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PODCAST REVISTA

Libro N° 15586. La Librera. Intriga Y Misterio En Castle Combe. Franco, Lorena

Guillermo Molina Miranda septiembre 14, 2026


© Libro N° 15586. La Librera. Intriga Y Misterio En Castle Combe. Franco, Lorena. Emancipación. Septiembre 19 de 2026

 

Título Original: © La Librera. Intriga Y Misterio En Castle Combe. Lorena Franco

 

Versión Original: © La Librera. Intriga Y Misterio En Castle Combe. Lorena Franco

 

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

https://ww3.lectulandia.com/book/la-librera/


 

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: 

Guillermo Molina Miranda




LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA

LA LIBRERA

Intriga Y Misterio En Castle Combe

Lorena Franco


Tus secretos están a salvo con la librera.

Soy Daphne Wood, la librera de Castle Combe.

Mi vida era apacible hasta que el autor superventas Jill Holland se mudó al pueblo. Compró la casa que está al lado de la mía, la de la difunta Bettie, y se convirtió en mi nuevo vecino.

Las chicas del club de lectura envidiaron mi suerte. Yo también pensé que era afortunada, hasta que empecé a ver cosas de lo más inquietantes. Ellas no conocían a Jill Holland como yo.

Parecer una loca o una chismosa no le convenía a mi librería, así que, después de liarla un poco, decidí hacer de tripas corazón y silenciar lo que había visto, tal y como me aconsejaba Liam, mi marido.

Sin embargo, todo estalló cuando Rose, mi mejor amiga, se esfumó de la faz de la Tierra. Su madre me dijo que estaba de viaje, pero, una vez más, solo yo, la librera de Castle Combe con un acceso casi ilimitado al interior de la casa del escritor, sabía la verdad. Y, tratándose de mi amiga, no iba a quedarme de brazos cruzados.

Lorena Franco


La librera

Intriga y misterio en Castle Combe

ePub r1.0

Titivillus 04-02-2026

Título original: La librera Lorena Franco, 2026 Diseño cubierta: J. B.

Editor digital: Titivillus ePub base r2.1

La facilidad mental para detectar conspiraciones y traiciones

es el mismo dote que corroe el juicio natural.

De la película El buen pastor (2006)


Nota de la autora

Castle Combe está considerado uno de los pueblos más bonitos de los Cotswolds. Es un pequeño pueblo medieval con trescientos cincuenta habitantes ubicado en Wiltshire, Inglaterra. Famoso por su belleza, tranquilidad, su iglesia medieval y su conjunto de cabañas de piedra (no se han construido casas nuevas en el centro histórico desde el siglo XVII), me he permitido la licencia de modificar algunas de sus calles y sus casas, así como de crear escenarios ficticios como la cafetería o la librería, por lo que hay descripciones muy alejadas de la realidad de Castle Combe.


UNA LIBRERÍA EN CASTLE COMBE

Te conoceré por el libro con el que sales por la puerta de mi librería.

Por los estantes en los que te detienes.

Por cómo tus dedos se deslizan por los lomos y te decantas por un ejemplar u otro o por ninguno.

Cuando entres en mi librería, un lugar abarrotado de historias y sueños, voy a mirarte con los ojos entornados, como si te estuviera leyendo el pensamiento, o, simplemente, porque la luz que entra por la cristalera me da de lleno en la cara. Siempre te sonreiré, te desearé un feliz día, una feliz tarde o una feliz noche.

La amabilidad (y la discreción) cuando trabajas cara al público, es lo más importante.

Clientes habituales

Tus secretos siempre estarán a salvo con la librera

La señora Wilson, de cincuenta y tres años, venía dos días a la semana. Los lunes y los jueves. Solo le interesaba la novela romántica. No permitía recomendaciones. No leía las sinopsis. Se dejaba llevar por las cubiertas, cuanto más tórridas, mejor. Yo intuía, cuando pasaba por caja con las mejillas sonrojadas, que su marido la ignoraba o le era infiel o quizá ambas cosas, y ella vivía intensos romances a través de la ficción.

El señor Davies, mi cliente favorito, añoraba el pasado. Tiempos más sencillos en los que la gente hablaba mirándose a los ojos, me contaba. Por eso, cuando se acercaba a la librería los viernes a las once de la mañana, yo ya le tenía preparada la novela histórica que sabía que iba a disfrutar durante los próximos cinco días, que era el tiempo que le duraba una novela entre las manos. Esas historias lo transportaban a épocas más

sencillas aunque dolorosas al estar repletas de desdichas, dramas colectivos, dictadores sin corazón, hambruna, noches eternas en refugios subterráneos, locomotoras de vapor, separaciones y guerras…, que le hacían olvidar un poco la soledad de estos tiempos en los que estamos más pendientes de nuestros móviles que de las personas. Siempre me daba las gracias con emoción. Perdí la cuenta de las vidas que vivió el señor Davies a través de los libros que permitía que le eligiera, lo cual era, para mí, un gran honor. Un hombre entrañable, sí. Así era el señor Davies.

A Rose Taylor, de veintiséis años, le habría gustado ser detective. Era su vocación frustrada. Trabajaba como camarera en la cafetería de su madre, que estaba en el local de al lado de mi librería en la avenida principal de Castle Combe. Rose era la inocencia, el entusiasmo y la vitalidad hecha persona, y éramos amigas. Se pasaba por mi librería todos los días. Hablábamos, me entretenía cuando no había clientes, y, de vez en cuando, se paseaba por las estanterías de thrillers y novela negra. Le encantaba Agatha Christie y Patricia Highsmith, las releía a menudo a pesar de la eterna lista de pendientes que todo buen lector suele tener. Se dejaba llevar por las novedades más comerciales y le chiflaban los Domestic noir ágiles y adictivos con amas de casa aburridas que se asoman demasiado a las ventanas y casi nunca terminan bien.

Y un día, sin esperarlo, tuve el lujo y el privilegio de contar con la presencia del autor superventas Jill Holland que, además, se había mudado a la casa que hay al lado de la mía. La casa llevaba bastante tiempo vacía, porque los hijos de la difunta Bettie Morton no se ponían de acuerdo. Unos querían vender, y otros no. Al final, habían decidido ponerla a la venta, y el cartel de «SE VENDE» duró tres días en la entrada. El fantasma de Bettie, yo estaba convencida de ello, seguía paseándose por las estancias que un día le pertenecieron y por el jardín que con tanta devoción cuidaba. Me pregunté si Jill, el nuevo propietario, la vería o la presentiría, si Bettie seguiría en el que fue desde siempre su hogar, aun perteneciendo a la dimensión de los muertos.

Cuando Jill entraba por la puerta acristalada de mi librería haciendo sonar la campanilla, no saludaba, como si se creyera un ser superior al resto de comunes mortales. No tenía un horario fijo ni un día concreto; sus visitas eran impredecibles y eso me inquietaba, porque no era algo común entre los clientes asiduos. Podía venir un martes a las diez de la mañana, un jueves a las tres de la tarde, o un lunes a las seis menos cuarto, cuando

faltaban quince minutos para bajar la persiana. Jill iba directo a la sección de true crimes que empecé a tener bien abastecida para él. Era una sección bastante oculta que se encontraba al fondo de la librería, y en cuyo pasillo coloqué una cámara. Así que, durante la media hora que Jill solía pasar en ese pasillo, yo no hacía otra cosa que observarlo a través del monitor que tenía oculto debajo del mostrador. Me llamaba la atención la brusquedad con la que agarraba los libros, cómo se mordía el labio inferior cuando los hojeaba, y cómo, y esto me parecía raro, dibujaba una cruz imaginaria con el dedo índice de la mano derecha en las cubiertas de los libros que se llevaba.

A veces, cuando se dignaba a hablarme, me hacía preguntas:

¿Secuestros reales?

¿Desapariciones reales?

¿Asesinos en serie del siglo XX? ¿Y del siglo XIX?

¿Algún suceso extraño aquí, en Castle Combe?

Intentaba guiar a Jill lo mejor que sabía, de verdad, aunque a veces me quedaba sin habla. Y es que ocurrió algo, algo muy malo, que me llevó a pensar que había algo retorcido y malvado en él que iba más allá de los libros que compraba para «documentarse». Qué fácil lo tienen los autores de novela negra para que no sospechen de ellos en sus perturbadoras búsquedas en internet, ¿verdad?

«Cómo deshacerse de un cuerpo».

«Venenos que matan en menos de diez minutos».

«Cuánto tarda en oler mal y en descomponerse un cadáver».

«Cómo desaparecer con documentación falsa y dónde adquirirla».

«Todo lo que hay que saber sobre la Dark Web».

«Profundidad ideal de un hoyo para enterrar un cadáver / Cómo cavar rápido un hoyo / ¿Mejor tierra seca o mojada?».

Sí, los autores de novela negra tienen una buena coartada. Su historial de búsquedas jamás levantaría sospechas.

Cuando Jill Holland salía por la puerta de mi librería, normalmente con dos o tres libros sobre crímenes reales y sin dignarse a darme las gracias, yo siempre murmuraba lo mismo:

—Cuidado, un asesino anda suelto en Castle Combe.

PRIMERA PARTE

LA LIBRERA

Capítulo 1

El autor superventas Jill Holland había revolucionado Castle Combe desde que alguien, y ese alguien fui yo, lo vio bajando de su flamante Rolls Royce Silver Dawn negro de 1952, de lo más llamativo en nuestros días, frente a la casa de la difunta Bettie Morton. Un par de semanas antes, los rumores habían provocado un retraso importante en el club de lectura de los viernes en mi librería, aunque, por el momento, no eran más que eso, rumores sin contrastar:

—¡Jill Holland ha comprado la casa de Bettie! —exclamó Emily.

—¿Jill Holland el escritor? —quiso asegurarse Florence, ajustándose las gafas redondas de montura dorada.

—¡El mismo! —corroboró Emily con emoción. Parecía lo mejor que le había pasado en sus sesenta y dos años de vida.

—Ah, ¿pero al final los hijos de Bettie decidieron poner la casa a la venta? No tenía ni idea. ¿Y tú cómo te has enterado? —intervino Amelia.

—Me lo ha dicho Sam, el pequeño de Bettie —contestó Emily.

«El pequeño de Bettie había cumplido cincuenta y ocho años en febrero».

—¿Y qué piensa encontrar un autor tan importante como Jill Holland en Castle Combe? —dudó Sophia.

—¿Por qué te extraña? ¿Acaso hay un pueblo más tranquilo y bonito que este? The Times nos ha dado el puesto número dos entre los treinta mejores pueblos del mundo. ¡Del mundo! —apuntó Emily.

—Sí, es muy bonito, qué te voy a decir yo, que llevo más de cincuenta años viviendo aquí… Pero tranquilo, lo que se dice tranquilo, tampoco es… Casi siempre está lleno de turistas, hay días en los que no puedo caminar tranquila por la calle, y eso, a mis setenta recién cumplidos, es un fastidio, queridas —se quejó Florence con su pedantería habitual.

—Va a ser tu vecino, Daphne. ¿No te parece emocionante?

Esto último me lo soltó mi amiga Rose, camarera e hija de Lilly, la propietaria de La Cafetería de Castle Combe, aunque últimamente echaba más horas en mi librería que en el negocio de su madre.

—Yo… —titubeé—. Hasta que no lo vea con mis propios ojos, no me creo que Jill Holland vaya a vivir aquí. Y mucho menos al lado de mi casa.

—Es que no le pega nada, ¿verdad? —opinó Sophia.

Me encogí de hombros y tuve que ponerme firme para retomar el tema que nos concernía esa tarde, la última lectura del club: Cumbres borrascosas, de Emily Brontë. Sublime.

[El club de lectura de la librería Castle Combe siempre está abierto a recibir nuevos lectores. Nos reunimos el segundo y el último viernes de cada mes a las 18.30 h, salvo los meses de diciembre y enero.

Por el momento, el club está formado por: Daphne Wood, Rose Taylor, Amelia Green, Sophia Hill,

Emily Stewart y Florence Jones].

El autor superventas Jill Holland y su mujer se mudaron a la casa de la difunta Bettie Morton (1932-2021) la mañana del domingo, día 24 de septiembre de 2023, a las 11.08 h.

El cielo estaba despejado, la temperatura, muy agradable, era de 15 grados. En mi opinión, es una fecha que debería pasar a la historia de Castle Combe.

El camión de la mudanza había traído todas las pertenencias de Jill días antes de que él, con la casa lista para disfrutar, llegara ligero de equipaje con su mujer, la exmodelo estadounidense Audrey Lewis. Como era domingo, mi único día de descanso, tuve el privilegio de ser testigo de su llegada y observarlo todo desde la discreción de mi ventana, mientras mandaba wasaps al grupo del club de lectura, corroborando lo que habíamos hablado en la librería hacía dos semanas.

La primera en contestar fue Rose:

¡Vas a ser la envidia de todo el pueblo!

¡Qué suerte tienes!

Florence, siempre negativa, escribió:

Los rumores eran ciertos. Lo estoy viendo en vivo

y en directo. Jill Holland y su mujer acaban de entrar en la casa de Bettie.

Es mi nuevo vecino.

Uf… sí, yo también te envidio, querida, pero

he leído que a Jill Holland le encanta celebrar fiestas hasta

las tantas de la madrugada y eso solo trae problemas. Ruido, gente… Preciada calma… cuánto

la vas a echar de menos.

Rose, empleando el mismo tono petulante que Florence, contestó, como si de pronto tuviera una bola mágica con la que predecir el futuro:

¡Pero no cualquier gente, querida!

Vamos a alucinar con la de gente

importante y famosa que la presencia de Jill Holland va a atraer al pueblo.

¿Era eso lo que queríamos en Castle Combe?, me planteé. ¿Gente famosa pululando entre nosotros?

Fui yo quien dio la noticia de que Jill se había mudado a la casa de la difunta Bettie a través del grupo de WhatsApp, pero enseguida dejé a un lado el móvil para centrarme en lo que realmente importaba: Jill y su mujer. La exmodelo se movía con la gracilidad líquida e hipnótica de una cobra, como si estuviera desfilando en una pasarela en lugar de avanzar hacia la puerta de su nueva casa. Mis nuevos vecinos contemplaban admirados la parte delantera de la propiedad como si fueran los jardines de Versalles.

Desde la ventana pegada al sofá del salón de mi casa lo podía ver casi todo. Me extrañaba que alguien tan famoso como Jill y su mujer no hubieran buscado una casa con más privacidad. Había tenido suerte de que su vecina fuera alguien como yo, poco dada a entrometerse en la vida de

los demás, pero era perfectamente capaz de invadir su intimidad a mi antojo. Veía el camino de acceso en su totalidad. Si quería, podía colarme en su jardín trasero saltando la valla cubierta de hiedra. También tenía acceso a una parte importante del interior del salón, la cocina y el dormitorio principal del piso de arriba (a no ser que los Holland decidieran colocar cortinas), y hasta veía el sótano, lugar de mis obsesiones que me producía escalofríos desde que Bettie murió. Traje de cabeza a Liam, mi marido, pues estaba obsesionada con la luz del sótano, que se encendía y se apagaba sin que hubiera nadie dentro, y no olvidemos que la casa había estado deshabitada desde la muerte de Bettie en 2021, o sea, desde hacía dos años. Y eso ocurría porque Bettie murió ahí. En el sótano, mientras ponía una lavadora. Le dio un infarto. Muerte fulminante. Y yo la vi. Me costó un rato percatarme de que era ella; al principio pensé que se trataba de una de esas muñecas gigantescas de porcelana que Bettie coleccionaba. La anciana llevaba dos días muerta, esperando que yo la viera y llamara a emergencias, aunque fuera demasiado tarde.

—¿Qué pasa ahí fuera? —irrumpió Liam con curiosidad, dándome un sobresalto. Seguidamente, se agachó un poco y apoyó la barbilla en mi hombro para saber qué era eso tan interesante que hacía que no me despegara de la ventana—. ¿Ya han llegado los nuevos vecinos?

—Eso parece.

—Así que el rumor era cierto… —murmuró.

—Sí. Es Jill Holland y su mujer.

—Tienes varios libros de él. ¿Le vas a pedir que te los firme?

—¡No! ¡Qué vergüenza! No quiero que crea que soy una fan o algo así… Que no lo soy. Jill Holland tampoco es para tanto… De hecho, opino que está sobrevalorado.

Liam emitió una risa seca.

—Bueno… Irá a tu librería. Seguro.

«Ojalá», deseé, sin apartar la vista de la ventana hasta que Jill y su mujer, una belleza de casi metro ochenta que impactaba más en persona que en la tele o en las revistas, entraron en su nuevo hogar agarrados de la mano. Con suma concentración, seguí la trayectoria de la pareja hasta el salón. Se sentaron en un enorme sofá negro que parecía muy confortable y que había sustituido al floreado de Bettie con los muelles tan cascados, que el chirrido llegaba hasta mi salón.

Liam, que me observaba con expresión divertida, fue el que me sugirió que:

—En una entrevista dijo que le encantan los libros sobre crímenes reales.

—¿A Jill Holland?

—Sí, hasta Jill Holland ha sucumbido al género de moda, el true crime. Como las docuseries de Netflix, pero en libros.

Me dio un vuelco el corazón. En mi pequeña librería vendía todo tipo de géneros, hasta libros de cocina, acupuntura, salud y botánica que se quedaban en las estanterías acumulando polvo, pero no tenía ni un solo libro de true crime. ¿Cómo era posible que se me estuviera pasando por alto un género tan popular? Me apresuré a contactar con mi proveedor pese a ser domingo, para que el lunes a primera hora me enviara todos los libros sobre crímenes reales que hubiera en el mercado.

Capítulo 2

Enseguida conté con una amplia colección de libros sobre crímenes reales para abastecer las posibles necesidades de Jill Holland, en el supuesto caso de que se dignara a visitar mi humilde librería, la única en Castle Combe. Para darle más emoción, incorporé la sección true crime al final del pasillo, en una zona muy discreta, casi oculta, donde nadie incordiaría al escritor. Además, coloqué una cámara, no para evitar hurtos, que es algo poco frecuente en una librería y en un pueblo donde nos conocemos todos, sino para poder observar sin necesidad de salir del mostrador, todo lo que ocurría entre las estanterías que cobijaban los libros basados en perturbadores hechos reales que, por lo visto, tanto atraían a Jill.

No quería mostrarme ansiosa, pero Jill llevaba dos semanas en el pueblo, y todavía no había venido a mi librería. Temí que mi inversión no hubiera servido para nada. Nadie había visto a Jill, y tampoco a su espectacular mujer, por las calles de Castle Combe, lo cual suscitaba aún más curiosidad sobre su persona y el misterio que lo envolvía. Al contrario de lo que había vaticinado Florence, no había fiestas, ni ruido, ni visitas de famosos en el pueblo… la casa de Jill permanecía tan silenciosa como cuando estaba abandonada, a la espera de que los hijos de Bettie se decidieran a venderla.

Cada cliente que entraba en la librería me preguntaba por el escritor:

—¿Y todavía no ha visitado la librería del pueblo? ¿Qué clase de escritor es? —se indignó el señor Davies cuando el viernes, puntual como siempre a las once de la mañana, vino a buscar una nueva novela histórica con la que sobrellevar su añoranza por el pasado.

Me limitaba a encogerme de hombros y a sonreír. Sonreía mucho, supongo que debido a los nervios y a la ansiedad de que llegara el día en

que el autor cruzara la puerta de mi librería. El caso es que no es conveniente ser o parecer una chismosa cuando trabajas cara al público. Una tiene que valer más por lo que calla que por lo que habla. Y es que yo jugaba con ventaja al ser la vecina del tema del momento. Solo yo, con un acceso casi ilimitado a la vida privada del escritor mientras continuara sin colocar cortinas que le dieran un poco de privacidad, sabía el motivo por el que no se había dejado ver por un pueblo ansioso de conocerlo y acogerlo.

Y es que, lo primero que yo hacía al llegar a casa, sin tan siquiera detenerme a saludar a Liam, era subir las escaleras, encerrarme en el dormitorio, y observar por la ventana, desde donde veía el dormitorio principal de la casa de Jill. Y ahí estaba. Ahí estaba siempre desde que se había instalado en la casa, como si hubiera echado raíces en la moqueta que cubría el suelo.

Deduje, y no me equivoqué, que su despacho definitivo terminaría siendo alguno de los otros tres dormitorios del piso de arriba a los que, para mi desgracia, no tenía acceso visual. Estaba haciendo obras, seguro. Hacía días que había un par de sacos de runa y material en la entrada, y una camioneta con lo que parecía el logo de un carpintero. De manera provisional, Jill escribía en el dormitorio principal, al que sí tenía acceso. Alcanzaba a verlo de espaldas, con los hombros rígidos, sentado frente a un portátil que estaba encima de un escritorio pegado a la pared, donde había colgado un corcho lleno de fotos, notas, mapas, y un hilo rojo que conectaba con chinchetas diversos puntos indescifrables para mí debido a la distancia.

La escritura debe de ser una especie de enfermedad. O una adicción muy peligrosa. Lo veía escribir durante horas, febril, obsesionado, mientras su mujer se pasaba la noche viendo la tele hasta que se quedaba dormida en el sofá. Él no bajaba a buscarla, ni siquiera se detenía en el salón para arroparla o tener algún gesto amable con ella, no sé. En cambio, sobre las diez de la noche, Jill bajaba a la cocina a comer lo que su mujer le había guardado en un tupper. Después volvía al dormitorio, se acostaba y dormía. Solo. Vivían juntos pero estaban solos. Y tristes. Aun teniéndolo todo, parecían muy tristes.

—No sabes lo mucho que me alegra que seas mecánico y no escritor, Liam —le dije a mi marido en la cama, acurrucándome a su lado y apoyando la cabeza en su pecho.

—¿A qué viene eso, Daphne?

—Yo me entiendo.

Capítulo 3

Uo. Uo. Uo. Puede que parezca muy exagerada. Puede que lo sea. Me da igual. Se me cortó la respiración. Lo juro. Otra fecha histórica para Castle Combe o para enmarcar en mi librería. El día en que Jill Holland entró por primera vez por la puerta fue el martes, 10 de octubre de 2023, a las 12.10. Jamás olvidaré esa fecha en la que disimulé con maestría, como si lo hubiera estado practicando durante toda la vida, pero la realidad es que casi se me sale el corazón del pecho al tener al escritor tan cerca, respirando el mismo aire que yo.

—¿Y cómo es? —me preguntó Rose en uno de sus habituales escarceos de la cafetería, minutos antes de que el escritor nos deleitara con su inesperada visita.

—Pues no lo sé. Solo lo vi el día que llegó con su mujer y no lo he vuelto a ver más —mentí, fingiendo una apatía que, claro está, no sentía en absoluto—. Fue cuando escribí el wasap en el grupo para confirmaros que el rumor era cierto. Y después, Florence y Amelia se lo contaron a todo Castle Combe.

—¡Pero si lo tienes al lado! ¿No te entra ni un poquito de curiosidad? Admito que el otro día pasé por delante de su casa por si lo veía, pero no hubo suerte. Solo vi un coche aparcado en el camino de acceso superantiguo, ¿no?

—Sí, es una joya. Un Rolls Royce Silver Dawn del 52.

Sabía tanto de coches por Liam, a quien le apasionaban, y esa pasión me la había terminado contagiando a mí.

—No sé, creo que yo me pasaría el día mirando por la ventana… — dijo Rose con aire soñador.

Fue la primera vez que me asaltó una duda: si yo podía ver a Jill, él también podía verme a mí desde alguna de las ventanas de su recién adquirida propiedad. Me pregunté si sentiría una pizca de curiosidad por sus vecinos, aunque fuéramos personas anónimas y aburridas. De hecho, recordé que, cuando Liam y yo nos mudamos, pillé en varias ocasiones a Bettie mirando en dirección a mi salón, a mi dormitorio y a mi jardín trasero. Coloqué cortinas porque la invasión a la privacidad de cada uno es un asunto muy serio, y caso resuelto. Bettie captó la directa y dejó de cotillear.

—Ya sabes que no soy una cotilla, Rose. Me da igual lo que haga cada uno con su vida.

—Es Jill Holland, Daphne… Jill Holland —recalcó—. Bueno, a ver, recomiéndame un thriller, que terminé el último y tengo que volver a la cafetería —cambió de tema.

Salí del mostrador, me acerqué al estante de novedades, y, en el momento en que mis ojos estaban centrados en una intrigante cubierta en la que destacaba una casa en mitad de un bosque tenebroso, sonó la campanilla de la puerta seguida de una desafortunada exclamación de Rose, incapaz de contener la emoción al tener delante al mismísimo Jill Holland del que estábamos hablando hacía escasos dos minutos.

—¡Jill Holland! —exclamó Rose, provocando que el autor, con cara de espanto, se detuviera en el umbral, indeciso de si entrar o no.

Madre mía.

Era mucho más apuesto en persona. Jill tenía cuarenta y tres años, lo había leído en Wikipedia. Domaba su espeso cabello salpicado de canas engominándolo hacia atrás como una estrella de cine de la época dorada de Hollywood, y tenía unos ojos rasgados y penetrantes de un color azul extraño, casi gris. Su porte era serio, elegante. Destilaba distinción por cada poro de su piel. Jill se me hacía familiar aunque fuera la primera vez que lo veía de cerca. Su expresión me recordó a la de un amigo del pasado que no llegó a viejo. Hacía tiempo que no pensaba en Charles, en la vida que perdió, en el futuro que se le escapó durante una noche, mientras dormía. En ese momento pensé que, si Charles hubiera seguido cumpliendo años, habría llegado a parecerse un poco al escritor.

Afortunadamente, siempre he sido muy profesional e intervine con celeridad, sin permitir que me dominara el aturdimiento debido al impactante momento con el que llevaba días soñando.

—Buenos días, bienvenido a la librería de Castle Combe —lo saludé, decepcionada al no ser correspondida y al percibir en el autor cierto aire de superioridad e indiferencia hacia mi persona.

Jill, ignorando a Rose, pasó por su lado sin tan siquiera mirarla, o eso me pareció, y me preguntó, mirándome con arrogancia:

—¿Tienes libros sobre crímenes reales?

«Crímenes reales».

Tragué saliva. Liam tenía razón. El por qué él sabía que el escritor había sucumbido a la moda de los true crimes y yo no, era un misterio.

—Al final del pasillo —me limité a contestar.

Elegí para Rose el libro de la cubierta con una casa en mitad de un bosque tenebroso que Jill miró de soslayo y con desagrado, antes de desaparecer en dirección a la zona oculta bien abastecida de libros sobre crímenes reales.

Rose, tan decepcionada como yo por la indiferencia de Jill, cogió el libro que le tendí. Se quedó mirando la cubierta durante tanto rato, que pensé que se iba a echar a llorar. Le temblaba un poco el mentón. Mientras tanto, yo, con disimulo, encendí el monitor que tenía escondido debajo del mostrador para no perderme ni un solo movimiento de Jill cuando pensaba que nadie lo estaba mirando.

—Gracias, Daphne, tiene buena pinta… te pago el libro luego, que tengo el bolso en la cafetería.

—Claro, sin problema.

—Nos vemos —se despidió, sin su alegría habitual.

Tan solo un minuto después de que Rose saliera por la puerta de la librería, mi móvil vibró. Rose había escrito un wasap en el grupo del club de lectura:

Jill Holland es gilipollas.

Y se quedó tan a gusto.

Ignoré el bombardeo de wasaps que empezaron a llegar por parte de Amelia, Sophia, Emily y una Florence desatada, para volver a centrarme en la imagen en blanco y negro que me ofrecía el monitor. Jill agarraba un libro. Se rascaba con nerviosismo el mentón o se empezaba a morder el labio inferior. ¿No se hacía daño? Sus movimientos eran lentos, pausados y elegantes, como si no tuviera prisa. Leía las sinopsis componiendo un gesto de concentración absoluta, levantaba el libro y lo hundía en la cara,

supongo que para oler las páginas, deleite que los lectores solemos hacer, yo también y no me escondo, pero no en una librería, sino en nuestras casas, cuando el libro ya es de nuestra propiedad. La visión me resultó un poco extraña. Perturbadora, incluso.

Jill estuvo echándole un vistazo a mi nueva sección de libros true crime de la que tan orgullosa me sentía —gracias, Liam—, durante veinte minutos que se me hicieron eternos hasta que desapareció del monitor y salió de entre las estanterías de novela romántica con tres libros. Tres libros a los que, previamente, había dibujado una cruz imaginaria con el dedo índice de la mano derecha en las cubiertas. Sí, una manía muy rara. Todo en Jill Holland me pareció raro. Sin decir nada, dejó los tres libros sobre el mostrador: The shrine of Jeffrey Dahmer, de Brian Masters, The ultimate Serial Killer, de Jack Rosewood, y I amb a Killer, de Danny Tipping.

«Perturbador. Perturbador. Perturbador».

Tenía esa palabra incrustada en la cabeza mientras iba sumando el precio total.

—Serán cuarenta y dos libras, por favor.

Pagó con tarjeta. Mientras yo introducía los libros en una bolsita de cartón con el precioso logo de la librería que creé personalmente en 2017, año en el que, al fin, pude comprar el local que anteriormente había sido una pastelería, se me ocurrió decirle que era su vecina. En vista de que no reaccionó, pues Castle Combe debía de parecerle muy pequeño en comparación con Londres y, para él, alguien que viviera a dos calles ya podía autodenominarse vecino, especifiqué:

—La vecina de la casa de al lado. Vivo con mi marido, Liam Stone.

—Ajá.

—Me llamo Daphne Wood, encantada —me presenté, con la misma cortesía con la que trataba a todos mis clientes sin distinción. Cuando yo sonreía, lo normal era que la persona que tenía delante me devolviera la sonrisa. No fallaba, era parte de mi encanto, casi como un don, y la gente suele ser bastante educada. Sin embargo, con Jill no funcionó, por lo que mi sonrisa no correspondida y con el orgullo herido, se desvaneció en el acto.

—Muy bien, Daphne —dijo con sequedad, mientras agarraba la bolsa con sus nuevas adquisiciones—. Tienes una buena colección de true crimes. Hasta otra.

Jill Holland debería haberme caído mal. Muy mal, fatal. Porque menudos aires de grandeza se gastaba. Si la gente no soliera separar al autor de la persona, aunque me consta que algunos lo hacen, Jill no vendería ni un solo ejemplar, pero lo cierto era que, en sus presentaciones, firmas y entrevistas, se transformaba. Era encantador. ¿Lo habría pillado en un mal día? ¿Problemas con su mujer, con quien, por lo que yo había visto, apenas tenía relación?

No se puede juzgar de buenas a primeras como había hecho Rose, cuya opinión «Jill Holland es gilipollas», yo podría haber corroborado en el grupo de WhatsApp del club de lectura. Escribir que sí, que, efectivamente, era un gilipollas, y así extender la mala fama que ese día Jill se fraguó en mi librería. Pero no hice nada de eso. Ser una chismosa indiscreta no beneficiaba al negocio, y mucho menos insultar a un cliente. Además, Jill se había despedido con un «Hasta otra» que indicaba que regresaría, y me había dicho que tenía una buena colección de true crimes. No todo había sido tan malo, así que decidí no echar pestes sobre él y darle otra oportunidad para cuando regresara.

Llamé a mi proveedor para que me trajera más libros sobre crímenes reales, todos los que hubiera en el mercado, pensando en la suerte que tenía de ser la librera de Jill Holland.

Capítulo 4

Me había vuelto adicta a espiar al escritor y a su mujer desde que entraba en mi casa alrededor de las seis y veinte de la tarde después de cerrar la librería.

El trayecto a pie hasta mi casa desde Market Place que a tantos turistas atrae por ser la zona de Castle Combe donde se concentran, entre otras maravillas como mi librería (guiño guiño), la cruz del mercado medieval y la iglesia de San Andrés, solía llevarme media hora, pero desde que Jill se había mudado a la casa de la difunta Bettie, tardaba la mitad. Mis piernas cumplían mis órdenes y caminaban veloces. No me detenía a hablar con nadie, porque mi mente me pedía a gritos que necesitaba ver a Jill Holland.

Para mi decepción, tres días después de que Jill viniera a mi librería, todo cambió. Y, aunque sé que hay cambios que convienen, y mucho, solía ser bastante reacia a ellos. Los cambios me asustaban. La mesa improvisada del dormitorio donde durante tantas tardes y tantas noches había visto a Jill escribir, fue sustituida por una elegante cómoda negra con los tiradores dorados, cuyo brillo alcanzaba a ver desde mi posición. La casa de Bettie, donde prevalecían los estampados floreados y los tonos pastel, pasó a ser un espacio abarrotado de muebles oscuros. Estaba claro que el color favorito de Jill era el negro, y enseguida me di cuenta de que Audrey, su mujer, poco o nada pintaba en esa casa ni en Castle Combe. Parecía un objeto más de decoración. En apariencia, Audrey se pasaba el día en el sofá, y yo, aunque fuera desde la distancia, podía estar horas y horas contemplando su expresión triste. Tenía la simetría de una escultura de Brâncuși. La cuestión es que jamás vi a la exmodelo en el piso de arriba, que era donde Jill solía pasar más tiempo. Los vi juntos al llegar y nunca más, pero puede que estuvieran más unidos durante el día, mientras

yo trabajaba, y Jill solo le pidiera espacio por las tardes y por las noches para escribir.

Las redes sociales de Jill eran cien por cien profesionales. Dado que hacía un par de años que no publicaba, las tenía bastante abandonadas. Sin embargo, el perfil de Instagram de su mujer sí daba pie a entrar en su vida privada. Por lo visto, mientras yo estaba en la librería sin posibilidad alguna de saber lo que ocurría en la casa de al lado, Audrey había grabado un Home Tour para sus ciento treinta mil seguidores en Instagram.

—¡Ha llegado el momento de que os enseñe la preciosa casita campestre a la que Jill y yo nos hemos mudado en la villa medieval de Castle Combe! Aún no he tenido oportunidad de conocer el pueblo, ¡hay tanto por hacer en esta casa!, pero prometo que, cuando salga, vendréis conmigo. Es un lugar encantador.

—Ha dicho: ¿hay tanto por hacer en esta casa? —me extrañé.

Pero si siempre que la veía estaba tumbada en el sofá con la tele encendida… Audrey no hacía absolutamente nada.

Pobrecita. Quién le iba a decir que su vídeo desencadenaría una catástrofe de la que me enteré al segundo de su publicación, pues tal era mi secreta fascinación por ellos, que, desde su llegada a Castle Combe, había activado una alerta en Google para que me avisara de cualquier noticia relacionada con Jill Holland.

EL MOTIVO POR EL QUE EL AUTOR SUPERVENTAS JILL

HOLLAND Y SU MUJER, LA EXMODELO AUDREY LEWIS, HAN ABANDONADO LONDRES

Capítulo 5

De cuando me planteé muy seriamente que Jill Holland era un asesino

—¡Madre mía, Liam, mira, ven a ver esto!

—¡Luego, Daphne! ¡Me voy a dar una ducha, que estoy hecho un asco! —contestó Liam subiendo las escaleras con pesadez. Dios, qué poco interés mostraba por todo.

Leí la noticia con un escalofrío recorriéndome la espalda. El vídeo de Audrey mostrando en Instagram su nueva casa, la que para mí siempre sería la casa de Bettie, y desvelando que se habían mudado a Castle Combe para dejar atrás la vida frenética que llevaban en Londres, aparecía junto a una información de lo más turbia que me hizo pensar que detrás de la imponente figura del autor mundialmente conocido Jill Holland, se escondía el mismísimo demonio.

Hay que remontarse a 2007, año en el que un joven Jill Holland de veintisiete años que aún no lucía canas, triunfó en el mundo de la literatura con su primera novela, Infierno, que vendió más de cien mil ejemplares solo durante su primera semana de vida. Por aquel entonces, Jill se había acabado de casar con Brigitte Getty, procedente de una acaudalada familia y fallecida de un accidente de coche en 2010. Brigitte falleció con solo treinta años. Lo más trágico de este suceso es que estaba embarazada de seis meses. Eso ya era, cuando menos, sospechoso, pues tras la muerte de Brigitte, Jill cobró una inmensa fortuna. Pero la noticia no hablaba de esa muerte acontecida trece años atrás, sino de una más reciente, la de Violet

Abernathy en abril de 2023, cinco meses antes de que Jill y Audrey se mudaran a Castle Combe.

Jill y Audrey llevaban juntos cinco años, desde que se conocieron en una de esas fiestas rimbombantes que suelen organizar los ricos con el afán de recaudar fondos para los más desfavorecidos. Durante mucho tiempo, Jill cogió fama de autor atormentado al estilo Salinger, lo cual le otorgó grandes beneficios en las ventas de sus oscuras obras. Cuando empezó a salir con Audrey, la luz pareció volver a su vida. O eso dijo en una entrevista en 2019. La pareja de moda se mudó a Belgravia, un exclusivo barrio situado en el centro de Londres, famoso por sus propiedades de lujo y su ambiente exclusivo. El 57 de Eaton Place era el hogar de los sueños de Jill y Audrey, hasta que Violet Abernathy, la vecina de la casa de al lado, falleció a los sesenta y siete años. Presuntamente fue un suicidio. La mujer, que no tenía hijos, engulló un montón de pastillas. Encontraron varios frascos vacíos volcados encima de la mesita de noche. Sus allegados dijeron que jamás soportó la repentina muerte de su marido hacía dos años. No hallaron el cadáver de la señora Abernathy hasta pasados cinco días, cuando una amiga dio aviso a las autoridades. Faltó muy poco para que sus tres chihuahuas, famélicos, la devoraran.

JILL Y AUDREY HAN HUIDO DE LA DESGRACIA DE LA CASA DE AL LADO

¿Han huido de la desgracia?

Huido…

Nadie puede huir de la desgracia, qué tontería es esa, pensé. Cherry, por favor… Todo el mundo sabe que la desgracia te persigue allá donde vayas, ya sea en una zona pija del centro de Londres, o en un pequeño pueblecito de Wiltshire. La desgracia no entiende de estatus económico, poder o fama. A la desgracia le da igual que seas rico, pobre, guapo, feo, alto, bajo, famoso, anónimo… Pensé que, con los recursos que tenía Jill Holland, lo más probable en ese caso era que estuviera tratando de huir de la culpa. O aún peor: de la sospecha.

Algo no encajaba.

Cherry Brown, la periodista que había escrito ese artículo, estaba relacionando el suicidio de la señora Abernathy con la mudanza a Castle Combe del escritor y la exmodelo. Estaba claro. Cherry no había empleado la palabra «huida» por azar y mucho menos por equivocación o porque no

diera con otra palabra más acertada. Había sido algo premeditado. La periodista intentaba sacar a la luz la verdad que Jill llevaba meses ocultando: un asesinato que había logrado encubrir como suicidio del que había salido indemne, y aun así, había huido de Londres. Y ya se sabe que, quien huye, siempre tiene un motivo y mucho que esconder. Solo hacía falta saber leer entre líneas. Y a mí eso, lo de saber leer entre líneas, siempre se me había dado muy bien.

Capítulo 6

Un breve adelanto

Audrey Lewis desapareció la misma noche del día en el que Cherry Brown publicó el artículo sobre el presunto motivo por el que el famoso matrimonio había «huido» de Londres para instalarse en Castle Combe.

Solo hay que saber leer entre líneas.

No volví a ver a Audrey. En mi cabeza empezaron a saltar todas las alarmas, sobre todo después de lo que vi a las 3.20 de la madrugada del martes, 17 de octubre de 2023, una semana después de que Jill visitara mi librería por primera vez. Yo era la nueva Violet Abernathy. Porque me había convertido sin quererlo en la vecina de al lado, y cabía la posibilidad de que acabara como ella. Estando cerca de Jill, cualquiera podía acabar como la señora Abernathy o como la joven Brigitte Getty. Se me metió en la cabeza que corría el riesgo de acabar muerta como ellas. El peligro era real. Juro que era muy real.

¿Pero qué modus operandi iba a emplear conmigo?

¿Cómo me iba a matar?

Vivía con miedo en mi propia casa y con un nudo de ansiedad constante estrujándome la garganta, pero seguía sin poder evitar espiar por la ventana. Qué vicio, era como una droga. Empecé a entender a Bettie, cuya necesidad de espiar a la nueva pareja de al lado cuando Liam y yo nos mudamos, me parecía enfermiza. Sin pretenderlo, me había convertido en Bettie. En una mujer solitaria y aburrida de su rutina. Pero qué distintos

éramos Liam y yo de Jill y su mujer. Bettie no corría ningún peligro con nosotros; sin embargo, yo…

Esa misma noche, tuve un sueño extraño: Jill entraba en mi casa. Liam no estaba en la cama. En mis sueños, Liam nunca aparecía, y la gente, conocida o no, solía darme mucho miedo, porque estaban como locos o eran sombras que me perseguían y se reían de mí, y nunca se acercaban con buenas intenciones. En fin, sueños. Pero en ese sueño tan lúcido y aterrador, casi como si se tratara de un presagio, el escritor, aprovechando la ausencia de mi marido, me colocaba un embudo en la boca y me obligaba a ingerir pastillas y alcohol hasta sucumbir a la placidez de la muerte.

Morí de la misma forma en la que había muerto la señora Abernathy, estaba convencida de ello. En mi sueño morí y me pareció tan real, pero tanto, que, por un momento, me trasladé a una novela de fantasía en la que mi yo de un universo moría, mientras mi conciencia se trasladaba a un nuevo plano existencial similar al que yo conocía, pero con pequeños cambios tan insignificantes que, si no te fijabas bien en ellos, pasaban desapercibidos.

Esa noche cambié. Lo que había a mi alrededor cambió, hasta mis pensamientos, aunque en apariencia todo pareciera estar igual.

Me desperté empapada en sudor y lágrimas, como si de verdad Jill me hubiera matado, supongo que de tanto buscar información sobre la señora Abernathy y verme a mí misma rodeada de tres chihuahuas hambrientos a punto de devorar mi cadáver.

Desvelada por completo y sin posibilidad alguna de volver a conciliar el sueño mientras Liam dormía como un tronco, me puse la bata y bajé a la cocina a prepararme una tila. Pero, al mirar hacia la ventana con el rabillo del ojo, algo llamó mi atención. No pude evitar asomarme. Ojalá no lo hubiera hecho.

Capítulo 7

Vi a Jill salir de su casa arrastrando por el camino de grava una alfombra minuciosamente enrollada. Desde mi posición, era incapaz de ver si había un cuerpo oculto en la alfombra, el cuerpo sin vida de Audrey, pero estaba claro que ahí dentro había algo. Cabía la posibilidad de que el metro ochenta de la exmodelo estuviera dentro de esa enorme y aparatosa alfombra, ya que, por la expresión apurada de Jill, dientes apretados, mandíbula tensa, bíceps marcados, me dio la sensación de que pesaba mucho.

En ningún momento me pareció que el escritor me viera, aunque miró a un lado y al otro de la calle para asegurarse de que nadie pasaba a esas horas. Es posible que sí reparara en mi presencia tras la ventana, no lo sé, no lo sé… Tuve cuidado. No encendí las luces. Fueron unos minutos tensos y extraños en los que un sudor frío me empapó la frente, haciéndome pensar que me estaba poniendo enferma. Enferma de ver con mis propios ojos cómo Jill dejó la alfombra en el suelo para abrir el maletero. Hizo mucha fuerza para levantar la alfombra, que introdujo con cuidado en el interior del maletero de su preciado Rolls Royce del 52, asegurándose de que cerraba bien.

¿Había sangre?

Sí, había sangre. Me pareció distinguir una mancha de sangre, pero estaba demasiado oscuro.

Apenas podía respirar cuando Jill cerró el maletero. Regresó al interior de la casa y logré serenarme un poco.

«Bueno, a lo mejor padece insomnio. Hay escritores que duermen poco por la cantidad de ideas que bullen en sus cabezas. Habrá aprovechado para meter la alfombra en el maletero del coche para dársela a alguien, venderla o… ¿Esa alfombra era de Bettie?», me planteé, aunque no

recordaba que la anciana tuviera una alfombra tan grande de color crema con los bordes dorados. Deseché esa idea. Todas las alfombras de Bettie eran viejas y tenían estampados de flores. La que Jill había metido en el maletero parecía bastante moderna y cara. Muy cara. La difunta Bettie no tenía nada moderno ni de mucho valor económico.

Estuve a punto de salir de casa y acercarme al magnífico Rolls Royce para comprobar por mí misma que no había ningún cadáver oculto en la alfombra, cuando Jill volvió a salir de casa con una pala, que también introdujo en el maletero.

¡Una pala!

—Ay, Dios… Esto es verdad… está pasando de verdad… —murmuré.

Seguidamente y con determinación, Jill entró en el coche, arrancó y dio marcha atrás levantando gravilla con las ruedas, y desapareció calle abajo. La oscuridad lo engulló.

¿A dónde iba? No era difícil deducir que a enterrar un cadáver por los alrededores de Castle Combe. El pueblo está rodeado de frondosos bosques, testigos de la crueldad de su crimen.

Me quedé esperando, temblando como un flan, sin atreverme siquiera a despertar a Liam para decirle lo que acababa de ver. ¿Qué pensaría de mí? Que me había vuelto loca. Casi podía oírlo decir:

—Seguro que hay una explicación razonable, Daphne, no inventes cosas raras y vuelve a la cama.

¿Pero qué explicación razonable había para que Jill llegara a las seis de la mañana con la ropa, las manos, la cara y la pala manchadas de tierra?

¿Qué explicación había para que, desde esa madrugada, Audrey dejara de dar señales de vida en sus redes sociales y yo no la volviera a ver por casa?

Capítulo 8

Solo había una explicación: Audrey estaba muerta.

No había sido algo premeditado. Jill, tras una fuerte discusión, se había vuelto loco y la había matado. A lo mejor fue sin querer. Un accidente. Son cosas que pasan, ¿no? Un mal golpe, una caída por las escaleras… qué peligro tienen las escaleras, más de lo que imaginamos. Seguidamente, la desesperación lo había empujado a ocultar el cuerpo de Audrey dentro de la alfombra más grande que tenía en casa, y la había enterrado en el bosque para encubrir su crimen.

¿Motivo de la discusión? Fácil y previsible. El Home Tour que Audrey había publicado en su cuenta de Instagram, provocando que Cherry escribiera el artículo sobre la «huida» de Londres de la pareja, había dado pie a un conflicto. Jill, celoso de su intimidad, se puso furioso. No quería que Audrey fuera exponiendo su vida, y mucho menos que mostrara detalles de la casa a la que se habían mudado, lo cual, por otro lado, lo hacía parecer culpable de la muerte de la señora Abernathy. A Jill se le fue de las manos. La golpeó, la acuchilló, la asfixió, la empujó y su cabeza había dado contra el canto de una mesa o había caído rodando por las escaleras y se había partido el cuello… Por mi mente pasaron mil escenarios, todos catastróficos, en los que la exmodelo terminaba muerta en el suelo con un enorme charco de sangre extendiéndose bajo su cuerpo. Qué caro le había costado el Home Tour que, horas después, desapareció de Instagram. ¿Pero quién había eliminado el vídeo? ¿Audrey antes de ser asesinada, o Jill, con acceso a su móvil y a sus contraseñas? ¿Dónde estaba el móvil de Audrey con el que, quizá, podrían localizarla? ¿Enterrado con ella?

—Daphne, estás ausente. ¿Te pasa algo? —me preguntó Rose a la mañana siguiente.

—No, no, nada —disimulé—. Es que he dormido fatal. Me he desvelado a las tres de la madrugada y ya no he pegado ojo en toda la noche.

Una verdad a medias siempre funciona.

—Mmm… Oye, no te lo llegué a preguntar… ¿Qué libros se llevó el autor gilipollas?

—Rose, por favor, no lo llames así…

—Ah, ¿acaso fue agradable contigo?

Me quedé pensando… pensando en el posible cadáver oculto en la alfombra enrollada, en la pala, en la llegada de Jill a las seis de la mañana manchado de tierra… Debía de tener tierra hasta debajo de las uñas. Y también pensé en los tres libros sobre crímenes reales con los que Jill había salido por la puerta de mi librería hacía una semana… Y en la posibilidad de volver a verlo entrar como si no fuera el responsable de uno (o varios) asesinatos.

¿Era Jill Holland un asesino?

¿Debería contactar con la policía? ¿Contarles lo que había visto?

—¿Daphne? Hoy no estás. ¿Te traigo un café?

—Eso sería estupendo.

Rose me guiñó un ojo y salió de la librería para, a los cinco minutos, regresar con un café bien cargado servido en vaso de cartón.

—Muchas gracias.

—No hay de qué. Vuelvo a la cafetería, ¿vale?

Como no había clientes, cogí el móvil por enésima vez en lo que iba de día, y entré en Instagram. Ni rastro de Audrey, su Home Tour eliminado… era demasiado pronto para que su desaparición levantara sospechas o alguno de sus ciento treinta mil seguidores en la red social se diera cuenta de que algo iba mal, pero yo estaba inquieta y preocupada. Una parte de mí intentaba convencerse de que no había pasado nada. A lo mejor lo que vi o me pareció ver a través de la ventana tenía algo que ver con la pesadilla que tuve esa madrugada y que todavía, a esas horas, con un cielo otoñal reluciente, me atormentaba. Esa tarde, al llegar a casa y espiar por la ventana, vería a Audrey sentada en el sofá viendo la tele. Solo habían sido imaginaciones mías, seguro.

Mis pensamientos se vieron interrumpidos por el sonido de la campanilla de la entrada. Jill Holland había vuelto a mi librería antes de lo que pensaba, mucho antes, tan solo horas después de haber matado y enterrado a su mujer, por lo que, en esa ocasión, no me salió la sonrisa. Él no me saludó, y yo, en tensión, tampoco dije nada. No podía. El «Buenos días» con el que saludaba a todo el mundo sin excepción se quedó atascado en mi garganta. Los hombros se me engarrotaron tanto debido al estrés, que tuve que apretar fuerte los dientes porque el dolor era insoportable.

Jill pasó por delante del mostrador sin mirarme, y fue directo a la sección escondida de true crimes. «Su sección». Bajé la mirada hasta el monitor. Sus movimientos y sus gestos me resultaron aún más perturbadores que la primera vez que vino. Mi cabeza estaba empeñada en regresar una y otra vez al momento en que lo había visto arrastrar la alfombra enrollada, meterla en el maletero de su coche, regresar a casa para buscar una pala, y desaparecer en la oscuridad.

Había vuelto a las seis de la mañana. Eran las doce del mediodía.

Ni rastro de la tierra en su pelo, en su piel, en sus uñas. Pero sí lucía ojeras.

Y Audrey llevaba unas pocas horas enterrada en algún punto imposible de localizar de los bosques de Castle Combe. Bosques siniestros cuando cae la noche capaces de hacerte desaparecer de la faz de la Tierra.

—¿Hola?

Como por arte de magia, Jill se había esfumado de la pantalla del monitor y lo tenía frente a mí, dejando un par de libros encima del mostrador.

—Pe-pe-perdone… —balbuceé.

—¿Su nombre es Daphne, verdad?

—Ajá… sí… —confirmé, con la vista clavada en el código de barras de uno de los libros que eligió. Sabiendo todo lo que sabía, era incapaz de mirarlo a la cara.

—¿Ha habido algún suceso extraño aquí, en Castle Combe?

—Eh… no. No que yo sepa —contesté. Seguía sin mirarlo.

—¿Sabe si existe algún libro sobre asesinos en serie del siglo XX? ¿Y del siglo XIX?

Dios. ¿Asesinos en serie? ¿De siglos pasados? ¿Por qué? ¡¿Por qué?!

—Eh… lo consultaré.

—Es para documentarme, ya sabe…

—Sí, sí… ya sé.

—Oiga… ¿Se encuentra bien?

—«No. No me encuentro nada bien. He visto lo que has hecho porque llevo semanas espiando tu vida desde mi ventana. Soy tu nueva vecina de al lado, ¿sabes? ¿Recuerdas que te lo dije? Que vivo con mi marido en la casa de al lado. Y sé que eres un asesino, que esos libros que te llevas no son para documentarte, sino para apropiarte de las ideas de otros psicópatas como tú. Has matado a tu mujer. Probablemente, hace tantos años que ya nadie lo recuerda, le provocaste el accidente a tu primera mujer embarazada. Y también eres el responsable de la muerte de tu anterior vecina, Violet Abernathy, y por eso huiste de Londres. ¡Porque eres un asesino!».

La colérica respuesta se me quedó tan atascada en la garganta como el

«Buenos días» que no le había podido dar cuando había cruzado la puerta de la librería. Consternada por todo lo que sabía y por lo mucho que me tenía que contener para no explotar, me limité a negar con la cabeza mientras me dio la sensación de que Jill, en su fuero interno, se estaba riendo de mí. Le cobré treinta tres libras por los dos nuevos libros de true crime que añadiría a su siniestra colección, y forcé una sonrisa antes de verlo desaparecer calle abajo, en dirección a la cafetería de la madre de Rose.

Capítulo 9

—¡Liam! ¡Liam, ven, rápido!

Liam vino corriendo con la cara desencajada como si hubiera ocurrido una desgracia. Casi pareció decepcionado al ver que no me pasaba nada, que solo estaba frente a la ventana, como siempre, con los ojos clavados obsesivamente en la casa de al lado.

—Joder, qué susto me has dado, Daphne. ¿Qué pasa? ¿Estás bien?

—Audrey no está.

—¿Cómo?

—La mujer de Jill. La exmodelo. No está. Era real. ¡Era real!

Después de dudar mucho, por si parecía una neurótica, al final decidí contarle a Liam lo que había visto la madrugada anterior. No me lo podía callar por más tiempo. ¿Si no confiaba en mi marido, en quién iba a confiar? Me escuchó atentamente y en silencio para, al final, no darle ninguna importancia, como hacía con todo. No conocía a nadie que se tomara la vida con más calma e indiferencia que Liam. Cuando terminé, no me dijo que seguro que eran invenciones mías, pero casi.

—¡No la veo! Debería estar tirada en el sofá, como llevo viéndola desde que se mudó en septiembre, y no está… —continué diciendo exasperada—. No hay ni rastro de Audrey. Sabes lo que eso significa, ¿no?

—Daphne…

—¡Que la ha matado, Liam! Jill ha matado a Audrey. La metió dentro de la alfombra y debe de estar enterrada por…

—Espera. Para, para, para… se te están metiendo cosas muy extrañas en la cabeza, Daphne. Seguro que tiene una explicación lógica.

—Sabía que dirías eso. Mucho has tardado en decirme que se me han metido cosas raras en la cabeza. Por eso no te quería contar nada de lo que

vi —me indigné, sobresaltada cuando se encendió la luz del sótano de la casa de Jill. Observé: Jill entró, pisando el mismo suelo donde hacía dos años Bettie cayó muerta, se agachó desapareciendo de mi campo visual, y después volvió a levantarse y se marchó—. ¿Qué habrá ido a hacer al sótano?

Liam resopló con impaciencia.

—Si tanto te preocupa la exmodelo, llama a la policía. Cuéntales lo que viste y que interroguen a Jill.

—Eso es lo que voy a hacer.

—Espera, qué… ¿Ahora?

—Ahora mismo.

Y lo hice mientras Liam se fue a dar una larga ducha. Llamé a la policía. Porque era lo que tenía que hacer. Porque era lo que haría una buena vecina. No tardaron ni veinte minutos en aparecer.

Capítulo 10

Los agentes de la comisaría de Chippenham, Carrie Madden y Steve Coon, que rechazaron el té que previamente había preparado por si les apetecía, me escucharon sin apenas pestañear y con suma atención. Desde el principio les dejé claro que yo no era una cotilla, que lo que les tenía que contar lo había visto casualmente por culpa del insomnio. Además, me presenté como Daphne Wood, la respetable librera de Castle Combe, y la agente Madden, amistosa, asintió y me dijo que por eso le había resultado tan familiar.

—¡He estado en tu librería! Es preciosa. Todo en Castle Combe es mágico —dijo con aire soñador, algo, en mi opinión, poco común en una agente de policía.

—Muchas gracias, agente Madden.

Ahí me confié. Y lo solté todo todo todo.

Los agentes, muy concentrados y serios, empezaron a tomar notas. De vez en cuando cruzaban miraditas que no supe identificar pero que me hicieron sentir ridícula, seguramente porque era imposible que un autor tan conocido como Jill Holland fuera, en realidad, un asesino. Al final, cuando ya no tuve nada más que decir, el agente Coon asintió, sin que me pareciera que pensara que lo que les había contado fuera descabellado, y fue el primero en levantarse del sofá.

—Bien, señora Wood, pues con todo lo que nos ha contado, vamos a hacerle una visita al señor Holland.

—Gracias.

Los acompañé hasta la puerta y corrí veloz a asomarme a la ventana para no perderme ni un solo instante de la visita de los agentes a Jill Holland.

—¿Cómo ha ido? —me preguntó Liam bajando las escaleras, con el pelo aún mojado.

—¡Shhh! ¡Ahora no puedo hablar!

Los agentes, tranquilos, como si al otro lado de la puerta que estaban a punto de atravesar no hubiera un asesino, iban charlando animadamente entre ellos mientras recorrían el camino de grava por el que se accedía a la casa de Jill. Aún no era noche cerrada y el cielo se había tornado de un color lavanda polvoriento, contra el cual la casa de Jill emitía un brillo dorado cálido y reconfortante. Nada más lejos de la realidad que se ocultaba entre esas cuatro paredes, testigos de un asesinato.

El agente Coon se detuvo un momento a admirar el Rolls Royce, atreviéndose incluso a acariciar el capó. Lo normal, esa obra de arte hecha coche encandilaba a todo el mundo. Continuaron directos hacia la puerta y llamaron al timbre. Jill, muy distinto al atuendo formal que solía llevar, apareció vestido en chándal y les dedicó su mejor sonrisa. No atisbé ni rastro de confusión en su rostro debido a la visita de dos agentes que le devolvieron la sonrisa como si se estuvieran declarando fans. En el momento en que Jill les cedió el paso al interior de su casa, levantó la mirada y la dirigió a mi ventana. Me agaché, pero ya era demasiado tarde.

—¡Me ha visto! —grité.

—¿Qué dices? —me preguntó Liam desde la cocina—. ¡Dios, Daphne, deja de hacer eso!

No podía dejar de hacer eso… Seguí mirando. Jill cerró la puerta. Desvié la mirada hacia la ventana del salón, donde los agentes se sentaron frente a Jill y empezaron a hablar. Estuvieron hablando media hora. Lo que más me confundió fueron las risas.

¡Risas! Pero qué…

¿Cómo podían estar riéndose después de lo que Jill había hecho? ¡Era el demonio! ¡Había matado a su mujer! ¡Había ocultado su cuerpo en una alfombra y la había enterrado vete a saber dónde!

Yo ya lo había visualizado saliendo esposado de casa y no parecía que eso fuera a hacerse realidad. Parecía una charla entre amigos más que un interrogatorio formal.

Los tres salieron del salón. Supuse que se habían detenido en el vestíbulo, porque los perdí de vista durante otros veinte minutos.

¿Qué estuvieron haciendo durante ese tiempo?

Seguí mirando hasta que, al fin, Jill abrió la puerta y lo único que los agentes hicieron fue despedirse de él tal y como lo habían hecho hacía cuarenta minutos, con una sonrisa. Vi a los agentes caminando de regreso a su coche. Sacudieron la cabeza y miraron en dirección a mi casa, como si yo estuviera chiflada.

—Incompetentes… —farfullé, pensando en salir corriendo y preguntarles qué tal había ido, por qué no se lo llevaban detenido para seguir con el interrogatorio en comisaría.

Cambié de idea al volver a clavar la vista en la casa de Jill. Estaba asomado a la ventana de su salón mirándome con aire desafiante.

¿Cuánto rato llevaba así?

«Si tú puedes verlo, él también puede verte a ti».

—¡Liam! —grité aterrada, como si el mismísimo demonio me estuviera devolviendo la mirada, corriendo las cortinas y alejándome de la ventana.

Capítulo 11

Cuando la señora Wilson salió por la puerta de la librería a las once de la mañana con una nueva novela tórrida para su colección, busqué la manera de ponerme en contacto con la periodista Cherry Brown, la que había escrito el artículo sobre la «huida» de Londres de Jill y su mujer poco después del suicidio de la vecina. Como enviarle un email me parecía algo frío y cabía la posibilidad de que lo recibiera en la bandeja de spam y no lo leyera nunca o lo leyera tarde, opté por llamar al periódico y preguntar directamente por ella.

—¿De parte de quién?

—Daphne Wood.

—¿Y cuál es el motivo de su llamada, señorita Wood?

—Señora Wood —la corregí con impaciencia.

—Disculpe. ¿Y cuál es el motivo de su llamada, señora Wood? — repitió, subrayando con decoro el «señora».

—Leí el artículo de Cherry sobre la «huida» de Londres del escritor Jill Holland y su mujer tras el suicidio en abril de su vecina, la señora Abernathy —contesté—. Soy la actual vecina de Jill Holland en Castle Combe, el pueblo al que recientemente se han mudado. Vivo en la casa de al lado de Jill Holland.

—Oh. —Parecía sorprendidísima—. Espere un segundo, señora Wood, no cuelgue.

Ocurre muy pocas veces, normalmente te dejan colgada al teléfono con una musiquita espantosa durante minutos y, aunque no fue un segundo exacto, sino diez que conté mentalmente añadiendo «Misisipi», Cherry contestó al otro lado de la línea como si llevara días esperando mi llamada.

—¿Señora Wood?

—Puedes llamarme Daphne —empecé a tutearla, porque lo de señora, a mis treinta y ocho años, sonaba de muy mayor.

—Daphne. Hola, soy Cherry —se presentó la periodista con voz jovial

—. Me han dicho que eres la nueva vecina de Jill Holland. Guau… Impone, ¿eh? ¿Qué quieres contarme?

Eso, Daphne, ¿qué quieres contarle?

Pensé en Liam y en la cara que pondría si me estuviera viendo, después de lo que ocurrió la tarde anterior con la policía y de lo mal que me había hecho quedar Jill ganándoselos con sus artimañas de escritor acaudalado. Los agentes ni siquiera se dignaron a volver a llamar a mi puerta para decirme que había sido un error o, lo peor, lo que Liam se temía, que me multaran por denuncia «falsa» o el propio autor me demandara por difamación.

—Leí tu artículo y yo… bueno, soy una persona que sabe leer entre líneas, Cherry.

Hubo un silencio incómodo, por lo que decidí continuar:

—Escribiste que Jill y Audrey huyeron de Londres. —Recalqué todo lo que pude el verbo «huir», pero, por si acaso, repetí con más énfasis—:

«Huyeron». Nadie utiliza esa palabra sin un motivo, y, perdona que te corrija, Cherry, pero de la desgracia es imposible huir. De la culpa, de la sospecha…, eso ya… —titubeé, en vista de que Cherry se había quedado muda—. Sé que desvelar una verdad incómoda que es posible que no puedas demostrar te habría metido en problemas, pero, por lo que escribiste o, más bien, por cómo lo escribiste, me pareció que culpabas a Jill del suicidio de la señora Abernathy, su vecina de Londres.

—Ah. ¿Eso te pareció?

Mi gran habilidad de saber leer entre líneas tenía atónita a Cherry.

—Sí. No sé si hablar por teléfono es lo más conveniente debido a los últimos acontecimientos… creo que lo mejor es que nos veamos en persona —propuse—. Tengo algo muy importante que contarte.

—¿Sobre qué?

—Sobre la desaparición de Audrey, la mujer de Jill —contesté con contundencia. Quizá debería haber sido así de contundente con los agentes Madden y Coon, en vista de que no se tomaron en serio mi declaración, y, luego, claro está, Jill se los llevó a su terreno, conquistándolos con sus encantos—. ¿Le has echado un vistazo a la cuenta de Instagram de Audrey? No ha dado señales de vida desde el martes y el Home Tour que

publicó horas antes de que saliera tu artículo, desapareció. Tu artículo fue motivo de…

«… una disputa que acabó en tragedia».

Me callé de sopetón. No. No podía seguir manteniendo esa conversación por teléfono. Era arriesgado. Definitivamente, tenía que ser en persona.

—De… —me animó a continuar.

—Vi algo. Algo… inquietante. Muy inquietante. No te puedo decir más por teléfono. Como te digo, Cherry, lo mejor será que hablemos en persona. Soy la librera de Castle Combe, abro de diez a seis de la tarde. La librería está en el número 4 de la calle West.

—Pues… —dudó—. Dame un momento, voy a mirar mi agenda. Un minuto. Cherry tardó un minuto en decirme:

—Mañana sobre las once estaré ahí, Daphne.

—Bien. Te espero mañana a las once en la librería.

Capítulo 12

¿Cómo era posible? Faltaban cinco minutos para que el reloj marcara las once de la mañana, hora en la que había quedado con Cherry, y Jill llevaba media hora parado frente a las estanterías de true crimes, la única sección que, por lo visto, le interesaba.

Sentí deseos de largarme de mi preciado negocio desde que Jill había entrado por la puerta con el mismo aire provocador con el que miró hacia mi casa cuando los agentes de policía se marcharon de la suya. La sensación era horrible, ni siquiera podía concentrarme en las últimas quince páginas que me quedaban por leer de la novela que esa tarde debatiríamos en el club de lectura.

Esa misma mañana, a primera hora, me habían traído nuevos libros sobre crímenes reales que había desempaquetado con rapidez y colocado por orden alfabético. Jill estaba disfrutando de lo lindo mirando cubiertas, leyendo sinopsis, enterrando la cara y oliendo sus páginas (puaj)… Lo último que quería era que Jill se cruzara con Cherry, pero estaba claro que ocurriría… Era como si Jill supiera algo, pero ¿cómo? ¿Cómo podía saber que había quedado con la periodista que había escrito sobre su «huida» de Londres? Llegué a plantearme que me había pinchado el teléfono, lo cual era bastante improbable teniendo en cuenta que, a veces, parecía una prolongación de mi mano. Pero ¿y si mi sueño se había hecho realidad y Jill se había colado en mi casa? No para matarme, a la vista estaba de que, al contrario que Audrey, seguía vivita y coleando, pero sí para manipular mi móvil, que por las noches siempre dejaba cargando en la cocina. Dormir con el móvil cerca puede tener consecuencias negativas para la salud y el sueño. A la mierda la salud y la calidad del sueño. Debía andarme con más cuidado. Dormir con el móvil en la mano. Y, ya puestos, con un cuchillo debajo de la almohada.

En el momento en que sonó la campanilla que colgaba de la puerta de entrada, Jill, en un movimiento que se me antojó orquestado, se abrió paso entre las estanterías con dos libros que dejó encima del mostrador. Cherry, que era muy mona y muy joven y no debía de tener más de veinticinco años, se quedó de piedra, mirándome con los ojos muy abiertos, como preguntándome: «¿Qué hace aquí Jill Holland?».

Saludé a Cherry como si fuera una clienta más. La periodista, que captó mi incomodidad, fue rápida y disimuló. Saludó y se dirigió a la estantería de novedades, de donde cogió un libro y luego otro, pero con toda su atención puesta en Jill, a quien cobré los dos libros en silencio. Jill no me había dicho nada sobre la visita de los agentes a su casa cuando había entrado en la librería, así que dudaba que lo hiciera con una

«clienta» delante. Sin embargo, y a pesar de no saludarme nunca cuando entraba, parecía tener la necesidad de entablar conversación. Ese día me preguntó:

—Por cierto, ¿tienes libros sobre venenos?

—¿Venenos?

¡Venenos!

Me quedé petrificada.

¿Estaba pensando en envenenarme? ¿Me había convertido en una persona incómoda para los truculentos planes de Jill Holland?

Jill podía colarse en mi casa con facilidad. Solía dejar abierta la puerta que daba al jardín por si perdía las llaves de la puerta principal, así que cabía la posibilidad de que hubiera saltado la valla o pensara hacerlo. Parecía estar en buena forma. ¿Hacía pesas? Tenía que cerrar esa puerta con llave, pensé en aquel momento. Y esa misma tarde, anoté mentalmente, tiraría toda la comida y bebida que hubiera en casa, por si se le ocurría envenenarla. Ay, Dios. Quizá ya la había envenenado. Tenía que avisar a Liam. Era viernes, yo tenía club de lectura, no llegaría hasta las ocho, y él a las cinco ya estaría en casa.

«¡No se te ocurra comer ni beber nada, Liam! Tíralo todo y vete a hacer la compra», grité para mis adentros, como si pudiera contactar con mi marido telepáticamente.

—¿Daphne? —Jill, que recordaba mi nombre y eso en otras circunstancias me habría halagado, me devolvió a la realidad—. ¿Libros sobre venenos? —volvió a preguntar inocentemente, sin que pareciera que me odiara por haber atraído a dos agentes de policía a su casa. Si él no

había sacado el tema, yo tampoco lo haría, que suficiente vergüenza había pasado ya.

—Eh… no. Pero sí tengo libros de botánica.

No sé por qué dije eso. ¿Puede que una parte de mí quisiera alargar la conversación con el célebre autor?

—Y qué tiene que ver…

—Bueno, en los libros de botánica hay información sobre el veneno de las plantas, por ejemplo. Plantas tóxicas en parques, jardines, entornos urbanos… Nadie está a salvo.

«Nadie está a salvo», repetí internamente, influenciada por los thrillers que llegaban a las estanterías, muchos de ellos con esa misma frase en las fajas. En Castle Combe casi nunca pasaba nada, era uno de los pocos pueblos de Inglaterra sin leyendas macabras con las que asustar a los niños, y, sin embargo, la presencia de Jill me hacía sentir insegura, vulnerable. Como cuando presientes que algo malo va a ocurrir y sientes un escalofrío en la nuca, ojos extraños acechándote desde la distancia… Pues lo mismo. Exactamente lo mismo.

Jill se me quedó mirando con desagrado mientras Cherry, cada vez más invisible, seguía echándole un vistazo a los libros de la sección de novedades. Al final, Jill, resignado por mi apatía, se encogió de hombros y se largó, no sin antes dedicarle a Cherry una mirada furtiva. ¿Jill sabía quién era Cherry? ¿Sabía qué hacía ahí, en mi librería? ¿Pero cómo?

¿Cómo podía saberlo?, seguía preguntándome.

«Esto no puede ser casualidad —me temí—. No sé cómo, pero Jill sabía que la periodista vendría hoy a la librería».

—¡Ey! ¡Pero qué ágil has sido! —exclamó Cherry cuando Jill se largó, situándose frente al mostrador—. Soy Cherry. Daphne, ¿verdad?

—S-s-sí… —confirmé, con la respiración más agitada de lo habitual.

Vaya imagen tuve que darle a Cherry.

Ante la curiosa mirada de la periodista, salí del mostrador. Cerré la puerta con llave y le di la vuelta al cartel. De «Abierto» a «Cerrado». Solo sería un momentito y no quería que nadie nos interrumpiera.

—¿Cómo ha ido el viaje desde Londres? —le pregunté, intentando ocultar mis nervios.

—Bien, son unas dos horas, pero el paisaje es precioso. Y Castle Combe… bueno, qué te voy a contar que no sepas, ¿verdad? Es un pueblo

de cuento —contestó animada—. No me extraña que siempre esté lleno de turistas.

Le sonreí y le ofrecí una de las sillas que utilizábamos en el club de lectura. Podría haberla hecho pasar a mi pequeño despacho, pero estaba demasiado desordenado como para recibir visitas. No sabía ni por dónde empezar, aunque Cherry me inspiraba confianza, calma… Era una joven de ojos claros, nariz chata y mejillas regordetas de lo más encantadora y dulce.

—Me dijiste que eras las nueva vecina de Jill Holland —empezó ella

—. ¿Viene mucho a tu librería?

—Desde que se mudó a Castle Combe ha venido tres veces. Esta era la tercera vez —especifiqué—. Ha sido coincidencia que tú y él…

—Ya, me lo he imaginado. No debe de saber quién soy, tranquila.

—Tu foto aparecía en el artículo que desencadenó la tragedia…

—¿La tragedia? —se inquietó.

Antes de nada y para que Cherry asimilara toda la información que tenía que darle, traté de poner un poco de orden en mi caótica cabeza. Solo entonces pude empezar a relatar con pelos y señales lo que había visto a través de mi ventana hacía dos madrugadas. Ocurrió horas después de que Audrey publicara el Home Tour eliminado hablando de su nueva vida en Castle Combe y Cherry lanzara al mundo su artículo sobre su «huida» de Londres. Cherry, apurada, me dijo que me había confundido, que no había pretendido insinuar que Jill fuera el responsable del suicidio de su anterior vecina de al lado, la señora Abernathy, quien resulta que padecía una fuerte depresión desde el fallecimiento de su marido, dando muestras, una vez más, que el dinero no garantiza la felicidad.

—No hubo nada raro detrás de la muerte de la señora Abernathy. Fue un suicidio —aclaró Cherry, impactada por lo que le había contado y mis sospechas de que Audrey estaba muerta, asesinada a manos de Jill, que siempre compraba libros sobre crímenes reales y hacía preguntas raras como la del veneno que ella había presenciado—. Y… no sé, ¿no lo grabaste? ¿Tienes alguna prueba?

—No lo grabé —me lamenté—. Podría haberlo hecho, pero estaba en shock, fue… Te juro que había un cuerpo dentro de la alfombra enrollada, que Jill estuvo más de tres horas fuera, y, cuando volvió, alrededor de las seis de la mañana, estaba lleno de tierra. La pala también tenía restos de tierra  y  de  la  alfombra  ni  rastro.  Cavó  un  hoyo,  no  sé  dónde,

probablemente en los bosques que rodean Castle Combe, enterró el cuerpo de Audrey y…

—Dios —murmuró Cherry—. Lo que me cuentas es… ¿Volviste a hablar con la policía después de que visitaran a Jill?

—Pasaron de mí —me avergoncé—. Los vi hablando con Jill como si fueran amigos de toda la vida y ya no me atreví a preguntar nada… Imagínate… qué bochorno. Cuando salieron de casa de Jill, los agentes sacudieron la cabeza y se echaron a reír. Como si yo estuviera chiflada o me lo hubiera inventado todo para llamar la atención. Pero lo cierto es que Audrey no ha vuelto a dar señales de vida en redes sociales, tú misma lo has comprobado. Y no está en casa, te lo aseguro. La mujer de Jill está muerta, enterrada en los bosques de Castle Combe —repetí con convencimiento—. Jill la mató pocas horas después de que publicaras el artículo.

—Vale… —siseó, pensativa, como si, después de mi confesión, cargara con una gran responsabilidad—. Indagaré al respecto, Daphne, te lo prometo. Si es cierto que Jill ha matado a Audrey, se sabrá.

Antes de que Cherry se fuera, hablamos de la primera mujer de Jill. Del accidente de coche que le costó la vida hacía trece años, estando embarazada de seis meses.

—Triste. Muy triste… —comentó, apesadumbrada—. Ese suceso le dio bastante fama a Holland… por lo del aire atormentado del escritor, la caída en desgracia, el drama familiar… y todo eso.

Debido a los últimos acontecimientos, tenía la sospecha de que Jill también podía estar detrás del accidente que mató a su mujer y al bebé que llevaba dentro, y así se lo transmití a Cherry, que empezó a dudar.

—Fue muy sonado, aunque yo solo tenía doce años cuando ocurrió. Le preguntaré a mi jefe, por si en su momento hubo indicios de que el accidente fuera provocado.

—Gracias, Cherry —le agradecí, por no ponerme en tela de juicio y porque hasta Liam pensaba que lo que había visto eran imaginaciones mías. Solo Cherry parecía creer en mí y en lo que había visto, aun sabiendo que le interesaba por la primicia que yo podía generarle sobre alguien tan popular e importante como Jill Holland.

—Gracias a ti, Daphne. Seguimos en contacto. Para lo que necesites, tienes mi número personal. Y si ves cualquier otra cosa rara, llámame, por favor. Y graba. Grábalo todo —me aconsejó.

Capítulo 13

Cada vez parecíamos más un club de cotorras cotillas que de lectura, así tal cual lo digo. Estábamos perdiendo el norte. Ni caso a las novelas de distintas ediciones de Una habitación propia, de Virginia Woolf, que descansaban sobre nuestras rodillas, porque en Castle Combe no paraban de llegar chismes. Si no era por la mudanza de un famoso escritor, que para más inri era mi vecino de la casa de al lado y yo parecía ser la única que sabía que era un asesino, era por un accidente de coche que había ocurrido hacía unas horas, esa misma mañana, provocando daños importantes.

—Ha habido un accidente en la A420 —empezó a decir Florence—. Un coche ha chocado contra la iglesia Sant John’s. Una desgracia. Resulta que el vehículo iba a cien por hora, cuando en ese tramo hay que ir a cuarenta. Ha echado abajo el muro de piedra y algunas lápidas se han visto afectadas. Suerte que a la iglesia no le ha pasado nada.

—La gente va como loca —convino Emily, sacudiendo la cabeza de manera exagerada.

—¿Pero solo han sido daños materiales? —se interesó Rose, abriendo los ojos como platos.

—Uy, qué va, dicen que la conductora ha fallecido en el hospital — informó Florence como si tal cosa—. Yo no sé si es que el coche le ha fallado yendo tan rápido, o a la chica le ha dado algo y ha perdido el control…

—¿La chica? —intervine entonces, asaltada por un mal presentimiento.

—Sí, una periodista —confirmó todos mis temores Florence—. Cherry no sé qué…

—Cherry Brown —la nombré en una exhalación, llevándome una mano a la boca.

Todas me miraron interrogantes. Yo tuve que contener un grito de rabia, de pura frustración.

—¿La conocías? —me preguntó Rose.

¿Cómo les decía a las chicas que Cherry estaba muerta por mi culpa?

¿Que si no la hubiera llamado al periódico seguiría viva, porque nunca habría venido a Castle Combe, con tan mala suerte de cruzarse con Jill en mi librería?

¡Jill!

Jill le había hecho algo a su coche, seguro, como hizo con el de su primera mujer en 2010. Él le había provocado el accidente a la periodista, la había matado. Había repetido el modus operandi o como puñetas se diga, y Cherry, la única persona que me creyó y parecía estar dispuesta a escarbar en el pasado de Jill, estaba muerta. Y era tan joven… tan bonita y tan dulce…

—¿Daphne? —empezó a preocuparse Rose—. Te has quedado blanca,

¿estás bien?

Me puse tan nerviosa que solo atiné a decir:

—Si me disculpáis, tengo que irme a casa. Ya hablaremos de la novela el próximo viernes…, el… el…

—10 de noviembre, Daphne —apuntó Amelia, mirándome con gravedad, como si hubiera perdido la poca cordura que me quedaba.

—Eso. 10 de noviembre —confirmé.

—Oye, ¿y qué tal si leemos un libro de Jill Holland y le proponemos que venga al club? Seguro que, teniendo al autor en el club, se apunta más gente y llenas la librería. ¡O mejor aún! Que haga una firma, una presentación… —sugirió Emily con entusiasmo.

—Jill Holland es gilipollas —torció el gesto Rose, mirándome intencionadamente.

—Bueno, pero a lo mejor, viviendo aquí, le hace gracia, ¿no creéis? — insistió Emily.

Tragué saliva con dificultad. No quería volver a ver a Jill Holland en mi librería, y mucho menos organizar un evento en su honor. Se me revolvía el estómago con solo pensarlo.

—Ya… ya veremos. Y ahora, si me disculpáis…

No podía dejar de pensar en Cherry. Me levanté de la silla como un resorte para que las chicas del club de lectura hicieran lo mismo. A los pocos minutos, todas se largaron de la librería salvo Rose.

—Daphne, a ti te pasa algo… cuéntame. Negué con nerviosismo.

—Daphne…

Quería contárselo, de verdad que sí, me moría de ganas. A Rose la consideraba una buena amiga, confiaba en ella. Pero Cherry estaba muerta, seguramente por haber venido hasta Castle Combe, saber demasiado y estar dispuesta a ayudarme. Si le contaba a Rose que Jill era un asesino, la pondría en peligro también a ella. Y no podía cargar con más muertes ni correr ese riesgo.

—Nada, Rose, no me pasa nada, todo está bien. Solo… solo me duele un poco la cabeza.

—¿Seguro?

—Seguro —acerté a decir, forzando una sonrisa.

—Mañana te veo. Me pasaré un rato por la mañana, ¿vale?

—Claro, cuando quieras.

Acompañé a Rose hasta la puerta y cerré con llave. Inspiré hondo varias veces antes de coger el móvil y buscar información sobre el accidente de coche que había sufrido Cherry. La noticia aparecía en varios portales de internet sin mucha relevancia. «Un accidente más». El artículo más detallado estaba, como no podía ser de otra manera, en el del periódico donde trabajaba Cherry. Un Volkswagen Beetle de color cereza, aparecía volcado encima de las lápidas de piedra rudimentarias de la iglesia Sant John’s, al pie de la carretera A420, cuyo centenario muro de piedra, efectivamente, había quedado tan destrozado como la chapa del vehículo. A un lado, aparecía la fotografía en blanco y negro que Cherry utilizaba en sus artículos. Las redes sociales del periódico estaban de luto:

Lamentamos comunicarles que Cherry Brown, entusiasta periodista de esta casa, ha fallecido esta mañana a los veinticinco años.

Mirando la fotografía de la publicación en Instagram en la que aparecía una Cherry sonriente y llena de vida, se me pasaron por la cabeza algunas preguntas:

¿Alguien sabía que Cherry había venido a Castle Combe solo para hablar conmigo?

¿Vendrían a interrogarme?

¿Qué hizo Cherry durante sus últimos minutos de vida? ¿Tuvo miedo?

¿Después de salir de la librería, llamó a alguien para contarle mi revelación sobre la extraña desaparición de Audrey, o la pobre Cherry se había llevado esa información a la tumba?

¿Qué más podía hacer yo para destapar la auténtica cara de Jill Holland y responsabilizarlo del accidente que le había provocado la muerte a Cherry?

¡Porque había sido él! ¡Él la había matado!

Jill estaba en mi librería porque, de alguna forma, sabía que había quedado con la periodista a las once. Y si, no sabía cómo, había escuchado nuestra conversación en la que salía tan mal parado, a Jill no le interesaba que Cherry volviera a pisar Londres.

Lo único que estaba claro, era que yo había sido la última persona que había visto a Cherry con vida, y eso me sobrecogió. Lo peor era que ya había gastado una buena carta, pues después de lo que había pasado con los agentes Madden y Coon, no podía volver a llamar a la policía para informar de esta nueva muerte por accidente, un accidente provocado por el escritor. O Jill había manipulado los frenos del Volkswagen Beetle de Cherry, o la había seguido poniéndola nerviosa, hasta verla perder el control del vehículo. Yo era la única que lo sabía, pero no podía demostrarlo como tampoco podía demostrar que Jill también era el responsable de la desaparición de Audrey, su propia mujer. Estaba convencida de que Jill había eliminado a Cherry para que no publicara en el periódico lo que yo le había contado, pero nadie me iba a creer. Como mucho, me prestarían atención para ponerme una camisa de fuerza.

Me vino a la cabeza la última pregunta de Jill: libros sobre venenos. Al final no había llamado a Liam para advertirle que no comiera ni bebiera nada de lo que había en casa. Recogí mis cosas, cerré la librería, y me fui corriendo.

Capítulo 14

—¡Liam! ¡Liam! —lo llamé con urgencia nada más entrar por la puerta

—. ¡Liam, dime que no has comido ni has bebido nada! ¡Jill ha podido colarse en nuestra casa y envenenar toda la comida y bebida!

Liam no estaba en casa, lo cual me produjo cierto alivio. Era normal que los viernes se entretuviera un par de horas en el pub con los amigos, pero él solía avisarme. ¿Y si había venido, había comido algo, le había sentado mal, y estaba en el hospital? ¡¿Y si había muerto envenenado de camino al hospital?!

«La ausencia de noticias son buenas noticias», me dije, tratando de serenarme un poco. Si hubiera pasado algo, ya lo sabría, alguien me habría avisado.

Llamé a Liam, pero me saltó el buzón de voz. Eso significaba que, tal y como había sospechado, se había entretenido en The Rowden Arms, el pub de Chippenham al que solía ir con los compañeros del taller. Ahí dentro había muy mala cobertura, lo hacían a propósito para que la gente socializara en lugar de estar abducidos con sus móviles.

La cortina de la ventana del salón estaba cerrada, tal y como la había dejado por la mañana, y, aunque estaba deseando asomarme para ver la casa de Jill por si Audrey aparecía como por arte de magia, me contuve y fui hasta la cocina. Cerré con llave la puerta que daba al jardín. Había estado todo el día abierta, qué metedura de pata tan imperdonable… ¿Las enredaderas estaban movidas? Había hojas caídas en el césped, y, aunque era lo habitual en otoño, era posible que Jill hubiera saltado y…

Me apresuré a coger una bolsa de basura. Necesité un total de cinco. Abrí la nevera y lo tiré todo. Todo todo todo, hasta las latas de conservas que parecen no caducar nunca. También leche, zumo, agua, embutidos, carne, pescado, yogures… Un derroche, pero no podía arriesgarme a que

estuviera todo envenenado. Porque estaba convencida de que Jill se había colado en mi casa y me había envenenado la comida y la bebida. En solo tres días, era el responsable de la muerte de su segunda mujer y de Cherry, y solo le faltaba yo.

La vecina de al lado que sabe demasiado.

Salí de casa y tiré toda la comida y la bebida en el cubo de basura que había enfrente. Eran las siete de la tarde y me había quedado con la nevera vacía. Me subí al coche y conduje las seis millas que me separaban de Chippenham, directa al Tesco que cerraba a medianoche.

Adoraba Castle Combe, pero desde la llegada de Jill Holland, todo me había ido mal, por lo que conducir hasta Chippenham y rodearme de gente desconocida fue como un soplo de aire fresco. Yo estaba mal, estaba fatal, todo mi cuerpo temblaba de miedo por lo que Jill quisiera hacerme por saber demasiado. El hecho de que hubiera venido a mi librería y no hubiera mencionado a los dos agentes de policía que fueron a hacerle una visita debido a mi llamada, me resultaba muy sospechoso. Estaba tramando algo contra mí, seguro. No podía bajar la guardia.

Para compensar el desperdicio de comida de la que me había deshecho, compré los yogures y los helados favoritos de Liam, cargué las tres bolsas en el maletero del coche, y conduje hasta el pub The Rowden Arms, muy animado a esas horas del viernes por la tarde. Pensé en lo aburrida que era mi vida y en lo poco que me solía gustar la gente fuera de mi burbuja. Vivía en el día de la Marmota. De casa a la librería, de la librería a casa…, un poquito de emoción dos viernes al mes con el club de lectura, y poco más… Muy poco más.

Desde la puerta de entrada del pub, busqué a Liam con la mirada entre los grupos de gente, hasta que di con Ron, uno de sus compañeros del taller.

—¡Ey, Ron! ¡Hola! ¡Hola! —lo saludé a gritos, levantando la mano a medida que me acercaba a él para que me viera por encima de su enorme jarra de cerveza.

Ron, David, Sam y Cooper estaban sentados alrededor de una mesa redonda, pero ni rastro de Liam. ¿Dónde se había metido? ¿Estaría en el lavabo? ¿Puede que ya se hubiera ido a casa?

Qué agobio, cuánta gente, no soportaba tanto ruido.

—Daphne, ¿qué tal? —me saludó Ron.

—Bien, pasaba por aquí y… ¿Liam no está con vosotros? —pregunté extrañada, mirando a mi alrededor.

Todos enmudecieron, como si les estuviera preguntando por el sentido de la vida.

—¿Qué pasa?

Vale. ¿Qué estaba pasando? ¿Qué me estaban ocultando? Otra vez no… Otra vez no…

—¿Con quién está? ¿Sigue viéndose con Lucy?

Lucy era la hermana de Deborah, la administrativa del taller donde trabajaba Liam. Estuvieron liados un tiempo y yo lo perdoné, porque no imaginaba mi vida sin Liam, pero si seguía viéndose con ella, si la prefería a ella antes que a mí, ¿qué sentido tenía mi matrimonio? Solo le pedí una cosa: que fuera sincero. Y me había fallado. Otra vez.

El mundo se me cayó a los pies. Los amigos de Liam seguían callados, y no hacía falta que me dijeran nada, porque sus miradas y sus gestos apurados lo decían todo. Se miraban los unos a los otros con complicidad, pero sin saber qué responderme. Era tan obvio que estaban protegiendo a Liam… Liam me la había vuelto a jugar. Me sentí idiota.

—¡Joder! ¡Joder, joder, joder! —estallé de rabia, dándoles la espalda a esos putos traidores que estaban tratando de salvarle el pellejo a un infiel.

Me largué dando grandes zancadas en dirección a la salida, abriéndome paso a empujones e ignorando los improperios que un par de borrachos me dedicaron, mientras notaba en la comisura de mis labios el sabor salado de las lágrimas rodando por mis mejillas.

Ron, que por lo visto me había seguido hasta la calle, me detuvo.

—Daphne…

—Déjame, Ron, no tendría que haber venido.

—No estás en condiciones de conducir. Espera un momento. Espera, hablemos con tranquilidad y…

Me subí al coche, cerré de un portazo y arranqué el motor. Ron se retiró. Si no lo hubiera hecho, juro por Dios que me lo hubiera llevado por delante. Lo que fuera a decirme, no me interesaba. Conduje a toda velocidad de regreso a mi anodina vida en Castle Combe, y, claro, como parecía que la mala suerte se había convertido en mi sombra, un agente me detuvo.

Capítulo 15

—¿Sabe a qué velocidad iba en un tramo en el que no se puede circular a más de cincuenta, señorita Wood? —me preguntó el agente con severidad, comprobando la documentación que le había entregado sin que el muy arrogante me mirara a la cara.

Quise corregirle: «Señorita no, señora». Pero me callé imaginando a Liam y a Lucy haciendo el amor en una cama de un hostal cutre, y, sin poderlo evitar, me eché a llorar.

—Oiga, no me monte un numerito, por favor —resopló el agente, dejando a un lado mi documentación y mirándome, por fin, a la cara. No debía de ser la única conductora que se le echaba a llorar por una inminente multa por exceso de velocidad—. Daphne Wood… Claro… — murmuró, como si hubiera caído en la cuenta de algo importante, y así, importante, fue como me hizo sentir cuando añadió—: Usted es la librera de Castle Combe.

Lo miré interrogante, en parte porque las lágrimas me emborronaban la visión. ¿Me conocía? ¿Había estado en mi librería?

—Sí… —confirmé en un siseo.

El gesto del agente cambió. Me devolvió mi documentación, sacudió la cabeza, y me dedicó una preciosa sonrisa, aunque había algo en su mirada… triste. Esa sería la palabra: triste.

—Malcolm Davies es mi padre. Cada viernes va a su librería y usted… me habla maravillas de usted, señorita Wood. —«Señora. Es señora», me mordí la lengua—. Yo fui a su librería una vez, puede que no me recuerde o que con el uniforme me vea distinto… —titubeó, rascándose la nuca—. Todas las novelas que le recomienda a mi padre son fabulosas, le alegran la vida, le hacen sentir menos solo. Desde que mi madre murió hace ya

cinco años… bueno, yo estoy con él todo lo que puedo, pero ya sabe… a veces me resulta difícil, y soy hijo único, así que…

—El señor Davies —logré sonreír al recordarlo, pese al mal momento que estaba viviendo—. Es uno de mis clientes favoritos.

—Bueno, pues por esta vez, lo dejamos pasar —decidió, mirando a un lado y al otro de la carretera—. Pero, por favor, conduzca con prudencia… no puede ir a noventa por aquí. No se confíe, es peligroso, sobre todo cuando cae la noche. Se le puede cruzar un animal y…

—Ya, ya… —lo corté—. Lo siento… lo siento muchísimo.

—No llore, por favor… —me pidió.

—Es que…

Mi vecino, Jill Holland, seguro que te suena, es un asesino, ¡un asesino en serie!, y nadie me cree, ni siquiera la policía.

Cherry, la periodista, la única persona que me ha dado la sensación de que me ha creído un poquito, ha tenido un accidente de coche poco después de haber estado hablando conmigo, y ha muerto horas más tarde en el hospital.

Liam, mi marido, me vuelve a poner los cuernos con Lucy. Y al fin, alguien ha tenido algo de compasión por mí.

—¿Se encuentra bien? —insistió el hijo del señor Davies ante mi prolongado silencio—. Soy Oliver, por cierto. Oliver Davies.

—Oliver… —repetí su nombre, para no olvidarlo, extrañada porque no recordaba haberlo visto en mi librería. Aunque solo hubiera venido una vez, debería haberme acordado de él, ya que el señor Davies era uno de mis clientes más fieles. Vaya cabeza la mía—. Gracias. Muchas gracias. Conduciré con cuidado —le prometí, sin querer alargar más la conversación después de un día horrible. Hice un esfuerzo para parar de llorar y dedicarle una sonrisa en señal de agradecimiento. Qué menos, después de que tuviera la amabilidad de retirarme la sanción.

—No me quedo tranquilo dejándola en este estado…

—Pasará. Porque todo pasa, ¿verdad? —le pregunté esperanzada.

—Eso dicen.

—Eso dicen, sí —convine, como si de verdad me lo creyera—. Buenas noches, agente Davies, y gracias de nuevo —me despedí.

Capítulo 16

Esa noche, después de llenar la nevera y asegurarme varias veces de que las puertas estuvieran bien cerradas, le mandé varios wasaps a Liam, pero seguía teniendo el móvil apagado. El más agradable que le escribí fue:

«Puto traidor». Imagina cómo eran el resto… Y encima, la vergüenza que había pasado delante de sus compañeros de trabajo. Imperdonable.

El grupo de WhatsApp del club de lectura estaba de lo más ocioso. Las chicas estaban preocupadas por mí, debido a la manera en la que había cancelado antes de hora la cita del club. Aunque sabían que las estaba leyendo, me dio por no contestar a ninguna de sus preguntas. Insistían con el tema del accidente de coche en el que había muerto Cherry. Florence y Amelia, después de volver a preguntar: «Pero entonces, ¿la conocías, Daphne? ¿De qué?», empezaron a dar por supuesto que sí, que la conocía, así que indagaron más sobre el tema hasta descubrir en qué periódico trabajaba. Leyeron el último artículo que Cherry escribió, ese en el que hablaba de Jill Holland y su mujer y su huida de Londres. ¿Y cómo era posible que yo supiera quién era? ¿Tenía algo que ver con Cherry? Hasta que Rose soltó:

Venga, por favor, qué va a tener que ver Daphne con una periodista… Habrá leído el nombre por ahí, sin más.

Todas quedaron conformes con la respuesta de Rose. Yo no. Yo le dije a la pantalla de mi móvil con indignación:

—¿Y por qué no iba a tener contacto con una periodista? ¿A esta qué le pasa?

Me puse una serie de Netflix. Me aburrí a los cinco minutos, incapaz de centrarme en la trama. No podía dejar de mirar los perfiles personales de Audrey y Cherry en Instagram como si fueran a dar señales de vida aun

estando muertas. Me era imposible sacarme de la cabeza a las dos últimas víctimas de Jill Holland.

Fui hasta el extremo contrario del sofá y descorrí la cortina, como si al otro lado de la ventana sucediese algo más interesante que en la tele. En la casa de Jill había luz en el primer piso y también en el segundo, pero ni rastro de él y mucho menos de Audrey. ¿Y qué esperaba? ¿Que después de lo que había visto, Audrey volvería a estar tumbada en el sofá, con la tele encendida, como si no se moviera durante todo el día de ahí, hasta quedarse dormida?

—No volverá —predije, hablándole al vacío—. Audrey no volverá, está muerta. Muerta, dentro de una alfombra enrollada y enterrada en el bosque, en mitad de la nada…

Mientras tanto, en el grupo de WhatsApp del club de lectura que yo tenía silenciado pero que miraba de vez en cuando, volvieron a proponer que la siguiente lectura a debatir fuera uno de los libros de Jill Holland. Se me erizó el vello de la nuca con solo pensarlo. Si hubieran sabido quién era en realidad y todo lo que había hecho, no solo trece años atrás provocándole un accidente de coche a su mujer embarazada, sino estos últimos días, quizá no estuvieran tan entusiasmadas con la posibilidad de contar con su presencia en mi librería.

Fue volver a pensar en Jill e invocarlo. Lo vi salir por la puerta de su casa sin apagar las luces. No arrastraba ninguna alfombra enrollada. Algo es algo. Tampoco se detuvo a abrir el maletero de su coche, sino que siguió andando y…

«¿Se va a dar un paseo a estas horas?», me pregunté, cerrando la cortina, pues Jill había desaparecido de mi vista y ya no había nada que ver. Volví a centrar la mirada en el televisor, a ver si la serie me enganchaba aunque solo fuera un poco, cuando el sonido del timbre me sobresaltó. Supe de inmediato quién estaba al otro lado de la puerta. Era Jill Holland.

«¡Mierda! ¡Mierda-mierda-mierda-mierda!».

—¿Daphne? —preguntó, dando un par de toques agresivos a la puerta

—. ¡Daphne, sé que estás ahí!

Yo era la librera de Castle Combe, la que sabía guardar secretos como nadie y que siempre tenía una sonrisa a punto para quien cruzara la puerta de mi librería. Pero Jill Holland no quería entrar en mi librería, sino en mi casa, MI-CA-SA, ¿y a eso podía negarme? ¿Podía abrirle la puerta, aun

sabiendo que estaba en peligro? Porque cabía la posibilidad de que a su espalda llevara, qué sé yo, un cuchillo o una pistola.

—¡Buenas noches, señor Holland! —lo saludé a gritos para que mi voz le llegara sin necesidad de abrir la puerta—. ¿Qué desea?

Miré la hora en el reloj. Eran las diez y media de la noche. ¿Es que no le habían enseñado modales? Qué falta de decoro llamar a una casa a esas horas y sin previo aviso.

—Quiero hablar contigo, Daphne. ¿Me puedes abrir? No se me da muy bien hablar con las puertas.

¿Si no le abría la puerta, la echaría abajo?

—Mi marido está en casa —mentí a modo de advertencia, y no sé por qué lo dije, la verdad, porque sonaba… ¿raro?

Jill rio. Era una risa amarga, maquiavélica. A continuación, soltó con voz ronca:

—Tu marido no está en casa, Daphne.

—¡Sí está! ¡Además, me estaba dando una ducha!

—No, no estabas dándote una ducha, me estabas espiando por la ventana. ¡Como siempre!

Me levanté del sofá, crucé el salón y, con la boca pegada a la puerta, le pregunté con resignación:

—Vale. ¿Qué quiere?

—Hablar.

Agarré la llave del gancho emitiendo un resoplido, y, con manos temblorosas, la introduje en la cerradura. Pensé que me iba a dar un infarto de lo rápido que me latía el corazón. Una vocecilla interior muy sabia me decía que era mala idea abrirle la puerta. Porque Jill Holland era el mismísimo diablo y yo podía acabar muerta, dentro de una alfombra enrollada y enterrada en el bosque. Pese al peligro que me acechaba, terminé cediendo. Abrí la puerta con miedo. El mostrador que siempre nos separaba en la librería era mi escudo, mi protección, ya ves qué tontería, y esa noche me perturbó tenerlo tan cerca, tanto, que podía oler su aliento a tabaco. No había visto a Jill fumando. ¿Por qué olía a tabaco? ¿Qué me había perdido?

—¿Por qué me tienes tanto miedo, Daphne?

—¿Ha llamado a mi puerta para preguntarme eso, señor Holland?

—Por favor, tutéame. No soy mucho más mayor que tú.

—¿Dónde está Audrey?

—No es asunto tuyo, Daphne —contestó con severidad.

Me tragué las palabras: «¡Es asunto mío cuando has matado a una persona a escasos metros de mi casa!».

—Llamé a la policía.

—Lo sé. Estuvieron en mi casa. Pero tranquila, no te lo tengo en cuenta.

Barrió el aire con la mano como si estuviera espantando una mosca.

Qué cínico.

—¿Entonces? Para qué…

—Entonces nada, Daphne, estamos en paz, pero métete en tus asuntos

—resolvió, arqueando las cejas, con la mirada fija en el salón que quedaba a mi espalda—. Solo quiero que estemos bien. Eres mi única vecina, la próxima casa está pasando el cruce, y, además, eres la librera y tienes una gran colección de libros true crime. Nos seguiremos viendo. Mucho…

¿Era una amenaza? ¿O ese «nos seguiremos viendo», seguido del enigmático «mucho», significaba que, por el momento, había decidido dejarme vivir? Una librera no suele hacer preguntas a sus clientes, son los clientes los que hacen preguntas a la librera, pero ¿qué pasa cuando el cliente llama a la puerta de tu casa e invade tu privacidad?

«¿Es que acaso tú no has invadido su privacidad, Daphne?», me preguntó la voz maliciosilla que habitaba en mi cabeza.

No obstante, la pregunta que quedó flotando en el aire era:

«¿Por qué true crime, Jill? ¿Te parece mejor que la ficción?».

Decidí que lo mejor era fingir. Fingir, fingir, fingir…, como si no hubiera pasado nada.

—Siempre es un placer recibirle en la librería, señor…

—Jill. Solo Jill —me interrumpió—. Gracias, Daphne, que pases una buena noche, y, por favor, deja de asomarte tanto a la ventana. Ya sabes cómo acaban las vecinas cotillas en los thrillers, ¿verdad? —zanjó, riendo, un segundo antes de darme la espalda y regresar a su casa.

Cerré la puerta. Con llave. Dos vueltas. Me quedé paralizada como si Jill todavía estuviera delante de mí, cuando la voz de Liam me sacó de mi ensoñación.

—Daphne, ¿qué ha sido eso?

—¿Qué haces tú aquí?

—¿Cómo que qué hago yo aquí?

—Pero no estabas…

—Llevo horas en casa, Daphne. He salido del taller a las cinco, me dolía horrores la cabeza, llegué a casa, me di una ducha, y, como no venías, me quedé dormido.

—Entonces…

«Entonces, no estabas con Lucy —me callé—. Todo este rato has estado aquí, en casa».

—Pero te he estado llamando… Y todas las veces ha saltado el buzón de voz… Ay, Dios… Liam, ¿cuando llegaste a casa, comiste algo?

Liam me miró interrogante.

—Sí o no —le exigí.

—No.

—Menos mal —solté con alivio, llevándome una mano al pecho—. Porque Jill, aprovechando que estábamos trabajando, se coló por la puerta del jardín que a partir de ahora hay que cerrar siempre, y nos envenenó la comida y la bebida, Liam. Y aparca el coche en el garaje. Yo ya lo hago. Puede manipular los frenos y provocarnos un accidente.

—Daphne… Anda, sube, ven a dormir. Últimamente estás…

«No digas la palabra loca, Liam. Ni se te ocurra decir que estoy loca», pensé.

—Por cierto, no hagas caso de lo que… —Ay, madre, me avergonzaba demasiado—. Te he enviado unos wasaps que…

¿Para qué se lo dije? Tenía la opción de eliminarlos y que no los viera, y eso hice antes de subir al dormitorio y tumbarme en la cama.

—¿Ah, sí? —sonrió—. ¿Me has enviado wasaps? Tengo el móvil apagado.

—Ya… es que…

Le conté que, después de tirar toda la comida y la bebida que con total probabilidad Jill nos había envenenado, conduje hasta Chippenham a hacer la compra en Tesco. Después, como me había parecido que no estaba en casa y tampoco se me había ocurrido subir al piso de arriba a comprobarlo, me acerqué hasta el pub The Rowden Arms. Ahí me encontré con Ron, David, Sam y Cooper, que, como pusieron caras raras, pues…

—… pensé que habías vuelto con Lucy. Liam soltó un bufido.

—Daphne, desde que… —titubeó—. No la he vuelto a ver. Te lo juro.

Me acerqué a él con los ojos anegados en lágrimas, susurrándole que había tenido un día complicado y que, por favor, me abrazara, que me estrechara entre sus brazos fuerte, muy fuerte.

—Perdóname, Liam —le pedí, enterrando la cara en su pecho—.

Perdóname, por favor…

—Te perdono, Daphne…

Capítulo 17

Cuando trabajas cara al público, tienes que hacer de tripas corazón y aparentar que todo va bien, aunque por dentro estés rota. Sonreír a todo el que cruza la puerta, no hay otra opción, aun sintiendo que las sombras te devoran.

Intentaba, de verdad que lo intentaba, evitar la ventana para no caer en la tentación de seguir espiando al escritor, pero pasaron las semanas, noviembre llegó frío y lluvioso, y las redes sociales de Audrey estaban tan muertas como ella. Y nadie se preguntaba por qué. Lo cierto es que la exmodelo no era influencer ni nada por el estilo, aun teniendo un montón de seguidores, y se llevaba mucho eso de tomarse un descanso de las redes. Desconectar para volver a conectar y esos rollos de adictos a las redes sociales, aunque lo normal es avisar. Digo yo. Al fin y al cabo, Audrey tenía ciento treinta mil seguidores, muchos de ellos pendientes de lo que publicaba un par de veces a la semana como mínimo. La última publicación de Audrey, el polémico Home Tour, había tenido cerca de veinte mil visitas y más de dos mil comentarios antes de que fuera eliminado de Instagram. Corrijo: antes de que Jill lo eliminara de Instagram. ¿Y a nadie le parecía raro?

Intentaba pensar en algo positivo. Que Liam no me hubiera vuelto a poner los cuernos con Lucy, era algo MUY positivo. Lo que ocurrió aquella tarde que intenté lanzar al olvido, no fue más que una confusión. Un delirio de los míos debido a la traición que sí existió en el pasado. Si hubiera subido al piso de arriba en lugar de ponerme a tirar la comida y la bebida envenenada por Jill, habría visto a Liam dormido por el terrible dolor de cabeza que padeció esa tarde. Tenía que aprender a obsesionarme menos y a confiar más; a ser, prácticamente durante las veinticuatro horas del día, como mi yo librera que rozaba la perfección, y dejar atrás a una

Daphne insegura y miedosa con mil traumas que una vez, cuando era una niña criada en un orfanato a la que ninguna familia eligió, pensó que el amor se conseguía mendigándolo.

Cada día, cuando llegaba a casa, comprobaba que las puertas estuvieran cerradas con llave y los cristales intactos. No debería decir esto, pero en las casas viejas de Castle Combe es muy fácil entrar, y sabía que Jill no pararía hasta conseguir envenenarme la comida o pillarme con la guardia baja y matarme, por muy agradable que se mostrara conmigo cada vez que entraba en la librería. Había algo oscuro en él… algo perverso. No podía fiarme.

Y es que Jill seguía viniendo a la librería con total normalidad pese a mi llamada a la policía y sus amenazas veladas, encandilado con mi sección true crime cada vez más escasa. Había perdido el interés por reabastecer las estanterías, lo único que deseaba era perderlo de vista, que no viniera más. Aun así, el escritor solía decirme que no tenía nada que envidiar a las grandes librerías de Londres o Nueva York.

—Por cierto, mañana me voy a Nueva York —me dijo, distraído, mirando el móvil mientras yo introducía en una bolsa los tres nuevos libros que acababa de adquirir para su (imagino que extensa) colección—. Y las chicas de tu club de lectura contactaron conmigo hace unos días — añadió sonriente, maliciosamente sonriente…—. Me propusieron hacer una presentación aquí, en tu librería, y acepté encantado.

¡¿Cómo?!

A pesar de mi aturdimiento por la inesperada noticia, logré decir:

—Ah. Muy bien.

—Se me hizo raro que no me lo propusieras tú. Al fin y al cabo, la librería es tuya, pero ya me han dicho que… bueno, que eres…

«Para ser escritor, no tienes mucha facilidad de palabra», me callé, a la espera de que me dijera a mí, ¡a mí!, cómo era yo.

—… especial —terminó diciendo—. Por cierto, ¿tienes algún libro que hable de la Dark Web?

Lo que me faltaba. Después de los venenos, le tocaba el turno a la internet oscura, donde lo más suave que ocurría en sus profundidades era la compra venta de tarjetas de crédito robadas, información confidencial, herramientas de piratería, tráfico de malware, planificación de ciberataques y otros servicios ilegales. A esas alturas, ya me había dado cuenta de que las preguntas que me hacía el escritor eran pistas dirigidas a

mí. ¿Libros sobre venenos? Cuidado, me voy a colar en tu casa y te voy a envenenar la comida. ¿Libros sobre asesinos en serie? Cuidado, yo soy uno de ellos. Y así con todo. Tenía que ir un paso por delante de él. Solo así podía salvarme.

—No me suena, pero hablaré con mi proveedor para que me traiga alguno —contesté.

«¿Qué demonios estás escribiendo para necesitar ese tipo de documentación tan variada y turbia? ¿A quién le vas a extraer los órganos para venderlos, Jill? ¿Esta vez vas a matar a alguien en directo con miles de perturbados escondidos detrás de sus pantallas contemplando tu atrocidad, para hacer crecer todavía más tu fortuna? ¿Me vas a hacer daño a mí? ¡¿A mí?!».

Todos estos pensamientos se me pasaban por la cabeza mientras le sonreía cortésmente, como a un cliente más, aunque estuviera lejos de serlo. Mi sonrisa congelada era falsa, tan falsa que, posiblemente, le transmitía las ganas que tenía de que se marchara. Pero el escritor siempre regresaba cuando menos lo esperaba.

—Estupendo. Pues nos vemos cuando regrese de Nueva York, Daphne.

Cuando salió de mi librería, dije lo de siempre, lo que solo yo sabía y nadie quería escuchar ni aceptar:

—Cuidado, un asesino anda suelto en Castle Combe.

¿Cuántos días se quedaría en Nueva York? ¿Qué iba a hacer allí? Pensaba en Audrey y en Cherry, pobre Cherry, y deseé que se quedara en Nueva York para siempre. O que lo atropellara un coche en la Gran Manzana y regresara al infierno del que jamás tendría que haber salido.

Iba a poner un poco de orden a la estantería que Jill revolvía como si estuviera en su casa, cuando oí el tintineo de la campanilla. Con el temor de que el escritor hubiera vuelto a entrar, miré hacia la puerta. Tardé un rato en reconocer al rostro amigable que me sonreía desde la entrada.

—Hola, ¿se puede?

—¡Agente Davies! —lo saludé con efusividad. Quizá demasiada efusividad… debería haberme contenido un poco.

—Oliver. Por favor, llámame Oliver.

—Estás… no sé, estás distinto sin el uniforme.

No quería coquetear, porque era una mujer casada, pero reconozco que había algo en ese hombre que provocaba que las mejillas se me encendieran y un hormigueo se me instalara en las tripas. En otras

circunstancias, él y yo podríamos haber sido mucho más que simples conocidos. Una lástima que la vida no nos presentara unos años antes.

—¿Eso es bueno? —preguntó, esbozando una sonrisa cautivadora. Como me di cuenta de que estábamos empezando a intimar y yo era una profesional, no tuve reparo en cortarlo.

—Bueno, ¿a qué debo el placer de esta visita? ¿Qué te gusta leer, Oliver?

—Pues… novela negra y policiaca.

Se me iluminaron los ojos. También era uno de mis géneros favoritos, aunque jamás por delante de los clásicos. Al fin y al cabo, me pasé la infancia con la compañía de las hermanas Brontë, Virginia Woolf, Charles Dickens, Tolstói, James Joyce, Mary Shelley, Jane Austen… y ya se sabe que a los primeros amores jamás se les olvida ni se les reemplaza. Se quedan siempre en ti.

—Esta mañana me han traído tres novedades fabulosas de novela negra y policiaca —le dije, atrayéndolo hasta la mesa de novedades.

—Bueno, yo… la verdad es que no he venido a por ningún libro, sino a pedirte una cita, Daphne. —«Guau. Qué directo»—. Cierras en media hora, ¿verdad? Conozco un restaurante fabuloso en Chippenham que…

—Oliver, estoy casada —lo interrumpí, seria e intentando contener la emoción que me provocaba que un hombre tan atractivo como Oliver demostrara cierto interés por mí. Levanté la mano izquierda para que viera mi reluciente alianza de casada que lucía en el dedo anular.

—Pero Daphne…

—Lo siento. Espero que no le comentes nada de esto a tu padre. Sería un poco incómodo y…

—Claro. Claro, perdona, yo… eh… Pues… voy a comprar este libro.

Cogió un libro al azar. Creo que ni siquiera se fijó en el título. Era uno de Claire Douglas, si la memoria no me falla, y me sabía tan mal haberlo rechazado, que decidí regalárselo.

—Me perdonaste la multa. Qué menos que regalarte un libro.

—No hace falta.

—Disfrútalo.

—Oye, pero Daphne, no sé si…

—Ya. Hasta aquí, Oliver. Mi marido me espera en casa.

Me dedicó una mirada extraña. Triste. Condescendiente. Asintió despacio con la cabeza, asimilando la derrota, me dio la espalda y se largó.

No estaba segura de que Oliver Davies volviera a pisar mi librería, pero lo que sí puedo adelantar, es que no tardé mucho en volver a verlo.

Capítulo 18

Detestaba los enfrentamientos. Pero si ni siquiera las chicas del club de lectura me respetaban, no me quedaba otra que mostrar un poquito de carácter.

—¿Por qué nadie me ha dicho nada sobre la presentación y firma de Jill Holland en mi librería?

Recalqué lo máximo que pude «MI LIBRERÍA», «MI», elevando la voz más de lo necesario.

—No te pongas así, Daphne… —me pidió Amelia.

—No queríamos darte trabajo, por eso pensamos en encargarnos de todo nosotras. Tú solo verás los beneficios, querida. La librería llena, y hasta puede que vengan periodistas —atajó Florence, mientras el resto asintieron con la cabeza, dando su conformidad.

—Pero Rose, si a ti Jill Holland te cae fatal…

Necesitaba a mi amiga. Necesitaba que Rose me apoyara, que siguiera diciendo que Jill era una gilipollas.

—Bueno, ya no tanto… es que creo que lo pillamos en un mal día, Daphne, solo eso… ha estado varias veces en la cafetería y…

—¿Ha estado en la cafetería? —me asombré.

—Sí, tres o cuatro veces…

—Tres veces. O cuatro veces. Pero tres o cuatro veces es una respuesta muy vaga.

—Cuatro, cuatro —se apresuró a decir Rose, al verme tan enfadada—.

Ha estado cuatro, y ha sido encantador. Hasta ha dejado buenas propinas.

—Y en cuanto se lo dijimos se puso muy contento —intervino Sophia.

—¿Y su mujer? —pregunté sin venir a cuento, por si Jill les había contado a ellas algo sobre Audrey que yo ignoraba. Pero ninguna respondió. Cruzaron una mirada extraña y cómplice las unas con las otras

como hicieron los compañeros de Liam en el pub cuando me acerqué a ellos, y se encogieron de hombros. Odiaba que la gente me hiciera sentir fuera de lugar. Audrey había desaparecido de las redes sociales y, por lo visto, de todas las conversaciones. Como si no existiera. Como si nunca hubiera pisado Castle Combe. Resoplé. Por el bien de mi negocio, no me quedaba otra que aceptar la presentación seguida de una firma de Jill en mi librería, «MI LIBRERÍA», que no se le olvidara a nadie. A mis espaldas, el escritor parecía haberse ganado a todo el pueblo—. Vale… ¿Cuándo será?

—El viernes que viene. Ya habrá vuelto de Nueva York —contestó Rose.

—¿Y cuándo vuelve de Nueva York?

No salía de mi asombro. Era la primera vez que me sentía traicionada por las chicas del club de lectura. ¿En qué momento parecían saber más de Jill que yo? Solo lo que él les había querido mostrar, claro, porque la verdad, su auténtica cara, solo la seguía conociendo yo.

—El jueves que viene —informó Rose.

Volví a resoplar, pero en esa ocasión de alivio. Una semana sin Jill Holland en la casa de al lado era una bendición. Una semana sin temerle al rostro feo, horrible, terrible, de la muerte.

Capítulo 19

El sentimiento de que mi vida había perdido la chispa sin el escritor en la casa de al lado, me pilló por sorpresa. Sin Jill en Castle Combe, pese a lo peligroso que era, nada parecía tener sentido para mí. Hasta Liam, a quien los pequeños detalles le pasaban desapercibidos, se fijó en lo aburrida que estaba cuando llegaba a casa. Apática, esa sería la palabra. Apática, aburrida, sin ganas de hacer nada. Para qué iba a mirar por la ventana si la casa del escritor estaba vacía, sin alma. Ni siquiera tenía ganas de leer, y eso ya decía mucho de mi estado de ánimo, que solo mejoraba un poco cuando estaba en mi librería. El título elegido de Jill Holland para el club de lectura fue Infierno, su primera novela. Yo ya me la había leído dos veces, y Rose y Florence también, pero el resto no.

—¿Ya no hay nada que espiar? —preguntó Liam con sorna, descorriendo la cortina y mirando hacia la casa de la difunta Bettie con los ojos entornados. Suspiré a modo de respuesta como una dama de la Regencia—. ¿Te acuerdas cuando pillábamos a Bettie mirando hacia nuestra casa? ¿El mal rollo que nos daba al principio, cuando no la conocíamos? Y era encantadora, cuando colocamos cortinas se dio por aludida y dejó de acecharnos.

—Pobre Bettie… Nunca nos acechó, solo era… curiosa. Estaba muy sola, supongo que se aburría. Y preparaba unos pasteles exquisitos — recordé con añoranza—. Era una buena vecina, no como ese…

—¿Otra vez, Daphne? Primero que si ha matado a su mujer, quien seguramente se ha largado por trabajo o puede que se hayan separado, sin más, porque te recuerdo que las parejas rompen, y después está esa chica que me comentaste, la periodista…

—Cherry Brown.

—Eso. Tuvo un accidente de coche porque iba demasiado rápido. No fue un asesinato.

—Ya, pero qué casual todo… Y yo no creo en las casualidades, Liam. Porque Cherry podría haberme ayudado a desenmascarar a Jill. Los agentes no me creyeron, pero ella sí… ella sí me creyó y estaba dispuesta a investigar —recordé, a punto de estallar en lágrimas—. Cherry me habría ayudado a destapar la verdad y, por eso, Jill se encargó de hacerla desaparecer del mapa. No sé cómo lo sabía, pero lo sabía.

—¡Daphne! ¿Qué verdad? ¿Pero te estás escuchando? —se exasperó Liam, y Liam no era de exasperarse casi nunca. Era más bien tranquilo, sosegado… un tipo aburrido al que su aventura con Lucy le dio algo de vidilla.

—Vale. Ya veo que hasta a ti te ha conquistado, y eso que no has tenido ocasión de hablar con él. ¿Pero te recuerdo la noche en la que llamó a nuestra puerta a las diez y media? Me amenazó, Liam.

—No te amenazó…

—¡Sí, sí lo hizo! Me dijo que dejara de asomarme tanto a la ventana, que ya sé cómo acaban las vecinas cotillas en los thrillers.

—Daphne, esto no es un thriller, es la vida… nuestra vida. Y ese hombre es un escritor rico y famoso que no tiene ninguna necesidad de ir matando a mujeres. Todo está en tu cabeza.

En ese momento, me acordé del agente Davies. Oliver. Su padre había estado esa misma mañana en la librería, y no me comentó nada de su hijo. Puede que Oliver no le dijera nada, porque demasiado bochornoso debió de ser para él que rechazara su invitación a cenar.

«¿Pero qué había de malo?», empecé a plantearme, mirando con el rabillo del ojo a Liam.

Podía salir a cenar con Oliver solo como amigos. Liam no era un hombre celoso. Además, ¿cómo iba a echarme nada en cara después de lo que él me hizo? ¿Dónde estaba escrito que un hombre y una mujer no pudieran ser amigos? ¿El problema era que la gente empezara a hablar?

«Pues que hablen», pensé.

«Qué más da», me animé, sabedora de que esas tres palabras en apariencia tan simples, Qué-más-da, te otorgan esa clase de libertad que todos, en mayor o menor medida, ansiamos.

Y todo eso vino a cuento porque pensé que, a lo mejor, Oliver me hubiera creído como lo había hecho Cherry, aunque su visita a Castle

Combe y tras un encuentro casual con Jill en mi librería, le hubiera provocado el accidente de coche. No quería que el hijo del señor Davies muriera. No a manos del escritor. Ya me sentía suficientemente culpable por la muerte de Cherry. Y es que me daba la sensación de que nadie dispuesto a encontrar la verdad y a hacer justicia, estaba a salvo en Castle Combe.

Un paseo por el pasado-pasado

No quiero ni puedo entretenerme demasiado, pero hay momentos que está bien recordar sin regocijarse demasiado en ellos. Como ya he escrito algunos capítulos atrás, me crie en un orfanato. Es un tema del que me cuesta hablar. Nunca conocí a mis padres. No tengo ni idea de por qué me abandonaron. No conozco mi historia, el pasado antes de mí. Los libros fueron mi refugio. Mis mejores amigos. Mis primeros amores. Mi sueño siempre fue abrir una librería. Casarme. Tener hijos. Formar una familia. Supongo que no se puede tener todo en esta vida. Que, con el tiempo y unas cuantas bofetadas de realidad, no te queda otro remedio que dejar atrás algunos sueños y ser agradecida con los que has podido cumplir.

Lo más fácil para seguir viviendo en el orfanato, el único lugar que conocía y me daba seguridad, hubiera sido hacerme monja, y me lo llegué a plantear, pero las monjas no eran buenas conmigo. Mi destino estaba en Castle Combe.

Charles, el único amigo que había hecho en el orfanato, llevaba tres años viviendo en el pueblo y trabajando como panadero en Chippenham. Y un día de lluvia de noviembre del año 2003, me subí al tren y, con una mano delante y otra detrás, llegué a Castle Combe, donde Charles, la única persona que pensaba que jamás me daría la espalda, me esperaba. Conseguí trabajo en la misma panadería en la que Charles trabajaba, mientras seguía soñando con abrir una librería, y qué mejor local que el de la pastelería de la calle principal de Castle Combe. Por aquel entonces, era un sueño imposible que aún tardaría catorce años en materializarse.

Charles y yo nos levantábamos a las cuatro de la mañana y llegábamos a casa al mediodía. Trabajábamos de martes a domingo. No ganábamos

mucho, lo suficiente para pagar el alquiler y darnos algún capricho como ir al cine una vez al mes o comprar un libro que compartíamos para comentar después, pero, para dos personas que no lo han tenido nada fácil, lo que poco a poco íbamos consiguiendo ya era mucho y nos sentíamos orgullosos de cada logro, por pequeño que fuera.

Lo mío con Charles no fue un amor intenso ni apasionado. Nos conocíamos desde niños, compartíamos secretos, ambos sabíamos lo que era la soledad, y, poco a poco, fue surgiendo un amor tranquilo, como si en lugar de veinte años tuviéramos ochenta. Quería a Charles. Él me llevó hasta Castle Combe, hasta mi hogar, fue mi puente, mi salvavidas. Aunque no puedo decir que estuviera enamorada de él.

En 2012, cuando ya llevaba nueve años en Castle Combe y me era imposible imaginar otro lugar en el que vivir, Charles y yo tuvimos un gran golpe de suerte. Bueno, en realidad lo tuvo Charles, yo era una simple espectadora de un suceso extraordinario.

Siempre me metía con Charles porque jugaba a la lotería una vez a la semana y, en mi opinión, era malgastar dinero. Sin embargo, él nunca perdió la esperanza de ser millonario o de que, al menos, le tocara un buen pellizco con el que vivir desahogadamente durante unos años, sin la necesidad de levantarse cuando el cielo aún está oscuro. Le tocó dinero. Mucho dinero. Compró una casa en Castle Combe, la que finalmente se convertiría en mi casa. Por aquel entonces, llevaba más de treinta años abandonada y necesitaba reformas importantes, pues el tejado estaba hundido y la estructura peligraba. También compró un coche, un Lotus Evora de color amarillo despampanante. Un día, Charles fue a la pastelería de Castle Combe. Quería hacerme un gran regalo. Les ofreció una cifra astronómica por la compra del local, para que así yo pudiera abrir la librería de mis sueños, pero, en aquel momento, el negocio iba bien, a la propietaria aún le quedaban unos años para jubilarse, y rechazó la oferta.

Sin embargo, lo que al principio parecía ser de los dos, tal y como Charles se encargaba de recordarme a diario para que la inesperada fortuna no fuera motivo de distanciamiento, acabó siendo solo suyo. Aun habiéndose comprado una casa en Castle Combe para reformar, empezó a querer más, y la vida en el pueblo ya no le satisfacía. Todo se le quedaba pequeño, me decía, y él quería una vida a lo grande repleta de grandes emociones. Charles era el típico nuevo rico que a los tres años está arruinado.

Mientras Charles se había despedido de la panadería, yo había decidido conservar mi trabajo. Vivía con un millonario (sin cabeza) al que había visto cambiar de la noche a la mañana y convertirse en una persona ruin que trataba mal a los dependientes y camareros y que me empezaba a caer muy mal, mientras yo seguía levantándome a las cuatro de la mañana para ir a trabajar.

—Vámonos a Londres —propuso una noche en la que bebió de más—.

¡O a París! ¡A Roma! ¡A Nueva York! —fantaseó—. ¡Tenemos que irnos de aquí, Daphne, en Castle Combe no hay nada que nos ate y es tan aburrido…!

—Pero te has comprado una casa, Charles.

—Fue un error. La reformo y la vendo por el triple de lo que me costó. Es un buen negocio. De hecho, tengo pensado comprar algunas propiedades en Londres y alquilarlas, y así vivir a cuerpo de rey. Tenemos el mundo a nuestros pies, Daphne, podemos largarnos de aquí y hacer lo que nos dé la gana.

—No, Charles, yo no me quiero ir de Castle Combe. Ya sabes lo mucho que me gusta. Mi vida aquí es sencilla pero agradable, no necesito más.

Charles se enfadó, me insultó, me dijo que tenía muy poca ambición y que lo mejor era que rompiéramos, porque él no podía estar con alguien tan simple como yo. Cuando creía que iba a levantar el puño que tenía muy apretado para golpearme, me dio la espalda, soltó un bufido, y se fue a dormir. Por cómo arrastraba las palabras al hablar, sabía que la bebida había tenido mucho que ver en su manera de tratarme. Pensé que al día siguiente, sobrio y más tranquilo, haríamos las paces y todo se arreglaría, pero Charles nunca despertó. Se llevó nuestros turbios secretos a la tumba. Cuando al día siguiente volví del trabajo, me extrañó ver su coche aparcado fuera. Era raro que Charles todavía estuviera durmiendo a las dos del mediodía, solía madrugar bastante porque, desde que era rico y su vida era tan fabulosa, decía que dormir era una pérdida de tiempo. Fui hasta el dormitorio con la intención de hacer las paces o de romper definitivamente y dejar que se marchara a Londres o a donde él quisiera, y me lo encontré

muerto en la cama. Murió mientras dormía.

Charles no tenía tan poca cabeza como yo había pensado. Una semana después de su súbita muerte, un abogado contactó conmigo. Todo lo que Charles tenía era mío, incluida la casa de piedra a reformar. Había

derrochado mucho, pero aún quedaba una buena cantidad de dinero. Podía reformar la casa sin preocupaciones. Y comprar un local para abrir una librería, aunque era difícil que fuera en Castle Combe, ya que no había ningún local disponible. Por otro lado, no quería un coche tan ostentoso como el Lotus Evora amarillo que Charles había comprado, así que pregunté en la panadería de la que me despediría al cabo de unos meses, y me dijeron que lo llevara al taller de los Mack. Y todo esto para contar que así fue como conocí a Liam. Por el opulento Lotus Evora de Charles del que me quería deshacer. Lo primero que me encandiló de Liam fueron sus manos. Grandes, fuertes, masculinas. Cómo tocaba el coche… y sus ojos color café con motitas doradas cuando los destellos del sol le daban de lleno en la cara, aunque el detalle de las motitas lo descubriría más adelante. El día que lo conocí, deseé que me mirara como miraba al Lotus Evora.

—¿Por qué quieres vender esta preciosidad? —me preguntó.

—No me gustan los deportivos. Casi se le descuelga la mandíbula.

—¿A quién no le gustan los coches deportivos? —comentó con una pasión contagiosa que yo, por aquel entonces, no comprendía.

El caso es que vendí el deportivo, me compré un Toyota normal y corriente, y me olvidé de Liam, hasta que un día apareció en la panadería. Llevaba años trabajando ahí y nunca lo había visto. Curioso, cuando menos. Empezamos a hablar y le comenté que tenía que dejar el trabajo, pues estaba en plena reforma de una casa en Castle Combe que requería toda mi atención.

—¿Quién deja un trabajo estable para centrarse en una reforma?

«Alguien que no necesita un sueldo para vivir», me callé, porque Liam hacía muchas preguntas. Demasiadas.

Empezó a mostrar mucho interés por mí, y, aunque me gustaba y pensaba que Liam podía ser ese amor apasionado que solo había conocido en la ficción, la desconfianza se abrió paso. ¿Y si sabía que tenía un montón de dinero? Puede que en realidad no le interesara yo, sino mi pequeña fortuna.

Después de cinco citas, una tarde, cuando los albañiles se marcharon, Liam vino a hacerme una visita sorpresa a la casa. La obra ya estaba bastante avanzada, y fue, en el espacio que estaba a punto de convertirse en una acogedora cocina, donde nos besamos por primera vez. Y ya no

hubo vuelta atrás. El amor fue ganándole terreno a la desconfianza inicial que ese apasionado beso evaporó de un plumazo.

Los sueños fueron cumpliéndose poco a poco. Una bonita casa reformada a mi gusto. Una sencilla pero inolvidable boda con el hombre de mis sueños… En 2017, cuando era algo que ya daba por perdido por todo el tiempo que había transcurrido, adquirí el local con el que tanto había fantaseado y que durante años fue una pastelería, para abrir mi propia librería en el centro del pueblo. La larga espera mereció la pena. Y los hijos… ah, sí, los hijos nunca llegaron. No pudo ser. Lo que sí llegó fue Lucy. Una infidelidad que duró seis meses. El miedo. El orgullo. La vergüenza. La rabia. El perdón. La reconciliación. Y el recelo, siempre el recelo como una espinita clavada imposible de sacar. Y, bueno, cuando pensaba que lo peor que podía pasarme ya había pasado, llegó Jill Holland, y le di tanto poder sin apenas darme cuenta, que permití que me destrozara la vida.

Capítulo 20

Tres días antes de que Jill regresara de Nueva York y mientras la señora Wilson inspeccionaba la sección de novelas románticas sin acabar de decidirse, recibí otra mala noticia. Florence, muy afectada, vino a la librería para decirme que el señor Davies, mi cliente favorito al que le tenía elegida la siguiente novela histórica que jamás llegaría a leer, había fallecido. Regresé mentalmente a la mañana del viernes pasado, que fue la última vez que lo vi. Me pregunté si llegó al final de la novela que compró. Si le sacó alguna sonrisa, lágrimas de emoción, si le gustó, como me dijo que le habían gustado todas las anteriores, o le pareció un tostón. El señor Davies no llegó a hablarme de su hijo Oliver, pero se despidió de mí como no lo había hecho nunca durante los seis años que llevaba frecuentando la librería:

—Gracias por todos estos años, Daphne. Los libros que me eliges me

han hecho mucho bien.

En aquel momento no me lo tomé como una despedida, sino como un halago más del señor Davies, quien siempre tenía unas bonitas palabras para mí y conseguía arrancarme una sonrisa. Pero entonces, al enterarme de su muerte y evocar sus últimas palabras, me planteé que, quizá, llega un momento en la vida en la que uno puede presentir la alargada sombra de la muerte caminando junto a ti.

Todo Castle Combe fue a la despedida del querido señor Davies. Yo no sabía si, llegado el momento, podría hacer lo que el corazón me dictaba que hiciera, pero, al final, me armé de valor, me acerqué a su ataúd abierto, y le dejé la novela histórica que había elegido para un fin de semana al que la muerte le impidió llegar. Era The Beantown Girls, de Jane Healey, una

novela de amor, valentía y peligro sobre «las chicas del Clubmobile», mujeres que, durante la Segunda Guerra Mundial, viajaron en vehículos de la Cruz Roja conocidos como Clubmobiles, repartiendo alimentos y bebidas a los soldados, escuchándolos y brindándoles apoyo emocional. Su protagonista era Fiona Denning, cuyos planes de futuro se desmoronan cuando su prometido es reportado como desaparecido tras ser abatido en Alemania. Creo que al señor Davies le habría encantado.

—Qué detalle, Daphne —me dijo Oliver, situándose a mi lado y contemplando el cuerpo inerte de su padre enfundado en un bonito traje azul marino, con las manos cruzadas sobre el vientre. Nada más llegar, había visto a Oliver, pero como estaba rodeado de gente, no quería interrumpir—. Murió leyendo, en su butaca favorita. No llegó a terminar el libro. Infarto fulminante.

—Lo siento mucho, Oliver.

Me apenó que no llegara al final de la novela The Alice Network, de Kate Quinn.

—Gracias. Quiero pensar que ya está con mi madre. Otra vez juntos.

—Seguro que sí.

Me miró con los ojos vidriosos, y en esa mirada me sentí identificada, como si él y yo compartiéramos un mismo dolor incrustado en el alma. Siempre he pensado que las almas heridas saben reconocerse sin necesidad de palabras.

—Le hablé a mi padre de nuestro encuentro —añadió, pensativo, sin darle tiempo a añadir nada más, pues un hombre que parecía el clon del difunto se acercó a Oliver, que lo llamó «tío Henry», y se fundieron en un largo abrazo.

Miré por última vez al señor Davies. Internamente, porque siempre he creído que uno de los poderes de los muertos es saber leer los pensamientos, le transmití, con la esperanza de que mi mensaje le llegara:

«Le echaré de menos, señor Davies. Cada viernes, a las once de la mañana, pensaré en usted».

Capítulo 21

—Librería de Castle Combe, ¿dígame?

—Hola, Daphne.

Era Oliver. Oliver llamando a mi librería al día siguiente del funeral de su padre. Me dio un vuelco el corazón. No había dejado de pensar en él desde que me había marchado de la iglesia. Lo que peor llevaba era la indiferencia de Liam. En ningún momento me preguntó cómo había ido el funeral, muy sonado en Castle Combe porque el señor Davies era muy querido, o cómo me encontraba. Él sabía lo mucho que yo apreciaba al señor Davies, que había sido mi cliente más fiel desde que abrí la librería, y no le importaba. No le importaba nada.

Después de la breve charla que tuve con Oliver frente al ataúd, me senté en la última fila de la iglesia y no llegué a entrar en el cementerio. Tenía un negocio que atender y odiaba los cementerios, así que no llegué a despedirme de Oliver. Los cementerios son lugares fríos en los que he llegado a vivir experiencias aterradoras, como cuando enterré a Charles y noté un soplo de aire en la nuca. Tardé un tiempo en deshacerme de la sensación de que Charles seguía pegado a mí, algo que dicen que ocurre con las muertes repentinas. Los muertos no saben que están muertos o se resisten a abandonar un mundo que deja de pertenecerles en el momento en que el cuerpo muere.

—Oliver…

No fui capaz de decir más.

—Llamaba porque mi padre tenía una gran colección de libros en casa y no sé qué hacer con la mayoría de ellos. Me quedaré con algunos y pensaba… no sé… no sé cómo se hacen estas cosas, pero, si te va bien, podrías venir y llevarte unos cuantos, me harías un favor. Creo que a mi padre le gustaría que los tuvieras tú o que los vendieras… lo que veas.

—¿Te va bien que me pase esta tarde sobre las seis y les echo un vistazo?

Oliver, que parecía haber estado conteniendo la respiración mientras me contaba el motivo de su llamada, expulsó el aire como si le hubiera quitado una carga.

—Sí, aquí estaré. ¿Sabes la dirección?

—Sí. Nos vemos a las seis, Oliver.

—Muchas gracias, Daphne.

Al colgar, me salió una de esas sonrisas bobas de adolescente. Justo en ese momento entró Rose, quien me miró extrañada por mi poco disimulada felicidad.

—Ummm… pensé que estarías más mustia después de la muerte del señor Davis. Sé que era tu cliente favorito.

—Me ha dado mucha pena.

—¿Con quién hablabas por teléfono, eh?

—¿Esto es un interrogatorio?

—¡Vamos, Daphne! Ya no me cuentas nada.

—Ni tú a mí. Te recuerdo que esta es mi librería, y que entre las chicas y tú habéis organizado una presentación sin mi permiso.

—Ah, con que es eso… ¿Tanto te molesta que Jill haya accedido a hacer una presentación aquí?

—Castle Combe no necesita más turistas, Rose… A veces resulta un poco agobiante.

—Ya, pero es emocionante que un escritor de éxito como Jill haya dicho que sí. Verás, he venido porque parece que se te ha olvidado, pero Jill vuelve hoy de Nueva York, la presentación es mañana a las seis, y todavía queda mucho por hacer. Del catering nos encargamos mi madre y yo, ya te pasaré la factura, pero has pensado en…

—¿Catering? —la interrumpí.

—Poca cosa. Canapés, champán… ya sabes, para darle un poco de distinción al evento. Aforo. Necesito saber cuántas personas caben aquí…

—dijo con ímpetu, más para sí misma que para mí, mirando a su alrededor

—. Si apartamos esas dos estanterías…

—No. Suficiente he hecho pidiendo un montón de libros de Jill Holland para que estén a tiempo el día de la presentación. Espero venderlos todos y no tener que devolverlos.

—Si apartamos esas estanterías, caben dos filas más de sillas — presionó, con un gran empeño en poner patas arriba mi librería—.

¿Podemos hacer espacio para que se sienten unas… treinta personas?

¿Cuántos tendrán que quedarse de pie? ¿O fuera? Ay, no, con el frío que hace… Hay que darle prioridad a la prensa. Y a las personas mayores, claro, las personas mayores no pueden quedarse de pie.

Seguí escuchando las ideas y quejas de Rose armándome de infinita paciencia, mientras me daba la sensación de que el tiempo se había congelado. Solo deseaba que el reloj marcara las seis de la tarde, no tener a ningún cliente despistado dentro de la librería cuando llegara la hora del cierre, y acudir puntual a mi cita con Oliver.

Uy.

¿He escrito cita?

No, no era una cita como tal, nada había cambiado y yo seguía siendo una mujer casada. Mi trabajo consistía en facilitarle a Oliver la tarea de deshacerse de algunos de los libros de la biblioteca de su padre, y crear una nueva sección que ya estaba previendo que tendría mucho éxito: libros de segunda mano. Durante los días en los que no lloviera, podía tenerlos fuera a precios resultones y en estanterías bajas pintadas en tonos pastel, como en la librería Shakespeare and Company de París que tuve la suerte de visitar con Liam hacía cinco años.

—Daphne, ¿me estás escuchando?

—¿Eh? Sí, sí —disimulé.

Rose parecía molesta conmigo. Me miraba como si no fuera su amiga, como si le cayera mal. La culpa era del escritor.

—Te estaba diciendo que, si vas a ser tú quien dirija la presentación de Jill, deberías prepararte algunas preguntas, ¿no crees? —sugirió.

—¿Que yo dirija la presentación? ¿Que le haga preguntas a Jill Holland?

«No, no, no, no, eso sí que no».

—¿Y quién lo va a hacer mejor que tú? —me animó Rose, haciendo aspavientos con las manos—. La librería es tuya —agregó, recalcando el tuya con retintín, como tantas veces había hecho yo con el mi, de mi librería.

—Tú. Tú lo harás mejor —decidí—. Veo que te hace ilusión y eres más extrovertida que yo, Rose. Se te dará de fábula.

Rose abrió los ojos como platos. Fue como meterme dentro de su cabeza y saber que ya estaba visualizando los cientos de titulares en los que no solo aparecería el escritor estrella, nuevo vecino ilustre de Castle Combe, sino también ella, y no había nada que le gustara más a Rose que la notoriedad.

—No sé…

Así que tenía que insistir un poco más…

—A mí no me apetece nada, ya sabes lo mucho que me cuesta hablar en público. Me harías un gran favor.

—Mmm… Vale. Te haré el favor. Dirigiré la presentación de Jill. De hecho, ya había preparado algunas preguntas, así que…

Le dediqué una sonrisa triunfal. Rose había conseguido su objetivo, y yo, sin que ella lo supiera, el mío, que no era otro que el de mantenerme en un segundo plano y alejarme tanto como pudiera de Jill y sus retorcidos planes. Porque sabía que, si había aceptado venir a hacer una presentación y una firma a mi librería, era para estar cerca de mí y tenerme controlada.

Capítulo 22

Cuando llamé a la puerta de la casa del difunto señor Davies, ubicada en un camino sin asfaltar a dos calles del centro de Castle Combe, me temblaban las piernas. Oliver abrió enseguida. Estaba esperando mi llegada. Se le notaba cansado. Tenía unas bolsas profundas debajo de los ojos como de haber dormido poco y mal. La tristeza endurecía sus rasgos, pero me seguía pareciendo igual de guapo.

—Gracias por venir, Daphne.

Me hizo pasar al salón, que comunicaba a través de un arco con un enorme despacho a rebosar de libros en estanterías hechas a medida que llegaban hasta el techo. Hacía frío, así que Oliver había encendido la chimenea. Cuando me había dicho que su padre tenía una gran colección de libros en casa, no imaginaba que me fuera a encontrar con más de diez mil ejemplares. Podía llevarme horas. O toda la noche. Tenía que avisar a Liam. Pero luego pensé en lo que había tenido con Lucy, aunque ya hubiera pasado un tiempo y el tiempo todo lo cura, y decidí no escribirle. Que sufriera un poco. Que al llegar, fuera la hora que fuera, me recibiera con ganas, porque hacía meses que nuestra relación… en fin, Liam ya ni me tocaba.

—Oliver, esto es… increíble.

—Mucho trabajo —resopló, llevándose las manos a los bolsillos.

Ante la atenta mirada de Oliver, me acerqué a las estanterías. Sonreí al reconocer algunos de los libros que, a lo largo de los últimos años, le había elegido personalmente al señor Davies.

—Tu padre era un gran hombre —le dije, cogiendo una edición antigua de Crimen y Castigo, de donde cayó una foto. Al agacharme para recogerla del suelo, me encontré con una imagen inesperada. La de una boda. La boda de Oliver con una mujer preciosa en el campo, con una

puesta de sol idílica a sus espaldas—. Perdona, se ha caído… —Tragué saliva. Oliver, claramente incómodo, se apresuró a coger la foto que le tendí—. No sabía que estabas casado —acerté a decir.

—Lo estuve —aclaró con un hilo de voz, mirando la fotografía—. Soy viudo. Amy murió hace seis años, ocho meses después de nuestra boda. Tumor cerebral. El diagnóstico llegó tarde y… fue muy rápido, en solo dos meses se fue —contestó de corrillo, como cuando te arrancas una tirita del tirón para que dé la impresión de que duele menos.

—Lo siento mucho.

Cuando me detuvo por exceso de velocidad, pensé que su mirada era triste pese a la sonrisa que me dedicó al reconocerme. Ya conocía el motivo: la muerte de su mujer. Y es que hay quien se mueve entre los vivos como si ya estuvieran muertos. Se les ve en los ojos, siempre tristes, cansados, sin el brillo de otro tiempo, como si la muerte los hubiera rozado, apagándoles la luz. La pérdida es un dolor hondo que llevas siempre en el corazón.

Oliver guardó la fotografía en una cajita de madera que había encima de un escritorio. Yo seguí a lo mío, pendiente de él pero sin que se notara. No podía sacarme de la cabeza la feliz imagen que acababa de ver: un momento del pasado en el que era imposible vaticinar la desgracia que llegaría solo unos meses después. Y es que las cosas importantes de la vida pasan sin que nos demos cuenta. Una última mirada. Un último abrazo. Un último beso. Algo tan cotidiano como un último almuerzo… Una despedida que no tenía que ser definitiva, pero a veces la vida, desbordada de últimas veces que se quedan enquistadas en nuestra memoria, pone a prueba nuestra resiliencia.

—Aprendes a vivir con las ausencias, ¿verdad?

—No queda otra, Oliver.

—¿Pero se supera alguna vez? —preguntó curioso, haciéndome parar en seco. ¿Qué podía decirle yo? Solo brindarle un poco de esperanza, decirle que sí, que por supuesto que se acaba superando, que la vida no espera y hay que seguir adelante. Que todos moriremos algún día y el dolor desaparecerá.

—Sí. Al principio te da la sensación de que se quedan contigo, de que siguen aquí, muy cerca. —Pensé en Charles—. De alguna manera, su energía, su alma, o como lo quieras llamar, se engancha a ti. Pero no es sano, ni para los muertos ni para los vivos. Hay que dejarlos ir.

—Entiendo lo que quieres decir.

Oliver asintió, dirigiendo una mirada extraviada hacia un sillón con el respaldo alto, tapizado en cuero de color vino y situado cerca del fuego. Deduje que era el sillón de lectura del señor Davies, y que fue ahí donde su hijo lo encontró muerto con un libro entre las manos.

—Tu padre era abogado, ¿verdad? —le pregunté, aunque entendía que no tuviera ganas de hablar.

—Sí. Le encantaba su trabajo.

—¿A ti te gusta tu trabajo?

—¿Poner multas? —rio—. No mucho. Esperaba otra cosa, pero me acomodé y al final… ¿Y a ti? ¿Te gusta ser librera?

—Me encanta. Mi sueño desde pequeña era abrir una librería —le dije, esperando no tener que hablar de Charles ni de mi infancia en un orfanato, asuntos del pasado de los que ni siquiera había hablado con Liam, que acabó resignándose a mis silencios—. Cuando vine a vivir a Castle Combe, la librería era una pastelería.

—Lo sé. La pastelería era de la madre de Amy. Me quedé muda.

—Cuando Amy murió, Nora, mi suegra, decidió deshacerse de todo lo que le dolía. Y la pastelería le dolía —continuó—. Decía que en la trastienda veía a Amy de pequeña haciendo los deberes. Muy triste.

Me quedé petrificada, no supe qué decir. Mi sueño de montar una librería se había hecho realidad debido a una fatalidad de la que yo no sabía nada. No tenía ninguna culpa, pero me hizo sentir mal que la muerte de Amy, la mujer del hombre deshecho que tenía delante, desencadenara que su madre, años después de la jugosa oferta que Charles le había puesto sobre la mesa, quisiera, al fin, venderme el local. En Castle Combe nos conocíamos todos, pero yo, por aquella época y al trabajar fuera, apenas me cruzaba con nadie. La realidad es que nunca me esforcé en conocer a nadie en profundidad. Inspiré hondo y musité de nuevo que lo sentía mucho. No era capaz de mirar a Oliver a la cara debido a la funesta casualidad, así que decidí volver a centrarme en los libros de su padre:

—¿Por dónde quieres empezar? ¿Qué libros quieres quedarte?

—Ya los he elegido. Me quedo con esos de ahí, los que están en una librería aparte.

—Ah. O sea que el resto… Todo esto…

—Pensabas que habría menos libros —sonrió.

—Muchos menos…

Durante seis años, el señor Davies fue a mi librería una vez por semana, por lo que había más de trescientas novelas históricas elegidas por mí para combatir su añoranza por el pasado. No podía asumir tal cantidad de libros, ya no hablemos de los diez mil que parecían estar esperando una segunda vida.

—Puedo quedarme el rato que haga falta, pero ¿has pensado en donarlos a bibliotecas? ¿O regalarlos? —le sugerí.

Oliver se encogió de hombros. Como si no tuviera suficiente con la presentación y firma al día siguiente de Jill Holland, de quien no me quería ni acordar, también tenía que hacer una selección para mi librería. No podía asumir más de cincuenta, ¿qué pasaría con el resto de libros?

—¿Te corre mucha prisa? ¿Vas a vender la casa?

—No, me voy a mudar aquí.

—Entonces ¿por qué no los conservas? Volvió a encogerse de hombros, tímido.

—Era una excusa para que vinieras.

—Oliver… —Dije su nombre en un susurro. No entendía a qué venía tanta insistencia, si le había dejado muy claro que era una mujer casada—. Vale. Pues será mejor que me vaya.

Agaché la cabeza, molesta y dispuesta a largarme, pero cuando pasé por su lado…:

—Espera, Daphne —me pidió, agarrándome de la mano con suavidad

—. No se puede vivir anclado en el pasado.

—No, claro que no, ya lo sé —convine, con el corazón acelerado por el contacto físico y la cercanía.

—Tal y como has dicho, hay que dejarlos ir.

—¿De qué me estás hablando, Oliver?

—No estás casada, Daphne. Ya no lo estás. Tu marido murió hace un año. Nadie te espera en casa.

Señor Davies e hijo

En ese mismo lugar, dos meses antes

—Ven un día a la librería a conocer a Daphne. Estoy convencido de que os gustaréis, tengo un pálpito —le dijo Malcolm, divertido, a su hijo Oliver.

—Qué manía tienes con que me busque pareja, papá. No me interesa.

Estoy bien solo. Y además, la librería, ese local… preferiría no entrar.

—No, no estás bien, Oliver. Han pasado seis años de lo de Amy. Y fue muy triste, lo sé, yo la adoraba. Pero eres joven, tienes toda la vida por delante, y no puedes cerrar puertas que pueden hacerte feliz. Va, ven conmigo, anda. El local está tan cambiado que no te traerá recuerdos, confía en mí. Conoce a la librera y me cuentas —insistió Malcolm con los ojillos brillantes—. Ella también necesita a alguien con quien salir. Además de buena persona, es muy guapa.

—¿Qué le pasó? —se interesó Oliver.

—Algo horrible, hijo. Su marido, Liam Stone, que era mecánico en un taller de Chippenham, le era infiel. Hace unos meses tuvo un accidente de coche con la amante, una tal Lucy. Conducía ella y se mataron. Supongo que a Daphne le quedaron muchas preguntas en el aire, pero he oído por ahí que su marido era un interesado y que solo estaba con ella por su dinero. No conozco bien la historia, es una mujer muy hermética y misteriosa, pero dicen que Daphne heredó mucho dinero de un amigo al que le tocó la lotería y que murió joven, de un accidente. Iba borracho, cayó escaleras abajo, cayó mal y se desnucó.

—Qué mal trago.

—No ha debido de ser fácil. Daphne está muy sola y se esfuerza demasiado en aparentar que está bien, pero no lo está. Como siga así, le va a costar seguir adelante. Me da miedo que un día de estos haga una locura. Tiene a Rose, la camarera de la cafetería, que está muy encima de ella y va siempre que puede a hacerle compañía. Y también a las chicas del club de lectura, aunque llamar chica a Florence, que es casi de mi quinta, o a Emily, de sesenta y tantos y a Amelia de cincuenta y dos, es bastante osado, pero así es como se llaman ellas: las chicas del club de lectura.

Oliver rio.

—Va, ven conmigo mañana, hijo.

—Vale. Pero solo porque tengo curiosidad por la librera que te tiene robado el corazón.

—No me recuerdas porque la mañana en la que acompañé a mi padre a la librería estabas ida, Daphne. Tú no te das cuenta, pero a veces…

—¡Cállate! —le grité—. ¿Por qué haces eso? ¿Por qué me mientes?

¿Cómo podía decir que Liam estaba muerto? Cada vez que entraba por la puerta de casa él estaba ahí, esperándome, porque salía antes del taller que yo de la librería, salvo cuando los viernes se entretenía en el pub con los compañeros o se acostaba con Lucy y volvía a las tantas con excusas estúpidas.

—Daphne… no hay manera fácil de decir esto, pero creo que vives en otra realidad, y eso acaba siendo muy peligroso —añadió, contagiándome una tristeza que le pertenecía a él, no a mí, a mí no podía pertenecerme una tristeza de ese tipo porque se equivocaba. Se equivocaba, Liam no estaba muerto, y se lo iba a demostrar en ese mismo momento.

Abrí el bolso y cogí el móvil. Seleccioné el contacto de Liam y lo llamé. Puse el altavoz, pero saltó el contestador.

—Tiene el móvil apagado.

—Daphne… no lo quieres ver, sé que cuesta, pero…

—Adiós, Oliver. Haz lo que quieras con los libros, yo ahora no… ahora no puedo. No me va bien.

Me largué sin que Oliver, que bajó la mirada como si se sintiera avergonzado por lo que acababa de pasar, volviera a retenerme.

Capítulo 23

—¿Liam? —lo llamé al llegar a casa—. ¡Liam, no te vas a creer lo que me ha pasado! ¡La gente está muy loca! ¿Liam?

Encontré a mi marido en la cocina, preparándose un sándwich vegetal. Los muertos no comen. Oliver se había confundido de persona. Puede que hubiera otra Daphne en Castle Combe de la que yo no sabía nada.

—¿Qué pasa?

—Nada… —contesté, decidiendo que no iba a sacar el tema de Oliver. No iba a darle importancia porque no la tenía. Oliver era un hombre trastornado que quería que los demás estuviéramos tan amargados como él

—. ¿Qué tal el día?

—Como siempre. Por cierto, ¿no has visto quién ha venido de visita a la casa de al lado?

—Ah, Jill ya habrá vuelto de Nueva York —caí en la cuenta.

—Sí, y tiene compañía. —Por un momento, pensé que Audrey había regresado, que no estaba muerta y que yo me había vuelto un poco loca, pero Liam se apresuró a añadir—: Está con Rose. Rose ha venido a hacerle una visita…

Liam no había acabado de completar la frase, que yo ya estaba en el salón, asomada a la ventana y viendo, con mis propios ojos, a Rose sentada en el sofá muy cerca de Jill, hablando y riendo y tocándose. ¿Por qué Jill tenía una mano en el muslo de Rose? Había dos copas de vino tinto encima de la mesa de centro. Pero si Rose no bebía vino, no le gustaba el alcohol. La mujer que estaba pasando el rato con Jill me pareció una completa desconocida. Una farsante. Lo que estaba viendo no tenía ningún sentido.

—Parece que se conozcan de toda la vida —opinó Liam con expresión divertida.

—Rose no puede estar ahí. ¡No puede estar ahí! Jill sabe que es mi amiga y le hará daño. Estoy segura de que le va a hacer daño, Liam.

—¿Y qué vas a hacer? ¿Llamar a su puerta e interrumpirlos? Míralos, no pueden estar más a gusto el uno con el otro…

—Están bebiendo. Vino tinto —detallé—. Rose no bebe alcohol. No le gusta.

—Ahora me apetece una copita de vino… ¿Tenemos?

—¿Y si le ha echado droga? Y si la deja K.O., abusa de ella o…

Liam rio por toda respuesta, mientras yo sentía que los nervios me devoraban las tripas debido a los catastróficos escenarios que ya estaban sucediendo dentro de mi cabeza.

Y a continuación…

… quise arrancarme los ojos.

Porque lo vi todo. Todo. Desde cómo Jill acercó su cara a la de Rose para darle un beso, hasta como ella, voraz, lo agarró del cuello para alargar ese momento lleno de pasión y deseo. No era un beso forzado, sino deseado, deseadísimo por ambas partes.

«¡Pero si es jovencísima!», pensé.

Cuando Rose nació, Jill tenía diecisiete años. ¡Diecisiete!

¿Desde cuándo a Rose le gustaban los tipos de cuarenta y tantos, cuando decía que los de treinta y cinco ya le parecían viejos? ¡Hasta yo le parecía vieja!

Rememoré el momento en el que Jill entró por primera vez en la librería. La emoción de Rose se evaporó cuando él no se dignó ni a saludarla.

¿Qué había cambiado?

¿Cuándo había ocurrido?

¿Qué me había perdido?

¿Cómo era posible que no me hubiera dado cuenta de nada?

«Jill Holland es gilipollas», había dicho Rose con contundencia, y al cabo de unas semanas, cuando a mis espaldas le habían ofrecido hacer una presentación en la librería, recapitular y soltar que solo lo habíamos pillado en un mal día.

¿Y en ese momento le estaba comiendo la boca? ¿A un despiadado asesino en serie? Después de que Jill fuera a la cafetería… ¿Cuántas veces dijo? Tres o cuatro… Cuatro. Jill había ido cuatro veces a la cafetería, y, por lo visto, y eso Rose se lo calló, la había conquistado. Jill me estaba

robando a mi mejor (y única) amiga para hacerme daño, y no me cabía ninguna duda de que ella lo acabaría lamentando.

No entendía nada. Me sentí engañada, casi como si ese beso fuese una traición hacia mí. Tenía que advertirle a Rose que corría peligro. La pobre era tan joven e ingenua… Si Jill había matado a Audrey, su mujer, ¿qué no le haría a ella?

Capítulo 24

Rose, que estaba más callada de lo normal pero se la veía contenta y muy activa, vino a la librería para organizarlo todo a las cuatro de la tarde, dos horas antes de que empezara la presentación y la firma de Jill Holland, que había vuelto a revolucionar Castle Combe tanto o casi más, que el día que se mudó a la casa de Bettie. Algunos periodistas ya habían llegado desde Londres, y en la cafetería de la madre de Rose no cabía un alfiler. Pensé en Cherry. En que, si nunca nos hubiéramos conocido, no estaría muerta y sería una de las periodistas del evento.

Todas las librerías del mundo entero querían a Jill. Y yo lo iba a tener. Yo, la humilde librera de Castle Combe, la envidia de todos los libreros, debería haberme sentido feliz. Pero no me entusiasmaba nada la idea.

—Esto es algo bueno para todos —opinó Rose, mirándome muy fijamente mientras trasladábamos a un rincón una estantería que, previamente, había tenido que vaciar para que hubiera espacio para dos filas más de sillas. Había dejado todos los libros apelotonados en la desordenada mesa de mi despacho, el que en el pasado fue la trastienda de la pastelería de Nora donde Amy, destinada a convertirse en la mujer de Oliver, hacía los deberes cuando era pequeña. Pensar en eso me entristeció

—. Oye, Daphne, ¿te preocupa algo? ¿Va todo bien?

—Sí, va todo bien —contesté con brusquedad, sin poder olvidar lo que había visto la tarde anterior: Rose besándose apasionadamente con Jill como si le fuera la vida en ello. La mano de él en su muslo. Las dos copas de vino tinto, cuando Rose siempre se había declarado abstemia. Qué poco la conocía, qué falsa me pareció en ese momento. Esa visión me había trastornado y robado horas de sueño—. Me encuentro bien. ¿Y tú? ¿Tú te encuentras bien, Rose? ¿No tienes nada interesante que contarme? — pregunté con sarcasmo, esforzándome en no reflejar emoción alguna.

Rose se quedó de piedra. Sacudió la cabeza a modo de negación, y, cosa rara en ella, se dio por vencida y dejó de hacer preguntas.

Cuando la estantería estuvo en un rincón, Rose desapareció de mi vista para decorar la mesa en la que, en un rato, se podrían adquirir todas las obras de Jill que habían llegado esa misma mañana a la librería. Mientras tanto, yo aproveché para limpiar la estantería que habíamos apartado, y encontré algo muy extraño. Había un micrófono. Un micrófono minúsculo como los de los espías de la tele enganchado en una de las baldas más bajas en el que no había reparado cuando había retirado los libros para moverla.

¿Qué hacía eso ahí? ¿Quién lo había colocado?

—Jill Holland —siseé entre dientes, enfadadísima, porque, tal y como ya había supuesto en su momento, no fue casualidad que la misma mañana en la que quedé con Cherry, Jill estuviera en la librería como esperando a alguien, haciendo tiempo…

Arranqué el micrófono del tirón, con las mejillas rojas de ira, y lo escondí en el bolsillo de mis tejanos.

El escritor, sin necesidad de venir a la librería, lo había escuchado todo. Desde conversaciones banales con mis clientes, hasta la charla que tuve con Cherry cuando llamé al periódico. Pregunté por ella. Por Cherry Brown, con su nombre, su apellido y su Instagram tan transparente y activo, que era muy fácil saber qué coche conducía.

Jill sabía cuándo vendría Cherry. Día y hora. Debió de escuchar mi llamada al periódico.

Jill supo, lo supo porque Cherry y yo hablamos justo enfrente de la estantería donde había colocado el micrófono, que le había contado que Audrey había desaparecido, que lo vi de madrugada arrastrando una alfombra enrollada con su cadáver dentro, y que había regresado a las seis de la mañana manchado de tierra. Que los agentes no habían movido un dedo o no me habían creído o se los había camelado o a saber… Además, también debió de escuchar lo que Cherry me dijo: que indagaría al respecto y también escarbaría sobre el accidente de coche que acabó con la vida de su primera mujer embarazada.

La periodista era una amenaza para él, así que estaba más convencida que nunca de que Jill se nos adelantó gracias al micrófono que había colocado en la balda. ¿Cuándo lo puso ahí? ¿Después de que los agentes de policía se presentaran en su casa o antes? ¿Pero en qué momento, si

cada vez que había entrado en la librería no le quitaba el ojo de encima, incluso a través de mi monitor secreto cuando se refugiaba en la sección de true crimes?

Yo tenía razón en todo. Jill era un asesino.

Y en unas pocas horas volvería a tenerlo en mi librería como invitado especial, hablándole a un público devoto, sabiendo que él sabía que yo sabía que era un monstruo.

Capítulo 25

A pesar de la lluvia, la librería estaba abarrotada de gente. Nunca había estado tan llena, ni siquiera el día de la inauguración.

Jill, sentado en una cómoda butaca de piel a poca distancia de Rose, estaba pletórico, y respondía a las preguntas con excesiva amabilidad. Solo yo veía lo artificial que era, la máscara con la que se presentaba ante un mundo que lo adoraba. No tenía nada que ver con el hombre que me miraba por encima del hombro cuando entraba en la librería a por su dosis de libros sobre crímenes reales, haciéndome preguntas que acrecentaban mis sospechas sobre él, pese a ir ligadas con su profesión. Escritor de thriller y novela negra. Su historial de búsquedas en Google jamás levantaría sospechas aunque tuviera cien cadáveres enterrados en el jardín, al más puro estilo Dorothea Puente, «la abuela asesina». Las preguntas que el escritor le hacía a la librera eran, en apariencia, de lo más normales, porque formaban parte de su trabajo, simple documentación. Mientras lo escuchaba hablar desde la puerta de entrada, de pie y de brazos cruzados, a suficiente distancia para que no reparara en mí, me pregunté si yo me había convertido en parte de esa documentación para la creación de alguno de sus personajes. Era un sentimiento extraño. Me halagaba y, al mismo tiempo, me daba miedo. Miedo de que los roles se intercambiaran, y fuera Jill el que, sin yo saberlo, me espiara a mí a través de la ventana.

—Ey, hola —me saludó una voz conocida, situándose a mi lado.

—Oliver —solté su nombre en una exhalación.

—No podía perderme el evento del año.

Me guiñó un ojo, como si la tarde anterior no hubiera existido. Todavía molesta con él por la sarta de mentiras que había soltado sobre Liam, asentí, volviendo a dirigir la mirada al escenario. Por primera vez en los treinta minutos que llevábamos de presentación, Jill torció el gesto.

Parecía irritado. Rose le había hecho una pregunta que pareció molestarlo, pese a sus halagos constantes que, en mi opinión, resultaban un tanto exagerados:

—¿Para cuándo nueva novela, señor Holland? La última, París a medianoche, excepcional, por cierto, se publicó hace dos años. Ya va siendo hora de que nos deleite con una de sus fascinantes historias.

«Señor Holland», lo llamaba Rose. Como si haber tenido la lengua del señor Holland en la campanilla no fuera suficiente para tutearlo con confianza.

Tras esa pregunta formulada con toda la inocencia del mundo, Jill tensó la mandíbula. Durante un par de segundos, el protagonista de la tarde buscó a alguien entre el público hasta que dio conmigo, y su rictus se congeló en una mueca que me recordó a Ted Bundy. Era a mí a quien estaba buscando. Me entró un escalofrío cuando nuestras miradas se entrelazaron. Jill sonrió con malicia, como los personajes malos de los cuentos, y soltó, envuelto en un halo de misterio:

—Estoy en ello, Rose. Estoy trabajando muy duro en ello…

—Me alegra oír eso, y estoy segura de que el público que nos acompaña esta tarde estará de acuerdo conmigo.

Mientras todos empezaron a aplaudir, Oliver me dio un suave codazo, su boca se pegó a mi oreja, y me susurró:

—Se nota que Rose está colada por el escritor.

«¡No me digas, Oliver! ¡Acabas de descubrir América!», pensé con una ironía que debió de reflejarse en la mirada de reojo que le dediqué, antes de emitir un suspiro cargado de resignación.

Mi amiga estaba enamorada de un monstruo. De un asesino capaz de todo para ocultar su verdadero rostro diabólico. Tenía que abrirle los ojos antes de que fuera demasiado tarde.

Capítulo 26

¿Cuándo iba a terminar la penitencia? ¿Cuándo se iban a largar todos de mi librería? ¿Por qué Oliver no se despegaba de mí?

Aunque Liam me dijo que intentaría pasarse, ya había perdido la esperanza de que lo hiciera. Estaría en el pub, en casa, o…

«Aparta a Lucy de tus pensamientos. Eso se acabó. Olvídala. ¡Se acabó para siempre!», me susurró la vocecilla sabia, mientras miraba a los asistentes que hacían cola para que Jill les firmara los ejemplares que acababan de comprar o que habían traído de sus casas. Lo que tenía claro era que Liam me apoyaba muy poco, y un pensamiento llevó a otro, Oliver estaba pendiente de mí…, y empecé a verlo de otra manera. Al fin y al cabo, Oliver sí estaba ahí, y después de perder a su padre, con las pocas ganas que debía de tener de socializar y de salir de casa con el duelo a cuestas… Se me pasó un poco el enfado por todo lo que me había dicho la tarde anterior, claramente confundido de Daphne y de vida. Dejé de verlo como un tipo atormentado con ganas de amargarme con mentiras.

Las chicas del club estaban emocionadas. Los libros de Jill habían volado de la estantería, no quedaba ni un solo ejemplar. Todas me felicitaron por el gran éxito de la presentación, aunque había sido cosa de ellas, yo me había limitado a aportar el espacio. Porque si pudiera negarle la entrada a alguien, sería a Jill Holland.

—¡Ha sido una gran tarde! ¡Una tarde inolvidable en Castle Combe!

—exclamó Florence a voz en grito, mirando intencionadamente a los periodistas, a ver si, con un poco de suerte, se acercaban a ella y la fotografiaban o le hacían un par de preguntas y su nombre aparecía en los medios como una de las chicas del club de lectura y organizadora del evento. No tuvo éxito. Aun desgañitándose y adjudicándose el mérito de

haber traído al escritor estrella a la librería de Castle Combe, ningún periodista le hizo caso ni se le acercó.

Rose no era capaz ni de mirarme a la cara. Intenté acercarme a ella un par de veces para decirle que sabía lo de su lío con el escritor, algo que ella debía de suponer por cómo le había hablado horas antes. Necesitaba decirle que, por favor, se alejara de él, que era peligroso, ¡un monstruo!,

¡era un monstruo!, ¡un asesino despiadado! ¡No vuelvas a entrar en su casa! Pero Rose parecía adelantarse a cada uno de mis intentos, y se alejaba de mí con maestría. Me fue imposible hablar con ella.

A las ocho y media, la librería fue vaciándose de clientes y periodistas. Solo quedaban un par de lectores, Oliver y Jill, que estaban apartados del resto manteniendo una conversación, por lo visto bastante agradable, y las chicas del club, que se mostraron muy dispuestas a ayudarme a recoger y a volver a colocar en su sitio la estantería en la que había encontrado el micrófono. No me podía sacar de la cabeza el maldito micrófono oculto. Sabía que lo había colocado Jill y creo que se me notaba el odio que sentía hacia él. Sin embargo, el escritor, tranquilo, le dio una palmada en la espalda a Oliver, se alejó de él para acercarse a mí, y me dijo con solemnidad:

—Gracias por lo de esta tarde, Daphne. Ya sabes lo mucho que me gusta tu encantadora librería.

Qué amable parecía. Qué gran actor. Qué grima.

—Ha sido un placer, Jill —dije, forzando una sonrisa. Tenía la sensación de que iba a reventar por dentro debido a todo lo que me estaba callando. No obstante, si pensaba en las numerosas ventas generadas esa tarde, el enfado se me pasaba un poco. Solo un poco.

¿Ahora venía cuando me hacía alguna pregunta sospechosa?

Por ejemplo: «Profundidad ideal de un hoyo para enterrar un cadáver / Cómo cavar rápido un hoyo / ¿Mejor tierra mojada o seca?».

Esa tarde el escritor no me preguntó nada, tampoco venía a cuento. De hecho, él ya conocía las respuestas a esas hipotéticas preguntas que se me pasaban por la cabeza y no había libro en el mundo que le fuera a decir nada nuevo. ¿A cuánta profundidad había enterrado el cadáver de Audrey?

¿La tierra estaba mojada o seca? ¿Cavó rápido, o le supuso un gran esfuerzo pese a estar en forma?

Jill esbozó una sonrisa medio torcida —sí, esa sonrisa del personaje malo de un cuento—, y, en silencio, dedicándole una mirada extraña a Rose, que seguía manteniéndose lejos de mí, salió por la puerta con los mismos aires de grandeza con los que siempre entraba. Cuando el escritor se marchó, expulsé el aire que ni me había dado cuenta de que había retenido. Seguidamente y con la librería más o menos ordenada, les agradecí a las chicas su ayuda con la intención de que se largaran, incluida Rose, con quien ya no me apetecía hablar. Cuando pensaba que por fin me había quedado sola, Oliver, a mi espalda, propuso:

—¿Te apetece ir a cenar, o estás muy cansada, Daphne?

A insistente no le ganaba nadie, desde luego. Para sorpresa de Oliver, esa vez dije que sí. Y pensé un poco en mi marido. Según el hombre que tenía delante, Liam estaba muerto. La realidad era que debía de estar en casa extrañado por mi tardanza aun sabiendo que era la tarde de la presentación y firma de Jill a la que no se había dignado a venir. Oliver estaba chalado, eso estaba claro, y puede que la muerte de su mujer lo cambiara, convirtiéndolo en un hombre amargado y triste, pero me creaba curiosidad, así que cerré la librería y me subí a su coche.

Capítulo 27

El último mensaje del señor Davies

Cuando alguien fallece de un infarto fulminante, se suele decir que no ha habido tiempo de que sufriera. Que el difunto ni siquiera se ha enterado de que ha cruzado la delgada línea que separa la vida de la muerte. Pero el señor Davies fue muy consciente de que estaba viviendo sus últimos instantes por el cansancio repentino, la visión borrosa, y el dolor agudo que se le instaló en el pecho. Sonrió por el mero hecho de estar sentado en su butaca favorita, la que había heredado de su padre, y con un libro entre las manos elegido por su librera favorita, The Alice Network, que lamentó no poder terminar.

El señor Davies tenía por costumbre leer con un lápiz en la mano. Cometía el sacrilegio, según algunos, de subrayar frases y hasta párrafos enteros que le llamaran la atención. Con pulso tembloroso y asegurándose de que el libro quedara bien abierto para que su hijo Oliver encontrara su último mensaje, escribió en la página cincuenta y dos:

Cuida de la librera

Y es que, aunque la última vez que estuvo en la librería de Daphne, el señor Davies disimuló, su hijo le había contado el casual encuentro que tuvieron cuando ella iba conduciendo excediendo el límite de velocidad.

—Hiciste bien en no multarla. Demasiado tiene encima, la pobre. No está bien… Daphne no está nada bien —repitió el señor Davies apesadumbrado.

A Oliver le gustaba Daphne. Le gustó desde el día en que acompañó a su padre a la librería, momento que ella no recordaba debido a las lagunas mentales no evidenciadas que Oliver deducía que padecía, algo frecuente en personas que han experimentado un fuerte trauma. Y es que Oliver sentía una extraña fascinación por las personas a las que, comúnmente, llaman «raras» o «extravagantes», sin que nadie parezca tener tiempo o ganas de escarbar en el motivo que las ha llevado a ser así.

Capítulo 28

Cuando llegamos a Chippenham alrededor de las nueve, Oliver aparcó en una calle comercial, The Bridge, delante de The Garden, un restaurante con mucho encanto.

—¿Has estado aquí alguna vez? —me preguntó cuando entramos en el restaurante, a la espera de que nos sentaran a una de las mesas.

—Nunca —contesté, intimidada por la cantidad de gente que había a mi alrededor. Una vez más, reparé en lo aburrida que era mi vida y en lo poco que salía de Castle Combe. Si me comparaba con esas personas relajadas y en apariencia felices, sentía que vivía dentro de una cárcel. Y no hay peor cárcel que la de la propia mente.

Cuando nos sentaron a la única mesa que quedaba libre, me sentí incómoda y fuera de lugar. Pensaba en Liam y en que no debería haber aceptado la invitación de Oliver. ¿Y si algún conocido me veía con él y se lo contaba a Liam? Sería el fin. Lo que estaba haciendo, aunque fuera algo inocente, estaba mal; así lo sentía yo. Y a Oliver no se le veía mucho mejor que a mí. Deduje que las relaciones sociales tampoco eran su fuerte después de la muerte de su mujer. Aunque hubieran pasado años, hay desgracias que nunca se superan del todo, que siempre quedan en uno y se reflejan en la manera que tienes de mirar el mundo.

—¿Te gustan las hamburguesas? —me preguntó, sin despegar los ojos de la carta.

—Sí.

—Aquí las hacen riquísimas.

—Vale.

—Vale… —repitió, apartando la mirada de la carta para posarla en mí

—. Daphne… no he parado de darle vueltas a lo que pasó ayer en casa de mi padre y…

—No volvamos a eso, por favor.

—Pero es importante que asumas…

—¿Que asuma qué, Oliver? No tengo nada que asumir. Yo no. —Tras ese contundente «Yo no», solo me faltaba un «… pero tú sí». Me mordí la lengua y continué—: Cuando ayer por la tarde llegué a casa, Liam se estaba preparando un sándwich. Liam estaba en casa, como siempre —me apresuré a decir, ignorando la expresión confundida de Oliver—. No tiene sentido que me dijeras que yo era… que yo era viuda. Te has confundido de Daphne. Yo no soy viuda, Oliver. Estoy casada —recalqué—. Y mi marido está vivo.

Oliver desvió la mirada hacia mi refulgente anillo.

«Míralo, míralo. Que te quede claro que soy una mujer casada», dije para mis adentros con tanto ímpetu que, por un momento, parecía que Oliver me hubiera leído el pensamiento.

—Perdona. Tienes razón, no debería haber dicho eso.

—Perdonado. —Me aliviaba que el malentendido quedara aclarado y que no volviera a repetirme algo tan absurdo como que mi marido estaba muerto—. Podemos ser amigos —dije por decir, pero Oliver era del tipo de personas que se lo tomaban todo al pie de la letra.

—Claro, Daphne. A mi padre le habría gustado que fuéramos amigos.

—La amistad es importante.

—Bien… pues amigos.

—Bien.

Estaba deseando levantarme, salir corriendo y escapar de ahí. Yo aún no lo sabía, ¿cómo iba a saberlo?, pero solo era el inicio de la que acabaría convirtiéndose en una de las mejores noches de mi vida. Porque todos mis problemas, y a mis problemas me refiero al escritor asesino de la casa de al lado y a su aventura inesperada con mi mejor amiga, parecieron evaporarse como por arte de magia.

Oliver era risueño y encantador. Un hombre centrado que tenía mucho que ofrecer y que, a ratos, me recordaba a su padre, al entrañable señor Davies al que iba a echar mucho de menos. Conversar con Oliver sin que sacara a relucir temas raros y confusos, era un placer. Sabía escuchar, era atento, tranquilo… Mi carácter desconfiado estaba en alerta, porque nadie puede

ser tan perfecto como Oliver aparentaba, y, en más de una ocasión y aprovechándome de que era agente de policía, aunque su trabajo consistiera en poner multas por exceso de velocidad o estacionar mal, estuve a punto de decirle que el escritor era un asesino. Que había matado a su mujer. Y provocado el accidente que mató a la periodista. Que Jill había colocado un micrófono en mi librería, que me espiaba, me acosaba, me hacía preguntas raras y se había colado en mi casa y me había envenenado la comida, TODA TODA la comida que tenía, y que ahora, debido a la obsesión que tenía conmigo, había conquistado a mi amiga Rose. El acercamiento con Rose era interesado. El escritor tramaba algo turbio contra mí.

Sin embargo, no le dije nada de lo que tanto me inquietaba y confundía. No quise romper la magia ni involucrarlo en el asunto. No quería que Oliver también corriera peligro por saber demasiado. Así que me lo seguí guardando todo para mí, hasta que Oliver sacó a relucir un accidente de coche reciente.

—Hay que conducir con precaución, las señales están por algo — empezó a decir, sin que yo supiera que una cosa iba a llevar a la otra y…

—. El otro día, sin ir más lejos. Accidente en la A420 —apuntó—. Un vehículo chocó contra la iglesia Sant John’s. La chica iba a cien por hora, cuando está perfectamente señalizado que hay que ir a cuarenta.

—Cherry Brown.

—¿Cómo?

—La chica que murió en ese accidente se llamaba Cherry Brown — repetí en un murmullo, conteniendo las lágrimas debido a todo el estrés acumulado de las últimas semanas.

—¿La conoces? —se sorprendió Oliver.

—Más o menos… y creo… creo que perdió el control del coche y…

—Claro que lo perdió, Daphne. Iba a cien —me recordó—. Derribó un muro de piedra que llevaba ahí desde hace más de doscientos años y destrozó varias lápidas —añadió con indignación.

—No fue su culpa. Alguien manipuló su coche. Los frenos o…

Otra vez esa mirada de: «Estás loca», que provocó que me callara de golpe.

—En fin, no hablemos de mi trabajo, que sé que a veces me pongo un poco intenso. —Oliver se detuvo, sacudió la cabeza como si estuviera

haciendo una especie de reinicio imaginario, y me preguntó—: ¿Cómo es tu día a día en la librería? ¿Cuál es tu libro favorito?

Oliver lo quería saber todo de mí. Y esas preguntas, relacionadas con mi librería y con la literatura, me encantaban. Podía estar hablando durante horas y horas de libros y no hartarme nunca.

Pero todo llega a su fin. A las once y media de la noche, Oliver me dejó delante de casa. Al levantar la cabeza vi a Liam, cuya expresión me pareció fantasmagórica, asomado a la ventana del dormitorio que daba a la calle. Quise decirle a Oliver:

«¿Lo ves? ¿Ves como Liam está vivo? Mira, está ahí, asomado a la ventana. Nos está mirando».

Pero no le dije nada. Antes, había echado un vistazo rápido a la casa del escritor. Tenía todas las luces encendidas haciendo alarde de su derroche habitual de electricidad. O puede que le diera miedo la oscuridad. Nunca lo sabré. Ignoré que Liam seguía asomado a la ventana, y, seguidamente y sin esperarlo, mis ojos se clavaron en la boca de Oliver aproximándose lentamente hacia la mía.

Liam iba a probar un poco de su propia medicina.

A la mierda las consecuencias que ese instante acarrearía.

Oliver y yo nos besamos. Nuestros labios, voraces, parecían imanes atrayéndose sin remedio. Hasta ese momento, no me había dado cuenta de lo mucho que había deseado besar sus labios. El corazón me latía a mil por hora, un aleteo frenético se había instalado en mi pecho, y todo mi cuerpo parecía haber sufrido una descarga eléctrica. Hacía tiempo que no me sentía tan… tan viva. Tan deseada, tan feliz.

Sí, fue una gran noche que terminó aún mejor. Con un beso de película. Con uno de esos besos intensos que permanecen para siempre en el recuerdo y que deben de ser parecidos a los que se describen en las novelas tórridas que la señora Wilson se llevaba de mi librería los lunes y los jueves.

Si en el lugar donde me encuentro ahora me concedieran un deseo, pediría regresar en bucle a ese momento en el que el infierno desapareció durante un rato de mi cabeza.

Aunque Liam me había visto llegar a las tantas de la noche en el coche de otro, tenía mis dudas de que hubiera alcanzado a ver el beso que Oliver y yo nos dimos, entregados por completo el uno al otro. Liam, que solía reconocer a las personas por los coches que conducían, ni siquiera sabía quién era Oliver.

Todavía tenía el sabor de Oliver en la boca cuando le pregunté:

—¿Por qué no has venido a la presentación de Jill?

—Ya sabes lo mucho que me aburren esas cosas —se excusó Liam, revolviéndose el pelo como hacía siempre que estaba nervioso o no se sentía seguro.

—¿Dónde has estado?

—Con los chicos. ¿Y tú?

No iba a contestar a esa pregunta maliciosa. Le devolví una mirada cargada de satisfacción por lo que acababa de hacer, por lo mismo que él me había hecho en el pasado y que tanto había dolido, y me encerré en el cuarto de baño. Cuando salí, Liam no estaba en el dormitorio. Creo que esa noche durmió en el sofá.

Capítulo 29

Rose dejó de venir a la librería. Deduje que era debido a la incomodidad que le produjo la manera en la que le hablé antes de la presentación de Jill, hacía ya cinco días. Del club de lectura del próximo viernes en el que debatiríamos Anna Karénina, de Tolstoi, no podría escapar, y al fin, si con un poco de suerte nos quedábamos solas, podía advertirle sobre las malas artes del escritor. Si era necesario decirle que era un asesino, estaba dispuesta a hacerlo, aunque me mirara como todos, como si se me hubiera ido la cabeza. Por otro lado, sentía una lucha interior que rozaba lo insoportable. Como tampoco quería forzar la situación y hacer sentir incómoda a Rose, no fui a la cafetería, donde podría haberla visto. Al igual que ella me evitaba a mí, yo la evitaba a ella, y era consciente de que así no arreglaría la situación.

El lugar de Rose lo ocupó Oliver, que venía de vez en cuando aun

estando de servicio y vestido de uniforme, y yo me aguantaba las ganas que tenía de lanzarme a sus brazos. Me ponía mucho con uniforme. Cada vez que lo veía entrar por la puerta deseaba girar el cartel, de «ABIERTO» a «CERRADO», llevármelo al despacho y…

Perdón. He sonado vulgar. No se volverá a repetir.

¿Qué pensarían los habitantes de Castle Combe si se enteraban de que hacía realidad mis fantasías?

Sin embargo, había un problema con Oliver. ¿Cómo iniciar algo, si él no había vuelto a hacer ningún otro intento de besarme? Ni siquiera mencionó el beso que nos dimos dentro de su coche, como si para él no hubiera tenido importancia o fuera costumbre besarse con todas las mujeres a las que invitaba a cenar. ¿Habría más mujeres? Eso me preocupaba. Reconozco que, con solo imaginarlo, me consumían los celos. Que Oliver se quedara siempre detrás del mostrador, a cierta distancia de

mí, hablándome de trivialidades, no indicaba que lo nuestro fuera a avanzar. También estaba Liam, claro, no podía olvidar a mi marido. ¿Y si a Oliver no le había gustado el beso que nos dimos? ¿Y si había perdido el interés y solo venía a verme por compromiso o por la memoria de su difunto padre? Mi vocecilla interior no paraba de repetirme que me olvidara de él, que eso no estaba bien y que seguía siendo una mujer casada, aunque Liam prefiriera dormir en el sofá, lejos de mí. Llevaba días ignorándome y evitándome tanto como Rose. Hacía tiempo que no me sentía tan abandonada, tan sola, tan triste, tan llena de rabia.

Me quedaban quince minutos para bajar la persiana, cuando el sonido de la campanilla de la puerta de entrada me alertó de que tenía visita. Jill Holland entró, como siempre sin saludar y con sus aires de superioridad mezquina. Pero esa tarde reparé en un detalle que lo cambió todo. Llevaba una bolsa de cartón. Me preguntó:

—¿Puedo dejar la bolsa en el mostrador?

—Claro —acepté.

Y se fue hacia la sección escondida de true crimes, mirando con disimulo la estantería donde él mismo dejó, yo no sabía cuándo, un micrófono con el que espiarme del que me había deshecho. Me quedé con su bolsa. Tenía el logo de una ferretería de Chippenham. Me entró curiosidad, tenía que ver lo que había ahí dentro, aunque fuera poco profesional.

Esa tarde no le presté atención al monitor desde donde siempre observaba a Jill mientras hacía cosas raras frente a los libros que hablaban de crímenes reales, perturbando todavía más su retorcida mente. Estuve demasiado entretenida con la bolsa de la ferretería. En su interior había bridas, un martillo, una sierra pequeña, más bridas, cinta americana… Se me cortó la respiración. ¿Qué había hecho? O, más bien, ¿qué planeaba hacer con todo eso? ¿Dejar la bolsa en el mostrador, deduciendo que yo no me iba a aguantar las ganas de echarle un vistazo, era una especie de amenaza? ¿Otra pista dirigida a mí?

«Ya sabes cómo acaban las vecinas cotillas en los thrillers, ¿verdad?».

¡Pero si hacía días que no curioseaba su casa a través de la ventana!

¡Había aprendido la lección! No había vuelto a hablar de él con la policía ni con nadie, lo juro, ¡lo juro! Aun sabiendo que era peligroso, su secreto estaba a salvo conmigo como el de todos los clientes que cruzaban la puerta de mi librería, aunque el suyo no fuera algo tan inocente como el de

comprar novelas eróticas. Total, para el caso que me habían hecho los agentes de policía, como para volver a arriesgarme a denunciar…

Lo que Jill se había llevado de la ferretería servía para secuestrar y torturar a alguien. Mi imaginación, para variar, empezó a desatarse. Ese alguien podía ser yo. Tenía que ser yo. Me vi a mí misma en su sótano, en el mismo sótano maldito donde falleció Bettie, atada con bridas, con la boca sellada con cinta americana ahogándome con mi propia saliva y sin ser capaz de gritar, y los huesos rotos con el martillo o, peor aún, mis dedos, mis preciados dedos, cortados a cachitos con la sierra.

OH-DIOS.

Jill Holland estaba planeando mi secuestro y mi asesinato y el hecho de que dejara la bolsa de la ferretería en el mostrador era una advertencia descaradísima.

Durante el rato que el escritor estuvo en la librería, no entró nadie. Cuando lo vi aparecer con un solo libro, el único que había captado su interés en mi cada vez más menguada colección de true crimes, me apresuré a poner mi mejor cara, a dedicarle la mejor de mis sonrisas, la última que esbozaría ese día, y a aparentar que no había visto el contenido de la bolsa. Me temblaban las piernas. Las tripas se me retorcieron de tal forma, que creí que iba a vomitar.

—¿Todo bien, Daphne?

Se me metió en la cabeza que le había echado algo al libro. Cuando cogiera el ejemplar o me lo acercara para cobrárselo, perdería el conocimiento como había oído que le hacen a la gente en las grandes ciudades para robarles. A Jill no le costaría nada arrastrarme hasta su coche, aparcado delante de la librería, meterme en el maletero, tal y como metió el cadáver de su mujer oculto en una alfombra enrollada, y hacerme vete a saber qué. Ya era noche cerrada y apenas había un alma en la calle. Era el momento perfecto para que el escritor me secuestrara y me…

—¿Daphne? —me llamó la atención.

—Te lo regalo.

—¿Cómo?

—El libro —le dije, levantando las manos en señal de rendición, porque no quería tocar el ejemplar—. Que te lo regalo.

—Ah… Pues… —titubeó, y yo me sentí orgullosa de mi instinto. En la mirada inexpresiva del escritor pude ver la derrota, y es que nada frustra más que te desbarajusten los planes—. Gracias, Daphne, muy amable.

Sin soltar el libro, cogió su bolsa de torturas y se despidió con un gesto seco de cabeza. No lo perdí de vista hasta que, cabizbajo, se metió en su coche, arrancó, y se alejó calle arriba. Podría haber sido un buen momento para que Oliver apareciera, pero nadie vino a rescatarme, a librarme del peligro que, claramente, me acechaba.

Al bajar la persiana, desconfiada, miré a ambos lados de la calle envuelta en bruma, por si al escritor se le había ocurrido esperarme discretamente en alguna esquina. Seguía sin haber nadie cerca, ni siquiera Jill, o eso me pareció, a no ser que supiera esconderse bien. La cafetería de la madre de Rose llevaba media hora cerrada. Se me hizo un nudo en el estómago. Rose… Rose… Repetí su nombre para mis adentros. La echaba de menos. Necesitaba verla.

Horas más tarde, metida en la cama con el lado de Liam vacío y frío, me sobresaltaron unos gritos que solo podían proceder de la casa de al lado, la del escritor. Por primera vez en mucho tiempo, la pereza venció a la curiosidad y no me levanté de la cama ni me puse a espiar por la ventana. Seguro que era lo que Jill pretendía y no lo consiguió. No me expuse al peligro. Y es que, por otro lado, mi mundo onírico estaba tan juguetón, que no podía estar cien por cien segura de si los gritos habían sido reales. No obstante, como ser humano egoísta que soy, pensé con alivio que la bolsa de torturas no estaba destinada para mí, sino para otra persona, probablemente una persona a la que yo no conocía y me era indiferente, y que estaba atrapada en su casa.

Pues qué mala suerte.

Pero entonces, si los objetos de tortura no eran para mí, ¿por qué entró con la bolsa de la ferretería en la librería para que yo la viera, en lugar de dejarla dentro del coche?

Esa pregunta casi me impidió volver a conciliar el sueño. Jill Holland actuaba de maneras muy extrañas e ilógicas. Estaba convencida de que, si entraba en su mente y era capaz de anticiparme a su maldad como lo había hecho hasta ese momento, me sería posible escapar.

¿Tenía alguna posibilidad de salvarme de la maldad que habitaba en la casa de al lado?

Capítulo 30

Miércoles, 15 de noviembre de 2023

Poco antes de que mi vida estallara por los aires

Empujada por un terrible presentimiento, antes de abrir la librería entré en la cafetería de la madre de Rose. El interior del local no se alcanzaba a ver desde la calle. Yo no era muy asidua a frecuentar la cafetería, y me había acomodado a que Rose me trajera el café a la librería en vaso de cartón. Mi amiga sabía que, fuera de mi espacio personal o, lo que es lo mismo, de mi librería, no me gustaba socializar, de ahí que me costara y me impresionara a partes iguales ir a pubs o salir a cenar a restaurantes atestados de gente. Me sorprendía que siempre hubiera tanta gente en todas partes, como si le dieran más valor a salir por ahí que a estar en el calor de sus casas. Supongo que son traumas que se te quedan cuando te crías en un orfanato. Valoras la protección que te dan las cuatro paredes de tu hogar, mientras en la calle o en los lugares públicos ves peligros por todas partes. Pero si esa mañana cambié mi rutina y entré en la cafetería, fue debido a los gritos que había oído de madrugada y que procedían de la casa del escritor. No me los podía sacar de la cabeza, aunque, como ya he dicho, me volví a dormir enseguida, egoístamente aliviada de no ser yo la persona a la que el escritor estaba torturando.

«Los autores de novela negra tienen una buena coartada. Su historial de búsquedas en internet jamás levantaría sospechas. Necesitan documentarse, vivir, experimentar… todo forma parte de su investigación para llevar a cabo una historia sólida y coherente».

Había empezado a dudar.

¿Y si los gritos habían sido reales?

¿Y si alguien estaba de veras en peligro? ¿Y si Jill había secuestrado a alguien y lo estaba torturando?

¿Y si por eso Jill Holland había elegido Castle Combe, un pueblo de cuento en el que parece imposible que pasen cosas malas? ¿Y si se decantó por la casa de Bettie, una de las más aisladas salvo por la vecina cotilla de al lado, para actuar con total libertad?

Yo seguía siendo un estorbo para el escritor, aunque hubiera perdido las ganas de cotillear.

Mientras desayunaba sola en la cocina, ya que Liam se había ido temprano a trabajar, evoqué los gritos. Habían sido demasiado reales. Se me encendió la bombilla y caí en la cuenta de que los gritos eran de mujer y que no había sido un sueño ni algo creado por mi imaginación desbordada al descubrir el contenido de la bolsa de torturas del escritor.

Cinta americana, bridas, martillo, más bridas, sierra pequeña…

Le di un mordisco a la tostada untada de mermelada de frambuesa, cuando volví a visualizar el beso en la boca entre Jill y Rose. No podía ser casualidad. Yo había espiado a Jill, sí, pero él también me tenía controlada. Desde mi ventana, yo veía lo que él quería que viera.

Rose. Rose. Rose.

¡Era Rose!

¡El escritor había secuestrado a Rose, la tenía en su casa, puede que en el sótano, el mismo sótano donde Bettie cayó muerta, y la estaba torturando!

La madre de Rose atendía a los tres clientes más madrugadores. Ni rastro de su hija por ningún lado. ¿Dónde se había metido Rose? Ya me estaba temiendo lo peor… en mi cabeza ya estaba sucediendo.

—¡Buenos días, Daphne! —me saludó, con la misma sonrisa con la que yo saludaba a los clientes que entraban en mi librería—. ¿Qué se te ofrece?

—Hola, Lilly, buenos días.

Le devolví el saludo un poco intimidada. El anciano sentado en la barra y las dos mujeres que bebían café en una de las mesas blancas que había pegadas a la pared revestida de papel floreado, me miraron como si tuviera un tercer ojo en la frente. Me acerqué a la barra, titubeante, pasé el dedo por la encimera reluciente, y, con la mirada fija en la cafetera, sin ser capaz de enfrentarme a los ojos de la madre de Rose, pregunté con voz temblorosa:

—¿Dónde está Rose?

—Se ha ido de viaje —contestó Lilly como si tal cosa.

—¿De viaje?

El señor de la barra volvió a su periódico y las dos mujeres de la mesa a su conversación. Yo era una persona que despertaba muy poquito interés.

—Sí, está en Irlanda.

¿Irlanda? ¿Qué se le había perdido a Rose en Irlanda?

—Pero no… no entiendo… ¿Hasta cuándo? El viernes que viene hay… hay club de lectura. Ella no se pierde ni un solo viernes de club de… de lectura —balbuceé.

Lilly se encogió de hombros.

—¿Rose no te dijo que se iba unos días fuera? —se extrañó, aunque más raro debió de parecerle que yo entrara en su local.

—Pues… no… —negué, tratando de silenciar mi instinto, que me decía a gritos que Rose no estaba en Irlanda, sino en casa del escritor, a la que era posible que, en un inicio, fuera por voluntad propia porque estaban liados, pero ahora ella estaba en peligro. Secuestrada, torturada, puede que a esas horas y después del grito que oí de madrugada ya estuviera muerta y enterrada. Muerta como la primera mujer de Jill y el bebé que crecía en su interior. Muerta como su anterior vecina, la señora Abernathy. Muerta como Cherry, la periodista, a quien Jill le provocó el accidente de coche. Y enterrada en las profundidades del bosque como la exmodelo.

Colapsé.

De repente, me vi incapaz de hacer algo tan simple y natural como transportar aire a mis pulmones y mi visión se volvió borrosa, era incapaz de hablar, de pensar, de…

—Daphne, ¿te encuentras bien? —La voz de Lilly sonaba cada vez más lejana. ¿Por qué la gente me preguntaba continuamente si me encontraba bien? ¡¿Por qué?! Todo se fundió a negro y oí un crack. Era mi cabeza impactando contra el suelo duro de linóleo—. ¡Daphne! ¡Daphne!

Capítulo 31

Desperté unas horas más tarde en una cama del viejo hospital de Chippenham, aturdida por no tener a mi lado a Liam, a quien deberían haber avisado, sino a Oliver. Su gesto grave cargado de preocupación me conmovió.

La doctora me dijo que había sufrido un síncope neurocardiogénico, con su correspondiente pérdida temporal de conciencia, debido a una disminución repentina de la presión arterial y la frecuencia cardíaca. Son varios los factores que pueden desencadenar una significativa reducción de flujo sanguíneo al cerebro como el que yo padecí: estrés, dolor, miedo… Miedo. Había estado sometida a mucha presión y tenía miedo, ese tipo de miedo que te paraliza y te enferma. Miedo de que Jill Holland hubiera matado a mi mejor amiga. A Rose. O de que aún la tuviera secuestrada y estuviera padeciendo un dolor inhumano por la tortura a la que la estaba sometiendo con el kit que había comprado en la ferretería y que se empeñó en que yo descubriera.

—Oliver —le dije cuando la doctora se retiró—. Hay que ir a casa de Jill Holland.

—¿Del escritor? ¿Por qué? —me preguntó con suavidad, como si yo fuera una cría pequeña.

—¡Porque tiene secuestrada a Rose! —confesé, y menudo peso me quité de encima al poder compartir la verdad con alguien—. O puede que ya sea demasiado tarde y la haya matado… puede que Rose esté muerta…

—Daphne, tranquila… Jill no tiene a Rose. Nadie tiene a Rose… Está en…

—¡No! ¡Rose no está en Irlanda! ¡No está de vacaciones en Irlanda! — grité, enloquecida y con los ojos anegados en lágrimas. Alguien me exigió silencio. Un largo y violento «Shhhhhhhhh». Continué hablando, pero en

susurros—: He visto cosas, Oliver. He visto cosas inquietantes. Jill es un asesino. Mató a su mujer. A su primera mujer hace trece años, estando embarazada, para cobrar una fortuna. A su vecina de Londres, la señora Abernathy. Dicen que se suicidó, pero no. Jill la mató y, no sé cómo, hizo que pareciera un suicidio. O la incitó a suicidarse, no lo sé, no lo sé… Puede que la volviera loca, porque a mí también me lo ha hecho, Oliver. A mí también me ha vuelto loca.

»Y después del aparente suicidio de la vecina, Jill huyó de la vida idílica que tenía en Londres y vino a Castle Combe, donde mató a Audrey, su última mujer, la exmodelo a quien nadie ha visto por el pueblo, horas después de que ella cometiera el error de publicar en su Instagram un Home Tour que él, tuvo que ser él, eliminó. Yo lo vi, Oliver. Yo lo vi y a Audrey no la he vuelto a ver más ni ha dado señales de vida en sus redes sociales. Jill mató a Audrey y metió su cadáver dentro de una alfombra enrollada que introdujo en el maletero de su coche en plena madrugada, a las pocas semanas de mudarse a Castle Combe. No volvió hasta pasadas las seis. También llevaba una pala. Llegó manchado de tierra. Enterró a Audrey en las profundidades del bosque. Llamé a la policía. Hablé con dos agentes, Carrie Madden y Steve Coon. A lo mejor los conoces. Fueron a ver a Jill, estuvieron hablando en el salón, y los muy imbéciles parecían dos fans en lugar de policías. No pasó nada. No hicieron nada. Se largaron, sin más.

»Además, no sé cuándo lo hizo, pero descubrí un micrófono en una balda de una de las estanterías de mi librería horas antes de la presentación que organizaron las chicas del club de lectura. Fue él. Jill colocó un micrófono en mi librería y me ha estado espiando todo este tiempo. Ha oído conversaciones que… Por eso mató a Cherry. La chica del accidente de coche que derribó el muro de piedra de la iglesia Sant John’s. Jill manipuló su coche como le hizo a su primera mujer hace trece años. Cherry Brown, la periodista que escribió un artículo sobre la huida de Londres de Jill Holland y su mujer, vino a hablar conmigo porque yo llamé al periódico y le dije que era la nueva vecina. Le pedí ayuda. Le conté lo que había visto, lo de la alfombra, y la pala… y que después la exmodelo desapareció. Y, a los pocos minutos de salir de mi librería, la periodista también estaba muerta. Porque me iba a ayudar. Porque ella iba a destapar la verdad, la auténtica cara de Jill Holland. Un monstruo. Un asesino.

»Y ahora tiene a Rose, Oliver, tienes que creerme. La vi en su casa, los vi besándose. Jill la ha abducido y lo ha hecho para hacerme daño.

Terminé mi relato sin apenas aire ni fuerza en la voz. Había sido caótico, acelerado, era consciente de ello, pero me costaba poner en orden cada uno de los sucesos de los tres últimos meses que había tenido que silenciar para no parecer una chismosa. Por la expresión de Oliver, no sabía si no me creía o no me había entendido.

—Daphne… Necesitas descansar. Lo miré atónita.

—¡¿Descansar?! —Hice un amago de levantarme, pero me dio un mareo y no me quedó más remedio que volverme a tumbar. Frustrada, resoplé—. Ve a casa de Jill, por favor, por favor, por favor… Ahí encontrarás a Rose. Sálvala, Oliver, ¡tienes que salvarla! Si es que todavía está viva… puede que lleguemos tarde y ya… y ya la haya matado.

Oliver, impaciente, se pasó la mano por la cara.

—¿Y Liam? ¿Por qué estás tú en lugar de mi marido? ¡¿Es que nadie lo ha avisado?! ¡¿Dónde está mi marido?! ¡¿Dónde está Liam?! ¡Liam!

¡Liam! ¡Liam!

Lo último que recuerdo antes de caer rendida en un sueño profundo, fue a Oliver pidiendo ayuda y a la doctora y a un par de enfermeras viniendo hacia mí. Me sujetaron con fuerza y me pincharon algo. Los latidos de mi corazón, frenéticos, empezaron a ralentizarse. Me envolvió un maravilloso estado de paz y calma, y me quedé dormida.

Capítulo 32

Unos minutos antes de que me dieran el alta, Oliver regresó al hospital. No volví a preguntar por Liam. Tenía que asumir que Lucy había ganado y que estaban juntos, aunque puede que la que hubiera ganado fuera yo al haber abierto por fin los ojos.

—Te llevo a casa —se ofreció Oliver.

—¿Fuiste a casa del escritor?

—Sí, Daphne, y Rose no está ahí. No está ahí —recalcó, pero su respuesta no me alivió, porque, seguramente, Oliver no había registrado la casa ni Jill se había visto amenazado por su presencia.

—¿Bajaste al sótano?

Oliver titubeó un par de segundos y contestó muy bajito que «sí», lo que me indicó que mentía.

—Mientes —le dije entre dientes.

—No te miento, Daphne. Te juro que no te miento. He ido a casa de Jill y Rose no está ahí —replicó con tristeza, y yo no sabía por qué estaba tan triste, si era por la reciente muerte de su padre, si por mí, que le daba lástima…

No me gustaba verlo así, como si tuviera que sostener todo el peso y el dolor del mundo, y cometí la estupidez de acortar la poca distancia que me separaba de él y besarlo. Me devolvió el beso. Al principio. Pero enseguida colocó las manos en mis hombros y me apartó. Lo hizo con suavidad, como si en el fondo no quisiera separarse de mí o me viera frágil como el cristal. Oliver clavó la mirada en el suelo.

—Perdona. Soy una mujer casada y… y esto no está bien, lo sé —me apresuré a decir, anticipándome a lo que fuera que Oliver estuviera pensando. Puede que fuera algo tan simple como que me apestaba el

aliento y sentí tanta vergüenza, que mi orgullo herido añadió—: No se volverá a repetir.

Su silencio me provocó una punzada en el pecho.

Acto seguido y antes de que Oliver me llevara de vuelta a Castle Combe, pregunté por mi móvil. Solo me quedaba un quince por ciento de batería y no tenía ni una sola notificación. No era importante para nadie, ni siquiera para mi marido. Esa dura constatación me deprimió, me hundió todavía más en la miseria. Llamé a Rose. Debería haberla llamado antes. Su móvil estaba apagado o fuera de cobertura. No daba señal, directamente saltaba el buzón de voz. Aprovechando la breve ausencia de Oliver, que estaba hablando con la doctora, envié un wasap al grupo del club de lectura.

¿Dónde está Rose?

¿Alguien la ha visto?

La única que contestó fue Florence, y lo hizo con el emoticono de la mujer encogiéndose de hombros. Desde que había descubierto los emoticonos, no perdía el tiempo escribiendo. Florence se había vuelto vaga.

Rose no estaba en Irlanda como su madre pensaba.

¿Por qué Rose le dijo que se iba de viaje a Irlanda?

No tenía sentido. ¿O acaso era verdad y Jill la había raptado antes?

Rose estaba muerta, estaba convencida de que Jill la había matado, y quería llorarla o vengarla o ambas cosas… Quería descubrir y destapar la verdad de Jill Holland.

No podía confiar en nadie, ni siquiera en la policía, a la que estaba claro que el escritor tenía comprada con sus encantos, su fama, su poder, o a saber. Se me ocurrió que los dos agentes a los que alerté sobre Jill salieron de su casa tan sonrientes porque en sus bolsillos llevaban cheques con miles de libras que les iban a solucionar las Navidades que estaban al caer. Lo pensé ahí mismo, sentada en el borde de la cama del hospital, mientras me ponía los zapatos para largarme cuanto antes.

Oliver aparcó el coche delante de mi casa. Como si quisiera evitar que volviera a ocurrir algo entre nosotros, salió escopeteado para abrirme la puerta y ayudarme a bajar. No fue galante, sino esquivo. Quise decirle de

malas maneras que no era una anciana y que podía bajar sola, pero entendí que solo quería ser amable y me callé.

—Gracias, Oliver.

—Te acompaño dentro.

—¡No! —exclamé, con tanto énfasis que Oliver dio un respingo. Más calmada, me excusé con que—: Es que Liam debe de estar en casa esperándome, y si te ve…

Otra vez esa mirada triste, apagada. ¿Qué le pasaba? No tenía nada que ver con el señor Davies. Era yo. Yo le daba lástima, una lástima que Oliver no era capaz de disimular y que a mí me producía rechazo.

—Vale, pues… —Dirigió una mirada a la casa del escritor. Yo seguía convencida de que Oliver me había mentido. No había ido para comprobar si Rose estaba secuestrada, y solo me había dicho que lo había hecho para que no insistiera con el tema y me quedara tranquila—. Cualquier cosa que necesites, tienes mi número. Me llamas y en cinco minutos estoy aquí,

¿vale?

Asentí con la cabeza. No me salía la voz. Tenía un nudo en la garganta duro como una piedra, síntoma de que las lágrimas no tardarían en aflorar.

—Daphne… no hagas ninguna tontería.

¿A qué se refería Oliver con que no hiciera ninguna tontería?

Volví a asentir, obediente, con los labios comprimidos en forma de puchero como cuando en el orfanato las monjas me gritaban y me azotaban y me llamaban niña mala por haber hecho alguna travesura propia de la edad.

Oliver, a quien se le notaba crispado e intranquilo, volvió al coche. No se largó hasta que me vio entrando en casa. Una casa que me recibió lúgubre y vacía y con un fuerte olor a humedad. Una casa que había sido un sueño cumplido, pero que hacía tiempo que había dejado de ser el hogar que imaginé.

Capítulo 33

Me sentía agotada. Física y mentalmente. Liam no apareció por casa en todo el día, y yo, por mi propio bien, intentaba aguantar las ganas que tenía de asomarme a la ventana y espiar la casa del escritor.

Hasta que a las once de la noche, tumbada en el sofá esperando a Liam, oí un grito. Un grito que me puso los pelos de punta, idéntico al de la madrugada anterior a que me diera el síncope en la cafetería de la madre de Rose. El grito no procedía del televisor. Jamás vi a Jill Holland delante del televisor, esa rutina le pertenecía a Audrey, y Audrey estaba muerta.

Me levanté tan de golpe, que me dio un mareo. Me recompuse al poco rato, abrí la cortina, y pegué la cara contra el frío cristal. No había encendido la chimenea ni la calefacción, hasta ese momento no me di cuenta del frío que hacía. Estaba lloviendo, pero ni el repiqueteo de la lluvia sobre el tejado había enmascarado el grito desesperado de ayuda y dolor que alcancé a oír.

El grito de Rose.

¡Era real, era real!

Dirigí la mirada al sótano, forcé un poco la vista, y la vi. Debería haberme asomado a la ventana antes, en cuanto llegué.

¡Porque yo tenía razón!

Rose no estaba en Irlanda, sino secuestrada y en peligro, pero viva. Estaba viva y eso, después de todas las imágenes horribles que me habían asaltado, era un consuelo. Sentí una inquina terrible hacia Oliver. Estaba claro que me había mentido pese a jurarme que no. La realidad era que no había creído una sola palabra de lo que le había contado, que seguramente pensó que eran delirios míos, y no le había hecho una visita al escritor para comprobar si mis suposiciones eran ciertas.

Vi a Jill de pie, frente a Rose, con los brazos en jarra, amenazante. Hasta que se apartó. Jill se apartó, subió las escaleritas y lo perdí de vista, por lo que deduje que había salido del sótano. Rose, sentada cerca del lugar en el que Bettie cayó muerta, estaba maniatada y una cinta americana le cubría la boca para que no volviera a gritar.

¿Tenía medio rostro hinchado y amoratado?

No estaba segura, apenas podía ver con claridad por culpa de la lluvia.

Fui a por los prismáticos, acumulando polvo en uno de los cajones del aparador del vestíbulo. No los había usado en años, desde que olvidé mi pasajera obsesión por las aves migratorias.

Y sí, gracias a los prismáticos, confirmé que Rose tenía la mejilla amoratada, de un color violáceo muy feo. Estaba herida. La había golpeado salvajemente. Jill era un psicópata, y cuando se cansara de torturarla, la mataría como había hecho con Audrey. ¿Pero por qué? ¿Por qué hacía eso? ¿Disfrutaba infligiendo dolor? ¿Formaba parte de alguna especie de macabra documentación para sus novelas? Dos años sin publicar… ¿Es que se le habían agotado las ideas? ¿Por qué Rose? ¿Y por qué no había colocado cortinas, sabiendo que yo lo tenía en el punto de mira y que sí, que lo espiaba, que no quería perderme ni un solo detalle de lo que ocurría en el interior de esa casa? ¿Acaso yo no era una amenaza para él?

Mi amiga, mi mejor amiga a quien Jill había mangoneado a su antojo hasta tenerla donde quería, maniatada y torturada, necesitaba mi ayuda antes de que fuera demasiado tarde. No podía contar con nadie, ni siquiera con la policía. Para cuando vinieran o me creyeran, Jill ya habría matado a Rose.

Llamé a Liam, por si estaba cerca de casa y podía venir enseguida. Él podría ayudarme a sacar a Rose del infierno en el que se había convertido la casa del escritor que la había engatusado.

Pero, una vez más, me saltó el buzón de voz. Tendría que apañármelas sola. Como siempre.

Apresurada, subí hasta el dormitorio y abrí el armario en busca de mi chubasquero amarillo. Ojalá hubiera sido de color negro para mezclarme entre las sombras de la noche y pasar desapercibida. Cuando agarré el

chubasquero, algo cayó al suelo. Me agaché a recoger el objeto en cuestión sin saber qué era, cuando, incrédula, me topé con el móvil de Liam. Estaba apagado. ¿Por qué Liam se había dejado el móvil escondido en el armario? No tenía tiempo para pensar en algo tan ilógico ni para espiarle los mensajes con Lucy que, seguro seguro, se seguían enviando. No tenía tiempo para nada más que no fuera colarme en casa del escritor y salvar a mi amiga.

Antes de salir, me detuve en la cocina y cogí el cuchillo más grande y afilado que tenía.

[Con la librera tus secretos están a salvo. Porque sé, por experiencia, que tener un camarada que jamás te delatará, es lo más importante. Siempre te sonreiré, te desearé un feliz día, una feliz tarde o una feliz noche. Pero no juegues conmigo. Ni se te ocurra jugar conmigo o hacerle daño a las personas que quiero. Si se te ocurre hacerlo, las consecuencias serán terribles].

Capítulo 34

Ya viene, ya viene… no hagas ruido Ya viene, ya viene… verás qué divertido

Conocía la casa de la difunta Bettie como la palma de mi mano, daba igual que estuviera a oscuras. Todas las estancias, salvo el sótano que había podido vislumbrar desde la ventana de mi casa, tenían las luces apagadas, lo cual era insólito. Desde que Jill había adquirido la propiedad, las luces solían estar encendidas a todas horas.

Me parecía mentira que hubieran pasado solo tres meses, desde aquella mañana de domingo en la que vi por primera vez a Jill y a la exmodelo llegando en el magnífico Rolls Royce Silver Dawn del 52. Ahora ella estaba muerta, pensé con nostalgia, como si la hubiera conocido y querido, percibiendo un desagradable escalofrío en la nuca que me hizo temer que alguien me estuviera observando desde la distancia.

Atravesé el jardín por uno de los laterales de la casa de Jill hasta plantarme frente a la puerta trasera que daba a un pequeño pasillo que conducía al sótano, sin tener que cruzar ninguna otra estancia. Esa puerta nunca cerraba bien, me decía Bettie, por lo que la tenía siempre abierta, confiando en que a ningún intruso se le ocurriera atravesarla. A no ser que Jill la hubiera arreglado, confiaba en poder abrirla y entrar.

Ni siquiera me detuve frente a las ventanas bajas y rectangulares que daban al sótano, aunque esperaba que Rose me hubiera visto pasar y supiera que estaba a salvo. Ya estaba a salvo. La iba a sacar de ahí.

La punta resplandeciente del cuchillo sobresalía un poco de la manga del chubasquero. Lo agarraba con fuerza por el mango como si me fuera la

vida en ello. Porque me iba la vida en ello. Si Jill me descubría, la próxima en acabar bajo tierra iba a ser yo.

Giré el pomo de la puerta trasera sin hacer ruido, esperando que las bisagras no chirriaran, y entré. Jill no había arreglado el pomo, seguía sin poder cerrarse bien o la había dejado abierta deliberadamente.

Ya estaba dentro de la casa del escritor. Olía a sándalo. Había tanto silencio, un silencio denso y extraño, que me dio la impresión de que el escritor, estuviera donde estuviera, posiblemente en el piso de arriba, podría alcanzar a oír los latidos acelerados de mi corazón.

Avancé cinco pasos por el pasillo y me detuve en la primera puerta que quedaba a mi derecha. La puerta que conducía al sótano maldito y que tanto miedo me daba. No tenía mucha fe de que la puerta estuviera abierta, porque ¿quién oculta a alguien en el sótano y no cierra la puerta con llave? No obstante, ya lo he escrito antes, las maneras de actuar del escritor eran ilógicas. Jill debía de pensar que, teniendo a Rose atada con bridas, no podía arrastrarse escaleras arriba en busca de la salida. Efectivamente, giré el pomo y la puerta se abrió.

Debería haberme dado cuenta de que era una trampa. Que la única persona a la que Jill quería presa o muerta, era a mí.

Bajé las escaleras de cemento respirando el frío y la humedad que ascendía desde el sótano.

—Rose —la llamé en un susurro—. Rose, soy Daphne, ya estoy aquí…

—Mmm… Mmmm… Mmmm —intentaba contestar Rose, aunque entendía que, con la cinta americana cubriéndole la boca, no podía decir mucho más.

Cuando pisé el sótano, me asaltaron los recuerdos de otro instante trágico. Volví a ver, delante de la vieja lavadora, el cadáver de Bettie. Me la encontré tumbada bocabajo, muerta desde hacía cuarenta y ocho horas sin que ninguno de sus hijos se hubiera preocupado por ella. De lo alto del fluorescente, la luz espolvoreada caía en líneas diagonales y divergentes, otorgando al lugar un aire siniestro. Y en un rincón, estaba Rose indefensa, sentada al estilo indio con los brazos a la espalda en una postura incómoda y antinatural, la boca cubierta con una cinta americana que me apresuré a retirarle, y una expresión aterrada en su rostro amoratado.

—¿Qué te ha hecho? —le pregunté, angustiada, acercándome a ella.

Cuando estaba a punto de quitarle las bridas y sacarla de ahí antes de que Jill se percatara de mi presencia y bajara al sótano, Rose levantó la mirada, la dirigió detrás de mi espalda, y yo solo hice lo que tenía que hacer para salvarla. Para salvarnos a las dos.

Capítulo 35

Me giré con rapidez y con todos mis sentidos en alerta. Antes siquiera de enfrentarme a la mirada socarrona del escritor y a su media sonrisa cargada de maldad, empuñé el cuchillo y se lo clavé en el vientre. Tres veces. Puñaladas rápidas y limpias que doblegaron a Jill en dos, haciéndolo caer de rodillas en el suelo de cemento.

—¡No! ¡No, no, no! ¿Pero qué has hecho, Daphne? ¡¿Qué has hecho?!

—gritó Rose, quien milagrosamente se deshizo de las bridas que le anudaban las muñecas, pudiendo colocar los brazos en una posición normal para correr en dirección a Jill, que se había empezado a desangrar en el suelo, emitiendo gemidos agónicos.

No tardé en comprender que Rose nunca había estado atada. Ni secuestrada, ni torturada… las lágrimas que empezaron a caer como torrentes por sus mejillas difuminaron el maquillaje morado con el que me había engañado, haciéndome creer que era fruto de un golpe violento.

La adrenalina desarrolló mi visión cuando me percaté de lo que había sucedido. El instante se ralentizó como si de una pesadilla se tratara, y regresé mentalmente a los segundos previos a que el escritor yaciera en el suelo, al borde de la muerte, mientras Rose lo zarandeaba inútilmente como si así pudiera deshacer lo que yo había hecho: el movimiento de mi brazo al retirarse la tercera vez tras la última puñalada, el tejido de la camisa de Jill que se resistió hasta que acabé liberando el cuchillo… La sangre que empezó a salir a chorro, en grandes cantidades.

Volví. Volví a ese presente irreal y vi los labios de Jill, blancos por la ausencia de sangre, empleando las últimas fuerzas que le quedaban para articular una palabra que iba dirigida a mí:

—Asesina.

tú!

¿Asesina? ¿Yo? ¡No! ¡Tú eras el asesino, Jill! ¡Tú! ¡Tenías que serlo

—No, Jill… vuelve conmigo. ¡Vuelve, vuelve, vuelve!

La voz de Rose sonó fracturada, como el terreno seco que separa las

aguas en dos, cuando la poca vida que le quedaba a Jill se desvaneció. El escritor murió en brazos de Rose mientras yo, todavía con el cuchillo en la mano, me quedé petrificada y sin saber qué pensar sobre lo que había ocurrido en solo un minuto. Un minuto capaz de separar el bien del mal, la vida de la muerte.

¿Rose había estado en el ajo desde el principio? ¿Habían simulado un secuestro y una tortura para enloquecerme? ¿Con qué propósito? ¡¿Por qué?! ¡¿Por qué?!

—Esto no tenía que pasar… esto no tenía que pasar —repitió Rose, ida, balanceando la cabeza inerte del escritor, que se había muerto con los ojos abiertos.

¿Y qué era lo que tenía que pasar?

—Rose, yo… solo quería… quería… salvarte… Si no lo hubiera hecho… ¡me habría matado! ¡Nos habría matado a las dos!

Mi amiga, o la que yo había considerado mi amiga, me miró con asco, como si yo fuera la mayor mierda del mundo, y soltó con voz quebrada:

—Esta vez no te voy a proteger, Daphne. Esta vez no voy a ocultar lo que has hecho… No, esta vez no…

¿Esta vez no? ¿A qué se refería?

Ese suceso, uno de los más cruentos de mi existencia, me dejó un recuerdo cenital, como si en lugar de hallarme en un sótano con olor a muerte sosteniendo un cuchillo lleno de sangre, lo hubiese visto todo desde la luna.

Tenía dos opciones: dejar a un lado mis sentimientos hacia Rose y matarla a ella también para así ganar tiempo y poder desaparecer con calma, o largarme ya de ese sótano maldito, aun arriesgándome a que me pillaran antes siquiera de que me diera tiempo a cruzar el cartel de despedida de Castle Combe.

«Huir. Tengo que huir», dije para mis adentros, recordando el artículo de Cherry sobre la huida a Castle Combe del escritor y la exmodelo poco después de que su vecina de Londres se «suicidara».

En aquel momento, mientras leía el artículo, había pensado que, quien

huye, siempre tiene un motivo y mucho que esconder.

Y yo tenía muchos motivos y mucho que esconder.

—¡Era un asesino, Rose! —traté de defenderme, ignorando la mirada de desprecio que me dedicó—. ¡Hace trece años mató a su primera mujer estando embarazada! ¡A Audrey, a Cherry…! ¿Dónde está Audrey? Desapareció. Está enterrada en algún lugar de los bosques de Castle Combe, está…

Me callé de sopetón, porque apenas me quedaban fuerzas para decir nada más. Rose negaba frenéticamente con la cabeza, sin ser capaz de articular palabra ni de separarse del cadáver del escritor. Ya no quedaba rastro del maquillaje morado en su piel perfecta, sin un solo rasguño, que acabó de convencerme de que todo había sido una farsa. Un engaño. Un juego. Un juego macabro y rebuscado que había acabado de la peor de las maneras, no solo para el escritor, sino también para mí. Mi vida acabó esa noche, en ese sótano, aunque aún no lo sabía.

—Creí… Yo… creí… —me derrumbé.

Capítulo 36

—¡Corre, Daphne, corre y no te detengas! ¡Corre, corre, corre!

Corre, corre, corre.

Era el eco de la voz de Charles, mi único amigo del orfanato, el que murió mientras dormía, la tarde en la que cogí una piedra enorme y golpeé a una niña en la cabeza, para después abandonarla muerta y llena de sangre bajo uno de los arcos del convento en el que me crie. En mi inocencia pensé que, deshaciéndome de ella, la pareja guapa y elegante que había visitado aquella mañana el orfanato me elegiría a mí, pero nada de eso pasó. La niña rubia a la que le encantaba que la peinaran y le hicieran trenzas, murió y la enterraron. Pero su alma nunca salió del orfanato. Por las noches, su fantasma, furioso, se me presentaba para aterrorizarme a los pies de la cama de la habitación que compartía con otros diez niños. Nadie la veía salvo yo. La pareja guapa y elegante no regresó. Y yo… bueno, yo me quedé en el orfanato hasta que cumplí los dieciocho años, con el estigma de niña malvada y perversa. Le oí decir a una monja que el demonio se había apoderado de mi cuerpecito de nueve años. El asesinato que cometí se ocultó para no desatar un escándalo.

Después de apuñalar al escritor y justo cuando más lo necesitaba, volví a escuchar a Charles:

—¡Corre, Daphne, corre y no te detengas! ¡Corre, corre, corre!

Y corrí, corrí, corrí como si volviera a ser aquella niña de piernas flacas, cara sucia y pelo enmarañado, que tenía el demonio dentro.

Atravesé el camino de acceso de la casa de la difunta Bettie a tal velocidad, que la gravilla saltaba bajo mis pies. La pala que me había llevado del sótano, todavía con restos de tierra de la madrugada en la que Jill enterró a Audrey, pesaba demasiado, así que tiré al suelo el cuchillo con la hoja manchada de sangre, sangre de Jill y de Rose.

Corre, corre, corre.

Obedecí al fantasma de Charles y corrí bajo la lluvia hasta llegar a las profundidades del bosque, donde empecé a cavar. Cavé con todas mis fuerzas alumbrada por la linterna de mi móvil allá donde creía que se había cavado con anterioridad, con la misión de encontrar el cadáver de Audrey dentro de una alfombra enrollada, y así demostrar que yo no era la asesina, que el monstruo era el escritor y yo me había limitado a hacer lo que habría hecho cualquiera: defenderme.

Me encontraron en el momento en que las copas de los árboles se pincelaron con la luz rosada del sol naciente. Había estado lloviendo toda la noche, yo estaba destruida y exhausta, sucia y empapada, enferma de tanto cavar sin hallar el maldito cadáver de Audrey. El amanecer prometía un día radiante que distaba mucho de cómo me sentía yo.

En lo alto sobrevolaba un helicóptero; el ruido era ensordecedor. Llevaba un rato sobrevolando el cielo, hasta que me vio y se detuvo encima de mi cabeza, arrojándome a los ojos una luz cegadora. Un espectáculo sin fuegos artificiales dedicado a mí, solo a mí, que solté la pala como si fuera un arma letal, y levanté los brazos. Mis piernas se negaban a moverse, como si se hubieran convertido en columnas de plomo. Los coches policiales, con las sirenas encendidas, no tardaron en rodearme para que no tuviera escapatoria. Dos agentes me agarraron con violencia mientras otros me apuntaban con su arma. Me leyeron los derechos mientras yo preguntaba por Liam, por Oliver, por Rose…, quería saber cómo estaba Rose, a quien había dejado muy mal herida en el sótano, pero nadie me contestó.

Epílogo

[Daphne Wood, la librera de Castle Combe, fue juzgada, repudiada, odiada y condenada por el asesinato del célebre escritor Jill Holland. En el transcurso de estos dos años, se han escrito multitud de artículos, dos libros, el tema se ha debatido en varios programas de televisión alrededor de todo el mundo, se han producido dos documentales, y en breve la historia de La librera se estrenará en Netflix. La serie consta de seis capítulos y está protagonizada por Caitriona Balfe (Daphne Wood) y Sam Claflin (Jill Holland).

La librería de Castle Combe ahora es una tienda de souvenirs que huele a incienso y recibe frecuentes visitas de curiosos atraídos por la controvertida figura de Daphne Wood, cuyo merchandising —tazas, camisetas y sudaderas, llaveros, colgantes, postales y figuras en dos tamaños— es lo que más beneficios genera al pequeño negocio].

Me he quedado sin papel y el boli apenas tiene tinta. Una de las funcionarias me ha dicho que intentará traerme más, pero no creo que lo haga. Aquí no se les da muy bien cumplir promesas, aunque sea a una personalidad como yo, famosa en todo el mundo.

Qué cosas.

Dicen que soy una enferma mental, una mentirosa compulsiva, y que distorsiono la realidad. Que estoy desconectada del mundo. Que a veces es como si me apagara o algo así. Que mi corazón late, pero no siente. Que debería estar en un centro psiquiátrico. Que veo a personas que están muertas, que hablo con ellas como si aún pertenecieran a esta dimensión. Y que soy una asesina. Esa fue la última palabra que me dedicó el escritor cuando la Parca estaba a su lado a punto de llevárselo al lado frío:

«Asesina». Qué poco saben de la librera de Castle Combe. Debe de haber otra Daphne en el pueblo con la que me han confundido. Sí, seguro, debe de ser eso, lo que me extraña es no haber conocido a esa Daphne. Me pregunto si le gustaba leer y si alguna vez vino a mi librería.

Lo dicho: no me queda más papel. Tendría que aprender a hacer la letra más pequeña. Lo siento. Solo tengo espacio para añadir que, al final, como si fuera una especie de penitencia, unos pocos estamos destinados a volver a los mismos lugares que nos marcaron. Porque la prisión me recuerda al orfanato en el que me crie, aunque sin fantasmas de niñas atormentándome por las noches a los pies de la cama. Aquí los minutos son tan interminables que parecen una vida entera. Por suerte, hay biblioteca.

SEGUNDA PARTE

EL ESCRITOR

La gente que tiene una vida opaca siempre curiosea todo lo que pasa más allá de su puerta.

Carta de una desconocida,

STEFAN ZWEIG

UN ESCRITOR EN CASTLE COMBE

Sé que esto va a sonar un poco raro, pero todo empezó con Patricia Highsmith. A mí no se me habría ocurrido una idea tan genial y retorcida… (O tal vez sí, no me subestimen).

Ah, y con una alfombra, claro.

La maldita alfombra por la que ahora estoy muerto.

Capítulo 1

Estábamos condenados a encontrarnos El demonio ha tenido algo que ver

Llegamos tres a la vieja casa de piedra de Castle Combe, pero en esta realidad y a ojos de quien mira pero no ve, solo éramos dos. Audrey, mi querida Audrey que cada vez estaba más harta de mí, y yo.

Al entrar en el que iba a ser nuestro nuevo hogar, me percaté de que la mujer de la casa de al lado nos estaba espiando a través de la ventana.

—Aquí no hay privacidad, Jill —opinó Audrey, molesta, mirando a su alrededor con desagrado, pese a la belleza y la historia que nos rodeaba.

En el centro de Castle Combe no se construía desde el siglo XVII, y era muy difícil adquirir una propiedad. Audrey tendría que haber valorado un poco más mi esfuerzo, la búsqueda incansable que tuve que hacer para llegar hasta ahí, hasta ese momento en el que sentí que mi vida estaba a punto de cambiar para siempre. Audrey tenía muchas cosas buenas, pero a veces daba la sensación de no haber superado la etapa adolescente en la que todo te parece mal. Para complacerla, me había encargado de que una empresa de mudanza sacara todos los muebles de la anterior propietaria y trajera los nuestros, pero deberían haberse quedado en la casa de Londres acumulando polvo, porque ahí no quedaban bien. Eran demasiado modernos y oscuros para una casa tan vieja y rústica. Pensé que ese detalle ayudaría a que Audrey se integrara mejor y se sintiera de inmediato como si estuviera en casa, pero no funcionó. Ella, reacia a dejar atrás Londres, no estaba conforme con la decisión de perdernos para encontrarnos en un pequeño pueblo como Castle Combe.

—¿Y por qué Castle Combe, Jill? ¿Qué tiene de especial? —me preguntó Audrey con desgana, cuando le hablé de mis planes de mudarnos y de la casa que, sin su consentimiento, había adquirido. Es posible que Audrey pensara que comprar una casa en Castle Combe era un capricho del que me cansaría más pronto que tarde.

Me encogí de hombros. La inspiración era mi mejor baza. Siempre lo era. Después de dos años de vacío, la única verdad de entre todas las mentiras con las que engatusé a Audrey para marcharnos de Londres, era que mi editor y mi agente me estaban presionando para sacar adelante una nueva novela, y en la ciudad era incapaz de pensar con claridad. La inspiración no llegaba porque Londres me estresaba. Había demasiado ruido. Demasiada gente. No podía escribir. Y a todo eso se le sumaba el suicidio de la señora Abernathy que tanto nos había afectado. Pobre mujer, con lo amable que era. Nos supo mal no habernos dado cuenta de que el duelo por la muerte de su marido la tenía sumida en una terrible depresión de la que no vio más escapatoria que la de cerrar los ojos para siempre. Ojalá la hubiéramos podido ayudar, haber estado más pendientes de ella. O, al menos, habernos percatado de que algo le había ocurrido, pues tuvo que ser una amiga que vivía en la otra punta de la ciudad, la que dio la voz de alarma cuando la señora Abernathy ya llevaba cinco días muerta. En las ciudades hay mucha gente, pero estamos muy solos, así era como imagino que se sentía la señora Abernathy para decidir acabar con todo.

El caso es que la excusa para mudarnos a Castle Combe fue mi trabajo,

siempre era mi trabajo, y entendía que Audrey, cansada, pensara que nuestro mundo se movía alrededor de mis novelas. Era mejor así. Audrey no podía saber nada del motivo real por el que nos estábamos mudando a Castle Combe.

Nos sentamos en el sofá. A Audrey siempre le ha gustado derrochar, gastar miles de libras en cosas que realmente no necesita, y fue poner un pie en esa casa, y empezar a hablar de reformas. Cambiar los suelos y las puertas, echar un par de tabiques abajo, remodelar la cocina, donde podríamos colocar una enorme isla que comunicara con el salón, algo práctico pero de diseño para cuando recibiéramos a nuestros amigos… Yo escuchaba a Audrey en silencio, sin interrumpirla y haciendo ver que todo lo que decía me parecía bien, pero de quien estaba pendiente era de la vecina, que seguía asomada a la ventana, posiblemente pensando que no nos habíamos dado cuenta de que llevaba más de media hora espiándonos.

Me hizo gracia que sintiera curiosidad por nosotros, sus nuevos vecinos. A esas horas, Audrey y yo debíamos ser la comidilla de todo el pueblo.

Capítulo 2

Los primeros días, Audrey y yo no salimos de casa.

—¡Qué dirán de nosotros en el pueblo! —exclamó Audrey una mañana, antes de salir al jardín para hacerse fotografías que después no publicaría en su cuenta de Instagram porque se veía mal. Desde que había dejado las pasarelas, Audrey, en plena crisis de los cuarenta, siempre se veía mal en las fotos, y los malintencionados haters que pululan por las redes sociales se metían con ella y no ayudaban a fortalecer su autoestima.

Mientras nuestro carpintero de confianza acondicionaba una estancia fabulosa en la parte de atrás de la casa que había decidido que sería mi despacho por las increíbles vistas que tenía al bosque, coloqué una mesa improvisada en mi dormitorio, a la vista de la vecina de la casa de al lado. Daphne Wood. La librera de Castle Combe. Interesante… Además, la obsesión que tenía por nosotros me parecía tan increíble como inspiradora. Me provocaba una necesidad imperiosa de salir de casa, entrar en su librería, y hablar con ella. Pero Daphne aún tendría que esperar un poco a que llegara ese momento que, estaba convencido de ello, deseaba tanto como yo. Desde que la librera de Castle Combe llegaba a su casa alrededor de las seis y cuarto de la tarde, parecía no tener otra cosa mejor que hacer que pegar la cara al cristal de alguna de las ventanas que daban hacia mi casa y mirarme, aun estando yo de espaldas haciendo algo tan aburrido como teclear ideas sin sentido, mientras Audrey se moría de aburrimiento en el piso de abajo. Descuidé a Audrey, esa es la verdad. Era como si, desde que habíamos llegado a Castle Combe, no tuviera espacio para ella. Audrey y yo nos distanciamos, nos dejamos de querer, de necesitar, de atraer, cuando, hasta hacía muy poco, parecíamos imanes. Pero era mejor eso, estar cada uno en una planta, que discutiendo sobre la mala idea que era haber abandonado Londres para…

—… venir aquí. ¡Aquí! Donde no hay absolutamente nada, Jill. ¡Nada!

¡Me aburro! —me echaba en cara Audrey, y a mí no se me ocurría ningún plan en el que ella encajara. De nuevo, la excusa de siempre: el trabajo, una nueva novela que necesitaba todo mi tiempo y atención… Silenciando, por supuesto, que la mujer de la casa de al lado empezaba a ser estimulante para mi proceso creativo.

Tenía claro que Audrey terminaría marchándose. Que volvería a la casa de Londres de la que nos había sido imposible deshacernos por si mi capricho salía mal. Ella compraría muebles nuevos y lo haría encantada, mientras yo seguiría en Castle Combe para, entre otras cosas, asuntos secretos, llevarle la contraria, como si hubiera sido la mejor idea que había tenido en años.

Capítulo 3

Nunca dejamos de ser aquellos niños que solo esperaban que alguien les diera una oportunidad

¿Se puede odiar a alguien a quien en realidad no conoces?

Sí, claro que se puede. El odio es como el amor, nace sin previo aviso, emerge de recovecos que no sabías que existían, que ya estaban en ti mucho antes de que repararas en ellos.

Yo odié con toda mi alma a Daphne Wood desde que puse un pie en su librería. A partir de ese día, me prometí ir destruyéndola poco a poco, aunque pronto me di cuenta de que ya estaba rota. Otras personas se habían encargado de romperla, y una parte de mí se alegraba por ello, mientras la otra lamentaba no haberla encontrado antes.

Llevaba tiempo soñando con el instante en el que, al fin, encontraría el valor para atravesar la puerta de la librería; sin embargo, lo que no esperaba era ver otra cara que, además, me recibió con la efusividad con la que miles de lectores se presentaban ante mi mesa para que les firmara un ejemplar que estrechaban entre sus brazos como si fuera un ser querido. Me abrumó, pues no era el lugar ni el momento. Se llamaba Rose, era bonita como ella sola, y enseguida supe que podría servirme de ayuda.

Daphne disimuló mejor la fascinación que, sin lugar a dudas, sentía por mí. Pronto esa fascinación se convertiría en algo parecido a la repugnancia o al miedo. Por mi trabajo, ya saben, a las musas hay que ponerlas a trabajar y presionarlas un poco para que den lo mejor de sí mismas. Pensaba irme de Castle Combe con el trabajo hecho y un

manuscrito decente, después de dos años sin haber sido capaz de escribir un párrafo entero sin bloquearme.

—Buenos días, bienvenido a la librería de Castle Combe —me saludó la librera.

No correspondí a su saludo. No me vi con fuerzas. Seguramente les parecí un imbécil arrogante al deshacerme de la máscara amable con la que había estafado a medio mundo, pero se me había formado un nudo en la garganta duro como una piedra. Decidí que lo mejor era pasar de largo. Ignorar a la fan. Ignorar a la librera. Así es como uno atrae el interés de la gente, con indiferencia. Pero, pese a las reducidas dimensiones del local, me sentí perdido entre tanto libro y tanta sección, así que no me quedó más remedio que preguntarle a la librera si tenía libros sobre crímenes reales. Hubo una época en la que me dio fuerte por el género, incluso lo halagué en alguna entrevista, pero en ese momento solo quería preguntar por libros true crime porque consideraba que, a ojos de la librera, me haría parecer más peligroso. Al fin y al cabo, ¿quién prefiere leer hechos escabrosos sobre crímenes que han sucedido, cuando en la ficción se vive tan bien?

La sonrisa de la librera se desvaneció en el acto. Tragó saliva. Con fuerza. Como si a ella también la aplastara el peso de una piedra en la tráquea, mientras la fan parecía desilusionada por mi desaire.

—Al final del pasillo —contestó.

Fui hasta el final del pasillo, donde enseguida me percaté de que, en lo alto de la balda de una estantería, había una cámara. Por alguna razón que desconocía, la librera solo había colocado una cámara en la sección true crime. ¿Puede que porque fuera la que estaba más alejada del mostrador, fuera de su alcance visual? ¿O, dándome una importancia que puede que (aún) no tuviera, había colocado esa cámara por mí, porque seguramente había visto alguna de esas tontas entrevistas y sabía que me gustaba el género true crime? Maldije ser tan previsible, pero entonces le vi la parte positiva a que hubiera una cámara justo en ese rincón que pensaba frecuentar. Si Daphne quería mirarme y controlarme también en su negocio, le iba a dar el gusto. Me aseguré de que lo viera todo, y a todo me refiero a un comportamiento un tanto extraño y también nervioso, aunque mis movimientos solían ser bastante pausados. Siempre me consideré un hombre calmado.

Empecé a agarrar libros. Los volvía a colocar donde peor quedaran, haciendo caso omiso a cómo estaban ordenados, que era por tamaño. Hay que destacar que Daphne tenía una buena y perturbadora colección de true crimes. Empecé a rascarme con nerviosismo el mentón y a morderme el labio inferior hasta hacerme sangre, siempre pendiente de no salir del plano de la cámara para que la librera pudiera observar cada uno de mis movimientos en un monitor escondido debajo del mostrador que llegué a ver no ese día, sino otro, uno en el que la librera, ida y encerrada por completo en su mundo, no se dio cuenta de mi presencia, y yo aproveché para colocar un micrófono espía en una balda de la estantería más cercana al mostrador para escuchar todo cuanto ocurriera en la librería. Pero eso fue otro día. Más adelante. Aquella mañana, cuando hacía rato que Rose se había ido, pensé:

«Mírame, Daphne. Mírame hasta hartarte. Voy a escribir sobre ti. Vas a ser mi musa. Vamos a dar comienzo a un juego psicológico fascinante».

Juro que tenía mis motivos para querer que Daphne Wood enloqueciera. Tiempo al tiempo. Terminarán entendiendo por qué.

Empecé a oler las páginas de todos los libros que agarraba. Debía de parecer un desquiciado. Durante los veinte minutos que tardé en decantarme por tres títulos, me comporté de una manera peculiar, y dibujé cruces con el dedo índice de la mano derecha en las cubiertas. Era algo que solía hacer mi padre, un buen hombre, pero ese gesto siempre me había parecido un tanto inquietante.

Finalmente, con el deseo de volver a tener delante a la librera, que desprendía un olor raro, mezcla de polvo de talco y limón, dejé los tres libros encima del mostrador. Ni siquiera me fijé en los títulos o en quiénes eran los autores. No me importaba. No los iba a leer.

—Serán cuarenta y dos libras, por favor.

Pagué con tarjeta. Mientras Daphne introducía los libros en una bolsa de cartón con el bonito logo de la librería impreso en tinta negra, me dijo con entusiasmo que era mi vecina.

Hice como que no me importaba. Como que no me había dado cuenta de que me había estado espiando con una fijación enfermiza durante todas las horas que estaba en casa. Era mejor así.

—La vecina de la casa de al lado —especificó—. Vivo con mi marido, Liam Stone.

—Ajá.

¿Qué marido?

Con ese aburrido «Ajá», pretendí disimular la extrañeza que me provocaron no solo sus palabras, sino cómo había dicho que vivía con su marido, Liam Stone, como si de verdad se lo creyera. Pero eso no era posible. Porque Liam Stone estaba muerto. Si algo sabía de Daphne, era que vivía sola. Que había enviudado hacía un año. No conocía los detalles, pero los descubriría pronto.

—Me llamo Daphne Wood, encantada.

—Muy bien, Daphne —dije con sequedad, agarrando la bolsa con mis tres nuevas adquisiciones destinadas a acumular polvo en el fondo de la estantería que el carpintero me estaba colocando en mi futuro despacho, estancia que escapaba de la mirada indiscreta de la mujer que me sonreía con admiración desde detrás del mostrador—. Tienes una buena colección de true crimes. Hasta otra.

Daphne Wood tenía una especie de interruptor que se encendía y se apagaba. No hay palabras para describirla. Aparentemente no estaba mal de la cabeza, no del todo. Llevaba bien el negocio, era amable y sonriente, entendía de libros, era una lectora voraz que, además, dirigía con maestría un pequeño club de lectura, tenía una voz dulce y modulada y su presencia era atrayente, pero, cuando el interruptor se apagaba, todo en ella resultaba inquietante. La librera se convertía en un fantasma. No veía, no hablaba, no sonreía, no existía. Se encerraba en un mundo inaccesible. Podría haberla abofeteado y ni se habría inmutado. Cuando la librera se apagaba, conjeturo que debido a alguna enfermedad mental no diagnosticada, veías la maldad que le corría por las venas. Lo único bueno era que, al despertar, no se acordaba de nada.

Capítulo 4

Acercarme a Rose fue pan comido, algo que ya había deducido al percibir la emoción con la que me recibió la primera (e incómoda) vez que nos encontramos en la librería. Yo solo esperaba ver a la librera, y toparme con otra persona que, además, me había reconocido enseguida, me descolocó. Cosas que me pasaban a veces: si no ocurría algo tal y como yo había imaginado o planeado y aparecía un elemento inesperado que no había tenido en cuenta, me bloqueaba. Y eso fue lo que me pasó con Rose. No la esperaba en el escenario que tantas veces había visualizado, y me bloqueé.

Supongo que Rose me guardaba rencor por no haberle hecho caso, ya que, cuando aparecí en la cafetería en la que trabajaba con su madre, me giró la cara. Nunca fui un hombre orgulloso y tampoco me costaba pedir perdón cuando había cometido un error, así que, una mañana cualquiera, me senté a una de las mesas más apartadas de la cafetería, y le pedí a Rose un café con leche, dedicándole la mejor de mis sonrisas. Cuando Rose, con la vista clavada en el suelo, me llevó el café a la mesa, me disculpé:

—Perdona por lo del otro día. En el fondo soy muy tímido y… y tuve un mal día. No es excusa, pero… lo siento. Soy más majo de lo que parece

—reí.

—Oh. —Se llevó la mano a la boca. Qué encanto—. No… no pasa nada.

—¿Cómo te llamas?

—Rose —contestó enseguida, feliz de que le prestara atención.

—Rose… —repetí, sin dejar de mirarla, sin apenas pestañear, como si me tuviera fascinado—. Qué nombre tan bonito.

Esa mañana, hice feliz a Rose. Y descubrí una cosa más sobre la librera, mi musa, la protagonista indiscutible de un manuscrito que bullía

noche y día en mi cabeza antes de que empezara a cobrar vida en la hoja en blanco: ella nunca salía de su librería, era Rose quien le tenía que llevar el café, por lo que mis visitas a la cafetería no tendrían consecuencias, siempre y cuando tuviera cuidado de que Daphne no me viera a través de la cristalera. Mi único temor era que Rose se fuera de la lengua. Que le contara a Daphne que el escritor hacía demasiadas preguntas sobre ella… Spoiler: no ocurrió. Otro spoiler: Rose detestaba a Daphne. Pero, aunque no fuera santo de su devoción, le daba pena, y por eso se escapaba a la librería a hacerle compañía. Eso fue lo que Rose me contó.

—Es que le cuesta socializar —me dijo Rose aquel día—. Dentro de su librería se transforma, es una librera genial, la mejor, pero si la sacas de ahí o de su casa…

Rose se detuvo, percatándose de que estaba hablando más de la cuenta. Pensé que no era conveniente intentar sonsacarle más información, no el primer día. Ya habría tiempo… creía que tenía todo el tiempo del mundo… Sin embargo, no pude reprimir las ganas de contarle, con un deje de preocupación, que Daphne me había dicho que vivía con su marido y que era algo que me extrañaba, pues no había visto a ningún hombre en la casa de al lado.

—Ah, sí, eso… —musitó—. Es que… —Rose miró a su alrededor con apuro. En la cafetería solo había un par de clientes más—. No podemos hablar de eso aquí.

Ah, «aquí» no, pero estaba dispuesta a hablar… Rose se moría de ganas de revelarme los secretos de la librera, puede que para atraer mi atención. Lo bueno de ser conocido, es que la gente suele confiar en ti. Te cuentan todo tipo de intimidades por el hecho de creer que, por ser famoso, te conocen. Le dediqué una de mis sonrisas pícaras de medio lado, barrí el aire con la mano como restándole importancia, y le guiñé un ojo antes de tantear con una falsa timidez:

—¿Quizá otro día y en otro lugar?

—S-s-sí… —balbuceó Rose indecisa, puede que algo abrumada por mi repentino interés hacia ella. Se habría quedado parada delante de mi mesa dos horas más, de no haber sido porque la cafetería se había empezado a llenar de clientes, y su madre, atareada detrás de la barra, le reclamaba que llevara cuatro cafés a la mesa dos.

Capítulo 5

Audrey llevaba horas encerrada en el cuarto de baño. La sombra de sus pies revoloteaba en aquella franja de luz bajo la puerta.

—¿Audrey? Audrey, ¿estás bien?

—¡No! —gritó desde el otro lado de la puerta. Odiaba hablar con puertas. No podía verla, pero, por cómo sonaba su voz, sabía que estaba llorando a moco tendido—. ¡No estoy bien, Jill, no estoy bien! ¡No lo soporto más! ¡No puedo más! ¡Quiero irme de aquí! ¡Quiero volver a Londres! ¿Por qué no volvemos a Londres? Tú sales por ahí sin avisarme y me dejas aquí tirada, llamándote sin obtener respuesta, para, a los cinco minutos, darme cuenta de que te has ido. ¡Te vas y no me dices nada y me dejas aquí sola y aburrida! ¡¿Para qué he venido aquí?! ¡Solo soy un adorno de esta maldita casa, tendrías que haber venido solo! ¡Solo!

Hacía un día que el carpintero había terminado de acondicionar mi despacho. La estancia ya estaba libre para poder estrenarla, y me había pasado la tarde entretenido vaciando cajas y más cajas con miles de libros que había estado ordenando en las estanterías hechas a medida. Tuve que contener las ganas de recorrer el pasillo y encerrarme en el que se convertiría en mi nuevo templo, para seguir consolando a Audrey. ¿Era eso lo que quería? ¿Más atención por mi parte? ¿Y qué quería yo? Perderla de vista. Reconozco que me cansaba rápido de las personas y Audrey no era una excepción. Maniática, caprichosa y con tendencia al drama, me ponía de los nervios, sacaba lo peor de mí. A menudo me recordaba a mi primera mujer, Brigitte, que falleció en un accidente de coche provocado por su mala cabeza y su afición a la velocidad, llevándose con ella a la niña que crecía en su vientre. Fue una época oscura que no quiero recordar.

—Audrey, por favor, sal del cuarto de baño y hablemos cara a cara.

—¡Ah! ¡Que ahora quieres hablar! ¡Ahora!

—Sí, ahora, Audrey… por favor… Audrey salió. Estaba hecha polvo.

—He grabado un Home Tour para Instagram… sé que no te gustan esas cosas, pero…

—Está bien, Audrey. No pasa nada.

—Lo voy a borrar.

—No es necesario.

—Sí, sí lo es. Lo han utilizado en un artículo que no me ha gustado nada. Míralo.

Audrey me tendió el móvil. El titular decía:

EL MOTIVO POR EL QUE EL AUTOR SUPERVENTAS JILL

HOLLAND Y SU MUJER, LA EXMODELO AUDREY LEWIS, HAN ABANDONADO LONDRES

Miré a Audrey con extrañeza. Un pánico creciente se adueñó de mis tripas, que empezaron a rugir de hambre. ¿Cuándo había comido por última vez? Todo lo que me rondaba por la cabeza terminaría pasándome factura de algún modo, ya entonces lo presentía.

El artículo, escrito por una tal Cherry Brown que en la foto parecía tan inocente y joven como mi nueva amiga Rose, decía que habíamos huido de la desgracia de la casa de al lado, y hablaba del suicidio de la señora Abernathy. Me eché a reír.

—Noticias sin contrastar y sin fundamento… Un titular falso con el que conseguir visitas. No tienen ni idea, Audrey.

Audrey sacudió la cabeza con disgusto y me arrebató el móvil de las manos. Entró en su perfil de Instagram y en un par de clics borró el Home Tour que había grabado esa misma mañana durante mi ausencia.

—Salgo vieja, gorda y horrible, y tengo voz de pito. No me soporto.

Recibió un mensaje. Audrey levantó la cabeza, clavó sus ojos en los míos y murmuró:

—El taxi ha llegado.

—¿Qué?

—Que me voy, Jill. Ya está decidido, no pinto nada aquí. Vuelvo a Londres.

—Pero si tenemos todos los muebles en esta casa, no puedes…

—Si me quedo una noche más, te juro que me corto las venas. ¿Es que no lo ves? Esta casa… este lugar tiene algo. ¿No murió una anciana aquí? La encontraron muerta en el sótano, ¿verdad?

—Fue un infarto. En todas las casas viejas han muerto personas y no por eso…

—Siento cosas, Jill. Cuando estoy viendo la tele, siento… siento como si alguien me observara.

—Eso es por la vecina de la casa de al lado, Audrey, que está todo el día espiándonos, asomada a la ventana… —traté de buscarle una explicación lógica a sus desvaríos.

—Me da igual. No estoy bien. Aquí no me siento bien. Así que me voy. Si quieres venir conmigo…

Deja que se vaya, Jill. Tú y yo solos estaremos mejor.

Sí, lo mejor era que Audrey regresara a Londres, de donde jamás debió salir, y se entretuviera comprando muebles nuevos y redecorando la casa. Audrey supo que no iba a volver a Londres con ella, no esa noche. Mi estancia en Castle Combe aún no había terminado y se alargaría un poco más por el bien de mi siguiente novela.

—Jill… quiero que sepas que yo… te quiero.

—Y yo a ti, Audrey.

—Esto no cambia nada. No es una ruptura ni nada por el estilo, no creas que…

—No, no, claro que no —negué con calma.

—Pero estaré mejor en Londres. ¿Lo entiendes? Aquí no pinto nada.

—Lo entiendo, claro que lo entiendo, no te preocupes.

Audrey asintió despacio. Me dio un beso en los labios, me acarició la mejilla, y entró en el dormitorio para coger una maleta que había dejado encima de la cama. Deduje que la había preparado mientras yo estaba embelesado en mi nuevo despacho con unas vistas al bosque tan bucólicas como hipnóticas.

—Te mando un mensaje cuando llegue.

—Vale.

Salí de casa con ella para ayudarla con la maleta, que pesaba como si en su interior llevara un muerto. Audrey entró en la parte trasera del taxi con la cabeza gacha y la mirada ida y tristísima. Conociéndola, es posible que se quedara con las ganas de una última escena romántica o una súplica desesperada en la que yo le gritara que, por favor, no se largara, pero no

hice nada de eso. En lugar de mirar cómo el taxi se alejaba calle abajo, giré la cabeza, convencido de que, detrás del cristal de la ventana que daba al salón de la librera, me toparía con su cara y sus ojos inquietos. Pero no estaba. Se entreveía una luz tenue al final de la estancia, lo que me hizo suponer que estaba ahí, cerca; no obstante, era la primera vez que miraba en dirección a la casa de Daphne, y ella no estaba espiando por la ventana. Una idea empezó a abrirse paso en mi mente, y la culpa la tuvo Patricia Highsmith y su novela Crímenes imaginarios.

Si Daphne no había visto a Audrey salir de casa, podría enloquecerla haciéndole pensar que estaba muerta. No, mejor aún, que yo la había matado. El plan era perfecto. La destrozaría.

Me apresuré a entrar en casa para escribirle un wasap a Audrey:

Audrey, perdona. Te quiero. Escribiré la maldita novela y volveré a Londres contigo.

Mientras tanto, por favor, te ruego que no publiques nada en redes sociales.

Desaparece de ahí un tiempo, no te hace bien.

No quiero que lo sigas pasando tan mal por unos cuantos haters imbéciles y sin vida propia ni que

hablen de nosotros.

No ahora, que necesito estar cien por cien

concentrado en mi obra.

El trabajo, sí, ya…

Audrey respondió al momento:

No te preocupes, amor.

No pienso entrar en redes sociales en un año. No te lo he dicho, pero en

el Home Tour que he eliminado también me han escrito comentarios horribles…

Que si estoy vieja, que si no soy tan guapa sin un maquillador profesional,

que si he engordado… La gente es cruel.

Pobre Audrey.

Había aprendido por las malas el peligro que conlleva exponerse demasiado en redes, donde nadie, y mucho menos una conocida exmodelo, se libra de los comentarios desalmados de seres amargados conocidos como haters, que tienen que esconderse detrás de una pantalla para soltar toda su frustración. Me preocupaba que, por culpa de esos indeseables,

Audrey volviera a vomitar todo lo que previamente ingería con ansiedad, o le diera por inyectarse veneno y deformarse la cara hasta quedar irreconocible por esa búsqueda inútil de una juventud perdida.

Pero no tenía tiempo para Audrey. Era mayorcita, ya era hora de que aprendiera a cuidar de sí misma. Yo no podía desviarme del plan, no me lo habría podido perdonar en la vida. Tenía que escribir una historia. Una historia que, para mi desgracia, era tan triste como real, y, para ello, tenía que seguir estudiando a Daphne Wood.

Capítulo 6

La librera padecía de insomnio. Lo sabía porque a mí también me costaba dormir, y, a menudo, alrededor de las tres de la madrugada, ella encendía la luz de su dormitorio, que quedaba frente al mío, a tan solo unos metros de distancia.

Esperé. Esperé a que el reloj marcara las tres de la madrugada para poner en marcha la idea que había tenido la genial Patricia Highsmith en su brillante novela Crímenes imaginarios. Si no la han leído, háganlo, y entenderán a cuento de qué me vino la idea de la alfombra tras la marcha de Audrey. Elegí la alfombra más grande, la que pesaba más, la que, enrollada, podía contener un cadáver, el cadáver de Audrey, que no volvería a dar señales de vida en sus redes sociales en un tiempo, ni a pisar la casa de Castle Combe, y menos mal… porque a Audrey le encantaba esa alfombra.

El ambiente era denso, extraño; por un momento, me sentí como si de verdad hubiera cometido un crimen. A lo lejos se oía el ulular de un búho que resultaba inquietante, y la niebla se abría paso a través del bosque hasta llegar a la carretera que quedaba frente a mi propiedad, otorgándole al escenario una atmósfera fantasmal.

Esa madrugada, la librera tampoco me falló. En realidad, Daphne Wood nunca me falló. Siempre creyó lo que yo quería que creyese y más; estoy convencido de que le metí muchas más cosas en la cabeza de las que pretendía. La luz de su dormitorio se encendió. Yo, hecho un manojo de nervios, ya estaba preparado en el umbral de la puerta cargando con la alfombra enrollada a la que, además, para hacerlo más creíble, le había metido un par de almohadas y había simulado sangre en los bordes con un rotulador rojo. A cierta distancia como la que me separaba de Daphne, seguro que daba el pego. Cuando vi su cara pegada al cristal, avancé un

paso, seguido de otro y otro más… Debido a los nervios y a la ansiedad que me generaba la situación, empecé a sudar, pero era algo bueno, porque le daba credibilidad a mi plan.

Arrastré la alfombra por el suelo de grava; Daphne seguía observando mi teatrillo con la mandíbula desencajada y los ojos abiertos como platos. Estaba funcionando. El plan estaba saliendo a pedir de boca. La librera de veras estaba pensando que me había cargado a Audrey.

Dejé la alfombra en el suelo para abrir el maletero. Me retiré el sudor de la frente. Y después, simulando que pesaba todavía más de lo que en realidad pesaba, que no era poco, levanté la alfombra con cuidado de que ninguna de las dos almohadas cayeran, y la metí dentro del maletero.

Me faltaba algo, pensé. ¡Una pala! ¿Cómo no había caído antes? ¡La pala es un elemento fundamental en una trama de misterio, siempre lo es!

Cuando Audrey y yo nos instalamos en la casa, vi que, en el jardín trasero, había material de jardinería y una pala dentro de una destartalada caseta que había vivido tiempos mejores antes de que la pintura verde se desconchara. Corrí a por la pala, casi tan necesaria como la alfombra enrollada, mientras la librera seguía observando con sorpresa y horror cada uno de mis movimientos. Regresé lo más rápido que pude, como si de verdad me fuera la vida en ello. Metí la pala en el maletero, miré a un lado y al otro de la carretera como para asegurarme de que nadie me había visto, me subí al coche simulando que no había reparado en la librera, mi única testigo, y la noche y la niebla me engulleron.

No me fui muy lejos. Me encontraba a apenas un kilómetro de distancia de casa, en las profundidades del bosque que veía desde la ventana de mi despacho. Cavar un hoyo resultó agotador, me moría de sueño y hasta me salieron callos en las manos, cuando en las películas te hacen creer que es algo fácil, coser y cantar. Pero no tenía nada que ocultar, solo una alfombra enorme que ocupaba mucho espacio y dos almohadas, por lo que no fue necesario matarme a cavar a demasiada profundidad.

Regresé alrededor de las seis de la mañana exhausto y manchado de tierra. Tenía tierra hasta en los orificios de las orejas. Me moría por una buena ducha de agua caliente, el frío me había calado hasta los huesos.

Mírala, Jill. Mira a la vecina…

Daphne seguía con la cara pegada al cristal. ¿No se había movido de ahí en tres horas hasta verme regresar? Increíble. Fascinante.

Sonreí para mis adentros, me encerré en casa, y me duché como si de verdad necesitara deshacerme de los restos de un asesinato. Si quería que mi musa se comportara tal y como necesitaba que lo hiciera, tenía que empezar a creerme que de veras era un asesino despiadado, sin alma ni corazón, capaz de matar a la mujer que amaba.

Capítulo 7

No dormí mucho. Un par de horas. Me desperté con la necesidad de ver de cerca a la librera y saber si el paripé que había hecho a las tres de la madrugada había merecido la pena.

Fui hasta el centro dando un paseo, a ver si así conseguía despejarme un poco. Lo que me gustaba de Castle Combe, además de sus ocultas callecitas empedradas que te hacían sentir en otro tiempo, era que apenas te cruzabas con gente. Y es que a mí, salvo la librera, no me interesaba nadie. Al pasar por delante de la cafetería, me crucé con Rose, que salía de la librería y volvía al trabajo. Me dedicó una amplia sonrisa que correspondí, aunque ese día mi aspecto no era el mejor.

—Buenos días, señor…

—No, no, Rose, por favor, nada de señor. Jill a secas.

—¿Vienes a tomar un café? —me preguntó, pizpireta.

—Luego, que me he pasado la noche escribiendo y estas ojeras solo pueden desaparecer con tu café. —Rose, en un movimiento del todo exagerado, se llevó una mano al pecho y exclamó una especie de «Ohhhh» larguísimo—. Antes voy a la librería a por un par de libros.

—Ah, genial. Pues le… —dudó—. Te veo luego, Jill.

—Claro, hasta ahora, Rose.

Supongo que mis generosas propinas tenían algo que ver para que Rose me quisiera en la cafetería de su madre, aunque había algo más… Si para conseguir mi propósito tenía que jugar un poco con Rose como estaba jugando con Daphne, lo haría. Rose era el puente que me ayudaría a conocer más, aún más, a la persona en la que se había convertido Daphne Wood.

Abrí la puerta de la librería, haciendo sonar la campanilla estridente. Me dolía la mano por el esfuerzo que había hecho al cavar el hoyo. Estaba

poco acostumbrado al trabajo duro y cualquier roce me hacía querer gritar de dolor. Pero en cuanto vi la tensión en el semblante de la librera, que estaba situada detrás del mostrador, quise reírme, reírme a carcajadas, porque estaba claro que se había tragado el teatrillo.

Seguí adelante hacia la sección de true crimes sin detenerme a saludarla. Ella tampoco me dedicó su habitual «Buenos días»; la pobre librera, por no poder, no pudo ni dedicarme la sonrisa con la que solía recibir a sus clientes.

No estuve mucho rato mirando libros, cogí dos al azar. Lo que quería era hablar con Daphne. Que le temblara la voz, que no fuera capaz de mirarme a los ojos, los ojos de un despiadado asesino…

JA-JA-JA-JA.

Hacía tiempo que no me lo pasaba tan bien.

El caso es que, cuando me planté delante del mostrador, parecía que a Daphne le hubieran apagado ese interruptor del que he hablado anteriormente. Ida, estaba ida, los ojos muy abiertos, sin pestañear, las manos apoyadas sobre el mostrador, una mano encima de la otra, y sus hombros rígidos, en tensión. Fue el momento idóneo para colocar el micrófono espía en una de las baldas de la estantería que había cerca del mostrador, sin que ella se percatara de nada. Después, traté de llamar su atención. Una vez, y otra… pero no hubo manera de que reaccionara.

—¿Hola?

Levanté la voz, hice un ruido seco al dejar los libros encima del mostrador de madera de caoba, y, por fin, Daphne Wood despertó y regresó de donde sea que se hubiera ido. Me miró. Me miró fijamente a los ojos reflejando el terror que mi mera presencia le provocaba, sin sospechar que era yo quien le temía a ella. Seguidamente, balbuceó…:

—Pe-pe-perdone…

—¿Su nombre es Daphne, verdad?

—Ajá… sí… —confirmó, incapaz de mirarme a la cara.

—¿Ha habido algún suceso extraño aquí, en Castle Combe? — pregunté.

—Eh… no. No que yo sepa.

Su respuesta me decepcionó. Mi pregunta no caló lo suficiente como para que mi presencia la perturbara más, mucho más… Tenía que seguir intentándolo, hacerlo mejor:

—¿Sabe si existe algún libro sobre asesinos en serie del siglo XX? ¿Y del siglo XIX?

Asesinos en serie. Eso siempre acojona.

—Eh… lo consultaré.

—Es para documentarme, ya sabe…

—Sí, sí… ya sé —se apresuró a decir, asintiendo repetidas veces con la cabeza como si le hubiera entrado un tic nervioso.

A continuación, Daphne volvió a irse. Así, de repente, sin que tan siquiera ella se diera cuenta de que una especie de neblina le engullía el cerebro y su cuerpo, pese a estar, parecía desvanecerse. En esa ocasión su ausencia, por llamarla de alguna manera, solo duró un par de segundos, pero juro por la vida que el diablo me arrebató, que me pareció que se iba a desplomar de un momento a otro. Fingiendo preocupación, le pregunté:

—Oiga… ¿Se encuentra bien?

Se me quedó mirando durante tanto rato, que me dio la sensación de que sería ella la que terminaría atravesándome a mí y no al revés. La librera me dio miedo. Y, con su historial, no era para menos…

No contestó a mi pregunta. Pagué los libros, ella forzó una sonrisa que se me antojó de lo más siniestra, al estilo payaso It desde la cloaca para atraer niños, y yo salí escopeteado de la librería directo a la cafetería de la amable Rose.

Capítulo 8

Cuando Rose me vio entrar en la cafetería con una bolsa de la librería, lo primero que me dijo fue:

—Hoy no tenía un buen día, ¿verdad?

Se llevó el dedo índice a la sien y dio tres vueltas, como queriendo decir que la librera estaba loca.

—Estaba un poco rara, sí —contesté.

Rose miró a un lado y al otro del local. Solo había un par de clientes entretenidos con sus móviles, pero su madre, detrás de la barra, estaba demasiado pendiente de nosotros como para que Rose se animara a desvelarme esos secretos que estaba deseando quitarse de encima.

—¿Te gustaría quedar?

Audrey ya no estaba en Castle Combe ni había llegado a conocer a nadie durante las insufribles semanas que había pasado ahí. No había peligro. Podía quedar con Rose, bastantes años más joven que yo, por cierto, sin que destrozara un matrimonio que todavía no estaba roto. Tenía que recordarme que Audrey no me había dejado, que, en cuanto acabara en Castle Combe lo que había venido a hacer, regresaría a Londres con una novela impresionante bajo el brazo, y todo seguiría igual que antes.

—Me encantaría, Rose. Además… —Dudé si decírselo o no, aunque a Rose no parecía importarle que estuviera casado para tener algo conmigo. Estaba clarísimo que bebía los vientos por mí—. Audrey me ha dejado — solté, simulando una congoja que estaba lejos de sentir. Me había vuelto un experto en el arte de mentir.

Y es que «Me ha dejado» podía tener tantísimos significados…

—Cuánto lo siento, Jill.

—Cosas que pasan —le resté importancia.

—¿Te preparo un café con leche? —me preguntó, como si el café fuera el antídoto para las penas del corazón.

—Sí, por favor. Gracias.

Me tomé el café algo incómodo. La madre de Rose no me quitaba el ojo de encima, aunque su semblante cambió cuando dejé una sustanciosa propina. Antes de irme, Rose, con una timidez encantadora, me dio un papelito con su número de teléfono.

—Escríbeme —me pidió.

Antes de llegar a casa y para que Rose pensara que estaba ansioso por volver a verla lejos de la vigilancia de su madre, ya le había escrito.

Intentaba pasar la mayor parte del tiempo en mi despacho, lejos del incesante escrutinio de la librera. Cuando bajaba al salón o a la cocina a picotear algo, miraba con el rabillo del ojo y ahí estaba, con la cara pegada al cristal de la ventana escudriñando mi casa y hablando sola o con su fantasma, que viene a ser lo mismo.

¿Verdad, pequeña?

A todos nos acompañan nuestros fantasmas. Aunque no los veamos.

Lo que no esperaba era que Daphne, con tanto que ocultar, contactara con la policía. Dos agentes llamaron a la puerta de mi casa en el momento en que estaba hablando por teléfono con Audrey. Me llamó para preguntarme si me parecía bien que ella se encargara de darle una nueva decoración a la casa de Londres, que habíamos dejado completamente vacía, con un estilo más minimalista, y los muebles en tonos claros en lugar de negros, mi color fetiche.

—Lo que tú quieras —la contenté, cuando los dos agentes interrumpieron nuestra conversación—. Te dejo, que llaman a la puerta. Te quiero.

—¡Te quiero, amor! —me correspondió Audrey, feliz de estar en Londres y de que le dijera a todo que sí—. ¡Por cierto!

—Dime.

Yo ya estaba bajando las escaleras a toda prisa para ir a abrir la puerta.

—Han vendido la casa de la señora Abernathy —me informó Audrey con voz apagada—. Una pareja con dos niños rubísimos y preciosos — añadió, un poco más animada.

—Ah. Me alegro.

Cortamos la llamada cuando yo ya tenía la mano en el pomo de la puerta. Recibí a los agentes vestido en chándal, atuendo poco habitual en mí, y con el pelo despeinado con restos de gomina. No puedo decir que no me impactara recibir la visita de dos agentes de policía, que es algo que siempre impone y preocupa a partes iguales, pero, si quería que mi plan funcionara, tenía que hacer de tripas corazón. Al fin y al cabo, yo no tenía nada que ocultar.

¿A que tú y yo somos los buenos, pequeña? Sí, nosotros somos los buenos.

—Buenas tardes, agentes, ¿qué se les ha perdido por aquí?

—Agente Steve Coon.

—Agente Carrie Madden.

En cuanto vi la sonrisa de la agente Madden, los nervios se disiparon un poco. Era una fan. Leía mis libros. Estaba clarísimo.

—Disculpe que le molestemos, señor Holland, pero su vecina nos ha llamado bastante inquieta —empezó a decir el agente Coon.

—Oh. —Me hice el sorprendido—. Pasen, por favor. ¿Quieren té?

¿Café?

—No, no, solo será un momento —atajó la agente Madden.

—Siéntense, por favor.

Los agentes se sentaron en el sofá mirando con curiosidad a su alrededor.

—Su mujer… —El agente Coon leyó en una libreta que colocó encima de sus rodillas—… Audrey Lewis. ¿Se encuentra en casa?

—Lamento decirles que Audrey se ha marchado. Ha regresado a Londres, no se encontraba bien aquí.

Los agentes intercambiaron una mirada que, en el caso de que yo tuviera algo que ocultar, me intranquilizaría.

—Su vecina dice que lo vio de madrugada arrastrando una alfombra con restos de sangre. Que cargó la alfombra y una pala en el maletero de su coche y estuvo fuera unas tres horas. Desde las tres y veinte minutos de la madrugada hasta las seis, hora en la que regresó manchado de tierra. Dice que está preocupada, ya que no ha vuelto a ver a su mujer en casa, por lo que cree que usted… —dudó el agente Coon—… la ha asesinado. Que, dentro de esa alfombra que arrastró, estaba el cadáver de su mujer — especificó lentamente, masticando las palabras.

Tuve que hacer un gran esfuerzo para contener la risa. La expresión de mi cara era un poema, ojos abiertos, cejas excesivamente arqueadas… Para mi sorpresa, la agente Madden fue la primera en romper el tenso silencio que se había generado, y en echarse a reír a carcajadas cubriéndose la boca con la mano. Poco profesional por su parte, pero qué conveniente…

—¿Eso les ha dicho? ¿Por eso están aquí, porque mi vecina dice que he matado a mi mujer? —pregunté, incrédulo.

No lo pude aguantar más. Yo también me reí, porque, efectivamente y tal y como ya pensaba, Daphne había picado el anzuelo. Lo mejor fue que, después de mí, como si mi risa fuera contagiosa, el agente Coon tampoco pudo resistir las ganas, y fue el último en unirse a nuestra larga carcajada.

—Verán… —Tuve que respirar hondo para poder hablar con calma, sin que la risa me volviera a asaltar—. Esa mujer… la vecina… — continué, haciendo ver que no recordaba su nombre.

—Daphne Wood —me ayudó la agente Madden—. Es la librera de Castle Combe.

—Ah, sí, he estado varias veces en su librería; de hecho, la última vez ha sido esta misma mañana. Daphne Wood… bien. —Me puse serio, como si de veras me afectara lo que estaba a punto de contarles. Me aclaré la garganta y entrelacé las manos sobre mis rodillas como siempre hacía en mitad de una entrevista—. Desde que mi mujer y yo nos instalamos en esta casa en septiembre, no ha dejado de espiarnos. Hacía sentir incómoda a Audrey y ella, que siempre ha sido una mujer de ciudad, decidió que lo mejor era regresar a Londres y que yo me quedara aquí para acabar de escribir mi nueva novela.

—¿Ha vuelto a escribir, señor Holland? —preguntó la agente Madden con emoción.

—En realidad nunca lo he dejado, agente Madden, pero ahora tengo una muy buena historia y por eso vine aquí, por la calma que no encuentro en la ciudad. La cuestión es que esa mujer… Daphne, Daphne Wood… — Sacudí la cabeza con hastío—. Me pone nervioso que esté tan pendiente de mí, ¿entienden? Está obsesionada. Siempre mirando por la ventana…

—… como las protagonistas cotillas de los thrillers —apuntó la agente Madden.

—Entiendo  —intervino  el  agente  Coon—.  ¿Quiere  denunciarla?

¿Poner una orden de alejamiento?

—No, no, no quiero problemas. Miren hacia su casa. Con disimulo, por favor. Durante todo el rato que llevamos aquí hablando, no se ha movido de la ventana. Y es así cada día, desde que llega de la librería hasta altas horas de la noche.

—Coloque cortinas —planteó la agente Madden.

—Lo haré.

No pensaba hacerlo; convertirme en una obsesión para Daphne Wood formaba parte del plan.

—Creemos en usted, señor Holland, pero antes de irnos, me quedaría más tranquilo si supiera que todo va bien… ya sabe, que su mujer se encuentra bien.

—Ah. Por supuesto, pero mejor vayamos al vestíbulo —sugerí, con el contacto de Audrey en la pantalla del móvil, a punto para hacer una videollamada con la que demostrarles que estaba sana y salva y que Daphne estaba loca, eso era lo que tenía que esforzarme en demostrar, que estaba como un cencerro—. Allí la vecina no podrá vernos.

Los agentes, conformes con salir del campo visual de la librera, se levantaron mientras yo marcaba el número de Audrey, que contestó a la videollamada con desconcierto.

—¿Va todo bien, Jill?

—Sí, es que la vecina…

—¡No! ¿Te ha hecho algo? ¿Quiénes son? ¿Policías? —se alarmó Audrey.

—Luego te cuento, tranquila…

—Disculpe las molestias —intervino el agente Coon abochornado.

—¿Pero ocurre algo? —preguntó Audrey, con las mejillas encendidas, cada vez más angustiada.

—Ahora te vuelvo a llamar y te lo cuento todo, Audrey. Ha sido un malentendido…

—¿La vecina ha llamado a la policía? ¿Pero por qué, Jill? Está chalada, ¿saben? Se pasa horas, ¡horas!, mirando por la ventana en dirección a nuestra casa. Está obsesionada con Jill —les dijo a los agentes con rabia, sin tener ni idea de lo que Daphne, seguramente con buena fe y preocupada por ella, había denunciado como habría hecho cualquier vecina que ve actos extraños en la casa de al lado. Pero claro, Audrey tampoco sabía el teatrillo que yo había organizado en plena madrugada para que hubiéramos llegado a ese punto, y los agentes, después de ver que

estaba a salvo, tampoco iban a volver a ese tema ni a creer a Daphne. La jugada había sido maestra. Si a la librera se le ocurría volver a llamar a la policía, no le harían ni caso.

—Disculpen las molestias —se apresuró a decir la agente Madden—. Como ya le hemos dicho a su marido, si vuelve a tener algún problema con la señora Wood, llámennos.

—¡Hazlo, Jill! Por Dios, hazlo, denúnciala, esa mujer está loca.

—Ahora te vuelvo a llamar, cariño. Tranquila, no te preocupes por nada. Todo está bajo control.

Corté la videollamada y los tres, tanto los agentes como yo, respiramos aliviados.

—Bueno, pues no tenemos nada más que hacer aquí —dijo el agente Coon mirando a su compañera, que comprimió los labios y asintió con la cabeza—. Señor Holland, siento mucho las molestias.

—No es su culpa, agente. Entiendo que tuvieran que comprobar si lo que Daphne les ha contado era cierto.

—Ha sido muy amable —se despidió la agente Madden, ya en la salida, dedicándome una amplia sonrisa y mirando con desconfianza hacia la casa de Daphne—. ¿Quiere que vayamos a decirle algo? Podemos…

—No, por favor, no —la interrumpí, sacudiendo la cabeza enérgicamente a modo de negación—. Dejémoslo así.

—Como usted quiera. Gracias por su amabilidad y comprensión.

—Un placer.

Los agentes por fin se marcharon, pero lo hicieron a paso lento, tranquilos, mirando hacia la casa de Daphne con reprobación. Yo regresé al salón y, desde una de las ventanas, miré desafiante en dirección a la casa de la librera, para que supiera qué se sentía al ser observado cuando crees que nadie te ve. Cuando se dio cuenta, abrió la boca, como si estuviera llamando a alguien, corrió las cortinas, y se alejó de la ventana.

¿Crees que nos dejará en paz un tiempo?

Espero que no, pequeña. Hemos venido a jugar.

Capítulo 9

Mi nueva novela empezaba igual que mi historia. O al menos, parte de ella. Con un pasado doloroso y enquistado y una llamada a un detective privado. Al contrario de lo que mi imaginación había fabricado, el detective no fumaba pipa, sino cigarrillos de liar, y en lugar de llevar gabardina y sombrero de fieltro, vestía tejanos rotos, sudaderas oscuras con capucha y zapatillas Converse tan gastadas, que parecía que las había sacado de un contenedor. Pero era bueno. Joder si era bueno… El mejor. No había nada (ni nadie) que se le escapara.

Fue casualidad que activara el micrófono espía que había dejado en la librería de Daphne, justo cuando llamó al periódico en el que trabajaba la periodista Cherry Brown. Hay cosas que están destinadas a pasar. Me costó un rato ubicar ese nombre, hasta que caí en la cuenta de que era la periodista que había escrito el último artículo que hablaba de Audrey y de mí y de nuestra mudanza a Castle Combe, incluyendo el Home Tour eliminado de Instagram.

Daphne se presentó así:

—Leí el artículo de Cherry sobre la «huida» de Londres del escritor Jill Holland y su mujer tras el suicidio en abril de su vecina, la señora Abernathy. Soy la actual vecina de Jill Holland en Castle Combe, el pueblo al que recientemente se han mudado. Vivo en la casa de al lado de Jill Holland.

Ser la nueva vecina de Jill Holland podía ser una noticia muy jugosa, así que, según pude escuchar a través del micro espía, enseguida le pasaron con Cherry. Quedaron en la librería a la mañana siguiente a las once. Lo que no entendí al principio era la mención a la señora Abernathy.

¿Qué tenía ella que ver en toda nuestra historia, una historia que solo nos concernía a Daphne y a mí? Aunque Cherry había mencionado a la señora

Abernathy en su artículo, deduzco que porque su suicidio fue algo bastante sonado en la zona, tuve que volver a leerlo para entender por qué la librera había contactado con la periodista. Y por qué había hablado de mi anterior vecina, si Daphne no la conocía de nada.

La librera le dijo a Cherry:

—Escribiste que Jill y Audrey huyeron de Londres. «Huyeron». Nadie utiliza esa palabra sin un motivo y, perdona que te corrija, Cherry, pero de la desgracia es imposible huir. De la culpa, de la sospecha…, eso ya…

¿De la culpa? ¿De la sospecha?

Y entonces lo entendí… lo entendí todo y era genial. Porque la librera no solo pensaba que había matado a Audrey, también sospechaba que yo era el responsable de la muerte de la señora Abernathy.

Volví a mi portátil, a la temida hoja en blanco. Antes de centrarme a completar el primer capítulo, escribí entre todas las notas e ideas sueltas que se me iban pasando por la cabeza:

[Venimos de un mismo lugar.

Y, sin embargo, nos hemos movido en direcciones distintas,

sin sospechar que nuestros caminos estaban destinados a cruzarse].

Mmm… qué poético te ha quedado.

¿A que sí, pequeña?

Daphne y yo teníamos algo en común. Nos alimentábamos de nuestros fantasmas. Ella creyó mis mentiras, mis provocaciones, cayó en las redes de mi juego (macabro, sí, un poquito macabro por el bien de mi historia), y empezó a pensar que yo era el demonio, cuando la realidad era que el demonio le devolvía a ella la mirada cada vez que se veía reflejada en el espejo.

Esa tarde Rose y yo quedamos en una bonita cafetería de Chippenham. La tenía comiendo de mi mano. Estaba radiante, muy distinta a como iba a

trabajar a la cafetería. Se había arreglado para la ocasión, y el cabello, que siempre llevaba recogido en una cola de caballo, se lo había dejado suelto, peinado en bonitas ondas, lo cual me hacía sentir más seguro de mí mismo. Confiaba en que podría arrancarle toda la información que deseara, pero no esperaba que su revelación resultara tan turbia como los planes que me habían traído hasta Castle Combe.

Había varios motivos por los que Rose cantó tan rápido: puede que también le faltara un tornillo para confesarme algo tan grave, ya que yo seguía siendo un desconocido para ella, y ahí estaba, de nuevo, el efecto de la fama. Para los simples mortales no somos desconocidos. Creen que nos conocen. Que somos de confianza. Que pueden contarnos cualquier cosa sin consecuencias. Que, en cuanto les prestamos un poco de atención, somos sus amigos. O que creyera que mi curiosidad por la librera era la única manera que tenía de acercarse a mí y, revelándome un secreto que la tenía en un sinvivir, no querría separarme de ella.

Lo mejor de todo fue que no tuve que forzar nada. La mención a la librera salió en cuanto la camarera nos sirvió el café. Rose, vivaz, le dio un sorbo que pareció saberle a gloria, y, con los ojos entornados, dijo:

—Veo que Daphne te interesa bastante. Y no es para menos. Entiendo que es un personaje curioso digno de thriller y que como llevas un tiempo sin publicar… debe inspirarte, ¿verdad? ¿Te estás inspirando en ella para la protagonista de tu próxima historia?

Vaya, parecía una entrevista. Que llamara personaje a su amiga, aunque esa tarde me percaté de que Rose no la consideraba como tal, era, cuando menos, curioso.

—Me parece un tanto… peculiar, sí —admití, esbozando una sonrisa.

—¿Estás estudiando su comportamiento?

—Podría decirse que sí…

—Lo sabía. Sabía que Daphne te estaba inspirando para tu nueva novela —comentó, satisfecha de su instinto que yo, obviamente, no contradije—. Creo que está un poco obsesionada contigo.

—¿Ah sí?

—Ajá. Lo disimula, pero es evidente que, desde que te mudaste a la casa de al lado de la suya, piensa en ti todo el rato. Y yo hago ver como que me caes mal —rio Rose, sacudiendo la cabeza y poniendo los ojos en blanco—. En fin, sí, solo para que siga creyendo que estoy de su lado, pero

en realidad… estoy un poco cansada de intentar ayudarla. Cada vez está más paranoica, y es que…

—Y es que… —la animé a continuar—. ¿Qué pasa, Rose?

—Ha hecho cosas muy malas —susurró, con la vista clavada en su taza de café. Su semblante cambió, tragó saliva y continuó—: No sé si debería contarte lo que hizo. Porque, si te cuento cosas sobre Daphne, ¿me aseguras que no vas a ir a la primera comisaría de policía que encuentres a denunciarme?

—¿A denunciarte? —me extrañé—. ¿A ti? ¿Por qué?

—Por encubrir a Daphne.

—¿Qué has encubierto, Rose? A mí puedes contarme lo que quieras.

Si necesitas desahogarte… aquí estoy yo.

Rose asintió, indecisa de si continuar o no. Por suerte para mí, se abrió del todo.

—Un asesinato —contestó con los ojos muy abiertos, esbozando una sonrisa traviesa que estaba fuera de lugar—. Un asesinato que me está pesando, que no puedo soportarlo más… llevo tanto tiempo guardándome esto que…

Esperé. Esperé a que terminara su café, a que se calmara un poco y a que pusiera en orden sus pensamientos. Atrapé su mano, que había dejado encima de la mesa, y se la acaricié en un gesto íntimo que pareció convencerla del todo para desprenderse de los turbios secretos de Daphne que le impedían dormir bien por las noches. Cuando compartes con alguien un secreto tan tremendo como el que Rose llevaba un tiempo guardando solo para ella, la carga se hace más liviana. No obstante, no podemos olvidar la manida frase de que dos pueden guardar un secreto si uno de ellos está muerto, algo que Rose no tuvo en cuenta a la hora de desembuchar.

—Rose, sea lo que sea, te prometo que no diré nada. A nadie. Y que me irá bien para mi historia, para el personaje que… bueno, tú misma lo has dicho, Daphne es todo un personaje en el que sí, reconozco que me estoy inspirando un poco después de dos años de sequía creativa.

De nuevo, una verdad a medias… Rose sonrió con picardía.

—Entonces ¿quieres escribir sobre Daphne?

—Me parece un personaje curioso, sí. Es… bastante obsesiva. Delirante. Se pasa horas mirando por la ventana en dirección a mi casa.

Cuando voy a la librería, me espía. Y, a veces, cuando estoy frente a ella, delante del mostrador, parece…

—… ida. Sí, Daphne se va. Se ausenta. Es como si su cuerpo…

—… continuara presente…

—… pero su alma desapareciera —completó, contenta de nuestra aparente compenetración a la hora de ir desgranando lo que le ocurría a Daphne—. ¿Y la has visto hablando sola? —quiso saber.

Mi mano todavía estaba encima de la de Rose. Acaricié su piel con lentitud, con mimo… ella sonrió, aunque el tema que estábamos tratando requería absoluta seriedad.

—Sí —confirmé—. La he visto hablando sola. También me dijo que vivía con su marido…

—Liam. Tengo una buena historia para ti, Jill… Ella lo mató — confesó al fin—. Daphne le provocó el accidente de coche que lo mató. A él y a su amante.

No me sorprendió ni un poco.

—¿No te sorprende? —inquirió Rose. Me encogí de hombros.

—He visto tanto, Rose, que si esta noche dijeran en las noticias que Elvis Presley está vivo, ni me inmutaría.

—Liam se enamoró de la hermana de la administrativa del taller mecánico en el que trabajaba —empezó a relatar, centrando la mirada en nuestras manos entrelazadas, como si ese gesto fuera la prueba concluyente de que podía confiar en mí. Y podía, claro, porque no iba a denunciar nada a la policía y no habría consecuencias hasta que mi novela, esa que cambiaría para siempre el destino de la librera, viera la luz—. En realidad, creo que Liam nunca estuvo enamorado de Daphne, solo… solo le atrajo su dinero. Porque Daphne tiene mucho dinero. Una herencia o algo así. No sé mucho, porque ella apenas cuenta nada de su vida. La amante de Liam se llamaba Lucy. Liam iba a dejar a Daphne por ella. Y una madrugada, Daphne fue hasta donde vivía Lucy. Sabía que aparcaba el coche en la calle. Lo abrió y manipuló los frenos, porque Liam era mecánico y ella había aprendido algunas cosas de él. A la mañana siguiente, Liam y Lucy sufrieron un accidente y ambos murieron en el acto. Creo que Daphne no contaba con que Liam también iría en el coche.

—Así que Daphne provocó el accidente que mató a su marido — resumí—. ¿Hubo investigación?

—No sé mucho al respecto, pero me parece que no. Lucy tenía un coche viejo y bastante destartalado. No vieron manipulación, solo un fallo en los frenos porque el vehículo estaba en mal estado. Cosas que pasan.

—Entonces ¿Daphne te confesó lo que hizo?

—Sí y no. Me lo confesó, pero Daphne no se acuerda de nada. Para ella, Liam sigue vivo, en casa. No sospecha que vive con un fantasma al que solo ella ve, seguro que lo ve como si continuara vivo, pero no deja de ser raro… y triste. Me dijo que ella había provocado el accidente de coche con la intención de que solo muriera Lucy para que Liam volviera con ella, en uno de esos momentos en los que su alma se escapa y su cuerpo funciona en piloto automático. Me da mucho miedo cuando se pone así, pero aguanto y le saco información, cosas que, en otras circunstancias, no me contaría. Daphne sufre lagunas mentales. He buscado información al respecto y parece algún tipo de trastorno esquizoide de la personalidad. Aunque traté de volver a sacar el tema del accidente en el que murió Liam y la amante cuando Daphne estuviera… normal, por así decirlo, ella no recuerda nada.

—Para Daphne, Liam sigue vivo. Por eso me dijo que vivía con su marido…

—Exacto. Aunque apenas hable de Liam, para ella sigue vivo, y no seré yo quien le lleve la contraria. Ah, y Lucy. En su mundo, Lucy también está viva. En el mundo que Daphne se ha inventado, ella es inocente, no ha matado a nadie —recalcó—. Liam y Lucy no están muertos, y estoy convencida de que tiene miedo de que la vuelvan a engañar. Así de mal está su mente…

—Rota.

—Sí —confirmó Rose con pesar—. Daphne está rota.

Se me erizó el vello de la piel. Porque el crimen que Rose me había confesado, no era el único que Daphne Wood había cometido, y creo que, en el fondo, ella también lo sospechaba.

Pensé en el tema de la herencia que Rose había mencionado de pasada. Yo no tenía ni idea de nada de eso, y Rose tampoco parecía saber mucho más, aunque deducía que, detrás de lo de la herencia, había una historia interesante que necesitaba conocer. Esa misma noche, al llegar a casa, llamé al detective. No tardé en tener noticias.

Capítulo 10

Al día siguiente me levanté temprano, sabiendo que Cherry Brown, la periodista, iría a la librería a las once, tal y como había quedado con Daphne cuando esta llamó al periódico, conversación que escuché gracias al micro que escondí en la balda de una de las estanterías. Tenía una curiosidad insana por saber qué le iba a contar la librera y si Cherry la creería o pensaría, como la mayoría, que le faltaba un tornillo.

Entré a las diez y media, dispuesto a enloquecer un poquito a Daphne. Seguía divirtiéndome, aunque el temor de que una noche se colara en mi casa y me cosiera a puñaladas como la psicópata que era, siempre estaba ahí.

Había más libros de true crimes, lo que me indicaba que, en el fondo, la librera quería seguir conservándome como cliente, pese a la incomodidad que era evidente que yo le provocaba cada vez que entraba por la puerta haciendo sonar la campanilla. Sabiendo que Daphne me observaba a través del discreto monitor que tenía colocado debajo del mostrador, hice de las mías. Abrir libros y olerlos exageradamente. Dibujar cruces imaginarias en las cubiertas. Mis gestos nerviosos la ponían a ella de los nervios y eso me gustaba, me gustaba ver a Daphne fuera de sus casillas, romperla más de lo que estaba. Nunca me he considerado un hombre vengativo, pero Daphne era el mal personificado y merecía lo peor. Lo entenderán a su debido tiempo.

A las once, puntual como un reloj suizo, la periodista hizo acto de presencia en la librería, justo en el momento en que yo ya estaba preparado para salir a escena con dos libros que nunca llegaría a leer. Ambas disimularon. Cherry se hizo pasar por una clienta más, y Daphne trató de disimular la crispación que le provocaba que yo estuviera en su librería justo en ese momento. A las once. Cuando había quedado con la periodista

que había escrito el último artículo que hablaba de Audrey y de mí, el artículo que, para Daphne, había desatado una discusión acalorada con fatales consecuencias. Como no tenía prisa, esa mañana me dio por preguntar con una inocencia fingida:

—Por cierto, ¿tienes libros sobre venenos?

—¿Venenos?

Me estaba superando. La librera se quedó petrificada, muda, blanca como las estanterías de su coqueta librería atestada de fotografías en blanco y negro de autores clásicos colgadas en las paredes. Detrás del mostrador donde se encontraba Daphne, Virginia Woolf, Dostoyevski, Jane Austen, George Orwell, Franz Kafka, Leo Tolstoy, Nabokov y muchos otros autores, parecían mirarme con expresión divertida desde sus retratos enmarcados.

En vista de que la librera se había quedado sin habla, insistí:

—¿Daphne? ¿Libros sobre venenos?

—Eh… —dudó—. No. Pero sí tengo libros de botánica.

—Y qué tiene que ver… —mascullé, confuso.

—Bueno, en los libros de botánica hay información sobre el veneno de las plantas, por ejemplo. Plantas tóxicas en parques, jardines, entornos urbanos… Nadie está a salvo.

«Nadie está a salvo».

Uau. No fue lo que dijo, sino cómo lo dijo. Daphne, a pesar de que a menudo se apagaba, tenía respuestas para todo. Quise decirle que, efectivamente, nadie que la conociera podía estar a salvo a pesar de su fachada en apariencia indefensa y dulce, pero me callé, miré de reojo a Cherry, que seguía haciendo ver que estaba interesada en alguno de los libros de la mesa de novedades, y me fui sin decir adiós.

Me encerré en el coche, aparcado a unos metros de distancia de la librería. Puse en marcha el aparato que me había facilitado el detective, me coloqué los auriculares, y empecé a escuchar:

—Me dijiste que eras la nueva vecina de Jill Holland —dijo la periodista—. ¿Viene mucho a tu librería?

Sonreí. A Daphne le temblaba un poco la voz. Preguntarle sobre libros de venenos había causado un efecto más raro en ella que cuando le pregunté sobre asesinos en serie.

—Desde que se mudó a Castle Combe ha venido tres veces. Esta era la tercera vez —precisó Daphne, y a mí tres veces me parecían muy pocas o

mis estancias en la librería se me habían hecho muy largas—. Ha sido coincidencia que tú y él…

—Ya, me lo he imaginado. No debe de saber quién soy, tranquila. Ay, Cherry, inocente Cherry, yo sabía perfectamente quién eras…

—Tu foto aparecía en el artículo que desencadenó la tragedia…

—¿La tragedia?

Cherry parecía extrañada, y no era para menos. Estaba preparado para que Daphne le contara lo que su perturbada mente había creado gracias a mi teatrillo. Básicamente, aunque con Cherry divagó más, era lo mismo que les había contado a los agentes Madden y Coon que no volverían a molestarme tras demostrarles que Audrey seguía viva. Sin embargo, para la librera yo era un asesino despiadado que había matado a su mujer. También le soltó que yo podía estar detrás de la muerte de la señora Abernathy, aunque Cherry le aseguró que no había nada raro en ese suceso, que había sido un suicidio. Era algo que ya suponía, que Daphne creía que en ese suicidio había estado mi mano, pero lo que no imaginaba, ni de lejos, era que intentara reabrir un suceso muy doloroso de mi pasado. La muerte de Brigitte, mi primera mujer, y el bebé que esperábamos.

—Fue muy sonado, aunque yo solo tenía doce años cuando ocurrió — le dijo Cherry—. Le preguntaré a mi jefe, por si en su momento hubo indicios de que el accidente fuera provocado.

¿Indicios de que el accidente fue provocado?

No los encontraría. Jamás. Brigitte, a quien yo amaba con toda mi alma, era una descerebrada al volante. Daphne era retorcida, muy retorcida. Que ella manipulara el coche que le provocó la muerte a su marido y a su amante, le hacía pensar que yo hice lo mismo, acabando con la vida de mi primera mujer y el bebé que llevaba dentro. ¿Que cobré una inmensa fortuna? Sí, cierto. Pero lo habría dado todo, absolutamente todo, por que Brigitte y mi hija no hubieran fallecido.

Daphne le había dicho a Cherry:

—Pero lo cierto es que Audrey no ha vuelto a dar señales de vida en redes sociales, tú misma lo has comprobado. Y no está en casa, te lo aseguro. La mujer de Jill está muerta, enterrada en los bosques de Castle Combe. Jill la mató a las pocas horas de que publicaras el artículo.

«Jill la mató».

Así de convencida estaba. Tenía a Daphne donde quería. Ahora solo me faltaba hablar con Cherry y tenerla de mi lado. Llegado el momento,

me lo agradecería, porque ella sería la elegida, la que tendría LA EXCLUSIVA. Una periodista ambiciosa y mal pagada que a duras penas llega a fin de mes, siempre viene bien, aunque sea mediante un sustancioso cheque de por medio.

La periodista tenía un Volkswagen Beetle de color cereza aparcado delante de la librería. Si la hubiera abordado en plena calle, la librera nos habría visto, así que, cuando arrancó y avanzó calle abajo, la seguí con mi inconfundible Rolls Royce Silver Dawn del 52. No debí hacerlo. O debería haberme comprado un coche más discreto que no fuera tan reconocible y llamara menos la atención. Después de que Daphne le inflara la cabeza con sus invenciones, algunas de ellas sugestionadas por mí, supongo que la periodista me vio o reconoció mi coche, e imaginó que iba a por ella para que no metiera las narices en mis asuntos. La realidad era que mi insistente mano sobresaliendo por la ventanilla para indicarle que se detuviera, era solo para hablar.

No hay forma fácil de decirlo, así que iré al grano. Cuando íbamos por la A420, Cherry, nerviosa y temiendo por su vida por lo que creía que era una peligrosa persecución, perdió el control del coche, derribó un muro y se estrelló, llevándose con ella varias lápidas de la iglesia Sant John’s. Yo di un frenazo para no correr la misma suerte, y al principio no supe reaccionar bien. La culpabilidad, el miedo… me hizo acelerar y pasar de largo.

¿Yo provoqué el accidente? Sí, supongo que sí.

¿Me vio alguien? ¿Había cámaras en ese tramo? No. Afortunadamente, no.

¿Dejé marcas de frenado?

No. Nada. Ni rastro de que yo había pasado por ahí.

Otro lamentable accidente de coche por exceso de velocidad, un exceso que Cherry no hubiera cometido si yo no hubiera ido a cien por hora pegado a ella…

Capítulo 11

Rose me llamó cuando por fin había terminado de escribir el primer capítulo de la que sería mi novela más íntima, aunque no por ello menos truculenta debido a un pasado que habría sido mejor poder borrar. Pero a mí nunca se me dio bien borrar el dolor. Se me había quedado grabado a fuego.

—¡Te hemos propuesto en el club de lectura! —me contó Rose con entusiasmo—. Y ni siquiera he tenido que proponerlo yo, ha sido Emily, lo cual nos viene fantástico para que Daphne no desconfíe de que estoy de tu parte. —¿De mi parte? ¿Qué quería decir Rose con eso de que estaba de mi parte?—. El caso es que… —continuó—… nos gustaría organizar algo en la librería, ¿qué te parece? Una firma, una presentación…

—Ah, pues…

Tenía la costumbre de hablar por teléfono de pie, así que me levanté y me asomé a una de las ventanas del despacho, no la que daba al bosque, sino la que daba a la calle, y me quedé pasmado al ver a Daphne cruzando a toda prisa para tirar al contenedor de enfrente tres enormes bolsas de basura.

¿Qué estaba haciendo?

Con la vista clavada en el suelo y la espalda encorvada, Daphne volvió a entrar en casa dando grandes zancadas, para salir al poco rato con un par de bolsas más que también acabaron en la basura. A continuación, como si tuviera mucha prisa, se subió al coche y se alejó calle abajo. Era raro. Su actitud distaba mucho de la de una persona cuerda, pero eso es algo que ya sabemos. Por otro lado, nunca había visto a la librera salir de casa cuando caía la noche.

—¿Jill? —llamó mi atención Rose—. ¿Sigues ahí? ¿Te parece bien?

A quien no le parecería bien era a Daphne, estaba convencido de ello.

¿Se lo habían preguntado? Aun tratándose de su negocio, seguro que la librera no había dado el visto bueno. El tema de la firma, la presentación… todo eso era cosa de Rose y del resto de integrantes del club de lectura del que me había hablado la tarde anterior en la cafetería de Chippenham. Estaba claro que la librera no quería verme en su librería más tiempo del necesario.

—Me parece genial, Rose, muchas gracias por pensar en mí —contesté al fin, para alivio de Rose, que soltó un suspiro y murmuró:

—Bueno… ¿cómo no hacerlo? Quiero decir… que…

Mientras Rose hacía un intento por decirme que se pasaba las veinticuatro horas del día pensando en mí, yo bajé las escaleras y salí de casa. La noche anterior, cuando me despedí de Rose, fingí que me moría de ganas de besarla, simulando incluso que tenía que contenerme porque la respetaba y porque era demasiado precipitado. Al final, para poder colgar la llamada, tuve que decirle:

—Rose. Estás en mi cabeza noche y día, no sé por qué, pero…

—Jill… —exhaló—. Me pasa lo mismo.

—Hablaremos de… de todo eso, Rose —le dije sin emoción. Pensé en Audrey. Si se enteraba de lo que estaba haciendo, no me lo perdonaría en la vida—. Ahora te tengo que dejar.

—Sí, claro, imagino que estás muy ocupado escribiendo.

—Hablamos. Y contad conmigo para la presentación en la librería,

¿vale?

—¡Claro, qué bien! ¡Será genial!

Colgué, porque ya preveía el jueguecito de «va, cuelga», «no, cuelga tú», «no, jijiji, tú»…, y guardé el móvil en el bolsillo trasero de los tejanos.

Abrí la tapa del contenedor lamentando no haberme puesto guantes, aunque antes me aseguré de que no hubiera nadie, lo cual era poco probable porque la casa de Daphne y la mía estaban apartadas, y la calle no conducía a ninguna parte. Jamás he rebuscado en la basura y era algo que me repugnaba, pero tenía que saber qué había tirado Daphne con tanta premura, no podía quedarme con la duda. Abrí una bolsa. Estaba llena de comida. Otra. Y otra… y otra más. Yogures, carne fresca, pescado, latas de conserva… Había un total de cinco bolsas a rebosar de comida en buen estado y sin caducar. Enseguida caí en la cuenta de que la locura de

Daphne se debía a la pregunta que le había formulado esa misma mañana:

«¿Tienes libros sobre venenos?».

Daphne pensó que me había colado en su casa y le había envenenado toda la comida. Así de mal estaba. Y yo feliz, más feliz que nunca, de que se le estuviera yendo tanto la cabeza.

Regresé a casa. Veinte minutos más tarde, busqué información sobre Cherry Brown, la periodista. En la cuenta de Instagram del periódico, lamentaban su fallecimiento. Había un montón de comentarios. También le dedicaron un artículo bastante completo, mientras que en otros periódicos la noticia del accidente de coche en la A420 pasaba desapercibido entre multitud de sucesos.

Apagué el ordenador. No podía escribir más, no estaba centrado. Me quedé en el capítulo en el que mi madre me confesó un secreto que, al contrario que mi padre, fallecido unos años antes, se negaba a llevarse a la tumba.

Cuánto peligro esconden los secretos que no queremos llevar en soledad.

Capítulo 12

Aun sabiendo que Daphne me tenía constantemente en su pensamiento, había dejado de asomarse tanto a la ventana. Era como si, con la ausencia de Audrey, se le hubieran ido las ganas de fisgonear. O puede que yo no me estuviera esforzando lo suficiente en mostrarle nada interesante después del teatrillo de la alfombra, y tampoco ayudaba el hecho de que mi despacho, donde me pasaba la mayor parte del día, no se viera desde su casa. Sin embargo, esa noche, después de regresar con la cara desencajada y un montón de bolsas de la compra (por eso se había ido tan apresuradamente, para reabastecer la despensa), sí se asomó a la ventana. Y yo tenía que simular que estaba harto de que cotilleara con tanta insistencia el interior de mi casa. Así que salí y llamé a su puerta con una violencia impropia en mí, pero no hubo respuesta.

—¿Daphne? —la llamé a gritos, dando un par de toques a la puerta—.

¡Daphne, sé que estás ahí!

Creo que soné un poquito amenazante.

—¡Buenas noches, señor Holland! —me saludó a gritos. No debió de moverse del sofá que quedaba junto a la ventana desde donde me espiaba, porque su voz sonaba muy lejana y también muy aterrada, como si yo fuera una amenaza, una especie de Jack el Destripador—. ¿Qué desea?

—Quiero hablar contigo, Daphne. ¿Me puedes abrir? No se me da muy bien hablar con las puertas.

—Mi marido está en casa.

No pude hacer otra cosa que echarme a reír, aunque la firmeza con la que dijo que su marido estaba en casa me estremeció. Su marido no volvería a casa. Ella lo mató. Ella. Y no recordaba nada. O quizá el shock fue tan fuerte porque su intención era que solo muriera la amante, que aún

no tenía asumido que su marido también había pagado las consecuencias de su maldad.

—Tu marido no está en casa, Daphne —dije con tranquilidad.

—¡Sí está! —afirmó con contundencia—. ¡Además, me estaba dando una ducha!

No podía llevarle la contraria, tenía que seguirle el juego. ¿Cómo era para ella vivir con su fantasma? ¿Hablaría tan poco como el mío? La diferencia era que yo había asumido que mi fantasma era solo eso, un fantasma que aparecía y desaparecía a su antojo, mientras Daphne le había otorgado una vida que ya no le pertenecía.

—No, no estabas dándote una ducha, me estabas espiando por la ventana. ¡Como siempre! —simulé estallar.

—Vale. ¿Qué quiere? —me preguntó, y su voz sonó más nítida, por lo que supe que se había situado detrás de la puerta.

—Hablar —contesté con naturalidad.

Daphne, nerviosa, cedió y me abrió la puerta. Tenía mala cara. Parecía muy cansada, como si la vida pesara toneladas. Conocía esa sensación. Cuando, trece años atrás en el tiempo, un par de agentes se personaron en casa para darme la noticia de que Brigitte había fallecido y que no habían podido hacer nada por el bebé que llevaba dentro, un agujero abismal se abrió bajo mis pies y la vida empezó a pesar, haciéndome sentir que no podría sostener ese peso. Pero pude. No sé cómo lo hice, pero pude continuar adelante a pesar de la oscuridad.

Si alguien nos hubiera visto a Daphne y a mí desde la distancia, habría pensado que la amenaza era yo, y, por un momento, me lo creí. Me creí el malo de la película y Daphne la pobre mujer en apuros, cuyo único delito había sido mostrar demasiado interés por los nuevos vecinos de la casa de al lado.

—¿Por qué me tienes tanto miedo, Daphne?

Y habría añadido, mientras sentía una fugaz pero intensa punzada en el estómago: «Soy yo el que debe temerte a ti».

—¿Ha llamado a mi puerta para preguntarme eso, señor Holland? — evitó responder.

Me percaté del temblor que se había apoderado de sus labios. Sus pupilas quedaron reducidas a meros puntos. Daphne me devolvía la mirada con inquietud, como un ciervo en medio de la carretera con los ojos fijos en unos deslumbrantes faros blancos.

—Por favor, tutéame. No soy mucho más mayor que tú.

—¿Dónde está Audrey?

—No es asunto tuyo, Daphne.

¿Qué otra cosa podía decirle? ¿Admitir un crimen que no había cometido? ¿Negarlo? No, negarlo no, negarlo nunca, quería que siguiera creyéndose que había matado a Audrey, y a mi primera mujer, y a la señora Abernathy… Era conveniente que creyera que yo era lo que en realidad era ella: una asesina sin corazón. Supongo que llega un momento en que a los seres diabólicos como Daphne les repugna tanto lo que son, lo que ven cada mañana en el reflejo que les devuelve el espejo, que no les queda otra que mirar hacia otro lado para poder seguir respirando con un poco de normalidad.

Me obligué a recordar ese instante. Tener a Daphne tan cerca que podía oler su aliento cálido y mentolado, era lo que llevaba meses ansiando. Estudié sus gestos en la medida de lo posible sin desviarme de mi propósito, que no era otro que plasmarlo en la hoja en blanco, una hoja todavía en blanco muy poderosa que haría volar toda su vida por los aires. Memoricé su mirada cargada de desconfianza y miedo, los demonios también saben lo que es el miedo, el temblor en su voz, los movimientos nerviosos de sus manos delgadas de dedos largos y uñas cortas y sin pintar, la dulzura ilusoria de sus rasgos, sus ojos color azul cielo fríos como el acero, penetrantes y más intimidantes de lo que ella suponía, y su mundo, ese mundo inalcanzable y roto, roto como lo estábamos ambos, ella y yo. Llegado el momento, me acordaría de todo lo que Daphne me hizo sentir.

—Llamé a la policía —confesó con un hilo de voz. Parecía avergonzada. ¿Creía que había llamado a su puerta por la llamada que hizo a la policía?

—Lo sé. Estuvieron en mi casa. Pero tranquila, no te lo tengo en cuenta.

—¿Entonces?

Parecía confusa.

—Entonces nada, Daphne, estamos en paz, pero métete en tus asuntos

—resolví, echando un vistazo al salón tenuemente iluminado que quedaba a su espalda.

A Daphne le gustaba la oscuridad y la luz macilenta procedente de lámparas de pie antiguas, mientras yo tenía la necesidad de tener siempre todas las luces encendidas. La oscuridad me daba miedo, mucho miedo, y

ya ven qué ironía, en la oscuridad he acabado; la oscuridad, tarde o temprano, termina engulléndonos a todos, y es un abismo del que no nos saca ni el recuerdo de las personas que nos han amado.

—Solo quiero que estemos bien —añadí, esbozando una sonrisa falsa y tirante para que percibiera la animadversión que sentía por ella—. Eres mi única vecina, la siguiente casa está pasando el cruce, y, además, eres la librera y tienes una gran colección de libros true crime. Nos seguiremos viendo. Mucho…

Con voz mecánica, Daphne dijo:

—Es un placer recibirle en la librería, señor…

—Jill. Solo Jill —la interrumpí—. Gracias, Daphne, que pases una buena noche, y, por favor, deja de asomarte tanto a la ventana. Ya sabes cómo acaban las vecinas cotillas en los thrillers, ¿verdad?

Sabía que ese último comentario se incrustaría en su cabecita trastornada tanto o más que mi inocente pregunta sobre si tenía libros de venenos que la había empujado a tirar a la basura toda la comida y bebida en buen estado. Estaba deseando volver a aparecer en su librería, a ver con qué cara me recibiría la próxima vez.

Capítulo 13

Destruir a Daphne Wood Más que una obsesión

Noviembre llegó frío, muy frío y lluvioso. Me gustaba la niebla que al anochecer se tragaba las callejuelas empedradas de Castle Combe, difuminando las centenarias casas de piedra como si tuvieran el poder de desaparecer. A menudo salía a pasear de noche o de madrugada cuando no era capaz de conciliar el sueño, con mi pequeño fantasma, cada vez más inquieto, caminando a mi lado.

¿A qué estás esperando, Jill? ¡Hazlo! ¡Mátala! ¡Mátala!

No voy a matar a nadie, pequeña. Pero acabará mal, acabará muy mal, por lo que te hizo, por lo que nos hizo a todos… te lo prometo.

¿Cuándo? ¡¿Cuándo?!

Estoy en ello, pequeña… estoy en ello.

Me fumaba un cigarrillo, mi placer secreto, y disfrutaba del olor a leña ardiendo en el aire. Parecía que era el único habitante de ese pueblo rodeado de frondosos bosques perfectos para enterrar un cadáver oculto en una alfombra enrollada.

Hablaba con Audrey a diario. Ya había decorado y amueblado la casa de Londres y la notaba feliz y relajada, todo lo contrario a cuando la obligué, porque sí, reconozco que la obligué, a venir a Castle Combe sin que ella supiera por qué ese lugar. Por qué esa casa.

—¿Cuánto te has gastado en muebles?

—Será mejor que no lo sepas… —rio.

Rose y yo quedábamos a menudo. Supongo que la atracción era inevitable. Ella, una chica joven y bonita por la que cualquier hombre hubiera suspirado, me escribía a diario aunque no tuviéramos pensado vernos. Me recordaba a mi primer amor, una chica que conocí en el instituto a la que, por timidez, jamás llegué a besar. Los besos que no damos también se quedan grabados en la memoria, créanme. A Rose y a mí nos unía el monotema de la librera, quien cada vez que me veía cruzar la puerta de su librería, me miraba con cara de pocos amigos.

—¿Y por qué vas a verla tan a menudo si tan mal te cae? —le preguntaba a Rose.

Rose se encogía de hombros.

—Me da pena.

—Pero dices que a veces te da mal rollo. Sabiendo lo que hizo, que manipuló el coche de la amante de su marido…

—Sí. No es una buena persona.

—¿Entonces? No entiendo…

—No hace falta que lo entiendas, Jill —sonrió con misterio—. Dicen por ahí que Liam, su marido, solo estaba con Daphne por interés, así que, en el fondo, supongo que tuvo su merecido.

—Eso es retorcido, Rose.

—¿Cómo va tu novela? —cambió de tema, y entendí que, hasta las personas como Rose que en apariencia son todo luz, también esconden una parte oscura y vengativa.

¿Qué haría Rose conmigo si se enteraba de que la estaba utilizando y la había engañado, porque lo mío con Audrey no había terminado como le hice creer?

—Bien —mentí, pues no había pasado del tercer capítulo—. Ya sabes, llevando al límite a mi protagonista.

—Me parece una pasada que te inspires en Daphne, en su librería, en Castle Combe, y me encanta poder ayudarte, Jill, me encanta…

Cuando Rose se ponía así de intensa, me daba casi tanto miedo como Daphne.

—Por cierto, tengo una idea genial para llevar al personaje aún más al límite… —comentó Rose, con una malicia que no había visto hasta ese momento—. Es arriesgado, pero merece la pena intentarlo. Vivirlo en primera persona hará que, cuando escribas el momento, el lector lo sienta con tanta intensidad, que le parecerá que ha estado ahí, y eso es lo que un

escritor de tu talla tiene que conseguir, Jill. Llevar la experiencia lectora a otro nivel.

Rose estaba muy metida en su papel de «salvadora» de un escritor que llevaba dos años seco de inspiración y se le ocurría cada cosa… Y todo desde que le confesé el teatrillo que había montado a altas horas de la madrugada con la alfombra, imitando Crímenes imaginarios, la novela de Patricia Highsmith que ella había leído y disfrutado, haciendo creer a Daphne que había matado a Audrey. Rose se quedó fascinada al enterarse de lo que había hecho, y estaba empeñada en superarme con ideas locas que siguieran conmocionando a Daphne, el personaje.

—¡Eres maquiavélico, Jill! —rio.

Rose me aseguró que Daphne no le había contado nada de eso, aunque le encajaba, porque, últimamente, estaba más rara de lo habitual, que ya era decir. Para seguir teniendo a Rose donde quería, le había contado que Audrey y yo habíamos terminado en términos amistosos, por lo que cuando recibí la visita de los dos agentes de policía, me fue muy fácil aclarar el asunto haciendo una videollamada con ella para demostrarles que estaba viva. Rose dijo que habría pagado lo que fuera por ver la cara de Daphne en el momento en que los agentes salieron de mi casa como si no hubiera ocurrido nada. El caso es que Rose era una asidua lectora de thrillers, lo que la convertía en una buena aliada. Era ingeniosa y tenía ideas retorcidas, que era lo que me interesaba. Un día, me confesó que le habría encantado ser detective, que era su sueño frustrado. Pensé en mi detective, en su última llamada, y en que pronto abandonaría durante unos días Castle Combe para ir a Londres.

—Sorpréndeme, Rose.

No había nada que le gustara más a Rose que complacerme y sorprenderme con sus brillantes (y macabras) ideas.

Las chicas del club de lectura, sin consentimiento de Daphne, lo cual era genial, habían organizado una presentación seguida de una firma de libros. La fecha se acercaba. Rose me aseguró que ella se encargaría de todo, que yo solo tenía que presentarme en la librería con la mejor de mis sonrisas y una buena disposición para todo el público que auguraba que acudiría. Un día antes de irme a Londres, pasé por la librería. La sección de true crimes

estaba más vacía, lo que me indicaba que la librera ya no estaba interesada en tenerme como cliente. Cada vez la veía menos veces asomada a la ventana de su salón o de su habitación con la vista clavada en mi casa, lo que me hacía pensar en llevar a cabo la idea de Rose.

—Por cierto, mañana me voy a Nueva York —le dije a la librera mientras metía en una bolsa los tres nuevos libros que acababa de comprar

—. Y las chicas de tu club de lectura contactaron conmigo hace unos días… —añadí, esbozando una sonrisa… sí, una sonrisa un poco maliciosa

—. Me propusieron hacer una presentación aquí, en tu librería, y acepté encantado.

No se lo esperaba. Tal y como me había advertido Rose, Daphne no tenía ni idea de la que estaban montando a sus espaldas, aunque cabía la posibilidad de que se negara, pues el local era suyo y era ella quien tenía la última palabra. Aun así, contestó con cierta indiferencia:

—Ah. Muy bien.

—Se me hizo raro que no me lo propusieras tú —tanteé—. Al fin y al cabo, la librería es tuya, pero ya me han dicho que… bueno, que eres… — Sí, ya, me había metido en terreno pantanoso—… especial —terminé diciendo, porque no sabía qué otra palabra emplear, antes de formularle otra pregunta con la que volarle la cabeza. Dark Web, sí, ¿por qué no? Todo lo referente a los bajos fondos de internet resulta sospechoso y da miedo—: Por cierto, ¿tienes algún libro que hable de la Dark Web?

—No me suena, pero hablaré con mi proveedor para que me traiga alguno —dijo, y en esa ocasión no pareció asustarse, como si le preguntaran por libros sobre la Dark Web a diario.

—Estupendo. Pues nos vemos cuando regrese de Nueva York, Daphne. No sé por qué dije que me iba a Nueva York. Podría haber dicho París, Dublín, Berlín, Roma… pero no, dije Nueva York y se lo dije también a Rose, para que pensaran que estaba lejos, muy lejos de Castle Combe, cuando la realidad era que me encontraba a escasas dos horas de distancia.

Capítulo 14

Audrey me recibió pletórica y con la típica efusividad de una pareja que hace semanas que no se ve. La casa de Londres, desprovista de los muebles oscuros que habían terminado en Castle Combe, estaba muy cambiada. Audrey se había decantado por una decoración minimalista y de muebles blancos que le otorgaban más luminosidad a las estancias. La noche en la que llegué hicimos el amor dos veces. Audrey y yo nos teníamos muchas ganas después de nuestro intento fallido de instalarnos en Castle Combe, pero me sucedió algo curioso. Mientras embestía a Audrey, no dejaba de visualizar el rostro de Rose. Y, muy a mi pesar y con repugnancia, el de Daphne, ese rostro a menudo inexpresivo y distante que parecía esculpido en piedra. Me era imposible olvidar a la librera y su mirada fría y sin alma. Asumí que tendría que pasar el resto de mi vida con esa obsesión, a no ser que la hiciera desaparecer de la faz de la Tierra, tal y como mi fantasma me pedía a cada maldita hora del día. Pero yo no era una mala persona. No era un asesino. Tenía que recordármelo a diario. No. Yo no era el malo de la película.

¿Seguro, Jill? ¿Seguro que no eres el malo?

No me hagas dudar, pequeña.

A la mañana siguiente de llegar a Londres, conduje hasta Bethnal Green, donde se encontraba el estudio del detective, que me recibió con un cigarrillo de liar colgando en los labios.

—Daphne Wood no deja de sorprenderme, qué personaje tan curioso. Lo que realmente era curioso es que trataran a la librera de personaje.

—Efectivamente, en febrero de 2013 cobró una sustanciosa herencia procedente de Charles Hall, fallecido en extrañas circunstancias.

—Charles Hall… —repetí, dándole vueltas a ese nombre—. ¿Qué le pasó?

—Se emborrachó, cayó por las escaleras y se desnucó.

—¿Y eso es extraño?

—Bueno, lo es por la llamada que recibieron. Daphne vivía con Charles en un austero apartamento de dos plantas en Castle Combe desde el año 2003. Fueron pareja y ambos trabajaban en una panadería de Chippenham. En 2012, Charles se despidió porque le había tocado la lotería. No puede decirse que fuera discreto. Durante meses, el tipo vivió a lo loco, despilfarrando un montón de pasta. El caso es que, una mañana, Daphne llamó a emergencias. Dijo que su amigo Charles estaba en la cama, que no se despertaba, que su piel estaba fría, y que le parecía que estaba muerto. Cuando la policía llegó, no encontraron el cadáver en la cama, como había dicho Daphne, sino a los pies de las escaleras, su cuerpo retorcido como el de un monigote. Había un enorme charco de sangre en el suelo. No le dieron importancia al testimonio de Daphne. Pensaron que era debido al shock, que no supo explicar bien lo que se había encontrado al llegar a casa.

—Daphne distorsionó la realidad.

Y, seguramente, no era la primera vez que lo hacía ni sería la última.

El detective asintió pensativo; ambos sabíamos que Daphne padecía un fuerte trastorno mental, probablemente desde niña. Le dio una calada honda al cigarrillo antes de decir:

—Charles Hall. ¿No te suena de nada ese nombre? —Negué con la cabeza—. Se crio en el orfanato con Daphne. En el mismo orfanato en el que estuviste tú.

—¿Pero fue un accidente o…?

—Sí, lo cerraron como accidente, pero, conociendo los antecedentes de Daphne, no me extrañaría que ella lo empujara escaleras abajo después de una acalorada discusión para cobrar la herencia.

—¿Daphne sabía que era la heredera de la fortuna de Charles?

—Solo se tenían el uno al otro, así que supongo que sí, que ella lo sabía —contestó el detective, leyendo esa misma frase «solo se tenían el uno al otro», en un informe que me entregó. No sé cómo la había conseguido, supongo que por algún contacto en la policía y con dinero de por medio, pero en la carpeta también había una fotografía del cadáver de Charles en una postura imposible, a los pies de una escalera enmoquetada salpicada de sangre. No solo se desnucó al caer, lo que le provocó la

muerte en el acto, también se golpeó la cabeza, de donde, por lo que vi en la fotografía, salió mucha sangre.

¿Cómo era posible que a Daphne le pareciera que había muerto en la cama, pacíficamente mientras dormía, si a mí, sin haberlo visto en directo, se me quedó grabada esa espantosa imagen digna de una película gore?

Si coincidí con ese tipo en el orfanato, su cara se había evaporado de mi memoria. Era normal, habían pasado muchos años, la gente cambia, nuestro rostro adulto poco o nada tiene que ver con el que teníamos de niños, y mi breve paso por el orfanato era una época gris y borrosa que apenas recordaba y que no habría vuelto a emerger, de no haber sido por las últimas palabras de mi madre en su lecho de muerte. Lo que estaba claro, era que Charles Hall fue otra víctima de Daphne Wood, quien, con su voz dulce, su color de ojos angelical y su aspecto de no haber roto nunca un plato, despistó a las autoridades. Era muy fácil echarle las culpas al shock, sin sospechar que se trataba de un mecanismo de defensa que había utilizado desde siempre para no verse a sí misma como el monstruo despiadado que era.

Capítulo 15

Le prometí a Audrey que faltaba menos, que regresaría a Londres muy pronto, en cuanto terminara la nueva novela, y que la casa de Castle Combe sería nuestro refugio de fin de semana solo si a ella le apetecía.

¿Cómo sospechar que esa sería la última vez que nos veríamos?

Mi querida Audrey, la mujer que me devolvió la ilusión después de muchos años sumido en la oscuridad por la muerte de Brigitte y mi hija nonata… Qué sola la he dejado, cuánto ha llorado desde que me he ido a este otro mundo sin tiempo, ni espacio, ni motivación.

Un día antes de la presentación y firma en la librería de Daphne, regresé a Castle Combe con la excusa de que era el único lugar donde podía encontrar la calma que necesitaba para avanzar con la novela. La librera había accedido a regañadientes, según me dijo Rose. Las chicas del club de lectura la habían acabado de convencer, aunque lo cierto era que no le habían dado opción a negarse.

—¿Vienes ya? Estoy deseando verte —me dijo Rose con confianza, como si fuéramos pareja, cuando la realidad era que todavía no nos habíamos dado ese primer beso que ella estaba deseando—. ¿Quedamos esta tarde?

—Sí. Esta tarde en mi casa —propuse.

—Ah, así que le has estado dando vueltas a lo que te dije…

—Es una idea arriesgada, Rose, pero hay que ponerla en marcha. Me irá genial para el capítulo en el que estoy trabajando —me inventé—. Estoy un poco estancado, por eso he decidido que sí, que lo haremos.

Había llegado el momento de soltar la bomba. De dejarme de jueguecitos y que todo estallara.

La risa estruendosa de Rose me llegó desde el otro lado de la línea, mientras a mi lado, en el asiento del copiloto, mi fantasma sonrió y

murmuró:

Por fin lo vas a hacer. ¿Cómo la vas a matar? ¿Dónde la vas a enterrar? ¿Necesitas más ideas o con Rose te apañas?

—¡Será divertido! —exclamó Rose—. Estoy deseando ver la cara que pone Daphne cuando le hagamos creer que me tienes maniatada, torturada y secuestrada.

[No eras nadie para mí,

aunque me dejaras incompleto.

No existías.

No formabas parte de mi vida ni de ningún recuerdo.

Hasta que ella te desenterró del olvido, tan apacible y piadoso,

y yo me lo tomé como si me estuviera pidiendo justicia].

Rose me habló de la anterior propietaria de la casa. Se llamaba Bettie, era una anciana cotilla y malhumorada a la que los hijos no soportaban, que se llevaba a las mil maravillas con Daphne. Dios los cría y ellos se juntan. Falleció de un infarto fulminante en el sótano, un lugar que a Daphne le daba miedo desde que la encontró muerta delante de la lavadora.

—Es el lugar perfecto. Además, Daphne puede ver una buena parte del sótano desde la ventana de su salón. Aunque corremos el riesgo de que no se atreva a bajar. Un día me contó, antes de que los hijos de Bettie decidieran poner la casa a la venta, que el fantasma de Bettie seguía en el sótano. Que ella veía sombras danzando y que la bombilla que cuelga del techo se encendía y se apagaba sola.

Miré a mi fantasma con el rabillo del ojo. Ambos supimos que Rose no creía en fantasmas ni en otro tipo de vida después de morir.

—Daphne tiene que estar a punto de llegar —le dije, mirando la hora en mi reloj de pulsera—. ¿Vamos al salón? —propuse, llevándome de la cocina un par de copas y una botella de vino tinto a medias, con el cristal

empañado a causa de la condensación, que dejé encima de la mesa de centro antes de acomodarnos en el sofá.

Rose y yo estábamos muy cerca el uno del otro. Su rodilla rozaba intencionadamente la mía provocándome un hormigueo en el vientre, y me pidió que colocara la mano en su muslo. Lo hice esbozando una sonrisa traviesa y con decisión, como si tocarla fuera lo que más deseaba en el mundo. Y lo deseaba, la verdad. Deseaba tocarla y besarla, había imaginado muchas veces cómo sería estar con Rose, si sería muy distinta a Audrey, si su vitalidad y sus rarezas infantiles le darían algo de emoción a mis días, que, últimamente, habían sido un tanto oscuros y obsesivos… Sus ojos brillaban de emoción, perdiéndose a cada rato en dirección a la casa de Daphne. Sin desviarnos de nuestro plan, Rose me contó que Daphne estaba muy triste, porque había muerto uno de sus clientes preferidos, un tal señor Davies. Un buen hombre, ya mayor, muy querido en el pueblo.

—Ya ha llegado —me avisó Rose, acortando la poca distancia que nos separaba. Dio un sorbo a su copa de vino tan cerca de mí, que casi pude saborear el aroma a roble y cerezas que se impregnó en su paladar—. Yo no bebo, ¿sabes? A Daphne le parecerá raro que esté aquí contigo, y además bebiendo vino… seguro que pensará que soy muy joven para ti o algo así —comentó entre risas, disfrutando de ese momento tan cómplice e íntimo, en el que nuestra única misión era enloquecer y enfurecer a Daphne, para que yo pudiera estudiarla de cerca y crear un personaje redondo y creíble. Me parecía mentira que Rose se tragara algo así, que no sospechara que, detrás de mi inquina hacia Daphne y mi clara intención de desquiciarla, había un motivo de peso que me había llevado hasta ella, y que no solo utilizaría para la historia en la que estaba trabajando, una historia que denunciaba unos hechos que no podían quedar en el olvido. Entiendo que, con tal de acercarse a mí y tener una excusa para verme con frecuencia, Rose se habría puesto a buscar vida extraterrestre sin creer en su existencia.

—¿Está mirando? —le pregunté a Rose, expectante.

—Sí, tiene la cara pegada al cristal —rio—. Y los ojos tan abiertos que parece que se le vayan a salir de las cuencas.

Vale. Era el momento. Bajé la mirada hasta los labios de Rose, que asintió ligeramente, como dándome permiso. Se la notaba un poco rígida, su timidez era encantadora. No había ni rastro de la risa nerviosa que había

esbozado unos segundos antes. Rose había estado esperando ese momento desde la mañana en la que me presenté en la cafetería de su madre pidiéndole perdón por nuestro primer encuentro en la librería. Lo vi en sus ojos. Lo que yo no esperaba, era que, en el fondo, lo deseaba tanto como ella. Presioné mis labios contra los suyos, y ella me acogió ansiosa, con un deseo irrefrenable, agarrándome con fuerza del cuello como si no tuviera pensado dejarme ir.

—Quiero hacerlo —me pidió, con su boca todavía pegada a la mía, los ojos entrecerrados y las mejillas encendidas.

A Rose ya no le importaba si Daphne seguía mirándonos desde la ventana del salón de su casa o no, si la escena la había impactado, enloquecido, si había montado en cólera, si estaba hablando sola como si Liam, su marido, estuviera vivo y siguiera con ella… Y a mí también dejó de importarme un poco, porque, después de mucho tiempo, me limité a estar presente y a vivir el ahora con una intensidad que hacía tiempo que no experimentaba.

—Yo también me muero de ganas —confesé en un murmullo que emergió ronco de mi garganta.

Fue la primera verdad que dije en mucho tiempo. Sí, me moría de ganas de estar con Rose, porque, ¿quién podía resistirse a una novedad tan apetecible como ella?

Capítulo 16

Daphne encontró el micro escondido en la balda de una de las estanterías, supuse que al retirarla para crear el espacio en el que, horas más tarde, me senté al lado de Rose para la esperada presentación. No me importó. Era bueno que Daphne pensara que había sido yo quien había colocado el micro para espiarla en lo que yo había imaginado que era el centro de todo, su librería. Todo era una ilusión fabricada especialmente para ella, el personaje. Había utilizado las escuchas del micro espía en pocas ocasiones, pues el día a día en la librería era bastante aburrido. Lo único interesante fue la visita de la periodista y la de un tal Oliver. Escuché la conversación de camino a casa. Fue como escuchar una radionovela.

—Hola, ¿se puede?

—¡Agente Davies! —exclamó Daphne, con una efusividad más propia de Rose que de ella, siempre tan comedida, tan profesional, tan seria.

—Oliver. Por favor, llámame Oliver.

—Estás… no sé, estás distinto sin el uniforme.

¿Sin el uniforme?

Mmm… La librera estaba coqueteando descaradamente.

Hasta que llegó la parte interesante en la que él le confesó que no había ido a la librería a por ningún libro, sino a pedirle una cita, y ella, tosca y de repente malhumorada, respondió que estaba casada.

Cuando el tal Oliver dijo «Pero Daphne…», ¿iba a decirle que su marido estaba muerto y que todo el mundo lo sabía? ¿Que ella ya no era una mujer casada, sino viuda? ¿Sabías, Oliver, dónde te estabas metiendo?

—Ya. Hasta aquí, Oliver. Mi marido me espera en casa —zanjó la librera.

Seguidamente, escuché el tintineo de la campanilla, y la puerta se cerró.

Fue la última conversación interesante que pude escuchar gracias al micro espía, antes de que Daphne lo encontrara.

A lo largo de mi carrera había dado cientos de charlas, presentaciones, firmas… pero en ninguna, salvo la primera vez hacía muchos años en Hatchards, la librería más antigua de Londres, había estado tan nervioso como los cinco minutos previos a la presentación en el local de Daphne. Y es que las chicas del club de lectura me abrumaron con sus constantes adulaciones, encarecidamente agradecidas por haber aceptado su invitación. Rose se mantuvo en un segundo plano con la vista clavada en el suelo, sonriendo orgullosa; esa tarde Rose no podía parar de sonreír.

Llovía y hacía mucho frío, pero la librería estaba llena, nunca había estado tan llena de gente, decían. También había periodistas en primera fila, no cabía un alfiler. Cientos de ojos puestos en mí, sentado al lado de Rose, guapísima para la ocasión. Se había preparado unas cuantas preguntas que se había negado a adelantarme, me llamaba señor Holland, y me hacía gracia cómo interpretaba el papel de presentadora profesional, como si la noche anterior yo no hubiera estado dentro de ella y ella no me hubiera mirado con un brillo que se acercaba bastante a la adoración.

Necesitaba tener a Daphne controlada. La tenía lejos, con un pie puesto en la calle. Su pose era recta, tenía los brazos cruzados, y su gesto era… no sabría definirlo. ¿Enfado? ¿Rabia? ¿Ira? Se notaba que me odiaba, que había algo en mí que no le gustaba. Yo solito me lo había ganado a pulso, sí, yo me había buscado estar en su radar. La librera me tenía en el punto de mira, y eso era peligroso.

Hubo un momento en la presentación, cuando respondía a la pregunta de cómo asimilé el éxito de Infierno, mi primera novela, en el que un hombre alto y apuesto entró en la librería y se situó al lado de Daphne. Cómo la miraba… como si la librera fuera maravillosa, como si no viera en ella el mal que anidaba en su interior y que yo tampoco habría imaginado si no tuviera tanta información en mi poder. Ese hombre…

¿Sería Oliver?

—¿Para cuándo nueva novela, señor Holland? —preguntó Rose, pillándome por sorpresa—. La última, París a medianoche, excepcional, por cierto, se publicó hace dos años. Ya va siendo hora de que nos deleite con una de sus fascinantes historias.

Tensé la mandíbula. No es que la pregunta me molestara, era normal que estuvieran deseando que publicara una nueva historia, pero que Rose me recordara que llevaba dos años sin publicar, con toda la presión que tenía de mi agente y mi editor, era un tanto estresante. Hice como que buscaba a alguien, aun sabiendo perfectamente dónde estaba ubicada la librera, y la miré, la miré con la intención de que supiera que, fuera lo que fuera lo que estuviera escribiendo, ella era mi inspiración.

—Estoy en ello, Rose. Estoy trabajando muy duro en ello… — respondí, sin dejar de mirar a Daphne, a quien se le notaba incómoda.

—Me alegra oír eso, y estoy segura de que el público que nos acompaña esta tarde estará de acuerdo conmigo.

Todos empezaron a aplaudir. ¿Por qué aplaudían? ¿Qué tenía de especial lo que yo había dicho o lo que había dicho Rose? El tipo que estaba al lado de Daphne le dio un codazo y le susurró algo al oído. ¿Qué le dijo? Daphne lo miró de reojo con cara de pocos amigos y, seguidamente, emitió un suspiro o un resoplido, no sé, no lo vi bien, mientras Rose me hizo otra pregunta cuando los aplausos se apagaron.

Capítulo 17

La falta de costumbre provocó que acabara con la muñeca destrozada de tanto firmar ejemplares. Daphne se quedó sin libros, la presentación había sido todo un éxito para su librería, pero se le notaba que estaba deseando que toda esa pantomima organizada por las que consideraba sus amigas, llegara a su fin.

Los periodistas se acercaron a mí haciéndome varias preguntas. Que cómo era vivir en Castle Combe, que si aquí había encontrado la tranquilidad que todo autor necesita para volver a crear, que si me había adaptado bien, que si los vecinos eran amables… Contesté a cada pregunta escuetamente.

Esa tarde ocurrieron muchas cosas, cosas simples que pasan desapercibidas si no estás ojo avizor. Daphne, apartada y evitando a la gente salvo para cobrar los ejemplares que, literalmente volaron de las estanterías, intentó en varias ocasiones acercarse a Rose, y esta la rehuía, demostrándole al fin lo mal que le caía. No eran amigas. Nunca lo habían sido. Era una mentira más que Daphne se había contado, imagino que para no sentirse tan sola, aunque era normal que lo creyera, debido a las recurrentes visitas de Rose a la librería. Más tarde, Rose me dijo que la librera le había insinuado que nos había visto besándonos, y que parecía muy molesta, como si quisiera advertirle de lo peligroso que era yo.

—Ha funcionado. Está que rabia… esa sería la palabra, Jill, rabia. Utilízala —me aconsejó—. Sería un buen título para tu novela, ¿no? Rabia

—puntualizó. A Rose solo le faltaba escribir la novela por mí.

Cuando la librería fue vaciándose, tuve ocasión de hablar un poco con el hombre que había aparecido en la presentación unos minutos tarde y se había situado al lado de Daphne. El que le había susurrado quién sabe qué al oído. Era Oliver. Oliver Davies, el hijo del cliente favorito de Daphne

que había fallecido recientemente. El mismo tipo al que escuché a través del micro espía, el que no había ido a comprar ningún libro, sino a pedirle una cita a la librera, y esta le había dicho que estaba casada. La conversación, aunque breve, fue de lo más reveladora.

—¿Os conocéis de aquí, de la librería? —me interesé.

—Podría decirse que sí, una vez vine con mi padre, pero Daphne no se acordaba de mí. —Se encogió de hombros, y yo supuse que el día que vino a la librería con su padre, Daphne estaba en modo off. Apagada o fuera de cobertura. Aislada en su mundo—. El otro día estuve a punto de ponerle una multa por exceso de velocidad, pero… en fin, la reconocí y me apiadé.

Ah… ¿con que una multa? De ahí que Daphne le dijera lo del uniforme.

—Ya… no le ha ido muy bien, ¿verdad? Por lo de su marido, digo…

—tanteé.

Oliver emitió un suspiro.

—Me gusta —reconoció, mirando a Daphne que, a su vez, nos estaba mirando a nosotros. Lo que siempre digo, ese es el beneficio de la fama, que la gente te cuenta intimidades como si fueras su amigo de toda la vida, aunque no te conozca en realidad—. Pero ella cree… no sé, es raro, pero Daphne cree que sigue casada. Que su marido…

—Ya, que su marido sigue en casa —atajé, obviando que una de las primeras cosas que me dijo era que vivía con su marido. De lo que no tenía ni idea, era de que ella le había provocado el accidente que lo mató. (Gracias, querida Rose).

—Puede que tenga algún problema mental… —dudó.

—Que distorsione la realidad —lo ayudé.

—Sí, eso es. Que distorsione la realidad —convino, pensativo.

—Pero si te gusta, no te rindas. Ayúdala. Invítala a cenar, por ejemplo.

—Me dirá lo de siempre… que está casada, que su marido la espera en casa… Aunque no sea verdad. Porque es como si se lo creyera, como si para ella fuera real.

—Bueno… el no ya lo tienes. Propónselo y a ver qué pasa —lo animé, guiñándole un ojo.

—No sé por qué te tiene tanta manía —confesó.

—¿Quién? ¿Daphne? —me hice el sorprendido.

—Perdona, no debería haberte dicho nada. No es que ella me haya dicho que… en fin, que son cosas que se notan y…

Me dio por reír y Oliver calló, sabiendo que, si seguía hablando, la pifiaría más.

—No, tranquilo, sé que soy un cliente un poco excéntrico y que, a veces, le hago preguntas un tanto raras o inquietantes…

—Ella vive en su mundo —le restó importancia.

—Exacto. Daphne vive en su propio mundo y ve cosas que… en fin, que no están ahí.

—Sí, sí… Encantado de conocerte, Jill —cortó la conversación, cuando estaba empezando a ponerse un poco incómoda.

—Lo mismo digo, Oliver —me despedí de él, dándole una palmada en la espalda, pasando por su lado y dirigiéndome a la librera, a quien, en mi opinión, le dediqué unas fantásticas palabras con las que debería haberse confiado y, sin embargo, todo su cuerpo se tensó de repente—. Gracias por lo de esta tarde, Daphne. Ya sabes lo mucho que me gusta tu encantadora librería.

—Ha sido un placer, Jill —dijo, forzando una sonrisa digna de una psicópata.

Miré fugazmente a Rose, pero estaba hablando con una de las chicas del club de lectura (no recuerdo nombres), y no se dio cuenta pese a estar siempre pendiente de mí. Deseé que esa noche Rose me sorprendiera y apareciera en casa, aunque no hubiéramos quedado.

Salí de la librería dejando que la lluvia me empapara durante mi paseo a pie hasta casa, y la niebla me engullera como lo hacía con las calles estrechas y empedradas de Castle Combe.

Capítulo 18

Oliver me hizo caso. Deduje que, cuando la librería se quedó vacía, le propuso a Daphne salir por ahí, y ella al final había sucumbido al deseo que estaba claro que sentía por él, y le dijo que sí. Llegó a las tantas de la noche y entró en casa ruborizada, después de estar un buen rato dentro del coche de Oliver. ¿Qué hicieron? ¿Hubo beso? ¿Un poco de magreo? Imaginé que sí, que algo había pasado entre los dos. Y no puedo negar que me mataba la curiosidad. Me habría encantado tener un agujerito por el que mirar durante las veinticuatro horas del día a Daphne. Saber hasta lo que comía o cómo se cepillaba los dientes. Entender el funcionamiento de los engranajes de su perversa mente.

Jill, lo de ser tan fisgones nos debe venir de familia, ¿verdad?

Mi fantasma y sus verdades como puños, con esa vocecilla infantil que jamás madurará…

Puede ser, pequeña, puede ser…

Vi a Daphne entrar en casa cabizbaja, con el peso de la culpa sobre sus hombros hundidos, si acaso se puede sentir culpa por serle infiel a un marido muerto, tocándose los labios con las yemas de los dedos y sin reparar en mi presencia tras la ventana.

Extracto I de Rabia, la novela inacabada de Jill Holland que su agente descubrió pocos días después de su muerte

Tuve los mejores padres que cualquiera podría desear, pero mi comienzo en este mundo no fue como he intentado hacer creer desde que me convertí en una figura pública. En realidad, provengo de un padre que se pasó media vida entrando y saliendo de la cárcel, y de una madre drogodependiente que no pudo hacerse cargo de mí. Pasé los primeros cuatro años de mi vida en un orfanato tan atestado de niños como de monjas, hasta que unos ángeles, James y Martha Holland, me adoptaron. Me dieron un hogar, amor y educación, pero siempre sentí que estaba incompleto. Mis padres nunca me ocultaron de dónde venía, pero casi se van de este mundo sin contarme que mi vida podría haber sido muy distinta de no haber sido por Daphne Wood, la librera de Castle Combe.

Toda vida bebe, según el momento, de todos los géneros literarios. Podría decirse que los acontecimientos que al fin estoy dispuesto a relatar, pertenecen a un thriller, a una novela de intriga, de misterio, a un drama familiar en el que también tiene cabida el crimen y el terror… y es que nada da más miedo que acortar la distancia que te separa de la persona que, sin tú saberlo, tanto mal te causó.

Haz que recuerde. Haz que hable. Haz que recuerde. Haz que hable.

Por eso estoy aquí, en Castle Combe, muy cerca del demonio. Para que recuerde. Para que hable. Por la imposibilidad de borrar el secreto que mi madre me reveló antes de fallecer, y la promesa que me hice de hacer justicia a la vida que no fue.

Pasaron los días. Rose pasaba más tiempo en mi casa que en la suya, pero con mucho cuidado de que Daphne no la viera. Venía cuando estaba trabajando en la librería y solo nos movíamos por las estancias que estaban fuera del alcance visual de la librera, quien, para mi decepción, cada vez se asomaba menos a la ventana. Hablaba a diario con Audrey, pero lo hacía a escondidas para que Rose no se enfadara conmigo. Si se enteraba de que seguía con Audrey, Rose era capaz de frustrar mi plan. La idea de que fuera a una ferretería y comprara bridas, cinta americana… todo tipo de utensilios que le hicieran creer a la librera que estaba a punto de cometer un secuestro, fue de Rose. En realidad, todo fue idea de Rose, con la intención de tener a Daphne donde yo quería: en mi casa, posiblemente en el sótano, con Rose como testigo además de la grabadora del móvil en

marcha, y someterla a un estrés difícil de gestionar hasta hacerla desembuchar todos sus crímenes, empezando por el de Julia, mi pequeño fantasma, la hermana a la que no pude conocer en vida.

Extracto II de Rabia, la novela inacabada de Jill Holland que su agente descubrió pocos días después de su muerte

De Julia, mi hermana pequeña, solo me queda una fotografía gracias a la cual pude ver nuestro asombroso parecido. Tenía el cabello muy rubio, recogido en dos trenzas. Era bonita y delgada, muy poquita cosa. Tenía una nariz pequeña y respingona salpicada de pecas. Parecía tímida, en la foto posaba muy seria, aunque a menudo imagino su risa y me parece el sonido más bonito del mundo. Es posible que la hija que no pude tener se hubiera parecido un poco a ella. Sus ojos verdes fijos en el objetivo de la cámara que capturó el momento, estaban destinados a apagarse a la temprana edad de siete años. Me lo contó mi madre poco antes de morir y sin apenas fuerza en la voz, una fuerza que ahora necesito para rescatar un suceso muy doloroso perteneciente al pasado. Ese pasado yo no lo viví, y aun así, me pertenece. Por eso, lo visualizo como si mis ojos se hubieran enfrentado al horror de lo que sucedió, curiosamente en el mismo lugar donde Julia posó para la única foto que tengo de ella: entre los arcos sombríos del convento.

Cuando los niños del orfanato veían a parejas paseándose por sus asépticos pasillos de suelos de linóleo, acostumbraban a darse codazos entre ellos, a esbozar amplias sonrisas desdentadas y a mirarlos fijamente, el truco estaba en mirar muy fijamente, sin ocultar las ganas de ser los siguientes en salir de esa especie de prisión repleta de monjas enjutas especialistas en romper sueños. Yo fui uno de esos niños. De eso hace mucho tiempo…

En 1994, diez años después de que los Holland me adoptaran, era un adolescente de catorce años bastante popular, estudioso y responsable, que vivía entre algodones en una bonita casa de arquitectura georgiana en

Mayfair. Una noche escuché a mis padres hablar. Mi padre empleaba un tono de voz grave y sereno, mientras mi madre parecía estar muy ilusionada. Tenían que regresar al orfanato. ¿Qué se traían entre manos?

—Veremos a ver —escuché decir a mi padre, con tono neutro y precavido.

Y una semana más tarde, me percaté de que algo había ocurrido, algo muy grave, pero ¿el qué? Se negaban a contestar a mis preguntas. Durante un tiempo, mis padres se mostraron esquivos y distantes entre ellos. Tuvieron que pasar veintiocho años para que entendiera por qué mi madre estuvo llorando durante meses.

—Ven, siéntate conmigo, Jill. Tengo algo muy importante que contarte

—empezó a decir mi madre, agarrándome la mano y acariciándola con suavidad, como cuando era niño. La edad había debilitado su cuerpo, mamá era todo huesos y pellejo; el cáncer, que se había iniciado en el páncreas hasta extenderse sin remedio por todos sus órganos, la había consumido, estaba a punto de morir. Lo veía en su mirada opaca y cada vez más vacía y distante—. Tu padre no fue capaz de contarte nada, pero yo no me puedo ir con este secreto, no podría descansar en paz. Sufrí tanto, Jill… tanto… la culpa fue mía, solo mía. Tienes que saber, hijo… Tienes que saber…

El secreto tenía nombre: Julia, nacida en 1987, siete años después que yo, fruto de uno de los encuentros entre los inconscientes de mis padres biológicos por los que nunca sentí ningún interés y que deben de criar malvas desde hace años. Mis padres adoptivos, al enterarse de la existencia de Julia, fueron al mismo orfanato de donde me sacaron a mí, con la intención de adoptarla. Sería una sorpresa maravillosa, el mejor regalo que podrían hacerme. Jamás volvería a sentirme incompleto.

—Cuando ya teníamos todos los papeles en marcha para formalizar la adopción, nos enteramos de que… de que Julia murió. Murió de un golpe muy fuerte en la cabeza. Julia, tu hermana pequeña, solo tenía siete años cuando fue asesinada por… su nombre no fue siempre ese, pero contraté a un detective privado, un buen detective… tienes su tarjeta de visita en el primer cajón de la mesita de noche, él te ayudará a saber más…

Su respiración era cada vez más fatigosa, más angustiosa. Mamá hablaba lo más rápido que podía pese a los accesos de tos que la obligaban a parar, porque intuía que la Parca estaba encima de ella empuñando su guadaña para llevársela al otro mundo.

Hizo un enorme esfuerzo y continuó:

—La asesina de Julia ahora se hace llamar Daphne Wood. Recuerda… Daphne Wood… La culpa fue mía por querer llevarme a Julia, nunca he podido quitarme la culpa de encima… Murió porque nos la íbamos a llevar para que tú… para que tú estuvieras con tu hermana. Tu hermana pequeña… El crimen no tuvo consecuencias, habría sido un escándalo para el orfanato. Ella solo tenía nueve años cuando mató a Julia… Nunca llegaron a adoptarla, estuvo en el orfanato hasta los dieciocho… Y ahora… ahora vive en Castle Combe… Regenta una librería, y es… es…

El resto de la revelación quedó flotando en el aire. Mi madre murió con los ojos llenos de lágrimas, lágrimas que seguían vivas y danzaban a cámara lenta por sus mejillas cuando su corazón ya había dejado de latir.

No pudo ser. Mamá no pudo más. Murió a las cuatro y tres minutos de la tarde del 5 de agosto de 2022. No le había dado tiempo a pedirme que hiciera justicia por la hermana a la que no pude conocer y por la que ella sufrió tanta pena, pero yo sabía que eso era lo que ella quería: justicia. Sin embargo, esas últimas palabras que quedaron pendientes, eran mucho más trascendentales que un simple ojo por ojo, diente por diente.

Dos semanas después del funeral de mi madre, me puse en contacto con el detective al que ella había contratado para saber qué había sido de Daphne Wood, la asesina de Julia, mi hermana pequeña. Y un mes después de la muerte de mi madre, mi fantasma en forma de niña de siete años seria, extremadamente seria como en la única fotografía que tenía de ella, hizo acto de presencia. Habla poco, lo observa todo, la quiero tanto como me inquieta, porque, a veces, me hace creer que me he vuelto un poco loco. Un año más tarde y después de meses frustrantes porque no había ninguna casa a la venta en Castle Combe, llegó el milagro. Se vendía una casa, y era la de al lado de la mismísima Daphne Wood, como si de una señal del cielo se tratase.

Capítulo 19

Bridas, cinta americana… oh, sí, un martillo y una pequeña sierra eléctrica, ¿por qué no? Con tal de seguir haciendo delirar a Daphne…

Faltaba media hora para que la librería cerrara, así que tenía que darme prisa si quería llegar a tiempo. Ignoré la mirada cargada de reticencia que me dedicó el dependiente de la ferretería, como si supiera que no iba a hacer nada bueno con la compra. Pareció memorizar mi cara, por si acaso aparecía algún cadáver con una cinta americana cubriéndole la boca, las muñecas atadas con unas bridas, las mismas bridas que me estaba llevando, extremidades cortadas con una sierra eléctrica o machacadas con el martillo que introdujo en la bolsa con gesto desconfiado…, y así ser capaz de describir mis rasgos como los del sospechoso que, para más inri, había pagado en efectivo.

Quién nos iba a decir al dependiente y a mí que, en unas horas, el muerto sería yo.

Conduje por encima de la velocidad indicada y aparqué delante de la librería. Entré, como de costumbre, sin saludar, algo que sabía que a Daphne le molestaba. La librera, que saludaba con una amplia sonrisa a todos sus clientes salvo cuando estaba inmersa en su mundo, veía en mí lo que en realidad era ella. Esa tarde llevaba conmigo la bolsa con el logo de la ferretería (otra genial idea de Rose). Podría haberla dejado en el coche, pero habría perdido la gracia.

—¿Puedo dejar la bolsa en el mostrador? —le pregunté a la librera, sabiendo que no podría aguantar las ganas de echarle un vistazo al contenido de la bolsa de la ferretería.

—Claro —aceptó sin mirarme.

Y me fui hacia la sección escondida de true crimes, no sin antes mirar de reojo hacia la balda de la estantería donde había dejado el micro espía

del que Daphne se había deshecho. A continuación, no hice nada especial. Mi comportamiento fue normal, porque sabía que Daphne no estaba pendiente del monitor y que la cámara colgada en una esquina me estaba capturando para los ojos de nadie.

Pasado un rato y respetando la hora de cierre, elegí un libro que sí me interesaba leer. Hacía poco más de un mes que estaba a la venta en inglés, y me habían hablado muy bien de él. Era The city of the living, de Nicola Lagioia. Contaba un horrible suceso con el que el autor se obsesionó, que databa de marzo de 2016: en un apartamento situado a las afueras de Roma, Manuel Foffo y Marco Prato, ambos de buena familia, se pasaron varios días de fiesta, poniéndose hasta arriba de cocaína, pastillas y alcohol. Querían que se les uniera más gente a la fiesta y llamaron a varios amigos, pero algunos no contestaron y otros les dijeron que no podían. Y así fue como dieron con Luca Varani, a quien apenas conocían. Luca era un buen chico de veintitrés años procedente de una familia humilde de la periferia que se ganaba la vida como podía. Le ofrecieron drogas y dinero a cambio de sexo. Todo era divertido hasta que la cosa empezó a enturbiarse. Manuel y Marco torturaron a Luca y terminaron asesinándolo a cuchillazos y a golpes de martillo.

Dejé el libro encima del mostrador para que Daphne me lo cobrara, consciente de que, pasara lo que pasara, sería la última vez que nos veríamos en una situación tan cotidiana.

—¿Todo bien, Daphne? —le pregunté, y casi se me escapa la risa porque sabía que, si estaba tan aturdida, era porque le había echado un ojo al contenido de la bolsa de la ferretería—. ¿Daphne? —volví a llamar su atención.

Me dio la sensación de que la librera se había vuelto a ir. Solo ella sabía dónde, o puede que ni eso. Ni siquiera se dignó a tocar el libro que me quería llevar, cuando dijo con un ímpetu que me sobresaltó:

—Te lo regalo.

—¿Cómo?

—El libro. Que te lo regalo.

—Ah… Pues… —titubeé con extrañeza—. Gracias, Daphne, muy amable.

La librera me devolvió la bolsa de la ferretería como si en su interior hubiera una bomba a punto de estallar, y me despedí con un gesto seco de cabeza. Me metí en el coche, arranqué y me alejé calle arriba. Ante mí

discurría una callejuela que trazaba una curva, al otro lado de la cual se levantaban, apiñadas unas a otras, las pintorescas casas de piedra de Castle Combe. Me fui alejando del centro, donde se extendía la quietud del campo nocturno y, más allá, el bosque que no me cansaba de contemplar desde mi casa, una casa que abandonaría pronto para regresar a Londres, con Audrey, y con el final escrito de mi nueva novela. Un final que tenía que ir de cómo acabé con las mentiras de Daphne Wood, relatando todo lo que hice (bueno, a lo mejor todo todo no), y así echar por tierra el mundo alternativo que se había inventado para no reconocer sus crímenes. El mundo entero conocería a Daphne Wood. ¿Había mejor venganza que esa? Por eso, antes de morir, mi madre me habló de ella, para que hiciera justicia, o así me lo tomé yo.

Por encima de mi cabeza, el vasto cielo despejado, un reguero de estrellas y una luna en cuarto menguante que me detuve a admirar. La casa de Daphne estaba a oscuras. No tardaría en llegar. Yo encendí todas las luces de mi casa nada más entrar, y Rose, que llevaba un rato esperándome, me recibió con un beso apasionado en la boca y una sonrisa astuta al ver la bolsa de la ferretería.

Capítulo 20

A altas horas de la madrugada, a Rose se le ocurrió:

—¿Y si grito?

—¿Qué?

A mí me estaba venciendo el sueño, solo quería dormir.

—Que si grito —repitió—. Grito fuerte, muy fuerte, y seguro que Daphne, desde su casa, me oye. Así, después de haber visto lo que has comprado en la ferretería, la volvemos loca del todo. ¡Será genial! Sabrás de primera mano cómo reacciona la vecina cotilla que cree que su vecino es un asesino en serie.

Mi novela, a la que Rose había titulado Rabia, ni siquiera iba de eso.

Sin darme tiempo a responder, Rose empezó a gritar a pleno pulmón, a saltar encima de la cama y a dar golpes contra la pared. Yo, desconcertado, miraba a Rose como si estuviera loca, y es que creo que un poco loca sí estaba. Ese aire infantil con el que me conquistó al principio, me estaba empezando a repeler. Solo pensaba en Audrey y en que quería volver a estar con ella… en que todo lo que había hecho desde que había comprado la casa de Castle Combe había sido un error, una locura, y ojalá haber podido borrar de mi memoria el nombre de Daphne Wood, como si mi madre nunca me hubiera contado nada.

Esperé a que Rose terminara, con la necesidad de taparme los oídos para dejar de escuchar sus berridos histéricos.

—¿Tú querías ser detective? —le dije cuando al fin acabó—. Deberías haber sido actriz.

Rose se quedó dormida, y yo, que hasta hacía unos minutos tenía tanto sueño, fui incapaz de pegar ojo. Salí del dormitorio de invitados, que estaba fuera del campo de visión de Daphne, y, sin encender la luz de

ninguna estancia, bajé a tientas hasta el salón. Me asomé a la ventana completamente a oscuras para que Daphne no me viera.

Los gritos de Rose parecían no haber tenido ningún efecto en la librera, o puede que esa noche hubiera conseguido dormir a pierna suelta. El caso es que las luces de su casa estaban apagadas y Daphne, en esa ocasión, no se había asomado a la ventana.

Empecé a preocuparme a las siete de la tarde. Rose estaba en mi despacho, revolviendo las estanterías, algo que prefería no presenciar, cuando me percaté de que Daphne no había regresado a casa. La había visto salir a las nueve de la mañana, la librería cerraba a las seis, Daphne solía llegar sobre las seis y cuarto, seis y veinte, se encerraba en casa, y ya no salía hasta el día siguiente. Pero esa tarde… esa tarde algo había cambiado. No había ni rastro de la librera. Rose y yo tuvimos que suspender el teatrillo que íbamos a organizar esa noche, un teatrillo que llevaría a la librera al límite, hasta el mismísimo infierno.

¿Dónde se había metido? ¿Y si le había pasado algo?

Estaba asomado a la ventana del salón mirando hacia la casa de Daphne, cuando el timbre de la puerta me sorprendió, sacándome con violencia de mi ensimismamiento. Mi vida social en Londres era bastante activa, en parte gracias a Audrey, que tenía como mil amigos que parecían no tener casa y se pasaban el día metidos en la mía, pero no era algo normal en Castle Combe. De no haber sido por Rose, mi rutina en Castle Combe desde que me mudé en septiembre y a las pocas semanas Audrey decidiera regresar a Londres, habría sido bastante solitaria. Rose era la única que frecuentaba mi casa y que llevaba dos días sin salir de ella, después de haberle dicho a su madre que necesitaba desconectar y que se iba de viaje a Irlanda. Era arriesgado, sí, porque ¿y si a Audrey se le hubiera ocurrido darme una sorpresa y venir a verme por lo mucho que decía echarme de menos, descubriendo que le era infiel con Rose? No obstante, era una posibilidad remota, pues Audrey aseguraba estar muy ocupada en Londres, cumpliendo con la promesa de mantenerse alejada de las redes sociales, lo que hacía que Daphne siguiera pensando que la había matado y enterrado.

Antes de abrir, vi que, quien esperaba al otro lado de la puerta era Oliver, el ligue de Daphne.

«Qué raro», pensé, apresurándome a mandarle un wasap a Rose en el que le pedía que se escondiera y que no se le ocurriera bajar, que tenía visita.

—Hola, Oliver —lo saludé, sin ocultar la extrañeza que me provocaba su visita.

—Hola, Jill, perdona que me presente así… —dijo, algo cortado, mirando hacia la casa de Daphne.

—¿Ha pasado algo?

Oliver resopló, agobiado de repente, bajando la mirada y rascándose la frente con gesto incómodo.

—Pasa, pasa —propuse, y ambos nos acomodamos en el sofá del salón. Eché un vistazo a mi móvil. Rose había leído mi wasap, el doble check se había vuelto azul. No se le ocurriría bajar.

—Daphne está ingresada.

Me inquieté. Arqueé las cejas, impresionado por la noticia, dándole tiempo a Oliver para que se explayara, pero le debió parecer que yo no sabía de quién me estaba hablando, porque añadió:

—Daphne, la librera, tu vecina…

—Sí, sí, claro, sé quién es. Pero ¿se encuentra bien? ¿Qué le ha pasado?

Mi interés era genuino, por supuesto.

—Le ha dado un… bueno, empiezo por el principio. Daphne ha ido a la cafetería a preguntar por Rose, que resulta que está en Irlanda y no había avisado a nadie, solo a su madre, y le ha dado un desmayo, lo que, técnicamente, la doctora ha dicho que ha sido un… —Oliver se detuvo un momento, hizo memoria—… síncope neurocardiogénico desencadenado, posiblemente, por un episodio muy fuerte de estrés.

«¿Eso era muy grave?», me pregunté.

—Vaya —acerté a decir.

—Pero se recuperará. Mañana, si todo sigue bien, le darán el alta. El caso es que me ha pedido que venga a tu casa. Me ha estado contando… A ver, esto es muy complicado e incómodo para mí, Jill, pero voy a ir directo al grano, ¿vale? —Asentí tranquilo, como si nada de lo que me fuera a contar pudiera sorprenderme lo más mínimo—. Daphne cree que mataste a tu mujer. Y también a tu primera mujer, y a una vecina tuya que se suicidó

pero Daphne cree que no, que fuiste tú y que hiciste que pareciera un suicidio, y a Cherry Brown, una periodista que sufrió un accidente de coche hace unas semanas en la A420, y que has intentado volverla loca y que… que ahora tienes secuestrada a Rose…

Me quedé a cuadros o, más bien, simulé que me quedaba a cuadros, pero como sabía que Oliver hablaría en unas horas con Daphne, tendría que limitarme a negarlo todo aunque sin ofrecerle pruebas como hice con los agentes de policía, realizando una videollamada a Audrey para que supieran que estaba viva y no volvieran a incordiarme más.

—Esto es… es de locos, ¿no? —sonreí—. Aquí no hay nadie, solo yo.

—¿Y tu mujer?

—Hemos roto —me apresuré a decir.

—¿Y dónde está? —desconfió, y estaba bien que Oliver desconfiara, pero como no quería seguir por ese camino, cambié de tema radicalmente:

—Oliver, hay algo de Daphne que deberías saber…

—Lo sé todo, Jill. Sé que no está bien, que el hecho de pensar que su marido sigue vivo es indicador de que está enferma, de que debería empezar un tratamiento o algo, pero…

—Ella lo mató —lo interrumpí.

—¿Qué? No, eso no puede ser verdad.

—No quería hacerlo, pero lo hizo. Ella manipuló los frenos del coche de Lucy, que era la amante de Liam, la mujer por la que él la iba a dejar. Lo que no esperaba, era que Liam fuera en el coche y padeciera el accidente en el que ambos murieron.

—No, Daphne no es… —masculló, aturdido, con la mente en blanco y los ojos fijos en algún punto indeterminado de la pared que quedaba a mi espalda.

Esperé en silencio a que Oliver, que me parecía un buen tipo, asumiera que la mujer de la que se estaba enamorando no solo padecía una rara enfermedad mental que le hacía distorsionar la realidad y veía a su marido muerto y convivía con él como si aún perteneciera al mundo de los vivos, sino que también era una mala persona. Una asesina. Un monstruo.

—Perdona, Jill —dijo al fin, encajando el golpe sin ponerlo en duda ni hacer preguntas. Ni siquiera parecía interesarle de dónde había sacado yo esa información, cuando solo hacía dos meses que me había mudado a Castle Combe y, aparentemente, no conocía de nada a la librera—. Esto no ha sido una buena idea, no debería haber venido a molestarte…

—Tranquilo, no pasa nada, es normal que estés preocupado por Daphne.

—Entonces, Rose… ¿Estará en Irlanda? Me encogí de hombros.

—Lo siento, no sé dónde está.

—Daphne os vio besándoos. A Rose y a ti. Aquí, en tu casa.

—¿Eso te ha dicho? Eh… pues no, no es verdad, Oliver. Rose nunca ha estado aquí y mucho menos nos hemos besado.

Resultaba tan jodidamente convincente, que en ese momento deberían haberme dado un Oscar por mi excepcional actuación.

—Joder… —blasfemó Oliver—. Entonces está peor de lo que pensaba.

«Sí, está mucho peor de lo que pensabas —rumié, limitándome a comprimir los labios y a asentir como si de verdad me preocupara—. Pronto, muy pronto, el mundo sabrá la verdad, tú también, Oliver, y te dolerá. Descubrirás quién es en realidad Daphne Wood, más conocida como la librera de Castle Combe, mi hermana, la única que queda viva y que mató a mi otra hermana, a Julia, a mi fantasma, y lo hizo por envidia, por maldad, como Caín mató a Abel».

El mundo lo descubrió, sí. Daphne empezó a formar parte de la aberrante lista de los monstruos de los que jamás habrías sospechado por su apariencia normal y afable, y yo ya no estaba ahí para verlo.

[Joder, perdonen la expresión, pero qué putada].

Capítulo 21

Extracto III de Rabia, la novela inacabada de Jill Holland que su agente descubrió pocos días después de su muerte

La asesina de Julia ahora se hace llamar Daphne Wood. Recuerda… Daphne Wood… La culpa fue mía por querer llevarme a Julia, nunca he podido quitarme la culpa de encima… Murió porque nos la íbamos a llevar para que tú… para que tú estuvieras con tu hermana. Tu hermana pequeña… El crimen no tuvo consecuencias, habría sido un escándalo para el orfanato. Ella solo tenía nueve años cuando mató a Julia… Nunca llegaron a adoptarla, estuvo en el orfanato hasta los dieciocho… Y ahora… ahora vive en Castle Combe… Regenta una librería, y es… es…

… mi hermana.

Daphne Wood, el nombre con el que se presentó ante el mundo en 2003, cuando con dieciocho años recién cumplidos salió del orfanato, nació en 1985, cinco años después que yo y dos años antes que Julia. El nombre que le pusieron los descerebrados de nuestros padres biológicos antes de abandonarla en el convento como hicieron conmigo y con Julia, era Alexandra. Los tres habíamos terminado en el orfanato con algunos años de diferencia, por lo que jamás coincidí con ninguna de las dos. De no haber sido por el detective privado y mi madre, que me utilizó como una especie de confesor para redimirse de una culpa que no le pertenecía, jamás habría sabido de la existencia de Julia y Daphne. Mis hermanas.

Algo en mí se rompió cuando el detective me entregó una carta escrita por mi madre adoptiva, cuando el cáncer todavía no estaba tan extendido.

Me hablaba de mi padre, que falleció en 2016 haciéndole prometer que no diría nada, que la verdad me haría daño, y ya había sufrido bastante por la muerte de Brigitte y mi hija.

¿Qué iba a cambiar que yo supiera que había tenido dos hermanas, fruto de los insensatos escarceos de nuestros padres biológicos?

¿Qué iba a cambiar que yo supiera que una mató a la otra por envidia? O vete a saber por qué la mató. ¿Qué se les pasa por la cabeza a los asesinos? ¿Qué tienen dentro para ser capaces de acabar con una vida?

Cuando mis padres adoptivos se enteraron de que mis padres biológicos habían tenido dos niñas años después de traerme al mundo a mí, tenían pensado adoptar a las dos. Querían darme una gran sorpresa, el mejor regalo de mi vida: convivir con mis dos hermanas biológicas. Sangre de mi sangre. Nunca más volvería a estar solo. Jamás volvería a sentirme incompleto. Habría sido bonito, sí; mis padres, los adoptivos, tenían un gran corazón. Pero las monjas les dijeron que Daphne, Alexandra en aquella época, era una niña de nueve años muy difícil, conflictiva y violenta, que solo toleraba a un niño, ese niño era Charles, y al final, años más tarde, terminó matándolo para cobrar la fortuna que le había tocado en la lotería. No hay pruebas de que también acabara con la vida del tal Charles, pero yo sé que sí, que lo mató. Que Daphne dijera que lo había encontrado muerto en la cama, ya decía mucho de lo rota que estaba su mente, pues la realidad era que se desnucó de una violenta caída por las escaleras. Imagino que el hecho de que Charles estuviera borracho cuando cayó, salvó a Daphne de convertirse en sospechosa. El caso es que las monjas les advirtieron a mis padres adoptivos que Daphne hacía daño a Julia, que siempre había que vigilarla, y que no era conveniente que se llevaran a las dos a casa. Así que tomaron la difícil decisión de iniciar los trámites para adoptar solo a Julia, y eso fue lo que la mató. Daphne, con solo nueve años, la golpeó con una piedra en la cabeza y huyó. Para cuando encontraron a Julia, a nuestra hermana pequeña, ya era demasiado tarde. Estaba muerta. Efectivamente, no hubo consecuencias para Daphne, solo el estigma de niña mala a quien las propias monjas temían. Después, se le perdió la pista, hasta que mi madre contactó con el detective privado y la encontró. Encontró a mi hermana. A la única que quedaba con vida, a la asesina, al monstruo de dos caras. Y yo me prometí a mí mismo escribir esta historia, nuestra historia, un thriller, un drama, una intriga familiar con tintes de terror y enloquecerla, enloquecerla hasta que estallara, hasta

que no pudiera más. Lo que no imaginaba era que Daphne Wood estuviera tan loca. Y tan rota.

Capítulo 22

Rose y yo lo teníamos todo preparado. Las luces de mi casa, normalmente encendidas, estaban apagadas, y había dejado a Rose en el sótano con la boca cubierta con cinta americana, las manos a la espalda, simulando que tenía las muñecas atadas con bridas, y un maquillaje muy convincente en la mejilla izquierda con el que hacer creer a Daphne que la había golpeado.

Cuando Daphne ya estaba dentro de casa, a punto de bajar al sótano, Rose me mandó un wasap:

Ya viene, ya viene… no hagas ruido.

Y a su vez, Julia, mi hermana pequeña, mi fantasma, susurró con burla:

Ya viene, ya viene… verás qué divertido. De locos.

Ojalá me hubiera largado a Londres. Aquí el único que estaba mal de la cabeza era yo. Oculto entre las sombras, no me perdí ni un solo movimiento de la librera. A mi lado, mi fantasma me miraba con el orgullo reflejado en sus vivarachos ojos verdes.

—Ojalá habernos conocido. Pero de verdad —le dije una vez a mi fantasma, y me dio la sensación de que iba a echarse a llorar, de que los muertos también lloran, y lo hacen con una tristeza todavía más honda que la de los vivos, por todo lo que les ha quedado pendiente.

Vuélvela loca. Vuélvela loca, desquíciala, destrózala, haz lo que sea necesario para destruirla. Solo así me vengarás, vengarás la vida que nos impidió tener, Jill. Y luego, escribe nuestra historia. ¡Escríbela, dala a conocer al mundo! ¡Escribe sobre nosotros, Jill! Escribe, escribe, escribe, escribe…

Ya voy, pequeña, ya voy… tu intensidad me agota, Julia. Nos falta muy poco para llegar al final del juego, ten un poco de paciencia.

A quien le faltaba poco era a mí, pero no vi el cuchillo con el que Daphne bajó al sótano con la intención de rescatar a Rose, a quien consideraba su amiga, porque puede que fuera la única persona que le prestaba un poco de atención. Tampoco creo que Daphne pensara usar el cuchillo, pero intervine y… cosas que pasan.

Durante un minuto, cuando Daphne estaba abajo hablando con Rose, me pregunté qué fue lo que la empujó a ser así, mala, cruel, un monstruo que, con solo nueve años, mató a sangre fría a su propia hermana.

¿Daphne sabía que Julia era su hermana pequeña? ¿De haberlo sabido, la habría matado? ¿De quién era la culpa de que fuera así? ¿De la vida?

¿Acaso había culpables para sus diabólicos actos?

Me faltaba información, datos que jamás podría obtener, no en esta vida terrenal que estaba a punto de fundirse a negro.

Fue como si mi fantasma me empujara y me animara a bajar. De repente, ya no estaba en el vestíbulo bajo la protección de las sombras, sino en el sótano, frío y húmedo, donde la anterior propietaria cayó muerta de un ataque al corazón.

Encontré a Daphne de espaldas a mí, en cuclillas y centrada en rescatar a Rose de mis garras. Por primera vez en su vida, era Daphne quien actuaba bien, desde el amor que le tenía a Rose, mientras yo me sentí un miserable, un trastornado. Pero había hecho todo eso por algo, y había llegado el momento de sacarle toda la verdad y grabar su confesión con el móvil que tenía oculto en el bolsillo de mi pantalón. Rose levantó la mirada y me dedicó una especie de sonrisa traviesa.

«Está desquiciada. Obsérvala bien, obsérvala, que luego te irá genial para describir esa sensación en tu novela», me decían sus ojos, cuando a mí la novela en ese momento me importaba un rábano.

No me dio tiempo a decir ni a hacer nada. Daphne, con una rapidez que se me antojó sobrehumana, me clavó en el vientre la hoja de un enorme cuchillo que no vi venir. Una, dos, tres veces. Dolió. Joder, cómo dolió…

—¡No! ¡No, no, no! ¿Pero qué has hecho, Daphne? ¡¿Qué has hecho?!

—gritó Rose, levantándose y dejando atrás la farsa para acercarse a mí e intentar detener la sangre que empezó a manar sin control de mi vientre.

Me estaba yendo. Todo a mi alrededor se volvió borroso salvo Julia, mi pequeño fantasma, a quien cada vez veía con más nitidez, quizá porque estábamos a punto de pertenecer al mismo plano. Julia me miraba con una mezcla de tristeza y diversión que resultaba inquietante, mientras Daphne, mi otra hermana que posiblemente jamás llegaría a saber qué nos unía, se apagó.

La había visto encerrada en su mundo otras veces, pero esa fue distinta… Y entonces, lo entendí. Entendí que hay gente buena y amable a quien, en según qué situaciones, los poseen los demonios y dominan sus actos. Los demonios están por todas partes, aunque sean esquivos y no se dejen ver, o a lo mejor estaba empezando a delirar antes de sucumbir a la muerte, porque mi hermana pequeña, mi fantasma, se echó a reír, y su risa no era el sonido más bonito del mundo, sino el más terrorífico. La sensación de que ante mí se abría un abismo, me aterró. Eso es la muerte: un agujero negro por el que caes, caes, caes… Y así se siente: fría, la muerte es muy fría y aterradora.

En brazos de Rose, que no paraba de llorar, de gritar y de zarandearme, clavé los ojos en Daphne y le dediqué una última palabra con la que acabar de perturbarla:

—Hermana.

[Daphne Wood entendió que Jill Holland le había dicho antes de morir: «Asesina»].

Después de eso, nada. Oscuridad.

Ahora sí, por fin estamos juntos, Jill.

¿Era eso lo que había querido mi pequeño fantasma desde el principio?

¿Llevarme con ella? ¿No volver a estar sola?

Resignación.

La vida es una película muy corta, al final el telón siempre cede y todos acabamos convirtiéndonos en fantasmas. El mundo está lleno de fantasmas…

DOS AÑOS MÁS TARDE

Entrevista a Rose Taylor, conocida como la superviviente de Daphne Wood

P.: Rose, gracias por atenderme.

R.: Gracias a ti por querer hablar conmigo. P.: Eras amiga de Daphne.

R.: Su mejor amiga, sí.

P.: Y aun así, te apuñaló. Estuviste a punto de morir. R.: Ajá…

P.: ¿Cómo reaccionaste al enterarte de que el escritor Jill Holland te había utilizado?

R.: Mal, fatal, pero estaba enamorada, que es casi lo mismo que estar ciega, y no tenía ni idea de que me había engañado y de que seguía con Audrey, a quien desde aquí quiero pedir perdón. Yo jamás estaría con un hombre casado. Cuando me enteré de lo que les unía a Jill y a Daphne, yo… pude entender a Jill. En cierto modo. Porque yo sabía cómo era Daphne y de lo que era capaz de hacer. En el fondo lo sabía, sabía que nuestro teatro podía acabar muy mal. Pero todo lo que Jill hizo para volver loca a Daphne… fue demasiado. Creo que él también estaba un poco loco, a menudo lo veía mirar hacia abajo y hablar solo, no sé, comportamientos raros. Me arrepiento de haber colaborado en su plan.

P.: Te hizo creer que la librera le parecía un personaje curioso, alguien en quien inspirarse para sacar adelante una nueva novela, después de dos años sin publicar ninguna novedad.

R.: ¿Personaje? Sí, en fin, antes de que supiera qué les unía, yo estaba de acuerdo con Jill en que Daphne era curiosa, intrigante, el típico

personaje que dices… Uau, qué carácter, cuánto misterio, qué se le pasará por la cabeza… y quería que él volviera a escribir y a publicar, quería ayudarlo. Siempre he pensado que los escritores tienen que experimentar, vivir… A mí me habría encantado ser escritora, ¿sabes? Es mi sueño frustrado. Y opino que no se puede escribir sobre la India sin haber estado en la India, por ejemplo. Entonces, si Jill quería crear un personaje loco inspirado en Daphne, tenía que ponerla al límite, estudiarla y escribir sobre ella.

P.: Entonces, según tú, un escritor debería experimentar la sensación de matar para luego plasmarlo en la hoja en blanco.

R.: No, no, no confundamos, por favor, qué heavy… No me refería a eso, pero sí a enloquecer a una persona inestable como Daphne y ver con tus propios ojos hasta dónde es capaz de llegar con sus invenciones. Daphne era muy mentirosa y fantasiosa, ahora lo sabe todo el mundo. Su marido había muerto y, para ella, ¡seguía vivo! Qué locura, ¿no? Entonces, bueno…, eso era lo que quería para Jill. Que se basara en una realidad, que la viviera de primera mano. Y, total, que me dejé llevar… Jill tenía unas ideas un tanto macabras, pero me decía que era la manera que tenía de que, al escribirlas, quedaran reales, como el juego de que me secuestraba y Daphne acudía a mi rescate, situación que la desestabilizó y acabó como acabó… He llegado a la conclusión de que Jill se buscó su propia muerte. Fue como un suicidio, sobre todo sabiendo todo lo que había hecho Daphne en el pasado.

P.: ¿Tenías la esperanza de que Jill te convirtiera en un personaje? R.: Sí, la verdad es que sí.

P.: ¿Te lo prometió?

R.: Yo lo daba por hecho, porque le ayudé un montón, pero… nunca me contó nada sobre la historia que se traía entre manos.

P.: O sea, que tú lo supusiste.

R.: Sí, lo supuse, lo animé, y, como digo, me dejé arrastrar.

P.: Dicen que Jill dejó notas escritas, extractos de la novela que no llegó a terminar. En alguna de esas notas escribió que, en realidad, no eras amiga de Daphne. Que tú no la considerabas amiga.

R.: No sé por qué escribiría algo así. Creo que Jill, al igual que Daphne, también era una persona inestable. No estaba bien de la cabeza.

P.: Eso ya lo has dicho.

R.: Ya… pero para que quede claro.

P.: ¿Has ido a ver a Daphne a la cárcel? R.: No.

P.: ¿Piensas ir a verla algún día?

R.: No lo sé. Sería raro, ¿no? ¡Estuvo a punto de matarme! P.: En unas semanas se estrena la serie en Netflix…

R.: Sí.

P.: ¿La verás?

R.: Claro. Tengo muchas ganas de ver a la actriz Suzanna Son, que hace de mí, en acción. Seguro que ha hecho un trabajo fantástico.

P.: Segurísimo. ¿Pudiste hablar con Suzanna? R.: Sí… le di algunas indicaciones.

P.: ¿No vas a decirnos nada más al respecto?

R.: No me dejan, temas de confidencialidad, ya sabes… Tendréis que ver la serie.

P.: Gracias por este rato, Rose. R.: Gracias a ti, Cherry.

Epílogo

Cherry Brown, la periodista

Todo en esta vida tiene un precio, hasta las personas. Me ha costado mucho volver de entre los muertos y como periodista he perdido credibilidad, pero veo mi cuenta bancaria y se me pasan los males.

Jill Holland llegó en el momento justo, dispuesto a despilfarrar un montón de dinero para simular mi muerte, aprovechando el accidente que me provocó. Sí, al principio huyó, pero lo que se le olvidó contaros, o quizá no quiso echar por tierra mi fantástico plot twist, es que se lo pensó mejor y regresó al lugar del accidente. Me ayudó a salir del amasijo de hierros en el que se había convertido mi coche, hablamos antes de que viniera la ambulancia y un par de coches policiales para que nadie lo viera ni lo relacionara conmigo, y, al escribirme una cifra que sabía que no vería ni en un millón de años…, digamos que no me resistí a colaborar en su plan. Acepté de inmediato. Con sus pros y sus contras.

Con la noticia de mi supuesta muerte corriendo como la pólvora, conseguimos engañarlos a todos. Y llegó a oídos de Daphne Wood, que era lo que más le interesaba al escritor, no pregunté por qué. Cuanta menos información tuviera en mi poder, valga la redundancia porque mi trabajo consiste en recabar información, mejor.

Vamos, que el accidente no fue para tanto, se necesita mucho más para quitarme de en medio. Todo es fácil cuando tienes buenos contactos como los que tenía Jill. Lamento que acabara tan mal, pero creo que se le fue la cabeza, que, en el fondo, Jill estaba tan loco como Daphne, cuando su intención era desquiciarla a ella.

No nos hizo falta ni un acta de defunción. Hoy en día nos creemos todo lo que aparece en las redes sociales y en un par de artículos amañados, así que, con mi familia avisada, el director del periódico, que también recibió su buena parte del pastel, estuvo de acuerdo en anunciar mi muerte y en hacerme desaparecer del mapa durante un tiempo. La explicación para cuando reviviera sería simple, no nos comimos mucho la cabeza: me había volcado en una investigación periodística compleja que requería una falsa muerte para no correr ningún tipo de peligro.

Asumo que no fui más que otro teatrillo de Jill Holland para enloquecer a Daphne Wood y no importa, ya nada importa, qué locura de historia.

He llegado a la conclusión de que, tarde o temprano, la vida no perdona y cada uno tiene su merecido.




LORENA FRANCO (Barcelona, 1983) es modelo, actriz y escritora española. Ha actuado en más de 35 cortometrajes y 6 películas en España y en populares series de televisión como El secreto de Puente Viejo y Gavilanes, entre otras. Ha sido el rostro de diversas marcas publicitarias a nivel nacional e internacional. También es conocida por sus videos musicales y series de Internet. Compagina su carrera como actriz con la escritura, con once títulos publicados. Sus libros han sido traducidos internacionalmente en varios idiomas.



FIN

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