Libro N° 15436. Dialéctica Marxista E Historicismo. Luporini, Cesare.
© Libro N° 15436. Dialéctica Marxista E Historicismo. Luporini, Cesare. Emancipación. Agosto 8 de 2026
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DIALÉCTICA
MARXISTA E HISTORICISMO
Cesare Luporini
DIALÉCTICA MARXISTA E HISTORICISMO
Cesare Luporini
Foto de Tapa: “Mujeres milicianas”. Gerda Taro. 1937
Colección
SOCIALISMO y LIBERTAD
DIALÉCTICA MARXISTA E HISTORICISMO
Cesare Luporini
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Nota Editorial
El presente trabajo del filósofo marxista italiano Cesare Luporini es el desarrollo de una comunicación presentada por el autor al VII “encuentro de trabajo” (27-30 de septiembre de 1965) del “Internationales Forschungszentrum für Grundfragen der Wissenschaften” de Salzburgo, cuyo tema general era “La comprensión moderna de la realidad”.
I
En su desarrollo, tanto en Marx como en Engels, el marxismo aborda muchos temas: la sociedad, el hombre (el individuo), la historia (la historiografía), la naturaleza, la economía, el socialismo, el comunismo, las clases sociales, la revolución, la emancipación (del proletariado, del hombre), el Estado, la política, el derecho, la religión, la ideología, la ciencia, la filosofía, la dialéctica, etc. También se habla en todas partes de “realidad” y de “real”, pero no es éste sin embargo un tema que haya sido suficientemente explicitado. Aquí nos proponemos abordarlo partiendo del interior de la problemática más característica del marxismo, no de un modo que pretenda alcanzar una visión panorámica, pero sí en forma tal que nuestra explicitación, si es correcta, condiciona toda consideración ulterior del tema.
El marxismo es una concepción signada originariamente, y de un modo esencial, por una marcada historización de sí misma, de su propia génesis y raíces. Este aspecto está estrechamente ligado con su carácter revolucionario, además de ser, indudablemente, un elemento específico de su cientificidad; pero puede dar lugar a muchos equívocos o a falsas sugestiones en el plano sistemático. En nuestro caso, por ejemplo, es preciso evitar el doble peligro de descifrar la noción marxista de “realidad” a partir de claves hegelianas o feuerbachianas. El análisis, implícita o explícitamente, mostrará que una interpretación naturalista (o en particular sensualista), positivista (o en particular empirista), ingenuamente realista o inmediatamente historicista (en cualquiera de los significados corrientes de esta palabra) serían también por completo equivocadas.
Quizá sea oportuno agregar que, no obstante el gran pesa que el marxismo atribuye a la oposición entre idealismo y materialismo, una problemática gnoseológica, como veremos, más adelante, le es originariamente extraña, sobre todo en lo que se refiere a Marx. Esta problemática se incorpora al marxismo muy tardíamente, con motivo del llamado “revisionismo” y en lucha contra él: en particular, en lucha contra las influencias del neokantismo y, más tarde (Lenin), del empiriocriticismo. El marxismo no se plantea inicialmente el problema del conocimiento pero sí en cambio el de la ciencia. Considera importante restablecer aquí esta situación y explicitar sus razones.
II
Nos enfrentamos de inmediato a una dificultad. Engels, en su Ludwig Feuerbach (ensayo que tuvo una influencia muy considerable en la formación del “marxismo de la Segunda Internacional” pero también más allá de los límites de éste), dice, a propósito del distanciamiento de Marx respecto a la filosofía hegeliana, que éste se decidió “a concebir al mundo real –la naturaleza y la historia– tal como se presenta a cualquiera que lo contemple sin quimeras idealistas preconcebidas”; es decir, se decidió a “sacrificar implacablemente todas las quimeras idealistas que no concordasen con los hechos, enfocados en su propia concatenación y no en una concatenación imaginaria. Y esto, y sólo esto, es lo que significaba el materialismo”. Se trata en apariencia del retomo a la concepción del sentido común, teñida, de alguna manera, de positivismo (de viejo positivismo). La fecha de las palabras, 1886, podría justificar tal impresión superficial. Es ocioso señalar cuánta perplejidad provoca esta posición simplista después de casi tres siglos de reflexión crítica acerca de la ciencia y del conocimiento científico, en particular después de Locke, Hume y Kant. En el marco del marxismo, sin embargo, esta posición parece poder justificarse “críticamente”. Las palabras de Engels pueden, o más bien deben, ser interpretadas según cierto código, a saber, el establecido por la “crítica de la ideología” Antes de redactar su ensayo, Engels había releído el viejo manuscrito de 1845 de La Ideología Alemana. La “crítica de la ideología” había incorporado la crítica feuerbachiana de la “filosofía especulativa”. La conclusión sería: 1886 = 1845. El “mundo real” (naturaleza e historia), liberado, mediante la crítica de la ideología y de la especulación, de toda “quimera idealista”, se da a todos tal cual es; para Engels ello significa que los hechos pueden ser aprehendidos “en su propia concatenación”. Insisto en que ésta era también la posición de Marx en 1845; pero ¿sigue siendo válida para el Marx maduro, para el Marx que ha ejecutado su gran empresa científica, El Capital?
III
¿Qué es El Capital? Es la construcción de un modelo científico abstracto o ideal, a saber, el modelo científico del modo de producción burgués (capitalista); y Lenin siempre tuvo claro este punto. Tal construcción se realiza a través de un cierto desarrollo dialéctico de “formas”, que se presenta regulado por leyes internas del sistema (leyes de tendencia, de desarrollo, etc.) y por la cooperación, la convergencia o también la posible contraposición de estas leyes. De aquí deriva precisamente la dialecticidad, que consiste en la modificación y eventualmente en la inversión de situaciones precedentemente verificadas (es típico en este sentido el pasaje de la fórmula M–D–M a la fórmula D–M–D, en la primera sección de El Capital).
El Capital, en efecto, como tantas veces se ha señalado, está constituido por partes sistemáticas y partes históricas, las que, en cierta manera, se alternan (si bien las partes sistemáticas abundan también en referencias históricas). Dejemos de lado por el momento la cuestión de si una vez “adquirido el método” (es decir, el “método dialéctico despojado de los velos idealistas”), toda la materia podía ser expuesta, como sostenía Engels, “de dos manera, a saber, histórica y lógicamente”5 (aquí, “lógicamente”, o significa de manera “sistemática” o no significa nada). Esto requería ya de por sí ser interpretado y puesto a prueba. Tomemos por tanto las cosas como son, es decir, tomemos a El Capital con su ordenamiento propio; en particular el primer volumen, publicado por Marx, aunque la comprensión profunda del conjunto en lo que respecta al sistema burgués sólo es pasible a partir del tercero. Este ordenamiento fue el resultado de un largo trabajo no sólo de búsqueda y análisis del material, sino también de investigación metodológica del propio ordenamiento.6 Veremos más adelante el sentido de esta afirmación.
Pero sería de todos modos un grave error considerar a esta alternancia de análisis sincrónico y relatos diacrónicos (por ej. el de la “jornada de trabajo”, la “división del trabajo” la “manufactura”, la “llamada acumulación originaria”, etc...) como un recurso más o menos ocasional, que obedece a circunstancias didácticas y expositivas. Si adoptamos por un momento la terminología cuya eficacia se ha mostrado especialmente en la lingüística moderna, debemos decir que El Capital es todo sincrónico. Pero en cuanto construcción formal, es decir, en cuanto construcción dialéctico-sistemática o, si se prefiere, genético -sistemática7 en el sentido de deducción genética de las
6 Nunca se insistirá lo suficiente en la importancia y el significado que tiene para Marx estadistinción. Es la distinción entre método de investigación [Forschungsweise] y método de exposición [Darstellungsweise], los cuales, dice Marx refiriéndose a su obra, difieren “formalmente” [formell] Cf. Postfacio a la segunda edición de El Capital, I, F.C.E., México, 1959, p. XXIII.
7 En este sentido, por ejemplo, escribe Rodolfo Banfi en su agudo ensayo “Un pseudo-problema: la teoría del valor-trabajo como base de los precios de equilibrio”, que Marx, en la I Sección del Libro primero de El Capital, “retoma el análisis de la mercancía para obtener genéticamente de la contraposición entre forma relativa y forma equivalencial, la forma general de valor y, por lo tanto, la forana dinero”. Es una acepción de “genético” (en el sentido de desarrollo formal-sistemático) que debe ser distinguida cuidadosamente de la otra que utilizaré más adelante y que es más próxima al significado habitual de “genético” en sentido histórico. Para que no sean confundidas cuando haya necesidad usaré las expresiones de “genético-formal” e “histórico- genético”. En El Capital, a mi entender, subsisten y son esenciales ambos aspectos para su carácter sistemático, aunque el segundo, como veremos, está subordinado al primero. Una opinión distinta tiene, en cambio, Jacques Ranciere en su ensayo –muy importante y que merece toda nuestra atención– “Le concept de critique et la critique de l’economie politique des manuscrits de 1844 au Capital”, que forma parte del reciente volumen colectivo Lire le Capital, I, Maspero, París, 1965. Ranciere tiende decididamente a anular la componente histórica en cuanto a tal y a reabsorber o reducir todo elemento histórico-genético en lo “genético-formal”, o sea en el desarrollo sistemático de las “formas”. Me siento obligado a señalar que el ensayo de Rodolfo Banfi arriba citado, particularmente por su orientación, me ha sido de ayuda decisiva para el análisis y la tentativa de interpretación que presento en estas páginas. De mis eventuales errores, como es natural, no puede culparse a este autor.
mismas formas, no era posible –puesto que no es posible el pasaje, en el cual se funda el estilo de la construcción, de las formas más simple a las más complejas– sino a condición de que se incluyeran paso a paso, en ciertos puntos determinados y necesarios, cortes históricos que debido a la función que cumplen más que “diacrónicos” deberían ser llamadas “genéticos” en el sentido propio o histórico de la palabra.
Sí queremos prolongar el parangón con la lingüística moderna –parangón que podría ser productivo porque entre las disciplinas que estudian al hombre la lingüística es la que en los últimos decenios ha realizado mayores progresos hacia un status científico y, en general, parece ser en la actualidad la menos contaminada de presupuestos ideológicos y normativos–, se debe sugerir que la pareja rectora desde el punto de vista epistemológico en la construcción de El Capital no es la de “sincrónico-diacrónico” sino más bien la que denominaríamos “sincrónico-genético”. Como es natural, el uso diferencial de estos términos es puramente convencional; lo que cuenta es la diferencia real que queremos significar. Un sistema lingüístico (entendiendo por tal una lengua real, histórica) puede ser estudiado en sus formas y estructuras simultáneas (método sincrónico), o en su desarrollo histórico (método diacrónico) , o en fin en una síntesis y composición de los dos métodos. Esta última posibilidad, que en la actualidad tiende a prevalecer, implica evidentemente la eliminación del rígido carácter antinómico de los términos de la pareja rectora (sincronía-diacronía) –tan fuertemente marcado en cambio cuando aparece en Saussure– y en cierto modo incluso una atenuación de su importancia. Pero esta importancia subsiste en el punto de vista que obliga a considerar siempre a una lengua concreta, en cada momento de su evolución histórica, como un sistema, tanto en sus aspectos fonológicos y morfológicos como en los gramaticalessintácticos (que han sido hasta ahora, me parece, los menos renovados). La situación ha sido sintetizada brillantemente por Coseriu en la frase: “La lengua funciona sincrónicamente y se constituye diacrónicamente”. Pero esta proposición, aunque se presente como superación de una dificultad metodológica precedente, no me parece ser la solución de un problema, sino solamente la indicación de la vía por la que debe buscársela (recurrir a la noción de “sistematicidad dinámica” sería simplemente repetir el problema con otras palabras). Sí la lengua es un sistema, se trata de ver a través de qué modos posibles y, eventualmente, de qué leyes, tiene lugar dentro del sistema mismo su perenne constituirse “diacrónico”; de ver por lo tanto cuáles son los modos y las leyes (o la gama de posibilidades) a través de los cuales se generalizan y se fijan las mutaciones y evoluciona el sistema, y en qué medida estos modos y leyes pueden ser reflejados y determinados en la abstracción científica, es decir, reducidos a regularidad. La historicidad específica (si existe, ¿cómo es posible?) del acaecer lingüístico sólo podrá ser individualizada en el curso de la respuesta a tales preguntas, Es un error idealista (o de historicismo idealista) limitarse a presuponer una historicidad genérica.
Esta última observación vale no sólo para la lingüística sino en general para las ciencias humanas, en las que, en la actualidad, el empleo del atributo “histórico” sirve no para aclarar sino más bien para disimular las dificultades y los problemas. En cuanto a la lengua la cuestión final es evidentemente extra-lingüística: ¿a qué fines sirve el lenguaje humano? La tendencia predominante –y en mi opinión la correcta– es la de buscar su núcleo fundamental en la exigencia de comunicar informaciones. Pero cualquiera sea la respuesta general a esta pregunta, es preciso que para la lingüística se traduzca en términos rigurosamente lingüísticos, es decir, deberá contener siempre una delimitación metodológica precisa respecto a los campos de la sociología, la psicología, etc.
Debo excusarme ante el lector si mi exposición avanza a través de referencias a problemas más que a soluciones. En el estado actual de la investigación esto no es sólo una medida prudente, sino la única manera en que el parangón con la economía pueda resultar de alguna utilidad. Si tomamos, por ejemplo, la proposición de Coseriu citada arriba, ¿no es quizás verdadera, en su generalidad, también para cualquier sistema económico concreto (o sea, para una sociedad histórica determinada)? y es posible acumular muchas otras analogías o semejanzas. Una lengua, por ejemplo, es también un campo de conflictos (entre lo viejo que resiste y lo nuevo que está emergiendo) que pueden ser verdaderos conflictos de sistema, como ocurre en el latín durante la fase de transición de la rígida sintaxis de los casos a la flexible de las proposiciones. Y aún más: pueden darse cambios que repercuten sobre todo el sistema (como el que acabamos de mencionar), o que por el contrario cambian el valor de categorías que no desaparecen sino que subsisten en un diferente nexo de oposiciones, como los géneros masculino y femenino una vez desaparecido el neutro en el llamado latín vulgar. Algo similar señalaba Marx respecto a las categorías económicas, por ejemplo, respecto al salario en sus diversas manifestaciones históricas desde el salario del legionario romano, cuando lo tuvo, al del obrero en la gran industria capitalista. Y podríamos seguir con los ejemplos. No creo que en el estado actual de la investigación, tanto en uno como en el otro campo, se logre a través de analogías semejantes (o sea, a través de un método del tipo de las tabulae presentiae y las tabulae absentiae de Bacón), determinar con facilidad los elementos que son seguramente diferenciables, Y esto por una razón de fondo, como es la de que los caracteres del acaecer y del actuar económicos, en la historicidad propia de este acaecer y actuar, permanecen hasta hoy no menos indeterminados que los caracteres del acaecer y del actuar lingüísticos.
En cuanto a los hechos económicos, no obstante, el marxismo ha fijado y aislado con certeza objetiva el punto de partida, que constituye también un punto de referencia permanente, en la noción de “producción y reproducción de la vida material” de los hombres asociados. En la lingüística un papel análogo podría ser desempeñado por la noción de “comunicación de informaciones”. Pero esta noción es aún demasiado problemática en sus implicaciones concernientes a las lenguas concretas y a todos sus aspectos como para que se pueda correr el riesgo de proponer un paralelismo semejante como base para la determinación de los elementos diferenciales.16
Si nos viéramos obligados a dejar las cosas en este punto, la conclusión sería que nos encontramos en una situación bloqueada, y la única utilidad que sacaríamos del parangón apenas esbozado entre lingüística y economía consistiría en que nos induce a profundizar en forma diferenciada la noción de historicidad en cada uno de los campos en que es aplicable. Pero las cosas no son así. Si bien no es posible al presente exhibir los elementos diferenciales por vía directa, de otra forma que no sea mediante explicaciones meramente verbalistas, existe sin embargo a nivel científico un hecho que parece determinar una diferencia decisiva, y que no puede menos que servirnos de alguna manera de brújula de orientación. Cualquiera sea la diferencia que hay entre el acaecer lingüístico y el acaecer económico –y entre los respectivos modos de continuidad histórica, dejando totalmente abierta esta última noción– el último es el que ha hecho posible al marxismo construir en función de él la noción científica de formación económico-social, es decir, una noción de modelos teóricos abstractos que dan cuenta del acaecer económico que tiene lugar en el interior de determinados sistemas concretos. No parece que la lingüistica haya producido, o esté en condiciones de producir en su propio campo, un analogon de la noción marxista de formación económico-social. Pero precisa-
16 Tengo la impresión de que en el estado actual de la investigación no se puede ir mucho más allá del precepto y la hipótesis de trabajo expresada por Martinet cuando dice: “Debemos concentrarnos en el lenguaje en cuanto instrumento de comunicación, dado que este uso del lenguaje le da una forma que será imitada probablemente en todos los usos” (op. cit., p. 194). Incorporar a esta investigación la comparación con las técnicas de los ingenieros de las comunicaciones, como ha venido proponiendo en estos últimos años Jakobson (ver op. cit., pp. 31 ss.), puede ayudar a transitar por un camino bastante útil en la actualidad (y además fecundo para la filosofía del lenguaje). No menos útil, y quizás más aún, que la confrontación producida en las últimas décadas entre el trabajo de los lingüistas y el de los analistas lógicos.
mente porque la lingüística moderna opera también ella mediante el relevamiento de estructuras objetivas sobre base empírica (que en cierto sentido pueden ser llamados “modelos”), con resultados sin duda notables al menos en el campo fonemático (cualesquiera sean los malentendidos que puedan aún subsistir en torno a la noción de “signo”), para hacer de algún modo controlable mi afirmación, es necesario precisar con suficiente amplitud los rasgos necesariamente comunes a todo posible modelo de “formación económico-social”. Estos rasgos, a mi entender, son esencialmente tres:
a) el modelo (como en general todo modelo científico) tiene una función interpretativa respecto al acaecer concreto del ámbito al que se refiere y delimita. En nuestro caso, esta función interpretativa permite descubrir tendencias objetivas de desarrollo y realizar previsiones en tal sentido. Se trata del tipo de previsión, referente a los caracteres propios del campo económico y de sus leyes (es secundario tratar de precisarlo aquí más detenidamente, aunque el problema tiene desde otros puntos de vista una gran importancia), que permite insertar la acción concreta de una fuerza política o de un grupo social consciente.
Se escucha repetir que un modelo de este tipo –es decir, la teoría económica de una formación social– “existe en forma completamente desarrollada sólo en lo que respecta al modo de producción capitalista”. Esto es exacto, pero se olvida con frecuencia preguntar si existen ejemplos importantes de su aplicación interpretativa, en el sentido arriba indicado, y eventualmente cuáles son estos ejemplos. Ahora bien, es preciso señalar que un ejemplo de este tipo es la obra de Lenin, escrita en 1898, El desarrollo del capitalismo en Rusia, El proceso de formación de un mercado interior para la gran industria. Es una obra realizada con un gran rigor de análisis y también con todos aquellos “sacrificios” (de exclusión consciente de algunos sectores de la experiencia real) característicos en general de toda investigación científica que sabe que sólo mediante el esfuerzo de máxima homogeneización de los elementos tomados en consideración, y la correlativa delimitación del objeto de la investigación, por más amplio que él sea, se pueden alcanzar conclusiones precisas y probatorias. En el Prefacio con que en 1899 publica por primera vez la obra mencionada, Lenin la compara, en cuanto a algunos aspectos esenciales, con la obra de Kautsky Die Agrarfrage, que había aparecido poco antes y que no había podido utilizar para redactar la suya (el estudio de Kautsky es otro ejemplo muy notable de aplicación del modelo para interpretar una realidad en acto). Y, en cuanto a la evolución capitalista de la agricultura y a sus fenómenos, Lenin podía señalar:
“hasta qué punto son idénticos los rasgos fundamentales de este proceso general en Europa Occidental y en Rusia, pese a las notable peculiaridades de la última tanto en el aspecto económico como fuera de él”21
Con estas palabras no se trataba de formular una afirmación de valor puramente “académico”, o de hacer ciencia de la economía social. Constituyen, al mismo tiempo, el momento del conocimiento en que es definitivamente enfocada de manera científica la prolongada batalla política de Lenin contra los populistas acerca de la orientación a imprimir al movimiento revolucionario.
Justamente por eso el ejemplo de la obra de Lenin (y de las investigaciones y polémicas económicas que la preceden y la preparan) me parece una prueba extraordinaria de lo que estoy tratando de mostrar. Los dos aspectos esenciales que deben ser puestos de relieve son los siguientes: 1) Las “particularidades” a las que se refiere Lenin son las de un país atrasado, pero en el que el capitalismo ha hecho su entrada definitiva. Por sus características, este país se coloca (a diferencia de “Europa occidental”) en el extremo opuesto respecto a la sociedad inglesa, es decir, respecto a la sociedad concreta de la que Marx toma principalmente, aunque no de manera exclusiva, los datos reales de su construcción. No obstante lo cual, es permanente en Lenin la confrontación con el modelo, o sea con El Capital. Mediante esta confrontación –mediante la búsqueda del modo de funcionamiento de las leyes del modelo a través y dentro de las condiciones diferenciales concretas de la Rusia “atrasada”– su análisis avanza con fuerza sistemática interna. 2) A partir de este análisis toman sentido y adquieren certeza racional las batallas políticas que Lenin sostuvo en el interior del movimiento revolucionario (véanse algunos escritos famosos como ¿Quienes son los “Amigos del pueblo”?, ¿Qué hacer?, El Estado y la revolución, etc.) y cuyo fin era el de determinar las tareas históricas asignadas a la clase obrera rusa y a su organización política. Se trataba en particular de establecer la “dosis” de “revolución democrático-burguesa” que la clase obrera debía tomar a su cargo, y de elaborar la noción de tránsito ininterrumpido de esta revolución a la revolución proletaria. Se trataba, en síntesis, de fijar los puntos que constituirían el eje de la acción leninista, la que, a través de 1905, condujo a octubre de 1917.
El insuperado ejemplo leniniano muestra en toda su amplitud el error que significa atenerse, en una organización política revolucionaria de clase, a cualquier contraposición entre economía y política que, explicitada o no, tienda en la práctica a remplazar el carácter necesariamente complementario de estos dos momentos por el predominio exclusivo o casi exclusivo de uno de ellos. Más adelante veremos que esta complementariedad, puesto que surge del análisis de las tendencias económicas objetivas que rigen el desarrollo del campo en que se debe actuar, supone necesariamente una referencia a éste. Lo dicho arriba no significa sin embargo que la incidencia recíproca de los dos momentos complementarios exista, o pueda exhibirse, según proporciones fijas y mensurables aritméticamente. Esta incidencia es por el contrario variable según las épocas y en relación con las situaciones particulares, históricas, de un país (la formulación leniniana de la “política como economía concentrada” expresa una variante de este tipo determinada por la época). Pero la batalla ejemplar de Lenin contra el economismo no puede de ningún modo ser deformada, de una manera que llamaríamos “pequeño-burguesa”, por una interpretación que vea en ella un predominio del voluntarismo político (la caída en uno de estos dos extremos, economismo por un lado y voluntarismo por el otro amenaza permanente a todo movimiento revolucionario de clase moderno).
b) Otra característica esencial del modelo marxista de formacióneconómico-social, es su capacidad de periodización en sentido historiográfico, Naturalmente, no en el sentido de que el modelo contenga en sí mismo una determinada cronología o calendario, sino en el sentido de que ubicado en el análisis histórico (histórico-social) concreto, permite establecer períodos o épocas correspondientes: permite afirmar, por ejemplo, que “el modo de producción capitalista comienza a desarrollarse en el país X en los años Y”, etc. Y en esto no existe nada de apriorístico o de platonizante, por cuanto los elementos constitutivos del modelo son extraídos de la experiencia. O, si se quiere, se trata de la verificación en un ámbito determinado de lo real, de la cuota de exigencia científica que estaba en la base del platonismo. Las ideas objetivas de Platón eran también extraídas de la experiencia; y muchas veces en el pensamiento moderno una exigencia semejante –pero vinculada orgánicamente a las nociones de devenir y de desenvolvimiento, y a veces hasta a la noción de repetición o “ricorso”– se ha presentado no por azar referida justamente al mundo humano, histórico-social, aunque bajo un disfraz especulativo: de la Scienza nuova de Vico a los Grundzüge unseren Zeitalters de Fichte.
c) El modelo se constituye en la oposición entre las leyes generales de la producción (válidas para todas sus formas históricas) y las leyes especiales –integradoras o modificadoras de las precedentes– que definen una formación económicosocial determinada, Y no consideramos aquí la cuestión de la parte proporcional que le corresponden a las eventuales “leyes estáticas” y a las “dinámicas” o de desarrollo (o mejor, dejamos sin valorar el problema de la validez de esta distinción en el ámbito considerado; aunque comprendemos la necesidad de una posterior caracterización epistemológica de las leyes que emergen del análisis: leyes estadísticas, “causales”, etc.).
Estos son, pues, los elementos distintivos comunes (y no se si podrían agregárseles otros) a todo modelo de formación económico-social. ¿Pero qué es lo que está en la base de ellos? ¿Cuál es la condición de su posibilidad, determinable teóricamente? ¿Cuál es la garantía de la no arbitrariedad de las construcciones correspondientes?
“...las abstracciones de la economía política –como las abstracciones de toda ciencia que trate de los fenómenos empíricos– no pueden ser arbitrarias. Las abstracciones no pueden ser construcciones intelectuales subjetivas, sino que deben estar dictadas por las propiedades objetivas del proceso económico y ser expresión adecuada de estas mismas propiedades objetivas.”
Son estas las palabras de Oskar Lange que se leen al final de una parágrafo titulado “Los modelos teóricos” de su Economía política. Ellas expresan una exigencia justa e irrenunciable para el marxismo aun desde un punto de vista práctico: para poder actuar sobre la realidad y modificarla ésta debe ser conocida en su objetividad autónoma. La afirmación de que “se conoce actuando” es verdadera, pero no de manera simplista, puesto que incluye la autonomía del momento teórico como reflejo y apropiación de una realidad en vivo (sobre esto volveremos más adelante). No debemos olvidarnos que Marx y Engels, precisamente en su primer esbozo histórico de tipo programático –y por lo tanto de acción– del “partido comunista” en el Manifiesto de 1848, tuvieron el cuidado de presentar su doctrina no como una simple invención extraída de sus mentes, sino como la “expresión” teórica de una realidad histórica ya en curso de la que debían precisar en primer término sus caracteres objetivos.
Si he citado las palabras de Lange no es entonces por el significado peregrino que ellas contengan con respecto al problema planteado, sino porque la respuesta que nos ofrece este importante autor es al mismo tiempo insuficiente y típica. “Las abstracciones de la economía política –afirma– deben basarse en el desarrollo real, histórico, del proceso económico, y deben corresponder a este desarrollo.”
Y más adelante, ejemplificando sobre la base de un fragmento de El Capital, que nosotros también tendremos oportunidad de utilizar, afirma:
“La ley del valor remonta en la historia hasta la misma época en que surgió la producción mercantil...; la ley de la plusvalía tiene el mismo alcance histórico que la producción capitalista.”
Afirmación esta última indudablemente verdadera y que es un ejemplo más de la validez interpretativa del modelo, es decir, de aquello que se nos ha presentado como su primer elemento distintivo. ¿Pero esta verdad deriva directamente de la proposición general precedente? Y más en general aún, ¿la oposición a las teorías “subjetivistas” en economía está suficientemente fundada por el llamado carácter “histórico” de la orientación marxista en economía política, como típicamente considera Lange? ¿Está a su vez suficientemente fundada la objetividad por dicho carácter histórico?
Me parece que basta enunciar la pregunta para observar que la respuesta no puede dejar de ser negativa, ya que la historicidad misma necesita estar fundada en su objetividad (además de estarlo en su especificidad de campo en el sentido antes sugerido). Pero a este fin la referencia directa al “movimiento real, histórico, del proceso” no es más que una petitio principii, a la que Marx nunca recurrió, como veremos a continuación.
No es que Lange no haya advertido, de manera directa o indirecta, la dificultad. Siempre en el parágrafo dedicado a “Los modelos teóricos”, escribe lo siguiente:
“Las abstracciones de la economía política –categorías económicas, leyes de la economía política y teorías económicas– se forman a través de un proceso lógico de generalización, de aislar lo esencial de lo accidental y secundario. Por tanto, la imagen que dichas abstracciones nos dan de las propiedades y modelos de regularidad del proceso económico real no es sólo una imagen simplificada sino también clarificada.”
Esta afirmación es también correcta (si precisamos que la “simplificación” está en relación con el desarrollo concreto de los procesos económicos y no significa que el modelo, en cuanto teórico, debe ser necesariamente simple, como de hecho no lo es El Capital de Marx). Esta afirmación no es más que la extensión de la interpretación dada por Lenin de El capital en el curso de su polémica con Mijailovski en 1894, como se lee en la primera parte de ¿Quienes son los “Amigos del pueblo” Lenin señalaba allí como un mérito esencial de la postura marxista contra el procedimiento corriente de los “sociólogos” burgueses, la capacidad de distinguir “en la complicada red de fenómenos sociales los fenómenos importantes de los que no lo eran”. ¿Pero dónde reside la base de esta distinción, el criterio que permite escoger en el material empírico aquellos elementos
(abiertos o cerrados) Cf. a propósito de la “abstracción determinada”, las observaciones de Ranciere en el ensayo citado en nota 7.
cuyos caracteres deben ser incluídos necesariamente en el modelo? Si no se encuentra una respuesta a esa pregunta el subjetivismo continúa predominando.
La cuestión del “criterio objetivo” para tal discriminación era caracterizada explícitamente por Lenin en el escrito citado como una cuestión esencial. Su solución positiva es lo que permite, según Lenin, la constitución del concepto de “formación social” y su uso, es decir, la posibilidad de “generalizar los sistemas de los diversos países en un un único concepto fundamental de formación social”. Y Lenin agregaba:
“Esta síntesis fue la única que permitió pasar de la descripción de los fenómenos sociales (y de su valoración desde el punto de vista del ideal) a su análisis rigurosamente científico, que subraya, por ejemplo, qué es lo que diferencia a un país capitalista del otro y estudia qué es lo común para todos ellos.”
La solución positiva del problema es presentada inicialmente por Lenin como una “hipótesis” y luego transformada en una “tesis científicamente demostrada” a través de la construcción marxiana de El Capital y destinada a perdurar mientras “no dispongamos de otro intento de explicar científicamente el funcionamiento y el desarrollo de alguna formación social”. Es ella, según Lenin, quien ha creado “por primera vez, la posibilidad de existencia de una sociología científica”.
Debemos recordar también este punto aunque parezca llevarnos más allá de los límites de las consideraciones presentes referidas a la economía política. Pero la expresión “formación económicosocial” o “formación social”, con la ineliminable presencia del adjetivo “social”, demuestra que no se trata de límites exclusivos, sino únicamente del versus de la cuestión. En otras palabras, “la posibilidad de una sociología científica” depende de la misma categoría marxiana de “crítica de la economía” no sólo en cuanto a los resultados de ésta sino también en sus criterios informativos y metodológicos.
Es preciso tener presente este punto no por cuestiones generales o por meras razones de método (cuyo contenido será objeto de nuestra atención un poco más adelante), sino por la incidencia que tiene, en el discurso de Lenin, sobre la noción de historicidad que estamos analizando simultáneamente como temática y como problemática.
Ya hemos dicho que no podemos ofrecer ninguna solución directa del problema que representa dicha noción, pero el discurso de Lenin nos ayuda a determinar una orientación hacia su solución en el terreno específico, es decir, en el que concierne a los caracteres diferenciales de la historicidad del acaecer económico. La solución positiva del problema que estamos considerando (repito: el del “criterio objetivo” para la construcción de modelos de “formación económico-social”) es tal, según el ejemplo suministrado por Marx en El Capital, que permite obtener al decir de Lenin, “una base firme para representarse el desarrollo de las formaciones sociales como un proceso histórico-natural”.
Como es sabido, su expresión “histórico-natural” [naturgeschichtlich] es de Marx, quien la usa en un contexto muy lúcido pero que deja el intérprete la tarea de comprender (y desarrollar) todas sus implicancias. No se puede decir que las elaboraciones posteriores del marxismo hayan brillado demasiado en este sentido. Para encontrar un comienzo de profundización es preciso referirse al Lenin de 1894. Este comienzo tiene justamente un significado particular para el problema que nos concierne directamente. Según Lenin, el criterio objetivo para diferenciar lo importante de lo no importante –o también lo esencial de lo no esencial, en la terminología de Langé y de otros– a los fines de construir el modelo de la formación económico-social, ha sido encontrado por Marx aislando las “relaciones de producción como estructura de la sociedad”, lo que constituye el canon mismo del materialismo histórico. De este aislamiento o “discriminación” (la “hipótesis” inicial) derivan todas las consecuencias arriba señaladas, pero también una más, a la que Lenin asigna particular importancia. Se trata de la “posibilidad de aplicar a las relaciones de producción el criterio científico de la reiterabilidad”, cuya “aplicación a la sociología negaban los subjetivistas”. Obsérvese que este criterio científico es válido según Lenin sólo en el caso de las “relaciones de producción” objetivas y no en las restantes “relaciones sociales”, en aquellas “ideológicas”. Vale decir, aclara Lenin, aquellas que necesariamente “antes de establecerse pasan por la conciencia de los hombres” (en otras palabras, las relaciones intersubjetivas o interpersonales). En lo que hace a estas últimas relaciones
usada por Marx en este fragmento, se ilumina en toda su significación a través del contexto íntegro del Prólogo, Allí donde Marx pone el acento en el hecho de que en su obra “lo que nos interesa... no es precisamente el grado más o menos alto de desarrollo de las contradicciones sociales que brotan de las leyes naturales [Naturgesetze] de la producción capitalista. Nos interesan más bien estas leyes de por sí, estas tendencias, que actúan y se imponen con férrea necesidad” (ibid., p. XIV). Este concepto se integra con el siguiente: “Aunque una sociedad haya encontrado el rastro de la ley natural [Naturgesetz] con arreglo a la cual se mueve –y la finalidad última de esta obra es, en efecto, descubrir la ley económica que preside el movimiento de la sociedad moderna– jamás podrá saltar ni descartar por decreto las fases naturales de su desarrollo [naturgemasse Entwicklungsphasen]” (ibid., p. XV).
–según Lenin– tienen razón los “subjetivistas”. La cuestión sería luego profundizada y probada sobre la base de los progresos realizados especialmente en las ciencias humanas.
De cualquier modo, el criterio de reiterabilidad emergente del “análisis de las relaciones sociales materiales” ilumina sus “regularidades” permitiendo la formación de la noción de “formación económico-social” y su uso, como se ha visto más arriba. A partir de dicho criterio, o mejor, de estos dos aspectos conjuntos: reiterabilidad y regularidad, adquiere sentido la noción marxiana de “histórico-natural” a aplicarse necesariamente a la evolución de las formaciones económico-sociales (ante todo, evidentemente, a su evolución interna) y sólo a ellas. Sólo a ellas pero con reflejos, como es obvio, sobre toda la compleja evolución histórica de las sociedades concretas, si es verdad que las relaciones de producción constituyen su estructura de base, problema del que nos ocuparemos más adelante.
El discurso de Lenin que hemos resumido y analizado es inobjetable y de gran, importancia. Sin embargo, debemos preguntarnos si es suficiente para fundar, no de manera hipotética sino con la necesidad propia de una hipótesis probada (o sea, como dice Lenin, transformada en “tesis demostrada”), el criterio objetivo que estamos buscando como fundamento para la constitución de la noción de formación económico-social. Y me parece que no es suficiente.
La referencia de Lenin al aislamiento operado por Marx de las “relaciones de producción como estructura de la sociedad” (base de toda posible “sociología científica”) es evidentemente justa. No obstante, es una referencia a algo demasiado “amplio” como para poder encerrar de inmediato el criterio objetivo que nos interesa. Y en el propio análisis de Lenin se advierte un cierto salto entre tal referencia y la evocación que sigue inmediatamente del “criterio científico general de la reiterabilidad”. ¿Qué es aquello que en el campo establecido por la existencia de “relaciones de producción” permite de un modo específico la aplicación de este criterio general? He aquí el problema que debemos resolver. Si no logramos responder a esta pregunta tendremos entonces por delante, a decir verdad, todo el problema del “criterio objetivo” buscado.
La respuesta la encontramos expresada con toda claridad y rigor en Marx, y sólo nos resta ponerla en relación con el problema que queremos resolver, en la Introducción de 1867 (inconclusa e inédita por ese entonces) a la Contribución a la crítica de la economía política. En el parágrafo intitulado “El método de la economía política”, Marx escribe en determinado momento:
“En todas las formas de sociedad existe una determinada producción que decide del rango y de la influencia de las demás, y cuyas relaciones deciden por tanto del rango y de la influencia de las demás.”
Y agrega la imagen significativa (porque en su aplicación es traducible a conceptos precisos):
“Es como una luz general que se difunde sobre todos los otros colores modificándolos en su particularidad.”
Este enunciado de Marx, de enorme importancia científica por el campo considerado, debe ser concebido como la ley general de las formaciones económico-sociales, la que le permite su constitución objetiva (no arbitraria) en determinados modelos. Dicha ley permite también comprender por qué las relaciones de producción son designadas como la “estructura económica” de la sociedad; vale decir, por qué ellas constituyen siempre una “estructura” o también una totalidad estructural, totalidad que no es en el marxismo un concepto genérico o una metáfora, sino una precisa noción estructuralista. La “estructura” en este caso se configura así: en “todas las formas de sociedad” existe una producción económica dominante que da sentido a todo el sistema, determinando la relación de sus diversas partes. Naturalmente, la formación social es considerada en un determinado grado de su proceso de constitución, aquel grado (no determinable de manera apriorista en todas las formaciones sociales posibles) que permite darle en cada caso un nombre apropiado: asiática, esclavista, feudal, etc. Si no fuese así tendríamos una visión estática y no dinámica, lo que está muy lejos del concepto de Marx, aunque existan en la actualidad marxistas a quienes esto parezca desagradarles. A partir de la profundización de los caracteres generales específicos (es decir, relativos al campo de las relaciones económicas) de este dinamismo adquiere un sentido determinado el uso continuo que encontramos en Marx del término “evolución” o “desarrollo” [Entwickung], el cual no es referible directamente ni a sus precedente especulativos (Hegel) ni mucho menos a su analogon del evolucionismo biológico. Tal profundización es otro de los tantos problemas con el que nos enfrentamos, pero debemos dejarlo de lado en el presente escrito.
Es indudable que en la concepción de Marx el elemento dinámico es decisivo. El pasaje a la función dominante, en el sentido arriba indicado, de una determinada producción y por tanto de una determinada categoría económica (por ejemplo, del capital en el ordenamiento económico burgués) es lo que crea en la evolución histórica –cualquiera sea esta última o cualquiera sea la manera en que se deba determinar el concepto– la “diferencia esencial”, como la llama Marx en la Introducción de 1857, entre un sistema y otro. Dicho pasaje es lo que establece lo que habíamos caracterizado como el tercer elemento distintivo de la noción marxista de formación económico social: la distinción u oposición contenida en ella entre leyes generales, válidas para cualquier forma de producción y por tanto de sociedad, y las leyes especiales propias de cada formación social particular.
Es en la “ley general” enunciada por Marx en la Introducción de 1857 (aunque él no la llame así) donde se encuentra el verdadero y único criterio objetivo para la construcción de cualquier modelo de formación económico-social. Señalar en cada fase histórica determinada de la producción cuál es la categoría dominante no es una elección que el investigador pueda realizar arbitrariamente. El debe descubrirla sólo a través de la investigación empírica concreta. Se trata indudablemente de una investigación sobre materiales históricos, y respecto al método de construcción estructural del modelo, dictado por las características propias del campo considerado (y de la importancia de su identificación tenía razón Lenin), pero no ya “históricos” del tipo de los que se presentan al físico y tanto menos al lingüista. Aquí, histórico significa simplemente igual a empírico, de acuerdo, por otra parte, con su significado originario. Esta conclusión no tiene nada de traumatizante, salvo para los historicistas genéricos; pero es hora ya de desbrozar el campo, también en el marxismo, de las confusiones creadas por los historicistas y que durante mucho tiempo paralizaron nuestras mentes.
¿Es entonces abandonada la noción de “historia” en su actual sentido real y comente? ¿Podemos arrastrar al marxismo a una interpretación tan paradojal (paradojal respecto a sí mismo)? Cuanto hemos venido indicando en torno al problema de la historicidad específica de los distintos sectores del “mundo humano” (estructurales y superestructurales, podemos agregar aquí) demuestra que no se trata de eso. En el binomio marxiano “histórico-natural”, en el que un término de la pareja se determina lógicamente en función del otro, está encerrado el punto de partida, pero solamente éste, para la búsqueda de los caracteres diferenciales de una historicidad específica: la relativa al acaecer-actuar económico. Dicho camino –u otros similares que puedan abrirse en campos de investigación distintos como, por ejemplo, en la lingüística– es hoy la única metodología que parece admitir una determinación no verbalista ni retórica (es decir, no vinculada meramente a la lógica de la persuación en lugar de estarlo a la lógica científica) de la noción de “historia”, al menos en lo que se refiere al “mundo humano”. Se vislumbra ya que en dicha metodología no podrá dejar de desempeñar un papel decisivo el dinamismo (él también específico) atribuido por Marx a la estructura económica y que de ella se propaga al conjunto de las estructuras (“superestructuras”) sociales o totalidad social.
La determinación efectuada por Marx en su Introducción de 1857 del “criterio objetivo” para la identificación de una formación económico-social (y por tanto, para la construcción de los modelos correspondientes) establece también la distancia abismal e insuperable entre el marxismo y cualquier “filosofía de la historia”. Cuando afirmo esto tengo in mente sobre todo las encarnaciones contemporáneas de esa filosofía; por ejemplo, las construcciones de un Spengler o, más aún, de un Toynbee, aunque hayan sido realizadas sobre la base de materiales empíricos y a partir de una elaboración que tiende a evidenciar supuestas regularidades. La objetividad científica de un sistema no se constituye simplemente a partir de la utilización de materiales empíricos o de no importa cuál reconocimiento de regularidades. Ella deriva de la objetividad-necesidad (necesidad factual) del criterio de elección y elaboración, en relación a un campo determinado del acaecer, de dichos materiales empíricos. De otra manera el elemento de arbitrio permanece como insuperable.
Pero esto prueba la debilidad, por no decir la vacuidad, de una formulación general del tipo de la que sustenta Lange para la economía política, basada en la contraposición genérica de la historicidad de la orientación marxista, como elemento diferencial respecto de las teorías económicas justamente llamadas “subjetivistas” No basta, en efecto, contraponer lo esencial a lo no esencial en la elección de los caracteres empíricos (“históricos”) que deben ser incluidos en los modelos teóricos, si no se sabe cuál es el criterio para la determinación de lo que se define como “esencial”
El parangón inicial entre economía (marxista) y lingüística moderna nos ha llevado bastante, lejos. En el actual estado de cosas dicho parangón sólo puede ser inicial, aunque no bloqueado como nos pareció en un momento, ni tanto menos arbitrario, puesto que se trata de los dos campos del “mundo humano” más avanzados desde el punto de vista científico, como hemos señalado, y que deberán tener alguna relación real, intervengan o no en dichas relaciones mediaciones de importancia. No es sin embargo un interés “interdisciplinario” (como suele decirse en la actualidad) lo que nos ha impulsado a establecerlo, sino la necesidad de ejemplificar en concreto el sentido del problema de la “historicidad” específica, que incluye el problema de la posible (y muy probable) diversidad de las formas de continuidad histórica en los distintos campos del mundo humano.
La investigación comparativa no se nos presentó bloqueada –no obstante la indeterminación en que permanece aún la respectiva historicidad específica– porque hemos encontrado un punto de apoyo y al mismo tiempo de orientación, suministrado por la noción marxista de “formación económico-social”. La lingüística no nos propone modelos análogos que posean los tres requisitos fundamentales que hemos evidenciado. Y éste es un elemento diferencial bastante categórico. No es posible determinar con certeza si dicho elemento diferencial deriva del status actual de la investigación, es decir, del nivel alcanzado por las disciplinas lingüísticas (en rigor, se debería usar por ahora el plural) o viceversa, si él nos remite a una diferencia más profunda en la misma naturaleza diferencial del correspondiente acaecer histórico. No puedo ocultar que me inclino por esta última solución ya que pareciera estar ligada de alguna manera a la heterogeneidad de los fines a los que deben responder la actividad económica (productiva) y la actividad lingüística del hombre. Sin embargo, esta heterogeneidad no conspira contra la legitimidad del parangón; por el contrario, desde el punto de vista marxista lo vuelve obligatorio. Lo impone la noción marxista de totalidad social y el problema de ella derivado de sus articulaciones internas a partir de su estructura de base; la económica. En este caso obligatorio no significa en manera alguna exclusivo. Pero si visto en perspectiva el parangón aparece como fecundo, puesto que economía y lingüística son de hecho las dos ciencias más adelantadas del “mundo humano” (y más fácilmente liberables en el discurso científico de oclusiones ideológicas), tal obligatoriedad en cierto modo privilegiada no depende de esta situación histórica de las dos ciencias sino de una razón más profunda. En efecto, podemos imaginar la vida de los hombres asociados sin religión, sin derecho codificado, sin Estado ni moral (desapariciones bastante deseables) y en cierto modo sin filosofía y hasta –al menos en el estado actual todavía confuso de la ciencia estética– sin arte (¡esperemos que no sea asi!). No podemos en cambio imaginarla sin actividad económica, por ínfima que pueda ser su incidencia proporcional en una sociedad comunista altamente desarrollada, así como no la podemos imaginar del todo, al menos por ahora, sin lenguaje, aunque son presagiables profundas transformaciones futuras en las formas de comunicación interhumana y por lo tanto en el propio “pensamiento”.
Dije que el modelo científico constituido por El Capital es totalmente sincrónico (sincrónico no equivale de ninguna manera a estático, como muy bien lo ha demostrado Jacobson en el caso de la lingüística), pero que puede ser construido de manera sistemática sólo a través de determinadas inclusiones genéticas en sentido histórico.
En El Capital lo genético-formal (o sea el desarrollo sistemático de las “formas” o figuras) sólo es posible mediante esta inserción de lo genético-histórico en determinados puntos. La ley general de las formaciones económico-sociales, que establece de que siempre existe en ellas una producción dominante cuyo surgimiento debe ser individualizado en el análisis del material empírico, nos permite comprender el porqué. Del mismo modo, el carácter dominante (o sea, organizador de manera sistemática) que asume siempre una producción determinada, nos permite comprender el carácter construible del modelo y, en consecuencia, la posición subordinada que corresponde al momento históricogenético frente al momento genético formal o también sistemático. Esta subordinación no significa de ningún modo una disolución. Por así decirlo, es una Aufhebung en sentido hegeliano, aunque determinable en el doble aspecto que caracteriza a la Aufhebung (quitar y conservar) de una manera totalmente científica y no especulativa, como intentaré demostrarlo. Aunque a primera vista aparezca como parad ojal, es justamente la presencia de lo genético-histórico lo que aporta el máximo de autonomía científica o, en otras palabras, el máximo de aplicabilidad flexible al mismo modelo tanto hacia el pasado, historiográficamente, como hacia el presente-futuro, políticamente. Pero con una condición: la de que se considere a lo genético-histórico como presencia de una componente inevitable, aunque desde el punto de vista estrictamente sistemático deba ser concebida como presencia de una variable (o conjunto de variables) dentro de determinados límites. ¿Qué quiero decir concretamente con esto? Que El Capital de Marx es un modelo científico interpretativo del ordenamiento económico burgués o capitalista y al mismo tiempo necesariamente, –según lo que hemos visto– una ilustración de su génesis histórica (según leyes). Esto no sería posible si la componente genético-histórica no sólo no mantuviese su presencia autónoma dentro de la forma sistemática, sino si ella no se reflejara sobre el conjunto y sobre el resultado, condicionando precisamente la construcción sistemática. En la ejecución de la obra dicha circunstancia determina, al menos indirecta o marginal mente, que El Capital contenga también el modelo interpretativo de la formación económico-social precedente, la feudaI, a partir de los materiales efectivamente estudiados por Marx. Esta es la manera en que se determina la variable. Desde tal punto de vista El Capital contiene también la descripción de las transiciones típicas (formas y leyes) bajo las cuales una sociedad determinada (o complejo más o menos relacionado de sociedades concretas: las occidentales) ha pasado del modo de producción feudal al burgués. Si el significado o la validez de El Capital consistiera total o principalmente en dicho aspecto, la alternativa propuesta por Engels (“modo histórico” o “modo lógico” de exposición) se presentaría efectivamente; la elección dependería, como parece pensar Engels, de una necesidad didáctica o de la economía de la propia exposición. Naturalmente, no quedaría lugar para hablar de lo genético-histórico como de una “variable” del sistema, dentro de determinados límites.
Sin embargo, basta representarse lo que sería El Capital de Marx si hubiese sido expuesto según este llamado “modo histórico”, para darse cuenta que habría perdido gran parte de su eficiencia científica de modelo interpretativo; habría perdido, como luego especificaré mejor, tanto su universalidad como su flexibilidad de aplicación mencionadas. No sería una pérdida parcial y limitada sino una pérdida en lo esencial.
La cuestión no es de poca importancia como lo demuestra una experiencia ya ocurrida: experiencia de dogmatización con consecuencias negativas en lo historiográfico como en lo operativo-político. En cuanto al primero de estos dos aspectos (y se trata de consecuencias historiográficas cargadas también ellas de significado político), pienso particularmente en la tendencia producida en el período staliniano que pugnaba por imponer el esquema del feudalismo occidental a la historia de los pueblos orientales y por expulsar de la visión marxista el modo de producción que Marx denominara “asiático” En cuanto al segundo aspecto, pienso particularmente en la idea de que todos los pueblos (y en especial, los dependientes del capitalismo occidental y mal llamados hoy “subdesarrollados”) debían recorrer las mismas etapas de desarrollo de los pueblos occidentales, aunque con más rapidez debido a la ayuda interesada de los países “civilizados” y capitalistas, incluida la clase obrera. Era ésia una idea mecanicista de la que también fue víctima nuestro Antonio Labriola y que circulaba comúnmente en el ambiente del “marxismo de la II Internacional” (y es justamente aquí donde deben buscarse las raíces primitivas de la dogmatización de la doctrina).
Frente a esto se agranda una vez más la figura de Lenin que no estuvo sujeto a dicha deformación mecanicista. No sólo en su análisis y en su acción política dirigida a la clase obrera de occidente (recuérdese el artículo “La Europa atrasada y Asia avanzada” de 1913), sino también en su elaboración teórica, Lenin partía de una interpretación correcta del significado y de la naturaleza del modelo científico, es decir, de El Capital de Marx. He aquí, en efecto, cómo Lenin presenta la obra de Marx en ¿Quiénes son los “Amigos del pueblo”:
“Toma una de las formaciones económico-sociales –sistema de la economía mercantil– y proporciona, sobre la base de una gigantesca cantidad de datos (que ha estudiado durante no menos de 25 años), un análisis sumamente minucioso de las leyes de funcionamiento de esta formación y de su desarrollo. Este análisis no se sale de las relaciones de producción existentes entre los miembros de la sociedad: sin recurrir ni una sola vez, para explicar las cosas, a los factores que se hallan fuera de estas relaciones de producción, Marx permite ver cómo se desarrolla la organización mercantil de la economía social, cómo ésta se transforma en economía, capitalista, creando clases antagónicas (ya dentro del marco de las relaciones de producción): la burguesía y el proletariado; cómo esta economía desarrolla la productividad del trabajo social, aportando, con ello, un elemento que entra en contradicción irreconciliable con los fundamentos de esta misma organización capitalista.”
Lenin es muy sensible al aspecto histórico-evolutivo (en el contexto del que es extraída la cita, insiste en la “clásica” analogía con Darwin). Sin embargo, en la presentación totalmente correcta que hace de la obra de Marx no es el paso de la economía feudal a la capitalista (momento que hasta cierto punto se vuelve presente en el modelo como determinación específica de la variable que hemos llamado genético-histórica) lo que tiene una importancia decisiva, sino el punto de partida del “sistema de la economía mercantil” y su conversión en una economía capitalista, sobre la base convergente de los datos históricos y de las leyes de funcionamiento y de evolución.
Esto no significa de ninguna manera reducir el modelo sistemático a un dinamismo puramente formal (y de hecho, a algo estático), con la oclusión de la posibilidad de comprender en la historia real, a partir del modelo interpretativo, el pasaje de un sistema precedente al representado en el mismo modelo. Significa, por el contrario, la plena disponibilidad teórica del modelo aun en direcciones distintas de la correspondiente a la experiencia histórica efectiva que ha servido de base para la construcción del modelo. Este es el fruto más precioso y esforzado de la metodología elaborada por Marx. A mi entender, las consecuencias son de gran importancia tanto en sentido histórico como en sentido práctico. Se puede así comprender cómo el sistema capitalista puede ser transportado, introducido y hasta impuesto (evidentemente, dentro de determinadas condiciones relativas a las fuerzas productivas puestas en acción), o sea, puede ser desarrollado en sociedades de experiencia histórica (económico-social) completamente distinta de aquella de las sociedades occidentales. Pero el análisis vale también para el modelo socialista ulterior y para las variantes que éste puede y debe asumir necesariamente, y hasta para sus consecuencias políticas.
Marx no podía ni deseaba hablar de este último tema para evitar caer en el utopismo. Pero en lo referente al modelo burguéscapitalista, desde la Introducción de 1857 (es decir, desde el trabajo que anticipa su elaboración definitiva del modelo) veía con bastante claridad la pluralidad y la riqueza de valencias históricas que confluían en dicho modelo y lo convertían en una clave interpretativa, en acto o potencial, no de un único sistema precedente, sino de todos los sistemas que se presentaron en la historia puesto que eran menos complejos (condición que, por otra parte, era una realidad de hecho).
“La sociedad burguesa –escribía– es la más compleja y desarrollada organización histórica de la producción. Las categorías que expresan sus relaciones y que permiten comprender su estructura, permiten también entender al mismo tiempo la estructura y las relaciones de producción de todas las formas de sociedades pasadas, sobre cuyas ruinas y con cuyos elementos ella se construyó, y cuyos vestigios, que aún no ha superado totalmente, sobreviven, mientras se ha desarrollado plenamente lo que antes estaba apenas insinuado. La anatomía del hombre es una clave para la anatomía del mono. Lo que en las especies animales inferiores indica una forma superior puede ser comprendido sólo cuando se conoce la forma superior. La economía burguesa facilita así la clave para la economía antigua, etc. Pero no ciertamente al modo de los economistas, que borran todas las diferencias históricas y ven la forma burguesa en todas las formas de sociedad.”
En este párrafo no se debe cargar de significados demasiado precisos, en el sentido de un evolucionismo específico (como podría ocurrir bajo la sugestión del darwinismo posterior y del asentimiento crítico de Marx frente a él) la analogía establecida con la relación anatómica hombre-mono y con la concepción general que ella ejemplifica (jerarquía de formas en la especie animal en relación a una vaga intuición evolutiva). Es una analogía que no se remite a concepciones científicas nuevas (en el momento en que Marx escribía), sino, en cambio, a concepciones bastante antiguas. Desarrollando la analogía en el terreno propio, es decir, en el de la teoría de las formaciones sociales y más específicamente, en el de la sociedad burguesa, algunas líneas más abajo agrega no sin ironía:
“La pretendida evolución histórica reposa en general en el hecho de que la última formación social considera las formas pasadas como otras tantas etapas hacia ella misma...”
Marx subraya, por lo tanto, no el nexo evolutivo entre las diversas formaciones sociales, sino el hecho de que partiendo de la más compleja se pueden comprender las más simples. Naturalmente, para Marx existe un “proceso de desarrollo histórico” de la producción que ha atravesado “diversas fases”: las distintas “épocas históricas” de la producción a la que corresponden otras tantas formaciones sociales, Pero la reconstrucción de este proceso aparece en su concepción como posible sólo a posteriori (la “pretendida evolución”). El proceso mismo no aparece dotado de ninguna necesidad apriorística o analítica (de otra manera sería un proceso de algún modo finalista); y es coherente con los principios ya expuestos que sea ésta la actitud mental de Marx. El proceso histórico de conjunto y el orden sucesivo de las formaciones económico-sociales no pueden ser deducidos de las leyes generales de la producción, que no son tales; y las leyes específicas de las formaciones sociales particulares se refieren solamente, a las mismas: a su génesis y desarrollo. No se trata de que el pasaje de una a la otra quede librado para Marx a la pura accidentalidad. Ello contradeciría el espíritu científico de su elaboración, que no es por cierto empirista, al menos en el viejo y tradicional sentido de la palabra. Contradeciría sobre todo, la posibilidad misma de constitución de los sistemas económicos específicos. Pero el acaecer económico-social concreto no es meramente accidental sólo debido a que realiza ciertas posibilidades y no otras: y estas posibilidades, consideradas en su conjunto, no son a su vez ilimitadas. Por el contrario, son bastante limitadas en su número, como lo muestra el grupo de categorías económicas que las expresan, y los grados de desarrollo determinables de las mismas. Estos grados se evidencian en relación no con un progreso histórico total sino en la distinta colocación que encuentran las categorías económicas en las distintas formaciones sociales. He aquí por qué Marx puede escribir, siempre en el mismo contexto y refiriéndose al sistema burgués, de cuya economía está elaborando la ciencia crítica:
“En consecuencia, sería falso e inoportuno alinear las categorías económicas en el orden en que fueron históricamente determinantes. Su orden de sucesión es, por el contrario, determinado por las relaciones que existen entre ellas en la sociedad burguesa moderna, y resulta precisamente el inverso del que parece ser su orden natural o del que correspondería a su orden de sucesión en el curso de la evolución histórica. No se trata de la posición que las relaciones económicas ocupen históricamente en la sucesión de los diferentes tipos de sociedades. Aún menos de su orden de sucesión “en la idea” (Proudhon), concepción nebulosa, si la hay del movimiento histórico. Se trata de su jerarquía y de su conexión orgánica en el interior de la sociedad burguesa moderna.”
En consecuencia, estamos muy lejos de la alternativa presentada en hipótesis por Engels entre modo histórico y modo lógico: aquí al “modo lógico” (es decir, sistemático) no se le presenta en verdad ninguna alternativa. Es evidente, por el contrario, que sólo la elaboración sistemática podrá volver inteligibles los hecho; de la historia. Sin ella, el canon del materialismo histórico, considerado aisladamente, perdería casi por completo su eficacia.
Podemos preguntarnos por qué este aspecto del pensamiento de Marx, tan rico de posibilidades y estimulante para la investigación, que bien mirado está en el fondo de toda la elaboración de El Capital, permaneció durante tanto tiempo oscurecido por una interpretación del marxismo al mismo tiempo exageradamente evolucionista y exaltadora de la necesidad, con respecto a las fases históricas recorridas por las sociedades humanas. No creo que sea suficiente una respuesta sólo culturalista (influencias del clima positivista antiguo et similia). La razón verdadera y principal no puede ser sino político-ideológica, y debe ser rastreada en una dirección ya sugerida por Gramsci para todas las mezclas producidas históricamente en el marxismo con elementos de doctrinas heterogéneas, aunque tales mezclas no hayan tenido un carácter revisionista. La interpretación acentuadamente evolucionista-necesaria, e implícitamente finalista, del proceso histórico general puede reforzar el sentido fatal de una necesidad más específica –la del advenimiento de la sociedad socialista y comunista– en una clase todavía lejos del poder y de la hegemonía, y por tanto necesitada de una confianza casi religiosa.
Pero de esta manera se perdía uno de los aspectos más característicos del pensamiento de Marx, al mismo tiempo estimulante desde un punto de vista intelectual y, en un nivel más maduro, impulsor desde un punto de vista práctico. A dicho aspecto está vinculada la idea de la “necesidad” del pasaje del sistema burgués al socialista; vale decir, el sentido del estrechamiento de los tiempos históricos con el advenimiento de la sociedad burguesa, unido al sentido de la ampliación y unificación del campo de actividad: la constitución del “mercado mundial” como presupuesto factual y el llamado a la unidad dirigido a los proletarios de todo el mundo. Es esto lo que Marx expresaba sintéticamente, con Hegel y contra Hegel, en el concepto de que la historia universal, la Weltgeschichte, es sólo un resultado, pero un resultado al fin presente. La “necesidad” del pasaje de la sociedad burguesa a la socialista no tiene entonces nada de místico. Como toda necesidad científica está vinculada simplemente a ciertas hipótesis y depende de ellas. La hipótesis central es la de un desarrollo creciente de las fuerzas productivas y de una socialización tal del trabajo como para agudizar hasta lo insostenible la contradicción interna en la sociedad burguesa, a condición de que la clase que puede asumir la sucesión se vuelva consciente de la tarea histórica que se ha venido planteando para ella, simultáneamente con su formación como clase.
La necesidad deriva por lo tanto de esa hipótesis (en contra de la cual se mantiene en abstracto la posibilidad del estancamiento y dispersión de las fuerzas productivas, como tantas veces ocurrió en la historia humana con otros sistemas). Pero la hipótesis es elevada a un grado muy alto de probabilidad por la propia naturaleza específica de la sociedad burguesa, o sea de las tuerzas productivas que ella desarrolla. Se trata por lo tanto de una necesidad particular, y no de una ley evolutiva general que domina a la humanidad y la orienta de manera finalista desde el día en que el primer hombre comienza a producir en sentido económico. El carácter hipotético de tal necesidad, que en los tiempos de Marx podía aparecer como casi evanescente, es en cambio subrayada dramáticamente en nuestros días por la posibilidad real de una guerra de exterminio y del consiguiente suicidio o cuasi-suicidio del género humano.
* * *
En apariencia estas consideraciones nos han alejado bastante del problema que estábamos analizando. Pero no es así: sólo ahora tenemos todos los elementos para comprender a fondo el nexo entre lo que hemos llamado lo “genético-histórico” y la construcción sistemática realizada por Marx del modelo do la producción capitalista.
Ya hemos entrevisto que lo que constituye la universalidad y la flexible aplícabilidad del modelo reside en el hecho de que comienza a constituirse no como pasaje de una formación social antecedente y opuesta (aunque este pasaje sea luego incluido en el mismo modelo) sino desde la adopción de una formación económico-social dada. Sin embargo, esta formación es considerada no sólo bajo una forma aún no desarrollada respecto al grado históricamente presente, sino también bajo una forma abstracta (en cuanto a su grado de desarrollo primario): es decir, aislada mediante abstracción, respecto a cualquier desarrollo histórico efectivo. En nuestro caso se trata, para usar, las palabras ya citadas de Lenin, del “sistema de la economía mercantil”. Es precisamente esta operación abstractiva inicial la que determina potencialmente, desde el primer momento, la universalidad y flexibilidad del modelo. Y es en función de ella que el pasaje de una formación social antecedente se presenta no como un valor necesariamente predeterminado (el modelo no sería entonces flexible), sino como una variable dentro de ciertos límites. La aplicabilidad del modelo a cualquier concretum histórico-social aparece como posible sólo por la presencia de estos límites, los cuales implican siempre ciertas condiciones constituidas históricamente, mas no de por sí (por necesidad teorética, es decir, lógicamente analítica) ligadas a la formación social capitalista más que a cualquier otra formación social antecedente. En el caso del sistema burgués-capitalista tales condiciones históricas se resumen (descontando naturalmente todos los otros elementos analíticamente necesarios) en la presencia y disponibilidad del trabajador libre en el sentida en que Marx lo define.
“Para convertir el dinero en capital, el poseedor de dinero tiene que encontrarse en el mercado, entre las mercancías, con el obrero libre; libre en un doble sentido, pues de una parte ha de poder disponer libremente de su fuerza de trabajo como de su propia mercancía, y, de otra parte, no ha de tener otras mercancías que ofrecer en venta; ha de hallarse, pues, suelto, escotero y libre de todos los objetos necesarios para realizar por cuenta propia su fuerza de trabajo. Al poseedor de dinero, que se encuentra con el mercado de trabajo como departamento especial del mercado de mercancías, no le interesa saber por qué este obrero libre se enfrenta con él en la órbita de la circu-lación. Por el momento, tampoco a nosotros nos interesa este problema. Nos atenemos teóricamente a los hechos, a los mismos hechos a que el poseedor de dinero se atiene prácticamente. Pero, hay algo indiscutible, y es que la naturaleza no produce, de una parte, poseedores de dinero o de mercancías, y de otra parte simples poseedores de sus fuerzas personales de trabajo. Este estado de cosas no es, evidentemente, obra de la historia natural, ni es tampoco un estado de cosas social común a todas las épocas de la historia. Es, indudablemente, el fruto de un desarrollo histórico precedente, el producto de una larga serie de transformaciones económicas, de la destrucción de toda una serie de formaciones más antiguas en el campo de la producción social. Las categorías económicas que hemos estudiado dejan también su huella histórica. En la existencia del producto como mercancía van implícitas condiciones históricas determinadas. Para convertirse en mercancías, es necesario que el producto no se cree como medio directo de subsistencia para el propio productor: Si hubiéramos seguido investigando hasta averiguar bajo qué condiciones los productos todos o la mayoría de ellos revisten la forma de mercancías, habríamos descubierto que esto sólo acontece a base de un régimen de produc-ción específico y concreto, el régimen de producción capitalista. Pero esta investigación no tenía nada que ver con el análisis de la mercancía. En efecto, puede haber producción y circulación de mercancías aunque la inmensa mayoría de los artículos producidos se destinen a cubrir las propias necesidades de sus productores, sin convertirse por tanto en mercancías; es decir, aunque el procejo social de la producción no esté presidido todavía en todas sus partas por el valor de cambio. La transformación del producto en mercancía, lleva consigo una división del trabajo dentro de la sociedad tan desarrollada, que en ella se consuma el divorcio entre el valor de uso y el valor de cambio, que en la fase del trueque directo no hace más que iniciarse, Pero esta fase de progreso se presenta ya en las más diversas formaciones económicas sociales de que nos habla la historia.”
En esta página de Marx está expresada de manera evidente la necesidad de la componente histórico-genética para la construcción del modelo de la economía capitalista, y al mismo tiempo su carácter de “variable dentro de ciertos límites”, claramente indicado en las últimas palabras.
La presencia de tal variable, o sea la presencia de la componente histórico-genética es lo que hace posible la construcción sistemática del modelo: lo genético-formal que lo caracteriza depende dé lo genético-histórico en cuanto variable. Se trata de dos aspectos da una síntesis (sincrónico-genética, o, más sencillamente, sistemático-genética) inseparables entre sí, en base a la constitución del modelo en cuestión. De otra manera el modelo se destruiría.
IV
Si la propuesta interpretativa aquí esbozada tiene alguna validez se comprende entonces por qué el punto de partida de la exposición ha sido para Marx objeto de una investigación importante y plena de dificultades, y cómo pudo llegar a su individualización a través de un proceso no por cierto rápido, a medida que se le aclaraba el sentido, además del contenido, teórico de su “crítica de la economía política”. Pero aún le restaba dar un paso no pequeño de su Contribución a la critica de la economía política a El Capital, para la definitiva organización expositiva del punto de partida. No deja de tener significación el hecho de que Marx retornara sobre tales cuestiones en sus apuntes privados, no siempre de fácil inter-pretación, pero de inestimable valor, que constituyen su último trabajo económico, las Glosas marginales al “Tratado de Economía Política” de Adolfo Wagner, en las que se encuentran ulteriores elementos para precisar dichas cuestiones. Si consideramos al problema en su conjunto resulta claro que la individualización del punto de partida necesario –necesario no en absoluto, o metafísicamente, sino con relación a un cierto método elaborado de manera crítica– es lo que permite a su vez la fundación “crítica” de aquella ciencia. Dicha fundación incluye la crítica de la economía clásica inglesa y de la llamada economía vulgar, y genéticamente se ha concretado con ellas (especialmente con la primera) y en ellas se verifica, pero no se confunde con ellas desde el punto de vista sistemático. Partamos aquí de algunas afirmaciones de Marx en las citadas Glosas a Wagner precisamente porque ellas constituyen el último texto en que se analiza la cuestión.
“Yo parto –señaba Marx– de la forma social más simple en que toma cuerpo el producto del trabajo en la sociedad actual, que es la ‘mercancía’.”
Observemos inicialmente que el campo de referencia es la Sociedad actual. Esto determina desde el comienzo, y fuera de toda duda, el carácter sincrónico de toda la construcción de El Capital.
Es muy importante tener en cuenta este hecho puesto que el tratamiento inicial de la “forma-mercancía” (en la “forma de valor simple, singular, es decir, accidental”), aunque proyectada en el plano histórico y relacionada por tanto a una retrospectiva histórico-genética, en su tipicidad está muy alejada de las relaciones capitalistas. Además, todos los sucesivos desarrollos sistemáticos de esa primera “forma” o “figura” expuestos en la primera sección de El Capital (“mercancía y dinero”), desde el punto de vista histórico-genético constituyen solamente un presupuesto del sistema capitalista. De manera tal que cuando después de la publicación del volumen III de El Capital surge la aguda y compleja cuestión de la concordancia entre la “teoría del valor” (“la base del sistema”) y la del cambio de las mercancías por sus precios de producción (según ocurre a partir de un “determinado nivel del desarrollo capitalista”) Engels pudo llegar a sostener (y no interesa aquí discutir si tenía o no razón) en el artículo “La ley del valor y la tasa de ganancia” publicado en la Nene Zeit después de su muerte, que la
“ley del valor... rige con carácter general, en la medida en que rigen siempre las leyes económicas, para todo el período de la producción simple de mercancías; es decir, hasta el momento en que ésta es modificada por la aparición de la forma de producción capitalista.”
Y precisaba poco después:
“La ley del valor de Marx tiene, pues, una vigencia económico-general, la cual abarca todo el período que va desde los comienzos del cambio por medio del cual los productos se convierten en mercancías hasta el siglo XV de nuestra era.”
De cualquier manera que hayan ocurrido las cosas en la. sucesión histórica, la existencia del nexo ideal entre el momento sistemático y el desarrollo histórico (del que Engels se hace fuerte aquí) había sido subrayado por Marx también para el caso de la "ley del valor", es decir, para el tratamiento inicial de El Capital, de manera totalmente explícita en un fragmento que pertenece al Libro III (y que es citado por Engels).
“Prescindiendo de la dominación de los precios y del movimiento de éstos por la ley del valor, es, pues, absolutamente correcto considerar los valores de las mercancías no sólo teóricamente sino históricamente, como el prius de los precios de producción.”
Lo que evidentemente está fuera de toda discusión para Marx no es la referencia histórica (que debe ser comprobada por los hechos), sino la base misma sobre la cual se apoya la referencia, o sea, lo que él llama “el prius teórico” (o, como preferimos decir, ”sistemático”). En la exposición del punto de partida de El Capital es este prius sistemático el que es elaborado en relación al campo general de referencia indicado con las palabras “sociedad actual”. Naturalmente, este prius sistemático es individualizado y puesto en evidencia a través de una serie de operaciones abstractivas que subtienden a aquel comienzo y son producidas por el método crítico puesto en funcionamiento (que aquí no podemos tematizar).
Retomemos por consiguiente el hilo principal de las presentes consideraciones. ¿Qué relación existe entre el análisis realizado por Marx en El Capital y nuestro tema: la “realidad” y la comprensión de la realidad, en el planteaminto y luego en el desarrollo de la “crítica de la economía política”? Si retornamos una vez más a las Glosas a Wagner encontramos que la esfera de la “realidad” es convocada por Marx a través de la designación de la mercancía no ya solamente como una “forma” (la "formamercancía”), sino también como un concretum.
En el mismo contexto del que hemos extraído las citas precedentes la realidad es definida como “el concreto económico más simple” a analizar, (Sobre la noción de “concreto” deberemos retornar más adelante).
La comprensión de El Capital de Marx, en última instancia, está totalmente ligada a la inteligencia de este punto: darse cuenta de por qué el análisis de tal concretum es desde el comienzo un análisis de “formas” que se desarrollan orgánicamente.
El punto inicial resulta ser, por lo tanto, el siguiente: la mercancía es “la forma social más simple” y a su vez el “concreto económico más simple”. Considerar que la mercancía, no sólo en cuanto “forma” sino también en cuanto concretum, es bajo este último aspecto el producto del trabajo como simple “valor de uso” u ”objeto de uso”, sería un error. La mercancía tiene sí esa “doble existencia”, pero ella es un concretum para Marx no solamente como “valor de uso”, sino precisamente en aquella complejidad que tiene ya desde el comienzo en cuanto es mercancía. Y es el mismo Marx quien lo reafirma en las páginas de sus Glosas a Wagner. Encontramos allí, en efecto, una tercera definición que en cierto modo media las dos citadas anteriormente y representa su integración y complementaridad. Se trata de la definición de la mercancía como “figura” (expresión de origen hegeliana, que fue siempre bastante cara a Marx). Se dice de la mercancía que ella es “la concreta figura social del producto del trabajo”. La “figura” se distingue de la simple “forma” (no existiría sin esta última) porque contiene una explícita referencia al “contenido” de la forma misma. El contenido (se trata, en este
genético-formal), descuida por completo esta esencial y clarificadora determinación de la mercancía también como un “concretum” porque deja totalmente de lado las Glosas a Wagner y se basa, en la práctica, exclusivamente en un punto de la nota 35 de la primera sección de El capital en la cual la “forma de valor del producto del trabajo” es designada de paso por Marx como la “forma más abstracta” del modo de producción burgués. Las Glosas a Wagner se encuentran en cambio en el centro de la atención y del planteamiento del ensayo de R. Banfi.
caso, del valor) no tiene fenoménicamente la misma determinación que la “forma” (Y también esto es precisamente de estilo hegeliano).
Ahora bien, prosigue Marx, reevocando el procedimiento efectuado en los comienzos de El Capital, la mercancía es analizada “ante todo en la forma bajo la cual se presenta”. Esta forma fenoménica es el “valor de cambio”. Si confrontamos esto con el modo de proceder de Marx en las primeras páginas de El Capital vemos que las cosas corresponden perfectamente a cuanto se ha venido diciendo. En efecto, encontramos allí un primer esbozo de análisis del “valor de cambio” que luego es suspendido para realizar una determinación autónoma del “valor” (como objetivación del “trabajo” en cuanto “abstractamente humano”), después de esto se retoma y prosigue el análisis de la forma fenoménica del valor, es decir, del valor de cambio. Si para elucidar tal procedimiento aceptamos la pareja hegeliana de “esencia-fenómeno” es bastante acertada la observación de Rodolfo Banfi cuando señala que en dichas páginas Marx “se ocupaba de la esencia en función de la apariencia”. Y como afirma también Banfi, Marx en la primera sección de El Capital más que una “teoría del valor” expone una “fenomenología del valor de cambio” (pero sería más exacto, a mi parecer, decir simplemente “una fenomenología del valor”, ya que el “valor de cambio” o “forma de valor” es precisamente la forma fenoménica del valor mismo). ¿Pero por qué se da tal situación inicial? ¿Por qué se producen esas idas y venidas que hemos esbozado? Precisamente porque, como decíamos, forma y contenido no coinciden, no son lo mismo, como una vez más subraya Marx en las Glosas a Wagner, polemizando tanto contra Wagner como contra Rodbertus; entre las respectivas determinaciones subsiste una “hegeliana” diferencia. Y esto es precisamente lo que toda la economía clásica no advirtió, confundiendo “valor de cambio” con “valor”. La criticidad de la situación inicial, como óptimamente es esclarecida en las Glosas a Wagner, está toda en esta diferencia. Se trata, en efecto, de una diferencia de enorme importancia (también para nuestro tema, como veremos) porque la forma fenoménica, la Erscheinungsform (“valor de cambio”) no revela inmediatamente su propio “contenido”, aquello de lo que ella es Erscheinung (el “valor”), sino que por el contrario tiende a ocultarlo. De aquí las confusiones, que se producen. en las teorías económicas clásicas, denunciadas por Marx.
Se trata de una situación objetiva que se establece, nos dice Marx en las Glosas, allí “donde al menos una parte de los productos del trabajo, de los objetos de uso, funciona como 'mercancía”: es decir, desde los albores del cambio, o de tocias maneras mucho antes que la producción mercantil se desarrolle en el modo de producción capitalista. La “crítica de la economía política” devela lo que desde un comienzo estaba oculto. A nivel del modo de producción capitalista, el resultado de esa crítica será –resume Engels en Del socialismo utópico al socialismo científico– “poner al desnudo el carácter interno que permanecía todavía oculto: y ello mediante el “develamiento de la plusvalía” [“Enthüllung des Merhrwerts”]. Pero la relación de ocultamiento que la “crítica” pone en evidencia no es por esto abolida en la realidad. mientras el modo de producción sigue siendo el mismo. En el caso que examinamos aquí, la “forma fenoménica” del “valor” da lugar a lo que podemos designar como una “apariencia inevitable”; la apariencia por la cual las relaciones entre los hombres (en la producción y en el cambio), en cuanto están ligadas a cosas, aparecen como relaciones entre cosas. Es evidente, por lo tanto, que al menos en el caso que estamos considerando (caso que por otra parte es decisivo), no basta la “crítica de la ideología”, de las “quimeras idealistas”, para que los “hechos” se presenten en su nexo propio y “el mundo real” pueda coincidir inmediatamente con el modo en que se le presenta a cada uno. Apenas en un sector cualquiera de la economía se produce con vistas al cambio (es decir, apenas aparece la “mercancía”) se produce también aquella “ilusión” o “apariencia” objetiva, a nivel de las “formas fenoménicas”. Nos enfrentamos por consiguiente a una situación mucho más compleja que la esbozada por Engels en Ludwig Feuerbach.
Por otra parte, la mercancía no es solamente “mercancía”: es también una cosa [Ding] y precisamente un objeto de uso [Gebrauschsgegenstand] al que los economistas llaman “valor de uso”, denominación ésta que da lugar a muchos equívocos verbales. Si no tuviese dicho carácter no podría ser en modo alguno una “mercancía”. Los objetos de uso pueden no tener ninguna importancia económica, por ejemplo, el aire que respiramos. Pero en el caso de la “mercancía”, el objeto de uso vale como pura y simple objetivación de trabajo humano; más precisamente, ”como inversión de la misma fuerza humana de trabajo”. Tal “objetivación”no aparece en la “forma natural” de la cosa. Y sin embargo este “contenido”, como ya vimos, “es representado como carácter objetivo de la cosa” (quizás podría recordarse aquí la diferencia hegeliana entre “Ding” y “Sache”). Sigue permaneciendo no obstante después de la “crítica”
–después de la denuncia del “carácter de fetiche de la mercancía” y el develamiento de su “arcano”–, o mejor aún, emerge como resultado de ella, el hecho de que el trabajo humano social útil produce una esfera de la objetividad diferente de la natural, aunque esté edificada sobre ella. Es el mundo de las relaciones sociales, histórico-sociales, del que la economía constituye la base porque es la esfera en la cual el hombre sobrepasa por primera vez sus propias determinaciones naturales, es decir, se convierte en hombre, en individuo social. El análisis realizado sobre la mercancía es generalizado por Marx en las conclusiones de las Glosas a Wagner, de la siguiente manera:
“...el ‘valor’ de la mercancía no hace más que expresar en una forma históricamente progresiva lo que ya existía en todas las demás formas históricas de sociedad, aunque bajo otra forma, a saber: el carácter social del trabajo, en cuanto aplicación de la fuerza social de trabajo.”
Se trata de una esfera de la objetividad, producida por el trabajo humano, es decir, por la actividad práctica (sensible-inteligente; técnico-finalista) del hombre, que no tiene ya el mero carácter “materialista-sensualista” de la realidad de Feuerbach, aunque tampoco tiene el carácter “idealista” de la realidad de Hegel. Por eso Marx adopta la designación muy significativa de “sensiblesuprasensible”.
Esta expresión no es la designación de una bipolaridad, sino de una síntesis y en cierto modo (desde cierto aspecto), de una “síntesis a priori”. Pero su origen es histórico-genético, como cualquier determinación del “mundo del hombre” que se coloque por encima de las relaciones puramente animales, o las reabsorba en sí misma. En ella, el término “suprasensible” no designa nada de sobrenatural, o aunque más no sea de “extrafenoménico” (no obstante la “inevitable apariencia” de la que hemos hablado) porque la concepción marxiana ie la aparición fenoménica resulta aquí, al menos en un aspecto (que es, sin embargo, decisivo) similar a la hegeliana: es decir, opuesta de todas maneras a la de Kant. El fenómeno contiene en ambos casos una remisión a lo otro, a aquello de lo cual es fenómeno.
Pero en la visión kantiana este otro permanece como heterogéneo al fenómeno (es por ello incognoscible según la ley de éste, y directamente incognoscible por el hombre: la famosa cosa en sí, “nouménicamente” concebida) y la separación entre los dos campos así establecida es rígida e invalidable. En la visión hegeliana, en cambio, y en su utilización e interpretación materialista por parte de Marx, tal heterogeneidad no subsiste, y la diferencia-relación es penetrable en todas sus partes mediante el conocimiento cientííico. En la perspectiva final de Marx –cual es mencionada en el célebre páragrafo “El fetichismo de la mercancía y su secreto”– la diferencia misma, en lo que concierne a su raíz económico-social, pareciera poder ser abolida, y abolida por consiguiente la distancia entre sentido común y saber científico, con respecto a la realidad social en que se vive. En la sociedad comunista son suprimidas las condiciones de la ilusión inevitable que estaba conectada al “mundo de las mercancías”.
El término “suprasensible” en Marx designa simplemente el reflejo de la sociedad [Gesellschaftlichkeit] en la medida, en que ella está presente activamente en el producto del trabajo, es decir, como ya hemos visto, en el “carácter social del trabajo” en cuanto “inversión de trabajo social” (que no es para Marx, sin embargo, todo el carácter del trabajo: punto esencial también éste pero que no nos es posible analizar aquí).
No debemos olvidar, sin embargo, que todo lo que hemos ilustrado hasta aquí es relativo al aislamiento o abstracción de un punto de vista: del punto de vista de la “producción” aunque ella ha sido conectada con el “cambio” sin el cual no habría sido posible hablar de “mercancía”).. Pero Marx rehusa detenerse en tal aislamiento y, correlativamente, en el aislamiento de los puntos de vista de la circulación y del consumo. Rechaza el límite de una situación epistemológica que indica como característica de las teorías económicas criticadas por él. El punto de vista integrado o total que Marx propone con plena conciencia metodológica ya en la Introducción de 1857, modifica ulteriormente la perspectiva. La producción se realiza ccn vistas al consumo (en las distintas formas de éste), el cual constituye al mismo tiempo el momento ideal de ella –en cuanto es en cierto modo su causa final, o su necesaria determinante teleológica– y la realización última del producto de la producción. En esta realización terminal del producto, el producto mismo no sólo es consumido, gozado o utilizado, sino también destruido. Lo que interesa, respecto a las consideraciones precedentes, es que el producto, en tal realización extrema constituida por su destrucción en el consumo, está siempre presente en su forma sensible, o “forma natural”, como la llama Marx en contraposición a la “forma social”.
¿Pero qué significa “natural” en este uso de la palabra? No deja de tener importancia tratar de precisar el término; y con mayor razón aún si recordamos que las palabras “naturaleza”, “natural” no siempre tienen en el lenguaje de Marx un empleo unívoco. Esta “forma natural” de la cosa no tiene nada que ver con la que es objeto de las ciencias naturales modernas, aunque también ellas –como en su campo la economía política crítica– van más allá de las “formas” de las cosas, entendidas en dicho sentido “fenoménico-sensible”, y de algún modo “rompen” con las mismas. Cuando Marx habla de “forma natural” de las cosas él entiende la “forma” de la cosa en cuanto es “objeto de uso”, es decir, objeto que corresponde a las necesidades del hombre: de las cosas en cuanto son necesarias, útiles o agradables para su vida. Y esto significa que se habla de las cosas en su nexo con la praxis humana, individual y asociada. Desde este punto de vista, en el lenguaje de Marx es “forma natural” de la cosa también aquella que le es impresa por el trabajo del hombre.
Si el cuadro de conjunto aquí esbozado de la esfera objetual del mundo humano según Marx, es suficientemente exacto, se comprende entonces por qué, como decíamos al comienzo de este trabajo, en el marxismo originario (al igual que en Hegel) no existe en sentido estricto el problema del conocimiento. El hombre, en cuanto animal social, vive y actúa en el interior de formas fenoménicas producidas por su misma actividad (sensible -inteligente), orientada necesariamente ante todo a la producción y reproducción de la propia vida material. El problema que se presenta es el de la reducción científica de tales formas fenoménicas; vale decir, es el problema de la ciencia. El planteamiento de El Capital es la respuesta crítica a la exigencia de esa reducción referida a la economía política. Es una reducción, o reconducción, de lo aparente a lo no aparente, a través de la cual resultan explicados los modos de la apariencia misma y cuánto hay en ella de real y de irreal. Desde este punto de vista, y no desde el de un mero experimentalismo denominado galileano, es profunda la analogía con el procedimiento de las ciencias de la naturaleza desde el siglo XVII hasta hoy. La reducción producida por la “crítica de la economía política” marxiana, no menos que la exigencia expresada en ella, aborda sin embargo un campo decisivo para todas las ciencias del hombre, y es por lo tanto decisiva para cada una de ellas. Pero ello a condición, como es natural, de que el canon del materialismo histórico contenga aunque sea un átomo de verdad.
V
Pero a esta altura se impone el siguiente problema: ¿qué es la realidad que nosotros mismos representamos? ¿qué son los “hombres”? Marx acepta la crítica feuerbachiana de la ilusión especulativa, o sea de la ilusión de una filosofía “sin presupuestos” (o que pretenda partir de conceptos puros, o también sólo de sí misma). “El presupuesto de toda, historia humana es la existencia de individuos humanos vivientes”, se lee en La Ideología Alemana. Esto permanece como un punto firme, y presentará la ventaja de poder vincular el marxismo al evolucionismo biológico, manteniendo sin embargo la distinción neta entre el plano biológico y el plano histórico-social. Por otra parte, entre Marx y Feuerbach la distancia es radical Ella se expresa primeramente en la proposición: “la esencia humana... es, en su realidad, el conjunto de las relaciones sociales” (Tesis sobre Feuerbach, VI). A la luz del marxismo maduro esta afirmación debe ser interpretada como una proposición elíptica. Se resuelve de la siguiente manera: lo que Feuerbach trataba de construir especulativamente, malgré lui, como “esencial del hombre” (género, en oposición a individuo), debe ser sustituido por “el conjunto de las relaciones sociales” Qué son estas “relaciones sociales” [gesellschaftliche Verhaltnisse] es un nudo que Marx (1845) comienza ahora a desanudar. El punto de llegada es un “resultado general” que se convierte en “hilo conductor”, sea para el "materialismo histórico”, sea, indirectamente, para la “crítica de la economía política”.
“...en la producción social de su vida, los hombres contraen determinadas relaciones necesarias e independientes de su voluntad, relaciones de producción, etc.
Es preciso tener en cuenta que las “relaciones de producción” no son todas las “relaciones sociales”, sino una parte de ellas, las que están en su base [‘reale Basis’]. Por otra parte, la proposición de 1845 no se refería al individuo de otra manera que el “género” de Feuerbach se refiere al individuo, es decir, por oposición. Sin embargo, con una diferencia radical: el “género” de Feuerbach es al mismo tiempo interno al individuo; es concebido “como una generalidad interna, muda, que une de un modo natural a los muchos individuos”, dice Marx (y aquí no interesa si esta crítica de Marx a Feuerbach de la manera en que es expresada, es completamente justa). Los “hombres” de Marx, en cambio, se encuentran siempre dentro de las “relaciones sociales”, aunque éstas sean creadas por ellos (por su trabajo: el hombre hace su propia historia, etc.). Los individuos están inicialmente condicionados y determinados por tales relaciones antes de poderlas modificar, eventualmente y dentro de ciertas condiciones. En otras palabras: nunca encontramos a los individuos sueltos. Los encontramos o prisioneros en sus determinaciones naturales o condicionado por las “relaciones sociales”, o en el entrelazamiento, que contiene necesariamente una componente genética, de la primera con la segunda situación. Sin embargo, esto no significa que el individuo sea disuelto en sus “relaciones sociales”. Todo lo contrario: esto significa que el problema del individuo humano no es simple y puede ser planteado correctamente sólo a partir de la situación indicada. Es por ello falsa una contraposición de principio –tal como fue la mantenida en el período dogmático, y que todavía hoy se niega a morir– entre el marxismo y el psicoanálisis. De tal manera se confundía una posición de principio con la justa exigencia de eliminar del psicoanálisis las incrustaciones no científicas, ideológicas, de clase. Y esto vale también para todas las ciencias del hombre
¿Pero que son los “hombres”, los “individuos humanos”, para el marxismo? (Contrariamente a cuanto se cree, Marx otorgaba muchísima importancia al individuo y la palabra aparece continuamente en sus escritos). Un esbozo de respuesta puede ser la siguiente: por un lado los hombres deben ser considerados como “individuos desnudos” (adopto la expresión que se encuentra, por ejemplo en Russell. aplicándola a los hombres. [Y no es necesario pensar en las “almas desnudas” de Platón!). En este sentido ellos son presentados por Marx como portadores [Trager] de las relaciones sociales, y ante todo de las relaciones de producción. Se trata evidentemente de una abstracción, pero de una abstracción necesaria, científica, que es legitimada por el hecho de que de cualquier manera los “individuos humanos vivientes” existen efectivamente. Con la palabra “individuos desnudos” quiero significar la abstracción más general correspondiente a esa realidad, vale decir, el hecho de que todo hombre, en cualquiera relación en que se encuentre, debe ser al menos o también contabilizado prácticamente como uno.
Es por lo tanto una noción muy simple y evidente; pero ella requiere que sea tratada con cuidado. Por una parte la noción es potentísima con respecto a las “ciencias humanas”, respecto a las cuales, es tan funcional como respecto a las ciencias biológicas, aunque dentro de una distinta relación de funcionalidad. Dicha noción nos explica (del lado formal, naturalmente) por qué un recién nacido de una tribu “salvaje”, transportado y educado en una comunidad europea o china, por ejemplo, se puede convertir en un ciudadano normal de dicha comunidad absorbiendo su civilización, cosa que no ocurre con un simio o un elefante por más domesticables que sean. Y lo mismo puede decirse del hijo de un proletario, adoptado por un capitalista, que se convierte en miembro del grupo social en el que ha entrado a formar parte. El “individuo desnudo”, aun siendo desnudo –vale decir, aún considerado fuera de las relaciones en las que es susceptible de estar inmerso–, es siempre miembro de una clase en el sentido lógico de la palabra: en nuestro caso, de la clase de los “hombres”. Por otra parte, sin embargo, la abstracción “individuos humanos desnudos”, en su extrema generalidad, nos deja por completo con las manos vacias si se pretende poder pasar de ella a la sociedad humana, es decir, a la reconstrucción conceptual de esta última en cualquiera de sus formas históricas. Del “individuo desnudo”no es posible ningún pasaje formal al individuo social.63 Tal imposibilidad evidencia que el sujeto originaria y real de la consideración no puede ser sino la misma sociedad tal como ella, en sus formas primitivas, se fué constituyendo en la evolución del animal al hombre. Y esto es objeto de ciencias especiales. Pero precisamente en la medida en que los hombres se relacionan entre sí siempre como
63 Sin embargo, lo inverso no es cierto, puesto que de otra manera el presente discurso sería imposible o ilusorio. Es la realidad de fondo indicada por esa abstracción la que contiene en cambio, según mi opinión, la condición de la posibilidad de emergencia del individuo, precisamente en la medida en que la sociedad se hace históricamente más compleja, A este respecto, Marx escribía en la Introducción de 1857: “Solamente al llegar el siglo XVIII, en la ‘sociedad burguesa’, las diferentes formas de conexión social aparecen ante el individuo como un simple medio para lograr sus fines personales, como una necesidad exterior. Pero la época que genera esta concepción, esta idea del individuo aislado, es precisamente aquella en la cual las relaciones sociales (generales según este punto de vista) han alcanzado el más alto grado de desarrollo. El hombre es, en el sentido más literal del término, un zoon politikon, no solamente un animal social, sino un animal que solo puede individualizarse ers la sociedad”. Quizás pueda parecer que aquí se trata de un conjunto de circunstancias referidas sobre todo al “burgués” y en especial a su ideología, más que a su situación real. Pero si se considera a la clase opuesta, en las condiciones originarias del sistema mercantil inherente al “proceso que precede a la formación de la relación capitalista” (es decir, la “acumulación originaria”) y precisamente en la figura del “trabajador libre”, la emergencia histórica de tal desnudez del individuo se presenta en toda su pureza (es decir, sin halos ideológicos). Se trata del trabajador en cuanto dispone solamente de su propia fuerza de trabajo. Marx se ocupa de esta cuestión en los Grundrisse der Kritik der Politischen Oekonomie (Berlín, 1953, p. 374). “La aparición del individuo como trabajador, despojado [Nacktheit] de todas las cualidades excepto de ésta, es en sí misma un producto de la historia” (cf. Godelier-Marx-Engels, El modo de producción asiático, p. 4).
individuos, además de como grupos (familias, clases, tribus, naciones, asociaciones, partidos, etc.), la abstracción “individuos desnudos” está en la práctica siempre presente en ellos, aunque más no sea de modo potencial. Y en la civilización ella actúa institucionalmente como partida de nacimiento, bautismo, anuario o registro profesional, etc., donde a los individuos se les asignan nombres propios porque cada uno de ellos cuenta como uno.
En tal forma práctica la abstracción “individuos desnudos” está presente en la llamada “conciencia social”. Pero a esta última no se le presenta la imposibilidad del pasaje arriba mencionado, puesto que dicha imposibilidad debe ser descubierta crítica o científicamente. Antes de ese descubrimiento, que es por otra parte la obra del marxismo (materialismo histórico), esa imposibilidad permanece oculta. Esto es muy importante porque tal ocultamiento es la condición formal de la posibilidad de la ideología, como contrapuesta a la ciencia, en lo referente al hombre. Aquí está el secreto último, es decir el secreto de la posibilidad de las más diversas construcciones ideológicas en torno al hombre, que de algún modo están todas emparentadas entre sí. Su diversidad depende, en última instancia, del modo social e históricamente condicionado en que los “desnudos individuos” son revestidos de atributos, y correlaciones de atributos más o menos imaginarios. Aquí está el secreto último de las ideologías religiosas (vg., los hombres como “hijos de Dios”), de las humanistas (que en nuestra tradición occidental pueden distinguirse en: a) humanismo de la antigüedad clásica; b) humanismo burgués desde los “humanistas” a Feuerbach; c) humanismo de los socialistas y comunistas “utópicos”) y hasta de las cientificistas (vg. el tristemente celebre darwinismo social o sus equivalentes actuales). En Marx la expresión “individuos desnudos” está presente de hecho todas las veces que adopta la palabra “hombres” después que ha destruido el mito ideológico de la “esencia del hombre”. Para él dicha expresión no tiene un valor de por sí sino en función de las relaciones sociales, en primer lugar de las “relaciones de producción”; sólo en esta función tiene un valor científico. Y sólo a partir de ella se puede comenzar a reconstruir de manera no ideológica qué es el individuo humano concreto. Marx pudo poner al descubierto el secreto del “valor” o descubrir la “plusvalía”, por ejemplo, cuando encontró la diferencia entre “valor” y “fuerza de trabajo”, diferencia ésta decisiva para la “crítica de la economía política”. No es el trabajo lo que pasa a ser una mercancía, no es el trabajo lo que es vendido en el “mercado de trabajo”, sino la “fuerza de trabajo” No es el trabajo –creador de valor– lo que tiene “valor”, sino la “fuerza de trabajo”. Pero la “fuerza de trabajo” es también una abstracción, o sea una categoría científica. No es ella la que va al mercado de trabajo, nos recuerda precisamente Marx, sino un hombre de carne y hueso: el trabajador, quien tiene frente a sí otro hombre de carne y hueso, el capitalista, portador en sentido inverso de la misma relación de producción de la que es portador el obrero. Pero de carne y hueso yo percibo (sensualistamente) a individuos gruesos o delgados, rubios o morochos, longilíneos o brevilíneos, y no a capitalistas y obreros. El individuo humano en su realidad (aquella realidad histórico-social por la cual “el hombre es el mundo del hombre”) es por consiguiente ”sensible-suprasensible”, correlativamente a cuanto ocurre con las “cosas” en la medida en que más allá de su “forma natural”, ellas son productos útiles del trabajo social, En otras palabras: en cuanto históríco-social el sujeto humano tiene los mismos caracteres (porque los produce) que la esfera objetual de sus “valores de uso”, cuando ellos no son simples “objetos naturales” sino otras tantas objetivaciones de su trabajo social o están englobados en su esfera. Es importante tener en claro que ésta no constituye de manera alguna la solución del problema del individuo, de aquella realidad que nosotros mismos somos, sino únicamente el punto de partida para plantearnos el problema. Todo aquello que se pueda rastrear e investigar científicamente a propósito de los “hombres” (individuos sociales), sea en dirección de su herencia y realidad biológica y psíquica, o de su vida histórica (material y “espiritual”), todas las invariantes y las variables y las “jerarquías de funciones” que en cualquier campo de investigación (antropológico, sociológico, lingüístico, etc.) puedan así emerger, tienen como punto de referencia obligatorio esta relación funcional entre individuos y formación económico-social específica o dada. Vale decir que en la práctica tienen como punto de partida la formación social (o las formaciones sociales, en la época de presencia simultánea de sociedades capitalistas y socialistas), en la que nosotros estamos viviendo.
VI
De la exposición hecha hasta aquí estuvo ausente la dialéctica. Ello deriva simplemente del hecho de que he tratado de ilustrar los problemas en su punto de origen o en su punto de encuentro, no en su desarrollo. La cuestión de la dialéctica en el marxismo es una cuestión difícil. Y se vuelve aún más complicada por las afirmaciones hechas por el propio Marx en relación a su método, en el centro de las cuales está lo que dice de su “método dialéctico” en el famoso Postfacio a la segunda edición (1873) del tomo I de El Capital. Marx pone a su “método dialéctico” en una doble relación con el de Hegel: histórica y sistemática. Desde el punto de vista histórico se proclama “discípulo de aquel gran pensador”, desde el punto de vista sistemático dice que “en cuanto a su fundamento” su método “no sólo es... distinto del método de Hegel, sino que es, en todo y por todo, la antítesis de él”. Y explica:
“Para Hegel, el proceso del pensamiento, al que él convierte incluso, bajo el nombre de idea, en sujeto con vida propia, es el demiurgo de lo real, y esto es simple forma externa en que toma cuerpo. Para mí lo ideal no es, por el contrario, más que lo material traducido y traspuesto a la cabeza del hombre.”
En esta afirmación encontramos la característica bipolaridad del marxismo entre “material” e “ideal”; de aquí proviene la no menos característica contraposición entre materialismo e idealismo. No nos sirve de mucho en este punto ilustrar el contenido de los dos
que dicho trabajo es la actividad que adapta la materia a tal o cual fin, se sobreentiende que la materia es necesaria. La proporción entre el trabajo y la materia es muy distinta en los diferentes valores de uso pero el valor de uso contiene siempre un substractum natural. Actividad útil que busca la apropiación de los productos de la naturaleza bajo una u otra forma, el trabajo es la natural condición de Ja existencia humana, la condición independiente de todas las formas sociales, del intercambio material entre el hombre y la naturaleza” (cf. Crítica de la economía política, edic. cit., p. 62. El subrayado es de C. L.).
términos, que de ninguna manera es simple. Aquí es suficiente expresar que sería totalmente errado interpretar el marxismo, aunque esto ocurra con frecuencia, como si la noción de “realidad” se agotara o resolviera solamente en el primer término. Lo que hemos dicho sobre las “formas fenoménicas” es suficiente para que tengamos la intuición de que no puede ser así. Lo esencial en el marxismo es el reconocimiento de que aquello que se entiende con el primer término precede a lo que se entiende con el segundo término: precedencia tanto en sentido genético-histórico como en sentido sistemático. Esta precedencia forma parte del “ordo rerum” puesto en evidencia primeramente por la crítica de la ideología y de la filosofía especulativa, vale decir, de la filosofía que tiene sus raíces, en la ilusión de construirse “sin presupuestos”. Tal crítica, que evidentemente no puede considerarse realizada de una vez para siempre puesto que constituye una exigencia permanente, es la condición de posibilidad (necesaria más no suficiente, como resulta de las páginas precedentes) para que un campo cualquiera de investigación pueda ser liberado de las deformaciones e intrusiones ideológicas, es decir, para que pueda constituirse como ámbito científico.
En cuanto a la transferencia y a la traducción de lo “material” en lo “ideal” (operación que se realiza en la cabeza de los hombres), de la que habla Marx, se trata también aquí de un proceso complejo. Marx se había ocupado de él explícitamente al menos una vez, en la Introducción de 1857; pero no en su aspecto psicológico, que parece no le interesaba, sino en su aspecto epistemológico. Sin embargo, es esta una cuestión que no podemos analizar aquí. Es suficiente recordar que dicho proceso es concebido por Marx, como un movimiento activo de “apropiación” por parte del hombre, y no como un reflejo mecánico. La metáfora del “re-espejamiento”, o “reflejo”, es válida sólo para indicar los resultados parciales o de conjunto del proceso mismo y no los modos de su dinamismo. En última instancia, ella sirve solamente para no confundirse con el idealismo precisamente allí donde se describe un proceso ideal.
Cuanto hemos dicho caracteriza de modo esencial al marxismo con respecto al hegelismo. Pero en lo que hace a la cuestión de la “dialéctica” es preciso reconocer que no nos ayuda mucho. Marx afirma que la inversión operada por él (es decir, la inversión de dirección respecto a Hegel en el nexo entre lo “ideal" y lo “material”) libera a la dialéctica hegeliana de la “corteza mística” que constituía su “lado mistificatorio” y, como dice Engels, la convertía en un instrumento “inservible”. Dicha inversión hace posible, en cambio, descubrir su “núcleo racional” En relación a esto Marx afirma muy enérgicamente, en una época en la que Hegel era tratado como “perro muerto”:68
“El hecho de que la dialéctica sufra en manos de Hegel una mistificación, no obsta para que este filósofo fuese el primero que supo exponer de un modo amplio y consciente sus formas generales de movimiento”.
Sobre la base de estas observaciones no sorprende que Marx pueda afirmar, prácticamente al mismo tiempo, que su “método dialéctico” es “directamente opuesto” al hegeliano, o que es el mismo, pero aplicado de “manera crítica”
Todas estas afirmaciones de Marx se han convertido en una verdadera “crux” de la exégesis marxista. En la práctica las marxistas de hoy se dividen en dos tendencias de fondo: las que aceptan, en lo que se refiere a la dialéctica, la filiación de Marx a Hegel, y aquellas que subrayan radicalmente su separación. Es imposible escapar de las dificultades con los medios filológicos ni tampoco con un método de interpretación solamente historicista. Una vez más es preciso partir desde el interior de la problemática marxiana. Como es natural se podría partir de las no muy específicas elaboraciones metodológicas de Marx (que se reducen prácticamente a la Introducción de 1857 y a escasas observaciones, sobre todo en el epistolario) o de las generalizaciones realizadas por Engels. Creo que ésta seria también una vía equivocada y que debemos partir de la aplicación efectiva de la dialéctica en Marx. O más exactamente (ya que la palabra aplicación presupone una dialéctica ya elaborada en abstracto, cosa que Marx no hizo), debemos partir de su investigación efectiva para indagar si en ella se encuentra verdaderamente una dialéctica y cuál es, o, eventualmente, cuáles dialécticas pueden encontrarse. Aquí no es posible un examen completo de la cuestión. Escogeremos por ello dos puntos decisivos y que caracterizan al problema. No podremos ir mucho más allá de una investigación sobre la formulación del problema, pero será suficiente a los fines presentes.
Pero ¿por qué “dos puntos”? Aquí es necesaria una breve consideración preliminar que responda a la siguiente pregunta: ¿qué ha producido efectivamente el pensamiento de los clásicos del marxismo? La respuesta de conjunto me parece que puede ser ésta: ha evidenciado cuatro territorios principales de la investigación, diferentes entre sí, aunque comunicados a través de modos de coherencia que podrán ser determinados y controlados sólo partiendo de la efectiva delimitación del ámbito de cada territorio (y no en general y unívocamente).
A esto corresponde el siguiente cuadro:
a) la doctrina conocida bajo el nombre de “materialismo histórico”;
b) una nueva ciencia de la economía, fundada críticamente, y puesta en práctica como análisis del ordenamiento burgués o capitalista;
c) una ciencia del socialismo (o “socialismo científico”) “entendida no como exposición de un “sistema socialista” (esta posibilidad es por el contrario rechazada: vale decir, es rechazada la ilusión de los socialistas y comunistas “utópicos”), sino como ciencia del pasaje del capitalismo al socialismo, en dirección hacia el comunismo. La podemos llamar también ciencia de la revolución y fue desarreglada considerablemente por Lenin. Respecto a los dos puntos primeros, se configura como una ciencia aplicada, del mismo modo que, mutatis mutandi, es una ciencia aplicada la “ciencia de las construcciones” que se enseña a los estudiantes de ingeniería;
d) una generalización de la dialéctica a las ciencias de lanaturaleza modernas, obra casi exclusiva de Engels, que más tarde fue llamada por algunos y se designa todavía hoy como “materialismo dialéctico”.
Es la única parte del marxismo que ha entrado profundamente en crisis ya desde la época de Lenin. Personalmente, considero que dicha generalización no puede ser conservada en la forma dada por Engels. Esto significa que en mi opinión la problemática debe ser colocada sobre bases muy diferentes. Al margen de algunas observaciones y sugestiones, probablemente lo que se mantiene de todos modos en la elaboración de Engels es un ideal y algunas directivas de “ciencia unificada”, a partir de los contenidos de las ciencias, y no solamente, de manera idealista, a partir de sus lenguajes.
A partir de lo arriba esbozado escogemos dos puntos para nuestro sondeo sobre la dialéctica en el marxismo, correspondientes en el planteo anterior al punto a) y al punto b). Las razones por las cuales se excluye el punto d son evidentes. El tercer sector (“ciencia del socialismo” o de la revolución), que es muy interesante a los fines de la dialéctica, es aquí excluido no solamente por razones de espacio sino también porque se trata de todos modos de una “ciencia aplicada” y supone, al menos parcialmente, el examen de los dos puntos primeros.
ha penetrado en la tradición marxista relativamente tarde, en circunstancias que no es posible evocar aquí. De todas maneras, solamente con Stalin asumió un significado sistemático bien conocido. La cuestión de un empleo renovado de la expresión “materialismo dialéctico” debe ser replanteada. Esta no es una cuestión verbal sino que está ligada a la pregunta, bastante decisiva, de si se puede hablar, y en qué sentido, de una filosofía marxista.
VII
El “materialismo histórico” o “concepción materialista de la historia” no es propiamente una “ciencia”, sino una doctrina crítico-científica y más precisamente un canon o criterio de interpretación científica de la sociedad humana y de la historia, fundado de manera crítica. Este canon o criterio es expuesto con gran lucidez por Marx en algunas páginas merecidamente famosas del ya citado prefacio a la Contribución a la crítica de la economía política (1859). Aquí consideramos solamente el aspecto que concierne a nuestro problema, es decir, al problema de la dialéctica.
El motivo, de la atención de Marx es en primer lugar la sociedad en su conjunto, que hace corresponder a lo que Hegel llama “siguiendo el precedente de los ingleses y franceses del siglo XVIII, bajo el nombre de ‘sociedad civil’”. La hipótesis de Marx es la de que “la anatomía de la sociedad civil hay que buscarla en la economía política”. El significado conceptual de la metáfora “anatomía” resulta totalmente claro en el contexto. Consiste en el aislamiento del “proceso social de la producción”. Tal aislamiento pone en evidencia una totalidad dinámica, asumida como “reale Basis” o mejor como base “material” de la sociedad. En ella encontramos la dialéctica entre fuerzas productivas [Produktivkraftel] y relaciones de producción [Produktionsverhaltnisse]. A primera vista es una dialéctica extremadamente simple, lineal. Las relaciones de producción (relaciones entre hombres, de la que los hombres son portadores, por las que los hombres están condicionados) nacen de las fuerzas productivas (de las cuales la primaria es el hombre mismo, o su fuerza de trabajo, aplicada a la naturaleza) como sus formas de desarrollo [Entwicklungsformen]. Con el desarrollo posterior de las fuerzas productivas las relaciones de producción se convierten en trabas suyas. Nace una “contradicción”, a la que corresponde en la realidad histórica “una época de revolución social” que producirá una nueva “estructura económica de la sociedad”. Como un organismo viviente que se reviste de una cierta epidermis dentro de la cual continúa creciendo, hasta una crisis de desarrollo en la que se despoja de ella para revestirse de una nueva piel. En verdad, tal dialéctica no es tan simplista como aquí se la ha representado, porque en todo el curso de la civilización el desarrollo de las fuerzas productivas se produce en sociedades en las cuales ha dado lugar, a través de la división del trabajo, a la aparición de grupos sociales diversos (capas, clases, etc.), entre los cuales se establecen relaciones también antagónicas, de conflicto latente o abierto. Y son las relaciones antagónicas de clase las portadoras de las crisis revolucionarias. Esa dialéctica constituye por ello un criterio o canon de interpretación; no es una clave universal que abra, de manera apriorista, las puertas secretas de la historia, La historia es estudiada también desde el punto de vista económico-social y de las mutaciones que a través de él se presentan en todas sus particularidades y en sus distintas contradicciones. Pero, a los efectos de la presente consideración, ello no cambia mucho. La conclusión es ésta: tenemos una dialéctica de “contradicciones” (una vez aceptada esta terminología hegeliana, heredada por el marxismo) que ninguna “razón” [Vernunft] puede conciliar. Ellas representan fuerzas y situaciones “reales” y son suprimidas sólo cuando en el conflicto la victoria de una de estas fuerzas reales suprima las bases o fuentes de la contradicción misma. Marcada así la diferencia radical con Hegel, los elementos de semejanza con el “método hegeliano” tienen un interés puramente históricocultural, es decir, secundario.
Este canon del materialismo histórico tiene un gran poder interpretativo, y ha tenido gran influencia, frecuentemente no confesada, también fuera del marxismo. El núcleo dialéctico aquí expuesto no puede agotar sin embargo al canon. El acontecimiento histórico de conjunto (hablando sincrónicamente) es un entrelazamiento de distintas especificidades, como indica el mismo canon. En concreto no existe una sociedad puramente económica. Las relaciones de producción no constituyen toda la sociedad, sino únicamente su “anatomía” o su “esqueleto”. La estructura económica no constituye toda la estructura de la sociedad. Allí existen otras “formas” que constituyen la llamada superestructura. El organismo social es siempre la totalidad estructurada y sincrónica de su conjunto. El carácter de “reale Basis” de la “estructura económica” indica sólo el versus que torna inteligible la estructura de conjunto. El dinamismo de esta última depende ante todo y fundamentalmente del dinamismo de la estructura económica, pero no se agota en el mismo. Ella admite también otras fuentes y diversos componentes. El esquema dialéctico primitivo, relativamente simple, deberá posteriormente integrarse y complicarse.
anotación de carácter programático que se lee pocas líneas antes de la interrupción de la Introducción de 1857: “Dialéctica de los conceptos de fuerza productiva (medios de producción) y de relaciones de producción –una dialéctica cuyos límites hay que definir y que no suprime las diferencias reales” (edic. cit., p. 63). En este párrafo debe ser considerada en primer lugar la oposición entre el sustantivo “conceptos” (referido a la fuerza productiva y a las relaciones de producción) y el adjetivo “real” (referido a su “diferencia”; en una dialéctica precisamente real y no sólo conceptual). De acuerdo a lo que he venido desarrollando er, el texto, en este párrafo de Marx es muy importante, en cambio, el acento puesto sobre los límites de la dialéctica en cuestión, propia de la estructura económica en cuanto tal.
Marx no afronto explícitamente el problema, salvo en su aspecto macroscópico y catastrófico, por así decirlo, esto es en relación a las revoluciones sociales:
“Al cambiar la base económica, se revoluciona más o menos rápidamente, toda la inmensa superestructura erigida sobre ella”.
El marxismo posterior a partir de Engels (post mortern de Marx), se limitó a hablar de acción recíproca entre las partes del sistema social, y de determinación “en última instancia” por la “economía”. La primera indicación es probablemente justa, pero es también totalmente genérica y superficial; la segunda, además de ser ambigua, no expresa una solución, sino en el mejor de los casos aquello cuyos modos deben ser esclarecidos, o sea, expresa el objeto mismo del problema. La dificultad había sido entrevista muy bien por Marx en ese texto fundamental que es la Introducción de 1857, justamente en la sección en la que queda interrumpido. No es precisamente la “acción recíproca” lo que preocupa a Marx, sino un problema más profundo: lo que él llama el “desarrollo desigual de la producción material” respecto al desarrollo de otras actividades humanas.
Le preocupa la eventual “desproporción (ejemplificable por la historia) entre los diferentes planos del edificio social”, y en particular respecto a la “base económica”. Se trata de su posible “desarrollo desigual”, que pone en cuestión hasta la noción de progreso, excluyendo su acepción común (es decir, tal como es concebido “de la manera abstracta habitual”). Es un nudo de problemas de enorme importancia que Marx sólo comienza a indagar a propósito del arte y de la validez permanente de los productos artísticos, o también a propósito de la transferencia de los sistemas jurídicos. Es ésta una cuestión que aparece con frecuencia en los fundadores del marxismo en relación sobre todo al derecho privado romano, adoptado por el moderno sistema social burgués. Se trata en general del problema de la herencia histórica y cultural, a través de la sucesión de las distintas formaciones sociales, y del problema conjunto que podemos llamar de la “permanencia y transmisión de los valores”. El método marxista nos hace comprender inmediatamente que no existe una solución unívoca para todos los planos de la “superestructura”. No estamos todavía en condiciones de decir nada más allá de esto. El canon del “materialismo histórico”, no obstante su fuerza, es en la actualidad algo incompleto, y su mismo núcleo dialéctico está aún en espera de integración. El marxista que no esté totalmente privado de aquel sentido vivo y agudo de los problemas que Marx poseía en medida excepcional, es decir, el marxista no dogmático, no puede por cierto desesperarse por lo que resta todavía por hacer en el nivel más profundo de la doctrina.
VIII
Antes de la redacción definitiva el primer volumen de El Capital, Marx releyó una vez más la Lógica de Hegel. Y en el Postfacio a la segunda edición (1873) afirma haber “coqueteado” [Kokettiert] en el capítulo sobre la teoría del valor “con su lenguaje peculiar”. ¿Se trata solamente de una circunstancia literaria? La dialéctica de Hegel no es la simple y lineal dialéctica de tesis, antítesis y síntesis, que pertenece sobre todo a Fichte. La dialéctica de Hegel, en su núcleo más típico, es la dialéctica de la diferencia que se agudiza en oposiciones que se agudizan en “contradicciones”. Hegel, sin embargo, no se detiene en la diferencia como límite extremo propuesto por la reflexión metodológica, aunque ella permanezca como el punto de partida de cada uno de sus procederes. Ella presupone para él (característicamente) la escisión de una unidad simple todavía no desarrollada. En efecto, es esencial para Hegel que los “lados” de la diferencia, que se va desplegando, expresen siempre y en cada momento, aunque sea de manera inadecuada, no sólo la propia determinación provisoria con referencia a sí y con referencia al otro, sino el movimiento del entero, que nace de la propia diferencia.
Ahora bien, también la mercancía era para Marx, como vimos, lo simple: simple como forma y simple como concretum. En el parágrafo “El método de la economía política” de la introducción de 1857, Marx distingue sin embargo dos concretos. El concretum en la realidad, y el concretum en la mente. El segundo es al principio una confusa representación del primero. Mediante el análisis abstrayente la investigación se procura los materiales para reconstruir científicamente el modelo del concretum real. Si la reconstrucción –precisa Marx en el citado Postfacio– es feliz, obtenemos el reflejo científico de la “vida del material” [des Lebens des Stoffs]. Y eso es lo que quiere ser El Capital respecto a la realidad del modo de producción capitalista. Evidentemente, a los “momentos” del modelo deben corresponder por lo tanto los aspectos de la realidad, lo que no puede ser probado sino a través de la correspondencia con los hechos. Por este medio los hechos son incluidos en el modelo y así interpretados. Pero las partes del modelo que se presentan como formas determinadas (y por consiguiente, también como determinadas unidades conceptuales, o mejor, unidades semánticas), no por ello representan o expresan necesariamente un únicum en lo real, como la vieja lógica lo supo siempre a propósito del “concepto”.
Veamos por consiguiente el comienzo de El Capital. Aquí encontramos al valor en su forma fenoménica exhibida por el mundo de las mercancías: el valor de cambio. “Esta forma se escinde frente al análisis inmediatamente en dos: la forma de valor relativa y la forma de equivalente” Si cambio 20 varas de lienzo por una levita, me enfrento a una situación en la cual “el lienzo expresa su valor en la levita; la levita sirve de material para esta expresión de valor”. A partir de esta primera escisión de un simple en dos “lados” que permanecen ligados entre sí en un nexo de polaridad (dice Marx bastante hegelianamente), es posible todo el desarrollo sucesivo de las formas mediante el cual es construido el modelo del capital. Dicha escisión, como es evidente por el ejemplo utilizado, ilustra de manera efectiva el sentido de un acto real; el intercambio de mercancías hasta en su forma más elemental. Pero precisamente la referencia, al acto real del cambio pone en evidencia la condición real por la cual los dos aspectos en los que el valor de cambio se ha escindido poseen epistemológicamente un significado. Tal condición es la existencia de dos mercancías de naturaleza y de cualidades diferentes, en posesión de dos personas distintas. Nadie cambia veinte metros de tela por veinte metros de la misma tela. Lo que Marx llama la “relación social entre mercancía y mercancía” es tal en cuanto en ella, mediante esa diversidad, las mercancías “no desempeñan el mismo papel”: precisamente el de “valor relativo” y el de “equivalente”. En términos modernos esto significa que se ha establecido entre ellas una relación asimétrica. El acto del cambio implica dos relaciones asimétricas la una inversa respecto de la otra. El análisis de Marx puede ser esclarecido fácilmente mediante el uso de la lógica de las relaciones. Es el versus y una “diferencia de sentido” lo que domina el acto del cambio. El supone la dualidad real de dos individuos humanos y al mismo tiempo de dos especies de mercancías.
Esta dualidad de ningún modo puede ser interpretada como la escisión de un simple. ¿Pero es así destruida la dialéctica? De ningún modo; sólo que ella es evidenciada de manera no verbalista. Se sigue manteniendo la dialecticidad de la ligazón, que no consiste en las implicaciones de dos relaciones asimétricas recíprocamente inversas (de otro modo todas las relaciones asimétricas serían eo ipso dialécticas), sino en el hecho de que según el ángulo visual en que me coloco una asume un papel activo, forma de valor relativa, y la otra el papel pasivo, forma de equivalente, y viceversa. Repetimos, la escisión de la forma simple “valor de cambio” expresa el significado de un acto real, pero este acto real presupone una doble dualidad real: la de los individuos y la de dos especies de mercancías. En lo que se refiere al primer aspecto, la dialéctica marxiana es idéntica a la de Hegel, en lo que hace al segundo se diferencia de ella radicalmente. Como es natural la intervención del segundo aspecto es decisiva. El primer aspecto emerge analíticamente en el plano epistemológico, pero este plano tiene significado no en sí sino únicamente en cuanto es referible, y referido, a lo que es evidenciado empíricamente en el plano de los condicionamientos reales.
He tenido que limitarme a una ilustración muy parcial y elemental; sin embargo, es suficiente para sugerir una diferencia que creo que tienen una gran importancia. El modo hegeliano de concebir la dialéctica, como dialéctica de una unidad que se escinde, diversifica, opone, multiplica y enriquece, para luego reunificarse y concilarse en la autoconciencia, o mejor en el saber absoluto –poniéndose como exhaustiva de lo real y de todo posible grado de la conciencia de él–, produce la visión de un finalismo inmanente en el mundo. He aquí por qué el proceso es presentado necesariamente por Hegel como proceso de la Idea, o de su realización. La Idea está en el comienzo porque representa la fuerza motriz finalista del propio proceso; y es también la verdad objetiva (idealismo objetivo absoluto) de cada uno de sus momentos. Pero esos momentos a su vez la expresan con mayor o menor adecuación o grado de realidad. Este es, en definitiva, el “velo místico” de la dialéctica hegeliana. El segundo de la subversión marxiana es su laceración, vale decir, la liquidación de un finalismo total. Sólo a partir de esta liquidación, que evidentemente se pone en práctica en los ejemplos arriba analizados, puede comprenderse lo que Marx entendía por “núcleo racional”. Pero como se vio en el caso de la categoría de “consumo”, como categoría económico-social, sería un error creer que el finalismo que pueda surgir en el mundo, en sectores de la realidad, se reduzca según Marx simplemente al finalismo consciente del obrar subjetivo. También su problema es por lo tanto mucho más complejo.
FIN

