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I
El
rey Carlos, nuestro emperador, el Grande, siete años enteros permaneció en
España: hasta el mar conquistó la altiva tierra. Ni un solo castillo le
resiste ya, ni queda por forzar muralla, ni ciudad, salvo Zaragoza, que
está en una montaña. La tiene el rey Marsil, que a Dios no quiere. Sirve a
Mahoma y le reza a Apolo. No podrá remediarlo: lo alcanzará el infortunio.
II
El
rey Marsil se encuentra en Zaragoza. Se ha ido hacia un vergel, bajo la
sombra. En una terraza de mármoles azules se reclina; son más de veinte mil
en torno a él. Llama a sus condes y a sus duques:
-Oíd,
señores, qué azote nos abruma. El emperador Carlos, de Francia, la dulce, a
nuestro país viene, a confundirnos. No tengo ejército que pueda darle
batalla; para vencer a su gente, no es de talla la mía. Aconsejadme, pues,
hombres juiciosos, ¡guardadme de la muerte y la deshonra!
No
hay infiel que conteste una palabra, salvo Blancandrín, del castillo de
Vallehondo.
III
Entre
los infieles, Blancandrín es juicioso: por su valor, buen caballero; por su
nobleza, buen consejero de su señor. Le dice al rey:
-¡Nada
temáis! Enviad a Carlos, orgulloso y altivo, palabras de servicio fiel y de
gran amistad. Le daréis osos, y leones y perros, setecientos camellos y mil
azores mudados, cuatrocientas mulas, cargadas de oro y plata y cincuenta
carros, con los que podrá formar un cortejo: con largueza pagará así a sus
mercenarios. Mandadle decir que combatió bastante en esta tierra; que a
Aquisgrán, en Francia, debería volverse, que allí lo seguiréis, en la
fiesta de San Miguel, que recibiréis la ley de los cristianos; que os
convertiréis en su vasallo, para honra y para bien. ¿Quiere rehenes?, pues
bien, mandémosle diez o veinte, para darle confianza. Enviemos a los hijos
de nuestras esposas: así perezca, yo le entregaré el mío. Más vale que
caigan sus cabezas y no perdamos nosotros libertad y señorío, hasta vernos
reducidos a mendigar.
IV
Prosigue
Blancandrín:
-Por
esta diestra mía, y por la barba que flota al viento sobre mi pecho, al
momento veréis deshacerse el ejército del adversario. Los francos
regresarán a Francia: es su país. Cuando cada uno de ellos se encuentre
nuevamente en su más caro feudo, y Carlos en Aquisgrán, su capilla, tendrá,
para San Miguel, una gran corte. Llegará la fiesta, vencerá el plazo: el
rey no tendrá de nosotros palabra ni noticia. Es orgulloso, y cruel su
corazón: mandará cortar las cabezas de nuestros rehenes. ¡Más vale que así
mueran ellos antes de perder nosotros la bella y clara España, y padecer
los quebrantos de la desdicha!
Los
infieles dicen:
-Quizá
tenga razón.
V
El
rey Marsil ha escuchado a sus consejeros. Llama a Clarín de Balaguer,
Estamarín y su par Eudropín, y a Priamón y Guarlan el Barbudo, y a Machiner
y su tío Maheu, y a Jouner y a Malbián de Ultramar, y a Blancandrín, para
hablar en su nombre. Entre los más felones, toma a diez aparte y les dice:
-Señores
barones, iréis hacia Carlos. Está ante la ciudad de Cordres, a la que ha
puesto sitio. Llevaréis en las manos ramas de olivo, en señal de paz y
humildad. Si gracias a vuestra habilidad, podéis llegar a un acuerdo con
él, os daré oro y plata a profusión, tierras y feudos a la medida de
vuestros deseos.
-¡Nos
colmáis con ello! -dicen los infieles.
VI
El
rey Marsil ha escuchado a sus consejeros. Dice a sus hombres:
-Señores,
partiréis. Llevaréis en las manos ramas de olivo, y le diréis al rey
Carlomagno que por su Dios tenga clemencia; que no verá pasar este primer
mes sin que yo esté junto a él con mil de mis fieles; que recibiré la ley
cristiana y me convertiré en su deudor con todo amor y toda fe. ¿Quiere
rehenes? Pues, en verdad, los tendrá.
-Con
ello obtendréis un buen acuerdo -dice Blancandrín.
VII
Marsil
manda traer diez mulas blancas, que le había enviado el rey de Adalia. Son
de oro sus frenos; las sillas tienen incrustaciones de plata. Los
mensajeros montan; llevan en las manos ramas de olivo. Van hacia Carlos,
que en Francia tiene su feudo. No podrá remediarlo Carlos: lo engañarán.
VIII
El
emperador se muestra alegre; está de buen humor, pues ya conquistó Cordres.
Ha destruido sus murallas y ha abatido las torres con sus catapultas. Sus
caballeros han hallado gran botín: oro, plata y preciosas armaduras. Ni un
solo infiel quedó en la villa: todos murieron o fueron bautizados.
El
emperador se halla en un gran vergel: junto a él, están Roldán y Oliveros,
el duque Sansón y el altivo Anseís, Godofredo de Anjeo, gonfalonero del
rey, y también Garín y Gerer, y con ellos muchos más: son quince mil de
Francia, la dulce. Los caballeros se sientan sobre blancas alfombras de
seda; los más juiciosos y los ancianos juegan a las tablas y al ajedrez
para distraerse, y los ágiles mancebos esgrimen sus espadas. Bajo un pino,
cerca de una encina, se alza un trono de oro puro todo él: allí se sienta
el rey que domina a Francia, la dulce. Su barba es blanca, y floridas sus
sienes; su cuerpo es hermoso, su porte altivo: no hay necesidad de
señalarlo al que lo busque. Y los mensajeros echan pie a tierra y lo
saludan con amor y respeto.
IX
Blancandrín
es el primero en hablar. Dícele al rey:
-¡Os
saludo en nombre del glorioso Dios que debemos adorar! Oíd lo que os manda
decir el valeroso rey Marsil. Se ha instruido en la ley salvadora; por ello
quiere daros riquezas a profusión, osos y leones, perros que se pueden
llevar con correa, setecientos camellos y mil azores mudados, cuatrocientas
mulas, cargadas de oro y plata, cincuenta carros con los que formaréis un
cortejo, y colmados de tantos besantes de oro fino que podréis pagar con
largueza a vuestros mercenarios. Durante largo tiempo permanecisteis en
esta tierra. A Aquisgrán, en Francia, os convendría regresar. Allí os
seguirá, os lo promete, mi señor.
El
emperador alza las manos hacia Dios, inclina la cabeza y se pone a meditar.
X
El
emperador mantiene inclinada la cabeza. Jamás fueron apresuradas sus
palabras: tal es su costumbre, sólo habla cuando le viene en gana. Cuando
por fin se yergue, resplandece de orgullo su rostro.
-Habéis
hablado muy bien -contesta a los mensajeros-. Mas el rey Marsil es mi gran
enemigo. ¿Qué garantía tendré yo sobre las palabras que acabáis de
pronunciar?
-Tendréis
rehenes -replica el sarraceno-. Diez, quince o veinte. Así deba perecer,
pondré con ellos a un hijo mío, y recibiréis, según creo, otros de mayor
alcurnia. Cuando os encontréis en vuestro soberbio palacio, durante la gran
fiesta de San Miguel del Peligro, estará junto a vos mi señor, os lo
asegura. Allí, en vuestras fuentes, que Dios hizo para vos, quiere recibir
el bautismo.
Responde
Carlos:
-Quizá
pueda alcanzar aún la salvación.
XI
La
tarde es hermosa y luce claro el sol. Carlos ordena que las diez mulas sean
conducidas al establo y hace levantar una tienda en el gran vergel. Allí
dará albergue a los diez mensajeros; doce sargentos cuidan con esmero de su
servicio. Reposan esa noche hasta que despunta el claro día. El emperador
se ha levantado temprano; ha escuchado misa y maitines. Se ha retirado bajo
un pino y manda llamar a sus barones para hacerse aconsejar: en toda
circunstancia, quiere que sus guías sean los de Francia.
XII
El
emperador Se halla bajo un pino; ha llamado a sus barones para escuchar su
consejo; el duque Ogier y el arzobispo Turpín, Ricardo el Viejo y su
sobrino Enrique, y también el animoso conde de Gascuña Acelino, Tibaldo de
Reims y su primo Milón. Vienen asimismo Gerer y Garín; y con ellos el conde
Roldán y Oliveros, el noble y denodado; son más de mil los guerreros de
Francia; también se halla Ganelón, el que había de traicionarlos. Da
comienzo entonces el consejo que debía acarrear terrible infortunio.
XIII
-Señores
barones -dice el emperador Carlos-, el rey Marsil me ha enviado sus
mensajeros. Desea darme de sus riquezas a profusión: osos y leones, perros
amaestrados para que se les pueda llevar con correa, setecientos camellos y
mil azores a punto de ser mudados, cuatrocientas mulas cargadas de oro de
Arabia y además cincuenta carros. Pero me pide que me retire a Francia:
dice que me seguirá a Aquisgrán, a mi palacio, y que recibirá nuestra ley,
la más santa, según confiesa; será cristiano, tendrá sus tierras como
vasallo mío. Pero ignoro cuál es el fondo de su corazón.
-Desconfiemos
-dicen los franceses.
XIV
El
emperador ha expresado su pensamiento. El conde Roldán, que no está de
acuerdo, al momento se yergue para contrariarlo. Le dice al rey:
-¡Desdichado
de vos, si creéis las palabras de Marsil! Son ya siete años enteros los que
llevamos en España. He conquistado para vos Noples y Comibles; he tomado
Valtierra y las tierras de Pina, Balaguer, Tudela y Sevil. Entonces el rey
Marsil llevó a cabo una gran traición: envió a quince de sus infieles hacia
vos, llevaban todos una rama de olivo en la mano y os dijeron las mismas
palabras que ahora. Pedisteis consejo a vuestros franceses. A fe que os lo
dieron muy insensato: enviasteis al infiel a dos de vuestros condes, uno
era Basan y el otro. Basilio; cerca de Altamira, en pleno monte, cortó sus
cabezas. ¡Continuad la guerra como la emprendisteis! Conducid a Zaragoza a
la flor de vuestro ejército; ponedle sitio, así deba durar toda vuestra
vida, y vengad aquellos que el traidor mandó matar.
XV
El
emperador mantiene inclinada la cabeza. Alisa su barba y manosea su
mostacho; ni aprueba a su sobrino, ni lo regaña: nada responde. Los
franceses guardan silencio, excepto Ganelón. Se pone de pie, e irguiendo el
cuerpo, se presenta ante Carlos. Con gran altivez comienza a hablar, y dice
al rey:
-¡Ay
de vos si escucháis al villano, sea yo, o cualquier otro, que no os
aconsejara para vuestro bien! Cuando el rey Marsil os manda decir que se
convertirá en vuestro vasallo, juntas las manos, y que recibirá toda España
como un don de vuestra gracia, y que además acatará la ley que nosotros
observamos, aquel que os aconseje que desechemos semejante acuerdo en poco
aprecia, señor, nuestra vida. No debe prevalecer un consejo de orgullo.
¡Dejemos a los locos, atengámonos a los juiciosos!
XVI
Entonces
se adelanta Naimón; no existe mejor vasallo en toda la corte. Le dice al
rey:
-Habéis
oído la respuesta de Ganelón; es muy sensata, sólo os resta ponerla en
práctica. El rey Marsil ha perdido la guerra: le habéis tomado todos sus
castillos; con vuestras catapultas habéis destrozado sus murallas; habéis
incendiado sus ciudades y vencido a sus hombres. Hoy, cuando os pide que le
otorguéis clemencia, sería pecado causarle más desdichas. Puesto que quiere
entregaros rehenes como garantía, no debéis prolongar esta gran guerra.
-¡El
duque tiene razón! -dicen los franceses.
XVII
-Señores
barones, ¿a quién hemos de enviar a Zaragoza, hacia el rey Marsil?
-pregunta Carlos. El duque Naimón responde al punto:
-Iré
yo, con vuestra venia: entregadme, pues, el guante y el bastón.
-Sois
hombre de buen consejo -dice el rey-; por mis barbas que no os alejaréis de
mi lado tan pronto. ¡Regresad a vuestro sitio, que nadie os pidió nada!
XVIII
-Señores
barones, ¿a quién podríamos enviar al sarraceno que es dueño de Zaragoza?
-Muy
bien podría ser yo -contesta Roldán.
-Por
cierto que no iréis -dice el conde Oliveros-. Vuestro corazón es violento y
altivo, llegaríais a las manos, mucho me temo. Si el rey lo desea, podría
ir yo.
-¡Callaos
ambos! -interrumpe el rey-. Ni vos, ni él, pondréis allí los pies. Por mis
barbas, que veis aquí blancas, ¡ay del que me nombre a alguno de los doce
pares!
Los
franceses guardan silencio, intimidados.
XIX
Turpín
de Reims se ha incorporado; sale de la fila y dice al rey:
-¡Dejad
tranquilos a vuestros francos! Siete años permanecisteis en este país: han
soportado muchas penas aquí, muchas fatigas. Mas dadme, señor, el guante y
el bastón, e iré hacia el sarraceno de España: tengo ganas de ver cómo está
hecho.
-¡Id
y sentaos sobre esa alfombra blanca! ¡No volváis a tomar la palabra sobre
este asunto, a menos que os lo ordene yo! -replica, irritado, el emperador.
XX
-Caballeros
francos -dice el emperador Carlos-, elegidme a un barón de mis dominios que
pueda llevar a Marsil mi mensaje.
Roldán
exclama:
-Que
sea Ganelón, mi padrastro.
Dicen
los franceses:
-Por
cierto que es el hombre indicado; no podríais enviar a ninguno más sensato.
Y el
conde Ganelón se siente penetrado por la angustia. Retira de su cuello las
amplias pieles de marta, descubriendo su brial de seda. Sus ojos son veros,
su rostro altivo; noble es su cuerpo y su pecho amplio: tan hermoso se
muestra que todos sus pares lo contemplan. Ganelón se encara con Roldán:
-¡Insensato!
¿Cuál es el motivo de tu frenesí? Todos aquí saben que soy tu padrastro, y
sin embargo, me has señalado para ir al encuentro de Marsil. ¡Si Dios
permite que regrese de esta empresa, te causaré males que durarán hasta el
fin de tus días!
-Son
ésas palabras dictadas por el orgullo y la demencia -replica Roldán-. Bien
saben todos que no me cuido de amenazas; mas para hacerse cargo de un
mensaje se necesita tener juicio. Si lo desea el rey, estoy dispuesto: iré
en vuestro lugar.
XXI
-¡No
harás tal! -responde Ganelón-. Ni eres tú vasallo mío, ni soy yo tu señor.
Carlos me ordena que cumpla su servicio: iré, pues, a Zaragoza, donde está
Marsil; mas antes de haberse apaciguado en mí la gran cólera que me invade,
habré hecho una de las mías.
Al
escuchar tales palabras, Roldán comienza a reír.
XXII
Al
advertir Ganelón la burla de Roldán, lo invade tal despecho que está a
punto de estallar de rabia; poco le falta para perder el juicio.
-Mal
os quiero, a vos que habéis hecho recaer sobre mí esta elección injusta -le
dice el conde-. Buen emperador, heme dispuesto; quiero llevar a cabo
vuestra orden.
XXIII
-¡Iré
a Zaragoza! Es necesario, bien lo sé. Quien pone allí los pies, no ha de
regresar. Recordad, por sobre todas las cosas, que vuestra hermana es mi
esposa. Me ha dado un hijo, el más hermoso que existe. Su nombre es
Balduino -añade-, ha de ser un hombre valeroso. A él dejo en herencia mis
tierras y mis feudos. Tomadlo bajo vuestra protección, pues nunca volverán
a contemplarlo mis ojos.
-Muy
tierno tenéis el corazón -contesta Carlos-. Fuerza os es partir, puesto que
así lo ordeno.
XXIV
Dice
el rey:
-Acercaos,
Ganelón, y recibid el guante y el bastón. Bien lo habéis oído: la elección
de los francos ha recaído sobre vos.
-Señor
-replica Ganelón-, ¡todo fue por causa de Roldán! Toda mi vida le guardaré
rencor, y también a Oliveros, por ser su amigo. En cuanto a los doce pares,
que tanto lo quieren, aquí mismo los desafío, señor, ante vuestros ojos.
-Sois
demasiado iracundo -observa el rey-. Verdad es que iréis, puesto que es mi
mandato.
-Tal
haré, mas sin ninguna garantía, como les sucedió a Basilio y a su hermano
Basan.
XXV
El
emperador le entrega el guante, aquel que lleva en la mano derecha. Mas el
conde Ganelón hubiera deseado hallarse a muchas leguas. Cuando se decide a
tomarlo, el guante cae a tierra. Los franceses dicen:
-¡Dios!
¿Qué augurio es ése? Grandes males habrá de acarrearnos esta empresa.
-Caballeros
-dice Ganelón-, ¡ya tendréis noticias de ello!
XXVI
-Señor
-prosigue Ganelón-, dadme vuestra venia para partir. Ya que debo marchar,
nada ha de retardarme. Y responde el rey:
-¡Id
en nombre de Jesús y con mi venia!
Lo
absuelve con su mano diestra y traza sobre él el signo de la cruz. Luego le
entrega el bastón y la misiva.
XXVII
El
conde Ganelón se dirige hacia su campamento. Adorna su persona con los
mejores aderezos que puede hallar. En sus pies, coloca espuelas de oro y
ciñe a su costado su espada Murglés. Monta sobre Techebrún, su corcel, cuyo
estribo le sostiene su tío Guinemer. Entonces hubierais visto llorar a
muchos caballeros, que se lamentaban:
-¡Lástima
grande de vuestro valor! Largo tiempo pertenecisteis a la corte del rey,
donde se os tenía por noble vasallo. Ni siquiera Carlos podrá proteger ni
salvar al que os señaló para esta misión. No, el conde Roldán no tendría
que haber pensado en vos: vuestra estirpe es demasiado ilustre.
Y
luego añaden:
-¡Señor,
llevadnos con vos!
-¡No
lo permita Dios, nuestro Señor! Más vale que yo solo muera, para que vivan
tantos buenos caballeros. A Francia, la dulce, habréis de regresar,
señores. Saludad a mi esposa de mi parte, a Pinabel, par y amigo mío y a mi
hijo Balduino... Brindadle vuestra ayuda y reconocedlo como vuestro señor
-responde Ganelón. Y emprende el camino.
XXVIII
Cabalga
Ganelón bajo los altos olivares, hasta dar alcance a los mensajeros
sarracenos. Y he aquí que Blancandrín demora largo tiempo a su lado: ambos
conversan con gran astucia. Blancandrín exclama:
-¡Qué
hombre tan maravilloso es Carlos! Conquistó Apulia y toda Calabria; ha
cruzado el mar salado, obteniendo para San Pedro el tributo de Inglaterra.
¿Qué más ha de encontrar aquí, en nuestro país?
-Tal
es su gusto -responde Ganelón-. Jamás alcanzará hombre alguno su valía.
XXIX
-Son
los francos hombres de gran nobleza -observa Blancandrín-. Mas causan
graves males a su señor esos duques y esos condes que en tal manera lo
aconsejan: lo agotan y lo pierden, y con él a los que lo rodean.
Replica
Ganelón:
-Eso
no reza con nadie, que yo sepa, si no es con Roldán, a quien le habrá de
pesar algún día. La otra mañana, hallábase sentado a la sombra el
emperador. Llegó su sobrino, cubierto con su loriga, trayendo el botín que
había conquistado en Carcasona. Tenía en la mano una espléndida manzana.
"Tomad, mi buen señor", díjole a su tío, "os ofrezco como
presente las coronas de todos los reyes". Su orgullo habrá de
perderlo, pues todos los días se brinda a la muerte como presa. ¡Venga
quien lo mate! Gozaríamos entonces de una paz completa.
XXX
-¡Bien
se merece el odio Roldán -dice Blancandrín-, pues ambiciona someter a su
dominio a todas las naciones y pretende apoderarse de todas las tierras!
Mas, ¿quiénes habrán de respaldarlo en tales empresas?
-¡Los
franceses! Tanto lo aman que jamás podrán abandonarlo. Les da oro y plata
en abundancia, mulas y corceles, telas de seda y armaduras. Al mismo
emperador le regala cuanto desea: habrá de conquistarle estas tierras hasta
Oriente.
XXXI
Tanto
cabalgaron juntos Ganelón y Blancandrín que llegan a hacerse una promesa
mutua, jurando cumplirla sobre su fe: buscar el modo de que muera Roldán.
Tanto cabalgaron por caminos y senderos que pusieron finalmente pie a
tierra en Zaragoza, bajo un tejo. A la sombra de un pino se alza un trono,
cubierto de seda de Alejandría. Ahí se sienta el rey que tiene a toda
España bajo su dominio, rodeado de veinte mil sarracenos. Todos guardan
silencio, ansiosos por escuchar las nuevas. Y he aquí que se aproximan Ganelón
y Blancandrín.
XXXII
Blancandrín
se presenta ante Marsil; lleva de la mano al conde Ganelón. Dice,
dirigiéndose al rey:
-¡Salud,
en nombre de Mahoma y de Apolo, cuyas santas leyes observamos! Dimos parte
a Carlos de vuestro mensaje. Alzó ambas manos hacia los cielos y alabó a su
Dios, sin responder cosa alguna. Mas os envía uno de sus nobles barones,
éste que aquí veis, y que todos consideran en Francia como ilustre
caballero. Él os dirá si tendremos paz o no.
-¡Que
hable -responde Marsil-, lo escucharemos!
XXXIII
Mas
el conde Ganelón había estado pensándolo mucho. Comienza desplegando
grandes artes, cual hombre versado en el discurso. Dícele al rey:
-¡Salud,
en nombre del glorioso Dios que debemos adorar! He aquí lo que os manda
decir Carlomagno, el esforzado: recibid la santa ley cristiana, y él habrá
de entregaros como feudo la mitad de España. Si no os place aceptar este
acuerdo, se os tomará cautivo, y encadenado de viva fuerza, seréis
conducido a Aquisgrán; allí se os juzgará y pondrase fin a vuestra vida:
vuestra muerte será vil y ultrajante.
Se
estremece el rey Marsil. En la mano tiene un dardo, emplumado de oro: su
deseo es herir, pero lo retienen.
XXXIV
El
rey Marsil ha mudado de color y apresta su jabalina. Al verlo Ganelón,
lleva la mano a su espada, desenvainándola la largura de dos dedos. Dice,
dirigiéndose a ella:
-Muy
bella eres, y muy clara. ¡No en vano te llevé tan largo tiempo en la real
corte! No habrá de decir el emperador de Francia que sucumbí solo en tierra
extraña sin que los más valientes te hayan comprado a tu precio.
-¡Impidamos
el combate! -dicen los infieles.
XXXV
Tantos
han sido los ruegos de los más ilustres sarracenos que Marsil ha vuelto a
sentarse en su trono. Dice el califa:
-Nos
hubierais dejado en mala postura, pretendiendo herir al francés; más os
valía escuchar y comprender.
-Señor
-dice Ganelón-, son éstas cosas que debo por fuerza soportar. Pero no
dejaría de trasmitiros, por todo el oro que hizo Dios, y por todas las
riquezas de este país, lo que Carlos, el poderoso rey, os manda decir por
mi boca, si es que me dais lugar, considerándoos como a mortal enemigo.
Lo
cubre un manto de marta cebellina, forrado de seda de Alejandría. Lo hace a
un lado y Blancandrín lo recibe en sus manos; mas se guarda muy bien de
soltar su espada. En su puño derecho, la mantiene sujeta por el dorado
pomo. Y dicen los infieles:
-¡Es
noble barón!
XXXVI
Ganelón
avanza hacia el rey y le dice:
-Os
irritáis sin motivo, ya que Carlos, que reina en Francia, os manda decir
esto: recibid la ley de los cristianos, os entregará como feudo la mitad de
España. La otra mitad será para Roldán, su sobrino: de ese modo habréis de
compartir con un altivo señor. Si no os place aceptar este acuerdo, vendrá
el rey a poner sitio a Zaragoza: se os tomará cautivo y de viva fuerza se
os cargará de ligaduras; seréis conducido derechamente a Aquisgrán y no
tendréis para el camino palafrén ni corcel, mulo ni mula, para poder
cabalgar; se os arrojará sobre mala bestia de carga. Una vez allí, luego de
juzgaros, se os cortará la cabeza. He aquí la misiva que os envía nuestro
emperador.
Se lo
entrega al infiel, con la mano diestra.
XXXVII
Marsil
palidece de ira. Rompe el sello, tira la cera, mira el breve y lee lo que
lleva escrito:
-Carlos,
el rey que tiene a Francia bajo su dominio, me dice que traiga a mi memoria
el dolor y la cólera que lo invadieron cuando corté las cabezas de Basan y
su hermano Basilio, en los montes de Altamira. Si quiero preservar mi vida,
es preciso que le envíe a mi tío, el califa; de otro modo, jamás gozaré de
su favor.
Entonces
toma la palabra el hijo de Marsil:
-Ganelón
ha hablado como un loco -le dice al rey-. Ha llegado demasiado lejos: no
tiene derecho a la vida. Entregádmelo, y yo haré justicia.
Al
oír estas palabras Ganelón, blande su espada, corre hacia un pino y toma
apoyo en su tronco.
XXXVIII
Marsil
se ha retirado en el vergel. Ha llevado consigo a los mejores de entre sus
vasallos. Con ellos va Blancandrín, el de la cabellera encanecida, y
Jurfaret, su hijo y heredero, y el califa, su tío y fiel amigo. Blancandrín
dice:
-Llamad
al francés: me ha jurado sobre su fe servirnos.
-Traedlo,
entonces -responde Marsil.
Y
Blancandrín, tomándolo de la mano diestra, lo conduce por el vergel hasta
donde se halla el rey. Allí conciertan entre todos la infame traición.
XXXIX
-Buen
caballero Ganelón -dícele Marsil-, os traté con alguna ligereza cuando
cegado por la cólera, estuve a punto de heriros. Ofrezco en prenda de mi
palabra estas pieles de marta cebellina, cuyo precio vale más de quinientas
libras: mañana, antes de la caída del sol, os habré pagado una buena multa.
-No
la rechazo -responde Ganelón-. ¡Que Dios os recompense, si le place!
XL
-Ganelón
-dice Marsil-, sabed que, en verdad, me siento impulsado a apreciaros en
alto grado. Deseo que me habléis de Carlomagno. Es ya muy viejo, ha
cumplido su tiempo; según mi parecer, debe tener más de doscientos años.
Por tantas tierras ha llevado su cuerpo, tantas estocadas ha recibido su
escudo, tantos opulentos reyes se vieron por su culpa convertidos en
mendigos, ¿cuándo estará harto de guerrear?
-Carlos
no es cual vos pensáis -responde Ganelón-. No hay hombre que al verlo y al
aprender a conocerlo, no diga: "el emperador es un valiente". No
podrían mis palabras alabarlo y ensalzarlo lo suficiente: hay en él más
honor y más virtudes de las que puedo expresar. ¿Quién podría describir su
inmenso valor? ¡Tanta nobleza hace Dios resplandecer en su persona!
Preferiría morir antes que faltar a sus barones.
XLI
-Buen
motivo tengo para maravillarme -añade el infiel-. Carlomagno es viejo y
blanca su cabeza; en mi opinión, debe tener más de doscientos años; por
tantas tierras ha llevado a la lucha su cuerpo, ha recibido tantos tajos y
lanzazos, tantos opulentos reyes se han convertido por su culpa en
mendigos, ¿cuándo se cansará de guerrear?
-Nunca
-responde Ganelón-, mientras viva su sobrino. No hay hombre más valeroso
que Roldán bajo el firmamento. Y también es varón esforzado su amigo
Oliveros. Y los doce pares, que tanto ama Carlos, forman su vanguardia con
veinte mil caballeros. Carlos está bien seguro, no teme a ningún ser
viviente.
XLII
-Me
maravilla en gran manera -repite el sarraceno-. Carlomagno tiene el cabello
blanco; calculo que debe tener doscientos años, si no más; por tantas
tierras ha llevado sus conquistas; tantos golpes de lanzas penetrantes
recibió, tantos opulentos reyes fueron muertos y vencidos por él en la
batalla, ¿cuándo se cansará por fin de guerrear?
-Nunca
-dice Ganelón-, mientras viva Roldán.
No
hay ninguno tan valeroso como él desde aquí hasta el Oriente. Y también su
compañero Oliveros es varón esforzado. Y los doce pares, que tanto ama
Carlos, forman su vanguardia con veinte mil franceses. Carlos está bien
seguro; no teme a ningún ser viviente.
XLIII
-Buen
caballero Ganelón -dice el rey Marsil-, tengo un ejército tan brioso como
nunca lo veréis; puedo contar con cuatrocientos mil caballeros: ¿podré
combatir a Carlos y sus franceses?
-¡Eso
se dice pronto! Vuestras mesnadas se perderían en masa. ¡Desechad las
locuras; ateneos a vuestro juicio! Enviad al emperador tantos regalos que
todos los franceses queden maravillados. Con sólo mandarle veinte rehenes,
al punto veréis al rey regresar a Francia, la dulce. Dejará su retaguardia
a sus espaldas. Con ella quedará, supongo, su sobrino, el conde Roldán y
también el animoso y cortés Oliveros: pueden darse por muertos los dos
condes, si encuentro quien atienda a mis consejos. Carlos verá quebrantarse
su orgullo; por siempre perderá el deseo de contender nuevamente con vos.
XLIV
-Buen
caballero Ganelón, ¿de qué medio puedo valerme para que Roldán perezca?
-Os
lo voy a decir -responde Ganelón-. Partirá el rey hacia los mejores puertos
de Cize; dejará su retaguardia a sus espaldas. Con ella quedará el poderoso
conde Roldán y Oliveros, en quien tanto confía éste, al mando de veinte mil
franceses. Enviadle cien mil de los vuestros para darles la primera
batalla. Las huestes de Francia hallarán gran quebranto, aunque también
habrán de sufrir los vuestros, no lo niego. Mas entablad luego la segunda
batalla: ya sea en la una o en la otra, no habrá de salvarse Roldán.
Habréis llevado a cabo, entonces, una gran proeza y nunca en vuestra vida
volveréis a tener guerra.
XLV
-Aquel
que logre la muerte de Roldán, habrá privado a Carlos del brazo derecho de
su cuerpo. Sonará la hora de los magníficos ejércitos. No reunirá ya Carlos
tan numerosas mesnadas. ¡Hallará el reposo la Tierra de los Padres!
Al
oír Marsil estas palabras, besa a Ganelón en el cuello; luego ordena que le
traigan sus tesoros.
XLVI
-Los
consejos se van en humo -dice Marsil-. Juradme que traicionaréis a Roldán.
-¡Sea,
según vuestro deseo! -responde Ganelón. Sobre las reliquias de su espada
Murglés, jura la traición; y su acción es vil.
XLVII
Había
ahí un asiento, todo de marfil. El rey hace traer un libro: en él está
escrita la ley de Mahoma y de Tervagán. Y el sarraceno de España jura que
si encuentra a Roldán en la retaguardia, habrá de combatirlo con toda su
gente, y que si de él depende, el conde hallará la muerte en esa acción.
-¡Así
se cumplan vuestros deseos! -responde Ganelón.
XLVIII
Se
acerca entonces un infiel, Valdabrún, presentándose ante el rey Marsil. Con
faz risueña, dícele a Ganelón:
-Tomad
mi espada, nadie posee otra mejor; su pomo tan sólo vale más de mil
escudos. Os la doy en prenda de amistad, buen caballero, y vos nos
ayudaréis a encontrar en la retaguardia al animoso Roldán.
-Así
será -responde el conde Ganelón. Luego se besan en la cara y en la barba.
XLIX
-Luego
se acerca otro infiel, Climonn. Con faz risueña, le dice a Ganelón:
-Tomad
mi yelmo, jamás vi otro más rico, y ayudadnos contra el marqués Roldán, de
tal guisa que podamos afrentarlo.
-Así
será -responde Ganelón. Y se besan en la boca y la mejilla.
L
Viene
entonces la reina Abraima, y le dice al conde:
-Mucho
os aprecio, caballero, pues mi señor y sus hombres os tienen gran afecto.
Quiero enviarle a vuestra esposa dos collares: son de oro puro, incrustados
de amatistas y jacintos; valen más que todas las riquezas de Roma, nunca
los poseyó tan bellos vuestro emperador.
El
conde los toma y los guarda en su faldriquera.
LI
El
rey llama a Malduit, su tesorero, y le pregunta:
-¿Están
preparados ya los presentes para Carlos?
-Sí,
señor -responde-, de inmejorable manera: setecientos camellos cargados de
oro y plata y veinte rehenes, de los más nobles que existen bajo el
firmamento.
LII
Marsil
posa su mano en el hombro de Ganelón, diciéndole:
-Muy
valiente sois, y muy juicioso. Por esa ley, que tenéis por sacrosanta,
¡guardaos de apartar vuestro corazón de nuestra causa! Deseo ofreceros
riquezas a profusión, diez mulos cargados con el oro más fino de Arabia;
todos los años habrá de renovarse este regalo. Tomad: he aquí las llaves de
esta gran ciudad; presentad al rey Carlos sus innumerables tesoros; luego,
haced que Roldán quede a retaguardia. Si logro hallarlo en algún puerto o
desfiladero, lo combatiré hasta la muerte.
Responde
Ganelón:
-Me
parece que he demorado demasiado.
Y
montando en su caballo, emprende el camino.
LIII
El
emperador se acerca nuevamente a sus dominios. Ha llegado a la villa de
Gulina, que el conde Roldán había tomado y destruido; a partir de ese día,
permaneció desierta por espacio de cien años. El rey espera noticias de
Ganelón y el tributo de la vasta tierra de España.
Al
alba, cuando comienza a despuntar la aurora, el conde Ganelón llega al
campamento.
LIV
El
emperador ha abandonado temprano su lecho. Ha escuchado misa y maitines, y
se mantiene erguido sobre la hierba verde, delante de su tienda. A su lado
está Roldán, y el esforzado Oliveros, el duque Maimón y muchos otros. He
aquí que llega Ganelón, el conde villano y perjuro, y comienza a hablar con
gran astucia:
-¡Dios
os salve! -le dice al rey-. He aquí las llaves de Zaragoza, y un espléndido
tesoro, y veinte rehenes: ponedlos a buen recaudo. El valeroso rey Marsil
me ha mandado deciros que si no os entrega al califa, no debéis por ello
censurarlo, pues con mis propios ojos he visto cuatrocientos mil hombres en
armas, cubiertos con sus cotas y llevando muchos de ellos el yelmo atado y
ceñidas las espadas con pomo de oro nielado, que acompañaban al califa
allende el mar. Huían de Marsil a causa de la ley cristiana que no deseaban
recibir ni guardar. No se habían alejado cuatro leguas de la costa, cuando
los sorprendieron el viento y la tormenta: todos perecieron ahogados, no
volveréis a ver ninguno de ellos. De hallarse vivo el califa, yo os lo
hubiera traído. En cuanto al rey sarraceno, tened por cierto, señor, que no
veréis tocar a su fin este primer mes sin que él os haya dado alcance en el
reino de Francia: recibirá la ley que vos observáis; juntas las manos, se
convertirá en vuestro vasallo; por vuestra voluntad aceptará el reino de
España.
-¡Alabado
sea Dios! -exclama el rey-. Ya que tan bien me habéis servido, obtendréis
gran recompensa.
A
través del ejército, resuenan mil clarines. Los francos alzan el
campamento, cargan los mulos y se encaminan hacia Francia, la dulce.
LV
Carlomagno
ha devastado España; tomó sus castillos y violó sus ciudades. Él mismo dice
que toca a su fin la guerra. Hacia Francia, la dulce, cabalga el emperador.
El conde Roldán ata el gonfalón a su lanza; desde una altura, la eleva
hacia el firmamento: a esta señal, los francos establecen sus campamentos
por toda la región. Mientras tanto, a través de los anchos valles, cabalgan
los infieles, cubiertos con sus cotas, atado el yelmo, con el escudo al
cuello y la espada ceñida, y con las lanzas enristradas. Al llegar a la
cima de unos montes, hacen alto en una espesura. Son cuatrocientos mil,
esperando el alba. ¡Dios! ¡Qué dolor que no lo sepan los franceses!
LVI
Huye
el día, la noche se ha hecho oscura. Carlos, el poderoso emperador, reposa.
Ha tenido un sueño: hallábase en los más grandes puertos de Cize; sostenían
sus manos su lanza de fresno. El conde Ganelón se la arrebataba y tan
violentamente la blandía que hasta el cielo volaban las astillas.
Carlos
duerme; no se ha despertado.
LVII
Después
de esta visión, lo asedia otra. Sueña que está en Francia, en Aquisgrán, su
capilla. Una bestia cruel le muerde el brazo derecho. Del lado de las
Ardenas, ve llegar un leopardo, que con gran osadía se arroja sobre su
cuerpo. Del fondo de la sala surge un lebrel que corre hacia Carlos,
galopando y brincando; de una dentellada, parte al primer animal la oreja
derecha y entabla feroz combate con el leopardo. Y los franceses dicen:
"¡Qué terrible batalla!" ¿Quién de los dos vencerá? Nadie lo
sabe.
Carlos
duerme, no se ha despertado.
LVIII
Pasa
la noche íntegra, el alba despunta clara. El emperador cabalga
gallardamente entre las filas del ejercito.
-Señores
barones -dice el emperador Carlos-, he aquí los puertos y los estrechos
desfiladeros: elegidme el hombre que deba quedar a retaguardia.
-Ha
de ser Roldán, mi hijastro -responde Ganelón-, no hay barón que le iguale
en fiereza.
Óyelo
el rey y lo mira duramente. Luego le dice:
-Sois
un demonio. Un odio mortal posee vuestro cuerpo. ¿Quién, entonces, habrá de
mandar mi vanguardia?
-Ogier
de Dinamarca -responde Ganelón-; no tenéis barón que mejor que él pueda
hacerlo.
LIX
El
conde Roldán ha oído pronunciar su nombre. Habla entonces como cumplido
caballero:
-Señor
padrastro; buenos motivos tengo para estimaros: me habéis elegido para
mandar la retaguardia. Carlos, el rey que es dueño de Francia, no habrá de
perder palafrén ni corcel, mulo ni mula para cabalgar, ni tampoco caballo
de silla ni de carga que no haya sido defendido con la espada.
-Bien
sé que decís verdad -responde Ganelón.
LX
Cuando
Roldán oye que habrá de mandar la retaguardia, se encara, airado, con su
padrastro:
-¡Ah,
truhán! ¡Mal hombre, de vil estirpe! ¿Habías creído que yo dejaría caer a
tierra el guante, como hiciste tú con el bastón, ante Carlos?
LXI
-Noble
emperador -dice el barón Roldán-, dadme el arco que lleváis en el
puño. Nadie me reprochará, creo, haberlo dejado caer, como hizo Ganelón con
el bastón que recibió en su mano diestra.
El
emperador mantiene la cabeza gacha. Alisa su barba y retuerce su mostacho.
Y no puede contener el llanto.
LXII
Acércase
entonces Naimón: no hay mejor vasallo en toda la corte.
-Ya
lo habéis oído -le dice al rey-, la cólera invade al conde Roldán. Ya ha
sido señalado para mandar la retaguardia, ninguno de vuestros barones puede
cambiar la elección. ¡Entregadle el arco que habéis tendido y hallad quien
pueda valerle!
El
rey le da el arco y Roldán lo recibe.
LXIII
Dice
el emperador a su sobrino Roldán:
-Buen
caballero, sobrino mío, os ofrezco la mitad de mis mesnadas. Bien lo
sabéis. Conservadlas con vos, serán vuestra salvación.
-Nada
de eso haré -responde el conde-. ¡Dios me confunda, si desmiento mi
estirpe! Quedarán conmigo veinte mil animosos franceses. Cruzad vos los
puertos con toda tranquilidad. Haríais mal en temer a nadie, estando vivo
yo.
LXIV
El
conde Roldán ha montado su corcel. Hacia él se dirige su compañero,
Oliveros. Llegan luego Garin y el esforzado conde Gerer, y Otón y
Berenguer, e igualmente Astor y el gallardo Anseís. Y también se le acercan
Gerardo de Rosellón, el viejo, y el opulento duque Gaiferos.
-¡Por
mi testa -exclama el arzobispo- que he de acompañaros!
-¡Y
yo iré con vos! -dice el conde Gualterio-; soy leal a Roldán, y no he de
faltarle.
Y
todos ellos eligen los veinte mil caballeros que habrán de acompañarlos.
LXV
El
conde Roldán llama a Gualterio de Ulmo y le dice:
-Tomad
mil franceses, de Francia, nuestra tierra, y ocupad las cumbres y los
desfiladeros, para que el emperador no pierda a uno solo de los hombres que
lo acompañan.
-Así
he de hacerlo, por vos -responde Gualterio.
Con
mil franceses de Francia, que es su patria, Gualterio sale de las filas y
alcanza los desfiladeros y las alturas. Ninguno descenderá, para conocer
las más penosas nuevas, antes de que se hayan desenvainado innumerables
espadas. Ese mismo día, entablaron una dura batalla con el rey Almaris, del
país de Balferna.
LXVI
Altos
son los montes y tenebrosas las quebradas, sombrías las rocas, siniestras
las gargantas. Los franceses las cruzan ese mismo día, con grandes fatigas.
Desde quince leguas de distancia, se oye el ruido de la marcha de las
tropas. Cuando llegan a la Tierra de los Padres y avistan Gascuña, dominio
de su señor, hacen memoria de sus feudos, de las jóvenes de su patria y de
sus nobles esposas. Ni uno de ellos deja de verter lágrimas de
enternecimiento. Más aún que los otros, se siente pleno de angustia Carlos:
ha dejado en los puertos de España a su sobrino. Lo invade el pesar y no
puede contener el llanto.
LXVII
Han
quedado en España los doce pares; y con ellos veinte mil franceses que no
conocen el miedo ni temen a la muerte. El emperador retorna a Francia;
esconde su angustia bajo su manto. A su lado cabalga el duque Naimón, quien
le dice:
-¿Qué
puede causaros tan grande cuita?
Responde
Carlos:
-Quien
me hace tal pregunta, me ofende. Tan grande es mi dolor que no puedo
ocultarlo. Ganelón habrá de destruir a Francia. Esta noche un ángel me
otorgó esta visión: Ganelón rompía mi lanza entre mis manos, y he aquí que
ha elegido a mi sobrino para mandar la retaguardia. Lo he dejado en tierra
extraña. ¡Dios!, si lo pierdo, nunca hallaré quien pueda reemplazarlo.
LXVIII
Llora
Carlomagno, no puede contenerse.
Cien
mil franceses se entristecen por él y temen por Roldán, invadidos por
extraña angustia. Ganelón, el villano, lo ha traicionado: ha recibido del
rey sarraceno grandes regalos, oro y plata, ciclatones y paños de seda,
mulos y corceles, y camellos y leones. Marsil ha mandado por toda España a
barones, condes, vizcondes, duques y emires, almocadenes e hijos de
caudillos. Reúne en tres días cuatrocientos mil guerreros y por toda
Zaragoza resuenan sus tambores. En la torre más alta se coloca a Mahoma y todos
los infieles lo adoran y le rezan. Luego, a marchas forzadas, cabalgan
todos a través de la Cerdaña; cruzan los valles, pasan los montes: al fin
columbran los gonfalones de las gentes de Francia. La retaguardia de los
doce compañeros no dejará de aceptar la batalla.
LXIX
El
sobrino de Marsil, tocando con un palo el mulo que monta, se adelanta y le
dice a su tío con semblante risueño:
-Buen
rey y señor mío, ¡os he servido por espacio de largos años! ¡Y por todo
salario, recibí penas y quebrantos! ¡Peleé en tantas batallas y tantas
gané! Dadme un feudo: la honra de llevar contra Roldán el primer ataque.
Perecerá por mi afilada pica. Si me asiste Mahoma, habré de libertar todas
las comarcas de España, desde los puertos hasta Durestante. Desfallecerá
Carlos, los franceses se rendirán y en vuestra vida no volveréis a tener
guerra.
El
rey Marsil le entrega, pues, el guante.
LXX
El
sobrino de Marsil alza el guante en el puño y se dirige a su tío con
altivas palabras:
-Buen
rey y señor mío: me habéis hecho gran don. Elegidme ahora doce de vuestros
barones, que con ellos habré de combatir a los doce pares.
Falsarón,
hermano del rey Marsil, es el primero en responder:
-Sobrino,
buen caballero, iremos, pues, vos y yo y por cierto que daremos batalla a
la retaguardia del gran ejército de Carlos. ¡Está escrito: perecerán por
nuestras manos!
LXXI
Por
otro lado llega el rey Corsablín. Es oriundo de Berbería y conocedor de las
artes maléficas. Habla como cumplido barón: ni por todo el oro de Dios
consentiría en cometer una villanía.
Se
acerca también al galope Malprimís de Brigantia: son tan ligeros sus pies
que aventajaría a un corcel a la carrera. Con voz sonora, grita ante
Marsil:
-Estaré
presente en Roncesvalles. Si allí encuentro a Roldán, bien sabré
derrotarlo.
LXXII
Un
noble de Balaguer se halla entre ellos. Su cuerpo se muestra lleno de
gallardía y su rostro es abierto y esforzado. Una vez montado en su corcel
y cubierto con su armadura, tiene muy buena estampa. Su valor le ha
granjeado gran fama: ¡qué noble barón, si cristiano fuera!
Ante
Marsil, exclama:
-He
de ir a Roncesvalles, a jugar mi vida. Si encuentro a Roldán, bien muerto
está, y muerto también Oliveros y los doce pares, y muertos todos los
franceses, para su gran duelo y afrenta. Carlos el grande es ya un anciano
y chochea; desfallecerá y abandonará la guerra. España quedará en nuestro
poder, libertada.
El
rey Marsil le da rendidas gracias.
LXXIII
Otro
jefe se encuentra allí, oriundo de Moriana: no hay otro más felón en toda
España. Ante Marsil, hace también su vanidoso discurso:
-A
Roncesvalles habré de conducir a mis mesnadas: son veinte mil hombres
armados de escudos y lanzas. Si encuentro a Roldán en mi camino, dadlo por
muerto: lo juro por mi fe. Y todos los días habrá de lamentarlo Carlos.
LXXIV
Por
otro lado, se acerca Turgis de Tortosa: tiene título de conde, y la ciudad
le pertenece. Anhela que mala muerte alcance a los franceses. Junto a los
demás, se presenta ante el rey Marsil y le dice:
-¡Nada
temáis! Más vale Mahoma que San Pedro de Roma: si vos lo servís, vuestro ha
de quedar el honor del campo. Iré a buscar a Roldán en Roncesvalles; nadie
podrá valerle para evitar la muerte. Ved cuan buena y larga es mi espada:
quiero esgrimirla contra Durandarte. ¿Cuál de las dos habrá de vencer?
Pronto tendréis nuevas de ello. Perecerán los franceses, si contra nosotros
emprenden la lucha. Dolor y afrenta alcanzarán a Carlos el Viejo. Nunca más
llevará corona en esta tierra.
LXXV
Llega
de otro lugar Escremis de Valtierra. Es sarraceno y Valtierra es su feudo.
Entre la multitud, su voz clama ante Marsil:
-Para
afrentar el orgullo, iré yo a Roncesvalles. Si hallo a Roldán, habrá de
perder allí mismo su cabeza, e igual sucederá a Oliveros, el que manda
entre los demás. La muerte ha marcado ya a los doce pares. Perecerán todos
los franceses y Francia quedará vacía. No quedarán ya buenos vasallos para
servir a Carlos.
LXXVI
Y he
aquí que se aproximan por otro costado dos sarracenos: Estorgán y su
compañero Estramariz, ambos villanos y traidores reconocidos. A ellos se
dirige Marsil:
-¡Señores,
avanzad! Iréis a Roncesvalles, cruzando los desfiladeros, y ayudaréis a
conducir mis mesnadas.
-Obedeceremos
vuestro mandato -responden-. Atacaremos a Roldán y a Oliveros; no tendrán
los doce pares quien les valga ante la muerte. Son buenas y tajantes
nuestras espadas: rojas habrá de tornarlas la cálida sangre. Perecerán los
franceses y Carlos derramará su llanto; os devolveremos la Tierra de los
Padres. Creedlo, señor; en verdad habréis de verlo: os entregaremos al
propio emperador.
LXXVII
Corriendo
se acerca Margaris de Sevilla. A él pertenece la tierra hasta Cazmarina. Su
donosura le granjea el favor de todas las damas; ni una sola deja de
solazarse al verlo, ni de sonreírle amablemente. No hay entre los infieles
mejor caballero. Se acerca por entre el gentío e interpela al rey,
cubriendo su voz todas las demás:
-¡Nada
temáis! A Roncesvalles iré para matar a Roldán; no logrará salvar la vida,
al igual que Oliveros. Quedaron aquí los doce pares para recibir el
martirio. He aquí la espada que me envió el emir de Primes; es de oro su
pomo. Os lo juro, habré de templarla en sangre carmesí. Perecerán los
franceses y Francia será ultrajada. Carlos el Viejo, el de la barba
florida, sufrirá por ello cada día pesar y cólera. Antes de que transcurra
un año, contaremos a Francia entre nuestro botín y podremos conciliar el
sueño en el burgo de San Dionisio.
El
rey sarraceno se inclina ante él profundamente.
LXXVIII
Por
otro lado acude Chernublo de Monegros. Su cabellera flotante arrastra por
los suelos. Es para él juego de niños, cuando está de humor para ello,
llevar largamente la carga de cuatro mulos enalbardados. Se dice que en su
país el sol no luce nunca, no puede crecer el trigo, no cae lluvia ni se
forma rocío; todas las piedras son negras. Algunos dicen que allí moran los
diablos.
-He
ceñido mi buena espada -dice Chernublo-. He de teñirla de rojo en
Roncesvalles. Si se cruza en mi camino el valeroso Roldán sin que yo lo
ataque, no creáis nunca más en mi palabra. Con mi espada conquistaré a
Durandarte. Perecerán los franceses, y Francia quedará desierta.
Al
escuchar tales razones, reúnense los doce pares. Llevan con ellos a cien
mil sarracenos que arden en deseos de combatir y aprietan el paso. Y todos
juntos se dirigen hacia un bosquecillo de abetos para armarse.
LXXIX
Ármanse
los infieles con sus cotas sarracenas, casi todas con triple espesor de
mallas, atan sus excelentes yelmos de Zaragoza y ciñen sus espadas de acero
vienés. Poseen ricos escudos, picas valencianas y gonfalones blancos,
azules y bermejos. Abandonando sus mulos y palafrenes, han montado sus
corceles y cabalgan en apretadas filas. El día luce claro y brilla el sol:
resplandecen todas las armaduras. Para realzar tal belleza, resuenan mil
clarines. Tal es el zafarrancho que llega a oídos de los franceses. Y dice
el conde Oliveros:
-Señor
compañero, puede ser que nos topemos con los sarracenos.
-¡Ah!
¡Así lo permita Dios! -responde Roldán-. Aquí habremos de resistir, por
nuestro rey. Es preciso sufrir por él las mayores fatigas, soportar los
grandes calores y los grandes fríos, y perder la piel y aun el pelo.
¡Cuiden todos de asestar violentas estocadas, para que no se cante de
nosotros afrentosa canción! Mala es la causa de los infieles y con los
cristianos está el derecho. ¡Nunca contarán de mí acción que no sea
ejemplar!
LXXX
Oliveros
ha subido a una colina. Mira hacía su derecha, y ve avanzar las huestes de
los infieles por un valle cubierto de hierba. Llama al punto a Roldán, su
compañero, y le dice:
-¡Tan
crecido rumor oigo llegar por el lado de España, veo brillar tantas cotas y
tantos yelmos centellear! Esas huestes habrán de poner en grave aprieto a
nuestros franceses. Bien lo sabía Ganelón, el bajo traidor que ante el
emperador nos eligió.
-¡Callad,
Oliveros -responde Roldán-; es mi padrastro y no quiero que digáis ni una
palabra más acerca de él!
LXXXI
Oliveros
ha trepado hasta una altura. Sus ojos abarcan en todo el horizonte el reino
de España y los sarracenos que se han reunido en imponente multitud.
Relucen los yelmos en cuyo oro se engastan las piedras preciosas, y los
escudos, y el acero de las cotas, y también las picas y los gonfalones
atados a las adargas. Ni siquiera puede hacer la suma de los distintos
cuerpos de ejército: son tan numerosos que pierde la cuenta. En su fuero
interno, se siente fuertemente conturbado. Tan aprisa como lo permiten sus
piernas, desciende la colina, se acerca a los franceses y les relata todo
lo que sabe.
LXXXII
-He
visto a los infieles -dice Oliveros-. Jamás hombre alguno contempló tan
cuantiosa multitud sobre la tierra. Son cien mil los que están ante
nosotros con el escudo al brazo, atado el yelmo y cubiertos con blanca
armadura; relucen sus bruñidas adargas, con el hierro enhiesto. Habréis de
dar una batalla como jamás se ha visto. ¡Señores franceses, que Dios os
asista! ¡Resistid firmemente, para que no puedan vencernos!
Los
franceses exclaman:
-¡Malhaya
quien huya! ¡Hasta la muerte, ninguno de nosotros habrá de faltaros!
LXXXIII
Dice
Oliveros:
-Muy
crecido es el número de los sarracenos y escaso me parece el de nuestros
franceses. Roldán, mi compañero, tocad vuestro olifante: Carlos lo
escuchará y volverá el ejército.
-Locura
fuera -responde Roldán-. Perdería por ello mi renombre en Francia, la
dulce. Muy pronto habré de asestar recios golpes con Durandarte. Sangrará
su hoja hasta el oro del pomo. Los viles sarracenos vinieron a los puertos
para labrar su infortunio. Os lo juro: a todos les espera la muerte.
LXXXIV
-¡Roldán,
mi compañero, tocad vuestro olifante! Carlos habrá de oírlo y volverá con
el ejército; podrá socorrernos con todos sus barones.
-¡No
permita Dios que por mi culpa sean menoscabados mis parientes y que
Francia, la dulce, arrostre el desprecio! -replica Roldán-. ¡Más bien habré
de dar recios golpes con Durandarte, mi buena espada que llevo ceñida al
costado! Veréis su hoja cubierta de sangre. Los felones sarracenos se han
reunido para desdicha suya. Os lo juro: todos ellos están señalados para la
muerte.
LXXXV
-¡Roldán,
mi compañero, tocad vuestro olifante! Carlos, que está cruzando los
puertos, habrá de oírlo. Os lo juro: volverán los franceses.
-¡No
plegue a Dios que jamás hombre vivo pueda decir que por causa de los
infieles toqué mi olifante! -responde Roldán-. Nunca escucharán mis deudos
tal reproche. Cuando se entable la feroz batalla, mil y setecientos golpes
habré de asestar y veréis ensangrentarse el acero de Durandarte. Los
franceses son denodados y pelearán valientemente; no escaparán a la muerte
los de España.
LXXXVI
-¿Por
qué habrían de menoscabarnos? -insiste Oliveros-. He contemplado a los
sarracenos de España: son tantos que cubren montes y valles, colinas y
llanuras. ¡Poderosos son los ejércitos de esta turba extranjera y muy
reducido el nuestro!
Y
responde Roldán:
-¡Ello
me enardece más! ¡No plegué al Dios de los cielos ni a sus ángeles que por
mi culpa pierda Francia su valer! ¡Antes prefiero la muerte a soportar el
escarnio! ¡Cuanto más recios sean nuestros golpes, más habrá de querernos
el emperador!
LXXXVII
Roldán
es esforzado y Oliveros juicioso. Ambos ostentan asombroso denuedo. Una vez
armados y montados en sus corceles, jamás esquivarían una batalla por temor
a la muerte. Los dos condes son valerosos y nobles sus palabras.
Los
felones sarracenos cabalgan furiosamente.
-Ved,
Roldán, cuán numerosos son -dice Oliveros-. ¡Muy cerca están ya de
nosotros, pero Carlos se halla demasiado lejos! No os habéis dignado tocar
vuestro olifante. Si el rey estuviera aquí, no nos amenazaría tal peligro.
Mirad a vuestras espaldas, hacia los puertos de España; podrán ver vuestros
ojos un ejército digno de compasión: quien se encuentre hoy a retaguardia,
nunca más podrá volver a hacerlo.
-¡No
pronunciéis tan locas palabras! ¡Malhaya el corazón que se ablande en el
pecho! En este lugar resistiremos firmemente. Por nuestra cuenta correrán
los lances y refriegas.
LXXXVIII
Cuando
advierte Roldán que está por entablarse la batalla, ostenta más coraje que
un león o leopardo. Interpela a los franceses y a Oliveros:
-Señor
compañero, amigo: ¡contened semejante lenguaje! El emperador que nos dejó
sus franceses ha elegido a estos veinte mil: sabía que no hay ningún
cobarde entre ellos. Es menester soportar grandes fatigas por su señor,
sufrir fuertes calores y crudos fríos, y también perder la sangre y las
carnes. Herid con vuestra lanza, que yo habré de hacerlo con Durandarte, la
buena espada que me dio el rey. Si vengo a morir, podrá decir el que la
conquiste: "Ésta fue la espada de un noble vasallo."
LXXXIX
Por
otro lado, he aquí que se acerca el arzobispo Turpín. Espolea a su caballo
y sube por la pendiente de una colina. Interpela a los franceses y les echa
un sermón:
-Señores
barones, Carlos nos ha dejado aquí: Por nuestro rey debemos mo rir.
¡Prestad vuestro brazo a la cristiandad! Vais a entablar la lucha; podéis
tener esa seguridad pues con vuestros propios ojos habéis visto a los
infieles. Confesad vuestras culpas y rogad que Dios os perdone; os daré mi
absolución para salvar vuestras almas. Si vinierais a morir, seréis santos
mártires y los sitiales más altos del paraíso serán para vosotros.
Bajan
del caballo los franceses y se prosternan en la tierra. El arzobispo les da
su bendición en nombre de Dios y como penitencia les ordena que hieran bien
al enemigo.
XC
Se
yerguen los franceses y se ponen de pie. Están bien absueltos, libres de
todas sus culpas y el arzobispo los ha bendecido en nombre de Dios. Luego
montan nuevamente en sus ligeros corceles. Están armados como conviene a
caballeros y todos ellos se muestran bien aprestados para el combate.
El
conde Roldán llama a Oliveros:
-Señor
compañero, bien hablasteis al decir que Ganelón nos había traicionado.
Recibió como salario oro, riquezas y dineros. ¡Séale dado vengarnos al
emperador! El rey Marsil nos compró como quien compra en un mercado, ¡pero
esa mercancía, sólo habrá de obtenerla por el acero!
XCI
Pasa
Roldán por los puertos de España cabalgando a Briador, su rápido corcel. Se
halla cubierto de su coraza que realza su figura y blande denodadamente su
lanza. Hacia los cielos endereza la punta; un gonfalón todo blanco está
atado al hierro y las franjas le azotan las manos. Noble es su apostura,
risueño y claro su rostro. Le sigue su compañero, y los caballeros de
Francia lo proclaman su baluarte. Su mirada se dirige amenazadoramente
hacia los sarracenos y luego humilde y mansa hacia los franceses, a los que
dice con gran cortesía estas palabras:
-Señores
barones, ¡despacio, cabalgad al paso! Estos infieles van en busca de su
martirio. Antes de que caiga la noche habremos ganado un botín tan bello
como suntuoso: nunca rey de Francia conquistó otro igual.
Y al
tiempo que así hablaba, topáronse los dos ejércitos.
XCII
Dice
Oliveros:
-No
me impulsa el ánimo a discursos. No os dignasteis tocar vuestro olifante, y
Carlos no está aquí para sosteneros. Ni una palabra sabe de esto, el
esforzado rey, y no es suya la culpa, como tampoco merecen reproche alguno
todos estos valientes. ¡Así pues, cabalgad con todo vuestro denuedo contra
esas huestes! Señores barones, ¡manteneos firmemente en la contienda! En
nombre de Dios os exhorto a bien herir. ¡Golpe dado por golpe recibido! Y
no olvidemos la divisa de Carlos.
Al
oír tales palabras, los francos claman el grito de guerra:
-¡Montjoie!
Quien
así los hubiera escuchado gritar, tendría memoria de un magnífico denuedo.
Luego cabalgan, ¡Dios, cuán fieramente!; para llegar antes, clavan las
espuelas y comienzan a herir pues, ¿qué otra cosa les queda por hacer? Los
sarracenos los reciben sin miedo. Y he aquí que se trenzan en combate moros
y franceses.
XCIII
El
sobrino de Marsil, llamado Aelrot, cabalga el primero ante el ejército y va
diciendo a nuestros franceses palabras afrentosas:
-Francos
felones, hoy habréis de combatir contra los nuestros. Aquel que os tenía
bajo su custodia os traicionó. ¡Insensato el rey que os dejó en los
desfiladeros! ¡Perderá su prestigio en este día Francia, la dulce, y
Carlomagn o el
brazo diestro de su cuerpo!
Cuando
esto escucha Roldán, ¡Dios, lo invade gran cuita! Clava espuelas a su
corcel, deja rienda suelta a sus bríos y corre a herir a Aelrot con todas
sus fuerzas. Le rompe el escudo y le desgarra la cota, le abre el pecho,
destrozándole los huesos y le quebranta el espinazo. Le arranca el alma con
su lanza y la tira afuera. Hunde violentamente el hierro, estremeciendo al
cuerpo; con el asta lo derriba muerto del caballo y al caer se le parte la
nuca en dos mitades. No por ello deja Roldán de hablarle de esta guisa:
-No,
hijo de siervo, no está loco Carlos, y jamás amó la traición. Dejarnos en
los desfiladeros fue en él valentía. No habrá de perder en este día su
prestigio Francia, la dulce. ¡Herid, franceses, fue nuestro el primer
golpe! ¡Con nosotros está el derecho y el error acompaña a estos felones!
XCIV
Un
duque, llamado Falsarón, se encuentra allí. Es hermano del rey Marsil y
posee las tierras de Datan y de Abirón. No existe peor truhán bajo los
cielos. Es tan amplia su frente que puede medirse medio pie entre sus dos
ojos. Cuando ve muerto a su sobrino, lo invade gran duelo. Sale de entre la
multitud, retando al primero que encuentra, clama el grito de guerra de los
infieles y lanza a los franceses palabras injuriosas:
-¡En
este día, Francia, la dulce, perderá su honor!
Oliveros
lo oye y lo invade gran irritación. Clava las doradas espuelas en su
montura y corre a herirlo como barón de buena ley. Le rompe el escudo, le
desgarra la cota; le hunde en el cuerpo las franjas de su gonfalón y con el
asta de la lanza lo arranca de los arzones y lo derriba muerto. Mira en el
suelo al traidor que yace y le dice entonces fieramente:
-No
me cuido de tus bravatas, hijo de siervo. ¡Atacad, franceses, que hoy
habremos de vencer!
Y
grita la divisa de Carlos:
-¡Montjoie!
XCV
Un
rey, llamado Corsablín, se encuentra allí. Es oriundo de Berbería, una
lejana comarca.
-Bien
podemos entablar esta batalla -les grita a los demás sarracenos-: son muy
pocos los franceses y tenemos derecho a menoscabarlos. No será Carlos quien
salve a uno solo. Ha llegado para ellos el día de su muerte.
El
arzobispo Turpín lo ha oído muy bien. No existe bajo el firmamento otro
hombre a quien más odie. Clava sus espuelas de oro fino y lo acomete con
violencia. Ya le ha roto el escudo, destrozándole la cota, le ha hundido en
el cuerpo su larga lanza. Con fuerza la empuja, sacudiéndola en las carnes
del infiel hasta hacerlo vacilar; luego, con el asta, lo derriba muerto en
el camino. Mirando hacia atrás, ve al felón caído y no deja de decirle unas
palabras:
-Infiel,
hijo de siervo, ¡cuán falsamente habéis hablado! Siempre podrá auxiliarnos
mi señor Carlos; no está el huir en el ánimo de nuestros franceses, y todos
vuestros compañeros habrán de quedar inmóviles por nuestra mano. Oíd esta
nueva: preciso es que halléis aquí la muerte. ¡Acometed, franceses! ¡No
flaquee ninguno! ¡Es nuestro este primer golpe, a Dios gracias!
Y
grita Turpín para quedar dueño del campo:
-¡Montjoie!
XCVI
Y
Garín acomete a Malprimís de Brigantia. El buen escudo del infiel de nada
le vale. Garín le rompe la bloca de cristal y la mitad cae a tierra. Le
desgarra la cota hasta la carne y le hunde su buena pica en el cuerpo. El
sarraceno se desploma como una masa. Satanás se lleva su alma.
XCVII
Su
compañero Gerer ataca al emir. Le destroza la coraza, le desmalla la cota y
en las entrañas le hunde su buena pica; apoya con fuerza, hasta que el
hierro le atraviesa el cuerpo y con el asta lo derriba muerto en el campo.
-¡Qué
magnífica batalla! -dice Oliveros.
XCVIII
El
duque Sansón acomete al jefe moro. Le rompe el escudo que ostenta adornos
de oro y florones. De nada le sirve su buena coraza. Le atraviesa el
corazón, el hígado y el pulmón y lo derriba muerto, ¡haya de llorarlo quien
quiera!
-¡Este
golpe es de un valiente! -exclama el arzobispo.
XCIX
Y
Anseís deja rienda suelta a su corcel y corre a atacar a Turgis de Tortosa.
Le quiebra el escudo bajo la dorada bloca, desgarra de arriba abajo su
doble cota y le hunde en el cuerpo el hierro de su buena pica. Empuja con
fuerza y sale la punta por la espalda del adversario; con el asta lo
derriba muerto sobre el campo.
-¡Ese
golpe es de un valiente! -dice Roldán.
C
Y
Angkleros, el Gascón, de Burdeos, espolea a su caballo, suelta las riendas
y acomete a Escremis de Valtierra. Le quiebra el escudo que lleva al
cuello, descoyunta sus partes, le rompe el ventalle de la armadura y lo
hiere en el pecho, bajo la garganta; con el asta, lo derriba muerto de su
silla. Luego le dice:
-¡Heos
perdido!
CI
Y
Otón golpea a un infiel, Estorgán, en el borde superior de su escudo, de
tal suerte que le desgarra los cuarteles de blanco y bermellón; le rompe
las partes de su coraza, le hunde en el cuerpo su afilada pica y lo derriba
muerto sobre su rápido corcel. Luego le dice:
-¡Buscad
quien os valga!
CII
Y
Berenguer hiere a Estramariz. Le rompe el escudo, le desgarra la loriga, a
través del cuerpo le hunde su poderosa pica; entre mil sarracenos lo
derriba muerto. De los doce pares, diez. hallaron la muerte; ya sólo quedan
vivos dos: Chernublo y el conde Margaris.
CIII
Margaris
es un cumplido caballero, de gran donosura y firmeza, ágil y ligero.
Espoleando a su caballo corre a herir a Oliveros. Le rompe su escudo bajo
la bloca de oro puro. A lo largo de sus costados endereza su pica, mas Dios
guarda a Oliveros: su cuerpo no ha sido tocado. El asta se quiebra, mas él
no fue derribado. Margaris pasa a su lado sin que nadie le estorbe; hace
sonar su trompa para reunir a los suyos.
CIV
El
combate es magnífico, la lucha se torna general. El conde Roldán no
preserva su persona. Hiere con su pica mientras le dura el asta; después de
quince golpes la ha roto, destrozándola completamente. Entonces desnuda a
Durandarte, su buena espada. Espolea a su caballo y acomete a Chernublo. Le
parte el yelmo en el que centellean los carbunclos, le desgarra la cofia
junto con el cuero cabelludo, le hiende el rostro entre los dos ojos y la
cota blanca de menudas mallas, y el tronco hasta la horcajadura. A través
de la silla, con incrustaciones de oro, la espada se hunde en el caballo.
Le parte el espinazo sin buscar la juntura y lo derriba muerto con su
jinete sobre la abundante hierba del prado. Luego le dice:
-¡Hijo
de siervo! ¡En mala hora os pusisteis en camino! No será Mahoma quien os
preste su ayuda. ¡Un truhán como vos no habría de ganar una batalla!
CV
El
conde Roldán cabalga por todo el campo. Enarbola a Durandarte, afilada y
tajante. Gran matanza provoca entre los sarracenos. ¡Si lo hubierais visto
arrojar muerto sobre muerto y derramar en charcos la clara sangre!
Cubiertos de ella están sus dos brazos y su cota, y su buen corcel tiene
rojos el pescuezo y el lomo. No le va en zaga Oliveros, ni los doce pares,
ni los francos que hieren con redoblado ardor.
Mueren
los infieles, algunos desfallecen. Y el arzobispo exclama:
-¡Benditos
sean nuestros barones! ¡Montjoie! Es el grito de guerra de Carlomagno.
CVI
Oliveros
cabalga a través del caos reinante en el campo. El asta de su lanza se ha
quebrado y sólo le queda un pedazo. Va a herir a un infiel, Malón. Le rompe
el escudo, guarnecido de oro y de florones, fuera de la cabeza le hace
saltar los dos ojos y se le derraman los sesos hasta los pies. Y entre los
innumerables cadáveres lo derriba muerto. Después mata a Turgis y Esturgoz.
Pero el asta se le ha roto y la madera se astilla hasta sus puños.
-Compañero,
¿qué hacéis? -le dice Roldán-. En una batalla como ésta, de poco me
serviría un palo. Sólo valen aquí el hierro y el acero. ¿Dónde está, pues,
vuestra espada, cuyo nombre es Altaclara? Tiene guarnición de oro y su pomo
es de cristal.
-No
he podido aún desenvainarla -respóndele Oliveros-, ¡tan ocupado me hallaba!
CVII
Mi
señor Oliveros desnuda su buena espada, a instancias de su compañero Roldán
y como noble caballero, le muestra el uso que de ella hace. Hiere a un
infiel, Justino de Valherrado. En dos mitades le divide la cabeza,
hendiendo el cuerpo y la acerada cota, la rica montura de oro en la que se
engastan las piedras preciosas y aun el cuerpo del caballo, al que parte el
espinazo. Jinete y corcel caen sin vida en el prado ante él. Y exclama
Roldán:
-¡Ahora
os reconozco, hermano! ¡Por golpes como ése nos quiere el emperador!
Por
todas partes estalla el mismo grito:
CVIII
El
conde Garín monta el caballo Sorel, y el de su compañero Gerer tiene por
nombre Paso-de-Ciervo. Ambos sueltan las riendas, espolean a sus corceles y
van a herir a un infiel, Timocel, el uno sobre el escudo y el otro sobre la
coraza. Las dos picas se rompen en el cuerpo. Lo derriban muerto en un
campo. ¿Cuál de los dos llegó antes? Nunca lo oí decir, y no lo sé.
El
arzobispo Turpín ha matado a Siglorel, el hechicero que había estado ya en
los infiernos: merced a un sortilegio de Júpiter logro tal empresa.
-¡He
aquí a uno que merecía morir por nuestra mano! -dice Turpín.
Y
responde Roldán:
-¡Vencido
está, el hijo de siervo! ¡Oliveros, hermano mío, tales lances me son
gratos!
CIX
La
batalla se ha tornado encarnizada. Francos y sarracenos cambian golpes que
es maravilla verlos. El uno ataca y el otro se defiende. ¡Tantas astas se
han roto, ensangrentadas! ¡Tantos gonfalones yacen desgarrados y tantas
enseñas! ¡Son tantos los buenos franceses que han perdido sus jóvenes
vidas! Jamás volverán a ver a sus madres ni a sus esposas, ni a las huestes
de Francia que los aguardan en los desfiladeros. Llorará por ello, y gemirá
Carlomagno; mas ¿de qué le valdrán sus lamentaciones? Nadie podrá socorrerlos.
Mala faena le hizo Ganelón, el día en que se fue a Zaragoza para vender a
sus fieles. Por haber llevado a cabo tal acción, perdió los miembros de su
cuerpo y aun la vida en Aquisgrán, donde fue juzgado y condenado a la
horca, pereciendo con él treinta de sus parientes que no se esperaban esta
muerte.
CX
La
batalla es prodigiosa y dura. Roldán hiere sin descanso, y con él Oliveros.
El arzobispo dio ya más de mil golpes y no le van en zaga los doce pares,
ni los franceses que juntos atacan. Por centenas y miles mueren los
paganos. Quien no se da a la fuga, no hallará luego escapatoria: quiéralo o
no, dejará allí su vida. Los francos van perdiendo su mejores puntales. No
volverán a ver a sus padres y parientes, ni a Carlomagno que los espera en
los desfiladeros. En Francia se levanta una extraña tormenta, una tempestad
cargada de truenos y de viento, de lluvia y granizo, desmesuradamente. Caen
los rayos uno tras otro, en rápida sucesión, y se estremece la tierra.
Desde San Miguel del Peligro hasta los Santos, desde Besanzón hasta el
puerto de Wissant, no hay una casa que no tenga las paredes resquebrajadas.
Espesas tinieblas sobrevienen en pleno mediodía; ninguna claridad, salvo
cuando se raja el cielo. A todo el que lo ve, invade el espanto. Algunos
dicen:
-¡Esto
es la consumación de los tiempos, ha llegado el fin del mundo!
Pero
ellos nada saben, no son ciertas sus palabras: es un inmenso duelo por la
muerte de Roldán.
CXI
Los
franceses han combatido con entereza, firmemente. Han perecido multitudes
de infieles, por millares. Apenas lograron salvarse dos sobre los cien mil
que se habían juntado. Y dice el arzobispo:
-¡Valerosos
son nuestros guerreros! Nadie los tuvo mejores bajo el firmamento. Está
escrito en los Anales de Francia que nuestro emperador tiene buenos
vasallos.
Recorren
el campo, en busca de los suyos; lloran su duelo y su compasión por sus
parientes, de todo corazón, con todo afecto. Contra ellos se adelanta,
entre tanto, el numeroso ejército del rey Marsil.
CXII
Viene
Marsil a lo largo de un valle, con el poderoso ejército que ha juntado. Pue de
contar con
-Oliveros,
mi compañero y hermano, Ganelón, el villano, ha jurado nuestra muerte. No
ha de quedar oculta su traición; tomará el emperador ejemplar venganza.
Vamos a entablar una batalla áspera y violenta; jamás habrá visto hombre
alguno encuentro semejante. Blandiré a Durandarte, mi espada, y vos,
compañero, heriréis con Altaclara. ¡Por cuántas tierras las hemos llevado!
¡Cuántas batallas nos fueron por ellas favorables! ¡No habrán de cantarlas
en afrentosa canción!
CXIII
Contempla
Marsil el martirio de los suyos. Hace sonar sus cuernos y sus trompas,
luego cabalga con la flor de su poderoso ejército. Entre los primeros
galopa un sarraceno. Abismo: no hay otro más felón en la turba. Está lleno
de vicios y de crímenes, y no cree en Dios, el hijo de Santa María. Es tan
negro como la pez derretida, y más que todo el oro de Galicia lo tientan la
traición y la matanza. Nunca lo vio alguno jugar ni reír. Pero es valeroso
y temerario y por ello es grato al felón rey Marsil. Enarbola un dragón, en
torno al cual se reúnen las huestes sarracenas. Mal había de quererlo el
arzobispo, y desde el instante en que lo ve, sólo tiene el deseo de
matarlo.
-Gran
herejía ostenta ese pagano -dícese por lo bajo-. Mucho mejor será que corra
a matarlo: jamás gusté de cobardía ni cobarde.
CXIV
El
arzobispo comienza la batalla. Monta el caballo que tomó a Gresalle, un rey
al que había matado en Dinamarca. El corcel es de los buenos, muy rápido;
tiene ligeros los cascos, las piernas delgadas, el muslo corto y ancha la
grupa; sus flancos son largos y alto su espinazo. Su cola es blanca,
amarillas sus crines, las orejas son pequeñas y tiene la cabeza leonada.
Ningún otro corcel puede igualarlo a la carrera. ¡Con qué denuedo lo
espolea el arzobispo! Acomete a Abismo, nadie podrá impedírselo. Corre a golpearle
sobre su escudo mágico, en el que se engastan piedras preciosas, amatistas
y topacios, y centellean los carbunclos: un demonio lo había donado al emir
Califa, en el Val Metas, y éste lo ha obsequiado a Abismo. Hiere Turpín,
sin miramientos; después de su acometida, no creo que el escudo valga ya un
mal dinero. Atraviesa al sarraceno de parte a parte y lo derriba muerto
sobre la tierra desnuda. Y dicen los franceses:
-¡Admirable
denuedo! ¡Nadie habrá de escarnecer la cruz mientras la tenga en sus manos
el arzobispo!
CXV
Observan
los franceses la numerosa hueste de los infieles: por todo el campo van
apareciendo más soldados. Ocurre que llamen a Oliveros y a Roldán, y a los
doce pares, para que les presten su ayuda. Entonces les dice su parecer el
arzobispo:
-Señores
barones: no penséis mal. Por Dios os suplico que no os deis a la fuga, para
que ningún valiente pueda cantar de vosotros afrentosa canción. Mejor nos
vale morir combatiendo. Pronto, según nos parece prometido, llegará nuestro
fin, no viviremos más allá de este día; pero una cosa os puedo asegurar:
abiertas de par en par están para vosotros las puertas del santo Paraíso;
allí os sentaréis junto a los Inocentes.
Al
oír tales palabras, siéntense los francos tan confortados, que ni uno solo
deja de gritar:
-¡Montjoie!
CXVI
Hay
allí un moro, de Zaragoza (la mitad de la villa le pertenece); su nombre es
Climorín, y no es hombre de ley. Él es quien recibió el juramento del conde
Ganelón, y luego de besarlo en la boca en señal de amistad, le hizo don de
su yelmo y de su carbunclo. Él afrentará a la Tierra de los Padres, dice, y
al emperador arrebatará su corona. Monta en su corcel Barbamosca, que es
más ligero que el gavilán o la golondrina. Lo espolea con fuerza, le suelta
las riendas y acomete a Angeleros de Gascuña. Ni el escudo ni la coraza le
son de alguna garantía. El infiel le hunde en el cuerpo la punta de su
lanza; apoya con fuerza, el hierro lo traspasa de parte a parte; con el
asta lo derriba de espaldas en el campo, gritando:
-¡Estos
engendros están hechos para ser destruidos! ¡Herid, sarracenos, para romper
las filas
Los
franceses exclaman:
-¡Dios!
¡Qué valiente perdemos!
CXVII
El
conde Roldán llama a Oliveros y le dice:
-Señor
compañero, ha muerto Angeleros; no teníamos caballero más valiente.
-¡Dios
me conceda vengarlo! -responde el conde.
Clava
en su corcel las espuelas de oro puro. Blande Altaclara, cuyo acero chorrea
sangre; con todas sus fuerzas acomete al infiel. Sacude la hoja en la
herida y se desploma el sarraceno; los demonios se llevan su alma. Luego
mata al duque Alfayén, corta la cabeza a Escababi y desarzona a siete
moros; nunca más volverán éstos a prestar su brazo en la batalla. Roldán
exclama:
-¡Gran
enojo invade a mi compañero! Bien vale su precio junto a mí. Por tales
lances más nos quiere Carlos.
Y con
sonora voz, añade:
-¡Al
ataque, caballeros!
CXVIII
Por
otro lado se acerca un infiel, Valdabrón, quien fue armado caballero por el
rey Marsil. Es dueño en el mar de cuatrocientos bajeles, y no hay un
marinero que no invoque su nombre. Por traición conquistó Jerusalén y violó
el templo de Salomón, matando delante de las fuentes al patriarca. Él fue
quien, luego de recibir el juramento del conde Ganelón, le hizo entrega de
su espada y de mil monedas. Tiene por montura al caballo llamado
Gramimundo, más veloz que el halcón. Clava en él sus agudas espuelas y embiste
a Sansón, el opulento duque. Le parte el escudo, le rompe la cota y le
hunde en la carne las franjas de su oriflama. Con el asta lo arranca de la
silla y lo derriba muerto, gritando:
-¡Matad,
sarracenos, que será fácil la victoria!
Y
dicen los franceses:
-¡Dios!
¡Qué duelo por este barón!
CXIX
Sabed
que cuando el conde Roldán ve muerto a Sansón, se siente invadido por hondo
pesar. Espolea su corcel y persigue al infiel con todos sus bríos. Enarbola
a Durandarte, más valiosa que el oro puro. Ya lo embiste, el denodado, y
golpea con todas sus fuerzas el yelmo incrustado de piedras preciosas. Le
parte la cabeza, la loriga y el tronco, y la silla guarnecida y aun el lomo
del caballo hiende profundamente. Luego, ¡alábelo quien quiera, o hágale
reproche!, a los dos mata.
-¡Cruel
es para nosotros este lance! -dicen los infieles.
Y
Roldán responde:
-No
han de serme gratos los vuestros. ¡Con vosotros va el orgullo y la
sinrazón!
CXX
Hay
allí un africano, oriundo de África: Malquidán es su nombre, hijo del rey
Malquid. Llevan sus armas incrustaciones de oro y relampaguean al sol, por
sobre todas las demás. El caballo que monta se llama Saltoperdido; no hay
otro que pueda igualarlo a la carrera. Acomete a Anseís y le asesta un
mandoble sobre el escudo, partiéndole los cuarteles de bermellón y de azur.
Le desgarra los paños de su cota y le hunde en el cuerpo su pica, hierro y
madera. Muerto está el conde, terminó su tiempo.
-Lástima
de vos, barón -exclaman los franceses.
CXXI
Va
por el campo Turpín, el arzobispo. Jamás cantó misa tonsurado alguno que
llevara a cabo tales hazañas por su mano. Dícele al infiel:
-¡Así
te envíe Dios todos los males! Has matado a uno caro a mi corazón.
Azuza
a su buen corcel y asesta sobre el escudo toledano del sarraceno golpe tal
que lo derriba muerto sobre la hierba verde.
CXXII
Anda
por otra parte un infiel, Grandonio, hijo de Capuel, rey de Capadocia.
Cabalga en un corcel llamado Marmorio, más rápido que el vuelo de las aves.
Le suelta las riendas, clava las espuelas y corre a herir a Garín con todo
su ánimo. Le parte su escudo bermejo, desprendiéndoselo del cuello. Después
le abre la cota, le hunde en la carne su oriflama azul y lo derriba muerto
sobre una alta roca. De tal guisa mata también a Gerer, a Berenguer y a
Guido de San Antonio, corriendo a herir después al opulento duque Austori,
quien tenía su feudo en Valeria y Envers, sobre el Ródano, y que halla la
muerte por su mano. Regocíjanse los infieles, al tiempo que murmuran los
franceses:
-¡Qué
infortunio para los nuestros!
CXXIII
El
conde Roldán enarbola su espada, tinta en sangre. Bien ha llegado a sus
oídos que los francos pierden ánimo y tan grande es su pesar que parécele
que se le desgarra el corazón. Le dice al infiel:
-¡Así
te envíe Dios todos los males! ¡Mataste a uno que habrá de costarte muy
caro!
Espolea
su corcel: ¿quién vencerá? He aquí que han trenzado ya combate.
CXXIV
Era
Grandonio valiente y denodado, temible y atrevido en la batalla. Se ha
cruzado Roldán en su camino. Jamás lo ha visto: no obstante lo reconoce al
punto por su altivo rostro, su porte gallardo, su mirada y su actitud;
siente temor, no puede defenderse. Intenta huir, pero en vano. El conde le
asesta tan prodigioso golpe que le raja todo el yelmo hasta el nasal, le
parte la nariz, la boca y los dientes, el tronco todo y la cota de fuertes
mallas, y la montura dorada, desde la perilla hasta el borde de plata, y
aun el lomo del caballo hiere profundamente. Nada puede impedirlo: a los
dos ha dado muerte y se lamentan por ello todos los de España.
-¡Bien
pelea nuestro protector! -dicen los francos.
CXXV
La
batalla se torna prodigiosa y precipitada. Los franceses combaten con vigor
y coraje. Cortan puños, costados, espaldas, desgarran las ropas hasta la
carne viva y chorrea la sangre en claros hilos sobre la hierba verde.
¡Tierra de los Padres, Mahoma te maldiga! ¡Entre todos los pueblos es más
audaz el tuyo! Y no hay un sarraceno que no grite:
-¡Rey
Marsil, a caballo! ¡Necesitamos tu ayuda!
CXXVI
Maravillosa
y grande es la batalla. Hieren los francos con sus bruñidas picas.
¡Hubieseis visto tanto dolor, tantos hombres muertos, heridos,
ensangrentados! Yacen los unos sobre los otros, vuelta la faz hacia el
cielo o contra la tierra. No pueden resistir tal quebranto los sarracenos:
quiéranlo o no, abandonan el campo. Y los francos los persiguen con todos
sus bríos.
CXXVII
El
conde Roldán llama a Oliveros y le dice:
-Señor
compañero, confesadlo: el arzobispo es muy cumplido caballero; no lo hay
mejor bajo el firmamento; bien hiere con la lanza y con la pica.
-¡Prestémosle,
pues, nuestro brazo! -responde Oliveros.
A
tales palabras han reanudado el combate los francos. Los golpes son recios,
violento el combate. Grande es el desamparo de los cristianos. ¡Cuán bello
habría sido ver a Roldán y a Oliveros asestar tajantes mandobles con sus
espadas! El arzobispo lidia con su pica. Pueden calcularse en cuatro mil
los que hallaron la muerte por ellos, pues cuenta la Gesta que está escrito
su número en las cartas y los breves. Resistieron firmemente los cuatro
primeros asaltos, pero el quinto les infligió gran quebranto. Muchos
caballeros franceses perecieron; sólo quedan sesenta que Dios ha guardado.
Antes de morir, habrán de venderse muy caro.
CXXVIII
Contempla
el conde Roldán la gran mortandad de los suyos y llama a Oliveros, su
amigo:
-¡Buen
señor, querido compañero, por Dios!, ¿qué os parece? ¡Ved cuántos bravos
yacen por tierra! ¡Buen motivo tenemos para apiadarnos de Francia, la dulce
y bella! ¡Cuan desierta quedará, vacía de tales barones! Ah, rey amigo,
¿por qué no estáis aquí? ¿Qué podríamos hacer, hermano Oliveros? ¿Cómo
darle noticias de nosotros?
Responde
Oliveros:
-¿Cómo?
No lo sé. Ello podría dar lugar a que se nos afrentase, ¡y antes prefiero
morir!
CXXIX
Roldán
dice:
-Tocaré
el olifante. Llegará a oídos de Carlos, que está pasando los puertos. Os lo
juro, retornarán los francos.
Responde
Oliveros:
-¡Fuera
para todos vuestros parientes gran deshonor y oprobio y pesará sobre ellos
esta afrenta durante toda la vida! Cuando yo os lo aconsejé, nada
hicisteis. Hacedlo ahora, mas no será por indicación mía. ¡No fuera propio
de un valiente tocar el cuerno! ¡Ya vuestros dos brazos tenéis cubiertos de
sangre!
-¡Buenos
golpes he dado! -dice el conde.
CXXX
-¡Dura
es nuestra batalla! -dice Roldán-. Tocaré mi cuerno y el rey Carlos lo
escuchará.
-¡No
sería propio de un valiente! -dice Oliveros-. Cuando yo os lo aconsejé,
compañero, no os dignasteis escucharme. Si el rey hubiese estado aquí no
sufriéramos quebranto alguno. Los que ahora yacen no merecen reproche. Por
mis barbas, que si me es dado retornar junto a Alda, mi gentil hermana,
¡jamás habréis de reposar en sus brazos!
CXXXI
-¿Por
qué contra mí volvéis vuestra cólera? -dice Roldán.
Y
responde Oliveros.
-Compañero,
vuestra es la culpa, pues valor sensato y locura son dos cosas distintas, y
más vale mesura que soberbia. Si tantos franceses murieron, fue por vuestra
ligereza. Nunca más volveremos a servir a Carlos. Si me hubierais
escuchado, habría retornado mi señor; la batalla estaría ganada y muerto o
prisionero el rey Marsil. En mala hora, Roldán, contemplamos vuestro
denuedo. Carlos el Grande, que no tendrá su par hasta el juicio final, no
volverá a recibir nuestra ayuda. Vais a morir y Francia será por ello
afrentada. Hoy toca a su fin nuestro leal compañerismo: antes de esta noche
habremos de separarnos, y nos será muy duro.
CXXXII
Óyelos
disputar el arzobispo, y clavando en su corcel las espuelas de oro puro, va
hacia ellos y les hace reproche:
-¡Señor
Roldán, y vos, señor Oliveros, por Dios os ruego que pongáis fin a esta
querella! Tocar el cuerno no podría ya salvarnos, mas tocadlo de todos
modos, será mucho mejor. Vendrá el rey y podrá vengarnos: no habrán de
retornar alegres los de España. Nuestros franceses echarán aquí pie a
tierra y nos encontrarán muertos y mutilados; nos pondrán en ataúdes, nos
cargarán en acémilas y nos llorarán, llenos de dolor y piedad. Nos darán
sepultura en atrios de iglesias y no seremos pasto de los lobos, los cerdos
y los perros.
-¡Bien
hablasteis, señor! -responde Roldán.
CXXXIII
Roldán
lleva el olifante a sus labios. Lo emboca bien y sopla con
todas sus fuerzas. Los montes son altos y larga la voz del cuerno; a
treinta leguas se escucha prolongarse su sonido. Carlos lo oye, y como él
todos sus guerreros. Exclama el rey:
-¡Han
trenzado combate los nuestros!
Y
Ganelón responde, llevándole la contraria:
-Si
otro fuera quien tal dijese, ciertamente se le tacharía de gran embustero.
CXXXIV
El
conde Roldán, con esfuerzo y grandes espasmos, toca dolorosamente su
olifante. Por su boca brota la sangre clara, y se ha roto su sien. El
sonido del cuerno se difunde a lo lejos. Carlos, que cruza los puertos, lo
ha oído. El duque Naimón escucha y como él todos los francos. Y exclama el
rey:
-¡Es
el olifante de Roldán! ¡No lo tocaría si no estuviese en trance de batalla!
-¡No
hay tal batalla! -responde Ganelón-. Sois ya viejo, vuestras sienes están
blancas y floridas; por vuestras palabras parecéis un niño. Bien conocéis
el gran orgullo de Roldán: es maravilla que lo haya tolerado Dios tanto
tiempo. ¿No ha llegado, pues, a conquistar Noples sin esperar vuestras
órdenes? Los sarracenos hicieron una salida y presentaron batalla a Roldán,
el buen vasallo. Para borrar las huellas del encuentro, éste mandó inundar
los prados cubiertos de sangre. Por una sola liebre se pasa el día tocando
el olifante. Hoy será algún juego que lleva a cabo entre sus pares. ¿Quién
bajo el firmamento se atrevería a ofrecerle batalla? Cabalguemos, pues.
¿Por qué detenernos? Lejos, frente a nosotros, está aún la Tierra de los
Padres.
CXXXV
El
conde Roldán tiene la boca ensangrentada. Se le ha roto la sien. Toca su
olifante dolorosamente, con angustia. Carlos lo oye, y como él todos los
franceses. Y dice el rey:
-¡Largo
aliento tiene este olifante!
-¡Es
que un valiente se emplea en ello! -responde el duque Naimón-. Estoy seguro
de que ha trenzado batalla. El mismo que lo traicionó intenta ahora que
faltéis a vuestro deber. Tomad las armas, clamad vuestro grito de guerra y
corred en auxilio de vuestra buena mesnada. Harto lo oís: es Roldán que
pierde esperanzas.
CXXXVI
El
empe rador
manda tocar sus olifantes. Los franceses echan pie a tierra y se arman con
sus cotas, sus yelmos y sus espadas recamadas de oro. Tienen escudos bien
labrados, largas y fuertes picas y gonfalones blancos, rojos y azules.
Todos los barones del ejército cabalgan en sus corceles y clavan espuelas
durante el paso de los desfiladeros. Y van diciéndose los unos a los otros:
-Si
cuando veamos a Roldán está aún con vida, ¡qué recios golpes daremos con
él!
Mas,
¿de qué sirven las palabras? Llegarán demasiado tarde.
CXXXVII
Avanza
el día, resplandece la tarde. Las armaduras centellean bajo el sol.
Fulguran las cotas y los yelmos, y los escudos que llevan flores pintadas,
y las picas y los dorados gonfalones. El emperador cabalga invadido de
cólera, y los franceses pesarosos e iracundos. Todos vierten doloroso
llanto, todos sienten gran angustia por Roldán. El rey ha mandado prender
al conde Ganelón y lo ha entregado a los cocineros de su corte. Llama a
Besgón, el jefe de éstos y le dice:
-Guárdame
bien a este felón: ha traicionado a mis mesnadas.
Recíbelo
Besgón bajo su vigilancia y lo hace custodiar por cien pinches de su
cocina; los hay de los mejores y también de los peores. Le arrancan los
pelos de la barba y de los mostachos, cuatro veces cada uno lo golpean con
el puño, lo apalean con varas y bastones y le ponen alrededor del cuello
una cadena, como a un oso. Luego lo cargan con gran menoscabo sobre un
mulo, guardándolo de esta suerte hasta el día en que habrán de devolverlo a
Carlos.
CXXXVIII
Altas
y tenebrosas son las cumbres, los valles profundos y violentas las aguas.
Resuenan los clarines por todas partes y responden juntos al olifante. El
emperador cabalga irritado y los franceses pesarosos e iracundos. Ni uno
solo deja de llorar y lamentarse. Ruegan a Dios que preserve a Roldán hasta
que lleguen al campo de batalla todos juntos: entonces, con él, combatirán.
Mas, ¿de qué sirven las súplicas? En nada habrán de valerles: han tardado
demasiado, no podrán llegar a tiempo.
CXXXIX
Cabalga
el rey Carlos lleno de enojo. Su barba blanca se esparce sobre su loriga.
Todos los barones de Francia clavan con fuerza las espuelas. Ni uno hay que
no se lamente por no estar junto a Roldán, el capitán, cuando enfrenta a
los sarracenos de España. Tal es su quebranto que no creen que sobreviva.
¡Dios! ¡Que barones son los sesenta que aún lo acompañan! Jamás los tuvo
mejores ningún rey o capitán.
CXL
Mira
Roldán hacia los montes y las colinas. Contemplan sus ojos a tantos de los
de Francia que yacen muertos, y los llora como cumplido caballero:
-¡Señores
barones, así Dios os tenga en su gracia! ¡Que otorgue a todas vuestras
almas el paraíso! ¡Que las reciba entre las santas flores! Jamás vi
vasallos mejores que vosotros. ¡Cuán largamente me habéis servido, luchando
sin descanso, conquistando para Carlos extensos países! Para su mal os ha
mantenido el emperador. ¡Tierra de Francia, eres un dulce país, mas el peor
azote te ha desolado en este día! Barones franceses, os veo morir por mí, y
no me es dado defenderos ni salvaros: ¡así os ayude Dios, quien jamás dijo
mentira! Hermano Oliveros, no os habré de faltar. Me matará el dolor, si no
muero por otra causa. ¡Señor compañero, volvamos al combate!
CXLI
El
conde Roldán ha retornado a la batalla. Enarbola a Durandarte y lucha como
valiente. Ha descuartizado a Faldrón de Puy y a otros veinticuatro
enemigos, de entre los más nobles. Jamás hombre alguno deseará con tanto
ahínco tomar venganza. Así como el ciervo corre ante los perros, así huyen
de Roldán los infieles. Y dice el arzobispo:
-¡He
aquí algo bueno! Así debe mostrarse un caballero, portador de buenas armas
y jinete en buen caballo: fuerte y altivo en la batalla, o de otro modo no
vale cuatro ochavos. ¡Mejor fuera que se metiera a monje en un monasterio
para rogar todos los días por nuestros pecados!
Y
responde Roldán:
-¡Herid,
no les hagáis merced!
A
tales palabras reanudan el combate los franceses. Mas los cristianos
sufrieron grandes pérdidas.
CXLII
Al
saber que en tal batalla no habrán de hacerse prisioneros, todos se
defienden con fiereza. Por ello los franceses se tornan más audaces que
leones. He aquí que hacia ellos viene, como verdadero barón, el rey Marsil.
Cabalga en un corcel al que llama Gañún. Clava fuertemente las espuelas y
corre a herir a Bevón, señor de las tierras de Dijón y de Beaune. Le rompe
el escudo, le desgarra la cota y sin que sea menester dar otro golpe, lo
derriba muerto. Luego mata a Ivon y a Ivores; y con ellos a Gerardo de Rosellón.
El conde Roldán no anda lejos, y le dice al infiel:
-¡Dios
te maldiga! ¡Tan injustamente has dado muerte a mis compañeros! Antes de
que nos separemos habrás de pagarlo, y conocerás el nombre de mi espada.
Como
cumplido barón lo acomete y le corta la muñeca derecha. Luego le rebana la
cabeza a Jurfaret el Blondo, hijo de Marsil.
Los
infieles claman:
-¡Ayúdanos,
Mahoma! ¡Dioses nuestros, vengadnos de Carlos! A esta tierra ha traído
tales felones que así deban morir, no abandonarán el campo.
Y
dícense los unos a los otros-:
-¡Huyamos,
pues!
Y
vanse cien mil: llámelos quien quiera, no retornarán.
CXLIII
Mas,
¿de qué sirve su desbandada? Si ha huido Marsil, ha quedado su tío
Marganice, que es dueño de Cartago, Alfrere, Garmalia y Etiopía, una tierra
maldita: su señorío abarca la raza de los negros. Tienen éstos grande la
nariz y amplias las orejas, y se encuentran allí juntos más de cincuenta
mil. Dejan la rienda suelta a sus corceles y arremeten con furia y audacia,
al tiempo que claman el grito de guerra de los infieles.
Y
dice entonces Roldán:
-Recibiremos
aquí nuestro martirio, y bien veo ahora que nos queda poco tiempo de vida.
¡Mas caiga la deshonra sobre el que no se haya vendido a alto precio!
¡Herid, señores, con vuestros bruñidos aceros y disputad vuestros muertos y
vuestras vidas para que Francia, la dulce, no sea menoscabada por nuestra
causa! Cuando llegue a este campo Carlomagno, mi señor, y vea qué cuenta
dimos de los sarracenos, y encuentre quince infieles muertos por cada uno
de nosotros, por cierto que no dejará de bendecirnos.
CXLIV
Al
ver Roldán a la turba maldita, más negra que la tinta y que sólo los
dientes tiene blancos, dice:
-En
verdad, ahora lo sé: hoy será el día de nuestra muerte. ¡Atacad, franceses,
que yo vuelvo al combate!
Y
añade Oliveros:
-¡Maldito
sea el más lerdo!
A
tales voces, arremeten los francos contra la multitud.
CXLV
Cuando
los infieles ven que los franceses son pocos, se enorgullecen y se alientan
los unos a los otros, diciéndose:
-¡Es
que va la injusticia con el emperador!
Marganice
monta su caballo alazano. Le clava fuertemente las espuelas doradas y hiere
a Oliveros por detrás, en plena espalda. Desgarrando la brillante loriga,
la pica se ha hundido en el cuerpo y luego de atravesar el pecho aparece
por delante. Y dice Marganice:
-¡Recio
golpe recibisteis! El rey Carlomagno os dejó en los puertos para vuestra
desdicha. Si nos causó muchos males, no tiene ya motivo para ufanarse: sólo
con vos, bien he vengado a los nuestros.
CXLVI
Olliveros
siente que está herido de muerte. Enarbola a Altaclara, de bruñido acero, y
golpea a Marganice sobre el yelmo puntiagudo, de oro todo él. Hace saltar
por tierra sus florones y sus cristales y le parte la cabeza hasta los
dientes. Sacude la hoja en la herida y lo derriba muerto, diciéndole:
-¡Maldito
seas, infiel! No digo que Carlos nada haya perdido; pero al menos no podrás
retornar a tu reino para vanagloriarte ante ninguna mujer o dama de haberme
despojado de un mal ochavo ni de haber causado perjuicio a mí, ni a nadie
en el mundo.
Después
llama a Roldán para que le preste ayuda.
CXLVII
Siente
Oliveros que lo han herido de muerte. Nunca llevará a cabo venganza
suficiente. En lo más compacto de la turba, acomete como verdadero barón.
Hace pedazos escudos y picas, pies y puños, monturas y espinazos. Quien lo
hubiera visto descuartizar infieles, amontonar los muertos sobre los
muertos, tendría memoria de un buen caballero. No hay cuidado de que olvide
la contraseña de Carlos y lanza su grito, alto y claro:
-¡Montjoie!
Luego
llama a Roldán, su par y amigo, y le dice:
-Señor
compañero, venid a mi lado, muy cerca, ¡con gran dolor habremos de
separarnos en este día!
CXLVIII
Roldán
mira el semblante de Oliveros: lo ve desencajado, pálido, sin color. Corre
su clara sangre a los costados de su cuerpo y van cayendo los coágulos a
tierra.
-¡Dios!
-exclama el conde-, ¡no sé qué hacer! Señor compañero, ¡lástima grande de
vuestro denuedo! Nadie habrá de igualaros jamás. ¡Ah, dulce Francia! ¡Cuan
desierta quedarás sin tus mejores vasallos, humillada y vencida! ¡Gran daño
sufrirá el emperador!
Y con
estas palabras, se desmaya sobre su corcel.
CXLIX
He
aquí a Roldán sin conocimiento sobre su montura y a Oliveros mortalmente
herido. Perdió tanta sangre que se han empañado sus ojos: ya no ve, ni de
lejos ni de cerca, para reconocer a nadie. Al aproximarse a su compañero,
lo golpea sobre el yelmo cubierto de oro y de piedras preciosas, y se lo
parte hasta el nasal, mas sin herirle la cabeza. Ante la acometida, Roldán
vuelve hacia él sus ojos y le pregunta con dulzura y afecto:
-Señor
compañero, ¿sabéis lo que estáis haciendo? ¡Soy yo, Roldán, aquel que tanto
os ama! ¡Nunca recibí vuestro reto!
-Oigo
ahora vuestra voz -responde Oliveros-. Mas no os ven mis ojos: ¡plegué a
Dios, nuestro Señor, no apartar de vos los suyos! Os he herido,
perdonádmelo.
-No
me habéis causado daño -responde Roldán-. Os perdono aquí y ante Dios.
A
estas palabras, se inclinan el uno hacia el otro. Y así se separan, con
gran afecto.
CL
Siente
Oliveros la angustia de la muerte. Se le ponen en blanco los ojos, va
perdiendo el oído y se apaga su vista. Baja del caballo y se recuesta sobre
la tierra. En alta voz hace acto de contrición, juntas y alzadas al cielo
ambas manos, rogando a Dios que le otorgue el paraíso, que bendiga a Carlos
y a Francia, la dulce, y a Roldán, su compañero, por sobre todos los
hombres. Le flaquea el corazón, se le desprende el yelmo y todo su cuerpo
se abate contra la tierra. Ha muerto el conde, no ha demorado por más
tiempo su partida; el esforzado Roldán llora por él y se lamenta; nunca os
será dado ver en la tierra hombre más dolorido.
CLI
Ve
Roldán que ha muerto su amigo, y que yace con el rostro contra el suelo.
Con gran dulzura, le dirige palabras de adiós:
-¡Señor
compañero, lástima grande de vuestra intrepidez! Días y años nos vieron
juntos: jamás me causasteis daño alguno, ni yo a vos. Ahora que os veo
muerto, me es ya dolor vivir.
A
estas palabras, el marqués pierde el sentido sobre su corcel, cuyo nombre
es Briador. Sus estribos de oro fino lo mantienen derecho en la silla: por
dondequiera que se incline, no podrá caer.
CLII
Antes
de volver en sí y reanimarse Roldán, recobrándose de su desmayo, lo alcanza
un gran infortunio: han muerto los franceses, a todos ha perdido, menos al
arzobispo y a Gualterio de Ulmo. Gualterio bajó de los montes y contra los
de España peleó reciamente. Sus hombres han muerto, vencidos por los
infieles. Quiéralo o no, debe darse a la fuga hacia los valles, invocando
la ayuda de Roldán:
-¡Ah,
gentil conde, valiente caballero! ¿Dónde estás? ¡Nunca tuve miedo cuando
estuviste a mi lado! Soy yo, Gualterio, el que conquistó Monteagudo; yo, el
sobrino de Droón, viejo y canoso. Entre todos tus hombres, me querías por
mi valor. Está mi lanza quebrada y traspasado mi escudo, y desgarradas las
mallas de mi cota. Voy a morir, pero me he vendido a alto precio.
Han
llegado a oídos de Roldán las últimas palabras. Espolea a su corcel y a
toda brida corre hacia Gualterio.
CLIII
El
dolor y la cólera embargan a Roldán. En lo más compacto de la turba
emprende la lidia. Veinte de los de España derriba muertos, Gualterio seis
y cinco el arzobispo.
Y
dicen los infieles:
-¡Qué
felonía contemplamos! ¡Cuidad, señores, de que no escapen vivos! ¡Traidor
el que no corra a atacarlos y cobarde el que les permita la huida!
Prorrumpen
entonces en gritos y alaridos y de todas partes retornan al asalto.
CLIV
Noble
guerrero es el conde Roldán, Gualterio de Ulmo cumplido caballero y el
arzobispo hombre de probado valor. Ninguno de los tres quiere faltar a los
otros dos. En lo más recio de la lid, acometen a los infieles. Mil
sarracenos han echado pie a tierra; a caballo son cuarenta millares.
Miradlos: ¡no osan aproximarse! Desde lejos les arrojan lanzas y picas,
flechas, dardos y venablos. A los primeros golpes matan a Gualterio. A
Turpín de Reims le traspasan el escudo y le parten el yelmo, hiriéndolo en
la cabeza; desgarran las mallas de su cota y atraviesan su cuerpo cuatro
picas. Su caballo es muerto bajo él. ¡Lástima grande que haya caído el
arzobispo!
CLV
Cuando
Turpín de Reims se ve derribado del caballo, y con el cuerpo traspasado por
cuatro picas, rápidamente se incorpora, el intrépido. Busca a Roldán con
los ojos, corre hacia él y le dice tan sólo:
-No
estoy vencido. ¡Mientras vive, un valiente no se rinde!
Desenvaina
a Almaza, su espada de bruñido acero, y en lo más apretado de las filas,
asesta más de mil mandobles. Luego, Carlos dirá que a nadie dio cuartel,
pues hallará a su alrededor cuatrocientos sarracenos, heridos los unos,
otros traspasados de uno a otro costado y algunos con las cabezas cortadas.
Así reza en la Gesta; así lo relata aquel que presenció la batalla: el
barón Gil, que Dios favorece con sus milagros y que escribió antaño la
crónica en el monasterio de Laon. Quien estas cosas ignora, nada entiende
de esta historia.
CLVI
El
conde Roldán pelea noblemente, mas su cuerpo está empapado de sudor,
ardiente; siente en su cabeza un dolor violento: al hacer resonar su
olifante, se rompieron sus sienes. Pero quiere saber si ha de llegar
Carlos. Toma el cuerno y lo toca, pero es débil el sonido. El emperador se
detiene y escucha:
-¡Señores!
-exclama-, ¡gran infortunio nos alcanza! En este día, Roldán, mi sobrino,
habrá de dejarnos. La voz de su olifante me dice que le resta poca vida.
¡Quien quiera valerle, clave espuelas a su corcel! ¡Tocad vuestros
clarines, todos cuantos haya en este ejército!
Resuenan
sesenta mil clarines, y tan alto que retumban las cumbres y responden las
hondonadas. Óyenlos los infieles, y no se sienten movidos a risa.
-Muy
pronto nos dará alcance Carlomagno -dícense los unos a los otros.
CLVII
-¡Retorna
el emperador! -dicen los infieles-, escuchad los clarines de las huestes de
Francia. Si vuelve Carlos, grandes males nos alcanzarán. Si Roldán
sobrevive, recomenzará la guerra; España, nuestra tierra, está perdida.
Júntanse
cuatrocientos, cubiertos con sus yelmos, de los que se estiman óptimos en
las batallas y llevan contra Roldán un asalto duro y violento. Recia tarea
le espera al conde.
CLVIII
Cuando
los ve venir, el conde se siente más fuerte, más fiero y ardoroso. No
cederá el terreno mientras le quede vida. Va jinete en el corcel llamado
Briador. Le clava las espuelas de oro fino y arrojándose en lo más compacto
de las filas, a todos acomete. Con él está el arzobispo Turpín. Los
infieles se dicen entre sí:
-Amigo,
¡vámonos de aquí! Hemos escuchado los clarines de los franceses: ¡Carlos
retorna, el poderoso rey!
CLIX
Nunca
el conde Roldán sintió inclinación por un cobarde, ni un soberbio, ni un
malvado, ni tampoco por un caballero que no fuera guerrero irreprochable.
Llama, pues, al arzobispo Turpín:
-Señor
-le dice-, estáis a pie y yo monto un caballo. Por afecto hacia vos,
resistiré firmemente en este lugar. Juntos quedaremos aquí para bien o para
mal; no os abandonaré por ningún hombre hecho de carne. Vamos a devolver a
los infieles esta acometida. Los más recios mandobles serán los de
Durandarte.
Y
responde el arzobispo:
-¡Malhaya
quien afloje en la lid! ¡Retorna Carlos, quien habrá de vengarnos!
CLX
-¡En
mala hora nacimos! -dicen los sarracenos-. ¡Que día de dolor despuntó para
nosotros! Hemos perdido a nuestros señores y a nuestros pares. Retorna
Carlos, el valiente, con su poderoso ejército. Ya se oye el claro sonido de
los clarines de Francia; gran clamor levantan al gritar:
"¡Montjoie!" Tan fiera intrepidez anima al conde Roldán que
ningún hombre hecho de carne habrá de vencerlo jamás. Arrojemos contra él
nuestras jabalinas y abandonémosle el campo.
Y
disparan en efecto dardos y jabalinas innumerables, picas, lanzas y flechas
emplumadas. Rompen y taladran su escudo, y desgarran las mallas de su cota,
mas no alcanzan a herir su cuerpo. Empero, Briador ha recibido treinta
heridas y se desploma sin vida bajo el conde. Huyen los moros, dejándole
libre el campo. Queda solo el conde Roldán, desmontado.
CLXI
Huyen
los infieles, llenos de pesar y enojo. Hacia España apresuran e l
paso, con gran trabajo. El conde Roldán no puede darles caza: ha perdido a
Briador, su corcel. Le plazca o no, allí se queda, desmontado. Acude hacia
el arzobispo Turpín para auxiliarlo. Le desata de la cabeza su yelmo
guarnecido de oro y le quita su cota, blanca y ligera. Toma su brial y lo
corta en bandas que luego introduce en las terribles heridas. Después lo
estrecha entre sus brazos, contra su pecho; sobre la verde hierba lo
recuesta con gran suavidad. Y le ruega quedamente:
-Ah,
gentil señor, dadme vuestra venia; he aquí muertos a los compañeros que tan
caros nos fueron, no debemos abandonarlos. Quiero ir a buscarlos y a
reconocerlos, para depositarlos todos juntos en una fila ante vos.
Responde
el arzobispo:
-¡Id,
pues, y volved! Vuestro es el campo, ¡a Dios gracias!, vuestro y mío.
CLXII
Parte
Roldán. A través del campo se encamina, solo. Por valles y montes va
buscando. Halla entonces a Ivon e Ivores, y luego a Angeleros, el Gascón.
Después encuentra a Garín y a su compañero Gerer, y también a Berenguer y a
Otón. Descubre allí a Anseís y a Sansón, y más tarde halla a Gerardo el
Viejo, de Rosellón. Uno a uno los alza en sus brazos, el esforzado, y
cargado con ellos regresa junto al arzobispo. Ante sus rodillas los ha
alineado. Prorrumpe en llanto Turpín, no puede contenerse. Levanta la mano
para bendecirlos y les dice luego:
-¡Lástima
de vosotros, señores! ¡Que Dios, el glorioso, acoja todas vuestras almas!
¡Que las recueste en el paraíso sobre las flores santas! ¡Cuán angustiosa,
a mi vez, se me presenta la muerte! Nunca más verán mis ojos al poderoso
emperador.
CLXIII
Parte
nuevamente Roldán, recorriendo el campo en sus búsquedas. Encuentra a su
compañero Oliveros y lo estrecha contra su pecho, fuertemente abrazado.
Como puede, regresa junto al arzobispo. Recuesta a Oliveros al lado de los
demás, sobre un escudo, y el arzobispo lo absuelve, trazando sobre él la
señal de la cruz. Redoblan entonces el dolor y la piedad, y exclama Roldán:
-Oliveros,
gentil compañero, hijo erais del duque Raniero, soberano de la marca del
Val de Runer. Para quebrar una lanza y romper los escudos, para vencer y
humillar a los soberbios, para sostener y aconsejar a los hombres de bien,
¡no hubo en toda la tierra adalid que os aventajara!
CLXIV
Cuando
el conde Roldán ve muertos a sus pares y a Oliveros, a quien tanto amaba,
se enternece y prorrumpe en llanto. Su semblante pierde el color. Tan
grande es su duelo que no pueden sostenerlo sus piernas: quiéralo o no, cae
por tierra privado de sentido.
-¡Lástima
de vos, barón! -dice el arzobispo.
CLXV
Al
contemplar desmayado a Roldán, un dolor, el más profundo que jamás haya
sentido, invade al arzobispo. Extiende la mano y toma el olifante. Hay una
corriente de agua en Roncesvalles: quiere llegar hasta ella y traerle un
poco a Roldán. Se aleja a pasos cortos, vacilantes. Tan débil se encuentra
que no puede avanzar. Flaquean sus fuerzas, ha perdido demasiada sangre; en
menos tiempo del que necesita para atravesar un arpende de tierra, le falla
el corazón y cae de cabeza. La muerte lo oprime con dureza.
CLXVI
El
conde Roldán recobra el conocimiento y se incorpora, mas padece crueles
sufrimientos. Mira hacia arriba y hacia abajo: sobre la hierba verde, más
allá de sus compañeros, ve que yace en el suelo el noble barón, el
arzobispo, que Dios había enviado entre los hombres para representarlo.
Hace el arzobispo su acto de contrición, vuelve los ojos al cielo y,
juntando sus manos, las eleva: ruega a Dios que le otorgue el paraíso. Ya
se muere el guerrero de Carlos. Fue durante toda su vida su adalid contra
los infieles, por sus recias batallas y sus sermones admirables. ¡Así le
otorgue Dios su santa bendición!
CLXVII
El
conde Roldán ve al arzobispo caído en tierra. Ve derramarse por el suelo
sus entrañas, fuera del cuerpo, y gotear sus sesos por la frente. Bien en
el medio del pecho le ha cruzado las manos blancas, tan bellas. Roldán
comienza a lamentarse sobre él, según la ley de su tierra:
-¡Ah!,
gentil señor, caballero de buena raza, en esta hora te encomiendo al
Todopoderoso del cielo. Jamás habrá quien mejor lo sirva. Jamás, desde los
apóstoles, hubo profeta como vos para amparar la ley y atraer a los
hombres. ¡Que no sufra vuestra alma privación alguna! ¡Que le sean abiertas
las puertas del paraíso!
CLXVIII
Siente
Roldán que se aproxima su muerte. Por los oídos se le derraman los sesos.
Ruega a Dios por sus pares, para que los llame a Él; y luego, por sí mismo,
invoca al ángel Gabriel. Toma el olifante, para que nadie pueda hacerle
reproche, y con la otra mano se aferra a Durandarte, su espada. A través de
un barbecho, se encamina hacia España, recorriendo poco más que el alcance
de un tiro de ballesta. Trepa por un altozano. Allí, bajo dos hermosos
árboles, hay cuatro gradas de mármol. Cae de espaldas sobre la hierba
verde. Y se desmaya nuevamente, porque está próximo su fin.
CLXIX
Altas
son las cumbres y grandes los árboles. Hay allí cuatro gradas, hechas de
mármol, que relucen. Sobre la verde hierba el conde Roldán ha caído
desmayado. Y he aquí que un sarraceno no cesa de vigilarlo; ha simulado
estar muerto y yace entre los demás, con el cuerpo y el rostro manchados de
sangre. Se yergue sobre sus pies y se aproxima corriendo. Es gallardo y
robusto, y de gran valor; su orgullo lo empuja a cometer la locura que lo
perderá. Toma en sus brazos a Roldán, su cuerpo y sus armas, y dice estas
palabras:
-¡Vencido
está el sobrino de Carlos! ¡Esta espada a Arabia me la he de llevar!
Al
sentirlo forcejear, el conde vuelve un poco en sí.
CLXX
Roldán
siente que lo quieren despojar de su espada. Abre los ojos y exclama:
-¡Tú
no eres de los nuestros, que yo sepa!
Tiene
aún en la mano el olifante, que no ha querido soltar; con él golpea al
infiel sobre su yelmo adornado con pedrerías y recamado de oro. Rompe el
acero, el cráneo y los huesos, hace rodar fuera de la cabeza los dos ojos y
ante sus pies lo derriba muerto. Después le dice:
-Infiel,
hijo de siervo, ¿cómo tuviste bastante osadía para apoderarte de mí, fuera
o no tu derecho? ¡Todo aquel que te lo oyera decir te tendría por loco! He
aquí quebrado el pabellón de mi olifante; el oro y el cristal se han
desprendido.
CLXXI
Roldán
siente que se le nubla la vista. Se incorpora, poniendo en ello todo su
esfuerzo. Su rostro ha perdido el color. Tiene ante él una roca parda; da
contra ella diez golpes, lleno de dolor y encono. Gime el acero, mas no se
rompe ni se mella.
-¡Ah!
-exclama el conde-. ¡Socórreme, Santa María! ¡Ah, Durandarte, mi buena
Durandarte, lástima de vos! Voy a morir, y dejaréis de estar a mi cuidado.
¡He ganado por vos tantas batallas campales, por vos he conquistado tantos
anchos territorios que ahora domina Carlos, el de la barba blanca! ¡No
caeréis jamás en las manos de un hombre que ante su semejante pueda darse a
la fuga! Durante largo tiempo pertenecisteis a un buen vasallo; jamás habrá
espada que os valga en Francia, la Santa.
CLXXII
Hiere
Roldán las gradas de sardónice. Gime el acero, mas no se astilla ni se
mella. Al ver el conde que no puede quebrarla, comienza a lamentarse para
sí:
-¡Ah,
Durandarte, qué bella eres, qué clara y brillante! ¡Cómo luces y centelleas
al sol! Hallábase Carlos en los valles de Moriana cuando le ordenó Dios por
intermedio de un ángel que te donase a uno de sus condes capitanes:
entonces te ciñó a mi lado, el rey grande y gentil. Por ti conquisté el
Anjeo y la Bretaña, por ti me apoderé del Poitou y del Maine. Gracias a ti
lo hice dueño de la franca Normandía, de Provenza y Aquitania, de Lombardía
y de toda la Romana. Por ti vencí en Baviera, conquisté Flandes y Borgoña,
y la Apulia toda; y también Constantinopla, de la que recibió pleitesía, y
Sajonia, donde es amo y señor. Por ti domeñé Escocia e Inglaterra, su
cámara, según él decía. Por ti gané cuantas comarcas posee Carlos, el de la
barba blanca. Por esta espada siento dolor y lástima. ¡Antes morir que
dejársela a los infieles! ¡Dios, Padre nuestro, no permitáis que Francia
sufra tal menoscabo!
CLXXIII
Hiere
Roldán la parda roca, y la quiebra de un modo que no os podría decir.
Rechina la espada, mas no se astilla ni se parte, y rebota hacia los
cielos. Cuando advierte el conde que no podrá romperla, la plañe, para sí,
con gran dulzura:
-¡Ah,
Durandarte, qué bella eres, y qué santa! Tu pomo de oro rebosa de
reliquias: un diente de San Pedro, sangre de San Basilio, cabellos de
monseñor San Dionisio y un pedazo del manto de Santa María. No es justicia
que caigas en poder de los infieles; cristianos han de ser los que te
sirvan. ¡Plegué a Dios que nunca vengas a manos de un cobarde! Tantas
anchurosas tierras he conquistado contigo para Carlos, el de la barba
florida. Por ellas alcanzó el emperador poderío y riqueza.
CLXXIV
Siente
Roldán que la muerte arrebata todo su cuerpo: de su cabeza desciende hasta
el corazón. Corre apresurado a guarecerse bajo un pino, y se tiende de
bruces sobre la verde hierba. Debajo de él pone su espada y su olifante.
Vuelve la faz hacia las huestes infieles, pues quiere que Carlos y los
suyos digan que ha muerto vencedor, el gentil conde. Débil e
insistentemente, golpea su pecho, diciendo su acto de contrición. Por sus
pecados, tiende hacia Dios su guante.
CLXXV
Roldán
siente que ha llegado su última hora. Está recostado sobre un abrupto
altozano, con el rostro vuelto hacia España. Con una de sus manos se golpea
el pecho:
-¡Dios,
por tu gracia, mea culpa por todos los pecados, grandes y
leves, que cometí desde el día de mi nacimiento hasta éste, en que me ves
aquí postrado!
Enarbola
hacia Dios el guante derecho. Los ángeles del cielo descienden hasta él.
CLXXVI
Recostado
bajo un pino está el conde Roldán, vuelto hacia España su rostro. Muchas
cosas le vienen a la memoria: las tierras que ha conquistado el valiente de
Francia, la dulce; los hombres de su linaje; Carlomagno, su señor, que lo
mantenía. Llora por ello y suspira, no puede contenerse. Mas no quiere
echarse a sí mismo en olvido; golpea su pecho e invoca la gracia de Dios:
-¡Padre
verdadero, que jamás dijo mentira, Tú que resucitaste a Lázaro de entre los
muertos, Tú que salvaste a Daniel de los leones, salva también mi alma de
todos los peligros, por los pecados que cometí en mi vida!
A
Dios ha ofrecido su guante derecho: en su mano lo ha recibido San Gabriel.
Sobre el brazo reclina la cabeza; juntas las manos, ha llegado a su fin.
Dios le envía su ángel Querubín y San Miguel del Peligro, y con ellos está
San Gabriel. Al paraíso se remontan llevando el alma del conde.
CLXXVII
Ha
muerto Roldá n;
Dios ha recibido su alma en los cielos. El emperador llega a Roncesvalles.
No hay ruta ni sendero, ni un palmo ni un pie de terreno libre donde no
yazca un franco o un infiel. Y exclama Carlos:
-¿Dónde
estáis, gentil sobrino? ¿Dónde está el arzobispo? ¿Qué fue del conde
Oliveros? ¿Dónde está Garín, y Gerer, su compañero? ¿Dónde están Otón y el
conde Berenguer, dónde Ivon e Ivores, tan caros a mi corazón? ¿Qué ha sido
del gascón Angeleros? ¿Y el duque Sansón? ¿Y el valeroso Anseís? ¿Dónde
está Gerardo de Rosellón, el Viejo? ¿Dónde están los doce pares que aquí
dejé?
¿De
qué le sirve llamarlos, si ninguno le ha de responder?
-¡Dios!
-dice el rey-. ¡Buenos motivos tengo para lamentarme! ¿Por qué no habré
estado aquí desde el comienzo de la batalla?
Y se
mesa la barba, como hombre invadido por la angustia. Lloran sus barones y
caballeros; veinte mil francos caen por tierra sin sentido. El duque Naimón
siente por ello gran piedad.
CLXXVIII
No
hay barón ni caballero que, lleno de lástima, no derrame doloroso llanto.
Lloran a sus hijos, sus hermanos, sus sobrinos y sus amigos, y también a
sus señores; muchos se han desmayado. Como hombre juicioso, el duque Naimón
es el primero que le dice al emperador:
-Mirad
hacia adelante, a dos leguas de nosotros; podréis ver elevarse grandes
polvaredas por los caminos, de tan numerosa como es la turba sarracena.
¡Cabalgad, pues! ¡Vengad este dolor!
-¡Ah,
Dios! -exclama Carlos-. ¡Cuán lejos están ya! ¡Otorgadme mi derecho,
concededme una merced! ¡Me han arrebatado la flor de Francia, la dulce!
Llama
a Atón y a Gebuino, a Tibaldo de Reims y al conde Milón, y les dice:
-Montad
guardia en el campo de batalla, por los montes y las quebradas. Dejad
tendidos a los muertos, tal como están. ¡Que no se acerque a ellos león ni
bestia alguna! ¡Que no los toque escudero ni lacayo! Permanezcan así, os lo
ordeno, hasta que Dios nos permita retornar a este campo!
Y
ellos responden con dulzura y afecto:
-Así
lo haremos, buen emperador, amado soberano. Y junto a ellos conservan a mil
de sus caballeros.
CLXXIX
El
emperador hace sonar los clarines, luego cabalga, el esforzado, a la cabeza
de su gran ejército. Los de España se ven forzados a volver la espalda, y
los otros les dan caza sostenidos por un mismo afán. Cuando el emperador ve
declinar la tarde, se apea del caballo en un prado, sobre la verde hierba:
se prosterna en el suelo y ruega a Dios nuestro Señor que, para
favorecerlo, detenga el curso del sol, que se demore la noche y se alargue
el día. Entonces se le aparece un ángel, el mismo que acostumbra hablarle,
y con gran prisa le ordena:
-Carlos,
a caballo; no habrá de faltarte la luz. Has perdido a la flor de Francia, y
Dios lo sabe. ¡Podrás tomar venganza de la turba criminal!
Tales
son sus palabras, y el emperador monta de nuevo.
CLXXX
Para
Carlomagno hizo Dios un gran milagro: detiénese el sol y queda inmóvil.
Huyen los infieles y los francos los persiguen en recia acometida.
Finalmente les dan alcance en el Valle Tenebroso y los rechazan
arrolladoramente hacia Zaragoza, descargando sobre ellos, con todo su
ánimo, mortíferos mandobles. Les han cortado las rutas y los caminos más
anchos. Ante ellos tienen el Ebro; profundas son sus aguas, temibles y
violentas. No hay en sus márgenes lancha, barcaza o almadía. Invocan los
infieles a uno de sus dioses, Tervagán, y luego se precipitan al agua, mas
nadie habrá de protegerlos. Los que llevan yelmo y loriga son los que más
pesan, y se hunden en gran número; otros van flotando a la deriva; los más
afortunados tragan grandes cantidades de agua, hasta que finalmente perecen
todos ahogados, con gran angustia. Y exclaman los franceses:
-¡Lástima
grande vuestra muerte, Roldán!
CLXXXI
Cuando
ve Carlos que han muerto todos los infieles, los unos por el hierro y la
mayoría ahogados, y el rico botín que han recogido sus caballeros, echa pie
a tierra, el rey gentil, y postrado en el suelo da gracias a Dios. Cuando
se incorpora, se ha puesto ya el sol. Y dice el emperador:
-Es
hora de establecer nuestro campamento; para volver a Roncesvalles es ya muy
tarde. Nuestros caballos están rendidos y maltrechos. Quitadles las sillas
y los frenos y dejadlos refrescarse en estos prados.
-Bien
dijisteis, señor -responden los francos.
CLXXXII
El
emperador Carlos ha establecido su campamento. Desmontan los franceses en
el país desierto, desensillan a sus corceles y les quitan de la cabeza los
frenos dorados. Los dejan sueltos por los prados, donde hallarán hierba
fresca a profusión; no pueden recibir otros cuidados. Los más extenuados
duermen tendidos en el suelo. Esa noche no se monta guardia en el campo.
CLXXXIII
El
emperador se ha recostado en un prado. Junto a su cabeza coloca su fuerte
pica, el esforzado. No ha querido esa noche desarmarse; conserva su blanca
cota bruñida, y mantiene atado su yelmo de oro incrustado de piedras
preciosas, y ciñe su costado su espada Joyosa, que jamás tuvo su par:
cambia de color treinta veces por día. Sabemos bien lo que aconteció con la
lanza que hirió a Nuestro Señor en la cruz: Carlos posee la punta, por la
gracia de Dios, y la ha hecho engastar en el pomo de oro; a causa de este
honor y esta merced, ha recibido la espada el nombre de Joyosa. No deben
echarlo en olvido los barones de Francia: de ahí tomaron su grito de
guerra: "¡Montjoie!" y por ello ningún pueblo puede ofrecerles
resistencia. :
CLXXXIV
Clara
es la noche y rutilante la luna. Carlos está recostado, mas lo invade gran
duelo por Roldán, y pesa en su corazón la muerte de Oliveros, de los doce
pares y de los franceses: en Roncesvalles los ha dejado muertos y
ensangrentados. Llora y se lamenta, sin poder contenerse, y suplica a Dios
que salve sus almas. Está exhausto y es inmenso su dolor. Se duerme, no
puede más. Por toda la pradera reposan los francos. Ningún caballo puede
mantenerse en pie; el que quiere hierba, debe pacer echado. Mucho aprendió
quien sufrió gran dolor.
CLXXXV
Carlos
duerme, como un hombre atormentado por profundo pesar. Dios le manda a San
Gabriel, encargándole velar sobre el emperador. Toda la noche, el ángel
permanece a su cabecera. Por una visión, le anuncia que habrá de librar una
batalla, y se la muestra bajo funestos augurios. Carlos alza la vista hacia
el firmamento: contempla en él truenos y vendavales, granizadas, borrascas
y tempestades prodigiosas, un aparato de fuegos y centellas que se abate,
de repente, sobre su ejército. Se inflaman las lanzas de fresno y de
manzano, y los escudos hasta sus blocas de oro puro. Estallan las astas de
las afiladas picas y se retuercen las cotas y los yelmos de acero. Carlos
ve a sus cabalgaduras en gran cuita. Aparecen después osos y leopardos que
se aprestan a devorarlos, serpientes y reptiles, dragones y demonios. Y hay
allí más de treinta mil grifos que se arrojan sobre los franceses, al
tiempo que éstos gritan:
-¡Acórrenos,
Carlomagno!
Dolor
y piedad conmueven al rey; quiere ir hacia ellos, mas no puede. Entonces
sale de una selva un gran león, lleno de rabia, de altivez y de audacia, y
desafiando a su persona, lo ataca. Ambos ruedan cuerpo a cuerpo en la
lucha, mas no puede distinguir Carlos cuál de los dos está debajo o encima.
Y no se ha despertado el emperador.
CLXXXVI
Después
de esta visión, otra lo asalta: hállase en Francia, en Aquisgrán, sobre una
grada y tiene a un oso atado por dos cadenas. Del lado de la Ardena ve
llegar a treinta osos, hablando todos ellos como hombres.
-Señor
-le decían-, ¡devolvédnoslo! No es justicia que lo retengáis por más
tiempo. Es pariente nuestro, le debemos nuestra ayuda.
Desde
su palacio, acude prestamente un lebrel. Sobre la hierba verde, ataca al
oso más grande entre los demás. Contempla el rey un combate maravilloso;
mas no sabe cuál es el vencedor y cuál el vencido. He aquí lo que el ángel
de Dios ha mostrado al barón. Carlos duerme hasta la mañana, cuando luce
claro el día.
CLXXXVII
Huye
hacia Zaragoza el rey Marsil. Echa pie a tierra bajo un olivo, a la sombra,
y confía a sus hombres su espada, su yelmo y su coraza. Se tiende sobre la
hierba verde, miserablemente. Ha perdido su mano derecha, cercenada de un
tajo; tanta sangre derrama por la herida, que se desmaya de angustia. Ante
él, gime y llora su esposa Abraima, lamentándose, a gritos. Con ella, son
más de veinte mil los que maldicen a Carlos y a Francia, la dulce. Corren
hacia una cripta, donde está la efigie de Apolo, y lo increpan,
ultrajándolo con viles palabras:
-¡Ah,
dios maligno! ¿Por qué permites semejante agravio? ¿Por qué has consentido
la ruina de nuestro rey? ¡Mal pagas a los que te sirven con abnegación!
Después lo despojan de su cetro y de su corona y lo cuelgan por las manos
de una columna. Por tierra, ante sus pies, lo derriban, y con gruesos palos
lo golpean y quebrantan. Luego le arrancan a Tervagán, su carbunclo, y
arrojan a Mahoma en un foso, para que lo muerdan y lo pisoteen los cerdos y
los perros.
CLXXXVIII
Ha
vuelto en sí Marsil, después de su desmayo. Se hace llevar a su aposento
abovedado; hay allí pinturas y signos trazados con diversos colores. Y la
reina Abraima vierte lágrimas sobre él y se mesa los cabellos.
-¡Desdichada
de mí! -murmura, y exclama luego en voz alta-: ¡Ah, Zaragoza! ¡Cuan
desierta quedas al perder al rey gentil que en su feudo te tenía! Gran
felonía cometieron nuestros dioses, que lo desampararon esta mañana en la
batalla. ¡El emir pasará por un cobarde si no acude a luchar contra esa
intrépida turba, esos valientes orgullosos que en nada estiman sus vidas!
Esforzado y pleno de soberbia es el emperador de la barba florida: si le
presenta batalla el emir, no habrá de rehuirla. ¡Gran duelo es que no haya
ninguno para darle muerte!
CLXXXIX
El
emperador, merced a su gran poderío, siete años enteros permaneció en
España. Castillos y ciudades conquistó en gran número. El rey Marsil se
esfuerza por resistirle. Desde el primer año mandó sellar sus breves,
requiriendo la ayuda del emir de Babilonia, Baligán: un anciano cargado de
días que vivió más que Virgilio y que Homero. Acude a Zaragoza a socorrer a
Marsil: si tal no hace, el rey renegará de sus dioses y de todos los ídolos
que venera; observará la ley cristiana y tratará la paz con Carlomagno.
Mas
el emir está lejos, ha tardado mucho. Lanzo su llamamiento a los pueblos de
cuarenta reinos; ha hecho preparar sus grandes naves, embarcaciones ligeras
y falúas, sus galeras y bajeles. Cerca de Alejandría, hay un puerto junto
al mar: allí reúne toda su flota. Es en mayo, en los primeros días del
estío, cuando se hacen a la mar todas sus tropas.
CXC
Poderosos
son los ejércitos de esa raza odiada. Los infieles navegan a toda vela,
reman y gobiernan el timón.
En la
punta de los mástiles y de las altas proas, brillan numerosos carbunclos y
linternas; tal resplandor arrojan desde la altura en la noche, que el mar
se halla embellecido. Al aproximarse a la tierra de España, toda la costa
centellea de luces. La noticia llega hasta Marsil.
CXCI
Las
huestes sarracenas no detienen un instante su travesía. Dejan el mar y se
adentran en las aguas dulces. Pasan ante Marbrisa y Marbrosa, y remontan el
Ebro con todas sus naves. Innumerables linternas y carbunclos centellean,
brindándoles gran claridad durante toda la noche. De madrugada, llegan a
Zaragoza.
CXCII
El
día luce claro, y brilla el sol. El emir ha descendido de su bajel. A su
derecha avanza Espanelis, y diecisiete reyes forman su cortejo; luego
vienen condes y duques, cuyo número ignoro. Bajo un laurel, en medio de una
explanada, se recubre la hierba verde con una alfombra de seda blanca y se
dispone allí un trono, todo él de marfil. En él toma asiento Baligán, el
sarraceno, y todos los demás quedan de pie. El soberano es el primero en
tomar la palabra:
-¡Oídme,
libres y valerosos caballeros! El rey Carlos, emperador de los francos, no
tiene derecho a comer si no es por mi orden. A través de toda España me ha
combatido en recia guerra, y ahora he de ir a presentarle batalla en
Francia, la dulce. No cejaré durante toda mi vida hasta que él no reciba la
muerte o se declare vencido.
En
garantía de sus palabras, golpea con su guante diestro su rodilla.
CXCIII
Puesto
que tal ha dicho, se promete firmemente que no dejará de ir, por todo el
oro que hay bajo los cielos, a Aquisgrán, donde tiene Carlos sus cortes.
Sus hombres lo elogian y lo aconsejan en igual forma. Llama entonces el
emir a dos de sus caballeros; Clarifán es el uno y el otro Clariano.
-Sois
hijos del rey Maltrayén -les dice-, aquel que gustosamente solía prestarse
para llevar mensajes. Os ordeno que vayáis a Zaragoza, para anunciarle de
mi parte al rey Marsil que acudo en su ayuda contra los franceses. Si la
ocasión se me presenta, libraré una gran batalla. En fe de mis palabras,
entregadle plegado este guante adornado con oro, para que se lo ponga en su
mano diestra. Llevadle también esta varita de oro puro, y decidle que venga
a mi para reconocer su feudo. He de ir a Francia, a hacerle la guerra a
Carlos. Si no implora mi merced, rendido a mis plantas, y no reniega de la
fe cristiana, le quitaré de la cabeza la corona.
-Bien
dijisteis, señor -responden los infieles.
CXCIV
-¡Barones,
cabalgad! -ordena Baligán-. ¡Que lleve uno de vosotros el guante y el otro
el bastón!
-¡Así
lo haremos, amado señor! -responden ellos.
Tanto
cabalgan que al fin llegan a Zaragoza. Pasan bajo diez puertas, atraviesan
cuatro puentes y recorren las calles donde se cruzan con los burgueses. Al
aproximarse a la parte alta de la ciudad, llega hasta ellos un fuerte rumor
desde el palacio. Encuentran allí reunida a la turba sarracena, llorando,
en medio de un gran clamoreo y sumida en profundo duelo; los infieles
añoran a sus dioses, Tervagán, Mahoma y Apolo, y se dicen entre sí:
-¡Pobres
de nosotros! ¿Qué haremos ahora? ¡Un terrible azote nos abruma! Hemos
perdido al rey Marsil: el conde Roldán le cercenó ayer la mano diestra; y
tampoco está a nuestro lado Jurfaret el Blondo. ¡Toda España será por
siempre dominada!
Los
dos mensajeros echan pie a tierra junto a las gradas.
CXCV
Dejan
ambos los caballos bajo un olivo; dos sarracenos los toman de las riendas.
Los mensajeros se agarran de sus mantos y suben luego a lo más alto del
palacio. Cuando penetran en el aposento abovedado, hacen por amistad un
saludo inoportuno:
-¡Que
Mahoma y Tervagán, que en sus manos nos tienen, y Apolo, nuestro señor,
salven al rey y guarden a la reina!
-¡Oigo
palabras muy insensatas! -exclama Abraima-. Esos dioses que invocáis,
nuestros dioses, nos han desamparado. En Roncesvalles hicieron tristes
milagros: dejaron exterminar a nuestros caballeros y mi señor, que aquí
veis, fue abandonado por ellos en la lid. Ha perdido la mano derecha;
Roldán, el poderoso conde, fue quien se la cortó. ¡Extenderá Carlos su
señorío por toda España! ¿Qué será de mí, desdichada? ¡Ay!, ¿no habrá
nadie, pues, que me dé muerte?
CXCVI
Clariano
responde:
-Señora,
¡no pronunciéis tan vanas palabras! Somos mensajeros de Baligán, el
sarraceno. Él promete socorrer a Marsil, y en prenda de ello le envía su
guante y su bastón. Tenemos en el Ebro cuatro mil lanchones, bajeles,
barcazas y rápidas galeras, y tantas naves que no puedo hacer su cuenta. El
emir es fuerte y poderoso. Irá a Francia, en busca de Carlomagno. Está en
su ánimo darle muerte o avasallarlo.
-¿Por
qué ir tan lejos? -exclama Abraima-. Podéis topar a los franceses más cerca
de aquí. Son ya siete años los que lleva el emperador en este país; es
intrépido y buen adversario; antes moriría que huir de un campo de batalla.
No hay bajo el cielo rey a quien tema más de lo que se temería a una
criatura. ¡Carlos no recela de hombre viviente!
CXCVII
-¡Basta!
-dice el rey Marsil; y añade, hablando a los mensajeros-: Señores, dirigíos
a mí. Ya lo veis, la muerte me acongoja, y no tengo hijo ni hija, ni
heredero. Tenía uno, y me lo mataron ayer noche. Decidle a mi señor que
venga a verme. El emir tiene derechos sobre la tierra de España. Se la
devuelvo en franquía, si la quiere, ¡pero que la defienda contra los
franceses! Le daré también un buen consejo en cuanto a Carlomagno: dentro
de un mes será prisionero del emir. Le llevaréis las llaves de Zaragoza, y
le diréis que si da fe a mis palabras, así sucederá.
-Bien
hablasteis, señor -responden ellos.
CXCVIII
-Carlos,
el emperador, ha dado muerte a mis hombres -prosigue Marsil-; asoló mis
tierras, forzó y violó mis ciudades. Esta noche se detuvo a orillas del
Ebro; está a siete leguas de aquí, las he contado. Decidle al emir que
conduzca a ese lugar su ejército. Por vuestro intermedio le mando este
mensaje: ¡que presente batalla al momento!
Les
hace entrega de las llaves de Zaragoza. Los mensajeros se inclinan ambos,
piden licencia y se disponen a regresar.
CXCIX
Los
dos mensajeros han montado sus corceles. Abandonan la ciudad con premura y
vanse hacia el emir presa de gran ansiedad. Le presentan las llaves de la
ciudad de Zaragoza, y dice Baligán:
-¿Qué
nuevas me traéis? ¿Dónde está Marsil, a quien mandé comparecer ante mí?
-Está
herido de muerte -responde Clariano-. Encontrábase ayer el emperador en el
paso de los desfiladeros, porque deseaba regresar a Francia, la dulce.
Había formado una retaguardia digna de él, ya que con ella se quedó el
conde Roldán, su sobrino, y Oliveros y los doce pares, y veinte mil hombres
de Francia, todos ellos caballeros. Presentoles batalla el valeroso rey
Marsil, y vinieron a encontrarse él y Roldán. Éste le infirió tal golpe con
su espada Durandarte, que le separó del cuerpo la mano derecha. También dio
muerte a su hijo, que Marsil tanto amaba, y a los barones que con él
estaban. Retirose Marsil huyendo, incapaz de resistirle, y el emperador lo
ha perseguido con gran violencia. El rey os ruega que le prestéis ayuda; os
devuelve en franquía el reino de España.
Quédase
pensativo Baligán. Es tan grande su duelo que casi se vuelve loco.
CC
-Señor
emir -dice Clariano-, ayer en Roncesvalles se libró una batalla. Roldán
halló la muerte, y con él el conde Oliveros, y los doce pares que tanto
amaba Carlos; veinte mil de sus franceses perecieron. El rey Marsil perdió
la mano diestra y el emperador le ha dado caza con violencia: no queda en
esta tierra un caballero que no haya sido muerto por el hierro o se haya
ahogado en el Ebro. Los franceses han acampado en sus riberas: se
encuentran en esta comarca tan cerca de nosotros que, si vos lo queréis, muy
dura ha de serles la retirada.
La
mirada de Baligán se torna altanera; su corazón rebosa de alegría y
entusiasmo. Se yergue en su trono y exclama:
-¡Barones,
apresuraos! ¡Dejad las naves y cabalgad vuestros corceles! Si el viejo
Carlomagno no se da a la fuga, el rey Marsil tendrá pronto venganza: ¡por
la mano que perdió le entregaré la cabeza del emperador!
CCI
Los
infieles de Arabia han abandonado sus navíos, y van jinetes en los corceles
y los mulos. Dieron ya comienzo a su cabalgata; ¿qué otra cosa podrían
hacer? El emir, que a todos ha puesto en movimiento, llama a Gemalfín, uno
de sus fieles:
-A ti
confío el mando de todas mis huestes -le dice, y monta después en su
caballo bayo. Cuatro duques lo acompañan. Tanto cabalga que al fin avista
Zaragoza. Echa pie a tierra en un zaguán de mármol y cuatro condes le
sujetan el estribo. Por las gradas sube hasta el palacio, y Abraima corre a
recibirlo, diciéndole:
-¡Desdichada
de mí! ¡En mala hora nací, señor, que he perdido a mi rey con tal
menoscabo!
Cae a
los pies del emir, que la levanta, y suben ambos a la cámara, llenos de
aflicción.
CCII
Cuando
el rey Marsil distingue a Baligán, llama a dos sarracenos de España y les
ordena:
-Tomadme
en vuestros brazos e incorporadme.
Con
su mano izquierda toma uno de sus guantes y dice:
-Señor
rey, emir, os devuelvo todas mis tierras, y Zaragoza, con el feudo que de
ella depende. He venido a mi perdición, y conmigo he perdido a todo mi
pueblo.
-Gran
pesadumbre siento por ello -responde el emir-; mas no puedo demorar por más
tiempo junto a vos: sé que Carlos no me esperará. No obstante, acepto
vuestro guante.
Abismado
en su dolor, se aleja llorando. Desciende las gradas del palacio, monta su
corcel y retorna hacia sus huestes hincando espuelas. Cabalga con tal
premura que deja atrás a los otros, y grita a cada instante:
-¡Adelante,
sarracenos! ¡Ya apresuran su huida los francos!
CCIII
De
madrugada, al primer albor del día, Carlos, el emperador, se ha despertado.
San Gabriel, que por mandato de Dios lo guarda, alza la mano y traza sobre
él el signo de la cruz. El rey se yergue, se despoja de todas sus armas y,
como él, todos los de su ejército se desarman a su vez. Después montan en
sus corceles y con gran brío, cabalgan por las largas huellas y los anchos
caminos. Van a contemplar la prodigiosa catástrofe de Roncesvalles, donde
tuvo lugar la batalla.
CCIV
Carlomagno
ha llegado a Roncesvalles, y vierte llanto por los muertos que allí
encuentra.
-Señores
-dice a sus franceses-, id al paso, porque es necesario que me adelante a
vosotros, por mi sobrino, que anhelo encontrar. Estaba yo en Aquisgrán, el
día de una fiesta solemne, cuando mis valerosos caballeros se vanagloriaban
de recios asaltos y grandes batallas que más tarde llevarían a cabo.
Entonces oí decir a Roldán que si había de hallar la muerte en un reino
extranjero, se adelantaría a sus hombres y sus pares en terreno enemigo, y
se lo encontraría con la faz vuelta hacia el adversario: así habría muerto
victorioso, el esforzado.
Un
poco más lejos de lo que se puede arrojar un palo, separándose de los
demás, el emperador sube a un collado.
CCV
Mientras
va Carlos en busca de su sobrino, ¡tantas hierbas del prado y tantas flores
encuentra enrojecidas por la sangre de nuestros barones! La piedad lo
invade, y no puede contener las lágrimas. Llega finalmente a la sombra de
dos árboles. Sobre tres rocas reconoce los golpes de Roldán y entre la
hierba verde contempla a su sobrino que yace. ¿Quién se asombrará, si se
estremece de dolor? Baja del caballo, acude corriendo. Entre sus manos toma
el cuerpo... Tanto lo abruma la angustia que sobre él se desmaya.
CCVI
Ha
vuelto en sí el emperador. El duque Naimón, el conde Acelino, Godofredo de
Anjeo y su hermano Thierry lo toman en sus brazos, lo incorporan bajo un
pino. Carlos mira a tierra y ve a su sobrino tendido. Con gran dulzura,
dice sobre él su lamento:
-¡Roldán,
amigo mío! ¡Que Dios te haga merced! Jamás hombre alguno conoció un
caballero que como tú entablara las grandes batallas y lograse la victoria.
Mi prestigio comienza a declinar.
No
puede contenerse Carlos por más tiempo, y pierde el sentido.
CCVII
El
emperador ha vuelto de su desmayo. Cuatro de sus barones lo sostienen en
sus manos. Mira a tierra, y ve a su sobrino tendido. Su cuerpo sigue siendo
hermoso, pero ha perdido el color; han girado en las órbitas sus ojos, y
los invaden las tinieblas. Con amor y fe, Carlos dice sobre él su lamento;
-¡Roldán,
amigo mío. ¡Que Dios coloque tu alma entre las flores, en el paraíso, junto
a los que disfrutan de la gloria! ¡Mal señor fue el que a España te llevó!
No habrá de despuntar un día en que por ti no sufra. ¡Cómo van a decaer mí
fuerza y mis bríos! Ya no habrá nadie para defender mi honor; me parece no
tener ya ni un solo amigo bajo el cielo. ¡Entre los parientes que conmigo
quedan, ninguno tiene tu valor!
A
puñados se arranca los cabellos. Cien mil franceses sienten tan agudo dolor
que ni uno solo deja de derramar lágrimas.
CCVIII
-Roldán,
amigo mío, a Francia tornaré. Cuando llegue a Laon, mi dominio privado, de
muchos reinos acudirán vasallos extranjeros y me preguntarán: "¿dónde
está el conde capitán?" Yo les responderé que halló la muerte en
España. Ya mi reino estará siempre marcado por el dolor, y no viviré un día
sin llorar y gemir.
CCIX
-¡Roldán,
amigo mío, valiente, gallarda juventud! Cuando me encuentre en Aquisgrán,
mi dominio, vendrán los vasallos a conocer las nuevas. Yo se las diré,
extrañas y penosas: "¡Ha muerto mi sobrino, aquel que conquistó para
mí tantos territorios!" Contra mí se alzarán en rebelión los sajones,
los húngaros y los búlgaros, y tantos otros pueblos malditos; los romanos y
los de Apulia, y todos los de Palermo, los de África y los de Califerna.
Comenzarán entonces mis penas y calamidades. ¿Quién conducirá mis huestes
con tal denuedo, ahora que ha muerto aquel que siempre las guió? ¡Ah,
Francia, cuan desolada quedas! ¡Es tan grande mi duelo que más quisiera
estar muerto!
El
emperador mesa su barba blanca y con ambas manos se arranca los cabellos de
la cabeza! Cien mil franceses quedan por tierra sin sentido.
CCX
-¡Roldán,
amigo mío, que Dios se apiade de ti! ¡Que acoja tu alma en el paraíso!
¡Aquel que te dio muerte, a Francia dejó desamparada! ¡Tan agudo es mi
dolor que quisiera morir! ¡Ay, mis caballeros, que por mí perdisteis la
vida! ¡Plegue a Dios, el hijo de María Santísima, que antes de alcanzar los
grandes puertos de Cize, mi alma se separe de mi cuerpo en este día, para
ser colocada entre vuestras almas, y mi carne sepultada con la vuestra!
Llora
y se mesa la barba blanca. Y dice el duque Naimón:
-¡Grande
es la angustia de Carlos!
CCXI
-Señor
emperador -dice Godofredo de Anjeo-, ¡no deis rienda suelta a este dolor!
Haced buscar por todo el campo los nuestros, a quienes los de España dieron
muerte en la lid. Ordenad que se les dé sepultura en una misma fosa.
Y
responde el rey:
-Tocad
vuestro olifante, para que la orden sea dada.
CCXII
Godofredo
de Anjeo ha tocado su olifante. Echan pie a tierra los franceses, tal corno
lo ha dispuesto Carlos. Al momento llevan a una fosa común a todos los
amigos que encuentran muertos. En el ejército hay obispos y abades en gran
número, monjes, canónigos y sacerdotes tonsurados; ellos les dan la
absolución en nombre de Dios y los bendicen. Queman después mirra y
tomillo, inciensan los cuerpos con esmero y los entierran con todos los
honores. Luego los dejan: ¿qué más podrían hacer por ellos ahora?
CCXIII
El
emperador hace preparar a Roldán, a Oliveros y al arzobispo Turpín para
la sepultura. Ante sus ojos, manda abrir a los tres y ordena que se recojan
sus corazones en un cendal de seda y se guarden en un ataúd de mármol
blanco. Luego toman los cuerpos de los tres barones y los envuelven en
pieles de ciervo, no sin antes haberlos lavado con aromas y vino. El rey
llama a Tibaldo y Gebuino, al conde Milón y a Atón, el marqués, y les dice:
-Llevadlos
en tres carros.
Los
tres están bien cubiertos con lienzos de seda de Calada.
CCXIV
El
emperador se dispone a regresar, y he aquí que ante él surge la vanguardia
de los sarracenos. De la tropa más cercana se destacan dos mensajeros que,
en nombre del emir, le anuncian la batalla:
-Rey
soberbio, no habrás de retornar tan pronto. ¡Mira como tras de ti cabalga
Baligán! Poderosos son los ejércitos que trae consigo de Arabia. ¡Antes de
la noche pondremos a prueba tu valor!
Carlos,
el rey, lleva la mano a su barba y queda pensativo, recordando su duelo y
todo lo que perdió. Pasea sobre sus mesnadas una mirada llena de fiereza y
exclama con voz fuerte y clara:
-¡Barones
franceses! ¡A caballo y a las armas!
CCXV
El
emperador se arma el primero. Con gran premura reviste su cota, se anuda el
yelmo y ciñe Joyosa, cuyo centelleo ni el mismo sol puede apagar. Suspende
de su cuello un escudo de Biterna, y toma su pica, enarbolándola. Monta
después en Tencedor, su buen corcel, que conquistó en los vados de Marsona
cuando desarzonó y derribó muerto a Malpalín de Narbona. Suelta las riendas
a su montura, le hinca repetidamente las espuelas y se lanza al galope a la
vista de cien mil hombres. E invoca a Dios y al apóstol de Roma.
CCXVI
Por
todo el campo, los de Francia echan pie a tierra; son más de cien mil los
que se arman a la vez. Tienen equipos a su gusto, sus corceles son briosos
y lucidas sus armas. Saltan gallardamente sobre sus monturas. Si llega la
hora, se prometen librar batalla. Ondean los gonfalones hasta tocar los
yelmos. Al contemplar Carlos tan cabal prestancia, llama a Jocerán de
Provenza, al duque Naimón y a Antelmo de Maguncia, diciéndoles:
-Podemos
contar con estos valientes. ¡Insensato el que entre ellos sienta algún
temor! Si no renuncian a la lucha los árabes, espero cobrarme muy cara la
muerte de Roldán.
Y
responde el duque Naimón:
-¡Así
lo quiera Dios!
CCXVII
Carlos
llama a Rabel y Guinemán y les dice:
-Señores,
os lo ordeno, tomad los puestos de Roldán y Oliveros: lleve uno de vosotros
la espada y el otro el olifante. Cabalgad los primeros, delante de los
demás, y con vosotros quince mil franceses, todos ellos bachilleres y de
los más valientes entre nuestros valientes. Otros tantos habrán de
seguiros, al mando de Gebuino y Lorenzo: El duque Naimón y Jocerán, el
conde, disponen los dos cuerpos de batalla en arrogante formación. Cuando
llegue la hora, muy dura habrá de ser la contienda.
CCXVIII
Los
dos primeros cuerpos de batalla se constituyen de franceses. Más tarde se
establece el tercero, compuesto de vasallos de Baviera: se estima su número
en veinte mil caballeros. Nunca por su lado habrá de ceder la línea de
combate. Excepto los de Francia, que conquistan los reinos, no hay gente
bajo el cielo que Carlos quiera más. El conde Ogier el Danés, buen
guerrero, será su jefe, porque es muy gallarda la tropa.
CCXIX
Cuenta
ya Carlos, el emperador, con tres cuerpos de batalla. El duque Naimón forma
entonces el cuarto con barones de gran denuedo: son oriundos de Alemania y
se calcula su número en veinte mil. Poseen buenos corceles y magníficas
armas. Jamás por miedo a morir retrocederán un paso. Herman, duque de
Tracia, será su guía; antes prefiere la muerte a cometer una villanía.
CCXX
El
duque Naimón y Jocerán, el conde, disponen que el quinto cuerpo de batalla
esté compuesto por normandos. Todos los franceses estiman su número en
veinte millares. Tienen bellas armas y buenos corceles ligeros; antes
morirán que rendirse. No hay bajo el cielo pueblo que más valga para la
lid. Ricardo el Viejo los conducirá y habrá de dar recios golpes con su
afilada pica.
CCXXI
El
sexto cuerpo está integrado por bretones. Reúnense allí treinta mil
caballeros, que galopan como cumplidos barones: llevan pintadas las astas
de sus lanzas y ondean en la punta los gonfalones. El señor que los manda
tiene por nombre Eudes. Llama al conde Nevelón, a Tibaldo de Reims y al
marqués Atón, diciéndoles:
-Conducid
mi mesnada, os dejo ese honor.
CCXXII
Ya
tiene formados el emperador seis cuerpos de batalla. El duque Naimón
establece entonces el séptimo, con gente del Poitou y barones de Auvernia.
Habrá allí unos cuarenta mil caballeros. Tienen buenos corceles y
magníficas armas. Se reúnen aparte en un valle, al pie de una colina y
Carlos los bendice con su mano diestra. Jocerán y Gaucelmo habrán de
mandarlos.
CCXXIII
En
cuanto al octavo cuerpo de batalla, Naimón lo ha formado con flamencos y
con barones de Frisia; son más de cuarenta mil caballeros. Allí donde ellos
se encuentren, jamás decaerá el combate. Y dice el rey:
-Buen
servicio me habrán de hacer éstos.
Reinaldo
y Aimón de Galicia los conducirán como nobles caballeros.
CCXXIV
Naimón
y Jocerán han formado con valientes el noveno cuerpo de batalla. Son
caballeros de Lorena y Borgoña, y hay allí unos cincuenta mil bien
contados, con el yelmo atado y vestidos con la cota. Tienen fuertes picas,
de asta corta. Si los árabes no rehuyen la lucha, hallarán en ellos recios
adversarios, cuando arremetan. Los guiará Thierry, duque de Argona.
CCXXV
Barones
de Francia integran el décimo cuerpo de batalla. Hay allí cien mil de
nuestros mejores capitanes. Gallarda es su figura, su porte altivo; son
floridas sus sienes y blancas sus barbas. Los cubren armaduras y cotas de
doble malla, y ciñen espadas de Francia y de España. Sus bien cincelados
escudos están adornados con innumerables marcas. Han montado a caballo y
piden combatir a los gritos de ¡Montjoie! Con éstos va Carlomagno.
Godofredo de Anjeo es portador del oriflama. Había pertenecido a San Pedro y
se llamaba Romano, mas cambió su nombre por el de Montjoie.
CCXXVI
El
emperador baja de su caballo. Sobre la hierba se prosterna, la faz contra
la tierra. Vuélvela luego hacia el sol naciente e invoca a Dios de todo
corazón:
-¡Padre
Verdadero! Defiéndeme en este día, Tú que salvaste a Jonás del vientre de
la ballena, Tú que perdonaste al rey de Nínive y libraste a Daniel del
horrible suplicio en la fosa de los leones, Tú que protegiste a los tres
niños en el horno ardiente. ¡Válgame tu amor en este día! ¡Si te place,
concédeme por tu gracia que pueda vengar a mi sobrino Roldán!
Terminada
su oración, yérguese Carlos y traza sobre su frente el signo que fortalece.
Vuelve luego a montar su rápido corcel, cuyo estribo le han sujetado Naimón
y Jocerán. Toma su escudo y su tajante pica. Su cuerpo es noble, gallarda y
airosa su apostura. Tiene el rostro claro y sereno. Seguidamente, cabalga,
firme sobre los estribos. Al frente y a retaguardia suenan los clarines;
más agudo que los otros, se eleva el sonido del olifante. Y lloran los de
Francia por la ausencia de Roldán.
CCXXVII
Gallardamente
cabalga el emperador. Su barba le cubre el pecho, fuera de la cota. Por
amor a él imítanle los demás: así habrán de reconocerse los cien mil
franceses de su cuerpo de batalla. Salvan los montes y las cumbres rocosas,
los valles profundos y los siniestros desfiladeros. Dejan atrás los puertos
y las comarcas salvajes. Penetran en España y toman posición en una
planicie.
Retornan
hacia Baligán sus enviados. Un sirio le dice el mensaje:
-Hemos
visto a Carlos, el rey soberbio. Orgullosos son sus hombres y no habrán de
faltarle. Armaos al punto: libraréis batalla.
-Espléndida
se anuncia -dice Baligán-. ¡Haced sonar vuestros clarines para que lo sepan
mis sarracenos!
CCXXVIII
Por
todo el ejército hacen resonar los tambores y las bocinas, y el toque agudo
y claro de los olifantes. Desmontan los infieles para armarse. No desea el
emir mostrarse lento: se cubre con su cota de faldones bruñidos y ata su
yelmo guarnecido de oro y de pedrerías. Después ciñe su espada a su costado
izquierdo; en su vanidad, le ha encontrado nombre. Como ha oído hablar de
la espada de Carlos, él llama a la suya Preciosa; tal es su grito de guerra
en las batallas, y lo hace corear por sus caballeros. Suspende después a su
cuello uno de sus escudos, grande y ancho; la bloca es de oro con los
bordes de cristal; la correa es de buen paño de seda bordado de círculos.
Enarbola su pica, que llama Maltet; el asta es tan gruesa como una maza, el
hierro sería carga suficiente para un mulo.
Baligán
monta sobre su caballo; Márcules de Ultramar le ha sujetado el estribo.
Tiene el esforzado muy grande la horcajadura, las caderas estrechas y
anchos los costados; amplio y bien modelado el pecho, robustos los hombros,
muy clara la tez y altanero el semblante. Su cabello ensortijado es tan
blanco como flor de primavera, y muchas veces ha probado su denuedo.
¡Dios!, ¡qué barón, si cristiano fuera! El emir azuza su corcel: brota
clara la sangre bajo la espuela. Se lanza al galope y salta un fosa cuya anchura
puede calcularse en cincuenta pies. Los infieles exclaman:
-¡Para
defender las fronteras está hecho este varón! ¡No hay francés que al
pretender combatirlo no pierda, quiéralo o no, su vida! ¡Muy loco está
Carlos si no ha batido en retirada!
CCXXIX
El
emir tiene el aspecto de un verdadero barón. Como flor blanca es su barba.
Es doctor muy sabio en su ley y se muestra soberbio e intrépido en la lid.
Su hijo Malprimís es también cumplido caballero. Es de alta estatura y
fuerte; tiene la traza de sus antepasados.
-¡Vamos,
pues, señor! ¡Adelante! -le dice al padre-. ¡Mucho me sorprenderá que
topemos con Carlos!
Y
responde Baligán:
-Lo
encontraremos, porque es muy valiente. Muchas crónicas dicen de él grandes
alabanzas. Pero ya no tiene a su sobrino Roldán, no bastarán sus fuerzas
para enfrentarnos.
CCXXX
Y
añade Baligán:
-Malprimís,
hijo gentil, el otro día hallaron la muerte Roldán, el buen vasallo, y
Oliveros, el valeroso y noble, y con ellos los doce pares que tanto amaba
Carlos. Fueron muertos veinte mil combatientes de los de Francia. A todos
los demás no les otorgo el valor de un guante. En verdad, regresa el
emperador: me lo anunció el sirio, mi mensajero. Diez grandes cuerpos de
batalla se encaminan hacia aquí. El que toca el olifante es de gran
bravura. Su compañero le responde con un cuerno de sonido claro, y ambos
cabalgan los primeros; con ellos van quince mil franceses de los
bachilleres que Carlos llama sus hijos. Tras de éstos, otros tantos se
aproximan, que muy gallardamente combatirán.
-Un
don os pido -dice Malprimís-: ¡otorgadme que sea yo quien dé el primer
golpe!
CCXXXI
-Malprimís,
hijo mío -responde Baligán-, os concedo lo que me habéis pedido. Al momento
acometeréis a los franceses. Llevaréis con vos a Torleu, el rey persa y
Dapamor, otro rey leude. Si lográis echar por tierra su inmenso orgullo, os
daré una parte de mi reino, desde el Jordán hasta Valmarqués.
-¡Gracias
os sean dadas, señor! -responde Malprimís.
Se
adelanta, recibe el don, la tierra que fue del rey Florián. En mala hora la
acepta: nunca había de verla. Nunca será investido de este feudo ni llegará
a poseerlo.
CCXXXII
Cabalga
el emir entre las filas de sus huestes. Su hijo, el de la alta estatura, lo
sigue. Al momento, el rey Torleu y el rey Dapamor establecen treinta
cuerpos de batalla; el número de caballeros es asombroso: el menor
escuadrón cuenta con cincuenta mil. Forman el primero los de Butrinto, y el
segundo los de Misnia, de grandes cabezas; les crecen en el espinazo, a lo
largo de la espalda, cerdas como tienen los puercos. El tercero está
compuesto de nubios y de blos, y el cuarto de brucios y de esclavones, y el
quinto de sármatas y serbios, y el sexto de armenios y moros. Forman el
séptimo los de Jericó, el octavo los de Nigricia, el noveno los kurdos y el
décimo los de Balida la Fuerte. Es una raza que jamás persiguió el bien.
Jura el emir, con todos los juramentos que conoce, por los milagros de
Mahoma y por su cuerpo:
-¡Muy
loco está Carlos de Francia, que hacia nosotros cabalga! Si no la rehuye,
tendrá la batalla. Jamás volverá a ostentar la corona de oro.
CCXXXIII
Organizan
después otros diez escuadrones de combate. Está compuesto el primero de
feos cananeos, que vinieron de Valfuida a campo traviesa; el segundo de
turcos, el tercero de persas y el cuarto de petchenecos. Forman el quinto
los soltras y los ávaros, el sexto los ormaleses y los egeos, el séptimo
los del pueblo de Samuel, el octavo los de Brusa, el noveno los de Clavers
y el décimo los de Occián la Desierta: componen una turba que jamás sirvió
a Dios. Nunca oiréis hablar de peores felones. Tienen la piel tan dura como
el hierro, y por eso no necesitan loriga ni yelmo. Son recios y porfiados
en la lucha.
CCXXXIV
Ha
organizado el emir otros diez cuerpos de batalla. El primero está formado
de gigantes de Malprosa, el segundo de hunos y el tercero de húngaros; el
cuarto se compone de los de Baldisa la Luenga, el quinto de los de
Valpenosa y el sexto de los de Marosa. El séptimo lo integran lituanos y
astrimonios, el octavo los de Argólide, el noveno los de Clarbona y el
décimo los de Fronda, de luengas barbas. Es una turba que jamás quiso a
Dios. Los anales de los francos enumeran de esta guisa treinta cuerpos de ejército.
Imponentes son las huestes, en las que pregonan las bocinas. Los infieles
cabalgan con denuedo.
CCXXXV
El
emir es señor de gran poderío. Hace llevar ante él su dragón, el estandarte
de Tervagán y de Mahoma, y una imagen de Apolo, el felón. Diez cananeos
cabalgan escoltándolos; en voz alta van sermoneando de esta suerte:
-¡Aquel
que de nuestros dioses espere la salvación, que los sirva y los adore con
todo respeto!
Los
infieles inclinan la cabeza; sus yelmos centelleantes se humillan hasta
tierra.
Y
dicen los franceses:
-¡Truhanes,
muy pronto habrá de llegaros la muerte! ¡Que este día siembre la confusión
entre vosotros! ¡Vos, Dios nuestro, defended a Carlos! ¡Que su nombre quede
vencedor de esta batalla!
CCXXXVI
El
emir es un jefe de mucho juicio. Llama a su hijo y a los dos reyes y les
dice:
-Señores
barones, cabalgaréis al frente. Habréis de tomar el mando de todos mis
cuerpos de ejército, pero quiero conservar a mi lado tres de ellos, entre
los mejores: el primero de turcos, el segundo de ormaleses y el tercero de
gigantes de Malprosa. Junto a mí estarán los de Occián; ellos acometerán a
Carlos y a los franceses. Si el emperador viene a justar conmigo, le
separaré la cabeza de los hombros. ¡Créalo bien! No habrá de caberle otra
suerte.
CCXXXVII
Grandes
son los ejércitos, gallardos los cuerpos de batalla. No hay entre franceses
y moros ni monte ni valle, ni collado, ni selva ni bosque que pueda
disimular una hueste: se contemplan frente a frente, sobre la tierra llana.
Y
dice Baligán:
-
¡Adelante, mis sarracenos! ¡Cabalgad para buscar la lucha!
Amborio
de Oliferna es portador de la insignia. Al verla, los infieles claman
"¡Preciosa!", que es su grito de guerra.
Y
dicen los franceses:
-¡Sea
este día el de vuestra perdición! -Y añaden luego, con voz potente-:
¡Montjoie!
El
emperador hace tocar los clarines, y el olifante, que a todos conforta. Los
infieles dicen:
-Magnifico
es el ejército de Carlos. Será una batalla de gran violencia y reciedumbre.
CCXXXVIII
Anchuroso
es el llano y a lo lejos se extiende la comarca. Centellean los yelmos de
oro guarnecidos de piedras preciosas, y los escudos y las cotas bruñidas, y
las picas y los gonfalones atados a los hierros. Pregonan los clarines; sus
voces son muy claras, y muy agudas las notas del olifante.
El
emir llama a su hermano Canabeu, el rey de Floredea dueño de las tierras
hasta Valsevré. Le muestra los cuerpos de ejército de Carlos y le dice:
-¡Ved
el orgullo de Francia, la celebrada! El emperador cabalga lleno de
soberbia. Forma la retaguardia con esos ancianos que ostentan sobre las
armaduras sus barbas tan blancas como nieve sobre hielo. Éstos darán recios
golpes con sus espadas y sus lanzas. Tendremos una batalla dura y
encarnizada; nunca se verá otra semejante.
Al
frente de sus mesnadas, más lejos de lo que se podría arrojar una vara
pelada, cabalga Baligán, gritando:
-¡Vamos,
sarracenos, que yo os señalaré el camino! Enarbola su pica, cuya punta
dirige hacia Carlos.
CCXXXIX
Carlos
el grande, cuando ve el emir y el dragón, la enseña y el estandarte, y cuán
poderosa es la hueste de los árabes, y cómo cubren toda la comarca menos el
terreno en que se mantiene, exclama con sonora voz, el rey de Francia:
-Barones
francos, sois buenos vasallos; ¡en tantas grandes batallas habéis lidiado!
Ved los infieles: son felones y cobardes. Su ley no vale un dinero. Si esta
turba es numerosa, ¿qué nos importa, señores? Aquel que no quiera seguirme
al instante, ¡que se vaya!
Después
clava las espuelas en su corcel. Tencedor da cuatro brincos y dicen los
franceses:
-¡Este
rey es un bravo! ¡Cabalgad, barones, ninguno de nosotros habrá de faltarle!
CCXL
El
día es claro y centellea el sol. Magníficos son los ejércitos, poderosos
los cuerpos de batalla. Los de vanguardia se acometen. El conde Rabel y el
conde Guinemán dejan sueltas las riendas a sus ligeros corceles y clavan
con fuerza las espuelas en sus costados. Los francos arremeten entonces al
galope y corren a herir con sus tajantes picas.
CCXLI
El
conde Rabel es intrépido caballero, Azuza su corcel con las espuelas de oro
fino y ataca a Torleu, el rey persa: ni el escudo ni la cota resisten el
golpe. Le hunde en las carnes su pica dorada y lo derriba muerto sobre unos
arbustos. Los franceses exclaman:
-¡Dios
nos ayude! ¡Con Carlos está el derecho, no debemos faltarle!
CCXLI
I
Lucha
Guinemán contra un rey leude. Le parte la adarga, pintada de flores;
después le rompe la cota, le hunde en la carne todo el gonfalón y, lloren
por ello o se rían, lo derriba muerto. Al contemplar la hazaña, gritan los
de Francia:
-¡Herid,
barones, no demoréis! ¡La razón está con Carlos contra la turba maldita!
¡Dios nos ha elegido para defender el juicio verdadero!
CCXLIII
Malprimís
es jinete de un corcel todo blanco. Se arroja en la multitud de los
franceses, y corre de uno a otro dando recios mandobles y derribando muerto
sobre muerto. Baligán es el primero en gritar:
-¡Ah,
mis barones, largo tiempo os he mantenido! Mirad a mi hijo: ¡se esfuerza
por topar con Carlos! ¡A cuántos caballeros ha desafiado con sus armas! ¡Es
vano buscar adalid más valeroso que él! ¡Prestadle el socorro de vuestras
tajantes picas!
A
tales palabras, arremeten los infieles, repartiendo recios golpes: grande
es la matanza. La batalla es prodigiosa y ruda: ni antes ni después se vio
otra más violenta.
CCXLIV
Grandes
son los ejércitos, intrépidas las huestes. Todos los cuerpos de batalla
han trenzado la lucha. Los infieles atacan con singular denuedo. ¡Dios!
¡Cuántas astas partidas en dos, cuántos escudos rotos, cuántas cotas
desgarradas! La tierra está cubierta de despojos. ¡Ah, la hierba del prado,
tan verde, tan delicada!... El emir arenga a sus hombres:
-¡Arremeted,
barones, sobre esta turba cristiana!
La
batalla es dura y porfiada. Ni antes ni después se vio ninguna de tamaña
reciedumbre. No tendrá tregua hasta la noche.
CCXLV
El
emir incita a los suyos:
-¡Herid,
sarracenos, que sólo para eso estáis aquí! ¡Os daré nobles y bellas
mujeres, os haré dueños de feudos, de dominios y de tierras!
Y
responden los infieles:
-Es
nuestro deber hacerlo.
A
fuerza de repetir los ataques, numerosas picas se quiebran; y he aquí que
se desenvainan entonces más de cien mil alfanjes. La contienda se ha
tornado dolorosa y horrible; el que se halla entre los adversarios sabe lo
que es una batalla.
CCXLVI
El
emperador exhorta a sus franceses:
-Señores
barones, mucho os estimo, tengo fe en vosotros. ¡Hartas batallas por mí
librasteis, conquistasteis muchos reinos y destronasteis monarcas! Lo
reconozco, y os debo por ello, en galardón, mi cuerpo, mis tierras y mis
riquezas. Vengad a vuestros hijos, vuestros hermanos y vuestros herederos,
que en Roncesvalles hallaron la muerte el otro día. Bien lo sabéis: la
razón está conmigo contra los infieles.
Y
responden los francos:
-¡Bien
decís, señor!
Son
veinte mil los que en torno a él juran todos a una, por su fe, no faltarle
ni en la muerte ni en la angustia. Para ello, sabrán emplear cada uno su
lanza. Al momento, acometen con sus espadas. La batalla es prodigiosa y
encarnizada.
CCXLVII
Malprimís
cabalga por todo el campo, haciendo gran matanza entre los de Francia. El
duque Naimón lo mira con fiereza y lo acomete con gran denuedo. Le rompe el
brocal de su escudo, le desgarra los dos faldones de su cota, le hunde en
la carne todo su gonfalón amarillo y lo derriba muerto entre los que yacen
innumerables.
CCXLVIII
El
rey Canabeu, hermano del emir, clava fuertemente las espuelas en su corcel.
Ha desnudado su espada, cuyo pomo es de cristal. Golpea a Naimón sobre el
yelmo; se lo parte en dos mitades, cortando cinco lazos con su espada de
acero. De nada le sirve el capacete; le hiende la cofia hasta la carne y
cae por tierra un pedazo. El golpe fue rudo, el duque está como fulminado.
Va a caer, mas Dios le ayuda. Con ambos brazos se aferra al pescuezo de su
montura. Si el infiel lo vuelve a herir, hallará la muerte el noble
vasallo. Para prestarle socorro se acerca Carlos de Francia.
CCXLIX
Gran
angustia oprime al duque Naimón. Y lo amenaza el infiel con repetir al
instante su golpe. Carlos le dice:
-¡Truhán,
en mala hora atacaste a ese hombre!
En su
intrepidez, acude a herirlo. Rompe el escudo del infiel y se lo aplasta
contra el corazón; le parte el ventalle de su armadura y lo derriba muerto:
la silla queda vacía.
CCL
Carlomagno,
el rey, está penetrado de dolor al contemplar a Naimón herido ante sus ojos
y viendo cómo se derrama la clara sangre sobre la hierba verde. E
inclinándose sobre él, le dice:
-Gentil
duque Naimón, cabalgad a mi lado. Ya pereció el truhán que os acosaba. El
cuerpo le traspasé con mi pica.
Y
responde el duque:
-Señor,
en vos confío; si sobrevivo, nada perderéis.
Después,
con todo afecto y toda fe, cabalgan juntos, y con ellos veinte mil
franceses. Ni uno de éstos deja de cortar y herir.
CCLI
El
emir cabalga por el campo. Acude a herir al conde Guinemán. Contra el
corazón le aplasta su escudo blanco, destroza los faldones de su cota, le
abre en dos el pecho y lo derriba muerto de su rápida montura. Después da
muerte a Gebuino y Lorenzo y a Ricardo el Viejo, señor de los normandos.
Los infieles exclaman:
-¡Bien
demuestra Preciosa su valía! ¡Atacad, sarracenos, que hay quien vele por
nosotros!
CCLII
¡Qué
bello es contemplar a los caballeros de Arabia, los de Occián, de Argólide
y Vasconia cuando acometen con sus picas! Y por su parte, no piensan los
francos en romper sus filas. Muchos contendientes de ambos bandos han
hallado ya la muerte. Hasta la noche persiste el fragor de la batalla. ¡Qué
estragos ha causado entre los barones de Francia! ¡Cuántos duelos habrá
antes de que tome fin!
CCLIII
Franceses
y moros luchan a cual más. ¡Cuántas astas, cuántas bruñidas picas se han
quebrado! Aquel que viera estos escudos destrozados, que escuchara resonar
las blancas lorigas y rechinar las rodelas contra los yelmos, aquel que
viera desplomarse tantos caballeros y morir tantos hombres, aullando, sobre
la tierra, tendría memoria de un gran dolor. Muy dura es de sostener esta
batalla. El emir invoca a Apolo, a Tervagán y también a Mahoma:
-Mis
señores dioses: largo tiempo fui vuestro siervo. ¡De oro puro haré esculpir
todas vuestras imágenes!
Ante
él se presenta uno de sus fieles, Gemalfín, portador de malas nuevas:
-Baligán,
señor -le dice-, un gran infortunio se ha abatido sobre vos: habéis perdido
a vuestro hijo Malprimís. Y Canabeu, vuestro hermano, ha sido muerto. Dos
.franceses tuvieron la suerte de vencerlos. Creo que uno de los dos es el
emperador: es un barón de elevada estatura, cuya prestancia es propia de un
paladín; tiene la barba blanca como flor de abril.
El
emir baja la cabeza, cargada del yelmo. Se le ensombrece el rostro y es tan
agudo su dolor que se siente morir. Y llama a Jangleu de Ultramar.
CCLIV
Dice
el emir:
-Jangleu,
acercaos. Sois hombre valeroso y de juicio cabal: siempre acudí a vos en
busca de consejo. ¿Qué pensáis de árabes y franceses? ¿Obtendremos el
triunfo en esta batalla?
-Hallasteis
la muerte, Baligán -le es respondido-; vuestros dioses ya no han de
protegeros. Carlos es altivo y esforzados sus hombres. Jamás vi turba tan
intrépida en el combate. Mas llamad en vuestra ayuda a los barones de
Occián, turcos, árabes y gigantes. ¡Sea lo que fuere, no demoréis un
instante!
CCLV
El
emir ha extendido sobre su coraza su barba blanca como la flor del espino.
Sea lo que fuere, no es su deseo ocultarse. Lleva a sus labios una bocina
de timbre claro y la hace sonar con tal fuerza que el toque llega a oídos
de sus sarracenos: por todo el campo se reagrupan sus huestes. Los de
Occián rebuznan y relinchan, los de Argólide aúllan como perros. ¡Con qué
intrepidez desafían a los franceses! Arremeten en las filas más compactas,
las quebrantan y dispersan. Y después de su acometida, quedan siete mil
muertos sobre el terreno.
CCLVI
El
conde Ogier no supo jamás lo que era cobardía. Nunca cubrió una cota más
cumplido caballero. Cuando ve quebrantados los cuerpos de ejército francos,
llama a Thierry, el duque de Argona, a Godofredo de Anjeo y al conde
Jocerán. Con gran fiereza exhorta a Carlos:
-¡Ved
-le dice- cómo perecen vuestros hombres a manos de los infieles! ¡Dios no
permita que ostenten vuestras sienes la corona si no los acometéis al punto
para vengar vuestra deshonra!
Nadie
responde una sola palabra. Todos clavan con fuerza las espuelas, lanzan a
la carrera sus corceles y acuden a herir al enemigo dondequiera que lo
encuentren.
CCLVII
Carlomagno,
el rey, asesta prodigiosos mandobles. Y con él, Naimón el duque, Ogier el
Danés y Godofredo de Anjeo que es portador del estandarte. Y entre todos
sobresale por su bravura mi señor Ogier el Danés. Espolea su corcel, lo
lanza con gran brío y acude a herir al que lleva el dragón, con fuerza tal
que al instante derriba ante sí a Amborio, con el dragón y la enseña del
rey. Contempla Baligán cómo cae su gonfalón y se abate el estandarte de
Mahoma. Entonces comienza a comprender el emir que el error lo acompaña y
que el derecho va con Carlomagno. Los infieles de Arabia se aprestan a la
retirada. El emperador exhorta a sus franceses:
-¡Decid,
barones, por Dios, si habréis de socorrerme! Y los francos responden:
-¿Por
qué preguntarlo? ¡Felón es quien no luche a porfía!
CCLVIII
Declina
el día y ya se acerca el crepúsculo. Francos e infieles combaten con sus
espadas. Los que han hecho enfrentarse estos ejércitos son ambos valerosos.
No echan a olvido su divisa:
-¡Preciosa!
-exclama el emir.
Y
Carlos le responde con su célebre grito de guerra:
-¡Montjoie!
Los
dos se reconocen por sus voces altas y claras. En medio del campo se topan
y se desafían, cambiando recios golpes de pica sobre sus adargas adornadas
con círculos. Ambos parten la del adversario por debajo de los anchos
brazales; los faldones de las dos cotas se desgarran, pero los combatientes
no reciben herida en su carne. Se rompen las cinchas, resbalan las sillas y
caen ambos reyes. En el suelo, se incorporan con presteza y desnudan
intrépidamente sus espadas. Nadie habrá de interponerse en este combate; no
podrá tener término hasta que no perezca uno de los dos hombres.
CCLIX
Carlos,
el de la dulce Francia, es de singular bravura, y el emir no le tiembla ni
se atemoriza. Enarbolan sus espadas desnudas y descargan sobre sus escudos
recias estocadas. Parten los cueros y las maderas, que son dobles; los
clavos se desprenden, los brazales vuelan en pedazos. Después, a cuerpo
limpio, se golpean sobre sus corazas. De sus yelmos claros salen chispas.
No ha de terminar esta lucha sin que uno de los dos reconozca su error.
CCLX
Dice
el emir:
-¡Carlos,
vuelve en ti! ¡Resígnate a mostrarme tu arrepentimiento! En verdad, has
dado muerte a mi hijo y es gran injusticia que quieras despojarme de mi
tierra. Conviértete en mi vasallo y ríndeme pleitesía, y ven después
conmigo a Oriente para servirme.
Y
responde Carlos:
-A fe
que sería cometer gran villanía. No debo otorgar a un infiel ni paz ni
amor. Acepta la ley que nos reveló Dios, la ley cristiana: de este modo te
amaré al instante. Después confiesa y sirve al rey Todopoderoso.
-¡Mal
sermón me estás predicando! -dice Baligán. Y seguidamente reanudan su lucha
con la espada.
CCLXI
El
emir es de gran vigor. Hiere a Carlomagno sobre su yelmo de acero oscuro,
lo quiebra sobre su cabeza y lo hiende. La hoja penetra hasta la cabellera
y corta un palmo entero de carne, o más; el hueso queda al descubierto.
Carlos se tambalea y por poco cae a tierra. Pero Dios no quiere que sea
muerto ni vencido. San Gabriel retorna hacia él y le pregunta:
-Rey
magno, ¿qué haces?
CCLXII
Cuando
Car los
escucha la santa voz del ángel, desecha todo temor; sabe que no habrá de
perecer. Al momento recobra vigor y discernimiento. Golpea al emir con la
espada de Francia. Le parte el yelmo, en el que fulguran las gemas, le abre
el cráneo, derramándole los sesos y, luego de hendirle la cabeza toda hasta
la barba blanca, lo derriba muerto sin esperanza.
-¡Montjoie!
-grita después, para reunir a sus hombres. Al oírlo, acude el duque Naimón;
sujeta a Tencedor y el monarca lo monta nuevamente. Los infieles se dan a
la fuga. Dios no quiere que puedan resistir. Al fin alcanzaron los
franceses la anhelada meta.
CCLXIII
Huyen
los infieles, porque tal es el deseo de Dios. Los francos les dan caza,
conducidos por el emperador, y éste les dice:
-Señores,
vengad vuestros duelos, dad rienda suelta a vuestra ira; esclarézcanse
vuestros corazones porque esta mañana he visto vuestros ojos llenos de
lágrimas.
Los
francos responden:
-¡Así
hemos de hacerlo, señor!
Todos
asestan recios mandobles, tantos como pueden. Muy pocos infieles habrán de
escapar, de entre los que allí se encuentran.
CCLXIV
El
calor es sofocante y se levantan nubes de polvo. Huyen los infieles,
acosados por los franceses. La caza no termina hasta Zaragoza.
Abraima
ha subido a lo alto de su torre, y con ella están los monjes y sacerdotes
de la falsa ley, que nunca fue grata a Dios: no fueron ordenados ni
ostentan tonsura. Cuando contempla la singular derrota de los árabes,
exclama en alta voz:
-¡Mahoma,
acórrenos! ¡Ah, rey gentil, vencidos han sido nuestros hombres! El emir fue
muerto, ¡y cuan afrentosamente!
Cuando
la oye Marsil, se vuelve hacia la pared; sus ojos derraman llanto y deja
caer su cabeza. Ha muerto de dolor, cargando con sus pecados. Y los
demonios se llevan su alma.
CCLXV
Han
perecido los infieles, y Carlos es vencedor de la batalla. Ha derribado la
puerta de Zaragoza: sabe que nadie habrá de defender la ciudad. Toma
posesión de ella, sus tropas la invaden: por derecho de conquista, allí
pernoctarán sus soldados. El rey de la barba blanca se muestra pleno de
orgullo. Abraima le ha rendido las diez torres mayores y las cincuenta
pequeñas. Aquel que obtiene la ayuda de Dios lleva a buen término sus
empresas.
CCLXVI
Pasa
el día; es ya noche cerrada. Luce clara la luna y fulguran las estrellas.
El emperador ha tomado Zaragoza. Mil franceses han sido encargados de
reconocer a fondo la ciudad, sus sinagogas y sus mezquitas. Con mazas de
hierro y grandes hachas destrozan las imágenes y todos los ídolos: no
perdurará allí ningún maleficio ni sortilegio. El rey cree en Dios; quiere
servirlo debidamente, y sus obispos bendicen las aguas. Hace llevar a los
infieles hasta el baptisterio; si alguno resiste ante Carlos, el rey lo
manda colgar, o le da muerte por el fuego o el acero. Más de cien mil se
vuelven verdaderos cristianos por el bautismo, excepto la reina, que será
conducida a Francia, la dulce, en cautiverio: el rey quiere que se
convierta por amor.
CCLXVII
La
noche pasa, despunta el claro día. En las torres de Zaragoza, Carlos ha
dejado una guarnición. Son mil caballeros de probado valor los que guardan
la plaza en nombre del emperador. El monarca monta su corcel; todos sus
hombres lo imitan, y también Abraima, que lleva en cautiverio; mas tan sólo
bien quiere hacerle. Ya retornan, henchidos de orgullo y alegría. Ocupan
Narbona por la fuerza y prosiguen su camino. Carlos llega a Burdeos; sobre
el altar del barón San Severino, deposita el olifante, repleto de oro y de
monedas: los peregrinos que allí van pueden verlo aún. Cruza el Girona en
las grandes naves que allí encuentra. Hasta Valle ha llevado a su sobrino,
y a Oliveros, su noble compañero, y al arzobispo, que fue juicioso y
denodado. En blancos ataúdes mandó colocar los tres paladines; allí, en San
Román, yacen los valientes. Los francos los encomiendan a Dios y a sus
santos.
Por
valles y montes avanza Carlos; hasta Aquisgrán no quiere detenerse. Tanto
cabalga que al fin desmonta en el atrio. En cuanto llega a su real palacio,
envía mensajeros a sus jueces, con orden de presentarse ante él. Llama a
los bávaros, los sajones, loreneses y frisones, y también a los alemanes,
los borgoñones, los del Poitou, Normandía y Bretaña, y los de Francia, que
entre todos descuellan por su prudencia. Entonces da comienzo el juicio de
Ganelón.
CCLXVIII
Ha
retornado de España el emperador. Llega a Aquisgrán, el mejor dominio de
Francia. Sube al palacio y penetra en la sala. Y he aquí que sale a
recibirlo Alda, una doncella de gran belleza. Dícele al rey:
-¿Dónde
está Roldán, el adalid, que juró tomarme por esposa?
Carlos
se siente pleno de dolor y pesadumbre. Llora y se mesa la barba blanca, y
responde:
-¡Hermana,
amiga querida! ¿Por quién preguntas? Por un muerto. Mas yo haré por ti el
mejor cambio: Luis será tu prometido. No sé qué decirte que más pueda
agradarte. Es mi hijo; él será el heredero de mis dominios.
-Singulares
son vuestras palabras -responde Alda-. ¡No plegué a Dios, ni a sus santos
ni a sus ángeles, que sobreviva a Roldán!
Pierde
el color y cae a los pies de Carlomagno. Ha muerto al instante; ¡Dios se
apiade de su alma! Los barones franceses no escatiman por ella llanto y
lamentaciones.
CCLXIX
Alda,
la bella, ha llegado a su fin. El rey cree que se ha desmayado, y llora
conmovido. La toma de las manos, la levanta. Mas la cabeza se inclina sobre
los hombros. Cuando ve Carlos que está muerta, llama al punto a cuatro
condesas. La llevan a un convento de monjas y la velan toda la noche, hasta
el alba. Junto a un altar, la entierran con gran pompa. El rey le ha hecho
grandes honras fúnebres.
CCLXX
El
emperador retorna a Aquisgrán. Ganelón, el vil, cargado de cadenas de
hierro, está en la ciudad, ante el palacio. Los siervos lo han atado a un
poste; le aprisionan las manos con correas de cuero de gamo y lo apalean
fuertemente con estacas y bastones. No ha merecido otra suerte. Con gran
sufrimiento, espera su juicio.
CCLXXI
Está
escrito en la Gesta antigua que Carlos mandó venir a sus vasallos de todos
los países. Están reunidos en Aquisgrán, en la capilla. Es el gran día de
una fiesta solemne, la del barón San Silvestre, al decir de muchos.
Entonces da comienzo el juicio, y he aquí lo que acaeció al traidor
Ganelón. El emperador lo ha hecho arrastrar ante él.
CCLXXII
-Señores
barones -dice Carlomagno, el rey-; juzgadme a Ganelón según derecho. Él me
siguió con el ejército hasta España: me ha arrebatado veinte mil de mis
franceses, y mi sobrino, que nunca más veréis, y Oliveros, el esforzado y
cortés; ha traicionado a los doce pares por dinero.
Dice
Ganelón:
-¡Caiga
la deshonra sobre mí, si trato de ocultarlo! Roldán me perjudicó en mi oro
y en mis bienes, y por eso busqué su muerte y su ruina. Mas no concedo que
exista en ello la menor traición.
-Habremos
consejo -responden los francos.
CCLXXIII
Ante
el rey, permanece erguido Ganelón. Tiene gallardo el cuerpo y de buen color
el semblante; si fuera leal, se le tomaría por un caballero. Mira a los de
Francia, a todos los jueces y a treinta de sus parientes que responden por
él; después grita con voz alta y fuerte:
-¡Por
el amor de Dios, barones, escuchadme! Con el ejército, señores, seguí al
emperador. Lo servía con buena fe y amor. Roldán, su sobrino, me tomó
aversión y me condenó a la muerte y al dolor. Fui enviado como mensajero al
rey Marsil, mas por mi habilidad logré salvarme. Desafié al valeroso Roldán
y a Oliveros, y a todos sus compañeros: Carlos y sus nobles barones
escucharon mis palabras. ¡Tomé venganza, mas no traicioné!
-Habremos
consejo -responden los francos.
CCLXXIV
Ganelón
ve que ha dado comienzo su gran juicio. Treinta de sus parientes están
allí, con él. A uno de ellos recurren todos los demás; es Pinabel, del
castillo de Sórnese. Discurre bien y sabe decir sus razones como conviene.
Es valeroso cuando se trata de defender sus armas. Dícele Ganelón:
-¡Amigo,
arrancadme a la muerte! ¡Apartadme de este juicio!
-Pronto
estaréis salvado -responde Pinabel-. Si hay un francés que juzgue que
merecéis la horca, pónganos frente a frente en el campo el emperador: mi
espada de acero le dará el mentís.
Ganelón,
el conde, se inclina a sus pies.
CCLXXV
Bávaros
y sajones han entrado en consejo, y también los del Poitou, de Normandía y
de Francia. Hay allí gran número de alemanes y germanos; los de Auvernia
son los más corteses. Bajan la voz a causa de Pinabel y se dicen los unos a
los otros:
-Conviene
dejar así las cosas. Suspendamos el juicio y roguemos al rey que absuelva
por esta vez a Ganelón; que éste lo sirva en el futuro con toda lealtad y
todo amor. Roldán está muerto, nunca más lo verán nuestros ojos; ni oro ni
riquezas podrán devolvérnoslo. ¡Gran locura cometería quien quisiera
combatir!
Ni
uno solo de los presentes deja de aprobarlo, excepto Thierry, el hermano de
monseñor Godofredo.
CCLXXVI
Hacia
Carlomagno vuelven sus barones, y dicen al rey:
-Señor,
os lo suplicamos, absolved al conde Ganelón. ¡Que os sirva en el futuro con
todo amor y toda lealtad! Perdonadle la vida, porque es muy noble señor. Ni
oro ni riquezas habrían de devolveros a Roldán.
Y les
responde el rey:
-Sois
unos felones.
CCLXXVII
Cuando
ve Carlos que todos le han fallado, baja la cabeza, presa de dolor, y
exclama:
-¡Desdichado
de mí!
Mas
he aquí que ante él se presenta un caballero, Thierry, hermano de
Godofredo, un duque angevino. Tiene delgado el cuerpo, menudo y esbelto;
los cabellos negros, y moreno el rostro. No es demasiado alto, pero tampoco
de corta estatura. Dice cortésmente al emperador:
-Buen
rey y señor, no os apenéis de ese modo. Os he servido durante largos años,
bien lo sabéis. Por fidelidad al ejemplo que me dieron mis antepasados, es
mi deber sostener la acusación en este juicio. Aun si Roldán hubiera
perjudicado a Ganelón, hallábase a vuestro servicio: eso debía bastar para
su salvaguardia. Felonía cometió Ganelón al traicionarlo: contra vos se
mostró perjuro y vil. Por esto juzgo yo que merece la horca y la muerte, y
su cuerpo debe ser tratado como el de un felón que traicionó. Sí tiene un
pariente que me quiera desmentir, quiero defender al instante mi juicio con
esta espada que llevo ceñida.
-Bien
dijisteis -exclaman los francos.
CCLXXVIII
Ante
el rey avanza Pinabel. Es alto y robusto, de gran valor y agilidad; el que
reciba un golpe de él, habrá llegado a su fin. Dícele al rey:
-Señor,
es ésta vuestra audiencia: ¡ordenad, pues, que no se haga tanto ruido! Veo
aquí presente a Thierry, que ha dado su juicio. Yo deseo desmentirlo y
combatiré contra él.
Le
entrega al rey, en el puño, un guante de piel de ciervo; es el de la mano
derecha.
El
emperador responde:
-Exijo
buenos rehenes.
Treinta
parientes se ofrecen en leal garantía.
-Os
pondré a vos en libertad bajo caución -dice el rey a Pinabel.
Coloca
bajo severa guardia a los rehenes hasta que se haga justicia.
CCLXXIX
Al
ver Thierry que habrá de combatir, presenta a Carlos su guante derecho. El
emperador lo pone en libertad bajo caución, y luego hace disponer cuatro
bancos en la plaza. En ellos toman asiento los que habrán de enfrentarse.
Al juicio de todos, se han desafiado según las reglas. Ogier de Dinamarca
es el que ha acordado el doble reto. Después piden los adversarios sus
caballos y sus armas.
CCLXXX
Puesto
que están dispuestos a contender, ambos se confiesan, y son absueltos y
bendecidos. Escuchan sus misas y reciben la comunión. Dejan a las iglesias
cuantiosas ofrendas. Después, los dos vuelven ante Carlos. Han calzado sus
espuelas, se cubren con sus blancas lorigas, fuertes y ligeras, y se atan
sus claros yelmos. Ciñen sus espadas, cuyas empuñaduras son de oro puro,
cuelgan de sus cuellos los escudos acuartelados, toman en el puño diestro
sus tajantes picas y se acomodan en las sillas de sus rápidos corceles.
Entonces vierten llanto cien mil caballeros, que por amor a Roldán, se
apiadan de Thierry. Mas Dios sabe bien cómo terminará esto.
CCLXXXI
Bajo
Aquisgrán es muy espaciosa la pradera; allí habrán de enfrentarse los dos
barones. Ambos son animosos y de gran denuedo, y sus corceles se muestran
ligeros y briosos. Los espolean con fuerza y dejan sueltas las riendas. Con
todo ímpetu corren al ataque. Los escudos se rompen y vuelan en pedazos; se
desgarran las lorigas, estallan las cinchas. Las monturas resbalan y caen
por tierra las sillas. Y cien mil hombres lloran al contemplarlos.
CCLXXXII
Los
dos caballeros han dado contra el suelo. Prestamente se incorporan sobre
sus pies. Pinabel es robusto, ágil y ligero. Se provocan el uno al otro; ya
no tienen sus corceles. Con sus espadas guarnecidas de oro puro, se golpean
repetidamente los yelmos de acero. Son tan recios los mandobles que
terminan por partirlos. Gran angustia oprime a los caballeros franceses. Y
Carlos exclama:
-¡Ah,
Dios mío! ¡Haced que resplandezca el derecho!
CCLXXXIII
Pinabel
dice:
-¡Date
por vencido, Thierry! Seré tu vasallo con toda lealtad y todo amor; a tu
antojo te colmare de mis riquezas, ¡mas logra un acuerdo entre el rey y
Ganelón!
-No
tardará mi decisión -responde Thierry-. ¡Quede yo deshonrado si consiento
en ello! ¡Que en este día señale Dios el derecho entre nosotros!
CCLXXXIV
Dice
Thierry:
-Pinabel,
muy denodado eres; te muestras alto y robusto, tus miembros están bien
modelados y tus pares conocen todos tu valor: ¡renuncia a esta contienda!
Te reconciliaré con Carlomagno. En cuanto a Ganelón, se le hará justicia,
¡y en forma tal que se hablará de ella hasta el fin de los días!
-¡No
plegué a Dios, nuestro Señor! -responde Pinabel-. Quiero sostener a todos
mis parientes. No me rendiré a ningún hombre vivo. ¡Prefiero morir a
merecer tal reproche!
Y
recomienzan a herir con sus espadas los yelmos incrustados de oro. Al cielo
brotan las claras centellas. Nadie podría separarlos. No puede terminar
este combate sin la muerte de un hombre.
CCLXXXV
Pinabel
de Sorence ostenta gran denuedo. Hiere a Thierry sobre el yelmo de
Provenza. Saltan chispas, la hierba se enciende. Le presenta la punta de su
hoja de acero, que se desliza por su frente y por su rostro. La mejilla
derecha quedó ensangrentada. Le hiende la cota hasta más abajo del vientre.
Dios lo protege. Pinabel no lo ha derribado muerto.
CCLXXXVI
Advierte
Thierry que está herido en el rostro. Su sangre se derrama clara sobre la
hierba del prado. Golpea a Pinabel sobre su yelmo de acero bruñido, lo
parte y lo hiende hasta el nasal. Hace derramarse los sesos del cráneo;
sacude la hoja en la herida y lo derriba muerto. Por este lance obtiene la
victoria en la batalla. Los franceses gritan:
-¡Dios
hizo un milagro! Es justicia que Ganelón sea ahorcado, y con él los
parientes que han respondido por él.
CCLXXXVII
Cuando
Thierry hubo ganado la pelea, viene hacia él el emperador Carlos. Cuatro de
sus barones lo acompañan: el duque Naimón, Ogier de Dinamarca, Godofredo de
Anjeo y Guillermo de Blaye. El rey ha estrechado a Thierry entre sus
brazos. Con las anchas pieles de marta de su manto, le enjuga el rostro;
después lo arroja y se cubre con otro. Con grandes cuidados desarman al
caballero. Lo izan en una mula árabe y lo llevan alegremente y con gran
aparato. Retornan a Aquisgrán los barones y echan pie a tierra en la plaza.
Entonces da comienzo la ejecución de los otros.
CCLXXXVIII
Llama
Carlos a sus duques y a sus condes, y les dice:
-¿Qué
me aconsejáis hacer con los que he retenido?
Habían
venido a las cortes para defender a Ganelón, y se han entregado como
rehenes de Pinabel.
-Ninguno
tiene derecho a la vida -responden los francos.
El
rey llama a Basbrún, un veedor a su servicio, y le dice:
-Ve y
ahorca a esos del árbol maldito. Por esta barba de pelos encanecidos, si se
escapa uno solo, hallarás muerte y perdición.
-¿Qué
otra cosa podría hacer? -responde Basbrún. Con cien sargentos, los arrastra
a viva fuerza; son treinta los que perecieron por la horca.
El
que traiciona pierde a los otros consigo.
CCLXXXIX
Entonces
se retiran bávaros y alemanes, potevinos, bretones y normandos. Todos están
de acuerdo, y los franceses los primeros, en que Ganelón debe perecer en
medio de terrible angustia.
Se
traen cuatro corceles, y a ellos se atan los pies y manos de Ganelón. Los
caballos son veloces y briosos. Ante ellos, cuatro sargentos los azuzan
hacia un arroyo que atraviesa el campo. Ganelón ha llegado a su perdición.
Todos sus nervios se distienden, todos los miembros de su cuerpo se
desgarran; sobre la hierba verde se derrama clara su sangre. Ha hallado
Ganelón la muerte que merece un felón probado. Cuando un hombre traiciona a
otro, no es justo que saque de ello vanidad.
CCXC
Cuando
hubo tomado venganza el emperador, llama a sus obispos de Francia, de
Baviera y Alemania, y les dice:
-Mora
en mi casa una noble prisionera. Ha escuchado tantos sermones y parábolas,
que desea creer en Dios y pide hacerse cristiana. Bautizadla, para que vaya
a Dios su alma.
-Encontradle
madrinas -responden ellos.
En
las fuentes de Aquisgrán es bautizada la reina de España; le han puesto por
nombre Juliana. Cristiana se ha hecho por verdadero conocimiento de la
santa ley.
CCXCI
Cuando
hizo justicia el emperador y apaciguó su gran enojo, convirtió a Abraima al
cristianismo.
Huye
el día, la noche se torna oscura. El rey se ha retirado a su aposento
abovedado. Por mandato de Dios, San Gabriel viene a decirle:
-¡Carlos,
alza tus ejércitos por todo tu imperio! Irás de viva fuerza a la tierra de
Bira a socorrer al rey Viviano en su ciudad de Orfa a la que han puesto
sitio los infieles. ¡Allí te llaman y te invocan los cristianos!
El
emperador hubiera deseado no ir.
-¡Dios!
-exclama-. ¡Cuántos sinsabores trae mi vida!
Brotan
lágrimas de sus ojos y se mesa su barba blanca.
Ci
falt la geste que Turoldus declinet.
[Aquí termina la gesta que Turoldo firma.]
FI
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