Libro N° 15458.Nunca Saldrás De Aquí. Rosende, Mercedes.
© Libro N° 15458.Nunca Saldrás De Aquí. Rosende, Mercedes. Emancipación. Agosto 15 de 2026
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NUNCA SALDRÁS DE AQUÍ
Mercedes Rosende
Nunca saldrás de aquí
Mercedes Rosende
Úrsula López sabe que en Montevideo nadie está del todo a salvo. Astuta, impredecible y peligrosamente inteligente, ha logrado escapar con el botín de un asalto sangriento. Pero su libertad tiene precio: la comisaria Leonilda Lima no se da por vencida, el doctor Antinucci no olvida, y el inspector Clemen guarda secretos que podrían destruirlos a todos.
Mientras tanto, una red siniestra de poder, corrupción y violencia se extiende bajo la superficie de la ciudad, conectando a políticos, policías, mafiosos y depredadores que viven al amparo de la impunidad. En este laberinto de traiciones, fugas espectaculares, chantajes y ajustes de cuentas, la única regla es sobrevivir.
Con su característico humor negro, su mirada feroz sobre la sociedad y un pulso narrativo implacable, Mercedes Rosende construye una novela coral en la que nadie es inocente, nadie está a salvo… y de la que, como advierte su título, nadie saldrá intacto.
Mercedes Rosende
Nunca saldrás de aquí
Úrsula 4
ePub r1.0
Titivillus 23.02.2026
Mercedes Rosende, 2023
Editor digital: Titivillus ePub base r2.1
Así, tan miserable, deseo que lo sepas.
Tu oficio de crueldad y los abusos, la candidez ahogada por tu envidia, tu fábrica de lágrimas ajenas, y ese fácil valor ante los débiles han gravado con fuego tu destino como un sello en el lomo de un ternero. Nunca saldrás de aquí, es para siempre.
Quiero que la palabra Siempre se encadene a tu cuello como una arteria negra hinchada de veneno.
JUAN MANUEL VILLALBA
Úrsula
Otra vez sucede.
La víbora de la adrenalina le muerde el cuello. Úrsula corre y atraviesa la puerta principal del Cementerio del Buceo, cruza la avenida, entra al mercado y se pierde entre los puestos de flores que empiezan a desarmar a esta hora, por los pasillos estrechos, entre los exhibidores que van quedando vacíos, se apresura entre los furgones que los comerciantes cargan con la mercadería sobrante, entre latas con agua sucia llenas de margaritas y crisantemos y follaje, tropieza con baldosas sueltas y piedras reales o imaginarias, pisa los desperdicios vegetales, desechos de claveles mustios que ya no adornarán ninguna tumba.
¿Qué hace una mujer cerca de la cincuentena, pasada de peso, sin el menor entrenamiento físico y corriendo por una feria de flores, ramos y coronas funerarias frente a un cementerio?
Para saberlo tendremos que rebobinar la cinta de esta historia.
No hace diez minutos que dejó atrás a su hermana Luz, de pie frente al panteón familiar. Úrsula se alejó por la avenida bordeada de cipreses rígidos, de tumbas de piedra y de cemento, apuró el paso entre cruces y ángeles, entre monumentos dedicados al recuerdo y a la muerte. En un momento sonrió para sí, suspiró casi aliviada como si viniera de sacarse un peso de encima. Había empezado a oscurecer y los funcionarios de la necrópolis se apresuraban por las calles interiores, buscaban a los rezagados, avisaban que las puertas cerrarían en minutos. Todos obedecían y convergían hacia las salidas porque es bien sabido que, salvo en las películas de terror, nadie quiere quedarse encerrado en un cementerio.
Úrsula pensó en su hermana de pie frente al sepulcro de la familia, imaginó que miraría la hora o el movimiento de la gente hacia las puertas, vería las sombras que avanzaban y se apuraría a dejar ese sitio. Luz no es de las que quedan atrapadas en un cementerio ni en ninguna parte, pensó, y volvió a sonreír. Fue un gesto de complicidad, de ternura.
Es invierno y las nubes y las tinieblas devoraban el cielo a mordiscones.
Un viento helado se le metió entre el abrigo y el cuerpo sin que lo notara, sin que sintiera el frío que venía de la playa ni la humedad con olor a pescado podrido y a cosas muertas. Al llegar al pórtico principal del cementerio se detuvo, vaciló unos momentos, pensó que no iba a ser fácil sacarse de encima a la comisaria Leonilda Lima. Esa mujer la había obligado a venir hasta aquí, la forzó a abrir el sepulcro de la familia López porque creía que allí iba a encontrar el botín del asalto al transporte de caudales. Pobre comisaria, pensó Úrsula, tan segura de que iba a hallar la plata del robo oculta entre las paredes del panteón, entre los ataúdes y su carga de podredumbre. Pobre comisaria, tan atada a una moral pueblerina que ya nadie respeta, ella y su perseverancia cargada de decepciones apagadas y de futuros rencores. Pero en vano fue el viaje hasta el Buceo, la caminata por la necrópolis, la apertura de un cerrojo oxidado y de una puerta chirriante, porque en la tumba no había más que muertos y abandono, descomposición y olvido. Lo único que encontró Leonilda Lima fue la historia inevitable de todas las familias.
Después, Úrsula la vio marcharse y tuvo la seguridad de que no abandonaría tan fácilmente a su presa, de que la vigilaría desde algún sitio cercano a la espera de una imposible orden judicial de detención o, al menos, para verla salir y seguir empecinadamente sus pasos. Pobre mujer, repitió para sí, qué candidez, qué sencilla ingenuidad detrás de su insistencia en hacer justicia en un mundo arbitrario e inicuo.
Parada bajo el arco de la puerta del cementerio sintió el temor y la duda, la incertidumbre se le enquistó en alguna parte entre el estómago y el esófago, y Úrsula tragó saliva, intentó alejar el desasosiego. ¿O era miedo? Sacudió la cabeza, debía organizar sus ideas, localizar el sitio donde estaba Leonilda y ejecutar su escape. Volvió a pensar que la comisaria la seguía para tenerla vigilada, saber adónde iba, pero precisamente ahora ella no podía permitírselo.
Miró a derecha e izquierda, paseó la vista por la muralla exterior que da a la avenida, por el mercado de flores de enfrente. Sobre la misma calle y a más de ciento cincuenta metros empezaban las edificaciones, clavó la vista en el ventanal de un bar en la otra esquina, hacia el oeste. No podía ver a través del vidrio y a tanta distancia, pero era casi la única posibilidad, y estuvo segura de que la comisaria solo podía estar ahí. El punto de vigilancia era bueno, pensó, pero la distancia excesiva, casi doscientos metros que le darían a ella la ventaja, el tiempo que necesitaba para cruzar la avenida Rivera y perderse en el mercado, entre los puestos, en medio de la gente. Porque necesitaba gente, eso sí, una pequeña multitud que disimulara su presencia, que cubriera sus desplazamientos, y las cinco de la tarde era el momento ideal para perderse en las aglomeraciones. A esa hora la turba sale del cementerio, los trabajadores bajan de los ómnibus, la muchedumbre corre enloquecida para llegar a sus casas y encender el televisor, sacar de las bolsas la comida chatarra y cuidar a sus mascotas y a sus hijos y a sus plantas de plástico, en ese orden.
La decisión era difícil, nada le aseguraba que conseguiría burlar a la Policía.
Pero la víbora de la adrenalina le muerde el cuello y Úrsula corre, atraviesa el pórtico y cruza la calle, pasa por delante de los coches y los ómnibus, se mete entre los puestos de flores que a esa hora están cerrando, se pierde entre exhibidores de metal, entre los desechos de claveles mustios, entre latas de margaritas que ya no adornarán ninguna tumba. Se detiene un instante y mira sobre su hombro: ve a Leonilda que, tal como pensó, se acerca a toda carrera por la avenida, todavía a más de cien metros. La ve venir y acelera el paso, ¿de dónde sacará fuerza Úrsula, que tiene sobrepeso, que suda hasta cuando sube las escaleras del edificio en donde vive? No lo sabemos, y la teoría de la adrenalina no es del todo mala.
O será que cuando sospecha que se va a estrellar pisa el acelerador.
Úrsula cruza como un bólido la explanada del mercado amparada por el gentío que se desplaza en todos los sentidos, llega a un grupo de viviendas populares que hierve de actividad y de alboroto de madres y padres afanosos, de oficinistas exhaustos.
Se detiene detrás de un árbol que la municipalidad plantó para ella hace más de cincuenta años y, sin la incomodidad del peligro inminente, observa de lejos a la comisaria que deambula perdida entre los puestos, desorientada y confundida entre los toldos, que mira a lo lejos tratando de decidir por dónde continuar la búsqueda.
Úrsula, ya sin apuro, camina hasta el portal abierto de un edificio de apartamentos modesto, entra y se sienta en la escalera mirando hacia el exterior, se instala a esperar que llegue el momento preciso.
Saca un chocolate y lo mordisquea, una botellita y traga un par de sorbos de agua. Las personas pasan a su lado sin dirigirle la mirada; cargan bolsas con las coca-colas y las papafritas que darán a sus retoños para mantenerlos frente a las pantallas y en silencio, acarrean el vino barato que los sumirá en el olvido, conversan y discuten y pelean; se los ve cansados, consumidas las fuerzas por sus trabajos de mierda y por la falta de esperanzas; pasan a su lado sin reparar en ella ni en nada como no sean sus propias vidas mediocres y su afán de olvido. Supone, con rabia y sin resignación, que en instantes se encenderán las cumbias y el reguetón y la plena, los programas de preguntas y respuestas, los reality shows de cocina o de supervivencia, primero en un piso y luego en el otro hasta que aquello empiece a parecerse al infierno. Sobre el escalón cada vez más helado, Úrsula termina su chocolate y empieza a odiar a Leonilda, la odia por obligarla a refugiarse en ese lugar frío y escandaloso, primero con un odio prudente y sosegado, consecuencia del primer alboroto acústico que se va encendiendo piso a piso, apartamento por apartamento; después la odia sin recato, la detesta sin medida por obligarla a permanecer sentada en un escalón sucio y transitado, por hacerla escuchar la cumbia y sentir el olor a guiso que empieza a flotar en el ambiente.
Una muchedumbre desciende de varios ómnibus que acaban de detenerse en la puerta.
Decide que es ahora.
Sale del edificio y se apresura, se pierde en lo más abigarrado de la multitud, se entrevera entre los cuerpos exhaustos y sudorosos, sortea las baldosas rotas por las raíces de los árboles, milagrosamente llega hasta un taxi libre y se sube, se inclina sobre el chofer y le indica una dirección en el Centro.
El auto arranca.
Úrsula gira la cabeza y, por el vidrio trasero, ve a la comisaria que corre hacia ella, que se acerca a toda velocidad al coche ahora detenido frente a la luz roja de un semáforo inoportuno. Su corazón late desaforado, piensa que en segundos la mujer habrá llegado hasta ella, detendrá el auto y abrirá la puerta. Úrsula mira el color rojo y transpira, las manos tiemblan, otra vez gira el torso y ve a Leonilda cada vez más cerca, distingue los rasgos de su cara contraída por el esfuerzo de la carrera, las gotas de sudor en su frente, ve cada detalle de su crispación. Se aferra a la manija de la puerta para bajarse, para saltar del coche y correr también, para escapar no sabe adónde. Tira y la puerta se abre unos centímetros, siente el viento helado en su rostro y, justo antes de salir, ve el cambio de luces que anuncia que ya es tarde para la pobre comisaria Leonilda Lima. El color verde de la luz llega como el sonido largo y final del silbato que da por terminado el partido.
—¡Arranque! —grita, y el taxi acelera a fondo sobre la avenida.
Úrsula gira la cabeza y ve a Leonilda que agita los brazos, abre y cierra la boca, atrás van quedando su gesto, sus rasgos, ya no distingue el sudor de su frente ni la crispación. La ve buscar a su vez un taxi, parar un coche y otro sin éxito. ¿Acaso hubo un instante en el que tuvo miedo? Se acomoda en el asiento, sabe que no puede volver a casa, que estará vigilada. Buscará un hotel donde pasar la noche.
Suspira y se distiende. Piensa que Luz ya debe de estar en camino al escondite donde dejó el dinero del botín del blindado. Su hermana se va a ocupar.
Ella no puede, tiene dos visitas en agenda.
Y un escape.
Cabo Fagúndez
Es domingo, es invierno. Estamos en la Jefatura de Policía de Montevideo, sede de la llamada Cárcel Central, un edificio de dos mil quinientos metros cuadrados, un presidio «de privilegio» en el colapsado y esperpéntico sistema de reclusión uruguayo. Si abriéramos la puerta de alguna de las celdas, veríamos por el suelo colchones con el forro desgarrado, prendas de vestir sucias y abandonadas, artilugios ilegales para calentar el agua, los inevitables termos y mates y bombillas que cada uruguayo arrastra por la vida, en las buenas y en las malas.
La sensación general en este lugar, si no fuera por el frío cruel que recorre los pasillos y se instala en los calabozos, es la de estar en la peor prisión de la más cruel dictadura centroamericana.
Pero situémonos en la planta baja, donde no hay suciedad ni celdas ni prisioneros, donde solo hay oficinas ordenadas y funcionarios uniformados, gente limpia y amable que ocupa los despachos, escritorios y mostradores de atención al público.
La escena que el cabo Fagúndez está a punto de presenciar podría remitirlo a Edmundo Dantès y al castillo de If, pero cuando vea venir a los presos caminando por el corredor nada de eso cruzará por su cabeza, porque el cabo Fagúndez nunca oyó hablar de Alejandro Dumas.
Y su asombro, el estupor que experimentará ante la irrupción de los cuatro presidiarios que se acercarán por el pasillo con claras intenciones de salir por la puerta, frente a la pasividad de los funcionarios policiales, se limitará a exteriorizarse en una risa nerviosa, sin el menor ánimo de buscar analogías históricas o paralelismos literarios. Los prisioneros se desplazarán ante las narices de todos, apurados aunque no corriendo, delante de los policías presentes que darán vuelta la cara o se concentrarán en sus teléfonos o desviarán los ojos al techo, atravesarán el corredor hasta la puerta principal y saldrán a la calle Yí donde detendrán un taxi que, por obra del azar o porque alguien lo llamó, acertará a pasar en ese preciso momento.
Subirán al coche y desaparecerán.
Fagúndez, que ayer mismo fue trasladado desde una comisaría de barrio a este puesto en el archivo del sótano de Cárcel Central, no debería haberse movido de su escritorio hasta la hora de comer, según las instrucciones precisas que recibió de su jefe. Sin embargo, está aquí, donde no debería haber estado, de pie en el pasillo. Lleva un expediente entre las manos y siente que sus piernas se han paralizado, que sus cuerdas vocales ya no le pertenecen, ha quedado inmovilizado y mudo después de la risita extemporánea que no pudo reprimir y que nadie festejó ni comentó. Como la mujer de Lot, experimenta la sensación de haberse convertido en estatua de sal por mirar lo que no debería haber mirado. De más está decir que hasta este momento el cabo no ha comprendido que acaba de presenciar la fuga de los cuatro presos, y que no tiene la menor idea de quién es Lot.
Los cuatro hombres se esfumaron sin que sonaran las alarmas, sin que nadie gritara ni advirtiera de la fuga, sin que se dispararan los protocolos de escape, sin más asombro que el del cabo Fagúndez, y después de eso la calle Yí volvió a quedar desierta como cualquier domingo, como si nada de lo que sucedió hubiera sucedido, y no parece que nada vaya a pasar en lo que queda del día en Cárcel Central.
El cabo sigue sin encontrarle una explicación a lo que viene de presenciar, todavía de pie y con el expediente en la mano piensa en una confusión o en un error, en una alucinación o espejismo, mira a su alrededor buscando respuestas en los rostros o actitudes de sus compañeros, pero no ve ninguna señal de inquietud ni sobresalto. Lo confunde el hecho de no percibir el menor desasosiego en sus colegas. Ve a Nancy, que pasa con un vaso de café en cada mano, la mira y ella esquiva sus ojos, aprieta la mandíbula y las arrugas del entrecejo se potencian con la tensión, la ve alejarse por el mismo corredor por el que acaban de pasar los cuatro detenidos no hace ni medio minuto. En el cubículo de la guardia, Dorrego está sentado en la única silla y tiene los auriculares puestos, seguramente escucha música porque su cuerpo se mueve como siguiendo un ritmo. Un poco más acá, Miguel o Armando (todavía no los conoce bien ni se aprendió los nombres) se desplaza frente al viejo mostrador de roble, acomoda o trasiega o busca papeles, los cambia de lugar, desplaza con brío las montañas de hojas, se esfuerza, pone empeño y despliega una concentración inusual en su anodina tarea.
El cabo Fagúndez permanece de pie y callado, aferra el expediente contra su pecho, no se anima a romper este silencio que más se parece a un pacto que a una actitud casual o espontánea. ¿Cuánto tiempo pasó desde que tomó el legajo del estante, salió de su oficina en el sótano pensando en hacer una consulta, y subió la escalera hasta el corredor que conduce a la salida del edificio? Tal vez haga un minuto, pero un instante puede contener infinidad de instantes. Lo piensa, suspira y cierra los párpados, aprieta el expediente más fuerte, apoya la espalda en la pared y empieza a jadear, primero mansito y suave, después descontroladamente, y en ese instante simple y lúcido en que su sangre se llena de oxígeno y el oxígeno llega a su cerebro, descubre que él es el único funcionario de Cárcel Central que no sabía lo que iba a suceder.
Vanessa
—Vi que llegó el correo, Pedro. ¿Hay algo para mí?
—Buenos tardes, señora Vanessa. ¿Cómo está? ¿Qué tal lo está pasando?
—Bien, bien.
—El invierno en la Barra es muy cambiante, pero parece que tendremos algunos días soleados. Sí, vino el correo y me dejó algo para usted, ya se lo iba a alcanzar. Por acá tengo su sobre.
—Gracias.
—¿Tiene todo en la cabaña? ¿Necesita algo más?
—No necesito nada. Gracias.
—Cualquier cosa, ya sabe.
—Sí, ya sé.
—A las órdenes, señora Vanessa.
Qué tipo pesado, ¿por qué no se lo entrega sin más, sin tanta palabrería? El halago o la seducción, cuando el halagado o seducido no participa ni da señales, está entre lo más ridículo de las relaciones humanas. Le cae mal Pedro, no puede decidirse si es debido al tímido coqueteo, a la actitud servil con la que la trata o a la discreta calvicie que empieza a insinuarse en su cabeza. No es un hombre feliz, se le nota en la nuez pronunciada que sube y baja por su garganta.
Atraviesa el jardín hasta su cabaña, la tarde es agradable y se sienta en el exterior, frente a la mesa de plástico del deck. Abre el sobre que Pedro acaba de entregarle y saca el contenido, unas veinte fotografías con sus copias impresas en tamaño grande. Sonríe satisfecha, más cantidad de material de lo habitual.
Mira la primera y rápidamente la deja aparte, a un costado; luego pasa una tras otra casi sin detenerse, hasta que llega a la octava, y también la deja aparte; mira hasta el final y recomienza. Entonces sí las pasa lentamente, se detiene en cada imagen, estudia los detalles. Se concentra en el nacimiento del pelo, en el dibujo de las cejas, en la forma de las piernas, aunque lo que importa, ella bien lo sabe, es una armonía general, la impresión de equilibrio estético al primer golpe de vista. Ni que hablar si es bonita, porque la belleza allana el camino y hace innecesario el estudio de los detalles, del nacimiento del pelo, el dibujo de las cejas, de la forma de las piernas. El atractivo de un aspecto hermoso impacta desde el comienzo, salta desde el papel hasta las retinas, y hace que la mano de Vanessa se mueva y aparte la foto seleccionada, la deje en la pila de las que pasarán a la segunda instancia.
Hace un alto y se sirve el primer campari, mira el mar y piensa que con Adriana forman un buen equipo. Utilizan este método desde que empezaron el negocio: nada de correos electrónicos ni adjuntos con imágenes, nada que implique dejar rastros virtuales, tan difíciles de borrar. Las memorias de los archivos de las fotos, esas pequeñas y peligrosas entidades físicas que llevan las cámaras, se destruyen una vez agotado el negocio.
Adriana organiza las sesiones en lugares que alquila a través de una plataforma con sede legal en Indonesia o Irlanda y, antes de llevar a las fotografiadas, saca los adornos y tapa los muebles, corre las cortinas o persianas, hace desaparecer cualquier rasgo identificatorio. Un fondo irreconocible y banal.
Más adelante, cuando el trabajo está hecho, imprime con una conexión de cable físico y hace el envío por correo común, sin remitente y a una casilla o al hotel donde ella se encuentre. Vanessa recoge los sobres, examina y estudia el contenido, analiza el potencial de cada una y finalmente selecciona, nunca más de tres o cuatro entre diez o doce o, como hoy, entre veinte. Las fotos de las elegidas las enviará a sus clientes, también por correo y con un remitente inventado, siempre a direcciones previamente convenidas de las que guarda cuidadoso registro en una agenda, generalmente oficinas o lugares de trabajo, casi nunca domicilios particulares.
Y espera la reacción del destinatario.
Esta vez ha marcado cuatro. Adriana hizo un gran trabajo de selección y fotografía, ellas se ven hermosas y distendidas, naturales y espontáneas. Porque en este negocio no hay nada peor que lo artificioso, los rostros pintarrajeados, las bocas haciendo trompita dibujadas con labiales de colores fuertes, los cuerpos en poses pretendidamente sensuales o francamente provocativas que, ella lo sabe, no funcionan con esta clase de clientes. También se encarga de comprarles la ropa para las sesiones, elige prendas en texturas suaves y colores pasteles de acuerdo al tono de piel de cada una: a las morenas las viste en celeste cielo y verde agua; a las rubias con azul lavanda o rosa viejo, a veces con algún tono beis que imita el sepia de los daguerrotipos. Las hace sentar o tenderse en sofás que cubre con terciopelo oscuro, bordó o azul o negro, las ilumina discretamente, apenas un toque de rubor en las mejillas, les da galletitas, refrescos, libritos, algunos juguetes. Trabaja sin apuro, deja pasar el tiempo para que olviden que su ojo está ahí, detrás de la luz y tomándoles fotos.
Después de unos momentos iniciales de timidez empiezan a aburrirse porque no hay televisión y no está permitido llevar sus teléfonos; miran alrededor y ven una casa desconocida, paredes sin adornos y un mobiliario insulso, nada en qué fijar la vista; toman los libritos y los hojean, mordisquean una galleta y unos snacks, estiran los brazos y acercan un muñeco, se ponen cómodas y se olvidan de Adriana. A medida que comen y beben y juegan se van sintiendo a gusto, los músculos del cuerpo se distienden, el rostro luce relajado, brillante, limpio, a veces apoyan las piernas en los posabrazos, y las manos y los pies cuelgan con cierto desmayo.
Adriana dispara sin flash y da pocas o ninguna indicación, a veces se acerca y descubre ligeramente un muslo o abre una blusa apenas, justo donde el año que viene habrá un pecho, separa la tela para mostrar un pequeño pezón que empieza a verse turgente a pesar de la edad temprana. Otras veces, cuando caen dormidas o se distraen, ellas mismas abren las piernas y exhiben los genitales, muestran una vulva en proceso de desarrollo o lo que se parece a una encantadora alcancía de piel. Esas fotos valen oro, ella y Adriana lo saben, y hoy recibió uno de esos tesoros.
Más que fotógrafa, Adriana es una artista integral.
La conoció en el casamiento de una amiga en Montevideo, una de esas fiestas en chacras decoradas en blanco sobre un césped muy verde, tules y flores y follaje en hermoso contraste, esas celebraciones en que la bebida dura demasiado y los invitados se van desmadejando, las mujeres terminan con sus pailletes vomitadas y los hombres con sus alpacas mojadas con lamparones de sudor, todos luciendo collares de flores de plástico y convertidos en la peor versión de sí mismos en aras de una alegría artificiosa y breve, de la que mañana solo quedará el dolor de cabeza.
Y las cosas pasaron como pasan siempre, por pura casualidad. Unos días más tarde, la novia le envió archivos con registros de la boda, ella los abrió sin interés y sin pensar en nada, e inmediatamente supo que esa calidad de trabajo era justo la que ella necesitaba para el negocio que planeaba.
Deja el vaso a un costado, pone cuatro imágenes formando una cuadrícula y las mira con atención, evalúa las condiciones de cada una. Las dos de arriba son bellas sin discusión y, a simple vista, las de abajo tienen algún rasgo hermoso como el nacimiento del pelo, el dibujo de las cejas o la forma de las piernas. Hay que tener un catálogo variado porque los gustos también son diversos y, si bien la belleza y cierto desarrollo púber siempre cotizan, una nariz perfecta, un cuello elegante o la inocencia de una pequeña cavidad debajo de la boca pueden resultar mucho más redituables que unos labios vaginales en su primera faz de eclosión. Un catálogo diversificado, pero no al extremo de otros negocios como el suyo. Vanessa es una mujer de principios.
Sonríe, mañana las despachará en la oficina de correos.
La mayoría de las direcciones de su agenda son de Montevideo y Punta del Este, de San Pablo y Buenos Aires, clientes que pagan muy bien y que no hacen cuestión con los precios sino con la calidad.
El día se extingue y empieza a sentir frío. Ha sido una tarde espléndida, entra en la cabaña y toma un maletín con candado de triple combinación, compone la clave y saca dos pequeños cuadernos, hace anotaciones. Su seguro de vida, piensa. En la primera agenda hay datos de los consumidores, algunos personajes públicos que son o han sido sus clientes, información que vale oro y que, por cierto, no piensa utilizar más que en un hipotético caso de peligro. En la segunda empieza a escribir la información de las fotografiadas. Siente hambre, el día se le fue volando. Guarda la primera de las libretas y el sobre, cierra e ingresa la combinación. Todavía tiene que hacer anotaciones en la segunda agenda y le da pereza pensar en volver a abrir el portafolio, la acomoda bien escondida en el fondo de la maleta.
Mira por el ventanal que da a la terraza, el último hilo de luz que entra por la ventana. En unos momentos saldrá a cenar, alejará su atención del trabajo, beberá otra copa y contemplará el mar en calma. La próxima será una buena primavera.
Úrsula
—Espero que no le importe que me siente con usted.
—Perdón, ¿me hablaba a mí?
—Sí.
—Creo que no tengo el gusto.
—Me dijeron que usted es el inspector Clemen.
—Sí, soy yo.
—Tampoco tengo el gusto. Me presento, soy Úrsula López.
—Ajá.
—Parecería que mi nombre no le dice nada.
—La verdad que no.
—No importa, es cuestión de tiempo, ya se va a acordar.
—No sé si entiendo de qué…
—Vea, lo que tengo que hablar con usted no es algo que se pueda hacer parada. Mucho menos en un bar de mala muer…
—Señora, ignoro qué asunto la trae, pero le explico: para mí es una noche difícil, tengo que volver al trabajo y no estoy para charlas. Y seguramente usted tendrá que volver a su casa.
—¿A lavar los platos, agregaría?
—No dije eso. Ustedes las feministas…
—A mí no me conviene estar de pie tanto tiempo, por las cervicales, ¿sabe? Tengo artrosis y después me duelen toda la noche.
—¿Y yo qué…?
—Creo que a usted tampoco le conviene que yo esté así, de pie y tan incómoda.
—Mire, como le decía, no tengo tiempo para…
—Le voy a decir dos palabras para que vaya viendo de qué va el asunto. La primera: Antinucci. La segunda: robo.
—Entonces, usted es la mujer que…
—Veo que entiende de qué tema voy a hablarle.
—Siéntese, por favor, señora.
—López. Úrsula.
—Señora López.
—Mucho mejor así, gracias. No sabe lo que me hace sufrir esta maldita columna.
—Sí, sí. Ahora sé quién es.
—Era hora. Pensé que iba a tener que contarle el robo al blindado con lujo de detalles.
—Preferiría que me contara la huida con el botín.
—Eso ya lo veremos. A su tiempo.
—Soy todo oídos.
—Veo que lo interrumpí cuando estaba por atacar un capuchino con medialunas. Me inspiró, voy a pedir lo mismo.
—Adelante, póngase cómoda. ¿Necesita algo más?
—Tanto como cómoda… No se puede decir que este sea un lugar agradable. Y para colmo la televisión prendida, el ruido ambiente, la pantalla en ese color verdoso, ¿no le molesta?
—No. En absoluto.
—¿Y el olor que viene del baño?
—No huelo nada en particular.
—Bien, allá usted. Hablemos de negocios.
—La escucho.
—Estoy acá porque necesito su ayuda.
—A ver si la entiendo. ¿Usted roba un transporte de caudales y viene a pedirle ayuda a la Policía?
—Error: yo no robé ningún transporte de caudales. El Roto fue la mano ejecutora, y el doctor Antinucci, el cerebro. Usted lo sabe, no necesita que yo se lo diga, Clemen.
—Está bien, no lo robó, es cierto. Pero aprovechó la confusión para subirse a la camioneta y mandarse a mudar con el botín.
—¿Cómo explicárselo? Tampoco fue así como dice, no fue tan sencillo. Cuando entré en escena, aquello era un pandemónium.
—¿Un qué?
—Un escándalo, un lío. Los delincuentes habían hecho explotar el vehículo, el suelo estaba regado de sangre y cadáveres. No se imagina lo que era aquello, la escena de una película de guerra. Y ese tipo, el delincuente, Ricardo Prieto, alias el Roto, le disparaba a todo lo que veía.
Dicho sea de paso, un asesino peligroso que no debía estar en otro lugar que en la cárcel. ¿Me puede decir qué hacía Prieto, libre y en la calle?
—¿Me lo pregunta a mí?
—Claro que se lo pregunto, ¿acaso no representa la ley y el orden? Y si no se lo pregunto a un inspector de Policía, ¿a quién?
—Creo que…
—Yo sé muy bien que ese hombre estaba preso y con una condena importante por homicidio. No pudo haber sido liberado de buenas a primeras. ¿Qué hacía allí, en libertad y asaltando un transporte de caudales?
—En el momento del robo, el Roto acababa de fugarse de una salida a declarar al juzgado. ¿No se enteró? Apareció en todos los medios.
—No leo los diarios ni veo la televisión, aunque tampoco ignoro el desastre en el que se ha convertido el sistema carcelario uruguayo. Los ciudadanos honestos estamos a merced de la delincuencia. ¿Qué perfume usa?
—¿Yo?
—Claro, usted. ¿Quién más?
—Qué pregunta rara. Uso el que me compra mi mujer, tiene un envase rojo, es todo lo que puedo decirle.
—Verbena, piña y limón.
—¿Cómo?
—Nada, no me haga caso.
—Volvamos a lo nuestro, ¿usted ya conocía a Prieto?
—Menos averigua Dios y perdona.
—No me venga con refranes y dígame de qué forma una señora como la que tengo frente a mí conoce a un sujeto como el Roto y, lo que es más llamativo, sabe su situación procesal y los años de condena que le sentenciaron. Aunque confiesa no leer los diarios ni ver la televisión.
—Sigamos con los asuntos que hoy nos ocupan, señor Clemen, por su bien y por el mío.
—No sé a qué se refiere. Porque, hasta ahora, su bien y el mío no han coincidido.
—Le decía que entré en la escena del asalto después de que ese tal Ricardo Prieto, el Roto, le disparara a todo lo que se movía y cargara el dinero en una camioneta. ¿Quiere saber por qué salí del escondite desde donde había observado todo el robo?
—Espere, no se apresure. Este es el momento en el que yo, como policía, le podría preguntar qué estaba haciendo en ese lugar y a esa hora.
—Voy a ser honesta: fui solo para hacerle un favor a Germán. ¿Cómo decirlo sin que suene melodramático? Él estaba muy asustado, es un hombre frágil, depresivo. Lo habían obligado a participar del asalto y me pidió que fuera como apoyo moral.
—A ver si entiendo: usted fue para darle tranquilidad en medio de un asalto.
—Trate de evitar el cinismo. Hay gente fallecida de por medio, inspector Clemen.
—Discúlpeme. Y prosiga.
—Yo los miraba de lejos, de atrás de un camión estacionado a unos cien metros.
—O sea, usted y su socio tenían todo planeado.
—Se equivoca, en realidad no teníamos nada planeado. Es la pura verdad.
—Para ser una improvisación, no les salió tan mal.
—Voy volver a pasar por alto su ironía.
—Gracias por la indulgencia.
—Yo estaba escondida atrás de ese camión, le decía, cuando las cosas empezaron a salirse de control.
—El… ¿pandemónium?
—Digamos que se había desatado el caos, para que usted entienda mejor. Fue entonces que pensé que debía intervenir. Pero le aseguro que no tenía nada previsto, como no fuera un .38 que llevé por mera precaución, bien guardado en mi bolso.
—Usted no sale desprotegida, señora López.
—Nunca se sabe, inspector, en este mundo tan violento no se puede…
—Sí, sí, el mundo violento. Pero continúe con el caos y el pandemónium, por favor.
—Ya había explotado la granada o el misil o lo que fuera que hizo estallar el vehículo blindado, que todavía ardía. Prieto estaba como loco metiéndose cocaína, y ya había matado a no sé cuántas personas, porque perdí la cuenta. Él y Germán habían cargado las bolsas de dinero en la camioneta. Entonces sucede algo que me obliga a salir de mi escondite atrás del camión.
—¿Qué es lo que la hace intervenir? ¿Por qué sale de su escondite, Úrsula?
—Vi que el Roto le apuntaba a Germán con obvias intenciones de disparar.
—Le vio las intenciones pintadas en el rostro.
—Vamos, no tendría que explicárselo. ¿Un policía no conoce el modus operandi del mundo del hampa? Terminado el trabajo, en este caso el asalto, si no les sirve más, lo eliminan. Así de fácil.
—Le agradezco sus aclaraciones que echan luz sobre el mundo del hampa, señora López.
—La cosa es así: el asalto había terminado, habían cargado el dinero en la camioneta. Y a esa altura de los hechos, ¿el Roto para qué precisaba a Germán?
—Dígamelo usted.
—Para nada. Germán también se dio cuenta, y estaba ahí parado, muerto de miedo. Yo tuve un mal presentimiento, aunque recién salí del escondite cuando vi que el Roto le apuntaba con un arma en la frente. Supe que, si no lo detenía, mi amigo estaría muerto en cuestión de segundos.
—Y lo detuvo. Sin vacilar.
—Claro. ¿Qué otra posibilidad tenía? ¿Pedirle que reflexionara y desistiera, intentar persuadirlo de lo sagrado de la vida humana?
—Ahora es usted la que ironiza.
—Le hubiera visto la cara, aquel hombre estaba fuera de sí: cocaína hasta en las cejas. Permítame un momento, me pongo el saquito, porque aquí hace frío. Pido un par de medialunas y ya seguimos con lo nuestro.
—¿Y entonces?
—Ya le dije, tenía que detener a ese hombre. Hice lo que tenía que hacer.
—En buen romance, le disparó.
—Fue un acto de defensa, no de agresión.
—Por supuesto. ¿Qué pasó después?
—En el momento en que cae el Roto, alguien, situado fuera del lugar del robo, vuelve a disparar con mortero hacia la escena del robo. O sea, precisamente a donde estábamos. ¿Desde dónde? Nunca lo supe, pero venía de lejos, los proyectiles impactaron en lo que quedaba del blindado, en la vereda, en los edificios. La escena del asalto comenzó a incendiarse otra vez, un foco acá y otro allá.
—Otro pandemónium.
—Me pregunto de dónde sacan esa munición. Estoy segura de que son armas de guerra que no se compran en la feria de Piedras Blancas.
¿Investigó de dónde venían esos disparos? ¿Origen, procedencia, calibre?
—Anoto su inquietud en el libro de sugerencias policiales.
—Y, en medio de todo, a Germán le da por desmayarse. ¿Puede creerlo? Después de detener al Roto, no tuve más remedio que arrastrar a Germán hasta el único vehículo que se había salvado del incendio que provocaban los proyectiles.
—La camioneta Toyota con el dinero.
—La camioneta Toyota con el dinero.
—Y escapan.
—Lo primero que pensé fue en poner distancia con las explosiones de mortero.
—¿Cómo sabe que era mortero?
—No leo los diarios, pero veo películas. ¿Qué habría hecho usted, inspector? ¿Quedarse o huir? Lo primero era salvar nuestras vidas.
—Usted lo dijo hace un momento: lo sagrado de la vida humana.
—Traté de escapar de ese infierno de violencia, fuego y muerte; intenté salvar a Germán y salvarme a mí misma, y correr hacia un lugar seguro.
—Y de paso, con los millones en la parte trasera y a buen recaudo.
—No iba a tirarlos por la ventanilla.
—No, no iba a tirarlos, así que escapó, y mientras huía pensó dónde y cómo esconder el botín que llevaba en la parte trasera.
—Véalo desde otro ángulo: si yo no me la hubiera llevado, la plata se habría quemado con esos proyectiles incendiarios. O la hubiera robado el primero que pasara. Por ejemplo, los vecinos del barrio, que ya habían visto flotar billetes quemados y estaban a la espera.
—Una mujer prudente.
—Dicho sea de paso, también tuve que escapar de sus hombres, Clemen, que me seguían con aparente disimulo, que me pisaban los talones. No fue fácil, inspector.
—Una persecución poco exitosa, si mal no recuerdo, que usted pudo burlar sin problema. Al punto de hacer desaparecer las bolsas con el dinero en nuestras propias narices. Qué talento, señora.
—Pude, es cierto, aunque no fue tan fácil como usted lo pinta. Si todo requiere su esfuerzo, imagínese lo que fue esconder esas grandes bolsas de dinero. No fue coser y cantar, créame.
—Cambiando de tema, ¿confiesa que le disparó al Roto?
—No vine acá a admitir un delito ni a confesar un pecado.
—¿A qué vino, exactamente, Úrsula? ¿Por qué me cuenta todo esto?
—Seré clara: vine a pedirle que me saque de encima a dos personas que comienzan a molestarme. Al doctor Antinucci y a la comisaria Lima.
—¿Y por qué tendría que ayudarla?
—Porque yo sé que usted fue un colaborador estrecho y necesario en ese robo, le mintió a la prensa cuando dijo que el dinero se había quemado, supongo que con la idea de recuperar la plata para su provecho. También dijo que no hay delincuentes ni testigos vivos. ¿Se olvidó del Roto?, ¿de Germán?, ¿de un tercero que huyó antes de que el robo empezara? Sin contarme a mí misma.
—¿Ahora lee la prensa, Úrsula?
—Solo a veces, y lo indispensable. La vida es un suspiro y no quiero amargarme.
—¿Y cómo puede estar segura de que yo soy cómplice? Me imagino que tiene pruebas.
—No habría podido desplegarse semejante operativo encubierto en torno a mi escape y al dinero sin la complicidad y la logística de las autoridades policiales. Sé que usted está hasta las manos, inspector Clemen. Los hechos lo señalan con una flecha roja.
—¿Y entonces? Sigo sin entender por qué iba yo a ayudar a la persona que me robó el dinero.
—Veamos, la versión oficial del robo dice que los delincuentes murieron en el tiroteo y que la plata se quemó en la explosión. Entonces puede aparecer Germán, uno de los ladrones, que sabe cómo y quiénes organizaron el golpe al blindado, cómo sucedieron los hechos. Y una testigo que acertó a pasar por la escena: yo.
—¿No le parece peligroso amenazarme, señora López?
—Sí, es peligroso, y lo pensé bien antes de venir. Para mi seguridad dejé todo por escrito, mi declaración y la de Germán, con copias a personas de mi confianza para ser distribuidas a la prensa y autoridades en caso de necesidad. Vamos, Clemen, puede arrancarme las uñas, puede cortarme en pedacitos, pero eso no le garantizará la impunidad.
—Se cree muy astuta.
—Sospecho que sus superiores, desde el ministro del Interior para abajo, deben de estar alarmados por este extraño desenlace del asalto, preocupados por la verosimilitud de esta historia en la que se queman todos los billetes y mueren todos los involucrados. Quizá otra versión de los hechos movería la curiosidad pública y, de más está decirle, no le haría bien a su reputación.
—Usted piensa que todos somos corruptos.
—Inspector, el realismo mágico latinoamericano ya no es un género literario, sino político.
—A ver si la entiendo. Quiere que yo garantice su seguridad a pesar de que huyó con los millones.
—Sí.
—Me sobrevalora: ni un jefe de Policía puede tanto.
—Ya se lo dije. Si a mí me pasa algo, saldrán a la luz todas sus mentiras sobre el asalto. Entonces, no lo olvide: sáqueme de encima a la comisaria y a Antinucci… ¿Dónde está el mozo?… Señor, señor, ¿podrá atenderme? Tráigame dos medialunas de jamón y queso para llevar y un massini. Que las medialunas sean tres, mejor… Cuídeme, inspector, cuídeme, por su bien y por el mío. ¿Ve? Su interés y mi interés coinciden, después de todo.
—Úrsula, ¿y qué pasa con el dinero?
—Inspector Clemen, yo guardo su secreto, garantizo su impunidad.
—¿Y la plata?
—La plata es mía.
Leonilda
Atraviesa la hermosa plaza Matriz, mira la fuente de mármol con sus cuatro niños y cuatro faunos, se apresura frente a la puerta de la catedral, dobla a la derecha por Sarandí. Todavía no puede creer cómo se le escapó cuando ya casi la tenía. Maldito semáforo, tuvo que cambiar la luz en el instante en que casi alcanzaba el taxi. Se detiene en la puerta de un edificio en la esquina con Treinta y Tres.
—Buenas tardes. ¿Usted es de acá? Busco a una mujer que también vive en este apartamento, creo que en el piso de arriba. Úrsula López, se llama. ¿La conoce?
—Buenas noches, yo diría.
La mujer entrada en años mira a la comisaria Lima de arriba abajo, pasa la bolsa con las compras de una mano a la otra y desvía la vista, la pasea sin apuro por la vereda de enfrente, después vuelve su rostro ajado de ojos entrecerrados.
—Sí, claro que la conozco, ¿cómo evitarlo? Si pensaba subir a verla, le aviso que no está en su casa, ahí tiene todas las facturas que dejaron este mediodía en su buzón.
La comisaria no necesita que se lo digan, sabe perfectamente que Úrsula salió esta mañana. Hace una hora que escapó frente a sus narices, cruzó desde la puerta principal del Cementerio del Buceo y se perdió entre la gente, se subió a un taxi que arrancó en el momento preciso en que ella llegaba corriendo. ¿Por qué la persiguió? No tenía una orden de detención y sabe que ya no la tendrá, desde que se cerró el caso del robo al blindado. Si ahora está en la puerta de su edificio hablando con una vecina es porque no sabe qué otra cosa hacer, por dónde buscarla, y es incapaz de abandonar su obsesión.
—¿Tiene alguna idea de dónde puede haber ido? ¿Habitualmente va de vacaciones a algún sitio? ¿Sabe si tiene una casa afuera, una casa de playa, por ejemplo?
—No la conozco tanto. En realidad, no la conozco casi nada, aunque somos vecinas de toda la vida. Pero cada una en lo suyo, buenos días, buenas tardes, eso es todo. No soy una chismosa de barrio de las que meten las narices en las vidas ajenas. Mire, ahora que lo dice, ojalá se haya ido definitivamente, sería una tranquilidad para todos. Está muy loca esa mujer.
—¿Por qué dice que Úrsula está loca?
La mujer entorna otra vez los párpados, el iris desaparece bajo el colgajo de la piel flácida. Se inclina y deja la bolsa de las compras en el suelo.
—Todos estamos un poco locos, ¿no le parece?
—Tal vez.
Ahora la vieja le clava la mirada, abre bien los ojos.
—Usted es policía, ¿no? Me imagino que la está buscando por el asunto de las denuncias.
Leonilda tiene que decidir entre una mentira y una omisión, elige la segunda.
—Soy policía, sí. ¿Quiere ver mi identificación? Acá está. Comisaria Leonilda Lima.
—No, no es necesario mostrar ningún documento, se le nota en la pinta. ¿Por qué cree que estoy acá, hablando con usted y a esta hora? Si no me hubiera dado cuenta le habría cerrado la puerta en las narices. Con todo el malandraje que hay en este barrio…
Las alarmas se disparan, Leonilda parpadea rápidamente: no se acostumbra a que le digan que parece lo que es. ¿Cómo habrá sido el proceso de incorporar el aspecto de policía en estos diez años de carrera? El entrenamiento y la disciplina la hicieron delgada, musculosa, pero eso hoy es muy común, los gimnasios están llenos de gente así, las calles están llenas de gente así. Debe de haber algo más que la vuelve reconocible, identificable, piensa con cierto sobresalto. Quién lo hubiera dicho en otros tiempos, cuando era la hija de la Jussara, allá lejos y en Rivera. Después, cuando se mudaron a Montevideo, entró en la Escuela de Policía y… Aparta de su mente las historias viejas.
La mujer que tiene delante no continúa hablando ni termina de entrar al edificio, empuja un poco la puerta y la vuelve a cerrar. Curiosidad o ganas de charlar con alguien, quién sabe qué la motiva a seguir allí parada, conversando con una policía.
—¿No es un poco tarde para un interrogatorio policial? Mire la hora, ya casi es de noche.
—No es un interrogatorio, comprenda, es una charla informal. Y la Policía trabaja las veinticuatro horas. Recién me decía que Úrsula está loca.
Respira profundo o suspira, se estudia a fondo las uñas de la mano derecha antes de hablar.
—Loca es decir poco. Esa mujer es peligrosa.
—Peligrosa. ¿En qué sentido?
Reflexiona, no se apura en responder, pero cuando empieza a contestar las palabras se atropellan en su boca, se desbocan.
—Le digo la verdad: yo le tengo miedo. Y usted, como buena policía que debe de ser, enseguida me va a preguntar por qué le tengo miedo, ya me lo veo venir. Así que se lo digo de una vez por todas: le tengo miedo porque esa mujer tiene una actitud amenazante, se conoce que es violenta. Sí, me inquieta su sola presencia.
—Pero ¿ha tenido problemas con usted, en el edificio o en el vecindario?
—Bueno, tanto como problemas, no creo. Nadie quiere tener problemas con Úrsula.
—¿Entonces?
—Está mal de la cabeza, ¿no le digo? No tiene límites, insiste en acusar a los vecinos por ruidos que nadie oye, nos manda cartas pidiendo que nos saquemos los zapatos para caminar, hace denuncias policiales por supuestas fiestas. Me imagino que por eso la mandaron de la Seccional de
Policía, señora…
—Comisaria Lima. Leonilda Lima.
—Yo me llamo Mabel y vivo en el cuarto piso.
—Me decía de las denuncias, señora Mabel.
—Dice que oye ruidos, que los vecinos hacemos juergas, fiestas, escándalos. Imagínese, los que vivimos acá somos un puñado de viejos, menos la parejita de abajo que se mudó hace poco. El peor escándalo es una radio con algunos tangos, la televisión con el noticiero de las ocho o un programa de chismes. Sí, alguno es medio sordo, los decibeles se disparan alguna que otra vez, pero tampoco es para tanto.
—¿Y por qué razón Úrsula sería amenazante y peligrosa?, ¿porque se queja de los ruidos?
—No, no es solo por eso. Es una actitud, no sé si me entiende, algo indefinible. Cuando la miro siento que esa mujer es capaz de cualquier cosa. Y no es un hecho aislado que oiga sonidos que no existen, también habla con su difunto padre, todos la hemos oído bajar la escalera peleándose con él a los gritos. ¿No le parece que hablar con los muertos es síntoma de locura?
—No sabría decirle. Soy policía, no psicóloga.
—No me haga caso, entonces, capaz que son cosas mías.
—¿Me decía que la conoce desde hace tiempo?
—Me mudé a este edificio hace más de veinte años y la familia López ya vivía acá, el padre y las dos hijas. Sé que la madre murió joven, pero no sé las fechas. Eso sí, había una tía que iba y venía, la hermana de la madre, pero no vivía acá. Se llamaba Irene y, por lo que sé, tenía una relación con el señor López. ¿Sabe qué? Dicen que murió asesinada.
Carraspea y continúa.
Para no ser chismosa, es llamativo todo lo que sabe Mabel.
—La hermana de Úrsula se casó con un millonario, un tipo importante. Las fotos de la boda salieron en todos los diarios. Después, el padre falleció, pero Úrsula no se fue, se quedó acá. Mire si será rara, una mujer bonita y nunca se casó.
—¿Rara porque no se casó?
—No quise decir eso, usted ya sabe a qué me refiero.
Leonilda entiende perfectamente, ha conocido a muchas Mabeles en su vida.
—¿Novios, amigos… le conoce?
—No sé, yo no ando espiando a la gente. Aunque ella… —¿Ella qué?
—A ella sí le gusta fisgonear. Vichar a los otros. ¿Comprende lo que le digo?
Cuando habló, Leonilda casi se dirigió a sí misma.
—Eso sí que no lo sabía.
—Dicen que tiene un aparato, un telescopio o como se llame el instrumento para ver de lejos. Y así espía a los vecinos de allá enfrente, cruzando la calle por el lado de Treinta y Tres.
—Ajá.
—Y desde que se mudó la parejita del segundo…
—¿Qué?
—Se para frente a la puerta a escucharlos cuando…, ya me entiende.
—No, no le entiendo.
—Los espía cuando tienen sexo. Y yo, que vivo abajo, le aseguro que tienen sexo muy seguido. Los muchachos son jóvenes, son entusiastas, y se ve que a veces se olvidan de cerrar la puerta. O no les importa o lo hacen a propósito. Ella se para delante del apartamento y los escucha o los mira, yo qué sé. La viera a Úrsula, arrodillada en el suelo, espiándolos. No quiero ni pensarlo, pero creo que esa mujer se… estimula. ¿Usted qué piensa de una mujer así?
—Yo no pienso nada, Mabel. Resumiendo: Úrsula denuncia ruidos molestos, habla con el padre muerto y le gusta mirar a la gente mientras tiene relaciones sexuales. Y es rara porque no se casó con un millonario, como su hermana.
—Veo que me entiende.
Sí, Leonilda entiende, y ve que la conversación no va a ninguna parte. Mabel es otra Mabel, una más entre todas las que conoce. Piensa en darle las gracias por la información, pero decide que no y se aleja del portal sin despedirse. Está harta de todas las Mabeles del mundo.
Rocco
El taxi arranca con los cuatro hombres a bordo, circula por la calle Yí hasta Dieciocho de Julio y dobla por Aquiles Lanza en dirección al Río de la Plata, atraviesa la masa compacta e imperturbable de una Montevideo casi nocturna. La soledad del Centro permite al chofer conducir rebasando el límite de velocidad legal, algo que nunca podría suceder si fueran las cinco de la tarde de un día laborable. Nos preguntamos si esa no fue una de las causas por las que Rocco eligió la hora tardía y el domingo, entre tantas otras razones y decisiones que facilitaron el escape y que en este momento no vienen al caso. Avanzan por las calles vacías, decíamos, y en el interior del vehículo reina un silencio espeso cruzado por respiraciones, carraspeos, susurros esporádicos entre Ruben y Leonardo. Rocco piensa en lo que deja atrás, dos años en ese sitio, dos años enteros de su vida encerrado en una cárcel de mierda, en ese agujero mugriento e infecto, dos años hasta que finalmente pudo arreglar la huida.
Sonríe: recuerda los cincuenta mil euros que le costó la fuga, la verdadera fuga, una simple caminata por la prisión hasta llegar a la puerta que da a la calle, salir al exterior sin que nadie los detenga, tomar un taxi y desaparecer. La sonrisa se le ensancha al pensar en la historia de ficción que el inspector le contará mañana a la prensa. Clemen mostrará los boquetes en la pared del calabozo 24, los hierros cortados de la ventana, las cuerdas y los arneses encontrados, exhibirá el escenario, dirá que ahí se produjo el escape de los cuatro hombres que, algo pasados de peso y sin entrenamiento circense, habrían hecho malabares colgados en el vacío, saltado techos y azoteas hasta ganar la calle.
Ridícula la idea del inspector sobre un escape creíble. Siente vergüenza ajena por lo absurdo de la escenografía, por una situación que transformará al país en el hazmerreír de la Policía de todo el mundo.
Prende un cigarrillo y nadie, ni el chofer ni sus tres acompañantes, le dice que está prohibido fumar en el transporte público.
Sí, tras la huida queda ese montaje disparatado, grotesco e inverosímil, un relato que intenta ocultar el hecho de que los presos salieron por la mismísima puerta de la cárcel y delante de todos los funcionarios. Recuerda la salida y sonríe. Había que ver la cara que puso un muchacho, un policía jovencito que cuando los vio llegar quedó inmóvil aferrando unos papeles, los ojos y la boca muy abiertos. A ese seguro que no le había tocado nada de los cincuenta mil.
Solo había bebido un par de tés de menta en todo el día y, después del nerviosismo inicial, cuando la cárcel queda definitivamente atrás y no parece haber persecución policial, cuando la calle Aquiles Lanza empieza a pasar cada vez más rápido frente a su ventanilla, se distiende y siente un hambre de animal salvaje. En este momento lo que más desea en el mundo es que el Ruso le prepare sus pizzas con peperoncino.
Cierra los ojos, piensa que tuvo mucho tiempo para trazar sus planes, diseñar sus estrategias. Lo primero será deshacerse de estos tres acompañantes que en pocas horas serán un lastre. No va a ser difícil pasarle su ubicación a Clemen y que él se encargue. Mañana hará un viaje a una ciudad cercana, donde debe resolver algunos asuntos, y en la noche volverá a Montevideo. Después iniciará el escape final hacia el este, para el lado de Brasil. Una pena, le gustaba mucho el Uruguay que conoció antes de que lo apresaran, le gustaba su vida en Punta del Este, el entorno y sus relaciones, la nueva familia que había formado y, aunque a veces sentía deseos de volver a Milán o por lo menos a Calabria, más que resignado estaba contento con su vida en el pequeño y hermoso país. Una lástima, pero en Brasil tendrá facilidades que acá no encuentra.
Abre los ojos en un coche que circula a toda velocidad por una ciudad que va quedando en penumbras. Cuatro hombres lo rodean; a primera vista parecen tres pasajeros y un conductor. Afuera, calles que no reconoce, un paisaje nocturno que pasa a toda velocidad al otro lado de su ventanilla. ¿Dónde está? ¿Quiénes son esos hombres? Lo que ve afuera no es Africo, pero tampoco es Milán. Ve que es un taxi, él va sentado en la parte trasera, a su lado hay dos personas y en el asiento de adelante dos más. Mira los perfiles de los desconocidos que cuchichean a su lado. Siente crecer la inquietud, el desasosiego de no reconocer la trama, el escenario ni los personajes. ¿Qué hace en un coche con cuatro extraños? ¿Adónde se dirigen? Tantea sus bolsillos con disimulo, busca un arma que no encuentra, aunque sabe de sobra que él siempre sale armado. Palpa una cosa rectangular y dura, la saca y la mira: una pequeña libreta Moleskine de tapas rojas. No llega a abrirla. El recuerdo vuelve como un relámpago: los últimos días en la cárcel, la transa del escape con Clemen, la huida por la puerta de la prisión y este taxi. Cuando empezaron estos episodios, cuando experimentó las primeras lagunas en su memoria, el doctor Gómez le aconsejó hacer anotaciones detalladas de las situaciones en que se encontrase, y eso hace. Ahora piensa que el estrés del escape desencadenó este olvido, y siente el alivio de haber recuperado los recuerdos, de recobrar el presente. Guarda la libreta, no va a necesitar abrirla. Se apoya contra el respaldo, se distiende.
La ciudad que pasa frente a sus ojos tiene un nombre largo y sonoro que él conoce y ahora recuerda: Montevideo. Llegan a la rambla del río-mar, el taxi dobla a la izquierda y se dirige al este, pasan al parque Rodó y el conductor pone el señalero para doblar por la avenida Sarmiento.
—No, siga por la rambla hasta Punta Carretas. Pase las canteras, después doble por Bulevar Artigas, más adelante y a la derecha puede tomar la calle Solano García.
El tipo se encoge de hombros y hace lo que Rocco le dice. No le pagaron por discutir cuál es el mejor camino.
En ese lugar de la costa la ciudad empieza a mostrar su cara más bonita, la cadena interminable de playas, más de diez kilómetros de arenas blancas que comienzan con la Ramírez y terminan en el puente del arroyo Carrasco. Rocco ve la costa iluminada por los focos, atrás van quedando el parque Rodó y su rueda gigante, las calesitas y las luces de los juegos, y a su derecha pasa el río-mar brillando con su color plateado nocturno. Al doblar por Bulevar Artigas ve los edificios suntuosos y sonríe, quién sabe por qué razón, tal vez porque sabe que ya falta poco para llegar a su destino. El taxi dobla y toma Solano García, circula unos metros buscando el número y se detiene.
—¿Los dejo por acá, maestro?
Como un perro de Pavlov, Rocco ve el cartel de Eatalian Style Pizza e Pasta y se le hace agua la boca. Solo bebió dos tés de menta y el Ruso lo estará esperando con pizza con peperoncino, otra con anchoas y mozzarella, piensa, y se toca la barriga, contento. Descienden y el taxi se aleja muy veloz. Golpea la puerta pintada de color rojo. Serguéi les abre con una sonrisa que parece la entrada de un supermercado. Se meten rápidamente en el local antes de empezar con los saludos. Adentro, el calabrés y el ruso se abrazan, se palmean la espalda, Rocco le da tres besos a Irina. Los otros hombres esperan el momento de las presentaciones. A esos habrá que despacharlos, piensa, no quiere testigos de su paso. Va a tener que hablar con Clemen.
Se despliega la euforia del triunfo. Ya habrá tiempo de recibir los teléfonos y el dinero y los documentos. Ahora toca comer. Un aroma delicioso llega desde la cocina de Eatalian Style que, para recibir como se debe a un destacado miembro de la ‘Ndrangheta, ha cerrado sus puertas al público.
Úrsula
Hace minutos taché de mi lista de asuntos pendientes la charla con el inspector Clemen. Sucedió en un oscuro y apestoso café del Centro que ofrece unas medialunas rellenas no del todo malas. Hubo momentos ríspidos, pero logramos dejar ciertas cosas en claro, al menos las más importantes, y ahora tengo por delante un trabajo en el hospital. Es el turno de enfrentarme a ese hombre, Ricardo el Roto Prieto.
Qué fácil es hacer mal las cosas en este tercer o cuarto mundo que habito, con qué facilidad se entra al hall de un hospital, se identifica a la recepcionista, siempre aburrida o somnolienta, invariablemente con los ojos en la pantalla, se le dice que uno viene de la empresa Pirulo Cuidadores Nocturnos y que va a pasar la noche con el señor Fulano o Mengano (nunca con Ricardo Prieto, por supuesto). Ella mascullará asintiendo o hará un gesto con la mano. Después, solo quedará seguir un camino laberíntico de pasillos y ascensores vacíos a estas horas, atravesar el enorme edificio dormido, encontrar una enfermera y preguntarle dónde están los presos en custodia, tres corredores y a la derecha, dice, dos puertas más y a la izquierda, subir al ascensor del bloque B hasta el quinto piso, otra vez a la izquierda y hasta el fondo. Uno puede darse el lujo de confundirse, de perderse, de deambular por los pasajes anchos y desolados sin que nadie lo detenga, sin que nadie le pregunte adónde va, hasta que más por casualidad que por las instrucciones recibidas llega al final de un pasillo, a una puerta vigilada por un hombre uniformado.
A pesar de la hora, el policía de guardia no duerme como yo había imaginado en un arranque de optimismo sin fundamento, y su desvelo me obliga a improvisar los pasos siguientes, me empuja a llevar al extremo las habilidades para hacer frente a lo imprevisto. Busco la sala de enfermeras que descubro a escasos diez metros, está vacía y no tengo más que empujar la puerta y entrar. Revuelvo entre los guardapolvos que previsiblemente están colgados en el perchero, tomaré prestada una prenda, algo que alcance a cubrir este cuerpito ancho y voluminoso y que, gracias a la uruguaya propensión a atiborrarnos de lípidos y carbohidratos, no tardo en encontrar. ¿Será importante agregarle una cofia de enfermera? No si voy a ser médica, digamos gastroenteróloga, y así es mejor porque ¿qué ser humano se atrevería a discutir con una gastroenteróloga? Ningún lego lo haría, mucho menos un policía que funge como custodio de un preso a estas horas de la noche.
Ya enfundada en mi disfraz pienso que debería colgarme un estetoscopio para terminar de redondear el personaje, para hacerlo más verosímil, pero no veo aparato alguno a la vista y dudo que el agente allí sentado, la cara contra el celular, eche en falta el instrumental. Una tablilla con hojas y una lapicera aportarán lo suyo a mi look de profesional de la salud. En un último alarde de mimetismo con los médicos me calzo bien en la punta de la nariz los lentes de ver de cerca.
—Buenas noches, oficial.
Disparo a quemarropa la palabra oficial, aunque solo con mirarlo sé que jamás pasó por la Escuela de Policía ni por escuela alguna como no sea la pública del barrio periférico donde se crio. Sí, la lógica implacable de la sociedad capitalista me permite leer en su cara como en un libro abierto: las privaciones de la infancia en sus arrugas prematuras, las horas de viaje desde un suburbio miserable en sus ojeras oscuras. Sí, lo siento mucho por él y su vida de mierda, pero antes de que hable, aún sin que haya abierto la boca, ya sé que no será un contendiente difícil para mí.
—Buenas noches…
—Soy la gastroenteróloga a cargo del paciente Ricardo Prieto. Tengo que entrar a verlo.
—¿Usted quiere ver a Prieto?
Me acomodo los lentes y hago como que consulto la primera hoja de la tablilla. Me tomo mi tiempo.
—Prieto, efectivamente. ¿No es el nombre que le dije?
—Sí, pero es que nadie me avisó.
Alzo los hombros y lo miro por encima de los cristales, dejo que el silencio se estire entre dos suspiros, tardo unos segundos en contestar.
—Vea, oficial, los resultados del último análisis no están bien, no están nada bien. Hay riesgos, y voy a tener que revisarlo ahora mismo, quizá extraer otra muestra de sangre para repetir los estudios. No sé si me entiende. Es ur-gen-te.
—Pero nadie me…
—Como comprenderá, no es mi problema. Usted puede llamar a algún superior, decirle que es necesario proceder de inmediato, que quizá haya que hacer más análisis, cambios en la medicación, ya sabe. Y que no podemos esperar porque, como le dije, hay una situación de peligro. —¿Qué tipo de peligro? No sé… —De vida, oficial.
—No sé si puedo llamar… Porque a esta hora, tan tarde… —La salud no tiene horarios.
—¿Cómo dijo que se llamaba, doctora?
—No se lo dije.
El hombre parpadea. Aprovecho su vacilación para atacar.
—¿Usted se hace responsable si a este paciente le sucede algo? En ese caso, le voy a presentar un formulario para que estampe su firma haciéndose cargo de su decisión.
—¿Si le sucede algo como qué, doctora?
—Ya le dije, una fatalidad irremediable.
—No me asuste…
En ese momento oigo que le suena la alerta de un mensaje de WhatsApp en el teléfono, los ojos del policía se desplazan de mi cara a la pantalla verde de la aplicación y ahí quedan prendidos, cautivos, hipnotizados. Y aún antes de que lo haga sé que no podrá evitar la pulsión de mirarlo, que su mente dominada por las ansias ya empezó a pensar la respuesta, que solo desea que yo desaparezca de su vista para empezar a escribirla. Viendo su cara, hasta imagino el tenor del mensaje: «Yo también te quiero» o «Te extraño» o «Por acá todo tranquilo», después vendrá: «Besito». Lo contemplo y sé que lo perdí, que sus ojos ya no volverán a mi cara, que yo ya me esfumé de su mundo y que no tendrá sosiego hasta que escriba la primera letra. Mientras teclea lo oigo murmurar, me llegan sus últimas palabras.
—Entre, nomás. Yo después reporto.
Respiro hondo y apoyo la mano en el picaporte de la puerta de la habitación del Roto.
Ahora viene la parte difícil.
Rocco
En el expediente caratulado ROCCO MORABITO, a fojas 216, hay un documento titulado INFORME PSICOLÓGICO PRELIMINAR, compuesto de nueve páginas en el que no consta firma alguna ni se menciona por quién fue elaborado. Así como se omite el nombre del o los autores, tampoco se especifica con detalles el objeto del estudio, ni la calificación o formación de las personas que lo realizan, ni siquiera el método, ni el conocimiento técnico o científico utilizado para llegar a las conclusiones que allí se consignan.
La Sección de Análisis de Conducta es una novedad que se incorporó a la Policía Nacional de Uruguay a imagen del FBI o de la Scotland Yard, y está destinada a elaborar hipótesis de la actuación criminal a través de análisis psicológicos. En este caso, la citada sección se limitó a estudiar dos informes previos e incorporarlos al expediente judicial. Uno de los estudios refiere a eventuales estados de confusión que podrían devenir en la pérdida de la memoria y potencial enfermedad de Alzheimer, el otro menciona agresiones violentas perpetradas en la prisión contra guardias y compañeros de reclusión, y alude a una posible evolución de la patología como causa probable.
Sin embargo, y dado que no consta que dicho informe preliminar sea pericial, que no se dice si fue realizado por profesionales psicólogos o psiquiatras, fue desechado por la fiscalía que entiende en el caso de la fuga del referido Morabito.
Úrsula
Ahora viene la parte difícil, piensa.
Todavía no entra, apoya la mano en el picaporte y cierra los ojos. Las imágenes del robo del blindado le llegan en ráfagas: una calle de casas grises en las afueras de Montevideo, un barrio de clase baja, construcciones hechas en bloques de hormigón sin revocar, jardincitos donde se amontonan los trastos, la basura, algún jazmín que empieza a estar en flor.
Hay dos camionetas paradas, una Toyota y una Nissan, es el momento tenso y expectante previo al asalto al vehículo blindado que transporta el dinero.
Recuerda la escena tal como ella la veía desde lejos, a cien metros de distancia; se ve a sí misma escondida detrás del camión esperando la señal de Germán, con los binoculares de su padre apretados contra los párpados. Revive el ruido de cilindrada potente, su desconcierto y la estupefacción de descubrir que allí, a cien metros, estaba la cara de Ricardo el Roto Prieto, el hombre que ella mandó a prisión por el asesinato de la tía Irene. ¿No había sido condenado a diez, veinte años? En cualquier caso, ¿por qué estaba ahí, libre, un delincuente sentenciado y preso, participando del asalto con Germán, cuando debería haber estado fuera de circulación por muchos años? Pero en ese momento nada le importaba demasiado, Úrsula había empezado a sentir en sus narinas el olor del dinero, esa mezcla afrodisíaca del perfume del papel moneda, de la tinta y del sudor humano. Cuando tuviera toda esa plata en su cuenta de banco adelgazaría, compraría una casa en Carrasco y tendría una piscina, contrataría mucama y jardinero, cambiaría su auto viejo por uno nuevo, se tomaría vacaciones en una playa con mar verde y lejano.
Ahora, parada frente a la puerta de la habitación donde está el Roto, la mano apoyada en el picaporte, Úrsula recuerda que miraba la escena donde se produciría el robo y esperaba, fantaseaba con su futuro cuando oyó un ruido de cilindrada potente que anunciaba un vehículo pesado, el esperado transporte de caudales. Fue entonces que desde su escondite vio al Roto, reconoció su cara, lo vio subir a la camioneta Nissan. Simultáneamente oyó el siseo de lo que después sabría era el proyectil de un lanzagranadas. Al pegar en el blanco, la explosión fue terrible, el vehículo ardió de forma instantánea lanzando columnas de fuego y humo, una hoguera que anticipaba la destrucción y la muerte. Al estruendo le siguió un silencio de segundos, un vacío apenas cruzado por el crepitar de las llamas, por el runrún lejano de la ruta. Un hombre viejo en pijama se asomó a un balcón, se aferró a la baranda gritando y señalando, haciendo ademanes y moviendo los brazos. Ricardo salió de la Nissan, levantó el arma y apuntó, le vació un cargador entero en el cuerpo. El viejo cayó sin ruido y su cuerpo quedó tapado por el murete de la terraza.
Úrsula presenciaba el armagedón desde su escondite. Del vehículo en llamas salían voces, creyó entender que decían que estaban heridos, suplicaban que no les disparasen. Ricardo tenía una carabina semiautomática en una mano y el .38 en la otra. Fue hasta la parte delantera y, sin abrirla siquiera, disparó una ráfaga y luego una segunda — el fragor era sordo, como explosiones atenuadas por una almohada de plumas, piensa ahora Úrsula—, aunque la primera fue suficiente para reducir a esquirlas la puerta del blindado, partir en dos el cuerpo del conductor y volarle la cara al acompañante. Quedaban otros dos guardias en la parte trasera que, en cuestión de segundos, el Roto remataría con disparos de revólver. Úrsula vio el desarrollo de toda la escena a través de sus largavistas, oyó los gritos, olió la pólvora y el miedo, la sangre, pensó en el peligro y en el dinero y en Germán, en ese orden o en otro cualquiera, se contuvo y apretó los dientes, esperó su oportunidad como la había esperado siempre.
Metió la mano en el tapado, recuerda que tocó su .38. El fuego inicial de la explosión del vehículo blindado comenzaba a apagarse, Germán y el Roto se apuraron a sacar las bolsas de dinero del camión y las cargaron en la caja cerrada de la camioneta Toyota.
Después sabría que era la recaudación de un casino de toda una noche, millones y millones en efectivo.
Ahora Úrsula, parada en la puerta de la habitación de hospital donde yace el Roto, piensa en el momento en que decidió entrar a escena. Recuerda que vio a este mismo hombre, el que ahora está en una cama detrás de la puerta, alzar el arma a la altura de los ojos de Germán, colocarla en el espacio entre su nariz y la frente. Sabe que sacudió la cabeza con rabia: no podía permitir que le hicieran algo así a su amigo.
Sacó el .38 del bolso, caminó los cien metros que la separaban de la escena. El Roto levantó la vista y la vio aproximarse, Úrsula está segura de que la reconoció en el instante, supo que era la mujer que lo había mandado a prisión por un crimen que no había cometido. Se acercó hasta situarse detrás de Germán, de frente a Ricardo Prieto que la miraba incrédulo o estupefacto, los ojos muy abiertos, el cuerpo petrificado, y ella, sin dudarlo un instante, sin esperar a que él saliera de su asombro y reaccionara, le disparó.
El hombre se tambaleó y retrocedió unos pasos, el arma cayó al piso desde su mano, tropezó y volvió a mirarla. Úrsula recuerda que el cielo se oscureció a la velocidad de un eclipse. Ricardo se dobló en dos, se tomó el pecho con ambas manos, alcanzó a levantar la cabeza, a ver el revólver con el que Úrsula acababa de dispararle. Sí, la había reconocido. Luego se curvó un poco más y se replegó hasta caer al suelo.
Y otra vez empezaron a zumbar los proyectiles.
En aquel momento pensó que una herida de bala en el pecho no podía tener un buen pronóstico de supervivencia, pero se equivocó, y ahora está acá para remediarlo.
Antes de entrar en la habitación del Roto tiene un último recuerdo: Germán temblaba, apenas podía mantenerse en pie. Los proyectiles explotaban. El ruido de una sirena se oyó a lo lejos, acercándose. Entonces tomó la decisión, buscó el vehículo con la mirada, arrastró a Germán y lo subió, huyó en la Toyota cargada con el botín del asalto.
Ahora, parada frente a la puerta de la habitación, Úrsula siente otra vez la adrenalina, ese empujón que viene de adentro y la dispara, aumenta su frecuencia cardíaca, contrae sus vasos sanguíneos, dilata las vías respiratorias. La molécula que provoca una reacción de lucha o de huida.
Y ella no piensa huir a ninguna parte.
Baja el picaporte y entra.
El Roto está dormido, ronca profundamente. Un rastro de saliva se escurre por el costado de la boca abierta que sonríe como el Joker de Batman.
Úrsula también sonríe, se pone los guantes de látex y saca una jeringa, se aproxima al hombre que emite un ronquido.
Esta vez no se va a equivocar.
Pincha el brazo y el líquido empieza a pasar, la jeringa se descarga de su contenido. Termina y la deposita en una bandeja, levanta la vista, mira a Ricardo Prieto. En ese instante, como el telón de un espectáculo siniestro, el hombre abre los ojos.
Leonilda
Estamos otra vez en el interior de la Jefatura de Policía de Montevideo, la misma que conocimos en oportunidad del escape de Rocco que presenció el pobre cabo Fagúndez, causó su estupor y desencadenó su posterior ataque de nervios. Ahora situémonos más arriba, en el tercer piso, sigamos por este largo pasillo apenas iluminado por luces espectrales, techo bajo que da una sensación de claustrofobia, puertas a los costados, suelo gastado por el tránsito, paredes que muestran un pasado de sucesivas manos de pintura melladas por el tiempo y la humedad y el descuido.
Detengámonos.
La última puerta a la derecha está pintada en un tono gris verdoso uniforme.
Entremos.
Es una oficina modesta y pequeña, un lugar apenas más amplio que un armario grande o que un vestidor generoso, se ilumina a través de una ventana que da sobre los techos y a los muros cubiertos por el hollín de la ciudad. No, no parece la oficina de un jerarca policial, apenas la de un mando medio sin demasiado poder dentro de la institución. Precisamente, como es el caso.
El recorrido visual del espacio durará poco, no hay demasiado para ver, no hay muchos objetos en los que fijar la vista. El estilo podría llamarse espartano, si esta habitación tuviera un estilo.
En la pared norte cuelga el inefable cuadro del héroe patrio uruguayo, José Gervasio Artigas, brazos cruzados y mirada fija en quién sabe qué horizonte de grandeza. Cualquiera que sepa algo de lenguaje corporal diría que su posición expresa desacuerdo o enojo, afán de imponer su autoridad, pero vaya usted a meterse con interpretaciones disidentes y herejes de estos santificados héroes latinoamericanos.
¿Dijimos que en la Jefatura hay un ambiente ruidoso inusual, que reina un bochinche desacostumbrado? Por el momento dejemos el análisis acústico del edificio y sigamos con nuestro recorrido visual.
A la derecha del cuadro del prócer hay un estante de madera con hojas apiladas, un montón de expedientes, una caja de cartón llena de clips y gomas y sacapuntas, un vaso de vidrio que contuvo requesón, hoy lleno con agua limpia y flores amarillas, puesto delante de una imagen en yeso de la virgen Desatanudos y de la estampita de san Judas Tadeo.
Sobre el escritorio, un teléfono fijo, dos carpetas de cartulina color azul, lápices y lapiceras dentro de una lata de cerveza Pilsen, y un celular de un modelo nuevo de precio módico. Un par de manos y diez dedos juguetean con el móvil, los dedos y las manos de la comisaria Leonilda Lima. No es ni joven ni vieja, todo en ella tiene un aspecto vulgar, intrascendente con excepción de su pelo, una mata que llegó a Uruguay hace más de doscientos años en un gen africano y que parece estar llena de vida. Aunque su pelo nunca esté en el sitio que debería, aunque su mirada bizquee ligeramente, ella, a su manera, es una hermosa mujer de cabello crespo y ojos con pintitas amarillas que brillan como los de los gatos. Aparte de eso, tiene un cuerpo normal y musculoso, talle estándar, ningún defecto a simple vista. O sea, bien podría ser una mujer bella o casi bella, y si no lo es será por esos modelos estéticos que tanto condicionan nuestros gustos.
La comisaria está absorta en sus pensamientos, no oye los ruidos que empiezan a llegar de afuera: primero susurros, luego voces, sonidos cada vez más fuertes que van invadiendo el ambiente normal de trabajo de un lunes cualquiera. Pero ella está abstraída, juguetea con el teléfono, decíamos, y así concentrada piensa, como tantas veces, que su vida y su carrera policial han estado erizadas de obstáculos: una caminata sobre una alfombra de clavos, una bajada por una pendiente de hielo, una travesía bajo bombas y misiles. Y, como tantas veces, concluye que está harta, cansada de tratar de construir su futuro enfrentando dificultades y fatigas, penurias, hastiada de tanto sacrificio para obtener magros resultados, aburrida de cosechar beneficios tan escasos.
Porque la comisaria Leonilda Lima, que como todo el mundo quiere su parte de éxito en la vida, de satisfacción y disfrute, últimamente viene de fracaso en fracaso, librando la eterna batalla contra la piedra que rueda barranca abajo, que ella empuja hacia arriba para verla rodar nuevamente.
Nuestra Sísifo piensa obsesivamente en su último revés profesional, la fallida investigación del asalto al blindado que transportaba dinero, un asunto del que la apartó su jefe, el inspector Clemen, en circunstancias que a una típica capricorniana honesta y estricta con la verdad, a una mujer ceñida a las reglas, le resultan más bien extrañas cuando no controversiales o discutibles. Su trabajo se vio interrumpido por una orden imperativa y clara: debía abandonar el caso y abstenerse de seguir investigando a la mujer misteriosa, Úrsula López, y al abogado extravagante, el doctor Antinucci. Debía dejar de meter sus putas narices (las palabras son textuales del propio inspector Clemen) en cualquier detalle de ese robo: quién fue el cerebro que lo organizó, quiénes fueron los que participaron, qué armas se usaron y quién las disparó, o dónde fue a parar el dinero que no se quemó, el enorme botín desaparecido.
En fin, ella debe abstenerse de plantear las preguntas que indica el protocolo de una investigación policial. Dejar de meter sus putas narices.
La excusa que usó Clemen para alejarla del caso fue técnicamente aceptable y definitivamente legal, pero Leonilda, después de darle muchas vueltas al asunto, tiene razones para creer que se la relegó con el único fin de evitar que llegara al fondo. ¿Por qué?, ¿para qué? Eso no lo sabe e intenta averiguarlo, aunque sospecha que todo se encaminó a clausurar la pesquisa para tapar, justamente, las respuestas a sus preguntas. De hecho, el caso está cerrado oficialmente.
No, no tiene pruebas, apenas sospechas, aunque odia pensar mal de sus propios colegas, de sus superiores.
Está nerviosa, anoche durmió mal y no logra concentrarse, tal vez porque la suspensión de la indagatoria y el cierre del caso le generan la angustia de las obligaciones que quedaron pendientes, el malestar y zozobra por la sospecha de una injusticia.
Esta vez los sonidos terminan por perforar su atención, hacen que levante la cabeza, oye los pasos, corridas, voces, los golpes. ¿Qué está pasando allí? ¿De dónde viene ese alboroto inusual?
Se pone de pie con el propósito de salir y averiguarlo, pero enseguida corrige el rumbo, camina los tres pasos que la separan de la pared que está detrás del escritorio, a su espalda, vuelve a olvidarse del entorno y del ruido.
Contra el muro hay un gran pizarrón.
No es de esos modelos en color blanco y perfecto acabado brillante, diseñados para escribir con marcadores de colores y borrado en seco, mucho menos una pizarra electrónica como las de las películas policiales que se desarrollan en el primer mundo. Este es un mueble vertical, un armatoste de madera pintado de negro con patas gruesas y canaleta ancha para contener las tizas más tradicionales. Leonilda saca la funda que lo cubre y se aleja los mismos tres pasos que antes avanzó. A pesar de su medio siglo de uso, del pintado y repintado en color negro, el pizarrón cumple cabalmente con su función de tablero expositor y ayuda a la comisaria a visualizar los casos en los que trabaja.
Esta vez lo ha dividido en cuatro grandes secciones y los cuadrantes tienen sus fronteras delimitadas con gruesas líneas trazadas en tiza blanca. Cada sección está identificada por un número y un título, debajo hay anotaciones en diferentes colores y fotos pinchadas con chinches. ¿Vieron esas series policiales en las que el detective duda frente a la pizarra, clava una foto y traza una flecha o un signo de interrogación?, ¿que se ilumina y grita eureka? ¿Y por qué Leonilda no haría lo mismo?
El ruido de un frenazo abrupto llega del lado de la puerta principal del edificio, pero ese no es un sonido inusual en el Centro de la ciudad, en los alrededores de la sede que Jefatura de Policía de Montevideo comparte con Cárcel Central, y el cerebro de nuestra comisaria lo descarta o lo aleja, lo echa al olvido.
Veamos qué dice cada uno de los cuadrantes del pizarrón al que nos referíamos.
Cuadrante 1:
Título: HAY 2 ÚRSULA LÓPEZ.
Las fotos muestran las caras de las dos mujeres, debajo se leen sus respectivos datos filiatorios y la dirección de cada una. Hay imágenes de frente y perfil sacadas de documentos de identidad oficiales. Se identifican como Úrsula1 (tiza blanca) y Úrsula2 (tiza rosada). Cuadrante 2:
Título: ASESINATO DE ÚRSULA LÓPEZ 1.
Las fotografías debajo del título muestran un parque público, una zona vallada en cinta amarilla, el cadáver de una mujer con un tapado rojo. Hay detalles del abrigo de la muerta, un agujero de bala en la espalda, una ampliación donde se ven los bordes chamuscados, oscurecidos por la pólvora contra el paño rojo. Cuadrante 3:
Título: ASESINATO DE IRENE SALGADO (TÍA DE ÚRSULA LÓPEZ 2).
Hay dos imágenes: la primera es el rostro de un hombre, Ricardo Prieto, alias el Roto, una fotografía tomada de un legajo de antecedentes criminales, y una anotación: NOVIO DE EMPLEADA DE IRENE, CONDENADO POR EL CRIMEN (tiza azul). La segunda imagen es de la misma mujer que aparece en el cuadrante 1 y tiene la siguiente anotación: ÚRSULA LÓPEZ 2,
SOBRINA DE IRENE (tiza rosa). Cuadrante 4:
Título: ASALTO AL BLINDADO (PARTICIPACIÓN DE ÚRSULA LÓPEZ 2).
Las imágenes muestran una calle de un suburbio de Montevideo, restos de un vehículo de transporte de caudales, trozos de vidrio, chapas y plástico, hierros retorcidos, espuma del relleno de los asientos, cuerina y papeles y trapos, manchas de sangre fresca en el asfalto, cadáveres carbonizados, miembros amputados por la intensidad de la detonación. Fotos con detalles de fragmentos de billetes, restos del dinero que habría sido destruido por la explosión y quemado por las llamas. Hay también una imagen caratulada DOCTOR ANTINUCCI y un signo de interrogación (tiza verde). Y otra vez la mujer que aparece en los cuadrantes 1 y 3, Úrsula López 2 (tiza rosa), y Ricardo Prieto, el Roto (tiza azul).
El nombre de Úrsula López 2 aparece en las secciones 1, 3 y 4, y al primer golpe de vista daría la impresión de que esa persona está siempre donde sucede la acción. Frente a esta constatación es necesario hacer un desvío mínimo en nuestro relato, explicar que la comisaria no cree en casualidades sino en causalidades cósmicas o celestiales, en un juego de causas y efectos que relaciona los hechos a través de un hilo misterioso, una larga cadena en la que cada eslabón tiene un sentido propio y otro relacionado con el eslabón que lo precede y con el que lo sigue. Sí, una teoría muy bonita y hermética que, como tantas teorías bonitas y herméticas, frente a la duda, no nos da otra explicación que la de un orden secreto y oculto que, por cierto, está fuera de nuestra compresión. Pero cuidado, no juzguemos sus creencias, que, después de todo, no son peores que otros credos o dogmas muy populares y difundidos más acá y más allá de los límites de Uruguay.
Ahora dejemos las digresiones y volvamos a la escena del lugar donde estábamos.
Por un momento, Leonilda intenta dejar de lado sus creencias esotéricas y concentrarse en la realidad, en este presente, en la columna de la derecha del pizarrón donde trata de ordenar los datos que cree relevantes, procura colocarlos en fila, uno detrás de otro en un elemental, gráfico y hasta cinematográfico intento semántico de facilitar la comprensión.
Pero ¿qué es lo que pasa en este lugar, que el escándalo no la deja trabajar en paz? ¿Acaso hay un simulacro de incendio o de terremoto o de tsunami, y ella no se enteró?
Oye el alboroto, el griterío, el ruido de las botas contra el suelo, una estampida que no forma parte del ambiente sonoro habitual.
Finalmente sacude la cabeza y saca una hoja con preguntas impresas en letra Arial tamaño 24, que pincha en un espacio mínimo en la parte inferior.
Asalto al blindado que transportaba el dinero. ¿Quién lo organizó? Explosiones causadas por armas de guerra. ¿De dónde salieron, quién las suministró, quién las disparó? ¿Antinucci?
Asaltante que huyó del lugar con Úrsula 2. ¿Quién era? Dinero desaparecido. ¿Dónde está? ¿Quién lo tiene? ¿El asaltante que huyó, Úrsula 2, Antinucci?
Mira su obra y suspira. Está casi segura de que la mujer, Úrsula López 2, le robó el dinero al doctor Antinucci, que fue quien organizó el asalto y disparó las granadas. Y aunque apenas se atreve a pensarlo, cada vez está más convencida de que el inspector Clemen es un cómplice necesario en el delito. No, nuestra comisaria no tiene pruebas, tal vez nunca las tenga, solo su trabajo esforzado e infinitesimal con el que nuestra David enfrenta el desafío de apedrear al gigante Goliat y un viejo pizarrón que es una metáfora de sus limitaciones, de tantos afanes y sacrificios, de interrogantes que, ella sospecha o teme, nunca tendrán una confirmación oficial.
Pone la funda al pizarrón, suspira, mañana será otro día.
Suenan pasos en el corredor, un golpe en la puerta, nudillos y palmas desaforados que sacuden la madera.
—Pase, pase. ¿Qué sucede?
El que entra, el cabo Ramón Díaz, está sin aliento como si hubiera corrido una maratón.
—Comisaria, escuche esto, comisaria: se escapó Rocco Morabito con otros tres presos.
—¿Cómo que se escaparon? ¿Salieron de sus celdas?
—Del edificio, de la cárcel. Se fueron.
—¿Cuándo? ¿Ahora mismo?
—No, mi comisaria, fue ayer, tal vez en horas de la noche. No se sabe bien. Se constató el faltante de los reclusos en el conteo de esta mañana.
—¿Cuándo comprobaron que los presos no estaban?
—Y… hace un rato, nomás.
—Es una vergüenza, cabo Díaz. ¿Quién es el responsable?
—Los efectivos asignados a la custodia de Morabito eran los guardias de la Republicana.
—¿Y entonces?
—Ya le digo, no se sabe dónde estuvieron todas estas horas.
—Un desastre, Díaz. Más que un desastre, una vergüenza para el cuerpo policial. Gracias por la información, cabo.
Leonilda termina de ordenar las tizas, de ajustar la funda, se queda pensando. ¿El escape de un capo mafioso con altas medidas de seguridad? Imposible, ella lo sabe. Todavía odia pensar mal de sus superiores, de los propios colegas, del cuerpo que integra, detesta hacer a un lado los inexplicables pero sólidos vínculos que la unen a las personas, pero sospechamos será por poco tiempo, porque no puede desconocer la cantidad de indicios y pistas de corrupción por meras consideraciones sentimentales. ¿Cómo pudieron escapar?, ¿por dónde? ¿Nadie los vio?
Este hecho abona sus sospechas, y habría que ser ciego para no ver que todas las señales apuntan en la misma dirección.
Úrsula
El asiento del ómnibus no es hospitalario. Me revuelvo, intento acomodarme y solo consigo hundirme más en el relleno vencido hasta los resortes. Busco otro lugar, pero el coche va lleno, tendré que esperar a que alguien baje, y quién sabe si el sitio vacante no estará tan decrépito y desfondado, sea tan inhóspito como este que me tocó en suerte.
Si en el mundo hubiera justicia, yo no debería estar soportando estas incomodidades, sobre todo después de los momentos que vengo de pasar con ese delincuente, el Roto. ¿Cómo pudo despertar antes de que yo terminase mi trabajo? ¿Qué dios bromista me puso frente a la situación de levantar la vista y enfrentarme a sus ojos abiertos, a su esfuerzo para incorporarse en la cama, a la mueca de la boca tratando de emitir un grito? Lo sabía, en ningún momento dejé de ser consciente de que era mayor mi miedo que el verdadero peligro, que el Roto actuaba con las fuerzas menguadas por la cantidad de hipnóticos, por el Somnium de efecto rápido que yo acababa de suministrarle sumado al somnífero que ya le habrían dado las enfermeras. Una dosis para caballos, supuse entonces, porque los hospitales tienen claro que a estos delincuentes hay que mantenerlos sedados y a media máquina, o quién sabe de qué serían capaces. Así y todo, el Roto me hizo pasar un susto mayúsculo cuando descubrí sus ojos inyectados de odio y confusión, la boca abierta y babeante, los dientes expuestos, sus brazos extendidos y temblorosos. Reculé y lo vi arrancarse las vías del brazo, bajar de la cama en cámara lenta, ponerse de pie y avanzar hacia mí mientras yo retrocedía, alargar las manos buscando mi cuello. Sentí la pared contra la espalda, el frío de la punta de sus dedos contra mi piel, y a punto estuvo de saltar mi alarma de pánico. Entonces él giró sobre sí mismo como si danzara, se derrumbó lentamente como un muñeco que va quedando sin cuerda. No tuve problemas en arrastrarlo hasta la cama, aunque sí en subirlo y dejarlo en la posición en que estaba.
Le dije adiós; adiós, Ricardo Prieto; adiós, Roto, hasta nunca.
No encuentro acomodo en el asiento y estoy cansada, a pesar de la noche de hotel y de haber dormido en una buena cama.
¿Cómo se me ocurrió hacer este viaje en este transporte de cuarta categoría? ¿Marcharme sin más, a una tierra que nadie me prometió? Y esto recién empieza, el viaje de Montevideo al Chuy son unos trescientos treinta kilómetros, más de cinco horas de agobio, cinco horas y media incrustada en esta butaca.
Me voy de Montevideo sin mirar atrás. No siento cariño por el lugar que abandono y del que hoy debo huir, no echaré de menos a los pocos amigos, a la gente que nunca conoció a la mujer que fui, a los hombres que han creído amarme. A mi hermana Luz, a ella sí la voy a extrañar. Luz es mi país y mi arraigo, por ella volvería a Montevideo. Pero tengo que escapar, aunque sea por un tiempo. Un tiempo fuera, nada más que eso, después volveré y tendré millones. Otra vida.
En un gesto automático busco el teléfono, revuelvo en la bolsa hasta que recuerdo que mi aparato yace en las profundidades de una boca de tormenta, donde fue a parar después de que salí del bar en el que hablé con Clemen. Nada de celulares inteligentes y geolocalizaciones, nada de mapas que señalen mi camino, de tecnología puesta al servicio de mi persecución. No quiero facilitarle las cosas a la comisaria Lima ni al doctor Antinucci. Ni al propio inspector, porque tampoco confío en él.
Mi mano toca el .38 y el metal me transmite su helada tranquilidad.
Trato de dormir y no lo logro, miro alrededor, las caras de la gente que duerme o lo intenta, que escucha música o chatea, y pienso que de cerca nadie es normal, supongo que ellos me verán y pensarán que yo tampoco lo soy. Una gorda transpirada embutida en su asiento. Sí, empieza a hacer calor y en mi cuerpo, bajo las axilas, en los rollos de la panza, en vaya a saber cuántos pliegues y hondonadas y agujeros, la humedad brota y se extiende, se vaporiza en el aire, avanza y coloniza mi olfato, y mi propio olor me hace sentir incómoda.
La gente va en silencio. Es uno de esos silencios llenos de sonidos, de aceleradas, de frenadas, de voces que llegan desde afuera en cada parada, de música en sordina que escapa de los auriculares, de susurros y risitas, una gran bola de ruidos difusos. La ciudad pasa rápido, cada vez más rápido, las luces y las sombras quedan atrás como relámpagos, destellos que iluminan un fragmento de una calle o de una casa que aparece y desaparece en una imagen caleidoscópica. Cierro los ojos y ahora sí, me voy sumergiendo en la modorra. La oscuridad y el balanceo del vehículo actúan como un somnífero de efecto rápido y, antes de llegar a la ruta, quedo dormida.
Sueño con un hangar vacío. Me veo a mí y veo a Germán, sentados en el suelo, sé que estamos secuestrados y que nuestro raptor es un hombre malvado que, por alguna razón, me resulta atractivo. El lugar es una especie de galpón abandonado, tal vez un escenario que mi mente sacó de una película de Tarantino. Germán y yo estamos uno junto al otro, él con las manos libres y yo atada a un caño, pero el nudo en mis muñecas está tan flojo que si tirara se desharía. El hombre malvado nos vigila desde atrás de un escritorio, el mueble y él mismo parecen diminutos en relación al tamaño del galpón, estudia hojas que va sacando de un sobre manila, no sé si son hojas o si son fotos, de vez en cuando levanta la vista y nos mira. Daría la impresión de ser un tipo cualquiera haciendo tareas de oficina si no fuera por la metralleta apoyada contra una silla ergonómica. Por momentos deja los folios a un costado y toma el arma, la pone sobre el escritorio y la acaricia con cuidado, nos apunta, y entonces Germán gimotea y suplica. No estoy preocupada ni tengo miedo, intuyo cierta puerilidad en el delincuente, aunque también entreveo su costado malévolo. Además, y de esto no puedo estar del todo segura, creo que yo le gusto, que inventó este escenario cinematográfico y actúa su papel de villano para agradarme o seducirme. Germán, que como de costumbre parece sobrepasado por las circunstancias, se seca la frente con un pañuelo y su labio superior tiembla, sus manos tiemblan. En el sueño intento recordar cómo nos secuestraron y qué hacemos ahí, pero no lo logro, como si se me hubiera borrado una parte del día o de la semana o de la vida. Solo tengo una certeza: el dinero del asalto lo tengo a buen resguardo, quizá en un banco en Suiza o en un paraíso fiscal a mi nombre, y eso me da la tranquilidad que necesito. Miro al hombre de la metralleta y, por alguna razón, me excito sexualmente. El nudo en torno a mis muñecas está flojo, pero no quiero, no tengo intenciones de desatarme y hacer naufragar este momento delicioso, no quiero dejar de sentir la piel de gallina. Germán solloza, miro al hombre en su escritorio y él a su vez me mira, ahora sé positivamente que me desea y me estremezco.
Pero algo empieza a estar mal en el sueño, algo se sale de contexto.
Busco el olor del hangar, huelo la pintura fresca y el hormigón nuevo, pero también se cuela algo subrepticio, intempestivo, un aroma que antes no estaba, dulce y empalagoso. Maldita sea, solo debería estar sintiendo la pintura y mis feromonas, pero el perfume avanza y penetra en mis narinas espeso e invasivo, aporta notas acarameladas, avainilladas, invade mi olfato y me expulsa de mi propio sueño. Es el tipo de aroma que detesto, y me arrastra hasta la vulgar vigilia de un viaje de segunda clase, me trae de vuelta hasta el asiento decrépito de un bus que se dirige al Chuy.
Me despierto rabiosa, abro los ojos.
Olfateo como un perro, descubro que viene de adelante, de una mujer que subió mientras yo soñaba que estaba en un hangar donde alguien me deseaba. La veo terminar de acomodar su bolso, sentarse a menos de dos metros. No lo soporto, hundo la nariz en el hueco del codo, pero ni así consigo alejar el olor. Respiro profundo e intento que el aire fresco alcance las cavidades de mis pulmones, que me distraiga de esta fragancia pestilente, pero solo me llega el tufo meloso de mi vecina de adelante.
El ómnibus quedó casi vacío, la mayoría de los pasajeros ha ido bajando en el camino, y me traslado al fondo, a cualquier sitio, aunque el asiento no se recline, aunque los resortes se hundan hasta el suelo. Me instalo y trato de volver a dormir, de regresar al lugar donde estoy atada, al sitio en el que alguien me desea y me siento tan viva; me arrebujo y cierro los ojos, intento con toda mi fuerza regresar al galpón de Tarantino, pero no puedo, no puedo, maldita mujer, maldita pestilencia que me arrebató mi momento de felicidad.
La rabia cede ante el cansancio, y allá va otro sueño que resigno.
Abro los ojos y veo pasar las luces ocasionales entre campo y más campo, los puebluchos al borde de la ruta. La conjunción de oscuridad y silencio, el confinamiento en el espacio cerrado me invita a forzar la lucidez, cuando menos a tener uno o dos pensamientos trascendentes. ¿Qué tal si me pregunto por la vida de las personas en esos sitios? ¿Serán felices en estos lugares apartados, habrá crímenes como en las metrópolis? Seguro que hay infidelidades, incesto, suicidios, basta con entrever el color amarillento de las luces sobre el pavimento de las calles, cuando hay pavimento; basta con entrever la desabrida indiferencia de sus miradas cuando ven pasar el bus, justo antes de desaparecer de mi vista para siempre; basta con entrever sus casas de paredes leprosas y jardincitos abandonados. Cuando eran jóvenes habrán tenido expectativas de salir de este infierno lento y resignado, y las ilusiones se habrán ido disolviendo con un trabajo de verano en el McDonald’s de Punta del Este o con un novio extranjero del que les quedó una remera usada como recuerdo.
Y como siempre, aunque desconozco los mecanismos del nexo causal, termino pensando en mi vientre hinchado y en que tengo que adelgazar diez kilos, quince kilos, comer ensalada y tomar sopa, llegar a alguna parte y buscar un gimnasio. ¿Llegar a alguna parte?, ¿adónde voy a llegar? Ni siquiera lo sé. En la oscuridad del ómnibus el tiempo se prolonga demasiado en mi viaje hacia el futuro. Cruzo la noche cerrada y no puedo evitar volver a la oscuridad de mi infancia, cuando Papá me encerraba en mi cuarto y a oscuras como penitencia, volver al pánico frente a la ausencia de luz y la soledad. Pero no quiero, ahora no quiero pensar. En breve empezaré una vida nueva.
Llegamos.
El Chuy está helado. La luz exigua de la terminal de buses no ayuda a mejorar el entorno arquetípico de una pequeña y miserable ciudad de frontera a horcajadas entre dos países, un pueblo borroso entre la niebla de la madrugada, una postal de hace cincuenta años.
Desciendo y me rodea una noche precaria y difusa, más oscura por estar en este quinto infierno y por culpa de un clima de perros. Los pasajeros que llenaron el vestíbulo no tardan en alejarse de este sitio que parece salido de una película de zombis o de una historia de mundos arrasados. Nadie tiene rostro en esta terminal.
Camino despacio hacia el exterior, no siento el frío intenso ni tengo apuro, y debo pensar adónde iré a dormir, aunque seguramente aquí no haya tantas opciones como para que sea una decisión trascendente.
En la ventanilla de una oficina, una mujer de ojos legañosos me dice que el hotel más cercano está en la calle divisoria entre los dos países, a unos pocos cientos de metros de la estación. La observo mientras me habla, treinta años de trabajo nocturno, intuyo celulitis y várices y carbohidratos, dos o tres hijos adolescentes en la droga, un rosario interminable de préstamos en Pronto o Créditos Naranja. Le agradezco y me alejo.
¿Quiere un taxi?, pregunta la voz somnolienta de dientes desparejos y amarillos, el aliento a cigarrillo y a comida frita. No, le digo, prefiero caminar y tomar aire. Escucho que me dice que tenga cuidado, la ciudad es peligrosa, a esta hora está llena de malandros y drogones, por qué no toma el coche que está en la puerta. Que me vaya con Valdemar, dice, que es de confianza. Llego a la calle y hay un único taxi, me inclino y veo dormir a Valdemar a través del vidrio, el volante incrustado en la panza, el brillo de la saliva que chorrea por la barbilla, que baja por el cuello. Me alejo. Los pocos vehículos pasan acelerando despavoridos hacia cualquier lugar que no sea este.
Se acerca una sombra. No, son dos sombras.
Los veo venir desde la vereda de enfrente, Papá y la tía Irene. Un sudor frío me recorre la columna vertebral. Los viejos miedos me han seguido y están aquí, el vínculo inextricable con el ayer recorre el tiempo y el espacio, llega hasta mí en este quinto infierno. Los recuerdos me persiguen, las fotos cuarteadas y descoloridas de bebés que se hicieron viejos, una colección de estatuillas japonesas, invitaciones a casamientos de gente que se divorció o murió hace décadas, una colcha vieja de chenille color verde Nilo.
El pasado que vuelve a enfrentarse con mi vida.
La realidad empieza a quebrarse por su lado más fino, y en algún momento me pregunto si debo aproximarme y pedirles perdón por haberles acercado el alivio de la muerte. No lo voy a hacer, me alejaré de la terminal y pasaré a su lado, elevaré la mirada por encima de sus sombras, elegiré caminar hasta la calle principal de una ciudad peligrosa y violenta, avanzaré entre casas ruinosas con ventanas sin vidrios llenas de ratas y cucarachas, me arriesgaré entre latas y cartones y plásticos, entre montañas de desperdicios que parecen emerger del centro de la Tierra, me aventuraré entre los malandros y los drogones y las mujeres vestidas de verano en pleno invierno.
Recorreré a pie esta boca desdentada del infierno para llegar a un refugio donde sentirme a salvo de la trenza ineludible del pasado.
Rocco
Fuga del mafioso Rocco Morabito
El gran escape. La Policía intenta atrapar a cuatro personas que el domingo en horas de la noche se fugaron de Cárcel Central de Montevideo, ubicada en la calle Yí en el Centro de la ciudad. El hecho es hoy tema de la agenda informativa tanto en Uruguay como en Italia y medios internacionales. Entre los fugados se encuentra el italiano Rocco Morabito, alias ‘U Tamunga, el rey de la cocaína de Milán. El nombrado es uno de los jefes de la poderosa mafia calabresa ‘Ndrangheta, y esperaba la extradición a su país de origen acusado de asociación ilícita y tráfico internacional de drogas. El que está considerado el segundo mafioso más buscado de Italia pasó dos años en Cárcel Central y, antes de su captura, había vivido otros diez en una lujosa mansión de Punta del Este, Uruguay, con un pasaporte brasilero y bajo la falsa identidad de Francesco Antonio Capeletto Souza. Junto a él huyeron otros tres detenidos, todos ellos a la espera de la extradición a diferentes países, uno con una causa por homicidio, otro por falsificación de documentos y el tercero por delitos de estafa y fraude. «Sobre la medianoche, cuatro personas con arresto administrativo que se encontraban alojadas en el Centro de Ingreso, Diagnóstico y Derivación del Instituto Nacional de Rehabilitación, se fugaron por las azoteas del edificio mediante (un) boquete», detalla un escrito de la Unidad de Comunicación del Ministerio del Interior (Unicom) de Uruguay. El escape fue descubierto en horas de la mañana al momento del cambio de turno de la guardia del centro de reclusión, cuando en el recuento se advirtió el faltante de cuatro detenidos. Según versiones extraoficiales, la fuga habría tenido ribetes cinematográficos: los presos habrían hecho un boquete en la pared exterior de una de las celdas y cortado los barrotes, habrían escalado y saltado por las azoteas ayudados por cuerdas, ganchos y arneses que fueron hallados en el lugar del hecho. Una vez que accedieron a los techos de la cárcel, saltaron al inmueble lindero y por una claraboya entraron a la vivienda situada en el quinto piso, para posteriormente salir por la puerta del edificio. Ya en la calle, el grupo subió a un taxi con destino desconocido. Los efectivos policiales llevan a cabo un intenso operativo para encontrar a Morabito y a los otros fugados. Se procedió a cerrar el acceso a las calles San José y Quijano, y se establecieron dispositivos de control tanto en Montevideo como en sus accesos, en el interior del país, cruces fronterizos y aeropuertos. Hoy todos se preguntan: ¿cómo pudo escapar un delincuente internacional de una celda de seguridad? Hay hermetismo policial en torno a los resultados de las pesquisas realizadas, y hasta el momento no se han señalado responsables.
(Del diario El Informante).
Úrsula
Después de pasar la noche en una habitación de hotel casi correcta, de desayunar un buen café con tostadas recién hechas, algo de fruta y un yogur como mandan los sagrados preceptos de la vida sana y los mandamientos nutricionales, pago la habitación en efectivo y le pregunto a la recepcionista por un buen hotel en la playa. La empleada parece divertida con mi pueril anhelo de calidad en la zona y, para colmo, disponible a esta altura del año. Me dice que lo mejor que puedo encontrar fuera de temporada es un complejo de cabañas sobre el océano, en la Barra del lado brasilero, un lugar sencillo pero bastante agradable, con una hermosa vista al océano. Suena bien. Le pregunto cómo llegar. Me anota el teléfono de un taxista, que no la va a estafar, agrega.
Al salir del hotel entro en la divisoria de la frontera, en la ruidosa y concurrida doble avenida con cantero central que divide un país del otro, Uruguay y Brasil, una línea limítrofe que no existe en la realidad porque aquí no hay un río ni una montaña, ni siquiera hay señales o mojones que avisen que pasamos de un Estado al otro, y los mapas apenas nos muestran una raya negra y punteada.
Antes de viajar hasta la costa voy a hacer algunas compras, lo más elemental, algo de ropa de abrigo, artículos de higiene, tal vez agua y galletitas. Productos de supervivencia, pienso divertida ante un futuro difuso e imprevisible.
La calle me trae el bullicio, el alboroto típico del Chuí y del Chuy, las dos ciudades gemelas y pegadas, que en los hechos son una sola. Para el viajero que no esté familiarizado puede resultar asombroso que a esta hora de la mañana el lugar esté lleno de gente, coches, de gritos y bocinazos, de olores. Puede resultar desconcertante la cantidad de negocios informales de un lado y del otro de la avenida en ambos países, de puestos ambulantes que ofrecen ropa, comida y bebida, electrónicos, música, medicamentos, el desfile de personas cargadas con bolsas y cajas con perfumes, aceite, whisky, café.
Los lugares para estacionar se disputan a los gritos en dos idiomas, entre conductores y acomodadores oficiosos que reclaman un pago por dejar el coche en un sitio público, una propina por parar los autos en plena calle. Las dos ciudades unidas y con sus quince mil habitantes serían poco más que un pueblo expandido, pero un trajín comercial intenso, el ir y venir de cientos de vehículos que están de paso, el tránsito apurado y consumista de las personas que llegan por unas horas a hacer compras libres de impuestos, o a buscar productos más baratos que en su país, las vuelve particularmente intensas en el horario de ese bullicio provisorio. Porque antes de que sean las seis de la tarde todos se habrán ido y en la doble avenida, en un país y en el otro, se disiparán los ruidos y los olores, las calles quedarán vacías de personas y de autos, pero llenas de perros y de basura, de cajas de cartón amontonadas en las esquinas, de bolsas de plástico, de pallets, de volantes publicitarios, de restos de comida, de botellas vacías.
Recorro una atestada línea divisoria, me detengo en un puesto callejero y compro tres teléfonos baratos. Les pongo una tarjeta SIM uruguaya a uno y brasileras a los demás, todas compradas en otro puesto informal, que no pide identificación.
Enciendo el número uruguayo y veo la carga de batería, que alcanza para mis propósitos. Marco el número de Luz, escucho su voz y hablamos no más de un minuto. En ese tiempo le dicto el número brasilero para que lo escriba en un papel, y le advierto que borre el registro de esta llamada de la memoria del aparato. Le pregunto si encontró todo bien en el pozo del ascensor de mi apartamento, ella ríe y me responde que la maleta tenía algo de polvillo, pero el contenido estaba intacto, que está haciendo las gestiones para girar el dinero, que en pocas horas estará en un banco del exterior. Hace un silencio, me cuenta que alguien entró en mi casa, que ahora mismo está acomodando el desorden que causó la visita del desconocido. Mi hermana me dice que quien sea que haya entrado, y yo apostaría a que sé quién fue, no pudo encontrar lo que buscaba y que eso se percibe en el furioso alboroto de los objetos que el visitante dejó tras de sí.
Qué frase, el furioso alboroto de objetos, desde hoy pensaré en mi hermana como una poeta que no salió del anonimato. Como la inmensa mayoría de los poetas, pienso, y suelto una risa corta e involuntaria que suena como un ladrido, de la que me arrepiento al ver a una mujer que me observa como yo miro a los que creo que están locos. Corto la llamada y abro el teléfono que acabo de usar, saco el chip y lo parto con los dientes como vi hacer en una serie de crímenes, robos y traiciones. En minutos el aparato irá a parar a las entrañas de una cloaca.
Me guardo los otros teléfonos, los números brasileros.
Camino entre las tiendas antes de decidirme a cuál entrar, repaso mentalmente qué necesito antes de irme a la Barra: un bolso de viaje, algo de ropa, abrigo y zapatos cómodos. No conozco el lugar a donde voy, no sé si en los alrededores habrá restaurantes, almacenes donde comprar víveres a esta altura del año, así que también haré un pequeño surtido para enfrentar los primeros momentos.
Me aburren los pensamientos prosaicos, las listas de la compra o los calendarios de pagos incrustados en la mente, me pregunto cómo soportamos andar por el mundo pensando que se nos acabó el azúcar, que no tenemos camisas limpias, que se vence la factura de la luz, que el jueves tenemos ginecólogo. Tal vez por eso necesito distraerme de la rutina vital y experimentar emociones fuertes, salir de la vida de una traductora con sobrepeso que ve acercarse la cincuentena. A veces creo que es irremediable, que a todos nos espera una existencia mezquina y melindrosa agazapada en la mediana edad.
Entro en un free shop y compro lo que necesito, agarro las bolsas y pago otra vez en efectivo porque no quiero dejar rastros de mi periplo, y porque así lo hacen en las ficciones. Después llamaré al famoso taxista que no va a estafarme, e iré a un complejo de cabañas en la Barra, a unos quince kilómetros de aquí. No quiero ni pensar en lo que va a cobrarme por ese viaje, pero sé que no debería preocuparme por ese tipo de detalles: hace días que soy una mujer rica que puede comer sin mirar la lista de la derecha, que puede alojarse sin considerar la tarifa, que puede ir por la vida sin reparar en gastos.
Cuando llegue a Los Troncos activaré uno de los teléfonos y esperaré la confirmación de la noticia que me va a dejar en la puerta de mi nueva existencia.
Rocco
Conduce hacia el este atravesando la tarde que empieza a decaer, va contando los pueblos, viendo la miseria que explota a pocos kilómetros de Punta del Este y que el sol menguante, la niebla y el frío no ayudan a disimular.
Maneja el coche con cuidado, la atención dividida entre el cuentakilómetros, la cinta de la ruta y la radio, que vuelve a hablar del escape que parece acapar la atención de la prensa. Los informativos relatan la versión oficial de la huida, cuentan que Rocco había llegado a la cárcel después de ser detenido en Montevideo hace casi dos años, cómo vivía y quiénes lo visitaban en la prisión, qué comía y hasta de dónde llegaban los alimentos, de qué restaurantes le enviaban el menú. Cualquier detalle importa para agregar color a la crónica. Su historia o la que dicen que es su historia, un relato hecho de retazos sacados de Wikipedia, refritos de prensa y noticias viejas que alguien copió, pegó y armó, y que todos se limitan a repetir.
Rocco se aferra al volante, sacude la cabeza y apaga la radio. ¿Qué saben los medios de su vida, del tiempo que pasó preso y de todos los tiempos anteriores? Solo él comprende el alcance de estar dos años privado de libertad cuando se pasan los cincuenta, lo que es ver el cuerpo que comienza a decaer en el encierro, a avisar que ya no queda mucho por delante.
Tiene que poner distancia con el inspector Darío Clemen, con los calabozos de mierda donde desperdició tanta vida. Lo piensa y un calor malsano le sube por el cuello, se desprende otro botón de la camisa y abre unos centímetros el vidrio de la ventanilla.
El inspector le aseguró la salida de Montevideo, le dijo que no habría contratiempos en su tránsito por la ruta Interbalnearia ni por la 9, por donde ahora se dirige hacia el este, directo a la frontera con Brasil. Pero quién sabe si es cierto, tal vez se lo dijo porque creyó que así ganaría algún billete extra arriba de los cincuenta mil euros en efectivo que, desde hace una semana, engrosan su cuenta bancaria.
Milico de mierda, milico barato.
Dejarlo escapar por cincuenta mil euros, dónde se vio, ni en Sudán ni en Haití debe de ser tan económico sobornar a las autoridades.
Ríe para adentro, recuerda que el inspector también le advirtió que, si se desviaba de la ruta marcada, él no podría garantizar su seguridad, que no sería imposible tropezar con algún agente recién salido de la Escuela de Policía que viera en él su pasaporte al ascenso y a la fama. Mentiras, puras mentiras, si hubiera puesto sobre la mesa el dinero extra que el inspector esperaba, le habría garantizado un desplazamiento seguro hasta Saturno.
Antes de entrar en el segundo peaje se pone los lentes oscuros y sube la bufanda hasta taparse la boca y parte de la nariz, detiene el coche suavemente delante de la barrera. Pero la ventanilla de la garita está cerrada, seguramente por el frío, y la mujer detrás del vidrio parece absorta en la contemplación de la pantalla del celular. No es linda ni llamativa; vista desde afuera y a través del cristal, parece un animalito preso en una pecera, una pequeña bestia triste y resignada al cautiverio.
Rocco oye el sonido de una acelerada en bajas revoluciones, desvía la vista hasta el espejo retrovisor. Ve un Peugeot azul de un modelo nuevo, lo conduce un hombre calvo que mira hacia adelante, después a un lado y al otro, que parece apurado o impaciente o nervioso, golpea el volante con el puño cerrado y acelera en punto muerto. El tipo pone toda su ansiedad en el pie derecho y produce ese ruido rabioso y abominable que Rocco detesta. Respira hondo, entorna los ojos y traga saliva, intenta alejar el enfado. La cajera reacciona al sonido del motor del Peugeot, levanta la vista del teléfono y ve los dos autos detenidos, pero quién sabe por qué desinterés o desdén vuelve a concentrarse en su pantalla sin abrir la ventanilla.
El hombre inquieto continúa acelerando, y esta vez toca la bocina dos, tres veces seguidas para dar más dramatismo a su reclamo.
Rocco aprieta los dientes, comprime las mandíbulas y cierra los puños en el volante, imagina que toma el arma que está debajo de su asiento, que asoma el cuerpo por la ventanilla y le dispara, le revienta la cabeza de un balazo. O mejor aún, fantasea que sale del coche y va hasta el Peugeot azul y flamante, hace bajar al pelado y le parte ese cráneo con uno, dos, diez machetazos. A veces extraña los viejos tiempos, cuando no era necesario hacer ficción. Otra vez traga saliva, respira agitado, intenta calmarse. Trata de no pensar, no dejarse llevar por la rabia. Mira el entorno, el paisaje y las cabinas del peaje, los rancheríos de allá enfrente, cruzando la ruta.
Sucede en un segundo: un chispazo y su mente se vacía a la velocidad de un disparo o de un machetazo, queda en blanco.
Siente escalofríos. ¿Dónde está? ¿Cómo llegó a este lugar?, ¿qué hace acá? Lo invade el pánico de la confusión, la perplejidad y el desconcierto ante el vacío de recuerdos. Mira la mano que sostiene el dinero, ve su mano con un billete. Busca respuestas a su alrededor, pasea la mirada por las cabinas cerradas de un peaje, por los rancheríos de enfrente y del otro lado de la carretera, ve un coche azul que espera detrás del suyo. ¿Qué hace fuera de la cárcel y en este auto? ¿De quién es el vehículo que conduce? ¿Adónde va? Está en un peaje, a punto de pagar. A través del vidrio ve a una mujer que no es linda, ni siquiera llamativa, que le recuerda a un pez desdichado en una pecera demasiado estrecha.
Otro destello enciende su memoria, súbitamente recuerda la situación y el entorno. La respiración se normaliza. Sin sacar los ojos de la ruta, acomoda el retrovisor y ve al hombre del Peugeot, que por un instante deja de hacer ruido y también lo mira. Rocco se sube la bufanda un poco más hasta cubrir la nariz por completo.
La mujer de la pecera desliza la ventana con un golpe seco, abre con pocas ganas de abrir y él estira el brazo, le entrega el importe aunque ella ni siquiera le dirige una mirada: con un ojo cuenta las monedas del cambio y con el otro vigila el coche detrás del suyo, la breve fila que se ha formado frente a la única vía habilitada. Rocco podría jurar que maldice a sus jefes, a los jodidos explotadores que, previendo poco tránsito y escasas ganancias, ponen a una sola empleada para atender la caja del pasaje hacia el este. Así piensan los uruguayos, él los conoció bien en estos quince años que lleva viviendo en el país, creen que la culpa de sus males las tiene el vecino, el patrón, el Estado o los políticos, jamás ellos mismos, nunca sus malas decisiones ni sus estúpidas opciones de vida.
Observa que en el puesto del peaje no hay Policía como suele haber en el verano, cuando esta ruta explota de autos y de gente que corre para llegar a la playa a echarse en la arena bajo el sol. Ahora no hay más que unos pocos vehículos, una empleada malhumorada y resentida con el mundo que le extiende el tique sin haberlo mirado ni una sola vez. No, ella no podrá servir como testigo del paso de Rocco, aunque la Policía revisará los videos y tal vez lo reconozca a pesar de los lentes oscuros y la bufanda, del cambio de look que le hizo el Ruso. Es una posibilidad a considerar, pero él sabe que para ese entonces, cuando hayan revisado los videos de todos los peajes, él habrá cambiado este vehículo por otro y estará en los territorios fronterizos entre Uruguay y Brasil, en tierras inmensas, desiertas y sin ley.
Toma la ruta y deja atrás dos o tres bicicletas que entrenan para la Vuelta Ciclista. Consulta el medidor, será suficiente para llegar a su destino. Por las dudas, el Ruso le dio dos bidones de combustible, que lleva disimulados en el piso del asiento trasero.
Desde el momento en que llegue a la frontera, él le dijo que se encargará de todo, el Ruso le facilitará lo que necesite para el viaje a João Pessoa. Pero a Rocco le gusta hacer las cosas a su manera y, como veremos más adelante, preferirá guiarse por sus propios instintos. Porque nunca se sabe.
Deja atrás el peaje y sigue su ruta a velocidad crucero, no quiere excederse ni llamar la atención innecesariamente. A pocos segundos de retomar el camino lo pasa un Peugeot azul flamante conducido por un pelado que se juega todos los boletos a ganar una multa por exceso de velocidad. El auto y el conductor le resultan familiares, trata de recordar dónde los vio pero no logra identificar un lugar ni una situación, apenas una vaga sensación de incomodidad, una irritación inexplicable que lo invade cuando mira esa calva y oye el rugido del motor. El vehículo pasa como un bólido y Rocco frunce el ceño exasperado, se muerde el labio, aprieta el volante con fuerza y sin propósito, imagina disparos y machetes.
Piensa en otra cosa, en los sucesos de las últimas horas y en el escape, enciende la radio, los periodistas repiten la versión policial de su desaparición por los techos y las azoteas, hacen hincapié en la falta de pistas sobre su paradero. Hablan de desaparición como si su escape se tratara de un acto de magia inexplicable, como si algo sobrenatural pudiera haberlo esfumado de la prisión. Nadie le creería que salió por la mismísima puerta principal de Cárcel Central, que fue Clemen quien mandó a hacer un boquete en la celda, poner las cuerdas y unos ganchos, que armó el escenario con el simulacro de huida. La realidad es mucho más extraña que la ficción porque no tiene que ser creíble, se dice, y trata de recordar de quién escuchó esa frase. ¿De Salvatore Tripodi? Mira la faja negra de la carretera. Últimamente no puede dejar de pensar en él, en su traje cruzado y oscuro, en el bigote fino que hoy nadie sabría decir a qué actor norteamericano copiaba, en su pelo lacio, espeso y oscuro peinado a la gomina como lo había llevado desde la infancia, como él se lo verían usar hasta el momento final, cuando vestido de madera lo llevaron al cementerio.
La ruta está casi vacía y sabe que tiene todo a su favor: el paro general del sindicato del PIT-CNT y el partido de Uruguay contra Chile por la Copa
América esta misma noche. Rocco cuenta con que no habrá un solo policía dispuesto a perderse el juego por culpa de un italiano fugado.
Enciende un cigarrillo y pega una pitada, otra vez se le aparece Salvatore. Piensa en él con afecto, con admiración. Un hombre serio y minucioso hasta la exasperación, de hábitos y rutinas fijas, de costumbres inamovibles. Si alguien osaba interrumpir su siesta de las dos de la tarde o la cena de las ocho, debía tener un buen motivo que él escucharía impasible y sin mover un músculo, para luego hacer caer toda su furia sobre el atrevido. Un tipo grande y alto, más de la media por aquellos días en Catanzaro, con un sobrepeso que alimentaban los frittole y los sozzizu que la madre de Rocco preparaba personalmente y mandaba servirle en las enormes fuentes blancas de la abuela Anetta. Qué tipo, ya no quedan hombres como Tripodi.
Deja atrás un Fiat Palio, una Toyota Hilux, un auto chino rojo de marca desconocida, y unos kilómetros antes de su destino final lo tienta el acelerador, le pide más presión para llegar de una vez, pero a pesar de las promesas de Clemen, Rocco se contiene y no pasa la velocidad que indican las señales de tránsito: minutos más, minutos menos, terminará llegando a ese sitio.
La Barra do Chuí.
Y después de hacer lo que tiene que hacer, tendrá un largo viaje por delante, su destino final a casi cuatro mil quinientos kilómetros, João Pessoa en Brasil.
Cada vez se siente más cansado, tiene hambre, sed, deseos de orinar. A diez kilómetros del empalme de la ruta disminuye la velocidad, piensa que podría entrar por este camino que se abre a la derecha y que seguramente desemboca en una playa que él conoce aunque olvidó el nombre. Se decide y toma la vía que va hacia la costa, a un balneario que conoció y no recuerda. En la ruta no hay coches ni personas, piensa que el frío o el paro o el partido empiezan a dejar el país vacío.
Úrsula
Salgo del taxi bajo un tremendo aguacero, mido con la vista los veinte metros que debe de haber hasta el techito de la entrada y corro bajo el diluvio, piso charcos y barro y piedras resbalosas, avanzo jadeante, consciente del ridículo de mis kilos moviéndose bajo la tromba y el viento, intento cerrar los botones del abrigo, tapo la cabeza con la capucha, me apuro a llegar a la oficina que tiene el cartel con el nombre y el dibujo de troncos.
Los Troncos
Recepción
Abierto todo el año
10 a 22
Golpeo, son las once pasadas y nadie responde. Pero ya se sabe cómo funcionan las cosas en este país, pienso, justo antes de recordar que no estoy en «este país» que sería Uruguay, sino en el de al lado, que es Brasil. Es lo mismo o hasta peor, justifico para mí o para nadie.
Tanteo la puerta y compruebo que está abierta, entro y suena una campanilla, me acerco al mostrador consciente del charco de agua que se formará a mi alrededor.
El hombre, la vista todavía clavada en la pantalla de la computadora, se quita los auriculares con parsimonia y cruza las manos una sobre la otra, sonríe a la nada y, todavía sin mirarme, me indica que registró mi presencia con la cortesía justa.
Esperaré a que termine de ver lo que sea que esté viendo, qué otro remedio. El aroma de su perfume es pretencioso, amaderado y oriental, un mix de tonos de chocolate, pimienta, vainilla y pachulí, muy complejo y alejado de lo que me gusta, tal vez The Scent, de Hugo Boss. Finalmente levanta la vista hacia mí y cambia su actitud, y precipitadamente entra en modo on.
—Buenos días, señora Vanessa. Le pido mil disculpas, no advertí que era usted. ¿En qué la puedo ayudar?
—¿Señora qué? Me parece que se equivoca.
El hombre me escucha y me observa ahora sí con atención, y tarda unos segundos en responder.
—Perdón, la confundí con una huésped.
—Me lo imaginé.
—Quer uma cabanha, a senhora?
—Sí, por favor.
—¿Cuántas personas? —Para mí, solamente.
Huelo el café antes de ver la cafetera sobre una mesa de televisor sin televisor, pero con máquina de expreso. Las paredes están pintadas de blanco, los muebles son oscuros y rústicos, y todo tendría un aire bastante agradable del far west o de casco de estancia si no fuera por un cierto descuido, algo de humedad en el techo, una fina capa de polvo sobre los muebles, vidrios con la marca de las lluvias de los últimos meses.
—¿Cuántos días?
—Todavía no lo sé, una semana por ahora, tal vez más. Vengo a descansar sin fecha fija de regreso.
—Déjeme ver…
Aunque tiene delante la pantalla de la computadora, abre y consulta un cuaderno de tapas marrones y ajadas, moja el dedo con saliva, pasa las hojas. Tiene esa edad que solemos llamar mediana: una panza que delata cerveza, televisión y soledad; tiene ese aire de hombre que quiso ser emprendedor y que tuvo un videoclub, una cancha de fútbol 5 y un cultivo de arándanos, en ese orden, y que ahora prueba la hotelería hasta que este negocio del turismo residual de clase media baja también entre en etapa de franca decadencia. Porque en proceso de decadencia ya está, no hay más que mirar alrededor.
El silencio lo corta el ruido cercano del mar, la fuerza de las olas contra las rocas y la arena, y el tamborileo impaciente de mis dedos sobre el mostrador de madera.
—No creo que las cabañas tengan mucha demanda en invierno. ¿O sí?
—Fim do inverno, senhora, a primavera vai começar. E já temos algumas reservas, sim.
—¿No me diga? El complejo parece bastante solitario. ¿Cuánto cuesta la semana?
Antes de responderme cierra el cuaderno, lo deja en un estante bajo el mostrador que no alcanzo a ver pero intuyo.
—La cabaña tiene vista al océano, un ambiente con cocina completa, heladera con freezer, televisión por cable y aire acondicionado. El check-in por esta vez se lo puedo hacer a esta hora, aunque suele ser a las quince. El precio es de quinientos dólares la semana, incluida la limpieza, cambio de ropa de cama semanal, los consumos y el wifi.
Esta vez explicó todo en un perfecto español.
Yo no debería dejar pasar impunemente esa frase: quinientos dólares la semana. ¿Quinientos dólares la semana? ¿En este lugar? ¿En qué mundo paralelo cree que está viviendo este hombre con sus casitas? Debería discutírselo, ponerlo en su lugar y… No, para qué, adónde iría. Estoy cansada, en el quinto infierno y no tengo un plan B. Me consuelo pensando que al menos me permite entrar ahora mismo. Y sí, tendré que agradecerle la deferencia, este maravilloso gesto de bienvenida.
—Muy amable de su parte.
—Le aviso desde ya que el check-out es a las diez de la mañana. ¿Quiere verla?
Sé que me está robando y le sostengo la mirada para que él sepa que yo sé.
Nos miramos.
Nos medimos.
Sabemos que nunca seremos amigos.
Por rencor paseo la vista en la medianía aburrida de su calva incipiente, en el territorio ajado de unas mejillas más que cuarentonas.
Suspiro y le contesto que no, que no quiero verla, omito decir que de todas formas no hay otro complejo abierto en la zona, y que no tengo ganas de ponerme a recorrer el lugar en busca de un taxi y con esta lluvia. Ni mucho menos de volver al Chuy. Soy la usuaria cautiva de una cabaña que todavía no vi.
—A senhora vem de Montevidéu?
El hombre pronuncia Montivideu.
—Sí.
—Como a Vanessa Steel, ela também é de Montevidéu. Se você ficar vai conhecê-la.
—Claro, dé por seguro que me haré amiga de todos los huéspedes, incluida la señora Steel.
Es lógico, es previsible que el tipo me hable en los dos idiomas, lo escucho y pienso en el mapa. La Barra do Chuí y la Barra del Chuy, como las lenguas que allí se hablan, son lugares gemelos y ambiguos, una frontera entre Brasil y Uruguay, dos playas que son la misma playa separada por el arroyo Chuy, y un pueblo a cada lado que comparte hasta el nombre, con la única diferencia de una i latina el brasilero y una y el uruguayo. Igual que las ciudades, Chuí y Chuy, a más de diez kilómetros de donde estoy. De ahí esta lengua híbrida y mestiza, esta mixtura de la que ellos mismos no son del todo conscientes cuando hablan. Pero la traductora que hay en mí no pasa por alto el detalle lingüístico, piensa que a lo largo de toda la divisoria entre los dos países se hablan los dos idiomas, se salta del portugués al español, y de cualquiera de los dos al portuñol, la lingua franca. Entre los habitantes locales casi no hay conversaciones que empiecen y terminen igual, y solo los foráneos nos empecinamos en usar uno solo.
—Le pido que llene el ingreso con sus datos, por favor. Y firme aquí abajo.
Lleno el formulario con mi nombre y el documento y la dirección, firmo, saco la billetera, suspiro y le entrego el equivalente a una semana de alojamiento, cinco billetes verdes hermosos y relucientes que todavía huelen a recién robados.
Aunque el dinero ya no sea un problema quisiera protestar, hacerle saber que sé que me está cobrando un precio abusivo, que entiendo que me está estafando porque soy una mujer que llegó en un taxi desde la ciudad del Chuy en una mañana con aguacero. Pero no lo hago, decido que esto es lo que necesito ahora: un lugar, una ducha, una cama, un pied-à-terre. Una base donde aguardar ciertas noticias, reponer fuerzas y pensar en mi futuro, rearmarme, reinventarme. Y, claro, esperar a que se calmen las aguas en Montevideo, que Clemen cumpla con su parte y aleje de mí a esa comisaria y al abogado Antinucci, el hombre cuyo recuerdo me provoca escalofríos. Entonces cierro la boca y me resigno, descarto la protesta, lo miro y me conformo con saber que en breve su próstata se agrandará, que en poco tiempo llegará la hiperplasia y que de poco le van a servir mis quinientos dólares para evitar manchas de gotas en el pantalón y las vergonzantes corridas al baño.
Después de cobrarme parece más animado, me entrega un recibo hecho a mano que se ve poco oficial, saca de alguna parte un llavero en forma de bola con un número 8 y dos controles remotos forrados en nailon transparente que el tiempo y el uso se encargaron de opacar.
—Este es el de la televisión, este el del aire acondicionado. ¿Necesita ayuda con su equipaje? Parece-me que não traz nada.
—No, no traigo equipaje, salvo este bolso. ¿Podría alquilar un auto?
—Sí, claro.
Saca un folleto, se lo ve cada vez más entusiasmado.
—Estos son los coches y estas de acá son las tarifas. Como ve, en esta época del año todavía son muy convenientes. En verano aumentan exponencialmente.
Me señala unos precios escandalosos, yo digo que sí con la cabeza. Confirmado: para los negocios utiliza una sola lengua, sin mestizaje, sin apartarse ni un milímetro del español.
—Lo voy a pensar.
—Si se decide, me llama, yo hablo con la agencia y se lo traen hasta acá. Para comunicarse conmigo hay un teléfono en la cabaña, y en esta tarjeta encuentra el fijo y el celular. Las veinticuatro horas a su servicio.
Ahora que me sacó quinientos dólares y espera hacer un buen negocio con el alquiler del auto, hace el intento de mirarme con simpatía. Y yo, que en el fondo soy una buena muchacha, veo que pone empeño y olvido rápidamente su calva incipiente, su rostro ajado. Le sonrío. No es bueno hacerse enemigos que no estén a la altura del conflicto.
—Gracias, muy amable.
—Meu nome é Pedro, senhora…
No respondo, él espera y ante mi silencio mira la ficha que acabo de llenar.
—Senhora Úrsula López. La cabaña es por allá, sigue el sendero, atraviesa el jardín, llega al deck y la encuentra. Va a ver qué vista espectacular.
Me asomo al exterior y compruebo que ya no llueve, retiro la capucha del abrigo que cubre mi cabeza. Atrás queda la media sonrisa del futuro calvo con su horizonte de patología prostática, y yo salgo hacia la cabaña que me asignó, la número 8. Atravieso el jardín central, un espacio de piedra y plantas duras, senderos en madera que me llevan al deck que da al océano, a la puerta de mi nuevo hogar. Antes de entrar miro el entorno, la casa vecina, y me parece ver un rostro en la ventana. ¿Alguien me observa?
Qué me importa, yo entro a mi nueva vida, la que vengo planeando desde hace tres muertes.
Vanessa
Día de mierda, sale y cierra la puerta de su cabaña.
Hace un momento se asomó a la ventana y vio a una mujer que atravesaba el jardín desde la recepción, la vio llegar con un bolso al hombro a la casa de al lado, detenerse frente a la puerta y mirar atentamente a los costados como si sospechara que podía haber un atacante oculto entre los matorrales de cactus.
Vanessa sale y mira a la cabaña vecina, le parece ver la cortina que se mueve, y juraría que la mujer que vio llegar está ahí detrás, espiando.
No le presta más atención, tiene otras cosas en qué pensar.
Cuando iba a sentarse a trabajar la llama el Ruso, le dice que quiere que le haga un favor y ella responde que sí automáticamente pensando, como siempre piensa, que se trata de algo referido a la relación comercial que mantienen. Serguéi le pide un favor y la sorprende con la guardia baja, con el instinto adormecido, tal vez por culpa de este lugar anodino donde nunca sucede nada, del rumor constante de las olas, de la falta de contacto con la civilización, factores que conjugados anularon su estado de alerta permanente.
El Ruso es un tipo de pocas palabras y menos explicaciones. Esta mañana envió un paquete al Chuí, dice, algo con documentos y dinero, y precisa que ella pase a buscarlo. Para un amigo, alguien importante, agrega después de una pausa, y recalca las sílabas de cada palabra con esa voz gangosa de acento duro y consonantes marcadas, esa entonación de quién sabe qué lugar de Europa del Este. Porque el Ruso de ruso no tiene nada, será ucraniano o moldavo o vaya a saber qué.
Vanessa, que vio en los noticieros la información de la fuga de Cárcel Central, le pregunta si el amigo, la «persona importante», es el que escapó y que busca la Policía, pero él ignora su pregunta como si no la hubiera escuchado, se limita a repetir que vaya a retirar el paquete.
Inmediatamente, agrega. Y que después alguien pasará a buscarlo.
Lo escucha hablar y traga saliva.
Que vaya ahora mismo a recoger lo que tiene que recoger, que después lo deje en su propia cabaña disimulado adentro del ropero, que alguien se va a encargar. Serguéi le dicta una dirección, una calle ignota en la periferia de la ciudad, algún andurrial del Chuí. Inmediatamente, repite, y ya no es un favor sino un imperativo. Lo que en principio fue un pedido parece haberse transformado, lisa y llanamente, en una orden sin derecho a réplica.
Lo escucha hablar y traga pedregullo.
Sabe que no debería aceptar este encargo, pero se siente obligada o simplemente no sabe cómo negarse. ¿Obligada con él porque le hace ganar fortunas?, ¿o porque le tiene miedo? Siempre supo que algo malo iba a suceder, que el Ruso era peligroso, un hombre de cuidado que andaba metido con la mafia calabresa, tal vez relacionado con ese capo de la ‘Ndranghetapreso en Montevideo que acababa de escaparse. Lo piensa y simultáneamente oye el silencio en el teléfono que indica el final de la comunicación.
¿Cómo llegó ella a meterse en esto? Sí, la tentó el color verde y el perfume afrodisíaco de los billetes, la fila interminable de clientes para su negocio que, desde que ella y el Ruso son socios, fluye como el chorro de un surtidor inagotable.
No, no debería aceptar este pedido, se repite a sí misma, no es parte del acuerdo entre ellos y que, hasta ahora, casi siempre se ha limitado a un trato en el que ella suministra el producto y Serguéi pone los consumidores.
Sumida en esos pensamientos sale de la cabaña, cierra la puerta y camina hacia el estacionamiento. En el jardín se cruza con Pedro.
—Buenas tardes, señora Vanessa. Lindo día para ir de compras. Porque se va al Chuy, ¿o me equivoco?
—Hola, Pedro.
Le responde sin mirarlo y con un susurro, no tiene ganas de hacer sociabilidad y mucho menos con este pelmazo, un tipo que aprovecha cualquier palabra amable de su parte para hacerse el galán. Mejor haría si se pusiera a trabajar porque no hay más que mirar alrededor, este lugar pide a gritos un buen mantenimiento, pintura en las casas, poda de las plantas, arreglos en los techos, caños, electricidad, y él pasa la vida en la recepción apoltronado frente a una pantalla de computadora, escuchando música y pensando en quién sabe qué. Hace años que viene a este lugar en invierno por su trabajo y lo ve venirse abajo en picada desde que cambió de dueño. Pedro es un bueno para nada, piensa con un exceso de rabia que sabe mal dirigida, y cada vez es más notorio que aquí falta una inyección de dinero, de trabajo, hasta de cariño por estas casas que empiezan a estar decrépitas y donde Vanessa se promete no volver nunca más.
No, no tendría que haber aceptado el encargo de Serguéi, ¿y si ahora lo llama y le dice que está enferma, que tiene un ataque de vértigo incontrolable, que vomitó diez veces?, ¿o que tropezó, se cayó y se hizo daño? Todas las excusas le suenan pueriles, y sabe que nada de eso servirá con un tipo como el Ruso, que se limitaría a hacer uno de sus largos silencios telefónicos que tanto la aterrorizan, esos momentos vacíos y llenos de amenazas no dichas, de advertencias que nunca se profieren pero flotan como un gas venenoso, como el aviso persistente de un peligro.
Piensa y traga bilis.
¿Por qué tuvo que meterse con esa gente? Ella era la única dueña de un negocio floreciente que había montado en Punta del Este, tenía un mercado selecto, ganaba dinero suficiente como para darse la mejor vida. Así y todo, cuando Serguéi le habló de una cartera de clientes extranjeros, millonarios (oligarcas, dijo él, usó esa palabra), tipos que pagarían fortunas por su mercadería, ella no pudo contener la ambición y sintió que la boca se le llenaba de saliva, que la entrepierna se le mojaba pensando en la catarata de dinero.
Llega al coche y enciende el motor, acaricia el volante del vehículo de alta gama que acaba de comprar al contado, huele el aroma del tapizado de cuero auténtico, oye el motor que ronronea potente bajo su pie. Vanessa sale de Los Troncos y toma la calle principal para llegar hasta la ruta que va a la ciudad del Chuí.
Al principio la relación funcionó perfectamente, la plata fluía, todo era dicha y fortuna, que para Vanessa son equivalentes. Pero hace un tiempo empezaron los problemas, un par de bolsitas con polvo blanco para el señor X, unos documentos para el señor Z, y fue como una onda expansiva que uno no acierta a saber dónde se originó y que un día termina en el terremoto que destroza la vida desde los cimientos.
La oportunidad de negarse ya pasó, si es que alguna vez la tuvo, piensa, y se mira las ojeras en el espejo retrovisor. Pone música escandalosa en la radio para tapar sus pensamientos o el miedo que la invade. Trata de tranquilizarse, tiene los cuadernos, un seguro de vida en todos esos nombres, fechas y direcciones. No, no piensa violar la confidencialidad del negocio, pero si llegara el caso…
Delante está la ruta, diez kilómetros hasta el Chuí. Cuando esté en la ciudad pondrá el GPS y buscará la dirección que el Ruso le ordenó buscar, volverá y guardará el paquete como le ordenó guardarlo. El arrepentimiento y la rabia le llegan por ráfagas, aunque ya sin la fuerza, sin el coraje necesario para dar la vuelta y volver a la cabaña o de llamarlo y negarse. Con esta gente no se juega, se dice, y piensa que ya es tarde para recordarlo. Debió pensarlo antes.
Día de mierda, ¿por qué atendió esa llamada?
El Ruso le advirtió que no cruzara al lado uruguayo, que permaneciera siempre en el brasilero. En ese momento no registró el significado de sus palabras y ahora se pregunta por qué se lo dijo, qué está sucediendo, qué sabe él que ella desconozca.
Conduce y el coche se pierde en la lengua de la ruta en un mediodía cualquiera que muy pronto dejará de serlo, cuando llegue a la entrada de una casa destartalada y golpee la puerta de madera podrida; cuando una mujer de aspecto desgreñado le entregue un bolso ordinario y ella vuelva a su auto, abra el cierre y vea una fortuna en billetes, varios juegos de documentos con la cara del mafioso que salió en la tele, un arma de fuego y municiones; cuando conduzca por el camino de vuelta aferrada al volante, transpirando y temblando, pensando cómo hacer para alejarse del Ruso, sabiendo que ya no es posible dar marcha atrás; cuando abra la puerta de su cabaña, deje el bulto dentro del ropero como le ordenaron, y se acueste en la cama a llorar de impotencia y de miedo.
Úrsula
En el sueño es un día normal de invierno en Montevideo, está nublado, hace frío. Yo tengo nueve o diez años y estoy sola sentada en el patio de la escuela, mirando la anacahuita que crece justo en la mitad geográfica de la gran explanada de cemento y piedra laja. La maestra me echó de la clase, dijo que era agresiva o violenta, no me acuerdo exactamente de la palabra que usó para describirme frente a todos, y dijo que va a llamar a mi papá. A mi mamá no, porque a los diez años ya no tengo madre. Mis compañeros están en clase de Matemáticas aprendiendo a resolver ecuaciones, pero me da igual, yo ya sé resolver ecuaciones, y no me parece tan trágico estar afuera en un día frío cuando en el aula la maestra explica cómo resolver algo que ya sé. Todavía no soy gorda, apenas un poco rolliza, faltan uno o dos años para que Papá y la tía Irene empiecen a escandalizarse con el talle de mis pantalones, con el ancho de mis caderas, con el número que indica la balanza.
Después, el sueño adelanta algunos años.
Estoy en una playa sentada al borde del mar, es verano y hace mucho calor. Supongo que el agua debe de ser una maravilla de frescura y alivio, placer sobre las pieles bronceadas por un sol impiadoso, anterior a los protectores y filtros solares y a los factores 50. Supongo que el agua debe de ser una maravilla, porque realmente no lo sé: no me puedo sacar la túnica que visto y que me cubre desde los tobillos hasta los hombros, ni siquiera me puedo remangar el ruedo. La tía Irene, que es la que compra mi ropa, me trajo esta especie de vestido caftán de no sé qué país, tal vez de un sitio musulmán donde a las mujeres les está prohibido exhibir un centímetro de piel y se tapan hasta el cuello. Ella y Papá piensan que lo mejor es que no me saque el vestido, que ni siquiera me lo arremangue, dicen, y así, mientras todos se divierten en el agua, yo los miro desde abajo de la sombrilla, sudorosa y avergonzada de mi cuerpo que ya percibo fallado, inexacto, errado, que ya sospecho fuente de mi futura desgracia.
Todavía no odio a Papá ni a Irene, todavía no he pensado en matarlos, apenas empiezo a transitar un abismo o una selva oscura que en ese momento no sé adónde me llevará. Hay desgarros que el lenguaje de una adolescente no alcanza a describir, los siente pero no los puede analizar, y hoy yo no sería capaz de fechar el comienzo de la ira, marcarlo en el almanaque, decir tal día de tal mes y año empecé a sentir este odio que nunca muere, aunque ellos ya no estén.
Vuelvo a verme en el patio de la escuela, miro la anacahuita y sé que podría salir por la puerta que da directo a la calle y, sin que nadie me vea, caminar hasta la casa de la abuela Carmen, poco más de doscientos metros. Ella me ofrecería torta de naranja o budín de pan con pasas de uva, aunque la tía Irene se lo haya prohibido, y me preguntaría por qué me echaron de clase.
—Porque soy agresiva y violenta. O algo así.
—¿Qué hiciste, Úrsula?
—Le pegué una trompada en la boca a un compañero.
—¿Y por qué?
—Me dijo cerda, lechona. Me dijo gorda de mierda.
La abuela no diría nada y me daría una porción doble de budín, la que tiene más pasas.
Pero no voy, me quedo mirando la anacahuita y el piso de lajas, pensando que yo ya sé hacer ecuaciones y que cuando vuelva a casa buscaré a Ada, mi muñeca, me esconderé de todos, la abrazaré y lloraré. Todavía no aprendí que si algo se necesita para ser diferente y que esa diferencia no te destruya, es la fortaleza de soportar el desprecio. Pero no tardaré nada en saberlo.
El sueño va y viene de la escuela a la sombrilla. Ahora vuelve a la playa, a la orilla del mar. Miro a los otros correr y gritar en el agua, veo a Luz entre ellos, me abanico el rostro transpirado y enrojecido de adolescente. Siento una pesa en el pecho, siento que soy distinta y la peor del mundo, me avergüenzo. Sin embargo, esta no es mi primera humillación, las vengo coleccionando desde hace años. Pero esta es la primera que me duele tanto. Tranquila, en el futuro habrá otras vejaciones que dolerán mucho más.
El sueño empieza a disiparse, a retroceder, y yo comienzo a olvidarlo, aunque la sensación sigue ahí, en lo seco de la boca, en lo agitado del pecho, en una inexplicable angustia que me cierra la garganta. Despierto, abro los ojos sin saber bien dónde estoy, tardo en reconocer la cabaña sobre una playa de la Barra do Chuí.
Suspiro, un sol de primavera falsa entra por la ventana.
Me desperezo, saco los pies de la cama y me levanto, recorro con la vista los veinte metros cuadrados de la cabaña, intento apropiarme, aunque sea visualmente, del lugar donde estaré los próximos tiempos.
Me levanto y hago un café instantáneo, lo bebo de pie contra el vidrio del gran ventanal, miro el océano gris y calmo después de la tormenta, el aire azul, límpido, que dejó la lluvia de ayer.
Detrás de mí hay una habitación rústica, un par de sillones y el inexorable televisor presidiendo el centro de mi pequeño universo. Una mesa donde tomaré mi desayuno, una cocinita con lo indispensable y que de ningún modo podría llamarse cocina completa como alardeó Pedro, pero que es más que suficiente porque no soy de amasar ravioles ni de hornear repostería casera. Al fondo, una cama grande que ayer estrené con una larga siesta, agotada por el estrés del escape, mis dos visitas en Montevideo y el largo viaje en ómnibus.
Este lugar no me gusta especialmente, pero tampoco importa mientras encuentre una comodidad módica donde sentarme o tenderme a esperar. ¿Esperar, qué?, ¿un milagro que me saque de encima a Antinucci y a la comisaria? No confío en la habilidad de Clemen para controlar al abogado que me persigue para quedarse con mi dinero. El resultado de los inútiles oficios del inspector quedó de manifiesto con la llamada de mi hermana y su relato de que entraron en mi casa y lo revolvieron todo. Claro, Antinucci busca pistas del paradero de la plata del botín y no va a encontrarlas, porque ya es demasiado tarde para él. Odio confesarme a mí misma que le temo, que escapé de Montevideo por miedo, y que tampoco sé cómo hacerle frente a esta situación, como no sea dejando transcurrir el tiempo.
Ignoro qué haré mañana o la próxima semana, si me quedaré la semana ya pagada o huiré despavorida por la soledad de esta playa yerma y del pueblo fantasma que entreví en mi llegada. Por ahora, solo quiero estar cómoda mientras espero que se calmen las aguas en Montevideo. Ya decidiré qué hacer en un futuro impreciso, y este es un sitio como cualquier otro para pasar una temporada muerta en la que nada va a suceder. Acá no habrá robos ni persecuciones, escapes ni asaltos, nadie me perseguirá ni me amenazará. Imagino este lugar como un bostezo prolongado pero necesario entre mi vieja y mi nueva vida, la transición de traductora a millonaria.
Dejo el café sobre la mesa y saco de la bolsa una medialuna con dulce de leche, un exceso que me permito como compensación a la frágil etapa emocional que vivo. Muerdo y saboreo, está deliciosa, la devoro en dos bocados y tomo otra, conforto mi culpa diciéndome que ser prófuga demanda un soporte nutritivo adicional. Con la segunda medialuna en la mano, corro la hoja del ventanal, salgo al deck que se extiende frente a mi cabaña y a la casa vecina. Veo que de la terraza de madera sale un caminito de tablas que baja hasta la arena mojada de la playa.
La brisa arrastra vahos a pescado muerto, a ballena enferma. El aire denso de la marea que se retira deja cadáveres al descubierto, y me recuerda que no hace mucho estuve en un cementerio oliendo la decadencia y la putrefacción de mi propia familia.
Miro el entorno, el complejo de cabañas se ordena alrededor de un espacio central enjardinado que ayer atravesé sin fijarme demasiado, un lugar con rocas y plantas duras en distintas tonalidades que van del verde oscuro al amarillo, una composición de colores que interrumpe la aridez desértica del paisaje oceánico. Este lugar no debe de estar mal en verano, bajo el sol y con el complemento de la playa al alcance de la mano, con la arena que llega hasta el sendero que conduce a las cabañas, con el mar a diez pasos. Pero en invierno se ve desolado y triste y gris, hasta un poco precario para resistir los embates del frío, la humedad, el viento. Las casas transitan un primer escalón que conduce a la decrepitud, y me hacen pensar en las cabañas de paja y madera de los cerditos imprudentes que el lobo sopló y no tardó en derrumbar.
Allá lejos veo un bar que estuvo abierto en la temporada de verano de quién sabe qué año, hoy clausurado y con las ventanas tapiadas, abandonado a la ruina, al fracaso y al descalabro, al implacable clima invernal que no tardará en desintegrar la madera ya podrida.
Giro sobre mis pies. El complejo Los Troncos estaría bien con algunos cuidados, es un sitio aceptable si no se pretende demasiado. Claro que este lugar no es la quintaesencia de la prosperidad de la sociedad capitalista, no es un enclave selecto del turismo internacional, es apenas un pueblo marítimo de gente modesta, una playa medio pelo de temporadas estivales que a veces resultan buenas y generalmente menos que buenas. Porque ya se sabe cómo pegan las periódicas crisis latinoamericanas en estos lugares y a esta gente.
Camino y bajo hasta la arena por el sendero de madera, llego hasta el borde del mar; me descalzo y me mojo los pies, respiro el salitre, empiezo a sentir una especie de calma, a distenderme de las horas terribles que pasé escapando, haciendo visitas y poniendo las cosas en su sitio, los últimos dos días que en este momento no quiero ni recordar.
Camino por la orilla, me inclino a ver los caparazones que trae la marea, aspiro el aire fuerte que termina de despertarme.
Necesito vacaciones de mí misma.
Rocco
Conduces por la carretera que va hacia la costa, te diriges a una playa cuyo nombre viste en los carteles de la señalización y ya olvidaste, un lugar que sospechas que ya conocías donde esperas encontrar restaurantes o cafés abiertos para hacer un alto en el viaje, descansar un poco y comer un sándwich, ir al baño.
Miras tu rostro por el espejo retrovisor, piensas que los signos de la edad avanzan y colonizan tu piel, se adueñan del funcionamiento de tu organismo y, lo que es peor, de lo más recóndito de tu mente.
Por eso cada día que pasaba era más importante escapar de la cárcel, porque en la medida en que te acercabas a los sesenta veías que tu cuerpo ya no respondía igual a los estímulos: las articulaciones de las piernas se anquilosaban, la digestión tardaba más de lo habitual, los folículos se ponían perezosos a la hora de producir pelo, los músculos se iban licuando bajo la piel y la piel caía flácida y opaca y escamada. Sin embargo, no era solo lo físico, no era la suma de todos esos males lo que empezaba a preocuparte. Había algo más: el cerebro se enlentecía, recordaba menos y retenía peor, no procesaba los datos necesarios ni a la velocidad requerida, y cada vez debías hacer un esfuerzo mayor para anticipar los movimientos del mundo. La decrepitud iba conquistando cada resquicio del cuerpo, avanzando en los rincones del entendimiento. Y cuando por fin entendiste que ya no eras el mismo ni volverías a serlo, cuando aceptaste que había algo más allá del normal y progresivo deterioro de un hombre que se acerca inexorablemente a la muerte, decidiste que no podías seguir esperando.
Un día lo viste con claridad: no era el desgaste del cuerpo ni eran los olvidos normales y previsibles, no era la desorientación esperable a tus cincuenta y pico. Horrorizado, advertiste que en los entresijos de tus lagunas mentales había un monstruo agazapado, un fenómeno al que por ahora prefieres no nombrar. Y que tu peor enemigo, el más peligroso, el que te acechaba más de cerca, no era el que tenías enfrente ni el de la celda de al lado, sino el que estaba dentro de tu propia mente.
El paisaje de esta ruta secundaria es monótono y chato, plantaciones de arroz y soja, algunas vacas. Sientes cada vez más ganas de orinar, sientes hambre y aburrimiento.
Por esa razón era importante escapar de la cárcel, de un lugar sin privacidad, sin posibilidad de alejamiento y disimulo, huir de un sitio donde cada vez resultaban más evidentes tus incoherencias y olvidos, tu desorientación en el tiempo y el espacio, tu impericia frente a cualquier tarea. Era urgente salir de la cárcel, impedir que llegara el momento en que se siente la sorpresa, después el desprecio, y finalmente la lástima de los otros.
Presionaste a la organización para que ultimara los detalles de tu escape y, por supuesto, sin mencionar la verdadera razón que te empujaba a huir. Siempre habías pensado en fugarte por un simple anhelo de libertad y finalmente lo hiciste por orgullo, por soberbia, por no mostrarte débil y enfermo, por el mandato social calabrés y mafioso, el precepto de ser un macho sin fisuras que hasta hoy llevas colgado al cuello.
Estás cansado, necesitas orinar y tomarte un café, comer un sándwich, distenderte un poco.
¿Cómo se llamaba esta playa? Crees haber visto el nombre en algunos carteles.
Úrsula
Acababa de salir de la casa, la vi de perfil acodada en la baranda de la terraza, un cigarrillo entre los dedos, la vista clavada en la lejanía en actitud abstraída y calma, el rostro levantado contra el color incandescente del cielo. Contemplaba el mar gris plateado o el atardecer rojizo o quién sabe qué.
Me moví y oyó mis pasos, volvió la cara como un animal alerta, y por un instante tuve la sensación de que me calibraba como haría un felino con una presa antes de saltar sobre ella. Una percepción desagradable.
Pero enseguida se disolvió la tirantez, pasó el momento tenso de las miradas que se cruzan sin reconocerse, y vinieron los rituales de la amabilidad: inclinación de cabeza, buenas tardes, estiramiento de labios en una imitación horizontal de sonrisa. Los ceremoniales de la vecindad cordial que nos persiguen incluso en esta playa perdida entre las fronteras de Uruguay y Brasil.
La mujer dijo buenas tardes y no boa tarde, o sea que también era uruguaya y no brasilera, aunque ese era un dato a confirmar porque en la frontera nunca se sabe, todos son de acá o de allá según les convenga, y todos hablan este idioma o el otro, según las circunstancias o la utilidad. Surgió naturalmente un diálogo trivial, algo referido al frío de esos días o a las posibles compras en la ciudad, palabras intrascendentes que usamos los humanos para darnos el tiempo de medir al otro.
Ella fumaba, todavía acodada en la baranda giraba la cabeza hacia mí, me sonreía al hablar. En un momento se acercó y me tendió la mano.
—Me llamo Vanessa Steel.
—Úrsula López, mucho gusto.
Recordé que al llegar a Los Troncos Pedro me había confundido con otra persona, que había dicho ese nombre, Vanessa Steel.
Las advertencias no tardaron en saltar como alarmas rojas, como carteles luminosos en la noche. Señales fosforescentes se prendieron y apagaron frente a mis ojos. Ahora sé que debí hacerles caso, pero, como siempre, los hechos iban a evolucionar hasta explotarme en la cara sin que yo fuera capaz de hacer nada.
Primera señal que debí registrar: esa mujer podría haber pasado por mi hermana gemela: similares los rasgos de nuestros rostros, la misma altura, idéntica complexión pasada de peso. Pedro nos había confundido a pesar del cabello, el de ella más corto y de un castaño más oscuro, porque cuando entré a la recepción lo llevaba oculto por la capucha del abrigo.
Todavía tardé un momento en darme cuenta de que la semejanza era solo física, que ahí terminaba el parecido entre nosotras. Imposible no advertir su encanto, ver que ella manejaba su atractivo con la natural habilidad con que yo manejo mi mano derecha. La mujer derramaba una especie de embrujo, el ángel o la magia que los elegidos de la diosa Fortuna esparcen sobre la humanidad. Y esa fue la otra advertencia que no debí ignorar: yo no era inmune a ese encanto. Su atractivo me hizo sentir incómoda, me inquietó advertir que éramos similares en las facciones y en la forma redondeada de nuestros cuerpos, tal vez en la edad, y que, sin embargo, había un desajuste sutil en el parecido, una cruel diferencia a su favor: el hechizo, el maldito toque de sugestión del que yo carezco.
Tuve ganas de ser como ella o tuve deseos de ser ella.
Agobiada, murmuré una despedida y entré en mi cabaña.
Preparé el espacio.
Cerré la ventana y corrí la cortina, apagué la luz, acomodé una silla y, desde mi escondite, viéndola fumar y contemplar el horizonte, mientras la espiaba a mis anchas disimulada en lo oscuro y entre los pliegues de la tela, pensé que lo que más deseaba en la vida era cortarme el pelo y teñirlo de un color más oscuro, vestirme con ropas como las suyas, adoptar su aire mundano de seguridad.
Alguna vez leí que la envidia es un patrón evolutivo en el progreso de la humanidad, y en ese momento sentí que yo podía hacer evolucionar a diez generaciones. Guarecida entre las cortinas, vi que la mujer aplastaba el cigarrillo, dirigía una mirada a mi ventana y entraba en su cabaña.
Traté de imaginar quién era, qué era. Una alta ejecutiva en una empresa, una mujer rica e independiente, tal vez una ginecóloga de vacaciones, una sicaria en busca de su presa. Podía ser cualquier persona y ejercer cualquier profesión, lo único seguro es que era exitosa. Lo decían su mirada y su porte, la barbilla levantada, el corte de su ropa, el arco levemente irónico de las cejas. Una mujer que triunfa en la vida y disfruta de su victoria sobre la medianía del vulgo.
Abandoné la ventana, puse agua a calentar.
A ver si aprendés de ella, Úrsula, esta mujer no debe de ser de las que recuerdan cada error cometido, cada revés que le causó la vida, no es de las que memorizan los fiascos y las frustraciones, que escriben cada equivocación en letras de bronce sobre la piedra de su memoria.
Me senté frente a la mesa con una taza de café recién hecho entre las manos y dos sobrecitos de edulcorante, revolví el líquido.
Seguro que Vanessa no es de las que tuvieron que aprender a los golpes que el remordimiento es un oficio que, bien aprendido, rinde toda la vida.
Sentí por ella algo desatinado y profundo como un océano.
Vanessa
Gustos hay de todo tipo y color, si no que me lo digan a mí que vivo de vender una satisfacción que no es la tradicional. Si sabré de gente que prefiere ver antes que hacer. Hombres que miran las fotos y eligen a esta o a aquella, yo se las llevo y quedan solos en hoteles de lujo o en mansiones vacías. Y suceden cosas extrañas, digamos inusuales. Me cuentan que las hicieron sentar en un sillón o echarse en una cama y que allí quedaron la tarde entera, mientras el señor se sentaba enfrente o simplemente desaparecía de su vista y vaya a saber qué hacía por su lado, solo y quieto y callado, a veces invisible, sin tocarlas ni pedir ser tocado. Toda la satisfacción centrada en el sentido de la vista, en unos ojos a veces asistidos por lentes o binoculares o cámaras.
Una vez, Lorna, que no se llama Lorna, sino Yénifer, me contó que el hombre que pagó por ella le había pedido que se pusiera un vestido antiguo y se tendiera en un sofá, le entregó la ropa doblada y fragante en una caja con mil recomendaciones de cuidado, le dijo que le iba a quedar perfecta y la dejó sola. Después de eso no volvió a aparecer en todo el día. En la habitación había comida y refrescos, un televisor, todo lo que necesitaba. Ella se puso el vestido, se echó en el sofá y esperó, durmió un rato, hojeó las revistas, comió y bebió y siguió esperando y, cuando se hizo la hora, él vino a buscarla, le indicó que podía sacarse el vestido, y otra vez la dejó sola, cambiándose la ropa. Nunca le tocó ni el pelo.
A lo largo de estos años he aprendido que para algunos la vista puede tener un poder, un potencial sexual mayor que los otros sentidos, que puede provocar un placer difícil de imaginar para quienes nunca lo experimentaron. El que mira disfruta con la sola contemplación del objeto del deseo, que está ahí ante sus ojos, exhibido y dispuesto a dejarse ver o espiar, cercano y accesible, aunque sin obligación de uso. Supongo que es como ver algo en una vidriera, uno se detiene a observarlo y se va entusiasmando a medida que evalúa lo que cuesta y cuánto lo desea, pero sabe que el arrebato decaerá en cuanto lo tenga entre las manos.
Por supuesto que también están los otros, los que quieren una devolución tangible y concreta por el dinero (mucho dinero) que pagan por la extrema juventud de mi producto, que son la mayoría y suelen ser los que trae Serguéi. Y que son los que me piden que diversifique la oferta en cuanto al sexo, algo que no he querido hacer porque todo tiene un límite. No quiero pensar en eso ahora, en los problemas que empiezo a tener con los clientes que me contactan por el Ruso. Hace poco tiempo me llamó la madre de Brenda, que no se llama Brenda, sino Yaquelín, me gritó que había tenido que llevarla a una clínica, que el cliente había sido una bestia, un bruto con su hija, que si otra vez se la traían en ese estado iba a llamar a la Policía y me iba a denunciar. De más está decir que algunos billetes de cien calmaron los nervios de la madre y el malestar de la hija, borraron el mal momento y ahí se terminó el problema. Más adelante la señora volvió a hablarme, dijo que ya estaba todo bien, que Yaquelín estaba repuesta y dispuesta, y que siguiera contando con ella. De todas formas, tengo que hablar con el Ruso, me tengo que animar a decirle que no me gusta trabajar así, que no estoy acostumbrada a ese tipo de clientes.
Decía que gustos hay de todo tipo y color, y lo sé de sobra, nadie me contó que mirar a otros puede ser muy gratificante. Creo saber bien cómo funciona, y no me escandaliza el voyerismo de mi nueva vecina, Úrsula, la que llegó a Los Troncos la mañana de la tormenta y que ahora mismo veo espiándome detrás de las cortinas de su ventana, creyéndose al abrigo de mi mirada.
Rocco
No tiene idea de cómo llegó a este bar, a esta mesa frente a la que está sentado delante de un gran ventanal desde donde ve la costa, una playa rocosa y ancha con mucho cielo, que tiene el vago recuerdo de haber visto antes. Ni siquiera sabe de qué auto son estas llaves, no recuerda haber pedido el café a medio beber ni las medialunas, una de ellas mordisqueada, o la botella de agua.
Hay palabras que pueden describir mundos siniestros, inquietantes, y una de ellas es olvido.
La tarde cae rápidamente en invierno, alcanza a pensar antes de sumirse por completo en la desesperación. Siente la vejiga llena, señales nerviosas que llegan a su cerebro. En medio de la angustia, imagina que entró en el bar buscando un baño para aliviarse. Es eso, decide en un intento de aplacar la inquietud, entró al bar buscando un baño y antes de usarlo pidió un café, algo para comer para que su apuro no fuera tan evidente.
Pero ¿dónde está? ¿Y cuándo salió de la cárcel? ¿Hacia dónde se dirige? A través del vidrio mira el paisaje, que se oscurece a la velocidad de un eclipse, cree reconocer la costa de Rocha, alguna playa que puede ser Punta del Diablo o La Pedrera, no recuerda los nombres de las otras. ¿Y por qué no está en su celda?, ¿qué hace él a trescientos kilómetros de Cárcel Central? Tiene que tranquilizarse, distenderse, y así la memoria volverá sola, como le dijo el médico de la prisión. Recuerda vagamente una libreta Moleskine de tapas rojas con anotaciones, la busca en los bolsillos, pero no la encuentra.
Sin saber cómo, le llega el recuerdo de Salvatore, de su bigote y su traje negro cruzado, del sobrepeso que alimentaban los frittole y los sozzizu que la madre de Rocco preparaba personalmente y mandaba a servirle en las enormes fuentes blancas que habían sido de la abuela Anetta. ¿Por qué se acuerda de él ahora, cuando tiene la mente vacía y en blanco?
Necesita ir al baño, pero en vez de pararse y buscar la puerta se lleva la taza de café a los labios, descubre que todavía está caliente, no debe de hacer mucho tiempo que se lo trajeron. También descubre que tiene hambre y muerde una de las medialunas.
Había un fondo cordial en Salvatore Tripodi, una vez que te conocía y te apreciaba podía regalarte una de sus raras sonrisas o un vaso del vino tinto y oscuro de sus fincas y, si tenía ganas de hablar, te contaría que era el dueño de más de ochenta viñedos que producían la mitad del vino de Calabria.
¿Entró en este bar porque estaba con hambre? Hace lo posible por atar los cabos sueltos de la mente, pero su memoria se desboca como un caballo salvaje y galopa a donde se le antoja. Debe de ser eso, se responde a sí mismo cada vez más nervioso, debe de haber venido a este lugar por el hambre o las ganas de mear. Ve que es el único cliente del café; busca a la chica del servicio que mira el partido de Uruguay contra Chile acodada en el mostrador. La llama, aunque no sabe bien para qué.
—¿Le sirvo algo más?
—No sé. ¿Qué tiene?
—Le puedo ofrecer un sándwich de jamón y queso.
—¿Y algo dulce?
—Tengo flan.
—Eso mismo, un flan con dulce de leche, con mucho dulce de leche. Y le hago una pregunta.
—Dígame, señor.
—Yo iba por la ruta y entré a esta playa buscando un bar donde tomar un café, no me fijé cómo se llamaba. Va a creer que estoy loco, pero ¿me puede decir dónde estoy?
—Está en Punta del Diablo.
Ve que la mujer lo mira con extrañeza o desconfianza y, a pesar del mal momento, de su angustia de hace minutos, la situación le hace gracia y se sonríe tratando de que ella no lo advierta.
Y entonces recuerda, súbitamente recuerda.
Sabe que siempre es así, que la memoria lo abandona y regresa en un instante, que es imprevisible. Como un caballo salvaje. Claro, venía por la ruta y tuvo hambre, y se desvió hasta esta playa. ¿Punta del Diablo? Ríe feliz y con ganas, y la camarera, mientras le sirve un flan con abundante dulce de leche, lo mira con la atención que reservamos a los tontos o como si temiera que él fuera a hacer algo inconveniente.
Rocco aguanta la tensión en los músculos de la uretra.
—Le pregunto algo más. ¿Hay algún hotel por acá cerca?
—Sí, doblando la esquina. La Virazón, se llama, y a esta altura del año es el único que está abierto.
—Después iré a verlo.
—Si no quiere muchos lujos…
—¿Me puede indicar dónde está el baño?
—Por ahí, la puerta a la izquierda del pasillo.
Va hasta el baño y se detiene en la puerta, vigila que nadie lo haya seguido, se encierra en un gabinete y antes de salir asoma la cabeza, se lava las manos atento a cualquier movimiento de la puerta.
Qué personaje Salvatore, él no estaría acá de no haber sido por Tripodi. Podía ser cordial, sí, aunque Rocco había conocido también su lado oscuro. Pero no quiere pensar, no quiere recordarlo, aleja el pensamiento.
Aquella era otra Italia, otra Calabria, lo disculpa, un mundo pequeño y cerrado bajo un caparazón de austeridad y pobreza, de explotación y miseria, una sociedad alejada del mundo y hasta del Estado central, bajo las reglas del rigor impuestas por las clases dominantes y la violencia, un territorio regido por fidelidades férreas y rígidas jerarquías. Lo justifica pensando que aquella era una civilización tan distante y diferente de la Europa actual, cosmopolita y civilizada, como el planeta Saturno de la Tierra.
Se seca las manos y recuerda un momento a finales de los sesenta. Siendo un niño de tres o cuatro años vio a Salvatore entrar por la puerta de su casa, vio a su madre recibirlo y sentarlo en el mejor sillón de la sala, en la butaca de terciopelo. Ya no se iría, hasta el final.
Paga la cuenta y sale a la noche, a una calle barrida por el viento donde hay un solo coche, el suyo. Ni un árbol, ni un alma. Camina y baja la cabeza, enfrenta el pampero helado que sopla desde el sur.
Ahora no quiere recordar más nada.
Úrsula
Sueña que está en el consultorio de la doctora Ferrés.
La butaca color rosa pastel, ancha y mullida, intentó tragarla apenas apoyó el cuerpo, y tuvo que aferrarse a los posabrazos para no ser absorbida por el terciopelo blando y envolvente. En la habitación no hay sonidos ni colores que distraigan, todo está pintado en tonos claros o beis, apenas se percibe un olor vago a lustramuebles, a cera con esencia cítrica de flor de naranja, tal vez algo de bergamota, un aroma brillante y fresco con notas amargas, sedante y untuoso, que la hace pensar en un museo o una clínica, en el despacho de un ministro.
La doctora consulta los apuntes, acomoda sus lentes en el borde de la nariz, pasa las hojas de la libreta y la mira con ese aire entre aséptico y profesional que a Úrsula tanto le incomoda. De una forma oscura e inexplicable, pero cierta, sabe que está viviendo un sueño y esa conciencia provoca una ligera modificación en la relación, en el vínculo que mantiene con la profesional. Sabe que esta sesión de terapia nunca sucedió y, lo que es más importante, sabe que jamás podrá suceder en ningún futuro posible. Por eso es tan importante para ella.
—El jueves pasado me habló de su entrada al mundo del crimen. Cuénteme cómo fue que pasó.
—Entré al delito como se entra en tantas cosas de la vida, doctora Ferrés. Por casualidad.
—¿Le parece que la suya es una actividad casual?
—No dije eso, dije que entré por casualidad.
—Entiendo. ¿Cómo fue esa entrada?
—Una noche recibí una llamada, una voz en el teléfono pedía un rescate por mi marido. El dueño de la voz decía tenerlo secuestrado. Habló y no dijo mucho, unas pocas palabras. Me citó en un bar para encontrarnos a negociar el pago del rescate. Cuando cortó la comunicación sentí que el desafío me daba vueltas en la cabeza. El reto me perseguía como un tiburón desaforado.
—Usted no tiene marido, Úrsula.
—Claro, esa es la parte casual: la llamada estaba dirigida a otra mujer.
—¿A quién?
—A una homónima que después conocí, pero no interesa, esa es otra historia para otra sesión.
Desde la conciencia de estar viviendo un sueño, Úrsula piensa que ese relato, el de la mujer con su mismo nombre, tampoco podrá trasladarlo al mundo real de las verdaderas sesiones con la doctora Ferrés. Una pena. Y continúa hablando.
—Usted preguntaba por mi llegada al mundo del crimen, le decía que fue fruto del azar, provocada por una llamada a la mujer equivocada. Pero además debo atribuirme cierta audacia al tomar mis decisiones.
—¿En qué sentido?
—Como le dije, la voz en el teléfono me citó en un bar del Centro esa misma noche.
Por primera vez en todos estos años, Úrsula ve a Ferrés sentada en el borde de su silla, el mentón levantado y expectante a la espera de sus próximas palabras, despojada de su aire de profesional neutro y desapasionado. La voz de la psiquiatra suena ansiosa, trémula, o ella imagina el temblor y la ansiedad.
—No me diga que fue a la cita, Úrsula.
—Se lo digo. Allí estuve a la hora señalada.
La ve inclinarse, la lapicera de la psiquiatra vuela sobre las hojas.
—Esa noche, en ese bar conocí a Germán. Todo fue casualidad, como le decía, tanto que me siento una advenediza, una impostora en el mundo del delito. Eso me sucede a veces, aunque le confieso que la sensación es cada día menos habitual, y donde antes hubo dudas o temor o incertidumbre se fue cimentando la certeza.
—¿Certeza de qué?
—¿Cómo explicarle? La consistencia del presente desplazó la nebulosa de las dudas del pasado. Fui sintiéndome segura en la medida en que caía en la cuenta de que tengo ciertas condiciones.
—¿Me está diciendo que cree que tiene talento para el crimen, Úrsula?
—Digamos que tengo algunas aptitudes para asuntos relacionados con lo ilegal.
Se produce un silencio apenas cortado por el suave rasguido del lápiz.
—¿Le resultó sencillo delinquir?
—Cometer un delito no es fácil, doctora. Sin embargo, la mayoría de la gente no lo entiende así, no lo toma como lo que es: una actividad seria y trabajosa que, bien llevada a cabo, tiene su complejidad y esfuerzo. Hay etapas. ¿Quiere que le describa el proceso?
El chirrido del lápiz de la doctora Ferrés se apresura, vuela sobre la libreta.
—Sí, por favor, continúe.
—Primero: antes de cometer un delito hay que empezar desde cero, siempre. Estudiar, investigar, planear, diseñar una estrategia. Y eso implica tensión, esfuerzo intelectual, trabajo arduo.
—Me imagino.
—Segundo: ser un buen delincuente es como ser un buen abogado o ebanista o escritor. Hay que ser profesional, transpirar litros de sudor arriba de la sobrevalorada inspiración, que nunca es la necesaria ni resulta suficiente.
—Siga.
—Tercero: hay que tener un control extremo de las emociones, yo diría férreo control, aunque no quiero caer en los banales lugares comunes del lenguaje hablado. Pero usted ya me entiende, doctora Ferrés, hay que tener un excepcional dominio sobre uno mismo. Cuarto…
—Veo que su análisis no será breve y se nos va el tiempo. Pero quizá podamos extender la sesión unos minutos.
—Usted ve.
—Siga.
—Le pido un poco de paciencia y ya termino. Cuarto: aunque el ejercicio del delito puede compartirse sin problemas con oficios como el de sanitario, con el ejercicio del notariado o, como en mi caso, con la profesión de traductora, no se puede soslayar que al momento de perpetrar lo que haya que perpetrar habrá que dedicarse full time, dar todo de sí. Esfuerzo que no le interesa a la inmensa mayoría de la humanidad, tan dada a dispersiones como pasar las horas en redes sociales o jugar a acomodar las piezas que van cayendo en los huecos del Tetris o mandar corazones por WhatsApp.
—Interesante sesión la de hoy, Úrsula. Vayamos terminando: redondee.
—Déjeme decirle algo más. Es por estas razones que le menciono que las cárceles están llenas como están. Porque la mayoría de los delincuentes no dedica el tiempo ni el esfuerzo necesarios para una actividad demandante, que no tolera chapuzas ni improvisaciones.
—Quisiera seguir escuchándola, pero estamos pasadas de la hora y tengo otro paciente esperando. Será hasta el jueves que viene.
Úrsula no quiere que la sesión termine, no quiere despertarse en la cama de una cabaña en la Barra do Chuí y dejar trunca su historia en el consultorio de Montevideo. Aprieta los párpados, sabe que si los abre ya no estará sentada en la mullida butaca rosa pálido, en el ambiente silencioso y neutro, ya no verá a la doctora Ferrés ni podrá decirle lo que no le dijo. Inmersa en esa imprecisa y nebulosa duermevela le llega la última conexión con el sueño, el olor a citrus de flor de naranja y bergamota, de la cera o el lustramuebles que le recuerdan a una clínica o a un museo, al despacho de un ministro, un olor que se niega a abandonarla aun cuando se sabe acostada en una cama en la cabaña de la Barra do Chuí.
Aspira y vuelve a taparse, aprieta fuerte los párpados y, aunque sabe que es inútil, trata de volver al lugar de donde acaba de salir.
No lo logra.
Gira hacia la ventana y abre los ojos. La luz amortiguada por las cortinas le muestra un mundo de formas difusas, la claridad del amanecer le permite ir adivinando los contornos de los muebles que todavía no le resultan familiares. Siente la presencia cercana del mar, un olor a salitre que penetra los objetos y la ropa, que deja un rastro húmedo en su rostro y en su cabello. Se despereza y piensa en una taza de café, recuerda el pan y las medialunas adentro de una bolsa. Sabe que en minutos tendrá hambre.
Oye un sonido que su cerebro tarda en decodificar.
Es el tono de los mensajes de uno de los teléfonos brasileros. Alarga el brazo y lo toma. En la pantalla luminosa hay algo que parece un código:
12987663MJK
Salta de la cama, corre las cortinas de un tirón y el sol le pega de lleno en la cara. Echa la cabeza hacia atrás y ríe con toda la boca, con todos los dientes. Piensa que la felicidad cabe en los once caracteres que identifican una cuenta de banco a su nombre en un paraíso fiscal.
La excitación y la adrenalina no le hacen bajar la guardia: se viste mientras apunta y luego memoriza el mensaje, sale al exterior. Toma el sendero de madera y llega hasta la arena, camina por la playa, doscientos metros más allá se detiene y mira, vigila el entorno, comprueba que nadie la observa. Saca la tarjeta del teléfono. Se agacha y toma una piedra, lo golpea con fuerza, lo destruye. El aparato machacado emite un sonido a electrónica barata que la hace reír otra vez. Parte con los dientes la tarjeta
SIM.
Después caminará hasta la calle y distribuirá los restos en los contenedores de basura cuyo contenido terminará esta noche en un vertedero brasilero.
Sonreirá al pensar que su hermana Luz, en otra parte, en otro país, estará haciendo exactamente lo mismo, como en un espejo.
Leonilda
Como tirar una botella al mar, piensa la comisaria Leonilda Lima.
Hay una posibilidad entre millones de que algún colega reciba el email y abra el adjunto, mire con atención las fotos y el identikit, que reconozca a la persona investigada, que tenga el tiempo y las ganas de comunicarse con ella, de trabajar para localizarla.
Pocas esperanzas, magras ilusiones. Anhelos de bolero barato.
Debería haber tramitado este pedido en Interpol, debería emitir una alerta oficial, formal, la que permite a la Policía de los países miembros intercambiar información sobre delincuentes o sospechosos, que habilita a enviar mensajes para localizarlos y después, si acaso, pedir a las autoridades locales que procedan a su detención.
Pero Leonilda no puede hacer nada de eso, imposible utilizar el canal de colaboración habitual: ahí están las advertencias y las amenazas de su jefe, el inspector Clemen, su expresa y contundente prohibición de actuar en el caso del asalto al transporte de caudales.
Leonilda está obligada a mantenerse al margen.
Sin embargo, por fuera de lo institucional lleva adelante una discreta, cautelosa y solitaria investigación oficiosa que, de más está decirlo, pone en peligro su carrera. Atiende su trabajo diario y, en sus ratos libres, vuelve obsesivamente a la investigación del robo millonario, oficialmente cerrada y archivada.
Desde que el inspector la sacó del caso y fue judicialmente cerrado, ella pasó de la sospecha a la seguridad de que se escondía algo gordo, que había personas importantes y altas autoridades involucradas en el robo, intereses espurios que querían ocultar los hechos. El comunicado oficial dice que los participantes murieron, ladrones y guardias de seguridad, y que el dinero se quemó íntegramente en el incendio, información que no es cierta, aunque a nadie parece importarle desmentirla porque, en definitiva, la pérdida la terminará pagando el seguro.
Toca la estampita de la virgen Desatanudos, la roza con la punta del dedo índice y susurra una breve plegaria de protección contra los ángeles del mal, amparo contra el ejército de las tinieblas que se abre paso entre la humanidad, custodia contra todo lo que entristece, despoja y mata.
Porque Leonilda es una mujer que, además de su fe sincrética entre el
Dios cristiano y los orixás del candomblé que sus antepasados trajeron de África, cree en avisos encriptados en la forma en que se desparrama la borra del café en una taza, en la disposición de unos caracoles tirados sobre una superficie, en los anuncios e indicios que envían los astros con sus movimientos. Toca a la Desatanudos y dice su oración porque hoy, como tantas veces, siente que no puede, que no tiene la entereza necesaria para hacerle frente a tanta infamia. Y sabe que deberá esforzarse el doble porque otra vez está Saturno y otros malditos planetas, todos alineados en su contra.
Revisa el retrato hablado, imprime el identikit de Úrsula López y algunas de sus fotos, pocas y malas, extraídas del legajo de los documentos de identidad oficiales. Ve ante sí a una mujer cercana a los cincuenta, bella a pesar de que su rostro muestra una tendencia al exceso de peso, una hermosa melena castaña clara hasta los hombros, la frente amplia y despejada, la boca de labios ligeramente anchos. El color del iris podría llamarse avellana, pero no está segura de que ese sea el nombre adecuado de los ojos de color castaño claro.
La versión oficial no es cierta, vuelve a pensar. Ricardo Prieto, uno de los ladrones, está internado con una herida de bala; otro de los delincuentes, el Roña, debe de estar en su casa tomando mate; y el tercero, del que ella no sabe ni siquiera el nombre, se encuentra prófugo con paradero desconocido después de huir con la mujer y las bolsas del dinero robado. Porque Leonilda sabe que el botín, salvo algunos billetes que volaron por el aire y se convirtieron en cenizas con la primera explosión, no se quemó íntegramente como dice el informe policial y repite la prensa. ¿Quiénes huyeron con el botín? ¿Quién se llevó una fortuna en efectivo? Fueron el tercero de los asaltantes y la mujer, que no formaría parte de la banda.
La mujer que se llevó la plata es la que ocupa tres de los cuadrantes de su pizarrón.
La mujer es la del identikit.
Úrsula López.
La comisaria la había puesto bajo vigilancia, la había visto salir de su casa acarreando una pesada valija, había seguido a Úrsula hasta el cementerio y la había visto irse del panteón de la familia después de echar llave a la puerta de la bóveda, ya sin el equipaje. Entonces pensó saber dónde estaba escondida la plata y ella, la comisaria Lima, creyó tocar el cielo con las manos, supuso que había resuelto el caso del camión blindado, al menos la parte del dinero perdido. Pero todo fue un engaño o un fiasco, una confusión suya en el mejor de los casos, porque después de haber llevado a Úrsula al cementerio, de haberla obligado a abrir la cerradura del panteón, allí adentro no había ni un billete, solo los ataúdes con sus respectivos muertos y una maleta con una colección de estatuillas japonesas.
Conclusión: hoy no tiene ni una sola prueba contra la mujer.
Tampoco cuenta con la autorización de su superior para continuar con la investigación, y mucho menos con una orden de detención o de captura. Pero Úrsula no la engaña, Leonilda sabe que, aunque no haya participado en el asalto al blindado, ella y su socio (el tercer integrante de la banda, del que no sabe el nombre) se llevaron el vehículo con el dinero del blindado, que tienen escondido en alguna parte.
El temperamento de nuestra comisaria, que nunca abandonó la misantropía de su carácter pueblerino de frontera, no se deja arredrar por los fracasos, y ahora la tenemos enviando el retrato hablado y las fotos de la sospechosa a colegas y conocidos, a la Policía de las provincias de Entre Ríos y Buenos Aires en Argentina, a la del Estado de Rio Grande do Sul en Brasil. Trata de cubrir las regiones fronterizas a Uruguay donde previsiblemente podría ocultarse. Además, tiene información de que Úrsula no fue registrada en ningún puerto ni aeropuerto del país, y de esa forma cubre todas las salidas terrestres.
Si de algo está segura es de que la mujer nunca volvió a su casa después del episodio del cementerio, tal vez pasó una o varias noches en algún hotel, hasta cree que puede haber salido con destino a un país vecino. ¿Cómo sabe que fue a un país vecino? Leonilda tiene sus recursos, una sensibilidad especial, los santos que le hablan y la aconsejan, los caracoles y la borra del café, los planetas que, si no están mal perfilados, le indican qué sucede, qué hacer y cuándo. Sí, a veces fallan los mensajes, pero no es culpa de los astros ni de los santos, sino de ella, que no siempre los sabe interpretar.
Por eso, al terminar de enviar el último e-mail, encomienda la suerte de su investigación a la virgen Desatanudos, una advocación mariana por la que el mismísimo papa Francisco siente devoción, y a su orixá Shangó, señor de la justicia en la religión umbanda.
Cierra la computadora y descuelga su abrigo, esta noche mirará una serie o jugarán a las cartas con Jack, hará un esfuerzo y tratará de olvidar su obsesión con este caso. Cierra la computadora y se pone la chaqueta.
Como tirar una botella al mar, piensa la comisaria Leonilda Lima.
Úrsula
Debía estar festejando que mi dinero estaba en una cuenta a mi nombre en un paraíso fiscal, que era rica y estaba a salvo, pero en ese momento solo podía pensar en Papá y en mi vida en Montevideo, en los años transcurridos en el apartamento de la Ciudad Vieja hablando con un muerto.
¿Cómo sucedió?, ¿cómo había llegado a eso?, me pregunté.
Un día oí la cerradura y era él, Papá. No habían pasado tres días desde su entierro, desde que dejamos su ataúd en la cripta de los López en el cementerio, cuando volvió a casa y se sentó en su butaca a beber su whisky, a hacer tintinear los hielos contra el cristal del vaso, a hablarme como siempre, como si estuviera vivo, a discutir y recriminar mis conductas. ¿Cuáles conductas? Cualquiera, todas. No importaba lo que yo hiciera, no importaba cuánto me esforzara por complacerlo, Papá siempre encontraba un defecto, algo para señalarme, un error que reprocharme. Creo que volvió de la muerte, donde por cierto ayudé a mandarlo, solo para seguir censurándome. Tanto daba si me otorgaban un premio por mi traducción de En busca del tiempo perdido, como si robaba el botín del asalto al camión de caudales: para él, siempre lo hacía mal. Todo.
¿Por qué me quedé?, ¿por qué no me fui dando un portazo? Luz me decía que vendiera el apartamento y me fuera a otra parte, pero nunca fui capaz de deshacerme de su presencia, del muerto que venía y se instalaba en su sillón de siempre a beber whisky en su vaso, a hacer tintinear los hielos contra el cristal.
Hasta ahora. ¿Hasta ahora?
Miré el océano, necesitaba alejar mis culpas, poner distancia con la mala conciencia que Papá me traía desde la muerte. Pensé en salir a recorrer el entorno, tal vez caminar por la playa o conocer el pueblo, ir al almacén a buscar una coca-cola, algo de pan o galletas.
Mentira, me dije, quería encontrar una excusa para espiar a la mujer de al lado. La busqué a través del vidrio del ventanal, la vi sentada frente a una bebida roja. Hojeaba papeles con esa mirada que no me gustó desde el principio, tomaba el vaso y bebía uno o dos sorbos, pasaba las hojas entre sus dedos, las miraba con atención. Parecía disfrutar de la tarde tranquila y soleada. Al fondo se removía el Atlántico, un telón perfecto para su belleza. Observé la cara, sus movimientos, la forma erguida de sentarse. Parecía concentrada, revisaba los papeles que sacaba de un gran sobre manila, leía u observaba, a veces se detenía como si estudiara un párrafo o una imagen, y después ordenaba las hojas arriba de la mesa. Tomaba el vaso, sorbía otro trago.
Me alegró pensar que ella, como yo misma, estaba en ese momento de la vida desde el que se observa la juventud perdida y allá, no tan lejos, la vejez que acecha.
Corrí la cortina y abrí una hoja del ventanal, salí al exterior descalza, aunque previsiblemente se me helarían los pies con el frío de la tarde. La humedad salada del suelo trepó desde los pies hasta la columna, tirité, pero nada me importó porque quería conocer a la mujer que me repugnaba o hechizaba, todavía no estaba segura.
Salí sin cuidarme de no hacer ruido, pero ella no levantó la cabeza, hizo como si no hubiera oído mis pasos, aparentó seguir concentrada en lo que fuera que hacía. Yo supe que me había escuchado porque se apresuró a guardar los papeles en el sobre justo antes de volver la cara hacia mí, de sonreírme con todo su encanto y desdén. Volví a pensar que tenía algo en la mirada que no supe definir, que me inquietó o alertó, que definitivamente no me gustaba y me generaba alarma, y que sin embargo me atraía. Pero ¿de qué hablamos cuando hablamos de que no nos gusta una mirada, una forma de mirar?, ¿de los ojos, de lo que transmite un iris de tal o cual color, de los párpados más o menos abiertos, de la forma? Lo más probable es que no me gustara ella, así de simple, que sintiera envidia de su belleza o de su encanto o de su ropa, visiblemente cara y tal vez algo ostentosa para mis gustos prosaicos de gorda de clase media. Quizá me resintiera su aire triunfador, la displicencia de sus gestos, pero dejemos recaer la culpa en una forma de mirar, hagamos un pacto que simplifique este relato.
Ella hizo un gesto cordial y sencillo como saludo, yo la imité, volví a sentir el peso enorme de su atracción centrípeta, la pesada losa de su hechizo y de mi envidia. Ahí estaba la irreverencia descarada de una actitud, el fino trazo entre la cortesía y la displicencia.
«Buenas tardes», le dije por llenar el vacío, y creo que en ese momento solo podía pensar en su poder de seducción y en mi evidente falta de encanto.
—Buenas tardes, Úrsula. ¿Vio qué lindo día?, nada de viento. Una tarde para salir a recorrer la playa.
—Estuve descansando, tal vez ahora salga a caminar.
—No se deje estar, pronto va a anochecer y aquí la calma dura poco. En este lugar la brisa se vuelve viento y un segundo después, huracán. No se aleje demasiado.
—Parece conocer bien el lugar. ¿Llegó hace muchos días, Vanessa?
—No, no muchos. Pero estuve otras veces en los últimos años.
Y así, tres o cuatro frases de amabilidad, lugares comunes como el tiempo cambiante, los sitios donde comer y qué pedir, paseos para hacer en caso de un hipotético e improbable buen tiempo.
La fascinación que sentía no me impidió observar la palma de su mano, que permanecía apoyada con fuerza arriba del sobre manila donde había guardado los papeles. Hoy no puedo decir si fue mi sensibilidad o un presagio lo que hizo que me fijara en el llamativo gesto protector.
Y visto lo que pasó después, esa mano arriba de ese sobre fue una línea de demarcación en la vida de las dos, una frontera como la que pasa y divide esta zona, a caballo entre dos países. Una palma arriba de un sobre con papeles quebró y desvió nuestras respectivas historias. Aunque entonces no lo tuve claro, aunque solo sentí el frío, cierta incomodidad, y la sensación de estar frente a algo oculto e irreversible. En un momento volvería a entrar y pondría el aire acondicionado muy caliente, miraría la tele o me daría una ducha, o iría a cenar al sitio que ella me había recomendado. O solo dejaría pasar el tiempo, porque aquel no era más que un lugar donde esperar, donde estaba previsto que nunca sucedería nada.
—Empieza a hacer frío, voy a entrar. Que tenga buenas noches, Vanessa.
—Que descanse, ya nos veremos por acá. Tal vez quiera compartir un campari en la terraza. ¿Mañana, si el tiempo lo permite?
—Claro, me encantaría. Hasta mañana.
Cerré la puerta y corrí las cortinas, me disimulé entre los pliegues de la tela espesa. Ella volvió a sacar las hojas del sobre, pero ya no les prestaba la misma atención, observaba alrededor, al jardín y a mi cabaña, miró varias veces hacia mi ventana. Me puse los lentes de ver de lejos y casi tuve la seguridad de que los papeles que con tanto empeño custodiaba su mano, eran fotos. Pero ella ya no las miraba ni bebía del vaso con líquido rojo, las guardó con extremo cuidado y entró a su cabaña.
La puerta se cerró detrás de la mujer que en pocas horas se convertiría en la agonista de una historia cuyos hilos comenzaron a tensarse por culpa de una mano apoyada con exceso de determinación arriba de unas hojas.
Abrí la ducha y me metí en el agua caliente para limpiarme del tufo a pescado podrido, de las culpas y los recuerdos dolorosos, dejé correr el chorro que lavaba la rabia y los remordimientos y la envidia, lo sentí caer por la cara y por la espalda hasta que me sentí con el cerebro en blanco.
Y así fue como empezó todo, como empiezan casi todas las tragedias. Sin eclipses ni terremotos, sin avisos de los astros.
Una mirada que explora, que interpreta, que decide. Después, el mundo estalla en un ramillete de motivos.
Pedro
La escena transcurre en la cabaña 8, la que ocupa Úrsula López. Ha habido una avería eléctrica, unos chispazos y unos ruidos, tal vez producto de una recarga en la instalación debida al uso del aire acondicionado o de la tostadora y, aunque por el momento no conocemos el diagnóstico, será un dato que cobrará relevancia en el futuro de esta historia.
Pero no nos adelantemos, ya habrá tiempo.
La ocupante de esta casa, Úrsula, disfruta del día soleado en el exterior, sentada en el deck con su vecina, Vanessa Steel. Adentro están el propietario del complejo, Pedro, y el electricista, Vanderlei. La escena sucede casi a oscuras, los personajes aparecen iluminados por una linterna y por la claridad que entra del exterior, que no es mucha ni muy constante porque de a ratos se nubla y de a ratos sale el sol.
—Parece que este año la primavera va a llegar adelantada. Você não acha, Pedro?
La trivialidad del comentario calma momentáneamente la ansiedad de Pedro, que desde hace tiempo solo espera y recibe malas noticias. Pasa los días mortificado pensando que su empresa de cabañas de alquiler tiene los días contados, que no consigue el dinero para sacarla a flote, que las deudas se acumulan desde el último verano. Que le debe a cada santo una vela. Y ahora esto, un imprevisto, la posibilidad de que Vanderlei le anuncie, como teme, que habrá que reparar o hacer de nuevo la instalación de la electricidad de la cabaña 8. Eso implicaría comprar los materiales, pagar la mano de obra, una fortuna imposible cuando los recursos no aparecen. En realidad, sabe que debería renovar la electricidad de todo el complejo, la instalación está en mal estado y es un peligro latente, hasta podría producirse un siniestro. No quiere ni pensarlo, prefiere continuar la charla y elige el tono baladí de la conversación de Vanderlei.
—Eu acho que sim. Acá las primaveras siempre vienen frías, pero esta parece una excepción. ¿Será el cambio climático, Vanderlei?
Habla desde abajo de la escalera mientras lo mira trabajar en la caja de los fusibles alumbrado por la linterna, lo ve mover sus dedos esqueléticos manchados de nicotina, agitar la cabeza despeinada y rala. Buen tipo el electricista, Pedro sabe que no lo va a esquilmar con el precio de su trabajo, pero así y todo… Lo ve terminar de retorcer un cable negro y bajar la vista.
—Eu não sei, Pedro. En estos años el clima viene tan raro.
Sí, piensa, el clima y todo viene muy raro. Suspira y para distraerse mira hacia afuera, busca la visión del exterior del océano, pero la incidencia de un rayo de sol en el vidrio del ventanal crea un reflejo que le devuelve su propia imagen superpuesta a la del paisaje. Ve con asombro su figura en el cristal y no se reconoce, más flaco, más gris y arrugado de lo que recordaba, y queda instantáneamente horrorizado como si hubiera visto a un extraño vestido con su ropa y con sus gestos. Entorna los ojos para no verse, se aparta del vidrio y gira la cabeza, se libera de la inquietante visión de ese desconocido que lo atemoriza.
—La huésped quedó sin electricidad, como te dije por teléfono. Ahora está afuera en el deck, pero debo tener todo funcionando lo más rápido posible, digamos en una hora como máximo. ¿Se podrá?
—¿Y por qué no la cambia de casa, Pedro? Tiene otras seis casas vacías.
—Porque las otras están en el mismo estado, o hasta peor. Salvo la que le alquilo a la señora Steel, que es la de al lado, todas piden a gritos un recambio de la instalación. Y de tantas otras cosas.
Vanderlei gira la cabeza, le muestra una sonrisa con huecos oscuros.
—Haga todo de una vez, Pedro. Tener esto así, en tan mal estado, es un peligro. O que você está esperando, garoto?
Que qué está esperando, le pregunta Vanderlei. Pedro levanta su mano derecha y le responde con un movimiento en los dedos, frota varias veces el índice contra el pulgar en un gesto que en todo el mundo quiere decir dinero. Vanderlei lo mira y entiende, asiente con la cabeza y vuelve a alumbrar la caja de fusibles. Suspira antes de hablar.
—Me parece que el Ayrton lo jodió con la venta de Los Troncos. Era un negocio envenenado.
Pedro no responde, otra vez decide que no quiere pensar. Pero no se puede sacar de la cabeza que Ayrton lo jodió con la venta del complejo, con estas casas que se vienen abajo, con la plata que le financió de la venta y ahora le reclama. Mejor ni recordarlo.
Mira alrededor, concentra su atención en observar los objetos y alimentos que ve sobre la mesa, arriba de la cama, en la mesada de la pequeña cocina. Piensa otra vez en la ocupante de esa cabaña, Úrsula López, que llegó de Montevideo casi sin equipaje. Él lo sabe por experiencia, las mujeres viajan con mucha ropa, traen una valija, por lo menos, y esta mujer llegó con un bolsito colgado al hombro. Tampoco es que le importe, él no se mete en chusmeríos, solo siente curiosidad por alguien caído del cielo en medio de una lluvia torrencial. Siente desconfianza y ayer, con la excusa del mal funcionamiento de la eléctrica, revisó sus cosas mientras ella no estaba, vio que todo es nuevo, todo recién comprado. La ropa tenía hasta las etiquetas, las bolsas eran de los free shops del Chuy, los artículos de higiene recién empezados. Muy extraño, ¿vino de Montevideo con lo puesto y compró todo en el Chuy? ¿Vino a la Barra sin reserva, sin hacer ni siquiera una llamada? Algo huele mal en esa llegada intempestiva. ¿No habrá venido escapando? Pero ¿de qué o de quién?, ¿de un marido maltratador?, ¿de la Policía?, ¿o de un acreedor?
Como Ayrton.
Vuelve su atención al electricista.
—¿Cómo anda todo por allá arriba?
—Veremos.
La ambigüedad se esconde detrás de unos ojos oscuros entrecerrados por el esfuerzo de retorcer cables con la pinza a la luz de una linterna.
—Bueno, ¿me avisas cuando termines, Vanderlei?
No espera respuesta y sale, sabe que tiene que empezar con las tareas de jardinería porque se viene la primavera y toca podar los canteros de las hortensias, sacar los yuyos, cortar el pasto. Va a necesitar las tijeras y los guantes, mucha paciencia y toda la información que pueda brindarle Google sobre cómo hacer un trabajo que, hasta ahora, hacía un jardinero que ya no podrá pagar. En realidad, tampoco es que tenga otra cosa que hacer y sí una montaña de horas solitarias por delante entre verano y verano. Aunque reconoce su tendencia a aplazar las obligaciones, incluso las más acuciantes, aunque sabe que es imperioso que se sacuda la modorra y actúe, no es capaz de superar eso que indulgentemente él define como simpatía por el ocio y que nosotros no dudaríamos en llamar holgazanería.
De camino al galpón de las herramientas recuerda el estado del portón de madera de la entrada, que clama a gritos ser reparado: una lijada a fondo y un par de manos de barniz. Lo tiene en agenda desde hace meses y, como siempre, se va dejando estar y lo aplaza. Eso y tantas cosas. Sin entrar en consideraciones psicológicas que no vienen al caso, señalaremos que, frente a la catástrofe en la que empieza a sumirse Los Troncos, la indolencia de Pedro ante los problemas y su obstinación en no encararlos empiezan a resultar patológicas.
Revuelve en un cajón, busca en el estante, recoge esto y aquello, sale al exterior con todo lo que necesita, piensa, y enseguida se corrige: además de tijeras y guantes y bolsas necesitaría un poco de ánimo, energía, y bastante dinero para sacar adelante este negocio que, como le dijo su madre cuando le prestó una parte de la plata para comprarlo, es su última oportunidad.
Las fallas de la instalación eléctrica, las humedades en los quinchos de los techos y las que manan desde el subsuelo, la obsolescencia de los televisores y de los equipos de aire acondicionado forman parte del infierno que se activó pocos días después de comprarle el negocio a Ayrton, y que hoy ocupa cada intersticio de su cerebro.
Atraviesa el jardín de piedras y cactus, siente que las desgracias lo gobiernan y colonizan su ánimo, inmovilizan su voluntad, y todo contribuye a que se llene de lástima por sí mismo, a petrificarlo ante el miedo al fracaso inminente. Tiene una larga lista de asuntos a resolver además de este portón y de las hortensias, y no sabe por dónde empezar. Tal vez lo primero sería pensar de dónde va a sacar el dinero para pagar los materiales y el trabajo de Vanderlei, porque los cinco billetes de Úrsula están destinados íntegros a la deuda que tiene con Ayrton.
Y Ayrton es hombre de cuidado, tiene una idea muy particular de lo que significa honrar las deudas. Con él no se juega.
Qué mujer extraña, Úrsula, vuelve a pensar, llegar en un taxi desde el Chuy y en plena temporada invernal. ¿A qué vino, por qué a la Barra, a este lugar perdido y desde Montevideo? Ella dice que se llama Úrsula López y los documentos parecen auténticos, pero nunca se sabe. Va a tener que averiguar si realmente es quien dice ser. ¿Y si llama a su amigo de la Policía uruguaya? No le va a costar averiguar si la mujer tiene antecedentes. Después verá si junta ánimo suficiente para hacer una pesquisa, pero antes tiene mucho que hacer y pocas ganas de trabajar.
Pedro se instala delante de los canteros de hortensias munido de las tijeras de podar, suspira.
La ha visto caminar por la playa con paso relajado como cualquier huésped que disfruta de una temporada de descanso, la ha visto con la señora Steel conversando en el deck, todo muy normal, pero a él no lo engaña, porque también ha visto esa mirada fría que esconde vaya a saber qué. La mujer es discreta en su agresividad, pero tampoco puede ocultarla: está en sus ojos, en la tensión de los músculos de la cara, en los dedos de las manos curvados sobre el asa del bolso, y, aunque no se parezcan, le recuerda a Bette Davis y sus personajes malvados y seductores, temibles aunque atractivos.
Primero debe eliminar las ramas más viejas que se encuentran en el interior de la planta, lee en una página de cultivo de hortensias, hacer un corte inclinado lo más cerca posible del suelo para evitar la aparición de hongos.
Piensa en la señora Steel, fantasea con que se quede una larga temporada, como el año pasado. Puntual y buena pagadora, silenciosa y discreta, apenas hay que ocuparse de recibir sus sobres y entregárselos, de abastecerla de campari. Aunque no es muy simpática, que digamos.
Se agacha y toma la primera rama, corta la planta por arriba de la penúltima yema como lee en huertasyjardines.com y en nuestrasplantas.com, las flores marchitas del invierno van cayendo una a una en la bolsa de nailon negra que pronto estará llena.
Qué necesidad había de meterte en ese complejo de cabañas y gastarte parte de la herencia de papá, dice su madre, que no entiende nada de contracción de la economía, de caída en la demanda de servicios ni de escenarios recesivos, pero tiene todos los bienes y cuentas de banco a su nombre.
Oye la voz de Vanderlei que lo llama, deja las plantas, tijera y bolsa, se saca los guantes lentamente como quien va a escuchar su sentencia.
Se le forma una bola de acero en el estómago.
El perro de algún vecino se interpone en el camino, lo aparta con el pie y, a diez metros de distancia, ve al electricista que desde la puerta de la casa 8 lo mira como si Pedro ya le estuviera debiendo algo.
Cuántas formas de humillarnos tiene la vida.
El anuncio le llegará como una descarga de artillería sobre su cabeza.
Úrsula
Sos una navaja que camina, hija, un arma suelta por el mundo. Lo supe desde tu infancia y quise ayudarte, corregirte, adaptarte a una vida decente, moldear tu cuerpo excesivo y tu alma oscura. Fracasé en todo, te mantuviste en tus trece y hoy sos lo que sos, una mujer pasada de peso, y una delincuente, una asesina. Lo vi en ti cuando niña, la vocación y la urgencia por la transgresión, ciertos hábitos que primero fueron solo desafortunados y después deliberadamente rebeldes e insumisos, y que te conducirían derecho al crimen sin que tu tía Irene y yo pudiéramos hacer nada.
¿La rabia vino por la muerte temprana de tu madre? ¿Tu ira fue consecuencia de mi relación con Irene? ¿Porque tenías un cuerpo que no se acomodaba a las normas? ¿Porque tu hermana lograba lo que no podías ni soñar? ¿De dónde vino la furia, Úrsula, hija querida? Son preguntas retóricas que me hago y te hago, algo así como ¿por qué existe el bien y el mal?, interrogantes que quedarán siempre sin respuesta porque estoy seguro de que no serías capaz de rastrear el origen de tu propia bronca. A veces me pregunto si no lo llevarías en el ADN y yo lo liberé exigiéndote tanto, castigando tus desvíos, señalándote un camino con tanta insistencia.
No, Papá, no es furia lo que me hace querer ser yo misma, no es rabia lo que me hace tratar de elegir mi propio camino. La ira vino por no poder hacerlo, por estar obligada a seguir el que me señalabas sin posibilidad de elección. Pero ¿por qué tengo que explicarle esto a un muerto? Fuera de acá, Papá, tu lugar está en la tumba de los López, a trescientos kilómetros en el Cementerio del Buceo.
Y ahora esto, Úrsula, tu viaje a este sitio. Ninguna persona dijo nada bueno del Chuy, nunca, y no sé por qué elegiste este lugar para escapar o esconderte, un sitio sucio, innoble y canalla, lugar de paso de delincuentes y miserables, una ciudad por la que habría que pasar de largo camino hacia cualquier otra parte, evitando entrar, detenerse, como saltamos por encima de un vómito o de una caca de perro, de un mal recuerdo o de un problema.
No, Papá, otra vez no estamos de acuerdo. Esta ciudad son dos ciudades y también son muchas ciudades, un lugar de paso de algunos y el hogar de otros, es tugurios del narcotráfico y también callecitas pueblerinas silenciosas de casas modestas, pequeños jardines con flores, gente esforzada que sale temprano camino a su trabajo, que lleva a sus hijos a la escuela o que, si sale el sol y no aprieta demasiado el frío que sopla inclemente del océano, saca la silla y se sienta a tomar mate en la calle. Pero para qué te contesto, para qué sigo discutiendo contigo, si nunca nos pondremos de acuerdo.
Hija, solo busco que tu espíritu encuentre la paz.
Mi espíritu está en paz, tremendamente en paz, no sé cómo no te das cuenta de que a medida que pasan los días me embarga una ligereza encantadora. La idea de venir al Chuí y lejos de todo me procuró, desde el comienzo, un alivio inmediato en la ansiedad que me producía haber cambiado de vida. Porque ahora tengo una vida distinta, Papá, un patrimonio importante, soy una mujer rica y, sobre todo, puedo desdeñar al infortunio con el poder que me da la independencia. Antes soñaba con imposibles, una casa en Carrasco, un jardín y un invernadero, una piscina, uno o dos coches último modelo. Ahora no los necesito, me alcanza con saber que podría tenerlos chasqueando los dedos, pero que ya no los quiero. Deseo lo que tengo: una vida propia, la libertad de decidir, de irme o volver al apartamento lleno con tus cosas y con tu vida. Era tan fácil verlo, pero no me daba cuenta. Y no viniste a aliviarme la culpa, Papá, viniste a provocarla, y eso es justo lo que no preciso. Adiós.
Rocco
Necesitaba relajarse y descansar. Pasó dos noches en un hotel de habitaciones húmedas y colchones ardidos por el moho, pero la comparación con su celda de Cárcel Central lo hizo parecer el Burj Al Arab. Hoy se despertó y se duchó, vio por la ventana la playa de olas enormes, la extensión de arena interminable, el vuelo de las gaviotas, y se sintió optimista. Un hermoso día soleado se colaba en el interior de la habitación. Desayunó tranquilamente en el comedor solitario, se descubrió con ganas de vivir, casi feliz de empezar de nuevo. La camarera fue amable para los estándares uruguayos de servicios, le trajo café y frutas, yogur y cereales.
—Bonito lugar.
—¿No lo conocía? Es la playa más linda del mundo.
—¿Sí? ¿Tanto como eso?
—De veras, todos lo dicen.
—Yo creo que ya había estado, que no es mi primera vez en Punta del Diablo.
—¿Se va a quedar muchos días? Hay muchos lugares hermosos para recorrer.
—Esta vez no va a ser posible, me tengo que ir ahora mismo. Tal vez regrese pronto, quién sabe las vueltas que da la vida.
—Una pena. Vuelva en cuanto pueda, no se va a arrepentir.
Se sintió tentado de dejarle una gran propina, aunque finalmente se decidió por un billete mesurado, una suma que no levantara sospechas y, sobre todo, que no grabara en la memoria de la chica el rostro de un cliente demasiado generoso. Ella le agradeció igual.
—¿De dónde es usted?
—¿Parezco extranjero? Soy uruguayo, pero viví en Francia.
—Me pareció que tenía un acento raro.
Estaba llamando la atención, tenía que salir de ahí.
El Ruso le había cortado el pelo y la barba, y se los había teñido más oscuros, le había dado unos anteojos con un formato diferente, pero Rocco veía que seguía siendo reconocible, que no había forma de disimular las líneas duras de la mandíbula, la distancia entre los ojos, el nacimiento abundante del cabello. Lo de parar en el café y quedarse dos días en el hotel, lo de hablar con las camareras había sido una imprudencia.
Tomó su abrigo de la silla, saludó de lejos y se fue.
Minutos después circulaba por la ruta que empalma con la principal, ya casi por salir de Punta del Diablo.
Cuando se disponía a tomar la carretera hacia el este vio el retén de la Policía en el cruce. Contó tres patrulleros, varios agentes, coches detenidos. Atinó a doblar por una calle perpendicular y a mano derecha, con la mala suerte de que terminaba a cien metros contra unos médanos imposibles de atravesar como no fuera en un vehículo de doble tracción. No había forma de seguir, y no tuvo otro remedio que girar y volver por el mismo camino. Al llegar a la esquina asomó la trompa del auto tratando de ver qué pasaba, si había movimiento, si podía regresar a Punta del Diablo.
Detenido en el cruce y con el coche encendido, oyó la voz que venía de la izquierda.
—Señor, deténgase, por favor.
El hombre acababa de salir de un coche policial que no estaba ahí cuando él dobló hacia la calle sin salida. Pensó en acelerar y escapar, pero el retén estaba a menos de doscientos metros, tres coches y con este cuatro: le cerrarían el paso si iba al norte o lo perseguirían si se dirigía al sur.
Maldito Clemen, malditas promesas.
—¿De dónde viene, señor?
—Del hotel La Virazón, pasé allí la noche.
—¿Va hacia el Chuy?
—Sí, siempre voy de compras a los free shops cuando estoy en Punta del Diablo.
El policía se saca los lentes de sol y lo mira fijamente.
—Le voy a pedir sus documentos y los del coche.
Rocco lo ve acercar la cara a la ventanilla, mirar el interior, lo ve a través del sudor que ahora cae de su frente, a través del miedo. Las casas a los costados de la calle son bastiones enemigos, los árboles esconden armas, el asfalto es una vía a la muerte. Tiembla y sus manos se crispan aferrando el volante. Un grupo de turistas con mochilas camina por la vereda de enfrente, unos perros ladran en algún lugar cercano, el tiempo transcurre despacio y hasta los escasos vehículos pasan a una velocidad inusitadamente lenta. Rocco oye el silencio de un pueblo casi rural. ¿Qué hace en este lugar?
—Los documentos, señor.
Ve a otro policía descender del patrullero, el hombre es gordo y muy alto, le cuesta trabajo salir del vehículo, primero pone los pies en la tierra, flexiona las rodillas y de alguna forma logra sacar su humanidad. Se acerca al auto de Rocco a paso lento y bamboleante. ¿Qué hace aquí Salvatore Tripodi, en un coche de la Policía? Debería estar sentado frente a la mesa, rígido en la butaca de terciopelo, las manos en los posabrazos, los ojos muy abiertos, la mirada brillante y fija, la sonrisa parca. Y su madre al costado haciéndole servir la comida en las fuentes de la abuela Anetta. ¿Por qué está en este pueblo? Tiene que tomar una decisión: o escapa del maldito Salvatore o le vacía un cargador entre las cejas.
El gordo se aproxima, camina con dificultad y jadea.
—Pereyra, déjemelo a mí, yo conozco a este señor.
El otro policía lo mira, no parece convencido pero se aleja, cruza la calle hasta el almacén de enfrente, vuelve a detenerse a mirar la escena antes de entrar.
—A ver, amigo. Muéstreme los papeles, los suyos y los del coche.
Rocco mira los documentos que sostiene en su mano, no reconoce ese nombre, apenas reconoce su cara. ¿Quién es el del permiso de conducir?, ¿qué hace él con la identificación de otra persona? ¿De quién es este auto? ¿Y qué hace aquí, frente a Salvatore? Escucha su propia voz, que surge como un hilo ronco y cavernoso, atascado por los años y la bronca contenida.
—Salvatore…
Sabe que tiene que huir o matarlo, pero permanece en una neutra inmovilidad, impasible a la espera de que el otro se mueva primero. ¿Tiene un arma? Toca su bolsillo y no siente el tacto reconocible del metal. Se va llenando de una inútil desesperación. Piensa otras formas de infundirle miedo, conoce maneras de hacerlo temblar y suplicar, implorar y arrastrarse por el piso. Sus pupilas comienzan una penosa trayectoria con el sol en contra, se posan con odio en el hombre que en ese momento le devuelve los documentos y retrocede un paso.
—Todo bien, amigo. Ahora suba la ventanilla y sígame, yo iré adelante hasta que lleguemos al control de mis colegas. Usted no se detenga, va a pasar de largo como si nada. Hágame caso. ¿Entiende?
Ve la guiñada del oficial, oye la voz que no reconoce.
Siente que abandona el pasado, que vuelve al momento presente. La rabia de Rocco se esfuma en un segundo y ve alejarse al policía, ve el dificultoso proceso inverso de entrar en el auto. Le queda un odio atascado que no alcanza a comprender, le faltan recuerdos y detalles que expliquen esta sensación de desamparo, la impotencia, la aflicción y la rabia.
Pone primera y arranca detrás del policía. ¿Por qué confundió a ese hombre con Tripodi? Ni siquiera es parecido; tienen en común el exceso de peso, quizá la altura pero nada más, ni un solo rasgo. No solo lo confundió sino que sintió la pulsión del miedo y del odio, el deseo urgente de venganza, y confusamente recuerda la necesidad de huir o de matarlo.
Conduce, ahora más en calma, pasa sin incidentes delante del puesto de la Policía, ve que los agentes le hacen el gesto de saludo o de que siga.
El asfalto se deslizará bajo el coche como una alfombra oscura, él se alejará y sepultará el sobresalto en el olvido, conducirá hasta una playa pasando la línea de la frontera y buscará una dirección, unas cabañas de troncos en torno a un jardín rocoso del que sale un sendero que baja hasta la playa. Detendrá el coche en la esquina y esperará a que llegue la noche.
Úrsula
Matar a alguien no es tan difícil, soñé que le decía a la mujer que estaba sentada frente a mí. Parecía perdida en su bebida roja, la vista baja entre el vaso y la nada, y cuando terminé de decirlo se hizo un vacío de sonidos y de movimientos hasta que ella levantó la cabeza y nuestras miradas se encontraron. No sé si realmente sonrió en el sueño o si yo me inventé la sonrisa. Matar a alguien no es tan difícil, volví a decirle, y la rabia que sentía me hizo separar cada sílaba de la frase. Después de mis palabras y de su sonrisa, si es que hubo sonrisa, en el sueño ya no sucedió nada relevante, mi odio se fue disipando mientras bebíamos y conversábamos de asuntos sin importancia, hasta que el escenario y nosotras mismas empezamos a disolvernos, y volvió la pesadilla de siempre. Yo estaba encerrada y a oscuras soportando el castigo que Papá me había impuesto como penitencia esa noche, estaba como él me había dejado. Sola en la habitación con la luz apagada y las persianas bajas, ovillada en la cama y temblando de miedo, oía el ruido de sus pasos que se alejaban. En el mismo sueño de siempre yo era una niña que sentía la inconsolable y aterradora amargura de la vida. Me desperté en medio de la noche del sueño, aunque ya era de día en la vigilia. Un rayo de sol grueso y brillante se colaba entre la rendija de las cortinas, recorría la colcha y se detenía a mi lado en la almohada de una cama distinta a la del sueño.
Me incorporo jadeando, la aflicción en la garganta, el terror del confinamiento, el espanto de la negrura hermética de aquel otro cuarto clausurado por Papá.
Salgo de la cama y me preparo un café instantáneo. Abro las cortinas y enciendo el televisor, desplazo la oscuridad y el silencio de mis pesadillas. Los noticieros, cuándo no, solo dan malas noticias: un hombre asesinó a su esposa y se suicidó, una banda asaltó un local de cobranzas, un miembro de la mafia calabresa escapó de Cárcel Central. Veo la foto de su rostro, escucho la historia de la fuga y su nombre: Rocco Morabito, de la ‘Ndrangheta.
El mundo se ha convertido en un lugar terrible donde los ciudadanos honestos no tenemos cabida.
Pedro
Fue y vino por su casa, recorrió el jardín y bajó hasta la arena, dio mil rodeos y se puso mil excusas antes de decidirse a acometer el trabajo del portón de la entrada, la mente puesta en la madera y en Ayrton, intentando tomar una decisión. Quien lo viera pensaría que es un hombre nervioso, aunque la palabra nervioso no describe cabalmente su estado como tampoco lo describiría decir que está ansioso o angustiado, ni siquiera agobiado sería el adjetivo justo, porque el estado de Pedro es todo eso y mucho más, es el de un condenado que espera su día en el patíbulo, y siente su ánimo fluctuar entre el arrebato del enfado y la inmovilidad del ataque de pánico.
Finalmente entra en el galpón, vuelve a elegir una caja y la saca del estante, la va llenando con lijas gruesas y finas, una botella de disolvente de pintura, muchos trapos, un par de guantes gruesos para evitar ampollas o astillas. Mira el recipiente casi lleno y piensa en Ayrton, en sus gritos y amenazas para que le pague el dinero. Como si él no quisiera pagarle. Pero sabe que ya no puede recurrir a su madre, se lo advirtió cuando le dio la plata para comprar Los Troncos: Esta es la última vez, Pedro, no voy a seguir financiando proyectos que se van desvaneciendo con tu entusiasmo.
En algún lugar en su cabeza, debajo del hueso del cráneo y entre sus sesos, empieza a formarse la idea de llamar a Ayrton y gritarle que no va a tolerar más intimidaciones, que le pagará cuando pueda o cuando quiera, cuando empiece el verano y las cabañas se llenen de turistas, insultarlo y mandarlo a la mierda, preguntarle quién se cree que es para amenazarlo, y que después sea lo que Dios quiera. También sabe que es un impulso primario sin el menor sentido práctico como no sea el de abrir una válvula de escape a la bronca contenida ante la violencia del otro. Una reacción primitiva y disparatada que ha reprimido todo este tiempo.
Camina hacia la portera con los materiales, con el teléfono en la mano. El número seleccionado en pantalla le muestra la foto de un hombre de cierta edad, barba incipiente y mirada torva, un remedo barato de los mafiosos de los dibujos animados.
Mira la imagen y piensa que si pulsara el gran botón verde podría iniciar la llamada y poner en su lugar a ese viejo de mierda. Claro que le teme, cualquiera en esta frontera sabe quién es Ayrton, sabe que es un hombre con recursos para hacer lo que quiera y salir impune. Todos se lo advirtieron, ¿cómo se fue a meter con él? El entusiasmo ante el negocio que creyó estar haciendo con las cabañas lo dejó en la difícil situación de ser el deudor de un prestamista implacable.
Atraviesa el jardín como si caminara sobre la cuerda floja, se detiene frente al portón entre mareado y con náuseas, aferra la madera áspera y respira intentando recuperar el equilibrio y el ánimo para hacer frente al trabajo que lo llama y que, como de costumbre, no tiene ganas de hacer.
El teléfono suena en su mano, la pantalla se alumbra.
Ayrton.
No, así no. Pedro quiere tener tiempo para preparar su discurso, una linda diatriba y unos buenos insultos, quiere que Ayrton sepa que él no se achica con sus intimidaciones, quiere obligarlo a rebajar sus exigencias, lograr que le extienda el plazo del pago hasta el verano. O explicarle buenamente que el dinero que tenía destinado a pagarle se fue en gastos de electricista y materiales, porque todo lo que le compró se cae a pedazos. Por vez número mil se pregunta si un enfrentamiento con violencia mejorará su situación, si hará que el viejo lo respete, o si será mejor insistir por el lado del razonamiento.
Deja el teléfono sonando sobre un muro bajo y mira la pantalla sin moverse, sin hacer gesto ni desplazamiento alguno, como si Ayrton pudiera verlo. Espera que deje de sonar y así aliviar su ansiedad, pero el aparato ignora sus deseos y sigue zumbando y repiqueteando hasta que él pulsa el botón, rechaza la comunicación.
Levanta la cabeza y mira alrededor como si sospechara que lo están vigilando. Un viento frío y vigoroso le hace temblar las manos, aprieta las mandíbulas y rechina los dientes, comprende que consiguió una tregua que durará poco, aunque no imagina cuánto: el teléfono vuelve a sonar en menos de medio minuto. Siente un vacío en el estómago, traga saliva, traga bilis. La vista se le nubla, maldito hijo de puta, me va a escuchar, aprieta la mandíbula, otra vez lo domina la rabia que no tarda en convertirse en un odio feroz.
Agarra el móvil de un manotazo, acepta la llamada.
Hola, señor Ayrton. No, todavía no tengo toda esa suma. Sí, una parte, pero menos que eso. Ya se lo dije la última vez, el negocio no va bien desde el verano, nunca pensé que… Sí, sí, lo sé, señor Ayrton, no es su problema. Soy consciente de mis deudas, espero honrarlas y…, sí, el viernes que viene sin falta, cobro y me pongo al día. Le juro que del viernes no pasa. No es necesario que me amenace, le prometo que…
El aparato queda súbitamente mudo. La mano se extiende lentamente y lo deja sobre el muro.
Su mente es un barco que naufraga, que se va llenando de agua.
Súbitamente experimenta otro cambio de humor, reacciona ante el ultimátum y las amenazas que acaba de escuchar, se vuelve a llenar de bronca frente a su propio comportamiento cobarde e irresoluto. A ver si se anima a cumplir su ultimátum, pedazo de una mierda, debería haberle dicho. Siente una mezcla de rabia y asco por ese viejo mafioso, avaro y mezquino, usurero ruin y miserable que trata de intimidarlo con quebrarle las piernas. ¿Cómo se atreve?
Saca los guantes de la caja, se los calza y comienza a lijar el portón con un despliegue de vigor innecesario.
—¿Lo molesto, Pedro?
Levanta la vista y piensa que sí, que la mujer de la cabaña 8 lo molesta siempre. Más ahora, que le dura el efecto de la llamada, y lo único que quiere es gritarle que se vaya, que lo deje tranquilo.
—Úrsula, ¿puedo ayudarla en algo?
—Quería comentarle que, si bien la electricidad funciona, yo siento un poco de olor a quemado.
—Le explico: el electricista estuvo quemando cables de plástico cuando hizo la reparación. Es cuestión de esperar a que se disipe el mal olor. Le sugiero que cuando salga deje abierta una ventana. Pero si ve que se hace más intenso, no dude en llamarme.
—Si usted lo dice… Está bien, cualquier cosa le aviso.
—Quédese tranquila, Vanderlei me aseguró que no habrá más problemas.
Ella alza los hombros y se va, Pedro suspira aliviado. Mañana va a llamar al maldito electricista que le cobró una fortuna y, por lo visto, no hizo su trabajo como corresponde. Porque lo cierto es que no debería haber ningún olor a quemado. Lo último en su lista de desgracias sería que se quemara una cabaña. Se queda pensando. ¿Sería una desgracia?, ¿o no? Después de todo, tiene un buen seguro, cobraría una suma importante y podría pagar lo que le debe a Ayrton y hasta…
No, no, cómo se le ocurre pensar eso. Él no es un delincuente, solo un hombre apretado entre las deudas y el miedo.
Úrsula
Salí a caminar por la playa, una ribera amplia y abierta. El cuerpo de un lobo marino pudriéndose sobre las rocas, restos de hierro de viejos naufragios, pedazos de huesos de esqueletos de ballena, el faro blanco y rojo en el horizonte. No, no es una hermosa playa como las que hay a pocos kilómetros del lado uruguayo, las de Cabo Polonio o las de Punta del Diablo, es una faja de arena ancha y recta, siempre húmeda y barrida por el viento y las olas, sin el cobijo de una bahía o ensenada.
La arena es firme y me dejé llevar por el entusiasmo, por la temperatura templada, quizá anduve tres o cuatro kilómetros bajo un sol que asomaba y se ocultaba entre las nubes.
Cuando estoy volviendo veo a Vanessa en la puerta de su casa, se pone el abrigo y hurga en la cartera, parece buscar las llaves de la cabaña. En ese momento tengo un chispazo, una iluminación, veo que esta es mi oportunidad de abordarla y distraerla, de darle charla, acompañarla hasta el coche para que se vaya y deje la puerta abierta.
Me apresuro, sé que este es un instante fugaz que no volverá a repetirse.
Me acerco con paso rápido, la saludo con sonrisa y beso y comentarios del tiempo. Me dice que va a un supermercado brasilero a buscar algunas cosas que acá no encuentra; le hago un encargo de té y de champú; anota el nombre de una hierba diurética, una marca de infusiones que aprovecho a recomendarle, de una línea de cosmética capilar y de galletitas de avena y manzana. Después insisto en acompañarla hasta el coche y juntas caminamos hacia el estacionamiento, nos despedimos hasta esa misma tarde, prometemos encontrarnos y repetir los camparis de ayer.
La veo subirse y activar el encendido, veo alejarse el auto por la calle de tierra roja.
Me apresuro hasta mi cabaña y dejo pasar unos minutos, me aseguro de que Pedro no aparezca a husmear alrededor de la casa de Vanessa como vi que suele hacer cuando ella no está. El cielo se pone súbitamente negro.
Pasado un cuarto de hora tomo una linterna y salgo al deck, miro a los costados, me acerco y tanteo el picaporte que, como presumí, quedó sin llave. Abro la puerta y la cierro a mis espaldas. Mi sombra se despliega en el interior de la cabaña iluminada por la pálida luz de tormenta que entra por el ventanal.
En ese momento se descuelga el aguacero.
Tengo ante mí una cuestión espinosa: poco tiempo y mucho que buscar. Aunque no sé exactamente qué quiero encontrar, intuyo que debo ver el contenido de los sobres manila. Recorro la cabaña, entro al baño, descubro la tinta oscura de pelo, una marca cara de buena calidad. En la pequeña mesada de la cocina hay platos, vasos y copas sucios que quedaron de anoche, un resto de pascualina. Corto un trocito y me lo como. Al lado de la cama, sobre una silla, una valija. Tiene un candado con llave, se lo ve difícil de abrir. Busquemos otra cosa. Sobre la mesa, un maletín de cuero con candado de combinación de tres cifras. ¿No es demasiada seguridad para resguardar lo que sea que contengan su valija y su portafolio, para lo que se suele traer a una corta estadía en una playa? La puerta del ropero está cerrada, descubro que sin llave. Alumbro el interior con la linterna, veo ropa, zapatos, telas de buena calidad, prendas de excelente confección. Pienso que son cosas que antes me resultaban inaccesibles, y que ahora podría comprar sin mirar el precio. Palpo géneros, acaricio cuero, huelo un maravilloso perfume de flor de osmanthus, albaricoque y notas amaderadas. Mi mano toca un bulto en el fondo, aparto la ropa y lo saco. Un bolso viejo y pesado que parece lleno, que extrañamente no tiene candado, solo un cierre metálico. Me resulta raro ver un objeto tan ordinario y vulgar, como una mosca en la leche entre las prendas de Vanessa.
Lo abro, miro.
Billetes, dólares, euros, pesos y reales, una fortuna en efectivo, ordenados en fajos que supongo de mil. La carpeta de plástico contiene tres juegos de pasaportes y permisos de conducir, todos con la misma cara, un rostro que reconozco enseguida de haberlo visto en la televisión: el del calabrés fugado de la prisión. ¿Se llamaba Rocco?, sí, como Rocco y sus hermanos, recuerdo haber pensado. Los documentos tienen nombres y apellidos evidentemente falsos. Más abajo, un arma de fuego, cajas de municiones.
¿Qué hacen dinero, documentos y armas aparentemente destinadas a un mafioso prófugo, en poder de esta mujer? ¿A qué se dedica Vanessa, realmente?
Cierro el bolso, lo acomodo tal como estaba.
No puedo dejar de preguntarme quién es Vanessa Steel.
Me desplazo por la cabaña, miro el maletín y la valija. No tengo tiempo de intentar abrir los dos. Sin ninguna razón, o al azar, o tal vez porque sé que me resultará más sencillo, elijo el portafolio. Conozco el mecanismo de apertura del candado de combinación de tres números, una tontería que cualquier escolar podría hacer asistido por las instrucciones de un tutorial. Antes de poner en práctica mis talentos de ladrona voy hasta la ventana y miro hacia el exterior, me aseguro de que afuera no haya nadie. Estoy nerviosa, me preocupa ver aparecer al fisgón de Pedro o a la limpiadora, hasta puede aparecer la propia Vanessa, arrepentida de su viaje al Chuy por la lluvia torrencial que cae en este momento.
Sí, sería una complicación tener que explicarle qué hago adentro de su casa, revisando sus efectos personales y violando los candados. Me aseguro de que todo siga desierto y vuelvo a mi tarea.
El portafolio. Sí, el candado es de los más fáciles de abrir, conozco el procedimiento. Tiro del anillo en dirección opuesta al cuerpo y, manteniendo una presión constante, hago girar suavemente el dial del primer disco en sentido antihorario hasta oír un clic que me señala el número correcto. Tomo nota del primer número y vuelvo a hacer girar el disco para restablecer el bloqueo. Repito la operación con el segundo y el tercero, y en menos de cinco minutos tengo las tres cifras: 275.
Compongo la clave en el candado, que se abre dócilmente. Estoy nerviosa, regreso a la ventana, aunque sé que es improbable que Pedro salga de su poltrona frente a la pantalla de la computadora en medio de este diluvio, y me acuerdo de que hoy no viene la limpiadora. Vuelvo al maletín con los oídos atentos a cualquier ruido.
Estoy inquieta, sé que tengo que apurarme.
Lo abro y, tal como pensaba, adentro están los sobres manila que vi bajo la palma firme y protectora de Vanessa. Varios sobres y una libreta de las que tienen un índice alfabético y, debajo de cada letra, listas con nombres y apellidos, fechas, direcciones. Paso las páginas, una acumulación de datos que no me dice absolutamente nada.
La dejo a un costado. Veamos los sobres.
Tomo el primero, lo abro y saco el contenido, paso las hojas estupefacta. Algo se retuerce en mí como un cólico. Me deja sin aliento. Son fotos impresas, tal como pensaba, decenas de fotos. Atónita, las paso una a una, contengo la respiración. Aferro los papeles tratando de no temblar, miro las caras y los cuerpos, creo estar soñando. Saco otro y otro sobre, más fotografías, distintas pero las mismas.
Todo se paraliza, se suspende el tiempo y hasta olvido mi nerviosismo inicial. La lluvia se detiene. Flota un silencio obsceno, truculento. La linterna ilumina las fotos de las niñas, arroja sobre sus cuerpos una luz indecente y sucia, procaz. La linterna tiembla y se me cae de las manos, se apaga, atino a recogerla pero no consigo accionar el botón del encendido.
Hay cosas que es mejor no ver.
Una nube de calor me sube por el cuerpo, siento horror y vergüenza.
Mucha rabia. Odio.
En ese momento oigo los pasos que se acercan por el camino.
Se acelera mi respiración y el pulso me hace temblar las manos que sostienen lo abominable. De alguna forma logro poner los papeles dentro de los sobres, los sobres y la libreta en el maletín, y mis dedos trémulos componen el número de la combinación del candado mientras escucho el ruido de unas suelas golpeando contra el pedregullo del jardín, cada vez más cercano y audible.
Pongo el portafolio en su lugar, compruebo que la puerta del ropero esté cerrada, todo en el sitio donde estaba. La linterna vuelve a resbalar de mi mano, y esta vez soy consciente del ruido fuerte y seco que hace el metal contra el suelo de baldosas. Quedo inmóvil, ni siquiera respiro, espero. ¿Se habrá oído desde afuera? ¿Quién se acerca?
Presto atención, las pisadas suenan justo detrás de la cabaña de Vanessa, a pocos segundos de donde estoy.
No sé de dónde saco las fuerzas y la energía, no sé cómo logro recoger la linterna y esconderla entre mi ropa, salir de la casa a oscuras, cerrar la puerta justo antes de oír los sonidos que hacen unos zapatos que doblan por el recodo del sendero, directo hacia donde estoy. Cae una llovizna que atenúa los ruidos, que desdibuja las formas. En cuatro zancadas alcanzo mi sector de la terraza, me detengo frente a la puerta de mi cabaña bajo el alero, me invento una situación. Cruzo los brazos sobre el pecho, dejo vagar la vista en el horizonte, asumo un aire contemplativo y lo veo aparecer por la esquina de la casa de Vanessa.
Me mira como se mira a un gato que se escapó de la casa.
—¿Tomando aire afuera y con este clima, señora López?
Giro la cabeza, intento disimular mi agitación y el temblor, la respiración alterada. Le sonrío curvando apenas las comisuras de la boca.
Recupero el resuello antes de responder.
—Me gusta ver el mar en días de tormenta, Pedro.
—Lo puede ver desde adentro. Pero, claro, para gustos, los colores, señora. Con este clima hostil yo prefiero quedarme frente a la estufa viendo el fuego.
—Entonces debe de andar perdido, porque su casa y su estufa quedan por allá, a más de cincuenta metros de donde estamos.
El tipo no pierde la compostura tan fácilmente, él también me sonríe curvando apenas las comisuras de la boca, como haría un adulto frente a los comentarios de un niño insoportable y ajeno.
—Vine a ver si necesitaba algo, Úrsula, si está todo bien con la electricidad. Con estas lluvias nunca se sabe.
—Por ahora está bien, no he tenido más problemas. Cuando prenda el aire acondicionado, veremos.
—Me alegro, ojalá esté cómoda.
—Una pregunta, ¿tendría una tijera para prestarme?
—Por supuesto, ahora mismo se la alcanzo.
—No hay apuro. No quiero hacerlo venir otra vez con este tiempo.
—Le pido disculpas por los inconvenientes eléctricos, y espero que continúe sus vacaciones sin más incidentes. Me gusta pensar que mis huéspedes pasan la mejor estadía posible.
—Gracias por su preocupación. Que tenga buenas tardes, Pedro. Frente a su estufa a leña.
Lo dejo de brazos cruzados y boca apretada. ¿Oyó el ruido de la linterna contra el piso de la otra casa? ¿Pudo identificar de dónde venía? ¿Se dio cuenta de que yo estaba adentro de la cabaña de Vanessa? No, no lo creo. ¿O sí? Cuando abro mi puerta, todavía tengo la respiración alterada, el temblor en las manos. Pero, por sobre todo, el asco y la rabia, el odio que me carcome. No puedo dejar de pensar en las fotografías, en esas niñas, en la trama sórdida de abuso que imagino detrás de cada imagen.
La llovizna escampa, hay un breve momento quieto y gris, después sale el sol. Llego hasta una silla y me siento con los codos sobre la mesa, la cabeza entre las manos, siento caer las lágrimas de bronca e impotencia. La rabia se cuece a fuego lento, se filtra por mis tejidos, me cala los huesos.
Pienso: la catástrofe aguarda en los sitios más insospechados.
Hay cosas que solo se enderezan a la fuerza, Úrsula.
Rocco
Cuando la vio de lejos supo que era el tipo de mujer que aparece reflejada en los espejos en las películas, que uno imagina bajando por escaleras de mármol, caminando por jardines al borde de los estanques; una mujer que sale de un lugar y permanece en el recuerdo de los que la vieron como perfume sutil, como imagen borrosa de una niebla sin edad.
Una pena tener que deshacerse de ella.
Al llegar al pueblo dio vueltas con el auto, localizó un supermercado, compró un sándwich y una cerveza, dejó el coche y bajó caminando a la playa en un lugar alejado, estudió el entorno deshabitado y monocorde, contempló el océano color plomo y sacudió la cabeza.
Este sitio no es el paraíso, pensó, no tiene el paisaje de lujo de Punta del Este ni el encanto hippie y despreocupado de La Pedrera o del Cabo Polonio, es solo una playa mojada rodeada de dunas, y más allá casitas de policías jubilados y de empleadas de tienda. Se preguntó por qué el Ruso había elegido ese lugar para mandarle la plata y los documentos. ¿Porque estaba en el quinto infierno, en un borde del mundo donde no llega la ley ni la sospecha?
Tenía delante una playa larguísima de la que no alcanzaba a ver el final, una costa bordeada de resaca vegetal cercada de grandes dunas, de plantas de hoja dura.
Caminó por la orilla hacia el complejo, llegó al cerco perimetral de Los Troncos, al lugar donde salía el camino de madera que llevaba hasta las cabañas. Observó la distribución de las casas en torno a un jardín de piedras y cactus, buscó el número que le había dado el Ruso. La puerta y el ventanal de Vanessa miraban a la playa de espaldas al espacio central y a la administración, anotó mentalmente, no sería difícil entrar sin ser visto desde la oficina, tomar lo que había venido a buscar, bajar por este mismo sendero y escabullirse en la duna más cercana. Era importante, muy importante que no quedara un solo testigo de su paso.
Solo tenía que ser paciente y esperar el momento.
Volvió sobre sus pasos, sacó el sándwich y la cerveza, que despachó sentado en el coche, sin dejar de controlar su objetivo.
No quería pasar otra noche en el asiento del vehículo. Buscó en internet un sitio, barajó la posibilidad de un hotel en los alrededores e inmediatamente descartó la idea por peligrosa. No quería repetir el error de Punta del Diablo. Era fundamental que nadie lo viera, se dijo. Lo mejor sería alquilar online un alojamiento con llegada autónoma, una puerta en la que digitase un código, una casa alejada donde no se cruzase con nadie. ¿Habría algo de eso en los alrededores? Para su sorpresa, encontró exactamente lo que buscaba. Le dio «reservar» y con la tarjeta de Serguéi pagó tres noches.
La vio salir al deck y caminar hasta la baranda, apoyar su cuerpo indolente contra la madera y contemplar el paisaje, observó el contraste entre su cabello oscuro y el dorado del atardecer. Fue entonces cuando pensó que era el tipo de mujer que aparece reflejada en los espejos en las películas, bajando por las escaleras de mármol de las mansiones, caminando por jardines al borde de las fuentes y los estanques. La edad lo estaba poniendo endemoniadamente cursi, se dijo, pero aquella era una hermosa mujer y a él no se le ocurrieron otras palabras para hacerle justicia.
Una pena tener que matarla.
Días después, cuando le apunte con una pistola a la nuca y vea que ella sonríe a pesar de las circunstancias, también la admirará por eso, y por un instante sentirá la felicidad de aspirar el olor de su pelo oscuro. Después, los gases de los caños de escape y el tufo de las fritangas de los bares del Chuí se tragarán el aroma y la felicidad de sentirlo, y todo lo planeado seguirá su curso.
La vio bajar por el sendero hasta la playa, la vio descalzarse y arrebujar su cuerpo en un chal, caminar lentamente por la orilla hacia el este. Se acercó a Los Troncos amparado en las sombras que empezaban a oscurecer la tarde. Pensó que ya no era joven para estar saltando paredes, para correr entre los matorrales, vio que el sitio estaba desierto y eligió el mismo sendero de madera por el que acababa de bajar la mujer. De todas formas, ¿quién podría verlo? Estuvo vigilando todo el día; el tipo de la administración salió hace un momento, la persona de la limpieza se había retirado. Solo estaba la otra mujer, la rubia que vio charlando con Vanessa, tal vez la hermana, a juzgar por el parecido. Solo debía tener cuidado de que ella no lo viera.
Llegó a la puerta de la cabaña de Vanessa, miró el deck y la casa de al lado. Creyó ver un movimiento en las cortinas, una sombra entre los pliegues de la tela. Observó con atención, pero todo estaba quieto, y pensó que sus nervios lo estaban traicionando.
Rápidamente, introdujo un alambre en la cerradura, un par de movimientos y entró. Fue hasta el ropero, tal como le dijo el Ruso, y tardó menos de un minuto en salir con el bolso, cerró con cuidado de no hacer ni el menor ruido.
Ya estaba por bajar a la arena cuando volvió la mirada a la casa vecina. Todo le pareció inmóvil, en calma. Esperó. Nada. Cuando estaba por marcharse percibió claramente la mano, una mano que corría la cortina, y el rostro de la mujer que lo miraba con descaro. Vio una sonrisa en su cara. Rocco cambió el bolso a la otra mano, descendió apurado por el sendero hasta la playa, se perdió entre las dunas.
Tenía los documentos, el dinero, el arma, todo lo que necesitaba para irse de una buena vez al norte, muy lejos, a João Pessoa.
Pero antes de partir tendría que borrar los rastros de su paso por la Barra.
Todos los rastros.
Vanessa y Úrsula
Estamos sentadas en la terraza de la cabaña del lado de mi vecina; hay un par de sillas, hay una mesa con botellas y copas. Vemos caer la tarde, charlamos. Al principio no teníamos tema, hubo silencios largos e incómodos que atribuyo al hecho de que nosotras no tenemos una lingua franca como los hombres, que tienen el fútbol y las mujeres. Las más jóvenes hablarán de hombres o de embarazos, más tarde de juguetes y educación, y las más viejas de posmenopausia y exmaridos y ejercicios de Kegel. Pero las de mediana edad tardamos en aflojarnos porque nos hemos quedado sin los lugares comunes juveniles y todavía no padecemos de atrofia vaginal.
Ella tiene cuarenta y pico largos pisando los cincuenta, una edad que su ropa, entre negligente y fina, intenta disimular o tirar para abajo o desmentir descaradamente. Lleva una especie de pijama blanco marfil de seda arrugada y opaca que le da un aspecto de aristócrata inconformista. Sin joyas, sin distracciones, el color de su tórax y de sus muñecas resalta contra la tela clara. La melena oscura va apretada en un sencillo broche color turquesa. Yo me puse un conjunto de pollera y blusa que compré en el Chuy, unas prendas anchas y estampadas en colores oscuros que me hacen parecer una feminista recién separada de su pareja lesbiana, venida de un barrio periférico pero honesto. Así de fácil es imaginar la elegancia y la calidad de mi look del Chuy, como si el fantasma de la B del refinamiento me echara su aliento en la nuca.
Hace un momento la oí decir que era empresaria, mencionó algo relacionado a la organización de eventos y fiestas, y después de saber lo que sé sospecho que no miente. Organización de eventos y fiestas, es una buena metáfora. Es escandalosamente atractiva y muy consciente de su encanto, no me canso de notarlo y, después de escucharla hablar y verla moverse, de observar el hermoso rictus de desdén por el mundo que asoma en sus labios, creo que habría que darle la medalla de oro a la confianza en sí misma. Estoy acostumbrada a detectar a los ganadores, tal vez porque mi vida es un borrador desde donde miro el triunfo de los otros con la tranquilidad que me dan mis propios fracasos.
Pero ya es hora de cambiar, Úrsula.
Se hace otro silencio, ella clava la vista en mí con semblante profesional. Un cirujano podría mirar así un hígado, un comisario de Policía podría mirar así al detenido, un chef miraría así una pata de cordero.
Soporto como puedo su mirada y su forma de observarme. Pienso que no ha mencionado hijos ni maridos y, como yo tampoco los tengo, no me interesa traer el tema. A veces creo que me hubiera gustado casarme joven y de color blanco, como mi hermana Luz, o en la mediana edad y con un vestido color té, o en la madurez y en cualquier color oscuro. En todo caso, ya es tarde para elegir colores, tendría que haberme acordado antes. Efectivamente fue así: dejé de prestar atención por un momento y habían pasado veinticinco años. El tiempo se fue y yo quedé rizando el rizo en este estatus de huérfana sentimental.
Ella me mira como un entomólogo mira a un fásmido, como una manicura mira la micosis, como un leñador mira la sequoia. Y finalmente dispara la munición que me temía.
—¿Tiene pareja o está casada, Úrsula?
—No.
Hay que ver a Maquiavelo moviendo su puta melena oscura apretada en un broche color turquesa mientras me ametralla con su inoportuna pregunta. ¿Qué le importa si estoy sola o acompañada? ¿Por qué tengo que hablar de eso? Maldigo a las cabañas Los Troncos, a la Barra do Chuí y al pijama de seda arrugado, sopeso tirarle el líquido del campari en la cara y mandarme a mudar a mi cucha con televisor de sesenta pulgadas y cocina abreviada. ¿Acaso no hay otro tema en esta vida? Que yo deteste hablar de mi desierto sentimental no impide que sepa que las mujeres casadas o con pareja son más presentables e inspiran más confianza que las solitarias. ¿Por qué tengo que reconocer mi desventaja? Hay que joderse con la maldad de este mundo.
Bueno, tampoco es para tanto, me conformo. Supongo que Vanessa solo busca un tema que podamos compartir, que nos convoque aunque no nos entusiasme, un punto de encuentro, una sala vip donde sentarnos a conversar, una zona de relax entre dos desconocidas que se toman un par de camparis. Tampoco se puede pasar la vida analizando la deriva del capitalismo y el futuro de las criptomonedas, y yo haría bien en barrer mi intolerancia y la irritabilidad abajo de la alfombra. O del deck, en este caso.
Para superar el antipático monosílabo que acabo de proferir y el posterior e incómodo silencio, derrapo hacia el alcohol y sus variantes, que siempre resulta una conversación aglutinante y con futuro, si no se está frente a un converso por Alcohólicos Anónimos.
—No me gusta mucho el campari.
—No me lo dijo. Puedo ofrecerle otra cosa, Úrsula.
—No, no, está bien, quiero hacer el intento. Siempre pensé que lo mío es el vino tinto, pero quiero probar otras cosas. Me parece que también quiero probar a tener otras vidas.
Ella sonríe con un gesto amable que muestra los dientes superiores y algo de encía sonrosada, sonríe por encima de su trago, por encima del planeta entero, y no me contesta nada. Lo interpreto como una clara venganza a mi reticencia a recoger el guante del tema de los compromisos sentimentales y sus alrededores.
La tercera será la vencida.
—¿Vive en Montevideo, Vanessa?
—Soy de Montevideo, pero ahora vivo y trabajo en Punta del Este. Allá tengo la base de mi empresa, compré una casa y paso casi todo el año en mi pequeño paraíso. Estoy por San Rafael, ¿conoce?
—Sí, pero de pasada, nomás. ¿Dónde está su casa?
—Cerca de la rambla, casi en la esquina de Cannes y Guanabara, ¿sabe dónde es?
—¿Dijo Cannes y Guanabara? Tengo una vaga idea.
—Se llama Portokalada, que quiere decir «naranja» o «jugo de naranja» en griego. No estoy muy segura, se lo puse porque sonaba bien.
—Sí, lindo nombre. Cannes y Guanabara.
—Es muy bonita. No quise hacer la típica de las mujeres que se mudan a Punta del Este y terminar en un apartamento en la península, así que compré una casa grande con jardín, y en invierno hago traer leña, prendo el fuego, me tomo mi campari en un sillón frente a la estufa. ¿Quiere ver las fotos?
No digo que sí ni que no y ella interpreta el silencio como un asentimiento, busca en el teléfono y me muestra decenas de imágenes de una casa con techos de pizarra y grandes ventanas con postigos de madera, césped en la parte delantera, frente de ladrillos pintados de blanco. Exhibe las fotos y se va entusiasmando, explica comodidades, materiales, diseño de los muebles, habla y habla, escucha arrobada su propia voz.
La envidia salta otra vez como un conejo al que le abrieron la jaula.
No menciona marido alguno que trasiegue la leña o encienda el fuego del hogar y sorprendo a mi mente deduciendo que es soltera o divorciada o lesbiana, aunque sé que en realidad hay un espectro enorme de posibilidades que no tengo ganas de ponerme a analizar. Eso sí, veo que este tema prospera, me entero de que la casa tiene suelos de lapacho, baños revestidos en mármol, cocina hecha por diseñador de interiores y dormitorios con camas de tres plazas.
—Se ve linda —digo, por decir algo, aunque tampoco me intereso particularmente por el asunto inmobiliario, pero qué le vamos a hacer, de algo hay que hablar cuando se comparte un campari y unos snacks.
—Es preciosa, sí. Y en el barrio hay una paz, un silencio. En los meses fuera de la temporada de verano no se ve a casi nadie.
—Igual que acá.
—Bueno…, más o menos. No tan igual.
Las dos reímos y yo trato de imaginar qué hace esta mujer en un complejo medio pelo en medio de la nada, teniendo una casa en el paraíso. Se me ocurren algunas respuestas, todas referidas a su negocio, a las fotos que hay en los sobres. Concluyo que lo mejor es no preguntárselo.
—¿A qué vino a este lugar, a este complejo medio pelo?
Se concentra en servirse otra piedra de hielo en el campari.
—Estoy organizando un evento en un campo cercano, algo que realizo con cierta periodicidad. Vengo a menudo y este es el único sitio abierto fuera de temporada.
—Comprendo. Lo que no me quedó claro es qué tipo de eventos organiza, Vanessa.
Meto el pie en el acelerador del apremio, intento ponerla contra las cuerdas, pero ella no parece intimidarse. Ni una gota de humedad amenaza su maquillaje efecto rosado iridiscente. Mueve las manos en un ademán que indica vaguedad, aunque no sería necesario ilustrar la ambigüedad de sus palabras.
—Como le dije: servicios, celebraciones, encuentros variados.
Una CEO de los servicios y de las celebraciones. Como si yo creyera en lo que dice. Quiere que la imagine vigilando el bufet en la cocina, supervisando el esmoquin de los camareros, viendo a contraluz el brillo de las copas.
El conejo salta de nuevo: esta vez el de la rabia.
No debe ver mi agitación, no quiero que sospeche. Me levanto y me acerco a la baranda del deck, me asomo y hago como que observo el paisaje. Le doy la espalda. En este momento no podría hablarle, no podría ni siquiera mirarla. Es importante que recupere la compostura.
Úrsula y Vanessa
En algún momento decidimos salir a tomar aire, a caminar por la playa que se volvió inmensa cuando se retiró la marea. Tenemos delante un descampado de arena y agua que cambia de aspecto con la incidencia de la luz de la luna, y llega un vago olor a pinos desde los bosques cercanos. Vamos tomadas del brazo para no caernos, caminamos haciendo eses y reímos como viejas amigas. Vanessa señala el océano y nos detenemos a mirar, respiramos el aire fuerte cargado de iodo.
—Hacía tiempo que no bebía tanto, Úrsula.
—Ni yo. Recuerde que odio el campari, que le encuentro gusto a medicamento.
—Hoy no pareció odiarlo tanto. Creo que tomó… ¿tres, cuatro copas?
—Perdí la cuenta en la número cuatro.
Miento.
Nos miramos, ella estalla en risas y yo la imito.
Avanzamos un par de cientos de metros, sé que en pocos minutos empezará a disiparse el efecto locuaz, la euforia del alcohol. Después de las confesiones vendrá la reflexión, más tarde el silencio y tal vez el arrepentimiento de las palabras arrancadas por el licor.
Las cabañas del complejo van quedando atrás, cada vez más chicas, y la única luz es la de la luna que ilumina la orilla, que traza un haz gris blancuzco y espectral. Aunque haya llegado hace pocos días ya conozco estos médanos mutantes, el paisaje de memoria: la calle queda lejos de donde estamos y las casas más próximas a las dunas están oscuras.
Dos mujeres, una playa inmensa y sola, una noche de luna llena.
Caminamos unos minutos más. En algún momento nos soltamos el brazo.
—Me siento un poco cansada.
Lo dice justo antes de trastabillar. La tomo por el codo para ayudarla a que recupere el equilibrio. Quiere decirme algo, me doy cuenta.
—Si lo prefiere nos volvemos, Vanessa.
—Creo que necesito descansar un momento.
Tropieza de nuevo, le pregunto si está bien, si puede seguir.
—Sí, bien. Solo cansada o mareada. O borracha.
Esta vez ríe sola y me limito a contemplarla. Ya no hay necesidad de que me muestre cómplice.
—¿Prefiere que descansemos? Siéntese acá, en la arena.
Me dice que sí, que le cuesta mantenerse en pie, la ayudo a sentarse. Despacio, así. Así.
Me siento a su lado y el olor de su perfume flota entre las dos como una niebla malsana. No la identifico con un aroma en particular porque los cambia cada día, el de hoy es sándalo, madera, bergamota, un toque de canela. Empalagoso para mi gusto, persistente, seguramente caro.
—Estoy descompuesta. Creo que necesito aire fresco.
—Debe de ser un malestar pasajero, estoy segura. El campari pega fuerte.
Odio que mi tono de voz suene condescendiente, pero ¿qué más puedo decir en esta situación? Ella asiente, sube y baja el mentón con un ademán infantil, la mirada perdida en la orilla. Le toco el hombro.
—¿Mejor?
—No. Peor. Me siento muy mal. No puedo respirar bien. Llame a una ambulancia.
—¿Tan mal está? Es solo un poco de campari.
Me mira y no responde. Respira fuerte.
—Ponga la cabeza entre las rodillas, Vanessa. Puede que le haya bajado la presión, y dicen que eso ayuda.
Me parece que se acerca un banco de niebla, el aire está cada vez más blanco y frío. Me inclino y le toco las manos, se las aprieto suavemente. Están heladas.
—Por Dios, me siento muy mal. ¿Por qué me siento tan mareada, Úrsula? Y esta agitación en el pecho. No puedo respirar.
Lo pregunta y me mira fijo.
—No lo sé, no soy médica. Trate de respirar hondo, de llenar los pulmones.
Respira o suspira, abre y cierra los párpados. Los abre y me mira.
—Todo me da vueltas. Volvamos, volvamos enseguida. Quiero ir a mi casa.
De alguna forma logra incorporarse, se pone de pie. Empezamos a caminar hacia el complejo.
—Apóyese en mí, Vanessa. Deje caer el peso de su cuerpo en mi hombro. Así.
Le palmeo la mano sobre mi brazo, sonrío aunque sé que no me ve.
Ahí está el deck a pocos pasos, mi puerta, la luz que dejé encendida.
—El mareo no mejora. Me siento cada vez peor.
—Alguna vez escuché o leí que el aire puro y el alcohol no son una buena combinación.
Por el sur se levanta viento, lo siento soplar desde adelante, meterse en mi ropa e inflarla. Los últimos pasos se nos hacen difíciles.
—No puedo respirar. Llame a la emergencia, Úrsula.
—Sí, claro que la llamo, pero no traje el teléfono. Aguante un poco más, ya casi llegamos.
Avanzamos contra la sudestada que nos empuja en sentido contrario, la arena vuela en remolinos y se mete en los ojos. Se me hace difícil cargar con mi propio peso y el suyo apoyado en mi hombro. Me cuesta subir por el sendero de madera hasta el deck. No sé cómo logro llegar, abrir la puerta, cerrarla para evitar que se meta el viento con arena. Suelto a Vanessa y la empujo hacia adentro, eso sí, con suavidad, porque detesto la violencia. Ella cae al piso lenta y blandamente, y me mira otra vez con esa cara pueril de niña que no entiende.
—¿Por qué me empuja y me tira al suelo? ¿Por qué me trajo a su casa?
Quiero ir a mi cabaña.
—Aquí va a estar mejor. Quédese tranquila.
Tengo frío y prendo el aire acondicionado al máximo, espero que ahora funcione como Dios manda. Me arrodillo a su lado, paso la mano derecha por su cuello, sostengo la cabeza con mi brazo, y con la izquierda le acomodo el pelo. Intento ser cariñosa, pero el olor de su perfume es una barrera que se interpone entre ella y mis buenas intenciones. Voy hasta mi bolso y saco los documentos, las llaves, el frasco de Somnium. Limpio todo con un pañuelo, los agarro con el papel y se los tiendo.
—Hágame el favor de sostenerme estas cosas por un momento.
Ella me clava sus ojos como platos, toma lo que le doy entre sus manos temblorosas y lo deja caer.
—¿Para qué me da estos documentos? ¿Qué es este frasco? Llame a la ambulancia, Úrsula, y dígales que estoy descompuesta. Indíqueles la dirección de Los Troncos.
—Tome, sosténgalos un poco más. No sea rebelde.
Obedece como una niñita, me mira con esa mirada redonda.
—Hágame el favor de llamar a la emergencia. Le juro que no puedo hacerlo yo misma. Ayúdeme.
—Sé que no puede, Vanessa, quédese tranquila. Yo me ocuparé de todo lo que haya que hacer.
Con el mismo pañuelo levanto los documentos que dejó caer, que vuelven a mi bolso con sus huellas digitales. Mi bolso, pienso, que en breves momentos será el suyo. Las llaves las dejo sobre la mesa. Me alejo hacia la cocina y veo que me vigila, que me mira atenta. Se está incorporando, estoy segura de que quiere decirme algo, preguntarme.
Estoy segura de que sospecha.
—Tiéndase en el piso. Va a estar más cómoda.
La empujo, pero esta vez sin suavidad. Ella se deja caer.
—¿Por qué me hace acostar en el suelo?
—Porque se siente mal.
—No quiero estar tendida, me da vértigo.
—Haga lo que quiera, Vanessa. Me tiene harta con sus pedidos. Levántese y váyase a su casa, que seguramente va a estar más cómoda.
Por supuesto que no va a ir a ningún lado, que no va a salir de esta cabaña. La veo arrastrarse por el suelo, no más de treinta o cuarenta centímetros. Tiene el ceño fruncido y un gesto hosco, malhumorado. Todo su encanto ha desaparecido.
—Me siento mejor, creo que ahora podría levantarme. Ayúdeme.
—No creo que pueda. No se esfuerce tanto porque es inútil. Trate de relajarse.
—Siento que si no me muevo, me duermo o me desmayo. ¿Llamó a la ambulancia?
—Respire hondo. Echada en el piso y quieta.
—Pero ¿ya hizo la llamada, Úrsula? ¿Viene la emergencia?
—Esto va a ser rápido, Vanessa.
Empalidece por encima de la palidez.
—¿Me está diciendo que algo malo me va a suceder?
—Aflójese. ¿Quiere que le desabroche un poco el abrigo, la camisa? Empieza a hacer calor aquí adentro. Se ve que el aire acondicionado funciona.
—No entiendo qué pasa.
Cuando el que escucha no entiende, la culpa es siempre del que habla: o no fue claro o sobrevaloró a su interlocutor. Yo la sobrevaloré, no me importa reconocerlo. Pero es un detalle que ya no interesa.
Me vienen ganas de cantar y lo hago.
—Primero hay que saber sufrir, / después amar, / después partir, / y al fin andar sin pensamiento…
—¿Cómo puede cantar mientras yo me siento así, tan mal? Me da la impresión de que me voy, se me cierran los ojos. Tiene que hacer algo por mí, ayúdeme, Úrsula, por favor. ¿Cuándo llega esa ambulancia? Y llame a Pedro, él sabrá qué hacer.
Llame a la ambulancia, llame a la ambulancia, llame a la ambulancia. La repetición sirve hasta cierto punto, después se vuelve cargosa y en contra del reclamante.
Ahora me toma la mano, me la acaricia, las suyas están cada vez más heladas. Las lágrimas resbalan por sus mejillas y caen al suelo, empiezo a sentir piedad. Y otra vez el perfume dulzón, denso. Caro e invasivo. Retiro la mano con violencia.
—Quédese quieta, mujer. El ruido del mar invita a dormir, ¿no le parece hermoso?
—Debería mantenerme despierta. Tengo que resistirme al sueño.
—Haga lo que quiera, a esta altura da igual.
Intenta incorporarse, un movimiento tan torpe como inútil. El perfume se desplaza, pero sigue interponiéndose entre nosotras. La empujo sin miramientos, esta vez con cierta brutalidad. Cae pesadamente, pero no se calla. ¿Cuánto falta para que se calle?
—Yo lo sé muy bien, Úrsula, hay que resistir el sueño hasta que llegue la ambulancia.
—Esas son cosas de las películas. Déjese de decir tonterías, ya me cansé de escucharla.
Un grito agudo y entrecortado nos interrumpe, me sorprende, me sobresalta. Miro hacia la ventana, quizá una gaviota que pasó en vuelo rasante graznó y siguió volando. Miro a la mujer, que ahora está llorando.
Por fin lo dice.
—Usted me dio algo. Confiéselo, me dio algo.
Intenta agarrarme por la solapa del abrigo que todavía no me saqué. Me desprendo su mano con rabia. La empujo y su cabeza rebota contra las lajas del piso.
—¿Qué supone que le di?
Me río, la carcajada es una máscara que disimula el hastío, mi impaciencia por que todo termine. Veo que lleva el miedo en torno al cuello como una bufanda que la comprime.
—Me dio algo para dormirme.
Sacudo la cabeza, la gente hace demasiadas elucubraciones.
Podría irme y dejarla hasta que esto termine, podría quedarme y seguirle la corriente. Pero no haré ninguna de las dos cosas, resuelvo.
—Se equivoca, mi querida, yo no le di nada para dormirla.
Solloza más fuerte.
—¿Para qué, entonces?
Suspiro, es este el momento en el que el hilo de la conversación comienza a tensarse. Me mira fijamente, intenta entender. Abre los ojos muy grandes, estira la mano y otra vez me agarra de la ropa, me atrae hacia ella, me acerca a su cara con una fuerza que quién sabe de dónde saca. Ya no es seductora, ya no tiene el menor atractivo.
—Lo puso en la bebida, yo sentí un gusto raro en la última copa.
Disimulo el odio, sonrío con fingida ternura. Suspiro. Quisiera terminar de una vez, yo también empiezo a estar cansada.
Siento que hay olor a quemado, debe de ser el aire acondicionado, tengo que acordarme de hacer algo antes de salir de mi cabaña, de la que hasta ahora es mi cabaña.
—Puso algo para dormirme, ¿verdad? ¿Lo que me dio va a hacerme dormir, solamente?
Le acaricio los cabellos para que se calle, pero ella insiste.
—Usted es mala persona, Úrsula.
—No hay malos, Vanessa, hay víctimas. Y usted no cae en esa categoría, precisamente.
—Qué malvada, se le nota que es perversa. Me di cuenta en cuanto la conocí.
—¿Me dice malvada? Bueno, tal vez sí lo sea. Pero un poco o solo a veces. Es cierto que ayudé a robar un dinero y, para qué mentirle, hice cosas peores que robar. Como matar, por ejemplo. Pero mala, mala, no soy, y en este momento hasta siento lástima por usted, a pesar de todo. Como sentí lástima por mi tía Irene después de que la mandé al infierno. Por Papá no sentí pena, no. Tampoco usted debería provocarme compasión, el mundo va a estar mejor cuando se vaya. Pero ya me ve, no puedo evitarlo, soy una mujer sensible.
Hay un momento largo de silencio, ninguna de las dos habla ni se mueve. La oigo respirar cada vez más fuerte cerca de mi oído, tan cerca que podría besarla o morderla. Me alejo un poco y le acaricio el nacimiento del pelo, como si ella necesitara paz y yo pudiera dársela. Pero no puedo, este tipo de gente sobra y hay que saber desprenderse del lastre.
Sé que mi sonrisa luce falsa y no me molesto en disimularlo. Ella sacude la cabeza, como si yo le hubiera hecho un chiste de mal gusto.
—Mire por la ventana, la noche se está poniendo más clara. Si se despeja, va a haber una luna inmensa.
—La bebida, el gusto raro en el campari. Ya sé, cuando fui al baño echó algo en mi copa. Usted es mala persona y siempre lo supe. Malvada y fisgona, la vi espiándome por la ventana.
Pierdo el control, siento ira, y la rabia me hace gritarle.
—Callate, desgraciada, si supieras lo que vale tu tiempo en este momento, no lo estarías malgastando en conjeturas inútiles. Vamos, mirá la noche, ese cielo, aprovechá estos instantes, tus últimos momentos.
Porque nunca saldrás de aquí.
—¿Qué fue lo que echó en mi bebida?
—Eché Somnium, Vanessa, cierta cantidad de Somnium para detener su corazón despiadado. Nunca es seguro el efecto, quién sabe si sobrevive o no. Pero no se inquiete, soy una experta y, aunque usted no merece consideraciones, no va a sufrir nada.
La mujer tiene la boca abierta como si fuera a gritar, pero no grita. El gesto se deforma, caen las comisuras de la boca. La miro y pienso que sentí una fascinación o atracción, hasta que llegó la repugnancia y la bronca.
—Ayudé a morir a otra gente, Vanessa, a mi padre, a mi tía Irene, a una mujer en un parque. No es tan difícil morir. Cierre los ojos y déjese llevar.
La mirada redonda y grande me desafía, me mira desde el suelo con una claridad espantosa.
Siento que quiso decirme algo y que al final eligió no hacerlo, tal vez porque ya no importaba. Lo que fuera no tenía propósito: palabras banales o equivocadas o a destiempo. Todo lo importante ha quedado atrás y se abre un hueco definitivo de silencio traspasado por el murmullo del aire acondicionado.
Borro mi sonrisa. Dejo el frasco de Somnium con sus huellas al lado del cuerpo.
Tengo una imprecisa sensación de asco y de miedo.
Otra vez siento el olor a cable quemado. Pedro dejó la escalera y me subo a ver la caja de fusibles. La abro, salen chispas, un espectáculo de fuegos artificiales.
Pedro
Se sienta en la cama e intenta detener la taquicardia, sujeta su cabeza entre las manos, trata de respirar acompasadamente. Cierra los ojos, le parece como si estuviera a punto de despertar de un trance y, cuando los abre, está aturdido y mareado pero lúcido. Se levanta con esfuerzo y se pone la ropa, los zapatos. No perderá un minuto más. Los problemas que tiene atragantados lo ayudan a acelerar sus pasos, llega hasta la cocina y agarra un paquete que ya tenía preparado, sale al exterior. Se aleja en la noche.
Le brilla la frente, las gotas de sudor se deslizan por las mejillas y bajan por el cuello.
Mira atrás. Si fuera su casa la que ardiera y él pudiera elegir, ¿qué se llevaría? Nada, desde que llegó a este lugar no logra sentir que ningún objeto sea realmente suyo.
A esta hora el aire es gélido y las nubes ocultaron una luna llena inmensa, el cielo está negro sin una sola estrella. Se apresura sobre el camino de grava, atraviesa el jardín rocoso. Se detiene y vacila. Titubea, parece un actor en un ensayo que no se aprendió su parte del guion. Suspira y reanuda la marcha, no va muy lejos. Desenvuelve el paquete y saca la vela pegada a las pastillas iniciadoras de fuego.
A pesar de la oscuridad no va a necesitar la linterna, conoce el lugar de memoria. Se acerca al muro de troncos de la cabaña 8, busca el agujero que tiene identificado. Un espacio entre las maderas resecas. Introduce la vela y las pastillas, las acomoda, comprueba que estén protegidas del viento. ¿Hay luz en la cabaña? ¿Úrsula está despierta a esta hora? Sería lo mejor, se dice, vería el humo y saldría rápidamente. El pensamiento lo llena de un ánimo nuevo. Saca el encendedor y prueba la llama, la acerca al pabilo, y lo enciende. El fuego, protegido en la oquedad, arde mansamente.
Sabe que la vela tardará menos de treinta minutos en consumirse, en llegar a las pastillas de ignición, y a esa hora él estará lejos de ahí, en el boliche. Y mañana todos los borrachos del pueblo dirán que lo vieron beber cerveza mientras se desataba el incendio.
En breve todo arderá.
Ahora solo tiene que alejarse, subir al auto y salir de ahí. Conducir hasta el bar. Pero no se decide, no se aleja, parece clavado en el lugar. Siente un martilleo en la cabeza y entre los ojos. ¿Vio bien, hay una luz en la cabaña? Solo espera que la mujer esté despierta o que no tenga el sueño pesado, que pueda salir antes de que arda el techo de paja.
Porque si el quincho arde con la mujer adentro… No quiere ni pensarlo.
Pero debe de estar despierta porque él vio una luz. ¿O no? Puede dormir con una lámpara prendida, también. ¿Y si lo deja para más tarde, si lo hace al mediodía? No puede, la posibilidad de que alguien lo vea es mucho mayor a la luz del día. ¿Y si el incendio fuera en otra cabaña, una de las que están desocupadas? Tampoco, la 8 es la que tuvo los problemas eléctricos. Vanderlei trabajó aquí y saldrá de testigo de que se hizo lo posible. Porque el seguro va a investigar. El seguro, el seguro, el seguro. Siente que se le empiezan a agarrotar los músculos del cuerpo. Se le escapa un quejido, un sonido roto. No quiere ni pensar en que algo pueda salir mal.
En breve todo arderá.
Da unos pasos en dirección al estacionamiento y se detiene, se toma la cabeza con las manos. Gira y regresa al hueco donde puso la vela y las pastillas, se inclina a recogerlas, apaga la vela con los dedos. Todavía es noche cerrada, todavía puede ir al boliche y tomarse algo, ver gente, sacarse esta angustia. Sí, va a hacer eso. Cuando se aleja, ve luz en la cabaña de Úrsula, puede volver y empezar de nuevo.
Pero sabe que no lo hará.
Úrsula
Preparo el escenario. Imagino que el primero en llegar será Pedro, después llamará a la Policía; ellos vallarán el perímetro para preservar huellas y rastros, todas las pruebas previendo que pueda ser un crimen, aunque verán el frasco de Somnium y considerarán el suicidio como la posibilidad más firme.
El olor a quemado en la cabaña empieza a ser insoportable, maldito aire acondicionado.
Buscarán un teléfono para levantar los contactos de la occisa, pero no lo encontrarán. Les resultará extraño que la mujer no tuviera un celular entre sus pertenencias, pensarán que hoy nadie viaja sin uno, les parecerá sospechoso. Pero ¿qué más da?, que piensen lo que quieran, no habrá nada que me señale.
Tengo que transformar su pelo y convertirlo en el mío, y es una suerte que todavía no llegue el rigor mortis. Supongo que se quemará antes que nada, pero no descarto que hagan pericias. Unos papeles en el suelo para que nada se ensucie, mi propio matizador rubio en espray y un poco de concentración en la tarea harán maravillas. Giro el cuerpo, extiendo el pelo con cuidado, lo rocío con mi color, con el color de Úrsula, y ya está listo. Pedro podría notar que tiene el cabello un poco más corto, pero lo dudo, no creo que se moleste en mirar un cadáver, sin contar con que el pelo estará chamuscado. Y si yo le caía mal a Pedro cuando estaba viva, tampoco le simpatizaré muerta.
Pongo los documentos de Úrsula López en el bolso, lo cuelgo en la silla.
Me arrodillo al lado del cuerpo, le quito la ropa con delicadeza y la visto con la mía, con mis trapos de feminista comprados en el Chuy. Desnuda, voy hasta el baño y me pongo la blusa y el pantalón que acabo de sacarle a Vanessa. El espejo me devuelve la imagen de una mujer hermosa con un espléndido conjunto de seda arrugada color marfil. Guardo mi .38 entre el pantalón y mi cuerpo. Su teléfono está en el bolsillo y ahí lo dejo, debo recordar destriparlo como hice con los otros. Salgo del baño.
Siento una fascinación malsana por el cadáver, una atracción que por momentos se vuelve repulsión, una sensación espejo de la que experimenté por ella cuando estaba con vida. Me detengo a mirarla otra vez, pienso que la cara todavía no está gris, no tiene el color de los muertos. El blanco natural de su cutis tiene un toque de rosa iridiscente que no sé bien a qué atribuir, si al proceso de la descomposición que apenas empieza o al efecto del maquillaje que se aplicó hace unas horas. El tono rosado sobre el blanco de la cara sería hermoso en alguien que estuviera vivo, pero en una muerta hay algo impropio o artificial, hasta forzado, y el detalle de color me molesta.
Sé que tengo que salir de acá, alguien podría verme a esta hora inusual de la noche, pero no puedo dejar de observarla, de pensar que ese color brillante en las mejillas me incomoda, no está bien, no es congruente en un cuerpo sin vida.
Debo hacer algo.
Actúo sin pensarlo, saco un pañuelo y me arrodillo al lado de Vanessa, levanto y sostengo la cabeza con la mano y, con cuidado, con suavidad, con esa oleada de cariño breve y un poco tonta que sentimos por las personas que no volveremos a ver, por los que parten de viaje y sabemos que no regresarán, con un ramalazo de piedad que me forma un nudo en la garganta, lo paso por las mejillas. Restriego el papel, primero con amor y después con fuerza, froto su cara hasta disolver el rubor inadecuado, la belleza impropia, esa extraña hermosura, restriego hasta sacarle por completo ese maldito tono rosado e inoportuno de su cara muerta.
Ahora sí, ahora el cadáver parece lo que es. Y la suelto, dejo caer su cabeza, que rebota, que parece cobrar vida por unos segundos: el último movimiento de ese cuerpo que en dos horas sufrirá el rigor mortis.
Huelo el olor a quemado en el aire, pienso que debo salir al exterior lo antes posible.
Me alejo del cuerpo y entro al baño, tomo el cepillo de dientes, el último teléfono brasilero y la tijera que me prestó Pedro. Agarro la esponja y recorro la que fue mi cabaña, borro las huellas donde podría haberlas aunque sé que es improbable que hagan un relevamiento dactilar en un caso sencillo como este.
Por último, subo la escalera hasta la caja de fusibles, que lanza estrellas y humo. La abro e introduzco la esponja de baño, que acabo de rociar con acetona.
Tomo el control remoto y subo la potencia del aire acondicionado al máximo.
Que sea lo que tenga que ser.
La miro por última vez, apago la luz y salgo de la casa.
Entro a la cabaña de al lado por el deck, sé que nadie me verá. Podría verme la mujer de la casa de al lado, pero esa ya no cuenta.
La prisa por saltar a mi nueva vida no puede hacerme olvidar lo importante. Estoy cansada y ansiosa, pero lo primero debe ser la sesión de peluquería. Me corto y tiño el cabello con su tinta, lo seco y peino hasta que quedo satisfecha con el resultado.
Soy otra mujer, soy ella.
Me acuesto vestida sobre la colcha de su cama, inicio una lenta colonización del lecho. Me desnudo, me pongo el camisón que encuentro bajo la almohada. Quiero alejar el cansancio, sacarme el asco y el rechazo.
Y apoderarme de su vida.
En breve todo arderá.
Rocco
Eso lúgubre y frío que cayó sobre el pueblo es la noche. La noche que todavía yace sobre la playa mojada, sobre las calles desiertas, sobre dos o tres transeúntes que entran en los zaguanes, sobre los últimos coches y los gatos negros que recorren el caserío que a esta hora parece abandonado.
Sentado en el auto, espera. Mira su propio rostro en el espejo, el color verdoso y la barba crecida, tiene hambre y necesita una ducha, se siente vagamente cansado, pero no tanto como para abandonar su tarea e irse definitivamente, no como para continuar de inmediato el viaje a su próximo destino, João Pessoa. Sabe que tiene que borrar todos sus rastros, se siente como una fiera que pronto saldrá a cazar.
Vigila.
Las vio beber y reír mientras caía la tarde, las vio salir a caminar por la playa cuando ya estaba oscuro, las vio regresar haciendo eses, una apoyada en el hombro de la otra, seguramente por el efecto de muchos camparis.
Entraron en la cabaña de la otra mujer, de la que él cree que es la hermana. Pasó el tiempo y vio a una sombra salir de la casa, vio a Vanessa meterse en la suya. La luz permaneció encendida un tiempo, todavía.
Él esperó a que todo se apagara.
Ahora tiene que apurarse o lo sorprenderá el amanecer.
Los años pasados en la cárcel le pesan en el cuerpo, cada vez está más cansado, siente el hambre y el frío. Pero Rocco hará lo que tiene que hacer. Ninguna huella tras su paso, ningún testigo de su cara.
Tomará uno de los dos bidones que le dio el Ruso, bajará del coche. Con astucia animal dará un rodeo, transitará el camino de madera que llega hasta Los Troncos. Sentirá la neblina helada calarlo hasta los huesos. Mirará las casas que se amontonan más allá de las dunas e imaginará esas vidas secas, el olor a guiso recalentado, los sillones duros y raídos, los malvones en latas, los hijos sin futuro, una tumba en lo más descuidado del cementerio. Y pensará que en esos lugares solo crece la desesperanza.
Se agazapará tras un macizo de aloes, se acercará en lo oscuro, pensará que está tan cerca que casi podría tocar a la mujer que lo vio salir con el bolso y que duerme al otro lado de la pared de troncos, explicarle que está viviendo su último sueño.
Desenroscará la tapa del bidón y empezará a verter el contenido en la zona más baja del techo, donde la paja llega casi hasta el suelo.
Sacará el encendedor y sus dientes rechinarán.
Se alejará del complejo cuando la pequeña lengua de fuego empiece a trepar por la madera del muro, muerda la quincha y se eleve unos centímetros. Un perro ladrará a lo lejos.
En breve todo arderá.
Bajará la duna, correrá hasta su coche, palpará una culata fría y suave, pesada y vital.
Verá en su reloj que son casi las siete de la mañana de un día que amanecerá oscuro y sin sol, que se negará a clarear hasta pasadas las ocho. El ruido del mar trepará por los médanos, escalará y llegará a la calle todavía desierta.
Aplastará las ganas de tomar una taza de café. Vigilará desde su coche hasta estar seguro de que nadie sale vivo de la cabaña.
En breve todo arderá.
Úrsula
Primero fue una extraña claridad, un esplendor insólito que entraba por la ventana y me hizo pensar en el mediodía hasta que vi la hora y pensé que me equivocaba, que ni siquiera había salido el sol. Eran las siete. El aire dentro de la habitación empezó a hacerse turbio, a oler a quemado. Salté de la cama y fui hasta el ventanal, corrí las cortinas y vi las llamas a pocos metros, el incendio en la cabaña de al lado.
Enseguida me llegó el rumor de los pasos apurados, las voces desafinadas y cada vez más altas, después el clamor, los gritos. Alguien golpeó y dijo un nombre al otro lado de mi puerta.
—Salga rápido, señora Vanessa, se quema la casa de al lado. Ya está toda tomada por las llamas. ¿Está despierta, Vanessa? Apúrese, corre el peligro de que vuele una chispa con el viento y…
Era Pedro, parecía que iba a tirar la puerta abajo. Gritaba y golpeaba cada vez más fuerte. Me sentí confundida. ¿Por qué golpeaba a mi puerta y me llamaba Vanessa? En una fracción de segundo recordé el campari, el paseo por la playa, el cambio de cabaña. Me llevé la mano al pelo y recordé mi nuevo nombre.
—Ya voy, Pedro.
Intento calzarme, no sé dónde puede haber una bata, y termino poniéndome el abrigo por arriba del camisón. Cada vez huelo más el humo, me obligo a apresurarme, abro y salgo al exterior.
Afuera encuentro un caos que amenaza de convertirse en infierno, la casa de al lado ya es una hoguera. Los vecinos echan espuma de extintores de coches, pelean con baldes de agua contra llamas de varios metros. Una lucha desigual y ridícula contra un fuego que ya se extendió sobre la paja del quincho.
Busco entre la gente, la busco con una mirada que sé llena de apremio. No la veo, mi vecina no está, empiezo a sentir una angustia absurda que me trepa por la garganta.
—¿Dónde está Úrsula, Pedro?
El hombre se toma el rostro con las dos manos. —Está adentro, en la cabaña.
—¿Qué? No me diga eso…
—Quedó atrapada en el fuego, señora Vanessa. Una desgracia. El incendio la debe de haber agarrado dormida y, si despertó, el monóxido de carbono puede haberla desmayado.
Llevo dentro de mí una vena trágica, un costado melodramático que aflora en ciertos momentos, y no finjo la desesperación.
—Hay que entrar, Pedro, hay que entrar, tenemos que sacar a Úrsula, tenemos que hacer algo. Ella debe de estar dormida y, como usted dice, si no la mata el fuego la van a matar los gases que está inhalando. Por Dios, hay que hacer algo.
—Mire las llamas, esto ya es el infierno, señora Vanessa. Imposible acercarse a la cabaña, mucho menos entrar. Los bomberos deben de estar llegando. Una desgracia, una desgracia.
—Entonces, ¿no se puede hacer nada? ¿Ya es tarde para salvarla, Pedro?
No responde, se limita a observarme.
Jadeo, me cuesta respirar el aire cargado de humo, siento las lágrimas correr por mi rostro. ¿Es el humo o la pena? ¿Siento dolor por ella, a pesar de todo? Me sube una angustia por el pecho, balbuceo sollozos que se transforman en llanto desesperado.
En un impulso me acerco y abrazo a Pedro, lo abrazo con fuerza, apoyo la cabeza sobre su hombro. Espero que él me rodee con sus brazos, pero permanece rígido y frío, inmóvil. Se deja abrazar. Los dos lloramos, pero él se mantiene distante, está lejos. No me importa su comportamiento, que se angustie como quiera, yo me entregaré a mi propia desesperación y tristeza.
No, reflexiono, no puedo hacer esto: hablar y llorar a centímetros de la cara de Pedro. Él puede advertir que mi voz es diferente, que mi aspecto no es exactamente igual, sospechar que algo no está bien, que no coincide, reparar en quién sabe qué nimio detalle que le haga darse cuenta de que no soy Vanessa.
Lo suelto, rápidamente me separo y doy vuelta la cara, intento esconderla, la cubro tanto como puedo con el cuello del abrigo. Le doy la espalda y me acerco a la gente que curiosea, me entrevero y me pierdo entre la multitud que se ha congregado.
No creo que sospeche nada, todos vemos lo que queremos ver y Pedro, seguramente, prefiere creer que Úrsula es la muerta, y no Vanessa. Además, en este instante tiene todos sus sentidos puestos en mojar los techos de las demás cabañas del complejo, en evitar la expansión de su infortunio.
La mañana va a estar fría.
Oigo una sirena, el sonido crece y se mezcla con el crepitar del fuego en la paja del quincho, con el crujido del incendio comiéndose la madera vieja de las paredes de troncos.
Miro a la playa e intento concentrarme en el paisaje, las dunas, el océano, pero los veo sin verlos y de memoria porque me encandila la luz desaforada que emite el fuego. Intento distinguir las huellas de nuestros pies yendo y viniendo por la arena y sacudo la cabeza, recuerdo que la marea creció durante la noche, que mientras yo dormía el agua hizo su trabajo y borró nuestros últimos pasos en la playa. Sus últimos pasos, pienso. Seco las lágrimas que derramé por su muerte.
Terminemos de una vez con este drama.
En un futuro tendré que evitar los excesos, hablar o exhibirme sin necesidad, cualquier intercambio como el que acabo de tener con Pedro. Él es la única persona capaz de descubrir que soy una impostora, aunque por el momento está fuera de sí y es poco probable que descubra que hay otra mujer vestida con las ropas de Vanessa. Pero más vale prevenir que curar.
No, no quiero que terminen viéndose las costuras de mi disfraz.
¿Y por qué pienso en el futuro en este lugar? ¿Acaso me veo aquí para siempre? ¿Qué me ata a esta playa ventosa de arena húmeda, a unas cabañas rústicas que empiezan a estar decrépitas? Podría irme ahora mismo, pienso. No, sería sospechoso que me largara inmediatamente después del incendio. Pero tampoco tengo por qué quedarme más allá de mañana. Me subiré a mi nuevo coche y diré adiós a Los Troncos, camino a la vida que empiezo.
Cuando llegan los bomberos ya no hay mucho que se pueda salvar de la cabaña. El camión cisterna hace ruido al entrar en el predio, los efectivos se despliegan, desenrollan las mangueras, empiezan a apagar lo que queda del fuego. No podrán hacer más que enfriar las brasas para permitir el paso a la Policía, los técnicos, el forense.
Unos minutos después veo llegar dos patrulleros, varios agentes, una mujer con uniforme de comisaria. Mezclada entre los vecinos observo que Pedro se acerca, le da la mano y hablan. Él tiene la mirada alucinada, el rictus amargo, transfigurado. Ella da vueltas en torno a los restos de la casa que los bomberos terminan de apagar. Vuelve al lado de Pedro, saca una libreta, lo escucha y anota.
En algún momento él me señala, ella asiente.
Pedro
Demasiadas calamidades, comisaria Pintos Cunha: este incendio, la muerte horrible de la señora López, la pérdida de la cabaña 8. Tanto daño en menos de una hora.
Me vine manejando desde el boliche que está en la ruta a unos pocos kilómetros del pueblo. Un cielo bajo, denso, ni una sola estrella. Todo ese tiempo con una cosa enredada en mi interior, algo que me hacía sentir un gusto agrio en la boca, una tristeza, un mal presentimiento en el pecho. ¿Sabe, comisaria Pintos Cunha?, cuando se tienen casas de madera uno vive con el Jesús en la boca, rogando que nadie deje una estufa encendida o una parrilla con brasas, un pucho abandonado. O que no se incendie la instalación eléctrica.
Si la noche no hubiera estado tan cerrada habría visto la columna de humo al entrar por la carretera de acceso, pero la niebla era tan espesa que tapaba todo. Ya estaba casi en la Barra y por un instante se abrió el cielo, se apartó la bruma, la claridad de la noche iluminó el tiempo justo para que viera la humareda levantándose desde la playa, y confirmara el mal presagio que me había atormentado todo el camino. Cada vez más angustiado apreté el acelerador. Las nubes volvieron a tapar la luna, pero ya no necesitaba su luz: frente a mí tenía las llamas que salían de Los Troncos.
No sé ni dónde dejé el auto, comisaria, corrí hasta aquí y vi que los vecinos llegaban con sus extintores, grité que llamaran a los bomberos. Pero la cabaña 8 ardía sin esperanzas, completamente tomada. El viento soplaba sobre mi desgracia y amenazaba extenderla por toda la propiedad. La señora Steel salió con el abrigo puesto sobre el camisón, gritaba que la mujer de la casa 8 estaba adentro. Pero ya era imposible entrar, inverosímil que nadie sobreviviera en medio de esa hoguera. Los vecinos y yo luchamos para que no se extendiera mojando las casas cercanas al fuego. Todo ese tiempo con el sabor a quemado en la boca, el olor a humo en las manos. Solo me quedaba intentar que no pasara a las demás construcciones, evitar que una chispa viajara con el viento hasta el techo de alguna de las otras casas. Madera y paja quemándose, el sonido del crepitar del fuego avanzando en la quincha del techo me congelaba la sangre, me hacía pensar en el gruñido de una bestia con hambre. La casa 8 completamente perdida, me va a llevar mucho tiempo y dinero reconstruirla. Sí, comisaria, tengo seguro, gracias a Dios. Pero ya sabe cómo es eso, el tiempo que lleva que a uno le den el dinero. Sin contar la tragedia de la pérdida humana de la señora Úrsula López, por supuesto. ¿Si estaba registrada? Claro, en mi empresa está todo legal. Usted sabe que acá los delincuentes cruzan de un país al otro. Pero yo no trabajo con esa gente, acá no vienen porque saben que pido documentos, que facturo lo que cobro, que tengo todo en regla. Vamos hasta la recepción y le doy los datos de la mujer. ¿Que qué me parecía la señora López? La verdad es que no quiero hablar mal de la finada, comisaria, pero le confieso lo que percibí desde el principio: que detrás de su rostro imperturbable había un enigma. ¿De qué tipo de enigma hablo? Eso no lo sé. Pero me di cuenta de que había algo desde que levanté la vista y la vi en el mostrador de la recepción. ¿Que ella fue la víctima? Por supuesto, ni me lo recuerde. Muy cierto, ella fue la que murió. Pero le digo algo: yo no quisiera tropezarme con su ánima en las tinieblas.
Porque ya son demasiadas desgracias, comisaria Pintos Cunha.
Comisaria Pintos Cunha
El incendio comenzó a primera hora. El hombre que paseaba a su perro dice que olió primero y después vio la columna de humo que el viento arrastraba por la playa. Al acercarse confirmó que salía de Los Troncos, de una de las cabañas de Pedro. Menos mal que a esta altura del año no había nadie, me dijo que pensó en un primer momento, antes de enterarse de lo de la mujer que quedó atrapada entre las llamas. Que se llamaba João Nunes, que padecía insomnio y por eso salía temprano, se despertaba antes de que saliera el sol, aunque solía esperar a que amaneciera para hacer su caminata. Por el tema de la inseguridad, ¿sabe, comisaria?, antes caminaba en cualquier momento y a cualquier hora del día o de la noche, pero ahora, con tanto malandro por ahí suelto, hay que andar con cuidado. Lo roban y lo matan a uno. Pero esta vez había salido de su casa a las siete, me dijo, antes de que clareara, porque el perro estaba nervioso. Quizá había olido algo y se puso inquieto como se ponen los animales cuando huelen el fuego. Bajaron a la playa y vio la columna de humo que arrastraba el viento, el perro corrió y comenzó a ladrar, él se acercó al complejo y vio el fuego en la cabaña. Observó los alrededores por si veía algún sospechoso. ¿Sospechoso de qué? Realmente no sé decirle, comisaria, dijo después de un rato y dos o tres carraspeos, tal vez en ese momento imaginé que alguien había provocado el fuego. Ahora que lo pregunta, hace días que anda un auto circulando por ahí. No sabe si lo conduce un hombre o una mujer porque el vehículo tiene vidrios oscuros. Un coche gris, de esos chinos de nombre raro, vidrios polarizados, matrícula de Montevideo. Sí, comisaria, yo sé, hay miles. Cuando se acercó al complejo vio llegar a Pedro hecho un loco, seguro que venía del boliche. Fue justo cuando empezaba a llegar la gente, los vecinos con sus extintores y los baldes. El hombre dijo que se acercó a las cabañas para ver el siniestro de cerca, pero no tocó nada, él sabe que no se puede contaminar la escena del delito. Siniestro y contaminar la escena del delito, repitió varias veces y con orgullo, resaltando cada sílaba. ¿Que cómo sabe que es un delito y no un accidente? Bueno, usted hace cada pregunta, comisaria. Como saber, no sabía, pero el Ayrton le había contado que Pedro le debía plata. Y él sumó dos más dos: si una cabaña se quema, el seguro paga, ¿no es cierto?, me preguntó João Nunes. Aunque habiendo tantas cabañas vacías, ¿por qué iba a quemar justo la que estaba ocupada? Eso no tenía pies ni cabeza, sobre todo si había una víctima fatal, si terminaba en una tragedia. Porque me dijeron que hay una víctima, ¿no es verdad, comisaria? Pero no, no cree que haya sido intencional, solo pensaba en voz alta. Además, él mismo vio llegar a Pedro cuando el fuego ya estaba desatado, se veía que venía del boliche, y eso lo podrá confirmar usted misma, comisaria, llamar a los testigos que lo vieron, todos esos procedimientos policiales de rutina. Procedimientos policiales de rutina, repite satisfecho. Que Pedro es buena gente, que no sería capaz de algo así, que no es del tipo criminal. Sin embargo, se metió con el Ayrton, vaya uno a saber por qué. Pero vea, comisaria, yo creo que un hombre como él debe tener recursos. Usa prendas de calidad, ropa que no es barata, no es de las tiendas de turco del lado brasilero, ni siquiera es de free shop del lado uruguayo. De marca buena. Si sabrá él, que trabajó en corretaje de vestimenta de caballero, cuarenta años sin parar y sin faltar al trabajo. Ahora está jubilado, le dice, ya pasó los setenta y tiene artrosis, presión y colesterol, pero antes fue viajante de comercio, diez y hasta doce horas al día arriba del auto. Pero ¿por qué le estoy contando esto? Ahora lo recuerda, es que él no cree que Pedro haya provocado el incendio. Quizá haya algo oscuro que nos está rondando, como en las telenovelas turcas. O será la violencia de la que tanto habla la prensa y que ya se ve hasta en las calles de tierra de la Barra, que solía ser un pueblo tan tranquilo, pero ya ve, comisaria, ni siquiera nosotros nos salvamos del crimen. ¿De dónde conozco a Pedro? De acá mismo, todos nos conocemos y él es un buen vecino. Hace cosa de un año que compró Los Troncos. Sí, soltero, por lo que se puede ver de su vida, al menos vive solo y no se le conocen relaciones fijas. Sin hijos, que yo sepa, porque nunca lo vi con criaturas. Pero quién sabe, veo padres que hacen como si los suyos no existieran, los abandonan, una tragedia. João Nunes me dijo que vivía ahí cerca, en aquella casa de allá, ¿ve?, pasando la segunda duna. Dio nombre completo, dirección y teléfono, dio número de documento. Sí, él llamó a la Policía y a los bomberos desde este mismo lugar en la playa. Inmediatamente, en cuanto vio el incendio. Como se debe. Y no, no había tocado nada, había esperado un poco alejado para no intoxicarse con la humareda, solo se movió unos pasos para ponerle la correa al perro e impedir que se acercara a husmear el entorno de la cabaña que se quemaba. Hablando de fuego, ¿alguien podría darle un cigarrillo? Había dejado de fumar hacía, ¿diez, doce años?, pero esto de salir en la mañana y encontrarse un siniestro con víctima lo había puesto un poco nervioso. Ahí tenía a Filemón, que a esta hora ya debería de haber recibido sus pastillas para el reuma y su desayuno de ración senior, y él mismo, que tampoco había tomado su café y su fruta y su avena con leche. La fruta no es lo mismo porque ni parece desayuno, pero desde que me encontraron alto el colesterol dejé el pan con manteca y el dulce de guayaba, comisaria, y a media mañana siento un hambre de lobo. Es lo que pasa con la fruta, se digiere enseguida. Y quién iba a querer provocar un incendio, se preguntó João Nunes, él no entendía a los hombres que violan las leyes de Dios y del país. Ya se lo había dicho antes, la violencia está en las calles, basta leer los diarios, las noticias hablaban un día sí y otro también de robos, narcotráfico, masacres, guerras. ¿O no, comisaria Pintos Cunha?, me preguntó. Yo lo escuchaba casi sin abrir la boca, había anotado sus datos, lo miraba callada, esperaba que dejara de hablar como una radio. Por fin hizo un silencio, preguntó si podía irse al bar, a ese que quedaba pasando la última loma y trescientos metros calle arriba, a tomar su café, al menos.
El hombre se aleja acompañado por el perro y yo saco el celular, marco el número. Espero. La claridad de la mañana avanza lánguidamente, empalidece y vuelve a brillar, el gris cobra tonalidades, lo desplaza la luz, y todo vuelve a empezar.
Un incendio y un cadáver, demasiada mala suerte. Aunque para una policía, a priori, la mala suerte no existe: primero debo pensar que son acciones deliberadas. Y para eso necesito al forense, maldita sea, que está tan retrasado. Después, ya veremos si fue el azar que se cruzó en el camino de esta pobre mujer muerta, o si hubo algo más.
Úrsula
Ya apagaron el fuego, marcaron el perímetro restringido con cinta de nailon amarillo, y ya no tiene sentido seguir tomando frío, exponerme a la mirada de Pedro y de esa comisaria. Hace un momento ella se acercó y me preguntó desde cuándo estaba en la Barra, dónde vivía habitualmente, si había estado con Úrsula la noche anterior, si sabía qué había sucedido en la casa de al lado en las últimas horas. Le dije que al atardecer habíamos bebido, que más tarde salimos a caminar por la playa, que terminamos la velada un poco borrachas conversando en su cabaña, que luego yo me había retirado a dormir. Que sí, que la había visto normal. Que no, que no había percibido nada fuera de lo común. Que me enteré del incendio cuando me desperté, oí ruidos afuera y vi el fuego por la ventana.
Ahora que lo pienso, todo lo que le dije es verdad.
Ella me miró fijo como si sopesara y midiera mis palabras, me observó como supongo que observan los policías a los presuntos culpables, y prometió o amenazó con que tendríamos otra conversación.
Miro el caos en el que se transformó la casa vecina, un torbellino de cables eléctricos, madera quemada, pedazos de muebles y de trapos, restos de plástico retorcido, relleno de almohadas, papel carbonizado, un desbarajuste ahora iluminado por la luz del día que avanza y facilita la búsqueda de indicios, que permite a las autoridades escarbar entre los rescoldos buscando huellas, muestras biológicas, rastros que hablen del suceso y permitan determinar qué causó el siniestro, cómo se generó el incendio. Aunque cualquiera que viva en cien kilómetros a la redonda sabe que la instalación eléctrica de este lugar estaba colapsada.
Pienso en Vanessa, en lo que es Vanessa ahora, en su cadáver ennegrecido y a la vista de todo el mundo, a la espera del forense que no llega. Me pregunto hasta qué punto los gusanos harán su trabajo en un cuerpo quemado, y alzo los hombros ante una pregunta retórica: no debería importarme el futuro de algo que ya no es. Sobre todo si tengo en cuenta que hoy el mundo es un poco mejor. Porque todos quieren un futuro distinto, más amable, sin embargo somos pocos los que nos atrevemos a torcerle el brazo al destino.
Entro en la que ahora es mi casa. Afuera quedan los bomberos y la Policía, Pedro y algunos curiosos que, viendo que ya no sucederá nada más, empiezan a sentir el peso de las obligaciones, a volverse a sus casas o a salir para sus trabajos. Recorro el pequeño espacio, tomo posesión de los que ahora son mis objetos. Sobre la pileta del baño encuentro el frasco de tinta para el cabello que usé anoche, lo vuelvo a acomodar exactamente donde estaba. Reviso cremas y cosméticos, abro y huelo, pruebo sobre mi piel, experimento el contenido de potes y pomos de maquillaje, ungüentos que resaltaron la belleza de Vanessa y que en mí no me surtirán efecto alguno, lo sé antes de usarlos, antes de abrirlos. Incluso ya sé que en una tarde de hambre y soledad los arrojaré con furia, uno a uno, a la basura.
Tomo el control remoto y enciendo la televisión. Como siempre, las noticias.
Abro la heladerita y me inclino a revisar el contenido, me arrodillo e investigo. Una cuña de queso brie, que desenvuelvo y mordisqueo. Delicioso. Mi dedo se introduce en el frasco de mermelada de arándanos made in England y lo chupo, va hasta la lata de paté de foie francés, se sumerge en el helado de dulce de leche, lambeteo, paladeo. Exquisito. Saco una tarta que parece una quiche, la muerdo y sí, es una quiche, pienso mientras mastico crema de leche y panceta, trago una pechuga de pollo a la parrilla, otro bocado de brie, helado y salsa de chocolate, rodajas de jamón que enrollo e introduzco en la mayonesa, que me llevo a la boca. Estoy exhausta, fue un día largo, no quiero comer demasiado. Me incorporo y me acerco a la pileta, me lavo la cara, las manos, el cuello.
Veo el que fue su teléfono en la mesa de luz, donde lo dejé anoche. Lo desarmo y le saco el chip porque más vale prevenir que curar. ¿Prevenir o curar, qué? No lo tengo claro y tampoco puedo saberlo todo. Rompo la tarjeta SIM, en cuanto pueda desecharé el aparato como hice con los otros.
Sobre la mesa hay un lápiz de labios abandonado, lo miro de cerca y busco la marca que, como sospecho, es muy cara. Voy hasta un espejo, dibujo mis labios con un trazo rojo y sedoso. Nada mal, creo que hasta quedo bonita. Busco el nombre en el reverso: Cereza Satín. Desde ahora luciré una cereza satinada en mi boca.
Miro el camisón que llevo puesto, paso la palma y acaricio la tela de textura blanda y suave. Hasta hace unas horas ella dormía con esta prenda, y me pregunto si debería sentir alguna incomodidad por usar la ropa de la muerta. No siento nada, ni molestia ni agrado. Me apropio de sus objetos con naturalidad de legítima heredera. Porque yo no gané ni perdí con su muerte, y si ahora soy Vanessa y este es mi camisón y aquel mi lápiz labial, si la heladera está llena de comida que me pertenece y afuera me espera un coche de lujo, es solo un efecto colateral e impensado por haber hecho lo que tenía que hacer.
Otra vez el noticiero con la historia del escape, un primer plano con la cara de Rocco Morabito, un recorrido por las celdas, los barrotes cortados, las sogas colgando, un arnés abandonado. Dicen que escapó por la ventana de un calabozo de Cárcel Central, que trepó y escaló hasta llegar al edificio de al lado, que se descolgó por la ventana del baño de un apartamento vecino. No puedo decidir si las hipótesis sobre su fuga me dan risa o vergüenza, porque cualquiera se da cuenta de que el hombre de las fotos no tenía edad ni estado físico para trepar y escalar paredes, para saltar por los techos.
Cuando vi salir a Rocco de la casa de Vanessa llevaba el bolso colgado al hombro, el mismo que yo había revisado cuando entré en la casa. Abro la puerta del armario para estar segura de que ya no está y, tal como lo imaginaba, no hay más que ropa y zapatos, los efectos personales de la muerta. Mis efectos personales, me corrijo. Suspiro aliviada, no quisiera tener que enfrentarlo otra vez. ¿Qué relación había entre ellos? No puedo dejar de pensar que podría heredar un sobresalto derivado de ese vínculo que desconozco. O algo peor que un sobresalto.
Me siento al borde de la cama como si fuera mía desde siempre. Al costado está la silla y arriba la dichosa maleta con el candado de aspecto sólido. Allá en la mesa está el portafolio con su contenido abominable, no sé si quiero verlo otra vez. La libreta con nombres y direcciones que no tuve tiempo de revisar, recuerdo. ¿Qué contiene, qué datos encierra, qué información amerita la seguridad de un candado? Pienso la combinación, lo vuelvo a abrir, saco el cuaderno. Me siento y empiezo a hojearlo: nombres y apellidos, fechas, direcciones. ¿Qué relación hay entre la libreta y los sobres? Entiendo que ese tipo de imágenes deba estar bajo estrictas medidas de seguridad, pero ¿por qué proteger una vulgar agenda con direcciones? Tal vez no sea tan vulgar. A la derecha de los nombres hay dos columnas: una con fechas y otra con direcciones. Hay muchos nombres y apellidos, algunos se repiten, algunos muchas veces. Paso las páginas de atrás hacia adelante hasta llegar a la A. ¿Todos son nombres masculinos? Todos, sin excepción.
Empiezo a sospechar.
Leo por arriba sin detenerme en ningún apellido, hasta que uno me llama la atención. ¿Antinucci? No aparece el nombre de pila tal como figura con el resto, solo leo doctor Antinucci, y sé que no puede ser otro. Mi índice se desliza hacia abajo, paso las páginas, veo que aparece muchas veces.
Mi imaginación enloquece, vuela hacia las fotos.
Empiezo a entender. En algún momento tendré que revisar todo de nuevo, aunque el asco pegue fuerte.
Respiro hondo.
Miro la valija, el candado, supongo que la llave debe de estar aquí, por algún lado. Veamos en el bolso de Vanessa, un lujoso trozo de cuero trabajado con maestría con el sello de una marca exclusiva, uno de esos objetos que hablan de la propietaria, que nos susurran palabras como dinero, poder, buen gusto. Y cierta debilidad por la ostentación, agrego. La doy vuelta sobre la mesa: una billetera, también de marca suntuosa y a tono, un paquete de chicles, otro lápiz labial pero de un color que yo nunca usaría, un celular, ¿otro teléfono? Tampoco es raro que tuviera más de uno si se piensa en las actividades que desarrollaba esta mujer. Abro el aparato y también le saco la tarjeta SIM. Cuando tenga oportunidad me desharé de toda la basura electrónica. Pañuelos de papel, facturas, más cosméticos, mil cosas que no tengo tiempo de revisar porque ahí no hay más llaves que las del coche y las que presumo de su casa de Punta del Este. Ninguna que parezca la de una maleta.
No importa, tengo todo el tiempo del mundo, valija de mierda. Lo mejor que puedo hacer es descansar y esperar, tal vez otro tentempié. Vuelvo a la heladera, abro la alacena, mastico maníes, pollo, una gran cucharada de helado de chocolate holandés, muerdo otra rodaja de fiambre mientras abro una lata de refresco, el queso brie está muy bien y lo empujo con una porción de pascualina, con los restos de la quiche, mis dedos se llenan de mermelada inglesa. ¿Dónde dejé el paté? Solo un poco y termino. Me limpio la boca, la cara, los dedos.
Me acuesto, debo descansar. Cierro los ojos y lo intento, pero no logro dormirme, tengo la cabeza en otra parte, en esa valija.
Maldita llave, tiene que estar en alguna parte.
Vuelvo a levantarme. Reviso la ropa colgada en el armario donde estaba el bolso de Rocco: un vestido de lana y otro de seda, seis camisas, otros tantos pantalones, un cárdigan, dos abrigos largos y una chaqueta. Hurgo en los bolsillos uno por uno, sobrecitos de edulcorante, facturas de peaje, un blíster de analgésicos, auriculares y cuatro billetes de un dólar hechos un rollo. Nada de llaves.
Vuelvo a la cama hecha una fiera.
A los cinco minutos vuelvo a estar en pie recorriendo los veintipico de metros cuadrados como una leona enjaulada. Saco una copa y algo de hielo, me sirvo un campari. ¿A esta hora? A esta hora. ¿Yo no detestaba el campari? Lo detestaba. Pero ya no, soy otra mujer.
Me pregunto cómo demonios haré para abrir ese candado. Una pinza corriente podría hacer el trabajo, pero no tengo herramientas. Me ilumino: ¿y las del coche? Recuerdo que tengo un auto reluciente en el estacionamiento del complejo. Y su llave, porque esa sí está acá. Termino el trago en un sorbo.
Me pongo el saco y salgo de la cabaña, paso al lado de los agentes de Policía, frente a Pedro, que apenas repara en mí. Pobre Pedro, pienso, me da lástima, menudo problema el que se le viene: lidiar con las investigaciones, los trámites burocráticos de las aseguradoras, constructores y albañiles y contratistas, intentar reconstruir la casa, tenerla lista y habitable para el verano. Yo también fui una fracasada, quisiera decirle, sé lo que es empezar de nuevo, Pedro, aunque nunca tendré hiperplasia prostática.
Miro los restos achicharrados y mojados de la casa de al lado. Los bomberos recogieron las mangueras y las herramientas, supongo que no tendrán más que hacer, que ahora es territorio exclusivo de la Policía, aunque dudo que encuentre algo. Los despojos de los documentos de Úrsula López, si quedaron restos de una libreta de conducir, un par de tarjetas de crédito y un documento de identidad uruguayo, ya deben de estar en manos de la comisaria que da las órdenes y se pasea por la playa, tal vez buscando unas improbables huellas que se llevó la marea. Removerán las cenizas para encontrar un desodorante achicharrado, un tubo de pasta de dientes derretido y poco más, porque el cepillo de dientes nunca aparecerá. Lo traje conmigo, demasiado ADN. Úrsula López apenas tenía equipaje, dirá el indiscreto Pedro cuando le pregunten por mis efectos personales, llegó con lo puesto y un bolsito. Otra vez me obligo a hacer el recuento mental de las pocas cosas que traje. No encontrarán un teléfono, siquiera, y eso podrá parecerles raro. Un teléfono contiene más información que el ADN.
Hablando de móviles, hace un momento activé el último de los que compré en el Chuy, y le envié un mensaje a Luz: «No creas nada de lo que te digan. No estoy muerta. En breve me comunico».
Camino hasta la explanada del estacionamiento y me detengo a admirar mi vehículo. Nunca había tenido un auto de lujo y siento un tibio regocijo imaginando cómo será conducirlo. Saco la llave y aprieto el botón del comando, oigo el sonido característico del desbloqueo. Al abrir el capó del coche me llega un ramalazo de olor a bosque de pinos, y no tengo más que echar una ojeada en el espacio perfectamente limpio y ordenado para encontrar la bolsa con las herramientas. Por supuesto, hay una pinza que disimulo entre mi ropa, cierro y vuelvo a la cabaña.
Entro a mi casa y quedo clavada con la espalda apoyada en la puerta, las manos aferrando la herramienta contra mi vientre. ¿Todo esto es verdad? ¿Yo tomé el lugar de otra persona? Siento que estoy frente a uno de esos momentos en que todo cambia, no sé si para bien o para mal. Da igual, todos los cambios me sirven, nada sería peor que volver a las traducciones, los muebles viejos, al apartamento donde vivía entre dietas de sopa propias y recuerdos ajenos. Soy una mujer distinta de aquella que traducía poesía haitiana encerrada en un apartamento de la Ciudad Vieja donde nunca sonaba el teléfono, soy una mujer rica y pronto llegará el tiempo de ser más delgada. Aunque no estoy segura de que me siga importando adelgazar porque desde anoche, desde que me convertí en Vanessa Steel, tengo la sensación de ser más bella, como si el mero hecho de cambiar de identidad hubiera tenido efectos sobre mis huesos, piel, músculos, sobre mis genes.
Corto el candado con la pinza, lo saco. La valija también es de marca costosa, faltaba más, hay gente que tiene una verdadera pulsión por demostrar su éxito en cada objeto. Es de las grandes, un ejemplo de orden perfecto que dejaría verde de envidia a Marie Kondo. Reviso la primera capa y no veo nada que me llame la atención ni que amerite el recio cerrojo que acabo de forzar. Saco más ropa, más zapatos, más cosméticos. Todo es lujoso, valioso, costoso, termino sintiendo asco por lo que empieza a parecerme una muestra extrema de vulgaridad. Tiro al suelo pantalones y chaquetas, una cantidad de ropa como para vestir a todas las mujeres de este pueblo.
En el fondo, abajo de todo, otra agenda igual a la del maletín.
La abro. Paso las hojas.
Nombres y apellidos, fechas, direcciones.
¿Todos son nombres femeninos?
Todos, sin excepción.
Las fotos, las dos libretas, una con nombres masculinos y otra con nombres femeninos.
Empiezo a revisar una y otra agenda, encuentro coincidencias. Mi imaginación enloquece. Me invade una sensación rara y potente, la certeza de que todavía puedo hacer algo más.
Pintos Cunha
La comisaria Dirley Pintos Cunha está acostumbrada a ser obedecida inmediatamente, en casa y en el trabajo, y la irrita el hecho de que el forense esté tan retrasado. La playa es el peor lugar para pasar la mañana con este tiempo cambiante, llovizna y hace frío, se despeja y sale el sol.
—¿Volvieron a llamar a Souza? ¿Cuánto tarda en llegar?
—Ya viene, comisaria. Lo que pasa es que todo el mundo se está yendo a Porto Alegre como refuerzo para el caso del asalto.
—Sí, el robo del centro comercial. Dejó siete muertos, ¿no? ¿Está confirmado que los del Primeiro Comando da Capital pudieron huir con el botín?
—Afirmativo. Están enviando a todo el mundo para allá, y Souza es el único forense. Nos vamos quedando sin gente, comisaria.
—Está bien. ¿Ya interrogaron a todos los vecinos, a la gente de los alrededores? Hay que preguntar si alguien vio algo raro, a alguna persona extraña, cualquier cosa fuera de lo común. Un vecino dice haber visto un auto gris, marca china, matrícula de Montevideo. Pregunte si alguien más lo vio.
—Meirele está inspeccionando el lugar y Dos Santos recorre las viviendas, sigue interrogando a los habitantes del entorno. Son todas casas particulares, salvo un par de complejos de cabañas, pero esos están bastante lejos, hacia el puente. Preguntaremos por el auto gris, pero hasta ahora nadie dice haber visto nada sospechoso.
—Que Meirele lleve a Toni. Y sigan buscando en la arena: pisadas, marcas de neumáticos, basura, algo que pueda haber quedado. Y mucho cuidado, vean por dónde caminan.
—Ya le dije, la lluvia y la marea se llevaron las huellas, comisaria. Si es que hubo huellas.
—Algo pudo quedar. Amplíen el cercado del área, que nadie pisotee la zona. La mujer…, los restos ¿tienen alguna identificación?
—Todo quemado, hasta ahora no hemos encontrado documentos. De todas formas, Pedro tiene sus datos.
—Sí, claro, pero quisiera algo más. ¿Encontraron un teléfono? O lo que pueda haber quedado de un aparato… —No, no lo hemos encontrado.
—Qué raro. Manténganse alertas. Todos.
Mira alejarse al agente Zenobio. El fotógrafo hizo su trabajo, clic, clic, terminó y saludó a Pintos Cunha con la mano en alto, se apresuró hacia el auto y arrancó en un estrépito que indicaba mucho apuro. Otro que se va a Porto Alegre, piensa la comisaria. A pesar del mal tiempo la gente se renueva, algunos se marchan a empezar su día y otros llegan a husmear, se asoman a la duna, pretenden acercarse a ver los restos de la cabaña 8 o el cuerpo quemado, que sigue ahí, a la espera de Souza. La Policía los detiene, los mantiene alejados detrás del vallado.
Por fin ve acercarse al forense, está pálido y trata de defenderse del viento que acaba de levantarse, se arrebuja en el abrigo. Se aproxima al área cercada, entra en la zona del incendio, camina con cuidado entre restos de paredes de troncos, entre la madera carbonizada. Llega hasta el cadáver y se inclina, lo observa y toma notas, da una vuelta alrededor y hace más anotaciones, después se agacha y le toma una mano o lo que fue una mano. Pide ayuda a un agente para rotar el cuerpo.
—Así, con cuidado.
Revisa el cuello, levanta restos de ropa quemada, palpa la boca, la abre, mira la garganta. Escribe y levanta la mirada, busca a la comisaria.
—Creo que murió acá mismo.
—¿Hora del deceso?
—No quisiera arriesgar mucho antes de la autopsia, pero puedo decirle que en el entorno de las siete.
—¿Causa?
—Asfixia por monóxido de carbono, probablemente. Tiene hollín en boca y nariz. Se ve que se despertó y quiso llegar a la puerta, y cayó desmayada. Esta semana le mando el informe porque ahora mismo salgo a Porto Alegre.
—¿Cuántos años tendría?
—Yo diría que unos cincuenta.
La comisaria ve un frasco de vidrio al costado del cuerpo, se pone los guantes y lo recoge, mira lo que queda de una etiqueta en la que todavía se lee un nombre: Somnium.
—Parece que acá tenemos algo.
Souza manifiesta poco interés.
—Un hipnótico muy popular en Uruguay. Produce sedación, somnolencia, laxitud, y explicaría por qué la mujer no pudo escapar del fuego.
Pintos Cunha guarda el frasco en una bolsa de plástico.
Siente una pena difusa al ver a la muerta en la camilla tapada con una manta que no alcanza a cubrirla. Ve salir la ambulancia que la llevará rumbo a la morgue. La vida no es piadosa, piensa, y el saldo de nuestras cuentas termina siempre siendo negativo.
Leonilda
No había querido atender la llamada que sonó hace solo tres minutos, concentrada como estaba en el prontuario de un sospechoso, en los antecedentes penales de un tipo que probablemente había descuartizado a otro, probablemente vivo. Un caso horripilante que requería, no solo de su máxima atención, sino de un ingente esfuerzo para no volcar el contenido de su estómago sobre el expediente.
No, no era esto lo que nuestra comisaria esperaba cuando ingresó a la Policía, esta no era la profesión que ella había imaginado. Pasaba sumergida en papeleo y fotocopias y autorizaciones, en procedimientos de rutina y declaraciones de vecinos que nunca habían visto nada. Pero ya se sabe cómo es la vida, nunca resulta lo que queríamos o esperábamos. Los deseos, las ilusiones, todo fue quedando aplastado por el reglamento, por la redacción de partes e informes inútiles, por interrogatorios inservibles. Los planes nunca se concretaron, los proyectos no se realizaron, porque la realidad nunca es igual a los sueños, y la comisaria, con más de cuarenta años, lo sabe desde hace tiempo, aunque no se permita dejar de añorar lo que nunca tuvo.
No habían pasado ni tres minutos cuando volvió a sonar otra llamada. Leonilda miró una de las fotos que acababa de sacar del legajo, tragó saliva y estiró la mano, en ese orden, y, sin que se borrara la mueca de horror de su rostro, sin sacar los ojos de la imagen, tanteó el teléfono y derramó la taza de café. Puteó en voz baja y levantó la cabeza, evaluó el desastre y suspiró. Sabía que era Clemen, su jefe, que podía ser muy impertinente cuando la necesitaba o cuando estaba enojado. Tal vez en este caso fueran las dos cosas, pensó, y no se equivocaba. Estiró la mano en la dirección correcta, tomó el aparato. La mueca de horror y de asco de su cara quedó iluminada por el foco de luz de la pantalla. Seamos magnánimos con ella, a una mujer vulgar que cree en los horóscopos, en el mal de ojo y en la democracia representativa no le resulta fácil tolerar ese nivel de barbarie animal, los detalles gráficos y explícitos de un descuartizamiento.
—Comisaria.
—¿Inspector Clemen? A la orden.
—¿Podrá acercarse a mi oficina? En los próximos cinco minutos, si me hace el favor.
—Entendido, inspector.
Miró la hora, miró el techo: otro día eterno. Pensó en llamar a Jack, tomó el celular, lo observó y se lo metió en el bolsillo trasero del pantalón.
Antes de salir tapó el pizarrón con su funda. No había podido avanzar en el caso del blindado, pero tampoco quería que alguien entrara y viera sus esfuerzos inútiles.
Atravesó el corredor desde el fondo, cuatro zancadas hasta la escalera, tres pisos hacia arriba, los peldaños de dos en dos. Se detuvo frente a una puerta, alisó la camisa sobre su pecho y estiró las mangas del uniforme.
Golpeó.
—Entre.
—Buenas noches, inspector.
Clemen va siempre al grano.
—Tengo una comunicación que me llega de Brasil, de una ciudad fronteriza. Del Chuí, más exactamente. Le confieso que hace un rato que le doy vueltas, pienso quién habrá solicitado esta información. Tal vez usted pueda ayudarme, tal vez tenga alguna idea, comisaria Lima.
Leonilda, de pie frente al escritorio, miró el retrato hablado que el inspector deslizó teatralmente sobre la madera. Ahora que lo veía otra vez pensó que en el dibujo tenía los ojos más grandes, que en la realidad la boca era algo más ancha, pero la melena color castaño claro y la frente amplia y despejada estaban idénticas. Veía a una mujer bella, aunque la papada revelase cierto exceso de peso. Sin embargo, era innegable que el identikit y la persona real se parecían, cualquiera podría reconocer a Úrsula López. Y Leonilda, de alguna manera oscura y subterránea, sintió orgullo por el trabajo bien hecho.
—¿Y entonces, comisaria Lima?
—No puedo negarle que fui yo la que envió el retrato hablado. Pensé que podría ser útil a la investig…
El inspector golpeó la superficie con el puño, hizo temblar la hoja con el dibujo de una cara.
—Acá no hay ninguna investigación y usted no tiene que pensar nada. Porque no está acá para pensar, sino para obedecer a sus superiores. Yo le di la orden de abandonar inmediatamente ese caso que, dicho sea de paso, está oficialmente cerrado.
—Sí, lo sé, y le pido disculpas por haberme…
—No acepto sus disculpas, esta vez ha ido demasiado lejos con sus afanes individualistas, con averiguaciones independientes del cuerpo que integra. La verdad es que me tiene cansado, comisaria, usted y su pasión por jugar a la detective en este asunto. Tiene treinta días de suspensión sin goce de sueldo. Y esto va a dar lugar a un sumario, por supuesto. —Inspector Clemen, yo… —Cállese.
Obedeció, apretó fuerte los labios porque la boca quería desbocarse.
—Y agradezca, porque hoy es su día de suerte.
—¿Le llama suerte a treinta días de suspensión sin goce de sueldo y un sumario en puerta?
—Por el momento, todo lo dicho queda en suspenso.
El silencio se extendió hasta que Leonilda advirtió que Clemen quería jugar al gato y al ratón. Aceptó entrar en el juego.
—¿Puedo preguntarle por qué, señor?
—Me comunican de Brasil, del Estado de Río Grande del Sur, que identificaron a la mujer de este identikit, a Úrsula López. Murió en un bungaló en la Barra do Chuí.
—¿La asesinaron?
—¿Yo dije que la habían asesinado? Eso corre por su cuenta.
—No sería de extrañar, se llevó el botín del robo del blindado.
Clemen inclinó la cabeza y se tomó la frente con ambas manos, parecía cansado, parecía un hombre harto de la vida. O tal vez ese aire un poco trágico se debía a una migraña cotidiana y vulgar, aunque poco favorecedora.
—No, comisaria, no es lo que cree. La comunicación dice que falleció en un accidente doméstico, un incendio eléctrico que se produjo en la cabaña que ocupaba en un complejo vacacional.
—¿Un incendio? ¿No le parece raro? Insisto con el hecho de que ella robó el botín del blindado y que hay intereses…
—¿Por qué raro? La gente muere todo el tiempo en accidentes domésticos: se cae por la escalera, se electrocuta con un enchufe, se ahoga en la bañera y se corta la yugular mientras pica el perejil. ¿O no?
—Sí, inspector.
—Y le recuerdo, otra vez le recuerdo, que en este momento no hay ningún caso abierto por la desaparición del botín del robo del blindado: ese dinero se perdió en las explosiones, se destruyó, se quemó. ¿O no leyó el informe de la Técnica y el comunicado a la prensa?
—Sí, señor.
—Entonces, ¿de qué botín me habla? No hay botín, la plata se incineró. Totalmente. ¿Está claro, comisaria?
Leonilda miró al inspector con sus ojos desviados y oscuros que tienen pintitas amarillas. Esperó, fingió paciencia.
—Mire, Lima, hace días que me tienen loco con lo del escape de Rocco Morabito. Los medios no me dejan en paz, y ni le digo la presión política que se está generando en torno a eso, las repercusiones internacionales. Entonces, tengo a todos los efectivos trabajando en el caso de la fuga. No hay gente disponible.
Clemen carraspeó antes de hablar, tal vez para crear un clima de intriga. Pero esta vez le tocó a ella guardar silencio.
—Pensé que usted, comisaria, podría ir al Chuí brasilero. Tendrá que hacerse cargo del presunto accidente de una ciudadana uruguaya, una tal Úrsula López. Solo eso, ¿me entiende? Ninguna relación con otro caso que pueda haber estado abierto en el pasado. ¿Está claro?
—Clarísimo. Y a la orden, inspector Clemen.
—Va ir a tomar conocimiento de la investigación que realizó la Policía de Río Grande respecto de la muerte de la mujer: qué sucedió, por qué estaba ahí, con quién estaba. Va a recibir los documentos y va a hacer los arreglos necesarios para el traslado del cuerpo a la morgue de Montevideo. En fin, no le voy a enseñar a hacer su trabajo, usted siempre fue una gran profesional, si exceptuamos esta obsesión que tiene con el caso del dinero quemado. Quiero que preste especial atención a las pertenencias de la fallecida, los efectos personales que encontraron nuestros colegas. Si puede haber algo…, digamos, sospechoso.
—¿Algo sospechoso, como qué? ¿Dinero quemado?
—Voy a hacer de cuenta que no escuché la ironía, Lima.
—Disculpe, inspector. Es que no entiendo bien qué voy a hacer al
Chuí. ¿Le parece conveniente mandar a un efectivo para tramitar el traslado de un cadáver? Eso se puede realizar por teléfono o hasta por mail.
—Cállese, escuche y absténgase de cuestionar. Le recuerdo que debe actuar en colaboración con la autoridad local, en este caso con la comisaria Pintos Cunha de la Policía brasilera del Chuí, Rio Grande do Sul. Debe seguir el protocolo internacional, y nada por fuera, ¿se entiende?
—Se entiende.
—Prométame que se va a limitar a recibir la información que le den nuestros colegas brasileros.
—Haré como me ordena, inspector.
Lo prometió, y pensó cuánto le desagradaba mentir.
Hubo un silencio largo. Después, un carraspeo de Clemen.
—Tenemos otro asunto en la frontera.
Claro, había otra cosa. ¿Cómo no lo había visto venir?
—Se trata de una investigación conjunta en la que estamos trabajando, también con la Policía de Río Grande.
Un cangrejo abajo de la piedra, pensó Leonilda.
—¿De qué se trata?
—Explotación sexual de menores. Una mujer uruguaya, cabecilla de una banda que opera en Punta del Este y José Ignacio, especialmente, y en los países limítrofes. La hemos estado vigilando y, de un tiempo a esta parte, solo se mueve del lado brasilero. Es un problema para detenerla.
—Habrá que hacer el procedimiento de solicitud de captura y extradición.
—No delire, comisaria, eso nos llevaría años, y el pájaro vuela. Hay que apurarse porque hoy está, mañana desapareció. Hemos solicitado la cooperación de nuestros colegas para hacer un… un procedimiento ad hoc.
Digamos, abreviado.
—¿Procedimiento abreviado? No lo conozco.
—La Policía del Chuí hará la captura en Brasil, le entregarán a la mujer, y usted la traerá al lado uruguayo. Luego se procederá de la manera habitual: se registrará la detención oficial como si hubiera sucedido en suelo uruguayo y se efectuará el traslado oficial a Montevideo. No, no es un procedimiento muy regular, sé que vamos a actuar en el límite. Ya me entiende. Mire, ellos están en deuda. La Policía de Río Grande nos debe un favor por un procedimiento similar en la captura y entrega de Nené, un líder del PCC. Van a cooperar, le aseguro que no habrá problemas. No me mire con esa cara, todo va a salir bien, Leonilda, y podremos olvidarnos de sus sanciones.
Pintos Cunha y Úrsula
—Hola, señora Steel. Le dije que tendríamos otra conversación, y acá estoy.
—Comisaria, no la esperaba tan pronto.
—Si no le importa, voy a hacerle algunas preguntas.
—Y si me importara, ¿podría negarme a responderle a la Policía?
—Puede. Pero no le conviene.
—Me lo suponía. Rara vez somos libres de elegir qué hacer.
—No le conviene porque si se tratara de un sospechoso o de un testigo importante, podríamos hacerlo conducir a la Seccional de Policía por la fuerza.
—¿Y yo qué vendría a ser? ¿Testigo importante o sospechosa?
—Por ahora, usted no es nada.
—La historia de mi vida.
—¿Perdón?
—Usted no es nada. Si habré escuchado esa frase. En fin, no me haga caso.
—Me refería a que no es testigo ni sospechosa. Digamos que es la única persona que estaba hospedada en el complejo cuando se desató el incendio. Sin contar a la víctima, claro.
—Veo que tendré que colaborar.
—Lo mejor es terminar lo antes posible.
—¿Como una bebida amarga, como una inyección dolorosa, como un amor imposible?
—¿Perdón?
—Insisto, no me haga caso. Pase, pase, por favor, acá afuera se levantó mucho viento.
—Gracias. Con permiso. ¿Podemos sentarnos acá?
—Como podrá ver, no hay otro sitio. Este espacio es dormitorio, cocina y sala de interrogatorios policiales.
—Me ha tocado trabajar en lugares peores.
—En fin, proceda. Asumo que va a precisar mis documentos.
—Sí, si me hace el favor.
—Acá están. ¿Algo más? ¿Quiere un café? Acabo de hacerlo.
—No estaría mal, señora Steel. El día se me está haciendo muy largo y sospecho que apenas empieza.
—A mí también. No todos los días tengo un incendio al lado, a pocos metros de mi almohada.
—A propósito, ¿estaba despierta cuando empezó a arder?
—No, soy de sueño pesado. No sé si me despabilaron los gritos que llegaban desde afuera o el aire de la habitación que empezaba a ponerse turbio, irrespirable con el humo. Me desperté tosiendo y vi una claridad inusual. Salté de la cama y corrí las cortinas. Entonces vi las llamas, el incendio en la cabaña 8.
—¿A qué hora?
—Las siete, las siete y poco.
—¿Y después? Me imagino que salió al exterior, señora Steel. No debe de ser tranquilizador ver quemarse la casa de al lado.
—Me golpearon la puerta, me puse un abrigo sobre el camisón y salí al exterior. Aquello ya era un caos, un infierno; algunos vecinos se acercaban a echar espuma de extintores sobre las llamas, una lucha desigual, ridícula, porque en minutos el fuego ya levantaba varios metros sobre la paja del quincho.
—Y advirtió que su vecina estaba atrapada.
—La busqué entre la gente, vi que no estaba. Sospeché lo peor, como de costumbre. Y no me equivoqué. También, como de costumbre.
—Tengo entendido que usted conocía a la señora… Úrsula López.
—Sí, nos conocimos aquí mismo hace pocos días.
—Se conocieron acá. ¿Surgió una amistad entre ustedes?
—No, en absoluto. Una relación de vecindad, como mucho.
—Pedro me dijo que ayer las vio hablando y bebiendo.
—Pedro sobrevalora el hecho de compartir una bebida.
—No importa, vayamos a lo nuestro. ¿Sabe a qué se dedicaba la señora López?
—No, no lo sé. ¿O sí? Ahora que lo pienso creo que dijo que era traductora. Pero no estoy segura…
—Vivía en Montevideo, ¿verdad?
—Sí, comentó que era de Montevideo. Supongo que Pedro tiene el formulario que rellenamos los huéspedes. Habrá una dirección, sus datos.
—¿Le comentó si tenía pareja, hijos?
—Dijo que no tenía hijos ni marido.
—¿Familia, padres, hermanos?
—Nos juntamos a beber un campari, no a confesarnos. Y ahora que lo pienso, casi no habló de sí misma. Parecía más interesada en saber de mi vida que en exponer la suya. Le voy a contar una intimidad de la que fue mi vecina. Si le interesa, claro.
—No veo por qué no. Trato de saber más sobre esa mujer.
—Creo que era voyerista. La vi espiando entre las cortinas más de una vez. Era una entrometida, una fisgona. Y creo que yo le interesaba.
—¿Desde qué punto de vista?
—No lo sé con certeza, quizá ella misma no lo supiera. Pero me pareció que se trataba de algo relacionado con la admiración.
—¿Qué tipo de admiración?
—Tal vez me veía como una mujer exitosa.
—Bien. ¿Sabe qué había venido a hacer a este lugar y en invierno?
—Creo que seleccionó un sitio cualquiera donde descansar. Aunque me dijo que el sitio le parecía medio pelo.
—¿Medio pelo?
—Sí, usó esa expresión. Quiere decir ordinario, vulgar, poco elegante.
Tal vez ella estaba acostumbrada a otro tipo de lugares.
—Le voy a pedir sus datos, señora Steel. Vive en Uruguay, ¿verdad?
—Vivo en Punta del Este. ¿Conoce?
—No, no conozco.
—No me diga que nunca estuvo en Punta del Este. Vale la pena, y no está a tanta distancia del Chuí.
—No, nunca estuve. Me temo que los policías pasamos las vacaciones en playas… ¿Cómo fue que dijo? Medio pelo. ¿Su dirección, por favor?
—Calle Cannes esquina Guanabara. Mi casa se llama Portokalada, anote el nombre porque allá no hay números. Si tuviera le mostraría las fotos.
—Alcanza con que me dé su direc…
—Es un sitio muy bonito. ¿Sabe?, no quise hacer la típica de las mujeres que se mudan a Punta del Este y terminan en un apartamento en la península, así que compré una casa grande con jardín. En invierno hago traer leña, prendo el fuego, me tomo mi campari en un sillón frente a la estufa. No sabe qué precioso lugar, hay una paz, un silencio. Fuera de la temporada de verano no se ve prácticamente a nadie.
—Por lo que cuenta vive en una casa importante. ¿A qué se dedica, señora Steel?
—Servicios, eventos, fiestas. Ya sabe, una se la pasa vigilando el bufet en la cocina, supervisando el esmoquin de los camareros, viendo a contraluz el brillo de las copas mientras todos se divierten.
—Me imagino. ¿Ha visto a algún desconocido deambulando por los alrededores?
—Ahora que lo dice, sí. Vi a un hombre de complexión mediana, unos cincuenta años, lentes con montura metálica, pelo y barba oscuros.
—¿Dónde lo vio?
—En la playa, merodeando alrededor de Los Troncos. Más de una vez.
—Puede que fuera un vecino o un huésped alojado en otro complejo. Por las dudas preguntaremos a los vecinos. ¿Observó alguna conducta de esa persona que le haya resultado sospechosa?
—No, solo lo vi caminar cerca de las cabañas. Me pregunté qué hacía.
—No creo que sea sospechoso caminar por el entorno.
—¿No le parece interesante el hombre de barba, entonces?
—Me temo que la mitad de los hombres de este pueblo son de edad y complexión medianas, y usan barba. ¿Recuerda haber visto un coche gris, de esos chinos de nombre raro, vidrios polarizados, matrícula de Montevideo?
—No.
—Con esto hemos terminado.
—Lo siento, usted quería hablar de Úrsula y no la he ayudado demasiado. Es que ella y yo no llegamos a conocernos realmente. No nos dio el tiempo.
—Tenemos su nombre, el resto de la información vendrá desde Montevideo.
—Supongo que encontraron un teléfono. Digo, para revisar los contactos y avisar a los deudos.
—¿Por qué lo supone?
—Porque todo el mundo viaja con un teléfono.
—Una última pregunta. ¿Cuándo piensa irse?
—¿Irme? Todavía no lo pensé. ¿Por qué lo pregunta?
—Pedro me dijo que había venido a hacer un trabajo. Y veo que tiene toda la ropa afuera de la maleta, como si estuviera preparándola para partir.
—¿No puedo salir de la ciudad, como en las películas?
—En absoluto, ya terminé con usted. Es libre de ir a donde quiera y cuando quiera. Gracias por el café.
—Espero que su día mejore, comisaria.
—A esta altura solo pido que no empeore. Adiós.
Úrsula
El interrogatorio de la comisaria me hizo pensar que ya no tenía nada que hacer en Los Troncos. ¿Y qué me retenía? Pintos Cunha había dicho que podía marcharme cuando quisiera.
Me sentía inquieta. Se me aparecía la cara del hombre que había visto en las fotos, en la televisión, en el deck de la cabaña y caminando por las dunas, veía su barba y los bigotes oscuros, los anteojos con armazón de metal, hasta imaginaba la expresión malvada de ese rostro cerca del mío, sentía la repulsión que me causaba su aliento. No sabía cuál era su relación con Vanessa, pero cada vez estaba más convencida de que él volvería.
Empecé a desesperame.
El sentido común me gritó que me largara sin perder un segundo, que acabara de una vez con esta historia de miedo, de rabia, de asco. Eché todo de cualquier manera dentro de la gran valija, guardé el .38 en un bolsillo del abrigo, cerré el maletín con la combinación y, tras comprobar que no hubiera nadie en el camino, fui hasta el estacionamiento del complejo, metí las cosas en el maletero del coche y me fui de Los Troncos sin mirar atrás. Pisé el acelerador a fondo hasta que la Barra do Chuí quedó atrás, bien lejos, hasta que ya no pude verla.
Conduje por la franja de bitumen muy rápido y con el corazón desbocado, como si un batallón de orcos armados me pisara los talones.
Cuando vi los rancheríos que anuncian la urbe fronteriza del Chuí, las calles donde se arremolinan el polvo, los mendigos y las moscas, me sentí afortunada y dichosa, creí que la locura de los últimos tiempos había terminado.
Automáticamente conduje el coche al hotel donde antes me había alojado, pero entonces pensé que la chica de la recepción podría recordarme, advertir que era la misma mujer con otro nombre y otros documentos. Fue entonces que vi un anuncio de lo que parecía un buen lugar del lado de Brasil, muy cerca de donde estaba. Seguí la dirección que indicaba la flecha y en menos de un minuto encontré el cartel del establecimiento: BELLADONA CHUÍ HOTEL. Entré al predio por un sinuoso camino de balasto, grandes extensiones de césped a los lados, árboles añejos y setos bien recortados, una sucesión de canteros de flores que me condujo al edificio de ladrillo recubierto por hilos de hiedra. Parecía un hotel de campo para ejecutivos medios, comerciantes en buena racha, productores agropecuarios en plan romántico. Aire bucólico, alejado de la calle y del Centro de la ciudad, rodeado por un muro alto y con seguridad en la puerta. Un alojamiento perfecto para una mujer que necesita discreción y anonimato. Algunos niños correteaban y se perseguían, una pareja conversaba sentada en un banco, un hombre entraba al predio en su bicicleta. La normalidad en modo on. Estacioné el coche cerca de la puerta.
El joven que atendía la recepción tenía un aire tan hastiado como condescendiente, una máscara de facciones de cordialidad inexpresiva y neutra con un toque de aburrimiento.
—Hola.
—¿En qué puedo ayudarla, señora?
No me pareció una pregunta adecuada para alguien que entra a un hotel con una valija, e intenté transmitir mi desaprobación con una mirada que circunvaló el largo del mostrador. ¿Qué podría pedir una mujer que acaba de entrar arrastrando una enorme maleta, como no fuera una habitación? Tal vez hubo un dejo de ironía en su tono de voz o en la cabeza inclinada del empleado que yo no había advertido. No, no podía dejarme llevar por mi natural sarcasmo y contestarle en el mismo tono. Quería pasar inadvertida, que no me recordara. Apreté los dientes y traté de sonreír.
—Una habitación, si fuera tan amable.
—¿Para una persona sola?
Me miró y entornó los párpados, una mueca que lo situó definitivamente entre el fastidio y el cansancio. La pregunta me puso los nervios de punta, me causó tirones en la paciencia como una herida vieja y mal curada.
—Sí, soy yo sola, señor…
Sin hablar, señaló su nombre escrito con letras azules en un rectángulo de acrílico blanco.
—Señor Martín, quiero una habitación para mí sola.
El muchacho digitó en un teclado, supuse que consultando la disponibilidad en un hotel de cincuenta habitaciones donde solo había tres coches en el estacionamiento, contando el mío. Suspiré, observé alrededor. Los juegos de sillones y las mesitas algo anticuados, la alfombra mullida, aunque con islas gastadas, los artefactos del techo que arrojaban una luz demasiado cenital y pasada de moda, todo me hizo pensar en un buen hotel de hacía treinta años que se mantenía a flote en el borde mismo de la dignidad. Esa actitud de supervivencia de las personas y de las cosas, el acto de aferrarse al pasado con uñas y dientes me conmueve, me ablanda, tal vez porque soy una mujer empapada de nostalgia que empieza a dejar atrás la mediana edad. Aunque, la verdad sea dicha, no sé de qué siento nostalgia, pensé y me encogí de hombros para mí misma. Observé la luz que se colaba entre las cortinas que daban al jardín trasero, el lugar era bonito y hasta podría ser hermoso con una inyección de dinero. Como casi todo en este mundo, como yo misma.
—¿Prefiere vista a la piscina o al frente?
—Me da igual, Martín, siempre que la cama tenga un colchón en buen estado y el baño una ducha potente.
Tarde, advertí lo patético de mi pedido, como si estuviéramos negociando comodidades en una pensión barata. El suspiro y el gesto severo que me dirigió me indicaron, sin palabras, pero claramente, que este hotel transitaba su declive con la honra, la dignidad y el decoro intactos. Pero no soy de dar marcha atrás, y le sostuve la mirada como si nada en el mundo importara más que un colchón sin mácula.
—Le voy a pedir los documentos, señora.
—Acá están. Señora Vanessa Steel.
Abrió el pasaporte, tecleó el nombre.
—¿Dirección?
Le repetí el show de mi dirección en Punta del Este, aunque abreviado porque comenzaba a aburrirme.
Escribía, su ceño estaba fruncido en un gesto de concentración o tedio, una expresión que denotaba que nada de lo que yo dijera podía interesarle, y era lógico, a mí tampoco me hubiera interesado escuchar a los huéspedes recitar sus nombres y direcciones, cuántos días iban a estar y a qué horas querían ser despertados.
—Habitación 305. El ascensor está por ese pasillo a la izquierda.
Tercer piso. Aquí tiene.
Mientras él sostenía la llave, sus ojos me gritaban un mortal hartazgo. Y yo no soy una mujer insensible.
—Huya de este trabajo, Martín, escape mientras está a tiempo. No haga como hice yo, no acepte la vida que le tocó en suerte porque se va a arrepentir más temprano que tarde. Los años pasan, salga de aquí, corra mientras pueda hacerlo.
Iba a agregar que el futuro son velas encendidas, pero tuve la súbita certeza de que él no había leído a Cavafis.
Pintos Cunha
—Buenas tardes, comisaria Pintos Cunha, vengo a hacer una denuncia.
—Buenas tardes. ¿Su nombre era…?
—Pedro Malerbi, el propietario de Los Troncos.
—Lo ubico perfectamente, el dueño del complejo de la casa quemada. No recordaba su nombre. ¿Qué quiere denunciar, señor? —Algo muy extraño. No sé bien cómo plantearlo… —Trate de explicármelo. ¿De qué se trata?
—Creo que la señora Vanessa Steel no es quien dice ser.
—Creo que no lo entiendo.
—Ni sé por dónde empezar.
—Tal vez por el principio…
—Fue en el incendio. La cabaña 8 estaba en llamas, Vanessa salió de la casa como una loca, me dijo algo sobre entrar a rescatar a Úrsula, ya sabe, la mujer que quedó atrapada por el fuego. La fallecida. Yo quedé pensando que esa voz no era la suya. ¿Me entiende? Era diferente, tal vez un poco más grave.
—Continúe.
—Pero me quedó la duda, podía ser que tuviera la voz tomada por un catarro, un resfrío. Porque yo la miraba y sí era ella, era Vanessa. Pero cuando me hablaba, no era ella. ¿Comprende?
—No estoy segura de entenderlo. Pero siga.
—Primero tuve la sospecha de que algo no estaba bien. Pero entonces sucedió una cosa que me hizo confirmar que aquella mujer no era quien decía ser.
—Cuénteme qué pasó.
—Me abrazó.
—Lo abrazó.
—Sí. Vanessa Steel nunca me hubiera abrazado. Ella era una mujer elegante y fina, pero lejana, de las que ponen distancia. No era de dar confianza. ¿Sabe? Yo la conozco desde que compré el complejo, ella ya era clienta del dueño anterior, de Ayrton, que me dijo que tuviera cuidado con ella. No te pases con la familiaridad, Pedro, porque a la señora Steel no le gusta. Nada de tuteos, nada de preguntas, nada de dar charla. Buenos días, buenas tardes, eso es todo. Ella es muy reservada, Pedro, viene a trabajar y no le gusta que la molesten. Eso me dijo Ayrton, y yo pude comprobar que era así como me decía: pocas palabras, mucha reserva, ninguna efusión. Y esa mujer, la mañana del incendio, vino y me abrazó. ¿Me entiende?
—La verdad que no. ¿No le parece que podía estar conmovida por la situación?
—Si Vanessa estaba conmovida, no lo hubiera demostrado conmigo, comisaria.
—A ver si entiendo. ¿Usted cree que hay una usurpación de identidad?
—Sí, creo que así se llama. Usurpación.
—Mire, Pedro, un incendio es un acontecimiento traumático. Ella puede haber quedado en shock al salir de su casa y encontrarse con la proximidad de las llamas, casi lamiendo la cama donde dormía.
—Pero hay más, comisaria. Después del abrazo que le menciono la seguí con la mirada, vi que trataba de ocultarse, se entreveraba con la gente, andaba por las sombras. Creo que de alguna forma advirtió que yo sospechaba, y quiso evitarme, esconderse.
—No me dio esa impresión cuando hablamos, no parecía reticente. Incluso me invitó a pasar, a tomar un café.
—¿Ve lo que le digo? Se metió en la cabaña porque quería ocultarse de mí, yo era la única persona que podía advertir que esa mujer no era Vanessa. Con usted no tuvo problema en mostrarse y hablar, porque no la conocía de antes.
—No sé adónde quiere llegar, Pedro.
—Escuche lo que tengo para rematar. Antes de eso, Úrsula López me había pedido prestadas unas tijeras.
—Ajá.
—Y ahora pienso que pudo haber sido para cortarse el pelo, para que le quedara como lo tenía Vanessa.
—A ver si estoy entendiendo. ¿Me dice que la persona que suplanta a Vanessa es Úrsula López, la difunta?
—Sí, comisaria, eso creo.
—¿Y quién sería la muerta, entonces?
—Estoy bastante seguro de que sería Vanessa Steel.
—¿Y desde cuándo sucedería esto? La usurpación de identidad.
—Eso no tengo cómo saberlo. ¿Desde la noche del siniestro?
—Es una teoría arriesgada, la suya. ¿Y para qué habrían cambiado sus identidades?
—No tengo una explicación.
—Suena confuso.
—Lo último que le digo: después del incendio, desapareció.
—¿Se fue del complejo sin pagar la estadía?
—No, no, la cuenta estaba saldada. Me refiero a que se fue sin avisar, y Vanessa no habría hecho eso.
—Usted mismo acaba de decirme que ella no permitía familiaridades, que lo trataba fríamente, con distancia. Si resolvió marcharse, ¿por qué le iba a avisar? No será lo más común, pero imagino que tampoco es algo excepcional que los huéspedes se vayan sin despedirse.
—Esa mujer huyó, comisaria.
—Bien. Concretando, ¿cuál es exactamente su denuncia? ¿Y qué espera que hagamos nosotros, la Policía?
—Comisaria, vengo a denunciar que esa mujer no es Vanessa y que la impostora es Úrsula López. En algún momento hubo un cambio, pero eso yo no lo puedo explicar.
—¿Y qué pruebas tiene para aportar, Pedro? Por su cara veo que se trae un as en la manga.
—Conozco el procedimiento policial, comisaria. Cerré la cabaña donde se alojaba Vanessa y estoy en condiciones de aportar miles de huellas dactilares y suficiente material genético. Las huellas de la verdadera Vanessa, que deberán ser cotejadas con las huellas de la otra mujer, de la que usurpó su identidad. Sé que los peritos utilizan un polvo especial, químicos para levantarlas, que después se envían a un laboratorio para su análisis. Allí están los vasos con saliva, cabellos en el suelo y en el lavabo, todo ese ADN tendrá que ser analizado y…
—A ver, señor Malerbi, ¿cómo se lo explico? Usted debe de pensar que estamos en Nueva York y que yo soy una oficial del FBI. Que lo dejaré un momento esperando, y llamaré a Quantico. Ellos no tardarán nada en llegar, tal vez en un helicóptero, iremos hasta su cabaña, bajarán sus equipos, se harán cargo de todo, y resolverán el caso. Pues no, señor, yo soy la comisaria Pintos Cunha, este lugar es el Chuí y esta su comisaría, un local que, como puede ver, tiene humedades, se llueve y hay que poner baldes. La gente que ve, estos agentes, es todo mi personal en este momento. Afuera hay narcotráfico, violencia, contrabando, mucha suciedad y miseria, gente que come de la basura de la calle, gente que duerme entre la basura de la calle. Vea, señor Malerbi, me encantaría jugar con usted a Hércules Poirot, pero resulta que solo tengo estos efectivos y estamos sentados en una zona que es un polvorín. Así que me va a disculpar si por esta vez no lo sigo. Que tenga buena tarde.
—¿No va a tomar la denuncia?
—No, si no aporta pruebas razonables de lo que dice.
Lo ve irse.
Lo que le faltaba, una denuncia y justo ahora que está por salir, que tiene que ir a buscar a esa misma mujer. A la misma mujer, y para hacerle un favor a sus colegas uruguayos. Que ellos se encarguen de ver si es quien dice ser o si es otra persona. Pero, en todo caso, ya no será su problema.
Mañana sin falta se dará una vuelta por las calles y detendrá a algún miserable atontado por el pegamento, uno de los sospechosos de siempre, le preguntará si sabe algo del incendio en la Barra o si oyó hablar de Úrsula López o de Vanessa Steel. Previsiblemente dirá que no y ella cerrará el caso del incendio en Los Troncos.
Porque así funcionan las cosas aquí.
Rocco
Fue detrás de su coche por la ruta los diez kilómetros que separan a la
Barra de la ciudad del Chuí, la siguió hasta verla entrar y la esperó.
BELLADONA CHUí HOTEL, leyó en el cartel. Dos horas después la vio salir.
Conduce a una distancia prudente hasta que ella se detiene en la explanada del estacionamiento de un supermercado brasilero, baja del auto y entra en la tienda. Él continúa y estaciona en una calle perpendicular a la línea fronteriza. Saca la libreta roja y apunta la marca y la patente de su propio vehículo, la calle donde lo deja y el nombre de la ciudad. Titubea antes de anotar lo que va a hacer en este lugar y adónde debe dirigirse cuando termine, todo con la prolija caligrafía de las monjas de Africo, allá en su Calabria. Hace lo que el médico le recomendó, escribe lo que puede necesitar saber si los recuerdos lo abandonan. No se le ocurre otra forma de suplir su memoria cuando falla o, lo que es peor, si un día desaparece para siempre. Maldita memoria. Suspira mientras anota, tiene que terminar cuanto antes e irse a João Pessoa, allá la organización se va a encargar de cuidar de su salud, de darle lo que necesite, y va a recuperar la salud con una conveniente supervisión médica. Pero antes de partir tiene que terminar de borrar los rastros de su paso.
Mira la hora y baja del coche, camina unos pasos hacia la avenida central que separa los dos países, no alcanza a cubrir diez metros cuando oye a su espalda la voz exánime de un tipo que llega corriendo.
—¿Se lo cuido, amigo?
No en vano ha vivido tanto tiempo en Uruguay, conoce los usos y costumbres mendicantes de estas latitudes. Saca y le tiende un billete de cien pesos que operará la magia de evitarle la caída en el abismo de las discusiones callejeras. Hay que admitir, no obstante, que el inexistente o improbable servicio de cuidado de su vehículo no amerita semejante dispendio, que el servicio, en caso de haberlo, no debería haberle costado más de veinte pesos. Tal vez por eso el hombre que pretende ser cuidador ni siquiera lo mira y, en la misma carrera que no llega a detener del todo, agarra el billete, da un giro de ciento ochenta grados y vuelve en dirección al mismo lugar de donde acaba de salir. Contra la pared del portal abandonado hay un perro ovillado que duerme sobre un trapo, y ahí se echa a descansar de sus esfuerzos el feliz poseedor del dinero.
Rocco no lo mira dos veces, camina y vigila el entorno, que en esta última hora se ha vaciado de gente, cree que nadie lo vio salvo el pedigüeño que en breve dormirá la mona de cachaza brasilera, y está seguro de que nadie lo sigue. Se mete entre los puestos de un mercado al aire libre que, pasado el mediodía, empieza a verse abandonado por la costumbre vernácula de la siesta. Se detiene varias veces, se esconde y observa atrás de un puesto que vende música pirateada, debajo de un toldo que vende hamacas indígenas fabricadas en China, delante de un camión que vende panchos sin marca con mostaza sin nombre, se detiene y observa el entorno frente a una carpa con toallas de la Mezquita Azul y de La bella y la bestia.
Se detiene en un kiosco y compra una botella de agua, la bebe entera y la arroja a la calle sobre un montón de basura, de cajas y bolsas de nailon y cáscaras de banana, se limpia la boca con el dorso de la mano.
Como si de pronto hiciera foco en una zona oscura de su mente, piensa en Salvatore, en la primera vez que lo vio, en el hombre pálido y pasado de peso sentado en la butaca bordó frente a la mesa del comedor de su casa, un hombre que poco después de su llegada sabría autoritario, y que siempre creyó esencialmente justo con el niño que fue Rocco. ¿Por qué piensa en Salvatore ahora, en otro tiempo y al otro lado del océano? ¿Fue justo, realmente? Y si no lo fue, ¿por qué él intenta creer en una fábula sobre aquel hombre? Todavía es consciente de que algo indefinible lo mantiene ligado a esa parte de su vida en la que fue un poco feliz, bastante desgraciado y extremadamente joven. Algo indefinible como el peso de una deuda antigua que sabe que deberá pagar para liberarse.
Llega al supermercado y entra caminando al estacionamiento por el acceso de vehículos, una enorme explanada de cemento que podría parecer sobredimensionada para un negocio en ese pueblo, si se desconoce el hecho de que durante algunas horas recibe a miles de visitantes. Pero ahora no hay más autos que el de Vanessa.
Rocco elige una columna gruesa desde donde vigila la puerta por la que la vio desaparecer. Siente deseos de prender un cigarrillo, las manos tantean el paquete, buscan en el bolsillo de la camisa, en el abrigo y los pantalones, hasta que se da cuenta de que los olvidó en el auto. ¿O dejó de fumar? Tal vez dejó de fumar, aunque en este momento no puede recordarlo. Quizá sea mejor así, el humo puede delatar su escondite. Ve salir a tres mujeres que atraviesan el estacionamiento, probablemente empleadas en su hora de comer, avanzan hacia donde está paradoy Rocco murmura una puteada, da la vuelta en torno a la columna para mantenerse fuera del campo visual del grupo. Una de ellas viste calzas rojas que dramatizan la celulitis de sus muslos, otra lleva dos cajas de plástico que parecen contener alimentos, las tres hablan fuerte y ríen y en ningún momento miran para ese lado. Pasan al costado, muy cerca, charlan entre ellas, y el cotorreo de sus voces agudas se aleja. No entiende por qué vuelve a pensar en Salvatore sentado en la butaca bordó de su casa, lo ve sonriente y magnánimo, otra vez pasa por su memoria el falso documental de la historia de su infancia. Hasta que un velo lo tapa tan rápido como lo develó.
Tiene calor a pesar de la estación, se abre el cierre del abrigo y respira agitado.
Empieza a estar muy cansado. Para colmo, después tendrá que conducir casi cinco mil kilómetros hasta ese lugar de Brasil, ¿cómo se llamaba?, saca la libreta y busca adónde se dirige. Acá, João Pessoa. Debe recordarlo, João Pessoa.
Pero lo primero es lo primero. La mujer que lo vio desde la ventana de la cabaña, esa ya no hablará. Ahora espera a la otra, la que él imagina conduciendo un descapotable por la cornisa de Montecarlo o caminando por una alfombra roja vestida por Dior, bajando las escaleras de mármol y paseando por jardines al borde de los estanques. Qué cursi lo ha puesto la edad.
Vio demasiados policías en la zona del incendio, mucho movimiento en torno al siniestro, que tal vez debió marcharse antes de que alguien notara un coche gris y desconocido rondando por la zona. Pero tenía que borrar los rastros de su paso. Limpiar el presente para asegurar el futuro, decía Salvatore, y para él esa frase siempre fue un mandato.
Ya no es necesario apresurarse, tiene todo el tiempo del mundo. Y la espera.
Úrsula y Rocco
Nunca había sentido el caño de un arma en la nuca, sin embargo, reconocí la sensación fría y redonda contra la piel. No me di vuelta, no giré a mirarlo porque supe o creí saber quién era. Frente a mí tenía el vidrio del parabrisas trasero del que ahora era mi auto; más allá, una pared blanca con una enredadera que marcaba el límite del estacionamiento del supermercado, vacío a esta hora. Pensé en la inutilidad de correr, aunque reconozco que un impulso de temeridad, tan imprudente como fútil, cruzó mi pensamiento.
El caño de un arma corta, pensé, aunque de espaldas no podía saber de qué tipo, si era una pistola o un revólver, ni mucho menos qué marca ni el calibre, pero eso no tenía la menor importancia porque cualquiera que fuera el diámetro, el mecanismo de disparo o la forma de albergar la munición, en esa posición en la que estábamos (apoyada en mi nuca, bien pegada y firme en un ángulo que intuía de cuarenta y cinco grados, yo completamente inmóvil) podía hacer un lindo dibujo con mis sesos y las astillas de mi cráneo, un decorado de masa encefálica, mechones de pelo y fragmentos de hueso contra el parabrisas posterior del auto.
No tuve dudas, supe de qué se trataba a pesar de que nunca había sentido el caño de un arma clavado en la nuca. Ocurrió a primera hora de la tarde, acababa de salir por la puerta lateral del comercio hacia la explanada del estacionamiento, recorrí unos veinte metros, ya estaba por abrir la valija del coche para guardar las bolsas de las compras. Pensaba llegar al hotel, darme otro baño, bajar a cenar al restaurante, nada demasiado concreto. No llegué a accionar la apertura de la tapa del baúl, aunque sí a sacar la alarma y a dejar las compras en el piso, cuando vi la sombra agrandándose sobre el coche. Enseguida sentí el frío del metal contra mi cuello. No tuve dudas, me dije, es el caño de un arma corta. Antes de que llegara el miedo hice un esfuerzo por recordar la cara del hombre que había visto en las noticias de la televisión, en las fotos de los documentos, saliendo de la cabaña de Vanessa con el bolso al hombro. Las compras seguían en el suelo, y ahí quedarían abandonados los turrones, los chocolates, la botella de campari. Una pena. El supermercado estaba justo en el límite, recordé, en la calle que separa los dos países, pero del lado brasilero, era un día de semana, eran las dos de la tarde, y yo acababa de desactivar la alarma para guardar las bolsas en la valija del coche. El caño de un arma corta, repetí justo antes de sentir miedo, aunque no podía saber de qué tipo, si era una pistola o un revólver ni qué marca, mucho menos el calibre, pero eso no tenía la menor importancia porque cualquiera que fuera el diámetro, el mecanismo de disparo o la forma de albergar la munición, en esa posición en la que estábamos iba a hacer un lindo dibujo con mis sesos en la luneta trasera, con las astillas de mis huesos, con mi sangre. Un solo segundo y mi cabeza reventaría con el impacto de la bala, salpicaría la superficie del vidrio.
Me quedé quieta, entre la curiosidad y el terror, vacilando entre la pulsión de cerrar los ojos y gritar pidiendo auxilio y la de girar y mirar la cara de mi atacante. Hice algo intermedio. Sin mover el cuerpo un milímetro, respiré hondo antes de hablar.
—Un lugar público y a plena luz del día. Debo valer mucho para que tome tantos riesgos.
La voz no tardó en resonar, vehemente y húmeda en mi oído izquierdo. —Vamos a cambiar tus planes, preciosa.
No tuve que mirarlo para saber que era el tipo de los pasaportes y de los noticieros. Qué previsible resulta todo en esta vida. Había sido peligroso curiosear por la ventana y dejar que me viera. ¿Por qué lo hice? Un impulso incomprensible, una imprudencia. ¿Y por qué estaba acá, haciendo compras, en vez de encerrarme en el hotel, o de escapar y perderme fronteras adentro? A veces tomo conciencia de lo patética que resulto, una gorda impostora, una señora pasada de peso que quiere y no puede, momentos en los que me invade la angustia de no estar a la altura. La vergüenza tomó la forma de unas bolsas de supermercado con turrones abandonadas en el suelo. ¿Me había dicho preciosa? Solté una risa corta y me arrepentí enseguida.
—Si yo fuera tú, no me reiría.
Volvió a salpicar saliva en mi oreja, pero ni así le di el gusto de moverme, la mirada clavada en la pared blanca que olía a recién pintada y que yo no quería ensuciar con mi masa encefálica.
—Ahora vas a caminar, quieta y callada.
Pensé en el discreto machismo que asomaba en sus palabras, pensé en responderle, protestar o invocar derechos, pero enseguida advertí lo trasnochado del pensamiento que quedó rápidamente desplazado por la expectativa de verlo cara a cara.
Giré la cabeza: claro, era él.
Miré a los costados, no había un alma en el estacionamiento. Recordé la hora, como las dos de la tarde, el pueblo entero (salvo las seis u ocho personas que trabajaban en ese supermercado) estaría comiendo o durmiendo la siesta. El lugar donde estábamos parados quedaba fuera del campo visual de quien mirara desde el interior de la tienda y de los que pasaban por la avenida. Podía proceder a cortarme en pedacitos y no habría ningún testigo.
Debí saber que este hombre no tardaría en irrumpir en la vida de Vanessa, armado y prepotente, como irrumpen los hombres en nuestras vidas cuando quieren tomar lo que creen que les pertenece.
—Te vengo siguiendo desde que saliste de la cabaña, te seguí por la ruta, te esperé en la puerta del hotel, y después aquí escondido a que terminaras tus compras. Qué considerado, ¿no es cierto? Lástima que a donde te llevo no van a servirte tus chocolates ni las botellas. A caminar, Vanessa, a caminar.
¿Y qué podía pasar si este hombre se daba cuenta de que yo no era ella? Estaba vestida con su ropa y conducía su auto, él me había visto de cerca y no pareció sorprendido. ¿Por qué iba a pensar que era una impostora? En un momento como aquel, sosteniendo un arma contra mi nuca y a plena luz del día, no creí probable que se fijara en detalles.
Rocco y Úrsula
—Vamos, camina y calla.
—¿Adónde nos dirigimos?
—Yo soy el que hace las preguntas y da las órdenes, tú la que responde y obedece.
—Me lo temía: mafioso y misógino.
—¿Qué dijiste, Vanessa? Habla más alto, voy detrás y no te escucho.
—Le decía que me indique adónde nos dirigimos.
—A mi coche.
—¿Me va a apuntar a la nuca todo el camino? Alguien podría verlo y…
—Cállate. Voy a esconder el arma. Pero no hagas tonterías porque estaré encañonándote desde el bolsillo.
—Bien. Vamos a su coche. ¿Y después? Tengo que saberlo.
—¿Tienes que saberlo? Ahora me vas a decir que es parte de tus derechos conocer adónde te llevo. ¿Y si no te lo digo? Cállate y camina.
—Se lo pido de otra manera: hágame el favor de decirme adónde vamos.
—Eres una mujer muy bella, pero hablas demasiado.
—¿Me lo dice en serio?
—Sí, es increíble. Te apunto con un arma, pero así y todo no paras de hablar.
—No, no me refería a eso. Lo que dijo antes. Que soy muy bella.
—¿Acaso no sabes que eres una mujer bonita?
—La verdad es que no. Si no es el primero que me lo dice, será el segundo.
—Claro que eres hermosa. Eso está a la vista de cualquiera.
—Ya tengo algo más para contarle a Papá.
—¿Tu padre también vive en Punta del Este?
—No, mi padre vive en Montevideo. En el Cementerio del Buceo. Un lugar precioso, una tumba con vista al mar. Tenemos un panteón familiar grande y cómodo. Pero me visita muy a menudo.
—¿Hablas con los muertos?
—En realidad hablo solo con un muerto. Con Papá.
—Me dices que nadie te dijo que eras hermosa y está bien, te creo. Pero no es posible que no te hayan dicho que estás muy loca.
—Sí, es cierto, me lo han dicho toda la vida, hasta el cansancio. Pero retomemos nuestra conversación original. ¿Adónde vamos?
—Hasta mi auto. Hasta mi auto. Hasta mi auto. Muévete, no preguntes tanto y camina.
—Pero ¿hacia dónde?, ¿en qué dirección? Estamos dando vueltas en redondo. Por favor, dígame eso, al menos.
—Es… por ese lado…, a ver… No, creo que es para allá.
—Decídase. ¿Para acá o para allá?
—Te digo que es… por esta calle.
—Recién me dijo en el otro sentido. ¿Sabe qué? Yo a usted lo veo muy perdido.
—Cierra la boca.
—Como diga.
—¿Conociste a la mujer que murió en el incendio de la cabaña?
—¿Cierro la boca o le respondo? Bueno, le respondo. Sí, la conocía, pero apenas. Tuvimos algunas conversaciones pueriles, la charla habitual entre dos vecinas que están solas en un complejo de cabañas y fuera de temporada. Poco más que eso. Hubo un encuentro con algunos camparis de por medio la noche anterior al incendio.
—Entonces no era tu hermana, como yo pensé en algún momento.
¿Cómo se llamaba?
—Claro que no era mi hermana. Se llamaba Úrsula López.
—¿Sabes de dónde era?
—Me dijo que vivía en Montevideo.
—¿A qué se dedicaba?
—No me dijo qué hacía. ¿O sí? Creo recordar que era traductora.
—Todo muy raro, su muerte provocó un despliegue policial importante. Es extraño, ¿tanta Policía por una traductora muerta?
—¿Y si la tal Úrsula era una asesina?
—Eres una cínica que ve asesinos en las personas comunes.
—No soy cínica. Soy una mujer que ha perdido la inocencia. Pero le perdono la mala opinión de mí porque dice que soy bella.
—Hablando de inocencia, yo también la perdí hace rato y no por eso veo a un asesino en cada persona.
—Con tanto tiempo en la cárcel, seguro que perdió la inocencia.
—No me tomes el pelo, Vanessa. No estás en una situación ventajosa.
—Tiene razón. ¿Va a dejar de apuntarme o vamos a seguir así hasta que encuentre el coche que perdió?
—No lo perdí. Está por acá… o un poco más allá, a la derecha. ¿Y qué, si no lo recuerdo? ¿Nunca perdiste nada?
—¿Yo? Todo perdí. Pero ahora estoy tratando de recuperar el tiempo, que fue una de mis mayores pérdidas. Baje eso, por Dios, mire si se le escapa un tiro. Me pega directo en la espalda y caigo muerta, o quedo parapléjica.
—Tranquila, Vanessa. Nunca se me escapó un tiro, todos fueron disparados con intención.
—No entiendo por qué me lleva apuntándome con un arma de fuego.
—Yo no te conozco, no tengo por qué tenerte confianza. Tú sabías que yo vendría a la Barra do Chuí, y mi cabeza vale mucho. Pueden haberte ofrecido dinero por dar información o por entregarme.
—Tranquilo, no lo vendí por diez monedas. Tampoco nadie me lo propuso, le soy sincera. Pero veamos, ¿por qué lo haría? Soy una mujer rica, no tengo necesidad de poner a toda la…, ¿cómo se llamaba su organización mafiosa? Ya me entiende, de poner en mi contra a todos sus amigos del hampa. ¿De veras no recuerda dónde dejó su coche?
—Claro que sí, lo recuerdo, es por acá. Estoy un poco perdido porque no conozco este pueblo.
—Este pueblo no es tan grande como para perderse.
—Basta de cháchara, me tienes harto. No soporto más tu cotorreo constante. Cállate la boca y camina.
—Está bien, no se ponga así. Tampoco es necesario gritarme de esa manera. Una falta de respeto. Igual, no sé para qué me preocupo. Yo tengo todo el tiempo del mundo, el que tendría que estar apurado por huir es usted, Rocco.
—No me digas por mi nombre. Estamos en la calle.
—Mire a su alrededor, señor, a esta hora no hay un alma en la calle. En el interior de este país, el 99,3 % de las personas duerme la siesta.
—Lo encontré, ahí está. Sabía que lo había dejado por este lado.
—Menos mal, ya me estaban doliendo las rodillas.
—Tú conduces. Vamos, súbete.
—Muy gentil de su parte en abrirme la puerta.
—De ninguna manera, es para tenerte al alcance de la pistola.
—Y yo que me hice ilusiones.
—En otro momento, quién te lo dice…, con una mujer tan hermosa al lado.
—¿Yo?
—Toma, acá están las llaves. Enciende el motor y conduce en ese sentido.
—¿Hacia allá?
—Eso dije.
—¿Y qué hay para ese lado?
—Campo. Hacia allá hay campo, Vanessa.
—¿Puedo saber qué vamos a hacer al campo?
—No.
—Me pone nerviosa, creo que quiero bajarme.
—No intentes nada que puedas lamentar.
—Si me lo pide así…
—El Ruso me dijo que eras una mujer de pocas palabras. O él se equivocó al definirte o yo me equivoqué de mujer.
—¿No ve que estoy bajo presión? Cualquiera se pone nerviosa con una pistola en la nuca.
—Vamos hasta aquel bosque de eucaliptos.
—¿Aquel de allá?
—Toma por este camino de tierra.
—No entiendo, en ese lugar no hay nada.
—Avanza unos metros más, hasta los árboles. Y acá nos detenemos.
—Usted está loco. ¿Qué quiere hacer en este lugar?
—Apaga el motor y dame la llave. Ahora bájate. Y no te hagas la viva, recuerda que te tengo en la mira.
—Acá no hay nada más que pinos.
—Levanta las manos hasta donde pueda verlas.
—¿Alguna vez le dijeron que es un hombre inquietante?
—Y cosas peores. Imagínate, una vida en la ‘Ndrangheta.
—Ese era el nombre que no recordaba de su organización mafiosa, ‘Ndrangheta. ¿Para qué abre el baúl?
—…
—No lo entiendo, Rocco. ¿Y ahora qué se supone que haremos?
—Ahora me vas a dar las llaves del coche que dejaste en el estacionamiento del supermercado.
—¿Se va a llevar mi coche? Ay, no, hace poco que lo tengo y me gusta tanto…
—Eso mismo voy a hacer, me lo voy a llevar. Sí, es un bonito vehículo, el tuyo. Gracias. Ahora, métete en el baúl.
—¡Está loco si piensa que voy a entrar ahí! Tengo claustrofobia, pánico a la oscuridad, horror a los lugares cerrados. Y tenga cuidado, me va a lastimar con el caño del arma.
—Quédate quieta. Así que claustrofobia y pánico, ¿eh?
—La Convención de Ginebra prohíbe la toma de rehenes.
—Estoy un poco apartado de la ortodoxia.
—No sea canalla.
—¿Va a ser necesario que te desmaye de un culatazo, Vanessa?
—…
—Así me gusta. Súbete. Ahora échate ahí, colabora y dobla las piernas. Así, muy bien. Callada te ves más bonita. Baja la cabeza y yo cerraré la tapa. Nunca saldrás de aquí.
Rocco
Sucede repentinamente. Mira alrededor y no sabe dónde está.
Un sentimiento vago le dice que no es la primera vez que no logra recordar. Se concentra, hace el esfuerzo, cierra los ojos con fuerza y vuelve a abrirlos. Como si fuera así de fácil despertar de la pesadilla.
Mira el paisaje, un bosque de eucaliptos, un camino de tierra, nada que lo oriente en el espacio, nada que le diga qué hace aquí. A unos cien metros hay un coche que le resulta vagamente familiar. Aprieta los puños en un intento pueril por contener la angustia, pero el grito escapa de su garganta.
—No sé dónde estoy.
Los recuerdos desaparecen y lo dejan abandonado en un mundo desconocido, aterrorizado ante la posibilidad de quedar perdido para siempre, sin pasado y sin memoria. ¿Qué hace parado en medio de un bosque de pinos y eucaliptos al borde de un sendero? A unos trescientos metros hay rancheríos que anuncian la periferia o los suburbios de alguna ciudad que, a juzgar por el aspecto desastrado y miserable, debe de estar en Latinoamérica o en África.
Siente el tacto frío del metal, extiende la palma de su mano y ve las llaves de un auto. El entorno es silencioso. Él está de pie y quieto, observa a su alrededor como un extraterrestre que acaba de hacer un descenso de emergencia con su nave en el planeta Tierra.
Oye una voz asordinada, y por alguna razón no se sorprende.
¿Por qué justo ahora piensa en Salvatore? ¿Por qué siente crecer la zozobra? Era un hombre serio y severo, pero también justo y bondadoso con el niño que fue Rocco, se dice a sí mismo. ¿O no lo era? ¿O se inventó una fábula que lo liberase del pasado? Intenta unir cabos sueltos de ayer y de hoy, no logra ningún resultado.
Sospecha que cuando regresen los recuerdos no serán exactamente los mismos, que su memoria no será igual cuando vuelva del vacío, del agujero negro. De alguna forma oscura sabe que quedarán huecos donde se habrán perdido los detalles, donde habrán desaparecido los lugares en los que estuvo, tiempos enteros de su pasado que se habrán borrado o mezclado, o adquirido otro significado.
La desmemoria le deja variaciones sobre su vida.
Gira trescientos sesenta grados para ver el lugar, camina hacia el coche, hacia la voz que a cada paso se hace más fuerte. Al borde del sendero de tierra y a unos cien metros está el vehículo, le resulta vagamente familiar aunque no lo reconoce. Del interior sale la voz que grita y pide auxilio, que la saquen de ahí. En un primer momento piensa que está en el asiento trasero, pero a medida que se acerca se da cuenta de que el sonido viene de la valija del auto. Cree que los gritos son de una mujer, aunque no puede estar del todo seguro porque el sonido llega distorsionado por la tapa que lo clausura y la distancia que los separa.
Mira las llaves en su mano, supone que son las del vehículo que tiene delante.
No recuerda si fuma o si dejó el cigarrillo, pero en caso de hacerlo, piensa, este debería ser el momento de prender uno.
La voz es de mujer, está seguro, y sus gritos empiezan a causarle una tristeza inexplicable. La evocación de Salvatore llega otra vez sin aviso, lo hace estremecer. Cuando él creció, recuerda, el hombre le contó la historia de su juramento como jefe de jefes, el rito de iniciación, las palabras que hasta hoy puede recitar de memoria: Bajo la luz de las estrellas y el esplendor de la luna, formo la santa cadena. En el nombre de Garibaldi, Mazzini y La Marmora, con palabras de humildad, formo la santa sociedad. Juro renegar de todo mi pasado hasta la séptima generación para salvaguardar el honor de mis sabios hermanos. No sabe dónde está, no recuerda qué hace en ese lugar, pero puede repetir el largo párrafo que tantas veces escuchó en boca de Tripodi hace tanto tiempo, en su juventud, palabras que significaban, ni más ni menos, la adopción de la omertà como forma de vida. La forma de vida que después adoptaría él mismo.
La voz suena desesperada, no para de gritar desde el interior de ese automóvil. ¿Por qué está en el baúl?, ¿quién es la mujer que llora y se desespera de esa forma? ¿Y qué hace él en este lugar, con estas llaves en la mano?
Siente desolación y deseos de fumar.
—Quiero un cigarrillo —grita a la nada.
No recuerda si fuma. Sabe que lo hizo, que empezó a hacerlo con Salvatore. Sonríe, es como si lo viera comer los frittole y los sozzizu de las fuentes que le hacía servir la mamma, lo ve sentado frente a la mesa en la mejor butaca, la de terciopelo bordó con posabrazos. Ahora va a vivir con nosotros, le explicó la viuda al hijo. Y así fue, Tripodi ya no se iría de la casa hasta la mañana en que lo sacaron en un ataúd de madera fina camino del cementerio del pueblo. Un hombre justo y bondadoso, Salvatore. Aunque podía ser violento, recuerda con cierta alarma, e inmediatamente quiere empujar la escena al olvido.
Pero oye los gritos que vienen del auto y el hilo de la angustia vuelve a tensarse.
El niño los vio por la rendija de la puerta.
Ella trata de zafarse, intenta recular y él la toma del pelo, la atrae hacia sí y la abofetea con el dorso de la mano. Después le da un golpe en el rostro con todo el puño, la tira sobre la cama y salta sobre su cuerpo. Desde la abertura de la puerta no ve la cara de su mamma, pero antes de darle la espalda y escapar alcanza a ver los cabellos negros y largos esparcidos sobre la sábana blanca. Al día siguiente, cuando ella hizo servir la comida que Tripodi devoraba sentado en la butaca de terciopelo del comedor, su cara todavía mostraba los cardenales.
Una cosa le crece en el pecho.
—Figlio di puttana! —grita.
Vuelve a oír los sonidos que salen de la caja del auto, los gritos que ahora le llegan mezclados con el susurro lejano del tránsito en la ruta, con una música distante que es cumbia o plena, y se acerca al coche con ese sentimiento que crece y lo ahoga.
Quiere fumar y no sabe si tiene cigarrillos, si todavía fuma o dejó de hacerlo. Tantea la puerta y entra, revisa el salpicadero, la guantera, encuentra un paquete y un encendedor. Ve que en el asiento de atrás hay un bidón que parece ser de combustible, que no recuerda haber cargado. Lo destapa y lo huele, asiente con la cabeza. ¿Para qué lo trajo?
Sale al exterior y enciende el tabaco, aspira el humo. Vuelve a ver la imagen de Tripodi, a ella no le ve la cara aunque sí el cabello negro y largo sobre la sábana. Cierra los ojos y, cuando el abismo es inevitable, los vuelve a abrir. La cosa que crece en su pecho lo ocupa todo, y Rocco adivina que va a llorar.
—Salvatore, figlio di puttana! —grita.
Siente un estremecimiento, los músculos del niño también se estremecen y baja el picaporte de la puerta del comedor, ve al hombre que come sentado en la butaca bordó de su casa, oye la risa terrible, vulgar, implacable, ve los cardenales en la cara de su madre, y otra vez se aleja, le da la espalda y huye.
Rocco tiene el encendedor en la mano, lo prende y mira fijamente la llama, ve el cabello negro y largo, la sábana blanca, los moretones. Lo atraviesa una súbita certeza de su error: no se da la espalda al enemigo si no está muerto. El que va a entrar en el comedor de la casa ya no es un niño, no es débil ni indeciso, baja el picaporte y empuja la puerta, lleva el encendedor en la mano y la llama bailando, las ganas de matar se transforman en alegría salvaje.
Tiene que apurarse, tiene que salvarla. Corre hacia el coche, saca su abrigo y los documentos, el bolso con el dinero, toma el arma y se la coloca en el cinturón contra la espalda. Oye unas patadas en el metal, golpes cada vez más fuertes. Maldito Salvatore, esta vez no podrás escapar. Saca el bidón y desenrosca la tapa, comienza a arrojar el combustible sobre los asientos, la carrocería, vacía el recipiente y lo lanza dentro, tira las llaves y se aleja, tantea el encendedor en el bolsillo, lo saca, oye el sonido seco y ve la llama. Esta va por ti, Salvatore.
El vehículo arderá, empezará a crepitar y él dejará atrás los gritos y los golpes, se alejará del humo, del aire espeso, recorrerá el camino de tierra que lleva al rancherío, ¿estará en Uruguay o en Brasil? No le importa.
Rocco camina y llora.
Tantea otras llaves en su bolsillo, siente el relámpago de la lucidez.
Úrsula
Tu cuerpo, confinado y apretado en el espacio reducido del baúl de un coche, enroscado sobre sí mismo, empieza a estar entumecido por la falta de movimiento y por el miedo. Afuera, la voz del hombre que bajó la tapa y te encerró aquí adentro grita palabras que no comprendés en un idioma que sospechás del sur de Italia, aunque tu ánimo no está para distinguir matices y hacer análisis lingüísticos.
Así, encogida y apretada en este lugar estrecho, sentís el pánico frente a la oscuridad, la claustrofobia del encierro, y confusamente pensás que, si pudieras, rebobinarías la historia hasta el momento en que saliste del supermercado. Te decís entre sollozos y mocos y gritos que, si estuviera en tus manos, cambiarías el pasado, desharías el momento en que saliste, tomarías a la izquierda y no a la derecha, llegarías a la calle por la otra puerta, caminarías en la dirección contraria, y dejarías atrás este horrible futuro que nunca llegaría a producirse.
Porque el miedo, ahora lo recordás, no es solo sentir un arma contra la nuca, es estar sola y encerrada en lo oscuro, en la negrura sin atenuantes de la cajuela de un coche o de una habitación clausurada, como ahora, como cuando eras una niña.
Sabés que ya no podrás volver el tiempo atrás ni hacer las cosas de otra manera, pero ay, si pudieras, retrocederías aún más, hasta el momento en que decidiste escapar de Montevideo. Te tomarías otro ómnibus con destino a otro lugar, a cualquier otra parte que no sea ese pueblo de mierda, la playa medio pelo, las cabañas Los Troncos, y nunca conocerías a Vanessa ni tendrías que cruzarte con Rocco ni estarías ahora en este hueco oscuro. ¿Qué te trajo a este lugar, a qué viniste? ¿Y qué impidió que te fueras antes? Te arde la garganta de gritar y llorar para nada, para nadie, porque en este bosque donde estás atrapada en el baúl de un coche no hay nadie más que el desquiciado de Rocco.
Él sigue ahí afuera, su voz lanza palabras incomprensibles, alaridos sin pies ni cabeza en algún dialecto italiano. Grita que quiere fumar, llora por la mamma, insulta y amenaza a un tal Salvatore. Te alcanza para tener la certeza de que está perturbado, que tal vez te haya encerrado y lo olvide como olvidó dónde había dejado su coche.
No, el miedo no estaba en el arma con la que te apuntó en la nuca ni en sus amenazas, el verdadero pánico llegó cuando se fue la claridad y te quedaste sola en este espacio diminuto y tenebroso y sin aire, cuando empezaste a suplicar: no, Papá, te prometo que no lo voy a hacer más, no me dejes encerrada, no apagues la luz, repetías en vano antes de que él clausurara tus esperanzas y cerrara la puerta de la habitación.
Los recuerdos del pasado llegan como postales que un ser malintencionado te envía desde pasados lejanos.
Si pudieras, rebobinarías la historia y evitarías el instante en que te obligó a subir al baúl del coche, en que te forzó a meter tu cuerpo en el espacio destinado a valijas y paquetes, al momento en que te preguntaste cómo podría caber tu volumen en este sitio. Y nunca, nunca llegarías a sentir las manos del hombre que te empujaron, te alzaron y compactaron, bajaron tu cabeza y cerraron la tapa con un golpe seco.
Ya no podés rehuir de tu destino. Tus gritos resuenan en este agujero lóbrego y oscuro igual al otro, al pozo opaco y negro en que se convertía la habitación donde Papá te dejaba sola después de cerrar las persianas y bajar la llave de la luz, cuando con un golpe seco de la puerta (¿la tapa del baúl del auto?) clausuraba tus esperanzas de animalito asustado.
Una niña, eras una niña que se dormía llorando, los ojos más apretados que cerrados, clausurados. El recuerdo de aquella Úrsula te llega sin aviso, la pequeña hambrienta que pensaba en comida cuando se despertaba y cuando se acostaba, antes de sentarse a la mesa y mientras devoraba las pequeñas raciones que Papá o la tía Irene ponían en su plato. Para dominar tu naturaleza propensa al desborde, te decían ellos, para que fueras hermosa y delgada como había sido tu madre, como eran Irene y tu hermana Luz. La niña que cuando terminaba de comer y se levantaba de la mesa, apenas aplacadas las ansias, seguía pensando en comida. La que se animó a robarla a pesar del miedo a Papá. Acurrucada en la valija de un coche, te llega el recuerdo del temor con que te acercaste a la heladera, la manita que se extiende y se acerca, tantea indecisa y temblorosa, la mirada vigilante a los costados, los dedos rozando la superficie fría y cromada cubren finalmente el metal, aprietan y tiran de la manija. La puerta de la heladera se abre, la niña pierde el control, toma lo que encuentra, engulle lo que va sacando, mete en su boca, devora, se apura, se atraganta.
Oye el sonido, pone atención y reconoce los pasos.
Cierra la heladera y tiembla. Gira la cabeza, la boca chorreada de jugo de carne y helado de chocolate, el vestido manchado de grasa, de salsa. La puerta de la cocina se abre con suavidad, el hombre se detiene bajo el marco y contempla a la niña, te contempla.
—Úrsula.
—No, Papá.
Tus deditos bajan y restriegan la pulpa de tomate contra el vestido, la manga intenta limpiar la boca de mayonesa, las mejillas de dulce de leche.
—No, Papá. Nunca más lo voy a hacer.
El hombre es alto y delgado, está vestido con traje oscuro y corbata, los zapatos lanzan un brillo negro y feroz. Tiene la mirada tranquila y acerada.
—Vení para acá, Úrsula.
—Te lo prometo, Papá.
Lejos del apartamento de la Ciudad Vieja de Montevideo, hecha un ovillo en la valija de un coche detenido al borde de un camino del Chuí, la niña solloza como entonces, intenta contener las lágrimas que de todas formas se deslizarán entre la grasa, el jugo, el pegote de dulce, caerán sobre el vestidito estropeado, sobre la alfombra de la cajuela del automóvil. Conoce el ritual del castigo y otra vez la sofoca el miedo, camina unos pasos y evita mirarlo. Piensa en la habitación oscura, la cabeza le da vueltas. El pánico a la oscuridad, la claustrofobia.
—No, Papá, por favor —susurra la niña en la valija de un coche.
Te paraliza saber lo que te sucederá. El miedo te violenta en el espacio mínimo de la parte trasera de un auto. Papá te tomará del mentón, te obligará a levantar la cabeza, va a carraspear, se aclarará la garganta. Dirá:
es por tu bien.
—Es por tu bien, Úrsula. Tengo que corregir tus debilidades.
Las lágrimas bajan por las mejillas entre la grasa, caen sobre el vestido manchado de carne, de babas. Papá te toma del brazo con delicadeza, te acerca a él, con suavidad te obliga a mirarlo a los ojos. El miedo a la oscuridad te ataca, te embiste.
—No, Papá.
Es inútil que le implores, ni un millón de súplicas podrían conmoverlo porque él ya no te escucha, te empuja con tanta levedad, te lleva al dormitorio, hasta la cama con la colcha de chenille rosado y el oso y las muñecas, los aparta con cuidado. Las sombras empiezan a invadir el cuarto cuando Papá cierra las persianas, tranca cada hoja de la ventana; la oscuridad avanza cuando corre las cortinas con imágenes de hadas, al tapiar cada resquicio por donde pueda entrar un rayo de claridad.
Estás acostada y temblando, hecha un ovillo en la cama o en la cajuela de un coche.
—Por favor. No lo voy a hacer más, Papá —decís ahora.
Sollozarás y tratarás de respirar en el aire viciado de la cajuela de un coche, entre lágrimas verás la cara seria de Papá, su ceño fruncido, los labios finos y tensos, su cuerpo alto, delgado, los zapatos de color negro. Sentirás miedo del miedo, de lo que vendrá, de la oscuridad, y con el llanto se irá colando un gusto amargo en tu boca, un principio de rencor pegajoso que te hará temblar más fuerte.
El temor y la rabia te agriarán la saliva.
Tu padre, que en aquella tarde de sol de la infancia todavía está vivo, sacará la llave de la cerradura de la puerta de tu cuarto y se detendrá unos instantes. Tal vez todavía te perdone, pensarás con un último destello de optimismo, quizás abra las ventanas, deje pasar el sol y puedas salir. Papá es bueno y vos no lo odiás, o apenas un poco cuando habla de tu cuerpo y dice propenso al desborde.
—Un día de castigo, Úrsula, de oscuridad y ayuno. La oscuridad para hacerte fuerte, el ayuno para limpiar tu cuerpo.
Los zapatos crujen sobre el piso de madera.
—Alicia vendrá antes de que anochezca, te traerá agua y podrás ir al baño. Tu castigo terminará a las ocho en punto de la mañana, Úrsula.
Papá cierra la puerta y clausura el último pedacito de ese día de sol, lo oís dar una vuelta de llave y después otra, no querés levantar la vista y mirar las sombras que te rodean. Te acurrucás, hundís aún más la cara en la almohada que se humedece con tus lágrimas. Una voz te susurra que algún día él tendrá que pagar por esto.
Oís los pasos que suponés de Rocco y tu llanto comienza a apagarse. En el diminuto espacio del equipaje, los músculos se agarrotan y los sentidos se mantienen alertas. Oís abrir una de las puertas del auto, oís que revuelve papeles y objetos como si buscara alguna cosa. Estás atenta a los ruidos, percibís olores, intentás identificarlos: filtraciones de agua, humedad en las alfombras, metal que se descompone en óxido, aromas ácidos y herrumbrosos se te cuelan entre las muelas. Desechás las pestilencias antiguas, buscás el origen de un olor nuevo que lentamente empieza a llegarte, algo tenue y lejano como venido de una botella recién destapada.
¿Es posible que sea combustible? No es tranquilizador oler combustible atrapada en una jaula. Otra vez oís la puerta del coche, esta vez cerrándose.
Si pudieras encontrar el ángulo y doblar la articulación de la rodilla, tomarías impulso, pegarías con fuerza la punta de los zapatos contra la tapa. Buscás la posición, estás a punto de lograrlo, de flexionarla, cuando olés el humo del cigarrillo y oís el grito.
—Salvatore, figlio di puttana!
Y los pasos que se alejan.
Te revolvés tratando de encontrar la postura de la pierna, un poco de espacio que te permita tomar impulso y patear la tapa cerca de la cerradura, tratar de romperla. Te arrinconás contra el fondo, encontrás el mejor ángulo. Una patada y la tapa ni se mueve. Otra. Y otra. Después de varios golpes, oís un ruido metálico, ¿la cerradura empieza a aflojarse? Es entonces que los pasos regresan y vuelven a entrar al coche, oís el sonido inconfundible de un líquido que se derrama y sentís el olor del combustible.
Después, un silencio. Y el ruido inconfundible del fuego.
Gritás con todas tus fuerzas, pateás el metal de la tapa, una y otra vez, golpeás cada vez más fuerte. Se te erizan los pelos de la nuca al oler el humo del tapizado que se quema. Oís el crepitar de las llamas justo detrás de tu cabeza, el terrible sonido de la combustión que se aproxima, que suena cada vez más cerca de vos. Un puntapié enardecido, otra patada, el calor te cerca, sentís olor a pelo chamuscado: es tu propio pelo. El cuerpo te empieza a arder por el calor que avanza. Golpeás y la tapa no cede. Te duelen los pies, empezás a sentirte exhausta.
Escuchás la voz de Papá: Nunca saldrás de aquí, Úrsula.
Buscás el ángulo, con rabia golpeás la tapa, le pegás tan fuerte que vuela sobre tu cabeza, benditos autos de fabricación china, te incorporás, tratás de abrir los ojos en la humareda, te ves rodeada por una hoguera.
Bajás una pierna y la otra con una velocidad que nadie te atribuiría, te lanzás al suelo, salís a toda velocidad de entre las llamas cuando el fuego ya empezaba a alcanzar tu ropa, a quemarte el cuerpo, a chamuscarte el pelo. Te alejás del incendio a una rapidez que nunca habías alcanzado. Entonces ves a Rocco que también corre allá adelante, que se pierde entre los rancheríos.
Úrsula y Pintos Cunha
Cuando llegó la Policía a detenerme estaba sentada tomando un café en el exterior de un bar sobre la línea fronteriza.
El día anterior, después de escapar de la cajuela del coche incendiado, de correr como una demente hacia ninguna parte, de atravesar un bosque de eucaliptos y pinos para alejarme del auto en llamas y de Rocco, después de caminar sin rumbo con la mente en blanco y aturdida, de alguna forma llegué al hotel y me derrumbé sobre la cama. Dormí doce horas seguidas.
Cuando desperté, sentí un insoportable olor a quemado, me llevé la mano a la cabeza y noté el pelo revuelto e hirsuto. Fui hasta un espejo y revisé los daños, los mechones chamuscados, poca cosa al lado de lo que pudo haber sido si no abría a tiempo la maldita tapa del baúl del auto. Las rodillas me dolían, la cara me ardía, tenía moretones en los pies. Nada que no fuera a sanar, nada como lo que pudo ser irremediable.
Me bañé, me vestí pensando que aquello empezaba a ser demasiado. Papá decía que yo había entrado en el submundo del hampa, en un ambiente de delincuentes que no era para mí, y por una vez tenía razón. Me descubrí añorando el apartamento en la Ciudad Vieja, los muebles antiguos y las colchas de chenille, mis rutinas, las aburridas traducciones y mis paseos por el barrio. Me había equivocado al venir aquí, todo lo había hecho mal.
Mis ojos aterrizaron sobre la mesa, en el portafolio de Vanessa. ¿Y si todavía quedaba algo que podía hacer bien?
Tomé el maletín y salí de la habitación, me fui del hotel en busca de un sitio donde sentarme a desayunar.
Encontré un bar en la línea exacta que divide los dos países, del lado brasilero. Frente a un café saqué las agendas, los sobres con las fotos, tragué saliva y miré las imágenes de esas niñas con el corazón hundido en la boca del estómago. El índice de una de las libretas, como había supuesto, consignaba los nombres de los clientes, el de la segunda registraba los nombres de las explotadas en lo que parecía una división rígidamente heterosexual, aunque quién podía saberlo. Los dos detallaban lugares y fechas, supuse que las de los encuentros. Volví a toparme con el nombre de Antinucci, descubrí otros apellidos conocidos.
El día parecía de primavera, sentada en el bar leía y me sacudía la dimensión de la infamia, a ratos levantaba la vista y trataba de normalizar la respiración frente a la sorpresa y el escándalo.
Hice un alto en la lectura, traté de recuperar el sosiego frente al detallado esquema de explotación sexual de menores que tenía frente a mí.
Veía la avenida principal del Chuí de Brasil, la calle-frontera, y todo me parecía igual de sucio y ruidoso, igual de feo y zaparrastroso de un lado que del otro. Desde allí miraba pasar a la gente con sus bolsas de compras, con sus enormes cajas de electrodomésticos chinos, sus fundas de plástico con bebidas colas, sus paquetes de toallas con cabezas de tigres, de colchas con el Corcovado o la Sirenita. Olía los caños de escape, escuchaba a los vendedores ambulantes, el extraño trajín de una ciudad mestiza y caótica que a última hora de la tarde empezaría su rápido declive hasta morir.
Ya no iba a llover, el cielo lucía despejado y brillante, y me disponía a pedir una botella de agua para beber en el camino de vuelta al hotel. Maldito Rocco, pensé, se había llevado el auto de Vanessa y ahora tenía que pensar en otro medio de transporte.
Iba a llamar a la chica y me distrajo el ruido de tres patrulleros que llegaron a toda máquina por la avenida, se detuvieron en seco y en doble fila a unos metros del bar. En ese momento, y viendo la cantidad de efectivos, me pregunté qué podría ameritar semejante despliegue, tal vez toda la fuerza policial del Chuí en un solo operativo. Todavía sorbía mi café amargo y mi respiración era pausada. Las luces en los techos de los coches giraban enloquecidas, azul, rojo, azul, rojo, las puertas se abrieron de golpe y diez o doce uniformados se lanzaron a la calle, botas, cachiporras, armas de fuego. Los vi avanzar en dirección al bar, hacia donde yo estaba sentada.
Eso fue unos segundos antes de que empezara a alarmarme.
Las mesas solitarias bajo la pérgola, la puerta del bar y más allá el mostrador, el pasillo que llevaba a los baños y a la cocina: miré el entorno y vi que estaba sola. Yo era la única persona en veinte metros a la redonda.
Como producto de un acto reflejo o de un mal presentimiento guardé las fotos en los sobres que, con las agendas, fueron a dar al portafolio, y atiné a componer la combinación. Tomé la taza y apuré en un trago las últimas gotas, alcancé a dejar un billete arriba de la mesa.
Todo lo que podía hacer era observar los movimientos de los policías, verlos evolucionar hacia mí, sentir crecer la certeza de que en ese momento yo era el centro del universo.
Los efectivos les cerraron el paso a los peatones, cuatro policías para un lado y cuatro para el otro, y me rodearon. Fue entonces que reconocí a la comisaria. ¿Pintos, había dicho que se llamaba? Hurgué en la memoria tratando de recordar el nombre completo. Avanzaba hacia mí escoltada por policías altos y musculosos, y yo había visto suficientes películas para saber que debía mantenerme más que quieta, inmóvil, con las manos a la vista, aunque la dignidad me impidió el gesto obsecuente de levantarlas. Pintos se aproximó con paso militar y firme, con el ritmo acompasado y seguro que da la autoridad, que solo llega con los años de ejercicio, y no hubo necesidad de más demostraciones de fuerza. La cachiporra de goma negra y una pistola calibre 45 colgaban de su cinturón y hablaban claro por sí mismas: podemos hacer astillas con tu cráneo, nena.
Si lo que ella quería era detenerme, todas las luces del firmamento brillaban de su lado. A mí solo me quedaba dejar las manos quietas sobre la mesa.
Desde algún lugar cercano a mi oído derecho llegó la voz de Papá: ¿qué decías de ser una mujer distinta de aquella que traducía poesía haitiana encerrada en un apartamento de la Ciudad Vieja? Escuché su risa irónica, su voz diciendo que me lo había advertido, te lo dije y no me quisiste escuchar, Úrsula, el crimen no paga, el que emprendiste fue un camino sin retorno y ya es tarde para arrepentimientos, una vez que se entra en el hampa no hay puerta de salida. Callate, Papá, mi fracaso es tu arma arrojadiza, pero ¿quién necesita la opinión de alguien que está inexorablemente muerto?, vas a ver que logro escapar de esta como de tantas otras. Andate y no salgas del ataúd, ya tengo suficiente con la comisaria Pintos.
No tuve necesidad de mirar a los costados para saber que no había manera de huir, que no podía ni pensar en una situación como la que había forzado en el centro comercial de Montevideo cuando escapé de Antinucci por el viejo túnel. Esta vez no tenía un camino planeado y expedito que me permitiera desaparecer, estaba ahí sentada y quieta, las manos húmedas de sudor sobre la mesa viendo acercarse a los efectivos policiales. Inmóvil frente a la taza de café vacía, estaba atrapada entre el ajetreo de la calle, la fachada exterior de un bar de mala muerte y el cerco que formaba una decena de policías. Pude leer la placa de plástico azul: COM. D. N. PINTOS CUNHA. ¿De qué serían la D y la N? ¿Dora, Natalia? Mejor no arriesgar: una mujer nacida en la frontera con Brasil puede tener infinitos nombres fantasiosos e inimaginables, desconocidos para el resto del planeta.
¿Diomar, Noralisa? No debía reírme en una circunstancia como esa.
—Señora Vanessa Steel, queda detenida.
Por el rabillo del ojo vi a la camarera apresurarse por el largo corredor desde la cocina, salir al exterior para no perderse un solo detalle o tal vez para exigirme el pago del café antes de que marchara presa.
Sentí el cuerpo agarrotado por la tensión, aunque solo pasaron unos segundos desde que me había percatado de que venían por mí.
La voz llegó dura, cortante.
—Póngase de pie.
La comisaria sacó unas esposas del cinturón y me clavó la vista, una orden muda de que extendiera las muñecas que yo obedecí sin preguntar ni discutir. Uno de los agentes tomó el portafolio que había quedado sobre la mesa.
Acababan de detenerme por explotación sexual de menores.
El ruido del metal al cerrarse las esposas clausuró definitivamente la escena.
Pintos Cunha y Úrsula
Úrsula llega a la comisaría como llegaría una delincuente en toda regla, manos esposadas, un policía tomándola de cada codo.
En la sala predominan los tonos de beis y cromado, algo que quiso ser elegante y se quedó por el camino, un esfuerzo que alguien malgastó en la decoración del espacio, tal vez fruto de un presupuesto coyuntural, inesperadamente generoso y definitivamente desperdiciado. Las luces fluorescentes del techo, siempre impiadosas, se empeñan en resaltar lo más ordinario y decadente de tanto afán. No volveremos a mencionarlo, pero cada uno de los muebles, cada uno de los detalles constructivos del espacio de la comisaría donde Úrsula se encuentra, nos recuerda lo peor de la industria brasilera de los años ochenta, que ya es mucho decir.
Una mujer policía le revisa los bolsillos, hace un montoncito con lo obtenido y le devuelve el reloj que ella volverá a lucir en su muñeca. En una gran bolsa de plástico con cierre quedarán sus pertenencias: un portafolio cerrado con candado de combinación, unos dólares y algo de plata uruguaya, un par de tarjetas de crédito y documentos, todo a nombre de Vanessa Steel, unas monedas sueltas, un ticket de un supermercado, muchos envoltorios vacíos de golosinas.
—Firme acá y acá —le dice.
El sargento a cargo de los ingresos levanta la vista, la invita con un gesto a sentarse en una silla frente a su escritorio. Úrsula, qué otro remedio le queda, se sienta donde le indican y espera, suspira. No se la ve nerviosa, se diría que controla sus emociones, o tal vez esté en estado de shock debido a los acontecimientos que se han ido acumulando desde que llegó en un ómnibus desde Montevideo.
Más allá del escritorio del sargento a cargo de los ingresos hay una mujer uniformada con el cabello recogido en un moño. Parece concentrada, trabaja frente a una computadora y teclea. No levantará la vista en todo el tiempo que dure esta escena, como si el hecho de traer a una mujer esposada y agarrada de cada codo por un agente fuera lo más normal en este ámbito.
Pero no nos disgreguemos en consideraciones que no hacen al meollo de la cuestión: Úrsula, por primera vez en su vida, está detenida en una dependencia policial. Ella, que tal vez merecería haber conocido un calabozo hace mucho tiempo, entra por primera vez en una comisaría en calidad de detenida y por los delitos de otra persona. Extraño, ¿no? Casi una reivindicación, un desenlace ejemplarizante, un acto de justicia poética.
El sargento comienza a interrogarla, le pregunta sus datos en un español apenas decente. Ella responde, dice que se llama Vanessa Steel, que vive en Punta del Este, calle Cannes y Guanabara, en el barrio San Rafael. Esta vez ha olvidado el nombre de la casa, y lo omite. Levanta la vista, la fija en el agente.
—¿Conoce?
—No. ¿Es Montevideo?
—No, señor, le estoy diciendo que es Punta del Este.
—Sí, sí, claro. Punta del Este.
Pronuncia Pontadeleschi y Montevidéu en su portuñol y teclea absorto, tal vez debido al esfuerzo de hablar una lengua y escribir en otra. Úrsula piensa que si Vanessa estuviera en su lugar insistiría en preguntarle si conoce el lugar y, ante la negativa (porque es claro que este hombre nunca fue más allá de Hermenegildo), le diría que vale la pena y que no son muchos kilómetros de distancia desde acá. Lo diría con encanto, haría que no sonara desdeñoso ni presumido, solo entusiasta, le hablaría con su tono de voz agradable y un dejo sensual. Pero ella no lo hace, no insiste con el tema porque en este momento Úrsula está harta de ser Vanessa Steel. Muy cansada.
Y se calla la boca.
El policía saca el material y le toma las huellas dactilares, sin quitarle las esposas. Ahora es cuestión de tiempo para que sepan quién soy, piensa. De alguna forma aparece una cámara de fotos y una placa con números que el agente coloca delante de ella y sobre el escritorio. Clic, clic de frente, gírese por favor, clic, clic de perfil. Es entonces que aparece la comisaria D. N. Pintos Cunha, lo ve y pone cara de ¿qué está haciendo, sargento?
—¿Qué está haciendo, sargento?
—Saco huellas y fotos, comisaria.
—Borre todo inmediatamente de la computadora, del disco duro, de la cámara. Que no quede nada, ni un solo dato. Y traiga a la detenida, hágame el favor.
El sargento la conduce por un corredor, la pared pintada con una línea roja y extintores de incendios a los costados. La hace detener frente a una puerta. Úrsula, sin haber pisado nunca una sala de interrogatorios, la reconoce de un solo vistazo: una mesa y tres sillas, una repisa con una jarra de café, una laptop y una cámara de video, un grabador, un panel de vidrio espejado detrás del cual, lo sabe muy bien, suelen estar los capitostes de la Policía. Por ejemplo, los de la Federal de Río Grande. Porque Úrsula, que no ha tenido una vida excesivamente agitada (aunque tampoco desprovista de interés, como podría pensarse de una traductora que pasa la edad mediana), suple las experiencias que no ha vivido con los policiales que ha visto y leído. Reconoce el lugar de un vistazo, decíamos, sabe que en instantes la dejarán sola y cerrarán la puerta, y la harán esperar un tiempo más o menos largo porque, ellos suponen, la soledad y el silencio provocan ganas de hablar. Más tarde entrará la comisaria Pintos Cunha, le ofrecerá café o agua, pondrá en marcha la cámara y el grabador, se sentará frente a ella y comenzará el interrogatorio.
Sin embargo, las cosas no sucederán exactamente así.
El tiempo más o menos largo se transformó en horas y horas de espera, aunque pasaremos por alto los detalles por carecer de interés. Fijaremos la atención en el momento en que la comisaria vuelve finalmente a la sala y se sienta frente a la detenida.
Úrsula la ve abrir un cuaderno, sacar una lapicera y hacer anotaciones. Observa que la mujer es alta y delgada, no es joven y tiene la piel casi negra, la ropa planchada y las botas relucientes. Hay un silencio largo, revisa unos apuntes. De afuera llega un zumbido que bien podría ser de un coche que llega por la ruta o del aparato de aire acondicionado. Úrsula observa casi contrariada que la mujer no accionó la cámara ni puso a grabar la conversación.
—¿Quiere un café, señora Steel? Me toca retribuir el que me invitó. No será tan bueno, pero es lo que tenemos.
Úrsula cae en la cuenta de que Pintos habla muy bien español. No a duras penas como el sargento, sino con un manejo cómodo y fluido de la lengua, y se pregunta cómo no lo advirtió antes, cuando entró en su casa y se sentó frente a su mesa, cuando le hizo preguntas sobre el incendio. ¿Será que los sentidos se agudizan cuando una está detenida y en una sala de interrogatorios?
—Gracias, comisaria Pintos Cunha, me va a venir muy bien reponer el café que tomaba en el bar y que usted me hizo atragantar cuando me detuvo.
La policía no sonríe, no afloja nunca la línea del entrecejo. Tiene más de cuarenta y cinco años y se podría decir que es negra, observa Úrsula, y una mujer como ella no llega nunca a comisaria de Policía si sonríe o afloja el entrecejo.
Úrsula suspira. La vida no es fácil para nadie.
—Supongo que ahora llega el momento en que usted me interroga.
—Se equivoca, no la voy a interrogar.
Oye un golpeteo en la puerta, la comisaria se levanta y abre, deja pasar a una persona vestida de particular.
—Leonilda, cuánto tiempo sin vernos. Te estábamos esperando. ¿Ya te entregaron la copia del expediente de la mujer que murió en el incendio? Bien. Como te dije, no creo que haya autopsia. El fuego se debió a una falla eléctrica y encontramos un frasco de hipnóticos a su lado. Una fatalidad. Y acá tenemos a la señora Vanessa Steel.
La comisaria Leonilda Lima no contesta. Mira a Úrsula y se aferra al borde de la mesa. Se deja caer en una silla, no para de mirarla.
—¿Sucede algo, Lima? ¿Te sientes bien?
El silencio se prolonga algunos segundos más de lo conveniente.
—Creo que sufrí un mareo, Dirley.
—Iba a darle un café a la señora, ¿te sirvo uno?
—Sí, por favor. Con bastante azúcar.
—Claro, el cansancio del viaje, colega.
—Eso mismo, Dirley, el cansancio. Un terrible, enorme cansancio.
La comisaria sale a buscar otra taza. Las otras dos mujeres quedan solas.
Se miran, se miden.
Úrsula siente que el universo le cae encima.
El aire se hace duro, irrespirable, y el tiempo se escurre en silencio. Cierra los ojos, hace fuerza con su mente, trata de disolver la presencia de Leonilda.
Pero no todo lo sólido se desvanece en el aire.
Después de beber un café en silencio, las tres mujeres salen de la sala de interrogatorios al ambiente donde predominan los tonos de beis y cromado. Pintos Cunha entrega a la comisaria Lima la bolsa plástica con las pertenencias de Úrsula. Leonilda habla de los traslados a Uruguay, de hacerlos lo antes posible: el cuerpo irá directamente a la morgue de Montevideo y ella conducirá a la detenida. Quiere salir de esta situación anómala, le dice a Pintos Cunha, cruzar la frontera e iniciar el trámite de detención formal, el ingreso de Vanessa Steel a la comisaría y el parte al juez de turno de su país. La comisaria Pintos Cunha conoce a Lima lo suficiente como para sospechar que no se siente cómoda fuera de los límites de la legalidad, y que está metida en esta situación en contra de su voluntad.
Casi se diría que hace calor cuando salen de la comisaría y atraviesan el asfalto de la explanada rumbo al coche. Úrsula va adelante, esposada por el frente, y la comisaria la sigue a poca distancia. Leonilda camina distraída, tal vez debido a la sorpresa de encontrar a Úrsula en el lugar de una tal Vanessa. Tampoco puede dejar de pensar en el tema que le ronda la cabeza desde que salió de Montevideo: por qué la envían a la frontera en un procedimiento ilegal. ¿No alcanzaba con sacarla del caso del robo al blindado? ¿Hasta dónde quieren empujarla? Porque a esta altura le resulta evidente que Clemen quiere perjudicar su carrera.
Pero esta vez no lo va a permitir.
Ya anocheció.
Pintos Cunha las acompañará hasta la puerta, se despedirá de una dándole la mano, de la otra con una inclinación de cabeza, se dará media vuelta para retornar a sus tareas. La veremos alejarse refunfuñando para sí misma que el tal Pedro está loco, que lo único que le faltaba a ella era ponerse a buscar huellas dactilares y material genético en una cabaña porque esta mujer no tiene la voz ni el carácter que debería tener. Y porque no se despidió al partir. La veremos desaparecer por esa puerta, entrar en el local beis y cromado que alguien decoró con mucho esmero y poco tino sin dejar de masticar frases como que se ocupe Lima o ese ya no es mi problema.
Úrsula y Leonilda llegan al auto y, aunque la comisaria sabe que el protocolo de conducción indica que el traslado en vehículos policiales deberá realizarse con los detenidos esposados por la espalda y ubicados en el asiento trasero, hace entrar a Úrsula en el sitio del acompañante.
El protocolo está lleno de reglas que hoy ella no está dispuesta a seguir.
Le abre la puerta, espera a que suba y cierra, la mira como si quisiera asegurarse de que todo marcha de acuerdo a lo previsto.
Úrsula tiene la vista fija en algún lugar, tiene la boca cerrada y hosca, tiene la actitud enfurruñada de un mago de feria al que le salió mal el truco.
Leonilda y Úrsula
Adentro, el único movimiento es el de la suspensión del coche que lleva a las dos mujeres. Afuera, hay una quietud de pueblo a la hora de la cena, un rumor de insectos que se cuela por los vidrios de las ventanillas bien cerradas, unos remolinos de polvillo rojo de tierra.
—¿Tiene que pasar a buscar algo por el hotel, Úrsula?
—Nada que me importe.
Después que lo dice piensa en el .38 y ya no está tan segura, pero no quiere pedirle nada ni dar el brazo a torcer.
—Bien, sigamos.
—¿Me reconoció enseguida?
—En cuanto la vi.
—¿Adónde me lleva?, ¿a la Seccional del Chuy o a Montevideo?
—Quiero dejar algo en claro desde ahora. Yo no la voy a llevar a ninguna parte.
Dice esto y detiene el coche al borde del camino de tierra, saca una llave y se la muestra, la mantiene en alto hasta que Úrsula levanta las muñecas y la comisaria le abre las esposas. Gira y toma del asiento de atrás la bolsa con sus efectos, se la entrega. Úrsula la abre, saca el portafolio y lo aferra entre sus piernas.
—Está libre, puede irse.
—¿Por qué me libera, comisaria?
—Llámeme Leonilda, por favor.
—Puedo intentarlo, pero no se lo prometo. Usted es la ley y yo soy lo que soy. ¿Por qué me deja ir?
—Es difícil de explicar. Tendría que contarle acerca de un proceso interno, personal e íntimo, el camino de mi relación con el poder, el descubrimiento de la injusticia y de la impunidad dentro de un sistema en el que creo o creí. Como ve, son grandes temas, más dignos de un filósofo que de una policía.
—No sé si entiendo de qué habla. ¿Podría ser más explícita?
—Podría, pero no en este momento. No tengo ganas de hablar de un asunto doloroso que no termino de procesar.
—¿Y qué tiene que ver su decepción con el sistema con mi libertad?
—Solo le diré algo respecto de su caso: no pienso acatar la orden de mi superior y detenerla de forma irregular.
—¿Y entonces?
—Entonces, por una vez, haré lo que yo crea que tengo que hacer.
—¿Piensa cometer un acto de desacato?
—Bastará que le diga a mi inspector que usted no era la persona que vine a buscar. ¿Se da cuenta? Que era la mujer equivocada. ¿Y acaso no es cierto?
—¿Le puedo preguntar qué va a suceder después? ¿Cómo va a enfrentarse con usted misma, con su acto de desobediencia, con su falta de confianza en la institución?
—Ahora que lo pregunta, creo que voy a enfrentarlo así: tomaré una botella entera de whisky. Seguro que eso me va a ayudar. ¿Me acompaña?
—Yo la acompañaría, pero da la impresión de que en el pueblo no hay nada abierto.
—Mire, hace unos años trabajé en la Seccional Quinta del Chuy. De aquella época conozco a la comisaria Pintos Cunha y estas dos ciudades que, de alguna forma subterránea, son una sola. Tenemos que llegar a la Samuel Priliac y después seguir derecho. El boliche se llama Mira cómo Llora la Infeliz.
—¿El nombre es una broma suya?
—De ninguna manera, un sitio conocido en todo el departamento de Rocha y me atrevería a decirle que en buena parte del sur de Río Grande.
El poeta Martín Palacio le dedicó algunas de sus más bonitas páginas.
—Vamos al Mira cómo Llora la Infeliz, Leonilda.
El recorrido no dura mucho, ningún recorrido dura mucho tiempo en este lugar. Calles de tierra sepia, casas descoloridas por el tiempo, la mugre y la miseria, y sorpresivamente el violeta furioso del frente del local, un corte cromático en el barrio, un hachazo en el entorno.
La actividad alrededor del bar desmiente la quietud de la noche pueblerina. Hay una puerta estrecha y mucha gente, todo el Chuy y el Chuí parecen haberse dado cita: obreros, paisanos, empleados de free shop, policías jubilados reciclados en guardias de seguridad.
Adentro es oscuro y ruidoso, huele a caña y cerveza, suena la música de Pinky Costa y los Mogambo.
Úrsula apoya las manos sobre la mesa pegoteada y las retira inmediatamente como si la hubiera mordido una alimaña, como si hubiera recibido una descarga eléctrica. Leonilda va hasta el mostrador, la ve saludar acá y allá, repartir abrazos y besos, volver con una botella de whisky y dos vasos, sentarse enfrente.
Los ojos de Úrsula no dejan de acumular impresiones sobre el lugar y la gente. Ve acercarse unos zapatos de taco fino, negros, lustrados y muy brillantes, un vestido tachonado haciendo juego con unos guantes hasta el codo, la peluca rubia platinada. El metro ochenta y cinco que aportan sus cromosomas X e Y no restan dignidad al vestuario. La voz es agradable, tono bajo, discreto amaneramiento, fuerte acento fronterizo.
—Tanto tiempo, Leonilda. ¿Qué andás haciendo por acá?
—Si te cuento, no acreditás. Vine a buscar a una muerta. Y estaba viva.
—É muito certo, acá hay mucho muerto en la vuelta, Leo. Y están bien vivos, você já sabe.
—Sí, sé. Es que andaba buscando algo errado: a la persona equivocada.
—Como todas, Leo.
—Jessi, esta es Úrsula. Úrsula, le presento a Jessica Moreno, vieja amiga de los tiempos en que trabajé en el Chuy. Una talentosa artista.
—Encantada, Úrsula.
—Igualmente, Jessica.
—Ahora nomás subo a cantar.
La ven alejarse, subir al escenario. Las luces la siguen, acompañan sus desplazamientos, y la ovación explota cuando arranca con Fiesta de Raffaella Carrà.
La comisaria ve y oye el estallido de la gente, el coro espontáneo, y piensa que sí, que esa noche cambiará su vida. Porque desde hace tiempo, antes de abrir la puerta de la sala de interrogatorios y ver a Úrsula López sentada en el lugar donde debería haber estado la otra mujer, sufre una mezcla de ambiciones frustradas, de expectativas abortadas y confianza defraudada, de afectos heridos, ve su vida devastada por el desencanto. La comisaria experimenta sentimientos iguales y contrarios: la lealtad a la fuerza policial, su fe en la Justicia, y la decepción, la contrariedad de integrar un cuerpo en el que la corrupción se disemina como un cáncer.
Pero esta noche cambiará su vida, y ella va a hacer lo que le parezca justo.
Úrsula la observa servir los vasos hasta arriba, tomar el suyo y beber la mitad del líquido sin respirar. La escucho, piensa en decirle como una forma de iniciar la charla, pero enseguida lo descarta. Demasiado directo, demasiado obvio. Ya no le cae tan mal, la comisaria, hasta sería capaz de advertirle o al menos insinuarle que no se puede ir así por la vida, con esa candidez, teniendo sueños húmedos con la justicia y la honestidad. No pienso acatar la orden de mi superior y detenerla de forma irregular, le dijo Leonilda, y así la futura conversación, si es que hay una conversación en el futuro, pasa a otro plano en el que ya no importan las razones que puede tener para dejarla en libertad. Hay algo más grave, más profundo y personal en esas palabras. ¿Cómo dijo ella? Un proceso interno, el camino de su relación con el poder. Úrsula mira el vaso de whisky y no se decide a beber, piensa que podría haber pedido otra cosa, como un campari. No, ya no le gusta el campari, en realidad nunca le gustó.
Leonilda se toma su tiempo para hablar.
—Escuche, escúcheme bien —le dice a Úrsula después de tragar el primer sorbo del segundo o tercer vaso, y de eso hace una media hora.
La botella promedia cuando Leonilda vuelve a abrir la boca.
—Me equivoqué. ¿Nunca le pasa?
—Todo el tiempo.
—Ahora veo que no era a usted a quien debía perseguir. Sí, es cierto que se llevó el dinero del robo, pero visto en su globalidad, el acto carece de importancia. En cambio, Clemen, mi jefe, fue el cerebro del asalto o facilitó las cosas, que para el caso es lo mismo. Ahí está lo verdaderamente importante.
—Clemen con el doctor Antinucci.
—Antinucci es un delincuente, un narcotraficante, un ladrón, pero no representa a las fuerzas del orden público. En cambio, el inspector, que está para defender la ley y proteger a los ciudadanos, usó información privilegiada que obtuvo por sus funciones, usó la infraestructura y los recursos humanos de la fuerza policial para organizar el asalto y para tapar los delitos cometidos. ¿Se da cuenta de la diferencia? Es mucho más grave.
Leonilda habla y el contenido de la botella baja vertiginosamente.
Úrsula la escucha con admiración, piensa que la suya es una forma de ver el mundo y es a la vez su derrota frente a él, su incapacidad de postrarse ante el poder que maneja el mundo. Algunas horas más tarde, el respeto que le merece alguien capaz de mantenerse erguido después de beber la cantidad de whisky que la comisaria bebió, hará que deje algunos comentarios y preguntas de lado. Tampoco eran tan importantes. O quizás haya otra oportunidad. Es una idealista y está irremediablemente perdida, pero eso no la hace peor ni mejor, porque todos estamos perdidos, piensa Úrsula, y aprieta el maletín entre las piernas. Y cada uno se pierde como puede.
Úrsula y Leonilda
—Tenemos historias que contarnos, Úrsula. Yo vine a buscar el cadáver de Úrsula López y a llevarme detenida a Vanessa Steel. Pero me encuentro con que Vanessa es la muerta y que Úrsula ahora es ella. Porque el cuerpo que está en la morgue es el de la otra mujer, el de la señora Steel. ¿Me equivoco?
—No, no se equivoca, pero es largo y complicado de explicar, ¿está en condiciones de escucharme?
—Estoy en uso de mis facultades. Al menos hasta la próxima botella.
—Voy a contarle la verdad, desde que escapé de su vigilancia en el cementerio hasta que vi las fotos que me revelaron la verdadera actividad de Vanessa.
—¿Y el robo al blindado?
—¿Usted tiene una obsesión con ese tema?
—Es lo que dice mi jefe.
—Si quiere y tiene el tiempo, también le cuento lo del asalto.
—Espero que me diga la verdad.
—Estoy demasiado borracha para mentir.
—Es cierto, los borrachos no mienten o mienten mal. Empecemos por donde le decía, si le parece. Por el asalto al blindado y su fuga con el dinero.
—Ese tampoco fue el verdadero comienzo. Todo empezó antes, con una llamada que recibí en medio de la noche. El teléfono fijo de mi casa, que nunca sonaba, esa vez sonó. Era Germán, el secuestrador de Santiago Losada, ¿recuerda el caso?
—Claro que sí.
—El secuestrador, Germán, fue el que hizo esa llamada a mi teléfono para pedir un rescate por mi marido.
—Pero usted no… —Yo no tengo marido.
—¿Se equivocó de número?
—Yo diría que se equivocó de persona.
En la mesa grasienta del Mira cómo Llora la Infeliz se van sucediendo las horas, las historias van pasando. Úrsula cuenta y Leonilda posa su mirada estrábica en quién sabe dónde, le sonríe con la boca, con la cara, con la frente, con el pelo. En algún momento termina el relato y le siguen las confesiones personales de las mujeres. Hay que ver lo que hacen un par de botellas de whisky.
—Los enemigos dejan heridas visibles, querida comisaria, golpes, miedo, una bala. La familia, en cambio, deja heridas de verdad: las que nadie ve. Esa es la explicación de quiénes somos hoy.
Ve que Leonilda toma la botella, pero ya no queda una gota.
—¿Le dije que mi padre, después de muerto, logró instalar su imagen en mi casa y su voz en mis oídos? ¿Que me habla cada vez que mi conciencia vacila, que dudo o me acobardo, como si no me bastara a mí misma para sumirme en el desaliento o en el pesimismo?
Úrsula no espera respuesta, se pone trabajosamente de pie.
—¿Va a estar bien, Leonilda?
—No, pero es la vida.
—Toda la noche quise preguntarle algo.
—Es el momento de hacerlo.
—¿Esto es una tregua o un indulto? —Es el reconocimiento de un error.
—Leonilda, le quiero hacer un regalo.
—No es necesario que…
—No, no me malinterprete, no es una retribución por dejarme en libertad. Es un corolario, o una conclusión del relato. En este maletín hay evidencias sobre decenas de casos de explotación sexual de niñas. El negocio de Vanessa Steel explicado con lujo de detalles, nombres, direcciones y fechas. La combinación del candado es 275. Hay documentos de sobra para que se saque las ganas de hacer justicia.
—De hacer justicia, ¿con quién o con quiénes?
—¿Qué le parece si empezamos con el doctor Antinucci? Después caerán otros canallas.
—No puedo creer lo que me dice.
—Revise las agendas, cruce los nombres, las fechas. No soy optimista, supongo que en un principio rodarán algunas cabezas. Después, algo sucederá y las investigaciones se cerrarán muy rápido. Vendrán otras autoridades, la prensa tendrá otros temas en que ocuparse. Usted y yo no podemos contra esa realidad. Pero nos queda la esperanza.
—Siempre nos queda la esperanza.
—Una última pregunta. ¿Qué va a decirle a su jefe sobre la prisionera? Lo de la mujer equivocada me parece que no corre.
—Es muy fácil, en un mundo en el que el dinero se esfuma, los prisioneros también. Le diré que Vanessa Steel ha desaparecido y que la muerta no era usted.
—Le queda bien su nueva actitud insubordinada.
—Le queda bien su nuevo color de pelo.
—Sí, pero no es mío. Es de otra mujer. Adiós, Leonilda.
—Adiós, Úrsula.
—Vanessa, Vanessa Steel.
—No, ya no va a necesitar ser Vanessa Steel. Porque nadie la va a perseguir. ¿Se dio cuenta? Puede dejar esto atrás, y volver a su vida de siempre.
Úrsula lo piensa: ni Leonilda ni Antinucci le pisarán los talones. Volver a su vida de siempre, quién hubiera dicho que terminaría deseándolo.
Mira el teléfono, tiene un mensaje de Luz: «¿Estás viva?». Le responde con un monosílabo y lo guarda. Ya habrá tiempo para su hermana, para todo.
Este fue un invierno largo y difícil. Ahora volverá a su casa, a sus traducciones.
Se siente ligera, se alegra y sonríe, y se dirige a la puerta, siente que el pecho le estalla. Todavía quedan sentimientos así, territorios donde se puede ser feliz, donde la ilusión es una tregua que pacta con la vida.
Sale a la calle y camina hacia las luces del centro.
Leonilda la sigue hasta la puerta, la ve perderse en los destellos de la noche que anuncian la madrugada. Piensa que toda historia puede tener un final feliz, solo hay que saber cuándo dejar de contarla.
MERCEDES ROSENDE nació en Montevideo y actualmente vive en España. Es escritora, columnista en medios escritos y Magíster en Derecho. Sus obras publicadas son Demasiados blues (2005, Uruguay), que fue premio en el concurso de la Intendencia Municipal de Montevideo; La muerte tendrá tus ojos (2008 y 2022, Uruguay), con el que obtuvo el primer premio del Premio Anual de Literatura del Ministerio de Educación y Cultura de Uruguay; Mujer equivocada (2011), publicada en Uruguay, Argentina, Francia, Italia, España, Alemania y Bulgaria; El miserere de los cocodrilos (2016), en España Lágrimas de cocodrilo y editada igualmente en Uruguay, Alemania, Gran Bretaña, Francia e Italia; Qué ganas de no verte nunca más (2019), en Uruguay, Alemania, Reino Unido y Gran Bretaña, Historia de mujeres feas (2020, Uruguay) y Nunca saldrás de aquí (2024), editada en Uruguay y Alemania.
Fue ganadora del premio LiBeraturpreis edición 2019, otorgado por Litprom de Frankfurt.
FIN

