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Libro N° 15457. Jaque Mate Al Asesino. Lorac, E. C. R.

Guillermo Molina Miranda agosto 11, 2026


© Libro N° 15457. Jaque Mate Al Asesino. Lorac, E. C. R.. Emancipación. Agosto 15 de 2026

 

Título Original: © Jaque Mate Al Asesino. Lorac, E. C. R.

 

Versión Original: © Jaque Mate Al Asesino. E. C. R. Lorac

 

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

https://ww3.lectulandia.com/book/jaque-mate-al-asesino-ilustrado/


 

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Portada E.O. de:  Imagen con ChatGPT

 

 

 

 

 

© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: 

Guillermo Molina Miranda




LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA

JAQUE MATE AL ASESINO

E.C.R. LORAC

Jaque mate al asesino

E. C. R. Lorac


Un viejo avaro recibe un disparo en plena frente a cambio del montón de billetes que guardaba bajo la cama. El hombre vivía en la más absoluta miseria y en completa soledad. Sin embargo, junto al cadáver hay una pistola, huellas de dos visitantes y un soldado canadiense que asegura ser sobrino de la víctima y no tener nada que ver con el crimen. Todo parece indicar que el pobre soldado ha sido elegido como cabeza de turco, pero las coartadas de los posibles sospechosos no tienen fisuras y la investigación parece adentrarse en un callejón sin salida.


 

E. C. R. Lorac

Jaque mate al asesino

Club del Misterio 96 & Inspector Jefe Robert Macdonald 25

ePub r1.0

Titivillus 07.08.2026


Título original: Checkmate to Murder

E. C. R. Lorac, 1945

Traducción: Elvira Martín

Ilustraciones: Edmundo Fernández

 

Editor digital: Titivillus

 Digitalización y OCR para Epublibre

ePub base r3.0 (ePub 3)

 


Índice de contenido

Jaque mate al asesino

1

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Sobre el autor


 


1


El vasto estudio tenía dos espacios iluminados por focos; entre ellos había una extensión de sombras, incolora, informe, vacía. En un extremo del alargado aposento, semejante a un granero, donde la luz se concentraba con más potencia, había una plataforma para los modelos y una silla española de alto respaldo, colocada sobre la misma, con un biombo de cuero oscuro como fondo. En la silla estaba sentado un hombre ataviado con un soberbio ropaje escarlata y sombrero de alas anchas, como de cardenal, en la cabeza.

Las luces estaban dispuestas de manera que iluminaban el rostro pálido y altanero del que posaba, sus desafiantes ojos negros y las cejas abultadas. Bajo su poderosa barbilla cuadrada había un triángulo de púrpura eclesiástica, color magenta, para describirlo con más exactitud. Las mangas, forradas y ribeteadas de seda cereza, formaban un magnífico contraste de color, desacorde y contrapuesto al púrpura nobiliario del hábito. Una mano blanca y poderosa apretaba el brazo de la silla; la otra reposaba en la enjoyada cruz de su pecho.

A unos tres metros de distancia, un caballete sostenía un lienzo de dos metros, y ante él, el pintor esbozaba un dibujo a carboncillo. Tenía puesto un blusón azul como de carnicero, que hacía que su pálido rostro, de perfil anguloso, pareciera más pálido todavía. La cara era de líneas pesadas; los ojos, hundidos profundamente en las órbitas e intensificadas sus sombras por la potente luz. El pintor y el que posaba, iluminados ambos por el mismo grupo de luces, formaban una sorprendente combinación de colores primarios, desafiante y atrayente a la vez.

En el extremo opuesto de aquel estudio, de unos quince metros, separado del pintor y su modelo por las sombras que ocupaban la mayor parte del espacio, había otro grupo, de tonos más apagados, que, sin embargo, no carecía de valor pictórico. Junto a la estufa, iluminados por una bombilla eléctrica que pendía encima y cerca de sus cabezas, dos hombres estaban sentados a ambos lados de un tablero de ajedrez. Uno, el más joven, era un muchacho de tez morena, cuyo cabello brillaba bajo la luz. Se había quitado su chaqueta de lana y llevaba un chaleco, de lana también, verde, bermejo y ocre, y las largas piernas cubiertas por anchos pantalones de pana, de color castaño. Su contrincante ante el tablero de ajedrez era un viejo de cabello blanco, vestido con ropa oscura, holgada y convencional. Los dos hombres, sentados, con los codos sobre la mesa y las mejillas apoyadas en sus manos, evidentemente se concentraban en el juego. El rayo de luz dirigido hacia ellos estaba velado de modo que su resplandor no se extendiera por el resto del estudio; el humo de sus pipas se retorcía en volutas azules, y los dos jugadores, con el tablero entre ellos, constituían casi motivo para un cuadro, porque la composición era tan precisa que más parecía resultado de la deliberación que de la casualidad. Durante un largo rato reinó el silencio en el estudio. Los jugadores de ajedrez estuvieron atentos a su partida durante una hora entera, y un «jaque», de cuando en cuando y en voz baja, salía de uno u otro; y luego, una pausa prolongada, como si ambos meditasen la jugada siguiente.

Robert Cavenish, el más viejo de los dos jugadores, permanecía casi inmóvil; reconcentrado, fruncía sus finas cejas cuando acariciaba las piezas con la mirada. Ian Mackellon, moreno, de extremidades largas, reservado, escocés típico, movía de vez en cuando sus largas piernas, como si tuviese calambres, y echaba a veces una mirada al vivido ropaje del cardenal de la plataforma. Había un destello sonriente en sus ojos azules, luz bajo sus pesadas cejas, como si el juego marchara bien para él, y contemplaba el tablero con una concentración medio sonriente.

En el otro rincón del estudio, Bruce Manaton, de pie ante su lienzo, dibujaba con una especie de resolución salvaje, tan absorto en su tarea como lo estaban los jugadores con su partida. A veces, cuando su modelo, cansado, cambiaba un poco de postura, le dirigía una breve reconvención.

—Levante la barbilla, levante la barbilla…, un poco hacia la derecha… —La voz, de tono bajo pero algo irritada, jalonaba el silencio, como los jugadores de ajedrez con su monótono desafío. Y el cardenal levantaba la cabeza y recobraba su postura, siempre con la misma expresión de melancólica altivez. André Delaunier, que era el que tenía las vestiduras púrpura de cardenal, actor de profesión, estaba acostumbrado a posar, pero reclamaba un descanso de vez en cuando.

Una vez, durante la primera hora de la partida de ajedrez, se había puesto en pie, impaciente, sin importarle la irritación de Manaton, y había atravesado con paso majestuoso la oscuridad que se interponía entre él y los jugadores, para situarse detrás de ellos y estudiar el tablero, mientras extendía sus manos blancas y bien formadas hacia la estufa con ánimo de calentarse. Corría el mes de enero; fuera hacía una temperatura por debajo de cero, y la espesa niebla de Londres se colaba en el estudio, como una vaga reminiscencia sulfurosa de la manta mugrienta que envolvía todo el canal del Támesis en quietud nociva.

Mientras Delaunier observaba el tablero, ninguno de los jugadores se dio por enterado de su presencia mediante palabra o movimiento alguno, y el actor siguió en pie con una sonrisa burlona en sus labios al descubrir la trampa que Mackellon tendía al más viejo de los adversarios. La brusca voz de Manaton le volvió en sí.

—¡O posa usted o juega al ajedrez! —le dijo éste—. No se pueden hacer las dos cosas a la vez.

—¡Condenado negrero del diablo! —le replicó Delaunier—. Si no me muevo de vez en cuando, me voy a convertir en una estatua de hielo. Bueno, bueno…, no se enfade —concluyó de buen humor, al ver que Manaton tiraba su carboncillo con gesto irritado.

Delaunier volvió a su puesto, atravesando el estudio con zancadas silenciosas; sólo el roce del pesado ropaje hacía perceptible su paso. Se sentó otra vez en la silla de alto respaldo, reasumiendo su posición anterior con la habilidad del actor que recobra su papel tan fácilmente como se coloca una prenda de vestir.

Ninguno de los jugadores de ajedrez se había movido ni hablado durante el intermedio del modelo. Cavenish mostraba, al fruncir más pronunciadamente el entrecejo, que ignoraba la interrupción mediante un esfuerzo consciente; pero Mackellon, con los ojos medio sonrientes sobre el tablero, no parecía advertir nada, excepto las piezas de marfil y ébano del juego.

—¡Jaque! —volvió a decir.

2

Durante la ejecución de la obra, Rosanne Manaton miraba a veces hacia el estudio desde la puerta de la cocina. Era ésta una habitación más pequeña, construida junto al estudio. La «cocina» era espaciosa en comparación con las cocinuchas que se encuentran en la mayoría de las diminutas viviendas modernas; pero Rosanne, que era una criatura quisquillosa, había observado las dependencias domésticas del estudio sin disimular su disgusto cuando lo vio por primera vez. La «cocina» era también cuarto de baño, y cuando Rosanne y Bruce Manaton inspeccionaron la propiedad con miras a alquilarla, la cocina-baño, como la llamó Rosanne, casi había sido superior a su determinación de establecerse a cualquier precio en algún lugar que su hermano y ella pudieran llamar suyo. Las paredes desconchadas y desiguales, el baño mohoso y el pisoteado suelo infecto, la llenaron de repugnancia.

—Es horrible, Bruce —había dicho.

—¡Oh!, ¿qué importa? Podemos limpiarlo muy pronto. Lo que interesa es el estudio, y éste es estupendísimo —había replicado su hermano.

Fue Rosanne, desde luego, la que hizo limpieza. Los Manaton no podían ahorrar dinero para decoraciones. Oscilaban permanentemente entre dos iniciales. R. y R. A. «Ruina» y «Ruina Absoluta». Rosanne era grabadora al aguafuerte y en madera, y su trabajo, delicado e imaginativo, había tenido algún éxito económico en tiempo de paz; desde la guerra, sus ganancias, y las de su hermano, se habían reducido a cantidades insignificantes. El semiabandonado estudio de Hampstead era recomendable por su baratura, y Rosanne estaba siempre dispuesta a arreglar lo que la rodeaba de la mejor manera posible. Ella fue la que fregó y dejó decorosas las paredes de la cocina, volvió a esmaltar el baño y lijó la mohosa estufa de gas. Todavía estaba ocupada en la decoración del estudio, incapaz de tolerar su suciedad y tristeza. Bruce no hacía más que encogerse de hombros y la dejaba hacer. Las paredes mugrientas no le molestaban demasiado.

—Las he visto peores en París —fue su único comentario.

Rosanne, en pie, miraba el estudio y sus ocupantes, intensamente consciente de la calidad decorativa de los dos grupos que había allí dentro, en aquella brumosa tarde de invierno. Ella no pintaba ahora con frecuencia. Su elemento eran las líneas, pero sentía impulsos de permitirse una composición moderna en la cual los dos jugadores de ajedrez, el pintor y el modelo formarían un conjunto, sin respeto de planos ni distancias. Con una mano en la cadera y la otra apoyada contra el quicio de la puerta, Rosanne Manaton misma tenía algo para un diseño, aunque ella no lo advirtiese: alta, delgada, de pelo oscuro, enfundada en un traje viejo de esquiar, que se había puesto por ser más resistente al frío, Rosanne era una figura poco común. El traje se ajustaba a su cuerpo largo y esbelto. Muy pocas mujeres, pasados los treinta, quedan bien con pantalones; pero el traje negro de esquiar, con bufanda color rojo vivo al cuello, sentaba bien a la esbeltez de las largas extremidades de Rosanne, como su cabello negro, muy apretado, realzaba la forma de su cabeza. No era hermosa, pero poseía esa cualidad que se describe mejor con la palabra gracia. Cada movimiento de su cabeza, o de sus manos o pies, tenía la misma característica de belleza, equilibrio y eficacia. Se movía siempre con algún propósito, con una economía de esfuerzos tal que ninguno de sus movimientos era superfluo.

Mientras estaba de pie mirando el interior del estudio y meditando acerca de sus posibilidades pictóricas, su hermano se giró irritado y le gritó:

—Por Dios, entra o sal; pero cierra esa condenada puerta. Hay mucha corriente de aire aquí dentro… y me molesta el cruce de luces.

Rosanne se retiró a la cocina y cerró la puerta tras ella. Estaba acostumbrada a la irritabilidad de su hermano, así como a sus frecuentes groserías, y no se dio por enterada de su pendenciero humor. Bruce era siempre muy desagradable cuando estaba trabajando.

Rosanne volvió a su comida; se había comprometido a preparar la cena de los cinco para las nueve en punto. Los jugadores de ajedrez y Delaunier habían aportado cada uno una ración de algo para «echar en la olla», y Rosanne estaba consiguiendo un sabroso guisado con toda la mezcolanza de cosas traídas por los otros, añadidas a la carne y legumbres que ella había comprado. Aunque cocinaba muy bien, detestaba hacerlo; pero con el raro sentido común que la caracterizaba, se resignaba a ello para evitar que Bruce derrochara sus escasos ingresos en comidas de restaurante. Rosanne, unido íntimamente a su naturaleza de artista, tenía un sentido del orden que hacía que no pudiese tolerar lo que llamaba «líos de dinero». No le molestaba mucho la pobreza, pero no podía soportar la sordidez de las deudas no pagadas, ni el constante pedir prestado que le parecía tan natural a su hermano.

Mientras estaba de pie junto al hornillo de gas, observando cómo hervía a fuego lento su olla, alguien llamó con los nudillos en la puerta de la cocina que daba al sucio jardín en que estaba construido el estudio. Rosanne cubrió con una pantalla la bombilla eléctrica antes de abrir la puerta. Las normas de oscurecimiento eran una pesadilla para ella, porque su impaciente hermano los olvidaba de continuo, y la amenaza de que los mataran pendía siempre sobre sus cabezas.

Abrió la puerta con cuidado y preguntó:

—¿Es usted, señora Tubbs?

—Soy yo, querida —replicó una voz animosa con el acento de los arrabales de Londres; y una mujeruca encogida pidió permiso y se coló en la cocina.

—¡Señor! Casi me da algo al verla a usted arreglada de semejante manera —dijo la señora Tubbs—. Parece usted su hermano, o su espíritu. Le conseguí dos pares de magníficos arenques de un carrito, al pasar. No se puede comprar ningún alimento más barato que los arenques, ni de mejor gusto tampoco.

—¡Es usted un encanto, señora Tubbs! Siempre presta algún servicio…

—Dios la bendiga, querida, es lo más natural. No se moleste en darme las gracias. Sólo he entrado a decirle que vendré mañana a echarle una mano en el fregado. ¿A qué hora podrá hacer salir a su hermano de casa? Él no se puede estar quieto y yo no puedo soportar a los hombres dando vueltas a mi alrededor cuando estoy trabajando, es la pura verdad.

—Saldrá mañana por la mañana a las diez, señora Tubbs.

—Eso va muy bien, querida. Tendré tiempo de entrar a echarle una mirada a mi viejo cargado de achaques, y luego pasaré una o dos horas con usted, como desea.

—Me alegraré muchísimo de que venga. El suelo de este estudio es interminable, y la mayor parte todavía está asqueroso. Siento que sea una labor ingrata para usted; y, aunque me avergüence, no me es posible pagarle mejor.

—Bueno, bueno, eso no es nada, querida. Ahora me va bien con mi viejo en el P. B. I., el mismo con quien estaba antes, y mi hija trabaja en las municiones. «Mamá —me dice—, ¿por qué no te quedas en casa, como una señora, ahora que yo gano bastante dinero?», y cosas por el estilo…, pero Dios la bendiga, querida, a mí no me va eso de quedarme en casa. Siempre he trabajado y ya estoy acostumbrada. Y para lo poco que me toca aburrirme allí… —apuntó con el índice significativamente sobre el hombro— no es por lo que él me pague, que con eso no se mantendría ni una pulga, sino porque no puedo soportar la idea de que viva solo, sin que nadie vaya a ver si está vivo o muerto.


Rosanne se estremeció un poco.

—¿Habla usted del viejo señor Folliner? Me pareció horrible. Fui a verle cuando mi hermano y yo alquilamos el estudio, y experimenté la misma sensación que cuando veía cucarachas negras en este piso, arrastrándose. Es un miserable, además, ¿no es cierto? Un viejo horriblemente avaro.

—Es cierto que es todo eso, querida, y más todavía. Y, encima, cada vez se vuelve peor. Se le rompe su viejo y tacaño corazón cada vez que se separa de un penique. Sin embargo, lo que yo digo es que todos nos convertimos en «viejos horrorosos» con el tiempo, si llegamos a esa edad. Yo le conocí hace diez años y no era tan malo entonces. Sea como sea, siempre le digo a mi marido: «Alf, voy a verle», y le apartaré de mí con mis propias manos, acostándole, si se me muere encima, pero no me paso sin verle. No se le puede dejar solo de esa manera, un día y otro día.

—Bueno, usted es una persona muy servicial. No habría mucha gente que se tomara molestias por él. Usted tiene más caridad cristiana que yo, señora Tubbs.

—No me mencione esas dos palabras, querida. La caridad no la puedo soportar, y en cuanto a cristiana, soy una verdadera atea. No he entrado en una iglesia desde que bautizaron a mi primer hijo, y se murió antes de cumplir el año, y yo me dije: ¿qué se saca de bueno con esto? Bueno, tengo que marcharme. Por la mañana la veré, y acuérdese de poner los arenques con avena, tal como le dije. ¡Demontre! ¡Qué noche de perros! No es como para andar fuera de casa.

El animoso cuerpecillo de la vieja se escurrió por la puerta y Rosanne se quedó meditando durante un momento, maravillada ante la bondad y simpatía de la señora Tubbs. Le parecía a Rosanne que había más bondad auténtica entre los pobres analfabetos que entre los intelectuales que posaban para su hermano.

Antes de servir la sopa, Rosanne decidió salir a dar una vuelta para ver si el estudio quedaba totalmente oculto en la oscuridad. Había puesto cortinas en la gran ventana que daba al norte, y siempre desconfiaba de que sirvieran a su propósito. Velando otra vez la luz de la cocina, salió silenciosamente al jardín, y la niebla la envolvió estrechamente como una manta.

3

—¡Qué bien huele, Rosanne, y por Dios que estoy hambriento! ¿A quién se le ha ocurrido traer la cerveza? ¿A Delaunier? Buena idea. Bueno… ha sido una suerte. La necesitábamos.

Los cinco reunidos estaban sentados alrededor de una mesa, cerca de la estufa, y Rosanne, con Delaunier a su derecha y Cavenish a su izquierda, estaba sirviendo el estofado. Se detuvo un momento, con el cucharón en el aire, y escuchó.

—Alguien anda por ahí afuera. Estoy segura de que he oído a alguien cuando he salido hace diez minutos.

—¿Por qué sale en una noche como ésta? —preguntó Delaunier—. Los mismos infiernos no podrían ser peores. La niebla es lo que más detesto en el mundo.

—He salido para ver si se veía por la ventana del norte —dijo Rosanne.

—No hay por qué tener miedo a los bombarderos en una noche como ésta —indicó Cavenish—. La niebla los inmoviliza por completo.

—Yo no les tengo miedo a los bombarderos. Lo que temo es que nos echen una multa de cinco libras, cuando no tengo con qué pagarla — replicó Rosanne—. Ya han venido a quejarse aquí varias veces los vigilantes de la defensa aérea.

—Oh, al infierno con ellos —dijo Bruce con impaciencia.

—Diría —intervino Ian Mackellon— que hay lío ahí fuera. Voy a salir a ver lo que es. Quizá algún vigilante de la defensa aérea haya caído en la zanja.

—Déjele que se ahogue, entonces. Esa condenada porquería está de agua de la lluvia hasta los bordes —replicó Manaton.

Mackellon se levantó de un salto en el preciso momento en que alguien llamaba a la puerta del estudio. Bruce Manaton se puso en pie, jurando enojado.

—¡Apaga la luz grande antes de abrir la puerta! —gritó Rosanne.

—¡Qué vida! —dijo Cavenish, y sus ojos encontraron los de Rosanne con amabilidad y simpatía.

Delaunier se quedó sentado y quieto en su sitio, soberbio con su ropaje púrpura de cardenal, pero con un vaso de cerveza en la mano, que parecía cosa extraña y antinatural, en contraste con las ropas eclesiásticas. En la puerta de entrada del estudio tenía lugar un altercado.

—Aquí no hay ningún teléfono, así que es inútil venir con prisas y exigencias. —La resonante voz de Bruce Manaton se oía claramente—. Nosotros somos unos pobres pintores vapuleados por la pobreza, no unos plutócratas con teléfono. Si quiere usted telefonear, vaya a la oficina de Correos… tome la primera calle a la derecha y luego la tercera a la izquierda.

—… Representante de la ley… reclamo su colaboración… — tartamudeaba una voz sin aliento en respuesta a la impaciente alocución de Manaton.

—De todas maneras, ¿qué ha hecho el pobre diablo? —intervino Mackellon.

Rosanne dio un salto y corrió hacia la puerta. Una cortina impedía que la luz llegase hasta la puerta de entrada, y en la oscuridad vislumbró la confusa figura de un hombre alto, de cabeza gris, vestido de azul marino, que parecía estar sujetando a un muchacho de caqui; este último, con la cara sebosa, se apoyaba jadeante contra la puerta.

—¿Por qué no pasan adentro y se explican? —preguntó Rosanne—. Si ha ocurrido algún accidente, haremos lo que podamos para ayudarles.

—¿Accidente? Se ha cometido un cobarde, afrentoso y deplorable crimen. —El hombre grande del traje azul estaba recuperando su aliento —. Necesito ayuda, y tengo el derecho de requerir a todo convecino para que colabore en el cumplimiento de mi deber. He detenido a ese malvado…

—Oh, déjese de necedades, y no me venga con esa monserga —dijo Manaton con petulancia.

—Bueno, le haya detenido usted o no —intervino rápidamente Rosanne—, ¿por qué no entran y cierran la puerta? Él parece medio muerto, de todas maneras.

—Me he torcido este condenado tobillo, así que no me puedo tener de pie —dijo el muchacho de caqui—. Si no fuera por esto, podría haberme escapado.

—Ustedes son testigos de esta afirmación —dijo el hombre de cabeza gris—. Entre tranquilamente ahora. La resistencia no conduce a nada. Está detenido, y le advierto que cualquier cosa que diga se puede hacer constar por escrito y ser utilizada como prueba.

Empujó al soldado adentro y cerró la puerta de golpe. Rosanne vio que llevaba uniforme de agente especial, era grande, de aspecto sano, y debía de tener unos sesenta años. El soldado daba un respingo cada vez que intentaba poner un pie en el suelo, y no se podía mantener parado.

—En todo caso, ya que está dentro, dejóle sentarse —y Mackellon le ofreció una silla.

Delaunier se adelantó a zancadas con su traje púrpura de cardenal, y su aparición añadió el último toque de fantasía al grupo; el soldado, meditabundo, paseaba su mirada de la figura púrpura a Rosanne, alta y delgada, con su traje negro de esquiar.

—Esto no es real…, debo de estar soñando —dijo—, o estoy loco o… todos parecen estarlo.

—¿De qué diablos se trata? —preguntó Manaton.

—Se ha cometido un crimen en la casa contigua a este estudio — replicó el agente especial—. He detenido a este hombre… le he detenido in fraganti…, y tengo que dejarle en lugar seguro antes de pedir ayuda. ¿Hay aquí una bodega o algún cuarto donde poderle encerrar? Recuerden que les hago a todos ustedes responsables de él.

—Pero ¿a quién ha asesinado? —preguntó Manaton.

—Le aseguro que no he asesinado a nadie —estalló el soldado—.

¡Maldito lo que sé del asunto! Al viejo le ha matado otro…; yo, no.

Rosanne advirtió su acento canadiense; era muy joven, agraciado y de piel curtida, pero estaba pálido y descompuesto.

—¡Silencio! —ordenó el agente especial—. ¡Nada de discutir! Le he preguntado, señor, por una bodega u otro cuarto apropiado para encerrarle. No tengo tiempo que perder en discusiones.

—Y yo no tengo bodega, ni siquiera un cuarto para encerrarle — replicó Manaton bruscamente.

Cavenish habló por primera vez:

—Mire, señor. Es inútil hablar de encarcelar a alguien en un estudio que no tiene una sola puerta como es debido. Deje a este mozo aquí mientras usted va al teléfono, o encuentra a otro oficial. Somos cuatro y no podrá fugarse. Es evidente, además, que no estás en condiciones de escaparse: si apenas puede ponerse en pie, menos podrá correr.

El hombre grande de cabeza gris pareció ablandarse por la voz reposada y el aspecto ampulosamente grave de Cavenish.

—Sí, sí. Eso es verdad… —dijo menos ampulosamente—; pero comprendan mis dificultades. Estoy solo…, el agente compañero mío está enfermo, y necesito ayuda.

—Desde luego…, y lo mejor que puede hacer es ir y telefonear a su puesto, dejando aquí al detenido —replicó Cavenish—. Probablemente usted conoce la situación mejor que nosotros…; todos somos recién llegados…, y conseguirá la cooperación que necesita más rápidamente si lo explica usted mismo. No nos escaparemos…, y su detenido no puede fugarse.

—Todo esto es muy anormal —dijo el agente especial.

—Mi idea de la normalidad no consiste en tener asesinos a la hora de la cena. Por lo que a mí respecta, cuanto antes consiga usted la ayuda que necesita, mejor. Yo quiero mi cena.

—Su ligereza está fuera de lugar, señor. Es un asunto muy serio — bramó el enorme agente especial.

—¿Cree usted que no nos damos cuenta de su seriedad? —intervino Rosanne—. Es horrible… para todos nosotros.

—Mire, señor —interrumpió Ian Mackellon rápidamente—, nada de subterfugios: ¿quiere usted que salga uno de nosotros e intente encontrar un teléfono, o va a ir usted mismo? Como dice Cavenish, puede dejar al muchacho aquí y marcharse tranquilo, estando nosotros cuatro para vigilarle; pero no necesitamos actuar como si fuésemos los protagonistas de una novela rusa, y hablar de ello toda la noche.

—Yo mismo iré al teléfono…, pero ustedes serán responsables de mi detenido hasta que yo vuelva —replicó el hombre corpulento pomposamente—. Tengo que preguntarles sus nombres antes de dejarles, y… ver sus documentos de identidad.

—El cerebro oficial en funciones —dijo Bruce Manaton suavemente.

2

1

Por último, el corpulento agente especial les dejó solos durante un rato. Según Cavenish dijo después, el hombre llevaba las cosas en forma errónea…; como representante de la ley, debía haberse quedado con su detenido y enviar a otro a telefonear o a buscar a un policía; pero, evidentemente, este agente especial no consideraba a ninguno de la extraña reunión persona adecuada para transmitir debidamente un mensaje. Necesitaba hacerlo por sí mismo. Cavenish y Mackellon reconocieron más tarde que no quisieron marcharse del estudio para no dejar a Rosanne hacer frente al incalificable proceder de su irritado hermano y a la pomposa representación de la ley en tiempo de guerra. A Delaunier le descartaron, pues era un hombre sin habilidad alguna fuera de su profesión.

Cuando la puerta de la calle se cerró detrás del agente especial, Bruce Manaton dijo fríamente:

—Bueno, yo voy a cenar, suceda lo que suceda, o haya sucedido.

Se volvió hacia el soldado.

—¿Le gusta la cerveza? Parece usted asustado.

El joven movió la cabeza, y Rosanne le preguntó:

—¿Se ha lastimado el tobillo? ¿Se ha dado cuenta? Es mejor que se quite la bota antes de que se le hinche.

Él la miró intrigado.

—¿Ha oído usted lo que ha dicho ese fantoche? —le preguntó—. Dice que soy un asesino.

—Lo he oído, y me parece un estúpido de marca mayor —replicó Rosanne con calma—. No sé nada de usted; pero si está herido, le vendaré. Cavenish se aproximó al muchacho y alargó la mano.

—Yo tampoco sé nada de usted —le dijo—, pero estoy dispuesto a proceder como la señorita Manaton. Déjeme desatarle la bota y ver la lesión.

—Es usted muy bueno. Me duele de un modo infernal. No puedo comprender por qué se molestan ustedes —dijo separándose, y agregó—: Alguien se ha cargado al viejo mamarracho de ahí arriba…, en la casa que hay junto a este estudio. Ese agente presuntuoso afirma que he sido yo. Yo no lo he hecho. Le he encontrado así. La puerta de la calle estaba abierta, y he entrado. Era mi tío.

Cavenish estaba arrodillado desatando la polaina del muchacho.

—Ya sabe —le advirtió— que lo mejor que puede hacer es callar y contarle toda la historia a la policía cuando se la pregunten. Si continúa hablando ahora, nos preguntarán a todos lo que ha dicho, y el resultado será una confusión. —Empezó a desatar la pesada bota y el muchacho daba respingos de dolor; su cara había palidecido.

Delaunier habló a continuación:

—¡Maldito Cavenish, yo quería oír la historia! Sería fácil de dramatizar. Ya me lo ha parecido cuando ese asno de la especial ha entrado en tromba. Representada con exageración, desde luego…, y sin embargo era una buena situación. Buen teatro, sabe.

Cavenish se las había arreglado para sacar la pesada bota de reglamento del pie del muchacho, y le estaba separando el calcetín del tobillo torcido, hinchado ya, e inflamado.

—¿Le llama usted teatro? —replicó incomodado el muchacho a Delaunier—. Puede que sea divertido para usted, pero para mí es un vivo infierno. He venido aquí para combatir y ahora, para mi desgracia, parece que van a colgarme. ¡Oh, demonio! ¿Por qué habré entrado en esa casa? La puerta de la calle estaba abierta y no he hecho más que entrar… he caído en una trampa… Allí dentro estaba oscuro del todo, y nadie ha gritado. He subido las escaleras…, sabía que el viejo dormía arriba…, y le he encontrado en su cama; los sesos salpicaban toda la almohada… Entonces ha entrado ese agente, me ha visto y me ha dicho que yo le he asesinado. ¡Oh, Dios, cómo puedo probar que no lo he hecho…!

Todos los demás habían quedado en silencio durante su explosión; la voz del muchacho era ronca, y hablaba precipitadamente, como si el esfuerzo de hablar procurase un alivio a su agobiado cerebro. Delaunier, con su vaso de cerveza todavía en la mano, se inclinaba hacia adelante para escuchar, exactamente como un crítico en una representación, frío e inquisitivo. Bruce Manaton se había sentado a la mesa y comía como un hambriento, atento a su comida. Mackellon, sentado de lado en una silla con sus largas piernas retorcidas una alrededor de la otra, tenía la cara arrugada por la perplejidad.

—¿Qué es lo que le ha impulsado a entrar en la casa…? —preguntó Delaunier—. ¿Mera curiosidad?

—No —el muchacho casi gritaba de desesperación—. Ya les he dicho que era mi tío abuelo. Mi nombre también es Folliner. Le escribí antes de venir aquí la primera vez, y fui a verle antes. Le escribí y le dije que esta tarde también iba a venir a verle. Cuando he visto que la puerta de la calle estaba abierta, he entrado. He pensado que algo raro debía de haber sucedido. Ustedes, las gentes de aquí, no dejan la puerta de la calle abierta para que entre cualquiera. He subido a su habitación…, tenía una linterna… y allí estaba él.

Rosanne había preparado una venda y un poco de yodo, y Cavenish le vendaba el tobillo hinchado con pulcritud y habilidad. Delaunier, todavía con la misma fría curiosidad impersonal, preguntó:

—¿Y cuándo ha llegado nuestro pomposo cara de bacalao, el representante de la ley, como él se llama de un modo tan encantador…?

—¿El agente? Ha entrado cuando yo estaba de pie junto a la cama. Me ha encontrado trastornado y confuso. No sabía qué hacer. De repente me he dado cuenta de cómo me miraba, mientras estaba yo allí, al lado de aquel horror… Era espantoso. Puede ser que llegue a acostumbrarme a ver cosas semejantes cuando esté peleando; pero ahora no puedo resistirlo. Su cabello gris…, en un charco. ¡Dios mío!

—No conviene pensar en eso, muchacho —dijo Cavenish amablemente, volviendo a sentarse después de su tarea; pero Delaunier prosiguió:

—Cuando ha visto usted al agente, ¿qué ha pasado?

—Me parece que perdí la cabeza. Él ha tartamudeado no sé qué de detenerme, y yo de repente he pegado un salto. He logrado salir por la puerta, me he lanzado escaleras abajo. Estaba oscuro y he caído sobre algo en el vestíbulo; me he torcido el tobillo. He vuelto a levantarme y he encontrado la puerta, he dado la vuelta y he llegado al patio…; pero me ha alcanzado. Yo no podía correr y él se bastaba para dominarme. Es como un buey. Me he entregado. Sabía que no podía escapar.

La voz del infeliz se arrastraba en el silencio.

—Mala suerte —dijo Ian Mackellon. Manaton elevó sus cejas angulosas.

—Absuelto por falta de pruebas —dijo suavemente, y luego preguntó —: ¿Dice usted que el viejo ha sido apuñalado?

—No, no he dicho eso. Le han disparado un tiro a boca de jarro. No podía fallar la puntería.

—¿Hace mucho que ha muerto? —prosiguió Manaton.

—No. No puede hacer mucho… Usted se habría dado cuenta, si lo hubiera visto. Estaba aún… ¡Oh, bueno! Era horrible.

—¿Cómo no hemos oído el tiro, entonces? —preguntó Delaunier—. Estábamos todos aquí dentro, y esto estaba tranquilo. ¿Alguno de ustedes ha oído un tiro?

Nadie contestó, y el silencio se rompió por un golpe fuerte en la puerta del estudio.

—¡Por Dios!, ¿qué es eso? —gritó Neil Folliner, y Rosanne saltó como si la pincharan.

—El representante de la ley, de nuevo —dijo Delaunier.

2

El agente especial era el que había llamado, golpeando la puerta del estudio de una manera calculada para realzar su importancia. Delaunier sugirió que debían dejarle que se le helaran los pies afuera, en la niebla, pero Bruce Manaton movió la cabeza, y se dirigió a la puerta. Rosanne se volvió para rehuir la mirada de Neil Folliner, una mirada de súplica desesperada que la persiguió durante mucho tiempo después.

Cuando se abrió la puerta, el corpulento hombre se precipitó en el estudio y sus ojos descansaron con satisfacción y alivio en el canadiense.

—¡Ah!…, tenía mis dudas acerca de si sería oportuno dejar al tipo aquí, pero veo que todo marcha bien. La fuerza regular estará aquí dentro de poco, y les librará de su presencia.

Miró a su alrededor de un modo condescendiente.

—Aun entre bohemios como ustedes, no creo que sea frecuente tener a un… asesino como compañía.



—Mire, señor agente especial — dijo Bruce Manaton—, usted puede estar en su derecho al efectuar una detención y aun al inclinar la balanza del lado que guste; pero no es usted ni juez ni jurado. No tengo datos en qué fundarme: por lo que sé, usted mismo puede ser el asesino; pero le advierto que si no puede contener la lengua y hablar como es debido, debe salir por esa puerta y quedarse en la niebla, lo más lejos posible.

Se le subió la sangre a su cara grandota y enrojeció más violentamente.

—¿Se atreve usted a amenazarme? —preguntó pomposamente.

—Yo no le amenazo, sólo le indico adónde debe irse —replicó Manaton—. Ésta es mi casa, y si no puede comportarse como una persona decente, no le tolero en ella. Cualquier agente recién salido del cascarón puede enseñarle modales.

—Gracias, camarada.

El soldado habló con tanta sencillez y sinceridad que despejó la tensión reinante. Ian Mackellon se animó a sonreír.

—Nunca he vivido una situación como ésta —dijo—, pero un vaso de cerveza no puede hacer daño a nadie, ¿qué les parece?

Se volvió hacia el soldado, quien respondió con una mueca vaga que iluminó gradualmente su cara descompuesta.

—¡Son ustedes personas decentes a carta cabal! ¡Vaya si se han portado bien conmigo! —dijo mientras cogía el vaso que le alargaba Mackellon, y lo levantó hasta Rosanne—. Señora, le deseo lo mejor… ¡y gracias!

El agente especial elevó su voz ampulosa:

—Esto está fuera de lugar, este hombre está detenido, y yo…

—¿Por qué comportarse como un matón prusiano? —intervino la tranquila voz de Rosanne—. Puede estar detenido; pero nada se ha probado contra él. En último caso, está lastimado. Déjele beber en paz.

La sofocación del hombre, a causa de la ira, llegó al rojo oscuro, y Manaton intervino cortante:

—No me cabe duda de que usted es uno de esos fanfarrones que se jactan del Imperio, y espera que vengan jovencitos como éste de allende los mares y tomen partido por usted en esa asquerosa lucha, y ni siquiera le puede conceder el beneficio de la duda cuando lo sorprende en un lío. Como ya le he recordado antes, no es usted ni jurado ni juez.

—Usted no se da cuenta de la situación; actúa con una completa irresponsabilidad —bramó el agente especial, y entonces se oyó otro golpe fuerte en la puerta.

—Serán los agentes profesionales —dijo Delaunier—. Denme siempre profesionales. Los actores aficionados siempre me producen náuseas.

Abrieron la puerta. Un sargento y un agente de policía entraron; parpadearon un poco al llegar al sector iluminado por la luz. El agente especial comenzó a soltar un chorro de descripciones, pero el sargento le cortó rápidamente:

—Muy bien…, pero será mejor que tomemos su declaración en el puesto. Fuera hay un furgón…, puede usted coger a su prisionero, hacerle subir en él y llevárselo al inspector. Nosotros tenemos que investigar en las casas contiguas. Tengo entendido que ha enviado usted a uno allí para que le ayude.

—No. No tenía a nadie a quien enviar. Esta gente de aquí…, yo no conf…, bueno…

—Probablemente cree que todos estamos complicados en el asunto — dijo Delaunier.

—Ésta es la cuestión, oficial —dijo Manaton con una sonrisa sarcástica—. Al caballero le desagradamos.

El sargento hizo caso omiso de los dos que hablaban, y se volvió a Folliner.

—Vamos a ver, muchacho. Has conseguido llegar. Te han detenido, según parece. Vaya… ¿te has lastimado? ¿Puedes andar?

—Así, así —respondió Folliner, e intentó hacerlo; avanzó un paso, pero era evidente que sólo podía tenerse sobre la pierna ilesa.

—Está bien —dijo el sargento—. Tendrás que ir a la pata coja. Dale el brazo, Macey; ya veremos dentro del furgón.

Sostenido por el sargento y el agente, uno a cada lado, Folliner atravesó el estudio saltando sobre un pie. Miró por encima de su hombro a Rosanne y le dijo:

—Adiós, señora; y gracias.

—Adiós, buena suerte —respondió Rosanne.

—Son unos tipos decentes los de nuestra policía regular —le dijo Delaunier, al agente especial—. Le reconforta a uno el verlos, ¿no?

El aludido se volvió hacia la puerta con la exasperación marcada en cada línea de su cara grandota y algo simple, y se metió en la niebla siguiendo al sargento y su carga.

—Debería usted quedarse y contemplarnos —le gritó Delaunier por detrás—. Somos algo inverosímil, según le parece.

—No se cebe en él, Delaunier —dijo Cavenish de buen humor—. Después de todo, tiene una tarea difícil de cumplir.

—Es un trabajo asqueroso —replicó el actor—. Ha bajado el telón, ¿no les parece? Ahora que la función ha terminado, empiezo a tener hambre.

¿Qué pasa con el estofado?

—Está frío como una piedra —respondió Rosanne.

—Si hubiera dicho usted que se levanta el telón, en lugar de que se baja —dijo Mackellon—, andaría más cerca de la verdad, Delaunier. Antes de que termine la noche tendremos a los de Scotland Yard aquí para preguntarnos a todos lo que sepamos del asunto.

—¡Que el diablo se los lleve! —replicó Delaunier—. Nosotros hemos estado aquí dentro todos juntos… —Yo no —dijo Rosanne.

Sus palabras fueron cortadas en seco por otro golpe fuerte en la puerta.

—¡Caramba, ahí vienen más! —gruñó Bruce, y le abrió la puerta al sargento.

—Lamento interrumpir la reunión, señor —dijo este último, cortés y jovial—. El departamento de inspectores jefes se hará cargo de esta investigación. Uno de ellos viene hacia aquí, y necesitará tomarles declaración a todos. He creído que sería mejor advertírselo, por si acaso alguno pensaba irse a casa. No todos residirán aquí, me imagino…

—Sólo vivimos dos…, me hermana y yo —replicó Bruce Manaton—. Señor Cavenish, señor Delaunier, señor Mackellon… les presento al mismísimo brazo de la ley. ¿Quiere usted sus direcciones?

—No; por el momento no. Necesito ocuparme de la casa contigua. Para evitar cualquier interpretación errónea, y por si las visitas se sienten cansadas de la reunión, les diré que tengo a un hombre fuera, sólo para cuidar que nadie se vaya antes de haber hablado algo sobre este asunto.

—¡Perfectamente, sargento! Nos encontrará a todos esperándole. Nos agrada demasiado su amigo, el de la especial.

—Me figuro que a él tampoco le caen ustedes demasiado en gracia — respondió el sargento con una sonrisa burlona cuando volvió a salir.

—Simpático chico éste —dijo Delaunier—. ¿Qué hay ahora del estofado?

3

Ninguno, salvo Delaunier, se interesaba por el estofado.

—¿Por qué no oiríamos el tiro? —volvió a decir Manaton—. Este jovencito dice que han disparado contra su tío. Es raro que no lo hayamos oído.

—Yo no estoy muy seguro —replicó Delaunier—. Recuerde que usted ha retrocedido y ha tropezado con esa bandeja; se ha producido un estrépito al volcarla. ¿No ha dicho usted algo así como «qué demonios ha sido eso»?

—Sí, es verdad —respondió Manaton, tras reflexionar—. Se ha oído una especie de baquetazo o detonación. Yo he creído que Rosanne había tirado algo en la cocina.

—Sí. Un baquetazo: eso lo describe bastante bien —dijo Delaunier—. ¿No es verdad que la niebla amortigua los sonidos?

—Ésa es una vieja historia de mujeres —dijo Cavenish—. El sonido se difunde en la niebla igual que en la atmósfera despejada. Lo que encuentro interesante es nuestra capacidad de olvidar…, o de no percibir. Cuando ha dicho usted que ninguno de nosotros había oído el disparo, estaba de acuerdo. No recordaba haber oído nada. Ahora que menciona usted que Manaton ha tirado algo, recuerdo haber oído algo afuera. Ha sido justamente antes de que usted se comiera mi peón de caballo, Mackellon.

—¿Ha sido así? Quizá tenga razón. Había estado atacando a ese peón durante media hora. Era su única esperanza; pero si usted no hubiera movido el alfil… Sí. Ahora que pienso en ello, se ha producido una especie de ruido.

—¿No ha notado usted nada, señorita Manaton? —preguntó Cavenish volviéndose hacia Rosanne.

Rosanne estaba sentada con la barbilla entre las manos, los codos sobre la mesa, y la mirada fija en el suelo.

—No. Yo no he oído nada —respondió.

—¿No estabas allí dentro? —le preguntó Bruce, volviéndose bruscamente hacia ella—. Siempre andas entrando y saliendo. Creo que te he echado maldiciones, porque la luz de la cocina se cruzaba.

—¿Qué hora era cuando han oído ustedes ese ruido? —preguntó la joven.

—Eso sólo lo sabe Dios —replicó Bruce.

Delaunier se inclinó hacia adelante.

—Ha sido exactamente un poco antes de las nueve. He mirado mi reloj, porque generalmente escucho las noticias de las nueve, y uno adquiere una especie de sentido del tiempo. Recuerdo que he pensado por qué no habían comprado una radio ustedes dos.

—Entonces yo no estaba dentro. He salido precisamente antes de las nueve, para revisar las medidas de oscurecimiento.

—¡Oh, diablos!, ¿por qué has hecho eso?…, seguro que esos policías groseros te van a liar si se lo cuentas —dijo Bruce impaciente—. Será mucho mejor decir que estabas aquí dentro con nosotros. Es muy probable, además, que estuvieras. Tú no tienes noción del tiempo, Rosanne.

—Te digo que no estaba aquí, Bruce. La última vez que he entrado ha sido justo antes de que llegara la señora Tubbs. Había venido para ver si el señor Folliner estaba bien, pues éste había tenido la gripe o algo así. —Se interrumpió y se sentó, bajando la vista hacia la mesa, mientras con los dedos trazaba dibujos en el mantel—. ¡Qué cosa tan extraña! Ha puesto la llave de su puerta sobre la mesa de la cocina, y la ha olvidado. Allí está ahora.

—¡Buen Dios! —exclamó Delaunier—. La llave de la puerta de

Folliner sobre la mesa de esta cocina. Eso no me gusta…

Manaton se levantó e hizo un movimiento hacia la puerta de la cocina.

—¿Qué vas a hacer, Bruce? —preguntó Rosanne vivamente.

—¿Qué voy a hacer? Arrojar esa llave a la zanja.

—Eso no es aconsejable, Manaton —dijo sosegadamente Cavenish—. Desde el momento en que intente usted alterar su testimonio se creará complicaciones. El único camino que queda es decir la verdad.

—No me gusta la verdad en este caso. Todo está muy bien para usted… y para Delaunier y para mí, en cuanto a lo que a nosotros respecta. Hemos estado aquí dentro, unos a la vista de los otros, toda la tarde. Rosanne no ha estado aquí, sino sola, en la cocina o afuera…, revisando el oscurecimiento del estudio, y esa maldita llave estaba en la mesa de la cocina.

Se volvió de nuevo hacia Rosanne, y con voz amable otra vez, dijo:

—Mira, Rosanne, no te obstines; no digas que no has estado aquí dentro con nosotros desde el mismo momento en que se fue la señora

Tubbs. Aquí estamos cuatro para respaldarte —se volvió a los otros—. ¿Qué dicen ustedes, compañeros? ¿No están todos dispuestos a jurar que Rosanne ha estado aquí dentro, con nosotros, todo el tiempo?

La voz profunda de Delaunier respondió al instante:

—Sí. Cuente conmigo, Manaton.

Después de un momento, Mackellon dijo despacio:

—Está bien…, al menos, así me lo parece.

Manaton se volvió a Cavenish:

—¿Y usted…?

—No. Lo siento, pero no puedo hacerlo; porque sé que es un juego de locos mentirle a la policía —dijo Cavenish con la cara enfurruñada y perpleja—. Yo sé que Rosanne no tiene nada que ver con esto —continuó —. La idea es absurda. El intentar protegerla con una mentira, no sólo es una política equivocada, sino también indigna. Y créame —prosiguió con fervorosa convicción—: una vez que la policía descubra (y lo descubrirá) que mentimos. Rosanne correrá entonces un peligro real.

—Tiene toda la razón —convino Mackellon.

—¿Cómo pueden  descubrirlo? —interrumpió desdeñosamente

Delaunier.

—Es una de las cosas más difíciles del mundo, aun para dos personas —replicó Mackellon—, llevar adelante con éxito una mentira ante un hábil interrogatorio; para cuatro personas, es prácticamente imposible. Supóngase que fuéramos interrogados con detalle sobre lo que ha sucedido esta tarde. No estaríamos presentes cuando interrogaran a los demás; no tendríamos indicios de lo que habían dicho, a menos que todos se aferren a la verdad. Sí disentimos en los detalles…, como en dónde se sentó la señorita Manaton, si se movió, si habló…, e inevitablemente disentiríamos, porque no tenemos tiempo para construir y aprender de memoria una historia…, entonces ya está todo perdido…

—¡Qué asco! —exclamó Delaunier indignado. Se levantó y apartó una silla—. Digan que Rosanne estaba aquí sentada, y que sólo miraba a los jugadores de ajedrez.

—Muy bien —replicó Mackellon—. En ese caso, usted no puede seguir jurando que yo estaba sentado a la mesa jugando al ajedrez, ni puedo yo jurar que usted estaba en la plataforma de los modelos; porque la señorita Manaton se habría interpuesto en nuestra respectiva visión. No es más que un detalle, pero demuestra cómo se vienen abajo todas las mentiras.

Rosanne intervino con voz clara y desdeñosa:

—Les agradezco mucho a todos sus buenas intenciones y excelentes argumentos; pero son innecesarios. Yo no voy a decir que he estado aquí porque no es cierto. Voy a decir exactamente lo que he hecho y exactamente dónde he estado. Si alguno de ustedes intenta inventar historias para ayudarme, sólo conseguirá meterse en un lío. Ustedes cuatro estaban aquí dentro…, y pueden decirlo así. Yo no estaba aquí dentro…, y así lo diré.

—Tiene usted muchísima razón, señorita Manaton, y por eso la admiro —dijo Cavenish tranquilamente.

Bruce Manaton se volvió furioso hacia él.

—¡Maldito sea, miserable! —gritó—. Anda usted detrás de Rosanne y ni siquiera tiene coraje para decir una mentira por ella.

—La halago más teniendo la seguridad de que no es necesario decir mentiras por ella —replicó Cavenish sin alterarse.

No había acabado de hablar cuando otra vez sonó un golpe en la puerta del estudio. Delaunier se levantó y se quedó de pie, magnífico, con su ropaje púrpura de cardenal.

—Parece que todos los hombres están por la verdad… —dijo suavemente—, y el diablo atrapa al último.

3

1

La primera vez que el inspector jefe Macdonald entró en el estudio de Manaton, tuvo la impresión de haber pasado al escenario durante un intervalo en el ensayo de una ópera. (Peter Vernon, el periodista, que tenía el sentido del detalle, le preguntó más tarde a Macdonald. —¿Qué ópera, Jock? —Una ópera que no ha sido escrita nunca —replicó el inspector—, con música de Berlioz, libreto de Spencer o Auden, decorada por Picasso y con coreografía de Nijinski. —Dame una butaca para la noche del estreno —dijo Vernon haciendo una mueca).

La niebla del exterior se había colado en el gran edificio, que parecía un granero; se hacía visible por las poderosas luces que todavía brillaban en los dos grupos: uno, dirigido sobre la ahora vacía plataforma de modelos, iluminaba el gran lienzo blanco con el magistral diseño al carboncillo de la figura del cardenal, recortada por rudos y certeros trazos negros. El blusón azul del pintor estaba abandonado en el suelo; el sombrero de alas anchas de cardenal colgaba descuidadamente en lo alto de la silla española. Un maniquí estaba tendido con dejadez en la sombra del caballete…, un cuadro para Picasso. En medio del estudio, los espectros de la niebla fluctuaban en las sombras. Junto a Macdonald, a su derecha, había un grupo alrededor de Delaunier. Este último, abrumado como si se fuera a levantar un telón, magnífico con su ropaje púrpura, tenía en la mano un vaso de cerveza acabado de llenar. Bruce Manaton, que había recibido a Macdonald, estaba sentado en el brazo de un sillón, enfundado en un chaleco de lana y pantalones grises; Mackellon y Cavenish se encontraban uno a cada lado de la mesa de ajedrez. Rosanne, inclinada sobre la mesa de comer, destacaba la esbeltez de su cuerpo sobre los cuadros de alegres colores de un mantel campesino. Delaunier levantó su vaso:

—¡A la salud de Scotland Yard!

—Muchas gracias —dijo Macdonald—. Empiezo a comprender por qué piensa un caballero de la policía especial que lo que le ha ocurrido esta tarde ha sido un poco extraordinario.

—A nosotros no nos ha gustado —dijo Delaunier con seriedad—, pero, en cambio, no tenemos sino elogios por el comportamiento y el proceder de sus colegas profesionales, los genuinos Bobbys[1] de la grandeza de Londres.

—Esto es muy satisfactorio —dijo Macdonald.

—Nosotros no estamos locos —continuó Bruce Manaton—, ni somos tampoco unos charlatanes. Si se nos trata razonablemente, respondemos. Voy a hacer las presentaciones. Mi nombre es Bruce Manaton. Soy el inquilino de este estudio, que comparto con mi hermana, Rosanne. Éste es André Delaunier, a quien habrá visto usted en la versión teatralizada de Richelieu. Este otro es Robert Cavenish…, trabaja en el Home Office. Éste es Ian Mackellon, químico, empleado del gobierno. Creo que trabaja en la preparación de gases venenosos; pero no sabe lo suficiente como para hacer dispersar la niebla.

Macdonald se inclinó gravemente, por turno, ante cada una de las personas y luego dijo:

—Lamento tener que interrumpir una velada tan agradable con las actividades de mi departamento. Admiro los buenos retratos y me encanta el ajedrez. Sin embargo, mi obligación me exige interrogar a cada uno de ustedes, por separado, sobre los acontecimientos de esta tarde.

—Lo mismo que habíamos supuesto —dijo Manaton—, aunque podemos facilitarle la suma total de nuestros conocimientos breve y unánimemente, a coro o en antífona, como usted prefiera. Lamento que no le podamos ofrecer nada parecido a un saloncito reservado. Éste es el estudio, con una galería abierta encima. También existe una combinación de cocina-baño. Si desea hablarnos por separado, le sugiero que aproveche el estudio, y nosotros usaremos la cocina como antesala.



 —Muchas gracias —dijo

Macdonald—. Es usted muy amable.

—En realidad —bromeó

Mackellon—, está tratando de que las investigaciones terminen lo antes posible, inspector jefe. Quiere proseguir su trabajo.

—Y Mackellon quiere terminar su partida de ajedrez —indicó Delaunier —. Mueven las negras, y mate en seis jugadas.

—¡En cuatro! —le contradijo Mackellon—. Con permiso del inspector jefe, voy a tirar el tablero. Me gustaría acabar con usted de una vez, Cavenish.

—No lo mueva —dijo Mackellon —. Yo cuidaré de que no se revuelvan las piezas. Desde mi punto de vista, es más fácil conseguir una visión clara de lo que ha sucedido si se deja todo como estaba.

—Creo yo… que no se ha cometido el asesinato aquí dentro, ¿verdad? —preguntó el pintor.

—No —replicó Macdonald—. Ya sé que no se ha cometido aquí. Ya he estado en casa del señor Folliner. Ahora, señor —y se dirigió directamente a Manaton—, si usted se queda aquí conmigo y los otros miembros de la reunión tienen la bondad de llevarse a mi sargento a la cocina, procuraré despachar mis preguntas sin retenerle demasiado.

—En marcha, señor —dijo Delaunier, e inició la retirada hacia la cocina; los demás le siguieron, detrás del sargento del D. I. J.[2].

2

—En aquella silla, que es bastante firme, estará usted bien —dijo Bruce Manaton sentándose a su vez—. Sé que no es de mi incumbencia el hacer preguntas, pero me gustaría muchísimo que me respondiera a ésta: ¿Por qué supone que yo, o mi hermana, o mis huéspedes, sabemos algo de este asunto?

—Es una pregunta perfectamente razonable, a la cual tengo mucho gusto en contestar —respondió Macdonald—. No presumo nada. Sucede que el agente especial que ha informado del crimen de la casa de al lado, ha expresado ciertas vagas… pero graves… sospechas referentes a la gente de este estudio. Como puede comprender, es más fácil aclarar esas insinuaciones ahora, antes de que se disperse su grupo, que más tarde.

—¡De acuerdo! —Manaton parecía ablandado—. Haga fuego, pues.

—¿A qué hora han llegado sus invitados?

—Delaunier ha estado aquí desde las seis en punto. He estado esperándole algún tiempo para seguir pintando el cuadro del cardenal; pero él detesta posar mucho rato seguido. Invité a Cavenish y a Mackellon como cebo para atraer a Delaunier. Se vuelve loco por el ajedrez. La idea era que él y Cavenish jugarían su partida más tarde, y yo intentaría tomar algunos apuntes de Mackellon. Tiene una cabeza que se presta. Él y Cavenish han llegado alrededor de las siete y media y se han puesto a jugar su partida. Delaunier ha estado posando para mí, con algunos descansos de vez en cuando, desde las seis en punto hasta la hora de la cena…, alrededor de las nueve y cuarto. Mi hermana ha estado haciendo la cena en la cocina. Entraba y salía alguna que otra vez.

—¿Estaba abierta la puerta entre la cocina y el estudio?

—No. Sólo algunas veces. Produce un cruce de luces. También podíamos oírla moverse.

—Esto es clarísimo. Dígame ahora: durante el tiempo que ha mencionado, desde las seis en punto hasta las nueve y cuarto, ¿ha estado usted en el estudio continuamente?

—Sí, con la excepción de un par de minutos, cuando han entrado Cavenish y Mackellon. Entonces hemos interrumpido la pintura unos minutos, y hemos charlado un poco. Luego, Cavenish y Mackellon han iniciado su partida; Rosanne ha entrado en la cocina y yo he logrado adelantar algo en el trabajo. No sé si esto le interesa a usted. La señora Tubbs, la asistenta del viejo Folliner, ha entrado en la cocina a ver a Rosanne, alrededor de las ocho y media. He podido oír su voz…, un magnífico ejemplar de vieja de los suburbios de Londres. Ella…, la señora Tubbs… ha dicho que acababa de entrar a ver al viejo Folliner.

—Gracias. Esto es un dato importante. ¿Puede usted probar que desde el momento en que ha entrado la señora Tubbs, hasta que se han sentado a cenar, ustedes cuatro han estado sin interrupción aquí dentro?

—Sí, continuamente. Si lo desea, puedo mostrarle las posiciones exactas que ocupábamos en esos momentos. —Manaton atravesó el estudio hasta su caballete, y lo ladeó un poco para colocarlo en la misma posición en que había estado durante el trabajo—. Yo estaba aquí —dijo —; me movía algunos pasos hacia atrás o hacia el costado…, así. Delaunier estaba sentado en esa silla sobre la plataforma. Él se ha levantado una o dos veces, para estirarse, o para calentarse las manos en la estufa y curiosear el tablero de ajedrez. Mackellon estaba sentado en el lado opuesto de la mesa de ajedrez…, es el que jugaba con las negras. Y, como puede usted ver, estaba al alcance directo de mi vista. A Cavenish, opuesto a él, no le divisaba por completo, ¿comprende lo que quiero decir?, pero he notado su presencia todo el tiempo. Cuando Rosanne ha abierto la puerta de la cocina, aquella luz me ha dado en los ojos, y le he pedido que la cerrase. Ella ha entrado varias veces para contemplar el conjunto. Pinta algo también; aunque su especialidad es el grabado. Bien, aquí hemos estado. ¿Está esto claro?

—Admirablemente claro, gracias —replicó Macdonald—. Ustedes cuatro han estado en este estudio, todos a la vista unos de los otros, y la señorita Manaton ha estado en la cocina; salía y entraba sólo ocasionalmente. La siguiente pregunta es ésta: ¿Han oído ustedes un disparo de pistola?

Manaton dejó el caballete, y volvió a su silla, cerca de la estufa.

—Decir que he oído un tiro tan claramente como para pensar: «eso es un disparo de arma de fuego», sería inexacto —dijo—. Estaba trabajando intensamente, concentrado en lo que estaba haciendo, y habría hecho falta el estallido de una bomba a poca distancia para distraerme. Sin embargo, he percibido un estampido o algo así y me ha sobresaltado lo suficiente como para hacerme retroceder bruscamente y volcar esa banqueta…, esa que está detrás del caballete con mis cosas encima. Delaunier ha dicho:

«¿Qué diablos ha sido eso?», o algo por el estilo.

—¿Y qué ha contestado usted… o los jugadores de ajedrez?

—Yo creo que he dicho —repuso Manaton, riéndose—: «¡Maldito seas, condenado!…, ¿no puedes quedarte quieto?…». En cuanto a los otros… estaban jugando al ajedrez. Usted es jugador, ¿verdad? Entonces comprenderá que haría falta algo más que ligeros «ruidos de fuera» para desviarles la atención de su tablero. Además, cuando uno se pone a pensar en ello, los londinenses han oído tantas detonaciones durante esta última temporada, que un disparo de pistola no causa tanta impresión como antes.

Hizo una pausa, encendió un cigarrillo y añadió:

—Me atrevo a decir que, subconscientemente, uno registra los sonidos a la luz de las experiencias propias. Usted conoce la reacción interna que produce un estampido… Eso no es nada. No iba acompañado de vibración. Es la vibración… el temblor de tierra y del edificio lo que significa algo para los que saben de qué va. Usted debe de pensar que soy víctima de los nervios a causa de los ataques aéreos —se disculpó riéndose—. No es así. Soy demasiado fatalista para alterarme, pero admito ese engaño subconsciente de apreciar los estampidos «que no significan nada». Uno lo aplica a las armas de fuego, en realidad, sin siquiera pensar en ello.

—Es muy cierto —dijo Macdonald—, y lo ha expuesto también de una manera muy interesante. Supongo que en todos los londinenses que hayan sobrevivido al invierno de 1940 con los nervios intactos se desarrollará lo que los psicólogos llaman «un mecanismo de defensa»…, han aprendido a no hacerle caso a los estampidos secundarios. ¿Estoy en lo cierto al pensar que ustedes lo han recordado después de oír el relato?

—Exactamente. El jovencito de caqui, a quien ese sanguinario de la policía especial ha traído aquí, nos ha contado lo que le ha sucedido, y ha dicho que al viejo de arriba le habían matado de un tiro.

—Un momento —interrumpió Macdonald—. No quiero más que un bosquejo escueto en este momento; pero puede exponerme sucintamente lo que ha dicho el jovencito mientras ha estado aquí.

—Se reduce a estos tres puntos: A) Que él no ha matado al viejo Folliner… B) Que él había enviado al viejo una postal, diciéndole que iba a venir esta tarde. C) Que el agente especial ha entrado en la habitación sólo unos segundos después de estar allí Neil Folliner…; este último ha encontrado abierta la puerta de la calle, y eso le ha hecho presentir que pasaba algo raro allí. También nos ha dicho algo así como que él había venido aquí para luchar, no para que le colgaran. Era un chico simpático…, a todos nos ha gustado.

—Gracias. Volvamos ahora a nuestra discusión acerca del disparo.

—Sí. Hemos estado hablando de eso después de marcharse el agente especial. Cuando nos hemos quedado solos, nos ha parecido extraño no haber oído el disparo: Delaunier ha recordado mi tropezón contra la banqueta y el ruido exterior que lo ha precedido. Tenía mucha razón. Yo también lo he recordado.

—¿Recuerda usted a qué hora ha sucedido?

—No llevaba reloj, y no tengo mucha noción del tiempo. Pregúntele a Delaunier…, él puede ser mucho más explícito. Me parece que estoy en lo cierto al pensar que usted sólo me necesita para recoger mi propio testimonio; es decir… lo que yo mismo he percibido.

—Exactamente.

—Entonces no puedo decirle la hora en que he tropezado con la banqueta. Pero sí que mi hermana ha traído la cena pocos minutos después de ese incidente, que el agente especial ha llamado a la puerta antes de acabar de servirla…, y que Rosanne no es lenta en repartir una comida.

—Todo lo que me ha contado me será muy útil —dijo Macdonald—. Ahora, evidentemente, necesito hacerle a usted unas cuantas preguntas acerca del señor Folliner… Él era su casero, ¿verdad?; pero no quiero retener a sus amigos en la cocina indefinidamente. El procedimiento más simple para todos será que vea a los señores Cavenish y Mackellon, y que les deje marchar a casa. Luego, su hermana y usted quizá me dirán todo lo que sepan acerca del difunto.

—Perfecto. Le diré, francamente, que no sabemos mucho. Era un viejo avaro asqueroso… esto es casi todo lo que puedo asegurar con alguna certeza. ¿Desea usted ahora que le envíe a Cavenish?

—Muchas gracias. Terminaré con los preliminares lo más pronto que pueda.

3

Mientras Manaton atravesaba el estudio hacia la puerta de la cocina, Macdonald reflexionaba acerca de sus palabras: «No estamos locos, ni somos tampoco unos charlatanes. Trátenos de modo razonable y responderemos». El pintor había mostrado ser un hombre sensato y un testigo cuidadoso…, mucho más sensato y cuidadoso que el agente especial que había formulado en el estudio las acusaciones contra los reunidos.

Cuando entró Cavenish, Macdonald le observó y se confirmó su impresión original…: tenía frente a él a un hombre de juicio, digno de confianza. Un típico ejemplar de la primera clase del servicio civil.

—Lamento haberle impedido terminar su partida de ajedrez esta tarde, señor Cavenish —dijo el hombre de D. I. J.—, pero creo que se alegrará usted de prestar una breve declaración y retirarse a su casa. La niebla es espesísima.



—Gracias…, tengo ganas de volver a casa, y trabajo me va a costar. Sin embargo, Mackellon vive cerca de donde yo vivo, y él es un muchacho digno de confianza, con niebla o sin ella. Lamento no poder decirle a usted nada de valor.

—¿A qué hora han llegado aquí?

—A las siete treinta y cinco, minuto más o menos.

—¿Y han empezado su partida en seguida?

—Un cuarto de hora después, Delaunier ya estaba vestido de cardenal, y pronto ha comenzado a posar. Puede usted ver las posiciones del tablero de ajedrez, de las sillas, del caballete y de la plataforma. Al sentarme frente a Mackellon podía ver a Delaunier por el rabillo del ojo, por decirlo así. Producía una mancha púrpura que reflejaba la luz, y, aunque no le mirara, notaba que estaba allí. Mackellon estaba frente a mí, al otro lado, así que él veía a Manaton cuando levantaba la vista.

—Perfectamente…, ¿y todos ustedes han estado en el estudio, unos a la vista de otros, desde el momento en que se ha iniciado el juego hasta que el agente especial ha llamado a la puerta, o sea cuando empezaban a cenar?

—Así es. La señorita Manaton se asomaba a mirarnos de vez en cuando desde la cocina.

—¿Ha oído algún ruido fuera?

—Un sonido como la descarga de un motor, poco antes de la cena, creo yo; pero no puedo decirlo con exactitud. Manaton ha tirado algo al suelo, y entonces ha renegado de Delaunier porque abandonaba su puesto. Yo estaba preocupado con el juego y no he advertido gran cosa…, me daba cuenta de la presencia de Manaton y Delaunier; pero lo que me interesaba era la pérdida de un importante peón. Mackellon me había tendido una hermosa trampa en el tablero.

—Sí —advirtió Macdonald riendo—. Sin embargo, es raro que un jugador experimentado pueda tener una ofuscación. ¿Hace mucho que conoce usted al señor Manaton?

—Sólo le trato desde hace unos cuantos meses. Conocí a Delaunier, como jugador de ajedrez, hace varios años. Algunas veces viene a mis habitaciones para jugar una partida, y una tarde trajo consigo a Manaton. Desde entonces, hemos pasado una o dos veladas agradables en este estudio, jugando al ajedrez. La señorita Manaton juega muy bien. Su hermano se entretiene pintando a los jugadores. Ha hecho un estudio al óleo muy bueno de dos jugadores de ajedrez.

—Me gustaría verlo alguna vez. Ahora no quiero retenerle a usted más de lo que sea necesario esta noche; si surgen cuestiones posteriores, se las preguntaré más tarde… ¿Desea usted añadir algo a esta declaración?

—Una sola cosa. No tiene relación directa con el crimen, pero me gustaría hacer contar que el proceder del agente especial que ha efectuado la detención ha sido insoportable e irritante. Bruce Manaton es un sujeto irritable, y probablemente ha hablado como un loco…, pero yo no he podido dejar de simpatizar con él. Creo que, en todos los sentidos, el grupo aquí reunido se ha comportado correcta y razonablemente. La señorita Manaton y yo vendamos el tobillo del joven Folliner. No sé por qué razón, todos compartíamos firmemente la idea de que el muchacho no era el asesino.

—Los sentimientos no llevan al detective muy lejos —dijo Macdonald —. ¿Qué les ha dicho a ustedes Folliner?

—En pocas palabras… que le había escrito a su tío diciendo que iba a venir a verle esta tarde. Que al llegar ha encontrado la puerta abierta, y ha subido las escaleras hacia el cuarto de su tío; ha visto luz por debajo de la puerta, ha entrado y se ha encontrado con que el viejo yacía muerto. Un momento más tarde ha aparecido el agente especial en el cuarto y Folliner ha perdido la cabeza y ha intentado escapar. Ha resbalado sobre algo en el vestíbulo y se ha torcido el tobillo…; le han cogido un momento más tarde. Ha reconocido francamente que intentaba escapar; ha dicho además que se dio cuenta de lo sospechoso que parecía. —Cavenish hizo una pausa, y luego agregó—: No he podido evitar que me extrañara la aparición del agente especial en un momento tan oportuno.

—Eso se examinará atentamente —respondió Macdonald—. Le quedaría muy agradecido si quisiera hacerme un favor, señor Cavenish. Cuando llegue a su casa, haga memoria e intente escribir con toda exactitud cada una de las palabras que dijo Neil Folliner mientras ha estado aquí dentro…, con sus mismas frases. Sé que no será fácil, pero me parece que debe de tener usted una memoria muy exacta…, si se le da tiempo para recordar los acontecimientos.

Cavenish asintió con un movimiento de cabeza.

—Lo intentaré —repuso—. Supongo que no quiere que compare las notas con Mackellon, por ejemplo…

—Preferiría que no lo hiciera, por favor. Le pediré a él que haga lo mismo…, también sin comparar las notas con nadie.

—Muy bien. Lo haré solo, lo mejor que pueda. ¿Quiere que deje el escrito en Scotland Yard, a su nombre?

—Muchas gracias; se lo agradeceré mucho.

Pocos minutos más tarde entró Mackellon en el estudio, para ser interrogado a su vez. Su declaración fue principalmente una recapitulación de lo que ya se había dicho. Habló de un modo claro y conciso, midiendo cada afirmación antes de hacerla…: un testigo perspicaz y consciente. Macdonald le preguntó, de un modo enteramente casual, si Rosanne Manaton estaba en el estudio Cuando el ruido de fuera sobresaltó a Bruce Manaton y fue causa de que volcara la banqueta.

—No. Me parece que no se hallaba allí, pero no puedo tener la certeza en cuanto a mis observaciones se refiere —replicó Mackellon—. Estaba absorto en mi juego. En realidad, no la he visto en absoluto mientras jugábamos, porque la puerta de la cocina estaba detrás de mí y no me he vuelto a mirarla, cuando ha entrado una o dos veces. Me he dado cuenta de que había abierto la puerta, porque la luz de la cocina le daba de frente a Manaton cuando se abría, y se quejaba por eso. Con frecuencia se porta como un patán, pero eso no significa nada.

Se quedó dudando, y prosiguió luego:

—Por si le interesa a usted, el principal suceso de esta tarde, aparte del tablero de ajedrez, es el juego de colores y de luces en torno al caballete. En realidad, no podía ver a Delaunier, pero la luz fuerte hacía reflejar el color púrpura de su traje en el dorso blanco del lienzo. Sabía cuándo se movía, porque se movía el reflejo. Cuando la señorita Manaton ha abierto la puerta de la cocina, lo he sabido porque la luz y la sombra se han alterado. Cuando Manaton se movía, me daba cuenta de ello, aun sin mirarle…, ese azul intenso de su blusón también lo recogía la luz.

—Sí, comprendo —dijo Macdonald moviendo la cabeza—. ¿Pinta usted también?

—Un poco… —repuso Mackellon, riéndose—, pero no se lo diga a Manaton. No soporta a los aficionados.

4

Delaunier prestó su declaración como el actor que acapara el centro de la escena. Tenía una bonita voz, pero a Macdonald, los tonos profundos le parecieron ligeramente irritantes…; había algo amanerado en la admirable dicción de Delaunier que hacía parecer irreal lo que decía. Fue a sentarse en la silla española colocada encima de la plataforma, y habló desde allí.

—Desde luego, puedo contarle mejor que los demás los acontecimientos de la tarde porque soy la única persona cuyo pensamiento no estaba ocupado. Cavenish y Mackellon estaban pensando en su juego; Manaton, en su dibujo; Rosanne, en la comida. Yo no tenía que pensar más que en los demás. Puedo recapitular la mayoría de los movimientos del tablero de ajedrez, por ejemplo…, podía verlos con entera claridad. Mire: cuando la asistenta estaba parloteando en la cocina, Mackellon ha enrocado. Algunas jugadas después, ha dado jaque al rey de su adversario y le ha comido una torre en el movimiento siguiente. Justo cuando se ha producido fuera el estampido, Mackellon se ha comido el peón de caballo de su contrincante —hizo una pausa con una ondulación de su fina y larga mano—. Esta narración es pura pérdida de tiempo desde el punto de vista de un detective. Éramos cuatro en el estudio…; yo, en esta silla, y otros tres, a los que observaba continuamente. La señorita Manaton ha estado en la cocina toda la tarde, salvo en cuatro ocasiones, en que ha entrado aquí y se ha plantado en la puerta, y un período de dos o tres minutos en que ha salido afuera para comprobar el oscurecimiento del estudio.

—¿Cómo sabe usted que estaba en la cocina, si no podía verla?

—Mi querido amigo, podía oírla. Mi oído es muy fino. Figurez vous, mon cher —continuó, animado y expansivo—. No soy modelo de artistas. Yo, André Delaunier, soy actor. No me produce ningún placer el sentarme como un maniquí, sin poder decir ni una palabra, ni hacer movimiento alguno. Me aburro en esta silla haciendo de tableau vivant. Necesito fijarme en algo para ocupar mi imaginación. Tenía el tablero de ajedrez…, pero Cavenish no es buen jugador. Hace jugadas ramplonas…, generalmente lo que su contrincante quiere que haga. Bruce… dibuja. No puedo ver su dibujo. De vez en cuando me maldice. Tengo que permanecer inmóvil, y mantengo los ojos fijos en los jugadores. Y hablando de Rosanne, sabe guisar. Sí. Tengo hambre. Escucho sus movimientos y espero la cena. La siento destapar la olla, mover una cacerola, poner los platos a calentar. ¡Oh, sí!, escucho. Un hambriento… eso es lo que soy yo. Un maniquí en una silla; sí, pero esperando que lo alimenten. ¿Me comprende usted?

—Sí, le comprendo… —repuso Macdonald en tono humorístico—, y después de todo no ha conseguido usted cenar. Ha sido una lástima.

—¡Oh, eso no tiene importancia! Han sucedido cosas que me han interesado. Había acción, movimiento, drama. Además… mientras hablaba usted con Bruce y los otros, he cenado en la cocina. Era una lástima desperdiciar tan buen estofado. Escúcheme, inspector jefe —Delaunier se inclinó hacia adelante, haciendo con un dedo ondulante un movimiento amonestador—, el preguntar lo que hacíamos aquí en este estudio, es una necesidad preliminar, quizá; pero una pérdida de tiempo. El hombre a quien tienen que vigilar ustedes es al agente especial, ese pomposo, desagradable y aterrorizado agente especial.

—¿Aterrorizado?

—Sí, inspector jefe, aterrorizado. Se lo digo yo, que, como actor, he estudiado psicología. He estudiado las reacciones de la emoción…, odio, gozo, pena, temor. Ese hombre estaba aterrorizado. El joven soldado tenía miedo también, pero de otra clase. Él no tenía miedo de mostrar que tenía miedo. El agente especial, sí, disimulada su miedo. Lanzaba amenazas, se las daba de matón…, pero tenía miedo. Sus manos estaban agitadas; sus ojos, saltones. Sí, le aseguro que tenía miedo.

—Había tenido una tarde un poco dramática, recuérdelo usted —dijo Macdonald—. No es misión de la mayoría de los agentes especiales el descubrir un crimen violento, e irrumpir seguidamente en una reunión tan diferente a las de un próspero hombre de negocios. Es probable que su proceder insoportable, contra el cual todos ustedes han manifestado graves quejas, fuera un mecanismo de defensa para disimular el hecho de que se sentía completamente desconcertado. Recapacite sobre esto, señor Delaunier, y vea si concuerda con sus estudios de psicología. Entretanto, muchas gracias por la ayuda prestada con su declaración. Le deseo que no tenga que ir lejos en esta noche de niebla.

—¿Me despide? —preguntó Delaunier sonriendo—. ¿Es hora de que me vaya? Francamente, lo siento. Me interesaría quedarme, quizá para ayudarle a usted en sus investigaciones. Mire, inspector jefe…, he sufrido todos los inconvenientes del crimen de esta tarde. Concédame una compensación. Me gustaría estudiar las acciones y el carácter de un detective famoso. Sería una experiencia de mucho valor para mí. En mi opinión, al detective lo presentan siempre de un modo exagerado en escena.

—Lo siento —dijo Macdonald, riendo—, pero nuestros reglamentos no permiten Watsons. Desde luego, la rutina de la investigación no es más dramática para el observador que el trabajo habitual de un contable con sus libros.

—Me deja plantado en lo mejor —repuso Delaunier con un suspiro—. Detesto quedar fuera cuando hay algo de interés en marcha. Sin embargo…, me pide que me vaya, y me voy de buen talante. Buenas noches, inspector jefe.

Dicho esto se levantó, bajó de la plataforma, y se volvió para mirar a Macdonald antes de llegar a la puerta, con el ademán característico de un actor cuando se apoya en el telón.

—Recuerde lo que he dicho —le advirtió—. Había un hombre aterrorizado en este estudio esta tarde…, un hombre que tenía miedo de mostrar su miedo.

Cuando la figura vestida de color púrpura hizo solemne salida, Macdonald sintió que su propio «Buenas noches» había sido una gradación descendente, y hasta una impertinencia.

4

1

En contraste con el dramático discurso de Delaunier, la concisa narración de Rosanne Manaton parecía casi fría. No derrochaba las palabras, y se veía bien claro que estaba cansada de los acontecimientos de la tarde. Macdonald encontraba que, por regla general, la mayoría de la gente disfruta al hacer una declaración, de modo muy parecido a aquellos que han sufrido un bombardeo y gozan volviendo a contar las cosas horribles por las que han pasado. En cambio, era evidente que Rosanne tenía la intención de decir lo que tuviese que decir lo más brevemente posible. Declaró de forma sucinta que Delaunier había llegado aquella tarde a las seis en punto; Mackellon y Cavenish, a las siete y media.

—Les he dejado en el estudio, y he seguido con mi cocina —continuó —. A las ocho y media ha entrado la señora Tubbs a traerme unos arenques, que había comprado para mí. Es una asistenta que trabaja para el señor Folliner. Se ha quedado conversando durante cinco minutos. Poco después de su marcha he salido afuera, para ver si el oscurecimiento del estudio estaba bien. Luego he vuelto a entrar y he servido la cena. Me he dado cuenta de que la señora Tubbs había dejado una llave sobre la mesa de la cocina… Está todavía allí.

La voz lacónica cesó, y se produjo un silencio que duró unos segundos. Macdonald la estudiaba muy cuidadosamente. Había algo en Rosanne que le interesaba; la juzgaba con más carácter que ninguno de los que habían estado en el estudio esa tarde.

Rosanne había rechazado la silla que Macdonald le acercó: estaba en pie, de espaldas a la estufa, con su esbelta figura erguida, las manos metidas con fuerza en los bolsillos de los pantalones de esquiar, y los ojos fijos en las piezas de ajedrez. Permanecía silenciosa, y su cara carecía de toda expresión, tan impávida como antes, cuando había hablado de modo tan claro y cortante… Macdonald advirtió que era una voz hermosa, de claridad singular y pronunciación cuidada y muy tranquila.

—Su declaración ofrece mucho más interés, desde el punto de vista de un detective, que las de su hermano y sus amigos, señorita Manaton —dijo Macdonald.

—No hay nada de interés en ella —replicó la joven bruscamente, como si quisiera desviar la conversación—, ni para usted ni para mí, inspector jefe. La verdad es que yo he salido y he caminado alrededor del estudio, pero no he visto absolutamente nada, ni siquiera un resquicio de luz en nuestro estudio. Niebla y frío…, nada más. Si espera usted revelaciones sorprendentes acerca de la señora Tubbs, se sentiría defraudado. Es un buen corazón, un alma generosa, que trabaja mucho, porque no puede imaginar otra forma de vida que no sea ésa. Ella ha dejado la llave del señor Folliner sobre la mesa de mi cocina: lo ha hecho otras veces, porque sabe que allí está completamente segura. Ninguno de estos actos que le he relatado tiene relación alguna con lo que ha sucedido en esa casa.

—Quizá no… aunque hay algunas posibilidades interesantes… — replicó Macdonald—. ¿Puede decirme usted cuánto tiempo ha estado fuera cuando ha salido para comprobar si el oscurecimiento era total? Ha salido usted por la puerta de la cocina, ¿no es así?

—Sí. He caminado por el sendero hasta el extremo más alejado del estudio…, la ventana que me preocupa tanto está en el extremo más próximo a la casa. Ha dado la vuelta a la esquina del estudio y he echado una ojeada a la luz de arriba. El oscurecimiento era adecuado; en todo caso, bastante bueno para evitarnos una multa. Eso era todo lo que yo quería saber. He vuelto a la cocina, y he seguido con mi trabajo.

—¿No ha oído nada mientras ha estado fuera?

Rosanne se encogió de hombros, fatigada.

—He oído los ruidos corrientes que era de esperar oír; el retumbar de un tren, su silbido prolongado, un sonido desvaído de música, así le llaman, de alguna radio.

—¿Había vuelto ya a la cocina hacia las nueve?

—Me parece que sí. No he mirado el reloj entonces.

—¿Ha oído usted un disparo de pistola, o algún estampido similar, o un golpetazo?

—No puedo decírselo. Estaba ocupada con ollas y cacerolas y sólo prestaba atención a lo que estaba haciendo.

Volvió a producirse un silencio, y luego Macdonald continuó:

—Cuando la señora Tubbs ha estado hablando con usted, ¿ha mencionado al señor Folliner?

—Sí. Me ha contado que la razón de que ella se ocupara del anciano no era por lo que le pagaba, sino porque no podía soportar la idea de que tuviera que hacerlo todo él solo, sin que nadie entrara a ver si estaba vivo o muerto.

Rosanne hizo una pausa, y luego añadió bruscamente, con aquella voz clara y concisa:

—Conocer a una mujer como la señora Tubbs es conocer lo que significa la verdadera caridad, inspector jefe. No es una cualidad que se encuentre en este mundo, entre los intelectuales. La señora Tubbs cuidaba del viejo Folliner porque tenía lástima de él… porque él era un «viejo horror», según expresión de ella. Sentirá que se haya muerto, tan sólo porque ella era buena con él.

—Sí. Conozco la cualidad que usted dice, señorita Manaton, y la respeto tanto como usted. La caridad no busca su propia satisfacción, y nunca falla. ¿Conocía usted a… «al viejo horror»?

En esto, Rosanne se volvió y sus ojos encontraron los de él, y su mirada melancólica se iluminó con algo parecido a una sonrisa, en correspondencia a la suya.

—Realmente, no. Entré una vez a verle con Bruce, cuando alquilamos este estudio. Tengo más sentido común que él para hacer contratos, y tenía la esperanza de evitar que firmase uno estúpido. Suponía que el viejo Folliner era un tacaño, y que intentaría exprimir hasta el último penique posible a sus semejantes. Alquilaría este lugar para cualquier objeto… un burdel o una cueva de falsificadores… si pudiera sacarle un penique más. Me las arreglé para suprimir las cláusulas más desaforadas del contrato que quería hacerle firmar a Bruce. No he vuelto a ver al señor Folliner desde entonces…, y espero no volver a oler otra vez nada parecido al ambiente de su habitación.

Cesó la voz mordaz, Y Rosanne añadió:

—Yo no puedo decirle nada importante, y estoy cansada. Si no necesita preguntarme nada más, me gustaría poder seguir fregando.

—Sí —dijo Macdonald, asintiendo con la cabeza—. Siento tener que molestarla, es una mala suerte que se vea envuelta en este asunto. A propósito, sus dormitorios están arriba, ¿no? —agregó, moviendo la cabeza hacia la galería.

—Sí. Yo duermo arriba, y mi hermano duerme en aquel diván que está en el extremo del estudio. ¿Necesita quedarse aquí esta noche?

—No. Tengo que ir a ver a la señora Tubbs, y me contentaría con poder utilizar su cocina, si fuera necesario.

—Como usted quiera. Dejaré abierta la puerta del jardín, y cerrada la de aquí dentro. Así podrá hacer lo que guste. Estoy bien segura de esto, inspector jefe. La pista de este asesinato no la va a encontrar en mi cocina… ni en la señora Tubbs.

2

Macdonald dejó el estudio y dio una vuelta por delante de la casa… Hollyberry Hill, número 25, tal como se la designaba en la guía. Había demasiada oscuridad y mucha niebla para que pudiera hacerse ninguna composición de lugar a simple vista, pero tenía una idea bastante clara del conjunto.

Hollyberry Hill era una calle de casas viejas, la mayoría de ellas abandonadas y en espera de demolición. Construidas hacía cerca de cien años, ofrecían un aspecto nada agradable con su estilo de principios del Victoriano o fines del georgiano. Eran cuadradas, de fachadas simétricas, pintadas de estuco y dotadas de amplios ventanales, pero Macdonald sabía que tenían cocinas oscuras en los bajos, cuyas ventanas estaban disimuladas detrás de los jaramagos del jardín, y unos peldaños de acceso a la puerta principal.

Cada casa se levantaba independiente en un jardín de regular tamaño, con entrada de servicio a una zona, y a cada lado con un sendero que conducía al jardín de la parte de atrás. Este jardín posterior del número 25 estaba casi en su totalidad ocupado por el estudio, pero quedaba un espacio estrecho entre las paredes del estudio y la tapia del jardín, en cuyo extremo, según dijeran a Macdonald, los imprudentes ex arrendatarios del estudio habían excavado un «refugio», así llamaban a un hoyo hecho en la tierra, que desde entonces estaba medio lleno de agua de lluvia que se conservaba por el suelo arcilloso e impermeable de Londres. Macdonald recordaba vagamente el camino, porque de chico había andado en bicicleta por todo Hampstead, y había explorado sus partes más antiguas. En aquellos días, la primera década del siglo, las casas estaban bien conservadas por arrendatarios prósperos, sus fachadas recién pintadas y los grandes ventanales curvos le habían entusiasmado, excitando un poco su fantasía.



Al dejar el estudio, recorrió, con ayuda de su linterna, la estrecha senda que conducía a la fachada de la casa. Un agente permanecía en el jardín del frente, sacudiendo los brazos de vez en cuando para entrar en calor. Al reconocer a Macdonald, dijo:

—El cirujano y el fotógrafo ya se han ido, señor. Los inspectores Jenkins y Reeves todavía están dentro. No hay oscurecimiento en la casa, excepto en el dormitorio y la cocina; y las persianas no sirven para nada, no hay manera de fijarlas.

—Muy bien. ¡Este trabajito le va a helar! ¡Cuánto lo siento! La niebla parece que se mete por todas partes. —Así es, señor; pero creo que se va a levantar dentro de una hora o dos. Hay un poco de brisa que viene del norte. Hace un frío mortal esta noche. No me equivoco.

—Veremos si podemos encontrar una bebida caliente en seguida, Tate. Quiero que inspeccione de un extremo a otro este sendero, y que escuche cualquier ruido que provenga de aquel estudio. No se caiga de cabeza en el hoyo. Es un buen lugar para hacer equilibrios.

—Un montón de gente —repuso el agente, riendo— intentó este juego de piruetas al principio, señor; pero la mayoría ha tenido que rellenar los hoyos después…, luego la F. A. S.[3] los ha tenido que desecar. Fue un error del gobierno, al comienzo. Se ordenó a la gente que cavara zanjas; si hubieran estado en Flandes lo sabrían mejor. Zanjas sin desagües, desde luego.

Macdonald subió los escalones de la fachada y entró por la puerta; la habían dejado cerrada sólo con el picaporte, y una vez dentro, paseó la luz de su linterna alrededor del espacioso vestíbulo, y se estremeció. El lugar era húmedo, con una sensación de frío más intenso que el aire de fuera. El papel de las paredes, que en otro tiempo había sido granulado y barnizado, colgaba en jirones; rayas blancas como espectros mostraban dónde habían quedado sin estuco las húmedas paredes. La casa tenía un olor a moho, malsano y acre. Había linóleos en el suelo y en las escaleras, pero sus dibujos hacía mucho tiempo que se habían borrado por el uso, y el continuo pisar los había gastado. Al llegar al rellano de la escalera, Macdonald vio una raya de luz debajo de una puerta; se dirigió a ella y se metió con cuidado en una habitación, brillantemente iluminada, de la parte de atrás de la casa.

3

Estaba bien claro que la única habitación que el señor Albert Folliner utilizaba para vivir era su dormitorio. Había un hogar con repisas a ambos lados, y sobre las repisas unos cacharros de cocina. Un aguamanil, con la parte superior de mármol, sostenía una vieja palangana esmaltada, algunas bolsas de papel y diversas vasijas de loza, pasadas de moda, rotas y descoloridas. Aparte del lavabo, que era de gran tamaño, la habitación estaba amueblada con una cama de tipo antiguo, de hierro negro y cobre, un amplio armario de dos cuerpos, de principios del Victoriano, un sillón muy raído y una mesa de pino. Sobre esta última había algunos platos sucios y una tetera esmaltada rota.

Cuando Macdonald entró en la habitación, el detective inspector Jenkins estaba de pie delante del armario abierto, y se volvió, resoplando a cambio de la tarea de sacar los papeles que estaban hacinados en el mueble.

—Esto es lo que se llama una gran porquería, jefe —dijo Jenkins, indicando el guardarropa y su contenido—. Supongo que tendremos que andar con todos estos cachivaches. Cualquiera pensaría que ese miserable viejo lunático dejó las cosas así a propósito, para causar todas las molestias posibles.

Jenkins era un hombre de cincuenta y tantos años, de gran estatura y constitución robusta más fuerte que nunca, ahora que su recortado cabello rubio se estaba volviendo gris. Tenía la cara redonda, rubicunda y alegre, y ojos azules, tan inocentes como los de un niño. Había algo de poder y fuerza que le eran inherentes, y poseía el don, que Macdonald reconocía, de hacer amigos fácilmente entre las gentes más diversas.

Mientras hablaba, Jenkins señaló con la cabeza la cama, donde yacían los restos de Albert Folliner, tapados con una sábana sucia, para ocultarlos a la vista.

—No será necesario traer la ambulancia hasta que esta niebla se despeje un poco —añadió Jenkins haciendo un paréntesis—. La cosa está bastante clara hasta ahora.

—Dígame lo que piensa de esto —dijo Macdonald.

—El difunto era un avaro —continuó Jenkins—, un verdadero miserable, como los de las novelas antiguas. No diré que no haya conocido a otros antes…, alguno conocí, aunque ahora son menos frecuentes que en otras épocas. ¿Recuerda al viejo Simple Simon, a quien perseguían continuamente por pedir limosna en el dique…? Cuando murió de hambre, se le encontraron 525 libras debajo de las tablas de su habitación y otras quince libras aparte, en su asqueroso Camastro.

—Lo recuerdo —asintió Macdonald.

—Bueno, este viejo tampoco estaba lejos de morirse de hambre. No le quedaban más que el pellejo y las penas, como dice mi mujer; pero debía de tener un montón de dinero. Allí dentro —y Jenkins señaló el armario con la cabeza— hay resguardos de los valores que compraba y vendía…, me he dado cuenta de que vendió cuanto tenía en inversiones, y lo realizó en efectivo. Hay un cofre vacío, ahí en el suelo, que cayó de la cama. Probablemente, sacaba el cofre todas las noches y recontaba los billetes que guardaba en él…, es lo propio de estos tipos. Todos los avaros lo hacen. Alguien observó sus costumbres, entró, le mató de un tiro y se escapó con el contenido del cofre. Todo está bastante claro.

Jenkins se acercó a la cama y levantó la sábana.

—Disparo a boca de jarro, justo entre los ojos; la pistola está en el suelo… un Colt antiguo de calibre pesado. Con ese ángulo no es fácil que el disparo se lo hiciera él; en todo caso, el cofre del dinero está vacío. Esto habla por sí solo. —Calló un momento, y luego dijo—: Bien, esto es lo que hay, jefe. ¿Cómo se imagina usted que han ocurrido las cosas?

—La pistola estaba en el suelo —contestó Macdonald después de un silencio—; desde luego que no podemos tener la seguridad de que es la que han utilizado para el asesinato hasta que se examine la bala al microscopio. ¿Hay impresiones digitales en ella?

—Manchas. El que la utilizó llevaba guantes puestos.

—Era de suponer…, pero han dejado la pistola ahí. Me aventuro a decir que la pistola pertenecía al difunto, y que él la sacó cuando se ha dado cuenta de que le iban a atacar. El atacante la volvió contra Folliner y ha disparado; luego, ha sacado el contenido de la caja de valores.

Jenkins asintió con la cabeza, colocó otra vez la sábana, y se volvió.

—Así lo veo yo también —dijo.

Macdonald fue hasta la puerta del dormitorio, y examinó el picaporte y el quicio. No tenía cerrojo, pero una llave antigua en la cerradura estaba puesta todavía. Giraba con facilidad… Macdonald puso un lápiz atravesado en el ancho ojo de la llave y le dio unas cuantas vueltas a un lado y al otro. Luego, con unos alicates, sacó la llave y examinó su extremo.

—Es bastante fácil hacerla girar desde el exterior, si se dispone de un par de pinzas largas —dijo—. El asesino pudo subir las escaleras, darle la vuelta a la llave desde fuera y entrar directamente. Lo más probable es que entonces el asesino le haya tirado algo al viejo…, cualquier cosa, sólo para confundirle y no permitirle usar su pistola…, y luego ha ocurrido todo lo demás. Esto son simples conjeturas. Puede haber sucedido de otra manera enteramente distinta.

—Puede…, pero todas las pruebas confirmarán su reconstrucción — dijo Jenkins—. Primero, el viejo ha dejado la puerta de su armario abierta y ha sacado su cofre de valores para llevarlo a la cama. Por lo que he podido ver, la habitación no ha sido saqueada: la mayoría de los papeles del armario están en los lugares en que fueron apretujados hace meses o años; todo lo demás está igual, en este aspecto…, no ha sido tocado nada en las últimas horas. Pero tengo esta seguridad; ningún avaro recibirá una visita cuando saca sus tesoros y los está contemplando. Eso es de sentido común. La puerta tenía que estar cerrada. Creo que podemos considerar esto como una certeza —Jenkins hizo una pausa, y luego añadió—: A mi juicio, esta habitación no ha sido registrada ni saqueada para nada. El viejo estaba en la cama, ha cogido su cofre y lo ha abierto…, las llaves están todavía debajo de la almohada. No esperaba ninguna visita. Ahora viene la discrepancia. Debajo de esa pila suelta de periódicos viejos que hay sobre la silla había una postal…, probablemente de su sobrino Neil.

Jenkins señaló la chimenea; Macdonald se acercó a ella y leyó la postal que había allí. No la encabezaba dirección alguna, y el mensaje estaba escrito con una letra redonda de escolar. «Querido tío: Iré a verle el jueves por la noche, hacia las ocho y media. He conseguido veinticuatro horas de permiso, e iré a pasar ahí una hora, poco más o menos. No se preocupe. Haré lo que pueda, Neil».

Jenkins, de pie, con las manos en los bolsillos, se mecía ligeramente, de atrás adelante, sobre sus talones, como era su costumbre cuando estaba cavilando.

—Ahora ya no tiene sentido, ¿verdad? —preguntó con un ligero tono de broma—. Todos los cuadros cuentan una historia —añadió—, y esta postal es un poema. «No se preocupe… haré lo que pueda». Me parece como si al sobrino le hubieran contado una larga historia en una visita previa…, el pobre tío viejo muriendo de hambre, y todo lo demás. Si yo dejara dinero al morir, no consentiría que el sobrino del Canadá conociera el contenido del cofre. Ni tiene sentido que el sobrino enviase una postal al tío diciéndole que venía a verle, si intentaba quitarle de en medio.

—No. No es verosímil. Lo que ocurre es que el sobrino ha sido sorprendido por el agente especial… Es una pena que no estuviera el agente de costumbre esta tarde en el distrito, Jenkins.

—¡Hum…! Será necesario que lo considere usted detenidamente — dijo Jenkins.

—Sí. Voy a hacer una conjetura acerca de este caso, Jenkins. O será clarísimo y fácil, o va a ofrecer grandes dificultades. Alguien le ha disparado al viejo con su propia pistola; alguien ha atravesado la niebla con los bolsillos llenos con el botín. Una noche oscura, asquerosa, de visibilidad nula; sin nadie fuera que pudiera evitarlo.

—¡Hum!… Sí —gruñó Jenkins, que sabía muy bien lo que Macdonald quería decir

4

Algo después, el detective Reeves entró en la habitación y se dirigió a Macdonald.

—Han traído aquí a la señora Tubbs, señor. ¿La hago subir?

—Sí —repuso Macdonald con un gesto de asentimiento—. Hágala subir.

Fue a la cama y estiró cuidadosamente la sábana sobre su desdichado ocupante. Adivinaba que la vista de un cuerpo amortajado con una sábana no era una novedad para una madura asistenta de Londres…, y en cuanto al resto de la habitación, ella debía de conocerlo tan bien como la suya propia.

—Lamento tener que traerla aquí, señora Tubbs: es un asunto muy triste para usted.

Macdonald habló con amabilidad al mirar a la encogida mujer que entró en el cuarto; pero ella le miró con el indomable coraje propio de las de su clase.

—No se preocupe por mí, señor. He visto cosas peores durante los bombardeos. Horrores…, así que una se endurece para todo. Lo he sentido por él —dijo moviendo la cabeza hacia la cama—, a pesar de que era un viejo miserable y de mal corazón; pero yo le cuidaba lo mismo que a un niño o a un idiota. ¡Válgame Dios! Y pensar que le traje comida para que viviera hasta ahora. ¿Se quedó mientras dormía?

—No. Ha sido de un tiro —replicó Macdonald, que la observaba cuidadosamente y vio cómo abría la boca con asombro.

—¿De un tiro? ¿Él? ¿Quiere decir que se ha matado?

—¿Por qué se le ocurre a usted eso? ¿Amenazó él alguna vez con quitarse la vida?



—¡No, por Dios! Nunca lo hizo. Según me dijo, quería vivir hasta los cien. No. Pero tenía una pistola. Era un trasto grande y desagradable. Una vez me la enseñó. «Señora Tubbs — dijo—, si alguien intenta atacarme, estoy dispuesto a recibirlo»; y yo le contesté: «No sea tonto. ¿Quién va a atacarle a usted, y por qué? Se va a hacer daño con esa maldita cosa. Vaya y tirela con cuidado en el abrevadero».

Macdonald fue reprimiendo gradualmente la locuacidad de la señora Tubbs y la condujo, mediante preguntas y respuestas precisas, a una relación de su trabajo en casa del señor Folliner, y a que le contara los detalles que conocía con respecto a él. La señora Tubbs le contó que durante diez años le había atendido, y que el viejo cada vez era más pobre.

—No es que yo creyera todo lo que él me contaba —dijo—. Esta casa, ahora, era de su propiedad…, lo sé.

Al parecer, el señor Folliner había alquilado la mayor parte de las habitaciones de la casa hasta que la suciedad y la necesidad de reparaciones llegaron al extremo de que nadie quería alquilárselas. Había rehusado hacer reparaciones o decorarlas, alegando que no tenía dinero para afrontar tales gastos. El estudio estuvo alquilado hasta los bombardeos de 1940, en que los arrendatarios se largaron de allí, según la expresión de la señora Tubbs.

—¡Pobre viejo, quedó en una mala situación entonces, sin que le entrara dinero por ninguna parte! —exclamó la señora Tubbs—. Yo solía venir todos los días, aunque no me podía pagar un penique. Nunca sabía si le iba a encontrar vivo o muerto. ¡Triste de mí, qué tiempos aquéllos, con los bombardeos y la poca comida que llegaba! Siempre le traía una ración; no podía soportar la idea de que se fuera muriendo de hambre poco a poco. Cuando alquiló ese horrible estudio al señor Manaton, le dije sin rodeos que tenía que pagarme algo, si quería que continuara viniendo. Él era un cochino ruin; ya sé que a las personas viejas se les meten rarezas en la cabeza, y no se les puede echar la culpa. El Todopoderoso tiene caminos extraños, es lo que yo siempre digo. El señor Folliner estaba completamente solo en el mundo; no tenía a ninguno de los suyos para cuidarle.

—¿Le oyó usted mencionar alguna vez a un sobrino, que sirve en el ejército canadiense? —preguntó Macdonald.

Luego dejó que la señora Tubbs contara su historia, a su manera, al darse cuenta de que estaba consiguiendo un cuadro, vivo y muy curioso, del viejo avaro, retratado por la charlatana señora.

—¡Oh, él…!, se referirá a su sobrino Neil —replicó ella—. Sí, le he visto, es un buen chico, muy agradable…, sobrino nieto por línea directa. Estaba muy preocupado por su pobre tío, que se moría de hambre en una choza, según él expresaba. El viejo señor Folliner era tan marrullero como ruin, y yo lo sabía, pobre viejo mísero. Intentaba sacar todo lo que podía de ese chiquillo; sólo que yo me metí a hablar y, reservadamente, le aconsejé al señor Neil: «No crea todo lo que le dice, no derroche toda su paga con él. Sé que a los chicos no les sobra demasiado, y ustedes sólo pueden ser jóvenes una vez». Le dije: «Guarde el dinero en su bolsillo; y si realmente las cosas van mal, le avisaré». No podía soportar la idea de que este jovencito tan agradable derrochara su paga con semejante viejo miserable. Cuando uno piensa que van para que los maten a miles, lo mismo que sucedió en Wipers la última vez, bueno, no es agradable desperdiciar los pocos días que les quedan, ¿me comprende usted?

—Sí. La comprendo —repuso Macdonald.

5

Poco a poco, el hombre del D. I. J. fue llevando a la señora Tubbs a los acontecimientos que precedieron inmediatamente a la muerte del señor Folliner.

—Siempre venía por la mañana para arreglar un poco —dijo ella—. El aspecto de esta habitación tal como está ahora no acredita a nadie, bien lo sé; pero sería aún peor si yo no hubiera hecho lo que pude. Le traía algo de comer, le encendía el fuego; aunque él no sé qué pecados mascullaba por tener que pagar el carbón. Estos últimos meses me acostumbré a dar una vueltecita a última hora de la tarde, para ver cómo pasaría la noche. El hecho era que no podía dejar de preocuparme por él. No podía dormir tranquila en mi cama, pensando que pudiera haberse caído por las escaleras o algo parecido, con tanta oscuridad. Le decía muchas veces que no saliera de este cuarto después del oscurecimiento, pero a él le gustaba rondar.

—¿Tenía ligeras las piernas, entonces? —preguntó Macdonald.

—Sí —asintió ella—. No estaba tan mal. El invierno pasado tuvo un ataque grave de reumatismo y no sé qué más, y no pudo levantarse de la cama; le aconsejé que no debía echar el cerrojo a la puerta de la calle por si se daba el caso de que no me pudiera abrir cuando yo viniera por las mañanas. «Debe usted darme la llave», le dije. Esto fue después de tener que hacer una cosa rara cuando estuvo tan enfermo que no pudo bajar a abrirme la puerta; me vi obligada a llamar a los albañiles del número 10 para que arrimaran una escalera a la ventana del baño, y entrar yo por ella. Después de esto, me dio la llave para que pudiera entrar y salir, lo que hacía con regularidad, mañana y tarde, tal y como le acabo de decir.

—Y cuando le ha dejado usted esta tarde, ¿parecía el mismo de siempre?

—Sí. Estaba animadísimo. Le he dejado en cama, entre las ocho y las ocho y media; luego, me he acercado al estudio porque quería ver a la señorita Manaton. Me gusta; es una mujer bondadosa y educada como no he conocido otra. Ella y su hermano estuvieron en buena posición. Nunca pude soportar a esos artistas; siempre son unos cochinos, y en cuanto a lo que hacen, bueno, a algunos es mejor que una mujer decente no les conozca. Sin embargo, la señorita Manaton es una verdadera dama. Lo garantizo dondequiera que esté… y eso me hace recordar una cosa. Me he dejado la llave en su cocina. Recuerdo que la he puesto sobre la mesa, pero no me he preocupado. Sé que la encontraré allí por la mañana, lo mismo que otras veces.

—¿Le ha dicho algo el señor Folliner sobre si esperaba que viniera su sobrino a verle esta noche, después que usted le dejara?

—No, señor; no me lo ha dicho. Él no esperaba al señor Neil. Lo sé porque se ha acostado. No lo habría hecho si hubiera estado esperando a su sobrino. Era extremado en algunas cosas, aunque no lo creería una viéndole como vivía. El señor Folliner fue en otro tiempo un caballero…, un estudiante. Escribía admirablemente, y hablaba igual que usted.

—¿Puede usted leer, señora Tubbs? —preguntó Macdonald—. Veo que no usa usted gafas, y la mayor parte de la gente las necesita cuando va entrando en años.

—Sí, señor. Tengo un par de Woolworth en casa…, me sirven mucho. Puedo leer muy bien con mis gafas, pero sin ellas, no.

—Bueno, aquí, sobre la chimenea, hay una postal de Neil, el sobrino del señor Folliner. Se la leeré.

Macdonald cogió la postal y la leyó en voz alta.

—He encontrado esta tarjeta debajo de los periódicos que hay en esa silla —añadió luego.

—¡Imposible! Eso no parece cosa del señor Folliner. Él era muy cuidadoso en eso y nunca dejaba tiradas sus cartas. Era muy suspicaz. Los viejos se vuelven así, por lo menos algunos viejos. Nunca vi que dejara una carta tirada…, y estoy completamente segura de que no se habría ido a la cama si hubiera creído que el señor Neil iba a venir…; a no ser que se le metiera algo raro en la cabeza de repente. Esto es lo que parece. Debió de recibir la postal, y olvidarla luego. Si hubiera esperado al señor Neil, me lo habría dicho. La primera vez que supo que su sobrino venía del Canadá, experimentó una gran emoción… Neil era nieto de su hermano Frederick. «Quizá sea un hombre rico», me dijo. ¿Y, entonces, ha venido el señor Neil, señor?

—Sí. Ha venido esta tarde y ha encontrado muerto a su tío.

—¡Dios Santo! ¡Qué horrible espectáculo para él, pobre muchacho! Me imagino que se suicidaría. A pesar de todo, nunca se me ocurrió que pudiera hacerlo. No puedo remediar la pena que me causa, con todo lo «viejo horroroso» que era, según decía la señorita Manaton. ¡Pobre viejo mísero! ¿Cómo le habrá dado por hacer semejante cosa?

—Si llegaba alguna carta para el señor Folliner, ¿se la subía usted? — preguntó seguidamente Macdonald.

—No. El mismo las recogía del buzón. Bajaba siempre a la puerta cuando oía llamar al cartero. No vi nunca sus cartas, excepto cuando estuvo tan enfermo el invierno pasado y no podía bajar las escaleras.

—¿Sabe usted si recibía muchas cartas?

—Entonces recibía muchas…, todas eran de negocios, es decir, impresos. Ninguna particular. Cuando el señor Neil escribió por primera vez, mi viejo señor Folliner dijo que era la primera carta que recibía desde hacía años…, quería decir una carta personal. Solía venir un cartero muy simpático por estos alrededores…: Joe Baines. Conocí a su madre en la ciudad de Camden, donde viví un tiempo. El señor Folliner anduvo algo desconcertado cuando trasladaron a Joe Baines a otro barrió. Ahora viene una mujer, que con frecuencia llega tarde por una causa o por otra; el señor Folliner no le tenía confianza. Me parece una tontería. La mujer es siempre tan cuidadosa como el hombre, y algunas tienen mejor vista.

—¿Puede decirme usted si tenía amigos, o si venía alguien a verle? —Nadie, señor. Si no hubiera sido por mí, ni siquiera hubiera entrado nadie en esta casa. Es verdad que el señor Manaton y su hermana le visitaron una o dos veces cuando alquilaron el estudio…: pero desde entonces nunca volvieron. El viejo no les gustaba y la verdad es que él pensaba sacarles lo que pudiera. Era el prototipo del verdadero avariento. El que ocupaba el estudio antes… Stort era su apellido… subía algunas veces, para tratar de conseguir que el señor Folliner hiciera algunas reparaciones. Pero no se las hizo nunca. Randall Stort, ése era el nombre, vivía con un cuidador pequeño, narigudo y asqueroso, llamado Listell, o algo por el estilo. El señor Stort hizo un cuadro del señor Folliner…, que vi en el estudio y me produjo pavor: le pintó como un avaro, con sus manos descarnadas, estrujando como garfios los billetes de banco. Nunca he visto nada semejante. A mí me pareció un atrevimiento. «Lo he hecho de memoria, madam», me dijo el señor Stort; y le repliqué: «No le tolero familiaridades, señor Stort; y si tuviera que escoger entre usted y él, preferiría al señor Folliner. Al menos, él fue un caballero en otro tiempo, lo que no llegará a ser usted nunca». Y me marché sin los dos chelines y seis peniques que me debía; allí quedaron mi cubo y mi cepillo de fregar, en mitad del piso. ¡Madam, hay que ver!

Se produjo un breve silencio: Jenkins había estado ocupado anotando los datos más dignos de interés del relato de la señora Tubbs.

—Bueno —dijo finalmente Macdonald—, señora Tubbs. Usted ha dejado al señor Folliner esta tarde alrededor de las ocho y media. Entonces se ha quedado acostado, pues no esperaba visitas. Usted cree que era pobre; tan pobre que algunas veces le dio de comer para que no se muriese de hambre. El único visitante, que usted sepa, era su sobrino Neil. ¿Cuántas veces vino por aquí? ¿Lo sabe usted?

—Vino dos veces. Una en octubre último; llegó después del té y partió cuando yo me iba, a las ocho en punto. Otra vez, una mañana antes de Navidad, y le trajo algo de comida…, una libra de manteca del Canadá, un poco de carne en lata, chocolate y leche condensada. Todo está allí todavía, encima del armario.

—Esta tarde, cuando usted se ha marchado, ¿está segura de que ha cerrado la puerta de la calle?

—¿Yo? ¡Claro que sí! La he sacudido para cerciorarme, como hago siempre.

—Muy bien. Siento decirle que tendrá que acudir al depósito de cadáveres para identificar al viejo Folliner cuando nos lo llevemos, señora.

—Muy bien, señor. No tengo miedo. He visto demasiados horrores cuando los bombardeos para ser delicada. Le voy a pedir una cosa: ¿puedo verle? Yo le cuidé, ¿sabe usted?, lo mismo que si fuera un niño, y me da mucha pena que haya hecho esto.

—Le advierto que presenta un aspecto muy lamentable, señora…, pero si usted insiste…

La mujer se dirigió a la cama y levantó la sábana.

Permaneció de pie uno o dos segundos, y luego volvió a extender la sábana cuidadosamente.

Cuando se volvió hacia Macdonald, le corrían las lágrimas por la nariz.

—¡Pobre desdichado! —exclamó—. No le habría hecho eso ni por un ciento de libras.

Macdonald se dio cuenta de que para la señora Tubbs «un ciento de libras» era todo el oro de Ofir. No se podía imaginar riqueza mayor, y las lágrimas que derramaba por su «pobre desdichado» eran muestra de un afecto puro.

«… no busca su provecho…, no es fácil de provocar…». Las palabras parecían aplicables a la señora Tubbs.

5

Poco antes de medianoche, Macdonald dejó la casa número 25 de Hollyberry Hill, y reconoció que el agente de guardia había sido un profeta en cuanto al tiempo: la niebla estaba levantando y soplaban ráfagas de viento helado del norte. Macdonald subió a su coche y se dirigió a la cabina telefónica más próxima, desde donde llamó al señor Lewis Verraby, el agente especial que había arrestado a Neil Folliner.

—Habla el inspector jefe Macdonald, del Departamento de Investigaciones Judiciales. Discúlpeme por molestarle a una hora tan avanzada de la noche; pero me gustaría mucho poder verle unos minutos. Estoy encargado del caso de Hollyberry Hill.

—Sí, sí. Encantado. Venga sin falta inmediatamente, inspector jefe. Tendré mucho gusto en tratar el caso con usted. Encontrará mi casa con facilidad. Haverstock Close está fuera de la carretera principal, en la curva que hay más allá de las señales luminosas de tráfico, a mano derecha yendo hacia el norte; el número cinco está al extremo del callejón sin salida.

—Gracias por sus indicaciones. Estaré con usted dentro de pocos minutos.

A Macdonald le parecía siempre interesante tener en cuenta la impresión producida por un testigo al ponerse en contacto con la policía por primera vez, en un interrogatorio oficial. El señor Lewis Verraby era un agente especial, es cierto; pero Macdonald tenía la intención de considerarle en este momento como un simple testigo, como un testigo inexperto, que presta su declaración en una investigación criminal. Había una rara tensión nerviosa en la voz que hablaba por teléfono: la volubilidad con que había hablado el señor Verraby, su rápida y entusiasta conformidad, parecían encerrar cierto nerviosismo. Macdonald recordó la declaración de André Delaunier: «el hombre estaba aterrorizado», y reconocía que estaba conforme con él en eso…, pues la voz de Verraby delataba nerviosismo.

Haverstock Close era un corto callejón sin salida, en el cual había cinco casitas de lujo, de tipo neogeorgiano. Tanto las casas como el camino ocupaban, probablemente, el lugar de alguna demolida mansión que había estado construida en el propio jardín. La niebla se había despejado cuando Macdonald hizo girar su automóvil en el callejón, y, aun antes de que le recibieran en el número cinco, el hombre del D. I. J. había catalogado el tipo de casa en que vivía el señor Verraby…; pequeña, pero lujosa, provista seguramente de todas las innovaciones modernas que los arquitectos de hoy día conocen.

El mismo Verraby le abrió la puerta.

—¿El inspector jefe Macdonald? —le preguntó—. Entre, entre. Me alegro de que se haya despejado la niebla. La niebla es el mismo diablo cuando uno está de servicio; lo sé demasiado bien. Pase a la habitación de la derecha, inspector jefe. El fuego está encendido todavía. Debe de estar usted helado. ¿Me permite su abrigo?…

Si el aire de la noche era crudo y penetrante con su frío húmedo, Macdonald pensó que lo prefería al calor falto de aire de la habitación en que fue introducido. Era una sala de hermoso trazado, artesonada con una madera fina de superficie sedosa y resplandeciente, y con estantes y librerías empotradas. Un gran montón de leña ardía alegremente en una chimenea, cuya repisa era de hermosa estructura; pero Macdonald adivinó que había además calefacción central, a juzgar por el excesivo calor de la sala. El ambiente estaba cargado con el humo de los cigarros, y era perceptible el olor a whisky. La mano del señor Verraby no debía de estar muy firme, ya que vertió la bebida por fuera de la cuadrada botella georgiana. Vestido con una chaqueta acolchada de satén negro, indudablemente el señor Verraby tenía el aspecto de un caballero de muy buena posición. Macdonald lo abarcó todo con una mirada intencionada…: la sala artesonada con sus ricas cortinas de damasco color ciruela, las alfombras persas, el resplandor del cristal y la plata, los profundos sillones modernos… el conjunto formaba un raro contraste con el medio en que el caso se había originado, «la horrible cabaña» del señor Albert Folliner y el desmantelado estudio donde vivían los Manaton.

Macdonald se quitó el abrigo…, era necesario hacerlo con semejante temperatura… y el señor Verraby prosiguió cordialmente:

—¿Whisky con soda, o un ponche caliente, inspector jefe? Debe de necesitar usted algo después de su investigación en esa casa helada de Hollyberry Hill.

—Gracias. Estoy de servicio, y no podemos beber cuando estamos de servicio, como usted sabrá, probablemente —respondió Macdonald. Se sentó en uno de los magníficos sillones del señor Verraby (el hombre del D. I. J. no podía negar la comodidad de ese tour de force del lujo moderno), y, sin más preámbulos, prosiguió:

»Conozco en términos generales su informe oficial, pero me gustaría mucho que fuera usted tan amable de volver a relatarme la historia completa y con todos los detalles.

—Desde luego, desde luego. Estaba de servicio esta tarde, patrullando por la nueva estación de Power, al extremo norte de Hollyberry Hill. Como usted sabe, hacemos generalmente el recorrido por parejas; pero el otro número, el coronel Gratton, está en cama con gripe, y he tenido que salir solo de servicio. Tenía que ser relevado a las diez. Debido a lo helado de la noche, he efectuado la ronda más rápidamente que de costumbre. No para terminarla más pronto, sino porque hacía un frío infernal y yo padezco del hígado. Caminaba de prisa, con el propósito de entrar en calor. Evidentemente, con la niebla tan espesa como estaba entre las ocho y las nueve, no podía ver muy bien dónde me hallaba. Me daba cuenta de que estaba en Hollyberry Hill, pero no sabía nada más. Más tarde he comprobado que estaba fuera de mi radio de acción; pero, dadas las circunstancias, no era de extrañar.

—En absoluto —murmuró Macdonald; mientras Verraby hacía una pausa, esperando sin duda algún comentario.

—Era la noche más inmunda que recuerdo desde hace años — prosiguió—, y eso que reconozco que había comido bien. Pero sigamos con la historia. Poco antes de las nueve he oído el disparo de un arma de fuego…

—Un momento, ¿ha anotado usted la hora exacta?

—No, aunque hubiera pensado en hacerlo no habría podido. Usted sabe lo que ocurre ahora con los relojes: no se puede conseguir que los arreglen en menos de seis meses, y no es posible comprar otro. Mi reloj de pulsera está averiado. Llevaba un reloj viejo, medio destartalado, en el bolsillo del chaleco, pero no es muy de fiar, pues varía unos cuantos minutos. De hecho, no se puede uno fiar en absoluto de él. No anda desde que volví. Ahí está, si quiere usted verlo…, sobre la chimenea. Le he dado cuerda esta mañana; pero se ha parado, como ve, en las diez.

—Entonces, su cálculo de la hora en que ha oído el tiro ¿es pura adivinación?

—No del todo, mi estimado inspector. Tengo un sentido del tiempo muy agudo, nada común…, casi siempre me equivoco muy pocos minutos en mis cálculos. Sabía la hora en que había entrado de servicio. Sabía que me había puesto en contacto con mi «punto» (un agente regular del servicio en el mismo camino), a las ocho y treinta. Le pregunté la hora.

Eran las nueve y quince cuando he entrado en aquel estudio… —¿Cómo puede estar seguro de eso, señor Verraby?

—Porque había un reloj en el estudio, un reloj despertador sobre la mesa próxima a la estufa.

—Lo había, pero estaba parado. Probablemente está marcando las nueve y quince desde que los Manaton alquilaron el estudio.

Verraby se rió, con una risa profunda y viva, musical y cortés; pero para el oído de Macdonald le faltaba la cualidad esencial de una risa…; la diversión.

—¡Ah, me ha pillado, inspector jefe; me ha pillado! Tendré que refugiarme en el honrado clisé, «según mi leal saber y entender», ha sido poco antes de las nueve de la noche cuando he oído un ruido que me ha parecido el disparo de un arma de fuego, ¿está bien así?

—Sí. Por favor, conteste a esta pregunta con mucho cuidado. ¿Se ha dado usted cuenta inmediatamente de que el disparo era de un arma de fuego, o se ha formado esa idea a la vista de los últimos acontecimientos de la tarde?

—Por mi alma, inspector jefe, ésta es una investigación por demás detallada. Usted no da nada por supuesto, ¿verdad?

—Nada —replicó Macdonald tranquilamente—. En el trabajo policíaco los detalles son demasiado importantes para darlos por supuestos. A no ser que a usted le parezca que soy más detallista de lo debido, me gustaría que se diera cuenta de esto. Es muy fácil olvidar los detalles. La declaración más valiosa es la que se presta inmediatamente después de un suceso, antes de que el cerebro tenga tiempo de olvidar o modificar… para «explicar los sucesos», como dicen los psicólogos.

—Precisamente, precisamente. No se imagine que lo tomo a mal. Admito lo reflexivo que es usted, inspector jefe; sólo desearía que hubiera más hombres de su calibre en el cuerpo de Policía. Hablo por experiencia, usted lo sabe. Hay muchachos de ley en nuestro cuerpo, pero les falta finura…, uno aprecia los cerebros de primera clase en cuanto los conoce. ¿Proseguimos ahora? ¿Y está usted seguro de que no quiere olvidar los reglamentos y tomarse una copa conmigo? ¿No? Bueno, yo he tenido un día muy pesado, y… ¡vamos al grano!

»He oído un ruido —continuó Verraby, después de servirse un whisky con soda— que al instante he identificado como un disparo de arma de fuego. En seguida me he puesto en guardia. Era evidente que el disparo había sido a corta distancia, y, probablemente, no al aire libre. Me ha parecido que el ruido procedía de alguna casa cercana, a la izquierda, frente a mí. Desde luego, ésta es una impresión que se ha fijado en mi cerebro al oír el disparo. Me he detenido un momento y he escuchado. No se oía nada…, ni pisadas ni movimientos. Tenía conmigo la linterna eléctrica, y he enfocado su luz hacia la entrada de todas las casas que encontraba a mi paso.

—¿Era muy espesa la niebla entonces?

—Espesísima, condenadamente espesa. Sin embargo, podía ver hasta la puerta de entrada de la mayoría de las casas. Esas casas, como usted sabrá, no tienen más que un metro o dos de jardín en la parte delantera. Desde luego, la mayoría de las casas que están en esa manzana…, entre Seton Avenue y Dayton Creccent…, están abandonadas, a la espera de demolición. Se me ha ocurrido que las casas vacías muchas veces son el escenario de un crimen. He escuchado cuidadosamente al pasar, pero no he oído absolutamente nada. Cuando he llegado al número 25, la luz de mi linterna me ha permitido ver que la puerta de la calle estaba abierta, y he decidido entrar para investigar.

El señor Verraby hizo una pausa, y luego añadió:

—No pretendo hacerme el héroe, inspector jefe. He creído que era mi deber meterme dentro de esa casa, pero reconozco que no me seducía la perspectiva. Por el contrario, me repugnaba muchísimo. Sin embargo, he entrado.


Macdonald se daba cuenta de que le habían echado un cabo…, lo indicado era felicitar al señor Verraby por ser digno de elogio su sentido del deber ante el peligro; pero había algo en la complacencia de aquel hombre que le resultaba antipático. Se limitó a preguntar:

—¿Y luego…?

El rostro del señor Verraby se ensombreció un poco, y se volvió menos expansivo.

—He comenzado por la planta baja, pues creía que los habitantes de esas casas preferían las habitaciones del sótano; pero pronto me he dado cuenta de que estaban desocupadas. Entonces he subido las escaleras. He visto una raya de luz debajo de una puerta, me he dirigido a ella, y la he abierto. He visto al soldado de caqui, de pie, al lado de la cama, y al que la ocupaba…, un espectáculo terrible. He dado un paso hacia delante, pero antes de que pudiera articular una palabra, el soldado ha girado sobre sus talones y ha conseguido llegar a la puerta antes que yo. He intentado detenerle, pero era un muchacho muy fuerte y me ha cogido por sorpresa. Inmediatamente, he salido en su persecución…

—Un momento. ¿Podemos aclarar un poco todo esto? Cuando ha entrado en la habitación, ¿el soldado estaba al lado de la cama, más lejos de la puerta que usted?

—Sí, sí, desde luego. Yo he avanzado un par de pasos… ha sido un error por mi parte, casi inmediatamente me he dado cuenta. Debí haberme quedado en la puerta; pero no soy práctico en estos asuntos. El asesino, inmediatamente, se me ha adelantado de un salto…

—Por favor, no adoptaremos ninguna suposición, señor Verraby. No hay todavía pruebas suficientes de que el soldado sea el asesino.

—¿No? A mí me ha parecido evidente. Sin embargo, como usted quiera. El soldado ha saltado hacia delante, ha eludido mis esfuerzos por detenerle, y se ha precipitado fuera de la habitación, cerrando de un golpe la puerta mientras yo recuperaba el equilibrio. Inmediatamente he tratado de darle caza, y he tenido la satisfacción de oírle pesadamente en el vestíbulo. Esto me ha facilitado la oportunidad de atraparle…, ya casi estaba yo al pie de las escaleras, antes de que él alcanzara la puerta de la calle…

—Todavía continuaba abierta, supongo.

—Sí. Yo la había dejado como la encontré. Suponía que mi hombre… el soldado… pondría pies en polvorosa por la calle; pero, en lugar de eso, ha dado la vuelta a la casa. Se había lastimado un tobillo al caer, y no podía andar de prisa. Cuando le he echado el guante, virtualmente se ha desmayado.

—¿Ha dicho algo?

—Seguía repitiendo: «Yo no he sido, yo no he sido. Estaba muerto cuando le he encontrado». Le he cacheado para ver si tenía algún arma en los bolsillos, pero no he descubierto nada.

—No. Eso lo creo —dijo Macdonald—. Si hubiera tenido un arma, y suponiendo, como ha supuesto usted, que fuera el asesino, me imagino que no hubiera podido usted volver a su casa, ni estaría en condiciones de contarme ahora los sucesos de la tarde, señor Verraby. Es más probable que se hubiera quedado en compañía del viejo Folliner hasta que alguien descubriera no un cadáver, sino dos.

Verraby abrió mucho sus azules ojos saltones al escuchar la reposada voz del inspector.

—Eso depende —dijo—. Debe usted recordar que he sorprendido totalmente a ese chico. Daba la casualidad de que llevaba zapatos con suela de goma, de modo que andaba sin producir ruido alguno. He saltado sobre él antes de que se diera cuenta de que estaba descubierto. Pero nos estamos apartando un poco del asunto. Lo que quisiera discutir con usted es la dirección que ha tomado el tipo al escapar. Se ha desviado en zigzag hacia el estudio. Estoy convencido de que esperaba allí alguna ayuda, y es seguro que aquellos artistas tienen alguna relación con el asunto. Son unos sarnosos todos ellos, inspector jefe, unos sarnosos irresponsables, capaces de cualquier cosa.

—Comprendo muy bien que la reunión del estudio le chocara a usted por grotesca, señor Verraby, pero creo que se excede en su opinión acerca de ellos. Además del pintor, su hermana y su modelo, había dos visitantes; el más viejo, llamado Cavenish, y el más joven, Mackellon. Cavenish es del servicio civil; Mackellon, un hombre de ciencia, empleado del Estado. Ninguno de los dos puede ser descrito como irresponsable, ni siquiera como sarnoso. Bruce Manaton, el pintor, es un sujeto irritable; tal vez se le pueda calificar de insociable, pero es un hombre educado, y no un ser irrazonable, según he podido juzgar. Delaunier es actor…, pero todos los actores no son irresponsables. ¿No se le ha ocurrido pensar que, si sus conjeturas fueran acertadas, podrían haber inventado alguna treta para encubrir la fuga del hombre detenido por usted?

—Claro que se me ha ocurrido, pero no he creído que se atrevieran a intentar nada por el estilo. Les he expuesto con toda claridad que serían responsables de la seguridad del hombre que había detenido.

—Y tiene que reconocer que ellos han evitado esa responsabilidad. No obstante, señor Verraby, dado que usted desconfiaba de la reunión del estudio, me sorprende que dejara el preso a su cargo. ¿No se le ha ocurrido enviar a uno del grupo, a Cavenish, por ejemplo, a telefonear en vez de usted?

La cara del señor Verraby se enrojeció de indignación.

—He obrado según mi entender, inspector jefe, y creo que, tal y como se han desarrollado los acontecimientos, no he cometido ninguna falta. Manaton ya se había negado a hablar por teléfono en mi lugar, y los otros también se han mostrado reacios. No podía obligarles, ni tenía fuerza para ello. Eran cuatro; cinco, contando al preso. He hecho las cosas lo mejor que he podido, dado lo difícil de las circunstancias.

—Exactamente, no podía hacer nada más que lo que le parecía mejor, y tenía que guiarse por su propio juicio —replicó Macdonald sin alterarse —. Me gustaría volver a sus declaraciones acerca de cuando ha registrado a su detenido. Usted ha dicho: «Le he cacheado». Buscaba un arma, una pistola o un revólver, comprendo. ¿Pero le ha notado usted algún bulto en los bolsillos?, ¿cualquier paquete o envoltorio de papeles?

—No. Nada abultado. Llevaba una cazadora del ejército y una blusa de campaña, debajo. Si hubiera tenido algo abultado en los bolsillos, lo habría advertido en seguida, y me las habría arreglado para sacarle lo que fuera, una vez en el estudio.

—Gracias. Éste es un punto muy importante —dijo Macdonald; pero Verraby continuó, un poco obstinado:

—En seguida me he dado cuenta de que había cometido un error al dejar al hombre en el estudio como lo hice; porque le había facilitado la oportunidad de destruir la prueba. Podía haber algunos papeles en sus bolsillos. Sin embargo, yo puedo asegurar que en ellos no había nada abultado.

—Muy bien. La pregunta siguiente es una formalidad necesaria. El fallecido era un anciano, llamado Albert Folliner. Vivía en el número 25 de Hollyberry Hill desde hace muchos años. ¿Le conocía usted o tuvo tratos con él alguna vez?

Por el rostro sanguíneo del señor Verraby se volvió a extender un color rojo que denotaba incomodidad. Macdonald adivinó la respuesta antes de que la hubiera dado, y se sorprendió francamente al darse cuenta de la verdad, mientras su testigo, vacilante, tartamudeaba.

—Bueno, el hecho es éste, y un hecho bien extraordinario; aunque el mundo es un pañuelo y todos nos conocemos… En la actualidad yo no me trataba con el señor Folliner. Podría decir muy justificadamente que no le conocía en absoluto; pero una vez tuve asuntos de negocios con un hombre llamado así Especulaba con fincas por este distrito: soy el propietario de esas casitas que hay en Haverstock Close. Le encargué a un arquitecto que las edificara, después de comprar el terreno. Bueno… compré una propiedad que pertenecía al señor Albert Folliner. Una pequeña propiedad. Esto debió de ser poco antes de la guerra. Recuerdo de forma especial la transacción, porque pidió que le pagara en efectivo…, una extraña solicitud. Desde luego, no se trata de que yo reconociera al difunto: aparte de cualquier otra cosa, estaba demasiado desfigurado…, pero recuerdo el nombre de Albert Folliner.

—¿Ha tenido usted algún trato con él después de aquella fecha?

—No. No… No fue más que una cuestión sobre la propiedad de una casita, nada de importancia. Él era propietario de un reducido terreno que estorbaba algo a una propiedad que yo trataba de explotar —el señor Verraby guardó silencio un momento y sonrió a Macdonald…; pero era una sonrisa de inquietud—. Presiento que le estoy haciendo perder el tiempo con estos detalles triviales, inspector jefe. Comprendo que no tienen nada que ver con el caso, pero prefiero responder totalmente a su pregunta y hablar con entera franqueza. Me sentiría muy incómodo si pudiera decirme con razón: ¿por qué no me informó usted que había conocido antes a ese hombre?

—Estoy enteramente de acuerdo con usted: la franqueza es recomendable en estos casos —replicó Macdonald—. Me interesaría oír más detalles de sus transacciones con el señor Folliner —continuó—. ¿La propiedad en cuestión estaba situada en este distrito?

—Sí. Si he de ser exacto, estaba en Hollyberry Hill. Una casita cerca de la carretera principal.

—¿Encontró usted difícil hacer tratos con el señor Folliner…? Por ejemplo, ¿le puso él un valor muy alto a su propiedad?

—Al comienzo, el precio que pidió era completamente fantástico. Rompimos las negociaciones con él varias veces. Con el tiempo, aceptó una oferta de tasación; después de haber intentado, sin éxito alguno, vender su propiedad a otros.

—¿Y le pagó usted en efectivo?

—Así lo hice, y el pago fue en billetes de cincuenta libras. No quiso aceptar un cheque.

—Es una transacción bien curiosa —el tono de Macdonald era el de una conversación tranquila. Prosiguió de un modo como indiferente—: He notado que hay un considerable número de casas viejas en el distrito de Hollyberry Hill que están abandonadas, esperando la piqueta. Supongo que, cuando estén demolidas, el terreno en que están se explotará, según se dice.

—Se construirán casas de apartamentos —dijo el señor Verraby—. Espléndidos apartamentos: de los modernos, con calefacción central y todas las comodidades que ahorren trabajo. No se equivoca el que construye buenas casas de apartamentos. La demanda es ilimitada. La mujer de hoy día no quiere fastidiarse con el trabajo de la casa y de la cocina…; las filas de cacharros alineados en las cocinas y la época del cobre se fueron para siempre. Déles un buen apartamento, con un restaurante en el edificio y servicio asequible, y puede alquilarlos todos antes de que se vayan los albañiles. Desde luego, hay una cierta demanda de casitas de primera clase, como ésta, construida y decorada por un arquitecto; pero, créame, el futuro es de las casas de apartamentos…; ahora que, con los impuestos y el costo de la vida, aquí no hay mucha gente que pueda sostener lo que yo llamo una casa decente.

—Es evidente que usted está muy interesado en sus ocupaciones — dijo Macdonald.

—Oh, estoy interesadísimo… —convino Verraby— desde el principio hasta el final. Para construir una manzana de casas de pisos de primera clase se necesita capital. Estoy interesado en esto; el capital es materia muy absorbente. Luego viene la cuestión de escoger el arquitecto, y levantar la construcción adecuada a cada vecindario, considerando detalles como por ejemplo, las facilidades de transporte y de aprovisionamiento. Al principio de meterme en el negocio de explotación de terrenos, lo consideraba un trabajo entretenido y complementario. Ahora encuentro que es de un interés absorbente; o, más propiamente, era de interés absorbente hasta que esta guerra infernal lo trastornó todo.

—Sí. Ha debido de interrumpir bruscamente sus proyectos de construcción. Debe de ser una situación exasperante poseer un lote de terrenos listos para explotar y no poder sacar de ellos ningún partido.

—Ha dado usted en el clavo —dijo Verraby haciendo un gesto exagerado—. ¿Exasperante? Yo le digo a usted que es enloquecedor. El capital inmovilizado, en muchos casos teniendo que pagar intereses…, y todo el negocio detenido. Es otro caso más del valor de la supervivencia; el hombre que se las arregle para sobrevivir y se libre de la bancarrota hasta que se firme la paz, va a estar después en una posición privilegiada, si consigue un terreno con que negociar. ¿Cuál va a ser la primera demanda cuando se termine la guerra? Casa habitación. Le aseguro que la demanda será incalculable.

Macdonald se levantó del enorme sillón.

—Bien, señor Verraby, puede que tenga que molestarle con otras preguntas más adelante; pero ya le he tenido levantado demasiado tiempo esta noche. Le pido disculpas por lo intempestivo de esta visita.

—Oh, no, por favor. No me acuesto nunca temprano. Mis mejores ideas surgen de madrugada. No se vaya todavía. Espero que me diga si ha llegado ya a alguna conclusión, y qué ha hecho usted de aquel precioso grupo del estudio.

—No he llegado a ninguna conclusión; pero he recogido algunos datos de mucho valor. Ahora tengo que escribir un informe, así que debo marcharme. Buenas noches, señor Verraby. Gracias por su franqueza. Si se acuerda de alguna otra cosa que pueda decirme sobre el señor Folliner, la oiré con mucho interés.

6

1

A la mañana siguiente, muy temprano, Macdonald fue a ver a Neil Folliner. El inspector jefe comenzó por explicarle su posición desde el punto de vista del sistema legal inglés.

—Quiero que conozca usted los procedimientos que seguimos aquí antes de hacerle ninguna pregunta —dijo—. La persona que le detuvo a usted es un agente especial, y actuó dentro del marco de sus facultades, según su criterio. Este agente especial facilitó pruebas de haber descubierto una muerte violenta, que supuso era un asesinato. Le encontró a usted en la escena del crimen, y le detuvo por sospechar que debía de estar complicado en él. Sin entrar por el momento en si había o no pruebas para su detención, no me parece injusto decir que tuvo razones para proceder como lo hizo. ¡No, espere un momento! —se interrumpió, porque el joven Folliner protestaba vigorosamente—, déjeme terminar. Desde el momento en que ha sido usted detenido y acusado, tendrá que comparecer ante un magistrado, de acuerdo con la ley inglesa.

Al llegar a este punto, una mueca de horror se extendió por la cara tostada de Neil Folliner.

—Ya lo entiendo —repuso el joven—, habeas corpus. Teníamos un sujeto que nos informaba acerca del tema. No contaba con tener que aprovechar yo mismo esta información.




—¡Ah, está bien! Usted conoce todo esto…, bueno, me parece un sistema magnífico —dijo Macdonald—; como ve, es muchísimo mejor que la mayoría de los sistemas que se utilizan ahora en el continente. El magistrado, como seguramente sabe usted, tiene facultad para dejarle en libertad, si considera que las pruebas que le inculpan son erróneas o inadecuadas; tiene poder también para enviarle a usted de nuevo a la cárcel o para ponerle en libertad bajo fianza. Esto es cosa de él. Por mi parte, yo soy un oficial del Departamento de Investigaciones Judiciales, y mi obligación es aclarar este crimen. Tengo que llegar a descubrir la verdad del asunto…, nada más que esto. Ahora voy a interrogarle, y si, según dice, no es culpable, por su propio interés le conviene responder a las preguntas de la manera más completa y exacta que pueda. Usted sabe

seguramente, y yo tengo el deber de advertirle, que de todo lo que usted pueda decir se tomará nota escrita…

—Y se utilizará como prueba en contra mía —apuntó Folliner—. Conozco el parrafito. Ahora, mire, yo no sé de este asesinato nada más que lo que usted mismo sabe…, excepto el maldito espectáculo que tuve que presenciar. Estoy deseoso de responder a todas las preguntas que quiera. Usted me parece un hombre honrado, y eso ya es bastante bueno. Prosiga con el asunto y tome nota escrita de todo, como usted dice. Yo no tengo nada que perder al proceder con claridad, porque no estoy mezclado en el asunto, ¿me comprende? Me doy cuenta de que cometí una locura al intentar huir; pero no soy un gangster acostumbrado a esas cosas. Perdí la cabeza, porque estaba aterrorizado, ¿comprende?

—Sí. Me doy cuenta. Ahora comience por el principio, y dígame cuándo fue la primera vez que conoció al tío abuelo Albert.

—Perfectamente. Mi familia posee una granja en Okanagan B. C.[4]. Una granja con frutales. Cuando supe que iba a atravesar el mar, mi padre me dijo: «No sé adónde vas, hijo; pero si llegas a Londres, vete a ver al viejo Folliner. Es hermano de mi padre; me gustaría tener noticias de él. Puede ser que esté bajo tierra. Tal vez no; pero yo tengo una dirección en las cartas de mi padre, y si le encuentras vivo y está en la opulencia, quizá sea un buen amigo para ti». Ahora bien, yo llegué a Inglaterra, y poco después acampé en Aidershot. Cuando salí de allí, vine a Londres y me fui a la dirección que mi padre me había dado.

—¿Cuándo fue eso?

—Cuando regresamos de los últimos ejercicios, a finales de setiembre.

—Muy bien, ¿y luego?

—¿Luego? Fui y llamé a esa condenada puerta. Y abrió el sujeto más viejo del mundo. ¡Pobre viejo roñoso! Le ganaba a Matusalén. Tuve que gastar bastante saliva para hacerle caer en la cuenta de quién era yo, y luego me compadecí de él en seguida. No pude por menos de reírme al recordar lo que mi padre había dicho de que podría ser un buen amigo para mí. Le aseguro a usted que poco le faltaba para morirse de hambre, y no se avergonzaba de decirlo. Yo hice lo que pude por él. ¿Le echó usted un vistazo a esa casa?

Macdonald asintió.

—Bueno, entonces ya sabe cómo es. Le escribí a papá y le dije que le enviara algunos paquetes de alimentos por el primer correo. La única cosa buena en toda esa loca bolsa de prestidigitador a la cual llamaba él su hogar, era la asistenta, una viejecilla, llamada Tubbs. Es una persona decente, no cabe duda: si él conservaba la vida era gracias a su bondad. El vejete parece que quería estar a bien conmigo, y fui por allí un par de veces antes de las Navidades. Ayer tenía cuarenta y ocho horas de permiso y le mandé una postal anunciándole mi visita. Esta niebla de ustedes estuvo a punto de hacerme volver atrás…, y ojalá lo hubiera hecho…, pero como conozco el camino desde el Metro hasta Hampstead, me decidí a ir. La chica con quien estaba trató de impedirme que viniera; pero no quería dejar plantado al viejo. Allá fui…, y aquí estoy.

—Todo está bastante claro —asintió Macdonald con un movimiento de cabeza—. ¿Quién era la chica que ha mencionado usted?

—¡Oh, no puedo decirlo! No quiero que ella se mezcle en líos con la policía. Es la hermana de un conocido mío. No hablemos de eso.

—¿A qué hora y dónde se citaron?

—Tomamos el té en un gran establecimiento cerca de Picadilly Circus… «Las casas de la esquina» le llaman, no veo por qué razón…, y allí estuvimos sentados hasta cerca de las siete; luego salimos y tomamos una copa en un cafetín del camino. Salí de allí alrededor de las siete y media, y me interné en la niebla. Nunca pensé que pudiera perderme en semejante forma, pero así fue. Eran más de las ocho cuando tomé el Metro. Tardé media hora en llegar a Hampstead. Entonces anduve con cuidado; preguntaba el camino a todos los que encontraba; ya le dije que anoche no había mucha gente por las calles.

—¿Puede usted recordar alguna de las personas con quienes habló?

—Encontré un zapador y le hablé…, le iluminé con mi linterna. Estaba al final de Hollyberry Hill, esperando a su chica. Pensé que debía de estar loco para andar vagabundeando con semejante noche; pero él no parecía darse cuenta. Eran algo más de las nueve cuando llegué a casa de mi tío.

—¿Oyó usted alguna explosión o algún disparo de arma de fuego?

—Oí muchos estampidos. Advertí que el ferrocarril estaba dando señales para la niebla por alguna parte. Cuando llegué a la puerta de la casa, me encontré con que estaba abierta. No abierta de par en par sino entornada. No me gustó el aspecto. Sabía que el viejo no dejaba la puerta abierta. Al entrar, llamé a voces; pero nadie respondió, y subí las escaleras. Tenía una linterna y sabía dónde estaba el dormitorio. La luz de su habitación estaba encendida, la vi por debajo de la puerta. Entré directamente, y le vi. ¡Qué horrible!

—¿Qué hizo usted?

—¿Qué hice? Nada. Me quedé aturdido, como si estuviera mareado. Sólo puedo recordar que pensé: «Pobre vejestorio; esto es un asco, una vergüenza». Me quedé allí plantado, contemplándolo como un imbécil. De lo que me di cuenta, inmediatamente después, fue de que estaba detrás de mí el sujeto ese, de traje azul, y que me gritaba… —¿Detrás de usted?

—Seguro. Yo había dado unos tres pasos dentro de la habitación, y me mantenía erguido al pie de la cama. No le había oído entrar.

—¿Es posible que el agente de la especial estuviera dentro de la habitación antes que usted…, oculto detrás de la puerta?

—¡Diablos! Ya había pensado en eso. No lo sé. Le digo que no lo sé. Abrí la puerta y entré directamente. No percibí nada, excepto el pobre viejo Matusalén, hasta que el tipo grandote me sobresaltó con sus gritos. Me agarró, pero me libré de él. Me daba cuenta de que las apariencias me acusaban y pegué un salto hacia delante. Llegué a la puerta y salí, cerrándola de un golpe. Corrí escaleras abajo, y resbalé en algo que había en el suelo del vestíbulo…, el linóleo estaba podrido y comprendí que había tropezado con él. Todavía creí que podría escapar; di la vuelta a la casa, hacia la parte de atrás, pensando que podría deslizarme entre la pared y el costado de aquel estudio. Sabía que no podría llegar muy lejos corriendo, y la calle no estaba en buenas condiciones. Sea como fuere, al fin me cogió. Iba a golpearle, pero de repente me di cuenta de que me estaba portando como un loco y que empeoraría las cosas. Podría haberle matado con mis propias manos si hubiera sido un asesino, pero ¿no se da cuenta de que no lo soy? En lugar de hacerlo, me entregué. El agente llamó a la puerta del estudio, y aquellas gentes nos dejaron entrar. Era un extraño estudio, no cabe duda. Yo creí que estaba soñando, pero ellos se portaron muy bien conmigo; lo mismo que sus agentes de la regular, también fueron muy correctos conmigo. No como ese pavo viejo… Ese agente especial o como le llamen ustedes.

Neil Folliner se detuvo al llegar aquí; pero, antes de que hablara Macdonald, el muchacho continuó:

—Ahora escúcheme un poco. En estas horas que han pasado, he tenido tiempo para que se me enfriara la cabeza, y he vuelto a pensar en el asunto; le aseguro que la noche pasada no pude dormir mucho. Ante todo, si yo hubiera planeado pegarle un tiro al viejo, no le habría enviado antes una postal para anunciarle mi llegada, ¿verdad? Puedo parecerle un poco inexperto, pero tengo suficiente sentido común. Además, si yo hubiera ido para pegarle un tiro, no habría dejado abierta la puerta de la calle para que cualquiera pudiera subir las escaleras y me pescara allí. No le encuentro sentido. Habría cerrado esa puerta y planeado la fuga de un modo u otro. Por último, si hubiera sido el autor del disparo y hubiera tenido un arma en la mano, no habría dejado que ese endemoniado agente especial me detuviese tan fácilmente. El que dispara una vez, dispara dos. ¿Por qué no?

La segunda vez es más fácil, y uno no tiene más que un cuello para que le cuelguen. Todavía cuelgan ustedes a la gente en este país, ¿no es cierto?

Había temor en los ojos del muchacho, a pesar de su voz resuelta.

—Sí —replicó Macdonald—. Se puede colgar a un asesino considerado culpable; pero después de un juicio imparcial y con pruebas concluyentes contra él…, esto es, concluyentes desde el punto de vista del jurado. Con toda honradez, mi opinión es que un hombre inocente tiene muy poco que temer ante los tribunales ingleses. Yo he sido instrumento para hacer condenar a algunos asesinos; pero nunca, que sepa, he visto condenar a un inocente.

Folliner sonrió con una mueca: era una sonrisa suplicante, medio asustada todavía; pero tenía la cara iluminada cuando replicó:

—Sus explicaciones me producen alivio. Habla con sentido, y escucha lo que digo. ¿Puedo seguir?

—¡Claro que sí!

—Acabo de decir ahora que, si hubiera hecho ese disparo, no habría dejado abierta la puerta de la calle de forma que alguien pudiera entrar y sorprenderme. Eso no me hubiera convenido nada…; pero puede haber sido útil para otro. Le disparó al viejo y esperó luego a algún pobre bobo para pescarle y detenerle por asesinato. Me parece que lo veo claro. Lo que no puedo comprender es el objeto de este asesinato. Parece una completa locura. El viejo no era más que un pobre chiflado inofensivo, tan pobre y harapiento como un vagabundo. No podía hacer daño alguno, a mi parecer.

—Eso es de mi incumbencia —repuso Macdonald—, y le advierto que no piense en acusar a nadie. Lo mejor es atenerse sencillamente a los hechos, por el momento. Puede recurrir a un abogado, si lo necesita, y él hará todo lo que pueda por usted.

—El asunto parece liso y llano, pero me doy cuenta de que todo estaba preparado. Y no es sólo que yo me encontrara por casualidad junto al cadáver del viejo y que me prendieran antes de que tuviera tiempo de pensarlo, sino que le estoy sacando a otro las castañas del fuego, y eso no me gusta. ¡Comprenda usted, no soy culpable!

Hablaba con una ansiedad penosa, y Macdonald continuó:

—Entonces, yo soy el que debe descubrir quién lo hizo. Respóndame a la siguiente pregunta con cuidado. ¿A cuánta gente le contó usted que visitaría a su tío esta tarde?

—Se lo dije a mi compañero de alojamiento, Joe Saunders, que vino aquí en el mismo transporte que yo. También a la chica con la que salí de paseo y a su hermano. Este vino con nosotros…, pero no se lo dije hasta que les vi ayer por la tarde; de modo que no tiene importancia. La única persona que debe de haberlo sabido es la señora Tubbs. El tío se lo diría, pero no significa nada… es persona de confianza.

—Otra cosa, ¿conoció antes en alguna parte a la gente del estudio? ¿Había hablado con alguno de ellos?

—No les conozco. Había visto a la mujer entrar o salir del estudio, una o dos veces, pero no le hablé nunca.

—¿Conoce usted a alguien más del barrio?

—Exceptuando a la asistenta, absolutamente a nadie. ¿De qué les iba a conocer?

—¿Cuándo envió la postal a su tío?

—Anteayer. Me figuro que la recibiría ayer por la mañana.

—¿Posee usted un revólver o una pistola?

—No. Nunca he tenido. Tenía una carabina y un rifle de mi propiedad, allá en casa; pero nosotros no usamos armas de fuego ni por imaginación. La gente de mi pueblo son personas decentes.

—Quiero que vuelva a recordar cómo entró en esa casa de Hollyberry Hill. Encontró la puerta abierta, y dice que adivinó que pasaba algo raro; así que debe de haberse puesto en guardia. Cuando entró en la casa ¿oyó usted algo?

—Absolutamente nada. Reinaba un silencio sepulcral. Grité una vez: «¿Está usted ahí, tío?». Sabía que allí no regían las normas de oscurecimiento, y utilicé mi linterna; pero no vi nada.

—¿Volvió su linterna hacia abajo al subir las escaleras?

—Sí.

—¿Notó si había pisadas? El pavimento estaba húmedo por la niebla.

—No, no advertí nada. Todo estaba húmedo, pegajoso.

—Cuando llegó a la habitación, ¿hasta dónde entró?

—Avancé tres pasos, poco más o menos. Entonces me quedé parado. No quería andar de un lado para otro. Creo que hay linóleo en ese piso. ¿Llevó a sus fotógrafos?

—Sí —repuso Macdonald en tono de broma—. Nosotros conocemos nuestro oficio, ¿sabe usted?, aunque seamos más conservadores que la policía transatlántica. Bien, esto es todo por ahora. Cuando le interroguen en el tribunal, aténgase a los hechos y no dé ninguna opinión. Éste es el mejor consejo que le puedo dar.

2

Más tarde, en ese mismo día, el inspector Macdonald fue llamado a la oficina del ayudante del comisario para discutir el caso del asesinato de Hampstead. El coronel Wragley gozaba oyendo las explicaciones de Macdonald, aunque el carácter de ambos les llevaba con frecuencia a sostener opiniones contrarias basadas en pruebas idénticas. Los biólogos desestiman las «peculiaridades raciales», sosteniendo que tales argumentos son muchas veces inexactos y anticientíficos; pero el hecho de que Wragley fuera sajón y Macdonald procedente de la Alta Escocia, influía mucho en sus diferencias. El ayudante del comisario tenía ahora el cabello blanco, pero había sido rubio en su juventud: su piel estaba tostada por el sol hasta el rojo ladrillo, y la cabeza era más redonda que alargada. Su temperamento sanguíneo y sus ojos azules indicaban que era un hombre tempestuoso, para quien la paciencia significa un duro esfuerzo sobre sí mismo. Macdonald tenía el cabello oscuro y los ojos grises; era alto, magro y hecho para la paciencia y el sufrimiento. Tenía una cabeza pronunciadamente larga, y el tipo de piel que se tuesta despacio, sin abrasarse; la paciencia era lo que le cuadraba mejor. Viendo a los dos hombres sentados, el sajón propenso a los movimientos súbitos y los gestos bruscos, y el escocés muy calmoso, poco amigo de hacer ningún gesto, cualquier observador podría haber adivinado fácilmente sus cualidades.

—Bueno, ¿qué piensa usted de este asunto? —preguntó el ayudante del comisario.

—Asesinato por una o varias personas desconocidas, señor —replicó Macdonald—. En cierto aspecto, el caso podría parecer sencillo; pero no lo es. Se le puede calificar como uno de esos casos en que las sospechas pueden limitarse a un número dado de personas, y cada una de ellas ha sido interrogada. El asesinato ocurrió alrededor de las nueve…, no mucho antes y, con seguridad, no mucho después. Como usted sabe, era una noche de niebla, una noche horrorosa en la que sólo iban por la calle las pocas personas que no podían evitarlo. En un extremo de la manzana de Hollyberry Hill, donde está situado el número 25, había vigilante nocturno. La compañía de electricidad está haciendo allí obras de importancia, y este hombre se quedaba para vigilar el equipo eléctrico. Se llama Bardon, y es persona de buen carácter; hace muchos años que está empleado en la compañía. Al otro extremo de la misma manzana de Hollyberry Hill, en la esquina de la avenida Seton, el soldado William Brown, del Real de Ingenieros, estaba esperando a una amiga. Esperó una hora y diez minutos hasta que ella llegó. Es agradable saber que aún existe semejante constancia. Debe de ser rara en estos tiempos.

—Es posible, es posible. ¿Tiene este… idilio algo que ver con el caso?

—Sí, señor, me parece que sí —replicó Macdonald plácidamente—. El soldado Brown me pudo decir exactamente cuántas personas pasaron mientras duró su espera. Además, me indicó quiénes eran, porque les observó a la luz de su linterna, o de las linternas que llevaban los peatones. Cuando acababa de llegar al lugar de su cita, el soldado Brown oyó pisadas y una voz que cantaba el Tipperary. Reconoció a la que cantaba…, era una vieja asistenta, llamada señora Tubbs, a quien con frecuencia había visto en el mismo lugar y a la misma hora otras tardes. Canta, cuando el tiempo es malo, para levantarse el ánimo.

—Realmente comienzo a enterarme del asunto; pero ¿puede acelerar la narración? —le rogó el coronel Wragley.

—Todo lo que pueda. La declaración de Brown se reduce a esto: Durante el tiempo que estuvo esperando, sólo pasaron tres personas por delante de él. Una fue la señora Tubbs, que se dirigió hacia el número 25 a las ocho y cinco, y volvió a pasar de regreso a las ocho y treinta y cinco.

La segunda fue el agente especial, identificado como el señor Lewis Verraby, quien dio el alto a Brown preguntándole lo que hacía allí…, a lo que él contestó que se ocupara de sus asuntos. La tercera fue el soldado Folliner, que pasó por delante de Brown a las nueve y cinco, y le preguntó si estaba en Hollyberry Hill. Ahora volvamos al vigilante nocturno de la esquina de la manzana que da a Dayton Crescent. Este atestigua que sólo pasó una persona por delante de él, entre las ocho y las nueve y quince. Él sabía la hora por las campanadas del reloj de la torre de la iglesia situada en la misma calle, un poco más arriba. La única persona que pasó por delante de él fue un agente especial, que iba hacia el norte, poco después de las ocho, y dio la vuelta, en dirección al número 25, a las nueve menos diez. Esto, en cuanto a los peatones. Ahora bien, la manzana que está entre la avenida Seton y Dayton Crescent tiene sólo ocho casas por el este, donde queda el número 25; y, de esas ocho casas, sólo está ocupada la número 25. Las otras están abandonadas y en espera de demolición. Las puertas de sus jardines están reforzadas, y una investigación demostró que no hay señales de que nadie utilizara los jardines como escondite. No hay en absoluto rastros de pisadas, aunque la tierra está muy blanda.




—Bien, bien. Parece que su departamento ha hecho un buen trabajo, Macdonald.

—Sí, señor. Lo que llamamos «rutina» nos ha tenido muy ocupados todo el día de hoy. Ahora vamos al otro lado de la calle. Hay siete casas ocupadas en el mismo trozo de Hollyberry Hill. Tres son pensiones de estudiantes universitarios. Las cuatro casas restantes están habitadas por familias. Creo que podemos aceptar la declaración de sus ocupantes de que todos los que viven en ellas estuvieron dentro durante el tiempo en cuestión.

—Ya veo —dijo el coronel Wragley, moviendo la cabeza con energía —. Para resumir, ¿usted supone que uno de esos tres peatones debe de haber cometido ese asesinato?

—No, señor. No es tan limitado el asunto. Están también los ocupantes del estudio…

—Cada uno de los cuales tiene una coartada inquebrantable, excepto la mujer, Rosanne Manaton…, un nombre extranjero —gruñó Wragley—. A propósito, ¿qué hizo usted con esa gente?

—Los dos jugadores de ajedrez, Cavenish y Mackellon, parecen ser personas responsables y dignas de confianza: Cavenish ha estado durante años en el Home Office, y se le considera como un hombre de elevado carácter, capaz y digno de crédito. Mackellon es un químico de primera clase, una persona destacada en su círculo; aunque se admite que es un hombre de temperamento violento en ocasiones. El pintor, Bruce Manaton, me pareció un tipo mucho más razonable de lo que podría esperarse a juzgar por su apariencia. Recuerdo que dijo: «Nosotros no somos unos charlatanes; si se nos trata razonablemente, respondemos…», lo que justificó por la manera en que prestó su declaración. Indudablemente, es un pintor muy capaz y un dibujante de primera. Él y su hermana han sido muy maltratados por la guerra, lo mismo que otros artistas. El actor. Delaunier, es probablemente el menos transparente de los cuatro hombres; precisamente porque es actor, es difícil de observar. Está siempre actuando.

—Pero dado que estaba posando cuando el asesinato tuvo lugar, sus cualidades no son de verdadera importancia para nosotros —dijo Wragley —. ¿Y qué me dice de la señorita Manaton? —preguntó luego.

—Encuentro difícil opinar sobre ella —repuso Macdonald—. Da la impresión de ser una persona capacitada, y es en verdad inteligente. Me parece que la vida le resulta difícil; pero es una persona muy reticente, y no se entrega fácilmente.

—Según ella misma declaró, estaba fuera, en alguna parte, revisando el oscurecimiento del estudio entre las 20:35 y las 21… Y a pesar de eso, ¿no oyó disparar un tiro? —preguntó Wragley.

—Creo que un disparo no tiene más valor que el de un ruido cualquiera —replicó Macdonald—. Debido a la niebla, los ferrocarriles hacían señales con las detonaciones de costumbre y creo que será imposible establecer cuándo fue disparado el tiro. La habitación donde ocurrió el asesinato tenía persianas y también gruesas cortinas.

—Sin embargo, en el estudio, donde estaban cerradas todas las ventanas, oyeron el tiro. ¿Habrá bastidores fijos sobre las ventanas?

—Puede que sí y puede que no —dijo Macdonald—. Sin embargo, volviendo a los hechos concretos, parece claro que al menos, cuatro personas (dos hombres y dos mujeres) pudieron aproximarse al número 25 de Hollyberry Hill a la hora del crimen. Las dos mujeres disponían de medios de acceso a la casa: la llave. De los dos hombres, el joven Folliner había estado antes en la casa, y pudo obtener un molde de la llave de la puerta; esto se está averiguando. El señor Verraby sabía probablemente (cosa que cualquier persona inteligente puede observar) que la cerradura del número 25 es una cerradura anticuada con llave cilíndrica. Es muy fácil abrir esas puertas si se prueban unas cuantas llaves similares: las diferencias son muy ligeras. El señor Verraby, que ha comprado unas cuantas casas viejas en el barrio, sin duda entró en posesión de sus llavines.

—¿Y el motivo, Macdonald, el motivo? —preguntó el coronel Wragley.

—En todos los casos, es el interés. Hay una probabilidad, tan sólida que casi llega a ser una certeza, de que el difunto había con vertido en dinero efectivo sus propiedades territoriales, y tenía en su habitación una gran suma que ya no está allí.

Al llegar a este punto, el ayudante del comisario intervino:

—Este motivo siempre es convincente, pero ¿cómo puede aplicarse seriamente en el caso del señor Verraby, que, según entiendo, es un hombre de posibilidades económicas?

—Verraby es un especulador de cierta envergadura, negocia con bienes territoriales. Antes de la guerra hizo bastante dinero; hoy no se siente tan feliz. La mayor parte de su capital se halla comprometido en terrenos, que no puede «explotar», usando la jerga corriente, hasta que se deroguen las disposiciones restrictivas sobre la construcción. No me extrañaría mucho que anduviera escaso de dinero disponible. Sé que ciertos grupos importantes de especuladores están tratando de comprar manzanas enteras para explotarlas más adelante; y es posible que Verraby haya dispuesto de sus fondos en esta forma; pero… (y aquí entro en el reino de las conjeturas) sospecho que debe de ser propietario de la manzana que hay en Hollyberry Hill entre la avenida Seton y Dayton Crescent, con la única excepción del número 25, que pertenece al señor Folliner.

—Caramba, Macdonald —dijo el coronel Wragley emitiendo un silbido—, comienzo a comprender su razonamiento. La viña de Nabo, ¿eh? El señor Verraby podría convertir su propiedad en dinero disponible si pudiera comprar el número 25, pero no sin él.

—Ésa es la idea que tengo, señor; pero todavía no he conseguido todos los datos necesarios para poder sostenerla. Tengo, en cambio, una certeza muy importante, que va a probar que el señor Verraby no dijo exactamente la verdad. Los fotógrafos tomaron con mucho cuidado unas placas del suelo del número 25, para conseguir todas las pruebas posibles de las pisadas. Mientras muchas de las placas resultaron inútiles (las impresiones son demasiado confusas para que tengan algún valor), tenemos dos fotografías que van a demostrar que el señor Verraby entró en la casa antes que Neil Folliner, y no después.

—¡Gran Dios, Macdonald!, ¿no es ésta una prueba concluyente? Si el tipo miente, está denunciándose.

—Ha dicho una mentira, señor…, pero no prueba que haya cometido el asesinato. Es posible que Verraby encontrara la puerta abierta, según dijo, subiera las escaleras, descubriera al hombre muerto y se ocultara cuando entró Neil Folliner en la casa.

—¿Pero por qué, Macdonald; por qué?

—Porque tenía miedo —replicó Macdonald—. Según observó

Delaunier, el agente especial estaba asustado.

—Si estaba asustado, lo más probable es que tuviera algún motivo para tener miedo —dijo el coronel Wragley—. Hay otra cuestión: el asunto del puntual soldado Brown. Dice usted que declara haber permanecido durante una hora en la esquina de Hollyberry Hill y Dayton Crescent, y haber estado allí otras veces con frecuencia. ¿No existe la posibilidad de que Brown esté complicado? ¿Qué pruebas tiene usted de que no entró en el número 25?

—Absolutamente ninguna, señor. Hemos estudiado las huellas de las pisadas, dentro y fuera del número 25, con toda atención, con la ayuda de las pruebas de los fotógrafos, y los que entraron en la casa lo hicieron con mucho cuidado. Brown tiene los pies muy grandes, pero no pudimos hallar huella de ellos en la casa ni en el jardín. Sin embargo, ni Brown ni su amiga han sido omitidos en la investigación.

—Usted no omite nada, Macdonald, ¿verdad? —dijo Wragley sonriendo—. Bien, prosiga, y déme cuenta mañana de sus progresos. Mi fantasía se inclina hacia el especulador señor Verraby.

7

1

En un caso como el que Macdonald tenía entre manos, el tiempo era un factor con el que había que contar en más de un sentido. Se daba cuenta de que sería demasiado fácil acumular sospechas sobre uno y conseguir un veredicto del juez de instrucción basado sólo en pruebas circunstanciales. Si Neil Folliner comparecía ante un jurado, el mero hecho de su detención en la habitación del hombre asesinado sería suficiente para un veredicto que le conduciría a un proceso por asesinato. Había motivo, medios y oportunidad; para su defensa, no tenía más que su desnuda afirmación: «Yo no fui». Por otra parte, si se trataba apresuradamente de confrontar las pruebas contra el señor Lewis Verraby y se llevaban adelante de un modo parecido, se podía llegar a una conclusión similar. Cada caso era evidente, según los hechos.

Macdonald necesitaba tiempo…, tiempo para investigar plenamente todas las posibilidades. Siempre le parecía que el estigma del pronunciamiento «culpable» por parte de un jurado era una cosa que debía evitarse cuando existía la más pequeña duda. El procedimiento que él prefería (y el que esperaba seguir) era éste: Folliner, al haber sido acusado, estaba en manos de la policía civil, y, como cualquier otra persona, comparecería en la indagación, fijada para la mañana siguiente. (El asesinato se había cometido la noche del jueves 20 de enero. La indagación se había fijado para la mañana del sábado 22). Macdonald suponía que en la indagación habría que sentarse un rato, durante el cual las formalidades de identificación del cadáver, descubrimiento y lugar de la muerte se establecerían mediante testigos, según requiere la ley; e inmediatamente vendría una suspensión hasta nueva orden y pendiente de las pruebas que se pudieran producir ulteriormente.

Por fortuna, el Coroner[5] del distrito de Londres, donde tendría lugar la indagación, era un hombre capaz y de experiencia, que se daba cuenta de lo conveniente que era cooperar con la policía en todo lo posible y no entorpecer su labor, como probablemente haría un Coroner sin experiencia o amigo de investigar por su cuenta. Además de esto, el funcionario que actuaba era un hombre que «evitaría que sus testigos se hicieran los locos», según había dicho Jenkins una vez. Macdonald adivinaba que el señor Lewis Verraby, por ejemplo, sería tratado con mucha dureza si trataba de confundir al juez y al jurado en el tribunal. Un Coroner retirado de los juzgados metropolitanos le dijo una vez a Macdonald que consideraba que la función principal de su profesión era reprimir las imbecilidades inherentes a la naturaleza humana.

—Uno siempre se encuentra por lo menos con un idiota en el jurado…, generalmente, un tipo de esos que quieren llamar la atención haciendo preguntas innecesarias; y en cuanto a los testigos, hace falta la paciencia de Job para que no se salgan del asunto, y evitar que repitan lo que saben de oídas, en lugar de atenerse a los hechos.

Después de determinar la hora de la indagación y hacer las indicaciones necesarias para la citación de testigos, lo cual estaba dentro de sus facultades, Macdonald se dedicó a organizar sus investigaciones ulteriores. Al inspector Jenkins le dejó en la tarea que había comenzado: la de entenderse con los papeles de la habitación de Albert Folliner. Al inspector Ward le confió la labor de efectuar investigaciones preliminares acerca de las transacciones del señor Lewis Verraby. Ward era uno de los oficiales de Hendon más preparados del D. I. J., muy joven aún y persona sumamente capaz. A causa de un accidente de automóvil, había quedado un poco lisiado; eso le impidió incorporarse a las fuerzas del ejército, permiso que habían obtenido algunos de sus compañeros. Ward era hijo de un abogado, y reunía las cualidades precisas para realizar las investigaciones necesarias acerca de Verraby, sin cometer la injusticia de perjudicar en los negocios la posición de este caballero a los ojos de sus socios.

Por el momento, Macdonald, personalmente, quería concentrar su atención en el número 25 de Hollyberry Hill, en el estudio y sus alrededores inmediatos. Todas las sospechas «evidentes» habían sido investigadas. El inspector jefe tenía unas cuantas ideas menos evidentes y de las que debía ocuparse sólo él. Era característico de Macdonald dejar sentadas plenamente todas las pruebas en el informe oficial; pero a veces, aun incomodando al coronel Wragley, no consideraba como parte de su obligación el exponer todas sus ideas hasta que las hubiera «confirmado o refutado», según su propia frase.

2

Macdonald encomendó al inspector Reeves unas cuantas tareas secundarias en relación con el caso Folliner; y Reeves se aplicó a ellas con todo el entusiasmo que hacía de él un miembro muy valioso del D. I. J. Reeves no tenía más que treinta años de edad, y si hubiera podido seguir el camino elegido, habría estado derrochando su entusiasmo en la R. A. F.[6]; pero las autoridades consideraron que un detective tan preparado y experto era más útil en el D. I. J. Reeves se había quejado amargamente a Macdonald de que él quería «haberles reventado»…, se refería al enemigo; «ustedes han dejado ir a todos los jóvenes estúpidos e idiotas, y yo tengo que quedarme aquí, enganchado a la noria».

—Y yo también; no es usted el único a quien le gustaría estar en otra parte —replicó el inspector jefe, meneando la cabeza.



A Macdonald le había gustado siempre Reeves, porque reconocía su capacidad de trabajo, su ingenio, tan típico de los alrededores de Londres, y su valor; pero, durante el invierno de 1940, otro lazo había unido más estrechamente a los dos hombres. Estuvieron trabajando juntos en las escuadrillas de salvamento cuando Londres era bombardeado día y noche, y habían sobrevivido a todos los peligros; fueron entonces testigos de inolvidables escenas de horror. No había riesgo de que Reeves no aceptara; utilizaba constantemente sus rasgos de ingenio: éstos salvaron muchas vidas; Macdonald tenía motivos para saberlo. Una de las primeras tareas de Reeves fue ir a los cuarteles de defensa en las avenidas del distrito de Hollyberry Hill, y visitar al guardián principal.

—¿Ha tenido usted algún conflicto a causa del oscurecimiento deficiente de la casa número 25, o con el estudio que hay allí? —preguntó el funcionario.

—Recientemente, no; pero he tenido un montón antes —contestó el guardián—. Los anteriores inquilinos del estudio eran unos tipos muy molestos, y tenía que amonestarles constantemente. Pero se mudaron en agosto del 41, y el estudio estuvo desocupado hasta hace tres meses. La señorita Manaton es una mujer sensata… además de toda una dama…; tuve ocasión de comprobar que trató de arreglarlo todo lo mejor posible. Hubo que efectuar un montón de cosas para conseguir que esa luz del norte quedara oscurecida de manera conveniente; fue necesario pintar quince centímetros alrededor de los cristales, porque las cortinas nunca se ajustaban como es debido; y aun cuando consiguieron fijarle un bastidor, todavía muestran resquicios. Manaton es un vecino bastante molesto…, quiere conservar despejada su bendita luz cenital; pero su hermana no cesa de preocuparse con eso. Ella consiguió hacerle pintar de oscuro los bordes de los cristales, por si acaso; y tomó a su cargo el salir e inspeccionarlo por sí misma todas las noches. Desde entonces, no he tenido ninguna queja. En cuanto al número 25, dio bastante que hacer. Costó algún tiempo meterle al viejo en la cabeza que debía cumplir los reglamentos del oscurecimiento. Después de que se le advirtiera una o dos veces, retiró todas las lámparas de sus habitaciones, excepto la de su dormitorio. Allí conservaba unas persianas, y tenía el hábito de cerrarlas, pero tenían agujeros y ajustaban mal. Por último, su asistenta consiguió arreglarlo: rellenó con pasta los agujeros e hizo cortinas con todos los trapos viejos que pudo encontrar en la casa. En todo caso, para conseguir el oscurecimiento resulta perfectamente. Ahora no se ve ni un resquicio de luz por las noches.

—Gracias, esto es lo que quería saber —dijo Reeves—. A propósito, ¿no sabe usted adónde se mudaron los inquilinos anteriores del estudio?

—No tengo la menor idea. Se fueron a alguna parte fuera de Londres. Se les alteraron los nervios. Un día acabaron por armar un zafarrancho, pero volvieron por sus muebles uno o dos meses más tarde. ¿Quiere usted seguirles la pista?

—Sí. Hay uno o dos puntos en que me podrían ser útiles.

—¡Hum! —reflexionó el jefe de vigilancia. (Como todos los del vecindario, estaba interesado en el caso Folliner.)—. A mí me llamaba un poco la atención —dijo—, aunque es mejor callarme estas cosas, créame usted. El nombre del inquilino era Stort, Randall Stort, y era un tipo asqueroso, pero creo que como pintor era inteligente. Solía entrar y salir del número 25, porque tenía una amiguita pasando allí una temporada. El viejo Folliner solía alquilar las habitaciones a cualquiera que fuera lo bastante incauto como para tomárselas; y una muchacha, que se suponía que era modelo de artistas, vivió allí, en el piso de abajo, durante uno o dos meses, antes de que estallara la guerra. Me pregunto si Randall Stort tendrá algo que ver con la muerte de Folliner: ¡Corren unas historias tan contradictorias acerca del viejo! Algunos dicen que era pobrísimo; otros, que era un avaro.

—Sí —afirmó Reeves moviendo la cabeza—, y los que creen que era un avaro, supondrán que tenía un tesoro escondido en alguna parte. ¿Usted conocía a Stort personalmente?

—Sólo en relación con mi tarea. Estuve en la defensa civil, en este barrio, desde el 39, y acabamos por conocer hasta cierto punto, a la mayoría de las personas de nuestras secciones…; primero, el asunto de las máscaras para el gas; luego, la cuestión del oscurecimiento y los deberes de los refugios. Le hablé a Stort muchísimas veces, y estuve en el estudio para leerle el acta de las infracciones sobre el oscurecimiento y darle consejos. Era lo que se llama un sucio y un desordenado…, y lo mismo su compañero permanente, un mozalbete llamado… ¿cómo diablos se llamaba…? Parecía francés, y siempre creí que era un quinta-columna, o algo peor. ¡Listelle, ése era su nombre!

—¿Vio usted alguno de los cuadros de Stort?

—Sí, pero sólo les eché una mirada por encima. Muchos retratos: mozas impúdicas y hombres de apariencia equívoca; pero eran llamativos…, a mi entender, un trabajo válido.

—¿Vio usted alguna vez un retrato que le hizo al viejo Folliner?

—No —dijo el cuidador, meneando la cabeza—. ¿Cómo sabe usted que se lo hizo?

—Nos lo dijo la señora Tubbs. Supongo que podrá recordar usted el nombre de la empresa que hizo la mudanza de Stort.

—Sí. ¡Caramba, sí que puedo! Me di cuenta por casualidad… Fue la casa Bickford. Ustedes, los policías, tienen ideas brillantes.

Reeves se rió:

—Hace falta una buena cantidad de ideas brillantes para llegar a algo. Conozco el juego. Tendremos que seguirle la pista a Stort, seguramente, hasta la casa de campo…, y encontraremos que hace mucho tiempo que no está allí. Se aburriría del campo o de estar demasiado lejos de una taberna; después de tomarnos gran cantidad de molestias, le seguiremos la pista por tres o cuatro lugares distintos, para resultar luego que regresó a Londres una noche y le dieron el pasaporte para el otro mundo en un bombardeo. Estoy acostumbrado a estas historias.

—No se me habría ocurrido nunca pensar que fuera usted tan pesimista… —dijo riendo el vigilante—, no lo parece… A propósito, Stort y Listelle fueron los que cavaron ese hoyo en el jardín del 25, ¡valientes tontos! Me hicieron reír mucho; apuesto a que la única vez que doblaron la espalda sobre un azadón fue cuando hicieron su «refugio». Estaban muertos de miedo. Hacía falta bastante temor para hacerles trabajar.

—¿Qué edad tenían?

—Stort debía de tener unos cincuenta años, o algo menos. Es difícil de precisar. Tenía el cabello canoso y la cara un poco arrugada. Listelle era más joven y chiquito, como un ratón…, un tipo corto de talla. No hubiera servido para ningún servicio. A propósito, ¿conoce usted el jardín y el estudio?, así lo llaman.

—Sí.

—Bueno. Se habrá fijado entonces que los jardines de Hollyberry Hill, dan por la parte de atrás, a la avenida Sedgemoor. Stort solía frecuentar un bar que se llama «El Perro Manchado»: y por cierto, pintó su rótulo. Se dio cuenta de que el camino más corto del bar al estudio era por el jardín de la casa de la avenida Sedgemoor, cuya parte de atrás da al 25 de Hollyberry Hill. El tipo tenía una desvergüenza endiablada, dejó una escalera arrimada en su tapia y clavó un apoyo en la obra de ladrillo del otro lado, y lo usaba para montar una pierna sobre el muro y pasar. Los inquilinos le denunciaron a la policía, es decir, los inquilinos de la avenida Sedgemoor…, pero no le cogieron nunca, aunque sé que utilizaba con frecuencia su atajo. Me pregunto si no lo habría vuelto a utilizar otra vez. Tenía una llave del número 25, y Listelle, probablemente, otra.

—¡Esto es interesantísimo! —exclamó Reeves, cuyos inteligentes ojos brillaron.

El guardián le miró un poco intranquilo; Reeves comprendió que se trataba de una persona consciente, poco inclinada a hacer conjeturas a la ligera.

—No quiero causarle una impresión errónea —dijo el guardián—. Usted sabe lo que ocurre con esos artistas, resultan difíciles de comprender para las personas amigas del orden y cuidadosas como yo, y tal vez esté cometiendo una injusticia. A mí no me gustaba Stort, pero Listelle era todavía más detestable. Así que me parecía el más a propósito de los dos para realizar cualquier trabajo sucio.

—¿Es alguna pista sólida a seguir, o sólo un presentimiento? — preguntó Reeves.

—Suposiciones nada más —replicó el otro—. Stort era un mendigo rebelde y fastidioso, pero Listelle era un trapacero…, tenía siempre una réplica para todo, y aplaudía lo que hacían ellos entonces. Se me acaba de ocurrir algo que pudiera interesarle a usted. Listelle solía jugar a los dardos en ese bar que queda a la misma salida de la calle alta… «El Dragón Verde». Me dijeron que era un tirador maravilloso de dardos. Uno de nuestros compañeros solía ir por allí, y dijo que Listelle acostumbraba a contar historias largas acerca de un viejo avaro que él conocía…; decía que solía pasar las noches contando su tesoro… Valdría la pena que fuera usted por allí, para ver si puede obtener alguna información.

—Bueno. Seguiré esta pista —dijo Reeves—. El muchacho que se lo contó a usted, ¿sigue todavía en su puesto?

—No. Le llamaron a filas el año pasado. Creo que está en Islandia. Pero mire, me preocupa esto —advirtió el guardián—. Le estoy contando un montón de rumores y suposiciones, y seguramente estará pensando que me excedo un poco con mis sugerencias. Supongo que de un guardián como yo también se puede decir que tiene oportunidades de forzar una casa y cosas por el estilo.

—¡No se preocupe por eso! —exclamó Reeves riendo—. Sé que estuvo usted en su puesto entre las ocho y las diez de la noche de ayer.

—Sí, estuve; gracias —dijo el guardián, haciendo un gesto tímido.

—Perfectamente —dijo Reeves—. Ahora el tipo que me interesa verdaderamente de esos dos es Stort, porque usted dice que él era el que solía trepar por el jardín de la avenida Sedgemoor. ¿No oyó usted nunca que Listelle hiciera eso?

—No; no lo creo. A quien mencionó la señora anciana fue a Stort, y creo que ella les conocía muy bien de vista. Daría algo por saber si no fue él quien vino y saltó esa tapia la noche pasada. En cierto modo, hubiera sido una cosa fácil de hacer…; no comprendo cómo no puede usted comprobarlo.

—Bueno, para comenzar, hay que encontrar a Stort y preguntarle qué es lo que hizo anoche —dijo Reeves.

—¿Y si inventa una coartada?

—No es tan fácil como cree la gente —dijo Reeves—. La mayoría de las personas que mienten se desconciertan en cuanto se las examina; porque es muy difícil mentir de manera consistente. Sin embargo, lo mejor es tener el pájaro en la mano. Primero tengo que dar con él.

—Si encuentro a alguien que sepa algo de él, le avisaré —repuso el guardián—. Nuestros compañeros siempre traen chismes. Espero que no le estaré metiendo en una empresa quimérica, porque no sé nada en contra de ninguno de esos tipos, excepto que Stort se tomó demasiadas libertades con el jardín de la señora vieja, y que Listelle difundía rumores acerca de que el viejo Folliner era un avaro.

—Si en este trabajo nadie nos contara nunca las ideas que se le ocurren, pasaríamos muy malos ratos —replicó Reeves—. Son las personas como usted, deseosas de ayudar, las que nos dan alguna oportunidad. Le agradeceré que me comunique cualquier otra cosa que se le ocurra.

—¡Perfectamente! Si se me ocurre algo, se lo comunicaré —respondió el guardián—. Me interesa en especial este caso, porque viví por aquí cerca casi toda mi vida. Mi padre tenía una casa en Hollyberry Hill (una de esas que derribaron en el extremo de Dayton Crescent), conoció a Folliner cuando era todavía una persona razonable. Es verdad que éste estuvo muy bien en un tiempo. Tenía un negocio de decoración y construcción, y poseía algunas propiedades. Creo que tenía fama de ser un hombre muy duro…, que hundía a sus inquilinos más pobres; pero se le respetaba. Pagaba sus deudas y era una persona honrada. Fue ya en estos últimos años cuando se volvió tan excéntrico. Algunas personas dicen que especuló y perdió todo su dinero, y que eso le trastornó la cabeza. Otros sostienen que se volvió avaro y lo acumuló; pero nadie sabe nada con certeza. Yo me fui a vivir algunos años a otra parte de Hampstead y le perdí de vista. Cuando volví, me quedé admirado al saber que todavía estaba vivo. Fíjese: de 1850 a 1940. ¡Qué período le tocó vivir! Algunas personas dicen que hubo más cambios en el mundo en esos cien años que en todos los siglos precedentes. ¿Progreso? ¡Dios mío! ¿Le llama usted progreso a esto?

—Depende de hacia dónde se progrese —repuso Reeves—. Algunas veces, en los dos últimos años, he llegado a pensar que los seres humanos van en línea recta hacia el infierno. Si su padre falleció antes de 1940, creo que fue más feliz que el viejo Folliner.

—¡No cabe duda de que lo fue! —exclamó el guardián con vehemencia.

8

1

Después que Reeves hubo dejado la oficina del guardián de la defensa antiaérea, volvió al número 25, entró por la puerta de la calle y se encaminó a la parte de atrás de la casa. El sendero había estado enarenado alguna vez, pero ahora se había convertido en algo que Reeves describía como un «barrizal». La arena hacía mucho que había desaparecido o había quedado enterrada en el ennegrecido suelo de Londres, y existía, además, otra razón importante para que este sendero ofreciera un aspecto ruinoso. El servicio de aviación había venido para desecar el hoyo, y habían estado dragando con sus mangueras por la parte trasera del jardín. Reeves entró, pasó por la puerta principal y se dirigió al estudio, cuya entrada quedaba sólo a unos dos metros de distancia de las ventanas del piso bajo de la casa. Cuando estudió la distribución, le pareció probable que el estudio hubiera sido construido originariamente para uso del propietario del número 25, y creía natural que hubiera habido un camino cubierto de acceso, desde la ventana francesa de la casa hasta el estudio. El extremo más distante de éste, donde estaban la cocina y el baño, probablemente era un aditamiento posterior. La ventanita de la galería del estudio, donde dormía Rosanne, quedaba al mismo nivel que la ventana del primer piso de la casa. Reeves recorrió toda la extensión del estudio y advirtió que Bruce Manaton le miraba desde una ventana…, le miraba con resentimiento, como si le exasperara esta intrusión en sus dominios privados.

Ahora, el hoyo no tenía agua; estaba trazado como una trinchera profunda, pero sus paredes se habían derrumbado por falta de apoyo y tan sólo era un pozo informe, fangoso y maloliente, flanqueado por los montones de tierra arcillosa que habían sacado los que cavaron. Los habían acumulado contra el muro norte del jardín, y el resultado había sido que éste casi se había derrumbado.




Reeves siguió, pasó la puerta de la parte trasera del estudio, hasta que llegó a la tapia divisoria entre el jardín y la casa de la avenida Sedgemoor. La tapia tenía cerca de dos metros y medio de altura, y se hallaba en muy malas condiciones. Reeves encontró fácilmente un boquete en la obra de ladrillo, que le ayudó a subir; y un momento después, con la agilidad de un mono, se sentó a horcajadas sobre la tapia y miró hacia el otro jardín. Se encontró cara a cara con una encolerizada mujer de cierta edad, armada con un rastrillo, y su mirada era tan agresiva que se preguntó si utilizaría el rastrillo para atacarle.

—Joven, esto es un atropello —declaró ella, y su voz era de un bajo tan profundo que Reeves quedó verdaderamente sobrecogido.

—Me parece que esa expresión es un poco fuerte, señora —protestó con amabilidad—. No estoy haciendo más que un pequeño reconocimiento. La verdad es que me gusta su jardín. Yo soy un poco jardinero también, en mis horas de ocio, y es un verdadero placer ver un lugar tan bien arreglado.

Reeves, cuando quería, solía arreglárselas para decir lo más oportuno, y su alabanza espontánea (aunque bien calculada) produjo precisamente el efecto que quería. La enérgica señora dejó en tierra su rastrillo y miró a

Reeves con la mayor amabilidad. A éste le pareció que debía de andar alrededor de los sesenta años; su estado civil, solterona independiente; su salud era estupenda, y su carácter, de los que inspiran un «santo terror».

—Estoy muy orgullosa de mi jardín —replicó con voz atronadora, echando hacia atrás su trasquilado cabello blanco con una mano llena de barro—. Es admirable cómo crecen aquí las cosas. Mis rosas son un verdadero espectáculo en verano, ¡pero la forma en que el vecindario lo destroza todo es lamentable! ¡Lamentable! —reiteró ella—. Hubo un tiempo en que éste era un vecindario agradable y muy respetable, ¡y mire usted ahora! Los crímenes abundan a las mismas puertas de una, no se respeta la vida privada, y todo se desprecia y se destruye. Puedo pasar por alto las bombas…, todos estamos unidos en esto…; pero el crimen, y la corrupción, y lo deshonroso…, es demasiado.

—Tiene que ser un gran trastorno para usted, señora…, y la vista de esas casas en ruinas debe de ser muy deprimente.

—De lo más deprimente. No cabe duda, muy deprimente —dijo ella —. Una vez, tenía un enrejado colocado en esa tapia, que estaba agradablemente cubierto por mis poligomáceas, pero aquel ser miserable que vivía en el estudio insistió en que tenía que echarlo abajo. Decía que le privaba de luz…, ¡valiente tontería! Desgraciadamente, la tapia no es mía. No pude hacer nada.

—Es una pena —respondió Reeves con simpatía—. He oído que, hace algún tiempo, usted tuvo muchos disgustos con el inquilino del estudio.

—¡Disgustos! Estos artistas son todos iguales, no tienen la menor noción de la responsabilidad ni de la decencia. Podría contarle a usted cosas que apenas parecen dignas de crédito.

Mientras la temible señora seguía tronando, Reeves examinaba el lado más apartado de la tapia. Ya no tenía ningún apoyo de hierro que facilitara su escalada; pero estaba completamente seguro de que no tendría ninguna dificultad para conseguir un hueco donde afirmar el pie. Observó que el sendero del jardín del otro lado estaba cuidadosamente embaldosado con trozos desiguales de piedra, y en los intersticios había plantadas arabis, aubretia y otras plantas pequeñas. Hasta donde le alcanzaba la vista, había una puerta con rejas que separaba el jardín de acceso a la avenida Sedgemoor.

—Tenemos que oír historias muy raras en nuestro trabajo —dijo él—. Pertenezco al D. I. J., señora.

—Ya lo veo. Supongo que los detectives tienen que escalar tapias y hacer otras cosas raras —contestó ella.

Reeves respondió con una inclinación de cabeza.

—Imagino que no la habrán molestado demasiado nuestros interrogatorios, señora. Sé que es muy enojoso que le hagan a uno preguntas innecesarias.

—No me han ocasionado ninguna molestia…, al menos, por parte de la policía. Llamó un inspector, un hombre fuerte de mediana edad, muy amable y respetuoso; pero como yo estaba fuera la noche pasada, no me encontraba capacitada para prestarle ayuda. Estuve en el servicio preventivo de incendios, como hago habitualmente una vez por semana.

—Se me ocurre que usted podría ayudarme un poco en otra forma, señora —continuó Reeves—, si quisiera responderme a unas cuantas preguntas. ¿Podría decirme cuándo le resulta menos incómodo? Se lo agradecería.

—En cualquier momento, cuando usted quiera —respondió ella—. Salgo pocas veces. Mi nombre es señorita Stanton, y esta casa se llama «Ítaca». Un nombre clásico, escogido por mi querido padre.

—Un nombre muy hermoso —dijo Reeves con tacto—. Me gustaría visitarla más tarde, señora, y le pido disculpas por haberme encaramado a su tapia. A veces tenemos que proceder como monos amaestrados, en el cumplimiento de nuestro deber.

Gesticulaba al hablar, mostrando una excelente fila de dientes blancos en su cara flaca y angulosa; y la señorita Stanton estalló en una profunda y alegre risa.

—Usted parece un mono educado e inteligente —replicó—. Alguna vez le enseñaré mi jardín. Tengo eléboro en flor y Winter sweet.

—Es admirable, ¡en un jardín de Londres! —dijo Reeves.

Se deslizó de la tapia por donde había trepado, y se cepilló los pantalones, permitiéndose una risa silenciosa y llena de regocijo.

«¡Qué maravillosa vieja niña! —se dijo—. ¿Qué diablos será eléboro?

Tengo que averiguarlo».

Pasó de nuevo por delante del estudio, donde Bruce Manaton lo volvió a mirar desde la ventana, y siguió su camino hasta la puerta de la casa número 25.

2

—¿Está dentro el inspector Jenkins? —preguntó Reeves al agente que estaba de guardia en la puerta.

—Sí, ahí está; y el inspector jefe también acaba de entrar.

Reeves entró y subió las escaleras hasta el dormitorio del viejo Folliner. Jenkins, en unión de un empleado de su departamento, estaba examinando todavía el sinfín de papeles que habían estado empaquetados dentro del enorme armario. Macdonald estaba de pie junto a la ventana.

—Me acaban de llamar mono inteligente y educado —dijo Reeves—. ¿Me puede decir usted lo que es el eléboro?

—Rosas de Navidad —respondió Macdonald sin vacilar—. ¿Ha sido ella también la que le ha llamado eso? Ya le he visto haciendo una escena sobre la tapia del jardín.

—¡La de cosas que yo he hecho en nombre del deber! —gruñó Reeves —. El caso es que he dado con un lugar donde obtener información.

Le hizo un cuidadoso resumen a Macdonald de todas sus andanzas, y terminó diciendo:

—¿Qué me dice de esto? ¿Tendré que darme una vuelta por la casa Bickford y seguiré esta antigua pista?

—Creo que sí —contestó Macdonald—. Probablemente, encontrará usted que sus registros se perdieron en los bombardeos, que su conductor de equipajes está ahora prisionero en el Lejano Oriente y que nadie oyó nunca el nombre de Stort en ninguna parte. Ahora, muchachos, escúchenme un poco, y luego me harán el favor de confiarme cualquier idea que se les pueda ocurrir.

Reeves se sentó en el sillón del finado Folliner, Jenkins se quitó los lentes, y Macdonald se recostó contra la ventana y expuso:

—Ayer por la tarde, entraron por lo menos tres personas en este cuarto. Una fue la señora Tubbs, que salió de la casa alrededor de las ocho y media y pasó a ver a la señorita Manaton, dejándole una llave sobre la mesa de la cocina. La señora Tubbs no regresó a su casa hasta las nueve y quince, precisamente cuando habían terminado de transmitir el boletín informativo de las nueve. Vive en Myrtle Place, o sea, a unos diez minutos a paso normal; pero admitamos que la niebla era muy espesa. El señor Verraby, de acuerdo con su propia declaración, entró en la casa después de las nueve. Según el vigilante, pudo llegar a esta casa hacia las nueve menos cinco. Neil Folliner dice que él entró aquí «justo después de las nueve», lo que debe de ser bastante exacto, de acuerdo con el cálculo del soldado Brown.

—Según lo que demuestran los fotógrafos —intervino Jenkins—, es evidente que las huellas de las pisadas de Neil Folliner están superpuestas a las de Verraby. Verraby entró aquí primero, lo que está de acuerdo con las horas que indica.

—Sí. Creo que podemos dar por sentado lo siguiente: Tanto Neil Folliner como Verraby declaran que cuando ellos llegaron, el cofre estaba tirado en el suelo y vacío. Según resulta de las investigaciones de Jenkins en los papeles del difunto, éste había convertido sus propiedades en dinero efectivo, salvo esta casa; y sus transacciones se extienden a un período de cerca de diez años. Al comienzo de este período, tenía una cuenta bancaria en el City y Westminster, pero retiró todo su dinero de los depósitos en 1938. No hay pruebas que demuestren lo que hizo con él.

—Lo metió en su cofre —dijo Jenkins—. Apostaría cualquier cosa a que eso es lo que hizo con él, y pasaba todas las noches unas horas felices, contando sus billetes. Supongo que habría deseado tenerlo en oro (los avaros aman el oro), pero no pudo conseguirlo, y tuvo que contentarse con los billetes.

—Es una suposición razonable —dijo Macdonald—. En todo caso, por el momento, vamos a imaginar que el dinero estaba en el cofre y que el asesino se lo robó.

—Un segundo —interrumpió Reeves—. ¿Mataron al viejo con su propia pistola?

—Sí. Sobre esto no hay duda. Han sido examinadas la bala y la recámara del arma, y prueban que fue un tiro de la pistola hallada en el suelo. La pistola la compró el viejo Folliner en 1930…; el recibo está entre los papeles. El reconocimiento del cadáver demuestra que le golpearon primero en la cabeza, y le dispararon el tiro después.

—Así es —afirmó Jenkins meneando su sólida cabeza—, y de aquí se puede sacar otra deducción: que él reconoció a la persona que entró en el cuarto y por eso no le disparó. El ladrón necesitaba tener la más absoluta certeza de que no recobraría el conocimiento, y le denunciaría después.

—Me parece una deducción razonable —dijo Macdonald—. Desde luego, se puede trabajar sobre diversas variantes; es posible que le disparase el tiro una persona y que otra robara sus valores.

—Es posible, pero yo no lo creo —replicó Jenkins—. El asesino recogió su botín…, de esto no me cabe la menor duda. Por el momento tenemos tres posibilidades; una es la señora Tubbs; otra, el señor Verraby, y la tercera, Neil Folliner.

—Cuatro —dijo Reeves—. La cuarta es la señorita Manaton.

—No hay ningún rastro de ella —respondió Macdonald—. Desde luego, Neil Folliner llevaba botas del ejército, que son muy pesadas y dejaron huellas en el húmedo linóleo. Verraby tenía suelas de goma, que también dejan una marca característica. De la señora Tubbs, se sabe que entró en la casa para desempeñar sus obligaciones habituales.

—¿Con cuánta aproximación se puede fijar la hora de la muerte? — preguntó Reeves.

—Éste es un punto que los peritos médicos no pueden precisar nunca… —respondió Macdonald—, al menos, con exactitud de minutos. Se ha probado con demasiada frecuencia que se equivocan. El forense llegó aquí a las 9:40…, esfuerzo muy notable, teniendo en cuenta la noche que hacía. Dijo que la muerte había ocurrido dentro de la hora anterior a su visita; puede que hiciera algo más de una hora, puede que algo menos.

—¿Así que existe la posibilidad de que la señora Tubbs pudiera haberle disparado antes de salir de aquí?

—Sí. Es una de las varias posibilidades.

—Aunque lo niega, ella sabía que Neil Folliner iba a venir, y podría haber dejado la postal a mano para que fuese encontrada.

—Sí. Todo encajaba perfectamente, pero ¿por qué pasó por el estudio cuando se fue de aquí?

Jenkins sacudió la cabeza, frotándose pensativo la hirsuta barba con su grueso pulgar:

—No podía haber hecho eso, jefe. Tenemos que considerar la naturaleza humana tanto como las probabilidades. Si la señora Tubbs hubiera matado al viejo Folliner y le hubiera robado el dinero, no habría ido al estudio a charlar con la señorita Manaton como hizo. La señora Tubbs se habría ido directamente a su casa, y habría ocultado el dinero antes que nada. También es probable, incluso, que negara haber estado esa tarde en el número 25; habría inventado alguna historia acerca de la espesísima niebla, y diría que se había perdido. Luego hay otra cosa; el tipo ese de zapadores…, Brown…, dijo que la oyó canturrear cuando se iba para casa. ¿Creen ustedes que se habría hecho notar cuando regresaba si hubiera tenido la idea de hacer semejante trabajito? En el terreno del tiempo y de la mecánica del asunto, admito la posibilidad de que la señora Tubbs pudo haberlo hecho. Desde el punto de vista del sentido común y del sentir humano, en este caso…, yo no lo creo.

—Lo que dice está bien, amigo… tiene sentido y todo lo que quiera, pero no siempre se puede medir a las gentes con el sentido común y el sentir humano. Tiene que reconocer que la naturaleza humana se sale a veces de los carriles. Mientras tanto, vale la pena tener presente que la señora Tubbs pudo haberlo hecho y que tenía una gran intimidad con la señorita Manaton. Ella (la señora Tubbs) llevó un paquete a la cocina del estudio cuando fue a hacer su visita: eran arenques. Lo sé porque los he visto. Podría haber otros arenques, además; aunque, si los había, no logré dar con ellos, y les aseguro que durante la noche realicé un buen trabajo en aquella cocina.

—Creo que, en cierto modo, Jenkins está en lo cierto —dijo Macdonald—. Aparte del hecho de que la señora Tubbs parece ser una de las personas más decentes que Dios haya creado nunca, pienso que Jenkins se ha anotado unos tantos con los otros puntos que ha señalado. Tomemos ahora la otra posibilidad… Verraby. La sospecha que recae sobre él es la siguiente: él llegó a la casa cinco minutos antes que Neil Folliner, la disparó un tiro al viejo, después de haberle golpeado en la cabeza, y se apoderó del contenido del cofre. Cuando oyó los gritos de Neil Folliner, al subir las escaleras, casi debió de desmayarse del susto. Es de suponer que se ocultó detrás de la puerta, dentro del dormitorio, y esperó los acontecimientos.

—Esto no me parece muy probable, jefe —interrumpió Jenkins—. ¿No es más verosímil que Verraby saliera afuera y se quedara esperando?

—Parece más natural que haya sido así; pero si hubiera hecho eso, la luz del dormitorio se habría reflejado en la pared de fuera y se habría visto desde las escaleras; Neil Folliner, que estaba en la oscuridad, habría visto la luz, y no la vio. Su declaración fue que la escalera estaba a oscuras y que vio luz por debajo de la puerta.

—Considerémoslo otra vez —dijo Jenkins—. Me gusta que mis suposiciones no se salgan del marco del sentido común. No puedo concebir a Verraby esperando, con la luz encendida en semejante forma. No podía saber que era Neil Folliner el que subía las escaleras; podía haber sido cualquier otro. Casi me parece adivinar que Verraby ya había salido fuera del dormitorio antes de que Neil Folliner entrara en el vestíbulo, y que se ocultó tras alguna puerta del rellano de la escalera; luego, entró de repente e hizo lo que ya sabemos.

—Perfectamente. Eso es bastante razonable —dijo Macdonald—. En cualquier caso, Verraby tendría el botín en su bolsillo. No tuvo ninguna oportunidad de esconderlo en esta casa, y si fuera así, lo habríamos encontrado.

—Se lo metió en el bolsillo —dijo Reeves con convicción—. Por eso dejó a Neil Folliner en el estudio y salió a telefonear él mismo, en lugar de enviar a Manaton o a uno de los otros. Verraby puede ser que tenga los nervios firmes, pero no el temple suficiente para arriesgarse a charlar con un superior, teniendo un gran fajo de billetes robados en su bolsillo. Podría habérsele ocurrido a alguien preguntar: «¿Qué es lo que tiene en el bolsillo, compañero?».

—Sí —añadió Jenkins riendo entre dientes—, puede ocurrir. Pero es extraño que el mismo Verraby hiciera aquella llamada telefónica. No cabe duda de que ha sido su única oportunidad para esconder el botín. Tiene razón Reeves al decir que a Verraby no le hubiera gustado entrar en la sala donde tenía que hacer la acusación, con el botín en su bolsillo.

—Muy bien. ¿Puede alguno de ustedes, entonces, sugerir dónde lo escondió Verraby? Recuerden que no tardó mucho tiempo en ir a la cabina del teléfono, ni en volver al estudio después de telefonear. Lo hizo todo lo rápidamente posible. Si estuviéramos en los buenos tiempos de antes, podría haber llevado preparados un par de sobres grandes, y haberlos echado en un buzón del correo… esta treta se ha practicado con frecuencia…, pero ahora no sirve. Recogen esa correspondencia del buzón a las 5:30 de la tarde y no vuelven a retirarla hasta las 8:30 de la mañana, y el señor Verraby no depositó ningún documento de interés en los buzones de Correos por delante de los cuales pasó la otra noche.

Jenkins meditaba.

—Sí, es un buen problema —dijo—. ¿Dónde diablos pudo haber escondido el paquete, en una negra noche de niebla? No hay escondites preparados en las calles. ¿En el buzón de alguna casa vacía?

—Ya pensé en esto. He tenido a Boiter y a Willing haciendo averiguaciones por todas las casas vacías ante las cuales pudo pasar durante ese tiempo. No hay rastro de nada, y eso que el suelo estaba bien húmedo y blando para que quedaran huellas de pisadas. Recuerden que Verraby volvió al estudio sin haber perdido nada de tiempo en su recado, y se quedó allí hasta que apareció el agente de la policía local; luego, fue directamente al puesto en el furgón. Del puesto se marchó derecho a su casa…, esto también lo sé. Si ocultó el botín, no ha tenido oportunidad de recogerlo. No lo tenía encima cuando estuvo en el puesto de policía…, el Superior se fijó en este detalle. Es un hombre muy educado y competente. Me figuro que les gustará saber que sus conjeturas psicológicas en esta controversia resultaron acertadas.

Jenkins se rió por lo bajo, pero Reeves se sentó con un gesto pensativo en la cara, descansó su angulosa barbilla sobre sus puños cerrados.



—Neil Folliner no llevaba el paquete encima; y si lo hubiera tirado, a estas horas ya lo habríamos encontrado…, ¿no es por esto por lo que ha hecho bombear usted el hoyo? Verraby tampoco se lo llevó. Jenkins dice que no cree que la señora Tubbs se apoderara de ello; en todo caso, en su casa no está. Ustedes saben que, en este asunto, todos los caminos llevan al estudio. Todos ellos estuvieron en él a una hora o a otra. ¿Qué apuestan ustedes a que el botín está allí también? ¿Ha salido hoy alguno de los Manaton?

—Ninguno de ellos —respondió Macdonald.

—Bueno. Ninguno de los tres que salieron la noche pasada sacó nada consigo. Los hemos visto. Me parece necesario pasarle un peine fino al estudio.

—No estará de más —dijo

Jenkins—. Es muy molesto para los inquilinos, desde luego; pero no tendrán más remedio que soportarlo.

Reeves todavía continuaba contemplando el espacio pensativo.

—¿Valen sus pensamientos un penique? —preguntó Macdonald.

—Podría preguntarle a usted lo mismo, jefe —respondió el joven,

riendo—. Me doy cuenta de que está incubando unas cuantas ideas; pero preferiría que me dejara llegar a ellas por mis propios medios. Cuando usted me expuso aquello de que el último inquilino del estudio…, ese asqueroso llamado Stort…, tuve cierta sensación de que usted creía que el reparto no estaba completo en este acto…; es decir, que no estaban presentes todos los actores.

Jenkins se rió con una risa intensa y jovial:

—¡Usted, con sus suposiciones psíquicas, siempre se va un poco más allá de lo evidente! Ha encontrado huellas de tres personas distintas que estuvieron en esa casa durante algún tiempo ayer por la tarde, ¿y todavía anda buscando los rastros de una cuarta?

—Los he buscado a fondo —replicó Macdonald—, y no he encontrado ninguno. Y, sin embargo, merece la pena que, mientras tanto, recuerde esto. Las huellas de las pisadas que hemos obtenido pertenecen a hombres que llevaban un calzado pesado, y las suelas de sus botas, o zapatos, estaban húmedas y negras, con esa especie de humedad ennegrecida y pegajosa que siempre se adhiere cuando hay niebla en Londres. Es perfectamente posible que alguien con zapatos secos hubiera subido las escaleras sin dejar señales de su paso.

Jenkins reajustó sus gafas y dijo:

—Comprendo que lo más útil que puedo hacer es proseguir con mi trabajo de secretario —bromeó—. Hay que revolver cosas acumuladas durante cincuenta años en ese armario. En la parte superior está todo lo que yo llamo documentos impersonales… resguardos de negocios y transacciones. El vejete no parece que haya tenido ningún contacto humano durante años; pero, al ir trabajando, tengo la impresión de que encontraremos cartas que puedan indicarnos algo acerca de él. ¡Ánimo, Reeves! Puedo conseguirle una colección completa de personajes dramáticos para que la añada a su lista de visitantes invisibles. Éste es un trabajo que le conviene a un hombre de mi peso. Sentarme y conseguir las pruebas en los papeles. Lo de trepar por las tapias y cosas así lo dejaremos para usted…; el trabajo de mono, digamos.

Macdonald interpuso aquí una pregunta:

—Según el estado actual de sus averiguaciones, ¿le parece que se puede encontrar una suma considerable de dinero en alguna parte?

—Sí, jefe —asintió con la cabeza Jenkins—. Durante los diez años últimos, el viejo realizó operaciones e inversiones como para juntar varios miles de libras. Conservaba copia de la mayoría de sus transacciones…, y le aseguro que no es una broma el intentar descifrar su escritura y entender el sentido. No hay pruebas de lo que hizo con el dinero; por lo que he podido ver, no lo invirtió, no compró nada; y no puedo creer que se lo diera a nadie. Sus únicas salidas fueron contribuciones e impuestos. Tendría que pasar en cualquier momento por la oficina de impuestos internos; hubo un tiempo en que mantenía correspondencia bastante animada con ellos. Trataré de sacarles una especie de informe para mañana; pero, por lo que he podido ver hasta el momento, el difunto tenía, miles de libras… en alguna parte.

—En su cofre —murmuró Reeves.

3

—Me gustaría echarle una mirada otra vez a esta casa, mientras todavía es de día —dijo Reeves cuando Macdonald y él dejaron a Jenkins con su trabajo de oficina.

—Muy bien. Vamos a darle un vistazo. Será una experiencia divertida para usted —dijo Macdonald—. Empecemos por arriba.

Reeves examinó en seguida, antes de subirlos, los peldaños de las escaleras; había huellas patentes de pies en el húmedo y espeso polvo que cubría las desgastadas tablas; todas aparecían juntas en el lado del pasamanos.

—Sí, el polvo tiene su utilidad —dijo Macdonald—. Esas huellas son nuestras. Nadie más ha subido estas escaleras desde hace varias semanas, meses probablemente. El polvo lo cubre todo como una mortaja, y muestra todas las pisadas.

Había cuatro habitaciones: dos al frente y dos al fondo, en el segundo piso; una escalerilla conducía al desván del tejado.

—No tiene objeto subir hasta ahí —dijo Macdonald—. El desván está vacío, con excepción de un par de sillas rotas y alguna porcelana hecha pedazos. He hecho vaciar los depósitos… no tenían nada más que hollín.

Miraron por dentro de cada uno de los pequeños dormitorios: los cuatro estaban vacíos, con las paredes mohosas y manchadas de humedad; las puertas y frisos, resquebrajados y descascarillados. Reeves se acercó a una de las ventanas de atrás y miró hacia el tejado del estudio (planchas de hierro acanalado con mucha falta de pintura). Parecía haber habido alguna vez un mástil para una bandera en el alero del estudio, junto al cañón de una chimenea. El mástil yacía abandonado sobre el hierro del tejado, y unos cabos de cuerda aún festoneaban el alero y colgaban, flotando un metro o dos muro abajo, golpeándolo ligeramente con el viento. Era el abandonado y melancólico aspecto de un feo y descuidado edificio. Más allá, Reeves podía ver el jardín de la avenida Sedgemoor, donde la señorita Stanton todavía estaba trabajando con su rastrillo. En el primer piso había también cuatro habitaciones (dos dormitorios grandes con pequeños roperos que se comunicaban con ellos) y, además, un baño antiguo y un lavabo. El único cuarto amueblado era el dormitorio del señor Folliner.

—El viejo lo vendió todo, excepto lo que contenía su propio dormitorio, y por semejante desecho ni siquiera los traperos habrían dado un penique —dijo Macdonald—. Todo pedazo de palo roto de los muebles, cajones de embalar o cualquier otra cosa que pudiera arder, lo utilizó para encender fuego. No es esto muy apropiado para que nadie esconda aquí algo apresuradamente. Quedan las chimeneas y debajo de las tablas del suelo; hemos rebuscado por todas partes.

En el piso de abajo, en el vestíbulo, conservaba una reliquia; un reloj muy antiguo y destrozado. Evidentemente, había sufrido un pequeño descalabro, porque su esfera estaba rota; los tableros, resquebrajados, y la puerta, perdida. Reeves miró dentro de la caja; el péndulo estaba desprendido, y faltaban las pesas y las cadenas.

—Vendió las pesas y las cadenas y tenía intención de quemar la caja —dijo Reeves—. ¿Quedó algo de la maquinaria?

—Sí, pero está enmohecida y convertida en un bloque sólido que ni siquiera el trapero querría… y no parece que el viejo Folliner fuera de los que dan cosas al Ejército de Salvación —añadió Macdonald—. No hay nada oculto entre la maquinaria.

Pasaron por las habitaciones del piso bajo y miraron las alacenas, fijándose en que el carbón estaba almacenado ahora en lo que una vez había sido un retrete, y que todos los accesorios de la instalación eléctrica habían sido retirados de los cables. La habitación grande, que había sido el salón de la casa, con grandes ventanales que miraban sobre lo que en otros tiempos fuera jardín, debió de ser en épocas pasadas una hermosa sala. Ahora, sus mugrientas paredes estaban embadurnadas con brochazos de pintura, con manchurrones sobre frescos que había debajo.

—¡Vaya! —dijo Reeves—. Éste es el cuarto que la amiga de Stort debió de habitar. ¿Lo decoró él para ella? ¿Y qué significa esto, en tal caso?

Se acercó a la pared y trató de descubrir la naturaleza de las pinturas que había debajo.

—Al parecer había una serie de retratos en la pared —declaró

Macdonald—, algunos pintados y otros al carboncillo… y alguien los ha pintarrajeado encima. Tengo que preguntarle a la señora Tubbs si sabe algo acerca de esto.

—Valiente diversión… —dijo despacio Reeves mientras continuaba mirándolos—. ¿Se cansó la amiga de la decoración… o no la permitió el viejo Folliner?

—Es la única habitación de la casa que conserva algo de interés — continuó Macdonald—; pero aquí no hay nada que sirva para ocultar cosas. Venga, vamos a las cocinas, y verá usted lo que los sirvientes de hace cincuenta años tenían que soportar.

Una escalera con peldaños conducía al húmedo y horrible sótano. Había una cocina grande y oscura, con el suelo de piedra, mohosa e infestada de cucarachas. Un enorme fogón herrumbroso ocupaba por completo uno de los lados, y un aparador, el otro. La ventana, con gruesos barrotes, estaba cubierta de negruzcas matas de siemprevivas que apretaban sus hojas contra los vidrios cubiertos de telarañas. La rejilla del fogón estaba llena de desperdicios quemados, sobre todo papel. Macdonald sonrió entre dientes al ver a Reeves extasiado ante los negruzcos restos.

—No me parece que sean cenizas de billetes de banco —dijo—. En todo caso, no son cenizas recientes. Tienen semanas, por lo menos. Voy a traer a algún compañero para que saque todo esto y lo analice. Si intento remo verlas se van a desintegrar.

Reeves se acercó a la rejilla; su fina nariz se encogió un poco y sacó su linterna para echar un rayo de luz sobre las cenizas.

—¿Qué le parece a usted que es? —preguntó.

—Por lo que veo y sin tocarlo —declaró Macdonald—, son los restos, entre otras cosas, de un grueso lienzo. Quizá la «amiga» utilizaba las obras de arte que le sobraban a su protector para calentar el agua del baño. Me parece que este fogón es el único medio de calentar el agua para el descomunal baño antiguo que hay arriba.

—¡Caramba! —dijo Reeves—. Bueno, es ta cocina es una «Cámara de los Horrores» de buen tamaño.

—Venga a ver el fregadero, es muchísimo peor; y hay una carbonera y otras maravillas, todo con varios escalones para bajar hasta ellas… y recuerde las comidas y la porcelana que tenían que ser transportadas por esas retorcidas escaleras de piedra hasta el comedor —dijo Macdonald—. Las jóvenes sirvientas de los últimos años del siglo XIX conseguían la paga de 12 libras al año por el privilegio de trabajar en una casa como ésta.

—Y se proclama que la era victoriana fue la dorada edad de la prosperidad y de la felicidad —dijo Reeves mientras entrometía su curiosa nariz en la «carbonera y otras maravillas»—. Una cosa tengo que decir sobre los inquilinos que ocuparon esta morada de bienaventurados, y es que no dejaron muchos desperdicios tras ellos.

—Lo dejaron bien barrido, ya que no adornado —murmuró Macdonald —. Uno de los beneficios que esta guerra ha otorgado a la humanidad sufriente… es que ha liquidado los restos de una centuria. Apenas una bagatela, por trivial que parezca, no es desdeñable para un mercader de desechos; papeles, trapos, botellas, huesos, cajas…, es decir, los pingajos inmortales: borlas de polvo, polveras, remiendos, biblias, cartas de amor…

—¿Cuánto tiempo le parece a usted que hace que no ha sido abierta esta puerta? —preguntó Reeves estudiando la puerta trasera, que ostentaba dos fuertes cerrojos, una pesada cadena y una llave descomunal.

—A juzgar por la hiedra de afuera, por lo menos dos primaveras —dijo Macdonald—. Quienquiera que viniera a esta casa, entró por la puerta principal y salió por el mismo camino.

—En otras palabras, poseía la llave —dijo Reeves.

—No es imprescindible —replicó Macdonald—. Pudieron ser recibidos por otros, o encontrar la puerta abierta. Bien, habiendo visto la exposición completa (una residencia de época casi sin muebles), ¿quiere usted aventurar un cálculo aproximado sobre la fortuna actual del señor Folliner?

Reeves se volvió y estudió el semblante impenetrable de Macdonald.

—Ya hice mis suposiciones —respondió—. Ahora me gustaría ocuparme del señor Stort. Quisiera saber por qué su amiga convirtió en un estercolero esas pinturas murales.

—Muy bien. Siga con eso y avise si necesita ayuda. ¿Por dónde piensa comenzar?

—Por el terror sagrado de la avenida Sedgemoor… ¡la dama del rastrillo! ¿Rosas de Navidad dijo usted que eran aquellas flores? Siempre creo en la eficacia de mostrar un interés inteligente.

—Muy buen principio, pero no lo exagere. A los jardineros les gusta hacer preguntas. ¡Buena suerte!

9

1

Cuando Reeves le dejó, Macdonald, mientras observaba su itinerario de trenes, pensó que todavía le quedaban una o dos horas, las cuales podía dedicar al asunto de Listelle. Reeves andaba sobre la misma pista, aunque Stort era su objetivo inmediato. Macdonald pensaba que podía haber una posibilidad, muy remota desde luego, de que si Stort y Listelle habían vuelto por las inmediaciones del estudio, este último podía haber hecho una visita a su antigua guarida del «Dragón Verde». Más de una vez le había sucedido que algún perseguido, de quien se sospechaba que volvería por su vecindario, había entrado a tomar una copa en la taberna de costumbre. La tentación de hacer eso, en ciertos casos, parece irresistible, como si la vieja costumbre de «entrar a tomar otra copita» fuera más poderosa que toda cautela. Ya se habían hecho averiguaciones en «El Perro Manchado», que quedaba más a mano, pero sin resultado.

Por lo avanzado de la tarde, pensó que no era hora propicia para acercarse a una taberna con idea de obtener informes; pero Macdonald, que ya había caminado hasta la calle Alta, y había encontrado la callejuela corta donde estaba situado «El Dragón Verde», se dirigió hacia la puerta lateral de la casa y tocó el timbre. Abrió la puerta una señora de cabello gris, robusta y de cara placentera, vestida con un traje de época de satén negro, el amplio pecho adornado con cadenas de oro, medallón y un enorme broche con un camafeo.

Su cabello gris estaba peinado con relleno y sujeto con peinetas tachonadas de diamantes, y, en conjunto, su aspecto era una muestra perfecta de habilidad. Era un cuadro de los primeros años del mil novecientos. A Macdonald le agradó a primera vista. Antes de que pudiera hablar, se dirigió a él en tono de reproche.

—No puedo hacer nada, querido. Ya se lo he dicho antes. No es cosa de que se acostumbre usted a venir a molestarme en esa forma. Tiene que conseguir el turno a su hora, como todos los demás.

—Perfectamente, pero yo no he venido a molestarla por eso —repuso Macdonald alegremente.

—¡Señor! —replicó ella—. Le he tomado a usted por otro muchacho. Siempre me acosa. Me parece tonto, y por eso me enojo cuando viene a molestarme por la puerta lateral. Me van a dar un disgusto…, es una broma pesada, pero no hay nada peor que eso. Ahora, dígame: ¿qué es lo que quiere usted, joven?

—¿Es usted la propietaria?

—Sí. Yo y mi chico Jem, que me ayuda desde que mi viejo se fue para casa. —Contemplaba a Macdonald con sus perspicaces y cansados ojos azules—. Si es que no anda usted detrás de una botella de whisky…, y parece que es demasiado sensato para eso, usted es uno de la secreta. ¿No es así? No lo digo con ánimo de ofenderle.

—Ni yo lo tomo así, de ninguna manera. Está usted en lo cierto. No se trata de molestarla a usted para nada. Estoy haciendo algunas averiguaciones acerca de un hombre que solía venir por aquí a jugar a los dardos. ¿Puede usted disponer de unos minutos para charlar?

—Pase —respondió ella en seguida—. No me gusta mucho tener a la policía en mi casa, compréndalo; pero parece usted una persona agradable. El primero a la derecha, y cuidado con el gato.

A través de una arcada con cortinas de abalorios, Macdonald pasó a un pasillo estrecho y entró en un recibidor que era el marco perfecto para la señora Blossom, la propietaria de «El Dragón Verde». Desde la araña del candelabro hasta las flores de conchas que había sobre la repisa de la chimenea, en la oscura, recargada y reducida habitación, existía un anacronismo único. Las paredes floreadas estaban sobrecargadas con pinturas de marcos gruesos, ampliaciones de fotografías, pasajes de las Sagradas Escrituras y grabados de tapas de revistas antiguas. En una rápida ojeada, Macdonald vio a Wellington reunido con Blucher, Cherry Ripe, Bubbles, Shoeing, el Bay Mare, y la coronación de la reina Victoria. Sobre una mesa había una Biblia familiar y una pila de álbumes sombreados por plantas y flanqueados por cajas adornadas con conchas.

La señora de Blossom cerró la puerta, se sentó con todo decoro en una butaca de brillante crin negra, y ofreció otra a Macdonald.

—¿Dardos? —preguntó—. ¿Es que anda usted detrás de Listelle?

—Precisamente —replicó Macdonald.

—Se lo advertí a mi Jem, «Me llama la atención», le dije, y él contestó que no me extrañara de nada. «Como si usted no supiera nada de él, mamá», me dijo. «Y si él vivió un tiempo en aquel estudio, no tiene nada que ver con nosotros». Pero uno no puede dejar de sentir curiosidad ahora, ¿verdad?, siendo la naturaleza humana como es.

—Claro que usted no puede dejar de sentir curiosidad —convino Macdonald—, y mi trabajo sería mucho más difícil si las gentes no se interesaran por sus semejantes.

—Eso es, jovencito —convino ella—. La vida sería muy aburrida si todos no pensáramos más que en nuestros propios asuntos. No es que yo sea una entrometida. No ando chismorreando…, no apuesto por esto y por lo otro, no sería bueno para los negocios…, pero me tomo algún interés, llamémosle así. Y tengo facilidad para pasar revista a la gente. He servido en un bar desde que era una muchachita…, y si esto no es un buen entrenamiento para entender la naturaleza humana, no sé qué puede serlo.

—Tiene muchísima razón —manifestó Macdonald—. Debe de tener usted un juicio muy perspicaz acerca de la naturaleza humana. ¿Qué me puede decir del señor Listelle?

—Por un lado, es demasiado listo; por otro, una porquería —respondió sin vacilar—. ¿Conversación? ¡Tenía en suspenso a los clientes del bar durante horas, sólo con su modo de hablar, con sus historias! ¡Caramba! Pero yo le echaba cuando se ponía demasiado pesado: sabía que no se podía tomar libertades estando yo detrás de la barra. Luego, jugaba a los dardos que era una maravilla…, poseía verdadera destreza, la mano y la vista perfectas. Tenía la habilidad de las manos de un prestidigitador. Había trabajado en un circo cuando era joven…, todavía conservaba la destreza; y, bueno, mire usted, inteligente como un mono, y, sin embargo, no tenía nunca un centavo. Tenía palique para toda la vida; pero cuando vinieron los bombardeos se achicó por completo. Estaba muerto de miedo y salió huyendo. No puedo soportar a los gallinas, y así se lo dije sin rodeos.

—¿Le volvió usted a ver, después de que se marchara de Londres en 1940?

—¡Dios mío! Claro que sí. Siempre se daba una vuelta por aquí. En el verano del 41 vino una tarde. «¿Así que todavía está usted viva?», preguntó. «Lo estoy; pero no gracias a usted, por cierto», le dije. «¿Qué hizo para ayudar a vencer a ese Hitler?». Me contó una larga historia. Vivió con una caravana en alguna parte cerca de Brighton; luego, consiguió un trabajo en Eastbourne, y entonces empaquetó sus cosas y se largó para Bournemouth. Luego, él y su amigo, el artista, alquilaron una casa en el campo, pero no lo pudo soportar mucho tiempo. El campo le deprimía. La última vez que pasó por aquí fue el verano pasado; consiguió una cama en casa de un compañero que conocía en Grey’s Buildings, aquí mismo, a la vuelta; debió de haber un bombardeo la misma noche que regresó. No lo que se llama un verdadero bombardeo, como para levantarme, sólo sirenas y un poco de tiroteo, pero incluso eso le aterrorizaba. Se marchó otra vez, y desde entonces no le he vuelto a ver. Me choca, sin embargo. Él solía vivir en aquel estudio, y había oído decir que el viejo de la puerta de al lado tenía un montón de dinero…, uno no puede dejar de extrañarse…

—No cabe duda —asintió Macdonald—. ¿Vio usted alguna vez al hombre que compartía el estudio con él… a Stort?

—No. No le vi nunca. Sin embargo, el señor Listelle hablaba de él. Esos artistas son gente extraña. Le diré a usted lo que pienso. El señor Listelle tenía algo de acróbata. Trepaba por cualquier parte con facilidad. Le he visto dar volteretas como un mono en mi bar. Le eché por eso, también. La verdad es que no me gustaba, y me hacía reír mucho.

—¿Tiene usted idea de dónde pudo haber ido cuando se marchó de Londres la última vez?

—No —dijo moviendo la cabeza—. No volví a oír hablar más de él. Bert Brewer puede que lo sepa. Vive en Grey’s Buildings; solía venir por aquí, pero ahora ha conseguido su pensión, tiene una hija en la fábrica de municiones y ya no trabaja.



—Perfectamente. Iré a dar una vuelta para intentar convencerle de que me cuente algo. ¿Sabe usted algo de lo que hacía Listelle para vivir?

—Sabía salir adelante: concertaba partidos de fútbol, apostaba en las carreras de galgos…, sacaba un buen bocado en esto; y una vez o dos consiguió trabajar a comisión, vendiendo algo. Trató de colocar parte de su mercancía en este bar… siempre alguna basura… ¡Dios mío! Corren por ahí cientos como él; hay que conocerlos. Nunca hacen un trabajo honesto y estable; sólo de pasada hacen algo.

—¿No le ha oído usted a nadie nombrarle desde que le vio por última

vez? Deseo saber si le han visto rondar últimamente por aquí.

—Si fuera así, habría oído decir algo; es maravilloso cómo corren las noticias. Le diré a usted una cosa… dondequiera que esté Listelle, le verán en algún bar de las cercanías. No puede vivir sin tomar una copa. Es un enigma para mí saber cómo encuentran dinero para eso, en estos tiempos.

Pocos minutos más tarde, Macdonald se despidió, agradeciendo a la señora Blossom su amable cortesía, a lo cual la charlatana señora respondió:

—Usted será siempre bienvenido. He pasado un buen rato con la charla. Entre cualquier día cuando pase por aquí; ya sabe dónde tiene su casa.

2

Macdonald se dirigió con paso reposado a Grey’s Buildings, «aquí mismo, a la vuelta», como le había indicado la señora Blossom.

Iba considerando, como ejercicio mental, una teoría de su propia invención (una teoría que abarcaba todas las pruebas), pero necesitaba, antes de exponerla ante las autoridades, una buena cantidad de hechos concretos para poderla fundamentar. Como le ocurría con frecuencia durante una investigación, Macdonald parecía encontrar casualmente «demostraciones al margen», que sólo tenían valor de entretenimientos, aparte de los informes que recogía al paso. La señora Blossom, por la forma en que le había recibido, era precisamente una de esas demostraciones al margen, y lo que en ella había recogido animó las meditaciones de Macdonald durante muchos ratos de ocio; pero, además de todo esto, quedaba el retrato de rara vitalidad que le había hecho de Listelle… Inteligente como un mono, y, sin embargo, nunca tenía un céntimo. Había estado en el circo y todavía conservaba sus habilidades… un poco acróbata, trepaba por cualquier parte… sabía cómo salir adelante…, no podía vivir sin tomar una copa.

Durante el trayecto, Macdonald reflexionaba acerca de cómo iba a dar el paso siguiente. Dependía de Bert Brewer. Si Bert era digno de confianza, sería posible acercársele directamente; si Bert tenía el aspecto de un tipo retorcido, sería necesario andar con cautela. Macdonald sentía más ansia que nunca por conocer a Listelle, y descubrir algo de sus asociados.

Grey’s Buildings resultó ser una de aquellas hileras de casitas de los primeros años del siglo XIX que todavía existen en el viejo Hampstead; viviendas pequeñas de dos pisos, todas en fila, con jardines al frente sin separaciones entre sí. Cada casita tiene su sendero pavimentado, y, aun en enero, puede uno darse cuenta de que los propietarios están orgullosos de sus jardines. Macdonald llamó a la puerta de la última casita, y pronto se encontró bajando la vista hacia un viejecillo diminuto, de cara arrugada y simpáticos ojos azules.

—¿El señor Brewer?

—Soy yo. Si es trabajo de jardinería lo que quiere hacer usted, le digo desde ahora que no puedo servirle. Con mi reumatismo en la articulación de la rodilla ya no puedo. Lo siento, pero no puedo hacer nada.

—Bueno, si es así, no vale la pena pedírselo —replicó Macdonald. En seguida adivinó que, aunque el señor Brewer no deseaba servirle en cuanto a jardinería, no se opondría a charlar un rato. Todos sus rasgos revelaban que era conversador. Macdonald se apoyó contra el quicio de la puerta y le ofreció un cigarrillo, que el anciano aceptó con alegría.

—Es difícil encontrar a alguien que tenga tiempo para echarnos una mano en estos tiempos —prosiguió Macdonald—. El reumatismo debe de ser una gran molestia para usted…, pero se las arregla para conservar su jardín en muy buen estado. Es agradable esto.

—Sí. Agradable sí es. Hace setenta y ocho años que vivo aquí, desde que vine del Este; aunque fue una lucha para pagar la renta, algunas veces. Mi esposa era una maravilla…, trabajó hasta que se murió. Estaba orgullosa de su jardín, lo mismo que yo.

Muy poco tiempo le costó a Macdonald llegar a términos amistosos con el viejo charlatán; hasta le invitó a entrar y sentarse al lado del fuego, pensando con toda seguridad que le invitaría a una copita. «El Dragón Verde» fue pronto el tema de la conversación, y Macdonald llevó a Brewer como de la mano, hasta que le hizo mencionar a Listelle por su propia iniciativa. Parecía que Listelle, más de una vez, le había indicado quién ganaría en las carreras. Macdonald era demasiado juicioso para preguntarle cuántos chelines se le habrían ido a causa de los ganadores fracasados. Como por casualidad, el astuto inspector jefe pudo introducir en la conversación que no sólo había conocido a Listelle, sino que tenía muchos deseos de volverle a ver. Ya entonces, la conversación se deslizaba en tal forma que el viejo Bert Brewer no se había dado cuenta en absoluto de que su amable visitante le había conducido adonde quería; y el viejo prosiguió con locuacidad, excesivamente ansioso por continuar:

—Vino y pasó aquí la noche, porque yo le había dicho que podía ofrecerle una cama, que improvisaría, y que sería bienvenido; durmió en aquel sofá, pero sus nervios no pudieron soportar las detonaciones. Se fue por la mañana. ¿Adónde me dijo que se iba?

El viejo estaba seguro de que Listelle le había hablado de su punto de destino.

—¿Lo sabía su hija? —preguntó Macdonald, pero el viejo negó con la cabeza.

—No. Ella no podía soportarle. No se sentaba en la habitación donde estaba él. ¿Pero dónde era? Una casa de campo que había conseguido en alguna parte; no tenía que pagar renta, sólo tenía que vigilar un poco la casa y hacer algún trabajo en el jardín. ¡Dios mío, él haciendo de jardinero! No era capaz de distinguir una azada de un rastrillo. Era en el campo, pero no lejos de una ciudad y de un hipódromo. Mencionó ese lugar. No era cerca del mar. No podía soportar el mar.

—Bueno, esto es algo para comenzar —dijo Macdonald—. Veamos los lugares en que hay carreras de caballos: Newmarket, Ascot, Epson, Doncaster, Gatwick, Lewes, Newbury… —Se detuvo aquí porque pareció que el viejo, al oír este nombre, reaccionaba—. ¿Es éste? Newbury de Berkshire queda muy distante del mar.

—Newbury, Newbury —murmuró el viejo Brewer—. Creo que es éste. Newbury. Sí, sí. Dijo que quedaba a unos cuantos kilómetros de distancia. Yo le diré…, su casa estaba en un pueblo que los carboneros solían atravesar al ir a las carreras, y había una gran residencia por aquellos alrededores, donde vivía un duque que convirtió su casa en un hospital. Hubo caballerizas allí, alguna vez. ¿Cómo se llama? No puedo recordar el nombre del pueblo, pero creo que no lo he hecho tan mal.

—Ya ha hecho usted bastante —dijo Macdonald—; si encuentro al señor Listelle le daré recuerdos de su parte.

Una sonrisa inundó la cara de Bert Brewer:

—Sí, señor; puede decirle que me debe cinco chelines. Le aposté que Destello Dorado…, éste es un buen perro, vaya si lo es…, ganaría en el Reading Stadium, y así fue. Gané siete y seis con Destello Dorado, y si le sacara esos cinco chelines al señor Listelle, creo que le convidaría.

—Bueno, ¿qué dice si yo le doy los cinco chelines y luego se los cobro al señor Listelle cuando le vea? —dijo Macdonald.

El viejo Brewer estaba encantado.

—Muchas gracias por su amabilidad, señor —dijo con tono feliz—, le quedo sumamente agradecido.

Macdonald se puso de pie como para irse, y luego añadió como si se le ocurriera otra cosa a última hora:

—¿Le oyó usted alguna vez a Listelle decir que jugaba al ajedrez? Soy muy aficionado a ese juego y me pregunto si le habré conocido casualmente ante un tablero de ajedrez.

—¿Ajedrez? No. A las damas o al dominó, sí le he visto jugar; al ajedrez, nunca. Recuerdo haberle oído decir que sólo pensar en el ajedrez le daba dolor de cabeza. Tenía un amigo…, el compañero con quien vivía…, que solía jugar al ajedrez horas y horas, como hacen ellos, sin apartar la vista del tablero. Demasiado lento para nuestro Listelle. A él le gustaba algo más dinámico.

—Sí, no es un juego para todos —convino Macdonald—. ¿Y qué ha sido del hombre que vivía con él? ¿Le sigue viendo?

—No, no que yo sepa. Era un artista. Muy inteligente, creo. Se fue cuando comenzaron los bombardeos; los dos salieron juntos de Londres y se marcharon al campo. Me pareció una tontería. No les gustaba vivir en el campo, no tenían ninguna aptitud en ese sentido. El campo está muy bien para los que están acostumbrados a él, pero si uno se pasa toda la vida en la ciudad, el campo no hace más que producirle neurastenia.

—¿Así que usted no cree que Listelle se quedara en esa casita del camino de Newbury?

—No es de creer, salvo que diera la casualidad de que tuviera alguna taberna a mano…; pero ¿de qué sirve una taberna si uno no tiene dinero? La cerveza tiene un precio prohibitivo en estos tiempos. Sería un pecado. Sin embargo, ocurre lo siguiente: Si se hubiera ido de esa casa para volver a Londres, juraría que habría venido a verme. Y le voy a decir a usted por qué: a él le gustaba lo que no cuesta, y yo le dije que podía venir a pasar una noche aquí si quería. Me hace reír, y me parece que vale la pena soportar algunas de sus inconveniencias, si me proporciona un rato agradable.

Macdonald asintió. Mirando alrededor de la pequeña habitación pasada de moda, preguntó:

—¿No ha comprado usted una radio, señor Brewer?

—No, señor. Me aburren soberanamente. Me voy a dormir siempre que la ponen. Soy un poquito duro de oído, y no le encuentro ningún sentido.

—¿Le gusta leer los periódicos?

—No, sólo para ver los ganadores; y el vecino de al lado, el señor

Spragge, tiene la amabilidad de decírmelos. No tengo madera de letrado.

Me cuesta mucho leer, y mis ojos ya no son lo que eran.

Pocos minutos más tarde, cuando Macdonald se despidió para irse, el señor Brewer daba cabezadas al lado del fuego, murmurando a intervalos:

—Gracias por su amabilidad.

3

Macdonald regresó apresuradamente a Hollyberry Hill, e hizo una llamada telefónica por el camino a la oficina principal. Si se podía fiar de la memoria del señor Brewer, y si Listelle y su casa de campo estaban en el distrito de Newbury, había que transmitir bastantes instrucciones a la Policía del distrito. Las entrevistas con la señora de Blossom y con Bert Brewer podían no llegar a tener importancia como tantas otras… pérdidas de tiempo, desde el punto de vista de un detective, pero Macdonald era un hombre paciente. Muchas veces había basado un caso en fragmentos sueltos, recogidos de conversaciones que parecían inútiles. En el caso presente, estaba tratando de completar una teoría reuniendo posibilidades. «Hacen falta cosas de todo tipo para crear un mundo», decía un viejo adagio, y Macdonald encontraba que esas mismas palabras podían aplicarse a cualquiera de sus casos. Cosas de todo tipo…, hombres tan diversos como el viejo Brewer y el joven Mackellon, Listelle y Robert Cavenish; mujeres tan varias como Rosanne Manaton, las señoras de Tubbs y de Blossom. De los contactos casuales con gentes sin relación alguna aparente, el inspector jefe construyó una teoría, y en el proceso, como dijo alguien de él una vez, «asesinó la imposibilidad, haciendo de lo imposible un trabajo sencillo».

10

1

A la hora del té del día siguiente al de la interrumpida reunión en el estudio, Rosanne Manaton estaba comenzando a dar muestras de tener los nervios de punta, cosa poco común en quien el dominio propio, por habitual, constituía una segunda naturaleza. Al levantar una taza con su platito para ponerla en el estante, su mano tropezó en el borde y la preciosa taza se estrelló en mil pedazos contra el suelo.

—¡Maldición! —exclamó con energía y sin pizca de vergüenza; luego tuvo que morderse los labios para no llorar—. Domínate, no seas burra — se dijo.

Las últimas dieciocho horas habían estado llenas de tensión. Después de dejar Macdonald el estudio la noche anterior, Bruce Manaton se había negado a irse a la cama. Rosanne subió a su dormitorio de la galería, pero no fue capaz de dormir al darse cuenta de que su hermano paseaba sin descanso por el estudio. Bruce no apagó la luz hasta las tres de la madrugada, y Rosanne se mantuvo hasta entonces despierta creyendo oír ruidos abajo.

Por la mañana, Bruce estaba profundamente dormido, y no quiso levantarse hasta cerca del mediodía; así que Rosanne no pudo arreglar el estudio. Después de comer tarde y mal, Rosanne le indicó a Bruce que debería salir y dejarle tiempo para arreglar el estudio. Él se negó a hacerlo, mientras vagaba incansable de aquí para allá, e interrumpió a Rosanne, sin dejarle hacer nada.

Al cabo de un rato, se le metió a Bruce en la cabeza empezar a revolver un cajón que contenía herramientas viejas y materiales de trabajo: un revoltijo de tubos de pintura antiguos, brochas y carboncillos, utensilios para grabar en madera, bloques, tintas de imprimir, colores en pasta y en polvo, y todo el heterogéneo arsenal de trastos reunido por un artífice. Bruce Manaton era lo más descuidado en sus costumbres que se pueda imaginar y lo desordenaba todo en un momento. Si empezaba a buscar cualquier material, libros, telas o papeles, el resultado era siempre el mismo: una caótica confusión. Rosanne era una criatura cuidadosa y activa, que se pasaba la vida trabajando para restablecer el orden en las cosas de su hermano… y sin duda era una ingrata tarea. Al verle enfrascarse en el viejo cajón, Rosanne le llamó desde el otro lado del estudio:

—¿Te puedo ayudar en algo, Bruce? Entre esos bártulos casi no hay más que cosas para tirar; se lo podríamos dar al Ejército de Salvación.

—Que el diablo se lleve al Ejército de Salvación; no quiero que se tire ninguno de mis cachivaches, ahora las materias primas son bastante difíciles de conseguir. ¡Al infierno!… ¿Qué es esto?

«Esto» era una caja de polvos de color rojo, uno de esos desagradables magentas vivos, derivados de las anilinas por la química moderna. Se desfondó la caja, y una columna de polvo se volcó sobre la confusión del cajón y sobre los pantalones de franela de Bruce Manaton, sobre sus manos y el suelo.

—¡Al infierno! —murmuró otra vez.

—¡Oh, por Dios, deja eso; déjame limpiarlo! —gritó Rosanne—. Vas a ensuciarlo todo si no tienes cuidado, y esa mancha no sale. Es un color asqueroso.

—Es un color maldito pero bonísimo; tiene algo que suelta patadas — replicó Bruce, y Rosanne se rió.

—Tus pantalones darán fe de esas patadas durante el resto de su existencia —dijo ella—. Supongo que querrás quitártelos. Sal y sacúdelos en el jardín, a ver si se les va bien el polvo. No quiero lavar, ya lo sabes; esto déjamelo a mí. Voy a barrerlo. Si le cae un poco de agua encima estamos listos; hay aquí polvo suficiente para ensuciar el piso entero.

Puedo tolerar algunas colores, pero éste no.

Bruce salió, dejando un rastro del penetrante polvo al moverse, y Rosanne trajo una escoba de retama y se puso a limpiar con ahínco el odiado color. Cerró el cajón con llave, decidida a entendérselas con su contenido cualquier día. Cuando volvió su hermano, le dijo:

—¿Por qué no sigues con el retrato del cardenal? Puedes vestir el maniquí; Delaunier dejó su traje aquí. No te queda mucho tiempo si quieres terminarlo para la exposición de febrero.

—Maldito sea el retrato del cardenal. Te digo que estoy harto de esa patochada. No es bueno, nunca será bueno. No es un cuadro, no es más que un pésimo alarde de ilustración. Detesto pensar en él.

Rosanne no respondió en seguida. Terminó de barrer, recogió la caja de polvo y la vació en la estufa; luego se fue hasta el caballete y lo colocó de manera que la luz diera en el dibujo al carbón.

—Estás equivocado —le dijo sosegadamente—. Es un buen trabajo…, uno de los mejores que te he visto hacer. Si fuera un simple borrón me daría cuenta. Tiene fuerza, y los planos están bien logrados. Si no sigues con él, serás tonto.

Dejó el lienzo, fue hacia su mesa y encontró un cigarrillo, que encendió; luego se sentó en el borde de la mesa. En ese momento pasó Reeves por fuera.

—Otra vez esos condenados policías… —murmuró Bruce Manaton—, están visitando con demasiada frecuencia este lugar.

—¡Oh, no te preocupes por la Policía! —gritó Rosanne desdeñosamente—. ¿Qué nos importa? Sea lo que fuere lo que sucedió… no habiendo sido aquí… no tiene nada que ver con nosotros, ¿no es cierto? ¿No estabas aquí dentro, dibujando a Delaunier, cuando fue asesinado el viejo?

Bruce Manaton se giró con rapidez.

—Si dijeras que tú estabas dentro también, Rosanne, no habría nada de qué preocuparse. ¡Oh, diablos! Tienes una buena opinión de mí, ¿verdad?

Crees que me importa un bledo, tú o cualquier otro.

Rosanne estaba sentada, muy tranquila, observándole.

—¿No creerás, por casualidad, que lo hice yo, Bruce?

Él se acercó a ella y le puso las manos en los hombros.



—No, querida mía. No estoy tan loco. Puedo ser un corrompido, Rosanne, y un derrochón…, puedo consentir que trabajes por mí, y que te disgustes por mí…, pero me doy cuenta. Oh, querida mía, me doy cuenta. ¿Crees que me gusta verte trabajar como una asistenta, y privarte de todo lo que necesitas, sólo para apartarme del arroyo, al que pertenezco? Tú eres digna de algo bueno. Yo no. Si no fuera por mí, habrías sido algo en tu vida.

Rosanne, al darse cuenta de que estaba temblando, se apartó de la mesa y se libró de la garra de él. Trató de responder con ligereza.

—Bruce, yo creo que hay algo morboso en esta atmósfera. ¿Qué es lo que nos ha vuelto a todos tan desatinados para que nos estemos atacando uno al otro? ¿La Policía ante la ventana? —Se rió, un poco conmovida, y añadió—: Tú y yo no necesitamos entregarnos a muchas muestras de afecto. Nos comprendemos los dos bastante bien, sin necesidad de todo eso. A mí me importa un comino tener a la Policía frente la ventana, Bruce. Lo que me preocupa es tener chamarileros dentro, como sucedía antes… ¿No puedes seguir con ese retrato? Yo creo que se venderá, va a ser una estridente y magnífica pincelada púrpura, como el Zuavo de Van Gogh. Hay algo en el dibujo que llama la atención. Es mucho más fino que un retrato de Delaunier. Oh, sigue con él.

Bruce Manaton, a tientas, cogió de la mesa el último cigarrillo de Rosanne.

—De acuerdo, Rosanne, seguiré con él. ¡Y que Dios nos permita, cuando esta maldita guerra termine, salir de este país de la niebla y volver a Italia, al sol! ¡Cómo detesto esta asquerosa niebla, este lodo y hollín, esta suciedad pardusca!

—Mira tus manos. Bruce; suciedad, pero no pardusca; manchas, pero no hollín. Querido, te he advertido que el polvo rojo manchaba mucho.

Bruce Manaton se contempló las manos: estaban pegajosas con el sudor, y la pintura en polvo había teñido sus palmas de un rojo cereza.

—«Si fueran los mares todos de color carne» —citó él, y Rosanne se volvió a reír.

—«Vete, lava ese inmundo testigo de tus manos» —citó ella a su vez —; o, si lo prefieres, «deja que todos los hombres me den su mano ensangrentada; primero la tuya, Catulo; ahora, Cayo Casca, la tuya».

—¡Oh, por Dios! —gritó Manaton.

—No seas asno —le advirtió al instante Rosanne—. Normalmente te gusta recitar. Voy a hacer un poco de té. Tendrás que tomarlo sin azúcar, porque te lo has acabado todo ya. Tengo que salir a hacer algunas compras, pero primero tomaremos el té.

Entró en la «cocina-baño», puso la olla en el fuego, y cuando estaba preparando los cacharros para el té, se le cayó la taza.

—¿Qué has hecho? —preguntó Bruce, después de mirarla un momento.

—He hecho añicos la taza más bonita que tenía. Ahora ya no nos quedan más que tres, y una no tiene asa. ¡Qué vida! Vete y sigue con tu trabajo. Bruce, déjame sola.

Él salió y cerró la puerta, y Rosanne esperó a que hirviera la olla. Mientras tanto, bajó una lata del estante y la abrió. Era un especiero antiguo que contenía cajitas para guardar clavo y jengibre, canela y nuez moscada, hojas de laurel y granos de pimienta. Rosanne la utilizaba ahora para esconder el dinero. Bruce todavía no la había descubierto. Ella sabía, por amarga experiencia, que si su hermano se enteraba de dónde guardaba su dinero «se lo pediría prestado», como había tomado prestado su último cigarrillo. Había cinco billetes de una libra en la latita del clavo, uno de diez chelines en la de nuez moscada y cinco chelines y seis peniques en la de canela. Sacó dos billetes de una libra, se los metió en el bolsillo, y volvió a colocar la lata en su sitio.

Justo cuando la olla hervía, oyó Rosanne voces en el estudio, y ladeó la cabeza para escuchar; luego se oyó un portazo y hubo otro silencio. Con la bandeja de té en las manos, Rosanne entró en el estudio.

—¿Era la voz de Delaunier? —le preguntó a su hermano.

—Sí —asintió éste—. Quería venir a posar pero no le necesito. No sé por qué, pero su visita me produce repugnancia. Está tan condenadamente poseído de sí mismo…

—Eres un asno, ¿no es cierto? —replicó Rosanne—. La luz será aún muy buena durante una hora; estás preparado para pintar, vuelve tu modelo… y sales ahora diciendo que te repugna verle.

—Bueno, así es. No te preocupes, Rosanne, seguiré con el fondo. Tengo una idea para él: una sombra oscura con una cruz luminosa en una esquina. Descubrí un efecto interesante cuando tenías abierta la puerta de la cocina ayer noche.

—¿De veras? Y me echaste maldiciones por haber abierto esa puerta. Esto, querido, es té chino, y los últimos bizcochos Romilly que quedan en el mundo, así que hazles los honores debidamente.

—¡Virgen María! ¿Cómo has conseguido té chino?

—Lo tenía reservado. Betty Mountjoy me dio un poco hace meses, auténtico «God Lap San Suchong». Lo guardé como un tesoro para un caso imprevisto, y, en cierto modo, hoy me parece justificado tomar un poco. Todo parece nublarse y creo que una taza de té decente puede levantarnos el ánimo a los dos. Es una lástima que no esté Robert Cavenish, él sabe apreciar el té chino.

—¿Cavenish? —el rostro moreno de Bruce Manaton volvió a sus cavilaciones—. Te gusta, ¿no es cierto, Rosanne?

—Sí, me gusta. Tiene sensibilidad, es veraz y bueno y no se somete a la voluntad de nadie; no es tampoco persona de ideas rutinarias y mezquinas. ¿Sabes que escribe buenos versos, Bruce? No le digas que yo te lo he dicho, pero Cavenish es un poeta ignorado. ¿No es un poco conmovedor? Trabaja todo el día en los informes del gobierno en el Home Office, y es capaz de escribir luego poesías que se pueden comparar con las de T. S. Eliot.

—¿Cavenish? ¡Santo Dios! Sé que es un buen jugador de ajedrez…, ¡pero poeta! Supongo que serás la única persona en el mundo que lo sabe. ¿Por qué no te casas con él, Rosanne?

—Porque: a) él no me lo ha pedido; b) yo no querría aunque él quisiera. No sirvo para casada. Si hubiera querido casarme, ya podría haberlo hecho. ¿Quieres un poco más de té?

Bruce empujó su taza.

—Yo tengo la culpa de todo —dijo ásperamente.

—No te lisonjees —replicó Rosanne—. Discurro por cuenta propia. ¡Cielos! ¿Qué es eso? ¿Vuelve Delaunier? Si es así, voy a decirle que se quede a posar, y tú seguirás con ese cuadro con repugnancia o sin ella.

2

No era Delaunier. Cuando Rosanne abrió la puerta del estudio apareció Macdonald. Era bastante gracioso que el primer pensamiento que le pasó por el cerebro fue: «¡Qué limpio parece!». Macdonald, alto, arreglado, con un traje oscuro bien cortado, cuello inmaculado y corbata negra, producía un chocante contraste con Bruce Manaton, que no se había afeitado aquella mañana.

—Es usted el inspector jefe, ¿no es cierto? ¿Quiere ver a mi hermano? Entre.

Acompañado desde la puerta por Rosanne, Macdonald vio el estudio a la luz del día, con su sombría miseria no suavizada por el juego de las luces y las sombras. Bruce Manaton contemplaba al hombre del Departamento de Investigación, con su mirada hostil de costumbre.

—Buenas tardes —dijo Macdonald—. Lamento tener que molestarle a usted de nuevo.

—Necesidad obliga —dijo Rosanne, y sonreía al hablar. Macdonald correspondió con otra sonrisa.

—Cuando el diablo guía —remató él su observación, añadiendo—: El diablo nos guía a todos, lo mismo a mí, a usted y el mundo entero, en esta época.

—Eso es verdad —dijo Rosanne—. ¿Le gusta el té chino? Todavía queda un poco en la tetera.

—Sí, claro que me gusta mucho —dijo Macdonald—; pero no es cortés beberse el té chino de los demás, en estos días.

—Bueno, aquí está; si le gusta, puede tomarlo. La otra taza no tiene asa, pero eso no es raro en estos tiempos. Siéntese.

Rosanne parecía tranquila, animada y oportuna, y seguía hablando mientras cruzaba el estudio para buscar la taza en la cocina. Bruce, sentado y encogido en su silla, preguntó bruscamente:

—Ese jovencito, Neil Folliner…, ¿cree usted que fue él quien hizo el disparo?

—Todavía no lo sé —replicó Macdonald—. Estamos estudiando aún todas las posibilidades.

Rosanne volvió, sirvió una taza de té y se la pasó a Macdonald.

—¿Qué le parece el estudio que está haciendo mi hermano del cardenal? —le preguntó.

Macdonald le ofreció su pitillera, y Rosanne aceptó un cigarrillo.

—Gracias. Bruce se acaba de fumar el último que me quedaba.

Taza en mano, Macdonald fue hasta el lienzo, se paró delante de él y lo estudió mientras sorbía el té con deleite.

—Es imposible para uno que no es experto —comentó al fin— interpretar el valor artístico de un trabajo como éste; yo creo que es un gran dibujo. Me parece que no solamente es un retrato muy llamativo, sino que es una composición impresionante también. Aun el diseño tiene profundidad, masa, algo más que simples líneas.

—Usted quiere decir que es tridimensional —dijo Rosanne—. Ha hecho un comentario muy atinado. Imagíneselo con el púrpura y el cereza, y la cara de cejas negras de Delaunier. ¡Le gustaría comprarlo una vez terminado!

—¡Rosanne, por favor! —protestó su hermano—. El inspector jefe no ha venido aquí para comprar un cuadro.

—Ni tampoco para tomar té chino —replicó Macdonald—; pero, una vez aceptado el té no veo por qué razón no he de disfrutar con el cuadro. No lo ha hecho usted en una sola sesión, ¿verdad? —le preguntó a Manaton.

—No, en dos. Bosquejé el conjunto, dándole las proporciones principales, el martes, y añadí los detalles, la cara y las manos, la noche pasada. ¡Maldita sea! Podría haber sido mi mejor cuadro, sólo con… ¡Bueno! ¿Qué ha venido a decirnos usted?

—Temo haber venido a servir de estorbo. Suponemos que le han robado al viejo señor Folliner. No sabemos todavía quién ha sido el asesino ni el ladrón; pero sabemos que hay tres personas que estuvieron en esa casa ayer noche, y que estuvieron también en este estudio.

—¿Quiénes son esos tres? —pidió Rosanne.

—Usted ya lo sabe. El joven Folliner, el agente especial y la señora Tubbs. Hemos registrado la casa y no hemos encontrado nada. Buscamos en el jardín y desecamos la zanja, como usted sabe; pero tampoco dio resultado.

—¿Y ahora quieren ustedes registrar el estudio? —dijo Rosanne—. Bueno, regístrenlo. Yo no tengo nada que oponer. Si encuentran ustedes escarabajos (y los encontrarán), mátenlos, por favor.

Los labios de Macdonald se contrajeron.

—No creo que mi hermana —aclaró Bruce— se refiera a los

«escarabajos disecados»[7], inspector jefe. Es demasiado bien educada.

—Estoy seguro de que lo es —replicó Macdonald—, pero me entenderé perfectamente con los escarabajos, si encuentro alguno.

—De cualquier manera no puedo comprender su idea —continuó Bruce Manaton— de efectuar un registro aquí. Ni el joven Folliner ni el de la especial tuvieron la más mínima oportunidad de ocultar nada mientras estuvieron aquí dentro. Todos les estuvimos observando, éramos cinco, y es absolutamente imposible que lo hicieran. En cuanto a la señora Tubbs…, bueno, no lo creemos.

—No hay nada como mirar los hechos cara a cara, Bruce —la voz de Rosanne era tranquila y clara—. Yo estaba fuera, en medio de la oscuridad, la noche pasada, y la llave de la puerta estaba encima de la mesa de la cocina. Por lo que a mí se refiere, digo «busquen», todo lo a fondo que sea posible. —Se volvió y miró a Macdonald—. Pero me pregunto… si yo fuera la culpable, ¿habría tenido el descaro de dejar esa llave sobre la mesa, sólo para parecer inocente?

—No lo sé —dijo Macdonald—. Me atengo principalmente a los hechos, como usted verá. Es un hecho que usted no tocó la llave desde que la señora Tubbs la tuvo en sus manos. Las impresiones que había en ella eran fragmentarias, pero muy claras. No eran huellas suyas. No soy un experto en impresiones digitales; pero la diferencia entre las rayas de sus dedos y las de la señora Tubbs es muy marcada.

—¡Que el diablo me lleve! —Había un alivio evidente en la voz de Bruce Manaton—. Y yo que quería arrojar esa maldita llave a la fosa… — siguió—, y lo hubiera hecho, si no fuera porque Rosanne no me dejó. Díganos, ¿quiere que salgamos de aquí mientras registran esto?

—No, no es necesario. Procuraremos causar las menores molestias posibles. He conseguido un auxiliar muy diestro, es una mujer; lo dejaremos todo exactamente como estaba.

—Se va a divertir usted cuando se meta con los materiales de mi hermano —dijo Rosanne—. Probablemente no tiene la menor idea de lo sucio, revuelto y confuso que resulta eso. Ahora va a descubrirlo. No estará tan limpio cuando haya terminado.

—Creo que he visto tanta suciedad, revoltijo y confusión como cualquiera en el mundo, y bastante más que usted, señorita Manaton — replicó Macdonald—. El trabajo de detective le lleva a uno a lugares extraños, la mayoría de los cuales no están limpios, ni cuidados, ni son agradables. He estado en estudios al lado de los cuales éste parece el salón de un académico. En cuanto a las cocinas… ¿ha visto usted la del número 25?

—No, gracias a Dios. No la he visto, con la habitación del viejo me bastó. Yo tengo que salir, inspector jefe; o si no, no tendremos qué cenar. Le dejaré a usted para que escudriñe bien todo el lugar. No me preocupa lo que puedan ver ustedes, aunque sería enteramente lo mismo si me preocupara. Bien lo sé.

—Una mujer detective examinará sus objetos personales, señorita Manaton, ya que ha dado usted su permiso. Ya sé que es desagradable que escudriñen nuestra intimidad, pero éste es un registro muy impersonal.

—Gracias. Comprendo lo que quiere decir, pero dudo que haya mujer alguna en el mundo que tenga menos objetos personales que yo; puede examinarlos usted mismo, por lo que a mí respecta. —Señaló la galería con la cabeza—. Ahora voy a hacer unas compras, y le dejaré a usted para que trabaje a gusto. —Se volvió hacia Bruce—. Tú también puedes seguir con ese cuadro. Se me ha ocurrido de repente que quizá llegue a ser de valor, aparte de sus posibilidades artísticas.

Se interrumpió, le hizo una inclinación de cabeza a Macdonald y salió por la puerta de la cocina. Un momento después Macdonald la vio pasar por delante de la ventana, subiéndose el cuello del abrigo.

3

Bruce Manaton estaba de pie ante su lienzo, con mirada reflexiva en sus ojos, y un profundo pliegue en la frente, que indicaba concentración. Macdonald, plantado en el centro del estudio, con las manos en los bolsillos, observaba la distribución general. Su amplia estructura, semejante a un granero, corría de este a oeste; el extremo oeste era el más próximo a la casa. El hierro acanalado del tejado estaba cubierto con algún material como amianto, ahora manchado y descolorido. La luz que procedía del norte entraba sesgada hacia el extremo este. En la parte oeste había una pequeña galería, a la que daba acceso una escalerilla; una cortina (o más bien varias cortinas de diferentes materiales) ocultaba la galería del piso: que de otra manera tendría solamente un pasamano sostenido de trecho en trecho por unas barras. La puerta de la cocina estaba en el extremo más apartado, en la esquina sudeste del estudio. La estufa, una estufa de hierro pasada de moda, estaba colocada de tal manera, que el tubo de hierro de su chimenea subía hasta el tejado, pasando por encima de la galería. Había una chimenea empotrada en la pared del lado oeste, debajo de la galería, y Macdonald adivinó, por la disposición general, que la galería había sido añadida algún tiempo después de terminada la obra general, y que la estufa de hierro hacía inútil la chimenea original. En el espacio que quedaba debajo de la galería había un sofá-cama y una cómoda con cajones, así como cierto número de cajas, caballetes viejos, lienzos, marcos de cuadros, una pequeña prensa de imprimir, carpetas para guardar dibujos, y montones de libros, la mayoría apilados en el suelo contra la pared. La puerta del estudio que daba a la calle en el rincón noroeste, debajo de la galería, y tenía un biombo y una cortina para ajustarse a las normas del oscurecimiento.

Macdonald se fijó con rapidez en la disposición del conjunto, comprobando la impresión que había obtenido la noche anterior, cuando la diferente iluminación había hecho que el lugar le pareciera más grande y misterioso. Ahora, a la luz gris del atardecer, el estudio parecía tenebroso y sórdido.




—¿Qué habrá querido decir?

Bruce Manaton todavía estaba de pie, examinando su lienzo, y Macdonald volvió a la cuestión, tratando de adivinar a qué se refería la última observación que hizo Rosanne al marcharse.

—Supongo que su hermana quería decir que su cuadro iba a adquirir un valor sensacional, por decirlo así —deslizó Macdonald—. No es frecuente que un pintor y su modelo sean llamados como testigos en un proceso por asesinato. Si no fuera por la guerra, habría tenido usted una multitud de fotógrafos aquí, pidiéndole permiso para sacar fotografías de su lienzo, de usted y del modelo.

—Eso es lo que faltaba —dijo Bruce—. Ya detestaba yo la perspectiva de ese maldito asunto de antes, pero ahora me produce náuseas. ¡Oh, diablos!, ¿quién está ahí?

—La gente de mi departamento —dijo Macdonald—. Necesito un electricista para conseguir una luz adecuada. Salgo un minuto a darle explicaciones.

Se dirigió a la puerta y recibió a un hombre y una mujer, mientras que Bruce Manaton, de pie, les contemplaba. La mujer (una linda criatura de aspecto juicioso, vestida con un traje bien cortado y un elegante sombrero) fue directamente, ante una palabra de Macdonald, hacia los escalones que conducían a la galería, y el hombre se dirigió al extremo en que estaba la cocina.

—Quiere examinar su caja de fusibles y demás —dijo Macdonald—. No queremos fundirle todos los plomos. Se trata de lo siguiente: en un caso como éste, no deseamos perder tiempo, ni fastidiarle a usted con un registro detallado de todo. Teniendo una luz adecuada, es posible decir si las cosas han sido movidas recientemente, el polvo depositado nos dice muchas cosas. No le molestaremos revolviendo los libros, las cajas y cosas por el estilo que se vea que no han sido movidas ni abiertas hace semanas.

Un investigador experto puede determinar esto con una mirada.

Manaton asintió con la cabeza.

—Ya lo veo. A usted se le ha metido en la cabeza que alguien entró aquí y escondió algo entre mis bártulos. Bueno, tal vez no sea imposible. Es extraordinario lo poco que se da uno cuenta de los actos de otro, si no se está fijando en ellos.

—Así es. Pregúnteselo a cualquier nigromante. Su éxito depende del hecho de que poca gente pueda fijarse en más de un hecho a la vez. Mientras el electricista termina de tender un cable, ¿quiere usted decirme algo que por casualidad conozca sobre los inquilinos anteriores de este local?

—No sé nada de ellos, sólo que eran unos sucios perros miserables. Pregúntele a Rosanne. Todos los sumideros estaban atascados y había inmundicia de siglos por todas partes.

—¿Dejaron algo interesante, cuadros o algo por el estilo?

Bruce Manaton dio un bufido.

—Si hubieran dejado algún lienzo podría estarles agradecido. ¡No tiene usted idea de lo difícil que es conseguir ahora una cosa así! — Indicaba el lienzo que estaba en su caballete—. ¿Por qué le interesan a usted los últimos inquilinos? —añadió.

—Porque se me ocurre que los últimos inquilinos pueden haberse interesado por su excéntrico casero. Había varios cuadros en las paredes de una de las habitaciones del piso bajo de la casa número 25 que me han parecido interesantes. Creo que son retratos. Han sido embadurnados, pintados con grotescos brochazos.

Manaton se quedó parado, frunció la cara y meditó.

—No sé nada de ellos —dijo—. Yo no los pinté, si es eso lo que está tratando de averiguar.

—No, eso no se me había ocurrido. Por lo que de ellos queda, me atrevería a decir que están muy por debajo de su categoría. Únicamente me preguntaba si el inquilino anterior habría dejado un autorretrato por ahí tirado. Si uno de los frescos de esa casa representaba al señor Stort…, bueno, ha sido borrado con mucho cuidado, esto es todo. No se preocupe si ahora apagamos las luces, luego podemos continuar.

4

Mientras Macdonald buscaba, Bruce Manaton paseaba incansable, de un lado para otro, por el estudio, observándolo todo.

El electricista había tendido arriba un cable, y llevaba una lámpara portátil de aquí para allá, cuyo hiriente resplandor arrojaba una viva luz blanca por todos los rincones. Su rayo implacable descubría polvo y telarañas, hollín y manchas, y Manaton empezó a comprender lo que Macdonald le había dicho de qué sería capaz de decir si las cosas habían sido movidas recientemente. Si el rayo en todas partes era penetrante y revelador, así era también el trabajo de los dos agentes. Ligeros, hábiles y asombrosamente tranquilos, el inspector jefe y su ayudante «inspeccionaban» con una minuciosidad y eficacia que no permitían que se les escapara nada. Bruce Manaton cogió el tablero de dibujar y empezó a diseñar una composición con un lápiz de carpintero.

—Detectives en acción —le dijo a Macdonald—. Consigue unos efectos de luz muy extraños con ese equipo suyo: ¡Dios mío! Imagínese que yo hubiera ocultado algo en ese lugar, y tuviera que estar aquí desamparado y observando mientras usted buscaba. Y se iba acercando cada vez más. Desvariaría hasta volverme loco, loco de remate… Esa chimenea fue cegada hace años, dicho sea de paso. Con todo, fue una maldita idiotez colocar esa chimenea.

Estaba, efectivamente, condenada con una plancha de metal claveteada por todo su alrededor. Una vez realizado el registro, Macdonald se dirigió a la parte principal del estudio y contempló los bocetos de Manaton.

—¡Dios!, cómo me gustaría poder dibujar así; es inconcebible cómo lo hace usted, parece una especie de milagro.

Los bocetos representaban a Macdonald y a su ayudante registrando un rincón; sus figuras eran negras siluetas, mientras el blanco resplandor de la lámpara portátil se expresaba de algún modo por contraste con lo negro de las sombras producidas.

—Bueno, he tenido diversas experiencias en el curso de mi carrera de detective —dijo Macdonald—; pero nunca me han hecho un dibujo estando en funciones.

—Y a mí me han pasado algunas cosas raras durante el curso de mi carrera de pintor —replicó Manaton—; pero nunca he estado en mi estudio con la policía escudriñando mis cosas. Pero tenga cuidado con esa caja; hay un montón de pintura en polvo de un rojo muy virulento que se ha volcado dentro, y es de la que no sale. Creo que la mancha no desaparece nunca.

Macdonald y su ayudante no tuvieron un «trabajito fácil» en el estudio. Aparte de la confusión de los materiales de Bruce Manaton, los diferentes pertrechos estaban muy dispersos. Dos camas sin demasiada ropa, un par de mesas, media docena de sillas, cierta cantidad de porcelana y cristal y la batería de cocina: el lugar estaba amueblado con lo estrictamente necesario y nada más. La mujer detective, a la que habían enviado a la habitación de la galería para revisar el cuarto de Rosanne, apenas perdió tiempo en su tarea. Le dijo después a Macdonald:

—Todo lo que posee cabe en un maletín de fin de semana de buen tamaño. Ni libros, ni cartas, ni cuadros, ni chucherías, ni cosméticos, ni objetos de ninguna clase.

—Bien, ¿ha encontrado usted algo interesante? —le preguntó Bruce Manaton a Macdonald cuando éste hubo terminado.

—Desde el punto de vista del detective, nada —contestó.

El pintor hizo un mohín no exento de malicia, pensó Macdonald.

—La respuesta es amarga, entonces. No puedo decir que estoy encantado de haberle visto, pero sí estoy contento de que todo haya terminado, y asunto concluido. Me alegro de que mi hermana se quitara de en medio mientras estaban ustedes con el registro. A mí no me ha quedado mucho orgullo. Es un lujo sin el cual los que no tenemos un penique estamos mejor; pero Rosanne todavía no ha perdido algunos complejos burgueses. —Hizo una pausa y añadió luego—: Me gustaría decirle algo más, sólo por ser usted quien es. Ayer por la tarde, después de llevarse por la fuerza a ese pobre diablo, al soldado, en el coche celular, volvimos a hablar de todas las cosas que habían ocurrido. Yo quería que declarase que había estado aquí dentro con nosotros, durante todo el tiempo. Todos lo habríamos jurado, incluso Cavenish, con su gran sentido de la ética. Pero ella no quiso. Prefirió decir la verdad. —Se inclinó hacia Macdonald con los oscuros ojos fulgurando en sus profundas cuencas—. Si cree que Rosanne tiene algo que ver con el asesino, o el ladrón…, bueno, que Dios le ayude. Sería el tonto más sediento de sangre que jamás haya imitado a un ser inteligente.

Macdonald no se inmutó, y sus ojos grises se encontraron la furiosa mirada del otro.

—Podría aventurar otra pregunta, aunque no creo que me la conteste —dijo—. ¿Por qué está tan deseoso de que se establezca que su hermana no salió a comprobar el oscurecimiento ayer, antes de dar las nueve de la noche?

Como no esperaba que Manaton le contestara se volvió hacia la puerta añadiendo:

—En mi trabajo hay que hacer muchas cosas que se pueden considerar repugnantes, según las normas usuales de la vida. Solamente una cosa las justifica: el hecho de que los crímenes, los crímenes realizados por la bajeza, envidia, malicia y violencia, son lo más repugnante de todo. Entretanto, les agradezco a usted y a su hermana que me hayan hecho posible llevar a cabo una tarea necesaria sin protestas por su parte. Me doy cuenta de todo lo que esto implica.

Manaton dio un profundo suspiro, y tiró algo al suelo. Eran fragmentos de un lápiz que había hecho pedazos entre sus dedos.

—Espero, por Dios, que haya terminado —dijo.

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Hacía varios años que Robert Cavenish vivía en la calle alta del Bosque de San Juan, en la misma casa, que le gobernaba un competente matrimonio…, un tal señor Elliot y su mujer, dos ancianos que miraban por la casita como si fuera su propio hogar, y cuyo orgullo era que a Cavenish no le faltara ninguna comodidad.

A la tarde siguiente de la reunión en el estudio de Manaton, Ian Mackellon vino a ver a Cavenish, alrededor de las ocho y treinta. El más joven sacó un juego de ajedrez de bolsillo.

—He colocado las piezas como las dejamos la noche pasada — declaró.

Cavenish torció el gesto.

—Seguro. Se puede confiar en un escocés para recordar los detalles de un juego. No sé por qué no me hacía a la idea de continuar esa partida. Era suya, de todos modos.

Mackellon desplegó la cartera que contenía las piezas en miniatura.

—Sabe usted que tengo la rara sensación de que todo lo de anoche formaba una especie de esquema: una partida de ajedrez con piezas vivientes. —Cavenish se movió, sintiéndose incómodo en la silla.

—Puede ser, pero no puedo considerar a los seres humanos como las piezas de un tablero. Cuanto más pienso en todo aquello, más incómodo me siento.

—¿Por qué? —Mackellon disparó su brusca pregunta, y estudió luego al otro con ojos atentos. Al fin, él mismo continuó—: Desde las siete cuarenta y cinco hasta las nueve en punto de anoche, usted y yo estuvimos, uno frente al otro, ante un tablero de ajedrez: durante el mismo espacio de tiempo Manaton y Delaunier estuvieron, uno frente al otro, también a la vista, en una plataforma para modelos. —Hizo una pausa, y luego añadió —: Desearía que Rosanne hubiera estado en el estudio todo el tiempo, también; pero creo que usted tenía razón al insistir en que los hechos debían ser relatados tal y como ocurrieron y no desfigurados.

—Sí, no me arrepiento de insistir en esto: lo que me llena de inquietud es la forma en que Manaton quería desfigurar los hechos, como si… Se interrumpió, y Mackellon terminó la frase por él:

—… Como si creyera que Rosanne tenía algo que ver con el asunto.

—Ésa es… una suposición odiosa. Bien sabe Dios que yo desearía sacar a Rosanne de ese ambiente de falsedad que rodea a su hermano y a todos sus asuntos. No puedo soportar a ese Delaunier.

—¡Vamos! ¿Cómo es eso? Por medio de Delaunier entabló usted conocimiento con los Manaton. Delaunier es un jugador de ajedrez de primera categoría, aunque no es un actor de primera fila. Nunca se le ocurrió a usted detestarle hasta que le vio en contacto con Rosanne Manaton. A propósito, me sorprendería que Delaunier no viniese por aquí esta tarde, a una hora o a otra. Le he visto durante mi almuerzo; se ha dado una vuelta por mi pensión y ha estado perorando; ahora está representando el papel de detective.

Cavenish frunció el ceño.

—Ese maldito es capaz de representar cualquier papel. ¿Qué tiene que ver con eso, en todo caso?

—Ni más ni menos que cualquiera de nosotros, pero uno se interesa sin poderlo evitar. No creo tener un cerebro tan privilegiado como para borrarlo todo de mi memoria y pretender que no me interesa. Hay una cosa que me impedirá olvidar el momento en que aquel burro pretencioso, el de la especial, se lanzó de cabeza contra nosotros, arrastrando por el brazo a aquel muchachito de cara grasienta. Quedan grabadas en la mente. Usted sabe que todos estábamos convencidos de que el joven Folliner no tenía nada que ver con eso. No era más que un presentimiento, creo yo, porque estaba herido, parecía inexperto y vestía el uniforme caqui.

—El señor Delaunier, señor.

La señora Elliot abrió la puerta, y Delaunier entró en el cuarto tras ella.

—Buenas tardes, señores. ¡Vaya, conque terminando la partida! ¿Todavía dura? —y sus ojos estudiaron las piececitas de ajedrez—. Mueven las negras y dan mate en cuatro jugadas —dijo—; pero las negras no han movido aún. Las piezas están como estaban cuando dejaron ustedes la partida anoche.

Cavenish asintió con la cabeza y cerró el estuche.

—Le he entregado el juego a Mackellon.

Delaunier se rió.

—Le toca jugar a usted, ¿no? Es una equivocación. Yo seguiría esta partida, si fuera usted; y conseguiría tablas, al menos.

Mackellon sonrió; sus ojos color avellana brillaron.

—Tiene usted una buena memoria, Delaunier.

—Si, al menos en lo que al ajedrez se refiere, tengo muy buena memoria. Bueno, he estado recorriendo el escenario del crimen y han surgido muy pocos puntos interesantes nuevos. Me inclino más a creer que ese pomposo agente especial tiene la clave del asunto.

Cavenish no dijo nada, aparte de indicar una silla al lado del fuego. Mackellon se sentó en el borde de la mesa y empezó a llenar su pipa.

—¿Por qué? —exclamó con aquellos sucintos y gruesos modales suyos.

Delaunier se instaló cómodamente en la silla y encendió un cigarrillo.

—El nombre del «Caballero Especial» es Verraby… el señor Lewis Verraby. Es muy conocido en el barrio, según parece. Tiene la agradable costumbre de adquirir, lo más barato posible, terrenos para construir, para hacer una fortuna edificando casas de pisos que alquila lo más caro que puede. Esa manzana de Vernon Hill es uno de sus mayores crímenes…, una mancha en el paisaje, y tres metros y medio por seis para cada inquilino, con una renta de 120 libras al año, con calefacción y agua caliente.

—Es interesante, pero no veo que tenga conexión con el asunto —dijo Cavenish.

Delaunier se rió.

—Entonces, no será nunca detective. Todo lo concerniente y en contacto con un caso es importante. —Se interrumpió, y preguntó luego—: ¿Observó alguno de ustedes, amigos, si el agente especial o el soldado llevaban guantes ayer por la tarde?

Cavenish indicó que no con la cabeza; pero Mackellon respondió inmediatamente.

—El agente especial llevaba guantes… de piel de cerdo, con botones forrados de lana, que probablemente costarían dos guineas el par. El joven Folliner es de suponer que llevaría un par de mitones: conservaba puesto el de la mano izquierda; no llevaba el de la derecha.

—Muy bien, muy bien —dijo Delaunier—. Volviendo a la «falta de conexión» que insinúa Cavenish, hace algunos meses que el señor Verraby compró un par de casas en Hollyberry Hill, las adyacentes a la de Folliner. Parecía una adquisición sin sentido… dos casas viejas, que apenas valía la pena reconstruir, si no se tuvieran en cuenta las costumbres del señor Verraby. Si compró dos casas en esa manzana, es muy probable que sea el propietario de las restantes, que están desocupadas. No es, sin embargo, propietario de la número 25…, aunque es muy cierto que quisiera serlo.

Mackellon estaba observando a Delaunier con atención y sonriendo.

—Ya adivino adónde va a parar; pero es un motivo cogido por los pelos. A propósito, ¿de dónde sacó usted todo esto?

—Sobre el lugar, querido amigo, sobre el lugar. Indague siempre en el bar más próximo. La taberna de Hollyberry estaba en plena ebullición. (Entre paréntesis, todavía tienen allí martini seco… Una rareza en estos tiempos). Ahora les pregunto yo: dado por sentado que el señor Lewis Verraby es el propietario de esas tan desagradables reliquias de la época victoriana que constituyen los números 23 al 29, inclusive, de Hollyberry Hill, ¿no creen ustedes que es probable, para decirlo suavemente, que en algún momento se haya acercado al propietario del número 25 con el propósito de adquirir esa indeseable propiedad?

Mackellon, cuyos ojos estaban alerta, hizo un gesto de asentimiento con la cabeza.

—Sí, si sus conjeturas previas sobre la compra de las propiedades adjuntas son ciertas, estoy de acuerdo.

—Es muy ingenioso —intervino Cavenish—; pero dudo de que el jurado se convenciera con semejante motivo.

—Eso me pregunto yo —dijo Delaunier lentamente—. Reunamos todo lo que sabemos acerca del muerto…

—… Que es casi nada en mi caso —dijo Cavenish secamente—. Yo sólo sé que es el propietario de la casa de los Manaton.

Delaunier se volvió hacia Mackellon.

—¿Puede usted añadir algo a esto?

—Solamente lo que me han dicho los Manaton: que Folliner era un viejo avaro y miserable y que sus hábitos domésticos eran de naturaleza bastante desagradable.

—Sí; era un viejo avaro y miserable —repitió Delaunier—. ¿Cree usted que un hombre así aceptaría una oferta razonable por su casa? Probablemente sabía que su casa era como una isla, en el centro de una manzana ya vendida. Mantendría su precio, cosa de lo más irritante para un especulador en terrenos… Un avaro… ¿No es ésta la clave?

—Quizá, pero dudo mucho que se pueda sostener su teoría —dijo Cavenish—. También es bueno recordar que hay una ley contra la difamación.

—¡Bah! —resopló Delaunier con desprecio, y siguió luego—: A mí sólo me interesan los «contactos», por decirlo así. Tomen a todas las personas, aparte la policía, que estuvieron en casa de los Manaton a una hora u otra de la tarde de ayer. ¡Nómbrelas! —ordenó a Mackellon, que efectuó la enumeración.

—Los tres aquí presentes, además de Manaton y su hermana, la señora Tubbs, Neil Folliner y el señor Verraby… a no ser que incluya usted a este último entre la policía.

—Oh, para los propósitos de este argumento, no. Ahora, ¿cuántas de esas personas habrán tenido trato directo con el finado? Los Manaton, en la relación natural entre inquilinos y propietarios; la señora Tubbs, que trabajaba para el viejo Folliner… más por caridad que por la ganancia, me parece; Neil Folliner, pariente del muerto; el señor Verraby, probablemente en relaciones comerciales con él.

—Siga —dijo Mackellon, y Delaunier alzó la vista hacia él rápidamente.

—He agotado la lista, creo; ¿o tenía usted alguna relación con el muerto?

—No, yo no la tenía y creo que Cavenish tampoco…, ¿pero usted, por casualidad, no se cruzó nunca con él? ¿No dijo que había estado en el estudio cuando lo tenían los anteriores inquilinos? ¿No vio usted al viejo Folliner entonces?

Delaunier sonrió entre dientes.


—Tiene usted buena memoria, Mackellon, como me acaba de decir a mí hace un rato. Sí, conocía un poco a los inquilinos anteriores… En realidad, fui quien le habló a Bruce del estudio cuando estaba preocupado, y andaba de un lado para otro, tratando de buscar un local donde pintar. Éste tiene el mérito de que todos sus cristales están intactos… que es algo así como una rareza en esta época. Probablemente, le advertí también que el propietario era un viejo sórdido, que no haría el menor arreglo ni decoración alguna. No pude llegar más que hasta ahí, pues, que yo sepa, no he puesto nunca la vista encima del señor Folliner. Es una pena, cuanto mayor es el número de contactos, más complejo es el asunto.

Robert Cavenish hizo un movimiento de impaciencia.

—No puedo soportar esa manera de hablar, Delaunier. No tiene nada de divertido un asesinato, y el hecho de que suceda cerca de uno, como por casualidad nos ha ocurrido con éste, no es una excusa para tomarlo con esa ligereza.

Las cejas de Delaunier se arquearon.

—Usted sólo encuentra placer en los cadáveres de las novelas, mon cher —replicó dirigiendo sus vivaces ojos oscuros hacia la biblioteca de Cavenish—. ¿O lee usted a Michael Innes por su estilo literario y a Dorothy Sayer como admirador de su erudición enciclopédica? Vamos, ¿no cree que se está contradiciendo? En este caso particular, un anciano muy discutible ha sido muerto de un tiro: era muy viejo, y su vida no tenía valor para nadie, me parece. Considero todo el asunto como un problema… un dibujo, podría decir incluso. El hecho de que estuviéramos cerca sólo le añade, a mi modo de ver, un interés más intenso.

—No creo que Cavenish —intervino Mackellon— se preocupe por el fallecimiento del señor Albert Folliner más que usted o que yo. Lo que le disgusta es ver envueltos a sus amigos en un interrogatorio de la policía.

La mirada de Delaunier era burlona.

—Sus amigos —repitió lentamente—. Bueno, Cavenish podía haberle prestado un servicio mejor a la señorita Manaton persuadiéndola para que obrara de acuerdo con el punto de vista de su hermano. Esto no podía haber perjudicado a nadie. La única verdad que importa es la concerniente al asesino; y, acerca de esto, la señorita Manaton no tenía ninguna prueba que ofrecer. ¿Qué utilidad tiene que ese admirable detective derroche su inteligencia meditando sobre la inspección del oscurecimiento que hacía Rosanne? Todos nosotros podíamos haberle dicho eso, porque no tenía nada que ver con los hechos.

Cavenish se sonrojó y su rostro, habitualmente tranquilo, se endureció al responder.

—Yo he dicho antes… —empezó— y lo vuelvo a decir ahora… que procurar alterar la verdad es causar un mal; es un juego de locos, además, aparte de su aspecto ético. Usted olvida también que la misma señorita Manaton no quiso ni que se hablara de escamotear la verdad, ni en su beneficio, ni por conveniencia de otros.

Delaunier se encogió de hombros, y una sonrisa distendió bruscamente sus móviles labios.

—Como usted quiera, mon cher, como usted quiera. Habla usted de la conveniencia de otros. La conveniencia habría sido para la señorita Manaton sola…, aunque podía haber atenuado la ansiedad de su hermano y la de sus amigos. En cuanto a mí, cela m’est bien egal.

—Usted ha dicho que el detective… —intervino Mackellon—, el inspector jefe Macdonald…, es inteligente. En esto estoy de acuerdo con usted. No he conocido nunca a un hombre que me pareciera menos loco o con menos tendencia a enloquecer. No creo que sea persona capaz de cometer ningún error notorio; pero, si hubiera llegado a descubrir que habíamos estado tratando de alterar los hechos, probablemente no habría creído lo demás que le hubiéramos dicho.

Delaunier asintió con la cabeza.

—Sí, sí, comprendo su punto de vista. A propósito, ¿han visto ustedes a Manaton hoy?

—No, en absoluto —dijo Mackellon—. Cavenish y yo hemos tenido que dedicarnos a nuestro trabajo. El único tiempo que tenemos disponible es el atardecer. ¿Le ha visto usted?

—Sí, le he visto, y estaba de un humor insoportable. Había dicho que quería seguir con el retrato de Richelieu; pero cuando he llegado, dispuesto a posar por su conveniencia, Bruce ha dicho que no se sentía con ganas de trabajar. Rosanne estaba fuera; si no, tal vez podría haberle hecho entrar en razón. En cuanto al retrato… se puede ir al diablo. Yo no puedo molestarme en andar corriendo de aquí para allá detrás de él, si se le antoja sentirse malhumorado. Bueno, si no les veo a ustedes otra vez antes del interrogatorio… supongo que nos llamarán a prestar declaración.

—Eso depende enteramente de hasta dónde haya llegado la policía en este caso —dijo Cavenish—. Es muy probable que la primera sesión no sea más que una formalidad necesaria. Se limitarán a las pruebas de identificación del cadáver y del descubrimiento de su muerte; luego, suspenderán la sesión. Ninguno de nosotros posee pruebas directas que presentar sobre los dos puntos primordiales. Llamarán a Verraby, a Neil Folliner y a la señora Tubbs…; ésta fue la última persona que vio con vida al hombre. Desde luego, puede ser que nos citen, caso de que el Coroner decida reunir todas las pruebas disponibles. Supongo que el interrogatorio será llevado a cabo mañana por la mañana; así que, si nos necesitan, lo sabremos esta noche. Buenas noches, Delaunier. Ha hecho usted bien en venir.

—No del todo, no del todo. Buenas noches, señores. Recuerde, Mackellon, que para cuando haya tiempo me ha prometido usted otra partida. ¡Buenas noches!

2

Después de marcharse Delaunier, se produjo un silencio entre Cavenish y Mackellon.

—Bueno —dijo al fin éste—, deduzco que su irritación anterior contra este mozo no se ha disipado.

—No, es verdad —dijo Cavenish—. Puede que yo sea poco razonable. Tenemos cierta tendencia a juzgar a la gente por el ambiente. Un hombre puede ser bastante aceptable, dadas ciertas circunstancias, y enteramente inadmisible en otras. Delaunier, como jugador de ajedrez o como actor, puede ser un tipo interesante. Pero cuando comienza a exponer sus puntos de vista sobre el asunto de anoche, reconozco que no me gusta. No se saca nada estableciendo una analogía con las novelas de detectives: las dos cosas no tienen nada en común, a mi modo de ver. ¿Qué opina usted sobre eso?

—A mí me interesa, pero en una forma más impersonal que a usted — dijo Mackellon—. Lo que me gustaría sería llegar a conocer la opinión y reacciones de aquel individuo del departamento de investigación. ¿Por qué entró en el estudio? ¿Qué piensa él de todo esto? ¿Nos creyó a alguno de nosotros, o cree que todos le estuvimos contando una cuidadosa sarta de embustes? Me dio la impresión de que estaba extraordinariamente interesado: no sólo escuchaba lo que se le decía, sino que estudiaba al que estaba hablando con fría y objetiva atención. Debimos de parecerle toda una serie de tipos raros. ¿Se le habría ocurrido esto a usted?

Cavenish se movió intranquilo en su silla.

—Sí, claro que se me ocurrió; pero pensé que el inspector jefe era un individuo de inteligencia poco común: me pareció que se hacía cargo y que interpretaba la situación al instante, sin sorpresa ni incredulidad.

—Fiel a su nacionalidad, no pestañeó siquiera: es un escocés o descendiente de escoceses. A propósito —Mackellon hizo aquí una pausa, golpeó su pipa y volvió a llenarla—. ¿Qué sabe usted exactamente de los Manaton?

De nuevo hubo otro silencio.

—Exactamente lo mismo que usted… —opinó Cavenish por fin—; amén de unas cuantas palabras que Rosanne ha dejado escapar y que no repetiré.

Mackellon miraba el fuego mientras fumaba.

—Usted se acuerda —dijo luego— de que Delaunier nos invitó a ir a sus habitaciones una tarde para jugar dos partidas de ajedrez. Yo jugué con Delaunier y usted con Manaton. Desde entonces se me han ocurrido algunas cosas. Nos quedamos charlando alrededor del fuego, después que nuestras partidas concluyeron. Me pareció que Manaton era inteligente en muchos sentidos, pero tenía extrañas lagunas en lo que decía sobre los acontecimientos corrientes.

—Sí —dijo Cavenish secamente—. Es verdad. No me fijé mucho en él entonces. Es un buen jugador de ajedrez. Esto es todo lo que me importaba de él…, aunque no tan bueno como Delaunier, desde luego. Este tipo casi le sigue en categoría. ¿Se le ocurrió a usted alguna vez, como se me ocurrió a mí, que Delaunier y Manaton pudieran estar en combinación para proponernos jugar por dinero? Sin embargo, no lo hicieron. Luego fuimos juntos al estudio una tarde; y, después de conocer a Rosanne, dejé de criticar a su hermano.

Cavenish habló con toda sencillez y Mackellon asintió con un movimiento de cabeza.

—Exactamente. Yo le deseé a usted suerte y se la deseo todavía. Rosanne Manaton me gusta. Me parece muy cuidadosa, y debe de llevar una vida infernal con ese hermano suyo: le aprecia muchísimo y se esclaviza por él, para mantenerle en el buen camino.

—Entonces, ¿cree usted que es un pervertido?

—No del todo. Es inquieto y se emborracha muy fácilmente. No es que sea un borracho que haga eses y arme escándalo; pero la bebida le vuelve abandonado y absolutamente irresponsable. ¿No le ha pedido dinero prestado a usted? Me lo parecía. Ese dinero habría ido a parar a la taberna más próxima. No hace más que beber whisky del bueno, mientras le dura el dinero. Le presté una vez, y Rosanne me pidió que no volviera a hacerlo —Mackellon se levantó y estiró sus largas piernas—. Cuando Macdonald nos hablaba en el estudio, tuve la sensación de que había comprendido un poco todo esto, sin que nadie le dijera una palabra.

—Eso es una exageración, sin duda —dijo Cavenish—. El inspector jefe es un observador ejercitado, y como tal puede deducir un montón de cosas que se le escaparían a un observador ordinario. Desde luego, me pareció que Bruce Manaton se comportaba mucho mejor que de costumbre cuando habló con Macdonald. Estuvo razonable, explícito, y hasta cortés…, una cualidad que no siempre se advierte en él.

Mackellon se rió.

—Diga que, por lo general, es inaguantablemente grosero. Bueno, si no se siente con ganas de jugar una partida, me voy a casa. Tengo algunas operaciones que comprobar.

—Muy bien —Cavenish se levantó y se quedó jugando con unas astillas que había sobre la chimenea. Cuando Mackellon se volvía hacia la puerta, el más viejo dijo:

—No ha dicho lo que venía a decir, ¿verdad?

Mackellon se detuvo junto a la puerta.

—No, me parece que no, por el momento… pero quizá sea bueno también dejar algo por decir. Reconozco que desearía no haber llegado a conocer nunca a Delaunier ni a los Manaton, pero supongo que usted no siente lo mismo.

—No —dijo Cavenish tranquilamente—; yo no.

3

Después que Mackellon se hubo ido, Cavenish volvió a coger su libro y trató de leer, pero se dio cuenta de que no podía fijar la atención en él. Después de haber leído tres veces la misma página, sin captar el significado de una sola palabra, dejó el libro y decidió salir a dar un paseo y tratar de librarse de aquella desusada intranquilidad que le dominaba.

Se puso el abrigo y salió silenciosamente de la casa. Era una noche negra, sin luna, y estuvo en la puerta de la calle hasta que sus ojos se fueron acostumbrando a la oscuridad. Mientras estaba allí, Cavenish experimentó una repentina sensación de inquietud. No tenía más que unas nociones muy vagas sobre los procedimientos de la policía, y se preguntaba si él, Mackellon y Delaunier iban a ser puestos todos «a la sombra». ¿Estaría la policía vigilando sus movimientos y se habría dado cuenta de que los tres habían celebrado una consulta previa esa tarde? Cierto sentido de cautela, latente en el espíritu sensible y cuidadoso de Cavenish, le advirtió que sería más prudente volver adentro otra vez en lugar de andar vagando por las calles tras el oscurecimiento. El pensamiento le irritó, y dio un paso hacia fuera, decidido a pasear y alejar el malestar que le poseía.

Cuando llegó a la vía principal, se volvió hacia el norte, en dirección a Hampstead. La atmósfera estaba despejada esa noche; un cortante viento del Norte le dio de frente; podía ver las luces indicadoras del tráfico en el cruce de calles que había más adelante (avenida Circus y Plaza de Malborough): las luces verdes brillaban bajo sus protectores con sorprendente intensidad. El tránsito de vehículos era muy reducido en la ancha avenida, y todavía más escaso el de peatones. Ahora que sus ojos se habían acostumbrado a la oscuridad, Cavenish apretó el paso, porque encontraba que el ejercicio mitigaba su sensación de incomodidad. Cuando llegó a la Cabaña Suiza, vaciló en el cruce de calles y luego torció a la derecha, hacia la avenida de Fitzjohn y Heath. Cuando empezó a subir la larga cuesta, se confesó que sabía muy bien adónde iba.

El sentido común podía ordenarle que se mantuviera lejos, pero algo más fuerte que el sentido común le espoleaba en dirección a Hollyberry Hill.

Cavenish, como Rosanne Manaton sabía, era poeta de corazón. Tras la fachada del hábil organizador y del trabajador consciente, aparecía un espíritu que jugaba con la música de las palabras, y mientras caminaba, repetía mentalmente el ritmo y la melodía de uno de los poetas más melodiosos. Si se le preguntase su opinión sobre Swinburne, Cavenish diría:

—Todo es sonido, sólo hábil sonido, sin ningún otro significado.

Pero, mientras con grandes zancadas iba subiendo la colina, su imaginación se complacía en el ritmo de Atalanta.

«Where shall we find her, how shall we sing to her, Fold our hands round her knees and cling?

O that man’s heart were as fire and could spring to her,

Fire, or the strength of the streams that spring!».[8]

Su imaginación estaba demasiado ocupada con el verso para ser analítica, y ninguna sensación pasajera de ridículo le movió a reírse ante la idea de un hombre de mediana edad, un consciente oficial del Home Office, subiendo a paso largo la avenida de Fitzjohn, en plena oscuridad, al compás de la música retozona de Swinburne.

Cerca de la cima de la colina, torció a la derecha, siguió su camino a través de varias callejuelas hasta que llegó a Hollyberry Hill, y dobló ante la puerta de la casa número 25 hacia el estudio.

Aun frente a la entrada titubeó, y luego, irritado por sus propias vacilaciones, llamó a la puerta del estudio. Salió a abrir Bruce Manaton, quien, sin importarle los reglamentos del oscurecimiento, abrió la puerta de par en par sin correr ninguna cortina, así que Cavenish se quedó aturdido por el resplandor repentino de la luz.

—¡Maldito sea! ¿Qué quiere usted? ¿Dónde está Rosanne? —le preguntó exigente el pintor—. ¿Dónde está?, le pregunto.

4

Cavenish entró y cerró la puerta del estudio. Frente a él, en el extremo opuesto, estaba el gran lienzo blanco con el dibujo del cardenal, ahora manchado a rayas, embadurnado con rojo vivo, bermellón, escarlata de cadmio, carmesí de alizarina y sombras violeta cobalto. A Cavenish le pareció una cosa completamente disparatada: un experimento o la obra de un lunático, no sabía precisar cuál de las dos.

—¿Dónde está ella? —preguntó otra vez Manaton. Había dejado su blusón azul de pintor, y tenía aún la paleta en la mano, embadurnada con espesos y brillantes manchurrones de pintura roja.

—Yo no sé dónde está, Manaton. ¿Cómo voy a saberlo? No he visto a Rosanne desde que la dejé aquí anoche. Mejor será que me explique lo que quiere decir.

—Ella ha salido, inmediatamente después del té, a hacer unas compras, según ha dicho. Ese hombre estaba aquí… Macdonald. Andaba registrando el local, escudriñándolo todo. Rosanne se ha ido justo antes de que comenzara: ella sabía que iban a registrar… y no ha vuelto. ¡Dios! Me volveré loco si no averiguo dónde está.

—¿No le ha dicho adónde iba, ni cuándo pensaba volver?

—No, ya se lo he dicho. Ha salido, y nada más.

—Si está realmente preocupado por ella, ¿por qué no avisa a la policía? Si le ha ocurrido algún accidente, lo sabrá.

Manaton arrojó su paleta y se rió con furia que no contenía ninguna alegría.

—¡La policía! —tronó—. ¿Está usted burlándose? Lo que me temo es precisamente que esté con la policía. Ésa es una de las locuras que suelen cometer. Le digo a usted que no puedo avisar a la policía. No sé dónde estará, ni lo que estará haciendo, ni por qué… —Dio una patada, furioso, en el suelo, y gritó—: En cuanto a usted, maldito condenado, si no hubiera sido por usted no habría necesidad de nada de esto. Con su conciencia puritana, pobre imbécil… como sabía que estaba usted muy seguro… Si le hubiera aconsejado a Rosanne que dijera que estaba aquí dentro, con nosotros, esto no habría ocurrido nunca. La culpa es suya.

Cavenish se quedó estupefacto, sin saber qué replicar.

—Está usted equivocado —protestó—. Sabe muy bien que está equivocado. Usted quería proteger a Rosanne con mentiras…

—¡Sí, maldito, sí! Yo quería protegerla, con mentiras o como fuera. ¿No sé yo lo que hace ella por mí? ¿Hay algo que no haría yo por ella? Usted me pone enfermo con su manera de hablar. ¡Váyase, le digo! ¡Salga! —¡Le digo que no quiero irme! Necesito saber dónde está Rosanne…

Sus palabras fueron interrumpidas por la carcajada estentórea de Manaton.

—¿Que dónde está ella? ¡No está aquí!, ya se lo he dicho. ¿No estuvo Macdonald registrando todo el local, centímetro por centímetro?

¡Pregúntele a él! Rosanne no está aquí. ¡Vaya y pregúntele a Delaunier! Quizá él lo sepa.

Robert Cavenish se sintió desalentado, desalentado y con la muerte en el alma. Quedarse allí era inútil. Se retiró y empezó a pasear arriba y abajo por la oscura carretera, pensando, discutiendo consigo mismo, desalentado e indeciso.

12

1

Reeves, que se había entregado a la empresa de encontrar al anterior inquilino del estudio de Manaton, decidió, para comenzar, hacer una visita a la señorita Stanton en la avenida Sedgemoor. Quería averiguar qué aspecto tenía el señor Randall Stort, y creía adivinar que la señorita Stanton era una persona observadora.

Tocó la muy alta campanilla de la puerta principal de Ítaca, devanándose los sesos en el esfuerzo de recordar dónde había oído antes el nombre de Ítaca. «Una de aquellas historias… argonautas o algo así…», fue todo lo más que pudo ahondar en sus recuerdos cuando le abrió la puerta de la calle «el santo terror» en persona. Iba vestida con un serio traje sastre; llevaba su blanco cabello alisado hacia atrás y muy apretado contra la cabeza y unas gafas con montura de asta, lo que todavía hacía que inspirase más terror… Reeves le habló con la adecuada humildad.

—Buenas tardes, señora —la saludó con respetuoso tratamiento—. ¿Podría usted dedicarme unos minutos de atención y responder a algunas preguntas? Supongo que no tendrá inconveniente.

—En absoluto. Yo nunca estoy demasiado ocupada cuando se trata de cumplir con mi deber —tronó la señorita Stanton—. Entre. Estaba a punto de tomar el té. Ya está hecho, así que puedo ofrecerle una taza durante su interrogatorio.

—Es usted muy amable, señora.

Se frotó con fuerza las suelas en la alfombra de delante de la puerta, arriesgando un paso en la superficie del suelo del vestíbulo, que parecía un espejo; esperaba no dar un resbalón. Por alguna misteriosa razón, la señorita Stanton había conseguido una vez más hacer que un competente detective se sintiera tan tímido como un niño pequeño.

—Entre. Siéntese.

La señorita Stanton sabía siempre muy bien lo que quería. Le indicó el camino introduciéndolo en un comedor pasado de moda, cuyos sólidos muebles de caoba brillaban a fuerza de lustre. Un mantel, bordeado de encaje, cubría un extremo de la larga mesa, y sobre él estaba dispuesto el té para una sola persona. La señorita Stanton buscó otra taza, un plato y una cucharilla en el aparador, y se sentó a la cabecera de la mesa.

—Bien, joven, ¿qué es lo que quiere usted saber? Tome una tostada — dijo mientras servía con la tetera de plata.

—Gracias —dijo Reeves, y continuó con la voz entrecortada con la cual presentaba sus pruebas ante los tribunales—: Desearía saber qué aspecto tiene el señor Randall Stort, el inquilino anterior del estudio que limita con su jardín.

—¡Ah! —exclamó la señorita Stanton con voz profunda y triunfal, mientras le pasaba a Reeves una taza de té muy caliente y muy cargado, al que le había puesto azúcar. (El té estaba exactamente como le gustaba a Reeves, y la tostada era excelente).

—Me alegro mucho de saber que alguien está tratando de manera inteligente descubrir ese deplorable crimen —dijo la señorita Stanton—. El señor Randall Stort es un hombre alto, con tendencia a la obesidad, de cara pálida y aspecto poco saludable, cabello negro, largo y lacio que le cae en un mechón sobre la frente, como el del propio demonio, y ojos oscuros. Yo diría que anda alrededor de los cincuenta. Tiene una marca de nacimiento en el cuello, debajo de la oreja derecha, y es zurdo. Le puedo proporcionar a usted todos estos detalles porque fui a verle a su estudio para decirle lo que pensaba sobre su proceder al atravesar mi propiedad sin permiso. Créame que no medí mis palabras. Tengo la satisfacción de saber que una mujer, al menos, le ha dicho en su cara todo lo que pensaba de él.

Había un resplandor de triunfo en los ojos de la señorita Stanton, y Reeves se rió para sus adentros.

—Ha sido usted muy valiente, señora… y su detallada descripción tendrá mucho valor. ¿Sabe usted algo más sobre el señor Stort, o el señor Listelle, que vivía con él?

—Conozco los chismes que corrían entre el vecindario —declaró—. Desgraciadamente, con tanta gente como se ha ido de Londres, aterrorizada por las incursiones aéreas, no quedan muchos para confirmar lo que le digo. Sólo puedo asegurarle que tengo una memoria muy exacta y que no me gustan las conversaciones maliciosas. Durante la última temporada que el señor Stort tuvo el estudio, antes de que comenzaran los bombardeos, por supuesto, vivía una mujer en el piso bajo de la casa número 25 de Hollyberry Hill. Me parece probable (como se lo parecía a otras gentes) que fuera la querida del señor Stort. Sé que él solía subir hasta su cuarto directamente desde el estudio, porque se lo he visto hacer. Estaba constantemente en la casa de ella; no trataba de disimular su intimidad. ¿Le extraña a usted ahora que yo deseara tener un enrejado sobre mi muro divisorio? —concluyó indignada.

—Claro que no, señora —dijo Reeves; y siguió—: ¿sabe usted algo sobre el señor Folliner?

—No, nada que pueda tener interés. Hace muchos años que vivía en esa casa. Durante ese período, su casa y las de los lados se deterioraron rápidamente. Me dijeron que era muy pobre; pero si eso era así, no puedo comprender por qué no vendió la casa. Era una propiedad exenta de toda carga, y antes de la guerra pudo haberla vendido por una buena suma. ¿Quiere usted otra taza de té?

—Muchas gracias, señora —dijo Reeves sosegadamente—. Deseamos encontrar la pista del señor Stort y descubrir dónde vive ahora…, es decir, si es que vive todavía.

—Oh, caramba, claro que está vivo todavía —replicó la señorita Stanton con animación—. De esto estoy segura.

Se levantó, se dirigió a un mueble que había en un rincón del cuarto y volvió con un ejemplar del Morning Mail.

Señaló un dibujo en una esquina del diario.



—Fíjese que está firmado con un jeroglífico que parece «Rand» y un largo rasgo. Esto debe de significar Randall, creo yo; pero el asunto es que la rúbrica es la de Stort. Ya le he dicho a usted que fui a su estudio. Tenía dibujos clavados en un tablero; no dibujos pequeños, como éste, sino muy grandes, hechos con trazos rápidos y audaces (evidentemente, reducen sus dibujos para publicarlos), y vi la firma. Es inconfundible. Reconozco que el trabajo es inteligente; grosero, quizá, pero vigoroso… un poco como el mismo Stort.

—¡Señorita Stanton —dijo

Reeves—, es usted una maravilla! No sé ni cómo empezar a decirle lo agradecido que estoy.

—Muy amable… ¿Puedo preguntarle por qué? —pidió ella.

—Porque me ha ahorrado una semana de trabajo pesado, irritante y aburrido —dijo Reeves—. Si no hubiera sido por usted y sus notables facultades de fina observación, probablemente habría seguido la pista

por medio de las oficinas de Bickford hasta ir a parar a alguna casita abandonada en el campo, y así hasta que el rastro desapareciera. Vea usted —continuó—, no tenemos nada en absoluto en contra de Stort… nada. Necesitamos dar con él para interrogarlo; y si por casualidad anda haciendo algo que no debiera, con toda seguridad se habrá cambiado de nombre y no será fácil encontrarlo, pero con los informes que usted me ha dado, seré capaz de dar con él en un dos por tres.

—¡Buen Dios! —replicó la señorita Stanton—. ¡Usted me sorprende! Estoy muy satisfecha al pensar que puedo ser útil y ayudar en algo. Espero también que no permitirá que el señor Stort se pase de listo, como hizo con sus colegas de este vecindario —añadió severamente—. Había tomado la costumbre de utilizar mi jardín como atajo para llegar a su estudio. Lo he visto con mis propios ojos… siempre por la noche, muy tarde. Me quejé de esto a la Policía; y, por supuesto, el señor Stort lo negó, la Policía, creo que hizo algunos esfuerzos para cogerlo in fraganti… pero desde luego no lo consiguió nunca. Era demasiado listo para ello.

—Le prometo a usted que no se escapará, por listo que sea, señorita — dijo Reeves—; aunque si consigo encontrar su pista con bastante rapidez para que sea útil, será sólo gracias a usted, señora, y muchas gracias por este delicioso té —continuó—. Nunca he tomado una taza mejor. Espero que alguna vez me enseñará sus rosas de Navidad.

—Ah, mis rosas de invierno —dijo llena de orgullo—. Venga por aquí.

Reeves fue conducido al salón del fondo de la casa, y le fue mostrado un jarroncito de cristal donde media docena de insulsas flores blancas reposaban entre sus bellas hojas verdes. La señorita Stanton las contemplaba con aire de entusiasmo casi maternal.

—Me alegra mucho que le gusten —dijo—. ¡Tan poca gente entiende de flores!

2

En menos de media hora estuvo Reeves en las oficinas del Morning Mail, en la calle Fleet. Vio al redactor de la sección comercial y le pasaron luego al de la sección de arte, donde le atendió un hombre llamado Brenling. A este hombre tan ocupado como ocupada está toda la calle Fleet, Reeves le dijo:

—Necesito la dirección de un artista que trabaja para ustedes llamado Randall Stort.

—Nunca he oído ese nombre.

Reeves cogió un ejemplar del diario e indicó el dibujo.

—El que dibujó esto —dijo.

—Oh, es él. Su nombre no es Stort, sino Víctor Rand. ¿Para qué le quiere usted?

—Necesito su dirección —dijo Reeves.

—No le conozco. Estoy muy ocupado, además. ¡Eh!, señorita Blake, busque la dirección del colaborador Rand.

—No he conseguido su dirección —replicó la señorita Blake—. Envía sus trabajos, o los trae, y cobra su dinero de cuando en cuando. No sé nada de esto. Mejor será que pregunte si sabe algo el contable. Él debe de tener alguna dirección… en la oficina de Réditos Internos.

Reeves fue a la oficina del contable.

—¿Víctor Rand? Oh, siempre está cambiando de dirección, no puedo estar nunca al tanto de la actual. ¡Qué curioso! Hoy mismo ha venido otro tipo preguntando su dirección. A ver si le es útil ésta; Westways, Wealden Road, Harrow. Es la última que me dio.

—¿Le conoce usted… de vista?

—Sí, es moreno, con cara de patata, y un mechón de pelo negro. Bastante desaliñado. —La secretaria levantó la vista—. De la secreta, ¿verdad? ¿Para qué le quiere usted?

—Nada más que para charlar un rato. ¿Quién era el otro que preguntaba la dirección de Rand?

—¡Quién sabe! Ni idea. Tengo mucho trabajo casi siempre. El otro no consiguió su dirección, si es esto lo que quería saber.

3

Eran las seis en punto de la tarde cuando Reeves salió de las oficinas del Morning Mail. Entró en una cabina telefónica e informó a Scotland Yard; luego, se fue a la calle Baker y tomó el metro hasta Harrow. Harrow ocupa una gran extensión, y Reeves conocía algún medio mejor que andar vagando de un lado para otro en la oscuridad, buscando una casa sin luz en un camino desconocido. Telefoneó a sus colegas más próximos de la Policía de la capital, y pronto tuvo un automóvil que le llevó muy largo trecho.

—Cuarta casa a la derecha —le dijo el guía—. Esperaré hasta que esté dentro; luego me quedaré por aquí.

Reeves apenas podía darse cuenta de la forma de las casitas suburbanas que había a cada lado: era un camino sin ninguna pretensión, bordeado de casas modernas hechas en serie, semiseparadas e iguales.

La cuarta casa de la derecha, en el camino del oeste, mostraba una estrecha fachada blanca, de tipo rústico, y ventanas negras. Ni el más mínimo resplandor de luz velada animaba al visitante a creer que allí había ser viviente alguno para responder a una llamada ante la puertecilla del frente. Reeves llamó sin apremio, con una llamada «no oficial» cuidadosamente calculada. No hubo respuesta, por lo que a la puerta de la calle se refiere; pero los agudos sentidos del detective lograron percibir que dentro de la estrecha casita había alguien. Volvió a llamar, y después de esperar un rato más, se abrió la puerta. Una voz de mujer, saliendo de un pasillo casi totalmente oscuro, preguntó:

—¡Eh! ¿Por quién pide usted?

La voz era desconfiada y denotaba mal humor, y Reeves se dispuso a actuar de acuerdo con esto.

—Por el señor Víctor Rand. Vengo de las oficinas del Morning Mail.

—¡Oh, maldición! ¿No les ha enviado ese trabajo? Yo se lo he recordado, y me ha dicho que lo llevaría hoy.

—Debe de haberse olvidado —dijo Reeves—. ¿Está él en casa?

—¿En casa? ¿A las siete de la tarde? ¡De ninguna manera! Oh, pase, hace demasiado frío para quedarse hablando en la puerta.

Reeves avanzó un par de pasos y se quedó esperando, mientras la puerta se cerraba detrás de él y se encendía la luz. Entonces pudo ver a la mujer que le había recibido. Era muy joven, pero delgada y de fatigado aspecto, embutida en una blusa color púrpura, muy ceñida, y con pantalones azul marino. Su rubio cabello, con rastros de haberse peinado con complicados rizos a la moda, estaba ahora tan alborotado como si acabara de levantarse, y el rojo del lápiz de labios hacía parecer más blanca su cara.

—¿No es el colmo? —gruñó ella—. Éste es el único trabajo que ha conseguido y no puede tomarse la molestia de hacerlo llegar a tiempo. Pase.

Reeves la siguió por el pasillo hasta una habitación, en el fondo de la casa. La chica accionó un interruptor y se encendió una fuerte luz blanca, cuyo resplandor hizo parpadear a Reeves después de las tinieblas anteriores. La habitación era mucho más grande de lo que se hubiera supuesto, dado el tamaño de la casa; debía de ocupar casi todo el piso bajo. Las paredes estaban mal pintadas de blanco, y había dibujos colgados en ellas, unos al carbón y otros en color, retratos audaces, vigorosos. Todas las caras tenían algo parecido: eran llamativas, ávidas, desagradables y burlonas.

—Oh, no las mire, a mí me dan náuseas —dijo la muchacha—. Sus dibujos para el Mail estaban en uno de esos rollos… rollos de cartón. Tenemos que encontrarlos por alguna parte. ¡Dios!, ¡en qué estercolero ha convertido esto! ¿No le molesta?

Reeves sacó un paquete de cigarrillos Player, y le ofreció uno.

—Oh, es usted una persona decente. Yo estoy en la ruina y el viejo brujo no quiere darme más crédito. Es el colmo —continuó quejosa—, aunque es bastante inteligente. Mire todos esos trabajos. Otros tipos hacen dinero con la mitad de su cerebro. Dios, si yo pudiera hacer eso, dibujar en esa forma, sacaría dinero de un modo o de otro.

Se recostó en un diván que había arrimado a una de las paredes y apartó a patadas las pilas de papeles que estaban sobre las tablas desunidas del piso. Había muy pocos muebles en la habitación… un pupitre de dibujante cubierto con desordenados materiales, diarios y revistas, colillas de cigarrillos y platos sucios; un par de sillas, un caballete, una plataforma para modelos, hileras de lienzos viejos y carpetas.

—Me doy cuenta de que es un estercolero —dijo la muchacha, mientras aspiraba el humo de su cigarrillo ávidamente—. Yo traté de conservarlo decente cuando vinimos, pero me harté; estoy descorazonada. Habría conseguido algún trabajo para mí, si no hubiera estado enferma. Cuando mejore un poco, me presentaré para hacer algún servicio de la guerra. Cualquier cosa es mejor que esto.

Reeves asintió con la cabeza.

—Sí, me parece que sí. No puedo encontrar ese rollo del que está usted hablando. ¿Sabe a qué hora vendrá él?

—Oh, muy tarde. Depende de que encuentre gente para seguir bebiendo: no quiere volver aquí mientras pueda divertirse un poco en cualquier otro lado. Digo yo, si encuentra usted esos dibujos, ¿puede dejar el importe de ellos?

—No. Lo siento, pero no puedo. Tiene que pasar por las oficinas.

Reeves se dio cuenta de que su situación en ese momento era irregular. De acuerdo con los reglamentos, debía haber llevado a otro agente con él… pero Reeves no siempre se atenía a los reglamentos. Así que siguió. —¿Le molesta que mire alguno de esos lienzos? Me interesa la pintura. Algunos pueden ser de valor.

—¡Señor! ¡Claro que sí, mírelos todos! Muchacho, con que sólo comprara usted uno, podría conseguir algo para cenar.

Reeves la miró.

—¿Tan mal está? Bueno, pero tiene que costar el precio de la cena.

Empezó a examinar los lienzos uno por uno. La mayoría eran retratos, en general sin concluir. Arrimado y de cara a la pared, había un lienzo más grande: después de echarle una mirada, Reeves lo volvió y lo colocó en la mesa.

—¡Por fin, éste es interesante!



Era interesante, ciertamente. El lienzo representaba a un hombre viejísimo, cuya pálida piel se extendía rígida sobre su pelado y huesudo cráneo y una nariz de halcón. Sus ojos estaban profundamente hundidos entre las oscuras sombras de las hondas órbitas arrugadas, y sus estrechos labios, apretados formando una dura línea que todavía conseguía ser una sonrisa. La cabeza estaba pintada de tal manera que la estructura del cráneo, debajo de la piel que parecía pergamino, se veía dura y clara. Sus ojos chispeaban en sus órbitas profundas, y las manos, como garras, sostenían algunos arrugados papeles blancos: billetes de cinco libras. Reeves contemplaba fascinado el lienzo. El viejo estaba sentado en la cama y detrás de su cabeza se veía la esquina de la cabecera hecha de hierro y bronce. Había un cofre sobre sus rodillas, y la remendada colcha de la cama era la misma que Reeves había visto en la del señor Folliner; las perillas de bronce y los adornos de los barrotes de la cama eran los mismos también. Al lado del cofre había una pistola. El título dado al más bien horrible tour de force era «Mirando a hurtadillas».

La muchacha, recostada en el diván, miraba a Reeves con ojos calculadores.

—Sí, es interesante, ¿no es verdad? —repitió como un eco—. Debe de valer bastante, sólo que la gente no quiere pagar los cuadros en estos tiempos. Yo creo que si lo exhibieran en alguna exposición decente, podría valernos un montón de dinero. Mientras tanto, nada perdería cualquiera con comprarlo.

Reeves estaba haciendo rápidos cálculos mentales: bajo su instinto de detective y su clara y tenaz capacidad de pensar, latía la fraternidad humana esencial que le había hecho sudar y sufrir fatigas, en un infierno de ardientes ruinas, para rescatar a sus semejantes durante los bombardeos.

Se volvió hacia la muchacha.

—Mire, chiquilla, ¿está usted casada con él?

Ella no se ofendió por la pregunta. Reeves adivinó que estaba demasiado hambrienta para ofenderse por nada que pudiera conducir a una comida.

—No, gracias sean dadas. Estuve encaprichada con él durante algún tiempo, pero ya estoy harta de esto. ¿Quién es usted, de todas maneras?

—Soy del Departamento de Investigación. Estoy en funciones.

—¡Dios! ¿Qué ha hecho él?

—No sé que haya hecho nada. Quiero hacerle algunas preguntas. Si usted misma me respondiera a una, quizá pudiera ahorrarme muchas molestias. Fíjese, tengo a mi compañero ahí fuera, otro agente. Le haré entrar, si usted quiere, para que pueda tener un testigo y saber que estoy jugando limpio. No quiero que se mezcle usted en un lío, si no es necesario.

El temor mortal que había brillado en los ojos de ella durante un minuto se apagó.

—Oh, prosiga con sus preguntas —le indicó—. Usted no me preocupa. Es de los decentes. No creo que haya hecho nada horrible. Es demasiado perezoso, y un miedoso, además. Nunca se arriesgó a hacer nada difícil…, más bien prefiere vivir a cuenta de una muchacha como yo. ¿Qué quiere saber usted?

—¿Cuánto tiempo hace que vive usted con él?

—Ahora hace alrededor de un año. Ésta era mi casa… yo pagaba el alquiler. Sólo que he estado enferma.

—¿Cuál es su nombre?

—Jenny Lane.

—¿Sabe usted lo que Víctor Rand (¿no es así como él se hace llamar?) estaba haciendo ayer entre las ocho y las nueve de la noche?

—Sí. Estaba aquí. Había niebla, y tenía demasiada pereza para salir. Aquí estuvo con un par de compañeros más… muchachos de las Fuerzas Aéreas. Él sacó sus cuadros, y ellos trajeron una botella de ginebra. Se la terminó toda antes de que se marcharan.

—Todo está perfectamente claro entonces —dijo Reeves—. Si puede probar que estaba aquí, no tiene por qué preocuparse. No se trata más que de hacerle algunas preguntas. ¿Dónde vivía cuando se juntó con él?

—En el campo. Le conocí en Brighton. Escapó de Londres a causa de los bombardeos, le producían terror. Pasado algún tiempo, el campo le deprimió y quiso volver de nuevo a Londres, y así lo hice también. Yo había conseguido algún dinero y nos vinimos aquí. Ésta era, hace tiempo, la casa de mi tía. Nosotros acabamos por convertirla en un estercolero. Luego caí enferma, y fue un verdadero problema. Estoy a punto de acabar con esto, se lo digo claramente. Es divertida la forma en que le estoy hablando. Hace años que no hablaba así…, pero es que estoy harta. Él ha salido y me ha birlado mi último billete de diez chelines antes de irse. Eso hace que una lo vea todo negro, de veras.

—Sí, es un engaño asqueroso —asintió Reeves—. Y si yo le doy a usted otro billete de diez chelines, ¿podrá conseguir algo de comer por aquí cerca, en cualquier parte?

—Señor, claro que sí. Hay una taberna a la vuelta de la esquina, donde siempre le dan a uno un bocado. ¿Quiere usted venir, también?

—No; yo tengo que quedarme aquí y ver a Rand cuando venga. ¿Se sigue llamando Rand?

—Firma sus dibujos así; pero ése no es su nombre. Su nombre es Stort, y así figura en la tarjeta de identidad…, ése es su verdadero nombre, el otro es sólo un seudónimo.

—¿Le ha oído usted hablar alguna vez de un estudio que tenía en Hampstead?

—Oh, le he oído hablar de muchísimos lugares, todos muy hermosos y grandes. Estudios en París, en Chelsea y cosas así. Imagínese usted, es inteligente…, no digo que no lo sea; pero es perezoso hasta los huesos. Creo que estaba bastante bien antes de la guerra, pero ahora la gente no quiere cuadros; y luego, la imitación del papel; así son las cosas.

—Sólo una pregunta más —dijo Reeves—. ¿Rand ha mencionado alguna vez a un tal Listelle?

—¡Oh, Listelle! Casi me muero de risa con él. Se quedaba rígido del miedo que tenía a las bombas… Se fue de Londres a escape, y vivía en una casita apartada varios kilómetros de todo poblado; pero una noche, un Jerry descargó todas sus bombas y estallaron precisamente sobre esa casa; ése fue el fin de Listelle… se puede decir que murió de terror.

—He oído de más de una persona que murió por escapar —dijo Reeves—. Bueno, chiquilla, mire, será mejor que se vaya a cenar algo; parece estar muy hambrienta, pero no mezcle bebidas, y no le diga a nadie que yo le he dado un billete de diez chelines, o me producirá usted un sinfín de broncas.

—No quiero causarle líos. ¡Muchacho, usted es un tipo decente! ¿Sabe que no he hecho ni una sola comida hoy?

—Se le nota en el aspecto —dijo Reeves ásperamente—. No sirve de propaganda para su amigo.

Jenny se echó un abrigo sobre sus delgados hombros.

—¿Se va usted a quedar aquí? Él no vendrá todavía, por lo menos hasta las once; pero, si viene, no vaya a decirle que me ha contado a mí que era de la «poli». Pensará que le he puesto a usted sobre la pista. De todas maneras, estaré de vuelta dentro de media hora.

Dos minutos después que Jenny Lane hubo salido de la casa, Reeves la siguió en su camino, y encontró a su serio colega esperándole a unos cuantos metros de distancia.

—Vaya detrás de esa muchacha y no la pierda de vista, compañero — dijo Reeves—. Dijo que iba a una taberna a cenar algo. Si trata de escapar, tráigala aquí de nuevo. Puede que intente avisar a su amigo de que estoy aquí, y no debe conseguirlo.

—Puede ser —replicó el otro, y se marchó detrás de Jenny Lane.

Reeves volvió a entrar en la casa. Quería estar seguro de que el cuadro estaba a salvo; sucediera lo que sucediera, él tenía que obtener ese cuadro. Mientras esperaba, miró cuidadosamente los lienzos restantes y las carpetas, y sacó uno o dos bocetos que le interesaron. Le habría gustado que tuviera teléfono la casa: quería informar a Macdonald.

Para pasar el rato, Reeves se sentó y escribió su relación oficial en el cuaderno de notas, y, al tiempo que terminaba, regresó Jenny Lane.

—Me siento otra —dijo—. Salchichón, albóndigas y budín de manzana…, un verdadero atracón. Le he comprado a usted otro paquete de cigarrillos.

—Gracias —contestó Reeves, sonriendo forzado—. Ha sido una buena idea la suya. Me alegro de que cenara bien.

—La vida es divertida —comenzó bostezando Jenny—, ¿no es cierto? Nunca me habían pagado una cena así. He conocido algunos tipos decentes, sin embargo. En caso de duda, pregunte a un policía. Tengo sueño. Creo que me voy a la cama. Cuando venga él, puede contarle el mismo cuento que a mí… dígale que viene de las oficinas del Morning Mail. Usted ya tiene una desenvoltura especial, ¿no es cierto?, para contar trolas como ésa.

—No era una trola. Era la verdad —replicó Reeves—. He salido de las oficinas del Morning Mail a las seis y treinta y he venido directamente aquí. Ha sido de usted la idea de que venía a buscar sus dibujos.

—Bien, me importa un comino, de todas maneras. Estoy rendida. Por la mañana estaré más despejada. —Volvió a bostezar—. ¡Señor, qué sueño tengo!

—De acuerdo, váyase a la cama —dijo Reeves—. Sin embargo, dígame solamente dos cosas antes de irse. ¿Este dibujo es un retrato de Stort?

—Sí, éste es él… está igualito, además. Le encanta hacer autorretratos, como él les llama. Dios sabe por qué. No es ninguna belleza.

—En todo caso, tiene ilusiones al respecto —dijo Reeves, sonriendo ante el implacable retrato—. Dígame también: cuando pasa las tardes en la ciudad, ¿va a alguna reunión particular, o no hace más que andar de un lado para otro mezclándose con todos?

—Es un experto en materia de tabernas, se lo digo sin rodeos. Dice que no hay una en seis kilómetros a la redonda que él no conozca. Un lugar al que, sin embargo, va siempre es a ese café que está junto al Coliseum, donde se puede hacer una comida ligera también, el «Flamingo». Allí se junta una pandilla de gente extraña: actores, artistas, periodistas y otros por el estilo.

—Lo conozco —dijo Reeves—. Bueno, se cae usted de sueño, váyase a dormir… y siga este consejo: lárguese de aquí y trate de conseguir un trabajo decente. Tenga un poco más de sentido y no viva con un tipo de esta clase.

—Una muchacha tiene que vivir, ¿no es cierto?

—¿Le llama usted vivir a esto? Yo, no.

—Oh, yo tampoco. Gracias por la cena. Me ha salvado la vida, de veras.

Jenny Lane subió al piso de arriba y Reeves se encogió de hombros. En su carrera de policía había visto a muchas como ella, y con el práctico sentido común, que era su principal característica, le parecía a Reeves que era una pena el que una muchacha fuera tan tonta; él odiaba la suciedad, la sordidez y lo que llamaba «vivir en un estercolero».

Volvió a salir afuera y encontró al sargento.

—¿Marcha todo bien? —preguntó este último—. La muchacha estaba hambrienta…, de eso no cabe duda.

—Ahora ya no tiene hambre —dijo Reeves—. ¿Puede usted, en mi nombre, dar un parte telefónico al Departamento y decirme a la vuelta si hay alguna orden más para mí? Creo que será mejor que me quede hasta que vuelva Stort aquí. No quiero que se me escape este tipo.

—Muy bien: voy a llegarme al puesto…, cosa de muy pocos minutos; está en la calle principal. Cuando regrese, le informaré.

Reeves volvió a entrar y se sentó, dispuesto a esperar. Su imaginación se volvió hacia la cena. No le vendrían mal las salchichas y albóndigas… y la cerveza. Eran las nueve y media. Fumó, mientras pensaba en el caso y meditaba absorto en los dibujos de la pared cercana, recordando los manchones en los frescos del salón del viejo Folliner. Reunió las raras piezas que había coleccionado para la prueba junto con los detalles que le fueron dados en el informe de Macdonald…, un rompecabezas en el cual las piezas tenían que ser ajustadas. A las diez sonó una llamada cautelosa en la puerta de la calle. Reeves fue a abrir.

—Será mejor que me deje entrar —dijo el sargento.

Reeves le condujo a la habitación brillantemente iluminada, y los ojos del sargento se abrieron de asombro en cuanto vio las pinturas de la pared.

—¡Demonio! —exclamó, volviéndose luego a Reeves muy juiciosamente—. Lo siento, compañero, lamento que esto no marche. Han recogido a Stort en la vía a la salida misma de la estación. Debe de haber bajado del tren en mala forma y cayó de cabeza. Así lo han informado al Departamento.

—¡Maldición! —dijo Reeves.

—Lo siento, amigo, pero la culpa no es suya. Tiene que irse a comer algo y luego informar al compañero que está de servicio en la esquina de Hollyberry Hill.

Reeves se quedó inmóvil y con la cara en extremo abatida. Recordaba lo que le había dicho a la señorita Stanton:

«Le prometo a usted que no se me escapará, por listo que sea, señora».

Reeves se daba cuenta de que se le había escurrido lo mismo que a los demás.

13

1

Después que Macdonald dejó el estudio, terminado su registro, volvió a Scotland Yard y oyó el informe del detective Ward, que había pasado el día investigando sobre la propiedad de Hollyberry Hill, y recogiendo también algunos chismes del barrio e informaciones de carácter general. No había dejado tampoco de tomar un vasito en «el local», y acababa de estar en la taberna de Hollyberry, cuando Delaunier andaba por allí tratando de obtener una información semejante, o sea, la que los borrachines del vecindario podían suministrar. Ward, con gafas muy grandes y una mirada un poco estúpida, sentado en una banqueta, permanecía silencioso, ignorado por la animada compañía. Después de marcharse Delaunier, Ward pidió otro vasito.

—Por lo que veo —dijo tímidamente— han tenido algún conflicto por aquí cerca.

—Llámelo conflicto, si usted quiere: un vulgar asesinato es el nombre que le corresponde —replicó el propietario.

Otra voz apuntó:

—Todo viene de que un avaro acumulase el dinero de semejante forma. Lo estaba pidiendo, les digo. ¿Por qué no lo metió en Bonos de Guerra, como todo el mundo?

—¿Y cómo sabe usted que era avaro? —preguntó otra voz—. Todo eso son habladurías, y me parece a mí que no es más que un rumor…, un rumor de los más infunda dos. El pobre vejestorio estaba siempre muerto de hambre, según me dijeron. ¿Quiénes fueron los primeros que hicieron correr la voz de que era avaro? Ellos son los responsables.

—Eso es hablar con sentido común —añadió otro de buena voluntad —; vamos a ver, amigo —dijo volviéndose al propietario—. ¿Quién fue el primero que le dijo a usted que el viejo Folliner era un avaro?

El propietario pareció un poco perplejo.

—¿Que quién me lo dijo primero? —preguntó—. Bueno, con seguridad no lo sé. Un montón de gente lo ha dicho. El viejo siempre había sido conocido como mezquino… A veces era de lo más difícil e insensible. Estuvo muy bien en otra época, además. El viejo Jenks, que barría el cruce de allí, antes de entrar en el hospicio, solía decir que recordaba al señor Folliner con sombrero de copa y chaqué. Luego se fue haciendo cada vez más desaliñado, hasta que sus zapatos se quedaron casi sin suelas y dejó enteramente de salir. ¡Después, miren su casa, y el estado indecente en que está!

—¿No prueba esto que era muy pobre… —aventuró Ward con timidez — y no avaro?

El propietario se rascó la cabeza, y otro dijo:

—Yo les diré a ustedes de dónde salieron estas habladurías sobre su avaricia: fue de aquellos tipos del estudio…, los que huyeron cuando comenzaron los bombardeos.

—¡Ah…! —dijo el propietario—, eso es cierto, así es. El tipo aquel pequeño, de nombre extranjero. Era un gran charlatán, de veras. Ahora recuerdo haberle oído que, cuando estaba silencioso el estudio, podía percibir el tintineo de las monedas en la casa, cuando el viejo las contaba por las noches.

—Ésa es una mentira como una casa, de todas maneras —indicó otro —; ¿supone usted que alguien es capaz de tragarse una historia semejante?

Una voz amable habló después: la de un reposado y anciano caballero que estaba sentado en un rincón, al lado del fuego.

—El señor Folliner era muy viejo —dijo—, muy viejo; ésta es la complicación. Ustedes son todos demasiado jóvenes para recordar. Yo tengo setenta y cinco años ahora. Cuando era joven, digamos hace cincuenta años, el señor Folliner vivía en esa casa…

La voz suave se desvaneció, pero Ward se acercó al anciano del rincón y le habló:

—Me ha interesado lo que estaba diciendo usted, señor. ¿De veras hace cincuenta años que conoce este vecindario?

—Sí, sí. Recuerdo aquellos tiempos mucho mejor que la semana pasada. Hace cincuenta años…, 1893, antes del Jubileo…, bien, bien. Yo trabajaba con mi padre…, era químico farmacéutico. El señor Folliner se casó y se instaló con su mujer en la misma casa que nosotros. Tendría unos cuarenta años entonces, pero aparentaba más. Siempre fue un hombre duro. Ella era una jovencita, casi una niña; una hermosa muchacha. La gente hablaba. Se decía que había sido actriz, lo que era un terrible estigma en aquella época. Yo no lo sé. Mi madre sentía interés por la pobre jovencita, que tuvo un niño. Luego se escapó y se lo llevó consigo. Se habló muchísimo de todo eso en aquel entonces… El señor Folliner siempre había sido un hombre áspero, pero después de esto se volvió cada vez más malhumorado y mugriento. Se decía que nada le importaba sino el dinero. Por eso se dio en decir que era avaro… Las habladurías crecen como una bola de nieve.

Ward se acercó más confidentemente.

—¿No se volvió a saber nada de la mujer, señor?…, ¿o del hijo? ¿Era niña o niño?

—Era un muchacho, mi madre le veía. Yo no volví a saber de la mujer; pero cierto día, antes de la otra guerra, en 1913 creo que fue, un joven, muy buen mozo, entró en mi local y preguntó si yo conocía la dirección del señor Folliner…, hace treinta años…, parece como si fuera ayer. Yo estaba seguro de que aquel joven era el hijo del señor Folliner, tenía su misma mirada…

—¡La hora, caballeros, la hora! —gritó el propietario.

Ward se las arregló para salir a la calle al mismo tiempo que el anciano.

—He pasado un buen rato oyéndole, señor —le expresó amable—. Espero que nos veamos de nuevo.

—El día que quiera, yo siempre vengo aquí a tomar una copita — repuso el anciano, que se alejó tanteando los bordillos con su bastón.

Alguien le tocó a Ward en el brazo.

—¡Pobre viejo! Es casi ciego. Viene aquí todos los días y se va solo hasta la vuelta de aquella esquina.

—¿Ciego? —dijo Ward—. ¡Qué pena!

—¡Ay!, ésa es una gran desgracia, de veras —replicó el otro.

2

Después de oír Macdonald la información completa de las investigaciones de Ward, tomó a toda prisa una ligera cena y salió de nuevo para Hampstead. Llamó a la casa del señor Lewis Verraby. Verraby estaba sentado en la misma habitación magníficamente adornada, y recibió con efusión a Macdonald.

—Encantado de verle, inspector jefe. Encantado. ¿Cómo va su caso?

—Todavía estamos reuniendo información, señor: el caso no está de ninguna manera completo. A la luz de ciertos hechos, que ya han sido establecidos, he venido aquí para ofrecerle una oportunidad de reconsiderar algunas de las declaraciones que usted prestó.

¿Las declaraciones mías? —Verraby contemplaba a Macdonald: trataba sin duda de mirarle con aire de superioridad. Con el color subido, saltándole a los ojos, preguntó—: ¿Puedo saber lo que quiere usted decir con precisión?

—Sí, señor. Usted afirmó que cuando entró en la casa del señor Folliner, subió los escalones, abrió la puerta de la habitación y encontró al soldado que detuvo, dentro del dormitorio y al lado de la cama. Yo no creo que esa afirmación sea correcta.

—¡Cómo! ¿Quiere decir, inspector jefe, que cree usted en la palabra del detenido más que en la mía?

—No, señor. Para un detective no hay palabra contra palabra, sino hecho contra hecho, que es lo decisivo. Una de las primeras cosas que hizo mi Departamento al llegar a la casa del muerto fue sacar fotografías del suelo, de la entrada del vestíbulo, de las escaleras y del dormitorio. Las huellas de sus pies están superpuestas a las de usted.

Hubo un silencio de muerte. El color de Verraby se había desvanecido, y su cara estaba casi gris, pero todavía trató de bravuconear.

—Su interpretación de esas fotografías puede ser errónea, inspector jefe.



—No, señor; no hay posibilidad de equivocación, pero el veredicto final sobre las fotografías no será mío. Se presentarán como prueba en el juicio. En vista de esto, y de otros hechos, le ofrezco la oportunidad de reconsiderar sus declaraciones. Usted sabe, claro está, que mi deber es advertirle que cuanto diga puede ser recogido por escrito y empleado como prueba. No tiene ninguna obligación de declarar, pero, si desea dar una explicación, puede hacerlo ahora.

—¡Esto —gritó el señor Verraby — es inconcebible! ¿Quiere usted decir que me está acusando a mí de asesinato?

—No, señor. Soy un detective y estoy buscando pruebas. Por propia voluntad, le contaré algunas de las que ha recogido mi Departamento durante el curso del día. Sabemos que es usted el miembro principal de un sindicato que ha estado comprando propiedades por estas cercanías. Usted, o su sindicato, poseen las casas comprendidas en esa manzana de Hollyberry Hill, en la que está situada la casa número 25; pero no posee la número 25, aunque ha estado tratando de comprarla durante algún tiempo.

Macdonald hizo una pausa al llegar aquí, pero Verraby no dijo nada. Se limitó a contemplarle.

—Usted reconoció ayer por la tarde, con toda franqueza —continuó Macdonald—, que un financiero cuyo capital está comprometido en tierras y no puede hacerlo producir, está en una situación muy embarazosa. Además, yo sé que otro sindicato le libraría a usted de sus dificultades actuales si le ofreciera en venta la manzana completa de Hollyberry Hill…, con inclusión del número 25.

—Dios mío —estalló el otro—, ¿y sobre esas suposiciones me acusa usted de asesinato?

—No, señor. No le he acusado a usted de nada. Le he pedido una explicación sobre una discrepancia en sus declaraciones.

Macdonald hizo otra pausa, y luego continuó con la misma voz firme:

—Usted, que conoce un poco los procedimientos policíacos, comprenderá muy bien que se sepa la frecuencia con que su deber de agente especial le hacía pasar por la casa del señor Folliner, la cual ha inspeccionado con más atención de la requerida por su deber circunstancial. ¡Vamos, señor! ¡Cálmese! Le he pedido una explicación.

El señor Verraby esta vez se sintió vencido: tan vencido que se sentó con la cabeza entre las manos. Y temblándole los hombros. La incisiva voz de Macdonald al pronunciar sus últimas palabras daba la medida del disgusto que le causaba el hombre que tenía delante.

—Todo lo que usted dice es verdad, en lo esencial, pero está completamente descaminado —gruñó el señor Verraby—. Yo soy inocente…, puede usted creerlo…, soy víctima de las circunstancias. Aquel hecho espantoso me anonadó.

—No tengo tiempo que perder, señor —dijo Macdonald implacablemente—. Una vez más le ofrezco la oportunidad de restablecer la verdad, y le prevengo que no es aconsejable hacer afirmaciones que no estén completamente de acuerdo con los hechos.

El señor Verraby se enderezó; a Macdonald le pareció una rana aplastada.

—Los hechos son casi enteramente como declaré —dijo—. Puede usted comprender lo difícil de mi situación. Es la pura verdad que he tenido que afrontar considerables molestias financieras, causadas principalmente por la obstinación y avaricia del señor Folliner. —En este punto descubrió la mirada de Macdonald y cambió su tono por otro más patético—. Yo estaba de servicio, como usted sabe. Patrullaba de acuerdo con los reglamentos, y al volver a pasar delante del número 25 vi la puerta de la calle abierta.

—¿Examina usted la puerta de la calle de cada casa durante su recorrido? —preguntó Macdonald, y el señor Verraby vaciló. Luego, con un gesto de desesperanza, extendió las dos manos.

—No, inspector jefe…, pero póngase usted en mi lugar. Esa casa estaba asociada en mi cerebro con mis disgustos actuales. Se había convertido en una obsesión para mí…

Macdonald le interrumpió al llegar aquí:

—Yo no emplearía esa expresión ante un jurado —dijo—. Es mejor declarar los hechos sencillamente. Mientras que usted no examinó otras casas en su ronda, volvió la luz de su linterna hacia la puerta de la casa del señor Folliner, y la encontró abierta.

—Exactamente. Me quedé intrigado. Entré para investigar. La casa estaba muy silenciosa. Subí las escaleras…

—¿Había estado en casa del señor Folliner en ocasiones anteriores? — la pregunta de Macdonald fue proferida en un tono que era más el de una afirmación que el de una pregunta.

—Sí… sí. Había tratado de hacerle entrar en razón. La luz estaba encendida en su dormitorio, la vi por debajo de la puerta, como le dije. Abrí la puerta… y vi al viejo allí tirado… muerto. No puede usted imaginarse el horror que se apoderó de mí… los temores que asaltaron mi espíritu. Preví las conclusiones que de eso se deducirían… el peligro en que estaba metido… Yo, sin complicidad alguna; yo, que no tenía conocimiento de ese acto cobarde…

—Si se limita usted a los hechos, acabaremos mucho más rápidamente —conminó Macdonald.

Verraby exhaló un largo y tembloroso suspiro. Sus ojos se detuvieron impacientes sobre la botella de whisky, pero no hizo movimiento alguno hacia ella.

—Sólo le puedo decir que me quedé sin aliento… completamente sin aliento —confesó—. Sentía la necesidad de librarme de aquel horror. Salí de la habitación, cerré la puerta, y en ese mismo momento oí un ruido abajo. Me pasó como un relámpago la idea de que el asesino todavía estaba en la casa.

Macdonald miró al otro con una expresión que distaba mucho de ser de simpatía.

—Usted oyó que entraba alguien más en la casa —dijo—. No es necesario para ninguno de nosotros analizar sus sentimientos en aquella situación. Su proceder posterior nos ilustra suficientemente.

—No sea injusto conmigo —se quejó el señor Verraby—. El único pensamiento que se me ocurrió fue «aquí está el asesino, debo prenderlo». Me oculté detrás de la puerta en una meseta de la escalera, y esperé. El recién llegado entró en el dormitorio… y el resto ya lo conoce usted.

Se inclinó hacia delante, temblando, con la cabeza entre las manos; presentaba un aspecto deplorable.

—Es evidente que espera que simpatice con usted, señor —dijo Macdonald—. Le hablo por mi cuenta al decir que no considero que su causa merezca la menor simpatía. Porque usted temió que le acusaran de asesinato y abusó de su autoridad como agente especial acusando a otro hombre de un crimen, que usted debía de saber que no había cometido. Al cargar a Neil Folliner con este crimen, alteró la verdad. Claro está que, de acuerdo con las pruebas obtenidas, estaría justificado que yo le detuviera y le acusara de asesinato.

—¡Pero yo soy inocente! Juro ante Dios que no sé nada de este asunto. Estaba muerto antes de que yo entrara en el cuarto. Le digo a usted que yo descubrí este asesinato: Alguien mató de un tiro al viejo. ¿No es lo más probable que lo hiciera su sobrino, en espera de heredar la fortuna del anciano?

—Todo esto será discutido por el jurado —concluyó Macdonald—. Bien, cuando sea usted llamado como testigo al interrogatorio, le aconsejo que presente los hechos de forma sencilla y exacta. Entretanto, aunque no le voy a detener, le advierto que no debe salir de esta casa.

El señor Verraby contemplaba al hombre del Departamento de Investigación con una mirada en la cual se mezclaban el horror y la incredulidad.

—Le digo a usted que yo no lo he hecho —se lamentó: pero Macdonald no le dio respuesta alguna.

14

1

Cuando Macdonald dejó la casa del señor Verraby, hizo a pie el camino hasta Hollyberry Hill, y llegó allí en el momento en que Robert Cavenish se disponía a entrar en el número 25 y llamaba a la puerta del estudio. Macdonald oyó el estallido de Bruce Manaton cuando abrió la puerta; el inspector jefe paseó en silencio por el costado del estudio y se quedó junto a la ventana debajo de la luz del norte, desde donde Manaton había observado a Reeves cuando pasaba por delante esa misma tarde.

Todo el furioso discurso de Manaton se podía oír desde fuera; Macdonald ya había visto que la causa de esto era que esa ventana tenía una rendija abierta. Oyó a Cavenish cuando salió y cómo golpeó la puerta furiosamente detrás de él; Cavenish se encaminó lentamente hacia la carretera; sus pasos eran los del hombre que duda sobre todo lo que debe hacer, y poco después empezó a pasear insistentemente, arriba y abajo, por fuera de la casa, cien metros en una dirección y cien en otra.

Macdonald se quedó donde estaba, meditando. Durante el registro efectuado en el estudio esa tarde, había dado instrucciones a la mujer detective a sus órdenes para que se cerciorara de un hecho que él había observado antes, ese mismo día. Para averiguar ese punto fue por lo que había esperado hasta la hora del oscurecimiento para hacer el registro. La detective Caroline Lathon le había dicho a Macdonald que era facilísimo salir por la ventana de la galería del estudio y quedarse de pie sobre el borde; a una persona de estatura mediana, que estuviera así, le quedarían los ojos al nivel de la ventana de la habitación del señor Folliner. Aun con los postigos de esta habitación cerrados, el vigilante de la defensa antiaérea había tenido motivos para quejarse de que la luz salía por un agujero de los mismos. La señora Tubbs lo solucionó pegando papel en el agujero, pero Macdonald había hecho quitar ese papel.

En seguida se vio, de un modo evidente, que cuando la luz estaba encendida en el dormitorio del señor Folliner (y el viejo tenía una desagradable bombilla sin pantalla) era posible ver el interior de la habitación desde la ventana de la galería del estudio. Si alguien hubiera sido lo bastante curioso como para querer obtener una visión más precisa del ocupante del dormitorio, habría sido muy fácil poner una plancha desde el antedespacho de una ventana a la otra y quedar en pie junto a la del señor Folliner. Recordando el relato de la señora Tubbs sobre cómo Stort pintó al señor Folliner, y también las quejas de la señorita Stanton sobre la costumbre que tenía aquel caballero de extralimitarse, Macdonald pensó que era más que probable que Stort hubiera representado así el papel de espía y que, teniendo a la vista la ocupación del señor Folliner por las noches, Listelle había entretenido a la gente del café con sus cuentos sobre el tintineo de las monedas. Macdonald dudaba que hubiera habido muchas monedas… Hacía casi treinta años que las monedas de oro estaban fuera de circulación; también se daba cuenta de que el hombre del cuadro no pudo haber sido observado desde que fueron impuestas las normas del oscurecimiento, así que ni Bruce Manaton ni su hermana habrían tenido ninguna ocasión de espiar al señor Folliner.

Deslizándose a lo largo de la pared del estudio, Macdonald llegó al extremo del mismo que estaba más próximo a la casa; aquí, la cuerda que había pertenecido al mástil de la bandera oscilaba sin objeto sobre su cabeza. Fue a buscar una escalera de mano que había traído, la extendió sin hacer ruido y, después de escuchar durante uno o dos segundos, subió por la escalera y tiró de la cuerda. No estaba suelta; algún peso no muy grande resistía la fuerza que él hacía; si hubiera continuado tirando, podía haberlo arrastrado con la cuerda, pero la soltó tras un tirón de prueba, dejándola oscilar como antes; luego, se bajó y quitó la escalerilla, metiéndola por la puerta trasera.

2

Después de volver a colocar la escalerilla en su sitio, Macdonald miró su reloj; las manecillas luminosas marcaban las nueve y treinta. Salió a la calle y escuchó en la oscuridad. Robert Cavenish todavía estaba allí, paseando despacio y ruidosamente unos cien metros para un lado y otros tantos para el otro. Mientras Macdonald esperaba, un hombre surgió silenciosamente de la oscuridad y se acercó a él.

—Ward, señor. No se ha acercado nadie más… Sólo ese tipo que anda paseando arriba y abajo. El inspector Jenkins está dentro todavía. Dice que casi ya ha terminado.

Murmuró estas palabras cerca del oído de Macdonald, que contestó también en voz muy baja.

—Muy bien. Continúe alerta. No será fácil; podemos estar aquí toda la noche para nada. Busque a Reeves, que venga; puede informarme más tarde. Drew está de servicio en la cabina telefónica. Yo le voy a decir a ese otro que se vaya a casa.

Ward se perdió en la oscuridad, y Macdonald esperó hasta que Cavenish llegó a la altura de la puerta. Entonces le salió al encuentro y le abordó.

—Señor Cavenish, creo que será más prudente que se vaya usted a su casa. No puede obtener nada bueno paseando por aquí, de un lado para otro, con esta noche de frío.

Cavenish hizo un alto.

—El inspector jefe, ¿no es eso? Siento interrumpirle, pero estoy muy preocupado.

—¿Qué es lo que le preocupa?

—Rosanne Manaton. Su hermano no sabe dónde está.

—Quizá ella no quiera que usted lo sepa. En todo caso, usted no puede hacer nada. Es mejor que se vaya para casa. Esta noche preparo mi batida y no quiero tener gente vagabundeando por aquí.

—Ya lo veo. ¿Quiere decir que, si no me voy, tomará usted medidas para alejarme?

—Eso es. Atienda mi consejo…, váyase a su casa, quédese allí, y ponga en orden sus pensamientos junto al fuego de la chimenea. Tendrá usted que prestar declaración mañana.

Hubo una pausa; Macdonald podía oír al otro respirar aceleradamente.

—¿Usted sabe dónde está ella… Rosanne? —preguntó por último Cavenish.

—Sí, lo sé. Ahora, le digo una vez más, váyase mientras es fácil irse.

Buenas noches.

—¿No quiere decirme…?

—Le he dicho a usted todo lo que tenía que decirle.

—Comprendo. Entonces, buenas noches.

Cavenish dio media vuelta y se encaminó rápidamente hacia el sur. Macdonald volvió al número 25 y entró por la puerta de atrás; sus goznes se movieron ahora sin hacer ruido y en la oscuridad no podía ver nadie que estaba ligeramente entornada. Esperó dentro; esperó como había hecho cientos de veces para ver si un «empujón» resultaba certero.

Un cuarto de hora más tarde, Macdonald se dio cuenta de que alguien se aproximaba a la puerta; pero no era el oído, y mucho menos la vista, lo que advertía a su facultad de detective que alguien andaba cerca. Se detuvo junto a la puerta, ligeramente abierta.

Una voz habló muy bajito:

—Drew, señor; informes del Departamento. El cuerpo de Randall Stort ha sido recogido en la vía del metropolitano, cerca de Harrow.

Macdonald guardó silencio un segundo.

—Vuélvase a casa y espere —le ordenó después—. Puede llamar a Reeves. Cuéntele lo de Stort y dígale que venga a informar aquí lo más pronto que pueda.

—Muy bien, señor.

La otra sombra partió silenciosamente y dejó a Macdonald solo con sus pensamientos… sombríos pensamientos. En su imaginación veía una serie de cuadros, y el principal era una decoración mural, embadurnada, desfigurada…, una porquería de pintura en una pared sucia.

Pasó media hora antes de que oyera otro ruido; esta vez no era en la calle; el ligero roce provenía de la tapia del extremo opuesto del estudio, por donde Reeves había trepado aquella misma tarde. Alguien estaba escalando la tapia…, pero no era Reeves. Éste lo habría realizado con mucho menos ruido. «Un gato es torpe comparado con Reeves», decían los que habían estado con él en acción. Macdonald permaneció escuchando.

El intruso se deslizó por la tapia, por el lado del estudio, no muy diestramente. Macdonald oyó el golpetazo de los pies al chocar con la tierra, y unos cuantos segundos más tarde, pisadas (pisadas muy silenciosas que seguían a lo largo del estudio) y luego unos ruidos en el extremo más próximo de la casa. Entonces percibió algo que se arrastraba con cuidado. La cuerda del mástil de la bandera rechinaba sobre el tejado acanalado. Silenciosamente, Macdonald surgió de detrás de la puerta, pero con la misma ligereza retrocedió. Un rayo de luz brilló en la oscura senda cuando la puerta del estudio fue abierta de golpe.

—¿Quién anda ahí? Rosanne, ¿eres tú…, eres tú? —gritó Bruce Manaton.

Una voz de hombre respondió, baja y apremiante:

—No, no es Rosanne. ¡Cierre la puerta! El resplandor de la luz da en el sendero.

—¡Maldita sea la luz! ¿Qué diablos está haciendo usted? ¿Dónde está Rosanne?

—¡Veinte mil diablos! ¡Usted debe de estar loco de remate! Entre y cierre la puerta.

—No quiero entrar…

—Ah, ¿no quiere? Entonces será mejor que entre yo y hable con usted. —La otra voz, muy baja y profunda, tenía una nota siniestra—. Entre y hablaremos allí, amigo. Será mejor para los dos. Rosanne no participa en este acto.

Macdonald, atisbando por la rendija de la puerta, vio la silueta de dos figuras recortadas contra la luz del estudio. Luego, los dos se metieron dentro y cerraron la puerta.

Macdonald dio un salto hacia las escaleras y silbó… una nota corta y clara. Jenkins estaba arriba, y Jenkins era un buen compañero en caso de dificultades. Oyó el silbido de Jenkins como respuesta, y le llamó en voz baja:

—Hay otra reunión en el estudio…, venga y quédese por aquí.

Macdonald salió fuera y se acercó rápidamente a la ventana del estudio, una a la que no le había echado el picaporte cuando había ayudado al oscurecimiento aquella misma tarde; se quedó allí y escuchó. Podía oír la voz profunda del recién llegado…, un bajo y suave murmullo, pero no era perceptible ni una sola palabra; la voz le llegaba muy apagada. De vez en cuando, el irritado staccato de Bruce Manaton le interrumpía, pero casi siempre con una pregunta…, una quejosa demanda de informes que nada significaba para Macdonald. Se quedó allí esperando, hasta que se dio cuenta de que Jenkins estaba a su lado.

—Quédese aquí —susurró Macdonald—. Yo voy a ver si puedo entrar por la ventana de la galería.



Se deslizó con rapidez hasta el extremo opuesto, y se sirvió de una corta plancha que había contra el muro para apoyar un pie. Desde aquí podía alcanzar el antepecho que sobresalía de la ventana, y agarrado a él se arrastró en medio del silencio más absoluto. Macdonald había pensado con frecuencia que habría sido un gran escalador como ladrón. Su práctica de alpinista le capacitaba para utilizar cualquier punto de apoyo útil para los pies o las manos, y tenía el equilibrio de un gato.

Allí de pie, en la oscuridad, en un saliente muy arriesgado, llevó a cabo la empresa de abrir la hoja de la ventana cuyo picaporte la detective

Lathon había dejado sin cerrar. Era un asunto peliagudo que significaba estar en equilibrio sobre un pie con un mínimo de espacio para encogerse, y cualquier falso movimiento o el menor ruido habría acabado con su proyecto. La ventana tenía por dentro una pesada cortina de lana; Macdonald se dio cuenta de que tenía una ventaja…, la posición en que estaban sentados los dos hombres en el estudio era tal que no podían ver la galería de arriba. Todo lo que tenía que hacer era meterse dentro sin producir el menor ruido. Una vez que logró abrir la ventana, hizo falta toda su habilidad y sus músculos para conseguir entrar. Aunque la noche era fría, sudaba cuando se bajó y consiguió meter un pie dentro; sus músculos estaban tan rígidos que los calambres casi le vencieron.

Cuando al fin estuvo dentro, con los dos pies en el suelo, y la cortina que servía de pared oscureciendo todavía se encontraba entre él y el estudio, Macdonald respiró profundamente. El hecho de conseguir entrar sigilosamente le había costado mucho más esfuerzo que escalar cualquier peligrosa montaña, por no decir nada de que fuera bastante más desagradable.

Dejó la ventana en la forma adecuada y se deslizó hasta el suelo, dándose cuenta de que, mientras estuvo preocupado con sus movimientos gimnásticos, no había oído conscientemente una sola palabra de la conversación que tenía lugar en el estudio. Se adelantó quedamente hacia el borde de la galería y separó un poco las cortinas para ver lo que sucedía abajo. Sólo distinguía la parte superior de la cabeza de Bruce Manaton; el otro quedaba debajo de la galería y esto le ocultaba a la vista de Macdonald; pero vio una mano que sostenía una botella de whisky y que echaba medio dedo de alcohol en un vaso, el cual pasó a Manaton.

—Líbrese de esto, amigo; le destrozará rápidamente los nervios. Recuerde nada más que usted no tiene que preocuparse por nada, absolutamente por nada. Las cosas no han podido salir mejor. Ya le dije que el plan no podía fallar, sólo con que usted representara bien su papel… ¡Y por Dios que lo ha representado bien! La prueba persiste, y es irrefutable.

El bajo y profundo murmullo cesó; hubo otro gorgoteo y la botella de whisky fue inclinada. Macdonald podía percibir el olor del alcohol de los vasos, tan cerca estaba de los bebedores.

—¡Dios mío, necesito eso! —siguió el cauto murmullo—. He tenido que hacer todo el trabajo, recuérdelo. —Una sonrisa de bienestar en tono bajo siguió al ruidoso paladeo de un bebedor satisfecho.

—Es casi increíble la forma en que han salido las cosas —siguió—.

Me parecía como si estuviera trabajando en una función de títeres, tirando de los hilos, y haciendo danzar a los muñecos… se ha llegado lo más cerca posible de la perfección.

Bruce Manaton dejó su vaso sobre la mesa con un golpe.

—Lo más cerca de la perfección —repitió como un eco, y su voz era torpe, su articulación confusa—. Cerca… pero no perfecto. He estado cavilando que si ese renegado de Stort oye algo de esto, se entremeterá.

—Y si lo oye, ¿qué importa? La prueba evidente persiste. En todo caso, no oirá nada. He estado haciendo algunas pesquisas. Stort no va a entremeterse… ni tampoco Listelle. Ninguno de los dos contará ningún cuento. Vuelvo a decirle… que no se preocupe. La prueba persiste.

Se oyó otra risa apagada debajo de Macdonald, y el tintineo de un vaso.

—Usted y yo hemos obtenido una carta bien pobre, hasta ahora, en el reparto de los bienes de este mundo —seguía el murmullo—. Ahí tiene; usted… ¿qué sacará con dibujar o pintar? Dudo que haya un pintor, entre toda la patulea que anda por ahí, capaz de superarle en el desempeño de su arte. Vaya a dar una vuelta por las exposiciones modernas… el grupo de Londres, los retratistas, todos ellos. Le digo a usted que ni el mismo Augusto John puede hacer nada mejor que ese trabajo suyo que está sobre aquel caballete. ¿Qué ha sacado usted con eso? ¿Qué clase de vida lleva? ¡Fíjese en esta cueva inmunda en que estamos sentados! ¿Comodidad, seguridad, reconocimiento de su valía? ¡Bah! Una larga y condenada lucha contra las circunstancias. Le digo a usted que eso me enferma.

Hubo un silencio y luego la voz siguió:

—Algunos hombres están contentos con doblegarse ante las circunstancias, admiten la derrota, transigen con la pobreza… «como el desgraciado esclavo, quien con el cuerpo lleno y el espíritu vacío se mete en cama, atiborrado con el pan de la miseria…». ¡Yo no, amigo, yo no! Yo tengo cerebro, tengo valor, y, por el infierno, lo sé utilizar hasta el último recurso.

Un vaso chocó con la mesa, y empujaron una silla hacia atrás.

—«¡Concentra tu valor en el punto vulnerable, y no fracasaremos!». Ahora tenemos que hacer esto. Debemos conseguir sacar esos valores. Hubo que dejarlos tanto tiempo, porque estaba la policía por aquí, pero ahora hay que sacarlos. Lo he estado pensando. Voy a dividirlos en dos paquetes… uno para usted y otro para mí; y los llevaremos al lugar que he preparado. No podemos disponer de eso todavía… no hay prisa. ¡Sobre todo no hay que apresurarse! Seguiremos comiendo cortezas de queso y vistiendo andrajos hasta que se extinga esta agitación. Puede ser que, mientras, termine la guerra. Podemos ir al extranjero. Tengo una gran ilusión por Sudamérica; viviré en cualquier parte donde brille el sol. Usted puede tener su chalet en Capri, o en ese rincón de las proximidades de Barcelona… el porvenir es nuestro sólo con que conservemos la cabeza y nos atengamos al maldito presente.

De nuevo se oyó una sonrisa reprimida.

—Me alegro que registraran el lugar tan bien. Ese huesudo escocés es un diablo eficaz. Supongo que buscaría bien. Me hace reír. Ahora quédese usted aquí, amigo. Yo voy a tirar de la cuerda.

Bruce Manaton se levantó y empujó la silla hacia atrás.

—No le quitaré la vista de encima. Usted es capaz de estafar a su propia madre, estoy seguro. No se imagine que le voy a dejar es caparse con eso.

Su voz era confusa y soñolienta, como la del hombre que está a punto de provocar una pendencia a causa de su borrachera.

—No empiece ahora a imaginar cosas raras —replicó el otro—; ¿no he hecho yo todo el verdadero trabajo en esta empresa? Sin mí habría terminado usted su vida como un pintor fracasado… tan cierto como que le llevarán a la fosa. Conmigo, con la combinación de mi ingenio y el suyo, ha conseguido un porvenir… ¡Acuérdese del porvenir! ¡Bebamos por el porvenir…! Pero ahora conserve la cabeza. Voy a tirar de esa cuerda que está en… Bueno, muy bien, venga si quiere, pero, por Dios, no haga el menor ruido. Es casi seguro que hay alguien del Departamento de Investigaciones acechando alrededor de esta casa. Apague la luz. Está a un paso ahí fuera, pero no debe oírnos nadie. Recuerde que el único peligro que existe en todo esto está en que nos cojan con las manos en la masa. Tome otro whisky, eso le despabilará.

—No voy a tomar ningún whisky más hasta que sepa que usted juega limpio. Está tratando de emborracharme, con la esperanza de que me vaya a dormir y poder arramblar con todo. Pero no, amigo, no me hará esa jugarreta… y recuerde lo que le digo… si se trata de hacer trampas, le veré en la horca, aunque me cuelguen a mí a su lado.

—¡Tranquilícese!, ¡tranquilícese! No hay necesidad de esas cosas entre usted y yo. Habiendo llegado hasta aquí, «sería una lástima malograr tan buen trabajo por una riña». Venga entonces, venga conmigo… pero despacito, despacito… chi va piano, va sano: chi va sano, va lontano. ¡No se olvide, ni el menor ruido!

La luz se apagó, y Macdonald quedó en la oscuridad. Oyó cómo dos hombres cruzaban el estudio y abrían la puerta de la calle. Sabía que Jenkins estaba a un paso, y que Ward y Drew permanecían fuera, alerta. Alcanzó la ventana de la galería, abrió una rendija y esperó. Recordaba un reloj del tiempo de su abuelo sin las pesas: una cuerda, una polea y dos buenas pesas: un cañón de chimenea vacío y un envoltorio, que sabía estaba atado al extremo de la cuerda, saltando briosamente sobre el borde del ancho protector de la chimenea, mientras la cuerda quedaba libre y las pesas descendían por el cañón de la chimenea. Ahora, el desenlace del caso se acercaba.

Silencioso junto a la ventana, Macdonald oyó cómo colocaban muy suavemente un cajón contra la pared del estudio. Luego, alguien subió sobre el mismo, y se produjo el golpeteo de la cuerda en el tejado; después, el ruido de un tirón fuerte de algo que se arrastra; más tarde, un topetazo y una rasgadura, como si un bulto saliera rozando el protector de la chimenea; por último, un chasquido. Un momento más tarde, los dos hombres volvieron a entrar en el estudio.

Macdonald oyó cómo cerraban la puerta de la calle, y la luz se encendió de nuevo. Estaba a punto de bajar los escalones de la galería para hacerles frente, cuando una palabra de Bruce Manaton le hizo detenerse. Había alguna cosa más que deseaba saber. Manaton fue otra vez a por la botella de whisky.

—¿Y qué le pasa a Rosanne? —preguntó de repente.

El otro lanzó una exclamación de impaciencia.

—¡Rosanne! ¿Qué le pasa? Ya le dije que ella no entra en esta operación.

Manaton habló en tono aún más bajo; la voz se arrastraba, tartamudeando un poco.

—Ha salido de aquí… hacia la oscuridad. ¿Qué es lo que sabe…? Ella adivinó… usted sabe… se asomaba a la puerta con demasiada frecuencia… Si al menos comprendiera. Yo lo he hecho por ella…

Su voz se arrastraba en medio del silencio, y Macdonald se quedó quieto; por vez primera sentía un poco de piedad. El otro hombre permanecía silencioso, y luego una fea blasfemia brotó de sus labios.

—… Rosanne… si nos descubre, la estrangularé con mis propias manos, la…

Macdonald bajó las escaleras de un salto. Sabía lo que iba a ocurrir ahora. Manaton, borracho, fuera de sí, agarró la primera arma que encontró a mano: el sifón que estaba sobre la mesa. Antes de que Macdonald pudiera intervenir, el otro le arrancó violentamente el sifón y lo estrelló contra la cabeza del pintor. La ciega y furiosa borrachera cedió ante el golpe mortal. Bruce Manaton se encogió, y Macdonald le sostuvo al desplomarse contra el lienzo, embadurnado de rojo, con el retrato de un hombre vestido de cardenal.

3

Reeves siempre experimentaba un sentimiento de satisfacción si su día terminaba con la culminación de un caso. Había hecho el viaje de vuelta de Harrow maldiciéndose amargamente. Por naturaleza, no era un fanfarrón, sino cauto, reticente y muy trabajador. No podía olvidar su propia voz diciendo: «no se me escapará, por listo que sea». Y tenía la sensación de que le habían engañado; pero, también, la íntima convicción de que a Macdonald no le habría eludido de semejante manera. «Él le encontraría un sentido a esto». Era una creencia firmemente arraigada en la mente de Reeves.

Recorrió el camino desde la estación de Funckley Road hasta Hollyberry Hill a grandes pasos, y estaba a punto de empezar a dar el parte a su ayudante, el policía de la cabina telefónica, cuando oyó un ruido penetrante que fue para él como una punzada: el agudo silbido de un policía.

—¡Está sucediendo algo, caramba! —fue su reacción inmediata. De puntillas, tanto mental como físicamente, avanzó Reeves hacia el número 25. Oyó el ruido de una reyerta y algunas palabras en el jardín; un golpe hueco le indicó que alguien había sido derribado contra la pared; se agachó un poco, con los hombros cuadrados y los puños dispuestos, se le veía danzando casi en las sombras de la pared. En ese momento, vio la forma de una pesada figura que venía agazapada hacia él, un hombre que corría para salvar su vida, gruñendo al tiempo que corría. Reeves se le acercó con la sensación gozosa de ejecutar una acción heroica que borrara su reciente frustración. Le salió al encuentro, deteniéndole con un golpe en un lugar estratégico, y el fugitivo cayó pesadamente en el resbaladizo pavimento de Londres, mientras Reeves se revolvía como una anguila y se colocaba a horcajadas sobre su prisionero.

La voz de Drew salió de la oscuridad.

—¿Le has cogido? El jefe está dentro.

—Sí. Le he cogido —dijo Reeves—, y bien que he gozado con la captura. Esta tarde me debía algo, pero todo está arreglado ahora.

4

En el estudio, Jenkins, un poco jadeante, encontró a Macdonald.

—Le había agarrado por el cuello, pero se escapó… y fue a caer en los brazos de Reeves. Así fue. Es un muchacho recio nuestro Reeves; así era yo cuando tenía su edad. Caramba, ése tiene mal aspecto, jefe.

—Sí. Está muerto.

Macdonald estaba de pie, mirando el cuerpo de Bruce Manaton.

—Me parece que yo debía haber evitado esto, Jenkins; creo que podía haberlo evitado, pero no quise. Será más fácil de soportar así para Rosanne.

Jenkins asintió con un sobrio movimiento de cabeza.




—Sí. En esto tiene usted razón… pero yo no siento compasión por el otro sujeto. Caí en la cuenta de que era a su padre a quien había matado; el mundo se sentirá mejor sin ese par de bribones. He terminado con los papeles del viejo. Era un diablo, viejo y cruel.

—Así que, por lo que parece, era también su hijo —opinó Macdonald.

15

1

—Así que a nosotros dos nos adjudicaron el papel de monigotes.

Ian Mackellon expresaba su desilusión en voz alta y en un tono que hizo sonreír a Macdonald.

—A ningún hombre le gusta darse cuenta de que ha sido engañado — dijo el último—, y a los de Aberdeen, menos que a nadie. Pero no tiene usted por qué sentirlo tanto. Su presencia fue requerida aquella tarde en el estudio porque tanto usted como el señor Cavenish eran personas respetables, dignas de crédito y hombres conscientes. Ningún inspector de policía que valga el pan que come podía haber sospechado que ustedes fueran perversos. De ahí su valor.

Macdonald estaba sentado en el estudio, donde había accedido, ante el requerimiento de Mackellon, a darles una explicación del «Crimen del Cardenal», como le llamaba Mackellon. Sentados uno frente al otro, con una mesa de ajedrez en medio, Cavenish y Mackellon escuchaban.

—Creo que ya les conté a ustedes la historia desde el punto de vista del detective —dijo Macdonald.

—Quedamos en deuda con usted, inspector jefe —intervino Cavenish con gravedad—. Ha sido muy amable dedicándonos un rato, a pesar de sus muchas ocupaciones.

Macdonald pescó un destello de malicia en los ojos castaños de Mackellon.

—No tienen que agradecerme nada —dijo—. Mackellon tiene que reconocer que a todos los verdaderos escoceces nos gusta hablar… en ocasiones. Somos callados en otras, sobre todo cuando tenemos un trabajo que hacer, pero hablamos mucho a veces. Acabo de terminar una buena tarea, y puedo descansar un poco ahora… y conversar.

Chupó su pipa un momento y empezó:

—Contaba solamente con estos hechos escuetos: un anciano había sido asesinado de un tiro a bocajarro en su cama. En el suelo había tirados un cofre vacío y una pistola. Habían detenido a un soldado canadiense en el lugar del crimen, y el agente especial que le detuvo afirmaba que el soldado había venido en línea recta hacia este estudio, como si tuviera alguna razón deliberada. Envié al fotógrafo y al experto en impresiones dactilares a la casa para que hicieran su trabajo, y vine luego aquí para observar a los reunidos. Ustedes recuerdan mi entrada en escena, supongo.

Mackellon se rió.

—No la olvidaré nunca. Me gustó la manera con que se dirigió a todos nosotros.

—Era una ocasión interesante —dijo Macdonald—. Comprendí perfectamente que al señor Verraby le pareciera un poco extraña la reunión… capaz de todo, según expresó. Delaunier, con su ropaje púrpura, estaba muy dramático. Manaton, con ese temple de pintor, y el estudio tan raro… En efecto, la impresión resultante era de ópera, algo muy lejano de los hechos cotidianos corrientes. Lo que más me chocó fue el contraste entre las dos parejas de hombres que vi allí. Dos eran artistas; otras dos, personas dignas de crédito, cabezas firmes y, según me pareció, ciudadanos conscientes.

—¿Los artistas nunca son dignos de crédito, ni cabezas firmes, ni conscientes? —preguntó Mackellon.

—Claro que lo son —replicó Macdonald—; pero en este caso supuse que Manaton era un desequilibrado; es verdad que procedió bien y habló de forma razonable, pero me pareció que hacía un deliberado esfuerzo, como si estuviera dominado por un deliberado propósito. Le importaba causarme una buena impresión, aunque no le había importado conseguir igual efecto en el agente especial. Pensando en esto después, me pregunté perplejo si Manaton sería un borracho… un borracho tranquilo sin escándalo.

—Borracho… —asintió Macdonald— o mareado. He oído hablar y discutir a Manaton con mucha más lucidez, después de haber tomado suficiente whisky como para dejar a cualquier hombre sin sentido, que cuando estaba sobrio.

—Delaunier era un actor —prosiguió Macdonald—; actuaba intencionadamente, y era difícil juzgar al hombre que había detrás de su comedia. Bien, luego vi el retrato de Bruce Manaton. Era bueno…, me pareció, muy bueno. También había oído hablar de Delaunier, y sabía que ninguno de los dos había triunfado: un pintor desconocido, un oscuro actor…, los dos con energía y habilidad. Por añadidura, estaba la hermana de Manaton: reservada, fría, firme y decidida a no decir nada en absoluto; observaba y esperaba… una persona difícil de valorar. Era clarísimo que, siendo hermana de Bruce Manaton y, al mismo tiempo, una mujer con sensibilidad y sentido del orden, debía de haber llevado una vida difícil. Las hermanas de los hombres como Bruce Manaton llevan una vida muy penosa si tratan de conservar el respeto de sí mismas, como le sucedía a Rosanne —Macdonald hizo una pausa—. Estoy deteniéndome mucho en eso, pero tengo interés en mi propia recapitulación de este punto. Vi este punto y la cocina que hay allí. Observé los esfuerzos de una persona para mantener la delicadeza y la decencia de la vida…, limpieza, orden, gracia… y por otra parte, que al hermano no le preocupaba la miseria.

Estaba acostumbrado a ella. La hermana, no.

Cavenish habló aquí en su forma sobria y consciente.

—Me alegra que observara usted todo esto. Yo también lo vi. Rosanne Manaton ha luchado en situaciones muy difíciles; pero no se ha quejado nunca, ni se ha abandonado jamás.

—Bien, esto es todo lo que había —dijo Macdonald—. Les tomé declaración a ustedes; declaración que se limitó al hecho de que los cuatro hombres habían estado en el estudio, unos a la vista de otros, toda la velada. Delaunier estuvo muy explícito sobre esto, incluso reprodujo los movimientos de la partida de ajedrez. Sin embargo, mientras posaba por la tarde, Delaunier se había movido por el estudio de vez en cuando…, los jugadores de ajedrez estaban acostumbrados a esto y no siempre lo notaban. También había un maniquí tirado en el suelo. Yo me limité a tomar nota de las posibilidades. La señorita Manaton se había asomado al estudio varias veces: ella también había estado fuera para revisar el oscurecimiento del estudio. No tenía nada que decir… y la llave de la casa del señor Folliner estaba sobre la mesa de la cocina.

De nuevo Macdonald hizo una pausa y luego continuó:

—No necesito abrumarles con todos los detalles de nuestro registro en la casa: los elementos de juicio principales eran la pistola, propiedad del viejo Folliner, un cofre vacío y una postal de Neil Folliner en la que anunciaba la visita a su tío aquella noche. Consideré la postal como la primera pieza de convicción. Daba la fecha del crimen. El viejo fue asesinado aquella noche, porque su sobrino iba a venir, y ese sobrino podía pagar por otros. Fue una suposición de mi parte, pero resultó cierta. El hombre que dejó la postal, para que nosotros la encontráramos, se excedió en sus cálculos. Fue una equivocación. Lo primero que me pregunté es: «¿Quién puede haber recogido esa postal?». La respuesta era clara…, la señora Tubbs o los inquilinos del estudio. En esta época en que gente inexperta despacha el correo, sucede con mucha más frecuencia que cartas con direcciones distintas se depositen juntas en el mismo buzón. Era muy probable que la gente del estudio pudiera recoger cartas del nuevo cartero… o cartera… y conseguir las dos correspondencias, la del estudio y la de la casa. Me pareció que esa postal podía haber caído en manos de la gente del estudio, mientras que era muy improbable que el señor Verraby la consiguiera. Otro detalle derivado de esa postal.

Se volvió hacia Cavenish.

—Usted recordará que le pedí que escribiera exactamente cuanto Neil Folliner había dicho en el estudio. Le pedí a Mackellon que hiciera lo mismo. Ustedes dos escribieron que Neil Folliner había dicho: «Le escribí al tío para avisarle que iba a venir esta tarde». Bruce Manaton afirmó que Folliner había dicho: «Le escribí al tío una postal…», así que alguien en el estudio conocía la existencia de ella. Mackellon asintió con la cabeza.

—Sí —dijo—, en detalles como éste es donde se pierde el embustero. He sostenido siempre que es muy difícil mentir de un modo consciente y salir adelante con la mentira.

—Es la pura verdad —asintió Macdonald—; siempre es verdad que en los pequeños detalles es donde el mentiroso da el resbalón. Pues bien, éstos son los pequeños detalles. La señora Tubbs había dejado la llave del señor Folliner en el estudio, no una, sino varias veces. La gente del estudio podía haber sacado muy fácilmente un duplicado, y también haber recogido la postal de Neil Folliner. Sigamos luego con la declaración de la señora Tubbs. Ante todo, a mí me gustó…, me gustó a primera vista y de todo corazón. Siempre encarnará para mí el espíritu que hace de los encogidos y pequeños habitantes de Londres uno de los más grandes caracteres del mundo.

—Tiene usted razón —concedió Mackellon—. He pensado muchas veces que es la señora Tubbs quien realmente está derrotando a Hitler. Él no entiende a la señora Tubbs. Puede usted llamarle a esto sentimentalismo, si quiere, pero es verdad.

—Tiene mucho de verdad —dijo Macdonald sobriamente—. Ahora bien: la señora Tubbs había estado conservándole la vida a ese anciano, porque no podía soportar la idea de que muriese de hambre. Yo tengo pruebas, por Neil Folliner, de que eso era verdad…, no se trataba de una invención de la señora Tubbs. Ella no habría hecho tal cosa si sospechara que el anciano era rico. Sabía que era avaro, y dijo que le había obligado a que le pagara algo en cuanto tuviera inquilinos en el estudio. Esto era justo, me sorprendió descubrir en la señora Tubbs ideas propias acerca de la justicia, y no eran malas sus ideas. No me pareció probable que hubiera evitado que el hombre se muriese de hambre, para robarle y asesinarle después: no creí que supiera que era rico ni que hubiera difundido la noticia entre sus amigos. Ella le llamaba pobre viejo mísero; y ésta era su actitud hacia él, una actitud de compasión, que parecía sincera.

»La señora Tubbs me contó entonces, de pasada, una o dos cosas interesantes. Una de ellas fue que el inquilino anterior del estudio, un hombre llamado Stort, había pintado un retrato al señor Folliner, apretando en sus manos el dinero que estaba contando. “Lo hice de memoria, madam” dijo Stort…, ¡y la señora Tubbs se ofendió por la familiaridad de aquella palabra! No sabía ella lo interesado que yo estaba por su retrato. ¿Cómo había visto Stort al señor Folliner para poder pintar ese cuadro de memoria, y cómo se le había ocurrido la idea de pintarle contando dinero como un avaro? A propósito, he adquirido esa pintura para mostrarla en el juicio… Reeves la ha buscado bajo tierra para mí. Aquí está la fotografía del cuadro.

Macdonald le mostró la reproducción de «Mirando a hurtadillas».

—¡Señor! ¿Cómo consiguió estos detalles? —exclamó Mackellon.

—Los detalles son absolutamente fieles —contestó Macdonald—. Éste es el retrato del señor Folliner sentado en su cama, y fue pintado por un hombre de memoria muy detallista. Stort vio a Folliner sentado en la cama contando su dinero, no una vez, sino muchas.

Macdonald volvió a relatar entonces cómo era posible ver el interior del dormitorio del señor Folliner desde la ventana de la galería del estudio.

—Desde luego, estoy situando el hecho del hallazgo del cuadro y del descubrimiento de los medios para atisbar fuera del orden cronológico de mis investigaciones: pero la señora Tubbs me contó lo de la pintura la tarde misma del asesinato.

—Así que, de hecho, sus pensamientos se dirigían cada vez más hacia el estudio —interrumpió sonriente Mackellon.

—Así es —confirmó Macdonald—. Vi cada vez más claro el valor de los testigos incorruptibles. Como oí más tarde a Delaunier decir: «La prueba persiste». No quiero fastidiarles a ustedes con el relato de mi entrevista con el señor Verraby. En lo que a él concierne, al menos, estoy de acuerdo con Manaton cuando dijo: «A nosotros no nos gusta». Pero lo dejaremos por el momento. Jenkins trabajó bien durante toda la noche examinando los papeles del muerto… y yo la pasé meditando. A la mañana siguiente, vi a Neil Folliner, y luego examiné la casa con detalle a la luz del día. Surgieron tres puntos de interés: uno era la existencia de unos retratos en las paredes de la sala. Estos retratos habían sido pintados muy cuidadosamente y estaban desfigurados; otro, fue la existencia de un reloj antiquísimo, sin sus pesas y cadenas; otro, la vista del tejado del estudio desde el primer piso de la casa: mostraba un mástil de bandera abandonado y unas brazas de cuerda colgando por las paredes del estudio desde el tejado, junto al cañón de la chimenea en desuso.

Cavenish hizo con la mano un gesto de protesta.

—Aquí es donde yo me pierdo —confesó—. He comprendido todos sus argumentos anteriores, y los he seguido con sumo interés; pero los tres puntos que acaba usted de mencionar me despistan completamente. No sirvo para descifrar enigmas.

—Si hubiera estado mal realizado mi trabajo, se habría hecho las mismas preguntas que me hice yo: ¿Quién fue el asesino? Luego, ¿qué fue del contenido del cofre? Al ir avanzando el inspector Jenkins en la revisión de los papeles del señor Folliner, se demostraba cada vez más que había desaparecido una gran cantidad de dinero.

—Evidentemente se preguntaría uno eso —intervino Ian Mackellon—. Suponiendo que los sospechosos fueran Neil Folliner y Verraby, como supusimos nosotros al principio, parecía claro que no se habrían arriesgado a conservar el paquete encima de ellos. Lo habrían tenido que ocultar en alguna parte.

Macdonald asintió con un movimiento de cabeza.

—Así fue. Ahora que yo no limité mis sospechas al joven Folliner y a Verraby… por las razones que en parte les he dicho. Sospechaba que el secreto estaba en alguna parte de la reunión del estudio, por más improbable que pudiera parecer. El problema era el siguiente: ¿dónde estaba el botín? Adiviné que no estaría en ningún lugar muy visible; también parecía cierto que sólo habían dispuesto de muy poco tiempo para ocultarlo. ¿Cómo puede un hombre mantener en secreto un gran paquete de billetes de banco, de tal manera que puedan escapar a un registro de expertos? He sabido de valores escondidos en recipientes como un termo y sumergidos en una cisterna…, pero no fue ése el método empleado. Con certeza no lo enterraron, ni utilizaron la zanja. Bueno, había una chimenea que no se usaba, como ustedes pueden ver. Tiene bloqueado este extremo, pero el amplio cañón de la misma está abierto. Allí había una cuerda… que iba desde el mástil de la bandera… y las pesas del antiguo reloj se habían perdido. Me pareció que con tiempo para fijar una polea en el cañón de la chimenea, si se ataban las pesas del reloj a un extremo de la cuerda y eran introducidas dentro del cañón de la chimenea, esas pesas podían elevar un paquete atado al otro extremo de la cuerda y meterlo dentro, ocultándolo en el interior del cañón de la chimenea. Es la idea del antiguo reloj: las pesas hacen el trabajo. Mecánicamente es una idea muy simple. La polea se fija en la chimenea y las pesas bajarán corriendo y elevarán un peso menor que el de ellas: es necesario un pedazo más de cuerda, suficiente para asegurarla por fuera al cañón de la chimenea, de manera que sea posible recuperar el paquete del interior tirando de ese extremo.

—Sí, comprendo esa idea perfectamente —expresó Mackellon—; aunque nunca se me habría ocurrido eso porque las pesas del antiguo reloj se hubieran perdido.

—Ni a mí tampoco, en esa forma —replicó Macdonald—. El trabajo del detective no se basa en brillantes destellos de intuición… Al menos, yo no los tengo. Se basa en la reconstrucción de las posibilidades. Si uno supone que alguien ha ocultado algo, lo único que hay que hacer es considerar cada escondrijo concebible a su disposición, como si uno mismo tuviera que ocultar el objeto. Esto despeja un poco el terreno. Ahora, volvamos al principio, a la reunión del estudio. Teniendo presente que la llave de Folliner podía haber sido obtenida por cualquiera de los miembros de la reunión en ocasiones previas, y que se había mencionado una postal, el problema siguiente era qué miembro, o cuáles del grupo, podían haber hecho ese sucio trabajo. Desde luego, teníamos a la señorita Manaton; pero si ella hubiera sido culpable, no creo que hubiera declarado que había estado fuera. Podía haber dicho: «He pasado en la cocina todo el tiempo, excepto cuando me he asomado al estudio», y no habría habido medio de destruir esa declaración. No era ella. Si el grupo del estudio estaba complicado, creí más probable que alguien mucho más sutil fuera el culpable. La situación me apasionaba. Aquí había cuatro hombres, todos ellos afirmaban que habían estado en el estudio desde las 19:30 en adelante, unos en compañía de los otros. Entonces, el hecho mismo de que dos de esos hombres fueran ciudadanos conscientes y dignos de crédito me produjo más sospechas que nada. Aparecía muy claro que los jugadores de ajedrez habían sido atraídos para dar una sensación de confianza al investigador; eran impecables. La idea resultaba inteligente.

Mackellon se movía algo nervioso.

—Por favor, no abra la herida —protestó—. Ya he reconocido que fuimos unos monigotes…, sólo unos vulgares fantoches, que servimos para una treta e inspirar confianza.

Macdonald se rió entre dientes.




—Averigüé su buena fe más tarde, lo reconozco; pero la situación que vi era ésta: dos de ustedes habían estado jugando al ajedrez. Ninguno podía haber dejado el tablero sin que su compañero le viera claramente, y lo mismo el pintor y el modelo. ¿Cuatro hombres conspirando unidos? ¿Y cuatro hombres de baja estofa metidos en esto? No me pareció posible. Entonces, ¿podía el pintor haberse ausentado durante diez minutos sin que los jugadores de ajedrez se dieran cuenta? De nuevo pensé que no. Bruce Manaton estaba en pie frente al lienzo, moviéndose hacia atrás de vez en cuando para obtener un nuevo punto de vista, hablando una que otra vez a su modelo. Estaba directamente en la visual de Mackellon. Él debía haber estado allí todo el tiempo. Finalmente quedaba Delaunier.

—Y nosotros le aseguramos a usted que Delaunier había estado dentro todo el tiempo —dijo Cavenish.

—No. Desde luego, ustedes dos fueron muy conscientes en sus declaraciones —dijo Macdonald—. No pretendieron haber tenido los ojos puestos en Delaunier todo el tiempo; ustedes dijeron (y yo comprobé que era verdad) que habían tenido toda su atención concentrada en la partida. Delaunier es también un jugador de ajedrez; él había jugado con ustedes dos. Sabía que eran jugadores que se concentraban en su partida; sé que una buena partida de ajedrez puede absorber muchísimo la atención de los jugadores. Delaunier contaba con este hecho. Sabía que ustedes no se darían cuenta de sus movimientos durante los descansos como modelo; sabía también que tenían vaga conciencia de la existencia de la figura púrpura del cardenal sentado en esa silla. Delaunier aceptó el riesgo… y salió. Una vez, mientras posaba, se levantó para estirarse, se movió hacia el caballete como para examinar el dibujo, se quitó el ropaje escarlata y, con ayuda de Manaton, se lo puso al maniquí. En un instante, ataviado de ese modo, el maniquí estaba sin contratiempos en la silla española, con el sombrero de cardenal sobre su cabeza. El riesgo había sido justificado: los dos jugadores de ajedrez tuvieron sus ojos pegados a su tablero, con los cerebros absortos de su partida, con exclusión de todo lo demás. Probablemente, los jugadores hicieron un esfuerzo consciente para no ver los movimientos del pintor y su modelo; tenían conciencia de la figura púrpura, de los comentarios que hacía el pintor de vez en cuando; la pintura seguía, y la partida de ajedrez también. Al cabo de diez minutos, que Delaunier pasó fuera, éste estaba de vuelta en su lugar. Debía de sentirse muy satisfecho. Había realizado sus planes muy cuidadosamente, y le salieron bien.

Cavenish suspiró.

—Desde luego, debería de darme con la cabeza contra la pared —se quejó Mackellon—. Este engaño fue representado ante nuestras mismas narices y no lo descubrimos. No hicimos más que jugar al ajedrez.

—Tiene que recordar —expuso Macdonald— que Delaunier contaba con las cualidades que reconocía en ustedes dos. Él sabía que ustedes se centraban en el juego. Era como si supiera que cualquier cosa que hicieran la harían a fondo. Escogió por tanto como testigos a dos hombres de reconocida integridad, reflexivos, personas trabajadoras, cuyo hábito era concentrarse en una sola cosa cada vez. Tienen que reconocer que esto denota inteligencia por su parte.

—Oh, inteligencia, sí…, lo es —dijo Mackellon—. Es una clase de inteligencia la suya que nunca olvidaré.

—No se deje usted amargar por eso —aconsejó Macdonald—, y mientras estemos aquí, volvamos a representar el juego. Reeves posará con el traje púrpura de cardenal. Yo seré el pintor. ¿Quieren tratar usted y Cavenish de continuar su partida? Muevan las negras y den mate en cuatro jugadas. Yo sé que les será posible sumergirse en el juego como lo hicieron aquella noche; pero pueden mantener los ojos en el tablero, y Cavenish debe hacer todo lo que pueda para evitar que le derroten en cuatro jugadas. ¿Quieren probar?

—Con mucho gusto —dijo Mackellon—. ¡Jaque al rey!, Cavenish.

2

Una figura vestida de púrpura estaba sentada de nuevo en la silla de alto respaldo. Macdonald permanecía ante el caballete.

—Levante la barbilla; un poco hacia la derecha —decía.

El cardenal se levantó.

—Un momento de descanso, amigo mío —solicitó.

Se movió hacia el caballete. Mackellon, con los ojos fijos en el tablero, murmuró: «Jaque». Cavenish movió su mano para interponer su caballo entre su rey y el alfil del atacante, pero vaciló. Un confuso movimiento color púrpura se produjo en la plataforma y llegó a ser parte del conjunto:

caballete, silla alta, modelo. El «pintor» dijo:

—Más natural… la cabeza alta… derecho.

—¡Jaque! —murmuró Mackellon de nuevo, tomando el caballo. Hubo un silencio de muerte. El «pintor» permanecía ante su caballete. Mackellon se inclinó hacia adelante sobre su tablero, con un destello en sus ojos castaños, y Cavenish meditaba con la mano en alto como si estuviera en presencia de una aparición milagrosa. Luego, bruscamente, agarró su única pieza restante, un alfil, lo movió diagonalmente por el tablero y cogió la reina atacante de Mackellon.

—¡Maldición! —dijo Mackellon—, ¿quiere tener la amabilidad de prestarme atención ahora?

Cavenish sonrió entre dientes.

—He salvado mi partida, inspector jefe. Por una vez, la única desde que le conozco, he cogido a Mackellon desprevenido.

—¿Y qué me dicen de mi demostración? —preguntó Macdonald.

Ian Mackellon se rió al mirar a su alrededor. Reeves volvía a estar sentado en la silla del cardenal, y el maniquí se encontraba en el suelo detrás del caballete.

—Sí —declaró Mackellon—. Usted, inspector jefe, ha ganado. Ni aun prevenido me he dado cuenta de la suplantación. ¡Qué fácilmente podemos ser engañados!

3

Macdonald se sentó otra vez al lado del tablero de ajedrez.

—Así que ya han visto ustedes cómo fue perfectamente posible, dadas estas especiales condiciones. Yo medité sobre ello bastante tiempo, y traté de ajustar otras piezas en el rompecabezas, suponiendo que Delaunier fuera el verdadero culpable en complicidad con Bruce Manaton. Allí estaban los retratos embadurnados de las paredes del número 25. Ésos, indudablemente, habían sido pintados por Stort, el inquilino anterior de este estudio. Me pareció que uno de esos cuadros podía muy bien haber sido un retrato de Delaunier o de Manaton, y que habían sido desfigurados para evitar que la policía les viera y sacara conclusiones de ellos.

—Pero Delaunier conocía a Stort —exclamó Mackellon—. Yo se lo oí decir hace mucho, cuando le traté por primera vez. Le recordé a él, a Delaunier, este hecho cuando vino a ver a Delaunier la otra tarde.

—¿De veras? —dijo Macdonald—. Usted no podía haber adivinado cuáles serían los resultados de ese recuerdo. Delaunier sabía, en el fondo, que Stort era un peligro para él. Por medio de Stort, Delaunier supo de la costumbre del viejo Folliner de contar su tesoro cuando se creía seguro en la cama. Su mención de Stort agrandó este peligro. Tan pronto como les dejó a ustedes esta tarde, Delaunier fue al encuentro de Stort en su taberna favorita, le hizo tomar suficientes vasos para ponerle medio borracho, y luego volvió con él a Harrow en Metro. Estaban en un compartimiento vacío, y cuando el tren se paró fuera de la estación, Delaunier abrió la portezuela del coche por el lado opuesto y Stort se cayó, o le empujó sobre la vía.

—¡Oh, señor! —dijo Mackellon lentamente—. Uno no debería decir nunca nada.

—No es propio de la naturaleza humana el no decir nada —declaró Macdonald—. No se preocupe por eso, habría sucedido lo mismo, con toda seguridad, sin su intervención. A propósito, les diré que he perdido un tiempo muy valioso siguiéndole la pista a Listelle, para saber, por último, que había muerto en un bombardeo. Delaunier estaba vigilado, aunque él no se daba cuenta. Volvió directamente aquí; probablemente se daba cuenta de que las cosas se iban poniendo feas… y el resto ya lo saben ustedes.

Cavenish estaba sentado mirando las figuras del ajedrez.

—Supongo que Delaunier y Manaton planearon esto sólo por el dinero, por el tesoro del avaro —dijo.

—Sí, lo principal fue eso, aunque hay otros motivos —aclaró Macdonald—. Cuando Jenkins hubo terminado de revisar los papeles del viejo Folliner, encontró la partida de casamiento de Albert Folliner en 1893. Su mujer le abandonó poco después de un año, llevándose con ella a su hijo. Tenemos la declaración de un viejo químico retirado, que vive aquí cerca, según la cual el hijo de Folliner pudo ver a su padre cuando ya tenía unos veinte años, y hay cartas del hijo al padre, pidiéndole ayuda económica, de la misma época. El hijo trabajaba en las tablas… y el nombre que había adoptado era André Delaunier.

—El círculo se completa —dijo Cavenish—. Es una historia espantosa, pero no suscitan lástima ninguno de los dos: ni el padre ni el hijo.

—Esta relación de parentesco no tiene nada que ver con las revelaciones actuales —dijo Macdonald—. Fue descubierta después de que las cosas llegaran a su culminación. Lo más interesante, desde el punto de vista del detective, fue dar con las posibilidades de la reunión del estudio, al descubrir cómo quedaban revalidadas las declaraciones prestadas por dos testigos dignos de crédito. Bruce Manaton había sido aficionado a las drogas hace algún tiempo, asociado con otros degenerados. Su hermana le salvó de hundirse definitivamente y trató de levantarlo y mantenerlo en pie, pero era un amargado y un fracasado. Delaunier tampoco tuvo éxito en su profesión, e hizo un último y desesperado esfuerzo para tratar de conseguir la riqueza de su padre. Él ideó toda la trama, Manaton era sólo un cómplice. Delaunier tenía una llave de la casa: él fue quien entró, mató al anciano, robó el contenido del cofre, lo metió en una caja impermeable, lo ató apresuradamente a la cuerda y dejó que las pesas, previamente preparadas, hicieran el trabajo de elevar el paquete y meterlo en el seguro escondrijo de la chimenea. Luego volvió aquí dentro, se puso otra vez su traje de cardenal y reasumió su pose…, mientras ustedes continuaban jugando al ajedrez.

—¿Y cómo fue lo del ruido del disparo? —preguntó Mackellon.

—No lo sé —dijo riéndose Macdonald—. Nunca creí que lo percibiera nadie desde aquí dentro. Sabíamos que estaban dando señales para la niebla aquella noche a la entrada de los túneles Considerando que el cuarto del viejo Folliner tenía los postigos cerrados y las cortinas corridas, me parece probable que el tiro no fuera más perceptible que las señales para la niebla. La insistencia de Delaunier en decir que lo había oído fue preparada de antemano, o una exageración después. Trató de atraer la atención hacia sí insistiendo en que estaba en escena, por decirlo así, aquí dentro, cuando se oyó el tiro.

Macdonald hizo una pausa.

—No estoy prestando declaración —añadió después— y mi opinión no vale más que la de los otros testigos. A mí me parece probable que Rosanne Manaton oyera el disparo cuando estaba fuera; incluso puede que oyera a Delaunier pasar por su lado en la oscuridad. Por esto se escapó… para evitar el tener que prestar declaración. Sabía que si Delaunier era culpado, su hermano estaba complicado también. Cuando se fue de aquí esta tarde, fue a esconderse fuera, en casa de una amiga, en Great Missenden. Afortunadamente, su declaración no es necesaria. Delaunier nos ha facilitado pruebas de sobra. Él mató a Bruce Manaton ante mis propios ojos.

—Gracias a Dios que lo hizo —dijo Cavenish lentamente—. Algún día Rosanne podrá apartar de sí todo este error.

Hubo un silencio.

—¿Sospecha usted —preguntó Mackellon de repente— que nosotros, Cavenish y yo, entrábamos en el complot?

—No, nunca —afirmó Macdonald—. Estuve completamente seguro desde el primer momento de que Delaunier les había elegido a ustedes para representar un papel; y no se equivocó al elegir a sus actores. Ustedes eran dos testigos intachables. Con sus declaraciones se sentía absolutamente seguro.

—Dos honrados monigotes —dijo Mackellon tristemente.

Macdonald se puso en pie y se rió un poco.

—Cada uno sigue su camino. Si no estoy soñando, su rey recibe jaque del alfil contrario. —Se volvió hacia Cavenish—. ¡Buena suerte! Y felicidades en el futuro.

—Gracias, muchas gracias —replicó Cavenish.

Y después de esta expresión de gratitud por parte del más viejo de sus «intachables testigos», Macdonald salió del estudio.



EDITH CAROLINE RIVETT LORAC (Hendon, Middlesex, Inglaterra, 13/6/1884 2/7/1958, Caton, Inglaterra) fue una escritora de narraciones de misterio.

Hay muy poca información sobre su vida. Se educó en la South Hampstead High School y en la Central School of Arts and Crafts de Londres. Fue miembro del Detection Club. Fue una escritora muy prolífica, con un total de 48 obras de misterio bajo su primer nombre literario, y otras 23 con el segundo. Era una de las autoras más importantes de la edad dorada del género.

Los protagonistas de sus novelas son tres: el Inspector Detective Ryvet, el Inspector Jefe Julian Rivers (que aparece en quince de sus novelas) y su ayudante el Inspector Lansing, que aparece en 18 novelas (cuatro de ellas con Ryvet).

Con el seudónimo de E. C. R. Lorac escribió una serie de novelas protagonizadas fundamentalmente por el Inspector Jefe Robert Macdonald, un «londinense escocés» y soltero confeso amante de los paseos por la campiña inglesa. En 28 de estos libros, es asistido por su ayudante, el Inspector Detective Reeves entre las que se encuentran Black Beadle (1939) (La sombra del sacristán); Checkmate to Murder (1944) (Jaque mate al asesino); Death before Dinner (1948) (La muerte antes de comer); The Dog It Was That Died (1952) (Y el perro fue el que murió) o Death in Triplicate (1958) (Muerte por triplicado).

Con el nombre de Carol Carnac se ha publicado en castellano Murder as a Fine Art (El asesinato como arte, 1953).

Notas

[1] Policía, por alusión al diminutivo de Roberto Pol, que reorganizó lapolicía inglesa. Bob es diminutivo de Robert.

[2] Departamento de Investigaciones Judiciales. (Nota de la traductora)

[3] Fuerza Aérea de Socorro. (Nota de la traductora)

[4] Iniciales de British Columbia (Columbia Británica), una de las provincias del Canadá. (Nota de la traductora)

[5] Funcionario público encargado de interrogar ante un jurado (Coroner’s jury) en los juicios formados cuando se sospecha que una muerte no se ha producido por causas naturales. (Nota de la traductora)

[6] Royal Air Force. Reales Fuerzas Aéreas. (Nota de la traductora)

[7] Juego de palabras. «Escarabajo disecado o aplastado» (beetle crusher) es una denominación popular y despectiva inglesa que equivale a polizonte. (Nota de la traductora)

[8] «¿Dónde la encontraremos, cómo le cantaremos? / Rodeen nuestras manos sus rodillas y entonemos: / ¡Oh, que el corazón del hombre fuera llamas y la alcanzasen / Fuego, o la fuerza de los manantiales que brotasen!».


FIN

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