© Libro N° 15234. La Zanahoria. Hermanos Grimm. Emancipación. Junio 13 de 2026
Título Original: ©
Versión Original: ©
Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original
de textos:
Licencia Creative Commons:
Emancipación Obrera utiliza una
licencia Creative Commons, puedes copiar, difundir o remezclar nuestro contenido,
con la única condición de citar la fuente.
La Biblioteca Emancipación Obrera es un medio
de difusión cultural sin fronteras, no obstante los derechos sobre los contenidos
publicados pertenecen a sus respectivos autores y se basa en la circulación del
conocimiento libre. Los Diseños y edición digital en su mayoría corresponden a Versiones
originales de textos. El uso de los mismos son estrictamente educativos y está
prohibida su comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los autores
No comercial: No se puede utilizar este trabajo con
fines comerciales
No derivados: No se puede alterar, modificar o reconstruir
este texto.
Portada E.O. de: Imagen con Copilot
© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación:
LA ZANAHORIA
Hermanos Grimm
La Zanahoria
Hermanos Grimm
La Zanahoria
Cuentos clásicos
Autor: Hermanos Grimm
Edades: A partir de 8 años
Valores: envidia, astucia
Una de las zanahorias que brotó que no dejaba de crecer. Cada día era más alta
y más recial. Al fin, llegó a alcanzar un tamaño tan extraordinario, que
llenaba un carro, y se necesitaban dos bueyes para transportarla. Y el
campesino no sabía qué hacer con ella, ni si era una suerte o una desgracia.
Después de un rato pensando, llegó a esta conclusión:
—Si la vendo, no sacaré gran cosa, si me la como, lo mismo puedo comerme las
pequeñas. Lo mejor será llevarla al Rey y regalársela como una cosa rara, en
prueba de acatamiento.
Así que cargó la zanahoria en el carro y fue a la Corte, para ofrecerla al Rey.
—¡Vaya una hortaliza extraña! - exclamó el Rey—. He visto en mi vida muchas
maravillas, pero jamás un monstruo así— ¿De qué clase de semilla ha salido? ¿O
tal vez es que tú eres un favorito de la suerte, y por ello te suceden estas
cosas?
—Nada de eso— respondió el campesino —. No soy un favorito de la fortuna, sino
un pobre soldado que, para poder subvenir a mis necesidades, pedí la licencia y
me dedico a cultivar el suelo. Tengo un hermano rico, a quien Vuestra Majestad
bien conoce; pero yo, como nada poseo, soy desconocido de todos.
El Rey se compadeció de él y le dijo:
—Pues se ha terminado tu pobreza; te daré lo que haga falta para que no seas
menos que tu hermano.
Y le regaló oro y campos, prados y rábanos, haciéndolo tan rico, que la fortuna
de su hermano no podía compararse con la suya. Al enterarse este de lo que
había valido a su hermano una simple zanahoria, le pudo la envidia y se puso a
cavilar en busca de algún medio para conseguir una dádiva parecida.
Queriendo proceder de modo más inteligente, llevó al Rey oro y caballos,
pensando que se le correspondería con regalos mucho más valiosos. Pues si a su
hermano le habían dado tanto por una zanahoria, ¡qué no le darían a él a cambio
de sus presentes!
El Rey aceptó el obsequio, y le dijo que lo mejor con que podía corresponderle
era con aquella rarísima zanahoria; y, así, el rico hubo de cargar en su carro
la hortaliza de su hermano y llevársela a casa.
Una vez en ella, no sabía sobre quién descargar su cólera y mal humor. Y
decidió matar a su hermano. Contrató a unos asesinos para que le tendiesen una
emboscada, y mientras tanto él fue en su busca y le dijo:
— Hermano, yo sé donde hay un tesoro oculto. Iremos juntos a buscarlo y nos lo
repartiremos. Al otro le pareció bien y se fue con él.
Cuando llegaron a un lugar despoblado, lo asaltaron los bandidos y, atándolo,
se dispusieron a colgarlo de un árbol. Pero en aquel momento se oyó a lo lejos
un sonido de cascos de caballos y la voz de alguien que cantaba a grito pelado.
Los bandidos se asustaron y salieron corriendo de allí, dejando a su prisionero
metido en un saco, que ataron a una rama.
El nombre, desde aquella altura, a costa de muchos esfuerzos consiguió abrir un
agujero en el saco y asomó por él la cabeza. Resultó que quien venía por el
camino era un estudiante vagabundo, que cabalgaba cantando alegremente a través
del bosque.
Al observar el de arriba que era un solo individuo el que pasaba, se gritó:
¡Buenos días os dé Dios!
El estudiante miró a todas partes, y no viendo de dónde procedía la voz,
preguntó:
— ¿Quién me llama?
Respondió el otro, desde el árbol:
— Levanta la vista. Estoy aquí, en el saco de la sabiduría. En muy poco rato he
aprendido grandes cosas. Todas las escuelas juntas nada valen en comparación.
Un poquito más y lo sabré todo, y bajaré del árbol más sabio que ningún otro
hombre. Entiendo las estrellas y constelaciones, el soplar de todos los
vientos, la arena del mar, la curación de las enfermedades, la virtud de las
hierbas, las aves y las piedras. Si estuvieses tú aquí, verías las maravillas
que fluyen del saco de la verdad.
Al oír el estudiante todo aquello, dijo, lleno de admiración:
Contestó el de arriba, como si lo concediese a regañadientes:
— Te dejaré subir un rato en recompensa de tus buenas palabras; pero tendrás
que aguardar aún una hora, pues me falta aprender todavía una cosa.
Cuando el estudiante llevaba ya un rato aguardando, empezó a hacérsele larga la
espera y rogó al otro que le permitiese entrar enseguida, pues su sed de
sabiduría era irresistible.
Entonces el de arriba, como si cediese de mala gana, dijo:
— Para que pueda salir del saco de la sabiduría tienes que soltar la cuerda que
lo sostiene.
Entonces te meterás tú.
Entonces lo bajó el estudiante y, desatando el saco, lo puso en libertad.
— Ahora súbeme enseguida - dijo, y quería meterse de pie.
— ¡Espera! - exclamó el otro —. Así no.
Y agarrándolo de la cabeza, lo metió de patas arriba. Ató luego el saco
sólidamente, lo subió, tirando de la cuerda, hasta lo alto de la rama y,
dejándolo que se columpiase a merced del viento, le dijo:
— ¿Qué tal, amigo? Ya debes de estar sintiendo que te entra la sabiduría y que
aprendes muchas cosas. Ahí te quedas, hasta que hayas ganado en listeza. Y
montando en el caballo del estudiante, se alejó, aunque al cabo de una hora
envió a que lo libertasen.
FIN

No hay comentarios:
Publicar un comentario