Libro No. 339. Dios y el Estado y el principio del Estado. M. Bakunin.
© Libro No. 339. Dios y el Estado y el principio del Estado.
M. Bakunin. Colección Emancipación Obrera. Septiembre 15 de 2012.
Título original: © Dios y el Estado. M. Bakunin.
El principio del Estado. M. Bakunin. Marxists Internet Archive, 2000.
Versión Original: © Dios y el Estado. M. Bakunin. El principio del Estado. M. Bakunin.
Marxists Internet Archive, 2000.
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Guillermo Molina Miranda
M. Bakunin
Dios
Y El Estado
Y
El
Principio Del Estado
Dios y el Estado
¿Quiénes tienen razón, los idealistas o los materialistas? Una vez
planteada así la cuestión, vacilar se hace imposible. Sin duda alguna los
idealistas se engañan y/o los materialistas tienen razón. Sí, los hechos están
antes que las ideas; el ideal, como dijo Proudhon, no más que una flor de la
cual son raíces las condiciones materiales de existencia. Toda la historia
intelectual y moral, política y social de la humanidad es un reflejo de su
historia económica.
Todas las ramas de la ciencia moderna, concienzuda y seria, convergen a
la proclamación de esa grande, de esa fundamental y decisiva verdad: el mundo
social, el mundo puramente humano, la humanidad, en una palabra, no es otra
cosa que el desenvolvimiento último y supremo -para nosotros al menos
relativamente a nuestro planeta-, La manifestación más alta de la animalidad.
Pero como todo desenvolvimiento implica necesariamente una negación, la de la
base o del punto de partida, la humanidad es al mismo tiempo y esencialmente
una negación, la negación reflexiva y progresiva de la animalidad en los
hombres; y es precisamente esa negación tan racional como natural, y que no es
racional más que porque es natural, a la vez histórica y lógica, fatal como lo
son los desenvolvimientos y las realizaciones de todas las leyes naturales en
el mundo, la que constituye y crea el ideal, el mundo de las convicciones
intelectuales y morales, las ideas.
Nuestros primeros antepasados, nuestros adanes y vuestras evas, fueron,
si no gorilas, al menos primos muy próximos al gorila, omnívoros, animales
inteligentes y feroces, dotados, en un grado infinitamente más grande que los
animales de todas las otras especies, de dos facultades preciosas: la
facultad de pensar y la facultad, la necesidad de rebelarse.
Estas dos facultades, combinando su acción progresiva en la historia,
representan propiamente el “factor”, el aspecto, la potencia negativa en el
desenvolvimiento positivo de la animalidad humana, y crean, por consiguiente,
todo lo que constituye la humanidad en los hombres.
La Biblia, que es un libro muy interesante y a veces muy profundo cuando
se lo considera como una de las más antiguas manifestaciones de la sabiduría y
de la fantasía humanas que han llegado hasta nosotros, expresa esta verdad de
una manera muy ingenua en su mito del pecado original. Jehová, que de todos los
buenos dioses que han sido adorados por los hombres es ciertamente el más
envidioso, el más vanidoso, el más feroz, el más injusto, el más sanguinario,
el más déspota y el más enemigo de la dignidad y de la libertad humanas, que
creó a Adán y a Eva por no sé qué capricho (sin duda para engañar su hastío que
debía de ser terrible en su eternamente egoísta soledad, para procurarse nuevos
esclavos), había puesto generosamente a su disposición toda la Tierra, con
todos sus frutos y todos los animales, y no había puesto a ese goce completo
más que un límite. Les había prohibido expresamente que tocaran los frutos del
árbol de la ciencia. Quería que el hombre, privado de toda conciencia de sí
mismo, permaneciese un eterno animal, siempre de cuatro patas ante el Dios
eterno, su creador su amo. Pero he aquí que llega Satanás, el eterno rebelde,
el primer librepensador y el emancipador de los mundos. Avergüenza al hombre de
su ignorancia de su obediencia animales; lo emancipa e imprime sobre su frente
el sello de la libertad y de la humanidad, impulsándolo a desobedecer y a comer
del fruto de la ciencia.
Se sabe lo demás. El buen Dios, cuya ciencia innata constituye una de
las facultades divinas, habría debido advertir lo que sucedería; sin embargo,
se enfureció terrible y ridículamente: maldijo a Satanás, al hombre y al mundo
creados por él, hiriéndose, por decirlo así, en su propia creación, como hacen
los niños cuando se encolerizan; y no contento con alcanzar a nuestros
antepasados en el presente, los maldijo en todas las generaciones del porvenir,
inocentes del crimen cometido por aquellos. Nuestros teólogos católicos y
protestantes hallan que eso es muy profundo y muy justo, precisamente porque es
monstruosamente inicuo y absurdo. Luego, recordando que no era sólo un Dios de
venganza y de cólera, sino un Dios de amor, después de haber atormentado la existencia
de algunos millares de pobres seres humanos y de haberlos condenado a un
infierno eterno, tuvo piedad del resto y para salvarlo, para reconciliar su
amor eterno y divino con su cólera eterna y divina siempre ávida de víctimas y
de sangre, envió al mundo, como una víctima expiatoria, a su hijo único a fin
de que fuese muerto por los hombres. Eso se llama el misterio de la redención,
base de todas las religiones cristianas. ¡Y si el divino salvador hubiese
salvado siquiera al mundo humano! Pero no; en el paraíso prometido por Cristo,
se sabe, puesto que es anunciado solemnemente, que o habrá más que muy pocos
elegidos. El resto, la inmensa mayoría de las generaciones presentes y del
porvenir, arderá eternamente en el infierno. En tanto, para consolarnos, Dios,
siempre justo, siempre bueno, entrega la tierra al gobierno de los Napoleón
III, de los Guillermo I, de los Femando de Austria y de los Alejandro de todas
las Rusias.
Tales son los cuentos absurdos que se divulgan y tales son las doctrinas
monstruosas que se enseñan en pleno siglo XIX, en todas las escuelas populares
de Europa, por orden expresa de los gobiernos. ¡A eso se llama civilizar a los
pueblos! ¿No es evidente que todos esos gobiernos son los envenenadores
sistemáticos, los embrutecedores interesados de las masas populares?
Me he dejado arrastrar lejos de mi asunto, por la cólera que se apodera
de mí siempre que pienso en los innobles y criminales medios que se emplean
para conservar las naciones en una esclavitud eterna, a fin de poder
esquilmarlas mejor, sin duda alguna. ¿Qué significan los crímenes de todos los
Tropmann del mundo en presencia de ese crimen de lesa humanidad que se comete
diariamente, en pleno día, en toda la superficie del mundo civilizado, por
aquellos mismos que se atreven a llamarse tutores y padres de pueblos? Vuelvo
al mito del pecado original.
Dios dio la razón a Satanás y reconoció que el diablo o había engañado a
Adán y a Eva prometiéndoles la ciencia y la libertad, como recompensa del acto
de desobediencia que les había inducido a cometer; porque tan pronto como
hubieron comido del fruto prohibido, Dios se dijo a sí mismo (véase la Biblia):
“He aquí que el hombre se ha convertido en uno de nosotros, sabe del bien y del
mal; impidámosle, pues, comer del fruto de la vida eterna, a fin de que no se
haga inmortal como nosotros.”
Dejemos ahora a un lado la parte fabulesca de este mito y consideremos
su sentido verdadero. El sentido es muy claro. El hombre se ha emancipado, se
ha separado de la animalidad y se ha constituido como hombre; ha comenzado su
historia y su desenvolvimiento propiamente humano por un acto de desobediencia
y de ciencia, es decir, por la rebeldía y por el pensamiento.
Tres elementos o, si queréis, tres principios fundamentales, constituyen
las condiciones esenciales de todo desenvolvimiento humano, tanto colectivo
como individual, en la historia: 1º la animalidad humana; 2º el
pensamiento, y 3º la rebeldía. A la primera
corresponde propiamente la economía social y privada; la
segunda, la ciencia, y a la tercera, la libertad.
Los idealistas de todas las escuelas, aristócratas y burgueses, teólogos
y metafísicos, políticos y moralistas, religiosos, filósofos o poetas, sin
olvidar los economistas liberales, adoradores desenfrenados de lo ideal, como
se sabe-, se ofenden mucho cuando se les dice que el hombre, con toda su
inteligencia magnifica, sus ideas sublimes y sus aspiraciones infinitas, no es,
como todo lo que existe en el mundo, más que materia, más que un producto de
esa vil materia.
Podríamos responderles que la materia de que hablan los materialistas
-materia espontánea y eternamente móvil, activa, productiva; materia química u
orgánicamente determinada, y manifestada por las propiedades o las fuerzas
mecánicas, físicas, animales o inteligentes que le son inherentes por fuerza-
no tiene nada en común con la vil materia de los idealistas.
Esta última, producto de su falsa abstracción, es efectivamente un ser
estúpido, inanimado, inmóvil, incapaz de producir la menor de las cosas,
un caput mortum, una rastrera imaginación opuesta a esa bella imaginación
que llaman Dios, ser supremo ante el que a materia, la materia
de ellos, despojada por ellos mismos de todo lo que constituye la naturaleza
real, representa necesariamente la suprema Nada. Han quitado a la materia la
inteligencia, la vida, todas las cualidades determinantes, las relaciones
activas o las fuerzas, el movimiento mismo sin el cual la materia no sería
siquiera pesada, no dejándole más que la imponderabilidad y la inmovilidad absoluta
en el espacio; han atribuido todas esas fuerzas, propiedades y manifestaciones
naturales, al ser imaginario creado por su fantasía abstractiva; después,
tergiversando los papeles, han llamado a ese producto de su imaginación, a ese
fantasma, a ese Dios que es la Nada: “Ser supremo”. Por consiguiente han
declarado que el ser real, la materia, el mundo, es la Nada. Después de eso
vienen a decirnos gravemente que esa materia es incapaz de reducir nada, ni aun
de ponerse en movimiento por sí misma, y que, por consiguiente, ha debido ser
creada por Dios.
En otro escrito he puesto al desnudo los absurdos verdaderamente
repulsivos a que se es llevado fatalmente por esa imaginación de un Dios, sea
personal, sea creador y ordenador de los mundos; sea impersonal y considerado
como una especie de alma divina difundida en todo el universo, del que
constituiría el principio eterno; o bien como idea indefinida y divina, siempre
presente y activa en el mundo y manifestada siempre por la totalidad de seres
materiales y finitos. Aquí me limitaré a hacer resaltar un solo punto.
Se concibe perfectamente el desenvolvimiento sucesivo del mundo
material, tanto como de la vida orgánica, animal, y de la inteligencia
históricamente progresiva, individual y social, del hombre en ese mundo. Es un
movimiento por completo natural de lo simple a lo compuesto, de abajo arriba o
de lo inferior a lo superior; un movimiento conforme a todas nuestras
experiencias diarias, y, por consiguiente, conforme también a nuestra lógica
natural, a las propias leyes de nuestro espíritu, que, no conformándose nunca y
no pudiendo desarrollarse más que con la ayuda de esas mismas experiencias, no
es, por decirlo así, más que la reproducción mental, cerebral, o su resumen
reflexivo.
El sistema de los idealistas nos presenta completamente lo contrario. Es
el trastorno absoluto de todas experiencias humanas y de ese buen sentido
universal y común que es condición esencial de toda entente humana
y que, elevándose de esa verdad tan simple tan unánimemente reconocida de que
dos más dos son cuatro, hasta las consideraciones científicas más sublimes y
más complicadas, no admitiendo por otra parte nunca nada que no sea severamente
confirmado por la experiencia o por la observación de las cosas o de los
hechos, constituye la única base seria de los conocimientos humanos.
En lugar de seguir la vía natural de abajo arriba, e lo inferior a lo
superior y de lo relativamente simple a lo complicado; en lugar de acompañar
prudente, racionalmente, el movimiento progresivo y real del mundo llamado
inorgánico al mundo orgánico, vegetal, después animal, y después
específicamente humano; de la materia química o del ser químico a la materia
viva o al ser vivo, y del ser vivo al ser pensante, los idealistas,
obsesionados, cegados e impulsados por el fantasma divino que han heredado de
la teología, toman el camino absolutamente contrario. Proceden de arriba a
abajo, de lo superior a lo inferior, de lo complicado a lo simple. Comienzan
por Dios, sea como persona, sea como sustancia o idea divina, y el primer paso
que dan es una terrible voltereta de las alturas sublimes del eterno ideal al
fango del mundo material; de la perfección absoluta a la imperfección absoluta;
del pensamiento al Ser, o más bien del Ser supremo a la Nada. Cuándo, cómo y
por qué el ser divino, eterno, infinito, lo Perfecto absoluto, probablemente
hastiado de sí mismo, se ha decidido al salto mortale desesperado;
he ahí lo que ningún idealista, ni teólogo, ni metafísico, ni poeta ha sabido
comprender jamás él mismo ni explicar a los profanos.
Todas las religiones pasadas y presentes y todos los sistemas de
filosofía transcendentes ruedan sobre ese único o inicuo misterio. Santos
hombres, legisladores inspirados, profetas, Mesías, buscaron en él la vida y no
hallaron más que la tortura y la muerte. Como la esfinge antigua, los ha
devorado, porque no han sabido explicarlo. Grandes filósofos, desde Heráclito y
Platón hasta Descartes, Spinoza, Leibnitz, Kant, Fichte, Schelling y Hegel, sin
hablar de los filósofos hindúes, han escrito montones de volúmenes y han creado
sistemas tan ingeniosos como sublimes, en los cuales dijeron de paso muchas
bellas y grandes cosas y descubrieron verdades inmortales, pero han dejado ese
misterio, objeto principal de sus investigaciones trascendentes, tan insondable
como lo había sido antes de ellos. Pero puesto que los esfuerzos gigantes -como
de los más admirables genios que el mundo conoce y que durante treinta siglos
al menos han emprendido siempre de nuevo ese trabajo de Sísifo- no han
culminado sino en la mayor incomprensión aún de ese misterio, ¿podremos esperar
que nos será descubierto hoy por las especulaciones rutinarias de algún
discípulo pedante de una metafísica artificiosamente recalentadas y eso en una
época en que todos los espíritus vivientes y serios se han desviado de esa
ciencia explicable, surgida de una transacción, históricamente explicable sin
duda, entre la irracionalidad de la fe y la sana razón científica?
Es evidente que este terrible misterio es inexplicable, es decir, que es
absurdo, porque lo absurdo es lo único que no se puede explicar. Es evidente
que el que tiene necesidad de él para su dicha, para su vida, debe renunciar a
su razón y, volviendo, si puede, a la ingenua, ciega, estúpida, repetir con
Tertuliano y con todos los creyentes sinceros estas palabras que resumen la
quintaesencia misma de la teología: Credoquia absurdum. Entonces
toda discusión cesa, y no queda más que la estupidez triunfante de la fe. Pero
entonces se promueve también otra cuestión: ¿Cómo puede nacer en un
hombre inteligente e instruido la necesidad de creer en ese misterio?
Que la creencia en Dios creador, ordenador y juez, maldiciente, salvador
y bienhechor del mundo se haya conservado en el pueblo, y sobre todo en las
poblaciones rurales, mucho más aún que en el proletariado de las ciudades, nada
más natural. El pueblo desgraciadamente, es todavía muy ignorante; y es
mantenido en su ignorancia por los esfuerzos sistemáticos de todos los
gobiernos, que consideran esa ignorancia, no sin razón, como una de las
condiciones más esenciales de su propia potencia. Aplastado por su trabajo
cotidiano, privado de ocio, de comercio intelectual, de lectura, en fin, de
casi todos los medios y de una buena parte de los estimulantes que desarrollan
la reflexión en los hombres, el pueblo acepta muy a menudo, sin crítica y en
conjunto las tradiciones religiosas que, envolviéndolo desde su nacimiento en
todas las circunstancias de su vida, y artificialmente mantenidas en su seno
por una multitud de envenenadores oficiales de toda especie, sacerdotes y
laicos, se transforman en él en una suerte de hábito mental moral, demasiado a
menudo más poderoso que su buen sentido natural.
Hay otra razón que explica y que legitima en cierto modo las creencias
absurdas del pueblo. Es la situación miserable a que se encuentra fatalmente
condenado por la organización económica de la sociedad en los países más
civilizados de Europa. Reducido, tanto intelectual y moralmente como en su
condición material al mínimo de una existencia humana, encerrado en su vida
como un prisionero en su prisión, sin horizontes, sin salida, sin porvenir
mismo, si se cree a los economistas, el pueblo debería tener el alma
singularmente estrecha y el instinto achatado de los burgueses para no
experimentar la necesidad de salir de ese estado; pero para eso no hay más que
tres medios, dos de ellos ilusorios y el tercero real. Los dos primeros son el
burdel y la iglesia, el libertinaje del cuerpo y el libertinaje del alma; el
tercero es la revolución social. De donde concluyo que esta última únicamente,
mucho más al menos que todas las propagandas teóricas de los librepensadores,
será capaz de destruir hasta los mismos rastros de las creencias religiosas y
de los hábitos de desarreglo en el pueblo, creencias y hábitos que están más
íntimamente ligados de lo que se piensa; que, sustituyendo los goces a la vez
ilusorios y brutales de ese libertinaje corporal y espiritual, por los goces
tan delicados como reales de la humanidad plenamente realizada en cada uno de
nosotros y en todos, la revolución social únicamente tendrá el poder de cerrar
al mismo tiempo todos los burdeles y todas las iglesias.
Hasta entonces, el pueblo, tomado en masa, creerá, y si no tiene razón
para creer, tendrá al menos el derecho.
Hay una categoría de gentes que, si no cree, debe menos aparentar que
cree. Son todos los atormentadores, todos los opresores y todos los
explotadores de la humanidad. Sacerdotes, monarcas, hombres de Estado, hombres
de guerra, financistas públicos y privados, funcionarios de todas las especies,
policías, carceleros y verdugos, monopolizadores, capitalistas, empresarios y
propietarios, abogados, economistas, políticos de todos los colores, hasta el
último comerciante, todos repetirán al unísono estas palabras de Voltaire:
Si Dios no existiese habría que inventario. Porque,
comprenderéis, es precisa una religión para el pueblo. Es la válvula de
seguridad.
Existe, en fin, una categoría bastante numerosa de almas honestas, pero
débiles, que, demasiado inteligentes para tomar en serio los dogmas cristianos,
los rechazan en detalle, pero no tienen ni el valor, ni la fuerza, ni la
resolución necesarios para rechazarlos totalmente. Dejan a vuestra crítica
todos los absurdos particulares de la religión, se burlan de todos los
milagros, pero se aferran con desesperación al absurdo principal, fuente de
todos los demás, al milagro que explica y legitima todos los otros milagros: a
la existencia de Dios. Su Dios no es el ser vigoroso y potente, el Dios
brutalmente positivo de la teología. Es un ser nebuloso, diáfano, ilusorio, de
tal modo ilusorio que cuando se cree palparle se transforma en Nada; es un
milagro, un ignis fatuus que ni calienta ni ilumina. Y, sin
embargo, sostienen y creen que si desapareciese, desaparecería todo con él. Son
almas inciertas, enfermizas, desorientadas en la civilización actual, que no
pertenecen ni al presente ni al porvenir, pálidos fantasmas eternamente
suspendidos entre el cielo y la tierra, y que ocupan entre la política burguesa
y el socialismo del proletariado absolutamente la misma posición. No se sienten
con fuerza ni para pensar hasta el fin, ni para querer, ni para resolver, y pierden
su tiempo y su labor esforzándose siempre por conciliar lo inconciliable. En la
vida pública se llaman socialistas burgueses.
Ninguna discusión con ellos ni contra ellos es posible. Están demasiado
enfermos.
Pero hay un pequeño número de hombres ilustres, de los cuales nadie se
atreverá a hablar sin respeto, y de los cuales nadie pensará en poner en duda
ni la salud vigorosa, ni la fuerza de espíritu, ni la buena fe. Baste citar los
nombres de Mazzini, de Michelet, de Quinet, de John Stuart Mill. Almas
generosas y fuertes, grandes corazones, grandes espíritus, grandes escritores
y, el primero, resucitador heroico y revolucionario de una gran nación, son
todos los apóstoles del idealismo y los adversarios apasionados del
materialismo, y por consiguiente también del socialismo, en filosofía como en
política.
Es con ellos con quienes hay que discutir esta cuestión.
Comprobemos primero que ninguno de los hombres ilustres que acabo de
mencionar, ni ningún otro pensador idealista un poco importante de nuestros
días, se ha ocupado propiamente de la parte lógica de esta cuestión. Ninguno ha
tratado de resolver filosóficamente la posibilidad del salto
mortale divino de las regiones eternas y puras del espíritu al fango
del mundo material. ¿Tienen temor a abordar esa insoluble contradicción y
desesperan de resolverla después que han fracasado los más grandes genios de la
historia, o bien a han considerado como suficientemente resuelta ya? Es su
secreto. El hecho es que han dejado a un lado la demostración teórica de la
existencia de un Dios, y que no han desarrollado más que las razones y las
consecuencias prácticas de ella. Han hablado de ella todos como de un hecho
universalmente aceptado y como tal imposible de convertirse en objeto de una
duda cualquiera, limitándose, por toda prueba, a constatar la antigüedad y la
universalidad misma de la creencia en Dios.
Esta unanimidad imponente, según la opinión de muchos hombres y
escritores ilustres, y para no citar sino los más renombrados de ellos, según
la opinión elocuentemente expresada de Joseph de Maistre y del gran patriota
italiano Giuseppe Mazzini, vale más que todas las demostraciones de la ciencia;
y si la idea de un pequeño número de pensadores consecuentes y aun muy
poderosos, pero aislados, le es contraria, tanto peor, dicen ellos, para esos
pensadores y para su lógica, porque el consentimiento general, la adopción
universal y antigua de una idea han sido considerados en todos los tiempos como
la prueba más victoriosa de su verdad. El sentimiento de todo el mundo, una
convicción que se encuentra y se mantiene siempre y en todas partes, no podría
engañarse. Debe tener su raíz en una necesidad absolutamente inherente a la
naturaleza misma del hombre. Y puesto que ha sido comprobado que todos los
pueblos pasados y presentes han creído y creen en la existencia de Dios, es
evidente que los que tienen la desgracia de dudar de ella, cualquiera que sea
la lógica que los haya arrastrado a esa duda, son excepciones anormales,
monstruos.
Así, pues, la antigüedad y la universalidad de
una creencia serían, contra toda la ciencia y contra toda lógica, una prueba
suficiente e irreductible de su verdad. ¿Y por qué?
Hasta el siglo de Copérnico y de Galileo, todo el mundo había creído que
el Sol daba vueltas alrededor de la Tierra. ¿No se engañó todo el mundo? ¿Hay
cosa más antigua y más universal que la esclavitud? La antropofagia quizá.
Desde el origen de la sociedad histórica hasta nuestros días hubo siempre y en
todas partes explotación del trabajo forzado de las masas, esclavas, siervas o
asalariadas, por alguna minoría dominante; la opresión de los pueblos por la
iglesia y por el estado. ¿Es preciso concluir que esa explotación y esa
opresión sean necesidades absolutamente inherentes a la existencia misma de la
sociedad humana?. He ahí ejemplos que muestran que la argumentación de los
abogados del buen Dios no prueba nada.
Nada es en efecto tan universal y tan antiguo como lo inicuo y lo
absurdo, y, al contrario, son la verdad la justicia las que, en el
desenvolvimiento de las sociedades humanas, son menos universales y más
jóvenes; lo que explica también el fenómeno histórico constante de las
persecuciones inauditas de que han sido y continúan siendo objeto aquellos que
las proclaman, primero por parte de los representantes oficiales, patentados e
interesados de las creencias “universales” y “antiguas”, y a menudo por parte también
de aquellas mismas masas populares que, después de haberlos atormentado, acaban
siempre por adoptar y hacer triunfar sus ideas.
Para nosotros, materialistas y socialistas revolucionarios, no hay nada
que nos asombre ni nos espante en ese fenómeno histórico. Fuertes en nuestra
conciencia, nuestro amor a la verdad, en esa pasión lógica que constituye por
sí una gran potencia, y al margen de la cual no hay pensamiento; fuertes en
nuestra pasión por la justicia y en nuestra fe inquebrantable en el triunfo de
la humanidad sobre todas las bestialidades teóricas prácticas; fuertes, en fin,
en la confianza y en el apoyo mutuos que se prestan el pequeño número de los
que comparten nuestras convicciones, nos resignamos por nosotros mismos a todas
las consecuencias de ese fenómeno histórico, en el que vemos la manifestación
de una ley social tan natural, tan necesaria y tan invariable como todas las
demás leyes que gobiernan el mundo.
Esta ley es una consecuencia lógica, inevitable, del origen
animal de la sociedad humana; ahora bien, frente a todas las pruebas
científicas, psicológicas, históricas que se han acumulado en nuestros días,
tanto como frente a los hechos de los alemanes, conquistas de Francia, que dan
hoy una demostración tan brillante de ello, no es posible, verdaderamente,
dudar de la realidad de ese origen. Pero desde el momento que se acepta ese
origen animal del hombre, se explica todo. La historia se nos aparece, entonces,
como la negación revolucionaria, ya sea lenta, apática, adormecida, ya sea
apasionada y poderosa del pasado. Consiste precisamente en la negación
progresiva de la animalidad primera del hombre por el desenvolvimiento de su
humanidad. El hombre, animal feroz, primo del gorila, ha partido de la noche
profunda del instinto animal para llegar a la luz del espíritu, lo que explica
de una manera completamente natural todas sus divagaciones pasadas, y nos
consuela en parte de sus errores presentes. Ha partido de la esclavitud animal
y después de atravesar su esclavitud divina, término transitorio entre su
animalidad y su humanidad, marcha hoy a la conquista y a la realización de su
libertad humana. De donde resulta que la antigüedad de una creencia, de una idea,
lejos de probar algo en su favor, debe, al contrario, hacérnosla sospechosa.
Porque detrás de nosotros está nuestra animalidad y ante nosotros la humanidad,
y la luz humana, la única que puede calentarnos e iluminamos, la única que
puede emanciparnos, nos hace dignos, libres, dichosos, y la realización de la
fraternidad entre nosotros no está al principio, sino, relativamente a la época
en que vive, al fin de la historia. No miremos, pues, nunca atrás, miremos
siempre hacia adelante, porque adelante está nuestro sol y nuestra salvación; y
si es permitido, si es útil y necesario volver nuestra vista al estudio de
nuestro pasado, no es más que para comprobar lo que hemos sido y lo que no
debemos ser más, lo que hemos creído y pensado, y lo que no debemos creer ni
pensar más, lo que hemos hecho y lo que no debemos volver a hacer.
Esto por lo que se refiere a la antigüedad. En cuanto a
la universalidad de un error, no prueba más que una cosa: la
similitud, si no la perfecta identidad de la naturaleza humana en todos los
tiempos y bajo todos los climas. Y puesto que se ha comprobado que los pueblos
de todas las épocas de su vida han creído, y creen todavía, en Dios, debemos
concluir simplemente que la idea divina, salida de nosotros mismos, es un error
históricamente necesario en el desenvolvimiento de la humanidad, y preguntarnos
por qué y cómo se ha producido en la historia, por qué la inmensa mayoría de la
especie humana la acepta aún como una verdad.
En tanto que no podamos darnos cuenta de la manera cómo se produjo la
idea de un mundo sobrenatural y divino y cómo ha debido fatalmente producirse
en el desenvolvimiento histórico de la conciencia humana, podremos estar
científicamente convencidos del absurdo de esa idea, pero no llegaremos a
destruirla nunca en la opinión de la mayoría. En efecto: no estaremos en
condiciones de atacarla en las profundidades mismas del ser humano, donde ha
nacido, y, condenados una lucha estéril, sin salida y sin fin, deberemos
contentamos siempre con combatirla sólo en la superficie, en sus innumerables
manifestaciones, cuyo absurdo, apenas derribado por los golpes del sentido
común, renacerá inmediatamente bajo una forma nueva no menos insensata. En
tanto que persista la raíz de todos los absurdos que atormentan al mundo, la
creencia en Dios permanecerá intacta, no cesará de echar nuevos retoños. Es así
como en nuestros días, en ciertas regiones de la más alta sociedad, el
espiritismo tiende a instalarse sobre las ruinas del cristianismo.
No es sólo en interés de las masas, sino también en de la salvación de
nuestro propio espíritu debemos forzarnos en comprender la génesis histórica de
la idea de Dios, la sucesión de las causas que desarrollaron produjeron esta
idea en la conciencia de los hombres. Podremos decirnos y creernos ateos: en
tanto que no hayamos comprendido esas causas, nos dejaremos dominar más o menos
por los clamores de esa conciencia universal de la que no habremos sorprendido
el secreto; y, vista la debilidad natural del individuo, aun del más fuerte
ante la influencia omnipotente del medio social que lo rodea, corremos siempre
el riesgo de volver a caer tarde o temprano, y de una manera o de otra, en el
abismo del absurdo religioso. Los ejemplos e esas conversiones vergonzosas son
frecuentes en la sociedad actual.
He señalado ya la razón práctica principal del poder ejercido aún hoy
por las creencias religiosas sobre las masas. Estas disposiciones místicas no
denotan tanto en sí una aberración del espíritu como un profundo descontento
del corazón. Es la protesta instintiva y apasionada del ser humano contra las
estrecheces, las chaturas, los dolores y las vergüenzas de una existencia
miserable. Contra esa enfermedad, he dicho, no hay más que un remedio: la
revolución social.
Entre tanto, otras veces he tratado de exponer las causas que
presidieron el nacimiento y el desenvolvimiento histórico de las alucinaciones
religiosas en la conciencia del hombre. Aquí no quiero tratar esa cuestión de
la existencia de un Dios, o del origen divino del mundo y del hombre, más que
desde el punto de vista de su utilidad moral y social, y sobre la razón teórica
de esta creencia no diré más que pocas palabras, a fin de explicar mejor mi
pensamiento.
Todas las religiones, con sus dioses, sus semidioses y sus profetas, sus
Mesías y sus santos, han sido creadas por la fantasía crédula de los hombres,
no llegados aún al pleno desenvolvimiento y a la plena posesión de sus
facultades intelectuales; en consecuencia de lo cual, el cielo religioso no es
otra cosa que un milagro donde el hombre, exaltado por la ignorancia y la fe,
vuelve a encontrar su propia imagen, pero agrandada y trastrocada, es
decir, divinizada. La historia de las religiones, la del
nacimiento, de la grandeza y de la decadencia de los dioses que se sucedieron
en la creencia humana, no es nada más que el desenvolvimiento de la
inteligencia y de la conciencia colectiva de los hombres. A medida que, en su
marcha históricamente regresiva, descubrían, sea en sí mismos, sea en la
naturaleza exterior, una fuerza, una cualidad o un defecto cualquiera, lo
atribuían a sus dioses, después de haberlos exagerado, ampliado
desmesuradamente, como lo hacen de ordinario los niños, por un acto de su fantasía
religiosa. Gracias a esa modestia y a esa piadosa generosidad de los hombres
creyentes y crédulos, el cielo se ha enriquecido con los despojos de la tierra
y, por una consecuencia necesaria, cuanto más rico se volvía el cielo, más
miserable se volvía la tierra. Una vez instalada la divinidad, fue proclamada
naturalmente la causa, la razón, el árbitro y el dispensador absoluto de todas
las cosas: el mundo no fue ya nada, la divinidad lo fue todo; y el hombre, su
verdadero creador, después de haberla sacado de la nada sin darse cuenta, se
arrodilló ante ella, la adoró y se proclamó su criatura y su esclavo.
El cristianismo es, precisamente, la religión por excelencia, porque
expone y manifiesta, en su plenitud, la naturaleza, la propia esencia de todo
sistema religioso, que es el empobrecimiento, el sometimiento, el
aniquilamiento de la humanidad en beneficio de la divinidad.
Siendo Dios todo, el mundo real y el hombre no son nada. Siendo Dios la
verdad, la justicia, el bien, lo bello, la potencia y la vida, el hombre es la
mentira, la iniquidad, el mal, la fealdad, la impotencia y la muerte. Siendo
Dios el amo, el hombre es el esclavo. Incapaz de hallar por sí mismo la
justicia, la verdad y la vida eterna, no puede llegar a ellas más que mediante
una revelación divina. Pero quien dice revelación, dice reveladores, Mesías,
profetas, sacerdotes y legisladores inspirados por Dios, mismo; y una vez
reconocidos aquellos como representantes de la divinidad en la Tierra, como los
santos institutores de la humanidad, elegidos por Dios mismo para dirigirla por
la vía de la salvación, deben ejercer necesariamente un poder absoluto. Todos
los hombres les deben una obediencia ilimitada y pasiva, porque contra la razón
divina no hay razón humana y contra la justicia de Dios no hay justicia
terrestre que se mantengan. Esclavos de Dios, los hombres deben serlo también
de la iglesia y del Estado, en tanto que este último es consagrado por
la iglesia. He ahí lo que el cristianismo comprendió mejor que todas
las religiones que existen o que han existido, sin exceptuar las antiguas
religiones orientales, que, por lo demás, no han abarcado más que pueblos
concretos y privilegiados, mientras que el cristianismo tiene la pretensión de
abarcar la humanidad entera; y he ahí lo que, de todas las sectas cristianas,
sólo el catolicismo romano ha proclamado y realizado con una consecuencia
rigurosa. Por eso el cristianismo es la religión absoluta, la religión última,
y la iglesia apostólica y romana la única consecuente, legítima y divina.
Que no parezca mal a los metafísicos y a los idealistas religiosos,
filósofos, políticos o poetas: la idea de Dios implica la abdicación de
la razón humana y de la justicia humana, es la negación más decisiva de la
libertad humana y lleva necesariamente a la esclavitud los hombres, tanto en la
teoría como en la práctica.
A menos de querer la esclavitud y el envilecimiento de los hombres, como
lo quieren los jesuitas, como lo quieren los monjes, los pietistas o los
metodistas protestantes, no podemos, no debemos hacer la menor concesión ni al
dios de la teología ni al de la metafísica porque en ese alfabeto místico, el
que comienza por decir A deberá fatalmente acabar diciendo Z, y el que quiere
adorar a Dios debe, sin hacerse ilusiones pueriles, renunciar bravamente a su
libertad y a su humanidad.
Si Dios existe, el hombre es esclavo; ahora bien, el hombre puede y debe
ser libre: por consiguiente, Dios no existe.
Desafío a quienquiera que sea a salir de ese círculo, y ahora,
escojamos.
¿Es necesario recordar cuánto y cómo embrutecen y corrompen las
religiones a los pueblos? Matan en ellos la razón, ese instrumento principal de
la emancipación humana, y los reducen a la imbecilidad, condición esencial de
su esclavitud. Deshonran el trabajo humano y hacen de él un signo y una fuente
de servidumbre. Matan la noción y el sentimiento de la justicia humana,
haciendo inclinar siempre la balanza del lado de los pícaros triunfantes,
objetos privilegiados de la gracia divina. Matan la altivez y la dignidad, no
protegiendo más que a los que se arrastran y a los que se humillan. Ahogan en
el corazón de los pueblos todo sentimiento de fraternidad humana, llenándolo de
crueldad divina.
Todas las religiones son crueles, todas están fundadas en la sangre,
porque todas reposan principalmente sobre la idea del sacrificio, es decir,
sobre la inmolación perpetua de la humanidad a la insaciable venganza de la
divinidad. En ese sangriento misterio, el hombre es siempre la víctima, y el
sacerdote, hombre también, pero hombre privilegiado por la gracia, es el divino
verdugo. Eso nos explica por qué los sacerdotes de todas las religiones, los
mejores, los más humanos, los más suaves, tienen casi siempre en el fondo de su
corazón -y si no en el corazón en su imaginación, en espíritu (y ya se sabe la
influencia formidable que una otro ejercen sobre el corazón de los hombres)-
por qué hay, digo, en los sentimientos de todo sacerdote algo de cruel y de
sanguinario.
Todo esto, nuestros ilustres idealistas contemporáneos lo saben mejor
que nadie. Son hombres sabios e conocen la historia de memoria; y como son al
mismo tiempo hombres vivientes, grandes almas penetradas por un amor sincero y
profundo hacia el bien de la humanidad, han maldito y zaherido todos estos
efectos, todos estos crímenes de la religión con una elocuencia sin igual.
Rechazan con indignación toda solidaridad con el Dios de las religiones
positivas y con sus representantes pasados y presentes sobre la Tierra.
El Dios que adoran o que creen adorar se distingue precisamente de los
dioses reales de la historia, en que no es un Dios positivo, ni determinado de
ningún modo, ya sea teológico, ya sea metafísicamente. No es ni el ser supremo
de Robespierre y de Rousseau, ni el Dios panteísta de Spinoza, ni siquiera el
Dios a la vez trascendente e inmanente y muy equívoco de Hegel. Se cuidan bien
de darle una determinación positiva cualquiera, sintiendo que toda
determinación lo sometería a la acción disolvente de la crítica. No dirán de él
si es un Dios personal o impersonal, si ha creado o si no ha creado el mundo;
no hablarán siquiera de su divina providencia. Todo eso podría comprometerlos.
Se contentarán con decir: “Dios” y nada más. Pero, ¿qué es su Dios? No es siquiera
una idea, es una aspiración.
Es el nombre genérico de todo lo que les parece de, bueno, bello, noble,
humano. Pero, ¿por qué dicen entonces: “hombre”? ¡Ah! es que el rey Guillermo
de Prusia y Napoleón III y todos sus semejantes son igualmente hombres; y he
ahí lo que más les embaraza. La humildad real nos presenta el conjunto de todo
lo que hay de más sublime, de más bello y de todo lo que hay de más vil y de
más monstruoso en el mundo. ¿Cómo salir de ese atolladero? Llaman a lo
uno divino y a lo otro bestial,representándose la
divinidad y la animalidad como los dos polos entre los cuales se coloca la
humanidad. No quieren o no pueden emprender que esos tres términos no forman
más que uno y que si se los separa se los destruye.
No están fuertes en lógica, y se diría que la desprecian. Es eso lo que
los distingue de los metafísicos y deístas, y lo que imprime a sus ideas el
carácter de un idealismo práctico, sacando mucho menos sus inspiraciones del
desenvolvimiento severo de un pensamiento, que de las experiencias, casi diré
de las emociones, tanto históricas y colectivas como individuales de la vida.
Eso da a su propaganda una apariencia de riqueza y de potencia vital, pero una
apariencia solamente porque la vida misma se hace estéril cuando es paralizada
por una contradicción lógica.
La contradicción es ésta: quieren a Dios y quieren a la humanidad. Se
obstinan en poner juntos esos dos términos, que, una vez separados, no pueden
encontrarse de nuevo más que para destruirse recíprocamente. Dicen de un tirón:
“Dios y la libertad del hombre”; “Dios y la dignidad, la justicia, la igualdad,
la fraternidad y la prosperidad de los hombres”, sin preocuparse de la lógica
fatal conforme a la cual, si Dios existe todo queda condenado a la
no-existencia. Porque si Dios existe es necesariamente el amo eterno, supremo,
absoluto, y si amo existe el hombre es esclavo; pero si es esclavo, no hay para
él ni justicia ni igualdad ni fraternidad ni prosperidad posibles. Podrán,
contrariamente al buen sentido y a todas las experiencias de la historia, reventarse
a su Dios animado del más tierno amor por la libertad humana: un amo, haga lo
que quiera y por liberal que quiera mostrarse, no deja de ser un amo y su
existencia implica necesariamente la esclavitud de todo lo que se encuentra por
debajo de él.
Por consiguiente, si Dios existiese, no habría para él más que un solo
medio de servir a la libertad humana: dejar de existir.
Como celoso amante de la libertad humana y considerándolo como la
condición absoluta de todo lo que adoramos y respetamos en la humanidad, doy
vuelta a la frase de Voltaire y digo: si Dios existiese realmente,
habría que hacerlo desaparecer.
La severa lógica que me dicta estas palabras es demasiado evidente para
que tenga necesidad de desarrollar más esta argumentación. Y me parece
imposible que los hombres ilustres a quienes mencioné, tan célebres y tan
justamente respetados, no hayan sido afectados por ella y no se hayan percatado
de la contradicción en que caen al hablar de Dios y de la libertad humana a la
vez. Para que lo hayan pasado por alto, a sido preciso que hayan pensado que
esa inconsecuencia o que esa negligencia lógica era necesaria prácticamente
para el bien mismo de la humanidad.
Quizá también, al hablar de la libertad como de una cosa que es para
ellos muy respetable y muy querida, la comprenden de distinto modo a como
nosotros la entendemos, nosotros, materialistas y socialistas revolucionarios.
En efecto; no hablan de ella sin añadir inmediatamente otra palabra, la
de autoridad, una palabra y una cosa que detestamos de todo
corazón.
¿Qué es la autoridad? ¿Es el poder inevitable de las leyes naturales que
se manifiestan en el encadenamiento y en la sucesión fatal de los fenómenos,
tanto del mundo físico como del mundo social? En efecto; contra esas leyes, la
rebeldía no sólo está prohibida, sino que es imposible. Podemos desconocerlas o
no conocerlas siquiera, pero no podemos desobedecerlas, porque constituyen la
base y las condiciones mismas de nuestra existencia; nos envuelven, nos
penetran, regulan todos nuestros movimientos, nuestros pensamientos y nuestros
actos; de manera que, aun cuando las queramos desobedecer, no hacemos más que
manifestar su omnipotencia.
Sí, somos absolutamente esclavos de esas leyes. Pero no hay nada de
humillante en esa esclavitud. Porque la esclavitud supone un amo exterior, un
legislador que se encuentre al margen de aquel a quien ordena; mientras que
estas leyes no están fuera de nosotros, nos son inherentes, constituyen nuestro
ser, todo nuestro ser, tanto corporal como intelectual y moral; no vivimos, no
respiramos, no obramos, no pensamos, no queremos sino mediante ellas. Fuera de
ellas no somos nada, no somos. ¿De dónde procedería, pues, nuestro poder y
nuestro querer rebelamos contra ellas?.
Frente a las leyes naturales no hay para el hombre más que una sola
libertad posible: la de reconocerlas y de aplicarlas cada vez más, conforme al
fin de la emanación o de la humanización, tanto colectiva como individual que
persigue. Estas leyes, una vez reconocidas, ejercen una autoridad que no es
discutida por la masa de los hombres. Es preciso, por ejemplo, ser loco o
teólogo, o por lo menos un metafísico, un jurista, o un economista burgués para
rebelarse contra esa ley según a cual dos más dos suman cuatro. Es preciso
tener fe para imaginarse que no se quemará uno en el fuego y que no se ahogará
en el agua, a menos que se recurra a algún subterfugio fundado aun sobre alguna
otra ley natural. Pero esas rebeldías, o más bien esas tentativas esas locas imaginaciones
de una rebeldía imposible no forman más que una excepción bastante rara;
porque, en general, se puede decir que la masa de los hombres, en su vida
cotidiana, se deja gobernar de una manera casi absoluta por el buen sentido, lo
que equivale a decir por la suma de las leyes generalmente reconocidas.
La gran desgracia es que una gran cantidad de leyes naturales ya
constadas como tales por la ciencia, permanezcan desconocidas para las masas
populares, gracias a los cuidados de esos gobiernos tutelares que no existen,
como se sabe, más que para el bien de los pueblos... Hay otro inconveniente: la
mayor parte de las leyes naturales inherentes al desenvolvimiento de la
sociedad humana, y que son también necesarias, invariables, fatales, como las
leyes que gobiernan el mundo físico, no han sido debidamente comprobadas y
reconocidas por la ciencia misma.
Una vez que hayan sido reconocidas primero por la ciencia y que la
ciencia, por medio de un amplio sistema de educación y de instrucción
populares, las hayan hecho pasar a la conciencia de todos, la cuestión de la
libertad estará perfectamente resuelta. Los autoritarios más recalcitrantes
deben reconocer que entonces no habrá necesidad de organización política ni de
dirección ni de legislación, tres cosas que, ya sea que emanen de la voluntad
del soberano, ya que resulten de los votos de un parlamento elegido por
sufragio universal y aun cuando estén conformes con el sistema de las leyes
naturales -lo que no tuvo lugar jamás y no tendrá jamás lugar-, son siempre
igualmente funestas y contrarias a la libertad de las masas, porque les impone
un sistema de leyes exteriores y, por consiguiente, despóticas.
La libertad del hombre consiste únicamente en esto, que obedece a las
leyes naturales, porque las ha reconocido él mismo como tales
y no porque le hayan sido impuestas exteriormente por una voluntad extraña,
divina o humana cualquiera, colectiva o individual.
Suponed una academia de sabios, compuesta por los representantes más
ilustres de la ciencia; suponed que esa academia sea encargada de la
legislación, de la organización de la sociedad y que, sólo inspirándose en el
puro amor a la verdad, no le dicte más que leyes absolutamente conformes a los
últimos descubrimientos de la ciencia. Y bien, yo pretendo que esa legislación
y esa organización serán una monstruosidad, y esto por dos razones: La primera,
porque la ciencia humana es siempre imperfecta necesariamente y, comparando lo
que se ha descubierto con lo que queda por descubrir, se puede decir que está
todavía en la cuna. De suerte que si quisiera forzar la vida práctica de los
hombres, tanto colectiva como individual, a conformarse estrictamente, exclusivamente
con los últimos datos de la ciencia, se condenaría a la sociedad y a los
individuos a sufrir el martirio sobre el lecho de Procusto, que acabaría pronto
por dislocarlos y por sofocarlos, pues la vida es siempre infinitamente más
amplia que la ciencia.
La segunda razón es ésta: una sociedad que obedeciere a la legislación
de una academia científica, no porque hubiere comprendido su carácter racional
por sí misma (en cuyo caso la existencia de la academia sería inútil), sino
porque una legislación tal, emanada de esa academia, se impondría en nombre de
una ciencia venerada sin comprenderla, sería, no una sociedad de hombres, sino
de brutos. Sería una segunda edición de esa pobre república del Paraguay que se
dejó gobernar tanto tiempo por la Compañía de Jesús. Una sociedad semejante no
dejaría de caer bien pronto en el más bajo grado del idiotismo.
Pero hay una tercera razón que hace imposible tal gobierno: es que una
academia científica revestida de esa soberanía digamos que absoluta, aunque
estuviere compuesta por los hombres más ilustres, acabaría infaliblemente y
pronto por corromperse moral e intelectualmente. Esta es hoy, ya, con los pocos
privilegios que se les dejan, la historia de todas las academias. El mayor
genio científico, desde el momento en que se convierte en académico, en sabio
oficial, patentado, cae inevitablemente y se adormece. Pierde su espontaneidad,
su atrevimiento revolucionario, y esa energía incómoda y salvaje que
caracteriza la naturaleza de los grandes genios, llamados siempre a destruir
los mundos caducos y a echar los fundamentos de mundos nuevos. Gana sin duda en
cortesía, sabiduría utilitaria y práctica, lo que pierde en potencia de
pensamiento. Se corrompe, en una palabra.
Es propio del privilegio y de toda posición privilegiada el matar el
espíritu y el corazón de los hombres. El hombre privilegiado, sea política, sea
económicamente, es un hombre intelectual y moralmente depravado. He ahí una ley
social que no admite ninguna excepción, y que se aplica tanto a las naciones
enteras como a las clases, a las compañías como a los individuos. Es la ley de
la igualdad, condición suprema de la libertad y de la humanidad. El objetivo
principal de este libro es precisamente desarrollarla y demostrar la verdad en
todas las manifestaciones de la vida humana.
Un cuerpo científico al cual se haya confiado el gobierno de la
sociedad, acabará pronto por no ocuparse absolutamente nada de la ciencia, sino
de un asunto distinto; y ese asunto, como sucede con todos los poderes
establecidos, será el de perpetuarse a sí mismo, haciendo que la sociedad
confiada a sus cuidados se vuelva cada vez más estúpida, y por consiguiente más
necesitada de su gobierno y de su dirección.
Pero lo que es verdad para las academias científicas es verdad
igualmente para todas las asambleas constituyentes y legislativas, aunque hayan
salido del sufragio universal. Este puede renovar su composición, es verdad,
pero eso no impide que se forme en unos pocos años un cuerpo de políticos,
privilegiados de hecho, o de derecho, y que, al dedicarse exclusivamente a la
dirección de los asuntos públicos de un país, acaban formar una especie de
aristocracia o de oligarquía política. Ved si no los Estados Unidos de América
y Suiza.
Por tanto, nada de legislación exterior y de legislación interior, pues
por otra parte una es inseparable de la otra, y ambas tienden al sometimiento
de la sociedad y al embrutecimiento de los legisladores mismos.
¿Se desprende de esto que rechazo toda autoridad? Lejos de mí ese
pensamiento. Cuando se trata de zapatos, prefiero la autoridad del zapatero; si
se trata de una casa, de un canal o de un ferrocarril, consulto la del
arquitecto o del ingeniero. Para esta o la otra, ciencia especial me dirijo a
tal o cual sabio. Pero no dejo que se impongan a mí ni el zapatero, ni el
arquitecto ni el sabio. Les escucho libremente y con todo el respeto que
merecen su inteligencia, su carácter, su saber, pero me reservo mi derecho
incontestable de crítica y de control. No me contento con consultar una sola
autoridad especialista, consulto varias; comparo sus opiniones, y elijo la que
me parece más justa. Pero no reconozco autoridad infalible, ni aun en
cuestiones especiales; por consiguiente, no obstante el respeto que pueda tener
hacia la honestidad y la sinceridad de tal o cual individuo, no tengo fe
absoluta en nadie. Una fe semejante sería fatal a mi razón, la libertad y al
éxito mismo de mis empresas; me transformaría inmediatamente en un esclavo
estúpido y en un instrumento de la voluntad y de los intereses ajenos.
Si me inclino ante la autoridad de los especialistas si me declaro
dispuesto a seguir, en una cierta medida durante todo el tiempo que me parezca
necesario sus indicaciones y aun su dirección, es porque esa autoridad no me es
impuesta por nadie, ni por los hombres ni por Dios. De otro modo la rechazaría
con honor y enviaría al diablo sus consejos, su dirección y su ciencia, seguro
de que me harían pagar con la pérdida de mi libertad y de mi dignidad los
fragmentos de verdad humana, envueltos en muchas mentiras, que podrían darme.
Me inclino ante la autoridad de los hombres especiales porque me es
impuesta por la propia razón. Tengo conciencia de no poder abarcar en todos sus
detalles y en sus desenvolvimientos positivos más que una pequeña parte de la
ciencia humana. La más grande inteligencia no podría abarcar el todo. De donde
resulta para la ciencia tanto como para la industria, la necesidad de la
división y de la asociación del trabajo. Yo recibo y doy, tal es la vida
humana. Cada uno es autoridad dirigente y cada uno es dirigido a su vez. Por
tanto no hay autoridad fija y constante, sino un cambio continuo de autoridad y
de subordinación mutuas, pasajeras y sobre todo voluntarias.
Esa misma razón me impide, pues, reconocer una autoridad fija, constante
y universal, porque no hay hombre universal, hombre que sea capaz de abarcar
con esa riqueza de detalles (sin la cual la aplicación de la ciencia a la vida
no es posible), todas las ciencias, todas las ramas de la vida social. Y si una
tal universalidad pudiera realizarse en un solo hombre, quisiera prevalerse de
ella para imponemos su autoridad, habría que expulsar a ese hombre de la
sociedad, porque su autoridad reduciría inevitablemente a todos los demás a la
esclavitud y a la imbecilidad. No pienso que la sociedad deba maltratar a los
hombres de genio como ha hecho hasta el presente. Pero no pienso tampoco que
deba engordarlos demasiado, ni concederles sobre todo privilegios o derechos
exclusivos de ninguna especie; y esto por tres razones: primero, porque
sucedería a menudo que se tomaría a un charlatán por un hombre de genio; luego,
porque, por este sistema de privilegios, podría transformar en un charlatán a
un hombre de genio, desmoralizarlo y embrutecerlo, y en fin, porque se daría
uno a sí mismo un déspota.
Resumo. Nosotros reconocemos, pues, la autoridad absoluta de la ciencia,
porque la ciencia no tiene otro objeto que la reproducción mental, reflexiva y
todo lo sistemática que sea posible, de las leyes naturales inherentes a la
vida tanto material como intelectual y moral del mundo físico y del mundo
social; esos dos mundos no constituyen en realidad más que un solo y mismo
mundo natural. Fuera de esa autoridad, la única legítima, porque es racional y
está conforme a la naturaleza humana, declaramos que todas las demás son
mentirosas, arbitrarias, despóticas y funestas.
Reconocemos la autoridad absoluta de la ciencia, pero rechazamos la
infabilidad y la universalidad de los representantes de la ciencia. En nuestra
iglesia -séame permitido servirme un momento de esta expresión que por otra
parte detesto; la iglesia y el Estado mis dos bestias negras-, en nuestra
iglesia, como en la iglesia protestante, nosotros tenemos un jefe, un Cristo
invisible, la ciencia; y como los protestantes, consecuentes aún que los
protestantes, no quieren sufrir ni papas ni concilios, ni cónclaves de
cardenales infalibles, ni obispos, ni siquiera sacerdotes, nuestro Cristo se
distingue del Cristo protestante y cristiano en que este último es un ser
personal, y el nuestro es impersonal; el Cristo cristiano, realizado ya en un
pasado eterno, se presenta como un ser perfecto, mientras que la realización y
el perfeccionamiento de nuestro Cristo, de la ciencia, están siempre en el
porvenir, lo que equivale a decir que no se realizarán jamás. No
reconociendo la autoridad absoluta más que ciencia absoluta, no
comprometemos de ningún momento nuestra libertad.
Entiendo por las palabras “ciencia absoluta”, la única verdaderamente
universal que reproduciría idealmente el universo, en toda su extensión y en
todos sus detalles infinitos, el sistema o la coordinación de todas las leyes
naturales que se manifiestan en el desenvolvimiento incesante de los mundos. Es
evidente que esta ciencia, objeto sublime de todos los esfuerzos del espíritu
humano, no se realizará nunca en su plenitud absoluta. Nuestro Cristo quedará,
pues, eternamente inacabado, lo cual debe rebajar mucho el orgullo de sus
presentantes patentados entre nosotros. Contra ese Dios hijo, en nombre del
cual pretenderían imponernos autoridad insolente y pedantesca, apelaremos al
Dios padre, que es el mundo real, la vida real de lo cual El no es más que una
expresión demasiado imperfecta y de quien nosotros somos los representantes
inmediatos, los seres reales, que viven, trabajan, combaten, aman, aspiran,
gozan y sufren.
Pero aun rechazando la autoridad absoluta, universal e infalible de los
hombres de ciencia, nos inclinamos voluntariamente ante la autoridad
respetable, pero relativa, muy pasajera, muy restringida, de los representantes
de las ciencias especiales, no exigiendo nada mejor que consultarles en cada
caso y muy agradecidos por las indicaciones preciosas que quieran darnos, a
condición de que ellos quieran recibirlas de nosotros sobre cosas y en
ocasiones en que somos más sabios que ellos; y en general, no pedimos nada
mejor que ver a los hombres dotados de un gran saber, de una gran experiencia,
de un gran espíritu y de un gran corazón sobre todo, ejercer sobre nosotros una
influencia natural y legítima, libremente aceptada, y nunca impuesta en nombre
de alguna autoridad oficial cualquiera que sea, terrestre o celeste. Aceptamos
todas las autoridades naturales y todas las influencias de hecho, ninguna de
derecho; porque toda autoridad o toda influencia de derecho, y como tal
oficialmente impuesta, al convertirse pronto en una opresión y en una mentira,
nos impondría infaliblemente, como creo haberío demostrado suficientemente, la
esclavitud y el absurdo.
En una palabra, rechazamos toda legislación, toda autoridad y toda
influencia privilegiadas, patentadas, oficiales y legales, aunque salgan del
sufragio universal, convencidos de que no podrán actuar sino en provecho de una
minoría dominadora y explotadora, contra los intereses de la inmensa mayoría
sometida.
He aquí en qué sentido somos realmente anarquistas.
Los idealistas modernos entienden la autoridad de una manera
completamente diferente. Aunque libre de las supersticiones tradicionales de
todas las religiones as existentes, asocian, sin embargo, a esa idea de
autoridad un sentido divino, absoluto. Esta autoridad no es la de una verdad
milagrosamente revelada, ni la de una verdad rigurosa y científicamente
demostrada. La fundan sobre un poco de argumentación casi filosófica, y sobre
mucha fe vagamente religiosa, sobre mucho sentimiento ideal, abstractamente
poético. Su religión es como un último ensayo de divinización de lo que
constituye la humanidad en los hombres. Eso es todo lo contrario de la obra que
nosotros realizamos. En vista de la libertad humana, de la dignidad humana y de
la prosperidad humana, creemos deber quitar al cielo los bienes que ha robado a
la tierra, para devolverlos a la tierra; mientras que esforzándose por cometer
un nuevo latrocinio religiosamente heroico, ellos querrían al contrario,
restituir de nuevo al cielo, a ese divino ladrón hoy desenmascarado -pasado a
su vez a saco por la impiedad audaz y por el análisis científico de los
librepensadores-, todo lo que la humanidad contiene de más grande, de más
bello, de más noble.
Les parece, sin duda, que, para gozar de una mayor autoridad entre los
hombres, las ideas y las cosas humanas deben ser investidas de alguna sanción
divina. ¿Cómo se anuncia esa sanción? No por un milagro o en las religiones
positivas, sino por la grandeza o por la santidad misma de las ideas y de las
cosas: lo que es grande, lo que es bello, lo que es noble, lo que es justo, es
reputado divino. En este nuevo culto religioso, todo hombre que se inspira en
estas ideas, en estas cosas, se transforma en un sacerdote, inmediatamente
consagrado por Dios mismo. ¿Y la prueba? Es la grandeza misma de las ideas que
expresa, y de las cosas que realiza: no tiene necesidad de otra. Son tan santas
que no pueden haber sido inspiradas más que por Dios.
He ahí, en pocas palabras, toda su filosofía: filosofía de sentimientos,
no de pensamientos reales, una especie e pietismo metafísico. Esto parece
inocente, pero no lo es, y la doctrina muy precisa, muy estrecha y muy seca que
se oculta bajo la ola intangible de esas formas poéticas, conduce a los mismos
resultados desastrosos que todas las religiones positivas; es decir, a la
negación más completa de la libertad y de la dignidad humanas.
Proclamar como divino todo lo que haya de grande, justo, noble, bello en
la humanidad, es reconocer, implícitamente, que la humanidad habría sido
incapaz por sí misma de producirlo; lo que equivale a decir que abandonada a sí
misma su propia naturaleza es miserable, inicua, vil y fea. Henos aquí vueltos
a la esencia de toda religión, es decir, a la denigración de la humanidad para
mayor gloria de la divinidad. Y desde el momento que son admitidas la
inferioridad natural del hombre y su incapacidad profunda para elevarse por sí,
fuera de toda inspiración divina, hasta las ideas justas y verdaderas, se hace
necesario admitir también todas las consecuencias ideológicas, políticas y
sociales de las religiones positivas. Desde el momento que Dios, el ser perfecto
y supremo se pone frente a la humanidad, los intermediarios divinos, los
elegidos, los inspirados de Dios salen de la tierra para ilustrar, dirigir y
para gobernar en su nombre a la especie humana especie humana.
¿No se podría suponer que todos los hombres son igualmente inspirados
por Dios? Entonces no habría necesidad de intermediarios, sin duda. Pero esta
suposición es imposible, porque está demasiado contradicha por los hechos.
Sería preciso entonces atribuir a la inspiración divina todos los absurdos y
los errores que se manifiestan, y todos los horrores, las torpezas, las
cobardías y las tonterías que se cometen en el mundo humano. Por consiguiente,
no hay en este mundo más que pocos hombres divinamente inspirados. Son los
grandes hombres de la historia, los genios virtuosos como dice el
ilustre ciudadano y profeta italiano Giuseppe Mazzini. Inmediatamente
inspirados por Dios mismo y apoyándose en el consentimiento universal,
expresado por el sufragio popular -Dio e Popo-, están llamados a
gobernar la sociedad humana.
Henos aquí de nuevo en la iglesia y en el Estado. Es verdad que en esa
organización nueva, establecida, como todas las organizaciones políticas
antiguas, por la gracia de Dios, pero apoyada esta vez, al
menos en la forma, a guisa de concesión necesaria al espíritu moderno, y como
en los preámbulos de los decretos imperiales de Napoleón III, sobre la voluntad
(ficticia) del pueblo; la iglesia no se llamará ya
iglesia, se llamará escuela. Pero sobre los bancos de esa escuela no se
sentarán solamente los niños: estará el menor eterno, el escolar reconocido
incapaz para siempre de sufrir sus exámenes, de elevarse a la ciencia de sus
maestros y de pasarse sin su disciplina: el pueblo. El Estado no se llamará ya
monarquía, se llamará república, pero no dejará de ser Estado, es decir, una
tutela oficial y relarmente establecida por una minoría de hombres competentes,
de hombres de genio o de talento, virtuosos, para vigilar y
para dirigir la conducta de ese gran incorregible y niño terrible: el Pueblo.
Los profesores de la escuela y los funcionarios del Estado se harán
republicanos; pero no serán por eso menos tutores, pastores, y el pueblo
permanecerá siendo lo que ha sido eternamente hasta aquí: un rebaño. Cuidado
entonces con los esquiladores; porque allí donde hay un rebaño, habrá
necesariamente también esquiladores y aprovechadores del rebaño.
El pueblo, en ese sistema, será el escolar y el pupilo eterno. A pesar
de su soberanía completamente ficticia, continuará sirviendo de instrumento a
pensamientos, a voluntades y por consiguiente también a intereses que no serán
los suyos. Entre esta situación y la que llamamos de libertad, de verdadera
libertad, hay un abismo. Habrá, bajo formas nuevas, la antigua opresión y la
antigua esclavitud, y allí donde existe la esclavitud, están la miseria, el
embrutecimiento, la verdadera materialización de la sociedad,
tanto de las clases privilegiadas, como de las masas.
Al divinizar las cosas humanas, los idealistas llegan siempre al triunfo
de un materialismo brutal. Y esto por una razón muy sencilla: lo
divino se evapora y sube hacia su patria, el cielo, y en la tierra queda
solamente lo brutal.
Si, el idealismo en teoría tiene por consecuencia necesaria el
materialismo más brutal en la práctica; o, sin duda, para aquellos que lo
predican de buena fe -el resultado ordinario para ellos es ver atacado, de
esterilidad todos sus esfuerzos-, sino para los que se esfuerzan por realizar
sus preceptos en la vida, para la sociedad entera, en tanto ésta se deja
dominar por las doctrinas idealistas.
Para demostrar este hecho general y que puede parecer extraño al
principio, pero que se explica generalmente cuando se reflexiona más, las
pruebas históricas no faltan.
Comparad las dos últimas civilizaciones del mundo antiguo, la
civilización griega y la civilización romana. ¿Cuál es la civilización más
materialista, la más natural por su punto de partida y la más humana e ideal en
sus resultados? La civilización griega.
¿Cuál es al contrario la más abstractamente ideal en su punto de partida
que sacrifica la libertad material del hombre a la libertad ideal del
ciudadano, representada por la abstracción del derecho jurídico, y el
desenvolvimiento natural de la sociedad a la abstracción del Estado, y cuál es
la más brutal en sus consecuencias. La civilización romana, sin duda. La
civilización griega, como todas las civilizaciones antiguas, comprendida la de
Roma, ha sido exclusivamente nacional y ha tenido por base la esclavitud. Pero
a pesar de estas dos grandes faltas históricas, no ha concebido menos y
realizado la idea de la humanidad, y ennoblecido y realmente idealizado la vida
de los hombres; ha transformado los rebaños humanos en asociaciones libres de
hombres libres; ha creado las ciencias, las artes, una poesía, una filosofía
inmortales y las primeras nociones el respeto humano por la libertad. Con la
libertad política y social ha creado el libre pensamiento. Y al final de la
Edad Media, en la época del Renacimiento, ha bastado que algunos griegos
emigrados aportasen algunos de sus libros inmortales a Italia para que
resucitaran la vida, la libertad, el pensamiento, la humanidad, enterrados en
el sombrío calabozo del catolicismo. La emancipación humana, he ahí el nombre
de la civilización griega. ¿Y el nombre de la civilización romana? Es la
conquista con todas sus brutales consecuencias. ¿Y su última palabra? La
omnipotencia de los Césares. Es el envilecimiento y la esclavitud de las
naciones y de los hombres.
Y hoy aún, ¿qué es lo que mata, qué es lo que aplasta brutalmente,
materialmente, en todos los países de Europa, la libertad y la humanidad? Es el
triunfo del principio cesarista o romano.
Comparad ahora dos civilizaciones modernas: la civilización italiana y
la civilización alemana. La primera representa, sin duda, en su carácter
general, el materialismo; la segunda representa, al contrario, todo lo que hay
de más abstracto, de más puro y de más trascendente en idealismo. Veamos cuáles
son los frutos prácticos de una y de otra.
Italia ha prestado ya inmensos servicios a la causa de la emancipación
humana. Fue la primera que resucitó y que aplicó ampliamente el principio de la
libertad en Europa y que dio a la humanidad sus títulos de nobleza: la
industria, el comercio, la poesía, las artes, las ciencias positivas, el libre
pensamiento. Aplastada después por tres siglos de despotismo imperial y papas,
y arrastrada al lodo por su burguesía dominante, aparece hoy, es verdad, muy
decaída en comparación con lo que ha sido. Y sin embargo, ¡qué diferencia si se
la compara con Alemania! En Italia, a pesar de esa decadencia, que esperamos
pasajera, se puede vivir y respirar humanamente, libremente, rodeado de un
pueblo que parece haber nacido para la libertad. Italia -aun su burguesía- puede
mostrados con orgullo hombres como Mazzini y Garibaldi. En Alemania se respira
la atmósfera de una inmensa esclavitud política y social, filosóficamente
explicada y aceptada por un gran pueblo con una resignación y una buena
voluntad reflexivas. Sus héroes -hablo siempre de la Alemania presente, no de
la Alemania del porvenir; de la Alemania nobiliaria, burocrática, política y
burguesa, no de la Alemania proletaria- son todo lo contrario de Mazzini y de
Garibaldi: son hoy Guillermo I, el feroz e ingenuo representante del dios
protestante, son los señores Bismarck y Moltke, los generales Manteufel Werder.
En todas sus relaciones internacionales, Alemania desde que existe, ha sido
lenta, sistemáticamente invasora, conquistadora, ha estado siempre dispuesta a
extender sobre los pueblos vecinos su propio sometimiento voluntario; y después
que se ha constituido en potencia unitaria, se convirtió en una amenaza, en un
peligro para la libertad de toda Europa. El nombre de Alemania, hoy, es la
servilidad brutal y triunfante.
Para mostrar cómo el idealismo teórico se transforma incesante y
fatalmente en materialismo práctico, no hay más que citar el ejemplo de todas
las iglesias cristianas, y naturalmente, y ante todo, el de la iglesia
apostólica y romana. ¿Qué hay de más sublime, en el sentido ideal, de más
desinteresado, de más apartado de todos los intereses de esta tierra que la
doctrina de Cristo predicada por esa iglesia, y qué hay de más brutalmente
materialista que la práctica constante de esa misma iglesia desde el siglo
octavo, cuando comenzó a constituirse como potencia? ¿Cuál ha sido y cuál es
aún el objeto principal de todos sus litigios contra los soberanos de Europa?
Los bienes temporales, las rentas de la iglesia, primero, y luego la potencia
temporal, los privilegios políticos de la iglesia. Es preciso hacer justicia a
esa iglesia, que ha sido la primera en descubrir en la historia moderna la
verdad incontestable, pero muy poco cristiana, de que la riqueza y el poder
económico y la opresión política de las masas son los dos términos inseparables
del reino de la idealidad divina sobre la tierra: la riqueza que consolida y
aumenta el poder que descubre y crea siempre nuevas fuentes de riquezas, y
ambos que aseguran mejor que el martirio y la fe de los apóstoles, y mejor que
la gracia divina, el éxito de la propaganda cristiana. Es una verdad histórica
que las iglesias protestantes no desconocen tampoco. Hablo naturalmente de las
iglesias independientes de Inglaterra, de Estados Unidos y de Suiza, no de las
iglesias sometidas de Alemania. Estas no tienen iniciativa propia; hacen lo que
sus amos, sus soberanos temporales, que son al mismo tiempo sus jefes
espirituales, les ordenan hacer. Se sabe que la propaganda protestante, la de
Inglaterra y la de Estados Unidos sobre todo, se relaciona de una manera
estrecha con la propaganda de los intereses materiales, comerciales, de esas
dos grandes naciones; y se sabe también que esta última propaganda no tiene por
objeto de ningún modo el enriquecimiento y la prosperidad material de los
países en los que penetra, en compañía de la palabra de Dios, sino más bien la
explotación de esos países, en vista del enriquecimiento y de la prosperidad
material creciente de ciertas clases, muy explotadoras y muy piadosas a la vez,
en su propio país.
En una palabra, no es difícil probar, con la historia en la mano, que la
iglesia, que todas las iglesias, cristianas y no cristianas, junto a su
propaganda espiritualista, y probablemente para acelerar y consolidar su éxito,
no han descuidado jamás la organización de grandes compañías para la
explotación económica de las masas, del trabajo de las masas bajo la protección
con la bendición directas y especiales de una divinidad cualquiera; que todos
los Estados que, en su origen, como se sabe, no han sido, con todas sus
instituciones políticas y jurídicas y sus clases dominantes y privilegiadas,
nada más que sucursales temporales de esas iglesias, no han tenido igualmente
por objeto principal mas que esa misma explotación en beneficio de las minorías
laicas, indirectamente legitimadas por la iglesia; y que en general la acción
del buen Dios y de todos los idealistas divinos sobre la tierra ha culminado
por siempre y en todas partes, en la fundación del materialismo próspero del
pequeño número sobre el idealismo fanático y constantemente excitado de las
masas.
Lo que vemos hoy es una prueba nueva. Con excepción de esos grandes
corazones y de esos grandes espíritus extraviados que he nombrado, ¿quiénes son
hoy los defensores más encarnizados del idealismo? Primeramente todas las
cortes soberanas. En Francia fueron Napoleón III y su esposa Eugenia; son todos
sus ministros de otro tiempo, cortesanos y ex-mariscales, desde Rouher y
Bazaine hasta Fleury y Pietri; son los hombres y las mujeres de ese mundo
imperial, que han idealizado también y salvado a Francia. Son esos periodistas
y esos sabios: los Cassagnac, los Girardin, los Duvemois, los Veuillot, los
Leverrier, los Dumas. Es en fin la negra falange de los y de las jesuitas de
toda túnica; es toda la nobleza y toda la alta y media burguesía de Francia.
Son los doctrinarios liberales y los liberales sin doctrina: los Guizot, los
Thiers, los Jules Favre, los Jules Simon, todos defensores encarnizados de la
explotación burguesa. En Prusia, en Alemania, es Guillermo I, el verdadero
demostrador actual del buen Dios sobre la tierra; son todos los generales,
todos sus oficiales pomeranos y de los otros, todo su ejército que, fuerte en
su fe religiosa, acaba de conquistar Francia de la manera ideal que se sabe. En
Rusia es el zar y toda su corte; son los Muravief y los Berg, todos los
degolladores y los piadosos convertidores de Polonia. En todas partes, en una
palabra, el idealismo, religioso o filosófico -el uno no es sino la traducción
más o menos libre del otro-, sirve de bandera a la fuerza sanguinaria y brutal,
a la explotación material desvergonzada; mientras que, al contrario, la bandera
del materialismo teórico, la bandera roja de la igualdad económica y de la
justicia social, ha sido levantada por el idealismo práctico de las masas
oprimidas y hambrientas, que tienden a realizar la más grande libertad y el
derecho humano de cada uno en la fraternidad de todos los hombres sobre la
tierra.
¿Quiénes son los verdaderos idealistas -no los idealistas de la
abstracción, sino de la vida; no del cielo, sino de la tierra- y quiénes son
los materialistas?
Es evidente que el idealismo teórico o divino tiene condición esencial
el sacrificio de la lógica, de la razón humana, la renunciación a la ciencia.
Se ve, por otra parte, que al defender las doctrinas idealistas se halla uno
forzosamente arrastrado al partido de los opresores y de los explotadores de
las masas populares. He ahí dos grandes razones que parecían deber bastar para
alejar del idealismo todo gran espíritu, todo gran corazón. ¿Cómo es que
nuestros ilustres idealistas contemporáneos, a quienes, ciertamente, no es el
espíritu, ni el corazón, ni la buena voluntad lo les falta, y que han
consagrado su existencia entera al servicio de la humanidad, cómo es que se
obstinan en permanecer en las filas de los representantes de una doctrina en lo
sucesivo condenada y deshonrada?
Es preciso que sean impulsados a ello por una razón muy poderosa. No
pueden ser ni la lógica ni la ciencia, porque la ciencia y la lógica han
pronunciado su veredicto contra la doctrina idealista. No pueden ser tampoco
los intereses personales, porque esos hombres infinitamente por encima de todo
lo que tiene nombre de interés personal. Es preciso que sea una poderosa razón
moral. ¿Cuál? No puede haber más una: esos hombres ilustres piensan, sin duda,
que las teorías o las creencias idealistas son esencialmente necesarias para la
dignidad y la grandeza moral del hombre, y que las teorías materialistas, al
contrario, lo rebajan al nivel de los animales.
¿Y si la verdad fuera todo lo contrario?
Todo desenvolvimiento, he dicho, implica la negación del punto de
partida. El punto de partida, según la escuela materialista, es material, y la
negación debe ser necesariamente ideal. Partiendo de la totalidad del mundo
real, o de lo que se llama abstractamente la materia, se llega lógicamente a la
idealización real, es decir, a la humanización, a la emancipación plena y
entera de la sociedad. Al contrario, y por la misma razón, siendo ideal el
punto de partida de la escuela idealista, esa escuela llega forzosamente a la
materialización de sociedad, a la organización de un despotismo brutal y de una
explotación inicua e innoble, bajo la forma de la iglesia y del Estado. El
desenvolvimiento histórico del hombre, según la escuela materialista, es una
ascensión progresiva; en el sistema idealista, no puede haber más que una caída
continua.
En cualquier cuestión humana que se quiera considerar, se encuentra
siempre esa misma contradicción esencial entre las dos escuelas. Por tanto,
como hice observar ya, el materialismo parte de la animalidad para constituir
la humanidad; el idealismo parte de la divinidad para constituir la esclavitud
y condenar a las masas a una animalidad sin salida. El materialismo niega el
libre albedrío y llega a la constitución de la libertad; el idealismo, en
nombre de la dignidad humana, proclama el libre albedrío y sobre las ruinas de
toda libertad funda la autoridad. El materialismo rechaza el principio de
autoridad porque lo considera, con mucha razón, como el corolario de la
animalidad y, al contrario, el triunfo de la humanidad, que según él es el fin
y el sentido principal de la historia, no es realizable más que por la
libertad. En una palabra, en toda cuestión hallaréis a los idealistas en
flagrante delito siempre de materialismo práctico, mientras que, al contrario,
veréis a los materialistas perseguir y realizar las aspiraciones, los
pensamientos más ampliamente ideales.
La historia, en el sistema de los idealistas, he dicho ya, no puede ser
más que una caída continua. Comienzan con una caída terrible, de la cual no se
vuelven a levantar jamás: por el salto mortale divino de las
regiones sublimes de la idea pura, absoluta, a la materia. Observad aun en qué
materia: no en una materia eternamente activa y móvil, llena de propiedades y
fuerzas, de vida y de inteligencia, tal como se presenta a nosotros en el mundo
real; sino en la materia abstracta, empobrecida, reducida a la miseria absoluta
por el saqueo en regla de esos prusianos del pensamiento, es decir, de esos
teólogos y metafísicos que la desproveyeron de todo para dárselo a su
emperador, a su Dios; en esa materia que, privada de toda propiedad, de toda
acción y de todo movimiento propios, no representa ya, en oposición a la idea
divina, más que la estupidez, la impenetrabilidad, la inercia y la inmovilidad
absolutas.
La caída es tan terrible que la divinidad, la persona o la idea divina,
se aplasta, pierde la conciencia de sí misma y no se vuelve a encontrar jamás.
¡Y en esa situación desesperada, es forzada aún a hacer milagros! Porque desde
el momento en que la materia es inerte, todo movimiento que se produce en el
mundo, aun en el material, es un milagro, no puede ser sino el efecto de una
intervención divina, de la acción de Dios sobre la materia. Y he ahí que esa
pobre divinidad, desgraciada y casi anulada por su caída, permanece algunos
millares de siglos en ese estado de desvanecimiento, después se despierta
lentamente, esforzándose siempre en vano por recuperar algún vago recuerdo de
sí misma; y cada movimiento que hace con ese fin en la materia se transforma en
una creación, en una formación nueva, en un milagro nuevo. De este modo pasa
por todos los grados de la materialidad y de la bestialidad; primero gas,
cuerpo químico simple o compuesto, mineral, se difunde luego por la tierra como
organismo vegetal y animal, después se concentra en el hombre. Aquí parece
volver a encontrarse a sí misma, porque en cada ser humano arde una chispa
angélica, una partícula de su propio ser divino, el alma inmortal.
¿Cómo ha podido llegar a alojarse una cosa absolutamente inmaterial en
una cosa absolutamente material?, ¿Cómo ha podido el cuerpo contener, encerrar,
paralizar, limitar el espíritu puro? He ahí una de esas cuestiones que sólo la
fe, esa afirmación apasionada estúpida de lo absurdo, puede resolver. Es el más
grande de los milagros. Aquí, no tenemos sino que constatar los efectos, las
consecuencias prácticas de ese milagro.
Después de millares de siglos de vanos esfuerzos para volver a sí misma,
la divinidad, perdida y esparcida en la materia que anima y que pone en
movimiento, encuentra un punto de apoyo, una especie de hogar para su propio
recogimiento. Es el hombre, es su alma mortal aprisionada singularmente en un
cuerpo mortal. Pero cada hombre considerado individualmente es infinitamente
restringido, demasiado pequeño para encerrar la inmensidad; no puede contener
más que una pequeña partícula, inmortal como el todo, pero infinitamente más
pequeña que el todo. Resulta de ahí que el ser divino, el ser absolutamente
inmaterial, el espíritu, es divisible como la materia. He ahí un misterio del
que es preciso dejar la solución a la fe.
Si Dios entero puede alojarse en cada hombre, entonces cada hombre sería
Dios. Tendríamos una inmensa cantidad de dioses, limitado cada cual por todos
los otros y, sin embargo, siendo infinito cada uno; contradicción que
implicaría necesariamente la destrucción mutua de los hombres, la imposibilidad
de que hubiese más que uno. En cuanto a las partículas, esto es otra cosa: nada
más racional, en efecto, que a partícula sea limitada por otra, y que sea más
pequeña que el todo. Sólo que aquí se presenta otra contradicción. Ser
limitado, ser más grande o más pequeño, son atributos de la materia, no del
espíritu. Del espíritu tal como lo entienden los materialistas, sí, sin duda,
porque, según los materialistas, el espíritu real no es más que el
funcionamiento del organismo por completo material del hombre; y entonces la
grandeza o la pequeñez del espíritu dependen en absoluto de la mayor o menor
perfección material del organismo humano. Pero estos mismos atributos de
limitación y de grandeza relativa no pueden ser atribuidos al espíritu tal como
lo entienden los idealistas, al espíritu absolutamente inmaterial, al espíritu
que existe fuera de toda materia. En él no puede haber ni más grande ni más
pequeño, ni ningún límite entre los espíritus, porque no hay más que un
espíritu: Dios. Si se añade que las partículas infinitamente pequeñas y
limitadas que constituyen las almas humanas son al mismo tiempo inmortales, se
colmará la contradicción. Pero ésta es una cuestión de fe. Pasemos a otra cosa.
He ahí, pues, a la divinidad desgarrada, y arrojada por partes
infinitamente pequeñas en una inmensa cantidad de seres de todo sexo, de toda
edad, de todas las razas y de todos los colores. Esa es una situación
excesivamente incómoda y desgraciada para ella porque las partículas divinas se
conocen unas a otras poco, al principio de su existencia humana, que comienzan
por devorarse mutuamente. Por tanto, en medio de este estado de barbarie y de
brutalidad por completo animal, las partículas divinas, las almas humanas,
conservan como un vago recuerdo de su divinidad primitiva, son invenciblemente
arrastradas hacia su Todo; se buscan, lo buscan. Esa es la divinidad misma,
difundida y perdida en el mundo material, que se busca en los hombres está de
tal modo destruida por esa multitud de prisiones humanas en que se encuentra
repartida, que al buscarse comete un montón de tonterías.
Comenzando por el fetichismo, se busca y se adora a sí misma, tan pronto
en una piedra, como en un trozo de madera, o en un trapo. Es muy probable
también que no hubiese salido nunca del trapo si la otra divinidad
que no se ha dejado caer en la materia, y que se ha conservado en el estado de
espíritu puro en las alturas sublimes del ideal absoluto, o en las regiones
celestes, no hubiese tenido piedad de ella.
He aquí un nuevo misterio. Es el de la divinidad que se escinde en dos
mitades, pero igualmente totales e infinitas ambas, y de las cuales una -Dios
padre- se conserva en las puras regiones inmateriales; mientras que la otra
-Dios hijo- se ha dejado caer en la materia. Vamos a ver al momento
establecerse relaciones continuas de arriba a abajo y de abajo a arriba entre
estas dos divinidades, separada una de otra; y estas relaciones, consideradas
como un solo acto eterno y constante, constituirán el Espíritu Santo.
Tal es, en su verdadero sentido teológico y metafísico, el grande, el
terrible misterio de la trinidad cristiana. Pero dejemos lo antes posible estas
alturas y veamos lo que pasa en la tierra.
Dios padre, viendo, desde lo alto de su esplendor eterno, que ese pobre
Dios hijo, achatado y pasmado por su caída, se sumergió y perdió de tal modo en
la que, aun llegado al estado humano, no consigue encontrarse, se decide, por
fin, a ayudarlo. Entre esa inmensa cantidad de partículas a la vez inmortales,
divinas e infinitamente pequeñas en que el Dios hijo se diseminó hasta el punto
de no poder volver a reconocerse, el Dios padre eligió las que le agradaron más
y las hizo sus inspirados, sus profetas, sus “hombres de genio virtuosos”, los
grandes bienhechores y legisladores de la humanidad: Zoroastro, Buda, Moisés,
Confucio, Licurgo, Solón, Sócrates, el divino Platón, y Jesucristo, sobre todo,
la completa realización de Dios hijo, en fin, recogida y concentrada en una
sola persona humana; todos los apóstoles, San Pedro, San Pablo y San Juan,
sobre todo; Constantino el Grande, Mahoma; después Carlomagno, Gregorio Vll,
Dante; según unos Lutero también, Voltaire y Rousseau, Robespierre y Dantón, y
muchos otros grandes y santos personajes históricos de los que es imposible
recapitular todos los nombres, pero entre los cuales, como ruso, ruego que no
se olvide a San Nicolás.
Henos aquí, pues, llegados a la manifestación de Dios sobre la tierra.
Pero tan pronto como Dios aparece, el hombre se anula. Se dirá que no se anula
del todo, puesto que él mismo es una partícula de Dios. ¡Perdón! Admito que una
partícula, una parte de un todo determinado, limitado, por pequeña que sea la
parte, sea una cantidad, un tamaño positivo. Pero una parte, una partícula de
lo infinitamente grande, comparada con él, es, necesariamente, infinitamente
pequeña. Multiplicad los millones y millones por millones y millones; su
producto, en comparación con lo infinitamente grande, será infinitamente
pequeño, lo infinitamente pequeño es igual a cero. Dios es todo, por
consiguiente el hombre y todo el mundo real con él, el universo, no son nada.
No saldréis de ahí.
Dios aparece, el hombre se anula; y cuanto más grande se hace la
divinidad, más miserable se vuelve la humanidad. He ahí toda la historia de
todas las religiones; he ahí el efecto de todas las inspiraciones y de todas
las legislaciones divinas. En historia el nombre de Dios es la terrible maza
histórica con la cual los hombres divinamente inspirados, los grandes “genios
virtuosos” han abatido la libertad, la dignidad, la razón y la prosperidad de
los hombres.
Hemos tenido primeramente la caída de Dios. Tenemos ahora una caída que
nos interesa mucho más: la
del hombre, causada por la sola aparición o manifestación de Dios en la
tierra.
Ved, pues, en qué error profundo se encuentran nuestros queridos e
ilustres idealistas. Hablándonos de Dios, creen, quieren elevarnos,
emanciparnos, ennoblecernos y, al contrario, nos aplastan y nos envilecen. Con
el nombre de Dios se imaginan poder establecer la fraternidad entre los
hombres, y, al contrario, crean el orgullo, el desprecio; siembran la
discordia, el odio, la guerra, fundan la esclavitud. Porque con Dios vienen
necesariamente los diferentes grados de inspiración divina; la humanidad se divide
en muy inspirados, menos inspirados y en no inspirados de ningún modo. Todos
son igualmente nulos ante Dios, es verdad; pero comparados entre sí, los unos
son más grandes que los otros; y no solamente de hecho -lo que no sería nada,
porque una desigualdad de hecho se pierde por sí misma en la colectividad,
cuando no encuentra nada, ninguna ficción o institución legal a cual pueda
engancharse-; no, los unos son más grandes que los otros por el derecho divino
de la inspiración: lo que constituye de inmediato una desigualdad fija,
constante, petrificada. Los más inspirados deben ser
escuchados y obedecidos por los menos inspirados. He ahí al fin el -principio
de autoridad bien establecido, y con él las dos instituciones fundamentales de
la esclavitud: la Iglesia y el Estado.
De todos los despotismos el de los doctrinarios o de
los inspirados religiosos es el peor. Son tan celosos de la gloria de su Dios y
del triunfo de su idea, que no les queda corazón ni para la libertad, ni para
la dignidad, ni aun para los sufrimientos de los hombres vivientes, de los
hombres reales. El celo divino, la preocupación por la idea acaban por desecar
en las almas más tiernas, en los corazones más solidarios, las fuentes del amor
humano. Considerando todo lo que es, todo lo que se hace en el mundo, desde el
punto vista de la eternidad o de la idea abstracta, tratan con desdén las cosas
pasajeras; pero toda la vida de los hombres reales, de los hombres de carne y
hueso, no está compuesta más que de cosas pasajeras; ellos mismos no son más
que seres que pasan y que, una vez pasados, son reemplazados por otros
igualmente pasajeros, pero que no vuelven jamás en persona. Lo que hay de
permanente o de relativamente eterno en los hombres reales, es el hecho de la
humanidad que, al desenvolverse constantemente, pasa, cada vez más rica, de una
generación a otra. Digo relativamente eterno, porque una vez
destruido nuestro planeta -y puede por menos de perecer tarde o temprano, pues
do lo que ha comenzado debe necesariamente terminar-, una vez descompuesto
nuestro planeta, para servir sin duda de elemento a alguna formación nueva en
el sistema del universo, el único realmente eterno, ¿quién sabe lo que pasará
con todo nuestro desenvolvimiento humano? Por consiguiente, como el momento de
esa disolución está inmensamente lejos de nosotros, podemos considerar a la
humanidad como eterna, dada en relación a la vida humana, tan corta. Pero este
mismo hecho de la humanidad progresiva no es real y viviente más que en tanto
que se manifiesta y se realiza en tiempos determinados, en lugares
determinados, en hombres realmente vivos, y no en su ideal general.
La idea general es siempre una abstracción y por eso mismo, en cierto
modo, una negación de la vida real. En mi Apéndice Consideraciones
filosóficas he comprobado esta propiedad del pensamiento humano, y por
consiguiente, también de la ciencia, de no poder aprehender y nombrar en los
hechos reales más que su sentido general, sus relaciones generales, sus leyes
generales; en una palabra, lo que es permanente en sus transformaciones
continuas, pero jamás su aspecto material, individual, y, por decirlo así, palpitante
de realidad y de vida, pero por eso mismo fugitivo, no la realidad misma; el
pensamiento de la vida, no la vida. He ahí su límite, el único límite
verdaderamente infranqueable para ella, porque está fundado sobre la naturaleza
misma del pensamiento humano, que es el único órgano de la ciencia.
Sobre esta naturaleza se fundan tres derechos incontestables y la gran
misión de la ciencia, pero también su impotencia vital y su acción malhechora
siempre que, por sus representantes oficiales, patentados, se atribuye el
derecho de gobernar la vida. La misión de la ciencia es ésta: Al constatar las
relaciones generales de las cosas pasajeras y reales y al reconocer las leyes
generales inherentes al desenvolvimiento de los fenómenos, tanto del mundo
físico como del mundo social, planta, por decirlo así, los jalones inmutables
de la marcha progresiva de la humanidad, indicando a los hombres las
condiciones generales cuya observación rigurosa es necesaria y cuya ignorancia
u olvido serán siempre fatales. En una palabra, la ciencia es la brújula de la
vida, pero no es la vida. La ciencia es inmutable, impersonal, general,
abstracta, insensible, como las leyes de que no es más que la reproducción
ideal, reflexiva o mental, es decir, cerebral (para recordamos que la ciencia
misma no es más que un producto material de un órgano material, de la
organización material del hombre, del cerebro). La vida es
fugitiva, pasajera, pero también palpitante de realidad y de, individualidad,
de sensibilidad, de sufrimientos, de alegrías, de aspiraciones, de necesidades
y de pasiones. Es ella la que espontáneamente crea las cosas y todos los seres
reales. La ciencia no crea nada, constata y reconoce solamente las creaciones
de la vida. Y siempre que los hombres de ciencia, saliendo de su mundo
abstracto, se mezclan a la creación viviente en el mundo real, todo lo que
proponen o lo que crean es pobre, ridículamente abstracto, privado de sangre y
de vida, muerto nonato, semejante al humunculus creado por
Wagner, el discípulo pedante del inmortal doctor Fausto. Resulta de ello que la
ciencia tiene por misión única esclarecer la vida, no gobernarla.
El gobierno de la ciencia y de los hombres de ciencia aunque se llamen
positivistas, discípulos de Auguste Comte, o discípulos de la escuela doctrinaria del
comunismo alemán, no puede ser sino impotente, ridículo, inhumano y cruel,
opresivo, explotador, malhechor. Se puede decir que los hombres de
ciencia, como tales, lo que he dicho de los teólogos y de los
metafísicos: no tienen ni sentido ni corazón para los seres individuales y
vivientes. No se les puede hacer siquiera un reproche por ello, porque es la
consecuencia natural de su oficio. En tanto que hombres de ciencia no se
preocupan, no pueden interesarse más que por las generalidades, por las
leyes...
[Faltan tres páginas del manuscrito de Bakunin]
... no son exclusivamente hombres de ciencia, son también más o menos
hombres de la vida.
Pero no hay que fiarse demasiado, y si se puede estar seguro poco más o
menos de que ningún sabio se atreverá a tratar hoy a un hombre como se trata a
un conejo, es de temer siempre que el gobierno de los sabios, si se le deja
hacer, querrá someter a los hombres vivos a experiencias científicas, sin duda
menos crueles pero que no serían menos desastrosas para sus víctimas humanas.
Si los sabios no pueden hacer experiencias sobre el cuerpo de los hombres, no
querrán nada mejor que hacerlas sobre el cuerpo social, y he ahí lo que hay que
impedir a toda cosa.
En su organización actual, monopolistas de la ciencia y que quedan, como
tales, fuera de la vida social, los sabios forman ciertamente una casta aparte
que ofrece mucha analogía con la casta de los sacerdotes. La abstracción
científica es su Dios, las individualidades vivientes y reales son las
víctimas, y ellos son los inmoladores consagrados y patentados.
La ciencia no puede salir de la esfera de las abstracciones. Bajo este
aspecto, es infinitamente inferior al arte, -el cual tampoco tiene propiamente
que ver más que con los tipos generales y las situaciones generales, pero que,
por un artificio que le es propio, sabe encarnar en formas que aunque no sean
vivas, en el sentido de la vida real, no provocan menos en nuestra imaginación
el sentimiento o el recuerdo de esa vida; individualiza en cierto modo los
tipos y las acciones que concibe y, por esas individualidades sin carne y sin
hueso, y como tales permanentes e inmortales, que tiene el poder de crear, nos
recuerda las individualidades vivientes, reales, que aparecen y que desaparecen
ante nuestros ojos. El arte es, pues, en cierto modo la vuelta de la
abstracción a la vida. La ciencia es, al contrario, la inmolación perpetua de
la vida fugitiva, pasajera, pero real, sobre el altar de las abstracciones
eternas.
La ciencia es tan poco capaz de aprehender la individualidad de un
hombre como la de un conejo. Es decir, es tan indiferente para una como para
otra. No es que ignore el principio de la individualidad. La concibe
perfectamente como principio, pero no como hecho. Sabe muy bien que todas las
especies animales, comprendida la especie humana, no tienen existencia real
más que en un número indefinido de individuos que nacen y que mueren,
haciendo lugar a individuos nuevos igualmente pasajeros. Sabe que a medida que
se eleva de las especies animales a las especies superiores, el principio de la
individualidad se determina más, los individuos aparecen más completos y más
libres. Sabe en fin que el hombre, el último y el más perfecto animal de esta
tierra, presenta la individualidad más completa y más digna de consideración, a
causa de su capacidad de concebir y de concretar, de personificar en cierto
modo en sí mismo, y en su existencia tanto social como privada, la ley
universal. Sabe, cuando no está viciada por eldoctrinarismo teológico, metafísico,
político o jurídico, o aun por un orgullo estrictamente científico, y cuando no
es sorda a los instintos y a las aspiraciones espontáneas de la vida, sabe (y
ésa es su última palabra), que el respeto al hombre es la ley suprema de la
humanidad, y que el grande, el verdadero fin de la historia, el único legítimo,
es la humanización y la emancipación, es la libertad, la prosperidad real, la
felicidad de cada individuo que vive en sociedad. Porque, al fin de cuentas, a
menos de volver a caer en la ficción liberticida del bien público representado
por el Estado, ficción fundada siempre sobre la inmolación sistemática de las
masas populares, es preciso reconocer que la libertad y la prosperidad
colectivas no son reales más que cuando representan la suma de las libertades y
de las prosperidades individuales.
La ciencia sabe todo eso, pero no va, no puede ir más allá. Al
constituir la abstracción su propia naturaleza, puede muy bien concebir el
principio de la individualidad real y viva, pero no puede tener nada que ver
con individuos reales y vivientes. Se ocupa de los individuos en general, pero
no de Pedro o de Santiago, no de tal o cual otro individuo, que no existen, que
no pueden existir para ella. Sus individuos no son, digámoslo aún, más que
abstracciones.
Por consiguiente, no son esas individualidades abstractas, sino los
individuos reales, vivientes, pasajeros, los que hacen la historia. Las
abstracciones no tienen piernas para marchar, no marchan más que cuando son
llevadas por hombres reales. Para esos seres reales, compuestos no sólo de
ideas sino realmente de carne y sangre, la ciencia no tiene corazón. Los
considera a lo sumo como carne de desenvolvimiento intelectual y
social. ¿Qué le importan las condiciones particulares y la suerte
fortuita de Pedro y de Santiago? Se haría ridícula, abdicaría, se aniquilaría
si quisiese ocuparse de ellas de otro modo que como de un ejemplo en apoyo de
sus teorías eternas. Y sería ridículo querer que lo hiciera, porque no es ésa
su misión. No puede percibir lo concreto; no puede moverse más que en
abstracciones. Su misión es ocuparse de la situación y de las condiciones generales de
la existencia y del desenvolvimiento, sea de la especie humana en general, sea
de tal raza, de tal pueblo, de tal clase o categoría de individuos; de las
causas generales de su prosperidad o de su decadencia, y de los medios
generales para hacerlos avanzar en toda suerte de progresos. Siempre
que realice amplia y racionalmente esa labor, habrá cumplido todo su deber, y
sería verdaderamente ridículo e injusto exigirle más.
Pero sería igualmente ridículo, sería desastroso confiarle una misión
que es incapaz de ejecutar. Puesto que su propia naturaleza la obliga a ignorar
la existencia y la suerte de Pedro y de Santiago, no hay que permitirle, ni a
ella ni a nadie en su nombre, gobernar a Pedro y a Santiago. Porque sería muy
capaz de tratarlos poco más o menos que como trata a los conejos. O más bien,
continuaría ignorándolos; pero sus representantes patentados, hombres de ningún
modo abstractos, sino al contrario muy vivientes, que tienen intereses muy
reales, cediendo a la influencia perniciosa que ejerce fatalmente el privilegio
sobre los hombres, acabarían por esquilmarlos en nombre de la ciencia como los
han esquilmado hasta aquí los sacerdotes, los políticos de todos los colores y
los abogados, en nombre de Dios, del estado y del derecho jurídico.
Lo que predico es, pues, hasta un cierto punto, la rebelión de
la vida contra la ciencia, o más bien contra el gobierno de la
ciencia. No para destruir la ciencia -eso sería un crimen de lesa
humanidad-, sino para ponerla en su puesto, de manera que no pueda volver a
salir de él. Hasta el presente toda la historia humana no ha sido más que una
inmolación perpetua y sangrienta de millones de pobres seres humanos a una
abstracción despiadada cualquiera: Dios, patria, poder el estado, honor
nacional, derechos históricos, derechos jurídicos, libertad política, bien
público. Tal ha sido hasta hoy el movimiento natural, espontáneo y fatal de las
sociedades humanas. No podemos hacer nada ahí, debemos aceptarlo en cuanto al
pasado, como aceptamos todas las fatalidades naturales. Es preciso creer que,
ésa era la única ruta posible para la educación de la especie humana. Porque no
hay que engañarse: aun cediendo la parte más grande a los artificios
maquiavélicos de las clases gobernantes, debemos reconocer que ninguna minoría
hubiese sido bastante poderosa para imponer todos esos terribles sacrificios a
las masas, si no hubiese habido en esas masas mismas un movimiento vertiginoso,
espontáneo, que las llevase a sacrificarse siempre de nuevo a una de esas
abstracciones devoradoras que, como los vampiros de la historia, se alimentaron
siempre de sangre humana.
Que los teólogos, los políticos y los juristas hallen eso muy bien, se
concibe. Sacerdotes de esas abstracciones, no viven más que de esa continua
inmolación de las masas populares. Que la metafísica dé también su
consentimiento a ello, no debe asombramos tampoco. No tiene otra misión que la
de legitimar y racionalizar todo lo posible lo que es inicuo y absurdo. Pero
que la ciencia positiva misma haya mostrado hasta aquí idénticas tendencias, he
ahí lo que debemos constatar y deplorar. No ha podido hacerlo más que por dos
razones: primero, porque, constituida al margen de la vida popular, está
representada por un cuerpo privilegiado; y además porque se ha colocado ella
misma, hasta aquí, como el fin absoluto y último de todo desenvolvimiento
humano; mientras que, mediante una crítica juiciosa, de que es capaz y que en
última instancia se verá forzada a ejecutar contra sí misma, habría debido
comprender que es realmente un medio necesario para la realización de un fin
mucho más elevado: el de la completa humanización de la situación real de
todos los individuos reales que nacen, viven y mueren sobre la
tierra.
La inmensa ventaja de la ciencia positiva sobre la teología, la
metafísica, la política y el derecho jurídico, consiste en esto: que en lugar
de las abstracciones mentirosas y funestas predicadas por esas doctrinas,
plantea abstracciones verdaderas que experimentan la naturaleza general o la
lógica misma de las cosas, sus relaciones generales y las leyes generales de su
desenvolvimiento. He ahí lo que la separa profundamente de todas las doctrinas
precedentes y lo que le asegurará siempre una gran posición en la sociedad
humana. Constituirá en cierto modo su conciencia colectiva. Pero hay un aspecto
por el que se asocia absolutamente a todas esas doctrinas: que no tiene y no
puede tener por objeto más que las abstracciones, y es forzada, por su
naturaleza misma, a ignorar los individuos reales, al margen de los cuales, aun
las abstracciones más verdaderas no tienen existencia real. Para remediar este
defecto radical, he aquí la diferencia que deberá establecerse entre la acción
práctica de las doctrinas precedentes y la ciencia positiva. Las primeras se
han prevalido de la ignorancia de las masas para sacrificarlas con
voluptuosidad a sus abstracciones, por lo demás siempre muy lucrativas para sus
representantes corporales. La segunda, reconociendo su incapacidad absoluta
para concebir los individuos reales e interesarse en su suerte, debe definitiva
y absolutamente, renunciar al gobierno de la sociedad; porque, si se mezclase
en él, no podría obrar de otro modo que sacrificando siempre los hombres
vivientes, que ignora, a sus abstracciones que forman el único objeto de sus
preocupaciones legítimas.
La verdadera ciencia de la historia, por ejemplo, no existe todavía, y
apenas si se comienzan hoy a entrever las condiciones inmensamente complicadas
de esa ciencia. Pero supongámosla en fin realizada: ¿qué podrá darnos?
Reproducirá el cuadro razonado y fiel del desenvolvimiento natural de las
condiciones generales, tanto materiales como ideales, tanto económicas como
políticas, de las sociedades que han tenido una historia. Pero ese cuadro
universal de la civilización, por detallado que sea, no podrá nunca contener
más que apreciaciones generales y por consiguiente abstractas. En
este sentido, los millares de millones de individuos que han formado la materia
viva y sufriente de esa historia -a la vez triunfal y lúgubre desde el
punto de vista de la inmensa hecatombe de víctimas “aplastadas bajo su carro”,
los millares de millones de individuos oscuros, pero sin los cuales no habría
sido obtenido ninguno de los grandes resultados abstractos de la historia -y
que, notadlo bien, no aprovecharon jamás ninguno de esos resultados- esos
individuos no encontrarán la más humilde plaza en la historia. Han vivido, han
sido inmolados, en bien de la humanidad abstracta; he ahí todo.
¿Habrá que reprocharle eso a la ciencia de la historia? Sería ridículo e
injusto. Los individuos son inapercibibles por el pensamiento, por la
reflexión, aun por la palabra humana, que no es capaz de expresar más que
abstracciones; inapercibibles en el presente lo mismo que en el pasado. Por
tanto, la ciencia social misma, la ciencia del porvenir, continuará
ignorándolos forzosamente. Todo lo que tenemos el derecho a exigir de ella es
que nos indique, con una mano firme y fiel, las causas generales de los
sufrimientos individuales; entre esas causas no olvidará, sin duda, la
inmolación y la subordinación, demasiado habituales todavía, de los individuos
vivientes a las generalidades abstractas; y que al mismo tiempo nos
muestre las condiciones generales necesarias para la emancipación real
de los individuos que viven en la sociedad. He ahí su misión, he ahí
también sus límites, más allá de los cuales la acción de la ciencia social no
podría ser sino impotente y funesta. Porque más allá de esos límites comienzan
las pretensiones doctrinarias y gubernamentales de sus representantes
patentados, de sus sacerdotes. Y es tiempo de acabar con todos los papas y
todos los sacerdotes: no los queremos ya aunque se llamen
demócratas-socialistas.
Otra vez más, la única misión de la ciencia es iluminar la ruta. Pero
sólo la vida, liberada de todos los obstáculos gubernamentales y doctrinarios y
devuelta a la plenitud de su acción espontánea, puede crear.
¿Cómo resolver esta antinomia?
Por una parte la ciencia es indispensable a la organización racional de
la sociedad; por otra, incapaz de interesarse por lo que es real y viviente, no
debe mezclarse en la organización real o práctica de la sociedad. Esta
contradicción no puede ser resuelta más que de un solo modo: la liquidación de
la ciencia como ser moral existente al margen de la vida social de todo el
mundo, y representada, como tal, por un cuerpo de patentados, y su difusión
entre las masas populares. Estando llamada la ciencia en lo sucesivo a
representar la conciencia colectiva de la sociedad, debe realmente convertirse
en propiedad de todo el mundo. Por eso, sin perder nada de su carácter
universal -del que no podrá jamás apartarse, bajo pena de cesar de ser ciencia,
y aun continuando ocupándose exclusivamente de las causas generales, de las
condiciones reales y de las relaciones generales, de los individuos y de las
cosas-, se fundirá en la realidad con la vida inmediata y real de todos los
individuos humanos. Este era un movimiento análogo a aquél que ha hecho decir a
los protestantes, al comienzo de la Reforma religiosa, que no había necesidad
de sacerdotes, pues el hombre se convertiría en adelante en su propio sacerdote
y gracias a la intervención invisible, única, de Jesucristo, había llegado a
tragarse en fin su propio Dios. Pero no se trata aquí ya ni de nuestro señor
Jesucristo, ni del buen Dios, ni de la libertad política, ni del derecho
jurídico, todas cosas reveladas, sea teológica, sea metafísicamente, y todas
igualmente indigestas, como se sabe. El mundo de las abstracciones científicas
no es revelado; es inherente al mundo real, del cual no es más que la expresión
y la representación general o abstracta. En tanto que forma una región
separada, representada especialmente por el cuerpo de los sabios, ese mundo
ideal nos amenaza con ocupar, frente al mundo real, el puesto del buen Dios y
con reservar a sus representantes patentados el oficio de sacerdotes. Por esa
razón, por la instrucción general, igual para todos y para todas, hay que
disolver la organización social separada de la ciencia, a fin de que las masas,
cesando de ser rebaños dirigidos y esquilmados por los pastores privilegiados,
puedan tomar en sus manos sus propios destinos históricos.
Pero en tanto que las masas no hayan llegado a ese grado de instrucción,
¿será necesario que se dejen gobernar por los hombres de ciencia? ¡No lo quiera
Dios! Sería mejor que vivieran sin la ciencia antes de dejarse gobernar
por los sabios. El gobierno de los sabios tendría por primera
consecuencia hacer inaccesible al pueblo la ciencia y sería necesariamente un
gobierno aristocrático, porque la institución actual de la ciencia es una
institución aristocrática. ¡La aristocracia de la inteligencia! Desde el punto
de vista práctico la más implacable, desde el punto de vista social la más
arrogante y la más insultante: tal sería el poder constituido en nombre de la
ciencia. Ese régimen sería capaz de paralizar la vida y el movimiento la
sociedad. Los sabios, siempre presuntuosos, siempre llenos de suficiencia, y
siempre impotentes, querrían mezclarse en todo, y todas las fuentes de la vida
se secarían bajo su soplo abstracto y sabio.
Una vez más, la vida, no la ciencia, crea la vida; la acción espontánea
del pueblo mismo es la única que puede crear la libertad popular. Sin duda,
sería muy bueno que la ciencia pudiese, desde hoy, iluminar la marcha
espontánea del pueblo hacia su emancipación pero más vale la ausencia de luz
que una luz vertida con parsimonia desde afuera con el fin evidente de
extraviar al pueblo. Por otra parte, el pueblo no carecerá absolutamente de
luz. No en vano ha recorrido la larga carrera histórica y ha pagado sus errores
con siglos de sufrimientos horribles. El resumen práctico de esas dolorosas
experiencias constituye una especie de ciencia tradicional que, bajo ciertos
aspectos, equivale perfectamente a la ciencia teórica. En fin, una parte de la
juventud estudiosa, aquellos de entre los burgueses estudiosos que sienten
bastante odio contra la mentira, contra la hipocresía, contra la iniquidad y
contra la cobardía de la burguesía, para encontrar en sí el valor de volverle
las espaldas, y bastante pasión para abrazar sin reservas la causa justa y
humana del proletariado, esos serán, como lo he dicho ya, los instructores
fraternales del pueblo; aportándole conocimientos que le faltan aún, harán
perfectamente inútil el gobierno de los sabios.
Si el pueblo debe preservarse del gobierno de los sabios, con mayor
razón debe premunirse contra el de los idealistas inspirados. Cuanto más
sinceros son esos creyentes y esos poetas del cielo, más peligrosos se vuelven.
La abstracción científica, lo he dicho ya, es una abstracción racional,
verdadera en su esencia, necesaria a la vida de la que es representación
teórica, conciencia. Puede, debe ser absorbida y digerida por la vida. La
abstracción idealista, Dios, es un veneno corrosivo que destruye y descompone
la vida, que la falsea y la mata. El orgullo de los idealistas, no siendo
personal, sino un orgullo divino, es invencible e implacable. Puede, debe
morir, pero no cederá nunca, y en tanto que le quede un soplo, tratará de
someter el mundo al talón de su Dios, como los lugartenientes de Prusia, esos
idealistas prácticos de Alemania, quisieran verlo aplastado bajo la bota con
espuelas de su rey. Es la misma fe -los objetivos no son siquiera y diferentes-
y el mismo resultado de la fe: la esclavitud.
Es al mismo tiempo el triunfo del materialismo más craso y más brutal:
no hay necesidad de demostrarlo por lo que se refiere a Alemania, porque habría
que estar verdaderamente ciego para no verlo, en los tiempos que corren. Pero
creo necesario aun demostrarlo con relación al idealismo divino.
El hombre, como todo el resto del mundo, es un ser completamente
material. El espíritu, la facultad de pensar, de recibir y de reflejar las
diversas sensaciones, tanto exteriores como interiores, de recordarlas después
de haber pasado y de reproducirlas por la imaginación, de compararlas y
distinguirlas, de abstraer determinaciones comunes y de crear por eso mismo
generales o abstractas, a fin de formar las ideas agrupando y combinando las
nociones según modos diferentes, la inteligencia en una palabra, el único
creador de todo nuestro mundo ideal, es una propiedad del cuerpo animal y
principalmente de la organización completamente material del cerebro.
Lo sabemos de una manera muy segura, por la experiencia universal, que
no ha desmentido nunca hecho alguno y que todo hombre puede verificar a cada
instante de su vida. En todos los animales, sin exceptuar las especies más
inferiores, encontramos un cierto grado de inteligencia y vemos que en la serie
de las especies la inteligencia animal se desarrolla tanto más cuanto más la
organización de una especie se aproxima a la del hombre; pero que en el hombre
solamente llega a esa potencia de abstracción que constituye propiamente el
pensamiento.
La experiencia universal, que en definitiva es el único origen, la
fuente de todos nuestros conocimientos, nos demuestra, pues: 1º), que toda
inteligencia está siempre asociada a un cuerpo animal cualquiera, y 2º), que la
intensidad, la potencia de esa función animal depende de la perfección relativa
de la organización animal. Este segundo resultado de la experiencia universal
no es aplicable solamente a las diferentes especies animales; lo comprobamos
igualmente en los hombres, cuyo poder intelectual y moral depende, de una
manera demasiado evidente, de la mayor o menor perfección de su organismo, como
raza, como nación, como clase y como individuos, para que sea necesario
insistir demasiado sobre este punto.
Por otra parte, es cierto que ningún hombre ha visto nunca ni podido ver
el espíritu puro, separado de toda forma material, existiendo
independientemente de un cuerpo animal cualquiera. Pero si nadie lo ha visto,
¿cómo han podido los hombres llegar a creer en su existencia? Porque el hecho
de esa creencia es notorio y, si no universal, como lo pretenden los
idealistas, al menos es muy general; y como tal es digno de nuestra atención
respetuosa, porque una creencia general, por tonta que sea, ejerce siempre una
influencia demasiado poderosa sobre los destinos humanos para que esté
permitido ignorarla o hacer abstracción de ella.
El hecho de esa creencia histórica se explica, por otra parte, de una
manera natural y racional. El ejemplo que nos ofrecen los niños y los
adolescentes, incluso muchos hombres que han pasado la edad de la mayoría, nos
prueba que el hombre puede ejercer largo tiempo sus facultades mentales antes
de darse cuenta la manera cómo las ejerce, antes de llegar a la conciencia
clara de ese ejercicio. En ese período del funcionamiento del espíritu
inconsciente de sí mismo, de esa acción de la inteligencia ingenua o creyente,
el hombre, obsesionado por el mundo exterior e impulsado por ese aguijón
interior que se llama la vida, crea cantidad de imaginaciones, de nociones y de
ideas, necesariamente muy imperfectas al principio, muy poco conformes a la
realidad de las cosas y de los hechos que se esfuerzan por expresar. Y como no
tiene la conciencia de su propia acción inteligente, como no sabe todavía que
es él mismo el que ha producido y el que continúa produciendo esas
imaginaciones, esas nociones, esas ideas, como ignora su origen subjetivo, es
decir, humano, las considera naturalmente, necesariamente, como seres objetivos, como
seres reales, en absoluto independientes de él, que existen por sí y en sí. Es
así cómo los pueblos primitivos, al salir lentamente de su inocencia animal,
han creado sus dioses habiéndolos creado, no pensando que fuesen ellos mismos
los creadores únicos, los han adorado; considerándolos como seres reales,
infinitamente superiores ellos mismos, les han atribuido la omnipotencia y se
han reconocido sus criaturas, sus esclavos. A medida e las ideas humanas se
desenvolvían más, los dioses, que como hice observar ya, no fueron nunca más
que la reverberación fantástica, ideal, poética o la imagen trastornada, se
idealizaban también. Primero fetiches groseros, se hicieron poco a poco
espíritus puros, con existencia fuera del mundo visible, y en fin, a
continuación de un largo desenvolvimiento histórico, acabaron por confundirse
en un solo ser divino, espíritu puro, eterno, absoluto, creador y amo de los
mundos.
En todo desenvolvimiento, justo o falso, real o imaginario, colectivo o
individual, es siempre el primer paso el que cuesta, el primer acto el más
difícil. Una vez franqueado ese paso y realizado ese primer acto, el resto
transcurre naturalmente, como una consecuencia necesaria. Lo que era difícil en
el desenvolvimiento histórico de esa terrible locura religiosa que continúa
obsesionándonos y aplastándonos, era poner un mundo divino tal cual, fuera del
mundo real. Ese primer acto de locura, tan natural desde el punto de vista
fisiológico y por consiguiente necesario en la historia la humanidad, no se
realiza de un solo golpe. Han sido necesarios no sé cuántos siglos para
desarrollar y para hacer penetrar esa creencia en los hábitos mentales de los
hombres. Pero, una vez establecida, se ha vuelto omnipotente, como lo es
necesariamente toda cura que se apodera del cerebro humano. Considerad un loco:
cualquiera que sea el objeto especial de su locura, hallaréis que la idea
oscura y fija que le obsesiona le parece la más natural del mundo, y al
contrario, las cosas naturales y reales que están en contradicción con esa
idea, le parecerán locuras ridículas y odiosas. Y bien, la religión es una
locura colectiva, tanto más poderosa cuanto que es una locura tradicional y que
su origen se pierde en una antigüedad excesivamente lejana. Como locura
colectiva, ha penetrado en todos los detalles, tanto públicos como privados de
la existencia social de un pueblo, se ha encarnado en la sociedad, se ha
convertido por decirlo así en el alma el pensamiento colectivos. Todo hombre es
envuelto desde su nacimiento en ella, la mama con la leche de la madre, la
absorbe con todo lo que oye, en todo lo ve. Ha sido tan alimentado, tan
envenenado, tan penetrado en todo su ser por ella, que más tarde, por poderoso
que sea su espíritu natural, tiene necesidad de hacer esfuerzos inauditos para
libertarse y no lo consigue nunca de una manera completa. Nuestros idealistas
modernos son una demostración de esto y nuestros materialistas doctrinarios, los
comunistas alemanes, son otra. No han sabido deshacerse de la religión del
Estado.
Una vez bien establecido el mundo sobrenatural, el mundo divino en la
imaginación tradicional de los pueblos, el desenvolvimiento de los diversos
sistemas religiosos ha seguido su curso natural y lógico, siempre conforme, por
otra parte, al desenvolvimiento contemporáneo y real de las relaciones
económicas y políticas que han sido en todo tiempo, en el mundo de la fantasía
religiosa, la reproducción fiel y la consagración divina. Es así como la locura
colectiva e histórica que se llama religión se ha desarrollado desde el
fetichismo, pasando por todos los grados del politeísmo, basta el monoteísmo
cristiano.
El segundo paso, en el desenvolvimiento de las creencias religiosas y el
más difícil sin duda después del establecimiento de un mundo divino separado,
fue precisamente esa transición del politeísmo al monoteísmo, del materialismo
religioso de los paganos a la fe espiritualista de los cristianos. Los dioses
paganos -y éste fue su carácter principal-, eran ante todo dioses
exclusivamente nacionales. Después, como eran numerosos, conservaron
necesariamente, más o menos, un carácter material o, más bien, es porque eran
materiales por lo que fueron tan numerosos, pues la diversidad es uno de los
atributos principales del mundo real. Los dioses paganos no eran aún
propiamente la negación de las cosas reales: no eran más que su exageración
fantástica.
Hemos visto cuánto costó esa transición al pueblo judío, del que
constituyó, por decirlo así, toda la historia. Moisés y los profetas se
complacían en predicarle el Dios único; el pueblo volvía a caer en su idolatría
primitiva, en la fe antigua, comparativamente mucho más natural, más cómoda en
muchos buenos dioses, más materiales, más humanos, más palpables. Jehová mismo,
su dios único, el dios de Moisés y de los profetas, era un dios excesivamente
nacional aunque no se servía, para recompensar y castigar a sus fieles, a su
pueblo elegido, más que de argumentos materiales, a menudo estúpidos y siempre
brutales y feroces. No parece que la fe en su existencia haya implicado la
negación de la existencia de los dioses primitivos.
El dios judío no renegaba de la existencia de esos rivales, sólo que no
quería que su pueblo los adorase a su lado, porque ante todo Jehová era un dios
muy envidioso y su primer mandamiento fue éste:
“Soy el señor tu Dios y no adorarás a otros dioses más que a mí.”
Jehová no fue más que un esbozo primero, muy material, muy grosero del
idealismo moderno. No era, por lo demás, sino un dios nacional, como el dios
ruso que adoran los generales rusos súbditos del zar y patriotas del imperio de
todas las Rusias, como el dios alemán que, sin duda, van a proclamar bien
pronto los pietistas y los generales alemanes súbditos de Guillermo I, en
Berlín. El ser supremo no puede ser un Dios nacional, debe ser el de la
humanidad entera. El ser supremo no puede ser tampoco un ser material, debe ser
la negación de toda materia, el espíritu puro. Para la realización del culto
del ser supremo han sido necesarias dos cosas: 1º) una realización de la
humanidad por la negación de las nacionalidades y de los cultos nacionales; 2º)
un desenvolvimiento ya muy avanzado de las ideas metafísicas para
espiritualizar al Jehová tan grosero de los judíos.
La primera condición fue cumplida por los romanos de una manera muy
negativa, sin duda: por la conquista de la mayor parte de los países conocidos
de los antiguos y por la destrucción de sus instituciones nacionales. Gracias a
ellos el altar de un dios único y supremo pudo establecerse sobre las ruinas de
otros millares de altares nacionales. Los dioses de todas las naciones
vencidas, reunidos en el Panteón, se anularon mutuamente. Ese fue el primer
esbozo, muy tosco y por completo negativo, de la humanidad. En cuanto a la
segunda condición, la espiritualización de Jehová, fue realizada por los
griegos mucho antes de la conquista de su país por los romanos. Ellos fueron
los creadores de la metafísica. Grecia, en su cuna histórica, había encontrado
un mundo divino que se estableció definitivamente en la fe tradicional de sus
pueblos; ese mundo le había sido legado y materialmente aportado por el
Oriente. En su período instintivo, anterior a su historia política, lo había
desarrollado y humanizado prodigiosamente por sus poetas, y cuando comenzó
propiamente su historia tenía una religión hecha, la más simpática y la más
noble de todas las religiones que hayan existido jamás, en cuanto una religión,
es decir, una mentira, pueda ser noble y simpática. Sus grandes pensadores -y
ningún pueblo los tuvo mayores que Grecia- al encontrar el mundo divino
establecido, no sólo fuera del pueblo, sino también en él mismo como hábito de
sentir y de pensar, lo tomaron necesariamente por punto de partida. Fue ya
mucho que no hicieran teología, es decir, que no perdieran el tiempo en
reconciliar la razón naciente con los absurdos de tal o cual otro Dios, como lo
hicieron en la Edad Media los escolásticos. Dejaron a los dioses fuera de sus
especulaciones y se asociaron directamente a la idea divina, una, invisible,
omnipotente, eterna y absolutamente espiritualista, pero no personal. Desde el
punto de vista del espiritualismo, los metafísicos griegos fueron, mucho más
que los judíos, los creadores del dios cristiano. Los judíos no han añadido más
que la brutal personalidad de su Jehová.
Que un genio sublime como el gran Platón haya podido estar absolutamente
convencido de la realidad de la idea divina, eso nos demuestra cuán contagiosa
es, cuán omnipotente es la tradición de la locura religiosa, aun en relación
con los más grandes espíritus. Por lo demás, no hay que, asombrarse, pues aún
en nuestros días, el mayor genio que ha existido después de Aristóteles y
Platón, Hegel, a pesar de la crítica por lo demás imperfecta y muy metafísica
de Kant, que había demolido la objetividad o la realidad de las ideas divinas,
se ha esforzado por reinstaurarlas de nuevo sobre su trono trascendente o
celeste. Es verdad que procedió de una manera tan poco cortés que ha matado
definitivamente al buen dios, ha quitado a esas ideas su corona divina, mostrando
a quien supo leerlo que no fueron nunca más que una pura creación del espíritu
humano que recorrió la historia en busca de sí mismo. Para poner fin a todas
las locuras religiosas y al milagro divino, no le hacía falta más que
pronunciar una gran definición que fue dicha después de él, casi al mismo
tiempo, por otros dos grandes espíritus, sin ningún acuerdo mutuo y sin que
hubiesen nunca oído hablar uno del otro: por Ludwig Feuerbach, el discípulo y
el demoledor de Hegel, en Alemania, y por August Comte, el fundador de la
filosofía positiva, en Francia. He aquí esa definición:
“La metafísica se reduce a la sicología.”
Todos los sistemas de metafísica no han sido más que la sicología humana
que se desarrolla en la historia.
Ahora ya no nos es difícil comprender cómo han nacido las ideas divinas,
cómo han sido creadas sucesivamente por la facultad abstractiva del hombre.
Pero en la época de Platón ese conocimiento era imposible. El espíritu
colectivo, y por consiguiente también el espíritu individual, aun el del mayor
genio, no estaba maduro para eso. Apenas había dicho con Sócrates: “Conócete a
ti mismo”. Ese conocimiento de sí mismo no existía más que en el estado de
intuición; en realidad era nulo. Era imposible que el espíritu humano imaginase
que era él el único creador del mundo divino. Lo encontró ante él, lo encontró
como historia, como sentimiento, como hábito de pensar, e hizo necesariamente
de él un objeto de sus más elevadas especulaciones. Así es como nació la metafísica
y como las ideas divinas, bases del espiritualismo, fueron desarrolladas y
perfeccionadas.
Es verdad que después de Platón hubo en el desenvolvimiento del espíritu
como un movimiento inverso. Aristóteles, el verdadero padre de la ciencia y de
la filosofía positiva, no negó el mundo divino, sino que se ocupó de él lo
menos posible. Fue el primero que estudió como un analista y un experimentador
que era, la lógica, las leyes del pensamiento humano, y al mismo tiempo el
mundo físico, no en su esencia ideal, ilusoria, sino en su aspecto real. Sus
seguidores, los griegos de Alejandría, establecieron la primera escuela de
científicos positivos. Fueron ateos. Pero su ateísmo quedó sin influencia en
sus contemporáneos. La ciencia tendió más y más a aislarse de la vida. Después
de Platón la idea divina fue rechazada de la metafísica misma; eso hicieron los
epicúreos y los escépticos, dos sectas que contribuyeron mucho a depravar la
aristocracia humana pero que permanecieron sin influencia alguna sobre las
masas.
Otra escuela infinitamente más influyente sobre las asas se formó en
Alejandría. Fue la escuela de los neoplatónicos. Confundiendo en una mezcolanza
impura las imaginaciones monstruosas de Oriente con las ideas e Platón, ellos
fueron los verdaderos preparadores y más tarde los elaboradores de los dogmas
cristianos.
Por consiguiente, el egoísmo personal y grosero de Jehová, la dominación
no menos brutal y grosera de los romanos y la ideal especulación metafísica de
los griegos, materializada por el contacto del Oriente, tales fueron los tres
elementos históricos que constituyeron a religión espiritualista de los
cristianos.
Para establecer sobre las ruinas de sus altares tan numerosos el altar
de un dios único y supremo, amo del mundo, ha sido preciso que fuera destruida
primero la existencia autónoma de las diferentes naciones que imponían el mundo
pagano o antiguo. Es lo que hicieron brutalmente los romanos que, al conquistar
la mayor parte del mundo conocido de los antiguos, crean en cierto modo el
primer esbozo, sin duda por completo negativo y burdo, de la humanidad.
Un dios que se levantaba así por encima de todas las diferencias
nacionales, tanto materiales como sociales, de todos los países, que era como
su negación directa debía ser necesariamente un ser inmaterial y abstracto.
Pero la fe tan difícil en la existencia de un ser semejante no ha podido nacer
de un solo golpe. Por tanto, como lo he demostrado en el mencionado Apéndice
Consideraciones filosóficas, fue largamente preparada y desarrollada
por la metafísica griega, la primera en establecer de una manera filosófica la
noción de la idea divina, modelo eternamente creador y siempre reproducido por
el mundo visible. Pero la divinidad concebida y creada por la filosofía griega
era una divinidad impersonal, pues ninguna metafísica, si es consecuente y
seria, se podía elevar, o más bien rebajar, a la idea de un dios personal. Ha
sido preciso encontrar, pues, un dios que fuese único y que fuese muy personal
a la vez. Se encontró en la persona, muy brutal, muy egoísta, muy cruel de
Jehová, el dios nacional de los judíos. Pero los judíos, a pesar de ese
espíritu nacional exclusivo que los distingue aún hoy, se habían convertido de
hecho, mucho antes del nacimiento de Cristo, en el pueblo más internacional del
mundo. Arrastrados en parte como cautivos, pero mucho más aún por esa pasión
mercantil que constituye uno de los rasgos principales de su carácter nacional,
se habían esparcido por todos los países, llevando a todas partes el culto a
Jehová, al que se volvían tanto más fieles cuanto más los abandonaba.
En Alejandría, ese Dios terrible de los judíos conoció personalmente la
divinidad metafísica de Platón, ya muy corrompida por el contacto con el
Oriente y que se corrompió más aún después por el suyo. A pesar de su
exclusivismo nacional, envidioso y feroz, no pudo resistir a la larga los
encantos de esa divinidad ideal e impersonal de los griegos. Se casó con ella,
y de ese matrimonio nació el dios espiritualista -no espiritual- de los
cristianos. Se sabe que los neoplatónicos de Alejandría fueron los principales
creadores de la teología cristiana.
Pero la teología no constituye todavía la religión, como los elementos
históricos no bastan para crear la historia. Yo llamo elementos históricos a
las disposiciones y condiciones generales de un desenvolvimiento real
cualquiera: por ejemplo, en este caso, la conquista de los romanos y el
encuentro del dios de los judíos con la divinidad ideal de los griegos. Para
fecundar los elementos históricos, para hacerles producir una serie de
transformaciones históricas nuevas, es preciso un hecho vivo, espontáneo, sin
el cual harían podido quedar muchos siglos aún en estado de elementos, sin
producir nada. Este hecho no faltó al cristianismo: fue la propaganda, el
martirio y la muerte de Jesús.
No sabemos casi nada de ese grande y santo personaje; todo lo que los
evangelios nos dicen es tan contradictorio y tan fabuloso que apenas podemos
tomar de allí algunos rasgos reales y vivientes. Lo que es cierto es que fue el
predicador del pobre pueblo, el amigo, el consolador de los miserables, de los
ignorantes, de los esclavos y de las mujeres, y que fue muy amado por éstas.
Prometió a todos los que eran oprimidos, a todos los que sufrían aquí abajo -y
el número es inmenso-, la vida eterna. Fue, como es natural, crucificado por
los representantes de la moral oficial y del orden público de la época. Sus
discípulos, y los discípulos de sus discípulos, pudieron esparcirse, gracias a
la conquista de los romanos, que habían destruido las barreras nacionales y
llevaron, en efecto, la propaganda del evangelio a todos los países conocidos
de los antiguos. En todas partes fueron recibidos con los brazos abiertos por
los esclavos y por las mujeres, las dos clases más oprimidas, las que más
sufrían y naturalmente también las más ignorantes del mundo antiguo. Si
hicieron algunos prosélitos en el mundo privilegiado e instruido, no lo
debieron, en gran parte, mas que a la influencia de las mujeres. Su propaganda
más amplia se ejerció casi exclusivamente en el pueblo, tan desgraciado como
embrutecido por la esclavitud. Ese fue el primer despertar, la primera rebelión
del proletariado.
El gran honor del cristianismo, su mérito incontestable y todo el
secreto de su triunfo inaudito y por otra parte en absoluto legítimo, fue el de
haberse dirigido a ese público doliente e inmenso, a quien el mundo antiguo,
que constituía una aristocracia intelectual y política estrecha y feroz, negaba
hasta los últimos atributos y los derechos más elementales de la humanidad. De
otro modo no habría podido nunca difundirse. La doctrina que enseñaban los
apóstoles de Cristo, por consoladora que haya podido aparecer a los
desgraciados, era demasiado repulsiva, demasiado absurda desde el punto de
vista de la razón humana, para que los hombres ilustrados hubieran podido
aceptarla. ¡Con qué triunfo habla el apóstol San Pablo del escándalo de
la fe y del triunfo de esa divina locura rechazada
por los poderosos y los sabios del siglo, pero tanto más apasionadamente
aceptada por los sencillos, por los ignorantes y por los pobres de espíritu!
En efecto, era preciso un profundo descontento de la vida, una gran sed
del corazón y una pobreza poco menos que absoluta de espíritu para aceptar el
absurdo cristiano, el más atrevido y monstruoso de todos los absurdos
religiosos.
No era sólo la negación de todas las instituciones políticas, sociales y
religiosas de la antigüedad: era el derrumbamiento absoluto del sentido común y
de toda razón humana. El ser efectivamente existente, el mundo real, fue
considerado en lo sucesivo como la nada; producto de la facultad abstracta del
hombre, la última, la suprema abstracción, en la que esa facultad, habiendo
superado todas las cosas existentes y hasta las determinaciones más generales
del ser real, tales como las ideas del espacio y del tiempo, no teniendo nada
que superar ya, se reposa en la contemplación de su vacío y de la inmovilidad
absoluta; esta abstracción, este caput mortuum absolutamente
vacío de todo contenido, el verdadero nada, Dios, es proclamado el único real,
eterno, omnipotente. El Todo real es declarado nulo, y el nulo absoluto, es
declarado el Todo. La sombra se convierte en el cuerpo y el cuerpo se desvanece
como una sombra.
Eso fue de una audacia y un absurdo inauditos, el verdadero escándalo
de la fe, el triunfo de la tontería creyente sobre el
espíritu, para las masas; y para algunos, la ironía triunfante de un espíritu
fatigado, corrompido, desilusionado y disgustado de la investigación honesta y
seria de la verdad; la necesidad de aturdirse y de embrutecerse, necesidad que
se encuentra a menudo en los espíritus extenuados: Credo quod absurdum.
Creo lo absurdo; y no creo sólo lo absurdo; creo precisamente y sobre
todo en ello porque es absurdo. Es así como muchos espíritus distinguidos y
esclarecidos de nuestros días creen en el magnetismo animal, en el espiritismo,
en las mesas móviles -y ¿por qué ir tan lejos?-: creen en el cristianismo, en
el idealismo, en Dios.
La creencia del proletariado antiguo, lo mismo que la de las masas
modernas después, era más robusta, de gusto menos elevado y más sencillo. La
propaganda cristiana se había dirigido a su corazón, no a su espíritu; a sus
aspiraciones eternas, a sus sufrimientos, a su esclavitud, no a su corazón que
dormía aún y para la cual las contradicciones lógicas, la evidencia del
absurdo, no podían existir, por consiguiente. La sola cuestión que le
interesaba era saber cuándo sonaría la hora de la liberación prometida, cuándo
llegaría el reino de Dios. En cuanto a los dogmas teológicos, no se preocupaba
de ellos, porque no los comprendía de ningún modo. El proletariado convertido
al cristianismo constituía la potencia material ascendente, no el pensamiento
teórico.
En cuanto a los dogmas cristianos, fueron elaborados, como se sabe, en
una serie de trabajos teológicos, literarios, y en los concilios,
principalmente por los neoplatónicos convertidos del Oriente. El espíritu
griego había caído tan bajo que en el cuarto siglo de la Era Cristiana, época
del primer concilio, ya encontramos la idea de un Dios personal, espíritu puro,
eterno absoluto, creador y señor supremo del mundo, con existencia fuera del
mundo, unánimemente aceptada por todos los padres de la Iglesia; y como
consecuencia lógica de este absurdo absoluto, la creencia desde entonces
natural y necesaria en la inmaterialidad y en la inmortalidad del alma humana,
alojada y aprisionada en un cuerpo mortal, pero mortal sólo en parte; porque en
ese cuerpo mismo hay una parte que, aun siendo corporal, es inmortal como el
alma y debe resucitar como el alma. ¡Tan difícil ha sido, aun para los padres
de la Iglesia, representarse el espíritu puro al margen de toda forma corporal!
Es preciso observar que, en general, el carácter de o razonamiento
teológico y metafísico también, es tratar de explicar un absurdo por otro.
Ha sido una dicha para el cristianismo haber hallado el mundo de los
esclavos. Tuvo otra dicha: la invasión de los bárbaros. ¡Los bárbaros eran
buenas gentes, llenas de fuerza natural y sobre todo animadas e impulsadas por
una gran necesidad y por una gran capacidad de vivir; bandidos a toda prueba,
capaces de devastarlo todo y de arrasarlo todo, lo mismo que sus sucesores, los
alemanes actuales; mucho menos sistemáticos y pedantes en su bandolerismo que
estos últimos, mucho menos morales, menos sabios; pero por el contrario, mucho
más independientes y más altivos, capaces de ciencia y no incapaces de
libertad, como los burgueses de la Alemania moderna. Pero con todas estas
grandes cualidades, no eran nada más que bárbaros, es decir, tan indiferentes
como los esclavos antiguos -de los cuales muchos, por lo demás, pertenecían a
su raza- con respecto a todas las cuestiones de la teología y de la metafísica.
De suerte que una vez rota su repugnancia práctica, no fue difícil convertirlos
teóricamente al cristianismo.
Durante diez siglos consecutivos, el cristianismo, armado de la
omnipotencia de la Iglesia y del Estado, y sin concurrencia alguna de parte de
unos o de otros, pudo depravar, bastardear y falsear el espíritu de Europa. No
tuvo concurrentes, puesto que fuera de la Iglesia no había pensadores, ni aun
gentes instruidas. Si se levantaron herejías en su seno, no atacaron nunca más
que los desenvolvimientos teológicos prácticos del dogma fundamental, no el
dogma mismo. La creencia en Dios, espíritu puro y creador del mundo, y la
creencia en la inmaterialidad del alma permanecieron intactas. Esta doble
creencia se convirtió en la base ideal de toda la civilización occidental y
oriental de Europa, y penetró, se encarnó en todas las instituciones, en todos
los detalles de la vida, tanto pública como privada de todas las clases como de
las masas.
¿Se puede uno asombrar, después de esto, que se haya mantenido esa
creencia hasta nuestros días, y que continúe ejerciendo su influencia
desastrosa aun sobre espíritus escogidos como Mazzini, Michelet, Quinet, y
tantos otros? Hemos visto que el primer ataque fue promovido contra ella por el
Renacimiento, que produjo héroes y mártires como Vanini, como Giordano Bruno y
como Galileo y que, bien que ahogado pronto por el ruido, el tumulto y las
pasiones de la reforma religiosa, continuó silenciosamente su trabajo invisible
legando a los más nobles espíritus de cada generación nueva esa obra de la
emancipación humana mediante la instrucción de lo absurdo, hasta que, en fin,
en la segunda mitad del siglo XVIII reaparece de nuevo a la luz del día,
levantando atrevidamente la bandera del ateísmo y del materialismo.
Se pudo creer entonces que el espíritu humano iba, por fin, a
libertarse, una vez por todas, de todas las obsesiones divinas. Fue un error.
La mentira divina, de que se había alimentado la humanidad -para no hablar más
que del mundo cristiano- durante dieciocho siglos, debía mostrarse, una vez
más, más poderosa que la humana verdad. No pudiendo ya servirse de la gente
negra, de los cuervos consagrados de la iglesia, de los sacerdotes católicos o
protestantes que habían perdido todo crédito, se sirvió de los sacerdotes
laicos, de los mentirosos y de los sofistas de túnica corta, entre los cuales
el papel principal fue dado a dos hombres fatales: uno, el espíritu más falso,
el otro, la voluntad más doctrinariamente despótica del siglo pasado: a J. J.
Rousseau y a Robespierre.
El primero representa el verdadero tipo de la estrechez de la mezquindad
sombría, de la exaltación, sin otro objeto que su propia persona, del
entusiasmo en frío de la hipocresía a la vez sentimental e implacable, de la
mentira forzada del idealismo moderno. Se le puede considerar como el verdadero
creador de la reacción moderna. En apariencia el escritor más democrático del
siglo XVIII, incuba en sí el despotismo despiadado del estadista. Fue el
profeta del Estado doctrinario, como Robespierre, su digno y fiel discípulo,
que trató de convertirse en el gran sacerdote. Habiendo oído decir a Voltaire
que si no hubiese existido Dios habría sido necesario inventarlo, J. J.
Rousseau inventó el ser supremo, el dios abstracto y estéril de los deístas. Y
en nombre de ese ser supremo y de la virtud hipócrita ordenada por el ser
supremo, Robespierre guillotinó a los hebertistas primero, luego al genio mismo
de la revolución, a Dantón, en cuya persona asesinó la república, preparando
así el triunfo, desde entonces necesario, de la dictadura de Bonaparte l.
Después de este gran triunfo, la reacción idealista buscó y encontró servidores
menos fanáticos, menos terribles, medidos por la talla considerablemente
empequeñecida de la burguesía de nuestro siglo. En Francia fueron
Chateaubriand, Lamartine y -¿es preciso decirlo? ¿Y por qué no? hay que decirlo
todo, cuando es verdad- fue Víctor Hugo mismo, el demócrata, el republicano, el
casi socialista de hoy, y tras él toda la cohorte melancólica y sentimental de
espíritus flacos y pálidos, quienes constituyeron, bajo la dirección de esos
maestros, la escuela del romanticismo moderno. En Alemania fueron los Schlegel,
los Tieck, los Novalis, los Werner, fue Schellíng, y tantos otros aun cuyos
nombres no merecen siquiera ser mencionados.
La literatura creada por esa escuela fue el verdadero reino de los
espectros y de los fantasmas. No soportaban la Iuz del día, pues el claroscuro
era el único elemento en que podía vivir. No soportaba tampoco el contacto
brutal de las masas; era la literatura de las almas tiernas, delicadas,
distinguidas, que aspiraban al cielo, a su patria, y que vivían como a su pesar
sobre a tierra. Tenía horror y desprecio a la política, a las cuestiones del
día; pero cuando hablaba por azar de ellas, se mostraba francamente
reaccionaria, tomando partido de la Iglesia contra la insolencia de los
librepensadores, de los reyes contra los pueblos, y de todas las aristocracias
contra la vil canalla de las calles. Por lo demás, como acabo de decir, lo que
dominaba en la escuela era una indiferencia casi completa ante las cuestiones
políticas. En medio de las nubes en que vivían, no podía distinguir más que dos
puntos reales: el desenvolvimiento rápido del materialismo burgués y el
desencadenamiento desenfrenado de las vanidades individuales.
Para comprender esa literatura es preciso buscar la razón de ser en la
transformación que se había operado en el seno de la clase burguesa desde la
revolución de 1793.
Desde el Renacimiento y la Reforma hasta esa revolución, la burguesía,
si no en Alemania, al menos en Italia, en Francia, en Suiza, en Inglaterra, en
Holanda, fue el héroe y representó el genio revolucionario de la historia. De
su seno salieron en su mayoría los librepensadores del siglo XV, los grandes
reformadores religiosos de los dos siglos siguientes y los apóstoles de la
emancipación humana del siglo pasado, comprendidos esta vez también los de
Alemania. Ella sola, naturalmente apoyada en las simpatías y en los brazos del
pueblo que tenía fe en ella, hizo la revolución del 89 y la del 93. Había
proclamado la decadencia de la realeza y de la iglesia, la fraternidad de los
pueblos, los derechos del hombre y del ciudadano. He ahí sus títulos de gloria:
son inmortales.
Desde entonces se escindió. Una parte considerable de adquirentes de
bienes nacionales, enriquecidos y apoyándose esta vez no sobre el proletariado
de las ciudades, sino sobre la mayor parte de los campesinos de Francia que se
habían hecho igualmente propietarios agrícolas, aspiraba a la paz, al
restablecimiento del orden público, a la fundación de un gobierno regular y
poderoso. Aclamó, pues, con felicidad la dictadura del primer Bonaparte y,
aunque se mantuviese volteriana, no vio con malos ojos su Concordato con el
Papa y el restablecimiento de la iglesia oficial en Francia: “¡La religión
es tan necesaria para el pueblo!”; lo que quiere decir que, ya
saciada, esa parte de la burguesía comenzó desde entonces a comprender que era
urgente, en interés de la conservación de su posición y de sus bienes
adquiridos, engañar el hambre no satisfecha del pueblo con las promesas de un
maná celeste. Fue entonces cuando comenzó a predicar Chateaubriand.
Napoleón cayó. La Restauración devolvió a Francia, con la monarquía
legítima, la potencia de la iglesia y de la aristocracia nobiliario, que se
rehicieron, si no con todo, al menos con una considerable parte de su antiguo
poder. Esta reacción arrojó a la burguesía a la revolución; y con el espíritu
revolucionario se despertó otra vez en ella también la incredulidad. Con
Chateauriand a un lado, volvió a comenzar a leer a Voltaire. No legó hasta
Diderot: sus nervios debilitados no soportaban ya un alimento tan fuerte.
Voltaire, a la vez incrédulo y teísta, le convenía, al contrario, mucho.
Béranger Paul Louis Courier expresaron perfectamente esta tenencia nueva. El
“Dios de las buenas gentes” y el ideal del rey burgués, a la vez liberal y
democrático, dibujado sobre el fondo majestuoso y en lo sucesivo inofensivo de
las victorias gigantescas del imperio, tal fue en esa época, el alimento
intelectual cotidiano de la burguesía de Francia.
Lamartine, aguijoneado por la envidia vanidosamente ridícula de elevarse
a la altura del gran poeta inglés Byron, había comenzado sus himnos fríamente
delirantes en honor del dios de los gentiles hombres y de la monarquía
legítima. Pero sus cantos no repercutían más que en los salones aristocráticos.
La burguesía no los oía. Su poeta era Béranger, y Courier, su escritor
político.
La revolución de julio tuvo por consecuencia el ennoblecimiento de sus
gustos. Se sabe que todo burgués de Francia lleva en sí el tipo imperecedero
del burgués gentilhombre, que no deja nunca de aparecer tan pronto como
adquiere un poco de riqueza y de poder. En 1830, la rica burguesía había
reemplazado definitivamente a la antigua nobleza en el poder. Tendió
naturalmente a fundar una nueva aristocracia: aristocracia del capital, sin
duda, ante todo, pero también aristocracia de inteligencia, de buenas maneras y
de sentimientos delicados. La burguesía comenzó a sentirse religiosa.
No fue por su parte una simple imitación de las costumbres
aristocráticas, sino que era al mismo tiempo una necesidad de posición. El
proletariado le había hecho un último servicio, ayudándola a derribar una vez
más a la nobleza. Ahora, la burguesía no tenía necesidad de su ayuda, porque se
sentía sólidamente sentada a la sombra del trono de junio, y la alianza con el
pueblo, desde entonces inútil, comenzaba a hacérsele incómoda. Era preciso
devolverlo a su lugar, lo que no podía hacerse naturalmente sin provocar una
gran indignación en las masas. Se hizo necesario contenerlas. ¿Pero en nombre
de qué? ¿En nombre del interés burgués crudamente confesado? Eso hubiese sido
demasiado cínico. Cuanto más injusto e inhumano es un interés, más necesidad
tiene, de ser sancionado, y ¿dónde hallar la sanción, sino en la religión, esa
buena protectora de todos los hartos, y esa consoladora tan útil de todos los
que tienen hambre? Y más que nunca, la burguesía triunfante sintió que la
religión era absolutamente necesaria para el pueblo.
Después de haber ganado sus títulos imperecederos de gloria en la
oposición, tanto religiosa y filosófica como política, en la protesta y en la
revolución se había convertido en -fin en la clase dominante, y por eso mismo
en la defensora y la conservadora del Estado, pues este último se había
convertido a su vez en la institución regular de la potencia exclusiva de esa
clase. El Estado es la fuerza y tiene para sí ante todo el derecho de la
fuerza, el argumento triunfante del fusil. Pero el hombre está hecho tan
singularmente que esa argumentación, por elocuente que parezca, no le basta a
la larga. Para imponerle respeto, es preciso una sanción moral cualquiera. Es
preciso, además, que esa sanción sea de tal modo evidente y sencilla que pueda
convencer a las masas, que, después de haber sido reducidas por la fuerza del
Estado, deben ser inducidas luego al reconocimiento moral de su derecho.
No hay más que dos medios para convencer a las masas de la bondad de una
institución social cualquiera. El primero, el único real, pero también el más
difícil, porque implica la abolición del Estado -es decir la abolición de la
explotación políticamente organizada e la mayoría por una minoría cualquiera-,
sería la satisfacción directa y completa de todas las necesidades, de todas las
aspiraciones humanas de las masas; lo que equivaldría a la liquidación completa
de la existencia tanto política como económica de la clase, burguesa, y como
acabo de decirlo, a la abolición del Estado. Este medio sería, sin duda,
saludable para las masas, pero funesto para los intereses burgueses. Por
consiguiente, no hay ni que hablar de él.
Hablemos de otro medio, que, funesto para el pueblo solamente, es, al
contrario, precioso para la salvación de los -privilegios burgueses. Este otro
medio no puede ser más que la religión. Es ese milagro eterno el que arrastra a
las masas a la busca de los tesoros divinos, mientras que, mucho más moderada,
la clase dominante se contenta con compartir, muy desigualmente por otra parte
y dando siempre más al que más posee, entre sus propios miembros, los
miserables bienes de la tierra y los despojos humanos del pueblo, comprendida
su libertad política y social.
No existe, no puede existir Estado sin religión. Tomad los Estados más
libres del mundo, los Estados Unidos de América o la Confederación Helvética,
por ejemplo, y ved qué papel tan importante desempeña la providencia divina,
esa sanción suprema de todos los Estados, en todos los discursos oficiales.
Pero siempre -que un jefe de Estado habla de Dios, sea Guillermo I,
emperador knutogermánico, o Grant, presidente de la gran república, estad
seguros que se prepara de nuevo a esquilmar a su pueblo-rebaño.
La burguesía francesa, liberal, volteriana e impulsada por su
temperamento a un positivismo, por no decir a un materialismo, singularmente
estrecho y brutal, convertida, por su triunfo de 1830 en la clase del Estado,
-ha debido, pues, darse necesariamente una religión oficial. La cosa no era
fácil. No podía ponerse francamente bajo el yugo del catolicismo romano. Había
entre ella y la Iglesia de Roma un abismo de sangre y de odio y, por práctica y
prudente que se hubiese vuelto, no llegaría nunca a reprimir en su seno una
pasión desarrollada por la historia. Por lo demás, la burguesía francesa se
habría cubierto de ridículo si hubiera vuelto a la iglesia para tomar parte en
las piadosas ceremonias del culto divino, condición esencial de una conversión
meritoria y sincera. Muchos lo han tratado de hacer, pero su heroísmo no tuvo
otro resultado que el escándalo estéril. En fin, la vuelta al catolicismo era
imposible a causa de la contradicción insoluble que existe entre la política
invariable de Roma y el desenvolvimiento de los intereses económicos y
políticos de la clase media.
Bajo este aspecto, el protestantismo es mucho más cómodo. Es la religión
burguesa por excelencia. Concede justamente tanta libertad como es necesaria
para los burgueses, y ha encontrado el medio de conciliar las aspiraciones
celestes con el respeto que reclaman los intereses terrestres. Así vemos que es
sobre todo en los países protestantes donde se desarrollaron el comercio y la
industria. Pero era imposible para la burguesía de Francia hacerse protestante.
Para pasar de una religión a otra -al menos que sea por cálculo, como proceden
alguna vez los judíos en Rusia y en Polonia, que se hacen bautizar tres, cuatro
veces, a fin de recibir remuneraciones nuevas-, para cambiar de religión, hay
que tener una gran fe religiosa. Y bien, en el corazón exclusivamente positivo
del burgués francés, no hay lugar para ese grano. Profesa la indiferencia más
profunda para todas las cuestiones, exceptuada la de la bolsa ante todo, y la
de su vanidad social después. Es tan indiferente ante el protestantismo como
ante el catolicismo. Por otra parte, la burguesía francesa no habría podido
abrazar el protestantismo sin ponerse en contradicción con la rutina católica
de la mayoría del pueblo francés, lo que hubiese constituido una gran
imprudencia de parte de una clase que quería gobernar Francia.
No quedaba más que un medio: el de volver a la religión humanitaria y
revolucionaria del siglo XVIII. Pero esa religión lleva demasiado lejos. Por
consiguiente, la burguesía tuvo que crear, para sancionar el nuevo Estado, el
Estado burgués que acababa de fundar, una religión nueva, que pudiese ser, sin
demasiado ridículo ni escándalo, la religión profesada altamente por toda la
clase burguesa.
Es así como nació el Ateísmo doctrinario.
Otros han hecho, mucho mejor de lo que yo sabría hacerlo, la historia
del nacimiento y del desenvolvimiento de esa escuela, que tuvo una influencia
tan decisiva y, puedo decirlo sin dudar, tan funesta sobre la educación
política, intelectual y moral de la juventud burguesa de Francia. Data de
Benjamín Constant y Madame Staël, pero su verdadero fundador fue RoyerCollard;
sus apóstoles: los señores Guizot, Cousin, Villemain y muchos otros; su
objetivo abiertamente confesado: la reconciliación de la revolución con la
reacción, o para hablar el lenguaje de la escuela, del principio de libertad
con el de autoridad, naturalmente en provecho de esta última.
Esta reconciliación significaba, en política, el escamoteo de la
libertad popular en provecho de la dominación burguesa, representada por el
Estado monárquico y constitucional; en filosofía, la sumisión reflexiva de la
libre razón a los principios eternos de la fe.
Se sabe que esta filosofía fue elaborada principalmente por Cousin, el
padre del eclecticismo francés. Hablador superficial y pedante; inocente de
toda concepción original, de todo pensamiento propio, pero muy fuerte en
lugares comunes -que ha cometido el error de confundir con el sentido común-,
este filósofo ilustre ha preparado sabiamente, para el uso de la juventud
estudiante de Francia, un plato metafísico a su modo y cuyo consumo,
obligatorio en todas las escuelas del Estado por debajo de la universidad, ha
condenado a varias generaciones consecutivas a una indigestión cerebral.
Imagínese una ensalada filosófica compuesta de los sistemas más opuestos, una
mezcla de padres de la Iglesia, escolásticos, de Descartes y de Pascal, de Kant
y de psicólogos escoceses, superpuesto a las ideas divinas e innatas de Platón
y recubierto de la capa de inmanencia hegeliana, acompañada necesariamente de
una ignorancia tan desdeñosa como cometa de las ciencias naturales y que prueba
como dos y dos son cinco la existencia de un dios personal.
El principio del estado
En el fondo, la conquista no sólo es el origen, es también el fin
supremo de todos los Estados grandes o pequeños, poderosos o débiles,
despóticos o liberales, monárquicos o aristocráticos, democráticos y
socialistas también, suponiendo que el ideal de los socialistas alemanes, el de
un gran Estado comunista, se realice alguna vez.
Que ella fue el punto de partida de todos los Estados, antiguos y
modernos, no podrá ser puesto en duda por nadie, puesto que cada página de la
historia universal lo prueba suficientemente. Nadie negará tampoco que los
grandes Estados actuales tienen por objeto, más o menos confesado, la
conquista. Pero los Estados medianos y sobre todo los pequeños, se dirá, no
piensan más que en defenderse y sería ridículo por su parte soñar en la
conquista.
Todo lo ridículo que se quiera, pero sin embargo es su sueño, como el
sueño del más pequeño campesino propietario es redondear sus tierras en
detrimento del vecino; redondearse, crecer, conquistar a cualquier precio y
siempre, es una tendencia fatalmente inherente a todo Estado, cualquiera que
sea su extensión, su debilidad o su fuerza, porque es una necesidad de su
naturaleza. ¿Qué es el Estado si no es la organización del poder? Pero está en
la naturaleza de todo poder la imposibilidad de soportar un superior o un
igual, pues el poder no tiene otro objeto que la dominación, y la dominación no
es real más que cuando le está sometido todo lo que la obstaculiza; ningún
poder tolera otro más que cuando está obligado a ello, es decir, cuando se
siente impotente para destruirlo o derribarlo. El solo hecho de un poder igual
es una negación de su principio y una amenaza perpetua contra su existencia;
porque es una manifestación y una prueba de su impotencia. Por consiguiente,
entre todos los Estados que existen uno junto al otro, la guerra es permanente
y su paz no es más que una tregua.
Está en la naturaleza del Estado el presentarse tanto con relación a sí
mismo como frente a sus súbditos, como el objeto absoluto. Servir a su
prosperidad, a su grandeza, a su poder, esa es la virtud suprema del
patriotismo. El Estado no reconoce otra, todo lo que le sirve es bueno, todo lo
que es contrario a sus intereses es declarado criminal; tal es la moral de los
Estados.
Es por eso que la moral política ha sido en todo tiempo, no sólo
extraña, sino absolutamente contraria a la moral humana. Esa contradicción es
una consecuencia inevitable de su principio: no siendo el Estado más que una
parte, se coloca y se impone como el todo; ignora el derecho de todo lo que, no
siendo él mismo, se encuentra fuera de él, y cuando puede, sin peligro, lo
viola. El Estado es la negación de la humanidad.
¿Hay un derecho humano y una moral humana absolutos? En el tiempo que
corre y viendo todo lo que pasa y se hace en Europa hoy , está uno forzado a
plantearse esta cuestión. Primeramente; ¿existe lo absoluto, y no es todo
relativo en este mundo? Respecto de la moral y del derecho: lo que se llamaba
ayer derecho ya no lo es hoy, y lo que parece moral en China puede no ser
considerado tal en Europa. Desde este punto de vista cada país, cada época no
deberían ser juzgados más que desde el punto de vista de las opiniones
contemporáneas y locales, y entonces no habría ni derecho humano universal ni
moral humana absoluta.
De este modo, después de haber soñado lo uno y lo otro, después de haber
sido metafísicos o cristianos, vueltos hoy positivistas, deberíamos renunciar a
ese sueño magnífico para volver a caer en las estrecheces morales de la
antigüedad, que ignoran el nombre mismo de la humanidad, hasta el punto de que
todos los dioses no fueron más que dioses exclusivamente nacionales y
accesibles sólo a los cultos privilegiados.
Pero hoy que el cielo se ha vuelto un desierto y que todos los dioses,
incluso naturalmente, el Jehová de los judíos, se hallan destronados, hoy sería
eso poco todavía: volveríamos a caer en el materialismo craso y brutal de
Bismarck, de Thiers y de Federico II, de acuerdo a los cuales dios está
siempre de parte de los grandes batallones, como dijo excelentemente
este último; el único objeto digno de culto, el principio de toda moral, de
todo derecho, sería la fuerza; esa es la verdadera religión del Estado.
¡Y bien, no! Por ateos que seamos y precisamente porque somos ateos,
reconocemos una moral humana y un derecho humano absolutos. Sólo que se trata
de entenderse sobre la significación de esa palabra absoluto. Lo
absoluto universal, que abarca la totalidad infinita de los mundos y de los
seres, no lo concebimos, porque no sólo somos incapaces de percibirlo con
nuestros sentidos, sino que no podemos siquiera imaginarlo. Toda tentativa de
este género nos volvería a llevar al vacío, tan amado de los metafísicos, de la
abstracción absoluta.
Lo absoluto de que nosotros hablamos es un absoluto muy relativo y en
particular relativo exclusivamente para la especie humana. Esta última está
lejos de ser eterna; nacida sobre la tierra, morirá en ella, quizás antes que
ella, dejando el puesto, según el sistema de Darwin, a una especie más
poderosa, más completa, más perfecta. Pero en tanto que existe, tiene un
principio que le es inherente y que hace que sea precisamente lo que es: es ese
principio el que constituye, en relación a ella, lo absoluto. Veamos cuál es
ese principio.
De todos los seres vivos sobre esta tierra, el hombre es a la vez el
más social y el mas individualista. Es sin
contradicción también el mas inteligente. Hay tal vez animales que
son más sociales que él, por ejemplo las abejas, las hormigas; pero al
contrario, son tan poco individualistas que los individuos que pertenecen a
esas especies están absolutamente absorbidos por ellas y como aniquilados en su
sociedad: son todo para la colectividad, nada o casi nada par sí mismos. Parece
que existe una ley natural, conforme a la cual cuanto más elevada es una
especie de animales en la escala de los seres, por su organización más
completa, tanto más latitud, libertad e individualidad deja a cada uno. Los
animales feroces, que ocupan incontestablemente el rango más elevado, son
individualistas en un grado supremo.
El hombre, animal feroz por excelencia, es el más individualista de
todos. Pero al mismo tiempo –y este es uno de sus rasgos distintivos- es
eminente, instintiva y fatalmente socialista. Esto es de tal modo verdadero que
su inteligencia misma, que lo hace tan superior a todos los seres vivos y que
lo constituye en cierto modo en el amo de todos, no puede desarrollarse y
llegar a la conciencia de sí mismo más que en sociedad y por el concurso de la
colectividad eterna.
Y en efecto, sabemos bien que es imposible pensar sin palabras: al
margen o antes de la palabra pudo muy bien haber representaciones o imágenes de
las cosas, pero no hubo pensamientos. El pensamiento vive y se desarrolla
solamente con la palabra. Pensar es, pues, hablar mentalmente consigo mismo.
Pero toda conversación supone al menos dos personas, la una sois vosotros,
¿quién es la otra? Es todo el mundo humano que conocéis.
El hombre, en tanto que individuo animal, como los animales de todas las
otras especies, desde el principio y desde que comienza a respirar, tiene el
sentimiento inmediato de su existencia individual; pero no adquiere la
conciencia reflexiva de si, conciencia que constituye propiamente su
personalidad, más que por medio de la inteligencia, y por consiguiente sólo en
la sociedad. Vuestra personalidad más íntima, la conciencia que tenéis de
vosotros mismos en vuestro fuero interno, no es en cierto modo más que el
reflejo de vuestra propia imagen, repercutida y enviada de nuevo como por otros
tantos espejos por la conciencia tanto colectiva como individual de todos los
seres humanos que componen vuestro mundo social. Cada hombre que conocéis y con
el cual os halláis en relaciones, sean directas sean indirectas, determina más
o menos vuestro ser más íntimo, contribuye a haceros lo que sois, a constituir
vuestra personalidad. Por consiguiente, si estáis rodeados de esclavos, aunque
seáis su amo, no dejáis de ser un esclavo, pues la conciencia de los esclavos
no puede enviaros sino vuestra imagen envilecida. La imbecilidad de todos os
imbeciliza, mientras que la inteligencia de todos os ilumina, os eleva; los
vicios de vuestro medio social son vuestros vicios y no podríais ser hombres
realmente libres sin estar rodeados de hombres igualmente libres, pues la
existencia de un solo esclavo basta para aminorar vuestra libertad. En la
inmortal declaración de los derechos del hombre, hecha por la Convención
nacional, encontramos expresada claramente esa verdad sublime, que la
esclavitud de un solo ser humano es la esclavitud de todos.
Contienen toda la moral humana, precisamente lo que hemos llamado
la moral absoluta, absoluta sin duda en relación sólo a la
humanidad, no en relación al resto de los seres, no menos aún en relación a la
totalidad infinita de los mundos, que nos es eternamente desconocida. La
encontramos en germen más o menos en todos los sistemas de moral que se han
producido en la historia y de los cuales fue en cierto modo como la luz
latente, luz que por lo demás no se ha manifestado, con mucha frecuencia, más
que por reflejos tan inciertos como imperfectos. Todo lo que vemos de
absolutamente verdadero, es decir, de humano, no es debido más que a ella.
¿Y cómo habría de ser de otra manera, si todos los sistemas de moral que
se desarrollaron sucesivamente en el pasado, lo mismo que todos los demás
desenvolvimientos del hombre, incluso los desenvolvimientos teológicos y
metafísicos, no tuvieron jamás otra fuente que la naturaleza humana, no han
sido sus manifestaciones más o menos imperfectas? Pero esta ley moral que
llamamos absoluta, ¿qué es sino la expresión más pura, la más completa, la más
adecuada, como dirían los metafísicos, de esa misma naturaleza humana,
esencialmente socialista e individualista a la vez?
El defecto principal de los sistemas de moral enseñados en el pasado, es
haber sido exclusivamente socialistas o exclusivamente individualistas. Así, la
moral cívica, tal como nos ha sido transmitida por los griegos y los romanos,
fue una moral exclusivamente socialista, en el sentido que sacrifica siempre la
individualidad a la colectividad: sin hablar de las miríadas de esclavos que
constituyen la base de la civilización antigua, que no eran tenidos en cuenta
más que como cosas, la individualidad del ciudadano griego o romano mismo fue
siempre patrióticamente inmolada en beneficio de la colectividad constituida en
Estado. Cuando los ciudadanos, cansados de esa inmolación permanente, se
rehusaron al sacrificio, las repúblicas griegas primero, después romanas, se
derrumbaron. El despertar del individualismo causó la muerte de la antigüedad.
Ese individualismo encontró su más pura y completa expresión en las
religiones monoteístas, en el judaísmo, en el mahometanismo y en el
cristianismo sobre todo. El Jehová de los judíos se dirige aún a la
colectividad, al menos bajo ciertas relaciones, puesto que tiene un pueblo
elegido, pero contiene ya todos los gérmenes de la moral exclusivamente
individualista.
Debería ser así: los dioses de la antigüedad griega y romana no fueron
en último análisis más que los símbolos, los representantes supremos de la
colectividad dividida, del Estado. Al adorarlos, se adoraba al Estado, y toda
la moral que fue enseñada en su nombre no pudo por consiguiente tener otro
objeto que la salvación, la grandeza y la gloria del Estado.
El dios de los judíos, déspota envidioso, egoísta y vanidoso si los hay,
se cuidó bien, no de identificar, sino sólo de mezclar su terrible persona con
la colectividad de su pueblo elegido, elegido para servirle de alfombra
predilecta a lo sumo, pero no para que se atreviera a levantarse hasta él.
entre él y su pueblo hubo siempre un abismo. Por otra parte, no admitiendo otro
objeto de adoración que él mismo, no podía soportar el culto al Estado. Por
consiguiente, de los judíos, tanto colectiva como individualmente, no exigió
nunca más que sacrificios para sí, jamás para la colectividad o para la
grandeza y la gloria del Estado.
Por lo demás, los mandamientos de Jehová, tal como nos han sido
transmitidos por el decálogo, no se dirigen casi exclusivamente más que al
individuo: no constituyen excepción más que aquellos cuya ejecución supera las
fuerzas del individuo y exige el concurso de todos; por ejemplo: la orden tan
singularmente humana que incita a los judíos a extirpar hasta el último,
incluso las mujeres y niños, a todos los paganos que encuentren en la tierra
prometida, orden verdaderamente digna del padre de nuestra santa trinidad
cristiana, que se distingue, como se sabe, por su amor exuberante hacia esta
pobre especie humana.
Todos los otros mandamientos no se dirigen más que al individuo; no
matarás (exceptuados los casos muy frecuentes en que te lo ordene yo mismo,
habría debido añadir); no robarás ni la propiedad ni la mujer ajenas (siendo
considerada esta última como una propiedad también); respetarás a tus padres.
Pero sobre todo me adorarás a mí, el dios envidioso, egoísta, vanidoso y
terrible, y si no quieres incurrir en mi cólera, me cantarás alabanzas y te
prosternarás eternamente ante mí.
En el mahometismo no existe ni la sombra del colectivismo nacional y
restringido que domina en las religiones antiguas y del que se encuentran
siempre algunos débiles restos hasta en el culto judaico. El Corán no conoce
pueblo elegido; todos los creyentes, a cualquier nación o comunidad que
pertenezcan, son individualmente, no colectivamente, elegidos de dios. Así, los
califas, sucesores de Mahoma, no se llamarán nunca Sión, jefes de los
creyentes.
Pero ninguna religión impulsó tan lejos el culto del individualismo como
la religión cristiana. Ante las amenazas del infierno y las promesas
absolutamente individuales del paraíso, acompañadas de esta terrible
declaración que sobre muchos llamados habrá sino muy pocos
elegidos, la religión cristiana provocó un desorden, un general
sálvese el que pueda; una especie de carrera de apuesta en que cada cual era
estimulado sólo por una preocupación única, la de salvar su propia almita. Se
concibe que una tal religión haya podido y debido dar el golpe de gracia a la
civilización antigua, fundada exclusivamente en el culto a la colectividad, a
la patria, al Estado y disolver todos sus organismos, sobre todo en una época
en que moría ya de vejez. ¡El individualismo es un disolvente tan poderoso!
Vemos la prueba de ello en el mundo burgués actual.
A nuestro modo de ver, es decir según nuestro punto de vista de la moral
humana, todas las religiones monoteístas, pero sobre todo la religión
cristiana, como la más completa y la más consecuente de todas, son profunda,
esencial, principalmente inmorales: al crear su dios, han proclamado la
decadencia de todos los hombres, de los cuales no admitieron la solidaridad más
que en el pecado; y al plantear el principio de la salvación exclusivamente
individual, han renegado y destruido, tanto como les fue posible hacerlo, la
colectividad humana, es decir el principio mismo de la humanidad.
No es extraño que se haya atribuido al cristianismo el honor de haber
creado la idea de la humanidad, de la que, al contrario, fue el negador más
completo y más absoluto. Bajo un aspecto pudo reivindicar este honor, pero
solamente bajo uno: ha contribuido de una manera negativa, cooperando
potentemente a la destrucción de las colectividades restringidas y parciales de
la antigüedad, apresurando la decadencia natural de las patrias y de las
ciudades que, habiéndose divinizado en sus dioses, formaban un obstáculo a la
constitución de la humanidad; pero es absolutamente falso decir que el
cristianismo haya tenido jamás el pensamiento de constituir esta última, o que
haya comprendido o siquiera presentido lo que llamamos hoy la solidaridad de
los hombres, ni la humanidad, que es una idea completamente moderna, entrevista
por el Renacimiento, pero concebida y enunciada de una manera clara y precisa
sólo en el siglo XVIII.
El cristianismo no tiene absolutamente nada que hacer con la humanidad,
por la simple razón de que tiene por objeto único la divinidad, pues una
excluye a la otra. La idea de la humanidad reposa en la solidaridad fatal,
natural, de todos los hombres. Pero el cristianismo, hemos dicho, no reconoce
esa solidaridad más que en el pecado, y la rechaza absolutamente en la
salvación, en el reino de ese dios que sobre muchos llamados no hace gracia más
que a muy pocos elegidos, y que en su justicia adorable, impulsado
sin duda por ese amor infinito que lo distingue, antes mismo de que los hombres
hubiesen nacido sobre esta tierra, había condenado a la inmensa mayoría a los
sufrimientos eternos del infierno, y eso para castigarlos por un pecado
cometido, no por ellos mismos, sino por sus antepasados primeros, que
estuvieron obligados a cometerlo: el pecado de infligir una desmentida a la
presciencia divina.
Tal es la lógica sana y la base de toda moral cristiana ¿Qué tienen que
hacer con la lógica y la moral humanas?
En vano se esforzarán por probarnos que el cristianismo reconoce la
solidaridad de los hombres, citándonos fórmulas del evangelio que parecen
predecir el advenimiento de un día en que no habrá más que un solo pastor y un
solo rebaño; en que se nos mostrará la iglesia católica romana, que tiende
incesantemente a la realización de ese fin por la sumisión del mundo entero al
gobierno del Papa. La transformación de la humanidad entera en un rebaño, así
como la realización, felizmente imposible, de esa monarquía universal y divina
no tiene absolutamente nada que ver con el principio de la solidaridad humana,
que es lo único que constituye lo que llamamos humanidad. No hay ni la sombra
de esa solidaridad en la sociedad tal como la sueñan los cristianos y en la cual
no se es nada por la gracia de los hombres, sino todo por la gracia de dios,
verdadero rebaño de carneros disgregados y que no tienen ni deben tener ninguna
relación inmediata y natural entre si, hasta el punto que les es prohibido
unirse para la reproducción de la especie sin el permiso o la bendición de su
pastor, pues sólo el sacerdote tiene derecho a casarlos en nombre de ese dios
que forma el único rasgo de una unión legítima entre ellos: separados fuera de
él, los cristianos no se unen ni pueden unirse más que en él. Fuera de esa
sanción divina, todas las relaciones humanas, aun los lazos de la familia, son
alcanzados por la maldición general que afecta a la creación; son reprobados la
ternura de los padres, de los esposos, de los hijos, la amistad fundada en la
simpatía y en la estima recíprocas, el amor y el respeto de los hombres, la
pasión de lo verdadero, de lo justo y de lo bueno, la de la libertad, y la más
grande de todas, la que implica todas las demás, la pasión de la humanidad;
todo eso es maldito y no podría ser rehabilitado más que por la gracia de dios.
todas las relaciones de hombre a hombre deben ser santificadas por la
intervención divina; pero esa intervención las desnaturaliza, loas desmoraliza,
las destruye. Lo divino mata lo humano y todo el culto cristiano no consiste
propiamente más que en esa inmolación perpetua de lo humano en honor de la
divinidad.
Que no se objete que el cristianismo ordena a los niños a amar a sus
padres, a los padres a amar a sus hijos, a los esposos a feccionarse
mutuamente. Sí, les manda eso, pero no les permite amarlo inmediata,
naturalmente y por sí mismos, sino sólo en dios y por dios; no admite todas
esas relaciones actuales más que a condición de que dios se encuentre como
tercero, y ese terrible tercero mata las uniones. El amor divino aniquila el
amor humano. El cristianismo ordena, es verdad, amar a nuestro prójimo tanto como
a nosotros mismos, pero nos ordena al mismo tiempo amar a dios más que a
nosotros mismos y por consiguiente también más que al prójimo, es decir
sacrificarle el prójimo por nuestra salvación, porque al fin de cuentas el
cristiano no adora a dios más que por la salvación de su alma.
Aceptando a dios, todo eso es rigurosamente consecuente: dios es lo
infinito, lo absoluto, lo eterno, lo omnipotente; el hombre es lo finito, lo
impotente. En comparación con dios, bajo todos los aspectos, no es nada. Sólo
lo divino es justo, verdadero, dichoso y bueno, y todo lo que es humano en el
hombre debe ser por eso mismo declarado falso, inicuo, detestable y miserable.
El contacto de la divinidad con esa pobre humanidad debe devorar, pues,
necesariamente, consumir, aniquilar todo lo que queda de humano en los hombres.
La intervención divina en los asuntos humanos no ha dejado nunca de
producir efectos excesivamente desastrosos. Pervierte todas las relaciones de
los hombres entre sí y reemplaza su solidaridad natural por la práctica
hipócrita y malsana de las comunidades religiosas, en las que bajo las
apariencias de la caridad, cada cual piensa sólo en la salvación de su alma,
haciendo así, bajo el pretexto del amor divino, egoísmo humano excesivamente
refinado, lleno de ternura para sí y de indiferencia, de malevolencia y hasta
de crueldad para el prójimo. Eso explica la alianza íntima que ha existido
siempre entre el verdugo y el sacerdote, alianza francamente confesada por el
célebre campeón del ultramontanismo, Joseph de Maistre, cuya pluma elocuente,
después de haber divinizado al papa, no dejó de rehabilitar al verdugo; uno era
en efecto el complemento del otro.
Pero no es sólo en la iglesia católica donde existe y se produce esa
ternura excesiva hacia el verdugo. Los ministros sinceramente religiosos y
creyentes de los diferentes cultos protestantes, ¿no han protestado
unánimemente en nuestros días contra la abolición de la pena de muerte? No cabe
duda que el amor divino mata el amor de los hombres en los corazones que están
penetrados de él; tampoco cabe duda que todos los cultos religiosos en general,
pero entre ellos el cristianismo sobre todo, no han tenido jamás otro objeto
que el sacrificio de los hombres a los dioses. Y entre todas las divinidades de
que nos habla la historia, ¿hay una sola que haya hecho verter tantas lágrimas
y sangre como ese buen dios de los cristianos o que haya pervertido hasta tal punto
las inteligencias, los corazones y todas las relaciones de los hombres entre
sí?
Bajo esta influencia malsana, el espíritu se eclipsó y la investigación
ardiente de la verdad se transformó en un culto complaciente a la mentira; la
dignidad humana se envilecía, el hombre (una palabra ilegible en el original)
se convertía en traidor, la bondad cruel, la justicia inicua y el respeto
humano se transformaron en un desprecio creyente para los hombres; el instinto
de la libertad terminó en el establecimiento de la servidumbre, y el de la
igualdad en la sanción de los privilegios más monstruosos. La caridad, al
volverse delatora y persecutora, ordenó la masacre de los heréticos y las
orgías sangrientas de la Inquisición; el hombre religioso se llamó jesuita,
devoto o pietista ‘renunciando a la humanidad se encaminó a la santidad’ y el
santo, bajo las apariencias de una humanidad más (una palabra ilegible en el
original), se volvió hipócrita, y con la caridad ocultó el orgullo y el
egoísmo inmensos de un yo humano absolutamente aislado que se ama a sí mismo en
su dios. Porque no hay que engañarse: lo que el hombre religioso busca sobre
todo y lo cree encontrar en la divinidad que ama, es a sí mismo, pero
glorificado, investido por la omnipotencia e inmortalizado. También sacó de él
muy a menudo pretextos e instrumentos para someter y para explotar el mundo
humano.
He ahí, pues la primera palabra del culto cristiano: es la exaltación
del egoísmo que, al romper toda solidaridad social, se ama a sí mismo en su
dios y se impone a la masa ignorante de los hombres en nombre de ese dios, es
decir en nombre de su yo humano, consciente e inconscientemente exaltado y
divinizado por sí mismo. Es por eso también que los hombres religiosos son
ordinariamente tan feroces: al defender a su dios, toman partido por su
egoísmo, por su orgullo y por su vanidad.
De todo esto resulta que el cristianismo es la negación más decisiva y
la más completa de toda solidaridad entre los hombres, es decir de la sociedad,
y por consiguiente también de la moral, puesto que fuera de la sociedad, creo
haberlo demostrado, no quedan más que relaciones religiosas del hombre aislado
con su dios, es decir consigo mismo.
Los metafísicos modernos, a partir del siglo XVII, han tratado de
restablecer la moral, fundándola, no en dios, sino en el hombre. Por desgracia,
obedeciendo a las tendencias de su siglo, tomaron por punto de partida, no al
hombre social, vivo y real, que es el doble producto de la naturaleza y de la
sociedad, sino el yo abstracto del individuo, al margen de todos sus lazos
naturales y sociales, aquel mismo a quien divinizó el egoísmo cristiano y a
quien todas las iglesias, tanto católicas como protestantes, adoran como su
dios.
¿Cómo nació el dios único de los monoteístas? Por la eliminación
necesaria de todos los seres reales y vivos.
Para explicar lo que entendemos por eso, es necesario decir algunas
cosas sobre la religión. No quisiéramos hablar de ella, pero en el tiempo que
corre es imposible tratar cuestiones políticas y sociales sin tocar la cuestión
religiosa.
Se pretendió erróneamente que el sentimiento religioso no es propio más
que de los hombres; se encuentran perfectamente todos los elementos
constitutivos en el reino animal, y entre esos elementos el principal es el
miedo. “El temor de dios ‘dicen los teólogos’ es el comienzo de la sabiduría”.
Y bien, ¿no se encuentra ese temor excesivamente desarrollado en todos los
animales, y no están todos los animales constantemente amedrentados? Todos
experimentan un terror instintivo ante la omnipotencia que los produce, los
cría, los nutre, es verdad, pero al mismo tiempo loas aplasta, los envuelve por
todas partes, que amenaza su existencia a cada hora y que acaba siempre por
matarlos.
Como los animales de todas las demás especies no tienen ese poder de
abstracción y de generalización de que sólo el hombre está dotado, no se
representan la totalidad de los seres que nosotros llamamos naturaleza, pero la
sienten y la temen. Ese es el verdadero comienzo del sentimiento religioso.
No falta en ellos siquiera la adoración. Sin hablar del estremecimiento
de alegría que experimentan todos los seres vivos al levantarse el sol, ni de
sus gemidos a la aproximación de una de esas catástrofes naturales terribles
que los destruyen por millares; no se tiene más que considerar, por ejemplo, la
actitud del perro en presencia de su amo. ¿No está por completo en ella la del
hombre ante dios?
Tampoco ha comenzado el hombre por la generalización de los fenómenos
naturales, y no ha llegado a la concepción de la naturaleza como ser único más
que después de muchos siglos de desenvolvimiento moral. El hombre primitivo, el
salvaje, poco diferente del gorila, compartió sin duda largo tiempo todas las
sensaciones y las representaciones instintivas del gorila; no fue sino a la
larga como comenzó a hacerlas objeto de sus reflexiones, primero necesariamente
infantiles, darles un nombre y por eso mismo a fijarlas en su espíritu
naciente.
Fue así cómo tomó cuerpo el sentimiento religioso que tenía en común con
los animales de las otras especies, cómo se transformó en una representación
permanente y en el comienzo de una idea, la de la existencia oculta de un ser
superior y mucho más poderoso que él y generalmente muy cruel y muy malhechor,
del ser que le ha causado miedo, en una palabra, de su dios.
Tal fue el primer dios, de tal modo rudimentario, es verdad, que, el
salvaje que lo busca por todas partes para conjurarlo, cree encontrarlo a veces
en un trozo de madera, en un trapo, en un hueso o en una piedra: esa fue la
época del fetichismo de que encontramos aún vestigios en el
catolicismo.
Fueron precisos aún siglos, sin duda para que el hombre salvaje pasase
del culto de los fetiches inanimados al de los fetiches vivos, al de los brujos.
Llega a él por una larga serie de experiencias y por el procedimiento de la
eliminación: no encontrando la potencia temible que quería conjurar en los
fetiches, la busca en el hombre-dios, el brujo.
Más tarde y siempre por ese mismo procedimiento de eliminación y
haciendo abstracción del brujo, de quien por fin la experiencia le demostró la
impotencia, el salvaje adoró sucesivamente todos los fenómenos más grandiosos y
terribles de la naturaleza: la tempestad, el trueno, el viento y, continuando
así, de eliminación en eliminación, ascendió finalmente al culto del sol y de
los planetas. Parece que el honor de haber creado ese culto pertenece a los
pueblos paganos.
Eso era ya un gran progreso. Cuanto más se alejaba del hombre la
divinidad, es decir la potencia que causa miedo, más respetable y grandiosa
parecía. No había que dar más que un solo gran paso para el establecimiento
definitivo del mundo religioso, y ese fue el de la adoración de una divinidad invisible.
Hasta ese salto mortal de la adoración de lo visible a
la adoración de lo invisible, los animales de las otras especies habían podido,
con rigor, acompañar a su hermano menor, el hombre, en todas sus experiencias
teológicas. Porque ellos también adoran a su manera los fenómenos de la
naturaleza. No sabemos lo que pueden experimentar hacia otros planetas; pero
estamos seguros de que la Luna y sobre todo el Sol ejercen sobre ellos una
influencia muy sensible. Pero la divinidad invisible no pudo ser inventada más
que por el hombre.
Pero el hombre mismo, ¿por qué procedimiento ha podido descubrir ese ser
invisible, del que ninguno de sus sentidos, ni su vista han podido ayudarle a
comprobar la existencia real, y por medio de qué artificio ha podido reconocer
su naturaleza y sus cualidades? ¿Cuál es, en fin, ese ser supuesto absoluto y
que el hombre ha creído encontrar por encima y fuera de todas las cosas?
El procedimiento no fue otro que esa operación bien conocida del
espíritu que llamamos abstracción o eliminación, y el resultado final de esa
operación no puede ser más que el abstracto absoluto, la nada. Y es
precisamente esa nada a la cual el hombre adora como su dios.
Elevándose por su espíritu sobre todas las cosas reales, incluso su
propio cuerpo, haciendo abstracción de todo lo que es sensible o siquiera
visible, inclusive el firmamento con todas las estrellas, el hombre se
encuentra frente al vacío absoluto, a la nada indeterminada, infinita, sin
ningún contenido, sin ningún límite.
En ese vacío, el espíritu del hombre que lo produjo por medio de la
eliminación de todas las cosas, no pudo encontrar necesariamente más que a sí
mismo en estado de potencia abstracta; viéndolo todo destruido y no teniendo ya
nada que eliminar, vuelve a caer sobre sí en una inacción absoluta; y
considerándose en esa completa inacción un ser diferente de sí, se presenta
como su propio dios y se adora.
Dios no es, pues, otra cosa que el yo humano absolutamente vacío a
fuerza de abstracción o de eliminación de todo lo que es real y vivo.
Precisamente de ese modo lo concibió Buda, que, de todos los reveladores
religiosos, fue ciertamente el más profundo, el más sincero, el más verdadero.
Sólo que Buda no sabía y no podía saber que era el espíritu humano mismo
el que había creado ese dios-nada. Apenas hacia el fin del siglo último comenzó
la humanidad a percatarse de ello, y sólo en nuestro siglo, gracias a los
estudios mucho más profundos sobre la naturaleza y sobre las operaciones del
espíritu humano, se ha llegado a dar cuenta completa de ello.
Cuando el espíritu humano creó a dios, procedió con la más completa
ingenuidad; y sin saberlo, pudo adorarse en su dios-nada.
Sin embargo, no podía detenerse ante esa nada que había hecho él mismo,
debía llenarla a cualquier precio y hacerla volver a la tierra, a la realidad
viviente. Llegó a ese fin siempre con la misma ingenuidad y por el
procedimiento más natural, más sencillo. Después de haber divinizado su propio
yo en ese estado de abstracción o de vacío absoluto, se arrodilló ante él, lo
adoró y lo proclamó la causa y el autor de todas las cosas; ese fue el comienzo
de la teología.
Dios, la nada absoluta, fue proclamado el único ser vivo, poderoso y
real, y el mundo viviente y por consecuencia necesaria la naturaleza, todas las
cosas efectivamente reales y vivientes, al ser comparadas con ese dios fueron
declaradas nulas. Es propio de la teología hacer de la nada lo real y de lo
real la nada.
Procediendo siempre con la misma ingenuidad y sin tener la menor
conciencia de lo que hacía, el hombre usó de un medio muy ingenioso y muy
natural a la vez para llenar el vacío espantoso de su divinidad: le atribuyó
simplemente, exagerándolas siempre hasta proporciones monstruosas, todas las
acciones, todas las fuerzas, todas las cualidades y propiedades, buenas o
malas, benéficas o maléficas, que encontró tanto en la naturaleza como en la
sociedad. Fue así como la tierra, entregada al saqueo, se empobreció en
provecho del cielo, que se enriqueció con sus despojos.
Resultó de esto que cuanto más se enriqueció el cielo –la habitación de
la divinidad-, más miserable se volvió la tierra; y bastaba que una cosa fuese
adorada en el cielo, para que todo lo contrario de esa cosa se encontrase
realizada en este bajo mundo. Eso es lo que se llama ficciones religiosas; a
cada una de esas ficciones corresponde, se sabe perfectamente, alguna realidad
monstruosa; así, el amor celeste no ha tenido nunca otro efecto que el odio
terrestre, la bondad divina no ha producido sino el mal, y la libertad de dios
significa la esclavitud aquí abajo. Veremos pronto que lo mismo sucede con
todas las ficciones políticas y jurídicas, pues unas y otras son por lo demás
consecuencias o transformaciones de la ficción religiosa.
La divinidad asumió de repente ese carácter absolutamente maléfico. En
las religiones panteístas de Oriente, en el culto de los brahmanes y en el de
los sacerdotes de Egipto, tanto como en las creencias fenicias y siríacas, se
presenta ya bajo un aspecto bien terrible. El Oriente fue en todo tiempo y es
aún hoy, en cierta medida al menos, la patria de la divinidad despótica,
aplastadora y feroz, negación del espíritu de la humanidad. Esa es también la
patria de los esclavos, de los monarcas absolutos y de las castas.
En Grecia la divinidad se humaniza –su unidad misteriosa, reconocida en
Oriente sólo por los sacerdotes, su carácter atroz y sombrío son relegados en
el fondo de la mitología helénica-, al panteísmo sucede el politeísmo. El
Olimpo, imagen de la federación de las ciudades griegas, es una especie de
república muy débilmente gobernada por el padre de los dioses, Júpiter, que
obedece él mismo los decretos del destino.
El destino es impersonal; es la fatalidad misma, la fuerza irresistible
de las cosas, ante la cual debe plegarse todo, hombres y dioses. Por lo demás,
entre esos dioses, creados por los poetas, ninguno es absoluto; cada uno
representa sólo un aspecto, una parte, sea del hombre, sea de la naturaleza en
general, sin cesar sin embargo de ser por eso seres concretos y vivos. Se
completan mutuamente y forman un conjunto muy vivo, muy gracioso y sobre todo
muy humano.
Nada de sombrío en esa religión, cuya teología fue inventada por los
poetas, añadiendo cada cual libremente algún dios o alguna diosa nuevos, según
las necesidades de las ciudades griegas, cada una de las cuales se honraba con
su divinidad tutelar, representante de su espíritu colectivo. Esa fue la
religión, no de los individuos, sino de la colectividad de los ciudadanos de
tantas patrias restringidas y (la primera parte de una palabra
ilegible)...mente libres, asociadas por otra parte entre sí más o menos por
una especie de federación imperfectamente organizada y muy (una palabra
ilegible).
De todos los cultos religiosos que nos muestra la historia, ese fue
ciertamente el menos teológico, el menos serio, el menos divino y a causa de
eso mismo el menos malhechor, el que obstaculizó menos el libre
desenvolvimiento de la sociedad humana. La sola pluralidad de los dioses más o
menos iguales en potencia era una garantía contra el absolutismo; perseguido
por unos, se podía buscar la protección de los otros y el mal causado por un
dios encontraba su compensación en el bien producido por otro. No existía,
pues, en la mitología griega esa contradicción lógica y moralmente monstruosa,
del bien y del mal, de la belleza y la fealdad, de la bondad y la maldad, del
amor y el odio concentrados en una sola y misma persona, como sucede fatalmente
en el dios del monoteísmo.
Esa monstruosidad la encontramos por completo activa en el dios de los
judíos y de los cristianos. Era una consecuencia necesaria de la unidad divina;
y, en efecto, una vez admitida esa unidad, ¿cómo explicar la coexistencia del
bien y del mal? Los antiguos persas habían imaginado al menos dos dioses: uno,
el de la luz y del bien, Ormuzd; el otro, el del mal y de las tinieblas,
Ahriman; entonces era natural que se combatieran, como se combaten el bien y el
mal y triunfan sucesivamente en la naturaleza y en la sociedad. Pero, ¿cómo
explicar que un solo y mismo dios, omnipotente, todo verdad, amor, belleza,
haya podido dar nacimiento al mal, al odio, a la fealdad, a la mentira?
Para resolver esta contradicción, los teólogos judíos y cristianos han
recurrido a las invenciones más repulsivas y más insensatas. Primeramente
atribuyeron todo el mal a Satanás. Pero Satanás, ¿de dónde procede? ¿Es, como
Ahriman, el igual de dios? De ningún modo; como el resto de la creación, es
obra de dios. Por consiguiente, ese dios fue el que engendró el mal. No,
responden los teólogos; Satanás fue primero un ángel de luz y desde su rebelión
contra dios se volvió ángel de las tinieblas. Pero si la rebelión es un mal –lo
que está muy sujeto a caución, y nosotros creemos al contrario que es un bien,
puesto que sin ella no habría habido nunca emancipación social-, si constituye
un crimen, ¿quién ha creado la posibilidad de ese mal? Dios, sin duda, os responderán
aun los mismos teólogos, pero no hizo posible el mal más que para dejar a los
ángeles y a los hombres el libre arbitrio. ¿Y qué es el libre arbitrio? Es la
facultad de elegir entre el bien y el mal, y decidir espontáneamente sea por
uno sea por otro. Pero para que los ángeles y los hombres hayan podido elegir
el mal, para que hayan podido decidirse por el mal, es preciso que el mal haya
existido independientemente de ellos, ¿y quién ha podido darle esa existencia,
sino dios?
También pretenden los teólogos que, después de la caída de Satanás, que
precedió a la del hombre, dios, sin duda esclarecido por esa experiencia, no
queriendo que otros ángeles siguieran el ejemplo de Satanás les privó del libre
arbitrio, no dejándoles mas que la facultad del bien, de suerte que en lo
sucesivo son forzosamente virtuosos y no se imaginan otra felicidad que la de
servir eternamente como criados a ese terrible señor.
Pero parece que dios no ha sido suficientemente esclarecido por su
primera experiencia, puesto que, después de la caída de Satanás, creó al hombre
y, por ceguera o maldad, no dejó de concederle ese don fatal del libre arbitrio
que perdió a Satanás y que debía perderlo también a él.
La caída del hombre, tanto como la de Satanás, era fatal, puesto que
había sido determinada desde la eternidad en la presciencia divina. Por lo
demás, sin remontar tan alto, nos permitiremos observar que la simple
experiencia de un honesto padre de familia habría debido impedir al buen dios
someter a esos desgraciados primeros hombres a la famosa tentación. El más
simple padre de familia sabe muy bien que basta que se impida a los niños tocar
una cosa para que un instinto de curiosidad invencible los fuerce absolutamente
a tocarla. Por tanto, si ama a los hijos y si es realmente justo y bueno, les
ahorrará esa prueba tan inútil como cruel.
Dios no tuvo ni esa razón ni esa bondad, ni esa (una palabra
ilegible) y aunque supiese de antemano que Adán y Eva debían sucumbir
a la tentación, en cuanto se cometió ese pecado, helo ahí que se deja llevar
por un furor verdaderamente divino. No se contenta con maldecir a los
desgraciados desobedientes, maldice a toda su descendencia hasta el fin de los
siglos, condenando a los tormentos del infierno a millares de hombres que eran
evidentemente inocentes, puesto que ni siquiera habían nacido cuando se cometió
el pecado. No se contentó con maldecir a los hombres, maldijo con ellos a toda
la naturaleza, su propia creación, que había encontrado él mismo tan bien
hecha.
Si un padre de familia hubiese obrado de ese modo, ¿no se le habría
declarado loco de atar? ¿Cómo se han atrevido los teólogos a atribuir a su dios
lo que habrían considerado absurdo, cruel (una palabra ilegible),
anormal de parte de un hombre? ¡Ah, es que han tenido necesidad de ese absurdo!
¿Cómo, si no, habrían podido explicar la existencia del mal en este mundo que
debía haber salido perfecto de manos de un obrero tan perfecto, de este mundo
creado por dios mismo?
Pero, una vez admitida la caída, todas las dificultades se allanan y se
explican. Lo pretenden al menos. La naturaleza, primero perfecta, se vuelve de
repente imperfecta, toda la máquina se descompone; a la armonía primitiva
sucede el choque desordenado de las fuerzas; la paz que reinaba al principio
entre todas las especies de animales, deja el puesto a esa carnicería
espantosa, al devoramiento mutuo; y el hombre, el rey de la naturaleza, la
sobrepasa en ferocidad. La tierra se convierte en el valle de sangre y de
lágrimas, y la ley de Darwin –la lucha despiadada por la existencia- triunfa en
la naturaleza y en la sociedad. El mal desborda sobre el bien, Satanás ahoga a
dios.
Y una inepcia semejante, una fábula tan ridícula, repulsiva, monstruosa,
ha podido ser seriamente repetida por grandes doctores en teologías durante más
de quince siglos, ¿qué digo?, lo es todavía; más que eso, es oficialmente,
obligatoriamente enseñada en todas las escuelas de Europa. ¿Qué hay que pensar,
pues, después de eso de la especie humana? ¿Y no tienen mil veces razón los que
pretenden que traicionamos aun hoy mismo nuestro próximo parentesco con el
gorila?
Pero el espíritu (una palabra ilegible) de los teólogos
cristianos no se detiene en eso. En la caída del hombre y en sus consecuencias
desastrosas, tanto por su naturaleza como por sí mismo, han adorado la
manifestación de la justicia divina. Después han recordado que dios no sólo era
la justicia, sino que era también el amor absoluto y, para conciliar uno con
otro, he aquí lo que inventaron:
Después de haber dejado esa pobre humanidad durante millares de años
bajo el golpe de su terrible maldición, que tuvo por consecuencia la condena de
algunos millares de seres humanos a la tortura eterna, sintió despertarse el
amor en su seno, ¿y que hizo? ¿Retiró del infierno a los desdichados
torturados? No, de ningún modo; eso hubiese sido contrario a su eterna
justicia. Pero tenía un hijo único; cómo y por qué lo tenía, es uno de esos
misterios profundos que los teólogos, que se lo dieron, declaran impenetrable,
lo que es una manera naturalmente cómoda para salir del asunto y resolver todas
las dificultades. Por tanto, ese padre lleno de amor, en su suprema sabiduría,
decide enviar a su hijo único a la tierra, a fin de que se haga matar por los
hombres, para salvar, no las generaciones pasadas, ni siquiera las del
porvenir, sino, entre las últimas, como lo declara el Evangelio mismo y como lo
repiten cada día tanto la iglesia católica como los protestantes, sólo un
número muy pequeño de elegidos.
Y ahora la carrera está abierta; es, como lo dijimos antes, una especie
de carrera de apuesta, un sálvese el que pueda, por la salvación del alma. Aquí
los católicos y los protestantes se dividen: los primeros pretenden que no se
entra en el paraíso más que con el permiso especial del padre santo, el papa;
los protestantes afirman, por su parte, que la gracia directa e inmediata del
buen dios es la única que abre las puertas. Esta grave disputa continúa aún
hoy; nosotros no nos mezclamos en ella.
Resumamos en pocas palabras la doctrina cristiana:
Hay un dios, ser absoluto, eterno, infinito, omnipotente; es la
omnisapiencia, la verdad, la justicia, la belleza y la felicidad, el amor y el
bien absolutos. En él todo es infinitamente grande, fuera de él está la nada.
Es, en fin de cuentas, el ser supremo, el ser único.
Pero he aquí que de la nada –que por eso mismo parece haber tenido una
existencia aparte, fuera de él, lo que implica una contradicción y un absurdo,
puesto que si dios existe en todas partes y llena con su ser el espacio
infinito, nada, ni la misma nada puede existir fuera de él, lo que hace creer
que la nada de que nos habla la Biblia estuviese en dios, es decir que el ser
divino mismo fuese la nada-, dios creó el mundo.
Aquí se plantea por sí misma una cuestión. La creación, ¿fue realizada
desde la eternidad o bien en un momento dado de la eternidad? En el primer
caso, es eterna como dios mismo y no pudo haber sido creada ni por dios ni por
nadie; porque la idea de la creación implica la precedencia del creador a la
criatura. Como todas las ideas teológicas, la idea de la creación es una idea
por completo humana, tomada en la práctica de la humana sociedad. Así, el
relojero crea un reloj, el arquitecto una casa, etc. En todos estos casos el
productor existe al crear (?) el producto; fuera del producto, y es eso lo que
constituye esencialmente la imperfección, el carácter relativo y por decirlo
así dependiente tanto del productor como del producto.
Pero la teología, como hace por lo demás siempre, ha tomado esa idea y
ese hecho completamente humanos de la producción y al aplicarlos a su dios, al
extenderlos hasta el infinito y al hacerlos salir por eso mismo de sus
proporciones naturales, ha formado una fantasía tan monstruosa como absurda.
Por consiguiente, si la creación es eterna, no es creación. El mundo no
ha sido creado por dios, por tanto tiene una existencia y un desenvolvimiento
independientes de él –la eternidad del mundo es la negación de dios mismo- pues
dios era esencialmente el dios creador.
Por tanto, el mundo no es eterno; hubo una época en la eternidad en que
no existía. En consecuencia, pasó toda una eternidad durante la cual dios
absoluto, omnipotente, infinito, no fue un dios creador, o no lo fue más que en
potencia, no en el hecho.
¿Por qué no lo fue? ¿Es por capricho de su parte, o bien tenía necesidad
de desarrollarse para llegar a la vez a potencia efectiva creadora?
Esos son misterios insondables, dicen los teólogos. Son absurdos
imaginados por vosotros mismos, les respondemos nosotros. Comenzáis por
inventar el absurdo, después nos lo imponéis como un misterio divino,
insondable y tanto más profundo cuanto más absurdo es.
Es siempre el mismo procedimiento: Credo quia adsurdum.
Otra cuestión: la creación, tal como salió de las manos de dios, ¿fue
perfecta? Si no lo fu, no podía ser creación de dios, porque el obrero, es el
evangelio mismo el que lo dice, se juzga según el grado de perfección de su
obra. Una creación imperfecta supondría necesariamente un creador imperfecto.
Por tanto, la creación fue perfecta.
Pero si lo fue, no pudo haber sido creada por nadie, porque la idea de
la creación absoluta excluye toda idea de dependencia o de relación. Fuera de
ella no podría existir nada. Si el mundo es perfecto, dios no puede existir.
La creación, responderán los teólogos, fue seguramente perfecta, pero
sólo por relación, a todo lo que la naturaleza o los hombres pueden producir,
no por relación a dios. Fue perfecta, sin duda, pero no perfecta como dios.
Les responderemos de nuevo que la idea de perfección no admite grados,
como no los admiten ni la idea de infinito ni la de absoluto. No puede tratarse
de más o menos. La perfección es una. Por tanto, si la creación fue menos
perfecta que el creador, fue imperfecta. Y entonces volveremos a decir que
dios, creador de un mundo imperfecto, no es más que un creador imperfecto, lo
que equivaldría a la negación de dios.
Se ve que de todas maneras, la existencia de dios es incompatible con la
del mundo. Si existe el mundo, dios no puede existir. Pasemos a otra cosa.
Ese dios perfecto crea un mundo más o menos imperfecto. Lo crea en un
momento dado de la eternidad, por capricho y sin duda para combatir el hastío
de su majestuosa soledad. De otro modo, ¿para qué lo habría creado? Misterios
insondables, nos gritarán los teólogos. Tonterías insoportables, les
responderemos nosotros.
Pero la Biblia misma nos explica los motivos de la creación. Dios es un
ser esencialmente vanidoso, ha creado el cielo y la tierra para ser adorado y
alabado por ellos. Otros pretenden que la creación fue el efecto de su amor
infinito. ¿Hacia quién? ¿Hacia un mundo, hacia seres que no existían, o que no
existían al principio más que en su idea, es decir, siempre para él?
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Fuente: Biblioteca
Virtual Espartaco |

