra. Pablo Petrovitch
supo hacerse querer entre el mundo que frecuentaba; hablaba lo preciso, jugaba
con prudencia, comía poco en su casa y como seis en casa ajena. En cuanto a su
mujer, poco puede decirse de ella: se nombraba Kalliopa Karlovna, tenía siempre
en el lagrimal de su ojo izquierdo
una perla líquida, lo que la incitaba a creerse una sentimental, y su fisonomía
ofrecía siempre una expresión de inquietud, como si temiera olvidarse de hacer
alguna cosa importante.
El único fruto de este matrimonio, Bárbara, había cumplido los
diecisiete años cuando abandonó el colegio, donde destacaba por su belleza, por
su inteligencia y principalmente por su predisposición para la música. Cuando
Lavretsky la vio por primera vez, aún no tenía diecinueve años.
XIV
Temblaba de pies a cabeza el joven espartano cuando fue presentado por
Michalevitch en el desarreglado salón de los señores Korobine. La llaneza
proverbial en los rusos, llaneza que en la persona del general culminaba en
una amabilidad extraordinaria, disipó bien pronto este temor.
La esposa del general casi no intervenía en la conversación, y en
cuanto a Bárbara Pavlovna, se comportaba con una tal naturalidad, tan
tranquila, tan afable, tan dueña de sí misma, que en su presencia todo el mundo
podía expresarse con entera confianza, como si realmente se encontrara en su
casa. Todo su ser era encantador: sus ojos sonrientes, sus hombros de líneas
perfectas, sus brazos rosados, su aire ligero; su misma voz, lenta, dulce; todo
en ella esparcía como un perfume fresco y voluptuoso, que emocionaba y
enardecía al mismo tiempo.
Lavretsky habló de la representación de la noche en que vio por
primera vez a la joven; ésta, por su parte, aludió al arte de Motchaloff,
formulando a este respecto algunos juicios acertados, que revelaban un
espíritu femenino muy sutil. Luego la conversación giró en torno a la música y
Bárbara se puso al piano, interpretando unas cuantas mazurcas de Chopín, que,
en aquella época, comenzaba a estar de moda. Y con esto llegó la hora de la
comida, y aunque Lavretsky quiso retirarse, los Korobine lo retuvieron y le
invitaron a sentarse con ellos a la mesa.
Aquella noche Lavretsky regresó muy tarde a su casa y estuvo mucho
tiempo sin desnudarse, la mano sobre sus ojos,
inmóvil, ensimismado, como encantado. Tenía el presentimiento de
que aquel día había comenzado a vislumbrar y a comprender el encanto que nos
ofrece la vida; que todos sus planes, todas sus resoluciones, todo aquel vacío
de otros tiempos, desaparecían de repente. Experimentaba cómo iba
condensándose en su interior un solo sentimiento, un deseo único: el ansia de
felicidad, de posesión, de amor, del dulce amor de una mujer.
Desde aquel día, el joven hizo frecuentes visitas a los Korobine, y,
una vez transcurridos seis meses, decidió pedir la mano de Bárbara. La
declaración de Lavretsky fue bien acogida, si no por otra ra zón, cuando menos
por la fortuna que poseía y de la que ya estaba enterada toda la familia. La
esposa del general se limitó a exclamar: "Mi hija hace una buena
boda", y se compró una nueva toca.
La misma Bárbara, que durante todo el tiempo que Lavretsky le había
hecho la corte, conservó su tranquilidad, su lucidez, no olvidó en ningún
instante que su pretendiente era rico.
XV
Conforme queda dicho en el capítulo anterior, la petición de Lavretsky
obtuvo favorable acogida, aunque fueron impuestas algunas condiciones. La
primera de ellas consistía en que el futuro esposo dejara inmediatamente de
concurrir a la Universidad, porque resultaría ridículo casarse con un
estudiante, mucho más tratándose de una persona que ya había cumplido los
veintiséis años y que por añadidura era rico propietario. Bárbara estaría
facultada para encargar ella misma su equipo y elegir los regalos de boda que
creyera del caso. Hay que proclamar que Bárbara era mujer de mucho gusto y de
gran sentido práctico; que adoraba el confort y sabía crearlo. El mismo
Lavretsky se convenció de ello cuando después de su matrimonio partieron para
Lavriki con el equipaje que su esposa había comprado. ¡Qué gracia, qué
previsión! ¡Nada faltaba!
En el carruaje aparecían en sus bolsas, en sus cofres, deliciosos
neceseres de viaje, atrayentes objetos de aseo, completo servicio para
desayuno, ¡y con qué gracia sabía preparar Bárbara el café de la mañana! Cierto
que Lavretsky no se hallaba en situación de observar nada de lo que pasaba a su
alrededor, nadaba en la dicha y se sumergía en ella como un niño... Y en
realidad ¿no tenía un corazón de niño aquel joven Alcides? El encanto
irresistible que se desprendía de toda la persona de Bárbara no era un engaño,
el tesoro de dicha desconocida que ella parecía ofrecer, tampoco lo era.
Bárbara otorgaba mucho más de lo que había prometido.
Al llegar a Lavretsky, en pleno verano, la joven desposada encontró
la casa triste y sucia, y a los domésticos, viejos y ridículos; pero no quiso
decir nada a su marido. Si ella hubiese formado el propósito de establecerse en
aquella posesión, lo habría transformado todo, pero en honor a la verdad hay
que declarar que no pensó ni un momento en encerrarse en aquel perdido lugar y
vivió como los demás, soportando pacientemente todas las incomodidades, y aun
riendo de ellas con inalterable buen humor.
Marfa visitó a su antiguo pupilo y tuvo ocasión de conocer a Bárbara;
la anciana señora gustó mucho a la joven esposa, pero ésta causó una impresión
desfavorable a aquella. Glafira, a su vez, vio también un obstáculo en la
persona de la nueva dueña de la casa.
Bárbara combinó su plan de ataque de un modo muy hábil, permaneciendo
siempre en segunda fila, y dando la sensación de que se hallaba sumergida por
completo en las delicias de la luna de miel y en las dulzuras de la vida
campestre, en la música, en la lectura; mas llegaron la cosas a tal punto que,
una mañana, Glafira entró como una loca en la habitación de su sobrino, tiró el
manojo de llaves sobre su mesa, y le anunció que no podía seguir con la
dirección de la casa y que se marchaba. Lavretsky, que estaba ya en
antecedentes sobre este punto, consintió en seguida en la marcha de Glafira
que, dicho sea de paso, estaba bien lejos de suponer que su sobrino admitiera
tal estado de cosas.
Sus ojos se dilataron expresando asombro, y exclamó:
-¡Ah, bien veo que aquí estoy de más! ¡Muy bien! Ya sé quién me echa
de mi hogar paterno, pero acuérdate de estas palabras, sobrino mío: tú no
podrás tener nunca hogar propio, porque andarás errante de un sitio a otro toda
tu vida. ¡He aquí mi maldición!
Glafira abandonó la casa aquel mismo día, retirándose a su pequeña
aldea. Apenas transcurrida una semana, se presentó el general, quien con un
aspecto de melancolía en su cara y en sus gestos, se encargó de la
administración de todos los dominios de Lavretsky.
El joven matrimonio se trasladó a San Petersburgo al llegar el mes de
septiembre; pasaron en la capital dos inviernos, y los veranos en
Tzarkoie-Selo, en una bonita habitación adornada con elegancia y gusto. Pronto
entraron en relación con la alta sociedad; en su casa se celebraron brillantes
recepciones y encantadoras veladas musicales, y llegó un momento en que Bárbara
atraía a los invitados con la misma fuerza de sugestión con que la llama atrae
a las mariposas.
La ola de placer en que se anegaba la vida del joven matrimonio
comenzaba a producir cierto cansancio en el ánimo de Lavretsky; Bárbara le
aconsejaba que se ocupara en algo, mas ni sus gustos per sonales ni la
tradición se lo permitían; y por hacerse agradable a su esposa permaneció en
San Petersburgo. No obstante, sintió pronto la necesidad de poder aislarse un
tanto, para lo cual le favorecía, por un lado, la circunstancia de contar con
el despacho de trabajo más confortable de San Petersburgo y, por otro, la
actitud de su mujer que parecía dispuesta a respetarle sus horas de retiro.
Desde entonces todo fue bien. Reanudó sus interrumpidos estudios; aprendió el
inglés y, en fin, se dispuso a completar su educación, que juzgaba incompleta.
¡Era de ver el espectáculo que ofrecía aquel hombre robusto, con su
cara recubierta por una espesa barba, sepultado entre papeles y libros! Tenía
por costumbre trabajar por las mañanas; comía con gran apetito Bárbara era una
excelente ama de casa- y llegada la noche se sumergía en un mundo encantado,
radiante de bellos y alegres rostros, en cuyo centro destacaba la figura
esbelta de su mujer, como reina y señora de aquel pequeño universo.
De aquel matrimonio nació un hijo que no vivió más que algunos meses;
murió en la primavera, y una vez llegado el verano, Lavretsky, atendiendo el
consejo de los médicos, llevó a su esposa al extranjero con objeto de que
pudiera tomar determinadas aguas medicinales. Ante la desgracia que acababa de
herirles, la salud de Bárbara se resintió algo y fue preciso buscar un clima
más templado que el de San Petersburgo. Durante el verano y el otoño estuvieron
en Alemania y en Suiza, y llegado el invierno se trasladaron a París.
En la capital francesa, la vida de Bárbara ostentóse ufana como una
rosa, y al igual que en San Petersburgo, pronto supo crearse su nido. Aún no
había pasado una semana y ya se hallaba revestida de aquella gracia que es el
encanto de las mujeres parisienses. No tardó mucho tiempo en formarse un
círculo de relaciones, que al principio estaba integrado solamente por rusos;
más tarde comenzaron a afluir franceses amables, hombres solteros de bellas
maneras y nombres sonoros. ¡Y cómo sabían sonreír! Cada uno de ellos quiso llevar a sus
amigos, y bien pronto la encantadora señora de Lavretsky fue conocida de todo
el mundo elegante de París, desde la Chaussé d’Antin a la calle Lille. En aquella época
(1836), no irrumpía aún en los salones esa raza de cronistas de sociedad que
hormiguean ahora por todas partes, sin embargo, frecuentaba los salones de
Bárbara cierto individuo llamado Julio, persona de aspecto poco agradable
rodeada de mala reputación, pero arrogante y atrevido. A pesar de que el precitado
sujeto no resultaba nada simpático a la joven esposa, ésta le permitía la
entrada porque escribía en algunos periódicos y se ocupaba continuamente de
ella, llamándola unas veces la señora de L...tski; otras la señora de ***,
"esa dama rusa tan distinguida que vive en la calle P..."; se
complacía en hacer resaltar ante sus lectores hasta qué punto la tal dama,
"una verdadera francesa por su ingenio" -el mayor elogio que saben
hacer los franceses-, resultaba amable y encantadora, no olvidando decir que se
hallaba excepcionalmente dotada para la música y que bailaba el vals de una
manera admirable; en una palabra, esparcía su fama por el mundo, cosa que
siempre resulta agradable a los mortales, y muy particularmente al sexo
femenino.
Bárbara asistía a alguna función de teatro y sobre todo concurría con
mucha frecuencia a los conciertos de música italiana, que era la que más le
gustaba. Se sentía orgullosa de que Listz hubiese tocado dos veces en su casa y
si bien le juzgaba sencillo en exceso, también le encontraba amable,
encantador.
El invierno transcurrió para la joven esposa entre agradables diversiones,
y para que nada faltase a su dicha incluso, al final de la estación, fue
presentada en la Corte.
En cuanto a Feodor Ivanitch hay que decir que no se aburría del todo,
por más que alguna vez la vida se le hiciera pesada, siquiera por la frivolidad
que le rodeaba. Se ocupaba en leer los periódicos, en seguir los cursos de la
Sorbona y del Colegio de Francia y los debates en las dos Cámaras, y había
emprendido la traducción de una reputada obra relativa a los diversos sistemas
de irrigación.
-Con ello no pierdo el tiempo -se decía-; todo esto tiene su utilidad.
Mas en el próximo invierno, me será absolutamente preciso volver a Rusia y
dedicarme de lleno al trabajo.
Pero, ¿había calculado bien si podría volver tan pronto a Rusia como
se proponía? Entre tanto, debía partir con su mujer para Baden-Baden.
Un acontecimiento imprevisto echó de pronto por tierra todos sus
proyectos.
XVI
Al penetrar Lavretsky un día en el gabinete de su esposa, en ausencia
de ésta, observó que en el suelo había un papelito cuidadosamente doblado; lo
cogió maquinalmente, lo desdobló, y asombrado pudo leer las siguientes líneas
escritas en francés:
"Bety, mi querido ángel (yo no puedo llamarte Barba, Bárbara o
Várvara): te he esperado inútilmente en la esquina del bulevard. Confío en que
mañana, a la una y media, te encontrarás en nuestro cuartito; a esa hora el
tonto de tu marido está de ordinario metido entre sus libros, y cantaremos otra
vez aquella romanza de vuestro poeta Ponchkine que tú me has enseñado:
"Viejo marido, marido terrible". Deposito mil besos en tus blancas
manos y en tus lindos pies. Te espero.
Ernesto"
Lavretsky no pudo comprender al instante lo que leía. Tuvo que leerlo
otra vez y entonces perdió la cabeza; le hacía el efecto de que el piso se le
hundía debajo de los pies como el puente de un barco sacudido por las olas. No
pudo contenerse más, se ahogaba, y en aquel momento lanzó un grito y se echó a
llorar como un niño.
Su razón se extraviaba. Su mujer le había merecido una confianza tan
absoluta, que jamás había vislumbrado siquiera la posibilidad de que pudiera
engañarle. ¡Y pensar que aquel Ernesto, el amante de su mujer, un lindo rubio
de unos veintitrés años, era sin duda el ser más insignificante entre todas sus
relaciones! Lavretsky pasó así una media hora. Seguía en el mismo sitio,
arrugando en su mano el papel fatal y mirando fijamente el suelo. Le parecía
ver pasar pálidas figuras a través de un torbellino negro; su corazón
desfallecía, la cabeza se le iba y le parecía que un abismo sin fondo se lo
tragaba.
El conocido crujido de una falda de seda le sacó de su estupor; era su
esposa que regresaba de su paseo. Lavretsky, al verla, se estremeció, sentía
que en aquel momento era capaz de hacerla peda zos, de aplastarla con la rabia
de un mujik, de estrangularla
con sus propias manos, y optó por huir. Bárbara, sorprendida, quiso detenerlo,
pero él, murmurando apenas, dolorosamente, la palabra "Bety", se
precipitó fuera de la casa.
Lavretsky tomó un carruaje y se hizo conducir
fuera de París. Anduvo errante todo el resto del día y toda la noche hasta el
alba, deteniéndose sin cesar y retorciéndose las manos, dando en ocasiones la
sensación de un hombre furioso, sujeto en otras a los excesos de una extraña e
incomprensible alegría. Así llegó la mañana y transido de frío se dedicó a
entrar en una mala posada de arrabal, pidió una habitación y se sentó junto a
la ventana. No tardaron en apoderarse de él una serie de bostezos nerviosos;
observaba que no podía sostenerse sobre sus piernas y que todo su cuerpo se
hallaba como destrozado. Permaneció sentado, mirando en torno suyo, pero no
comprendía nada. No sabía explicarse por qué se encontraba allí, en un cuarto
vacío y desconocido, solo, entumecidos los miembros, amarga la boca, oprimido
el pecho; ni por otro lado, daba con la clave de por qué su Bárbara había
podido entregarse a aquel francés y como había sido capaz, después de cometida
su traición, de permanecer impasible, apacible, prodigándole las acostumbradas
caricias y tratándole con la misma confianza. "No puedo llegar a
comprender nada" -murmuraban sus labios secos-. "Además, puedo yo
saber si ya en San Petersburgo..."
Al pronunciar tales palabras bostezó de nuevo;
tiritaba y todo su cuerpo se estremecía. Recuerdos tristes unas veces o alegres
otras le atormentaban. Se daba cuenta de que su esposa, pocos días antes, en
presencia de él y de Ernesto, se había puesto al piano para cantar la canción
"¡Viejo marido, marido terrible!". Le parecía ver en aquellos
instantes la rara expresión de su rostro, el extraño brillo de sus ojos, el
color encarnado de sus mejillas y se sentía tentado a correr hacia ellos para
decirles: "¡Os habéis imaginado que podíais jugar impunemente conmigo,
pero no habéis tenido en cuenta que mi abuelo ahorcaba a los mujiks, y
que él mismo era un mujik! " Los mataría a los dos. En seguida se
preguntaba si lo que le estaba ocurriendo no era un sueño, y más que un sueño,
una loca alucinación... Luchaba, hacía titánicos esfuerzos para desasirse de
ella, pero no podía evitar que el dolor se hundiera cada vez más en su
corazón, como la garra del buitre en las carnes de su presa. Y su suprema tortura
consistía en que Lavretsky esperaba ser padre dentro de algunos meses. El
pasado, el porvenir, toda su vida estaba emponzoñada.
Por fin, se decidió a regresar a París, entró
en un hotel y envió a Bárbara la carta de Ernesto, acompañada de una carta del
tenor siguiente:
"El papel que le adjunto servirá para que
usted lo comprenda todo. Permita que le diga que por esta vez no ha dado usted
pruebas de gran prudencia al dejar abandonado por el suelo un papel de tanta
importancia como el que incluyo. (El pobre Lavretsky venía preparando y
puliendo esta frase desde hacía muchas horas). Yo no puedo volver a verla, ni
creo, por otra parte, que usted lo desee. Le destino una pensión anual de
15,000 francos; se me hace imposible concederle más. Envíe su dirección a la
administración de mi dominio. Haga lo que mejor le parezca y viva donde le
plazca. Deseo que sea usted feliz. Es inútil que responda."
A pesar de esta última frase, es lo cierto que
Lavretsky esperó; una respuesta, una explicación de aquel hecho inconcebible le
era necesaria. En efecto; Bárbara le escribió aquel mismo día una carta muy
extensa, pero lo hizo en forma tal, que las dudas que aún conservaba, no
solamente quedaron desvanecidas por completo, sino que incluso se avergonzó de
haberlas alimentado. En su carta, Bárbara no se justificaba; únicamente
expresaba sus deseos de encontrarse con él y le suplicaba que no la condenase
definitivamente. La carta estaba redacta en términos de frialdad, aunque en
algunos sitios aparecieron huellas de lágrimas.
Lavretsky se limitó a sonreír amargamente y,
por medio del mensajero, contestó que estaba bien; tres días después ya había
abandonado París y tomado el camino de Italia, en vez de seguir el de su país
natal. Dio órdenes terminantes a su nuevo administrador en lo que concernía a
la pensión de su mujer, al mismo tiempo que le mandaba recibiese inmediatamente
de manos del general Korobine la dirección de sus asuntos, con la
recomendación expresa de, que tomase las medidas necesarias para la
partida de su Excelencia. El se imaginaba la humillación del orgulloso general,
y en su dolor se deslizó una alegría maliciosa.
Lavretsky se refugió en una pequeña ciudad
italiana, pero no supo o no pudo renunciar a seguir los movimientos de su
mujer. Se enteró por los periódicos que, conforme tenía proyectado, había
partido para Baden-Baden. Pronto apareció su nombre en un artículo firmado por
el famoso Julio. Más tarde se enteró de que era padre de una niña, como
asimismo, por su administrador, que Bárbara había reclamado el primer trimestre
de su pensión. Algún tiempo después comenzaron a circular los rumores más
desagradables, hasta que un día todos los periódicos relataron una aventura
tragicómica en la que Bárbara jugaba un papel no muy honroso. La bella joven
era ya, desde aquel instante "una celebridad".
Llegó un momento en que Lavretsky se hizo el
propósito de olvidarla, aunque para conseguir tal propósito vióse precisado a
sostener una lucha muy violenta consigo mismo, pues se daba el caso de que, a
veces, se sentía poseído de un deseo tan ardiente de volver a verla, que lo
habría dado todo, que lo habría perdonado todo con tal que le fuera dado oír
aquella voz acariciadora y sentir su mano entre las suyas.
Sin embargo, el tiempo comenzaba a extender su
manto de olvido. Comprendía que no había nacido para sufrir y su naturaleza vigorosa
recobró sus derechos. Las cosas, entonces, aparecían claras a sus ojos; el
mismo golpe que le había herido no le pareció tan imprevisto; adivinaba las
intenciones de su mujer. La realidad nos enseña que no llegamos a conocer bien
a aquellos seres con quienes convivimos sino cuando estamos lejos de ellos.
De nuevo pudo ocuparse en algo, trabajar, mas
ya no fue con el entusiasmo y con el fervor de antes; el escepticismo, al que
estaba preparado por su educación, se enroscó en su alma y acabó por serle
indiferente todo.
Así transcurrieron cuatro años, al cabo de los
cuales se halló con la fortaleza necesaria para regresar a su patria y poder
encontrarse otra vez entre los suyos. Puso en práctica su idea y sin detenerse
en San Petersburgo ni en Moscú llegó a la población de O..., en donde lo hemos
dejado y adonde rogamos al lector que se digne ahora volver con nosotros.
XVII
Al día siguiente del que nosotros hemos
hablado, Lavretsky, a eso de las diez de la mañana, entraba en la casa de los
Kalitine. En aquel momento Lisa, con el sombrero y los guantes puestos, se
disponía a salir.
-¿A dónde va usted? -le preguntó Lavretsky.
-Como hoy es domingo, voy a misa -contestó la
joven.
-¿Va usted regularmente a misa?
Lisa, sorprendida, se limitó a mirarle sin
proferir palabra.
Le ruego me perdone -dijo Lavretsky-; no me he
expresado bien. Vengo a despedirme de usted, porque tengo el propósito de
partir para la campiña dentro de una hora.
-¿Muy lejos de aquí?
Poco más o menos, a veinticinco verstas.
La pequeña Lenotchka, acompañada de una
sirvienta, apareció en el umbral de la puerta.
Espero que no nos olvidará dijo Lisa,
disponiéndose a bajar la escalinata.
Yo también espero que usted no se olvidará de
mí, y además... -añadió- ya que va usted a la iglesia, rece también por mí.
Lisa se detuvo, le miró y pronunció estas
palabras:
-Sí, señor, rezaré también por usted. ¿Vamos,
Lenotchka? Lavretsky únicamente encontró en el salón a María que, según dijo,
presa de fuerte jaqueca, había pasado la noche casi en claro. Lo recibió con su
habitual y lánguida amabilidad, mas, poco a poco se animó.
-¿Verdad -preguntó ella- que Vladimiro
Nicolaevitch es un joven encantador?
-Ignoro a quién se refiere usted.
-Pues a Panchine, es decir, a ese joven que
ayer se encontraba aquí. Usted le ha gustado mucho y en secreto le diré, mi
querido primo, que está locamente enamorado de mi Lisa. Es persona de buena
familia, funcionario inteligente, y, además, es gentilhombre de cámara. Si tal
es la voluntad de Dios, yo, como madre, me sentiré feliz si se casan.
Indudablemente, mi responsabilidad es muy grande, ya que la felicidad de los
hijos depende de los padres, mas es preciso confesar que hasta aquí bien o
mal, he sido yo sola la que he criado mis hijos y me he ocupado en su
educación. Recientemente hice venir una institutriz de la casa de la señora
Bulus...
Y María se lanzó a enumerar todos sus cuidados,
todos sus esfuerzos, todos sus sentimientos maternales. Lavretsky la escuchaba
sin pronunciar palabra, sin dejar de dar vueltas al sombrero que tenía entre
sus manos, y su actitud fría dejó algo perpleja a la dueña de la casa.
-¿Qué le ha parecido Lisa? ¿Cómo la ha
encontrado? Lisa es una joven encantadora respondió Lavretsky.
Y dicho esto, Lavretsky se levantó y, después
de saludar a María, subió a las habitaciones de Marfa. La señora Kalitine le
dirigió una mirada de descontento, y dijo para sus adentros: "¡Qué hombre
más rudo, qué mujik! Ahora comprendo por qué su mujer
le ha sido infiel".
Marfa se encontraba rodeada de sus acompañantes
habituales, igualmente caros a su sensible corazón: un pardillo amaestrado, un
perrito, un gato, una muchachita como de nueve años, morena, chati lla, de
grandes ojos, llamada Chourotchka, y recogida por la anciana, y una mujer de
cincuenta y tantos años, que vivía casi a sus expensas, llamada Nastasia
Karpovna.
-¡Oh, Fedia -gritó Marfa al divisar a
Lavretsky-, ayer no pudiste conocer a mi familia! ¡Admírala! Aquí nos tiene
reunidos para el té, el segundo, el té de las fiestas. Tú puede acariciar a
todo el mundo, excepto a Chourotchka, que no te lo consentirá, y al gato, que
te arañará.
Y cambiando de tono, agregó:
-¿Decididamente marchas hoy?
-Sí, hoy mismo; ya me he despedido de María e
incluso he visto a Lisa en el momento en que se disponía ir a misa. ¿Es
devota?
-Sí, muy devota, Teodoro; mucho más de lo que
podamos ser tú y yo reunidos.
Bien -continuó Lavretsky-; ¿puede usted
suministrarme antecedentes de ese señor... llamado Panchine, si mal no
recuerdo, y del que acaba de hablarme María? ¿Quién es ese joven?
-¡Dios me perdone, qué charlatana! -refunfuñó
Marfa-. Aseguraría que te habrá explicado, en tono confidencial, que se trata
de un joven que pretende a su hija. No hay nada seguro aún ¡gracias a Dios!
pero ella no sabe abstenerse de charlar.
-¿Por qué ha dicho usted "gracias a
Dios"? -preguntó Lavretsky.
-Sencillamente, porque se trata de un joven que
no me resulta muy simpático.
-¿No le encuentra usted simpático? Y a Lisa ¿le
gusta? -insistió Lavretsky.
Parece que sí, aunque sobre esto no pueden
lanzarse afirmaciones. ¡El corazón humano es como una inmensa selva oscura, y
mucho más aún el corazón de una joven! Mira, aquí tienes a Chou rotchka; ¿quién
podría profundizar en su corazón? ¿Por qué desde que has llegado se oculta, sin
decidirse, sin embargo, a marcharse? Chourotchka dejó oír una risa largo tiempo
contenida y se lanzó fuera de la habitación.
-Es verdad dijo Lavretsky, pesando sus
palabras, mientras se ponía en pie-, no es fácil conocer el corazón de una
muchacha.
Y se dispuso a marchar.
Y bien ¿volveremos a verte pronto?
No lo sé a punto fijo, querida tía, pero no me
voy muy lejos de aquí.
-¿A Vassilievskoïe, no es verdad? ¿Y por qué no
fijas tu residencia en Lavriky? Bueno, éstas son cosas que tú has de combinar
como mejor te parezca, aunque sí te pido que vayas a visitar la tumba de tu
madre y asimismo la de tu abuela. En tus viajes por el extranjero habrás
tenido ocasión de adquirir muchas relaciones, pero no es aventurado suponer que
tus antepasados, desde el fondo de su tumba, tendrán una alegría de que hayas
regresado. ¡Ah! no olvides hacer decir una misa por el eterno reposo de Glafira.
Aquí tienes un rublo; soy yo la que tengo interés en que se diga esa misa. No
la quise en vida, es verdad, mas no puede negarse que era una mujer de talento
y que no carecía de espíritu. Además, ella no te olvidó un instante. Y ahora
vete, y que Dios sea contigo; acabaría por fastidiarte.
Marfa abrazó a su sobrino y añadió:
-En lo que concierne a Lisa, tengo el
presentimiento de que no se casará con Panchine. No creo estar equivocada al
afirmar que no es ése el marido que ella necesita. Por ese lado no te
inquietes.
-¡Oh! ¡Si yo no experimento ninguna inquietud!
-respondió Lavretsky.
Y partió.
XVIII
Metido en su tarantas se encontraba al cabo de
unas cuatro horas, rodando rápidamente por un camino bien cuidado. Hacía dos
semanas que reinaba una gran sequía; una ligera niebla esparcía en la atmósfera
un tinte lechoso y ocultaba los bosques lejanos; percibíase un olor como a
quemado. Oscuras nubecillas dibujaban sus contornos indecisos sobre el cielo
pálido; un viento seco y bastante fuerte soplaba a ráfagas, aunque sin la
virtud suficiente para refrescar el aire.
Lavretsky, la cabeza apoyada en los almohadones
y los brazos cruzados sobre el pecho, dejaba vagar sus miradas sobre los campos
labrados que se divisaban en torno suyo, en abanico; sobre los cíti sos, que
aparecían uno después de otro; sobre los cuervos y las urracas, que seguían
con ojos estúpidamente recelosos los movimientos del
vehículo que pasaba. Se hallaba absorto en la contemplación del paisaje que se
ofrecía a su alrededor, y aquella soledad de las estepas, aquella verdura,
aquellos largos ribazos, aquellos barrancos cubiertos de chaparras, aquellas
aldeas grises, en una palabra, toda la naturaleza rusa que no había visto desde
hacía tanto tiempo, despertaban en su corazón sentimientos a la vez dulces y
tristes; sentía que su pecho se hallaba como oprimido, mas esa emoción, por
otro lado, no dejaba de tener cierto encanto.
Sus pensamientos se sucedían lentamente, aunque
sus contornos eran tan vagos como los de las nubes que vagaban por encima de su
cabeza. Evocaba el recuerdo de su infancia; reproducía el momento en que lo
llevaron junto al lecho de muerte de su madre, y cómo, oprimiendo su cabeza
contra el corazón, rompió en débil llanto, y se detuvo luego al ver a Glafira.
Se acordó de su padre, siempre malhumorado, y también de Bárbara, aunque al
llegar a este punto sus ojos
se cerraron sin querer y se estremeció, como la persona que recibe un choque
inesperado. Luego sacudió la cabeza y su pensamiento se deslizó hacia Lisa, y
se dijo: "He aquí un nuevo ser que entra en la vida. ¿Qué suerte deparará
el Destino a esa deliciosa criatura? Es linda. Tiene la tez fresca y clara,
graves los ojos y los labios, una mirada pura. ¡Lástima que al parecer, sea un
poco novelesca. Hermoso talle, voz dulce, andar gracioso. Me encanta verla
cómo se detiene súbitamente, cómo escucha con atención, sin sonreír y luego se
entusiasma en sus pensamientos mientras instintivamente echa hacia atrás sus
cabellos. Yo también, como tía Marfa, tengo el presentimiento de que Panchine
no es digno de ella; aunque, hablando sinceramente, ¿qué se le puede
reprochar? Y por otra parte ¿por qué me preocupo? Ella no hará otra cosa que
seguir el camino que tenga trazado, que es la ley de todo mortal. Creo que
sería mejor para mí dormir un poco".
Y Lavretsky cerró los ojos.
Pero no pudo lograr su propósito; sólo
consiguió quedar en ese estado de amodorramiento
que se experimenta durante un viaje hecho sin comodidad. Las imágenes del
pasado volvieron a surgir len tamente en su alma, mezcladas a otros
pensamientos... De vez en cuando su cabeza resbalaba de lado y, tras una
sacudida, abría los ojos... Otra vez surgía el mismo escenario, los mismos campos,
el mismo paisaje de las estepas; las herraduras de los caballos levantaban
chispas, de vez en cuando, al chocar con piedras enterradas entre el polvo del
camino; la blusa amarilla del cochero se hinchaba con el viento. "En
verdad, se dijo Lavretsky irónicamente, que es linda la situación que me trae a
mi patria" y exaltado sin saber por qué gritó al cochero: "¡Más de
prisa!" Después, como si ello le hubiera obligado a un gran esfuerzo, se
envolvió mejor en su manta, se recostó sobre los cojines y se sumió de nuevo en
somnolencia. De pronto, el tarantas experimentó una fuerte sacudida y
Lavretsky, alarmado, incorporóse mientras abría sus ojos. Ante él, sobre una
eminencia, una pequeña aldea se extendía, y algo más a la derecha se percibía
una antigua mansión en no muy buen estado. Era Vassilievskoïe.
El conductor del carruaje paró los caballos
ante la puerta, después de describir una curva. El ayuda de cámara de
Lavretsky, incorporándose en su asiento, lanzó un sonoro: "¡Eh!", al que respondió en seguida un
sordo y bronco ladrido, pero no se vio al perro. De nuevo el ayuda de cámara,
tomando aliento, repitió su grito, pero nada varió de momento; sólo al cabo de
unos minutos, un hombre de blancos cabellos apareció, salido Dios sabe de dónde,
miró hacia el tarantas, poniéndose ante los ojos una mano para
resguardarlos del sol, y cuando hubo reconocido al que llegaba, dando
inequívocas muestras de contento corrió a abrir la puerta. El tarantas entró
en el patio y se detuvo ante el vestíbulo, mas, cuando llegó, ya se hallaba
allí el anciano, que ayudó a bajar del coche a su amo y le besó la mano.
-Buenos días, buenos días, amigo mío -exclamó Lavretsky-.
Veo que todavía vives. Eres Antonio, ¿verdad?
El viejo criado, sin pronunciar palabra, se
inclinó y corrió a buscar las llaves; no tardó en regresar, y cuando ya tuvo
la puerta abierta se separó a un lado y de nuevo hizo un saludo a su amo
doblándose hasta la cintura.
"Heme de nuevo en mi casa" pensó
Lavretsky, entrando en un pequeño vestíbulo, mientras la luz, a medida que
abríanse crujiendo las ventanas, una tras otra, penetraba a raudales en la
desierta mansión.
XIX
La pequeña casa que Lavretsky se disponía a
habitar, y en la que, dos años antes, había muerto Glafira, había sido
edificada en el siglo anterior y a pesar de su vetustez, gracias a la excelente
madera con que había sido construida, aún se hallaba en situación de poder servir
cincuenta más. Lavretsky recorrió todas las habitaciones e hizo abrir todas las
ventanas, que permanecían cerradas desde el fallecimiento de su tía Glafira.
Esta disposición no dejó de irritar vivamente a las indolentes moscas, blanquecinas
de polvo, que cubrían los techos. En el interior de la casa, todo permanecía
como antaño. En el salón se encontraban unos divancitos que recordaban los
tiempos de la emperatriz Catalina; luego aparecía el sillón favorito de Glafira
con su alto respaldo, contra el que nunca se había apoyado Glafira, ni aun en
su vejez. De la pared colgaba un viejo retrato de Andrés Lavretsky, el
bisabuelo de Feodor, y de uno de los ángulos de ese retrato pendía una corona
de siemprevivas que, según declaró el criado Antonio, "había sido tejida
por Glafira con sus propias manos".
Sobre la estrecha cama de la alcoba se veía un
amontonamiento de almohadones medio descoloridos, y a su cabecera una lámina,
un icono, representando la Presentación de la Virgen, que la vieja solte rona,
en el momento de expirar, había llevado a sus ya helados labios. Contiguo a la
alcoba se encontraba el oratorio de desnudas paredes y en uno de sus ángulos
se veía una vitrina repleta de iconos; una alfombra, gastada y cubierta de
manchas de cera, cubría el suelo. Sobre ella tenía por costumbre
arrodillarse Glafira para rezar sus plegarias, inclinándose profundamente hasta
la tierra.
Mientras Lavretsky efectuaba su visita, el viejo Antonio había sido
reemplazado ante su amo por una anciana quizás de más edad que él. Su mirada
mortecina expresaba la resignación, la costumbre de la obediencia y a modo de
respetuosa conmiseración. Al encontrarse con Lavretsky besó su mano, y después
fue a situarse junto a la puerta, como si aguardara órdenes. Lavretsky no se
acordaba de ella, y a sus preguntas respondió que se llama Apraxeia y que una
cuarentena de años atrás la había unido Glafira a la servidumbre de aquella
casa; de lo anterior a esta fecha no se acordaba; quizá había perdido la razón
y sólo un sentimiento le restara: la sumisión absoluta. Además de los dos
viejos y de tres robustos muchachos, bisnietos de Antonio, había en la casa
otro servidor: un pequeño mujik sucio y mal portado, manco, inútil
para todo trabajo, salvo para imitar el cacareo de un gallo; el viejo can que,
a su modo había dado la bienvenida a Lavretsky, prestaba mejores servicios que
aquel mujik. El pobre perro
hacía diez años que estaba amarrado a la cadena, una pesada cadena que le había
proporcionado Glafira, y con tal peso, a duras penas podía moverse.
Después de haber examinado la casa, Lavretsky bajó al jardín,
encontrándolo lleno de malas hierbas y de matojos mezclados con groselleros y
frambuesos. Así y todo le causó excelente impresión: había allí hermosos
lugares sombreados; viejos tilos, notables no sólo por su gigantesco
desarrollo, sino por la extraña disposición de sus ramas; muy cercanos los unos
a los otros, acaso hacía cien años que no habían sido podados. Rodeaba el
jardín un pequeño estanque bordeado de altos y rojizos juncos. ¡Cuán pronto se
borran los trazos de la vida humana! La propiedad de Glafira no había vuelto a
un estado salvaje, mas ya aparecía sumida en el estado de abandono característico
de todo lo que se halla al abrigo de la actividad humana.
Feodor recorrió más tarde la aldea; las mujeres de los mujiks, inmóviles, la cabeza entre las
manos lo miraban pasar desde el umbral de sus isbas o cabañas; los hombres le
saludaban, pero desde lejos, y los chiquillos le huían; y hasta los perros le
ladraban con cierta indiferencia. A nadie interesaba. No tardó en sentir
hambre, mas sus sirvientes y su cocinero no llegarían hasta por la noche y
tampoco los carros de provisiones habían llegado. Hubo, pues, de expresar su necesidad
a Antonio; éste atrapó una gallina, la mató y la peló; Apraxeia la lavó como
si lavara ropa, la metió en una marmita y la dejó cocer. Cuando ya estuvo
cocida, Antonio preparó a su modo la mesa y, con voz cantarina, anunció a
Lavretsky que la comida estaba servida. Al sentarse su amo, el viejo se colocó
tras de su silla luego de haber envuelto su mano derecha con una servilleta. El
anciano despedía un olor fortísimo, extraño, parecido al del ciprés. Lavretsky
intentó comer, pero inútilmente: la piel de la gallina era como cuero, los
muslos estaban llenos de duros tendones, y todo sabía a madera y a lejía.
Expresó su deseo de tomar té y el viejo, complaciente le interrumpió, diciendo:
En un instante os lo sirvo.
Y cumplió su promesa. Pudo descubrir una pulgarada de té, envuelto en
un trozo de papel rojo, un pequeño samovar y varios trocitos de azúcar
semifósil, y Lavretsky bebió aquello que semejaba té en un tazón reservado en
su niñez a los huéspedes de paso. También Lavretsky creyó ser aquel día un
huésped en su casa.
Los domésticos llegaron por la noche. Lavretsky no quiso acostarse en
la cama que había sido de su tía y ordenó que le preparasen un lecho en el
mismo comedor. No tardó en acostarse, y ya extinta la bujía con que se
alumbrara, se sintió presa de esa penosa impresión que experimenta todo el que
pasa una primera noche en un lugar deshabitado durante mucho tiempo; en la
oscuridad que le rodeaba le parecía como si ésta reservara una sorpresa, como
si las mismas paredes se extrañasen de su presencia. Así transcurrió algún
tiempo; luego, lanzó un suspiro, se arropó bien y acabó por dormirse.
El viejo Antonio aquella noche se quedó el último en pie; había estado
cuchicheando con Apraxeia y, asombrado, se había persignado dos veces;
mientras hablaba: no le cabía en la cabeza que su amo hubiera venido a
establecerse en Vassilievskoïe teniendo en la vecindad una hermosa posesión
con una casa muy confortable; ignoraba el pobre hombre que precisamente aquella
casa se hacía odiosa a Lavretsky porque le traía antiguos recuerdos.
Después de haber cuchicheado mucho tiempo, el viejo Antonio tomó un
bastón y fue a golpear la placa de hierro, tanto tiempo muda, que estaba
colgada en el granero. Luego se echó, dispuesto a cumplir su misión aquella
noche, noche de mayo tranquila y serena, que traería para el pobre anciano tan
sólo durante cortos instantes el necesario reposo.
Al día siguiente, Lavretsky se levantó muy temprano. Visitó al starosta,
recorrió la granja y fue a libertar de su cadena al perro, que quedó tan
asombrado que ni siquiera se atrevió a abandonar su perrera. De vuelta a la
casa, se entregó a una especie de vaga somnolencia que no le abandonó ya en
todo el día. Y se dijo varias veces: "Heme aquí sumergido en el fondo del
río". Permanecía sentado, inmóvil, junto a la ventana, y parecía prestar
oído a los ruidos sofocados que llegaban de la aldea. Detrás de las altas
ortigas, una voz aguda tarareaba una canción, y un mosquito que zumbaba parecía
hacerle coro. Calló la voz, pero el mosquito siguió zumbando. Susurraban
importunando las moscas y entre el susurro, un moscardón se hizo oír mientras,
de continuo, chocaba contra las paredes. Un gallo cantaba en la calle,
prolongando su nota final, un coche pasó y en la aldea se iban abriendo las
puertas chirriando, gruñendo como si se quejaran.
Se oyó un corto diálogo y tras él un silencio infinito. Ni el menor
ruido, ni siquiera el viento agitaba las hojas; pasaban silenciosas las
golondrinas unas tras de otras, rozando casi la tierra con sus alas, y el
corazón se llenaba de tristeza al verlas volar en aquel ambiente de serena
calma...
"He aquí sumergido ya en el fondo del río" -se decía una vez
más Lavretsky-. "Y ¡cuán dulce y tranquila se desliza aquí la vida en todo
tiempo! El que se circunscribe a este círculo es forzoso que se resigne. Aquí
ningún trastorno ni agitación alguna alteran la vida, y sólo logra su fin el
que sigue impertérrito su camino, como el labrador que traza el surco con la
reja de su arado.
¡Y cuánta energía, cuánta salud logra uno en este ambiente de apacible
reposo, de inefable paz!... Aquí, bajo la ventana, el pomposo cardo saca su
espinosa cabeza por entre la espesa hierba; a lo lejos, en medio de los campos,
se ven amarillear, ondulante, el centeno y la avena, que comienzan a elevar
sus espigas; todo crece, todo se extiende; cada brizna de hierba sobre su
tallo, cada hoja de árbol sobre su rama. Ahora me doy perfecta cuenta de que,
inútilmente, he inmolado mis mejores años al amor de una mujer... Pero quizá la
calma que ahora me rodea pueda devolver a mi espíritu la paz que ansía y me
enseñe a comportarme en lo sucesivo sin dañosas precipitaciones".
Y de nuevo sumergióse en aquel silencio, esforzándose por ahogar los
impulsos de su corazón. Ya no le queda nada que esperar y, no obstante, la
antorcha de su esperanza refulge aún para él... Una paz completa le rodea. El
sol desciende, lentamente, recortándose en el límpido cielo; las nubes, en la
inmensidad azul pasan como si supieran cuál era su ulterior destierro. En
otros lugares de la Tierra, a aquella misma hora, la vida nacía pujante, cual
espumosa ola en la mar; aquí, en cambio, muere, cesa imperceptiblemente, como
el agua que se desliza entre la hierba de los prados.
Hasta que llegó la noche, Lavretsky permaneció ensimismado, absorto en
la contemplación de la apacible vida que le rodeaba; los amargos recuerdos del
pasado se borraban en su alma como la nieve de los campos en primavera. Y ¡cosa
rara en él! le pareció que nunca había sentido por su patria un amor tan vivo,
tan poderoso.
XX
Quince días más tarde, Feodor había logrado poner orden en lo que
antaño fuera casita de Glafira; hizo limpiar el jardín, mandó traer de Lavriky
muebles confortables y de la ciudad vinos, libros y periódicos; tuvo a su
disposición los caballos en la cuadra, procuróse, en fin, cuanto juzgó
necesario en su nueva vida y, ya resignado, se dispuso a comenzar la tranquila
existencia de un noble campesino con ribetes de anacoreta.
La vida de Lavretsky se deslizaba monótona, igual, no veía a nadie,
y, sin embargo, no se aburría. Vigilaba su dominio, paseaba a caballo, leía. A
veces, sentado junto a la ventana, la pipa en la boca, una taza de té frío al
alcance de su mano, se complacía en oír antiguas historias de labios del viejo
Antonio. Éste de pie ante su amo, con las manos a la espalda hablaba lentamente
de tiempos pasados, de los tiempos en que la avena y el centeno no se vendía al
peso, sino por sacos, a razón de dos o tres kopecks cada uno; de aquella época en que
los bosques impenetrables se extendían por todas partes, en que la estepa era
toda ella terreno inculto. "Ahora decía en tono lastimero el viejo criado,
que contaba más de ochenta años-, se halla todo tan bien, tan cultivado, que
uno no sabe por dónde pasar".
Antonio gustaba, asimismo, de hablar de su antiguo ama, de Glafira,
"¡tan juiciosa, tan económica! ", decía él.
Lavretsky había imaginado encontrar en la casa papeles antiguos,
documentos curiosos; pero en este sentido tuvo una decepción, ya que solamente
pudo hallar un viejo libro en que su abuelo, Pedro Andrevitch, hacía las más
diversas anotaciones; entre otras podían leerse las siguientes: "En San
Petersburgo ha sido celebrada una fiesta en honor de la paz firmada con el
Imperio turco por Su Excelencia el príncipe Alejandro Alexandrovitch
Prozorovsky", y a renglón seguido: "Receta de una decoración para el
pecho", con esta observación: "La anterior receta ha sido comunicada
a la generala Prascovia Feodorovna Saltikova por Feodor Avxentievitch, arcipreste de la iglesia de la Santísima Trinidad
Eterna". Después venían noticias de carácter político, tales como:
"Esos tipos de franceses ya no son objeto de nuestras
conversaciones". Y a continuación: "La Gaceta de Moscú anuncia la muerte de Miguel Petrovitch Kolitcheff,
primer mayor. Seguramente que este personaje debía ser uno de los hijos de
Pedro Vassilievitch Kolitcheff".
Lavretsky encontró, además, varios calendarios
antiguos y algunos libros explicativos de los sueños, como asimismo la obra
misteriosa de M. Ambodik, titulada "Símbolos y Emblemas", que
despertó en él recuerdos de muchos años atrás dormidos. En el tocador de
Glafira descubrió, en el fondo de un cajón, un paquete atado con una cinta
negra y sellado con lacre del mismo color. Dicho paquete contenía dos
retratos: uno al pastel, de su padre, en sus tiempos de juventud, y otro que
representaba a una joven pálida, vestida de blanco y con una rosa en la mano.
Era su madre.
Al ver los retratos, el viejo Antonio dijo a
Lavretsky:
-Yo, padrecito, en aquella época aún no vivía
en la casa del amo y, a pesar de ello, me acuerdo bien de vuestro bisabuelo
Andrés Atanassievitch. Contaba yo diecisiete años cuando él murió. Un día me lo
encontré en el jardín y me estremecí de espanto, eso que no hizo otra cosa que
preguntarme mi nombre y enviarme a buscar un pañuelo a su habitación. Era un
gran señor, y no reconocía a nadie como superior a él merced a un talismán
maravilloso que poseía. Se lo había dado un monje del monte Athos, diciéndole: "Eres
bueno y por eso te lo entrego, boyardo; consérvalo; mientras lo tengas en tu
poder nada temas". Desde entonces pudo hacer cuanto quiso. Si algún
propietario osaba contradecirle, vuestro bisabuelo fijaba en él sus ojos y le
decía tan sólo: "Tú no eres más que una brizna de paja". Era su frase
favorita en tales casos. Y ¡qué gran administrador era aquel tan gran señor,
de grata memoria! Vivía en una sencilla casita de madera, gastando únicamente
lo preciso, y así pudo dejar al morir tanto traje, tantas provisiones en su
despensa, tan colmadas sus bodegas. ¡Era un maestro! En cambio, vuestro abuelo.
Pedro Andrevitch, aunque levantó una casa de piedra, no por eso supo crear
riqueza. Disipó cuanto cayera en sus manos, aun viviendo peor que su padre, y
no supo procurarse ninguna distracción. Nada dejó tras sí para que se acordaran
de él, ni dinero, ni siquiera una cuchara de plata... y gracias, últimamente,
a nuestra tía Glafira...
-¿Es cierto -interrumpió Lavretsky- que la
llamaban "la vieja hechicera"?
-Sí, señor, pero había que conocer a los que la
calificaban de tal -replicó Antonio, indignado.
-Padrecito -se permitió preguntar un día el
viejo criado-, ¿dónde se encuentra la señora en estos momentos?
Nos hemos separado -contestó Lavretsky,
haciendo un esfuerzo-. Te pido que no me hables más de ella.
Y Antonio, empleando un tono que dejaba
entrever la tristeza de que se hallaba poseído, se limitó a comentar:
-Lo comprendo todo, señor.
Tres semanas más tarde, Lavretsky partió a
caballo hacia O... visitando la casa de los Kalitine, en cuya compañía pasó la
velada. Lemme se encontraba allí. Gustó mucho a Lavretsky, que amaba
apasionadamente la música -sobre todo la música seria, la música clásica-,
aunque su padre no le hubiese consentido aprender a tocar ningún instrumento.
Panchine -¡cosa rara!- no se encontraba aquel día en la casa. Lisa tocó sola y
con mucha precisión, a tal extremo que Lemme se animó, y haciendo un rollo con
un papel, se puso a marcar con él el compás, como con una batuta. María le miró
unos instantes, sonriendo, mas a poco se marchó a dormir diciendo que Beethoven le atacaba los nervios.
A medianoche, Lavretsky acompañó a Lemme hasta
su casa y estuvo con él hasta las tres de la madrugada. Lemme se mostró con él
muy expansivo; hacía tanto tiempo que nadie le había testimonia do su simpatía,
y Lavretsky, con sus preguntas parecía demostrar una solicitud tan sincera, que
el anciano músico se emocionó, a tal punto, que acabó por enseñar a su invitado
la música que había compuesto y tocó, y hasta cantó con voz apagada, algunos
fragmentos de sus composiciones, entre otros, una balada de Schiller, que
llevaba por título Fridolín, a la que había puesto música.
La pieza en cuestión fue muy del agrado de
Lavretsky, que le felicitó y le hizo repetir algunos trozos, y al marcharse
invitó al músico a que fuera a pasar algunos días con él en el campo. Lemme,
que le acompañó hasta la calle, aceptó en seguida, verdaderamente agradecido,
estrechándole calurosamente la mano; pero, al quedarse solo, bajos los ojos,
curvada su espalda, como un culpable, se dirigió a su habitación, y mientras se
acostaba en su pobre cama, dura y estrecha, murmuraba estas palabras: "En
verdad que no he estado razortable".
Cuando algunos días después, conforme tenía
anunciado, Lavretsky fue a buscar a Lemme, en su -carruaje, el viejo músico
trató de fingirse enfermo, pero no le valió la excusa: Feodor logró decidirle
a ponerse en marcha; y para ello tan sólo hubo de decirle que había hecho
llevar a su quinta, especialmente para él, un piano de la ciudad.
Mas antes de emprender su ruta, ambos se
dirigieron a casa de los Kalitine, para pasar allí la velada; ésta no fue para
ellos tan agradable como la vez anterior. Panchine se hallaba allí, hablando
sin cesar de su pasado viaje y burlándose dolosamente de los terratenientes a
quienes visitara. Lavretsky reía, pero Lemme, refugiado en un rincón, callaba y
movía las miembros en silencio, como una araña; no se animó más que cuando
Lavretsky se levantó para despedirse. Hasta en el carruaje, el viejo siguió
pensativo y persistió al principio en su mutismo; pero el aire dulce y
templado, la brisa suave, las ligeras sombras, el perfume de los prados, la
débil claridad de un cielo sin luna, pero tachonado de estrellas, todos los
encantos de la primavera, y de aquella noche incomparable, penetraron en el
alma del pobre alemán y él fue el primero que rompió el silencio.
XXI
Primeramente habló de música, después de Lisa,
y luego, otra vez de música. Cuando hablaba de la muchacha, pronunciaba más
lentamente las palabras, como recreándose en ello. Lavretsky llevó la
conversación a la obra musical del anciano profesor y medio en serio, medio en
broma, le propuso que le escribiera un libreto.
-¡Hum, un libreto! -respondió Lemme-. Eso es
imposible. Yo no poseo la viveza de imaginación que se requiere para componer
una obra; he perdido ya mis fuerzas; pero si pudiera hacer aún alguna cosa, me
contentaría con una romanza, aunque me serían necesarias para ello lindas
palabras...
De pronto enmudeció, y así, callado, inmóvil,
permaneció mucho tiempo con los ojos fijos en el cielo, sumido en sus
pensamientos.
Al fin dijo:
-Yo precisaría, por ejemplo, algo como:
"¡Oh, estrellas!... ¡Oh, vosotras, puras estrellas!..."
Lavretsky volvió un poco la cabeza hacia él y
le miró con atención.
-"¡Oh, estrellas! ¡Oh, vosotras, puras
estrellas!" -repetía Lemme-. "Vosotras abarcáis, bajo la misma
mirada, a las almas puras y a las impuras, a los inocentes y a los
culpables...; pero sólo los puros de corazón...", o algo por el estilo,
"os comprenden", es decir, no, "os aman..." Por otra parte,
yo no soy poeta, y por tanto, no es ése mi dominio, mas comprendo que se
necesitaría algo de este género, algo elevado, sublime...
Hizo una pausa y luego continuó, bajando
gradualmente la voz:
-"Y vosotras sabéis también quién ama,
quién sabe amar y porque sólo vosotras sois puras, únicamente vosotras podéis
consolarlo..." No, no; no es esto lo que quisiera; yo no soy poeta; no,
no lo soy -repetía-; pero, en fin, algo por este estilo...
-Es sensible que tampoco yo sea un poeta
-indicó Lavretsky.
-Estamos soñando despiertos -replicó Lemme,
acurrucándose en el fondo del carruaje, y cerró los ojos como si quisiera dormir.
Unos instantes pasaron. Lavretsky aplicaba el oído, para escuchar.
-¡Oh, estrellas!... ¡Puras estrellas!...
¡Amor!... murmuraba muy bajo el anciano:
-¡Amor! -repitió para sí Lavretsky. Y se quedó
ensimismado, triste, sintiendo oprimirse su corazón.
-¡Qué linda música ha compuesto usted para la
letra de Fridolín, Cristóbal...! -dijo de pronto en voz alta-. Y ¡cuán
bien supo usted interpretar el verdadero papel de ese Fridolín!... Después que
el conde lo hubo presentado a su mujer, cuán pronto fue el amante de ésta...
Usted lo cree así -comentó Lemme- porque tal
vez la experiencia...
Se detuvo bruscamente y se volvió con aire
embarazado. Lavretsky, por su parte; sonrió fingidamente y también se volvió
para mirar el camino.
Las estrellas comenzaban ya a perder su brillo
y el cielo a esclarecer, cuando se detuvo el carruaje frente a la escalinata
de la casita de Vassilievskoe. Lavretsky condujo a su huésped hasta el cuarto
que le había reservado, y entrando después en su gabinete, fue a sentarse en
su lugar favorito, junto a la ventana. En el jardín, un ruiseñor dejaba oír su
lindo canto, saludando a la aurora que llegaba. Lavretsky recordó que también
cantara en el jardín de los Kalitine el ruiseñor, y revivió el dulce momento en
que los ojos de Lisa se dirigieron alegres hacia la ventana, al
iniciar su melodía el pajarito. Su pensamiento se detuvo en ella, y su corazón
halló la calma.
-¡Cuán pura niña! dijo a media voz-. ¡Cuán
puras las estrellas! -añadió, sonriente.
Y tranquila, apaciguada su alma, se acostó.
En cuanto a Lemme, permaneció mucho tiempo
sentado en la cama, con un cuaderno de música sobre las rodillas. Le parecía
que, inesperadamente, en su cerebro iba a nacer una sin igual y deliciosa
melodía. Su imaginación ya en vuelo, parecía sentiïr la embriagadora dulzura de
la inspiración tomando cuerpo, la fiebre de la creación... Pero todo fue en
vano.
Ya no soy poeta, ni músico -se dijo en voz
baja.
Y su cabeza, desfallecida, cayó pesadamente
sobre la almohada.
XXII
Sentados en el jardín, a la mañana siguiente,
tomaban el té Lavretsky y su huésped, a la sombra de un viejo tilo.
-Maestro -dijo de pronto Lavretsky-, pronto tendrá usted que
componer una cantata solemne.
-¿A propósito de qué?
Pues a propósito del matrimonio de Panchine y
de Lisa. ¿No vio usted cómo le hacía la corte el muchacho? Por lo visto, la
cosa se halla bien encauzada.
-¡Oh, no; tal cosa no sucederá! -gritó Lemme.
-¿Por qué?
-Porque es imposible. Aunque -añadió un
instante despuéstodo es posible en este mundo, sobre todo entre ustedes, los
rusos.
-No mezclemos a Rusia en este asunto -dijo
Lavretsky, y agregó-: ¿Qué es lo que le desagrada a usted en ese matrimonio?
-Todo. Lisa es una joven sensata, seria; tiene
sentimientos elevados. En cambio, él es un dilettante... tan sólo un dilettante.
-Pero ella le ama.
Lemme se irguió.
No, no le ama -profirió-; es decir, ella es tan
pura de corazón que ni siquiera sabe lo que significa amar. Su madre le dice
que el joven le conviene, y ella tiene confianza en su madre. Lisa, pese a sus
diecinueve años, no es más que una niña... Por la mañana reza, y por la noche
vuelve a rezar; todo esto está muy bien...; pero ella no le ama. Ella no puede
amar más que lo bello, y Panchine no es bello, quiero decir que su alma no es
bella.
Lemme había pronunciado las precedentes
palabras con tanta rapidez como pasión, yendo y viniendo a cortos pasos, fijos
sus ojos en el suelo.
-Mi querido maestro -exclamó súbitamente
Lavretsky-, me parece que usted también está enamorado de mi prima.
Lemme se detuvo en-seco.
-Le ruego -dijo con voz temblorosa- que no se
burle de mí; no estoy loco. Mi cuerpo se inclina ya hacia la tumba oscura y no
tengo ya ante mí un porvenir de color de rosa.
Lavretsky tuvo lástima del viejo, y le pidió
perdón. Lemme, después del té, tocó su cantata; más tarde, durante la comida,
obligado insensiblemente por Feodor volvió de nuevo a hablar de Lisa, y
Lavretsky, sin advertirlo, ponía en escucharle toda su atención, todo su
interés.
-¿Qué le parecería a usted, Cristóbal -dijo
repentinamente Lavretsky-, si la invitara a pasar aquí un día en compañía de su
madre y de mi anciana tía?
Lemme dejó caer su cabeza.
-Invítela usted -contestó en voz baja.
-¿Pero sin Panchine?
-¡Sin Panchine! -exclamó alegremente el viejo,
con una sonrisa casi infantil.
Dos días después, Lavretsky marchaba a la
ciudad para visitar a los Kalitine.
XXIII
Lavretsky encontró a toda la familia Kalitine
en casa, pero no quiso dar a conocer inmediatamente su intención. Antes pensaba
comunicarla a Lisa, y pronto se le presentó ocasión; les dejaron solos en el
salón y comenzaron a hablar de cosas indiferentes.
Lisa se expresaba sin temor, porque ya iba
familiarizándose con Lavretsky. Éste, por su parte, la escuchaba atentamente,
contemplando fijamente su rostro, y repitiendo para sí las mismas palabras de
Lemme; entonces comprendía que éste tenía razón. A veces ocurre que entre dos
personas que se conocen ya pero cuyas almas están muy lejos una de otra, se
establece de pronto, en breves instantes, una corriente de simpatía, y la
conciencia de esa simpatía bien pronto se revela en las miradas, en la dulce
expresión de la sonrisa, hasta en los gestos. Y eso precisamente fue lo que
ocurrió entre Lisa y Lavretsky.
-Hele aquí tal como es él -se decía Lisa
examinándole con simpatía.
Hete aquí, tal como eres -decíase él, a la vez,
por su parte. Y por eso no se sorprendió en manera alguna cuando ella le
anunció, después de vacilar un poco, que hacía tiempo estaba deseando
dirigirle una pregunta, pero que no se atrevía a llevar a cabo su intento
porque temía disgustarle.
No tema usted, hable -dijo, parándose ante
ella.
Lisa elevó hasta él su pura mirada.
Usted es muy bueno -principió por decir, y al
mismo tiempo pensaba: "Sí, es bueno, verdaderamente bueno"-,
perdóname si le hablo de ciertas cosas..., comprendo que yo no debería hablarle
de ellas... Pero, ¿cómo ha podido... por qué se ha separado usted de su mujer?
Lavretsky se estremeció; miró a Lisa y se sentó
a su lado.
Querida niña -dijo-, le ruego que no abra usted
esa herida. Delicadas son sus manos y, sin embargo, ¡cuánto me harían sufrir!
Ya sé -continuó Lisa, como si no hubiese oído
sus palabras- que ella es culpable respecto de usted; no pretendo defenderla;
mas ¿cómo se puede separar lo que Dios uniera?
Nuestras convicciones sobre ese punto son muy
diferentes, Lisa -expresó Lavretsky en un tono bastante brusco-. No podríamos
entendernos.
Lisa palideció; tembló de pies a cabeza, pero
continuó con gran dulzura:
Usted debe perdonar si quiere que a su vez le
perdonen.
-¡Perdonar! -exclamó Lavretsky-. ¿Sabe usted
bien en favor de quién intercede? ¡Perdonar a esa mujer, acogerla de nuevo en
mi casa, a ella, criatura frívola y sin corazón! Además ¿quién le dice a usted
que se halle dispuesta a volver a mi lado? Seguramente que ella está plenamente
satisfecha de su situación. Pero ¡de quién fuimos a tratar! ¡Usted no debe
siquiera pronunciar su nombre! ¡Usted no llegará nunca a comprender de lo que
es capaz semejante criatura!
-Mas ¿por qué ni para qué esos insultos? -dijo
Lisa, esforzándose en hablar.
Y el temblor de sus manos se hizo visible.
-¡Es usted quien la ha abandonado, Feodor!
Ya se lo he dicho a usted -arguyó Lavretsky, en
un arranque involuntario de mal humor-, no sabe de quién se trata.
-Pues, en ese caso, ¿por qué la aceptó usted
por esposa? dijo Lisa en voz baja, al mismo tiempo que cerraba los ojos.
Bruscamente, Lavretsky se levantó de su asiento.
¿Qué por qué la quise por esposa? Yo era
entonces joven, desprovisto de experiencia y me engañé, fui arrastrado por los
encantos de su belleza exterior. No conocía a las mujeres, no conocía la vida.
Ojalá Dios le conceda a usted un matrimonio más feliz. Mas, creedme, resulta
imposible prever el curso de los acontecimientos.
-Sí, señor; también yo puedo ser desgraciada
-dijo Lisa con voz temblorosa-; pero en tal caso es preciso saber resignarse.
Yo me expreso mal, quiero decir que si no nos resignamos...
Lavretsky, impaciente, apretó los puños y
golpeó el suelo con el pie.
-¡Oh, no se incomode, se lo ruego! ¡Perdóneme
usted! -exclamó Lisa, muy compungida.
María irrumpió en aquel momento en el salón.
Lisa se levantó y se dispuso a salir.
No se marche usted todavía, se lo ruego -le
dijo Lavretsky. Quiero pedirle un favor a su mamá y a usted: vengan a visitar
mi nueva morada. Ya saben ustedes que tengo piano y que Lemme se encuentra
allí. Además, las lilas están en flor; podrán respirar un poco el aire del
campo y regresar el mismo día. ¿Aceptan ustedes?
Lisa lanzó una mirada a su madre, que en aquel
instante tomaba un aire de languidez, mas Lavretsky sin darle tiempo para
hablar una palabra, fue hacia ella y le besó las manos. María, siempre sensible
a tales demostraciones de gentileza, y que no esperaba recibirlas de un hombre
tan "salvaje" se dejó conmover y dio su consentimiento. Y mientras
María se hallaba reflexionando sobre la fecha a elegir, Lavretsky se acercó a
Lisa, y muy conmovido todavía, le dijo furtivamente:
-Gracias. Es usted una excelente muchacha.
Perdóneme mis culpas.
El rostro de la joven se iluminó con una
graciosa y alegre sonrisa. Sus ojos rieron también. Precisamente era
ella la que temió hasta tal instante haber ofendido a Lavretsky.
Quedó acordado que, además de María y de Lisa,
participarían en la excursión Lenotchka y Chourotchka. Marfa rehusó ser de la
partida, diciendo:
Es muy diflcil para mí remover mis viejos
huesos. Y, además ¿dónde podría yo dormir a gusto en tu casa? Yo ya no duermo
bien más que en mi lecho. ¡Que la juventud se divierta!
Ya no se presentó para Lavretsky nueva ocasión
de hablar a solas con Lisa; mas la seguía con tal mirada, que la linda
muchacha tan pronto se sentía dichosa como confusa, y, a veces, hasta llegaba a
inspirarle un sentimiento de piedad.
Al despedirse de Lisa, Lavretsky,
instintivamente, le apretó con fuerza la mano, y ella, al hallarse sola, quedó
ensimismada, pensativa.
XXIV
Cuando llegó Lavretsky a su casa halló,
esperándole, a un hombre de alta talla, flaco, de viva faz, de larga nariz, de
ojos pequeños y brillantes. Era Michalevitch, su antiguo camarada en la
Universidad. De momento, Lavretsky no le
reconoció, pero al nombrarse el visitante, le abrazó con efusión. No se habían
visto desde Moscú y exclamaciones y preguntas, recuerdos de tiempo olvidados
resurgieron. Fumando pipa tras pipa, bebiendo de tiempo en tiempo sorbos de té,
agitando sin cesar sus brazos, Michalevitch contó a Lavretsky sus
tribulaciones, y en verdad que su relato nada tenía de alegre, y, no obstante,
él reía, reía, con risa nerviosa. Acababan de ofrecerle un empleo en casa de un
rico comerciante, a unas trescientas verstas de O... y, al saber la llegada de
Lavretsky, se había desviado de su camino para venir a visitar a su viejo
amigo.
Michalevitch hablaba con tanto ardor como en su juventud, como
entonces gesticulaba, como entonces se exaltaba. Lavretsky quiso hablarle de su
triste situación; mas Michalevitch le interrum pió, balbuciendo: "¡Ya lo
sé, ya lo sé, querido amigo; quién lo hubiera podido esperar! ", y
hábilmente desvió la conversación al terreno de las ideas generales, diciendo:
Mi querido amigo; como debo partir mañana, tú me perdonarás si te
hago acostar tarde. ¡Tengo tantos deseos de conocer tus opiniones, tus
convicciones; saber lo que te enseñara la vida!
Y más que escuchar, lo que hizo fue hablar rápida, incansablemente.
Lavretsky, al principio, le escuchó casi sin pronunciar palabra, mas,
poco a poco, insensiblemente, el espíritu de contradicción nació en él, y no
había pasado un cuarto de hora, cuando se inició entre los dos una discusión,
una de esas interminables discusiones de las que sólo son capaces los rusos.
Insensiblemente fueron elevando el tono de voz, y el pobre Lemme, que se había
encerrado en su habitación desde que Michalevitch llegara, oyéndoles, se
preguntaba qué es lo que ocurría entre los dos amigos.
Así pasaron las horas. Al fin, Lavretsky, que ya casi no podía tenerse
en pie, dijo:
Permíteme que te haga observar que ni dormimos ni dejamos dormir a los
demás. Como los gallos, desgarramos nuestras gargantas gritando a más y mejor.
Escucha cómo canta ya por la tercera vez.
Esta observación de su amigo calmó a Michalevitch. -Hasta mañana, pues
-dijo, y llenaba su pipa de tabaco. Hasta mañana -le respondió Lavretsky.
Pero ni uno ni otro se decidían a marchar y siguieron hablando aún más
de otra hora. Pero su conversación era apacible, triste, sin que sus voces
sobrepasaran su normal diapasón.
Michalevitch, pese a los esfuerzos de Lavretsky por detenerle, partió
a la mañana siguiente. Nada pudo disuadirle de marchar. Además, no era
necesario: habían hablado hasta la saciedad. Entonces se percató Feodor de la
miseria de su amigo, quien no tenía sobre él ni siquiera un solo kopek. Ya la víspera había visto en su
camarada indicios de una pobreza extenuada: rotas las botas, con botones de menos
el redingote, sin
guantes sus manos, enmarañada si cabellera; no se había preocupado, al llegar,
de asearse lo más mínimo, había comido como un rústico, destrozando la carne
con los dedos y triturando hasta los huesos con sus dientes negros y
resistentes; sin embargo nunca supuso que a tanto llegara su infortunio. De
poco había servido a Michalevitch su notable actividad; el pobre muchacho
ponía todas sus esperanzas en el comerciante que le llamaba, que quizá le
colocase tan sólo para tener en su oficina "un hombre culto".
Pero, a pesar de todo, Michalevitch no se desesperaba. Vivía como
filósofo idealista, como poeta, sin preocuparse siquiera de si se exponía a
morir de hambre. No le llamaba el matrimonio, mas sin cesar se enamoraba y se
lanzaba a escribir versos en loor de su enamorada, a veces una, para él,
"aristócrata" de cabellos negros y rizados, y que quizá era tan
sólo, para los demás, una humilde hebrea harto conocida por muchísimos
oficiales de caballería... Mas, si se miraba bien, ¿qué importancia tenía eso?
Michalevitch no llegó a entenderse con Lenime; sus ardientes discursos, sus
bruscas maneras, desagradaron al plácido alemán, y no era extraño; un
infortunado sabe reconocer de lejos a otro infortunado; pero si ha llegado ya a
la edad madura, es raro que se acerque a un semejante: nada puede darle ni
nada puede recibir de él, ni siquiera la esperanza.
Lavretsky y Michalevitch siguieron hablando hasta el último momento,
hasta cuando el viajero se hallaba ya instalado en su tarantas. Envuelto en
una a modo de capa española, Michalevitch se guía exponiendo sus ideas; su
descarnada mano se agitaba en el aire, como si lanzara la simiente del
bienestar futuro. Y ya se hallaban en marcha los caballos cuando aún aquel
iluso se puso en pie, guardando a duras penas el equilibrio para gritarle a su
amigo: "Acuérdate de mis últimas palabras: ¡Religión, progreso, humanidad!...
Adiós". Y su cabeza, tocada con un sombrero calado hasta las cejas, desapareció
en la caja del carruaje.
Lavretsky quedó solo en el umbral, mirando fijamente el vehículo que
se alejaba, hasta que lo perdió de vista.
Algunas de las frases de su amigo, que él había discutido, criticado,
refutado, se habían adentrado con fuerza en su alma. Al hombre le es
suficiente ser bueno; si lo es, nada ni nadie podrá vencerle.
XXV
Dos días más tarde, María, dando cumplimiento a
la promesa hecha, llegaba con su familia a Vassilievskoïe. Las jóvenes se
encaminaron en seguida al jardín; María, lánguidamente, recorrió la casa, y lánguidamente
elogió la instalación. Ella consideraba su visita como una gran condescendencia
suya, aún más, como una buena acción.
Lavretsky notó con placer que el buen acuerdo
entre él y Lisa continuaba aún, por cuanto, al entrar la linda muchacha le
había tendido cordialmente la mano.
Después de la comida, Lemme, que estaba agitado
ante la presencia de los visitantes, sacó de uno de los bolsillos de su frac
color tabaco un pequeño rollo de papel de música, y mordiéndose los labios sin
decir palabra, fue a colocarlo en el piano: se trataba de una romanza que había
compuesto la víspera, y sus palabras, tomadas de antiguos versos alemanes,
hacían alusión a las estrellas. Lisa sentóse en seguida al piano y se dispuso a
descifrar la melodía, pero imposible: la música resultaba complicada y desagradable;
se adivinaba el esfuerzo que había hecho el compositor para llegar a expresar
algo apasionado y profundo, mas sólo el esfuerzo se manifestaba; Lisa y
Lavretsky lo advirtieron en seguida. Lernme también se dio cuenta de ello; y
sin abrir los labios se acercó al piano, retiró su romanza y la metió en el
bolsillo. Fue inútil la insistencia de Lisa, que quería tocarla otra vez; el
viejo movió la cabeza y dijo de una manera harto significativa:
-Ahora... se ha terminado.
Y hundida su cabeza entre los hombros, abandonó
la estancia. Llegada la tarde, todo el mundo tomó parte en una partida de
pesca, y a fe que no faltaban peces en el estanque que había en un extremo del
jardín. Se instaló a María en una butaca puesta a la sombra, con una alfombra a
sus pies; se le proporcionó la mejor caña y Antonio, experimentado pescador,
quedó a sus órdenes; Lemme, acompañado de las dos niñas, fue más lejos, hasta
la presa. Lavretsky se colocó al lado de Lisa. Los peces mordían sin cesar el
anzuelo y viéndoles agitarse, dorados, plateados al extremo del cordel, los
niños expresaban a gritos su gozo. La misma María hizo oír por dos veces
ligeros chillidos.
Lavretsky y Lisa fueron los que menos éxito
lograron, quizá porque también fueron los que menos atención prestaron a la
pesca; distraídos, dejaban flotar los corchos hasta la orilla. Los altos
juntos rojizos movíanse suavemente a su alrededor; bajo sus ojos, el agua, inmóvil, rielaba y esto
les servía de entretenimiento, mientras hablaban.
Protegidos ambos bajo la sombra de un tilo,
Lisa se mantenía de pie sobre una pequeña balsa; Lavretsky se había sentado en
el tronco de un cítiso. Lucía la joven un lindo vestido blanco; su sombrero
pendía de uno de sus brazos y a duras penas lograba sostener con sus manos el
sedal con que pescaba. Lavretsky contemplaba su perfil puro, quizá un poco
severo, sus cabellos anudados tras las orejas, sus mejillas delicadas,
ligeramente encendidas, y se decía: "¡Cuán bella eres así, al borde de mi
estanque!" Lisa no se volvía hacia él, entretenida en mirar el agua, tan
pronto sonriente, tan pronto ensimismada, cerrando a medias los ojos.
Lavretsky fue el primero en romper el silencio.
-Me han venido muchas veces a la memoria dijo,
súbitamente- las palabras pronunciadas en nuestra última conversación, y he
llegado a la conclusión de que es usted extremadamente buena.
Yo no tenía la intención... pronunció Lisa, y
se sintió confundida.
-Es usted muy buena -repitió Lavretsky-. Yo soy
un hombre de suyo rudo y, a pesar de todo, no dejo de comprender que todo el
mundo debe amarla. Lemme, por ejemplo, para no ir más lejos, está
verdaderamente enamorado de usted.
La joven, oyéndole, contrajo ligeramente las
cejas, como ya era habitual en ella siempre que escuchaba algo que le era
desagradable.
-Por cierto que ¡pobre señor!, hoy me ha
causado mucha lástima al ver que fracasaba con su desdichada romanza. Ser
joven y fracasar en cualquier empresa, es soportable; mas en la vejez, sin
fuerzas, qué tristeza. Sobre todo cuando aún se puede apreciar que llega la
hora de la decadencia. ¡Cuán mal debe soportar un anciano un tal
descubrimiento!... ¡Cuidado... un pez pica!
Me ha dicho -añadió Lavretsky, después de unos
momentos de silencio- que Vladimiro ha compuesto una romanza muy bonita.
-Sí, en efecto -respondió Lisa-, es una pieza
muy ligera, pero resulta agradable.
-¿Qué opinión tiene usted de él? preguntó
Lavretsky-. ¿Es buen músico?
A mi parecer tiene grandes disposiciones para
la música, mas hasta el presente la ha cultivado muy poco.
Y dígame, ¿es buen muchacho?
Lisa sonrió, y volvió rápidamente el rostro
hacia Feodor, exclamando:
-Qué pregunta más rara la que acaba usted de
hacerme. Y recogiendo su sedal, volvió a lanzarlo a lo lejos.
-¿Por qué la encuentra rara? Yo no hago otra
cosa que informarme como recién llegado y como pariente que soy de usted.
-¿Como pariente?
-Sí, ¿acaso no soy su tío?
Vladimiro tiene buen corazón manifestó Lisa-,
además, no está falto de talento; mamá le tiene en gran estima.
Y usted ¿le quiere también?
-Siendo, como es, un buen muchacho, ¿por qué no
lo había de querer?
-¡Ah! balbució Lavretsky, y enmudeció; su
rostro mostraba una expresión entre triste e irónica.
Lisa, por más que trataba de sonreír, se
hallaba perpleja ante la fija mirada de su interlocutor.
Bien, ¡pues que Dios les conceda la dicha!
murmuró al fin, como hablando consigo mismo. Y desvió su mirada.
Lisa enrojeció y profirió estas palabras:
Usted se equivoca, Feodor... No debe usted
creer... Y súbitamente agregó-: ¿Acaso Vladimiro le desagrada a usted?
-Sí, me desagrada.
-¿Por qué?
-Porque me parece que es hombre sin corazón.
La sonrisa desapareció del rostro de Lisa, y
luego de largo silencio dijo:
Usted está acostumbrado a juzgar a las personas
con excesiva severidad.
No lo creo yo así. ¿Con qué derecho podría
juzgar severamente a otros, si yo mismo preciso de indulgencia? Olvida usted
que sólo para los indiferentes no estoy en ridículo. Y a propósito -agregó-
¿ha mantenido usted su promesa?
-¿Qué promesa?
-¿Ha rogado usted por mí?
-Sí, he rogado por usted. Yo ruego por usted
todos los días; y, ya que de eso tratamos, le suplico que no vuelva a hablarme
de ello tan a la ligera.
Lavretsky afirmó a Lisa que jamás él había
tenido la intención de burlarse, que respetaba todas las creencias. Y ya en ese
terreno, se ocupó de la religión, del importantísimo papel que la misma de
sempeña en la historia de la humanidad, y sobre todo, del valor del
Cristianismo.
-Debemos ser cristianos dijo Lisa, haciendo un
visible esfuerzo- y no precisamente para tratar de descubrir los secretos de
cielo y tierra, sino porque todos debemos morir.
Lavretsky, sorprendido al oírla, fijó sus ojos
en Lisa y tropezó con su mirada.
-¿Por qué ha pronunciado usted tales palabras?
-Esas no son palabras mías -contestó ella.
-No, seguramente... pero ¿por qué habló usted
de la muerte?
-No lo sé. Quizá porque pienso a menudo en
ella.
-¿A menudo?
Nadie lo creería al verla en estos momentos;
tiene usted una fisonomía tan alegre, tan sonriente...
-Sí, es cierto; estoy contenta a pesar de todo,
-replicó con candidez.
Lavretsky, oyéndola, sintió deseos de cogerle
las manos y acariciárselas.
-¡Lisa, Lisa, ven aquí! -gritó María en aquel instante-.
¡Mira qué hermosa tenca acabo de pescar!
Voy en seguida, mamá -respondió Lisa, y corrió
hacia su madre.
Lavretsky quedó solo. Al marchar Lisa había
colgado de una rama su sombrero, y él, presa de extraña emoción, enternecido,
la contempló mientras se decía:
-Le hablo como si yo no fuera ya un hombre
completo.
Transcurridos unos instantes, Lisa volvió a
ocupar su sitio en la balsa, y tras un largo silencio preguntó de repente:
-¿Por qué cree usted que Vladimiro no tiene
corazón?
-Ya le he dicho a usted que quizá puedo estar
equivocado -dijo Lavretsky sin responder directamente a la pregunta-, pero por
lo demás, el tiempo será testigo.
Lisa quedóse pensativa.
Y Lavretsky, queriendo distraerla, le habló del
género de vida que llevaba en Vassilievskoïe, de Michalevitch, de Antonio;
sentía la necesidad de hablar con la bella muchacha, de hacerle conocer cuanto
su corazón encerraba. Lisa lo escuchaba con tanta gracia, con tanta atención;
sus contadas observaciones le parecían tan sencillas y tan razonables al mismo
tiempo, que no pudo resistir la tentación de decírselo así.
Lisa quedó sorprendida.
-¿Es cierto eso? dijo ella-. Y yo que creía ser
como mi doncella Nastia, que "no tiene conversación" y que un día le
decía a su novio: "¡Cómo debes de aburrirte junto a mí! Tú me dices muy lindas
cosas y yo... no tengo conversación".
-¡Afortunadamente! -pensó Lavretsky.
XXVI
Entre tanto, el día iba hacia su ocaso, y María expresó su deseo de
regresar a su casa, mas costó un triunfo separar a las pequeñas del estanque y
vestirlas para el viaje. Lavretsky anunció que acompañaría a sus invitados
hasta la mitad del camino y mandó ensillar un caballo. Ya instalada María en
su asiento, se acordó del viejo Lemme, pero éste no fue hallado; desde que la
partida de pesca terminara, había desaparecido. Hubo, pues, que prescindir de
él y la expedición se puso en marcha. María ocupaba el fondo del carruaje con
Lisa; las niñas y la doncella iban en la banqueta delantera; Lavretsky trotaba
al lado de la joven, con la que de cuando en cuando cambiaba algunas palabras,
la mano apoyada en la portezuela, sueltas las riendas sobre el cuello del
caballo, que marchaba acompasadamente.
Cayó el crepúsculo, vino la noche, mas el aire subsistió templado y
suave. María, la doncella y las niñas dormitaban mientras el carruaje rodaba
rápidamente con una marcha uniforme.
Lisa se inclinó hacia adelante; la luna, que acababa de aparecer,
iluminaba su rostro, y la brisa perfumada de la noche le acariciaba los ojos y las mejillas. Se sentía
dichosa. Su brazo se apoyaba sobre la portezuela, casi tocando la mano de
Lavretsky, y éste también se sentía feliz; marchaba sin separar los ojos del puro rostro de la muchacha,
escuchando su fresca voz, que no pronunciaba más que breves frases sencillas,
precisas, claras. Así, sin advertirlo, llegaron a la mitad del camino.
Lavretsky no se atrevió a despertar a María y se despidió únicamente de Lisa, a
la que estrechó ligeramente la mano, al mismo tiempo que le decía:
-¿Verdad que, a pesar de todo, seremos buenos amigos?
Lisa afirmó con la cabeza y él detuvo su caballo; el carruaje continuó
su camino, balanceándose suavemente.
Lavretsky volvió a su casa al paso de su caballo. Se sentía por
completo fascinado ante el encanto de aquella amable noche de verano. Todo lo
que le rodeaba la parecía nuevo y extraño, y al mismo tiempo familiar y muy
querido. Cerca de él, como en la lejanía, todo era calma; los ojos nada distinguían claramente, mas el
alma entera se embelesaba en aquella dulzura. Todo reposaba y, sin embargo, la
vida nacía, se expandía por doquier.
El caballo de Lavretsky marchaba con rítmico paso, erguida su cabeza,
balanceándose, inclinándose insensiblemente ya a la derecha, ya a la izquierda;
su grande y negra sombra le seguía invariablemente. Sentíase como un misterioso
encogimiento con el ruido de las herraduras y algo alegre y maravilloso al oír
el grito agudo y nervioso de la codorniz.
Las estrellas parecían envueltas en un transparente vapor. La luna
brillaba con un resplandor muy vivo; su luz se esparcía por el cielo como
torrente azulado y ornaban una franja de oro las grises nubes que se confundían
en el horizonte. La frescura del aire humedecía las cejas, penetrando en todo
el ser, a raudales, como una caricia vivificante, dilatando los pulmones.
Lavretsky se abandonó a aquel encanto, y regocijábase al sentirlo, diciéndose:
"Aún hay vida, Feodor; aún te resta la esperanza..." Y se calló,
pensando. ¿En qué, en quién?
Pensaba en Lisa. ¿Podría ella, realmente, amar a Panchine? -se
preguntaba. Si él, Lavretsky, se hubiera hallado en otras circunstancias, Dios
sabe lo que hubiese ocurrido; quizá su agitada vida se ha bría deslizado por
otro cauce más apacible. Y recordaba las palabras de Lisa: "Le suplico
que no vuelva a hablarme de ello tan a la ligera".
Largo tiempo siguió con la cabeza baja; de pronto, irguióse y
balbuceó:
He quemado todo lo que adoraba, y ahora adoro todo lo que he quemado.
Y picando espuelas al caballo le hizo galopar hasta la casa. Una vez
hubo echado pie a tierra, se volvió por última vez, iluminando su rostro con
una inconsciente sonrisa de reconocimiento.
La noche, apacible y serena, acariciadora, envolvía bajo su negro
manto las colinas y los valles. Llegaba, Dios sabe de dónde, del cielo, de la
tierra, un vapor, un perfume, dulcemente acariciador... La vretsky envió a Lisa
un adiós con el pensamiento y apresuradamente subió por la escalinata.
La jornada siguiente fue bastante monótona: desde la madrugada,
llovía. Lemme presentaba una actitud apretando sus labios más y más fuerte,
como si se hubiera prometido no abrirlos más en su vida.
A punto de acostarse, Lavretsky tomó un paquete de periódicos
franceses que yacían olvidados sobre una mesa desde hacía quince días.
Maquinalmente púsose a romper las fajas y a recorrer las co lumnas sin que, de
momento, hallara nada de su interés. Y se disponía ya a arrojarlos lejos de
sí, cuando saltó cual si una serpiente le hubiera mordido. En una crónica,
Julio, el cronista que ya conocemos, comunicaba a sus lectores una
"infausta nueva". La encantadora, la deliciosa moscovita conocida
como una de las reinas de la moda, ornamento de los salones parisienses, la
señora Lavretsky, acababa de morir casi repentinamente. "Tal noticia, que
desgraciadamente es bien cierta decía- me fue
comunicada al instante, ya que yo era uno de los buenos amigos de la
difunta..."
Lavretsky se vistió, lanzóse al jardín, y hasta
la madrugada estuvo paseando, arriba y abajo, por la misma avenida.
XXVII
Suplicó Lemme a Lavretsky, al día siguiente,
que le facilitara caballos con los cuales pudiera regresar a la ciudad.
-Debo reintegrarme al trabajo -dijo el anciano-
es decir, reanudar mis lecciones; aquí estoy perdiendo el tiempo.
Lavretsky estuvo un momento sin contestar; se
hallaba como absorto en sus meditaciones.
-Bien -dijo por fin, yo también iré con usted.
Entre plañidos y lamentaciones, Lemme preparó
su maleta sin la ayuda de nadie y rompió y quemó después algunas hojas de papel
de música.
Se prepararon los caballos, y Lavretsky, al
salir de su habitación, se metió en un bolsillo el periódico que había leído la
víspera. Durante el trayecto, Lemme y Lavretsky sólo cambiaron algunas
palabras, ambos iban muy absortos en sus propios pensamientos y los dos se
juzgaban dichosos de no ser distraídos por su vecino. Lavretsky condujo al
anciano músico hasta su casita, y ya a la puerta de ella. Lemme descendió del
carruaje, tomó su maleta con las dos manos y sin hacer por estrechar la mano de
Lavretsky, sin mirarle siquiera, le dijo en ruso: "Adiós".
Adiós -repitió Lavretsky, y dio orden al
cochero de que le condujera al piso que tenía alquilado en O...
Después de escribir algunas cartas y de comer
ligeramente se encaminó a casa de los Kalitine. En el salón encontró solamente
a Panchine, quien le comunicó que María iba a llegar de un momento a otro y
con gran cordialidad trabó con él conversación. Desde que se conocían, Panchine
había dispensado a Lavretsky un trato que a veces no estaba exento de cierta
altanería. Pero sucedió que Lisa, al contar a Panchine su visita a la casa de
Lavretsky, había hecho el elogio del propietario, al que calificó de hombre
galante e inteligente y que aquellas palabras encomiásticas fueron más que
suficientes para que Panchine se prometiera lograr la conquista de aquel hombre
tan distinguido.
Comenzó por los cumplimientos, refiriéndole su
admiración por Vassilievskoïe, que se imaginaba encantador, a creer los elogios
que había oído a toda la familia de María. En seguida, según su costumbre,
llevó con destreza la conversación sobre sí mismo, hablando de sus ocupaciones,
de su manera de ver la existencia y del Servicio; lanzó algunas manidas frases
acerca del destino de Rusia; habló largamente, en tono de suficiencia, sobre
problemas los más complejos, los más dificiles de la administración y la
política. Lavretsky le escuchaba fríamente; aquel bello muchacho espiritual,
elegante, gracioso, desenvuelto; de sonrisa imperturbable, de voz amable y
ojos escrutadores, le desagradaba enormemente. Panchine adivinó bien pronto,
gracias a su sutileza, que su conversación no era del agrado de Lavretsky, y
buscando un pretexto conveniente se alejó, declarando en su fuero interno que
aquel hombre podría ser excelente e inteligente, pero también era muy poco
simpático y algo ridículo.
Apareció a poco María acompañada de
Guedeonovsky, y algo después Marfa y Lisa seguidas de otros huéspedes de la
mansión y de la señora Belenitzine, excelente aficionada a la música. Era una
mujer pequeñita, de rostro infantil, muy linda y lucía un vestido negro
brillante, un abigarrado abanico y pesados brazaletes de oro. Venía seguida de
su marido, un hombre obeso, de coloradas mejillas, con grandes manos y pies,
cejas muy blancas y una sonrisa que no desaparecía jamás de sus gruesos labios.
Ante el mundo, su mujer no le dirigía nunca la palabra; en la intimidad, ante
momentos de ternura, ella le llamaba "mi pequeño lechoncito".
Panchine volvió y, con su regreso, pronto reinó
en todas partes la animación y logró el éxito a que estaba acostumbrado.
Pero Lavretsky no se encontraba bien entre
tanta gente; sobre todo, la señora Belenitzine, que no hacía más que mirarle
con sus ojos impertinentes, le irritaba particularmente. Si Lisa, con quien
quería hablar, no se hubiera encontrado en el salón, seguramente que Lavretsky
habría abandonado la casa en seguida. Por el momento, aguardando una ocasión
favorable para lograr su propósito, se contentaba con seguir a la joven,
aunque con sus miradas, experimentando una gran alegría interior. Jamás el
rostro de la bella muchacha le había parecido tan noble, tan encantador.
La presencia de la señora Belenitzine distraía
a Lisa; la loca mujer no hacía más que agitarse en su silla sacudiendo sus
estrechos hombros, riendo con risa pretenciosa, tan pronto semicerrando sus
ojos como abriéndolos cuan grandes eran, deseando tan sólo llamar la atención.
Estaba sentada a una mesa de juego con la dueña de la casa, Marfa y
Guedeonovsky; éste jugaba lentamente, equivocándose a cada minuto, revolviendo
los ojos a derecha y a izquierda, secándose el rostro sudoroso con su pañuelo.
Panchine había tomado un aire melancólico,
limitándose a pronunciar algunas palabras,
dejándolas afluir con el tono significativo de aburrimiento que conviene a un
artista incomprendido; pese a las súplicas de la señora Belenitzine, que
trataba de conquistarle, no quiso cantar su romanza. Lavretsky le estorbaba. Éste,
por su parte, hablaba muy poco también; una expresión singular de su rostro había
llamado la atención de Lisa desde que entrara; la joven había adivinado que
tenía algo que decirle; mas, sin saber por qué, temía interrogarle. Por fin
hubo de ir a la pieza vecina para preparar el té, y al volver involuntariamente
la cabeza del lado en que estaba Lavretsky, éste la siguió.
-¿Qué le sucede? -le preguntó Lisa, mientras
colocaba la tetera en el samovar.
-¿Ha notado usted, acaso, algo en mí? murmuró
él.
-Usted es hoy distinto de los demás días.
Lavretsky se inclinó sobre la mesa y dijo:
-Me proponía anunciarle una noticia, pero en
este momento es imposible; me limitaré a rogarle que lea lo que viene señalado
con lápiz en este periódico -añadió, al mismo tiempo que se lo entregaba-. Le
ruego guarde el secreto; yo volveré mañana.
Lisa se conturbó... En aquel momento asomó
Panchine en el umbral y Lisa ocultó rápidamente el periódico en un bolsillo.
-¿Ha leído usted Obermann, Lisa? -le
preguntó Panchine con aire pensativo.
La joven apenas si le contestó, con la prisa
que llevaba para subir a su cuarto. Lavretsky se trasladó al salón y se acercó
a la mesa de juego. Marfa, muy sofocada, ladeaba la cofia, se quejó a Feodor de
su compañero Guedeonovsky; éste, según ella, no servía ni para sostener las
cartas.
Naturalmente -gruñó él-; jugar a las cartas es
mucho más dificil que inventar embustes.
Lisa no tardó en volver a sentarse en un
rincón; cruzáronse sus miradas y las de Lavretsky, y los dos se sintieron
turbados. Éste leyó en el rostro de la joven cierta vacilación y como un mudo
reproche.
Lavretsky quería hablarle; mas, ¿cómo lograrlo?
Por otra parte, le era imposible permanecer indiferente y optó por abandonar el
salón. Al despedirse de ella sólo tuvo tiempo de repetirle que volvería al día
siguiente.
Le espero -contestó Lisa, con la misma
expresión de perplejidad en su rostro.
Así que partió Lavretsky, Panchine se animó;
empezó por aconsejar en su juego a Guedeonovsky, después asedió con sus
miradas a la señora Belenitzine y, por fin, cantó su romanza. Mas, frente a
Lisa conservó su tono y sus miradas lánguidas, un poco tristes.
Durante aquella noche a Lavretsky le fue
también imposible conciliar el sueño. No estaba afligido ni agitado; por el
contrario, sentía que afluían a su alma la calma y la serenidad; mas se juzgaba
incapaz de poder dormir. Y no era el pasado lo que dominaba en su pensamiento;
era el futuro, y su corazón latía con golpes fuertes y acompasados. Pasaban las
horas, mas él no pensaba en dormir.
En ciertos momentos se decía: "No, eso es
imposible, es absurdo". Y entristeciéndose, bajaba la cabeza y de nuevo
volvía a escrutar el porvenir.
XXVIII
María dispensó a Lavretsky una acogida en
verdad poco cordial, cuando se presentó en su casa al día siguiente. "No
me gusta que venga tan a menudo por nuestra casa" -pensó. Lavretsky no le
era simpático, y además Panchine, que ejercía gran influencia sobre ella, la
víspera le había hablado de Feodor en términos tan pérfidos como desdeñosos.
Sin embargo, voluble en grado sumo, pronto
olvidó su antipatía, y considerándole como de la casa juzgó innecesario
ocuparse de él; al cabo de media hora escasa, Lisa y Lavretsky se paseaban
juntos por el jardín. A pocos pasos de ellos, Lenotchka y Chourotchka jugaban
en los parterres.
Lisa, según era lo habitual en ella, con
semblante tranquilo, aunque más pálida que de ordinario. A poco de reunirse
sacó de su bol sillo el periódico, cuidadosamente plegado, y se lo entregó a Lavretsky.
-¡Esto es horrible! -dijo.
Lavretsky no profirió palabra.
-Mas eso no puede ser cierto -añadió Lisa.
-Precisamente por eso fue por lo que le rogué
que guardara el secreto.
-Pero dígame: ¿no se halla usted consternado
ante tal desgracia?
-Yo mismo lo ignoro respondió Lavretsky.
-Sin embargo, usted la amó en otros tiempos.
-La amé, es cierto.
-¿Mucho?
-Sí, mucho.
-¿Y no le ha afligido a usted la noticia de su
muerte?
-Es que no es desde ahora precisamente cuando
murió para mi.
-¡Oh! ¡qué dice usted! ¡Eso es un pecado!
Permítame que me exprese así;
pero me ha conferido usted el título de amiga y una amiga puede hablar con toda
franqueza. ¿Recuerda que no hace mucho la acusaba usted duramente? Acaso en
aquel momento ya no existiera. Eso es horrible; es como un castigo que le ha
sido a usted infligido.
Lavretsky sonrió tristemente.
-¿Lo cree usted así?... Pero cuando menos,
ahora soy libre. Lisa tuvo, al oírle, un ligero estremecimiento.
No, no hable usted de esa manera. ¿De qué le va
a servir su libertad? No es eso lo que a usted debe preocuparle ahora; es
preciso que usted piense en el perdón.
Hace ya mucho tiempo que perdoné -dijo
Lavretsky, haciendo un gesto con la mano.
No, no es eso -replicó Lisa, ruborizándose-.
Usted no me ha comprendido. Es usted quien ha de aspirar a ser perdonado.
-¿Y quién ha de concederme tal perdón?
-¿Quién, dice usted?... Dios. ¿Quién podría
perdonarle sino Dios?
Lavretsky tomó la mano de la joven.
-¡Ah, Lisa! -exclamó-. Créalo; ya he sido
suficientemente castigado y he expiado bastante... ¡Créame!
-¡Qué sabe usted! -dijo Lisa a media voz-.
Olvida que aquí mismo, no hace mucho, cuando usted me hablaba de ella, no
quería perdonarla.
Y durante unos momentos pasearon en silencio.
-¿Y la hija de usted? -exclamó de súbito Lisa,
deteniéndose. Lavretsky se echó a temblar.
-¡Oh, no se preocupe usted por ella; he enviado
a todas partes las cartas necesarias! El porvenir de mi hija, como usted la...,
como usted dice, está asegurado. Por ese lado, no se inquiete.
Lisa sonrió tristemente.
-Tiene usted razón -continuó Lavretsky-. ¿Qué
haré yo de mi libertad? ¿Para qué me serviría?
-¿Cuándo ha recibido usted ese periódico
-exclamó Lisa, como si no hubiera oído.
-El día siguiente al de la visita de ustedes.
-¿Pero es posible, realmente es posible que
usted no haya llorado?
No, solamente quedé atónito. Mas, ¿dónde
encontrar las lágrimas? ¡Llorar el pasado! Si el mío estaba ya reducido a
cenizas. Su falta no destruyó mi dicha; sólo me probó que no había existido nun
ca. ¡Que llorase yo! Sin embargo, quién sabe, quizá tal noticia me hubiese
afligido de haberla conocido dos semanas antes.
-¿Dos semanas antes? preguntó Lisa-. Pues ¿qué
le ha acontecido a usted durante esas dos semanas?
Lavretsky no contestó. El rostro de Lisa se
encendió aún más de rubor.
-¡Sí, sí, usted lo ha adivinado! -exclamó
Lavretsky-.:Durante esas dos semanas, he sabido lo que es un alma femenina, y
mi pasado se ha alejado aún más de mí.
Lisa se turbó; separóse lentamente y fue al
encuentro de las niñas, que se hallaban en el parterre.
Yo no puedo ocultar que me siento dichoso por
haber enseñado a usted ese periódico -dijo Lavretsky, siguiéndola-. Ya me he
acostumbrado a comunicarle todos mis secretos, y espero que usted me otorgará
la misma confianza.
-¿Cree usted...? -dijo Lisa, y no se atrevió a
proseguir-. En tal caso, yo vendría obligada... ¡Pero no, yo no puedo!...
-¿Qué? ¡Hable, hable, se lo ruego!
Verdaderamente, yo me pregunto si debo... Pero
y Lisa se volvió sonriendo hacia Lavretsky-, ¿por qué no hablarle con entera
franqueza? Hoy he recibido una carta.
-¿De Panchine?
-Sí, de Panchine; ¿cómo lo ha adivinado usted?
-¿Le pide a usted su mano?
-Sí -contestó Lisa, fijando en Layretsky una
grave mirada.
Éste, a su vez, la miró pensativamente.
-Y ¿qué le ha contestado usted? -inquirió al
fin.
-No sé qué contestar dijo Lisa juntando sus
manos.
-¡Pero usted le ama!
-Sí, me gusta. Se trata de un buen muchacho.
Usted se expresó ya en términos parecidos hace
cuatro días. Mas yo quería saber si usted le quiere con ese sentimiento fuerte
y apasionado que se llama amor.
-Como usted lo concibe, no.
Entonces ¿no está usted enamorada de él?
-No; pero ¿es eso necesario?
-¿Cómo?
Le gusta a mamá prosiguió Lisa-; tiene buen
corazón y no tengo nada que reprocharle.
Y, sin embargo, usted vacila.
-Sí, y acaso sea usted, sus palabras, la causa
de ello. ¿Recuerda usted lo que me decía anteayer? Pero es una debilidad...
-¡Oh, niña mía! -exclamó Lavretsky con voz
temblorosa-. No llame usted debilidad al grito de su corazón, que no quiere
entregarse sin
amor. No contraiga usted una responsabilidad tan terrible con un hombre a quien
no ama y al cual se dejaría encadenar. Yo me limito a escuchar, sin
comprometerme a nada -balbuceó Lisa.
Escuche usted tan sólo a su corazón; él
únicamente le dirá la verdad prosiguió Lavretsky-. La experiencia, la razón no
son más que palabras vanas e inútiles. No se prive de la más grande, de la
única dicha que existe en el mundo.
-¿Y es usted quien se expresa así, Feodor?
Usted, que se casó por amor, ¿llegó a ser feliz?
Lavretsky elevó las manos al cielo.
-¡Oh, no hable de eso, se lo suplico! Usted no
puede imaginarse cuán fácil puede ser a un inexperto adolescente, cuya
educación haya sido falseada, tomar por amor lo que es sólo mero capricho. Mas,
¿a qué calumniarse uno mismo? Yo le he dicho a usted que no he sido dichoso;
pues es falso: ¡sí lo he sido!
Yo creo, Feodor dijo Lisa, bajando la voz (ella
bajaba siempre la voz cuando no estaba de acuerdo con su interlocutor y, además,
se hallaba emocionada)-, que la felicidad en este mundo no depende de nosotros.
-Sí, sí, depende de nosotros, créame usted
-repuso- Lavretsky, recogiendo las dos manos de Lisa, que palideció y miraba a
su interlocutor con atención, casi con terror-, ¡depende de nosotros siempre
que no destrocemos nosotros mismos nuestra vida! Para algunos, el matrimonio
de amor puede significar la desdicha, mas no para usted, que posee una
naturaleza tan reflexiva, un alma tan serena. Yo se lo suplico, no se case sin
amor, impulsada únicamente por el deber, por la resignación... Eso es una falta
de fe, es algo peor, una fría indiferencia... Me asiste el derecho de decirle
todo eso, créame usted; no olvide que ese derecho lo he comprado yo muy caro.
Y si su Dios...
Lavretsky se percató de que en este momento,
las dos niñas se habían acercado a Lisa y le miraban con mudo asombro. Soltó en
seguida la mano de la joven y dijo rápidamente:
-¡Le ruego que me perdone!
Y se dirigió hacia la casa; mas apenas hubo
andado unos pasos, retrocedió y dirigiéndose a Lisa, dijo:
No tome usted a la ligera una decisión; tómese
tiempo; reflexione acerca de lo que le acabo de decir. Y aun admitiendo que
mis palabras no la hayan convencido y se decidiera usted por un matrimonio de
conveniencia, no es con Panchine con quien debe usted casarse. ¿Verdad que
usted me promete no precipitarse?
Lisa intentó contestar, mas fue incapaz de
articular palabra, no precisamente porque tuviera la intención de precipitarse, sino porque su corazón latía
precipitadamente y una sensación semejante a la angustia oprimía su pecho.
XXIX
Al salir de la casa de los Kalitine, Lavretsky
encontró a Panchine, mas se limitaron a saludarse y se separaron fríamente.
Lavretsky se dirigió hacia su casa y se encerró
en ella. Experimentaba sensaciones que no había sentido nunca hasta entonces.
Poco tiempo antes se encontraba sumido en un estado de "plácida
inercia", o como decía él mismo, "en el fondo del río". ¿Qué es
lo que había cambiado su vida? O dicho en otros términos: ¿qué es lo que le
había empujado otra vez hacia la superficie? El hecho más corriente y vulgar,
el término inevitable, aunque siempre inesperado: la muerte. Pero, a decir
verdad, más que en la muerte de su esposa, más que en su propia libertad,
pensaba en la respuesta que daría Lisa a Panchine. No perdía de vista que desde
hacía tres días trataba a la joven de otro modo; recordaba, asimismo que en el
silencio de la noche había dicho: ¡Oh, si...!
Los acontecimientos se habían precipitado de
una manera tal, que ese voto apenas formulado, esa evocación al pasado, a lo
imposible, de una manera imprevista había tomado forma real, devolvién dole su
libertad; mas sólo ésta no le era suficiente. "Obedecerá a su madre"
pensaba- "se casará con Panchine. Y aun cuando no se casara ¿qué ventaja
traería eso para mí?"
Y al pasar por frente a un espejo, lanzó en él
una rápida mirada a su rostro y se encogió de hombros.
Rápidamente pasó para Lavretsky el día,
entregado a sus meditaciones; y cuando llegó la noche se encaminó de nuevo a
casa de los Kalitine, y a medida que se acercaba, su paso se hacía menos
rápido. A la puerta de la morada se veía ya el carruaje de Panchine.
"¡Bien -pensó Lavretsky-, yo no seré egoísta". Y entró. La casa
parecía vacía; ningún ruido se oía en su interior. Abrió la puerta y vio a María,
que jugaba su partida de piquet con Panchine.
Éste no hizo más que saludar a Lavretsky con un movimiento de cabeza, mientras
la dueña de la casa le decía, frunciendo a la vez ligeramente las cejas:
"No le esperábamos a estas horas".
Lavretsky se sentó junto a ella, mirando sus
cartas.
-¿Es que conoce usted el juego del piquet?- le preguntó María con mal contenida nerviosidad, y a renglón
seguido quejóse de haber jugado mal.
Panchine contó noventa y comenzó a alzar,
contando con aire grave, afectado, lleno de dignidad, como correspondía a un
diplomático. Seguramente que el joven había tomado más de una vez un aire
parecido en San Petersburgo, ante algún alto dignatario a quien quisiera dar
una opinión ventajosa de su sangre fría, de su naturalidad: "Ciento uno,
ciento dos, corazón, ciento tres..." iba diciendo con voz mesurada, y
Lavretsky no sabía distinguir claramente lo que su tono indicaba: ¿Un reproche?
¿Suficiencia?
Al ver el aire aún más afectado con que
Panchine tomaba las cartas, molesto preguntó:
-¿Está visible mi tía Marfa?
-Sí; así lo creo por lo menos -respondió
María-. Está arriba, en su habitación.
Lavretsky subió. Marfa también se hallaba
jugando a la baraja, empeñada en un juego infantil con su inseparable Nastasia
Karpovna, mas las dos ancianas le acogieron amablemente, sobre todo Marfa,
que parecía hallarse de excelente humor.
-¡Ah, Fedia! -le dijo tan pronto se dio cuenta
de su presencia- sé bienvenido; siéntate un momento; vamos a acabar en seguida
nuestra partida. ¿Quieres unos dulces... ¿No? Pues quédate aquí, junto a mí,
pero no fumes, te lo ruego. No puedo sufrir el tabaco y su humo hace estornudar
a mi perro.
Lavretsky le prometió que no fumaría, y la
anciana continuó: -¿Has estado abajo? ¿Quién estaba? ¡Seguramente Panchine! Y a
Lisa ¿la has visto? Me dijo que tenía el propósito de subir. ¡Ah hela aquí! Se
le evoca y aparece, como un hada.
Lisa entró y al encontrarse con Lavretsky
ruborizóse.
-Solamente podré estar aquí un momento, Marfa
-dijo.
-¿Por qué tan sólo un momento? respondió la
anciana señora-. ¿A qué será debido, que las jóvenes siempre tienen prisa? Ya
ves, tengo una visita; charla un poco con él, atiéndele.
Lisa se sentó casi al borde de una silla, alzó los ojos hacia Lavretsky, y se
dispuso a comunicar a éste el resultado de su entrevista con Panchine. Mas,
¿cómo empezar? Se sentía turbada, confusa. Hacía mucho tiempo que conocía a
aquel hombre que frecuentaba tan poco la iglesia y que apenas si se había
afectado ante la noticia de la muerte de su mujer, y, sin embargo, ella le
había abierto su corazón y le comunicaba sus secretos. En verdad que él se
interesaba por ella, que le inspiraba confianza y se sentía fuertemente
arrastrada hacia él, mas se hallaba aturdida, a pesar de todo, tanto como si
un extraño la hubiera sorprendido penetrando en su habitación.
Marfa vino en su ayuda.
-Si tú no te ocupas de él, ¿qué va a hacer aquí
este pobre muchacho? Yo ya soy muy vieja para él y él demasiado inteligente
para mí; además de que sólo le interesan las jóvenes.
-¿Cómo voy a poder distraer a Feodor? -exclamó
Lisa-. Si es que ha de resultarle agradable, tocaré un poco el piano -añadió
con acento indeciso.
Muy bien, muy bien, hijita; estás dotada de
gran penetración -respondió Marfa-. Andad, hijos míos, si queréis, y volved
cuando hayáis terminado.
Lisa abandonó la estancia y Lavretsky la
siguió; aquélla se detuvo al llegar a la escalera.
-¡Cuánta verdad encierran las palabras según
las cuales el corazón humano está repleto de contradicciones! Su ejemplo
debería haberme llenado de espanto y hacerme desconfiar de los matrimonios de
amor, y yo...
-¿Ha rehusado usted? -interrumpió Lavretsky.
No; mas tampoco he consentido. Le he hecho
todas las observaciones que he creído del caso, y, finalmente, le he rogado
que espere. ¿Está usted satisfecho? -añadió, con una sonrisa.
Y apoyándose apenas en la barandilla con la
punta de los dedos, descendió rápida la escalera.
Abrió el piano.
-¿Qué quiere usted que toque? -preguntó a
Lavretsky.
-Lo que usted quiera -respondió él y se sentó
de manera que la pudiera contemplar a su gusto.
Lisa comenzó a tocar, fijos sus ojos en
las teclas durante un largo tiempo. Al fin, levantó la cabeza, miró a
Lavretsky y se interrumpió. El rostro de Feodor tenía una expresión que le
pareció a la joven extraña, extraordinaria.
-¿Qué tiene usted? -le preguntó.
Nada respondió Feodor-. Me encuentro muy bien
aquí, dichoso de poderla contemplar. ¿Quiere usted seguir tocando?
Instantes más tarde reanudó Lisa la
conversación:
-Creo -dijo- que si él me hubiera amado de
veras no me hubiese dirigido aquella carta; debía haber comprendido que yo no
podía contestarle en seguida.
-¡Qué importa esa carta! respondió Lavretsky-.
Lo que importa es que usted no le quiera.
-¡Oh, no diga usted eso, se lo ruego! La imagen
de vuestra esposa se me ofrece sin cesar y usted me da miedo.
-¿No es cierto, Vladimiro Mijo en aquel
instante María a Panchine-, que mi Lisa toca bien?
-Sí -contestó Panchine-, muy agradablemente.
María lanzó a su compañero de juego una mirada
llena de afecto, pero éste tomó un aire más grave, más preocupado que nunca, y
declaró siguiendo el juego:
-Catorce de reyes.
XXX
Lavretsky no era ya un adolescente, él no podía
engañarse durante mucho tiempo respecto al sentimiento que le inspiraba Lisa, y
aquel día quedó completamente convencido de que la amaba. Y ese convencimiento
en verdad que no le proporcionó ninguna alegría. "¿Es posible -se decía-
que a mi edad, a los treinta y cinco años, no encuentre otra cosa que hacer que
poner de nuevo mi alma entre las manos de una joven? Cierto que Lisa no se
parece a la otra; cierto que ella no me habría obligado a numerosos sacrificios;
que no me habría desviado de mis ocupaciones; al contrario, me habría orientado
hacia cualquier labor honesta y austera y nos habríamos encaminado hacia
nobles fines. Sí -se dijo, para poner fin a esas reflexiones-, eso es muy
bonito, pero ella no estará dispuesta a seguir mi camino. Y, sin embargo, no
ama a Panchine... ¡Triste consuelo..."
Lavretsky regresó a Vassilievskoïe, pero el
aburrimiento lo sacó de su soledad al cabo de cuatro días. La angustia de la
espera le atormentaba y, por otra parte, la noticia insertada en la Prensa por
Julio exigía una confirmación; por ningún lado recibía noticias ni contestación
de sus cartas.
Volvióse, pues, a la ciudad y de nuevo fue a
pasar la velada a casa de los Kalitine. Pronto se percató de que María no le
ocultaba su antipatía, mas él se las compuso para dejarse ganar por ella al piquet una veintena de rublos, y consiguió hablar durante
una media hora con Lisa, a pesar de que la víspera María había recomendado a su
hija que no tuviera tantas familiaridades con un hombre tan
"ridículo".
Lavretsky vio a Lisa cierto cansancio; parecía
más preocupada que de ordinario y no dudó en reprocharle por su ausencia,
preguntándole a continuación si iría a misa al día siguiente, un domingo.
-Venga usted -dijo ella, sin darle tiempo para
responder-; rogaremos juntos por el reposo de su alma.
Luego añadió que dudaba respecto a lo que debía
hacer: ¿había de dejar aún por más tiempo a Panchine en la incertidumbre?
-¿Por qué piensa en eso? preguntó Feodor.
-Porque casi me atrevo a asegurar cuál será la
respuesta que le daré -respondió ella.
Y a poco, dando por disculpa que tenía jaqueca,
se retiró a su habitación luego de haber tendido a Lavretsky, tímidamente, el
extremo de sus dedos.
Al día siguiente, Lavretsky no faltó a la misa.
Lisa se hallaba ya en la iglesia cuando él llegó, y aun cuando ni siquiera
volvió la cabeza cuando él entró, no dejó de advertir su llegada. Rezaba con
ver dadera devoción. Sus ojos brillaban, y al rezar, su cabeza se bajaba y se
erguía, dulcemente. Feodor adivinó que también por él rogaba y un sin igual
enternecimiento llenó su alma. Se sentía dichoso a la vez que conturbado. Mucho
tiempo hacía que no iba a la iglesia, que prescindiera de Dios; en aquel mismo
instante ninguna plegaria afluía a sus labios y, sin embargo, todo su ser
estaba lleno de fervor, prosternado. Recordaba que, cuando niño, él iba a rezar
a la iglesia y allí se quedaba hasta el momento en que le parecía sentir como
el suave rozamiento de unas alas invisibles: "Es mi ángel guardián que se
me manifiesta y me marea con su sello" pensaba entonces.
Fijó sus ojos en Lisa y dijo para sí:
-Tú que me trajiste aquí, ven hacía mí, ven
hacia mi alma. Lisa seguía rezando apaciblemente; su rostro aparecía sereno, y
de nuevo él se dejó invadir por una suave ternura, e imploró reposo para otra
alma, perdón para él.
Al salir se unió a Lisa; ella le saludó con
aire reposado, más alegre, cordial.
Lavretsky seguía descubierto, sonriente; el
ligero viento despeinaba sus cabellos y hacía aletear las cintas del sombrero
de Lisa. Una vez dejó instaladas en el coche a la bella joven y a su hermana
Lenotchka, que la acompañaba, Lavretsky distribuyó a los mendigos cuanto dinero
llevaba y, lentamente, sumida su alma en dulce placidez, se dirigió hacia su
casa.
XXXI
Siguieron para Feodor penosas jornadas. Vivía
sujeto a una fiebre incesante. Todas las mañanas se apersonaba en Correos,
abría con mano febril las cartas y los periódicos, y nunca encontraba nada que
pudiera confirmar o desmentir la fatal noticia.
A veces se horrorizaba de sí mismo.
"¿Adónde he ido a parar? -se decía-; "espero la confirmación de la
muerte de mi esposa con la misma brutalidad con que un cuervo espera su
presa". Lavretsky iba todos los días a casa de los Kalitine, mas no por
eso se encontraba allí mejor; la dueña de la casa lo acogía fríamente, con
altanería poco disimulada; Panchine le testimoniaba una cortesía asaz excesiva,
casi burlona. Lemme, esclavo de su melancolía, apenas le saludaba, y -eso era
lo más triste- Lisa parecía huirle. Si por acaso se hallaba a solas con ella,
la bella muchacha tan confiada antes, se turbaba, sin saber qué decir y
Lavretsky también se sentía perplejo, molesto. En pocos días Lisa se había
transformado, parecía otra distinta; una secreta preocupación, una nerviosidad
inusitada se revelaba en sus gestos, en su voz, en su risa misma.
María, egoísta como pocas, de nada se dio
cuenta, pero Marfa no dejaba de observar a su favorita. Más de una vez
Lavretsky se reprochó haber enseñado a Lisa el periódico que él había recibido
y hubo de confesarse que para aquella alma tan pura, el sentir que él había
expresado con respecto a su difunda esposa, debía parecer con exceso mezquino,
odioso. Se imaginaba, por otra parte, que el cambio que se había producido en
Lisa podía tener como causa el combate que seguramente se estaba librando en
su espíritu a propósito de la contestación decisiva que debía dar a Panchine.
Un día Lavretsky se encontró con que Lisa le
devolvía antes de tiempo un libro que ella misma le había pedido: una novela de
Walter Scott.
-¿Ya lo ha leído usted? -le preguntó
sorprendido.
No, en estos momentos no tengo la cabeza para
libros -contestó, y trató de alejarse.
-Se lo ruego a usted; aguarde un momento
-exclamó Lavretsky-; hace ya mucho tiempo que no hemos hablado a solas; parece
turno si usted me tuviera miedo.
-Ciertamente que sí.
-Mas dígame; se lo ruego, ¿por qué?
-Yo misma lo ignoro.
Lavretsky quedó en silencio por cortos
instantes.
-Dígame usted, Lisa preguntó luego-, ¿ha tomado
ya alguna decisión?
-¿Qué entiende usted por decisión? -exclamó
ella, sin alzar los ojos.
Usted bien me comprende.
Lisa, bruscamente, se irguió.
-¡Por Dios, no me pregunte nada! -exclamó-; yo
nada sé, yo misma no me comprendo.
Y al instante se alejó.
Al día siguiente, Lavretsky llegó a casa de los
Kalitine despué de comer, en momentos en que en la casa se hacían los
preparativo para una familiar ceremonia religiosa. En un rincón del comedor,
sobre una mesa recubierta con blanca sabanilla, y apoyados contra el muro,
veíanse muchos pequeños iconos encuadrados con marcos de rados y guarnecidos con miel y pedrería. Un anciano servidor, vestido
con un frac gris, atravesó de puntillas la habitación, sin hacer el más leve
ruido, y fue a situar frente a los iconos dos velas de cera introducidas en
altos candelabros, hecho lo cual se persignó y volvío a salir tan
silenciosamente como había llegado. Lavretsky preguntó si se celebraba algún
aniversario y el sirviente, en voz baja, le respondió que se iba a efectuar tal
ceremonia por expreso deseo de Lisa y de la anciana Marfa. Éstas hubieran
querido traer a la casa un imagen milagrosa, pero había sido imposible, pues se
hallaba en la casa de un enfermo a más de treinta verstas de la ciudad. Muy
pronto llegaron el pope y sus acólitos. El pope era un hombre de mediana edad, ya calvo; en la antecámara
tosió para anunciar su presencia y pronto salieron las damas y una tras otra
fueron a pedirle su bendición.
Lavretsky las saludó en silencio y en silencio contestaron ella a su saludo. El
pope aguardó unos instantes y después de toser
nuevamente, preguntó con voz grave, contenida:
-¿Debo empezar?
-Sí, padre, empiece usted -le respondió María.
El pope revistióse sus
ornamentos, uno de sus acólitos trajo encendido un incensario y a poco el olor
a incienso se expandió por la casa. La servidumbre vino y, respetuosa, quedó
junto a la puerta. La ceremonia comenzó, y Lavretsky se refugió en un rincón,
se hallaba bajo el imperio de impresiones extrañas, un tanto tristes, que no
sabía a qué atribuir. María estaba de pie ante una butaca, a la cabeza de los
concurrentes, con aires de gran señora, persignándose con gesto lánguido cuando
la ceremonia lo requería, volviendo la cabeza levantando a veces sus ojos hacia
el cielo: la pobre se aburría. Marfa parecía inquieta. Lisa permanecía inmóvil,
mostrando en la concentrada expresión de su rostro que rezaba ardientemente de
todo corazón. Al terminar la ceremonia, luego de haber besado la cruz fue a
besar también la roja y gruesa mano del pope. María invitó a éste tomar el té y él, quitándose la estola, tomó un
aire más mundano, entró con la damas en el salón. Una conversación se inició,
mas sin animación alguna; sólo el pope hablaba de
asuntos sin importancia los demás se limitaban a escucharle. Lavretsky trató de
sentarse cerca de Lisa, pero ella, grave, severa sin mirarle siquiera, parecía
dipuesta a no darse por enterada de
su presencia. Lavretsky; no obstante, sin saber por qué, tenía deseos de reír
de relatar algo gracioso, aunque en su interior se sentía solo, desamparado. Al
fin se decidió a marcharse; sus pensamientos eran sombríos; adivinaba que en el
alma de Lisa había algo que sería siempre impenetrable para él.
Otro día, Lavretsky, que se encontraba en el salón de los Kalitine
escuchando los pesados relatos de Guedeonovsky, se revolvió brusca,
instintivamente, en su asiento y vio la mirada de Lisa fija en él, profunda,
atenta, llena de interrogaciones, y desde aquel momento, toda la noche, tan
enigmática mirada le persiguió por doquier. Lavretsky amaba, mas no como un
adolescente; no suspiraba, no languidecía; aparte de que no era un sentimiento
parecido el que podía inspirar Lisa. Mas el amor, a cada edad le aporta sus
sufrimientos y Lavretsky, en su caso, también debía sufrir.
XXXII
Conforme tenía ya por costumbre, Lavretsky se encontraba un día en
casa de los Kalitine, tras un día de calor sofocante, la noche se anunciaba
tan deliciosamente apacible, que María, haciendo caso omiso de las corrientes
de aire, que tanto temía, mandó abrir las puertas y ventanas que daban al
jardín, y declaró que estaba decidida a no jugar aquella noche porque, en su
opinión, sería un verdadero pecado dejar por los naipes una noche tan
espléndida. Era preciso, por el contrario, gozar de la Naturaleza.
Todos los que se encontraban allí pertenecían a la familia, excepto
Panchine. Este, bajo la influencia de aquella noche tan poética, sentíase más
inspirado que de ordinario. En vez de mostrarse dispuesto a cantar (para lo
cual le molestaba la presencia de Lavretsky), se lanzó por el campo de la
poesía, recitando hábilmente, aunque con afectada y excesiva solemnidad, muchas
composiciones poéticas de Lermontof Pouchkine aún no estaba de moda. Después,
como si estuviera avergonzado de su exaltación, criticó duramente a propósito
de la famosa poesía "Pensamientos" las tendencias ideológicas de la
joven generación, sin olvidar decir que si él tuviera el poder en sus manos la
sociedad seguiría otros rumbos.
-"Rusia -clamaba- no está a tono con Europa, y es preciso
colocarla al mismo nivel. Se pretende que aún somos jóvenes y eso es absurdo;
que tenemos genio creador, a tal extremo un escritor de nuestros días ha
llegado a afirmar que no hemos sabido inventar ni siquiera una mala ratonera.
"Somos un pueblo enfermo", dice el mismo Lermontoff, y yo estoy de
acuerdo con él; mas si en verdad somos un pueblo enfermo es porque nosotros
mismos creemos ser tan sólo semieuropeos, y eso que nos ha herido nos debe
curar. Entre nosotros, los hombres más inteligentes, las mejores cabezas,
piensan de acuerdo: todos los pueblos en el fondo son lo mismo; proporcionadles
buenas instituciones y la victoria coronará el esfuerzo. No deben abandonarse
los hábitos, las costumbres nacionales, pero adaptándolos a los tiempos; esa
tarea nos incumbe a nosotros (hombres de Estado iba a decir, mas se contuvo a
tiempo), hombres de acción, funcionarios; mas si fuera necesario, las mismas
costumbres nacionales serían transformadas por las nuevas instituciones.
María, entusiasmada, no cesaba de alabar a Panchine, mientras in mente se decía; "Qué hombre más
inteligente frecuenta mi casa". Lisa, apoyada contra la ventana,
permanecía silenciosa. Lavretsky también callaba y María, que jugaba a los
naipes en un rincón, murmuraba entre dientes.
Panchine se paseaba a lo largo del salón y se expresaba en términos
escogidos, aunque sus palabras destilaban como un secreto rencor; no lanzaba
sus diatribas contra toda una generación, sino más bien contra personas
determinadas.
En el jardín, un ruiseñor que tenía su nido entre un macizo de lilas,
cantaba, y su canto se oía claramente en los intervalos del elocuente
discurso; y las estrellas brillaban en el cielo color de rosa sobre las copas
inmóviles de los soberbios tilos.
Lavretsky púsose en pie y contestó a Panchine, refutando su discurso,
y con ello quedó abierta la discusión, Lavretsky defendía la juventud y la
independencia del pueblo ruso; aunque a él le tenía en verdad sin cuidado su
misma generación, sostuvo el partido de los hombres modernos, sus convicciones,
sus esperanzas. Panchine replicó bruscamente, con irritación. "La misión
de las personas de talento decía él- no es otra que la de rehacerlo
todo". Extremó tanto su altanería, que olvidando su título de gentilhombre
de cámara y su condición de funcionario, calificó a Lavretsky de conservador
retrógrado y hasta hizo alusión, aunque muy veladamente, a su falsa posición en
la sociedad.
Lavretsky no alzó la voz no se indignó, y sin perder su sangre fría
batió a Panchine en todos los terrenos: le demostró cuán imposible era
progresar a saltos, y cuán utópico querer llevar a la prác tica los grandiosos
proyectos elaborados por los funcionarios del Estado, proyectos que no se
apoyaban en las verdaderas necesidades del país ni se hallaban sostenidos por
un verdadero ideal. "Antes que todo -declaraba Lavretsky-, hay que saber
hallar cuál es la verdad nacional e inclinarse ante la misma; de no hacerlo
así, cuanto se haga será un error que ni los
mayores atrevimientos podrán contrarrestar". Y en cuanto al reproche que
Panchine le había dirigido, lo aceptaba, ya que, según él, lo merecía por su
despilfarro del tiempo, por no haber sabido reservar sus fuerzas.
-Perfectamente -respondió Panchine-, mas ahora
que se halla ya de vuelta en Rusia ¿qué piensa usted hacer?
-Labrar la tierra -respondió Lavretsky- y
labrarla tan bien como sea posible.
Es un laudable proyecto, sin duda alguna
-respondió Panchine- y tengo entendido que en ese aspecto ha alcanzado usted
ya grandes progresos en esa vía, mas no me negará usted que no es accesible
para todo el mundo.
Una naturaleza poética -interrumpió María- es
incapaz de labrar la tierra. Usted, Vladimiro, está destinado a grandes
empresas. Tal elogio era excesivo aun para el mismo Panchine, quien, desconcertado
por completo, puso término a la discusión. Trató en seguida de desviar la
conversación hacia la belleza del cielo, hacia la música, mas inútilmente, la
animación había decaído. Hubo, pues, de terminar proponiendo una partida de piquet a María.
-¡Jugar en tal noche! -exclamó ella con voz
cansada, como negándose.
Mas, sin embargo, hizo traer las barajas.
Panchine rompió ruidosamente las envolturas;
Lisa y Lavretsky, como por tácito acuerdo, fueron a sentarse junto a Marfa. Se
sentían tan dichosos al darse cuenta de que la turbación que habían experimentado
en los pasados días había desaparecido para siempre, que temían quedarse solos.
La anciana dama, dando a hurtadillas a
Lavretsky un suave revés con la mano en su mejilla, le miró maliciosamente y
meneando la cabeza murmuró por lo bajo:
Has hecho morder el polvo a ese majadero.
Gracias.
El salón se hallaba silencioso; tan sólo se oía
el chasquido de los pabilos de las bujías de cera, el ruido de una mano al caer
sobre la mesa de juego, alguna exclamación, la suma de los tantos...
Y por las abiertas ventanas entraba, con el
frescor de la noche, el canto ardiente, audaz, sonoro del ruiseñor.
XXXIII
No había intervenido para nada Lisa en la
discusión referida, mas habíala seguido con toda atención y sin pretenderlo se
inclinaba del lado de Lavretsky. La política nada le interesaba, mas el tono
altivo, presuntuoso del mundano funcionario le había molestado, su desprecio
por Rusia le había herido. No sabía explicarse la bella joven lo que era el
patriotismo, mas ella amaba a los rusos, la mentalidad rusa le encantaba, y
gustosa pasaba las horas muertas con el starosta de su madre, tratándole
de igual a igual, sin el orgullo corriente entre las damas de mundo.
Lavretsky había adivinado lo que a Lisa le
ocurría y sólo por ella habló, sólo por ella se tomó el trabajo de contestar a
Panchine. Nada se dijeron, apenas se miraron y, sin embargo los dos supieron
comprender que durante aquella velada se habían unido más estrechamente, que
sus simpatías y antipatías eran las mismas. Tan sólo en un punto diferían, mas
Lisa confiaba en su fuero interno llevar a Lavretsky hacia Dios. Ambos se
habían sentado al lado de Marfa y parecían interesarse en su juego. Y se
interesaban realmente; mas al mismo tiempo sus corazones se dilataban
llenándose de la belleza de las estrellas centelleantes, con el canto de los
ruiseñores, con el murmullo de los árboles. Se arrobaban con aquella noche de
estío, templada y doliente. Lavretsky se abandonó por entero a esa dicha sin
igual, mas ¿cómo expresar lo que pasaba en el alma de la niña, si para ella
misma era un misterio?
Nadie sabe, nadie podrá saber de qué manera, en
el seno de la tierra la semilla germina y crece; de qué manera la vida en ella
nace.
Dieron las diez. A esta hora Marfa se retiró a
sus habitaciones, seguida de Nastasia Karpovna. Lavretsky y Lisa dieron algunos
pasos por el salón, y se detuvieron delante de la puerta abierta que daba al
jardín; sus miradas se sumergieron en las lejanas tinieblas, en tanto que sus
almas parecía iban a fundirse la una en la otra. Transcurridos unos instantes,
volvieron adonde estaban María y Panchine, absortos aún en su partida de piquet. Al fin terminó ésta. María,
gimoteando, abandonó su butaca rellena de cojines. Panchine tomó su sombrero,
besó la mano a la dueña de la casa y se dispuso a partir, no sin antes hacer
observar que mientras a aquellas horas, otras personas podían entregarse a las
delicias del sueño, gozar de las dulzuras que brinda la noche apacible, él se
vería obligado a pasarla trabajando, perdido, como quien dice, en medio de una
verdadera selva de expedientes. Luego saludó fríamente a Lisa -se sentía
molesto con ella por la ilación a que le tenía sometido, contingencia que él no
había previsto- y partió, seguido de Lavretsky, del que se separó a la puerta
de la casa. Panchine despertó a su cochero de un ligero bastonazo en la nuca,
subió a su vehículo y desapareció.
Lavretsky, aquella noche, no tenía ningún deseo
de dirigirse en seguida hacia su casa; mas bien se sentía inclinado a vagar por
la campiña. La noche era plácida y clara, aunque sin luna. Durante mucho
tiempo Lavretsky anduvo errante mojando sus pies con la hierba humedecida del
río; de pronto presentóse ante él un estrecho sendero y lo siguió. Aquel
sendero lo condujo hasta una cerca de madera y frente a una puerta; con un
movimiento maquinal la empujó, y la puerta cedió, rechinando ligeramente, como
si no hubiese esperado más que la presión de su mano. Lavretsky se encontró en
un jardín; dio algunos pasos por una calle de árboles y se detuvo asombrado:
había reconocido el jardín de los Kalitine.
Instintivamente corrió a refugiarse bajo la
sombra opaca de unos nogales y allí permaneció durante largo tiempo, inmóvil,
pensativo.
-No ha sido el azar el que me ha traído aquí
-se dijo.
Silencio completo reinaba alrededor de él;
ningún ruido se oía tampoco del lado de la calle. Avanzó con precaución.
Al revolver de una alameda, súbitamente, la
fachada del inmueble apareció ante su vista; sólo dos ventanas se hallaban
alumbradas con tenue iluminación; tras la cortina blanca del cuarto de Lisa, la
llama de una bujía oscilaba; en la habitación de Marfa, ante un icono, la
llamita rojiza de una lamparilla se reflejaba débilmente, en el oro del marco
que rodeaba a aquél. En el piso bajo, la puerta que comunicaba con la terraza
estaba abierta. Lavretsky fue a sentarse en un banco de madera, apoyó su
barbilla en su mano, y maquinalmente, instintivamente, púsose a mirar, como
hipnotizado, aquella puerta y la ventana de la habitación de Lisa. En aquel
momento dieron las doce en el reloj de la aldea, y en la casa otro pequeño
reloj repitió las campanadas, a la vez que el vigilante de la mansión redoblaba
sobre la chapa metálica como si fuera un tambor.
Nuestro héroe no pensaba en nada, ni esperaba
nada; gozaba con la idea de encontrarse cerca de la joven, de hallarse en su
jardín, de descansar en el mismo banco en donde ella se sentaba alguna vez.
La luz del cuarto de Lisa se extinguió.
-¡Duerme en paz! -balbuceó Lavretsky, sin
apartar la vista de la ventana, que ahora permaneció oscura.
-Súbitamente, se iluminó una de las ventanas
del piso inferior, luego otra y otra... Alguien se acercaba con una luz en la
mano. ¿Acaso Lisa? ¡Oh, no, imposible! Lavretsky se levantó. Una silueta
familiar se le apareció. Lisa se encontraba en el salón, caídas sobre los
hombros las trenzas de sus cabellos, vestida con una bata blanca; acercóse a la
mesa, se inclinó, y dejando la bujía que llevaba, buscó alguna cosa; luego,
ligera, esbelta, graciosa, se acercó hacia el jardín, ante cuya puerta se
detuvo.
Lavretsky se estremeció.
-¡Lisa! -profirió con voz casi imperceptible.
La joven se sobresaltó y sondeó la oscuridad.
-¡Lisa! -repitió con voz más clara Lavretsky, yendo decidido
al encuentro de la joven.
Lisa, vacilante, adelantó la cabeza y luego
retrocedió. Le había reconocido.
Lavretsky la nombró por tercera vez y le tendió
los brazos. Ella se separó de la puerta y dio algunos pasos por el jardín.
-¡Feodor! -balbuceó la joven-. ¿Usted aquí?
-Yo mismo... Escúcheme -rogó Lavretsky, y
tomándola de la mano, la condujo hasta el banco.
Lisa le siguió sin resistirse, pálido su
rostro, fija la mirada, expresando en sus movimientos todos una sorpresa
indecible. Lavretsky la hizo sentar y quedó en pie ante ella.
-¡Oh!, escúcheme usted -empezó a decir-; yo no
pensaba venir aquí; ha sido el destino quien ha guiado mis pasos, porque... la
amo a usted -acabó con voz angustiosa.
Lisa alzó lentamente los ojos hacia él. Por fin
comenzaba a darse cuenta de lo que le sucedía. Intentó levantarse, mas no lo
logró y hubo de inclinarse hacia delante, ocultó su rostro entre las manos.
-¡Lisa!... ¡Lisa! -repetía Lavretsky arrodillado a sus
pies.
Los hombros de la joven se estremecieron y
apretó aún más contra su cara las manos que la ocultaban.
-¿Qué tiene usted? -le preguntó Lavretsky.
Leves sollozos fueron la respuesta.
El corazón de Lavretsky cesó de latir, tal fue
su emoción. Comprendía lo que significaban aquellas lágrimas.
-¿Me ama usted, me ama usted realmente?
preguntó él en voz muy baja, casi besándole las rodillas.
-¡Levántese usted! pudo balbucir Lisa-;
¡levántese usted, Feodor! ¿Qué es lo que hacemos?
Lavretsky se incorporó y se sentó al lado de
ella.
Lisa ya no lloraba, mirándole atentamente con
sus ojos aún brillantes por las lágrimas.
-Tengo miedo. ¿Qué es lo que hacemos? repitió
la joven.
La amo a usted, Lisa -exclamó de nuevo
Lavretsky-, y estoy dispuesto a sacrificarle mi vida.
La joven se estremeció de nuevo, cual si
hubiese recibido una herida y alzó los ojos al cielo.
-¡Todo depende de la voluntad de Dios! dijo.
-¿Pero usted me ama, Lisa? ¿Llegaremos a ser
dichosos?
Y Lavretsky la atrajo dulcemente hacia sí. Por
toda respuesta, Lisa bajó su cabeza apoyándose en el hombro de él. Lavretsky
hizo que la irguiera y buscó sus labios...
Una media hora más tarde Lavretsky se hallaba
de nuevo ante la puerta del jardín, mas entonces se hallaba cerrada y para
salir hubo de escalar la cerca. Al entrar en la ciudad, un gozo infinito,
inesperado, henchía su corazón, y mientras se decía: "¡Oh, sombría visión
del pasado, déjame, desaparece para siempre! ¡Ella me ama, ella será
mía!", le pareció que, de pronto, por encima de su cabeza, una oleada de
sonidos maravillosos, triunfantes, se expandían.
Se detuvo un instante: los sonidos resonaban
más espléndidos, más armoniosos, brotando como un raudal de acordes inefables.
A Lavretsky le pareció como si celebrase su dicha. Súbito se volvió: la música
salía a borbotones de dos ventanas del piso superior de una humilde casita.
-¡Lemme! gritó Lavretsky, precipitándose hacia
la casa-. ¡Lemme, Lemme! repetía, elevando más y más la voz.
Los sonidos cesaron, y por una de las ventanas
apareció la figura del viejo músico, con los cabellos enmarañados,
despechugado.
-¡Ah! -exclamó secamente-. ¿Es usted?
-¡Oh, Cristóbal, qué música tan maravillosa la
que acabo de escuchar! ¡Déjeme entrar, se lo ruego!
Sin decir palabra, con gesto majestuoso, Lemme
echó a Lavretsky la llave de la puerta. Lavretsky se precipitó escaleras
arriba y al entrar, quiso arrojarse en los brazos de Lenune, mas éste, imperiosamente,
le señaló una silla y con voz contenida le dijo:
-¡Siéntese y escuche!
Se sentó al piano y comenzó a tocar, después de
haber lanzado en derredor suyo una mirada orgullosa y grave.
Desde hacía tiempo, Lavretsky no había oído
nada comparable a lo que ahora ejecutaba el viejo. A partir del primer acorde,
una melodía dulce y apasionada se apoderaba del alma toda. Aquella músi ca
despertaba todo lo que hay de tierno, de misterioso, de santo sobre la tierra;
destilaba una tristeza indescriptible y se extinguía en los cielos.
Lavretsky se irguió, pálido y radiante de
entusiasmo. Cada uno de los sonidos emitidos parecíale que penetraba en su
corazón, todavía conmovido por esa onda misteriosa que se llama amor. Y aun
los mismos sonidos vibraban de amor.
-¡Repítalo otra vez!. murmuró después que el
último acorde se hubo extirrguido.
Lemme le lanzó una mirada aquilina, se golpeó
el pecho y dijo lentamente en su lengua materna:
-¡Yo soy quien la ha compuesto, yo, que soy un
gran músico!
Y tocó por segunda vez su magnífica
composición.
La claridad de la Luna entraba oblicuamente por
las abiertas ventanas; el aire vibraba armoniosamente; aquella amable estancia
parecía haberse convertido en un santuario. La inspirada cabeza de Lemme
erguíase en la argentada penumbra. Lavretsky se acercó a él y lo estrechó en
sus brazos. El viejo trató de rechazarlo con el codo; durante mucho tiempo lo
miró inmóvil, con aire severo, casi amenazador; después se serenó, bajó la
cabeza como avergonzado, y contestó con una sonrisa a las calurosas
felicitaciones de Lavretsky; luego se deshizo en lágrimas, sollozando como un
niño.
-Es extraordinario -dijo, al fin- que usted se
haya presentado aquí precisamente en este momento; pero lo sé todo, lo sé
todo.
-¿Usted lo sabe todo? -preguntó Lavretsky
sorprendido.
-¡Me acaba usted de escuchar -replicó Lemme- y
no ha comprendido que lo sabía todo...!
Lavretsky no pudo conciliar el sueño en toda la
noche; la pasó sentado en la cama.
Lisa tampoco dormía, rezaba.
XXXIV
El lector conoce ya el medio en que se educó
Lavretsky; justo es que le digamos cómo fue educada Lisa.
Al morir su padre, acababa ella de cumplir diez
años. Absorto en sus negocios, bilioso, nervioso, colérico en grado sumo, sólo
se había preocupado de aumentar su fortuna. Prodigaba su dinero para
proporcionar a sus hijos institutrices, vestidos hermosos, adornos, pero no se
cuidaba de ellos, directamente, lo más mínimo. Trabajaba sin cesar casi, dormía
poco, apenas si buscaba un placer, una distracción, siempre sumido en sus
cálculos "como burro de noria", según él mismo decía. Y al expirar,
con amarga sonrisa en sus labios, tan sólo dijo: "Cuán pronto se acabó mi
vida, cuán rápida se deslizó".
María Dimitrievna, a decir verdad, tampoco se
preocupó de Lisa mucho más que su marido, aun cuando se envaneciera a veces
ante Lavretsky de haber sabido educar a sus hijos; para ella su hija no ha bía
sido más que como una muñeca con la que se juega; ante las visitas le
prodigaba caricias y palabras tiernas, mas ese esfuerzo parecía fatigar a la
lánguida señora. En vida de su padre, Lisa se hallaba bajo el cuidado de una
institutriz francesa, la señorita Moreau; mas a la muerte de aquél, fue
confiada a Marfa. A ésta ya la conoce el lector, no así a la Moreau, que era una criatura menuda, enjuta, con gestos y cerebro como los de un pájaro. En su
juventud había llevado una existencia disipada; a su vejez tan sólo dos
pasiones le restaban: la gula y el juego. Consecuencia de su movida juventud o
del aire de París, respirado desde su infancia, estaba penetrada de cierto
trivial escepticismo, que se relevaba en su frase favorita: "Tout ça, c'est des bêtises". Verdad que su acento era poco correcto, mas era parisién,
y esto, unido a que no era maldiciente ni caprichosa, ¿no era suficiente para
ser una excelente institutriz? ¿Podía exigirse más?
Su influencia sobre Lisa fue escasa y así dejó el campo libre a la
doncella de la niña, a Agafia Vlasievna.
La existencia de Agafia. fue en sus comienzos extraña. Hija de
campesinos a los dieciséis años la hicieron casarse con un mujik, mas a pesar de todo no se parecía
en nada a las jóvenes de su clase.
Era extremadamente hermosa y se le conocía en los alrededores de su
aldea por sus bellas maneras, por su brillante inteligencia, por su confianza
en sí misma. Su señor, Dimitri Pestoff, el padre de María, hombre sencillo, de
suaves maneras, vióle un día, le habló y quedó apasionadamente enamorado. Poco
después quedó viuda; y Pestoff la llevó a su casa y la hizo vestir a la manera
de las gentes de su dominio. Agafia pronto se acostumbró a su nueva vida, como
si nada extraño hubiese ofrecido para ella. Su rostro blanqueó, engruesó, se
embelleció; no gastaba para sus ropas más que sedas y terciopelos; no dormía
más que sobre cojines de plumas. Eso duró cinco años. Mas Dimitri murió y su
esposa, una señora de excelente corazón, no quiso, en recuerdo del difunto,
tratar con dureza a la que había sido su rival, que siempre, a pesar de todo,
había sabido respetarla, y casándola con un pastor la alejó de su casa. Tres
años pasaron. Un día de verano la viuda Pestoff quiso visitar su cortijo y
Agafia, que se hallaba en él, supo presentarse tan alegre, tan serena tan
obsequiosa, que su señora le otorgó el perdón y la llevó consigo a su casa.
Seis más tarde, Agafia se había convertido en el ama de llaves, y de nuevo
blanqueó, engruesó, se embelleció; su señora le dispensaba la más completa
confianza. Otros cinco años transcurrieron. De nuevo la desgracia se cebó en
Agafia: su marido, que se había dado a la bebida, acabó por convertirse en
ladrón y robó a su ama unos cubiertos de plata, que ocultó en el baúl de su
mujer. El robo fue descubierto y Agafia cayó en desgracia; de ama de llaves
pasó a ser la costurera y hubo de sustituir su cofia por un pañuelo. Mas Agafia
supo soportar tan rudo golpe con una resignación que asombró a todos. Contaba
ya treinta años; sus hijos habían muerto; su marido también murió, y todo ello
trajo para Agafia un cambio completo en su vida, en sus costumbres: se tornó
taciturna, devota; asistió desde entonces, de un modo regular, a misas y
novenas, y daba a los pobres todos sus ingresos, todas sus soldadas. Y así
vivió quince años, apacible, humilde, dignamente. De nuevo había logrado
volver al favor de su señora, mas no volvió a tocar su cabeza con la cofia;
prefirió conservar su pañuelo, su traje negro. Al morir su señora, todavía se
le vio más dulce, más humilde. Nadie se acordaba ya en la mansión de sus faltas
de antaño que habían sido enterradas, por así decirlo, al sepultar a su señor.
Al casarse Kalitine con María quiso que Agafia fuera la que llevara
la casa, mas ella rehusó; quiso él obligarla a aceptar, pero Agafia, por toda
respuesta, se inclinó ante Kalitine profundamente y salió de la habitación.
Kalitine era hombre inteligente, capaz de conocer a las gentes; comprendió,
pues, a Agafia y no insistió más. Ya la familia en la ciudad, adonde se había
trasladado, Agafia aceptó la tarea de velar por Lisa, niña de cinco años por
aquel entonces. De momento, el austero semblante de Agafia asustó un poco a la
niña, mas no tardó en acostumbrarse a la nueva gouvernante y en amarla. A su lado se convertía en una
criatura formal; su perfil, regular y bien trazado, hacía recordar el de su
padre; tan sólo en los ojos diferían.
Los ojos de la niña se
iluminaban con una dulce serenidad que rara vez se puede ver entre los niños.
Lisa no gustaba de jugar con muñecas, no reía nunca estruendosamente ni durante
largo tiempo; se mantenía siempre tan digna como una persona mayor. Muy pronto
dejó de emplear palabras pueriles, y a los cuatro años ya hablaba en forma
perfectamente clara, inteligible. A su padre le temía; no así a su madre, mas
no era con ella efusiva a pesar de todo, bien es verdad que tampoco lo era con
Agafia, a pesar de ser la única persona a quien amaba de veras. Agafia no se
separaba jamás de la niña, formando las dos extraño conjunto: Agafia
trabajando, siempre vestida de negro, rodeada su cabeza por un pañuelo también
negro ensombreciendo su pálida cara, flaca, transparente como la cera, mas,
sin embargo, bella y expresiva; a sus pies, en una banqueta, Lisa, ocupada
también en cualquier labor, o escuchando con aire grave, alzados los ojos, los relatos de Agafia, nunca
cuentos, sino historias, de la Santa Virgen, de ascetas, de mártires... Lisa,
oyéndola, grababa en su corazón la imagen del Dios omnipotente, llenándole de
piadoso temor, recordando que Cristo había padecido por ella. A veces, Agafia
despertaba a Lisa muy de mañana, al alba, y la llevaba consigo a la iglesia; y
ya allí, la niña la seguía de puntillas, reteniendo la respiración. El frío,
la tenue luz del amanecer, el vacío de la iglesia, esas salidas furtivas y los
retornos precipitados a la casa y luego, al lecho, todo ese conjunto de cosas
prohibidas, singulares y santas impresionaban grandemente a la niña. Agafia
nunca murmuraba de nadie, ni reñía, y jamás reprendió a Lisa sus travesuras;
si estaba descontenta, se quedaba callada y Lisa comprendía perfectamente a
qué era debido su silencio; con la intuición propia de los niños, adivinaba
cuándo Agafia no estaba satisfecha de alguno, de María, de Kalitine. Tres años
pasaron así; al cabo de ese tiempo Agafia fue reemplazada por la Moreau, pero
ni las maneras alocadas ni el modo de hablar de la francesa pudieron arrancar
del corazón de Lisa lo que a él había aportado su querida Agafia: la semilla
había germinado y las raíces estaban muy profundas. Mas, aunque Agafia no tenía
a Lisa a su cargo, seguía en la casa, y la niña le reservaba toda su afección.
Al establecerse Marfa en la casa de los Kalitine, Agafia no pudo ni
supo vivir con aquélla en buena inteligencia. La rígida dignidad de la antigua
favorita desagradaba a la anciana señora tan inquieta, tan dominante, y Agafia
solicitó permiso para ir en peregrinación a ciertos santos lugares y no
regresó, corriendo el rumor de que había ingresado en un convento. Pero los
rastros que ella había dejado en el alma de Lisa no se borraron: como en el
pasado, siguió yendo a la iglesia como a una fiesta, rezando con fervor, en una
especie de éxtasis contenido y púdico que sorprendía no poco a su misma madre.
Marfa, aun cuando no ignoraba que nada podía sobre Lisa, trató de atemperar tal
devoción impidiendo a la niña que se prosternara tan a menudo como solía, mas
nada logró.
Lisa cursó sus estudios a la perfección, mas no sin esfuerzo; era una
alumna asidua, pero Dios no le había concedido dotes sobresalientes ni una
inteligencia excepcional. Tocaba el piano, mas sólo Lemme sabía qué trabajo le
había costado lograrlo. Leía poco, pero escogido, y seguía sin dudar el camino
que se había trazado. No en balde se parecía a su padre, y también, como él, de
nadie se aconsejaba. Así creció lentamente, apaciblemente; así llegó a sus
diecinueve años. Era a esta edad una muchacha encantadora; cada uno de sus
gestos ofrecía una gracia innata, cándida, aunque algo desmañada aún. Su voz
conservaba la argentina pureza de la infancia, la más ligera impresión
agradable hacía nacer en sus labios una adorable sonrisa y asomar a sus ojos
límpidos un vivo resplandor a la vez que una extraña languidez. Penetrada del
sentido del deber, procurando no causar jamás la más ligera pena, otorgaba a
cuantos la rodeaban la misma dulce afección, sin amar ardientemente a nadie.
Tal era Lisa.
Sólo Lavretsky llegó a turbar la serenidad de esta vida.
XXXV
Encaminóse Lavretsky al día siguiente, a mediodía, a casa de los
Kalitine. Por el camino encontró a Panchine, que se le adelantó al galope de su
caballo, calándose su sombrero hasta las cejas. Ya en la casa, por la primera
vez en su vida, Lavretsky no fue recibido. "María Dimitrievna", le
dijo el criado, "está descansando". Tenía jaqueca. Marfa y Lisa no
se hallaban en casa.
Lavretsky se dirigió hacia el jardín alimentando la vaga esperanza de
poder encontrarse con Lisa, pero no tropezó con nadie. Dos horas más tarde
volvió a la casa y obtuvo la misma respuesta, que esta vez el criado acompañó
con oblicua mirada maliciosa. No estimó oportuno presentarse por tercera vez
en el mismo día, y decidió regresar a Vassilievskoïe, en donde tenía mucho que
hacer. Por el camino iba trazando distintos y seductores proyectos, pero al
llegar a su aldea la tristeza se apoderó de él. Trató de trabar conversación
con el viejo Antonio, mas también el criado tenía aquel día negras
t ideas tan sólo.
Refirió que Glafira, en el momento de expirar, se había mordido la mano, y
después de un momento de silencio, añadió exhalando un suspiro: "Todo
hombre, mi querido señor, está condenado a devorarse a sí mismo".
Cuando Lavretsky abandonó Vassilievskoïe era ya tarde. La música oída
la víspera flotaba en su alma; la imagen de Lisa se ofrecía ante él en toda su
cándida gracia, y una dulce emoción le invadía al saber que la bella joven le
amaba; así llegó a su casa en la ciudad, dichoso, apacible.
Al entrar, notó con extrañeza un fuerte olor a pachulí, que él no
podía sufrir; en el suelo había cajas de viaje, maletas.
El rostro del criado que saliera a su encuentro le pareció desconocido,
mas sin analizar sus impresiones penetró en el salón. De pronto, una mujer
vestida de seda negra se levantó del diván en que se hallaba sentada y se
dirigió a su encuentro, llevando a su pálido rostro un fino pañuelo; dio
algunos pasos hacia adelante, e inclinando con gracia su linda cabeza, se dejó
caer de rodillas ante él. Sólo entonces se dio cuenta Lavretsky de quién era la
persona que estaba en su presencia: era su mujer.
Lavretsky se quedó sin respiración y maquinalmente se apoyó contra la
pared para no caerse.
-¡Feodor, no me rechaces! -balbuceó ella en francés. Y su voz, como un
cuchillo, parecía penetrar en el corazón de Lavretsky. Este la miraba
estupefacto, trastornado, mas no tanto que no pudiese verla más pálida, más
gruesa que cuando se separaron.
-¡Feodor! -exclamó ella de nuevo, fingiendo
retorcer sus dedos y lanzando a su marido furtivas miradas-. ¡Feodor, he sido
culpable, sí, muy culpable! ¡Es más, diré criminal, pero estoy arrepentida,
siento vergüenza de mí misma; yo no puedo vivir así! ¡No puedo soportar por más
tiempo mi situación! ¡Cuántas veces he pensado dirigirme a ti, pero temía tu
cólera! Además, he estado muy enferma -añadió, pasándose la mano por la frente
y por las mejillas- y al comenzar a circular el rumor de mi muerte, lo he dejado
todo; no me he detenido y me he apresurado día y noche para llegar ante ti cuanto
antes. He vacilado durante mucho tiempo antes de atreverme a presentarme ante
tus ojos, ante ti que eres mi juez, mas el recuerdo de tu innagotable bondad
me ha hecho decidir. En Moscú pude averiguar tu dirección y por eso me he
encaminado aquí. Créeme -continuó, levantándose poco a poco y sentándose en el
borde del sillón-, he pensado a menudo en la muerte y habría tenido valor
suficiente para suicidarme, ¡la vida, para mí, es una carga insoportable!, a
no haberme retenido el recuerdo de mi hija, de mi Adotchka. Ella está aquí y
duerme en la habitación vecina, la pobrecita. ¡Pobre hija mía, cuán fatigada se
encuentra; ya la verás!... Ella, al menos, es inocente, y yo soy tan
desgraciada, tan desgraciada... -Y prorrumpió en llanto.
Por fin, Lavretsky volvió en sí, se separó de
la pared en que estaba apoyado y se dirigió hacia la puerta.
-¡Me dejas! -exclamó su mujer con
desesperación-. ¡Oh, eres cruel! ¡Te vas sin dirigirme la palabra, sin hacerme
siquiera un reproche!... ¡Tú desprecio me causará la muerte! ¡Esto es insoportable!
Lavretsky se detuvo.
-¿Qué pretende usted de mí? dijo con voz
apagada.
Nada, nada -contestó ella con viveza-; sé
perfectamente que no puedo exigir nada; no estoy tan loca; yo no espero, no me
atrevo a solicitar tu perdón; únicamente te suplico me digas qué es lo que debo
hacer. Ordéname lo que quieras. Como una esclava te obedeceré, cualesquiera que
sean tus órdenes.
Yo no tengo orden que darle a usted ni por qué
disponer nada -replicó Lavretsky en el mismo tono-. Usted ya sabe que todo terminó
entre nosotros, y ahora más que nunca. Puede usted vivir en donde le plazca y
si su pensión es insuficiente...
-¡Oh, no pronuncies palabras tan afrentosas
-exclamó Bárbara-, ten piedad de mí... al menos por este ángel!
Al pronunciar estas últimas palabras se dirigió
a la habitación contigua y volvió llevando en sus brazos una niña elegantemente
vestida. Largos bucles encuadraban su lindo rostro y caían sobre sus grandes ojos,
aún adormecidos; la bella niña entornaba sus párpados como para proteger
sus ojos de la luz y, sonriente apoyaba una de sus manecitas en el cuello de su
madre.
Ada, mira a tu papá profirió Bárbara, separando
los bucles que cubrían la cara de la niña y besándola con fuerza-, ayúdame a
obtener su perdón.
-¡Éste es papá? -balbuceó la niña ceceando.
-Sí, hijita. ¿No es verdad que tú le quieres
mucho?
Lavretsky no pudo resistir por más tiempo.
-¿En qué melodrama se encuentra esta escena?
-exclamó.
Y abandonó la habitación.
Bárbara permaneció inmóvil durante unos
instantes; luego, encogiéndose ligeramente de hombros, tomó a su hija en sus
brazos, la desnudó y la acostó. En seguida cogió un libro y se sentó cerca de
una lámpara; una hora más tarde decidió acostarse.
-Y bien, señora, ¿qué acogida le ha dispensado?
-Le preguntó, mientras la desnudaba, la doncella que había traído de París.
-Todo va bien, Justina -respondió Bárbara-; él
está mucho más viejo, pero ha conservado su bondad. Dame mis guantes de noche
y prepara para mañana mi amazona gris, pero sobre todo no olvides las chuletas
de carnero para Ada... Seguramente que no ha de ser cosa fácil lograrlas aquí,
mas es preciso que trates de procurártelas.
-En la guerra, como en la guerra -contestó
Justina, y apagó la bujía.
XXXVI
Durante más de dos horas Lavretsky estuvo
vagando por la población. Venía a su memoria la noche en que había errado por
los alrededores de París; su corazón se desgarraba y en su enfermo cerebro mil
ideas siniestras, sombrías, tristes, giraban y entrechocaban. "Vive; está
aquí", murmuraba con un asombro que crecía por momentos. Se daba cuenta
de que había perdido a Lisa para siempre. Ahogábale la rabia; el golpe que
había venido a herirle fue demasiado repentino. ¿Cómo pudo haber sido tan
ligero y dar fe a las inventivas de un periódico, de un trozo de papel?
"Pero pensaba-, si no hubiera dado crédito a tal noticia, ¿habría mejorado
por ventura mi situación? Evidentemente, no; a estas horas no sabría que Lisa
me ama y ella tampoco lo sospecharía".
Lavretsky no podía separar de su pensamiento
los gestos, la voz, las miradas de su mujer... y se maldecía a sí mismo y
maldecía al mundo entero.
Poseído de terrible tortura, fue a medianoche a
casa de Lemme. Durante mucho tiempo golpeó la puerta sin que le abrieran, mas
al fin la cabeza del músico asomó por una ventana; tocado con un go rro de
dormir, melancólico, ridículo, no parecía en modo alguno el artista que
veinticuatro horas antes, bajo el fuego de la inspiración y del entusiasmo,
había fijado en Lavretsky su mirada soberana.
-¿Qué quiere usted de mí? preguntó Lemme-. Yo
no puedo tocar todas las noches... acabo de tomar una tisana.
Pero el rostro de Lavretsky tenía una expresión
tan extraña, que el anciano músico, luego de haberle examinado con la mano
sobre sus ojos a manera de visera, le hizo
entrar inmediatamente.
Lavretsky se desplomó sobre una silla; el viejo
músico se detuvo ante él cruzando ante su cuerpo los paños de su vieja bata de
noche, se encogió y movió los labios como si se dispusiera a preguntar alguna
cosa.
-¡Mi mujer ha llegado! -dijo Lavretsky, alzando
la cabeza y echándose a reír con la misma inconsciencia con que lo haría un
loco.
En el rostro de Lemme se pintó el estupor, pero
no sonrió como Lavretsky; tan sólo se limitó a ajustarse aún más los paños de
su bata.
-Y usted no sabe -añadió Lavretsky -; yo me
había imaginado... yo había leído en el periódico... que había muerto.
-¡Ah! ¿Usted había leído eso? Y recientemente,
¿verdad? -preguntó Lemme.
-Sí, recientemente.
-¡Ah! -exclamó el viejo, arqueando las cejas-.
¿Y ha llegado?
-Sí; está en mi casa... y yo, yo soy un hombre
muy desdichado y otra vez se echó a reír.
-Sí, es usted un desgraciado -dijo Lemme
lentamente.
-Cristóbal -dijo de pronto Lavretsky-, ¿quiere
usted encargarse de entregar una carta?
-¡Hum! ¿Y se puede saber a quién?
-A Lisa...
-Sí, sí, ya comprendo. Y ¿cuándo habrá que
entregarla?
-Mañana, es decir, tan pronto como le sea
posible.
-¡Hum! Bien, enviaré a Catalina, mi cocinera...
No, iré yo mismo.
-¿Y usted me traerá la respuesta?
-Le traeré la respuesta.
El viejo suspiró.
-Sí, mi pobre muchacho, realmente es usted muy
desgraciado.
Lavretsky escribió algunas palabras a Lisa,
anunciándole la llegada de su esposa y pidiéndole una entrevista; después se
echó en un sofá, y así pasó el resto de la noche, vuelto su rostro contra el
muro; el anciano no se acostó en su cama, pero durante mucho tiempo estuvo
agitado, tosiendo, moviéndose, bebiendo de vez en vez su tisana.
La mañana llegó y los dos se levantaron,
mirándose con extraña expresión. Lavretsky, en aquellos momentos, pensaba en
suicidarse. Catalina trájoles un mal café. Dieron las ocho. Lemme tomó su som brero y salió; no sin declarar antes que aunque él no
daba sus lecciones en casa de los Kalitine antes de las diez, no le faltaría
un pretexto para disculpar su adelanto.
Lavretsky tendióse de nuevo sobre el pequeño
diván y de nuevo volvió a sus labios una risa dolorosa, desde el fondo de su
alma. Recordaba el momento en que su mujer le había puesto en el trance de
dejarla y pensó en la triste situación en que se veía Lisa. Y poniendo sus
brazos tras su cabeza, cerró los ojos.
Por fin regresó Lemme, quien traía un pedazo de
papel en el que Lisa había escrito estas palabras concisas: "Hoy será
imposible vernos; acaso mañana por la noche. Adiós".
Lavretsky, distraído, concisamente, dio las
gracias a Lemme y a regresó a su casa.
Su mujer se hallaba a la mesa. Ada, su hija,
muy rizada, muy bien vestida, comía sus chuletas de cordero. Al ver a
Lavretsky, Bárbara se levantó, se acercó a él y con aire sumiso en su rostro
le rogó que la acompañase a su gabinete. Ya en él, Lavretsky cerró la puerta y
agotado, nervioso, púsose a pasear a lo largo de la habitación; ella se sentó,
juntó sus manos, y fue siguiéndole con sus ojos, con aquellos ojos siempre bellos aunque ya
arreglados por los afeites.
Durante mucho tiempo Lavretsky se sintió
incapaz de proferir palabra; sentía que no era dueño de sí mismo, y, por otra
parte, se daba perfecta cuenta de que su mujer no le temía y que estaba preparada
para simular un desmayo.
-Escuche usted, señora pudo decir por fin con
voz apagada y apretando fuertemente los dientes-; no tenemos por qué engañarnos
mutuamente; yo no creo en su arrepentimiento, y aun dando por descontado que
éste fuera sincero, nos sería imposible volver a una vida en común.
Bárbara, al oír tales palabras, se mordió los
labios, cerró los ojos, y se dijo para sus adentros: "Por lo visto, le
causo repugnan. cia; todo ha terminado. Para él, ni siquiera soy ya una
mujer".
-Sí, es imposible -repitió Lavretsky-. Por otra
parte nc acierto a explicarme por qué se ha decidido a venir aquí; aunque es
probable que ello obedezca a falta de dinero.
-¡Oh, me insultas! -exclamó Bárbara con voz
casi imperceptible.
-Sea lo que sea, y desdichadamente para mí,
usted continúa siendo mi mujer y, en consecuencia, yo no puedo echarla de mi
casa, Vea usted, pues, lo que voy a proponerle: hoy mismo, si usted nc tiene
inconveniente, puede trasladarse a Lavriki, en donde, como us. ted sabe, tendrá una preciosa casa a su
disposición. Una vez allí, aparte de la pensión, usted recibirá todo cuanto le
sea necesario, ¿Acepta usted?
Bárbara se llevó a los ojos su bordado pañuelo.
Ya te he dicho -respondió, cerrando
nerviosamente los labios- que puedes disponer de mí conforme te dicte tu
voluntad; poi lo demás, yo no puedo hacer otra
cosa que agradecer tu generosidad.
-Nada de agradecimiento, es lo mejor -repuso él
vivamente-.
-De manera que puedo confiar en que...
-Desde mañana yo estaré en Lavriki -respondió
Bárbara, levantándose del sillón-. Pero, Feodor...
-¿Qué más pretende usted?
-Ya sé que no merezco tu perdón; pero así y
todo ¿puedo esperar que con el tiempo...?
-Escúcheme usted, Bárbara -interrumpió
Lavretsky-; usted es una mujer de talento, mas yo no soy ningún imbécil. Con
ella quiero decir que me doy perfecta cuenta de que mi perdón le tiene a usted
completamente sin cuidado. Sin embargo, sepa que la perdoné hace tiempo, pero
no olvide asimismo que entre nosotros dos existirá siempre un abismo.
Yo sabré resignarme -replicó Bárbara, bajando
la cabeza-. No he olvidado mis culpas. Ni siquiera me sorprendería que la noticia
de mi muerte te hubiera causado alegría -añadió con dulzura; señalando con un
ligero gesto de la mano el periódico, que Lavretsky había dejado olvidado
sobre la mesa.
Feodor se estremeció: la crónica que a su mujer
se refería estaba marcada con lápiz. Bárbara le miraba con aire aún más
humilde. Su bien cortada bata, a la moda de París, dibujaba admirablemente su
talle ligero, un verdadero talle de niña de quince años, y todo en ella, su
cuello esbelto y de líneas delicadas, su pecho agitado por una respiración regulada, sus brazos sin brazaletes, sus manos sin
anillos, su calzado, sus cabellos bien cuidados, respiraba distinción.
Lavretsky lanzó sobre ella una mirada preñada de odio, de rencor. Tenía deseos
de gritar: "¡Bravo!" ante su belleza y, al mismo tiempo golpear con
el puño aquella nuca. Hubo de abandonar la habitación temiendo no contenerse.
Una hora más tarde Lavretsky se hallaba camino
de Vassilievskoïe y dos horas después Bárbara se había hecho traer el mejor vehículo
de la ciudad. Después, tocada con un modesto sombrero de paja, dejando a su
hija al cuidado de Justina, se hizo conducir a casa de los Kalitine. Por los
criados sabía que su marido iba allí todos los días.
XXXVII
El día que Bárbara llegó a la población de
O..., fue un día muy triste para Lavretsky y atroz para Lisa.
Apenas ésta, una vez levantada, había tenido
tiempo de saludar a su madre, oyó el galope de un caballo y en seguida observó,
no sin cierto sobresalto, que Panchine entraba en el patio de la casa. "Si
viene tan temprano -pensó ella-, es para tener una respuesta definitiva",
y no se equivocaba. Panchine, después de permanecer algunos minutos en el
salón, propuso a Lisa dar un paseo por el jardín, y ya allí le pidió la
respuesta que había de fijar su suerte. Lisa requirió de todo su valor y
declaróle que no podía ser su esposa. Panchine, baja la cabeza, mirándole de
reojo, encasquetado el sombrero, la escuchó pacientemente hasta el fin;
después, cortésmente, aunque con voz alterada, le preguntó si aquella decisión
era firme, y, en tal caso, si era él quien, involuntariamente, había dado lugar a
un cambio semejante. Luego cubrió sus ojos con sus manos, suspiró repetidamente
y con gesto brusco descubrió su rostro, diciendo con voz ronca:
Yo, más que seguir el camino trillado, he
querido buscar una compañera obedeciendo los impulsos de mi corazón; pero, por
lo visto, eso es imposible. ¡Adiós mi sueño!
Y saludando rendidamente a Lisa se adentró en
la casa.
La joven esperaba que Panchine se marcharía en
seguida, mas fue a encontrar a María en su gabinete y pasó cerca de una hora
con ella.
Al retirarse, dijo a Lisa:
—Su madre la llama. Adiós para siempre...
Y saltando sobre su caballo, se alejó al
galope.
Lisa halló a su madre sumida en lágrimas.
Panchine le había dado cuenta de su fracaso.
-¿Pero te has propuesto matarme? -comenzó
diciendo la pobre mujer, presa de gran desconsuelo-. ¿Qué es lo que pretendes?
¿Por qué lo rechazas de esa manera? ¡A un gentilhombre de Cámara! ¡A un
muchacho tan desinteresado! ¡A un hombre que, si se le antojase, podría casarse
en San Petersburgo con cualquier dama de la Corte! ¡Y yo, yo que esperaba...!
Pero, ¿se puede saber, hija mía, desde cuándo han caminado tus sentimientos
hacia él? ¿Qué mal viento habrá depositado en tu espíritu esa duda que no pudo
llegar por sí sola? ¿Será acaso ese hombre huraño? ¡Famoso consejero, a fe mía!
¡Y él, el querido muchacho -añadió María-, con qué respeto, con qué atención,
con qué solicitud se comporta aún en medio de su dolor. Ha prometido no
abandonarme. ¡Ah, no sé si me será dado re. sistir tan dura prueba! Tengo una
jaqueca atroz... Envíame la doncella. Tú serás la causa de mi muerte si no te
enmiendas, ¿me oyes bien?
Dicho esto, rogó a su hija que la dejara sola, no sin antes haberle echado
en cara por dos o tres veces que era una ingrata.
Lisa se encerró en su cuarto, y aun no había
tenido tiempo de reponerse de su lucha con Panchine y con su madre, cuando
otra tempestad descargó sobre su cabeza, viniendo de donde menos lo esperaba.
Marfa penetró en la habitación dando un portazo tras ella. El rostro de la
anciana estaba muy pálido, su cofia más ladeada, su,, ojos echaban fuego, sus
manos y sus labios temblaban. Lisa quede asombrada; jamás había visto en tal
estado a aquella anciana tan razonable, tan ecuánime.
Muy bien, señorita, muy bien -comenzó a decir
Marfa er voz baja, pero temblorosa, desconocida-. ¿Se puede saber qué te pasa,
querida?... Dame agua, que no puedo hablar.
-Cálmese, querida tía, ¿qué tiene usted?
-dijole Lisa, ofreciéndole un vaso de agua-. ¿Por qué se pone usted así si
Panchine parecía no serle simpático?
Marfa quiso beber, mas hubo de dejar el vaso.
No puedo beber -dijo-. Rompería mis últimos
dientes... Nc se trata de Panchine. Dime, ¿qué te pasa para verte obligada a
conceder entrevistas por la noche?
Lisa perdió el color.
Yo te ruego que me digas la verdad -continuó
Marfa- Chourotchka lo ha visto todo y me lo ha contado. He fingido nc creerle,
mas bien sé que no es mentirosa.
No niego nada, mi querida tía -dijo Lisa con
voz casi ininteligible.
-¡Ah, ah! ¿Es verdad, entonces? ¡Tú le has dado
una cita a ese pecador, a ese hipócrita!
-No.
-¿Entonces?
-Yo bajé al salón para tomar un libro. Él se
encontraba en el jardín y me llamó.
-¿Y acudiste a su llamado?
¡Muy bien! ¿Acaso le amas?
-Sí, le amo -contestó Lisa en voz baja.
-¡Oh, le ama! ¡A un hombre casado! ¡Le ama!
-El me dijo... -comenzó Lisa.
-¿Qué, qué ha dicho ese halcón?
-Que su esposa había muerto.
-¡Qué Dios la haya perdonado! murmuró la
anciana-. Bien frívola era... Mas no quiero murmurar de ella. ¿Es viudo,
entonces? Ya veo que es capaz de todo, pese a su aire apocado. Después de ha
ber hecho morir a una mujer, ya se supo proporcionar otra. Pero, óyeme: en mis
tiempos, semejantes aventuras acababan siempre mal para las jóvenes. No te
exaltes, querida; sólo las tontas se excitan ante la verdad. Yo no he querido
recibirle hoy. Yo le quiero y, sin embargo, nunca le perdonaré lo que ha hecho.
¡Con que se ha quedado viudo!... Dame el agua... En cuanto a Panchine; has
hecho muy bien en haberle dejado con un palmo de narices. mas te lo ruego, ¡no
vuelvas a encontrarte con hombres por la noche!, ¡esa raza de demonios! ¡No hagas sufrir a tu anciana tía!... Aparte de
que yo no sé tan sólo acariciar; sé también morder... ¡Con que ha quedado
viudo!
Y abandonó la estancia. Lisa fue a sentarse en
un rincón y se echó a llorar. La amargura le roía el corazón; ella no merecía
humillación semejante. Su amor no le producía alegrías; por segunda vez volvía
a llorar después de aquella noche. Apenas si aquel nuevo sentimiento había
penetrado en su alma, cuando ya las manos de otros se habían atrevido a tocar
rudamente su tierno secreto. Se sentía avergonzada, sufría, mas no tenía miedo
ni dudaba, y Lavretsky le era cada vez más querido. Hasta entonces se hallaba
indecisa, no viendo claro en sí misma, mas desde su última entrevista con él,
después de aquel beso, ya no podía engañarse: le amaba.
Y le amaba con todo su corazón leal, honrado,
uniéndose a él fuertemente y por la vida entera.
No temía tampoco las amenazas, pues estaba
segura de que ninguna violencia podría romper aquel lazo.
XXXVIII
Dimitrievna quedó perpleja cuando le anunciaron
la visita de Bárbara, preguntándose si debía recibirla, temiendo, si lo hacía,
ofender a Feodor; mas al fin pudo más que todo la curiosidad y dio orden para
que pasara.
"Después de todo -se dijo-, también ella
es parienta mía. Que pase".
Pocos instantes pasaron; la puerta se abrió, y
a cortos pasitos, rápidos, ligeros, Bárbara se acercó a María, y sin darle
tiempo para que se levantara de su butaca, se arrodilló ante ella, diciéndole
en ruso, con voz penetrante y suave, llena de emoción:
-¡Gracias, muchas gracias, mi querida prima,
por la indulgencia de que da pruebas al recibirme! ¡Es usted buena como un
ángel! Luego, Bárbara se apoderó súbitamente de una de las manos de María y
manteniéndola suavemente cogida entre las suyas, lujosamente enguantadas, la
llevó humildemente a sus labios rosados y carnosos.
La dueña de la casa, al ver tal demostración de
humildad en una mujer tan bella y tan elegantemente vestida, quedó perpleja,
sin saber qué hacer, queriendo retirar su mano, intentando hacer sentar a su
visitante y dirigirle alguna amable palabra, mas acabó por levantarse y besar
la frente lisa y perfumada de Bárbara. Ésta, al recibir tal caricia, se sintió
regocijada.
Bienvenida -dijo María-. Bienvenida. Estoy muy
contenta de verla... verdaderamente, aunque yo no esperaba... ni había imaginado...
pero, en fin, estoy muy satisfecha de verla aquí. Ya comprenderá, querida mía,
que yo no puedo ser juez entre usted y su marido...
Mi esposo tiene toda la razón -interrumpió
Bárbara-; yo sola soy la culpable.
Esos sentimientos la honran -repuso María-. Y
¿cuándo ha llegado usted? ¿Ya ha visto a su esposo? Pero, siéntese, se lo
ruego.
-Llegué ayer -respondió Bárbara, sentándose-, y
he hablado ya con Feodor.
-¡Ah ¿Y bien?...
-Temía que mi imprevista llegada despertaría su
cólera, pero no me ha rechazado...
Es decir que él no... Sí, sí, lo comprendo
-dijo María-. Feodor en apariencia es un hombre rudo, pero tiene un gran
corazón. Feodor no me ha perdonado, ni siquiera ha querido escucharme..., pero
ha sido lo bastante bueno para fijarme como residencia Lavriki.
-Linda propiedad.
-Sí, ciertamente; sólo aguardo a mañana para
acatar su voluntad --continuó Bárbara-, mas me ha parecido que era mi deber
priinero hacerle a usted una visita.
Y yo le quedo muy agradecida. Bárbara exhaló un
suspiro.
Después la conversación derivó hacia otros
cauces muy propios para dar pábulo a la curiosidad femenina. Bárbara, a
instigación de la dueña de la casa, mostró las prendas de vestir que llevaba
-sen cillas y a la vez elegantes-; habló de la moda, de las costumbres de
parís; en suma, sostuvo una conversación en la que supo sacar a relucir
oportunamente su sugestiva frivolidad.
Finalmente, María, emocionada, queriendo sellar
la nueva amistad con su prima, dijo:
-Espero que hoy comerá usted con nosotros...
Conocerá usted a mi hija...
Mas al pronunciar estas últimas palabras, María
se quedó algo turbada, y añadió:
Pero deberá usted excusarla, porque no se
encuentra muy bien estos días.
-¡Oh, prima mía -exclamó Bárbara-, cuán buena
es usted para conmigo! -Y se llevó el pañuelo a los ojos.
Un lacayo cosaco anunció la visita del viejo
parlanchín Guedeonovsky, quien entró sonriendo y prodigando reverentes
saludos. María hizo las presentaciones.
Al principio, frente a la mujer de Lavretsky,
se sentía algo cohibido; mas Bárbara supo mostrarse tan insinuante que pronto
perdió su temor y, rojo hasta las orejas, se lanzó en un mar de comadreos, de
chismes, de relatos fabulosos, de pesados cumplimientos. Bárbara le oía
esforzándose por no reír y poco a poco fue descartándole hasta que sólo fue
ella la que llevó la conversación. Con aire modesto habló de París, de sus
viajes, de Baden; luego pidió permiso para traer a Ada y más tarde descubrió en
tono patético y sin poder contener las lágrimas la emoción que había
experimentado al volver a oír el tañido de las campanas rusas.
-Me pareció como si sonasen en el fondo de mi
corazón -dijo.
En este instante entró Lisa.
Desde aquella mañana, desde el instante en que,
helada de espanto, había leído la carta de Lavretsky, Lisa se venía preparando
para esta entrevista; la presentía, y decidió no rehuirla, a fin de expiar lo
que ella llamaba sus criminales esperanzas. En apenas dos horas su rostro
estaba demacrado, alargado; mas ella no había derramado ninguna lágrima.
"Me he hecho merecedora de mi triste suerte" -se decía, y forzada,
dolorosamente, trataba-de sofocar en su alma un a modo de violento
rencor que a ella misma le asustaba.
"Es preciso que vaya", se dijo tan
pronto supo la llegada de la mujer de Lavretsky; y fue; durante mucho tiempo
permaneció inmóvil ante la puerta, sin decidirse a abrir. Mas lealmente se
dijo: "Yo soy culpable ante esa mujer" y franqueó el umbral. Luego se
esforzó en mirar a Bárbara cara a cara y en sonreírle.
Bárbara, tan pronto la vio, fue a su encuentro
y se inclinó ante ella ligeramente, mas con cierto inevitable respeto.
-Permita usted que me presente -dijo con voz
insinuante-. Su mamá ha sido para mí tan indulgente, que me permito esperar que
también lo será usted.
Cuando Bárbara pronunció estas palabras, la
expresión singular de su rostro, su sonrisa maliciosa, su mirada fría y
dulzona, los movimientos de sus brazos y de sus hombros, su mismo traje, toda
ella, causaron a Lisa tal repugnancia que nada pudo responder; tan sólo, a
duras penas, acertó a tenderle la mano.
Esta bella joven me desprecia -pensó para sus
adentros Bárbara, apretando con fuerza los fríos dedos de Lisa.
Y volviéndose hacia María, le dijo a media voz:
-Su hija es verdaderamente encantadora.
Al oír esto, Lisa se puso ligeramente colorada;
comprendía la ironía y la insolencia de la alabanza, pero estaba decidida a
resistir sus impresiones. La esposa de Lavretsky se acercó a la joven, haciendo
elogios de su gusto y de su habilidad. El corazón de Lisa latía violentamente
y a duras penas pudo vencer sus deseos de marcharse. Le parecía que Bárbara lo
sabía todo y gozaba poniéndola socarronamente en ridículo. Afortunadamente,
Guedeonovsky interrogó a la señora Lavretsky, y desvió así su atención. Lisa
se inclinó entonces sobre su labor y a hurtadillas observaba a Bárbara.
"¡Y él ha amado a esa mujer!" se decía. Sin embargo, se esforzó en
lanzar a Lavretsky de su pensamiento; sentía con terror que perdía hasta el
dominio sobre sí misma y que una especie de vértigo la invadía.
María habló de música.
-He oído decir, querida -dijo la dueña de la
casa, dirigiéndose a Bárbara-, que es usted una verdadera
notabilidad tocando el piano.
-Hace tiempo que no he tocado nada -contestó
Bárbara-, pero si es de su gusto, me pondré un momento al piano.
-Se lo suplico.
La esposa de Lavretsky obedeció; se sentó al
piano y tocó magistralmente una pieza, tan brillante como dificil, de Hertz.
Poseía una gran pulsación y verdadera agilidad.
-Es una sílfide -aprobó Guedeonovsky.
-¡Maravillosa! -aprobó María-. Se lo confieso,
Bárbara -continuó, llamándole la primera vez por su nombre-, me ha proporcionado
usted una verdadera sorpresa; ¡si podría usted dar conciertos! Tenemos aquí un
anciano músico, un alemán original y extravagante, aunque muy instruido, que
da lecciones a Lisa, y ese señor se va a volver loco cuando la oiga a usted.
-¿Lisa también es aficionada a la música?
-preguntó Bárbara, volviendo ligeramente la cabeza hacia la joven.
-Sí, le gusta la música, y no toca mal; pero al
lado de usted... Además del músico alemán, viene también con frecuencia a esta
casa un joven a quien es preciso que conozca usted, porque sabrá apreciar su
valor. Tiene alma de artista y compone cosas muy bonitas. Él tan sólo será
capaz de apreciar el talento de usted.
-Algún pobre diablo, sin duda.
-¡Oh, no! Es el más distinguido joven de
nuestra ciudad, y no sólo de aquí, sino hasta quizá de San Petersburgo. Es
gentilhombre de cámara y se le recibe muy a gusto en la mejor sociedad. De segu
ro habrá usted oído hablar de él: Vladimiro Nicolaevitch Panchine. Se halla
aquí en misión oficial... ¡Un futuro ministro!
-¿Y es artista?
-Sí, un artista de corazón y una persona muy
amable. Usted llegará a conocerle, porque viene a visitarnos con frecuencia;
precisamente lo he invitado para esta noche y espero que no faltará --añadió,
acompañando la frase de un suspiro y de una sonrisa llena de amargura.
-¿Es joven? -preguntó Bárbara, con una voz rica
en modulaciones.
-Tiene veintiocho años; simpático, de agradable
aspecto. Un verdadero gentilhombre, se lo aseguro.
Un joven modelo, se puede afirmar -agregó
Guedeonovsky. Bárbara se puso a tocar de pronto un precioso vals de Strauss que
comenzaba con un trino tan sonoro, tan rápido, que Guedeonovsky se sobresaltó;
a la mitad del vals pasó a un motivo melancólico, y terminó con el aria de Lucía: "Frapoco..." Había efectuado tal cambio
porque se dio cuenta de que la música alegre no se avenía muy bien con su
situación. El aria en cuestión, que tocó acentuado el tono sentimental,
emocionó a María de manera insospechada.
-¡Qué alma tan sentimental! -dijo por lo bajo a
Guedeonovsky.
-¡Una sílfide, una sílfide! -repitió éste
alzando los ojos al cielo.
Llegó la hora de la comida.
Marfa bajó cuando ya estaba servida la sopa.
Acogió a Bárbara muy fríamente, contestando con monosílabos a sus palabras
amables, sin apenas ocuparse de su presencia. Bárbara no tardó en comprender
que no podría amansar a aquella anciana y no insistió más. María, por el
contrario, redobló sus atenciones para con su invitada; la actitud en que se
colocara su tía la contrariaba. Mas no era sólo de Bárbara de quien Marfa no se
ocupaba; también estaba irritada con Lisa; sus ojos echaban llamas y permanecía
inmóvil, como si fuera de piedra, amarilla, apretando los dientes, sin comer
bocado.
Lisa parecía tranquila; una especie de sopor
invadía su ser, una insensibilidad de condenada.
Durante la comida, Bárbara habló poco; parecía
conmovida y en su semblante se dibujaba una discreta melancolía. Tan sólo
Guedeonovsky, con sus diversas anécdotas, contribuyó a animar algo la conversación,
aunque de cuando en cuando miraba con aire temeroso a Marfa, tosiendo con
aquella tos que siempre le acometía cuando se atrevía a mentir en su presencia.
Mas aquel día, la anciana señora no le interrumpió.
Terminada la comida, se descubrió que a Bárbara
le gustaba extraordinariamente el juego, y María quedó tan sorprendida ante
tal descubrimiento que aún se enterneció más de lo que estaba, y dijo para sí:
"¡Qué imbécil de Feodor! No haber sabido comprender a una mujer como
ésta".
Y fue a sentarse a la mesa de juego, con
Bárbara y Guedeonovsky. Marfa se llevó a Lisa a su cuarto, después de
declarar, buscando una disculpa, que la veía muy pálida y que seguramente
debía dolerle mucho la cabeza.
-Realmente sufre mucho de la cabeza -exclamó
María, volviéndose hacia Bárbara y alzando al cielo sus ojos-, y yo también
sufro a veces terribles jaquecas.
-¿De veras? preguntó Bárbara.
Lisa entró en el cuarto de su tía y dejóse caer
en una silla. Marfa, de pie ante ella, la estuvo contemplando mucho tiempo en
silencio. Después se arrodilló y sin proferir palabra se puso a besarle ca
riñosamente las manos. Lisa se inclinó hacia
ella, enrojeció y se echó a llorar, mas no levantó a Marfa, ni retiró sus
manos; comprendía que no tenía el derecho de impedir a la pobre anciana que le
expresara su afección en aquellos momentos, y Marfa no se cansaba de besar
aquellas manos tan pálidas, tan débiles...
Lágrimas silenciosas se desprendían de los ojos
de tía y sobrina; el gato ronroneaba satisfecho, hecho un ovillo, sobre una
butaca; la llama de la lamparilla que ardía ante un tronco oscilaba suavemente,
y en la habitación vecina, apoyada en la puerta, Nastassia, emocionada,
enjugaba furtivamente sus ojos con un gran pañuelo a cuadros.
XXXIX
Entretanto, en el salón se continuaba
jugando. María ganaba, circunstancia que la tenía de buen humor. Un criado
anunció a Panchine. La dueña de la casa dejó las cartas y se agitó en su
sillón. Bárbara la contempló con sonrisa algo burlona y luego dirigió sus miradas
hacia la puerta. Panchine entraba en aquel momento. Su rostro grave
cuidadosamente afeitado, parecía decir: "Me ha sido muy duro obedecer, mas
al fin heme aquí".
-¡Pero Vladimiro! exclamó María-. ¡Hasta hoy
entraba usted en esta casa sin hacerse anunciar!
Panchine no contestó más que con una mirada
mientras saludaba cortésmente a la dueña de la casa, mas sin besarle la mano
como era su costumbre.
María le presentó a Bárbara, que fue saludada
con tan exquisita cortesía como respeto por el recién llegado, y éste se sentó
a la mesa de juego.
Pronto quedó terminada la partida. Entonces
Panchine se interesó por la salud de Lisa, supo que no se encontraba bien y
expresó su sentimiento por ello, y cumplido ya ese elemental deber de cortesía,
entabló una conversación con Bárbara Pavlovna. Hablaba con lentitud,
diplomáticamente, recalcando ciertas sílabas y escuchando las respuestas con
toda deferencia, sin interrumpir jamás. Pero la seriedad de aquel embajador en
ciernes no impresionó a Bárbara lo más mínimo; con atención, sonriente, miraba
a Panchine con toda naturalidad, frente a frente, hablando con tono
desenvuelto, y las aletas de su bien trazada naricilla se agitaban ligeramente
mientras hablaba, como si hiciera esfuerzos para retener la risa.
María lanzóse a ponderar el claro talento de la
señora Lavretsky. Panchine inclinó cortésmente la cabeza, al tiempo que decía
que "de ello estaba convencido de antemano", después, animándose poco
a poco, inició uno de sus acostumbrados e interminables discursos, llegando
incluso a ocuparse del mismo Metternich.
Bárbara entornó sus aterciopelados ojos y dijo
en voz baja: Mas también usted es un artista, un cofrade. Y agregó más bajo
aún, mostrándole con un gesto el piano y levantándose-: Venga usted.
En un segundo, como por arte de magia, estas
solas palabras "Venga usted", cambiaron la situación de ánimo en que
se encontraba Panchine. Su dignidad social desapareció, su rostro animóse, sonrió
y desabrochándose el frac, exclamó:
-¡Yo, un artista! Usted sí que, al parecer, es
una verdadera artista.
Y siguió a Bárbara al piano.
Hágale usted cantar su romanza La luna
brilla... -dijo María.
-¿Canta usted? -preguntó Bárbara, envolviéndole
en rápida mirada-. ¡Oh, entonces, siéntese al piano, por favor!
Panchine quiso resistirse, mas ella repetíale
imperiosamente, mientras golpeaba la caja del piano:
-¡Siéntese usted!
Panchine, al fin, se sentó, tosió, y por fin
cantó su romanza.
-¡Maravillosa! -observó Bárbara-. ¡Canta usted
admirablemente! ¡Tiene estilo propio! ¡Es digna de que se repita!
Y dando la vuelta, fue a colocarse frente a
Panchine. Éste repitió su romanza, imprimiendo a su voz una vibración
melodramática. Bárbara, acodada en el piano, con sus blancas manos a la altura
de sus labios, no separaba sus ojos de él.
-¡Oh, encantadora, encantadora idea! manifestó
Bárbara con la seguridad y aplomo de un profesional-. Y dígame usted, ¡ha escrito
algo para voz de mujer, para mezzosoprano?
-Casi no compongo nada -respondió Panchine-. No
lo hago más que a ratos perdidos, cuando me lo permiten mis ocupaciones. ¿Usted
canta?
-Sí; canto alguna vez.
-¡Oh, canten ustedes algo! -exclamó María.
Bárbara separó con su mano los rizos que
encuadraban sus sofocadas mejillas y moviendo ligeramente la cabeza dijo:
Nuestras voces deben ser acordes. Cantamos un
dúo. ¿Conoce usted: Son geloso, o La ci darem, o Mira la bianca luna?
Llegué a cantar Mira la bianca luna --respondió
Panchine-: mas hace ya mucho tiempo y seguramente la habré olvidado.
No importa. Vamos a ensayar a media voz. Déjeme
hacer. Bárbara se sentó al piano. Panchine se situó al lado de ella y comenzaron
el dúo. Bárbara corrigió algunas veces a Panchine, recomenzando de nuevo: Mira
la bianca lu... u... una. Poco a poco sus voces se elevaron, adquirieron
entonación. La voz de ella había perdido frescura, pastosidad, pero la
manejaba hábilmente. Panchine, intimidado al principio, emitió algunos falsos
sonidos, mas al fin logró recobrar su seguridad; en verdad que no podía decirse
que cantara de manera impecable: al cantar, movía los hombros, balanceaba todo
el cuerpo y alzaba de vez en cuando la mano, al igual que si se hubiera tratado
de un verdadero artista.
Al terminar el dúo, Bárbara cantó dos o tres
piececillas de Thalberg y recitó con verdadera gracia una ariette francesa.
María no sabía cómo expresar su satisfacción, y
más de una vez estuvo tentada de enviar a buscar a Lisa. En cuanto a Guedeonovsky,
a falta de palabras, se contentaba con mover la cabeza, pero inopinadamente se
le escapó un bostezo, sin que apenas tuviera el tiempo indispensable para
taparse la boca con la mano. Bárbara se dio cuenta de aquel bostezo, y sin
perder un instante volvió su espalda al piano y exclamó:
-Basta ya de música; si les parece bien,
hablaremos un poco.
Y en seguida cruzó las manos.
-¡Muy bien; basta de música por ahora! -repitió
alegremente Panchine.
Y comenzó en francés, con Bárbara, una
conversación tan ligera como animada, que dio margen a que María dijera para
sus adentros, al escuchar aquella charla fina e ingeniosa: "Esto produce
el efecto de que nos hallamos en uno de los mejores salones parisienses".
Panchine se mostraba dichoso, radiante de
alegría, sonreía, sus ojos brillaban. Al principio, cuando cruzaba su mirada
con la de María, pasaba su mano por la frente, fruncía las cejas y lanzaba
bruscos suspiros; mas pronto olvidó por completo su papel de amante desdeñado
y se abandonó por entero al placer de una conversación semimundana,
semiartística. Bárbara se reveló como una gran filósofa: ninguna cuestión la
detenía, de nada dudaba; se echaba de ver a través de su argumentación que
había hablado mucho y a menudo con diversas personas de verdadero ingenio.
París era como el punto central, el eje de todos sus pensamientos, de todos
sus sentimientos. Panchine abordó el tema de la literatura y pronto se dio
cuenta de que, como él, Bárbara no leía más que obras francesas: George Sand la exasperaba; gustaba de leer a
Balzac, aunque le fatigaba; juzgaba a Sue y a Scribe como buenos psicólogos y adoraba
a Dumas y a Feval. Mas, en su fuero interno prefería sobre todo a Paúl de Kock,
aun cuando, como es natural, no mencionó ni siquiera su nombre. Por entonces.
Bárbara se cuidaba en verdad bien poco de la literatura. Bárbara evitó con sumo
cuidado tratar en su conversación de cuanto fuera susceptible de recordar,
siquiera de lejos, su situación; rehuyó incluso la más ligera alusión al amor
y, al contrario, dejaba adivinar en sus palabras al tratar de las pasiones,
cierta severidad, desencanto, resignación.
Panchine refutaba sus argumentos; ella le hacía
frente. Pero -¡oh contraste de las cosas!- mientras sus labios destilaban
palabras de censura, con frecuencia implacable el sonido de su voz era acariciador
y tierno y sus ojos parecían decir... Era dificil definir lo que querían
decir aquellos ojos tan fascinadores, mas su lenguaje no era severo,
sino más bien turbador, delicioso.
Panchine trataba de descifrarlo, procuraba a su
vez dar intención a sus miradas, pero era en vano: ante aquella mujer no se
sentía dueño de sí mismo; ella le dominaba... Bárbara tomó la costumbre, durante
la conversación, de rozar ligeramente la manga del frac de su interlocutor, y
aquellos contactos rápidos turbaban a Vladimiro en gran manera.
Bárbara poseía el secreto de saber inspirar en
seguida confianza a todo el mundo; aún no habían transcurrido dos horas y a
Panchine ya le hacía el efecto de que la conocía de muchos años antes. En
cambio, Lisa, aquella Lisa que él amaba y cuya mano había pedido la víspera, no
era ya, en aquellos momentos, más que un vago recuerdo para él...
Se sirvió el té, y la conversación tomó un giro
más íntimo todavía.
María ordenó al lacayo que subiera a rogar a
Lisa que tuviera a bien bajar al salón, caso de que ya se encontrara mejor. Al
oír el nombre de la joven, Panchine comenzó a disertar sobre la abnegación, y
expuso el siguiente problema: ¿quién sabe dar mayores pruebas de ella, el
hombre o la mujer? María, al escuchar la pregunta, se animó y quiso terciar en
la conversación para afirmar que la mujer, en ciertos casos, era más abnegada
que el hombre, extremo que, dijo, probaría en dos palabras; pero se embrolló de
tal manera, que se vio obligada a callarse, después de haber aventurado una
comparación asaz infortunada.
Bárbara cogió un cuaderno de música, se tapó a
medias la cara, y dirigiéndose a Panchine le dijo en voz baja con una dulce
sonrisa en los labios, mientras mordisqueaba un bizcocho:
-¡Seguramente que esta pobre señora no habrá
inventado la pólvora!
Vladimiro quedó sorprendido de la osadía de
Bárbara, mas, por otra parte, no supo acertar a comprender cuánto desprecio
hacia él mismo envolvía aquella inesperada salida. Y, dando al olvido el afecto
que le otorgaba María, las innúmeras atenciones que para con él había tenido, e
incluso el dinero que le había prestado en secreto, respondió, ¡el desdichado!,
con el mismo tono e idéntica sonrisa:
-Soy de su misma opinión.
La esposa de Lavretsky le echó una amigable
mirada y se levantó.
En este momento entró Lisa. Marfa había
intentado en vano retenerla; la joven estaba decidida a soportar la prueba
hasta el fin. Bárbara se dirigió a su encuentro, haciendo lo propio Panchine,
cuyo rostro había recobrado inmediatamente su seriedad diplomática.
-¿Cómo se encuentra usted? -preguntó el
gentilhombre a Lisa.
-Me encuentro ya algo mejor; muchas gracias
-respondió la joven.
-Nosotros, aquí hemos hecho un poco de música,
y ha sido una verdadera lástima que usted no haya podido oír a la señora Lavretsky.
Canta admirablemente; es una artista consumada.
La voz de María se oyó diciendo: Venga usted
aquí, querida mia.
E inmediatamente, con una sumisión más bien propia de un niño que de una
mujer, Bárbara se acercó a la dueña de la casa y se sentó a sus pies, en un
pequeño taburete. María la había llamado a su lado para facilitar así a
Panchine el que pudiera quedar solo con Lisa siquiera un instante; ella tenía
aún la esperanza, en el fondo de su corazón, de que Lisa cambiaría de parecer.
De pronto, surgió en su cerebro una idea, que quiso comunicar inmediatamente a
Bárbara.
-Ha de saber usted -dijo muy bajo a Bárbara-
que voy a intentar reconciliarla con su marido. No sé si el éxito coronará mi
gestión, mas yo he de poner en ella todo el interés posible. Ya sabe usted
que él me aprecia.
Bárbara levantó lentamente sus ojos hacia María
y juntó sus manos con un gesto no desprovisto de gracia mientras decía
tristemente:
-Usted es mi salvadora, querida tía; no sé cómo
agradecerte tantas bondades; pero soy muy culpable con respecto a Feodor y él
no puede perdonarme.
Pero... ¿es que... efectivamente? -insinuó
María, presa de curiosidad.
-No me pregunte usted nada -interrumpió
Bárbara, bajando los ojos-. Yo era joven... aturdida; esa es mi única
disculpa. De lo demás, no quiero justificarme.
-Sin embargo, y pese a todo, ¿por qué no
intentarlo? -repuso María-. No desespere usted.
Y se dispuso a acariciarle las mejillas, mas no
osó hacerlo luego de haber dirigido a Bárbara una rápida mirada.
"Ella parece modesta, muy modesta"
pensó, "pero en el fondo es una verdadera leona".
Entretanto Panchine se dirigía a Lisa para
preguntarle:
-¿Sufre usted?
-Sí, no me encuentro muy bien.
-La comprendo a usted -dijo él, después de un
largo silencio-. Sí, la comprendo.
-¿Qué quiere usted decir?
-Sí, la comprendo -repitió Panchine con
énfasis.
No sabía, en verdad, qué decir.
Lisa se turbó, y luego pensó: "¡Después de
todo!..."
Panchine tomó un aspecto misterioso y no volvió
a hablar palabra, limitándose a mirar a Lisa de reojo con aire grave.
María se dio cuenta de lo que ocurría y fue en
auxilio de Panchine, diciendo:
-Creo que ya son las once.
Los invitados penetraron la intención de María
y comenzaron a desfilar.
Bárbara Pav1ovna se vio obligada a prometer que
volvería a comer al día siguiente y que traería con ella a Ada.
Guedeonovsky, que estaba en un rincón, a punto
de rendirse al sueño, se ofreció a acompañarla hasta su casa; Panchine se
despidió ceremoniosamente de todo el mundo: en el portal ayudó a Bárbara a
subir al carruaje, le estrechó la mano y le dijo: "Au revoir". Guedeonovsky iba sentado al lado de
la señora Lavretsky, y durante todo el trayecto ella se divirtió en poner, como
por azar, la punta de su piececito sobre los enormes pies de su acompañante.
Él, todo turbado, se lanzó al terreno de los cumplimientos; ella le sonreía
con coquetería y burlona le miraba de reojo cuando la luz de los reverberos
iluminaba el vehículo.
El vals que había tocado, parecía resonar aún
en el cerebro de Bárbara y le producía nostalgia; en cualquier lugar donde se
encontrara, le era suficiente imaginar las luces, la sala de un baile, el torbellino
de rápidas vueltas al compás de la música, y su corazón se inflamaba, sus ojos
se ensombrecían extrañamente, una sonrisa afluía -a sus labios y una especie de
gracia dionísiaca se expandía por toda su- persona.
Al llegar ante su casa, Bárbara saltó
ligeramente del vehículo, se volvió hacia Guedeonovsky y por toda despedida se
echó a reír en sus mismas narices.
-¡Deliciosa mujer! -se dijo el Consejero de
Estado al llegar a su domicilio-. Afortunadamente, soy un hombre serio. Mas,
¿por qué se habrá echado a reír?
Marfa estuvo toda la noche a la cabecera de
Lisa.
XL
Lavretsky pasó día y medio en Vassilievskoïe
sin otra ocupación que vagar sin rumbo por los alrededores de su propiedad.
Le era imposible permanecer largo tiempo en el
mismo sitio; se hallaba sujeto a una especie de tortura; experimentaba todos
los tormentos de una impetuosa y fogosa pasión sin salida. Recordó el sen
timiento que se había apoderado de su alma al día siguiente de su llegada a la
aldea; de sus resoluciones en aquel entonces, y ante tal recuerdo se hizo a sí
mismo severos reproches:
¿Qué es lo que había podido apartarlo de la vía
del deber y del único objeto permitido en adelante a su existencia? ¡La sed de
felicidad! ¡Siempre la sed de dicha! Y se decía: "Evidentemente
Michalevitch tenía razón". Y pensó: "De nuevo has pretendido gustar
la dicha que puede ofrecernos la vida, y has dado al olvido que si esa dicha
no se acerca a cada ser humano más que una sola vez, es ya un lujo, un favor
inmerecido. Mas esa dicha ha sido para mí incompleta, ficticia, declararás
tú-. ¡Y bien! ¿Qué derecho tienes tú a una dicha perfecta y verdadera? Fíjate
bien: ¿quién a tu alrededor es tan perfectamente dichoso, que de ello pueda
envanecerse? He ahí a un mujik que se dirige a la siega; ¿es
posible que él pueda estar satisfecho de su suerte? ¿Cambiarías tu posición
por la suya? Acuérdate de tu madre; poco ambicionaba ella, muy poco, y no
obstante, ¿cuál fue su destino? Tú no has hecho más que envanecerte ante
Panchine declarando que habías regresado a Rusia para laborar la tierra, y lo
que has hecho tan sólo, ¡y a tu edad! ha sido enamorar a las jóvenes. Así que
la nueva de tu libertad llegó a tu conocimiento, todo lo olvidaste para
lanzarte como un niño en persecución de una mariposa..."
Y en medio de ésas y parecidas reflexiones la
imagen de Lisa se le aparecía sin cesar; él trataba de rechazarla, y lo lograba
tras grandes esfuerzos, como rechazaba otra visión que le perseguía también:
un rostro de trazos atrevidos, astuto, bello pero odiado.
El viejo Antonio se había dado cuenta de que su
señor sufría, y después de haber suspirado de pena tras de la puerta y aun en
el mismo umbral, sin atreverse a avanzar, se decidió al fin a acercarse a su
amo para aconsejarle que tomara alguna cosa.
Lavretsky se exaltó y ordenó al anciano que se
fuera, mas luego le ofreció sus excusas y el viejo se entristeció aún más.
Feodor no podía permanecer en el salón; le
parecía que su abuelo Andrés desde lo alto, encerrado en la tela del retrato,
miraba desdeñosamente a su débil descendiente: "¡Eh, eh; tú no eres más
que una brizna de paja", parecían decirle sus labios burlones... ¡Será posible,
pensaba Lavretsky, que sea yo incapaz de levantar el vuelo, que me deje abatir
por esta bagatela? ¿Acaso soy un niño?... Tenía la dicha a mi puerta, he creído
tenerla entre mis manos... y ha huido... ¿Y qué? Cuando una cosa no ha de ser,
es completamente inútil volver sobre ella. Comenzaré de nuevo mi obra,
silenciosamente, y, en fin de cuentas, no será la primera vez que yo haya
debido dominarme. ¿Y por qué he huido? ¿Por qué estoy aquí metiendo la cabeza
en un agujero, como un avestruz? Se ha llegado a creer que resulta muy duro
hacer frente a una desdicha. ¡Qué idea más absurda!
Antonio -gritó-. Haz que preparen
inmediatamente el tarantas.
-Sí -se repetía una y otra vez-; es preciso no
pensar, es necesario saber dominarse.
Con esa lógica se esforzaba Lavretsky en
aliviar sus sufrimientos, mas éstos eran con exceso poderosos y violentos.
Apraxeia, que si había perdido la razón no
había perdido el sentimiento, alzó la cabeza y siguió tristemente con la vista
a su señor cuando le vio subir al tarantas para regresar a la ciudad.
Trotaban los caballos, y Lavretsky, en el
carruaje, permanecía erguido, inmóvil, fijos los ojos en el camino que se
extendía ante él.
XLI
La víspera, Lisa había escrito a Lavretsky,
rogándole que fuese por la noche a pasar la velada en casa de su madre, pero él
fue primero a la suya. No encontró a su mujer ni a su hija; por los criados
supo que se hallaba en casa de los Kalitine. La noticia le sorprendió y le
irritó en gran manera: "Seguramente se ha jurado esa mujer hacerme la vida
insoportable", se dijo, con el corazón henchido de cólera; y exaltado,
nervioso, comenzó a pasear como un loco arriba y debajo de la habitación, derribando
a puntapiés y puñetazos cuanto hallaba a su alcance en su camino: juguetes,
libros, chucherías. Al fin, cansado, llamó a Justina y le ordenó que se
llevara todas aquellas baratijas. "Sí, señor", dijo ella, haciendo
melindres, y se puso a ordenar la habitación con gestos graciosos y demostrando
bien claramente a Lavretsky con su actitud que tan sólo le consideraba como un
oso malcriado.
Aún colérico, Lavretsky miraba en la doncella
su cara ajada, mas aún burlona y "picante", de parisién, sus
manguitos blancos, su delantal de seda, su ligera cofia. Al fin la hizo retirar
y luego de largas meditaciones y dudas, viendo que Bárbara y su hija no regresaban,
se decidió a ir a casa de los Kalitine, no a la de María Dimitrievna, pues por
nada del mundo hubiera franqueado él siquiera el umbral del salón donde se
hallaba su mujer, sino a las habitaciones de Marfa Timofeevna, acordándose de
que podía subir por la escalera de servicio directamente. Lavretsky partió y
el azar vino en su ayuda: en el portal encontró a la pequeña Chourotchka y ésta
le condujo hasta la habitación de Marfa.
Contra su costumbre, estaba sola la vieja dama,
sentada en un rincón, los cabellos en desorden, abatida, cruzada de brazos. Al
ver entrar a Lavretsky se manifestó poseída de una viva emoción, levantóse
bruscamente y comenzó a ir y venir por la habitación, como si buscase su gorro.
-¡Ah, hete aquí! ¡hete aquí! -dijo al fin sin
cesar en sus pasos y evitando mirar a Lavretsky-. Y bien, ¡Buenos días!...
¿Qué, qué hacer ahora? ¿Dónde estuviste ayer? Sí, sí, ella ya ha llegado. Es indispensable
que de una manera o de otra...
Lavretsky cayó desplomado sobre una silla.
-Siéntate, siéntate -añadió la anciana señora--.
¿Has venido aquí directamente? Sí, claro: es muy natural. ¿Cómo no? Has venido
a verme. ¿verdad? Gracias.
Lavretsky no sabía qué decirle, mas ella de
sobra le comprendía.
-¡Lisa!... Sí, ha estado aquí hace un momento -continuó,
anudando y desanudando los cordones de su bolsa de labor-. No se encuentra
muy bien... Chourotchka, ¿dónde te has metido? Ven a mi lado, pequeña; no
puedes estar tranquila en ningún sitio... También yo tengo jaqueca... Claro,
con tanto canto... con tanta música.
-¿Qué canto, querida tía?
-¿Qué canto, Ellos entablaron ayer... ¿cómo
llamáis a eso?... Creo que le dais el nombre de dúos. Y siempre en italiano: chichi y chacha, ¡verdaderos gritos de cornejas!
Lanzan unos gritos que parten el alma. Ese Panchine y tu mujer... ¡como si
hubieran sido parientes, sin ninguna ceremonia!... Después de todo, también el
perro busca un cobijo para no perecer de frío; y aquí, por lo visto, todo va
bien, pues no hablan de ponerla a la puerta.
-Sin embargo, he de declarar que no esperaba yo
esto -expuso Lavretsky-. Se requiere poseer una gran dosis de audacia. No,
querido mío, eso no es audacia, no es más que puro cálculo. ¡Que Dios la
perdone! ¿Es cierto lo que se dice, que la envías a Lavriki?
-Sí, señora; pongo esa propiedad a su
disposición.
-¿Acaso te ha pedido dinero?
-Por ahora, no.
-Seguramente no tardará mucho en hacerlo. Pero
no hago más que ocuparme de los otros. Y tú, ¿cómo te encuentras?
-Bien.
-Chourotchka -exclamó de pronto Marfa-, ve a
decir a Lisa... no, no... Pregúntale... -¿Está abajo?
-Sí, está abajo.
-Bien: pregúntale dónde ha puesto mi libro.
Ella debe saberlo.
-Está bien, señora.
La anciana señora comenzó a moverse de nuevo y,
sin saber lo que hacía, comenzó a revolver los cajones de la cómoda. Lavretsky
permanecía inmóvil en la silla. A poco se oyeron pasos ligeros en la escalera
y entró Lisa.
Lavretsky se levantó y corrió a saludar a la
joven, que no se atrevía a atravesar el umbral.
Lisa, Lisochka -preguntó nerviosa Marfa con
semblante preocupado-; ¿dónde has puesto mi libro? ¿Dónde lo has metido?
-¿Qué libro, tía?
-¿Pero, señor, mi libro! Por lo demás, yo no te
he llamado... pero no importa. ¿Qué hacéis abajo? He aquí a Feodor que acaba de
llegar. ¿Y tu cabeza?
-Esto no es nada.
-Siempre dices lo mismo: "Esto no es
nada". ¿Qué hacéis abajo? ¿Música todavía?
-No, están jugando a la baraja.
-Sí, no hay que negar que posee aptitud para
todo... Chourotchka, me parece que tienes ganas de correr por el jardín.
¡Anda!
-No, señora, no tengo ganas.
-No me contradigas.
Puesto que yo te lo digo, vete. Nastassia está sola. Ve a hacerle compañía.
Hazlo por ella.
Chourotchka salió.
Pero, ¿y mi cofia? ¿Dónde está?
-Yo se la buscaré, tía -dijo Lisa.
-Siéntate, siéntate; aún tengo buenas las
piernas. Ya supongo dónde está, en mi dormitorio.
Y después de haber mirado a Lavretsky a
hurtadillas, se alejó. Lisa se acomodó en el sillón y con lento movimiento se
cubrió el rostro con sus manos.
Lavretsky permaneció inmóvil; al fin exclamó:
-¡Cómo volvemos a vernos!
Lisa dejó su rostro al descubierto.
-Sí -dijo con voz sorda-, pronto ha caído sobre
nosotros el castigo.
-¡El castigo! Pero usted ¿por qué había de ser
castigada? -preguntó Lavretsky.
Lisa fijó en él sus ojos, que no expresaban
dolor ni inquietud; solamente parecían más grandes y más sombríos que de
ordinario. Su rostro estaba pálido, y sus labios, ligeramente entreabiertos,
también estaban descoloridos.
El corazón de Lavretsky se estremeció de
piedad, de amor.
-En la carta que usted me ha escrito aparecen
estas palabras: "Todo ha terminado" -dijo él en voz muy baja-. Sí,
todo ha terminado antes de haber empezado.
-Es preciso olvidarlo todo dijo Lisa-. Estoy
contenta de que haya usted venido. Quería escribirle, pero ha sido mejor así.
Hablemos de lo que interesa tan sólo. No perdamos ni un minuto, por que los
dos tenemos deberes que cumplir. Usted, Feodor, debe reconciliarse con su
esposa.
-¡Lisa!
Yo se lo ruego, tan sólo así podremos borrar el
pasado... Reflexione usted y no me niegue lo que le pido.
-¡Por Dios, Lisa! ¡Usted me pide un imposible!
Estoy dispuesto a hacer todo lo que me ordene, pero reconciliarme con ella ahora...
¡No, nc es posible!... Lo acepto todo, lo olvidaré todo, pero no puedo forzar
mi corazón... ¡Ah, esto es cruel!
Yo no le pido... lo que usted cree. No viva con
ella, si es que no puede aceptar tal sacrificio, pero reconcíliese con ella
-añadió Lisa ocultando nuevamente el rostro con las manos-. Acuérdese de su
hijita; hágalo por mí.
-¡Bien! -dijo entre dientes Lavretsky-.
Obedeceré, cumpliré con mi deber. Pero el de usted, ¿en qué consiste?
-Eso, tan sólo a mí incumbe.
Lavretsky se estremeció.
-¡No se casará usted con Panchinel -gritó
Lavretsky,_ fuera de sí.
En los labios de Lisa floreció una ligera
sonrisa.
-¡ Oh, no! -aseguró.
-¡Ah, Lisa, Lisa! -exclamó Lavretsky-. ¡Cuán
felices hubiéramos sido!
Lisa lo miró de nuevo.
-Ahora podrá comprobar usted mismo, Feodor, que
nuestra dicha no está sólo en nuestras manos, sino en las de Dios.
-Sí, porque usted...
La puerta de la habitación se abrió
bruscamente y apareció Marfa con la cofia en la mano.
-Por fin la he podido encontrar -dijo,
colocándose entre Lavretsky y Lisa-. Yo misma la había puesto en el lugar
donde estaba. Es una pena ser vieja. ¡Qué desdicha!... Pero la juventud no
vale más. ¿Llevarás tú mismo a tu mujer a Lavriki? -añadió volviéndose hacia
Feodor.
-¿Yo ir con mi mujer a Lavriki? ¡Yo! No sé, no
sé... -agregó, después de un momento de silencio.
-¿No quieres ir abajo un rato?
-¿Hoy? No.
-Haz lo que te parezca, hijo mío; pero tú,
Lisa, creo que debes bajar. ¡Ah, Dios mío, se me ha olvidado poner la comida a
mi pobre pajarito! Vuelvo en seguida. Y sin ponerse la cofia, Marfa salió
precipitadamente de la habitación.
Lavretsky se aproximó a Lisa rápidamente.
-Lisa -exclamó con voz suplicante-. Nos
separamos para siempre y mi corazón se desgarra. Deme usted la mano, por última
vez.
Lisa levantó la cabeza. Su mirada fatigada,
casi apagada, se posó en él.
No -dijo, retirando la mano que ya había
tendido-. No, Lavretsky (por primera vez le daba este nombre), no le daré la
mano. ¿Para qué? Aléjese, se lo suplico. Usted sabe que le amo; sí, le amo
repitió haciendo un esfuerzo-; ¡pero no, no!
Y se llevó el pañuelo a la boca.
-¡Por lo menos, entrégueme ese pañuelo!
La puerta rechinó. El pañuelo cayó sobre las
rodillas de Lisa. Iba a deslizarse hasta el suelo, mas Lavretsky, rápidamente,
tuvo tiempo de cogerlo antes de caer y lo ocultó en su pecho. Al volverse,
halló fija sobre él la mirada de la anciana Marfa.
-Lisotchka, creo que tu madre te llama -dijo la
anciana.
Lisa se levantó inmediatamente y salió.
Marfa se volvió a sentar en su rincón y
Lavretsky se dispuso a despedirse de ella.
Feodor -dijo súbitamente la anciana.
-¡Qué desea usted, tía?
-¿Eres un hombre honrado?
-¿Cómo?
-Te pregunto si eres un hombre honrado.
-Creo serlo, por lo menos.
-¡Hum! Dame tu palabra de honor de que eres un
hombre honrado.
-Se la doy a usted; mas, ¿por qué me dice eso?
-Bien lo sabes. Por ti mismo, querido, si
reflexionas un poco ya que no eres ningún tonto-, comprenderás el sentido de mi
pregunta. Y ahora, adiós, hijo mío, y gracias por tu visita. Acuérdate de que
me has dado tu palabra, Fedia, y abrázame. ¡Ah!, mi pobre muchacho, bien me
hago cargo dejo que sufres, pero ¿quién puede llamarse dichoso en este mundo?
Óyeme: yo, antes, había llegado a envidiar a las moscas. "He aquí pensaba-
una buena manera de vivir en este mísero mundo". Pero vi una vez cómo se
debatía una mosca entre las patas de una araña, y me dije: "No viven tan
plácidamente como creía, también tienen sus sufrimientos". ¿Qué le vamos
a hacer, Fedia? Acuérdate de tu promesa. Adiós.
Lavretsky abandonó la estancia, bajó por la
escalera de servicio y cuando se encontraba ya en la planta baja de la casa, se
le acercó un criado para decirle:
María Dimitrievna le ruega que se sirva pasar a
verla.
-Dile, amigo mío, que ahora me es imposible...
-comenzó Lavretsky.
La señora me ha dado orden de insistir. Además
me ha encargado le dijera que está sola.
-¿Se fueron ya sus invitados? preguntó
Lavretsky.
-Sí, se han marchado -respondió el criado,
sonriendo maliciosamente.
Lavretsky encogióse de hombros y le siguió.
XLII
María se encontraba sola en su gabinete;
sentada en una butaca, de vez en cuando aspiraba un frasco de agua de Colonia;
a su lado, sobre una mesa, había un vaso con agua de azahar. Se hallaba presa
de gran agitación y, al parecer, un tanto preocupada.
Lavretsky entró, saludó fríamente y se limitó a
preguntar:
-¿Deseaba verme usted?
-Sí, respondió la dueña de la casa, bebiendo un
poco de agua. He sabido que había subido directamente a las habitaciones de mi tía, y por eso le he mandado
recado de que se sirviera pasar por aquí. Tengo algo que decirle; hágame el
obsequio de sentarse.
María tomó aliento.
Usted no ignora que ha venido su mujer -comenzó
diciendo.
-Lo sé -contestó Lavretsky.
-Quiero decir que ha venido a esta casa y que
la he recibido, y yo deseaba hablar con usted acerca de esa visita. Gracias a
Dios, puedo vanagloriarme de haber merecido la estimación de todos y por nada
de este mundo sería capaz de cometer una incorrección. Me he permitido
recibirla, por más que de antemano había previsto que esto podía desagradar a
usted. Tenga en cuenta que es parienta mía gracias a usted, Feodor. Ante esta
consideración, no me he creído con derecho a cerrarle la puerta. En mi lugar, ¿no habría hecho usted lo
mismo?
-No debe usted preocuparse por eso -contestó
Lavretsky-. Es más; le diré que ha procedido usted acertadamente. No me he
disgustado lo más mínimo, porque nunca he tenido la intención de impedir a
Bárbara el que cultive sus amistades. Y ahora quiero que sepa usted que si
antes no he entrado a saludarle es porque no quería encontrarme con ella. He
aquí la explicación de mi conducta.
-¡Ah, cuán dichosa soy de oírle hablar así!
-dijo María-. Por lo demás, no esperaba menos de usted, dada la nobleza de sus
sentimientos. Y que yo me muestre preocupada, es muy natural; ¿acaso no soy
mujer y madre? Y la esposa de usted... cierto que no puedo entre ustedes
desempeñar el papel de juez, así se lo he manifestado a Bárbara; pero sí puedo
asegurar, por lo que respecta a ella, que es una criatura encantadora, que
lleva consigo la alegría a todas partes.
Lavretsky sonrió irónicamente y púsose a dar
vueltas a su sombrero.
También quería decirle a usted otra cosa,
Feodor -continuó María, acercándose hacia él-; ¡si hubiera usted podido ver
cuán modesta se mantuvo en mi presencia, cuán respetuosa!... Confieso que me ha
conmovido. ¡Oh, si oyera cómo habla de usted! "Soy - me dijo- culpable, completamente culpable respecto de él. No he sabido
apreciar lo que valía". Y aun añadió: "No es un hombre, es un
ángel". Ésas son sus palabras: "es un ángel". Da tales pruebas
del arrepentimiento, que yo, en verdad, nunca lo había visto semejante.
Permítame mi indiscreción, María: me han dicho
que Bárbara ha cantado en esta casa y quisiera- saber si eso ha sido
en el momento de su arrepentimiento, o bien...
-¡Ah! ¿Cómo se atreve usted -a hablar así? Sepa
que si ha cantado y tocado el piano, ha sido tan sólo por serme agradable,
porque se lo he rogado mucho, porque casi se lo he exigido. La veía de tal
manera triste, que he querido distraerla; además, yo había oído decir que tenía
tanto talento musical... Pero le aseguro, Feodor, que esa mujer está por
completo cambiada. ¡Créame usted!, y el mismo Serguei Petrovitch, si no es
bastante mi testimonio, se lo afirmará también.
Lavretsky, por todo comentario, se encogió de
hombros.
Y, por otro lado, ¡qué querubín más lindo su
hija Ada! ¡Qué criatura más graciosa e inteligente! Y, lo que es más raro, no
es tan arisca como generalmente son los niños de su edad. ¡Y qué gran parecido
tiene con usted! Sus ojos, sus cejas son exactamente iguales a los de usted. Confieso que me agradan muy poco los
niños; mas, sin embargo, estoy loca por su hija.
-María -exclamó súbitamente Lavretsky-
permítame usted una pregunta: ¿se puede saber por qué me dice usted todo eso?
-¿Por qué? -interrumpió a su vez María,
bebiendo otro sorbo de agua de azahar-, porque Feodor... yo... que, como
sabe... soy su parienta... me tomo el más vivo interés en todo lo que le
concierne... y sé que tiene usted buen corazón... Escúcheme, querido primo; yo,
que soy, reconózcalo usted, una mujer de experiencia, que no hablo nunca a la
ligera, se lo ruego: perdónela, perdone usted a su mujer. Los ojos de María se llenaron en un
instante de lágrimas, y añadió, gimoteando:
Tenga usted en cuenta... la juventud, la
inexperiencia..., acaso también el mal ejemplo, la falta de madre para guiar
sus pasos... ¡Perdónela, Feodor, que ya ha sido bastante castigada!
Las lágrimas se deslizaban por las mejillas de
María, sin que por su parte se preocupara de secarlas, porque le gustaba
llorar. Lavretsky estaba como sobre ascuas y se decía: "¡Dios mío, qué
martirio, qué día el de hoy para mí!"
-¿No me contesta usted nada? -añadió María-.
¿Qué debo suponer? ¿Es posible que sea usted tan cruel? No, no puedo creerlo...
Me parece adivinar que mis palabras lo han convencido, Feodor, Dios le premiará
por sus bondades. Y ahora, acepte de mis manos a su mujer.
Lavretsky, involuntariamente, se levantó de su
asiento. María hizo otro tanto; pasó rápidamente tras la mampara e hizo
aparecer a Bárbara. Pálida, más muerta que viva, los ojos caídos, parecía haber hecho dejación de su
persona, de toda su voluntad, y haberla entregado por entero en manos de
María.
Lavretsky retrocedió un paso y exclamó:
-¡Estaba usted ahí!
-¡No la acuse usted! -se apresuró a decir
María-. Ella se negaba absolutamente a quedarse, y he sido yo quien la ha
hecho sentarse detrás del biombo. Ella no se cansaba de decirme que eso dis
gustaría todavía más a usted; pero yo no he querido escucharla, porque le
conozco a usted mejor que ella. Acepte usted, pues, de mis manos a su esposa.
Venga usted, Bárbara, no tema nada; arrodíllese a los pies de su marido (la
sacaba de la mano) y que mi bendición...
-Espere usted, María -interrumpió Lavretsky con
voz sorda, pero imperiosa-; a usted, indudablemente, le gustan las escenas
sentimentales -Lavretsky no andaba equivocado: a María le seducían los efectos
teatrales-, pero hay otras personas que no sienten idéntica afición. Por lo
demás, no es a usted a quien ahora voy a dirigirme: en esta comedia, el papel
principal corresponde a otra persona. ¿Qué desea usted de mí señora? -añadió,
dirigiéndose a su mujer-. ¿No he hecho por usted todo lo que he podido? No me
diga que esta entrevista no ha sido preparada por usted; no lo creería. ¿Qué
pretende ahora de mí? Usted, que es inteligente, no hace nunca nada sin motivo.
Usted ha de comprender que vivir los dos, como en otro tiempo, sería imposible,
no porque la odie, sino sencillamente porque soy un hombre distinto al de
antes. Ya se lo dije al verla de nuevo en mi casa y estoy seguro de que usted,
en el fondo de su corazón, está de acuerdo conmigo. Pero ahora, usted, por lo
visto, quiere rehabilitarse ante la opinión pública, y no le parece bastante
vivir en mi casa para lograr sus fines, sino que pretende que ambos vivamos
bajo el mismo techo.
Yo solamente deseo vuestro perdón -murmuró
Bárbara, sin atreverse a alzar los ojos.
-Ella desea que usted la perdone -repitió
María.
Y no por mí misma, sino por Ada --añadió
Bárbara a media voz.
No es por ella, es por Ada repitió igualmente
María.
-Bien. ¿Es ése su deseo? -exclamó Lavretsky con
esfuerzo-, pues sea; consentiré hasta en eso.
Bárbara dirigió a su marido una rápida mirada,
mientras María exclamaba:
-¡Bendito sea el Señor! Y asió nuevamente de la
mano a Bárbara, diciendo:
Ahora reciba usted pues...
-Aguante usted un momento -interrumpió de nuevo
Lavretsky-. Consiento en vivir con usted, Bárbara; es decir, la acompañaré a
Lavriki y estaré allí todo el tiempo que pueda resistir; en seguida me iré
para volver de cuando en cuando. Ya ve que le hablo francamente; no me pida
más. Usted misma se reiría de mí si accediendo a los deseos de nuestra digna
parienta la estrechase contra mi corazón asegurándole que olvidaba lo pasado,
que el árbol que fue cortado florecería de nuevo... Mas comprendo que debo resignarme.
Viviré con usted... no, yo no puedo hacer tal promesa... Me reconciliaré con
usted, la seguiré considerando como mi mujer...
-Dele por lo menos su mano en señal de perdón
-dijo María, cuyas lágrimas se habían secado ya desde mucho tiempo antes.
-Hasta el presente, nunca he engañado a Bárbara
manifestó Lavretsky. Puede, pues, creerme sin necesidad de eso. La acompañaré
a Lavriki. Pero acuérdese usted, Bárbara, que si algún día abandonase usted
aquella propiedad, nuestro actual acuerdo se rompería. No tengo que añadir nada
más. Permítanme, pues, que me retire. Lavretsky saludó a las dos señoras y se
apresuró a salir.
-¿No la lleva con usted? preguntó María.
-¡Deje que se vaya en paz! murmuró Bárbara,
que, agradecida, púsose a besar y a abrazar a María, llamándola su ángel salvador.
María acogía con aire complacido tales
manifestaciones, mas en el fondo, no estaba contenta de Lavretsky, ni de
Bárbara, ni tampoco de la escena que ella misma había preparado. Ésta no había
resulta do suficientemente sentimental. Según sus cálculos, Bárbara debía
haberse arrojado a los pies de su marido.
Usted no me ha comprendido -decía-; yo le he
dicho: "Arrodíllese usted".
-Ha sido mejor así, querida tía; no se inquiete
más, todo va bien -repuso Bárbara.
-Sí, verdaderamente; mas cuán frío es Feodor,
semeja hielo -dijo María-. Usted no ha llorado, pero yo me he derretido en lágrimas.
¡Pensar que va a encerraros en Lavriki y que no podréis ve nir más aquí! Los
hombres no tienen entrañas -añadió a guisa de conclusión, y bajó la cabeza con
aire significativo.
Las mujeres, en cambio, sabemos apreciar la
bondad, la generosidad -afirmó Bárbara.
Y dejándose deslizar lentamente a los pies de
María, enlazó su talle con sus brazos y ocultó su rostro en su regazo,
sonriendo burlonamente, mientras que las lágrimas volvían de nuevo a correr
por las mejillas de aquélla.
Entre tanto, Lavretsky llegaba a su casa, y,
sin detenerse en otro lugar, se dirigió al cuarto de su criado, se encerró en
él, se echó sobre un diván y así pasó toda la noche.
XLIII
Al día siguiente era domingo. El sonido de las
campanas que anunciaban la primera misa no hubieron de despertar a Lavretsky
-no había podido conciliar el sueño en toda la noche-, pero en cambio, le
recordaron otro domingo pasado, en que, por complacer a Lisa, había acudido a
la iglesia. Se levantó de prisa, porque le pareció oír una voz interior que le
decía que aquel día aun le sería dado ver a la joven, y salió de la casa sin
hacer ruido, encargando antes que dijeran a Bárbara que estaría de vuelta a la
hora de la comida. Y se dirigió a largos pasos hacia el lugar adonde lo
llamaba el tintineo triste y monótono.
A la hora en que llegó a la iglesia, casi no
había nadie en ella. El sacristán salmodiaba las horas en el coro; su voz,
entrecortada de cuando en cuando por la tos, resonaba a compás, bajando y
subiendo alternativamente. Lavretsky se quedó cerca de la puerta. Los fieles
iban llegando uno tras otro; se detenían en el umbral, hacían la señal de la
cruz y luego se prosternaban en todas direcciones; sus pasos resonaban en el
vacío y en el silencio, y la bóveda retransmitía el eco de estos pasos.
Una anciana mujer, decrépita, envuelta en un
mal capuchón, estaba de rodillas cerca de Lavretsky, rezando con fervor; su
cara arrugada, amarilla y su desdentada boca expresaban viva emoción; sus ojos
ribeteados de rojo, estaban fijos, inmóviles en las imágenes del altar; una
mano huesuda salía sin cesar por debajo del capuchón para trazar lenta,
dignamente, grandes signos de la cruz. Un mujik de espesa barba y
rostro rudo, con el cabello y el vestido en desorden, entró en la iglesia,
puso sus rodillas en tierra y rápidamente comenzó a persignarse y a rezar,
lanzando bruscamente hacia atrás su cabeza, tras cada signo de la cruz que
trazaba; y tanto dolor se revelaba en su rostro y en cada uno de sus gestos,
que Lavretsky se decidió a abordarle y preguntarle qué le pasaba. El mujik, azorado
y temeroso, retrocedió sobre sus rodillas; después, mirando a Lavretsky, respondió
rápidamente:
-Mi hijo se ha muerto y de nuevo reanudó sus
gestos y genuflexiones...
"¿Qué otra cosa podría reemplazar, para
ellos, el inefable consuelo de la religión?", se preguntaba Lavretsky, y
él mismo trató de rezar; mas su corazón estaba oprimido, cerrado para todo, y
sus pensamientos se dirigían a lo lejos...
Había esperado por Lisa, seguía esperando, mas
ella no llegaba. La iglesia se colmó de fieles y Lisa no aparecía. Empezó la
misa, terminó la lectura del Evangelio, comenzó el ofertorio; Lavretsky avanzó
un poco, y de pronto distinguió a la joven. Seguramente había llegado antes
que él, pero no había sabido verla; situada en un rincón entre el coro y uno de
los muros exteriores, estaba completamente inmóvil, y Lavretsky tuvo fijos
sobre ella sus ojos hasta que acabó la misa: era su postrer adiós.
Los fieles comenzaron a salir, mas Lisa siguió
inmóvil, aguardó quizá que Lavretsky se fuera también. Al fin la joven se
persignó una vez más y se dirigió a la salida sin volver la cabeza; su doncella
la seguía.
Lavretsky salió tras ella y la alcanzó ya en la
calle. Lisa andaba rápidamente, baja la cabeza, cubierta, como su rostro, por
espeso velillo.
-¡Buenos días, Lisa! -dijo Lavretsky en voz alta,
esforzándose en dar a su voz un tono tranquilo-. ¿Me permite que la acompañe?
Ella no contestó, y él se puso a andar a su lado.
-¿Está usted contenta de mí? ¿Sabe usted lo que
pasó ayer? -le preguntó Lavretsky bajando la voz.
-Sí, sí -murmuró Lisa-. Estuvo muy bien. Y
aceleró el paso.
-¿Está usted contenta?
Lisa no dio ninguna respuesta, bajó la cabeza,
y luego, con una ,voz lenta y débil, dijo:
Feodor, tengo que dirigir a usted un ruego, y
es que no vaya más a mi casa; márchese usted lo más pronto posible; ya
volveremos a vernos pasado algún tiempo, quizá dentro de un año. Y ahora, aléjese
usted; ¡se lo pido, se lo suplico en nombre del Señor!
Ya sabe usted que estoy dispuesto a obedecerla
en todo, Lisa; pero ¿debemos separarnos así? ¿No me dirá usted siquiera una
palabra?...
Feodor, en este momento camina usted al lado
mío... y, sin embargo, está ya muy lejos de mí. Y no solamente usted, sino...
-Acabe usted, ¡se lo ruego! -exclamó Lavretsky-; ¿qué quiere usted decir?
Acaso lo sabrá usted... Pero, suceda lo que
suceda, olvídeme... No, no me olvide, acuérdese de mí.
-¡Yo olvidarla!...
No prosiga usted, Feodor. ¡Déjeme!... Adiós.
-¡Lisa! -imploró Lavretsky.-
-¡Adiós, adiós! repitió ella, echándose aún
más- el velo sobre la cara y casi corriendo.
Lavretsky la siguió con los ojos; luego, con
rostro sombrío, baja la cabeza, volvió sobre sus manos. De pronto tropezó con
Lemme, que también marchaba con los ojos fijos en el suelo, con el sombrero
calado hasta los ojos.
Por unos momentos se miraron en silencio.
Y bien -se decidió a preguntar al fin
Lavretsky-, ¿qué me cuenta usted?
-¿Qué le cuento yo? -contestó Lemme con un tono
de mal humor-. No tengo nada que decirle. Todo está muerto, y nosotros también
estamos muertos. Usted se dirige por la derecha, ¿verdad?
-Sí, por la derecha.
-Pues yo, por la izquierda. Adiós...
Al día siguiente, por la mañana, Feodor partió
con su mujer para Lavriki. Bárbara iba delante, en un carruaje con Ada y con
Justina; él la seguía en tarantas. Durante el largo trayecto, la linda niña no
se separó de la portezuela; todo la asombraba: los mujik, las cabañas, los pozos, las
carretas, los cascabeles de los atalajes de los caballos, los cuervos...
Justina compartía su asombro y sus observaciones, y sus aspavientos hacían
reír a su ama. Ésta estaba de buen humor porque antes de partir de O... había
logrado tener una explicación con su marido.
-Comprendo su situación -había declarado ella-,
pero por lo menos tendrá que convenir conmigo en que no le será muy diflcil
habituarse a vivir conmigo: no le importunaré a usted, no le molestaré; tan
sólo aspiro a asegurar el porvenir de Ada.
-Sí, usted ha llegado a lograr sus propósitos
-respondió Feodor.
Ahora solamente me resta un deseo: sumirme para
siempre en la soledad; jamás olvidaré sus bondades...
-¡Bien está! -interrumpió Lavretsky.
Y sabré respetar su independencia y su
tranquilidad -añadió Bárbara, decidida a terminar la frase que tenía preparada.
Lavretsky, por toda respuesta, la saludó
rendidamente, y Bárbara entendió con ello que su marido, en su fuero interno,
agradecía sus manifestaciones.
Dos días después, al anochecer, llegaron a
Lavriki, y una semana más tarde él salía para Moscú, después de poner a
disposición de su mujer cinco mil rublos para los gastos de la casa. Y tan sólo
había mediado un día desde la marcha de Lavretsky, cuando se presentó Panchine,
a quien Bárbara había rogado que no la olvidase en su soledad. Ella le acogió
lo mejor posible, y aquella noche resonaron en las habitaciones y en el jardín
ecos de música, de cantos, de alegres conversaciones en francés. Panchine pasó tres
días en casa de Bárbara; y al despedirse, estrechando entre las suyas sus
bellas manos, le prometió volver muy pronto, y cumplió su promesa.
XLIV
Disponía Lisa de una pequeña habitación aislada
en el segundo piso de la casa de su madre; era una estancia limpia y clara, con
una camita blanca, con macetas de flores en los ángulos y delante de las
ventanas, un estante con libros y un crucifijo en la pared. Lisa había nacido
en aquel cuartito.
La mañana de su encuentro con Lavretsky, en
seguida que hubo regresado de la iglesia, se dedicó al arreglo de su cuarto con
más cuidado si cabe del que tenía por costumbre; quitó el polvo; releyó y ató
con cintas sus cuadernos y las cartas de sus amigas, cerró todos los cajones,
regó las plantas y acarició con la mano, una por una, todas las flores; todo
ello sin prisas, sin ruido, mostrando en su fisonomía una expresión dulce,
enternecedora. Una vez hubo terminado, se detuvo en medio del cuarto, dirigió una
lenta mirada a su alrededor, se acercó a la mesa encima de la cual pendía el
crucifijo, se arrodilló, ocultó la cara entre sus manos y quedó inmóvil.
Marfa entró y la encontró en esta actitud. Lisa
no advirtió su presencia. La anciana señora retrocedió de puntillas y, al
encontrarse de nuevo en la puerta, tosió repetidas veces. Lisa se levantó
rápidamente y secó sus límpidas lágrimas, que brillaban al borde de sus
párpados.
-Observo que has arreglado de nuevo tu cuartito
-manifestó Marfa, inclinándose un poco para aspirar el perfume de una rosa recién
abierta-. ¡Qué perfume tan agradable!
Lisa miró a su tía con aire ensimismado.
-¿Qué decía usted, tía? preguntó luego.
-¿Tampoco has entendido lo que acabo de
decirte? -preguntó Marfa con energía-. ¡Esto es terrible! prosiguió arrojando
bruscamente contra el suelo su cofia y sentándose en la cama de Lisa-. ¡Esto
es superior a mis fuerzas! Hace cuatro días que estoy como en un horno
ardiendo, me es imposible hacerme la ignorante por más tiempo; no puedo verte
palidecer, desmejorarte, llorar; ¡no puedo, no puedo!
-¿Pero qué le pasa a usted, tía? preguntó Lisa
en voz baja-. ¡Si yo no tengo nada!
-¡No tienes nada! -objetó Marfa-. ¡Eso
cuéntaselo a otros, pero no a mí! ¡Nada! ¿Y quién estaba arrodillada hace un
momento? ¿Quién tiene aún las pestañas humedecidas de lágrimas? ¡Nada! ¡Mírate un momento! ¿Qué has hecho de tu rostro y de
tus ojos? ¡Nada! ¡Te figuras que yo no sé todo lo que te está sucediendo!
Esto pasará, tía; deje que el tiempo...
-¡Esto pasará! ¿Cuándo? Pero, Dios mío, ¿es que
lo amas hasta tal extremo? ¡Si es un viejo, Lisotchka! En verdad que es hombre
bueno y honrado, pacífico; pero ¿y eso qué vale? Todos somos bue nos. El mundo
es muy grande, y la bondad se encuentra por doquier. Le repito que esto pasará;
mejor dicho, ya ha pasado. Escucha, Lisa, lo que voy a decirte -declaró
súbitamente Marfa, haciendo sentar a la joven en la cama, junto a ella, y arreglando
tan pronto sus cabellos, tan pronto su chal-; en tu exaltación te parece tu
pena sin remedio. Pero en este mundo sólo la muerte no tiene remedio. Tú tan
sólo has de decirte: ¡No quiero dejarme abatir, no lo quiero!, y te quedarás
asombrada al comprobar cuán fácilmente logras eso. Sólo se requiere un poco de
paciencia, de constancia.
-¡Pero si ya ha pasado, tía; si ya ha pasado!
-¡Sí, tú vas diciendo que ya ha pasado, pero
cada día se te ve más demacrada. No, no es así como pasa todo eso!
-Le aseguro, tía, que todo acabó; pero usted
debe ayudarme -dijo de pronto Lisa con gran exaltación, echándose en brazos de
Marfa-. ¡Mi querida tía; ayúdeme usted, sea mi amiga, mi confidente, no se
enfade conmigo; disculpe lo que me pasa!
Pero, ¿qué te ocurre? ¿Qué te ocurre, niña
querida? No me asustes, te lo suplico, ni me mires de esta manera. ¡Habla y
dime de una vez lo que está pasando!
Yo... yo quiero... -balbució Lisa, escondiendo
su rostro en el seno de Marfa-. Yo quiero entrar en un convento -acabó con voz
sorda.
La anciana señora se sobresaltó.
-¡Haz la señal de la cruz, Lisa mía!
¡Reflexiona sobre lo que quieres hacer! ¡Dios sea contigo! -balbuceó Marfa
haciendo un esfuerzo- Acuéstate, palomita mía y procura dormir un poco; todo
eso proviene del insomnio.
Lisa levantó la cabeza; sus mejillas abrasaban.
No, tía -exclamó- no me diga eso. He tomado mi
decisión después de haber pedido consejo a Dios. ¡Para mí todo ha acabado; yo
no puedo permanecer por más tiempo aquí! Una prueba como ésta debe producir sus
frutos; no es la primera vez que pienso en ello. He podido convencerme de que
la felicidad no estaba hecha para mí; y aun en los momentos en que parecía
sonreírme la esperanza, sentía oprimido el corazón. Lo sé todo, mi querida
tía; conozco mi falta y la de los demás, y también la manera como se enriqueció
mi difunto padre; ¡lo sé todo! Es preciso rogar, expiar todo esto con la
oración. Yo lamento tener que separarme de usted, como asimismo abandonar a
mamá y a Lenotchka; pero oigo una voz interior que me dice que no puedo
continuar viviendo aquí. Sí, sí; alguien me llama; alguien me dice que me
encierre por toda la vida. No me retenga usted, no intente disuadirme o me
marcharé sola.
Marfa escuchaba trastornada cuanto le decía
Lisa.
"Está enferma; está delirando",
pensaba. "Es preciso mandar a buscar un médico; pero ¿cuál? Guedeonovsky,
el otro día, nombró uno, alabándole; siempre miente, mas quizá por una vez
habrá dicho la verdad".
Mas cuando se convenció de que Lisa no estaba
enferma, que no deliraba, y que a todas sus observaciones daba la misma
respuesta, la anciana señora se alarmó de todas veras, se afligió en extremo.
-Tú no comprendes, mi pequeña paloma dijo,
tratando de disuadir a la joven- el sacrificio que representa abrazar la vida
religiosa. Te alimentarán con aceite de cáñamo, completamente verde; te
exigirán vestirte con lienzo grueso, muy grueso; te verás obligada a salir
cuando más frío haga. ¡Tú no podrás soportar todo eso, Lisotchka!
Indudablemente influye aún sobre ti el recuerdo de Agafia; ella fue la que te
trastornó la cabeza. Pero si ella viviese aún, hubiera procurado gozar de la
vida, que es lo que espero que también harás tú. Por lo menos, déjame morir
tranquila; más tarde haz lo que mejor te parezca. ¡Entrar en un convento por
amor de un hombre, por una barba de chivo! ¡Dios me perdone! Pero ¿es ello
posible? Si en verdad te hallas al fin de tus fuerzas, ve en peregrinacion a
implorar a un santo, encarga una misa, mas no cubras tu cabeza con la negra
cofia de las religiosas, querida mía.
Y Marfa rompió a llorar amargamente.
Lisa se esforzó por consolarla, secó sus
lágrimas; lloró también, pero al mismo tiempo permanecía inflexible.
Desesperada, la anciana señora llegó hasta la amenaza y prometió revelar a
María las intenciones de su hija. ¡Todo fue inútil! Solamente a fuerza de
ruegos logró arrancar a Lisa la promesa de que retardaría la ejecución de su
proyecto durante seis meses. En cambio, Marfa hubo de prometer que, para el
caso de que pasados los seis meses persistiera la joven en su resolución,
lograría de María el necesario consentimiento.
Tan pronto los primeros fríos dejaron sentir su
influencia, Bárbara, que se había comprometido a vivir aislada en el campo, se
proveyó de dinero y fue a instalarse en
San Petersburgo, en donde había alquilado un pisito modesto, pero elegante,
descubierto por Panchine. Este, antes que Bárbara abandonara Lavriki, había
dejado la población de O..., Es más; en los últimos tiempos de su permanencia
en esta ciudad, había perdido completamente la amistad de María; bruscamente
había cesado de ir a verla: apenas si abandonaba la mansión de Lavriki. Bárbara
había hecho de él materialmente su esclavo; no puede hallarse otra palabra que
reflejara tan exactamente el poder absoluto, ilimitado, sin obstáculos, que
Bárbara ejercía sobre Panchine.
Lavretsky pasó aquel invierno en Moscú, y a la primavera siguiente se
enteró de que Lisa había entrado en el convento de B... enclavado en una de las
regiones más apartadas de Rusia.
EPÍLOGO
Han transcurrido ocho años, y de nuevo nos encontramos en un día de
primavera...
Mas, ante todo, digamos en pocas palabras lo que había sido de
Michalevitch, de Panchine y de Bárbara, para despedirnos de ellos para siempre.
Michalevitch, después de muchas aventuras, logró encontrar al fin la
plaza que le convenía; inspector principal en un establecimiento del Estado;
está muy contento de su suerte y los escolares "le adoran", aun
cuando se burlan de él y contrahacen sus maneras.
Panchine ha prosperado mucho en su carrera de funcionario y ahora sólo
sueña con poder alcanzar la alta categoría de director. Se le ve andar algo
encorvado. Lleva pendiente del cuello la gran cruz de San Vladimiro y tal vez
ello sea la causa de la irregular posición que ha adoptado su cuerpo. El
funcionario se ha impuesto al artista. Su rostro, en el que destacan aún los
rasgos de la juventud, ha tomado un tinte amarillento, sus cabellos son más
claros. Ya no siente afición por el canto, ni por el dibujo, mas aún se ocupa
de literatura, que sigue cultivando en secreto. Ha escrito una pequeña comedia
en la que, dejándose llevar de la corriente de los escritores modernos que
toman por protagonistas las figuras que les caen bajo la mano, ha puesto en
escena una coqueta. Con gran secreto, él ha leído su comedia a dos o tres damas
que se muestran muy bondadosas para con él. Pero no se ha casado, a despecho de
las buenas ocasiones que se le han presentado: tan sólo Bárbara es la causa.
Por lo que respecta a la mujer de Lavretsky, podemos decir que, como
antaño, habita constantemente en París. Lavretsky le ha constituido una renta
nominal, con lo cual no solamente se libra de ella, sino que también aleja el
peligro de otra llegada imprevista. Ha envejecido un tanto, ha engrosado, pero
aún conserva el encanto de sus mejores años. Todas las personas tenemos nuestro
ideal: Bárbara ha encontrado el suyo en las obras dramáticas de Alejandro Dumas
(hijo). Concurre asiduamente a los teatros en donde se representan
"camelias" tísicas y sensibles. En opinión suya, la señora Doche
encarna el mejor papel que es dable imaginar, tanto, que ha llegado a declarar
que su ilusión se cifra en poder ver que su hija siga el mismo derrotero. No obstante,
hay que confiar en que la bondad del Destino preservará a Ada de una dicha
parecida. El bebé que en sus primeros años crecía vigoroso y fresco como una
rosa, se ha transformado en una jovencita pálida, de pecho débil y de nervios
enfermos. Bárbara ha visto disminuir el círculo de sus admiradores, pero
guarda aún y seguirá guardando algunos hasta el fin de sus días. Durante estos
últimos años, el más adicto de entre ellos ha sido un tal
Zacourdalo-Skoubirnikoff, apuesto ex oficial de la Guerra imperial, que cuenta
alrededor de treinta y ocho años, y cuya vigorosa complexión le ha valido el
sobrenombre de "Gran toro de Ukrania" por parte de los que concurren
a los salones de la señora Lavretsky. Bárbara no le invita a sus elegantes soirées, pero
lo recibe como íntimo.
Y así, insensiblemente, se deslizaron ocho años. De nuevo la primavera
muestra sus inefables encantos, sonriendo a la Naturaleza y a los hombres; de
nuevo, bajo la influencia de sus caricias, todo vuel ve a florecer, a modular
un cántico de esperanza, a entonar un himno de amor... La ciudad de O... apenas
ha cambiado durante estos ocho años, mas la casa de María parece haber
rejuvenecido; sus muros, recién blanqueados, presentan un tono agradable,
mientras los cristales de las ventanas abiertas chispean a los rayos del sol
poniente. A través de aquellas ventanas se oyen desde la calle voces sonoras,
vibrantes, alegres, mezcladas con risas continuas. Toda la casa parece
desbordarse de vida y de alegría.
Tiempo ha que María Dimitrievna, la dueña de la casa, ha desaparecido
de allí: murió dos años después de haber entrado Lisa en el convento. Marfa,
por otra parte, no sobrevivió mucho tiempo a su sobrina; reposan las dos en el
cementerio de la ciudad, la una al lado de la otra. Nastassia también murió;
durante muchos años, llevada de su fidelidad, la anciana mujer fue a rogar cada
semana sobre la tumba de su amiga... y al fin le llegó la hora; sus huesos
descansan bajo la tierra húmeda.
Mas la casa de María no por ello fue a parar a manos extrañas, no ha
salido de la familia; el nido no ha sido destruido. Lenotchka, que se ha
transformado en una esbelta y linda joven; su novio, joven oficial de húsares;
el hijo de María, recientemente casado en San Petersburgo, que ha venido a
pasar la primavera en O... acompañado de su joven esposa; la hermana de ésta,
linda joven de dieciséis abriles, de ojos brillantes y ruborosas mejillas;
Chourotchka, que también ha crecido y se ha hecho más bella: he ahí la
juventud a cuyo conjunto los muros de la casa Kalitine se estremecen de
alegría.
Todo ha sido transformado; todo se halla de
acuerdo con el gusto y con las exigencias de los nuevos propietarios. Los
dignos y viejos servidores de antaño han sido substituidos por criados
imberbes y alegres; allí donde en otro tiempo Roska, el perro de Marfa, se paseaba
con aire majestposo, dos perros de caza se movían ruidosamente y saltaban
sobre los divanes; la cuadra se halla ahora poblada de briosos caballos de
paseo y de carreras, de menudas jaquitas de trenzadas crines, de purasangres
del Don. Para que todo sea nuevo en la casa, las horas del almuerzo, de la
comida y de la cena se hallan graciosamente confundidas y entremezcladas, es
decir: ha quedado instaurado "un orden de cosas inusitado", según la
expresión de los vecinos de O...
En la tarde a que hacemos referencia, los
miembros de la familia Kalitine -el más viejo de los cuales, el novio de
Lenotchka, contaba veinticuatro años- jugaban un juego que, aunque parecía
bastan te complicado, debía resultar lleno de encantos, a juzgar por las ininterrumpidas
exclamaciones de alegría que todos lanzaban: corrían por las habitaciones,
persiguiéndose los unos a los otros, y asimismo los perros corrían y ladraban a
un tiempo; los canarios, desde sus jaulas suspendidas cerca de las ventanas,
cantaban cada vez con mayor fuerza, contribuyendo sus notas agudas a aumentar
la algazara general.
En el momento en que el juego se hallaba en lo
que podríamos llamar "todo su apogeo", un tarantas salpicado de barro se detuvo ante la puerta
principal de la casa; un hombre que iba en traje de viaje y que representaba
tener unos cuarenta y cinco años, se apeó del vehículo y al encontrarse solo
frente a la puerta quedó como asombrado. El recién llegado permaneció inmóvil
durante unos instantes, examinó la casa con detención y luego se decidió a
subir lentamente la escalinata. En la antecámara no había nadie para
recibirle, pero de repente se abrió de par en par la puerta del comedor, apareciendo
por allí Chourotchka, seguida de toda la bulliciosa banda, que no hacía más que
lanzar gritos estridentes. Bruscamente, Chourotchka quedó parada, azorada a la
vista del desconocido; mas los ojos de Lavretsky -de él se trataba- eran en
verdad afables, y los juveniles rostros continuaron sonrientes.
El hijo de María fue al encuentro del recién
llegado, a quien preguntó muy cortésmente el motivo de su visita.
-Soy Lavretsky -contestó el interpelado.
Una exclamación cordial contestó a estas
palabras; y no precisamente porque aquella juventud quisiera celebrar con ello
la llegada de aquel pariente lejano y casi olvidado, sino más bien porque
estaba dispuesta a aprovechar el pretexto más insignificante para expresar su
alegría. En seguida se formó un círculo alrededor de Lavretsky: Lenotchka,
como la persona de mas antiguo conocimiento de entre las allí reunidas, se
nombró la primera, y aseguraba a su primo que lo habría reconocido
perfectamente apenas hubieran transcurrido unos instantes; luego le presentó a
los allí reunidos, llamando a todos, incluso a su novio, por el apodo. Después
abandonaron el comedor y se dirigieron al salón. Aunque la tapicería de las dos
habitaciones había sido cambiada, los muebles eran los mismos; tanto es así
que Lavretsky reconoció el piano e incluso observó que el bastidor de bordar
que estaba junto a la ventana era también el mismo y que no había cambiado de
lugar. No sería aventurado suponer que se encontrase allí todavía el bordado
que quedó sin terminar y que él había visto ocho años antes... Lavretsky fue
invitado a sentarse en un sillón, todos se colocaron gravemente en torno suyo
y pronto menudearon las preguntas y las exclamaciones de todo género.
-Hacía ya mucho tiempo que no le habíamos visto
a usted -declaró ingenuamente Lenotchka-, ni a Bárbara.
-Es muy natural -se apresuró a indicar su
hermano-; tú has pasado estos años en San Petersburgo y, en cambio, Feodor no
se ha movido de la campiña.
Es verdad. Y mamá murió después de su marcha.
-Y Marfa también -exclamó Chourotchka.
Y Nastassia -prosiguió Lenotchka- y Lenime.
-¿Lemme también murió? preguntó Lavretsky.
-Sí -respondió el joven Kalitine-. Se había ido
a residir a Odessa, dícese que atraído por alguien, y allí murió.
-¿Sabe usted si dejó alguna obra?
No sé nada de eso, pero dudo que hubiera
compuesto nada.
Todos enmudecieron, mirándose los unos a los otros. Sobre
aquellos rostros juveniles pasó una nube de tristeza.
El gato Matelot aún vive -exclamó de pronto Lenotchka.
-Guedeonovsky también -añadió su hermano.
-Sí, vive y miente como en otros tiempos
-continuó el hijo de María-, y figúrese usted que ayer esta locuela y señalaba
a su cuñada- le puso pimienta en su tabaquera.
-¡Y cómo estornudaba! -exclamó Lenotchka, y de
nuevo grandes risas estallaron.
-Recientemente hemos recibido noticias de Lisa
-dijo en voz baja el joven Kalitine (y a ese recuerdo todo el mundo se calló)-;
se encuentra muy a gusto y su salud se restablece poco a poco.
-¿Sigue aún en el mismo convento? -interrogó
Lavretsky, no sin esfuerzo.
-Sí, sigue en el mismo.
-¿Les escribe a ustedes?
-Nunca; tan sólo recibimos noticias suyas
indirectamente.
Todos guardaron un momento de silencio y cada
uno de los allí reunidos se dijo para sus adentros: "Un ángel que
pasa".
-¿No quiere usted dar una vuelta por el jardín?
-preguntó Kalitine a Lavretsky-. En esta época del año está muy hermoso, aunque
lo tenemos un tanto descuidado.
Lavretsky aceptó y se encaminó al jardín. La
primera cosa que vio fue el banco en donde pasara unos instantes de dicha junto
a Lisa, instantes que para él ya no volvieron jamás. El banco estaba estropeado
y torcido, pero Lavretsky lo reconoció en seguida, y su corazón se sintió bajo
el influjo de esa sensación que, ni en dulzura ni en melancolía, a nada es
comparable; ese sentimiento de intenso dolor que despierta en nosotros la
juventud pasada y la dicha desaparecida para siempre. Acompañado de aquella juventud
bulliciosa se paseó por la alameda; durante aquellos ocho años los tilos habían
crecido y su sombra era más espesa; todos los zarzales se habían desarrollado;
los frambuesos aparecían más espesos y los nogales más copudos; un fresco y
delicioso perfume de los árboles, de la hierba, de las lilas, se difundía por
doquier.
Aquí tendríamos un buen sitio para poder jugar
a las cuatro esquinas manifestó de pronto Lenotchka, mientras corría hacia un
cuadro de verde césped que se hallaba rodeado de tilos-. Precisamente somos
cinco para jugar.
-¿Has olvidado que Feodor está entre nosotros,
o es que no te cuentas tú? -le preguntó su
hermano.
Lenotchka se ruborizó ligeramente.
Pero ¿es que Feodor, a su edad, aceptaría...?
-balbució la joven.
Yo os ruego que juguéis vosotros solos -exclamó
Lavretsky en seguida-; no os preocupéis por mí. Yo me daré por satisfecho con
saber que no os estorbo. Por otra parte, nada conseguiría distraerme; las
personas que llevamos ya algunos años a cuestas tenemos una ocupación que
vosotros ignoráis y que no puede ser substituida por ninguna distracción: los
recuerdos.
Los jóvenes escuchaban a Lavretsky con una
amabilidad extremada, mas algún tanto burlona, como si se hallaran escuchando
la lección de un profesor; después corrieron hacia el césped. Una vez allí,
cuatro de ellos se colocaron cada uno junto a un árbol, el quinto se puso en
medio y el juego comenzó.
Entre tanto, Lavretsky retornó a la casa,
penetró en el comedor, se acercó al piano y con un dedo golpeó una de sus
teclas; se oyó un sonido débil, pero claro, que estremeció su corazón. Era con
aquella nota con la que comenzaba la inspirada melodía de Lemme -de aquel Lemme
muerto ya-, aquella melodía que muchos años atrás, en una noche inolvidable
para él, le llenara de admiración y de júbilo. Después entró en el salón y
permaneció allí mucho tiempo: en aquella pieza donde había visto a Lisa tan
frecuentemente, la imagen de la joven se le aparecía más nítida todavía; creyó
sentir su presencia en torno suyo; su sufrimiento le abrumaba, un sufrimiento
que no se hallaba suavizado por la serenidad que inspira la muerte; Lisa vivía
aún, pero en la lejanía, y casi olvidada; se acordaba de ella como se piensa en
un ser viviente, pero ¿cómo reconocer, a través de las vestiduras religiosas y
de las nubes de incienso, a la bella joven que amara en otro tiempo? Él,
Feodor, tampoco se había reconocido si le hubiera sido dable mirarse a sí
mismo con la misma facilidad con que se representaba a Lisa en su pensamiento.
En el transcurso de aquellos ocho años se había operado la completa transformación
de su ser, esa transformación que no todos experimentan, pero cuya prueba es
indispensable para mantenerse honrado hasta el fin: había cesado de pensar en
sí mismo, en su misma dicha, en su propio interés. La serenidad había
reemplazado a su ardor juvenil de otros tiempos, y -¿por qué no proclamar la
verdad? -no solamente había cambiado de cuerpo y de semblante, sino también
parecía haber cambiado el alma. Conservar hasta la vejez un corazón joven es
algo no sólo dificil, sino ridículo. Pero, en cambio, puede considerarse
dichoso quien no haya perdido la fe en la bondad, en el poder de la voluntad, y
la devoción por el trabajo. Lavretsky tenía el derecho de estar satisfecho de
sí mismo. Había llegado a ser realmente un buen agricultor, había aprendido a
labrar la tierra, y tenía en lo que podría llamarse su haber social, algo más
que haber sabido buscar su bienestar personal: había sabido mejorar también,
en la medica de lo posible, la suerte de sus servidores...
Feodor salió de la casa y se encaminó otra vez
al jardín. Ya en él, fue a sentarse en el banco que
le era familiar, en aquel lugar que le era tan querido, frente a la mansión
hacia donde tendió inútilmente las manos por última vez, con la esperanza de
poder apurar aquella copa prohibida que le brindaba el vino dorado de la dicha
y del placer. Y allí, solo con sus pensamientos, entre las alegres risas y
voces de la nueva generación que lo había reemplazado, lanzó una mirada sobre
su vida anterior. Su corazón se llenó de tristeza; mas él no se sentía
apesadumbrado, ni se rebelaba contra su suerte; se hallaba bajo la influencia
de tristes recuerdos, pero no bajo el terrible peso de los remordimientos...
"Jugad, divertíos, creced, fuerzas jóvenes pensaba, sin amargura-.
La vida se presenta ante vosotros y es de creer que se os ofrecerá fácil;
vosotros no tendréis que buscar, como nosotros, vues tro camino, luchar, caer y
levantaros en las tinieblas; los jóvenes de otros tiempos no pensábamos más que
en nuestra dicha ¡y cuán pocos son los que la han alcanzado! Vosotros debéis
laborar, trabajar, y nuestra bendición, es decir, la bendición de los viejos,
os acompañará siempre. Por lo que a mí atañe, después de este día, después de
estas emociones, ya no puedo hacer otra cosa que saludaros por última vez,
dirigiéndome hacia la muerte, hacia Dios que me espera y decir con cierta
tristeza, aunque sin amargura: "¡Vejez, solitaria vejez, yo te saludo!
¡Acaba de consumirte, vida inútil...!"
Dicho esto, pausadamente Lavretsky se levantó y se alejó; nadie vio
cómo se marchaba, nadie hizo por lo tanto el menor gesto para retenerlo. Detrás
de la espesa barrera que formaban los grandes tilos, los alegres gritos
resonaban con más fuerza aún que antes de su llegada.
Nuestro héroe subió a su tarantas, mientras se dirigía al cochero para
ordenarle le condujera de nuevo a su casa sin apresurar los caballos.
¿Y cuál es el fin de este relato? -preguntará tal vez algún lector
poco satisfecho con lo que queda dicho-. ¿Qué fue más tarde de Lavretsky y de
Lisa?
Pero ¿qué podemos decir de seres que, viviendo aún, han renunciado a
la vida? ¿Para qué profanar el silencio que les envuelve?
Parece ser que Lavretsky llegó a visitar el convento adonde se
retirara Lisa, y que logró verla. Yendo de una a otra capilla, pasó junto a él
con ese andar uniforme, presuroso y humilde, que caracteriza a las religiosas.
Ella se esforzó por no mirarle, pero las pestañas: de sus ojos, vueltos hacia
él, se estremecieron ligeramente, y aún inclinó más hacia tierra su rostro
enflaquecido, mientras los dedos de sus manos, juntas y rodeadas por el
rosario, se entrelazaban más fuertemente.
¿Qué pensarían? ¿Qué sentirían los dos al hallarse el uno cerca del
otro? ¡Cómo saberlo, cómo decirlo! Hay en la vida instantes, sentimientos... No
se puede más que señalarlos al pasar y... proseguir la ruta.
FIN

