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Libro N° 15437. Teoría Marxista Del Partido Político. Cerroni - Magri – Johnstone - Bensaïd - Nair – Luxemburgo - Lenin - Lukács.

Guillermo Molina Miranda agosto 05, 2026


© Libro N° 15437. Teoría Marxista Del Partido Político. Cerroni - Magri – Johnstone - Bensaïd - Nair – Luxemburgo - Lenin - Lukács. Emancipación. Agosto 8 de 2026

 

Título Original: © Teoría Marxista Del Partido Político. Umberto Cerroni - Lucio Magri - Monty Johnstone - Daniel Bensaïd - Alain Nair - Rosa – Luxemburg - Vladimir I. Lenin - György Lukács 

 

Versión Original: © Teoría Marxista Del Partido Político. Cerroni - Magri – Johnstone - Bensaïd - Nair – Luxemburgo - Lenin - Lukács 

 

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

https://editorialkuruf.wordpress.com/wp-content/uploads/2023/05/302.teoria-marxista-del-partido-politico.pdf


 

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: 

Guillermo Molina Miranda




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TEORÍA MARXISTA DEL

PARTIDO POLÍTICO

Umberto Cerroni - Lucio Magri - Monty Johnstone

Daniel Bensaïd - Alain Nair - Rosa Luxemburg

Vladimir I. Lenin - György Lukács  


TEORÍA MARXISTA DEL PARTIDO POLÍTICO

Lenin - Luxemburg - Lukács 



Colección

SOCIALISMO y LIBERTAD

La red mundial de los hijos de la revolución social


TEORÍA MARXISTA DEL

PARTIDO POLÍTICO 

Umberto Cerroni - Lucio Magri - Monty Johnstone

Daniel Bensaïd - Alain Nair - Rosa Luxemburg

Vladimir I. Lenin - György Lukács

*

Para una teoría del partido político

Umberto Cerroni

Problemas de la teoría marxista del partido revolucionario

Lucio Magri

Marx y Engels y el concepto de partido

Monty Johnstone

A propósito del problema de organización: Lenin y Rosa 

Luxemburg

Daniel Bensaïd y Alain Nair

Problemas de organización de la socialdemocracia rusa

Rosa Luxemburg

Un paso adelante, dos pasos atrás Vladimir I. Lenin

Observaciones metodológicas sobre el problema de la organización György Lukács

Legalidad e ilegalidad

György Lukács



NOTA DEL EDITOR

Los trabajos incluidos en el presente volumen fueron tomados de las siguientes publicaciones:

1) Umberto Cerroni. “Per una teoria del partido político”, Critica marxista, anno 1, n° 5-6, 1963 (settembre-dicembre), pp. 15-69.

2) Lucio Magri, “Problemi della teoria marxista del partido político”.Critica marxista, cit., pp. 61-102.

3) Monty Johnstone, “Marx and Engels and the Concept of the Party”, aparecido en Ralph Miliband y John Saville, The Socialist Register 1967, Londres, The Merlin Press 1967, pp. 121-158.

4) Daniel Bensaïd et Alain Nair, “A propos de la question de l’organization: Lénine et Rosa Luxemburg”, Partisans, n.° 45, décembre-janvier 1969, pp. 10-27. Traducción de José Aricó.

5) Rosa Luxemburg, “Centralismo o democracia? (Réplica a Lenin)” en Pagine Scelte, Edizioni Azioni Comune, Milano, 1963, pp. 78-103. Traducción de José Aricó.

6) Vladimir I. Lenin, “Un paso adelante, dos pasos atrás. Respuesta de N. Lenin a Rosa Luxemburg”, en Obras completas, t. VII, Cartago, Buenos Aires, 1959, pp. 479-490.

7) György Lukács, “Remarques methodologiques sur la question de L’organization”, en Histoire et conscience de classe, Les Editions de Minuit, Paris, 1960, pp. 333-381. Traducción de José Aricó.

8) György Lukács, “Legalité e Ilegalite”, en Histoire et conscience de classe, ibid. Traducción de José Aricó


PARA UNA TEORÍA DEL PARTIDO POLÍTICO 

Umberto Cerroni

OBSERVACIONES GENERALES

La teoría del partido político es una disciplina sumamente joven, tan joven como lo es la historia del partido político. Pareciera concentrarse en dos órdenes de problemas, referido uno al análisis sociológico del partido (su composición, estructura, dirección y gravitación social) y el otro a las consecuencias que acarrea la existencia del partido en el mecanismo de la constitución política moderna. Pero en el centro de los estudios realizados en ambos campos se encuentra una noción común del partido como organización permanente de un agrupamiento humano unido por una identidad de opiniones acerca de la vida política y consagrado a conquistar el poder con técnicas más o menos semejantes.

La teoría del partido viene así a tener por objeto un instrumento de la técnica política moderna de orientación e influencia en las masas y de lucha por el control del estado. Dentro de esta perspectiva, las diferencias ideales que en otros ámbitos parecen relevantes y decisivas (por ejemplo, en el análisis de las doctrinas políticas, pero también de la elección práctica de las orientaciones políticas) pasan aquí a segundo plano frente a la identidad fundamental de la estructura técnica del partido. Si con la expresión partido-programa designamos al planteo ideal del partido, y con el término partido-aparato o partido-máquina la formación técnicoinstitucional, podemos decir que la teoría del partido político tiende a extraer la segunda noción de su conexión orgánica con la primera a fin de estudiar las tendencias y, si se quiere, las leyes de formación, funcionamiento y desarrollo del partido político, así como los instrumentos con los cuales los partidos luchan por el poder. Pero ¿es semejante criterio verdaderamente lícito y científicamente productivo? Al adoptarlo, ¿no se corre el peligro de desarticular la noción misma de la política moderna, perdiendo de vista su “doble naturaleza”, a la que Gramsci definía como “bestial y humana, de la fuerza y del consenso de la autoridad y de la hegemonía, de la violencia y de la civilización, del momento individual y del universal (de la Iglesia y del estado), de la agitación y de la propaganda, de la técnica y de la estrategia”? 

Semejante riesgo expone a graves consecuencias, dado que supone una unificación arbitraria, por el elemento técnico común, de organismos que tienen diferencias profundas en sus planteos ideales, sus orígenes y desarrollo histórico, sus derivaciones y valores sociales.

Sin duda alguna, en cada aspecto de la política moderna se encuentra el elemento técnico de la organización de la fuerza y también en el partido político es dable encontrar, como en el estado, la presencia de ese elemento, y no se excluye la posibilidad de que, en determinadas coyunturas históricas, éste asuma un valor de primer plano. Sin embargo, para fijar la tipología de los partidos, ¿basta un reconocimiento de su “esqueleto” y una indagación de las técnicas de penetración, difusión y control de la opinión pública o de organización de la masa para responder a las cuestiones generales atinentes a los azares de la historia política, al origen mismo del partido político moderno, a los nexos que lo ligan con los desarrollos políticos y sociales de nuestra época?

Escribir la historia de los partidos políticos, evidentemente, no significará hacer la cronología de sus congresos, y mucho menos el registro, a la manera de una crónica, de las modificaciones estatutarias o incluso sociológicas que presentan a través del tiempo, sino que siempre supone, como señalaba Gramsci: “escribir la historia general de un país desde un punto de vista monográfico, para poner de relieve un aspecto característico”, de modo que “la historia de un partido (...) no podrá dejar de ser la historia de un grupo social determinado”. 

Se puede objetar que todo esto es parte de la tarea del historiador o del estudioso de las doctrinas políticas y que, no obstante, el problema concierne precisamente a la posibilidad científica de aislar los diversos aspectos que caracterizan al partido político, sin ignorar por ello vinculaciones harto relevantes y quizás incluso decisivas.

Anticipando algo de lo que expondremos más adelante, diremos que la perspectiva particular que hasta ahora asumió tradicionalmente el estudio del partido político –de Ostrogorski a Michels, a Weber y por último a Duverger– parece también estrechamente derivada de la concepción, de igual modo tradicional, de la política como “ciencia autónoma” y de la acción política como mera “pasión”. Pero esto, como ya señalaba Gramsci en relación con Croce, “choca con la dificultad de explicar y justificar las formaciones políticas permanentes, como los partidos”, en la medida en que desintegra el nexo política-estructura social precisamente cuando en su emergencia histórica, en definitiva, se halla el origen del fenómeno moderno del partido político. En síntesis, parece necesario meditar y ahondar, también en relación con ese fenómeno, la advertencia gramsciana de tener siempre en cuenta la relación de unidad-distinción que se establece entre política y economía; de unidad, por cuanto sólo una “identificación de política y economía” explica la posibilidad de una “pasión organizada de modo permanente”, y de distinción, en el sentido de que, en el cuadro de esa relación, puede entenderse también la especificidad de la “pasión política” como “impulso inmediato a la acción” que nace “en el terreno ‘permanente y orgánico’ de la vida económica”, pero “haciendo entrar en juego sentimientos y aspiraciones en cuya atmósfera incandescente el mismo cálculo de la vida humana individua] obedece a leyes diferentes de las que rigen el interés individual”.5

No pareciera que el equipamiento técnicamente imponente de los modernos partidos políticos, ni tampoco ciertos defectos innegables que supone su estructura, permitan pasar por alto estas sugerencias metodológicas. Sin ellas no lograremos dar cuenta fácilmente del ingreso masivo en la política de fuerzas sociales imponentes, cuya dinámica, lejos de estar determinada por los partidos políticos, pareciera más bien determinar ella misma a los partidos. Por lo tanto, parece esencial buscar en el origen histórico absolutamente moderno de esta formación un testimonio de la definición que esbozaba Gramsci al declararla –precisamente en polémica con la idea de la “política como ciencia autónoma”– “un determinado grado superestructura!”

“el primer momento o primer grado, el momento en el cual la superestructura se halla todavía en la fase inmediata de mera afirmación voluntaria, indistinta y elemental”. 

En suma, un nivel cuya especificidad no puede convertirse en “autonomía” sin correr el riesgo de incurrir en lo que Marx llamaba la “ilusión específica de los juristas y políticos”, matriz de la “superstición política” que ve en la política al demiurgo de la sociedad. Por importante que sea, el momento técnico y “pasional” de organización de la fuerza y de dominio de la “opinión” queda en sí mismo englobado en procesos sociales que, al menos en las tendencias de largo plazo, rehuyen un control que no se funde en la comprensión del nexo política-economía, en el carácter estrictamente funcional que tiene la política respecto de la estructura social.

DISOCIACIÓN SOCIAL Y ABSTRACCIÓN POLÍTICA

En la ciencia política moderna ya es práctica aceptada restringir el estudio técnico del partido político a ese organismo típico que nace y se desarrolla en el último siglo, y dejar así de lado la noción más general de la llamada “parte” o mera facción política. Si, en el segundo sentido, es innegable que los partidos políticos existieron siempre, de modo que puede hablarse legítimamente de los partidos políticos en Atenas, Roma o el Medioevo, en el primer sentido el tratamiento se restringe inmediatamente al período más reciente del desarrollo político. 

En este sentido más restringido, el concepto de partido político no puede agotarse en el idem de republica sentire (donde, señala en cambio Minghetti, “como no todos pueden idem sentire en todo, nace luego la distinción de los partidos”)9 y requiere necesariamente un tratamiento histórico conjunto del problema del partido político y del sistema representativo característico del estado moderno. Pero este requisito necesario encuentra inmediatamente una limitación, dado que el partido político, en su forma típica, no nace ipso facto con las asambleas representativas modernas, sino en un momento determinado de la evolución histórica del sistema representativo. ¿Por qué?

El rasgo característico del sistema representativo moderno está constituido –en el contexto polémico que lo generó en contraposición al sistema absolutista del ancien régime– por instauración de un gobierno, en el sentido más general de la palabra, entendido no ya como una autoridad preconstituida por la ley divina y, por así decirlo, anterior a los gobernantes, sino, en cambio, como una autoridad laicamente condicionada y formada por los mismos gobernantes.

Al invertir la concepción tradicional de la autoridad política, llevada del brazo secular de la divinidad como articulación de la misma asociación humana, el susodicho proceso quebrantaba evidentemente el carácter de incensurable o sagrado de la autoridad misma. Es indudable que incluso en el cuadro de la vieja concepción teocrática medieval (y aun en el del absolutismo ilustrado) el monarca (en el cual la autoridad política se encarnaba por lo general de manera exclusiva) podía (y, según ciertos teóricos, desde luego debía) ser censurado ya sea en la legitimidad del título, ya sea en la legitimidad de su conducta, aunque esa posibilidad de censurar la autoridad se movía siempre en el ámbito de un juicio comparativo entre la ley dictada por el monarca y la ley de Dios. Los gobernados (el pueblo) intervenían, en conjunto, como sí ellos mismos fueran un brazo secular que, en ejecución de la ley divina violada, podían ciertamente derrocar al monarca (y hasta matar al tirano), pero no porque hubiese violado la voluntad del pueblo: la voluntad del pueblo y la voluntad del monarca de hecho no podían distinguirse, siendo ambas una causa secunda en relación con la voluntas superioris expresada en la ley divina. En esta situación las diferencias políticas tendían naturalmente a configurarse de manera ético-religiosa, y a no ser, en sustancia, diferencias realmente políticas. Para que las diferentes opiniones se desarrollasen en la forma autónoma de la política, no bastaba, en suma, que fueran

debe especificar la relación cuando escribe: “En general, el desarrollo de los partidos parece ligado al de la democracia, es decir, a la extensión del sufragio popular y de las prerrogativas parlamentarias”(op. cit., p. 15). En relación con los orígenes parlamentarios de los partidas, Morandi (op. cit., p. 3) señaló que “incluso en este caso no debe pensarse en organizaciones políticas claramente individualizadas, con programas rígidos, con estatutos y normas disciplinarias para los adherentes. Los partidos, como organismos de estructura bien definida, una dirección central, un secretariado, las secciones, las cuotas y los carnets, las hojas de propaganda, son creaciones más recientes debidas al ingreso de las masas en sus filas”. También hace comprobaciones análogas Weber, por ejemplo, cuando escribe: “los partidos asumen su forma moderna sólo en el estado legal provisto de una constitución representativa” (M. Weber, Economía e societá, Milano, 1961, v.l, p. 284), pero también la sociología de los partidos más avanzada tiende a desarrollar coherentemente estos presupuestos de la indagación y refluye de un modo u otro en la teoría del partido como mera élite política o como aparato de comando. Una importante excepción se encuentra en las muy agudas observaciones de G. Burdeau, Traité de science politique, París, 1949.

posibles las diferencias: era necesario que toda la relación política se emancipase de la relación religiosa y ética.

Con los teóricos de la soberanía laica del estado toma forma una concepción de la política como mero arte o técnica de la conquista y conservación del poder, en la cual prevalece una impronta naturalista y empirista (Maquiavelo y Hobbes son ejemplos típicos). Respecto de la conducta política no existe todavía un punto de referencia que esté constituido por el consenso de todos, y por lo tanto tampoco puede plantearse el problema de qué es y cómo se construye una voluntad general del demos. La piedra de toque de la virtud política –cuando ya no puede serlo la realización de un modelo extramundano del estado y todavía no lo es la realización de un modelo humanamente deseado– sólo puede encontrarse en el éxito, en ese sentido muy amplio y nada vulgar en el que llega a enfrentarse a las causas, aún poco analizadas, de los desórdenes sociales. Véase en este sentido la teoría maquiavélica de la virtud con la cual el Príncipe puede llegar a enfrentar la fortuna y aproximarse a las fronteras de la necesidad:

“a un príncipe que quiera mantenerse como tal le resulta necesario aprender a poder ser no bueno, y a usar y no usar este conocimiento según la necesidad”. 

Y entonces resulta posible ese juicio completamente nuevo que Maquiavelo pronuncia, por ejemplo, sobre Agátocles, quien 

“hijo de un alfarero, llevó por las condiciones de su fortuna una vida pérfida” [y] “pese a ello acompañó su perfidia con tanta virtud de alma y de cuerpo que dirigióse a la milicia, a través de cuyos grados llegó a ser pretor de Siracusa”. 

Tomado en conjunto, también en los sucesivos desarrollos de la política moderna, este elemento técnico de la política encarnado en la adecuación de los medios a los fines del poder permanecerá como central (caracterizando el “amoralismo” de la política que lamentan las “almas bellas”) mientras el fin, también como un fin laico y político, no reciba una dirección auténticamente humana, planteándose como un fin explícitamente social.

Para que esta estructura técnico-social de la política moderna pueda desarrollarse, su naturaleza laica debe calificarse ulteriormente de representativa. No basta que deje de ser autoridad “por gracia de Dios”, también debe constituirse como autoridad “por voluntad de la nación”. Sin embargo, la misma noción de autoridad representativa es contradictoria: puede significar que es designada por el pueblo para que busque y ejecute una verdad de razón, o bien que es designada por el pueblo para manifestar la voluntad popular. En el primer caso, la autoridad es representativa sólo como designada, pero entonces es representativasustitutiva y actúa todavía en busca de una razón extrasocial. En el segundo caso, la autoridad es representativa en tanto está vinculada con la voluntad popular (representativa en sentido estricto), pero entonces la verdad que persigue no es ya puramente racional, sino más bien de razónconsenso. Bajo el primer aspecto, la razón política, al trascender el consenso, vuelve a moverse en la antigua esfera de una razón iluminista; bajo el segundo, al subordinarse al consenso, debe mediar entre los intereses dispersos de la sociedad, cuyo consenso precisamente se busca. La tendencia del proceso en una u otra dirección se vincula, pues, con el valor atribuido al principio de la soberanía popular, fundamento del estado representativo moderno. O bien se lo concibe sólo como un principio de designación, y entonces la política tenderá a gravitar en torno de la antigua versión técnico-racionalista, o bien como un principio de vinculación, y entonces la política tenderá a confundirse de modo directo y explícito con el mundo de los intereses (de la economía).

El carácter contradictorio de este fundamento de la política moderna, y de todos los conceptos vinculados a él, se pone en claro a través de la oposición entre la interpretación democrática de Rousseau (“no siendo la soberanía sino el ejercicio de la voluntad general, jamás deberá enajenarse” de modo que “el soberano, que no es más que un ser colectivo, no puede ser representado”) y la liberal. La continuidad histórica respecto del pasado (la política como raison iluminada e integrada en la técnica de la razón de estado) tiene una manifestación evidente en el carácter originariamente limitado del sufragio mediante el cual se designa la autoridad, pero la novedad histórica, lo típicamente moderno de la política como eslora de unificación del consenso de la sociedad, se pone de relieve en la presión objetiva en pro del sufragio universa), en favor de una designación por parte de todos (ya no sólo por los pocos “capaces”).

El carácter originariamente limitado del sufragio (en virtud del cual la voluntad de la autoridad funciona kantianamente como si fuese la voluntad expresa de todos los asociados) tiene como base la vieja noción de la política; puede llegar a la comprensión racional de la finalidad política sólo quien está dotado de luces racionales (patrones de cultura), pero puesto que no se trata de una razón teórica, sino más bien de la razón exquisitamente práctica del gobierno social, esas luces están estrictamente condicionadas a un interés social. Sin embargo, debe tratarse de un interés que no pueda corromper la racionalidad, es decir, de un interés cuya independencia de la sociedad esté garantida. Esta explicación kantiana del nexo razón-interés es también la explicación de la coincidencia originaria del sufragio con la propiedad privada, no menos que de la peculiar (falseada, mistificada) explicación del nexo políticasociedad. El hilo lógico que atraviesa el proceso histórico de formación del estado moderno como estado representativo-sustitutivo fundado en la soberanía abstracta del pueblo y en la actividad concreta de unos pocos, en última instancia, es el siguiente: la política es el brazo secular de la razón, es la razón aplicada a la sociedad. En cuanto verdad de razón, puede ser buscada sólo por una élite ilustrada o “capaz”; en cuanto se aplica a la sociedad sólo puede buscarla esa élite que, además de “capaz”, es también “interesada”. Pero puesto que la razón es una esfera que trasciende los intereses sociales (para unificarlos), sólo puede ser alcanzada por quien, además de interesado, es también “independiente”. La élite iluminada es definitivamente identificada con la propiedad privada como posición de interés social a la que se presume emancipada de la dependencia social.

Para mayor claridad, indaguemos los motivos de la necesaria restricción del sufragio que expone un gran teórico de esta primera etapa del desarrollo histórico del estado moderno. Benjamín Constant escribe:

“[...] para ser miembro de una asociación es preciso tener cierto grado de ilustración y un interés compartido con otros miembros de esa asociación. (...) Aquellos a quienes la indigencia mantiene en una eterna dependencia y ha condenado a trabajar por el jornal, no tienen sobre los asuntos públicos más ilustración que los niños, ni les interesa la prosperidad nacional más que a los extranjeros, cuyos elementos no conocen y cuyas ventajas comparten sólo indirectamente ‘mientras’ (...) sólo la propiedad hace a los hombres capaces de ejercer los derechos políticos”. 

La conjunción entre propiedad y razón, que hace de pendant a la de trabajo e instinto bruto, concuerda pues, para Constant, con la limitación de la soberanía popular y con la exaltación del carácter representativoelitista del estado moderno; pero esto no tiene nada que ver con Marx. Constant señala incluso que, por cuanto:

“el fin necesario de los no propietarios es llegar a la propiedad”, “si a la libertad de capacidad y de industria que les corresponde, se agregan los derechos políticos que no les corresponden, estos derechos, en manos de la gran mayoría, servirán infaliblemente para invadir la propiedad”.

Para preservar al estado de la conducta “irregular” de la mayoría (que en cambio debe seguir “el camino natural: el trabajo”) y, en consecuencia, de su “irracionalidad”, en el sufragio es necesario imponer

“condiciones de propiedad, las que son igualmente necesarias para los electores que para los elegibles”. 

Lo que asombra en este razonamiento de Constant no es ya la identificación de propiedad y razón en el sentido de una reducción inmediata de la segunda a la primera, sino en cambio la mediación que conduce de la primera a la segunda, así como la que lleva a excluir el trabajo del campo de la racionalidad humana. Aquí no se reconoce en modo alguno la relación unitaria de la política con la economía; por el contrarío, el reconocimiento de la condición de propietario como la que da acceso a la razón es el reconocimiento de la necesidad de una independencia de la “base” disputada de los intereses, pero de una independencia que, sin embargo, conozca esos intereses; en definitiva, una condición que los conozca y los supere. La separación entre razón (política) e interés (economía) es la forma primera de su unidad, pues son dos esferas separadas, una de las cuales está llamada a cumplir deberes de razón, a “superar” la disgregación social. De este modo, la política queda todavía en el campo de la ilustración (y de la mera técnica del poder), sobre la cual domina el “genio” o, cuando menos, el homme éclairé precisamente porque la economía (sociedad) es el dominio reservado de la propiedad privada. La lógica de esta impronta individualista de la política, correspondiente a una impronta privatista de la economía, se completa de modo coherente con la representación sin mandato y con la independencia de los cuerpos políticos, ya que el electo “no representa a otra cosa que a sí mismo” y el cuerpo político no tiene vínculo social alguno. ¿Por qué sería de otro modo si la propiedad privada integra el nivel máximo de la vida civil, de modo que la estructura privatista de la sociedad es premisa de la política, una esfera extraterritorial en relación con el control social, una esfera “prepolítica”, “natural”? La limitación del sufragio a la propiedad privada y la selección de “talentos” mediante el colegio uninominal indican inmediatamente que el hombre político, para efectuar una administración racional de la sociedad, debe desvincularse de ésta, presuponiéndola como una constelación de propietarios privados, autónomos e independientes. La vinculación con el consenso y con la “opinión pública” no tiene ninguna relación verdadera con la búsqueda de una política “racional”: sólo podría introducir la particularidad empírica del interés “bruto”, “no superado”.

“En la opinión pública, todo es falso y verdadero, pero encontrar en ella la verdad es tarea del gran hombre. Quien expresa aquello que quiere su época, quien lo dice y lo lleva a cabo, es el gran hombre de la época, él hace aquellas cosas que son la interioridad y la esencia del momento, las realiza, mientras que el que se adapta a no despreciar la opinión pública, tal como la oye aquí y allá, nunca hará nada grande.” 

Para expresar el sentido de la política de la primera etapa del estado moderno, nada mejor que esté trozo de Hegel.

En toda esta etapa primera, originaria y fundamental de la política moderna no existía, pues, ni la necesidad ni el espacio necesario para el partido político como organización ideal y práctica de las masas. Siendo a política una esfera llamada a trascender la empina de las opiniones y la mezquindad de los intereses para ser pura actuación del “Espíritu de la época”, su estructura institucional debía excluir toda vinculación social para realizar precisamente así la administración “racional” de una comunidad estatal que presuponía como su fundamento “natural” la sociedad de los privados. La política se concebía y realmente era la actividad de una élite en busca de la razón. Las masas no podían concebirse de otra manera que como su “materia”.

AGREGADO SOCIAL Y PARTIDO POLÍTICO

Para buscar una confirmación preguntémonos por qué el partido político nace en conexión con tres fenómenos: a) la movilización social de los intereses en la lucha obrera organizada; b) la extensión progresiva del sufragio; c) la gradual unificación política (socialista) de las luchas obreras. Quizás podamos explicarnos entonces por qué el partido político en sentido estricto y específico nace con el partido socialista, es decir, con un partido que reivindica la transformación social y plantea una temática completamente nueva, ya sea para la vida política o para la ciencia

política. 

En rigor, se ha querido ver el origen de los partidos políticos en la Revolución Francesa y en el nacimiento de los “clubes”. Naturalmente, en ello hay algo de verdad: por otra parte en el curso de la Revolución Francesa se registra una gran irrupción popular en la vida política y una primera coloración social intensa de la lucha política. Sin embargo, es innegable que sólo con la formación de los grandes partidos socialistas europeos los nuevos organismos asumen (en la teoría y en la práctica) las tres características fundamentales que serían rasgos institucionales de todos los partidos: un programa homogéneo, una organización extendida y estable, un funcionamiento continuo. Al mismo tiempo, sólo con los partidos socialistas se precisan dos características destructivas para el viejo sistema político: la solicitud programática del sufragio universal y la inserción cotidiana de las masas populares en la lucha política como ámbito de las reivindicaciones que significan una transformación social. De estas dos características derivarán algunas de las modificaciones fundamentales que el partido político introduce en el estado moderno.

Marx sintetiza del siguiente modo el proceso de formación del partido de los trabajadores:

“Las condiciones económicas transformaron primero a la masa de la población del país en trabajadores. La dominación del capital ha creado a esta masa una situación común, intereses comunes. Así, pues, esta masa es ya una clase con respecto al capital, pero aún no es una clase para sí. En la lucha (...) esta masa se une, se constituye como clase para sí. Los intereses que defiende se convierten en intereses de clase. Pero la lucha de clase contra clase es una lucha política”. 

Así como la disociación es el estado normal de la sociedad burguesa moderna, así también es una característica tendencial de su misma vida política. Esa condición es alterada cuando afloran ya sean los fenómenos atípicos de la coalición obrera, ya sean los fenómenos igualmente atípicos de la organización política de la masa. En esta alteración descansa el aspecto más esencial de la contradicción que acosa sucesivamente (y que aún hoy lo hace) al funcionamiento del estado moderno, en tanto es empujado e inducido por la intervención social obrera a salir fuera de la pura abstracción política, pero, por otra parte, se halla en todo momento retenido en las tradicionales formas elitistas de su estructura típica de estado representativo o puramente político, que presupone el atomismo de la sociedad civil disociada. Veamos más de cerca el mecanismo de esta contradicción tal como se desarrolla históricamente.

Hemos dicho que la soberanía laica del estado supone la búsqueda y la institucionalización de una designación igualmente laica de los gobernantes, de su investidura por parte de un cuerpo político (la nation) desde el momento en que la fuente de la autoridad ya no es la ilustración y la investidura divina del monarca. La formación de los parlamentos modernos fija esta característica absolutamente original del estado representativo, calificándola ulteriormente con la institución de la confianza y la representatividad del gobierno. Del mismo modo, las características fundamentales del estado representativo se manifiestan a través de algunos instrumentos típicos mediante los cuales se institucionaliza la separación entre vida política y vida social: proclamación de los derechos del hombre como diferentes de los derechos del ciudadano, gradual abstracción de las condiciones sociales para la determinación de los derechos políticos, independencia del representante y de los parlamentos, prohibición del mandato imperativo. Pero si es verdad que la tendencia a la abstracción política más completa es propia del estado moderno, también es verdad que:

“la consumación de esta abstracción, es al mismo tiempo la supresión de la abstracción”. 

Exactamente en la medida en que:

“la coronación del idealismo del estado era, al mismo tiempo, la coronación del materialismo de la sociedad civil”. 

En efecto, el proceso de formación del estado político es al mismo tiempo un proceso que suprime “el carácter político de la sociedad civil” desde el momento en que consiste esencialmente en la desvinculación del “espíritu político”, primero “dividido, separado, disperso en los callejones sin salida de la sociedad feudal” (en los estados) y ahora liberado “de su mezcla con la vida civil” en cuanto es constituido

“como la esfera de la comunidad, de la incumbencia general del

pueblo, en una independencia ideal con respecto a aquellos elementos especiales de la vida civil”.25

Por ello, este proceso se presenta, además, como un proceso en virtud del cual

“la determinada actividad de vida y la situación de vida determinada descendieron hasta una significación puramente individual. Dejaron de representar la relación general entre el individuo y el conjunto del estado”.26

Pero esta separación de las dos esferas, llevada al máximo, se convierte en la razón manifiesta de su propia inesencialidad, desde el momento en que fundar la vida política en la abstracción de las condiciones civiles y, asimismo, fundar la vida civil en la abstracción de las condiciones políticas supone lógicamente el sufragio universal: una igualación política general de todos, en tanto sus diferenciaciones sociales se hacen políticamente irrelevantes. Nacido como esfera en la cual la relación universal de los hombres es objeto de una búsqueda racional “pura”, el estado moderno se encuentra ahora determinado por la problemática del consenso interesado de todos, en cuanto son nivelados por la progresiva extensión del sufragio a partir de los distintos tipos de censos. Nacido como un sistema de poderes designados desde abajo solamente para no ser ya designados desde arriba, el estado, en la búsqueda de la racionalidad accesible sólo a los capaces, es ahora determinado en sus actividades políticas según criterios que son representativos de distinto modo. Mientras antes el cuerpo representativo “ilustrado” recibía de abajo sólo una investidura, ahora recibe implícitamente también una designación de voluntad. Los “capaces” son designados por todos, porque todos son reconocidos como políticamente capaces. Pero esta nivelación cubre forzosamente la tradicional brecha que, en el pasado, separaba a los gobernantes y a los gobernados, los hommes éclairés y el populace, y hace del sufragio un medio de decisión. Y esto sucede precisamente porque las razones históricas, económico-sociales, del nuevo mundo burgués consisten en emancipar de los vínculos políticos a los eventos civiles. Es comprensible así que la total abstracción de la política respecto de las condiciones civiles (en la que consiste precisamente la misma emancipación política del bourgeois de los “cepos” políticos de la feudalidad), al igual que la total abstracción de lo civil respecto de las condiciones políticas, secularicen al mismo tiempo la universalidad racional-abstracta

25 Ibíd. De aquí se desprende, en la perspectiva reconstructiva de Marx, la primacía de la revolución social, precisamente porque “la revolución política” ha disuelto “la vida civil en sus partes constitutivas, sin revolucionar estas partes ni someterlas a crítica” (op. cit. p. 36) 26 Ibíd., p. 36.

del estado político y la “natural” estructura individualista de la sociedad civil. Ambas tienden a trasladar al primero las disputas civiles parciales y a la segunda los derechos universales de todos. La crítica del estado representativo y la crítica de la propiedad privada avanzan a la par, así como se había desarrollado a la par el proceso de politización del estado y de canonización de la propiedad privada.

Este desarrollo viene así a chocar con la estructura clásica del estado representativo y genera una alternativa: o bien se cambian las relaciones sociales y las mismas formas políticas, o bien la democracia en el sentido integral de la palabra se disuelve en la utopía. En definitiva, incluso Rousseau se confundió ante esta alternativa, y abandonó, por considerarla utópica, su reivindicación democrática radical. Precisamente en el capítulo dedicado a la democracia, escribió:

“Si se toma la palabra en su acepción rigurosa, nunca existió, ni existirá, una verdadera democracia. Que la mayoría gobierne y la minoría sea gobernada es algo que va contra el orden natural”.

Las dificultades que encontraba Rousseau para la realización de una democracia integral eran sustancialmente dos: es imposible que el pueblo:

“permanezca constantemente reunido para ocuparse de los negocios públicos” y que se cree “una gran igualdad en los rangos y en las fortunas, sin lo cual la igualdad de derechos y de autoridad no podría subsistir durante mucho tiempo.” 

Como bien lo había visto Benjamín Constant, la primera dificultad no se relacionaba con la vasta extensión del estado moderno. Estaba referida más bien a la imposibilidad de que en dicho estado se ocupara en gran medida (si no integralmente) de los negocios públicos un pueblo que de hecho no podía vivir sino de los negocios privados, los que determinan la moderna división social del trabajo. Sólo si la existencia práctica y sus necesidades fueran confiadas a esos robots groseros y primitivos que eran los esclavos (y si ellos fuesen inmediatamente sociales), podría el pueblo dedicarse integralmente a los asuntos públicos. Precisamente por esto todo el primer período histórico del estado moderno vio en los propietarios a los únicos que, en tanto eran “independientes”, podían decidir “de acuerdo a la razón”. Pero ahora el surgimiento de la igualdad política, al llevar a la escena también a los “hombres dependientes”, en gran medida acentuaba esa imposibilidad. La segunda dificultad, que arroja luz sobre el fundamento de la primera, no tiene otra causa en sí misma que la división social del trabajo que se exterioriza como apropiación privada de la riqueza. En sustancia, también Rousseau veía que, en una sociedad con estructura privatista, la democracia era una utopía; desde luego, la democracia en el sentido auténtico o filológico de poder del pueblo.28 De aquí surge, entre paréntesis, la tendencia a proyectar una sociedad diferente con instrumentos teóricos: el socialismo utópico.

Estas dos dificultades explican la correspondencia de la reducción representativa-sustitutiva de la democracia con las necesidades sociales objetivas de una estructura social determinada. Sin embargo, el hecho de que el partido político (y, por lo tanto, el empeño por continuar la vida política) surja originariamente entre los “hombres dependientes” abre una puerta para una perspectiva distinta del análisis político-social, absolutamente contraria a las observaciones ya citadas de Benjamín Constant y de los teóricos de la democracia liberal. En efecto resulta entonces claro que la anteposición del quehacer privado al quehacer público (ese es, en último análisis, el sentido de la argumentación de Constant y del garantismo moderno) constituye para el individuo una esfera real de independencia sólo cuando se apoya en la propiedad privada constituida, en la riqueza social apropiada. En cualquier otro caso, el “derecho a la soledad”, teorizado por no pocos filósofos, se resuelve en la sanción de la sujeción a los demás. En suma, mientras la independencia sólo es realmente tal en tanto se apoya en la dependencia de otros, esta dependencia, bajo las formas modernas del trabajo asalariado, queda sancionada precisamente por el atomismo de la sociedad. Se sigue entonces, como es evidente, que independencia y dependencia son condiciones sociales e históricas. Es claro que de esta convicción casi

28 En este mismo sentido, la democracia todavía aparece como un “modelo imposible”; cf. H. Kelsen, Democrazia e cultura, Bologna, 1955; G. Sartori, Democrazia e definizioni, Bologna, 1957.

instintiva entre los trabajadores asalariados nace el movimiento asociacionista moderno, el que, no por casualidad, se inicia precisamente en el ámbito sindical, allí donde, de la manera más sensible, sólo la unión social llega a garantizar una primera tutela del individuo. Y es fundamentalmente a partir de esta constatación que comienza la elaboración de la organización colectiva estable o política de los trabajadores como síntesis político-social como partido político de la clase obrera. Esta

elaboración, en sus formas específicamente políticas del partido de clase, se desarrolla en una dirección por completo diferente de la que caracteriza la elaboración de la política “oficial”. Mientras la unión estable del género humano aparece bajo la forma de un régimen delegado a la “clase política” (a una minoría de “gobernantes”) en nombre de la “libertad civil” de cada uno, allá, por el contrarío, la verdadera unión del género humano se proyecta naturalmente como un efectivo estar juntos en la decisión de los asuntos comunes. Si aquí el quehacer público tiene legitimidad sólo en tanto sancione el quehacer privado en su independencia garantida, allá, en cambio, es precisamente el efectivo carácter público de los asuntos privados lo que permite a éstos expandirse también como esferas individuales. El partido político no menos que el sindicato aparece para el trabajador “dependiente” –con toda su disciplina– como un instrumento de emancipación individual, mientras para el propietario independiente resulta más bien una nueva vinculación pública de su independencia privada. La necesidad de “organizarse” se difunde sólo en una segunda etapa histórica, y lo hace precisamente como una reacción directa ante la organización sindical y política de los trabajadores. 

hasta hace cincuenta o sesenta años era considerado como la antítesis del gobierno parlamentario y como el equivalente del terrorismo a lo Robespierre” (Z. Baumanm en Le élites politiche. Bari, 1961, p. 123). Ya J. Bryce, en Democrazie moderne, Milán, 1930, p. 2, hacía una comprobación análoga). Una actitud indudablemente polémica, pero también defensiva, llevó a los mismos partidos socialistas a abandonar una tradición que les correspondía casi por derecho: antes de la ruptura con el reformismo, la expresión “democracia social” o “socialdemocracia” era empleada comúnmente incluso por Lenin para denotar las finalidades políticas próximas y el mismo movimiento marxista revolucionario. En cuanto a la influencia de la problemática socialista, bastará con recurrir al juicio general de Burdeau: “El marxismo constituye una especie de atmósfera generalizada de la cual no puede abstraerse el pensamiento político. Obra como un revelador indispensable para la nitidez de las ideas; sin él, éstas parecen condenadas a separarse de la realidad social” (G. Burdeau, Op. cit., t. VI, p. 40). Este juicio es pronunciado precisamente en relación con el proceso que hemos recordado y que Burdeau retoma del siguiente modo: “La distinción entre lo social y lo político que fue la regla de oro de la época liberal, hoy está perimida” (Op. cit., p. 49).

LA DIFUSIÓN DEL PARTIDO POLÍTICO

La formación y difusión del partido político se vincula, pues, con un profundo desequilibrio del estado representativo, determinado por una causa estrictamente social: la unión de un vasto sector de la sociedad civil (los trabajadores) que provoca, a modo de reacción, una tendencia a la unión general. Es esta unión de una sociedad nacida como estructuralmente privatista (o sea basada en la independencia de lo privado y en su desenfrenado dinamismo) la que pone en evidencia el carácter inesencial de la división entre esfera civil y esfera política, requiriendo o bien una organización de la sociedad, o bien, al mismo tiempo, una disolución de la abstracción puramente política de la vida estatal: una tendencia a la ósmosis entre actividades sociales y actividades políticas que, empero, no se registra cabalmente en modificaciones de las relaciones económicas reales y de las tradicionales estructuras representativas del estado. La tendencia del partido político a proyectarse como una “parte total” (Mortati) es, en síntesis, precisamente el resultado del descubrimiento de la “parcialidad de la totalidad” estatal, en tanto totalidad (comunidad) meramente abstracta. Al abstracto racionalismo de la política pura, el partido de los trabajadores contrapone una primera tentativa grosera de construir una política socialmente calificada o, también podríamos decir, una política basada en el real consenso de todos, en tanto portadores de intereses sociales específicos. Por lo tanto, no es por azar que los grandes partidos obreros nazcan precisamente con dos reivindicaciones fundamentales: la reforma política (sufragio universal y completa igualación de todos) y la reforma social o socialización de los medios de producción.

Desde el momento en que la temática de una democracia efectivamente basada en el consenso de todos nace como culminación de la rebelión de una parte (o clase) de la sociedad, requerida por el choque de intereses, la parábola del desarrollo de las formas políticas modernas invierte la dirección de su marcha. La independencia del cuerpo político delegado es ahora denunciada como la forma real de su dependencia respecto de intereses parciales específicos, como la “forma de clase” específica del estado moderno, cuya separación de la sociedad civil garantiza la infinita propulsión individualista. El requerimiento más apremiante que se propaga en la vida moderna resulta entonces justamente el pedido de que el

(G. Burdeau, Op. cit., t. VI, p. 63). Su congregabilidad ya sólo puede ser concreta si se basa en una transformación de las relaciones sociales que "sitúan" a los hombres, en una libertad liberadora.

estado (la política) se subordine a las instancias sociales que, en oposición a la vieja impronta individualista, son formulados por los trabajadores. De ese modo, el estado podrá apoyarse realmente en el consenso universal y realizarse verdaderamente como una gestión de los intereses comunes de todos. La conjunción propiedad-razón-democracia representativa es sustituida por la conjunción trabajo-consenso-democracia gobernante (autogobierno).

Un requerimiento semejante, penetrando en las estructuras políticas del estado durante un período de tiempo más o menos largo, determina una modificación más o menos profunda (en relación con las distintas situaciones histórico-sociales) que introduce ulteriores elementos de contradicción. Aquí no se trata de la inserción más o menos legal del partido político en el ordenamiento constitucional, sino de verdaderas alteraciones sufridas por los organismos del régimen constitucional clásico. La designación del representante resulta casi automáticamente una elección programática, en la medida en que el partido político y el régimen electoral registran los fenómenos nuevos. La independencia del representante es eclipsada cada vez más, en el sentido de que ya no puede ser una independencia del programa político en función del cual es electo. En lugar de un ilustrado “inventor” de la política, el representante se convierte cada vez más en un portavoz y un “servidor” de la voluntad popular. Por consiguiente, el mandato asume un claro tono imperativo, mientras la técnica política “pura” pone al desnudo su no-autonomía, su funcionalidad respecto de intereses socialmente determinados. La división de los poderes, cardinal para el viejo estado constitucional, es socavada por la primacía de los cuerpos representativos en los cuales se deposita una voluntad popular precisa de la que ellos son los portavoces. Los “contrapesos” constitucionales pierden progresivamente su valor efectivo, y el estado de derecho, como estado de mera legalidad, se muestra insuficiente para regular una vida política ahora impregnada de determinaciones sociales directas y explícitas. En síntesis, la constitución política tiende a contaminarse en una medida cada vez mayor, mostrando una estructura ambigua y bivalente, regulada por una relación de fuerzas políticas que es, al mismo tiempo, una relación de fuerzas sociales.

Pero quizás el hecho más significativo del proceso sea que el consenso se convierte o bien en un término cada vez más preciso de referencia a la política, o bien –con la difusión del sufragio– en una conditio sine qua non de la actividad política. La multiplicación de los partidos en áreas diferentes de aquella en que originariamente nacen es el reflejo más claro de este hecho. El partido político alcanza así el nivel de un organismo universal y asume también una estructura técnica que presenta una superficie bastante uniforme. Pero el hecho de que este aspecto común no puede oscurecer las diferencias profundas entre los partidos, resulta claro sobre todo si se considera la contradicción en la que están encerrados los partidos. En lugar de nacer para proporcionar una reconstrucción orgánica de la sociedad y una subordinación del estado a la sociedad, surgen en cambio justamente para oponerse a esa tendencia, constituyéndose ya no como una síntesis político-social que prefigura y propugna un nuevo modelo de convivencia, sino como una asociación de mera opinión cuya inserción social está, pese a ello, consagrada a perpetuar la disociación individualista y a combatir, con la técnica del partido, precisamente las instancias específicas que dan nacimiento al partido en la época moderna. En los casos límites de los partidos de la derecha autoritaria el partido también puede presentarse en polémica con la política basada en los partidos, con el sufragio universal, con la electivilidad del parlamento, etc. En todo caso, el partido-máquina, aunque altere específicamente la vida política, permanece condicionado al partido-programa y, por ende, a la solución particular proyectada para los desequilibrios sociales y políticos. Esa trama social o de intereses, en un principio subyacente a la reivindicación del sufragio universal y a la fundamentación del estado en el consenso universal, no es evidentemente una trama que pueda percibirse de modo inmediato, de manera que entre la formación política y la formación social hay un notable “juego” en el cual puede insertarse cualquier partido, especialmente cuando la constitución ya ha absorbido e institucionalizado el sufragio universal y las libertades políticas. Por eso el partido adquiere una importancia decisiva. La mencionada discordancia entre consenso e interés, que es luego el ámbito específico de la contienda política en sentido estricto, se manifiesta, dentro de la articulación esencial de la fenomenología del partido, en una esfera determinada por el “partido de clase” de los partidos liberal-democráticos (de opinión) y de los partidos autoritarios (legitimistas o antidemocráticos) según que consenso e interés (política y economía) tengan una conexión programática explícita, o bien según que la temática de la democracia “pura” (o meramente política) sea superpuesta y antepuesta a la democracia social o, en fin, sea sustancialmente rechazada o negada. Los fraccionamientos intermedios no parecen alterar esta tipología del partido, la que, por otro lado, es confirmada por la iterabilidad de los partidos en distintos estados (en el cuadro de estructuras histórico-sociales análogas), por su equivalencia programática. Quizás la única alteración importante de esta tipología se encuentre en los partidos confesionales que introducen en la vida política fuertes elementos de cohesión incluso ante diferencias de intereses. Es verdad, por otra parte, que los partidos de este tipo parecen limitados a países en los que es particularmente fuerte la influencia del catolicismo y del islamismo, manteniendo un carácter marginal en los países donde la difusión del laicismo o del cristianismo protestante puso fin, dentro de la estructura del estado laico, a toda influencia directa de la religión, alcanzando las formas típicas de la civilización burguesa moderna. Pero, en realidad, esta alteración es más formal y exterior que sustancial y estructural, dado que, en las acciones concretas, las soluciones político-sociales propuestas por los partidos confesionales refluyen en el cuadro de las alternativas generales, como por otro lado lo prueba el tipo de concentración política a la cual suelen integrarse una y otra vez.

El sentido de las consideraciones desarrolladas aquí estriba en señalar que, para hacer una valoración del fenómeno del partido político, es preciso tener en cuenta sus dos fases (el programa y la máquina), y que esa valoración no puede dejar de ser una teoría histórica que trata de extraer la fenomenología del partido a partir de su misma historia genética. En este cuadro, la temática ideal o programática de los partidos políticos conserva indudablemente su primacía, en virtud de la cual se realiza luego la misma elección concreta del partido (la elección o el abandono de un partido por consideraciones exclusivamente atinentes a su estructura interna son, en conjunto, fenómenos marginales). Por lo tanto, la referencia a la tipología ideal de los partidos nos parece fundamental, a condición de tener en cuenta dos hechos: 1) obviamente, el acercamiento del partido al poder (resorte de la vida política moderna) imprime a las estructuras políticas y sociales modificaciones directamente vinculadas con la plataforma política del partido; 2) la misma estructura técnica del partido, aunque ampliamente caracterizada por una instrumentación común, siempre está especificada de algún modo por su teoría política general.

MODIFICACIONES DE LAS INSTITUCIONES

Este enfoque puede introducirnos en la comprensión de la influencia que tiene el partido político en la vida del estado moderno, desde la perspectiva de las diferencias especificas inherentes a los programas políticos generales y no sólo desde la perspectiva (aunque posible) de la unidad genérica que agrupa a todos los partidos en consideración de la técnica de influencia sobre la vida pública.

Mientras tanto, es posible hacer una constatación preliminar, que presentaremos tal como la fórmula de un estudioso como Duverger:

“Los partidos –escribe– son siempre más desarrollados en la izquierda que en la derecha, porque son siempre más necesarios en la izquierda que en la derecha. Suprimirlos sería, para esta última, un medio admirable de paralizar a la izquierda”.

Y agrega también:

“Las protestas clásicas contra su injerencia en la vida política contra el dominio de los militantes sobre los diputados, de los congresos y los comités sobre las asambleas, ignoran la evolución capital realizada desde hace cincuenta años, que ha acentuado el carácter formal de los ministros y los parlamentos. Antes instrumentos exclusivos de intereses privados, financieros y económicos, unos y otros se han convertido en instrumentos de los partidos: entre éstos, los partidos populares ocupan un lugar creciente. Esta transformación constituye un desarrollo de la democracia y no una regresión”. 

La larga cita parece muy útil para identificar inmediatamente la verdadera significación política y social de la siempre reformulada polémica contra los partidos, que sin duda no se expresa sólo en el pedido de la “cachiporra” para todos, sino también –en sus diversos matices– en el pedido de un ejecutivo fuerte, de una exclusión sustancial de los partidos de la vida política o de una “regulación” que los revierta al “orden constitucional”. Pero sirve también para precisar –más allá de las intenciones de Duverger– otros problemas de la relación partidos-estado. Comencemos por considerar un tipo de crítica que es sin duda la más sutil e incluso la más fundada. Según ella el partido político, nacido como un intermediario entre el país real y su representación política, tiende luego a convertirse sobre todo en un “diafragma” situado entre la voluntad de los electores y la de los elegidos. La objeción encuentra cierto fundamento, digámoslo ya, en la medida en que se desarrolla la “burocracia de partido” y el intervencionismo autoritario de los “aparatos”. Pero aquí es preciso estar alertas a fin de no llevar la crítica a conclusiones contradictorias. En efecto, semejante crítica puede servir a dos fines: subrayar la necesidad de una ulterior democratización de los partidos o bien negar a los partidos la legitimidad histórica de su intermediación, tal vez en la forma indirecta de ejercer control sobre su vida interna, con la finalidad de reducirlos a meros “partidos de opinión”.

El hecho de que el nacimiento de los partidos políticos cambia la estructura de la representación política se puede juzgar de un modo o de otro; sin embargo, es cierto que este cambio tiene raíces profundas, las que, en conjunto, son independientes de la “voluntad de poder” de los partidos y del “imperialismo de los aparatos”. Como dijimos, éstos arraigan en dos elementos ya definidos en el desarrollo político moderno: el sufragio universal, que reconoce al pueblo un papel nuevo en la definición de la volonté de la nation, y la estructura heterogénea de la sociedad, caracterizada por una disgregación individualista que se convierte, como decíamos, en el presupuesto negativo del nuevo problema de su posibilidad de congregación. El alcance irreversible de estos fenómenos, por otra parte, puede advertirse en la serie innumerable de contradicciones que se filtran en la constitución política moderna: reconocimiento de los partidos políticos y persistencia del mandato no imperativo, reconocimiento de la libertad-participación y persistencia de una formulación garantista que se funda en el primado de la libertadautonomía, reconocimiento de la soberanía popular y persistencia de una impronta fundamentalmente elitista y burocrática en los poderes públicos, reconocimiento de la libertad y de los derechos “sociales” y persistente “inviolabilidad” de la estructura privatista de las relaciones económicas. Se trata de contradicciones que presentan muy pocas alternativas, dado que, en la medida en que quieran escoger una dirección antes que la otra, esas alternativas suponen una crítica de fondo del viejo estado representativo.

Pero el aspecto verdaderamente problemático de la situación se manifiesta en el hecho de que la resolución de estas contradicciones, cuando no se orienta hacia la transformación profunda de las estructuras sociales, lo hace casi “naturalmente” hacia la supresión de las mismas formas políticas liberales en nombre del autoritarismo, a condición de mantener con vida los fundamentos sociales que expresan, y que hoy se encuentran históricamente en crisis ante el desarrollo político derivado de ellos.

Ciertamente, la existencia del partido político parece dar al Parlamento moderno una fisonomía completamente nueva, a la que puede definirse de diversos modos con expresiones tales como “caja de resonancia”, “cámara de registro”, y otras por el estilo. Sin embargo es verdad que el Parlamento tiende a asumir esta fisonomía propia precisamente en la medida en que la constitución política no toma en cuenta integralmente las modificaciones producidas, en que continúa adecuando las funciones del Parlamento a una estructura política y social que ya no existe (por lo menos en sus lineamientos típicos) y, al mismo tiempo, se niega a considerar la posibilidad de que desempeñe funciones nuevas en relación con la nueva situación político-social. Mientras se pretenda del Parlamento que actúe como un “cuerpo independiente” en relación con la nación, aun con la presencia reconocida de los partidos políticos, no podrá extraerse otra conclusión que su progresivo envilecimiento y aislamiento. De hecho, esta conclusión es teorizada de algún modo precisamente por quien, al criticar los partidos políticos en nombre de la “independencia” de los cuerpos políticos, debe concluir por pedir una mayor “independencia” del Ejecutivo respecto del mismo Parlamento. Llevando más allá la exigencia de la “estabilidad” del Ejecutivo (en relación con los deberes sociales más vastos del estado y con la programación económica) se da por sentada sustancialmente la necesidad de una sólida administración orgánica de los asuntos sociales y, sin embargo, no se quiere reconocer al mismo tiempo la posibilidad de que esa gestión pueda convertirse en el teatro de enfrentamientos políticos eficientes, aunque éstos se nutran de alternativas sociales. Aquí, como sucede a menudo, la exigencia “técnica” es aceptada por el ejecutivo, pero rechazada por el Parlamento. En realidad, negar al parlamento la participación en la administración es el modo “técnico” nuevo de perpetuar la independencia del estado respecto de la sociedad. Cuando se pide un ejecutivo fuerte y estable, lo que se impugna, es, en síntesis, precisamente aquello que se reivindica para el parlamento frente a los partidos y que, en cambio, se le niega al gobierno. Por lo tanto, el resultado es una contaminación entre principios políticos diversos y opuestos, una contaminación que, fatalmente, invade toda el área programática.

Lo que se opone a una concepción diferente de la vida política es, en sustancia, la incapacidad de concebir lo esenciales que son para la vida política las determinaciones sociales (aunque lo sugiera la experiencia histórica) y, conjuntamente, lo esenciales que son para la vida social moderna las deliberaciones políticas que la transformen radicalmente. A nuestro juicio, la fuente de esta incapacidad radica todavía en la visión de las dos esferas –política y social– como estructuralmente divididas y opuestas. De aquí deriva, en la vida política, una constante limitación de aquellas instancias de socialización del poder que avanzan bajo la bandera del “dogma” de la soberanía popular y, en la vida social, la aceptación puramente formal (y, en consecuencia, sólo reformista y demagógica) de las instancias de socialización económica. Mientras no se acepte para la vida social ese principio de cohesión orgánica que se propone para la vida política, la organicidad de esta última no podrá ser otra cosa que el predominio autoritario de una fuerza política sobre todo el mecanismo moderno de la constitución. Correlativamente, mientras el principio de la cohesión política no sea seguido por el instrumento de una ulterior expansión de la voluntad popular, todo propósito de transformación social efectiva quedará sólo como una mera buena intención, si no como una indulgencia demagógica que oculta el congelamiento político de la sociedad privatista.

Es indudable que los pedidos formulados en el curso del debate teórico sobre la “regulación jurídica de los partidos” nacen de la constatación del carácter contradictorio de una constitución política en la cual los elementos del régimen clásico son apremiados por elementos nuevos y opuestos. Pero lo que se debe discutir es si tal contradicción debe realmente resolverse con una restauración del viejo estado basado en la “independencia” de los cuerpos representativos respecto del programa político (y, por lo tanto, de los constantes apremios de los partidos y de los electores). Una restauración tan anacrónica, se resuelve en realidad en confiar de modo exclusivo al ejecutivo aquellos poderes de intervención social que ya no pueden negarse. La contradicción es operante debido a que no se extrajeron todas las consecuencias de los fenómenos nuevos de la vida política y social. La transformación de las relaciones económicas en el sentido de una socialización y la consecuente organización de una conexión directa entre actividad social y actividad política, el desarrollo de una vasta participación directa de los ciudadanos-trabajadores en la programación pública de las actividades individuales asociadas, la inserción activa del Parlamento en la dirección operativa de la administración y de la planificación, la subordinación rigurosa del ejecutivo al parlamento, la construcción de núcleos intermedios capaces de aligerar las responsabilidades del estado no con una descentralización de los burócratas sino con una amplia participación popular, el reconocimiento explícito del carácter imperativo del mandato, son todas medidas que anularían esa contradicción al elevar a un máximo la adhesión de las instituciones a las tendencias asociacionistas modernas.

Sobre todo, se opone el hecho de que la vastedad y el peso de los aparatos y la fisonomía oligárquica de los partidos políticos se convierte progresivamente en una gravísima rémora para la libertad de decisión individual en los niveles alto y bajo, y amenaza con congelar en unos pocos pasillos la vitalidad de la competencia política. Nadie quiere negar la existencia de defectos de este tipo. Se trata, empero, e preguntarse si por casualidad ellos no son sobre todo la consecuencia de la mayor rigidez de las instituciones en las formas estatistas del pasado, del proceso de progresiva enajenación que se deriva de la mayor autonomía adquirida por todas las instituciones de la base popular precisamente en la plenitud de tendencias socializadoras. “Estabilizar”, como se suele decir, el ejecutivo, consolidar sus poderes autónomos de programación, emancipar ulteriormente la burocracia estatal del control político es sin duda el peor modo de enfrentar las tendencias burocráticas de los aparatos partidarios. Por el contrario, significa desvitalizar la competencia política, congelar las formaciones, esclerosar el dinamismo del enfrentamiento, bloquear la formación de cuadros políticos en la rutina de la “organización pura”, impedir un cotejo político y técnico de las soluciones que sea abierto y multiforme. En cambio, sólo en la dirección alternativa parece posible estimular la presencia pública de los ciudadanos, nutrir de sustancia técnico-económica las fórmulas políticas, difundir los controles y acelerar así la formación de cuadros políticos de manera de hacer valer su propia capacidad incluso ante la resistencia burocrática. En resumen: como la burocratización de los aparatos políticos es favorecida por la “independencia” y por la burocratización del órgano estatal, así la democratización de este último favorece el desarme burocrático de los partidos. Es evidente que un desarrollo político de este tipo contrasta con la estructura privatista de la sociedad, pero es precisamente la supervivencia de esta impronta privatista de las relaciones económicas la que, mientras resiste a necesidades objetivas de la sociedad moderna claramente advertidas por amplios estratos sociales, constituye el acicate y el sostén de viejas formas políticas históricamente obsoletas y puestas en crisis por la afloración de problemas políticos nuevos. 

Resumiendo, también en relación con la cuestión de los partidos políticos puede constatarse que la democracia política requiere la consumación de la democracia social y que, de modo recíproco, la democracia social requiere de la democracia política el abandono de las viejas estructuras del estado representativo-burocrático para penetrar tendencialmente en una democracia gobernante, en el autogobierno o democracia directa. El temor a que la socialización económica suprima la “libertad-autonomía” sólo puede encontrar un fundamento real si se la continúa considerando (a la vieja manera de Kant y de Constant) como una función exclusiva de la propiedad privada, es decir, como esa libertad que sólo pueden asegurar los “hombres independientes”. En cualquier otro sentido, una trasformación democrática de la sociedad y del estado en la dirección de una socialización económica y de una participación política no supone la exigencia real de limitaciones de las libertades tradicionales y puede valerse del cotejo crítico de los partidos y de controles aún más amplios, tanto internos como externos. En ese caso, la exigencia crítica que se presenta debería expresarse sobre todo en la valoración y puntualización de las perspectivas programáticas, en el planteo público de un gran cotejo ideal que ponga en discusión las lagunas y las contradicciones que ha mostrado en sus realizaciones y en la acción política concreta el programa de emancipación social de los trabajadores, pero también las decisiones de otros partidos destinadas a cambiar la estructura de la sociedad, con el claro presupuesto de que realmente busquen la emancipación social, el fin del asalariado. En síntesis, también en este sentido los problemas del partido-máquina nos vuelven a remitir a los problemas del partidoprograma, respecto de los cuales, en última instancia, son ponderadas las elecciones de los hombres y los destinos de los estados. Y a propósito, en lo que respecta a la vida política italiana, sería interesante certificar mediante documentos auténticos todo lo que haya quedado de los programas “sociales” originarios de los partidos de centro, tanto de los que, en la época que siguió a la Resistencia, estaban abiertos a la temática de las “reformas de estructura”, como de los que, después de la restauración capitalista, se cerraron en la temática de la “buena administración” de la sociedad privatista.

burocrático (incluyendo en él, se entiende, sus ramificaciones paraestatales) rehuye cada vez más, en virtud de su misma dimensión, al control del estado democrático” (G. Sartori, “¿Dove va il parlamento?” en Il parlamento italiano, Napole, 1963, p. 367).

PARTIDO-PROGRAMA Y PARTIDO-MÁQUINA

Partido-programa y partido-máquina aparecen como dos términos que no pueden desligarse sin perder la verdadera fisonomía del partido político en el estado moderno, sin incurrir en unificaciones conceptuales arbitrarias que dicen bien poco en favor de la evolución real de los procesos políticos modernos. Empero, es preciso agregar que la exigencia de una firme relación entre el partido-máquina y el partido-programa nace sólo en el seno de los partidos que tienen una genuina ubicación histórica y teórica en el estado moderno, vale decir, que participan de las modificaciones requeridas por el desarrollo social y político. En lo referente a la línea teórica, sólo en estos partidos puede convivir la exigencia de una incidencia crítica coherente sobre las viejas estructuras políticas y sociales y la de un desarrollo de la batalla política que sea coherente con los presupuestos teóricos. En los demás partidos, en cambio, tiende a prevalecer una adhesión “natural” a las viejas estructuras y, por lo tanto, para ellos los presupuestos críticos que dan nacimiento al fenómeno del partido político carecen sustancialmente de significación. Es precisamente a partir de esta esterilización del programa y de su valor marginal que el partido político se ve empujado hacia la variante del viejo clientelismo representada por la burocracia partidaria.

En términos generales, el proceso de generalización puede seguir dos líneas: puede depender de un efectivo relajamiento teórico que reduce al partido renovador al ámbito de la vieja política (de la “política por la política” o la política por el poder); o bien, en el caso de los partidos que nunca tuvieron un bagaje teórico renovador y que nacieron históricamente sobre todo “por reacción”, puede depender de una erosión orgánica de la plataforma “de coincidencia”, originada en su carácter sustancialmente “superfluo” respecto de las formas vigentes de la vida política y en el carácter exclusivamente demagógico de sus propuestas ”sociales”.

En uno y otro caso, el problema central que se plantea es ver si el fenómeno puede obviarse y, por consiguiente, cuáles son las carencias más graves que favorecen su desarrollo. Su significado general de fenómeno que disgrega al partido político en tanto síntesis político-social efectiva, restituyéndolo a la vida política “pura”, lleva a buscar el nudo del problema en el seno de las formas a través de las cuales el partido llega a formular esa síntesis entre política y vida social. En el plano programático, las diversas variantes del estatismo son, sin duda, una de las connotaciones que señalan el progreso del fenómeno, en tanto reducen la incidencia social y crítica dentro de la esfera política. Pero no es éste el único factor. Es el más genérico y el más evidente; se traduce en una total reducción del partido a una máquina cuyo ideal está fuera de sí (en el estado existente) y que, por lo tanto, sólo asume el deber de instrumentar el momento de la fuerza, de cuya ausencia en el concatenamiento estatal se lamenta. El partido-milicia de tipo fascista y, aún más precisamente, nazi, es el resultado extremo de un proceso semejante: un partido que nada tiene que discutir (que, además, no quiere que “se haga política”) porque todo ya está resuelto en las estructuras existentes, a las que sólo se trata de revigorizar con inyecciones de autoridad y de “eficacia”; sus mismas articulaciones institucionales no son ya organismos políticos, sino militares, no son secciones políticas sino compañías armadas. Semejante partido absorbe de la estructura militar ya sea el espíritu militar (“creer, obedecer, combatir”), como la disciplina y las características organizativas. El estatuto de un partido fascista difiere muy poco del reglamento de un cuerpo policial: difiere en la medida en que amplía y expande en una mitología los medios tradicionales de un organismo militar (la sumisión al jefe, el espíritu de disciplina, la exaltación del valor, la selección física y biológica de los más fuertes, etc., etc.). Pero también el partido burgués tradicional y el partido proletario pueden sufrir en cierta medida la carga de ese fenómeno, aunque sea con variantes derivadas de un ámbito diferente de tradiciones ideales y de connotaciones históricas y sociales. En el partido burgués, el proceso de agotamiento ideal se manifiesta fundamentalmente en la renuncia o en la atenuación de los elementos programáticos renovadores (las “reformas de estructura”), respecto de los cuales, en determinados momentos históricos y bajo el acicate de la “coincidencia” revolucionaria, se ha sobrepasado. Esa renuncia o atenuación significa la adecuación del partido a la “política por la política”, al parlamentarismo puro, a la pura problemática de la conquista y administración del poder público. La vida interna deja entonces de tener un elemento de cohesión real, de modo que tiende a reproducir las formas típicas de la vida política liberal que son las corrientes de opiniones puras y, en la peor variante, los agrupamientos de clientelas que reflejan, no tanto diferencias programáticas cuanto contrastes de poder, de posiciones privilegiadas y establecidas.39 Sin duda, no es casual que la problemática del programa crítico tienda a surgir en los períodos de expansión democrática y, en cambio, a replegarse e incluso desaparecer en los momentos de depresión y reflujo: sucede entonces que los partidos tradicionales del centro no presentan ni siquiera un programa formalmente elaborado, sino sólo mociones en congresos que formulan una gama limitada y sumamente variable de soluciones, casi siempre relacionadas más con las posibles combinaciones de la vida política nacional (parlamentar) y con las correcciones sectoriales que con los problemas de la renovación político-social. 

El fenómeno de la hipertrofia burocrática tiende a manifestarse en dos tipos de situaciones: el repliegue reformista en las situaciones de oposición y el esfuerzo constructivo en determinadas situaciones de poder, sobre todo en los países económicamente no desarrollados. En ambos casos, y por razones distintas, puede encontrarse una misma tendencia a dejar de lado los “fines” para reducirse a la intensificación del

39 Para estos partidos, que Duverger define como de “tipo antiguo” o de “tipo burgués”, la “intervención electoral y parlamentaria representa la misma meta de su existencia, su única forma de actividad” hasta el punto de que “la adopción del sufragio universal y del régimen parlamentario en las naciones analfabetas o feudales es un sacrificio a las ideas del siglo” (M. Duverger, Op. cit., pp. 22, 62).

“movimiento”. Predomina una tendencia a vaciar al partido de finalidades generales y a reducirlo al elemento técnico de la eficiencia, que se refleja precisamente –como eficiencia “técnica” y no político-social– en el predominio burocrático, en la militarización de la disciplina, o bien en la disgregación de la clientela partidaria (en los partidos social-demócratas liberalizantes) y, en fin, en el culto de los dirigentes (de los bonzos sindicales o parlamentarios o de los “artífices” de la sociedad nueva). Una excepción, aunque de escaso valor teórico, se encuentra en la situación de clandestinidad que confiere naturalmente al partido revolucionario características de tipo militar, aunque sin minar del todo el temple ideal.

PROBLEMAS DEL PARTIDO REVOLUCIONARIO

Podríamos tomar el caso del partido revolucionario como el más interesante y significativo, incluso para delinear los problemas más actuales relativos a la estructuración de un partido realmente capaz de vivir como síntesis orgánica de política y vida social, y ser así capaz de eliminar o minimizar los peligros de la hipertrofia burocrática. A partir de lo dicho, dos exigencias pasan a primer plano: en primer lugar, la exigencia de una fuerte vida ideal (crítica); en segundo lugar (last but not least) una institucionalización efectiva del nexo entre estos aspectos programáticos ideales y la necesidad concreta de lucha política. Dentro de la primera perspectiva, se comprende fácilmente la estrecha conexión que existe –por lo menos, en condiciones normales entre una intensa vida ideal y una prolongada democracia partidaria. Los momentos de expansión ideal corresponden de hecho no sólo a una mayor articulación democrática de la vida interna, sino sobre todo a un rápido desarrollo de los cuadros y a una intensa sucesión de las generaciones políticas. Por el contrario, los momentos de mayor empeño “técnico”, de esfuerzo concentrado en la eficacia inmediata de la acción puramente política, corresponden a depresiones de la elaboración ideal y de desarrollo de los cuadros, salvo la importante excepción de las insurrecciones armadas, en las cuales, por otra parte, el momento “técnico” se plasma en gran medida en la amplia presencia popular que estimula y propone nuevos problemas de elaboración. Dentro de la segunda perspectiva, es digno de consideración el problema de cómo llega el partido a combinar de modo armónico la organicidad general de la plataforma ideal (forzosamente abstracta) con la especificidad de los problemas particulares (forzosamente parciales) en una concreción superior que media entre la perspectiva ideal hacia la cual se quiere empujar la sociedad y el modo real de ser de la sociedad misma. Naturalmente, antes que nada se trata de un problema de elaboración política del nexo táctica-estrategia (que aquí no examinamos), pero también de un problema de institucionalización organizativa, en el cual se refleja el problema más general de la mediación entre racionalidad y consenso, entre comunidad e individuo, que se propone al estado moderno en su conjunto.

Una intensa vida ideal en el partido, repetimos, presupone la presencia de un programa crítico y reconstructivo que esté a la altura de todo el universo externo del estado y sociedad. En efecto, si se carece de un programa semejante, porque el partido acepta, por así decirlo, el estado actual de las cosas, es fatal que su actividad y su misma estructura interna tiendan a modelarse –como en los demás partidos– según la problemática de una política “pura” basada en la mera conquista y administración del poder. En este sentido, no parecerá erróneo afirmar que la vida ideal –y no sólo la organizativa– siempre es más intensa en la izquierda que en la derecha. De cualquier modo, en la izquierda, no menos que en la derecha, vuelve a encontrarse el peligro de una “cosificación” de la política en la medida en que, al reasumirse la acción política exclusivamente en las contiendas y combinaciones destinadas a obtener el poder, la perspectiva ideal se contrae y se disuelve o, peor aún, se pragmatiza, adaptándose a las cambiantes exigencias de la lucha y de la vida política. El fenómeno, que a menudo se presenta bajo la forma del “realismo político”, de hecho es –al menos a largo plazo– un signo inconfundible de adaptación al ambiente histórico-social, de repliegue reformista. Desde este punto de vista, se comprende el ataque de Gramsci contra la “vanidad del partido” que, más allá de los significados, digamos, psicológicos, tiene un aspecto rigurosamente pertinente a la capacidad de conocer y, por lo tanto, de cambiar el mundo en el que obra el partido. La apelación insistente e incluso resolutiva al denominado “patriotismo de partido” o “espíritu de partido” (evidentemente, en el sentido peyorativo) se convierte a menudo en la coartada para eludir la vida ideal, ya limitada sólo a las exigencias tácticas de la “política por la política”, de una pérdida de la vinculación entre política y vida social y, en último análisis, de una incapacidad para construir la línea del partido como ana síntesis general efectiva. El fenómeno se manifiesta también en el plano institucional con “la tendencia a sobrestimar la organización que, poco a poco, de medio para conseguir un fin, se convierte en un fin en sí misma” (R. Luxemburg). Se produce una inevitable involución centralista-burocrática de la misma vida interna que sustituye la jerarquía de los valores por los valores de la jerarquía. Y es singular y sintomático que, en el partido revolucionario, un fenómeno de este tipo se caracterice por un “alejamiento de las masas”, vale decir, por una pérdida de la funcionalidad real del instrumento político respecto del movimiento que lleva hasta los límites extremos la total separación de ambos.

También es verdad, empero, que un programa ideal supone además una capacidad de generalización respecto de los intereses particulares o momentáneos del movimiento, y así una especie de anticipación teórica. Es en relación con este aspecto que se habla del partido como “vanguardia” de la masa (o, en el caso en cuestión, de la clase). Sin embargo, mientras la noción conserve al menos una fisonomía político-teórica, no podrá significar otra cosa que la capacidad de conectar los intereses parciales dentro de una visión general unificadora que les sirva de mediación y los generalice. Por tanto, puede afirmarse que la noción de “vanguardia” no debe ser trocada ni por la de “estado mayor” de la masa (un concepto enteramente condicionado por la táctica de lucha, y no por la teoría), ni mucho menos por la de pura y simple “organización” (disciplina, subordinación, etc.). La efectiva capacidad anticipadora o teórica del partido, tan esencial para protegerlo de la degeneración burocrática, antes que nada ha de reconducir a la actitud según la cual el programa ideal y político debe dar racionalidad al consenso de la masa y así unificar, y no de modo formal, sus diferencias reales. El partido se anticipa efectivamente respecto de la realidad del movimiento práctico sólo si se enfrenta con esa tarea, y en la medida en que lo hace, sintiéndose, precisamente como vanguardia, una parte de la masa. En resumen, sintetiza en la medida en que llega a analizar y considera su propia teoría anticipadora como una teoría experimental. Sólo así, entre otras cosas, un programa ideal conquista las características específicas de un programa político, perdiendo los resabios utópicos (dogmáticos) y los residuos empiristas (reformistas) y ganando una racionalidad históricamente digna ( = capaz) de éxito; es decir, nutrida ya sea en la necesaria fuerza de generalización teórica, ya sea en la no menos necesaria “conquista” y efectividad propias de la política.

Como decíamos, las consecuencias de orden organizativo pueden indagarse con cierta facilidad. Supuesto que, efectivamente, el partido político quiera eludir su función de unificación (función a la cual, como se vio, está históricamente destinado), ello debe institucionalizar una relación bilateral, teórica e ideal por un lado, práctica y efectiva por el otro. En sí y por sí, la misma vida teórica del organismo puede resultar insuficiente para vitalizarlo de modo permanente, incluso amenaza con cristalizarlo en los callejones sin salida de una visión dogmática y de una acción puramente utópica, en caso de que no desarrolle los canales organizativos que puedan alimentarlo críticamente. Por otra parte, el mismo programa requiere una actualización constante que sólo puede extraerse del reconocimiento experimental. Esta vitalidad, para traducirse a una acción incisiva, debe ser, en suma, la vitalidad de todo el organismo, de modo que esa elaboración teórica, por un lado, debe poder originarse también en la militancia práctica y, por el otro, debe poder retraducirse a esa militancia. Ahora bien, el tipo tradicional de partido, concebido como pura plataforma de opiniones comunes (o sea, como puro reagrupamiento parlamentario), no puede ser suplantado por la concepción del partido como mera máquina ejecutiva sin que se pierda un componente esencial del dinamismo político. Al igual que la eficacia basada sólo en la clientela, la eficiencia meramente ejecutiva fundada en la disciplina o en el mito del jefe, resulta una grosera ilusión. El verdadero problema del partido político es, en cambio, poder institucionalizar una máquina capaz de ser al mismo tiempo un cerebro (un “intelectual colectivo”, decía Gramsci), que es luego la única máquina dotada de auténtica eficacia política (en la lucha por ganar el poder junto con el consenso): un partido de masas que construye cuadros.

La tendencia originaria del partido revolucionario se mueve precisamente en esa dirección, como lo prueba, por ejemplo, su estructura por secciones o células que ya en sí mismas son organismos destinados a una vida permanente muy diferente de la mera ejecución política (para la cual basta la “milicia”). Sin embargo, es fácil comprobar que la misma lógica de la lucha política (en sus dimensiones más inmediatas) conduce precisamente a “utilizar” esa misma estructura y a convertirla en puros mecanismos de transmisión de las decisiones políticas. En cierta medida el proceso de burocratización está orgánicamente ligado con la lucha política, al menos por la exigencia de profesionalizar grupos políticos más o menos numerosos. El llamado profesionalismo político (por otro lado, un fenómeno necesario para la acción organizada) tiende naturalmente a derrochar el momento no profesional o estrictamente social, el que convierte al partido en una vinculación permanente entre la esfera política y la esfera social, y en un medio de superación constante de la escisión moderna. Cuanto más se proponga el partido finalidades de mera política (de unificación formal), tanto más reproducirá en su interior la escisión que combate en el exterior (generando el “círculo interno” y el “círculo externo”, el aparato deliberante y el aparato ejecutivo), si no llega a anclar de manera institucionalizada esa función en las diferencias políticas sociales individuales que se hallan en su seno. El proceso se manifiesta con claridad cada vez mayor a medida que el progreso social y político confíete una estructura regular a la división social del trabajo y da una impronta bastante estable a la democracia política. Pocos períodos como la última década de la vida italiana fijan con tanta nitidez los contornos de un proceso semejante y señalan a los partidos sus carencias. No el casual que en este período se hayan desarrollado profundas transformaciones en el esqueleto y en el funcionamiento de todos los partidos de masas (fin de las “personalidades”, articulación de las responsabilidades de estudio, diferenciaciones técnicas en el ámbito del trabajo político, reconocimiento de los aportes autónomos de los distintos organismos ligados al partido, depreciación del viejo pragmatismo político y del instrumentalismo en relación con la cultura, etc.).

En un ordenamiento social y político complejo y articulado como la sociedad industrial moderna los elementos de examen analítico, competencia técnica, y también de la organización por sectores de los mismos partidos políticos masivos, se convierten en componentes indispensables de una unidad (eficiencia), que primero parecía alcanzable con la mera superación (o supresión formal-administrativa) de todas estas diferencias. Pero es precisamente en este terreno que se revela la crisis histórica del organismo, en el sentido de que el partido político llega efectivamente a enfrentar esta problemática, aunque sea sólo para retraerse a los límites tradicionales de la “política por la política”, del profesionalismo político puro. Y en este sentido merece señalarse el hecho de que la crítica al profesionalismo político se ha manifestado en Italia (y también en otras partes) no sólo en el plano puramente “vulgar” de la negación de la unificación política (al respecto, es ejemplar la idea del estado administrativo y sin partidos que constantemente resurge en la derecha) sino también en los ambientes intelectuales democráticos. Dicha crítica se manifiesta allí donde se niega radicalmente la necesidad moderna del partido político como síntesis, pero también allí donde, por el contrario, se pide al partido político que sea real y plenamente una síntesis, un organismo capaz de actuar de mediador incluso en las articulaciones técnico-sociales. El fenómeno ha tenido también una destacada manifestación en el notable auge de los organismos no políticos pero socialmente comprometidos (profesionales, estudiantiles, sindicales, culturales, etc.) que fue particularmente amplio en Francia como reacción

a la decadencia general de la vida de los partidos políticos. Para tratar de delinear de alguna manera los caminos de superación de una crisis semejante, es preciso volver a considerar las funciones típicas de síntesis político-social que caracterizaron históricamente el nacimiento del partido político moderno de los trabajadores. El hecho de que algunos grandes partidos populares no socialistas como la democracia cristiana hayan revisado de hecho la propia organización, precisamente en consideración de ese modelo, sin duda tiene un valor que va más allá de la mera coincidencia, dado que el modelo es estrictamente funcional en relación con los problemas sociales modernos. También es sugestivo que la historia reciente de los partidos marxistas muestre una acentuada tendencia a revisar las propias estructuras plasmadas durante un período histórico particular hasta en los países donde esos partidos tienen el poder. Quizás el caso del PCUS sea el más significativo: en los últimos años modificó estatutos, programas, estructura organizativa e incluso el nombre.

En este campo se destacan dos elementos. En primer lugar, la corrección de una organización sustancial mente modelada en la clandestinidad, la que, como tal, no podía dejar de inclinarse hacia una interpretación de tipo militar de la vida interna: la construcción de la noción de centralismo democrático de un modo nuevo y más estrictamente político, de modo de estimular con el cotejo efectivo de las opiniones (con la organización de una disensión mínima) una participación más directa e intensa (la organización de un consenso máximo). En segundo lugar, la comprensión (ardua debido a las dificultades que supone influir sobre estructuras tradicionales) de la necesidad de que la adecuación y la organicidad del todo resulten de una articulación más dúctil de las partes y de que, por ende, la homogeneidad horizontal o eminentemente política (que se expresa en las divisiones territoriales), precisamente por ser una homogeneidad real y no ficticia, resulte también de una unificación vertical o por competencias sociales, culturales o técnico-profesionales, que se expresa en el grupo asociado por intereses específicos. La estrecha interconexión de los dos problemas resulta del hecho de que el centralismo democrático, como superación efectiva de la dispersión individualista y de “clientela” o de la cristalización de las corrientes-facciones, tiene necesidad de desarrollarse como una democracia capaz de centralizarse, como una democraciaautodisciplinada y, por ello, como un sistema que se unifica sólo si reconoce y actúa de mediador entre todas las articulaciones y diferencias reales. Pero esta interconexión resulta también de la necesidad de que la esfera general de la política se concrete en las esferas reales singulares. Por una parte, en suma, la unidad política tiene necesidad de ser una mediadora respecto de las diferencias que afloran a partir de las determinaciones sociales objetivas; por otra, la articulación individual que desarrolla cada organismo puede desplegarse en el sentido de una unificación política real sólo si es penetrada (generalizada) en su individualidad. De otro modo, la unidad política permanece abstracta, y las diferencias reales, apolíticas: la teoría se dogmatiza y la acción se entorpece.47

SOCIEDAD DE MASAS Y CIVILIZACIÓN COMUNITARIA

En definitiva, si se consideran conjuntamente todos estos problemas resulta que, precisamente por ser el príncipe moderno, el partido político, en un sentido, debe ligar su acción a una rigurosa exaltación política de ese moderno “príncipe sin cetro” que es el pueblo, pasando del reconocimiento de su moderna escisión a la posibilidad de una futura reunificación integral. Por otro lado debe modelar sus mismas estructuras típicas de acuerdo con las formas típicas en que realmente debe vivir ese protagonista de la sociedad moderna. El concepto se expresa con mayor simplicidad cuando se dice que su programa y su acción política deben

47 Gramsci escribe: “El centralismo democrático ofrece una fórmula elástica, que se presta a múltiples encarnaciones” y, por lo tanto, es arbitrario cristalizar la interpretación en una forma determinada, que ha tenido un claro condicionamiento histórico. Gramsci precisaba que el centralismo democrático “consiste en la búsqueda crítica de lo que es igual en la aparente disformidad, y en cambio distinto e incluso opuesto en la aparente uniformidad, para organizar y conectar estrechamente aquello que es semejante, pero de manera tal que esta organización y esta conexión aparezcan como una necesidad práctica e “inductiva”, experimental y no como resultado de un proceso racionalista, deductivo, abstracto, es decir, propio de los intelectuales puros (o puros asnos)” (A. Gramsci, Op. cit., p. 77). Y véanse las agudas consideraciones acerca de las deformaciones que, “el mismo movimiento socialista, puede sufrir la estructuración de la máquina política (p. 95): “La historia del movimiento obrero demuestra que los socialistas no han roto con esta tradición burguesa (del culto al vértice, al jefe, la persona)”; p. 113, donde se polemiza contra el llamado centralismo “orgánico” que se funda en el principio de que un grupo político es seleccionado por “cooptación” en torno de un “portador infalible de la verdad”, un “iluminado por la razón”; p. 157, donde se define en los siguientes términos el proceso de cosificación del organismo colectivo: “Si cada uno de los componentes singulares piensa al organismo colectivo como extraño a sí mismo, es evidente que este organismo ya no existe de hecho, sino que se convierte en un fantasma del intelecto, un fetiche”... “una entidad fantasmagórica, la abstracción del organismo colectivo, una especie de divinidad autónoma, que no piensa con ninguna cabeza concreta, pero de todos modos piensa”. Y la conclusión que Gramsci extrae de todo esto: “una conciencia colectiva y un organismo viviente se forma sólo después de que la multiplicidad se ha unificado a través de la fricción de los individuos”, (p. 158).

adecuarse a una visión no autónoma de la política (de la política como “superestructura”, es decir, por debajo de la cual se encuentran los reales datos sociales modernos) y su máquina debe prefigurar y experimentar en su seno las hipótesis teóricas con las cuales explica y modela el mundo moderno.

Por consiguiente, el problema de la reordenación del partido no es sólo un problema de organización interna. Por otra parte ya hemos insistido bastante respecto de la inexistencia de una técnica o ciencia pura de la organización. Se trata principalmente del problema de desarrollar una política moderna, nutrida y estimulada por el reconocimiento de lo social (teórico y práctico, mediado por los libros y también por los hombres): una política que, al no ser pura técnica de la conquista del poder y al saberse técnica social, se presenta como una política de reconstrucción social, y forja, precisamente por ser ésta su finalidad, un partido capaz de combinar químicamente la generalización política con la especificidad de las agitaciones sectoriales. La necesidad de esta nueva versión de la política desborda por cada uno de los poros de la sociedad moderna y se condensa o bien en la proclamada necesidad de socialización y de un “plano de desarrollo social”, o bien en la apremiante necesidad de una participación más amplia del agregado social en la solución de los problemas eminentemente sociales.

En la construcción de una política semejante no se halla sólo la verdadera chance del partido moderno, sino también el destino de nuestra sociedad. Los síntomas también pueden buscarse a contrario sensu en la decadencia del encantamiento que sobre el ciudadano ejerce el “político puro”, en la tendencia a la disolución del clientelismo, en el nuevo sesgo que la vida democrática exige a los organismos políticos que se demoraron demasiado en los viejos sistemas, en el hecho –en suma– de que mientras durante la segunda posguerra la sociedad ha presenciado una gran transformación

tecnológica y cultural y un fuerte desarrollo económico, no ha registrado sino en medida mínima las consecuentes transformaciones en las instituciones sociales y políticas. Las viejas relaciones sociales fundamentales permanecieron idénticas y tampoco cambió sustancialmente la

misma fórmula de la vida política y de la organización política. La relación gobernantes-gobernados permaneció dentro del esquema iluminista y además resultó corrompida (en presencia del sufragio universal) por la exigencia de emplear los instrumentos políticos como “persuasores ocultos” y como propiciadores de votos y de poder. En una palabra, la relación política permaneció como una relación de comando, englobado en la nueva cáscara de la demagogia.

Son éstas observaciones bastante corrosivas; pero es preciso formularlas para llegar a las raíces de la crisis, incluso a costa de hacerlas excesivamente incisivas y también de dejar en la sombra elementos innegablemente positivos. Los cambios radicales de dirección, como son los que sufre la sociedad moderna, requieren precisamente análisis radicales. Se dirá que sólo una transformación de las estructuras sociales fundamentales puede transformar el terreno para la elaboración de nuevas relaciones políticas. Pero también es verdad que esa transformación hoy debe hacerse a través de la mediación de la democracia, es decir, precisamente a través de la vida política. Por lo tanto, aquí es necesario hundir el bisturí y cauterizar: la complacencia por los méritos de las instituciones, en los grandes cambios históricos sociales, es siempre síntoma de una inclinación al compromiso. Ahora bien, el partido político es el verdadero y auténtico instrumento capaz de realizar en su seno, antes de que el proceso se cumpla fuera de él, la revolución moderna para la cual ha nacido específicamente. Y, por otra parte, su reconstrucción interna es una condición esencial para la reconstrucción externa: estudiar las crisis de crecimiento, en esta perspectiva, no significa otra cosa que confirmar su carácter central dentro de la vida política moderna.

En contra de ello se podrá afirmar también que la “sociedad de masas” es una sociedad en la cual son indispensables las técnicas de la “persuasión” y del “encuadramiento”. Pero esto significa continuar concibiendo la masa como una “muchedumbre” anónima, no tener en cuenta las profundas modificaciones que presenta la sociedad de masas cuando se la observa bajo su perfil específico de civilización industrial sumamente penetrada por un saber real, amén de conexiones sociales solidificadas, muy diversificadas y objetivas. Nuestra época no es sólo la época de la publicidad y de los slogans, sino también la del progreso científico, de la selección técnica y de la especialización, de la difusión de la cultura y de medios de comunicación veloces y ricos. En síntesis, es una civilización en la cual el carácter dramático de la crisis está representado precisamente por el contraste entre una expansión fundamental de la “densidad social” objetiva y las bridas de un viejo tipo de organización político-social. El contraste constituye justamente el foco de la crisis y plantea inmediatamente la exigencia de una transformación revolucionaria, de una organicidad político-social (planificación y socialización económica) nueva e integrada, que no puede tener otro sostén que la participación de la masa en formas activas, conectadas con sus mismas especializaciones individuales, (socialización y no mera difusión del poder). Sólo así la civilización de masas puede dejar de ser el reino del anónimo, el coto de caza de los pregoneros de feria, el dominio reservado de la especulación y de la apropiación privada de las relaciones sociales, y convertirse en una civilización conscientemente social.

Lo que se pide al partido político –como es obvio, al partido político que da un análisis crítico y proyecta una transformación radical para el futuro– es precisamente que haga fermentar en sus estructuras y en su misma vida moderna los ingredientes con los cuales sostiene que la sociedad mañana podrá pasar a la dimensión de una civilización nueva, verdaderamente comunitaria. Esos ingredientes no son, sin duda, los proporcionados por la apelación humanitaria (abstracta) a la sumisión social, al “espíritu de sacrificio” y al restante bagaje del utopismo del siglo XIX y del “socialismo de corazón” de principios del XX. Consisten esencialmente en la capacidad de integrar en las propias estructuras todo el potencial positivo y corrosivo, eminentemente crítico y técnico-reconstructivo, que la sociedad de masas entraña para las masas. Si es verdad que la política es siempre una ciencia (y actividad) general y unificadora, no puede llegar a una generalización y unificación efectivas y eficaces si no es saliendo de las ciencias (y actividades) especiales e, incluso, identificándose con ellas en una relación recíproca; se separa de ellas en el momento en que analiza y reconstruye las partes del todo en examen, y se identifica y relaciona con ellas en el momento en que las concibe como partes de un todo y, en tanto tales las engloba en una acción resolutiva que sólo así podrá ser acción crítica y constructiva. 

No debe pensarse, entonces, que esta propuesta constituya una versión apenas revisada para una ”revolución de los técnicos”. Por el contrario: la propuesta trata precisamente de desarrollar la sociedad de masas como auténtica civilización comunitaria, vale decir, de promover una potenciación consciente de la masa sustrayéndola de la estereotipia y liberándola de la “cuantificación” y “subordinación”, haciéndola valer, justamente para unirla como una sociedad homogénea-diferenciada.

Semejante empresa no corresponde a los técnicos, a los intelectuales

“puros” o puros asnos, como decía Gramsci, sino a los hombres comunes (a todos) en cuanto hallan en el partido político el instrumento capaz de estimular sus capacidades individuales y técnicas para convertirse en políticos y dirigentes (de modo que, como tales, dejen de ser una pura “masa anónima”) y de aplicar su elección política en una empresa revolucionaria rica en finalidades sociales y en capacidades técnicas y culturales, en un saber engagé (de modo de no ser ya puros técnicos u hombres de corporaciones). En resumen, la relación entre la totalidad y

Funcionalizada al análisis económico-social de la sociedad, ella se convierte, en cambio, en la disciplina que, a la vez que unifica el todo, analiza y reconoce las partes y niega, por ello, que “el político deba abandonar todo método científico y alcanzar un saber que trascienda la ciencia” (Op. cit., p. 149). Pero semejante concepción de la política sólo puede nacer de un planteo materialistasociológico que reconozca, junto con la primacía de la economía, la misma funcionalidad de la opinión ( = consenso) para los intereses. Este es un reconocimiento que la sociología puede hacer si concibe la sociedad como un sistema positivo de relaciones reales, si es ciencia de relaciones reales históricamente determinadas y, así, es una sociología capaz de aplicar a la sociedad el método de la ciencia, que reconoce a su objeto como algo dado fuera de la mente del experimentador y a la hipótesis teórica como una hipótesis que debe experimentarse en la practica histórico-social. De esta manera, materialismo, ciencia y política convergen. De cualquier otro modo, el impulso lleva a una primacía genérica de una política que se plantea como fin en si o bien a la primacía intelectualista de una ciencia que se concibe como relación social e intenta la reconstrucción social en el ámbito de las relaciones actuales, cuya estructura antinómica no ve, en un plano tecnicista (o con una pedagogía de tipo deweiano) que no se subordina a un análisis social preciso (y ni por tanto a una transformación social de las relaciones económicas). Para concluir, la plataforma unitaria de la relación política-ciencia es precisamente su socialidad: una plataforma que se niega a recomponerse en la medida en que posterga una reforma materialista de la sociedad y de la cultura, cuya separación es, en definitiva, la manifestación de la separación histórica entre trabajo y pensamiento, de la división social del trabajo humano como trabajo práctico-teórico o auténtica praxis históricateórica, material-ideal. La democracia (como democracia social) puede resultar precisamente el órgano moderno de esta recomposición unitaria.

las partes no debe ser una relación entre dos planos separados que inevitablemente tienden a contraponerse, sino una relación móvil, de circulación, en la cual la gradación de los valores tiene en cuenta los méritos, pero no los traduce a una jerarquía fija o corporativa, tiene en cuenta las diferencias, pero no las cristaliza porque de ellas extrae una unidad superior. Ser miembro del partido no es algo que sustituya la competencia individual, así como el ser médico u obrero se convierte en la verdadera base para ser integralmente hombre político. Y se comprende fácilmente que la cuestión no concierne tanto a la relación abstracta entre política y ciencia, sino también, más concretamente, a la típica relación concretamente política entre elaboración y acción política, (incisiva la una, teóricamente rica la otra) entre vértice y base (responsable el uno, abierta hacia la coordinación la otra), entre el partido y las instancias que lo constituyen, entre la calidad de miembro del partido y la de miembro de la sociedad.

Lo que hoy parece disminuir la influencia del partido político respecto del ciudadano es la difusa sensación (no del todo equivocada) de que ser miembro del partido significa abandonar las propias capacidades y funciones sociales, insertarse en una jerarquía que ignora la escala de méritos y valores reales y tiende a fosilizarse en tomo de méritos y valores “puramente” políticos (de acción “pura”: lo que no existe) y que a largo plazo pueden resultar ilusorios. Tiene en definitiva la sensación de no poder participar en la vida del partido si no es en las formas tradicionales que el mismo estado representativo asigna al ciudadano. Si quiere participar orgánicamente debe separarse de su rol social, y si no lo hace, no puede participar orgánicamente. En este rompimiento el afiliado reencuentra, entonces, el rompimiento externo que combate y contra el cual, en general, hace la elección de la militancia política. El proceso –al

menos en Italia– está bien documentado por la disminución de las afiliaciones a los partidos políticos y por el profesionalismo político. Pero el hecho de que el proceso en modo alguno es irreversible está atestiguado por la creciente vigorización de otros nucleamientos sociales y por la difusión de una madurez democrática que a menudo sorprendió con “sorpresas electorales”, como la de 1953 y la de 1963. 

proceso real de actuación”. (A. Gramsci, Passato e presente, cit. pp. 4-5).

Extraer de esto todas las consecuencias organizativas a fin de depurar los viejos instrumentos y llevar a su máxima expresión la vinculación con la sociedad parece, en el caso del político moderno, no sólo un acto de fe en la democracia, sino también de fe en la posibilidad de abrir el camino para una gran revolución social: un gesto de coherencia ideal y de eficacia práctica. 

PROBLEMAS DE LA TEORÍA MARXISTA DEL PARTIDO REVOLUCIONARIO

Lucio Magri

I

El problema de la organización de un partido revolucionario –decía Marx– sólo puede abordarse a partir de una teoría de la revolución. Se trata así, en todo momento, de un problema teórico, en el sentido más amplio de la expresión: no sólo en tanto implica problemas de táctica y de estrategia, sino también porque, de por sí, exige una definición científica del concepto de partido, de su naturaleza, de sus principios de funcionamiento, a la cual referir constantemente la práctica organizativa. El hecho de que tales definiciones, como cualquier otra parte del marxismo, nunca puedan fijarse dogmáticamente y exijan una reelaboración y un desarrollo continuos en nada disminuye la necesidad de una teoría rigurosa; por el contrario, requiere a cada momento el esfuerzo de una indagación.

En la actual situación del movimiento obrero en Italia todo esto aparece como particularmente cierto. El debate que se desarrolla desde hace algunos años acerca de cuestiones organizativas siempre renovadas, a fin de adecuar los métodos de trabajo y los instrumentos de lucha a nuevas realidades políticas y sociales, es en verdad, y cada vez en mayor medida, un debate sobre la línea general de la revolución en Italia, y sobre el tipo de partido que ella implica y presupone. De hecho, esta temática tiene precedentes importantes en la historia de nuestro partido, e incluso puede decirse que la acompañó en todo su cursa y caracterizó sus momentos más destacados. Cuanto más madura se hace la indagación en torno de un camino italiano hacia el socialismo, tanto más, en el terreno teórico y sobre todo en el práctico, se modela progresivamente un tipo nuevo de partido.

A otros corresponderá, en este mismo número de Critica Marxista reconstruir las etapas de ese desarrollo, aprehender, más allá de la apariencia, la dinámica profunda y el sentido global, valorar los límites no sobrepasados, indicar las directivas de desarrollo para que se los supere. Pero me parece sin duda evidente que, en este proceso, al momento actual le aguarda un papel particular; que nunca como hoy el problema de desarrollar la elaboración de la teoría del partido se planteó al movimiento obrero italiano con tanta amplitud de temática, con tanta urgencia objetiva, y asimismo con tanta riqueza de fermentos nuevos y de potencialidades fecundas.

Para valorarlo creo que bastará una breve reflexión sobre los fenómenos objetivos que hoy enfrentan al movimiento italiano.

En los últimos años este movimiento debió enfrentar dos procesos diversos y convergentes: por un lado, la transformación rápida y tumultuosa de la realidad social, el pasaje de un capitalismo tradicionalmente estático y atrasado a una etapa de desarrollo nueva, dinámica y madura; por el otro, la crisis, y la ya encaminada superación, de las fórmulas ideológicas, del equilibrio político y de los instrumentos organizativos que durante muchos años caracterizaron al movimiento comunista internacional.

Es indudable que, en última instancia, estos dos procesos están estrechamente ligados entre sí, que el segundo expresa o enfrenta esa misma exigencia de formas más avanzadas y maduras de estrategia que, en Occidente, son requeridas desde hace tiempo precisamente por las transformaciones de la sociedad capitalista. De todos modos, no carece de significación ni de relieve el hecho de que en Italia se hayan producido contemporáneamente, entretejiéndose y reaccionando el uno sobre el otro. Si esto, indudablemente, proporciona ocasiones muy favorables al proletariado italiano, que debe enfrentar al capitalismo maduro cuando ya un proceso de desarrollo del sistema socialista le abre las posibilidades de iniciativa y de movimiento necesarios, también impone por otra parte una problemática que se presenta con gran amplitud y urgencia.

En esta situación adquieren particular importancia los problemas del partido, ya que ellos, antes que cualesquiera otros, son afectados por los fenómenos que acabamos de subrayar. En efecto, antes que nada el desarrollo capitalista ha producido –y produce– no sólo vastos desplazamientos de población, rápidas transformaciones ambientales y por tanto serias dificultades organizativas para las fuerzas políticas masivas, sino también y sobre todo transformaciones cualitativas en los modos de formación y expresión de la voluntad política y en la estructura de poder del estado. Se trata de aquello que habitualmente se define como totalitarismo neocapitalista: un nuevo tipo de totalitarismo, que hoy agrede a la burocracia en el nivel de la sociedad civil, al masificar las conciencias, disgregar la vida asociada, deformar las necesidades y subordinar la cultura, y en el nivel de la sociedad política, al burocratizar los partidos, vaciar de contenido las instituciones y transferir el poder real a nuevos centros, y subordinar el estado a los intereses privados.

¿No basta prestar atención a los efectos de esta agresión en la vida democrática de los países más adelantados, allí donde todavía no ha encontrado formas huevas y adecuadas de resistencia, para tomar plena conciencia de la amenaza que contiene? La literatura sobre este tema es tan vasta que casi no vale la pena insistir. En particular, empero, es preciso añadir que este proceso totalitario concentra su propio impulso destructor, y muestra su eficacia, en el ataque, más o menos frontal pero igualmente disgregante, contra el partido y el momento político. Precisamente porque el capitalismo maduro no es una forma de decadencia general e inmediata de la sociedad, de crisis y de descomposición, sino que conserva en sí muchos aspectos de unidad y de “progreso”, deformándoles su sentido humano y su naturaleza civil, este totalitarismo deja sobrevivir formas parciales, aunque en parte ilusorias, de autonomía, de verdad, de vida civil. Aquello que el totalitarismo neocapitalista obstaculiza, a través del proceso general de reificación de la conciencia individual y de la vida colectiva, es sobre todo la formación de cualquier visión global, de cualquier interpretación total del presente como mediación hacia el futuro, y del futuro como diseño orgánico y racional de reconstrucción del mundo. Lo que deteriora, en suma, es la posibilidad de unificación, de síntesis superadora, sin la cual las diversas tensiones, energías y exigencias que nacen de la sociedad, porque la sociedad las necesita, recaen dentro del horizonte del sistema, aceptan la perspectiva deformante, se convierten en pilares del mismo.

Es la realidad misma la que vuelve a plantear entonces, en nuevas formas y a nuevos niveles, el tema del partido en toda su amplitud, como problema de la subjetividad en la historia, de la visión totalizadora, de la praxis transformadora, como análisis y crítica global del mundo existente y como instrumento del hombre para dar un sentido a la historia. Y son precisamente éstos los problemas del partido revolucionario, y que por medio del partido revolucionario, se plantean en el seno del marxismo, en términos de: relación entre partido y clase, significado y función de la ideología, naturaleza de la conciencia revolucionaria, relación entre lucha inmediata y perspectiva final.

Por otro lado, la profunda revisión política e ideológica iniciada en el XX Congreso y el reciente deterioro de la unidad internacional del movimiento comunista también gravitaron, de un modo muy serio y directo, en la concepción del partido y de la praxis de la vida partidaria. En este terreno, en efecto, las condiciones de la época precedente y los errores de la política stalinista habían producido osificaciones teóricas y deformaciones prácticas, pero sin duda no habían impedido la acumulación de tesoros de energía, de recursos y tensiones morales que conservan quizás el aspecto más grandioso de aquella época. Aquí, pues, el proceso de autocrítica debió ser más implacable, más grave el efecto de la lucidez en su lucha contra el mito, pero también aquí resulta más delicada, difícil, peligrosa, la empresa de discernir lo verdadero de lo falso, lo caduco de lo permanente, de impedir que el desarrollo destruya aquello que, en nuevas formas, merece salvarse. La ruptura leninista había realizado más profundamente su distinción de la socialdemocracia, la crítica radical del oportunismo, en la concepción y en el funcionamiento del partido, en los modos en que cada militante veía la vida partidaria. ¿Cómo salvar aquella distinción, conservar aquella crítica, superando los límites históricos y corrigiendo las deformaciones burocráticas tanto como los moralismos formales que aún sobreviven?

Estos son los complejos y entrelazados interrogantes que la realidad plantea, ésta es la amplitud de la temática que es preciso reconocer más allá de la inmediatez de las cuestiones organizativas, y de cuya solución depende en buena parte la solución de estas últimas.

Obviamente, el análisis y las reflexiones que presentamos a continuación no tienen la ambición de resolver esos problemas, y ni siquiera de tratarlos de modo algo sistemático. Su finalidad es más particularmente reexaminar, a la luz de la situación actual, algunos momentos destacados del desarrollo del debate estrictamente teórico sobre la naturaleza del partido revolucionario y sobre la relación clase-partido que ha acompañado toda la historia del movimiento revolucionario, a fin de buscar en él ya sea los fundamentos históricos de un tratamiento sistemático del problema, ya sea algunas indicaciones e hipótesis de trabajo para resolver los interrogantes del presente. 

Son éstas, indicaciones e hipótesis cuyo valor es muy problemático en la medida en que no están, ni podrían estar, en todo momento interrelacionadas, precisadas, ni asumir formas concretas a través de un análisis concreto de la realidad social, del estado actual del movimiento, etc. Tarea ésta decisiva, pero del todo ajena al tema del presente trabajo.

II

Sería vano buscar en Marx una exposición sistemática y completa de la teoría del partido proletario, de su naturaleza, de sus características, así como, por otra parte, sería vano querer extraer de su obra una elaboración cabal del concepto de clase. Estos son dos puntos importantes del pensamiento marxista que nunca fueron desarrollados a fondo, cuyos contornos forzosamente deben reconstruirse mediante un trabajo de interpretación, y cuyo tratamiento exigiría nuevas indagaciones y nuevos esfuerzos creativos. Eso no quiere decir, empero, que en la obra de Marx no esté contenida implícitamente una definición de esos conceptos, los que son no obstante absolutamente necesarios para conservar su rigor lógico y fecundidad científica.

Sin una teoría del partido y de la clase, el marxismo sucumbiría bajo los golpes convergentes de sus adversarios tradicionales: el activismo irracionalista y el determinismo económico, el relativismo historicista y la metafísica tendrían fundamento para declarar fracasada la tentativa de “poner la dialéctica sobre sus pies”, de mundanizar la historia, pero al mismo tiempo comprenderla, juzgarla, orientar su desarrollo según esquemas definidos.

Los intérpretes de Marx muchas veces han dicho, y de buena gana, que el comienzo de su pensamiento, el cimiento en que se apoya, se halla en la crítica, no de una filosofía, sino de la filosofía, no de una utopía, sino de todo utopismo que tan ejemplarmente resumen las tesis sobre Feuerbach. Esa crítica tiende a dar un golpe definitivo a la escisión entre verdad e historia, la oposición entre ser y pensamiento, que, después de haber dominado toda la historia del hombre, aún permanecía en pie dentro del sistema hegeliano, y, correlativamente, a superar en principio y de hecho toda escisión entre la facticidad de la historia, abandonada a la propia inmovilidad o al propio proceder casual, y el absolutismo de ideales perseguibles con independencia de ella (alienación religiosa) o abstractamente superpuestos a ella (utopismo iluminista).

Pero ya en la forma de esa crítica (Tesis XI: “los filósofos se han limitado a interpretar el mundo de distintos modos, de lo que se trata es de transformarlo” ), y sobre todo en el espíritu general que la anima y en el contexto de pensamiento en que se inserta, es absolutamente claro que Marx rehuye, e incluso combate activamente, toda interpretación que a partir de ella conduzca o bien al irracionalismo historicista o bien a la ficticia racionalidad del determinismo; que su objetivo consciente es fundar teóricamente y promover prácticamente una acción del hombre en la historia, como sujeto de voluntad y libertad, según juicios y fines racionalmente organizados.

Nace aquí el problema fundamental para el marxismo su gran reforma del pensamiento, la especificidad de su dialéctica, el problema con el que se ha medido y con el que cada día, a nuevos niveles, debe medirse. ¿Cómo escapar de la antinomia entre dogmatismo e irracionalidad, entre ciencia y conciencia, entre determinismo y utopismo? ¿Cómo volver a poner la dialéctica hegeliana “sobre los pies”, refirmar la prioridad del ser sobre el pensamiento, sin quedar prisionero del objetivismo?

No corresponde a nosotros, y mucho menos en este trabajo, exponer sistemáticamente la respuesta que dio Marx a estos interrogantes (por otro lado, bastante controvertida en sus diversas interpretaciones) ni analizar el problema que deja abierto. De cualquier modo, una dirección de esa respuesta es completamente clara e interesa directamente a nuestro tema.

No cabe duda alguna respecto de que Marx, coherente con la hipótesis de la cual partía, trató de resolver todos estos problemas saliendo del terreno puramente especulativo, interrogando la historia, la realidad social, y buscando en ella y en sus líneas de desarrollo ya sea el fundamento teórico de una ciencia del hombre que no fuera metafísica ni objetivista, ya sea la tendencia real, la posibilidad objetiva de la realización de esa ciencia.

Pero ¿cómo es posible dar el primer paso de esta indagación, con qué método que no implique desde ya un presupuesto dogmático, con qué garantía de no producir una imagen deformada, “ideológica”?

Sin duda, si esta realidad pudiera considerarse, aunque sólo fuera por un momento, totalmente desde afuera, de un modo por completo objetivo, así como parece posible en el caso del científico que estudia la naturaleza, el problema parecería muy simple. Pero es el mismo Marx, en su crítica a Feuerbach, quien ha criticado como “defecto principal de todo materialismo” el concebir “al objeto real, lo sensible, sólo bajo la forma de objeto o de intuición, pero no como actividad humana sensible, como actividad práctica, no subjetivamente”. Lo esencial del método dialéctico, en cualquiera de sus versiones, siempre es, de hecho, analizar la realidad sin aislarla de su proceso de formación, ni de su relación con el sujeto que la conoce, ni del contexto general, en suma, de la “totalidad” en la cual se inserta.

En consecuencia, si se quiere interrogar la realidad social e histórica, organizar una interpretación, comprender su significado, su tendencia, su valor, evitando, por otra parte, toda forma de platonismo y de idealismo, es preciso que exista, y pueda identificarse, una base real, un sujeto capaz de este conocimiento, para el cual, ese conocimiento nazca de su propia naturaleza, de su posición en la realidad; en suma, un sujeto para el cual y en el cual ciencia y conciencia tiendan a coincidir y de cuya dialéctica emane el proceso real del conocimiento como unidad de teoría y praxis. Pero ¿existe, se puede encontrar inmediatamente en la realidad histórica, semejante fundamento de una ciencia de la realidad y del hombre? Obviamente, la solución no puede hallarse en una definición abstracta y metahistórica de la naturaleza humana, de la esencia del hombre, la que volvería a atascarnos en las posiciones dogmáticas y metafísicas, destruiría de antemano el presupuesto de la dialéctica que se quiere fundar. Si luego sustituimos el concepto de hombre por el hombre real, históricamente determinado, la solución parece alejarse aún más. La sociedad capitalista que Marx encontraba en su análisis, y toda la reflexión científica y cultural que representaba la conciencia de la misma, le ofrecían la imagen de un individuo, por un lado, separado del cuerpo social, encerrado por definición dentro de los estrechos confines de un interés particular, de un conocimiento limitado, de una praxis impotente; por el otro lado, ya no dueño de la ciencia y de la técnica, sino subordinado a ellas, a las fuerzas objetivas de la producción y del mercado, a la sociedad como una “segunda naturaleza”: en síntesis, un individuo para el cual la sociedad y la historia se contraponen como realidades independientes, gobernadas por la necesidad y, en conjunto, incognoscibles.

Pero apenas, sobre ese camino, el análisis se profundizaba y permitía aferrar la estructura de sostén, el mecanismo de fondo que dominaba la sociedad (es decir, la relación capitalista de producción como forma generalizada del intercambio y del valor), entonces surgía, en la realidad, un sujeto histórico cuyo “ser” contiene intrínsecamente un conocimiento crítico de la totalidad social dada y la tendencia a reconstruirla desde sus cimientos sobre bases que permitan al hombre dirigir y conocer el mundo que lo circunda. Este sujeto-objeto, que “en la conciencia de sí reconstruye una ciencia de la sociedad”, y que puede así representar el fundamento objetivo del conocimiento (y, por lo tanto, del mismo análisis que condujo a su individualización), es el proletariado. Pero no por aquello

“que este o aquel proletario, o incluso el proletariado en su conjunto, pueda representarse alguna vez como meta, se trata de lo que el proletariado es y de lo que está obligado históricamente a hacer, con arreglo a ese ser suyo”

En efecto, el proletariado, antes que nada, expresa y resume todo el mecanismo que regula la sociedad capitalista, representa en sí el trabajo humano convertido en mercancía, la separación entre el hombre y su trabajo, la alienación universal (“la clase propietaria y la clase proletaria presentan la misma alienación de si”). Pero la burguesía:

“se siente bien y se afirma y confirma en esta autoenajenación sabe que la enajenación es su propio poder y posee en él la apariencia de una existencia humana; [el proletariado]... en cambio, se siente destruido en la enajenación, ve en ella su impotencia y la realidad de una existencia inhumana”. 

Su lucha contra la clase opuesta, su liberación, se muestra pues como universal en un sentido doblemente radical: para ser realmente tal, debe ser al mismo tiempo la liberación del opresor, prisionero del mismo mecanismo que domina, y, de modo más general, debe ser para el hombre la liberación de su separación respecto de la sociedad y de su subordinación respecto de las fuerzas ciegas de la historia; en síntesis, debe ser la fundación de una sociedad “propiamente humana”.

Por otra parte, el proletariado es fruto y portador de una dinámica histórica y de una sociedad en la cual el desarrollo de las fuerzas productivas materiales, la socialización del proceso productivo, el nivel técnico y social, consienten, y con sus contradicciones, incluso, solicitan un derrocamiento del orden existente y su reorganización sobre bases nuevas; con ello y en ello, la revolución resulta, a más de necesaria, posible. Y se trata de una revolución distinta de cualquier otra que la haya precedido, ya que por primera vez puede iniciar un proceso de integración social del hombre y de consciente dominio de su historia. En este sentido, se aclara también el vuelco de la filosofía en la praxis: la revolución proletaria aparece como fundadora de las bases objetivas de un conocimiento no “ideológico”, de una cultura universal, de una ciencia de la realidad social, de una verdad cognoscible, que se autocrítica constantemente en el incesante desarrollo de la historia, pero no por eso deja de ser verdad y así puede ser teóricamente definida.

En este carácter radical y universal, que es la fuerza y la grandeza del proletariado, está implícita, empero, también una debilidad.

En efecto, por ello, a diferencia de cualquier otra clase o grupo social que la haya precedido, la revolución proletaria es un proceso de superación y autonegación. La burguesía, por ejemplo, había definido su propia naturaleza y fisonomía entre las redes de la sociedad feudal; la conquista del estado y la transformación de la sociedad significaron para ella la sanción final y la generalización de sus intereses de clase, y produjeron inmediatamente una sociedad burguesa. La revolución proletaria, por el contrario, debe desembocar en una sociedad sin clases:

“El proletariado –como dice Lukács– no se realiza sino en el momento en que se suprime, en el momento en que alcanza el fin de su lucha como clase y produce la sociedad sin clases”. 

En rigor, este proceso de autosupresión no puede circunscribirse a una etapa limitada y última, sino que acompaña la historia de la clase desde sus orígenes. En efecto, el desarrollo de la sociedad capitalista, la maduración de la crisis revolucionaria, significa para los proletarios una subordinación social cada vez más rigurosa, un ahondamiento del proceso de alienación y aislamiento social. En su inmediatez, en su pura objetividad, el proletariado aparece, pues, bajo la forma de la expresión más fiel de la realidad capitalista, de su glorificación más triunfal: como clase revolucionaria, o simplemente como clase unida y definida, el proletariado no tiene una existencia puramente objetiva; sólo a través de la conciencia de sí, de la mediación de una conciencia revolucionaria, alcanza una realidad efectiva; sin tal conciencia, no existe, es una pura posibilidad objetiva. Marx resume todo esto en una célebre frase: “el proletariado será revolucionario o no será”.

El instrumento, el “lugar” necesario, de esta “conciencia constituyente” es el partido: “el proletariado no puede obrar como clase si no se constituye en partido político propio, distinto, opuesto...”. 

Pareciera que, en este punto, se manifiestan con suficiente claridad los rasgos destacados, o al menos los presupuestos teóricos, de la concepción marxista del partido revolucionario. Este no expresa ni promueve intereses definidos, no es la formación empírica que tutela un grupo social en el plano político, sino la vanguardia consciente a través de la cual la clase supera su inmediatez fragmentaria y subalterna; no es el instrumento de la acción de un sujeto histórico preexistente, con características y fines precisos, sino la mediación a través de la cual ese sujeto se constituye progresivamente, define un “telos” propio, un proyecto histórico propio. Este proyecto tampoco puede concebirse en términos abstractos y estáticos, como dado ab initio; por el contrario, en sí mismo es el producto cada vez más maduro de la historia de la conciencia de clase, el fruto de la praxis revolucionaria. De ese modo, la relación partido-clase se hace cabalmente dialéctica; por un lado, el partido, la conciencia revolucionaria, son externos a la clase, o al menos a su inmediatez social; por el otro, no son –ni pueden ser– más que una parte de la clase, su conciencia de sí, la praxis, la praxis que revela lo oculto, su maduración histórica, real. Finalmente, por todo esto, el partido revolucionario aparece, ya en sí mismo, como una crítica en acto del estado burgués, como el inicio de la superación de la fractura entre sociedad política y sociedad civil, entre hombre y ciudadano; en él la política se libera de su límite maquiavélico, el poder se convierte en instrumento de fines sociales positivos, y la organización política se configura, en todo momento, como fuerza transformadora de los hombres y de la sociedad, como prefiguración de un ordenamiento diferente.

No obstante, un aspecto del partido revolucionario –y no un aspecto secundario– no fue verdaderamente aclarado por Marx. Admitido que, en la inmediatez de su condición, el proletario no pueda alcanzar en modo alguno una visión de conjunto del sistema social, ni promover su derrumbe; admitido, pues, que su acción como clase pueda desarrollarse sólo gracias a la superación de esa inmediatez, y por lo tanto a través de la mediación de una conciencia revolucionaría, ¿cuál es el proceso, el mecanismo, a través del cual puede producirse esa conciencia? Y para decirlo de modo más preciso: ¿puede la conciencia de clase, sobre la base de una necesidad intrínseca, madurar en el proletariado como un proceso espontáneo de elementos que ya están presentes en su objetividad social y que se vuelven cada vez más dominantes hasta prevalecer sobre los demás elementos originarios que condenaban a la clase a la subordinación y la disgregación? ¿O es que tal conciencia forzosamente representa una superación global de la inmediatez proletaria, y no puede madurar si no es a través de un salto dialéctico, de la acción de fuerzas externas y su entrelazamiento con la acción espontánea de la clase?

Marx, dijimos, no enfrentó ese problema. Aunque, como veremos, su concepción general de la revolución proletaria postulaba indirectamente una cierta solución (la del “elemento externo” y no la de la espontaneidad) no cabe duda respecto de que no son pocas ni secundarias las afirmaciones suyas que podrían o pueden utilizarse para fundamentar una solución opuesta.

No se trataba de un elemento de poca importancia, y no es casual que la polémica teórica relativa a la definición de una teoría del partido revolucionario se haya desarrollado sobre todo en tomo de ello.

III

La concepción espontaneísta de la lucha de clases tuvo, y no podía ser de otro modo, sólo dos versiones rigurosas: la del evolucionismo bernsteiniano y la del anarquismo.

En efecto, si se buscan en la realidad y la experiencia social del proletariado, y sólo en ellas, los elementos constitutivos de una conciencia revolucionaria, forzosamente no pueden identificarse sino dos.

Por un lado, la conciencia del productor, o sea el hecho de que el proletario es expresión de las fuerzas productivas modernas, del trabajo especializado y de la socialización de la producción. En cuanto es en sí mismo una fuerza productiva, la más grande de las fuerzas productivas, el proletariado necesariamente debe entrar en contradicción con las relaciones de producción que frenan el desarrollo, y requerir otras capaces de hacer que el incremento de la producción sea continuo y planificado. En este sentido, la revolución proletaria aparece como la continuación histórica, sin inversiones de tendencia ni saltos cualitativos, del proceso que se inicia en el seno de la estructura capitalista, y gracias a la misma; el único elemento novedoso que aporta está representado por la sustitución de una forma de propiedad que ya se hizo anacrónica y, a través de esa sustitución, de una distribución diferente de la renta y una reglamentación planificada de la producción. La sustancia última del sistema capitalista, el trabajo asalariado y la relación mercantil, no son discutidos ni pueden discutirse precisamente porque, como productor, el proletario representa la sublimación de esa sustancia; los objetivos del ataque revolucionario son la plusvalía y la anarquía del mercado, pero no la plusvalía y la explotación como tales. Lógicamente, pues, la revolución proletaria no puede representar otra cosa que el punto final de un proceso de evolución del capitalismo; la palanca fundamental de tal evolución es el desarrollo económico, y la conciencia revolucionaría no es sino el reflejo de tal desarrollo, el que, en un cierto momento, no puede dejar de asumir la forma de una crítica de las instituciones básicas del sistema. Henos aquí, entonces, rigurosamente en la concepción bernsteiniana: un socialismo evolucionista y economicista, totalmente empobrecido de todo componente dialéctico, y en el cual el “significado histórico y humano” sólo puede ser reintroducido en la forma de valores éticos esencialmente extraños al proceso histórico, superpuestos a él como fines absolutos, y así bajo la forma del “neokantismo” o del weberismo.

Por otro lado, también a partir de la evolución espontánea de la inmediatez proletaria puede surgir, en cambio, una protesta pura, la negación absoluta del orden dado y de la reducción del hombre a asalariado. El proletario, al ahondar ese sentimiento de alienación que puede dársele inmediatamente, y al desarrollar a partir del mismo una forma de protesta cada vez más consciente y radical, de la negación del orden burgués puede pasar a la negación de todo orden, de la del trabajo enajenado, a la de todo trabajo, de la de las leyes que lo oprimen, a la de toda ley: llegar, en suma, al anarquismo, y oscilar entre el coqueteo de un comunismo primitivo y la explosión individualista.

En un caso como en otro –claro está, por caminos diversos– el espontaneísmo conduce a la total desaparición de la concepción marxista de la revolución y de la historia.

El pensamiento político de Lenin, en tanto restauración del marxismo contra el evolucionismo oportunista y el utopismo anárquico, parte pues, y no sin razón, precisamente de una crítica radical del espontaneísmo. Pero una crítica al espontaneísmo –es conveniente, empero, agregar de inmediato– requerida en primer lugar y sobre todo, como por otra parte ocurre con el resto del conjunto del leninismo, por las exigencias específicas y concretas del movimiento revolucionario en la sociedad rusa. ¿Cómo no ver inmediatamente –partiendo del punto de vista de un país atrasado y donde el proletariado se desarrollaba dentro del cerco de una sociedad preburguesa– el efecto paralizante que podría tener una concepción evolucionista, en tanto condenase a la espera de un cumplimiento gradual de la revolución burguesa? ¿O cómo no ver, de modo inverso, que de realizarse, la revolución rusa, forzosamente inmadura, habría condenado al proletariado a un duro trabajo de reorganización de la producción y habría impuesto un largo período de administración proletaria del poder estatal?

Lenin, así, toma el problema por las raíces, y propone una solución mucho más radical de la que hubiera propuesto Marx.

“Los obreros no podían tener conciencia socialdemócrata –escribe en el célebre pasaje de ¿Qué hacer?– Esta sólo podía ser introducida desde fuera. La historia de todos los países atestigua que la clase obrera, exclusivamente con sus propias fuerzas, sólo está en condiciones de elaborar una conciencia tradeunionista, es decir, la convicción de que es necesario agruparse en sindicatos, luchar contra los patronos, reclamar del gobierno la promulgación de tales o cuales leyes necesarias para los obreros, etcétera.”

Y más adelante

“el desarrollo espontáneo del movimiento lleva a subordinarlo a la ideología burguesa. Por eso nuestro deber es combatir la espontaneidad”. 

Evidentemente, esto bastaba para hacer definitiva la crítica al espontaneísmo y para combatirlo en todas sus formas. Por este camino se refirmaba en su significado originario la teoría marxista del partido como superación de la inmediatez, como autonegación del proletariado, y así también la concepción de la revolución como salto, como inversión de perspectiva, como giro radical en la historia humana. Esa teoría, por muchas razones, permitía desarrollar sus implicaciones con mayor rigor y, sobre todo, extraer las consecuencias prácticas para la edificación de un partido como vanguardia de la clase y como voluntad unitaria, como formación de lucha. Pero sobre estos desarrollos volveremos más adelante.

Cuando se prosigue la lectura de ¿Qué hacer?, empero, salta necesariamente a la vista que esa afirmación radical de la cual Lenin hace partir su teoría del partido no fue fundamentada por él de un modo completamente riguroso y satisfactorio. Lenin la justificaba, y la ilustraba, con la siguiente cita de Kautsky:

“...El socialismo, como doctrina, tiene sus raíces en las relaciones económicas actuales, exactamente igual que la lucha de clases del proletariado, y, lo mismo que ésta, se deriva aquél de la lucha contra la miseria y la pobreza de las masas, miseria y pobreza que el capitalismo engendra; pero el socialismo y la lucha de clases surgen paralelamente y no se deriva el uno de la otra; surgen de premisas diferentes. La conciencia socialista moderna puede surgir únicamente sobre la base de un profundo conocimiento científico. En efecto, la ciencia económica contemporánea constituye una premisa de la producción socialista lo mismo que, pongamos por caso, la técnica moderna, y el proletariado, por mucho que lo desee, no puede crear la una ni la otra; ambas surgen del proceso social contemporáneo. Pero no es el proletariado el portador de la ciencia, sino la intelectualidad burguesa... De modo que la conciencia socialista es algo introducido desde afuera en la lucha de clase del proletariado y no algo que ha surgido espontáneamente”.56

Es indudable que en este fragmento se echa luz sobre una importante verdad; en efecto, en él aflora la conciencia de que el elemento externo gracias al cual el proletariado puede salir de su propia inmediatez y constituirse como clase revolucionaria debe identificarse en la ciencia y en la cultura. Si el proletariado es un sujeto universal, si en él tienden a coincidir ciencia y conciencia, si su revolución es al mismo tiempo fundación de una sociedad humana y de un conocimiento “verdadero” de la sociedad y de la historia, en todo momento el proceso revolucionario, la afirmación de la clase, no puede dejar de ser, contemporáneamente, búsqueda de la verdad y, por lo tanto, continuación real de la historia del pensamiento y superación de sus antinomias. La dialéctica a través de la cual el proletariado se constituye en clase y adquiere una conciencia revolucionaria sólo puede fundarse, en consecuencia, en la relación proletariado-ciencia proletariado-cultura. El marxismo, la ideología revolucionaria de la clase, que al mismo tiempo es producto y crítica del pensamiento precedente, constituye el elemento mediador de esa relación.

Pero, como ya hemos visto, en Marx los conceptos de ciencia y conciencia, de sujeto y objeto, de teoría y acción, adquirían un carácter dialéctico. La ciencia no era conciencia de un mundo puramente objetivado, depurado de toda subjetividad, o de una forma social vuelta abstracta y separada del movimiento de la historia, sino que el mismo era parte, expresión, de un sujeto activo y presente en la realidad indagada; desembocaba, por consiguiente, en una verdad objetiva, pero a través de una autocrítica continua y en un movimiento incesante hacia una totalidad más comprensiva. La conciencia revolucionaría no se resolvía entonces en una ciencia autónoma, concebible y definible con independencia de la clase y de su praxis. Al partido como depositario de esa conciencia no se contraponía una clase destinada, hasta el momento de la supresión definitiva, a ser pura inmediatez y subordinación. La conciencia revolucionaría, el partido, eran la ciencia, la verdad, en un momento determinado del desarrollo de la praxis revolucionaria de la clase; ellos mismos, pues, se presentaban como un proceso, y su verdad debía formarse en conexión con la vida de la clase, que en cualquier momento podía impugnarla.

En el pasaje de Kautsky, por el contrarío, estos conceptos aparecen separados y contrapuestos: la conciencia revolucionaria se reduce a ciencia, ciencia de una realidad objetivizada (la sociedad capitalista) y así producida de modo autónomo, por vía intelectual, por el pensamiento; la praxis revolucionaría, por el contrario, se presenta como el movimiento de realización de esa ciencia.

En realidad, el retomo a este esquema iluminista de pensamiento tenía consecuencias muy graves, fáciles de captar en su plenitud precisamente en la figura de Kautsky.

En efecto, en el momento en que la conciencia socialista es definitivamente reducida a “ciencia de la sociedad capitalista”, e inmediatamente, y no por azar, a “ciencia económica”, no podrá sino aclarar la necesidad objetiva de socializar los medios de producción y de la producción planificada. De este modo, la revolución socialista no es otra cosa que la sanción de un proceso necesario; el proletariado sólo debe reflejar y acompañar la evolución de las fuerzas objetivas y, en sustancia, ya no definir y construir un nuevo ordenamiento social, una nueva forma de vida humana, sino sólo crear las “bases materiales”, los presupuestos. El fin último, la inversión del curso de la historia, el reino de la libertad, dejan de ser inmanentes al proceso y quedan confinados a un futuro abstracto. La revolución de la clase no es al mismo tiempo supresión de la clase; estos dos procesos son contrapuestos y separados en el tiempo. El derrocamiento del sistema capitalista, así como la edificación de la nueva estructura social, parecen sólo en la superficie un acto del proletariado: en realidad, a través de él obran fuerzas objetivas, incontrastables y autosuficientes. Se llega entonces, con un itinerario más largo y tortuoso, a una concepción evolucionista y economista y, por lo tanto, a un nuevo nivel de espontaneísmo. De hecho, hasta ahí llegó Kautsky, de allí nacía su incomprensión de la prematura revolución bolchevique, de allí su negación del concepto de dictadura proletaria.

Lenin nunca aceptó semejante concepción. El pasaje del capitalismo al socialismo no fue para él un proceso necesario, la fatal y unívoca conclusión de las fuerzas objetivas intrínsecas a la sociedad capitalista. Por el contrario, afirmó que, por una parte, esas fuerzas se muestran incapaces incluso de llevar hasta su fin la revolución burguesa, y que, por otro lado, en su proceso espontáneo, desembocan en la crisis de la sociedad civil, en una nueva barbarie. El acto mediante el cual el proletariado interviene en este desarrollo corrige la dinámica y da lugar a una solución positiva y superadora, interpreta y realiza posibilidades intrínsecas en la historia, sus tendencias reales, pero es siempre una elección, la expresión de una voluntad libre. En consecuencia, la conciencia revolucionaría no es y no puede ser sólo una “ciencia de la sociedad capitalista”, sino la praxis creadora del proletariado en el proceso de la propia autosupresión; no puede ser una ciencia de la economía, sino una “crítica de la economía”, no el producto del pensamiento que lo precedió, sino su superación.

Si empero, en este contexto por completo distinto del kautskiano, permanece en pie, como de hecho sucede en ¿Qué hacer?, la contraposición entre la conciencia socialista, portada y codificada por el partido, y la realidad inmediata de la lucha de la clase obrera, esos limites repercuten sobre la concepción general del partido, se traducen en el peligro permanente e insuperable del jacobinismo. El partido corre el peligro de convertirse en una conciencia revolucionaria abstractamente superpuesta a la clase, en el sujeto de un mandato nunca impugnable; de modo inverso, la clase puede convertirse en el instrumento de un proyecto que corresponde a algunos de sus fines últimos, a sus intereses fundamentales, pero en cuya elaboración no participa y en cuya realización colabora con una conciencia parcial.

Por consiguiente, la participación real de las masas en el proceso revolucionario corre el riesgo –fatal amenaza de todo jacobinismo– de asumir el carácter de un movimiento de protesta, de una agitación inmediata cuya conexión con la estrategia general existe y es clara sólo para la conciencia del partido.

Lenin fue siempre el primero en tener conciencia de estos límites del partido que construía, de estos peligros que lo amenazaban, y en dirigir una ardua lucha en el terreno teórico y en el practico para superarlos y contrastarlos. No es casual que, más tarde, se dedicase a reexaminar a fondo las formulaciones contenidas en Materialismo y empiriocriticismo, en un esfuerzo por superar, a través de una relectura de Hegel, todo residuo cientificista y de restaurar rigurosamente el método dialéctico. No es casual que, sobre todo después de la revolución de octubre, desarrollase una lucha política incansable contra el voluntarismo y el naciente burocratismo, contra la tendencia a transformar la dictadura proletaria en dictadura del partido, contra todo alejamiento de la vida de las masas y toda limitación arbitraria de la vida democrática en el seno de la clase y del partido.

Pero esa lucha no podía conducir a una victoria definitiva ni a una plena superación teórica, esos peligros debían resurgir continuamente y ser nuevamente combatidos, porque el límite que los alimentaba no era una insuficiencia puramente subjetiva, sino que hundía sus propias raíces en la realidad, era un límite de la teoría leninista sólo en cuanto era un reflejo de un límite objetivo de la revolución rusa, y así de una cierta etapa de la revolución mundial.

Que el proletariado ruso de hecho debiese, como sostenía Lenin, llevar a su fin la propia revolución y conquistar el poder mucho antes de que la sociedad capitalista hubiera alcanzado plena madurez, y que esa transformación fuese necesaria no sólo para asegurar el desarrollo económico y civil de ese país, sino para contrastar la lógica catastrófica del imperialismo a nivel mundial y así abrir nuevos caminos al proletariado de todos los países, nada quita al hecho de que esa revolución debiera proceder, de tal modo, en condiciones muy difíciles. Antes que nada, significaba conquistar el poder sobre la base de un movimiento real y de una plataforma programática en gran medida extraña a la revolución socialista; por otro lado, significaba administrar ese poder teniendo frente a sí un largo período en el cual sería preciso asegurar la consumación de etapas hasta entonces no recorridas, y durante el cual, por consiguiente, la meta socialista podría manifestarse en las elecciones y en los actos de la clase dirigente sólo en forma contradictoria y no evidente; significaba, en fin, dar los primeros pasos decisivos de la revolución poniendo en primer plano, de una manera casi exclusiva, los intereses más elementales e inmediatos de las masas y relegando a segundo plano el significado más global de rescate universal que esa revolución implica. ¿Cómo no ver entonces, en esta misma realidad, el origen de un partido que no podía liquidar definitivamente su limitación jacobina, superar total y orgánicamente la brecha entre partido y clase, entre vanguardia y masas; hacer de sí la prefiguración en acto de su objetivo final, expresar con plenitud la positividad universal de la propia revolución; impedir para siempre todo surgimiento de la burocracia, toda osificación sectaria?

Lenin, y por otra parte todo el grupo dirigente bolchevique, tenían una conciencia tan profunda de esta dificultad, de estos límites que. incluso en la exaltación de una revolución victoriosa, siempre se mostraron conscientes de la parcialidad de la propia obra, y se jugaron a fondo a la posibilidad de que la revolución sobrepasase las fronteras de Rusia, pudiese contar con condiciones históricas nuevas y más maduras, conquistando así nuevas posibilidades y perspectivas más favorables. Si luego, a diferencia de Trotsky y en oposición a él, supieron reaccionar con realismo ante el aislamiento de la revolución, prepararse para la obra tremenda de “edificar el socialismo” en un solo país, lo hicieron, al menos durante mucho tiempo, sin ignorar los aspectos perjudiciales y gravosos que este camino obligado implicaba.

La concepción del partido y la práctica de su organización debía, pues, soportar, como la mayor parte de la obra gigantesca de Lenin, el peso de una “primera ruptura”, de una revolución difícil, aislada, en la que nunca había pensado teórico o político alguno. En el realismo de esa revolución, y por ende en su renovado vigor revolucionario, también estaba implícita una limitación. Y tanto esta limitación como aquella grandeza se encuentran entretejidas incluso en las formas concretas de organización y de dirección del partido leninista clásico.

IV

Por otra parte, si consideramos las críticas o los reparos hechos a la concepción leninista del partido por los exponentes del marxismo occidental de izquierda, R. Luxemburg y Lukács, será fácil ver cómo, en el horizonte histórico y cultural de ese tiempo, no existía en realidad una posición más orgánica y fecunda que la de Lenin.

Al respecto, Rosa Luxemburg hizo a Lenin un ataque decidido y sustancial que se mantuvo de modo coherente durante el período, en otros sentidos tan variable y contradictorio, de sus veinte años de relación con el bolcheviquismo. La primera crítica aparece, oportunamente, poco después de la publicación de ¿Qué hacer? y Un paso adelante, dos atrás. En efecto, en su célebre opúsculo Centralismo y democracia, R. Luxemburg acusó abiertamente a Lenin de sostener una teoría blanquista y no marxista del partido: una teoría que ve en el partido una secta casi religiosa, unida por una solidaridad militaresca, distante e indiferente a la vida de las masas y a sus luchas cotidianas. Y sobre el terreno práctico extrajo una crítica tanto de la linea centralista que Lenin sugería para la organización en Rusia como de la necesidad –sostenida por Lenin– de trasladar al terreno organizativo la lucha contra el oportunismo y de hacer ideológica y políticamente homogénea la dirección del partido.

Ahora bien, esta oposición, que a veces tomaba su inspiración polémica de ciertos aspectos específicos y secundarios, de ciertas rigideces transitorias de las formulaciones leninistas, partía de motivos mucho más sustanciales; vale decir, del vínculo que mantenía unido al pensamiento de la Luxemburg con planteos espontaneistas.

“En sus grandes líneas –dice, por ejemplo– la política de la socialdemocracia no es algo que se invente, sino el resultado de grandes actos creadores de la lucha de la clase proletaria que busca su camino. Lo inconsciente precede a lo consciente, y la lógica del proceso objetivo precede a la lógica subjetiva de sus protagonistas”. 

Sin duda, puede asombrar que Rosa Luxemburg hiciera semejante profesión de fe en la espontaneidad de las masas, y por ello es necesario evaluarla y definirla en su versión particular. De hecho, ya en la época de la primera revolución rusa, R. Luxemburg era la antagonista más sería y decisiva del oportunismo bernsteiniano y de sus premisas evolucionistas. Más aún, y en un sentido mucho más profundo, fue la primera y en cierto modo la más rigurosa teórica de la innegable “inmadurez” de la revolución proletaria, del carácter orgánicamente incompleto de la revolución burguesa. No se limitó a reconocer esa inmadurez y ese carácter incompleto como realidades de hecho de las cuales era posible extraer ciertas consecuencias, sino que se esforzó por analizarlas, comprender científicamente sus orígenes, reelaborando para ello los esquemas marxistas de la reproducción y asignando un papel esencial al sector precapitalista en el desarrollo y el equilibrio del sistema. Por lo tanto, su concepción es fiel a la categoría del salto revolucionario, presupone la conquista revolucionaria del poder y un partido capaz de trasladar al terreno político y unificar, con una estrategia precisa, las luchas espontáneas de los trabajadores.

¿Cómo puede, entonces, apoyarse su visión espontaneísta en esos fundamentos cardinales? En nuestra opinión, ello se explica en primer lugar y sobre todo por la sobrevalorización, por el papel decisivo que Rosa Luxemburg atribuía, en el proceso revolucionario, a la crisis final del capitalismo, concebida como imposibilidad económica de sobrevivir del sistema, como liquidación del equilibrio económico social. Precisamente la crisis en que desemboca el capitalismo, la dramática tensión de las fuerzas que desencadena, lleva a la clase obrera, a través de una toma de conciencia rápida y en gran parte espontánea, a atacar al sistema en su conjunto. El hecho de que esa crisis sobrevenga –y no pueda dejar de sobrevenir– cuando las fuerzas productivas, como resultado de su propio desarrollo, alcanzan ya un nivel elevado, proporciona las fuerzas necesarias para que el derrocamiento pueda resolverse rápidamente en un nuevo ordenamiento con un grado elevado y permanente de adhesión de las masas populares y de la clase obrera.

Es comprensible entonces que, incluso más tarde, frente a la revolución soviética, Rosa Luxemburg haya repetido sus críticas a la organización del partido y del poder bolchevique. En el carácter “blanquista” del primero, en la aspereza dictatorial del segundo, veía reflejarse negativamente una contradicción de fondo de la revolución en ese país, y proponía enfrentarla y superarla sin hacer concesión alguna al “realismo”, sin retardar el proceso hacia el socialismo a través de compromisos con las masas campesinas, sin recurrir a limitación alguna de la democracia política, con una movilización general y espontánea de la energía proletaria.59

59 Rosa Luxemburg, La rivoluzione russa, en Scritti scelti. Milano, Edizioni Avanti, 1963. En este folleto, escrito en la cárcel, y que tuviera una edición bastante controvertida, Luxemburg expone con gran rigor su crítica a la línea leninista. Para R. L. las dificultades internas de la revolución rusa son debidas a dos errores: la política agraria y la de las nacionalidades. Constituyen dos errores por una inconsecuente realización del socialismo que, por un exceso de prudencia y de realismo, alimentan en realidad una contraofensiva pequeño-burguesa contra el poder proletario (pp. 577582). De allí entonces la necesidad a la que el bolchevismo se ve constreñido de limitar gravemente el ejercicio de la democracia política y de superponer a la dictadura de la clase la dictadura de una élite de dirigentes. Con tal sofocamiento de la vida política en todo el país la misma vida de los Soviets no podrá escapar a una parálisis cada vez más extendida (pp. 586-598). Trastrocar este mecanismo es posible sólo basándose a fondo en el carácter proletario y socialista a imprimir a toda la sociedad y desarrollando ilimitadamente la libre iniciativa de las masas. La edificación del socialismo no puede ser, en efecto, sino el fruto de la espontánea y natural creatividad de las masas insertas en la nueva estructura de propiedad y política. ¿Pero es concebible todo esto en un país como Rusia? Obviamente no. “La suerte de la revolución rusa depende por tanto plenamente de los acontecimientos internacionales. El hecho de que los bolcheviques basen plenamente su política sobre la revolución mundial es verdaderamente el mejor testimonio de su clarividencia política y de la solidez de sus principios” (p. 565). La responsabilidad vuelve a caer nuevamente sobre las espaldas del proletariado europeo. Pero dicho proletariado, ¿está en condiciones de realizar su

Esas críticas, evidentemente viciadas de aventurerismo, podían tener alguna coherencia sólo si se confiaba en que el movimiento proletario europeo y alemán estuviesen en condiciones de resolver positivamente en un acto la crisis política y social. Pero sería justamente en Alemania, país en el que las condiciones históricas parecían maduras, donde el espontaneísmo de la Luxemburg mostraría más tarde sus limitaciones. Por más grave que fuera, la crisis del sistema pronto defraudaría la expectativa de un derrumbe definitivo, y el proletariado alemán, abandonado en gran parte a su propia acción inmediata, se dividiría entre una política oportunista y amotinamientos que lo dejarían peligrosamente aislado. La prueba de los hechos, pues, parece mostrar claramente que la acción revolucionaria estaba condenada a la derrota, sobre todo en Occidente, en la medida en que no la guiase una organización política unida y con objetivos estratégicos precisos, y en la medida en que no llegase a nuclear, mediante la elaboración positiva de una perspectiva de transformación de la sociedad, una formación vasta y orgánica de fuerzas sociales e ideales.

La objeción a la teoría leninista del partido hecha por Lukács –en su más famosa obra de juventud: Historia y Conciencia de Clase– además de estar formulada de un modo mucho más cauto e indirecto que la de Rosa Luxemburg, difiere de ésta sobre todo en su sustancia.

Lukács, antes que nada, aceptó la totalidad de las elecciones políticas y organizativas que expresaba el partido leninista: el centralismo democrático, la dictadura proletaria, la lucha contra el oportunismo en la organización, la ruptura revolucionaria en el “punto más débil”, con todo lo que ella implicaba.

En cuanto a la concepción teórica y de principios, combatió enérgicamente, con Lenin y contra R. Luxemburg, las posiciones espontaneístas, reafirmó sin dudar el carácter dialéctico de la conciencia revolucionaria, el papel de mediador entre teoría y praxis que debe desempeñar el partido, el carácter de autonegación de la inmediatez social proletaria propio de todo el proceso revolucionario, pero trató de fundar todo esto en

propia revolución y por que vías? Con este interrogante se cierra dramáticamente el folleto y toda la obra de Rosa Luxemburg.

premisas diferentes de las de Lenin. No vaciló en discutir y refutar la teoría del conocimiento como reflejo, y la separación entre ciencia y conciencia, en la cual en cambio abrevaba, como vimos, la concepción leninista. En este sentido, la posición de Lukács aparecía como una continuación de las formulaciones marxistas, realizada en polémica con cualquier interpretación positivista de las mismas, e incluso manifiestamente bajo la forma de una “relectura de Hegel”.

Pero precisamente su oculta pasión hegeliana, la rigidez de su esquema dialéctico, lo condujo, sobre todo respecto del problema de la relación clase-partido, a un callejón sin salida. En efecto, su visión del proceso revolucionario como alternativa entre un “capitalismo puro” y un antagonista proletario, al agregarse a la negativa a interpretar este contraste en términos positivistas y así a fundar la solución en el elemento espontáneo, economista, le impidió fundamentar y analizar toda posibilidad dialéctica a través de la cual el proletariado pudiese salir de la inmediatez. Esta dialéctica subjetivista que –como lo censuró en una de sus agudas críticas Merleau-Ponty– impedía a Lukács tener en cuenta la “opacidad y la pesantez de la historia real”, también le impedía rastrear en la compleja realidad de la sociedad burguesa los elementos de esa superación, y por lo tanto los presupuestos concretos de una concepción diferente del partido. En su aspecto revolucionario, el proletario terminaba por ser representado como pura negatividad, antítesis del capitalismo; no se veía a través de qué proceso, a partir de la inmersión en esta negatividad, podía surgir finalmente la positividad de una nueva sociedad civil. Pero todo esto se verá con mayor claridad cuando analicemos en qué camino, en cambio, desembocó Gramsci al tratar de responder a los mismos interrogantes.

Por ahora bastará con señalar que ese impasse teórico, que siempre mantenía a Lukács dentro de los confines de un espontaneísmo vuelto del revés, en realidad lo condenó, justamente en esos años cruciales, a permanecer aislado del movimiento obrero, sin arrojar luz alguna sobre los deberes inmediatos del proletariado europeo y finalmente le obligó a hacer una autocrítica. Una autocrítica famosa, realizada frente a las posiciones harto esquemáticas y a menudo adocenadas de Zinoviev, pero a la cual fue llevada justamente por la convicción de que el camino elegido no le permitía insertarse en el movimiento real, abrir nuevos horizontes a la revolución. Y aquella obra tan genial en muchos sentidos, pero condenada y relegada, contenía así preciosas sugerencias respecto de problemas no resueltos, servía para predisponer a análisis e indagaciones que sólo más tarde y en nuevos contextos podrían retomarse. En aquel momento y en relación con los opositores de su época, por lo tanto, la línea leninista se presentaba, más allá de sus limitaciones, como hegemónica e insuperada.

¿Hasta qué punto esta falta de salida teórica del marxismo occidental de izquierda se debía a una inmadurez de la situación objetiva? ¿Hasta qué punto la línea del “socialismo en un solo país” representaba un pasaje obligado, una primera etapa inevitable? Estos interrogantes nos llevarían lejos, pero sin duda es difícil considerar casual el hecho de que sólo algunos años más tarde, en una nueva situación histórica y en el aislamiento de la cárcel, un marxista haya podido enfrentar con una nueva perspectiva el problema del partido y proponer nuevas formas de solucionarlo.

V

Antonio Gramsci fue el principal marxista, y quizás el único, que enfrentó, con fundamentos teóricos y en todos sus alcances, la temática que impuso al movimiento revolucionario su derrota durante la primera posguerra en la Europa occidental, y el consecuente repunte de las fuerzas conservadoras o reaccionarias. Sólo él, sobre todo, trató de rastrear los orígenes y el significado de esos hechos en la realidad social y en la tradición histórica del Occidente europeo, y así de reconstruir sobre tales bases una teoría revolucionaria nueva y adecuada.

La sociedad occidental presenta formas infinitamente más articuladas y complejas que la zarista, las que requieren un tipo diferente de estrategia revolucionaria, tal es el presupuesto y el objetivo de la búsqueda de Gramsci.

Pero al trabajar –en la cárcel y a pesar de la pobreza de los instrumentos de que disponía– a fin de lograr una reconstrucción crítica de la historia italiana y un análisis detenido de la sociedad que ella produjo, su reflexión se vio atraída particularmente hacia dos cuestiones: la relación entre revolución proletaria e historia previa (una relación que se le aparece inmediatamente como de desarrollo y de inversión al mismo tiempo), y la compleja articulación de la sociedad burguesa, con sus distintas fuerzas, dimensiones y tensiones. Ambas cuestiones lo llevaron luego al problema único de la autonomía de la superestructura: de hecho, debía hablarse de autonomía de la superestructura respecto de la base cuando la indagación ponía de relieve la perduración de las ideas, valores y concepciones del mundo más allá de la época en que habían surgido y de la estructura que habían expresado, o cuando la indagación mostraba que resulta simplista y errónea toda reducción directa y cabal de la totalidad de la sociedad burguesa, de las fuerzas políticas y culturales presentes en ella, a la base clasista que las gobernaba.

Este retomar la lucha contra todo positivismo, esta reafirmación del hombre como motor de la dialéctica histórica, esta concepción de la revolución proletaria como acto de fundación de una sociedad verdaderamente humana, con la cual Gramsci se aproxima a Lukács, fue proseguida de acuerdo con una línea por completo distinta, y en algunos sentidos antitética, de la del pensador húngaro.

Si en Lukács todo esto partía de un análisis riguroso del mecanismo reificante del capitalismo y de las antinomias teóricas ligadas al mismo, para afirmarse en una negación radical de ese mecanismo efectuada por el proletariado, que es su víctima, Gramsci se esforzó, en cambio, por rastrear en toda la historia de la civilización y en la realidad social contemporánea las tentativas incompletas, las tendencias desbaratadas, las aspiraciones pisoteadas, hacia tal sociedad nueva. Tentativas, tendencias, aspiraciones a la universalidad y a la libertad que la estructura clasista ha viciado y corrompido, y que llevan la impronta de esa estructura en la forma de antinomias teóricas, incongruencias científicas, utopías irreductibles, pero que, apenas surge una fuerza social nueva y liberadora, la proletaria, se convierten pese a todo en los presupuestos, los antecedentes fecundos de la revolución.

Es posible que Gramsci no haya fundamentado rigurosamente esta indagación en el terreno filosófico, es posible también que no haya podido extraer todas sus consecuencias en el terreno de la concepción marxista de la historia, y sobre todo de la historia del capitalismo; pese a todo, realizó esa tarea con tal talento interpretativo y la sustentó con tantos análisis convincentes que resulta extremadamente fecunda para la solución de muchos y decisivos problemas. Además, debe atribuírsele particular importancia por los desarrollos que permite a la teoría del partido.

Gramsci sostiene, al igual que Marx, una teoría de la revolución como salto cualitativo, como inversión del curso histórico, y así una teoría del partido como autosupresión y trascendencia global de la inmediatez social proletaria.

Por otra parte, al igual que Lenin, sostiene la necesidad de un “elemento externo” como presupuesto de esa trascendencia, e identifica este elemento en la relación proletariado-intelectuales.

Pero es precisamente la dirección de su pensamiento, que acabamos de esbozar, la que le permite dar a esa relación tanto un fundamento nuevo y riguroso como una formulación dialéctica.

Para Gramsci, los intelectuales representan la expresión más orgánica y madura de tradiciones, valores, modos de pensar, hábitos muy difundidos en la sociedad y que en ella permanecen activos y operantes. Si entonces es verdad que toda esta sedimentación supraestructural tiene una autonomía propia, si ella representa también una serie de experiencias ideales cuya aspiración a la universalidad fue desbaratada por la estructura clasista con la que estaban vinculadas, se sigue que los intelectuales, al relacionarse con el proletariado, no iluminan con la luz de la ciencia el camino de la revolución, sino que funcionan como mediadores entre realidades históricamente vivas y que prácticamente interactúan las unas sobre las otras: la inmediatez social proletaria y la cultura en el sentido más amplio de la palabra. La ideología revolucionaria, y el partido que la expresa, representan precisamente el producto de esta dialéctica entre dos elementos que, por otra parte, se transforman progresivamente a través de esa misma dialéctica. La ideología revolucionaria expresa y resume en formas cada vez más orgánicas, toda la historia precedente, todos los valores presentes en la sociedad real, y a cada nivel nuevo que ésta alcanza, corresponde un nuevo nivel de la realidad clasista; es decir, a través de su historia, la clase se libera progresivamente de los límites de su existencia inmediata, se constituye y se suprime al mismo tiempo.

De esta teoría de la naturaleza de la conciencia de clase y del partido se derivan dos consecuencias de gran importancia y que en Gramsci están expresadas muy claramente.

Antes que nada, el partido es visto, necesariamente, como una fuerza de vanguardia y hegemónica respecto de una vasta y compleja formación de fuerzas sociales, políticas, ideales. El hecho mismo de que el partido exprese el proceso de autosupresión del proletariado, un proceso hacia la universalidad, y de que tal proceso aparezca como la asunción progresiva, en la revolución proletaria y a través de formas nuevas y coherentes, de todo lo fecundo que expresó la historia precedente y que vive en la actual, significa que el partido tiende a ejercer una hegemonía cada vez más amplia respecto de las fuerzas que expresaban aquellos valores en su forma originaria; una hegemonía que, al no ser sólo influencia ideal sino también acción real de transformación de la sociedad, tiende a superar las bases reales de las culturas e ideologías precedentes y a resolverlas así en un único y nuevo horizonte histórico.

En segundo lugar, el partido no aparece como dueño de una verdad científica, dada como tal ab initio y aplicable de modos diversos a distintas situaciones históricas, sino como el instrumento de elaboración de una verdad que es objeto de una autocrítica constante. Es a esto a lo que Gramsci llama “historicidad del marxismo”: una historicidad que no se limitó, como había hecho Lukács, a confinar a una época hipotética en la cual fueran superadas las bases estructurales de la sociedad clasista, sino que extendió a todo el proceso revolucionario, que aparece entonces, radical y consecuentemente, como prefiguración de la nueva sociedad, progresivo afirmarse in nuce de una positividad y de una universalidad proletarias. El partido como fuerza hegemónica. el partido como prefiguración, he aquí dos aspectos nuevos y típicos de la teoría gramsciana. Y, podríamos agregar, en esa teoría aparece como definitivamente superable, con fundamentos teóricos y prácticos, toda limitación “jacobina” en la organización de vanguardia, y todo instrumentalismo y reivindicacionismo en la acción de las masas.

En efecto, si la conciencia revolucionaria es el producto continuamente renovado de la relación proletariado-cultura, y si esa relación es concebida y fundada dialécticamente, entonces en cada instante el partido no puede aparecer sino como expresión, como parte, de la realidad de la clase que progresivamente se ha desarrollado: por lo tanto, el partido se alimenta de la clase, expresa la virtualidad de ella y en todo momento es impugnable por ella. Y si por otra parte el partido es la prefiguración cada vez más clara de una sociedad nueva, entonces su vínculo con las masas será, antes que nada, una obra de transformación y de educación, un esfuerzo por construir en el seno de la sociedad presente las tensiones y las solicitaciones reales que conduzcan a un orden nuevo. La presión reivindicativa de la masa entrará entonces en relación con la perspectiva revolucionaria del partido no sólo de un modo extrínseco, parcialmente consciente e instrumental, sino a través de un vínculo orgánico, como generalización de impulsos que ya en sí mismos son potencialmente unitarios. El momento crucial del proceso revolucionario, la conquista del poder, se libera así de todo residuo “maquiavélico”, y se convierte en el instrumento natural y necesario de una acción social positiva cuyos contenidos y fines vienen expresándose con toda plenitud.

Por consiguiente, resulta claro que el desarrollo de la concepción leninista del partido, la tentativa de superar los límites históricos, se completa con Gramsci en una dirección del todo opuesta a la de la socialdemocracia. Es decir, sin tratar de minimizar el carácter de vanguardia del partido, su extrañeza y su antagonismo radicales respecto del sistema, sino, por el contrarío, llevando hasta sus últimas consecuencias el concepto de vanguardia, subrayando la capacidad del partido para imprimir a cada lucha un valor general, para ordenarla de acuerdo con un proyecto global, de darle así un significado de ruptura. Es por eso que, sin separar jamás el momento previo a la conquista del poder del momento posterior, sin dogmatizar nunca formas particulares de administración del estado, Gramsci permanece, sin embargo, profundamente ligado al concepto de crisis revolucionaria y de dictadura proletaria, haciendo así una discriminación precisa entré una sociedad capitalista y una sociedad socialista en términos de la sustitución de la clase dirigente y de la transformación de las bases de la propiedad. Pero ello por su carácter de prefiguración, por el proyecto unitario al que, de hecho, concurren las luchas parciales, las reformas de la estructura, los cambios en las relaciones de fuerza, en la medida en que alcanzan los propios objetivos, crean desequilibrios y crisis en el sistema existente, y postulan una nueva dirección del estado y un nuevo ordenamiento de la sociedad.

Aquí es nuevamente subrayada la exigencia que tiene un partido de vanguardia de agregar al carácter de intelectual colectivo, de fuerza hegemónica, el de una organización unitaria, de una voluntad homogénea, de un “príncipe moderno”, capaz de organizar y guiar una gran masa de individuos. Es decir, la exigencia de un partido con una estructura jerárquica propia y definida, con una verdadera disciplina, y que en sus costumbres, en las formas de vida de sus militantes y de sus dirigentes, comparta con la clase el destino común de sacrificio y de lucha, y nunca se convierta en parte de la clase dirigente, en una burocracia al lado de burocracias contrarias; que sea, en suma, una crítica permanente de la sociedad. 

VI

Pero para comprender plenamente la concepción gramsciana del partido es preciso considerarla en relación con la mayor maduración en el desarrollo de la sociedad capitalista; desarrollo que ya Gramsci anticipaba genialmente, y cuyas primeras huellas veía en la “revolución fordiana” de los Estados Unidos, pero que en Europa sólo se habría desplegado después de la caída del fascismo. 

Evidentemente, en este trabajo no es posible hacer un análisis a fondo de la relación entre sociedad neocapitalista y teoría gramsciana de la revolución y del partido. Pero, aunque sólo sea para aclarar más lo dicho hasta aquí, debemos hacer hincapié en algunos fenómenos.

a) En primer lugar, el capitalismo maduro determina una nueva fisonomíasocial del proletariado: los límites de esta clase se amplían considerablemente, y ella representa una proporción creciente de la sociedad; sin embargo, al mismo tiempo se multiplican y se profundizan en su interior las diferenciaciones de ingresos, de costumbres, de funciones productivas. Por otro lado, el sistema tiende cada vez más, y siempre con mayor eficacia, a subordinar y crear según patrones propios la conciencia personal del proletariado. Los consumos condicionados y la cultura de masas no son otra cosa que las manifestaciones más exteriores de este fenómeno. En realidad, ya el mecanismo de la producción, la fragmentación del trabajo, la subordinación del individuo en la empresa, producen esa disgregación de la persona con la que los consumos y la cultura de masas se corresponden y colaboran. Por lo tanto, es evidente que cada vez resulta más difícil concretar la unidad de clase a nivel inmediato y sociológico, así como es ilusorio esperar que se produzca un conflicto, espontáneo e interior a la figura del trabajador, entre las exigencias de la persona y la esclavitud proletaria. La unidad de clase y la conciencia revolucionaria resultan inconcebibles, mucho más que en el pasado, sin la mediación de una organización política y de una ideología autónoma.

b) También resultan profundamente cambiadas las contradicciones, lasincitaciones y los intereses a partir de los cuales puede realizar su labor de reclutamiento el movimiento revolucionario. Las grandes consignas que, en el pasado, llevaron al proletariado a luchar por el poder eran o bien de un tipo no directamente socialista (legalidad democrática, república, paz, propiedad campesina) o lo eran de un modo elemental (ocupación, lucha contra la miseria, distribución de los ingresos). Esos objetivos adquirían valor plenamente revolucionario en la medida en que el sistema no podía hacerles frente, y en que así conducían a un desbaratamiento del estado y de la estructura de propiedad.

Pero en el capitalismo maduro este estado de cosas aparece cambiado. El sistema ha llegado, al menos en Occidente, no sólo a unificar bajo su égida toda la realidad social, sino también a asegurar un desarrollo significativo de las fuerzas productivas, una redistribución limitada de la renta, la satisfacción de las necesidades más elementales de las masas. El carácter clasista, el mecanismo de la explotación, que no sólo perduran sino que alcanzan, al fin, su plenitud, se expresan en formas nuevas; por primera vez pasa a primer plano la contradicción fundamental del sistema, la existente entre valor de uso y valor, la de la producción como fin en sí misma, la de la reificación del hombre, de su trabajo, de su consumo. Pero para aprehender esas contradicciones, para que ellas operen en la sociedad, produzcan tensiones reales, es necesaria la mediación de la conciencia, la presencia activa en la realidad de un punto de vista alternativo, de una posibilidad humana de oponerse al mecanismo imperante: por lo tanto, no sólo es necesario el proletariado, sino el proletariado organizado, con una conciencia de clase, una nueva concepción del mundo, una visión alternativa. El partido proletario ya no puede en modo alguno administrar y dirigir hacia un objetivo de poder los estímulos subversivos que se desarrollan naturalmente, sino que debe, con la propia capacidad prefiguradora, dar forma, conciencia, realidad social, a contradicciones v exigencias que sin ello permanecerían latentes y sin expresarse.

c) Precisamente en la medida en que el capitalismo maduro hace pasar aprimer plano las contradicciones fundamentales del sistema –y ello aparece coherentemente como la negación de la autonomía, de la libertad, de los significados humanos, y como la pura reducción del hombre a instrumento de un mecanismo irracional y ciego: la acumulación– el contraste entre ese sistema y toda la tradición cultural, los valores ideales, los hábitos morales que la han expresado adquiere una amplitud y una radicalidad antes imposible. Por lo tanto, esa dialéctica entre proletariado y cultura a partir de la cual se desarrolla el partido revolucionario, encuentra así nuevas bases objetivas, y la ideología revolucionaría puede asumir formas más plenas y universales.

Para captar concretamente el alcance del fenómeno basta con pensar en las nuevas relaciones, y en las oposiciones realmente sustanciales, que llegan a establecerse entre el capitalismo maduro, por un lado, y la mejor tradición católica, o la ideología liberal-democrática, por el otro.

Esto no quiere decir, se comprende, que este contraste pueda superar sus límites intrínsecos, las insuperables antinomias teóricas y prácticas de esas concepciones, de modo tal que pueda llevarlas a una crítica y superación del sistema. Antes bien, esas antinomias precisamente abren el camino para un compromiso: por ejemplo, entre religión y capitalismo, un compromiso por el cual la primera acepta vivir como evasión irracionalista sobre la base de la insatisfacción y de la disgregación que el segundo alimenta. (Aunque esto significaría para el catolicismo renegar de la parte más sería y viva de su tradición tanto religiosa como cultural.)

Se desprende de aquí, entonces, el papel decisivo de la iniciativa hegemónica de una ideología revolucionaría, que pueda, en el diálogo, asumir y llevar a nuevos niveles todo lo que de vivo hay en la historia del hombre.

d) La sociedad capitalista madura, las formas de vida civil que ella supone, el nivel de las fuerzas productivas que desarrolla, plantean nuevos problemas objetivos que ya no puede enfrentar positivamente. Tomemos como ejemplo las relaciones de trabajo en la empresa. En el pasado, la lucha sindical se presentaba sobre todo como defensa del nivel salarial, como redistribución de la plusvalía. Dentro de las formas actuales de organización de la empresa y de la sociedad, una defensa del nivel salarial y de las condiciones de vida del trabajador ya no resulta concretamente posible si no se apoya en un poder obrero dentro de la fábrica, y si no se extiende a la política económica del estado. Esto significa que las reivindicaciones sindicales, para alcanzar objetivos específicos, ponen directamente en cuestión algunos aspectos decisivos del sistema.

El análisis de otros aspectos de la vida social –por ejemplo, el problema de la mujer, el de la escuela o de la organización cultural– llevaría a conclusiones similares.

Sin duda, estos estímulos, que la misma realidad objetiva tiende a determinar, no alcanzan espontáneamente significación alguna. En un sistema confiado sólo a la lógica del mecanismo dominante, donde no se halle presente –o haya sido dominada– la presencia autónoma de una conciencia revolucionaria, éstos no alcanzan vigor alguno; el movimiento sindical, por ejemplo, se burocratiza, el femenino no surge, la organización cultural se identifica con la industria de la cultura, etcétera.

Pero apenas está presente un elemento revolucionario, una concepción alternativa se difunde, y entonces toman forma autónomamente sobre planos diversos una serie de movimientos que, desde su ángulo visual específico e incluso antes de alcanzar una síntesis crítica, ejercen presión sobre el sistema y postulan su superación. Y esto tiene una importancia decisiva para el partido revolucionario, que ya no aparece sólo como la fuerza hegemónica de una formación política, sino también como la síntesis de un sistema articulado de movimientos autónomos. Es precisamente en esa articulación que comienza a prefigurarse una sociedad regulada en la cual el poder político no subordine –sino sintetice– los diversos momentos de la vida civil.

Creo que estas pocas observaciones bastan para poner en claro que las nuevas condiciones de la sociedad capitalista occidental hacen absolutamente necesaria, y además posible, la concepción de la revolución y del partido nuevo que Gramsci fue el primero en tratar de definir.

Decir necesario y posible no significa, empero, decir fácil ni seguro. Llevar adelante semejante estrategia revolucionaria de formaciones grandes y articuladas, y modificar las formas de vida del partido leninista sin atenuar, sino más bien haciendo más profundo, el surco que separa al movimiento proletario del ya derrotado oportunismo democrático resulta en la práctica una tarea harto compleja. Las fronteras tradicionales entre socialdemocracia y marxismo revolucionario (reforma o revolución, centralismo o fraccionalismo, dictadura proletaria o parlamentarismo, tradeunionismo o sindicato como correo de trasmisión), en el nuevo contexto parecen hacerse menos nítidas y precisas.

Este es un problema que sólo puede resolverse en términos de una línea política y de una concepción ideológica general. Un problema cuyo primer aspecto es estrictamente histórico: la revisión del marxismo a la luz de la realidad histórica del capitalismo maduro y de la experiencia realizada desde las primeras etapas de las revoluciones socialistas. Al respecto, Gramsci ha proporcionado indicaciones y sugerencias, pero, como ya dijimos, este problema no podía ser resuelto por él. Por otra parte, se trata de un problema de análisis y de elaboración política, es decir, de la táctica y la estrategia mediante las cuales se forma en Occidente un nuevo bloque histórico con objetivos y contenidos alternativos respecto del sistema, y además de la relación entre esta estrategia del proletariado occidental y toda la formación revolucionaria.

Tanto en uno como en otro plano, se trata, sobre todo, de un análisis de la sociedad y de la perspectiva comunista. Sin este elemento, claro en sus líneas, operante en la realidad, el mismo concepto de partido nuevo decae y se corrompe.

Esto no niega, empero, el hecho de que el partido nuevo puede y debe tener, como tenía el leninista, características particulares, específicas, de estructura y de funcionamiento, ni que tal problema sea secundario o derivado cuando se lo compara con el de la línea. En realidad, los dos aspectos se condicionan mutuamente: sólo una línea revolucionaria asegura la mejor estructura del partido, pero a su vez es el trabajo de construcción y dirección del partido el que permite que la línea nazca y pueda ser corregida.

Por consiguiente, es oportuno, para terminar nuestra indagación, tratar de analizar brevemente cuáles son las características específicas de la estructura y del funcionamiento del partido que están relacionadas con las teorías más generales acerca de su naturaleza, y qué relación se establece, en este sentido, entre los principios leninistas clásicos y aquellos que pueden gobernar el “partido nuevo”. 

VII

Los principios que regularon el partido leninista, de modo coherente con las premisas teóricas de las que éste parte, son sobre todo los siguientes: partido de clase, partido de vanguardia, partido de lucha y, por lo tanto, unitario y disciplinado. Y bien, a nuestro juicio, estos principios, en forma renovada, no sólo pueden continuar rigiendo el partido revolucionario del tipo nuevo sino que incluso pueden encontrar en él una aplicación práctica más amplia y coherente de la que era posible en el pasado.

Hemos visto cómo, desde el punto de vista teórico, el “partido nuevo” es, al igual que el leninista, una formación de clase. Y lo es en el sentido de que ambos se presentan como intérpretes de la vocación revolucionaria que sólo tiene el proletariado, tanto como en el de que, en ambos casos, el partido es concebido como el destacamento de vanguardia de la clase, en la que debe reclutar la mayor parte de sus cuadros y a la que debe adecuar sus propias formas de vida.

Precisamente por haber superado toda contraposición iluminista entre una vanguardia esclarecida por la “ciencia” y la clase inmovilizada en su elementalidad, Gramsci pudo subrayar con particular vigor el nexo que debe unir en todo momento las dos realidades, y por el cual se asegura a ambas una función activa y creadora.

Pero es evidente que en el partido nuevo su carácter clasista está más seriamente amenazado en la práctica. Por ser la fuerza hegemónica de una formación muy vasta y articulada, por obrar en lo más sensible de las organizaciones sociales y de las instituciones políticas existentes, está sometido en todo momento a la presión de las soluciones políticoorganizativas oportunistas. Por un lado el partido se ve fuertemente impulsado a ser la “expresión de diversas clases”, y así se ve tentado a reducir la propia plataforma a un mínimo común denominador que una a esas fuerzas; por otro lado, se halla constantemente amenazado por una tendencia a la burocratización y a insertar sus cuadros, a todos los niveles, en el sistema, en las costumbres y en los hábitos mentales de la clase dirigente.

Por ello debe aclararse la importancia fundamental de algunas opciones administrativas (selección de los cuadros, formación ideológica, el partido en la fábrica) que, en conjunto, pueden resultar decisivas para enfrentar esta presión de la sociedad existente. Más complejo parece el problema de organizar el partido como vanguardia en la nueva situación histórica.

En efecto, para el partido leninista este problema resultaba relativamente simple: era una formación de cuadros, de gran disciplina y vastos conocimientos, y que consolidaba su propio carácter de vanguardia a través de una dura selección, pruebas difíciles y un largo aprendizaje.

Como ya dijimos, el “partido nuevo” es, en cambio, un partido de masas. ¿Puede esta nueva fisonomía ser realmente compatible con el principio de la vanguardia?

Para no responder con soluciones formales y cómodas es necesario tener en cuenta algunos elementos. En primer lugar, como parece obvio, nada asegura que la extensión cuantitativa de las filas del partido no atempere su carácter de vanguardia. En segundo lugar, puede suceder que precisamente el esfuerzo por conservar ese carácter de vanguardia conduzca simplemente a una pérdida de su carácter masivo; es decir que, en la práctica, tienda a reproducirse, esta vez en el seno del partido, esa división entre dirigentes y dirigidos, entre vanguardia y masa, que constituía el límite, externo, del partido bolchevique clásico. Por fin, el carácter masivo del partido puede producir una simbiosis negativa concreta con otras organizaciones de la clase, como la sindical, con graves perjuicios para la autonomía tanto de uno como de las otras.

Evidentemente, el “partido nuevo” combate este peligro harto grave, con los instrumentos de su propia política, con los contenidos definitorios de la propia lucha, con la ideología que llega a elaborar. Pero no se impide así que esos peligros impongan tareas precisas en el terreno organizativo: desde la formación de los militantes hasta la política cualitativa del reclutamiento, desde el esfuerzo de movilización constante de los afiliados hasta la continua y amplia consulta de los mismos.

Si el partido nuevo puede hacer frente a esos problemas de línea y organización, entonces su carácter de vanguardia se muestra mucho más amplio y operante que en el pasado: precisamente por ser un partido de masas, inserto en la sociedad, puede constituir de hecho el fermento transformador, arrastrar a nuevos niveles a todo el proletariado, y guiar hacia una perspectiva revolucionaría a masas todavía más vastas.

Pero la innegable dificultad de unificar en una síntesis superior los caracteres de un partido de masas y los de una formación de cuadros nos lleva al último y más espinoso problema: el del funcionamiento interno del partido, de su vida democrática, de su dirección.

Como hemos visto, el partido revolucionario marxista es una realidad práctica, una organización que vive y se desarrolla en conexión con el trabajo de transformación de la sociedad y de los hombres: teoría, ideología, propaganda, agitación, lucha, son momentos de un continuum para el cual no hay un primum.

Lenin extrae de esta premisa dos consecuencias operativas fundamentales: por un lado, es necesario concebir y hacer obrar al partido como una voluntad unívoca, que define democráticamente los propios objetivos, pero que luego actúa sin reservas, incertidumbres ni divisiones; por otro lado, para definir y juzgar la presencia del partido en la sociedad, es fundamental el criterio de eficacia, y ello impone la definición, más que de una doctrina, de una estrategia, de una táctica, de decisiones prácticas para cuyo logro el partido debe empeñarse unitariamente cada día.

Esta visión del partido como cuerpo orgánico, como trascendencia de la individualidad, como primer paso de la superación de la oposición entre individuo y sociedad, dominó la vida del partido bolchevique en todos sus momentos, y sobre todo produjo los dos principios fundamentales que la regulaban: el de la militancia revolucionaria y el del centralismo democrático.

Con la expresión militancia revolucionaria se quiere indicar aquí una relación particular entre el afiliado y el partido, que distingue al bolchevismo de cualquier otra formación política: una relación que no se agota en la delegación de los propios intereses políticos del hombreciudadano al partido, ni consiente el ausentismo sustancial de los afiliados o el dominio de un aparato burocrático-representativo, sino que, por el contrario, se funda en el compromiso de toda la personalidad del militante, que así consagra por entero su vida, su concepción del mundo, a la obra integral de edificación de la nueva sociedad y a su vez manifiesta, por lo tanto, un nuevo modo de ser hombre y de entrar en contacto con los demás hombres.

Claro está, no se trata de que el leninismo concibiese esa relación como un sacrificio o una suspensión de la libertad personal: por el contrario, la integración a esa voluntad general constituye el paso necesario para la verdadera fundación de esa libertad. ¿Qué camino tiene de hecho el proletario para gravitar en la historia, ser un hombre, o de qué modo puede el intelectual influir en la realidad, dar un sentido unitario a la propia vida, fuera del de integrarse a una voluntad global capaz de transformar el mundo a la medida del hombre? Nace de aquí una concepción particular de la disciplina, la que ya no es dictada sólo por las exigencias de la eficacia, sino que es en sí misma un acto de libertad: no un sacrificio, no la limitación de una persona que existe con independencia del propio empeño revolucionario, sino un acto que constituye la libertad de una persona, la que sólo en este empeño real encuentra el camino para expresarse, para dar una perspectiva total a la propia acción, para huir de la desesperación de la impotencia, del disgusto, del aislamiento.

Y sin embargo, en la forma originaria de la experiencia bolchevique, este concepto de militancia, que pese a todo parece alcanzar las formas más rigurosas y nobles, encontraba una limitación precisamente en el carácter jacobino que todavía amenaza al partido, en el hecho de consagrarse en primer lugar, y casi exclusivamente, al problema de la conquista del poder, en su capacidad todavía imperfecta para expresar de manera articulada contenidos positivos y líneas de desarrollo de la vida social.

De hecho, el compromiso del militante terminaba a veces por convertirse en una pura sumisión a la revolución, en despojarse por ella de la propia figura, de la propia vocación específica, un trabajo limitado y ejecutivo cuyo sentido profundo radicaba en ser cumplido para la causa. La separación entre público y privado, entre persona y ciudadano, era así superada en gran parte sólo a través de la supresión de uno de los dos momentos. La militancia, la disciplina, quedaban para siempre como actos de libertad, en cuanto compromisos totales libremente aceptados, pero la elección ideal, el proyecto, entraba en la praxis política individual como un fin último y separado, y así exigía siempre una mediación de tipo moralista.

En el “partido nuevo” este límite puede y debe ser superado, sin que decaiga para nada el principio de la militancia, el compromiso global de la persona. Si efectivamente el partido puede definir progresivamente las perspectivas de desarrollo de la sociedad por la cual lucha, y si esta perspectiva ideal puede traducirse a una acción social positiva y articulada, entonces la milicia revolucionaria, ya antes de la conquista del poder, puede y debe significar el compromiso de toda capacidad, vocación, talento personal; la figura del militante y la del hombre social tienden a coincidir y, si la estructura de la sociedad existente hace imposible una coincidencia plena, pese a ello el trabajo revolucionario ya incluye elementos y contenidos para comprometer y valorizar las fuerzas vivas e individuales de la persona. La militancia pierde así todo carácter abstracto, toda imposición moralista y aún continúa implicando una elección radical, una tensión constante con el ambiente, sin exigir una suspensión de lo privado, sino su calificación, su inserción en una perspectiva común.

Ahora bien, todo esto sólo parece posible en determinadas condiciones. Antes que nada, es necesario que, en la ideología y en la praxis, la perspectiva revolucionaria alcance un grado de claridad, de positividad, de concreción como para poderse traducir a líneas de desarrollo alternativo que abarquen la sociedad en su complejidad y en todas sus articulaciones. Pero, correlativamente, es preciso que la misma estructura del partido consienta y promueva este adherirse a la realidad social, este empleo general de capacidades e intereses. Y esto plantea problemas nuevos y complejos: por ejemplo, la superación de una estructura puramente territorial de la organización política, y también el comienzo de formas nuevas de elaboración y de dirección, articuladas según problemas y sectores. Por este camino puede hacerse una contribución de- cisiva al compromiso constante y activo de todos los afiliados, a la consecución de las instancias básicas del partido; así puede instaurarse un nivel nuevo y superior de participación individual en la vida de la colectividad.

De todos modos, es bueno tener en cuenta que esta articulación del partido, esta adhesión a la realidad social, tiene un sentido positivo y no se traduce en estímulos corporativos y oportunistas, salvo en la medida en que en ellos y a través de ellos vive y se desarrolla una evolución política unitaria, una ideología totalizadora, una perspectiva global.

Es por eso que, en última instancia, toda polémica sobre el partido, sobre su funcionamiento y su dirección, sobre la militancia efectiva de todos los afiliados, termina siempre por encontrar su núcleo fundamental en el problema de la democracia interna.

El problema de la democracia interna no es en primer lugar, ni predominantemente, un problema de instituciones, sino de línea política y de contenidos ideales. De hecho, la democracia de un partido se juzga de acuerdo con el grado de consenso real que éste llega a organizar, es decir, da su capacidad para expresar en la propia política la voluntad y el pensamiento de la generalidad de sus afiliados, y de insertar activamente a cada uno de ellos en una praxis común. Sin una línea justa, que interprete las exigencias de la situación, el nivel de la conciencia revolucionaria, las posibilidades de desarrollo históricamente presentes, y sepa traducirías a iniciativas y objetivos adecuados, no hay solución posible para el problema de la democracia interna. Todo estímulo al debate crítico terminará por producir el fraccionalismo y la parálisis, toda instancia centralizadora tenderá a degenerar en burocracia; en uno y en otro caso, de cualquier modo, la vida política real permanecerá circunscripta a una élite dirigente, mientras para la masa de los afiliados quedarán reservadas funciones ejecutivas, o el arbitraje en una disputa que les es del todo ajena en sus movimientos y significados.

Pero puesto que la línea política y la ideología del partido político no están dadas para siempre, ni pueden extraerse a partir de un cuerpo de principios con un método puramente deductivo, y deben ser en cambio el producto de la indagación crítica y la invención política, y puesto que tal indagación no puede efectuarse si no es a través de tentativas, aproximaciones, elecciones entre soluciones diferentes, resulta necesario un sistema institucional interno que permita y promueva un debate real, pero que al mismo tiempo impida que éste, de instrumento, se convierta en fin, pierda de vista el objetivo unitario, paralice la vida del partido. Lenin trató de responder a este aspecto del problema, sobre la base de su concepción general del partido, con el sistema del centralismo democrático. Sistema compuesto por una serie de proposiciones íntimamente relacionadas, que nos parece posible resumir esquemáticamente.

El momento centralista gobierna la dirección unitaria del partido que con la disciplina compromete a todo militante a la realización de la línea general definida y a la ejecución de los objetivos específicos que se acordó conjuntamente en alcanzar. El momento democrático, en cambio, garantiza que la línea del partido se decidirá a través de un cotejo libre y general de las ideas y con la adopción de las tesis prevalecientes.

Toda contraposición entre estos dos momentos es errónea y perniciosa. El centralismo en la dirección no resulta posible sin una línea democráticamente adoptada; en caso contrario, en efecto, cuando no se quiera llegar a la adopción de las decisiones unívocas de un solo hombre (el culto de la personalidad en sus diversas formas y matices), la línea será fruto de un compromiso, generalmente equívoca e imprecisa, y así dará lugar a diversas interpretaciones y a deformaciones en la práctica.

Por otro lado, la democracia, sin un esfuerzo unitario constante y sin la disciplina de todos en el trabajo, fatalmente determinará la formación de grupos organizados, con vínculos de solidaridad interna, y así la paralización de la polémica y de la indagación.

No obstante, en las distintas etapas de la vida del partido, ante exigencias objetivas y funcionales, los dos momentos mantendrán entre sí relaciones diferentes, aunque sin separarse nunca. En los congresos y en las campanas forzosamente debe prevalecer el momento democrático. Esto significa que en tales etapas no sólo se consentirá que se desarrolle una polémica en torno de la línea general, sino también que ese debate no se desenvuelva a través de la definición de “unidades” sucesivas en los diversos niveles (dirección, comité central, comités federales, etc.), sino frente al conjunto del partido, de modo que todos los miembros del partido puedan tomar conciencia de todas las posibilidades alternativas que colaboran en la elaboración de la línea, y no sean sólo llamados para aprobarla o rechazarla. En la vida normal, en cambio, el partido, comprometido durante un cierto período con la línea adoptada, deberá tomar democráticamente decisiones relativas a su aplicación, y esto impone generalmente la praxis de las decisiones que comprometen unitariamente a los organismos que las adoptaron, y respecto de las cuales no se consiente la apelación individual frente al partido.

De cualquier modo, en todos los niveles y en todas las circunstancias el conjunto del debate político debe estar interrelacionado con la práctica, con la iniciativa, la experiencia, y esto no sólo para hacerlo más eficaz y constructivo, sino porque eso es realmente democrático. En efecto, sólo así, todo afiliado, toda capacidad y experiencia individual, y no sólo el estrato de los intelectuales-dirigentes, podrá participar activamente en la elaboración.

Ahora bien, es justo reconocer que este sistema de principios fue rigurosamente aplicado en el partido bolchevique por lo menos hasta la muerte de Lenin y aun algunos años después de su desaparición.

A pesar de que las condiciones históricas sumamente dificultosas de la guerra revolucionaria hayan obligado a Lenin a pedir, en el X° Congreso, algunas restricciones a la libertad de discusión, ésta en sustancia se mantuvo operante, y aquellas mismas restricciones fueron concebidas como medidas transitorias ligadas a una etapa excepcional.

De todas maneras, es preciso agregar que, con independencia de los errores y las deformaciones de la praxis stalinista, la situación histórica a partir de la cual se comenzaba la edificación del socialismo presentaba límites y mecanismos que pronto harían particularmente difícil, si no imposible, un pleno ejercicio del centralismo democrático.

Dos elementos parecieron ser decisivos en ese sentido. Por un lado, la relación que forzosamente liga la democracia dentro del partido con la democracia en general. No cabe duda, en efecto, respecto de que cuando la dictadura proletaria asume por necesidad formas excesivamente rígidas hasta el punto de limitar, en el cuerpo social y en la vida del estado, la expresión y la organización del disentimiento, esto no puede dejar de reflejarse en la vida interna del partido. De hecho, todo debate abierto y organizado dentro del partido corre el riesgo de reflejar fuerzas sociales diversas, tensiones que no tienen otro modo de expresarse, y fatalmente conduce a la formación de diversas fuerzas políticas, y así a la disgregación del partido y a la ruptura del cuadro institucional. Lenin fue el primero en reconocer esa dificultad.

Por otro lado, la relación que el partido bolchevique estaba obligado a mantener con las masas interponía un grave obstáculo para su democracia interna. Un partido llegado al poder sobre la base de un movimiento en el cual la conciencia socialista era harto restringida, obligado a edificar una sociedad nueva en condiciones de enorme atraso y bajo la presión de gigantescas fuerzas opositoras, con una base social proletaria todavía exigua y una organización formada casi sólo por cuadros, no podía postergar durante mucho tiempo la necesidad de pedir a la masa de sus propios afiliados una delegación de fe, una adhesión en muchos casos casi acrítica e incondicional. Y esta relación interna entre clase dirigente y masa hacía difícil el pleno ejercicio del centralismo democrático no sólo porque una parte del partido no estaba preparada para participar activamente en la dirección política, sino también porque un debate crítico abierto y organizado, que en ciertos momentos dividiese al grupo dirigente, podía poner en crisis la fe de las bases, aparecer a los ojos de ésta, más como un “escándalo” que como una manifestación de vida y desarrollo.

Sabemos que durante la época stalinista esos límites objetivos pesaron, y de un modo grave, sobre la vida interna del partido.

La concepción gramsciana del partido nuevo que hemos tratado de analizar aquí –es decir, la concepción de un partido como prefiguración de la sociedad nueva, como parte hegemónica de un bloque de fuerzas políticas y de movimientos sociales unidos en torno de contenidos positivos de la edificación socialista, y así capaces de consentir formas nuevas de dictadura proletaria– implica y permite la plena superación de esos límites. Y de este modo no sólo la restauración de la concepción leninista del centralismo democrático, sino su aplicación real y ampliada.

No nos corresponde a nosotros juzgar ahora con qué rapidez y en qué formas ese proceso ya se ha producido o aún debe producirse. Sin duda, no son pocos los obstáculos que, en la práctica, se interponen a su desarrollo: justamente en la medida en que, de hecho, la contradicción originaria entre partido de masa y partido de vanguardia no es superada en un nuevo contexto, y todos los militantes no están real y activamente insertados en la vida política del partido, es evidente que una cabal aplicación de las proposiciones leninistas puede dar lugar a tensiones o escisiones. Por ello esas normas no pueden ser otra cosa que el objetivo que se persigue en el contexto de todo el esfuerzo de construcción del “partido nuevo”.

Pero de todos modos sería un grave error, que podría comprometer ese mismo esfuerzo, concebir los dos procesos separadamente: no ver que cada paso en la definición de la ideología y de la línea del partido, cada nuevo nivel de la movilización de los militantes, presupone forzosamente un nuevo paso adelante hacia el pleno desarrollo de la democracia interna y de sus medios normativos.

Según nuestro punto de vista, todo esto confirma, a través de una verificación concreta, el tema fundamental de este trabajo: el hecho de que el “partido nuevo”, gramsciano, es un desarrollo de la teoría marxistaleninista del partido, un desarrollo que nace en conexión con las condiciones históricas de la sociedad occidental, pero que, al mismo tiempo, es una adquisición en el camino hacia la verdad, una forma superior de la teoría revolucionaria.

Pero la concepción del partido revolucionario que hemos tratado de aclarar a través de nuestro análisis podría permitirnos algo más: volvernos hacia los interrogantes a los que en un principio nos veíamos tentados de dar alguna respuesta.

En efecto, el “partido nuevo”, con sus características, parece ser una forma de lucha eficaz contra la agresión a la democracia real que hoy parte de la estructura capitalista occidental, un instrumento de vida y de organización de una voluntad política autónoma y de una conciencia no reificada, y parece ser, al mismo tiempo, una primera respuesta a los problemas generales de desarrollo de la libertad en un contexto revolucionario que hoy comprometen a todo el movimiento obrero mundial, y así una proposición para lograr una unidad nueva, superior.

No obstante, como decíamos en un principio, no podemos tratar aquí estos problemas, a los que sólo hemos encontrado marginalmente en nuestra indagación.

MARX Y ENGELS Y EL CONCEPTO DE PARTIDO

Monthy Johnstone

I

El concepto de partido proletario ocupa una posición central en el pensamiento y la actividad políticas de Marx y Engels. En su lucha “contra el poder colectivo de las clases poseedoras”, sostenían: “el proletariado no puede obrar como clase si no se constituye en partido político propio, distinto y opuesto a todos los viejos partidos formados por las clases poseedoras”. Esto era “indispensable para asegurar el triunfo de la

revolución social y de su objetivo supremo, la abolición de las clases”. No obstante, en ninguna parte los autores del Manifiesto del partido comunista presentan en forma sistemática una teoría del partido proletario, su naturaleza y sus características, por lo menos no más de lo que lo hacen respecto de la clase social o del estado, con las que aquélla está estrechamente emparentada. Además, dentro del amplio marco general de su teoría de la lucha de clases y de la revolución, Marx y Engels desarrollaron en la marcha sus ideas sobre las formas y funciones de los partidos proletarios, y las relacionaron con sus análisis de situaciones históricas a menudo muy diferentes. No elaboraron por adelantado un “plan” para la creación de un partido revolucionario del proletariado al cual integrar su trabajo teórico posterior, y en ningún momento se consagraron a formar un partido político. Tras haber visto teóricamente al proletariado, ya a principios de 1844, como la fuerza conductora de la emancipación social, se apoyaron en las organizaciones existentes creadas por sectores progresistas de esa clase y condenaron como sectarismo toda tentativa de imponer sobre la clase trabajadora, y desde afuera, formas preconcebidas de organización. En la esfera de la construcción del partido, Marx podría haber repetido lo que Moliere dijo acerca de los argumentos de sus obras teatrales: Je prends mon bien oú je le trouve.

Aunque fueron miembros y líderes de organizaciones partidarias sólo durante unos pocos años, Marx y Engels dedicaron una cantidad considerable de tiempo, sobre todo en los últimos años de sus vidas, a dar asesoramiento sobre los programas y el desarrollo de partidos obreros de diversos países, considerando que ocupaban una “posición especial como representantes del Socialismo Internacional” y del “estado mayor general del Partido”.74 Cuando examinamos la totalidad de estas actividades partidarias y de las concepciones sobre los partidos distribuidas a lo largo de medio siglo, nos enfrentamos con una considerable variedad y complejidad que incluye, a primera vista, una cantidad de contradicciones. Además, nuestra dificultad se ve acrecentada por el hecho de que, durante las vidas de Marx y Engels, toda la noción de partido político habría de desarrollarse y cambiar junto con las formas de actividad abiertas a éste; por otra parte, como veremos, ellos habrían de usar la expresión en varios sentidos diferentes, sin definirlos. Por consiguiente, fue fácil apoyarse selectivamente en sus actividades y, sobre todo, en sus escritos para sostener las versiones más opuestas de sus puntos de vista.

Las ideas de Marx y Engels sobre los partidos proletarios sólo pueden comprenderse si se las ubica, en cada caso, dentro de sus muy variables contextos históricos y semánticos. Eso es lo que trataré de hacer al examinar los principales “modelos” del partido que se encuentran en sus obras, cada uno de los cuales corresponde a una etapa o etapas del desarrollo del movimiento de la clase trabajadora en un período o en países particulares. Consideraré estos modelos como: (a) la pequeña organización internacional de cuadros comunistas (la Liga de los Comunistas 1847-1852); (b) el “partido” carente de organización (durante el reflujo del movimiento obrero –década de 1850 y principios de la de 1860); (c) la amplia federación internacional de organizaciones obreras (Primera Internacional –1864-1872); (d) el partido marxista nacional de masas (Socialdemocracia alemana –décadas de 1870, 1880 y principios de la de 1890); (e) el amplio partido nacional de los trabajadores (Gran Bretaña y los Estados Unidos –década de 1880 y comienzos de la de 1890) basado en el modelo cartista. Preferí examinar conjuntamente los puntos de vista de Marx y Engels pues ellos están de acuerdo en lo fundamental respecto de todos los puntos tratados aquí, y porque, durante un período importante y según una división del trabajo acordada entre ambos, Engels contestó, en representación de los dos, a pedidos de asesoramiento político provenientes de todas partes del mundo, y luego continuó y extendió este trabajo tras la muerte de Marx y hasta la era de la Segunda Internacional.

II

Tras haber coincidido en 1844-1845, respecto de algunos de los principios básicos del marxismo, Marx y Engels iniciaron una colaboración que duró todas sus vidas y en la que se consagraron al desarrollo posterior de sus ideas teóricas y a la tentativa de “ganar al proletariado europeo, empezando por el alemán”. A principios de 1846 comenzaron, con base en Bruselas, la formación de Comités de Correspondencia Comunistas, sobre todo en Bélgica, Inglaterra, Francia y Alemania. Estos debían ocuparse de los asuntos internos de lo que Engels más tarde llamaría “el Partido Comunista en gestación”, aunque en ese período tanto él como Marx usaban las expresiones “el Partido Comunista” y “nuestro partido” en el sentido tradicional de una societé de pensée –por más que la viesen como expresión de los intereses de una clase– antes que como una organización política que se aproximase de algún modo al sentido moderno. Entre los destinatarios de las circulares y los folletos litografiados enviados desde Bruselas se encontraban los dirigentes de la Liga de los Justos que, formada en 1836, era una pequeña sociedad secreta internacional, compuesta sobre todo de artesanos alemanes, y que en esos años había tratado de establecerse y trabajar dentro de las asociaciones educativas de los trabajadores. Marx y Engels entraron a esa organización a invitación de sus líderes, quienes declararon estar convencidos de la corrección general de los puntos de vista de ¡os primeros y manifestaron su acuerdo respecto de que era preciso abandonar las viejas formas conspirativas asociadas con el pasado blanquista de la organización. Esta fue reorganizada como Liga de los Comunistas en un congreso realizado en el verano de 1847, y en un segundo congreso de fines de ese año adoptó nuevas normas que le daban los fines oficiales del comunismo. Una constitución democrática y completamente nueva estableció que los congresos anuales serían “la autoridad legislativa de la Liga” y que los comités directivos serian electivos, responsables ante sus electores, y destituibles por éstos en cualquier momento. El famoso Manifiesto del Partido Comunista les fue encargado a Marx y Engels como “un programa detallado del Partido, a la vez teórico y práctico”.81

La Liga Comunista era una asociación internacional de trabajadores que funcionaba en una cantidad de países europeos, en la cual predominaban los alemanes y que prestaba especial atención a Alemania. Aunque “por lo menos durante los períodos de paz ordinarios” Marx y Engels la consideraban como una “sociedad exclusivamente de propaganda”, las condiciones de la época la obligaron a operar como una sociedad secreta durante la mayor parte de sus cinco años de existencia. Tenía sus orígenes –escribió Engels en 1892– en “dos corrientes independientes”: por una parte, “un puro movimiento de los trabajadores” y, por la otra, “un movimiento teórico, proveniente de la desintegración de la filosofía hegeliana”, asociado predominantemente con Marx. “El Manifiesto

Comunista de 1848”, agregaba, “marca la fusión de ambas corrientes”. En el Manifiesto están expuestos algunos de los componentes básicos de la concepción del partido que tenían Marx y Engels. Allí se formula la pretensión de los comunistas al liderazgo de la clase trabajadora sobre la base de su conciencia teórica superior, lo que pertenece a la esencia de esta concepción. El año anterior, en su polémica con Proudhon, Marx había descrito a los socialistas y a los comunistas como “los teóricos de la clase proletaria”. Ahora, junto con Engels, presenta a los comunistas como la vanguardia teórica de la clase, y señala que “no tienen intereses algunos, que no sean los intereses del conjunto del proletariado” y “que no proclaman principios sectarios a los que quisieran amoldar el movimiento proletario”. Los comunistas se distinguían de “los demás partidos proletarios” sólo porque, en las luchas nacionales, “destacan y hacen valer los intereses comunes a todo el proletariado, independientemente de la nacionalidad”, y porque, en las diversas etapas de la lucha contra la burguesía, “representan siempre los intereses del movimiento en su conjunto”. En la práctica eran “el sector más resuelto de los partidos obreros de todos los países, el sector que siempre impulsa adelante a los demás”, mientras que por su teoría tenían, “sobre el resto del proletariado la ventaja de su clara visión de las condiciones, de la marcha y de los resultados generales del movimiento proletario”,87 al que concebían como “el movimiento independiente de la inmensa mayoría, en provecho de la inmensa mayoría”. 

Cuando Marx y Engels hablan en el Manifiesto de la “organización del proletariado en clase y, por tanto, en partido político”, piensan evidentemente en el modelo inglés que Marx había descrito el año anterior en Miseria de la filosofía. Allí había mostrado cómo en su lucha, primero en los sindicatos y luego también al constituir “un gran partido político, bajo el nombre de carlistas”91 la masa de los obreros había dejado de ser una clase potencial an sich, amorfa y fragmentaria, para convertirse en una clase für sich, nacional y consumada, forzosamente dedicada a la lucha política.92

En la etapa primitiva del desarrollo y organización de la clase trabajadora en el continente europeo, cuando la Liga de los comunistas era un organismo de reducidos cuadros de cerca de 200-300 miembros93 distribuidos por toda Europa Occidental, el Manifiesto señalaba que “los comunistas no forman un partido aparte, opuesto a los otros partidos obreros”.94 De hecho, en ese entonces había un único partido de los trabajadores organizado en escala nacional: los cartistas, y los comunistas ingleses Julian Harney y Ernest Jones trabajaban en él como dirigentes de su ala izquierda. En los demás países, los miembros de la Liga debieron unirse a partidos tales como el Socialista Democrático de Ledru-Rollin y Louis Blanc, al que Marx describió como una coalición entre la pequeña burguesía y los trabajadores. En Alemania, durante la revolución de 1848, los integrantes de la Liga se unieron al Partido Democrático, “el partido de la pequeña burguesía”, dentro del cual constituyeron el ala más progresista hasta la primavera de 1849. Aunque la forma de estas tácticas era dictada por las circunstancias del momento, ellas contienen un elemento que es común a todos los modelos de partido de Marx y Engels: el evitar el aislamiento sectario, la búsqueda de campos de trabajo donde los comunistas pudiesen sintonizarse con la clase obrera.101

93 L. I. Goldman, Voznihovenie Marksizma Bor'ba Marksa i Engels'sa za Sozdanie Revoliutsionnoy Proletarckoy (Moscú, 1962), p. 70.

94 Manifiesto, p. 34.

A partir de lo anterior debe resultar claro que la Liga Comunista, una sociedad secreta que “se reducía a un pequeño núcleo” de militantes, no puede describirse como un partido político, ni siquiera en el sentido que solía darse con mayor frecuencia a la expresión en ese entonces y en el que, en el mismo Manifiesto, se aplica a las grandes organizaciones nacionales donde los comunistas debían trabajar. Como sostiene el investigador soviético E. P. Kandel en uno de los libros –desdichadamente pocos– aparecidos sobre la Liga, Marx y Engels consideraban a ésta sólo como “el germen, el núcleo” de su partido, a pesar de que llamasen a su programa Manifiesto del Partido Comunista. Las condiciones de la época, escribe Kandel, “no hacían posible que la Liga de los comunistas se convirtiese en un verdadero partido”. Una visión somera del papel desempeñado por la Liga en la revolución de 1848-1849 pondrá este hecho de manifiesto.

En la primavera de 1848, luego del comienzo de la revolución, Marx y Engels fueron a Colonia con el grueso de los miembros de la Liga que habían vivido en el exterior. Luego de un período inicial en que el Comité Central de la Liga operó desde allí, pareciera que ellos concentraron sus esfuerzos, desde alrededor de mediados de mayo, en la producción de la Neue Rheinische Zeitung. Ese famoso diario progresista, cuyo primer número apareció el 1° de junio, realizó bajo la dirección de Marx un decidido esfuerzo por llevar hasta su fin las tareas democráticas de esa revolución democrático-burguesa. Al ver las grandes dificultades que enfrentaba la Liga para emitir directivas a sus dispersos partidarios, Marx y Engels concluyeron que esas directivas “podían hacerse llegar mucho mejor por medio de la prensa”. En los últimos años se inició una fuerte controversia entre Boris Nicolaevsky, el viejo menchevique que murió en los Estados Unidos en 1966, y E. P. Kandel respecto de la supuesta disolución de la Liga en el verano de 1848. Si de hecho Marx usó poderes discrecionales (conferidos a principios de la revolución) para disolver la Liga en junio de 1848, como sostiene Nicolaevsky sobre la base del testimonio dado en prisión por P. G. Röser, uno de los sentenciados en el proceso a los líderes de la Liga efectuado en Colonia en 1852, o si, como afirma Kandel, la posibilidad de semejante disolución es negada por la “alta estima que tenían Marx y Engels del papel desempeñado por la Liga durante todo el período 1847-1852”, quienes en sus registros de las actividades de la Liga nunca se refirieron a esa disolución, es algo que probablemente nunca sabremos con seguridad. A menos que futuras investigaciones saquen a luz nuevos documentos, deberemos apoyar nuestras conclusiones en una consideración de probabilidades. De todos modos, es indiscutible que, como lo atestiguó Engels más tarde, “los pocos centenares de afiliados a la Liga de los comunistas, aislados entre sí, se perdieron en medio de aquella enorme masa puesta de pronto en movimiento”.111 Kandel acepta que, en el verano de 1848, el Comité Central de Colonia dejó de funcionar y que (según piensa ahora, a fines de agosto o setiembre) se lo disolvió y sus poderes fueron transferidos al Comité del Distrito de Londres. Además, los historiadores soviéticos aceptan como “digna de crédito” la descripción que hace Röser de una reunión, a la que habría concurrido en la primavera de 1849, entre Marx y Joseph Moll, a quien había enviado el Comité Central de Londres para reorganizar la Liga en Alemania. Según Röser, Marx entonces “declaró

Kandel, “Izkazhenie istorii bor’ by Marka i Engel-sa za proletankuyu partiyu y rabonatkh nekotorykh pravykh sotsialistov”, en Voprosy Istorii (Moscú), 1958, n.° 5, pp. 120 ss; B. I. Nicolaevsky, “Who is Distorting History?” en Proceedings of the American Philosophical Society (Filadelfia), vol. 105. n.° 2, abril de 1961, 209-236; E. P. Kandel. “Eine Schlechte Verteidigung einer Schlechten Sache”, en Beitrage zur Geschichte der Deutschen Arbeiterbewegung, desde ahora citado como Beitrage (Berlín, 1963), V. 2, pp. 290-303.

que, con la libertad de palabra y de prensa existentes, la Liga era superflua”. 

Desdichadamente, un buen número de historiadores marxistas contemporáneos hallaron necesario interpretar estas tácticas en términos de una nueva concepción marxista, y a fortiori leninista, del partido: En consecuencia, sostienen que “la dirección de la Neue Rheinische Zeitung era el centro político del liderazgo del partido proletario en Alemania, de la Liga Comunista”, “la verdadera plana mayor general del partido proletario”, a la cual “en la práctica correspondían entonces las tareas del Comité Central de la Liga de los comunistas”. En las narraciones de la historia de la Liga y de la Neue Rheinische Zeitung escritas por Marx y Engels en las décadas de 1860 y 1880 no se encontrarán semejantes formulaciones anacrónicas. Tampoco se las encontrará en Lenin, un penetrante estudioso de la historia del marxismo, quien en 1905 escribió: 

“¡Fue sólo en abril de 1849, luego de que el periódico revolucionario hubiera aparecido durante casi un año, [...] que Marx y Engels se declararon a favor de una organización especial de los trabajadores! Hasta entonces se habían limitado a publicar un ‘órgano de la democracia’ que no tenía vínculo organizativo alguno con un partido independiente de los trabajadores. Este hecho, monstruoso e increíble cuando se lo ve desde nuestra perspectiva actual, nos muestra claramente la diferencia existente entre el partido de los trabajadores alemán de aquella época y el actual Partido obrero socialdemocrático ruso”. 

En abril de 1849, como indica Lenin en el pasaje citado, se iba a producir un importante cambio en la estrategia revolucionaria de Marx y Engels. El primero de ellos, junto con otros comunistas, dio a conocer una declaración en la que anunciaba su renuncia al Comité del Distrito de Rhineland de las Asociaciones Democráticas, e instaba a “una unión más estrecha entre las asociaciones obreras”, para las cuales se proyectaba un congreso nacional. Al parecer, habían arribado a la conclusión de que

primavera de 1849”, como hace Röser (I.R.S.H., op. cit, p. 89).

los trabajadores alemanes tenían ya la experiencia política suficiente como para que tuviera sentido práctico proponerles trabajar en favor de un amplio piulido masivo de los trabajadores basado en las asociaciones obreras e independiente de los demócratas pequeño burgueses y de su “indecisión, debilidad y cobardía”. No obstante, era demasiado tarde para que estos planes se concretaran. El estallido de la insurrección en el sur y el oeste de Alemania (Reichsverfassungskampagne) comenzaría poco después, y su derrota a mediados de julio significaría el fin de la revolución alemana.

En el otoño de 1849 la mayor parte de los viejos líderes de la Liga volvieron a unirse durante el exilio en Londres, donde se reconstituía el Comité Central y se procedía a reorganizar la Liga en Alemania, forzosamente como una sociedad secreta. Con el supuesto de que “una nueva revolución está próxima”,122 Marx y Engels escribieron su famoso Mensaje de marzo de 1850 en representación del Comité Central de la Liga. Se señala allí que durante los dos años de revolución, aunque los miembros de la Liga, como individuos, permanecieron al frente de la lucha, “la primitiva y sólida organización de la Liga se ha debilitado considerablemente”. Mientras el partido democrático se había organizado cada vez más en Alemania, “el partido obrero” (por el cual debe entenderse aquí o bien el conjunto del movimiento obrero o bien el interés general del proletariado como clase) “perdía su única base firme” (es decir, la Liga Comunista). La conclusión que se extrae como leitmotiv de las 11 páginas del discurso es la siguiente: “Hay que acabar con tal estado de cosas, hay que restablecer la independencia de los obreros”,125 y éstos no deben dejarse arrastrar a un gran partido de oposición que abarque todos los matices de la opinión democrática. “Los obreros, y ante todo la Liga”, escriben Marx y Engels, “deben procurar establecer una organización independiente del partido obrero, a la vez legal y secreta”.127 Evidentemente, la Liga será la organización secreta, y sus ramas se convertirán en

“el centro y núcleo de sociedades obreras, en las que la actitud y los intereses del proletariado puedan discutirse independientemente de las influencias burguesas”. Estas asociaciones obreras, existentes en toda Alemania y habitualmente de carácter social, cultural y educativo, proporcionarían la amplia base masiva y la organización pública al partido independiente de los trabajadores que habría de crearse. Luego de la esperada revolución democrática, los obreros debían realizar elecciones para formar una asamblea nacional con sus propios candidatos representativos, compuesta, “en la medida de lo posible, por miembros de la

Liga”. 

Eduard Bernstein inició la moda, ahora seguida entre otros por George

Lichtheim y el profesor Bertram Wolfe, de calificar al Mensaje de Marzo de “blanquista”. Con todo, no puede dudarse de que el concepto de partido y de revolución del Mensaje dista mucho de ser blanquista en el sentido que normalmente se da a esta palabra, aunque, claro está, hay puntos de coincidencia con las tácticas de Blanqui de 1848, las que en muchos sentidos no eran nada típicas, y con las formas de lucha previstas para la inminente revolución por los blanquistas emigrados, con los cuales Marx y Engels concluyeron un acuerdo de corta vida en 1850. Lo que el Mensaje deja bien en claro es que no prevé un putsch llevado a cabo por una élite revolucionaria sino la organización del partido de los trabajadores con la base más amplia que sea posible, el que en la próxima revolución marchará junto con los demócratas pequeño burgueses, a los cuales ayudará a llegar al poder y luego empujará para hacer el máximo de brechas posibles en la propiedad capitalista. En la “excitación revolucionaria” que los trabajadores “deben intentar mantenerla tanto tiempo como sea posible”, ellos “deben tratar de organizarse independientemente como guardia proletaria” con jefes y un estado mayor central elegidos por ellos mismos. Es significativo, como señaló el doctor Rudolf Schlesinger, que el Mensaje, de carácter confidencial, no sugiera que estos destacamentos deban subordinarse al control comunista, sino que indique que deberán “ponerse a las órdenes [...] de los consejos municipales revolucionarios” que formarán los obreros. El Mensaje reconoce que los trabajadores alemanes necesitarán pasar por “un prolongado desarrollo revolucionario” antes de tomar el poder, y hacer hincapié en la necesidad de que “cobren conciencia de sus intereses de clase”, con la consecuencia obvia de que la Liga deje de actuar como una sociedad de propaganda.

Cuando a fines del verano de 1850 Marx concluyó que el capitalismo europeo había entrado en un período de prosperidad y que no se produciría revolución alguna en los años siguientes, se enfrentó con la oposición de un importante sector de los miembros de la Liga, encabezados por Willich y Schapper. Combatiendo el voluntarismo de estos afirmó que, en lugar de estudiar las condiciones reales, habían convertido “la sola voluntad en la fuerza impulsora de la revolución”. Ante este problema, la Liga de Londres se escindió y el Comité Central volvió a ser trasladado a Colonia, donde funcionó hasta que sus miembros fueron arrestados y, en noviembre de 1852, condenados por un tribunal de esa ciudad. Poco después la Liga de Londres era disuelta a propuesta de Marx y “se declaraba que su continuación en el continente ya no era oportuna”. 

III

Luego de la división de la Liga de los comunistas durante el otoño de 1850 y aún antes de su disolución formal dos años después, Marx y Engels ya habían comenzado a retirarse a un “auténtico aislamiento”, prefiriendo la “posición del escritor independiente” a aquella del “supuesto partido revolucionario”. El alivio expresado por Marx a Engels el 11 de febrero de 1851 al terminar “el sistema de concesiones mutuas, de incorrecciones soportadas para mantener las apariencias”, halló eco en la alegría sentida por Engels dos días después del día en que comenzaron a ser responsables sólo ante ellos mismos.145 “¿Cómo pueden personas como nosotros, que se apartan de las posiciones oficiales como de la peste, adaptarse a un ‘partido’?”, exclama. “Para nosotros, que escupimos la popularidad, ¿qué bien puede significar un ‘partido’, es decir, una banda de asnos que juran por nosotros porque nos creen iguales a ellos?”. Palabras duras, aunque sería erróneo, como dice Franz Mehring, tomar con excesiva seriedad el sentido literal de las expresiones usadas, a la vez que es totalmente injustificable divorciarlas de su contexto concreto y argüir, como hace Bertram Wolfe, que representan sus verdaderas opiniones privadas acerca del partido, para contrastarlas con otras declaraciones hechas treinta o cuarenta años más tarde (algunas de las cuales cita Wolfe), las que habrían sido “escritas para los ojos de los demás”. Ellas reflejan la frustración del primer período difícil del exilio, luego de la derrota de la revolución y el reconocimiento de que no podía esperarse que se produjera una nueva revolución inmediatamente. Representan la reacción de Marx y Engels ante los “pequeños pendencieros” de la emigración, de los cuales se alejaban para retornar a sus estudios, interrumpidos desde 1848, con la esperanza de ganar, sobre todo en la esfera de la economía política, “una victoria científica para nuestro partido”. 

¿Cuál era, empero, este “partido”, del cual continuaban hablando luego de la disolución de la Liga Comunista en 1852 en un período en que, como Marx escribió al poeta Freiligrath en 1860, él “nunca volvería a pertenecer a ninguna sociedad secreta o pública”, y cuando consideraba que sus “trabajos teóricos eran de mayor beneficio para la clase trabajadora que la participación en asociaciones cuyos días en el continente habían pasado”? Aquí no nos encontramos con un partido en el sentido normal que Engels le asignaba al indicar, en diciembre de 1852, que “ningún partido político puede existir sin una organización”, sino más bien, en primera instancia, con un retorno al sentido que daban a la expresión a mediados de la década de 1840 para designar a Marx y al pequeño grupo que en general compartía sus puntos de vista, y que tanto la policía prusiana como los partidarios de Marx llamaban, en ese período, el “partido de Marx”. Ya en marzo de 1853, a los cuatro meses de la disolución de la Liga, Marx escribe a Engels: “Evidentemente, debemos volver a reclutar nuestro partido”, dado que los pocos partidarios que nombra, a pesar de sus cualidades, no llegaban a constituir un partido. Al reunir este grupo –“nuestra camarilla”, como la llama de modo bastante jocoso Engels en una carta dirigida a Weydemeyer, que estaba en los Estados Unidos, en 1853– la finalidad era prepararse mediante el estudio para las luchas que, según confiaban, los aguardaban en el futuro.158 Marx estaba ansioso por coordinar las actividades públicas de los miembros de este “embrión de partido”, como más tarde lo llamaría Wilhem Liebknecht. Cuando en 1859 Lasalle publicó un folleto sobre la guerra italiana de ese año en el que expresaba un punto de vista con el que Marx y Engels disentían, Marx escribió a Engels una carta donde criticaba el hecho de que su díscolo camarada no se informara en primer lugar respecto de las opiniones de ellos. “Debemos insistir en la disciplina partidaria o todo terminará en la nada”, agregaba. 

No obstante, Marx también hablaba de “nuestro partido” en un sentido más trascendental, como cuando, en 1860, en la ya citada carta a Freiligrath, opone al partido en el “sentido efímero” –que en la forma de la Liga Comunista había, dice, “dejado de existir para mí hace ocho años” – “el partido en el gran sentido histórico”. La Liga Comunista, como la Societé des Saisons de Blanqui y centenares de otras sociedades, “sólo fue un episodio en la historia del Partido, que en todas partes crece espontáneamente del suelo de la sociedad moderna”. Para Marx, en este sentido el partido era la concreción de su idea de la “misión” de la clase trabajadora, que concentra en sí mismo “los intereses revolucionarios de la sociedad”, para llevar a cabo “las tareas históricas que surgen automáticamente” de las condiciones generales de existencia de esa misma sociedad. También era en este sentido que Marx comprendía la palabra “partido” cuando informaba a Engels en 1859 que había rechazado una representación de un grupo emigrado de trabajadores alemanes: “No fuimos designados representantes del partido proletario por nadie que no fuera nosotros mismos. No obstante, esta designación fue suscrita por el odio exclusivo y universal consagrado a nosotros por todos los partidos y fracciones del viejo mundo”. ¿Indica esta declaración una “concepción de elección carismática” e ideas de “profetismo” en Marx? Dejando de lado la forma algo arrogante en que está formulada la afirmación (y sin duda Marx podía ser arrogante, sobre todo cuando en esos difíciles años de pobreza y mala salud era herido por las insensateces de algunos de sus compañeros en el exilio), subsiste la idea de que Marx y Engels podían verse a sí mismos, en virtud de su comprensión teórica científicamente desarrollada, como un locum tenens para el partido de la clase obrera alemana, que por el momento gozaba sólo de una “existencia teórica”. De todas maneras, ésta es una concepción temporaria y excepcional en ellos, que de ningún modo es típica de la principal corriente de su pensamiento y que se halla sólo en esta temprana etapa de la vida de la aún poco desarrollada clase trabajadora alemana, en el hiato entre la desaparición de la Liga Comunista y el surgimiento de las nuevas organizaciones de la clase trabajadora que, según ellos confiaban, aparecerían para ocupar el lugar de la Liga.172 Decididamente, no tenían la intención de reemplazar ellos mismos a esas organizaciones, que entonces no existían. Luego de que volviera a producirse un movimiento real en la década de 1860, nunca más volverían a verse a sí mismos como representantes autodesignados del partido proletario. Por el contrario, cada vez que surgió un verdadero movimiento de la clase trabajadora y luchó contra el orden existente, aun cuando fuera impulsado por personas que tenían con ellos marcadas diferencias teóricas, se identificaron con ese movimiento y lo vieron como una manifestación del partido “en el gran sentido histórico”. De este modo, Marx diría a Kugelmann que la Comuna de París era “la hazaña más gloriosa de nuestro partido desde la insurrección de junio en París”,173 de modo muy semejante a aquel en que Engels se refirió a la Comuna como “sin duda alguna, intelectualmente hija de la Internacional, si bien la Internacional no levantó un dedo para producirla”.174 En 1892, en un trabajo sobre el movimiento alemán dirigido a los socialistas franceses, Engels subrayó que hablaba “únicamente en mi propio nombre, y de ninguna manera en nombre del partido alemán. Sólo los comités y delegados elegidos por este partido tienen derecho a hacerlo”. 

Quizás merezca señalarse que, a pesar de que en la década de 1850 no veía base alguna para un partido organizado de los trabajadores en Alemania, en 1857 instaba al líder cartista Ernest Jones para que en Inglaterra formara “un partido, para lo cual debía dirigirse a los distritos fabriles”. Lo que entonces tenía en mente era una campaña de reclutamiento realizada en las áreas industriales, por la National Charter Association, apoyada en las viejas tradiciones cartistas, con la finalidad de convertirse en un partido de la clase trabajadora con base amplia y en el cual desempeñase un papel directivo el mismo Jones, quien al morir en 1869 sería descrito por Engels como “el único inglés educado que, en definitiva, estuvo por completo de nuestro lado”. De este modo, incluso en sus años de apartamiento, Marx y Engels conservaron y trataron de realizar allí donde fuera posible su concepción básica del partido como una organización en la que la teoría socialista se fusiona con el movimiento trabajador.

IV

La formación de la Primera Internacional en 1864 dio a Marx (y algo más tarde a Engels) la oportunidad de romper su relativo aislamiento e integrarse al movimiento obrero de Europa Occidental, que entonces renacía en una escala mucho más amplia que su predecesor continental de la década de 1840. Sin abandonar por ello su trabajo teórico, Marx dirigió cada vez más su atención al Congreso de La Haya de 1872 para organizar, unir y dirigir esta amplia federación internacional de organizaciones afiliadas de la clase obrera. Al igual que la Liga Comunista, la

Internacional no fue fundada por Marx y Engels sino que surgió espontáneamente del movimiento obrero de la época, pero, en virtud de su preminencia teórica e intelectual, ellos llegaron a darle dirección y perspectiva. A diferencia de lo que había sucedido con la Liga Comunista, empero, en ninguna etapa consideraron a la Internacional como un Partido Comunista. Tampoco trabajaron con sus seguidores como si se tratase de un partido, fracción o sociedad secreta organizada dentro del amplio marco de la Internacional. De todos modos, al hablar en el Manifiesto Inaugural de la Internacional de “cantidades de hombres [...] unidos por la asociación y guiados por el saber”, Marx parafraseaba en términos amplios su concepción de la fusión de la teoría socialista con el movimiento obrero, y en la Internacional, sobre todo después de la Comuna de París, él y Engels desarrollarían más plenamente las que hasta entonces habían sido sus ideas sobre la organización del partido. En contraste con el avanzado programa teórico de la Liga Comunista, Marx dio forma al programa de la Internacional –del cual redactó el preámbulo a los estatutos– “en una forma aceptable desde el punto de vista actual del movimiento obrero”, según afirmó a Engels. Este movimiento debía abarcar a los líderes liberales de los sindicatos británicos, los partidarios de Proudhon en Francia, Italia y España, y a los de Lasalle en Alemania. Admitió tanto miembros individuales como organizaciones afiliadas. El principio de que debía “dejarse a todo sector que diese forma libremente a su propio programa teórico”, llevó a Marx a proponer la aceptación en la Internacional de las fracciones de la Alianza Internacional de la Democracia Socialista, de Bakunin, que solicitaron entrar en 1868, a pesar de que tenía muy fuertes objeciones a su programa y de que sospechó desde un principio los motivos que impulsaban a Bakunin a integrarse a la Internacional. Durante los primeros años de la Internacional, en la redacción de sus documentos, Marx se limitó a “aquellos puntos que permiten un acuerdo inmediato y una acción concertada de los obreros y dan un alimento directo y un impulso a las exigencias de la lucha de clases y a la organización de los obreros en clase”. Desde un comienzo comprendió que “tomará cierto tiempo hasta que el reanimado movimiento se permita la antigua audacia de expresión”. Sin embargo, confiando, “para el triunfo último de las ideas expuestas en el Manifiesto [...], sólo y exclusivamente en el desarrollo intelectual de la clase trabajadora, que necesariamente debe surgir de la acción y la discusión concertadas”, a medida que el movimiento se desarrollaba logró apoyo para demandas de un carácter cada vez más socialista. Así en 1868, pese a la disminuida oposición de los partidarios de Proudhon, la Internacional, iniciada sin compromiso alguno respecto de la propiedad pública, salió oficialmente en defensa de la propiedad colectiva de las minas, ferrocarriles, tierras de labranza, bosques y medios de comunicación.195

En la primavera de 1871 la Comuna de París, memorablemente defendida por Marx en nombre del Consejo General en La guerra civil en Francia, planteó muy agudamente el problema de las formas más efectivas de acción política encaminadas a obtener el poder político para la clase trabajadora, que el aumento del sufragio en la clase obrera,196 así como la campaña “abstencionista” realizada por los bakuninistas en la Internacional, también habían ayudado a convertir en un tema de importancia. Tras una discusión en la que participaron tanto Marx como Engels, la Conferencia de Londres aprobó su famosa Resolución IX, citada al comienzo de este ensayo, con la cual la Internacional, por primera vez en su historia, se manifestaba oficialmente a favor de la “constitución de la clase trabajadora en un partido político”. Este objetivo fue incorporado a los estatutos de la Internacional en el Congreso efectuado en La Haya un año después. ¿Qué significa aquí, empero, esta tan citada pero poco analizada formulación? En su estudio de la Conferencia de Londres –estimulante y bien documentado, aunque a menudo polémico– el doctor Miklos Molnar, de Ginebra, interpreta esta resolución, junto con las relativas a las cuotas y estadísticas, como una manera de allanar el terreno para que la Internacional “se convierta en una especie de partido internacional centralizado”. Aunque hasta ese momento Marx había

195 La Première Internationale, op. cit., pp. 405-406.

196 En 1867 Bismarck había introducido el sufragio universal en la Confederación Alemana delNorte y lo extendió al nuevo Reich Alemán en 1871. Los trabajadores urbanos habían votado de acuerdo con el Segundo Proyecto de Ley de Reforma de 1867.

visto la Internacional como una “red de sociedades afiliadas”,200 Molnar sostiene que Marx la concibió, como lo manifestó abiertamente en la Conferencia de Londres, con “la idea de transformar todas estas sociedades y agrupamientos heterogéneos en un partido internacional”. 

Molnar no puede citar declaraciones de Marx o Engels para basar su interpretación de la resolución de la Conferencia de Londres e ignora algunos datos muy sólidos que indican que las intenciones de ellos eran muy diferentes. Es por ello que, en 1893, Engels saludaría la formación del Partido Laborista Independiente en Gran Bretaña diciendo que “este nuevo partido era el mismo partido que los viejos miembros de la Internacional deseaban que se formara” cuando, en la Conferencia de 1871, promulgaron su resolución “en favor de un partido político independiente”. Además, en el volante La Sección Exterior de Manchester a todas las secciones y miembros de la Federación Británica, que Engels redactó en diciembre de 1872203 escribió que la resolución “meramente demanda la formación, en todos los países, de un partido independiente de la clase obrera, opuesto a todos los partidos de la clase media”. Vale decir, prosigue, que “aquí, en Inglaterra, la clase trabajadora se niegue a seguir sirviendo de furgón de cola del ‘gran partido Liberal’ y forme su propio partido independiente, como lo hizo en los gloriosos tiempos del gran movimiento cartista”. Retornamos, pues, al modelo del movimiento masivo cartista –“el primer partido obrero de nuestro tiempo”– que,

creación en cada país de un partido proletario independiente”. (Ver B. E. Kunina, Iz Istorii deyatel'nosti Marksa v General'nom Sovete I. Internatsional, 1871-1872, en L. I. Gol’man, comp., Iz Istorii Marksizma i Mezhdurarodnogo rabochego Dvizheniya (Moscú, 1963), p. 349; I. A. Bakh, comp., Pervyi Internatsional (Moscú, 1965), II, p. 137.

200 Entrevista con Marx, en World (New York), 18 de julio de 1871 reproducida en New Politics, II, 1 (New York, 1962), p. 130.

como ya se explicó, estaba en el pensamiento de los autores del Manifiesto Comunista cuando hablaban de la “organización del proletariado en clase y por tanto, en partido político”. 

En 1871 Marx y Engels también pensaban en otro modelo más reciente. Este era el Partido Obrero Socialdemócrata Alemán, formado en Eisenach dos años antes. La posición antibelicista adoptada por sus dirigentes Bebel y Liebknecht en el Reichstag el año anterior fue citada por Marx en la Conferencia de Londres como un ejemplo de la importancia de tener representantes obreros en los parlamentos nacionales, como lo hizo Engels al escribir al Consejo Federal Español de la Internacional el 13 de febrero de 1871. En esta importante carta, escrita poco antes de la Comuna de París, Engels sostiene que: 

“la experiencia ha demostrado en todas partes que el mejor modo de emancipar a los trabajadores de esta dominación de los antiguos partidos es formar en cada país un partido proletario con una política propia, una política completamente distinta de la de los demás partidos”. 

De este modo, desde 1871 Marx y Engels consideraban que la Internacional debía trabajar para la formación de partidos obreros nacionales independientes. No tenían ningún deseo de prescribir una forma como el modelo para todos los países, ni la del tipo más “marxista” de partido, como el desarrollado en Eisenach “bajo la influencia de (sus) puntos de vista teóricos”, ni la del movimiento cartista, menos desarrollado teóricamente pero de base más amplia. Tampoco trataban, como afirma Molnar, de tener una Internacional “provista de una doctrina común”. El “programa teórico común” –que, según había previsto Marx en 1869, sería creado “gradualmente” a través del intercambio de ideas en toda la Internacional– era concebido en términos bastante amplios. Dos días después del cierre de la Conferencia de Londres, Marx pronunció un discurso en una comida para delegados donde hizo hincapié en que “la Internacional no presenta credo particular alguno. Su tarea es organizar las fuerzas de los trabajadores, ligar los diversos movimientos obreros y combinarlos”. (De modo bastante irónico, ¡un registro completo de este discurso es presentado por Molnar como apéndice!) Incluso en agosto de 1872, en el punto culminante de la más acerba batalla con los anarquistas, a cuyas teorías Marx y Engels se oponían personalmente de modo irreconciliable, el segundo dejó sentado con claridad que ellos consideraban que Bakunin y sus partidarios tenían, dentro de la Internacional, derecho a hacer “propaganda en favor de su programa”. 

El conflicto entre Marx y Bakunin, como señala Julius Braunthal en su Geschichte der Internationale, “no fue provocado por contradicciones teóricas sino por el problema de la organización de la Internacional”. A pesar de su demagogia libertaria, Bakunin trató de colocar esa organización bajo la oculta e irresponsable tutela de una sociedad o sociedades secretas jerárquicamente organizadas. “Si formáis esta dictadura colectiva e invisible, triunfaréis, la bien dirigida revolución triunfará. Si no lo hacéis, eso no ocurrirá”, escribía Bakunin en abril de 1870 a su partidario Albert Richard. 

La verdadera disyuntiva que estaba en juego entre Marx y Bakunin era si la Internacional debía dirigirse como una organización pública y democrática, en consonancia con las normas y políticas fijadas en sus congresos, o si debía permitirse que Bakunin “paralizase (su) acción mediante intrigas secretas”, y que las federaciones y secciones se rehusasen a aceptar las decisiones de congresos con las que estuvieran en desacuerdo. Aunque es indudable que a veces Marx y Engels sobreestimaron las verdaderas ramificaciones de las sociedades secretas de Bakunin (al viejo conspirador a veces le resultaba difícil no perder de vista a todas ellas y distinguir entre la realidad y los proyectos fantásticos de su cerebro de intrigante), y que en el calor de la batalla a veces incurrieron en algunas exageraciones polémicas y en ataques personales de inadecuado fundamento (ninguno de los cuales, empero, descendió al nivel de la militancia antisemita que este supuesto internacionalista inyectó en sus ataques a Marx) Bakunin Ies dio amplias razones para que cerrasen sus filas a fin de asegurar su derrota y expulsión en el Congreso de La Haya de septiembre de 1872.

No debe pensarse que las propuestas de Marx y Engels para acrecentar los poderes del Consejo General, adoptadas en ese congreso, estaban destinadas a poner en práctica una versión de la propuesta mazzinista en favor de “una especie de gobierno central de las clases obreras europeas”, cuyo rechazo Marx había logrado en los primeros tiempos de la Internacional, ni el liderazgo completamente autoritario en que pensaban los blanquistas franceses cuando pidieron que la Internacional fuese “la vanguarida internacional de la revolución proletaria” y luego del Congreso de La Haya la criticaron por ser, en una medida excesiva, una “institución parlamentaria”. Todo lo que Marx y Engels proponían era que el derecho del Consejo General a expulsar secciones, votado en el Congreso de Basilea de 1869 con el más completo apoyo de Bakunin,226 se ampliase a fin de incluir también a las federaciones, pero en condiciones tales como para, como subrayó Marx, “someter el Consejo General a un

control”. 

Durante los hechos que siguieron a la Comuna de París, enfrentados a la persecución de las fuerzas reaccionarias de Europa y a la separación de los bakuninistas, Marx y Engels no tenían otra alternativa que luchar por dar a la Internacional un efectivo liderazgo centralizado. Con todo, al hacerlo precipitaron el fin de la organización. Sus propuestas proporcionaron a Bakunin una popular plataforma “antiautoritaria” para movilizar la oposición al Consejo General en Suiza, Italia, España y Bélgica, a la cual se asociaría un sector sustancial de los británicos, que con anterioridad habían apoyado a Marx contra los partidarios de Proudhon y que no tenían simpatías por los anarquistas. Antes de arriesgarse a que el Consejo General estuviese controlado en el futuro inmediato por los blanquistas –con los cuales habrían tenido que unirse para derrotar a Bakunin o quizás más tarde por los bakuninistas– Marx y Engels convencieron al Congreso de La Haya para que trasladase su sede a Nueva York. Este congreso, como Engels reconocería en otoño de 1874, había marcado efectivamente el fin de la Primera Internacional. El “mundo proletario”, escribió, se ha agrandado demasiado como para que volviera a existir “semejante alianza de todos los partidos proletarios de todos los países”. La siguiente Internacional, pensaba, luego de que hubiera cundido la influencia de los trabajos de Marx, será “directamente comunista y proclamará abiertamente nuestros principios.

De modo paradójico, un importante factor que impidió el resurgimiento de la Primera Internacional que Marx y Engels habían esperado en el primer período que siguió al Congreso de La Haya fue el desarrollo de partidos obreros nacionales. Los nuevos Estatutos del Congreso habían tenido la finalidad de fomentar el desarrollo de esos partidos, pero éstos, en la práctica, al desarrollarse como organizaciones autónomas, tendieron a oponerse unos a otros. Molnar está en lo justo cuando dice de estos partidos, que la Internacional “les dio vida y murió a causa de ellos”. El doctor Roger Morgan, en su bien documentado estudio del primero y más importante de estos partidos, mostró en detalle cómo el surgimiento del Partido de Eisenach, al remplazar de hecho al grupo de lengua alemana de la Internacional conducido por J. P. Becker desde Ginebra, condujo a una disminución de las actividades directas de la Internacional en Alemania debido a la preocupación que los hombres de Eisenach tenían por sus propias campañas nacionales. Marx y Engels nunca se aferraban a una forma dada de organización cuando pensaban que el movimiento real la había superado y ésta se había convertido en una “traba” para su posterior desarrollo. Aunque la posición que adoptaron en 1871-1872 no salvó a la Primera Internacional, ayudó a proporcionar principios políticos y organizativos a los nuevos partidos que habrían de surgir y, la mayoría de las veces, a tomar un carácter más o menos marxista. También ayudó a asegurar que la Segunda Internacional, formada con el entusiasta apoyo de Engels en 1889, aunque no fuera “directamente comunista”, estuviera muy influida por el marxismo. Al comentar la decisión unánime de su Segundo Congreso de 1891 de excluir a los representantes de los grupos anarquistas, Engels escribió: 

“Con esto la vieja Internacional llega a su fin; con esto vuelve a comenzar la nueva Internacional. Esta es pura y simplemente la ratificación, con diecinueve años de atraso, de las resoluciones del Congreso de La Haya”.

V

Cuando en 1863 Lasalle fundó la Unión General de los Trabajadores Alemanes (ADAV) cumplió, según el juicio de Marx, un “servicio inmortal” por la revitalización del movimiento independiente de los trabajadores tras quince años de adormecimiento. Con todo, aunque Marx reconociese lo que había de positivo en una organización obrera independiente como la ADAV y contribuyese durante un corto tiempo, entre 1864-1865, a su periódico, él y Engels por lo común la describían como una “secta obrera” antes que como un partido de los trabajadores. Veían el intento lasalleano de prescribir a los trabajadores el curso a seguir “conforme a determinada receta dogmática”, su inapropiada agitación (al menos antes de 1868) en favor de una plena libertad política, su culto al liderazgo y la organización “estricta”, que la ADAV trataba de imponer incluso a los sindicatos que formaba como expresiones de su carácter sectario. En oposición a todo esto, en 1868 Marx escribió a Schweitzer, presidente de la ADAV, que, sobre todo en Alemania, “donde el obrero es burocráticamente disciplinado desde la infancia y cree en la autoridad y los organismos ubicados por encima de él, lo más importante es enseñarle a actuar con independencia”. 

Desde 1865 Marx concentró sus esfuerzos en la formación de secciones de la Internacional en Alemania, para las cuales se reclutaban miembros individuales. Consideraba que éstas preparaban el terreno para un partido nacional de los trabajadores, cuya creación se veía facilitada por la agitación de Bismarck en favor de la unificación alemana. La publicación, hace exactamente un siglo, del primer volumen de El Capital, con el cual Marx esperaba “elevar el Partido todo lo que fuera posible”, y que al año siguiente recibiera sendas bienvenidas en los congresos nacionales de las dos principales organizaciones obreras alemanas: la ADAV y la

Asociación de Organizaciones Obreras de Alemania, conducida por Bebel y Liebknecht, iba también en ese sentido. En un congreso efectuado en Eisenach en 1869 la Asociación de Bebel se unió con los elementos de la oposición de la ADAV para formar el Partido Obrero Social Democrático Alemán sobre la base de un programa que mostraba la influencia del marxismo, si bien su demanda de un “estado de libertad para el pueblo” y algunas formulaciones lasalleanas no tuvieron la aprobación de Marx y Engels. Aunque en algunos sentidos no era tan directamente socialista como la ADAV, el nuevo partido, según lo veían Marx y Engels, tenía sobre la primera la gran ventaja de oponerse sin retaceos al nacionalismo de Bismark y de estar organizado de acuerdo con lineamientos completamente democráticos. En él Marx y Engels llegaron a reconocer un partido proletario genuino y, por primera vez desde la disolución de la Liga Comunista en 1862, aplicaron la expresión “nuestro partido” a un partido político organizado de la época. 

Cuando en 1875 se acordó hacer en Gotha un congreso unitario entre las dos organizaciones alemanas de trabajadores y se dio a conocer el esbozo de un programa para el nuevo partido, Marx y Engels escribieron sus famosas criticas de las insuficiencias teóricas del programa para que las considerasen en privado los líderes de Eisenach. “Cada paso de movimiento real vale más que una docena de programas”, escribió Marx. “Por lo tanto, si no era posible... ir más allá del programa de Eisenach, habría que haberse limitado simplemente, a concertar un acuerdo para la acción contra el enemigo común”. A pesar de estos recelos, Marx y Engels se asociaron con el nuevo partido unido y no pasaría mucho tiempo antes de que se refiriesen a él como a “nuestro partido”, y al fin de su vida Engels elogiaba la fusión por el “inmenso incremento de fuerza” que había acarreado. 

Aunque se regocijaban ante el impresionante crecimiento del nuevo partido, Marx y Engels hicieron críticas cada vez que vieron signos de “una vulgarización (Verluderung) del partido y la teoría” en sus filas. De este modo, en septiembre de 1879 enviaron una circular con duras palabras a los dirigentes del Partido, en la que criticaban la actitud conciliatoria de éstos hacia ciertos “representantes de la pequeña burguesía” que trataban de “combatir el carácter proletario del Partido” y así actuaban como un “elemento adulterante”257 dentro del mismo. Hallaban “incomprensible” que el Partido pudiese “seguir tolerando [...] en su seno” a personas que decían que los obreros eran demasiado incultos como para emanciparse por su cuenta.259 En 1882 Engels escribió a Bebel que no abrigaba ilusiones respecto de que “un día llegaría a una disputa con los elementos del Partido inclinados hacia la burguesía y a una separación de las alas izquierda y derecha”, preferiblemente después de que se hubiera derogado las Leyes Antisocialistas introducidas en 1878. 

Durante los últimos años de su vida, Engels aprobó en sus elementos esenciales la línea seguida por el Partido y el nuevo programa que éste adoptó, luego de haber criticado su primer esbozo en el Congreso de Erfurt 1891. Expresó su orgullo por ”nuestros” éxitos electorales que en 1893 veía aproximarse al límite de los dos millones de votos, y con excesivo optimismo predijo que habría una mayoría electoral y un gobierno socialista en el poder entre 1900 y 1910. En 1895, pocos meses antes de su muerte, elaboró, en su introducción a Las luchas de clases en Francia de 1848 a 1850 de Marx, la justificación teórica del “método de lucha del proletariado totalmente nuevo” que se había abierto por el empleo eficaz del sufragio universal relegando al pasado “la época de los ataques por sorpresa, de las revoluciones hechas por pequeñas minorías conscientes a la cabeza de las masas inconscientes”. No obstante, señaló a Paul Lafargue que las tácticas esbozadas allí no podían repetirse totalmente en Francia, Bélgica, Italia y Austria, y que “en Alemania pueden resultar inaplicables mañana”. Engels consideró inadecuado el rótulo de “socialdemócrata” para un partido “cuyo programa económico no sólo es en general socialista sino directamente comunista, y como objetivo político último es la abolición de todo el estado y, de este modo, también de la democracia”. El profesor Harold Laski, en su introducción a la edición del Manifiesto aparecida en ocasión del centenario del partido laborista no quiso reconocer que Marx y Engels desarrollaron su concepto del partido luego de 1848. “La idea de un partido comunista independiente data de la revolución rusa”, afirma, “no estaba presente en el pensamiento ni de Marx ni de Engels”, quienes, por ejemplo, “nunca trataron de fundar un Partido Comunista Alemán Independiente”. No ve que para ellos el “comunismo alemán” –que, como Engels escribió a Sorge en 1874, “todavía no existía como un partido obrero”– gradualmente llegó a existir luego de 1869 en la forma de los partidos socialistas dirigidos por Bebel y Liebknecht.

Las concepciones de Marx y Engels sobre el desarrollo de un partido marxista en Francia en el mismo período tampoco prestan apoyo a la afirmación general de Laski en el sentido de que “ellos siempre apoyaron partidos de la clase obrera, aun cuando éstos no fueran comunistas, sin formar un partido separado y propio”, con independencia del hecho de que “semejante partido pueda tener un programa inadecuado”. De hecho, en 1882 Engels prestó su apoyo a Guesde y a la minoría izquierdista cuando se retiraron del Congreso de St. Etienne del Partido Francés de los Trabajadores, al que entonces dividieron en un partido guesdista y un partido “posibilista”. Engels describió esta separación de “elementos incompatibles” como “inevitable” y “buena”.273 En una carta dirigida a Bernstein informaba que el ala derecha “posibilista” había “reemplazado el preámbulo comunista” del programa partidario de 1880 redactado por Marx”por las normas de la Internacional de 1866”, las cuales, dijo, “se habían estipulado de modo tan amplio debido a que los partidarios franceses de Proudhon eran muy reaccionarios y, sin embargo, no hubiera sido correcto excluirlos”. Si, como hacían los posibilistas, se creaba “un partido sin un programa, al que pudiera ingresar cualquiera, entonces ya no se tendría un partido”, sostenía. “Hallarse por un momento en minoría con un programa conecto –en tanto organización– es mejor que tener un gran número de seguidores, que sólo nominalmente pueden ser considerados como partidarios”. 

VI

La idea de un amplio partido obrero, favorecida por Marx y Engels en el caso de Gran Bretaña y los Estados Unidos, y desarrollada más plenamente por el último luego de la muerte de su amigo, cuando en las décadas de 1880 y 1890 surgió un movimiento obrero espontáneo en ambos países, pareciera ser exactamente aquello a lo que ambos se oponían en Alemania y Francia. En una carta dirigida a Florence Kelley Wischnewetsky a fines de 1886, Engels afirma respecto de las siguientes elecciones norteamericanas, que “uno o dos millones de votos obreros [...] a favor de un partido obrero de buena fe, valen actualmente infinitamente más que cien mil votos obtenidos por una plataforma doctrinariamente perfecta.” Aunque no se hacía ilusión alguna respecto del atraso teórico de los Knights of Labour y de Henry George, cuya “bandera” este partido había levantado. no pensaba que había llegado el momento de hacer una crítica completa de cualquiera de ellos. “Consideraría como un gran error... todo lo que pudiera retardar o impedir la consolidación nacional del partido obrero –no interesa cuál sea su plataforma”– explicaba. Esta consolidación podría producirse a través de la “unificación de los diversos cuerpos independientes en un ejército nacional de los trabajadores”, escribió en su prefacio a la edición norteamericana de 1887 de La situación de la clase obrera en Inglaterra. Este ejército tendría “como meta la conquista del Capitolio y la Casa Blanca”.281

En una serie de artículos aparecidos en 1881 en el “Labour Standard” Engels instó al movimiento obrero británico a formar su propio “partido político de los trabajadores” y a enviar sus propios representantes al parlamento. En una brillante anticipación de la forma de organización que adoptaría dos décadas más tarde el Partido Laborista, escribió: “Junto a o por encima de los sindicatos de gremios específicos, deben dar nacimiento a un sindicato general, una organización política del conjunto de la clase trabajadora” Cuando, a partir del levantamiento militante de 1888-1889 y de los primeros éxitos de los candidatos laboristas independientes en 1892, se formó en 1893 el Partido Laborista Independiente, Engels públicamente “instó a todos los socialistas a unirse a ese partido, creyendo que, si era sabiamente conducido, con el tiempo absorbería a cualquier otra organización socialista”. Aunque entre los dirigentes del PLI había “personas ridículas de todos los tipos”, Engels escribió en ese tiempo a Sorge “las masas están detrás de ellas y o bien les enseñarán cómo conducirse o bien los echarán por la borda”. El desarrollo del nuevo partido en los dos años siguientes, empero, no alimentó sus expectativas y a comienzos de 1895 no veía entre los trabajadores británicos “otra cosa que sectas, y ningún partido”. Evidentemente, Engels no juzgaba al nuevo partido por su adhesión a la teoría marxista sino por la medida en que era “un partido político independiente de los trabajadores” que promovía y reflejaba “el propio movimiento (de las masas), con independencia de la forma en que lo hiciera, siempre que se tratase del propio movimiento de las masas”. 

Valoraciones tan diferentes de la importancia de una correcta comprensión teórica, del carácter del programa y del número de sus partidarios como las dadas por Engels (y por Marx) en relación con Alemania y Francia, por una parte, y con Gran Bretaña y los Estados Unidos, por la otra, señalan sin lugar a dudas dos concepciones diferentes del partido proletario. No obstante, las diferencias no son absolutas, ni representan una contradicción inexplicable en el pensamiento de los fundadores del socialismo científico. Por el contrario, se las verá como lógicamente complementarias si se examina su aplicación, en cada caso, sobre la base de la explicación de Engels, en la ya citada carta a Mrs. Kelley Wischnewetsky, en el sentido de que “nuestra teoría no es un dogma sino la exposición de un proceso de evolución, y este proceso supone etapas sucesivas” En ese entonces, Gran Bretaña y los Estados Unidos eran países con clases sustanciales de trabajadores industriales que habían desarrollado organizaciones gremiales importantes y a menudo militantes, pero donde quienes comprendían algo de socialismo constituían un reducido número de personas. Este caso presentaba una analogía, como Engels lo señaló a Sorge, con el papel desempeñado por “la Liga Comunista en las asociaciones obreras antes de 1848” en Alemania. Por consiguiente, era perfectamente coherente que Engels recomendase a los marxistas norteamericanos “actuar del mismo modo en que lo habían hecho los socialistas europeos en una época en que no eran más que una pequeña minoría de la clase trabajadora”, en la época en que el Manifiesto Comunista señalaba que los comunistas “no forman un partido independiente y opuesto a los demás partidos de la clase trabajadora”. Desde 1848, empero, la posición de los socialistas en el continente había mejorado considerablemente. Alemania en 1869 y, en menor medida, Francia en 1880 habían alcanzado la etapa en que los partidos se arraigaban en la clase trabajadora sobre la base de programas socialistas más o menos desarrollados, y para Marx y Engels cualquier tentativa de fusionarlos con otras organizaciones o de ganar más votos merced a la “adulteración” o el deterioro de esos programas representaba un “decisivo retroceso”. Pero para Gran Bretaña y los Estados Unidos, donde los trabajadores habían estado políticamente ligados a partidos burgueses, cualquier movimiento hacia un amplio partido unido y propio de los trabajadores, por más retrógradas que fueran sus bases teóricas, era un avance: el “próximo gran paso que ha de darse”.296

El aislamiento que los principales cuerpos organizados de marxistas se impusieron a sí mismos impulsó a Engels a criticarlos por ser sectas y actuar como tales, lo cual “sirvió para reducir la teoría marxista del desarrollo a un rígido dogma”. Fue fundamental su objeción a ese “sectarismo anglosajón”, antes que el resentimiento por la conducta

“sin tacto” de Hyndman –como Colé y Postgate, y más tarde Carew

Hunt, afirmaron sin razón– la que explica que Engels se disociase de la Federación Socialdemócrata de Gran Bretaña tanto como del Partido Socialista del Trabajo de los Estados Unidos. No obstante, pensaba que estas organizaciones, habiendo “aceptado nuestro programa teórico adquiriendo así una base” tendrán un papel que desempeñar si trabajan, entre “la masa todavía bastante plástica” de los trabajadores, como “un núcleo de gente que comprenda el movimiento y sus fines y que, en consecuencia, tome la dirección” en una etapa posterior. La experiencia había mostrado que “es posible trabajar junto con el movimiento general de la clase obrera en cada una de sus etapas sin ceder u ocultar nuestra propia posición e incluso nuestra organización”. En consecuencia, los marxistas podrían hacer una gran contribución al surgimiento de la “plataforma definitiva”305 del movimiento obrero en sus países, la que “debe ser y será igual a la adoptada ahora por toda la clase obrera militante de Europa”. En esta etapa, es indudable que Engels preveía el surgimiento de un “nuevo partido”, al igual que más de cuatro décadas antes había predicho que surgiría de la “fusión del socialismo y el cartismo, la reproducción del comunismo francés a la manera inglesa” por la fusión de los cartistas, “teóricamente más rezagados, menos desarrollados”, pero “verdaderos proletarios”, con los socialistas, “de perspectiva más amplia”, para hacer de la clase trabajadora “el verdadero líder intelectual”de su país. 

VII

Lejos de “descartar la noción de partido [...] para retornar a la noción de clase”, como afirma Sorel, Marx y Engels vieron al partido como un momento del desarrollo del proletariado, sin el cual “éste no puede actuar como una clase”. Para que la clase trabajadora “sea lo bastante fuerte como para triunfar en el día decisivo”, escribió Engels a Trier en 1889, debe “formar un partido independiente, distinto de todos los demás y opuesto a ellos, un partido clasista y consciente”, agregando con una simplificación algo excesiva que “eso es lo que Marx y yo hemos propugnado desde 1847”. En 1865, en “La cuestión militar prusiana y el partido obrero alemán”, trabajo que analizó con Marx antes de su publicación, Engels define el partido obrero –al que no está dispuesto a identificar con la única organización obrera alemana existente en ese momento, la ADAV de Lasalle– como “esa parte de la clase trabajadora que ha tomado conciencia de los intereses propios de la clase”. Cuando ellos hablan descuidadamente del partido proletario como si fuese idéntico a clase en su conjunto, los contextos muestran con claridad que se refieren en forma de sinécdoque a la clase cuando en realidad se están refiriendo a su “sector políticamente activo”, al que la clase apoyará cada vez más a medida que “madure para su autoemancipación”. 

La conciencia teórica y la Selbsttatigkeit (actividad espontánea) de la clase obrera están presentes en el pensamiento y la actividad de Marx y Engels, como elementos claves de su concepción del partido proletario, desde 1844 en adelante, combinándose en proporciones diferentes ante las distintas situaciones. En lugar de expresar un “dualismo” en el pensamiento de Marx –como sostiene Maximilien Rubel–, constituyen siempre factores complementarios dentro de la concepción marxista de la evolución del proletariado hasta su plena madurez y Selbstbewusstsein (conciencia). Rubel trata de encerrar la concepción que Marx tiene del partido en el lecho de Procusto de la muy discutible teoría de que hay en su obra una “ambigüedad fundamental” entre su sociología materialista y una ética utópica heredada que le sirve como “postulado” para la revolución social.315 Con la ayuda de citas extraídas de modo absolutamente ahistórico de una amplia gama de trabajos

de Marx y Engels escritos entre 1841 y 1895, Rubel trata de distinguir en la obra de ambos “una doble concepción del partido proletario”, haciendo una distinción entre “el concepto sociológico del partido obrero, por una parte, y el concepto ético del partido comunista, por la otra”.316 Karl Marx, sostiene Rubel, “hace una distinción formal entre el partido obrero y el conjunto de comunistas cuya tarea corresponde al orden teórico y educativo; de este modo, en ningún sentido los comunistas están llamados a llenar funciones propiamente políticas”.317 Por ser una “forma de representación no institucionalizada que representa al movimiento proletario, en el sentido ‘histórico’ de la palabra”, los últimos “no pueden identificarse con una verdadera organización sujeta a las restricciones de la alienación política”318 y “que obedece reglas y estatutos formalmente establecidos”.319 El movimiento clasista del proletariado, dice Rubel, no puede identificarse con la agitación política de los partidos. “Por el contrario”, prosigue, “está representado por los sindicatos, cuando éstos comprenden su papel revolucionario y lo desempeñan adecuadamente”.320 (Esta última aseveración, que trata de presentar a Marx y Engels como sindicalistas, entre otras cosas ignora por completo que ellos rechazaron un argumento precisamente idéntico de Johann Philip Becker321 antes del Congreso de Eisenach. “El viejo Becker debe de haber perdido la razón”, escribió entonces Engels a Marx. “Si no cómo podría decretar que los sindicatos tienen que ser la verdadera asociación de los obreros y la base

315 Revue Française de Sociologie, op. cit., p. 168; M. Rubel, Karl Marx: Essai de Biographie

Intellectuelle (París, 1957), p. 250; M. Rubel, “De Marx au Bolchévisme: partís et conscils”, en

Arguments (París, 1962), n.° 25-26, p. 33; M. Rubel, “Mise au Point non Dialectique”, en Les

Temps Modernes (París, diciembre de 1957). n.° 142, p. 1138. Lucien Goldmann presenta en sus Investigaciones dialécticas, U.C.V., Caracas, 1962, pp. 187-208, una punzante crítica de los puntos de vista de Rubel a la que éste contesta en el último artículo citado.

316 R. Franc, Sociol., op. cit. p. 175.

317 Rubel, Karl Marx, Biographie..., p. 288.

318 R. Franc, Sociol., op. cit. p. 174.

319 Ibíd., p. 176.

320 Introducción a l’Ethique Marxienne, op. cit., p. XLVII.

321 Resolución del Comité Central del grupo de lengua alemana de la Internacional, firmada porJoh. Ph. Becker, en Der Vorbote (Ginebra), julio de 1869, pp. 103-105.

de toda organización”.) El Manifiesto del Partido Comunista, que Rubel

cita, tanto como toda la historia del trabajo partidario de sus autores, en el que nos hemos apoyado, muestra de modo absolutamente claro y explícito que ellos pensaban que los comunistas usarían su previsión teórica, que para Rubel es algún tipo de cualidad ética trascendental muy distante de la corrupta lucha política, precisamente para actuar políticamente a fin de “impulsar” y dar dirección a las luchas políticas de su época. Además, el Manifiesto apareció como el programa de la Liga Comunista, ¡una organización política “que obedece reglas y estatutos formalmente establecidos”! 

Sólo en los períodos más excepcionales y temporarios los comunistas actuaron fuera de una “organización real”, aunque –como en el caso de la Primera Internacional– esa organización no siempre tenía que ser un Partido Comunista. El último difería de “los demás partidos de la clase obrera” por tener un programa comunista y guiarse por la teoría comunista. No obstante, creyendo que los trabajadores “por su propio sentimiento de clase” se “abrirían su propio camino” hasta llegar a aceptar la teoría marxista, con la ayuda de aquellos “cuyas mentes eran teóricamente lúcidas” como para acortar el proceso de modo considerable, Marx y Engels pensaban que, tarde o temprano, muchos de estos otros partidos o bien llegarían a adoptar programas comunistas o bien serían absorbidos por otros que los tuvieran. Esta creencia fue fortalecida al fin de sus vidas por el ejemplo de la socialdemocracia alemana que se desarrollaba hacia el tipo de partido de masas esencialmente comunista, meta hacia la que, según pensaban, avanzarían los demás partidos obreros desde sus diferentes puntos de partida y de acuerdo con sus propias formas nacionales. Consideraban que ese partido proletario plenamente desarrollado representaba la fusión de la teoría socialista no sólo con un pequeño manojo de trabajadores progresistas, como en la Liga Comunista, sino con sectores numerosos y crecientes de la clase obrera.

Marx y Engels consideraban que la mayor democracia interna posible era un rasgo esencial del partido proletario. Preocupado por las expulsiones de la dirección del Partido Socialista Dinamarqués de los principales opositores de la izquierda, Engels escribió a Trier en la ya citada carta: 

“El partido obrero se basa en las críticas más agudas de la sociedad existente; la crítica es su elemento vital; ¿cómo puede, entonces, evitar él mismo las críticas, prohibir la controversia? ¿Es posible que demandemos de los demás libertad de palabra sólo para eliminarla inmediatamente dentro de nuestras propias filas?” 

Cuando en 1890 la dirección del partido alemán reaccionó autoritariamente ante la oposición de los llamados Jungen (con cuyas posiciones políticas Engels disentía) expresada a través de cuatro periódicos socialdemócratas que ellos controlaban, Engels escribió a Sorge: 

“El Partido es tan grande que la absoluta libertad interna de debate resulta una necesidad. [...] El partido más grande del país no puede existir sin que todos los matices de la opinión que lo integran se hagan sentir plenamente”. 

Para Engels, la democracia interna, la diversidad y el debate no se contradecían con la existencia de la socialdemocracia alemana “como el Partido Socialista más fuerte, mejor disciplinado y de más rápido crecimiento”, sino que eran exigidas por esas mismas condiciones, del mismo modo en que, de manera inversa, él y Marx, en una determinada etapa de la historia de la Primera Internacional consideraron que un Consejo General más fuerte, con poderes disciplinarios para usar en casos excepcionales, era una condición necesaria para su funcionamiento democrático.

El famoso principio de Marx de que “la emancipación de la clase obrera debe ser obra de los obreros mismos”,331 en el que él y Engels insistieron una y otra vez, es complementado –y no contradicho– por su concepción del partido. “El Partido Obrero Socialdemócrata Alemán, precisamente porque es un partido obrero, sigue una ‘política clasista’, la política de la clase trabajadora”, escribió Engels en 1873 en El problema de la vivienda. “Dado que cada partido político se dedica a imponer su dominio en el estado, así el Partido Obrero Socialdemocrático Alemán forzosamente lucha por imponer su dominio, el dominio de la clase trabajadora y, por lo tanto, la ‘dominación de clase’”.332 La organización por el proletariado de su propio partido era la “condición primordial” de la lucha de la clase trabajadora y “la dictadura del proletariado [...] su objetivo inmediato”.333 Marx y Engels nunca fueron más allá de esta afirmación en su análisis de la relación entre el partido proletario y su concepción de la dictadura proletaria,334 a la que veían como un “período político de transición” entre el capitalismo y el comunismo. Nada hay en su obra que justifique la tentativa de Stalin de presentar como marxista su teoría de que el socialismo demanda un sistema de un solo partido, y menos que nada en la forma realizada por él, donde una pequeña camarilla tiránica suplantó a la clase trabajadora en el establecimiento de algunos de los fundamentos del socialismo. Por el contrario, la crítica que hace Engels a

331 Marx, Estatutos generales de la A.I.T., O.E., I, p. 394.

332 Engels, La cuestión de la vivienda, O.E., I, p. 646.

333 Ibíd.

334 Sobre el carácter esencialmente antiautoritario y antiburocrático de la concepción que tenía

Marx de esta “dictadura” ver R. Miliband, “Marx and the State”, en Socialist Register - 1965

(Londres), pp. 289-293. Ver también H. Draper, “Marx and the Dictatorship of the Proletariat”, en Cahiers de l’institut de Science Economique Appliquée, Serie S, Eludes de Marxologie, n.° 6 (París, 1962), pp. 5-73, donde el autor reproduce los principales puntos en que Marx-Engels tratan este problema.

Blanqui está dirigida precisamente contra ese tipo de régimen. “A partir de la concepción que tiene Blanqui de toda revolución como un coup de main de una reducida minoría revolucionaría”, escribió en 1874, “se desprende la necesidad de que esa revolución sea seguida por una dictadura: la dictadura, desde luego, no de toda la clase revolucionaria, el proletariado, sino del pequeño número de hombres que hicieron el coup y que por adelantado ya están organizados bajo la dictadura de un individuo o de unos pocos”. La Comuna, descrita por Marx como “la conquista del poder político por las clases trabajadoras”,338 y por Engels como “la dictadura del proletariado” (con lo cual quería decir lo mismo), no era un estado de un solo partido y se basaba en la elección de todos los funcionarios mediante el voto universal y en medidas destinadas a “precaverla contra sus propios diputados y funcionarios, declarándolos a todos, sin excepción, revocables en cualquier momento”. 

El extinto Carew Hunt, en su libro Marxism Past and Present, se halla en un terreno particularmente inseguro cuando basa su reformulación del trillado argumento de que el sistema de partido único estaba “inscripto en la doctrina marxista de la dictadura”, sobre la aseveración de que “es inconcebible que Marx, que hubiera hecho cualquier cosa por aplastar a un opositor socialista”, hubiera permitido que sus adversarios “se organizasen políticamente para impedir la concreción de los objetivos por los que se hizo la revolución”. Evidentemente, el único ejemplo en que piensa Carew Hunt es el de Bakunin y sus partidarios, de cuya aparición en la Primera Internacional E. H. Carr escribe: “El caballo de madera había entrado en la ciudadela troyana”. En una carta dirigida a Bolte en 1873, Marx escribió: 

“En su abierta oposición con la Internacional, estas personas no hacen daño, sino que son útiles, pero como elementos hostiles dentro de ella arruinan el movimiento en todos los países donde adquieren cierta importancia”. 

El y Engels rechazaban la argumentación de Bakunin según la cual la Internacional, obligada a responder a las necesidades de la lucha cotidiana contra el capitalismo, podía organizarse de modo tal que concordase todo lo posible con una futura sociedad libertaria. Aunque es indudable que Marx y Engels hubieran tomado medidas autoritarias excepcionales contra opositores reaccionarios en una guerra civil o en una “rebelión pro esclavista”, no hay fundamentos para suponer que hubieran fomentado la supresión de la oposición y de la disensión políticas como un rasgo normal de la dictadura del proletariado.

El papel del partido proletario está deslindado por la misma concepción de la dialéctica y del desarrollo histórico expuesta por Marx y Engels. Nacido en un cierto momento de la vida de la clase obrera, desarrollándose junto con las diferentes etapas del desenvolvimiento de esa clase en países y períodos diferentes, reaccionando a su vez ante este desarrollo y acelerándolo, su capacidad para ayudar a conquistar el poder por la clase trabajadora constituiría el fundamento de su propia desaparición. Puede suponerse que la clase obrera en el poder, al elevar la conciencia de los sectores más amplios de la población mediante una gran expansión de la educación, al establecer “instituciones realmente democráticas” que vigilaran que las “personas actuasen por sí mismas y para sí mismas”, gradualmente cerraría la brecha entre un creciente “núcleo experimentado y educado” de centenares de millares de miembros del partido y el resto de la clase, quitando así la raison d’etre del partido como un escalón diferente. Por último, aunque Marx no se hacía ilusiones respecto de la rapidez con que esto se produciría, las medidas económicas tomadas por el proletariado en el poder terminarían con su dominio al abolir su existencia como clase, y, con ello, la existencia del estado “en el actual sentido político”. En la asociación que excluirá las clases y su antagonismo –la que, según creía Marx, seguiría a la dictadura transicional del proletariado– la permanencia de un partido proletario sería evidentemente un anacronismo. 

A PROPÓSITO DEL PROBLEMA DE ORGANIZACIÓN:

LENIN Y ROSA LUXEMBURG

Daniel Bensaïd y Alain Nair

El problema de la organización de un partido revolucionario puede desarrollarse orgánicamente sólo a partí: de una teoría de la revolución misma. Cuando la revolución se convierte en un problema del día, la cuestión de la organización revolucionaria irrumpe como una necesidad imperiosa en la conciencia de las masas y de sus vanguardias teóricas.

György Lukács, Historia y Conciencia de Clase.

La corriente antiestalínista que se desarrolla en la actualidad en las nuevas vanguardias rehabilita a Rosa Luxemburg como teórica del movimiento obrero. La crítica de las burocracias obreras encuentra en su obra referencias y reflexiones.

En realidad, el entusiasmo luxemburguista llega hasta triturar y distorsionar a Rosa para encontrar una teoría de la organización alternativa de la teoría leninista. La comunidad de preocupaciones explica esta propensión: los escritos de Rosa Luxemburg están casi todos signados por la lucha contra la socialdemocracia alemana, fuertemente burocratizada. La necesidad actual de comprender el fenómeno de las burocracias obreras, de sus cimientos sociales, de su cohesión internacional conduce a las tesis luxemburguista como a la interpretación más lúcida, a la teoría liberadora de la energía de las masas.

Sin embargo, en Rosa Luxemburg sólo puede encontrarse un contrapunto fragmentario de las elaboraciones leninistas. Los sobresaltos afectivos y las trivialidades se mezclan y de todo ello resulta una construcción sobrecargada, llena quizás de fantasía, pero que en modo alguno puede ser considerada como una teoría de la organización. En un debate donde las modas pasajeras sustituyen el rigor político, no es inútil volver a los textos. Sin quitar nada de los méritos de Rosa, se la podría situar así en su justo valor.

I. LA ELABORACIÓN LENINISTA 1) Caracterizar la formación social

La obra de Lenin presenta la ventaja de descomponer en el tiempo la elaboración de una teoría de la organización. De las polémicas contra los populistas, economistas, mencheviques y liquidadores, emergen los principios y los fundamentos de su teoría.

Como lo subraya Lukács, el problema de la organización se torna realmente una cuestión actual cuando la revolución está al orden del día, cuando ella no es más un simple sueño compensador, sino el objetivo unificador de todas las luchas cotidianas. Y de esa manera lo concibe Lenin. En sus primeros escritos, de 1894 a 1898, él se dedica a definir la naturaleza de la futura revolución: ¿cuál es la formación social contra la que combate? ¿Qué Estado debe ser destruido? ¿Qué clase debe ser vencida?

Para responder a estas cuestiones y provocar el desencadenamiento de una crisis revolucionaria, Lenin distingue cuidadosamente el nivel teórico del nivel político, la comprensión teórica de la crisis revolucionaria y su manifestación política. Si se considera el encadenamiento de los modos de producción como sistemas teóricamente elaborados, subsumiendo una variedad de formaciones sociales concretas, se puede concebir la existencia de una discontinuidad entre dos modos de producción, pero no de una crisis. No puede haber crisis de un modelo teórico, sino solamente de una sociedad política donde están en juego fuerzas reales.

El modo de producción capitalista, tal como lo construyó Marx extrayendo sus leyes a partir de la formación social inglesa del siglo XIX, no tiene existencia real. Constituye un objeto abstracto-formal con el que ninguna formación social concreta coincide de manera absoluta. Poulantzas considera a una formación social como “el encabalgamiento específico de muchos modos de producción puros”; y agrega que “la formación social constituye una unidad compleja con dominante de un determinado modo de producción sobre los otros que la crisis componen”. La crisis revolucionaria que estructura el horizonte de la organización revolucionaria no es por tanto la crisis de un modo de producción. La única crisis de la que se puede hablar es la de una formación social determinada en la que las contradicciones del modo de producción adquieren vigencia y se actualizan a través de fuerza sociales reales implicadas en ella. Esta distinción elemental tiene consecuencias en el debate entre Lenin y Rosa Luxemburg.

Lenin se esforzó por definir con precisión la naturaleza y la dominante de la formación social rusa. Desde 1890 se consagró a un estudio preciso: expurgar con paciencia las estadísticas de los zemstvos.

Desde sus primeras obras pudo definir así él punto de unión del que dependen todas las variaciones estratégicas y tácticas, en particular su actitud de principio acerca del problema de la organización. El desarrollo del capitalismo en Rusia es un ejemplo de este trabajo considerable cuyas conclusiones constituyen para el porvenir el punto de referencia y el primer fundamento al que Lenin siempre se remitirá.

En ¿Quiénes son “los amigos del pueblo”?, escrito en 1894, antes de que fuese redactado El desarrollo... las conclusiones ya aparecen claramente: “La explotación de los trabajadores en Rusia es en todas partes capitalista en su esencia, si se deja de lado las supervivencias en vía de desaparición de la economía basada en la servidumbre”. Extrae de aquí todas las consecuencias, y en particular, la de que es “imposible encontrar en Rusia una rama algo desarrollada de la industria artesanal que no esté organizada según el modo capitalista”. 

Desde ese momento, tales certezas adquiridas sirven de base a toda la estrategia política: los revolucionarios rusos luchan contra una formación social con dominante capitalista y no feudal (aún en el caso de que las supervivencias feudales sean importantes). En 1894, ésto no es evidente, y Lenin lo destaca planteándolo como primer punto del proyecto de programa del P.O.S.D.R.: “La producción mercantil se desarrolla cada vez más rápidamente en Rusia y el moda de producción capitalista adquiere allí una posición cada vez más dominante.” 

Así, desde los primeros años de lucha, Lenin define al adversario con el que se enfrenta. Esta claridad teórica presidirá siempre sus métodos de análisis y sus elecciones tácticas. Los revolucionarios rusos combaten el capitalismo; su estrategia de alianzas tiene en cuenta el desarrollo desigual de los modos económicos implicados en la sociedad rusa, pero nunca olvidan que la crisis que preparan es la del capitalismo. Los análisis del joven Lenin siguen estando en la fuente de su interpretación de la revolución rusa en La revolución proletaria y el renegado Kautsky: 

“Ocurrió, en efecto, tal como lo habíamos dicho. La marcha de la revolución confirmó el acierto de nuestro razonamiento. Al principio, del brazo de “todo” el campesinado, contra la monarquía, contra los terratenientes, contra el feudalismo (y en este sentido la revolución sigue siendo burguesa, democrático-burguesa). Después, del brazo del campesinado pobre, del brazo del semiproletariado, del brazo de todos los explotados, contra el capitalismo, incluyendo a los ricachos del campo, los kulaks, los especuladores, y en este sentido, la revolución se convierte en socialista. Querer levantar una muralla china artificial entre ambas revoluciones, separar la una de la otra con algo que no sea el grado de preparación del proletariado y el grado de su unión con los campesinos pobres, es la mayor tergiversación del marxismo, es adocenarlo, remplazado por el liberalismo”. 

La vía seguida es por lo tanto clara. Teniendo en cuenta que el objetivo definitivo sigue siendo la destrucción del capitalismo, modo dominante de la formación social rusa, los socialdemócratas conciertan una alianza con el campesinado, alianza temporaria para destruir el despotismo y liquidar las secuelas del feudalismo. Los diversos programas agrarios de Lenin se esfuerzan por definir la base correcta de esta alianza. Pero la lucha contra el feudalismo y la autocracia constituye desde ese momento sólo una etapa no aislable de la lucha anticapitalista, que sigue siendo el objetivo principal.

2) Definir el sujeto histórico

En El Capital, Marx señala que el proceso de producción capitalista considerado en su continuidad o como proceso de reproducción, no produce solamente la mercancía, ni solamente plusvalía, “produce y reproduce la relación capitalista misma: por un lado el capitalista, por el otro el asalariado”. El sistema que se reproduce a sí mismo engendra sus propias crisis y contradicciones, suscita puntos de ruptura que pueden manifestarse bajo la forma de crisis económicas. Pero una crisis económica no es forzosamente revolucionaria. Ella puede tomar parte de los mecanismos de auto-regulación del sistema; tener únicamente una función “purgativa”. Después de la crisis, una vez agotados los stocks y eliminadas las empresas arcaicas, la economía capitalista parte nuevamente de una base saneada. Lukács insiste sobre este aspecto de la crisis: “sólo la conciencia del proletariado puede mostrar cómo salir de la crisis capitalista. Si esa conciencia no existe se vuelve permanente, retoma a su punto de partida, repite la situación.” 

La crisis económica de una formación social con dominante capitalista tiene, por consiguiente, una función de apertura pero no es decisiva. Constituye el punto de equilibrio en el que se perfila un nuevo sistema. Pero ella participa también de la auto-regulación del sistema inicial Esta crisis puede como máximo inaugurar una situación revolucionaria, pero no es por sí misma revolucionaria, es decir superable en el sentido de la revolución, salvo mediante la acción de un sujeto que la asuma y tome a su cargo el proceso de la transformación social. Es esto lo que expresa con claridad Lukács en su respuesta a todos los fatalistas que esperan confiados los resultados de la última crisis del capitalismo:

“la diferencia cualitativa entre la última crisis del capitalismo, su crisis decisiva, y sus crisis anteriores, no reside en una simple metamorfosis de su extensión y de su profundidad, en síntesis, de su cantidad o calidad. Esta metamorfosis se manifiesta sí, pero en el hecho de que el proletariado deja de ser un simple objeto de la crisis y en que estalla abiertamente el antagonismo inherente a la sociedad capitalista”.360

La crisis afecta, por lo tanto, a una formación social determinada; pero ella se convierte en revolucionaria sólo cuando un sujeto intenta resolverla lanzándose contra el Estado, blanco estratégico, cerrojo mediante el cual son mantenidas en sus puestos las relaciones de producción convertidas en camisas de fuerza para las fuerzas productivas. Una vez determinada la naturaleza de la revolución futura, para resolverla de manera victoriosa Lenin se dedica a definir su sujeto.

En este punto, Lenin distingue cuidadosamente el sujeto teórico-histórico de la revolución (el proletariado como clase, que deriva del modo de producción) y su sujeto político-práctico (la vanguardia que deriva de la formación social) que representa no ya al proletariado “en sí”, dominado económica, política e ideológicamente, sino al proletariado “para sí”, consciente del lugar que ocupa en el proceso de producción y de sus propios intereses de clase.

He aquí una de las ideas fundamentales de ¿Qué hacer?, allí donde Lenin distingue “espontaneidad y espontaneidad”. Ve en la espontaneidad “el elemento embrionario de la conciencia”, señala ambiguamente la existencia de grados de conciencia. Diferencia una espontaneidad confusa y sometida, de una espontaneidad liberada y fecundada por las luchas de la vanguardia; una experiencia espontánea de las masas, que permanece en el terreno del sistema, de una experiencia práctica que extrae su sentido de la presencia de una vanguardia. Lenin afirma que la conciencia socialdemócrata sólo puede provenir desde fuera de los obreros, de los intelectuales revolucionarios portadores del conocimiento y de la comprensión global del proceso de producción. Por sí misma, la clase obrera sólo puede arribar a una conciencia “tradeunionista”.

En la crisis revolucionaria, los dos sujetos están implicados. El sujeto teórico porque es la condición de posibilidad del orden social por venir, y el soporte de la estrategia revolucionaria; el sujeto político, el partido, porque elabora y asume la táctica de esta estrategia. Lenin se esforzó en la doble tarea de definir el sujeto teórico de la revolución preanunciada y de darle el sujeto político capaz de triunfar en ella.

Definir y presentar al proletariado como la clase social investida de la misión histórica revolucionaría, tal es la preocupación constante de sus primeros escritos. En el momento mismo en que caracteriza como capitalista a la formación social rusa, él reclama la autonomía como clase del proletariado, único capaz de resolver las contradicciones de tal sociedad. Jamás en las alianzas o en los proyectos de programa omitió reafirmar el rol independiente del proletariado. Desde 1894, estableció que “olvidar, por la solidaridad de los intereses de todo el ‘pueblo’ contra las instituciones medievales, feudales, el profundo e irreconciliable antagonismo de la burguesía y el proletariado en el seno de este ‘pueblo’, sólo pueden hacerlo los burgueses”.

En el mismo libro, Lenin adelanta como “tesis fundamental” que “Rusia representa en sí una sociedad burguesa que ha brotado del régimen de servidumbre, que su forma política es un Estado de clase y que el único camino para abolir la explotación del trabajador consiste en la lucha de clases del proletariado”.

Precisa además que “el período del desarrollo social de Rusia en que el democratismo y el socialismo se fundían en un todo inseparable, indisoluble... ha pasado para no volver jamás”. 

Un año más tarde, en Las tareas de la socialdemócratas rusos, recuerda el principio según el cual “sólo son fuertes los luchadores que se apoyan en intereses reales claramente comprendidos de determinadas clases”.

En nombre de ese principio, compromete a los socialdemócratas a recordar siempre que el proletariado es una clase aparte que mañana puede encontrarse enfrentada a sus aliados de hoy. Gradas a una definición tan precisa de la naturaleza de la revolución futura y de su sujeto teórico, toda confusión está excluida de los programas. En el proyecto de 1899, Lenin propone “el apoyo al campesinado... en la medida en que éste sea capaz de luchar revolucionariamente contra les restos del régimen de la servidumbre, en general, y contra el absolutismo, en particular”. En el mismo proyecto, vuelve a insistir y dice:

“En el agro ruso se entrelazan actualmente dos formas fundamentales de la lucha de clases: 1) la lucha del campesinado contra los privilegiados amos de la tierra y contra los restos del régimen de la servidumbre; 2) la lucha del naciente proletario agrícola contra la burguesía del campo Esta última forma de lucha tiene para los socialdemócratas, como es natural, mis importancia, pero también deben apoyar necesariamente la primera, siempre y cuando ello no se oponga a los intereses del desarrollo social.”

Es esta comprensión sólidamente adquirida» pacientemente afinada, de la naturaleza de la formación social rusa y de las clases que allí estin en juego, la que permite a Lenin, desde las Tesis de abril, aprehender el núcleo real de la crisis revolucionaria de 1917:

Lo que hay de original en la actual situación de Rusia es la transición de la primera etapa de la revolución, que dio el poder a la burguesía debido al grado insuficiente de conciencia y de comprensión del proletariado, a su segunda etapa que debe dar el poder al proletariado a las capas pobres del campesinado.

3) Construir el sujeto político

Estas observaciones acerca de la elaboración leninista podrían aparecer como superfluas si esta elaboración no estuviera en la base de la teoría leninista de la organización. Lenin funda los principios de organización siempre con referencia a estos análisis. Dichos principios definen lo que debe ser una organización que lucha contra un aparato de Estado burgués centralizado, para destruirlo. Con relación a esos principios todo sistema de organización no puede menos que constituir una derogación. Los principios constituyen la estrategia de la organización, del que el sistema no es sino la aplicación táctica.

Y esto es lo que se le escapa a Rosa Luxemburg. Es por ello que su comprensión de la organización no se sitúa en el mismo orden: ella es mucho más trivial, a veces emocional, y con frecuencia infra-teórica. La propia naturaleza de las metáforas que utiliza constituye una prueba. Muestran siempre un vitalismo ingenuo, un naturalismo organizativo: “Frenando las pulsaciones de una vida orgánica sana, se debilita al cuerpo y se disminuye su resistencia y también su espíritu combativo, ...Un movimiento obrero tan prometedor y tan vigoroso...” Paralelamente, a la vitalidad natural inherente al movimiento obrero, ella opone la grisalla académica de sus direcciones: 

“ninguna fórmula rígida puede soportar... la regla de un maestro de escuela...; el ultra-centralismo defendido por Lenin se nos aparece como impregnado no ya de un espíritu positivo y creador, sino del espíritu del vigilante nocturno. Toda su preocupación está dirigida a controlar la actividad del Partido y no a fecundarla, a restringir el movimiento antes que ha desarrollarlo, a destrozarlo antes que a unificarlo”. 

En su simplismo entusiasta, nutrido en la polémica contra la socialdemocracia alemana, ella llega hasta desnaturalizar o invertir las argumentaciones de Lenin. Le replica que si quiere evitar la influencia perniciosa y disolvente de los intelectuales sobre el partido, la fórmula bolchevique logra lo contrario de lo que se propone: coloca a la cabeza del partido una “coraza burocrática” compuesta por una “élite de intelectuales, ávidos de poder”. Pero Lenin no razona nunca en estos términos. El no habla en abstracto de la influencia nefasta de los intelectuales, sino del principio organizativo de la descentralización, como principio que embota. Los intelectuales intervienen sólo como agentes privilegiados de esta disolución de la organización implicada en el principio de descentralismo.

El problema reside en que sobre esta cuestión Lenin y Rosa Luxemburg no hablan el mismo lenguaje, lo cual no impide a ésta expresarse sobre la organización de tipo leninista enarbolando la bandera pura de la “libertad”, de la “democracia” contra las posiciones “extremas” de Lenin.

No hay ninguna duda al respecto: la organización defendida por el “blanquista” Lenin, no tendría ninguna relación con las masas porque el “ultracentralismo” leninista la conducirá al conservadurismo, a la impotencia. Más aún, la centralización acentúa, según Rosa, la “'escisión entre el élan de las masas y las vacilaciones de la socialdemocracia” y por consiguiente, “lo que importa siempre para la socialdemocracia... es mantener un juicio histórico correcto sobre las formas de lucha correspondiente a cada momento dado, la comprensión viva de la relatividad de esa fase de lucha y de la incluctabilidad del agravamiento de las tensiones revolucionarias...”. Esta crítica la lleva a rechazar el sistema de organización propuesto por Lenin y acepta un acuerdo sobre el principio de organización. Más allá del hecho de que la separación establecida por Rosa entre centralismo y democracia, su oposición mecánica, muestra más un hegelianismo mal digerido que una dialéctica marxista, ella incurre en una confusión desdichada cuando admite el principio de organización sin aceptar el sistema. Y esto es producto de un mismo pecado: es una metafísica adornada de buenas intenciones. La teoría leninista de la organización tiene justamente la característica de que el sistema propuesto es necesariamente lógico con relación al principio, y de este principio deriva necesariamente ese sistema de organización. Por otra parte, es claro que toda crítica sobre el “sistema” lleva la impronta de un desacuerdo sobre el principio de organización, desacuerdo que existe entre Rosa y Lenin. Porque ocurre que Rosa, lógica consigo mismo, plantea el problema del partido en función de un análisis propio de la sociedad capitalista. Para ella, el capitalismo marcha inevitablemente a la catástrofe. Las contradicciones, agravándose sin cesar, en provecho “de una ínfima minoría de la burguesía reinante” hacen que, por una parte el proletariado sea espontáneamente revolucionario, y por otra parte, que su partido no puede dejar de ser el “punto de reunión organizativa” de todas las capas puestas en movimiento contra la burguesía por esta evolución. En dicha problemática –clase revolucionaria orgánicamente determinada contra la clase reaccionaria– el partido es el producto de la crisis revolucionaria y no de un elemento necesario, como lo demuestra Lenin, en el marco de la formación social capitalista. Así, esta visión simplemente trágica del capitalismo conduce a Rosa a sobreestimar el movimiento de masas, a subestimar, la necesidad y el rol del partido en el sistema capitalista. Es esto lo que le permite ensayar un empirismo organizativo exagerado, relativizar el problema de

la organización circunscribiendo a Rusia las tesis leninistas: “y ya que se trata de la primera tentativa en Rusia de poner en pie una gran organización del proletariado, es dudoso que un estatuto, cualquiera que él sea, pueda ser infalible de antemano: antes es necesario que sufra la prueba de fuego”. Ella no comprende que se trata de algo muy distinto. Y es lo que Lenin precisa con claridad: 

“La camarada Luxemburg dice, por ejemplo, que en mi libro se manifiesta clara y nítidamente la tendencia de un ‘centralismo a ultranza’. La camarada Luxemburg da por supuesto, así, que yo defiendo un sistema de organización contra cualquier otro. Pero, en realidad no hay tal cosa. Lo que yo defiendo a lo largo de todo el libro, desde la primera página hasta la última, son los principios elementales de cualquier organización de partido que pueda imaginarse. En mi libro no se examina el problema de la diferencia entre éste o el otro sistema de organización, sino el problema de cómo es necesario apoyar, criticar y corregir el sistema que sea, siempre y cuando que no contradiga a los principios del partido”. 

Después de haber dilucidado el problema de saber cuál es el sujeto teórico de la revolución futura –no más el “pueblo” sino el proletariado– Lenin consagra toda su energía militante a darle el sujeto político indispensable. Se esfuerza incesantemente por delimitar la vanguardia y reagruparla en el partido socialdemócrata. Asignar al proletariado el papel de motor de la revolución significaba luchar contra los populistas, lo que implicaba comprender la naturaleza de la revolución sin todavía darse los medios para llevarla a cabo. Entre quienes admitían por entonces el rol histórico del proletariado, no todos comprendían de qué arma práctica necesitaba para “convertirse en lo que él es”: una clase.

Contra los economistas, Lenin demuestra que, espontáneamente, el proletariado no logra apartarse del terreno de la lucha económica. Afirma que “la lucha de los obreros se convierte en lucha de clases, sólo cuando los representantes de vanguardia de toda la clase obrera de un país tienen conciencia de la unidad de la clase obrera y comprenden la lucha, no contra un patrono aislado, sino contra toda la clase capitalista y contra el gobierno que apoya a esa clase”. Lenin admite que las organizaciones socialdemócratas locales constituyen el fundamento de toda la actividad del partido; pero si ella continúa siendo la actividad de “artesanos aislados” no se podrá designarla como “socialdemócrata” puesto que no organizará ni dirigirá la lucha de clases del proletariado.

Contra los mencheviques desde 1903, contra la teoría de la organización proceso desde 1905, contra los liquidadores en 1907, son siempre los mismos principios de organización los que defiende Lenin, siempre las mismas ideas del Partido. El partido es el instrumento mediante el cual la fracción consciente de la clase obrera accede a la lucha política y prepara el enfrentamiento con el Estado burgués centralizado, llave maestra de la formación social capitalista.

La organización así concebida como sujeto político no es una pura forma: es el crisol de una voluntad política colectiva que se expresa mediante una teoría en permanente construcción y un programa de lucha. La selección de los militantes y el centralismo constituyen dos normas fundamentales. No por gusto sino por necesidad; una necesidad que sólo puede comprenderse si se confronta la organización con su objetivo: la revolución.

II. LA ORGANIZACION PUESTA A PRUEBA POR LA CRISIS REVOLUCIONARIA 1) Intentos de definición

En diversos lugares, sobre todo en La bancarrota de la Segunda Internacional y en La enfermedad infantil del “izquierdismo”, Lenin se esforzó por definir la noción de crisis revolucionaria. Enumera allí los criterios descriptivos cuya apreciación permanece subjetiva; extrae una noción pero no funda un concepto. En La bancarrota estos criterios son enumerados por primera vez y Lenin define los "signos distintivos de una situación revolucionaria" del siguiente modo:

a) la imposibilidad para las clases dominantes de mantener su dominio enforma inmutable; ...la base no quiere vivir como antes y la cúspide no puede seguir viviendo como antes;

b) “agravación, superior a la habitual, de la miseria y las penalidades delas clases oprimidas”;

c) “intensificación... de la actividad de las masas”.

Lenin aprecia de tal modo “el conjunto de los cambios objetivos que constituye una situación revolucionaría”. De la apreciación de una situación revolucionaria así definida no está excluido el impresionismo, y por lo demás los criterios enunciados no pueden ser vistos aisladamente, sino en su interdependencia, pues se condicionan de manera recíproca. En La enfermedad infantil..., Lenin insiste más, como segundo criterio, en la aproximación al proletariado de las clases medias. Esta aproximación no puede ser considerada como un fenómeno en sí, sino en su relación con los otros fenómenos señalados: la aproximación de las clases intermedias es tanto más resuelta cuanto más determinación muestra el proletariado en su lucha. La definición leninista de la situación revolucionaría hace intervenir un juego de elementos en interacción compleja y variable del que no se podría dar un análisis rigurosamente objetivo. La elaboración de Trotsky en su Historia de la revolución rusa es análoga; retoma por su cuenta los criterios leninistas e insiste explícitamente en “la reciprocidad condicional de las premisas”.

Si la estimación objetiva de una situación revolucionaria parece sujeta a caución, la intervención de un último factor, que unifica los diferentes factores y concretiza su interacción corrigiendo los peligros, Trotsky lo considera como la condición última en la enumeración, pero no en su importancia de la conquista del poder: “el partido revolucionario como vanguardia unida y templada de la clase” En cuanto a Lenin, hace de esta última condición el punto de diferenciación entre la situación revolucionaria y la crisis revolucionaría, que existe solamente en el caso en que a todos los cambios objetivos enumerados viene a agregársele un cambio subjetivo, a saber: “la capacidad de la clase revolucionaria para llevar a cabo acciones revolucionarias de masas lo bastante fuertes como para destruir (o quebrantar) al viejo gobierno, que jamás “caerá”, ni siquiera en las épocas de crisis, si no se lo “hace caer”.

Así, la organización revolucionaria supera las vacilaciones de los distintos criterios, los anuda y los unifica. Siendo el punto de su intersección, ella desestima la yuxtaposición. La debilidad de las capas dirigentes, la aproximación de las capas medias, la impaciencia de la base se convierten en su fuerza. La condición de éxito de la crisis no reside ya en uno u otro de los elementos objetivos, sino en el corazón mismo del sujeto que los sintetiza al interiorizarse. Su nudo no está más en la diversidad no mensurable que esboza la situación revolucionaria sino en la organización que unifica esta diversidad, la interioriza y la supera.

Por ella el proletariado no es más algo dado dirigido, según las variaciones previstas por el cálculo burgués de probabilidades. Se convierte en una voluntad que se expresa, no es más un simple objeto en el campo social sino un sujeto, una desconocida que hipoteca para siempre los planes de la clase dominante. Para desempeñar realmente ese rol, la organización revolucionaria no debe presentarse como una acumulación fluida de individuos, sino como un cuerpo constituido, coherente, con una densidad suficiente para atravesar las fauces de la burguesía. No es una simple pieza que ocupa un casillero vacío en el ajedrez político. Por su sola presencia modifica toda la relación de fuerzas, aunque se trate de un simple peón. Con mucha más razón si se trata de un Rey.

2) La crisis revolucionaria como prueba de verdad

La crisis revolucionaria ilumina con una luz nueva la lucha de clases y asigna a los protagonistas su justo valor. En los desgarramientos de la crisis, se intuyen los momentos fugaces de verdad: “la experiencia de la guerra, al igual que la de todas las crisis de la historia, de toda gran calamidad y de cada viraje en la vida del hombre, embrutece y quebranta la voluntad de unos, pero en cambio educa y templa a otros” (Lenin).

a) Para la organización

Lenin recuerda en toda ocasión que la socialdemocracia es la fusión del movimiento obrero y del socialismo. “Escindido de la socialdemocracia, el movimiento obrero degenera y se aburguesa”. Se podría agregar que escindido de las luchas obreras, el socialismo tambalea y también se aburguesa, pues en ellas se alimenta del “instinto” de clase revolucionaria. El partido constituye un puente entre la conciencia balbuceante del proletariado y el papel que teóricamente le corresponde. Constituye la mediación necesaria entre el concepto de clase obrera y su realización práctica, alienada, en la sociedad capitalista. Por eso “la tarea del partido no consiste en imaginar detalladamente medios inéditos de ayudar a los obreros, sino de ayudarlos en las luchas que ellos ya han emprendido... de desarrollar su conciencia de clase”.

La tarea del partido consiste en equilibrar los dos polos complementarios entre los cuales se mueve: la comprensión teórica del proceso de producción, del papel del proletariado, de la revolución, por una parte y el nexo concreto con las luchas cotidianas de los obreros por la otra. En esta doble apoyatura basa su estrategia. A la vez que “encarnación visible de la conciencia de clase del proletariado”, el partido es el vivo testimonio de la diferencia entre el papel teórico del proletariado y su conciencia mistificada por la ideología dominante.

Así concebida, la organización no es una pura perfección ni la teoría es tampoco una pura ciencia. La organización interioriza las contradicciones del sistema en el cual ella se arraiga. El fenómeno del oportunismo en la Segunda Internacional es un evidente testimonio. En el análisis de las bases sociales de este oportunismo, las tesis de Lenin y de Rosa coinciden en varios puntos. Los dos insisten sobre el legalismo parlamentario de los largos períodos de paz relativa, que suscita la aparición de un sector de representantes profesionales de la clase obrera, manejables y sensibles a las adulaciones de la burguesía. Ese personal político se apoya en la aristocracia obrera y la pequeña burguesía intelectual, enriquecidos con los restos del pillaje colonial.

Pero Rosa elabora un argumento mucho más sutil que hace a la existencia misma de la organización: el fenómeno del conservadurismo de la organización. Lenin ya lo había mencionado en La bancarrota... Sin teorizarlo: “Los partido grandes y fuertes tuvieron miedo de ver disueltas sus organizaciones, sus arcas saqueadas y sus dirigentes detenidos”. Rosa va mucho más lejos para tratar de comprender el alcance del problema. Se remonta a la situación misma de la organización revolucionaria en la sociedad capitalista: la defensa de los privilegios concedidos, el contagio de las costumbres parlamentarias no bastan para explicar el oportunismo. Rosa remite los avatares de la organización a una contradicción fundamental que expresa en varias oportunidades. En Problemas de organización de la socialdemocracia rusa, afirma:

“El movimiento mundial del proletariado hacia su emancipación total es un proceso cuya particularidad consiste en lo siguiente: por primera vez desde que existe la sociedad civil, las masas populares hacen valer su voluntad conscientemente y frente a todas las clases dominantes, mientras que la realización de esta voluntad sólo es posible más allá de los límites del actual sistema social. Pero las masas sólo pueden adquirir y fortificar dentro de sí esta voluntad en la lucha cotidiana contra el orden constituido, o sea en los límites de este orden. Por una parte las masas populares, por la otra un objetivo situado más allá del orden social existente; por un lado la lucha cotidiana, y por el otro la revolución: tales son los términos de la contradicción dialéctica en la que se mueve el movimiento socialista.”

En Reforma o revolución, señala los dos escollos del movimiento socialdemócrata: “...el del abandono del carácter de masa y el del olvido del objetivo final, el de la recaída en la secta y el de su naufragio en el movimiento reformista burgués, el del anarquismo y el del oportunismo”.

De aquí resulta, en el seno de la organización revolucionaria, la existencia de corrientes rivales, una fiel a la revolución, otras presas de las tentaciones sectarias u oportunistas. La organización revolucionaria no

puede aislarse para la lucha, pues en esta perspectiva un cierto conservadurismo es la condición de una necesaria estabilidad. No puede constituirse en cuerpo absolutamente extraño al sistema. La organización revolucionaria lleva siempre simultáneamente en su propio seno una lucha permanente contra las desviaciones oportunistas, “la herencia del capitalismo”.

En su lucha cotidiana aún sus victorias son como frutos envenenados: cada terreno conquistado “se convierte al mismo tiempo en un bastión contra los progresos ulteriores de más vasta envergadura”.

En realidad, la organización nunca es una hoja de acero templado. Ella es más bien diferencial. Se asienta en el espacio que ella mide: el que separa la clase como sujeto teórico de su espontaneidad práctica sometida. El principio del centralismo democrático es el signo mismo de esta posición contradictoria de la organización enraizada en el sistema que debe destruir y superar. El centralismo democrático es la expresión conciliadora y contradictoria de la manifestación de la espontaneidad revolucionaria (de los militantes) en la red centralizada de la organización. De este modo es evidente que la cohesión de la organización revolucionaria nunca atraviesa sin dificultades la crisis, como un cuerpo homogéneo. La crisis revolucionaria no afecta sólo al sistema que conmueve sino también a la organización constituida en su seno. Es el momento del gran examen de la organización y de los reajustes. El partido bolchevique no escapa a la historia; los artículos públicos de Zinoviev y Kamenev contra la insurrección llevan a Lenin a solicitar su exclusión en otoño de 1917: en abril, Lenin estaba en minoría contra el Comité central. La crisis revolucionaria actúa sobre la organización como un revelador. Destaca sus vicios y delimita la fracción de capaz acabar con la crisis por medio de la revolución. Sirve de patrón sobre el cual la organización provisoria se recorta y se ajusta a la medida de su tarea histórica. Por eso en 1905, Lenin abre de par en par las puertas del partido...

b) Para la teoría

Así como la organización no es acero puro, tampoco es pura ciencia. En un período de estancamiento revolucionario, aparecen tendencias cientificistas en el movimiento obrero. Se corre el riesgo de considerar que la teoría dice la verdad, separadamente y fuera de los alcances de la historia. Lenin es más prudente cuando constata, luego de la insurrección de 1905, que “la práctica como siempre predomina sobre la teoría”. Lo que no le impide recordar constantemente que “la teoría de Marx es poderosa porque es verdadera”. En realidad al “como siempre” habría que agregarle: en períodos de crisis.

La teoría es también la marca de una diferencia entre la ideología y una verdad hipotética. Es del tipo de la “verdad relativa” que Lenin toma de Engels. En la crisis revolucionaria, la ruptura entre ideología y verdad, hasta ese momento inextricablemente mezcladas se revela y la teoría pasa “al criterio de la práctica”.

De la escisión entre la verdad y la ideología, la teoría es por consiguiente una medida posible. Pero ella no es la única que puede reunirías y acoplarlas. Si ella es un medio para superar el conservadurismo de la organización, una teoría tomada demasiado en serio que quiera colar forzadamente la historia en los moldes que le ha destinado, constituye en última instancia un gran peligro.

Es por ello que Lenin, aunque aborda prioritariamente todo problema desde el ángulo de la teoría, no se exime también de apelar al correctivo de la imaginación revolucionaría; allí encuentra otro puente, menos racional es cierto en su arquitectura, que el provisto por la teoría. Sin embargo, de la ideología a la verdad, el camino de la fantasía sustituye a veces el de la teoría y revela atajos a los que repugna una delimitación rigurosa. Es esta una imagen de Lenin muy distinta de la del pedagogo austero y frío que gusta construir Rosa.

“¡Hay que soñar!”

Paradojalmente, esta es una de las conclusiones de ¿Qué hacer?

“Hay que soñar” repite Lenin. Y traza en pocas líneas el cuadro burlesco de las perillas y de los monóculos de congreso, que lo agreden por esta incongruencia. Evoca a los Martynov y a los Kritchevski persiguiéndolo con sus tonos amenazadores: “¿tiene un marxista derecho a soñar?”. Y les responde con una larga cita sobre la dialéctica fecunda del sueño y de la realidad, para concluir diciendo que “los sueños de esta naturaleza, por desgracia, son sobradamente raros en nuestro movimiento!”

Del mismo modo que la crisis revolucionaria constituye la hora de la verdad para la organización, es también la hora de la verdad para la teoría. Resta saber por qué.

c) Para la formación social

Hemos indicado que la crisis revolucionaría no afecta al modo de producción sino a la formación social. La estructura con contradicciones del modo de producción constituye el resorte oculto de esta crisis. El segundo criterio leninista de la situación revolucionaria testimonia que la crisis es ante todo crisis de la formación social. Mediante la aproximación de las capaz medias al proletariado, la formación social reabsorbe el entrecruzamiento de los modos de producción cuya consecuencia es la existencia de capas intermedias. En la crisis, la formación social tiende asintóticamente a su modo de producción dominante que constituye su verdad oculta. Rosa Luxemburg insiste en La acumulación del capital en el hecho de que el desarrollo del capitalismo entraña la desintegración de las clases y capas intermedias. Cuanto más la formación social capitalista elimina los vestigios de feudalismo, más tiende ella hacia el modo de producción capitalista (que es e¡ modelo abstracto producido por Marx), más formas impetuosas adopta esta desintegración. Capas cada vez mayores se separan del edificio aparentemente sólido de la sociedad burguesa, desencadenando movimientos que pueden acelerar mucho, por la violencia con que estallan, el derrumbe de la burguesía. La crisis revolucionaria acelera el proceso, pone a rojo vivo las contradicciones, deja frente a frente al proletariado y a la burguesía, al asalariado y al capital, tales como Marx los distinguió teóricamente en cuanto dos polos necesarios e irreductiblemente antagónicos del modo de producción capitalista.

Porque en el desgarramiento de la crisis, la formación social tiende a reducirse a su modo de producción dominante, se produce la emergencia del doble poder. Luego de estudiar con precisión las lecciones de 1905, Lenin repitió incesantemente que “los Soviets constituyen un nuevo aparato del Estado”. Polemizó violentamente contra Martov que reconocía a los consejos como órganos de combate sin comprender su misión, que es la de convertirse en aparato del Estado. En la crisis, las relaciones entre la vanguardia y las masas se modifican. El proletariado accede bruscamente a la conciencia de sí. En la temporalidad propia de la crisis, las masas aprenden más en algunas horas que en veinte años. Su espontaneidad sometida y mistificada se troca en espontaneidad revolucionaria, fecundada por la actividad de la vanguardia. Son los Soviets, “la forma más potente de Frente Único Obrero” (Trotsky) y no el partido, quienes constituyen los órganos de poder de la clase proletaria. Contrariamente a lo que piensan los ultraizquierdistas, a diferencia del partido y del sindicato, los consejos no son organización permanente de la clase. Su posibilidad concreta de existir supera el marco de la sociedad burguesa y su simple presencia significa ya la lucha real por el poder del Estado: a saber, la guerra civil.

La crisis revolucionaria constituye, por consiguiente, el punto de ruptura en el cual el proletariado irrumpe en tanto que clase en la historia, y “las masas toman en sus manos su propio destino” y comienzan a desempeñar

el papel principal. Es por ello que en la crisis revolucionaria la formación social tiende a coincidir con su modo de producción dominante. La organización y la teoría soportan la prueba de la práctica frente al proletariado, que por primera vez se sacude y se expresa como base. La incomprensión de este carácter específico de la crisis revolucionaria, hace que la teoría de la organización se extravíe y caiga en el delirio. Y Rosa Luxemburg no siempre escapa a este delirio.

La crisis actúa como un catalizador a través del cual las diferencias se acusan, como el tiempo de un alumbramiento. 

“Lo importante de todas las crisis, dice Lenin, es que en ellas se manifiesta lo que hasta entonces estaba latente, rechazando lo que es secundario, superficial, sacudiendo el polvo de la política, poniendo al desnudo los verdaderos resortes de la lucha de clases tal como ella se desarrolla realmente”. 

Sólo este doble fondo, revelado por la brusca irrupción de procesos latentes, explica todas las imágenes y metáforas marxistas que hacen referencia a los trabajos ocultos, y de las cuales la del “viejo topo” es la más célebre. La percepción de la sociedad oscila entre dos alcances. El primero es descriptivo, resume y registra los fenómenos sociales, compara las reivindicaciones, los resultados electorales de los partidos. El segundo es de orden estratégico: no se limita a alinear las clases, va más allá de las apariencias y encuentra sus conflictos profundos, decisivos. “La estadística, escribe Glucksmann, encuentra su clave en la lucha de clases, y no a la inversa”. Para retomar una distinción análoga propia de Lenin, la política se parece más al álgebra que a la aritmética, a las matemáticas superiores más que a las aritméticas elementales. Los burócratas se obstinan en machacar que tres es más que dos, pero en su ceguera electoralista no ven que “las formas antiguas del movimiento socialista se han llenado de nuevo contenido, por lo cual ha aparecido delante de las cifras un signo nuevo, el signo “menos”, mientras nuestros sabios seguían (y siguen) tratando con tozudez de persuadirse y de persuadir a todo el mundo de que “menos tres” es más que “menos dos”. 

Esta algebrización de la lucha de clases que es la única que da acceso a la estrategia, es característica del campo político. La crisis revolucionaria se distingue de la simple crisis económica purgativa del sistema en que ella pertenece al orden de la política. Y es en este orden donde la teoría leninista de la organización nos permite hacer pie.

III. LA ORGANIZACIÓN COMO VÍA DE ACCESO A LO POLÍTICO 1) Los problemas después de Mayo

Las discusiones consecutivas a los acontecimientos de mayo de 1968 giran alrededor del problema del partido revolucionario. La mayoría de las veces para lanzar innovaciones, proponiendo “un partido de tipo nuevo” o más simplemente para denunciar el anacronismo del Partido abandonado a la panoplia anticuada del bolchevismo.

En realidad, bajo el pretexto de novedad y de actualidad, es un viejo problema del movimiento obrero que vuelve a la superficie. ¿Qué dicen hoy los innovadores en la materia? El editorial de Les Temps Modernes de mayo-junio de 1968 asigna como única función al aparato del partido, la de “coordinar las actividades de los animadores locales gracias a una red de comunicaciones y de informaciones; de elaborar las perspectivas generales...”. Gluksmann, por su parte, descompone las diversas funciones del partido (teóricas, políticas y económicas). Afirma que un movimiento revolucionario “no tiene necesidnd de organizarse según el aparato del Estado, su tarea no consiste en dirigir sino en coordinar...” La afirmación es o un truismo (el partido no puede jamás erigirse en aparato del Estado) o un error, pues la clase en lucha debe tender a crear una dualidad de poder, a crear sus propios órganos de poder centralizado, su propio Estado. El término mal definido de movimiento revolucionario mantiene la ambigüedad. De aquí deriva toda una concepción de la organización en la que los centros son necesarios “no para hacer la revolución sino para coordinarla”, o donde el papel de los “estados mayores” se esfuma en provecho de “equipos de trabajo que reúnen a los especialistas”.

Ciertos grupos fundan esta renuncia al partido de “tipo leninista” en el hecho de que la ideología dominante a escala mundial no sería más la de la burguesía, sino la del proletariado. La revolución china en particular, habría invertido las relaciones de fuerza de manera tal que el proletariado ha establecido un cerco y asedia a la burguesía. En otras palabras, la ideología proletaria se ha convertido en dominante, lo que torna superfluo la delimitación estricta de la vanguardia. El momento es el del intercambio simple entre las diversas comentes de vanguardia que comparten desde el comienzo una ideología marxista ambiente. En realidad, todas estas hipótesis renuevan una problemática de la que Rossanda se convierte en una lúcida intérprete en su artículo de Les Temps Modernes: “El centro de gravedad se desplaza de las fuerzas políticas a las fuerzas sociales.” Una de las sistematizaciones más rigurosas de esta problemática se encuentra en Arthur Rosemberg (Histoire du Bolchévisme), para quien la teoría del partido es una función del estado de desarrollo del proletariado. En la época en que el proletariado está débilmente desarrollado, un puñado de intelectuales funda organizaciones conspirativas restringidas, portadoras de la conciencia de clase aún adormecida del proletariado. Así ocurre con Marx y Engels consideran a veces que el partido se limita a sus propias personas físicas. Según Rosemberg, Lenin retoma para Rusia, donde el proletariado está poco desarrollado todavía, el mismo tipo de partido. En una etapa ulterior, el proletariado que se ha desarrollado a consecuencia de la expansión de la gran industria, se apropia de la teoría marxista y se penetra de ella; pero las organizaciones extraen de allí la justificación de su propia existencia y de las luchas reivindicativas elementales que ellas animan: es la época de la IIa Internacional. Finalmente, en un tercer período el proletariado educado por sus luchas deviene una clave revolucionaria; el papel del partido por lo tanto se reduce: no puede pretender ya la dirección y se limita a ser el simple intérprete de las aspiraciones del proletariado.

2) Los errores del luxemburguismo

a) El pecado de hegelianismo

En suma, mediante el desarrollo histórico del proletariado, la clr.se en sí deviene progresivamente clase para sí, el sujeto teórico de la revolución tiende a coincidir con su sujeto político. Esta tesis reposa sobre la problemática hegeliana del en sí y del para sí. La lectura de Marx de la que ella parte es la que Poulantzas califica de histórico-genética: masa indiferenciada en sus comienzos, la clase social se organizaría en clase en sí para llegar a ser clase para sí. Esta problemática opera un deslizamiento por el cual la clase es concebida como sujeto práctico de la historia. El autodesarrollo histórico de la conciencia de clase suprime el rol del partido. Ahora bien, subraya Poulantzas, “si la clase es un concepto, no designa una realidad que pueda ser situada en las estructuras”. Dicho de otra manera, la política que es el orden al que pertenece el partido es irreductible a lo social: la clase como concepto permanece como sujeto teórico y no práctico de la historia; la mediación del partido por el cual ella accede a lo político sigue siendo indispensable.

La posición de Rosa Luxemburg no es clara; su vocabulario y su sintaxis revelan con frecuencia hegelianismos, como lo señala justamente Robert Paris en su prefacio a La Revolución Rusa. En la historia, el concepto de proletariado, al principio alienado, se realiza progresivamente. Por lo tanto, la Revolución es presentada como un sujeto oculto del que las vicisitudes de la lucha de las clases son simplemente sus manifestaciones. Cada derrota, cada error, cada revés, son pensados como momentos necesarios en el proceso de realización del concepto. De allí resulta evidentemente un rol muy desdibujado para la organización de vanguardia: “el único sujeto al que corresponde hoy el papel de dirigente es el yo colectivo de la clase obrera, que reclama resueltamente el derecho de cometer ella misma las equivocaciones...”

b) Confusión de lo teórico y de lo político

Esta concepción cripto-hegeliana de la historia se manifiesta con otro sesgo. Rosa Luxemburg señala en La acumulación del capital una depuración progresiva de la formación social que vuelve visible el modo de producción, observa una polarización creciente de las clases alrededor de la burguesía y del proletariado. Ella deduce directamente de esta evolución el desarrollo de la conciencia de las clases en presencia.

Ella confunde así el nivel teórico de análisis y el nivel político deduciendo el segundo del primero. Es lo que Lukács denomina la sobre estimación del carácter “orgánico” de las luchas de clase. Si la formación social coincide con el modo de producción, la política se disuelve en la teoría, la táctica en la estrategia. En la época del imperialismo, no hay ya guerras de liberación nacional; en la época de la revolución proletaria no hay más concesiones hacia el campesinado. En realidad, lo que falta a Rosa Luxemburg es la dimensión política. Cree en el “reforzamiento creciente de la conciencia de clase del proletariado”. Habría una marcha evolutiva de la conciencia de clase en el curso de la cual la autonomía organizativa del partido sólo es necesaria como momento (el tiempo en que el proletariado advierte su rol histórico encarnado) en el proceso de desalienación del proletariado.

Debido a esta confusión de los niveles, Rosa Luxemburg subestima los factores políticos e ideológicos, y su función. No es suficiente que las clases estén polarizadas al extremo para que se expresen espontáneamente sus intereses revolucionarios. Ellas pueden durante largo tiempo permanecer bajo el influjo de la ideología burguesa cuya función es precisamente la de enmascarar las relaciones de producción. La crisis revolucionaria sólo disuelve esta ideología y pone al día los mecanismos. En la crisis, la ideología burguesa revela su desnudez; las escuelas autojustificativas de la burguesía, las tentativas por hipostasiar la historia están en bancarrota. En mayo, la burguesía francesa tuvo como taparrabo sólo la mediocridad de las aromadas académicas y la prosa grisácea, estúpidamente reaccionaria, de un Papillon. Pero más allá de la crisis, si ella sigue detentando el poder, la burguesía se reconstruye una fachada, vuelve a lanzar sus mecanismos de seducción ideológica, que actúan como corrosivos de la cohesión de clase.

Los que hoy hacen de mayo un acto de nacimiento (de la espontaneidad revolucionaría del proletariado que sucede a su espontaneidad sometida) no hacen sino extrapolar un momento político preciso: el de la crisis revolucionaria. Teorizan su propia sorpresa y admiración, tanto más grande por cuanto no entreveían la posibilidad de una crisis semejante. De ese modo abandonan el terreno de la política para entrar en el de la meta-política. Y de ese modo también tienen cierto parentesco con Rosa Luxemburg.

c) La teoría de la organización-proceso

Los resabios de hegelianismo, la confusión de lo teórico y de lo político, tiene como consecuencia la teoría luxemburguista de la organizaciónproceso. Rosa se obstina con toda lógica en pensar la organización como un producto histórico: “En el movimiento socialdemócrata, la organización también... es un producto histórico de la lucha de clases en la cual la socialdemocracia introduce simplemente la conciencia política”. En otra parte define la socialdemocracia como “el movimiento propio de la clase obrera”. Partiendo de la agravación de las contradicciones del capitalismo, y confiando en el proletariado y en su espontaneidad revolucionaria, ella concibe a la organización como la sanción del estado de desarrollo de la clase, y como el punto de mira susceptible de precipitar (en el sentido químico) su condensación. La dimensión organizativa no tiene, en esta perspectiva, un peso específico. Definir la socialdemocracia como el movimiento propio de la clase implica una concepción mecanicista y no política. Si los bolcheviques se hubieran atenido a tal concepción hubieran esperado la luz verde del congreso de los Soviets para desencadenar la insurrección. Sin embargo, sólo la vanguardia organizada podía comprender que la fecha de la insurrección debía preceder al congreso, y desencadenarla efectivamente.

Todos los esfuerzos de Lenin en materia de organización están consagrados precisamente a evitar la confusión entre el partido y la clase. En ¿Qué hacer? insiste en que el movimiento puramente obrero es incapaz de elaborar por sí mismo una ideología independiente, que toda reducción de la ideología socialista implica un reforzamiento de la ideología burguesa, que “el desarrollo espontáneo del movimiento obrero conduce a subordinarlo a la ideología burguesa”, lo que significa “el sometimiento ideológico de los obreros por la burguesía”. Más precisamente, en Un paso adelante, dos pasos atrás, toda la discusión con Martov sobre el parágrafo 1° de los estatutos tiene por finalidad la distinción clara y neta de la clase y del partido. La amplia difusión de la pertenencia a un partido “implica una idea desorganizada: la confusión de la clase y del partido”.

Más adelante, Lenin retoma la fórmula utilizada por Martov según el cual “el partido es el intérprete consciente de un proceso inconsciente”, para concluir diciendo que: 

“precisamente por ello es erróneo querer que cada huelguista pueda titularse miembro del partido, pues si cada huelga no fuera la simple expresión espontánea de un potente instinto de clase, si ella fuera la expresión consciente del proceso que conduce a la revolución... entonces nuestro partido se identificaría inmediatamente, de golpe, con toda la clase obrera y a continuación terminaría también de un sólo golpe con la sociedad burguesa”.

Solamente en la crisis revolucionaria el partido y la clase tienden a fundirse, porque en ese momento la clase accede masivamente a la lucha política. El partido es el instrumento mediante el cual la clase revolucionaría mantiene su presencia a nivel político como una amenaza permanente para la burguesía y su Estado. Pero la crisis revolucionaria, abriendo el campo político a la clase como tal, transforma cualitativamente la vida política. Es por ello que las organizaciones conciben a la crisis como su prueba de verdad, y es por ello también que en la crisis la práctica predomina sobre la teoría.

La política leninista se asienta sobre esta relación dialéctica entre clase y partido. Ninguno de los términos es reductible al otro. Los que minimizan el rol de la organización sólo la conciben en función de coyunturas precisas; así, por ejemplo, los que distinguen normas organizativas distintas para los períodos de legalidad y de ilegalidad. Lenin concebía al partido de manera distinta, y determinaba una invariancia de los principios de organización correlativa a la tarea del partido: la lucha por la destrucción del Estado burgués, punto de sutura de la formación social capitalista. Y es también este objetivo el que sitúa al partido en el orden de la política: como cerrojo de las relaciones de producción, el Estado es la apuesta por excelencia de la lucha política. Sobre este fondo de invariancia el partido dispone de un margen de adaptación relativo a sus tareas inmediatas; pero nunca es definido en función de esas tareas, siempre lo es en función de su tarea fundamental.

Toda revisión de los principios leninistas de organización en un sentido o en otro procede de un desplazamiento fuera del campo político, mientras que es solamente en este campo donde se arman y se erigen los protagonistas de la crisis revolucionaria y donde se encierra la apuesta fundamental: el Estado.

Rosa Luxemburg ilustra frecuentemente su concepción de la evolución histórica del proletariado por el paso de lo inconsciente a lo consciente: “el inconsciente precede a lo consciente, y la lógica del proceso histórico objetivo precede a la lógica subjetiva de sus protagonistas”. En realidad, más allá del esquematismo simplista de lo consciente y de lo inconsciente concebidos como les atributos respectivos del partido y de la clase, la problemática leninista va más al encuentro de la reelaboración freudiana donde la oposición consciente-inconsciente es sustituida por la oposición

“yo coherente”–“elementos rechazados” en el cual el inconsciente es un atributo común a los dos términos. De este modo, en la problemática leninista de la organización, no hay un trayecto continuo del en sí al para sí, del inconsciente al consciente. El partido no es la clase en armas, sigue presa de las incertidumbres, de los balbuceos teóricos y del inconsciente. Expresa el hecho de que en una formación social capitalista no podría haber clase “para sí” como realidad, sino sólo como proyecto, a través de la mediación del partido. Lukács lo destaca vigorosamente en su folleto sobre Lenin: 

“Sería hacerse ilusiones contrarias a la verdad histórica, si se llegara a imaginar que la conciencia de clase verdadera y capaz de conducir a la toma del poder es capaz de nacer espontáneamente en el seno del proletariado, progresivamente, sin tropiezos, sin regresiones, como si el proletariado pudiera adquirir ideológicamente su vocación revolucionaría de acuerdo a una línea de clase”. 

Además, esta es la razón por la cual la crisis revolucionaria, según la propia Rosa Luxemburg, no sobreviene nunca demasiado pronto y siempre demasiado pronto. Nunca demasiado pronto, porque las premisas económicas, la existencia del proletariado, están necesariamente reunidas; siempre demasiado pronto, porque las premisas políticas, la plena autoconciencia del proletariado, nunca están totalmente realizadas. De aquí resulta que el partido puede ser armado para derrocar el Estado Burgués, pero siempre lo está insuficientemente para asumir las consecuencias de la crisis.

3) La especificidad de lo político

¿En qué consiste para Lenin la lucha política en la que insiste incesantemente? Ante todo, se esfuerza por definir lo que ella no es: “Es inexacto decir que la realización de la libertad política sea tan necesaria al proletariado como el aumento de salarios... Su necesidad es de otro orden, no es la misma, es de un orden mucho más complejo”. Nuevamente se trata aquí del dominio del álgebra. Incesantemente, Lenin lucha contra la reducción del orden político al orden económico, contra todos los que debilitan la lucha de clases. Corrige a la Rabóchaia Mysl, para quien “lo político sigue siempre a lo económico”; fustiga a Rabócheie Dielo, que “deduce los objetivos políticos de las luchas económicas”.

Pero más allá de estas prevenciones, Lenin habla de lo político pero sin definirlo.

En realidad, el terreno político no existe a priori; sólo se constituye con la estructuración de las propias fuerzas políticas. Es por eso que “la expresión más vigorosa, más completa y la mejor definida de la lucha de clases política, es la lucha de los partidos”. Por esta lucha cuyo objetivo es el Estado, se instaura la especificidad de los políticos, que es el lugar de irrupción de la crisis revolucionaria. Esta especificidad hace que no se pueda definir más precisamente el sujeto político en ruptura con todo determinismo riguroso de la economía. Lenin sigue siempre atento al papel original que pueden desempeñar ciertas fuerzas políticas, más allá de sus bases sociales reales. Ese papel no depende solamente de las raíces sociales sino también del lugar ocupado en la estructuración específica del campo político. De este modo se puede comprender, en toda ortodoxia leninista, y sin recurrir a las extrapolaciones sociológicas, el papel desempeñado en mayo por los estudiantes. En un artículo sobre Las tareas de la juventud revolucionaria, Lenin ya señalaba: 

“La división en clases es por cierto la base más profunda del agrupamiento político; ella es quien, en última instancia determina ese agrupamiento... Pero esta última instancia la establece la lucha política solamente”.

De aquí resulta que, contrariamente a todo fatalismo, la iniciativa del sujeto político contribuye al desencadenamiento de una crisis revolucionaria cuya salida depende también en parte de él. La lección correlativa es que la riqueza de lo político baraja las cartas; su complejidad hace que el desencadenamiento, el pretexto de la crisis no sobrevenga nunca cuando “lógicamente” se lo espera. Es por ello que el partido sólo puede permanecer atento al conjunto del horizonte social, cultivar “todos los campos, cualquiera sea su naturaleza, hasta los más viejos, vetustos y en apariencia, más estériles” convencidos de que “si se cierra una salida, se podrá siempre encontrar otro camino, a veces el nula imprevisible”.

Estos vuelcos, estas explosiones repentinas, inesperadas, que pueden tomar desprevenida la organización revolucionaria víctima de sus anteojeras y prejuicios, constituye la característica política cuando la crisis revolucionaria aflora donde nadie la prevé. Los sucesos de mayo ilustraron su estructuración específica, ofreciendo una imagen desalienada y sin mutilaciones de la política, una imagen seductora para todos los que la imagina con un rostro austero. Amputada por los partidos tradicionales, truncada por la lucha sindical, política y antiimperialista, política, descuartizada y saqueada no era más que un lamentable títere. Nanterre inició la recomposición del rompecabezas y restituyó a la política su función totalizadora, por la cual la crisis puede herir y minar el conjunto de contradicciones. Cuando la política está hecha trizas, la crisis revolucionaria está dividida, cargada brecha a brecha, dominada frente tras frente.

4) Estrategia del proletariado y de la burguesía

Para la burguesía, las formas de la dominación política son secundarias en relación a su dominación económica. El poder político de la burguesía puede tomar la forma del fascismo, del bonapartismo o de la democracia parlamentaria. Pero, estratégicamente, ella se sitúa a nivel de lo económico: “la dominación económica lo es todo para la burguesía, mientras que la forma de dominación política es una cuestión de último orden”. Mantenerse sobre el terreno de la lucha económica es intentar derrotar a la burguesía en su propio campo es por esto que Lenin insiste repetidamente en el ¿Qué hacer?, que “la política tradeunionista de la clase obrera es precisamente la política burguesa de la clase obrera.”

Por el contrario, el lugar estratégico del proletariado es el terreno político. Las estructuras políticas burguesas concentran y reproducen todas las formas de esclavitud del proletariado el cual, como lo subraya el Manifiesto, es la primera clase en la historia dominada bajo todos los aspectos (económico, ideológico y político), cuando, en la época de su evolución política, la burguesía ya poseía el poder económico. En consecuencia, las luchas estratégicas del proletariado en su condición de clase, son luchas políticas. Que es justamente lo que entrevió Rosa Luxemburgo cuando señaló en varias oportunidades que no se pueden separar artificialmente las luchas reivindicativas de las luchas políticas, y que no hay huelga de masas puramente económica. Con todo, ella no extrae de estas consideraciones todas sus consecuencias, quedando también con relación a este punto rezagada con respecto a la comprensión táctica de Lenin. Refiriéndose a su crítica de la sustitución de la Asamblea Constituyente en el invierno de 1917, Lukács sugiere que ella concibió la revolución proletaria bajo las formas estructurales de la revolución burguesa.

Conclusión

Los malentendidas entre Lenin y Rosa Luxemburgo no son simples escaramuzas aisladas sino que manifiestan la existencia de dos problemáticas diferentes donde se enfrentan la dialéctica marxista y la dialéctica hegeliana. Una es política, la otra metapolítica. Para nosotros, aún reconociendo que Rosa ha contribuido en muchos aspectos al enriquecimiento de la teoría revolucionaria, únicamente la problemática leninista permite plantear realmente los problemas de la organización. De aquí resultan para el futuro inmediato dos puntos fundamentales:

1) No se puede disociar la elaboración de una estrategia revolucionaria dela estrategia de la estructuración de una organización revolucionaria. Ambas se condicionan recíprocamente. La estrategia revolucionaria es la condición de efectividad de la organización, pero la organización es la condición de existencia de la estrategia. Si es cierto que la validez de una consigna depende de la relación de las fuerzas que la sustentan, la existencia de la organización y su desarrollo transforma las condiciones de formulación de las consignas.

2) Todo trabajo de organización debe tender a la construcción de unpartido. Esto no significa que la existencia de un partido cuidadosamente organizado deba ser una condición previa a la lucha revolucionaria. Pero, en virtud de los principios leninistas, se debe tender a la constitución de ese partido, Sí no se lo toma como un fin exterior a la práctica inmediata, sino como un horizonte que orienta y condiciona esta práctica, ningún sistema organizativo no estará suspendido en el vacío, sino que tenderá a conformarse a los principios. De igual modo que en la lucha revolucionaria, en la construcción de la organización el movimiento no es todo; el objetivo que se le asigna reacciona a su vez sobre el carácter y el curso del movimiento.

CUESTIONES DE ORGANIZACIÓN

Rosa Luxemburg

El utaracentrismo defendido por Lenin se nos aparece como impregnado no ya da un espíritu positivo y creador, sino del espíritu del vigilante nocturno.

Una tarea nueva y sin precedentes en la historia del socialismo le ha correspondido a la socialdemocracia rusa: la misión de definir una táctica socialista, es decir, una táctica conforme a las luchas de clases del proletariado, en un país donde todavía domina la monarquía absoluta. Todo parangón entre la situación rusa y la Alemania del 1878-1890, cuando estaban en vigor las leyes de Bismarck contra los socialistas, es fundamentalmente errónea, porque consideraría al régimen policial y no al régimen político. Los obstáculos que la ausencia de las libertades democráticas crea al movimiento de las masas tienen una importancia relativamente secundaria: también en Rusia el movimiento de las masas ha logrado abatir las barreras del orden absolutista y darse su “constitución”, aunque precaria, de “motines callejeros”. Ellas sabrán, por cierto, perseverar en este camino hasta la victoria completa sobre el absolutismo.

La dificultad principal que encuentra la lucha socialista en Rusia deriva del hecho de que el dominio de clase de la burguesía está oscurecido por el dominio de la violencia absolutista; esto confiere inevitablemente a la propaganda socialista para la lucha de clases un carácter abstracto, mientras que la agitación política inmediata asume sobre todo un carácter revolucionario democrático.

En Alemania la ley contra los socialistas tendía a poner al en todas las actividades de los grupos partidarios locales. Es suficiente observar que según esta concepción el comité central está autorizado a organizar todos los comités locales del partido, que por lo tanto goza también del poder de decidir sobre la composición personal de cada organización rusa local, desde Ginebra y Lieja hasta Tomsk e Irkutsk, para imponerles sus propios estatutos, disolverlas por decreto y crearlas nuevamente, y de este modo influir indirectamente hasta en la composición de la instancia suprema del partido, el congreso partidario. Es asi como el comité central aparece como el verdadero núcleo activo del partido y las demás organizaciones como siempre instrumentos ejecutivos.

Y es precisamente en esta unión del más riguroso centralismo organizativo y del movimiento socialista de las masas donde Lenin ve un principio especifico del marxismo revolucionario, y aporta una cantidad de argumentos en apoyo de esta tesis. Pero tratemos de analizar la cuestión con mayor detenimiento.

No se podría poner en duda de que en general es propia de la socialdemocracia una fuerte tendencia hacia la centralización.

Habiendo crecido en el terreno económico del capitalismo, sistema centralizador por esencia, y debiendo luchar en el marco político de la gran ciudad burguesa centralizada, la socialdemocracia es profundamente hostil a toda manifestación de particularismo o de federalismo nacional. Ya que su misión es la de representar, dentro de las fronteras de un Estado, los intereses comunes del proletariado en cuanto clase, y de contraponer estos intereses generales a todos los intereses particulares o de grupo, la socialdemocracia tiende por naturaleza a reunir en un partido único los reagrupamientos de obreros, cualesquiera sean sus diferencias de orden nacional, religioso o profesional entre los miembros de la misma clase.

Ella no renuncia a este principio y no se resigna al federalismo, salvo en presencia de condiciones excepcionalmente anormales, como ocurre por ejemplo en la monarquía austro-húngara. Desde este punto de vista se puede en modo alguno poner en duda el hecho de que la socialdemocracia rusa no deba constituir un conglomerado federativo de las innumerables nacionalidades y de los particularismos locales, sino que debe ante todo constituir un partido único para todo el Imperio. Pero se plantea también otra cuestión: la del grado de centralización que puede convenir, teniendo en cuenta las condiciones actuales existentes en el interior de la social- democracia rusa, unificada y única.

Desde el punto de vista de los objetivos formales de la socialdemocracia como partido de lucha, el centralismo de su organización aparece a primera vista como una condición de cuya realización dependen directamente la capacidad de lucha y la energía del partido.

Sin embargo, estas consideraciones de carácter formal y que se aplican a cualquier partido que se proponga una acción concreta, son mucho menos importantes que las condiciones históricas de la lucha proletaria.

En la historia de las sociedades basadas en el antagonismo de clases, el movimiento socialista es el primero que cuenta en todos sus estudios y en todo su camino con la organización y la acción directa y autónoma de la masa.

A partir de ésto la democracia socialista crea un tipo de organización totalmente distinta de la de los movimientos socialistas precedentes, por ejemplo, los movimientos de tipo jacobino-blanquista.

Lenin parece subestimar este hecho cuando en el libro citado expresa la opinión de que el socialdemócrata revolucionario no sería otro que un jacobino indisolublemente ligado a la organización del proletariado que ha tomado conciencia de sus intereses de clase. Para Lenin, la diferencia entre el socialismo democrático y el blanquismo se reduce al hecho de que hay un proletariado organizado y provisto de una conciencia de clase en lugar de un puñado de conjurados. El olvida que esto implica una completa revisión de las ideas sobre la organización y, en consecuencia, una concepción totalmente distinta de la idea del centralismo, como así también de las relaciones recíprocas entre la organización y la lucha.

El blanquismo no se planteaba el problema de la acción inmediata de la clase obrera y por ello podía dejar de lado educados en la lucha política, y la posibilidad para ellos de desarrollar su acción específica mediante la influencia directa sobre la vida pública (en la prensa del Partido, en congresos públicos, etc.).

Esta última condición no podrá ser evidentemente realizada sino en la libertad política; en cuanto a la primera –la formación de una vanguardia proletaria consciente de sus intereses de clase y capaz de orientarse en la lucha política– está solamente a punto de brotar y todo el trabajo de agitación y de organización socialista debe tender a apresurar esta fase.

Es por ello muy extraño ver que Lenin profesa la opinión contraria: él está persuadido de que todas las condiciones preliminares para la constitución de un partido obrero potente y fuertemente centralizado existen ya en Rusia. Y si en un acto de optimismo proclama que en la actualidad “no es más el proletariado, sino ciertos intelectuales de nuestro partido los que carecen de autoeducación en cuanto a espíritu de organización y de disciplina”, y si glorifica la acción educadora de la fábrica, que habitúa al proletariado “a la disciplina y a la organización”, todo esta prueba una vez más su concepción demasiado mecánica de la organización socialista.

La disciplina que Lenin tiene presente es inculcada al proletariado no sólo por la fábrica, sino también por el cuartel y por el burocratismo actual, en síntesis, por todo el mecanismo del Estado burgués centralizado.

Se hace un uso erróneo de las palabras y se cae en un error si se designa con el mismo término de “disciplina” dos nociones tan distintas como, por una parte, la ausencia de pensamiento y de voluntad en un cuerpo de los miles de manos y piernas que realizan movimientos automáticos, y, por la otra, la coordinación espontánea de los actos políticos conscientes de una colectividad. ¿Qué puede tener de común la docilidad bien guiada de una clase oprimida con la rebelión organizada de una clase que lucha por su emancipación integral?

No es partiendo de la disciplina impuesta por el Estado capitalista al proletariado (después de haber simplemente sustituido a la autoridad de la burguesía la de un Comité central socialista), sino extirpando hasta su última raíz estos hábitos de obediencia y de servidumbre como la clase obrera podrá adquirir el sentido de una nueva disciplina, de la autodisciplina libremente consentida por la socialdemocracia.

De aquí resulta que el centralismo en sentido socialista no podría ser una concepción absoluta aplicada a cualquier fase del movimiento obrero; es necesario concebirlo ante todo como una tendencia que se convierte en realidad en la medida del desarrollo y de la educación política de las masas obreras en el curso de sus luchas.

Vale decir que la ausencia de las condiciones más necesarias para la realización completa del centralismo en el movimiento ruso puede constituir un obstáculo muy serio.

Sin embargo, nos parece que sería un grueso error pensar que se podría sustituir “provisoriamente” en el Partido el dominio aún irrealizable de la mayoría de los obreros conscientes por el poder absoluto de un Comité central que actúa como por tácita “delegación”, y remplazar el control público ejercido por las masas obreras sobre los órganos del Partido con el control opuesto del Comité central sobre la actividad del proletariado revolucionario.

La misma historia del movimiento obrero en Rusia nos ofrece muchas pruebas del dudoso valor de un centralismo similar. Sería absurdo que un centro omnipotente, investido de un ilimitado derecho de control y de ingerencia, según el ideal de Lenin, tuviera una competencia limitada a las funciones exclusivamente técnicas tales como la administración de los fondos, la división del trabajo entre los propagandistas y los agitadores, los transportes clandestinos de la prensa, la difusión de los periódicos, circulares, manifiestos. Se podría comprender el fin político de una institución munida de tales poderes, sólo si sus fuerzas fueran consagradas a la elaboración de una táctica uniforme de lucha y si ella asumiera la iniciativa de una vasta acción revolucionaria. ¿Pero que nos enseñan las vicisitudes atravesadas hasta ahora por el movimiento socialista en Rusia? Los cambios más importantes y fecundos de táctica en los últimos diez años no fueron debidos a los descubrimientos de algún dirigente y aún menos de órganos centrales, fueron siempre el producto espontáneo del movimiento en fase de actividad.

Así ocurre durante la primera etapa del movimiento verdaderamente proletario en Rusia, que puede datarse desde la huelga general espontánea de Petrogrado en 1896, y que señala el comienzo de toda una fase de luchas económicas realizadas por las masas obreras. Así ocurre también en la segunda fase de la lucha, signada por las demostraciones callejeras, que se desarrollaron a partir de la agitación espontánea de los estudiantes de Petrogrado en marzo de 1901.

El gran giro sucesivo de la táctica que abrió nuevos horizontes estuvo signado –en 1903– por la huelga general de Rostov del Don: también una explosión espontánea, porque la huelga se transformó “por sí misma” en manifestación política con agitaciones callejeras, grandes actos populares abiertos y discursos públicos, que el más entusiasta de los revolucionarios no habría osado soñar algunos años antes.

En todos estos casos nuestra causa hizo progresos inmensos. La iniciativa y la dirección consciente de la organizaciones socialdemócratas sólo tuvieron una participación insignificante. Esto no se explica por el hecho de que tales organizaciones no estaban particularmente preparadas para esos acontecimientos (aunque dicha circunstancia haya podido influir), y aún menos por la ausencia de un aparato central omnipotente tal como el preconizado por Lenin. Por el contrario, es bastante probable que la existencia de un centro directivo de ese tipo no habría hecho más que aumentar la confusión de los comités locales, acentuando el contraste entre el asalto impetuoso de las masas y la posición prudente de la socialdemocracia. Por otra paite se puede observar que este mismo fenómeno –el papel insignificante de la iniciativa consciente de los órganos centrales en la elaboración de la táctica– se advierte en Alemania como en otras partes. A grandes lineas, la táctica de lucha de la socialdemocracia no debe, en general, ser “inventada”; es el resultado de una serie ininterrumpida de grandes actos creadores de la lucha de clases con frecuencia espontánea, que busca su camino.

El inconsciente precede lo consciente y la lógica del proceso histórico objetivo precede la lógica subjetiva de sus protagonistas. La función de los órganos directivos del Partido socialista tiene en gran medida un carácter conservador: tal como nos enseña la experiencia, cada vez que el movimiento obrero conquista un terreno nuevo, estos órganos lo cultivan hasta sus límites extremos, pero al mismo tiempo lo transforman en un bastión contra procesos ulteriores de mayor amplitud.

La táctica actual de la socialdemocracia alemana es estimada universalmente por su agilidad y, al mismo tiempo, por su firmeza. Pero esta táctica denota solamente una admirable adaptación del Partido, hasta en los mínimos detalles de la acción cotidiana, a las condiciones del régimen parlamentario: el Partido ha estudiado metódicamente todos los recursos de este terreno y sabe extraer beneficios sin derogar sus principios. Y sin embargo, la misma perfección de esta adaptación cierra horizontes más vastos. Se tiende a considerar a la táctica parlamentaria como inmutable, como la táctica específica de la lucha socialista. Ella se rehusa, por ejemplo, a examinar la cuestión planteada por Parvus del cambio de táctica a considerar en el caso de la anulación del sufragio universal en Alemania; y sin embargo esta eventualidad es considerada en modo alguno como improbable por los jefes de la socialdemocracia.

Esta inercia es debida en gran parte al hecho de que es muy difícil definir, en el vacío de cálculos abstractos, los contornos y las formas concretas de coyunturas políticas todavía inexistentes y por ello imaginarías. Lo que importa siempre para la socialdemocracia no es evidentemente la preparación de un esquema ya definido para la táctica futura sino mantener el juicio histórico correcto sobre las formas de lucha correspondientes a cada momento dado, la comprensión viva de la relatividad de esa fase de lucha y de la ineluctabilidad del agravamiento de las tensiones revolucionarias desde el punto de vista del objetivo final de la lucha de clases. Pero confiando al órgano dirigente del partido poderes casi absolutos de carácter negativo, como quiere Lenin, no se hace sino reforzar hasta un punto muy peligroso el natural conservadurismo inherente a este órgano.

Si la táctica del partido es el producto no del Comité central sino del conjunto del partido o, mejor aún, del conjunto del movimiento obrero, es evidente que las secciones y federaciones necesitan de esa libertad de acción que es la única que les permite utilizar todos los recursos de una situación y desarrollar su iniciativa revolucionaria. El ultracentralismo defendido por Lenin se nos aparece como impregnado no ya de un espíritu positivo y creador, sino más bien del espíritu estéril del vigilante nocturno. Toda su preocupación está dirigida a controlar la actividad del Partido y no a fecundarla, a restringir el movimiento antes que a desarrollarlo, a destrozarlo antees que a unificarlo.

Una experiencia similar, en las circunstancias actuales, sería doblemente riesgosa para la socialdemocracia rusa. Ella está en el umbral de las batallas decisivas que la revolución dará al zarismo; está por comprometerse, o mejor dicho está ya comprometida, en una fase de intensa actividad creadora en el plano de la táctica y –lo que es natural en un período revolucionario– en una fase en la cual su esfera de influencia se ampliará y desplazará espontáneamente y a saltos. Intentar en tal momento encadenar la iniciativa del Partido y rodearlo de alambradas, significa impedir que cumpla con las formidables tareas de la hora.

Todas las consideraciones generales que hemos expuesto a propósito de la esencia del centralismo socialista no bastan para delinear un proyecto de estatuto adaptado a la organización del Partido, determinado solamente por las condiciones en que se desarrolla la acción rusa. En última instancia, un estatuto de este tipo no puede ser determinado sino por las condiciones en que se efectúa la acción del Partido en un período dado. Y ya que en Rusia se trata de la primera tentativa de poner en pie una gran organización del proletariado, es dudoso que un estatuto, cualquiera que él sea, pueda pretender ser infalible de antemano: antes es necesario que sufra la prueba de fuego. Pero lo que sí tenemos el derecho de deducir de la idea general que nos hemos hecho de la organización de la socialdemocracia, es que el espíritu de esta organización comporta, en especial al comienzo del movimiento de masas, la coordinación, la unificación del movimiento, y no ya su sumisión a un reglamento rígido. Y, a condición de que el Partido sea preparado en este espíritu de ductilidad política que debe ir acompañado de una fidelidad absoluta a los principios y con el propósito de la unidad, podemos estar seguros de que la experiencia práctica corregirá las incongruencias del estatuto, por más desafortunada que pueda ser su redacción. Ya que no es la letra, sino el espíritu viviente que le confieren los militantes activos, lo que decide del valor de esta o aquella forma de organización.

* * *

Hasta aquí hemos examinado el problema del centralismo desde el punto de vista de los principios generales de la socialdemocracia y, en parte, bajo el aspecto de las condiciones particulares de Rusia. Pero el espíritu de cuartel del ultra-centrismo preconizado por Lenin y por sus amigos no es, en efecto, el producto de un modo de proceder casual. Dicho espíritu se vincula a la lucha contra el oportunismo que Lenin extiende hasta el terreno de los detalles más minuciosos de la organización.

Se trata, dice Lenin, “de forjar un arma más o menos afilada contra el oportunismo. Y el arma debe ser tanto más eficaz cuanto más profundas sean las raíces del oportunismo”.

De igual modo, Lenin ve en los poderes absolutos que atribuye al Comité central y en el muro que eleva en torno al Partido, un dique contra el oportunismo cuyas manifestaciones específicas provienen, a su entender, de la tendencia innata del intelectual a la autonomía y la desorganización, de su aversión por la disciplina estricta y por toda “burocracia”, necesaria, sin embargo, en la vida del Partido.

Según Lenin, es sólo entre los intelectuales, que se mantienen individualistas e inclinados a la anarquía aunque se hayan adherido al socialismo, donde se encuentra esta repugnancia a soportar la autoridad absoluta de un Comité central, en tanto que el proletario auténtico logra mediante su instinto de clase una especie de voluptuosidad con la que se abandona al puño de una sólida dirección y a todos los rigores de una disciplina despiadada.

“Oponer la burocracia a la democracia –dice Lenin– es contraponer el principio organizativo de la socialdemocracia revolucionaria con los métodos organizativos oportunistas.” (Ibíd. p. 151.)

Declara que se da un conflicto similar entre las tendencias centralistas y autonomistas en todos los países en los que el reformismo y el socialismo revolucionario se encuentran cara a cara. Señala particularmente la controversia reciente en la socialdemocracia alemana sobre el problema del grado de libertad de acción que el partido puede permitirles a los representantes socialistas en las asambleas legislativas.

Veamos los paralelos que traza Lenin.

En primer lugar, hay que señalar que ensalzar el supuesto genio de los proletarios en materia de organización socialista y la desconfianza general hacia los intelectuales en cuanto tales, no es un índice de mentalidad “marxista revolucionaria”. Es muy fácil demostrar que semejantes argumentos son oportunistas.

Las tendencias que presentan el antagonismo entre los elementos proletarios y no proletarios en el movimiento obrero como problema ideológico son el semianarquismo de los sindicalistas franceses, cuya consigna es “¡Cuidado con los políticos!”; el tradeunionismo inglés, que desconfía de los “visionarios socialistas”; y, si nuestros informes son correctos, el “economicismo puro”, representado hasta hace poco en la socialdemocracia rusa por Rabochaia Misl (Pensamiento Obrero), publicado clandestinamente en San Petesburgo.

En la mayoría de los partidos socialistas de Europa Occidental existe indudablemente una relación entre el oportunismo y los “intelectuales”, al igual que entre los intelectuales y las tendencias descentralizadoras del movimiento obrero.

Pero nada más ajeno al método histórico dialéctico del pensamiento marxista que el separar los fenómenos sociales de su marco histórico y presentar esos fenómenos como fórmulas abstractas susceptibles de ser aplicadas en forma absoluta y general.

Razonando de manera abstracta podríamos decir que el “intelectual”, elemento social proveniente de la burguesía y por lo tanto ajeno al proletariado, no ingresa al movimiento socialista al impulso de sus tendencias clasistas sino en oposición a ellas. Por eso tiene mayor tendencia que el obrero a caer en aberraciones oportunistas. El obrero, decimos, puede encontrar apoyo revolucionario real en sus intereses de clase, siempre que no abandone su medio ambiente, o sea la masa trabajadora. Pero la forma concreta que asume la tendencia al oportunismo del intelectual y, sobre todo, la forma en que esa inclinación se expresa en el terreno organizativo son cuestiones que dependen siempre del medio social en que se mueve.

El parlamentarismo burgués es la base social de los fenómenos que observa Lenin en los movimientos socialistas alemán, francés e italiano. Este parlamentarismo es el caldo de cultivo de todas las tendencias oportunistas que existen en la socialdemocracia occidental.

El tipo de parlamentarismo que tenemos ahora en Francia, Italia y Alemania proporciona terreno para las ilusiones del oportunismo actual, tales como la sobrevaloración de las reformas sociales, la colaboración de clases y partidos, la fe en una evolución pacífica hacia el socialismo, etcétera. Esto ocurre al colocar a los intelectuales, como parlamentarios, por encima del proletariado, y separándolos del proletariado dentro del propio partido socialista. Con el crecimiento del movimiento obrero, el parlamentarismo se vuelve un trampolín para los oportunistas políticos. Por eso tantos fracasados con ambiciones de la burguesía corren a cobijarse bajo la bandera de los partidos socialistas. Otra fuente del oportunismo contemporáneo la constituyen los grandes medios materiales con que cuenta la socialdemocracia, y la influencia de las grandes organizaciones socialdemócratas.

El partido es el baluarte que defiende al movimiento clasista de las desviaciones parlamentaristas burguesas. Para triunfar, dichas tendencias deben destruir el baluarte. Deben disolver al sector activo, consciente del proletariado en la masa amorfa del “electorado”.

Es así como nacen las tendencias “autonomistas” y descentralizados perfectamente adaptadas a ciertos objetivos políticos; en consecuencia, conviene explicarlos no como hace Lenin por el carácter de desclasado del “intelectual”, sino por las necesidades del politiquero parlamentario burgués, no por la psicología del “intelectual”, sino por la política oportunista.

La cuestión se presenta totalmente distinta en Rusia, bajo el régimen de la monarquía absoluta, donde el oportunismo del movimiento obrero es generalmente el producto no de la fuerza de la socialdemocracia ni de la descomposición de la sociedad burguesa, sino, al contrario, de las condiciones políticas atrasadas de esta sociedad.

El ambiente en el que se reclutan en Rusia los intelectuales socialistas es mucho menos burgués y más desclasado, en el sentido preciso de este término, que en Europa occidental. Eta circunstancia –unida a la inmadurez del movimiento proletario en Rusia– ofrece, es cierto, un campo muy vasto a las teorizaciones falaces y a las oscilaciones oportunistas que llegan, por una parte, hasta la negación completa del aspecto político de las luchas obreras, y, por la otra, hasta la fe incondicional en la eficacia de los atentados aislados, o también hasta el quietismo político, el pantano del liberalismo y del idealismo kantiano.

Sin embargo nos parece que el intelectual ruso, miembro del Partido socaldemócrata, difícilmente puede sentirse atraído por una labor de desorganización, porque una tendencia así no es favorecida ni por la existencia de un Parlamento burgués, ni por el estado de ánimo del ambiente social. El intelectual occidental que profesa hoy el “culto del yo” y tiñe de moral aristocrática hasta sus veleidades socialistas, es el representante característico no de la “clase intelectual burguesa”, en general, sino solamente de una fase determinada de su desarrollo: el producto de la decadencia burguesa. Por el contrario, los sueños utópicos y oportunistas de los intelectuales rusos, ganados para la causa del socialismo, tienden a rellenarse de fórmulas teóricas, en las que el yo no es exaltado, sino humillado, y la moral del renunciamiento y de la expiación es el principio dominante. Así como los narodnikia (o “populistas”) del 1875 predicaban la absorción de los intelectuales por la masa campesina, y los partidarios de Tolstoy practican la evasión de los ciudadanos hacia la vida de la gente “simple”, los factores del “economismo puro” en las filas de la socialdemocracia querían que ésta se inclinara ante “las manos callosas” del trabajador.

Se obtienen resultados muy distintos cuando en lugar de aplicar mecánicamente a Rusia los esquemas elaborados en Europa occidental nos esforzamos por estudiar el problema de la organización en relación con las condiciones específicas de la sociedad rusa.

De cualquier modo, atribuirle, como hace Lenin, una preferencia inmutable por una forma determinada de organización y particularmente por la descentralización, significa ignorar la naturaleza íntima del oportunismo.

Ya se trate de organización o de otra cosa, el oportunismo sólo conoce un único principio: la ausencia de todo principio. Escoge sus medios de acción de acuerdo a las circunstancias, si estos medios le parecen aptos para lograr los fines que persigue.

Si con Lenin nosotros definimos al oportunismo como la tendencia a paralizar el movimiento revolucionario autónomo de la clase obrera y a transformarlo en instrumento de las ambiciones de los intelectuales burgueses, debemos reconocer que en las fases iniciales del movimiento obrero este objetivo puede ser alcanzado no mediante la descentralización, sino través de una rígida concentración, que entregará este movimiento de proletarios aún incultos a los jefes intelectuales del Comité Central. En los comienzos del movimiento socialdemócrata en Alemania, cuando no existía todavía ni un sólido núcleo de proletarios conscientes, ni una táctica basada en la experiencia, hemos visto enfrentarse los partidarios de dos tipos opuestos de organización: el centralismo a ultranza, sostenido por la “Asociación general de obreros alemanes” fundada por Lassalle, y el autonomismo del partido que se constituyó en el congreso de Eisenach con la participación de W. Liebknecht y de A. Bebel. Aunque la táctica de los “eisenachianos” era bastante confusa, desdé el punto de vista de los principios, ella contribuyó infinitamente más que la acción de los lassalleanos, a suscitar en la masa obrera el despertar de una nueva conciencia Y los proletarios desempeñaron rápidamente un papel preponderante en este partido (como se puede ver en la rápida aceleración de los periódicos obreros publicadas en provincia), el movimiento se extendió rápidamente, en tanto que los lassalleanos, a pesar de todas sus experiencias de “dictadores”, llevaban a sus partidarios de una desventura a otra.

En general es fácil demostrar que cuando la cohesión entre los elementos revolucionarios de la clase obrera es aún débil y cuando el movimiento mismo avanza todavía a balbuceos, es decir, cuando estamos en presencia de condiciones similares a las que hoy existen en Rusia, es precisamente el centralismo despótico y riguroso lo que caracteriza a los intelectuales se expresan en una propensión a la “descentralización”, bajo el régimen parlamentario y con un partido obrero sólidamente constituido– las tendencias oportunistas de los intelectuales se expresan en una propensión a la “descentralización”.

Si colocándolos desde el punto de vista de Lenin temiéramos sobre todo la influencia de los intelectuales en el movimiento obrero, no podríamos concebir un peligro mayor para el Partido socialista ruso que los planes de organización propuestos por Lenin. Nada podría someter más un movimiento obrero todavía tan joven a una élite de intelectuales, ávidos de poder, que esta coraza burocrática en la que se lo aprisiona para reducirlo a un autómata manejado por un “comité”.

Y, por el contrario, contra los manejos oportunistas y las ambiciones personales, no existe garantía más eficaz que la actividad revolucionaria autónoma del proletariado, gracias a la cual adquiere el sentido de sus propias responsabilidades políticas.

En efecto, esto que hoy es un fantasma, que obsesiona la imaginación de Lenin, podría mañana convertirse en realidad

No olvidemos que la revolución, que, estamos seguros, no tardará en explotar en Rusia, no es una revolución proletaria, sino una revolución burguesa, que modificará radicalmente todas las condiciones de la lucha socialista. Entonces los intelectuales rusos se embeberán también ellos rápidamente de la ideología burguesa. Si en la actualidad la socialdemocracia es la única guía de las masas obreras, después de la revolución se asistirá naturalmente a la tentativa de la burguesía, y en primer lugar de los intelectuales burgueses, de hacer de las masas la base de su dominio parlamentario.

El juego de los demagogos burgueses será bastante mas fácil si en la actual fase de la lucha la acción espontánea, la iniciativa y el sentido político de la vanguardia obrera habrían sido coartados en su desarrollo y en su expansión por la tutela de un comité central autoritario.

Y en primer lugar, la idea que está en la base del centralismo a ultranza, es decir el querer obstaculizar el camino al oportunismo con los artículos de un estatuto, es fundamentalmente errónea.

Bajo la impresión de lo ocurrido recientemente en los partidos socialistas de Francia, Italia y Alemania los socialdemócratas rusos son propensos a considerar al oportunismo en general como un ingrediente extraño, introducido en el movimiento obrero por los representantes del democratismo burgués. Aunque así fuese las sanciones de un estatuto serían impotentes contra esta intrusión de elementos oportunistas. Dado que el aflujo de afiliados no proletarios en el partido obrero es el efecto de causas sociales profundas, tales como la decadencia económica de la pequeña burguesía, el fracaso del liberalismo burgués, la decadencia de la democracia burguesa, sería verdaderamente una piadosa ilusión pensar en detener este ímpetu tumultuoso con la barrera de una fórmula inserta en el estatuto.

Los artículos de un reglamento pueden dominar la vida de pequeñas sectas y de cenáculos privados, pero una corriente histórica pasa a través de las mallas de los parágrafos más sutiles. Pero además es un error muy grande creer que se pueda defender los intereses de la clase obrera rechazando los elementos que la disgregación de las clases burguesas impulsa en masa hacia el socialismo La socialdemocracia siempre afirmó representar, junto a los intereses de la clase obrera, la totalidad de las aspiraciones progresistas de la sociedad contemporánea y los intereses de todos aquellos que son oprimidos por el dominio de la burguesia. Esto no se debe entender sólo en el sentido de que dicho conjunto de intereses está idealmente comprendido en el programa socialista. El mismo postulado se traduce en la realidad con la evolución histórica que hace de la socialdemocracia, como partido político, el refugio natural de todos los elementos insatisfechos y de tal manera el partido de todo el pueblo contra la Ínfima minoría burguesa que detenta el poder.

* * *

Pero es necesario que los socialistas sepan siempre subordinar a los fines supremos de la clase obrera todas las necesidades, todos los rencores, todas las esperanzas de la multitud heterogénea que acude a ellos. La socialdemocracia debe contener el tumulto de la oposición no proletaria en los cuadros ce la acción revolucionaria del proletariado y, en una palabra, asimilar los elementos que se aproximan a ella.

Esto no es posible sino a condición de que la socialdemocracia constituya ya un núcleo proletario fuerte y políticamente educado, bastante consciente de ser capaz, como hasta ahora ha ocurrido en Alemania, de arrastrar a remolque a los contingentes de desclasados y de pequeños burgueses que entran en el partido. En este caso, un mayor rigor en la aplicación del principio del centralismo y una disciplina más severa, formulada explícitamente en los artículos del estatuto, pueden constituir una salvaguardia eficaz contra las desviaciones oportunistas. En efecto, existen todas las razones para considerar a la forma de organización prevista por el estatuto como un sistema defensivo directo contra el asalto oportunista; es así como el socialismo revolucionario francés se ha defendido contra la confusión jauresista. Y una modificación en el mismo sentido del estatuto de la socialdemocracia alemana constituiría una medida bastante acertada. Pero, aún en este caso, no se debe considerar al estatuto como un arma que en cualquier momento es de por si suficiente: no es más que un medio extremo de coerción para dar ejecutividad a la voluntad de la mayoría proletaria que predomina efectivamente en el partido. Si esta mayoría fallara las sanciones más tremendas formuladas en el papel serían inoperantes.

Sin embargo, esta afluencia de elementos burgueses no es por cierto la única causa de las corrientes oportunistas que se manifiestan en el seno de la socialdemocracia. Otra causa se manifiesta en la esencia misma de la lucha socialista y en las contradicciones inherentes a ella. El movimiento mundial del proletariado hacia su emancipación total es un proceso cuya particularidad consiste en lo siguiente: por primera vez desde que existe la sociedad civil, las masas populares hacen valer su voluntad conscientemente y frente a todas las clases dominantes, mientras que la realización de esta voluntad sólo es posible más allá de los límites del actual sistema social. Pero las masas no pueden adquirir y fortificar dentro de sí esta voluntad sino en la lucha cotidiana contra el orden constituido, o sea en los límites de este orden. Por una parte las masas populares, por la otra un fin situado más allá del orden social existente; por un lado la lucha cotidiana, y por el otro la revolución: tales son los términos de la contradicción dialéctica en la que se mueve el movimiento socialista. De aquí resulta la necesidad de desplazarse hábilmente entre dos escollos: uno es la pérdida de su carácter de masa, el otro la renuncia al objetivo final, la recaída al estado de secta y la transformación en un movimiento reformista burgués.

He aquí por qué es una ilusión contraría a las enseñanzas de la historia querer fijar de una vez por todas la dirección revolucionaria de la lucha socialista y querer garantizar para siempre al movimiento obrero de todas las desviaciones oportunistas. Indudablemente la doctrina de Marx nos provee de los medios infalibles para denunciar y combatir las manifestaciones típicas del oportunismo. Pero como el movimiento socialista es un movimiento de masa, y los escollos que lo amenazan son los productos no de artífices insidiosos sino de condiciones sociales ineluctables, es imposible precaverse anticipadamente contra la posibilidad de oscilaciones oportunistas. Sólo podemos superarlas con el mismo movimiento ayudándonos, como es obvio, con los recursos que ofrece la doctrina marxista, y solamente después que las desviaciones, cualesquiera ellas sean, hayan adquirido una forma tangible en la acción práctica.

Considerado desde este punto de vista, el oportunismo aparecería como un producto del movimiento obrero y como una fase inevitable de su desarrollo histórico. Especialmente en Rusia, donde la socialdemocracia ha nacido hace poco y las condiciones políticas en las que se forma el movimiento obrero son extremadamente anormales, el oportunismo es en gran medida el resultado de las inevitables vacilaciones y de las tentativas, en medio de las cuales la acción socialista se abre camino en un terreno distinto de cualquier otro.

Si las cosas son de este modo, no podemos menos que sorprendernos por la pretensión de alejar la posibilidad misma de toda desviación oportunista escribiendo ciertas palabras en lugar de otras en el estatuto del Partido. Tal tentativa de exorcizar al oportunismo con un pedazo de papel puede ser extremadamente perjudicial, no para el oportunismo, sino para el movimiento socialista en cuanto tal. Frenando las pulsaciones de una vida orgánica sana, se debilita al cuerpo y se disminuye su resistencia y también su espíritu combativo, no sólo contra el oportunismo, sino también –y esto debería tener una gran importancia– contra el ordenamiento social existente. El medio propuesto se opone al fin.

***

En esta premura obsesiva por establecer la tutela de un Comité Central omnisciente y omnipotente, por preservar un movimiento obrero tan prometedor y tan vigoroso de cualquier imprudencia, creemos advertir síntomas de ese mismo subjetivismo que ya ha jugado algunas malas pasadas al pensamiento socialista en Rusia. Es verdaderamente divertido observar las extrañas cabreólas que la historia hace hacer al respetable “sujeto” humano en su actividad histórica. Aplastado y casi reducido a polvo por el absolutismo ruso, el yo toma su revancha en la medida en que, en su pensamiento revolucionario, se pone a sí mismo sobre el trono y se proclama omnipotente, bajo la forma de un comité de conjurados, en nombre de una inexistente “Voluntad del Pueblo”. Pero el “objeto” demuestra ser el más fuerte y el knut no tarda en triunfar puesto que representa la expresión “legítima” de esta fase del proceso histórico.

Finalmente, vemos aparecer en la escena un hijo todavía más “legítimo” del proceso histórico: el movimiento obrero ruso. Por primera vez en la historia rusa, sienta con éxito las bases para la formación de una auténtica voluntad popular. Pero he aquí que el yo del revolucionario ruso se apresura a hacer cabriolas y una vez más se proclama dirigente omnipotente de la historia, esta vez en la persona de Su Alteza el Comité Central del movimiento obrero socialdemócrata. El hábil acróbata ni siquiera advierte que el único “sujeto” al que corresponde hoy el papel de dirigente es el yo colectivo de la clase obrera, que reclama resueltamente el derecho de cometer ella misma las equivocaciones y de aprender ella misma la dialéctica de la historia. Y en fin, digamos francamente entre nosotros: los errores cometidos por un verdadero movimiento obrero revolucionario son históricamente de una fecundidad y de un valor incomparablemente mayores que la infalibilidad del mejor de los comités centrales.

UN PASO ADELANTE, DOS PASOS ATRÁS

Vladimir I. Lenin

Respuesta de N. Lenin a Rosa Luxemburg 

El articulo de Rosa Luxemburg publicado en los números 42 y 43 de Die Neve Zeit es un análisis crítico de mi libro, publicado en ruso, acerca de la crisis existente en el seno de nuestro partido. No puedo por menos de expresar a los camaradas alemanes mi agradecimiento por la atención que dispensan a las publicaciones de nuestro partido y por su esfuerzo de darlas a conocer a la socialdemocracia alemana, pero debo señalar que lo que el artículo de Rosa Luxemburg publicado en Neue Zeit da a conocer al lector no es mi libro, sino otra cosa distinta. Pondré algunos ejemplos en apoyo de esto. La camarada Luxemburg dice, por ejemplo, que en mi libro se manifiesta clara y nítidamente la tendencia de un “centralismo a ultranza”. La camarada Luxemburg da por supuesto, así, que yo defiendo un sistema de organización contra cualquier otro. Pero, en realidad, no hay tal cosa. Lo que yo defiendo a lo largo de todo el libro, desde la primera página hasta la última, son los principios elementales de cualquier organización de partido que pueda imaginarse. En mi libro no se examina el problema de la diferencia entre este o el otro sistema de organización, sino el problema de cómo es necesario apoyar, criticar y corregir el sistema que sea, siempre y cuando que no contradiga a los principios del partido. Rosa Luxemburg dice, más adelante, que “según su concepción [la de Lenin], el C.C. tiene plenos poderes para organizar todos los poderes locales del partido”. Esto no es verdad. Lo que yo opino acerca de esta cuestión puede demostrarse documentalmente mediante el proyecto de los estatutos de organización del partido presentado por mí. En él so se dice ni una palabra del derecho a organizar comités locales. Fue la comisión elegida por el congreso del partido para elaborar los estatutos la que introdujo en ellos este derecho, y el congreso del partido aprobó el proyecto de la comisión. Para esta comisión fueron elegidos, aparte de mí y de otro partidario de la mayoría, tres representantes de la minoría del partido, lo que quiere decir que en esta comisión, que confirió al C.C. el derecho a organizar los comités locales, prevaleció precisamente el criterio de tres adversarios míos. La camarada R. Luxemburg confunde dos hechos distintos. En primer lugar, confunde mi proyecto de organización con el proyecto modificado de la comisión, de una parte, y de otra con los estatutos de organización aprobados por el congreso del partido; y, en segundo lugar, confunde la defensa de un determinado postulado que figura en un determinado artículo de los estatutos (en modo alguno es verdad que, en esta defensa, yo mantuviera una posición a ultranza, puesto que en el pleno no objeté en contra de las enmiendas introducidas por la comisión) con la defensa (¿tiene esto algo que ver con el auténtico “ultracentralismo”?) de la tesis según la cual los estatutos aprobados por el congreso del partido deberán aplicarse en la práctica mientras no sean modificados por el congreso siguiente. Esta tesis (“puramente blanquista”, como fácilmente podrá advertir el lector) ha sido defendida por mí en mi libro, a pesar de que, verdaderamente, mantengo una actitud “a ultranza”. Dice la camarada Luxemburg que, en mi opinión, “el C.C. es el único núcleo activo del partido”. Esto no es verdad. Yo no he defendido jamás semejante opinión. Por el contrario, mis contradictores (la minoría del II Congreso del partido) me han acusado en sus escritos de no defender lo bastante la independencia y la autonomía del C.C. y de subordinarla excesivamente a la Redacción del O.C. y al Consejo del partido, organismos que funcionan en el extranjero. A esta acusación he respondido en mi libro diciendo que cuando la mayoría del partido prevalezca en el Consejo jamás intentará coartar la autonomía del C.C.; pero esto fue lo que ocurrió tan pronto como el Consejo del partido se convirtió en un instrumento en manos de la minoría. La camarada Rosa Luxemburg dice que en la socialdemocracia rusa nadie duda de la necesidad de contar con un partido unido y que toda disputa gira en torno a la mayor o menor centralización. Esto no es verdad. Si la camarada Luxemburg se diera el trabajo de leer las resoluciones de numerosos comités locales del partido, que constituyen la minoría, comprendería fácilmente (cosa que se destaca con particular claridad en mi libro) que la disputa entre nosotros gira, principalmente, en torno a si el C.C. y el O.C. deben o no representar la tendencia de la mayoría del congreso del partido. De esta exigencia “ultracentralista” y “puramente blanquista” no dice ni una palabra la respetable camarada, que prefiere declamar en contra de la supeditación mecánica de la parte al todo, en contra de la sumisión servil, de la obediencia ciega y de otras mostruosidades por el estilo. Le agradezco mucho a la camarada Luxemburg sus esclarecimientos en torno a la profunda idea de que la sumisión servil es funesta pa ra el partido, pero desearía preguntarle si ella consideraría como normal, si reputaría tolerable el que en un partido cualquiera predominara en los órganos centrales, titulados órganos del partido, la minoría del congreso de éste. La camarada R. Luxemburg me achaca la idea de que en Rusia se dan ya todas las premisas necesarias para organizar un gran partido obrero, rigurosamente centralizado. Es una nueva afirmación que falta a la verdad de los hechos. En ninguna parte de mi libro defiendo esta idea, ni siquiera la expreso. La tesis defendida por mí expresaba y expresa algo distinto. Lo que yo subrayo es que se dan ya todas las premisas necesarias para que sean acatadas las decisiones del congreso y que hace ya mucho que ha pasado el tiempo en que los organismos del partido podían ser suplantados por círculos privados. He aportado pruebas de que algunos académicos de nuestro partido han revelado su inconsecuencia y falta de firmeza y de que no tiene derecho alguno a achacar su falta de disciplina al proletariado ruso. Los obreros rusos se han pronunciado ya repetidas veces y en diversas ocasiones en pro de la observancia de los acuerdos del congreso del partido. Es sencillamente ridículo el que la camarada Luxemburg declare que esto no pasa de ser una opinión “optimista” (¿no debiera considerarse más bien como “pesimista”?), sin decir a este propósito ni una palabra acerca del fundamento de hecho sobre que descansa mi tesis. No he sido yo, sino un adversario mío, quien ha dicho que concibo el partido a la manera de una fábrica. Lo que yo he hecho ha sido burlarme de él, demostrándole con sus propias palabras que confundía dos aspectos distintos de la disciplina fabril, lo que, por desgracia, le ocurre también a la camarada R. Luxemburg. 

Dice la camarada Luxemburg que yo, al definir al socialdemócrata revolucionario como un jacobino vinculado a una organización obrera con conciencia de clase, probablemente he trazado una caracterización más ingeniosa de mi punto de vista de la que haya podido trazar ninguno de mis adversarios. Esta afirmación se aparta una vez más de los hechos. El primero que ha hablado de jacobinismo no he sido yo, sino P. Axelrod. Ha sido él quien por primera vez comparó los grupos de nuestro partido con los del tiempo de la gran revolución francesa. Yo me he limitado a advertir que esta comparación sólo era admisible en el sentido de que la división de la social democracia actual en un ala revolucionaria y otra oportunista coincidía hasta cierto punto con la división en montañeses y girondinos.

Esta comparación fue hecha con frecuencia por la vieja “Iskra”, reconocida como órgano por el congreso. Reconociendo precisamente esta división, la vieja “Iskra” luchó contra el ala oportunista de nuestro partido, contra la tendencia de Rabócheie Dielo. Rosa Luxemburg confunde aquí la correlación entre dos tendencias revolucionarias de los siglos XVIII- XX con la identificación de estas tendencias. Así, por ejemplo, si digo que entre el Pequeño Echeidegg y la Jungfráu hay la misma diferencia que entre una casa de dos pisos y otra de cuatro, no quiere decir eso que identifique a la Jungfráu con una casa de cuatro pisos. La camarada Luxemburg deja totalmente fuera de su horizonte visual el análisis de hecho de las distintas tendencias existentes en nuestro partido. Pues bien, más de la mitad de mi libro se dedica precisamente a este análisis, basado en las actas del congreso de nuestro partido, hacia lo cual llamo la atención especialmente en mi introducción. Rosa Luxemburg quiere hablar de la situación actual de nuestro partido y, al hacerlo, prescinde totalmente del congreso que ha sido, en rigor, el que ha sentado los fundamentos de éste. ¡No hay más remedio que considerar que esta empresa es bastante arriesgada! Tanto más arriesgada cuanto que, como ya hube de señalar cientos de veces en mi libro, mis adversarios hacen caso omiso del congreso, y esto es precisamente lo que hace que todas sus afirmaciones carezcan de todo fundamento en los hechos.

Es, cabalmente, el mismo error cardinal en que incurre la camarada Rosa Luxemburg. Se limita a repetir unas cuantas frases vacuas, sin tomarse el trabajo de entrar a examinar su sentido concreto. Se deja intimidar por una serie de monstruosidades, sin penetrar en los verdaderos fundamentos de la disputa. Me atribuye una serie de lugares comunes, principios y reflexiones generalmente conocidos y verdades absolutas, procurando silenciar las verdades relativas, basadas en hechos rigurosamente determinados, los únicos con los que yo opero. Y se lamenta, además, de que se apliquen esquemas, remitiéndose a este propósito a la dialéctica marxista. Pero es el caso de que el artículo de la respetable camarada no contiene, precisamente más que esquemas producto de la cavilación, y su artículo contradice a los rudimentos de la dialéctica. Estos rudimentos nos dicen que la verdad abstracta no existe, que la verdad es siempre concreta. La camarada Rosa Luxemburg ignora desdeñosamente los hechos concretos de la lucha de nuestro partido y se ocupa noblemente de declamaciones acerca de problemas que no es posible, seriamente, enjuiciar. Citaré el último ejemplo, tomado del segundo artículo de la camarada Luxemburg. Cita mis palabras según las cuales esta o la otra redacción dada a los estatutos de organización puede servir de arma más o menos afilada de lucha en contra del oportunismo. Pero no dice ni una palabra acerca de las formulaciones de que yo hablo en mi libro y de que hablamos todos en el congreso del partido. La camarada autora del artículo no se refiere para nada a cuál era la polémica mantenida por mí en el congreso del partido, no dice contra qué planteaba yo mis tesis. En vez de ello ¡¡se digna administrarme toda una lección sobre el oportunismo... en los países parlamentarios!! Pero acerca de las distintas variantes específicas del oportunismo, acerca de los matices que adopta en nuestro país, en Rusia y de los que se habla en mi libro, no encontraremos en su artículo ni una sola palabra. La conclusión a que se llega, partiendo de estos razonamientos, agudos e ingeniosos a más no poder, es la siguiente: “Los estatutos del partido no deben ser, de por sí [?? ¡entiéndalo quien pueda!], un arma cualquiera para rechazar el oportunismo, sino solamente un arma externa poderosísima para asegurar la influencia dirigente de la mayoría revolucionario-proletaria del partido realmente existente”. Absolutamente cierto. Pero R. Luxemburg silencia cómo se ha formado la mayoría realmente existente de nuestro partido, que es precisamente de lo que yo hablo en mi libro. Y no dice tampoco cuál era la influencia que defendíamos Plejánov y yo por medio de esta poderosísima arma externa. Y únicamente podría añadir que yo jamás ni en parte alguna he dicho algo tan sin sentido como eso de que los estatutos del partido sean un arma “por sí mismos”

La respuesta más certera a semejante modo de interpretar mis ideas sería exponer los hechos concretos de la lucha mantenida en nuestro partido. A la vista de ellos, todo el mundo vería claramente con qué fuerza contradicen los hechos concretos a los lugares comunes y las abstracciones esquemáticas de la camarada Luxemburg.

Nuestro partido se fundó en la primavera de 1898, en un congreso de representantes de algunas organizaciones rusas, celebrado dentro del país. El partido recibió el nombre de Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia. Fue designado su órgano central Rabóchaia Gazeta; la “Unión de socialdemócratas rusos en el extranjero” pasó a ser la representación extranjera del partido. Poco después de la celebración del congreso, el C.C. del partido fue arrestado. Rabóchaia Gazeta dejó de publicarse después de la salida del segundo número. El partido se convirtió en un informe conglomerado de organizaciones locales (los llamados comités). Entre ellos no había más nexo de unión que un nexo ideológico, puramente espiritual. Tenía que sobrevenir, inevitablemente, un período de disenciones, vacilaciones y escisiones. Los intelectuales, que en nuestro partido representaban un porcentaje bastante mayor que en los partidos del occidente de Europa, sentíanse atraídos por el marxismo, que estaba de moda. Pero esta atracción pronto dejó el puesto, de una parte, a la inclinación servil ante la crítica burguesa de Marx y, de otra, ante el movimiento obrero puramente sindical (huelguismo, economismo). La disención entre la tendencia intelectual-oportunista y la tendencia proletario-revolucionaria condujo a la escisión de la “Unión” extranjera. El periódico titulado Rabóchaia Misl y la revista del extranjero Rabócheie Dielo eran (la segunda, más débilmente) los portavoces del economismo, negaban la importancia de la lucha política y negaban los elementos de la democracia burguesa en Rusia. Los críticos “legales” de Marx, los señores Struve, Tugan-Baranovski, Bulgákov, Berdiáiev, etc., marchan resueltamente hacia la derecha. En ningún país de Europa vemos que el bernsteinismo desembocase tan rápidamente en su final lógico, en la formación de una fracción liberal, como sucedió en Rusia. El señor Struve comenzó por la ”crítica” en nombre del bernsteinismo y terminó con la organización de la revista liberal Osvobozhdenie, liberal en el sentido europeo de la palabra. Plejánov y sus amigos abandonaron la agrupación extranjera y fueron apoyados por los fundadores de lskra y Zariá. Estas dos publicaciones (de las que seguramente ha oído hablar la camarada Rosa Luxemburg) libraron “durante tres años una brillante campaña” contra el ala oportunista del partido, la campaña de la “Montaña” contra la “Gironda” socialdemocrática (para decirlo con una expresión tomada de la vieja “Iskra”), la campaña en contra de Rabócheie Dielo (camaradas Krichevski, Akímov, Martínov y otros), contra el Bund judío y contra las organizaciones rusas animadas por esta misma tendencia (en primer lugar, contra la llamada “Organización Obrera” de Petersburgo y contra el comité de Vorónezh).

periódico dejó de publicarse después del congreso, al ser destruida la imprenta por la policía y detenidos los miembros del Comité Central.

Cada vez se veía más claramente que no bastaba con la existencia de un nexo ideológico entre los comités. Se ponía de relieve de un modo cada vez más palpable la necesidad de tomar un partido realmente cohesionado, es decir, de poner en práctica lo que se había querido hacer en 1898. Por último, a fines de 1902, se formó el Comité de Organización, que se había trazado como tarea convocar al II Congreso del partido. De este Comité de Organización, integrado principalmente por la organización de “Iskra” en Rusia, formaba también parte un representante del Bund judío. En el otoño de 1903 se celebró, finalmente, el II Congreso, en el que, de una parte, se llevó a cabo la unificación formal del partido y en el que, de otra parte, se produjo la escisión de éste en una “mayoría” y una “minoría”. Semejante división no existía con anterioridad a la celebración del congreso y sólo puede explicarse mediante el análisis detallado de la lucha librada en el congreso del partido. Por desgracia, los partidarios de la minoría (incluyendo a la camarada Luxemburg) rehuyen medrosamente este análisis.

En mi libro, que la camarada Luxemburg da a conocer de un modo tan peregrino a los lectores alemanes, dedico más de cien páginas a examinar en detalle las actas del congreso (que forman un tomo de cerca de cuatrocientas páginas. Este análisis me llevó a clasificar a los delegados, o mejor dicho los votos (pues había en el congreso delegados que tenían uno o dos votos) en cuatro grupos fundamentales: 1) los iskristas de la mayoría (partidarios de la tendencia de la vieja Iskra), 24 votos; 2) los iskristas de la minoría, 9 votos; 3) el centro (llamado también, irónicamente, “el pantano”), 10 votos, y, por último, 4) los antiiskristas, 9 votos, en total 51. Analizo la participación de estos grupos en todas las votaciones producidas en el congreso del partido y demuestro cómo, en todos los problemas (de programa, táctica y organización), el congreso del partido fue la palestra de lucha de los iskristas contra los antiiskristas, en la que se observan diversas vacilaciones por parte del “pantano”. Y no podía ser de otro modo, como necesariamente tiene que ver claro todo el que conozca un poco la historia de nuestro partido. Pero todos los partidarios de la minoría (incluyendo a R. Luxemburg) cierran discretamente los ojos a esta lucha. ¿Por qué? Precisamente porque esta lucha pone de manifiesto todo lo que hay de falso en la actual situación política de la minoría. A lo largo de toda esta lucha librada en el congreso del partido, en torno a decenas de cuestiones y en decenas de votaciones, los iskristas tuvieron que pelear contra los antiiskristas y el “pantano”, el cual se ponía tanto más resueltamente de lado de los antiiskristas cuanto más concretas eran las cuestiones debatidas, cuanto de un modo más positivo se consideraba el sentido fundamental del trabajo socialdemocrático, cuanto más efectivamente se aspiraba a llevar a la práctica los planes inquebrantables de la vieja iskra. Los antiiskristas (especialmente, el camarada Akímov y la camarada Brúker, delegada de la “Organización obrera” de Petersburgo, que siempre estaba de acuerdo con él, y casi siempre el camarada Martínov y los 5 delegados del Bund judío) eran contrarios a la tendencia de la vieja Iskra. Defendían a las viejas organizaciones sueltas, votaban en contra de su supeditación al partido,

en contra de su fusión con el partido (incidente del C. O., disolución del grupo “El Obrero del Sur”, que era el grupo más importante del “pantano”, etc.). Lucharon en contra de unos estatutos de organización inspirados en el espíritu del centralismo (14° sesión del congreso) y, con este motivo, acusaron a todos los iskristas de que trataban de implantar la “desconfianza organizada”, de promulgar una “ley excepcional”, y de otras atrocidades. Todos los iskristas sin excepción se rieron entonces de esto; y merece hacerse notar que la camarada Rosa Luxemburg toma ahora como algo serio todas estas necedades. En la inmensa mayoría de los casos triunfaron los iskristas, que predominaban en el congreso, como se ve claramente por los datos numéricos señalados más arriba. Pero, al llegar la segunda parte del congreso, cuando se debatían ya cuestiones menos de principio, se impusieron los antiiskristas, gracias al hecho de que algunas iskristas votaron con ellos. Así sucedió, por ejemplo, en lo tocante al problema de la equiparación de todas las lenguas en nuestro programa; acerca de este punto, los antiiskristas casi lograron derrotar a la comisión de programa y sacar adelante su propia formulación. Y así sucedió también en lo referente al artículo primero de los estatutos, donde los antiiskristas, mano a mano con el “pantano”, impusieron la fórmula del camarada Mártov. Con arreglo a esta redacción, se consideran miembros del partido, no sólo los que pertenezcan a una de sus organizaciones (esta era la redacción que defendíamos Pléjánov y yo), sino también todas las personas que trabajen bajo el control de una organización del partido. 

Lo mismo sucedió con motivo de las elecciones al C.C. y a la Redacción del Organo Central, 24 iskristas formaban una coherente mayoría. Llevaron adelante el plan de renovación del cuerpo de redactores meditado de largo tiempo atrás: de los seis antiguos redactores se elegiría a tres; la minoría quedó formada por 9 iskristas, 10 del centro y 1 antiiskrista (los 7 antiiskristas restantes, los delegados del Bund judío y los de Rabócheie Dielo se habían retirado del congreso ya antes). Esta minoría quedó tan descontenta por el resultado de la elección, que decidió abstenerse de tomar parte de las demás que se celebraran. Al camarada Kautsky le asistía toda la razón cuando veía en el hecho de la renovación del cuerpo de redactores la causa fundamental de la lucha subsiguiente. Pero su opinión de que fui yo (sic!) quien “eliminó” de la Redacción a tres camaradas sólo puede explicarse por su desconocimiento total de lo que fue nuestro congreso. En primer lugar, el hecho de no ser elegidos no es lo mismo que el ser eliminados y, como es natural, yo no tenía en el congreso derecho de ninguna clase para eliminar a nadie; y, en segundo lugar, el camarada Kautsky, al parecer, no sospecha siquiera de que el hecho de la coalición de los antiiskristas, el centro y una parte de los partidarios de Iskra encerraba también una significación política y no podía por menos de influir en el resultado de la elección. Quien no se empeñe en cerrar los ojos a la evidencia de lo sucedido en nuestro congreso no tiene más que ver que una minoría y una mayoría es solamente una variante de la vieja división en el ala proletariorevolucionaria y el ala intelectual-oportunista de nuestro partido. Es este un hecho que no se puede rehuir con ninguna interpretación, ni con ninguna clase de ironías.

Por desgracia, después del congreso la importancia de principio de esta escisión se vio obstruida por las mezquinas querellas relacionadas con la cooptación. Dos meses duró esta lucha. Se emplearon como medios de combate el boicot y la desorganización del partido. Doce comités (de los catorce que se hicieron oír con este motivo) condenaron enérgicamente tales procedimientos de lucha. La minoría se negó incluso a aceptar nuestra proposición (formulada por Plejánov y por mí) y a expresar su

situación que actualmente impera en Rusia con la que existía en Alemania bajo la vigencia de la ley de excepción contra los socialistas.

La ley de excepción contra los socialistas fue promulgada en Alemania en 1878. Se declaraban prohibidas en ella todas las organizaciones del partido socialdemócrata, las organizaciones obreras de masas y la prensa obrera, se confiscaban las publicaciones socialistas y se deportaba a los socialdemócratas. Dicha ley fue derogada en 1890, bajo la presión del movimiento obrero de masas.

punto de vista en las páginas de “Iska”. En el congreso de la “Liga extranjera”, las cosas llegaron hasta el extremo de lanzar ofensas e injurias de carácter personal contra miembros de los organismos centrales (llamándolos autócratas, burócratas, gendarmes, mentirosos y que se yo cuántas cosas más). Se les acusó de ahogar la iniciativa personal, de querer implantar la obediencia incondicional y la ciega sumisión, etc. De nada sirvieron los intentos hechos por Plejánov para calificar como anarquistas estos métodos de lucha de la minoría. Después de este congreso, Plejánov publicó (en el núm. 52 de “Iskra”) su artículo titulado ¿Qué no hacer?, artículo que sienta época y que iba dirigido contra mí. En este artículo, decía que la lucha contra el revisionismo no debía significar a todo trance la lucha contra los revisionistas; para todos estaba claro que, al decir esto, quería referirse a nuestra minoría. Y más adelante sostenía que, a veces, no conviene luchar contra el individualismo anarquista, tan profundamente arraigado en los revolucionarios rusos; que, en ocasiones, el mejor medio para refrenarlo y evitar la escisión es hacer algunas concesiones. Yo salí de la Redacción, ya que no podía incorporarlos a ella a los redactores de la minería. Siguió luego la lucha por la cooptación al Comité Central. Fue rechazada mi propuesta de hacer las paces dejando a la minoría el O.C. y respetando en el C.C. a la mayoría. Siguió adelante la lucha, combatiéndose “en principio” contra el burocratismo, el ultracentrismo, el formalismo, el jacobinismo, el schweitzerismo (a mí se me llamaba, en efecto, el Schweitzer ruso) y contra otras monstruosidades. En mi libro me burlé de todas estas acusaciones e hice notar que esto o eran simplemente líos de cooptación o (suponiendo que hubiera que reconocer condicionalmente el carácter “de principio” de tales acusaciones) no pasaban de ser frases oportunistas, girondistas. La actual minoría no hace más que repetir lo que el camarada Akímov en contra del centralismo, defendido por todos los partidarios de la vieja “Iskra”.

Los comités de Rusia expresaron su indignación ante el hecho de que el Organo Central se hubiera convertido en el órgano de un círculo privado, en el órgano de los chismes de la cooptación y de las comadrerías del partido. Se recibieron gran número de resoluciones en las que se manifestaba la más profunda irritación. Solamente la llamada “Organización obrera” de Petersburgo, de que ya hemos hecho mención, y el comité de Vorónezh (formado por partidarios del camarada Akímov) expresaron su satisfacción de principio con la tendencia de la nueva “Iskra”. Las voces pidiendo la convocatoria del tercer congreso eran cada vez más numerosas.

El lector que se tome la molestia de estudiar las fuentes de primera mano acerca de Ta lucha de nuestro partido comprenderá sin dificultad que lo que la camarada Rosa Luxemburg dice acerca del “ultracentrismo”, de la necesidad de ir gradualmente hacia la centralización, etc., equivale, concreta y prácticamente, a burlarse de lo que ha sido nuestro congreso y, abstracta y teóricamente (si puede hablarse aquí de teoría) es un simple adocenamiento del marxismo, una tergiversación de la auténtica dialéctica marxista, etc.

La última fase de la lucha mantenida en nuestro partido se caracteriza por el hecho de que los miembros de la mayoría han sido en parte eliminados del C.C. y en parte convertidos en elementos introducidos en el C.C., etc.) El Consejo del partido (que después de la cooptación de los antiguos redactores ha caído también en manos de la minoría) y el actual C.C. han condenado toda labor de agitación en favor de la convocatoria del III Congreso y han pasado al camino de los acuerdos y pactos personales con algunos miembros de la minoría. Han sido disueltas, por ejemplo, las organizaciones que, como el organismo formado por agentes (apoderados) del C.C., han osado cometer un crimen como el de hacer agitación en pro de la convocatoria del congreso. Se ha declarado en toda la línea la guerra a la convocatoria del III Congreso del partido. La mayoría ha contestado a esto con la consigna de “¡Abajo el bonapartismol” (es el título del folleto del camarada Galiorka, que actúa en nombre de la mayoría). Aumenta el número de resoluciones en que se declara contrarios al partido y bonapartistas a los organismos del partido que mantienen la lucha en contra de la convocatoria del congreso. Cuán hipócritas eran todas las chácharas de la minoría en contra del ultracentrismo y en pro de la autonomía, lo revela claramente el hecho de que se haya declarado como al margen del partido la nueva editorial de la mayoría creada por mí y otro camarada (en la que se publicaron el folleto ya citado de Galiorka y algunos otros). La nueva editorial ofrece a la mayoría la única posibilidad de propagar sus ideas, ya que las páginas de “Iskra” están casi cerradas para ella. A pesar de lo cual, o, por mejor decir, precisamente en virtud de ello, el Consejo del partido ha adoptado la resolución a que nos referimos, basándose en la razón puramente formal de que nuestra editorial no cuenta con poderes de ninguna organización del partido.

Huelga decir en qué abandono se halla actualmente el trabajo constructivo, cuánto ha descendido el prestigio de la socialdemocracia y cuán desmoralizado se halla todo el partido, al ver cómo se han reducido a la nada todas las decisiones del II Congreso y todas las elecciones llevadas a cabo en él y cómo los organismos del partido responsables ante éste han desatado la lucha contra la convocatoria del III Congreso. 

OBSERVACIONES METODOLÓGICAS

SOBRE LA CUESTIÓN DE ORGANIZACIÓN György Lukács

No pueden separarse mecánicamente los problemas políticos de los problemas de organización. Lenin, Discurso de clausura del XI Congreso del P.C. (b)

I

Los problemas de organización forman parte de algunas cuestiones todavía poco elaboradas teóricamente, aunque hayan ocupado en determinados momentos –por ejemplo, en ocasión de las discusiones sobre las condiciones de ingreso – el primer plano de las luchas ideológicas. La concepción del partido comunista, atacada y calumniada por todos los oportunistas, instintivamente comprendida y adoptada por los mejores obreros revolucionarios, es, sin embargo, considerada frecuentemente como una cuestión puramente técnica y no como uno de los problemas intelectuales más importantes de la revolución. No es que falten los materiales para profundizar teóricamente los problemas de organización. Las tesis del II y III Congreso [de la Internacional Comunista], las luchas de orientación del partido ruso, las experiencias prácticas de los últimos años, ofrecen un material abundante. Pero se diría que el interés teórico de los partidos (con excepción siempre del ruso) ha sido absorbido de tal manera por los problemas de la situación económica y política mundial, por las consecuencias tácticas que de ellos se derivan y por sus justificaciones teóricas, que ya no queda ningún interés teórico vivaz y activo por insertar el problema de organización en la teoría comunista. Cuando se actúa correctamente en este terreno, la corrección es por lo general más deudora del instinto revolucionario que de una actitud teórica clara. Por otra parte, muchas actitudes tácticamente falsas, los debates sobre el frente único por ejemplo, provienen de una concepción incorrecta de los problemas organizativos.

Esta “inconsciencia” con respecto a los problemas de organización es seguramente un signo de falta de madurez del movimiento. La madurez o la carencia de ella, a decir verdad, se miden tan sólo por lo siguiente: una concepción o una actitud preocupada por lo que debe hacerse está

presente en la conciencia de la clase actuante y de su partido dirigente, ya sea bajo una forma concreta y mediatizada, o bien bajo una forma abstracta e inmediata. Dicho de otro modo, mientras la meta deseada se encuentra fuera de nuestro alcance, algunos hombres de gran lucidez pueden seguramente, hasta cierto punto, ver con claridad el fin mismo, su ausencia y su necesidad social. Sin embargo, serán incapaces de tomar conciencia por sí mismos de los pasos concretos que conducirán al fin, de los medios concretos que se derivan de su intuición eventualmente correcta y de los que sería necesario disponer. Claro está que los utopistas pueden también acertar con respecto a la situación de hecho de la que es preciso partir. Pero seguirán siendo simples utopistas en la medida en que vean esta situación tan sólo como un hecho, o a lo sumo como un problema a resolver, sin alcanzar a comprender que es justamente allí en el problema mismo, donde está dada la solución o el camino que a ella conduce. Además, “no ven en la miseria más que la miseria, sin advertir su aspecto revolucionario, destructor, que terminará por derrocar a la vieja sociedad”. La oposición, subrayada aquí, entre ciencia doctrinaria y ciencia revolucionaria va más allá del caso analizado por Marx y se transforma en oposición típica en la evolución de la conciencia de la clase revolucionaria. Con el progreso de la revolución en el proletariado, la miseria ha perdido su carácter de simple dato y se ha integrado en la dialéctica viva de la acción. Pero en su lugar aparecen, según la fase en que se encuentra la evolución de la clase, otros contenidos frente a los cuales la actitud de la teoría proletaria manifiesta una estructura muy semejante a la que Marx ha analizado aquí. Porque sería una ilusión utópica creer que la superación del utopismo es ya un hecho acabado para el movimiento obrero revolucionario, debido a la superación teórica –realizada por Marx– de su forma primera de aparición. Este problema, que es en última instancia el problema de la relación dialéctica entre “objetivo último” y “movimiento”, entre teoría y praxis, se repite bajo una forma cada vez más evolucionada en cada etapa decisiva de la evolución revolucionaria, y a decir verdad con contenidos constantemente variables. Una tarea se manifiesta como posibilidad abstracta mucho antes de que se tornen visibles las formas concretas de su realización. La exactitud o la falsedad de la problemática puede ser abordada tan sólo cuando el segundo grado ha sido alcanzado, cuando es identificable la totalidad concreta que está llamada a ser el medio y el camino de su realización. De ahí que la huelga general fuera en los debates de la II Internacional una utopía puramente abstracta y que no haya llegado a esbozarse bajo una forma concreta sino con la primera revolución rusa, la huelga general belga, etc. De ahí que debieran pasar años de lucha revolucionaria aguda antes de que el consejo obrero perdiera su carácter utópico de panacea para todos los problemas de la revolución y fuera percibido por el proletariado ruso como lo que realmente era. (De ningún modo pretendo decir que este proceso de clarificación haya concluido, incluso dudo mucho de ello. Pero como el consejo obrero sólo fue incluido aquí a título de ejemplo, no entraré en más detalles).

Los problemas de la organización son justamente los que han permanecido durante más tiempo en esta especie de penumbra utópica. Y esto no es una casualidad. El desarrollo de los grandes partidos obreros se produjo en su mayor parte durante la época en que el problema de la revolución era concebido como una cuestión que influenciaba teóricamente el problema, pero que no determinaba de inmediato el conjunto de las acciones de la vida cotidiana. No parecía entonces necesario lograr teóricamente una idea clara y concreta de la esencia y de la marcha previsible de la revolución para poder extraer conclusiones sobre cómo debía actuar conscientemente la parte consciente del proletariado. Sin embargo, el problema de la organización de un partido revolucionario puede desarrollarse orgánicamente sólo a partir de una teoría de la revolución misma. Cuando la revolución se convierte en un problema del día, la cuestión de la organización revolucionaria irrumpe como una necesidad imperiosa en la conciencia de las masas y de sus vanguardias teóricas.

Esto tampoco se logra sino de a poco, pues ni el hecho de la revolución, ni siquiera la necesidad de tomar posición frente a ella en tanto que problema de actualidad, como fue el caso durante y después de la primera revolución rusa, pueden imponer una comprensión correcta. Es evidente que ello sucedió, en parte, porque el oportunismo había echado ya raíces tan profundas dentro de los partidos proletarios que un conocimiento correcto de la revolución se había vuelto imposible. Pero precisamente allí donde ese motivo no existia y donde había un claro conocimiento de las fuerzas motrices de la revolución, dicho conocimiento no pudo desarrollarse en una teoría de la organización revolucionaria. Era justamente el carácter inconsciente, no elaborado teóricamente, fruto de un puro “crecimiento natural”, de las organizaciones presentes lo que obstaculizaba, al menos parcialmente, la clarificación de los principios. Pues la revolución rusa ha revelado claramente los límites de las formas de organización de Europa Occidental. El problema de las acciones de masas, de las huelgas revolucionarias de masas, demuestra su impotencia frente a los movimientos espontáneos de las masas, hace tambalear la ilusión oportunista que recela de la idea de una “preparación organizativa” de tales acciones, prueba que dichas organizaciones sólo se encuentran a la zaga de las verdaderas acciones de masas, frenándolas y obstaculizándolas en lugar de hacerlas avanzar y de lograr dirigirlas. Rosa Luxemburg, que posee la visión más lúcida sobre el significado de las acciones de masas, va más allá que esta simple critica. Con gran perspicacia comprende al limite de la concepción tradicional de la organización, falsa en su relación con las masas: 

“La sobreestimación o la falsa estimación de la función de la organización en la lucha de clases del proletariado –dice–, es completada habitualmente por la subestimación de las masas proletarias no organizadas y de su madurez política”. 

Para polemizar contra esta sobreestimación de la organización y por otra parte para definir la tarea del partido, ella concluye que dicha tarea no debe “consistir en la preparación y la dirección técnica de la huelga de masas, sino ante todo en la dirección política de todo el movimiento”. 

Así se había dado un gran paso hacia el conocimiento preciso del problema de la organización: arrancando el tema de la organización de su aislamiento abstracto (poniendo fin a la “sobreestimación” de la organización) se emprenderá un camino siguiendo el cual le sería atribuía su función correcta dentro del proceso de la revolución. Pero para ello hubiera sido necesario que Rosa Luxemburg reorientara, a partir de una concepción de la organización, el problema de la dirección política: hubiera sido necesario que aclarase los momentos organizativos que convierten en apto para la dirección política al partido del proletariado. Ya hemos hablado en otra parte acerca de lo que le impidió dar este paso. Aquí nos limitamos a indicar que dicho paso ya había sido dado algunos años antes: durante el debate de la socialdemocracia rusa sobre organización. Rosa Luxemburg conocía perfectamente esta discusión, pero en ella había tomado partido por la tendencia retrógada que frenaba la evolución (la tendencia de los mencheviques). Sin embargo, de ningún modo es casual que los puntos que provocaron la escisión de la socialdemocracia rusa hayan sido, por una parte, la concepción del carácter de la revolución futura y las tareas que de ella se desprendían (coalición con la burguesía “progresista” o ludia al lado de la revolución campesina), y por otra parte, los problemas de organización. Pero para el movimiento no ruso fue una desgracia que la unidad, la ligazón indisoluble, dialéctica, de esas dos cuestiones no fuera comprendida en ese momento por nadie (Rosa Luxemburg inclusive). Así, pues, no sólo se menospreció divulgar en el proletariado, por lo menos bajo la forma de propaganda, los problemas de la organización revolucionaria para prepararlo por lo menos intelectualmente a lo que vendría (entonces no era posible hacer más), sino que tampoco los puntos de vista políticos correctos de Rosa Luxemburg, de Pannekoek y de otros pudieron –en tanto que eran también tendencias políticas– concretarse suficientemente; según las palabras de Rosa Luxemburg, permanecieron latentes, simplemente teóricos y su ligazón con el movimiento concreto conservó siempre un carácter utópico. 

La organización es la forma de mediación entre la teoría y la práctica. Y como en toda relación dialéctica, también aquí los miembros de esta relación dialéctica adquieren concreción y realidad tan sólo en y por su mediación. Este carácter de la organización, como mediadora entre la teoría y la praxis, se revela con mayor claridad en el hecho de que la organización manifiesta respecto de la divergencia entre las tendencias una sensibilidad más grande, más sutil y más segura que respecto de cualquier otro dominio del pensamiento y de la acción política. En la teoría pura, las concepciones y las tendencias más diversas pueden coexistir en paz, sus oposiciones toman la forma de discusiones que pueden desarrollarse tranquilamente dentro del marco de una sola y misma organización sin hacerla necesariamente estallar. Sin embargo, los mismos problemas, cuando son aplicados a cuestiones de organización, se presentan como tendencias rígidas que se excluyen mutuamente. No obstante, toda tendencia o divergencia de opinión “teórica” debe transformarse instantáneamente en problema de organización si no quiere permanecer como una simple teoría o una opinión abstracta, si realmente tiene la intención de mostrar el camino de su realización. Pero sería igualmente un error creer que la simple acción es capaz de suministrar un criterio real y seguro para juzgar sobre la justeza de concepciones que se oponen entre sí, o inclusive de la posibilidad, o no, de conciliarlas. Toda acción es en sí y para sí un entrelazamiento de acciones particulares de hombres y de grupos particulares, que es igualmente falso concebir como un devenir histórico-social “necesario” motivado de manera perfectamente suficiente, o como la consecuencia de “errores” o de decisiones “correctas” de los individuos. Este entrelazamiento confuso adquiere sentido y realidad sólo cuando es interpretado en su totalidad histórica, es decir en su función dentro del proceso histórico, en su papel mediador entre el pasado y el futuro. Ahora bien, una problemática que aprehende el conocimiento de una acción como conocimiento de sus lecciones para el futuro, como respuesta a la pregunta: “¿Qué debemos hacer?”, ubica ya al problema en el plano de la organización. Ella busca descubrir en la estimación de la situación, en la preparación y en la dirección de la acción, los momentos que, a partir de la teoría, han conducido necesariamente a una acción que le sea lo más apropiada posible, busca entonces las determinaciones esenciales que vinculan teoría y praxis.

Es claro que solamente de esta manera se podrá hacer una autocrítica realmente fecunda, que nos permita descubrir con buenos resultados los “errores” cometidos. La concepción de la “necesidad” abstracta del devenir conduce al fatalismo; la simple suposición de que los “errores” o la habilidad de los individuos constituyen el origen del éxito o del fracaso, no puede, a su vez, ofrecer lecciones muy provechosas para la acción futura. Pues desde este punto de vista, parecía casi una “casualidad” que sea justamente fulano o mengano quien se haya encontrado en tal o cual lugar, que haya cometido tal o cual error, etc. La comprobación de ese error sólo nos puede llevar a la comprobación de que la persona cuestionada no estaba a la altura de su papel, a una comprensión que de ser correcta no carecería de valor, pero que desempeñaría sin embargo un papel secundario para la autocrítica esencial. La importancia exagerada que un examen de este tipo acuerda a los individuos demuestra su incapacidad para objetivar el rol de esas personas y su aptitud para determinar la acción de modo decisivo; demuestra que los acepta con el mismo grado de fatalismo con que el fatalismo objetivo ha aceptado el conjunto del devenir. Si al tratar este tema se supera su aspecto simplemente particular y contingente, si se percibe en la acción conecta o defectuosa de los individuos una causa que contribuya verdaderamente al conjunto, pero cuya razón sin embargo deberá ser buscada más lejos, en las posibilidades objetivas de sus acciones y en las posibilidades objetivas de los hechos en virtud de los cuales los individuos ocupan esos cargos, etc., entonces el problema estará nuevamente planteado en el plano de la organización. En este caso, la unidad que en la acción ha ligado entre sí a los que actúan, en tanto que unidad objetiva de la acción, es ya examinada con relación a su adaptación a esta acción determinada; se plantea entonces el problema de saber si los medios organizativos para pasar de la teoría a la práctica son los correctos.

El “error” puede ciertamente residir en la teoría, en las metas fijadas o en el conocimiento de la situación misma. Sin embargo, sólo una problemática orientada hacia los problemas de organización permite criticar realmente

la teoría, partiendo del punto de vista de la práctica. Si la teoría se yuxtapone sin mediación a la acción sin que se vea claramente cómo es concebida su influencia ésta, o dicho de otro modo, sin clarificar el enlace organizativo entre ellas, la teoría misma no puede ser criticada más que con respecto a sus contradicciones teóricas inmanentes. Esta función de las cuestiones de organización explica que el oportunismo haya experimentado siempre una gran aversión a extraer consecuencias de tipo organizativo de las divergencias teóricas. La actitud de la Socialistas Independientes de derecha en Alemania y de los partidarios de Serrati frente a las condiciones de adhesión fijadas por el II Congreso, sus tentativas de desplazar las divergencias efectivas con la Internacional Comunista del dominio de la organización al dominio “puramente político”, partían de un sentido oportunista correcto según el cual, en este terreno, las divergencias podían permanecer mucho tiempo en estado latente y sin expresión práctica. El II Congreso, en cambio, planteando el problema en el plano de la organización, obligaba a tomar una decisión clara e inmediata. Pero esta actitud no tiene nada de nuevo. Toda la historia de la Segunda Internacional está llena de intentos similares para conciliar las concepciones más diversas, las más efectivamente divergentes, las más opuestas, en la “unidad” teórica de una resolución que hiciera justicia a todas. La consecuencia automática de tales resoluciones es la carencia de cualquier orientación hacia la acción concreta; inclusive, en este sentido, permanecen siempre ambiguas y permiten las interpretaciones más diversas. La Segunda Internacional –precisamente porque evitaba con mucho cuidado en tales resoluciones toda consecuencia de tipo organizativo– pudo asi extenderse teóricamente sobre muchos puntos, sin por ello comprometerse en lo más mínimo o ligarse a algo determinado. Fue así, por ejemplo, que pudo ser tomada la decisión radical de Stuttgart sobre la guerra, que no contenía, sin embargo, ningún compromiso con ninguna decisión concreta y determinada en el plano organizativo, ninguna directiva de organización sobre el modo de actuar, ninguna garantía de tipo organizativo para la realización efectiva de la realización. La minoría oportunista no extrajo ninguna consecuencia de tipo organizativo de su derrota porque comprendía que la resolución misma no tendría ninguna consecuencia en el plano de la organización. De allí que después de la disgregación de la Segunda Internacional todas las tendencias pudieran apoyarse en esta resolución.

El punto débil de todas las tendencias radicales no rusas de la Internacional residía, pues, en que sus posturas revolucionarias contra el oportunismo de los revisionistas declarados y de los centristas no pudieron o no quisieron concretarse en el plano de la organización. Permitieron así a sus adversarios, particularmente a los centristas, que ocultaran sus divergencias a los ojos del proletariado revolucionario; su oposición no les impidió tampoco a los centristas aparecer como los defensores del marxismo verdadero ante los ojos de la parte del proletariado que tenían sentimientos revolucionarios. No corresponde explicar aquí, teórica e históricamente, la supremacía de los centristas durante el período de la preguerra. Es necesario, sin embargo, señalar nuevamente que es el eclipsamiento de la revolución y de las tomas de posición frente a los problemas revolucionarios de la acción cotidiana, lo que ha permitido a los centristas ocupar esta posición polémica, tanto contra el revisionismo declarado como contra las exigencias de la acción revolucionaria; posición de rechazo teórico del revisionismo, pero sin voluntad sería de eliminarlo de las prácticas del partido; de aprobación teórica de estas exigencias, pero sin reconocimiento de su actualidad. Al mismo tiempo, el carácter revolucionario del período, la actualidad histórica de la revolución, podían muy bien ser reconocidas por Kautsky y por Hilferding, por ejemplo, sin que se derivara como una obligación el aplicar esta actitud a las decisiones del momento. De ahí que estas divergencias de opinión siguieran siendo para el proletariado meras divergencias de opinión dentro de los movimientos obreros, a pesar de todo revolucionarios, y que fuera imposible una clara diferenciación entre las tendencias. Esta falta de claridad afectó, a su vez, las concepciones de la misma izquierda. Siendo imposible para estas concepciones la confrontación con la acción, ellas no pudieron desarrollarse por sí mismas y concretarse mediante la autocrítica productiva que el paso a la acción implica. Conservaron –hasta cuando estaban de hecho muy próximas a la verdad– un carácter fuertemente abstracto y utópico. Pensemos por ejemplo en la polémica de Pannekoek contra Kautsky sobre las acciones de masa. A Rosa Luxemburg le fue imposible, por las mismas razones, proseguir el desarrollo de sus ideas correctas sobre la organización del proletariado revolucionario como dirección política del movimiento. Su justa polémica contra las formas mecánicas de organización del movimiento obrero, por ejemplo, en lo que se refiere a las relaciones entre partido y sindicato, entre masas organizadas y no organizadas, condujo a una sobreestimación de las acciones espontáneas de las masas, y su concepción no pudo nunca liberarse completamente de un resabio simplemente teórico y propagandístico.

II

Hemos explicado en otro lugar que no se trata aquí de una mera casualidad, de un simple “error” de esta precursora. En ese contexto lo esencial de tales modos de pensamiento se resuma de la manera más acabada en la ilusión de una revolución “orgánica” puramente proletaria. La teoría “orgánica” y revolucionaria de las acciones espontáneas de las masas se formó en la lucha contra la doctrina oportunista de la evolución “orgánica”, según la cual el proletariado conquistará poco a poco la mayoría de la población por medio de un lento crecimiento y se apoderará así del poder a través de medios puramente legales. Sin embargo, a pesar de todas las sensatas reservas de su mejores representantes, esta teoría culminaba, en última instancia, en la afirmación de que el empeoramiento constante de la situación económica, la inevitable guerra mundial imperialista y la consecuente aproximación del período de luchas de masas revolucionarías, provocarían como una necesidad histórica y social, acciones de masas espontáneas en las que sería puesta a prueba la capacidad de las direcciones políticas respecto de una visión clara de los objetivos y de los caminos de la revolución. Esta teoría, por lo tanto, ha hecho del carácter puramente proletario de la revolución un supuesto tácito. La extensión que Rosa Luxemburg otorga al concepto de “proletariado” difiere, evidentemente, de la de los oportunistas. ¿No muestra ella, quizá con gran insistencia, cómo la situación revolucionaria moviliza grandes masas de un proletariado hasta entonces no organizado y fuera del alcance del trabajo organizativo (obreros agrícolas, etc.) y cómo estas masas manifiestan en sus acciones un nivel de conciencia de clase incomparablemente más elevado que los mismos partidos y sindicatos que pretenden tratarles con condescendencia, como si carecieran de madurez, como si fueran “atrasados”? El carácter puramente proletario de la revolución se encuentra sin embargo en la base de esta concepción. Por una parte, el proletariado interviene en el plan de batalla como formando una unidad y, por otra parte, las masas, cuyas acciones son estudiadas, son masas puramente proletarias. Y es necesario que así ocurra. Sólo en la conciencia de clase del proletariado la actitud correcta con respecto a la acción revolucionaria puede anclar tan profundamente, tener raíces tan hondas y tan instintivas, que sea suficiente una toma de conciencia y una dirección clara para que la acción continúe y se oriente por la buena senda. Sin embargo, si otras capas adquieren un papel decisivo en la revolución, su movimiento puede ciertamente –bajo determinadas condiciones– hacer avanzar la revolución, aunque puede también tomar fácilmente una dirección contrarrevolucionaria, ya que en la situación de clase de esas capas (pequeño-burguesas, campesinas, naciones oprimidas, etc.) no está de ninguna manera prefigurada, ni puede estarlo, una orientación necesaria hacia la revolución proletaria. Si un partido revolucionario, concebido de esa manera, se relacionara con tales sectores con el fin de hacer avanzar sus movimientos en beneficio de la revolución proletaria e impedir que su acción sirva a la contrarrevolución, estaría condenado necesariamente al fracaso.

sus comentarios (en el discurso-programa pronunciado en el Congreso de fundación del P.C.

Alemán) a la Introducción de Engels a La lucha de clases en Francia, “biblia” del legalismo.

Y fracasaría también con relación al proletariado mismo. Porque en esta edificación organizativa, el partido corresponde a una representación del nivel de conciencia de clase del proletariado, según la cual sólo se trata de volver consciente lo inconsciente, de actualizar lo que está latente, o más bien, corresponde a una representación según la cual este proceso de toma de conciencia implica una terrible crisis ideológica interna del proletariado. No se trata aquí de refutar este miedo oportunista frente a la “falta de madurez” del proletariado para tomar y conservar el poder. Esta objeción ya ha sido refutada de manera inapelable por Rosa Luxemburg en su polémica contra Bernstein. Se trata de que la conciencia de clase del proletariado no se desarrolla paralelamente a la crisis económica objetiva, en línea recta y de manera homogénea en todo el proletariado; se trata de que gran parte del proletariado permanece intelectualmente bajo la influencia de la burguesía y la agravación mayor de la crisis económica no los aleja de esa posición; se trata, en fin de que la actitud del proletariado, su reacción frente a la crisis permanece muy retrasada, tanto en vigor como en intensidad, respecto de la crisis misma. 

Esta situación sobre la que se fundamenta la posibilidad del menchevismo, tiene también, sin duda alguna, sus fundamentos objetivamente económicos. Ya Marx y Engels habían observado desde muy temprano esa evolución, ese aburguesamiento de las capas obreras, las que gracias a los beneficios de los monopolios en la Inglaterra de la época, adquirieron una situación privilegiada con respecto a sus camaradas de clase. Esta capa se desarrolló por todas paites con la entrada del capitalismo en la fase imperialista y se convirtió indudablemente en un apoyo importante para la evolución, generalmente oportunista y hostil a la revolución, de grandes sectores de clase obrera. Pero a mi entender, es imposible explicar a partir de ello toda la cuestión del menchevismo. En primer lugar, dicha posición privilegiada está hoy bastante quebrantada sin que la posición del menchevismo haya sufrido el correspondiente quebrantamiento. También desde este punto de vista la evolución subjetiva del proletariado permanece en muchos aspectos atrasada con respecto al ritmo de la evolución objetiva, de manera que es imposible buscar en este motivo la única causa del menchevismo; siempre que se quiera evitar una posición teórica simplista que nos lleve a conclusiones sobre la falta de una clara y consecuente voluntad de revolución en el proletariado motivada por la ausencia de una situación objetivamente revolucionaria. Pero, en segundo lugar, las experiencias de las luchas revolucionarias no han demostrado de manera rotunda que la firmeza revolucionaría y la voluntad de lucha del proletariado correspondan simplemente a la estratificación económica de sus elementos. Observamos que todo el proceso se aparta de un paralelismo simple y lineal y encontramos también grandes diferencias con respecto a la madurez de la conciencia de clase en el seno de las capas obreras ubicadas en la misma posición económica.

Es solamente en el terreno de una teoría que no sea fatalista y “economista” donde estas comprobaciones adquieren su verdadera significación. Si la evolución social es concebida de modo tal que el proceso económico del capitalismo lleve obligatoria y automáticamente al socialismo, a través de las crisis, los momentos ideológicos indicados aquí no son más que consecuencias de una falsa problemática. No son más que síntomas del hecho de que la crisis objetivamente decisiva del capitalismo aún no ha llegado. Un atraso de la ideología proletaria con respecto a la crisis económica, una crisis ideológica del proletariado, son, para tales concepciones, algo imposible por principio. La situación no se modifica tampoco esencialmente si, conservando el fatalismo económico de la actitud fundamental, la concepción de la crisis se vuelve optimista y revolucionaria, es decir, si se ha comprobado que la crisis es inevitable y sin salida para el capitalismo. En ese caso, el problema tratado aquí no puede tampoco ser reconocido como problema; lo “imposible” se convierte en un “todavía no”. Ahora bien, Lenin ha señalado con mucho acierto que no existe una situación que en sí misma y por sí misma no tenga una salida. En cualquier situación en que pueda encontrarse el capitalismo, siempre encontrará posibilidades de solución “puramente económicas”; sólo nos queda por saber si estas soluciones, una vez extraídas del mundo teórico puro de la economía e introducidas en la realidad de la lucha de clases, podrán también realizarse e imponerse. Para el capitalismo los medios que permitan encontrar una salida serían entonces en sí y para sí pensables. Pero depende del proletariado que sean también aplicables. El proletariado, la acción del proletariado, cierra al capitalismo la salida de esta crisis. Ciertamente, es una consecuencia de la evolución “natural” de la economía el hecho de que tal poder esté ahora en las manos del proletariado. Sin embargo, aunque dichas “leyes naturales” determinan sólo en parte la crisis le dan una amplitud y una extensión que hacen imposible un desarrollo “apacible” del capitalismo. Si esas leyes se desplegasen sin obstáculos (en el sentido del capitalismo) ello no conduciría sin embargo a una simple declinación del capitalismo y a su pasaje al socialismo, pero sí, en cambio, a un largo período de crisis, de guerras civiles y de guerras mundiales imperialistas en un nivel cada vez más elevado; conduciría “a una declinación común de las clases en lucha”, a un nuevo estado de barbarie.

Por otra parte, estas fuerzas y su despliegue “natural” han creado un proletariado cuya potencia física y económica deja al capitalismo muy pocas ocasiones para imponer una solución puramente económica según el esquema de las crisis anteriores, solución en la que e! proletariado figura sólo como objeto de la evolución económica. Esta potencia del proletariado es la consecuencia de los “sistemas de leyes” económicas objetivas. Pero el pasaje de esta potencia posible a la realidad, y la intervención real, como sujeto del proceso económico, del proletariado que hoy es de hecho un simple objeto de este proceso –sólo potencialmente y de modo latente es el sujeto co-determinante del proceso–, no están ya determinadas automática y fatalmente por estos “sistemas de leyes”. Más exactamente: su determinación automática y fatal ya no afecta en la actualidad al punto central de la potencia real del proletariado. No obstante el hecho de que las reacciones del proletariado ante la crisis se despliegan meramente según los ”sistemas de leyes” de la economía capitalista, de que a lo sumo se manifiestan como acciones de masas espontáneas, en el fondo manifiestan una estructura en muchos aspectos similar a la de los movimientos del periodo prerrevolucionario. Ellas estallan espontáneamente (la espontaneidad de un movimiento no es más que la expresión subjetiva de su carácter determinado por las leyes económicas en el plano de la psicología de las masas) y, casi sin excepción, como una medida de defensa contra una ofensiva económica –raramente política– de la burguesía, contra el intento de la burguesía por encontrar una solución “puramente económica” a la crisis. Pero tales acciones cesan con igual espontaneidad, y decaen cuando sus fines inmediatos aparecen como logrados, o irrealizables. Parece, entonces, que hubieran conservado su desarrollo “natural”.

Sin embargo, esta ilusión se disipa cuando estos movimientos ya no son considerados en abstracto sino en su medio real, en la totalidad histórica de la crisis mundial. Este medio es la extensión de la crisis a todas las clases, superando de este modo a la burguesía y al proletariado. Porque constituye una diferencia cualitativa y de principio si, en una situación en la que el proceso económico provoca en el proletariado un movimiento de masa espontáneo, el estado de toda la sociedad se mantiene en su conjunto estable, o si, por el contrario, se opera en él un profundo reagrupamiento de todas las fuerzas sociales, una conmoción en los fundamentos del poder de la sociedad reinante. El reconocimiento del rol importante de las capas no proletarias en la revolución y del carácter no puramente proletario de ésta, adquiere también un significado decisivo. Toda dominación de una minoría sólo puede mantenerse si le es posible arrastrar ideológicamente tras de ella a las clases que no son directa e inmediatamente revolucionarías, obtener de ellas el apoyo a su poder o, por lo menos, la neutralidad en su lucha por el poder. (Paralelamente interviene también el esfuerzo por neutralizar a los partidos de la clase revolucionaría). Esto concierne a la burguesía de manera muy particular, pues ella logra el poder efectivo mucho menos inmediatamente que las clases dominantes anteriores (por ejemplo, los ciudadanos de las ciudades griegas, la nobleza durante el apogeo del feudalismo). Por una parte, la burguesía se encuentra, mucho más claramente, forzada a hacer la paz o a mantener compromisos con las clases concurrentes que tenían el poder antes que ella, para hacer servir a sus propios fines el aparato de poder dominado por éstas y, por otra parte, está obligada a confiar el ejercicio efectivo de la violencia (ejército, burocracia subalterna, etc.) en las manos de los pequeños burgueses, de los campesinos, de extranjeros pertenecientes a naciones oprimidas, etc. De ahí que si debido a la crisis la situación económica de esas capas se transforma, si su adhesión ingenua e irreflexiva al sistema social dirigido por la burguesía es conmovido, todo el aparato de dominación de la burguesía puede dislocarse, par así decirlo, de un solo golpe: el proletariado puede convertirse en vencedor y ser la única potencia organizada sin haber ni siquiera librado una sería batalla, y aún menos, sin que el proletariado haya sido realmente el vencedor.

Los movimientos de estas capas intermediarias son realmente espontáneos y tan sólo espontáneos. No son más que los frutos de potencias sociales naturales que se despliegan según “leyes naturales” ciegas, y en tanto que tales, ellas mismas son ciegas en el sentido social. Estas capas no tienen conciencia de clase que se relacione o pueda relacionarse con la transformación de conjunto de la sociedad; representan siempre intereses de clase exclusivamente particulares que ni siquiera tienen la apariencia de intereses objetivos del conjunto de la sociedad. Su vinculación objetiva con la totalidad sólo puede ser producida causalmente, es decir por los deslizamientos en la totalidad, y no dirigida hacia la transformación de la totalidad; también su orientación hacia la totalidad y la forma ideológica que ella reviste sólo tienen un carácter contingente, aunque sea concebidas en su formación como causalmente necesarias. Por todas estas razones el despliegue de estos movimientos está determinado por causas que les son exteriores. La orientación que toman finalmente, contribuyendo a desintegrar la sociedad burguesa, dejándose utilizar nuevamente por la burguesía o zozobrando en la pasividad después de su desarrollo sin resultados, etc., no está prefigurada en la esencia interna de esos movimientos sino que depende ampliamente de la actitud de las clases capaces de conciencia, de la burguesía y del proletariado. Sin embargo, cualquiera sea el destino interior de estos movimientos, su simple explosión puede fácilmente provocar la detención de todo el mecanismo que pone y mantiene en movimiento a la sociedad burguesa y colocar a la burguesía, al menos temporariamente, en la incapacidad de actuar.

La historia de todas las revoluciones, después de la gran Revolución francesa, muestra en medida creciente esta estructura. La realeza absoluta y más tarde las monarquías militares semiabsolutas, semifeudales, sobre las que se asentó el predominio económico de la burguesía en Europa central y oriental, perdieron por lo general “de golpe” todo apoyo dentro de la sociedad cuando estalló la revolución. El poder social es abandonado a la multitud y queda, por así decirlo, sin dueño. La posibilidad de una restauración está dada solamente porque no hay una capa revolucionaria que pueda hacerse cargo del poder abandonado. Las luchas del absolutismo naciente contra el feudalismo manifiestan una estructura completamente diferente. Como las clases en lucha eran ellas mismas de manera directa los soportes de sus organizaciones coercitivas, la lucha de clases fue también mucho más inmediatamente una lucha de la violencia contra la violencia. Pensemos, por ejemplo, en la formación del absolutismo en Francia o en las luchas de la Fronda. Hasta la decadencia del absolutismo inglés se desarrolla de manera parecida, mientras que el hundimiento del Protectorado y con mayor razón el del absolutismo mucho más aburguesado de Luis XVI, se asemejan ya a las revoluciones modernas. La violencia directa es introducida desde el “exterior” por Estados absolutistas aún intactos o por territorios que permanecieron feudales (Vendée). A la inversa, los conjuntos de potencia puramente “democráticas” se encuentran muy fácilmente, en el curso de la revolución, en una situación como la siguiente: mientras que en la época del hundimiento se formaron hasta cierto punto por si mismos y atrajeron hacia ellos todo el poder, se encuentran asimismo súbitamente despojados del poder como consecuencia del reflujo de las capas indecisas que los sostenían (Kerenski, Karoly). La forma que tomará esta evolución en los Estados occidentales burgueses y democráticos avanzados no es todavía hoy claramente previsible. De cualquier manera, Italia se encontró desde el fin de la guerra hasta 1920 aproximadamente en una situación muy semejante, y la organización de poder que se dio desde entonces (es decir, el fascismo) forma un aparato coercitivo relativamente independiente de la burguesía. No tenemos aún la experiencia de los efectos de los fenómenos de disgregación en los países capitalistas altamente evolucionados, provistos de grandes territorios coloniales; y particularmente, de la influencia que tendrán sobre la actitud de la pequeña burguesía y de la aristocracia obrera (y por lo tanto del ejército, etc.) las sublevaciones coloniales que desempeñan aquí parcialmente el papel de las sublevaciones agrarias interiores.

En consecuencia, se forma alrededor del proletariado un contorno social que recubre los movimientos espontáneos de las masas, aun en el caso de que ellos hubiesen conservado, considerados en sí mismos, su antigua esencia, de una función completamente distinta en la totalidad social que la que tuvieron en el orden capitalista instituido. Aquí intervienen, por lo tanto, modificaciones cuantitativas muy importantes en la situación de las clases en lucha. En primer lugar, la concentración del capital ha progresado mucho, lo que ha provocado igualmente una fuerte concentración del proletariado, aunque en el plano de la organización y de la conciencia no haya sido enteramente capaz de seguir esta evolución. En segundo lugar, como consecuencia del estado de crisis, es cada vez más imposible para el capitalismo escapar a la presión del proletariado mediante pequeñas concesiones. Su salvación fuera de la crisis, la solución “económica” de la crisis, no puede resultar más que de una explotación reforzada del proletariado. Es por esto que las tesis tácticas del III Congreso, señalan con mucho acierto que “toda huelga masiva tiende a transformarse en una guerra civil y en una lucha inmediata por el poder”

Sin embargo, ella solamente tiende. Y en el hecho de que esta tendencia no se haya reforzado hasta convertirse en realidad, aunque las condiciones económicas y sociales para su realización hubiesen existido en muchos casos, reside precisamente la crisis ideológica del proletariado. Esta crisis ideológica se manifiesta, por una parte, en que la situación objetivamente precaria de la sociedad burguesa se refleja sin embargo en la cabeza de los proletarios bajo la forma de la antigua solidez, y en que el proletariado en muchos aspectos sigue siendo prisionero de las formas capitalistas de pensamiento y sensibilidad. Por otra parte, el aburguesamiento del proletariado encuentra una forma de organización propia en los partidos obreros mencheviques y en las direcciones sindicales dominadas por ellos. Ahora bien, estas organizaciones trabajan conscientemente por mantener la simple espontaneidad de los movimientos del proletariado (dependencia con respecto a la ocasión inmediata, división por profesión, por país, etc.) al nivel de la simple espontaneidad, y por impedir su transformación en movimientos dirigidos hacia la totalidad, tanto mediante sus agrupaciones territoriales, profesionales, etc., como mediante la unificación del movimiento económico con el movimiento político. La función de los sindicatos consiste en realidad en atomizar y despolitizar el movimiento, en disimular su relación con la totalidad, mientras que los partidos mencheviques se dedican más bien a fijar la reificación en la conciencia del proletariado en el plano ideológico y en el de organización, para mantenerlo en un nivel de aburguesamiento relativo. Pero si ellos pueden cumplir esta función es poique la crisis ideológica está presente dentro del proletariado, es porque un pasaje ideológico orgánico hacia la dictadura y el socialismo es una imposibilidad, también teórica, para el proletariado ya que la crisis significa al mismo tiempo que el resquebrajamiento económico del capitalismo la subversión ideológica del proletariado, que se ha desarrollado dentro del capitalismo y bajo la influencia de las formas de vida de la sociedad burguesa. El origen de esta subversión ideológica se debe ciertamente a la crisis económica y a la posibilidad objetiva que ésta ofrece de tomar el poder, pero su desarrollo no constituye de ninguna manera un paralelo automático, que obedece a leyes, de la crisis objetiva misma, su solución no puede ser otra que él acto libre del mismo proletariado.

“Es ridiculo –dice Lenin de un modo que es caricaturesco sólo formalmente y no en lo que respecta a la esencia de la cuestión– imaginarse que en un lugar determinado se constituirá un ejército y formando un frente dirá: (Nosotros estamos por el socialismo!, y en otro lado un ejército distinto declarará: ¡Nosotros estamos por el imperialismo!, y luego se producirá una revolución social”. 

Los frentes de la revolución y de la contrarrevolución se constituyen más bien bajo formas muy cambiantes y a veces hasta de manera extremadamente caótica. Fuerzas que hoy actúan de un modo revolucionario pueden mañana, con mucha facilidad, actuar en una dirección opuesta. Y lo que es particularmente importante, estas modificaciones de dirección no resultan de modo simple y automático de la situación de clase o aún ideológica del sector en cuestión, pues siempre han sido influenciadas decisivamente por las relaciones cambiantes con la totalidad de la situación histórica y de las fuerzas sociales. De modo que no es nada paradójico afirmar, por ejemplo, que Kemal Pachá representa (en circunstancias determinadas) un reagrupamiento de fuerzas revolucionario, mientras que un gran “partido obrero” representa un reagrupamiento contrarevolucionario. Pero entre estos momentos que permiten una orientación, es un factor de primera importancia el conocimiento correcto de parte del proletariado de su propia situación histórica. El desarrollo de la revolución rusa de 1917 lo prueba de un modo verdaderamente clásico: las consignas de paz y de derecho a la autodeterminación, la solución radical de la cuestión agraria, han hecho de capas sociales en si mismas vacilantes un ejército utilizable (momentáneamente) por la revolución y han desorganizado por completo todo el aparato de poder contrarrevolucionario volviéndole inapto para la acción. Carece de sentido objetar que la revolución agraria y el movimiento de masas por la paz se hubiesen desplegado igualmente sin el partido comunista, o aún contra él. En primer lugar, esto es totalmente inverificable; la derrota del movimiento agrario que estalló de modo tan espontáneo en Hungría en octubre de 1918, por ejemplo, va al encuentro de esta afirmación; quizás hubiera sido posible, también en Rusia, derrotar al movimiento agrario o provocar su reflujo “uniendo” (en una unidad contrarrevolucionaria) a todos los “partidos obreros”, “importantes”. En segundo lugar, el “mismo” movimiento agrario hubiera adoptado, de haberse impuesto contra el proletariado urbano, un carácter netamente contrarrevolucionario en relación con la revolución social. Este ejemplo muestra hasta qué punto en las situaciones de crisis aguda de la revolución el reagrupamiento de las fuerzas sociales no debe ser juzgado según normas mecanicistas o fatalistas. Nos demuestra hasta dónde la visión y la decisión correcta del proletariado aportan un peso decisivo en la balanza, y hasta qué punto la salida de la crisis depende del mismo proletariado. Pero es preciso subrayar también que la situación de Rusia era relativamente simple comparada con la de los países occidentales. En estos últimos los movimientos de masa se han manifestado con mayor espontaneidad y la acción organizada de las fuerzas que reaccionaban no tenían raíces antiguas. Podemos decir asi, sin exageración, que las determinaciones observadas aquí son valederas para los países occidentales en una medida aún mayor, aunque el carácter subdesarrollado de Rusia, la ausencia de una larga tradición legal del movimiento obrero –sin hablar por el momento de la existencia de un partido comunista constituido– dieron al proletariado ruso la posibilidad de superar más rápidamente la crisis ideológica. 

El desarrollo de las fuerzas económicas del capitalismo coloca así en manos del proletariado la decisión concerniente al destino de la sociedad. Engels caracteriza el pasaje que se opera en la humanidad después de la transformación que es preciso realizar como “el salto del reino de la necesidad al reino de la libertad”. Es obvio que para el materialismo dialéctico este salto –aunque, o mejor dicho, precisamente por ser un salto– representa, por su esencia, un procesus.

¿Acaso Engels no dice en el pasaje citado que las transformaciones en esta dirección se operarán “en una proporción siempre creciente”? Sólo nos queda por saber dónde hay que situar el punto de partida de este proceso. Lo más fácil sería seguir a Engels al pie de la letra, referir simplemente el reino de la libertad, en tanto que estado, a la etapa que sigue a la revolución social íntegramente realizada y rehusar así toda actualidad a esta cuestión. Sólo falta saber si esta comprobación, que corresponde sin ninguna duda a la palabras de Engels, agota realmente la cuestión. Queda por saber si es posible concebir un estado, aun sin hablar de realizarlo socialmente, que no haya sido preparado por un largo processus orientado hacia dicho estado, que contenga y desarrolle sus elementos aunque sea bajo una forma en muchos aspectos inadecuada y necesitada de saltos dialécticos; si una separación abrupta y excluyente de las transiciones dialécticas entre el “reino de la libertad” y el proceso que está destinado a darle vida no manifiesta una estructura utópica de la conciencia, semejante a la que se manifiesta en la separación, ya tratada, entre objetivo final y movimiento.

Si en cambio el “reino de la libertad” es considerado en conexión con el proceso que conduce a él, es indudable que la primera intervención histórica del proletariado tendía hacia dicho reino de manera evidentemente inconsciente. Aunque él no pudiera influenciar inmediatamente –ni siquiera en el plano teórico– las etapas particulares del estadio inicial, el objetivo final del movimiento proletario considerado como principio, como punto de vista de la unidad, no podía ser separado de ninguno de los momentos del proceso. Sin embargo, no hay que olvidar que el período de las luchas decisivas no sólo se distingue de las precedentes por la amplitud v la intensidad de las mismas luchas, sino también por el hecho de que esas intensificaciones cuantitativas no son más que síntomas de las diferencias cualitativas profundas, que enfrentan estas luchas con las anteriores. Si en una etapa anterior y según el Manifiesto comunista, “los obreros forman en masas compactas, esta acción no es todavía la consecuencia de su propia unidad, sino de la unidad de la burguesía” esta conquista de la automomía, esta “organización del proletariado en clase” se repite en un nivel cada vez más alto, hasta que adviene el período de la crisis definitiva del capitalismo, la época en la cual las decisiones se encuentran cada vez más en manos del proletariado.

Esta situación no significa de ningún modo que los “sistemas de leyes” económicas objetivas hayan dejado de funcionar. Todo lo contrario. Subsistirán mucho tiempo después de la victoria del proletariado y no parecerán simplemente –como en el caso del Estado– con el nacimiento de la sociedad sin clases, bajo el control total del hombre. El aspecto nuevo que encontramos en la situación presente es tan sólo –¡tan sólo!– el hecho de que las fuerzas ciegas del desarrollo económico capitalista empujan a la sociedad hacia el abismo, que la burguesía ya no tiene el poder de ayudar a la sociedad a superar, después de breves oscilaciones, el “punto muerto” de sus leyes económicas, mientras que el proletariado, aprovechándose conscientemente de las tendencias existentes de la evolución tiene la posibilidad de dar otra dirección a la evolución misma. Esta otra dirección, es la reglamentación consciente de las fuerzas productivas de la sociedad. Querer esto conscientemente significa querer el “reino de la libertad” y realizar el primer paso consciente hacia su realización.

Es verdad que este primer paso resulta “necesariamente” de la situación de clase del proletariado. Sin embargo, esta misma necesidad tiene el carácter de un salto. La relación práctica con la totalidad la unidad real de la teoría y de la praxis, que eran inherentes, por así decirlo sólo de manera inconsciente a las acciones anteriores del proletariado, se tornan claras y conscientes. También en los estadios anteriores de la evolución, la acción del proletariado se elevaba a menudo por saltos a una altura en la cual la ligazón y la continuidad con la evolución precedente podían volverse conscientes y ser concebidas como productos necesarios de la evolución sólo después de haber acaecido. (Recordemos la forma estatal de la Comuna de 1871). Aquí, sin embargo, el proletariado debe dar este paso consciente. No debe asombrarnos que todos aquellos que permanecen prisioneros de las formas de pensar del capitalismo tengan miedo de este salto, que se aterren con todas las energías de su pensamiento a la necesidad como “ley de repetición” de los fenómenos, como ley natural, y rechacen por imposible el nacimiento de algo radicalmente nuevo de lo que no podemos tener todavía ninguna “experiencia” Es Trotsky, en su polémica con Kautsky, quien ha subrayado con mayor claridad esta demarcación después de que ella hubiera sido abordada en los debates sobre la guerra, “pues el prejuicio bolchevique fundamental consiste precisamente en la suposición de que no se puede aprender a montar a caballo más que cuando se está sólidamente sentado sobre un caballo”. Pero Kautsky y sus semejantes son importantes sólo como síntomas de una situación: como expresión teórica de la crisis de la clase obrera, o como momento de una evolución en la que el proletariado retrocede “de nuevo frente a la enormidad indeterminada de sus propios objetivos”, retrocede frente a una tarea de la que debe sin embargo hacerse cargo no pudiéndolo hacer de otra manera que bajo esta forma consciente, si no quiere zozobrar vergonzosa y lamentablemente junto a la burguesía en la crisis de hundimiento del capitalismo.

III

Si los partidos mencheviques son expresión en el plano de la organización de esta crisis ideológica del proletariado, el partido comunista es en el mismo plano la forma de preparación consciente de dicho salto y, por lo tanto, el primer paso consciente hacia el reino de la libertad. Pero, del mismo modo que más arriba ha sido esclarecido el concepto genera) de reino de la libertad y se ha demostrado que su aproximación no significa de ningún modo el súbito fin de las necesidades objetivas del proceso económico, es necesario considerar ahora más de cerca la relación del partido comunista con el reino futuro de la libertad. Ante todo es preciso constatar que la libertad no significa aquí la libertad del individuo. Esto no quiere decir que la sociedad comunista evolucionada no conocerá la libertad del individuo; todo lo contrario. En la historia de la humanidad ella será la primera sociedad que tomará realmente en serio y realizará efectivamente esta exigencia. Sin embargo, esta libertad de ningún modo será tal como hoy la conciben los ideólogos de la clase burguesa. Para conquistar las condiciones sociales de la libertad real habrá que librar batallas cuyo resultado implicará no sólo la desaparición de la sociedad actual sino también del tipo humano producido por esta sociedad. 

“La actual generación –dice Marx– se parece a los judíos que Moisés conducía por el desierto. No sólo tiene que conquistar un mundo nuevo, sino que tiene que perecer para dejar sitio a los hombres que estén a la altura del nuevo mundo”. 

debe ser ubicado en otro nivel que el filosófico el hecho de que la polémica de Trotsky contra Kautsky reproduzca en el terreno político los argumentos esenciales de la polémica de Hegel contra la teoría del conocimiento de Kant. Por lo demás, Kautsky ha formulado más tarde la validez absoluta de las leyes del capitalismo para el futuro y hasta la imposibilidad de un conocimiento concreto de las tendencias de la evolución. Cf. Die proletarische Revolution und ihr Programm [La revolución proletaria y su programa], 1922.

La “libertad” del hombre que vive en la actualidad es la libertad del individuo aislado por la propiedad reificada y reificante, la libertad contra los otros individuos (igualmente aislados) libertad del egoísmo, del propio aislamiento, libertad ante la cual la solidaridad y la cohesión aparecen sólo como “ideas reguladoras” ineficaces. Exigir hoy esta libertad a la vida es renunciar prácticamente a la realización efectiva de la libertad real. Saborear sin preocuparse por los demás esta “libertad” adquirida por los individuos particulares en virtud de su situación social o de su temperamento, significa en los hechos legalizar eternamente, en la medida en que esto dependa del individuo en cuestión, la estructura no libre de la sociedad actual.

Desear conscientemente el reino de la libertad significa entonces franquear de manera consciente el paso que conduce efectivamente hacia él. Y si se comprende que la libertad individual dentro de la sociedad burguesa actual no puede ser más que un privilegio corrompido y corruptor, puesto que se basa en la ausencia de solidaridad y en la falta de libertad de los otros, esto implica justamente el renunciamiento a la libertad individual. Implica una subordinación consciente a esta voluntad de conjunto que tiene por vocación reclamar realmente de la vida esta libertad real y que hoy emprende seriamente la tarea de dar los primeros pasos, difíciles, inciertos y titubeantes en esa dirección. Esta voluntad de conjunto consciente es el partido comunista. Y como todo momento de un proceso dialéctico, él contiene también en germen tan sólo bajo una forma primitiva, abstracta y no desarrollada las determinaciones que se relacionan con el fin que está llamado a realizar: la libertad en su unidad con la solidaridad. La unidad de estos momentos es la disciplina. Y ello no sólo poique el partido es capaz de convertirse en una voluntad de conjunto activa únicamente a través de la disciplina: toda introducción del concepto burgués de libertad impide la formación de esta voluntad de conjunto y transforma al partido en un agregado de individuos particulares, agregado laxo e incapaz de acción, sino también porque la disciplina es justamente para el individuo el primer paso en dirección de la libertad alcanzable en la actualidad –libertad todavía muy primitiva evidente-mente, en función del nivel de evolución social– orientada hacia la superación del presente.

Todo partido comunista representa, por su esencia, un tipo de organización más elevada que la de cualquier partido burgués o partido obrero oportunista, como lo demuestran inmediatamente sus exigencias mayores con respecto a sus miembros individuales. Esto se manifestó con claridad desde la primera escisión de la socialdemocracia rusa. Mientras que los mencheviques (como todo partido en esencia burgués) consideraban que la simple aceptación del programa del partido bastaba para ser adherente, ser miembro del partido para los bolcheviques era sinónimo de participación personal activa en el trabajo revolucionario. Este principio que concierne a la estructura misma del partido no se ha modificado en el curso de la revolución. Las tesis de organización del III Congreso [de la Internacional Comunista] constatan: 

“La aceptación de un programa comunista no es más que la proclamación de la voluntad de hacerse comunista... La primera condición para la aplicación seria del programa consiste en la participación de todos los miembros en el trabajo en común, continuo y cotidiano”. 

Este principio, evidentemente, en muchos aspectos ha quedado reducido hasta ahora a un mero principio. Pero ello no cambia en nada su importancia fundamental. Así como el reino de la libertad no puede sernos acordado de una vez, como si fuera una gratia irresistibilis, del mismo modo el “objetivo” final no nos espera en algún lugar fuera del proceso, sino que bajo la forma de proceso es inmanente a cada momento particular del proceso. Del mismo modo, el partido comunista en tanto forma “revolucionaria de conciencia del proletariado es algo inherente al proceso. Rosa Luxemburg ha reconocido con mucho acierto que “la organización debe formarse como producto de la lucha”. Pero ella sobreestimó el carácter orgánico de este proceso y subestimó la importancia del elemento consciente y conscientemente organizador que él implica. La comprensión de este error no significa exagerar el hecho hasta el extremo de ignorar el carácter de proceso que tienen las formas de organización. Aunque en los partidos no rusos los principios de esta organización hayan estado presente en los espíritus desde un comienzo (puesto que las experiencias rusas podían ser explotadas), el carácter de proceso de su formación y de su crecimiento no pueden sin embargo superarse mediante medidas organizativas. Algunas medidas organizativas correctas pueden, por supuesto, acelerar extraordinariamente este proceso; pueden prestar los más grandes servicios para clarificar la conciencia y son en consecuencia la condición preliminar indispensable para la formación de la organización. Sin embargo, la organización comunista sólo puede ser elaborada en la lucha, puede realizarse solamente si cada miembro individual toma conciencia, por su propia experiencia, de la justicia y de la necesidad de esta forma precisa de cohesión.

Se trata entonces de la interacción entre espontaneidad y reglamentación consciente. En sí y para sí esto no constituye una novedad en la evolución de las formas de organización; todo lo contrario. Es el modo típico de nacimiento de nuevas formas de organización. Engels describe, por ejemplo, cómo ciertas formas de acción militar se han impuesto espontáneamente, a consecuencias de una necesidad objetiva de acción adaptada a un fin, gracias a los instintos inmediatos de los soldados, sin preparación militar y hasta contra las formas de organización militar existentes, y que se fijaron en la organización sólo después de su manifestación. Lo nuevo en los procesos de formación de los partidos comunistas consiste simplemente en que se ha modificado la relación entre actividad espontánea y previsión consciente, teórica; consiste en la progresiva desaparición de la estructura retardataria (post festum) de la conciencia burguesa reificada y puramente “contemplativa” la lucha constante contra esta estructura. Esa relación modificada descansa sobre el hecho de que en este nivel de la evolución surge para la conciencia de clase del proletariado la posibilidad objetiva de no tener mas una visión simplemente retardataria de su propia situación de clase y de la actividad correcta que le corresponde. Sin embargo, para cada trabajador individual el camino, que le permita alcanzar la conciencia de clase objetivamente posible y adoptar interiormente la actitud en la cual elabora para si mismo esta conciencia de clase, debido a la reificación de su conciencia, no puede ser otro que el camino de sus experiencias inmediatas para alcanzar la clarificación; la conciencia psicológica conserva entonces, para cada individuo, su carácter retardatario. Esta oposición de la conciencia individual y de la sociedad de clase en cada proletario individual no es un producto del azar. En el partido comunista, en tanto que forma de organización superior a las otras organizaciones, el carácter activo y práctico de la conciencia de clase por primera vez en la historia se afirma como un principio que influye inmediatamente en las acciones particulares de cada individuo, pero además se afirma al mismo tiempo como un factor que participa conscientemente en la determinación de la evolución histórica.

Esta doble significación de la actividad, su relación simultánea con el portador individual de la conciencia de clase proletaria y con la marcha de la historia, en una palabra, la mediación concreta entre el hombre y la historia, es decisiva para el tipo de organización que nace aqui. Para el viejo tipo de organización –tanto de los partidos burgueses como de los partidos obreros oportunistas– el individuo es tenido en cuenta sólo como “masa” como número. Max Weber define muy correctamente este tipo de organización: 

“Todos tienen en común el hecho de que a un núcleo de personas que disponen de la dirección activa se asocian “miembros” que tienen un rol esencialmente pasivo, mientras que las masas de adherentes sólo desempeña el rol de objeto”. 

Este rol de objeto no es suprimido por la democracia formal o la “libertad” que pueda reinar en esas organizaciones, por el contrario es fijado y eternizado. La “falsa conciencia” la imposibilidad objetiva de intervenir en la marcha de la historia mediante una acción consciente, se reflejan en el plano de la organización en la imposibilidad de formar unidades políticas activas (partidos) que estarían llamados a ser los mediadores entre la acción de cada adherente particular y la actividad de toda la clase. Como estas clases y estos partidos no son activos en un sentido histórico objetivo como su actividad aparente no puede ser más que un reflejo de su abandono fatalista a potencias históricas incomprendidas, todos los fenómenos que resultan de la estructura de la conciencia reificada y de la separación entre la conciencia y el ser, entre la teoría y la praxis, deben manifestarse necesariamente. Dicho de otro modo, en tanto que complejos globales ellos tienen una posición meramente contemplativa frente al curso de la evolución. En consecuencia, se manifiestan necesariamente en ellos dos concepciones igualmente falsas sobre el curso de la historia que son interdependientes y aparecen siempre al mismo tiempo: una sobreestimación voluntarista de la importancia activa del individuo (del jefe) y una subestimación fatalista de la importancia de la clase (de la masa). El partido se articula en una parte activa y en una parte pasiva, y la segunda debe ser puesta en movimiento sólo ocasionalmente y a las órdenes de la primera. La “libertad” que pueda existir para los miembros de tales partidos es, por consiguiente, sólo la libertad de juzgar los acontecimientos que se desenvuelven de manera fatal o los errores de los individuos. Ellos son espectadores y participan de alguna manera, pero jamás profundamente y con toda su personalidad, pues la personalidad total de sus miembros nunca puede ser englobada por tales organizaciones; las que ni siquiera pueden tender a englobarla. Como todas las formas sociales de la “civilización”, dichas organizaciones reposan sobre la división del trabajo más precisa y mecanizada, sobre la burocratización, sobre una medida y una distinción precisas de los derechos y de los deberes. La vinculación de los miembros con la organización se opera a través de las partes abstractas de su existencia y estos lazos abstractos se objetivan bajo la forma de distintos derechos y deberes. La participación realmente activa en todos los acontecimientos, la actitud realmente práctica de todos los miembros de una organización, sólo pueden obtenerse poniendo en juego toda la personalidad. La separación entre derecho y deber, que constituye la forma de aparición organizativa de la separación del hombre de su propia socialización, la forma de su fragmentación debida a las potencias sociales que lo dominan, puede ser suprimida cuando la acción en el seno de la comunidad se convierte en el asunto personal central de todo individuo que participa en ella. En su descripción de la constitución de las gentes, Engels subraya con vigor esta diferencia: “En esencia, todavía no existe ninguna diferencia entre derechos y deberes”. Según Marx, el signo distintivo particular de la relación jurídica se halla en que el derecho “sólo puede consistir, por naturaleza, en la aplicación de una medida igual”; sin embargo, los individuos necesariamente desiguales “sólo pueden medirse con la misma medida siempre y cuando se los enfoque desde un punto de vista igual... y no se vea en ellos ninguna otra cosa, es decir, se prescinda de todo lo demás”. Por consiguiente, toda relación humana que rompa con esta estructura, con esta abstracción de la personalidad de conjunto del hombre, con esta reducción a un punto de vista abstracto, es un paso hacia la destrucción de esta reificación de la conciencia humana. Pero un paso de esta naturaleza presupone el compromiso activo del conjunto de la personalidad. De este modo se ha visto claramente que las formas de la libertad en las organizaciones burguesas no son nada más que una “falsa conciencia” de la ausencia efectiva de libertad, es decir, una estructura de la conciencia en la que el hombre considera de manera formalmente libre su integración en un sistema de necesidades en esencia extraño y confunde la “libertad” formal de esta contemplación con la libertad real. Sólo esta comprensión de las cosas suprime la aparente paradoja de nuestra afirmación anterior, según la cual la disciplina del partido comunista, la absorción incondicional del conjunto de la personalidad de cada miembro en la praxis del movimiento, es el único camino posible para realizar una libertad auténtica. Y esto es válido no sólo para la comunidad, a la que una forma de organización de este tipo suministra una palanca para conquistar las condiciones sociales de la libertad, sino también para el individuo particular, para el miembro individual del partido, pues únicamente por este camino puede avanzar hacia la realización de su propia libertad. La cuestión de la disciplina es, por lo tanto, una cuestión práctica elemental para el partido, una condición indispensable para su funcionamiento real; sin embargo, no es un problema meramente técnico y práctico, sino una de las cuestiones intelectuales más elevadas e importantes del desarrollo revolucionario. Esta disciplina sólo puede nacer como el acto consciente y libre de la parte más consciente de la vanguardia de la clase revolucionaria, es imposible de realizar sin disponer previamente de estas condiciones intelectuales. Sin un conocimiento, aunque sea instintivo, de la correlación existente entre el conjunto de la personalidad y la disciplina de partido para cada uno de sus miembros individuales, esa disciplina se fija necesariamente en un sistema abstracto y reificado de derechos y deberes, y el partido recae necesariamente en el tipo de organización de un partido burgués. Es comprensible así que la organización manifieste, objetivamente, una gran sensibilidad con respecto al valor o a la ausencia de valor revolucionario de las concepciones y tendencias teóricas, y que, además, la organización revolucionaria presuponga, subjetivamente, un grado bastante elevado de conciencia de clase.

IV

Por importante que sea visualizar claramente en el plano teórico esta relación de la organización comunista con sus miembros individuales, sería funesto considerar al problema de la organización exclusivamente bajo su aspecto formal y ético. La relación aquí descripta entre el individuo y la voluntad de conjunto a la cual está sometido íntegramente, si la consideramos de manera aislada no se encuentra sólo en el partido comunista; ha sido más bien un rasgo esencial de numerosas sectas utopistas. Muchas sectas han proporcionado manifestaciones mas visibles y claras que los partidos comunistas de este aspecto ético y formal del problema organizativo, justamente porque lo concebían como el único principio, o simplemente como el principio decisivo, y no como un simple momento del conjunto del problema organizativo. Ahora bien, considerado desde su aspecto ético y formal unilateral, ese principio de organización se suprime; su justeza, que no es algo ya logrado y acabado, sino simplemente la dirección correcta hacia el fin propuesto, deja de ser correcta desde que cesa su relación correcta con la totalidad del proceso histórico. Es por ello que en la elaboración de la relación entre individuos y organización, una importancia decisiva le fue acordada a la esencia del partido en tanto que principio de mediación entre el hombre y la historia. Las exigencias formuladas al individuo pierden su carácter ético y formal sólo si la voluntad de conjunto concentrada en el partido es un factor activo y consciente de la evolución histórica, vale decir, si esa voluntad se encuentra en una interacción viva y constante con el proceso de conmoción social, lo cual significa también que sus miembros individuales están en una interacción viva con los procesos y con su soporte; la clase revolucionaria. También Lenin, estudiando cómo se mantiene la disciplina revolucionaria del partido comunista, puso en primer plano conjuntamente con la abnegación de los miembros la relación del partido con las masas y la justeza de su dirección política. 

Sin embargo, estos tres momentos no deben ser separados. La concepción ética y formal de las sectas fracasa precisamente porque no es capaz de comprender la unidad de estos momentos, la interacción viva entro la organización del partido y las masas desorganizadas. Toda secta, cualquiera sea su actitud de rechazo frente a la sociedad burguesa, por más profunda que sea subjetivamente su convicción de que un abismo la separa de esta sociedad, precisamente por ésto pone de manifiesto que en lo esencial de su concepción de la historia permanece todavía en un terreno burgués y que, en consecuencia, la estructura de su propia conciencia aún está emparentada estrechamente con la conciencia burguesa. Este parentesco puede ser referido, en última instancia, a una concepción similar de la dualidad del ser y de la conciencia, a la incapacidad de comprender su unidad como proceso dialéctico, como el proceso de la historia. Desde este punto de vista, es indiferente que dicha unidad dialéctica objetivamente presente sea comprendida en su reflejo falso y sectario como un ser cristalizado y como un no-ser igualmente cristalizado; es indiferente que se reconozca incondicionalmente a las masas, de manera mitológica, la comprensión clara de la acción revolucionaria, o que sea defendida la concepción según la cual la minoría “consciente” debe actuar en lugar de las masas “inconscientes”. Los dos casos extremos –citados aquí como ejemplos, pues sería desbordar ampliamente el marco de este trabajo tratar aunque sea alusivamente la tipología de las sectas– se parecen entre sí y también a la conciencia burguesa puesto que ambos consideran al proceso histórico real como separado de la evolución de la conciencia de la “masa”. Si la secta actúa por la masa “inconsciente”, en su lugar y como su representante, ella logra que la separación organizativa históricamente necesaria y por lo tanto dialéctica entre masa y partido, se convierta en algo permanente. Si, en cambio, trata de absorberse íntegramente en el movimiento espontáneo e instintivo de las masas, es necesario simplemente que ponga en un mismo nivel la conciencia de clase del proletariado, los pensamientos y los sentimientos momentáneos de las masas y que pierda todo patrón de medida que le permita juzgar objetivamente la justeza de la acción. Ella es prisionera del dilema burgués: voluntarismo o fatalismo. Se sitúa en un punto de vista a partir del cual se hace imposible juzgar ya sean las etapas objetivas, ya sean las etapas subjetivas de la evolución histórica. Está obligada a sobreestimar desmesuradamente, o también a subestimar desmesuradamente la organización. Tiene que tratar aisladamente el problema de la organización, separándolo de los problemas históricos y prácticos generales y de los problemas de estrategia y de táctica.

La medida y el signo de una relación justa entre partido y clase pueden ser descubiertas sólo en la conciencia de clase del proletariado. Por un lado, la unidad objetiva real de la conciencia de clase constituye el fundamento de la unión dialéctica en la separación organizativa entre clase y partido.

Por otro lado, la falta de unidad, los diversos grados de esclarecimiento y de profundidad de esta conciencia de clase en los diversos individuos, grupos y capas del proletariado, implican la necesidad de la separación organizativa entre el partido y la clase. Bujarín tenía razón entonces al subrayar que con una clase interiormente unificada sería superflua la constitución del partido. Falta saber si a la autonomía organizativa del partido, si a la separación de este partido con la totalidad de la clase, corresponden diferencias objetivas de estratificación en la misma clase, o bien si el partido tan sólo está separado de la clase a consecuencia de su evolución de conciencia, debido a su condicionamiento para, y de su acción sobre, la evolución de conciencia de sus miembros. Por supuesto sería insensato no ver las estratificaciones económicas objetivas en el seno del proletariado. Pero no hay que olvidar que estas estratificaciones de ninguna manera están fundadas en diferencias objetivas semejantes a las que determinan de modo económicamente objetivo la separación entre las mismas clases. Ni siquiera pueden clasificarse en sub-especies de estos principios de distinción. Cuando Bujarín subraya, por ejemplo, que “un campesino que acaba de ingresar en la fábrica es muy distinto de un obrero que desde su infancia trabaja en ella”, es ciertamente una diferencia de “ser”, pero a un nivel completamente distinto de la otra diferencia igualmente mencionada por Bujarín entre el obrero de la gran empresa moderna y el del pequeño taller. En el segundo caso, se trata de una posición objetivamente diferente en el proceso de producción, mientras que, en el primer caso, cambia sólo la situación individual en el proceso de producción (por más típica que pueda ser esta situación). Aquí se trata, pues, de la rapidez con la cual el individuo (o la capa social) es capaz de adaptarse, por su conciencia, a su nueva situación en el proceso de producción, del tiempo durante el cual los vestigios psicológicos de la antigua situación de clase que abandonó actuarán como un freno sobre la formación de su nueva conciencia de clase. En el segundo caso, la cuestión que se plantea es la de saber si los intereses de clase que resultan de manera económicamente objetiva de tales diferencias de situación en el interior del proletariado, son lo suficiente fuertes como para producir una diferenciación dentro de los intereses de clase objetivos del conjunto de la clase. Se trata, entonces. de saber si es preciso concebir a la conciencia de clase objetiva, adjudicada, como diferenciada y estratificada, mientras que en el primer caso se trataba de saber cuáles destinos individuales –eventualmente típicos– tienen una acción de freno sobre esta conciencia de clase objetiva en vías de imponerse.

Claro está que sólo el segundo caso posee un interés real desde el punto de vista teórico. Desde Bernstein en adelante el oportunismo ha procurado siempre describir como si fueran tan profundas las estratificaciones económicas objetivas en el seno del proletariado, y además subrayar con tanta fuerza la similitud en la “situación vital” de las diversas

capas particulares, proletarias, semiproletarias, pequeño-burguesas, etc., que la unidad y la autonomía de la clase desaparecían en esta “diferenciación” (El programa de Goerlitz del partido socialdemócrata alemán es la última y clara expresión organizativa de esta tendencia). Por cierto que los bolcheviques serán los últimos en olvidar la existencia de tales diferenciaciones. Lo que queda por saber es qué clase de ser, qué función les corresponden en la totalidad del proceso histórico y social, en que medida el reconocimiento de estas diferenciaciones conduce al planteo de problemas y a la adopción de medidas (sobre todo) tácticas, en qué medida conduce al planteo de problemas y a la adopción de medidas (sobre todo) organizativas. A primera vista, esta problemática parece conducir solamente a argucias conceptuales. Sin embargo, es preciso comprender que una asociación organizativa del tipo del partido comunista presupone justamente la unidad de la conciencia, y por lo tanto, la unidad del ser social que es su fundamento, mientras que una asociación táctica puede muy bien ser posible y hasta necesaria, desde el punto de vista de la revolución, si las circunstancias históricas provocan dentro de las distintas clases en las que el ser social es objetivamente diferente movimientos que, aunque estén determinados por causas diversas, se orientan sin embargo temporariamente en la misma dirección. Sin embargo, si el ser social objetivo es realmente diferente, estas direcciones no pueden ser “necesarias” en el mismo sentido que lo serían si el fundamento de clase fuese el mismo. Dicho de otro modo, sólo en el primer caso la dirección idéntica expresa la necesidad social cuya intervención en la experiencia puede ser frenada ciertamente por diversas circunstancias, pero a la larga se impondrá de todos modos, mientras que en el segundo caso, una simple combinación de circunstancias históricas diversas es la que produjo esta convergencia de orientaciones. Son circunstancias favorables que deben ser explotadas tácticamente, pues en caso contrario se perderían de manera quizás irremediable. Como es evidente, la posibilidad de un acuerdo de ese tipo entre el proletariado y las capas semi-proletarias, etc., de manera alguna es producto del azar. Pero el fundamento necesario se encuentra solamente en la situación de clase del proletariado: como el proletariado no puede liberarse más que a través del aniquilamiento de la sociedad de clases, está forzado también a llevar a cabo su lucha liberadora para todas las capas oprimidas y explotadas. Pero es casi una “casualidad” que en las luchas particulares estas capas, que poseen una conciencia de clase tan oscura, se coloquen al lado del proletariado o en el campo de sus adversarios. Esto depende muchísimo, como se ha demostrado más arriba, de la táctica correcta empleada por el partido revolucionario del proletariado. En este caso, cuando el ser social de las clases que actúan no es el mismo, o cuando su ligazón sólo está mediatizada por la misión histórica mundial del proletariado, únicamente el acuerdo táctico –siempre ocasional desde el punto de vista conceptual, aunque a veces duradero en la práctica– acompañado de una rigurosa separación organizativa, puede ser de interés para el desarrollo revolucionario. El proceso según el cual las capas semiproletarias comprenden que su emancipación depende de la victoria del proletariado es tan largo y está sometido a tales oscilaciones que un acuerdo que fuese más que táctico podría poner en peligro el destino de la revolución. Se comprende ahora por qué nuestro problema debía ser planteado de modo tan tajante. ¿Corresponden acaso a las estratificaciones interiores del proletariado una gradación similar (aunque sea más débil) del ser social objetivo, de la situación de clase y por consiguiente, de la conciencia de clase objetiva asignada? ¿O sucede más bien que estas estratificaciones se forman acordes a la facilidad o a la dificultad con la que esta verdadera conciencia de clase se impone en los grupos o individuos particulares del proletariado? Las gradaciones objetivas presentes indudablemente en la situación vital del proletariado ¿no determinan la perspectiva bajo la cual son considerados solamente los intereses momentáneos –que aparecen sin duda como diversos– y el hecho de que los intereses mismos coincidan objetivamente no sólo en el plano de la historia mundial sino también de manera actual e inmediata, aunque no sea reconocible en todo momento por el obrero? ¿O sucede que estos intereses divergen entre sí a raíz de una diferencia objetiva en el ser social?

Planteada la pregunta en estos términos, no puede caber duda acerca de la respuesta. Las palabras del Manifiesto Comunista que han sido tomadas casi al pie de la letra en las tesis del II Congreso sobre “el papel del partido comunista en la revolución proletaria”, son comprensibles y adquieren un sentido solamente si la unidad del ser económico objetivo es afirmada por el proletariado: 

“El partido comunista no tiene intereses diferentes de los del conjunto de la clase obrera, sólo difiere de la clase obrera porque encara la misión histórica de la clase obrera en su totalidad y se esfuerza en todos los momentos por defender no sólo los intereses de algunos grupos o de algunas profesiones, sino los de toda la clase obrera.”

En consecuencia, estas estratificaciones en el proletariado, que conducen hacia los diversos partidos obreros y a la formación del partido comunista no son estratificaciones económicas objetivas dentro del proletariado, sino gradaciones en la marcha evolutiva de su conciencia de clase. No hay capas particulares de obreros predestinados inmediatamente por su existencia económica a hacerse comunistas, así como no hay un obrero individual comunista de nacimiento. Para todo obrero nacido en la sociedad capitalista y que ha crecido bajo su influencia, hay un camino que recorrer más o menos cargado de experiencias, para llegar a adquirir la correcta conciencia de su propia situación de clase.

Lo que se pone en juego en la lucha del partido comunista es la conciencia de clase del proletariado. Su separación organizativa respecto de la clase, no significa, en este caso, que quisiera combatir en lugar de la clase, por los intereses de la clase (como lo hicieron, por ejemplo, los blanquistas). Si algunas veces lo hace, lo que puede suceder en el curso de la revolución, ello no ocurre en primer lugar en nombre de los fines objetivos de la lucha en cuestión (fines que de todos modos, a la larga, no pueden ser alcanzados y salvaguardados más que por la clase misma), sino para hacer avanzar y acelerar el proceso de evolución de la conciencia de clase. En efecto, el proceso de la revolución, en escala histórica, es sinónimo del proceso de evolución de la conciencia de clase proletaria. El desprendimiento organizativo del partido comunista, con relación a las grandes masas de la clase obrera, descansa sobre la heterogeneidad de la clase desde el punto de vista de la conciencia; al mismo tiempo, tiene por fin hacer avanzar el proceso de unificación de esas estratificaciones al más alto nivel posible. La autonomía organizativa del partido comunista es necesaria para que el proletariado pueda percibir inmediatamente su propia conciencia de clase como figura histórica, para que en todo acontecimiento de la vida cotidiana aparezca claramente y de manera comprensible a todo obrero la toma de posición que exige el interés de

conjunto de la clase, para que toda la clase eleve a nivel de conciencia su

propia existencia en tanto que clase. Mientras que la forma de organización de secta separa artificialmente de la vida y de la evolución de la clase a la conciencia de clase “correcta” (suponiendo que ella pueda subsistir en tal aislamiento abstracto), la forma de organización de los oportunistas significa el nivelamiento de esas estratificaciones de la conciencia al nivel más bajo o, en el mejor de los casos, al nivel situado en un término medio. Es obvio que las acciones efectivas de la clase están determinadas cada vez más ampliamente por este término medio. Sin embargo, como este término medio no es algo que pueda determinarse de manera estática y estadística, sino que él mismo es la consecuencia del proceso revolucionario, es igualmente obvio que apoyando la organización sobre este término medio ya dado previamente se ha impulsado a frenar su desarrollo y hasta a rebajar su nivel. Por el contrario, la clara elaboración de la posibilidad más elevada, objetivamente dada en un momento determinado, y por consiguiente la autonomía organizativa de la vanguardia consciente, constituyen ambas un medio para allanar la tensión entre esta posibilidad objetiva y el nivel efectivo de conciencia del término medio, en una dirección que baga la revolución.

La autonomía de la organización carece de sentido y cae al nivel de la secta si no implica al mismo tiempo una continua consideración táctica del nivel de conciencia de las masas más amplias y atrasadas. La función que cumple la teoría correcta en cuanto al problema de la organización del partido comunista se torna visible. Debe representar la más alta posibilidad objetiva de acción proletaria, pero una comprensión teórica correcta es la condición indispensable para ello. Una organización oportunista manifiesta una sensibilidad menor que la organización comunista a las consecuencias de una teoría falsa porque es una agrupación más o menos relajada de componentes heterogéneos con vistas a la realización de acciones puramente ocasionales, porque sus acciones por la general están impulsadas por los movimientos inconscientes e imposibles de ser frenados de las masas, en lugar de estar dirigidos realmente por el partido, porque la cohesión organizativa de ese partido es en su esencia una jerarquía mecanizada y fijada bajo la forma de división del trabajo, de dirigentes y de funcionarios. (La aplicación falsa e ininterrumpida de falsas teorías conducirá al desmoronamiento del partido, pero esta es otra cuestión). Es precisamente el carácter eminentemente práctico de la organización comunista, su esencia de partido de lucha, lo que supone una teoría correcta puesto que de otra manera las consecuencias de una teoría falsa lo llevarían muy pronto al fracaso; pero además, esta forma de organización produce y reproduce la comprensión teórica correcta al intensificar conscientemente en el plano de la organización la sensibilidad de la forma de organización hacia las consecuencias de una actitud teórica. La capacidad de acción y de autocrítica, la capacidad de corregirse a sí mismo, de desarrollarse siempre desde el punto de vista teórico, se encuentran pues en una interacción indisoluble. Aún teóricamente, el partido comunista no actúa en lugar del proletariado. Si su conciencia de clase es, con relación al pensamiento y a la acción del conjunto de la clase, una cosa fluida y sometida a un proceso ello debe reflejarse en la figura organizativa de esta conciencia de clase, en el partido comunista, con la única diferencia de que aquí se ha objetivado un nivel de conciencia más elevado en el plano de la organización. Frente a los altibajos más o menos caóticos de la evolución de esta conciencia en la misma clase, de la alternancia de explosiones en las que se revela una madurez de la conciencia de clase que supera de lejos todas las previsiones teóricas, con estados medio letárgicos de inmovilidad donde todo es soportado y la evolución continúa sólo subterráneamente, se levanta aquí la afirmación consciente de la relación entre el “objetivo final” y la acción presente, actual y necesaria. El carácter dialéctico de la conciencia de clase, se transforma pues, en la teoría del partido, en la dialéctica manejada conscientemente.

Esta interacción dialéctica ininterrumpida entre teoría, partido y clase, esta orientación de la teoría hacia las necesidades inmediatas de la clase, no significa de manera alguna la disolución del partido en la masa del proletariado. Los debates sobre el frente único revelaron en casi todos los adversarios de esta táctica la falta de una concepción dialéctica, la ausencia de comprensión de la función real del partido en el proceso de evolución de la conciencia del proletariado. No hablo aquí de los malos entendidos que se originaron por el hecho de que el frente único había sido pensado como la reunificación organizativa inmediata del proletariado. Sin embargo, el temor de que el partido pierda su carácter comunista aproximándose demasiado a consignas aparentemente “reformistas” y haciendo acuerdos tácticos circunstanciales con los oportunistas, demuestra que la confianza en la corrección de la teoría, en el conocimiento de sí del proletariado, como conocimiento de su situación objetiva en una etapa determinada del desarrollo histórico, en la inmanencia dialéctica del “objetivo final” a toda consigna del momento interpretada correctamente por los revolucionarios, no se ha consolidado aún suficientemente en amplios círculos de comunistas. Ello demuestra que todavía piensan sectariamente en que deben actuar por el proletariado en lugar de hacer avanzar mediante su acción el proceso real de evolución de la conciencia de clase proletaria. Esta adaptación de la táctica del partido comunista a los momentos de la vida de la clase en que parece emerger precisamente la conciencia de clase correcta, aunque tal vez bajo una forma falsa, no significa que tenga el propósito de realizar incondicionalmente sólo la voluntad momentánea de las masas. Al contrario, justamente porque tiende a alcanzar el punto más alto de lo que es objetiva y revolucionariamente posible –y la voluntad momentánea de las masas es con frecuencia el elemento más importante, el síntoma decisivo– se ve obligado a veces a tomar posición contra las masas, a mostrarles el camino correcto mediante la negación de su voluntad presente. Se ve obligado a hacerles comprender que lo correcto de su actitud se hará comprensible para las masas tan sólo después de los hechos, después de numerosas y amargas experiencias.

Sin embargo, ni una ni otra de las posibilidades de colaboración con las masas deben ser generalizadas en un esquema táctico general. La evolución de la conciencia de clase proletaria (y por lo tanto la evolución de la revolución proletaria) y la del partido comunista, consideradas desde la perspectiva de la historia mundial, constituyen ciertamente un único e idéntico proceso. Se condicionan; pues, una a la otra de la manera más íntima en la práctica cotidiana. Sin embargo, su crecimiento concreto aparece como un único e idéntico proceso y ni siquiera hay un paralelismo directo. La forma en que se desarrolla ese proceso, el modo en que son elaboradas en la conciencia del proletariado ciertas modificaciones económicas objetivas y, sobre todo, la forma que reviste la interacción del partido y de la clase en el interior de esa evolución, no pueden ser referidas a “sistemas de leyes” esquematizados. El crecimiento del partido y su consolidación tanto exterior como interior no se realizan como es obvio en el espacio vacío de un aislamiento sectario, sino en medio de la realidad histórica, en una interacción dialéctica ininterrumpida con la crisis económica objetiva y con las masas que dicha crisis ha revolucionado. Puede ocurrir que el curso de la evolución proporcione al partido la posibilidad de lograr antes de las luchas decisivas un completo esclarecimiento interno, como por ejemplo en Rusia entre las dos revoluciones. Puede suceder también, como en algunos países de Europa Central y Occidental, que a consecuencia de la crisis las masas se vuelvan tan amplia y rápidamente revolucionarías como para que se vuelvan comunistas, en parte en el plano de la organización, antes de haber podido adquirir en la lucha las condiciones internas de conciencia necesaria a estas organizaciones, de manera que surgen partidos comunistas de masa que podrán convertirse en verdaderos partidos comunistas sólo en el curso de las luchas. Esta tipología de la formación del partido puede aún ser subdividida; en ciertos casos extremos, puede parecer que el partido comunista ha nacido de la crisis económica “como producto de leyes orgánicas”; sin embargo, el paso decisivo, cual es la asociación consciente en el plano organizativo interno de la vanguardia revolucionaria, o dicho de otro modo, la formación real de un partido comunista real sigue siendo el acto consciente y libre de esta misma vanguardia consciente. En nada cambia esta situación si, para tomar dos casos extremos, un partido relativamente pequeño e interiormente consolidado, en interrelación con vastas capas del proletariado, se desarrolla como un gran partido de masa, o si de un partido de masa nacido espontáneamente surge después de una crisis interior, un partido comunista de masa. La esencia teórica de todos estos acontecimientos sigue siendo la misma: es la superación de la crisis ideológica, la conquista de la conciencia proletaria correcta. Desde este punto de vista, es tan peligroso para el desarrollo de la revolución subestimar el carácter inevitable de este proceso y creer que cualquier táctica podría conducir a toda una serie de acciones (sin hablar del curso mismo de la revolución), a sobrepasarse a sí mismas en una intensificación obligatoria para alcanzar así fines más lejanos, como sería funesto creer que la mejor acción del partido comunista más poderoso y mejor organizado podría hacer algo más que conducir correctamente el proletariado hacia el objetivo al que él mismo se dirige, aunque no lo haga de modo totalmente consciente. En verdad, sería igualmente falso retomar aquí el concepto de proletariado de una manera simplemente estática y estadística: “el concepto de masa se modifica justamente en el curso de la lucha” dice Lenin. El partido comunista es –en interés de la revolución– una figura autónoma de la conciencia de clase proletaria. Es preciso comprenderlo en forma, teórica correcta en esta doble relación dialéctica: a la vez como figura de esta conciencia y como figura de esta conciencia, o dicho de otro modo, a la vez en su autonomía y en su coordinación.

V

Esta separación exacta, aunque siempre cambiante y adaptada a las circunstancias, entre acuerdo táctico y acuerdo organizativo en las relaciones del partido con la masa, en tanto que problema interno del partido adquiere la forma de la unidad entre las cuestiones de táctica y de organización. Para esta vida interna de partido, aún más que para las cuestiones tratadas precedentemente, sólo tenemos a nuestra disposición las experiencias del partido ruso, como etapas reales y conscientes en el camino de realización de la organización comunista. Así como los partidos no rusos en la época de sus “enfermedades infantiles” manifestaron en muchos aspectos una inclinación hacia una concepción sectaria del partido, se inclinaron más tarde a descuidar en muchos sentidos su vida “interior” en comparación a la influencia propagandista y organizativa del partido sobre las masas, es decir, a la parte de su vida volcada hacia el “exterior”. Esta es también una “enfermedad infantil” determinada en parte por la formación rápida de grandes partidos de masa, por la sucesión casi ininterrumpida de decisiones y acciones importantes y por la necesidad de los partidos de vivir volcados “hacia el exterior”. Pero la comprensión del encadenamiento causal que ha conducido a un error no significa en modo alguno adaptarse a él. Menos aún cuando la manera correcta de actuar “hacia el exterior” demuestra en forma notable hasta qué punto es absurdo hacer distinciones entre táctica y organización en la vida interior del partido y hasta qué punto esta unidad interior reacciona sobre la ligazón íntima que une la vida “volcada hacia lo interno” con la vida orientada “hacia el exterior” (aunque provisoriamente esta separación parezca casi insuperable para todo partido comunista, pues es la herencia del medio donde se ha formado). Es necesario entonces que en la práctica cotidiana inmediata, todos tomen conciencia del hecho de que la centralización organizativa del partido (con todos los problemas de disciplina que de él la derivan y que constituyen su otra cara) y la capacidad de iniciativa táctica son conceptos que se condicionan mutuamente. Las posibilidades de expansión dentro de las masas de una táctica propuesta por el partido presuponen su previa expansión en el interior del mismo. No sólo es necesario, en el sentido mecánico de la disciplina, que los elementos individuales del partido se encuentren sólidamente agrupados en las manos del aparato central y actúen hacia el exterior como los miembros reales de una voluntad colectiva, sino que es necesario también que el partido se convierta en una formación tan unificada que todo desplazamiento en la dirección de la lucha se traduzca en un reagrupamiento de todas, las fuerzas, que todo cambio de posición repercuta hasta en los miembros individuales del partido, por consiguiente, que la sensibilidad de la organización para los cambios de orientación, para el aumento de la acción combativa, para los momentos de retirada, etc., sean elevados a su máxima expresión. No es necesario, creo, explicar que esto no implica una “obediencia de maniquíes”. Es evidente que una tal sensibilidad de la organización revela con mucha rapidez en el curso de su aplicación práctica lo que hay de falso en las consignas particulares, y que es ella justamente la que más promueve la posibilidad de una autocrítica sana, incrementando la capacidad de acción. La sólida cohesión organizativa del partido no sólo le otorga la capacidad objetiva de actuar, sino que al mismo tiempo crea el clima interno del partido que hace posible una intervención enérgica en los acontecimientos y un aprovechamiento de las oportunidades que estos ofrecen. Es así que una real centralización de todas las fuerzas del partido, en virtud de su dinámica interna, debe necesariamente hacerlo avanzar en el camino de la actividad y de la iniciativa. El sentimiento de una consolidación organizativa insuficiente, en cambio, cumple necesariamente una acción paralizadora y de inhibición sobre las resoluciones tácticas y hasta sobre la posición teórica fundamental del partido. (Recuérdese por ejemplo el partido comunista alemán en la época del golpe de Estado de Kapp).

“Para un partido comunista –dicen las tesis sobre organización del III Congreso– no puede haber ninguna época en la cual la organización del partido permanezca políticamente inactiva”. Esta vigencia táctica y organizativa no sólo de la combatividad revolucionaria sino también, hasta de la misma actividad revolucionaria, no puede ser comprendida correctamente más que mediante una comprensión de la unidad entre táctica y organización. Si la táctica está separada de la organización, si no se percibe en ambas el mismo proceso de desarrollo de la conciencia de clase proletaria, es inevitable que el concepto de táctica caiga en el dilema del oportunismo y del terrorismo, que la “acción” signifique ya sea el acto aislado de la “minoría consciente” por apoderarse del poder, ya sea simplemente la adaptación a los deseos momentáneos de las masas, alguna posición “reformista”, mientras que a la organización se le asigna simplemente el rol técnico de “preparación” de la acción (las concepciones de Serrati y de sus partidarios, al igual que las de Paul Lévy, se ubican en este plano). La permanencia de la situación revolucionaría no significa por lo tanto que la toma del poder por el proletariado sea posible en todo momento. Sólo significa que a consecuencia de la situación objetiva de conjunto de la economía, es inherente a todo cambio de situación y a todo movimiento provocado en las masas por este cambio, una tendencia que puede ser orientada en sentido revolucionario y explotada por el proletariado con el fin de hacer progresar su conciencia de clase. Ahora bien, en este contexto, la progresión interna de la figura autónoma de esta conciencia de clase, es decir, del partido comunista, es un factor de primer orden. El carácter revolucionario de la situación se expresa, en primer lugar y de manera notable, en la estabilidad continuamente decreciente de las formaciones sociales provocada por la estabilidad continuamente decreciente del equilibrio entre las fuerzas y las potencias sociales sobre las que descansa el funcionamiento de la sociedad burguesa. La conciencia de clase proletaria sólo puede devenir autónoma y adquirir una figura que tenga un sentido para el proletariado si esta figura encarna efectivamente en todo momento, para el proletariado, el sentido revolucionario de ese preciso momento. En consecuencia, en una situación objetivamente revolucionaría, la justeza del marxismo revolucionario significa mucho más que la simple justeza “general” de una teoría. Es precisamente porque se ha convertido en algo de suma actualidad, completamente práctico, que la teoría debe transformarse en una guía para toda etapa particular de las acciones cotidianas. Sin embargo, esto es posible sólo a condición de que la teoría se despoje de su carácter puramente teórico, se convierta en esencialmente dialéctica, es decir, a condición de que supere prácticamente toda oposición entre lo particular y lo general, entre la ley y el caso aislado que le es “subsumido”, o sea entre la ley y su aplicación, y al mismo tiempo toda oposición entre teoría y práctica. Mientras que la táctica y la organización de los oportunistas, que se basan en el abandono del método dialéctico, satisfacen el “realismo político” y las exigencias del momento renunciando a la firmeza de los fundamentos teóricos, pero debido a ello son víctimas justamente en su práctica cotidiana del esquematismo esclerosado de sus formas de organización reificadas y de su rutina táctica, es necesario que el partido comunista mantenga viva en él y conserve acertadamente esta tensión dialéctica de adhesión al “objetivo final” en la adaptación más exacta posible a las exigencias concretas de la hora. Para todo individuo, esto presuponía una “genialidad” con la que el realismo político revolucionario jamás puede contar. Pero de ningún modo está obligado a hacerlo ya que la elaboración consciente del principio de organización comunista es el camino para realizar en la vanguardia el proceso de educación en esta dirección de la dialéctica práctica. Esta unidad de táctica y de organización, la necesidad de trasponer inmediatamente al plano de la organización toda aplicación de la teoría, toda iniciativa táctica, es el principio correctivo empleado conscientemente centra la esclerosis dogmática a la que está expuesta incesantemente toda teoría, aplicada por hombres que han crecido en el capitalismo con una conciencia reificada. El peligro es tanto mayor por cuanto este mismo medio capitalista, que produce dicha esquematización de la conciencia, reviste constantemente formas nuevas en su estado actual de crisis, se halla cada vez más fuera del alcance de una apreciación esquemática. Lo que hoy es exacto, mañana puede ser falso. Lo que con determinada intensidad es saludable, puede, con un grado mayor o menor, tener funestas consecuencias. “Pero basta dar, dice Lenin, un pequeño paso más allá –aunque parezca efectuado en la misma dirección– para que esta verdad se convierta en un error”. 

La lucha contra los efectos de la conciencia reificada constituye ella misma un proceso de largo aliento, que exige luchas encarnizadas en las que no hay que detenerse ni en una forma determinada de tales efectos ni en los contenidos de los fenómenos determinados. La dominación de la conciencia reificada sobre los hombres de hoy, actúa justamente en tales direcciones. Si la reificación es superada en un punto, inmediatamente surge el peligro de que el nivel de conciencia de esa superación se fije en una nueva forma, igualmente reificada. Si para los obreros que viven bajo el capitalismo se trata de superar la ilusión según la cual las formas económicas y jurídicas de la sociedad burguesa constituyen el medio “eterno”, “razonable”, “natural”, del hombre, se trata entonces de romper el respeto excesivo que sienten hacia su medio social habitual, el “orgullo comunista” como lo llamó Lenin, que nace también, puede ello ocurrir, después de la toma del poder, después del derrocamiento de la burguesía en la lucha de clases abierta, y que se vuelve tan peligroso como lo fue antes la pusilanimidad menchevique frente a la burguesía. En completa oposición a las teorías oportunistas, el materialismo histórico, concebido de manera correcta por los comunistas, parte del hecho de que la evolución social produce continuamente nuevos elementos en sentido cualitativo. Es por ello que toda organización comunista debe adoptar el criterio de reforzar permanentemente su propia sensibilidad con respecto a la nueva forma de aparición de los fenómenos y su capacidad de aprender en todos los momentos de la evolución. Ella debe impedir que las armas con las que ayer se obtuvo una victoria, al esclerosarse, se convierten hoy en un obstáculo para las luchas ulteriores. “Debemos instruirnos junto al empleado” dice Lenin en el discurso arriba citado sobre las tareas de los comunistas en la Nueva Política Económica.

Flexibilidad, capacidad de transformación y de adaptación de la táctica y organización severa no son más que los dos aspectos de una sola y misma cosa. Sin embargo, este sentido más profundo de la forma de organización comunista es raramente comprendido en todos sus alcances, aún en los medios comunistas, a pesar de que de su aplicación correcta depende no sólo la posibilidad de una acción conecta, sino también la capacidad de desarrollo interno del Partido. Lenin insiste obstinadamente en el rechazo de todo utopismo en lo que concierne al material humano con el cual debe ser hecha y conducida a la victoria la revolución: este material se compone necesariamente de hombres que han sido educados en la sociedad capitalista y corrompidos por ella. No obstante, el rechazo de las esperanzas y de las ilusiones utópicas no significa de ningún modo que haya que detenerse de manera fatalista en el reconocimiento de este estado de cosas. Puesto que sería una ilusión utópica confiar en una transformación interna de los hombres mientras permanezca el capitalismo, sólo es necesario buscar y encontrar las disposiciones y las garantías organizativas aptas para contrarrestar las consecuencias corruptoras de esta situación, para corregirlos tan pronto hagan su aparición inevitable y para eliminar los tumores que hayan surgido. El dogmatismo teórico no es más que un caso especial de estos fenómenos de esclerosis a los que están expuestos continuamente en el medio capitalista todo hombre y toda organización. La reificación capitalista de la conciencia provoca a la vez una super-individualización y una cosificación mecanicista de los hombres. La división del trabajo, al no reposar sobre los caracteres humanos propios, petrifica esquemáticamente a los hombres en sus actividades, los convierte en autómatas de sus ocupaciones, en simples rutinarios. Pero además, exacerba al mismo tiempo su conciencia individual, la cual, a raíz de la imposibilidad de encontrar en la misma actividad la satisfacción y la expresión vital de la personalidad, se ha vuelto vacía y abstracta, y la arrastra a un egoísmo brutal, codicioso y ávido de honores. Estas tendencias necesariamente continúan actuando también en el partido comunista, quien jamás pretendió metamorfosear interiormente mediante un milagro a los hombres que forman parte de él. Más aún si tenemos en cuenta que la necesidad de acciones consecuentes impone a todo partido comunista una división del trabajo efectiva e intensa, que necesariamente encierra en sí misma los peligros de esclerosis, de burocratización, de corrupción, etc.

La vida interior del partido es un combate incesante contra la herencia capitalista. El medio de lucha decisivo en el plano de la organización no puede ser otro que el de lograr que los miembros tomen parte en la actividad del partido con la totalidad de su personalidad. La función en el partido, por más que sea ejercida con una probidad y una dedicación íntegra, sigue siendo únicamente un empleo a menos que la actividad del conjunto de los miembros se relacione de todas las maneras posibles con el trabajo del partido, y si además existe, en la medida de las posibilidades efectivas, una constante rotación en esta actividad, de manera que los miembros puedan alcanzar una relación viva con la totalidad de la vida del partido y con la revolución, puedan dejar de ser simples especialistas sometidos necesariamente a los peligros de una esclerosis interior. Nos encontramos aquí nuevamente con la unidad indisoluble de la táctica y de la organización. Toda jerarquía de funcionarios, absolutamente inevitable en el partido en el estado de lucha, debe reposar sobre la adaptación de un tipo determinado de talentos a las exigencias efectivas de una fase determinada de la lucha. Sin embargo, si el desarrollo de la revolución supera esta fase, sería completamente insuficiente un simple cambio de táctica y hasta un cambio de las formas de organización (por ejemplo, el paso de la ilegalidad a la legalidad) para que se opere una transformación real con vistas a una acción en adelante correcta. Es necesario que se produzca al mismo tiempo una transformación de la jerarquía de funcionarios en el partido; la elección de las personas debe adaptarse exactamente a las nuevas formas de lucha. Es evidente que esto no puede ser llevado a cabo sin “errores” ni sin crisis. El partido comunista sería una isla bienaventurada, fantástica y utópica, en el océano del capitalismo, si su desarrollo no estuviese constantemente expuesto a estos peligros. Lo realmente nuevo en su organización es sólo el hecho de que el partido lucha contra este peligro interno, bajo una forma consciente y cada vez más consciente.

Si cada militante se entrega de este modo con toda su personalidad, con toda su existencia, a la vida de partido, es el mismo principio de la centralización y de la disciplina el que debe velar por la interacción viva entre la voluntad de los miembros y la voluntad de la dirección del partido, por la expresión de la voluntad y de los deseos, de las iniciativas y de la crítica de los miembros frente a la dirección. Justamente porque toda resolución del partido debe traducirse en las acciones del conjunto de sus miembros, porque de toda consigna deben resultar actos de miembros individuales en los que éstos comprometen toda su existencia física y moral, no sólo con su crítica haciendo valer sus experiencias, sus reservas, etc. Si el partido está constituido por una simple jerarquía de funcionarios aislados de la masa de miembros ordinarios y frente a cuyas acciones le está reservado a la masa el mero papel de espectador cotidiano, si la actividad del partido como conjunto es solamente ocasional, esto suscita entre los miembros una cierta indiferencia donde se mezclan una confianza ciega y la apatía con respecto a las acciones cotidianas del partido. Su crítica en el mejor de los casos puede ser una crítica a posteriori (en los congresos, etc.) que raramente ejerce una influencia determinante sobre la orientación real de las actividades futuras. Por el contrario, la participación activa de todos los miembros en la vida cotidiana del partido, la necesidad de comprometerse con la totalidad de su personalidad en toda acción de partido, es el único medio para obligar a la dirección del partido a hacer que sus resoluciones sean realmente comprensibles para los miembros, a convencerlos del acierto de éstas, puesto que no podrían ser ejecutadas correctamente de otro modo. (Cuanto más organizado esté el partido en cada una de sus partes, más importantes serán las funciones de cada miembro –por ejemplo, como miembro de una fracción sindical– y tanto mayor será esa necesidad). Por otra parte, estas discusiones deben conducir, desde antes pero también durante la acción, a esta interacción viva entre la voluntad del conjunto del partido y la del aparato central; ellas deben influenciar el pasaje efectivo de la resolución a la acción, modificándola, y corrigiéndola (aquí también esta interacción es tanto mayor cuanto más avanzada es la centralización y la disciplina). Más profundamente se imponen estas tendencias, más tiende a desaparecer la oposición abrupta y sin transiciones –heredada de la estructura de los partidos burgueses– entre el jefe y las masas; y el cambio en la jerarquía de los funcionarios contribuye a ese proceso. La crítica a posteriori, provisoriamente inevitable todavía, se transforma siempre más en un intercambio de experiencias concretas y generales, tácticas y organizativas, que desde ese momento se vuelcan cada vez mas hacia el futuro. La libertad es, como lo ha reconocido ya filosofía clásica alemana, una cosa práctica, una actividad. Sólo cuando se convierte en un mundo de actividad para cada uno de sus miembros el partido comunista puede superar realmente el rol de espectador del hombre burgués frente a la necesidad de un devenir incomprendido, al igual que su forma ideológica: la libertad formal de la democracia burguesa. La separación de los derechos y de los deberes sólo es posible cuando hay separación entre los jefes activos y la masa pasiva, cuando los dirigentes actúan en lugar de las masas y por ellas, vale decir, cuando las masas tienen una actitud contemplativa y fatalista. La verdadera democracia, la supresión de la reparación entre derechos y deberes, no es sin embargo una libertad formal, es una actividad íntimamente solidaria y coherente de los miembros de una voluntad de conjunto.

El problema de la “depuración” del partido, tan calumniado y denigrado, no es más que el aspecto negativo del mismo problema. En este punto, como en todas las cuestiones, fue necesario recorrer el camino que va de la utopía a la realidad. Es así, por ejemplo, que la exigencia formulada en las 21 condiciones del II Congreso y según la cual todo partido legal debería proceder de vez en cuando a tales depuraciones, se reveló como una exigencia utópica, incompatible con la fase de desarrollo de los partidos de masas en formación en Europa (el III° Congreso se expresó además con muchas más reservas sobre esta cuestión). A pesar de todo, no era un “error” plantear esta condición pues caracteriza clara y netamente la dirección que debe tomar la evolución interna del partido comunista, aunque las circunstancias históricas determinen la forma bajo la cual será aplicado este principio. Precisamente porque el problema de organización es el problema intelectual más profundo del desarrollo revolucionario, era absolutamente necesario llevar tales cuestiones a la conciencia de la vanguardia revolucionaria, aunque momentáneamente no hubiera posibilidad alguna de realización práctica. La evolución del partido ruso muestra sin embargo de manera elocuente el significado práctico de esta cuestión, no sólo –como deriva nuevamente de la unidad indisoluble de la táctica y de la organización– para la vida interna del mismo partido, sino también para sus relaciones con las vastas masas de los trabajadores. La depuración del partido se hizo en Rusia de maneras muy diversas según las distintas etapas de la evolución. En la última, que se realizó en otoño del año pasado, se introdujo a menudo el principio extremadamente interesante y significativo de la utilización de las experiencias y de los juicios de los obreros y de los campesinos sin partido: estas masas fueron asociadas al trabajo de depuración del partido. Esto no quiere decir que el partido acepte en el presente de manera ciega todo juicio de esas masas, pero sus iniciativas y sus rechazos fueron ampliamente considerados para eliminar los elementos corrompidos, burocratizados, extraños a las masas, poco seguros desde el punto de vista revolucionario. 

Este asunto interno y bastante íntimo de su vida muestra asi, en una etapa avanzada del partido comunista, la ligazón interna y muy íntima entre partido v clase. Muestra cómo la separación organizativa operada entre la vanguardia consciente y las amplias masas no es más que un momento en el proceso unitario, pero dialéctico de la evolución de toda la clase, de la evolución de su conciencia. Al mismo tiempo, muestra que cuanto más clara y enérgicamente este proceso mediatiza las necesidades del momento dada su significación histórica, más clara y enérgicamente engloba también al miembro individual del partido en su actividad como individuo, lo utiliza, lo orienta en su desarrollo y lo juzga. Del mismo modo que el partido, en tanto que totalidad, supera las distinciones reificadas de naciones, profesiones, etc., y de formas de aparición de la vida (economía y política) por su acción dirigida hacia la unidad y la cohesión revolucionarias, para crear la verdadera unidad de la clase proletaria, del mismo modo y debido precisamente a su organización severa, debido a la disciplina de hierro que de ella resulta y a su exigencia de un compromiso total de la personalidad, el partido rompe en cada miembro individual las envolturas reificadas que en la sociedad capitalista obnubilan la conciencia del individuo. Es una empresa de vasto aliento y nosotros apenas estamos en el comienzo; pero esto no puede ni debe impedir que nos esforcemos en reconocer, con la claridad actualmente posible, el principio que aparece aquí, la aproximación al “reino de la libertad” como una exigencia para el obrero que tiene una conciencia de clase. Precisamente porque la formación del partido comunista no puede ser sino la obra conscientemente realizada de los obreros que tienen conciencia de clase, todo paso en la dirección de un conocimiento justo es al mismo tiempo un paso hacia la realización de ese reino.

Septiembre de 1922

LEGALIDAD E ILEGALIDAD György Lukács

La teoría materialista que afirma que los hombres son producto de las circunstancias y de la educación y, en consecuencia, de que los hombres modificados son producto de otras circunstancias y de una educación distinta, olvida que son precisamente los hombres quienes modifican las circunstancias y que el propio educador debe ser a su vez educado.

Marx, Tesis sobre Feuerbach

Para el estudio de la legalidad y de la ilegalidad en las luchas de clase del proletariado, como de toda cuestión relativa a las formas de acción, las motivaciones y tendencias que se manifiestan son más importantes y reveladoras que los hechos en sí. El simple hecho de que una fracción del movimiento obrero sea legal o ilegal depende, en efecto, de tantas “casualidades” históricas que su análisis no siempre permite extraer conclusiones de principio. No hay partido, por más oportunista o aún social-traidor que sea, que no pueda ser llevado por las circunstancias a la ilegalidad. Por el contrario, se pueden concebir perfectamente condiciones en las cuales el partido comunista más revolucionario y más enemigo de los compromisos podría temporariamente trabajar de forma casi totalmente legal. Ya que ese criterio distintivo no es suficiente, es necesario abordar el análisis de las motivaciones de una táctica legal o ilegal. Tampoco aquí debe uno atenerse a la simple constatación abstracta de los motivos subjetivamente considerados. Si el aferrarse a cualquier precio a la legalidad es, en efecto, completamente característica de los oportunistas, se caería completamente en el error al atribuir mecánicamente a los partidos revolucionarios la voluntad contraria, a saber, la voluntad de la ilegalidad.

En todo movimiento revolucionario hay ciertos períodos en que domina o, al menos, se afirma un cierto romanticismo de la ilegalidad. Pero ese romanticismo es claramente una enfermedad infantil del movimiento comunista, una reacción contra la legalidad a toda costa (las razones de ello aparecerán claramente en el curso de la exposición); ese romanticismo debe ser superado, y lo es seguramente por todo movimiento llegado a la madurez.

¿Cómo debe el pensamiento marxista plantear, pues, las nociones de legalidad e ilegalidad? Esta cuestión remite necesariamente al problema general de la violencia organizada, al problema del derecho y el estado y, en último análisis, al problema de las ideologías.

En su polémica con Dühring, Engels refuta brillantemente la teoría abstracta de la violencia. Cuando indica, sin embargo, que la violencia (derecho y estado) “descansa originariamente en una función económica y social”, esto debe ser desarrollado –en el mismo espíritu de la teoría de Marx y Engels– por la afirmación de que esta conexión halla su expresión ideológica correspondiente en el pensamiento y los sentimientos de los hombres integrados al campo en que se ejerce la violencia. Dicho de otro modo, la violencia organizada concuerda de tal modo con las condiciones de vida de los hombres o se presenta a éstos con una superioridad aparentemente tan insuperable, que aquéllos la experimentan como una fuerza de la naturaleza o como el contorno necesario de su existencia, y por consiguiente se someten voluntariamente a ella (esto no quiere decir en modo alguno que estén de acuerdo con ella). Así como, en efecto, una violencia organizada no puede subsistir si no puede, tan a menudo como sea necesario, imponerse como violencia a la voluntad recalcitrante de individuos o grupos, no podría tampoco subsistir en modo alguno si debiera manifestarse en toda ocasión como violencia.

Cuando esta última necesidad se hace sentir, la revolución está dada ya como hecho; la violencia organizada está ya en contradicción con los fundamentos económicos de la sociedad, y esta contradicción se refleja en la cabeza de los hombres, de suerte que, no viendo ya en el orden establecido una necesidad natural, oponen a la violencia otra violencia.

Sin negar que esta situación tenga una base económica, hay que añadir que la modificación de una forma organizada de la violencia no se hace posible sino cuando la creencia en la imposibilidad de otro orden diferente del establecido está ya quebrantada, tanto en las clases dominantes como en las clases dominadas.

La revolución en el campo de la producción es la condición necesaria de ello. Sin embargo, la subversión misma debe ser realizada por hombres, por hombres que están intelectual y sentimentalmente emancipados del poder del orden establecido.

Con relación a la evolución económica, esta emancipación no se cumple con un paralelismo y una simultaneidad mecánicos: de un lado la precede y de otro la sigue. Como pura emancipación ideológica, puede estar presente –y a menudo lo está– en una época en que no está dada todavía, en la realidad histórica, sino la tendencia, para el fundamento económico de un orden social, a devenir problemática. En ese caso, la teoría saca de la simple tendencia sus consecuencias extremas y las interpreta como realidad futura, que opone en tanto realidad “verdadera” a la realidad “falsa” del orden establecido (el derecho natural como preludio a las revoluciones burguesas). Por otra parte, es cierto que aun los grupos y las masas inmediatamente interesados, por razón de su situación de clase, en el éxito de la revolución, no se liberan interiormente del antiguo orden sino durante –y muy a menudo después– de la revolución. Tienen necesidad de una lección de las cosas para concebir qué sociedad está conforme con sus intereses y para poder liberarse interiormente del antiguo orden de cosas.

Si estas observaciones valen para todo el tránsito revolucionario de un orden social a otro, son todavía más válidas para una revolución social que para una revolución principalmente política. Una revolución política no hace más que consagrar un estado económico social que se ha impuesto ya, al menos parcialmente, en la realidad económica. La revolución coloca el nuevo derecho “justo” y “equitativo” en lugar del antiguo orden jurídico sentido como “injusto”. El medio social de la vida no sufre ninguna transformación radical. (Los historiadores conservadores de la gran Revolución Francesa destacan dicha permanencia relativa del estado “social” durante este período). Por el contrario, la revolución social apunta justamente a cambiar ese medio, y todo cambio en ese dominio es tan profundamente contrario a los instintos del hombre medio que ve allí una amenaza catastrófica contra la vida en general, una fuerza natural ciega, semejante a una inundación o a un temblor de tierra. Sin poder comprender la esencia del proceso, dirige su lucha contra las manifestaciones inmediatas que amenazan su existencia habitual: es una defensa ciega y desesperada. Al comienzo de la evolución capitalista, los proletarios educados como pequeños burgueses se alzaron contra la fábrica y las máquinas; la doctrina de Proudhon puede ser igualmente considerada como un eco de esta defensa desesperada del antiguo medio social habitual.

Se comprende aquí particularmente bien el carácter revolucionario del marxismo. El marxismo es la teoría de la revolución porque determina la esencia del proceso (en oposición a los síntomas y las manifestaciones exteriores), porque muestra su tendencia decisiva, orientada hacia el porvenir (en oposición a los fenómenos efímeros). Es lo que convierte al mismo tiempo la expresión ideológica de la clase proletaria en camino de emancipación. Esta liberación se realiza primeramente bajo la forma de sublevaciones efectivas contra las manifestaciones más opresivas del orden económico capitalista y de su Estado. Aislados en sí mismo y no pudiendo nunca, aún en caso de éxito, salir decididamente victoriosos, estos combates sólo pueden ser realmente revolucionarios por la conciencia de su mutua relación y de su relación con el proceso que aproxima sin demora el fin del capitalismo. Cuando el joven Marx se fijó como programa la “reforma de la conciencia”, se anticipó a la esencia de su actividad ulterior. Su concepción no es utópica pues parte de un proceso que se desarrolla efectivamente y no quiere plantear frente a él “ideales” sino extraer su sentido implícito; ella debe, al mismo tiempo, superar esos datos efectivos y colocar la conciencia del proletariado frente al conocimiento de la esencia y no frente a la experiencia de los datos inmediatos. “La reforma de la conciencia, dice Marx, consiste únicamente en dar a su propio sujeto, en explicarle sus propias acciones... dar al mundo conciencia de su conciencia, en despertarlo del sueño en el que sumergió a su propio sujeto, en explicarle sus propias acciones... Parecerá entonces que desde hace largo tiempo el mundo posee el sueño de una cosa, de la cual debe ahora poseer la conciencia para realmente poseerla”. 

Esta reforma de la conciencia es el proceso revolucionario mismo. Este advenimiento a la conciencia sólo puede producirse en el proletariado muy lentamente, a través de duras y prolongadas crisis. Aunque en la doctrina de Marx han sido extraídas todas las consecuencias teóricas y prácticas de la situación de clase del proletariado (si bien ellas no se han vuelto históricamente “actuales”), aunque todas estas enseñanzas no son utopías extrañas a la historia sino conocimientos relativos al proceso histórico, todo esto no implica de modo alguno que el proletariado –aún cuando sus acciones particulares correspondan a esta doctrina– haya tomado conciencia de la liberación realizada por la doctrina de Marx.

En otra parte hemos llamado la atención sobre ese proceso y subrayado que el proletariado puede tener conciencia de la necesidad de su lucha económica contra el capitalismo aunque esté todavía enteramente bajo la influencia del Estado capitalista. La prueba de esto es el olvido completo en que ha caído la crítica del Estado realizada por Marx y Engels. Así, los teóricos más importantes de la Segunda Internacional han considerado al Estado capitalista como “el” Estado y concibieron su lucha contra él como “oposición” (ésto aparece claramente en la polémica Pannekoek-Kautsky en 1912). La actitud de “oposición” significa, en efecto, que en lo esencial el orden establecido es aceptado como fundamento inmutable y que los esfuerzos de la “oposición” están dirigidos a obtener lo más posible para la clase obrera dentro de los límites del orden establecido.

Sólo los insensatos, ignorantes del mundo, habrían podido letaria que se identifica con el conocimiento y la expresión de la orientación, con la tendencia y el sentido del proceso social, y, en nombre de este proceso, dirige la acción hacia el presente. La tarea es más difícil. Así como el astrónomo, a pesar de sus concepciones copernicanas, conserva la impresión sensible de que el sol “se levanta”, así también el análisis marxista más radical del Estado capitalista no puede nunca suprimir la realidad empírica de éste y no lo debe hacer. La teoría marxista debe colocar al proletariado en una actitud espiritual singular. El Estado capitalista debe presentarse a su reflexión como el momento de una evolución histórica: no constituye de ninguna manera “el medio natural del hombre” sino simplemente un hecho real, cuyo poder efectivo está por verse, sin pretender determinar interiormente nuestra acción. La validez del Estado y del derecho debe ser tratada como una realidad puramente empírica. Así, por ejemplo, en un barco a vela, el marinero debe prestar atención a la dirección exacta del viento, sin por ello dejarle el cuidado de determinar la ruta a seguir sino, por el contrario, para mantener, afrontando y utilizando el viento, el rumbo originalmente fijado. Esta independencia de espíritu, que el hombre ha adquirido progresivamente en el transcurso de una larga evolución histórica, con relación a las fuerzas adversas de la naturaleza, le falta hoy al proletariado en relación a los fenómenos de la vida social, lo cual es muy comprensible. Por más brutalmente materiales que sean por lo común en los casos particulares las medidas coercitivas de la sociedad, ello no impide que el poder de toda sociedad sea esencialmente un poder espiritual, del cual sólo el conocimiento puede liberarnos; pero no un conocimiento simplemente abstracto y puramente cerebral (muchos “socialistas” poseen tal conocimiento) sino un conocimiento hecho de carne y sangre, es decir, según la expresión de Marx, una “actividad práctico-crítica”.

La actualidad de la crisis del capitalismo hace posible y necesario ese conocimiento. Como consecuencia de la crisis, la vida misma cuestiona el medio social habitual y nos hace percibir y experimentar su carácter problemático y es debido a ello que tal conocimiento es posible. Además, el poder afectivo de la sociedad capitalista está tan subvertido que no estaría en condiciones de imponerse por la violencia si el proletariado le opone consciente y resueltamente su propio poder; por esto dicho conocimiento se torna decisivo y en consecuencia necesario para la revolución. El obstáculo a esa acción es de naturaleza puramente ideológica. En medio de la crisis mortal del capitalismo, grandes capas del proletariado experimentan todavía el sentimiento de que el Estado, el derecho y la economía de la burguesía con el único medio posible de su existencia: a sus ojos, si bien puede introducirle múltiples mejoras (“organización de la producción”) constituye sin embargo la base “natural” de “la” sociedad.

Esa es la concepción del mundo que está en la base de la legalidad. No implica siempre una traición consciente ni tampoco un compromiso consciente. Es más bien la actitud natural e instintiva hacia el Estado, formación que aparece ante el hombre como el único punto fijo en medio del caos de los fenómenos. Esta concepción del mundo debe ser superada si el partido comunista quiere proporcionar una base sana a su táctica legal e ilegal. El romanticismo de la ilegalidad, con el que comienza todo movimiento revolucionario se eleva muy raramente, por efectos de la lucidez, por encima del nivel de la legalidad oportunista. Como todas las tendencias aspiran al golpe de Estado, sobreestima considerablemente el poder efectivo que posee la sociedad capitalista misma en su período de crisis; esto puede volverse muy peligroso pero no es sino el síntoma del mal que sufre siempre esta tendencia, o sea la falta de independencia del espíritu con respecto al Estado como simple factor de poder, lo que en definitiva tiene su origen en la incapacidad de actualizar las relaciones que acabamos de analizar. En efecto, atribuyendo a los métodos y a los medios ilegales de lucha una cierta aureola, dándoles el acento de una “autenticidad” revolucionaria particular, se reconoce un cierto valor y no una simple realidad empírica a la legalidad del Estado existente. La indignación contra la ley en tanto que ley, la preferencia acordada a ciertas acciones a causa de su ilegalidad, significan que, a los ojos del que actúa de esta manera, el derecho ha conservado al menos su carácter esencial de valor y de obligación.

Si la total independencia de espíritu comunista con respecto al derecho y al Estado está presente, entonces la ley y sus consecuencias calculables no tienen ni más ni menos importancia que cualquier otro hecho de la vida exterior con el que se debe contar cuando se aprecian las posibilidades de ejecutar una tarea determinada. El riesgo de transgredir las leyes no debe pues revestir otro carácter que, por ejemplo, el riesgo de perder una combinación de tren en circunstancias de un viaje importante. Si no ocurre así y se asigna patética preferencia a la transgresión de la ley, es la prueba de que el derecho ha conservado su valor (aunque caracterizado por un signo inverso) y que la verdadera emancipación todavía no se ha realizado pues el derecho está aún en condiciones de influenciar interinamente a la acción. En un primer momento la distinción quizás parecerá artificial, pero hay que reflexionar sobre la facilidad con que partidos típicamente ilegales, como por ejemplo el de los Socialistas Revolucionarios rusos, reencontraron el camino de la burguesía. Si se estudia la dependencia ideológica de esos “héroes de la ilegalidad” en relación a los conceptos jurídicos burgueses, tal como ha sido develada por las primeras acciones ilegales verdaderamente revolucionarias –las que no eran transgresiones románticamente heroicas de leyes particulares sino el rechazo y la destrucción de todo el orden jurídico burgués–, entonces se ve que no se trata de un formalismo abstracto y vacío sino de la descripción de una situación real. Boris Savinkov lucha hoy en el campo de la Polonia blanca contra la Rusia revolucionaria; pero él no sólo fue el célebre organizador de casi todos los grandes atentados en épocas del zarismo, sino también uno de los primeros teóricos del romanticismo de la ilegalidad.

En consecuencia, el problema de la legalidad o de la ilegalidad para el partido comunista se reduce a una cuestión puramente teórica y, más aún, a una cuestión de táctica momentánea para la cual no pueden ser impartidas directivas generales ya que la decisión debe depender por entero de la utilidad momentánea. Es en esta toma de posición sin principios donde reside la única manera de negar prácticamente por principio la validez del orden jurídico burgués. No son sólo motivos de oportunidad los que prescriben esta táctica a los comunistas, dado que ella puede así adquirir mayor flexibilidad de adaptación en la elección de los métodos necesarios en un momento dado y que los medios legales e ilegales deben alternar sin cesar o aún ser empleados simultáneamente en los mismos asuntos para combatir a la burguesía de una manera verdaderamente eficaz. Esta táctica debe también ser empleada para que el proletariado haga su propia educación revolucionaria. El proletariado no puede liberarse de su dependencia ideológica de las formas de vida que el capitalismo ha creado a menos que aprenda a actuar de manera tal que esas formas –devenidas indiferentes en tanto que motivaciones– no estén más en condiciones de influenciar interiormente su acción. El odio hacia estas formas y su deseo de aniquilarlas no decrecerá. Por el contrario, a los ojos del proletariado, sólo ese desapego interior puede conferir al orden social capitalista el carácter de obstáculo execrable para una sana evolución de la humanidad –el carácter de un obstáculo destinado a morir pero también mortalmente peligroso–, lo cual es absolutamente necesario para que el proletariado tenga una actitud consciente y perdurablemente revolucionaria. Esta educación del proletariado por sí mismo es un proceso largo y difícil que lo transforma en “maduro” para la revolución; dura mucho más en un país donde el capitalismo y la cultura burguesa han alcanzado un grado elevado de evolución y donde, por consiguiente, el proletariado ha sido alcanzado por el contagio de las formas de vida capitalistas.

La necesidad de determinar las formas oportunas de la acción revolucionaria coincide felizmente con las exigencias de ese trabajo de educación, y esto no es casual. Cuando por ejemplo las tesis adicionales adoptadas en el Segundo Congreso de la III Internacional, con respecto al parlamentarismo, afirman la necesidad de una total subordinación del grupo parlamentario al Comité Central (eventualmente ilegal) del partido, esto no es sólo una consecuencia de la necesidad absoluta de unificar la acción sino que contribuye también a aminorar sensiblemente en la conciencia de grandes masas proletarias el prestigio del Parlamento (prestigio que está en la base de la autonomía del grupo parlamentario, fortaleza del oportunismo). Lo que, por ejemplo, demuestra la necesidad de esta medida es el hecho de que reconociendo interiormente tales instituciones, el proletariado inglés ha dirigido constantemente su acción hacia vías oportunistas. Tanto la esterilidad que caracteriza el empico exclusivo de “la acción directa” antiparlamentaria como la esterilidad de las discusiones sobre las ventajas de uno u otro método demuestran que los dos son por igual, aunque bajo formas opuestas, prisioneros de prejuicios burgueses.

Si es necesario emplear simultánea y alternativamente los medios legales e ilegales, es porque ello es lo único que permite descubrir, bajo la máscara del orden jurídico, el aparato de represión brutal al servicio de la opresión capitalista, descubrimiento que es la condición de una franca actitud revolucionaria frente al derecho y al Estado. El hecho de que uno de los dos métodos sea empleado con exclusividad o de que simplemente predomine, podrá ocurrir sólo en ciertos sectores, y la burguesía conservará la posibilidad de mantener su orden jurídico, en tanto que derecho, en las conciencias de las masas. Uno de los fines principales de la actividad de todo partido comunista es obligar al gobierno de su propio país a violar su propio orden jurídico y al partido legal de los socialtraidores a apoyar abiertamente esta “violación del derecho”. En ciertos casos y sobre todo cuando los prejuicios nacionalistas oscurecen te visión del proletariado, esta “violación del derecho” puede ser ventajosa para el gobierno capitalista pero es también cada vez más peligrosa a medida que el proletariado comience a reagrupar sus fuerzas para la lucha decisiva. De aquí, es decir, de la prudencia reflexiva de los opresores, nacen las ilusiones perniciosas sobre la democracia y el pasaje pacífico al socialismo, y esas ilusiones son fortalecidas por el legalismo a cualquier precio de los oportunistas, el cual, inversamente, permite a la clase dominante adoptar su actitud de prudencia. Sólo una táctica realista y lúcida, que emplea alternativamente todos los medios legales e ilegales, dejándose guiar únicamente por la consideración del fin, podrá conducir por buen camino esta empresa de educación del proletariado.

La lucha por el poder podrá comenzar esta educación pero no acabarla. El carácter necesariamente “prematuro” de la toma del poder, reconocido hace ya muchos años por Rosa Luxemburg, se manifiesta sobre todo en el dominio ideológico. Muchas características de toda dictadura del proletariado en sus comienzos son claramente explicables por el hecho de que el proletariado está obligado a apoderarse del poder en una época y en un estado espiritual tales que él siente todavía el orden social burgués como un orden verdaderamente legal. Como todo orden jurídico, el del gobierno de los Consejos está fundamentado en su reconocimiento como orden legal por sectores de la población lo suficientemente grandes como para no estar obligado a recurrir a la violencia más que en casos particulares. Así, en primer lugar, es evidente que en ningún caso el proletariado podrá contar desde el comienzo con este reconocimiento por parte de la burguesía. Una clase habituada tradicionalmente desde hace tantas generaciones a mandar y a gozar de privilegios, nunca podrá habituarse satisfactoriamente al hecho brutal de una derrota y soportar pacientemente sin más el nuevo orden de cosas. En primer lugar, debe ser quebrada ideológicamente antes de ponerse voluntariamente al servicio de la nueva sociedad y de ver en sus leyes un orden jurídico y legal y no simplemente la realidad brutal de una relación provisoria de fuerzas que, el día de mañana, puede ser subvertida. Es inútil creer que esta resistencia, que se manifiesta bajo forma de contrarrevolución abierta o de sabotaje latente, podría solucionarse con algún tipo de concesiones. El ejemplo de la República de los Consejos húngaros demuestra que todas esas concesiones, que en esa circunstancia eran también sin excepción concesiones a la socialdemocracia, refuerzan la conciencia que tienen las viejas clases reinantes de su poder, postergan y aún hacen imposible su aceptación del predominio del proletariado. Pero ese rechazo del poder de los Soviets tiene consecuencias aún más catastróficas sobre el comportamiento de los grandes sectores pequeño-burgueses ya que el Estado aparece efectivamente a sus ojos como el Estado en general, el Estado a secas, como entidad revestida de ana majestuosidad abstracta. En esas condiciones, presuponiendo una política económica hábil que esté en condiciones de neutralizar ciertos sectores particulares de la pequeña burguesía, depende del proletariado investir o no a su Estado de una autoridad tal que tenga, además de fe en la autoridad, propensión a la sumisión voluntaria a “el” Estado difundida en todos esos sectores. Las vacilaciones del proletariado, su falta de fe en su propia vocación de dirigir, pueden así arrojar a esos sectores pequeño-burgueses en brazos de la burguesía y de la contrarrevolución abierta.

Bajo la dictadura del proletariado, la relación entre legalidad e ilegalidad cambia de función debido a que la vieja legalidad se torna ilegalidad e inversamente, pero ese cambio puede a lo sumo acelerar un poco el proceso de emancipación ideológico comenzado bajo el capitalismo pero no puede concluirlo de golpe. Así como una derrota no puede hacer perder a la burguesía el sentimiento de su propia legalidad, del mismo modo el sólo hecho de una victoria no puede elevar el proletariado a la conciencia de su propia legalidad. Esta conciencia, que sólo puede madurar muy lentamente en la época del capitalismo, terminará poco a poco su proceso de maduración durante la dictadura del proletariado. Los primeros tiempos aportarán múltiples trabas a este proceso. Sólo después de la toma del poder el proletariado se familiariza con la obra intelectual que el capitalismo ha edificado y salvaguardado. Adquiere entonces no sólo una comprensión mucho mayor de la cultura de la sociedad burguesa sino que también grandes sectores proletarios toman conciencia del trabajo intelectual que exige la conducción de la economía y del Estado. A esto hay que agregar que el proletariado, falto en muchos casos de experiencia práctica y de tradiciones en el ejercicio de una actividad independiente y responsable, experimenta frecuentemente la necesidad de tal actividad más como un peso que como una liberación. En resumen, los hábitos de vida pequeño-burgueses, y frecuentemente ya burgueses, de los sectores proletarios que ocupan gran parte de los puestos dirigentes hacen aparecer como extraño y casi hostil el aspecto precisamente nuevo de la nueva sociedad.

Todos estos obstáculos serían anodinos y podría ser fácilmente superados si la burguesía no se mostrara, por lo menos durante el tiempo que debe luchar contra el naciente Estado proletario, mucho más madura y evolucionada que el proletariado. Para ella, el problema ideológico de la legalidad y de la ilegalidad ha sufrido un cambio de función equivalente. La burguesía considera el orden jurídico del proletariado como ilegal con la misma naturalidad y seguridad con que afirma su propio orden jurídico como legal. Nosotros exigimos del proletariado que lucha por el poder que no vea en el Estado de la burguesía más que una simple realidad, un simple factor de poder; es eso lo que actualmente hace la burguesía de manera instintiva. A pesar de la conquista del poder del Estado, la lucha sigue siendo desigual para el proletariado hasta tanto no adquiera precisamente la misma seguridad de que sólo su orden jurídico es legal. Sin embargo, esta evolución está gravemente obstaculizada por el estado de espíritu causado al proletariado por la educación de los oportunistas durante su proceso de liberación. Como el proletariado se ha habituado a ver las instituciones del capitalismo aureoladas de legalidad, le es difícil no hacer lo mismo con los vestigios que aún quedan. Luego de la toma del poder, el proletariado permanece todavía intelectualmente prisionero de los límites trazados por la evolución capitalista. Esto se manifiesta por una parte en que deja intactas cosas que debería liquidar totalmente y, por otra parte, en que no destruye ni construye con la seguridad del legítimo soberano sino, alternativamente, con la vacilación y el apresuramiento del usurpador que en sus pensamientos, en sus sentimientos y en sus determinaciones, anticipa interiormente una inevitable restauración del capitalismo.

No pienso aquí solamente en el sabotaje, más o menos abiertamente contrarrevolucionario, de la socialización por parte de la burocracia sindical durante toda la dictadura de los Consejos húngaros, sabotaje cuya finalidad era el restablecimiento del capitalismo con el menor número posible de fricciones. Tan frecuentemente evocada, la corrupción de los Soviets tiene igualmente aquí una de sus fuentes principales. Tiene su origen, en parte, en la mentalidad de numerosos funcionarios de los soviets que, también ellos, esperaban interiormente el retorno del capitalismo “legítimo” y por consiguiente pensaban constantemente en la manera en que podrían eventualmente justificar sus acciones; en parte, por el hecho de que muchos de los que participaban en actividades necesariamente “ilegales” (contrabando, propaganda en el extranjero) no llegaban a comprender intelectual y sobre todo moralmente que, desde el punto de vista decisivo, o sea el del Estado proletario, su actividad era tan legal como cualquier otra. En hombres moralmente inseguros, esa falta de claridad se traducía en corrupción abierta; en más de un revolucionario honesto, se manifestaba por una exageración romántica de la “ilegalidad”, una búsqueda inútil de las posibilidades “ilegales”, la ausencia del sentimiento de que la revolución era legítima y que tenía el derecho de crear su propio orden jurídico.

Durante la dictadura del proletariado, el sentimiento y la conciencia de la legitimidad deben ocupar el lugar de la independencia de espíritu con respecto al orden burgués, exigencia de la etapa anterior a la revolución. Pero, a pesar de esta metamorfosis, la evolución conserva, en cuanto evolución de la conciencia de clase proletaria, su unidad y su dirección en línea recta. Esta aparece en forma muy clara en la política exterior de los Estados proletarios, los cuales, frente a las potencias capitalistas, deben –con medios sólo en parte diferentes– llevar la misma lucha que en tiempos en que preparaban la toma del poder en su propio Estado. Las negociaciones de paz de Brest-Litovsk han testimoniado brillantemente el alto nivel y la madurez de la conciencia de clase en el proletariado ruso. Aunque hayan negociado con el imperialismo alemán, los representantes rusos han reconocido sin embargo a sus hermanos oprimidos del mundo entero como a sus verdaderos compañeros legítimos alrededor de la mesa de negociaciones. 

Aunque Lenin apreció la efectiva relación de fuerzas con la más alta inteligencia y la lucidez más realista, dejó constantemente a sus negociadores hablar al proletariado mundial y, en primer lugar, al proletariado de las potencias centrales. Su política exterior no era tanto una negociación entre Rusia y Alemania sino un estímulo a la revolución proletaria, a la toma de conciencia revolucionaria en los países de Europa central. Por más grandes que hayan sido los cambios de la política interior y exterior del gobierno de los Consejos, por más estrecha que haya sido constantemente la adaptación de esta política a las relaciones reales de fuerza, el principio de la legitimidad de su propio poder ha quedado como un punto fijo en esta evolución; de esta forma, fue también el principio del despertar de la conciencia revolucionaria de clase del proletariado mundial. Es por eso que el problema del recono-cimiento de la Rusia soviética por los Estados burgueses no debe estar ligado únicamente a la consideración de las ventajas que Rusia pueda conseguir de ello sino también al principio del reconocimiento por la burguesía de la legitimidad de la revolución proletaria realizada. Según las circunstancias en las cuales se efectúe, este reconocimiento varía de significación. Su efecto sobre los elementos vacilantes de las clases pequeño-burguesas en Rusia y sobre los elementos vacilantes del proletariado mundial es el mismo en lo esencial: la consagración de la legitimidad de la revolución proletaria. Esos elementos tienen necesidad, de esta sanción para tener el sentimiento de la legalidad de las instituciones estatales de la República de los Consejos. Los diversos medios de la política rusa –el aniquilamiento implacable de la contra-revolución, la actitud valiente frente a las potencias victoriosas (ante las cuales Rusia nunca adoptó, como lo hizo la Alemania burguesa, el tono de un vencido), el apoyo prestado abiertamente a los movimientos revolucionarios, etc.– sirven al mismo fin. Provocan el despedazamiento de ciertos sectores del frente contrarrevolucionario interior y lo hacen inclinarse ante la legitimidad de la revolución. Dan a la revolución una conciencia de sí, que refuerza el conocimiento que ella tiene de su propia fuerza y de su propia dignidad.

La madurez ideológica del proletariado ruso aparece precisamente en los aspectos de la revolución que son, a los ojos de los oportunistas occidentales y de sus adoradores de Europa Central, signos de su carácter atrasado: el aplastamiento claro y sin equívocos de la contrarrevolución interior y Ja lucha intrépida, tanto ilegal como “diplomática”, por la revolución mundial. El proletariado ruso ha conducido su revolución a la victoria, no porque las circunstancias le hayan puesto el poder en las manos (como el caso del proletariado alemán en noviembre de 1918 y el del proletariado húngaro en esa época y en marzo de 1919), sino porque, templado por una larga lucha ilegal, reconoció claramente la esencia del Estado capitalista y ajustó su acción no a fantasmas ideológicos sino a la verdadera realidad. El proletariado de Europa central y occidental tiene todavía un duro camino ante sí. Para alcanzar, luchando, la conciencia de su vocación histórica y la legitimidad de su dominación, debe en primer lugar aprender a comprender el carácter puramente táctico de la legalidad y de la ilegalidad y desembarazarse tanto del cretinismo de la legalidad como del romanticismo de la ilegalidad.

Julio de 1920



FIN

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