Libro N° 15585. Vietnam Pueblo Heroico. Memorias de Militantes
© Libro N° 15585. Vietnam Pueblo Heroico. Memorias de Militantes. Emancipación. Septiembre 19 de 2026
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VIETNAM
PUEBLO HEROICO
Memorias
de Militantes
VIETNAM. PUEBLO HEROICO
Memorias de Militantes
EDICIONES EN LENGUAS EXTRANJERAS
Hanoi, 1969
PREFACIO Hồ Chí Minh
TODO LO DEBO AL PARTIDO Nguyễn Lương Bằng
EN LA CELDA DE CONDENADOS A MUERTE Phạm Hùng
AL PIE DEL PATÍBULO Lê Văn Lương
NACE DEL PUEBLO Võ Nguyên Giap
PUEBLO HEROICO Hoac Quoc Viet
NOTA A LA EDICIÓN DE 1969
Cuando los imperialistas franceses empezaron en 1858 la conquista de Vietnam, chocaron con una resistencia encarnizada y solo lograron poner en pie su dominación en todo el país hasta finales del siglo XIX, debido a la cobardía de los feudalistas nativos.
El pueblo vietnamita en ningún momento abandonó la lucha. Se sublevaba, pero todas las insurrecciones aunque heroicas, fueron derrotadas por falta de una justa línea política.
En 1930 el Partido Comunista de Indochina (actualmente Partido de los Trabajadores de Vietnam) se fundó y orientó el movimiento revolucionario por el único camino justo, Al aplicar correctamente los principios universales del marxismo-leninismo en la realidad vietnamita, supo alentar el coraje y el espíritu revolucionarlo del pueblo y poner en acción sus inmensas fuerzas.
Bajo su dirección nuestro pueblo marcha de victoria en victoria: de la revolución de agosto a Dien Bien Phu, de la fundación de la República Democrática de Vietnam en 1945 a los acuerdos de Ginebra en 1954, los cuales restablecieron la paz y reconocieron la independencia, la soberanía y la integridad territorial de nuestro país. El partido es también el que dirige, hoy día, el norte de Vietnam hacia el socialismo y orienta a nuestro pueblo en la lucha por la reunificación del país.
Con motivo del 30 aniversario del partido, los viejos militantes relataron sus actividades revolucionarias en las horas iniciales de la fundación y de la época preinsurreccional que condujo a la revolución de agosto. En su pluma vemos los pacientes trabajos de propaganda, de emulación, de organización realizados en la clandestinidad bajo el terror imperialista, con el espíritu de sacrificio mas puro y una fe inquebrantable en el porvenir de la revolución y de la patria.
Son relatos que publicamos a continuación con un discurso del presidente Ho Chi Minh ante la Comisión de Historia del partido.
Ediciones en Lenguas Extranjeras
Hanoi.
A MANERA DE PREFACIO
Durante los quince anos de lucha antes de la revolución de agosto y los nueve años de resistencia, muchos de los mejores comunistas y combatientes no comunistas cayeron heroicamente por la causa del partido y del pueblo. Sólo del Comité Central, catorce miembros fueron fusilados, guillotinados o asesinados en las cárceles imperialistas y su sangre ha avivado el rojo de la bandera de la revolución. Su sacrificio ha fecundado el suelo de la patria para que florezcan la independencia y la libertad. Guardaremos siempre en nuestra memoria sus recuerdos y los asimilaremos para superar todos los obstáculos a fin de defender la obra que nos legaron.
Recuerdo que los 31 camaradas del actual Comité Central han acumulado 222 años de prisión condenados por los imperialistas franceses, sin contar los arrestos y las sentencias a la pena capital y años de presidio que ellos lograron burlar. Aprovecharon su perma-nencia detrás de las rejas para organizar reuniones y profundizar sus conocimientos teóricos. Ello ilustra una vez más que el terror, lejos de estorbar la revolución, es el crisol, donde se templa y que su fin fatal es el triunfo de la revolución y la derrota del imperialismo.
Extracto del discurso inaugural pronunciado por el presidente Ho Chi Minh en Hanoi, el 5 de enero de 1960 en ocasión del 30° aniversario de la fundación del Partido de los Trabajadores de Vietnam.
TODO LO DEBO AL PARTIDO
Nguyễn Lương Bằng
El camarada Ich (Ho Tiing Mau), me hizo entrar en la Asociación de la Juventud Revolucionaria. En la ceremonia de admisión estaba presente el camarada Vuong, Hablaba poco. En aquel entonces Cantón era la capital revolucionaria de China. En las calles reinaba una efervescencia revolucionaria con mítines y asambleas de masas celebrados por los obreros y el pueblo. Cada vez que lograba salir de la zona francesa, los camaradas Ich y Vuong me llevaban a la oficina sindical en cualquiera de los barrios y me hacían pasar un programa de instrucción revolucionaria.
Transcurrió un año. Un día, el camarada Vuong me vio a solas y me preguntó:
– ¿Tiene usted condiciones favorables para regresar al país?
– Sí. Cuando la organización lo necesite, estaré siempre dispuesto a regresar inmediatamente.
El camarada Vuong preparó personalmente mi viaje de regreso. Al explicarme las tareas, me hizo minuciosas recomendaciones:
– Una vez en el país, no se apresure. Hay que permanecer inactivo algún tiempo para no despertar sospechas a la seguridad.
Volví a Haiphong y me alojé en la calle Can Dat. Exactamente como lo había previsto el camarada Vuong, los agentes de la seguridad francesa montaban la guardia frente a mi casa. Me puse a viajar constantemente hasta que dejaron de vigilarme. Entonces empecé a tratar de establecer contactes con Hong Kong para recibir los documentos. Durante abril y mayo de 1927, busqué trabajo en el barco «Charabord». En cada viaje a Hong Kong hacía escala en Cantón. De este modo tenía un medio ideal de enlace. Organizábamos la entrada en el país del periódico Thanh Nien (Juventud) y del folleto
«El camino revolucionario», así como de otra propaganda de la
«organización» que distribuíamos entre los conocidos en Hanoi, Haiphong y Naaadrah.
Un amigo mío, Luu Ba Ngu, al que yo confiaba la distribución, la pasaba al patrón de una librería nombrado Nguyen Manh Bong. Este era agente de los colonialistas franceses, a los cuales entregó la propaganda. Luu Ba Ngu fue arrestado. Sometido a torturas, confesó que esta propaganda la había recibido de un marinero llamado Ba (mi nombre de guerra entonces).
Los imperialistas franceses realizaron redadas en todos los barcos, pero no hallaron a ningún marinero de nombre Ba. Previendo el peligro yo había dejado el «Chambord», y me fui primero a Thai Binh y luego a Saigón.
Una vez en Saigón, me encontré de nuevo con viejos camaradas que venían de Cantón. Establecimos contactó con Ngo Thiem.
Este entraba muy a menudo en una casa situada frente a la nuestra. Respetando la disciplina revolucionaria, no le preguntamos nunca sobre esa casa. Sólo después del triunfo de la revolución, durante una conversación sobre el pasado, supe por el tío Ton Duc Thang1 que aquella casa era la oficina que él había compartido con los camaradas Pham Van Dong2 y Ngo Thiem.
En Saigón recibíamos también propaganda traída de Tailandia. A finales de 1927 y comienzos de 1928, el movimiento se había desarro-llado bastante y la propaganda llegaba en mayor cantidad. Pero las condiciones de vida de los activistas eran ínfimas. Mi grupo se componía de camaradas que trabajaban al mismo tiempo que realizaban sus actividades revolucionarias. Gracias a ello teníamos con qué comer, aunque a veces compartíamos entre seis o siete bocas una pequeña olla de arroz, algunos centavos de campanilla de agua, y una tortilla hecha con unos huevos de pato. Ngo Thiem era el responsable del grupo. Un día se reunió con nosotros. Le preguntamos si había comido. Dijo que todavía no. Le servimos un tazón de sopa. Después de comerla, nos hizo saber que llevaba tres días sin nada en el estómago, porque no quedaba ningún centavo en los fondos de la
«organización». Al oírlo, nos brotaron lágrimas; él lloraba también.
Eran lágrimas de camaradería, de comprensión y afecto mutuo entre revolucionarios. Desde entonces decidimos reducir nuestros gastos y ayudarlo a aliviar en cierta medida sus condiciones de vida.
1 Ton Duc Thang, actual vicepresidente de la RDVN.
2 Phanh Van Dong, actual primer ministro de la RDVN.
Fui de nuevo a Haiphong antes del proceso de la calle Barbier 3 y reanudé de inmediato mis actividades. En aquel entonces nuestra organización en Haiphong estaba bastante desarrollada, pues contaba con más de cien camaradas.
Desde principios de 1929, el Comité tonkinés de la Asociación de la Juventud Revolucionaria decidió proletarizar a todos sus militantes. Nosotros vestimos de azul. Cada cual trataría por todos los medios a su alcance, colarse en las fábricas. El que no lo lograra, practicaría cualquier otra profesión manual. Yo traté en vano de que me admitieran en la fábrica Caron. En estricto cumplimiento de la instrucción recibida, algunos, camaradas y yo nos hicimos haladores de yirincas.
La proletarización no tardó mucho en surtir efectos. El movimiento se desataba en todas las fábricas en las cuales nuestros camaradas lograron colarse. Ocurrió lo mismo entre los haladores de yirincas. En 1930 hubo en Haiphong un paro general de éstos.
Mi profesión facilitaba los contactos en el puerto con los barcos que iban y venían.
Un día alguien me comunicó que un grupo de camaradas que llegaban a Haiphong desde Hong Kong en un barco japonés, no podían bajar a tierra porque no tenían dinero con qué pagar el viaje. Eran los delegados tonkineses, entre ellos el camarada Ngo Gia Tu que habían abandonado el Congreso de la Juventud. Por haberse separado del Congreso no se les proporcionó dinero para el regreso. ¡Regresar sin dinero! ¡Qué bravos! Abandonaron Hong Kong y se embarcaron en un barco japonés prometiendo que una vez llegados a Haiphong habría quien pagara.
Una simpatizante de la revolución vendió sin vacilar sus joyas para pagar el pasaje del camarada Ngo Gia Tu y los acompañantes.
Yo llevé al camarada Ngo Gia Tu a mi casa, donde se quedó un tiempo. Después se marchó a Hanoi; emitió la declaración de fundación del Partido Comunista de Indochina y se trasladó a Saigón.
3 Habíamos ejecutado a un traidor en la calle Barbier. Una represión siguió inmediatamente, durante la cual muchos camaradas fueron detenidos y sometidos a juicio.
A mediados de 1929, el Comité Central de la «Juventud» me llamó para que me hiciera cargo del enlace entre Hong Kong y Cantón.
En el interior existía ya en aquel momento el Partido Comunista de Indochina, mientras que en el exterior se seguía con la organización de la «Juventud».
Apenas salía del país cuando tuvo lugar un doble asesinato en la esquina que pasaba detrás de la sede de la Asociación de Enseñanza Mutua de Tonkín en Haiphong. Esta esquina comunicaba con la de Tham Thuat donde estaba mi casa.
Los agentes de la seguridad realizaron un registro en mi casa y descubrieron algunos ejemplares de Bandera Roja, periódico escrito a mano e impreso con papel parafinado. Este hizo la propaganda en favor de la organización del partido de la clase obrera.
Descubierto el Bandera Roja en mi casa, los camaradas que allí se alojaban fueron detenidos junto con mi madre dos días después de mi salida del país.
Una vez en Hong Kong, encontré de nuevo trabajo en un buque de guerra francés. Llevaba dos meses allí cuando el inspector general de la seguridad francesa, Leron, especializado en asuntos políticos, llegó a Cantón. Comenzó a investigar en el círculo de la marina francesa. Muy inquieto, yo pensaba que de un momento a otro caería preso. Por suerte me escapé. Pedí a los camaradas responsables que me permitieran recoger mis cosas. Me dijeron que me quedara. Cuando aquello yo era responsable del enlace entre Cantón y Hong Kong y, al mismo tiempo, de las recaudaciones de la organización, así como de la agitación entre los marineros.
Cuatro meses después llegó una carta del país, en que se recomendó a los camaradas del exterior que me sacaran del trabajo en los barcos ya que los imperialistas estaban sobre mis huellas. Un camarada de la Juventud me propuso ingresar en el partido.
– En el interior ya se ha fundado el partido. ¿Qué te parece?
– ¿Qué me parece? Algo muy acertado.
– ¿Y qué opinas de la Juventud?
– Ha cumplido ya con su misión histórica. En la situación actual del país es bueno organizar sin demora el partido.
– ¿Cuál sería tu elección: Adherirte al partido fundado en el extranjero o al partido en el país?
– A cualquiera. Aquel partido que tenga su objetivo y su programa conformes con los de la clase proletaria puede contar conmigo.
– Los compañeros del Partido Comunista de Indochina tienen deficiencias. Nosotros organizamos el Partido Comunista de Anam. Pero tarde o temprano el «indochino» y el «anamita» se fusionarán en uno solo.
– Aquí en el extranjero me adhiero al Partido Comunista de Anam. Pero quiero que los comunistas lleguen rápidamente a una organización única.
Me admitieron en el Partido Comunista de Anam en octubre de 1929.
Después de ingresar en el partido, al asignarme mi trabajo, me dieron tres tareas a escoger. La más importante era volver al país donde había gran necesidad de cuadros. Pero estaba «descubierto», por lo que el partido quiso que yo fuera a Yunnan para ayudar a los camaradas de allá en sus actividades de agitación entre los residentes vietnamitas o me trasladara a Shanghai para empezar el trabajo entre los residentes y soldados vietnamitas de allí.
Al igual que todos los jóvenes me gustaban más las tareas difíciles y nuevas. Sin vacilar un momento escogí Shanghai. Los camaradas responsables me pagaron un pasaje y me advirtieron que una vez en Shanghai tendría que arreglármelas como pudiera para vivir, pero que en un plazo de tres meses desde mi llegada a Shanghai debería poner en pie a las organizaciones de base en las masas.
Dentro de la zona francesa en Shanghai, había cuatro mil soldados y guardianes, y un número de obreros que sumaban en total seis mil vietnamitas, incluyendo a familiares de los obreros y soldados. Además, estaban acantonados allí mil soldados franceses. En el muelle Wousung fondeaban buques de la marina francesa. Al puerto de Shanghai iban y venían constantemente barcos de la línea Marsella-Yokohama. Yo estaba muy conciente de la importancia de Shanghai para nuestras actividades. Sin embargo, no conocía a nadie en esta
ciudad. Ni hablaba la lengua local. Con el pasaje en la mano me preguntaba preocupado cómo iba a componérmelas con las dificultades que había por delante.
A fuerza de devanarme los sesos me acordé que Ba Den, del Sindicato de Cocineros y Sirvientes, organizado por la Asociación de la Juventud Revolucionaria en Hong Kong, tenía un amigo en Shanghai. Yo le pedí una carta de recomendación.
Me alojé en un hotel de Shanghai y comencé a buscar al estudiante de medicina, Thuyet, el amigo de Ba Den. Cuando pude localizarlo, le dije que quería trabajar en algo.
–No es fácil encontrar trabajo aquí –respondió–. Mientras tanto venga a vivir con nosotros.
Thuyet, junto con Nganh y Tran Tam, tenía un restaurante que frecuentaban soldados franceses. Tran Tam se ocupaba del negocio, mientras Thuyet cursaba estudios en la facultad de medicina y se encargaba de los papeles. Nganh, que trabajaba como cocinero en la casa de un francés, hacía las compras. Me admitieron como camarero.
Gracias a mi empleo, no tardé en establecer contactos. Una mañana, obreros vietnamitas de la fábrica francesa de oxígeno realizaban una colecta para ayudar a los familiares de un marinero vietnamita que había muerto. Al ver el entusiasmo que manifestaban en este loable gesto me decidí a acercarme a ellos. Eran vietnamitas del sur, con sentimientos patrióticos, y conciencia positiva; pero hasta entonces nadie había tratado de ganarlos para la causa revolucionaria. Les sugerí fundar una asociación de asistencia mutua con el fin de ayudarse unos a otros durante nuestra estancia en el extranjero. Así, apenas un mes después de mi llegada a Shanghai, ya podía enviar a Hong Kong un informe sobre les primeros resultados de mi trabajo.
La organización de masas, comenzada en los obreros, pasó a desarrollarse entre los camareros, cocineros, comerciantes y, por su intermedio, entre los soldados. Se incorporaron primero los soldados y luego los guardianes, y al final los marineros también. Entonces emprendí la fundación de las células del partido.
Puesto que el movimiento cobraba amplitud, yo solo no podía con la tarea, y me vi obligado a pedir que de Hong Kong enviaran más compañeros. Cinco o seis camaradas vinieron a Shanghai para ayudarme: entre ellos estaba Phiem, Chu, Phiem Chu cuyo nombre verdadero era Do Ngoc Du, fue uno de los siete fundadores de la primera célula comunista de Hanoi.
Un día recibí una carta anónima, que parecía una carta de amor, en la que se me proponía una cita cerca del billar de la gran tienda Tien Thi de Shanghai. Estuve a la hora exacta, pero nadie apareció. Cuando me disponía a regresar una voz me llamó:
– ¡Hai!
Me volví, contentísimo: era precisamente el camarada Vuong.
Salimos del almacén. Me dio su dirección y me dijo que fuera al día siguiente. Desde luego, yo no podía faltar de ninguna manera a la cita con él. Le informé acerca de mi trabajo, y él me presentó a camaradas del Partido Comunista de China.
El primer comunista chino con quien tuvimos contactos en Shanghai fue la camarada Thai Xuong, actualmente miembro del CC. del Partido Comunista de China. Ella fue a verme, y me llevó a un hotel bastante lujoso en el cual nos esperaba otro camarada.
– Te presento a un camarada del Comité Central, quien discutirá contigo el trabajo que hay que hacer.
Este me planteó la tarea de agitación entre los soldados extranjeros en Shanghai y discutió conmigo sobre las actividades de agitación entre los soldados franceses y vietnamitas. Me proporcionó papel stencil, plumas y limas para redactar e imprimir volantes.
Pero ¿cómo distribuir los volantes en un territorio tan extenso como era esta ciudad? Los camaradas chinos me dijeron que marcara en un mapa los lugares donde había que distribuir los volantes. De lo demás se encargarían los grupos especiales de distribución. En aquel año el trabajo de los camaradas chinos en Shanghai había logrado un alto nivel de desarrollo. Para la distribución de los volantes se habían creado nutridos grupos especializados en este tipo de trabajo.
La propaganda y agitación se realizaba intensivamente como en el período preinsurreccional en nuestro país, vísperas de la Revolución de Agosto.
Una vez los distribuidores arrojaron volantes en la casa de un simpatizante. Yo estaba allí. Al ser leídos provocaron comentarios de admiración y de asombro.
– ¡Pero son muchos los vietnamitas que hacen la revolución en el extranjero!
Con el éxito de la distribución de los volantes, el movimiento se desarrollaba viento en popa. Nuestros contactos con el partido chino se estrechaban. El Comité Central del PCC creó un comité de agitación entre los soldados extranjeros con la participación de vietnamitas y japoneses. Los camaradas chinos se encargaban de los soldados ingleses; los camaradas japoneses de los japoneses, coreanos y de los de Taiwan (Taiwan era entonces una colonia de Japón). A nosotros, correspondía el trabajo entre los vietnamitas y franceses. La librería de un camarada japonés servía de buzón. La envergadura que iban tomando estas actividades decidió al CC del PCC a confiar el comité de agitación al Comité Provincial de Kiang Su. Apoyadas directamente en las células del partido, nuestras actividades se incrementaron aún más.
Nuestro trabajo llegaba ya a los soldados franceses. El restaurante de Tran Tam era un lugar muy concurrido por ellos. Una vez metida en el restaurante esta soldadesca se emborrachaba y rompía todo cuanto estuviera al alcance de sus manos, lo que provocaba frecuentes escándalos. Sin embargo, entre ellos había quienes se conducían correctamente y parecían moderados. Yo les daba conversación y los presentaba a Phiem Chu que les hablaba en francés, y los llevaba a pescar. Algunos confesaban ser miembros del Partido Comunista Francés o militantes de distintas organizaciones de masas de este partido.
Nuestras influencias no se limitaban a los soldados y guardianes vietnamitas y franceses, sino llegaban incluso a los marineros franceses y vietnamitas del sur. Había gente nuestra en nueve barcos de la línea Marsella-Yokohama, tales como el «D’Artagnan», el «Athos», el
«Chenonceaux», el «Sphinx», el «Porthos», etc.
En ellos había miembros del sindicato marinero (excepto el Sphinx en que no logramos atraer a los dos vietnamitas que allí trabajaban). Teníamos hasta miembros del partido en algunos barcos. Nuestra comunicación con Hong Kong, Saigón y París funcionaba a las mil maravillas gracias a todo aquello.
En semejantes circunstancias, era posible que realizáramos nosotros mismos la distribución de los volantes. Los camaradas chinos, con lugares marcados en los mapas, solo podían arrojarlos en las casas por encima de las cercas, meterlos en los barcos o entregárselos a los soldados al salir éstos a pasear en las calles. Con nuestra organización ramificada por todas partes, ya podíamos distribuir la propaganda dondequiera que se nos antojara. Editamos un periódico llamado primeramente Giac Ngo (Conciencia Política), que se distribuía entre residentes y soldados vietnamitas; luego apareció el Ken Goi Linh (El Clarín), publicado exclusivamente para los soldados vietnamitas, y el Hong Quan (Ejército Rojo) para los soldados franceses.
Yo recuerdo que el camarada Vuong había escrito artículos en verso y en prosa para nuestros periódicos. Lo vi cuatro veces en Shanghai. La última vez vino a nuestro local, se reunió con nosotros, hizo la crítica de cada número de los periódicos y nos orientó sobre la técnica del periodismo. Aquella reunión con él, me dejó una profunda impresión por su estilo de trabajo minucioso y responsable.
La mayor alegría que experimentamos en aquel período de actividades en Shanghai fue cuando logramos llevar nuestra organización revolucio-naria al crucero francés «Waldeck Rousseau». Fue este buque de guerra el que izó primero la bandera de motín en el mar Negro en 1918. Nuestros camaradas pegaban volantes en el comedor, en los baños del buque, también en las gavetas. Los aterrorizados oficiales realizaron un registro sistemático y sometieron a interrogatorio a todo el mundo, para llegar a saber de dónde venían los volantes. Alentados por sus éxitos, nuestros camaradas propusieron izar la bandera roja en el mástil del buque con motivo del aniversario de la Revolución de Octubre en 1930, y repetir así el inmortal gesto del mar Negro. Pero el partido se opuso a este arriesgado proyecto, y aconsejó a los camaradas que velaran por la seguridad de la organización.
¿Cuál era el incentivo que nos permitía, trabajar con tanto entusiasmo y abnegación por la revolución? En aquel año 1930, que iba a convertirse en una gran fecha en nuestra historia, la prensa legal que llegaba regularmente de Indochina estaba llena de informaciones sobre el movimiento de lucha que se desarrollaba en el país. Para nosotros era una fuente de estímulo poderosísima. Sobre todo las informaciones acerca de los soviets de Nghe An, atizaban en nosotros, vietnamitas en el destierro, las llamas revolucionarias. Entre nosotros estaba el camarada Quoc Long. Nativo de Nghe Au, cursó estudios en la academia militar de Wang Pou. Había abandonado el ejército de Chang Kai Chek donde asumía un alto cargo, para dedicarse a la causa del partido junto con nosotros. Una vez regresó a casa con un periódico recién llegado del país. Sus ojos brillaban y nos gritaba contentísimo:
– ¡Formidable! ¡Celebraron un mitin nada menos que en mi propia aldea natal!
Ho Ngoc Lam, alto oficial del cuartel general de Chang Kai Chek, de paso en Shanghai, nos llevó un día a comer a un restaurante. Durante la conversación nos confió:
– Ya que el movimiento revolucionario en el país está cobrando auge, si el partido lo estimara necesario volvería para dirigir los asuntos militares.
A finales de 1930 fui detenido por primera vez. Sospeché que el enemigo había venido rastreándome desde hacía tiempo. Me atraparon al salir de la fábrica de oxígeno. Motivo: cada vez que iba a la fábrica se encontraban volantes en todas partes.
Yo tenía los documentos en regla y no llevaba conmigo ningún material comprometedor. Después de registrarme de pies a cabeza encontraron solamente un puñado de tickets de tranvía que guardaba para las cuentas, pues la disciplina del partido en materia de finanzas era muy severa. Cualquier gasto, por mínimo que fuera, debía ser justificado con comprobante.
–¿Porqué tienes tantos pasajes de las concesiones japonesas, inglesas e incluso de la ciudad china? –me preguntaron chequeando los tickets.
– Ando por los parques –les contesté sin turbarme–. Hay sitios muy hermosos en las concesiones extranjeras y en la ciudad china. Y como no tengo nada que hacer, pues paseo.
Parecían tener sospechas respecto a mi verdadera identidad.
– Vine acá en busca de trabajo –reafirmaba–. Si ustedes me ayudan a encontrar algún trabajo, lo aceptaré con mucho gusto.
Llamaron a Tran Tam y, después de obligarme a volver la espalda, empezaron a interrogarlo.
– ¿Tienes en tu casa a alguien que se llama Nguyen Luong Bang?
– ¿Nguyen Luong Bang? No conozco a nadie con ese nombre.
El jefe de la seguridad me hizo dar media vuelta y preguntó a Tran Tam, señalándome con un movimiento de su mano.
– ¿Tú hospedas a este tipo?
– Sí. Se llama Hai. Está alojado temporalmente en mi casa en espera de encontrar empleo.
– Te lo confío. Vigílalo hasta que haya algún barco que lo devuelva a su país.
Tran Tam me llevó a la casa. Sólo le importaba el dinero, la revolución no le interesaba ni un comino. Careciendo de opiniones políticas bien definidas, engañado por la propaganda, elogiaba sin reservas a Chang Kai Chek. Sin embargo, no simpatizaba con los franceses. En aquellos días en que me hallaba arrestado guardando la repatriación, se llevaba muy bien conmigo.
Cuando salió el primer vapor hacia Haiphong, Thien, un sargento primero, vino a entregarme un pasaje y dos piastras. Jugaba al patriota diciéndome:
– Lamento su situación. Aquí no logró encontrar trabajo y tiene que regresar sin dinero ni equipaje. Es una orden de arriba, no hay otro remedio. Pero somos compatriotas y quiero aconsejarlo: vaya a ver al señor Suu, empleado en el consulado de Bélgica en Hong Kong. Lo va a ayudar.
Este nombre, Suu, me preocupaba. Yo lo había admitido en la Asociación de la Juventud Revolucionaria. ¿Por qué tiene relaciones con este sargento? Debía ser un traidor que logró infiltrarse en nuestras filas. A mi llegada a Hong Kong, éste me entregaría a la policía francesa.
Los pensamientos seguían atormentando mi mente, cuando el sargento me hizo subir a un barco y me presentó hipócritamente al patrón.
– Este amigo mío tiene que embarcar. Se lo confío a usted. Cuídelo bien.
Yo tenía mis planes. Ya a bordo me acosté decidido a despertarme hacia medianoche y escapar en la próxima escala en Satovo, Kouang Toung. Cuando me levanté en la madrugada aún el barco no había soltado amarras. Confié a un vecino mis dos maletas; una de mimbre, otra de cartón, que solo contenían harapos. Luego salí para despistar a los chivatos. Me mezclaba con los demás pasajeros e iba de un lado a otro del puente. En el momento preciso en que se elevaban las anclas, salté a tierra como si quisiera comprar frutas para el viaje. Y me quedé regateando hasta que el barco abandonó el muelle. Cuando viró a bordo, tomé corriendo un tranvía que me llevó a la concesión inter-nacional.
Fichado desde, entonces por la policía, lo que me impedía trabajar fuera, me quedé en casa a escribir a máquina e imprimir los periódicos.
En el interior del país había gran escasez de cuadros. Me ofrecí como voluntario para regresar, y cuando estaba listo a irme clandestinamente en el primer barco donde hubiera camaradas nuestros a bordo, ocurrió un contratiempo. Habíamos recibido muchas adhesiones, incluso sub-oficiales de la guarnición que contaba con dos batallones. Uno de ellos insistía en tener una conversación con el responsable. Sopesamos detenidamente todos los factores: había que estar vigilantes; pero al mismo tiempo era imposible rehusar la cita.
Yo mismo asistí a la entrevista. El hombre me esperaba en un café. Le entregué un puñado de volantes para el primero de mayo. Nos despedimos, y cada cual se fue por su lado. Pero yo desconfiaba. Tomé por una calle desierta y comprobé que, en efecto, alguien me seguía. Me puse a ir de un lugar a otro, unas veces saltando a un tranvía, otras
tomando un taxi. Algunos desconocidos continuaban vigilándome. No logré despistarlos hasta muy entrada la noche. Por suerte conocía bien la ciudad. De no ser así los hubiera guiado sin quererlo a nuestra casa.
Discutí el asunto con los camaradas, y planteé la urgente necesidad de agudizar nuestra vigilancia.
Algunos opinaban que probablemente yo había despertado las sospechas de los chivatos sencillamente por mi extraño traje: pantalón a la occidental con larga ropa de escolar chino.
La segunda vez otro camarada me sustituyó en la cita. Pero yo, vestido con mucha elegancia, lo seguía a distancia para vigilar los alrededores. No habíamos llegado todavía al lugar y ya la policía tenía cerradas todas las calles. A la una de la madrugada logramos salir del apuro.
Me tocó ir a la cita la tercera vez. Cumplí la misión con la mayor serenidad, pensando que los chivatos me seguirían hasta mi casa antes de detenerme. La entrevista había sido convenida en el «Hsien-shill y Cia», un gran almacén de Shanghai. Apenas pisaba el umbral aparecieron ellos. Y comenzó la persecusión.
Caía una fina llovizna. Llevaba caminado más de diez kilómetros, desde la carretera de Nankín hasta el parque de Honh Kow en la concesión japonesa. Pero seguían pisándome los talones. Me detuve a comprar nueces y salté en un yirinca que pasaba a la vez que pedía al halador correr lo más rápido posible. De vez en cuando miraba hacia atrás; no me habían perdido de vista. En la calle de Nankín detuve el yirinca, pagué generosamente al halador, y entré en la tienda Yung On donde se apretujaba una densa muchedumbre. Me metí en el elevador y logré escabullirme.
Ya no cabía duda alguna: alguien nos había vendido.
Nuestra oficina estaba instalada en el primer piso de una casa en la concesión inglesa. En la planta baja vivía el dueño, un comerciante de carbón. Teníamos de vecina a una china. Todos los días, a eso de las cinco de la tarde, acostumbrábamos a salir al encuentro de los camaradas que regresaban del trabajo. Una tarde observé que un desconocido nos espiaba detrás de las cortinas de una barbería que había enfrente.
– Me parece que nos están vigilando –dije a Phiem Chu–. Vístete rápido y sal. Regresa una vez que llegues a la esquina. Vamos a comprobar si es verdad que nos están buscando.
Phiem Chu hizo lo que yo le indiqué. El desconocido se apresuró a seguirlo. Era agente de la policía ¡Estábamos descubiertos! Decidimos trasladarlo todo hacia el local de mi imprenta clandestina. Phiem Chu se alojaría temporalmente en un hotel. Logré llevar sin novedad los documentos a mi casa. Cuando volví a recoger la ropa y objetos personales, los policías franceses me apresaron. Se habían metido en la concesión inglesa para detenerme.
Esa misma noche me sometieron a un interrogatorio
– ¿Dónde escondiste las cosas que te llevaste en el primer viaje?
– Las entregué a un chino que me esperaba en la calle.
Me molieron a golpes sin poder sacarme ninguna declaración. Los camaradas que seguían en libertad se asombraron cuando fueron a mi casa: los documentos estaban intactos, pero yo había desaparecido sin dejar rastros.
Poco después arrestaron a Phiem Chu mientras hacía propaganda entre soldados franceses en el parque de Hong Kow. Quoc Long y otros camaradas también cayeron uno tras otro.
De esta manera dispersaron nuestra organización de base. Igualmente apresaron a Thuyet. Acababa de graduarse de médico y había instalado un consultorio bastante lujoso en una calle céntrica de Shanghai con una clientela numerosa. Aunque todavía no estaba adherido al partido, lo detuvieron por sus relaciones con nosotros. Perdió su situación y su fortuna pero nunca se quejó de ello.
Quince años después, el 20 de diciembre de 1946, la misma madrugada que siguió a la noche del estallido de la guerra de resistencia nacional, cruzaba Vac, en Hadong, cuando alguien me llamó:
– ¡Camarada Hai! Me volví; era Thuyet.
– ¡Qué sorpresa! ¡Yo te creía en Shanghai!
– Y nosotros, Hganh y yo, pensábamos que lo habían fusilado o degollado hacía tiempo. Sólo después de la revolución supimos que todavía estaba vivo.
– Venga a mi casa –me invitaba con insistencia– Vivo a pocos kilómetros de aquí.
Después de recordar el pasado, me dijo:
– El país entero está en guerra de resistencia. Yo quiero seguirlo a usted con toda mi familia.
Desde entonces trabajaba, para el partido. Durante los primeros días de la resistencia preparaba medicinas en plena selva. Después ingresó al partido y actualmente trabaja en la empresa estatal de producción farmacéutica de Hanoi.
En cuanto al cabo que se había infiltrado en nuestras filas para ayudar a la policía a capturarnos, se desenmascaró posteriormente como un verdadero lacayo de los colonialistas. Los franceses lo ascendieron a ayudante. Según decían los residentes vietnamitas de Shanghai, al triunfar la revolución de agosto de 1945, mientras todo el mundo, desbordaba de alegría, él se mató pegándose un tiro en la cabeza.
Durante todo el mes que yo estuve encarcelado en Shanghai los chivatos se turnaron para maltratarme.
Una noche, después de haberme molido a golpes, me enseñaron una foto:
– ¿Lo conoces? ¿Sabes quién es este tipo? Es Nguyen Ai Quoc, tu líder. Lo capturamos en Hong Kong. Déjate de hacer el tonto y confiesa.
Miré la foto. Fue una verdadera revelación para mí: Nguyen Ai Quoc y el camarada Vuong eran el mismo. Los chivatos querían desalentarme con la noticia de su detención. Pero al contrario: el nombre Nguyen Ai Quoc y su foto aumentaron mi odio a los imperialistas y fortalecieron mi voluntad de no decir ni una palabra.
Fui trasladado junto con Phiem Chu a Saigón y luego a Haiphong a bordo del barco Claude Chappe. Durante él viaje permanecíamos todo el día encadenados en cubierta. Un regimiento del ejército colonial, compuesto de franceses y vietnamitas, estaba a bordo de regreso de Francia. Sin vacilar comenzamos nuestra labor de propaganda.
Un pasajero preguntó
– Permítanme una pregunta indiscreta: ¿Dónde los detuvieron?
– Fuimos detenidos en Shanghai.
– ¿A qué partido pertenecen ustedes?
– Al partido comunista.
Estábamos orgullosos de ser comunistas. El pasajero se despidió de nosotros con cortesía. Un rato después volvió trayéndonos pan y víveres.
Poco a poco los soldados vietnamitas se acercaron y acabaron por formar un círculo en torno nuestro. Aprovechamos para hablarles.
Los oficiales franceses ordenaron a los soldados mantenerse a distancia. No hicimos caso y continuamos. El gendarme de la escolta nos metió en la cubierta de abajo junto con los pasajeros. Pero allí las condiciones fueron mejores para nuestra propaganda. Entonces decidió trasladarnos para la bodega, pero no se atrevió a acompañarnos en este verdadero horno, sino que se contentó con montar la guardia en el otro extremo de la escalera. Nos encontramos esta vez entre obreros que regresaban de las plantaciones de caucho en Cochinchina. Eran casi un centenar, acompañados de sus mujeres e hijos, apretujados todos en ese infierno. Fue un lugar ideal para nuestra labor de agitación.
El gendarme profería injurias y amenazas, y trató de caernos a golpes. Como protesta nos declaramos en huelga de hambre.
– Sí no comen, ¡cuando mueran sus cuerpos serán echados al mar!
– Usted no tiene derecho a maltratarnos. Y nos volvimos hacia los obreros:
– ¡Vamos a ver quién tendrá que ceder!
Al fin y al cabo el gendarme tuvo que trasladarnos a tercera clase donde había ventiladores. Los pasajeros y militares se acercaron para expresarnos su simpatía Una vez llegados a Haiphong, los obreros no se olvidaron de despedirse de nosotros antes de abandonar el barco.
En los calabozos de la seguridad de Hanoi nos pusieron cadenas. Nos declaramos en huelga de hambre y tuvieron que quitarlas. Sucedía eso a finales de 1931. La comisión criminal había sido disuelta. Los colonialistas nos enviaron a Haiduong para ser juzgados por un tribunal del país. En la cárcel provincial declaramos otra huelga de hambre y exigimos la supresión de las cangas y cadenas, y la distribución de mantas y esteras incluso para los presos comunes. Un bonzo, que había enloquecido en la cárcel, rompió una escudilla e intentó matarse abriéndose la garganta con los pedazos. El gobernador francés de Haiduong ordenó recoger todas las escudillas. Organicé una protesta en la cual se exigía su devolución y, además, el suministro de capas de agua y sombreros para el trabajo fuera.
Nuestra protesta tuvo éxito. Los presos comunes simpatizaban con nosotros. Decían:
– Se debe a usted, señor “Estrella Roja” (este apodo me lo pusieron en broma mis camaradas en la cárcel de la seguridad de Hanoi), que podemos tener todas estas cosas.
– Se debe también a sus propios esfuerzos –les contesté–. ¿Qué podría hacer yo estando solo?
Entre los presos comunes hubo algunos que posteriormente llegaron a ser simpatizantes de la revolución.
En junio de 1932 el tribunal de Hai Duong me condenó a trabajos forzados por el resto de mi vida.
De nuevo me trasladaron a la prisión de Hanoi. En el tren que me llevaba desde Hai Duong tuve un encuentro inolvidable. Siendo un preso juzgado y condenado, andaba bien escoltado por un soldado armado. Contemplaba a través de la ventanilla del vagón los arrozales recién cosechados, cuando se me acercó una anciana que por su apariencia debía ser una comerciante. Pidió permiso al soldado para sentarse al lado mío.
– Permítame una pregunta –me dijo– ¿Dónde fue usted detenido?
Viendo que era sincera, le dije que había sido arrestado en Shanghai. Ella me identificó enseguida.
– ¡Conque es usted Nguyen Luong Bang, nativo de Thanh Mien! Estoy al tanto de su asunto. Mi hija me lo leyó en un periódico. Sentimos una gran admiración por ustedes, los jóvenes que se sacrifican por la patria. Muchos como usted han sido encarcelados, condenados y masacrados por los franceses. Esto nos conmueve profundamente. No le voy a ocultar nada. Tengo muchos familiares, hermanos y sobrinos que al igual que usted fueron encarcelados o desterrados por sus actividades revolucionarias. Cada vez que veo a jóvenes así pienso en ellos.
Luego llamó a su hija, una joven de dieciocho o diecinueve años que se acercó a saludarme.
– Ve a ver si se puedes conseguir algo de comer y beber –dijo la anciana a la muchacha–. Nuestro amigo debe tener mucha hambre y mucha sed.
La muchacha trajo casi una cesta de banh do4 y banh dau, té e incluso una botella de limonada que me ofreció con mucha insistencia. Como yo declinaba la oferta, la señora insistía:
– No tenga pena. Estamos como entre familiares. Por casualidad viajamos juntos y nos conocemos. Me sentiría muy honrada si usted aceptara este modesto regalo.
Luego, durante todo el recorrido desde la estación de Cam Giang hasta la de Gia Lam, esta señora permaneció a mi lado y me pidió que le hablara de la situación en general, de los acontecimientos en Francia, Alemania, Japón, Rusia, China, y de nuestros revolucionarios. La muchacha se estrechaba junto a su madre, y me miraba con sus grandes ojos negros. Estaba pendiente de mis palabras con mucha ternura. Me acuerdo hoy confusamente que ellas eran de la región de Lim o de Dang en la provincia de Bac Ninh.
Antes de bajarse en la estación de Gia Lam, reunieron todo el dinero que les quedaba en sus bolsillos, canastos y bolsas, que sumó un total de una piastra cuarenta centavos, y me lo ofrecieron. Rehusé la oferta, pero la señora lo metió todo en un bolsillo de mi camisa. Tuve que aceptar pues tenía las manos encadenadas a la espalda. Luego recogieron sus equipajes y se apearon rápidamente del tren.
4 Tipo de pan tradicional.
Permanecieron un rato en el muelle como desorientadas. Cuando el tren reanudó su marcha la señora me siguió con la mirada, casi a punto de llorar.
– ¡Hasta la vista! ¡Buena suerte! –me gritaba. Y las dos me acompañaron con sus miradas.
En la cárcel de Hanoi, seguí pensando mucho tiempo después en aquel encuentro. ¡Qué gente más buena! ¡Cuanta sinceridad, desenvoltura y naturalidad! Y este recuerdo fortalecía mi convicción: siempre que haya cuadros y programa político de partido para guiar a las masas, habrá movimiento.
Mientras proyectaba mi evasión de la cárcel, me secundaba en esto el camarada Nguyen Tao.5 La situación mundial evolucionaba hacia la guerra. Muchos de nosotros, que manteníamos nuestro fervor revolucionario, ansiábamos actuar y metidos debajo de las tablas discutíamos nuestros planes de evasión. Esas reuniones contaban con la participación de los camaradas Le Duan6 y Thuc.7
Pero nuestro plan no pudo realizarse. A raíz de una representación teatral que organizábamos en la cárcel, los camaradas Le Duan, Thuc y otros actores, considerados por el carcelero como cabecillas, fueron metidos en los calabozos con un pretexto insignificante.
Otros noventa presos de la barraca permanecieron durante un mes con las cadenas puestas. Yo discutí con Nguyen Tao y decidimos evadirnos a cualquier precio. Pensamos saltar del techo de la cárcel a la calle con un paracaídas hecho con nuestras ropas. Pero la idea nos pareció demasiado arriesgada. Sólo quedaba una alternativa: hacernos trasladar a la enfermería fingiendo alguna enfermedad. Una vez allí aserraríamos las rejas y escaparíamos.
Los camaradas Tao, Tuycn, Hao Lich, Paro, Man fingieron toda clase de enfermedades para llegar a la enfermería. El camarada Cuong y yo quedamos en la cárcel y mientras tanto nos declaramos en huelga de hambre reivindicando el derecho a mantener correspondencia con el exterior, a leer periódicos, a tener tabaco y cigarillos. Al sexto día, el
5 Fue ministro del trabajo de la RDVN – (N. del E.)
6 Fue primer secretario del Partido de los Trabajadores de Vietnam –(N. Ed.)
7 Fue funcionario del Ministerio de Seguridad Nacional.
enemigo no había cedido aún cuando el grupo de Tao anunció que los preparativos de evasión estaban terminados. ¿Qué hacer para lograr nuestra hospitalización? Al principio Cuong y yo propusimos simular el cólera. Pedimos al camarada Tran Duc Thinh, preso también, que ocultaba varios productos farmacéuticos chinos, algunas semillas de ricino para provocar una diarrea. Pero como habíamos ayunado seis días seguidos, este purgante sólo provocaba vómitos. Pensamos luego producirnos una fuerte hemorragia bucal. Para ello había que sacar sangre, de nuestras venas, pero carecíamos de agujas huecas.
Sólo quedaba una solución: fingir un suicidio cortándonos el cuello. Tuvimos que andar con mucho cuidado. Cuando la sangre se derramó en largos hillos que mojaban nuestro pecho y teñían de rojo las blancas camisas, fuimos ante nuestros compañeros de cárcel, exhortamos a continuar la lucha y después de gritar consignas, caímos al suelo «desmayados».
Nuestros compañeros comenzaron a dar gritos, mientras exclamaban: – ¡Auxilio! ¡«Estrella Roja» ha muerto!
Los carceleros cayeron en la trampa. Y se apresuraron a llevarnos al hospital.
El médico que nos atendía era un cirujano graduado en Francia y recién regresado al país. Después de vendarnos manifestó su desapro-bación con acento que revelaba su origen sureño:
– ¡Por qué diablos matarse! Traten de vivir. Si son víctimas de alguna injusticia con enviar una protesta a las autoridades superiores tienen.
Después llamó a Phong, el enfermero de la cárcel, al cual nos entregó diciéndole:
– Mire, la venda está floja. Si mueren no vayan a echarme la culpa de haberla apretado demasiado.
Phong y algunos presos comunes nos tendieron a todo lo largo en una carreta de regreso a la sala de los presos políticos.
En el camino Cuong y yo nos miramos, con los ojos entreabiertos y sonriendo discretamente.
Tao, que esperaba frente a la sala, preguntó de lejos:
– ¿Quiénes son, señor Phong?
– «Estrella Roja» y otro.
– ¿Qué tienen?
– Primero huelga de hambre de seis días, luego, intento de suicidio. Tan pronto como estuvimos en la sala, Tao nos susurró al oído:
– ¡Tengan cuidado! Actúen bien porque hay entre nosotros muchos tipos del partido nacionalista» Si saben la verdad, seria muy peligroso»
Y añadió:
– Ya tenemos aserradas cinco de las seis rejas. Mañana por la noche nos escaparemos, ¿Podrán ustedes seguirnos en su estado?
– Sí.
Al fondo de la sala había cuatro calabozos destinados a presos enfermos de gravedad o a aquellos condenados a duros castigos. En dos calabozos contiguos estaban dos locos que se intercambiaban dicharachos y armaban un alboroto infernal. Uno de ellos, el camarada Quy, obrero electricista de Nara Dinh, había perdido la razón a consecuencia del martillazo que un francés le había pegado en la cabeza. El otro, el camarada Thyen, uno de los nuestros, simulaba locura para permitirnos aserrar las rejas. Escandalizaba a más no poder para cubrir el ruido que hacíamos aserrando las rejas precisamente en su calabozo.
Durante una visita, el médico «barbudo» ordenó encerrarnos, a mí y a Cuong, de nuevo en el calabozo. Yo me sentí bastante preocupado cuando los camaradas Tao y Dam lograron que el guardián les prestara la llave para visitarnos. Desde luego, salieron después sin cerrar la puerta.
Compartíamos nuestro calabozo con algunos del partido nacionalista. Una vez, anteriormente, estuve enfermo de verdad y fui trasladado a la enfermería.
Esta gente hizo correr el rumor de que «Estrella Roja» estaba tramando su evasión. Por esto en esta ocasión los camaradas decidieron que yo saliera último para no despertar sus sospechas. Ellos también tenían sus planes de evasión al hacerse pasar a la enfermería. Eran en su mayoría hijos de familias acomodadas, tenían dinero de sobra, pero carecían de una organización como la nuestra. Fue por ello que sus planes no se cumplieron. Si hubieran conocido los nuestros sin duda alguna los habrían hecho fracasar, sobre todo por estar entre ellos un tipo llamado Lam «Cara de Hierro», rabioso anticomunista.
¿Cómo escaparnos sin que ellos se dieran cuenta?
Después de estudiar varios medios optamos por la utilización de somníferos que pusimos en un café que les ofrecimos.
El somnífero realizó su trabajo. Oímos decir posteriormente que a la mañana siguiente, cuando los gendarmes y policías entraron en el calabozo al tener conocimiento de nuestra evasión, los encontraron durmiendo todavía a pierna suelta.
Nos colamos uno tras otro a través de las rejas aserradas; luego bajamos a tierra valiéndonos de una cuerda hecha con tiras de mantas. Después trepamos una muralla erizada de pedazos de vidrio y, abriendo brechas en las alambradas de púas, saltamos a la calle.
Estábamos en la calle Phu Doan. Era Navidad. Una densa muchedumbre fluía hacia la catedral por la esquina Ngo Huyen. Nos mezclamos en la ola humana que bajaba hacia la iglesia.
Para la evasión, hizo falta algún dinero. Lo ocultamos hasta la hora de la acción.
El camarada Cuong tenía un billete de veinte piastras que nos confió al llegar a la cárcel de Hanoi. Esta suma, con otro poco dinero personal de Bao Lich, fue repartida entre todos, recibiendo cada uno casi cinco piastras. Según el plan elaborado el grupo de Tao se dirigió hacia el sur, Cuong y yo hacia el norte. Después de haber pasado seis días de huelga de hambre, y sufrido una fuerte hemorragia con suicidio fingido, estábamos muy débiles. Pero una vez en la calle, olvidamos como por encanto los dolores y el cansancio y caminamos a pasos firmes. Era noche de invierno, y soplaba un cortante viento frío del norte. Al llegar a la orilla del río Rojo, el viento soplaba en ráfagas. Nos metimos
debajo del puente y, a través de los matorrales, costeamos campos de maíz y de frijoles rumbo a Nghi Tain y Tu Tong para seguir luego hacia Viet Tri abordo de un sampán que alquilamos.
La noche nos sorprendió a medio camino. Tuvimos que pernoctar en una localidad de Yen Lac, provincia de Vinh Yen, tendidos en un arrozal, después de haber arreglado de prisa y sin arte un lugar donde acostarnos. Dormimos de un solo tirón hasta la madrugada. Todo el día siguiente, unas veces costeando un canal de regadío, otras atravesando un campo de arroz de verano o trepando colinas, caminamos hasta el anochecer antes de llegar a las cercanías de la aldea natal de la madre de Cuong. Acordamos que Cuong pasaría un rato allí aprovechando la oportunidad para establecer contacto con militantes locales. Luego me llevó a un bosque desierto. Más tarde él enviaría a alguien con comida.
Me quedé en medio del bosque, la noche era oscura, caía una lluvia intermitente y helada. Llevaba puesta la ropa que me habían dado los camaradas: dos pantalones y dos camisas. En el camino había comprado una capa de agua y un sombrero de hojas de palmera, Sentía frío y miedo a las serpientes, y a los tigres. No había escapado de la cárcel para dejar el pellejo en este bosque perdido. Marché a tientas hacia los arrozales. Preparé un montón de paja dentro del cual me metí, pero no pude conciliar el sueño. Hacía demasiado frío aquel año, un terrible frío que me impedía dormir. Cuando amaneció, regresé al bosque y me oculté en los matorrales, vigilando con ojos bien abiertos las serpientes y animales feroces. De nuevo cayó la noche, seguí en la misma posición, cubierto con la capa y el sombrero de hojas de palmera. Pasé el día entero esperando que alguien me trajera comida. Pero nadie vino. Con hambre, sed, y los nervios tensos, esperé a mi camarada. Otro nuevo día. No hubo señal alguna de Cuong.
Tuve que entrar en la ciudad y tratar de establecer contacto con algunos militantes de los cuales Cuong me había hablado. Tocaba en todas las puertas pero nadie se identificaba a pesar de mis alusiones. Aquella incursión a la ciudad no tuvo éxito salvo el hecho de que me comí unas cuantas sopas chinas, con lo que recuperé un poco de fuerzas para afrontar las nuevas dificultades que me esperaban. Volví al bosque y me encontré con un hombre algo parecido a Cuong. Era su hermano.
– Anoche –me dijo– mi hermano lo buscó acompañado de otros cinco o seis camaradas. No lo encontraron. ¿Dónde estuvo usted?
– Yo esperaba, esperé y nadie vino. Salí del bosque para dormir en los arrozales.
– Mi hermano le recomienda que tenga paciencia y espere en el bosque. Volverá a buscarlo esta noche o mañana con los camaradas.
Me metí de nuevo en el bosque. Esa noche, también llovió. Pasé dos días completos esperando en vano. A la tercera noche, me sentía extrañamente preocupado. Me arriesgué a entrar en la aldea en busca de la casa del hermano de Cuong.
A través de la puerta entreabierta, éste me hizo señas con la mano de que me marchara y decía con la voz apagada:
– Cogieron de nuevo a Cuong. La aldea está llena de agentes de la seguridad. Huya de prisa.
¿Adonde ir? Volví al bosque donde permanecí pensando largo rato. Al fin tomé una decisión que me pareció buena: irme a Thanh Mien.
Después de arreglar el pedazo de manta que me servía de bufanda para ocultar la venda de mi herida, fui derecho a la ciudad y saqué un billete en la estación de ferrocarril. Desde hacía varios días la policía realizaba búsquedas en las estaciones y obligaba a los viajeros a descubrirse y a quitarse las bufandas. Con los cabellos cortados y el cuello herido, Cuong y yo éramos muy fácilmente identificables. Pero los chivatos no eran tan astutos; solo examinaban a los viajeros que se apeaban del tren y no a los que subían.
Al llegar cerca de la estación de Yen Vien, salté del tren en marcha. Luego, a campo traviesa, llegué a Ngat Keo donde me detuve a comer algo. Después cogí el ómnibus hasta Quan Goi y al fin terminé el recorrido a pie para volver a Thanh Mien.
Cuando estaba en la cárcel de Hai Duong, los presos comunes me tenían mucha simpatía. Uno de ellos, Cuu Tan, oriundo del mismo distrito que yo, me había dicho en varias oportunidades:
– Cuando estés en libertad y regreses a tu casa, no dejes de pasar a verme. Me sentiría muy contento.
No pensaba tener un día la oportunidad de responder a esta invitación tan amistosa. Llegué a su casa al caer la noche. Me acogió muy cordialmente. Yo le confié mi verdadera situación. Cuu Tan no escatimó esfuerzos por ocultarme en un lugar seguro.
Me llevó a Don. Allí habló con un peón llamado Tu Hoi y me presentó como un amigo víctima de una desgracia que necesitaba temporal-mente asilo. Tu Hoi y su esposa me acogieron sin vacilación. Cuando, poco después, Cuu Tan les reveló la verdad de que yo era un revolucionario, el matrimonio, no se acobardó por ello. Pero desgra-ciadamente eran tan pobres que no llegaban siquiera a cubrir sus propias necesidades mínimas. Una boca más que alimentar significaba una carga demasiado pesada.
No sabiendo qué hacer, les dije:
– Ustedes tienen muchas dificultades para que además me sostengan
– Déjenme partir mañana al amanecer.
– No lo dejaremos. Se expondría a ser detenido. Usted se quedará con nosotros. Compartiremos lo que tengamos.
Aunque todavía no comprendían nada de política, nuestros campesinos tenían excelentes reacciones. Esto fortalecía aún más mi confianza en las masas. Pensándolo bien, hay más gente buena que mala. A Tu Hoi lo encarcelaron durante un tiempo después que dejé su casa. Perdió toda su fortuna, su hogar y tuvo que emigrar hacia Vinh Yen. Allí, durante la resistencia, ocultaba a nuestros cuadros que militaban en la retaguardia enemiga. Restablecida la paz, Tu Hoi y su señora estuvieron en Hanoi y fueron a verme. La mujer, evocando los recuerdos del pasado, me confiaba:
– Cuando usted estaba en nuestra casa, nosotros decíamos: ¡Caramba! No es un campesino, sin embargo trabaja la tierra como quien no conoce otra labor que la del campo.
Al llegar a la casa del matrimonio Tu Hoi, yo no sabía nada de las faenas del campo. La vida de cárcel me había puesto la tez como de harina y tenía que mentir diciendo a los vecinos que regresaba de las plantaciones de caucho de Cochinchina y padecía de paludismo. Cada vez que trabajaba en los arrozales ocultaba con fango la blancura
comprometedora de mi piel. Algunos meses bastaron para tener una hermosa cara curtida por el sol y una apariencia de verdadero jornalero. Ya podía hacer cualquier trabajo: cargar con la palanca, llevar estiércol para fertilizar la tierra, desyerbar el borde de los arrozales, trabajar con el azadón, batir el arroz para separar los granos, coger cangrejos y caracoles, pescar con traína, etc. Yo, que al principio no sabía cómo atar las plantas de arroz para trasplantar, llegaba a rendir dos, tres veces más que los campesinos. En dos temporadas de trabajo ya podía usar bien el rastrillo y empezaba a aprender el manejo del arado cuando me atraparon otra vez.
En Don logré crear un núcleo y publicar el periódico Obreros y Campesinos, redactado e impreso por mí. Organicé la distribución del periódico en muchas localidades, incluso entre los marineros de Haiphong. Los camaradas me enviaron en cambio dinero para mantener el periódico. Me acuerdo todavía de un joven católico de Don quien, ganado por mi propaganda, se encargaba de las compras en el mercado de Sat donde conseguía tinta, papel y agar-agar. A pesar de su juventud, este muchacho me prestaba abnegada colaboración respetando rigurosamente las normas de la clandestinidad.
Cuando fui apresado de nuevo, la población entera de la aldea mantuvo una actitud muy digna, pues se negó a revelar a los franceses a aquellas que tenían relaciones conmigo. Los campesinos de entonces, católicos o no, tenían una idea confusa acerca de la revolución, pero sentían repudio hacia los franceses por sus injusticias y estaban siempre dispuestos a brindar su amparo a los revolucionarios perseguidos.
De nuevo en las garras de los imperialistas recibí otra condena a trabajos forzados a perpetuidad.
A pesar de haber sido condenado dos veces en esta forma, nunca me resigné a perecer entre las cadenas de los imperialistas.
Me deportaron a Son La al mismo tiempo que al camarada Truong Chinh.8 De nuevo traté de organizar mi evasión con la ayuda de otros camaradas. Pero agobiados por las innumerables tareas de aquellos momentos, e imposibilitados por las dificultades que provocaban los medios de comunicación, no pudieron poner en práctica mis planes.
8 Fue presidente del Buró Permanente de la Asamblea Nacional de la RDVN - (N. Ed.)
Junto conmigo quedaron cuatro miembros del partido nacionalista, de los cuales tres se hicieron posteriormente comunistas y militaron en nuestras filas. Incomunicados durante muchos años pasamos el tiempo instruyéndonos mutuamente.
Pero los camaradas que se marcharon para reanudar sus actividades revolucionarias no se olvidaron de mí. En el Tet de 1937 recibí muchos regalos. Después me mandaron incluso periódicos por medio de dos electricistas que eran simpatizantes del partido en Son La. Estos últimos pasaron mucho trabajo para hacérmelos llegar. Pusieron los periódicos en una caja de galletas cerrada con brea y la enterraron al pie del puente de Ban Giang, a la salida de la ciudad de Son La. Dos veces a la semana me permitieron a bañarme en un manantial cerca del puente. Fingí ir satisfacer mis necesidades, desenterré la caja, cogí los periódicos y puse de nuevo la caja en su lugar. De esta manera recibí regularmente durante tres años el Tin Tuc (Noticias), luego el Doi Nay (Hoy) que remplazó al primero cuando fue prohibido. Gracias a ello, me sentía siempre, a pesar de mi soledad en la cárcel, en constante conexión con el partido y me parecía oír los alientos del movimiento revolucionario que crecía impetuosamente. Mantuve mi combatividad superando el pesimismo que de cuando en cuando me atormentaba en aquel presidio perdido en las selvas.
A mediados de 1940 llegó el camarada To Hieu a Son La, también deportado. Se creó una célula del partido en la cárcel y empezamos a organizar nuestra evasión. Los preparativos se iniciaron inmediata-mente: organizar núcleos del partido en la población y la juventud de la minoría Thai, conseguir reservas de medicinas, dinero, ropas y sobre todo fabricar falsos documentos. Algunos simpatizantes que trabajaban en la residencia del gobernador provincial nos proporcionaron tarjetas de impuesto personal en blanco, pero faltaba el cuño. Conseguimos cartas usadas e imitamos el cuño allí puesto.
En el verano de 1940, el movimiento Viet Minh estaba ya en auge. El partido necesitaba más y más cuadros. La célula del partido en la cárcel decidió que los camaradas Ninh, Tran, Hieu y yo escapáramos de la prisión.
La historia de nuestra evasión de Son La ha sido relatado con todos sus detalles por el camarada Tran Dang Ninh, en su libro Dos evasiones. Siempre recordaremos con profunda emoción al camarada Gia, joven de minoría Thai, que sirvió de guía en nuestra fuga de Son La. Cumplida la misión, regresó a su casa; allí fue arrestado y fusilado después por los colonialistas. Había adquirido conciencia revolucionaria gracias al camarada Hoan, y fue uno de los primeros de la Juventud Thai por la Salvación Nacional. Muchos jóvenes Thai de su misma generación, orientados por los comunistas presos en la cárcel de Son La, fueron posteriormente buenos cuadros de la revolución, y se destacaron tanto en los combates por la liberación del noroeste como en la edificación socialista actual en la misma región.
Venciendo innumerables obstáculos y penalidades, Ninh y yo llegamos a la comuna de Van Phuc, provincia de Hadong, un mes después de nuestra evasión. Establecimos contacto con el camarada Hoang Van Thu, con el cual pasamos toda una noche discutiendo. Estábamos entusiasmados ante el desarrollo del movimiento. Acompañado por Ninh, fui desde Van Phuc a la aldea Mo, de ahí pasé a Cot, luego a Buoi y alcancé el río Rojo que cruzamos por el embarcadero Tu Tong. En este mismo lugar, diez años atrás, Cuong y yo, después de habernos escapado del hospital Phu Doan, alquilamos un sampán para remontar el río. En aquel entonces las perspectivas de la revolución eran aún sombrías. Pero ahora la revolución se desarrollaba en todas partes con la pujanza de un adolescente en plena fuerza. Avisados por el camarada Bach Thanh Phong, entonces responsable del grupo de servicio interior del Comité Central, cruzamos el río para entrevistarnos con el camarada Truong Chinh que esperaba en un arrozal en la otra orilla. Yo me quedé a trabajar con el camarada Truong Chinh, mientras Ninh siguió hasta Bac Ninh para presentarse al camarada Hoang Quoc Viet.
El camarada Truong Chinh me ubicó en la comuna Trai (Vong La) frente a Chem y prometió mandarme a alguien para el contacto. Con el fin de garantizar la seguridad a un cuadro que le había confiado el partido, el camarada de la célula de Trai me ocultaba todo el día en su cuarto y sólo me dejaba salir al patio por la noche. Tenía mucho sentido de las normas del clandestinaje. Pero su demasiada consideración hacia un cuadro del partido por poco resultó fatal.
Una vez esperaba el contacto con el camarada Truong Chinh, cuando mi anfitrión invitó a su casa a un licenciado de la aldea de Dong Ngac para que escribiera los nombres de sus antepasados en el altar. El letrado tenía parentesco con el alcalde de Trai, invitado también a la comida que ofreció mi anfitrión después de la ceremonia.
El camarada atendía a sus convitados sin olvidarse al mismo tiempo de traerme comida pues no quería que yo comiera al final. Este entrar y salir despertó las sospechas del alcalde, quien antes de sentarse a la mesa, dio una vuelta por el cuarto tratando de averiguar algo. Pero al sentir que alguien venía, tuve la precaución de meterme rápidamente dentro de un baúl.
Como corría el riesgo de ser descubierto, el camarada dueño de la casa se las arregló para trasladarme a otro lugar seguro, desde donde pude seguir esperando el contacto.
Al caer la noche, y no venir nadie, estimé aconsejable marcharme del lugar. De nuevo crucé el río hacia Chem para llegar a Hanoi, esperando al camarada Van Tien Dung que, disfrazado de bonzo, iba muy a menudo a hacer contactos.
Pero trascurrió un mes sin que apareciera Van Tien Dung. Abandoné Hanoi para ir a casa del primer militante que me había albergado a mí regreso de Son La. Este vivía con su hermano en la aldea Yen Thanh, comuna de Mai Linh. Su miseria era indescriptible; comían una mezcla de cuatro partes de con una de arroz, hojas de boniato y yemas de calabaza con sal. Para protegerse contra el frío no disponían siquiera de una estera de junco. En una situación como la mía sólo la gente pobre tuvo el valor de darme asilo. Estos dos camaradas eran muy buenos al igual que los padres. Posteriormente, cuando la hambruna de 1945, sus padres, esposas e hijos murieron todos de hambre. Ellos dos cayeron durante la resistencia.
En Mai Linh logré entrar en contacto de nuevo con el Comité Central.
Cuando tuve mi primera entrevista con los camaradas Truong Chinh y Hoang Quoc Viet, me sentí preocupado por la profunda tristeza que había en sus rostros. Por ellos supe que el camarada Hoang Van Thu había sido detenido. Fue para nosotros un duro golpe.
En los últimos tiempos el enemigo había acrecentado la represión, lo que explicaba todos los trabajos que pasé por restablecer mis contactos con el partido.
Los camaradas Truong Chinh y Viet me encomendaron el trabajo de masas en un sector de la zona de seguridad, la labor de agitación entre los soldados y las finanzas. Entonces pregunté:
– ¿Cuánto dinero queda en los fondos del partido?
– Veinticuatro piastras en total –contestó el camarada Truong Chinh.
Estábamos a finales de 1943. El movimiento por la salvación nacional se desarrollaba. Los gastos del partido aumentaban día a día. La propaganda del partido y el frente Viet Minh requería muchos materiales, tinta y sobre todo papel. Editamos a la vez los periódicos Co Giai Phong (Bandera de Liberación) y Cuu Quoc (Salvación Nacional). Su responsable era el camarada Khiem. Pero sólo disponíamos de una piedra litográfica. Y aunque el dinero no fuera el factor determinante, con él el movimiento tendría más fuerzas.
Me acordé entonces de una conversación durante la cual un camarada había dicho algo importante: un simpatizante del partido, al saber que
«Estrella Roja» había escapado de la cárcel, pidió que le entregara cierta suma y una determinada cantidad de tela para la confección de ropas.
Pedí una entrevista en Hanoi con aquel amigo.
Este me entregó diez mil piastras indochinas como aportación a los fondos del partido. Posteriormente siguió prestando ayuda financiera. Actualmente, trabaja en un organismo estatal y nos vemos muy a menudo. El partido nunca se olvidará de aquellos que brindaron con fervor su ayuda a la causa de la revolución.
Una cantidad de este dinero la empleamos en conseguir equipos y materiales nuevos para nuestra imprenta comprados en el mercado negro: piedras calizas, caracteres de imprenta, papel de buena calidad. Tiramos volantes de distintos tipos, incluso en francés, y números especiales de nuestro periódico. Otra parte del dinero se invirtió en actividades comerciales con vistas a aumentar los fondos del partido.
Desde la aldea de Thuong Cat, yo dirigía las compraventas que abarcaban un gran número de renglones: arroz, tortas, aceite de ricino, aceite de abrasín, madera y bambúes, miel de caña comprada en Mai Linh para venderla en Hanoi, madera de traí muy cotizada en el mercado de Bang para la fabricación de peines.
A fines de 1944, la hambruna hacía estragos por todas partes. Nuestros cuadros tenían que pagar la comida ofrecida por la población, pues la gente se hallaba en la más negra miseria. Yo me alojaba en la casa de un simpatizante de base del partido en Lien Mac. A pesar de ser un campesino medio, su familia comía tortas hechas con una especie de legumbre silvestre molida, arroz mezclado con maíz, boniato y llegaron a alimentarse exclusivamente de potaje de afrecho. Todavía me acuerdo bien que los militantes de Nana Dinh y Thai Binh pedían al Comité Central dinero no para alimentarse con arroz sino sólo con potaje de afrecho.
Al hacerme cargo de las finanzas del partido, propuse al Comité Central del Partido y a la dirección nacional del Viet Minh la emisión de bonos. Mi proposición fue aprobada. Los bonos se imprimieron en la imprenta del partido gracias a una innovación del camarada Hong, que ideó un método de impresión con piñones grandes de bicicleta. Los bonos decían: «La patria agradecida» y más abajo «Independencia, libertad, felicidad». Yo estaba autorizado a firmar los bonos con el seudónimo de Trieu Van. Se me ocurrió este pseudónimo pensando en el de Dinb Chuong Duong que se hacía llamar Trieu Phong, nombre de un distrito de la provincia de Quang Tri. El cuño de la dirección nacional del Viet Minh que aparecía en los bonos era de cobre. ¿Quién lo había grabado? Pregunté y volví a preguntar a muchos camaradas sin lograr averiguar el nombre del artesano.
Los bonos fueron calurosamente acogidos por distintas capas sociales, y despertaron la codicia de elementos del partido nacionalista y del partido de la restauración nacional quienes comenzaron a lucrar emitiendo bonos falsos. Los bonos contribuyeron considerablemente a los preparativos de la insurrección general de agosto de 1945 para la conquista del poder.
La disciplina del partido era muy severa en cuanto a la contabilidad. Los camaradas Truong Chinh, Hoang Quoc Viet y yo nos controlábamos recíprocamente después de cada reunión. Cualquier gasto, hasta un centavo en cruzar un río, o en tomarnos un té, lo debíamos anotar en un pedazo de papel que enrollábamos después para esconderlo mejor. Después de verificar los gastos pasábamos a controlar el dinero que quedaba en el bolsillo. A excepción de los tipógrafos, que tenían un régimen especial e incluso algún dinero para gastos varios debido al trabajo duro que hacían, todos nosotros recibíamos solamente dinero suficiente para comer dos veces al día.
Ya en esa época el camarada Hoang Van Thu había muerto, Truong Chinh se hallaba en Phuc Yen, Viet en Bac Ninh y yo en Ha Dong. Acostumbrábamos reunimos en casa de Hoi, a la otra orilla del río Rojo. Su cocina servía de sala de reunión. Cuando la conversación se prolongaba, dormíamos allí mismo. Otras veces las reuniones se celebraban en una choza construida en el huerto de un miembro de la Asociación de Campesinos por la Salvación Nacional. Durante las heladas noches de diciembre dormimos sin manta ni estera en camas de hojas de bambú, cuyas espinas teníamos que ir arrancando a medida que penetraban en la espalda.
Posteriormente, logré formar un núcleo en una pagoda, cuyo nombre y ubicación no recuerdo. Nos reunimos varias veces allí. Hacía tanto frío en su interior que ya muy tarde en la noche, cuando caíamos rendidos de fatiga, dormíamos apretados unos contra otros como si fuéramos una pila de cucharas. Despertábamos en la madrugada y se reanudaban las reuniones. También hicimos lo mismo en la pagoda de Dong Ky. El bonzo y la vieja monja de aquella pagoda eran gente buena. Nos consideraban como familiares. Al principio pagábamos la comida; pero luego el bonzo nos dijo que no aceptaría más nuestro dinero ya que la pagoda había mejorado sus condiciones económicas. Seguíamos comiendo arroz mezclado con boniato o maíz, pero en nuestra mesa ya aparecía una escudilla de salsa de soya. Me acuerdo que hubo muchas reuniones en esa pagoda. Una noche estaba reunido el pleno del buró permanente del Comité Central del Partido, con la presencia de gran número de camaradas, cuando apareció el jefe de la guardia rural.
– ¿Por qué tanta gente en esta pagoda? –preguntó al bonzo.
Sin turbarse, el bonzo nos presentó al guardia como gente de su aldea situada en Nam Dinh quienes, huyendo de la hambruna que hacía estragos allí, venían a buscar trabajo.
Sin embargo, el guardia no se marchaba. Pensando que nuestra presencia había despertado su sospecha, decidimos dispersarnos en el patio y, escapándonos por la cerca, fuimos a Dinh Bang donde reanudamos la reunión.
Era la noche del 9 de marzo. Desde Hanoi llegaba el sonido de disparos. De esta agitada sesión, saldrían directivas con el título: «Los japoneses y franceses están peleando. ¿Qué haremos?»
A principios de agosto de 1945, fuimos a la base guerrillera de Viet Bac para tomar parte en la reunión del Comité Central del Partido y en el Congreso Nacional del Pueblo que se celebraba en Tan Trao. En esa oportunidad vi de nuevo al Tío Ho.
En aquellos días históricos él vivía en una choza al píe del desfiladero Re. Nosotros estábamos alojados cerca, en el caserío Cay Da, y por las noches podíamos ir rápidamente a su casa. Una vez, en medio de la conversación, me miró y dijo:
– Has adelgazado mucho desde aquel encuentro en China.
– ¡Tío! ¿Te acuerdas todavía de mí?
– ¡Seguro! ¡Cómo podría olvidarte!
En aquel entonces el Tío no estaba bien de salud. Acababa de salir de una enfermedad y se encontraba aún muy delgado y pálido. Veinte años habían trascurrido desde aquel día en que lo vi por primera vez en Cantón. ¡Qué rápido había pasado el tiempo!
El Congreso Nacional del Pueblo en Tan Trao eligió al Comité Nacional de Liberación. Después de la elección, todos los miembros del Comité, alineados frente al templo de Tan Trao, prestaron juramento. Tío Ho leyó personalmente el trascendental texto. Para todos nosotros era un momento sagrado. Sentíamos que la revolución pasaba ahora a una nueva etapa. Una unidad militar nuestra disparó tres salvas que repercutieron a través de la selva y las montañas para saludar aquel acontecimiento histórico. Llegado a Hanoi, el Comité Nacional de
Liberación se amplió y se convirtió en el primer gobierno revolucionario provisional de la República Democrática de Vietnam. Con el consen-timiento del Comité Central y del Tío Ho, salí del gobierno para dedicarme al frente y a las finanzas del partido.
Después de mi misión en Hue donde, junto con Tran Huy Lieu y Cu Huy Can, recibimos en nombre del gobierno provisional la abdicación de Bao Dai, fui encargado por el Comité Central a quedarme cerca de Tío Ho y velar por su salud.
En aquel periodo había muchos asuntos que resolver, y Tío Ho estaba muy ocupado. El 2 de septiembre, después de la Proclamación de Independencia en la plaza Ba Dinh, fue derecho al palacio de gobierno a trabajar hasta muy entrada la noche. Reinaba una animación continua. La gente que llegaba a pedir instrucciones entraba y salía sin cesar. A la hora de comer, el Tío se sentaba a la mesa junto con sus colaboradores y el personal que trabajaba en el palacio. El menú diario era pescado cocido con salsa. Yo iba cada tarde al palacio para escoltar a Tío hasta su residencia en la casa número 8 de la calle Le Thai To.
Posteriormente, las dificultades aumentaron. Mientras los colonialistas franceses desataban la guerra en el sur, las tropas de Chang Kai Chek entraban en el norte con el pretexto de desarmar a los japoneses. Tío Ho conocía más que nadie a los del Kuomintang. Sabía que junto con ellos estarían los contrarrevolucionarios de la peor calaña para sabotear nuestra causa.
– Nuestra política hacia ellos –decía Tío Ho– será la de un paso atrás para dar dos pasos adelante.
En aquellos días en que el poder popular se hallaba en pañales, las dificultades eran innumerables. Junto con el Comité Central, el Tío dirigía la lucha de todo el partido y de todo el pueblo, apoyado en el patriotismo, la clara conciencia y la fuerza invencible de la unión del pueblo que eliminaba diestramente un enemigo tras otro. En esos momentos saturados de amenazas no solo el Tío pensaba día y noche, sino que en persona hacía frente diariamente a los reaccionarios del Kuomintang chino. La fuerza de nuestro pueblo salió airosa y la sagacidad del líder supo conducir el barco de la revolución a través de todos los escollos.
Durante aquellos difíciles días, yo lo acompañaba cada tarde a pasar la noche en las afueras de Hanoi, En una casa situada en el dique de La Thanh, entre, la cuesta de Ngoc Ha y el mercado Buoi. Al restablecerse la paz, poco después de nuestra vuelta a Hanoi, traté de visitar esa casa pero no quedaba ni rastro de ella. La guerra había pasado por allí. En ese lugar, el Tío seguía trabajando hasta horas muy avanzadas, Se levantaba invariablemente temprano en la madrugada, para entrar en la ciudad y empezar su día de trabajo. A pesar del fuerte frío, solía llevar un sencillo traje de kaki.
Siempre observó en él la misma sencillez. Me acuerdo de cuando estábamos en Shanghai con la temperatura bajo cero. Sin un, centavo, casi teníamos que comprar carbón para calentarnos porque el frío era insoportable. Yo trataba de calentarme un poco caminando, pero cuando entraba en su cuarto me estremecía de frío:
– ¡Camarada! ¿Cómo puede usted aguantar este frío sin tener con qué calentarse?
– No tengo estufa.
– Se morirá de frío.
– ¡No! Me he acostumbrado.
Estaba trabajando. En la mesa había un montón de materiales en distintos idiomas.
Vale la pena escribir un libro sobre la vida de Tío Ho.
Al recordar todo esto, pienso en los camaradas a cuyo lado combatí por el ideal del partido, que me orientaron y ayudaron, con quienes compartí alegrías y penas. Muchos de ellos han muerto, y mientras más se desarrolla el partido, tanto más sentimos su muerte.
Recientemente tuve la oportunidad de pedir a Tío Ho noticias acerca de Cam Xuynh, el amigo que me había llevado hacia él y hacia la revolución. Tío Ho también tiene entre sus recuerdos más queridos a aquel joven de corazón de oro, de humor jovial y de espíritu tan dinámico. Pero él tampoco posee información alguna sobre Cam Xuynh y su esposa. Ambos, según dicen, cayeron durante la Comuna de Cantón.
EN LA CELDA DE CONDENADOS A MUERTE
Phạm Hùng
Cuando me encerraron en la celda de condenados a muerte, ya había allí tres presos más: Thanh y Ro, desterrados de Paulo Condor y castigados por haber participado en un ajusticiamiento; Mot Ram, un asesino de Gia Dinh.
Al saber que era preso político me trataron con simpatía desde el comienzo. Decían: «Antes el señor Nho (el Pequeño) también estuvo aquí. Está todavía su libro Kim Van Kieu».9 Desde los prisioneros hasta los policías y carceleros admiraban a Ly Tu Trong. Lo llamaban respetuosamente “señor Nho”.
¿Así que Trong había estado aquí? En un rincón de la celda se veían algunas hojas sueltas de un librito bastante gastado. Eran las hojas del Kim Van Kieu dejadas por Trong. Nuestro gran poeta nacional había acompañado al comunista en la celda de los condenados a muerte hasta el momento de subir a la guillotina. Con una profunda tristeza recogí estas páginas pensando en Trong. El día que los verdugos lo condujeron al patíbulo yo estaba aún en la prisión de My Tho. La víspera, toda nuestra prisión realizó una huelga de hambre en señal de protesta. Había sido detenido en My Tho a causa de una «manifestación acompañada con asesinato, incendio y perturbación de la seguridad». Esta se había celebrado en pleno día en conmemoración del Primero de Mayo de 1931 en My Tho. Aquella vez los manifestantes ajusticiaron a un cruel miembro de la administración comunal. Los imperialistas me habían llevado a varias cárceles. Después, cuando la corte especial me condenó a la pena capital, me encerraron en esta celda. Tenía entonces veinte años. La celda era un estrecho cuarto de alrededor de tres metros de ancho y cinco o seis metros de largo, con tres paredes y una puerta de hierro herméticamente cerrada. En una pared había una
«ventanilla», es decir, un pedazo de hierro con agujeros tan pequeños
que no podía pasar siquiera un cigarrillo. Existía tanta oscuridad que era necesario constantemente un quinqué para alumbrarse. El insoportable calor nos obligaba a estar en cueros. Estábamos tendidos
9 Nombre de un libro llamado actualmente Historia de Kieu, novela en poesía del gran poeta nacional Nguyen Du del siglo XVIII.
sobre el mismo suelo de cemento con un pie apresado en una argolla extendida a lo largo de la celda. Los policías venían cada dos o tres meses para abrir la argolla y colocarla en el otro pie.
Cada vez que efectuaban esta operación conmigo cerraban todas las demás celdas y concentraban a los soldados, policías y carceleros como si fueran a realizar una maniobra militar.
Los presos comunes condenados a muerte estaban desmoralizados pensando que tarde o temprano irían a la guillotina. Por eso tenían una actitud bárbaramente hostil hacia los policías y carceleros. Cuando abrían la boca era para decir groserías. Su furia atemorizaba a todos los agentes de la prisión, incluso a los franceses de Córcega. Thanh, Ro y Ram los insultaban con frecuencia. Cada vez que venía un carcelero a traerles comida recibía enseguida una descarga de injurias. A algunos carceleros les tiraban cubos de mierda a la cabeza, pero no se atrevían a decir nada.
Me contaron que una vez había llegado un sacerdote francés que les preguntó: «Hijos míos ¿necesitáis algo? ¿En qué podría ayudaros?» En el fondo de la celda se levantó una persona y respondió cortésmente:
«Entre padre, su hijo quiere hablar con usted.» El cura entró y acto seguido fue rodeado por los detenidos que comenzaron a halarle la barba y a gritarle: «Venga y quédese aquí con nosotros para divertirnos.»
Nada de eso era bueno. Los policías y carceleros, decían entre sí: «No les hagamos caso a los condenados a muerte. Son verdaderos perros rabiosos.» Pensé que quizá ellos consideraban igual a los comunistas que estaban en la misma situación. Por eso hablé con Thanh, Ro y Ram:
«Vivimos para hacer bien. Así dejaremos un buen prestigio. Estamos aquí esperando el día en que iremos a la guillotina, pero debemos conservar nuestra dignidad. Sólo de esta manera tendremos el respeto y la admiración de los franceses, y los jueces verán que aunque sus leyes aplican la pena capital no logran sin embargo sus propósitos.»
Los tres escachaban en silencio. Y proseguí:
– Nosotros llevamos una vida diferente a la de ustedes. Hacemos la revolución. Yo he conocido muchas cárceles y visto a muchos prisioneros. He comprobado que por lo general los prisioneros comunes escuchan a los prisioneros políticos. Somos todos hombres,
¿no es verdad? Debemos actuar de manera que los colonialistas no puedan despreciarnos en ningún momento.
Poco a poco «reorganizaba» la celda.
– En nuestras relaciones con los carceleros –decía a menudo–, si cada cual actúa a su modo habrá muchos desórdenes. Hay que designar a uno para hablar con ellos en nombre de todos.
Thanh, So y Mot Ram acordaron elegirme su representante. Desde entonces hubo orden en la celda de condenados a muerte.
Por las mañanas cuando «nuestro cocinero», también un detenido pero no condenado a muerte, venía a preguntarnos lo que deseábamos, yo le daba el menú. Eso diferenciaba totalmente lo de antes cuando Thanh, Ro y Ram sólo gritaban:
– Oye bien; vete al mercado de Ben Thanh a comprar lechugas frescas, Y tráenos un pollo que esté vivo. Queremos verlo antes de que lo mates. ¿Entendido?
Los colonialistas alimentaban bien a los condenados a muerte antes de ejecutarlos. Diariamente servían jamón, chuletas, pollo asado, o bien comíamos a la francesa. Bastaba con decir una palabra para conseguir todo lo que deseábamos. Se freían raspas de arroz. Exactamente como decían nuestros camaradas:
«Comeríamos raspa frita con cucharas hechas de cascara de coco.»
Frente a nuestra celda se hallaba la cárcel de mujeres. Allí estaban juntas prisioneras políticas y no políticas. Desde la puerta podíamos verlas. Muchas de ellas traían niños. Daba lástima ver a los chiquitos delgaditos y sucios que jugaban en el patio de la prisión. Propuse a mis compañeros guardarles una parte de nuestra comida. A partir de entonces cada día había platos bien preparados para los niños de las prisioneras. Y cuando por cualquier motivo se demoraba la comida ellos nos miraban esperando ansiosos.
Al ser menos insultados y maltratados, los policías y carceleros iban acercándose a la celda. Sabían qué este cambio se debía a la presencia de un prisionero político y trataron de conversar conmigo. Un carcelero, Alejandro, que se decía miembro del partido socialista francés, me visitaba a menudo. Una vez me preguntó pensativo:
«Hay algo que no llego a comprender y que me asombra mucho: cuando los comunistas son libres luchan valientemente, y una vez en la prisión su actitud es muy digna y siempre mantienen la alegría, incluso en el momento en que esperan la muerte.»
– La idea de ustedes –le repliqué– es utilizar la pena capital para atemorizarnos, hacernos perder el control y volvernos locos. Pero los comunistas, que conocen bien su camino y su objetivo, siempre conservarán la serenidad. Este régimen sólo envilece a los que no tengan un objetivo en su vida y en sus ideas. Sin embargo, nosotros vemos con toda claridad el porvenir. Pueden decapitarnos, pero sabemos a ciencia cierta, que ustedes serán expulsados de este país. Conquistaremos la independencia y construiremos el comunismo. Sabemos que al hacer la revolución en contra de su régimen no podremos evitar la prisión o la muerte. Por eso no es raro que estemos aquí.
Más tarde tuve ocasión de encontrarme nuevamente a Alejandro como carcelero en Paulo Cóndor. No maltrataba a nadie y cuando obtenía nuevas informaciones en la radio nos las comunicaba.
En la celda fabricamos naipes y dados para jugar. Las cartas se hacían de viejas cartulinas de dibujos a mano y los dados de miga de pan bien moldeada. Con un cigarillo hacíamos salir el alquitrán que recubría las paredes de la celda y marcábamos los puntos negros de los dados. Para los puntos rojos incrustábamos forros de cigarillos.
Después de la comida conversábamos y jugábamos ajedrez, cartas o dados. Y teníamos una apuesta: el ganador obligaba al perdedor a hartarse de comida. En la prisión central había una biblioteca para los franceses. Yo tomaba algunos libros de allí y después de leerlos hacía un resumen para Thanh, Ro y Ram. Ellos estaban encantados. Les contaba sobre Los miserables de Víctor Hugo y Los tres mosqueteros. Luego tuve la idea de enseñarles vietnamita. Cuando les pregunté si deseaban estudiar, exclamaron:
– ¡Cielos! ¿Para qué estudiar cuando se va a morir? En la celda de condenados a muerte con la cabeza ya en la guillotina y comenzar a estudian ¡Oh, no, gracias!
– No deben pensar así –les dije–. Sí consideramos que podemos servir algo a la sociedad debemos trabajar en todo instante. Estudiar es también trabajar. En la celda se lee para estudiar, para distraerse y también para conocer nuevas cosas interesantes. Si hay que morir eso no causará ningún perjuicio. Si se vive obtendremos un beneficio.
Luego hice que me compraran libros de teatro moderno y de teatro clásico con numerosas ilustraciones. ¿A qué sudvietnamita no le gustan las piezas de Cai Luong? Pero sólo podían ver las imágenes sin comprender el texto. Yo les leía en alta voz. Ellos, acostados a mi lado, levantaban la cabeza asimilando las palabras.
De vez en cuando les decía:
– Este párrafo se canta con tau ma10. A ver ¡canten! – Entonces los tres ensayaban el «tau ma».
– Aquí se adopta el nam khach11; vamos –decía yo–. Y los tres cantaban.
Todos los días les enseñaba algunas letras y en tres meses llegaron a deletrear y luego a descifrar algunas frases. Así se sintieron cada vez más interesados. Me llamaban desde muy temprano:
– A estudiar, hermano Hung.
Al poco tiempo pudieron leer de corrido. Se acostaban con sendos libros en la mano y leían apasionadamente. Si no hubieran tenido cadenas habría parecido aquello un aula de estudiantes pobres.
Después empezamos a hacer teatro. Se le encargaba a cada cual un papel. Uno de los cubos servía como tambor. Cantaban todas las voces (tenor, bajo, soprano), que resonaban ruidosamente en la prisión. Resultaba divertidísimo. Una noche los carceleros, sin saber lo que ocurría, acudieron y nos vieron completamente desnudos con el píe apresado en la argolla y cantando mientras acariciábamos nuestras imaginarias barbas.
10 Canto a dos voces: una débil y otra viva y alegre.
11 Canto a ritmo rápido
Viendo su asombro les dije:
– Váyanse tranquilos, no pasará nada. Hacemos esto para entre-tenernos, porque la prisión es muy aburrida.
En general, después de seis o siete meses de decretada la pena de muerte puede ser confirmada o conmutada por trabajos forzados perpetuos.
Hacía ya siete meses que estaba allí. Mot Ram había sido guillotinado. Antes de llevarlo al patíbulo los franceses lo trasladaron a otra celda. Una mañana, muy temprano, sonaron pasos delante de la puerta y se oyó la voz de Mot Ram:
– Hermano Hung, me llevan a la guillotina. Adiós a todos y buena salud.
En la celda había tres comunistas: O, Cau y yo. Pero no se nos decía nada de nuestro caso. Sabíamos por experiencia que si anulaban el veredicto lo habrían comunicado desde el sexto mes. Estar en el séptimo mes significaba que seríamos ejecutados. Entonces discutimos los medios para mostrar nuestra valentía hasta la muerte. Como antes de guillotinar a uno solían preguntarle sobre su ultimo deseo, decidimos con anticipación exigirles que nos dejaran escoger el orden por el cual subiríamos a la guillotina, Cau sería el primero, luego O y yo el último.
AL PIE DEL PATIBULO
Lê Văn Lương
Yo era obrero del puerto de Nha Be. Había sido dirigente de una huelga en la cual los obreros mataron a un cabo, hirieron gravemente a un soldado y se apoderaron de algunos fusiles del grupo de represión. Tenía entonces diecinueve años. Fui arrestado y citado ante el tribunal en el «proceso del Partido Comunista de Indochina». Después de salvajes torturas nos metieron en prisión. Pero a mí me encerraron en un calabozo oscurísimo. Estuve allí veintiún días sin poder distinguir nada a mi alrededor. Al quinto día descubrí que me dejaban dos latas de arroz y otro alimento para cada comida. Hasta ese momento había creído que era una sola lata. El tribunal acusó de
«delito político» a todos los que habían escrito o publicado en las prensas revolucionarias. Y los huelguistas y todos los que habían asaltado depósitos de cereales o atacado a los soldados fueron considerados indiscriminadamente «bandidos y asesinos».
En la audiencia se nos quitó el derecho a la palabra. Sólo tuve tiempo para gritar: «Quieren decapitar a uno sin permitirle pronunciar más que “oui” (sí) o “non” (no). ¿Qué tipo de justicia es esta?» Los carceleros me arrastraron fuera. Hung también logró tablar antes de que lo sacaran: «¡Qué rara es su justicia! No tengo más que una cabeza; sin embargo, una vez me condenaron a la pena capital y ahora quieren decapitarme de nuevo. ¿De dónde saco otra cabeza para satisfacerlos?» En cuanto a Tu, declaró invariablemente que «ustedes habían calumniado a nuestro partido. Ante todo tienen que dejarnos defender al partido. Por mi parte les daré luego la respuesta». El se obstinaba en reclamar el derecho de defender su partido.
El Socorro Rojo Internacional y el Partido Comunista de Francia habían confiado nuestra defensa a los abogados progresistas de Saigón. Un defensor dijo en su alegato: «Se ruega al tribunal que tome en consideración la juventud de mi cliente; él no ha reflexionado con madurez.» El camarada en cuestión se levantó diciendo: «¡No, no es verdad! No puedo admitir ese argumento. Somos jóvenes, sí, pero sabemos lo que estamos haciendo; trabajar por la liberación del país y por la clase obrera. ¿Se puede decir que esto es falta de reflexión?»
El tribunal rindió su veredicto. Para «delitos políticos» condena al destierro perpetuo y quince o veinte, años de prisión en Paulo Condor. A los «asesinos y rebeldes», como el camarada Le Quang Sung, 12 otros seis y yo, la pena capital: En cuanto al camarada Hung, además de la pena capital le adicionaron veinte años de trabajos forzados.
Sung y yo fuimos trasladados a la prisión de Saigón. Al llegar a la celda de condenados a muerte, oí una voz aparentemente muy conocida:
– Luong, Luong, por acá, amigos. Vengan con nosotros para tener compañía.
Era Hung quien me llamaba. Estaba sentado en el umbral de la celda. Los compañeros habían conseguido abrir de vez en cuando la puerta de la celda durante el día para que entrara el aire y ver la luz. Thanh y Ro nos invitaron también:
– Vengan con nosotros. La celda es un poco estrecha, pero no importa. Había siete en una sola celda. Hung dijo en broma:
– Mañana voy a pedir un banquete para brindar juntos. Aquí, si deseamos bebida, sólo basta que llamemos al enfermero de la prisión:
«Señor, ¿hay algún jarabe? Tenemos mucha tos.» Enseguida comprende y nos trae un frasco de alcohol de la enfermería.
Algunos días más tarde, el carcelero-jefe francés dijo a Hung:
– Su condena a muerte ha sido confirmada. Pero después del segundo proceso se espera la decisión de París. Sé que ustedes no temen a la muerte, por eso se lo digo. Compré ya el ron y los tabacos: una copita de ron y un tabaco para cada uno a la hora de la ejecución.
– Tráigalo todo enseguida –contestó Hung–. El día de la ejecución se verá bien.
El carcelero-jefe trajo ron y tres tabacos»
– ¿Por qué tres? Somos siete –le reprochó Hung.
Al poco rato vino con los otros. Cada uno encendió su tabaco y la celda se llenó de humo.
12 Le Quang Sung, secretario del primer Comité del Partido de Saigón-Cholón, Deportado a Paulo Condor, murió durante una evasión en balsa con los camaradas Ngo Cia Tu y To Chaa.
En los días en que Hung estuvo ausente para comparecer ante el tribunal, Thanh y Ro maltrataron de nuevo a los carceleros. Sabíamos que éstos los habían tratado groseramente; pero el motivo verdadero era que después de la ejecución de Mot Ram los dos estaban preocupados. Pensaban en su próximo fin y eso los violentaba. Tratamos de hacerlos comprender. Ellos nos contaron de su estancia en Paulo Condor, donde los carceleros los habían humillado. De ahí su odio a esta gente. Paulo Condor era un verdadero infierno. Muchos prisioneros se suicidaron. Hubo algunos que aunque no eran asesinos se declararon culpables para acabar de una vez. Con paciencia y de manera sencilla logramos por fin la comprensión de Thanh y Ro.
Poco después de estar presos, los carceleros nos preguntaron:
– ¿Quieren apelar?
– ¿Cómo no? –contestamos–. No hemos cometido ningún crimen, pero se nos condena a muerte.
Recurrimos a la apelación. El abogado Cancellery, a quien el Socorro Rojo Internacional encargó defendernos, venía a visitarnos con frecuencia. Había sido miembro del Partido Comunista de Francia y después de dejarlo quedó como simpatizante. Siempre nos traía golosinas y cigarrillos. Un día trató de darnos dinero. Lo rehusamos, pero se apresuró a decirnos:
– Es dinero del Socorro Rojo Internacional.
– Si es así lo aceptamos y le rogamos trasmitir nuestro agradecimiento.
Cancellery nos dijo también que el Partido Comunista de Francia estaba desplegando una campaña para exigir la anulación de nuestra sentencia a muerte. Estuvimos algo al tanto de esta campaña a través de la prensa francesa. ¿De qué manera adquiríamos periódicos franceses? Exigimos la lectura de la prensa. El carcelero-jefe no se atrevía a entregarnos los diarios de Saigón, pero nos prestó L’Intransigeante, La Marseillaise y Paris Soir, diciéndonos: «Estos son mis propios periódicos. Se los presto como un favor especial.» Así, pues, diariamente pudimos leer los periódicos.
Lo de más interés en la prensa de entonces era el proceso de Leipzig, donde los fascistas alemanes juzgaban a Dimitrov. El acontecimiento impresionó tanto al mundo entero, que obligó a la prensa burguesa a publicar informes muy detallados. Quizá en nuestra celda estábamos mejor informados, que fuera. Leíamos las respuestas del camarada Dimitrov y nos alegraba ver cómo defendía al partido y acusaba al imperialismo, apoyándose en la reaccionaria legislación burguesa. Dimitrov enseñaba el comportamiento de un comunista que defiende la Komintern, su partido y su pueblo. Al denunciar los crímenes de Goering y de Hitler, indicaba también el procedimiento a seguir para luchar ante un tribunal. La prensa burguesa calificaba a Dimitrov; «El bravo.» Eso nos llenaba de alegría y de orgullo. Teníamos la impresión de ser más maduros.
– Si hubiéramos sabido todo eso –decíamos entre nosotros–, habríamos respondido mucho mejor al tribunal el día anterior.
Logramos ponernos en contacto con los prisioneros políticos de las otras celdas, a los cuales prestábamos los libros de la biblioteca de la prisión con mensajes escritos en sus páginas mediante un líquido extraído del arroz cocinado. Luego, los camaradas encargados de recibir los libros hacían aparecer las letras con yodo. Gracias a esta comunicación sacábamos informes de todo lo que pasaba en el exterior. Sin embargo, nosotros sólo esperábamos el día de ir al patíbulo; nada especial teníamos que informar.
Detrás de nuestra celda había unas matas de fruta bomba, donde los gorriones pipiaban todos los días. Una vez los presos comunes, armados de varas de bambú, vinieron a espantarlos. Explicaron que el carcelero-jefe les había dado la orden de proteger las frutas para darnos de comer. Llamamos al carcelero y le dijimos : «No nos importa escuchar el gorjeo de los pajaritos, pero las frutas debe dárselas a los niños de la celda de las mujeres.» Esos pobrecitos se hallaban en la prisión aunque eran inocentes.
Un día los policías nos trajeron una gran cantidad de víveres. No sabíamos de donde venían. Más adelante supimos que se los habían robado a los presos comunes.
Para evitar esto fue necesario decirles: «Los prisioneros comunes son más desgraciados que nosotros. No es correcto robarles los víveres.»
Los carceleros tenían cada día más consideración hacia nosotros. Algunos estaban emocionados por nuestra actitud y vinieron a expresamos su arrepentimiento y a pedirnos excusas por lo mal que nos habían tratado. Les explicamos que peleábamos contra los colonialistas franceses e imperialistas. Y que a ellos no les guardábamos ningún odio. En adelante nos admiraron más.
Nuestras actividades diarias eran comer y divertirnos. Jugábamos a las cartas, cantábamos, interpretábamos obras del teatro clásico. Cuando la puerta estaba abierta hacíamos bromas con las personas que pasaban. Por lanoche llegaban a nuestros oídos pregones de vendedores ambulantes, a los cuales imitábamos: ¡jugo de coco y azúcar!, como si estuviéramos paseando por una acera. Los ruidos de la ciudad y de las fábricas nos provocaban una nostalgia insoportable.
Un día Thanh y Ro se sintieron fatigados. Aunque no era grave, el carcelero-jefe les aconsejó ir al médico. Era simplemente una ocasión para llevarlos a la guillotina. Con el adiós final nos dijeron:
– No debemos perder nuestra serenidad; antes de morir queremos gritar consignas. ¡Dígannos algunas!
Thanh y Ro presentían que había algo raro, Nosotros pensábamos igual. De vivir, los dos se habrían convertido en hombres honestos.
Unos días más tarde, a eso de las cinco de la madrugada, oímos de súbito gritos lejanos pero bastante claros; «¡Abajo el imperialismo francés! ¡Viva el Partido Comunista de Indochina!» Al escucharlos supimos que Thanh y Ro eran ejecutados.
Luego, entró el carcelero-jefe y nos dijo:
– Sus amigos acaban de decirles adiós, ¿Los han oído?
– ¡Sí!
– Hay tabacos. ¿Quieren fumar?
Cogimos tabacos de la caja en que habían dado a Thanh y Ro. Después, de vacilar un instante el carcelero-jefe preguntó:
– Ellos no eran de los suyos. ¿Por qué gritaron también consignas?
– Eso no tiene nada de extraño. Ellos comprendieron dónde está la justicia. Y cuando la gente sepa cuál es la justicia no podrá estar sino contra ustedes, ¿No le parece claro?
El agente se sonrió a duras penas y salió.
Seis meses habían trascurrido. Hung ya llevaba trece en esta celda de condenados a muerte. Estábamos preparados para cuando fuéramos a la guillotina mantener una actitud correcta a fin de afrontar con dignidad la muerte.
Preguntábamos a los carceleros sobre la guillotina. Después de describírnosla detalladamente, querían saber para qué nos interesaba eso.
– Tener los conocimientos previos para no estar desprevenidos.
Además, nos interesaban los reglamentos y la manera de proceder. Por lo general, preguntaban a los que iban a ejecutar: «¿Quieren recibir la extremaunción?» Un sacerdote asistía a la ejecución. Pero no éramos culpables de ningún delito; no valdría la pena la extremaunción. También se preguntaba: «¿Tiene algo más que declarar?» Según los imperialistas franceses el prisionero, una vez frente a la muerte y en el colmo de la desesperación del último momento, perdía su control y podía revelar los verdaderos secretos, ya que el alma del que va a morir es pura y siempre dice la verdad. Los colonialistas eran astutos pero no podían esperar nada de nosotros. «¿Desean escribir algo a su familia?» Escribir, eso sí. Según el reglamento de la prisión cada condenado tenía derecho a escribir una carta. Habíamos llegado a un común acuerdo: Le Quang Sung estaba casado con Sau Diec, una camarada muy valiente, a la cual quería muchísimo. Por eso debería escribir a su esposa. Hung y yo, en nombre de los camaradas, escribiríamos a Ngo Gia Tu y otros, nuestros más queridos compañeros de lucha, desterrados en Paulo Condor.
También discutimos sobre lo que diríamos al subir a la guillotina para denunciar a los imperialistas y hacer propaganda y agitación entre la masa. Cierto que no permitirían la asistencia de campesinos y obreros, y no tendríamos mucho tiempo; pero debíamos prepararnos para decir lo más necesario, pronunciado con claridad. Escogimos las consignas siguientes:
«¡Abajo los imperialistas franceses!»
«¡Viva el Partido Comunista de Indochina!» «¡Viva la revolución de Indochina!»
«¡Viva la Internacional Comunista!»
Comenzamos a ensayar la Internacional recién traducida al vietnamita, pues teníamos que cantarla bien el día que nos llevaran al patíbulo. Las palabras de la canción eran casi las mismas que cantamos hoy,
Todas las noches nos acostábamos temprano, ya que sabíamos que las ejecuciones se efectuaban a las cinco de la madrugada. Así podíamos levantarnos antes de la hora, asearnos y vestimos, a fin de estar siempre listos para el momento. Pero pasaba el tiempo sin que ocurriera nada.
Un día, al séptimo mes de mi encarcelamiento, el carcelero-jefe nos preguntó:
– ¿ Por qué no piden indulto?
– No tenemos culpa de nada. ¿Por qué pedir indulto? –replicamos–. Hacer la revolución no es un delito. Apelamos para protestar contra los tribunales y sus leyes; pero no pedimos indulto. A la guillotina o no, eso depende de ustedes.
El procurador general también vino para tratar de persuadimos:
– Son aún muy jóvenes, están bien capacitados y tienen toda una vida por delante...
Machacó este argumento durante dos días consecutivos, hasta que por fin no pudimos aguantar más y le aconsejamos no perder en vano su tiempo.
Cancellery –sin duda alguna, influido por el procurador– quiso convencernos:
– No piden su indulto por guardar el honor de miembros del partido. Muy correcto. Sin embargo, me parece que esto no es sino una cuestión de forma que no tiene gran importancia. No afectará nada el honor del partido.
Le contestamos:
– Agradecemos sinceramente su gran ayuda. Pero esta vez permítanos no aceptar sus consejos.
En esta época se desarrollaba en Francia una gran campaña para exigir la libertad de los prisioneros políticos de Indochina. Y aquí los colonia-listas querían obligarnos a pedir el indulto. Pero no lo aceptábamos.
De nuevo, a la caída de la noche, continuamos ensayando la Inter-nacional, y acostándonos y levantándonos temprano para estar siempre listos en la hora final.
Alrededor de un mes más tarde el carcelero-jefe reapareció:
– ¡Ya, ya se acabó!
– ¿Se acabó qué?
– Se acabó para ustedes. Mañana saldrán de aquí.
– ¿Mañana? Bien, estamos listos. Lo esperábamos hacía tiempo.
– Saldrán de aquí pero irán a otra parte: a Paulo Condor.
La lucha del Partido Comunista de Francia, inspirada en el internacio-nalismo proletario, que reclamaba el indulto de los diez mil prisioneros políticos de Indochina y exigía en particular la anulación de más de una decena de condenas a muerte, había triunfado
El carcelero-jefe había anunciado la noticia en términos ambiguos para ver si teníamos miedo. Más tarde Cancellery nos trajo periódicos en los que publicaban las intervenciones de los diputados comunistas franceses. Entonces supimos que durante los siete u ocho meses de nuestra detención en la celda de condenados a muerte, los obreros y el pueblo francés habían luchado sin cesar por nuestra libertad. Sí vivíamos hasta ahora se debía a la ayuda de los proletarios franceses.
A principios de enero de 1934 nos enviaron, a Paulo Condor. Salimos de un infierno para caer en otro. Once años más Hung y yo compartimos la misma argolla, las mismas cadenas igual que en la celda de condenados a muerte. Pero continuamos la lucha y las actividades de militantes. La libreta de Hung no era más que una acumulación de marcas rojas, señales de cada castigo.
Después del triunfo de la revolución el partido y el gobierno enviaron un barco a recogernos. El 23 de septiembre de 1945, cuando poníamos píe en el continente, los imperialistas franceses reanudaban las hostilidades en Saigón. Una nueva batalla comenzaba.
NACE DEL PUEBLO
Võ Nguyên Giáp
CAO BANG: UNO DE LOS DOS CENTROS DEL MOVIMIENTO REVOLUCIONARIO EN VIET BAC.
VOLVIO EL PRESIDENTE HO CHI MINH
Cao Bang esuna provincia en donde existió elmovimiento revolucionario muy temprano. Desde el año 1929 ya había allí muchos núcleos de la Asociación de la Juventud Revolucionaria. Y cuando nació el Partido Comunista de Indochina, también Cao Bang fue la provincia donde se formaron los primeros núcleos del partido. En los años del terror blanco las bases del partido en la provincia siguieron manteniéndose intactas. Cuando llegó la época del Frente Popular, el movimiento revolucionario se desarrolló bastante ampliamente en el pueblo. Se efectuaron muchas manifestaciones saludando el Congreso de Indochina y muchos movimientos de lucha de los obreros de la mina de estaño de Tinh Tuc. Al estallar la segunda guerra mundial, los colonialistas franceses hicieron el camino de la rendición a los fascistas japoneses y asimismo desencadenaron una feroz represión contra el movimiento revolucionario. En aquel entonces, Cao Bang no estuvo a salvo. Los cuadros y militantes del partido se retiraron a la clandestinidad para mantener las bases y el movimiento revolucionario que estaba atravezando momentos difíciles.
Fue precisamente en este periodo que el «viejo» –el presidente Ho Chi Minh– regresó y se encontraba en un lugar cerca de la frontera. En aquel momento, los compañeros Phung Chi Kien, Pham Van Dong, Hoang Van Hoan, Vu Anh y yo estábamos trabajando en China. Después que los franceses perdieron su patria, nuestro Tío se dio cuenta de que lo principal era volver lo antes posible al país para establecer las bases y conectarse con el Comité Central del Partido, Por eso Tío Ho y unos compañeros regresaron y permanecieron temporalmente en las aldeas fronterizas del territorio chino. Los chinos de esta región son muy buenos pues han sido beneficiados por la buena influencia del Ejército Rojo. Por ello a los revolucionarios vietnamitas les brindan una ayuda de todo corazón. Algunos cuadros y militantes del partido en Cao Bang como los compañeros Le Quang Ba,
Hoang Sam, Bang Giang, etc., que estaban perseguidos, se exilaron en China, pero tuvieron la suerte de encontrar allí a nuestro Tío, quien propuso llevarlos a las regiones fronterizas, y darles un curso de formación para después mandarlos al país con el propósito de fundar el frente Viet Minh. El curso, de poca duración, fue organizado en una aldea china cerca de la frontera.
Tío Ho tiene un estilo de trabajo minucioso. Después de discutir con nosotros sobre el programa de estudio, encomendó escribir seis o siete trabajos. Cada trabajo tenía un plan que debíamos someter a discusión antes de escribir y después de terminado el colectivo se encargaría de revisarlo. Teníamos que cuidar mucho que tanto el contenido como el estilo fueran accesibles a las masas. Todos estos trabajos los publicamos después en un folleto titulado El camino de la liberación. Este primer curso de formación de los cuadros del Viet Minh dio muy buen resultado.
Cuando el curso quedó concluido ya se aproximaba el Tet. Entusiasmados, todos se pusieron en camino movidos por la convicción de que el trabajo de fortalecimiento y desarrollo del movimiento revolucionario y. del frente Viet Minh lograría muchos éxitos.
Después del Tet, Tío Ho también volvió al país. Estableció su «oficina» en la cueva de Pac Bo, en medio de una región montañosa de dos o tres kilómetros de ancho por cinco o seis de largo, a un kilómetro solamente de la frontera. En esta región viven las minorías Nung, dispersas en el valle o en las laderas en caseríos de dos a diez bohíos. Aquí hay paisajes pintorescos con cuadros de arrozales ensartados en tupidos bosques y montañas escarpadas. La exuberante vegetación tapa casi la entrada de la cueva; incluso de cerca es difícil descubrirla. Muy profunda, domina sobre una hermosa fuente cuyas aguas forman, en un punto, un gran charco que parece un laguito. La fuente busca su corriente en medio de las caprichosas rocas donde las estalactitas cuelgan sobre enormes bloques pulidos. Allí era el lugar donde Tío Ho bajaba a trabajar cuando no tenía algún cursillo político en las aldeas, y a la hora de comer regresaba a la cueva. De noche, para ahuyentar el frío, se podía afortunadamente encender una fogata sin riesgo de ser descubierto.
Tío Ho daba mucha importancia a la vigilancia. Cuidaba de que todo el inundo guardara un secreto absoluto sobre nuestra oficina. Teníamos la orden de mudarnos inmediatamente al menor síntoma de peligro. Una vez, al enterarnos de que los enemigos habían mandado espías a la región, la oficina se adentró enseguida más profundamente en la selva. Teníamos que seguir una fuente, traspasar algunas cascadas y subir varias laderas abruptas antes de llegar al « Thieng» (cabañita) secreta construida bajo la sombra de un matorral de mimbre. Desafortu-nadamente había tanta oscuridad, incluso en pleno día, que para trabajar teníamos que trepar a lo alto de la montaña. Más tarde, siempre por precaución, nuestra oficina se trasladó a otra cueva muy pequeña que podía apenas dar cabida a tres o cuatro camas. En días de mucha lluvia las serpientes y otros animalitos venían a compartir con nosotros la cueva.
Esta vida de clandestinidad era extremadamente dura. Con el fin de conservar una) buena salud, condición primordial para un buen trabajo, Tío Ho seguía reglas muy estrictas. Se levantaba tempranito y cada día, invariablemente, era él quien nos despertaba. Juntos, hacíamos calistenia y luego comenzaba el trabajo.
Al caer la noche, por falta de petróleo para las lámparas, nos sentábamos alrededor de una fogata a celebrar reuniones o sencillamente a charlar. Las horas de comida fueron también escrupulosamente acatadas; pero de ordinario ésta era muy pobre. Solamente de vez en cuando podíamos comer un poco de carne que llamamos «carne Viet Minh», y cuya receta era carne picadita frita, mezclada con sal, en proporción de un cuarto de carne por tres cuartos de sal. Algunas veces, organizábamos partidas de pesca para mejorar el menú ordinario. Nuestro cocinero era un viejo militante del partido, Loc, que cuidaba con solicitud de la salud de Tío Ho. Cuando a Tío lo agotaba el cansancio, Loc le preparaba un poco de sopa de arroz. Nuestra bebida era el agua de la fuente, filtrada con carbón, piedras y arenas.
Pese a todas estas precauciones nadie entre nosotros podía escapar de la malaria. Tío Ho también sufría a menudo ataques de fiebre. Una vez la tuvo mientras presidía una reunión. Insistimos para que descansara pero rehusó diciendo: «Tenemos que luchar para hacer retroceder la enfermedad y vencerla.»
Más tarde, cuando el movimiento tomaba amplitud, nuestra oficina se trasladó a Lam Son, cerca de Nuoc Hai, en el fondo de un valle embutido en una cordillera de acceso extremadamente difícil. Llamamos a este lugar «el fortín rojo», pues estaba rodeado de montañas de color rojizo que había sido punto de reunión de los revolucionarios.
Tío Ho tenía siempre el mismo modo de vida sencillo, sobrio. La vida en las cuevas y bosque perjudicaba su salud. Cuando la situación se desarrollaba favorablemente el avituallamiento mejoraba, nuestras condiciones materiales se hacían más o menos satisfactorias. Pero cuando el enemigo intensificaba la represión, nuestra oficina se adentraba más profundamente en la selva y desde luego el avitua-llamiento se hacía difícil. Se nos ocurrió más de una vez refugiarnos en medio de las minorías Man Trang13 que, por falta de arroz, comían solamente maíz. A causa de este régimen alimenticio la salud de Tío Ho empeoró. En una oportunidad nuestro viejo compañero Loe guardó un poco de arroz para Tío Ho; pero éste lo rehusó tajantemente, diciendo que esos preciosos granos eran para los compañeros enfermos. Y siguió compartiendo con nosotros las tazas de sopa de maíz.
Durante su estancia en Viet Bac, nunca Tío Ho estuvo tan enfermo como en el año 1945, después del golpe de fuerza de los fascistas japoneses. En aquel tiempo ya habíamos liberado una gran zona que no dejaba de ampliarse. Entonces bajamos con Tío Ho de Cao Bang a Tan Trao. Fue en julio de 1945, en el activo periodo de preparación del Congreso Nacional según la decisión del Comité Central. La sede del mando provisional de la zona liberada se encontraba en una casa sobre estacas en la aldea Tan Trao, cerca de un gran baniano que se hizo histórico desde entonces, por esa época se me encomendó permanecer allí. Mientras, Tío Ho se alojaba en un bohío escondido en la falda de la montaña a un kilómetro de la aldea. La larga marcha de Cao Bang a Lang Son había afectado su salud. Cayó gravemente enfermo después de una etapa de gran enflaquecimiento en que la fiebre no lo abandonó. Al comienzo, podía comer un poquito de sopa de arroz, pero después ni siquiera la sopa podía pasar; su comida llegó a constituir nada menos que un poco de harina de arroz. A veces deliraba. Pese a que nuestro abastecimiento de medicamentos había mejorado, teníamos nada más que unas pastillas de quinina y algunas
13 Minoría étnica que vive en las altas montañas.
ampollas de aceite alcanforado. Diariamente iba a verio para informarle de nuestro trabajo. Me preocupaba mucho su estado. Pero cada vez que preguntaba por su salud, me tranquilizaba e insistía siempre para que volviera a nuestro PC a despachar los asuntos diarios. Al séptimo día de enfermedad lo hallé muy mal. Como de costumbre, después del informe, me despidió. Buscando un pretexto para permanecer más tiempo a su lado, le dije que ya no había ningún trabajo urgente. Quizá haya aceptado esto al darse cuenta de su estado físico. Durante la noche despertó varias veces y preguntó por mí. Yo tenía la impresión de que quería comunicarme algo extremadamente importante, antes de que fuera demasiado tarde.
Con voz serena, pronunciando despacio cada palabra, me dijo:
«Esta vez la coyuntura nacional e internacional es sumamente favorable. Nuestro partido no debe dejar escapar la oportunidad. Tenemos que tomar la dirección de la lucha nacional para conquistar la independencia, cualesquiera sean los sacrificios, incluso si toda la gran cordillera vietnamita fuera presa de las llamas.»
Calló un rato y descansó; luego me dio algunos consejos sobre problemas de actualidad:
«El movimiento revolucionario –dijo– está ganando terreno; pero cuando el movimiento sube, es menester cuidar y consolidar sus posiciones, reforzar ideológicamente a los elementos seguros y crear cuadros. Hace falta organizar los cursos acelerados a fin de formar a tiempo a los militantes locales y trabajar particularmente en la edificación de los núcleos con vistas a mantener el movimiento en las horas críticas. En cuanto a la lucha armada, tan pronto como las circunstancias se hagan favorables, tendremos que proseguiría resueltamente y extenderla; pero no olvidando consolidar nuestras bases para enfrentarnos a toda eventualidad.»
Al escuchar sus recomendaciones tuve la impresión de que estaba conciente de lo grave de su enfermedad. Esta idea me atormentó mucho. Hice inmediatamente un informe detallado acerca de su estado de salud y lo mandé con un agente de enlace al Comité Central. Al mismo tiempo, pedí a todos los camaradas de la localidad que consultaran a la población con el fin de hallar un remedio para salvar la vida de Tío. Los ancianos de la aldea aportaron su ayuda. Nos señalaron el paradero de un médico tradicional muy famoso en la curación de este tipo de fiebre. Esa misma noche se le ordenó a un compañero que fuera en caballo a buscarlo. El médico llegó al día siguiente por la mañana. Tomó el pulso de Tío Ho, y fue hacia la selva de donde trajo un tipo de tubérculo cuyo nombre no conocíamos. Hizo quemarlo y vertió las cenizas en una taza de sopa de arroz que dio a tomar al enfermo. Tío Ho no tardó en sentirse mejor y algunos días después se restablecía perfectamente.
Nuestra alegría fue indescriptible. Pero hasta ahora no hemos podido descubrir todavía el nombre de este milagroso tubérculo que curó tan rápidamente a Tío Ho.
Volvamos ahora a Cao Bang en el período en que Tío Ho permanecía en Pac Bo. En aquel momento, los compañeros Phung Chi Kien y Vu Anh ya estaban allí. El compañero Lam (nombre de guerra de Pham Van Dong), el compañero Ly (nombre de guerra de Hoang Van Hoan) y yo fuimos de misión a Tsin Shi (China), yendo y viniendo de esta ciudad a Kweilin. Siempre regresábamos a Pac Bo para informar a Tío Ho y recibir de él las instrucciones. De vez en cuando, acompañado del camarada Phung Chi Kien, Tío Ho nos salía al encuentro, en un lugar situado a medio camino entre Pac Bo y nuestro paradero. Tenía una extraordinaria resistencia física, que le permitía caminar decenas de kilómetros sin descanso por los senderos montañosos. Una vez, puestos de acuerdo antes, nos encontramos en un mercado de China. Uno de nuestros compañeros que acababa de traspasar la frontera le informó:
– ¡El compañero X fue arrestado!
Tío Ho nos invitó con calma a entrar en un restaurante y pidió la comida. Después que comimos empezó la reunión proyectada. Tomó la palabra dirigiéndose al mensajero:
– Bueno, haz ahora tu informe. No pierdan nunca su sangre fría.
Cada vez que volvíamos al PC, ver a nuestro Tío nos producía la sensación reconfortante de hallarnos en nuestra casa, en un caluroso ambiente de familia.
– El partido –solía decir– es nuestra gran familia de comunistas. También gustaba de repetirnos:
– El partido debe ser nuestro guía en todas las circunstancias.
A él nunca se le olvidaba indagar sobre nuestra salud y mostraba hacia cada uno de nosotros una solicitud constante. En el PC remaba una atmósfera de optimismo. En las horas de ofensiva revolucionaria, los militantes que volvían trayendo la efervescencia revolucionaria de los órganos de base, hallaban allí una atmósfera serena que Ies recordaba inmediatamente que la lucha revolucionaria sería aún larga y dura. En los momentos difíciles, cuando el enemigo sembraba el terror en la población, también encontraban allí esta misma atmósfera serena que Ies inculcaba una inquebrantable confianza en la victoria final. De ello yo guardaba una impresión inolvidable y sacaba una preciosa lección: en las horas sombrías, ningún pesimismo y en las horas de triunfo ningún optimismo excesivo. Tío Ho nos educó en el espíritu de confianza en las perspectivas radiantes de la revolución.
– Hacer la revolución –dijo– es un largo trabajo, un trabajo que exige tenacidad y persistencia. Toda decisión necesita mucha reflexión y no debe jamás tomarse ligeramente.
De ahí que por lo general, a nuestro regreso de alguna misión, si no había algo que exigía una solución urgente, observábamos la siguiente norma de trabajo: Tío Ho ponía un problema en disensión y nos daba cierto tiempo para meditar. Luego tenía lugar la reunión y las discusiones. Sus directivas eran siempre muy precisas y muy prácticas. Y cuando luego de las minuciosas discusiones adoptábamos las resoluciones finales, exigía que las lleváramos a vías de hecho costara lo que costara. También solía controlar efectivamente nuestro plan de trabajo según su importancia. De una sola entrevista con Tío Ho, yo podía sacar una inapreciable lección para determinar la línea de la revolución; era necesario ver las cosas en su conjunto y ver lejos, Pero cuando llegaba el momento de poner manos a la obra, hacía falta
dedicar una gran atención a todos los detalles prácticos de valor. Pasar por alto los detalles era comprometer todo el conjunto de las grandes líneas de acción.
Apenas llegado a Pac Bo, Tío Ho dio inmediatamente la instrucción de publicar el Viet Lap (Vietnam Independiente). El periódico, con dos páginas de pequeño tamaño, salía clandestinamente una vez a la semana. Los artículos, cortos y sencillos, fueron impresos en letras gruesas por procedimientos litográficos. Pensando que eran muy cortos y elementales, propusimos enriquecer su contenido y letras más pequeñas para mejorar la presentación y aumentar el número de los artículos. Pero Tío Ho no compartió este punto de vista.
– Para que el periódico esté al alcance de las masas –aclaró– es preferible publicar artículos cortos, y en letras gruesas.
Efectivamente, no tardamos en percibir la eficacia práctica del Viet-Lap en nuestro trabajo de propaganda y organización. La influencia del periódico no se explicaba sólo por su correcta línea política, sino también por su forma sencilla, perfectamente adaptada al nivel de la población. Era evidente que la primera condición para despertar la conciencia de las masas y guiarlas en su marcha hacia adelante consistía en meterse en los problemas que les preocupaban y hablar de ellos en su lenguaje. Después, el periódico fue progresando y salía con cuatro páginas y una presentación mucho mejor. Su publicación constituía un gran éxito en la población.
Tío Ho daba gran importancia a la formación ideológica de los cuadros. Tradujo al vietnamita La historia del Partido Comumsia (Bolshsvik) de la URSS y él mismo escribió a máquina algunos ejemplares que nos ayudaron en nuestro estudio.
Tío Ho mantenía relaciones muy estrechas con la población local. A menudo hacía visitas a los ancianos o enseñaba a los niños. Con la ropa típica de las minorías Tho, se le hubiera tomado por un campesino de la región. La población, que lo estimaba muchísimo, lo llamaba respetuosamente Ong ke, término reservado a los ancianos de la aldea. Sencillo, optimista, siempre cerca del pueblo, lleno de un caluroso espíritu de camaradería, Tío Ho ya tenía ese estilo de vida característico que ha mantenido hasta hoy día.
En marzo de 1945, tuvo lugar la octava conferencia ampliada del Comité Central bajo su presidencia en Pac Bo. Como se sabe, esta reunión tomaba decisiones de importancia histórica. Definiendo la nueva línea del partido, la conferencia hizo de la liberación nacional el problema número uno para todo el pueblo. Tomó igualmente la dirección de la Liga por la Independencia de Vietnam (Viet Minh) y preparó la insurrección armada. También decidió mantener y extender las dos bases que teníamos en Bac Son, Vu Nhai y en Cao Bang, con el fin de convertirlas en focos de preparación para la insurrección armada en Viet Bac.
EL MOVIMIENTO SE DESARROLLA VIGOROSAMENTE
Al cabo de cierto tiempo nuestras actividades en China fueron advertidas por los agentes del Kuomintang que no tardaron en descubrir que éramos comunistas. Y recibimos la orden de volver al país para una nueva misión.
Cuando el camarada Tong (Pham Van Dong) y yo traspasábamos la frontera, el movimiento en Cao Bang se había consolidado; mientras tanto, en muchos lugares se desarrollaba con ímpetu. Estábamos a fines de 1941.
La liga Viet Minh ya abarcaba muchos distritos. Las minorías Tho y Nung se incorporaban con entusiasmo a las asociaciones por la salvación nacional. En todas partes los muchachos y las muchachas se situaban en la vanguardia, tanto en el trabajo de propaganda y organización como en el entrenamiento militar. Las mujeres tampoco se quedaban atrás. En muchas regiones, los niños también llegaron a engrosar las filas de las asociaciones por la salvación nacional y desempeñaron el papel de agentes de enlace y observadores. Los núcleos del partido ganaban terreno en las comunas, donde el movimiento fue particularmente poderoso. Muchas comunas absolutas hicieron poco a poco su aparición; luego surgieron los municipios y distritos. Llamamos así a las regiones o localidades donde casi toda la población, con muy pocas excepciones, militaba en las organizaciones por la salvación nacional o simpatizaba con la causa revolucionaria. En las comunas absolutas, el comité Viet Minh sustituyó completamente a las autoridades legales para resolver todos los asuntos, desde la celebración de las bodas hasta los litigios sobre los arrozales. La
mayoría de las autoridades locales se aliaban a nuestra causa. Unos simpatizaban con él movimiento, otros militaban abiertamente en las asociaciones por la salvación nacional. Algunos elementos reaccionarios que quedaban aislados politicamente eran muy vigilados. Una forma de doble poder se estableció en la base con las autoridades locales; antes de ir al distrito o a la provincia tenían que pedir las direcciones del comité Viet Minh y después de su regreso a la aldea hacer un informe detallado.
La situación era la misma para los milicianos títeres. La mayoría de ellos fueron organizados por nosotros o por lo menos tenían simpatía hacia nosotros. Cuando aquello, para poner límites a la marea revolucionaria, las «autoridades superiores» habían dado órdenes a sus inferiores de reforzar la vigilancia. Cada aldea tenía de dos a tres puestos de guardia. Pero como los milicianos títeres y la población local estaban de nuestro lado, los puestos de guardia del enemigo se convertían de hecho en los nuestros propios y varios de ellos sirvieron de estaciones para nuestra red de enlace clandestina.
El movimiento ganaba también las alturas habitadas por las minorías Man Trang. Estos montañeses llevaban una vida en condiciones de miseria inimaginables, en regiones difícilmente accesibles de tierras áridas. Los pocos senderos, muy accidentados, escalonaban las escarpadas montañas. Como los colonialistas franceses y sus lacayos, mandarines y poderosos locales los explotaban hasta la médula, una chispa bastó para que los Man se levantaran en lucha. Así, manifestaron una alegría indescriptible cuando vieron por primera vez a los cuadros del Viet Minh. Estos se conmovieron mucho al comprobar que los Kinh, los Tho y los Man, que la política colonialista había incitado antes a pelear entre sí, se unían fraternalmente en las asociaciones del frente Viet Minh para expulsar a los invasores franceses y japoneses. Nos querían como a sus hermanos y sostenían sin reservas a la revolución.
Las asociaciones por la salvación nacional se extendieron rápidamente en esta región, y luego se estableció también la organización del partido. Uno de los primeros militantes de esta nacionalidad fue Hong Tri. Vivía en un miserable bohío y tenía un extraordinario espíritu revolucionario. Murió heroicamente al frente de los guerrilleros de su aldea, en una “operación de limpieza” efectuada por los japoneses.
La unión nacional constituyó el rasgo más sobresaliente del movimiento. Ya en los primeros días de la lucha clandestina en Cao Bang habíamos organizado con éxito muchos encuentros amistosos entre los delegados de las distintas minorías Tho, Man, Nung, Kinh, Hoa, etc. Las delegaciones Man efectuaban visitas de cortesía al valle. Y la población local les dispensaba una calurosa acogida. A su regreso informaban fielmente sus impresiones a los compatriotas. Periódica-mente organizábamos en los valles y en las regiones altas pequeñas exposiciones de fotos y grabados sobre los crímenes de los colonialistas franceses y fascistas japoneses y el avance de las fuerzas revolucionarias. También presentábamos las armas y la bandera de la revolución y hacíamos conocer a la URSS y a la revolución mundial.
Más tarde el comité provincial de Cao Bang se reorganizó. A principios de noviembre de 1942 tuvo lugar el Congreso de la Liga Viet Minh de Cao Bang en el cual se eligió el comité provincial. De aquí en adelante el aparato organizativo de la liga se estableció desde el nivel de aldeas hasta el nivel provincial. En todos los cantones y distritos se organizaban elecciones democráticas desde el nivel comunal. Luego se formó el comité interprovincial Cao-Bac-Lang (provincias de Cao Bang, Lang Son y Bac Can), a cuyo frente se encontraba el camarada La como secretario. Este antiguo militante, que había pasado tantas pruebas, poseía una gran experiencia y gozaba de mucho prestigio en la población y entre los miembros del partido. A pesar de su delicada salud cumplía cabalmente todas las funciones. Se mantuvo en el puesto de secretario del comité provincial de Cao Bang hasta su muerte el año pasado.
Por entonces, dábamos mucha importancia a la educación política para consolidar el movimiento de lucha.
– Hace falta primero –decía Tío Ho– ganar al pueblo antes de poder hablar del problema insurreccional.
Por consiguiente, lo principal era extender y consolidar las organiza-ciones de base. Se organizaron muchos cursos acelerados de formación política en los distritos. Pero a los militantes de base no les gustaba vivir lejos de sus aldeas y sus hogares, cosa que afectaba el trabajo de producción en los campos, sin contar los riesgos de ser
«descubiertos». Para vencer estas dificultades los «instructores» se
organizaron en equipos móviles. Cada aldea organizaba un centro clandestino, lejos del lugar donde los militantes iban unos tras otros con su comida para seguir los cursos durante cinco o siete días. Al cabo de cierto tiempo casi todos los militantes de las aldeas recibían este curso político. El comité interprovincial decidió abrir nuevos cursos de nivel superior, que recibían también los muchachos que no eran miembros de los comités ejecutivos de las organizaciones de base. Muchos elementos de las asociaciones por la salvación nacional pidieron seguir estos cursos. Al terminar cada curso, invariablemente organizábamos una fiestecita a la que se invitaba a los delegados de todas las capas populares. Cantaban, bailaban y sacaban nuevas fuerzas para las tareas venideras. Tío Ho enseñaba directamente a los militantes y, a veces, a los campesinos acerca del PC. Los militantes locales, fuera de unos pocos, no conocían el idioma vietnamita. Las mujeres en particular lo ignoraban completamente. Por eso, Tío Ho recomendó que aprendiéramos el Tho. En la región de los Man Trang tuvimos que usar dibujos que expresaran mejor nuestras ideas. Para hacer comprender que los franceses y japoneses explotaban a nuestro pueblo, presentábamos un francés y un japonés golpeando a los vietnamitas o un campesino aplastado bajo el peso de los impuestos y duros trabajos. Otras veces dibujábamos un Kinh, un Man y un Tho caminando cogidos de la mano para subrayar la necesidad de la unión nacional contra el invasor. Después, los Man empleaban su propia escritura. El contenido de estos cursos era muy sencillo: luego de un informe sumario de la situación nacional e internacional explicábamos el porqué de nuestra lucha contra los franceses y japoneses; al final hablábamos de la preparación para la insurrección armada, de la organización de las asociaciones para la salvación nacional, de los destacamentos de autodefensa y por último de los cinco puntos del trabajo clandestino. Enseñábamos también la manera de presidir las reuniones, de hacer uso de la palabra en los mítines, etc.
Fui responsable de uno de estos grupos de «instructores». Nuestro campo de actividades se extendía a las regiones de Hoa An y Nguyen Binh, pobladas por las minorías Man Trang. Todos estos cursillos políticos obtuvieron un gran éxito. Sin embargo, una vez me ocurrió algo que recordaré mucho tiempo. Un buen día, pensaba que había hecho bien explicando a los militantes, fuera del programa habitual, las cuatro contradicciones de la coyuntura internacional. Pero resultó
grande mi sorpresa cuando, después de la última lección, uno de los mejores cuadros, a quien llamábamos De Tham, levantó la mano para pedir la palabra, y declaró:
– Le pido que me autorice a retirarme de la asociación.
– Pero ¿por qué así, camarada? –le pregunté yo muy sorprendido.
– En la liga estoy listo para hacer todo lo que se me pida. Pero estos estudios son dificilísimos. No logro meter todo eso en mi cabeza y temo que no pueda hacer bien mi trabajo.
Fue una buena lección para mí sobre los métodos de formación. En realidad me había esforzado por elaborar un programa de fácil comprensión, que correspondiera al nivel de mis alumnos. Y ahora el camarada De Tham pedía permiso para abandonar nuestras filas porque yo había añadido a mi curso las cuatro contradicciones.
El trabajo de formación se consideró en el partido como una tarea importante. El comité interprovincial se encargó de los cursillos políticos a los militantes. Para algunos cuadros a nivel provincial el programa de estudio incluía también, además de las resoluciones del Comité Central y las directivas del comité interprovincial, la historia del partido comunista soviético.
LA PREPARACION DE UNA BASE ARMADA
A fines de 1941, desde Pac Bo, Tío Ho dio la orden de organizar el primer destacamento armado de Cao Bang. El grupo estaba formado por los camaradas Le Quang Ba, Hoang Sam, Bang Giang, Le Thiet Hung, Duc Thanh, Tho An y otros bajo el mando del camarada Le Quang Ba. El destacamento tenía la misión de asegurar la protección del PC, y de consolidar y mantener la red de comunicaciones, al mismo tiempo que participaba en la formación militar de los milicianos de autodefensa y de choque.
En las regiones controladas por el movimiento revolucionario, la población que se incorporaba en masa a las asociaciones por la salvación nacional, organizaba a los jóvenes en destacamentos de autodefensa.
El problema de la formación militar se imponía imperativamente. De todas partes reclamaban cuadros militares; pero había muy pocos. Algunos de nosotros que teníamos escasos conocimientos militares tuvimos que participar en este trabajo. Tal fue el caso de los camaradas Thiet Hung, Le Quang Ba, Hoang Sam y Cap. También hacía falta escribir folletos de formación militar. Tío Ho escribió un texto sencillo y de fácil comprensión sobre la táctica de guerrilla. El comité interprovincial, por su parte, dio orden de componer el programa de formación militar y decidió la adopción de los mandos unificados. No fue una tarea fácil, pues era algo nuevo para nosotros. Si el sencillo acto de decir «uno, dos» daba pena a los monitores, por la falta de costumbre, ¿qué decir entonces del mando de una tropa? El entrenamiento militar tomó un gran impulso. Cada periodo duraba cinco o siete días, cuando los trabajos del campo lo permitía. Al recibir las organizaciones toda la instrucción militar, llevábamos a cabo la formación de los destacamentos de autodefensa y asalto, cuyos miembros escogíamos de entre los milicianos de autodefensa más valientes. En las aldeas «absolutas», prácticamente todos los jóvenes se incorporaban a las formaciones de autodefensa y seguían uno o dos periodos de entrenamiento. Cada aldea contaba una o dos secciones de autodefensa y asalto bien organizadas y adiestradas. Mientras, el comité interprovincial organizaba cursillos para formar cuadros militares. Estos duraban aproximadamente un mes y tenían una promoción de 50 a 60 alumnos.
A pesar de todas las dificultades nacidas de las condiciones de la clandestinidad, las escuelas edificadas en la selva no carecían de
«envergadura». Grande fue la sorpresa del enemigo cuando logró descubrir el emplazamiento de la escuela militar de la tercera promoción en el cantón de Kim Ma: halló enormes casas cobijadas con hojas de palmas, bastante anchas para albergar a cientos de personas. Nada faltaba: anfiteatro, dormitorios, comedores, perchas para armas, terrenos de ejercicio con 50 o 60 gradas... A fines de 1943, en la región de Nuoc Hai, distrito de Hoa An, se podían ver de día los desfiles de tropas en pleno campo y las maniobras militares, en las cuales tomaban parte 400, 500 y algunas veces hasta 1000 combatientes en una región que abarcaba varios cantones. Este rápido desarrollo de las fuerzas armadas reflejó bien el ambiente entusiasta que preludiaba la insurrección general. El suministro de armas y municiones constituía
un problema no menos serio. Cada miliciano de autodefensa tuvo que procurarse su arma: espada, puñal, escopeta de caza o fusil de chispa. En ciertos lugares, la misma población, con el dinero recolectado, compraba en China los rifles de fabricación local. Cada miliciano también tuvo que proveerse de un rollo de cuerda para adiestrarse en secuestrar a los traidores. El comité interprovincial decidió instalar una forja para fabricar las granadas y minas. Bajo la responsabilidad del camarada Cap, este taller agrupaba a cinco o seis obreros. Las materias primas las conseguíamos con los habitantes locales, quienes aportaban bandejas de latón, marmitas de hierro calado y jofainas, etc. El problema del emplazamiento fue bastante delicado. Por fin se decidió establecer el taller en el hondo valle detrás de la cordillera del Fortín Rojo, lo que impidió que salieran los sonidos de los martillos sobre los yunques. Tras unos meses de ensayos agobiantes salió la primera. Cada una de sus partes, tomadas separadamente, estaba bien hecha. Los camaradas Vu Anh y Tong me invitaron a ver estallar la mina. El polígono se situó a poca distancia del taller, en un círculo de altas rocas. La mina se colocó en un hueco al pie de la montaña, mientras los «espectadores» se instalaban en las alturas, detrás de las grandes rocas, para protegerse de los fragmentos. Se la hizo estallar con una cuerda de cien metros de largo. Esperamos ansiosamente. El camarada Cap gritó «fuego». Teníamos la vista fija en la mina. Levantó un poco de humo; luego, nada más... ni una pequeña explosión.
Un camarada de las minorías Tho se echó a reír a carcajadas y exclamó en su dialecto «te nang du ty» (se quedó sentada). Así falló nuestro primer ensayo.
Pero el camarada Cap no se dio por vencido. Prosiguió con ahínco las investigaciones y por fin salió airoso de su empeño.
Esta famosa forja funcionó hasta la revolución de agosto y luego se amplió. Convertida en el taller de armamentos Lam Son, tuvo muchos méritos en el suministro de armas y municiones al ejército durante la guerra de resistencia. Por eso podemos decir que el Fortín Rojo fue nuestro primer taller de armamentos.
LA MARCHA HACIA EL SUR: APERTURA DE LAS COMUNICACIONES ENTRE CAO BANG Y BAC CAN
Desde su regreso al país, a través de la frontera, Tío Ho se preocupó constantemente de mantener el contacto con el Comité Central que se encontraba en el delta. A partir del momento en que la octava sesión del Comité Central decidió la formación de dos bases revolucionarias en Viet Bac, las comunicaciones entre Cao Bang y la región de Bac Son
- Vu Nhai adquirieron imperiosa necesidad.
Además de nuestra red de enlaces clandestinos hacía falta organizar a toda prisa otras muchas ramas de enlaces populares entre Cao Bang y el delta. Así, en caso de represión, podríamos mantener el contacto y crear las condiciones para la actuación de los destacamentos de guerrillas.
Según las directivas de Tío Ho y la decisión del comité provincial Cao-Bac-Lang, existía el problema de organizar la marcha hacía el sur. Por un lado, al camarada Ly (Hoang Van Hoan), junto con algunos cuadros, se le encomendó la tarea de establecer las comunicaciones de Dong Kha a Dinh Ca. Por otro, el camarada Thiet Hung y yo nos encargamos del comité de choque en marcha hacia el sur. Tuvimos la misión de abrir el camino desde Nguyen Binh hasta Cho Chu-Dai Tu pasando por Ngan Son y Cho Ra. Decidimos desarrollar el movimiento en el cantón de Kim Ma para hacerlo una base. Al principio hubo allí nada más que tres o cuatro militantes del frente Viet Minh, Junto con los camaradas Quang y Lac formamos el núcleo de marcha hacia el sur y empezamos a desarrollar el movimiento. El frente Viet Minh no tardó en extenderse con éxito por todo el cantón de Kim Ma. Las organizaciones por la salvación nacional fueron establecidas en todas partes. Los cursillos de los cuadros se sucedían uno tras otro. Aparecieron los grupos de autodefensa y milicianos. El cantón de Kim Ma fue completamente liberado.
Para establecer el enlace en dirección del delta tuvimos que pasar por las regiones habitadas por los Tho y los Man Tien.14 Empezamos a llevar acabo un trabajo de agitación entre estos últimos. A un camarada de la minoría Tho que conocía a los Man se le mandó allí para hacer propaganda. Al igual que los Man Trang los Man Tien son francos, amistosos.
14 Una minoría étnica.
Ellos, cansados también de los imperialistas, estaban dispuestos a rebelarse. La hospitalidad y la ayuda mutua eran tradicionales en los Man. Se sentían entusiasmados ante la idea de agruparse en una liga para expulsar a los colonialistas franceses y los fascistas japoneses, pero no ofrecían toda su confianza hasta después de hacer un solemne juramento según los ritos tradicionales. Para demostrarles nuestra buena fe, asistíamos a estas ceremonias en las cuales se apagaban bastoncillos de incienso o se sacrificaba un pollo. Juramos unirnos como hermanos de una misma familia para expulsar de nuestras aldeas a los japoneses y franceses a nombre de la patria, según el programa de la liga Viet Minh; juramos mantenernos solidarios en los momentos más críticos, y no traicionar jamás a la liga, incluso bajo las torturas. Quien traicionara, hallaría la muerte. Para sellar nuestros juramentos apagamos un bastoncillo de incienso encendido en el agua o cortamos la cabeza de un pollo de un machetazo. Al poco tiempo los núcleos del partido aparecieron entre estas minorías Man. El primer Man Tien que se adhirió al partido se llamaba Hoan. Era un hombre de Ha Hieu (Cho Ra) lleno de actividad, que gozaba de gran prestigio en las masas. Tenía el mérito de haber organizado la región. Arrestado más tarde por el enemigo, se desmayó once veces debido a las torturas sin decir una palabra. Lo fusilaron en Bac Can. Antes de morir dijo a su mujer que había ido para verlo por última vez: «Pienso que van a fusilarme, pero no vaciles. De todas maneras la revolución vencerá. Sé siempre fiel al partido y ayuda a nuestros camaradas.» Luego, entregándole a su mujer un pedacito de gelatina de tigre, añadió:
– Cuando veas al camarada Van, hazle llegar mi saludo y dale este fortificante. Eso lo ayudará a tener salud para trabajar.
Poco tiempo después, al pasar por Ha Hieu, hice una visita a la familia del camarada Hoan. Su mujer lloraba a lágrima viva relatándome la última entrevista con el esposo, y me entregó el pedacito de gelatina de tigre.
La vieja madre de nuestro camarada también lloraba diciéndome:
«Hoan ya no está entre nosotros, y la última cosecha no fue buena; pero yo me he esforzado por guardar a nuestros guerrilleros un poco de arroz glutinoso. Mis hijos –añadió– no pierden el ánimo; aniquilarán a toda esta camarilla para que podamos vivir.»
Desde que el movimiento comenzó a tomar cierta amplitud el enemigo desencadenó la represión. Mandaron las unidades de tropas de Ngan Son, Nguyen Binh y Cao Bang, que subieron hacia el cantón de Kim Ma para rodearlo.
Bloquearon todas las vías de comunicaciones con el propósito de cercar a los militantes y destruir nuestras bases clandestinas. En aquel momento, yo estaba dando un cursillo político con el camarada Thiet Hung y, además, tenía una crisis de malaria. La población local nos aconsejó dejar el lugar:
«Esta vez es una gran operación, nos dijeron. La tropa sube hasta aquí para buscarlos. Es mejor que interrumpan temporal-mente las actividades de la liga. En cuanto a ustedes, sería más cauteloso retirarse a la selva o volver al lugar donde están sus superiores, y después verán.»
Al enterarse de la represión, Tío Ho y el comité interprovincial nos mandaron mensajeros para hacernos volver al PC. Pero pensamos que en tales circunstancias nuestra ida podría traer, como consecuencia, la desintegración de las organizaciones de base. Con el fin de mantenerlas, pedimos a Tío Ho que permitiera quedarnos en el lugar. Aquel mismo día, el enemigo lanzó un enorme ataque. Guiados por los camaradas Khanh y Lac caminamos bajo un aguacero a través de la selva y los arrozales sin encontrar un sendero, durante toda una noche más negra que la tinta. Caminamos y caminamos hasta la mañana siguiente subiendo picos y descendiendo laderas. Al amanecer la niebla era tan densa que no se veía a más de tres metros. Cuando la niebla se disipó por la mañana, descubrimos que estábamos en el pico de un monte desnudo, cerca de un caserío donde los soldados títeres allanaban casa por casa. Nos echamos boca abajo y fuimos arrastrándonos una distancia de más de un kilómetro para llegar a la linde de un bosque, y seguir caminando. A mediodía, estábamos tan agotados que no éramos capaces de ir más lejos y los camaradas de la localidad, cogiéndonos de la mano, tuvieron que ayudarnos a caminar hasta el anochecer. Cayó la noche; llegamos por fin al lugar citado en el pico de una montaña bastante alta. Luego de montar aprisa un bohío para albergarnos, elaboramos el plan de restablecer el contacto con la población y dirigir la acción contra la represión. Después de esta agitada marcha, el camarada Thiet Hung y yo fuimos sacudidos por la
fiebre durante dos meses y medio. Como todo medicamento teníamos nada más que las infusiones de la raíz de una planta llamada «nu ao». Algunas de nuestras camaradas a quienes nuestra salud les preocupaba, tomaban la ropa índigo típica de las minorías Tho para ir al brujo e implorar nuestra curación. Pero, ¡qué podía hacer el brujo! Tuvimos que esperar hasta que se restableciera el enlace. El camarada Cap que vino del PC para reanudar el contacto trajo unas tabletas de quinina que nos aliviaron.
En realidad esta batida constituyó nada más que una operación de pequeña envergadura. Sin embargo, como era la primera en la región provocó algunas serias dificultades. El movimiento sufrió un retraso durante cierto tiempo. Pero la propaganda y los cursillos políticos aumentaron. Luego tuvimos que reiniciar todo. Las asociaciones por la salvación nacional y las organizaciones de autodefensa se forjaban en las pruebas. En el valle de Kim Ma resonaban de nuevo los ecos entusiastas de los mítines que preparaban las insurrecciones. Luego se convocó la primera conferencia de delegados de las minorías Man, en la cual se tomó la decisión de crear la zona de Quang Trung. El movimiento recobraba su empuje. Con motivo del aniversario de la Revolución de Octubre, los representantes de los cantones de Nguyen Binh y Ngan Son celebraron una conferencia preparatoria de la insurrección armada, con la participación de unos 300 delegados y de una decena de destacamentos de choque que efectuaron una demostración militar.
Para facilitar nuestra propaganda versificamos el programa de la liga Viet Minh. Yo lo traduje también en versos al dialecto de los Man Tien y Man Trang. Escribimos nuevas palabras de aires folklóricos para exaltar la revolución. Así, el programa de la liga se propagaba con rapidez y penetraba profundamente en las masas. Un día, al llegar a una aldea que acababa de ser ganada para nuestra causa, me sorprendió ver a muchachas y niños recitando de memoria el programa de la liga en versos mientras machacaban arroz o cardaban algodón.
En aquel momento, el partido había extendido sus organizaciones en la provincia de Bac Can, donde estaba instalado un comité provisional cuyo primer secretario fue el camarada Dang. Este intrépido y fiel comunista cayó como un héroe cuando defendía su PC en una operación de limpieza del enemigo.
Cuanto más ganaba terreno la «marcha hacia el sur» más se exigía a los cuadros. Respondiendo al llamamiento del comité interprovincial, una decena de muchachos y muchachas de Cao Bang abandonaron sus hogares para formar grupos de asalto armados. Se procuraron ellos mismos las armas, rifles o granadas. El camarada Thiet Hung tenía un caprichoso revólver que se trababa cada dos disparos. En cuanto a mi, tuve una granada inutilizada pero que siempre llevé en mi cinturón porque encerraba una ventaja moral incluso en caso de combate. En estrecha cooperación con militantes locales, los grupos de asalto armados se repartieron en varias formaciones que se dirigían hacia el sur en misión de propaganda. El grupo de choque encargado del arranque partió primero. Tuvo como misión establecer contactos con los militantes locales para un trabajo de encuesta y propaganda, y luego edificar las organizaciones de base. Siguiendo los pasos de éste llegó el grupo responsable de consolidar los primeros resultados. Hacía la selección de los elementos seguros sacados entre los simpatizantes y organizaba para ellos cursillos políticos acelerados. Los cuadros así formados se convertirían en núcleo para la extensión del movimiento. Con el fin de acelerar el trabajo no sólo abordamos sencillamente las aldeas por orden geográfico, sino también lo hacíamos a menudo en
«saltos». Cuando las condiciones lo permitieron, mandamos lejos un
grupo de choque que se trasladó clandestinamente para ir a organizar una aldea en donde la masa había tomado más o menos conciencia.
Esto grupo se extendía como una mancha de aceite y estableció progresivamente el contacto con las antiguas bases. Bautizamos este método, la «táctica de lanzar paracaídas.»
Durante nuestra marcha hacia el sur, nos ocurrió una anécdota que vale la pena señalar. Según se desarrollaba el movimiento, bajé poco a poco del cantón de Kim Ma a Ngan Son pasando por el cantón de Hoang Hoa Tham para supervisar el trabajo y efectuar los cursillos de formación de cuadros regionales. Yo estaba en una montaña cerca de la capital distrital de Ngan Son cuando recibí una carta urgente del camarada Tong en la que me pedía volver inmediatamente al PC. Volví a toda prisa a Cao Bang. Nuestro PC. estaba siempre en la montaña Lam Son. Al llegar allí, los camaradas Tong y Vu Anh me informaron que tío Ho había sido arrestado durante una misión en China y que había muerto enfermo en la cárcel. La noticia me golpeó como un rayo. Todo giraba a mi alrededor. No podía expresar lo que sentía en
ese momento. Tío Ho ya no estaba más con nosotros. ¡Qué pérdida para nuestro partido, para nuestro pueblo! Discutíamos sobre la redacción de un informe para mandárselo al Comité Central y de la organización de una ceremonia en memoria del difunto. Se le encomendó al camarada Tong decir las palabras de despedida. El camarada Cap bajó la maleta de mimbre del tío Ho, en la cual esperamos hallar algún que otro objeto para conservarlo como recuerdos. También pensamos mandar al camarada Cap a China para tratar de localizar la tumba.
Unos días después, continuaba mi viaje de misión. Nunca olvidaré aquella noche en que, acompañado de un camarada de la «marcha hacia el sur», caminaba por las montañas desiertas cubiertas de altas yerbas. Hacía un frío intenso y millares de estrellas iluminaban la inmensidad del cielo. Me sentí como abandonado. Una tristeza infinita invadió mi corazón. Una tristeza que mis palabras no podían expresar y con lágrimas en los ojos, miraba las estrellas.
Algún tiempo después, recibimos un periódico mandado de China. En el margen, unas líneas en letras chinas... ¡Pero cómo, era la escritura de Tío Ho!
«A todos, buena salud y buenos éxitos en el trabajo. Aquí todo anda bien.»
Seguían unos versos:
Las nubes embrazan los montes
los montes aprietan las nubes el río, un espejo que nada lo oscurece sobre el pico de los montes del oeste
solitario, camino, el corazón conmovido, escudro a lo lejos el cielo del sur pensando en mis amigos.
Huelga decir nuestra alegría.
«¿Y qué? ¿Qué significaba todo eso?», preguntamos al camarada Cap, mostrándole el periódico.
«Yo mismo estoy confuso –contestó Cap–; cuando estaba en China, el gobierno del Kuomintang me anunció la muerte de Nguyen Ai Quoc.» Bombardeamos de preguntas a Cap: «Trata de recordar los términos exactos de lo que te hablaron en chino.» Por fin Cap logró recordarlos y nosotros adivinamos. El había entendido mal. El gobernador chino al hablar del Tío Ho había dicho «su lo» que significa «bien»; pero nuestro camarada lo había interpretado mal, ya que basta un cambio de acento en la primera palabra para que la expresión signifique «ya se murió».
No pudimos aguantar las carcajadas. Este malentendido nos había causado una pena indescriptible durante meses y meses.
Por el mes de agosto de 1943, se abrió el camino hacia el sur. Lo tomé para ir al delta a fin de ver al camarada Ba, es decir, Chu Van Tan.
Recordaba que un año antes, durante nuestra marcha hacia el sur, me había enterado de que el camarada Chu Van Tan, después de salir de Bac Can y pasar clandestinamente por China, regresó al país y pudo hallar el PC del comité interprovincial de Cao-Bac-Lang. Yo había ido a verlo a Lam Son. Acatando las órdenes del partido, él volvió a Bac Son por That Khe y Dinh Ca para consolidar las organizaciones de base locales y establecer el enlace entre Thai Nguyen y Cao Bang. En cambio yo tuve que continuar abriendo el camino «hacia el sur» en dirección del delta. Recordaba que habíamos discutido largamente sobre los posibles puntos de nuestro futuro encuentro. El camarada Chu Van Tan me había presentado a los militantes de Bac Son que iban a ayudarme en «la marcha hacia el sur».
Después de un gran trabajo y a pesar de múltiples dificultades, el camino hacia el sur, partiendo del distrito de Kim Ma en Cao Bang, por fin llegó a Cho Don (provincia de Bac Can) y Cho Chu (provincia de Thai Nguyen) y pasó por Ngan Son, Phu Thong y Cho Ra. Habíamos logrado organizar a las masas en un sector bastante amplio. Nuestro camino traspasaba muchas cadenas de montañas y varios valles, atravesando aldeas de las minorías Tho, Man Tien y Man Do.
Fui al delta tomando la vía de Phu Thong-Cho Don. Por dondequiera observaba una febril atmósfera de preparativos para la insurrección. La moral de la población era excelente. Tanto las minorías Tho como las Thai se unían a nuestra causa. Reservaban a los revolucionarios una
acogida muy calurosa. Todas las aldeas Man que marcaban el camino hacia el pico del monte Phia Booc, uno de los más altos de la región, sobre el cual no cesa de lloviznar todo el año incluso cuando hace buen tiempo en el valle, trabajaban para el Viet Minh. Las mujeres y los niños conocían de memoria los versos del programa en dialecto Man y muchas canciones revolucionarias. Cada vez que los espías llegaban allí la población local hacía todo lo necesario para esconder y proteger a los revolucionarios. No vacilaban, si era necesario, en escondernos en sus cuartos y debajo de los altares, sitios absolutamente tabús para los extraños.
Después de quince días de marcha llegué a un lugar cerca de Cho Chu. Seguí un sendero montañoso que corría al pie de la posta Coc. Unos pasos más y estaría en el lugar. Vi al camarada Chu Van Tan en un ray15 en plena selva. Inútil decir la alegría que sentimos. Convocamos inmediatamente a algunos cuadros de Bac Son, agitadores en la región, y a los cuadros de la «marcha hacia el sur» para una reunión.
Luego celebramos una fiestecita. Al llegar la noche dormimos en campo raso sobre hojas de palma.
El camarada Tan nos dio un panorama de la situación en Thai Nguyen y en el delta. En aquella época nuestras organizaciones de base en Bac Son y Vu Nhai fueron fuertemente establecidas y el movimiento ganó las regiones de Cho Chu y de Dai Tu. El enemigo proseguía su política de represión. Nuestros militantes de Bac Son, pese a innumerables dificultades, se esforzaban por todos los medios en consolidar y extender las organizaciones de base. El camarada Tan también nos hizo saber que ya habían mandado informes al Comité Central, desde el cual iban a mandar inmediatamente a uno de sus miembros a vernos. Me quedé cierto tiempo para esperarlo. Día tras día anunciaban su inminente llegada, pero trascurrieron dos semanas y no llegó. La represión era tan intensa que ningún camino resultaba seguro. Por ello debí volver a Cao Bang como habíamos previsto antes de mi viaje. Pero pensé consolidar nuestra red de enlace y volver acá más tarde. Mientras, aproveché los días de espera para escribir el folleto La experiencia de la liga Viet Minh en Viet Bac, destinado al delta.
15 Terreno en las montañas donde se cultiva el arroz.
Llegué a Cao Bang en vísperas de la fiesta del Tet. El último día del año lunar la mayoría de los cuadros de una veintena de destacamentos de choque armados de la «marcha hacia el sur» se reunían para celebrar nuestros éxitos. La liga Viet Minh y el comité del partido de Cao-Bac-Lang entregaron un gallardete en el cual bordaron las palabras «Asalto victorioso». Este honor causó a todos un entusiasmo indescriptible.
En esos momentos el enemigo desencadenaba el terror blanco.
EL TERROR BLANCO EN CAO-BAC-LANG
Durante los años 1942-1943, el movimiento de la liga Viet Minh en las provincias de Cao-Bac-Lang tuvo un alcance sin precedentes.
Tres de los nueve distritos de Cao Bang, Ha Quang, Hoa An y Nguyen Binh fueron completamente liberados y teníamos bases en todas partes. En Bac Can el movimiento ganó cuatro distritos. Mientras tanto en Lang Son, tocaba ya a That Khe. Estaba particularmente fuerte en las regiones Man, y sobre todo en la región de Thien Thuat de los Man Trang y en la zona Quang Trung de los Man Tien.
Ejemplo de ello era el distrito de Ha Quang, región de población dispersa, constituida en su mayoría por las minorías Nung. Según las cifras del comité distrital, en 1941 los miembros de las organizaciones por la salvación nacional llegaban a 1053; en 1942 a 3096, entre los que había 1049 elementos seguros y 235 milicianos de autodefensa y de choque. El distrito había organizado seis cursillos de formación política y tres cursos acelerados de formación militar. En 1943, toda la población se incorporó a las organizaciones por la salvación nacional que constaban de 5453 miembros, entre ellos 2230 elementos seguros, 1004 milicianos de autodefensa y 15 destacamentos de autodefensa y choque. El distrito había inaugurado once cursillos políticos y 26 cursillos de formación militar.
La población había organizado además diez escuelas de alfabetización. En muchas localidades, las mujeres sembraban hortalizas y criaban gusanos de seda para entregar el dinero que ganaban a los cuadros clandestinos.
En lo militar, la mayoría de las muchachas de todas las localidades organizadas en la interprovincia, tomaban parte en formaciones de milicianos de choque y en periodos de entrenamiento militar. Se puede decir que en las regiones rurales de Cao-Bac-Lang, durante la etapa clandestina, logramos organizar y armar a toda la población.
En 1943 y 1943, el comité interprovincial formó muchas promociones de cuadros militares. A menudo se efectuaban desfiles y maniobras militares. Las maniobras, desarrolladas en la aldea de Hong Viet en julio 1943, pusieron en acción a más de mil hombres, entre milicianos de autodefensa, milicianos de choque, cuadros de la liga Viet Minh a nivel comunal y elementos seguros de las organizaciones por la salvación nacional. Se preparaba así a los cuadros para dirigir y perfeccionar el entrenamiento de los destacamentos de choque. Además, estas manifestaciones de fuerza inculcaban confianza en las masas revolucionarias, ayudaban a ganar a los elementos flojos e intimidaban a los reaccionarios locales. Pero, por otro lado, con este método el enemigo podría fácilmente descubrir nuestras fuerzas, nuestros secretos y desatar la represión.
También dábamos mucha importancia a la acumulación de víveres. Cada distrito tenía su reserva de arroz y maíz para la insurrección. Las masas llevaban fielmente a cabo la táctica de tierra arrasada como se la habíamos enseñado. Los campesinos cavaban refugios en los lugares más hondos de la selva. Allí hacían fuego para secar y endurecer la tierra; luego cubrían de madera el hueco y finalmente instalaban parrillas de bambú para recibir el arroz. A cierta altura cerraban el encofrado con tablas y parrillas y tapaban todo con tierra. Las compras de armas tuvieron el carácter de verdaderos movimientos de masa. Cada familia compraba por todos los medios armas de contrabando a los soldados de las fuerzas de Chang Kai Chek, pagándolas con la venta de un búfalo o de una cantidad de arroz. En muchos lugares habían construido talleres para reparar fusiles rudimentarios, escopetas de caza y fabricar armas blancas (machetes, sables, puñales, etc). Nuestros compatriotas respondían de todo corazón y en masa a la recolección de hierro, cobre, rejas de arado, aguamanos y platos de cobre, chatarra y otras cosas.
Los colonialistas franceses vendidos a los fascistas japoneses pusieron en tensión todos los medios disponibles con la esperanza de aplastar en embrión la insurrección armada. Llevaron a cabo una represión feroz a la par que utilizaban maniobras demagógicas. Buscaban en la primera fase liquidar nuestras organizaciones de base y cortar las vías de suministro a los cuadros clandestinos. Luego, lanzaron operaciones militares para destruir los PC secretos del Viet Minh.
Fue precisamente cuando se intensificó la represión que me despedí del camarada Chu Van Tan en la región limítrofe de Cho Chu, Cho Don para regresar a Cao Bang.
A medio camino, cerca de la capital provincial de Bac Can, pude percibir las primeras manifestaciones del terror blanco. Al llegar a Na Lum, aldea aislada sobre el pico de la montaña Phia Booc, cuyo nombre significa «la arrocera olvidada», recibí una carta del camarada Duc Xuan, jefe del destacamento de propaganda de choque de la columna «la marcha hacia el sur», en la que me informaba el desarrollo del movimiento y me proponía bajar para tomar parte en un mitin en el valle, Duc Xuan, un excelente propagandista, muy activo y valiente, también era compositor de bonitas canciones populares. Cuando llegué a una aldea al pie de la montaña me enteró de que el enemigo había mandado las tropas contra nuestra base cerca de Phu Thong. Por falta de vigilancia, el camarada Duc Xuan fue sorprendido en plena reunión. El enemigo le había arrancado lá cabeza y los brazos para exponerlos en el mercado.
Resultaba imposible pasar por allí. Además, la población estaba desconcertada.
Di medía vuelta, y, por los caminos que atraviesan la sierra de Phia Booc me encaminé a Cao Bang. Como dijo antes, llegué a Kim Ma en el momento del Tet. También en este lugar el enemigo intensificaba la represión. Estaba interesado particularmente en las regiones donde se habían desarrollado grandes maniobras militares.
Al PC del comité interprovincial que se hallaba en el valle de Lam Son lo había rodeado varias veces con sus tropas. Cada vez que llegaban, nuestra táctica era esquivarlos y retirarnos temporalmente a otro lugar. Un día el enemigo abrió un intenso fuego de morteros sobre la sede del periódico Vietnam independiente, pero sin resultado alguno.
Además, los mercenarios mandados contra nosotros no se caracteri-zaban por su valor. Bastaba un muchacho del PC que gritara, «a la carga», para hacerlos correr con el rabo entre las piernas.
En otras localidades el enemigo trataba de usar subterfugios. Pegaban proclamas y reunían a la población, recomendándole que se dedicaran tranquilamente a sus ocupaciones sin dejarse influir por los «rebeldes Viet Minh». Declaraban que ellos iban a garantizar a todos aquellos que habían ido «a la sierra» la libertad de regresar a sus hogares e invitaban a los cuadros clandestinos a pasar al servicio del «gobierno». Pero no lograron ningún resultado. Sus maniobras no tenían efecto alguno en nuestras filas, ya que nuestros militantes habían sido preparados de antemano para esta eventualidad.
Los imperialistas reanudaron entonces la represión. Reforzaron su red de espías e instalaron torres de guardia en los puntos claves y en las localidades más revolucionarias. Pusieron a los nuevos «bang ta» (notables en las minorías), aumentaron los efectivos de la guardia indígena y organizaron los grupos de francotiradores móviles. Buscaban y arrestaban a los cuadros revolucionarios, incluyendo a sus padres. Toda familia que tenía uno de sus miembros entre nuestros cuadros o sospecharan que mantenía relaciones con «la sierra» se arriesgaba a ver sus casas incendiadas y sus bienes confiscados. En muchas localidades, descubrieron e incendiaron los graneros. Muchas aldeas fueron bárbaramente arrasadas. A quien encontraran con documentos de Viet Minh era ejecutado inmediatamente. Se decapitaba y mutilaba. Su cabeza y miembros eran expuestos en el mercado. Las cabezas de nuestros militantes tenían precio. La menos cara valía
1.000 piastras y una tonelada de sal; algunas estaban marcadas hasta
en 20.000 o 30.000 piastras.
Con la experiencia del terror blanco en Bac Son y Vu Nhai, el enemigo dio la orden de concentrar las aldeas. A todos los caseríos remotos de menos de veinte casas les dieron la orden de abandonar su sitio para reagruparse en puntos determinados. Muchos caseríos quedaron así abandonados. El enemigo incendió todas las casas que no habían sido trasferidas a tiempo. A veces, desde las alturas de las montañas, teníamos que presenciar con dolor pero impotentes los incendios en el valle que devastaban las aldeas de nuestros camaradas. De un extremo a otro de la zona de Cao-Bac-Lang todo fue devastación y desolación.
En los nuevos centros de concentración, la gente llevaba una vida extremadamente miserable. Todas las aldeas importantes eran rodeadas de una triple cerca de bambúes y asegurada su guardia de noche. El control de cartas de identidad tuvo lugar cada día. Estado de sitio de las seis de la tarde a las seis de la mañana. Estaba prohibido llevar arroz fuera de la aldea. Fusilaron a muchos campesinos por el solo hecho de tener un cesto de arroz para semillas o la venta en el mercado.
Los agentes enemigos se infiltraban en nuestras filas para sembrar la duda y la discordia. No pasaba un día sin que la tropa no irrumpiera en las aldeas para masacrar, saquear, incendiar y obligar a la población a hacer trabajo forzado y firmar papeles en los cuales se comprometía a no seguir al Viet Minh.
Ante esta situación, el comité interprovincial de Cao-Bac-Lang decidió poner en tensión a las masas para resistir al enemigo. Los núcleos del partido y los comités Viet Minh de la aldea tuvieron que organizar su
«comité de asalto antiterrorista» con los miembros del partido y los mejores elementos de las organizaciones por la salvación nacional. Paralelamente reforzamos las medidas, contra la infiltración de los reaccionarios en las organizaciones patrióticas. La población no se dejaba abatir. Cada vez que la tropa entraba en una aldea a saquear, nuestros jóvenes militantes de ambos sexos iban a las casas para sostener la moral de la gente. Sin embargo, las atrocidades del enemigo provocaron en varias localidades algunas vacilaciones. Hubo aldeas en que la población interrumpió temporalmente las actividades de la liga. En otras, unos cincuenta muchachos y muchachas se refugiaron en las montañas.
El comité interprovincial de Cao-Bac-Lang dio instrucciones a los cuadros que aún vivían en la legalidad: reforzar la vigilancia para no caer en las manos del enemigo, prepararse a pasar a la clandestinidad, no dormir en su casa durante la noche, andar siempre acompañado de escoltas durante el día, tener a su disposición una provisión de víveres para dos o tres meses, mantener el contacto con los responsables para poder pasar a la clandestinidad en caso de alerta. Los nombres de los cuadros clandestinos aumentó rápidamente. El comité interprovincial se decidió a organizar «núcleos clandestinos» encargados de mantener el movimiento. Cada «núcleo clandestino» agrupaba compañeros de
una o dos comunas. La mayoría de ellos eran miembros del partido que habían tenido que abandonar sus hogares para refugiarse en la selva. Tenían su PC en un sencillo bohío hecho de bambúes y techado de yerbas secas o de hojas de plátano en el pico de una montaña en plena selva. El sendero que conducía a mi PC pasaba por el lecho de una fuente que descendía en cascadas. Era imposible cruzar hacia otro lugar por la corriente, que presentaba la ventaja de borrar toda huella. Pero nos mojábamos cada vez que íbamos al bohío.
Un «núcleo clandestino» agrupaba en general a cuatro o cinco personas; a veces incluso hasta diez, que vivían en estricta disciplina. El horario seguía un riguroso programa repartido entre la agitación a las masas, el estudio político y el entrenamiento militar. El día estaba consagrado al estudio y al trabajo agrícola. Se comía muy temprano, a las tres o cuatro de la tarde. Al anochecer, los cuadros clandestinos salían de la selva para ir a las reuniones. Tenían una contraseña o un grito convenido para hacerse reconocer por los miembros del partido o los elementos seguros de nuestras organizaciones, quienes, arriesgando su vida, suministraban víveres, hacían informes sobre la situación y pedían instrucciones para evitar la represión en cada localidad y caserío. Tarde en la noche, dormían unas horas bajo las estrellas cuando el tiempo lo permitía. Al amanecer tomaban de nuevo el camino del PC. Hacía falta llegar a la selva antes de que la niebla se disipara para no ser descubiertos, pero sobre todo para no causar eventualidades a la localidad. Esta vida llena de peligros y privaciones, esta férrea voluntad de mantener el contacto con las organizaciones de base y la población daba una profunda combatividad a las masas revolucionarias.
El enemigo veía bien que no había podido cortar los lazos entre el partido y las masas, entre los núcleos clandestinos y las aldeas. Intensificaba la represión, estableciendo postas en todas partes; rodeaba las montañas y penetraba en la selva, poniendo por delante de sus columnas a la población civil de los valles. De noche mandaba a sus patrullas a tender emboscadas en las confluencias de los arroyos. Al amanecer, los exploradores Man se deslizaban entre la niebla para descubrir las huellas que podían indicar el emplazamiento de los refugios clandestinos. En el verano, las patrullas no necesitaban prender fuego a los bosques sospechosos. Un día estuvimos a punto de morir quemados vivos cuando los esbirros descubrieron un refugio
cerca de un arroyo. Muchos PC de núcleos clandestinos quedaron rodeados. A la región de Bac Can la revisaron particularmente. Una vez fui bloqueado tres días seguidos en el pico de una montaña en el cantón Hoang Hoa Tham, con el camarada Hoang Sam y dos militantes locales. Teníamos que cocinar nuestro arroz con el agua de los bambúes y la savia de ciertos bejucos. Pero tuvimos suerte, mucha más suerte que otros compañeros nuestros que habían caído bajo los golpes de la represión.
Cada vez que el enemigo descubría un PC clandestino arrasaba las aldeas cercanas. En el cantón Hoang Hoa Tham, donde el movimiento se desarrollaba impetuosamente, las dos terceras partes de la población abandonaron las aldeas para refugiarse en la selva.
Había algún retraso momentáneo en el movimiento de masas. Aunque seguían teniendo fe en la revolución, estaban aterrorizadas basta tal punto que decían: «Cuando llegue la insurrección nos levantaremos para aplastar al enemigo, pero hoy no cuenten con nosotros. Basta que descubran un cuadro clandestino para que hagan arrasar toda la aldea.» En esta situación no podíamos desatar la insurrección.
Hacía falta mantener a cualquier precio nuestras organizaciones en las masas. Lo habíamos explicado en los núcleos del partido, a todos los cuadros y militantes de base. Por muy grandes que fueran las dificultades teníamos que contar con las masas. La represión debía darnos ocasión de seleccionar a los elementos seguros.
Después de cada reunión los cuadros de los núcleos clandestinos regresaban a sus respectivas regiones, cada uno con sus cuotas de arroz en una bolsa de tela. Se relacionaban con la población en el camino al mercado y en los campos. Le hacían conocer las victorias de la URSS y de los aliados, el desarrollo impetuoso de la revolución en el delta, y le explicaban que la represión sería impotente. Además, elaboraban con ellos los planes para proseguir las actividades de la liga. En la siguiente reunión cuando empezábamos a pasar la lista podía suceder que alguien no contestara «presente».
Motivo: los que no se encontraban en el tiempo previsto habían caído en sus misiones.
En ciertas regiones debían contentarse durante meses con maíz o arroz sin moler; en otras, los tubérculos remplazaban el arroz. Muchas veces en nuestro sector teníamos que comer arroz con flores de plátanos silvestres. Las cocinábamos en agua salada hasta que desapareciera toda huella de un jugo negro y viscoso, muy agrio. De alguna manera teníamos que llenar nuestro estómago.
Con ese régimen alimenticio casi no teníamos fuerza para trepar las laderas de las montañas, pues las piernas nos temblaban. Quedamos sin un gramo de grasa hasta el momento en que el movimiento arrancó de nuevo. Pero teníamos una confianza sin límites; estábamos listos para sacrificarlo todo y avanzamos resueltamente.
– Pero si los ataques del enemigo habían reducido nuestra base, también la forjaron. Un tiempo después el movimiento recobraba su vigor y marchaba poco a poco hacia la lucha armada en muchas regiones. El comité interprovincial de Cao-Bac-Lang dio orden a los núcleos de «militarizarse», es decir, dotarse con armas y municiones e intensificar el adiestramiento militar. Las actividades militares debían ir a la par con las actividades políticas. Los núcleos clandestinos recibieron también la orden de «vivir como guerrilleros» siempre con la guardia en alto, la mochila al alcance de la mano y listos para partir a la primera alarma.
Los distritos formaban destacamentos armados de siete a doce combatientes separados de todo trabajo, allí donde las condiciones permitían una sección. Las unidades regionales se encargaban de la propaganda armada y de la ejecución de los caudillos reaccionarios. Tendía emboscadas a las pequeñas patrullas para asegurar el control de las montañas y bosques. Su limitado campo de acción se mantenía lo más lejos posible de las organizaciones de base para evitar represalias de la población. Los combatientes encargados de ultimar al traidor Tong Doan en Kim Ma, tuvieron dificultades para tenderle una emboscada en un punto bastante lejos de nuestras organizaciones de base, pues éste no se alejaba casi nunca de la aldea. Por fin, uno de nuestros destacamentos armados tuvo la oportunidad de atraparlo un día que fue al mercado. Todas las mujeres que se encontraban allí propagaron la noticia de que «la liga lo había liquidado». Después de esta ejecución, los otros traidores se mantuvieron quietos durante cierto tiempo; pero pronto reanudaron sus actividades como antes.
Nuestra ruta «hacia el sur» la habían cortado en muchos puntos. Mandábamos uno tras otro grupos de choque hacía los sectores amenazados para sostener a la población local y mantener nuestras organizaciones de base; pero no podíamos lograr nada más que resultados parciales. A principios de 1944, el enlace con el delta se hacía una necesidad imperiosa. Por orden del partido reagrupábamos muchos destacamentos armados locales para formar la sección de la
«marcha hacia el sur». Se adoptó un plan, según el cual se cruzaría secretamente a través de la selva para restablecer el enlace con nuestras organizaciones de base al pie de la montaña Phia Booc. A lo. largo de nuestra rata muchas aldeas estaban arrasadas. En las aldeas controladas por las postas, la vigilancia enemiga era más severa. Nuestra sección partió de Kim Ma y tomó la dirección hacia el sur. Caminaba de día, y descansaba de noche.
Llovía sin cesar. Las lluvias hacían desbordar los arroyos que inundaban los senderos. Empapados hasta los huesos, algunas veces teníamos que meternos en las grutas en donde encendíamos una hoguera para calentarnos y secar nuestras ropas. Luego, la marcha se reanudaba. En general, a las siete u ocho de la mañana buscábamos un emplazamiento bien abrigado donde, extendidos sobre hojas de plátanos, recobrábamos las fuerzas. A veces, para llegar a una de nuestras bases debíamos marchar durante dos, tres noches seguidas por las aldeas totalmente controladas por los reaccionarios, y cruzar a unos pasos de las postas de guardia. Avanzábamos con precaución evitando el menor ruido: un chapoteo de pasos en el fango, un golpe sobre una piedra...
Después de ocho o nueve días de marcha, pasamos Cho Ra y llegamos a nuestro punto de reagrupamiento al pie de la montaña Phia Booc. Algunos militantes que acompañaban la sección armada habían traído una piedra litográfica, papel y tinta para imprimir un periódico después de haber establecido contactos con las organizaciones de base, consolidado el movimiento en la región y establecido el PC. A pesar de nuestra fatiga estábamos sumamente entusiasmados. Casi no descansamos. Empezamos a derribar árboles para construir nuestros bohíos. Entonces encargué al camarada Thanh Quang, cuya familia se encontraba en Cho Ra, hacer contacto con las organizaciones más seguras de la región. Volvió por la tarde con malas noticias sobre las aldeas colindantes; todas nuestras bases habían sido descubiertas e
incendiadas muchas casas de militantes. La población informaba que un gran rastrillaje estaba ocurriendo; los soldados asaltaron los bosques. Establecimos postas alrededor de nuestro campamento provisional y después de unas horas de dormir, tomamos el camino hacia Cao Bang. Como no habíamos previsto la eventualidad de un repliegue, tuvimos que contentarnos con sopa de arroz en el camino deregreso. Todos nosotros, sin excepción, caímos gravemente enfermos después de este viaje.
Esta gran campaña de represión originó muchas dificultades; pero las pruebas forjaron a nuestros militantes y a las masas y les inculcaron un espíritu de sacrificio muy alto. Esa fue una de las condiciones de la insurrección.
HACIA LA LUCHA ARMADA
En el mes de junio de 1944, el terror blanco desatado por los fascistas franceses llegó a su apogeo. Se escuchaban cada día los ecos de la fusilería. El pueblo esperaba los primeros disparos de la revolución. Toda la región de Cao-Bac-Lang era un polvorín que podía explotar de un momento a otro.
Al mismo tiempo, en el plano internacional, el fascismo iba hacia la derrota. En Europa, después de Stalingrado y la contraofensiva general del ejército soviético, los aliados abrieron el segundo frente. En el Pacífico la iniciativa de las operaciones había escapado de las manos de los japoneses, cuyas bases navales más importantes de ultramar cayeron unas tras otras.
A principios de julio de 1944, ocurrió la caída del gobierno fascista de Pétain. De Gaulle volvió a Francia tras las tropas angloamericanas y formó el nuevo gobierno. Este desarrollo de la situación agudizó aún más las contradicciones entre los japoneses y franceses en Indochina. La perspectiva de un golpe de fuerza japonés era inevitable.
El movimiento revolucionario se extendía a lo largo y ancho del país. La organización de la «liga Viet Minh» se ampliaba cada día más. La opinión presentía y esperaba un gran cambio.
Ante esta situación, el comité interprovincial de Cao-Bac-Lang convocó a una conferencia de cuadros a fines de julio de 1944, para discutir el problema de la insurrección armada. Todos los responsables tomaron parte en esta conferencia. Pasando revista a nuestros efectivos, pudimos contestar que los esfuerzos de los imperialistas no habían sido muy eficaces: todos nuestros dirigentes habían podido escapar al terror blanco.
La conferencia tuvo lugar en una amplia gruta en el corazón de la selva. El salón estaba preparado con cuidado: arco de triunfo, gran asta de bandera, hileras de mesas para los delegados, dormitorios y comedores. A su alrededor, en los pasos de las montañas se estableció una triple red de centinelas. Además de los militantes locales de las minorías Man, se pusieron en tensión destacamentos armados de los distritos para reforzar los dispositivos de seguridad. Después de meses de lucha encarnizada, meses pasados al lado de la muerte, podíamos reunimos por fin para debatir la cuestión que más nos preocupaba. No hubo palabras para expresar la alegría mezclada con un poco de orgullo, orgullo de nuestro pueblo y nuestro partido; era evidente que la represión no podría Jamás acabar con la revolución.
El informe político presentado ante la conferencia estimaba que «la coyuntura nacional e internacional y la situación del movimiento en Cao-Bac-Lang había hecho madurar las condiciones para desencadenar la guerrilla en las tres provincias.»
Las resoluciones que seguían llegaban a la conclusión de desencadenar la insurrección lo antes posible para responder a la tensión creada por el «terror blanco». Todos los delegados aclamaron esta decisión. Un delegado Nung pronunció estas palabras que mostraban su estado de ánimo: «El niño quería leche desde hace mucho y ahora su mamá acaba de darle el pecho. Esta vez, aplastaremos al enemigo.» La madre era el partido.
Al día siguiente, la conferencia discutió el sentido de la palabra
«insurrección» y decidió remplazado por «desencadenamiento de la guerrilla» a fin de evitar equivocaciones en la interpretación. Se fijó un límite de tiempo para acabar todos los preparativos.
Según el plan del comité interprovincial todas las regiones tenían que adiestrar una nueva promoción de jefes de destacamentos y comisarios políticos para lograr la cifra señalada. Además, era necesario formar cierto número de cuadros de reserva: todos los militantes clandestinos de ambos sexos estuvieron obligados, si su estado de salud se lo permitía, a hacer un estudio en este sentido. El comité interprovincial se encargó de organizar cursos de formación de jefes de secciones y comandantes de compañía.
Organizamos urgentemente cursillos políticos para los militantes locales, en las regiones bajo nuestro control. Estos se escogieron de entre los elementos más seguros y estimados de la población. Los preparábamos para la guerrilla contra los japoneses y la administración, con el fin de que en su momento instalaran el poder popular provisional.
Las diversas localidades debían llevar a vías de hecho el plan del comité interprovincial para el reclutamiento de los milicianos de choque en las unidades regulares de guerrilleros. Estos hombres se repartieron en dos grupos: el primero estaría alistado en el instante de desencadenar la guerrilla; el segundo, constituiría el cuerpo de reservas. Divididos en grupos y secciones recibían un entrenamiento acelerado y debían estar listos para las operaciones en cualquier momento.
Hacía falta comprar y fabricar con toda urgencia más armamentos, sobre todo granadas. Cada fusil rudimentario debía tener 150 cargas. Las reservas de víveres –una parte de las cuales eran alimentos secos–debían durar meses, pues teníamos que pasar el periodo de transición entre la cosecha de arroz del año en curso y la de maíz del año siguiente.
Los comités distritales tuvieron que reorganizar la red clandestina de enlace, los servicios de reconocimiento y enseñar a la población algunas nociones del trabajo de reconstrucción.
También habíamos enseñado a la población a recurrir al plan de «tierra quemada» ante el enemigo y en muchas localidades se cavaron silos para esconder arroz. Ahora el problema consistía en avanzar aún más en esta dirección, haciendo un plan detallado para ampliar la táctica de
«tierra quemada» en todos los cantones. En lo que concierne a la evacuación de la población poníamos el acento sobre este principio:
siempre organizarla de tal manera que los evacuados pudieran a la vez proseguir las labores agrícolas y brindar una ayuda eficaz al frente.
Para estimular el movimiento y preparar el desencadenamiento de la guerrilla, se les dio la orden a los destacamentos armados de repeler todo ataque enemigo para asegurar el control de los bosques y montañas.
Todos los cuadros y miembros del partido trabajaban con ahínco en los preparativos. Se desplegaba una actividad intensa pero silenciosa, característica de todo trabajo clandestino. Hubo madres que vendían sus bienes para comprar armas a sus hijos. En muchos distritos los viejos exhortaban a los jóvenes de ambos sexos a que se alistaran en el ejército cuando llegara la movilización. El pueblo vivía con la esperanza y emoción de los días de preinsurrección. Nuestros cuadros celebraban reuniones públicas para explicar a la población que el desencadena-miento no implicaba necesariamente una victoria relámpago y que hacía falta prever los sacrificios e incluso los reveses temporales y locales. Después de desencadenada la guerrilla no pocas pruebas, peligros y privaciones nos esperarían. Todo este trabajo de explicación estaba bastante bien hecho.
Septiembre de 1944.
La cosecha estaba terminando.
El plan de preparativos se había realizado en gran parte. Ya los primeros tiros del combate sonaban en varias localidades. La atmósfera era tensa. Todos esperaban.
EL DESTACAMENTO DE PROPAGANDA
DEL EJERCITO DE LIBERACION DE VIETNAM
Ante esta situación el comité interprovincial prepara la organización de una última conferencia para decidir la hora del desencadenamiento de la guerrilla. Fue precisamente en este momento que llegó la noticia del inminente regreso de Tío Ho, quien había logrado salir de las prisiones del Kuomintang.
Llegado a Pac Bo, después de haber escuchado el informe de la situación y la resolución sobre el desencadenamiento de la guerrilla, reunió a los cuadros responsables para analizar la situación. Subrayó que la resolución adoptada se había basado nada más que en la situación de Cao-Bac-Lang y no en el conjunto del país, o sea, se había visto solamente una parte y no todo. En tales condiciones desencadenar una guerrilla de gran envergadura con las perspectivas de la resolución del comité interprovincial podría traer grandes dificultades. Ninguna región en todo el país poseía las condiciones requeridas para poder sostenernos. Así, el enemigo podría concentrar todos sus efectivos contra nosotros. Desde el punto de vista militar, la resolución no respondía al principio de la concentración de fuerzas; cuadros y armamento estaban dispersos y faltaba una fuerza de base.
Tío Ho estimaba que la etapa de desarrollo pacífico de la revolución ya había pasado; sin embargo, todavía no llegábamos a la fase de insurrección general. Limitarse a las actividades puramente políticas no bastaba para hacer progresar el movimiento. Pero desencadenar inmediatamente la insurrección era ponerse en una situación difícil. Por eso la lucha tuvo que pasar de la fase política a la armada, dando en lo inmediato a la acción política la primera importancia. Hacía falta buscar una fórmula apropiada para impulsar el movimiento.
En esta reunión el Tío preconizaba la creación del Destacamento de Propaganda del Ejército de Liberación, que fue en aquel entonces nada más que una pequeña formación. Estaba encargado de poner en tensión y llamar al pueblo al combate. Pero en sus primeros días tuvo que dar más importancia al trabajo político que a la acción armada: la propaganda antes que el combate.
Este análisis de la situación convenció a todos y el nuevo programa fue unánimemente aprobado.
Así nació el Destacamento de Propaganda del Ejército de Liberación de Vietnam.
Después de resolver los problemas de principio, según su propio estilo de trabajo Tío Ho orientó en la elaboración de las medidas de aplicación: organización del destacamento, composición, reclutamiento, suministro de armas y víveres, futuras relaciones con autoridades y poblaciones locales.
Luego pasamos juntos todo un día para elaborar el proyecto de plan. Por la noche seguimos intercambiando nuestros puntos de vista. Después Tío Ho continuó aquilatando el pro y el contra. A la mañana del día siguiente sometimos el proyecto al colectivo.
Para comenzar la lucha armada según la nueva orientación, Tío Ho insistía particularmente en dos puntos:
– Actuar rápida y resueltamente: un mes después de la formación del destacamento, éste debía contar ya con algunas victorias militares; el primer combate tenía que ser obligatoriamente una victoria.
– En campaña: asegurar buenas relaciones entre el destacamento regular y los destacamentos locales, entre el ejército y la población. Mantener siempre el nexo con el organismo dirigente.
Además, Tío Ho dio suma importancia a los principios de la clandestinidad. Incluso antes de que nosotros nos pusiéramos en camino recomendó:
«No sean subjetivos. No descubran nuestras fuerzas. Actúen en un secreto absoluto. Que el enemigo no sepa nada de ustedes. Que los crean en el este mientras están en el oeste. Que los crean débiles cuando son fuertes. Que no sospechen nada cuando estén a punto de golpearlos.»
Volvimos al comité interprovincial con el corazón rebosante de confianza. Las órdenes se cumplieron con rapidez. Los cuadros y el armamento fueron inmediatamente reunidos. Al comienzo, el destaca-mento constaba de 34 combatientes escogidos entre jefes de secciones, jefes de grupos y los mejores soldados, quienes se habían destacado por su coraje en los destacamentos armados regionales o en los grupos de milicianos de choque. La unidad también estaba reforzada con algunos cuadros que acababan de terminar sus estudios militares en China. Desde entonces existieron en Cao-Bac-Lang tres tipos de formación armada: el destacamento de propaganda, que constituyó el elemento de choque alrededor del cual se agrupaban los destacamentos armados regionales y, luego, los dos destacamentos de autodefensa miliciana. Aunque estos tres estaban solamente en la etapa de guerrilla actuaban en estrecha coordinación. Me acordaba muy bien de esta característica ya que para mí eso constituía una cosa totalmente nueva que me impresionaba profundamente.
En víspera de la formación del destacamento, recibí instrucciones de Tío Ho, escritas sobre un pedacito de papel escondido en un paquete de cigarrillos.
Dos días después, el destacamento de propaganda empezó a llevarlas a cabo, y tuvo las dos primeras victorias en Phay Khat y Na Ngan. El Viet Lap publicó enseguida el comunicado. Al mismo tiempo, el comité interprovincial lanzó un llamamiento a la población en el que invitaba a intensificar su apoyo al ejército. La influencia del destacamento aumentaba cada día más. La población vivía en un ambiente de extra-ordinario entusiasmo. Se ganaba a los elementos flojos. Los traidores tenían miedo y el enemigo dejaba de perseguir a los militantes. Muchas organizaciones de base se restablecieron y vieron engrosar rápidamente sus filas. El movimiento aumentó.
La población brindaba granos y galletas de arroz en cestas repletas. En algunos lugares ofrecían hasta búfalos, vacas y puercos. Aparecían los poemas TT, el arroz TT, fondos TT, para comprar armas...16
El impetuoso movimiento de jóvenes alistados en el Ejército de Liberación amplió rápidamente nuestras filas.
De Phay Khat y Na Ngan, el Destacamento de Propaganda del Ejército de Liberación de Vietnam marchó derecho a la zona Thien Thuat, a fin de convertirse en compañía. Los nuevos reclutas provenientes de las pequeñas unidades regionales llegaron rápidamente al centro de reagrupamiento. En muchos lugares los destacamentos locales ya tenían efectivos para una sección. Se entregó a los combatientes una parte de las armas capturadas al enemigo. Su alegría fue inmensa. Por esta época bastaban dos o tres rifles para provocar el entusiasmo en los combatientes. En todos los sectores, se preparaban febrilmente nuevos combates y se reclamaba el envío de tropas regulares.
Después de formarnos en compañía, dejamos una parte de nuestros efectivos en Kim Ma, Tinh Tuc y Phia Uac para la propaganda armada; mientras tanto, el grueso de nuestras fuerzas marchó hacia arriba, en dirección de la región de Dong Mu– Bao Loe, sobre la frontera sino-vietnamita, con el propósito de desorientar al enemigo. Tan pronto como llegamos allí, bajamos en absoluto secreto a la región limítrofe de las provincias de Cao Bang y Bac Can.
16 TT: siglas de las palabras vietnamitas Tuyen Truyen –propaganda– con que se designaba al destacamento. (N. Ed.)
Nuestra idea era sacar provecho del desarrollo del movimiento y dirigirlo hacia el sur. Durante el recorrido, la población nos dispensaba una acogida muy calurosa. En ciertos lugares, pese a encontrarse sólo a dos o tres kilómetros de la posta, la gente encendía antorchas para recibirnos.
Estábamos en vísperas del Tet. En algunas localidades los jóvenes preparaban espléndidos banquetes, colocados en mesas a lo largo de la ruta, y se quedaban toda la noche esperándonos. Cuando llegamos al cantón de Hoang Hoa Tham, vimos con gran sorpresa que la población lo había preparado todo para recibir a la tropa. Un verdadero campamento esperaba en la sierra, bastante ancho para albergar a toda la compañía, con un terreno de prácticas y una importante reserva de víveres. La población, a pesar de que vivía en una extrema miseria, ayudaba al ejército en todo lo que podía. Durante el Tet jóvenes y ancianos dejaban sus hogares para disfrutar con nosotros. Aún hoy, cada vez que recuerdo eso, me pregunto cómo pagar la deuda de gratitud contraída en aquel entonces con el pueblo.
En esta época los grupos de asalto restablecieron nuestras líneas de enlace con Thai Nguyen, cortadas por la represión. Proseguíamos los intensos preparativos de la marcha hacia el sur. Los camaradas Tong y Vu Anh fueron a nuestro acantonamiento en la sierra Tran Hung Dao para visitar a la tropa y elaborar el plan de marcha. Apenas nos despidieron se produjo el golpe de fuerza del 9 de marzo. La situación se desenvolvió favorablemente. El Destacamento de Propaganda del Ejército de Liberación de Vietnam salió de la sierra para emprender una marcha a plena luz del día en el valle de Kim Ma. En cada aldea la población jubilosa enarbolaba banderas rojas con la estrella dorada. Recordaré siempre el espectáculo ofrecido ante nuestros ojos: banderas rojas que hacían el cielo más amplio y más azul. Los hombres y la naturaleza como si estuvieran trasfigurados, rebosantes de alegría. Los primeros tragos de independencia nos embriagaban.
Luego, el grueso de la compañía se dirigió hacia el sur, mientras establecía a su paso el poder revolucionario, desarmaba las guarniciones enemigas y formaba nuevas unidades revolucionarias.
En Cao-Bac-Lang la dirección del partido había dado a tiempo las instrucciones para la formación del poder popular en el campo, el desencadenamiento de la guerrilla y la formación de las nuevas unidades militares. Después del golpe de fueza japonés se constituyeron una veintena de nuevas compañías del Ejército de Liberación. En todas partes abríamos oficinas de reclutamiento. Cerca de Nuoc Hai más de
3.000 jóvenes se alistaron voluntariamente. En toda la región de Cao-Bac-Lang los campos formaban una extensa zona liberada.
Precisamente en este momento, también en el centro Bac Son-Vu Nhai las Tropas de Salvación Nacional se alzaban llevando a cabo la guerrilla, instalaban el poder revolucionario e incrementaban sus efectivos. Algún tiempo después las Tropas de Salvación Nacional y el Ejército de Liberación operaban conjuntamente. La Conferencia Militar de Tonkín, celebrada en Hiep Hoa, decidió unificar todas las fuerzas armadas revolucionarias bajo el nombre de Ejército de Liberación de Vietnam. Se formó la zona liberada que abarcaba las provincias de Cao Bang, Bac Can, Lang Son, Ha Giang. Thai Nguyen, Tuyen Quang y parte de las provincias de Bac Giang y Vinh Yen.
La situación se desarrolló rápidamente. El movimiento antijaponés por la salvación nacional subió como una marea. Después tuvo lugar en Tan Trao el Congreso Nacional del Partido y el Congreso de Delegados Nacionales. Mientras tanto, capitulaba Japón. La Revolución de Agosto estallaba. Nacía la República Democrática de Vietnam.
PUEBLO HEROICO
Hoang Quoc Viet
I
Cada vez que recuerdo el pasado, me duele el corazón por todo aquel periodo de esclavitud, de humillaciones y vejaciones que sufría un pueblo cuyo suelo patrio estaba pisoteado por las botas invasoras.
Para los jóvenes de nuestra época el bombazo de Pham Hong Thai tuvo una profunda repercusión.
Yo era entonces alumno de la Escuela de Prácticas Industriales de Haiphong. Con motivo de una visita oficial, el gobernador general Merlin estaba de paso por Haiphong y nos «honró» con una visita a nuestra escuela. Recepción solemne, gran despliegue de tropas con bayonetas caladas para intimidar a nuestros jóvenes. A su regreso del Japón hizo escala en Cantón, donde estuvo a punto de perder la vida por una bomba lanzada por Pham Hong Thai.
La noticia provocó un fuerte impacto en nosotros. Comentábamos admirados:
– ¡Formidable! ¡Qué héroe! Pham Hong Thai no se dejó acobardar por tan aparatoso despliegue de fuerzas.
Al año siguiente ocurrió la detención de Phan Boi Chau, traído al país y condenado a muerte. Merlin regresó a Francia sustituido por Varenne. En julio llegó un mensaje de Hanoi. Había que formular peticiones perla libertad de Phan Boi Chau. En esos días Varenne pasaba sus vacaciones en la playa Do Son. Al amanecer, todos los alumnos de la escuela saltaron la cerca y fueron al distrito Rao, donde esperaron que regresara. Varenne para detener su carro y entregarle nuestra petición. Llegó la hora de clases. El director, asustado al ver el dormitorio desierto, se puso a buscarnos por todas partes. Por fin logró encontrarnos en Rao y nos obligó a volver a la escuela donde los colonialistas empezaron a golpearnos. Tratamos de protegernos unos a otros, al tiempo mismo que defendíamos a nuestros camaradas. Se destacaba por su valentía Luong Khanh Thien que, situado en primera fila, con cada puñetazo mandaba. hacia el suelo a un colonialista francés.
El profesor Garcy, en medio del tumulto, tenía su chaqueta hecha pedazos y gritaba acusándonos de haberlo golpeado. Llamaron a la policía. Declaramos una huelga.
Entre los treinta y tantos huelguistas que se mantuvieron firmes hasta el fin, figurábamos Luong Khanh Thien, Luu Ba Ky y yo. Nuestro trío tuvo que ir cada cual por su lado en busca de trabajo. Yo me fui a la mina de Phan Me y algunos meses después encontré trabajo en Mao Khe. Allí –todavía me acuerdo muy claramente– a los obreros les gustaba mucho oír cosas de la revolución.
Trabajaba en el taller de reparaciones mecánicas. Mientras desmon-taban las piezas y dos camaradas hacían guardia, los obreros se reunían para oírme hablar del juicio de Phan Boi Chau, de los funerales de Phan Chu Trinh, del movimiento de Nguyen An Ninh en el sur y de las actividades de Nguyen Ai Quoc en la Rusia soviética.
Formé un equipo deportivo y un fondo de asistencia social escogiendo a los mejores. Realizamos colectas para comprar libros y periódicos.
Quería dedicarme a una actividad revolucionaria pero no sabía aún qué camino seguir. A muchos jóvenes de aquella época les pasaba igual.
Luong Khanh Thien había encontrado trabajo en la textilería de Nam Dinh y Luu Ba Ky estaba de marinero en el barco «Chantilly» que cubría la línea Marsella-Saigón-Haiphong. En sus cartas me hablaban de manera encubierta de la revolución. Yo me sentía cada vez más impaciente por establecer contacto con el movimiento.
A principios de 1928 regresé a Haiphong. Con mi especialidad de ajustador, encontré trabajo en los talleres Caron. Poco después me reuní con Luong Khanh Thien, que se había trasladado de la textilería de Nam Dinh para la de Haiphong. Al saludarnos me preguntó de golpe:
– ¿Y qué? ¿Ya estás en algo?
– ¿En qué cosa?
– El partido. La doctrina. Yo pensaba que ya tú estabas en algo.
Hablaba del movimiento. Me presentó luego al camarada Canh, quien me admitió en la Asociación de la Juventud. Nguyen Duc Canh era muy joven, delgadito y dinámico. Era uno de los camaradas que en aquel entonces conocía la teoría del marxismo y estaba de responsable de la Juventud en Haiphong. Me hablaba del trabajo, del proletariado, del capital, de la plusvalía. Yo bebía sus palabras que me impresionaban profundamente.
Formaban mi célula de base el camarada Doai de la central eléctrica de Cua Cam, Ngo Kim Tai, un policía, Tu Bieu y su esposa Tu Gia, en cuya casa solíamos celebrar nuestras reuniones. Su hijo mayor de sólo cinco o seis años de edad jugaba con nosotros; pero sabía también hacer guardia y cada vez que nos reuníamos se plantaba frente a la puerta para avisarnos si se acercaba alguien sospechoso.
Como era miembro de la policía, Ngo Kim Tai sabía todo cuanto se preparaba, desde las redadas proyectadas hasta las cuadras y casas sospechosas. Cuando planteábamos alguna acción revolucionaria, se las arreglaba para estar de guardia nocturna. Al pegar los volantes iba delante embarrando de goma las paredes, mientras nosotros detrás poníamos nuestra propaganda. Este ardid nunca lo descubrieron. A principios de 1929, en la mayor parte de las fábricas de Haiphong, como la de cemento, la central eléctrica, la vidriería, la algodonería, los talleres Caron y los servicios portuarios existían células de la Juventud. En abril, mayo y junio estallaron luchas reivindicativas de los obreros. Poco después arrestaron a Luong Khanh Thien.
A comienzos de 1929 me despidieron definitivamente de los talleres Caron y tuve que pasar a la clandestinidad. En esos momentos las células empezaron a escoger delegados para el Congreso de la Juventud en el extranjero. En mi célula se planteaba que en este congreso debía fundarse el partido comunista, ya que el movimiento obrero se había desarrollado. Todas las células en el norte tenían la misma aspiración. En julio los delegados de Tonkín, cuyo proyecto de fundación del partido comunista lo habían rechazado, en el congreso, volvieron al país. A fines de agosto se proclamó la fundación del Partido Comunista, de Indochina. Fundado el partido se reorganizaron las fuerzas y me enviaron a trabajar en el sur.
Una vez en el sur, los camaradas me presentaron a Ngo Si Quyet. Lo reconocí inmediatamente: era el camarada Ngo Gia Tu. Cuando me despidieron de la escuela, y durante aquellos días de desempleo, estuve varias veces de visita en casa de un amigo vecino de la comuna de Tam Son, provincia de Bac Ninh. Allí fue donde conocí por primera vez a Ngo Gia Tu, también nativo de Tam Son. Lo acababan de expulsar del colegio de Buoi y se refugiaba temporalmente en su aldea. Desde los primeros momentos le tomé mucho aprecio, sin pensar en que lo volvería a ver otra vez. Era un buen compañero de clara conciencia revolucionaria. A pesar de estar muy ocupado por sus labores de dirigente se mezclaba con los obreros y portuarios, cargaba carbón, cemento, desafiaba las intemperies haciendo cualquier trabajo por duro que fuera. Los obreros ganados a la causa revolucionaria le tenían mucha simpatía y no querían que se esforzara tanto. Nos decían con insistencia: «Díganle que se quede en casa. Si necesita dinero para vivir nosotros se lo daremos.» Ngo Gia Tu trabajaba como portuario y al mismo tiempo atendía todos los asuntos de carácter revolucionario. No faltaba a ninguna reunión por lejos que se celebrara.
Ngo Gia Tu, Le Van Luong y yo nos alojamos en Xom Chieu, del lado de Khanh Koi. Buscaba trabajo y pude colocarme en el taller mecánico de Ba De. Pero después logré que Le Van Luong entrara a trabajar allí también. Trascurrió un tiempo, y considerando que había muy pocos obreros en el taller Ba De, pasé a la FACI.
La labor de propaganda entre los obreros en el sur presentaba menos dificultades que en el norte. Le Van Luong y yo vivíamos juntos. Cada mañana cocinábamos una olla de arroz rociada con manteca salada. Comíamos una parte y llevábamos la otra hecha una bola al trabajo. A mediodía, almorzábamos sentados en la acera conversando con la gente. Analizábamos hechos concretos de su vida diaria, y hacíamos confrontaciones para lograr que comprendieran progresiva y firme-mente la verdad revolucionaria. Al ver que éramos también obreros como ellos simpatizaron rápidamente con nosotros. Le Van Luong, que era muy joven, hacía amistades con la juventud. Confraternizaba fácilmente con la gente del barrio obrero, ya que quería mucho a los niños, quienes sentían hacia él un gran cariño. Los enseñaba a cantar, a leer y a escribir. En Xom Chieu logramos fundar un equipo de fútbol. Pero cuanto más se extendía nuestra influencia y más amplitud cobraba el movimiento, más riesgos corríamos y con más frecuencia
teníamos que cambiar de alojamiento. Además, Le Van Luong era bien parecido por lo que las muchachas de aquel barrio pobre se lo comían con los ojos. Hubo vecinitas tan osadas que perforaron el papel de periódico con que pegábamos nuestras paredes para mirarlo ocultamente. Nuestra situación se complicaba, y por temor a ser descubiertos tuvimos que mudarnos de una casa a otra por todo Xom Chieu. Y al final, como ya no había casa adonde mudarnos, fue preciso trasladarnos a Thu Thiem. Encontramos allí a Luu Ba Ky que bajaba a tierra durante una escala del barco donde estaba de marinero. En aquella etapa la asociación me había dado instrucciones de entrar en contacto con el Partido Comunista de Francia. Con una recomendación de Luu Ba Ky, pedí trabajo en el «Chantilly.» Me contrataron inmedia-tamente cuando vieron mi libreta de obrero.
En noviembre de 1929 salí para Francia a bordo del «Chantilly». En Marsella fui a una dirección que me habían dado al salir. Los camaradas franceses me acogieron calurosamente y mandaron cables a París pidiendo instrucciones. Me invitaron a visitar la capital de Francia. Pero como yo trabajaba en la sala de maquinarias y una caldera requería reparaciones tuve que quedarme a bordo. Pedí al camarada Ky que fuera él a París. Los camaradas franceses nos brindaron una ayuda abnegada, se interesaron hasta en los detalles de nuestra situación, consiguieron libros, materiales, cierto número de medios de trabajo, pistolas para nuestra propia defensa y planearon los futuros contactos.
A principios de 1930, a mi regreso a Saigón, nos enteramos de la celebración del congreso de Hong Kong y del éxito de la fusión de los distintos grupos comunistas en un solo partido. El camarada Lau y yo, delegados por la organización, asistimos a la primera reunión del Comité Central del Partido en Tonkín. En la tarde del día de mi llegada a Haiphong, el camarada encargado del enlace me llevó a la sede de la sociedad de residentes chinos, y me dijo que esperara al camarada responsable. Pensaba ver a una, persona grande y robusta; pero apareció un camarada flaquito, ligeramente bizco, vestido con chaqueta, pantalón negro a la vietnamita y sombrero de fieltro. Tenía el acento de Nghe An, lucía débil y tosía mucho al hablar, por lo que sentí hacia él mucha compasión.
Sus palabras fueron:
– Asistiremos a la elección del Comité Central. Tenemos tiempo por delante, no hay prisa. Usted se quedará aquí. Le daré material de lectura. Al camarada Lau lo mandaremos a bascar a Hanoi y lo traeremos acá.
Posteriormente supe que aquel camarada con quien había hablado era Tran Phu. Volví a casa de la camarada Tu, «La Vieja». Ella me alojaba en un callejón a un lado de la calle de Bac Ninh. Aquella noche, por la traición de Nghiem Thuong Bien, la policía descubrió algunos organismos del partido instalados en la misma calle. Se desató una gran redada. Como estaba recién llegado no pude prepararme a tiempo para hacer frente a tal circunstancia y caí en las garras de la policía junto con la hermana Tu. Aprovechando un momento propicio, le dije: «Hay que mantenerse firme.» La camarada Tu se mostró muy valiente durante su larga estancia en la cárcel, en donde no pudieron arrancarle ni una sola declaración a pesar de las torturas más salvajes.
Fuimos encarcelados en la sede de la policía de Haiphong. A principios de mayo, compartieron nuestra celda otros muchos camaradas. A Le Thanh Nghi y otros mineros los trajeron también a Haiphong. Trascurrida casi una semana desde mi detención estalló lo del Primero de Mayo. Al principio había espacio en nuestra celda, mientras que otras estaban vacías. Después del Primero de Mayo, todas las celdas quedaron llenas. Muchos camaradas mineros compartieron con nosotros la prisión.
A Le Thanh Nghi, detenido en la mina número cinco, lo metieron en mi misma celda. Me contó cómo allá los camaradas habían izado banderas, pegado volantes y colgado carteles para celebrar el Primero de Mayo.
El Primero de Mayo de 1930 constituyó un movimiento de lucha desarrollado a lo largo y ancho del país.
A mediados del verano, llegaron más presos a la policía de Haiphong. En las celdas bacía un calor insoportable. Para tener un poco más de fresco estuvimos obligados a trasladar los latones que servían de letrinas y ponerlos sobre las camas a fin de limpiar el piso de cemento y acostarnos.
Por la noche nos sacaban de las celdas para interrogarnos. Cada vez que se oía chirriar la puerta estremecíamos. Noche tras noche, permanecimos allí, apretando los dientes, con los nervios en tensión, al escuchar los quejidos de los camaradas torturados. Cuando los guardianes echaban a alguien en la celda venía con todo el cuerpo magullado, y pasábamos la noche friccionándonos mutuamente para mitigar nuestros dolores y sufrimientos.
Yo fui molido a golpes diez noches seguidas. Una vez caí desmayado. Cuando volví en mí, vi a mi lado el látigo del suplicio: el verdugo me golpeaba con tanta fuerza que el látigo se le había caído de la mano. El cuero del látigo estaba hecho pedazos y en su interior se veía un manojo de alambres de cobre. Entonces comprendí por qué cada latigazo me parecía tan pesado, como de plomo, y por qué sentía tantos dolores al recibirlos en la cabeza. Era un golpe que no producía sangre pero hacía crujir el cráneo, que cedía bajo el dedo como si fuera una vieja naranja. La sangre fluía hacia los ojos, que se hinchaban enrojecidos, como los de un ciprino. Los camaradas me dieron un nuevo apodo; Chung Vo Diem.17 Afortunadamente tenía puesto una túnica de gasa que me servía para vendar mis heridas después de cada suplicio. Pero los dolores permanecían aún punzantes y tuve que buscarme un rincón de la celda donde apretar mi cabeza contra la pared. Esa posición daba un poco de alivio a mis dolores.
Se aproximaba el invierno cuando de nuevo me sometieron a torturas. A fuerza de golpes mis pies se hinchaban, y una vez devuelto a la celda había que meterlos como siempre dentro de las cadenas. Mis pies quedaron estropeados para toda la vida desde aquellos días.
Antes del juicio, fuimos trasladados a la cárcel de Haiphong donde estaban detenidos también miembros del partido nacionalista. Organizamos cursos de superación cultural y política. Hubo miembros del partido nacionalista que simpatizaron con nosotros al presenciar nuestras actividades. Se nos acercaban al ver que siempre dábamos ejemplo de espíritu colectivista, ayudándonos mutuamente o reservando, cuando alguno de nosotros recibía regalos de su familia, las mejores cosas para los enfermos y lo restante para los demás.
17 Mujer de la mitología china célebre por su fealdad. (N. Ed.)
Gracias al estudio, a la lucha y a la organización nuestro nivel se elevó con rapidez. Los presos comunes iban comprendiendo progresivamente. Los ganamos para nuestra causa, y cuando salían a trabajos forzados en las calles nos comunicaban con el exterior. Entre los presos que trabajaban de oficinistas muchos simpatizaban también con la revolución, y nos brindaban una ayuda muy efectiva. Asimismo, había gente muy buena entre los soldados franceses.
De la guardia nocturna se encargaban los soldados franceses. Como era una tarea aburrida, algunos empezaban a conversar con nosotros viendo que varios hablábamos francés. Dos de esos franceses eran de Marsella. Les agradó mucho saber que yo había estado allí y no dejaban de hablar de su ciudad. Desde entonces fuimos amigos. Consiguieron de todo cuanto necesitábamos. Nos dieron medicinas contra la disentería, remedios contra enfermedades de los ojos, leche e incluso tabaco para la cachimba. Una noche de noviembre, cuando ya empezaba el frío, nos preguntaron:
– ¿Necesitan ustedes algo? Después de deliberar, contestamos:
– Consígannos algunos metros de tela roja.
Pensábamos en la alta torre de guardia. Qué alegría poder izar nuestra bandera encima de ella. Los soldados franceses trajeron la tela con la que hicimos una bandera. Vísperas del 7 de noviembre de 1930, pusimos en ejecución nuestro plan elaborado de antemano para celebrar el décimo tercer aniversario de la gran revolución de octubre de Rusia. Algunos camaradas y yo atraíamos hacia un rincón a todos los soldados franceses, entreteniéndolos en una conversación sin fin. Mientras tanto el camarada Phuc An, residente chino, obrero electricista y hábil trepador, se subió a la torre de guardia e izó nuestra bandera roja.
A la mañana siguiente, satisfechos, no apartábamos la vista de la bandera. Los guardianes no se habían dado cuenta de nada todavía. Fue a eso de las nueve, que el director de la cárcel, al regresar de Lac Vien, la vio. Llegó corriendo y volcó toda su rabia sobre los guardianes, quienes escuchaban pálidos de terror. Estos no vacilaron después en echar la culpa a los soldados vietnamitas.
– El que izó la bandera que suba a quitarla si no quiere pagar con su pellejo.
Los de la milicia trataron de bajar la bandera, pero ninguno lo logró. No pudieron hacerlo hasta el mediodía, después de sonar la sirena de las fábricas, y gracias a la intervención de los bomberos.
Al anochecer, los presos comunes nos comunicaron que el aconteci-miento había tenido una amplia repercusión en la ciudad. Al poco tiempo, gente anónima nos hicieron llegar por intermedio de los presos comunes regalos y medicinas como muestra de simpatía.
Nos quedaba todavía tela roja que confiamos a compañeras nuestras también detenidas, quienes la ocultaron en sus turbantes gracias a lo cual escapó a los minuciosos y repetidos registros que realizaron los guardianes.
Al caminar a la corte criminal de Kien An, esgrimimos la bandera roja, gritando: «Abajo el imperialismo.» La policía no permitió transitar a nadie por la calle y ordenó a la población permanecer en sus casas con las puertas cerradas. Entonces comenzamos a gritar con toda la fuerza de nuestros pulmones.
La corte nos condenó a destierro perpetuo. La condena se hizo en masa. Nos quedaban todavía dos banderas rojas que esgrimimos en medio de gritos: «¡Abajo el imperialismo! ¡Viva el partido comunista!» Los guardianes y gendarmes nos cayeron encima golpeándonos salvajemente.
La firmeza en mantener en alto la combatividad hizo inclinar hacia nuestra causa a numerosos miembros del partido nacionalista.
– Esto es lo que se debe hacer. Nuestros señores líderes no hacen más que esperar a que venga la muerte –dijeron.
Cuando fuimos trasladados a la cárcel de Hanoi esta simpatía se hizo más evidente. Muchos de ellos se sentían ofendidos y discriminados ante el hecho de que no los llamábamos «hermanos» como solíamos hacer entre nosotros. Cuando organizábamos alguna fiesta también participaban ellos. Había quienes eran antiguos funcionarios o notables aldeanos, pero ridiculizaban, durante nuestros actos culturales, las prostemaciones y ceremonias rituales. Su actuación era tan cómica que nos destornillábamos de risa.
Los jefes nacionalistas rabiaban. Nos culpaban de tratar de captar a sus afiliados y se oponían furiosamente a nuestros planes de unidad de acción con vistas a mejorar el régimen alimentario en la cárcel, medíante el cual pedíamos arroz de buena calidad, hortalizas, además de palitos y escudillas, etc. Un diligente nacionalista se opuso declarando: «La lucha no logrará más que represión, ¡Para qué bandeja y escudilla! ¡En la India comen con las manos y no se mueren por ello!» Persistimos en el empeño. Los colonialistas seguían presionando, pero al fin cedieron frente a una firme mayoría. Nos dieron palitos y escudillas y permitieron que preparáramos nosotros mismos la comida.
A finales del verano de 1931, continuaba haciendo calor, y los colonialistas franceses nos trasladaron de nuevo a Haiphong, donde embarcamos en el barco «Claude Chappe» rumbo a Saigón. Fuimos encerrados en la cala en grupos de diez, encadenados a una barra de hierro de cinco o seis, metros de largo. Al llegar a tierra tuvimos que llevar esta pesada carga en los hombros por dondequiera que íbamos, mientras los gendarmes de la escolta nos golpeaban sin piedad. Si alguno protestaba ante sus bestialidades, lo llevaban enseguida aparte:
– ¿No te sientes contento?
Y empezaban los latigazos por él único delito de una protesta o una mirada de piedad hacia un camarada.
A la llegada al cabo San Joaquín, los guardianes arrojaron al mar toda nuestra escasa ropa. Al caer la noche hacía frío, y muchos enfermamos por tener que acostarnos en el mismo piso de cemento. En el presidio de la isla de Paulo Condor no habían tenido tiempo de instalar suficientes celdas, por lo que tuvimos que desembarcar y esperar en el cabo San Joaquín.
Llegamos a la isla una oscura noche sin luna ni estrellas. Al entrar en el presidio nos vimos encerrados en medio de grandes murallas de piedra, que rodeaban un espacio de unas diez hectáreas cubiertas de altas yerbas silvestres. Las negras sombras de banianos y mirobálanos daban la impresión de estar en un cementerio. Nos llevaron a empujones a través de muchas puertas ante las cuales había guardianes franceses. Avanzábamos a tientas. Crujió una espesa puerta de tablas de hierro batido: estábamos en la celda. Pasamos
otra de rejas, y aún no habíamos dado un paso más cuando el guardián francés las cerró y se fue.
Aquello parecía lo más profundo del infierno. Una oscuridad total. Nos preguntábamos y palpábamos los unos a los otros sin saber qué hacer. Entonces fue cuando oímos golpecitos desde arriba de la pared. Contuvimos la respiración levantando nuestra mirada sin ver nada. Otra vez se oyeron los golpecitos. Y preguntamos:
– ¿Quién anda ahí?
– Oigan, camaradas. ¿Acaban de llegar, verdad?
– SÍ.
– Suba alguien, queremos hablar con ustedes. Luong Khanh Thien se ofreció de voluntario.
– Voy a subir yo. Sosténgame alguien.
Levantamos en hombros a Thien. Pero no sabíamos; hacia qué parte subirlo debido a la oscuridad. De nuevo se oyó la voz desde el techo.
– Tomen fósforos.
Una caja de fósforos cayó a nuestros pies. Encendimos uno. Descubrimos que la celda era bastante ancha, con dos bancos de cemento que servirían de cama colectiva. Hacia un rincón de la celda estaba, la letrina. Las paredes tenían como cuatro metros de alto con ventanas de rejas de hierro cerca del techo. Levantamos a Thien hacia una ventana, se agarró de las rejas y subió encima de la pared por donde podía conunicarse con la celda vecina. En cualquier circunstancia Luong Khanh Thien se destacaba por su decisión y voluntad: era una virtud innata en él. Le gustaba la acción y no podía permanecer cruzado de brazos. Los camaradas que lo conocían le daban el nombre de «el asceta», pues llevaba una vida muy sobria. Siempre se caracterizó por su sencillez en el comer y vestir. Todo en él era una contribución a la causa común.
La voz de arriba no se sabía de quién era. Pero como nos llamaba camaradas infundía confianza.
Cuando bajó Thien, encendimos otro fósforo. Traía en su mano varias agujas e hilo de coser. El camarada que representaba a los que habían llegado a la isla antes que nosotros nos lo mandaba para remendar nuestras ropas. Luego habló de nuevo: «Aquí hay que andar con mucha cautela. Los guardianes franceses patrullan por un corredor en el techo y pueden disparar sobre nosotros en cualquier momento Tengan cuidado con el agua. El agua de aquí es muy mala. Cuando uno se lava por la mañana le quedan los ojos medio ciegos, y si se limpia los dientes con ella, se le aflojan.» Todo esto nos dio escalofríos. A la mañana siguiente, apenas los carceleros abrieron la puerta, cada uno de nosotros corrió hacia los pozos para ver la famosa agua de Paulo Condor. Nadie podía decir que aquel líquido enrojecido, amarillento y viscoso era agua. Y nos obligaban a bañarnos con eso. Teníamos que llenar un tanque y, con un tazón de hierro echarnos agua unos a otros.
Aún pienso en ello y siento asco. Posteriormente descubrimos un terreno arenoso donde a poca profundidad se conseguía agua limpia, y comenzamos a luchar para que nos dejaran cavar un pozo. Los carceleros se oponían y tan pronto terminábamos el trabajo forzado en el patio nos metían en las celdas. En este local sin sol acabamos por ponernos pálidos. Nuestros cuerpos se llenaron pronto de granos y eczemas. Tuvimos que bañarnos cada noche en grupos de dos o de tres con el agua de tomar que ahorramos consumiendo lo menos posible.
Peor era la alimentación. Comíamos campanillas de agua de un metro de largo que ni siquiera lavaban antes de cocinar, pues echaban las plantas enteras en las ollas. Había además «sopa agria»: pescado salado cocinado con jugo de arroz fermentado. La bautizamos «sopa-motocicleta», ya que provocaba ruidosas diarreas cuyas explosiones retumbaban día y noche en las letrinas. ¡Cuánto ansiábamos comer algo fresco! Muchos recogían yerbas para comerse los tallos. En septiembre de 1932 un violento tifón derribó algunos edificios y arrancó los techos. La permanencia bajo el sol y las lluvias provocaron enfermedades y muchos murieron.
De todas maneras no podíamos escapar a la muerte. Pero antes que una muerte lenta, preferíamos morir luchando. Sublevamos a todos los prisioneros, a los condenados a trabajo forzado, a los presos por asesinato, a toda la cárcel, en sucesivas luchas. A cada represión,
respondíamos con una nueva pelea por el derecho a vivir. Poco a poco lográbamos algunas mejoras en nuestras condiciones de vida diaria.
Una vez provocamos tal conflicto que el gobernador de Cochinchina, Pager, tuvo que ir en persona a la isla para encontrar una solución al problema.
Todo empezó en las celdas de los condenados a trabajo forzado. Excepto estas celdas había cuatro o cinco mil presos. Los camaradas Ngo Gia Tu, Le Duc Tho, Le Van Luong estaban todos fuera. Los condenados a trabajo forzado tenían que buscar leña en los bosques, trabajar de carboneros, de pescadores o conseguir corales en el fondo del mar. No tenían ropa alguna cuando hacía frío, y debían sumergirse en el agua de los arrozales para no helarse. Cuando iniciaron la lucha, los carceleros franceses los molieron a golpes. Al oír sus gritos de dolor saltamos a las ventanas y comenzamos a vocear consignas para respaldarlos. Los carceleros tuvieron que meterlos de nuevo en sus calabozos. Como protesta, nos declaramos en huelga de hambre. La represalia no se hizo esperar: irrumpieron en nuestras celdas y empezaron a golpearnos salvajemente a bastonazos y culatazos. Muchos camaradas cayeron sin que los franceses dejaran de pisotearlos con sus botas militares.
Al lado mío se encontraba derribado un camarada que tosía violentamente.
– Ayúdame –me decía–. No puedo más. Estoy tuberculoso. Voy a contagiar a todos si no me muero. Házme un favor. Estrangúlame, y ya.
– No te entiendo
– Anda. Lo he pensado bien.
Poco rato después, mientras dormíamos el enfermo se levantó y se tiró hacia el cemento. No murió por tan poco. Sin poder contener la risa, corrimos a levantarlo:
– ¡Qué bobo! Tú crees que uno puede morir así. No. Hay que luchar para vivir.
Paulo Condor fue una buena escuela que nos forjó y nos hizo indoblegables.
Gracias a nuestra solidaridad y organización impusimos progresiva-mente importantes cambios en el régimen de la cárcel. Al principio logramos que se abriera la puerta exterior de nuestra sala para tener más espacio. Después obtuvimos una lámpara de petróleo para alumbrarnos por las noches. A finales de 1933 los carceleros tuvieron que dejarnos trabajar afuera. Desde entonces todos los esfuerzos se dedicaron a la organización de nuestra vida con vistas a nuevos combates. Nos turnábamos para cavar pozos, sembrar hortalizas, preparar la comida, moler el arroz.
Teníamos colgado en la pared de nuestra celda un mapa mundial con la URSS y las zonas de China controladas por los soviets chinos pintadas de rojo. Un día el director del presidio lo arrancó y lo hizo pedazos: pero cuando volvió, de nuevo vio en la pared otro mapa que acabábamos de dibujar, en el cual no figuraban zonas rojas. Por lo tanto se sintió contento. Sin embargo, al aproximarse notó que el lugar en que se ubicaba Moscú estaba representado por un punto rojo en forma de corazón.
– ¿Con que sólo queda este puntito? –preguntó irónicamente. Uno de nosotros replicó enseguida.
– Es pequeño, pero crecerá.
La respuesta del director fue un tremendo garrotazo.
A partir de 1934, a excepción de los enfermos, todo el mundo estudiaba. Los camaradas Tran Cu, Le Duan y Bui Cong Trung nos ayudaban a asimilar la teoría revolucionaria; mientras que Pham Van Dong, Ha Huy Giap, y Nguyen Kim Cuong nos daban lecciones de cultura general. Teníamos todas las obras clásicas del marxismo-leninismo, pues los camaradas franceses que trabajaban en las líneas marítimas nos las regalaban regularmente cada vez que pasaban por la isla. Así, disponíamos de toda una biblioteca clandestina. No nos arriesgábamos a utilizar impresos, las copiábamos a mano en varios ejemplares que encuadernábamos, con arte valiéndonos de telas azules sacadas de nuestras camisas. El Estado y la Revolución, el Anti-Dürhing, Principios Fundamentales de Filosofía, etc, solo que no nos alcanzaba el tiempo para leerlo todo. Durante un registro los guardianes descubrieron los manuscritos y se quedaron perplejos. Al preguntamos de dónde los habíamos copiado, contestamos:
– Los camaradas que cursaron estudios en Moscú pudieron dictarlos de memoria.
Esa dedicación tan completa al estudio no agradaba a los sargentos, cabos, ni a los dirigentes del Partido Nacionalista, los cuales no perdían oportunidades de denunciarnos a los guardianes para que nos quitaran los libros. Una vez consiguieron sustraernos las cestas llenas de manuscritos, pero nunca lograron descubrir los escondites en que guardábamos nuestros originales.
Los dirigentes nacionalistas se hicieron cómplices de los franceses, ni más ni menos. Nos odiaban a muerte y se ensañaban en denunciar a los más activos de entre nosotros para que los metieran en calabozos. En una oportunidad me tocó a mí. Tenía que acostarme sobre el cemento, en el fondo de un verdadero pozo oscuro donde no entraba ni un rayo de luz. Era como hallarse metido vivo en una tumba. A la hora de las comidas nos traían una escudilla de arroz y un tazón de agua fría, exactamente como se acostumbraba ofrendar a los muertos en el culto tradicional.
Teníamos que idear actividades recreativas para desviar la vigilancia de los guardianes. Organizamos un grupo de teatro que comenzó inmediatamente a hacer representaciones de las obras de Molière. Los camaradas antes zapateros y sastres confeccionaban con sacos de yute la ropa para las obras que, después de coloreada con polvo de ladrillo y carbón, se parecía a la utilizada en la época de Luis XIV. Lo que más asombraba era que los camaradas lograron fabricar incluso cabelleras postizas que podían competir con las verdaderas pelucas utilizadas en la Francia antigua. El camarada Nguyen Kim Cuong hacía el personaje de la condesa en la obra El burgués gentilhombre.
Los guardianes recibían invitaciones para asistir a esas representaciones, que los dejaban asombrados. A partir de entonces su actitud cambió radicalmente y nos trataron con más respeto. Muchos elementos positivos del Partido Nacionalista como Nguyen Van Phuc, luong Dan Bao, Nguyen Tuar Tai, Tran Xuan Do y Nguyen Duc Chinh nos tomaron cada vez más simpatía, mientras a sus contrarrevolucionarios dirigentes no les quedaba otro recurso que incitar a sus seguidores a atacarnos físicamente con palos y puñales.
Pero éramos más numerosos y nos manteníamos siempre vigilantes, por lo que se frustraron todos sus intentos. Enfurecidos, se volvieron contra su propia gente que simpatizaba con nosotros.
Un día, durante una hora de recreo, el sargento Lang, líder del Partido Nacionalista a quien los guardianes confiaban las llaves de nuestra celda, invitó a Tuong Dan Bao a dar un paseo. Y mientras le pasaba un brazo por el hombro fingiendo un gesto amistoso, con la otra mano libre le hundió un afilado puñal en el cuello. Hubo gritos:
– ¡Mataron a Bao!
El sargento Lang, aterrado, se ajustició con su propio puñal a la vez que gritaba:
– Viva el Partido Nacionalista de Vietnam.
Lang murió mientras que Tuong Dan Bao sobrevivió gracias a los camaradas de la enfermería, quienes hicieron todo lo posible por salvarle la vida. Posteriormente continuó en la lucha hasta 1946, antes de ofrendar su vida durante un combate en el frente del Nam Bo (Cochinchina). Fue él quien, al triunfar la revolución de agosto de 1945, encabezó la delegación gubernamental encargada de ir a la isla de Paulo Condor con un barco en busca del camarada Ton Duc Thang (actualmente vicepresidente de la RDVN) y de todos los presos y traerlos a tomar parte en la guerra de resistencia y en la construcción de la patria.
II
A partir de 1934 teníamos ya bastantes fuerzas para organizar la evasión de ciertos camaradas. Lanzamos una campaña de recaudación de fondos, dinero y víveres (azúcar, miel, carne en conserva) para ayudar a Ngo Gia Tu, cuya evasión fracasó. Luego hubo otros intentos. A principios de 1935 la evasión del camarada Tong Van Tran se coronó con éxito.
En 1935 se formó el frente popular francés y el movimiento cobró auge en Francia. Esta situación nos infundía esperanzas, pues con la fuerza del proletariado francés, los presos políticos podríamos salir del cautiverio y volver a tierra firme. Esto se convirtió en una esperanza: creíamos firmemente que si el frente popular ganaba las elecciones generales, obtendríamos tarde o temprano nuestra libertad. Nos dedicamos con más ahínco a los problemas culturales y políticos. Los líderes nacionalistas se burlaban de nosotros: «¡Qué muchacherías! Para qué estudiar, si no hay esperanzas de que los franceses concedan la amnistía.»
Los periódicos que llegaban de Francia traían noticias del brillante triunfo del frente popular en las elecciones generales de mayo de 1936. Nos sentíamos llenos de esperanza y no solamente nosotros sino también toda la gente buena del Partido Nacionalista. Luego se instauró el gobierno del frente popular en Francia. Esperábamos con más ansias que nunca. Los primeros grupos de amnistiados empezaban a abandonar la isla-presidio. Pasó el verano, que nos pareció inter-minable, pero nadie de nosotros salió de la isla y ya se iba apagando nuestra esperanza. Al fin, una mañana de fin de año el director del presidio nos convocó. Sin ocultar su rabia nos miraba de pies a cabeza y se detuvo frente a los camaradas Le Duan y Pham Van Dong:
– ¿Así que a ustedes también se les permite irse? Le contestamos:
– ¿Y qué? ¿A usted no le gusta? No se olvide que fuimos detenidos sin ninguna prueba.
– Pero es muy peligroso dejarlos volver allá. Mejor hubiera sido que se fueran aquellos (señaló a los del Partido Nacionalista que estaban papando moscas).
Hacia finales de noviembre, a mi regreso al norte, las autoridades me llevaron a mi aldea cerca de Bac Ninh. De mis familiares no quedaba casi nadie. Mi padre había muerto el año anterior a los ochenta. Dos de mis hermanos mayores habían muerto, enfermos. Otros dos hermanos míos llevaban años trabajando en la mina Cam Pha sin haber vuelto ni una vez a la aldea. Me quedaba un hermano que vegetaba en plena miseria. Todos mis vecinos estaban empobrecidos. Ante este cuadro desgarrador tuve una sola idea: marcharme de la aldea en basca de mis camaradas y reanudar las actividades revolucionarias.
Trataba de sacar información del Ly Truong (jefe de aldea), y me enteré de que no había recibido ninguna instrucción especial acerca de mi caso. Le planteé enseguida el problema.
– Ya que no tengo ningún trabajo aquí, quiero irme.
– Como guste.
Probablemente mi presencia en la aldea no hacía más que causarle disgustos. Fui a Hanoi hacia donde afluían de todas partes los camaradas en busca de contactos para reanudar sus actividades revolucionarias. Di primero con Tran Huy Lien y Tran Dinh Long, que publicaban el diario Song (Vivir).
– Publicamos algunos números de prueba –me dijeron–. Proyectamos alquilar un local y hacer del diario un centro de enlace.
Luego tuve encuentros con To Hieu, Luong Khanh Thien y Truong Chinh. Nos dividimos provisionalmente en dos grupos: un grupo semilegal y un grupo clandestino. Yo formaba parte del primero, encargado junto con el camarada Truong Chinh de la publicación de los periódicos del partido. Al principio, Truong Chinh se ocupaba de los periódicos publicados en francés, luego, a partir del otoño de 1937, pasó a ser director político de todos los órganos de opinión del partido en Tonkín. No me alcanzaba el tiempo para escribir. Asumía la dirección de los periódicos en vietnamita además de las reuniones, la discusión y distribución del trabajo, y la dirección política. Los asuntos rutinarios de cada día acaparaban todo mi tiempo.
Por primera vez teníamos periódicos legales del partido en medio mismo de Hanoi, agobiada por el yugo colonialista. Después de haber publicado periódicos copiados a mano o impresos con agar-agar, en absoluta clandestinidad, estimábamos en todo su valor estos periódicos impresos en máquina y distribuidos públicamente. A cada edición extendíamos el número recién salido en la mesa y permanecíamos contemplándolo con deleite. En nuestras imprentas muchos tipógrafos cuidaban celosamente de que su periódico saliera con menos costo, mejor presentación y protegido contra cualquier sabotaje de los colonialistas y patronos.
Era la primera vez que los trabajadores vietnamitas hacían oír su voz en la prensa legal. Cooperaban miles de corresponsales populares que informaban su bulliciosa lucha y sus reivindicaciones. Las autoridades no podían estar sordas. Nuestras columnas estimulaban cada éxito de la lucha por pequeño que fuera y trasmitían las creadoras experiencias de organización y lucha de las masas. Recuerdo que entonces recibíamos en el periódico Tin Tuc (Noticias) tantas informaciones que no podíamos reflejarlas todas, y tuvimos que crear un resumen quincenal donde se mostraba a nuestros lectores el desarrollo del movimiento en su conjunto, con lo cual se impulsaba más el entusiasmo general.
Nuestros periódicos se publicaban sin interrupción: si cerraban uno aparecía el otro. De esta manera no se paralizaba nunca la información. En el norte teníamos el Lao Dong (Trabajo), el Tap Hop (Unión), el Tien Len (Adelante), el Tieng noi cua chung ta (Nuestra Voz), el Thoi Bao (Tiempo), el Thoi The (Situación), al Ban Dan Amigo del Pueblo), el Tin Tuc (Información), el Doi Nay (Hoy), el Nguoi moi (El Hombre Nuevo) y el The Gioi Moi (El Mundo Nuevo). En el centro teníamos el Nhanh Lua (Espiga de Arroz), y el Den (Pueblo). En el sur estaban el Tien Phong (Vanguardia), el Nhan Dan (Pueblo), el Viet Dan (El Pueblo Viet), el Pho Thong (Universal), el Lao Dong (Trabajo) y por último el Dan Chung (Las Masas), que se publicaba sin ninguna autorización para impulsar la lucha por la libertad de prensa. Se abrió así una etapa de libertad de publicación y de prensa en nuestro país.
Basta hojear los periódicos legales de nuestro partido en aquellos momentos para tener una idea de las influencias del espíritu revolu-cionario en las masas. El movimiento que había pasado por un periodo de descenso, volvió a cobrar fuerza y se desarrolló viento en popa.
Después de años y años de terror, en 1937 las luchas obreras ya tenían fuerza. En el norte, 30.000 mineros de Hon Gai y Cam Pha se declaraban en huelga general. En el sur, 4.000 obreros de Ba Son también hacían lo mismo. En la zona de las plantaciones de caucho, el movimiento seguía igual rumbo que hoy día. Tan pronto como estallaba una huelga en una plantación se extendía a todas las demás. Pero el movimiento más importante y más amplio era el de los ferroviarios de la Trasindochina. Nuestro partido ponía de ejemplo ese movimiento para impulsar a todo el país. Con este espíritu los ferroviarios reunidos en Go Vap (Nam Bo), en mayo de 1937, decidieron escoger el 14 de julio para iniciar la lucha. Pero estalló prematuramente por el hecho de que los obreros de Truong Thi tuvieron que protestar contra una tropelía del patrón. Todo el país se solidarizó con esa lucha. Los obreros ferroviarios de la estación de Saigón voltearon una locomotora para obstruir la vía. Los obreros del arsenal Ba Son, de la SIMAC y la FACI en Saigón y los de la estación ferroviaria de Tourcham se declararon en huelga casi simultánea-mente. En el norte, los obreros de los talleres ferroviarios de Gia Lam declararon una huelga de cinco días al igual que los obreros de la textilería de Haiphong y los de la papelería de Dap Cau. Los campesinos de Nghe An y Ha Tinh, que tenían ya tradición de alianza con los obreros, respaldaron activamente a los obreros de Truong Thi. Los abastecieron de arroz, maíz, boniato y otros alimentos; les ofrecieron dinero y ayudaron a las familias más necesitadas a instalarse en el campo. El movimiento se propagó a Cambodia y Laos bajo la dirección del Partido Comunista de Indochina. Al lado de los movimientos obreros de reivindicación que estallaban en todas partes había cientos de manifestaciones campesinas. Nuestros artículos, en que se denunciaban las exacciones y abusos de los mandarines y notables, alegraban mucho a los campesinos. Más fuerza tuvieron las luchas por el nuevo reparto de las tierras comunales en el norte, en el centro, y las manifestaciones contra el acaparamiento de las tierras por los terratenientes en el sur. Los mítines celebrados en Van Phuc, provincia de Ha Dong, contra los impuestos tenían amplio eco en nuestra prensa.
Hacia mediados de año un carpintero llamado Mit, de los talleres ferroviarios de Gia Lam, desesperado por la opresión y los atropellos, se suicidó abriéndose el vientre con un cuchillo. Realizamos una
encuesta que se publicó para despertar a los obreros y ampliar el movimiento. En la empresa de tranvías los obreros luchaban firme-mente. El movimiento de los «mutualistas» no sólo reunía a los obreros de las fábricas sino también a las demás capas trabajadoras asociadas como la de los carpinteros, albañiles, sastres, aserradores, barberos, etc. Mayor fuerza tenía el movimiento de los obreros de imprenta; pero se destacaba asimismo el de los aserradores. La huelga de ellos provocó el cierre de casi todas las tiendas de muebles, El movimiento de las mujeres y el de los estudiantes también cobraba auge. Los pequeños comerciantes del mercado Dong Xuan realizaron una marcha desde el mercado hacia la alcaldía para exigir la reducción de los impuestos.
En 1937 hubo grandes luchas con la participación masiva del pueblo, incluyendo a los intelectuales. La alborotosa acogida reservada a Justin Godard, enviado especial del gobierno del Frente Popular de Francia, fue aprovechada para presentar miles de peticiones a lo largo de su recorrido, Era una verdadera demostración de fuerza y al mismo tiempo una prueba que creó condiciones favorables para las luchas posteriores.
Debido al auge del movimiento, en la manifestación de acogida a. Godard en la estación ferroviaria de Hanoi, tomaron parte incluso especuladores políticos como Vu Van An, Este marchaba en las filas de los manifestantes cuando dio con Laneque, inspector de la seguridad, quien le apostrofó:
– ¿Tú también aquí?
Vu Van An palideció y contestó tembloroso:
– Me inclino ante la justicia. Algunos pasos después desapareció.
A pesar de que el movimiento llevaba poco tiempo de ampliado, y carecía todavía de profundidad, se evidenciaba que las fuerzas de la clase obrera estaban ya en su madurez y que la capacidad de dirección de nuestro partido había dado un paso adelante.
A finales de septiembre y principios de octubre me designaron para asistir a la reunión del Comité Central como delegado del comité tonkinés. En esa reunión se analizó la situación general y se elaboraron las nuevas directivas. De nuevo me marché al sur. Al llegar, a la estación me apeé para seguir el viaje en ómnibus de una provincia a otra hasta llegar a Saigón.
El Comité Central se reunía en Hoc Mon, Ba Diem. Aquí, en esta tierra de jardines de betel, no había cerca ni empalizada entre las casas y se podía comunicar fácilmente una con otra. La población nos acogió muy bien. Los militantes de base, a iniciativa propia, tíos trajeron arroz y alimentos en abundancia. En una familia agarraron un gran pescado y lo primero que quisieron hacer fue regalárnoslo. La gente no conocía exactamente qué era, pero sí sabía que se trataba de una importante reunión del partido.
En aquella reunión tomaron parte los camaradas Le Hong Phong, Ha Huy Tap, enfermo ya de los ojos, Nguyen Van Cu, Nguyen Thi Minh Khai, Vo Van Tan, el simpático viejo Tan que posteriormente dirigió la insurrección de Cochinchina en la cual apareció por primera vez la bandera roja con la estrella dorada de Vietnam, y Nguyen Chi Dieu, delegado del buró del partido del centro, con sus dos pulmones ya completamente deshechos, pero que siguió en la lucha hasta su último aliento. La camarada Minh Khai se interesó muchísimo por el norte y me preguntó varias veces sobre los militantes que conocía. Deseaba ir al norte pero no tuvo la oportunidad. El camarada Nguyen Van Cu mantenía siempre una actitud meditabunda igual que en Paulo Condor. Cuando discutía avanzaba el mentón y sus labios reflejaban entera confianza en sí mismo. Sus intervenciones demostraban que conocía a fondo la situación del movimiento en el sur.
Aquella reunión sacó muchas experiencias de los primeros años del nuevo movimiento y decidió crear el Frente Democrático Unificado de Indochina, con vistas a aglutinar a todas las capas populares y organizaciones progresistas con la clase obrera como núcleo.
III
En cumplimiento de esas resoluciones, el partido decidió un cambio profundo en los métodos de organización para realizar un amplio aglutinamiento de las masas en organizaciones legales y semilegales, El movimiento tomó un nuevo impulso. Su núcleo, que era el partido, se organizaba y se consolidaba en todas partes. El camarada To Hieu, que entonces trabajaba de notario en Hanoi, y que ya estaba enfermo de tuberculosis, seguía desplegando una activa labor clandestina. El camarada Hoang Van Thu fue varias veces a Hanoi. Y nos citaba en el banco de arena de Phuc Xa. En cuanto al camarada Luong Khanh Thien, hacía esfuerzos por penetrar en las fábricas y crear núcleos clandestinos del partido. Los agentes de la seguridad no lo perdían de vista, sin poder conseguir ninguna prueba concreta de sus actividades.
La policía también ponía sus ojos sobre nuestro grupo semilegal. Nos decían:
– Conocemos bien dónde se alojan ustedes.
– ¿Cómo lo conocen?
– No es difícil. Donde se alojan hay sólo un piso desnudo. Al caer la noche ustedes duermen allí, sin cama ni nada.
En efecto, entonces llevábamos una vida muy sencilla, manteniendo los hábitos del presidio. Todos dedicábamos cuerpo y alma al movimiento sin tener siquiera tiempo de pensar en otras cosas. Nos alojábamos siempre en el barrio del liceo Thang Long, escogiendo preferentemente las calles menos concurridas desde la de Hang Dong hasta el hospital Phu Doan, para evitar asomarnos a las grandes avenidas por temor de atraer la sospecha de la seguridad.
Desde que teníamos la prensa legal, las masas afluían a nuestras oficinas que consideraban como órganos permanentes oficiales del partido. Los obreros llegaban allí para preguntar cómo se debían organizar las asociaciones de ayuda mutua y qué consignas esgrimir. Los pequeños comerciantes, los estudiantes y cualquiera que necesitaba una ayuda en la defensa de sus intereses venía a pedir nuestras opiniones. Los campesinos de Phuc Yen y Thai Binh vinieron a Hanoi desde sus lejanas provincias en busca de ayuda. Muchos de los lectores que colaboraban con nuestros periódicos se hicieron luego
militantes activos. Fue precisamente el contacto con las masas lo que dio fuerza a nuestra prensa. En general toda la prensa vietnamita de aquel entonces se hallaba metida de lleno en aquella poderosa corriente reivindicatoría que movía a las masas. Muchos periódicos tuvieron que cambiar de actitud. Planteaban los problemas en términos cada vez más claros, con puntos de vista más definidos. Muchos periodistas vieron más clara la situación, sus plumas se tornaron más agudas y tomaron una actitud más valiente. «Si se compararan los periódicos antes y después de 1936 se vería que nuestra prensa había dado un gran paso adelante», decían los colegas que asistieron a los encuentros organizados por el Frente Democrático. Varios intelectuales del grupo Ngay Nay (Hoy), simpatizaron con el Frente Democrático y dieron muestras de mucho fervor. «Con el movimiento se ha enriquecido nuestra lengua –afirmaban–. En la polémica y la política el estilo de ahora tiene más filo.»
Al mismo tiempo que los periódicos, publicamos un gran número de folletos marxistas sobre el comunismo, la evolución social, la lucha de clases, el papel histórico de la clase obrera, la Unión Soviética, el Frente Popular de España, la revolución de China. Me acuerdo que entonces además de estas obras didácticas, publicamos un trabajo bastante importante del camarada Tran Dinh Long: Tres años en la Rusia soviética.
Primero en folletos luego en libro, este reportaje político revolucionario tuvo un gran éxito. Muchos escritores y poetas empezaron a mirar hacia el pueblo y a las masas trabajadoras. Se veía claramente que en lo ideológico el periodo del Frente Democrático había dado un gran paso adelante.
Hacia fines de 1937, fui un día a visitar al camarada Truong Chinh, ingresado en el hospital de Bach Mai con una lesión en los pulmones. Como era costumbre hablamos del trabajo y llegamos a la conclusión de que nuestras abundantes publicaciones casi no llegaban a los obreros, campesinos y trabajadores en general por la sencilla razón de que ni unos ni otros podían leer y escribir. Se decidió entonces para superar este obstáculo que el camarada Phan Thanh hiciera una gestión cerca de Nguyen Van To, para que solicitara la autorización de crear la Asociación de Divulgación del Quoc Ngu (lengua nacional).
En 1938, no recuerdo la fecha exacta, Laneque, director de la seguridad de Hanoi, me llamó a su despacho para decirme:
– ¿Por qué usted se pasa los días en conversaciones ilícitas en su oficina? Si sigue así, su señoría Châtel no querrá verlo más en Hanoi.
Luego recibí una orden de expulsión. Los camaradas me despidieron y abandoné la ciudad en los momentos más efervescentes del movimiento, en que la política del Frente Democrático de nuestro partido conducía a la gran demostración de fuerzas sin precedentes que tuvo lugar el primero de mayo de 1938. Eran días en que la camarilla de Daladier en Francia se hacía la muda ante la invasión hitleriana de Austria y se preparaba para la humillante capitulación en Munich, mientras que en Asia las fuerzas japonesas llegaban ya a China meridional y los franceses en Indochina esperaban el momento propicio para reprimir el movimiento popular. El camarada Truong Chinh me dijo:
– Vete al campo a crear las bases con las cuales nos mantendremos después.
Truong Chinh acababa de publicar, en colaboración con el camarada Vo Nguyen Giap, el folleto La cuestión campesina (con los pseudónimos de Qua Ninh y Van Dinh).
Al llegar a Bac Ninh traté de encontrar trabajo en la papelería de Dap Cau, pero el patrón no se atrevió a aceptarme.
Estaba sin saber qué hacer cuando di con Nha, un viejo amigo de prisión. Era entonces propietario de la carnicería Bovo, ubicada en la calle Ninh Xa de la ciudad de Bac Ninh. Me invitó a vivir en su casa:
– Vamos a trabajar juntos. Me encargaré de la matanza, tú de la venta. Mientras, iré a comprar más reses.
Pasó un tiempo y al estimar que la vigilancia se relajaba pensé en reanudar mis actividades.
– Si quieres hacer algo, es conveniente que te alejes de la ciudad –me dijo Nha.
Empecé por crear bases en las aldeas de Bac Ninh; luego, con más prudencia, en Lang Giang para volver después al mercado Thang y llegar hasta Luc Lieu.
De vez en cuando pasaba algunos días en casa de Nha. Pero cuando éste se casó, me marché:
– Ahora que tienes familia es mejor que me vaya.
Por un capricho del azar, al llegar a Bac Giang, encontré a otro camarada también carnicero. Y comencé a trabajar para no despertar sospechas.
Una inundación provocó hambruna y miseria en la zona. El jefe de provincia, Dang Quoc Giam, me hizo ir a su despacho:
– Me gustaría saber qué lo trae acá.
– Busco trabajo.
– Vamos. Déjate de boberías. Sabemos muy bien que ustedes no se preocupan mucho por eso.
Al no poder sacar nada de mí, trató de comprarme:
– Si necesita dinero no tenga pena.
– Gracias, señor. Pero pienso que es mejor que guarde ese dinero para quien lo necesite. Tengo dos brazos con que ganarme la vida.
En Bac Giang, cada vez que quería comunicarme con los camaradas de Hanoi, tenía que pasar por las bases en Luc Lieu y Tan Ap, donde los enlaces se encargaban de llevar mis cartas. Hacia mediados de 1939, los imperialistas franceses aprovecharon la situación mundial que había evolucionado para golpearnos. Preocupado por el nuevo rumbo que tomó la situación, escribí al camarada Truong Chinh proponiéndole convocar una reunión para discutir el paso a la clandestinidad. Recibí su respuesta: «El partido aprobó tu planteamiento y se ha tomado una resolución sobre el asunto. Prepárate para partir.» Desde entonces pasé a la clandestinidad.
En una conversación en el banco de arena cerca de Hanoi, el camarada Hoang Van Thu se refirió varias veces a las regiones altas. En todo el país el pueblo se hallaba esclavizado, los compatriotas que pertenecían a las minorías étnicas eran víctimas de más opresión y explotación. Además de pagar el impuesto personal y el de los arrozales, tenían que pagar impuestos sobre casi todo: búfalos, aguardiente, bosque, bambú, retoño de bambú, tubérculos comestibles que llevaban al mercado. La explotación no se limitaba solamente a aquello sino tenían además que trabajar en jornadas gratis en la construcción de caminos y puestos militares, y en los servicios a los mandarines y poderosos locales. En los años que precedieron a la segunda guerra mundial, la construcción de caminos estratégicos en Thai Nguyen-Bac Son y en Dinh Ca-Trang Xa constituía una fuente de sufrimientos indecibles para la población de esas regiones. Los imperialistas franceses estimulaban las pugnas entre las minorías, incitando a unas contra otras: a los Nung contra los Kinh, a los Tay contra los Man y viceversa. Era una maniobra peligrosísima.
Desde hacía tiempo esta zona estratégica había llamado la atención de nuestro partido que ya tenía sus bases en Cao Bang y Lang Son desde 1930 y en Bac Son y Dinli Ca desde 1933. Por ser regiones apartadas y poco accesibles escapaban fácilmente al control de los franceses, lo que permitió cierto desarrollo del movimiento durante el periodo del frente popular.
Ya en la clandestinidad recibí una carta del camarada Hoang Van Thu:
«La guerra es inevitable. Ven acá a vernos. Tengo una base en Dinh Ca.» Llegado a Dinh Ca debía pasar el mercado, caminar dos o tres kilómetros más y doblar al ver un gran árbol donde había un nido de aves. Cumplí al píe de la letra estas indicaciones: pasé el mercado, caminé más de dos kilómetros, vi el árbol con el nido y doblé, seguí un camino, crucé un manantial y llegué a la casa del camarada Chu Van Tan.
Por primera vez iba a militar en regiones montañosas. Aquí todo era distinto a las zonas de concentración obrera, a las ciudades en aquellos años de efervescencia revolucionaria, a los pueblos y aldeas del llano en los cuales había más actividad y animación.
Sin embargo, fueron estas selvas y montañas apartadas y solitarias la cuna de la República Democrática de Vietnam y el baluarte inexpugnable de nuestra larga guerra de resistencia contra los franceses.
El camarada Chu Van Tan me presentó a distintos simpatizantes de base. Después de dos semanas de conversaciones con ellos para conocerlos, decidí organizados y abrir un curso de política. La región alta no se hallaba todavía bajo el terror colonialista como ocurría en el llano; por lo tanto podíamos hasta izar libremente la bandera roja con la hoz y el martillo en la selva, para conmemorar el aniversario de la revolución de octubre.
Una vez creada la base de Dinh Ca, pedí a Chu Van Tan que me pusiera en contacto con otros simpatizantes para formar nuevas células. Me llevó a Trang Xa, situado a diez kilómetros de Yen The; luego a la casa de Thuc, en la aldea de La Bang, distrito de Dai Tu. Era un pequeño funcionario rural con alguna riqueza pero buena persona, así como sus familiares, a quienes les gustaba hablar de la lucha contra los franceses e incluso del comunismo. Me alojé en la casa de Thuc, y la tomé como base del partido para mis actividades organizativas en la aldea. Al igual que en Dinh Ca, la represión aún no había llegado hasta aquí, y la gente asistía a las reuniones sin miedo. De esta manera ya podía ir y venir de La Bang a Dinh Ca. Poco después, con la ayuda de las células de Thai Binh, logré introducirme en Yen Khanh y Yen Thuan, dos aldeas pobladas por católicos y no católicos. Al principio tuve que permanecer sin moverme en un granero de arroz que me servía de escondite, pues aún no había allí una amplia organización.
Un día, estando encaramado en mi escondite, desperté sobresaltado. Las campanas de la iglesia cercana tocaban.
¿Me habrían descubierto? ¿Estarían los curas dando la señal de alarma? Me preparé por si llegaban los franceses a buscarme, pero no me moví del escondite.
Las campanadas continuaron hasta el mediodía. Y cuando volvió el muchacho de la casa subido en su búfalo, me asomé a preguntarle por qué motivo sonaban.
El muchachito me contestó:
– Derrotaron a Francia. Y las campanas suenan para pedir a Dios que la proteja.
Salté a tierra. Era el momento ansiado. Escribí de prisa una carta al camarada Hoang Van Thu pidiéndole una cita. Me contestó que iría a verme. Llegó a Dai Tu en bicicleta. Nos vimos en el mercado. Después de analizar la situación e intercambiar opiniones, me dijo:
– Hay que desarrollar más y más nuestra influencia en la región.
La organización se había ramificado ya a las regiones circundantes. A principios de otoño llegó un compañero de Dinh Ca con la noticia de que Bac Son se había sublevado y que las fuerzas revolucionarias habían ocupado el puesto de Mo Nhai y la cabeza distrital de Bac Son.
Redacté un volante en que se exhortaba a los soldados franceses a seguir el ejemplo de los comuneros de París y volver sus armas contra los colonialistas en lugar de disparar sobre los sublevados. Luego partí rápidamente para preparar junto con el camarada Hoang Van Thu una reunión del comité tonkinés del partido, a raíz de la cual se designó al camarada Tran Dang Ninh para dirigir la insurrección de Bac Son. La VII conferencia del Comité Central se reunió en la aldea de Dinh Bang, en la casa de Dam Thi, campesino muy apegado a la revolución. Todos sus hijos militaban en las filas del partido. El mayor, Lim, se hallaba en la cárcel. Temíamos atraer las sospechas de la seguridad sobre su casa y propusimos escoger otra; pero el viejo se opuso:
– Ahora que juzgaron y encarcelaron a Lim todo está resuelto y la casa tranquila. No tienen nada que temer aquí.
Nos reunimos, pues, en un rincón bien oculto del primer piso de su casa. Una tarde en medio de los debates se oyó la voz de un policía francés debajo de nosotros, en el patio. Hoang Van Thu se golpeó la pierna:
– ¡Alerta!
Al primer ruido, sin decir palabra, habíamos empezado a recoger nuestros documentos. Saltamos a la terraza. Pero antes de retiramos acordamos el lugar de reagrupamiento:
– Vamos a reanudar los debates hoy mismo en Tam Son.
Posteriormente supimos que habíamos sido vendidos a la seguridad por un elemento flojo que no pudo aguantar las torturas al ser detenido. Había llevado a los agentes hasta el lugar de la reunión.
Como los caminos en Dinh Bang no se comunicaban entre sí, saltamos uno tras otro de la terraza y se salvó hasta el último. Los más fuertes corrieron hacia Tam Son, aldea natal de Ngo Gia Tu. Yo, más débil, quedé retrasado. Debido al ruido que hicimos al saltar de la terraza, los aldeanos creyeron que era alguna banda de jugadores descubierta y su comentario había sido:
– Miren a este viejuco ya con barba y canas, y sigue jugando como un loco.
Al oír esto, inmediatamente pensé que mi barba podría traerme inconvenientes. Saqué una navaja que tenía en el bolsillo y mientras caminaba traté de afeitarme. Pero como la hoja no cortaba me senté al borde de un arrozal para afilarla con un pedazo de arcilla. Cuando terminé de afeitarme y levanté los ojos, estaba frente a la iglesia de Cam Giang.
En Cam Giang teníamos una base. Metiéndome a través de la cerca de bambú penetré en la casa de Phuc, que hoy trabaja en el mando de las fuerzas locales de Bac Ninh. Pensaba pedirle alguna ropa para disfrazarme; pero una vez allí la encontré completamente abandonada. En el altar vi una túnica y un turbante blancos: señales de duelo. Me puse ambas cosas y fui a la cita. Al llegar a Tam Son toqué en la puerta de la casa de nuestra base, pero nadie abría. Noté que alguien miraba por una rendija sin reconocerme. Sólo pude entrar gracias a la intervención del camarada Hoang Van Thu. Al verme se violentó para no soltar una carcajada. Ya dentro de la sala de reunión, después que el patrón de la casa se había marchado, me preguntó muerto de risa:
– ¿Dónde está tu barba? ¿Para quién esa señal de duelo? ¿Ha muerto alguien?
En esa reunión tomaba parte el camarada Phan Dang Luu que llegaba del sur para informar. Nos hizo saber que varias columnas estaban a punto de trasladarse al frente de Tailandia. Muchos soldados de esas columnas habían sido captados por la revolución. Se encontraban hastiados de la guerra y estaban dispuestos a sublevarse. Phan Dang Luu quería la opinión del Comité Central del Partido sobre la decisión adoptada por el comité de Cochinchina acerca de la insurrección.
Discutido el problema, Phan Dang Luu regresó a Cochinchina para trasmitir la resolución del Comité Central de detener los preparativos de insurrección. Mientras tanto la reunión siguió sus debates sobre otros muchos problemas.
La situación evolucionaba con rapidez. Los imperialistas franceses capitularon vergonzosamente ante los fascistas japoneses, y les entregaron la Indochina. Los ayudaron además a consolidarse allí para operaciones contra China y el sudeste de Asia. Bajo este doble yugo los pueblos de Indochina, sobre todo los obreros y campesinos, vivían en una espantosa miseria.
Desde el estallido de la guerra sus condiciones de vida empeoraron aún más. Todo auguraba la proximidad de un desarrollo revolucionario. El partido debía estar preparado para asumir la sagrada misión de dirigir la insurrección armada del pueblo por la toma del poder y la conquista de la libertad e independencia. Por eso no podía desperdiciar la coyuntura propicia sin precedentes que se le presentaba. Tras haber discutido detalladamente todas las nuevas tareas, se designó al camarada Hoang Van Thu para tomar directamente el mando del movimiento insurreccional en Vu Nhai y Bac Son, entonces en descenso, darle un contenido político y una organización clandestina con vistas a preservar por todos los medios las fuerzas de la revolución.
Me quedé a trabajar junto con el camarada Truong Chinh en el delta del Tonkín para consolidar y extender las bases del partido entre los campesinos de las provincias de Ha Dong, Hung Yen, Ha Nam y Thai Binh. Luego fui a la región del alto y bajo Ca Son, en el distrito de Phu Binh, provincia de Thai Nguyen, donde asumía el cargo de comisario político del primer curso de formación de cuadros militares del partido, bajo la responsabilidad del camarada Huy, «El Jorobado».
Poco después, el Comité Central me convocó al VIII congreso del partido. «Esta vez –me dijeron– estará presente el delegado de la Internacional.»
A medio camino encargamos al camarada Hoang Van Thu para que reconociera oficialmente, a nombre del Comité Central, el primer pelotón del ejército por la salvación nacional y le trazara las tareas de combate. Ese pelotón, creado con la reorganización de los guerrilleros de Bac Son, fue el primer destacamento armado del partido y del pueblo, cuya dificilísima tarea consistía en proteger nuestras organiza-ciones contra la represión y crear condiciones para un progresivo desarrollo de las bases de apoyo de la revolución cuando fuera posible.
El grupo de delegados al congreso se dio cita en la aldea Phat Dinh Ca, donde permaneció dos semanas enteras para terminar los preparativos. El congreso se celebraría más allá de las fronteras, en un lugar que Hoang Van Thu conocía como la palma de su mano. Le pregunté:
– ¿Qué camino seguiremos?
– Los nuestros. Pasaremos por los lugares en que haya gente nuestra.
En espera de la salida nos alojamos en la casa de un anciano cuyo hijo se llamaba Ruong. Salimos un día de lluvia. Hacía mucho frío. La mujer del anciano lloraba compadecida:
– ¿Por qué tanta urgencia? ¡Salir un día de lluvia y frío como este!
La noche anterior, el anciano había salido al patio donde permaneció contemplando largamente el firmamento, tras haber encendido unos palillos de incienso.
– Ya está. Ustedes podrán ir sin tropiezos. ¡Tendrán mucha suerte!
Los pronósticos de aquel anciano revolucionario, pero supersticioso, no se cumplieron, ya que al alejarnos de la casa la lluvia arreció, los vientos aumentaron de fuerza, la selva rugía enfurecida, y los árboles caían estruendosamente mientras las aguas de los arroyos crecían embravecidas. No hubo medio de cruzarlos. Tuvimos que volver atrás.
Al vernos volver empapados hasta los huesos y casi helados por el frío, la vieja comenzó a llorar.
– Se los dije. Conozco bien la selva.
Encendió una gran hoguera, y trajo algunas yucas grandes que pusimos al fuego. Esa anciana murió después en una prisión enemiga.
Escampó al día siguiente. Los vientos amainaron. De nuevo nos pusimos en camino. A poca distancia de la aldea nos avisaron:
– Establecieron un riguroso control a lo largo del camino.
¿Qué hacer? No habíamos encontrado aún ninguna solución cuando Tai, un militante local escogido como guía por el camarada Chu Van Tan, nos dijo:
– Para qué devanarnos los sesos. Nada más sencillo. Podemos abrir camino a través de la selva con machetes.
La idea de Tai me pareció lógica; pero no pude dejar de preguntarle:
– ¿Estás seguro que se pueda hacer?
– ¡Claro! ¿Usted cree que estoy bromeando?
– No. ¿Pero seguiste alguna vez un camino como este?
Tai confesó que antes de afiliarse al partido había realizado varios viajes llevando opio por encargo de los contrabandistas. Y afirmó categóricamente:
– Es un camino que nadie conoce. Lo seguí varias veces antes. Lo recuerdo bien.
Tras haber discutido con Truong Chinh y Hoang Van Thu, decidimos adoptar la proposición de Tai. Se consiguió un machete para cada uno. Tai marchaba a la vanguardia apartando las ramas en busca de las huellas del antiguo camino. Señalaba con la mano los matorrales, ramas y árboles que teníamos que tumbar. Trabajábamos con dificultad, cumpliendo rigurosamente las órdenes de Tai. Y aunque no había camino íbamos avanzando.
Al llegar a algún lugar que no lograba recordar bien. Tai se detenía para orientarse. Subía a los árboles más altos de la selva, observaba la dirección y luego bajaba. Después de ese breve descanso, nos poníamos de nuevo en marcha. Al terminar cada, tramo buscaba alguna casa de conocidos donde preparaba la comida.
Cuando encontraba una casa de gente de confianza pasábamos la noche con ellos.
Un día, al anochecer, hicimos una parada. Tai comenzó a caminar entre los árboles mientras los abrazaba y acariciaba. Enseguida pensé que el muchacho creía en supersticiones.
– ¿Qué estás haciendo? –le pregunté.
– Orientándome.
– ¡Qué manera más rara de orientarse: palpando el tronco de un árbol!
– ¡Pues así es! El lado de corteza caliente indica el oeste.
Nos aproximamos a Van Mich y That Khe, donde el control era más severo. Había mucha gente que iba hacia el mercado. A lo lejos, por la carretera, pasaban continuamente los vehículos de los colonialistas. El asunto se complicaba. Una vez más, Tai tuvo otra idea:
– Tenemos el río que corre hacia Long Tcheou. De aquí hasta allá hay un día completo de marcha. Si ustedes están de acuerdo podemos hacer una balsa.
– ¿No habrá peligro?
– En absoluto. Además, iremos rápido. Y sin ningún riesgo.
Este viaje por el río nos convenía, pues el camarada Tran Dang Ninh tenía fiebre y le sería duro continuar a píe. Acompañamos a Tai a la selva e hicimos la balsa. Un paraguas abrigaba al enfermo contra el sol y la lluvia. Navegábamos sobre el río Ky Cung, el único, cuyas aguas corrían hacia China, y un verdadero torrente cortado por rabiones. Al principio sólo Hoang Van Thu y Chu Van Tan sabían manejar las perchas. Luego, Truong Chinh, yo y todos los demás nos turnamos para guiar la balsa. Estábamos satisfechos de nuestros exitosos esfuerzos:
– ¡Al! Luego nos haremos marineros.
Las aguas eran trasparentes como las del río Huong que baña la ciudad de Hue. De vez en cuando se veían en las orillas grupos de buscadores de pepitas de oro, cribando las arenas sacadas del río. Creían que éramos contrabandistas de opio y gritaban:
– ¿Quieren cambiar opio por oro?
Los pescadores nos vendían pescados. En muchos tramos la frondosa vegetación tocaba el agua con su follaje. A pesar de mantenernos siempre vigilantes, no dejábamos de disfrutar la belleza de la naturaleza. Las aguas del río nos llevaban velozmente a través de las montañas y no demoramos mucho en llegar a la proximidad del puesto militar de Van Mich. Tuvimos que dar un rodeo a pie para evitar el puesto, mientras la balsa seguía sola adelante para ser recuperada río abajo. En una oportunidad, durante el trayecto, me desvié de la ruta y estuve largo rato perdido. La alarma y preocupación que provoqué entre mis compañeros fue tremenda.
De nuevo en la balsa, lejos ya del último puesto de control, viajamos otra vez con entera tranquilidad. A la luz de la luna discutíamos jovial-mente las tareas estratégicas de la hora. Próximos a la frontera abandonamos la balsa para seguir a pie hacia una aldea poblada por las minorías Tay y Phan Sinh. Cuando llegamos, conducidos por Hoang Van Thu, casi la aldea entera acudió a recibirnos:
– ¡Ly, Ly ha vuelto!
Los aldeanos lo rodeaban como si fuera su hijo. Todos querían llevarlo a su casa. Hoang Van Thu, sonriendo, preguntaba por cada uno y llamaba con sus nombres a los muchachitos. Cuando supieron que iba a partir enseguida algunos protestaron disgustados. Había que corresponder bien a esta acogida tan calurosa. Convenimos en que cada cual fuera a una casa para beber y comer con los viejos y los hombres. En el momento de la despedida los muchachos agarraban a Hoang Van Thu para que no se fuera. Las mujeres le decían que no se olvidara de pasar por la aldea al regresar.
Hoang Van Thu no está hoy entre nosotros. Me sentía profundamente impresionado por el cariño que le tenían las masas. Había que aprender mucho de él: cómo amaba y se hacía amar por el pueblo.
A medianoche tuvimos que dejar a nuestros amigos, para cruzar la frontera aprovechando la luna y antes de que llegara el día. Cuando ya la luna se ponía atravesábamos uno de esos maravillosos circos de montañas que abundan en las regiones fronterizas con China. Avanzábamos trepando altas cimas. Nuestras siluetas se proyectaban cada vez más largas sobre el horizonte. La luna seguía ocultándose en un halo de brumas. Despuntaba el día. Nuestros corazones ebrios de tanto espacio latían con fuerza. Emocionado, exclamé en broma:
– ¡Qué maravilla! Con un solo paso podemos pasar por dos países.
Acabamos de cruzar la frontera y escondimos por precaución las armas en una loma. Luego, Hoang Van Thu nos puso en contacto con un camarada del Partido Comunista Chino que al saber lo de las armas soltó la carcajada:
– Tráiganlas acá. No hay necesidad de esconderlas, pues aquí un arma la tiene cualquiera.
Estábamos en la comuna Ha Dong, de la provincia de Chen Si. De nuevo Hoang Van Thu se hallaba entre camaradas y gente que lo conocía. Pero a pesar de la alegría por haber llegado recibimos una mala noticia; el delegado de la Internacional se había ido dejándonos una carta.
IV
Conforme a las instrucciones de la carta del delegado de la Internacional, regresamos al país por otro camino. Después de un día de marcha estábamos de nuevo en la frontera. La región pertenecía a Cao Bang, provincia de la región montañosa, que se había destacado por una gran manifestación durante la visita de Justin Godard en la época del frente democrático de Indochina. El partido había sido organizado aquí en 1930 por el camarada Hoang Dinh Rong, un obrero de nacionalidad Tay. Las semillas revolucionarias sembradas en este lugar perdido antes habían germinado y echado profundas raíces. Después del gran terror de los años 1930-1931, cuando el movimiento revolucionario se había replegado en todo el país, Cao Bang seguía siendo una de las pocas provincias que lograron mantener sus posiciones. Lo mismo ocurría ahora, después del estallido de la segunda guerra mundial, y frente a las furiosas embestidas de los imperialistas contra el movimiento Cao Bang mantenía sus organizaciones de partido y de masas, las cuales continuaban incluso desarrollándose.
A lo largo del camino los camaradas de Cao Bang habían instalado secretamente vigías. Cuando veíamos a los compañeros del comité provincial del partido, les recomendábamos redoblar la vigilancia, extender la red de enlace y seguir de cerca los movimientos del enemigo para prevenir cualquier eventualidad. Nuestro guía nos llevó por senderos perdidos en aquellas zonas fronterizas. Caminamos sin descansar hasta llegar a un lugar enteramente apartado pasando por arrozales en terrazas y manantiales tortuosos antes de hallarnos en un valle rodeado por montañas abruptas. De lejos vimos a un anciano vestido de azul, a quien cualquiera lo hubiera tomado por un vecino de la región. Nos recibió con una sonrisa en los labios. Era delgado, de ojos brillantes, frente alta y barba rala. Fue entonces cuando los jefes de la delegación me lo presentaron:
– El delegado de la Internacional, camarada Nguyen Ai Quoc.
La idea de encontrarme con el delegado de la Internacional me había llenado de alegría. Estaba contento de saber que ese delegado era precisamente el camarada Nguyen Ai Quoc ¡Nguyen Ai Quoc! Este nombre era la esperanza de todos los militantes, de todos los simpatizantes del partido, de todos, los vietnamitas que sufrían al ver
a su patria esclavizada, es decir, de todos aquellos cuyos corazones latían al unísono con la patria y el pueblo. Aún recordaba que cuando estábamos en el presidio de Paulo Condor, la noticia de su arresto en Hong Kong nos había hundido en una profunda consternación. Constituyó un gran alivio para nosotros saber que la activa intervención del Socorro Rojo Internacional lo había salvado de las garras de la policía inglesa. Desde hacía tiempo nuestros militantes mencionaban su nombre con profunda admiración. Pero pocos tenían la oportunidad de encontrarse con él. Fue por eso que cuando comenzó a darnos la mano a todos los que lo rodeábamos, me sentía tan emocionado que no podía hablar. Hoy día Tío Ho suele recordar aquello para reírse de mí: «En aquel momento me dijiste camarada con un tono demasiado ceremonioso.»
Al principio le decíamos «dong chi» (camarada) y luego «en» (venerable) como se acostumbraba a tratar respetuosamente a los ancianos. Después, al oír que Truong Chinh y Hoang Van Thu lo llamaban «Tío», término también respetuoso que reflejaba mejor nuestros sentimientos hacia él, lo adoptamos. Y hoy no hay nadie en Vietnam que lo deje de llamar con este cariñoso nombre. Nuestra reunión se celebró en la aldea de Pac Bo, comuna de Ha Quang; pero no era la cueva del mismo nombre en que vivía el Tío Ho y que suele mencionarse en los periódicos. Nos reuníamos en medio de una selva tan tupida que muchas mañanas teníamos que ir hasta los arrozales en terrazas para respirar y hacer un poco de ejercicio. Una cabaña construida a la orilla de un arroyo, que se desbordaba durante los días de lluvia, nos servía de alojamiento. Por muebles había una mesa de bambú, alrededor de la cual nos sentábamos en taburetes hechos del mismo material. Fue en este lugar perdido en la selva impenetrable donde se discutieron problemas de importancia decisiva para la historia del país. Como se sabe, aquella octava reunión del Comité Central estableció los rasgos fundamentales de la política nacional del partido, dejó aclaradas las principales contradicciones de nuestra sociedad en aquel entonces y elaboró la nueva política del partido hacia las clases sociales y la táctica más adecuada para la movilización revolucionaria.
Fuera de las horas de reunión el Tío solía hablar a solas con delegados de cada región. Tuve varias conversaciones con él durante las cuales me preguntó sobre la vida del pueblo y la explotación y opresión de los japoneses y franceses.
Le informé de la situación de nuestros compatriotas desde el estallido de la guerra, sobre todo desde la entrada de los japoneses en Indochina, que significó un empeoramiento de la miseria: acaparamiento del arroz por los franceses, piraterías del ejército japonés, despojo de tierras para la construcción de aeropuertos y cuarteles, atrocidades cometidas por los soldados japoneses, que provocaban una profunda indignación en el pueblo. En Gia Lam, un anciano había sido ejecutado salvajemente acusado por los japoneses de haber robado: ¡Fue atado a un caballo que lanzaron al galope! Sentado sobre una roca, el Tío escuchaba los relatos, y con la manga de su camisa azul enjugaba las lágrimas que le corrían por los ojos. Yo tampoco podía contener las lágrimas de indignación. Una y otra vez me hizo preguntas sobre nuestras fuerzas: organización de las masas, la situación económica de los cuadros, cómo se movían, cómo se las arreglaban para burlar a los agentes. Se interesaba por los más mínimos detalles.
Aquella reunión me ayudó a comprender muchos problemas. Cuando el Tío leyó su discurso de clausura, me pareció que un sol acababa de iluminarme. Escuchando sus palabras desde la silenciosa selva de Pac Bo, veía ya las luminosas perspectivas de la revolución en el mundo. Todas aquellas previsiones suyas se han hecho hoy realidades; pero en aquel entonces eran un nuevo horizonte que se abría delante de mí. Ya en mayo de 1940 el Tío Ho había advertido la agresión hitleriana contra la URSS, la derrota inevitable de los nazis y la victoria soviética que conduciría al triunfo de la revolución en muchos países. «Junto a la Unión Soviética –afirmaba el Tío– veremos surgir otros muchos estados socialistas.» Esa perspectiva de un mundo que surgiría después de la guerra como una radiante aurora tras una noche de carnicerías me llenaba de entusiasmo. El Tío hablaba de la revolución en Indochina:
«Tres insurrecciones se han sucedido en un lapso de algunos meses en Bac Son, Cochinchina y Do Luong –subrayaba–. Esto demuestra que nuestro pueblo es un pueblo de héroes, de mucho tacto político, y que sólo espera el momento propicio para sublevarse. Es muy elevado el espíritu revolucionario de nuestro pueblo. Hay que tener presente que este espíritu es muy valioso.»
Tal era en líneas generales lo que decía en su discurso. Cuanto más meditaba más veía que eran palabras sumamente perspicaces. Su acierto no sólo se comprobó con lo de Bac Son, Cochinchina y Do Luong. En cualquier movimiento revolucionario dirigido por nuestro partido, desde el periodo de 1930-1931 hasta los años del frente democrático, presenciamos una impetuosa rebeldía. Basta una mirada retrospectiva sobre nuestra historia para destacar que el heroísmo y la rebeldía eran virtudes inherentes a nuestra clase, a nuestro pueblo, a nuestra nación. Más confiado que nunca en las fuerzas de las masas en aquellos momentos decisivos, descubría el alcance de las palabras del Tío:
«El partido debe despertar al máximo el fervor revolucionario, el patriotismo en las capas populares, concentrar todas las fuerzas de liberación nacional para expulsar a los franceses y japoneses y dirigir todas sus actividades hacia la tarea central; la salvación de la patria.»
La liga Viet Minh nació precisamente en medio de la selva Pac Bo. Cuando hubo que escoger un nombre que pudiera aglutinar las masas en el seno de un frente nacional unido, descartamos el adjetivo
«antimperialista» que nos parecía demasiado rígido, así como el de
«rehabilitación nacional», mancillado por los elementos projaponeses. Se adoptó finalmente el nombre «Liga por la Independencia de Vietnam», o sea, en abreviatura, el Viet Minh. Durante todo un largo periodo estas dos palabras, Viet Minh, encendieron los corazones. Hoy día, se han grabado en letras de oro en nuestra historia. el Tío redactó en persona el programa de diez puntos» A raíz de la reunión, escribió una Carta abierta a todos los vietnamitas, que firmó a Nguyen Ai Quoc». Ese documento, escrito con hermosa letra, fue litografiado y distribuido ampliamente en el llano. Me entrañaba que después de tantos años de destierro, el Tío no se hubiera olvidado, a pesar de tantas preocupaciones y trabajos, de los caracteres tradicionales y que además conociera a fondo a nuestros campesinos. Al leer una carta escrita así la gente, del campo, sobre todo los ancianos, aprobaban con la cabeza satisfechos y más confiados.
La reunión había terminado sus trabajos. Nos preparábamos para partir cuando ocurrió algo que nunca olvidaré. Como tenían que recorrer un camino más largo, los delegados del sur se disponían ya a despedirse de nosotros cuando el Tío vino a verlos:
– ¿Todo está listo?
– Sí Tío, más que listo.
– ¿No se olvidaron de mis recomendaciones? Que nadie lleve ningún documento de la reunión.
Los camaradas del sur, por temor a las dificultades de comunicación debido a las distancias, habían copiado los textos de los documentos sobre minúsculos pedazos de papel que luego enrollaron y escondieron cuidadosamente en las orlas de sus vestidos. El Tío exigió la destrucción de todas esas copias y los criticó severamente:
– Se los dije una y otra vez, pero no me han hecho caso. No deben llevar documentos consigo. Si el enemigo los atrapara no serían ustedes los únicos en sufrir las consecuencias. Los más jóvenes de ustedes ya tienen más de veinte años y los viejos más de treinta.
¿Cuántos sacrificios le ha costado al pueblo hacer de ustedes los hombres de hoy? Con la situación actual, si les ocurriera algo, no sería posible remplazarlos de un día para otro. Háganme caso. Todos los documentos de la reunión se los entregará un enlace en su domicilio. Les doy mi palabra.
Su crítica era severa, pero al mismo tiempo afectuosa. Fue para nosotros una lección práctica, que posteriormente aplicamos más de una vez en nuestras actividades clandestinas. A partir de ahí nos cuidamos de llevar encima ningún documento.
Una larga experiencia ha agudizado la vigilancia en el Tío. En más de una ocasión, sus recomendaciones fueron acertadas y bien fundadas.
Truong Chinh, Hoang Van Thu y yo salimos de Cao Bang. Teníamos que dar un gran rodeo por Chen Si y Long Tcheou, en territorio chino, para volver al país por el camino de That Khe. Estábamos llegando a Binh Gia cuando nos tropezamos con una patrulla montada bajo el mando de un suboficial francés. Desde la loma en que nos hallábamos podíamos verlos claramente y acabar con ellos disparando casi a quemarropa. Sin embargo, disparar era descubrirnos enseguida. Permanecimos pues ocultos en las altas yerbas que cubrían la loma, y los vimos pasar ante nuestras mismas narices confiadamente montados en sus caballos. El puente de Binh Gia estaba custodiado por dos soldados. Era una noche débilmente iluminada por la luz de las
estrellas. Nos acercamos sin ser vistos y los encañonamos con nuestras pistolas «Packhorses». Luego los llevamos tres o cuatro kilómetros más adelante y los soltamos tras haberles explicado sobre nuestra causa.
A lo largo del camino fingimos dejar caer cajas vacías de fósforos, papelitos y dejamos intencionadamente las huellas de nuestros pasos para desorientar al enemigo, mientras tomábamos un camino que nos llevó a través de la selva hacia un valle rodeado por altas cimas.
Truong Chinh, Hoang Van Thu y yo pasamos la noche en la casa de un campesino junto con el camarada Quy, un residente chino, que nos servía de escolta. Estábamos preparando la comida cuando se avisó que un desconocido se hallaba en la aldea, después de haber burlado la vigilancia de un guerrillero que montaba la guardia, quien lo había tomado por gente nuestra. Al ver al intruso, Quy saltó por la ventana para capturarlo. Mientras el hombre huía, Quy nos gritó:
– Alcáncenme la pistola.
Y salió corriendo tras el hombre desconocido que desapareció en la selva. Quy disparó varias veces, pero falló los tiros. Según los aldeanos, era un chivato. ¡Nos habían descubierto! Sin perder tiempo con la comida, recogimos nuestras cosas y reanudamos la marcha. Antes departir dijimos a los aldeanos que fueran al distrito:
– Cuenten allí que varias personas desconocidas estuvieron en la aldea. Querían pasar la noche, pero ustedes no estuvieron de acuerdo, por lo que se marcharon enseguida.
De esta manera se hallarían a salvo de las represiones.
De Bac Son a Trang Xa, Hoang Van Thu iba con el grupo de vanguardia. El grupo del cual formábamos parte Truong Chinh y yo estaba cerca de una loma cubierta de altas yerbas cuando se oyeron alborotosos silbidos. Menos mal que nos hallábamos sentados esperando a mi camarada que tenía que hacer sus necesidades. Un militante de la región, el camarada Tim, hoy miembro del comité distrital del partido de Bac Son, pasó por casualidad y nos vio:
– ¿Por qué toman ustedes este camino? El paso está vigilado por el jefe del puesto francés y el bang ta (un funcionario títere local bajo la colonización).
– ¿No habrá otro camino que evite el paso?
Tim nos señaló la cima más alta de la cadena. Tras indecibles esfuerzos y penalidades, logramos cruzar esta escarpada cima. Durante todo aquel tiempo oíamos detrás los silbidos escalofriantes del francés y del bang ta, que habían lanzado a sus hombres a buscarnos por todos los caminos de la comarca.
Al llegar a Trang Xa, me hallaba solo con Truong Chinh. Los camaradas que habían salido de exploración no habían regresado. Era una noche tan oscura que a pesar de conocer bien la región no podía orientarme. En un manantial desecado reconocí las piedras pulidas donde nos habíamos sentado una vez durante una reunión anterior. ¡Por fin volvía a encontrar el camino que buscaba! Después de haber dejado a Truong Chinh oculto en una cueva segura, fui a la casa de un simpatizante que se hallaba cerca. Se asustó al verme aparecer.
– ¡Cielos! ¡ Venir acá en un momento como este! Durante toda la tarde de hoy estuvieron registrando. Se han marchado hace un rato.
– Bueno, si se fueron, llegamos nosotros –le contesté con toda serenidad.
En verdad la serenidad que aparentaba no correspondía a lo preocupado que me sentía. ¡Por poco caímos en sus garras! En esos últimos días había habido un verdadero juego de escondite entre nosotros y ellos. Habían estado por dondequiera que pasábamos. Y en todas partes nos tendían emboscadas.
A la luz de antorchas, los militantes de base nos llevaron al local del comité del partido instalado en el monte. Truong Chinh Ies hizo conocer las recientes resoluciones del Comité Central a los combatientes del destacamento armado «Por la salvación nacional», los primeros en estar al tanto de la nueva estrategia del partido, que aprobaban entusiasmados:
– ¡Muy correcta la línea del partido, muy correcta!
Los primeros rayos de luz partidos de la cueva de Pac Bo, acababan de iluminar las cumbres de Trang Xa, y llenaban de entusiasmo y fervor los corazones de los cuadros y combatientes del primer destacamento armado de nuestro partido.
Truong Chinh, Hoang Van Thu y yo permanecimos algunos días en Trang Xa para resolver ciertos asuntos. Al tener noticia de la agresión hitleriana contra la Unión Soviética, pensamos en mandar a alguien a pedir al Tío algunas instrucciones complementarías a las resoluciones adoptadas frente a la evolución de la situación internacional. Pero fue en esos precisos momentos cuando por la traición de un elemento llamado Gong, los colonialistas bloquearon todos los caminos para detener a los delegados que regresaban de la reunión del Comité Central. Además se sentían preocupados ante la situación en Bac Son y Vu Nhai: las llamas insurreccionales encendidas el año anterior no se habían extinguido, se mantenían las fuerzas armadas de nuestro partido y ganaba terreno el movimiento clandestino. Se apresuraron a concentrar tropas en Lang Son y Thai Nguyen y lanzaron una ofensiva contra Bac Son, Dinh Ca, dando inicio a una nueva ola de terror. Se habían trazado un plan muy ambicioso: capturar nuestros organismos de dirección y ahogar en sangre y fuego el movimiento. Ocho meses se mantuvo la durísima y sumamente heroica lucha guerrillera en Bac Son y Vu Nhai. Una parte de nuestras fuerzas armadas, bajo el mando del camarada Phung Chi Kien, se replegó hacia la frontera y cayó en una emboscada durante la cual Phung Chi Kien perdió la vida y quedó prisionero el camarada Huy, «El Jorobado». Recibí la orden de quedarme para secundar al camarada Chu Van Tan. Había que reorganizar las restantes fuerzas del destacamento «Por la salvación nacional», dirigir los combates, aumentar nuestras fuerzas y proteger a la población y las bases durante los primeros meses de aquel período de lucha guerrillera.
Podemos decir que fue la primera operación contrarastrillaje en la historia de nuestras guerrillas. El enemigo ocupaba todos los caminos que conducían a nuestra base, movilizaba todo el aparato represivo títere, toda su policía y las fuerzas reaccionarias locales para dar caza implacablemente a las bases del partido y a las organizaciones de masas. Batían cada aldea, cada bosque: rastreaban cada pisada encontrada en la yerba, dejaban señales en todas las pistas para descubrir el ir y venir de los cuadros y guerrilleros. Por dondequiera pasaban sembrando destruccciones y duelos. Miles de personas en las comarcas de Dinh Ca y Trang Xa fueron concentradas en Na Phan, Lang Giua y expuestas a la intemperie, y a la más negra miseria. El padre del camarada Chu Van Tan, de más de setenta años, no pudo escapar de
las garras del enemigo, quien lo encarceló. Un vecino de Dinh Ca, que logró llegar hasta el destacamento «Por la salvación nacional», nos dijo a Chu Van Tan y a nosotros.
– El viejo me manda decir a Chu Van Tan y a sus amigos que se mantengan firmes, que sigan haciendo, cueste lo que cueste, lo que están haciendo. El enemigo nos encarcela, nos tortura, pero no les tenemos miedo.
Por muy feroces que fueran los enemigos no podrían jamás quebrantar la firmeza revolucionaria de nuestro pueblo. En aquellos días sombríos se veía claramente que los combatientes eran en el pueblo como los peces en el agua.
Aún recuerdo bien un día de luna llena del séptimo mes lunar. Por la tarde los enemigos irrumpieron en la aldea de Trang Xa y la incendiaron. Las llamas se levantaron hasta las nubes y el espacio se ennegreció por el humo. Desde las altas lomas, los guerrilleros contemplaban indignados la aldea envuelta en llamas. Muchos combatientes no podían permanecer tranquilos:
– Déjennos ir a combatirlos, pase lo que pase.
Al anochecer cientos de personas llegaron a nuestro campamento. Venía un viejo matrimonio de más de sesenta años: él, con una caldera y algunos pollos: ella, con un pequeño nieto en la espalda y otro traído de la mano. El viejo nos decía:
– Ya es imposible vivir con ellos. Tengo cinco hijos. Les ruego que los acepten a todos en sus filas. La vieja, los dos nietos y yo también los seguiremos hasta donde sea.
– Llevamos una vida muy dura. Tememos que ustedes por su edad no puedan aguantarla.
– No se preocupen, sabremos arreglárnoslas.
El matrimonio fue junto con otros cientos de aldeanos a vivir en las montañas. Ocultaban su arroz y sus ropas en las cuevas y matorrales, y vivían a la intemperie. Los hijos demostraron tener una magnífica puntería. A cada flecha disparada, un enemigo menos. Les pusimos luego un nombre de guerra: «Los cinco tigres.» Uno de ellos cayó durante un combate cubriendo la retirada de su unidad.
En esa triste noche de luna llena, hubo otro anciano que quería insistentemente seguirnos.
– Hermanos, permitan que yo y mi hijo los sigamos.
El anciano estaba acompañado por Do (Rojo), un muchachito que tenía un collar de plata. Conmovido por su actitud, le aconsejamos que esperara la retirada de los franceses y volviera a casa, pues por su edad y la del niño no podrían aguantar nuestra vida guerrillera.
El anciano se secó las lágrimas:
– Aunque me rechacen, por lo menos acepten a Do. Si ustedes salen con vida, él también se salvará. Ya soy viejo y es mi único hijo. Si continúa en casa los franceses lo matarán y no quedará nadie de mi familia.
Desde entonces Do estuvo con nosotros. Cuando la resistencia se alistó otra vez y luego volvió a militar en su propia aldea. Durante una reciente visita a Vu Nhai, volví a ver al anciano, que me dijo muy contento:
– Do ya tiene cinco hijos. Emocionado, lo abracé:
– ¿No temía que se extinguiera su familia?
Luego hablamos de los recuerdos del pasado. La gente nos escuchaba, y alguien dijo: «Para vivir no hay otro camino que hacer la revolución.»
Poco después de aquella noche de luna llena del séptimo mes lunar, un segundo destacamento «Por la salvación nacional» se fundó en el bosque de Khuon Manh, comuna de Trang Xa, a cuyo mando se puso al camarada Chu Van Tan. Bajo la bandera roja con la estrella dorada, tras haber evocado la memoria de los camaradas caídos en el combate, celebramos una solemne ceremonia de admisión de nuevos militantes del partido. En nombre del Comité Central entregué su bandera de combate al nuevo destacamento y le señalé sus tareas. Hablé de los camaradas soviéticos que combatían heroicamente para defender a su patria, la esperanza de toda la humanidad. ¿Qué deberían hacer nuestros combatientes para salvar la suya? Defender la base guerrillera y las bases del partido, continuar la lucha armada para
respaldar el movimiento revolucionario en todo el país y brindar nuestro apoyo efectivo al Ejército Rojo en la primera línea del frente antifascista internacional.
La moral de los combatientes era excelente al principio. Luego, frente a las indecibles penalidades y dificultades, hubo vacilaciones. Las derrotas desmoralizaban a algunos y provocaban fácilmente discordias en nuestras filas. Ayudé al camarada Chu Van Tan a mejorar el trabajo político. Con las experiencias que habíamos acumulado en las prisiones reorganizamos la vida colectiva. El destacamento se dividió en cinco escuadras que se turnaban para montar la guardia, combatir y estudiar. Yo los ayudé en el estudio de la política del partido y las cualidades de un revolucionario.
Discutía con ellos la manera de organizar bien nuestra vida cualquiera fueran las condiciones. Solíamos construir los albergues en la orilla de los ríos. Después de cada comida, hacíamos desaparecer todas las huellas con el agua. Al principio, construíamos cabañas cubiertas con hojas de palmera. Luego, debido a que teníamos que cambiar frecuentemente de campamento después de cada combate, nos contentábamos con techos de hojas de plátano que se echaban a perder rápidamente. Sin embargo, antes de que tuvieran tiempo de secarse ya estábamos en otro lugar.
La población de todas esas minorías nacionales (Tay, Phan Sinh, Cao Lan, incluso los Man «cabellos largos») que vivían encaramados en los picos más altos, reservaba siempre buena acogida a los combatientes por la salvación nacional. Quizá no entendieran todo lo que les decíamos; pero se sentían felices nada más que de oírnos hablar de la lucha contra los franceses.
Nuestra propaganda daba sus frutos. La nueva estrategia del partido, la proclamación, el programa y estatuto de la liga Viet Minh, la carta abierta del Tío ampliamente difundidos dieron un fuerte impulso al movimiento. Nuestros militantes duplicaron sus esfuerzos propagan-dísticos y de movilización de las masas. No faltaban iniciativas. En muchos lugares se aprovechaban las grandes fiestas nacionales como la jornada de peregrinación al templo de los reyes Hung, los aniversarios de los héroes nacionales como Ngo Quyen, las hermanas Trung, Quang Trung, Tran Hung Dao y Nguyen Trai para repartir estos
documentos. Las consignas para la salvación de la patria lanzadas por el partido fueron calurosamente acogidas por las masas, quienes las hicieron suyas. Por dondequiera aparecía la bandera roja con la estrella dorada que pasó a ser el alma de la patria.
En diciembre de 1941, el ataque de los japoneses contra Pearl Harbourg provocó el estallido de la guerra del Pacífico. Frente a la nueva situación, el buró permanente del Comité Central emitió un comunicado que lanzaba la consigna: «Ni un centavo, ni un grano de arroz, ni un hombre para los agresores japoneses y franceses.» En 1940 los franceses habían quitado todo el arroz a los campesinos, y los japoneses habían arrancado los cultivos alimenticios y el algodón para sembrar yute y maní. Se desalojaron aldeas enteras y sus tierras fueron dedicadas a la construcción de aeropuertos y cuarteles. El ejército japonés saqueó el ganado, las aves de corral e incluso el forraje, los huevos y los vegetales. Los arrozales fueron convertidos en pasto para sus caballos. Los campesinos estaban agobiados. Desde el estallido de las hostilidades en el Pacífico, los japoneses y franceses oprimieron hasta más no poder a nuestro pueblo. El resentimiento del pueblo llegó a un límite. Designado para la labor de agitación en el campo, yo iba y venía entre Dinh Ca, Trang Xa y el delta, con el propósito de establecer nuevas bases alrededor de Hanoi y llegar hasta las costas en las provincias de Ha Nam, Nam Dinh y Ninh Binh. Se me ocurrió reunirme con los camaradas del centro en el mismo pueblo católico de Phat Diem. Por todas partes la gente aprobaba y acogía con entusiasmo la política y el programa del partido.
Una vez el camarada Nguyen Van Loe me llevó a Tram Long, provincia de Ha Dong. Era una región apartada, con arrozales sumergidos, muy buena para servir de nudo de enlace. Al principio fui presentado a un anciano de carácter muy íntegro. Poco después, debido al desarrollo del trabajo, pedí otra casa a la entrada de la aldea, que me conviniera para mis frecuentes idas y venidas, tras pacientes esfuerzos vinieron a decirme:
– Hallamos una casa como quería. Pero está difícil de conseguir. Ya convencimos a los muchachos. La vieja está de acuerdo, pero el viejo no quiere. En definitiva, si es absolutamente necesario, usted puede vivir allí. Hay un granero abandonado, donde se guarda solamente cierta cantidad de arroz.
Me mudé para aquella casa. Cada día, al regresar de las reuniones, esperaba hasta el mediodía, cuando toda la familia estaba fuera, para introducirme en el granero. Después de cerrar cuidadosamente la puerta, ocultaba mi paraguas y mi túnica negra y me subía en el montón de arroz a buscar un rincón escondido donde meterme. Una vez leía documentos en mi escondite cuando tocaron a la puerta. Agudicé los oídos. No era el toque convenido. Permanecí sin contestar. De nuevo se oyeron toques. Tampoco contesté. A través de una rendija en la pared, traté de averiguar lo que pasaba. Otra vez golpearon fuertemente en la puerta, y oí la voz del anciano:
– ¿Quién está ahí dentro? ¡Abra!
Para evitar complicaciones oculté mis documentos, me puse la ropa, tomé el paraguas y abrí la puerta. El viejo me espetó:
– ¿Quién es usted para meterse así en mi casa?
– Cálmese abuelito; siéntese ahí, que quiero hablarle.
– Si tiene algo que decirme, dígamelo enseguida.
– Estoy aquí según recomendaciones de mis amigos que tienen mucha confianza en usted.
– ¿Confianza en qué? ¿En quién?
Le hablé del programa de la liga Viet Minh, de los impuestos y saqueos de los franceses y japoneses. El viejo se sorprendió cuando le enseñé el montón de arroz.
– Si no hubiera usted tenido que vender el arroz a un precio tan barato, tendría mucho más que esto. ¿Lo ve?
El viejo se calmó. Parecía que mi conversación le gustaba. Continué explicándole. Me escuchó atentamente, hasta que me interrumpió de repente:
– ¿Y los japoneses? ¿En qué situación están ahora?
Se rompió el hielo. Pasé a hablar de los países en guerra contra los fascistas, de la segura victoria del Ejército Rojo de la URSS, del movimiento por la salvación nacional que se incrementaba en Bac Son, y Vu Nhai, donde nuestras fuerzas combatían con las armas en la mano a los franceses y japoneses.
El anciano me oía con atención y me hacía preguntas y más preguntas. Luego llamó a su hijo.
– Trae una botella de aguardiente y maní tostado. Me invitó a beber con él.
– Ya estoy claro. Tome conmigo éste aguardiente para celebrar tantas noticias gratas.
Y así, saboreando el aguardiente y comiendo maní tostado, permane-cimos en el granero hablando de la situación. Desde aquel día estuve en la casa del viejo como si fuera en la mía propia.
Durante los terribles años que vivió entonces nuestro pueblo, el yugo fascista no sólo se aplicó a los trabajadores. Los ricos también fueron víctimas del saqueo descarado de los franceses y japoneses, por cuyo motivo se inclinaron hacia la revolución. El frente nacional unido, que aglutinaba a todas las fuerzas patrióticas antifrancesas y antijaponesas por la independencia nacional, ampliaba sus filas.
Todos tenían una alta estima a nuestros cuadros. Este cariño era mayor aún entre las familias pobres. Me acuerdo particularmente de la familia de un campesino llamado Nuoi, que vivía cerca de Ben Hoi. Estábamos en plena ola de terror; sin embargo, Nuoi nos decía:
– Vengan acá. Les daré de comer. No tendrán nada que temer.
Era un campesino muy pobre. En su casa no había muebles, ni siquiera una cama. Toda su fortuna consistía en una cocina y un montón de pajas, sobre las que dormían el matrimonio y sus niños.
No había tampoco puerta. Todas las noches se ponía en la entrada un pequeño harnero para protegerse contra los vientos. Al llegar nosotros, Nuoi nos ofreció su litera de paja. Rehusamos la oferta, pues de aceptarla la familia no hubiera tenido dónde acostarse. Al fin, Nuoi nos ofreció el harnero como cama, con lo que la casa quedaba expuesta al embate de los vientos fríos.
Hubo muchos que, sin ser militantes del partido, demostraron una entera abnegación hacia la revolución. Por ejemplo, la anciana Ca de Van Phuc, en cuya casa se albergó posteriormente el camarada Hoang Van Thu. Era vecina de La Noi, y gracias a sus relaciones pude organizar varias bases en Yen Lo, Truc Son y Mai Linh. Cuando era
necesario, desafiando la noche y las lluvias, la anciana me servía de guía. No quería que nadie la sustituyera, por temor a algún descuido que sería fatal. Se afilió después al partido, y murió en la cárcel.
Una vieja monja budista de Tao Khe me salvó una vez la vida. Yo iba muy a menudo a esa aldea para asistir a reuniones celebradas en la misma pagoda de Tao Khe. Los funcionarios títeres aldeanos comenzaron a sospechar de mí. Una noche irrumpieron en la pagoda por la puerta trasera, cortándome así toda retirada. Tuve que esconderme en un rincón oscuro. La vieja monja, viéndome en apuros, hizo señas a las monjas más jóvenes y entre todas se alinearon formando una cortina que me ocultaba. Tras haber registrado en vano por todos los rincones de la pagoda, los sicarios penetraron en la sala donde yo estaba e insultaron brutalmente a las monjas. Gracias a la serenidad y sangre fría de la religiosa salvé la vida.
En general, por vivir cerca de las masas, los religiosos simpatizaban rápidamente con la causa revolucionaria. Fue gracias a las recomen-daciones del viejo monje budista Truc, de la pagoda Kim Dong, que logré organizar muchas bases del partido en todo una serie de pagodas en la provincia de Hung Yen, desde el mercado de Thi hasta Ban Yen Nhan y My Hao.
Estos hechos de los religiosos budistas me traen a la memoria un incidente ocurrido precisamente el día de las Pascuas de los católicos.
Era en febrero o marzo de 1943. La victoria del Ejército Rojo en Stalingrado había anunciado la derrota inevitable de las tropas hitlerianas. El buró permanente del Comité Central se reunió y decidió ensanchar más el frente antifascista, ganar más aliados y dar un fuerte impulso a la lucha de las masas. La revolución estableció para todo el partido una correcta actitud política frente a las distintas fuerzas dentro y fuera del país, gracias a lo cual este dio un paso adelante: tuvo más unión en lo organizativo y más cohesión en lo político. En aquel entonces no pocos camaradas comprendieron bien el espíritu de la resolución de la quinta reunión del Comité Central del partido, según la cual «la tarea central del partido y del pueblo en la etapa actual es prepararse para la insurrección». La reunión del buró permanente del Comité Central hizo especial énfasis en la urgencia de la situación y de la revolución y, dio instrucciones concretas para las
actividades de agitación, organización, luchas y la movilización de los obreros, campesinos y soldados, con el propósito de acelerar los preparativos insurreccionales.
Fui designado para asistir a la reunión del comité del partido en Tontón. El camarada Tran Tu Binh organizador de la reunión, me citó en Co Vien, distrito de Binh Luc (Ha Naio), una de nuestras viejas bases. Llegué a la cita a las cuatro de la tarde. A mí llegada noté algo anormal. Hasta entonces, cuando llegaban los cuadros, la gente los acogía como a familiares suyos. Los aldeanos velaban por nuestra seguridad; nadie curioseaba. Aquí las cosas eran distintas. Sentía que nos miraban a escondidas. Intrigado, le pregunté a Binh:
– ¿Estamos seguros aquí?
– Segurísimos –me contestó–. El camarada en cuya casa vamos a reunimos acaba de salir del presidio y podemos confiar en él.
– Presiento algo que no logro definir y que me tiene preocupado. Ya que hemos citado al camarada Tue vamos a reunimos aquí. Pero a la noche hay que buscar otra casa.
Tran Tu Binh salió en busca de otro lugar para dormir. Al poco rato regresó «Ya lo hemos resuelto. Pasaremos la noche no lejos de aquí». Al anochecer, llegó Phan Trong Tue, grande, con una larga túnica negra y un turbante. Tras una breve conversación iniciamos enseguida la reunión. A las dos de la madrugada, interrumpimos la reunión para ir a acostarnos en la casa que Binh había escogido. Apenas concillamos el sueño cuando nos despertaron furiosos ladridos. Varias linternas de pila barrían con sus haces de luz la casa que acabábamos de abandonar. De un salto Binh y Tue salieron de la casa y huyeron con toda fuerza de sus piernas. Yo intenté seguirlos pero desistí. No conocía bien la localidad en la que me hallaba por primera vez, y era peligroso salvarnos todos en una misma dirección. Además, se oían ya las pisadas de los policías que se acercaban corriendo por las calles. Suavemente me colé por la puerta trasera y me metí en los arrozales, abriéndome paso a través de las plantas que ya llegaban al tamaño de un hombre.
Me arrastraba, haciéndeme lo más pequeño posible e iba enderezando con cuidado las plantas de arroz que había aplastado.
Durante un cuarto de hora oí las pisadas de los esbirros que corrían por los caminos de la aldea. El espacio se llenaba de ruidos de silbatos y del vocerío de los policías franceses y títeres que discutían. Luego derribaron la casa donde nos habíamos reunido y oí la voz de un testigo que preguntaba:
– ¿Dónde están Cang, Tue y Binh?
Yo, silencioso continuaba pegado al suelo reprimiendo desesperada-mente unas ganas tremendas de toser. Las pisadas se aproximaban al arrozal donde estaba y se oía la voz del inspector de policía Fleutot y la de su hermano:
– Se escapó Cang.
– ¡Y dicen que es cojo!
Las luces de las linternas de pila alumbraron el arrozal y se apagaron. Yo permanecí tenso haciendo esfuerzos por no moverme. Las pisadas se alejaron progresivamente y luego desaparecieron por completo. Estaba salvado. Sin embargo, una pregunta me preocupaba: «¿Habría por allí cerca algún camino, hacia el río?» Poco después se oyeron voces de algunos transeúntes. Amanecía. La campana de una iglesia cercana desgranaba sus notas cristalinas. Las voces se hacían más claras, y un grupo de personas pasaron muy cerca de mi escondite. «Es posible que me encuentre al lado mismo del camino».
En efecto, logré captar parte de una conversación:
– Vamos a la iglesia a una hora demasiado temprana. No sé si el barquero consentirá llevarnos a la otra orilla del río. Podemos perder la primera misa.
Con toda mi alma bendeci a aquella mujer que me mostraba sin saberlo el camino de mi salvación.
Luego pasó otro grupo de mujeres. Las oí comentando:
– Qué fuerza la de aquel hombre grande. Les costó tremendo trabajo a los policías alcanzarlo. Corría muy rápido y cuando lo agarraron se defendió como un león. Ya atado de píes y manos siguió gritando:
«¡abajo, abajo los imperialistas!»
¡El grande! Eso quería decir que habían logrado capturar a Tue. Y Binh,
¿se habría salvado? En cuanto a mi, estaba sano y salvo, Pero, ¿cómo escapar del apuro? Yo me decía que sería mejor permanecer sin moverme allí todo el día y esperar la noche para salir de mi escondite. Palpé mi cartera. En aquel entonces Truong Chinh, Thu y yo teníamos siempre una cartera en la cintura. Llevaba mí falsa tarjeta de impuesto personal. Saqué mi reloj y un cuchillo. El reloj lo puse delante de mi y clavé el cuchillo en el suelo, dispuesto a darle su merecido a quien se arriesgara a entrar en mi escondiste.
Era ya de día cuando pasaron unos guardias rurales que regresaban de una patrulla:
– ¡Qué desdeñosos son esos mandarines! Se pasan el tiempo insultando a la gente.
– Son tan cobardes que no se atrevieron a perseguir a aquella gente y se desquitan echándonos toda la culpa de haber dejado escapar a los comunistas.
– Ni en los días de Pascuas nos dejan en paz. Por su culpa perdimos la misa de la mañana.
No pude dejar de sonreír al escuchar los comentarios de los guardias. Pensé: «de todas maneras me es imposible morir el día de Resurrección.» Si se dio la orden de formar a los guardias, quiere decir que los policías se han retirado. Me dispuse a salir. Desgarré mi larga túnica blanca e hice un turbante que enrollé alrededor de mi cabeza en señal de duelo, y coloqué lo que quedaba en un lugar del arrozal. Luego me puse la ropa de burato sobre la cabeza como alguien que regresaba de una comida de aniversario. Así me protegía del sol, y a la vez estaba oculto de los ojos indiscretos. Al principio, quise irme enseguida; pero luego desistí. La gente debía estar en los campos y por el camino pasaban todavía pequeños grupos, comentando animadamente los acontecimientos de la noche anterior. Tenía pues interés en quedarme en el mismo lugar para reunir más informaciones. Al mediodía, cuando todo parecía tranquilo, y la gente descansaba después del almuerzo, me levanté y fui hacia el camino.
Una niñita que cuidaba su búfalo por allí cerca se asustó al verme. Quiso gritar pero sentía tanto miedo que le faltaba la voz. Permaneció como clavada en el suelo sin saber qué hacer. Me acerqué y le pregunté suavemente:
– ¿Cómo estás? ¿Tan temprano y ya afuera?
Traté de tranquilizarla antes de alejarme. Una vez en la otra orilla del río, estuve salvado. Desde el dique Thu Tri miré hacia la aldea Co Vien y vi la torre de la capilla católica. Me dije sonriendo.
– ¡Quizá salvé la vida porque hoy es el día de la Resurrección!
Aquella vez Binh también salió ileso. Posteriormente logré enterarme de que Fleutot había hecho la redada debido a que el hombre en quien Binh tenía confianza para preparar el lugar de la reunión había cejado durante su encarcelamiento y se había vendido al enemigo.
Desde 1943 los imperialistas nos persiguieron más encarnizadamente. Nuestras fotos estaban expuestas en todas partes. Al despedirnos después de cada reunión. Truong Chinh, Thu, y yo aunque nadie decía nada, pensábamos que aquella podía ser la última vez que nos viéramos juntos. Thu se encargaba de la agitación en las filas del ejército. Sacando experiencias de los levantamientos de los soldados en Bac Son, Nam Ky y Do Luong, el partido subrayaba la importancia de esta labor con vistas a una insurrección armada. Los militares revolucionarios proporcionarían armas y cuadros a las masas insur-gentes. Entonces teníamos en el ejército núcleos integrados no sólo por soldados vietnamitas sino también por extranjeros. Camaradas de distintas nacionalidades como Chien Si, Nguyen Dan, etc., alemanes, austriacos, antiguos antifascistas europeos que huyendo de la represión se alistaron en la legión francesa y fueron trasladados a Indochina, entraron en contacto con nuestro partido. En cuanto al camarada Truong Chinh, además de tener la dirección general, se encargaba del trabajo entre los obreros y de la propaganda. Sus artículos anónimos que se publicaban en el Co Giai Phong (Bandera de Liberación) y en la Revista Comunista, atizaban el movimiento de masas y ganaban la simpatía de los lectores hacia la literatura revolucionaria. Varias veces estuvo a punto de caer en las manos del enemigo y logró salvarse gracias a su prudencia y a la ayuda de las masas.
En aquel tiempo la zona de seguridad del Comité Central cubría el cinturón alrededor de Hanoi, y regiones pertenecientes a Bac Ninh, Phuc Yen y Ha Dong: incluyendo también muchas aldeas en la orilla del río Cau en Hiep Hoa, provincia de Bac Giang. Estas aldeas, situadas en las líneas de comunicación del llano a las bases del Ejército por la Salvación Nacional en Thai Nguyen, desempeñaban un papel impor-tantísimo. Fueron en las aldeas de Thanh Yan, Hoang Lien y Van Xuyen donde se dieron cursos de formación de cuadros a nivel de «Ky».18 Una vez el camarada Truong Chinh se encargó personalmente del curso. Todas las mañanas se levantaba muy temprano para practicar un poco de ejercicio físico antes de empezar su trabajo enuna oficina clandestina. Una vez, después de esas prácticas, estaba lavándose cuando se vió envuelto en la luz de una linterna de pila. Se agachó para evitar la luz, y huyó hacia el río por una puerta trasera.
Aquella vez los policías rodearon la escuela, guiados por Dia, un traidor que se había vendido no se sabía cuándo.
Al llegar el camarada Truong Chinh a la orilla del río, pensó cruzarlo a nado. Pero apenas se adentró en el agua se hundió hasta la cintura en el fango. Estaba metido en una ciénaga. Tuvo que chapotear así hasta la mitad del cauce, antes de que apareciera un pequeño barco guiado por un viejo pescador y una niña que manejaba el remo.
Al ver a Truong Chinh, el pescador le preguntó:
– ¿Adonde va tan temprano?
– Tengo un pariente enfermo, y voy a buscar medicinas. Ayúdame. El viejo lo miraba de pies a cabeza dudando de sus palabras.
– Sólo lo ayudaré si usted es cuadro del Viet Minh. Acostumbro llevar a los camaradas que pasan por aquí.
Truong Chinh se preguntaba si era necesario decirle la verdad, cuando el viejo añadió:
– Al cantar del gallo lo vi venir husmeando. Si usted es cuadro del Viet Minh, lo llevaré a la otra orilla.
18 Zona que abarca varias provincias.
Acercó su barquita y Truong Chinh se subió. No cabía duda: el viejo era gente nuestra.
– Pienso que es mejor dejarlo un poco más abajo –dijo el viejo.
Truong Chinh le pidió que lo dejara en un naranjal donde teníamos una base. Permaneció un rato en la orilla, siguiendo con la mirada la barquita que se alejaba. El viejo pescador había reanudado su pesca, y la niña guió la barquita río arriba.
Una vez, por poco me detuvieron junto con Truong Chinh cerca de Hanoi.
Nos encontrábamos en la aldea de Dao Xuyen, a la cual llamaban Bun cerca de Bat Trang. El camarada Thien, delegado del Tonkín y responsable del frente campesino, presentaba un informe. Estábamos todos reunidos cuando, a eso de las cinco de la tarde, se dió la señal de alarma. Los franceses llegaron en gran número y rodearon la aldea desde el lado del ferrocarril.
Un rato después nos avisaron que los franceses acababan de penetrar en la aldea.
Se suspendió la reunión, y cada cual se retiró por su lado. Truong Chinh salió primero. Tropezó con los franceses y regresó rápidamente a avisarnos:
– Es imposible pasar. Son muchos.
Volvimos a la casa del militante que nos albergaba. Aun no teníamos escondites subterráneos. A nuestro alrededor solo había una cerca de bambú que rodeaba la aldea. La trepamos y pasamos al otro lado dejándonos resbalar por los bambúes.
Una vez fuera acordamos irnos en muchas direcciones. Truong Chinh y la camarada An, que llamábamos «La Gorda» irían al distrito Tu Son atravesando los arrozales detrás de la aldea, para cruzar luego la línea de ferrocarril. Tuvieron que subirse en los longares de un huerto y permanecer encaramados hasta la retirada de los franceses, que coincidió con el fin de un aguacero. En cuanto a mí y Thien, fuimos a Bat Trang con el propósito de tomar allí el barco hacia Nam Dinh. Cruzamos el dique, llegamos al embarcadero y nos metimos en una taberna a esperar el barco. El patrón nos hizo saber que lo habíamos
atrasado. Decidimos por ir al embarcadero Van Giang, cruzar el río y seguir hasta Thuong Tin para tomar el tren. Pero después de pensar bien vimos que era peligroso seguir el viaje, pues podíamos caer en las redes de la policía. Acabábamos de escondernos en un maizal cuyas matas nos llegaban hasta los hombros cuando el dique fue iluminado por luces de automóviles. El resplandor pasaba por encima de nuestras cabezas. Los policías estaban sobre nuestro rastro. Detuvieron al enlace, y allí mismo le conectaron un magneto. Nuestro pobre camarada gritaba desgarradoramente. Trataban de obligarlo a declarar dónde estábamos y lo golpeaban salvajemente. Yo tenía mi pistola en el bolsillo y no podía disparar sobre los torturadores. Thien se puso nervioso. Lo estreché fuertemente en mis brazos diciéndole: ¡Animo!
¡Animo! Torturaron al enlace durante dos horas seguidas. Después
viendo que un aguacero se acercaba los esbirros se marcharon llevándose a su víctima.
Tuvimos que aguantar el aguacero en el campo de maíz. El almidón de nuestros turbantes se volvió una pasta pegajosa que nos corría por la frente y la nariz.
Cuando disminuyó la lluvia, torcimos nuestra ropa y nos pusimos en marcha costeando el dique. Al acercarnos a un puesto de vigía, lo evitamos caminando atravezando el campo y seguimos así sin descansar hasta llegar a Van Giang. Allí, en espera del barco, nos dispusimos a dormir un rato, mientras uno montaba la guardia.
Al amanecer, embarcamos. Una vez en la otra orilla caminamos hasta Quan Ganh y tomamos el tren para Nam Dinh. Thien se apeó primero, ya que la policía aún no lo conocía, y se salvó. Yo me quedé a observar. Reconocí enseguida a los de la Seguidad: el muelle de la estación estaba atestado de agentes de Fleutot. Casi más de la mitad de los pasajeros se habían apeado del tren. Frente a cada coche había un
«flic» que clavaba sus ojos en los pasajeros que abandonaban el tren. Por suerte una señora se disponía a bajar con un niño en un brazo y una gran vasija de salsa de pescado en la otra mano. Aproveché y cargué al niño que se dejó llevar de buena gana. Le estrechaba en mis brazos y jugaba con él. Cuando el agente trató de mirarme la cara besé al niño pegando mi rostro en su mejilla. Y así lo fui pasando de un brazo al otro, según el lado de donde me miraban. A la salida de la estación, devolví al niño a su madre, que muy agradecida me dijo:
– Señor, usted me ha ayudado muchísimo. Mi amor, dale las gracias al señor.
Rápidamente tomé un yirinska para ir a la tienda de un vendedor de bicicletas que conocía. El me previno al llegar.
– ¡Mucho cuidado! No vuelva por aquí. Hoy pasa algo anormal. La policía mete su nariz por todas partes. Esta mañana, a la llegada del barco, los agentes de la seguridad registraron a todos los pasajeros. Fue algo terrible. Es mejor que se vaya sin demora.
Fui al embarcadero de Nam Dinh y tomé un sampán que me llevó al distrito de Giao Thuy, donde me encontré con el camarada Khoi. Le dije que comunicara a Truong Chinh mi escapatoria, y que le pidiera una cita para reanudar la reunión interrumpida.
Mientras más fuerza cobraba el movimiento, más encarnizadamente nos perseguía la policía. Nuestros nuevos cuadros se dejaban atrapar fácilmente por falta de experiencia. Otros cayeron presos después de dos o tres meses de actividades. Los más hábiles llegaban a seis meses. Cada detención era para nosotros una pérdida que sentíamos dolorosa-mente. Todo se desenvolvía con tanta prisa que no nos alcanzaba el tiempo para formar suficientes cuadros que pudieran satisfacer las necesidades del movimiento en ascenso.
Discutimos el problema y llegamos auna resolución: había que sacar, costara lo que costara, a nuestros cuadros de las cárceles. Allí teníamos nuestro más precioso capital. En las cárceles de Son La, Cho Chu, Ba Van, Nghia Lo y Bac Me vegetaban muchos de nuestros aguerridos cuadros de lucha. Pusimos manos a la obra para organizar las evasiones. Desde mediados de 1943, los camaradas Sao Do (Nguyen Luong Bang), Tran Dang Ninh, Van Tien Dung, Le Duc Tho, Tran Quoc Hoan, Nguyen Van Tran, Le Hiert Mai, Song Hao, Nhi Quy, etc., lograron evadirse de Son La, Cho Chu y Ba Van, lo que nos puso contentísimos.
Una camarada llamada Vinh, detenida en 1940 en Vinh Yen y encarcelada en Tuyen Quang, se evadió gracias a la ayuda de los camaradas. Cruzó el río Lo, y llegó a la base de resistencia. Vinh es hoy mi esposa. Nos encontramos por primera vez en medio de las selvas de Viet Bac, y desde entonces nos conocimos. Fue en la primavera de 1944.
Cada año tenía que abandonar el llano para trabajar cierto tiempo en la base de Thai Nguyen. A principios de 1944, por orden del Comité Central fui otra vez para estudiar la situación del destacamento del Ejército por la Salvación Nacional y, junto con éste, establecer una línea de comunicación con el grupo del Comité Central que se había instalado en Cao Bang, así como con el grupo de la marcha hacia el sur. Luego fui a Trang Xa para abrir un curso de preparación acelerada para los cuadros del Ejército por la Salvación Nacional, con los cuales tuve una reunión que decidió dividir nuestra esfera de acción en dos subsectores con vistas a facilitar la dirección. La esfera de acción del Ejército por la Salvación Nacional era bastante extensa. Según la nueva división, el subsector A incluía a Binh Gia, Bac Son (Lang Son), Vu Khai, Dong Hy (Thai Nguyen), Huu Lung, Yen The (Bac Giang) y el subsector B: Phu Luong, Dai Tu, Cho Chu (Thai Nguyen), Cho Moi, Cho Don, Cho Ra (Bac Kan), Son Duong, Ham Yen, Yen Son, Chiem Hoa (Tuyen Quang), Yo iba con otro pelotón hacia el nuevo subsector. Los puestos militares enemigos cerraban todas las entradas de la base de resistencia. Sólo nos quedaba una alternativa: aprovechar la noche del Tet (Año Nuevo Lunar) para burlar el bloqueo pasando ante las mismas narices del puesto militar. En la tarde del día 30, nos pusimos en marcha. Las ancianas de la aldea –primeras madres de combatientes–nos abrazaban con mucho cariño: «¡Pobrecitos! Mientras el pueblo festeja el Tet, ustedes tienen que partir en un día como este.» Deseamos feliz año nuevo a las ancianas y a los niños y nos marchamos. Una vez dejado atrás el puesto de Dinh Ca y luego el de La Hien, nos dirigimos a la selva, y desde Phu Luong avanzamos hacia Coc. Eramos todos jóvenes; la mayor parte nativos de las montañas. Por eso nos sentíamos más apegados que nadie a las tradiciones del Tet, a sus fiestas populares, sus juegos tradicionales, sus veladas de cantos alternados y de danzas, sus alegres juegos de pelota «con». Para nosotros la primavera constituía una fuente de romances. Durante la caminata no dejamos de evocar los recuerdos de Tet pasados. Nuestro consuelo era pensar en los futuros Tet que nos esperaban por delante.
«Marchamos –nos decíamos unos a otros– a conquistar Tet con mayor
significación.» Nuestras antorchas iluminaban las profundidades de la selva. Ibamos con tanto entusiasmo que la hora del Giao Thua pasaba sin que nosotros nos diéramos cuenta. En las profundidades de la selva, la primavera llegaba a las jóvenes ramas y verdes hojas. Cantábamos al unísono: Adelante combatientes rojos.
¡Adelante combatientes rojos! Sacrificándonos por un futuro feliz
Por un mundo en que los hombres sean hermanos
¡Adelante combatientes rojos!
Era en una primavera llena de esperanzas como aquella que una mañana particularmente brumosa llegamos hasta las cimas Hong en las fuentes mismas de Pao Day. Allí, en medio de un valle rodeado por altas murallas rocosas, en la selva de Khuon Kich, celebramos la fundación del tercer pelotón del Ejército por la Salvación Nacional. Después de la ceremonia regresé enseguida junto con unos camaradas.
Aquel viaje me permitió observar los primeros retoños de una nueva primavera en toda la patria: en las regiones altas el movimiento revolucionario estaba ya en auge. Los comités del Viet Minh habían sustituido el poder enemigo. Los campesinos de las aldeas consultaban todos los asuntos al Viet Minh. Los litigios sobre el agua y las viejas riñas entre las distintas minorías se sometían a los comités que, en muchos casos, lograron encontrar una solución definitiva. Dos poderes políticos coexistían: uno, parecido a una estrella cuya luz se iba debilitando al acercarse el alba; otro, semejante al oriente al amanecer. Hice partícipe de estos cambios al camarada Truong Chinh al volver a estar con él en Hiep Hoa. En todas partes el movimiento tomaba nuevos rasgos: la gente se oponía categóricamente a las requisiciones de arroz por los japoneses y protestaba contra el cultivo forzado de yute y de ricino en vez de arroz. En ciertos lugares, los campesinos armados de palos, dieron muerte a soldados japoneses. En las ciudades crecía la lucha de los obreros y estudiantes. De aquella conversación surgió la idea de convocar un congreso nacional con vistas a la insurrección. Mis pensamientos se remontaban a la histórica asamblea de Dien Hong, en la cual nuestro pueblo, unido como un solo hombre, había tomado la firme decisión de enfrentarse a la invasión de las hordas extranjeras. La idea que surgió aquel año se realizó al siguiente con el Congreso Nacional de Tan Trao.
Camino de regreso al llano, me detuve, como era costumbre, en casa del anciano Diec, simpatizante de la revolución, que vivía al lado de la vía férrea cerca del puente Duong. Tenía un hijo muy inteligente, pero que desgraciadamente era mudo. Leía y escribía con facilidad. Le
teníamos mucho cariño. Cada vez que caía en sus manos un número del Co Giai Phong (Bandera de Liberación) o del Cuu Quoc (Salvación Nacional), lo leía afanosamente y sufría porque su enfermedad le impedía divulgar sus conocimientos.
A mi llegada, el muchacho me llevó a la pequeña habitación donde pasábamos la noche cada vez que íbamos por allí. Era una pequeña pieza cerrada, oscura y húmeda. Cerca de una pared me enseñó un pedazo de papel bordado en negro, sobre cuyo fondo blanco leí las siguientes palabras escritas a mano: «Hoang Van Thu».
Comprendí de inmediato. Me eché en la cama llorando amargamente. El joven me cogió por el brazo y se puso a llorar también.
Cuando poco después tuvo lugar la reunión del Comité Central en Dong Ky, provincia de Bac Ninh, donde Hoang Van Thu se había reunido más de una vez con nosotros, Truong Chinh, Sao Do y yo permanecimos largo rato sin saber qué decir antes de abrir la sesión. Era una pérdida demasiado grande para nosotros. Habíamos vivido juntos; llorábamos en él a un camarada y hermano. Todavía recordaba su recomendación:
– Tenemos que andar con mucha prudencia para no perder la cabeza. Después del triunfo de la revolución habrá que hacer muchas cosas.
Los acontecimientos se precipitaban más y más. En Europa el Ejército Rojo estaba contratacando impetuosamente, expulsaba al enemigo fascista de su patria soviética y avanzaba derecho hacia la madriguera hitleriana, mientras liberaba sucesivamente países de Europa central y oriental. Los aliados occidentales se apresuraban a abrir el segundo frente. Cayó la Italia fascista. Francia estaba en camino de su liberación. En el frente del Pacífico, el ejército japonés, derrotado, se replegaba en desbandada para hacerse fuerte en el continente. Las gloriosas victorias del Ejército Rojo y del frente antifascista entusias-maban a los pueblos de Indochina. Había llegado la hora de la libertad. La victoria tocaba a nuestras puertas. El partido llamaba a todo el pueblo a marchar adelante, a prepararse para empuñar las armas y liberarse del ignominioso yugo nipo-francés. Esa debía ser su contribución al aniquilamiento del fascismo y al restablecimiento de la paz y la felicidad de la humanidad.
Me acuerdo bien de aquella vez en que a raíz de la victoria decisiva en Stalingrado, iba a Nhi Khe, en las afueras de Hanoi. Allí nació en el siglo
XIV nuestro gran escritor y héroe nacional Nguyen Trai. Algunos intelectuales me preguntaron:
– ¿Comó pudieron ustedes prever la victoria de la Unión Soviética cuando Hitler estaba avanzando sobre Moscú?
Tras haberles explicado las leyes objetivas que rigen el desarrollo de la sociedad humana y el derrumbe inevitable del capitalismo, así como el necesario triunfo de la revolución mundial, les presenté los documentos del partido: La URSS siempre fiel a la causa de la paz, escrito en 1939, y La guerra del Pacífico, escrito en 1942. Fue así que muchos de nuestros intelectuales se despojaron poco a poco de los criterios del nacionalismo estrecho para abrazar los del internacionalismo proletario. Esto les permitió ver a la revolución vietnamita como parte integrante de la revolución mundial.
Un grupo de intelectuales acababa de publicar en una revista ciertos artículos de tendencia patriótica, pero que carecían de una orientación clara. Nos pusimos en contacto con ellos. En aquel entonces la opinión pública estaba ya harta de consignas huecas como las de «esfera de prosperidad colectiva» y «gran Asia», esgrimidas por los japoneses, así como las de «concordia franco-vietnamita», «revolución nacionalista» y «trabajo-familia-patria»), difundidas por la camarilla de Pétain-Decoux. Una gran parte de los estudiantes de Hanoi y de otras ciudades se oponía a la farsa del «movimiento juvenil» montada por el capitán Ducoroy. Esa juventud se incorporaba a la revolución y crecía en medio de la lucha. El movimiento, que partía de los jóvenes intelectuales, ganaba las demás capas de la intelectualidad. Se fundó la liga Democracia Nueva, que fue el antecedente del actual Partido Demócrata.
Los acontecimientos ocurridos en Indochina confirmaron más y más nuestras previsiones. Los colonialistas trataban de levantar cabeza, volviéndose hacia el gobierno en el exilio de De Gaulle. Pero cuando cayó el gobierno traidor Pétain-Laval, y el tratado Tokio-Berlín-Vichy dejó de existir, los franceses en Indochina, por miedo a los japoneses, mantuvieron una actitud oscura con el propósito de volver la hoja hacia donde soplara el viento. En septiembre de 1944, los fascistas
japoneses exigieron que la camarilla de Decoux justificara su actitud declarando la guerra a Inglaterra y Estados Unidos, y poniendo al ejército francés en Indochina bajo el mando directo del estado mayor japonés. Las relaciones entre japoneses y franceses se hicieron tirantes. Los dos imperialismos estaban opuestos. Pero temiendo ambos un levantamiento de los pueblos de Indochina, tuvieron que hacer temporalmente las paces.
Nuestro partido había previsto el golpe de fuerza del 9 de marzo de 1945, afirmando que «la úlcera reventará inevitablemente». Indochina sería escenario de una gran crisis política. Había que prepararse sin demora para cuando los japoneses y franceses se pelearan, levantarse a tiempo a conquistar la independencia. A partir de mayo de 1944, la dirección nacional del Viet Minh dio instrucciones de acelerar los preparativos de insurrección. El movimiento de masas cobraba auge.
Toda Indochina era como una pradera seca que se encendería fácilmente al brotar la menor chispa en cualquier parte que fuera. A finales de 1944, por dondequiera se oían las quejas indignadas del pueblo. Se acercaba la terrible hambruna de 1945. La política de saqueo de los japoneses y franceses agobiaba a nuestro pueblo y lo reducía a una negra miseria. Hubo reuniones en que nuestros militantes y simpatizantes en las aldeas llegaban con el estómago vacío, martirizados por el hambre, dando traspiés por haber pasado días sin ingerir ningún tipo de alimento. Decían: «Hay que levantarse cuanto antes, si no moriremos de hambre.» Millones de compatriotas habían muerto por inanición durante aquella hambruna poco antes de la insurrección general de agosto de 1945. La indignación de nuestro pueblo, llevada a su límite en agosto de aquel año, se había convertido en una fuerza estremecedora.
De manera segura, el partido condujo al pueblo hacia la insurrección. Pero en aquellos momentos un nubarrón manchaba el horizonte que estaba esclareciendo. Los reaccionarios de China, aprovechando el títuto de aliados, propusieron entrar en contacto con los revolucionarios vietnamitas. Nos decían que ya en el exterior existían el Viet Quoc (Partido Nacionalista de Vietnam) y el Viet Cach (Liga Revolucionaria de Vietnam) e invitaban al Viet Minh a un congreso con vistas a fusionar las fuerzas antijaponesas.
Desde el año anterior, el buró permanente del Comité Central del Partido había estimado que el Viet Cach fundada en China era una organización antijaponesa, y a pesar de que en sus filas había contradicciones y confusión, nuestro partido la saludaba y la proponía una unidad de acción contra el enemigo común. En cuanto a los designios de los imperialistas norteamericanos y sus agentes chang-kaichekistas no era del todo desconocido por nosotros. Aprovechando aquella oportunidad, el partido envió una delegación del Viet Minh con el propósito de observar y a la vez establecer contactos con los medios revolucionarios vietnamitas en China.
Formé parte de aquella delegación junto con Dang Viet Chau, Duong Duc Hien y otros camaradas más. Los preparativos para el viaje terminaron a fin de año. Nos pusimos enseguida en camino. Nuestra embarcación pasó por Ha Tu, Ha Lam, y cruzó la bahía de Ha Long, cuya belleza no pudimos disfrutar pues estábamos enteramente ocupados por nuestra misión. Llegamos a Mong Cai y luego pasamos a Toung Hing.
A nuestra llegada, el comandante de la guarnición de Toung Hing –perteneciente a la cuarta zona militar de Chang Kai Chek–, que había recibido instrucciones de Chang Fa Khouei, nos reservaba una ceremoniosa acogida. Al otro día de nuestra llegada al territorio chino oímos los tiroteos de los japoneses que atacaron la guarnición francesa de Mong Cai. El golpe japonés previsto había estallado. Nos sentíamos particularmente impacientes e instamos al oficial chang-kaichekista de Toung Hing a organizar lo más pronto posible nuestro viaje. Este se confundía en excusas, diciéndonos:
– El viaje será muy largo, y además es muy peligroso pasar por la cadena de Las Cien Mil Cimas, infestada de bandidos. Por eso les pido algún tiempo más para prepararlo bien.
¡Qué gracia! El ejército del gran mariscal Chang Kai Chek tiene miedo a los bandidos. ¡Vaya un ejército que teme a los bandidos estando en su propio suelo, y armado! No nos dejaron partir hasta fines de marzo. Pasamos por una región llena de bandoleros antes de alcanzar Las Cien Mil Cimas. Era una cadena de montañas muy altas y accidentadas. La cima más alta era Po Ke. Empezamos la ascensión al amanecer y llegamos a lo alto al mediodía. A las tres de la tarde, estando sólo en
medio de la otra ladera, la escolta nos propuso pasar la noche allí mismo, a mitad del camino, pues acababan de enterarse de que un grupo de bandidos se hallaban en el valle, por lo que no se sentían con suficiente ánimo para seguir adelante.
Demoramos tres semanas antes de llegar a Tsin Tsouen. Allí nos enteramos de que los japoneses habían ocupado Lieou Tchou, y el generalísimo Chang Fa Khouei había huido hacia Pai Seu. Una vez en Pai Seu, Chang Fa Khouei y Siao Win nos recibieron cantando ambos la misma canción:
– Los fascistas japoneses serán derrotados. Se aproxima la victoria de los aliados. Las tropas de la cuarta zona militar liberarán a Indochina. Necesitamos la ayuda del Viet Minh para hacer una entrada triunfal.
Estos propósitos nos hacían pensar con rabia: «¡Así que ustedes se creen que somos incapaces de tomar el poder nosotros mismos!»
Luego, Siao Win nos planteó el problema:
– Por acá viven unos cuantos vietnamitas. Gracias a la generosa atención del gran mariscal Chang Kai Chek y la ayuda especialísima del general Chang Fa Khouei, el Partido Nacionalista de Vietnam y la Liga Revolucionaria de Vietnam han logrado buenos éxitos en sus actividades. Proponemos que los delegados del Viet Minh, Viet Cach y Viet Quoc establezcan una dirección única que trabajará en colaboración con los aliados.
En aquella ocasión, a raíz de la victoria japonesa en Lien Tchou, Nguyen Tuong Tam, Nguyen Hai Than y su camarilla se habían desbandado. Siao Win había ordenado traerlos pero demoraban. No sabiendo qué hacer, Siao Win optó por ir dando largas y nos presentó otro grupo llamado Phuc Quoc (Restauración de Vietnam).
– Tiene cientos de hombres armados. ¡Mucha fuerza!
Aceptamos y nos pusimos a buscar a los hombres del Phuc Quoc. Entre ellos algunos nos decían:
– Ya conocemos las entrañas de los changkaichekistas. Son gente mala. Déjennos regresar al país junto con ustedes para tomar parte en el combate.
Estábamos sin saber cómo arreglárnoslas con la camarilla de Chang Kai Chek, cuando nos encontramos por casualidad con un anciano flaquito y vestido de azul. Al mirarlo detenidamente me di cuenta de quién era. Estaba a punto de llamarlo, cuando con un gesto discreto nos hizo entender que debíamos contenernos.
Aquel anciano era el Tío Ho. Tras haber sido detenido y encarcelado durante dos años por el Kuomintang, había regresado a Cao Bang un tiempo y luego fue otra vez a China para ciertos asuntos. Terminado su trabajo iba camino de regreso al país. Fui a informarlo de nuestra misión en la casa donde se albergaba.
– Está bien adoptar esa actitud –me dijo–. Ahora arréglenselas para despedirse de ellos y volver al país.
Fuimos a ver a Chang Fa Khouei y le expresamos nuestro deseo de regresar. Chang nos ofreció una espléndida comida de despedida. Pronunció un discurso altisonante, en el que clamaba a voces por la paz, la liberación y la amistad de los pueblos. También habló Siao Win con una palabrería revolucionaria que daba asco. A la hora de partir, Chang Fa Khouei nos acompañó, y en el momento de la despedida nos estrechó largamente las manos:
– Pronto nos volveremos a ver en Hanoi.
En efecto, nos encontramos cara a cara unos meses después en Hanoi. Pero ya era en un Hanoi capital de la República Democrática de Vietnam, cuyo territorio soberano se extendía desde la frontera chino-vietnamita, hasta la punta de Ca Mau, y sobre el cual flotaba orgullosa la bandera roja con la estrella dorada que se había levantado durante las insurrecciones de Bac Son y de Cochinchina. La camarilla de Chang Kai Chek, enemigo jurado del pueblo chino, se hizo también enemigo directo y odiado de todo el pueblo vietnamita. Los agentes traidores que acompañaban a las tropas changkaichekistas cometían monstruosos crímenes contra nuestro pueblo y nuestro país. Pero no eran sino unas basuras que salían a flote antes de ser arrastradas y hundidas por el impetuoso torrente revolucionario de nuestro pueblo. 19
19 En 1945, un ejército de 200.000 hombres del Kuomintang entró en Vietnan del Norte, mientras desembarcaban en el Sur decenas de miles de tropas anglohindúes que apoyadas por las tropas japonesas, ayudaron a los colonialistas franceses a iniciar una nueva agresión contra Vietnam. El pueblo vietnamita tenía que enfrentarse a la vez a varios enemigos. Con heroísmo, valentía e inteligencia supo descartar sucesivamente a los intervencionistas imperialistas para concentrar
Acompañando al Tío, cruzamos las fronteras y nos hallamos de nuevo en la zona liberada. Una zona extensa que abarcaba casi todo el territorio de las provincias de Cao Bang, Bac Kan, Tuyen Quang y parte de las provincias de Thai Nguyen, Lang Son y Ha Giang se hallaba bajo el control del Ejército de Liberación. Dentro de la zona liberada, los comités populares revolucionarios elegidos por las masas habían desplazado totalmente el aparato administrativo de los japoneses y franceses. Formado prácticamente el poder, y gozando del respaldo entusiasta de las masas, aplicaban las diez grandes políticas del Viet Minh.
A mi regreso enfermé de gravedad por lo que no pude tomar parte en la reunión del Comité Central celebrada en Tan Trao. Sólo asistí a la Asamblea Nacional cuando inició sus trabajos. El Tío estaba gravemente enfermo. Pero la derrota del fascismo japonés nos entusiasmó tanto que desaparecieron las enfermedades como por encanto. El Tío dio instrucciones para que la Asamblea emitiera enseguida el llamamiento a la insurrección general. A cada uno de nosotros le asignó una tarea concreta. Recibí la orden de ir al sur junto con el camarada Cao Hong Lanh.
Salimos de Thai Nguyen en una balsa que iba río abajo hacia el delta. Había habido una gran inundación y logramos salvar sobre la marcha a algunos campesinos sorprendidos por las aguas. Al llegar a Bac Ninh nuestra embarcación abandonó el río y siguió adelante a través de los campos inundados. En la carretera de Yen Vien vimos un carro que enarbolaba una gran bandera roja con la estrella dorada. El alto-parlante instalado en el carro estaba trasmitiendo las canciones revolucionarias Mueran los fascistas y Gloria a los héroes. Entre las canciones se hacía una pausa. «¡Escuchen! ¡Escuchen! Las fuerzas insurreccionales bajo la dirección del Viet Minh han tomado Hanoi esta misma tarde. El poder en la capital ya está en nuestras manos.»
sus mayores esfuerzos contra los colonialistas agresores en defensa del poder revolucionario. Es de mencionar que apenas triunfó la Revolución de Agosto, cientos de miles de soldados japoneses, en espera de ser desarmados, recibieron órdenes del mando norteamericano de convertirse en gendarmes y proteger la banca y los intereses económicos de los colonialistas franceses en Indochina, con vistas a restaurar el régimen colonial de los reaccionarios mundiales sobre Indochina. Estos últimos, antes de que terminara la guerra, tenían elaborado todo un plan de ignominiosa traición en contra del movimiento antifascista y por la independencia nacional de los pueblos indochinos y del sudeste de Asia.
Nos presentamos y el carro nos llevó a Hanoi. Había un mar de banderas y carteles. Fuimos de un lugar a otro hasta parar en el comité insurreccional de Hanoi. Allí nos recibió el camarada Nguyen Khang. Desde la madrugada nadie de los presentes, metidos todos en sus tareas, había probado bocado. Por la mañana se efectuó un gran mitin de 150.000 personas que desfilaron después por las calles de Hanoi, tomaron por asalto el palacio del gobernador de Tonkín, se apoderaron de la alcaldía y desde las cuatro de la tarde cercaron el cuartel de la guardia civil y se mantuvieron firmes hasta que los tanques japoneses tuvieron que retirarse. El camarada Khang nos habló de los problemas urgentes y nos hizo saber que al día siguiente el comité popular revolucionario de Hanoi y el comité popular revolucionario del Bac Bo se presentarían ante el pueblo.
En aquel momento la camarada Thap (hoy miembro del Comité Central del Partido y presidenta de la Unión de Mujeres de Vietnam) se disponía ir al sur. Cao Hong Lanh y yo aprovechamos su auto para hacer nuestro viaje. Eran las siete de la noche. Por dondequiera que pasábamos, íbamos informando las últimas noticias del triunfo de la insurrección en la capital. Esto constituía un gran estímulo para los camaradas.
Después de salir de Hanoi, nuestro automóvil avanzó a toda velocidad por la carretera número uno y cruzó sucesivamente Bang, Lim, Dong Van y Pira Ly. En todas partes ondeaba la bandera de la revolución triunfante. En muchas aldeas al borde de la carretera miles de antorchas iluminaban la noche. En Dang Xa los milicianos de combate iban y venían atareados. Eran las nueve cuando llegamos a Nam Dinh. A la entrada de la ciudad una joven miliciana, con un largo machete, detuvo el carro para verificar nuestras documentaciones. Nos llevaron después a la antigua residencia del gobernador provincial. Fuimos recibidos por el camarada Van Tien Dung, quien nos informó:
– Aquí, todo anda bien.
Después de un pequeño descanso reanudamos el viaje. Nuestro auto sólo podía ir a diez kilómetros ya que la carretera estaba invadida de manifestantes que iban con banderas rojas gritando entusiasmados consignas revolucionarias. En la ladera de la montaña Non Nuoc se leía una consigna escrita con letras gigantes:
«Viva la victoria de la revolución vietnamita.»
En Ghenh, Bim Son, y Len nos detuvieron una que otra vez los milicianos: verificación de documentaciones.
– Somos gente amiga.
– Está bien. Pueden seguir adelante, camaradas. Llegamos a Thanh Hoa ya muy entrada la noche.
La ciudad dormía profundamente, mientras en sus calles grupos de jóvenes estaban ocupados en poner carteles y panfletos. El camarada Le Tat Dac nos recibió en la antigua residencia francesa. Nos aseamos y nos quedamos a intercambiar opiniones sobre la situación hasta que amaneció. Abandonamos Thanh Hoa para llegar a Vinh a las nueve. Allí nos acogió el camarada Nguyen Tao.
– Aquí casi no hubo dificultades con los japoneses. Hemos elegido presidente al camarada Le Viet Luong.
Atravesamos sucesivamente Ha Tinh, Quang Binh y el desfiladero Ngang. Por primera vez desde mucho tiempo volvimos a ver el mar. Después de tantos años de lucha clandestina en las bases revolucionarias en la región alta, recibíamos una gran alegría. Cuánto orgullo poder ir con toda libertad por la carretera, de un extremo al otro de la patria, y contemplar la inmensidad del espacio y del mar. Quang Tri y luego Hue. Los camaradas Nguyen Chi Thanh y Lanh (hoy To Huu) nos avisaron:
– El emperador abdicó. Está esperando la llegada de enviados especiales del gobierno central para hacer entrega de su sello y espada reales.
En Da Nang los camaradas Le Van Hien y Le Dung estaban esperando nuestra llegada. De nuevo nos encontramos con Huynh Ngoc Hue, el joven obrero firme y entusiasta. ¡Cuánta alegría volver a vernos juntos! Un rasgo interesantísimo de aquel viaje fue que a cada etapa nos encontramos de nuevo con muchos camaradas. Al llegar a Da Nang, el camarada Cao Hong Lanh supo que en su villa de Hoi An se había instaurado el poder popular y lo habían invitado a un acto organizado por la población. Sin embargo, cumpliendo con la
instrucción del Tío de llegar lo más pronto posible al sur sin perder tiempo en el camino, nos despedimos de los camaradas locales y reanudamos el viaje aquella misma noche. Después de Quang Nam llegamos a Quang Ngai. Aquí reinaba una verdadera efervescencia de lucha. El pueblo armado desfilaba sin cesar por las calles. Las milicianas con los cabellos recortados y armadas de lanzas cerraron el paso a nuestro vehículo: «Alto.» Presentamos nuestros papeles, pero no les daban crédito. Tuve que apearme y explicarles detalladamente. Enseguida nos llevaron a ver al camarada responsable. Tran Quy Hai, no se sabía cómo, ya estaba allí de regreso de la asamblea de Tan Trao. Nos condujeron al hotel donde tomamos leche de coco. Conversamos un rato. Y de nuevo la despedida. Nuestro auto volaba siempre rumbo al sur.
En Phu Yen tuvimos que detenernos toda una mañana. Entre los dos grupos del Viet Minh, el viejo y el nuevo, había desacuerdos, y nos pedían resolver los litigios. Ambos grupos preguntaban: «¿Quién es Ho Chi Minh?» Nuestra respuesta los dejó más que satisfechos, y todo se arregló a las buenas.
Otra vez hacia el sur por la magnifica carretera del sur de Trung Bo (Centro Vietnam) que se estiraba recta, costeando el mar, y llena de sol.
Y al igual que en las etapas anteriores, innumerables banderas rojas con la estrella dorada flotaban a lo largo de la carretera, e interminables desfiles populares finían en medio de una selva de brazos que se levantaban al vocearse las consignas revolucionarias. ¡Qué impetuoso torrente de hombres armados de lanzas, cuchillos, hachas y palos de bambú!
Hablamos iniciado el viaje sin saber lo que nos. estaba esperando en cada etapa. Ibamos de sorpresa en sorpresa. Era una alegría indescriptible. En todo el territorio nacional el pueblo se levantaba con una extraordinaria fuerza.
Por dondequiera que pasábamos el poder ya estaba en manos del pueblo. Nuestra bandera tremolaba triunfadora, y las consignas revolucionarias estremecían el aire, con los acentos del centro y del sur. Aquel flujo, aquella corriente de la Revolución de Agosto era la fuerza insurreccional de un pueblo heroico poseedor de hermosas
tradiciones revolucionarias, que desde 1930 habían sido desarrolladas y enriquecidas por nuestro partido. Era el fruto necesario, natural, de todo un largo proceso de luchas por crear el poderoso frente Viet Minh, que supo sembrar a en nuestro pueblo, profundamente estimulado por la brillante victoria del ejército soviético y de las fuerzas antifascistas mundiales, una fe inquebrantable en la fuerza invencible de su propia unidad nacional. Fue por eso que al llegar la coyuntura propicia y dar el partido la orden de insurrección, su llamamiento encontró una fervorosa repercusión en todos los corazones vietnamitas henchidos de sentimientos patrióticos. El pueblo entero se levantó como un solo hombre.
La enseñanza inmortal de Lenin en los momentos decisivos de la Revolución de Octubre estimulaba poderosamente a los comunistas de Vietnam: «Vacilar es morir. Hay que actuar con audacia, audacia y más audacia.» Con una confianza ilimitada en la fuerza, de las valientes masas populares nuestro partido, con no más de 3.000 militantes, pero con una estremecedora audacia, supo dirigir y llevar al triunfo la insurrección general.
Exactamente una semana después de nuestra salida de Hanoi, llegamos, muy tarde en la noche, a Bien Hoa, provincia limítrofe del Nam Bo (Cochinchina). Nos detuvieron en un puesto de control establecido en plena selva. Los guardias pidieron instrucciones a Saigón por teléfono.
De nuevo en marcha. Nuestro carro iba delante. Detrás, un camión lleno de milicianos que llevaban a la cárcel de Chi Hoa a toda una unidad de paracaidistas franceses capturados recientemente en los bosques de Bien Hoa.
Estábamos en Saigón. Las luces de la ciudad brillaban con el rojo de las banderas. El camarada Nguyen Van Nguyen nos informó:
– Aquí todo está en orden desde ayer.
Nos llevó al palacio del Nam Bo, antigua residencia del gobernador francés, donde descansaríamos. Apenas concillamos el sueño, cuando Nguyen tocó ruidosamente en la puerta:
– Los delegados de los partidos políticos y capas sociales, al tener conocimiento de la llegada de la delegación de la Dirección Nacional, piden insistentemente hablar con ustedes enseguida.
Me reuní con los camaradas del buró del partido del Nam Ba y luego salí a recibir a los delegados. Conversamos sobre distintos problemas políticos y acabaron por llegar, al igual que en los demás lugares, a una misma pregunta:
– ¿Díganos quién es Ho Chi Minh?
¡Quién pudiera ser sino él! El jefe del estado revolucionario de la clase obrera, el hijo entregado en cuerpo y alma a la causa de su pueblo: el camarada Nguyen Ai Quoc.
Todos los presentes prorrumpieron en vítores.
– ¡Viva el gobierno central!
– ¡Viva el presidente Ho Chi Minh!
El inmenso prestigio del Tío y la bandera teñida de sangre del partido y del Viet Minh unían enseguida todos los corazones. Sobre esa unidad más amplia que nunca antes, descansaba el poder revolucionario en pañales.
Mandé un cable al norte: «En las 21 provincias que he atravesado hemos tomado el poder. Todo anda bien en las demás provincias del Nam Bo.»
Hanoi contestó: «2 de septiembre, proclamación de la independencia...»
Al igual que todos mis compatriotas nunca olvidaré aquel día de septiembre de 1945, día histórico en que se proclamó la independencia de mi patria. Lo viví en Saigón, en el sur tan querido para nuestros corazones, en medio de millones de compatriotas que dirigidos hacia el norte, hacia la plaza Ba Dinh de Hanoi, escuchaban la voz de la patria. La voz del Tío dando lectura a la Proclamación de Independencia, la voz tierna y a la vez firme como la había oído antaño en medio de la selva, en la cueva de Pac Bo.
FIN

