Libro N° 15432. Cómo Actuaban Los Bolcheviques En La Clandestinidad. L. Krasin, A. Yenukidze y Otros
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CÓMO ACTUABAN LOS BOLCHEVIQUES EN LA CLANDESTINIDAD
L. Krasin, A. Yenukidze y
Otros
COMO ACTUABAN
LOS BOLCHEVIQUES
EN LA CLANDESTINIDAD
Libro 305
Imagen de tapa: edición digital de la 1ra. edición en castellano (1932)
Colección
SOCIALISMO y LIBERTAD
V. I. Lenin, N. Krupskaya , L. Krasin, A. Yenukidze, V. N. Sokolov, S. Obolenskaya y Otros
La red mundial de los hijos de la revolución social
Esquema de la imprenta del Comité del Cáucaso del POSDR que funcionó entre 1903 y 1905
CÓMO ACTUABAN LOS BOLCHEVIQUES EN LA CLANDESTINIDAD
L. Krasin, A. Yenukidze y Otros
* Advertencia preliminar (Andreu Nin, 1932)
* La Técnica del Partido Bolchevique (L. B. Krasin)
* Historia de la organización y el funcionamiento de las imprentas clandestinas de los bolcheviques en el Cáucaso
(1900-1906) (A. Yenukidze)
* La labor de la Oficina Técnica Central (A. I. Golubkov) * Los Profesionales (V. N. Sokolov)
* Una página de la historia de la actuación clandestina (V. N. Zalejski)
* La Técnica del Comité Central en el Norte (D. Guershanovich)
* La imprenta del Comité de Petersburgo del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia en 1903 (E. Steiman)
* La imprenta clandestina del Órgano Central del Partido, El
Obrero, en Moscú (V. I. Bogomólov)
* Recuerdos de un cajista (A. Dobrojótov)
* El transporte de la literatura clandestina. Recuerdos de un militante (V. I. Bogomólov)
* Historia de una imprenta clandestina (D. Guershanovich)
LENIN TEÓRICO Y PRACTICO DE LA MILITANCIA ILEGAL
B. Vasiliev, M. Kedrov
I. LENIN Y LA ACCIÓN CLANDESTINA
* Métodos de maquillaje del camarada Lenin
* No llamar la atención
* A despecho de la clandestinidad
* Correspondencia clandestina
* Transportes ilegales
* El paso de la frontera
* Participación en las reuniones clandestinas
II. LO QUE DICE LENIN SOBRE LA ESTRUCTURA ORGÁNICA Y LOS MÉTODOS DE EDIFICACIÓN DE UN PARTIDO ILEGAL EN EL ¿QUÉ HACER?
* Principios de organización de un Partido Comunista ilegal
* Centralización de la dirección y descentralización de las funciones
* Las organizaciones auxiliares próximas al Partido
* La célula de fábrica
* Más sobre la centralización y descentralización de las organizaciones ilegales del Partido
* Lenin y los sindicatos ilegales
* El Órgano Central
* Resolución de 1908, relativa a la organización
* Resolución de 1913, sobre organización
III. LENIN Y LAS FORMAS SUPERIORES DE LA LUCHA DE CLASES
* Carta del camarada Lenin al Comité de Petersburgo
* Las enseñanzas de la insurrección de Moscú
* Los soviets como órganos de la insurrección
* Las organizaciones militares
* 1917
KAMÓ. LA VIDA DE UN VERDADERO
REVOLUCIONARIO
Svetlana Obolenskaya
I. INFANCIA Y ADOLESCENCIA
II. EL TRABAJO DE PARTIDO
III. EN EL COMBATE
IV. DETENCIÓN. SIMULACIÓN DE LOCURA
V. LA EVASIÓN DEL MANICOMIO
VI. DETENCIÓN EN TIFLIS. TRABAJOS FORZADOS
VII. ÚLTIMOS AÑOS
ADVERTENCIA PRELIMINAR
El interés creciente de nuestro público por todo lo que se refiere a la Revolución rusa nos ha inducido a traducir al español los trabajos que componen este volumen y que constituyen un relato vivo y simple de la labor, no por oscura y modesta menos heroica, de aquellos abnegados militantes que día tras día fueron organizando en la clandestinidad ese gran Partido bolchevique que condujo al proletariado ruso al combate y a la victoria.
Existe en Rusia una literatura copiosísima sobre el particular, que constituye una cantera inagotable para el estudio –tan provechoso para los militantes revolucionarios de todos los países y tan atractivo aun para el simple observador de los grandes acontecimientos sociales– de la formación y desarrollo del Partido que hoy rige los destinos de la sexta parte del mundo.
De esa cantera enorme hemos sacado unos cuantos materiales – algunos de los trabajos más característicos publicados en 1924, con motivo del XXV aniversario de la fundación del partido– y lo ofrecemos al lector español con la seguridad de que no se sentirá defraudado, y de que su lectura avivará su interés por la Revolución rusa y le inducirá a estudiarla más profundamente en todos sus ricos y variados aspectos.
Andreu Nin [1932]
LA TÉCNICA DEL PARTIDO BOLCHEVIQUE
L. B. KRASIN
El II° Congreso del Partido Socialdemócrata Obrero de Rusia, que fue, en realidad, el de constitución, fijó determinados principios de organización y señaló el comienzo de la historia del bolchevismo. En los debates promovidos por el primer artículo del reglamento del Partido se puso claramente de manifiesto la diferencia entre las opiniones de los mencheviques que, en el fondo, sostenían un punto de vista pequeñoburgués, y el de los bolcheviques, los cuales, en las tesis de Lenin, echaban los cimientos de un verdadero Partido proletario, revolucionario y disciplinado, como instrumento de combate de la clase obrera en la lucha por su emancipación. Esta significación del II° Congreso del Partido ha sido ya señalada desde hace mucho tiempo y nada más lejos de nuestros propósitos que ponerla en tela de juicio. Nuestra misión consiste aquí en indicar otro aspecto de la actividad bolchevique que, gracias a dicho Congreso, se convirtió en un factor importantísimo en la organización y desarrollo de nuestro Partido. Nos referimos a la creación de un aparato técnico centralizado, a la instauración de una red de relaciones, a la organización de las finanzas del Partido, de la técnica tipográfica y del transporte de literatura. Con la aparición del centro, se estableció un primer contacto constante entre Ginebra y dos centros industriales de Rusia en que la socialdemocracia actuaba prácticamente. Fue preciso montar un complejo sistema de direcciones, domicilios confidenciales y santo y seña, apoyándose en los sectores burgueses simpatizantes, utilizando a doctores, dentistas, establecimientos técnicos y comerciales, etc., etc., para entrevistarse con la gente, mandar cartas al extranjero y recibirlas, etc., etc. El Partido, después del II° Congreso, se asignó por primera vez la misión de sistematizar todos los métodos de relación, y en un breve espacio de tiempo surgió un aparato especial destinado a este fin.
Me acuerdo de la emoción con que en 1903 revelé en la habitación fotográfica oscura de la Fuerza Eléctrica, de Bakú, el primer manifiesto del Comité Central elegido en el II° Congreso y que me había sido mandado... en una placa fotográfica. La placa revelada fue el primer original que compuso nuestra imprenta, y a los pocos días millares de ejemplares de dicho manifiesto eran mandados a las distintas partes del país por nuestro servicio de transporte.
Es a Napoleón, si no estoy equivocado, que pertenece el aforismo «el dinero es el nervio de la guerra». La labor revolucionaria tampoco se podía llevar a cabo sin dinero, y por esto la organización de las finanzas del Partido nos apareció, después del II° Congreso, como una de nuestras tareas más urgentes. En mi calidad de miembro del Comité Central tuve que trabajar de un modo muy inmediato en este aspecto, y hay que ver la variedad de procedimientos que empleábamos para recoger las migajas con las cuales se hizo la organización del Partido en los primeros años de su existencia. Naturalmente, todos los miembros de los grupos y organizaciones del Partido pagaban determinadas cotizaciones, pero, por desgracia, el dinero recogido no llegaba casi nunca al centro y se empleaba para las necesidades locales de la organización o se mandaba al extranjero para ayudar a la Iskra (La Chispa) o a la publicación de folletos. No había más remedio que buscar otros recursos. Una de las fuentes principales era el dinero que sacábamos a todos los demás elementos de oposición de la sociedad rusa, y en este aspecto alcanzamos un virtuosismo considerable, rivalizando con los mencheviques y los socialistas revolucionarios. En aquellos tiempos, caracterizados por el odio general al zarismo, se conseguía recoger dinero para los fines socialdemócratas incluso entre los partidarios de la Osbovozhdenie (Liberación) , de Struve. En los círculos más o menos radicales o liberales se consideraba cosa de buen tono dar dinero para los partidos revolucionarios, y entre las personas que pagaban regularmente todos los meses entre cinco y veinticinco rublos había no sólo grandes abogados, ingenieros y médicos, sino también directores de Bancos y funcionarios del Estado. Con el tiempo se consiguió obtener el apoyo económico de algunos mecenas pertenecientes a sectores que, en apariencia, no podían simpatizar con el movimiento obrero. Bastará decir que S. T. Morózov, el gran fabricante de Moscú, ponía regularmente a disposición de nuestro Comité Central sumas considerables, y la última cantidad la recibí personalmente dos días antes de su trágica muerte. S. T. Morózov dejó después de su muerte una póliza de seguros, una gran parte de cuyo importe fue puesta asimismo a disposición de nuestro Comité Central, a indicación del propio S. T., por sus albaceas testamentarios. Nuestro Partido recibió sumas considerables por mediación de Gorki, el cual, además de dar dinero de su bolsillo, lo obtenía de distintas personas de buena posición. Se recogía asimismo mucho dinero con ayuda de la organización de espectáculos, veladas y conciertos. Nuestra organización técnica del Cáucaso utilizó con éxito el viaje al Cáucaso de la gran actriz [Vera] Komissarzhévskaya, que destinó una parte de la recaudación a las necesidades del Partido. Una de las veladas organizadas con la participación de dicha actriz, y que tuvo un éxito enorme, se celebró casualmente en la misma casa en que vivía el jefe de policía de la provincia. En el período posterior de la existencia del Partido se consiguió organizar una serie de empresas comerciales, que proporcionaban recursos considerables. Conviene recordar la importante herencia recibida por nuestro Partido del estudiante Schmidt, torturado en las cárceles de Moscú por el Gobierno zarista, y que cedió al Partido la parte que le correspondía en uno de los negocios de Vikula Morózov. Se daban, asimismo, casos enternecedores. Así, por ejemplo, una vez, en Petersburgo, se nos presentó una joven que declaró su simpatía por el Partido y manifestó el deseo de ceder al mismo una hacienda que había heredado en el sur de Rusia. Como la donante era menor de edad, tuvo que efectuarse una combinación bastante complicada, consistente en casarla previamente a fin de que pudiera vender la propiedad con la autorización del marido. Para desengañar a aquellos de nuestros enemigos que al leer estas líneas quieran echar en cara a nuestro Partido el despojo de las jóvenes menores de edad, puedo añadir que dicha muchacha,
Fedosia Petrovna Kasesínova, en la actualidad figura aún en las filas de nuestro Partido, ocupando un modesto cargo en una de nuestras representaciones comerciales. Su marido murió luchando por la República de los Soviets en el frente de Siberia.
Nuestro Partido necesitaba el dinero, sobre todo, para sostener la técnica tipográfica y el transporte. Los militantes del Partido vivían habitualmente de sus propios recursos, valiéndose de ocupaciones accidentales, lecciones o la ayuda de los parientes o conocidos. Sólo mucho más tarde, ya después de 1905, se decidió sostener a una pequeña parte de militantes con ayuda de la caja del Partido. Pero aun en ese período se trataba sólo de retribuciones literalmente míseras que oscilaban entre veinticinco y treinta rublos al mes. Había que dar dinero sólo para los viajes más importantes, especialmente para los relacionados con el paso ilegal de la frontera, el pago de los contrabandistas, etc.
El transporte de las publicaciones y su custodia costaban bastante dinero, pues no sólo había que pagar los portes, sino alquilar almacenes y locales y organizar establecimientos ficticios.
Pero los gastos más considerables los ocasionaba el aparato técnico tipográfico, la compra e instalación de imprentas, la adquisición de papel y tipos y el sostenimiento de los tipógrafos.
La técnica tipográfica más importante la poseía nuestra imprenta de Bakú. Dicha imprenta fue proyectada en 1901 por nuestro compañero georgiano Lado-Ketsjoveli, muerto prematuramente. En aquel entonces pudimos ya poner a su disposición algunos recursos, pero no era posible comprar una máquina de imprimir ni procurarnos sistemáticamente papel, tinta, letra, etc., por cuanto no disponíamos del permiso del gobernador para abrir una imprenta. El compañero Lado solventó esta dificultad de un modo muy sencillo. Extendió una autorización a su nombre falsificando la firma del gobernador. Cuando empezábamos a dudar de la posibilidad de hacer algo valiéndonos de ese documento incontestablemente apócrifo, Lado salió también del paso y pocos días después nos mostró triunfante un papel sellado y firmado por un notario. Había sencillamente sacado copia de la autorización falsa, y haciendo avalar esta copia por un notario de Bakú, obtuvo un documento en el cual no había ya ni una sola firma apócrifa. Provisto de este documento, adquirió sin dificultad la máquina y los materiales necesarios, y la imprenta clandestina del Partido Socialdemócrata Obrero de Rusia empezó a funcionar en Bakú, trabajando sin interrupción hasta 1905, en que, con motivo de la revolución, se instaló legalmente, con cierta solemnidad, en Petersburgo.
El sucesor de Lado en la dirección de nuestra técnica en Bakú fue Trifón Teimurázovich Yenukidze , que usaba el sobrenombre de Semión, y dirige actualmente nuestra fábrica de papel moneda. Yenukidze amplió considerablemente la herencia que le había dejado el compañero Lado. Todo el trabajo fue organizado de acuerdo con el principio de la conspiración más rigurosa y el empleo de métodos técnicos particulares, que es de dudar que antes hubiera utilizado nadie. Para traer el papel y sacar los impresos, el compañero Semión se aprovechó con gran habilidad del carácter reservado de la población tártara de Bakú, la cual, por añadidura, no sentía grandes simpatías por la policía. Teniendo en cuenta estas consideraciones, la imprenta fue instalada en el barrio tártaro. Aunque ampliada, la imprenta no satisfacía al compañero Semión, pues las máquinas estaban muy maltrechas. Por este motivo, nos expuso un plan de adquisición de una nueva máquina de imprimir, y con la tenacidad que le caracterizaba, no nos dejó tranquilos ni a mí ni a N. P. Kozerenko, viejo socialdemócrata, hasta que recogimos la suma necesaria –dos o tres mil rublos– y mandamos a buscar la máquina al extranjero. Para instalarla se decidió buscar un nuevo local y organizar las cosas de tal modo que no corriéramos el riesgo de que fuera descubierta. El local en que se instaló dicha máquina estaba separado de la casa en que vivían los impresores y cajistas por un paso subterráneo, que se cerraba por una puerta maciza de hormigón que era imposible encontrar si no se conocía el secreto. El local donde se trabajaba, alumbrado por una lámpara de alcohol y cerrado por todas partes, estaba instalado en el interior de un cuerpo de edificio bastante vasto en el que había cuadras y graneros. Sólo con gran dificultad se podía descubrir que en el centro había un sitio al cual no tenían acceso las demás partes del local. En este sitio estaba precisamente instalada nuestra imprenta, la cual comunicaba, por el paso secreto, con otra casa del solar contiguo en la cual vivían Avel S. Yenukidze y los demás compañeros. La policía y los gendarmes de Bakú no eran suficientemente inteligentes para descubrir esa imprenta, y aun en el caso de que se hubiera detenido a todo el personal con A. S. Yenukidze al frente, la imprenta se habría salvado. Para restaurarla, habría bastado con arrendar nuevamente la casa en que vivía Yenukidze, y desde la cual se iba, por el paso subterráneo, al interior del cuerpo de edificio en que se hallaban las cuadras y los graneros. Este último cuerpo de edificio pertenecía a un cochero tártaro, amigo de Semión, que en ningún caso hubiera denunciado la imprenta.
Los impresores y cajistas que vivían en la casa estaban sometidos a una disciplina rigurosa y no tenían el derecho de salir a la calle. Después de un plazo determinado, cada uno de ellos obtenía unas vacaciones, pero no se les autorizaba a pasarlas en Bakú. El compañero que obtenía el permiso estaba obligado a salir en un tren de la noche para Tiflis, Rutáis o Batumi. No se dejaba entrar absolutamente a nadie en la imprenta, a excepción de Semión y de mí, que iba allí muy raramente, con fines de consulta técnica. La puerta de entrada de la casa estaba siempre cerrada con llave y no se abría antes de que todos los obreros estuvieran en su puesto y de que se hubiera cerrado de tal modo la puerta del paso subterráneo que no fuera posible dar con ella sin conocer el secreto.
En 1904, después de mi traslado a Oréjovo-Zúyevo, el compañero Semión entregó los asuntos de Bakú a [su hermano] A. S. Yenukidze, y se fue a Moscú, donde nos dedicamos a organizar una imprenta análoga en la calle Lesnaya. Debía servir de tapadera legal una tienda de quesos, almendras y vinos del
Cáucaso, y en calidad de obreros, se proyectaba invitar a los compañeros, ya probados, de Bakú. Hay que decir que el trabajo en un taller angosto y asfixiante, sobre todo en verano, era un verdadero infierno, y nuestros impresores y cajistas realizaban una labor realmente heroica.
La organización de la imprenta de Moscú se retrasó un poco a causa de la detención del Comité Central, efectuada en el domicilio del escritor Leónidas Andréyev. Pude escapar casualmente a la detención, pero tuve que pasar temporalmente a una situación ilegal y marcharme a Smolensk, primero, y a Odesa y Petersburgo después, y, entretanto, llegó la fecha de la reunión del III° Congreso, y en abril de 1905 me marché a Ginebra. Semión se quedó en Moscú, y a pesar de todas las dificultades llevó a cabo su empresa. Después vinieron los acontecimientos de 1905, y las libertades temporales de que gozamos nos permitieron pasar a la situación legal e incluso cometer el error de transportar a Petersburgo nuestra pequeña, pero magnífica, máquina de Bakú.
El compañero Semión se trasladó a Petersburgo y fue el director técnico de la imprenta legal Dielo, en la que se imprimían todas las publicaciones bolcheviques.
Quiero hablar, aunque no sea más que brevemente, de la impresión de la Iskra en Bakú.
Sosteníamos la relación con la Iskra por mediación del compañero Galperin, el cual usaba en el Partido el sobrenombre de «El Caballo». Nadezhda Krúpskaya tenía registrada en Ginebra toda nuestra organización de Bakú con el nombre de «Los Caballos». Cuando en Ginebra se recibió la noticia de que «Los Caballos tenían ya la técnica a una altura que permitía imprimir enteramente los números de la Iskra, se decidió organizar el envío a Bakú de las matrices. Convenimos con «El Caballo» que dichas matrices se mandarían allí a mi nombre, en el interior de la encuadernación de atlas técnicos o científicos con dibujos adecuados, a fin de no llamar la atención de la Aduana. Un buen día –en aquel entonces yo construía una central eléctrica en Bakú– recibí un aviso de la aduana, anunciando la llegada de un paquete del extranjero a mi nombre. Me voy a la aduana y, ¡oh, horror!, me entregan un atlas encuadernado groseramente con unas cubiertas gruesas, al menos de un dedo, y llenas en el interior de unos infames grabados representando a tigres, serpientes y toda clase de fieras que no tenían absolutamente nada que ver con la ciencia y la técnica. Indudablemente, el buen Dios nos protegió, y los soñolientos funcionarios de la aduana de Bakú le prestaron su auxilio. Seguramente en los archivos de Ginebra se pueden encontrar las cartas llenas de reproches que mandamos a nuestro centro en el extranjero con motivo de esa negligencia, que podía terminar en un gran fracaso. Felizmente, esto no ocurrió, y las medidas tomadas posteriormente permitieron organizar bien el envío de las matrices y aun del papel fino para la Iskra, que era imposible encontrar en Rusia.
He de recordar también el Grupo técnico especial que funcionaba en 1905 cerca del Comité Central. Este Grupo había realizado ya grandes trabajos para organizar el armamento de los cuadros de nuestra organización, principalmente de la de Petersburgo. Era difícil alcanzar resultados prácticos muy considerables, y particularmente, el plan de Gapón de mandar una partida importante de fusiles a Rusia en el vapor John Krafton fracasó. Por lo demás, nuestro Grupo técnico intervino en ese asunto únicamente en su última fase, cuando no había ya posibilidad alguna de enmendar los groseros errores cometidos. A demanda de las organizaciones locales y de los barrios obreros de Petersburgo, dicho Grupo tuvo que ocuparse de suministrar el material de combate necesario a los mismos. Para ello se contó con el concurso de técnicos preeminentes.
Nuestro Partido se distinguió siempre por la firmeza ideológica de su orientación política, y esa fue, naturalmente, la causa fundamental de sus éxitos. Pero al efectuar el balance de la actuación del Partido, hemos de recordar con gratitud la técnica del mismo, la cual, sobre todo en los años de existencia clandestina, permitió a nuestro gran Lenin forjar esa arma, fuerte como el acero, de la clase obrera que es el Partido Comunista Ruso.
HISTORIA DE LA ORGANIZACIÓN Y EL FUNCIONAMIENTO DE LAS IMPRENTAS CLANDESTINAS DE LOS BOLCHEVIQUES EN EL CÁUCASO (1900-1906)
A. Yenukidze
Nuestro Partido, por su sistema de organización, tanto en los períodos legales como en los ilegales, es indudablemente el más fuerte del movimiento obrero internacional. En particular, por lo que se refiere a la organización de imprentas clandestinas, ocupa el primer lugar entre todos los partidos revolucionarios de Rusia y de la Europa occidental.
Me limitaré sólo a la historia que se refiere a la organización del trabajo de dichas imprentas.
El militante principal en esta esfera, el primer organizador y fundador de las imprentas clandestinas de nuestro Partido en el Cáucaso, fue el difunto compañero Vladimir Ketsjoveli, el cual no sólo fundó y organizó la primera imprenta clandestina, sino que gracias a su energía y a su talento organizador excepcionales se formó bajo su influencia toda una generación de compañeros que, posteriormente, se distinguieron en este aspecto de nuestra actividad.
A fines de 1892, Ketsjoveli, que en aquel entonces vivía en Tiflis, se vio obligado a trasladarse a Bakú. Militaba en la organización de aquella ciudad, donde dirigió la primera huelga de tranviarios y, por su actividad, no le fue posible permanecer allí. El compañero Ketsjoveli, que al llegar a Bakú se entregó con ardor a la labor revolucionaria entre las masas obreras, insistía constantemente en la necesidad de organizar una pequeña imprenta clandestina. Afirmaba constantemente que la literatura marxista legal, y, sobre todo, el periódico que se publicaba en aquel entonces en georgiano, en Tiflis, no podía satisfacer las necesidades del Partido, y por esto insistía en que se consagraran todas las fuerzas a organizar una editorial clandestina, por primitiva que fuera. Pero el obstáculo principal con que se tropezaba era la falta de recursos. Las cotizaciones no hubieran sido suficientes, naturalmente, para organizar la imprenta, pues bastaban apenas para cubrir las necesidades más elementales. Ketsjoveli se puso a buscar estos recursos. Una parte de ellos los obtuvo de su hermano, el cual, si no ando equivocado, tenía en aquel entonces unas pequeñas concesiones forestales en la frontera de Persia. El compañero Ketsjoveli le escribió diciéndole que deseaba terminar sus estudios y abandonar toda actividad revolucionaria, para lo cual pedía su ayuda. No tardó en recibir 200 rublos, acompañados de una carta, en la cual el hermano expresaba su satisfacción por el hecho de que Vladimir se hubiera vuelto tan razonable.
Al recibir este dinero, Lado Ketsjoveli se dedicó inmediatamente con gran actividad a organizar la imprenta. La organización de Tiflis, a la cual consultamos sobre el particular, nos manifestó que no podía ayudarnos más que con un pequeño auxilio material y el envío de letra y demás material tipográfico. Por esto no hubo más remedio que contar, principalmente, con nuestras propias fuerzas. Lado Ketsjoveli conocía un poco las cosas tipográficas porque durante un cierto tiempo había dirigido una imprenta legal en Tiflis. Yo no tenía de ello la menor idea. Como resultado, decidimos irnos a una imprenta y observar de cerca la técnica de la impresión para ver lo que debíamos hacer. Con el pretexto de encargar unas tarjetas de visita, nos dirigimos a una pequeña imprenta de Bakú y nos pusimos a mirar cómo se imprimía. El compañero Ketsjoveli se dirigió al encargado, con la siguiente demanda:
«Ese joven –dijo señalándome a mí– se interesa mucho por las cosas de imprenta. ¿Tendría usted la amabilidad de enseñarle cómo se hace esto?».
El encargado resultó ser un hombre muy amable y nos enseñó en detalle toda la imprenta. Gracias a esta amabilidad me enteré de muchas cosas relativas a la técnica de la impresión, y, además, tuve la posibilidad de llevarme un buen puñado de letras. Naturalmente, no volvimos a recoger las tarjetas. El compañero Ketsjoveli me propuso que trazara en detalle el gráfico de una prensa de imprimir: el rodillo, el tambor, etc., etc. Después de muchas pruebas conseguí trazar el gráfico de una de esas prensas con todas sus piezas, que encargamos a distintas fábricas. Cuando hicimos el cálculo de lo que nos costaría todo, resultó que con los 200 rublos no había ni para comprar la prensa. En vista de ello se me mandó a Tiflis con el fin de solicitar la ayuda económica de aquellos compañeros. En un principio, éstos se negaron a darme recursos, fundándose en que la organización de Tiflis deseaba que todo lo relativo a la impresión se hallara bajo su control y dirección. De otro modo no podían arriesgarse a dar los 100 o 150 rublos que yo pedía. Como el compañero Ketsjoveli no me había dicho nada respecto a las condiciones, no pude dar ninguna respuesta y me marché. Pero antes de regresar a Bakú intenté obtener algo de los obreros impresores que habían formado parte del grupo de Ketsjoveli. Estos obreros me prometieron darme al anochecer hasta tres puds6 de letra y otros materiales. Por lo que al dinero se refería dijeron que procurarían reunirlo entre sus compañeros y que después de una semana me darían cuenta del resultado. Uno de los cajistas se ofreció incluso a marchar conmigo para ayudarnos a montar la imprenta. Esta proposición la rechacé, porque en Bakú no contábamos aún con un local de confianza para el trabajo constante. Al anochecer partí para Bakú con la letra que, dicho sea de paso, me metieron sencillamente en un saco de viaje caucasiano. Yo entonces era joven y estaba lleno de salud y por esto me llevé al vagón y coloqué sin dificultad en su sitio el saco de tres puds. Naturalmente, nadie fijó su atención en mí, pero a causa de mi inexperiencia me parecía que todo el mundo sospechaba algo.
En la estación de Bakú salió a recibirme Ketsjoveli, el cual me hizo desde lejos una señal con los ojos para que le siguiera. Nos fuimos a la calle de Balaján, cerca de la estación, donde teníamos una habitación destinada a los trabajos preliminares. Cuando mostré al compañero Ketsjoveli la forma en que había traído la letra, empezó a regañarme diciendo que aquello costaría muchas noches de trabajo. No contábamos aún con cajas y toda la letra la clasificamos y envolvimos en papeles. Esto nos costó noches enteras de trabajo. Cuando comuniqué a Ketsjoveli las condiciones bajo las cuales los compañeros de Tiflis se comprometían a dar dinero, las rechazó enérgicamente diciendo que la organización de Tiflis no debía ejercer control alguno, que si nos tenían confianza nos dieran dinero, y que si no la tenían nos pasaríamos sin ellos. Cuando llegó el día de pagar la prensa y no encontramos dinero en Bakú, fue preciso ir nuevamente a Tiflis, y esta vez esos mismos compañeros dieron sin vacilar cien rublos y el original de una proclama para imprimirla. Con este dinero y con un compañero, el cajista Vaso-Tsuladze, regresé a Bakú. Por fin se compró la máquina y se montó, y con inmensa alegría por nuestra parte, la primera hoja que imprimimos en georgiano y en ruso nos salió muy bien desde el punto de vista de su ejecución. Trabajábamos habitualmente por las noches, después de nuestra actuación en los Grupos, con las ventanas cerradas a cal y canto, en una pieza sin calefacción. Se decidió que todo lo que imprimiéramos sería mandado a Tiflis a fin de despistar con respecto al local donde se hallaba nuestra pequeña imprenta. Pronto se observó la necesidad de retirar la máquina. Nuestro trabajo nocturno y nuestra desaparición durante el día llamaban la atención de los vecinos. El compañero Ketsjoveli se propuso encontrar recursos a toda costa y comprar una
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El pud equivale a 16,38 kilos. | N. del T.
verdadera máquina de imprimir. Con este fin, empezó a frecuentar las imprentas de Bakú, procurando entablar relaciones. Para comprar una máquina de imprimir era necesaria la autorización del gobernador. Ketsjoveli se fue a Tiflis, donde se enteró de la forma de tal autorización y sacó copia de la misma. Encargó grabar un sello igual al del gobernador y se procuró incluso la copia calcada de la firma del mismo. Una vez provisto de estos elementos, extendió un documento firmado por el gobernador de Bakú a nombre de David Yósifovich Demetrashvili, que era el que usaba ilegalmente, autorizándole a abrir una imprenta en cualquier población del Cáucaso. Con dicho documento en las manos se puso pronto de acuerdo con el impresor de Bakú, Promishlianski, para adquirir una vieja máquina por 900 rublos. Pero, como ocurría de costumbre en nuestras organizaciones, faltaba el dinero. El compañero Ketsjoveli se dirigió a algunos compañeros que ocupaban situaciones oficiales en Bakú, y con ayuda de Krasin, Kozerenko y Kits se pudieron recoger hasta 800 rublos. Pero así y todo no había dinero bastante para recoger la máquina. Entonces se me propuso abandonar mi trabajo en ferrocarriles y dedicarme a otro que me permitiera dedicar más tiempo a mi actividad en el Partido, y sobre todo a la imprenta; como consecuencia de ello, al abandonar mi trabajo, recibí la compensación que me correspondía por algunos trabajos suplementarios y que cubrió todos nuestros gastos para la compra e instalación de la máquina.
Y he aquí que un día alegre y solemne para nosotros compramos nuestra máquina y la trasladamos al nuevo local. Me acuerdo de que éste se hallaba situado en la calle de Vorontsov, en casa de un tártaro que estaba en muy buenas relaciones con Ketsjoveli.
Cuando conseguimos mostrar las primeras pruebas de nuestros trabajos a los compañeros de la organización de Bakú, que habían acogido muy escépticamente nuestros proyectos, el efecto producido fue enorme. Fue entonces que se tomó la decisión de ayudarnos incondicionalmente con hombres y materiales. La organización de Tiflis puso dos cajistas a nuestra disposición, nos dio una buena cantidad de letra y dinero suficiente para la adquisición de papel, tinta y otros materiales.
Todo esto se refiere al período de fines de 1901. En aquel entonces estaba ya organizado el Comité de Bakú del Partido Socialdemócrata Obrero de Rusia. Estábamos en relación no sólo con las organizaciones del Cáucaso, sino también con la Unión de Lucha por la Emancipación de la Clase Obrera de Petersburgo, con el Grupo de El Obrero del Sud, de Yekaterinoslav y, naturalmente, con la Iskra.
Poco después de haberse organizado esta imprenta, empezó a establecerse una correspondencia regular con la Iskra. Sabíamos que con ello nos hallábamos en relación directa con el compañero Lenin. Del extranjero recibíamos constantemente cartas. Se nos propuso que nos limitáramos a trabajar exclusivamente para los Grupos de la Iskra en Rusia y que rompiéramos nuestra relación con El Obrero del Sud (si no ando trascordado, imprimimos los números 5, 7 y 8 de dicho periódico). Imprimíamos asimismo la Iskra en un formato más pequeño, para lo cual se nos mandaban las matrices desde el extranjero. En esta forma imprimimos cuatro números, del 8 al 11, ambos incluidos.
Además de la Iskra imprimíamos y difundíamos La Hoja del Obrero. Para Georgia se traducía todo al georgiano.
En aquel período se llevaba ya a cabo una campaña por el II° Congreso del Partido, y he aquí que llegaron del extranjero algunos compañeros que, si no ando equivocado, se llamaban entonces agentes de la Iskra. Uno de estos compañeros tomó una participación activa no sólo en la actuación de la organización de Bakú, sino que entró a formar parte de un pequeño grupo de redacción del cual formaban parte el compañero Ketsjoveli, el médico Fainberg, Galperin y yo. Galperin era un buen organizador, un marxista muy culto y estaba enteramente de acuerdo con la Iskra. Fue entonces que, bajo la influencia de la Iskra, se nos ocurrió publicar un órgano clandestino en georgiano y, con este fin, entablamos negociaciones con la organización de Tiflis, en la cual dominaban entonces y siguieron dominando posteriormente militantes tan conocidos como Jordania, Djibladze y otros. Jordania actuaba entonces en Tiflis y publicaba un periódico legal titulado Kvali, que tenía una enorme influencia en Georgia. Cuando tuvimos ocasión de comparar Kvali con la Iskra, vimos claramente que no podíamos ya defender nuestros puntos de vista en la prensa legal. De acuerdo con la Iskra y el compañero Galperin, se decidió publicar un periódico clandestino. A dicho periódico le pusimos el título de Brdzola (La Lucha). La organización de Tiflis se mostró muy hostil a la publicación del periódico. Con este motivo se entabló una verdadera lucha entre Bakú y Tiflis, se llegó incluso a convocar una pequeña conferencia con el fin de hacer presión sobre el compañero Ketsjoveli, el cual insistía en la necesidad de fundar un periódico clandestino; pues, como decía él, «el marxismo legal corrompe a las masas, no las templa para la lucha, puesto que le sirve un marxismo recalentado». Se llamó incluso a Bakú a un grupo de obreros de las principales fábricas de Tiflis. Ketsjoveli consiguió persuadir a dichos obreros de que el órgano clandestino era absolutamente necesario, y prometieron que a su regreso a Tiflis insistirían cerca de la organización local para que nos ayudara. Y, en efecto, ejercieron una gran influencia en este sentido sobre el Comité.
Cuando la organización de Tiflis accedió a ayudarnos surgió otro conflicto entre nosotros y dicha organización. Ésta insistía en que la redacción del órgano se hallara enteramente en Tiflis. Esta proposición fue rechazada decididamente por el compañero Ketsjoveli y todo nuestro grupo.
Para persuadir a Ketsjoveli, los compañeros de Tiflis mandaron a Bakú a uno de sus miembros más influyentes, Severián Djugeli, amigo personal de Ketsjoveli y futuro miembro de la Duma de Estado; pero las negociaciones no condujeron a nada.
Editamos nuestro órgano en georgiano y no hubo en Georgia ni un solo obrero militante del movimiento revolucionario que no lo leyera. El periódico desempeñó un papel inmenso en la obra de revolucionarización de los obreros georgianos, los cuales pudieron convencerse, por primera vez, de la diferencia existente entre un órgano marxista legal y un órgano clandestino.
Esta experiencia no satisfizo a los escritores marxistas legales de Georgia, los cuales se convirtieron más tarde en el reducto del menchevismo más cristalizado.
A principios de 1902 empezamos a organizar en Batumi, a través de una sociedad naviera francesa, el transporte de publicaciones del extranjero.
Para recibir la primera partida de publicaciones fui mandado a Batumi a principios de marzo de 1902. Al llegar a dicha ciudad pedí el auxilio del marxista Nikolái Semiónovich Chjeidze, el cual expresó muchas dudas respecto al éxito de nuestra empresa y se limitó a darme el nombre de un empleado de las oficinas de la Compañía. Pero no me quedó otro recurso que correr ese riesgo, pues el deseo de recibir la partida de publicaciones era extraordinario.
Cuando encontré al aludido empleado, le di una cita en la orilla del mar y le manifesté sin ambages el motivo de mi viaje a Batumi. El vapor en que debía de encontrarse nuestra mercancía estaba anclado en el puerto. El empleado de las oficinas podía penetrar en el barco sin ninguna dificultad. Por el servicio que me prestó de enterarse de si había mercancías a nombre de fulano de tal (la mercancía se mandaba por mediación del jefe de la cocina) le di diez rublos, y en caso de que recibiera toda la mercancía, debía darle otros quince.
Se convino que cuando el vapor se alejara por la noche a una distancia determinada, yo, acompañado de dos barqueros contrabandistas, debía acercarme al buque desde la parte contraria a la orilla, y cuando diéramos la señal convenida desde la barca, el cocinero arrojaría al mar los paquetes que contenían la literatura, la cual había sido especialmente embalada en papel impermeable.
Aquella misma noche recibí sin novedad dos puds de publicaciones. Después de este afortunado contrabando, los barqueros, el empleado y yo, nos reunimos en una taberna, donde juramos seguir manteniendo en lo sucesivo «nuestra amistad».
De esta manera conseguimos recibir varias veces publicaciones del extranjero sin que tuviéramos ni un solo fracaso. Se nos mandaban números de la Iskra, de Zariá (La Aurora) y ejemplares de las distintas publicaciones de los Grupos de dichos periódicos, entre ellas el folleto ¿Qué hacer?, de Lenin.
A principios de 1902, el movimiento obrero de Bakú tomó proporciones más vastas. Nuestra organización creció y se fortaleció, y algunos de nosotros que militábamos muy activamente podíamos ser fácilmente seguidos cuando por la noche nos íbamos a trabajar a la imprenta. Pero no había posibilidad alguna de entregarse completamente al trabajo de la imprenta o al de la organización, pues no disponíamos de gente suficiente.
Teniendo en cuenta estas dificultades, planteamos la cuestión de distribuir definitivamente las fuerzas para el trabajo en la imprenta y en el Comité del Partido. En aquellos momentos se nos propuso desde el extranjero estudiar el traslado de la imprenta al centro de Rusia. Se nos indicaba que después del Congreso del Partido, que entonces se estaba preparando, resultaría mucho más útil trasladar la imprenta a una de las ciudades de la región industrial de Rusia, a fin de poder servir mejor la literatura, tanto al centro como a las regiones extremas. Naturalmente, nos mostramos de acuerdo con la proposición y se decidió liquidar la imprenta de Bakú y trasladarla a Rusia.
En 1902, el Comité de Bakú decidió celebrar el Primero de Mayo en las calles de la ciudad organizando una manifestación. Nos preparamos para la misma intensamente, hicimos una bandera roja con las consignas oportunas e imprimimos previamente hojas en nuestra imprenta en nombre del Comité de Bakú, etc., etc.
Ya antes del Primero de Mayo, el 14 de marzo, la mayoría de los miembros del Comité había sido detenida. No nos salvamos más que dos, el difunto Bogdan Knuniants y yo. A mí lo que me salvó fue el trabajo nocturno en la imprenta. Toda la preparación del Primero de Mayo recayó sobre nosotros. Después de la detención de parte del Comité de Bakú, se nos planteó aún de un modo más agudo la necesidad de trasladar la imprenta. A principios de abril emprendimos la liquidación de la misma.
Yo me quedé en Bakú para actuar exclusivamente en la organización. El compañero Ketsjoveli se marchó a la región del Volga a mediados de abril para visitar la ciudad donde proyectábamos instalar la imprenta.
La organización de Bakú celebró la fiesta de mayo el primer domingo después del día primero. La manifestación tuvo mucho éxito. Era la primera que celebraban los obreros de Bakú y produjo una enorme impresión. Pero como resultado de ella, 86 compañeros fueron encarcelados. El compañero Knuniants y yo fuimos detenidos en la calle cuando, después de la manifestación, nos íbamos al domicilio de dicho camarada para mandar una correspondencia a la Iskra. A las tres semanas se nos puso a todos en libertad; pero, en general, esa manifestación y aún más el encarcelamiento de numerosos y populares compañeros, aumentaron la influencia de la socialdemocracia.
Cuando el compañero Ketsjoveli se enteró de las detenciones, se inquietó mucho, y en agosto volvió a Bakú. Nos dijo que en ninguna ciudad de Rusia había encontrado sitio apropiado para la imprenta y escribió a la Iskra diciendo que aquélla debía seguir en Bakú. Así lo decidimos, pero convinimos en la necesidad de arrendar un sitio más reservado que antes.
Encontramos un local con tres piezas en la calle de Chadrova. Ketsjoveli dijo al propietario de la casa, el musulmán Djibrail, que se proponía abrir un taller de cajas de cartón, y que si el negocio iba bien le tomaría como asociado. Djibrail aceptó de buena gana la proposición, y según la costumbre oriental, empezaron a obsequiarse mutuamente y se estableció entre ellos una relación fraternal. Ketsjoveli nos presentó al compañero Bolkvadze y a mí a Djibrail, diciendo que éramos sus obreros.
La máquina que en verano habíamos mandado a Petrovsk la volvimos a Bakú, y en dos noches la instalamos en el nuevo local.
Después de la instalación de la máquina, de la caja de componer y demás utillaje, emprendimos el transporte de la letra que teníamos en Adjikavul. Se encargó de este trabajo al compañero Víctor Bakradze. Bakradze era ayudante del maquinista de un tren de mercancías y hacía el trayecto Bakú-Adjikavul en tres días. Si cada vez no hubiera traído más que un paquete de un pud, como se le había dicho, para transportar los 15 puds de letra se habría necesitado más de un mes.
La letra la llevaba a su domicilio, desde donde yo la hacía llegar a la imprenta por la noche. Por este procedimiento lento y prudente habíamos recibido ya cerca de 10 puds. El compañero Bakradze, estimulado por el éxito y confiando sobre todo en su fuerza física excepcional, que le permitía levantar cinco o seis puds sin dificultad, decidió acabar de una vez y se llevó a la locomotora algunos paquetes atados con un bramante. Bakradze, que llevaba sin dificultad seis puds de peso de poco volumen, no llamaba la atención de nadie, pero ocurrió una desgracia. Cuando pasaba por delante de la estación para dirigirse al depósito donde estaba la locomotora, se rompió el bramante con que estaban atados los paquetes, y la letra se desparramó por el suelo. Cuando el compañero Bakradze empezó a recoger apresuradamente la letra, llamó la atención de los obreros y de los empleados que pasaban por allí. No hubiera ocurrido nada, según Bakradze, de no ser por el ayudante del jefe del depósito, el ex maquinista Rehenkampf, que se dio cuenta inmediatamente de la mercancía que llevaba el compañero Bakradze y lo comunicó al gendarme de la estación. Bakradze y su maquinista Tsiklauri fueron detenidos.
Cuando sabía el tren en que debía volver Bakradze, iba a esperarle en la estación de mercancías de Bakú y recogía directamente el paquete. Así fue en aquella ocasión, pero en vez de Bakradze y Tsiklauri, llegó en su tren otra brigada, que yo conocía bien, y que me comunicó lo sucedido.
Me fui inmediatamente a ver a Ketsjoveli y le di cuenta de la detención de Bakradze. Era necesario solventar las cuestiones relacionadas con las consecuencias de lo sucedido. En primer lugar, era necesario limpiar el domicilio de Bakradze, luego era preciso que Ketsjoveli abandonara el piso que ocupaba en la zona ferroviaria.
Cuando le propuse que se fuera inmediatamente al domicilio conspirativo donde estaba la imprenta, se negó categóricamente a ello, declarando que, si la policía se presentaba para hacer un registro, diría que él era Ketsjoveli y procuraría salvar a Bakradze por todos los medios.
– No puedo consentir que lo detengan por mí y yo quede libre –dijo.
No pude convencerle de ningún modo. Cuando todos mis argumentos resultaron inútiles, nos pusimos a estudiar lo que debíamos hacer. Ketsjoveli me propuso que me dedicara inmediatamente a «limpiar» el domicilio de Víctor Bakradze, en el cual había una cierta cantidad de letra que aún no nos habíamos llevado. Además, me encargó que en aquella misma noche fuera a buscar a Iván Bolkvadze y tomáramos todas las medidas posibles para salvar la máquina de imprimir y todo el material tipográfico que se hallaba allí. Ketsjoveli declaró al mismo tiempo que no se marcharía del piso en que estaba y vi que tenía la firme decisión de dejarse detener, salvando con ello a toda una serie de compañeros. Tres días después, cuando nos encontramos juntos en la cárcel, él mismo reconoció que había cometido un gran error. En el primer período de la historia de nuestro Partido, cuando en cada uno de nosotros había mucho de romanticismo, seguramente se dieron casos análogos en otros sitios.
Me despedí del compañero Ketsjoveli y me dirigí a una fábrica cercana, donde teníamos a un grupo de confianza compuesto de obreros armenios. Les pedí que fueran a «limpiar» el domicilio de Víctor Bakradze. No era conveniente que yo fuera allí, pues había mucha gente que me conocía. En caso de interrogatorio por parte de los gendarmes, se hubiera podido saber con facilidad que me había llevado algunas cosas de allí.
Cuando me persuadí de que el domicilio de Bakradze estaba limpio, me fui en busca de Iván Bolkvadze, pero resultó que se había ido al piso donde estaba Ketsjoveli. Cuando volví a la casa en que se hallaba el piso mencionado, vi que estaba rodeada de policía y de una gran multitud de curiosos. Comprendí que se estaba efectuando un registro y, sin embargo, a pesar de las advertencias que me hicieron los compañeros que había por allí, me dirigí a nuestro piso, donde, efectivamente, se estaba efectuando un registro, y encontré a Ketsjoveli y a Iván Bolkvadze.
Ketsjoveli, al verme, no pudo contener su descontento y empezó a regañarme en georgiano por haberme presentado allí y repetir la misma tontería que había cometido él al no marcharse del piso. Uno de los jefes de gendarmes, llamado Walter, comprendía bien el georgiano y me manifestó inmediatamente el placer que les había causado mi llegada, pues mi domicilio estaba muy lejos y les había ahorrado un largo viaje por la noche.
Como consecuencia de todo ello, los tres compañeros que sabíamos dónde se hallaba la imprenta clandestina, nos metimos nosotros mismos en la ratonera.
Desde nuestro punto de vista actual es tan incomprensible nuestra conducta al no tomar medida alguna para evitar esa detención, como la del jefe de gendarmes Poroshin y del capitán Walter al limitarse a detener únicamente al compañero Ketsjoveli. En un principio se había procedido a la detención de Ketsjoveli y a la mía. A Bolkvadze le dejaron tranquilo. Sus documentos demostraban que había llegado de Tiflis hacía pocos días y, tomando además en consideración su origen aristocrático, no consideraban posible detenerle sin contar, como no contaban, con indicios directos.
Después de prolongada consulta, nos declaró que se llevaban solamente a Vladimir Ketsjoveli, a quien estaban buscando desde hacía tiempo por orden del Departamento de Policía.
Al cachear a Ketsjoveli, le encontraron tres pasaportes y algunos folletos clandestinos. En uno de dichos pasaportes constaba nuestro domicilio conspirativo. Cuando Ketsjoveli se dio cuenta de ello pudo decirnos, sin que se dieran cuenta de ello los gendarmes, que por la noche hiciéramos todo lo posible para llevarnos la máquina de imprimir de dicho domicilio.
Eran ya las dos de la madrugada. Iván Bolkvadze y yo nos fuimos primero a casa del compañero Sagórov, el cual tenía las direcciones del extranjero, la cifra y las señas de los camaradas de Batumi, por cuya mediación recibíamos las publicaciones del extranjero.
Al llegar al domicilio conspirativo, desmontamos la máquina y empezamos a embalarla. A las ocho de la mañana lo teníamos todo preparado. Para transportar la máquina a las oficinas de la compañía naviera donde en la primavera habíamos dejado en depósito dicha máquina, se necesitaban cerca de 50 rublos, y en nuestros bolsillos no teníamos ni 3. Tomé un coche y me fui a ver a Krasin. Me metí sin vacilar en el dormitorio, desperté a nuestro amigo, y sin más ni más le espeté que Ketsjoveli estaba detenido y que se necesitaba dinero para salvar la imprenta. Krasin, con la decisión que le caracterizaba, me hizo las preguntas necesarias para darse cuenta exacta de la situación y me entregó 60 rublos. Con este dinero y con un carro que alquilé, volví a la calle Chadrova.
Al llegar al piso encontré a Djibrail, propietario de la casa. A sus preguntas de qué significaba aquello y de dónde se hallaba el dueño, su amigo David (Ketsjoveli), contestamos que a consecuencia de una desgracia ocurrida –la muerte de su mujer–, por la noche se había marchado a Tiflis, encargándonos que lo liquidáramos todo rápidamente. «Nos ha dicho que le saludáramos, y en prueba de amistad y agradecimiento le deja a usted todos los enseres domésticos y sus chanclos de goma nuevos», añadimos.
En el primer momento, todo esto le pareció verosímil y expresó su pesar de que David no hubiera podido despedirse de él, pero cuando empezamos a llevar los cajones al carro, se puso a protestar de un modo completamente inesperado y dijo que sin una carta de su amigo no podía confiarnos sus bienes, aunque supiera que éramos sus obreros. No nos quedó otro recurso que decirle que nos iríamos a Telégrafos y le traeríamos un telegrama suyo si recibíamos de él una respuesta rápida. El propietario se mostró de acuerdo con esta proposición; entonces me fui a Telégrafos, donde trabajaba un compañero nuestro, Alejandro Choniev, quien nos fabricó inmediatamente un telegrama dirigido a Djibrail por David, «agobiado de dolor».
Al volver de Telégrafos encontré las cosas en el mismo estado. Djibrail cogió el telegrama, empezó a darle vueltas y acabó por declarar que, a pesar de todo, no nos tenía confianza. «Parecéis buena gente –dijo–, pero en realidad es posible que seáis unos ladrones que queréis robar a mi amigo.» Protestamos con indignación y acaloradamente por esto, pero no pudimos convencer a Djibrail, a pesar de nuestra insistencia. Es posible que despertáramos sospechas en Djibrail, hombre, en general, inteligente.
Insistimos hasta tal punto que Djibrail perdió la paciencia y mandó a uno de sus obreros a buscar a un policía.
No viendo la posibilidad de salir del paso, decidimos decir claramente a Djibrail de lo que se trataba. Le declaramos que Ketsjoveli había sido detenido, que lo que debía instalarse allí no era un taller de cajas de cartón, sino una imprenta clandestina que debía imprimir libros contra el Gobierno y el zar, y que llegarían pronto los gendarmes, pues el pasaporte con las señas del domicilio de Ketsjoveli había sido recogido al procederse a la detención de este último, y que Djibrail, con su conducta, no sólo nos perdía a nosotros, sino a él mismo; que si se nos detenía, diríamos que él era nuestro compañero y entonces, en el mejor de los casos, iría a trabajos forzados por diez años y se le confiscarían todas las casas. «Nosotros –añadimos– hace ya mucho tiempo que luchamos contra el Gobierno, y el presidio, y ni aun la muerte, nos dan miedo.»
Al oír estas palabras, Djibrail se transformó completamente, se puso a temblar de rabia o de miedo, y tomándonos por la mano, por un callejón estrecho, nos llevó a su propia casa, donde se encerró con nosotros en una habitación completamente aislada. Allí nos pidió con gran excitación que le explicáramos en detalle de lo que se trataba. Entonces le explicamos abierta y claramente lo que significaría nuestra detención y el descubrimiento de nuestra imprenta. Entonces, viendo que se había metido en un asunto comprometedor para él, nos preguntó: «Decid, hermanos, ¿qué salvación hay?». A lo cual contestamos que la única salvación que había consistía en sacar del piso que ocupábamos la máquina de imprimir y otros objetos pertenecientes a la imprenta. Después de esto, de repente se marchó a la calle corriendo, con el fin, como supimos más tarde, de ir al encuentro del obrero que había mandado al comisario de policía y que venía para detener a los dos sujetos sospechosos. Djibrail consiguió persuadir al policía de que por imbecilidad suya le había molestado inútilmente, y entonces volvió un poco más tranquilo a la habitación en que estábamos.
Como según nuestros cálculos los gendarmes no podían tardar en llegar, pedimos a Djibrail que nos dejara marchar inmediatamente con nuestros cajones. Con gran asombro nuestro se negó categóricamente a dárnoslos, declarando que nos podían detener con ellos en la calle y entonces todo se echaría a perder; que lo mejor era que él lo mandara todo a la aldea vecina en su carruaje tártaro, aldea donde tenía un pequeño jardín, en el cual tendría escondidos los cajones hasta que se los pidiéramos. Nos dio palabra de honor de que no nos traicionaría, y de que en caso de registro sabría decir lo que conviniera.
Aceptamos su proposición y le dimos 50 rublos por los gastos que pudiera tener y por la custodia de nuestras cosas. Inmediatamente dio orden de enganchar el carro y de cargar los cajones en el mismo, y a nosotros nos hizo salir por una puerta trasera que daba a un callejón.
Al salir nos dirigimos a un restaurante próximo, a comer y a rehacernos un poco de todas las emociones pasadas. Decidimos que Bolkvadze se marchara inmediatamente a Tiflis y advirtiera a los compañeros de lo ocurrido.
Yo decidí pasar a la situación ilegal y seguir actuando en la organización de Bakú. Nos despedimos en aquel mismo restaurante. Al atardecer, Bolkradze se marchó a Tiflis, y yo, cerca de las diez de la noche, fui detenido al pasar por la calle de Balaján.
El 4 de septiembre, por la mañana, al despertarme en la cárcel de Bailova, que conocía ya de antes, vi frente de mi ventana, en el otro cuerpo del edificio, la cabeza de Ketsjoveli y empecé a saludarlo en voz alta, lo cual me valió un torrente de improperios de su parte. Entonces le expliqué brevemente en georgiano, a pesar de los gritos y advertencias del oficial, lo que había ocurrido aquella noche. Ketsjoveli quedó muy contento del resultado de la historia con la máquina y expresó su convicción de que Djibrail mantendría su palabra.
Resultó que además de nosotros habían sido detenidos asimismo Víctor y Dmitri Bakradze, y un día después trajeron también a Grigori Sagórov, el cual recibía las publicaciones del extranjero.
Después de dos semanas de encierro en la cárcel de Bakú, se nos trasladó a Tiflis, al castillo de Metejski. Antes de que se nos mandara a Tiflis se nos había interrogado a todos en la sesión de gendarmes de Bakú.
Durante mi interrogatorio por el capitán Kárpov, trajeron a su despacho dos maletas con publicaciones extranjeras. En una de las maletas había números de la Iskra; en otra, de Zariá, y el folleto de Lenin ¿Qué hacer?. Kárpov me señaló las maletas y me dijo:
– Mire usted, señor Yenukidze. ¿Son suyas estas maletas?
Al cabo de pocos minutos, Kárpov se fue al teléfono, y al salir dijo al gendarme que estaba allí:
– Vigílalo.
Al quedarme solo con el gendarme le pedí que me dejara mirar los libros de las maletas. El gendarme me autorizó para ello, a condición de que me diera prisa. Tomé el número 22 de la Iskra y el folleto ¿Qué hacer?. Ese número lo esperábamos con gran impaciencia, pues debía publicar el proyecto de programa del Partido. Esperábamos aún con más impaciencia el folleto de Lenin, a propósito del cual se había armado tanto ruido. Pregunté al gendarme, que me pareció una persona simpática:
– Oiga, amigo, ¿no me podría llevar esas dos cosas?
El gendarme en un principio me contestó con una negativa rotunda y después dijo que si me lo encontraban sería peor. Le contesté que ya me habían cacheado y que seguramente no habría ningún nuevo cacheo, y que si por casualidad me los encontraban, diría que me los había llevado sin que él se diera cuenta. Por lo visto mi situación y mi demanda le impresionaron, y dijo:
– Está bien; lléveselo usted... Pero tenga cuidado.
Al día siguiente nos mandaron a Tiflis y conseguí ocultar tan bien la Iskra y ¿Qué hacer? que los llevé hasta la celda del castillo de Metejski.
Después de nuestra detención y del registro infructuoso de los gendarmes en la casa de Djibrail, toda la policía de Bakú se puso en movimiento para encontrar la imprenta y las personas que participaban en el transporte de las publicaciones extranjeras. Todas estas pesquisas no dieron ningún resultado.
Después de cuatro meses de encierro en el castillo, los dos Bakradze y Sagórov fueron puestos en libertad. Por lo tanto, nos quedamos en la cárcel sólo Ketsjoveli y yo. El capitán de gendarmes, Rúnich, nos mostraba a menudo cartas anónimas, que, según ellos, habían interceptado, en las cuales se decía que la policía había encontrado nuestra imprenta y que habían sido detenidos varios compañeros cuyos nombres se citaban. Nos dimos cuenta desde el primer momento del valor de todas esas maquinaciones y decidimos firmemente no declarar nada.
En aquel entonces, en el castillo de Metejski, cuyo régimen era muy severo, había numerosos camaradas que después ocuparon puestos muy destacados en el Partido.
El folleto de Lenin ¿Qué hacer?, y el número 22 de la Iskra, fueron un verdadero acontecimiento en el castillo. Encima de mi celda había un gran calabozo, en el cual estaban recluidos 16 compañeros que en breve debían ser deportados a la Siberia oriental. Pero su partida fue aplazada por algunos meses, y durante ese período, gracias al folleto mencionado y al número de la Iskra, que contenía el proyecto de programa del Partido, tuvieron la posibilidad de abrir un curso para el estudio de dichas cuestiones. Sus opiniones y las divergencias que se dibujaban en algunos puntos se comunicaban a los compañeros recluidos en las celdas unipersonales. Se entabló una polémica entre un grupo de dichos compañeros y Ketsjoveli.
Nosotros, los de Bakú, sosteníamos decididamente el punto de vista del folleto ¿Qué hacer?, y se asoció a nosotros la inmensa mayoría de los compañeros, incluso los que más tarde fueron líderes del menchevismo georgiano.
Ketsjoveli, con su energía y su actividad incansable, animaba a toda la cárcel y era un verdadero as en la invención de procedimientos para hacer pasar mensajes a los demás compañeros, incluso a los que estaban en las celdas de castigo. Las autoridades superiores daban órdenes continuamente para que se pusiera en cintura a Ketsjoveli, pero la administración de la cárcel se mostraba impotente. La ventana de su celda daba al Kurá, en cuya orilla estaba situada una pequeña fábrica de tabacos. Ketsjoveli había conseguido ponerse en relación, con ayuda de distintas señales, con los obreros de dicha fábrica, y durante la hora de comer o al terminar el trabajo, grandes grupos de obreros, situados frente a la cárcel, contestaban a las señales de Ketsjoveli. A menudo, desde la cárcel se telefoneaba a la comisaría de policía próxima, y los agentes disolvían los grupos.
El fiscal, que estaba bien enterado de todo esto, pensó distraer su atención con otras ocupaciones y le mandó unos cuantos lápices y cuadernos numerados, pidiéndole que escribiera las memorias de su pasado y expusiera su opinión sobre distintos problemas teóricos.
Ketsjoveli llenó el primer cuaderno de caricaturas malintencionadas de todas las autoridades y jefes, entre ellas el propio fiscal, y el papel restante y los lápices los distribuyó muy hábilmente por las distintas celdas. Cuando el fiscal visitó por segunda vez a Ketsjoveli, éste le presentó su trabajo y el fiscal se puso furioso.
La Administración decidió aplicar a Ketsjoveli un régimen excepcional, pero toda tentativa de este género provocaba enérgicas protestas de todos los detenidos.
A principios del verano de 1903, nos enteramos de que nuestra imprenta había sido retirada sin novedad, y que nuestros compañeros la habían instalado muy bien. Estas noticias nos dieron nueva energía para continuar nuestro trabajo.
Cuando las autoridades superiores se persuadieron de que la Administración de la cárcel era impotente para frenar a Ketsjoveli, fraguó un plan más simple y cruel. Se decidió emborrachar a un centinela, el cual, el 17 de agosto de 1903, mientras Ketsjoveli estaba hablando desde la reja de su ventana con otros compañeros, disparó contra él y lo mató.
Así terminó la vida de uno de los militantes más destacados del Cáucaso y el mejor organizador de las empresas clandestinas del Partido.
El segundo período de la labor de las imprentas clandestinas centrales empezó cuando Ketsjoveli y yo estábamos en el castillo de Metejski. El principal organizador fue Trifón Yenukidze, o como se le llamaba en la organización, compañero Semión. La dirección exterior y asimismo la obtención de todos los recursos necesarios la tomó sobre sí L. B. Krasin. Los ayudantes inmediatos de Semión eran los compañeros Lado Dumbadze, Iván Bolkvadze, Silvestre Todriá, Iván Sturúa, A. Jumariants y otros. La imprenta, bien organizada y bien provista de materiales y papel, se puso a trabajar intensamente.
A principios de 1903, el movimiento obrero ruso había tomado grandes proporciones. Se aproximaban las famosas huelgas de verano de los obreros del sur de Rusia y de Bakú. La demanda de literatura había crecido hasta tal punto que se pensó en ampliar la imprenta con la adquisición de otra máquina más perfeccionada.
La adquisición de una máquina nueva fue confiada a Semión, el cual cumplió su cometido por mediación del propietario de una pequeña imprenta legal de Bakú. La máquina fue adquirida en Leipzig por 2.100 rublos, pero cuando llegó a Bakú, el impresor que había servido de intermediario quiso quedarse con la máquina nueva para renovar su imprenta y dar una de las viejas a Semión. Cuando éste fue a buscar la máquina, el impresor le dijo:
– Si quieres, toma esta máquina vieja; la nueva no te la doy.
Semión, al ver la obstinación del impresor, no discutió con él; le dijo únicamente que reflexionaría y que a los dos días volvería por la respuesta definitiva.
Se veía claramente que sería imposible convencer al impresor. La máquina se había recibido a la dirección de su firma, y el deseo de renovar la imprenta era enorme. La máquina, embalada en tres grandes cajas, se guardaba en unos almacenes situados en un callejón de la calle del Teléfono, que por la noche estaba completamente desierta. Semión decidió dar un paso arriesgado.
Como se había ya encontrado un local para la nueva imprenta, una noche, Semión, junto con algunos compañeros, forzó la puerta del local en que se guardaba la máquina recibida del extranjero y se la llevó a la calle Paralélnaya, número 11, donde nuestra imprenta clandestina principal funcionó hasta su liquidación en enero de 1906. Nuestros compañeros obraron de un modo tan audaz y decidido que, al policía apostado allí, a pocos pasos, no se le ocurrió que no fueran los verdaderos dueños. Al cargar uno de los cajones, particularmente pesado, uno de los compañeros, Iván Sturúa, si no ando equivocado, gritó al policía: «Ayúdanos, amigo», lo cual hizo de buena gana el agente.
Cuando el propietario de la imprenta se enteró de lo sucedido, se puso furioso y amenazó a Semión con matarlo, pero obtuvo contestación tan convincente que se vio obligado a callarse. Al fin y al cabo, las cosas acabaron bien, y más tarde la firma del mencionado impresor fue utilizada para la adquisición de todos los materiales necesarios
La casa a donde fue trasladada la máquina era una casa tártara típica, con un patio propio, rodeado de una pared elevada.
El local estaba compuesto de tres grandes piezas, dos cocinas y un pequeño horno. Una de las piezas servía de tienda y otra la utilizábamos para la recepción del papel y de la tinta y la entrega de literatura. No tuvimos más recurso que arrendar toda la casa, pues un vecino nos hubiera sido peligroso.
En el momento del traslado de la imprenta yo había sido ya puesto en libertad y mandado a una aldea bajo la vigilancia de la policía. Poco tiempo después se me quiso detener nuevamente, pues se me había condenado ya a la deportación a la Siberia oriental. Advertido de ello, conseguí escapar. Cuando regresé ilegalmente a Bakú, la organización me propuso que trabajara nuevamente en la imprenta. En un principio, trabajaban en la misma ocho compañeros, entre los cuales estaba yo. Pero en sus comienzos el trabajo no se pudo desenvolver plenamente, pues la instalación exigió mucho tiempo.
Como he dicho ya, la máquina era completamente nueva, recibida del extranjero con todos los accesorios e incluso con moldes para la fundición de los rodillos. No tardamos en adquirir una estereotipia, una máquina de encuadernar y una guillotina. La casa la alquilamos para todo el año. La calle era bastante desierta, pero frente a nuestra casa había unas tiendas tártaras, donde se reunía constantemente una multitud de musulmanes, y toda persona de aspecto no musulmán que pasaba por allí llamaba la atención. La casa la había arrendado oficialmente Semión, el cual se instaló allí con la madre y el hermano. Estos dos últimos eran ficticios, pero todos los documentos para la inscripción de los tres inquilinos estaban en orden.
Semión se iba a veces a la ciudad con su «madre» en un faetón. Al volver entraba en las tiendas tártaras para hacer compras, manifestando atenciones particulares hacia su «madre», con lo cual se conquistaba el afecto y la aprobación de los viejos musulmanes, que sentían gran respeto por estas tradiciones. Gracias a todos estos subterfugios, Semión consiguió crear una atmósfera favorable alrededor de nuestra casa. En el período que describimos, se habían exacerbado mucho las relaciones entre los armenios y los musulmanes, a lo cual contribuía no poco la política del Gobierno. Los musulmanes habían visto siempre con buenos ojos a los georgianos, pero en ese período acentuaban particularmente su buena disposición con respecto a los mismos. Todos los vecinos sabían que Semión y su familia eran georgianos. Los que trabajábamos en la imprenta no teníamos derecho a mostrarnos a nadie: para la gente que nos rodeaba no existíamos y nadie conocía la dirección de la casa. En los primeros tiempos, la ignoraba incluso Krasin, el único que estaba en relación con Semión.
La imprenta empezó a funcionar el primero de noviembre de 1903. Lo primero que imprimimos en una hoja fue un artículo de la Iskra hablando del próximo Congreso del Partido.
No tardamos en convencernos de que la imprenta no podía seguir en las condiciones en que entonces nos veíamos obligados a trabajar. Una de las piezas la habíamos destinado para las máquinas. En esa pieza se concentraba todo el proceso de impresión, encuadernación y embalaje de la literatura que mandábamos, pero en caso de registro en la casa se hubiera descubierto todo inmediatamente.
Los que trabajaban en la imprenta habían tomado todas las medidas para no llamar la atención de los que pasaban por delante de las ventanas. Ninguno de nosotros tenía derecho a aparecer, como no fuera de noche, en las piezas que daban a la calle. Durante el día, las camas y todos nuestros objetos eran trasladados a la pieza donde estaba la máquina. Todas las habitaciones, excepto la de la máquina, desde las ocho de la mañana a las once de la noche, tenían un aspecto tal que podía introducirse en las mismas a cualquier persona sin temor. La pieza en que trabajábamos era, ni que decir tiene, inaccesible. Si alguien deseaba penetrar allí, Semión o su «madre» declaraban que era la habitación de las mujeres. Por lo que a los musulmanes se refiere, era esto una garantía absoluta de que nadie intentaría entrar allí. La mayoría de los rusos –policías y funcionarios– que vivían en Bakú desde hacía tiempo y conocían estas costumbres, las observaban y respetaban también. Pero en caso de registro, naturalmente, esto no nos hubiera salvado. Habíamos organizado bien las señales de timbres. La gente nuestra llamaba siempre desde la calle de un modo especial, gracias a lo cual les reconocíamos. Cuando llamaba alguien que no era de los nuestros, interrumpíamos inmediatamente el trabajo. En esos casos abría la puerta exclusivamente Semión, o, cuando no estaba él en la casa, su «madre», su «hermana» o el «hermano»; es decir, las personas que estaban inscritas en la casa y eran consideradas como los inquilinos oficiales. No era raro que gente de fuera llamara: venía el aguador, el basurero, los vendedores de frutas, de verduras, de periódicos. Una vez nos visitó el comisario de policía del distrito, el cual ofreció sus servicios a Semión para lo que fuera necesario, pues consideraba a todos los musulmanes como a unos ladrones y bandidos. Vinieron en dos ocasiones los guardias a felicitarnos por las fiestas, nos visitaron dos veces los agentes de la Administración municipal para el padrón, etc., etc.
Una de las visitas nos asustó mucho y nos obligó a resolver de una vez para siempre la cuestión de un local más seguro para la máquina y el trabajo de la imprenta. Una mañana, en los días de la fiesta musulmana de Novruz bayrami, fue a visitar a Semión el dueño de la casa, un respetable musulmán, que trajo consigo como regalo una magnífica oveja con la cabeza y los cuernos barnizados, y declaró a Semión que había decidido irse a la Meca y vender la casa a un pariente lejano que dentro de unas cuantas horas vendría con sus hermanos para ver la casa. Para Semión esta declaración fue un gran golpe, hasta tal punto, que se puso muy confuso, lo cual explicó inmediatamente al visitante por el pesar que le causaba el separarse de un dueño tan respetable como él. Éste, emocionado por tantas consideraciones, empezó a tranquilizar a Semión diciéndole que el nuevo dueño de la casa era muy buena persona, había estado en la Meca, etcétera, etc.
En espera de los visitantes nos reunimos todos en la pieza en que estaba la máquina, cerramos todas las puertas que daban a la terraza del patio y esperamos el resultado de la visita. Cerca de la una vinieron seis venerables musulmanes para ver la casa. Nosotros escuchábamos cada palabra reteniendo la respiración. Semión los acompañó por todas partes, enseñándoles las habitaciones y el patio. Cuando pasaban frente a nuestra puerta, Semión declaró que era la habitación de su «madre» y de su «hermana» y que si el hadji deseaba verla, pedía a los visitantes que esperasen un poco a fin de trasladar a las mujeres a otra habitación. Los viejos protestaron unánimemente contra esto y se alejaron apresuradamente de la habitación sin desear ver ni tan siquiera la cocina, que era también principalmente una parte femenina de la casa. Los visitantes se alejaron, despidiéndose afectuosamente de Semión. Si no hubiéramos estado en una habitación oscura, gracias a lo cual no nos veíamos unos a los otros, nos hubiera sido difícil contener la risa.
Después de la venta de la casa y de la visita inesperada del nuevo dueño, se planteó ante nosotros de un modo aún más agudo la cuestión del traslado de la imprenta a un sitio más seguro. En los límites de nuestra casa no era posible hacer nada, pues ésta no tenía más que un piso y carecía de subterráneo. En la parte de la casa que no daba a la calle, había una cuadra bastante grande y un granero. Detrás de la cuadra había un pequeño patio, rodeado de una pared elevada. La cuadra tenía una salida a la calle por uno de sus extremos y terminaba en tres piezas de reducidas dimensiones. En aquel entonces había en la cuadra un par de caballos, y una parte de la misma estaba ocupada por forraje; el extremo, que terminaba en una plazoleta triangular, adyacente a la habitación donde teníamos la máquina, estaba vacío. El hijo del propietario de esa cuadra, el joven tártaro Assán, era conocido de Semión, al cual visitaba de vez en cuando. Una vez, Semión le pidió que le enseñara cómo enganchaban los caballos, y se paseó con él por la ciudad. Assán accedió a ello gustosamente, y Semión consiguió examinar detenidamente la cuadra, el patio y las tres piezas. Después del segundo examen, nuestro camarada pudo comprobar que el suelo de la cuadra era aproximadamente dos arshín más bajo que el de nuestras habitaciones.
Después de estudiar la cuestión, decidimos que lo mejor era arrendar o comprar la parte vacía de la cuadra y utilizarla para nuestros fines. Por la noche estudié desde el tejado de nuestra casa la disposición de la cuadra y llegué a la conclusión de que en caso de que arrendáramos dicha parte, se podría construir un paso subterráneo y trasladar allí la máquina y los accesorios necesarios para el trabajo. Después de algunas conversaciones,
Assán comunicó a Semión que su padre estaba dispuesto a vender la cuadra con las tres piezas por 2.000 rublos y que, además, si estábamos conformes con cederle la parte de la cuadra que ocupaba de hecho nos daría por ello 150 rublos al año. Después que hubimos decidido la adquisición de la cuadra y el traslado de la imprenta a la misma, propusimos al representante del Comité Central del Partido que se nos asignaran 2.000 rublos. A pesar de que después del segundo Congreso empezaron a afluir los recursos a la caja del Partido con bastante regularidad, 2.000 rublos representaban una suma muy considerable. Cuando Semión intentó hablar de esto con los compañeros por mediación de L. B. Krasin, muchos de ellos juzgaron desfavorablemente la empresa. Se decidió que por la noche fuera a hablar con un grupo de viejos compañeros a fin de ponerles al corriente de la situación de la imprenta, en la cual habíamos gastado ya algunos miles de rublos y que podíamos perder en caso de que se efectuara el registro más superficial. Después de un cambio de impresiones, el difunto compañero [Isídor] Gukovski declaró resueltamente que, con los gastos que habíamos hecho en la imprenta, y teniendo en cuenta la enorme importancia de la empresa, era imperdonable detenerse ante una suma tal como 2.000 rublos. Como consecuencia, propuso hacer un empréstito de dicha cantidad a la caja de la Administración municipal de Bakú, en la cual trabajaba como tenedor de libros, en el caso de que el Partido no pudiera proporcionarnos esa suma. En aquel entonces era alcalde el conocido naródnik A. I. Novikov, el cual tenía gran confianza en Gukovski, como un revolucionario a otro revolucionario, aunque pertenecieran a dos partidos distintos. Gukovski consiguió, en efecto, tomar prestado ese dinero, el cual, un mes después, fue reintegrado a la caja municipal por Krasin, que era el cajero del Partido y el que proporcionaba las sumas más importantes. Gracias a ello, compramos inmediatamente la casa con el pretexto de destinarla a almacén de artículos eléctricos. Después de la adquisición, examinamos cuidadosamente la cuadra y resultó que el extremo de la misma estaba separado de la sección de forraje por una pared maestra, y que la puerta de esta parte, que daba al patio, estaba cerrada con una piedra. Por lo tanto, la parte triangular de la cuadra, que comunicaba directamente con nuestra sección de máquinas, era completamente vacía y destinada, por decirlo así, por el destino, a nuestra empresa clandestina. La compra fue efectuada a principios de abril, y antes de fines de dicho mes tuve que elaborar el plan de paso subterráneo y establecer una lista de los artículos y materiales necesarios para la instalación, la construcción del paso y obturación de la pared, pues se había decidido desmontar la máquina y llevarla directamente por partes al local subterráneo desde nuestra habitación, perforando la pared de nuestra casa. Los materiales necesarios (ladrillos, cemento, etc., etc.) los traíamos a casa poco a poco en pequeñas partidas y se amontonaban cuidadosamente en el patio. Se adquirieron asimismo las herramientas necesarias.
Entretanto, el trabajo en la imprenta no cesaba. En vísperas del Primero de Mayo nos llegaba siempre mucho material del Comité Central. En aquel entonces había empezado ya la guerra ruso-japonesa, y teníamos que hacer muchas hojas sobre la misma. Sólo para el Primero de Mayo, el Comité Central nos había encargado más de 200.000 hojas para mandarlas a los distintos Comités del Partido. Decidimos terminar todos los trabajos urgentes el Primero de mayo, cuando la mayoría del proletariado celebraba ese día; nosotros, desde primera hora de la mañana, nos poníamos a abrir una gran brecha desde nuestra habitación al nuevo local. Perforar una pared de piedra resultaba un trabajo muy pesado para unos albañiles tan inexpertos. Pero, gracias a la energía extraordinaria que desplegamos y a nuestra tenacidad, a mediodía pudimos penetrar en el nuevo local y examinarlo libremente. El suelo de la parte de la cuadra que decidimos unir a nuestro local estaba sin embaldosar y era muy inconsistente. Al atardecer, ensanchamos un poco el agujero, y la máquina, desmontada, fue trasladada al nuevo local, a excepción del volante, que tenía un metro de diámetro y estaba hecho de una sola pieza. Nos dedicamos a construir los cimientos para la nueva máquina en el nuevo local. Por la noche cerramos de nuevo el agujero que habíamos abierto en la pared. Después de esto, nuestra misión consistía en construir una entrada segura al nuevo local y que nadie pudiera descubrir, en caso de registro, en la parte legal de nuestra casa. Para este fin utilizamos uno de los nichos que había en la pieza en que antes estaba la máquina de imprimir.
Dichos nichos estaban cubiertos de madera en el interior, y el fondo era de piedra, estucado y barnizado. Nos pusimos a cavar el fondo del nicho en sentido vertical, hasta que llegamos al final de los cimientos, esto es, hasta el suelo, que resultó hallarse casi al mismo nivel que el de la antigua cuadra. El fondo del nicho era por sus proporciones completamente suficiente para entrar libremente en el nuevo local y pasar allí los materiales y sacarlos. Ahora, lo necesario era hacer las cosas de tal modo que se disimulara la entrada. Con este fin preparamos una gran plancha de madera en forma que, colocado en el nicho, pareciera un fondo igual al del nicho del lado. Después, gracias al auxilio de Krasin, la plancha bajaba y subía sin ninguna dificultad por medio de unas bisagras. Cuando todo estaba listo, decidimos traer al local, el domingo siguiente, el volante, sin el cual no se podía trabajar. Por la mañana abrimos una brecha en la cocina; por la noche, con gran júbilo por nuestra parte, el volante estaba en la imprenta, y a la mañana del día siguiente el trabajo volvió a hervir en el nuevo y seguro local.
Con la instalación de la imprenta en el subterráneo no estaba todavía completamente garantizada la seguridad de nuestra empresa. Para ello era preciso crear en el interior las condiciones necesarias de trabajo y establecer un régimen que ofreciera la máxima garantía. La jornada de trabajo, sin contar la pausa para la comida, era de diez horas. El día empezaba y terminaba del siguiente modo: nos levantábamos a las siete y media en punto de la mañana; en media hora había que lavarse y llevar la cama al subterráneo. A las ocho empezaba el trabajo. A las diez en punto un golpe en el nicho nos advertía que había llegado la hora de tomar el té, a lo cual se destinaban exactamente quince minutos. Después del té nos poníamos de nuevo a trabajar hasta la una. De la una a las dos comíamos y leíamos el periódico en voz alta. A las dos en punto descendíamos de nuevo a la imprenta, donde trabajábamos hasta las siete y media. A las ocho, después de habernos lavado, tomábamos el té de la noche. Después del té, pasábamos a la pieza en la cual empezaba el paso al subterráneo y donde antes estaba la imprenta. Esa pieza era ahora un local bastante confortable. El suelo, asfaltado, estaba cubierto con dos buenas alfombras. Excepto dos divanes asiáticos, cubiertos también de alfombras, en la pieza no había ningún mueble. Nos sentábamos en los divanes o nos echábamos sencillamente en las alfombras. Era la hora más feliz. Cuatro veces por semana cada cual hacía lo que quería, esto es, se leía, se tocaba la guitarra cautelosamente, se jugaba al ajedrez o sencillamente se conversaba. Tres veces por semana nos dedicábamos a la lectura en común o al examen de una cuestión cualquiera. En caso de que llamara a la puerta algún extraño, inmediatamente, de acuerdo con el régimen establecido, sin ningún ruido ni confusión, nos refugiábamos en el subterráneo, desde donde cerrábamos la entrada y esperábamos la señal. A cualquier hora del día y de la noche, después de nuestra salida, todas las habitaciones debían tener el aspecto de que nadie vivía en las mismas a no ser las personas oficialmente registradas. Todo esto fue observado por nosotros con extraordinario rigor y la mayor puntualidad en el transcurso de dos años y medio. En los primeros tiempos éramos cinco compañeros; luego fuimos siete. Dormíamos en dos piezas. Yo, con otros tres camaradas, dormía en una habitación cercana al subterráneo. Tenía un sueño muy ligero, de manera que a la primera llamada podía despertarme inmediatamente. Por esto me acostaba a la entrada misma del subterráneo y tenía el deber, en caso de necesidad, de despertar rápidamente a todos los compañeros, abrir la entrada del subterráneo, encender la lámpara y tomar las cosas y las camas, después de lo cual penetrábamos rápidamente en el subterráneo y la entrada se cerraba desde dentro. Tuvimos que efectuar esta operación muchas veces, pero en algunas ocasiones nosotros mismos dábamos la señal de alarma para comprobar si esto se hacía como era debido. Pero antes de hablar del trabajo de la imprenta, describiré brevemente la organización exterior de nuestra empresa.
Como ya he dicho, el encargado de las relaciones con el mundo exterior era Semión. Éste estaba en contacto con Krasin, por cuya mediación se recibían todos los materiales para la impresión, así como las direcciones para el envío de los impresos. Ningún compañero visitaba la casa, y nadie, excepto Krasin, conocía las señas de la imprenta. De los que trabajaban en la misma, nadie tenía derecho a salir de casa durante el día. Cada uno de nosotros iba a la ciudad de las ocho a las once de la noche una vez cada dos semanas. Se permitía la salida de dos compañeros juntos, los cuales estaban obligados a regresar no más tarde de las once. Semión y las demás personas que vivían legalmente en la casa se marchaban cuando querían, pero nadie podía estar fuera de casa después de las doce de la noche. Si alguno no podía volver a esa hora, ya no regresaba.
Había una persona encargada de proporcionar el papel a la imprenta y esta persona tenía la obligación de entregar la literatura al taller de cajas. En este taller, donde se encargaban estas últimas, se embalaba la literatura, se hacían las inscripciones en cajas, y éstas se entregaban también a una persona especial que estaba en relación con los agentes ferroviarios, los pesadores, etc., y que entregaba la literatura al portador. Los documentos y duplicados se entregaban a Semión, el cual los hacía llegar a nosotros. Sacábamos copia de los mismos, y estos duplicados se mandaban a las direcciones especiales indicadas por la Oficina Técnica del Comité Central. Al recibir los documentos y la literatura se nos hacía saber que la mercancía correspondiente a tal o cual documento había llegado.
Las cosas estaban organizadas de tal modo que las personas que nos traían papel y otros materiales y se llevaban la literatura empaquetada en fardos especiales ignoraban el contenido de los mismos. En el taller de cajas no sabían de dónde procedía esa literatura. El que la mandaba por ferrocarril tampoco tenía la menor idea de lo que contenían las cajas, y en caso de que se hubiera descubierto el contenido, no hubiera podido saber que la literatura era de origen local.
Es difícil enumerar todas las pequeñas precauciones que observábamos con la mayor puntualidad, pero estoy persuadido de que fue gracias al régimen establecido como conservamos esa empresa ilegal.
Durante el tiempo que funcionó nuestra imprenta –cerca de dos años y medio– nos visitaron sólo algunos miembros o agentes del Comité Central. A fines del segundo año de existencia de la imprenta, una vez invitamos especialmente al compañero V. V. Starkov, conocido ingeniero, al cual propusimos que encontrara la entrada del subterráneo. Starkov examinó cuidadosamente todas las habitaciones, golpeó todas las paredes y los sitios peligrosos a su juicio, pero no consiguió descubrir la entrada.
En el subterráneo, a causa de la ausencia absoluta de ventilación, había, durante el trabajo, una atmósfera irrespirable. En el verano de 1904 nos vimos obligados a abrir una ventanilla en el tejado. A pesar de ello, en verano hacía un calor insoportable, hasta tal punto que en julio habitualmente suspendíamos la impresión, dedicándonos a preparar matrices o estereotipias, componíamos los trabajos extensos o una parte de los compañeros se marchaba de vacaciones.
A pesar de las precauciones mencionadas no podíamos tener la seguridad de que en caso de registro no nos descubrieran, y por esto estábamos decididos a resistir a la policía con las armas en caso de detención. Todos estábamos armados de revólveres y es indudable que de ser descubiertos habríamos puesto en práctica nuestra decisión.
Entre nosotros las relaciones no podían ser más fraternales; trabajábamos todos con la misma intensidad, ganábamos un sueldo igual de 25 rublos al mes, nos sentábamos a la misma mesa y vivíamos juntos; en una palabra, no establecíamos ninguna diferencia entre nosotros; los hombres no dejan de ser hombres. A algunos de los camaradas les pesaba el rigor del régimen establecido y las condiciones en que se trabajaba, y empezaban a enervarse y a menudo surgían disputas por cualquier tontería. Yo, como el más viejo de todos y el más preparado teóricamente, gozaba de un respeto incontestable. En las pocas horas libres que nos quedaban, consideraba como un deber amenizar la vida de nuestro grupo. Con este fin organizaba lecturas en común, enseñaba distintas materias a algunos de ellos y más que nada me dedicaba a hablarles de historia en general y de historia del socialismo en particular. Consagrábamos sobre todo mucho tiempo a distintas materias abstractas, tales como, por ejemplo, la astronomía, la cual gustaba extraordinariamente a todos.
Si alguno de los compañeros se sentía excesivamente fatigado y no podía resistir más el trabajo, le dejábamos marchar suministrándole todo lo necesario.
Entre nosotros predominaban los bolcheviques, pero había también algunos mencheviques. Nuestras divergencias no tenían absolutamente ninguna repercusión en el trabajo. Después del III° Congreso del Partido, o sea de la escisión oficial entre bolcheviques y mencheviques, la imprenta pasó enteramente a la disposición de los bolcheviques.
Paralelamente con la imprenta central, existía en Bakú una filial donde se imprimía principalmente la literatura en georgiano y armenio. Dicha filial fue liquidada pronto, y la imprenta fue cedida a la organización de Tiflis, donde fue descubierta en el otoño de 1906.
Volvamos ahora a hablar de nuestra imprenta central. Como trabajo constante imprimíamos la Iskra, Órgano Central del Partido. La Iskra se imprimía con las estereotipias hechas según las matrices que nos mandaban del extranjero. He de decir que este trabajo se hacía de un modo muy primitivo. Cuando tres años más tarde vi en las grandes imprentas de Petersburgo cómo se trabajaba en la estereotipia, me sorprendió extraordinariamente el comprobar que se hacía de un modo que nada tenía de común con el nuestro. De la Iskra tirábamos 10.000 ejemplares, que hacíamos llegar a todos los Comités del Partido. Uno de los primeros folletos que imprimimos fue A los Campesinos Pobres, de Lenin. Después siguieron ¿Qué Hacer?, el Manifiesto Comunista, de Marx y Engels, y El Programa de Erfurt, de Kautsky. De este último folleto se hizo un tiraje de 1000 ejemplares, en papel especial, de los cuales se mandó uno, con una dedicatoria, a Kautsky. Los demás ejemplares Krasin los vendió entre los elementos liberales y simpatizantes de nuestro Partido y recogió una suma respetable. De todos los folletos tirábamos de 5.000 a 10.000 ejemplares, pero el tiraje de algunos de ellos llegó hasta 15.000. Imprimíamos sobre todo muchas hojas y artículos de la Iskra relativos a la guerra con el Japón. Me acuerdo de un artículo de Parvus, La guerra y la revolución, y asimismo de muchos artículos y hojas escritos por el compañero Trotsky. Reprodujimos muchos artículos sobre el sistema electoral, la Asamblea Constituyente, etcétera, etc. Trabajo había mucho tiempo, y a menudo, sobre todo, durante los últimos meses, trabajábamos catorce y aun dieciséis horas diarias.
Las hojas habitualmente las imprimíamos en papel de fumar. Los folletos los imprimíamos asimismo en papel ligero, la encuadernación la hacíamos nosotros y se cortaba todo lo superfluo a fin de reducir el peso al mínimum. No puedo citar de memoria toda la literatura impresa por nosotros, pero me acuerdo con exactitud del peso de la que mandamos a los distintos Comités. En conjunto remitimos a las distintas direcciones, no contando más que el peso neto, 548 puds. Si se tiene en cuenta que todas nuestras publicaciones se imprimían en un papel muy ligero, esto representa una cantidad enorme de ejemplares. Me acuerdo bien de que mucho antes de la liquidación de la imprenta habíamos pasado del millón de ejemplares y de que incluso celebramos este acontecimiento con una pequeña fiesta. De los 548 puds perdimos sólo 32. En Poltava y Yelisabetgrad se perdieron cerca de 10 puds, y el resto de la literatura, unos 20 puds, los perdimos en Samara en las circunstancias siguientes. Después de lo sucedido en Poltava y Yelisabetgrad, en ferrocarriles se vigilaba muy escrupulosamente la expedición de mercancías. En vista de ello, en el período de la navegación, intensificamos el transporte a través de Astracán, por el Volga. Antes de esto habíamos estudiado ya el carácter del embalaje de las mercancías que mandaban desde Bakú por ferrocarril o por mar. Por el Volga empezamos a mandar literatura en cajones de dos puds con el nombre de «alquitrán». En aquel entonces distintas firmas mandaban grandes partidas de «alquitrán» en barriles y cajones desde Bakú. Encargamos cajones dobles a nuestro taller. En los cajones interiores colocábamos literatura, luego los poníamos en otros cajones mayores y echábamos alquitrán en el interior. Esos cajones, con las correspondientes inscripciones indicando el número y la clase del «alquitrán», se mandaban a Samara, Sarátov y otras ciudades, a direcciones imaginarias. Las cosas iban bien, pero en julio de 1905, cuando se descargaban los cajones de la bodega, algunos de ellos se cayeron de la grúa y uno se rompió a pedazos. Del cajón destrozado empezó a correr alquitrán y, junto con él, salió la literatura, pues el cajón interior también se había roto. Naturalmente, se abrieron todos los paquetes y una gran parte de nuestra literatura se perdió.
Todo esto fue presenciado por un compañero que esperaba la llegada de nuestras cajas y se hallaba entre el público mientras se efectuaba la descarga del vapor.
En general, de toda la literatura mandada se perdió muy poco. En El Mensajero del Gobierno apareció un artículo hablando de la remesa de literatura socialdemócrata ilegal desde el extranjero, y en dicho periódico se demostraba que dicha literatura llegaba a Bakú por Persia, etc., etc. Pero a nadie se le ocurría que se podía imprimir tanto y tan bien en condiciones clandestinas.
Las relaciones interiores entre los compañeros que trabajaban en la imprenta, si bien eran siempre amistosas y sólidas, en algunos momentos de la vida de nuestro Partido sufrían oscilaciones considerables. Me acuerdo de la repercusión que tuvo entre nosotros la salida de Lenin de la redacción de la Iskra y la publicación por el mismo del periódico Vperiod (Adelante). A partir de aquel momento empezaron a aparecer en dichos dos periódicos artículos polémicos sobre los problemas de organización y de táctica. Me acuerdo particularmente de las ardientes discusiones que provocaron los artículos sobre la insurrección armada y la toma del Poder cuando se enconó la polémica entre Plejánov y Lenin. La simpatía de la mayoría de nuestros compañeros se inclinaba hacia la antigua Iskra. Surgieron también grandes discusiones entre nosotros después del episodio de Gapón. A pesar de nuestras divergencias, dándonos cuenta de la gran responsabilidad que teníamos ante el Partido, sabíamos liquidarlas siempre; pero después del III° Congreso del Partido y de que El Proletario fue declarado Órgano Central de los bolcheviques, en la imprenta no quedaron más que los partidarios de la tendencia bolchevique.
El Partido crecía, y con ello la necesidad de la literatura, de tal modo que, a pesar de la gran productividad de nuestra imprenta, no nos hallábamos en condiciones de satisfacer las exigencias del Partido. La necesidad de literatura había crecido particularmente en las regiones industriales de Moscú y Petersburgo. Entonces el Comité Central decidió tomar medidas para montar una imprenta en la primera de estas ciudades. Semión fue llamado a dicha ciudad y se le encargó la organización de la imprenta. En aquel entonces Krasin trabajaba también en Moscú. Semión alquiló una tienda para la venta de productos caucásicos, y a su lado, en las cavas, se montó la imprenta. Los compañeros Silvestre Todriá y Gueorgui Sturúa, de nuestra imprenta de Bakú, fueron a trabajar allí. En calidad de sirvienta, trabajaba en la tienda la compañera Ikrianistova, la cual, hasta 1912, no supo que allí donde en 1905 trabajaba en calidad de sirvienta, había una imprenta clandestina. Esto muestra una vez más hasta qué punto observaban nuestros compañeros las reglas de la conspiración.
A mediados del verano de 1905, cuando la imprenta de Moscú se puso a funcionar, la de Bakú fue descargada de la literatura cotidiana y urgente. Nos dedicamos a imprimir exclusivamente folletos. Los acontecimientos que se desarrollaron después del 9 de enero no podían dejar de repercutir en el régimen interior establecido en nuestra imprenta. Con el incremento tomado por el movimiento obrero, nuestros compañeros empezaron a hablar cada vez con más frecuencia de que había llegado el momento de salir de aquel sitio rigurosamente conspirativo y ponerse a actuar entre las masas. En una palabra, la proximidad de las «libertades» y los progresos del movimiento obrero en Rusia determinaron en nuestro medio severamente conspirativo lo que en el lenguaje contemporáneo se llama desmoralización. Cada día resultaba más difícil contener la tendencia natural de los compañeros a recobrar la libertad; pues, por otra parte, muchos se daban cuenta de que nuestra imprenta no era ya tan necesaria para el Partido como antes. Sin embargo, gracias a la escuela por que habían pasado nuestros compañeros y a su elevado concepto de la disciplina, no se vulneró en lo más mínimo el régimen interno y externo de la imprenta.
Después del Manifiesto del 17 de octubre de 1905 , el Partido obtuvo, en efecto, la posibilidad de lanzar, en los primeros momentos, una enorme cantidad de literatura, y la afluencia de material a nuestra imprenta clandestina se redujo hasta el mínimum. Se planteó ante nosotros la cuestión de reducir el trabajo o cerrar temporalmente la imprenta. Por otra parte, temíamos que, gracias a las condiciones creadas a nuestro alrededor, se echara todo a perder. Comprendíamos instintivamente que la imprenta clandestina nos podía ser aún necesaria. Me acuerdo muy bien del entusiasmo de nuestro grupo clandestino con motivo de los acontecimientos de octubre de 1905, pero me acuerdo también de que al apreciar dichos acontecimientos llegábamos a la conclusión de que esas «libertades» eran inconsistentes y que probablemente nos veríamos obligados a actuar nuevamente como un año atrás. Como en aquel entonces no había en Bakú ningún representante del Comité Central, no podíamos decidir la cuestión de la imprenta.
Se acordó que con este fin me fuera a Petersburgo para examinar dicha cuestión con el Comité Central. Llegué a la capital en noviembre y me dirigí inmediatamente a la reunión del Comité. Dicha reunión se celebró en el domicilio particular del ingeniero Brúsnev en la calle de Sadova, cerca de la Plaza Pokróvskaya. Fue allí que vi por primera vez al compañero Lenin. Éste me interrogó sobre la situación en el Sur y en el Cáucaso, sobre el estado de espíritu de nuestras organizaciones y de los camaradas que trabajaban en la imprenta. Di cuenta a Lenin y a los compañeros Krasin, Bogdánov y Postalovski, que se hallaban presentes, de la situación en Bakú y en otros sitios, y hablé asimismo en detalle de nuestra imprenta y del estado de espíritu de los compañeros. Les dije también que preferíamos continuar en las mismas condiciones ilegales, aunque fuera sin hacer nada temporalmente, a emprender la liquidación de una empresa que habíamos organizado con tantas dificultades. Me acuerdo muy bien de que el compañero Lenin se rio de los camaradas que se entusiasmaban con las «libertades» de octubre y se imaginaban que la «libertad» de imprenta estaba tan garantizada que no tendríamos más la necesidad de amurallar a la gente en los sótanos. Sin embargo, la mayoría del Comité Central decidió liquidar nuestra imprenta de Bakú y trasladar a Petersburgo a todos los compañeros que trabajaban en la misma para que trabajaran en la gran imprenta legal que proyectaban los bolcheviques. Después de permanecer en Petersburgo algún tiempo y de recibir los recursos necesarios para la liquidación de la imprenta, fui a Moscú, donde había de recibir una parte de dinero en la redacción del diario bolchevique Vperiod. Salí para Bakú el 6 de diciembre, esto es, en vísperas del levantamiento armado de Moscú. Moscú, en aquél entonces, hervía, y se tenía la sensación de que se aproximaban acontecimientos. Recorrí libremente la ciudad con otros compañeros, armados todos nosotros de pistolas máuseres, compramos balas sin ninguna dificultad e hicimos ejercicios de tiro en el parque de Petrovsk. En el domicilio de Gorki celebramos una reunión de la Organización de Combate, en la cual se presentaron nuevos tipos de granadas de mano. M. F. Andréyeva accedió de buena gana a que celebráramos dicha reunión, pero a condición de que se hiciera todo en ausencia de Alekséi Maksímovich [Gorki], pues temía que las granadas estallaran y no quería que su marido corriera ningún peligro. Nosotros, naturalmente, no temíamos ninguna explosión, pues las granadas no estaban cargadas, pero así y todo aceptamos estas condiciones.
Llegué a Bakú en el último tren, pues se había declarado la huelga general ferroviaria. En vísperas de mi llegada, los «cien negros» habían asesinado a Piotr Montin, uno de los obreros bolcheviques más destacados. El Comité de los bolcheviques de Bakú decidió organizar un gran entierro, y el cadáver de Montin fue trasladado a Tiflis. En el entierro tomaron parte asimismo las organizaciones de los mencheviques y de los socialistas revolucionarios. El 9 de diciembre fue convocada una reunión ampliada de los Comités de las tres organizaciones para examinar la cuestión del ceremonial del entierro. La huelga general había sido declarada no sólo en los ferrocarriles, sino también en los yacimientos petrolíferos y en la ciudad de Bakú. En dicha reunión me presenté por primera vez ante los compañeros del Cáucaso, a los cuales no había visto desde hacía más de tres años. Todos ellos quedaron muy sorprendidos de mi aparición, pues incluso los camaradas más íntimos ignoraban que durante todo aquel tiempo había actuado en Bakú en la clandestinidad. Les declaré que había llegado de Petersburgo y que tenía algunos encargos del Comité Central para el Comité Local. Fui incluido, como representante de los bolcheviques, en el Comité organizador del entierro. Me acuerdo que cerca de las dos de la madrugada se nos planteó la cuestión de la necesidad de lanzar un manifiesto a los obreros y a la población. A pesar de que el Comité era entonces el dueño efectivo de la ciudad, se consideró imposible que dicho manifiesto estuviera listo por la mañana. Los compañeros quedaron extraordinariamente sorprendidos cuando propuse que se me diera el original del manifiesto y prometí traer unos cuantos miles de ejemplares impresos a las cuatro de la madrugada. Me fui a nuestra imprenta clandestina, desperté a los compañeros, y dos horas después la hoja estaba impresa. En aquella misma noche comuniqué al compañero Aliosha Djaparidze que la imprenta principal del Comité Central se hallaba en Bakú y que yo había trabajado en la misma durante todos aquellos años.
En el entierro de Montin tomaron parte muchos miles de obreros. Se encargó un tren especial, pues los ferroviarios estaban en huelga, para mandar el ataúd y la delegación que le acompañaba a Tiflis. Muchos miles de obreros de esta ciudad nos vinieron a recibir en el semáforo con antorchas y canciones. El tren se detuvo en el semáforo, y el ataúd, con el cadáver de Montin, fue llevado al domicilio de su madre.
Al regresar a Bakú emprendí, junto con los camaradas, la liquidación de la imprenta. Todos los materiales, excepto la máquina, los entregamos al Comité bolchevique de Bakú. La máquina la desmontamos y embalamos en dos cajas. Para ello derrumbamos una de las paredes de la que había sido cuadra y llevamos abiertamente la máquina al patio. Durante todos esos días los compañeros trabajaban de muy mala gana. Por atraídos que se sintieran por la «libertad», les sabía mal abandonar aquel sitio, y, sobre todo, destruir todo lo que habíamos creado paso a paso. Nuestros vecinos musulmanes se enteraron por primera vez de lo que se hacía allí. Al vernos, movían asombrados la cabeza y cuchicheaban entre sí. El paso de nuestro piso al sótano fue cerrado por la puerta de la sección de máquinas. Así salió a la luz del sol aquella máquina nuestra que durante cerca de dos años había sido iluminada únicamente por la luz artificial, y que fue mandada a Petersburgo, esta vez ya como máquina tipográfica, a pequeña velocidad.
A mediados de febrero llegué a Petersburgo y la instalé en la perspectiva Litéynaya, y luego, en la Fontanka 96, cuando se abrió allí la gran imprenta legal de los bolcheviques.
Después del saqueo de dicha imprenta por orden de Stolypin, nuestra máquina fue trasladada a la gran imprenta de Berezin, en la calle Ivánovskaya, número 14.
En 1906, después de la disolución de la primera Duma, los acontecimientos tomaron un giro tal que se planteó nuevamente la cuestión de la publicación de un órgano clandestino del Partido. El cuadro de nuestros compañeros de las imprentas clandestinas de Bakú y de Moscú se había conservado íntegramente. En un principio, la mayoría de los mismos trabajó en la imprenta de la calle de la Fontanka, y después del saqueo de dicha imprenta, se encargó a los compañeros mencionados que organizaran la publicación de nuestro órgano El Socialdemócrata, en Víborg (Finlandia). En aquel entonces Lenin vivía en Kuokkala, donde se le llevaban las pruebas. En junio de 1906, el Comité Central me designó para actuar en la región del Cáucaso. Hasta octubre milité en las organizaciones rurales de la provincia de Rutáis, y después del Congreso del Cáucaso del Partido Socialdemócrata Obrero de Rusia (entonces unificado) milité en la organización de Bakú. Por lo tanto, después de mi detención de 1902 obtuve nuevamente la posibilidad de volver a actuar entre el proletariado de Bakú.
LA LABOR DE LA OFICINA TÉCNICA CENTRAL
A. I. GOLUBKOV
I
La Oficina Técnica adscrita al Comité Central del Partido fue organizada en el otoño de 1903, poco después del II° Congreso.
Toda la campaña organizada por la Iskra antes del Congreso, así como la unificación del Partido –unificación que, dicho sea de paso, señaló el principio de la división en bolcheviques y mencheviques– puso a la orden del día una serie de cuestiones de carácter no sólo político, sino también técnico.
Naturalmente, lo que debía organizarse en primer término era la recepción y distribución regular de toda la literatura clandestina, tanto del extranjero como del interior del país. La principal condición de existencia de una organización como ésa era su carácter estrictamente conspirativo. Por lo tanto, la elección del sitio donde debía instalarse la Oficina tenía una gran importancia. Se optó por la ciudad de Smolensk, y en octubre de 1903 fue encargado de organizar el servicio el compañero V. N. Sokolov, el cual no tardó en establecer el contacto con el extranjero y empezar a recibir literatura y a distribuirla por el país. Pero como fuera que a principios de marzo notara que se le seguía, se vio obligado a salir de la ciudad y a dejarme a mí todo el trabajo.
Aproximadamente después de un mes y medio llegó A. I. Liubímov (Mark), con el cual trabajamos hasta fines de diciembre de 1904, en que ambos fuimos a parar a la cárcel de Smolensk.
No teníamos relación alguna con la organización local del Partido, pues era necesario observar rigurosamente las reglas de la conspiración. Yo, en mi calidad de médico del hospital, podía aún verme, sin despertar grandes sospechas, con las personas que llevaban una existencia legal, pero Liubímov no podía relacionarse con nadie. Por lo tanto, el círculo con el que tratábamos se limitaba exclusivamente a los compañeros que participaban de un modo directo en nuestro trabajo o a las personas que nos prestaban algún servicio.
Nos reuníamos constantemente en el domicilio del doctor M. T. Kúchner, que simpatizaba mucho con las ideas revolucionarias. Utilizábamos asimismo para las entrevistas el domicilio del abogado V. L. Glínkin, el cual había actuado como defensor de uno de los primeros procesos políticos de aquella época.
Había mucho trabajo y muy intenso, y andando el tiempo fue aumentado más y más, sobre todo a partir de la primavera de 1904, cuando empezaron a celebrarse en Smolensk frecuentes reuniones del Comité Central, algunos de cuyos miembros vivieron durante un tiempo bastante prolongado en la ciudad.
Casi toda la literatura que se imprimía en el extranjero entraba por las fronteras del Norte, de las cuales estuvo encargado con gran acierto durante mucho tiempo el compañero M. M. Litvínov (conocido también como el compañero Félix o Papá). Litvínov, si no ando trascordado, vivía en aquel entonces en Riga, recorría a menudo las fronteras para comprobar los caminos y venía a Smolensk para examinar las distintas cuestiones relacionadas con el transporte de la literatura y el paso de la frontera por los compañeros.
La literatura llegaba a veces en forma de matrices. Entonces había que mandarlas a Bakú, a la imprenta clandestina.
La recepción de literatura por las fronteras del Sur era muy irregular. Con el fin de evitarlo, trabajaban, con enormes dificultades y riesgo constante, el compañero B. C. Maltsman (o compañero Luká) y V. N. Sokolov. La literatura que pasaba por las fronteras del Sur no llegaba a nuestra oficina técnica: una parte se perdía, otra iba a las organizaciones locales. Todas las publicaciones que recibíamos las mandábamos sólo a las regiones importantes, las cuales, desde sus centros, hacían la distribución a las organizaciones locales.
Las mejores oficinas eran las del Sur y del Este.
Al frente de la oficina de la primera, que se hallaba en Kiev, estaba el compañero L. Y. Kárpov; la del Este se hallaba en Samara. El transporte había sido organizado allí por V. N. Sokolov. La oficina se agrupaba alrededor de V.
P. Artsibuchov, viejo revolucionario que había pasado muchos años en la cárcel y la deportación. Artsibuchov conocía perfectamente todas las reglas de la conspiración, pero las aplicaba de un modo muy curioso.
Ponía, por ejemplo, señales en las ventanas, pero muy a menudo se olvidaba de quitarlas, lo cual inducía constantemente a error a los compañeros que iban a visitarle. O aplicaba todos los procedimientos conocidos de prudencia para evitar el espionaje; pero al mismo tiempo, a pesar de que en la ciudad casi todo el mundo le conocía, siempre saludaba a nuestros compañeros desde lejos, a voces, etcétera. Recuerdo que, en 1905, en Moscú, poco antes de la insurrección, cuando el aire olía a pólvora, un transeúnte me dio un codazo y me susurró algo al oído. Me detuve y con trabajo reconocí a mi amigo Artsibuchov: éste se había teñido, pero el pelo de la cabeza y de la barba tenían un absurdo color violeta.
Pero dejando aparte estos detalles, hay que decir que, a pesar de sus años, ardía constantemente de entusiasmo revolucionario y lo contagiaba a los demás. Todo el trabajo de recepción de la literatura, conservación de la misma, clasificación, embalaje y transporte, la correspondencia con las organizaciones locales y del extranjero (el cifrado de las cartas resulta muy fatigoso y tomaba mucho tiempo), la recepción, la instalación y el destino de los compañeros que llegaban, exigía, en la clandestinidad, condiciones determinadas y militantes aptos.
Cuando nos íbamos todos los días al sitio destinado a las entrevistas, nos encontrábamos siempre con algunos compañeros recién llegados, con los cuales había que hablar. Uno se disponía a marchar al extranjero, otro venía de allí, otro pedía instrucciones sobre el sitio a donde tenía que dirigirse, uno traía literatura, otro venía por ella.
A veces el número de camaradas que llegaba era muy grande.
Después de las entrevistas, nos íbamos a cualquier sitio con Mark y nuestros auxiliares inmediatos E. A. Kalita y Nastasia Dmítrievna, hablábamos de la correspondencia corriente y nos poníamos de acuerdo para el día siguiente. Cuando regresábamos a nuestras casas, ya noche oscura, nos dedicábamos a descifrar la correspondencia recibida, trabajo muy enojoso, que, sin embargo, no se podía confiar a nadie.
Naturalmente muchos de nuestros colaboradores técnicos se me han borrado de la memoria, pero me acuerdo de algunos de los compañeros que transportaban la literatura desde la frontera a Smolensk, y desde esta ciudad a las distintas localidades. Para este trabajo se necesitaban militantes habituados a la actuación clandestina, que supieran viajar en ferrocarril sin infundir sospechas. Me acuerdo de uno de los mejores colaboradores en esta esfera, conocido como Francisco. Los compañeros que militaban en Moscú antes de la revolución de octubre e inmediatamente después de la misma recuerdan sin duda las intervenciones acerbas, bajo Kerenski, del menchevique Kibrik, en las asambleas de los barrios y en la Duma municipal. Pues bien, ese Kibrik era el Francisco encargado del transporte, y en todo caso he de decir que en este concepto era excelente. Me acuerdo también de otro, llamado Vania (nunca supe su apellido), que cumplía magníficamente su cometido y se había identificado hasta tal punto con su profesión que después de octubre de 1905, al no poder ejercerla, se convirtió naturalmente en desocupado.
Pero hay que hacerles justicia: realizaban su trabajo de un modo incansable y con puntualidad, no hubo casi ningún fracaso, y su habilidad e ingenio eran asombrosos.
II
El verano y el otoño de 1904 fueron ricos en acontecimientos en la vida del Partido. Esos acontecimientos se desarrollaron principalmente en el extranjero, pero repercutieron en Rusia. El Comité Central manifestaba una gran actividad. Las reuniones se celebraban casi siempre en Smolensk. De manera que todo el período caracterizado por la política de vacilaciones que culminó con la incorporación al Comité Central de tres mencheviques ([V.] Krojmal, V. N. Rósanov y V. Aleksandrova) transcurrió en Smolensk. De los miembros del Comité Central que venían con más frecuencia, hay que citar a V. A. Noskov, I. F. Dubrovinski e I. L. Kárpov; venían también de vez en cuando Nikítich (Krasin) y Galperin, y con frecuencia el secretario del Comité Central, F. I. Chekoldin.
Muchos de los citados compañeros y precisamente aquellos que más frecuentemente venían a Smolensk, y con los cuales tenía yo una relación más íntima, han desaparecido ya del mundo de los vivos.
De todos ellos quisiera recordar en primer término al compañero Mark, ese hombre revolucionario, firme y consecuente en otra época, pero que, en 1914, al iniciarse la guerra, modificó radicalmente su fisonomía política.
Admiraba su extraordinaria tenacidad, la seriedad con que emprendía cualquier misión que se le confiara, su aptitud para llevar hasta el fin todo lo que se proponía. Era severo con el trabajo de los demás, pero aún en mayor grado consigo mismo. Aún me acuerdo del examen recíproco que nos hacíamos respecto a la enorme cantidad de direcciones que era preciso recordar sin anotarlas y del disgusto sincero que tenía cuando su memoria fallaba. En Smolensk se pasaba las noches cifrando las cartas a las organizaciones locales. Pero la labor técnica no le impedía estudiar la literatura marxista con la misma tenacidad con que lo hacía todo.
La labor común, el Partido y el interés por la teoría del marxismo hicieron que intimáramos rápidamente. Absorto siempre por la idea del trabajo que se le confiaba, concentrado, severo, producía a veces la impresión de un hombre sombrío y enjuto. Pero a medida que le fui conociendo de cerca vi en él a un hombre completamente adicto a la revolución y de una abnegación y una honradez ejemplares. Es, pues, fácil imaginarse mi asombro al enterarme, en 1914, cuando yo me hallaba confinado en Siberia, de que Mark figuraba en las filas de los partidarios de la defensa nacional. La última vez que le vi fue en Moscú, cuando me visitó en mi despacho y me dijo que «los dedos se me caen, la temperatura aumenta por las noches y las curas que me hacen en el dispensario no me alivian». Le di una carta para un médico conocido y le recomendé que se fuera inmediatamente a un hospital. Así lo hizo, en efecto. En un principio, pareció mejorar, pero no tardó en ponerse peor y, a primeros de enero de 1919, murió.
* * *
Una de las figuras más características de aquella época era V. A. Noskov. No era ni un dirigente ideológico ni un teórico, pero sí un buen organizador.
Viajaba mucho. Ágil, ingenioso, enérgico, vencía con gran facilidad todos los obstáculos con que tropezaba. Vivía clandestinamente, cambiando constantemente de pasaporte, la policía le buscaba sin cesar, pero esto no le impedía hacer apariciones rápidas en Smolensk, Kiev, Samara, Moscú o dejarse ver «por un minuto», como él decía, en Ginebra, después de haber atravesado la frontera con toda clase de aventuras. Recuerdo que uno de esos «minutos» le costó algunos meses de cárcel en Berlín.
V. A. Noskov fue detenido, asimismo, junto con todo el Comité Central
(excepto Nikítich, que quedó en libertad, y Mark, que estaba ya preso en Smolensk) en febrero de 1905, en Moscú, en el domicilio del escritor Leónidas Andréyev. Libertado después de la revolución de 1905, participó ya poco en la vida del Partido y no tardó en apartarse completamente de la misma. En 1913, cuando yo me hallaba en Siberia, me enteré de que se había suicidado en el Extremo Oriente.
Hasta ahora se ha escrito muy poco sobre el compañero Inokentin. Y, sin embargo, su papel en el Partido merece que se le conceda mucha mayor atención.
Si el apartamiento de Noskov de la vida política, precisamente en el momento en que el Partido salía temporalmente de la clandestinidad, se hallaba, por decirlo así, ligado con sus cualidades particulares de conspirador-organizador, a Inokentin lo que le faltaba precisamente era una amplia palestra política en la cual pudiera desenvolver sus inmensas y variadas aptitudes. Para el uno, la clandestinidad era la verdadera esfera de acción; al otro, le asfixiaba. Era difícil hallar un mejor conferenciante sobre «el momento actual», tanto en las estrechas reuniones conspirativas como en los grandes mítines de 1905 Inokentin sabía comprender rápidamente la situación y caracterizarla certeramente. Recuerdo que después del fracaso del levantamiento armado de Moscú, nos hallábamos reunidos en la redacción de Vperiod, órgano del Comité Regional de Moscú. Ante nosotros se planteaba la cuestión de si debíamos o no intentar la publicación de nuestro periódico. Muchos de nosotros opinaban que había que publicar a toda costa, aunque no fuera más que un número. Nos parecía que, puesto que habíamos lanzado la consigna del levantamiento armado, debíamos exponer nuestra opinión, después del aplastamiento del movimiento, ante el proletariado moscovita y señalar las perspectivas posteriores. Pero Inokentin, que supo comprender inmediatamente la actuación, no se mostró de acuerdo con nosotros y declaró resueltamente: «Si se examina seriamente la cuestión, hay que procurarse inmediatamente documentos falsos y pasar a la situación ilegal».
Tenía razón.
Una semana después estábamos todos en la cárcel.
En los días de la libertad, después del 17 de octubre, apenas libertado de la cárcel de Taganka, manifestó una energía enorme, interviniendo en numerosos mítines, recorriendo los barrios obreros y realizando una gran agitación en los mismos. Excelente marxista, dotado de una cultura política y literaria extensa, un poco poeta y humorista, producía una gran impresión en las relaciones personales. Me acuerdo de un episodio, contado por él mismo, que le caracteriza.
Después de su detención en Petersburgo, en 1908, fue confinado a la provincia de Vólogda, de donde se fugó al cabo de una semana. Camino de París, debía detenerse en Vilna, a fin de recibir instrucciones. Hacía el viaje en segunda clase, llevando en el bolsillo un pasaporte tan malo que era imposible presentarlo a nadie. Viajaba en su mismo compartimiento un joven comerciante de Vilna muy hablador. Charlaron hasta una hora avanzada de la noche y, por la mañana, cuando se despertaron, el comerciante se dio cuenta de que le había desaparecido el reloj de oro y la cadena, de lo cual dio cuenta a las autoridades ferroviarias. La situación se hacía desagradable.
Llegar a Vilna, dirigirse a los gendarmes para levantar un acta, aunque no fuera más que en calidad de testigo y presentar su documento falso era completamente imposible; la detención hubiera sido inevitable. Entonces Inokentin decidió poner los puntos sobre las íes, y acercándose al joven le dijo: «No sé si usted sospecha que yo le haya podido robar el reloj. Pero he de decirle que me he fugado de la deportación política y ahora depende de usted que en Vilna vaya a la oficina de los gendarmes y se me detenga, o que salga de la estación con su ayuda evitando los gendarmes».
El joven declaró que, de saberlo antes, no habría dicho nada con respecto al reloj, y que ahora haría todo lo posible para evitar que sucediera nada desagradable. Y al llegar a Vilna el comerciante cogió del brazo a Inokentin, y conversando alegremente con él como si se tratara de un conocido, le hizo salir sin novedad de la estación y, después de instalarle en un coche, se despidió de él amablemente.
En 1905 existía en Petersburgo un Comité de cinco miembros, compuesto de representantes de las distintas fracciones del Partido. Inokentin formaba parte de ese Comité, y casi todo el trabajo diario del mismo recaía sobre él.
En diciembre de 1908, cuando se disponía a marcharse a París con el fin de participar en la conferencia del Partido, fue detenido en la estación de Varsovia, como consecuencia de la traición de Luisa, que trabajaba en nuestra oficina del Comité Central y resultó ser una confidente muy activa.
Le vi nuevamente en 1909 en París, en la conferencia del Centro bolchevique. Enfermo de tuberculosis desde hacía tiempo, Inokentin se lamentó varias veces de su enfermedad. Y en efecto, aunque participó constantemente en los trabajos de la conferencia, estaba muy deprimido. Después de París, ya no le vi más. Pocos días después de mi regreso a Rusia, fui detenido (con la amable ayuda de la mencionada Luisa), y en 1911 fui a parar a Siberia.
No tardé en enterarme de que Inokentin había sido también deportado allí, a la región de Turuján, donde murió en 1913.
III
A fines de 1904 se vio claramente que habíamos llamado ya la atención de los gendarmes. La labor cada día más intensa, la gran cantidad de literatura que pasaba por Smolensk, la correspondencia, las idas y venidas de gente en distintas direcciones, la aparición de un gran número de militantes ilegales buscados por la policía en una ciudad tan tranquila como Smolensk, habían de aparecer inevitablemente sospechosos. Empezaron a manifestarse algunos síntomas alarmantes. Ora aparecía algún sujeto sospechoso en el domicilio donde yo vivía y preguntaba por el inquilino, ora se anunciaba un registro. Los liberales simpatizantes comenzaban a mostrar una prudencia excesiva. En la calle, un compañero que acababa de llegar se detuvo para hablar conmigo y no tardé en ver a un tercero cerca de nosotros.
A fines de noviembre recibí una carta del compañero Kárpov, que en aquel entonces trabajaba en la Oficina meridional, advirtiéndome del peligro que corríamos. Decía que había llegado a Kiev un compañero de Yelisabetgrad, y que lo había mandado a Smolensk con la dirección mía y el santo y seña acostumbrado. Servían de clave unos puntos marcados en un libro. Después de su salida de Kiev, llegó de Yelisabetgrad la noticia de que había sido descubierta casi toda la organización, y que al emisario mandado a Kiev lo consideraban como un confidente. Kárpov citaba en su carta el título del libro que había de servir de santo y seña.
A principios de diciembre, un domingo en que estaba de guardia en el hospital, preguntan por mí; salgo, y un joven me entrega un libro precisamente con el título que Kárpov me había indicado. Convencido de que se trataba precisamente de aquel libro, me apresuré a expresar el mayor asombro. Entonces el joven me dijo que había buscado por toda la ciudad las direcciones que necesitaba, pero como todos los establecimientos estaban cerrados por ser día de fiesta, había decidido ir a verme a mí directamente con el fin de pedirme que le diera unas señas para Petersburgo. Decidí que, fuera como fuera, yo estaba ya descubierto y que lo que se imponía era evitar que siguiera visitando las direcciones que conocía. Después de declararle categóricamente que, en Smolensk, a causa de las detenciones recientes, no había absolutamente nadie, que para él mismo representaba un peligro quedarse allí y que no tenía dirección alguna de Petersburgo, le ofrecí dinero para salir de Smolensk, a lo cual accedió, al parecer, de buena gana.
Aún no se ha podido poner en claro si ese visitante desempeñó algún papel en el descubrimiento de nuestra Oficina, donde tuvo lugar poco después. Cuando estábamos en la cárcel creímos que efectivamente era él el principal culpable de la detención; pero después, cuando nos vemos nuevamente con el compañero Kárpov, resultó que, según los informes de Yelisabetgrad, esto no se podía decir de un modo completamente seguro.
Fuera como fuera, se creó la atmósfera propia de los períodos que preceden a la liquidación, pero entretanto el trabajo continuó. Mark en diciembre se marchó a Kiev; yo me quedé solo esperando impacientemente el regreso de dicho compañero después de año nuevo.
Arrendé una habitación en el domicilio de un dentista, con entrada independiente, lo que ofrecía grandes comodidades, a pesar de que era extraordinariamente pequeña. Una noche de últimos de diciembre me despertaron fuertes golpes en la puerta. A mi pregunta: «¿Quién hay?», se me contestó: «El jefe de policía». Entonces empecé a quemar las cartas cifradas que tenía sin dejar de decir: «Abro enseguida». Pero la impaciencia de mis visitantes nocturnos era tan grande que empezaron a sacudir la puerta, la cual acabó por ceder. El coronel de gendarmes, que fue el primero que entró, no tuvo que dar más que un paso para coger, con peligro para sus dedos, la carta que estaba ardiendo todavía. En el extremo de la carta que había quedado incólume, no se veían más que unas cifras, de lo cual se podía sacar únicamente la conclusión de que la carta era cifrada. De las conversaciones de los gendarmes, que oí por el camino, deduje que aquella noche se habían efectuado muchos registros en la ciudad, de lo cual se podía inferir que nuestra organización había sido liquidada.
Unos días después, estando ya en la cárcel, me enteré de que habían traído a Mark, con el cual me puse inmediatamente en relación. Mark había sido detenido en la estación de Smolensk a su llegada de Kiev.
Los gendarmes intentaron montar un gran proceso, pero no lo consiguieron. Los datos que poseían eran muy insuficientes, como consecuencia de lo cual no les quedó otro recurso que ponernos en libertad en la primavera.
Durante ese período, a principios de febrero, fue detenido casi todo el Comité Central. En la primavera se celebró en Londres el III Congreso bolchevique, en el cual Mark hizo un informe sobre la actividad de la Oficina Técnica Central. Al regresar del Congreso organizamos un trabajo del mismo carácter, pero esta vez no ya en Smolensk, sino en Oriol.
Pero esto pertenece ya a otro período.
LOS PROFESIONALES
V. N. Sokolov
1. La Oficina del Norte
I
El II° Congreso del Partido echó las bases de la unificación y centralización del movimiento revolucionario ruso. Antes del Congreso, cada ciudad, cada centro obrero vivían casi aislados uno del otro. Era necesario unificar la acción de todos los grupos existentes y para ello la organización de un aparato técnico tenía una importancia extraordinaria. Todo el mundo sabe muy bien el tiempo, los recursos y las fuerzas que se empleaban para organizar las imprentas clandestinas primitivas, la obtención del papel, de tinta, etc. La más pequeña hoja significaba a veces la pérdida de varios meses, necesarios para un trabajo más productivo. La organización centralizada había de poner fin a este estado de cosas.
En el Cáucaso se estaba organizando en aquel entonces la gran imprenta del Comité Central, que funcionó hasta la revolución de 1905. Se había instalado asimismo otra en Odesa. En la frontera alemana los compañeros Félix, Piátnitski y Kopf organizaban el transporte de literatura. En la frontera austríaca Maltsman y Kudrin se ocupaban de los pasaportes.
Tales eran las premisas del plan general de organización de las llamadas Oficinas Técnicas y de Transporte. Esas Oficinas debían ser independientes de las organizaciones locales, con lo cual se obtenía una ventajosa división del trabajo y se evitaban las redadas de la policía.
Se proyectaba fundar en primer lugar tres Oficinas: en la Rusia Central, en el Sur y en la región del Volga, en las ciudades de Smolensk, Poltava y Samara o Penza, respectivamente.
A mí se me encargó la organización de la Oficina de Smolensk, para donde salí en septiembre de 1903.
En el radio de acción de esta Oficina entraban: Yaroslavl, Kostromá, IvanovoVoznesiensk, Tula, Oriol, Kursk, Briansk y Vítebsk. Moscú tenía organización propia. Pero en lo sucesivo tuvimos que prestarle también alguna ayuda.
II
Las dos recomendaciones principales que se me dieron eran para un profesor del Seminario, llamado Lébedev, y para un tal Semiónov, que trabajaba en la
Estadística. Tanto el uno como el otro pertenecían al Partido socialdemócrata. Lébedev debía contribuir a orientarme en la situación y en las relaciones. Semiónov debía legalizarme haciéndome entrar en la Oficina de Estadística del Zemstvo, lo cual, además, me era necesario para procurarme algunos ingresos.
Con el fin de ampliar las relaciones fue preciso en un principio recurrir a la recomendación de un abogado liberal, posteriormente miembro de la Duma. Dicho abogado era presidente de una biblioteca popular, y era necesario introducir allí a uno de los nuestros por su mediación.
Me recibió con extrema amabilidad. Pero se negó a prestarnos la cooperación que solicitábamos.
– Cada institución cultural tiene su misión y su valor absoluto. Exponerla acualquier riesgo no sería conveniente.
– De acuerdo. Pero en lo que nosotros proponemos no hay el menor riesgo.
– Gromski (el general de gendarmes) tiene su lógica sobre el particular.
Luego se entabló una conversación sobre cuestiones «de principio».
– Nuestro enemigo común es la autocracia. Hasta que nos apoderemos deesta ciudadela principal, no hay por qué combatirnos.
– Pero con su negativa a admitirnos en la biblioteca ha dado usted unpretexto para ello.
– La biblioteca es una pequeña cuestión práctica, y no es ella la que servirá demedida para los errores históricos...
– Sin embargo...
– Con vuestro doctrinarismo, con vuestra intolerancia, os colocáis fuera de lavida. Muchas víctimas, pero resultados microscópicos. La verdad teórica en perjuicio de la verdad práctica.
– Hasta hoy habéis sido más prácticos que nosotros. Esto es verdad. Lo únicoque falta saber es si vuestra práctica se refuerza con nuestros sacrificios.
Nos separamos sin grandes deseos de volvernos a encontrar.
Los intelectuales menos «sólidos» no se oponían, naturalmente, a «participar del movimiento», pero expresaban el deseo de que se les diera un trabajo «serio» y una gran «independencia» como garantía contra el riesgo. Tal fue el sentido de una de las conversaciones que sostuve con un médico principiante. En la academia, su revolucionarismo no ofrecía ninguna duda, y nos lo había recomendado un amigo suyo, médico también, que en aquel entonces se hallaba en la deportación.
– Los trabajos serios no se dan; se toman. El grado de riesgo es inversamente proporcional a la llamada «prudencia» del militante.
Esto fue una grosería por mi parte, y acaso no completamente justa. Pero tras esas pretensiones se veía con excesiva evidencia el deseo de conservar la tranquilidad pequeñoburguesa teñida con los recuerdos del «revolucionarismo» de los tiempos estudiantiles.
Sin embargo, las condiciones para el trabajo resultaron excepcionalmente favorables. Disponíamos de un número más que suficiente de intelectuales. Antes de un mes, habíamos formado ya un buen grupo, compuesto, además de Lébedev y de mí, de A. Kalita. K. V. Kátsev, Stenberg y una serie de otros. Se encontraron sitios para las entrevistas, direcciones para las cartas y los telegramas, en casas burguesas sólidas, en tiendas y consultorios médicos. El romanticismo ha sido siempre propio de la naturaleza humana. La conspiración le daba un cierto aliciente. Y es posible que muchas de nuestras direcciones, domicilios, etc., se hallaran a nuestra disposición gracias a estas circunstancias. Se nos cedía todo esto con tanta mayor buena voluntad cuanto rodeábamos la cosa de cierto misterio. Un santo y seña un poco complicado aumentaba la confianza.
III
En un principio tomé una habitación como realquilado. La pieza estaba casi aislada de las habitaciones de los dueños y tenía entrada independiente. La casa estaba situada en un barrio típico de funcionarios, médicos, abogados, etc. En la calle no había mucho movimiento, pero los cocheros la conocían bien. En esos barrios la gente es poco inclinada al comadreo, y un cierto tacto la induce a abstenerse de curiosear y de inmiscuirse en las cosas ajenas. Un empleado de la Oficina de Estadística que recibe dos o tres veces por mes la visita de un «hermano» o de un «amigo estudiante» no podía infundir ninguna sospecha. Y los dueños, por el liberalismo propio de su clase, podían sencillamente cerrar los ojos ante el aire de misterio que tomaban esas idas y venidas.
Pero, aun así, había sus inconvenientes. Cerrar la habitación al marcharse significaba mostrar desconfianza hacia los dueños. Y dejarla abierta significaba tentar la curiosidad del servicio.
En cierta ocasión, trajeron una caja con tipos de imprenta. La caja no era muy grande, el aspecto exterior de la misma no denotaba su peso. El cochero la llevaba jadeando, y fue preciso advertirle que tuviera cuidado. La patrona, que por casualidad se hallaba en la puerta, miró perpleja y recelosa la caja del cochero. Y al día siguiente, al regresar del trabajo, encontré encima de la mesa dos letras y un espacio: por lo visto, la dueña las había hallado en el recibidor, y al dejarlas en la mesa se proponía hacerme comprender lo poco «táctico» de mi conducta.
Todo permitía suponer que no había que temer ninguna denuncia. Pero era preciso salvar inmediatamente la letra. Sacar el cajón significaba correr el riesgo de dejar tras de sí un rastro de letra. Además se necesitaba mucha fuerza para llevarlo; llamar a un cochero significaba atraer aún más la atención.
Fue preciso que lo sacara yo mismo. Y en tal forma que nadie se diera cuenta de ello. No era cosa fácil colocarse encima el contenido del cajón de tal forma que pudiera ocultar con el abrigo. Tuve que emplear unos pantalones viejos atando fuertemente los extremos de los mismos, de modo que se obtuviera un doble saco. Metí en cada mitad hasta 30 puds de tipos de imprenta y después me los eché al hombro. Luego puse unos cuantos puds más en los bolsillos del abrigo y de la americana. Los 10 puds que me quedaban los envolví en dos paquetes. Cuando me hube colocado todo esto encima, conseguí abrocharme el abrigo sólo con gran esfuerzo, y aun únicamente un botón. Apenas podía respirar, y las piernas se me doblaban.
Sin embargo, era preciso marchar, no había otra salida. La negra noche otoñal cubría maternalmente la tragedia de ese conspirador que apenas podía mover las piernas, respiraba como un caballo y se balanceaba, bajo el peso, como un borracho. A cada cuarenta o cincuenta pasos tenía que sentarme en el suelo a fin de poder tomar un poco de descanso. Pero cada vez era más difícil avanzar. Algunas veces tuve la tentación de dejar una parte de la carga en un rincón cualquiera a fin de ir por ella después. Pero el miedo de no encontrarla me contenía.
Cuando terminó ese calvario al llegar al domicilio de Kalita y puse la mano en el timbre para llamar, las fuerzas que había mantenido gracias a una tensión extrema me abandonaron momentáneamente. No podía tenerme en pie ni entrar en la habitación. No tuve más remedio que sacarme la carga de encima en el recibidor, y una vez libre sentarme, con gran esfuerzo, en la silla más próxima.
IV
Fue preciso dejar la habitación y arrendar un piso en la parte opuesta de la ciudad. El mobiliario nos costó 20 rublos. En el piso de abajo vivía un oficial del ejército, el cual puso a mi disposición a su asistente para limpiar el piso y servirme el samovar. El desorden que reinaba en el piso de abajo daba al inquilino del de arriba el derecho a cometer algunas extravagancias, tales como la de vivir sólo no en una habitación, sino en un piso, y en condiciones un poco extraordinarias. Pero muy pronto nadie se fijó en esas extrañezas. Dos o tres conversaciones ante una taza de té, dos o tres pequeños préstamos a la mujer para ir al mercado, una caja de caramelos a la sobrina, y se podían ya traer al piso de arriba, aunque fuera todos los días, canastos llenos de «libros», que el inquilino recibía «a comisión», y después mandarlos a los clientes. Esa fábula no suscitaba ninguna duda, tanto más que cuando se acumulaban tres o cuatro canastos bajo la escalera, el oficial pedía siempre uno para sí o para su hermana.
Pero las buenas relaciones tienen también sus inconvenientes.
Una vez trajeron una expedición de literatura que había caído al agua al atravesar la frontera. Era necesario secarla. Para ello tuve que simular que me ponía enfermo y no salir del piso. Los buenos vecinos se intranquilizaron y empezaron a llamar a mi puerta.
– ¿Quiere que mandemos a buscar al doctor?
– Muchas gracias. No es nada de importancia. Ya pasará.
– ¿Toma usted algo? ¿Tiene usted medicinas?
Y echando una mirada a las habitaciones cerradas:
– ¿Quiere usted que le limpie el piso? ¡Ustedes los solteros gustan mucho devivir entre la suciedad!
V
Mi empleo en la Oficina de Estadística no era más que una forma legal de existencia. Como los jefes conocían el carácter del verdadero trabajo que se realizaría a su espalda, concedían al empleado el derecho de disponer libremente de su jornada. Lo más cómodo era llevarse trabajo a casa a fin de no llamar la atención de los demás con las salidas inoportunas y los retrasos. El jefe de la oficina, S. P. Sereda, me dijo incluso en una de las conversaciones:
– Si tuviera usted necesidad de trasladarse a otro sitio, aunque fuera alextranjero, podríamos darle trabajo allí.
El trabajo se fue organizando rápidamente. Se iba extendiendo nuestra red de relaciones. Fue incorporado a nuestro grupo un nuevo compañero, Hein, ex estudiante y funcionario de Estadística, el cual se orientó enseguida. Llegaban compañeros en demanda de pasaportes y de direcciones para las organizaciones vecinas. Otros traían pasaportes en blanco. Casi todos los días tenía que ir a la dirección que utilizábamos en Smolensk, que era la del domicilio del doctor Joikin. Se necesitaban casas donde se pudiera pernoctar, dinero, timbres. Una función suscitaba otra. Una vez encontré, esperándome, a un compañero de Vilna.
Para aprovechar el tiempo, estaba grabando el sello de la administración municipal.
– Para no perder tiempo, me he llevado el material conmigo.
Era un excelente grabador, con motivo de lo cual lo retuvimos unos días para que se dedicara al trabajo de su especialidad. La fabricación de pasaportes la conocía ya desde Pskov. Muchos de los militantes del Partido y de los hombres más destacados de la República soviética fueron bautizados por mí en aquellos tiempos con sus nombres y apellidos. Había hecho tantos progresos en esta rama que no sólo «escribía» los documentos, sino que los ornaba con todas las firmas correspondientes sin que se pudiera suponer que todo había sido escrito por una misma mano. Más tarde, al ser detenido en Kiev, los gendarmes quisieron comprobar si unos papeles que me encontraron estaban escritos por mí, y, con este fin, me incitaron a denunciar por escrito los atropellos de que había sido víctima en la cárcel, pero no pudieron establecer la identidad de la letra.
Así, pues, lo relativo a los pasaportes fue organizado muy rápidamente. Lo más difícil consistía en procurarse documentos en blanco. Pero lo conseguimos también con relativa rapidez: en cualquier oficina se podía encontrar siempre un documento en blanco por un precio que oscilaba entre 50 kopeks y un rublo y un carnet anual por 3 rublos. El sello y las firmas se calcaban de los pasaportes de los conocidos. Y si faltaba el sello, se podía tomar sencillamente una moneda de 5 kopeks, y utilizarla en vez de timbre una vez tapadas las letras con pan; en estas últimas nadie fijaba la atención y el águila salía muy bien.
La ampliación de la empresa exigía nueva gente y la división de funciones; era ya imposible que uno solo fuera a todas partes. Era preciso, además, mandar literatura a los Comités. Con este fin, Noskov mandó de Kiev a Ponomariov y Luká Séminich (I. B. Ozemblovski). Ponomariov se vino a vivir conmigo, Luká encontró una habitación en otra parte. El primero se encargó de la cifra y de los pasaportes, el segundo del transporte de literatura.
En sus funciones, Luká era insustituible. Era un hombre tranquilo, equilibrado, que sabía observar rigurosamente las reglas de la conspiración. Gracias a sus cualidades, más de una vez nos salvó de situaciones difíciles.
En cierta ocasión, llega jadeante y agitada una muchacha que había sido mandada a la estación para recoger una caja.
– Me han seguido...
– A quién, ¿a usted?
– No; cuando he dado el talón a un mozo de cuerda para recoger la caja, le haseguido un gendarme. Yo me he marchado. Naturalmente, esperar hubiera sido una estupidez. En general, en la estación hoy es todo muy sospechoso. Creo que tendré que marcharme de aquí.
Luká la miró con un ojo:
– Sí; pero antes hay que recoger la caja.
La muchacha quedó asombrada.
– Antes hay que dormir un poco, señorita, para que se calmen los nervios. Elgendarme hubiera sido muy tonto si en vez de detenerla a usted se hubiera puesto a seguir al mozo de cuerda.
– Pero le ha seguido.
– Será por sus cosas. Vamos.
Y se la llevó otra vez a la estación. La muchacha se había incluso olvidado del número del mozo de cuerda. Fue preciso buscarlo. Resultó que se había marchado a comer. Luká se llevó a la muchacha al domicilio de aquél.
– La he buscado a usted inútilmente. Después he dejado las cosas en casa de un compañero.
Incidentes de esos ocurrían a menudo en aquellos tiempos con los militantes de fila, poco adaptados aún a las condiciones del trabajo.
Uno de los compañeros recién llegados y que había hecho registrar su pasaporte falso fue llamado a la comisaría. Al presentarse, se le hicieron las preguntas formales de rigor, que no tenían ninguna relación con su situación de ilegalidad, y después le dejaron marchar.
Pero evidentemente era tan grande su sorpresa por el resultado de su conversación con el comisario que se desconcertó. Y antes de salir de la comisaría, en el recibidor, se puso a hacer lo que debía haber hecho en casa antes de ir allí: limpiarse los bolsillos. Resultó que en los mismos había una proclama, que rompió inmediatamente, y otro papel, en el cual seguramente había una dirección y que empezó a tragarse apresuradamente.
El guardia, que estaba allí cerca, en un principio no se fijó en él, pero al ver que rompía los papeles se sorprendió, y cuando el hombre empezó a mascar papel, la sorpresa se convirtió en sospecha.
– ¿Qué hace usted?
Esta simple pregunta hizo volver inmediatamente en sí al compañero, que se dio cuenta de lo absurdo de lo que había hecho. Pero se produjo seguramente un momento de confusión, del cual, el guardia, receloso, se daría cuenta inmediatamente.
Fue así como dicho compañero no consiguió ya salir de la comisaría.
VI
Empezó la guerra ruso-japonesa. Las simpatías de la «clase media» hacia nosotros aumentaban. Cada vez se nos prestaba auxilio de más buena gana. El aparato funcionaba sin dificultad. No había escasez de direcciones ni de domicilios. En el transcurso de cuatro meses pasaron por nuestro punto de tránsito de 20 a 30 puds de literatura. Y no hubo un solo fracaso. Recibíamos letra de imprenta. Teníamos pasaportes, sellos.
Se tuvo necesidad de otro piso especial para almacén, donde se pudieran seleccionar y guardar los distintos modelos de literatura de tránsito. Sobre esa base se podía después crear una buena biblioteca ilegal.
Se encargó de ello, y con buena fortuna, María. El piso resultaba tan cómodo y aislado de los dueños que se pensó en utilizarlo, si era necesario, de imprenta.
Noskov, en una de las ocasiones en que vino, ante la imposibilidad de continuar el viaje, salió no de la estación de Smolensk, sino de la inmediata. No fue difícil alquilar un coche para dirigirse a dicha estación, con tanto mayor motivo que Noskov no llevaba equipaje alguno.
Llegamos allí al atardecer. Había que esperar el tren cerca de una hora. Nos fuimos a una de las casas de la aldea y encargamos un samovar. Pero apenas habíamos llenado los vasos, se oyó el ruido de un tren que llegaba. Noskov se sacó una gorra del bolsillo y se la puso; nosotros nos fuimos a la estación y dijimos al cochero que tomara el té y comprara avena para el caballo. Un cuarto de hora después volví a la casa. Era ya completamente oscuro; en la isba ardía una lámpara. En la habitación había cinco o seis campesinos. Al preguntar al cochero si había dado el pienso al caballo, me dijo desconcertado:
– ¡En otra cosa tenía que pensar! ¿Sabe usted? Quieren mandar a buscar aljefe de policía. «¡Quién sabe a quién has traído!», dicen.
– ¿Qué les importa esto?
– ¡Díselo a ellos! A mí sí que no me importa nada. Me han alquilado y hevenido. De esto vivo.
– ¿De qué se trata? –preguntó el dueño.
– A nosotros no nos importa nada si tiene usted algún asunto. No tenemospor qué meternos en sus cosas.
– ¿A qué asunto te refieres? Habla sin remilgos.
– A nosotros nos es igual. ¿Dónde está tu compañero?
– Se ha marchado.
– ¿Se ha marchado? Y ¿qué necesidad tenía de tomar el tren aquí y no en laciudad? Y ¿por qué se ha cambiado de gorra?
– ¡Ah! ¡Qué inteligentes sois! Seis personas os habéis reunido para reflexionarsobre una gorra. Anda, reflexionad un poco más y acaso daréis con el asunto. Nosotros, entretanto, tomaremos el té.
Comprendí instintivamente que no era el momento oportuno para inventar una explicación. Las objeciones serían consideradas como el deseo de salirse del paso, lo cual no haría más que reforzar la sospecha. Había que dejar que la atmósfera se descargara un poco. Me quité el abrigo y me senté a la mesa.
– Anda, vamos a tomar el té –dije al cochero.
– Está bien. Pero de todos modos habría que dar el pienso al caballo.
– Oiga usted, patrono: puede llamar al comisario si quiere, pero hay que darpienso al caballo, que no tiene la culpa de nada.
El dueño no contestó; pero después de preguntar al cochero cuánta avena necesitaba, mandó a por ella a su hijo. Seguimos tomando el té en silencio. Yo no inicio la conversación. Finalmente, el dueño no se puede contener:
– ¿Dónde va usted ahora? ¿Otra vez a la ciudad?
– Claro.
– ¿Es decir, pues, que tiene ya el asunto listo?
– No del todo.
– ¿Cómo que no? El compañero se ha marchado...
– Sí; pero no del todo.
– ¿Es decir, que ha dejado algunas cosas?
– Peor que esto.
La curiosidad se apodera de ellos de un modo irresistible. El uno pregunta, los otros esperan impacientemente la respuesta. El tono es ya muy diferente del principio. Aún hay recelo, pero la hostilidad, al parecer, decrece. La ironía subrayada en las preguntas disimula la curiosidad vulgar. Hay que valerse de ello.
– Ha dejado allí a la mujer de otro. Él tiene que marcharse para sus asuntos, yella no lo quiere. «Mientes –le dice–, te marchas para casarte. Te juro que te sacaré los ojos.»
– ¡Y lo hará!
– ¡Ya lo creo! ¡Las hay tan malas!
– Para no ir tan lejos, aquí cerca, en Pochinki...
– De una mujer así te escapas no a 12 verstas, sino que te vas a la otra partedel mundo.
Todos se pusieron a hablar a la vez. La explicación resultó comprensible y suficientemente curiosa. La causa de aquella salida secreta les parecía completamente satisfactoria.
– Dos días seguidos se fue a la estación con el equipaje y cada vez leencontraba allí y le armaba escándalo.
– Pobre muchacho, sí que lo habrá pasado mal...
– Por esto tuvo que venir aquí tal como andaba. Y se había quitado la gorrapara que en la ciudad no le reconociera.
– ¡Qué arpía!
–Así hay que hacerlo –dice la patrona–; todos os queréis aprovechar, y, después, si te he visto, no me acuerdo.
Entre los campesinos y la mujer empieza un ataque recíproco en el cual se ponen de relieve las cualidades de uno y otro sexo. La mujer se pone furiosa. Los campesinos chancean y lanzan frases escabrosas. Terminamos el té, pagamos y nos disponemos a marcharnos. Del comisario ya nadie se acuerda.
Se explica al cochero el mejor modo de volver a la ciudad. Y todo el mundo nos viene a acompañar hasta la calle.
– Buen viaje, ¡que no sea la última vez!
– ¡Adiós!, ¡hasta la vista!
VII
Desde un principio fue preciso organizar el trabajo a base de una rigurosa economía. El Partido era aún muy débil para sostener aunque no fuera más que aquel aparato. Una parte de los subsidios de los liberales iba a parar al extranjero. Las recolectas, las suscripciones y las cuotas daban muy poco. Y, sin embargo, había que sostener a ocho o diez personas sin contar los gastos ocasionados por los viajes, los transportes, la adquisición de documentos en blanco y una serie de otras menudencias. Por esto todos los compañeros que tenían la posibilidad de ganar algún dinero debían hacerlo. Todos los demás gastos debían ser cubiertos por las organizaciones que recibían la literatura que nosotros mandábamos. Para ésta se había establecido un precio determinado: si no ando trascordado, 40 rublos por una libra de literatura del extranjero y 15 por la producida en el país.
María y Hein vivían, como yo, de su trabajo. Ponomariov, Luká y otro compañero debían vivir de la caja de la Oficina. Además, era preciso ayudar a los que pasaban y dar una parte, aunque no fuera muy grande, al Centro.
VIII
En cierta ocasión se nos advirtió que se iba a efectuar un registro. Éste no tuvo lugar, pero nos pasamos cuatro o cinco horas quemando la literatura en la estufa y, al amanecer, como la cosa amenazaba con prolongarse indefinidamente, tuvimos que envolver en una sábana todo lo que quedaba y correr por la ciudad, con la literatura al hombro, buscando un domicilio cualquiera donde esconderla.
Pero, así y todo, por una serie de síntomas que habíamos observado, era evidente que llamábamos ya la atención. No se podía seguir tentando al destino. Se vio que mi permanencia ulterior en Smolensk podía echarlo a perder todo. El Grupo se mostró de acuerdo con ello. Y en él próximo viaje de Noskov se decidió trasladarme a la frontera austríaca, donde precisamente en aquellos días la detención de un compañero había causado cierta perturbación en el trabajo. Pero mientras preparábamos la marcha, la necesidad de que yo desapareciera del horizonte de Smolensk se manifestó con toda evidencia.
Mi domicilio fue objeto de una cierta atención. Dos días seguidos noté que al atardecer se movía cerca de la puerta la misma figura. Y abajo, en el piso del oficial, se recibió inesperadamente la visita de un compañero de servicio que había sido suspendido dos veces en los exámenes y que ahora esperaba su nombramiento para el cuerpo de gendarmes. Y de un modo igualmente inesperado se me invitó a ir a tomar el té con ellos. La mujer del oficial añadió, al invitarme, que aquel día les había honrado con su visita una persona respetable y que ésta quería conocerme. No tuve más remedio que bajar y pasar unas horas con ellos, que pasaron en medio del aburrimiento más extraordinario. Pero no tuve ya deseos de pasar la noche en mi domicilio. Envolví en una manta una almohada y una sábana, los deposité en la estación y después me fui a dormir a una fonda. Durante el día indiqué a un ex estudiante, hermano de Hein, que había llegado hacía poco, que ocupara mi piso y que viera lo que pasaba. Y un día después me marché al sitio destinado.
Me sustituyó A. P. Golubkov, y cuando transcurridos dos meses tuve que pasar nuevamente por allí, el trabajo continuaba: no se había descubierto más que la dirección de una tienda y Luká había tenido asimismo que marcharse.
2. La Frontera
I
Antes de ir a la frontera debía detenerme en Vilna, donde en aquél entonces trabajaba el médico militar Fiódor Vasílievich Gusárov, con el cual debía hablar previamente. Por el camino debía detenerme brevemente en Minsk, a fin de cumplir un encargo y comprobar la dirección de Vilna.
En el domicilio cuyas señas me habían dado, me acompañaron al salón y me pidieron que esperara la llegada de un camarada del Comité a quien iban a buscar.
– Haga usted como si estuviera en su casa, compañero.
Esta indicación y, sobre todo, este «compañero» tan raro en aquellos tiempos en los domicilios de que nos servíamos, indicaban que me encontraba entre los «míos». Era por primera vez que iba a parar a un domicilio tan suntuoso. Magníficos muebles, cortinajes, alfombras, chimenea. Me siento cuidadosamente en un sofá y empiezo a «esperar». El ambiente que me rodea me invita al descanso y poco a poco me duermo insensiblemente. De repente me despierto y detrás del respaldo de una butaca aparece un rostro humano que me mira con curiosidad y vuelve a ocultarse. Pero otra vez la pequeña cabeza humana vuelve a mirar de detrás del sillón y se oculta nuevamente.
Por primera vez en la vida siento que los pelos se me ponen de punta...
Me despierto por completo y me levanto de un salto del sofá. De detrás del sillón aparece una mona que atraviesa toda la pieza y salta sobre la chimenea. Y sentándose tranquilamente se lleva un dedo a los labios como diciéndome:
– Cállate, compañero...
Una extraña impresión, como de vergüenza, se apoderó de mí. Me acerqué a la chimenea con el fin de observar más de cerca al animal. Pero éste se agarró al cortinaje, se lanzó a la cornisa de la puerta y desde allí me lanzó una mirada burlona.
¿Qué podía hacer? Sentarme de nuevo y seguir esperando en la soledad, con la sensación, al mismo tiempo, de que no estaba solo. Y simultáneamente me intranquilizaba la sensación de que era víctima de una ofensa que me hubiera sido difícil definir. Sólo después, y sin ninguna lógica aparente, surgió la idea siguiente: «El diablo sabe de quién eres aquí el “compañero”, si de los dueños de la casa o de su mona».
II
Llegué a Vilna muy temprano. No pude hablar con Gusárov en el domicilio que se me había indicado. Convinimos que nos veríamos por la noche en otro sitio. Allí fui en efecto. Me abrió la puerta un soldado. Era el asistente de un capitán de caballería llamado Iván Ivánovich, en cuyo domicilio debía celebrarse la entrevista. Un año y medio antes había mandado desde Pskov una carta a nombre del mencionado Iván Ivánovich. En dicha carta había de emplear un estilo deliberadamente incorrecto, pues simulaba que la misiva procedía de un suboficial destituido que había servido en su compañía y que daba cuenta a su excomandante de sus cuitas. Eran incalculables las tonterías que le escribía a fin de poder llenar después con un texto escrito cifrado con tinta química los espacios que quedaban entre líneas. Iván Ivánovich había recibido varias cartas de estas, y entre ellas existía una conexión lógica.
Pero el Iván Ivánovich que aparecía ante mí era muy distinto del que me había imaginado cuando le escribía las cartas. Era un hombre simpatiquísimo que en nada se parecía a un militar. Y el asistente que nos sirvió el té tampoco tenía nada de común con los asistentes habituales. Cuando entraba en la habitación no había por qué interrumpir el coloquio, puesto que aquel muchacho podía ser casi considerado como uno de los nuestros.
Gusárov ya estaba allí. Estaban también Noskov y Liubímov (Mark), que habían llegado aquel mismo día de Kiev.
Decidimos que yo debía instalarme en Kámenets-Podolski con el fin de reanudar el trabajo interrumpido a consecuencia de las detenciones. Se tenía una dirección de allí, pero no se estaba seguro de que no hubiera sido descubierta. No se disponía de ninguna otra indicación. Había que aclarar las cosas en el sitio. Una situación tal no era rara en aquellos tiempos. La lentitud de las comunicaciones y las redadas frecuentes de la policía hacían que en el momento de utilizar una dirección ésta no fuera ya válida. Cuando uno se presenta en sitio tal, siente inmediatamente que se levanta ante él un muro de desconfianza y de recelo, que a menudo no es posible destruir. Pero sucede asimismo que dos o tres preguntas o alusiones disipan la desconfianza y se consigue obtener la indicación necesaria.
Sucedía asimismo que la negligencia o un error cometido al cifrar la dirección desfiguraba esta última, el apellido, el santo y seña. En una de las oficinas de Moscú, poco antes de emprender ese viaje, tuve que buscar un apellido del cual no tenía más que el principio. Al descifrarlo resultó únicamente «Atser...». Y después, una serie de vocales evidentemente equivocadas, porque se obtenía un apellido impronunciable. Pero no tenía otra indicación. Pregunto al portero:
– Tengo necesidad de ver a Atser..., y me trago el final.
– ¿Cómo?
– Atser... ov... –digo fingiendo que soy tartamudo.
– ¿Será Atserovérov ?
– Sí...; na...tu...ral...men...te.
En otra ocasión se me da la indicación siguiente: «En la puerta de Kaluga, farmacia Bielotserkovski». Resulta que en dicho sitio hay, en efecto, una farmacia, pero en el rótulo aparece otro apellido. ¿Será que Bielotserkovski no es más que un empleado? Entro, pregunto y resulta que es así. Pero Bielotserkovski, como respuesta al santo y seña, me mira con asombro y dice:
– No comprendo lo que quiere usted.
Aparece a su vez en mi rostro una expresión de asombro, pero mezclada ya de desconcierto.
– Dispense; pero, ¿es usted Bielotserkovski?
– Sí; soy Bielotserkovski.
– Entonces no comprendo la confusión...
Y no hago ningún esfuerzo para ocultar a mi interlocutor que me encuentro en una situación difícil. Bielotserkovski me mira rápidamente de pies a cabeza. En su mirada persiste aún la severidad, pero ya es más bien atenta que desconfiada.
– ¿De dónde viene usted?
– Acabo de llegar de Vilna directamente...
– Seguramente se ha equivocado usted de dirección.
– Es poco probable: a una distancia tal, la gente no se equivoca. Tanto máscuanto no dispongo de otra dirección. Y lo tengo que entregar, lo he dejado en la estación.
– ¿Conoce usted a alguien más aquí?
– Me temo que no. ¡Mis viajes son tan poco frecuentes y la gente es tan pocoestable...!
– De todos modos, lo que usted dice no tiene nada que ver conmigo. Hacetiempo un conocido mío me pidió que, si alguien se dirigía a mí en nombre del «tío Vania», le pusiera en relación con él. Pero nadie se me dirigió. Y ahora este conocido hace tiempo que se ha marchado con destino ignorado.
Es evidente que ha decidido ya ayudarme, pero que busca una fórmula que pueda parecer lógica y «natural», aun desde el punto de vista de la policía. Ahora mi misión consiste ya en ayudarle a él.
– Es posible que su conocido haya vuelto.
– No; no está aquí.
– O acaso tenga aquí parientes que estén enterados.
– Mire usted... ¿Dónde se hospeda?
– En ninguna parte.
– Procuraré encontrar a su hermano, si es que no se ha marchado también.
– ¿Y cuándo quiere usted que vuelva a pasar por aquí?
– No vuelva más. Esto está muy lejos. Hoy, a las seis, me esperará usted cercadel monumento a Pushkin, en uno de los bancos de la derecha.
Ni que decir tiene que a las seis de la tarde recibo las indicaciones de que tengo necesidad.
De manera que la inseguridad de la dirección de Kámenets-Podolski no disminuye su valor. Convenimos únicamente con Gusárov que es necesario comprobar no sólo la dirección, sino también toda la ruta desde la frontera hasta Lvov, establecer asimismo los puntos de trasmisión y las relaciones directas con los contrabandistas. Gusárov promete ir a mi encuentro después de mi primer reconocimiento y establecer en el sitio la combinación más cómoda.
Pero no nos vimos hasta seis años después en la provincia de Yeniséi cuando él estaba ya en la deportación y yo, que iba conducido por etapas, pasé la noche en su casa. Y diez años después, en Omsk, tuve que pronunciar unas palabras ante su tumba: la cárcel de Kolchak y la poca atención que nosotros, sus compañeros (quisiera poner esta palabra entre comillas) le habíamos prestado, precipitó el fin de ese camarada, de una honradez y abnegación excepcionales.
III
En Smolensk, a pesar de todo, había una cierta «vida». Era un punto de tránsito entre Moscú y Polonia, las regiones agrarias centrales y los puertos del Báltico. Había un poco de movimiento comercial; era, por decirlo en una palabra, una ciudad como cualquier otra. Kámenets-Podolski era ya otra cosa. Era una población saco. En aquellos tiempos, incluso el ferrocarril la dejaba de lado: una de las líneas pasaba a 90 verstas de allí, otra a 20. Pequeño comercio, pequeños artesanos, calles estrechas, sucias. Y seguramente la misma mezquindad y estancamiento en la llamada vida pública.
Trabajar allí conspirativamente sin tener ninguna relación local era, a mi juicio, completamente imposible: todo el mundo se conocía. La gente se enteraba seguramente de que había llegado un viajero antes de que éste saliera de la estación.
A causa de la ausencia completa de conocidos, no tuve, naturalmente, más remedio que hospedarme en la fonda. Y he aquí que apenas había tenido tiempo de lavarme, cuando ya llamaban a la puerta y, sin esperar que le invitara, un individuo desconocido se colaba en la habitación.
– Buenas tardes. ¿Ha hecho usted bien el viaje?
– Bien, gracias. ¿Qué se le ofrece a usted?
– ¿Permite usted que le pregunte de dónde viene?
– Permita usted que le pregunte. ¿Qué le importa a usted?
– Es posible que tenga usted necesidad de alguna cosa; estoy a su disposición.
– Lo siento mucho; no tengo necesidad de nada.
– ¿Piensa estar usted mucho tiempo aquí?
Empiezo a enfadarme, ya me siento dispuesto a mandarlo al diablo; pero después considero que no hay ninguna razón para fijar mi persona en su memoria y desisto de ello.
– ¿Sabe usted? Estoy cansado del viaje. Tengo necesidad de cambiar de ropay de descansar. No tengo ahora ningún deseo de hablar de negocios.
– Claro está. ¿Cree usted que no le comprendo? No sé por qué no se me haocurrido. Dispénseme. Volveré después, si usted lo permite.
Y desaparece sin esperar la respuesta.
Un minuto después se entreabre la puerta y se asoma una cabeza. Éste ya es otro.
– Discúlpeme –me dice con una sonrisa dulzona–. ¿Tiene usted necesidad dealgo?
– No me falta nada.
– ¿No tiene usted necesidad de tabaco turco, de ropa blanca? Es delextranjero... sin derechos de aduana.
– No me hace falta nada.
– ¿No querrá usted hacerse un traje? Pudiera recomendarle a un sastre...
– Váyase al diablo de una vez para siempre...
– No quería ofenderle a usted…
Y desaparece lentamente, sin ruido. Un minuto después, nueva visita: «¿No tiene usted necesidad de un cochero por meses?». Después, otro: «Si ha venido usted por mucho tiempo, seguramente querrá un piso...». En estas circunstancias, es absolutamente imposible llevar a cabo una actuación clandestina.
Comprobé las señas de que disponía. Eran válidas. Eran, si no estoy equivocado, las de un tal Dvoirets, un muchacho joven y muy al corriente de todo. Su hermana militaba en aquel tiempo en Kiev. Además de él había otra persona, un tal Kozitski, el cual estaba en relación con los contrabandistas. Kozitski era hijo de un pequeño propietario, secretario de la administración municipal, si no ando equivocado. Él no trabajaba en ningún sitio. Había sido detenido por su actuación política y los gendarmes de la localidad no le quitaban la vista de encima. Además, tenía relaciones de amistad con los socialistas-revolucionarios de allí. Y estaba incluso dispuesto a ayudadles para el transporte de su literatura. Evidentemente no se podía trabajar con él. Era necesario encontrar a alguien que lo reemplazara utilizando sus relaciones. Así lo decidimos, conviniendo con Kozitski que iríamos hasta Zoov tan pronto yo encontrara un piso.
Confiaba colocarme en la Estadística del zemstvo, y entonces empezar a crear la base de trabajo. Entretanto, fue preciso inventar una enfermedad de los pulmones y la necesidad, a consecuencia de ello, de pasar del clima del Norte al del Sur. Acudir al auxilio de esas dos únicas personas para buscar piso hubiera sido absurdo, lo mismo que demostrar que tenía alguna relación con ellos. Por esto recurrí a un comisionista.
Me encontraron dos piezas en una familia pequeñoburguesa, muy tranquila, con entrada independiente por el patio.
Estábamos ya en marzo, empezaba la primavera, la nieve se derretía y los días eran tibios y soleados. Esto anima al hombre del Norte, despierta en él la energía, se siente el deseo irresistible de trabajar cuanto más y más pronto mejor.
IV
Dvoirets me mandó dos líneas diciendo que fuera a verlo inmediatamente. Había llegado alguien. Resultó ser Luká Séminich.
– ¿Qué te trae por aquí?
– Boris (Noskov) me mandó a Kiev en busca de una expedición de literatura, lacual resultó que no estaba allí. El abuelo (Frénkel) me ha mandado aquí con el fin de encontrar la literatura y llevársela. «¿Por qué no?», he pensado. Mientras no llegue la literatura estarás también ocioso.
Nos fuimos a mi domicilio para estudiar el modo de acelerar la recepción de la literatura. Las relaciones con los contrabandistas habían sido ya restablecidas. Las condiciones en que vivía eran tan favorables que resultaba ya posible permitirse el lujo de desaparecer por algunos días sin despertar sospechas con el pretexto de hacer una excursión por los alrededores.
Era preciso organizar ya bien las cosas. La llegada de Luká nos ofreció para ello una ocasión oportuna. Sin ello, hubiéramos seguramente esperado algunos días antes de ponernos manos a la obra. Ahora no había por qué diferir la cosa. Luká se quedó en mi casa esperando. Y Kozitski y yo, después de advertir previamente y llevándonos pan y salchichón para el camino, tomamos la carretera de Jotinski, atravesamos el Dniéper, y en la otra orilla, ya en el territorio de otra provincia, cambiamos completamente la dirección para acercarnos al paso de la frontera.
Llegamos allí mucho antes de que oscureciera. Cerca el pueblo nos esperaba ya un carro, y el guía nos llamó tan pronto nos acercamos.
Avanzamos por el bosque, sin seguir ningún camino. Estábamos en primavera, pero el viento silbaba con furor. Hacía un frío intenso, que no estimulaba el deseo de hablar.
Dejamos el bosque y entramos en el campo, siempre sin seguir el camino. El frío era aún muy vivo, porque ahora los árboles no nos defendían contra el viento, pero descendimos a un valle y el frío se dejó sentir menos. Ahora corríamos ya al trote. Llegamos al camino y nos detuvimos en un cañizo. Se acercaba la noche.
El carretero, sin atar el caballo, nos dejó en el carro y se fue en dirección a las casas cuyas luces brillaban a lo lejos en la oscuridad. Esperamos mucho tiempo. El frío nos penetraba hasta los huesos. Al fin llegaron dos hombres.
– Buenas noches.
– ¿Qué hay?
– Mal... Hay que esperar.
– ¿Por qué?
– Han reforzado la guardia. No se puede hacer nada.
Esto no entraba en nuestros cálculos. En vez del calor y el descanso esperados teníamos que volvernos atrás por el mismo camino, pero ya ateridos de frío y por la noche. Esta perspectiva nos irritaba.
– ¿Y habrá que esperar mucho?
– ¡Quién sabe! Dos días, tres...
– Esperaremos aquí.
– No es posible, os verán.
– Si nos volvemos nos verán también; el guardabosques, la almadia…Además, si nos volvemos, no perderemos dos días, sino una semana. Arreglad las cosas para que nos podamos quedar aquí.
Indudablemente podían hacerlo; pero era claro que exageraban las dificultades a fin de aumentar el precio.
Foma cuchicheó con el carretero. A éste, por lo visto, tampoco le sonreía el viaje de regreso. Foma volvió nuevamente a nuestro lado.
– Bueno, está bien. Éste tiene una choza de verano, pero en ningún caso sepuede salir de ella durante el día.
– ¿Habrá comida?
– Claro está. Algo encontraremos. Y es posible que mañana quiten a losguardias. ¿Qué harán aquí con este frío?
– ¿Y no sería posible entenderse con ellos? ¿Costaría mucho?
– No se puede hacer nada. Si no estuviera Viun con ellos... Es una malapersona; pero mañana los quitarán.
Salimos del carro y Foma se puso definitivamente de acuerdo con el carretero, al cual indicó el camino que debía seguir.
El carretero se sentó en el carruaje, y arreando al caballo, desapareció en la oscuridad. Nosotros tres avanzamos silenciosamente hacia donde brillaban las luces, pero evitándolas. Avanzábamos apresuradamente, impulsados por el afán de llegar lo más pronto posible y no llamar la atención.
V
Estuvimos dos días en la choza, echados en unos grandes camastros situados entre la pared y la estufa. Por las noches venía a vernos Foma. Nos informaba de que la guardia no había sido aún retirada, se jactaba de su habilidad para pasar la frontera, llenaba implacablemente su pipa con nuestro tabaco y se marchaba con la promesa de que «mañana sin falta se arreglará todo». Un día le planteamos la cuestión crudamente: o bien hoy nos hace pasar la frontera o buscaremos otro camino y otro guía.
– ¿Se jacta usted de ser un buen guía y nos hace esperar dos o tres días?
– ¿Quién, yo un mal guía? Nunca he tenido un fracaso... Pero, en fin, siqueréis correr el riesgo, allá vosotros. Mañana estaréis en la otra parte.
– Y mañana repetirá usted la misma canción. Basta de charlar y no hacernada. O toma lo que sea o cierra el negocio.
– Está bien; mañana.
Al atardecer Foma nos anunció que nos preparásemos, pues todo estaba ya a punto.
Nos pusimos en camino a las diez. Cuando salimos al aire libre, casi nos cogió un vahído. Tan poco acostumbrados estábamos al aire puro.
Marchábamos los cuatro uno tras del otro. Foma, delante; Yákov, detrás. La noche era negra. Había pocas estrellas. La aldea dormía. La calma más absoluta reinaba a nuestro alrededor. Pasamos por delante de muchos jardines y huertas, atravesamos el cañizo, los caminos, sin decir una sola palabra.
– ¡Ts...!
Nos pusimos inmediatamente en cuclillas cerca un cañaveral.
– ¿Qué pasa?
– ¡Ts. ! Un perro.
El perro ladraba a lo lejos, pero los ladridos se iban oyendo cada vez más cerca. Después se fueron alejando nuevamente; por lo visto había acompañado a alguien y se había vuelto. Por fin no se le oyó más.
Nos pusimos nuevamente en camino en la misma forma. Atravesamos una profunda zanja y penetramos en un jardín. A una señal de Foma nos pusimos nuevamente en cuclillas, y Yákov, mandado por Foma, desapareció sin ruido tras unos matorrales. No se podía fumar ni hablar.
Yákov reapareció inesperadamente tras los matorrales. Hubiera sido imposible decir por qué parte había venido.
– Todo está a punto.
– ¿Todo?
– Todo.
– ¿Has tomado los remos?
–Sí.
– Siéntate.
Foma pegó el oído al suelo y escuchó.
– Vamos.
Nos levantamos cautelosamente. Pero después de avanzar dos o tres pasos, Foma se inclinó bajo un matorral y sacó un pequeño bote. Unos pasos más y el bote estaba ya cerca de la orilla. Medio minuto después apareció otro bote. Kozitski se va a un bote, yo a otro. No hay sitio para sentarse.
– Échate de espaldas.
Es Yákov quien lo manda. Yo cumplo la orden sin rechistar. Esta posición es más cómoda que estar sentado. Pero, en cambio, se pierde toda sensación de estabilidad. Se tiene la impresión de estar en una cuna, que se mece a cada movimiento del remo.
De repente el bote se para.
– Hemos llegado.
Ante nosotros se elevaba la costa rocosa de Galitzia. A poca distancia, se hallaba una cueva natural con una entrada angosta y larga. Gracias a esa circunstancia la cueva no se puede ver desde el agua. Y cuando los gendarmes austríacos de la frontera pasan cerca del agua se puede esconder en la cueva todo lo que se quiera. Fue allí que dejamos también los botes y que descansamos un poco antes de continuar nuestro camino. Había que andar una versta para encontrarse bajo un techo amigo.
– ¿Estará ya en casa? –dice Foma.
– Claro que sí. ¿Es que no le has dado la señal?
– No, no he tenido tiempo. Además, ya era tarde...
– ¡Qué modo de hacer las cosas! No puedes hacer nada sin aventuras.Cualquier día acabaremos en la cárcel por culpa tuya.
–Es seguro que estará en casa. ¿Dónde quieres que esté? Anda, vamos.
Yákov se asomó para ver si había novedad.
– Me parece que podemos salir.
– En marcha, para que podamos volver pronto.
Descendimos hasta la orilla, luego empezamos a elevarnos ya a la estación en un carro. Y aquel mismo día llegábamos a Lvov.
Calculábamos terminar nuestros asuntos allí en dos días. Pero tuvimos que estar cerca de una semana. Nuestra literatura destinada a Rusia se guardaba en un local utilizado por todas las organizaciones y para todos los fines imaginarios. Por consideraciones de orden conspirativo no era conveniente que participáramos personalmente en la selección y embalaje de nuestros libros. Por este motivo tuvimos que confiar esta misión a un compañero encargado especialmente de ello.
Nuestra llegada coincidió con la recepción de un paquete postal de Ginebra que contenía literatura y que se nos había encargado que recogiéramos en Correos. Nos dirigimos allí. Resultó que en Correos dos de nuestros paquetes, de cinco kilos cada uno, habían sido abiertos, pues se sospechaba que se mandaba manteca sin pago del derecho de aduanas.
Nos presentaron esos paquetes abiertos y nos propusieron levantar un acta y pagar una multa por haber mandado una mercancía distinta de la declarada. Y dejándonos con la boca abierta ante la mesa con los paquetes, el funcionario se fue a buscar papel y testigos.
Nos miramos.
– ¿Y si nos fuéramos?
– Acaso será lo mejor.
– Anda, vamos.
Kozitski toma un paquete y se lo mete bajo el brazo, yo hago lo propio y salimos sin novedad. Tomamos un coche, nos apeamos en una de las plazas más concurridas y nos vamos hasta a casa a pie.
En los paquetes había el Programa de Erfurt y Al día siguiente de la revolución social, de Kautsky, que mandamos inmediatamente al almacén para que fuera empaquetado junto con la otra literatura.
Una semana después de estar en Lvov la selección y el embalaje de nuestra literatura estaban terminados y nos fueron entregados en la estación en forma de dos cajones bastante pesados y un par de canastos. Los mandamos como equipaje no a la estación cercana al punto desde el cual habíamos salido para Lvov, sino a la inmediata, donde Yan había de sabir a nuestro encuentro con un carruaje. Por el camino nos asaltaba la duda de que llegáramos a tiempo para el regreso. Había empezado el cuarto menguante y atravesar la frontera resultaba ya más difícil. Tanto más cuanto los contrabandistas habían de ser llamados de la otra parte. Y, por lo tanto, se perdería mucho más tiempo que si se hubieran hallado en la orilla austríaca del Dniéster. Y con todo ello, en casa esperaba Luká, al cual esperaban asimismo en Kiev. Y mi prolongada ausencia, por otra parte, podía despertar sospechas...
Llegamos al atardecer y Yan dio inmediatamente «la señal». Una hora después llegaron los otros dos y empezaron a meternos prisa.
– La luna sale pronto. Hay que ponerse en camino antes.
– ¿Cuánto os podéis llevar?
– Todo lo que se pueda colocar sin dificultad.
Les dimos los canastos.
– ¿Y mañana?
– Mañana os pasaremos a vosotros. Los demás, después, cuando no hayaluna.
Después de cenar sacamos los cajones para hacer paquetes más cómodos. Además, era interesante aprovechar esta ocasión para ver lo que traíamos.
Es difícil imaginarse nuestra decepción cuando abrimos los cajones. Había allí libros alemanes, polacos, ucranianos, obras de medicina, viejas revistas sin ningún interés y, finalmente, un modelo de cráneo, pero absolutamente nada de lo que necesitábamos y para lo cual habíamos gastado tanto tiempo y tantos recursos. Por negligencia se nos había dado en el almacén una expedición que no era nuestra.
Nos pusimos de mal humor. Cenamos en silencio y de mala gana. Y cuando nos acostamos en la pequeña choza, donde faltaba absolutamente el aire, la atmósfera pesada que se respiraba allí y la conciencia del fracaso sufrido se hacían insoportables. La luna iluminaba la única ventanilla que había cerca de la cual estaba acostado, lo cual irritaba aún más los nervios.
Un golpe suave en la ventana.
– ¿Será Foma?
Levanto la cabeza e inmediatamente me doy cuenta de lo absurdo de esta suposición. A poca distancia de la ventana se mueven dos figuras, en la cabeza de una de las cuales brilla un casco.
– ¿Serán los gendarmes?
Simulo que estoy dormido.
Los golpes se repiten con más frecuencia e insistencia. Yan se levanta, se acerca a la ventana y me toca la espalda.
– Los gendarmes.
– Ya los he visto. Seguramente habrá que dejarlos pasar.
Entraron sin decir nada y se detuvieron en la puerta. Yan buscó una cerilla y encendió la lámpara.
– Oiga...
Siento que me tocan la pierna. No me despierto. La tocan con más insistencia, empiezo a despertarme.
– Oiga.
– ¿Qué se le ofrece?
Vístase usted y sígame: el comandante quiere verle.
– ¿Tendrá usted la amabilidad de decirme de qué se trata, si es que lo sabe?
– Lo siento mucho, pero no puedo decirle nada.
Nos vestimos sin prisa, y aun sin aquella sensación desagradable que en tales casos se experimenta habitualmente en Rusia.
– ¿Tienen ustedes equipaje?
– Un poco.
– ¿Esta maleta?
– Es nuestra.
El gendarme encendió una cerilla y miró tras de la puerta.
– ¿Y estos cajones?
– También son nuestros.
– Hay que llevarlos también. Ensilla el caballo.
Un cuarto de hora después avanzábamos por el camino, bañado por la luna; delante iba un gendarme con un pequeño saco de viaje y detrás Yan con el caballo.
El cuartel de la frontera no estaba muy lejos. Y cuando entramos en una pieza grande, vivamente iluminada, el gendarme nos entregó a un sargento que nos salió al encuentro. El sargento, después de ordenar que se trajeran los cajones, nos indicó con un gesto amable la entrada de la pieza de al lado.
– Tengan ustedes la amabilidad de esperar un poco; el señor comandante hatenido que salir.
Hablaba en ruso, con un acento polaco apenas perceptible. A pesar del tono correctamente oficial, los ojos miraban con bondad y simpatía. Y nos hablaba más bien como a huéspedes que como detenidos.
Entramos en una gran pieza espaciosa en la cual había una gran mesa.
– Hagan el favor de sentarse...
Dos soldados nos acercan una silla y uno de ellos nos ofreció la petaca.
– ¿Puede usted decirnos a qué debemos este honor?
– No se intranquilicen ustedes; un contrabandista ruso, borracho, hacometido un robo, se le ha detenido y ha dicho que ustedes se ocultaban allí y tenían libros socialistas para Rusia.
– ¿Y qué se proponen hacer con nosotros?
– ¡Oh, nada! El señor comandante les interrogará, y si resulta que no esverdad, les dejará libres.
– ¿Y si es verdad?
El gendarme se sonrió y se encogió de hombros.
– Entonces no lo sé...
Mientras esperábamos al comandante, conversamos profusamente con el sargento. Había vivido mucho tiempo en Varsovia y «quería mucho» a los estudiantes rusos. Por lo visto nos había tomado por tales y nosotros no teníamos motivo alguno para convencerle de lo contrario. Nos dijo que hasta el año pasado habían hecho la vista gorda por lo que se refería al envío de libros a Rusia. Pero el año pasado, Austria había obtenido de Rusia la libertad de acción en Macedonia. Y en compensación se habían comprometido a vigilar severamente la frontera para evitar la penetración de «libros socialistas».
Nuestro pequeño saco de viaje, lleno de novedades de este género, desapareció bajo el capote de nuestro inesperado amigo cuando llegó el comandante, con la particularidad de que esto se hizo con el consentimiento tácito, pero evidente, de los soldados presentes. Por nuestra parte, amnistiamos sinceramente a los compañeros de Lvov que nos habían dado unos libros que no eran nuestros.
Una breve conversación con el comandante. Preguntas, respuestas, un examen superficial del contenido de los cajones, y nuevamente Yan los mete en el carro alegremente. La aventura resultó más interesante de lo que se podía esperar.
Por el camino se une a nosotros nuestro amigo inesperado, el cual nos devuelve el saco y nos acompaña hasta casa, no sin dejar de advertirnos:
– Un contrabandista y otro campesino ruso puede aún irse de la lengua. El campesino ruso siempre dice lo que no se le pregunta.
Fuera como fuera, era preciso marcharse. La vivienda de Yan era pequeña, y la familia muy numerosa. Y aunque era un hombre que no tenía nada de tonto y que ayudaba más por simpatía que por dinero, su mujer no veía con muy buenos ojos que nos quedáramos allí tanto tiempo y les comprometiéramos. Esto era preciso tenerlo en cuenta.
VII
Empezamos a prepararnos para el viaje desde la mañana. Examinamos las afueras de la población desde la parte contraria al Dniéster, donde corría uno de sus afluentes, que era más bien un gran arroyo. Se podía vadear, buscando el sitio y el momento más oportunos. Y este momento había de ser el atardecer, cuando todos los objetos toman formas indefinidas.
Nos pusimos en marcha sin llevar absolutamente nada con nosotros, y aun destruimos las direcciones que llevábamos. Antes de decidirnos a atravesar el riachuelo nos echamos tras unos matorrales para «observar». Nos decidimos a ponernos en marcha cuando el sol se había ya puesto y la luna empezaba a brillar muy débilmente. Bajamos el río, y mirando por última vez nuestro alrededor, nos quitamos las botas.
– Hay que atravesar el río, siguiendo la corriente, hasta aquel matorral.
Sólo cuando nos hallamos en lo orilla y nos dispusimos a calzarnos, nos dimos cuenta de lo fría que era el agua; los pies habían perdido toda sensibilidad, apenas podíamos hablar, los labios nos temblaban y nos castañeteaban los dientes.
– ¿Tomamos directamente el camino?
Y nos pusimos a andar a grandes pasos. Reaccionamos inmediatamente y nos pareció que las veinte verstas que teníamos que recorrer no eran nada: la casa y el descanso nos parecían ya más cercanos que la orilla opuesta.
De repente, apareció en el camino un carruaje. No había ni un matorral en que pudiéramos escondernos. El carruaje pasó a nuestro lado y no se detuvo. Pero cuando nos hubo dejado atrás se apeó un individuo que llevaba revólver en el cinto.
– ¿De dónde vienen ustedes, señores?
– Nos paseamos.
– Está bien. ¿Pero de dónde venís?
– De los mismos sitios... a los cuales tú te diriges.
Y seguimos nuestro camino.
– No, esperaros. Decidme quiénes sois.
– Déjanos en paz. ¡A ver si quieres que te enseñemos los pasaportes!
– Hay que tener un salvoconducto: enseñádmelo.
– ¡Haberlo dicho desde un principio!
Kozitski se sacó del bolsillo una moneda de oro y le dio vueltas entre los dedos.
– Es el empleo, señores; acaso yo... qué me importa...
– Queríamos ir a Zvanets, pero nos hemos equivocado de camino. Ahoratenemos que volver atrás.
– Atravesad el valle y doblad a la derecha.
Se detuvo un momento como si quisiera acompañarnos él mismo. Pero de repente nos dijo:
– No; esto no puede quedar así, señores. En nuestro empleo no se permitenlas propinas. ¿Quiénes sois?
De los árboles que habíamos dejado atrás llegaban al trote unos soldados de caballería.
– Ya he visto cómo atravesabais el río... ¡Y decís que os «paseabais»!
Dimos una ojeada a nuestro alrededor y comprendimos que era inútil intentar huir. El terreno que nos rodeaba estaba completamente abierto y los jinetes se acercaban rápidamente. El primero que llegó fue un cabo, el cual preguntó:
– ¿Qué pasa, señores?
– Atravesaban el río y los he detenido.
Los soldados iban llegando uno tras otro y nos miraban de pies a cabeza con curiosidad. En sus rostros no había ni odio ni irritación.
– ¡Ahora, atrás!
Nos rodearon y nos encaminamos a la aldea.
Se mandó a un ordenanza a Zvanets en busca del capitán, el cual llegó inmediatamente, a pesar de que era de noche. Por lo visto, confiaba haber hecho una captura «importante», pero sufrió una decepción, tanto a causa de la existencia de los pasaportes registrados en Kámenets-Podolski como de la carencia de algo que significara conspiración o política.
– ¿Por qué habéis pasado la frontera sin salvoconducto, cuando es tan fácilobtenerlo?
– Porque con salvoconducto no hubiera sido tan interesante atravesarla comocon los contrabandistas.
– Pero, ¿por qué la habéis pasado sin ellos?
– La luna...
– ¡Ah...!
Con esto, el interrogatorio se dio por terminado. Para él era claro que con los datos que poseía debía ponernos en libertad, limitándose a dar cuenta al juez de nuestro paso por la frontera, lo cual, según la ley, traía aparejada consigo una detención de una semana y media o una multa de quince rublos. Siguiendo la costumbre de los gendarmes, esto no lo hizo, sino que nos mandó directamente «por etapas» al juez de Kámenets-Podolski, población que se hallaba sólo a dieciocho verstas de distancia.
Tuvimos que pasar la noche en el cuartel, lo cual no estropeó en lo más mínimo nuestras relaciones con los soldados. Éstos nos dieron de comer y nos obsequiaron con té y no se negaron a contestar a las preguntas que les hicimos sobre la vida que llevaban.
Por la mañana nos metieron en un carro campesino y nos mandaron, acompañados de tres centinelas, a Zvanets. De allí nos condujeron a la inmediata cárcel de distrito, donde pasamos la noche ateridos de frío. Por la tarde, nos pusimos nuevamente en marcha. Cuando llegamos a la comisaría de policía del distrito, el jefe se había ya marchado y tuvimos que esperar hasta el día siguiente. Nos encerraron en un calabozo lleno de suciedad, en el cual no había nadie. Protestamos inútilmente.
– Mañana se arreglará la cosa.
– Pero es que se nos debe acompañar sencillamente al juez, el cual nospondrá en libertad inmediatamente.
– No podemos hacer nada.
Tuvimos que resignarnos. Menos mal que había unos camastros y pudimos descansar de nuestras fatigas.
Sin embargo, al día siguiente se nos condujo, no al juez, sino a la sección de gendarmes. Y sólo desde allí se nos llevó al juez, el cual, después de señalar el juicio para dentro una semana, nos dejó en libertad.
Por lo tanto, nuestra odisea duró casi dos semanas en lugar de tres o cuatro días. La dueña del piso empezaba ya a intranquilizarse y se disponía a avisar a la policía. Luká abrió la puerta. Su situación en mi domicilio tampoco era muy clara. Y ya pensaba en regresar a Kiev sin más.
Ahora se había animado, lo mismo que la patrona.
Pero nuestras aventuras no terminaron ahí. Apenas habíamos tenido tiempo de cambiar impresiones con Luká y de salir de casa para comprar alguna cosa en la tienda, cuando encontramos a Dvoirets. Éste venía a nuestro encuentro apresuradamente y temía llegar tarde. Kozitski se había dirigido a casa de un amigo suyo socialista revolucionario para contarle sus aventuras. Precisamente en aquel momento, dicho eserista acababa de recibir una expedición de literatura del extranjero en un carro campesino. Y tan pronto dicho carro entró en el patio y se empezó a sacar la literatura de debajo del heno, se vieron rodeados de agentes disfrazados, que habían seguido el carro desde la frontera.
Por lo tanto, el paso de la frontera por Kozitski y su presencia allí hacía aparecer a los ojos de los gendarmes una relación innegable entre esos dos hechos. De eso se desprendía que los gendarmes sacarían sus consecuencias con respecto a mí. Era preciso marcharse, y lo más pronto posible. Y Luká y yo no volvimos ya a mi domicilio.
3. La Oficina Central
I
Después de la organización de la Oficina de Smolensk y del fracaso de la frontera, se me mandó a la región del Volga. El plan era el siguiente. La imprenta que el Comité Central tenía en Bakú funcionaba a toda marcha y se suponía que daría hasta diez puds mensuales de producción. Expedir esas cantidades considerables de literatura por ferrocarril resultaba difícil y arriesgado. Era necesario usar el transporte fluvial.
En Samara encontré a L. Kárpov, el cual se disponía ya a marcharse a Kiev. En su lugar debía venir I. Dubrovinski. Estaba allí también Irina, que pertenecía al Grupo de los compañeros encargados del transporte. Poco después de mi llegada se marchó a Bakú para establecer un contacto más estrecho con la imprenta y no apareció ya más por Samara ni se tuvieron más noticias de ella.
Pero ya antes de mi llegada se había dado una dirección al Comité Central para la organización de un punto y mandar el transporte a Penza. Tuve que marcharme allí y preparar las cosas, aunque esto se apartara un poco de mis planes.
En Penza no teníamos más que a un hombre, A. I. Smirnov, director de la sección de Instrucción Pública de la administración local del zemstvo, marxista, lingüista y traductor, con el seudónimo de Tijov, de algunos trabajos de Marx y sobre Marx. Era un hombre de confianza, simpático y buen compañero, pero tan indeciso, tímido y nervioso, que era difícil contar con su ayuda activa. No hubo más remedio que valerse de los propios recursos. No quisiera que esta característica de A. I. Smirnov fuera interpretada en mal sentido. Su decisión de ayudar era indudable y se esforzaba sinceramente en hacerlo. Pero su carácter se lo impedía.
A fin de cuentas, cuando llegó la primera expedición de proclamas del Primero de Mayo, tuve que recibirla yo mismo y llevarla a su domicilio, el cual puso de buena gana a mi disposición, aunque desapareció mientras yo distribuí y empaqueté las proclamas para mandarlas a los puntos de destino.
En el viaje de regreso decidí detenerme en Samara para aclarar la situación. Estaba ya allí Innokenti Dubrovinski, y era preciso estudiar la experiencia de Penza y sacar de ella las consecuencias prácticas.
Era evidente que no tenía ningún sentido quedarse en Penza. Podía quedar allí un punto para la recepción y la expedición de la literatura. Pero montar el aparato en dicha localidad no era conveniente.
Expuse mi plan a Innokenti, y él lo aprobó. La base del aparato sería Samara. Pero los puntos de recepción debían estar fuera de dicha ciudad. Por la noche vimos a V. Artsibuchov, que aprobó también nuestros planes. El Volga nos ofrecía la posibilidad de toda clase de combinaciones, pues, al fin y al cabo, en el transcurso del verano, cada uno de los puntos podía ser utilizado dos veces, y algunos tres. Y organizar en cada uno de ellos una combinación conspirativa completa no era conveniente ni ventajoso.
Decidimos definitivamente trasladar la Oficina técnica de Penza a Samara y señalar como puntos de expedición y recepción Simbirsk, Sarátov, Sizran y Astracán.
Volví a Penza a tiempo. Las autoridades locales se preparaban para recibir al zar, que acompañaba al Extremo Oriente un tren con iconos, y procedían a la limpieza de calles y patios. Era necesario recoger las cosas y marcharse a otra parte. Antes de partir, Smirnov me puso en contacto con el ingeniero Rosel, el cual se convirtió en lo sucesivo en nuestro punto de apoyo en Penza, y con su ayuda activa se organizó allí la recepción de la literatura, la recolecta de dinero y la instalación de la imprenta de Samara.
De Penza me fui directamente a Sarátov, donde vi a Baramzin, viejo marxista que era considerado como bolchevique. Baramzin me dijo que no había por qué prepararse especialmente, pues en cualquier momento se podía encontrar un local y los medios necesarios para hacer el transporte. Afirmó, asimismo, que Sarátov era más conveniente como base para la Oficina de transporte.
Como el zar no había aún pasado por Samara, y en Sarátov ya no tenía nada que hacer, decidí ir a Uralsk, punto que resultaba muy cómodo para nuestros fines, pues hasta entonces no había sido utilizado desde el punto de vista conspirativo. Sin embargo, no obtuve ningún resultado práctico del viaje, pues no pude encontrar a ningún conocido. Me marché aquel mismo día, y en vez de Uralsk se utilizó Oremburgo, pero exclusivamente para la literatura del extranjero.
III
Cuando volví a Samara, Innokenti ya no estaba allí. Nos quedamos Artsibuchov y yo. Artsibuchov era un hombre honradísimo y bondadoso. A pesar de su vejez no abandonaba la actividad revolucionaria. Todo su tiempo y todos sus recursos, excepto los más necesarios para llevar una existencia modesta, los consagraba a la revolución. Su casa estaba siempre abierta a todo el mundo. En su juventud, cuando era todavía un gran terrateniente, había dado toda la tierra a los campesinos y se había ido a recorrer las aldeas para propagar las ideas revolucionarias. Dos veces fue deportado a Siberia, y durante la segunda deportación empezó a estudiar El Capital. Desde entonces no lo dejó más y cada vez que le metían en la cárcel –lo cual sucedía con frecuencia– reanudaba el estudio de dicha obra.
Establecimos la relación con Simbirsk, donde teníamos a dos jóvenes compañeros, los cuales nos ayudaron brillantemente.
Recibimos un talón para Sarátov. No tuve más remedio que ir solo, pues el auxiliar prometido desde el centro todavía no había llegado. En la redacción del periódico a que fui dirigido me mandaron al funcionario de Estadística I. Goldenberg. Para recibir la literatura me indicaron el domicilio de un joven llamado Fiódorov. Para todo lo demás me dejaron librado a mí mismo. De manera que, por una vez, tuve que recibir la literatura yo mismo y llevarla a casa de Fiódorov. Menos mal que el cesto no era muy grande. Pero había que hacer la distribución de tal modo que ninguna localidad más o menos importante se quedara sin literatura. A Astracán debía ir alguien de Sarátov. Los demás paquetes los debía llevar yo mismo por el Volga.
La literatura era extranjera, periódicos y unos cuantos folletos. Con una «mercancía» tal los compañeros me recibían con los brazos abiertos.
Ese primer viaje, a pesar de su brevedad, dio ya algunos resultados. Por lo menos se pusieron de manifiesto con suficiente claridad la fuerza de la organización local y las proporciones del trabajo.
IV
En Samara, lo mismo que en Sarátov, el Comité desenvolvía su actividad. En el Comité actuaban en calidad de figuras principales V. P. Pozern y Pototski, el cual más tarde se hizo menchevique. Hicieron su aparición en Samara estudiantes excluidos de las ciudades universitarias y que podían ser utilizados para tales o cuales funciones. Gracias a esta circunstancia pudimos organizar nuestro aparato.
El primer viaje por el Volga nos demostró que había que organizar las cosas como si se tratara de una empresa comercial, valiéndonos de nuestros viajantes. El viajante, sobre todo si charlaba menos que los demás, inspiraba una cierta confianza. Los camarotes de segunda clase daban la posibilidad de aislarse y de hacer toda clase de manipulaciones con el equipaje.
El Comité me recomendó a Vania (Eidelson), al cual era difícil utilizar por el momento para la labor local. Había sido puesto en libertad hacía poco y no podía encontrar trabajo. Era buen colaborador, pues no se desconcertaba y tenía un gran sentido práctico. Como secretario actuaba E. D. Strunina, desterrada de Kazán. Y, finalmente, Noskov nos mandó de Kiev al externo Víctor (no me acuerdo de su apellido), hombre de una gran astucia y habilidad y de una extraordinaria reserva.
Tuvimos que separarnos con gran sentimiento de Andréi Kokosov. En verano había sido incorporado a filas y mandado a Simbirsk. Pero no tardó en ser detenido por su actividad y mandado a Nizhni en un barco. Le acompañaba un oficial, con el cual hacía el viaje en un camarote de primera clase, a cuya puerta se había puesto un gendarme. A primera hora de la mañana, al llegar a Kazán, Kokosov, de uniforme y con una toalla al hombro se fue al lavabo, y, al poco rato, dejando el uniforme allí, salió vestido con una blusa y, pasando por delante del gendarme, bajó a la orilla. Un coche... Kazán... una barbería... la estación... Y a través de Inza-Sizran llegó a Samara.
Hablamos extensamente con él. Nos hubiera sido muy útil para nuestro trabajo, pero dejarlo allí habría sido peligroso. Por esto tuvimos que mandarle a Moscú.
En la segunda mitad del verano habíamos ya extendido nuestras operaciones por el Volga, desde Nizhni hasta Astracán, y fuera de la zona del Volga, por Vorónezh, Tambov, Penza, Ekaterimburgo, Cheliábinsk, Ufa, Oremburgo. Nos propusimos, asimismo, conquistar Siberia, a donde había ya mandado desde Astracán una expedición de cerca de dos puds.
Recibíamos talones casi todas las semanas, y uno de nosotros se ponía en camino, provisto previamente de las instrucciones necesarias.
Tomamos en nuestro grupo a otro colaborador, estudiante de la escuela de Agricultura, al cual llamaban Zaratustra, aunque este nombre no le conviniera en lo más mínimo. Era un muchacho para el cual la actividad revolucionaria ocupaba siempre el primer lugar.
Nos procuramos pasaportes en blanco y sellos. Teníamos un grabador a nuestra disposición. Disponíamos también de pasaportes y sellos auténticos. No costaba nada, por ejemplo, que un hombre no conocido por la policía «perdiera» su pasaporte. Se publicaba el anuncio, que costaba tres rublos y un kopek y se le daba un pasaporte nuevo, que nosotros utilizábamos. O bien, se moría alguien en el hospital, donde teníamos a un médico y a una practicante, se enterraba al muerto, pero el pasaporte era utilizado por alguno de los nuestros durante mucho tiempo. De manera que no en vano se había dicho que el ruso estaba compuesto de alma y pasaporte; incluso cuando el alma hacía ya meses que vagaba por el otro mundo, el pasaporte seguía existiendo en esta tierra pecadora.
La Oficina expedía mensualmente de treinta a cuarenta puds de literatura.
He aquí que recibimos dos talones consignados a dos direcciones distintas. Desde Bakú se mandaban «zapatillas caucasianas» a Sarátov y a Astracán. Convinimos con Vania que me marcharía inmediatamente a Astracán, que dentro de tres o cuatro días él saldría para Sarátov y que nos encontraríamos allí.
En Astracán no se había recibido ningún aviso. Cuando di la sorpresa a O. A. Varentsova, ésta me dijo:
– Pero, ¿qué podemos hacer? No tenemos ningún domicilio preparado.Hubierais debido advertirnos.
– Si lo hubiéramos hecho, os hubierais preparado, habríais entabladonegociaciones y el círculo de los enterados se habría ampliado, lo cual no es siempre conveniente. Ya nos arreglaremos como podamos.
– No sé cómo lo haremos.
Y añadió:
– ¿Cuándo hay que hacerlo?
– Hoy, mañana.
–¡Vaya una gente!
Y, sin embargo, encontró todo lo necesario. Recibimos la literatura casi aquel mismo día. Todo salió a pedir de boca. Una parte de la literatura fue empaquetada para que yo pudiera llevármela hasta Sarátov, y otra debía expedirla desde Astracán, para Tomsk.
La entregué a la compañía de transportes La Esperanza. La caja era excesivamente pesada, lo cual podía parecer sospechoso. Era preciso inventar una mercancía conveniente. Me acordé de que en aquellos días había leído que el Instituto Tecnológico de Tomsk hacía expediciones al Cáucaso. Y escribí: «Colecciones mineralógicas». Me tomaron el talón para fijar la tarifa. Un rato después el funcionario me dijo:
– Esta mercancía no la tenemos.
– Pero esto no es una mercancía.
– Pues ¿qué es?
– ¿Sabe usted.? Piedras... Conchas... Minerales... recogidos por profesores yestudiantes.
– Pero, ¿de acuerdo con qué tarifa podemos valorar esto? En la nomenclaturano figura.
– Pues póngale usted algo que se le parezca.
– Permita usted, pues, que le ponga otro título, por ejemplo «Manualescientíficos».
– Manuales científicos, esto significa... libros.
– ¿Y qué? A mí me es absolutamente igual.
– Pero entonces la tarifa será más cara.
– Que lo sea.
Al fin nos pusimos de acuerdo. Los portes costaban un poco más de veinte rublos.
– Haga usted el favor de pagar.
– ¿Pagar? Lo pagarán a la recepción.
– Cuando la mercancía se manda al portador... corremos el riesgo de trabajaren vano.
Esto era un nuevo golpe.
Es verdad que había tomado ya previamente el billete hasta Sarátov, pero la suma que me pedían no la tenía.
– ¿Cómo quiere usted que pague de mi bolsillo cuando me han pedidosencillamente que mande esto? Temo que no me quede bastante dinero para el viaje.
– ¿No podría usted pagar aunque no fuera más que la mitad?
– Esto sí, para dejarle tranquilo a usted y no perder el tiempo.
Para llegar a Sarátov no me quedaban más que unos tres rublos. Como no quería volver a casa de Varentsova, que estaba lejos, me fui directamente al barco.
VI
Llegó el Maestro (que cambió más tarde su nombre por el de Diablo), que Varentsova nos mandaba de Astracán. Precisamente acabábamos de recibir un talón consignado a Samara, lo cual procurábamos evitar siempre. Propusimos al Maestro que se buscara inmediatamente un domicilio y recibiera en el mismo dicho canasto, en calidad de equipaje. Le dimos un pasaporte a nombre de Grigori Ivánovich. Pero antes de que el pasaporte estuviera registrado, la literatura había sido ya recibida y distribuida.
Cuando se recibió un talón para literatura del extranjero con la advertencia de que nos mostráramos prudentes en la recepción en vista de la negligencia con que había sido hecho el embalaje, se confió esta operación al propio Maestro.
– Hay que ir a Sarátov. La mercancía está en la estación de ferrocarril. Esposible que la observen. Por lo tanto, hay que hacer algunas investigaciones previas.
– Está bien.
Le di las direcciones de un comerciante y de un veterinario militar que podían tener relaciones con los ferroviarios. Por prudencia no le di ninguna dirección para el reparto y el transporte.
– Haga usted el embalaje de nuevo y llévese la literatura a su casa.
– Está bien.
Durante toda una semana no tuvimos ninguna noticia de él, a pesar de que habíamos convenido que mandaría una postal a las señas que le habíamos indicado. La postal no se recibió hasta diez días después: «Estoy bien de salud. Me pongo en camino. Saludos».
En Sarátov, al efectuar las investigaciones preliminares, se supo que la mercancía había sido llevada a la habitación de los gendarmes, con la indicación de que el consignatario se fuera allí para levantar un acta relativa al mal estado del embalaje.
El Maestro se pone en relación con los obreros ferroviarios y busca el medio de apoderarse del canasto.
Al atardecer, cuando en la habitación de los gendarmes no había más que un agente, a poca distancia de allí empezaron a resonar disparos de revólver y a oírse gritos de auxilio. Empezó la confusión en la estación. El gendarme salió de la habitación, revólver en mano, como alma que se lleva el diablo. E inmediatamente, tres individuos penetraron en la habitación y se llevaron el canasto. Un cochero lo llevó a su vez inmediatamente a un domicilio preparado de antemano. Desde allí se tomó otro coche y se llevó el canasto a otro sitio. Embalar de nuevo la literatura fue cosa de media hora, y una vez hecho esto, se llevó a un tercer sitio, donde se guardó durante dos días.
Con auxiliares como esos, trabajar resultaba ya mucho más fácil.
UNA PÁGINA DE LA HISTORIA DE LA ACTUACIÓN CLANDESTINA
V. N. Zalejski
La recepción de literatura del extranjero y su difusión por Rusia en 1911, en la época en que dominaba la clandestinidad más profunda, constituye, a mi juicio, una de las páginas más interesantes e instructivas de la historia de nuestro Partido. Una de las particularidades de dicho trabajo consistía en que, a pesar de que había penetrado en el centro de distribución de literatura el provocador Briandinski, esta última llegaba regularmente, se distribuía de un modo sistemático, y durante todo el año no hubo ni un solo fracaso (si se exceptúa la detención casual del compañero Cherepánov de Ekaterimburgo, a cuyo nombre se hacían las expediciones). Cuando, a fines de año, Briandinski, concentrando en sus manos todos los datos que había podido recoger intentó provocar el fracaso de toda nuestra organización de transporte, lo único que consiguió fue su propio fracaso.
El hecho de que desde principios de 1911 nuestro transporte saliera del estado de letargo en que se hallaba a fines de 1910, cuando el representante de la comisión del transporte del Comité Central era Briandinski, hay que atribuirlo ante todo a la experiencia de nuestro viejo especialista en esta esfera, el compañero Alberto (Piátnitski), el cual obligaba al provocador a trabajar como era debido.
La misión de Briandinski consistía, como dice en una de sus cartas al director del Departamento de Policía, Deletski, en paralizar la distribución de la literatura ilegal en Rusia. En los primeros tiempos intentó hacerlo dejando que aquella se pudriera en la frontera, con el pretexto de que se habían perdido las relaciones y los compañeros que se le mandaban como auxiliares habían sido detenidos. Si la literatura llegaba a veces a Moscú y a Petersburgo, iba a parar «casualmente» al Departamento de Policía.
Cuando la Comisión Técnica del Comité Central confió la dirección práctica del transporte en el extranjero al compañero Alberto, éste llamó ante todo la atención sobre el trabajo de Briandinski como representante ruso. Alberto consideró completamente insatisfactorio el informe de aquél relativo a la organización del transporte en Rusia y le declaró categóricamente que, si el trabajo no daba resultados inmediatos y palpables, esto significaría, ante todo, su incapacidad, e inmediatamente le destituiría a él y a sus auxiliares.
Briandinski se halló ante el dilema de organizar el transporte como era debido o de verse reducido a cero, y eligió lo primero.
Ante todo, procuró encontrar a un buen colaborador capaz de hacer su trabajo, pues, por lo visto, en su calidad de agente de la policía, no quería trabajar para la revolución. Enterado de que yo, a quien conocía bien desde 1902 y que acabado de salir de la cárcel me hallaba en Kazán, me ofreció dicho trabajo.
En cierta ocasión, al volver a casa encontré un billete concebido así: «Si esta tarde se va usted al número tal de la fonda Schetinkin encontrará a un amigo, a quien conoce muy bien y que estará muy contento de hablar con usted».
Me voy a la dirección indicada y me encuentro allí a Briandinski. Mi sorpresa no tuvo límites cuando me enteré de que era el encargado del transporte de la literatura del Comité Central de nuestro Partido a Rusia, y que había venido a Kazán especialmente a buscarme.
«Me enteré por mi mujer, que en verano vino a Kazán, de que usted estaba aquí y buscaba el modo de ponerse en relación con el Partido. Precisamente tengo necesidad de un compañero de confianza que pueda ayudarme a organizar como es debido el transporte del extranjero. Naturalmente, el trabajo tendrá, ante todo, un carácter técnico, pero es preciso un organizador experimentado y conspirativo. Su misión consiste en encontrar a gente que trabaje bajo su dirección y responsabilidad y, asimismo, en organizar Grupos de tres individuos en las distintas localidades. Como regla general, esos Grupos deben ser independientes de las organizaciones clandestinas existentes. El encargado del transporte estará en relación directa con dichos Grupos, los cuales servirán de instancia intermediaria entre nosotros y las organizaciones locales. Con esto conseguiremos que la literatura llegue a su destino y la máxima garantía contra las redadas de la policía.»
Huelga casi decir que acepté gozosamente la proposición.
Briandinski no tardó en mandarme dinero y un pasaporte a nombre de Iván Vasílievich Kirílov, y me fui a Moscú.
Briandinski me esperaba ya con impaciencia.
– Hemos perdido el contacto con los contrabandistas de la frontera –me dijo–. Ha sido mandada ya literatura del Partido y se hallaba en la frontera. La primera tarea de usted consiste en irse a Grodno y buscar a Yósiv Matus. Lo único que sé es que tenía una salchichería, que la ha cerrado hace poco, y que ha desaparecido. Tiene usted que decirle que va de parte de Natasha y le dará de mi parte cincuenta rublos que le debo. Matus puede ponerle en relación con el campesino Karasevich. Si lo consigue usted, telegrafíeme enseguida y me pondré en camino.
Por los datos que se me habían dado no era muy fácil encontrar a Matus. Llegué a Grodno sin ningún plan decidido.
Durante dos días recorrí todos los alrededores, pero no encontré ni rastro del que buscaba. ¿Qué hacer? No tuve más recurso que valerme de uno de los innumerables mandaderos que a cada paso os ofrecen sus servicios en poblaciones de aquel género. Era preciso únicamente hacer las cosas de un modo suficientemente conspirativo para no infundir sospechas. Dije al mandadero que era representante de una casa de salchichería de Moscú, que tenía relaciones comerciales con Matus, pero que durante los seis meses que yo no había pasado por allí, éste había desaparecido y desconocía su domicilio actual. Al día siguiente, el mandadero me comunicó que Matus había liquidado el negocio y abierto una taberna en un sitio que me indicó.
Mi alegría fue grande. Por consideraciones de orden conspirativo, aquel mismo día anuncié en la fonda que salía para Moscú. Dejé el equipaje en la estación, en consigna. Pasé algunos días sin domicilio, pernoctando en los bosques de los alrededores, y luego busqué un pequeño piso donde me instalé como viajante de la editorial La Instrucción, de Moscú. Una semana después, persuadido de que nadie me seguía, me fui a buscar a Matus.
Matus era un viejo de pelo blanco y de aspecto agradable que inspiraba confianza. Me senté a una mesilla situada cerca del mostrador. Pedí comida y, aprovechando un momento oportuno, le dije al patrono que iba de parte de Natasha. Poniéndose en guardia, pero sonriendo agradablemente, Matus se informó del estado de salud de Natasha, de su manera de vivir, con el propósito evidente de «tantearme». A Natasha yo no la conocía, y para no despertar las sospechas del viejo con alguna respuesta inconveniente, le dije que le traía los cincuenta rublos que aquélla había de devolverle. Esto le hizo más confiado. Vio que, en el fondo, yo estaba al corriente de las cosas, y como lo que le pedía no era mucho, no le fue difícil darme satisfacción; al fin y al cabo, lo que solicitaba de él era únicamente que me pusiera en contacto con Karasevich.
Matus me dijo que éste trabajaba en unas obras que se estaban realizando en la orilla del Niemen, donde, en efecto, le encontré. Por lo tanto, pude restablecer muy rápidamente el contacto perdido, cosa que durante mucho tiempo Briandinski «no había podido conseguir».
Mandé un telegrama a Briandinski, el cual llegó rápidamente, y al enterarse de que el contacto había sido restablecido y de que la literatura estaba intacta mostró una gran alegría.
Dos días después, un campesino trajo a mi domicilio la literatura «perdida».
Con la mitad de la recibida me fui a Moscú, donde debía esperar al propio Briandinski o sus indicaciones, y la otra mitad se la llevó consigo este último con destino a Dvinsk y Petersburgo. En Moscú debía encargarme de organizar el Grupo de tres para la difusión de una parte de la literatura, y el resto debía entregarlo al ingeniero Bogdánov, para que lo guardara.
Conseguí organizar muy pronto el Grupo con ayuda del obrero Vasíliev. Era éste un viejo y experto conspirador, que trataba únicamente conmigo y no entró a formar parte del Grupo.
Estuve en Moscú más de un mes sin recibir instrucción alguna de Briandinski. Finalmente, me escribió invitándome a ir a Dvinsk, donde había fijado su residencia y se hacía pasar por ingeniero.
Briandinski me comunicó que el compañero Alberto exigía categóricamente que se expidieran sin pérdida de tiempo las proclamas del Primero de Mayo y, como quedaba poco tiempo, me encargaba que las recogiera en la frontera y las mandara a todo el país desde cualquier ciudad central de Rusia.
A fin de «acelerar» las relaciones con Alberto, me comunicó asimismo la dirección del mismo y la cifra. Como tal, se utilizaba la obra de [Knut] Hamsun, El hambre, en su tercera edición de la Biblioteca Universal. Había que utilizaría del siguiente modo: al principio de la cifra se ponían cinco fracciones decimales ficticias. La sexta fracción, en la suma del numerador y del denominador daba la página necesaria por la cual yo cifraba, o me mandaban los documentos cifrados a mí. Después seguían otras cinco fracciones ficticias y sólo entonces empezaba la cifra. Cifrábamos la línea entera sin separar las palabras. El numerador de la fracción indicaba la línea y el denominador la letra en dicha línea. Las vocales no debían repetirse. Era casi imposible descubrir esa cifra si no había provocación.
Briandinski me dio carta blanca para la difusión de las proclamas de Primero de Mayo, exigiendo sólo una cosa, que llegaran a destino a tiempo. Por lo tanto, a partir de aquel momento, Briandinski conservaba sólo la dirección nominal.
Por una antigua costumbre conspirativa no me inclinaba a informarle de todos los detalles de mi trabajo. Me incitaba sobre todo a ello la desconfianza instintiva que empezaba a inspirarme. Ésta había sido originada ante todo por el modo de vivir de Briandinski. Veía que, tanto en Moscú como en Grodno y en Dvinsk gastaba el dinero sin limitación, lo cual me causaba sorpresa, pues yo sabía que era un «[revolucionario] profesional», y el Partido daba entonces a éstos cuarenta rublos mensuales. Lo segundo que me llamó la atención fue que se dispusiera a marchar al extranjero, de donde había llegado recientemente, y que a mi pregunta de cómo pensaba hacerlo me contestara que iba a efectuar el viaje de un modo completamente legal, con un pasaporte que le había dado el gobernador. Y, finalmente, en cierta ocasión, al volver a casa, en Grodno, le sorprendí en la misma revolviendo mis papeles y, sobre todo, examinando el carnet de notas que había dejado sobre la mesa. Cogido de improviso, se inmutó y me dijo que me «controlaba». Todos estos hechos me inclinaban a la desconfianza, y, por esto, me causó un gran contento la posibilidad de relacionarme directamente con Alberto.
Ante todo, me ocupé de buscar un sitio donde fuera cómodo instalar el depósito central de la literatura, y de elegir los auxiliares necesarios. Después de meditar la cuestión, opté por la ciudad de Novozibkov, provincia de Chernígov, donde vivía Manía Chembariova, antigua conocida mía desterrada de Yekaterinoslav.
Con el fin de ver sobre el terreno hasta qué punto dicha localidad resultaba cómoda para los fines que me proponía, me fui personalmente allí. Me presenté como el novio de Chembariova y, de este modo, no infundí sospecha alguna. La localidad me pareció conveniente desde todos los puntos de vista.
Gracias a las relaciones de Chembariova encontramos a tres compañeros, cada uno de los cuales, sin saberlo los otros, accedió a guardar literatura en su domicilio. Resultó particularmente útil para mí el dependiente de una de las tiendas de tejidos, llamado Volodia, el cual tenía la posibilidad completa de guardar literatura en el almacén de la tienda. Los demás guardaban la literatura en canastos en casa de unos parientes lejanos, so pretexto de que se trataba de objetos suyos. De este modo tenía siempre la posibilidad de concentrar en Novozibkov, en tres sitios distintos, algunos puds de literatura. No necesitaba nada más.
Resuelta esta cuestión, había que pensar en la organización de las remesas por correo. Me ayudó asimismo en este sentido Chembariova. En Gomel tenía relación con un grupo de compañeros de distintas localidades, que se hallaban bajo la vigilancia de la policía. Me puse en relación con ellos y tuve la posibilidad de reclutar algunos auxiliares. Por su mediación encontré también ayudantes en Klintsov, gente que la policía desconocía completamente y que no sabían más que una cosa: que cuando les trajeran un paquete con una determinada dirección debían ir a Correos y expedirlo en nombre de uno de los habitantes notorios. Cada uno de ellos conocía sólo una dirección, esto es, el uno expedía a Nizhni, el otro a Kiev, etc. Así, en caso de que se descubriera el envío, el remitente no podía dar ninguna información a la policía. La dirección que conocía debía, de todos modos, llegar a conocimiento de aquélla en caso de que se descubriera el paquete. Cada uno de ellos sabía que mandaba literatura clandestina, pero ignoraba completamente de dónde la recibía. En el caso extremo podía correr riesgo el compañero que entregaba el paquete, pero para evitarlo se mandaba a Correos a un observador desconocido del remitente que debía advertirnos inmediatamente en caso de que el paquete fuera descubierto.
Ya he dicho que procurábamos indicar como remitente el apellido de los habitantes locales «respetados» y conocidos. Recuerdo que en Gomel uno de los remitentes más populares era un coronel, presidente de la Asociación del Pueblo Ruso (organización extremadamente reaccionaria). El funcionario a quien se entregaba el paquete de esos respetables ciudadanos, al ver el nombre se mostraba particularmente amable, y decía: «¡Ah! ¿Es de fulano? ¡A sus órdenes!».
Todo el verano y el otoño los envíos se hicieron regularmente y llegaron sin novedad a su destino. Únicamente a principios de otoño me enteré por los telegramas de la prensa de que en Yekaterimburgo había sido detenido Cherepánov en el Banco Popular, cuando se había hecho ya un envío a su nombre. Se le había detenido antes de que recibiera dicho envío, pero esta noticia me intranquilizó mucho. Recorté el telegrama y lo mandé a Briandinski y, asimismo, al compañero Alberto. Temiendo que en caso de que yo cayera se perdiera la comunicación con el depósito central, di la dirección de Chembariova a Briandinski. Si se me detenía a mí, aquélla debía poner en relación al hombre mandado por Briandinski con el depósito de Novozibkov y con el aparato de distribución de Gomel y Klintsov. Esta prudencia conspirativa no dio la posibilidad a Briandinski, cuando el 15 de octubre de 1911 entregó mi nota a la policía, de indicar la dirección del depósito y descubrir el aparato de distribución. En su nota se limita a decir que yo llevaba literatura a Novozibkov, donde, con ayuda de gente de Klintsov y Gomel, la remitía en paquetes postales. No pudo dar ninguna dirección de Gomel y Klintsov, y de Novozibkov dio únicamente la de Chembariova, presentándola como mi domicilio central y como el depósito, lo cual no era cierto.
El hecho de que esta traición se cometiera tan tarde se explica por consideraciones que posteriormente aparecieron con toda claridad. Después de las advertencias que el compañero Alberto le había hecho en la primavera, en el sentido de que el mal funcionamiento del transporte pondría en evidencia la incapacidad de Briandinski como organizador, éste no podía ya descubrir el transporte sin poner en riesgo su reputación. Para conseguir su objetivo sin que la sospecha recayera sobre él, era preciso que todo el trabajo pasara de hecho a mis manos, a condición de que Alberto lo supiera y se relacionara conmigo. Puesto que todas las relaciones, tanto en la frontera como en Rusia, todas las direcciones y demás se hallaban en mis manos, y que el aparato de distribución había sido organizado por mí, el descubrimiento de toda la organización del transporte dejaba a Briandinski en la sombra. Con este fin me lo pasó todo a mí, me puso en relación directa con Alberto y me dio la posibilidad de trabajar unos meses.
Por la nota de Briandinski a que he aludido, la policía de Moscú obtuvo la dirección de Kirílov (que era yo) y del depósito de Novozibkov. Pero esta dirección, a la cual Briandinski me escribía y me mandaba el dinero, era sólo la de Chembariova. Este «error» de Briandinski determinó el fracaso no del transporte, sino el suyo propio... He aquí cómo ocurrieron las cosas.
A fines de octubre o principios de noviembre, Alberto me comunicó que había llegado a la frontera una expedición de literatura, y la llevé al depósito. Dejé allí una gran parte de la expedición y transporté una parte de la misma a Gomel para empezar el envío por correo. Me quedé en esta última población dos o tres días. Entretanto, en Novozibkov ocurrían acontecimientos...
Se había recibido un giro de Briandinski a nombre de Chembariova. Por la tarde se le había presentado uno de los compañeros que guardaban parte de la literatura y le pidió que le guardara por un día cuatro ejemplares de las actas del Congreso de Londres que yo le había entregado antes de marcharme. A pesar de que le había dado la orden rigurosa de que no tuviera nada clandestino en su casa, accedió a la petición del compañero. Por la noche se presentó la policía, que iba en busca de V. I. Kirílov. A Kirílov no le encontraron, pero en cambio, al efectuar el registro, encontraron las cuatro actas mencionadas y el talón del giro de Briandinski con su dirección de Dvinsk. (Por lo visto, Briandinski estaba tan persuadido de su «inviolabilidad» que siempre daba su verdadera dirección.) Chembariova fue detenida, se llevaron la literatura y el giro y se dejó a unos agentes en el piso para esperarme.
La llegada de los gendarmes, el registro y la detención de Chembariova produjeron una enorme sensación en aquella villa somnolienta.
Sin sospechar nada, dos días después de estos acontecimientos llegué a Novozibkov. Cuando bajé del tren y atravesé la estación noté que era el centro de la curiosidad general; algunas de las personas que estaban en la estación fijaron su atención en mí e incluso algunos de ellos salieron fuera para ver a dónde iba. Esto me pareció extraño, pero no di importancia «política» a la cosa, pues estaba seguro de que no había peligro alguno. Sólo guiado por una prudencia instintiva me aparté de las calles principales y me dirigí al domicilio de Chembariova por callejones. Empezaba a oscurecer... A poca distancia de mi casa encontré a un grupo de estudiantes del Instituto Técnico. Las mismas miradas sorprendidas y curiosas que en la estación... Apenas había dado algunos pasos, cuando uno de ellos se me acerca y me dice:
–Discúlpeme. ¿Adónde va usted?
– A casa –contesto asombrado.
– ¿Al domicilio de Altschuler? Allí hay policías que le esperan.
¡Estaba lucido! En el bolsillo no tenía más que diez kopeks; no había ni tan siquiera la posibilidad de tomar el tren. Entretanto se acercaron los demás jóvenes. Viendo su excitación y la simpatía evidente que se reflejaba en sus rostros, les dije que no podía marchar, porque no tenía dinero y el tren tardaría en salir.
– ¡No se preocupe usted, ya le ayudaremos! –contestaron los muchachos–.Vámonos a nuestra casa. No debe usted ir ahora por las calles, pues le conoce mucha gente.
Rodeado de los jóvenes, con uno de los cuales cambié la gorra, me fui al domicilio de uno de ellos, donde me dieron de comer y de beber, recogieron tres rublos, y cerca de las cuatro de la madrugada, cuando salía para Gomel un tren de mercancías, yo, afeitado y con el uniforme de alumno del Instituto Técnico, me fui a la estación en compañía de un alegre grupo de estudiantes. Salimos juntos al andén y tomé el tren sin novedad. Ignoro quiénes eran esos jóvenes y cómo me conocieron; pero lo que sé es que me salvaron...
Antes de marcharme, a fin de desorientar a la policía, escribí una carta a Chembariova, diciéndole que por asuntos «comerciales» había de pasar por Novozibkov sin detenerme allí, y que ya le escribiría desde Moscú, donde permanecería algún tiempo. Después de mi salida, uno de los estudiantes echó al buzón de la estación esta carta, la cual llegó a su destino y fue a parar a manos de la policía. Posteriormente, Chembariova me hizo saber que las autoridades habían comprendido el verdadero valor de la carta. El juez, al interrogarla, se la leyó y le dijo: «Su novio nos ha enredado, estaba aquí, se nos escapó y aún se burla de nosotros. Pero si no hoy, mañana caerá en nuestras manos, pues conocemos su verdadero apellido: Zalejski».
Al llegar a Gomel, «lavé» el pasaporte a nombre de I. B. Kirílov y lo extendí al de Vladimir Nikoláievich Borísov, con el cual me instalé en aquella localidad. No me consideraba con derecho a irme a otro sitio antes de aclarar cuál había sido la suerte de los depósitos dejados en Novozibkov. No tardé en saber que éstos estaban intactos, pero que había caído un giro en manos de los gendarmes. Esta circunstancia me hizo temer por la suerte de Briandinski, pues estaba seguro de que el giro era suyo.
Mando un telegrama, redactado en términos convencionales, a Briandinski, advirtiéndole del peligro, e inmediatamente escribo a Alberto dándole cuenta de lo sucedido. ¡Cuál no sería mi asombro al recibir una carta de Alberto diciéndome que Briandinski, detenido por Dvinsk, a los pocos días había sido puesto en libertad, y abandonándolo todo, se había marchado al extranjero!
«Todo esto –escribía el compañero Alberto– nos ha producido una impresión aplastante. Dígame usted todo lo que sepa del pasado de Briandinski. Naturalmente, las antiguas direcciones conocidas de éste deben ser anuladas. Le mando otras.»
La carrera de Briandinski como agente de la policía terminó con esta detención casual. Su papel era ya claro para todo el mundo. Sin embargo, él no lo sospechaba aún y no relacionaba su detención con lo sucedido en Novozibkov, como se ve por el informe mandado al director del Departamento de Policía Deletski, en el cual dice que ha sido casualmente detenido y que se va a París con el fin de penetrar en la Conferencia [de Praga] del Partido en calidad de representante del Grupo Técnico. Sin embargo, no lo consiguió. Por lo tanto, todo el trabajo de Briandinski en 1911 no causó perjuicio alguno al Partido.
Conseguí pronto sacar de los depósitos de Novozibkov toda la literatura, crear un depósito en Gomel, recibir otra expedición del extranjero y mandarla a las nuevas direcciones. Mi actividad en esta esfera continuó aún dos meses, hasta que el transporte fue reorganizado sobre nuevas bases y se me confió otro trabajo.
LA TÉCNICA DEL COMITÉ CENTRAL EN EL NORTE
D. Guershanovich
En el otoño de 1904 la Oficina Técnica del Comité Central era dirigida por A. P. Liubímov (Mark).
Después de cumplir algunos encargos de dicha Oficina se me indicó que fuera a Drezna, en la línea de Nizhni-Nóvgorod, a fin de entrevistarme con D. Líberman, que tenía una pequeña farmacia cerca de la estación. Se proyectaba instalar en dicha farmacia una pequeña imprenta. Antes de mi llegada se había mandado allí la letra, la máquina de imprimir y los accesorios.
En la farmacia vivían Líberman y su mujer, ambos jóvenes. Él, un hombre impulsivo y exaltado, se hallaba, por lo visto, en la luna de miel de su actuación revolucionaria. Su mujer, muy joven, era un poco cobarde, pero a primera vista parecía dispuesta a arriesgarse y sacrificarse. Más tarde su sinceridad se puso de manifiesto y repercutió desfavorablemente en nuestras relaciones y en el éxito de nuestro trabajo.
Los Líberman me dieron una buena acogida y me demostraron que, desde el punto de vista conspirativo, el sitio se hallaba por encima de toda crítica. Consiguieron convencerme de ello, pero, al mismo tiempo que decidí dejar la imprenta allí, era necesario tomar algunas medidas tanto de carácter conspirativo como técnico. Con este propósito me fui a Smolensk a ver a Mark, el cual me encargó la instalación definitiva. En Drezna, a poca distancia de la estación, había una fábrica de tejidos en la cual trabajaban miles de obreros y obreras. Los clientes de la farmacia eran exclusivamente los obreros y empleados de dicha fábrica, y Líberman no sólo tenía que ejecutar las recetas y dedicarse a la venta al detalle, sino también actuar a veces como médico y prescribir él mismo medicinas para las dolencias poco importantes. Desde las nueve de la mañana hasta las doce de la noche la puerta de la farmacia se abría a cada instante para dar paso a los clientes.
En los primeros tiempos esta circunstancia nos intranquilizaba mucho, pero después nos fuimos acostumbrando poco a poco, y considerando que no teníamos ninguna relación con los medios obreros ni con los Grupos revolucionarios locales y ni tan siquiera con Moscú, acabamos por hacer caso omiso de esa circunstancia. El movimiento de la farmacia hacía necesario que desde la mañana hasta hora avanzada de la noche estuviera constantemente alguien en el establecimiento, lo cual repercutía en el trabajo de la imprenta.
Éste exigía dos personas y aun tres: uno para componer, dos para imprimir. Líberman estaba tan ocupado que no se podía contar con él. Su mujer debía dedicarse a las faenas caseras, darnos de comer y, por razones conspirativas, hallarse siempre en las habitaciones de delante. Me quedaba solo. Las primeras hojas del Comité Central las compuse muy deprisa, pero por falta de auxiliares las imprimí con gran dificultad. Fue preciso pensar en otro compañero. Pero, ¿con qué pretexto se le podía traer a la farmacia sin infringir las reglas de la conspiración? Yo consideraba posible vivir allí sin que nadie se diera cuenta de mi presencia y, en efecto, entraba y salía sólo de noche, y estando en casa, me hallaba constantemente en la habitación oscura en que se hallaba la imprenta y donde yo trabajaba a la luz de una pequeña lámpara de petróleo.
Líberman, a quien propuse que buscara a alguien que pudiera aparecer como relacionado con la farmacia, me prometió escribir a un amigo con este fin. Yo, que había recibido el encargo de ir a Kiev, me detuve en Poltava, donde por mediación de la organización socialdemócrata encontré a una persona conveniente para la imprenta. Era una obrera de la localidad. Me acuerdo de su nombre, pero no de su apellido. La llamaban Uliana. Se me ocurrió la idea de tomarla en calidad de criada de los Líberman, pero no me decidí a llevármela conmigo y le dije que se marchara a Moscú cuando recibiera carta mía. En primer lugar, no quería resolver la cosa sin la sanción de los demás compañeros, es decir, de los Líberman; en segundo lugar, suponía que Líberman había conseguido ya encontrar a un compañero. A mi regreso a Drezna no se me hizo objeción alguna a mi proposición, y una semana después, Uliana se presentaba en Moscú, desde donde la conduje a la farmacia.
Con la aparición de Uliana, el trabajo de la imprenta marchó regularmente, y tirábamos hoja tras hoja. Los Líberman –David y Eva– desempeñaban el papel de amos. Uliana, en calidad de criada para los no iniciados, se hallaba siempre en la parte posterior de la casa, en la cocina –en realidad en la imprenta–, donde me hallaba yo también constantemente.
Todo el local de la farmacia se componía de cuatro piezas. En la mayor estaba la farmacia. Seguía a ésta un corredor largo y estrecho. Una puerta situada a la derecha del mismo conducía a un pequeño comedor, que servía asimismo de dormitorio para los «dueños».
La parte de la izquierda comunicaba con la cocina. Una puerta del comedor, disimulada tras un gran armario que la ocultaba completamente, daba acceso a la pieza en que se hallaba la imprenta, cuya existencia estábamos seguros que nadie podía sospechar. La buena marcha de la farmacia nos daba la posibilidad no sólo de vivir con cierto desahogo, sino de gastar dinero en los viajes relacionados con la imprenta y la adquisición de papel.
Los trabajos impresos debía llevarlos a la oficina de transportes instalada en Kaluga, en la cual había dos compañeros, uno llamado Pedro, otro Semión. Emprender el viaje allí con literatura era muy arriesgado, pero permitir la entrada de los encargados del transporte era aún peor. Sin embargo, por indicación de Mark, visitó una vez la imprenta con el fin de mantener el contacto con la misma en caso de que yo fuera detenido durante uno de mis numerosos viajes. Posteriormente, se instaló un punto central en Moscú, al cual yo mandaba las hojas, que recogían después los encargados del transporte. Entretanto, la vida en la propia imprenta no se deslizaba sin tropiezos. Ya antes de la llegada de Uliana habían empezado las disputas entre los esposos, y en cierta ocasión se produjo una escena tragicómica. Después de una disputa con su mujer, Líberman quiso envenenarse; ella, dándose cuenta de su propósito y deseando impedir que lo llevara a cabo, empezó a luchar por apoderarse del frasco de veneno que se hallaba en uno de los armarios de la farmacia. En aquel momento yo estaba trabajando y tuve que presenciar la escena por el ruido que armaban. Líberman, naturalmente, no se envenenó, y costó gran trabajo tranquilizarlos. Pero ese suceso me hizo reflexionar y llegué a la conclusión de que era una consecuencia de nuestra vida clandestina e intranquila. La joven esposa, no pudiendo resistir aquel régimen severo, quería marcharse, reconquistar la libertad, y el joven esposo, desesperado, había decidido envenenarse. Este suceso dejó una mala impresión en mi espíritu y me indujo insensiblemente a modificar mi actitud con respecto a los Líberman. A partir de aquel momento, empecé a ponerme en guardia y a no tener gran confianza en ellos.
En uno de sus raros viajes a Moscú, D. Líberman volvió a casa con una gran noticia que venía a modificar radicalmente todos nuestros planes y predeterminó el destino de la imprenta en el segundo período de su existencia.
Líberman había encontrado casualmente en Moscú a un farmacéutico conocido suyo, llamado Morgen, el cual le propuso que le arrendara una de sus farmacias, situada en Yaroslavl, a la otra parte del Volga, en un suburbio llamado Tveritsi. La noticia nos produjo una gran impresión. La proposición era indudablemente interesante y atractiva, pero nos obligaba a reflexionar seriamente y a pesar todos los pros y los contras.
El aspecto positivo de la proposición consistía, en primer lugar, en que, organizando una gran «firma» se podía ampliar el marco de nuestra imprenta aumentando sus proporciones y su productividad; en segundo lugar, una farmacia podía recibir, sin ningún reparo, cajas de «mercancías», es decir, papel, y expedir productos farmacéuticos, es decir, impresos. El aspecto negativo consistía, en primer lugar, en que, al ampliar el marco de la farmacia y de la imprenta, era necesario introducir en nuestra empresa a nuevas personas que el centro no tenía la posibilidad de darnos; en segundo lugar, las reglas de la conspiración se practican habitualmente bien sólo en un círculo reducido de personas; y, en tercer lugar, una farmacia importante exige grandes gastos: arriendo, empleados, adquisición de mercancías, etc., etc. ¿Se podrían cubrir todos estos gastos generales con los ingresos del establecimiento ? En caso contrario, ¿podría cubrirlos el centro?
En una palabra, llegamos a la conclusión de que lo mejor era que resolviera esta compleja cuestión la propia Oficina Técnica, y con este fin me puse inmediatamente en camino para Smolensk. Después de examinar minuciosamente el plan de traslado de la imprenta a Yaroslavl y de efectuar un viaje allí, la Oficina Técnica decidió trasladar la imprenta a dicha ciudad, pero a condición de instalarla no en la farmacia, sino en el piso que deberían alquilar los Líberman en aquel mismo suburbio, no en la calle en que estaba situada la farmacia. En dicho piso, además de los Líberman, debíamos vivir Uliana y yo, más un compañero que nos mandó el centro en vísperas del 9 de enero de 1905. Era un obrero de la imprenta que tenía la Iskra en Kishinev, detenido en dicha imprenta y juzgado junto con León Goldman y su mujer. No me acuerdo de su apellido. Sé únicamente que cuando llegó no hacía mucho que se había evadido de Siberia.
Como practicante, Líberman encontró a un joven, simpatizante con la revolución, llamado, si no recuerdo mal, Grischa. Como mozo se tomó a un extraño, pero con el propósito de que no tuviera relación alguna con el domicilio y de que viviera en la farmacia.
A últimos de diciembre de 1904 recibí de Mark la suma necesaria para el pago del alquiler de la farmacia, los gastos de viaje y de traslado de la imprenta y la adquisición de los muebles necesarios. Una semana después se había efectuado el traslado. Todos nosotros íbamos bien vestidos, y por este motivo nuestro traslado no suscitó ninguna sospecha.
Encontramos muy pronto el piso donde debían vivir oficialmente los Líberman con la «criada». Era una casita pintada de verde, situada en la orilla del río. Había cuatro piezas grandes, una de las cuales destinamos a la imprenta. Fue necesario adquirir los muebles y todo lo preciso para dar a nuestra casa el aspecto de una vivienda habitada por una familia decente y acomodada.
Emprendimos el trabajo a los dos días.
La labor de impresión la hacíamos yo y el compañero de la imprenta de Kishinev. Cuando tenía necesidad de preparar la composición de una hoja, nos ayudaban Uliana o Grischa, al cual nos mandaban desde la farmacia cuando había en ella poco trabajo.
Sólo los Líberman y Uliana estaban oficialmente registrados en el piso. El compañero de Kishinev y yo no nos apresurábamos a hacerlo. Mi compañero, que se había evadido recientemente de la deportación, no tenía ningún documento y no le quedaba otro remedio que permanecer en casa durante el día y salir sólo de vez en cuando a dar un paseo nocturno, con gran prudencia. Yo tenía un pasaporte auténtico, aunque no mío, pero no había pensado todavía cómo justificar ante el medio pequeñoburgués que nos rodeaba mi existencia legal en el piso.
Con el fin de observar más rigurosamente las normas conspirativas y preservar a la imprenta de un fracaso casual era necesario poner fin a mis frecuentes viajes a Moscú y Smolensk, originados por la necesidad de informar a la Oficina Central de la situación de nuestros asuntos y recibir a veces recursos económicos. En mi última visita a Smolensk, Mark me había presentado a un compañero a quien llamaban Luká. Era éste un hombre de mediana estatura y rostro moreno, que llevaba lentes oscuros, tras los cuales nunca se podía percibir la expresión verdadera de los ojos, y que a veces parecía ciego. Iba vestido con sencillez, pero con decencia, y producía la impresión de un funcionario de los zemstvos. Como supe posteriormente, estaba también en relación con la organización del Partido en Yaroslavl, y, si no ando equivocado, trabajaba de un modo inmediato en la misma. Luká debía estar en contacto con la imprenta por mi mediación.
Nuestras entrevistas tenían lugar en el centro de la ciudad, en una de las calles más concurridas. En nuestra primera entrevista en Smolensk me dio la dirección de Yaroslavl y me indicó el día en que debíamos vernos allí. Celebrábamos habitualmente nuestras entrevistas dos o tres veces por semana al atardecer, y después regresaba a mi casa, tomando toda clase de precauciones, atravesando directamente el Volga helado, a menudo con una temperatura de 40 grados bajo cero. Como iba vestido ligeramente, volvía a casa aterido de frío, e incluso una vez se me helaron las orejas.
Luká me informaba constantemente de las últimas noticias del Partido y de la situación del país. Esto era ya después de los acontecimientos del 9 de enero de 1905, que agitaron el inmenso mar revolucionario de la Rusia insurgente, cuyas olas llegaban hasta nosotros, los cautivos voluntarios de la clandestinidad.
En la clandestinidad se respiraba cada día más difícilmente. El impulso revolucionario empujaba imperiosamente hacia el combate a pecho descubierto. Este impulso lo sentíamos muy particularmente el compañero de Kishinev y yo. Tanto a él como a mí la vida clandestina se nos hacía cada vez más agobiante.
He de indicar aún un hecho que influyó en mi estado de espíritu revolucionario. Poco después de mi llegada a Yaroslavl me vi obligado, a pesar de todo, a alquilar una habitación. He señalado ya más arriba los inconvenientes que ofrecía registrarse en el piso de la imprenta sin inventar un motivo verosímil de mi residencia legal. Vivir ilegalmente, ocultándose, no era del todo fácil, particularmente después de la llegada del compañero de Kishinev, el cual, por no tener ningún documento, se veía obligado a esconderse. El buen sentido nos indicó a todos que lo mejor era que viviera fuera de allí. Llegaba todos los días a las once de la mañana y me marchaba a hora avanzada de la noche. Entraba y salía siempre sin llamar la atención, aprovechándome de la atmósfera de silencio y tranquilidad que reinaba en las calles del suburbio y sobre todo en la que vivíamos.
Me instalé en el domicilio de un obrero que tenía muchos hijos, y entre ellos una muchacha de dieciocho años que, si no ando trascordado, trabajaba en la fábrica de Korzinkin. Cuando a veces llegaba a casa más temprano, el padre y la hija me informaban a menudo del estado de espíritu que existía entonces entre los obreros de las fábricas de Yaroslavl. Yo escuchaba con gran avidez sus relatos de la vida de los obreros, pero exteriormente aparecía como un intelectual que consideraba con indiferencia lo que esa simple familia me contaba. Explicaba mi regreso a casa a hora avanzada de la noche por mi trabajo en el periódico, y la buena gente manifestaba su pesar por no poder tener el gusto de verme con más frecuencia para satisfacer sus deseos constantes de «hablar». Durante esas conversaciones debía guardar la mayor prudencia, a fin de no traicionarme hablando de mis relaciones con la farmacia y el domicilio de sus dueños.
Los Líberman y los compañeros de la imprenta conocían, por lo que pudiera ser, la dirección de mi domicilio, pero no me visitaban nunca, de la misma manera que yo, por prudencia, no fui ni una sola vez a la farmacia.
Como consecuencia de los tormentosos acontecimientos políticos que se desarrollaban en los grandes centros cercanos y de la atmósfera irrespirable de la clandestinidad, que se hacía insoportable, surgieron disputas entre nosotros.
El primer motivo de disputa fue la incontinencia extrema de la mujer de Líberman al comprar los muebles para el piso. Se tenía la impresión de que se preparaba para instalar un nido confortable para sí y que no le preocupaba nada más. Yo, que economizaba extraordinariamente los recursos del Partido, juzgaba que se permitía excesos superfluos y protestaba contra sus apetitos pequeñoburgueses.
El segundo motivo, aún más indignante, era la conducta de la propia mujer de Líberman para con Uliana, considerada como la «criada» de la casa. La conspiración exigía, naturalmente, que, ante los extraños, la «señora» tratara a la «criada» como tal. Pero cuando se permitía esa conducta en nuestro círculo de camaradas, provocaba mi indignación y mis protestas. En una palabra, acabamos por odiarnos mutuamente.
El marido, un hombre de carácter débil, se ponía al lado de su mujer. Por añadidura, marido y mujer se dedicaron a hablar mal de mí al compañero de Kishinev, el cual tampoco se distinguía ni por su firmeza revolucionaria ni por el instinto proletario certero. Primeramente, vaciló, poniéndose ora a mi lado, ora al de los esposos, y los conflictos eran cada vez más frecuentes. Finalmente, a causa de la viveza de mi carácter, acabó por ponerse al lado de los esposos.
Uliana era una muchacha sencilla y excelente que no gustaba de hablar. Si bien reconocía que yo tenía razón en todos los conflictos, guardaba el más absoluto silencio, y me veía obligado no sólo a defenderla, sino a defenderme a mí mismo contra los innumerables y groseros ataques de mis «enemigos».
Las cosas llegaron hasta tal punto que, en cierta ocasión, inesperadamente, Uliana, que sufría de epilepsia sin que nosotros lo supiéramos, disgustada por esos incidentes, tuvo un ataque. No hubo más remedio que ir en busca de un médico. Esto nos intranquilizó mucho a todos. Pero hallamos una salida. Líberman se fue a buscar inmediatamente al médico. Su mujer estaba al lado de Uliana, y nosotros, los ilegales, la ayudamos hasta que llegó aquél.
Este caso me hizo llegar a la conclusión de que era necesario liquidar la imprenta o que yo me fuera de la misma. Ya antes de esto, en las entrevistas sostenidas con Luká, había puesto al corriente a este último de la situación de la imprenta. Al principio no prestó gran atención a la cosa, pero después la consideró más seriamente.
En la última entrevista, ya después del ataque de epilepsia de Uliana, Luká me dio una sorpresa inesperada. La Oficina Técnica le mandaba a otra ciudad, y para las relaciones con la imprenta se daba la dirección del periódico radical La Región del Norte, en la cual trabajaba un compañero llamado Olguerd Ivánovich, en calidad de secretario de redacción. Ese Olguerd Ivánovich me produjo la impresión de ser muy buena persona, pero no un revolucionario profesional. No era ruso, pero sí indudablemente eslavo. Se le podía tomar por polaco, checo o galitziano. Nuestras entrevistas tenían habitualmente lugar en una cervecería. Como es de suponer, consideré completamente superfluo poner al corriente a Olguerd Ivánovich de nuestras querellas «familiares», con tanto mayor motivo que las entrevistas que celebrábamos se me antojaban inútiles. Cuando Luká se marchó, le entregué una carta para Mark, del cual pedí solicitara verbalmente la adopción de medidas para liquidar la imprenta o que se me mandara a trabajar a otro sitio.
A primeros de febrero, llegó inesperadamente a la imprenta el representante de la Oficina Técnica Central. Era Andréi (Kviatkovski). Durante el día se dedicó a escuchar nuestras quejas. Por la noche se marchó y me pidió que le acompañara. Por el camino me comunicó la decisión de la Oficina Técnica de liquidar la imprenta y de mandarme a Bakú, a trabajar en la del Comité Central. Era precisamente en el momento en que los periódicos andaban llenos de noticias sobre las matanzas de armenios y tártaros en Bakú, organizadas por los agentes de la autocracia rusa en el Cáucaso.
Emprendí la liquidación de la imprenta.
Los Líberman se quedaron en la farmacia y en el piso.
Lo embalamos todo a fin de mandarlo a Moscú. Debíamos marchar los tres, Uliana, el compañero de Kishinev y yo. Por la noche, en la última entrevista que celebré con Olguerd Ivánovich, esta vez en la redacción del periódico, me enteré por él de la ejecución del Gran Duque Sergio, por Kaliáyev. Los periódicos no habían dado aún la noticia.
El día siguiente por la mañana los tres estábamos ya en Moscú, y lo primero que hicimos fue ir a la puerta de Nikolski para ver el sitio en que había sido ejecutado el sátrapa moscovita, pero el lugar estaba cercado por la fuerza pública y no se dejaba pasar a nadie.
El compañero de Kishinev tenía la dirección de un estudiante. Uliana se marchó a Poltava. Yo me fui a la dirección conspirativa del Comité Central.
Dos días después me marché a Bakú absolutamente persuadido de que la imprenta del Comité Central en el Norte estaba completamente liquidada. Me enteré más tarde de que la imprenta siguió funcionando, y que había sido inducido a error por los compañeros del centro por consideraciones de orden conspirativo.
LA IMPRENTA DEL COMITÉ DE PETERSBURGO DEL PARTIDO SOCIALDEMÓCRATA OBRERO DE RUSIA EN 1903
E. Steiman
El 10 de abril de 1903, en la casa número 7 del callejón de Apráksina, de Petersburgo, fue descubierta la imprenta clandestina perteneciente al Comité de Petersburgo del Partido...
Según los informes del Departamento de Policía, la mencionada imprenta había empezado a funcionar en marzo del mismo año. Pero esta información no era cierta. La historia de la imprenta es un poco más larga.
En agosto de 1902, mi hermano Mijaíl Steiman, estudiante del Instituto de Minas, que vivía conmigo en la casa número 8 del callejón de Gúsiev, y que ya desde la primavera de 1901 estaba íntimamente relacionado con los Círculos estudiantiles clandestinos de dicho Instituto, de la Universidad y de la Academia Militar de Medicina, se presentó una vez en casa con un mimeógrafo. A mi pregunta de qué era aquello, Mijaíl contestó brevemente: «Ahora lo verás». En el papel de parafina que trajo consigo trazó un texto con una pluma especial, lo pegó al rodillo del mimeógrafo, lo untó con una grasa espesa y empezó la impresión. El trabajo en el mimeógrafo se prolongó no más de dos semanas. De los originales que se imprimieron me acuerdo sólo de Revolución y Contrarrevolución en Alemania [obra de F. Engels], de la cual se hicieron unos 50 ejemplares, que se distribuyeron entre los estudiantes. En la impresión de los folletos participábamos mi hermano, Yákov Rozenoer (un compañero de escuela de mi hermano que había regresado recientemente del extranjero) y yo. Este trabajo primitivo y bastante sucio, que nos llevaba mucho tiempo y daba pocos resultados, no podía satisfacer ni a Mijaíl ni a Yákov. Después de reflexionar mucho, decidimos emplear un procedimiento de impresión más culto y decidimos al mismo tiempo trasladarnos a un domicilio independiente, situado en la calle Rozhdestvenskaya, en el número 23. Se instalaron también allí mi madre y mis hermanas pequeñas, llamadas especialmente de Dvinsk por mi hermano para dar al piso un aspecto más familiar y, por lo tanto, más conspirativo. Yákov Rozenoer, entretanto, aprovechándose de sus relaciones con la Sociedad de Seguros La Esperanza, robó de allí unas cuantas hojas de papel con el timbre, y con una de ellas pidió un ciclostilo a la tienda de Jorge Bloch. La estratagema dio resultado, y el ciclostilo entró triunfalmente en nuestro nuevo piso. Se ignora quién pagó la cuenta a Jorge Bloch. Como los originales debían escribirse a máquina, surgió una nueva preocupación: primero, procurarse una máquina de escribir y, segundo, aprender a escribir en ella. Esto se me confió a mí. Me fui a ver al abogado Strugkov, antiguo conocido de mi padre, y le dije que como tenía necesidad de ganar algún dinero, le pedía permiso para aprender a escribir a máquina. Strugkov no sólo me autorizó a ello, sino que me explicó el mecanismo, y dos días después me daba ya trabajo retribuido. Después de una práctica de dos semanas, pude ya empezar a trabajar para el ciclostilo. La máquina nos la procuró un tal Ragozin, que servía de intermediario entre nosotros y el Comité de Petersburgo. Empezamos a trabajar con ardor. Ragozin nos traía los originales, yo los copiaba a máquina y después los imprimíamos por turno en el ciclostilo.
Mijaíl, Yákov, yo e incluso la pequeña Lía: todos participábamos en el trabajo. De día en día la productividad y la calidad del trabajo aumentaba, pero no se podían hacer más que de 700 a 800 ejemplares por hora. El trabajo nos absorbía hasta tal punto que yo dejé casi del todo de frecuentar las clases y Mijaíl decidió abandonar completamente el Instituto.
El Comité de Petersburgo, evidentemente satisfecho del trabajo de la técnica y estimulado por Mijaíl y Yákov, decidió perfeccionar esta última, y con este fin asignó 600 rublos para la adquisición de una máquina «americana». Esta confianza alentó a los directores de la técnica, los cuales se consagraron con ardor a realizar el plan de transformarla en una verdadera «imprenta». Como la máquina «americana» no se podía comprar más que con la autorización del gobernador, lo primero que hicimos fue preparar los correspondientes documentos. Se pidió la autorización en nombre de un impresor ficticio de Nóvgorod. La compra se efectuó sin dificultad. Ahora era preciso mandar la máquina desde el almacén a la técnica. Como de costumbre, la firma embaló la máquina y la llevó a la estación para mandarla a Nóvgorod. Un compañero enviado a la estación de Petersburgo para apoderarse de la máquina no consiguió su propósito, y ésta fue hasta Nóvgorod. Salió en su persecución Mijaíl. Éste había conseguido ya recibir el preciado tesoro, pero a la persona que hacía la entrega de las mercancías le pareció sospechosa la conducta de Mijaíl y se fue al teléfono. A Mijaíl no le quedó otro recurso que poner los pies en polvorosa, lo que hizo con éxito. De vuelta a Petersburgo, recibió del Comité de Petersburgo, siempre por mediación de Ragozin, otros 150 rublos, y con ese dinero Yákov compró una «bostoniana», que se diferencia de la «americana» en que la primera se mueve con el brazo y la segunda con los pies y ocupa sólo a un hombre, mientras que con la otra tienen que trabajar dos de una vez.
Con la adquisición de la máquina, Mijaíl decidió cambiar de domicilio, pues en el antiguo las paredes eran demasiado delgadas y el ruido de la máquina se hubiera oído en toda la casa. Se encontró un local apropiado en la casa número 30 de la calle Mojovaya: dos piezas y cocina; una de ellas, con salida a la calle, podía servir de papelería, lo cual era muy cómodo para nosotros, pues nos permitía entrar y sacar grandes paquetes; y la segunda habitación, sin ventana y con una gran cocina, daba al patio. Alquilamos el piso y empezamos a efectuar el traslado. En un principio trasladamos allí la letra y las cajas, lo pusimos todo en la pieza oscura y empezamos inmediatamente a distribuir la letra. Aquel mismo día debía traerse la máquina y los accesorios. Mientras mi hermano y yo distribuíamos la letra, Proskuriakov y Lía, que se hallaban en la cocina, vieron cómo el portero se dirigía hacia nuestro domicilio. Apagamos la lámpara que había en la habitación oscura, y Mijaíl y yo nos fuimos a la cocina. El portero entró en esta última, diciendo: «He venido a ver cómo os arregláis», y después dio un paso hacia la habitación oscura. Mijaíl, como dueño del piso, le siguió. A Lía y a mí nos temblaban las piernas, pero seguimos conversando alegremente «para despistar». Proskuriakov palideció y se llevó las manos a la cabeza, de lo cual, por fortuna, no se dio cuenta el portero. Éste, al entrar en la pieza, tropezó inmediatamente con las cajas de letra, que palpó con la mano. «¿Qué tenéis aquí?», preguntó sin salir de la habitación. «Estamos clasificando plumillas, señor portero.» Éste se marchó y todos respiramos con desahogo.
Emprendimos nuevamente el trabajo interrumpido. Cuando al atardecer llegó un carro con nuestras cosas, la máquina entre ellas, el portero llamó a Mijaíl, y le dijo: «Marchaos a la buena de Dios con vuestras plumillas». Y no permitió descargar el carro. No tuvimos más remedio que volver a nuestro antiguo domicilio con todas nuestras cosas, y al día siguiente alquilamos un piso en el callejón de Apraxia, al cual nos trasladamos sin novedad con toda nuestra técnica.
Con el traslado al nuevo domicilio, la instalación en el mismo de una verdadera imprenta con una máquina, cuatro cajas, reservas de papel y de letra, empezó un trabajo intensísimo que se prolongó durante un mes y medio, día y noche, sin parar. Yákov se instaló allí definitivamente, y él y
Mijaíl trabajaban casi sin dormir. Mi hermana y yo trabajábamos a menudo en la imprenta, a veces llevábamos la literatura impresa al almacén. Por la noche, trabajábamos por turno: uno, desde las nueve de la noche hasta las tres de la madrugada; otro, desde las tres hasta las nueve. Además, tenía que ir, aunque no fuera más que tres veces por semana, al Instituto para evitar que me excluyeran.
El trabajo aumentaba tanto que fue preciso pensar en buscar a otro compañero. Examinaron atentamente la cuestión Mijaíl y Yákov, pero no acababan de decidirse a hacer penetrar un desconocido en la imprenta. La cosa marchaba tan bien, las reglas de la conspiración se observaban de un modo tan riguroso, que se consideraba como un peligro introducir a otra persona. Finalmente, se decidió a invitar a una muchacha llamada Shura Mijáilova, que trabajaba como modista. Mijaíl y Yákov confiaban hacer de ella una verdadera revolucionaria. A fines de marzo se trasladó a la imprenta y se convirtió en una auxiliar muy activa.
Además del trabajo en la imprenta, como ya he dicho, Lía, Shura Mijáilova y yo nos encargábamos de llevar las proclamas a las distintas direcciones. Teníamos los depósitos en tres o cuatro domicilios de estudiantes. En un mes y medio imprimimos y distribuimos más de veinte manifiestos, a razón de varios millares de ejemplares cada uno, y de la hoja del Primero de Mayo tiramos, si no ando equivocada, 40.000 ejemplares, aunque no conseguimos llevar a los depósitos más que la mitad, pues el resto fue confiscado en la imprenta el 10 de abril. En las horas libres, generalmente durante la comida, Mijaíl y Yákov leían en voz alta folletos y periódicos y discutían, y nosotros escuchábamos atentamente y aprendíamos. Poco antes de la detención se leyó durante la comida el folleto Qué actitud hay que adoptar en los interrogatorios, a cuyo propósito se entabló una discusión entre Mijaíl y Yákov. Éste demostraba que era mejor no contestar nada a los gendarmes durante el interrogatorio, lo que cumplió al ser detenido. Mijaíl consideraba, por el contrario, que la negativa de declarar no era siempre aceptable y conveniente, y daba su ejemplo: «¿Qué sentido puede tener –decía– que yo, dueño de una imprenta, cogido in fraganti me niegue a declarar?». Y al ser detenido no se negó en efecto a declarar y tomó sobre sí todas las responsabilidades, procurando poner a cubierto a los demás. La lectura y la discusión de este folleto nos prestó un gran servicio a nosotros, los jóvenes, y contribuyó a orientarnos en las declaraciones después de la detención. Hay que hacer notar que, al discutir la cuestión, Yákov dijo que no había que temer nada gracias a la observancia rigurosa de las reglas conspirativas y expresó la confianza de que nos sostendríamos «durante algunos años». Se equivocó enormemente, pues caímos muy pronto. La cosa ocurrió, como supimos más tarde, como resultado de la inesperada incontinencia verbal de un estudiante. En marzo de 1903 se intensificaron los registros entre los estudiantes del Instituto Tecnológico. La policía efectuó un registro en casa de un alumno de dicho Instituto, llamado Berstein, que no tomaba participación alguna ni en las organizaciones estudiantiles ni mucho menos en las obreras.
En el cajón de la mesa se le encontraron unos cuantos ejemplares del folleto Revolución y Contrarrevolución en Alemania, impresas en el mimeógrafo. A la pregunta de dónde había sacado aquellas publicaciones clandestinas, Berstein contestó que se las había traído la hermana de Mijaíl Steiman, Elena, por encargo de su hermano para distribuirlas en el Instituto, pero que había tenido miedo de repartirlas y las había metido en un cajón porque tenía vergüenza de devolverlas. A la pregunta de si conocía la dirección de Mijaíl Steiman, indicó nuestro piso de la calle Rozhdestvenskaya. La policía se fue inmediatamente allí, pero el portero no pudo decirles nada y pasó el asunto a la Ojrana. Se encargó del asunto Statkovski, que se había distinguido por su habilidad en descubrir las imprentas clandestinas. Naturalmente, a este experto policía no le costó ningún trabajo dar con nuestro local y luego con los depósitos a los cuales se llevaba la literatura. Y he aquí que el 10 de abril, a las dos de la tarde, llamaron a nuestra puerta cuando menos lo esperábamos. En efecto, a excepción de Ragozin no nos visitaba nadie, y este último debía venir aquel día a las ocho de la noche. Precisamente en aquel momento Mijaíl me estaba dando los paquetes con la proclama del Primero de Mayo, y mi hermana estaba también ya dispuesta. Yákov, mi hermana y yo nos retiramos a la pieza de detrás, donde se hallaba la imprenta; Mijaíl se quedó para recibir a los visitantes y mi madre fue a abrir. Mi hermano había dado a Yákov el original que tenía en el bolsillo y esperaba tranquilamente. Mi hermana y yo nos sacamos de encima los paquetes, Yákov sostenía la puerta con una mano, olvidándose de que había un pestillo, y yo con la otra sacaba de los bolsillos los originales y otros papeles y los arrojaba al suelo. Yo hice inmediatamente un auto de fe y, un minuto después, en el suelo no quedaban más que cenizas. Luego me puse a ayudar a Yákov a sostener la puerta. Escuchábamos inútilmente lo que sucedía en la habitación contigua. Finalmente oímos el débil resonar de unas espuelas y no nos quedó ya ninguna duda. De repente nos acordamos de que aquella noche debía venir Ragozin. ¿Qué hacer? Por joven que fuera, el instinto me indicaba que se debía salvar a ese compañero. El cerebro trabajaba con una rapidez increíble. En aquel instante oímos que el ruido en la habitación contigua se amortiguaba, y mi hermana, que estaba en la puerta del corredor, oyó voces que se acercaban. Comprendimos que la policía, por motivos que ignorábamos, quería penetrar en nuestra habitación por el corredor. Después supimos que Mijaíl había asegurado a los agentes que la inquilina se hallaba en su pueblo y al marcharse había cerrado la habitación con llave, y como se nos había ocurrido finalmente echar el pestillo, la puerta no cedió. La policía, no deseando seguramente forzar la puerta, dio da vuelta. Cuando los pasos se alejaron, Yákov me miró y me dijo: «A las ocho debe venir Ragozin». Y comprendí que era preciso intentar marcharse y avisar a Ragozin. Yákov abrió la puerta, yo pasé volando ante el asombrado agente y me fui a la cocina. Ponerme el abrigo y salir a la escalera era cosa de un instante, pero, justo en aquel momento, Statkovski, que se hallaba en el corredor, volvió la cabeza y me cogió por el brazo riendo: «¿Es ésta su hermana?», dijo dirigiéndose a Mijaíl, el cual asintió con la cabeza y me miró con una sonrisa tierna y comprensiva. Yo... casi me puse a llorar de rabia. Toda la banda de policías y gendarmes, capitaneados por Statkovski y Trusiévich, volvió a la habitación grande, y acompañada de mi hermano entró en la imprenta. «¡Ah, esto es un verdadero taller!», exclamó Statkovski. A nosotros nos pusieron a cada uno en un rincón, con un policía al lado, y mi hermano, desempeñando el papel de «dueño amable», se paseaba por la habitación con Statkovski y le daba explicaciones. Statkovski estaba radiante. No era para menos, pues no esperaba encontrar una imprenta tan bien montada. Se levantó un acta. Yákov se negó a contestar a todas las preguntas que se le hicieron y dijo llamarse El Incomprensivo. Al oírlo, comprendí que no había por qué nombrar su apellido, y así se lo dije en voz baja a mi hermanita aprovechando la primera ocasión que se presentó. Todo fue bien hasta que se llevaron a Yákov. Eran las ocho de la noche. Entonces me acordé de que tenía que despedirme de mi hermano. Naturalmente, a nadie se le ocurría que nos detendrían también a nosotras, a mi hermana, a mamá y a mí. Cerca de las doce de la noche se nos llevaron a mí y a mi hermana. Mi madre y mi hermano se quedaron. Al despedirnos ni uno de nosotros vertió una sola lágrima. Pero el sufrimiento reflejado en los rostros seguramente conmovió incluso a Statkovski y me autorizó a besar a mi hermano, al cual me imaginaba que no podría ver más. Cuando mi hermana y yo, acompañadas de dos agentes, pasamos por el patio para dirigirnos al coche que nos esperaba, me llamó la atención la muchedumbre que llenaba el patio y rodeaba el carruaje. A pesar de lo avanzado de la hora, me pareció ver en la gente que nos rodeaba una expresión de simpatía ante aquellas dos muchachitas. Nos llevaron directamente al departamento de gendarmes, donde nos tuvieron dos horas para interrogarnos en dos piezas distintas. Mi hermanita, que conocía poco el ruso, contestaba a todas las preguntas «No lo sé» o «No lo comprendo», y los gendarmes acabaron por dejarla en paz. Conmigo ya fue otra cosa, pues una alumna del penúltimo curso del Instituto era imposible que no comprendiera ni supiera nada.
Del departamento de gendarmes nos llevaron a la sección de la Ojrana, situada en la Moika, número 12. Nos instalaron en una pieza grande y clara con una ventana y un balcón (este último cerrado) que daba a la orilla del Moika. En la pieza había un gran sofá forrado de hule, una gran mesa y dos o tres sillas. Nos trajeron una almohada y una manta, y mi hermana y yo, fatigadas, nos echamos en el sofá y nos dormimos rápidamente. Antes de dormirnos intentamos varias veces apagar la luz, pero cada vez volvían a encenderla (entonces yo no conocía aún las costumbres carcelarias). Como en la puerta no había mirilla, durante la noche aquélla se abrió varias veces y distintas personas asomaron la cabeza. En la Ojrana nos trataron de un modo excelente. Todo el mundo se mostraba muy cariñoso. Statkovski seguramente había dado instrucciones especiales sobre el particular. Él mismo venía todos los días y sostenía prolongadas conversaciones con nosotras. Al cuarto día de nuestra detención, a las doce del mediodía, me llevaron al departamento de gendarmes, donde me tuvieron hasta las ocho de la noche con el fin de tomarme declaración. Aquel día los gendarmes me martirizaron como nunca lo hicieron después. No hubo torturas físicas. Pero lo que hicieron conmigo era peor que cualquier tortura. Primeramente, me mostraron un gran número de personas, con la particularidad de que lo hacían con el propósito de producirme cada vez la sorpresa y asustarme. Me aseguraban que las conocía a todas. A las unas les llevaba literatura, a las otras les encontraba en tal o cual sitio. Pero yo no reconocí a nadie, ni tan sólo a Shura Mijáilova. Y no es que engañara a los gendarmes, sino que, en efecto, en ese caleidoscopio casi no distinguía ni tan sólo a las personas conocidas. Después me interrogaron. Se encargó de ello principalmente el fiscal suplente Trusiévich y luego el famoso coronel Ivánov y el capitán Semiganovski. Me mostraron unos originales (las copias de una proclama) copiados por mí; dije que no los conocía. Después me presentaron mis ejercicios escolares, y, naturalmente, tuve que decir también que no eran míos. La escritura era absolutamente igual, yo me daba perfectamente cuenta de ello, pero por nada del mundo la hubiera reconocido como propia.
Cuando por la noche volví a la Ojrana y encontré a mi hermanita llorando, las fuerzas me abandonaron y tuve el primer ataque de nervios de mi vida. Probablemente los sufrimientos de aquel día originaron la grave dolencia nerviosa de la que después enfermé. Al día siguiente por la mañana pusieron en libertad a mi hermana, bajo la fianza de mi padre, a quien los gendarmes habían hecho venir de Moscú, y yo me quedé sola. Las visitas de Statkovski se hicieron más frecuentes. Venía dos veces por día y cada vez permanecía conmigo más de una hora: me hablaba de su pasado, de su actuación revolucionaria en la cuenca del Donetsk, de los obreros, que habían resultado ser unos «sinvergüenzas», como consecuencia de lo cual se había puesto al lado del Gobierno; y después de provocar mi interés, pasaba a hablar de nuestro asunto; hacía elogios de mi hermano Mijaíl, decía que nos tomaría a ambos bajo fianza, me llenaba de alabanzas porque no traicionaba a los demás, pero me proponía con insistencia que contara todo lo que se refería a mí. Su tono dulzón, sus palabras cariñosas, ejercían cierto poder de seducción sobre mí y me di cuenta de que empezaba a dar crédito a sus fábulas; pero cuando, notando la influencia producida por sus palabras, comenzó a hacerme preguntas sobre Ragozin y Proskuriakov, volví en mí y me puse nuevamente en guardia. De esa lucha de dos meses con el policía más inteligente de la Ojrana, de Petersburgo, salí victoriosa yo, una muchacha de catorce años, de lo cual se puede mostrar orgulloso mi hermano Mijaíl, pues yo no era más que su discípula.
A fines de mayo me pusieron en libertad bajo fianza de mi padre, encerrándome, como consecuencia de ello, en una cárcel todavía peor. Toda la rabia de mi padre por el hecho de que sus hijos estuvieran en la cárcel, de que su hijo, su orgullo, hubiera dejado el Instituto y se hiciera revolucionario, todo lo hizo recaer sobre mí. Los insultos, los golpes, las amenazas de muerte me llevaron a un estado tal que incluso intenté envenenarme, felizmente sin resultado. Al restablecerme, me aconsejé con unos abogados conocidos y conseguí recobrar la libertad.
Entretanto, Mijaíl y Yákov estaban recluidos en la fortaleza de Pedro y Pablo y los demás acusados en la prisión preventiva. No pude conseguir una entrevista en la fortaleza de Pedro y Pablo, y entre los conocidos empezó a circular el rumor de que mi hermano había intentado matarse de una cuchillada , de que ya no estaba entre los vivos, etcétera, etc. Todo esto me llenaba de horror y empecé a sufrir alucinaciones.
Finalmente, Mijaíl y Yákov fueron trasladados a la prisión preventiva y tuve la posibilidad de verlos, aunque con dificultades, a causa de mi edad. Mi hermano me utilizó para establecer el contacto con los que habían quedado en libertad. Por encargo suyo me procuraba dinero, pasaportes y limas para preparar la evasión. Durante las entrevistas mi hermano me contó, entre otras cosas, que Shura Mijáilova lo había dicho todo, que nuestra madre tampoco había estado muy afortunada en las declaraciones, y que, por esto, cuando yo hablara en el juicio en calidad de testigo, debía tener en cuenta que la condena o la absolución de Ragozin dependía en gran parte de mí. Cuando en el juicio, después de mirarme atentamente Ragozin, declaré de un modo decidido y firme de que no le había visto nunca, mi madre y Shura contestaron también con la negativa y declararon que en el sumario habían dicho lo contrario a instancias de los gendarmes. El juicio en un principio fue fijado para el primero de junio de 1904, pero no sé por qué motivos se aplazó hasta el 20 de septiembre. Ya mucho antes, los cuatro acusados principales, M. Steiman, Y. Rozenoer, L. Gromózova y N. Potilitsin, debatieron la cuestión planteada por Liudmila sobre la actitud que era preciso mantener en el juicio. Liudmila declaró firmemente que en el juicio afirmaría su calidad de miembro del Partido Socialdemócrata Obrero de Rusia. Los otros tres consideraban que esto no era conveniente, pues creían que desde el punto de vista de agitación esa bravata no produciría beneficio alguno al Partido; el juicio se celebraba sin jurados, a puerta cerrada, y esa circunstancia podía arrancarles por mucho tiempo de las filas de los militantes activos. A fin de cuentas, triunfó, a pesar de todo, Liudmila, y los cuatro decidieron declararse miembros del Partido en el juicio. Se distribuyeron los papeles: Yákov Rozenoer debía preparar un gran discurso de agitación; Liudmila había de contar en detalle «cómo y por qué se había hecho socialdemócrata»; Mijaíl debía preparar un breve discurso práctico, y Potilitsin, no me acuerdo. Por lo que a los demás acusados se refiere, una parte de ellos debía ser absuelta, y, por esto, no tenía sentido que se declararan miembros del Partido; los demás, tales como, por ejemplo, los mineros Nikoláyev y Nikitin, para salvarse ellos, denunciaron a todo un grupo de obreros, y merecieron el desprecio general.
Los compañeros se mostraron condescendientes para con Shura Mijáilova y mi madre, Sara Steiman, pues habían hecho sus declaraciones con una completa inconsciencia. Además, esas declaraciones hechas en el sumario, sobre todo la de mi madre, no tuvieron consecuencias prácticas.
Actuaron de defensores N. D. Sokolov, Mirónov, Vinberg y Rodischev. Los tres primeros procuraron aliviar la situación de sus defendidos, sin rebajar, al propio tiempo, la dignidad revolucionaria de los mismos. Por lo que a Rodischev se refiere, en su discurso presentó a los acusados como a unos jóvenes inexpertos que tenían necesidad de condescendencia, lo cual le valió una áspera repulsa de Yákov Rozenoer. Los cuatro acusados principales, condenados a la deportación, fueron mandados por etapas, en marzo de 1905, a la provincia de Tobolsk, desde donde no tardaron en evadirse uno tras otro.
Hay que decir aún unas cuantas palabras sobre la suerte ulterior de los militantes de la imprenta. Mijaíl Steiman, dos semanas después de su llegada a la deportación, se fugó, partió para Kiev, donde se puso en relación con la organización y, por encargo de la misma, montó la técnica en Odesa. Esto era en el verano de 1905. En 1906 se fue a Petersburgo, donde organizó asimismo la técnica. Durante el tiempo que estuvo allí vivió siempre ilegalmente. En diciembre de 1907 fue detenido, y en 1908 se le deportó a la provincia de Arjánguelsk, de donde se fugó aquel mismo año para instalarse de nuevo en Petersburgo ilegalmente. No sé nada de su actuación durante los años de reacción. Ignoro si se mantuvo pasivo o si, al contrario, actuó de un modo muy conspirativo. En todo caso no rompió el contacto con el Partido.
Durante la revolución de febrero actuó en el barrio de Zamoskvorechie y después de Octubre trabajó activamente en el Partido y en la organización soviética.
Yákov Rozenoer se evadió también muy pronto de la deportación. Militó en Smolensk, participó activamente en la insurrección de Moscú, fue detenido, se evadió, militó nuevamente en Smolensk, fue detenido en 1906, en la cárcel se hizo menchevique, se le deportó por cinco años a la provincia de Yakutsk, y, al volver a Petersburgo, se apartó completamente de la política. No participó ni en la revolución de febrero ni en la de octubre, pero se manifestó leal con respecto al régimen soviético.
Liudmila Gromózova y Nikolái Potilitsin se evadieron el mismo año de la deportación y se fueron al extranjero. Después de la amnistía de octubre de 1905 regresaron a Rusia, pero se apartaron del Partido y de la revolución. De los demás no sé nada.
Por lo que a mí se refiere, puedo decir únicamente que aquel primer bautismo de fuego ejerció gran influencia en toda mi vida, convirtiéndome en una bolchevique firme.
LA IMPRENTA CLANDESTINA DEL ÓRGANO CENTRAL DEL PARTIDO, EL OBRERO, EN MOSCÚ
V. I. Bogomólov (El Diablo)
En agosto de 1905, si no ando trascordado, estando en Kiev recibí una carta de Mirón (V. N. Sokolov), desde Oriol, donde entonces se hallaba la Oficina Técnica del Comité Central, invitándome a abandonar Kiev y a marcharme allí, con el fin de confiarme un trabajo muy responsable e interesante. Como nada me ataba a Kiev, me puse en camino inmediatamente.
En Oriol encontré a mis dos viejos amigos Mirón y Elena y, por primera vez, a A. P. Golubkov. Pero no estuve allí más que pocas horas, pues Mirón me hizo salir inmediatamente para Moscú, donde debía encargarme de la imprenta del Comité Central, en que debía imprimirse El Obrero.
Estaba ya acostumbrado a realizar trabajos importantes para el Partido, pero cuando me comunicaron el papel que se me confiaba, difícilmente se hubiera podido encontrar a un hombre más orgulloso que yo. Tenía entonces veintitrés años.
Provisto de las direcciones y santo y señas necesarios, me fui a Moscú. Entonces yo tenía aún una memoria asombrosa y por eso no anotaba nunca absolutamente nada, ni aun con cifra.
En Moscú me fui al consultorio de un dentista, esperé mi turno, y al sentarme en la silla de operaciones, pedí «que me pusieran un diente de porcelana». Como contestación a este santo y seña me dieron la dirección del abogado Mijáilov (el tío Mischa), el cual me puso en contacto con Marat (Schantser). Con Marat nos pusimos de acuerdo para encontrarnos el día siguiente con el compañero Yenukidze (Semión), que vivía en aquel entonces en Moscú con un pasaporte a nombre de Gueorgui Lejava. Yenukidze era el organizador técnico de la imprenta del Comité Central, y era él quien debía hacerme entrega de la misma. La entrevista tuvo lugar en la cava caucásica Menabde, situada en el callejón de Leóntiev. El dueño de la cava era una persona de confianza (actualmente es comunista) y por esto utilizábamos su establecimiento para las entrevistas destinadas a los asuntos relacionados con la imprenta.
Desde allí nos dirigimos, con todas las medidas de prudencia necesarias, a la calle Lesnaya, donde en la casa número 55, bajo el techo mismo de la cárcel de Butirski, estaba instalada la imprenta.
Hay que hacer justicia a Gueorgui, el cual, tanto por lo que se refiere a la elección del sitio como a la observancia de las reglas conspirativas y a la organización, se había mostrado sencillamente genial. En una casita de tres pisos alquiló una tienda para la venta de «productos caucásicos». Al alquilarla, hizo notar al propietario que la cava era muy húmeda y que en la forma en que estaba era imposible conservar allí existencias de arroz. No había más remedio que construir un pozo aspirante a fin de secar la cava y adaptarla a los fines que perseguíamos. Después de esto, se podían emprender los trabajos para construir el escondrijo en que debía instalarse la máquina y las cajas de componer. En el fondo de la cava se construyó un pozo de dos sazhen , cuyas paredes se reforzaron con tablas. A una sazhen de profundidad se construyó un paso subterráneo horizontal, perpendicular a la fachada de la casa, que terminaba bajo la cocina del piso de la tienda. Bajo dicha cocina se construyó una pieza de cerca de una sazhen cúbica, en la cual se instalaron la imprenta y las cajas. El paso subterráneo se podía recorrer sólo a rastras.
El personal de la imprenta estaba compuesto de los siguientes compañeros: un georgiano, dueño oficial de la tienda, que vivía con su mujer y un niño recién nacido; un muchacho llamado Vasili Yegórovich, el único que entendía algo del negocio, y una obrera de Ivanovo-Voznesiensk (Truba) que oficialmente era la criada del dueño. Éste no trabajaba en la imprenta, sino que se dedicaba exclusivamente a la tienda. Los que trabajaban en el interior eran tres camaradas georgianos: Sandro, Sila y Gueorgui.
Cuando trabé conocimiento con la gente, vi la imprenta y Gueorgui, por decirlo así, me la entregó para que la explotara, se me planteó el problema de la compra del papel, de su transporte a la tienda y de la expedición de los periódicos impresos. Después de cambiar impresiones con Mirón, Gueorgui y Nikítich, alquilé a nombre de Alekséi Alekséyevich Malevani (tal era el nombre que figuraba en mi pasaporte), dueño de una oficina de transportes, un almacén en la orilla de Sofiika.
Al día siguiente de haber alquilado el almacén, Gueorgui me entregó un talón para ir a buscar un vagón de arroz llegado del Cáucaso, y lo transporté triunfalmente desde la estación a mi almacén, y pocos días después compré unas cuantas cajas de magnífico papel, que transporté también allí.
Durante el primer día de mi trabajo en el almacén se transportaron algunos sacos de arroz a la tienda caucásica de la calle Lesnaya, donde esperaban con impaciencia, los de arriba, el arroz para la venta; los de abajo, el papel que sacaron de los sacos de arroz.
Cuando el número de El Obrero estuvo impreso, en la imprenta lo embalaron de nuevo en los sacos de arroz, hicieron en los mismos unas fantásticas señales con finta negra y los transporté a mi depósito, como si se tratara de una partida de arroz comprada por mí.
En el almacén embalé en cajas los periódicos, una parte de ellos los remití a las direcciones de provincia por correo o por mediación de compañías de transportes, y una gran parte, destinada a Moscú y a la región central, la mandé al domicilio de un abogado conocido. De la distribución del número en Moscú se encargaron los jóvenes socialdemócratas de la localidad.
En lo sucesivo siguió aplicándose el mismo procedimiento para suministrar papel a la imprenta y sacar de la misma los trabajos impresos.
Por las condiciones de mi trabajo, debía tener unos cuantos domicilios en distintos barrios de Moscú y aparecer alternativamente como pequeño comerciante, como un corredor de comercio, como un gentleman sólido, como un pobre andrajoso, como un estudiante, e incluso... como un oficial de húsares.
Nikítich (L. B. Krasin) me indicó que, para el dinero necesario para el sostenimiento de la imprenta, el papel y las operaciones de transporte, debía dirigirme a María Fiódorovna Andréyeva (mujer de Gorki), a la cual se habían dado las instrucciones necesarias. A mi regreso de Petersburgo el tío Mischa me puso en relación con María Fiódorovna, y en lo sucesivo fui frecuentemente huésped de la casa de la Vozdvizhenka, donde vivían entonces M. F.
Andréyeva y A. M. Gorki.
Pocos días después del asesinato y del entierro de Bauman , Pável
Avgústovich Grojan cayó asimismo en las calles de Moscú, víctima de los
«cien negros», por haberse negado a descubrirse ante el paso de una mísera «manifestación patriótica». Grojan estaba al frente del Grupo de Moscú de la Oficina Técnica Militar anexa al Comité Central. Como las circunstancias hacían posible la impresión legal de las publicaciones del Partido y, como por consecuencia de ello nuestra imprenta perdió gran parte de su importancia, se me propuso que me encargara del trabajo, profundamente conspirativo, que realizaba el difunto Grojan, a lo cual accedí con gran placer. Transmití la imprenta, por indicación de la Oficina Técnica Central del Comité, a Elena Daliánovna Sokolova, pero me reservé el almacén que había alquilado y que me era necesario para la labor técnico-combativa en que me inició el hermano de P. A. Grojan.
RECUERDOS DE UN CAJISTA
A. Dobrojótov
Después de la insurrección de diciembre de 1905, la autocracia, temporalmente triunfante, intensificó la represión contra la clase obrera y sus ideólogos y, asimismo, contra la prensa de oposición.
En 1906, los registros y las detenciones de día en día más frecuentes, así como la suspensión de las publicaciones socialistas, obligaron a los elementos revolucionarios a pasar a la clandestinidad. Naturalmente, la prensa del Partido tuvo que seguir el mismo camino.
En aquellos días, a fines de 1906, el Comité clandestino del Partido Socialdemócrata Obrero en Moscú organizó una imprenta ilegal para intensificar la propaganda revolucionaria. Se me propuso ir a trabajar en dicha imprenta y acepté gozosamente la proposición sin vacilar.
Un día lluvioso de otoño, al atardecer, acompañado de un compañero (Y. E. Plastunov), encargado de establecer el contacto entre el Comité y la imprenta, llamé a una casita de madera situada en el fondo de un patio vasto y desierto del barrio de Krasni Voroti.
Se abrió la puerta. Respiré por última vez el aire fresco y atravesé el umbral. Iba a vivir y a trabajar como un topo, completamente aislado, sin salir casi nunca al aire libre, pues podía llamar la atención del portero y de la policía el hecho de que en una casa tan pequeña vivieran unos cuantos jóvenes.
Todos los hilos de la vida se concentraban para mí en la pequeña habitación, cuyo interior ocultaba a las miradas de los curiosos una cortinilla que cubría la ventana. El ventanillo no se abría para evitar que la gente de fuera oyera el ruido de la máquina, y por esto el aire de la habitación estaba impregnado de polvillo de plomo y de fuertes olores tipográficos. Vivíamos en esa atmósfera cuatro personas: tres hombres y una mujer. Mis compañeros estaban registrados, dos como si fueran marido y mujer, el otro como realquilado. Casi diariamente tenían que ir a la ciudad para traer papel, tinta, etc., y llevarse los trabajos impresos. Figuraban en la casa como agentes de una empresa de aceites minerales.
A pesar de que corríamos a cada momento el riesgo de ser detenidos, no se pensaba en las consecuencias de la detención; todos los pensamientos se concentraban en el deseo de imprimir la mayor cantidad posible de trabajos, proclamas, hojas y, sobre todo, La Lucha. El periódico se difundía casi exclusivamente por la periferia, sin que esto significara que no se difundiese asimismo por Moscú. Yo mismo, al salir una vez por semana al aire libre para tomar un baño, visitaba a los tipógrafos de espíritu socialista que conocía y, por su mediación, el periódico penetraba en la imprenta.
De día imprimíamos, y por las noches yo componía y compaginaba. Mis compañeros no sabían componer. Imprimíamos hasta dos mil ejemplares del periódico, que tenía cuatro páginas, así como toda clase de hojas y proclamas.
No escaseaban ni la letra ni el material tipográfico necesarios para el trabajo. Además, cuando yo iba a la ciudad, me lo procuraba con abundancia por mediación de los compañeros cajistas.
Los días pasaban en un trabajo ininterrumpido, sin que tuviéramos en cuenta ni el tiempo ni el descanso. Del mundo exterior nos llegaban pocas noticias. Pero la vida que llevábamos no me pesaba; la pequeña pieza, impregnada de polvillo de plomo, en que se hallaba instalada la imprenta, contenía todo aquello que constituía mi interés; yo, pequeño tornillo de la gran máquina socialista, hacía mi obra, componiendo e imprimiendo unas palabras libres y verídicas, y me sentía muy bien.
A principios de 1907, mis compañeros empezaron a notar que el domicilio del portero era objeto de una vigilancia sospechosa y, en vista de ello, se decidió cambiar de casa.
Nos instalamos no lejos de la torre de Sújareva, en el subterráneo de una gran casa recién construida. Desde el punto de vista conspirativo, no se podía desear mejor local. La solidez de los muros hacía que se pudiera imprimir día y noche sin riesgo de que se oyera el ruido de la máquina. Nos protegía de las miradas curiosas una verja que rodeaba un jardincillo que había delante de la casa. En las ventanas colgamos unas cortinillas.
El personal se modificó un poco. El papel de dueño de la casa lo desempeñó una anciana, aún animosa y de espíritu revolucionario que, si no ando equivocado, se llamaba Serebriakova. Los compañeros que trabajan en la imprenta eran cinco.
Yo seguí sin inscribirme en la policía, y, por consiguiente, tuve que desempeñar nuevamente el papel de persona invisible que sale raramente al aire puro.
Así, pues, como ya he dicho, desde el punto de vista conspirativo, el local era excelente, pero, desde el punto de vista higiénico, detestable. Los muros, de piedra, estaban siempre húmedos, y en el suelo había constantemente regueros de agua. Era imposible airear la pieza y por esto es fácil imaginarse la atmósfera que se respiraba allí. Todo esto influía en el organismo. El trabajo constante y la permanencia continua en una atmósfera húmeda, impregnada de polvillo de plomo, acabó, a fin de cuentas, por quebrantar mi organismo, joven y fuerte. A principios de verano me volví pálido como el papel. Sólo al atardecer, a fin de no dormirme, aspiraba ávidamente con la cabeza pegada a la ventanilla el aire fresco del exterior.
Las condiciones antihigiénicas del trabajo quebrantaron completamente mi salud al llegar el mes de mayo; al salir a la calle las piernas me flaqueaban, y, al trabajar, no podía ya imprimir y componía los originales sentado. Me era imposible seguir trabajando, pero durante mucho tiempo no se me pudo encontrar un sustituto. Finalmente, el compañero Nikolái, cajista de Kaluga (que murió posteriormente en la cárcel) vino a ocupar mi puesto.
Al salir de la imprenta recibí la herencia de mi padre; di las dos terceras partes de la misma al Comité del Partido, y con el dinero restante me fui al campo, a casa de un amigo, a fin de restaurar mi salud quebrantada, lo cual conseguí relativamente.
A fines de 1907 me fui a mi pueblo, donde tenía que hacer el servicio militar. Al regresar a Moscú, unos meses después, me enteré de que muchos miembros del Partido Socialdemócrata, con los cuales trabajaba y estaba en contacto, se hallaban ya en la cárcel de Taganka. Más tarde, esos compañeros fueron juzgados y condenados. Se hallaban también en la cárcel casi todos los camaradas que trabajaban en la Técnica.
Durante su tiempo de existencia la imprenta lanzó cerca de veinte números del periódico La Lucha y una gran cantidad de hojas socialdemócratas.
Los compañeros del Partido que no fueron detenidos, bajo la influencia de la represión y de la nueva tendencia liquidadora que se iniciaba en el Partido, se apartaron de la actuación clandestina y, en su mayoría, se retiraron a la vida privada.
EL TRANSPORTE DE LA LITERATURA CLANDESTINA. RECUERDOS DE UN MILITANTE
V. I. Bogomólov (El Diablo)
A últimos de otoño de 1904 llegué a Samara, procedente de Astracán, en uno de los últimos vapores.
De Astracán había tenido que marcharme después de un encuentro ruidoso con la policía, en el cual resulté vencido. Me acompañaron Batía y su hermana, después del solemne auto de fe a que fueron condenados todos mis documentos legales. Me habían dado la dirección del compañero Artsibuchov, que estaba empleado en la administración de los ferrocarriles de Samara-Zlaoúst. Recuerdo que me produjo una gran impresión la magnífica cabeza leonina de dicho compañero y su manera de hablar, pues me instaló en su sillón, y poniéndose de hinojos me abrazó por las piernas y empezó a hacerme preguntas sobre la marcha de los asuntos en Astracán. Después me dio la dirección de un domicilio donde debía alojarme. En dicho domicilio encontré a un compañero de los Urales, con el cual compartimos la habitación y la cama. Al día siguiente un compañero me trajo un pasaporte falso a nombre de Grigori Ivánovich Grigóriev, y me dio las señas de Mirón (V. M. Sokolov), al cual debía presentarme para hablar de mi actuación ulterior.
Al día siguiente fui, efectivamente, a verle y me propuso trabajar en la Oficina Oriental del Comité Central, en la sección del transporte de literatura. Acepté entusiasmado la proposición, pues he de confesar que nunca supe hablar, y los ensayos que había hecho ya en Astracán como agitador y propagandista fracasaron estrepitosamente. En cambio, el trabajo que se me proponía respondía plenamente a mis inclinaciones.
Me hicieron una serie de recomendaciones sobre la actitud que debía guardar ante el mundo exterior; efectuaron una revisión minuciosa de mi traje, en no muy buen estado, y de mi abrigo, imperdonable, y propusieron que en lo sucesivo me vistiera en un estilo un poco distinto. Para empezar, el compañero Andréi me dio su abrigo inglés, que me fue de perlas. Mirón me dio dinero para vestirme y para los primeros gastos y me propuso que tomara una habitación separada y aislada y que, por consideraciones de orden conspirativo, no me relacionara mucho con los compañeros del Partido.
Alquilé una habitación decente en el domicilio de una familia acomodada de la calle Pánskaya. La pieza tenía entrada independiente por el patio, lo cual ofrecía grandes ventajas para nuestros fines. Habitualmente, los amigos que venían a verme llamaban desde la calle a la ventana, y yo mismo abría la puerta.
Mi primera prueba consistió en la recepción de un gran canasto de literatura extranjera en la estación. La cosa se organizó incluso con alguna solemnidad, esto es, Mirón observaba desde lejos cómo me portaba, y, en caso de que lo hubiera hecho mal, habría acudido en mi auxilio. Hice un buen examen y el canasto llegó a su destino sin novedad. Había que registrar todas las publicaciones recibidas, distribuirlas y embalarlas para remitirlas a las distintas organizaciones. La expedición se efectuaba o bien por mediación de los compañeros de las organizaciones locales que estaban en contacto con la Oficina del Comité Central, o bien por correo, a direcciones reservadas. Nosotros nos encargábamos de las demás organizaciones de la demarcación, colocábamos la literatura en nuestras maletas, se nos daban todas las instrucciones posibles para las organizaciones locales y recorríamos todas las localidades distribuyendo la literatura y transmitiendo las disposiciones del centro.
Hay que decir que en la esfera de influencia de la Oficina Oriental del Comité Central entraba toda Siberia, los Urales y la región del Volga, desde Samara hasta Astracán, y en Occidente, las organizaciones de Tambov, Penza, Kozlov y Borisoglebsk.
Yo recorría Sarátov, Penza, Tambov, Kozlov, Borisoglebsk; Vania, Astracán y los Urales; Mirón, toda la demarcación, Siberia inclusive.
Todos los compañeros que trabajábamos en esa esfera manteníamos las mejores relaciones; nos nutríamos detestablemente, pero lo principal era que estábamos siempre infinitamente alegres y animosos. Éste era, a mi juicio, el rasgo más característico de la vida que llevábamos en aquel entonces. La Oficina del Comité Central estaba compuesta de Andréi y Mirón,
Elena (E. D. Sokolova), que actuaba de secretaria, y El Diablo (yo) y Vania, encargados del transporte. El sobrenombre de El Diablo no se me otorgó enseguida, sino después de un caso ocurrido en Sarátov.
Me acuerdo de lo que hicimos para borrar las huellas de la imprenta en que se tiraba el Boletín de la Oficina Oriental del Comité Central.
A fin de que los gendarmes de Samara no sospecharan que la imprenta se hallaba instalada en aquella ciudad, se decidió que, al publicarse el primer número del Boletín, se empezara a distribuir primeramente en otra localidad, y sólo más tarde se pusiera en circulación en Samara.
Optamos por Penza, donde no había casi organización, y por ello se decidió no advertir a los compañeros.
Recuerdo que me trajeron de la imprenta las hojas aún húmedas del Boletín, y como quedaba poco tiempo para la salida del tren, las metí en la maleta y me fui corriendo a la estación. Por casualidad, en el mismo coche que yo viajaba una estudiante llamada Vólkova, que estaba en relación con nosotros y nos había prestado distintos servicios. Pedí su ayuda para plegar las hojas del Boletín en forma triangular, lo cual permitía lanzarlas con más facilidad. Nos instalamos en los camastros superiores del coche, de cara a la pared, y nos pusimos a plegar. Una vez terminada esta tarea, metí una parte de los periódicos en la maleta y con los otros me llené los bolsillos. Llegué a Penza a hora avanzada de la noche. En la estación tomé un coche de plaza y me dirigí al centro de la ciudad, que se hallaba bastante lejos de la estación. Así que llegamos a la calle principal, empecé a lanzar los periódicos a diestro y siniestro y vi cómo el viento los arrastraba por la calle.
No se veía ni a un solo transeúnte, y los pocos agentes de policía que había habían buscado refugio en los portales para protegerse del frío. Atravesé, pues, toda la ciudad y me hice llevar a una fonda, con el único fin de quitarme de encima al cochero. En la fonda desperté a un mozo, y una vez hube comprobado que no se aposentaba allí el terrateniente Stárchenko (subterfugio que me había inventado), me fui en dirección a la estación, metiendo por el camino en los buzones particulares para las cartas los ejemplares que me habían quedado. Y ya con el único fin de divertirme, arrojé algunos ejemplares al vestíbulo de la Comisaría de Policía.
Después regresé a la estación, me tomé un té con el sentimiento del deber cumplido y, saltando al expreso, pude llegar hasta Samara en el vagón restaurante, gracias a la propina que di al conductor.
Así fue desarrollándose el trabajo, ora tranquilamente, ora con incidentes más o menos movidos, pero sin que nos abandonara un momento la convicción de que llevábamos a cabo una labor importante y responsable.
A fines de año Andréi y Mirón se fueron a trabajar al Sur, y nuestra labor se redujo considerablemente. Vania y yo participamos un poco en el movimiento local, que en aquella época (después del 9 de enero) había salido casi enteramente de la clandestinidad.
En marzo, Mirón me escribió desde Kiev, proponiéndome que me trasladara al Sur para trabajar en la Oficina Meridional del Comité Central.
Ni que decir tiene que me puse inmediatamente en camino.
HISTORIA DE UNA IMPRENTA CLANDESTINA
D. Guerschanovich
A principios de enero de 1900 llegué a Kiev, llamado por Kostia para organizar la imprenta clandestina del periódico El Estandarte Obrero.
En la primera entrevista que tuve con él me dijo que disponía de tipos, máquina, dinero y originales y que se podía emprender inmediatamente la instalación de la imprenta y la composición del periódico.
Encontramos una casita en un enorme patio, situado al final de la Bolshaya Vasilkovskaya. Se habían comprado algunos muebles pero quedaban por emprender los últimos preparativos del traslado, lo cual exigía una gran prudencia. Ante todo, dejé a Kostia mi verdadero pasaporte, que sustituí por otro a nombre de Borís Moiseenko. Antes de instalarme en aquel domicilio mandé los muebles y mis objetos personales, di el documento para que fuera registrado y sólo unos días después, cuando me persuadí de que no había novedad, trasladamos los tipos y la máquina.
El único registrado sería yo; Kostia entraría y saldría, observando rigurosamente, ni que decir tiene, las reglas de la conspiración.
Al portero, al administrador y a los vecinos les dije que el piso lo había alquilado para mi hermana mayor, que debía llegar dentro de un mes de provincias y que tenía una familia poco numerosa. Esta invención respecto a la familia de mi hermana ficticia la habíamos adoptado «por lo que pudiera suceder», o, para decirlo con más precisión, para salir al paso de las preguntas de los vecinos.
Una vez trasladadas la letra y la máquina, compré papel en algunos almacenes, situados en distintos puntos de la ciudad y distanciados del domicilio. La tinta la obtuvimos por mediación de un obrero de Kiev, viejo revolucionario que nos ayudó asimismo a adquirir algunos accesorios mecánicos.
A mediados de enero los preparativos estaban hechos y emprendimos el trabajo. Los primeros impresos resultaron muy malos. Pero después de no pocas penalidades y trabajos conseguí una excelente impresión.
Teníamos que tirar urgentemente mil ejemplares del periódico, pero a mediados de enero las cosas sólo empezaban a marchar. Fue preciso darnos prisa. Otra circunstancia vino a complicar nuestro trabajo. La autocracia había tomado severas represalias contra los estudiantes de Kiev, que habían organizado manifestaciones revolucionarias. Kostia decidió responder a esta nueva manifestación de la arbitrariedad zarista con una proclama firmada por el Comité Central del Partido Socialdemócrata Obrero de Rusia. Fue preciso aplazar la impresión del periódico y componer e imprimir la proclama. Esto rebasaba ya nuestro programa, y entonces organizamos la división del trabajo. Como fuera que Kostia ignoraba completamente la técnica de la impresión, tuve que adiestrarle, lo cual no fue cosa fácil.
No tardó en aparecer un nuevo compañero. Un día, al atardecer, mientras yo estaba trabajando y Kostia se hallaba en la ciudad, llamaron a la puerta del modo convenido. Naturalmente, por dicha señal sabía que era él el que regresaba, pero, ¡cuál no sería mi asombro al ver que no volvía solo! Kostia iba acompañado de una joven llamada Jenia, pequeña, rubia, flaca, una verdadera miniatura, pero con un rostro inteligente y serio. En general, me alegré mucho de la llegada de una nueva persona, pues me hallaba emparedado en dos pequeñas habitaciones y casi no tenía relación con el mundo exterior, excepción hecha del portero y del tendero, cerca del cual gozaba de un pequeño crédito en los momentos en que nos faltaba dinero y no teníamos la posibilidad de comprar té, azúcar, pan y salchichón. Pero dejemos al tendero y hablemos de Jenia. Yo era joven, no tenía más que veintiséis años, y la aparición de una muchacha joven y linda no podía dejar de producirme una fuerte emoción. Esta alegría se vio oscurecida por la conducta de Kostia, el cual no consideró necesario ni tan siquiera presentarme a la nueva compañera.
Fuese como fuese, la aparición de una tercera persona, y, por añadidura, perteneciente al sexo femenino, me animó extraordinariamente y aumentó mi energía física para continuar nuestro trabajo intenso. Más tarde, Jenia se convirtió en nuestro ángel guardián y en una hermana buena y solícita.
A menudo nos encontramos sin un céntimo, y había ocasiones en que trabajábamos todo el día y buena parte de la noche sin comer y nos acostábamos con una aguda sensación de hambre.
El tendero me consideraba como a un señor de posición mediana. Gozaba cerca de él de cierto crédito, pero no había que exagerar. Y por esto, cuando el crédito alcanzaba la suma que, a mi juicio, rebasaba los límites de la confianza del tendero, prefería quedarme hambriento a quebrantar mi autoridad. Y como a menudo nos quedábamos sin dinero, no había más remedio que sufrir hambre con frecuencia.
Con la aparición de Jenia, nuestra situación material mejoró considerablemente. Cada aparición suya iba acompañada de alguna cosa apetitosa. Ora aparecía con excelentes pasteles, carne fría y chocolate, ora nos traía pequeñas cantidades, un rublo de plata o un papel de tres. Gracias a esta circunstancia se podía casi prescindir del crédito del tendero, lo cual aumentó aún más mi autoridad a sus ojos.
Nos hallábamos a fines de enero. La impresión del periódico tocaba a su término. Yo estaba exhausto. A menudo se me cerraban los ojos y pensaba que en el mundo no había nada tan delicioso como dormir.
Una de las noches en que me quedé solo no pude resistir la tentación, me acurruqué en un rincón y me dormí profundamente.
Me despertó un fuerte golpe en la puerta. Me levanté del suelo y sin darme cuenta en absoluto de lo que hacía, me fui maquinalmente a abrir la puerta. Algo instintivo, oculto en la subconsciencia, me dijo: «¿Qué haces?». Pero ya era tarde. Se abrió la puerta y mi asombro no tuvo límites: ante mí aparecieron las figuras de dos hombres desconocidos.
– ¡Todo ha terminado! –pensé.
Pero esto no duró más que un instante. No tardé en reconocer en la oscuridad la figura de Kostia, envuelto en su abrigo de pieles. El otro era S., un obrero de la organización revolucionaria local que venía a repararnos la máquina.
Yo no acababa de volver en mí y mi único deseo era dormir. Pero no me fue posible. Se arregló la máquina y nos apresuramos a arreglar el número.
Desde aquella noche mis relaciones con Kostia se modificaron considerablemente. Éste no podía perdonarme mi negligencia, que podía echarlo a perder todo. Por mi parte, no podía soportar su tono despreciativo y grosero en las conversaciones que sostenía conmigo, y, a fin de cuentas, acabé por odiarle. Sólo cuando se hallaba presente Jenia se contenía, gracias a lo cual la presencia de esta mujer, que me libraba de la grosería de ese hombre, me alegraba aún más. Pero como la conciencia de la responsabilidad de mi trabajo era superior a esas pequeñas miserias, decidí tener paciencia, y únicamente cuando la grosería de Kostia rebasó todos los límites, le contesté como era debido.
El 31 de enero el periódico estaba listo. Entretanto, Kostia se preparaba para transportarlo a Petersburgo.
Llegó el día de su partida. Se presentó en casa completamente afeitado, con un maletín en la mano. Poco después se presentó Jenia. El tren salía por la noche. Jenia debía acompañarle. Quedaban dos horas a nuestra disposición que utilizamos para ultimar todos los asuntos prácticos. Kostia se llevó el pasaporte a nombre de Moiseenko, declarando que tenía necesidad de él. El mío tampoco me lo devolvió. Convinimos que regresaría no más tarde del 10 de febrero, con dinero y original para el número siguiente. Jenia se quedaba en Kiev para mantener el contacto conmigo. Durante este tiempo yo podía descansar bien, mostrarme prudente, no deambular mucho por las calles y esperar a Jenia en días y horas determinados.
Después de la marcha de Kostia empezó para mí un período de espera enervante. Entretanto, las explosiones revolucionarias pasaban de un centro importante a otro. Se presentían nuevos acontecimientos. En todas las ciudades universitarias, el 19 de febrero de ese año se vio acompañado de manifestaciones, huelgas estudiantiles y agresiones furiosas de los cosacos contra la multitud pacífica. Fueron particularmente tormentosas las manifestaciones de Petersburgo y Járkov. Moscú no se quedó atrás. En Kiev no reinaba una tranquilidad completa. Yo leía diariamente los periódicos y estaba enterado de todo, a pesar de que la prensa daba cuenta de los acontecimientos con poca fidelidad: habíamos aprendido a leer entre líneas. Yo me sentía atado a una cadena que no podía romper.
Resonó el disparo de Kárpovich contra Bogolépov.15 La situación se hizo aún más insoportable, con tanto mayor motivo cuanto había pasado hacía ya tiempo la fecha señalada por Kostia para su regreso. Jenia, cuando venía a verme, estaba muy triste y preocupada.
En uno de aquellos días me fui a Correos a ver si tenía cartas. Recibí efectivamente una, que me aclaró la situación. Se había verificado un registro muy serio y minucioso en casa de mis padres. Preguntaron por mí, y al no obtener indicaciones precisas quisieron detener a mi padre. Entonces lo vi todo claro. Kostia, seguramente, había sido detenido en Petersburgo. Como tenía mi pasaporte, me había descubierto también a mí y los gendarmes se habían ido al domicilio de mis padres. Pero si era así, se descubriría también la imprenta, pues se hallaba asimismo en poder de aquel compañero el pasaporte a nombre de Moiseenko, con el cual me había registrado en la Bolshaya Vasilkovskaya, o sea en la imprenta. ¿Por qué milagro no había sido detenido aún?
Decidí no pasar más la noche en la imprenta e ir a la misma a primeras horas de la mañana con grandes precauciones.
¡Qué lástima que no supiera la dirección de Jenia, la cual debía venir a la imprenta el día siguiente! Si caía yo, también caería ella. Si consigo salvarme, me pondré de centinela y la advertiré.
Como no tenía ni un céntimo, pasé la noche en las calles de Kiev. Por la mañana temprano rodeé a una distancia respetable el local de la imprenta y no observé nada sospechoso. Entonces me acerqué más y me convencí de que no había nadie. Entré y me puse a esperar a Jenia, la cual llegó a las tres. Después de explicarle lo que pasaba, decidimos seguir celebrando nuestras entrevistas en la imprenta, pero aún con mayores precauciones, y utilizar a los estudiantes para encontrar habitación donde pernoctar y para todo lo que fuera necesario. Además, escribí cartas a Járkov y Píter con el fin de saber dónde se hallaba Moisey , mi antiguo amigo y compañero, que vivía en el extranjero y debía regresar a Rusia.
Al cabo de una semana, recibí carta anunciando la próxima llegada del mismo, que simpatizaba con nuestras ideas. Nuestra entrevista fue bastante breve. Mi amigo debía marcharse aquella misma tarde. Su permanencia en Kiev, en cuya cárcel había estado ya preso y donde le conocían todos los policías, resultaba peligrosa.
De todos los militantes activos de la organización, los únicos que habían quedado en libertad éramos nosotros dos. En estas condiciones era difícil imaginar o decidir cualquier cosa, y por esto tomamos una resolución bastante arriesgada: embalar la imprenta y mandarla a gran velocidad a un punto cualquiera de la región meridional. Optamos por Berdichev, provincia de Kiev. Moisey se iría a Petersburgo para restablecer las relaciones y procurarse dinero. Después de cierto tiempo, volvería a Kiev o me llamaría para tomar medidas relacionadas con una actividad más positiva. Antes de marcharse me dejó dinero para expedir la imprenta y vivir.
El día siguiente adquirí un enorme canasto en el cual embalé con gran cuidado la letra, la máquina y los accesorios. Llamé al portero y le dije que había recibido un telegrama de mi hermana diciendo que su marido estaba gravemente enfermo y que debía ponerme en camino inmediatamente. El canasto y las maletas me daban un aspecto respetable, y el portero me ayudó sin ninguna sospecha a llevarlo todo al coche y se despidió amablemente de mí.
En la estación encargué del envío del canasto a dos mozos de cuerda, a los cuales pedí asimismo que me compraran el billete. Todo salió a pedir de boca, y para despistar subí al tren y ocupé un sitio, y en el momento mismo en que aquél se puso en marcha salí por la plataforma trasera y volví a la ciudad sin ser notado por nadie.
Vinieron nuevamente una serie de días y noches de espera. El movimiento revolucionario decrecía, pero las persecuciones de la gendarmería eran aún más furiosas. Se produjo el pánico entre la juventud estudiantil. Cada día resultaba más difícil encontrar un sitio donde pasar la noche; por ese motivo, a menudo había que pasar la noche al aire libre. Se había acabado el dinero, pero Jenia me daba algunas pequeñas cantidades de vez en cuando.
En una de las entrevistas, con la pureza y la inocencia que le eran propias, me dijo que había muchos revolucionarios que hallaban un refugio en las casas de prostitución.
Comprendí la alusión.
Pero seguir en Kiev resultaba insoportable, y como no recibiera noticia alguna de Moiseenko, decidí marcharme a Petersburgo en su busca.
Jenia apoyó mi proyecto, me dio dinero para el viaje y los nombres de tres abogados a los cuales podía dirigirme a mi llegada.
A primeros de marzo salí para Petersburgo. Ya estoy en la capital y empiezo a deambular sin objetivo alguno por la inmensa perspectiva Nevski. Las grandes casas de piedra y el movimiento de las calles, desacostumbrado para mí, me aplastan. Me consuela la idea de que entre una muchedumbre tal es poco probable que llame la atención de los policías.
Hay que hacer algo.
Tengo un plan, y en la memoria, los apellidos de tres abogados. En el bolsillo me queda un rublo en calderilla y me dirijo a la oficina de direcciones de la Sandóvaya, donde obtengo las que necesito. Me encamino apresuradamente hacia la Bolshaya Morskaya, encuentro el número que preciso, subo por la suntuosa escalera y llamo tímidamente... Un minuto después me hallo sentado en el recibidor del abogado Demidovich-Demidovski. Hay allí también otros visitantes y tengo que esperar el turno.
Fue desagradable esa entrevista, sin santo y seña ni recomendaciones escritas. Tenía que persuadir a un hombre desconocido de que yo no era policía ni espía, sino simplemente una astilla del buque revolucionario hundido, que tenía necesidad de apoyo y sostén. Procuré conservar mi tranquilidad exterior, pero en mi interior estaba agitado y no podía dominarme. Seguramente mi estado de ánimo se manifestó exteriormente contra mi voluntad, y mi interlocutor, que al principio mostró un poco de miedo, no tardó en convencerse de que se hallaba ante un hombre sincero.
Había alcanzado el fin de mi viaje.
Al día siguiente me entrevistaba ya con Moiseenko en el domicilio de un doctor y examinaba con él nuestro plan de acción. Decidimos organizar nuevamente la imprenta. Yo debía encargarme de ello. Recibí de Moisey la cantidad necesaria con la promesa de que me daría más dinero tan pronto fuera posible. Se encargaría asimismo de proporcionar originales y de reconstituir la organización de Petersburgo.
Feliz y gozoso, a primeros de marzo regresé al Sur, pero no a Kiev, sino a Járkov, con cuyas organizaciones revolucionarias mantenía un contacto constante. En dicha ciudad encontré casualmente a la compañera Berta que acababa de llegar de Vilna y a la cual conocía por su actuación en la región del Noroeste y en Kiev. Después de la primera conversación sobre los amigos y conocidos, decidí enfocar la cuestión prudentemente. Le expuse en pocas palabras mi plan y, después de breve reflexión, adquirí un aliado. Berta encontró a una amiga suya, una comadrona que vivía en el distrito de Aleksandrovsk, provincia de Yaroslavl, en una de las colonias alemanas, entre los menonitas, donde decidimos organizar la imprenta.
Había que realizar un trabajo enorme. Era preciso volver a Petersburgo en busca de originales y en primer lugar de la proclama del Primero de Mayo, recibir la expedición en Berdichev y reexpedirla a Aleksandrovsk. De todo esto me encargué yo, y Berta se fue a Aleksandrovsk a prepararlo todo.
No encontré a Moisey en Petersburgo, y en la noche de mi llegada hubo una nueva redada policíaca; no quedaba más que un compañero. Decidimos redactar juntos la hoja del Primero de Mayo. Anteriormente, me había encargado ya de escribir proclamas, pero no de carácter nacional, sino local, pero en vista de que ese compañero intelectual (ingeniero) no servía para estos menesteres, cogí la pluma y escribí la hoja. Era muy breve, pero expresiva y característica para la época revolucionaria en que vivíamos, y después de corregida por un camarada, fue aprobada.
El primer día de la Pascua judía recibí el canasto en Berdichev sin novedad. Poco después me hallaba ya en Aleksandrovsk con la imprenta, el papel y el original de la proclama del Primero de Mayo. Las condiciones en que debíamos trabajar allí eran muy peligrosas. Los colonos alemanes son muy suspicaces y astutos, y a pesar de que me había presentado como el novio de la comadrona, lo sospechoso de la carga y la necesidad de emprender el trabajo nos asustaban. Temíamos no poder imprimir la primera hoja y ser detenidos. Pero, sin embargo, emprendimos el trabajo. Me ayudaba exclusivamente Berta. La comadrona ocupó el puesto de observación.
Fue preciso trabajar por la noche. De día era absolutamente imposible. En cualquier momento podían asomarse aquellas alemanas curiosas y astutas y echarlo todo a perder. La impresión de la hoja no se prolongó mucho.
El primer día de la Pascua cristiana, Berta y yo nos preparamos para ponernos en camino. Yo debía llevar la proclama a Píter, ella a Járkov, Kiev y Yekaterinoslav. Para el Primero de Mayo no faltaban más que dos días. Fue preciso apresurarse. Se podía llegar a Petersburgo con tiempo sólo tomando el expreso, pero no teníamos bastante dinero para ello. No nos quedó otro recurso que librarnos a una serie de combinaciones arriesgadas. Llegamos como pudimos hasta Járkov, donde el exprés se paraba cuarenta y cinco minutos. La ingeniosa Berta tomó prestados veinticinco rublos al portero del retrete de las señoras, bajo la garantía del equipaje. Me tomó el billete hasta Petersburgo y, sin salir del vagón ni mostrarme a nadie, recibí el billete directo y un poco de dinero para el camino, y, después de despedirme calurosamente de Berta, continué el viaje hasta el sitio de destino.
La proclama fue repartida en la víspera del Primero de Mayo. Me enteré en la capital de que Moisey aún no había regresado y se ignoraba su paradero. Circulaba el rumor de que había sido detenido en Vorojba, entre Kiev y Járkov. Todos los demás compañeros, incluso el ingeniero con el cual habíamos redactado la hoja, se hallaban en la cárcel.
Era preciso marcharse de Píter cuanto más pronto mejor.
Me fui a Vilna, donde hallé fácilmente refugio entre mis antiguos compañeros. Pero había que hacer algo. El compañero Alter y los demás no podían ayudarme en nada, y los restantes estaban detenidos.
Poco después regresé a Petersburgo, y, al cabo de unos días, recibí dinero y un traje nuevo y se me dijo que, por el momento, me fuera a Járkov, donde iría a verme dentro de pocos días un compañero y me daría las indicaciones necesarias.
Y heme nuevamente en Járkov, cuna de mi actividad revolucionaria, donde se me conoce en todos los círculos y en todas las tendencias revolucionarias. En espera de la carta de la imprenta y del compañero de Petersburgo, me dedico a redactar hojas sobre distintos temas políticos, a imprimirlos en un mimeógrafo y a lanzarlos bajo la firma de El Estandarte Obrero.
Al cabo de pocos días llega Berta con una noticia muy desagradable. En la colonia ha circulado el rumor de que habíamos traído a la comadrona un canasto con oro robado. Perspectiva: un registro. Se busca a unos ladrones y se da con una imprenta clandestina. Después, el fracaso, la detención y todos los planes a rodar.
Hay que salvar la imprenta. Hay que salvar a los compañeros. Tomo medidas inmediatamente con este fin.
Los amigos me fijaron una entrevista con un compañero llamado Járchenko, al final de la calle Sumskaya. La entrevista tuvo lugar y Járchenko me prometió la ayuda para el día siguiente.
Pero... al regresar de la imprenta, en el tranvía, cuando llevaba prisa para ver a Berta y alegrarla con la noticia del auxilio que se nos iba a prestar, fui detenido. En el momento de la detención ofrecí resistencia, conseguí reunir a mucha gente, pero sin resultado.
Un año después, en la prisión preventiva de Píter, a la hora del paseo, en el cual participaba asimismo Kostia, una magnífica mañana de invierno nos trajeron a un grupo de detenidos políticos, entre los cuales había muchos compañeros petersburgueses conocidos y mis coterráneos M. Frumkin y Mayants.
Frumkin me dijo que el día siguiente de mi detención había llegado a Járkov para entrevistarse conmigo. La imprenta la salvó y la llevó a Tambov, donde fue descubierta pocos meses después, lo cual trajo aparejado consigo la detención de un grupo de compañeros. Me habló asimismo del periódico Iskra. Conocía el primer número de dicho periódico antes de mi detención y ya entonces había llegado a la conclusión de que no existía ya base para El Estandarte Obrero. Éste había prestado grandes servicios en tiempo oportuno. Su continuador, destinado a agrupar a su alrededor a toda la socialdemocracia revolucionaria sobre la base de una amplia lucha política, era Iskra, la cual alumbró efectivamente la gran llamarada de la revolución proletaria.
LENIN TEÓRICO Y PRACTICO DE LA MILITANCIA ILEGAL
B. VASILIEV, M. KEDROV
I
LENIN Y LA ACCIÓN CLANDESTINA
Vladimir Ilich fue no solamente el creador y el jefe del gran Partido Bolchevique, sino también un notable revolucionario práctico, con larga experiencia en el trabajo revolucionario. En este capítulo hemos aprovechado la rica literatura de las memorias sobre el camarada Lenin, que caracteriza su actividad de militante ilegal y, sobre todo, los recuerdos de las personas de su intimidad: N. K. Krúpskaya y las hermanas de Lenin, María y Ana.
Las memorias de la camarada Krúpskaya demuestran que, ya en el comienzo de su actividad revolucionaria, Vladimir Ilich concedía una gran importancia a todo lo concerniente a la acción clandestina.
En nuestro grupo –escribe Krúpskaya– Vladimir Ilich era el que mejor sabía trabajar desde el punto de vista conspirativo; conocía los patios con doble salida, sabía engañar de un modo magnífico a los espías, nos enseñaba a escribir en los libros por medio de procedimientos químicos, por medio de puntos, a emplear signos convencionales, inventaba todos los sobrenombres imaginables...
Hay que hacer constar, sin embargo, que en aquel tiempo, es decir, durante los años de la Unión de Lucha [por la Emancipación de la Clase Obrera] a los cuales se refiere la cita anterior, y durante los años que siguieron (1903), la técnica del trabajo clandestino y, en general, todo lo que se refiere a la conspiración, era todavía bien primitivo.
Al releer ahora la correspondencia con Rusia, sorprende la candidez de la conspiración de aquella época. Todas esas cartas sobre los pañuelos de bolsillo (pasaportes), con esas alusiones a la «cerveza» y a las «pellizcas» (literatura ilegal), todos esos nombres de poblaciones que empezaban con la misma inicial del verdadero nombre (Odesa-Osip, Tver-Terenti, Poltava-Petia, Pskov-Pacha, etc.), toda esa sustitución de nombres masculinos por femeninos y viceversa, todo eso era extremadamente transparente, no podía engañar a nadie. Por entonces no parecía ingenuo y, hasta cierto punto, sin embargo, contribuía a despistar. En un principio no había una tal abundancia de delatores como hubo más tarde. Los militantes se conocían todos entre sí, se podía tener confianza en todos.
Sin embargo, en la mayoría de los casos, incluso una clandestinidad como ésa alcanzaba sus fines. He aquí un ejemplo que mostrará hasta qué punto podía servir hasta un código tan ingenuo como el lenguaje convencional de que habla Krúpskaya, porque los agentes de la seguridad política, incluso los jefes, eran fundamentalmente ignaros.
En 1905 se halló sobre un camarada detenido en Tiflis una correspondencia que trataba de la compra y venta de patatas, nueces y avellanas, etc. Como no existía ninguna relación entre la persona arrestada y el comercio de frutas, y como, por el contrario, el detenido había sido ya perseguido por cuestiones políticas, la Ojrana, no sin razón, hizo esta suposición sugerida por la carta: «Las patatas designaban las bombas (se las llamaba frecuentemente naranjas); las nueces, balas de fusil; las avellanas, balas de revólver». No obstante, el jefe de la gendarmería rechazó esta suposición diciendo que había que tener verdaderamente demasiada imaginación para tomar las patatas por bombas y las nueces por balas y puso al detenido en libertad.
En el conflicto surgido a este respecto, el Departamento de Policía dio la razón a la Ojrana, pero «el comerciante de frutas había ya tenido tiempo de desaparecer sin dejar rastro» (Expediente del Departamento de Policía, núm. 3.755).
En la mayor parte de los casos, la policía descubría los rastros de las organizaciones revolucionarias no porque éstas últimas empleasen métodos de conspiración muy primitivos, sino porque algunos miembros del Partido los utilizaban a veces sin prestar la atención y la seriedad debidas.
Había miembros del Partido (que tienen también actualmente sus semejantes en todos los Partidos Comunistas clandestinos) que pensaban que ellos no debían ocuparse más que de los grandes problemas políticos y que todo lo concerniente a la técnica, a la conspiración, etc., no eran más que «futilezas» que no merecían su atención.
Si las circunstancias les obligaban, no obstante, a ocuparse de estas cuestiones, cumplían su cometido de cualquier manera, con tal de terminar lo más pronto posible. Admitamos, por ejemplo, que es necesario cifrar en un libro una carta urgente e importante. Este trabajo puede ser hecho a la ligera en una media hora, pero toma de dos a tres horas para ser hecho cuidadosamente (cifrar la carta y controlar lo escrito). Si el encargado de ese trabajo no quiere emplear su «precioso» tiempo en tales «futilezas», puede resultar que la carta sea indescifrable o, lo que es peor aún, que el secreto contenido en la correspondencia sea descubierto por los gendarmes.
En ninguna parte, en ningún trabajo, la estricta observación de los pequeños detalles que exige la conspiración tiene una importancia tan inmensa. Como veremos más adelante, V. Ilich [Lenin] consagraba la más seria atención y gran parte de su tiempo –realmente precioso– a estas «pequeñeses», dando así el ejemplo a los activistas de todos los Partidos Comunistas legales o semilegales.
MÉTODOS DE MAQUILLAJE DEL CAMARADA LENIN
Una de las importantes condiciones que garantizaban más o menos a un revolucionario contra la detención era su capacidad de disfrazarse y confundirse con el medio, dando a su figura y su exterior el aspecto habitual en los medios o en las clases en las que debía trabajar. El revolucionario se perdía así en la masa de otros individuos semejantes a él, dificultando su vigilancia.
Era igualmente importante para un miembro del Partido saber ocultar su verdadero nombre a los numerosos camaradas con los cuales realizaba el trabajo ilegal, y ser conocido por ellos sólo por su seudónimo o sobrenombre de Partido. Este disimulo hacía considerablemente más difícil el trabajo de los confidentes en el seno de la organización. Es verdad que mientras más importante era el papel desempeñado por un miembro de la organización, más difícil era observar esta regla de la conspiración; y, naturalmente, para el líder, para el jefe, esto era más difícil aún.
No era una simple curiosidad, sino la admiración, el orgullo y el amor por su jefe lo que empujaba al militante a hacer preguntas, a enterarse de algo de la vida de éste, y en muchos casos esto fue la causa de que se descubriese el secreto.
El hecho siguiente demuestra hasta qué punto Lenin sabía observar las reglas de la conspiración. Durante un cuarto de siglo, el verdadero nombre de Vladimir sólo era conocido por un círculo relativamente reducido de camaradas. Sólo en el período que siguió a febrero, y en las jornadas victoriosas de octubre, Lenin Uliánov fue conocido por todos los miembros del Partido y de la clase obrera. Ya en el primer período de su actividad revolucionaria, en Petersburgo, Lenin recurría a diversos seudónimos y algunos de ellos eran conocidos en los círculos de obreros avanzados y de intelectuales. Así, en los círculos obreros era conocido como Nicolás Petróvich y también como Starik (el Viejo); en un círculo más restringido de camaradas, se le llamaba Ilich; en los periódicos marxistas legales, como, por ejemplo, en el Novoye Slovo (La Nueva Palabra), escribía bajo los seudónimos literarios de Tulin, Vladimir Ilín, Kárpov. De año en año el número de sus apodos y de los nombres que llevaba en los pasaportes falsos iba aumentando considerablemente.
A pesar del cuidado excepcional y de las precauciones de Vladimir Ilich en todo lo concerniente a la conspiración, tampoco él lograba llevarla hasta el final, y ocurría que en el curso de los acontecimientos se descubría casualmente lo que él ocultaba con tanto cuidado. He aquí lo que relata a este respecto en sus memorias el obrero Kniazev:
En 1893, mi abuela murió y yo tenía que recoger su herencia... Pedía consejo a los camaradas sobre lo que yo debía hacer para obtenerla. Ellos me enviaron a ver al abogado V. I. Uliánov, recomendándome no anotar su dirección.
Llegado a la casa número 7 de la callejuela de los Cosacos, con ayuda del plano que me habían dado, encontré el departamento 13; llamé. La portera de la casa vino a abrirme y me dijo que Uliánov no estaba en casa, pero que volvería muy pronto, permitiéndome esperarle en su cuarto. La habitación tenía dos ventanas. El mobiliario era extremadamente modesto. Una cama de hierro, un escritorio, tres o cuatro sillas, una cómoda. Después de mirar todo esto, me quedé cavilando, preguntándome qué clase de abogado podría ser éste, y si aceptaría ocuparse de mi asunto... El timbre se dejó oír, y muy pronto un hombre con sombrero de copa (por la ilegalidad, naturalmente) entró en el cuarto. «Ah, usted me espera ya –dijo quitándose rápidamente el gabán y alisando las arrugas de su levita–; un minuto, me cambio de ropa y examinaremos su asunto». Al levantar la vista me quedé asombrado: «Pero... ¡si es Nicolás Petróvich!».
Contando en sus memorias su viaje al extranjero para buscar a Vladimir Ilich, Krúpskaya relata la forma cómo Lenin, que residía en Münich al comienzo del período de Iskra (1901-1902), ocultaba su nombre y el lugar en que vivía.
Me dirigí a Praga, donde suponía que vivía Vladimir Ilich, con el apellido de Modratschek.
Antes había mandado un telegrama. Llegué a Praga; no me esperaba nadie en la estación. Esperé inútilmente. Muy confundida, tomé un coche, cuyo conductor lleva sombrero de copa, cargué mis maletas y nos pusimos en marcha. Llegamos a un barrio obrero, a un callejón estrecho, a una casa enorme en muchas de cuyas ventanas se aireaban los colchones.
Subí al cuarto piso. Me abrió la puerta una checa rubia. Pregunté por Modratschek, herr Modratschek. Salió un obrero y dijo: «Modratschek soy yo». Estupefacta, balbuceo: «No, Modratschek es mi marido». Por fin, Modratschek adivinó de lo que se trataba. «¡Ah, seguramente es usted la esposa de herr Rittmeyer; vive en Munich, pero por mediación mía le mandaba a usted cartas y libros a Ufa», dijo. Modratschek se pasó todo el día conmigo, le hablé del movimiento obrero ruso, él me habló del austríaco, su mujer me ensenó las piezas de ropas confeccionadas por ella y me nutrió de albondiguillas checas.
Al llegar a Munich iba ataviada con un abrigo de pieles, y en aquel momento en Munich todo el mundo iba ya sin abrigo. Aleccionada por la experiencia dejé mis maletas en la estación, en la consigna, tomé un tranvía y me fui en busca de Rittmeyer. Encontré la casa; el número 1 resultó ser una cervecería. Me acerqué al mostrador, detrás del cual se hallaba un alemán regordete y, presintiendo de nuevo que no había ido a parar donde convenía, pregunté tímidamente por el señor Rittmeyer. El cervecero contestó: «Soy yo». Completamente anonadada, balbuceé: «No, Rittmeyer es mi marido».
Y nos miramos uno al otro como dos imbéciles. Al fin llegó la esposa de Rittmeyer y, después de echarme una ojeada, adivinó de lo que se trataba. «¡Ah!, seguramente es la mujer de herr Meyer. Herr Meyer espera a su mujer que debe llegar de Siberia, Venga usted conmigo».
Sigo a la señora Rittmeyer hacia un patio posterior de la enorme casa, hacia un piso inhabitable. Se abre la puerta y alrededor de una mesa se hallan sentados Vladimir Ilich, Mártov y Anna Ilichina. Olvidándome de dar las gracias a la patrona, empiezo a regañar:
– ¡Diablo! ¿Por qué no has escrito dónde se te podía encontrar?
– ¿Cómo que no he escrito? Tres veces al día iba a recibirte a la estación.¿De dónde vienes?
Resultó que el individuo a cuyo nombre había sido enviado el libro con la dirección se había quedado con él para leerlo.
[...] Vladimir Ilich, Mártov y Potrésov habían hecho su viaje al extranjero con pasaportes legales, pero, así y todo, en Múnich, decidieron vivir con documentos ajenos y alejados de la colonia rusa con objeto de no hacer caer en manos de la policía a los compañeros llegados de Rusia y expedir más fácilmente la literatura ilegal a nuestro país en maletas, cartas, etc.
Cuando llegué a Munich, Vladimir Ilich vivía sin registrarse en casa de ese Rittmeyer, con el nombre de Meyer. El cervecero Rittmeyer era socialdemócrata y ocultaba a Vladimir en su casa.
[...] Cuando llegué tomamos el pasaporte de un búlgaro, de un tal doctor Iordanov; añadimos al documento el nombre de la supuesta esposa del doctor, Maritsa, y nos instalamos en una habitación que vimos anunciada en los periódicos, en casa de una familia obrera. Antes de que yo llegara, desempeñaba el cargo de secretaria de la redacción de Iskra Irma Hermorevna Smidovich-Lehmann, la cual vivía también con pasaporte búlgaro y se llamaba Dimka.
[...] Las cartas de Rusia eran mandadas a distintas ciudades de Alemania a nombre de compañeros alemanes, los cuales remitían la correspondencia al Dr. Lehmann, quien, a su vez, nos las enviaba a nosotros.
Poco antes había ocurrido mí incidente gracioso. En Rusia se había conseguido organizar, al fin, en Chisnáu, capital de Besarabia, para la impresión de folletos, una imprenta dirigida por Akim (León Goldmann, hermano de Líber). Éste mandó a la dirección de Lehmann una almohada en la cual había cosido varios ejemplares de los folletos publicados en Rusia. Sorprendido, Lehmann se negó en correos a recibir la almohada, pero cuando los nuestros se enteraron de ello y llamaron la atención del doctor, éste recibió la almohada y declaró que en lo sucesivo tomaría todo lo que llegara a su nombre, aunque fuera un tren entero.
No estaba todavía organizado el transporte de Iskra a Rusia. Iskra se mandaba principalmente en maletas de doble fondo por medio de distintas personas que las llevaban a Rusia a un sitio convenido.
[...] Como vivíamos de un modo absolutamente ilegal, no nos veíamos en absoluto con los compañeros alemanes.
NO LLAMAR LA ATENCIÓN
Uno de los rasgos característicos de Lenin era que, a pesar de ser el animador, el inspirador de todo el movimiento obrero, exteriormente parecía quedar en un segundo plano, esforzándose en no llamar la atención de los que le rodeaban, ni por su exterior, ni por sus palabras, ni por sus actos. El camarada Ilin me contó que un día fue en compañía de Lenin a una reunión obrera ilegal. En esta reunión, Vladimir Ilich tuvo que hablar mucho, mientras que Ilin, que tenía un exterior realmente imponente, había permanecido callado. Después de la reunión, algunos obreros expresaron su asombro de que «el pequeño» hubiera hablado todo el tiempo y tan bien, mientras que «Lenin» había callado. He aquí, por otra parte, cómo V. Kniazev (Colección sobre Ilich, edición de Istpart, de Leningrado) describe la llegada de Vladimir Ilich a la primera reunión del Círculo obrero (en 1891-1892), que tenía lugar en el cuarto de Kniazev.
A la hora convenida, alguien llama a mi puerta. Abro y veo un hombre de unos 30 años, con una pequeña barba rojiza, de cara redonda, de mirada penetrante, con una gorra calada hasta los ojos, con un abrigo de media estación con el cuello levantado, aunque estábamos en verano. Nada que pudiera revelar a qué medio pertenecía. Al entrar, me pregunta: «Vive aquí Kniazev?»; a mi respuesta afirmativa, continúa: «Yo soy Nicolás Petróvich». «Os esperamos», respondí. «No he podido venir directamente y por eso me he retrasado», dijo.
Vladimir Ilich seguía teniendo en 1907 el mismo aspecto indefinido, el aspecto que tienen millones de empleados y obreros. He aquí lo que dice Vinográdov (ídem);
Llevaba una vieja americana de doble forro, a rayas finas, una camisa de satín azul oscuro con pequeñas pintas blancas. Los pantalones con rodilleras, negros, con los bordes raídos, botas engrasadas, que se habían vuelto rojizas.
En el extranjero, Vladimir Ilich se vestía a la europea, ya que las botas engrasadas y los pantalones con flecos se encuentran sólo muy raramente entre los proletarios. Con esa indumentaria no hubiera podido escapar a la atención y a la desconfianza de la policía y de la masa de habitantes filisteos de las ciudades. El 14 de julio de 1910, el agente de la policía en el extranjero Krapílnikov envía desde Berlín al Departamento de Policía un informe, número 694, «absolutamente confidencial», sobre las características de 40 emigrados políticos rusos, agregando que hasta entonces había sido imposible procurarse fotografías de ninguno de ellos. He aquí la filiación de Lenin y de su mujer (1909):
1. Lenin: estatura inferior a la mediana, de 40 a 42 años, pelirrojo, una enorme calvicie que abarca toda la cabeza, el resto de los cabellos bien cortos, ojos grises, pequeños, astutos, nariz ligeramente remangada, tipo de cara kalmuko, pequeños bigotes rojos, recortados, barba afeitada, porte distinguido pero simple.
2. La mujer de Lenin: alta, de unos 40 años, cabellos castaños, delgada, inclinada hacia adelante, ojos grises, nariz pequeña, labios finos, porte siempre descuidado.
Vladimir Ilich no se contentaba con ser extraordinariamente prudente y previsor: enseñaba a los demás a serlo y exigía que lo fueran. He aquí un caso característico a este respecto, que se refiere a la llegada de Vladimir Ilich a Ufa en 1900, contado por A. Petrenko :
Al día siguiente encontré a Vladimir Ilich y me fui con él al cuarto amueblado donde se había instalado. No recuerdo exactamente la conversación que tuve con él. Pero recuerdo claramente que cuando, en el corredor, pronuncié en voz más alta de lo habitual: «Nuestras divergencias», Vladimir Ilich, con dulzura, pero en forma expresiva, me dijo: «Hay que ser más prudente, camarada; pueden escucharnos». «¿Qué hay en esto de imprudente, Vladimir Ilich? Puede muy bien haber divergencias entre nosotros». (En realidad, se trataba del libro clandestino de Plejánov: Nuestras divergencias.) «No, dijo, no es así como hay que hablar si no quiere llamar la atención sobre usted del ojo que vigila. Hay que esperar siempre lo peor de parte de los adversarios y pensar que nuestras palabras serán interpretadas en el sentido menos favorable; vale más figurarse el peligro mayor de lo que es en realidad y tomar las medidas correspondientes.»
Cualquiera que fuese el trabajo a que Vladimir Ilich se dedicase y por muy abstraído que pudiese estar, siempre estaba en guardia, observando lo que pasaba a su alrededor. He aquí por qué Vladimir Ilich no podía ser pillado de improviso, caer en una celda, y por eso mismo vigilar, arrestar a un revolucionario tan hábil, tan prudente, era para los gendarmes una tarea superior a sus fuerzas.
El camarada Adoratski cita un pequeño hecho que, sin duda alguna, debió reproducirse mil veces en la vida de Vladimir Ilich con pocas variaciones. Sucedió durante el período de emigración del camarada Lenin.
Una noche (en 1908), fui a ver a Vladimir Ilich, y me invitó a una cervecería. Nos instalamos en una mesa, pedimos cerveza y entablamos conversación. Vladimir Ilich se interesaba por mis ocupaciones. De súbito, Lenin interrumpió la conversación, y dijo: «Ese hombre es sospechoso», e hizo un gesto imperceptible hacía un sujeto que acababa de colocarse cerca de nosotros y que sin duda era un espía. Acto seguido nos levantamos y salimos...
He aquí otro episodio de la vida de Vladimir Ilich del tiempo en que estaba obligado a ocultarse, en diferentes ciudades de Finlandia, de las persecuciones del gobierno «democrático» de Kérenski. Este episodio deja ver la importancia que el camarada Lenin atribuía a las exigencias de la clandestinidad. El camarada en cuya casa Vladimir Ilich se ocultaba entonces, en Helsinki, relata lo que sigue:
En los primeros tiempos, Vladimir Ilich no salía a la calle, permaneciendo en casa. Pero una noche, muy tarde, se decidió a salir conmigo a dar un pequeño paseo. Marchábamos en una profunda oscuridad (en 1917, en Helsinki, las calles no estaban alumbradas a causa de los zepelines alemanes que podían volar sobre la ciudad). En el curso de la conversación, se me escapó su nombre sin darme cuenta. Lenin me llamó inmediatamente al orden indicándome que prestase más atención a las reglas de la ilegalidad.
A DESPECHO DE LA CLANDESTINIDAD
Hubo, sin embargo, casos en la vida de Vladimir Ilich en que obró violando los requisitos de la conspiración. Esos casos fueron muy raros. Y ocurría, por lo común, a causa de los errores de los camaradas «especialistas». Vladimir Ilich recuerda, por ejemplo, en forma ligeramente humorística, cómo vivió en 1906-1907, con el pasaporte de un georgiano (Rovio).
Krúpskaya cuenta el viaje de Vladimir Ilich desde Petrogrado a Moscú en el invierno de 1905:
Tan pronto regresé a Petersburgo fui a verle. Me asombró el número de espías que acechaban desde todas partes. «¿Por qué ha empezado la vigilancia tan estrecha?», pregunté a Vladimir Ilich. Éste no había salido aún de casa desde su llegada y no había observado nada. Al poner en orden las maletas, inesperadamente descubrí en las mismas unas grandes antiparras azules. ¿Qué es esto? Resultó que en Moscú le habían puesto esas antiparras, le habían dado una de esas maletas finlandesas azules tan características y le habían sentado en el tren rápido en el último momento. Todos los policías, tomándole evidentemente por un expropiador, se habían puesto a seguirle. Era necesario marcharse sin pérdida de tiempo. Salimos cogidos del brazo y haciéndonos los indiferentes, tomamos una dirección contraria a la que nos convenía, cambiamos tres veces de coche, atravesamos las puertas de varios patios y llegamos finalmente a casa de Rumiántsev sin ser seguidos por nadie. Dormimos, si no estoy equivocada, en casa de Vitmerman, un antiguo amigo mío. Pasamos en coche por delante de la casa en que vivía antes Vladimir Ilich. Los espías seguían en su puesto. Ilich no volvió más a ese piso. Dos semanas después mandamos a una muchacha a recoger las cosas y a pagar la cuenta a la patrona.
CAMBIO DEL ASPECTO EXTERIOR
A pesar de los rasgos característicos de su rostro y de su cabeza, Vladimir Ilich sabía, cuando era necesario, modificar su exterior hasta el punto de hacerse desconocido. Así, cuando regresó en 1907 del Congreso de Londres, su aspecto, según Krúpskaya, era completamente extraordinario, el bigote recortado, la barba afeitada, llevaba un gran sombrero de paja...
Es en 1917, sobre todo después de las jornadas de julio, cuando Vladimir Ilich se caracterizó de una manera particularmente notable. Ni sus amigos y parientes hubieran podido reconocerle al primer golpe de vista en «el obrero Ivanov, de la fábrica de Sestroretsk». Reproducimos algunos extractos describiendo los tres meses de la vida clandestina del camarada Lenin en 1917:
Después de los acontecimientos de julio, Vladimir Ilich logró huir de Petrogrado, a pesar de las desenfrenadas persecuciones de los diversos órganos del gobierno y de los junkers (alumnos de las escuelas militares) inspirados por los socialtraidores Aleksinski, Búrtsev, etcétera
Algunos días más tarde, cuenta el camarada Sergó Ordzhonikidze, Stalin propuso ir a casa de Lenin para informarle de lo que sucedía y recibir de él las directrices necesarias.
Me dieron la dirección del camarada Emilianov, que vivía no lejos de Sestroretsk y el santo y seña. Obré con gran precaución, temiendo ser seguido por un espía y revelar así el retiro de Vladimir Ilich, llegué de noche a la estación. Después de haber errado algún tiempo, encontré la casa del camarada Emilianov. Éste no estaba en casa, y me recibió su mujer. Le dije el santo y seña. Pero resulta que yo no conocía el de la respuesta, y nos confundimos. La mujer de Emilianov no supo ocultar que conocía el retiro de Lenin, pero se negó categóricamente a decir dónde se encontraba. Traté de persuadirla, de que yo era enviado por el Comité Central, pero ella seguía inflexible. Yo estaba extraordinariamente molesto. Tenía que ver a Ilich, insistía en verle, y al mismo tiempo sentía que obraba mal al tratar de persuadir a mi interlocutora de que violase las reglas de la clandestinidad. Perdí toda esperanza, y me disponía a partir, cuando ella me retuvo, llamó a su hijo, de unos 10 años, y me hizo partir en su compañía. Nos dirigimos hacia el lago, tomamos un bote y llegamos a la otra orilla, marchamos a través de los matorrales; yo me decía que sin duda el camarada Lenin habitaba en una dacha y caminaba dócilmente tras mi joven guía.
De pronto nos detuvimos cerca de un prado, donde la siega había comenzado y donde se elevaba una parva de heno. El niño se puso a llamar a alguien; yo no comprendía nada, un hombre vino hacia nosotros. Era el padre del niño. Al saludarle, le expliqué el motivo de mi venida, pensando que sería él quién me conduciría más lejos. En ese momento, un hombre con el bigote y la barba afeitados se me aproximó y me saludó. Yo le respondo simple y secamente. Entonces, golpeándome el hombro me dice: «Y bien, camarada Sergó, ¿no me reconoce usted?». Era el camarada Lenin.
Tras una permanencia de tres semanas en la parva de heno, Vladimir Ilich se trasladó a Finlandia, pasando la frontera como fogonero de locomotora, «con las mangas recogidas, echaba una paletada tras otra» (Shotman).
Justamente en vísperas de la revolución de octubre Lenin regresó a Petrogrado, pasando la frontera finlandesa también disfrazado de fogonero. Partió de Víborg, disfrazado de pastor finlandés (Uho Latuka: Sobre Ilich).
«Lenin preparaba su partida con gran cuidado. Todo había sido previsto hasta en sus más nimios detalles: la pellica, la tintura para las cejas, el pasaporte finlandés, etc. Hasta había aprendido algunas palabras y algunas frases en finlandés... » (Rovio)
CORRESPONDENCIA CLANDESTINA
Se entiende por esto la correspondencia en lenguaje convenido o por medio de cifrado, escrita, además, con un compuesto químico especial llamado tinta simpática, la cual es sólo visible después de un baño revelador.
Hay varias clases de tintas simpáticas, pero por buenas que sean, no pueden ser consideradas como garantía del secreto de la correspondencia y pueden ser descubiertas en cuanto, gracias a otros indicios, la carta parezca sospechosa y se realice un peritaje.
La correspondencia del camarada Lenin es notable por el siguiente hecho: por más que Vladimir Ilich empleara procedimientos completamente primitivos, y esto durante largos años, ni una sola de ellas reveló su secreto. Esto se explica por el extraordinario cuidado que concedió a los más mínimos detalles de su correspondencia (dirección, forma del sobre, contenido legal de la carta, etc.).
Así, en su carta a María Ilichina, Vladimir Ilich escribía desde el destierro, el 24 de febrero de 1898, lo que sigue:
Envíame además, Maniascha, los siguientes objetos: 1) un lápiz Hardmuth, n.° 6; 2) una caja de lacre y un sello cualquiera para lacrar las cartas. No hace falta que lleve nombre ni iniciales...
Cerrando sus cartas con ese sello, Vladimir Ilich hacía mucho más difícil a los gendarmes el trabajo de censura y permitía reconocer si una carta había o no pasado por las manos de los gendarmes.
Lenin logró, hasta en prisión, ponerse en comunicación con las organizaciones del Partido y establecer una correspondencia legal.
La camarada A. I. Uliánova-Elizarova describe minuciosamente la forma cómo Vladimir Ilich escribía, mientras estaba en la prisión preventiva de Petersburgo (de 1895 a 1897):
La primera carta que escribió desde la prisión, el 2/1/1896, habla del plan de trabajo que más tarde dio por resultado su obra El desarrollo del capitalismo en Rusia. Se dirige más bien a los camaradas que seguían en libertad, lo que va indicado en la carta: «Quizá encontraréis útil comunicar esta carta a alguien que pudiera aconsejaros». El tono serio de toda la carta y la larga lista de libros científicos, colecciones de estadísticas que adjuntaba, ocultaban su objeto con arte. La carta llegó intacta. Y no obstante, Vladimir Ilich preguntaba en ella, ni más ni menos, quiénes eran los que habían sido arrestados con él. Aunque nada hubiera estado convenido de antemano, lo hizo con tanta maestría que los camaradas comprendieron y le respondieron inmediatamente, sin que los astutos policías se percatasen de nada.
Desgraciadamente, sólo la primera parte de esta carta nos ha quedado, faltando la lista de libros que llevaba adjunta; esta lista, evidentemente, se perdió mientras se buscaban los libros. Una gran parte de los libros citados en la lista eran en realidad necesarios a Vladimir Ilich para su trabajo, de manera que su carta corría a la vez dos liebres y, contrariamente a lo que dice el proverbio, mató las dos. Guardo en mi memoria sólo algunos de los títulos que Vladimir Ilich introducía con arte en su lista, combinándolos magistralmente con los nombres de los camaradas por cuya suerte se interesaba. Estos títulos iban acompañados de un signo de interrogación, como si Ilich, al escribir, quisiese indicar que el título, escrito de memoria, no era quizá completamente exacto. En realidad, cada signo de interrogación colocado después del título de un libro indicaba que no se trataba de un libro, sino que Vladimir Ilich quería ser informado de la suerte de un camarada. Para ello se servía del sobrenombre de los camaradas. Así, para informarse sobre V. V. Starkov, apodado Vevé, escribía en su carta: «V. V. Los destinos del capitalismo en Rusia». Para tener noticias de Vaneev y Sylvin (de Nizhni Nóvgorod), apodados Minin y Poysarski, escribía: «Kostomarov. Los héroes del tiempo turbulento». Sin embargo, se trataba de un libro científico histórico. Naturalmente, no podía exigirse de los que verificaban el contenido de las pilas de cartas notar esta falta de concordancia; hubiera sido pedirles demasiada perspicacia.
No obstante, no todos los sobrenombres encuadraban tan bien en los títulos de libros de ciencia. Uno de los títulos siguientes, deslizado entre los de las obras que Vladimir Ilich necesitaba realmente para su trabajo decía: «Brehm. Los pequeños roedores». Aquí el signo de interrogación que seguía preguntaba claramente a los camaradas qué es lo que había sido de Krzhizhanovski, apodado «el musgaño». El título, escrito en inglés, The lamprey, designaba a Krúpskaya, apodada pescado o lamprea. Estas denominaciones hubieran podido, al parecer, llamar la atención de la censura, pero el tono serio de la carta, el gran número de libros citados y además la frase escrita en la segunda página: «La diversidad de los libros servirá para compensar la uniformidad del medio», adormecieron la vigilancia de los argos.
Desgraciadamente, no he guardado en mi memoria más que esos pocos títulos, que en su tiempo nos hicieron reír mucho. Recuerdo además el nombre Goutchoulé, escrito intencionalmente según la difícil y complicada ortografía francesa, nombre imaginado de no sé qué libro histórico del cual no recuerdo el título. Quería designar a Gutsul, es decir, a Zaporozhetz.
Todavía mucho tiempo después, Vladimir Ilich encontraba que aquella forma de conspiración era cómoda y permitía alcanzar su objeto, y en ciertas ocasiones la recomendaba a los camaradas.
Vladimir Ilich –escribe Adoratski– me dio, además, un consejo útil (era en 1903 –N. K.). Viendo que mis libros llevaban a veces al margen acotaciones en inglés, me hizo notar, sonriendo maliciosamente, que esas frases a veces tenían una ortografía extraña y me aconsejó hacer, como acotaciones al margen, extractos de resoluciones, etc., que parecieran citas de Dickens, de [William M.] Thackeray o de la Biblia, y efectivamente, los gendarmes no les prestaban atención.
Pero, junto con la correspondencia legal, Vladimir Ilich estableció igualmente desde su prisión una correspondencia secreta, con ayuda de signos convencionales en los libros o con tinta simpática.
En cada paquete de libros –escribe A. I. Elizarova– había siempre uno que contenía una carta cifrada, puntos o trazos de lápiz en las cartas. De esta manera, manteníamos correspondencia durante todo el tiempo de la prisión de mi hermano. Cuando él recibía un paquete de libros buscaba inmediatamente el que contenía la carta (lo reconocía por algún signó convenido). El envío de libros por intermedio del fiscal se hacía sin ningún retardo; habitualmente los presos los recibían al día siguiente de haber sido enviados. Recuerdo que, a veces, impaciente por comunicar ciertas noticias o por pedir ciertos informes a Ilich, yo le llevaba libros en la tarde del miércoles y recibía la respuesta, cifrada en los libros que él me enviaba, al día siguiente, por intermedio del guardián de la prisión.
Es así como, por medio de la ligazón con el exterior, Ilich convenía en la correspondencia interior de la prisión, indicando donde había que buscar, durante el paseo, el pequeño billete escondido en una bolita de pan.
El paseo se hacía en lo que llamaban, «el establo» o «el cercado», es decir en el patio, donde se elevaba una construcción en forma de estrella, hecha de planchas más altas que la talla de un hombre. Cada ángulo de la estrella era ocupado por un preso que paseaba allí.
El guardián cuidaba de que los presos no tuvieran ninguna comunicación entre sí.
Una indicación detallada del lugar en que se encontraba el billete (en qué punta de la estrella, entre qué planchas y en qué extremo, fijaba al mismo tiempo el lugar de éste para las veces siguientes).
Además, mi hermano se comunicaba con los camaradas de la prisión por medio de puntos en los libros de la biblioteca de la prisión. Entonces era por medio de los parientes como había que trasmitir el consejo de leer tal o cual libro.
El camarada Krzhizhanovski, arrestado al mismo tiempo que Lenin y encerrado en la misma prisión, hace el siguiente relato, mostrándonos la seriedad y el cuidado que Lenin ponía en su correspondencia:
Logramos, por intermedio de la biblioteca de la prisión y de las personas que venían a visitarnos, establecer relaciones activas los unos con los otros. Esto no pasó siempre sin incidentes. Una vez ocurrió que en lugar de mi primera carta cifrada según una cierta poesía en un libro convenido, Vladimir Ilich encontró en otro libro de la biblioteca de la prisión otra carta cifrada igualmente por puntos. Él me contó, más tarde, que no pudiendo descifrarla usando la cifra convenida, se indignó de mi embrollo inadmisible. Pero Lenin no era hombre que retrocediese. El que había cifrado la carta era, en todo caso, persona sin experiencia. Vladimir Ilich reflexionó sobre la situación, e hizo muy pronto deducciones simples y justas. Los signos a que habría recurrido el que cifró la carta en su repetición corresponderían, sin duda, a la repetición que tienen las letras en todo texto ordinario.
Entonces se puso a contar el número de veces que se repetía tal o cual letra y ver en qué relación se repetía; luego buscó a qué cifra correspondía en la correspondencia cifrada. Después de dos días de trabajo, la carta fue descifrada. Era la correspondencia de un criminal a otro la que descifró Vladimir Ilich.
No obstante, si el lector ensaya hacer un trabajo análogo, se convencerá bien pronto que para eso es necesaria una fuerte dosis de energía; pero Vladimir Ilich no escatimaba nunca su energía cuando se trataba de cualquier cosa referente a su deber de camarada.
Ni siquiera en prisión podía Vladimir Ilich perder de vista el trabajo clandestino, se puso a escribir cosas ilegales y encontró el medio de trasmitirlas al exterior. Es, sin duda, la página más interesante de su vida en prisión. Las cartas del exterior le informaban de las hojas y otras ediciones clandestinas que aparecían, y expresaban el pesar de que no escribiera él mismo. Huelga decir que no le faltaban deseos. Naturalmente, era completamente imposible obtener un reactivo químico cualquiera en la prisión. Pero Vladimir Ilich recordó, me lo contó más tarde, un juego infantil que le enseñó su madre: escribir con leche y luego hacer aparecer la escritura calentando la hoja sobre una bujía o una lámpara. Todos los días recibía leche en la prisión. Lenin se confeccionó pequeños tinteros con migas de pan llenándolos con algunas gotas de leche, y se puso a escribir entre las líneas de un libro que sacrificó. Al efecto, se le enviaba literatura que podía utilizar sin pena para ese fin. De este modo, las cartas cifradas por medio de puntos fueron reemplazadas por ese procedimiento mucho más expeditivo. Por medio de una carta cifrada con puntos, Ilich hizo saber que en tal página había una carta química que había que someter a la acción del calor, colocándola sobre una lámpara.
Lenin empleó ese procedimiento mucho más que nosotros a causa de las dificultades que había para calentar la carta en la prisión. Krúpskaya cuenta, sin embargo, que bastaba para revelarla sumergir la carta en el té caliente y que se comunicaban en esa forma Lenin y ella por medio de cartas escritas con leche o limón en la época en que se encontraban en la prisión preventiva (otoño de 1896).
En general, Ilich, que se proponía siempre ser de una escrupulosa precisión y economizar fuerzas, estableció un signo especial que indicaba en qué página se encontraba la carta cifrada, para que no fuera necesario hojear todo el libro y buscar en todas partes. Ante todo, había que buscar el signo en la página 7. Era un ligero trazo de lápiz; la multiplicación del número de líneas por el número de letras que señalaba el trazo indicaba la página. Por ejemplo, si era la séptima letra de la séptima línea, había que buscar la carta en la página 49. De esta manera, nos era fácil, a él y a mí, encontrar rápidamente en la pila de libros, a veces bastante grande, el libro y la página donde estaba la carta.
Ese modo de indicación (la página cambiaba de vez en cuando) ha sido constantemente empleado por nosotros, y es así como yo determiné el lugar en que se encontraban las últimas cartas que precedieron a la Revolución y que fueron en gran parte escritas por la mano de Krúpskaya en 1915 y 1916.
Intencionalmente, Vladimir Ilich confeccionaba tinteros minúsculos, pues así eran fáciles de tragar al menor movimiento del guardián, al menor ruido sospechoso.
Al comienzo, cuando no se había habituado aún a las condiciones de la prisión preventiva y cuando la administración de la prisión no se había acostumbrado todavía a considerarle como un preso bien equilibrado, serio, amante del estudio, le ocurrió a menudo tener que tragarse sus tinteros. Riendo, contaba que un día se había visto obligado a tragar seis. Recuerdo que en esos años, antes y después de su prisión, Ilich se complacía en repetir: «No hay astucia que no pueda desbaratarse», e inventivo como era, se ejercitaba en ello en la prisión. Desde su prisión, Ilich escribía volantes, el folleto Sobre las huelgas, luego el Programa del
Partido y una Nota explicativa bastante detallada.
Así como en libertad Ilich era el centro del trabajo revolucionario, en la prisión era el centro de las relaciones con el exterior.
Por otra parte, no solamente en prisión, sino también durante los años que siguieron, Vladimir Ilich empleaba toda clase de medios preventivos para que sus cartas lograran su objeto sin perjudicar a nadie, engañando a los gendarmes. M. I. Uliánova, al publicar Las cartas íntimas, hace notar en el prefacio las particularidades características de la correspondencia de su hermano:
Las cartas de Vladimir Ilich, dirigidas directamente a su madre, a sus hermanas o a su hermano, no contenían casi ningún nombre o apellido; eso podría haber acarreado molestias a las personas cuyo nombre hubiese sido mencionado. Había que hablar por medio de imágenes acerca de las ediciones clandestinas, de la correspondencia conspirativa, de los libros conteniendo cartas cifradas, etc....
A fines de diciembre de 1900, la que escribe estas líneas envió a Vladimir Ilich, del extranjero, el manifiesto del partido socialista revolucionario, por intermedio de Krassin, que lo ocultó en un álbum de fotografías. El envío agradó mucho a Vladimir Ilich, y en su carta del 16 de enero de 1901, escribe: «Os agradezco mucho los libros enviados y sobre todo las fotografías tan hermosas e interesantes enviadas con el primo de Viena. Sería deseable recibir más a menudo regalos semejantes...»
La compañera Elizarova cuenta también casos semejantes:
Y durante todo ese año (1898) mantuvimos con Vladimir Ilich una activa correspondencia química. Cuando él hacía notar, enumerando los libros recibidos, que tal «Revista del Congreso de técnicos» o que cual «prueba del archivo» eran especialmente interesantes, quería decir, evidentemente, que la carta química había sido recibida.
Iskra, así como otras ediciones ilegales, eran enviadas a Rusia en sobres, a direcciones legales y «limpias». Indicábamos igualmente direcciones semejantes para recibir nuestra literatura. Y así, en esas cartas legales, se nos informaba del envío de un paquete, para que oportunamente pudiéramos informarnos en casa del destinatario.
Al comienzo de su permanencia en el extranjero, Vladimir Ilich, por razones de clandestinidad, no nos daba su dirección personal, y cuando vivía en Suiza o en Múnich, nosotros le escribíamos a París o a Praga.
De la carta de Vladimir Ilich a P. B. Axelrod, fechada el 29 de septiembre de 1897, y enviada por intermedio de la camarada Elizarova a su paso por Berlín, se desprende que Vladimir Ilich no conocía ni empleaba entonces más que una forma de correspondencia, la que se hace por medio de la tinta simpática, revelándose bajo la acción del calor.
No conozco más que un medio, el que empleo para escribir estas líneas. Se trata de saber si puede encontrarse alguien para recopiar y que se encargue de este trabajo, que no es fácil. Usted encuentra, evidentemente, que es imposible, y que, por otra parte, este modo de correspondencia no es conveniente, pero yo no conozco ningún otro... Por sensible que esto sea, yo no me desanimo: si no tenemos éxito inmediatamente, lo tendremos quizás más tarde...
Se trataba del establecimiento de relaciones entre el camarada Lenin y el extranjero y del envío de artículos.
TRANSPORTES ILEGALES
Durante su vida errante a través de Rusia y el extranjero, Vladimir Ilich tuvo ciertamente más de una vez que transportar consigo literatura y otros materiales ilegales. En la mayoría de los casos terminaba felizmente, y muchos de estos casos habituales en la vida de un revolucionario quedaron sin dejar huellas, ni en la memoria del que había asegurado el transporte, ni en la de sus colaboradores más próximos. Pero otra cosa era cuando no todo iba bien; ese caso no se olvidaba y su conocimiento debía servir para evitar su repetición.
Las camaradas Krúpskaya y Elizarova, en sus Recuerdos sobre Lenin, nos relatan un caso semejante:
El verano de 1895 Vladimir lo pasó en el extranjero, en parte en Berlín, donde asistía a las reuniones obreras, y en parte en Suiza, donde vio por primera vez a Plejánov, Axelrod y Zasúlich. Regresó lleno de impresiones y con una maleta de doble fondo llena de literatura ilegal.
Vladimir Ilich fue detenido, no en la frontera, sino en Petersburgo. Poco tiempo después de su arresto, Vladimir Ilich, en una carta cifrada, pedía que se advirtiese inmediatamente a su familia de que a la pregunta: «¿Dónde está la maleta traída del extranjero?», había contestado que la dejó en casa en Moscú. «Que compren una maleta parecida y que la hagan pasar por la mía, pero pronto, de lo contrario, habrá detenciones». Esta maleta inquietó mucho a los camaradas en los primeros tiempos de la detención; si bien se había dejado pasar a Ilich con esa maleta, sin duda, había sido notada. La pregunta hecha en el momento de la detención, o inmediatamente después, lo probaba; después de haberle dejado pasar la frontera, quizás intencionalmente con objeto de obtener una copiosa cosecha, habían sin duda perdido su pista en Petersburgo y se buscaban sus rastros. Ilich contaba que en la frontera no sólo habían registrado la maleta, sino que aun habían golpeado contra el fondo, de lo cual deducía que la presencia del doble fondo había sido notada y que él había sido descubierto.
Krúpskaya escribe:
Inmediatamente la policía empezó a vigilar de cerca a Vladimir Ilich y a su maleta. En aquel entonces, una prima mía estaba empleada en la oficina de direcciones... Dos días después de la llegada de Vladimir Ilich dicha prima me contó que por la noche, cuando estaba de servicio, llegó un agente de policía, y mientras manejaban displicentemente las fichas de las direcciones, dijo en tono jactancioso: «Hemos seguido a un delincuente político importante, Uliánov; su hermano fue ahorcado; ha llegado del extranjero, ahora no se nos escapará». Mi prima, sabiendo que yo conocía a Vladimir Ilich, se apresuró a comunicarme esta noticia. Yo, naturalmente, advertí sin pérdida de tiempo a Vladimir Ilich.
Naturalmente, la maleta permaneció invisible para los gendarmes, y esta vez Vladimir Ilich fue muy pronto puesto en libertad. En 1900, antes de partir para el extranjero:
Poco antes de salir para el extranjero estuvieron a punto de fracasar todos los planes de Vladimir Ilich. Llegó a Petersburgo, de Pskov, al mismo tiempo que Mártov. Se les siguió y fueron detenidos. En el chaleco, Ilich llevaba dos mil rublos, recibidos de la «Tía» y notas con direcciones del extranjero, escritas por procedimiento químico en una, hoja de papel de carta, en la cual, para despistar, se había escrito con tinta una cuenta cualquiera. Si a los gendarmes se les hubiera ocurrido calentar la hoja, Vladimir Ilich no hubiera podido fundar el periódico [Iskra] en el extranjero. Pero tuvo suerte y diez días después se le puso en libertad.
Se sabe muy poco de la manera en que Vladimir Ilich guardaba la literatura clandestina:
En el año de 1890 le servía de depósito clandestino una mesita que construyó un ebanista conforme a los planos de Vladimir Ilich. La bola torneada en que terminaba el único pie de la mesa se abría, y en el espacio libre podía colocarse fácilmente un paquete bastante voluminoso. Es allí donde yo ocultaba por la noche la parte del trabajo que había recopiado, mientras que las hojas del original que habían sido reveladas al calor de una lámpara eran cuidadosamente destruidas. Esa mesita prestó servicios importantes. Durante los registros en casa de Vladimir Ilich y de Krúpskaya, la mesita no fue abierta. La parte del programa que había sido recopiada en último término no fue tocada y me fue entregada al mismo tiempo que la mesa por la madre de Krúpskaya. Su aspecto no despertaba sospechas y sólo más tarde el escondrijo dejó de cerrar bien por haberse desgastado la rosca. (A. I. Elizarova.)
En la deportación, Vladimir Ilich ponía menos cuidado en ocultar las obras clandestinas. No se imponía, por otra parte, una prudencia particular. Un registro inesperado hecho poco antes del término de su deportación estuvo a punto de desbaratar el grandioso plan de trabajo esbozado por Vladimir Ilich. Sólo gracias a su presencia de espíritu y a su astucia, el registro no logró ningún resultado.
Durante las horas de insomnio forjó su plan en todos los detalles, lo discutió después con Krzhizhanovski y conmigo, escribió a propósito de él a Mártov, a Potrésov, y se puso de acuerdo con ellos para marchar al extranjero. Cuanto más tiempo iba pasando, más se iba apoderando de Vladimir Ilich la impaciencia, más se sentía impulsado por el afán de entregarse al trabajo. Por añadidura, en aquellos momentos, fuimos objeto de un registro. El resguardo de una carta dirigida a Vladimir Ilich fue a parar a manos de los gendarmes. En dicha carta se hablaba de un monumento a [Nikolái] Fedoséyev. Los gendarmes se aprovecharon de la ocasión para verificar el registro. La carta la encontraron; resultó que era inofensiva, examinaron la correspondencia y tampoco hallaron nada interesante. Según nuestra vieja costumbre petersburguesa, guardábamos por separado la correspondencia legal e ilegal. Esta última, a decir verdad, se hallaba en el estante inferior del armario. Vladimir Ilich dio una silla a los gendarmes para que empezaran el registro por los estantes superiores, donde había varias publicaciones de estadística. Los gendarmes se fatigaron tanto que el estante inferior ni siquiera lo examinaron, dándose por satisfechos con mi declaración de que en dicho estante no había más que mi biblioteca pedagógica. (Id., pp. 59-60.)
EL PASO DE LA FRONTERA
Más de una vez Vladimir Ilich tuvo que pasar clandestinamente la frontera rusa. Más arriba hemos recordado ya con qué precauciones excepcionales y con qué arte había pasado por dos veces la frontera después de las jornadas de julio de 1917, a pesar de los enormes riesgos de tal viaje. Pero la vida de Vladimir Ilich estuvo en un peligro mucho mayor todavía cuando, diez años antes, se vio obligado a emigrar de nuevo y de abandonar su último asilo en Finlandia. Krúpskaya cuenta:
Mientras yo arreglaba mis asuntos en Petersburgo, faltó poco para que Ilich pereciera al salir para Estocolmo. La vigilancia era tan estrecha que marcharse por la vía habitual, tomando el vapor en Abo, equivalía a una detención segura. Había habido ya casos de detención en el momento de tomar el vapor. Uno de los compañeros propuso tomarlo en la isla próxima. Esto no ofrecía peligro en el sentido de que la policía rusa en dicho punto no podía proceder a la detención, pero hasta la isla había que marchar durante tres verstas por el hielo, y éste, aunque estuviéramos en diciembre, no era firme en todas partes. No había nadie que se prestara a arriesgar la vida. Finalmente se comprometieron a acompañar a Ilich dos campesinos que habían bebido más de lo necesario. Y he aquí que mientras por la noche emprendían la marcha por el hielo, faltó poco para que perecieran los tres: en un sitio el hielo empezó a hundirse y consiguieron salvarse con grandes trabajos.
El compañero finlandés Bolgo, fusilado más tarde por los blancos, y con ayuda del cual me trasladé a Estocolmo, me explicó después lo peligroso que era el camino escogido y me dijo que sólo la casualidad había podido salvar a Ilich de la muerte. Ilich decía que cuando el hielo empezó a ceder bajo sus pies, pensaba: «¡Qué modo más estúpido de morir!».
PARTICIPACIÓN EN LAS REUNIONES CLANDESTINAS
Basta recordar un solo episodio de la vida de Vladimir Ilich, que se refiere a su participación en la Conferencia del Comité Central y del grupo dirigente de los bolcheviques, precedente a las jornadas de Octubre, para comprender el sentido y la importancia de las reglas de la clandestinidad que cada uno debe seguir puntualmente con el fin de no hacer fracasar las reuniones.
El camarada Chetman nos describe detalladamente esta reunión que tuvo lugar en Petrogrado el 20 de Octubre de 1917:
Vladimir Ilich, que vivía desde fines de septiembre en Lesnoie... encontraba de vez en cuando a algunos miembros del Comité Central en casa de M. I. Kalinin (hoy presidente de la U.R.S.S.) o de N. Koko, obrero de la fábrica «Aivaz». Habitualmente, Vladimir Ilich salía al anochecer; el bigote y la barba afeitados, con peluca, hubiera sido difícil reconocerle. Llegado a Petrogrado, él mismo se había encargado de la preparación de Octubre... El día de la Conferencia, a eso de las seis de la tarde, Eino Rahja y yo nos separamos no lejos de la estación Lanskaya. Rahja fue a buscar a Vladimir Ilich y yo al camarada Zinóviev; nos habíamos puesto de acuerdo para encontrarnos a las siete en el cruce de la carretera de Víborg y la perspectiva Murinsk. Estaba muy oscuro, caía una lluvia fina y soplaba un viento brusco y violento. Exactamente a las siete, Zinóviev y yo nos encontrábamos en el lugar convenido, Rahja y Vladimir Ilich llegaron algunos minutos después. Rahja tomó la delantera con Zinóviev, mientras que nosotros les seguíamos a algunos pasos. Un poco antes de llegar a la Duma de radio, tomamos por una pequeña callejuela, y nos decidimos a inspeccionar los alrededores de la casa para ver si no había nada sospechoso, y damos cuenta del número de participantes que habían llegado ya. Mientras estábamos los cuatro, en la pequeña callejuela, Rahja nos contó lo que acababa de pasarle a Vladimir Ilich; después de abandonar su departamento, cuando iban cruzando una calle, una ráfaga de viento le quitó la gorrilla y con ella la peluca. Felizmente, estaba oscuro y no había nadie cerca de ellos. Sólo el pañuelo del cual se sirvió Vladimir Ilich para quitar él barro a su peluca sufrió de ese pequeño accidente
Dejándolos en la callejuela, fui a inspeccionar los alrededores de la casa y no encontré nada sospechoso; entré, sólo había 5 o 6 personas. Quince minutos más tarde, Rahja nos dijo que había 10 personas, luego volví otra vez, y más tarde Rahja. Esto continuó así durante una hora. Vladimir Ilich estaba furioso a causa de la poca puntualidad de los camaradas de responsabilidad, y hubo un momento en que propuso regresar a casa y resolver la cuestión de la Revolución prescindiendo de esa Conferencia.
Sólo 23 personas asistieron a esta histórica conferencia... Vladimir Ilich y Zinóviev fueron los primeros en abandonar la reunión. Rahja y yo les conducimos hasta sus casas...
Nos limitamos a estos testimonios que nos pintan con colores suficientemente vivos a Vladimir Ilich como militante ilegal, como revolucionario proletario práctico, y pasaremos ahora a la herencia literaria que nos legó Lenin sobre la estructura de organización y los métodos de edificación de un partido ilegal.
II
LO QUE DICE LENIN SOBRE LA ESTRUCTURA
ORGÁNICA Y LOS MÉTODOS DE EDIFICACIÓN DE UN PARTIDO ILEGAL EN EL ¿QUE HACER?
Las ideas de Lenin sobre la estructura orgánica y métodos de edificación de los partidos ilegales son expuestas con perfecta precisión en su célebre folleto ¿Qué hacer?. Este folleto, a pesar de estar escrito hace 30 años, conserva todavía toda su actualidad. Ni que decir tiene que sería simplemente estúpido querer aplicar en forma mecánica a las condiciones contemporáneas de los países capitalistas las indicaciones contenidas en este folleto, correspondientes a las condiciones de la Rusia zarista de antes de 1905. Pero el ¿Qué hacer? puede ser recomendado a todo miembro activo de los Partidos Comunistas de esos países, para que puedan estudiar y comprender con su ayuda cómo debe abordarse y cómo deben resolverse las cuestiones fundamentales relativas a la edificación del Partido Bolchevique y al trabajo de masas del Partido en las condiciones de un feroz terror policíaco.
Apenas aparecido el ¿Qué hacer?, los oportunistas de todos los colores y matices se lanzaron al asalto, acusando a Lenin de tergiversar los principios esenciales del marxismo y de querer suplantar subrepticiamente el partido proletario de masas por círculos estrechos de conspiradores revolucionarios profesionales. El órgano central de los socialimperialistas franceses, Le Populaire, en 1931 exhuma de nuevo esta arma menchevique de los archivos, tratando de contrarrestar con argumentos de ese género el interés de los proletarios franceses por el leninismo y por el Partido Comunista de Francia.
Fue Lenin, en efecto, quien planteó bien categóricamente la cuestión de que el Partido Socialdemócrata Ruso de entonces debía ser una organización de revolucionarios profesionales, que «debe comprender principalmente a personas que tengan por profesión la actividad revolucionaria (por esta razón habló de una organización de revolucionarios, teniendo en cuenta a los revolucionarios socialdemócratas)». Con esta definición, el camarada Lenin erigía una barrera infranqueable entre el concepto revolucionario bolchevique y el oportunista, reformista, del carácter del partido político del proletariado.
Para Lenin, el partido político del proletariado es la organización de los proletarios de vanguardia, que han comprendido la necesidad de la lucha revolucionaria contra sus enemigos de clase y que han decidido firmemente participar en forma activa en esa lucha, por sus promotores y organizadores. En las condiciones de existencia ilegal, una organización de esta índole tiene que ser inevitablemente una organización estrecha, y este principio debe ser considerado como una de las reglas esenciales de la edificación de los Partidos Comunistas ilegales.
Los Partidos Comunistas ilegales deben ser organizaciones estrechas. El enrolamiento de nuevos miembros en las filas de los Partidos Comunistas ilegales debe efectuarse inevitablemente con una prudencia muy grande, tanto para no dejar introducirse en ellas a agentes de la policía, como para no debilitar al Partido con elementos que son incapaces de sostener una lucha revolucionaria. Esos elementos, leyendo libros, pueden comprender teóricamente que la lucha revolucionaria por la dictadura del proletariado es inevitable, pero, en la realidad, resultan a menudo incapaces de tomar una participación activa en esta lucha, incapaces de sacrificarse en aras del ideal revolucionario, incapaces de resistir y vencer la represión de las clases dominantes y de sus agentes de toda clase, secretos o declarados.
Resumiendo su polémica con los elementos oportunistas del movimiento obrero ruso, Lenin fija ya en 1903 en el ¿Qué hacer? los siguientes principios de la edificación del Partido estrictamente ilegal:
PRINCIPIOS DE ORGANIZACIÓN DE UN PARTIDO COMUNISTA ILEGAL
Yo afirmo: 1) Que no puede haber un solo movimiento revolucionario sólido sin una estable organización de dirigentes que mantenga la continuidad; 2) que mientras más numerosa sea la masa arrastrada espontáneamente a la lucha, constituyendo su base y participando en ella, más indispensable es esa organización y más sólida debe ser, pues de otro modo sería fácil a los demagogos arrastrar a las capas atrasadas de las masas; 3) que esta organización debe componerse principalmente de revolucionarios profesionales; 4) que, en un país autocrático, cuanto más reduzcamos los efectivos de esta organización, hasta el punto de no aceptar en ella más que algunos revolucionarios profesionales iniciados en la lucha contra la policía política, tanto más difícil será «coparla»; 5) que tanto más numerosos serán los obreros y los elementos de otras clases que podrán militar en el movimiento, y hacerlo activamente.
¡Qué nuestros «economistas», nuestros terroristas y nuestros «terroristas -economistas» refuten, si pueden, estas tesis!
Analizando este resumen de Lenin vemos que para él la restricción del número de miembros, así como, en general, todo el sistema clandestino de la organización ilegal del Partido constituye un medio de asegurar a la organización la posibilidad de desarrollar el trabajo de masas lo más intensamente posible y de arrastrar a las más amplias masas de la clase obrera y de las otras clases trabajadoras a la lucha revolucionaria. En la misma obra Lenin escribe lo que sigue explicando esta regla fundamental de la estructura y de los métodos de trabajo de una organización ilegal del Partido.
CENTRALIZACIÓN DE LA DIRECCIÓN Y DESCENTRALIZACIÓN DE LAS FUNCIONES
La centralización de las funciones clandestinas de la organización no implica de ningún modo la de todas las funciones del movimiento.
Lejos de disminuir, la participación activa de las grandes masas en la literatura ilegal se decuplicará cuando «una decena» de revolucionarios profesionales centraliza en sus manos las funciones clandestinas de esa labor. Entonces, y sólo entonces, lograremos que la lectura de la literatura ilegal, la colaboración en las publicaciones ilegales y la difusión dejen casi de ser un trabajo clandestino, pues la policía comprenderá bien pronto el absurdo y la imposibilidad de las persecuciones judiciales y administrativas contra cada detentador y propagador de publicaciones difundidas por millares de ejemplares.
Y así en todas las funciones del movimiento, incluso las manifestaciones. La más activa y más amplia participación de la masa en una manifestación, lejos de ser perjudicial, ganará mucho si «una decena» de revolucionarios probados, por lo menos tan bien instruidos profesionalmente como nuestra policía, centraliza todos los aspectos clandestinos de ella: edición de hojas volantes, elaboración de un plan aproximado, nombramiento de un Estado Mayor de dirigentes para cada barrio de la ciudad, para cada centro fabril, para cada establecimiento de enseñanza, etc.
La centralización de las funciones clandestinas por la organización de revolucionarios enriquecerá y ampliará, lejos de debilitarla, la acción de una multitud de otras organizaciones destinadas al gran público (y, por consecuencia, reglamentadas menos estrictamente y lo menos clandestinas posible); sindicatos obreros, círculos obreros de instrucción y de lectura de la literatura ilegal, clubs socialistas, círculos democráticos para todas las demás capas de la población, etc.
Esos círculos, asociaciones y organizaciones son necesarias en todas partes; es necesario que sean lo más numerosas y sus funciones lo más variadas posible, pero es absurdo y perjudicial confundirlas con la organización de revolucionarios, borrar el límite que las separa, extinguir en la masa el sentimiento, ya extraordinariamente pálido, de que para «servir» al movimiento de masas hacen falta hombres que se consagren especial y enteramente a la acción socialdemócrata y que, pacientemente, tenazmente, hagan su educación de revolucionarios profesionales.
Hacen falta militantes para toda clase de trabajos y el éxito estará tanto más asegurado, las dificultades para los gendarmes y los espías para descubrir a los revolucionarios serán tanto mayores, cuanto más se especialicen estos militantes en las distintas funciones de la actividad revolucionaria, cuanto más profundamente reflexionen en los medios clandestinos de realizar y ocultar su trabajo, cuanto con mayor abnegación se consagren a un trabajo menudo, parcial, modesto. El gobierno desde ahora ya ha cubierto de una red de agentes, no solamente los actuales, sino también los probables focos de elementos antigubernamentales. El gobierno desarrolla, en forma constante, en todas direcciones, la actividad de sus domésticos que hostigan a los revolucionarios; inventa nuevos procedimientos, emplea nuevos provocadores y confidentes, usa medios de presión sobre los arrestados, intimidándolos, careándolos con testigos falsos, les presenta firmas falsificadas, falsos billetes fabricados, etc.... Sin el refuerzo y el desarrollo de la disciplina, de la organización y de la clandestinidad revolucionaria, la lucha contra el gobierno es imposible. Una organización tan vigorosa puede ser llamada, por su forma, en un país autocrático, «complotadora», y la forma conspirativa es necesaria en grado máximo.... La conspiración es tan indispensable que predetermina todas las demás condiciones (número, elección, funciones de los militantes, etc.). Por eso cuando nosotros, socialdemócratas, somos acusados de querer crear una organización conspirativa, seríamos ingenuos si nos espantáramos...
Pero, se nos objetará, una organización tan potente y tan estrictamente secreta, concentrando entre sus manos todos los hilos de la actividad clandestina, organización necesariamente centralizada, puede muy fácilmente lanzarse a un ataque prematuro, puede forzar irreflexivamente el movimiento, antes de que sea posible y necesario por el progreso del descontento político, la fuerza de la fermentación y de la irritación existente en la clase obrera, etc.
A esto responderemos: Hablando en abstracto, no puede negarse que, claro está, una organización de combate pueda entrar a la ligera, sin reflexionar, en una batalla que, en otras condiciones, hubiera podido no ser perdida. Pero no se puede, en este caso, limitarse a consideraciones abstractas, pues todo combate implica posibilidades abstractas de derrota y no hay otro medio de disminuirlas que prepararse bien, en forma organizada, para el combate. Pero si se plantea la cuestión en el terreno concreto de la situación rusa actual, se llega a la conclusión positiva de que una organización revolucionaria fuerte es necesaria justamente para dar estabilidad al movimiento y preservarlo de la posibilidad de ataques irreflexivos.
LAS ORGANIZACIONES AUXILIARES PRÓXIMAS AL PARTIDO
Todo el arte de la organización conspirativa debe consistir en utilizar a todos y a cada uno, en dar trabajo a «todo el mundo», conservando al propio tiempo la dirección de todo el movimiento, conservándola, se entiende, no por la fuerza del poder, sin por la del prestigio, de la energía, de la mayor experiencia, de la mayor amplitud de miras, del mayor talento. Esta observación tiene en vista la posible y habitual objeción de que una estricta centralización puede muy fácilmente hacer fracasar todo si, por casualidad, en el centro se encuentra un incapaz armado de un poder colosal. Esto, naturalmente, es posible, pero el remedio no puede estribar en la descentralización, absolutamente inadmisible y hasta formalmente perjudicial al trabajo revolucionario bajo un régimen de autocracia. Ningún estatuto puede remediar el mal. El remedio sólo puede encontrarse en medidas de «influencia amigable», comenzando por resoluciones de subgrupos de todas clases, continuando por un llamamiento de éstos al C.C., para terminar (en el peor de los casos) con el derrocamiento del poder completamente inepto. El Comité debe tratar de obtener la más completa división del trabajo, recordando que los diferentes aspectos del trabajo revolucionario exigen capacidades diferentes, que a veces un hombre absolutamente incapaz como organizador, será un agitador irremplazable, y que el que no vale nada para la disciplina conspirativa será un excelente propagandista, etc.
LA CÉLULA DE FABRICA
Cada fábrica debe ser para nosotros una fortaleza. Para ello, la organización obrera «de fábrica», debe ser tan conspirativa interiormente como
«ramificada» exteriormente, es decir, en sus relaciones exteriores, debe ir tan lejos y en sentidos tan variados como cualquier otra organización revolucionaria.
Vista la importancia de esos subcomités de fábrica, debemos tender, en la medida de lo posible, a que cada subcomité posea una dirección ligada por el órgano central y un depósito de sus ligazones en lugar seguro, es decir, que los informes necesarios para el restablecimiento inmediato del subcomité en caso de detenciones sean trasmitidos tan regular y abundantemente como sea posible al Centro del Partido, para ser conservados en sitios donde los gendarmes sean incapaces de penetrar.
En fin, no será superfluo hacer notar que a veces, en lugar de un subcomité de fábrica de varios miembros, será necesario o más cómodo limitarse a designar un agente del comité (con un suplente). Una vez formado, el subcomité de fábrica debe ocuparse de crear toda clase de grupos y círculos de fábrica, cada uno en sus funciones, con su grado de conspiración y de fijeza, por ejemplo, círculos de ligazón y difusión de publicaciones (una de las funciones más importantes que debe ser organizada de manera que tengamos un verdadero servicio propio de ligazones, que sean ensayadas y verificadas no solamente todos los medios de difusión, sino también la ligazón a domicilio, que se conozcan absolutamente todos los alojamientos y el medio de penetrar en ellos), círculos de lectura de las publicaciones ilegales, círculos para la vigilancia de los confidentes. (Observación: debemos inspirar a los obreros la idea de que la muerte de los espías, de los provocadores y de los traidores puede ser a veces una necesidad absoluta, pero que sería indeseable y falso erigirlo en un sistema; que debemos tratar de crear una organización capaz de hacer inofensivos a los espías, descubriéndolos y persiguiéndolos. No se puede destruir a todos los espías, pero se puede y se debe crear una organización que los desenmascare y que eduque a la masa obrera.)
MÁS SOBRE LA CENTRALIZACIÓN Y DESCENTRALIZACIÓN DE LAS ORGANIZACIONES ILEGALES DEL PARTIDO
Si la dirección ideológica y práctica del movimiento y de la lucha revolucionaria del proletariado exige el máximo de centralización, por el contrario, la información del Centro del Partido (y por consecuencia de todo el Partido en general) sobre el movimiento exigen el máximo de descentralización. El movimiento debe ser dirigido por un mínimo de grupos, lo más homogéneo posible, con experiencia de revolucionarios profesionales. Pero deben participar en el movimiento el máximo de grupos, tan diferentes y heterogéneos como sea posible, salidos de las más diversas capas del proletariado (y de las otras clases del pueblo). Y el Centro del Partido debe tener siempre bajo sus ojos sobre cada uno de esos grupos no solamente datos exactos acerca de su actividad, sino también los más completos datos sobre su composición. Debemos centralizar la dirección del movimiento. Debemos también (y por eso mismo, pues sin información, no hay centralización posible) descentralizar todo lo posible la responsabilidad ante el Partido, de cada uno de sus miembros, de cada participante en el trabajo, de cada círculo adherente o adjunto al Partido. Esta descentralización es la condición indispensable en la centralización revolucionaria y su correctivo imprescindible. Justamente cuando la centralización se lleve a cabo y tengamos órgano Central y Comité Central es cuando la posibilidad; y no sólo la posibilidad, sino la costumbre regular adquirida en una larga práctica de que el más pequeño de los grupos se dirija a ellos, eliminará las posibles malas consecuencias de un error fortuito en la composición de tal o cual comité local. Sobre todo, hoy, que nos acercamos a la unificación real del Partido y a la creación de un verdadero Centro dirigente, debemos recordar que ese Centro será impotente si al mismo tiempo no procedemos al máximo de descentralización en lo que concierne a su responsabilidad y a su información sobre todos los engranajes de la máquina del Partido. Esta descentralización no es otra cosa que el reverso de la división del trabajo que, según la opinión general, es una de las necesidades más imperiosas de nuestro movimiento.
LENIN Y LOS SINDICATOS ILEGALES
En el mismo ¿Qué hacer?, Lenin concede una gran atención a la cuestión de los sindicatos ilegales. Esta cuestión tiene un enorme valor de actualidad, pues en un número considerable de países la clase obrera está en la imposibilidad, no sólo de tener un Partido Comunista legal, sino de tener siquiera sindicatos de clase legales, y el número de esos países aumenta a medida que progresa el desmoronamiento del sistema capitalista. Y esta parte del ¿Qué hacer? da también valiosas indicaciones prácticas a los dirigentes contemporáneos del movimiento obrero revolucionario.
Ante todo, Lenin se pronuncia categóricamente por el establecimiento, desde el comienzo, de una diferencia netamente marcada entre las organizaciones del Partido y las de los sindicatos. Lenin escribe:
La organización de un partido socialdemócrata revolucionario debe necesariamente ser de otro género que la organización de los obreros para la lucha económica. La organización de los obreros debe ser, en tercer lugar, lo menos clandestina posible (en esto y en lo que sigue me refiero solamente a la Rusia autocrática). Por el contrario, la organización de los revolucionados debe englobar ante todo y principalmente a gentes cuya profesión es la acción revolucionaria (es ésta la razón, por otra parte, de que hable de una organización de revolucionarios, refiriéndome a los revolucionarios socialdemócratas).
Las organizaciones para la lucha económica deben ser organizaciones sindicales. Todo obrero socialdemócrata debe, en todo lo posible, sostener esas organizaciones y trabajar activamente en ellas. Es verdad. Pero no nos interesa exigir que sólo los socialdemócratas puedan ser miembros de las uniones «corporativas»: eso restringiría el alcance de nuestra influencia sobre las masas... Y mientras más amplias sean, más se extenderá nuestra influencia sobre ellas no sólo por el desarrollo «espontáneo» de la lucha económica, sino también por la acción consciente y directa de los miembros socialdemócratas de los sindicatos sobre sus camaradas. Pero en una organización numerosa es imposible una conspiración estricta (pues exige mucha más preparación que la participación en la lucha económica). ¿Cómo conciliar la contradicción entre la necesidad de unos efectivos numerosos y el régimen clandestino? ¿Cómo lograr que las organizaciones corporativas sean lo menos clandestinas posible? Sólo hay dos medios: legalización de las uniones corporativas (que en algunos países ha precedido a la de las uniones socialistas y políticas) o el mantenimiento de la organización secreta, pero tan «libre», tan poco fija, tan «lose», como dicen los alemanes, que, para la masa de los miembros el régimen clandestino sea reducido casi a la nada.
Lenin se pronuncia categóricamente contra la tentativa, de los elementos oportunistas de la socialdemocracia rusa de entonces, de dar a los sindicatos ilegales la forma de una organización completa con estatutos fijos:
Para encaminar el movimiento sindical incipiente por la vía deseada por la socialdemocracia, hay que comprender ante todo lo absurdo del plan que preconizan desde hace cerca de cinco años los «economistas» de Petersburgo. Ese plan está expuesto en el Estatuto de la Clase Obrera, de julio de 1897, y en el Estatuto de la Organización Obrera Sindical de octubre de 1900. Esos dos documentos tienen un defecto esencial: exponen todos los detalles de una vasta organización obrera, a la cual confunden con la organización de revolucionarios.
Pero lo más característico es quizás la pesadez de todo ese «sistema» que trata de ligar cada fábrica al «comité» por medio de una serié continua de reglas uniformes minuciosas hasta el ridículo, y que instituye un sistema electoral de tres grados. Oprimida por la concepción estrecha del economismo, la idea se desmenuza en detalles que tienen todo el aire de papeleos y burocratismo. En realidad, los tres cuartos de esos artículos no se aplican nunca, y en cambio, una organización tan «clandestina», con un grupo central en cada fábrica, facilita considerablemente a los gendarmes una vasta vigilancia. Los polacos han pasado ya por esta fase del movimiento; hubo un tiempo en que se entusiasmaban por las cajas obreras; pero renunciaron a ellas bien pronto.
Si queremos amplias organizaciones obreras al abrigo de las grandes batidas y si no queremos procurar placer a la gendarmería, debemos proceder de modo que no sean organizaciones oficiales, reglamentadas...
Un pequeño núcleo compacto, compuesto de los obreros más seguros, más experimentados y mejor templados, con hombres de confianza en los principales barrios y ligado de manera rigurosamente clandestina a la organización de revolucionarios, el Partido, podría perfectamente cumplir, con el concurso de las masas y sin ningún reglamento, todas las funciones que incumben a una organización sindical y además cumplirlas en la forma más deseable para la socialdemocracia. Solamente así se podrá, a despecho de todos los gendarmes, consolidar y desarrollar un movimiento sindical socialdemócrata.
EL ÓRGANO CENTRAL
Al hablar de la edificación de un Partido Comunista ilegal Lenin concedía una atención muy especial al órgano central del Partido. Insiste en esto cada vez que estudia las cuestiones del refuerzo del Partido. En el ¿Qué hacer?, la cuestión relativa al órgano central del Partido es expuesta en las elocuentes líneas que siguen:
El contenido de la actividad fundamental de nuestro Partido, el foco de esa actividad debe consistir en el trabajo que es posible y necesario, tanto en los períodos de la más fuerte explosión como en los de calma completa, es decir, en una agitación política unificada para toda Rusia, tratando todos los aspectos de la vida y dirigiéndose a las más grandes masas. Ahora bien, ese trabajo no podría concebirse en la Rusia actual sin un periódico nacional que aparezca frecuentemente. La organización que se forma por sí misma en torno de ese periódico, la organización de sus colaboradores (en el amplio sentido de la palabra, es decir, de todos los que se ocupan de él) estará precisamente pronta a todo, tanto para salvar el honor, el prestigio y la tradición del Partido en los momentos de la peor «depresión» revolucionaria, como para preparar, fijar y realizar la insurrección armada de todo el pueblo.
Figúrense, en efecto, el caso, muy común entre nosotros, de que todos nuestros militantes sean arrestados en una o en varias localidades. Como todas las organizaciones locales carecen de una regular obra común, a menudo sigue a esto una interrupción en la actividad por varios meses. Pero si contasen con una obra común, bastarían, en el peor de los casos, algunas semanas para que dos o tres hombres enérgicos ligasen al organismo central nuevos círculos de jóvenes, que, como es sabido, surgen muy rápidamente ahora, y que surgirían y se pondrían en relación con ese centro aún más rápidamente, si tuviéramos una obra común bien visible, conocida por todos.
Por otra parte, figúrense una insurrección popular. Hoy nadie negará, probablemente, que sea necesario pensar y prepararse a ella. Pero, ¿cómo? ¿Por un comité central que designaría agentes en todas las localidades para prepararlas? Aun si tuviéramos un comité central y llegara a tomar esa medida, no lograría nada en las actuales condiciones de Rusia. Por el contrario, una red de agentes que se hubiese formado por iniciativa propia, trabajando en la creación y en la difusión de un periódico central, no se contentaría con esperar «con los brazos cruzados» la consigna de la insurrección; esos agentes realizarían una obra regular que les garantizaría en caso de insurrección las mayores probabilidades de éxito. Es esta obra precisamente la que reforzaría el lazo con las masas obreras y con todas las capas de la población descontentas de la autocracia, lo cual es de tanta importancia para la insurrección. Los que realizasen esa obra son precisamente los que aprenderían por ella a apreciar exactamente la situación política general y, por consiguiente, a escoger el momento favorable para la insurrección. Todas las organizaciones locales aprenderían precisamente a reaccionar simultáneamente frente a los problemas, incidentes o, acontecimientos que conmueven a toda Rusia, a hacerse eco de esos «acontecimientos» en la forma más enérgica, más uniforme y más racional posible, pues, en el fondo, la insurrección es la «respuesta» más enérgica, la más uniforme y la más racional de todo el pueblo al gobierno. Esto es lo que enseñaría, en fin, precisamente a todas las organizaciones revolucionarias, de todos los rincones de Rusia a mantener las relaciones más regulares y al mismo tiempo más clandestinas, relaciones que crean en la práctica la unidad del Partido, y sin las cuales es imposible debatir colectivamente un plan de insurrección y tomar, en vísperas de esta última, las medidas preparatorias necesarias, que deben mantenerse en el más estricto secreto.
En una palabra, el «plan de un periódico político para toda Rusia» no es una obra teórica de doctrinarios atacados de literaturismo (como pueden haber creído gentes que no han reflexionado suficientemente): es el procedimiento más práctico para ponerse a la obra en todas partes y prepararse para la insurrección, sin olvidar ni por un instante el trabajo cotidiano.
RESOLUCIÓN DE 1908, RELATIVA A LA ORGANIZACIÓN
La revolución de 1905 y la reacción que la siguió confirmaron plenamente los principios de la edificación del Partido formulados por Lenin en su ¿Qué hacer?. La resolución sobre la organización adoptada por la colaboración de Lenin, a la cual más adelante nos referimos, generaliza en la forma siguiente la experiencia de organización del Partido Bolchevique en este período.
Considerando que:
1. Aunque el triunfo de la contrarrevolución crea en la hora presente unaindiferencia pasajera frente al Partido en el seno de las masas obreras, animadas de espíritu revolucionario pero todavía poco consciente desde el punto de vista socialista, el Partido continúa teniendo ante sí la tarea fundamental del desarrollo de la agitación política y económica y del trabajo de organización entre las más amplias masas obreras.
2. Que ese triunfo de la reacción, habiendo alejado la realización de lasconsignas democráticas del Partido, pone fuera del Partido a todos los elementos vacilantes formados por intelectuales y pequeñoburgueses que se habían adherido al movimiento obrero principalmente con la esperanza de ver el triunfo próximo de la revolución.
3. Que las nuevas condiciones políticas hacen cada vez más imposible laorganización de la actividad socialdemócrata en los marcos de las organizaciones obreras legales o semilegales.
4. Que las instituciones dirigentes del Partido se componen cada vez másde elementos conscientes del proletariado que profundizan su consciencia de clase bajo la acción de la experiencia vivida en los años revolucionarios.
5. Que las condiciones actuales del trabajo hacen imposible aplicar elprincipio de la construcción democrática de la organización en toda su plenitud.
La Conferencia estima que:
A) El Partido debe acordar una atención especial a la utilización y alrefuerzo de las organizaciones existentes y a la formación de nuevas organizaciones ilegales, semilegales y, si es posible, legales, susceptibles de servir al Partido de punto de apoyo en el trabajo de agitación, de propaganda y en el de organización práctica entre las masas, como reuniones de fábrica, círculos de propaganda, clubs y toda clase de asociaciones obreras culturales y de sindicatos legales e ilegales, etc. Todo ese trabajo no será posible y fructífero más que si en cada empresa industrial existen comités obreros exclusivamente del Partido, aunque sean poco numerosos, pero estrechamente ligados a las masas, y si el conjunto del trabajo en las organizaciones legales es dirigido por la organización ilegal del Partido.
B) Para unificar el trabajo del Partido en la periferia es necesario;
a) Organizar en cada región centros regionales que deben no sólo prestarayuda técnica a las organizaciones locales, sino también mediante la orientación ideológica y reconstituirlas en caso de ser descubiertas por la policía.
b) Establecer los más estrechos lazos entre las organizaciones locales yregionales y el Comité Central.
c) Para asegurar el continuo y acertado funcionamiento de las organiza-ciones locales, es admisible que se recurra a la aplicación parcial del principio de cooptación: los miembros cooptados deben ser reemplazados en la primera ocasión por camaradas legalmente electos, según los estatutos. En cuanto al contenido del trabajo de organización, la Conferencia estima que, además de la agitación política y económica, referente al momento actual de que habla la resolución sobre las tareas del Partido y sobre la fracción de la Duma, el Partido debe conceder una atención especial a la profundización de las concepciones socialdemócratas en el seno de amplios círculos de camaradas del Partido, y especialmente a la formación de dirigentes prácticos y teóricos del movimiento socialdemócrata tomados en los medios obreros.
RESOLUCIÓN DE 1913, SOBRE ORGANIZACIÓN
Esta resolución sobre organización, adoptada por la Conferencia del Partido de 1908, es completada por las resoluciones de la Conferencia del Comité Central bolchevique celebrada en febrero de 1913, con la participación de los miembros activos del Partido. Esta Conferencia, que tuvo lugar igualmente bajo la dirección de Lenin, adoptó la siguiente resolución sobre la estructura de la organización ilegal:
1. Resumiendo el movimiento y el trabajo del Partido en el curso del año1912, la Conferencia encuentra que: la nueva ola del movimiento revolucionario de masas ha confirmado plenamente las decisiones anteriores del Partido Obrero Social-Demócrata de Rusia y particularmente las de la Conferencia que tuvo lugar en enero de 1912 sobre la reconstitución del Partido. El curso de las luchas huelguísticas en 1912, la campaña electoral de los socialdemócratas en ocasión de las elecciones a la VI Duma, la marcha de la campaña por el seguro social han patentizado de una manera evidente que el único tipo de estructura de organización que conviene a la época presente es el partido ilegal, como conjunto de las células del Partido, en torno de las cuales se agrupa toda una red de asociaciones obreras legales y semilegales.
2. La adaptación de las formas de la organización ilegal a las condicioneslocales debe ser obligatoria. La diversidad de formas que permita encubrir las células ilegales, la mayor flexibilidad posible en la adaptación de las formas de trabajo a las condiciones y costumbres locales, son la garantía de la vitalidad de la organización ilegal.
3. La tarea principal en el dominio de la edificación de Organizacionesconsiste en la hora actual en la formación de comités ilegales exclusivamente del Partido en todas las fábricas y empresas, que deberán comprender a los elementos obreros más activos. El formidable desarrollo del movimiento obrero crea las condiciones que permiten reconstituir los comités de fábrica del Partido y consolidar los existentes en la mayor parte de los casos.
4. La Conferencia considera que ha llegado el momento de constituir lospequeños grupos locales dispersos en organización dirigente en cada Centro.
5. Así, en Petersburgo, el comité dirigente de la ciudad, creadocombinando en principio de la elegibilidad de las células de radio y el de cooptación, resultó el tipo de una organización urbana.
Este tipo de organización permite establecer la más estrecha e inmediata ligazón entre el organismo dirigente y las células de base, y al mismo tiempo crear un órgano ejecutivo, reducido en cuanto a su composición, pero movible y muy secreto, que tiene el derecho de obrar en todo momento en nombre del conjunto de la organización. La Conferencia recomienda igualmente a los demás centros del movimiento obrero ese tipo de organización, con las modificaciones que se desprenden de las condiciones y costumbres locales.
III
LENIN Y LAS FORMAS SUPERIORES DE LA LUCHA DE CLASES
En octubre de 1905, Lenin redactó un proyecto de artículo concebido en la siguiente forma:
a) Cómo preparar y organizar una insurrección. «El pueblo no es un ejército, los revolucionarios no son “jefes”.» (Estas palabras son extraídas de la proclama escrita por A. A. Bogdánov.) Es verdad, pero nosotros crearemos el ejército revolucionario a nuestra manera.
1) Los trabajos comienzan ya en todas partes de Rusia.
2) La experiencia de Polonia, del Cáucaso, los ataques de Riga.
3) Ver el número 14 de Iskra.
Nuestras propias patrullas revolucionarias
4) Destacamentos de 3 a 5 personas. Se arman ellas mismas comopuedan (revólver, puñal, bomba, trapo empapado en petróleo).
5) Comienzo de las operaciones militares: muerte de los agentes depolicía, asaltar las prisiones, asalto a los bancos, puestos de policía, de gendarmería, de las instituciones de censura y otras; exterminación de los caballos de los cosacos e incendio de sus cuarteles, etc
6) Son deseables y necesarios los bureaux centrales; pero ellos no debensobreestimar su papel durante una vasta insurrección popular. La actitud de los destacamentos frente al Partido.
7) Ataque contra los «Cien Negros».
8) Acción durante las demostraciones y las huelgas. Prepararse por anticipado.
9) Antes de eso, organizar en los círculos conferencias sobre temasmilitares.
1) Lectura y discusión de artículos sobre combates y barricadas. Buscay ocupación de alojamientos que han de servir de base a las acciones militares.
2) Estudio del plano de la ciudad y de los radios.
3) Conseguir los planos de las prisiones, etc.…
4) Conseguir las direcciones de las personas peligrosas y de lasautoridades.
5) Hacer maniobras, teniendo por objeto el descubrimiento delenemigo.
6) Preparar las bombas.
7) Preparar los planos técnicos para operaciones aisladas. Múltiplestareas del grupo de iniciativa.
Consejos de Cluzer sobre la ocupación de las casas.
b) Objetivos de los destacamentos del ejército revolucionario.
1) Acción militar independiente.
2) Dirección de las masas.
3) Los destacamentos podrán ser de diversas proporciones, a partir de 2 o 3 hombres.
Los destacamentos deben armarse por sí mismos, cada uno con lo que tenga a su disposición (fusil, revólver, bomba, porra, bastón, trapos empapados en petróleo para incendiar, cuerdas o escalas de cuerda, palas para la construcción de barricadas, cartuchos de piroxilina, alambre de púa, clavos, etc., etc.). En ningún caso hay que esperar ayuda de fuera de la organización superior inmediata, sino tratar de procurarse por sí mismos todo lo necesario.
Los destacamentos deben estar compuestos, a ser posible, de personas que vivan próximas unas de otras o que se encuentran regularmente a horas fijas (lo mejor sería ambas cosas a la vez, pues los encuentros regulares podrán ser interrumpidos cuando surja la insurrección). Su tarea consiste en arreglarse de modo que puedan encontrarse todos juntos en los momentos críticos y en las condiciones más inesperadas. Cada destacamento, pues, debe establecer por adelantado los procedimientos y los medios para una acción simultánea: señales en las ventanas, etcétera, para reunirse lo más rápido posible, gritos o silbidos convenidos para encontrar a los camaradas entre la multitud, señales convenidas en caso de encuentros nocturnos, etc., etc.
Todo hombre enérgico puede, con 2 o 3 camaradas, encontrar toda una serie de reglas y procedimientos semejantes que hay que establecer, conocer bien y en cuya aplicación habrá que ejercitarse. No olvidemos que hay 99 probabilidades sobre 100 de que los acontecimientos surjan de improviso y que habrá que reunirse en condiciones terriblemente difíciles.
Y aun sin armas los destacamentos pueden desempeñar uno de los papeles más serios: 1) dirigir la multitud; 2) atacar oportunamente a un guardia municipal, un cosaco, aislado por azar de su compañía (casos en Moscú) quitándoles las armas; 3) salvar presos o heridos cuando la policía es poco numerosa; 4) apostarse en los tejados o pisos altos y arrojar piedras sobre las tropas; 5) verter agua hirviendo, etc. Un destacamento bien organizado y bien unido representa una fuerza enorme. En ningún caso hay que renunciar a la formación de un destacamento, o aplazar su formación con el pretexto de carecer de armas.
Los destacamentos deben, a ser posible, repartirse las funciones de antemano, haciendo a veces previamente la elección del dirigente, del jefe del destacamento. Claro está que no se trata de ocuparse de jugar a nombramientos de jefes, pero no hay que olvidar la importancia gigantesca de la dirección uniforme, de la acción rápida y decisiva. La decisión, el impulso aseguran las ¾ partes de la victoria.
Inmediatamente formados, es decir, ya desde ahora, los destacamentos deben poner manos a la obra, que no sólo será teórica sino también práctica. El trabajo teórico debe comprender, a nuestro juicio, el estudio de las ciencias militares, el familiarizarse con las cuestiones militares, la lectura de informes sobre cuestiones militares, la invitación de oficiales y suboficiales a las conversaciones, etc., etc. Se debe invitar también a los obreros exsoldados, leer, discutir y estudiar los folletos ilegales y los periódicos sobre combates de calle, etc.
Los trabajos prácticos, repetimos, deben comenzar inmediatamente. Se dividirán en trabajos preparatorios y en operaciones militares. Los trabajos preparatorios comprenden la recogida de armas y toda clase de proyectiles, la busca de alojamientos apropiados para facilitar los combates desde lo alto, para depósito de bombas y piedras, etc., o de ácidos para verter sobre los policías, etcétera, etcétera, así como para locales cómodos del Estado Mayor, para recoger informaciones, para ocultar a los camaradas perseguidos, para dar abrigo a los heridos, etc., etc. Las medidas preparatorias comprenden, además, los trabajos inmediatos de investigación y reconocimiento, la averiguación de planos de las prisiones, de los puestos de policía, de los ministerios, etc., el estudio de la distribución del trabajo de las instituciones del Estado, los Bancos, etc., el examen de las condiciones de vigilancia de esas instituciones, el establecimiento de ligazones, siendo útil aprovechar a empleados en la policía, en los bancos, en los juzgados, en las prisiones, en correos y telégrafos, etc. La localización de los depósitos de armas y de todos los almacenes de armas de la ciudad, etc. Hay ahí una infinita cantidad de trabajo, y de trabajo en el cual cada uno podrá ser de gran utilidad, hasta las personas completamente incapaces de participar en un combate de calle, las personas más débiles, las mujeres, los adolescentes, los ancianos, etcétera. Ya desde ahora, debemos agrupar en esos destacamentos, absolutamente y sin excepción, a todos los que quieran participar en la insurrección, puesto que no hay ni puede haber un solo hombre que, queriendo trabajo, no sea de una inmensa utilidad, aunque esté desarmado, aunque sea individualmente inepto para la lucha.
Luego, sin limitarse de ningún modo solamente a las actividades preparatorias, los destacamentos del ejército revolucionario deben pasar lo más rápidamente posible a las acciones de combate, a fin de: 1) ejercitar las fuerzas de combate; 2) enterarse de los lados débiles del enemigo; 3) infligir al enemigo derrotas parciales; 4) libertar a los presos; 5) proveerse de armas; 6) hallar los medios financieros para la insurrección (confiscación de dinero al Estado), etc., etc. Los destacamentos pueden y deben inmediatamente aprovechar todo momento oportuno para un trabajo vivo, sin tratar de aplazarlo en modo alguno hasta el momento de la insurrección, puesto que sin una preparación en el fuego, no es posible adquirir la capacidad para la insurrección.
Es evidente que todo extremismo es nocivo. Todo lo bueno y lo útil, llevado al extremo, puede convertirse, y en ciertos casos se convierte inevitablemente, en nocivo y peligroso. Un pequeño terror desordenado y sin preparación, llevado al extremo, no hará sino dividir y desparramar las fuerzas. Esto es exacto, y no debe, naturalmente, echarse en olvido. Pero, por otra parte, tampoco debe olvidarse de ningún modo que la consigna de la insurrección armada está ya lanzada, que la insurrección ya ha comenzado.
Empezar la ofensiva en condiciones favorables no es sólo un derecho, sino la obligación de todo revolucionario. La muerte de espías, policías, gendarmes, la explosión de los puestos de policía, la liberación de presos por la fuerza, el apoderarse de medios financieros del Estado para emplearlos al servicio de la insurrección, son operaciones que se llevan a cabo en todas partes donde la insurrección se extiende: en Polonia, en el Cáucaso, y cada destacamento del ejército revolucionario debe estar pronto para esas operaciones. Cada destacamento debe tener presente que si hoy deja escapar una buena ocasión para una operación semejante, ese destacamento será el culpable de una inactividad imperdonable y de pasividad, y una falta semejante cometida en la época de la insurrección, es un crimen gravísimo para una revolucionario y el oprobio más grande para todo el que aspira a la libertad no de palabra, sino de hecho.
En cuanto a la composición de los destacamentos se puede decir lo siguiente: la experiencia demostrará la cantidad de miembros deseables y la distribución de sus funciones. Es preciso adquirir personalmente esta experiencia, sin esperar indicaciones de fuera. Hay que pedir, naturalmente, a la organización revolucionaria local, que designe a un revolucionario-militar para las conferencias, conversaciones, consejos, etcétera, pero a falta de ese compañero, es imprescindible arreglarse con sus propios medios.
En lo que concierne a la diversidad de partidos, claro está que los miembros de un mismo partido preferirán hallarse juntos; en un mismo destacamento. Pero no hay que poner tampoco obstáculos incondicionales a la admisión de miembros de otros partidos. Es precisamente aquí donde debemos realizar la unificación, el acuerdo práctico (sin ningún fusionamiento de partido, se entiende) del proletariado socialista con la democracia revolucionaria. Todo el que quiera combatir por la libertad y demuestre en los hechos su decisión, podrá contarse entre el número de los demócratas revolucionarios; debemos tratar de trabajar con él en la preparación de la insurrección (naturalmente, en caso de tener plena confianza en dicha persona o grupo). Todos los demás «demócratas» deben ser separados categóricamente, como pseudodemócratas, como charlatanes liberales, a quienes no se debe tener en cuenta y respecto a los cuales sería criminal tener confianza.
Naturalmente, es deseable la unificación de los grupos. La determinación de las formas y condiciones para una actividad con junta es extremadamente útil. Pero en ningún caso se debe, al realizarla, caer en el extremo de elaborar planes complejos, esquemas generales, desdeñar la acción viva en aras de fantasías pedantes, etc. La insurrección estallará inevitablemente en condiciones en que los elementos inorganizados serán mil veces más numerosos que los organizados; serán inevitables los casos en que habrá que obrar en el acto, entre dos, solos, y hay que estar prontos para obrar por cuenta y riesgo propios. Las pérdidas de tiempo, las discusiones, los aplazamientos, la indecisión es la pérdida de la insurrección. Una gran decisión, una gran energía, el aprovechamiento de todo momento oportuno, saber excitar inmediatamente las pasiones revolucionarias de la muchedumbre, dirigirlas, empujarlas hacia las acciones más decididas, es el deber primordial de un revolucionario.
La lucha contra los «Cien Negros» constituye una magnífica operación militar, que sirve de entrenamiento para los soldados del ejército revolucionario, es su bautismo de fuego, y es de una inmensa utilidad para la revolución. Los destacamentos del ejército revolucionario deben hacer un estudio inmediato de quiénes, dónde y cómo componen los «Cien Negros», y luego, no limitarse solamente a la propaganda (que es útil, pero que por sí sola no basta), sino obrar por medio de las armas, golpear a los «Cien Negros», matarlos, hacer volar sus cuarteles generales, etcétera, etcétera.
CARTA DEL CAMARADA LENIN
AL COMITÉ DE PETERSBURGO
He aquí la respuesta que dio Lenin en octubre de 1905 a los camaradas del Comité de Combate de Petersburgo con respecto a un informe enviado por ellos sobre la actividad del Comité:
Queridos camaradas:
Muy agradecido por el envío: 1, del informe del Comité de Combate; 2, apuntes sobre la cuestión de la organización y preparación de la insurrección, y 3, esquemas de organización. Después de haber leído estos documentos, considero de mi deber dirigirme directamente al Comité de Combate para un cambio de opiniones entre camaradas. Huelga decir que no pretendo hacer un juicio sobre la forma de la organización práctica del asunto, que se hace todo lo posible en las difíciles condiciones actuales en Rusia; en esto (estoy seguro) no cabe duda alguna. Pero, a juzgar por los documentos, el asunto amenaza con degenerar en burocratismo. Todos esos esquemas, todos esos planes de organización del Comité de Combate dan la impresión de un papeleo burocrático, perdonad mi franqueza, pero confío que no me acusaréis de querer buscar camorra. En una obra semejante, los esquemas, las discusiones sobre las funciones y derechos del Comité de Combate son los menos convenientes. Lo que se necesita es una rabiosa energía, energía y, una vez más, energía. Con verdadero horror –palabra– veo que hace más de seis meses que se está perorando de bombas, pero que no ha sido fabricada hasta la fecha ninguna. Y, sin embargo, son hombres muy sabios los que hablan... ¡Diríjanse a la juventud! Es ésta la sola, la única panacea universal. De lo contrario, les doy mi palabra, llegarán tarde (lo veo por todos los síntomas) y quedarán con las «sabias» notas, planes, esquemas, diseños, maravillosas recetas, pero sin organización, sin actividad palpitante. ¡Diríjanse a la juventud! Creen enseguida destacamentos de combate en todas partes, entre los estudiantes y, sobre todo, entre los obreros, etcétera. Que se organicen inmediatamente destacamentos de tres, diez, treinta hombres. Que se armen inmediatamente por sí mismos, cada cual como pueda y con lo que pueda, quien con un revólver, quien con un puñal, quien con un trapo empapado en petróleo para el incendio, etc. Que esos destacamentos elijan ya sus dirigentes y se pongan, en lo posible, en relación con el Comité de Combate. Echen al cesto, por el amor de Cristo, todos esos esquemas, manden a todos los diablos las «funciones, derechos y privilegios». No exijan la adhesión obligatoria del partido socialdemócrata; sería una exigencia absurda para una insurrección armada. No se nieguen a entrar en relaciones con cada círculo, aunque esté compuesto por tres personas, con la única condición de que sea de toda confianza y que esté decidido a luchar contra el ejército zarista. Que los círculos que lo deseen se adhieran al partido socialdemócrata, perfectamente; pero yo estimaría absolutamente erróneo exigirles eso como condición previa.
El papel del Comité de Combate anexo al Comité de Petersburgo debe ser el siguiente: ayudar a esos destacamentos del ejército revolucionario a servir de «bureau» de ligazón, etc. Sus servicios serán aceptados voluntariamente por todo destacamento. Pero si en una actividad semejante comienzan ustedes por los esquemas, discursos sobre los «derechos» del Comité de Combate, harán ustedes fracasar la obra, se lo aseguro, la harán fracasar irremisiblemente.
En esto hay que obrar por medio de una vasta propaganda. Que cinco o diez personas recorran en una semana centenares de círculos obreros y estudiantiles, penetren donde sea posible y que expongan un plan claro, un plan breve, simple y concreto; formad inmediatamente destacamentos, armaos con lo que podáis, trabajad con todas vuestras fuerzas, nosotros os ayudaremos con lo que podamos, pero no esperéis de nosotros, trabajad por vuestra cuenta.
El centro de gravedad en una obra de esta clase es la iniciativa de la masa de los pequeños círculos. Ellos lo harán todo. Creo que se puede medir la efectividad del trabajo del Comité de Combate por el número de círculos con que esté en relación. Si en uno o dos meses de Comité de Combate no dispone en Petersburgo de un mínimo de doscientos o trescientos destacamentos, es un Comité de Combate muerto. En ese caso, hay que enterrarlo. Si en momentos de una efervescencia como la actual no se consigue organizar un centenar de destacamentos significa estar al margen de la vida.
Los propagandistas deben dar a cada destacamento breves y sencillas fórmulas de preparación de bombas, hacer una exposición elemental del conjunto de las operaciones y luego dejarlos trabajar por cuenta propia. Los destacamentos deben comenzar enseguida los ejercicios militares. Unos emprenderán la tarea de liquidar un espía, volar un puesto de policía, otros el asalto a un banco para la confiscación de medios parada insurrección; los terceros, una maniobra o la copia de planos, etc. Pero obligatoriamente hay que comenzar a aprender ya, en la práctica, no tienen ustedes que temer estos ataques de ensayo. Naturalmente, pueden degenerar en excesos, pero éste es un mal del día de mañana, mientras que hoy el mal está en la estrechez de nuestro espíritu, en nuestro apego a la doctrina, en la inmovilidad científica, en el miedo senil a la iniciativa. ¡Que cada destacamento haga su aprendizaje aunque sea en el aporreamiento de los guardias municipales: las decenas de víctimas no harán sino dar centenares de combatientes experimentados que mañana arrastrarán tras sí a centenares de miles!
Un fuerte apretón de manos y les deseo muchos éxitos. Lejos de mí la idea de insistir en que acepten mí punto de vista, pero considero un deber hacer uso de voz deliberativa.
Vuestro,
Lenin
LAS ENSEÑANZAS DE LA INSURRECCIÓN DE MOSCÚ
En un artículo sobre las enseñanzas de la insurrección de Moscú, Lenin da directivas sobre cómo hay que prepararse y dirigir una insurrección, que por su claridad y precisión no han sido jamás superadas por nadie. Ante todo, Lenin ataca al ala derecha del Partido (mencheviques) que afirmaba que «no se puede luchar contra el ejército de hoy, que hay que esperar que el ejército se revolucionarice». Lenin plantea ante el Partido la tarea de luchar por la conquista del ejército: «No hay que limitarse a la simple “espera” de que el ejército “pase” a nuestro lado; no, nosotros debemos tocar a rebato sobre la necesidad de la más enérgica y decidida lucha por la conquista del ejército vacilante».
Lenin consideraba como una de las más grandes enseñanzas de la insurrección de Moscú la «nueva táctica de barricadas», la táctica de guerra de guerrillas sobre la base de destacamentos muy pequeños, de diez, de tres y hasta de dos personas.
Lenin terminaba su artículo sobre la insurrección de Moscú con las siguientes palabras:
Retengamos en nuestra memoria que la gran lucha de masas se está aproximando. Será una insurrección armada. Y debe ser, en lo posible, simultánea. Las masas deben saber que van a una lucha armada, sangrienta, desesperada. El desprecio a la muerte debe ser difundido entre las masas y asegurar la victoria. El ataque contra el enemigo debe ser lo más enérgico; el ataque y no la defensa debe ser la consigna de las masas; la exterminación despiadada del enemigo será su tarea; la organización de la lucha debe ser móvil y flexible. Los elementos vacilantes del ejército serán arrastrados a la lucha activa. El Partido del proletariado consciente deberá cumplir su deber en esta grandiosa lucha.
Las enseñanzas prácticas de la insurrección de Moscú fueron tratadas por Lenin en forma más detallada en el folleto La disolución de la Duma y las tareas del proletariado.
En tal folleto los capítulos IV y V son dedicados especialmente a las cuestiones de la insurrección armada. Lenin establece ante todo que en Octubre de 1905 los Soviets de Diputados Obreros fueron constituidos como órganos de lucha directa de masas.
LOS SOVIETS COMO ÓRGANOS DE LA INSURRECCIÓN
Lenin establece que:
Los Soviets de Diputados Obreros surgieron como órganos de lucha huelguística y se convirtieron muy pronto, por la presión de la necesidad, en órganos de la lucha revolucionaria general contra el gobierno. Se transformaron forzosamente, como consecuencia del desarrollo de los acontecimientos y del paso de la huelga a la insurrección, en órganos de la insurrección.
Y puesto que es así –sigue más adelante Lenin– surge clara también la conclusión de que los «Soviets» y demás instituciones de masas semejantes son insuficientes para organizar la insurrección. Son indispensables para la organización de las masas, para la unificación en el combate, para la difusión de las consignas del Partido (o de varios partidos puestos de común acuerdo), para la dirección política, para suscitar el interés, para despertar, atraer a las masas. Pero son insuficientes para organizar las fuerzas directas de combate, para organizar la insurrección en el más estricto sentido de la palabra. A menudo, los Soviets de Diputados Obreros eran llamados parlamentos de la clase obrera. Pero ningún obrero aceptará la convocación de su parlamento para luego entregarlo en manos de la policía. Todo el mundo reconoce la necesidad de la organización inmediata de las fuerzas, la necesidad de crear una organización militar para la defensa de su «parlamento» en forma de destacamentos de obreros armados. Ahora, cuando el gobierno sabe por experiencia y comprende perfectamente adónde conducen los «Soviets», ahora que se ha armado de pies a cabeza.... debemos muy particularmente explicar en nuestra agitación la necesidad de ver las cosas con toda claridad, la necesidad de crear una organización militar al lado de la organización de los Soviets, para su defensa, para realizar la insurrección, sin lo cual serán impotentes todos los Soviets y todos los delegados de las masas populares.
LAS ORGANIZACIONES MILITARES
En ese mismo folleto, Lenin da indicaciones detalladas sobre lo que deben representar esas «organizaciones militares»:
Deben tender a agrupar a las masas no por medio de las instituciones electas, sino reclutando los combatientes directamente comprometidos en combates de calle y en la guerra civil. Estas organizaciones deben tener como célula pequeñísimas uniones voluntarias de grupos de 10, 5 y hasta de 3 personas. Hay que repetir sin tregua que se acerca el momento en que todo ciudadano honrado debe sacrificarse y luchar contra los opresores del pueblo. Menos formalismo, menos burocratismo, más sencillez dentro de la organización, que debe tener el máximo de movilidad y flexibilidad. Todos los que quieran colocarse al lado de la libertad, deberán formar enseguida un «quinteto» de combate: una unión voluntaria de personas de la misma profesión, de la misma fábrica, de personas unidas por lazos de amistad o camaradería, o simplemente vecinos de una misma localidad (en una aldea) o casa (en la ciudad). Estas uniones, tanto de miembros del Partido como de sin partido, deberán estar ligadas por una misma tarea revolucionaria inmediata: la insurrección contra el gobierno. Estas uniones deben formar una red lo más amplia posible, constituirse antes de recibir arma alguna, e independientemente de la cuestión de las armas.
Ninguna organización del Partido podrá «armar» a las masas. Por contra, la organización de las masas en pequeñas uniones de combate fácilmente movibles son las que prestarán un enorme servicio durante el movimiento en la provisión de armas.
Las uniones de combate voluntarias, «piquetes de milicia», si tomamos el nombre que ha hecho tan gloriosas las jornadas de octubre en Moscú, serán de grandísimo provecho en el momento de la explosión. Un «piquete» que sepa disparar podrá desarmar al guardia municipal, atacar de improviso una patrulla, conseguir las armas que necesite. Un piquete formado por personas que no sepan disparar o que no hayan conseguido armas ayudará en la construcción de barricadas, en las exploraciones, organizar ligazones, tender una emboscada al enemigo, incendiar el edificio donde el enemigo tiene su guarida, apoderarse de locales que puedan servir de base para los insurrectos; en una palabra, miles de funciones de las más diversas pueden ser realizadas por esas uniones voluntarias, formadas por gentes dispuestas a luchar hasta la muerte, con excelentes conocimientos de la localidad, ligados estrechamente con la población.
Que en cada fábrica, en cada sindicato, en cada aldea, encuentre eco el llamamiento a la organización de esos piquetes de combate voluntarios. Las personas relacionadas entre sí los formarán de antemano. Y los desconocidos no organizarán el día del combate o en vísperas del mismo los «quintetos» y los «decenios» si la idea de la formación en esas uniones no se extiende ampliamente entre las masas y no es aceptada por éstas.
Así, pues, es necesaria la organización de los Soviets de Diputados Obreros, de los comités de campesinos y otras instituciones análogas en todas partes, paralelamente con la propaganda y agitación más vasta por la necesidad de una insurrección simultánea con la preparación inmediata de la fuerza para la insurrección y la organización de destacamentos voluntarios de masas.
1917
Al dirigir más tarde, en 1917, la preparación de la insurrección de Octubre, Lenin aprovechó plenamente toda la experiencia de la revolución de 1905. Tanto los Soviets como órganos de la insurrección, como los comités militares-revolucionarios, que preparaban directamente la parte técnica de la lucha del proletariado por el poder.
Todos los artículos y discursos de Lenin refrentes al período de preparación de la insurrección de Octubre se refieren invariablemente, en una u otra forma, a las cuestiones de la insurrección armada, ya destrozando despiadadamente las argumentaciones teóricas de los adversarios, o dando indicaciones prácticas al Partido o a los obreros revolucionarios, sobre la forma en que deben obrar para armarse, organizar las fuerzas combatientes y desplegar el ataque contra el enemigo de clase.
De los documentos de Lenin referentes a ese período, hay que detenerse ante todo en su carta al Comité del P.O.S.D.R. (bolchevique) de Septiembre de 1917, publicada bajo el título de El marxismo y la insurrección.
En este documento, Lenin hace un análisis, magnífico por su precisión y claridad, de la insurrección armada tal como es comprendida por un marxista revolucionario, a diferencia de los blanquistas y demás «putchistas», demostrando sobre la base de hechos concretos de aquel período, la causa de que fuera un error la insurrección armada en las jornadas de julio de 1917 y de que en septiembre del mismo año el cuadro fuera completamente distinto.
Lenin declara:
Para que sea coronada de éxito, la insurrección debe reposar, no en un complot, no en un partido, sino en la clase avanzada. Éste es el primer punto. Debe apoyarse en el impulso revolucionario del pueblo. Segundo punto: La insurrección debe estallar en el apogeo de la revolución ascendente, es decir, en el momento en que la actividad de la vanguardia del pueblo es mayor, cuando las vacilaciones de los enemigos y de los amigos débiles, equívocos e indecisos de la revolución, son más fuertes. Éste es el tercer punto.
En Consejos de un Espectador46, el 8 de octubre de 1917, Lenin plantea de nuevo, y con una argumentación excepcional por su fuerza, la cuestión de la insurrección armada. Lenin escribe:
La insurrección armada es una forma particular de lucha política sometida a leyes particulares, que deben ser profundamente analizadas. Carlos Marx expreso esta verdad con asombrosa claridad cuando escribió que «la insurrección armada, como la guerra, es un arte».
El camarada Lenin recuerda las cinco reglas fundamentales de Marx sobre el arte de la insurrección armada:
1. No jugar nunca a la insurrección, pero una vez empezada, estar firmemente convencido de que es necesario ir hasta el final
2. Reunir fuerzas considerablemente superiores a las del enemigo en el lugar decisivo, en el momento decisivo; de lo contrario, el enemigo, poseedor de una mejor preparación y organización, destrozará a los insurrectos.
3. Una vez empezada la insurrección, hay que obrar con gran decisión y pasar, cueste lo que cueste, a la ofensiva. “La defensiva es la muerte de la insurrección armada”.
46
Cfr. ibíd., pp. 393-395. | Nota Ed.
4. Sorprender al enemigo de improviso, escoger el momento en que sustropas están dispersas.
5. Obtener en obtener éxitos diarios (se puede decir cada hora, si se trata de una ciudad) victorias, por pequeñas que sean, a fin de mantener a toda costa la «superioridad moral».
Marx ha resumido las enseñanzas referentes a la insurrección armada de todas las revoluciones, en las siguientes palabras de Dantón, el maestro más grande de táctica revolucionaria, que ha conocido la historia: «Audacia, audacia y una vez más audacia». Lenin concreta más adelante esta regla con relación a Rusia:
Una ofensiva simultánea, lo más inesperada y rápida posible, sobre Petersburgo, sin falta, desde fuera y desde el interior, de los barrios obreros y de Finlandia, desde Reval y desde Kronstadt, una ofensiva en toda la flota, acumulación de una gigantesca superioridad de fuerzas en 15-20.000 (y más aún) sobre nuestra «guardia burguesa», etc. (junkers), y nuestros vendéeanos (parte de cosacos), etcétera.
Combinar nuestras tres fuerzas fundamentales, la flota, los obreros y las unidades del ejército, de tal forma que sean ocupados inmediatamente y mantenidos a cualquier precio: a) teléfonos, b) el telégrafo, c) las estaciones ferroviarias, d) los puentes. Formar con los elementos más decididos (nuestros «destacamentos de choque») y la juventud obrera (así como con los mejores marinos) pequeños destacamentos para la ocupación de los puntos estratégicos y para la participación en todas las operaciones importantes...
Formar destacamentos de los mejores obreros armados con fusiles, bombas para el ataque y el sitio de los «centros» del enemigo (escuelas de los junkers, telégrafo, teléfono, etc.) bajo la consigna de perecer hasta el último, pero no dejar pasar al enemigo.
Es preciso analizar especialmente la importancia que Lenin atribuía a la preparación directa del propio partido para la insurrección. Al plantearse en el Partido la cuestión de la insurrección armada, tanto en la base como en los cuadros dirigentes, probados en el pasado, comienzan a manifestarse vacilaciones, aparecen tendencias oportunistas, que a medida que se aproximan los combates decisivos, intensifican la resistencia a la línea general con respecto a la insurrección.
En vísperas de los combates de Octubre, en las filas del P.C.R. (bolchevique) resultaron contagiados de esas tendencias algunos de los más responsables camaradas, como Zinóviev, Kámenev y otros. Estas tendencias y vacilaciones particularmente peligrosas en los umbrales de la insurrección, y justamente ésta es la razón de que Lenin los condenase con tanta dureza, llegando a plantear la cuestión de la expulsión de Zinóviev y Kámenev del Partido, acusándolos de esquiroles.
Así entendía Lenin la «organización de la revolución» y así la organizó en Octubre.
KAMÓ LA VIDA DE UN VERDADERO REVOLUCIONARIO
Svetlana Obolenskaya
I
INFANCIA Y ADOLESCENCIA
Kamó, Simón Arshaki Ter-Petrosian, nació el 15 de mayo de 1882, en la ciudad de Gori, provincia de Tiflis. Su padre fue un acaudalado contratista.
Su madre era mucho más joven que su padre; apenas había cumplido los dieciséis años cuando nació Kamó.
Cuando el chico tenía once años lo llevaron a la escuela de la ciudad, donde se impartía la enseñanza en ruso, idioma extraño y completamente desconocido para el niño.
Esta circunstancia, así como el riguroso régimen escolar y la enseñanza mecánica y árida, alejaron del estudio a Kamó, capaz y aplicado, sin embargo.
Como su inteligencia viva y observadora no quedaba satisfecha en la escuela, se orientó hacia las pequeñas cosas prácticas. Senko [diminutivo de Simón] reemplazaba en su casa al carpintero y al cerrajero. Inventó y fabricó un magnífico molinillo de mano, construyó nuevos gallineros, desvió los desagües de lluvia en el patio y arreglaba e inventaba otras muchas cosas el ingenioso Senko, en los intervalos entre los juegos ruidosos y las osadas incursiones en las huertas vecinas.
A los catorce años fue expulsado de la escuela a instancias del pope por su mala conducta y su audaz ateísmo. Su mala conducta consistía en complacerse en hacerle al pope preguntas embarazosas. Una vez, por ejemplo, le preguntó si Jesucristo había efectivamente existido y descendido a la tierra después de su muerte. Bajo el régimen autocrático zarista esta pregunta bastaba para perder el derecho a asistir a la escuela.
Su familia quería y mimaba mucho a Senko; pero el padre le consideraba un vago inútil y le molestaban especialmente las inclinaciones democráticas del niño en la elección de sus amigos.
Senko correspondía a su padre con la misma frialdad. No podía perdonarle su mezquina actitud con su madre, su avaricia con la familia y los parientes pobres, mientras que no escatimaba el dinero para las invitaciones a los huéspedes «prominentes».
Por defender a su madre Senko reñía frecuentemente con su padre, el cual, indignado por el carácter desenfrenado e independiente del hijo, solía decir: «Pero ¿quién es aquí el amo, ese tigrecillo o yo?». Un día el padre decidió dar una lección a su indócil hijo, pero Senko cogió un hacha y le hizo comprender que no se podía esperar sumisión de su parte.
Senko amaba hondamente a su madre y ella le correspondía con un amor ilimitado. El niño procuraba hacer más luminosa la lúgubre existencia de su madre, ayudándola en todos sus trabajos. Durante la larga enfermedad que llevó a la tumba a su madre dio pruebas de un desvelo conmovedor. El padre estaba entonces arruinado, la familia pasaba privaciones y Senko se desesperaba a veces por no poder conseguir las medicinas para la enferma o los alimentos necesarios.
A la muerte de su madre Kamó y sus hermanos se fueron a vivir a Tiflis, a casa de una tía.
II
EL TRABAJO DE PARTIDO
Senko había ya estado otras veces en Tiflis, pasando largas temporadas en casa de su tía.
En Tiflis cayó bajo la influencia de sus paisanos de Gori, Dzhugashvili (Stalin) y Vardanyan, que le iniciaron en los principios del marxismo revolucionario y comenzaron a atraerle hacia los trabajos del Partido. El camarada Chadroshvili recuerda que en 1897 su amigo Zacro le presentó en su taller a un joven de dieciséis o diecisiete años:
– Aquí tienes, hermano, un camarada más, lleno de energía.
En su conversación con Chadroshvili, Kamó habló con entusiasmo de sus deseos de trabajar en el Partido. Y cuando le indicaron los peligros que amenazan a un revolucionario, contestó:
– Mientras tenga la cabeza en su sitio, no me acobardaré.
Aquel mismo día comenzó a ocuparse de llevar literatura a los alrededores de Tiflis: a Najalovka y Naulazadivi, distritos revolucionarios de la región.
Al principio, Senko realizó varias pequeñas misiones, desplegando una gran osadía y habilidad. Enseguida estuvo en condiciones de desempeñar trabajos más complicados e importantes.
En 1904 trabajó en el transporte de la literatura ilegal para el Comité Bolchevique del P.O.S.D. [Partido Obrero Socialdemócrata] del Cáucaso y participó en la organización de imprentas clandestinas. En esta época fue cuando comenzó a ser llamado, por sus amigos, camarada Kamó. En la escuela no aprendió a pronunciar correctamente las palabras rusas y sus camaradas se burlaban frecuente y amistosamente de su bárbara pronunciación.
Una vez preguntó: «Kamo otnesti?», en vez de «Kamu otnesti?» (¿A quién hay que entregarlo?).
– ¡Tú sí que estás hecho un buen kamó! –respondió riendo Stalin.
Desde entonces fue conocido por el sobrenombre de Kamó. Muchos camaradas que trabajaron con él en el Cáucaso, en Petersburgo y en el extranjero, no le conocieron más que por este nombre.
A veces le indicaban a Kamó las difíciles condiciones materiales en que vivían su tía y sus hermanas, y de las cuales no parecía ocuparse mucho. Respondía siempre:
– Hay decenas y millares de muchachas proletarias a quienes el hambre echa al arroyo. ¿Es que mis hermanas son mejores que las demás? ¡Es este malvado régimen el que debe ser destruido!
En el transporte de literatura y de tipos de imprenta, Kamó empleaba procedimientos extraordinariamente ingeniosos. Usaba disfraces tan hábiles que burlaba fácilmente la vigilancia de la policía y de los delatores, y escapaba incluso al reconocimiento de sus propios amigos.
He aquí, por ejemplo, un vendedor ambulante que corre. En su cabeza se balancea una canasta de legumbres. Se abre camino a empujones entre el gentío abigarrado y ruidoso del mercado georgiano. Gritos, maldiciones, groseras bromas acompañan su camino.
Pero nuestro kinto (vendedor ambulante) tiene lista una réplica para cada broma. Con aire imperturbable pasa atareado entre soplones y policías. Kamó pasa así su literatura y sus tipos, corriendo venturosamente cada riesgo.
En otra ocasión, un atildado joven estudiante de ingeniero, resplandeciente con su nuevo uniforme, entra en un vagón de ferrocarril de segunda clase. Señoras y señoritas miran interesadas a su atractivo compañero de viaje y se estrechan para dejarle sitio. El tiempo pasa rápidamente en amena y trivial conversación. Ya llegan. Kamó estrecha las manos de todos y se va con su maleta llena de literatura ante los ojos de los gendarmes, que sonríen afablemente a su paso.
Ha aprendido a disfrazarse tan bien que no le reconocen ni sus amigos cuando le encuentran.
Un día, en verano, en un tren que vuelve a la ciudad lleno de gente, se ve montar en un coche de segunda a un campesino pobremente vestido, portador de una enorme cesta llena de huevos. Las señoras lanzan un grito de horror:
– ¡Oh, qué hombre tan sucio! ¿Cómo se atreve a montar aquí? ¡Interventor,interventor, échele de aquí!
– ¡Dios mío! ¿Van ustedes a echar a un pobre hombre! En tercera van comosardinas, me van a aplastar los huevos y no tendré nada que vender...
Luego de largas discusiones, el interventor permite bondadosamente que la cesta de huevos vaya en la plataforma y Kamó (pues claro que se trata de él), no reconocido por sus amigos que se hallaban en el mismo coche y que se pusieron de su parte, hizo llegar los «huevos», sin dificultad, a su destino.
En su calidad de conspirador experimentado, Kamó goza de la plena confianza de sus camaradas. Se le consulta, se le informa de las acciones más secretas. Kamó es el único camarada a quien Barón (Bibinieshvili) dio a conocer la dirección del gran depósito de literatura ilegal del Comité del Partido en Kutaisi. Este depósito fue organizado por el camarada Barón en una fábrica de limonada y la policía no llegó a descubrirlo en todo el tiempo de su existencia.
Pero Kamó no siempre se deja absorber por el trabajo secreto. A veces sale por un breve lapso de tiempo de la vida subterránea y participa en el movimiento organizado públicamente.
El 27 de abril de 1903 se le ve en la manifestación del Primero de Mayo en Tiflis. El sindicato obrero socialdemócrata del Cáucaso decidió que la manifestación del Primero de Mayo se hiciese en la misma fecha en Bakú, Tiflis y Batumi. Las manifestaciones, de un carácter combativo, se desarrollaron en medio de gran entusiasmo. Kamó andaba por la plaza en medio de las patrullas cosacas y decía con aire de desafío a sus camaradas:
– La próxima vez compraré unos cuantos cuervos, les ataré cintas rojas al cuello y cuando llegue el momento los echaré a volar. ¡A ver si entonces dispersan a esos manifestantes!
A mediodía, cuando hubo que izar la bandera roja, Kamó realizó lo que había prometido hacer y, a pesar del ataque de los cosacos, supo salvar la bandera y evitar hábilmente la detención.
Poco después toma una parte activa en el envío de delegados al segundo congreso del Partido.
Grande fue también su participación en la organización de imprentas clandestinas. El Boletín de la gendarmería le atribuyó la organización de once imprentas ilegales. Fue Kamó quien organizó la imprenta de Avlabari. Para eso, buscó en el barrio obrero de la ciudad una vieja casa con una cochera y un pozo en el patio.
Una «planchadora» (la revolucionaria Babé) viene a instalarse en la casa. Toma ropa, la lava y la seca en la cochera cuando llueve.
Pero, por la noche, en la pared del pozo, a algunos metros de profundidad, se abre una galería hasta la pieza donde quiere instalarse la imprenta. El trabajo de perforación, el hacer desaparecer la tierra, la organización de la ventilación, la instalación de los puntales, todo esto es un trabajo difícil y peligroso; pero, por fin, el local está dispuesto.
La instalación de los «instrumentos de producción» necesita también muchos cuidados. Pero este obstáculo es vencido a su vez y la imprenta comienza a funcionar.
La «planchadora» revela una gran capacidad de trabajo; los cestos de «ropa» van y vienen continuamente. La patrona es alegre, comunicativa; hay siempre a su alrededor muchos jóvenes que encuentran cómodo el patio para jugar a la pelota. Las cosas están, pues, bien arregladas y la imprenta justifica las esperanzas que en ella se habían puesto.
Kamó toma también una parte activa en la organización de la imprenta ilegal de Kutaisi, que desempeñó un papel extraordinariamente importante en el movimiento revolucionario de la Georgia occidental en 1904-06. Esta imprenta fue instalada en la casa del agrónomo Vaso Goguiladze.
Goguiladze había colocado en una taberna un anuncio ofreciendo en alquiler una habitación. Al día siguiente, el camarada Valiko Lejava fue a pedir informes. Alquiló la habitación por cuatro rublos al mes, declaró llamarse André Nemsadze. Puesto inmediatamente a la obra, pronto se vio que no era bastante prudente y salía frecuentemente de la imprenta manchado de tinta, de polvo de plomo. Entonces se intentó hacerle cumplir las reglas de la acción clandestina. Y, por fin, se decidió a trasladar la imprenta a un lugar más secreto.
Se abrió una fosa especial del lado oeste de la pared de la habitación. Detrás de ese muro había un pasillo de una longitud de tres metros y medio y cerca de un metro de ancho. Se tiró la pared del fondo de la alcoba, se hizo un sólido marco de madera y se sujetó a un madero de encina. El marco fue recubierto de ladrillos y cemento, se le pusieron dos cerraduras de resorte y dos pestillos de acero, de modo que la puerta cerraba herméticamente sin que en la alcoba se viese otra cosa que una pared blanqueada.
Se ató a los pestillos de la puerta un cordón inglés que pasaba por unas pequeñas poleas y cuyos extremos estaban disimulados en la otra pared del pasillo.
Cuando Valiko salía de la casa cerraba la puerta secreta. Para abrirla tenía que entrar en la cueva, encontrar el cordón a oscuras –le estaba prohibido encender cerillas– y tirar de él con fuerza.
Era difícil trabajar en este estrecho nicho donde se ahogaba uno, a pesar de lo cual se exigía a la imprenta un enorme rendimiento. Una simple máquina movida a brazo no podía hacer todo el trabajo, aunque se trabajasen veinticuatro horas diarias. Se decidió entonces instalar una «americana», que habría que traer de Tiflis. Era ésta una empresa muy arriesgada. Pero no parecía sino que Kamó había sido especialmente creado para asuntos de este género. Un buen día, con su destreza habitual, hizo llegar a su destino la «americana» tan impacientemente esperada.
Entonces se decidió construir, especialmente para esta nueva máquina, una cocina contigua a la casa, y bajo ella una vasta cueva derribando una pared del lado del pasillo, de manera que se ensanchase la «sala de máquinas».
Goguiladze supo arreglar tan hábilmente todo esto que los obreros que construían la cocina no tuvieron nunca la menor sospecha. En los detalles secretos de la construcción trabajaron exclusivamente Vaso y Valiko. En la nueva construcción se hizo una boca de aire para la ventilación. Aquí era donde más tarde se quemaba el papel inútil.
– No olvidaré jamás –decía Goguiladze– el rostro resplandeciente de Valiko, cuando vio que Kamó no lograba encontrar el camino para entrar en la imprenta. Valiko se regocijaba extraordinariamente, puesto que, si Kamó no había logrado descubrir la imprenta, con mayor razón fracasarían los gendarmes en su busca.
Valiko era un trabajador incansable. Por la noche ocupaba el puesto de Goguiladze. Uno de los trabajadores de la imprenta estaba siempre en su puesto, y cuando se veía venir a alguien, la «americana» se detenía a una señal convenida.
En esta imprenta fue donde se guardó por mucho tiempo el dinero confiscado a la tesorería de Kvareli. Más tarde estas sumas fueron trasladadas al extranjero para la compra de armas.
Pero la policía comenzaba a husmear la imprenta. Conocían su existencia muchos camaradas. Era peligroso dejarla donde estaba. Barón, miembro del Comité del Partido en Kutaisi, se hallaba entonces en la cárcel de esa ciudad. Él encargó a Vano Lomtatidze que arreglase este asunto.
Cuando Barón fue puesto en libertad halló en su casa la imprenta, que se había instalado en su propia habitación y que estaba en pleno trabajo. Se habían infringido las reglas más elementales de la acción ilegal, pero los camaradas tal vez no habían podido hallar otra salida. Habían pensado, sin duda, que como Barón estaba encarcelado, los gendarmes no vendrían a registrar su domicilio.
A fines de 1903, Kamó fue detenido en la estación de Batumi con una maleta llena de folletos ilegales.
Inmediatamente pensó en un plan de evasión. Pero pasaron nueve meses antes de que consiguiese escapar. Durante el paseo de los detenidos había observado, a una altura de tres metros, una piedra que sobrepasaba imperceptiblemente el muro de la prisión. Aprovechando un momento en que el centinela le volvió la espalda, Kamó tomó carrera, saltó como un gato sobre esta piedra, se levantó a fuerza de brazos hasta la altura del muro y saltó a tierra. Su ausencia no fue advertida hasta pasados unos minutos, pero a nadie se le ocurrió que el preso se había fugado por encima del muro. Mientras se le buscaba con toda calma en el patio, desapareció sin dejar huellas.
Una vez en libertad, Kamó se hundió de nuevo en el trabajo del Partido.
Estaba todavía en la cárcel cuando llegaron las primeras noticias de la escisión que se produjo en el segundo congreso, e inmediatamente se adhirió a los bolcheviques. Cuando estalló la lucha entre bolcheviques y mencheviques sobre la convocatoria del tercer congreso y los mencheviques hicieron excursiones para visitar las organizaciones y separarlas del Comité bolchevique del Cáucaso, Kamó se levantó enérgicamente contra su acción desorganizadora y funesta para el Partido.
En aquella época dirigía la imprenta ilegal del Comité de la ciudad de Tiflis; pero esta ciudad pasó a los mencheviques y éstos quisieron apoderarse de la imprenta: Kamó les opuso una enérgica resistencia y la conservó para los bolcheviques.
En la época del rápido desenvolvimiento del impulso revolucionario general en el país, en 1904-1905, sobre todo después del 9 de enero y de las derrotas del zarismo en Manchuria, las olas del flujo revolucionario se precipitan, ascienden cada vez a mayor altura en Georgia. Gracias al carácter de masas del movimiento, las organizaciones revolucionarias trabajan en una atmósfera de simpatía general, lo que asegura el éxito incluso a las acciones más audaces, a las más temerarias.
La administración y la policía están de tal modo aterrorizadas que evitan todo problema con la población y casi cesan de existir como órganos de poder.
Los movimientos obrero y campesino se difunden como un impetuoso torrente y toda Georgia está en ebullición.
En el punto culminante de la revolución de 1905, varios distritos y regiones de Georgia instauran, por propia decisión, un self-government [autogobierno] revolucionario. Más tarde, en los años de reacción, se emprendieron persecuciones contra las repúblicas de Gori, de Senaki, de Kvareli, de Sochi, etc.
El «presidente» de cada una de ellas era un Comité del Partido, y el legislador, el pueblo revolucionario sublevado en favor de una radiante y nueva vida.
La más importante, la más original de todas estas repúblicas fue la de Gori, donde el movimiento revolucionario se apoderó de toda la población trabajadora. Aquí, la consciencia política, el grado de organización y la disciplina revolucionaria alcanzaron el más alto nivel.
Se decidió poner en el índice a las instituciones gubernamentales y a la Iglesia.
La población trabajadora vertía cotizaciones mensuales en especie. El dinero así recogido era empleado en la compra de armas. El pueblo revolucionario confiscaba las armas de los agentes de los antiguos poderes públicos, de las administraciones gubernamentales. En resumen, se armaban por todos los medios posibles. Un estado mayor revolucionario anexo al Comité del Partido de Gori dirigía el desarme de las autoridades caídas y el armamento del pueblo.
El tribunal de los funcionarios del zar fue reemplazado por jueces elegidos por el pueblo revolucionario y la administración del distrito por una nueva administración democrática. Para la administración de las escuelas se designó una oficina escolar.
Los campesinos se negaron a pagar los arrendamientos a los grandes terratenientes y éstos fueron boicoteados.
El pueblo revolucionario atacó implacablemente a los espías, a los provocadores y a los ladrones. El resultado fue que hubo en Gori un orden perfecto: ni robos, ni agresiones; los antagonismos nacionales se debilitaron, las relaciones mutuas de los diversos grupos nacionales de trabajadores tomaron un carácter de ayuda y de confianza mutuas.
Gori había conquistado tal libertad que los criminales políticos de Tiflis, de Kutaisi y de Batumi se dirigían allí en lugar de refugiarse en el extranjero. Allí estaban seguros.
En octubre de 1905 el movimiento revolucionario de las diferentes partes del imperio zarista se unió en un poderoso torrente; una huelga general política se apoderó de todo el país. El zar se vio obligado a ceder, a lanzar el manifiesto del 17 de octubre, que contenía la promesa de las libertades constitucionales. Pero, a pesar de esta promesa, al día siguiente mismo de la publicación de este manifiesto, el gobierno emprendió los pogromos de las bandas [centurias] negras y matanzas nacionales en el centro y localmente.
En el Cáucaso, el conde Vorontsov-Dashkov, gobernador general, se vio obligado a entregar a los obreros de Tiflis, con la fianza de dos líderes mencheviques, Isidoro Ramichvili y Silvestre Dzhibladze, seiscientos fusiles para impedir los pogromos y las matanzas nacionales que su propia policía había preparado, pero que amenazaban con exceder los límites que convenían a los intereses del gobierno.
Este gesto democrático del gobernador general le descartaba de la acusación de querer preparar pogromos, y, por otra parte, esto no comprometía a nada. Los viejos fusiles que se dio a los obreros no podían de ningún modo resistir a los fusiles de nuevo modelo ni a la artillería.
La reacción levanta la cabeza en Georgia y pasa poco a poco a la ofensiva. Es proclamado el estado de sitio en los ferrocarriles de Transcaucasia, en Tiflis y en muchos otros lugares. Las autoridades de Tiflis exigen que los obreros se desarmen y devuelvan los fusiles que les han sido distribuidos.
Los trabajadores, dirigidos por un grupo bolchevique (Eliava, Kamó y otros), se niegan y organizan la resistencia en Najalovka, barrio obrero de Tiflis.
El estado mayor revolucionario, compuesto de bolcheviques (Kamó entre ellos), pero del que formaban parte también los mencheviques, distribuyó las fuerzas previendo el ataque de tres lados; del cuarto lado había montañas y se pensó que por allí no podía venir el peligro.
Kamó se agitaba, trataba de demostrar que eso era un optimismo poco fundado y, finalmente, acompañado de algunos obreros, comenzó a trepar la montaña.
Los cosacos llegaron por ese lado. Los intrépidos revolucionarios les opusieron una resistencia furiosa; nueve de los hombres de este destacamento fueron heridos a sablazos y Kamó herido y arrestado.
Durante tres horas, ocho cosacos le infligieron toda clase de torturas, le destrozaron a culatazos, por dos veces le colgaron para hacerle decir dónde estaba el almacén de armas y los nombres de los miembros del estado mayor. En el intervalo entre las dos veces que le colgaron se obligó a Kamó a cavar su propia tumba. Como se le condujo casi desnudo y ensangrentado a través de las calles de Tiflis, los transeúntes se detenían, conmovidos y gritando de indignación.
Las cárceles estaban repletas por aquellos días. En todos los rincones de la ciudad se detenía sin más ni más a multitud de gente, se hacían listas interminables de nombres y apellidos cuyas desinencias [georgianas] eran incomprensibles para los funcionarios rusos.
Kamó tenía ya en su haber una larga actividad revolucionaria, una evasión de la cárcel de Batumi, y, en fin, su última acción, la participación en la batalla con los cosacos. Esto no hacía esperar nada bueno. Por eso se decidió aprovechar el desorden para hacerle cambiar de nombre, dándole el de una víctima fortuita del celo policíaco: el de Chanchiachvili, estudiante de la escuela de enfermeros.
En el interrogatorio, Chanchiachvili se negó a declarar, mientras que el pseudo Chanchiachvili desempeñó el papel de un mozo necio y charlatán. Cuando se le preguntaba si conocía a Kamó, respondía sonriendo:
– ¿Cree usted que soy tan tonto como para no conocer a Kamó? Claro estáque le conozco.
– ¿Dónde le ha visto usted?
– ¿Dónde le he visto? Pero si hay tanto como se quiera en el campo.
Se vio que este Chanchiachvili era un muchacho insignificante y se le dejó. Así fue como, después de haber pasado dos meses y medio en la cárcel, Kamó se hallaba de nuevo en libertad; pero le acompañaba un guardia para conducirle a la comisaría de policía del distrito en que Chanchiachvili estaba domiciliado. Esto era peligroso, pues en la comisaría podían darse cuenta del cambio. Había que evitarlo. Tomaron un coche. En el camino, el joven, que parecía ser un muchacho muy correcto, comienza a rogar a su guardián que no lo comprometa a los ojos de los respetables burgueses, que le tomarán por un agitador político o por un ladrón si le ven en el coche en compañía de un guardia. Y apoya su petición con algunas monedas. Y después de haber ordenado severamente al cochero que se dirija directamente a la comisaría, el representante de la autoridad desciende del coche. El cochero sigue su camino, pero cuando llega a la comisaría comprueba la desaparición de su cliente, sin comprender dónde y cómo lo ha perdido. Esta evasión incomprensible y tan hábil de un individuo a quien nada amenazaba conmociona al puesto de policía. Se avisó a la cárcel. ¡Ya puede imaginarse la cólera y la indignación de las autoridades al comprobar su error!
III
EN EL COMBATE
La provincia de Kutaisi está, de hecho, en manos de los revolucionarios; hay guarniciones en Poti, Ozurgueti y Kutaisi, pero no son lo bastante fuertes para restablecer la autoridad y asegurar el ferrocarril. No se podrá dominar la provincia de Kutaisi más que si se desembarca una división de infantería acompañada de artillería, y es del lado del mar de donde hay que asegurar el aprovisionamiento. Esta operación debe ser ejecutada antes de la primavera, porque es en la primavera cuando el movimiento revolucionario va a tomar una amplitud todavía mayor en la provincia y en las demás partes de la región.
En estos términos apreciaba el alto representante del zar en el Cáucaso, conde Vorontsov-Dashkov, la situación en Georgia occidental en su informe al Ministro de la Guerra a fines de diciembre de 1905.
En aquellos momentos la gravedad de la derrota de la revolución no estaba todavía clara para ninguna de las dos partes; el gobierno no se había repuesto de su reciente pánico y se inclinaba a sobreestimar las fuerzas del adversario.
Pero la situación no tardó en aclararse y el gobernador general se creyó en el deber de «pacificar» la Transcaucasia comenzando por las regiones menos afectadas por el movimiento revolucionario.
Una expedición militar mandada por el general Alijanov-Avarski se dirige a Gori. El gobernador general le da órdenes de ser implacable y de exterminar a todas las organizaciones revolucionarias, a todos los que opongan la menor resistencia. La reacción crece y pasa a la ofensiva general.
Las organizaciones del Partido se ven de nuevo reducidas a mantener una vida subterránea, modifican su estructura, adoptan una nueva táctica adecuada a las nuevas condiciones caracterizadas por una victoria provisional de la contrarrevolución.
Los mencheviques, desmoralizados por la derrota, propusieron en la conferencia de Kutaisi devolver al gobierno los 200.000 rublos expropiados a la tesorería de Kvareli. Pero esta proposición fue rechazada gracias a los bolcheviques y se decidió emplear este dinero en la compra de armas en el extranjero por medio del Comité Central del Partido.
Las tropas del general Alijanov restablecían el «orden» con los métodos elocuentemente descritos en 1920 por Kaliko-Dzhugueli, con la diferencia de que en aquella época no se les llamaba todavía democráticos ni estaban aún recomendados para uso general por Kautsky y la II Internacional.
Pero era igual. En Gori, en todas partes llameaba el cielo iluminado por el resplandor de los incendios. No solamente ardían los pueblecitos, sino también una capital de distrito, Ozurgueti.
Se exigía a la población que entregase las armas a las autoridades, que denunciase a los agitadores y a los desertores, que pagasen los impuestos por dos años y que diesen una nueva promoción de soldados para el ejército. Pero la población no se entregaba a nadie, ni devolvía más que armas inservibles. Los campesinos jóvenes y valientes se refugiaban en las montañas y desde allí acosaban a las tropas con ataques de guerrilla.
Se establecieron tribunales y los cosacos, de acuerdo con las órdenes del gobernador general, asesinaban sin piedad a todos los sospechosos.
Las organizaciones revolucionarias y los Comités del Partido fueron destruidos. Pero los Comités bolcheviques sufrieron menos que los otros, porque en los «días de libertad» habían conservado su estructura ilegal.
El trabajo del Partido se hacía en condiciones extraordinariamente difíciles.
Kamó, que volvió a la acción ilegal, trabajaba como revolucionario profesional. Estaba obligado a rodear su actividad de las precauciones más minuciosas.
La ciudad era recorrida por patrullas que detenían a los transeúntes, a los viajeros sospechosos. En estas condiciones es donde la aptitud de Kamó para «reencarnar» le rindió sus mayores servicios. Conseguía disfrazarse de tal modo que ponía en un compromiso a sus mismos camaradas, y gracias a cualquier ingenioso truco burlaba a los que le seguían.
Kamó no se turbaba nunca y sus gestos temerarios e imprevistos le sacaban frecuentemente de situaciones peligrosas. Un día, por ejemplo, se fue al teatro sin cambiar su aspecto exterior. En el pasillo encontró al director de la cárcel, que le reconoció. Con una encantadora sonrisa infantil en su rostro franco e intrépido, Kamó le aborda y le dice:
– Sí, sí; en efecto, soy yo.
Durante un instante los dos hombres se escrutan con la mirada; después el director le dice en voz baja y colérica:
– ¡Váyase inmediatamente o le mando detener!
Kamó se veía obligado a llevar una vida literalmente de perro. ¡Cuántas veces durmió al aire libre, debajo del banco de un coche de tercera, en lugares infectos! Se quedaba sin comer, fingiendo que rezaba en un sombrío rincón de una iglesia armenia, en espera de una cita secreta. Había perdido el hábito del sueño e incluso cuando dormía guardaba una actitud que le permitía, a la menor alarma, ponerse en pie de un salto y escapar.
En este período se ocupó eficazmente del transporte de armas y organizó algunas evasiones. Entre otras, concibió y llevó a cabo brillantemente la evasión de treinta y dos camaradas.
Fue así: el castillo de Metekhi (antigua fortaleza construida por los reyes georgianos) alza sus muros en la escarpada orilla del Kurá. Está bañada por el río por dos lados; un tercer lado está costeado por una calle, mientras sobre su cuarto costado se apoyan algunas pequeñas casas de la ciudad. En una de estas casas desembocó una galería subterránea por la cual, en plena noche, escaparon de la prisión treinta y dos camaradas.
Al mismo tiempo, Kamó tomaba una parte activa en la preparación del congreso de unificación (de Estocolmo) del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia.
Al poco tiempo se dirigió a Petersburgo para pasar allí varios meses. Sueña con ocuparse de cuestiones teóricas, porque no se siente bastante preparado en esta cuestión. Pero la hora de los estudios no había sonado todavía. A su alrededor la lucha era ardiente, se libraban violentas batallas contra el absolutismo, hacían falta hombres. Se quería poner a Kamó en la brecha de la región industrial central, pero la conferencia de las organizaciones caucasianas del Partido, a pesar de las protestas de los mencheviques, le envían al extranjero para la compra de armas destinadas a la Transcaucasia.
Este servicio estaba confiado, en el extranjero, a un delegado especial del Comité Central, y el grupo de camaradas caucasianos al que se unió Kamó trabajó bajo su dirección.
Se compraron varios millares de fusiles, algunas decenas de ametralladoras, cartuchos y una buena cantidad de armas pequeñas.
Kamó, que inspiraba respeto a los vendedores, estaba bien al corriente de la técnica de las armas.
Era la primera vez que el Partido procedía a la compra de un gran stock de armas. Se tenía la intención de cargarlas en un vapor que se enviaría hacia el litoral turco del Cáucaso, donde acudirían los camaradas caucasianos en pequeños barcos de vela, a los que se transbordarían las armas en alta mar. El delegado general del Comité Central visitó casi todos los puertos de Holanda, de Bélgica, de Francia, de Italia y de Austria-Hungría, sin poder hallar un navío ni un capitán que osara encargarse del transporte de armas de contrabando con trasbordo en alta mar.
Además, era extraordinariamente difícil burlar la vigilancia de las autoridades aduaneras, que exigían la declaración del puerto de destino.
Finalmente, procediendo por descarte, fue preciso detenerse en Bulgaria. Pero aquí surgieron nuevas dificultades, porque desde Bulgaria las armas no podían ser expedidas directamente más que a Rusia. Toda la trama secreta se descubría. Al fin se halló una solución. Un representante del comité revolucionario macedonio (organización revolucionaria pequeñoburguesa) se encargó de obtener del gobierno búlgaro autorización para transportar las armas a Varna, declarando que pertenecían al comité macedonio y estaban destinadas a la Armenia turca para la preparación de una revuelta de los armenios contra el enemigo común, Turquía. La autorización fue obtenida, las armas se hallaban en Varna, pero también era preciso fletar un barco.
Entonces se compró, a un precio bastante modesto (30.000 francos), un pequeño yate que había hecho la travesía de América a Europa. Se hicieron algunas reparaciones y se adaptó el yate al transporte de mercancías. La tripulación debía venir de Rusia.
A fines del verano de 1906 todo estaba dispuesto para aparejar cuando surgieron dificultades de orden financiero.
Las compras de armas habían sido efectuadas por orden del Comité Central bolchevique, que suministraba regularmente el dinero necesario. Pero después del congreso de Estocolmo, en el que los mencheviques tuvieron la mayoría, el nuevo Comité Central confirmó el mandato anteriormente dado, pero los envíos de dinero comenzaron a ser muy irregulares.
El delegado general del Comité Central enviaba cartas y telegramas, pero las respuestas tardaban en llegar y las peticiones de dinero eran infructuosas.
Protestaba, maldecía, demostraba que el éxito del negocio dependía del envío de las armas en tiempo de calma, antes de las tempestades de otoño en el Mar Negro, etc. ¡Inútilmente! El dinero no llegaba, ni la tripulación que debía venir de Rusia.
Viendo que de aquel modo corrían el riesgo de fracasar, el delegado se vio obligado a ir a Petersburgo, donde, no sin esfuerzos, logró arrancar del Comité lo que todavía restaba del dinero caucasiano, muy disminuido.
Pero se había perdido la ocasión favorable. No se pudo hacer el cargamento hasta bien entrado el otoño. La tripulación enviada de Odesa no inspiraba gran confianza, pero era imposible reemplazar al capitán, poco seguro, por otro camarada. Además, la carga debía ir acompañada por militantes de confianza, entre ellos un revolucionario tan experimentado como Kamó.
Sea por culpa de la tempestad, o por inexperiencia del capitán, el yate naufragó cerca de la costa rumana. La tripulación se dispersó; en cuanto a las armas, los pescadores rumanos se las repartieron. Fue imposible salvar las armas porque la embajada rusa, informada de lo ocurrido, se apresuró a tomar medidas.
Después de este fracaso, Kamó, desesperado, pasó secretamente la frontera rumana. Esta excursión dio lugar a peripecias dramáticas; los viajeros perdieron la dirección y estuvieron a punto de caer en manos de los gendarmes. A fines de 1906, Kamó volvió al Cáucaso.
En el verano de 1906 estallaron revueltas militares (Sveaborg [nombre sueco de Suomenlinna, en Finlandia], Kronstadt) que provocaron insurrecciones locales. A través de todo el país se libraron escaramuzas y batallas entre el Gobierno ultrarreaccionario y la población. Los tribunales militares funcionaban a pleno rendimiento. La crisis económica y política se agravaba y la lucha de clases se transformaba, en algunos lugares, en abierta guerra civil, con guerrillas formadas contra el gobierno.
En octubre de 1906, Lenin escribía:
La lucha de guerrillas es una forma inevitable de la lucha cuando el movimiento de masas ha llegado ya realmente a la insurrección y cuando se dan treguas más o menos prolongadas entre las «grandes batallas» de la guerra civil.
Y explicaba inmediatamente el lugar que le corresponde a la guerra de guerrillas en el arsenal de los medios proletarios de lucha, y en qué condiciones el proletariado podrá utilizarla mejor para sus intereses. Decía:
Se dice que la guerra de guerrillas aproxima al proletariado consciente a la categoría de los hampones degradados y entregados a la bebida. Es cierto. Pero de aquí sólo se desprende que el partido del proletariado jamás puede considerar que la guerra de guerrillas sea el único método de lucha, ni siquiera el principal; que este método debe estar subordinado a los otros, debe guardar proporción con los métodos principales de lucha y estar ennoblecido por la influencia ilustrativa y organizadora del socialismo. Sin esta última condición, todos, absolutamente todos los métodos de lucha empleados en la sociedad burguesa aproximan al proletariado a los diversos sectores no proletarios, situados por encima o por debajo de él, y, abandonados al curso espontáneo de los acontecimientos, se descomponen, se pervierten y prostituyen. (...) Si esto es así –y lo es sin ningún género de duda–, la socialdemocracia debe plantearse obligatoriamente la misión de constituir organizaciones que sean lo más idóneas posible para dirigir a las masas en esas grandes batallas y, hasta donde se pueda, en estas pequeñas escaramuzas. (...) La socialdemocracia debe educar y preparar a sus organizaciones de suerte que obren efectivamente como parte beligerante, sin perder ocasión de causar daños a las fuerzas del adversario.
Por consiguiente, los bolcheviques estimaban que las acciones de guerrillas, admisibles y útiles en esta etapa de la lucha contra el gobierno, debían ser controladas por el Partido y sometidas a la observación de condiciones de ideología y de organización estrictamente determinadas.
La lucha de guerrillas tenía por objeto suprimir a los agentes del gobierno y los jefes activos de las centurias negras, expropiar los bienes del Tesoro para las necesidades de la revolución y, ante todo, para la insurrección.
De vuelta en Tiflis, Kamó entró en un grupo técnico clandestino que se proponía aumentar los recursos del Partido, organizar las evasiones, comprar y guardar armas, etc. El primer acto de este grupo fue la expropiación de Kutaisi en 1907, que dio a la caja del partido 15.000 rublos oro.
La policía encargada del asunto de la expropiación desplegó todo su celo por detener a Kamó, pero el «bandido caucasiano», como le llamaba burlonamente Ilich, permaneció sin ser descubierto.
Todos los camaradas que le conocieron en esta época dicen que les asombraba su susceptibilidad en todo lo que se refería al dinero del Partido. A pesar de manejar grandes sumas, jamás se permitía gastar para sus necesidades personales más de 50 copecs diarios y daba la misma cantidad a cada uno de los miembros de su grupo de combate.
Todavía no se ha hecho un estudio completo de los trabajos de Kamó en el combate. Nosotros no hacemos más que citar algunas de sus hazañas, pero tomó parte en otras muchas expropiaciones y combates, organizó laboratorios para la fabricación de bombas, el transporte y conservación de armas, etc.
Al grupo de Kamó le faltaban armas y explosivos. Para conseguirlos, Kamó se dirigió a Finlandia. Necesitaba un pasaporte. Se lo dio la Oficina de Pasaportes organizada por el Comité del Partido de Kutaisi para el servicio de toda la Transcaucasia. Y, en muchos casos, hasta las organizaciones rusas se servían de esa Oficina por el canal del Comité Central del Partido. Así, por ejemplo, casi todos los miembros del grupo socialdemócrata de la Duma tenían pasaportes de Kutaisi «por si acaso».
Esta oficina de pasaportes existió durante cuatro años, y fue descubierta por la traición de un provocador.
Para su viaje a Finlandia se entregó a Kamó un pasaporte a nombre del príncipe K. Dadiani, gran terrateniente y jefe de la nobleza del distrito. Kamó se instaló en un coche de primera clase, vestido con la cherkeska de oficial caucasiano. En Finlandia tuvo una entrevista con Lenin y volvió sin dificultad a Tiflis, con armas y explosivos.
Antes de partir para Petersburgo, Kamó visitó, como príncipe Dadiani, el alojamiento secreto alquilado para su grupo de combate, situado en una casa suntuosa y aristocrática. La dueña de la casa acogió respetuosamente al príncipe Dadiani, representante de una de las más ilustres familias de Georgia. Esta visita realzó el prestigio de los nuevos inquilinos y fue incluso una garantía contra la sospecha política.
¿Cómo organizar la expropiación en gran escala? Esta cuestión fue largamente discutida en el grupo. Cuando se guardaban grandes sumas de dinero en alguna institución, había siempre todo un vasto y complicado sistema de custodia. Era absolutamente preciso hacer la expropiación durante el transporte del dinero, cosa de la que Kamó y sus camaradas se daban perfecta cuenta al examinar los detalles de su plan. Faltaba saber dónde y cuándo se haría el ataque.
Gracias a los enérgicos esfuerzos de Kamó, el grupo no tardó en recibir informes sistemáticos sobre las sumas depositadas en tal o cual establecimiento y su destino.
Muy pronto logró descubrir los tres principales caminos que seguía el dinero: a Julfa (había tropas rusas de ocupación en Persia), a Batumi (para las minas de Chiatura, etc.), y en el mismo Tiflis desde la casa de Correos a la sucursal del Banco de Estado.
Hubo tres tentativas consecutivas. La primera se abortó porque Kamó fue gravemente herido por el estallido de una bomba.
Se consiguió ocultar a la policía este suceso; un médico amigo le hizo entrar, con un nombre falso, en una clínica privada. Sé destrozó la carne de la muñeca izquierda y del antebrazo, y sufrió una quemadura grave de la que estuvo a punto de morir; un casquillo le alcanzó en el ojo izquierdo y se temía incluso una repercusión en el ojo derecho. Pero tenía una salud inquebrantable. Al cabo de unas semanas ya estaba de nuevo en pie. El ojo derecho estaba indemne; pero del ojo izquierdo no conservó más que la décima parte de su potencia visual. Tan pronto como estuvo en pie, se puso de nuevo al trabajo.
La segunda tentativa comenzó en buenas condiciones. Los miembros del grupo de combate se hallaban en el tren que transportaba el dinero, pero en el último momento hubo que renunciar a la expropiación; los guías que después de la agresión debían llevar a nuestros camaradas por senderos montañosos, conocidos solamente por ellos, huyeron llenos de miedo. Nuestros camaradas volvieron desesperados a Tiflis. En esta expedición habían gastado todos los explosivos y el dinero. Pero la misma noche de su regreso se supo que iban a transportar, de la casa de Correos al Banco del Estado, 250.000 rublos. Rápidamente se tomó la decisión que, al fin, fue coronada de éxito.
Al día siguiente, 23 de junio de 1907, aproximadamente a las diez de la mañana, Kurdumov, cajero del Banco del Estado, y el contable Golovnia, tomaron en la casa de Correos los 250.000 rublos y se dirigieron al Banco en dos coches y rodeados de dos guardias y cinco cosacos.
Las primeras explosiones no alcanzaron el coche en que iba el dinero; los caballos se desbocaron y se precipitaron hacia el Mercado de los soldados. Al final de la plaza de Eriván fue lanzada otra bomba, el coche se detuvo y Datiko, apoderándose de los sacos de dinero, huyó por la calle Veliaminovskaya.
¿Dónde estaba mientras tanto Kamó, el organizador y animador de la agresión? Vestido con un uniforme de oficial, pálido todavía, mal repuesto de sus heridas, había recorrido por la mañana la plaza, alejando al público con hábiles y misteriosas alusiones (su uniforme militar descartaba toda sospecha) para evitar toda inútil efusión de sangre. Kamó montó en un coche cuando sonaron las primeras explosiones. Tenía que tomar en este coche el dinero y transportarlo a un lugar seguro. Cuando desembocó, según el plan establecido, en la plaza procedente de la calle Galanovskaya, le pareció que el plan había fracasado una vez más.
– No importa, ahora hay que ayudar a los camaradas a salir de ahí antes de que lleguen las tropas.
Tal fue el primer movimiento de Kamó. Se irguió y comenzó a disparar su revólver, jurando y gritando como un verdadero militar y dirigió su caballo hacia la calle Veliaminovskaya. Allí tropezó por casualidad con Datiko, que llevaba los sacos del dinero. Kamó los llevó a casa de Mika Botcharidze, y de allí, cosidos en una colchoneta, se transportaron a un lugar menos peligroso, al gabinete de trabajo del director del Observatorio.
Cuando las tropas bloquearon la plaza no encontraron a nadie. Todos los que habían tomado parte en la expropiación, encargados de cambiar este dinero en el extranjero, fueron sorprendidos con cantidades poco importantes. Pero los gobiernos extranjeros se negaron a extraditarlos.
IV
DETENCIÓN. SIMULACIÓN DE LOCURA
En agosto de 1907, Kamó fue a Berlín. Llevaba en el bolsillo un pasaporte a nombre de Mirski, agente de una sociedad de seguros. A principios de noviembre le detuvo la policía alemana. Le encontraron una maleta de doble fondo en la que había instrumentos para la fabricación de explosivos de una gran potencia. Un registro hecho en la habitación que ocupaba permitió a la policía encontrar una caja con armas y acumuladores para la preparación de explosivos a distancia.
Kamó sospechó que había sido víctima de un delator; pero es posible que el motivo del registro fuese la imprudencia de un camarada en cuya casa se había encontrado la dirección de Kamó durante un registro policíaco.
Kamó fue encerrado en la Kriminalgericht Moabit [el Juzgado Penal de Moabit, distrito berlinés].
No hablaba alemán y fingía entender mal el ruso, lo que hacía muy difíciles los interrogatorios. Se permitió a un abogado, Oscar Kohn, que se pusiera en relación con el detenido. Hecho notable: desde la primera entrevista de estos dos hombres, que no tenían la posibilidad de entenderse, tuvieron el uno del otro una excelente impresión. Kamó presintió que podía confiar en Kohn y éste vio que se hallaba ante una personalidad original y atractiva, por cuya suerte se interesó vivamente. Llegaron a comprenderse bastante bien por medio de gestos, y así pudieron prescindir de la ayuda de un intérprete, cuyo concurso convenía evitar por prudencia.
Kamó fue acusado de terrorista-anarquista. El asunto tomaba mal aspecto. Había en su pasado dos evasiones [de prisión] y actos que merecían la pena de muerte. El proceso que iba a tener lugar en Berlín amenazaba con terminar entregándole en manos del gobierno ruso.
Kamó, de acuerdo con los consejos de Leonid Borísovich Krasin, que le envió una carta por medio de Kohn, comenzó a simular una locura furiosa.
Es sabido que, de todas las simulaciones, la más difícil es la del desequilibrio mental. Hay muchas formas de enfermedades psíquicas y a cada una corresponden síntomas determinados y diversos aspectos de estos síntomas. Y es muy frecuente que todos los que quieren simular la locura furiosa, que exige una terrible tensión de fuerzas, no tarden en agotarse completamente, lo que les imposibilita para seguir desempeñando su papel.
La historia de la medicina legal conoce casos en que la aventura fue intentada por hombres armados de instrucción médica que, sin embargo, no pudieron llevar a cabo su penosa tarea.
Y es que, en un asilo de alienados, todo el ambiente ejerce una acción deprimente sobre el sistema nervioso y una tensión agotadora de la voluntad y de la atención, que no puede relajarse ni de noche ni de día y que conduce rápidamente a hacer perder al simulador el dominio y el control de sí mismo. Rara vez los más obstinados, los más tenaces, llegan a engañar a los médicos. Habitualmente, a las seis semanas, o dos meses todo lo más, el simulador es desenmascarado.
Después de lo que acabamos de decir, es evidente que la suerte de cualquiera que no hubiera sido Kamó se hubiera decidido en algunas horas, en algunos días.
Pero Kamó hizo el milagro de simular la locura durante cuatro años, sin dejarse sorprender un momento. Este esfuerzo no pudo ser realizado más que gracias a sus excepcionales cualidades. Tenía una salud a toda prueba, una abundante reserva de fuerzas físicas. Su sistema nervioso era de una potencia y de un temple magníficos. Pero, sobre todo, tenía una voluntad de hierro, llevaba en sí mismo un odio ardiente, intratable, contra sus enemigos políticos. Y de este odio sacó el valor necesario para soportar todos los sufrimientos, antes de permitir que triunfasen sus enemigos.
Tuvo no pocas veces que sacrificar su amor propio por la causa de la revolución, y todas las comedias que tuvo que desempeñar durante cuatro años fueron una terrible humillación para esta orgullosa naturaleza.
Desde el primer día de su ficticia enfermedad comenzó a armar escándalo, a gritar, a destrozar sus ropas, a tirar al suelo los platos llenos de comida, a pegar a los vigilantes. Se le encerró en una celda, una cueva donde la temperatura estaba bajo cero. Allí se le dejó, desnudo, durante nueve días.
Para no enfriarse, para no caer enfermo, tenía que estar siempre en movimiento, correr, saltar, sin concederse un minuto de tregua.
Al cabo de nueve días se le devolvió a su celda ordinaria, donde se le concedió una entrevista con Kohn, al que le hizo comprender hábilmente, con una seña imperceptible, que se encontraba perfectamente.
Kamó fue trasladado como loco furioso a la sección psiquiátrica del hospital por un período de prueba. Se accedió a la demanda de Oscar Kohn, que quiso ser nombrado tutor de este detenido loco furioso.
Esta prueba duró seis meses. Durante estos seis meses Kamó no se acostó, permaneciendo en pie día y noche. No descansaba más que poniéndose de cara a la pared y levantando sucesivamente una pierna tras de otra. Finalmente, se negó a tomar todo alimento; entonces se le alimentaba por medio de un tubo que se le introducía por el esófago, separándole a la fuerza las mandíbulas. En esta operación le rompieron varios dientes. Más tarde, Kamó afirmó que este régimen de alimentación lácteo (porque era leche lo que le hacían absorber) le había sido muy útil.
Nunca se agotaba su ingeniosidad, siempre tenía en reserva otras pruebas, a las cuales se sometía.
Un día se arrancó la mitad de su cabellera y la alineó en pequeños haces, simétricamente, encima de la cama. Al ver esto, los médicos y el vigilante lanzaron un grito de horror.
Otro día se colgó, previamente seguro de que la administración vigilaba. En efecto, fue arrancado indemne del nudo corredizo.
Una vez halló un huesecillo en su plato de sopa; lo afiló y por la noche se rompió las venas de su puño izquierdo. Cuando acudieron en su ayuda, se le detuvo la hemorragia y el moribundo recobró el conocimiento, se vio que toda la cama y hasta el suelo de la celda estaban inundados de sangre.
Es muy probable que los médicos creyeran que tenían que habérselas con un simulador y la larga prueba de estos seis meses lo testimonia. Pero el ver todos los sufrimientos que el detenido se infligía llevó a los expertos a concluir que «los rasgos característicos de su conducta no pueden ser simulados mucho tiempo. Estas manifestaciones no pertenecen más que a un enfermo verdaderamente víctima de enajenación mental. Se trata, en este caso, de una forma de enfermedad psíquica que debe considerarse entre los aspectos histéricos de este mal».
A fines de junio de 1908, Kamó fue trasladado al asilo de dementes de Buch, cerca de Berlín, donde residió hasta marzo de 1909. Kamó tenía penosos recuerdos de su vida en este establecimiento, pero allí tampoco le abandonaron su buen humor y su intrepidez.
En el asilo de Buch se le instaló en una sala donde había diez locos furiosos. La vigilancia debía ser bien negligente, porque pasaban el tiempo mordiéndose, arañándose, pegándose unos a otros. Kamó tuvo que pasar varios días en esta agradable compañía, que no dejaba ser peligrosa y, después, fue instalado en una sección más tranquila. Pero también allí la estancia entre estos seres insensatos, a veces miserables, a veces cómicos, frecuentemente espantosos y siempre dispuestos a alguna escena imprevista y penosa, era una dura prueba. No había ninguna posibilidad de evasión y Kamó se esforzaba inútilmente en buscar y combinar; tuvo que renunciar a la esperanza de salir de allí.
Durante toda su estancia en el asilo de Buch, Kamó no se cansó de observar, de estudiar a los enfermos que le rodeaban. Había entre ellos un médico morfinómano que sus parientes habían dejado allí, porque para comprar la morfina no solamente se gastaba todo lo que tenía, sino que se procuraba dinero por cualquier medio. Este médico hablaba frecuentemente con aquellos de los enfermos más aptos para comprenderle, les daba a conocer las diversas formas de las enfermedades psíquicas, sus síntomas y rasgos característicos. Kamó trataba de retener todas estas explicaciones.
En marzo de 1909, la administración del manicomio de Buch anunció que el estado de salud del anarquista-terrorista Petrossian [Kamó], víctima de una enfermedad psíquica, era satisfactoria, que estaba absolutamente tranquilo y consciente y que podía incluso realizar diversos trabajos de horticultura.
Se reintegró a Kamó al depósito de la prisión de Alt-Moabit. Pero entonces hubo una «recaída» y esta vez fue un enfermo conforme a todas las reglas de la ciencia. El 16 de abril era de nuevo instalado en el manicomio de Buch.
Se simuló víctima de una enfermedad psíquica crónica, caracterizada por insensibilidad de algunas zonas de la epidermis. Es este un caso al que se le da el nombre de anestesia.
Kamó reprodujo a la perfección la expresión, los andares, los movimientos, el delirio, toda la conducta del enfermo.
Los médicos, intrigados, deseosos de descubrir los posibles artificios de este enfermo, le hacían sufrir pruebas crueles. Se le hundían alfileres entre las uñas, se le aplicaban al cuerpo puntas ardiendo, etc., etc.
Muchos años más tarde, Kamó conservaba todavía en la cadera una cicatriz procedente de una herida causada de ese modo.
Soportó con la mayor calma estas torturas, que fueron renovadas frecuentemente, sin gemir ni pestañear.
– Aquello apestaba a chamusquina –decía más tarde.
Los médicos y sabios profesores no habían jamás visto un hombre dotado de una sensibilidad normal soportar con tal estoicismo aquellos sufrimientos. De buena o de mala gana, a despecho de la reacción reveladora de las pupilas, tuvieron que reconocer que el individuo sometido a su examen era realmente víctima de la enfermedad cuyos síntomas manifestaba. (La sensación de dolor provoca en el hombre y en los animales superiores una dilatación de la pupila que es imposible frenar con un impulso de la voluntad.)
Tenemos, para informarnos de este trágico período, no solamente los recuerdos y relatos de Kamó y Oscar Kohn, sino también documentos, como las hojas clínicas de los hospitales donde Kamó fue examinado. Citaremos algunos extractos, porque caracterizan muy bien la atmósfera en que tuvo que luchar para conservar la vida:
7 de febrero de 1908. –Se ha entregado a violencias, se mantiene en un rincón; no responde.
10 de febrero. –Se ha desnudado. No responde. Rechaza todos los alimentos.
13 de febrero. –Suspira y gime. Rechaza la comida.
4 de junio. –Se pasea cantando.
19 de junio. –Se queja de dolor de cabeza. Repite frecuentemente: «cuando uno se muere, ya no vive».
23 de junio. –Se ha arrancado una parte del bigote, expresando el deseo de enviárselo a sus camaradas. Llora frecuentemente; injuria a la policía berlinesa en ruso y en alemán, dice que le torturan inquisidores españoles.
29 de junio. –Traslado a Buch.
PREGUNTA: ¿Su nombre?
RESPUESTA: Simón Arshakovich Ter-Petrossov.
PREGUNTA: ¿Cuál es su religión?
RESPUESTA: Soy armenio, nuestra religión no difiere mucho de la ortodoxa.
PREGUNTA: ¿Ha habido en su familia casos de enfermedad psíquica?
RESPUESTA: En mi infancia era un ardiente patriota. Una tía, hermana de mi madre, era muy nerviosa.
PREGUNTA: ¿Qué enfermedades tuvo usted en su infancia?
RESPUESTA: Cuando era pequeño me gustaba mucho el vinagre y tosía mucho.
PREGUNTA: Diga usted el nombre de un río de Siberia que corre hacia el norte.
RESPUESTA: El Amur, el Tobol. Todo se me ha olvidado. Antes podía indicar en el mapa todo lo que se me preguntara, con los ojos cerrados.
PREGUNTA: ¿Cuántas provincias tiene Rusia?
RESPUESTA: No contesta.
PREGUNTA: Diga usted el nombre de una ciudad regada por el Volga.
RESPUESTA: Astracán.
PREGUNTA: ¿Cuántos habitantes tiene Rusia?
RESPUESTA: Dos millones. (Rompe a reír.) No, es una broma; tiene doscientos millones.
PREGUNTA: ¿Qué sabe usted de Catalina [II de Rusia, o Catalina la Grande]?
RESPUESTA: No quiero hablar de ese monstruo.
PREGUNTA: ¿Qué sabe usted del zar Pedro el Grande?
RESPUESTA: Era un zar ruso.
PREGUNTA: ¿Iba usted antes a la iglesia?
RESPUESTA: No, yo tengo un dios para mí y rechazo el dios policíaco. Mi religión es el Estado socialista. No creo más que en Carlos Marx y Federico Engels.
Los hospitales y asilos de la región dependían de la Armeen Direktion. Esta institución, cediendo a la presión de la policía alemana, insistió en la entrega de Kamó a las autoridades rusas, con el pretexto de que el mantenimiento de este enfermo extranjero no debía ser pagado por el pueblo alemán. A pesar de las medidas tomadas por Oscar Kohn, a pesar de todos los esfuerzos que se hicieron para impedir que las autoridades entregasen Kamó a Rusia, se le puso en manos de los gendarmes rusos el 4 de octubre de 1909, en la estación de Wreschen-Strelkovo. Fue trasladado a Tiflis para ser juzgado allí por un tribunal militar y encerrado en el castillo de Metekhi.
Ante todo, se trataba de proteger a Kamó contra el peligro de una venganza inmediata y cruel del gobierno ruso. Kohn hizo aparecer en el Vorwärts [periódico del SPD] un artículo, del que se hizo eco la prensa liberal alemana; [Gustave] Hervé, a su vez, dirigió contra el gobierno alemán una violenta diatriba, reprochándole haber entregado a la Rusia reaccionaria, como criminal político, a un hombre manifiestamente loco. Se hizo mucho ruido y en estas condiciones era difícil, por muchas ganas que tuviese el gobierno ruso, colgar sin otra forma de proceso a este peligroso revolucionario.
Los dirigentes tuvieron que ocuparse del asunto, indudablemente no por piedad hacia el pobre enfermo, sino para evitar un gran escándalo político en Occidente. Estos temores hallaron su expresión en una carta del Ministro del Interior, Piotr Stolypin, al conde Vorontsov-Dashkov, gobernador general del Cáucaso.
Confidencial
Señor conde:
Por una carta fecha el 27 de abril de este año, número 42, el Ministro de
Asuntos Extranjeros me informa de que la prensa democrática de Alemania se apasiona por la suerte del súbdito ruso Arshakov (alias Mirski y Ter-Petrossov), que va a ser juzgado en Tiflis por la agresión contra un transporte de fondos del Estado cometida en 1907.
Los órganos radicales Vorwärts y Frankfurter Zeitung atacan a la policía alemana por haber entregado a Mirski-Arshakov cuando salió de un hospital de enfermos psíquicos a las autoridades de nuestro país. Los ataques de que es objeto el gobierno alemán no dejarán de redoblar en violencia si Mirski es condenado a muerte, y el Ministro del Interior teme que esto tenga consecuencias molestas para los intereses rusos desde el punto de vista de la cuestión de la extradición de los anarquistas.
Aprovecho la ocasión para testimoniar a Su Excelencia mis respetuosos sentimientos,
P. Stolypin 7 de mayo de 1910, número 91.104.
V
LA EVASIÓN DEL MANICOMIO
Los testimonios de la enfermedad mental crónica de Kamó habían sido enviados a Tiflis. Estos documentos llevaban firmas ilustres y los médicos legistas del tribunal militar estaban obligados a tenerlas en cuenta.
El día de la audiencia la sala del tribunal y los pasillos que conducían a ella estaban repletos de gente. Tiflis se había puesto en movimiento. Todo el mundo quería ver al famoso héroe nacional, al que tanto había luchado por la clase obrera. Pero ¡ah!, el espectáculo era desconsolador. Flaco, vestido con una blusa de hospital toda destrozada, con el rostro demacrado y grandes ojos cuya mirada erraba de una parte a otra sin reconocer a nadie. Kamó parecía infinitamente desgraciado. Mucha gente lloraba.
Se le hizo entrar en la sala y avanzar hacia la mesa donde se instalaron majestuosamente los jueces. Él no hacía caso a nadie. Sacó de su bolsillo al gorrión Vaska, al que había domesticado durante su estancia en la enfermería de la cárcel y le dejó que paseara sobre la mesa. Se le hacen algunas preguntas, pero no responde; le da miguitas a su gorrión. Poco después levanta la cabeza y tiende un pedazo de pan a uno de los jueces, con una sonrisa idiota.
Esta escena produjo una penosa impresión en el público. La tía Lisa y las hermanas del acusado estaban allí y se persuadieron de que su querido Kamó había perdido la razón.
Se hizo salir al acusado. El tribunal militar juzgó necesario someterle a nuevas pruebas en la sección de psiquiatría del hospital de la cárcel de Metekhi. Allí permaneció un año y cuatro meses. (Las pruebas fueron, poco más o menos, las mismas que en Berlín.)
Las hojas clínicas de este período muestran el curioso cuadro siguiente:
El individuo ha sido conducido del castillo de Metekhi a la sección, con escolta, el 21 de diciembre de 1910, y con grilletes en los pies. Llevaba en la mano un pájaro al que llamaba Pedrito y del que no quería separarse. El individuo es de mediana estatura, parece haber estado alimentado de manera satisfactoria, su rostro tiene una expresión pasablemente estúpida, apática, las respuestas a las preguntas que se le dirigen son incoherentes, no parece comprender dónde se halla, ni por qué razón. Ha sido colocado en una habitación aparte. El pájaro le ha sido recogido.
23 de diciembre. –El individuo está tranquilo, apático. Tiene una fuertedisminución de la sensibilidad de la piel, algunas zonas han perdido completamente el sentido del dolor. Cuando los músculos se contraen fuertemente el sujeto no siente ningún dolor y, de una manera general, se muestra completamente indiferente a la investigación a que se halla sometido.
24 de diciembre. –El sujeto va y viene durante todo el día en su celda,canta, silba, se ocupa de llenar de tabaco cartuchos de cigarrillos, no se interesa por nada. Ha pedido al médico de servicio que le dé un libro en el que se trate de la guerra; se le ha dado, pero no le lee.
Cuenta que tiene cuatro millones enterrados en las afueras de Tiflis, pero se niega a descubrir su escondite. Por la noche permanece mucho tiempo sin poder dormir, da vueltas con agitación, se queja, entre otras cosas, de que le hayan separado de su gorrión Pedrito. Pide que se lo devuelvan porque quiere hablar con él de un asunto muy importante.
5 de enero. –Durante la visita médica de la mañana, el sujeto ha declarado al médico que vienen a verle a su celda muchos jóvenes –hombres y mujeres– que le inquietan y turban su reposo. Pide al médico que tome medidas, porque de otro modo se encargará él mismo de arreglar cuentas con ellos. Por el día, va y viene en su celda silbando, se muestra alegre, fuma mucho, no parece inquietarse lo más mínimo de verse en la sección de locos. Al contrario, sus grilletes le entretienen: los hace sonar para acompañarse cuando canta. Ha comido. No ha dormido en toda la noche.
9 de enero. –El sujeto se muestra nervioso, no está quieto un momento, canta, silba, dice que cantando bien llama a sus pájaros, a los que quiere mucho y que le comprenden perfectamente. Se calla un momento para reanudar enseguida sus canciones y volver a pasear por su celda. Por la noche se mete en la cama, pero permanece toda la noche sin dormir. Pretende que está absorbido por el establecimiento del presupuesto de la guardia de combate que ha organizado y que se halla en las ajueras de Tiflis. No lee libros, ni periódicos y, en general, no le interesa nada.
13 de enero. –Humor triste, parece deprimido, a veces empieza a sollozar, gime, suspira, habla frecuentemente de la muerte. «Mis guardias de combate han sido aplastados por los bandidos que me tienen encerrado aquí. Ya no vale la pena vivir. Yo debía vivir más de cien años, pero ahora estoy dispuesto a morir.»
21 de enero. –Humor desigual, tan pronto triste como alegre. Pasa el día en su celda, canta, silba, se habla a sí mismo, prepara cigarrillos, aplasta miga de pan para modelar animales, se acuesta pronto, pero está mucho tiempo sin dormir, murmurando. Fuma.
2 de marzo. –El sujeto está tranquilo. Ha dicho al médico que iba a atravesar Siberia en un [Citroën] 10 H.P. para dirigirse a América, que había entre Siberia y América un río cubierto de hielo. Se ha asombrado de que hayan sabido su nombre, que han pronunciado en voz alta; lo ha oído a través de la pared: «He oído claramente una voz de mujer que pronunciaba mi nombre».
Llegado el término del período de prueba, Kamó fue trasladado al hospital psiquiátrico de Mijáilovski. Los médicos de Tiflis le declararon incurable. Y allí fue donde Kamó concibió y puso en práctica su proyecto de evasión.
Se puso en relación con el mundo exterior por medio de un joven guardián de la prisión, Juan Braguin. Éste había sido conquistado por el encanto que se desprendía de toda la persona de Kamó y por la aureola que rodeaba su nombre. Este guardián sirvió de intermediario para la transmisión de las cartas que se enviaron Kamó y Kote Tsintsadze, que dirigió la evasión, activamente ayudado por la hermana preferida de Kamó, Dzhivaira.
Poco a poco, Braguin se transformó en huésped habitual de las hermanas de Kamó, que influyeron fuertemente en su decisión de intervenir en la organización de la fuga.
En cuanto a Kamó, con la lealtad y la elevación de alma que le eran peculiares, advirtió desde el comienzo a Braguin de todos los riesgos que corría haciéndose cómplice suyo. Cualquiera que fuese el resultado de la tentativa, Braguin no podía esperar salir bien parado del asunto. No se puede creer que le tentase el dinero (algunos centenares de rublos) porque, de haber traicionado a Kamó, Braguin hubiera podido hacer seguramente una brillante carrera.
La sección psiquiátrica del hospital Mijáilovski está situada a orillas del Kurá, no lejos del puente Vereisky. La ventana del retrete del piso superior, provista de una reja de hierro como las demás ventanas del hospital, da sobre el río. Por allí era por donde había que fugarse y para eso era preciso hacerle unas pequeñas manipulaciones a la reja.
Kamó se puso al trabajo. El personal no se asombró de la prolongada y frecuente ausencia de Kamó en aquel sitio. Todos los que hayan custodiado locos conocen su costumbre de entregarse durante horas a ocupaciones repugnantes y solitarias. Kamó había estudiado las costumbres de estos desgraciados y desempeñó tan bien su papel que nunca fue sorprendido. Y en los minutos libres de control, con la ayuda de una pequeña lima que le había llevado Braguin, limó la reja de la ventana. Este trabajo duró tres meses.
El día fijado para la evasión, Tsintsadze envió a Kamó un pastel en el que había metido un soporífero para adormecer a sus guardianes.
A la hora en que todo el hospital, aplastado por el tórrido calor de un día de verano, se hallaba sumido en la pereza de la siesta, Kamó se libró de sus grilletes, previamente limados, cambió de ropas poniéndose las que Braguin le había llevado y, a una señal convenida enviada desde el otro lado del Kurá, sale por la ventana del retrete y desciende por medio de una cuerda. Pero la cuerda está vieja, se rompe, y Kamó cae desde una altura de tres metros y medio sobre un montón de piedras. Se levanta rápidamente, atraviesa un brazo del río para llegar a un banco de arena que le permite llegar al puente y, por fin, a la orilla, donde Kote le recibe para conducirle a la habitación preparada de antemano.
Algunos días más tarde, Kamó era conducido a otro refugio más seguro, una casita rodeada de viñedos en la montaña. El dueño de la casa era un antiguo funcionario, un personaje original que llevaba una vida retirada y que inspiraba una absoluta confianza. Aparte de él y de Kamó, no había nadie en los alrededores.
Kamó pasó allí un mes. Antes de partir, preocupado por evitar a su huésped cualquier molestia, Kamó hizo desaparecer cuidadosamente, metódicamente, todas las huellas de su estancia en la casa. Pero el secreto había sido bien guardado y el propietario no fue molestado.
Informado de la evasión, el procurador militar se puso furioso; dirigió una severa amonestación al médico-jefe del hospital, que invocó, para justificarse, la extraordinaria habilidad de este simulador, que había conseguido engañar hasta a los sabios profesores de Berlín. Pero, como quiera que fuese, el preso se había escapado y se trataba de pescarle. Se pusieron en práctica, para lograrlo, todos los medios posibles. La ciudad fue sitiada, y se estableció un riguroso y complicado control en las estaciones y en las puertas de la ciudad.
Pero no hay vigilancia que no pueda ser burlada. Todos los días, en una calle que desembocaba en la carretera de Mtskheta, se veía aparecer un pequeño grupo de escolares y de muchachas en bicicleta. Los soldados de la guardia podían distraerse observando las evoluciones de estos jóvenes. A veces, uno de los ciclistas se olvidaba y pasaba el límite. Se le hacía volver a gritos: «Atrás, está prohibido».
Una escena que se ve repetirse todos los días acaba por aburrir la atención. Los soldados no se ocupan ya de los ciclistas, y cuando un día, uno de los cinco, después de pasar el límite reglamentario, desaparece en una curva de la carretera y vuelven a la ciudad solamente cuatro, nadie presta atención.
Disfrazado de colegial, Kamó corre hacia Mtskheta, donde es acogido esta vez también por Kote.
Hay una fiesta en el pueblo, se celebra una boda y los huéspedes que vuelven de las viñas del Señor recorren las calles cantando y bailando al son de sus instrumentos nacionales.
La costumbre autoriza a cada invitado a llevar un amigo. Kamó cambia su vestido de colegial por el traje nacional, y vedle ya entre la multitud regocijada. Por la noche, los invitados se dispersan, muchos de ellos se dirigen en grupos a la estación. Kamó sube sin dificultad en un coche y parte para Batumi. Un último obstáculo que vencer: se trata de introducirse a bordo de un barco sin ser visto, y de llegar a un puerto extranjero. Un grupo de militantes de Batumi oculta a Kamó, con la ayuda de los marineros, en la cala del navío, entre las cajas y los barriles, y así escapa a la mirada escrupulosa de los gendarmes.
Kamó se dirige a París para celebrar una entrevista con Lenin y ponerse al corriente de la situación creada durante los años de su reclusión. Lenin le informa.
Krúpskaya describe así la visita que les hizo Kamó:
Kamó me rogó que le fuese a comprar almendras. Instalado en nuestra sala-cocina parisién, comía sus almendras como si estuviese en su pueblo natal y nos contaba su detención en Berlín, sus años de simulación, nos hablaba de su gorrión domesticado, que le distraía en la cárcel.
Lenin le escuchaba con un sentimiento de infinita piedad por este hombre intrépido, ingenuo como un niño, de ardiente corazón, dispuesto a realizar los mayores actos de heroísmo, y que, ahora, una vez evadido, no sabía qué trabajo emprender.
Hacia fantásticos proyectos de trabajo. Lenin no le objetaba, trataba de hacerle imperceptiblemente volver a las cosas de la tierra, le hablaba de la necesidad de organizar el transporte de la literatura del Partido, etc.
Finalmente, se decidió que Kamó debía ir a Bélgica para operarse. Bizqueaba y los delatores podían reconocerle fácilmente, y luego pasaría al sur de Rusia y al Cáucaso.
Ilich [Lenin] examinó el abrigo de Kamó y le preguntó: «¿No tiene un gabán de más abrigo? Porque paseando en el puente del barco va usted a sentir frío». El propio Ilich, cuando viajaba en barco, iba incansablemente en el puente de un lado a otro. Cuando supo que Kamó no tenía otro abrigo, le trajo su abrigo gris, bien forrado, que su madre le habla regalado en Estocolmo y que le gustaba mucho. La conversación con Ilich, su cordial acogida, calmaron un poco a Kamó.
VI
DETENCIÓN EN TIFLIS. TRABAJOS FORZADOS
Kamó no pudo vivir mucho tiempo en el ambiente del Occidente pacífico. La atmósfera de la vida de emigrado no le convenía. Tenía sed de trabajo, de lucha, no se creía vencido y quería continuar combatiendo con las mismas armas.
Al cabo de algunos meses, con su salud más o menos restablecida, volvió Kamó de nuevo al Cáucaso.
Halló el movimiento revolucionario en una nueva etapa; la reacción no estaba todavía vencida, pero se advertía ya un impulso revolucionario; la clase obrera se levantaba vigorosamente para una nueva lucha, estallaban en todo el país huelgas generales, como los relámpagos que iluminan el cielo antes de la tormenta.
La matanza de obreros de Lena, en abril de 1912, encendió de indignación el corazón de millones de trabajadores y fue el punto de partida de un nuevo movimiento obrero de masas, enriquecido con la experiencia de las victorias y las derrotas sufridas.
En esta época los bolcheviques habían fortalecido sus filas por medio de una enérgica lucha contra los conciliadores de toda clase; habían roto todo lazo orgánico con los oportunistas en la conferencia de Praga, en enero de 1912, y se habían constituido en Partido independiente.
Al mismo tiempo, el Partido agrupaba a su alrededor, bajo su dirección, a la mayoría de la clase obrera, aplicando hábilmente la táctica de las formas ilegales de lucha, combinadas con la utilización de todas las posibilidades legales, comenzando por la tribuna de la Duma, por la conquista de todos los sindicatos y de todas las demás organizaciones obreras legales, y terminando por la creación de un periódico bolchevique legal.
Las nuevas formas de lucha hacían surgir del seno de las masas nuevos militantes. La clase obrera había dado numerosos nuevos cuadros al Partido bolchevique, pero, sin embargo, no era fácil hallar hombres para la acción de combate, porque el movimiento de masas que se había difundido ampliamente no había llegado, sin embargo, a su punto culminante, a la insurrección armada, a la guerra civil abierta. Kamó se vio obligado, pues, a buscar combatientes, ante todo, entre sus antiguos compañeros de armas. Pero quedaban pocos: unos habían abandonado la acción revolucionaria, otros habían muerto, otros estaban en el destierro o en la cárcel.
Kamó recluta camaradas jóvenes que no tenían la experiencia de la lucha de guerrillas. Con ellos organiza, en septiembre de 1912, en la carretera de Kodori, una agresión contra un coche postal cargado de dinero. Fracasó el hecho y Kamó fue encerrado de nuevo en el castillo de Metekhi. Poco tiempo después es condenado a la pena capital. ¡Cuatro condenas de muerte! Una por haber tomado parte en la insurrección armada de 1905, otra por la expropiación de la plaza de Eriván, la tercera por la evasión del hospital de
Mijáilovski y la cuarta por el intento de expropiación de la carretera de Kodori. Como siempre, el veredicto tenía que aplicarse al cabo de un mes. Jamás Kamó estuvo tan tranquilo, alegre y despreocupado como aquel mes.
El camarada Tsintsadze estaba también encerrado en el castillo de Metekhi con Kamó. Tsintsadze pudo hacerle llegar una carta en el hueco de una vela.
Kamó respondió con esta nota:
He encontrado la carta. Estoy resignado ante la muerte, absolutamente tranquilo. La hierba podrá muy bien brotar a seis metros de altura sobre mi tumba. Uno no puede escapar eternamente de la muerte. Pero probaré mi suerte una vez más. Mira a ver si te es posible preparar una evasión. Tal vez podamos burlarnos una vez más de nuestros enemigos. Estoy encadenado. Haz lo que consideres. Estoy listo para todo.
Pero todos los proyectos de evasión resultaron irrealizables. Sin embargo, la salvación llegó, aunque de una manera muy difícil de prever.
Estábamos en vísperas del 300o aniversario de la dinastía de los Románov y el manifiesto imperial conmutó la pena de muerte pronunciada contra Kamó por veinte años de trabajos forzados.
Kamó fue trasladado, en 1915, al presidio de Járkov, donde se le puso con los presos comunes. El régimen que reinaba allí era espantoso. Los prisioneros hacían todos los días largas horas de trabajo forzado: costura de vestidos, de ropa blanca, confección de calzados. Kamó se vio obligado a vivir en la sociedad de representantes típicos del mundo de los «miserables». Se producían penosas escenas en el taller y en el patio, que testimoniaban las brutales costumbres de la cárcel.
Por otra parte, se podía temer, en cualquier momento, una colisión entre Kamó y la administración, porque, indudablemente, hubiera respondido a cualquier insulto con un golpe mortal, cuyas consecuencias se adivinan fácilmente.
Los presos no tardaron en tomar estimación por Kamó. Le llamaron el «Gran Juan». Este «título» hacía menos penosa su situación. Para evitar los conflictos con la administración, Kamó salía siempre descubierto, incluso en los grandes fríos, para no tener que negarse a quitarse el sombrero delante de los «jefes» y evitar, al mismo tiempo, esta humillación.
Tenía una continencia alerta y alegre durante las raras entrevistas que tuvo con sus parientes; pero sus ojos descubrían la huella de una tristeza insondable. Se advertía bien que el presidio le mataba. Hasta parecía que su lucidez y buen sentido, tan sólidos siempre, le abandonaban, porque comenzaba a fabricar proyectos fantásticos de evasión. ¡Quién sabe el desenlace que hubiera tenido este martirio, si la revolución no hubiera roto los hierros de la prisión de Kamó!
VII
ÚLTIMOS AÑOS
La revolución de febrero le aportó a Kamó la libertad; pero también penosas pruebas. Después de residir en Moscú, en Petrogrado, después de lanzarse en el impetuoso torbellino de la vida política, Kamó tuvo, por primera vez, conciencia de la inmensa brecha abierta en sus fuerzas. Se sentía enfermo, herido, había perdido el gusto de vivir y se necesitaron las insistentes instancias de Lenin para obligarle a cuidarse.
Su estancia en las aguas del Cáucaso le repone, su admirable organismo se vivifica al sol del mediodía.
Los largos años de intenso trabajo clandestino en los sectores de combate más importantes, en la acción del Partido, no permitieron a Kamó adquirir conocimientos teóricos, llenar las lagunas de su modesta instrucción general. La prisión, que fue una especie de universidad para muchos militantes de la acción ilegal, no le dio nada sino inauditos sufrimientos. Pero, sin embargo, un justo instinto revolucionario de clase y un espíritu claro y despierto permitían a Kamó orientarse correctamente, en general, en los acontecimientos políticos del día.
Se le ofrecieron elevados puestos, pero los rechazó siempre; su modestia era muy grande, y, además, estaba seguro de no estar lo suficientemente preparado para dirigir en las complejas condiciones del desenvolvimiento de la revolución proletaria en nuestro país.
Kamó, que había cumplido siempre brillantemente las misiones que el Partido le había confiado, parecía de pronto no estar muy seguro de sí mismo. Se adaptaba difícilmente a las nuevas relaciones, a los nuevos métodos de trabajo.
Incluso en el frente de la guerra civil no lograba hallar una ocupación a su gusto, capaz de darle el sentimiento de ser tan indispensable, tan irremplazable como en otro tiempo. Por eso se sentía siempre atraído hacia las antiguas formas de lucha, hacia la aplicación, en las nuevas condiciones, de los antiguos métodos de acción ya experimentados.
En 1919, durante el avance de Denikin sobre Moscú, Kamó recibió autorización del C.C. del Partido para reclutar un grupo de combate y operar en la retaguardia de Denikin. Escogió cuidadosamente a sus compañeros, les hizo pasar toda clase de pruebas, trató de conocer de cerca a cada uno de ellos y terminó por tener un grupo de combate bien constituido. Se hizo seguir a estos combatientes un curso sumario destinado a habituarles a la acción ilegal, a enseñarle el manejo de explosivos, a ejercitarles en la fabricación y manejo de bombas.
Kamó tuvo largas entrevistas con sus camaradas, les enseñó los «secretos» de la acción de los grupos de combate y les contó en el camino episodios de su experiencia revolucionaria que los jóvenes escucharon encantados.
El grupo se aprovisionó de accesorios para disfrazarse, de ropas, de afeites y se dirigió a Bakú pasando por Astracán.
En Astracán se equipó un sólido barco de pesca, que se cargó de armas, de fusiles, de ametralladoras, de cartuchos y se dieron a la mar en su velero, arriesgando en cualquier momento encontrarse con algún barco de guerra de Denikin.
La travesía se hizo sin dificultad y los miembros del grupo, llegados a Bakú, se dispersaron por los barrios obreros cambiando de domicilio de vez en cuando para sustraerse al ojo inquisidor de la policía.
Les estaba prohibido hacer ningún trabajo de propaganda en su retiro subterráneo. Kamó les prohibió también aparecer en la calle; la mayor parte de ellos no conocían la vida local y corrían el riesgo de ser detenidos a la menor imprudencia.
Mientras tanto, el Ejército Rojo había ocupado Rostov y se disponía a atacar Armavir. La principal tarea del grupo, desorganizar la retaguardia de Denikin, era imposible de realizar porque éste se había replegado sobre Novorosíisk.
Pero Kamó no quería renunciar al objeto que se había propuesto. Condujo con él un pequeño grupo de cuatro hombres y decide llegar con ellos a Novorosíisk, pasando por Georgia y el Mar Negro.
Kamó se atribuyó el nombre del príncipe Tsulukidze. Una soberbia cherkeska (ropa usada en el Cáucaso), botas caucasianas de flexible cuero, un gorro de lana de oveja guarnecido de adornos de oro en forma de cruces, una barba magistralmente colocada, le aderezaban un aspecto majestuoso e imponente.
Después del tercer toque de campana los gendarmes hicieron parar el tren y detuvieron a todos los hombres morenos que podían parecerse a Kamó. Pero el príncipe Tsulukidze no inspiró ninguna sospecha y el jefe del puesto de la gendarmería incluso le presentó sus excusas por el retraso del tren. Kamó partió para Tiflis, pero, deseoso de burlar a la policía, se bajó en la primera estación y regresó a Bakú.
El gobierno menchevique de Bakú había olfateado este viaje. Kamó y sus camaradas fueron detenidos a la bajada del tren, en Batumi, y encarcelados en el castillo de Metekhi, tan familiar para Kamó. Encerrado en una húmeda celda, contrajo una inflamación del nervio ciático.
Los presos no fueron libertados hasta dos meses más tarde, con la condición expresa de que abandonaran Georgia en veinticuatro horas.
La expedición a Novorosíisk ya no era posible y Kamó volvió a Bakú. Las victorias del Ejército Rojo habían mejorado sensiblemente la moral en los barrios obreros. El Comité regional decidió utilizar el grupo de combate para la preparación de una insurrección, de un golpe de Estado bolchevique. Kamó recibe la misión de organizar grandes grupos haciendo entrar en ellos a la juventud obrera. Confió la dirección a los miembros de su grupo de combate, encargados de enseñar a los nuevos reclutas el arte de la insurrección.
Esto era, para él, la resurrección de su vida de antaño, con todas las sensaciones que da una actividad desbordante. No tenía un momento libre, estaba en todas partes, no se le escapaba nada y estaba al corriente del trabajo de cada radio, tan bien como el militante a quien le correspondía. El aprendizaje daba buenos resultados, pero no había bastantes armas. Se arregló este asunto por medio de algunas barcas cargadas de ametralladoras, de fusiles, de granadas y de cartuchos que se hicieron venir de Astracán.
Cuando el gobierno musavatista lanzó su manifiesto llamando a la población,
«a los obreros y a los ciudadanos» a defender la ciudad de Bakú contra el Ejército Rojo, se distribuyeron armas a los obreros. Se comenzó por darles a los grupos de combate organizados por Kamó y después a los obreros de las fábricas.
En la noche del 23 de abril de 1920, los miembros del gobierno musavatista huían para refugiarse en Georgia. Al despuntar el día, el parlamento y la casa del gobernador eran ocupados, se desarmó a algunos cuerpos militantes hostiles sin disparar un solo tiro y se izó la bandera roja en los cañoneros Kark y Ardogán, que eran los más fuertes navíos de guerra del mar Caspio.
Al día siguiente llegaron trenes blindados y dos días más tarde la caballería de Budionni.
Después del golpe de Estado, el C.C. del Partido Comunista de Azerbaiyán disolvió el grupo de combate.
Kamó volvió a Moscú y decidió realizar, por fin, su sueño de tanto tiempo: instruirse. Siguió el consejo de Lenin y comenzó a estudiar para entrar en la Academia general del Estado Mayor. Pero no pudo poner en práctica su proyecto. Pereció de una manera imprevista, en un accidente. Barón escribe en sus memorias:
El día que debía serle fatal, el camarada Kamó se había retrasado en su cuarto de trabajo. Hablábamos del pasado. El trabajo indispensable en las cuestiones económicas no le satisfacía. Estaba hecho para las tormentas revolucionarias. Quería tomar parte en la preparación de la revolución en cualquier país de Oriente o de Occidente. «Me reservo para esta tarea –decía justamente– aunque tenga que vivir y luchar todavía cien años. Porque me vigilo, no bebo vino, evito las noches de insomnio. He guardado intactas mis fuerzas, mi salud. ¿Qué es lo que me impedirá vivir?» ¡Quién hubiera pensado que este hombre, este verdadero héroe revolucionario que había resistido las más horribles persecuciones y había conservado su vigor y su salud, iba a morir algunas horas más tarde en un accidente banal!
El 14 de julio de 1922, a las once de la noche, Kamó bajaba en bicicleta la rápida pendiente de la calle Vereyskaya. Al oír a lo lejos la bocina de un automóvil, Kamó, que veía mal de un ojo, hizo un falso movimiento y cayó desgraciadamente sobre una piedra puntiaguda que le alcanzó el cerebelo. Dos horas más tarde, Kamó expiraba a causa de una hemorragia cerebral, sin haber recobrado el reconocimiento.
El proletariado de Tiflis hizo a su héroe, tan popular y tan querido, grandiosos funerales seguidos de un inmenso cortejo de trabajadores.
Se ha escrito, y habrá de escribirse todavía mucho más, sobre Kamó. Representaba admirablemente el tipo de militante de combate del Partido, del revolucionario dotado de excepcionales cualidades de intrepidez y presencia de ánimo. Era uno de los mejores representantes del movimiento de guerrilleros de la primera revolución rusa.
Ejercía sobre sus compañeros una inmensa influencia y su grupo de combate fue siempre una potente arma en manos del Partido.
En Kamó se unían felizmente una audacia intrépida, ardor revolucionario, altas cualidades morales, una voluntad de hierro y el espíritu disciplinado de un miembro probado del Partido.
FIN

