Libro N° 15241. El Príncipe Malvado. Andersen, Hans Christian
© Libro N° 15241. El Príncipe Malvado. Andersen, Hans Christian. Emancipación. Junio 13 de 2026
Título Original: ©
Versión Original: ©
Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original
de textos:
https://www.cuentoscortos.com/cuentos-clasicos/el-principe-malvado
Licencia Creative Commons:
Emancipación Obrera utiliza una
licencia Creative Commons, puedes copiar, difundir o remezclar nuestro contenido,
con la única condición de citar la fuente.
La Biblioteca Emancipación Obrera es un medio
de difusión cultural sin fronteras, no obstante los derechos sobre los contenidos
publicados pertenecen a sus respectivos autores y se basa en la circulación del
conocimiento libre. Los Diseños y edición digital en su mayoría corresponden a Versiones
originales de textos. El uso de los mismos son estrictamente educativos y está
prohibida su comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los autores
No comercial: No se puede utilizar este trabajo con
fines comerciales
No derivados: No se puede alterar, modificar o reconstruir
este texto.
Portada E.O. de:
https://d34gk8hlg92cbs.cloudfront.net/2384/2.jpeg
© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación:
EL PRÍNCIPE
MALVADO
Hans Christian Andersen
El Príncipe Malvado
Hans Christian Andersen
El Príncipe Malvado
Cuentos clásicos
Autor: Hans Christian Andersen
Edades: A partir de 8 años
Valores: soberbia
El príncipe malvado
Había una vez un príncipe perverso y arrogante que quería conquistar
todos los países de la tierra y hacer que su nombre inspirase terror. Avanzaba
mientras sus tropas pisoteaban los campos e incendiaban las casas.
El príncipe pensaba que las cosas marchaban como debían marchar. Su
poder aumentaba de día en día, su nombre era temido por todos, y la suerte lo
acompañaba. De las ciudades conquistadas se llevaba grandes tesoros.
Mandó construir magníficos palacios, templos y galerías, y cuantos
contemplaban toda aquella grandeza, exclamaban:
-¡Qué príncipe más grande!
Pero no pensaban en la miseria que había llevado a otros pueblos, ni
oían los suspiros y lamentaciones que se elevaban de las ciudades calcinadas.
El príncipe consideraba su oro, veía sus soberbios edificios y pensaba, como la
multitud:
-¡Qué gran príncipe soy! Pero aún quiero más, mucho más. Es necesario
que no haya otro poder igual al mío, y no digo ya superior.
Se lanzó a la guerra contra todos sus vecinos, y a todos los venció.
Dispuso el príncipe que se erigiese su estatua en las plazas y en los palacios
reales. Incluso pretendió tenerla en las iglesias, frente al altar del Señor.
Pero los sacerdotes le dijeron:
-Príncipe, eres grande, pero Dios es más grande que tú. No nos
atrevemos.
-¡Pues bien! -dijo el perverso príncipe-. Entonces venceré a Dios.
Y en su soberbia y locura mandó construir un ingenioso barco, capaz de
navegar por los aires. El príncipe, instalado en el centro de la nave, solo
tenía que oprimir un botón, y mil balas salían disparadas; los cañones se
cargaban por sí mismos.
A proa fueron enganchadas centenares de poderosas águilas, y el barco
emprendió el vuelo hacia el Sol. La Tierra iba quedando muy abajo.
Entonces Dios envió a uno de sus innumerables ángeles. El perverso
príncipe lo recibió con una lluvia de balas, que volvieron a caer como granizo
al chocar con las radiantes alas del ángel.
Una gota de sangre, una sola, brotó de aquellas blanquísimas alas, y la
gota fue a caer en el barco en que navegaba el príncipe. Dejó en él un impacto
de fuego, que pesó como mil quintales de plomo y precipitó la nave hacia la
Tierra con velocidad vertiginosa.
Se quebraron las resistentes alas de las águilas, el viento zumbaba en
torno a la cabeza del príncipe.
Medio muerto yacía el príncipe en el barco, que quedó suspendido sobre
las ramas de los árboles del bosque.
-¡Quiero vencer a Dios! -gritaba-. Lo he jurado, debe hacerse mi
voluntad.
Y durante siete años estuvieron construyendo en su reino naves capaces
de surcar el aire y forjando rayos de durísimo acero, pues se proponía derribar
la fortaleza del cielo. Reunió un inmenso ejército.
LEl principe malvadoa tropa embarcó en los buques, y él se disponía a
subir al suyo, cuando Dios envió un enjambre de mosquitos, uno sólo, y nada
numeroso. Los insectos rodearon al príncipe, le picaron en la cara y las manos.
Él desenvainó la espada, pero no hacía sino agitarla en el aire hueco,
sin acertar un solo mosquito. Ordenó entonces que tejiesen tapices de gran
valor y lo envolviesen en ellos; de este modo no le alcanzaría la picadura de
ningún mosquito; y se cumplió su orden.
Pero un solo insecto quedó dentro de aquella envoltura, e,
introduciéndose en la oreja del príncipe, le clavó el aguijón, produciéndole
una sensación como de fuego. El veneno le penetró en el cerebro, y, como loco,
se despojó de los tapices, rasgó sus vestiduras y se puso a bailar desnudo ante
sus rudos y salvajes soldados, los cuales estallaron en burlas contra aquel
insensato que había pretendido vencer a Dios y había sido vencido por un ínfimo
mosquito.
FIN

