© Libro N° 15046. Payasos. Rendón Ortiz, Gilberto. Emancipación. Abril 18 de 2026
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PAYASOS
Gilberto
Rendón Ortiz
Payasos
Gilberto Rendón Ortiz
A Kai lo habían conocido casi por casualidad. Cargaba una cubeta llena
de agua cuando ellos dos, Coco y Cheo, esperaban la oportunidad de colarse a la
función sin pagar. Claro, ninguno de los chamacos se imaginaba que había en el
circo todo un sistema de seguridad y de vigilancia en torno de la carpa, con
gente experimentada que al primer vistazo descubría los posibles infractores. A
Coco y a Cheo, por cierto, los tenían bien vigilados en todos sus
movimientos.
En eso estaban cuando Kai tropieza con ellos y por poco los baña con el
cubo de agua. Si no hubiera sido por esto, seguramente ellos no reparan en el
joven trabajador y tampoco, quizás, el payaso Rompompón se fija en Kai.
Rompompón se hallaba vestido de civil. Y no solo eso: fungía en esos
momentos como agente secreto. Así es en los circos, por lo menos así es en el
Circo Pingolini Hermanos: un payaso puede ser vendedor de cacahuates y luego
anunciador o agente secreto de vigilancia, si no es que ayudante del domador.
Puede ser tantas cosas que algunas veces se olvidará de ser un payaso. No en el
caso de Rompompón. La función estaba por comenzar y él necesitaba correr, qué
digo: volar a su camerino a vestirse para su acto. Vio a Kai y le dijo:
–Quédate aquí, muchacho. Yo sé que Brobdingang a estas horas no tiene
nadita de sed, pues duerme como un lirón. Toma mi placa. Ella te acredita como
agente secreto del gran Circo Pingolini. Tu misión es vigilar a esos dos chicos
que tratan de colarse a la función sin pagar.
–¿Y qué se supone que debo hacer, Rompompón? –se dejó Kai prender la
placa en la camisa.
–¿Qué preguntas? Lo veremos en el manual de las hojas amarillas –el
payaso, que aún vestido de civil seguía actuando como payaso, sacó de sus ropas
un grueso libraco y, luego de hojearlo, encontró algo y fingió leer–: Tres
cosas puede hacer un agente secreto al vigilar a dos tunantes. La primera:
esperar a que intenten colarse, para aprehenderlos in fraganti; la segunda:
expulsarlos del perímetro del circo antes de que ellos actúen; la tercera,
dejarlos pasar a la función.
Y diciendo esto, Rompompón, el payaso favorito de todos los niños,
abandonó a Kai en la incómoda posición de vigilante.
El nuevo agente secreto echó un vistazo a los chavales. A vuelo de
pájaro eran agradables y de la misma edad de Kai, unos doce años. Uno era más
alto que él y el otro, más bajo. No escapó al joven trabajador que hacían una
pareja cómica aun sin quererlo. Le simpatizaron. Probablemente a Rompompón
también; por eso inventó aquello de "dejarlos pasar". Bueno, sí, qué
demonios, los dejaría pasar y que el señor Willis rabie en contra suya. Por
hacer rabiar al señor Willis los dejaría pasar aunque no le hubieran simpatizado
ni pizca.
Sorprendidos por su buena suerte, los chicos ni siquiera dijeron
"gracias" cuando se les presentó la oportunidad que buscaban. Verdad
es que a Cheo se le cayeron los pantalones y Coco se pisó las agujetas de los
zapatos y casi cae al suelo al dar el paso.
–Qué chistosos –se dijo Kai. Y se hubiera olvidado de ellos (cientos de
caras veía diariamente) si no es porque al día siguiente se repitió la
historia.
Rompompón le cedió a Kai el lugar de vigilante y cuando aparecieron los
dos chavales, uno más alto y el otro más bajo que él, les hizo una seña. Cheo y
Coco tuvieron cuidado de que a uno no se le cayeran los pantalones y el otro no
pisara las agujetas de sus zapatos; pero, entonces, Coco, que era el más alto,
dio con un madero contra su cabeza, y Cheo, que iba deteniéndose los pantalones
con ambas manos, se trompicó con una estaca clavada en el suelo.
Al tercer día las cosas resultaron idénticas que en los anteriores. Pero
al cuarto día hubo una variante: Kai no sustituyó a Rompompón y éste, prevenido
tal vez por el muchacho, les guiñó el ojo y los invitó a pasar por la puerta
grande. A Coco y a Cheo de la alegría se les cayeron los pantalones al mismo
tiempo. Rompompón no se impresionó nada.
–Es un viejo truco –pensó.
Claro que era un truco muy visto, pero a Cheo y a Coco les salía
natural.
En realidad Cheo y Coco eran dos payasitos de esos que seguido se ven en
las calles de la gran ciudad, a la búsqueda de una moneda, haciendo juegos
malabares y cómicas pantomimas en los altos de los coches.
Se ponían ellos en la transitada esquina que hace la avenida de las
Coristas y la calle de Hojalateros, y diariamente, en cada alto del sémaforo,
ofrecían una hermosa función relámpago. Coco y Cheo eran artistas de corazón,
payasos de nacimiento, con un visaje cómico natural. Con el propósito de ayudar
a sus respectivas familias se habían juntado y formado una pareja cómica muy
simpática e inspirada. A veces eran tan graciosos que los coches, cuando el
semáforo daba el siga, se resistían a andar. En una oportunidad, detuvieron
simultáneamente, por más de cinco minutos, el tráfico de las dos calles que se
cruzan por allí. Más, así como habían cosechado aplausos, a su corta edad
habían tenido jornadas malísimas en las que, para llevar unas monedas a casa,
tenían que andar ellos todo el día sin probar alimento.
Una tarde lluviosa en la que no pudieron trabajar, Coco y Cheo se
refugiaron en el Circo Pingolini. Las casi dos horas de la función la pasaron
con la boca abierta y más tarde, ya en casa, aún no la cerraban. Se acostaron
sin cenar y al día siguiente, Coco le dijo a Cheo que iba a buscar otro
trabajo.
–Lo mismo estoy pensando yo –contestó Cheo.
Seguían impresionados por la elevada maestría de payasos, acróbatas,
trapecistas, domadores y todos los demás cirqueros. Por primera vez en su vida
se compararon con artistas de verdad y sintieron vergüenza de lo que ellos
hacían. Qué burdos les parecieron sus chistes, qué torpes sus juegos malabares,
qué insípidos sus movimientos. La crisis existencial duró una semana
completita, en la que probaron suerte en otro trabajo callejero. Hasta que un
día Cheo se despertó diciendo:
–¿Y si volvemos a ser los payasos de antes?
Coco, medio en sueños, respondió que nada le gustaría más que eso.
Lustrar calzado, había descubierto Cheo, no era su vocación. Coco la
había pasado mejorcito vendiendo libros a los automovilistas durante ese
tiempo, pero igual: añoraba la nariz colorada, los pantalones con truco, la
gorra saltarina, la sonrisa de los espectadores, las ocurrencias propias y del
compañero.
–Lo haremos, Cheo, solo que con una condición vuelvo contigo –dijo Coco
antes de colocarse ambos en la esquina de siempre–: regresemos a la
escuela.
–Estás zafado del coco –repuso Cheo.
–Estamos zafados los dos. Si no estudiamos, no seremos nunca buenos
payasos.
–En la escuela no enseñan a ser buenos payasos, ni siquiera malos.
–Es cierto. ¿Y en el circo, qué? ¿Cómo es que son tan buenos todos
ellos?
–Se transmiten de padres a hijos las enseñanzas. ¿Crees que con la cara
que tenemos vamos a encontrar en el circo padres adoptivos o un amoroso maestro
para nosotros?
–No, pero ¿y qué tal si vamos a todas las funciones a tratar de aprender
algo? Un chiste, un movimiento gracioso, un ejercicio difícil. Lo ensayamos en
casa y lo ponemos en práctica en la calle.
–Me has convencido, Coco. ¿Qué te parece si empezamos hoy mismo?
Ese fue el día que los chicos, gracias a Kai, lograron colarse gratis
por primera vez a la función. El espectáculo era siempre el mismo.
Se repetía con variaciones imperceptibles o cambios que en nada
alteraban la calidad de las representaciones.
Coco y Cheo terminaron por saberse cada número de memoria. Y a medida que mejor los conocían, más se
admiraban del talento de los acróbatas, de los payasos, de los
trapecistas.
Además, la función se miraba distinto desde cada diferente rincón de las
gradas. Cuando Rompompón les permitió la entrada esa vez, Cheo se atrevió a
pedirle que los dejara sentar en primera fila. El payaso, vestido de civil,
accedió gustoso. Allí se estuvieron quietecitos a la espera de la función.
Apenas se inició esta, Coco, de la emoción, se cayó a la fila de atrás.
Kai pasó junto a ellos vendiendo cacahuates con chile y limón y les dejó
disimuladamente un paquetito a cada uno. A Cheo, por querer decir “gracias”, se
le saltó el sombrerito que siempre usaba y tuvo que recogerlo en la sexta fila
atrás. Desde ese momento, durante la función Cheo y Coco de puro estusiasmo, se
cayeron diez veces de su asiento.
Otras tantas se levantaron, saltaron, se encaramaron uno encima del
otro, y hasta encima de algún espectador vecino, y hubo una vez que, temerosos,
se metieron debajo del asiento ante la hilaridad del público que acabó creyendo
que, aquellos dos chicos de la primera fila, eran parte del espectáculo.
Lo más extraordinario de la función, para Cheo y Coco, ocurrió por parte
de Kai, pues de pronto, entre los trapecistas, él estaba allí, vestido de pura
plata. El anunciador incluso dijo su nombre repetidas veces: Kai era una
estrella. Sí, era muy bueno. En lo alto, pasando por los aires de uno a otro
columpio, Kai era hermoso como un ángel. Hasta parecía tener alas al ejecutar
los saltos mortales sin red de protección abajo. Anunciaron que intentaría un
triple salto mortal y fue cuando Cheo y Coco se metieron bajo el asiento. Por
suerte, mejor dicho: gracias a la pericia de Kai, todo salió bien.
Requetebién.
Casi al finalizar la función, Cheo se enredó en unos cables tendidos
cerca de él, quedando colgado de la cintura cabeza abajo. Entonces el señor
Willis en persona, harto ya de los chicos inoportunos, tomó a cada uno de la
oreja y los llevó afuera de la carpa, ante las risas y aplausos del público que
pensaba que todo era parte de la función.
–¡Que no los vuelva yo a ver por aquí! –les dijo.
El señor Willis medía dos metros de altura y era robusto como un
oso.
Fuera del circo se le podría confundir con el abominable hombre de las
nieves, pero, por desgracia, era el gerente del famoso Circo Pingolini
Hermanos, el mejor de todos los circos. Tan buenos eran los artistas de esta
compañía, que aun con un gerente como Willis seguía siendo el Pingolini el
mejor circo del mundo.
Kai, después de su espléndida actuación, había vuelto a su puesto de
vendedor de cacahuates y pudo ver, aunque de lejos, la grosera intervención del
señor Willis. Corrió tras él. Lo alcanzó cuando venía de regreso el gerente
sacudiendose las manos satisfecho.
–Espere, señor Willis –le dijo–. Quiero decirle algo.
–Más tarde –respondió aquel.
Kai, disgustado, se quitó de los hombros los tirantes que sujetaban el
cajón de cacahuates y, ¡pácatelas!, lo arrojó a los pies del gerente.
–Estoy hasta la coronilla de usted, señor Willis –exclamó furioso y se
alejó caminando.
–¡Kai, espera! –gritó el sorprendido señor Willis–. ¡Recoge lo que
tiraste!
En ese momento terminaba la función y el público, por todas partes, se
apresuraba a salir.
Kai tomó una dirección definida y pronto alcanzó la cuadra de los
caballos.
–¡Vamos, Brobdingang! –se acercó a abrazar un caballo enano–. Nos iremos
de aquí.
Brobdingang era un caballito que el muchacho entrenaba amorosamente y el
principal motivo de sus preocupaciones actuales. Era un caballo muy joven aún y
el más hermoso de todos los caballitos enanos del Circo Pingolini, si no es que
de todos los circos del mundo.
Kai era un trapecista brillante, como hemos visto. Si tenía a
Brobdingang con él era porque un viejo amigo que ya se había retirado del circo
le regaló el caballo cuando éste era un potro. De la amistad con el caballito
nació en el chico el deseo de hacer un nuevo número al lado de Brobdingang. Lo
malo era que los hijos del señor Willis, bautizados por Rompompón como los
Cuatro Jinetes del Apocalipsis, eran los caballistas estelares del Circo
Pingolini. Además, al más joven de los caballistas, un muchacho de catorce años
llamado Crisantemo, le entraron deseos de tener a Brobdingang en su propio
número.
Kai no quiso ceder su animalito, ni siquiera a cambio de un viejo
caballo que le ofrecieron. Y esa actitud firme, noble y valiente del joven
trapecista, desató una ola de amenazas en contra de Kai y su familia. Él era el
mayor de cinco hermanos. El padre, un hombre bondadoso, que todavía era
considerado como el trapecista número uno del mundo, le aconsejó que mejor
cediese el caballito al Crisantemo. Era peligroso no hacerlo. Podía ser que un
columpio no llegara a donde tenía que llegar, que una cuerda se aflojara, en
fin, y pasa un accidente. ¿Dejar el circo? Ni pensarlo. El Circo Pingolini era
la vida de todos ellos.
¿Comprendes, Kai? Comprendo, papá, decía el chamaco, dame tiempo para
hacerme a la idea. No hay tiempo ya. Un ratito nada más. Y pasó una semana y
Kai no se hacía a la idea de perder el caballito.
Comenzaron entonces las represalias. Un ligero incidente, como un
tropezón con una persona del público, fue el pretexto para que Kai fuera
suspendido de sus actuaciones en el trapecio por cosa de una semana. Cheo y
Coco no lo habían visto actuar, hasta esa tarde, por esta causa.
Kai era un muchacho de carácter. No se dejaría amilanar por nadie y si
dijo a su padre que cedería el caballo a Crisantemo Willis, había sido para
ganar tiempo y tener una idea para conservarlo.
Por otro lado, de alma noble y generosa, Kai había comprendido en cierta
forma el propósito que animaba a los dos muchachillos que todos los días
trataban de colarse al circo. Simpatizó con ellos y le dijo a Rompompóm que
aquellos dos chicos eran los alumnos perfectos para él, viejo y solitario
payaso de cuarenta y ocho años de edad, abandonado hacía unos meses por la
bella Rompomponia.
Rompompón tenía el alma debíl y pusilánime y a veces era tan cobarde que
Rompomponia decidió abandonarlo, pese a todo lo que se querían.
–¿Y si no acepta el señor Willis? –había dicho.
–Oh, Rompompón, ese es asunto tuyo solamente –contestó Kai y trató de
animarlo. Finalmente Rompompón se entusiasmó y, por ello, cuando el señor
Willis la tomó en contra de los chicos, Kai reaccionó con enojo, amén que tenía
presentes muchas otras arbitrariedades cometidas en contra de sus amigos, en
contra de su familia y en contra suya.
Después lo pensó. No podía huir con Brobdingang. Bastante trabajo es a
veces ocuparse de uno mismo como para tener posibilidades de atender a un
caballito en plena ciudad, selva de cemento. Willis había ganado.
¡No! Aunque perdiera el caballo, él no se quedaría. Regalaría
Brobdingang a Luther Comefierros, el hombre más fuerte del circo.
Dejó, pues, al caballito en la cuadra y corrió a buscar al Comefierros y
a sus otros amigos.
–Solo prométeme que nunca lo cederás a ninguno de los Cuatro Jinetes del
Apocalipsis, que siempre lo tendrás contigo y que no permitirás que nadie le
haga daño –le dijo.
–Lo siento mucho, Kai –respondió el Comefierros–. No puedo aceptar tu
regalo. De niño siempre soñé con un caballito así, pero ahora tengo familia y
debo cuidar mi empleo. No me guardes rencor.
–Y es el hombre más fuerte del circo –pensó Kai.
Rompompón, el payaso pusilánime, inesperadamente cobró valor y
dijo:
–Si me lo regalaras a mí, Kai, yo te prometería todo eso y más: haría de
Brobdingang un payaso genial.
–¿Tú, Rompompón? –dijeron los amigos de Kai y de Rompompón-. Si nunca
has podido nada contra nadie, menos podrás defenderte del señor Willis cuando
quiera quitarte el caballito.
–Es cierto –confesó Kai–: no puedo confiar en ti, Rompompón.
–Dame esta oportunidad.
–No. Eres débil de carácter. Por eso Rompomponia te dejó. Y era una
buena mujer.
–La mejor cocinera del circo –admitieron los amigos de Kai–, la mejor
anfritriona.
–Iré por ella, Kai. Me hace mucha falta. Lo prometo. Y si no quiere
venir por las buenas, la traigo de una oreja al circo.
–Bueno –Kai sonrió ante la inesperada decisión de su amigo–. Brobdingang
está en la cuadra. Es tuyo ahora, Rompompón. Cuida de él.
–¿Y tú, Kai? –preguntó el Comefierros.
–Quédate –rogó el payaso-. Tus problemas con el señor Willis acabaron;
ahora son míos. Tu familia está a salvo.
–Quédate –repitieron los demás.
–No, amigos. No soporto a Willis. Me iré para siempre. ¡Adiós!
Rompompón, Luther el Comefierros, la niña contorsionista y su hermano el
niño de goma, el hombre bala y Clodoveo, el domador de las gallinas salvajes de
Guinea, que eran los mejores amigos de Kai, se quedaron en silencio mirando
cómo el joven trapecista se perdía en las sombras de la noche.
–Sin Kai, ya nada será igual–dijo la niña contorsionista.
–Le diré al señor Willis que mañana no pienso actuar –exclamó el
Comefierros luego de un larguísimo silencio–, tengo el corazón roto.
Por supuesto, Luther el Comefierros se sentía muy mal por su falta de
valor al no aceptar el caballito. Y también se sintía mal porque así ocurre
cuando se va para siempre un amigo como Kai.
Coco y Cheo no regresaron más al circo.
Se cambiaron a una esquina muy transitada para presentar tres o cuatro
nuevas rutinas. Seguían cosechando muchos aplausos y pocas monedas.
Un día nublado y caluroso, apareció un muchacho por ahí.
–Diablos, cómo se parece a Kai– se dijo Coco.
Pero no podía ser Kai, porque estaba demasiado pálido, sucio y
demacrado. Un verdadero vagabundo si se mira bien. Había que ver al Kai del
circo: tan lozano y colorado, tan lleno de vida y, ¿por qué no decirlo?, tan
hermoso.
–Pues, sí, Coco: creo que es Kai –se acercaron los dos payasitos a
verlo.
–No, solo se parece a Kai. Este chico es más... flaco –Coco empezó a dar
vueltas alrededor del muchacho...
–¿Se lo preguntamos?
–¿Si está flaco?
–No, si es Kai.
–Bueno, pregúntaselo tú.
–Tú, que dices que no es Kai.
–Buenas tardes, caballero –se quitó Coco el sombrero–. Mi amigo y yo
tenemos una duda que no nos deja trabajar. ¿Podemos preguntarte si eres Kai, el
del Circo Pingolini?
–Claro que puedes preguntar –repuso el muchacho divertido, fingiendo
seriedad.
–Entonces, dinos: ¿eres Kai?
–Sí, lo soy.
–¿Te cae?
–¡Hola, Kai! –lo saludó Coco afectuoso.
–¿Qué haces por aquí? –preguntó Cheo efusivamente.
–¿Qué dice Rompompón? ¿Qué nuevos triples saltos mortales has hecho?
Cuenta –apuró Cheo–. ¿No hay función a esta hora?
–Para mí no.
Esa noche Kai durmió en la misma cama que Cheo y Coco y se acostó, por
primera vez en los últimos diez días, con la barriga llena y el corazón
contento, como se dice. Había encontrado a dos buenos amigos.
Antes de quedarse dormidos, los tres platicaron largo rato. Al final la
conversación andaba en estos tonos:
–Lo que más extraño, chicos –decía Kai–, es la escuela. Me gustan las
matemáticas y las ciencias naturales.
–¿Dijiste algo de la escuela? –exclamó Cheo–. ¿O empezaba yo a tener una
pesadilla?
–¿Por qué?
–No me digas que ibas a la escuela.
–Claro que sí. Un trapecista, dice mi padre, es ante todo un hombre
culto.
–¿Y en qué momento vas a clases? ¿Y qué pasa cuando anda el circo en
gira?
–El sistema es complicado, pero efectivo. Combinamos estudios
individuales y en un grupo pequeño, con cursillos especiales y exámenes que nos
hacen en escuelas oficiales.
–¡Oh! –gemía Cheo.
–¿Qué le pasa? –preguntó Kai.
–Es que él escogió la profesión de payaso porque creía que ellos nunca
van a la escuela.
–Pregúntaselo a Rompompón.
Durante los días siguientes los tres jovencitos discutieron la
posibilidad de armar un nuevo espectáculo callejero con la especialidad de Kai,
los saltos acrobáticos, y una nueva rutina cómica de payasos.
Lo estudiaron cuidadosamente y comenzaron a ensayar en la misma calle.
Era algo arriesgado por parte de Kai realizar saltos mortales en el piso de
cemento, a pesar de que siempre caía de pie. Tal vez convendría probar con una
pirámide acrobática, pértigas y juegos malabares. Pero, entonces habría que
alterar el guion original. O incorporar únicamente algunos movimientos
acrobáticos espectaculares, pero sencillos. Discutieron mucho. Crear algo nuevo
requiere de mucho valor, pasión y trabajo. Y Coco y Kai y Cheo, ahora que
estaban juntos, deseaban hacer algo muy especial.
Los ensayos llamaban poderosamente la atención de los transeúntes y Coco
y Kai y Cheo recibían muchas más monedas en estos ensayos que otras veces.
–Eres nuestro talismán de la buena suerte –le dijeron a Kai los payasos.
El día del estreno hubo tumultos para verlos. Kai iba vestido de civil,
en traje ordinario de calle, fingiéndose un simple transeúnte que de pronto se
encuentra en medio de una acalorada discusión de los payasos. Estos están a
punto de liarse a golpes porque cada uno dice que es mejor que el otro. Llaman
entonces del público a dos o tres personas para que juzguen quién hace los
mejores chistes y malabarismos con pelotitas. El público participante, entre
ellos Kai, termina siempre haciendo los malabares mejor que los payasos.
Todavía disgustados entre sí, prueban la fuerza de sus puños, no contra
ellos mismos, sino contra un pobre transeúnte, Kai, que vuela a cada golpe
dando tremendas volteretas en el aire. Muertos de cansancio los payasos, de
tantos golpes dados a Kai, dejan al público que decida quién de los dos es más
fuerte.
De manera suscinta, eso era todo, pero es imposible describir cada paso,
cada gesto, cada guiño, cada movimiento que hacían, regocijando al sorprendido
público con su gracia chispeante. Los espectadores se mostraban más generosos
que nunca y si hubieran seguido hasta el anochecer, como era la costumbre de
Coco y Cheo, hubiese sido un día increíble, hablando del éxito económico
logrado. Algo imprevisto, a las 18:06
horas, interrumpió las funciones por el resto de la tarde.
–¡Rompompón! –exclamó Kai y se fue a abrazar al payaso, que iba vestido
de payaso.
–Me reconcilié con Rompomponia –contó–. Tal como lo prometí. Después me
propuse encontrar a Kai y llevarlo al circo de regreso. ¡Lo haré también!
–Eso es imposible, Rompompón. Mientras el señor Willis siga al frente
del circo y todos ustedes sean tan cobardes.
–Willis, ¡oh, el bueno de Willis! –sonrió Rompompón–. Tus cobardes amigos hemos puesto a Willis en su
lugar.
Rompompón contó que primero el Comefierros enfermó de tristeza y, como
durante la función se le salían las lágrimas al acordarse de Kai, se eliminó su
número de la función. Después, la niña contorsionista se luxó un tobillo y
Clodoveo, junto con tres de las gallinas salvajes de Guinea, precisamente las
equilibristas, se indispuso del estómago.
Palmira, la madre de Kai, se negó a salir al trapecio. Para entonces el
señor Willis presionaba tanto a Rompompón para que cediese el caballito a
Crisantemo, que el pobre payaso tenía ganas de enfermarse mortalmente. Pero,
los trapecistas, con el padre de Kai a la cabeza, hablaron con Rompompón.
–Es la de ustedes una rebelión silenciosa. Hagámosla abiertamente:
enfrentémonos juntos al señor Willis.
–Bueno –aceptó Rompompón hablar con sus amigos. Luego lo pensó mejor y
se dijo–: Primero voy a buscar a mi esposa.
La hermosa Rompomponia regresó de inmediato al circo, pues en el fondo
Rompompón y Rompomponia se querían inmensamente; sin embargo, la bella
equilibrista no participó en el motín contra Willis, no podía hacerlo. En otro
tiempo, cuando eran jóvenes, Willis se había enamorado de la hermosa
Rompomponia (en realidad todo el mundo se enamoró en esa época de Rompomponia).
Todavía guardaba el terrible capataz un tibio recuerdo de los años mozos. Para
probar el valor de Rompompón fue que la bella Rompomponia se negó a intervenir
en el conflicto.
–Mire, señor Willis –explicó el Comefierros, acompañado de Rompompón–,
la razón de que no queramos trabajar, se debe a lo ocurrido todos estos años.
Lo de Kai fue la gota que derramó el vaso. Todos queremos mucho a Kai y
decidimos declararnos en huelga hasta que Kai regrese y se acaben las cosas
sucias que usted conoce mejor que nadie. Hablo no solo a nombre de los amigos
de Kai y de su familia, sino de todos los trabajadores del circo, incluyendo a
las focas amaestradas, a las gallinas salvajes de Guinea y al elefante
Wenceslao. ¿Oyó? ¡De todos! Con excepción de Crisantemo Willis, que no quiso
adherirse a nuestro movimiento. Marisola, Aristeo y Benito Willis, por demás
decirlo, están con nosotros.
–Diablos, Luther. Me veré obligado a correrlos a todos.
–No diga tonteras, señor Willis. Sabe que no puede hacerlo. Si desea
presentar su rendición ahora mismo, se la aceptamos con gusto. No vaya a
suceder que después estemos disgustados cuando usted saque el pañuelo
blanco.
El señor Willis lo pensó todo el día y toda la tarde. Era un tunante, lo
sabía. Pero, como todos los demás, quería mucho al Circo Pingolini.
Al suspenderse las dos funciones de ese día, no resistió más y,
arrepentido de todas sus fechorías, hasta de las que no le conocían los demás,
estuvo dispuesto a satisfacer las demandas de los artistas y trabajadores.
–Desde entonces –concluyó Rompompón– todo el circo te anda buscando.
Hoy, por fin, Max el equilibrista fenómeno, te vio casualmente y corrió al
circo con la noticia. Todos te esperan, Kai, regresa. Brobdingang es tuyo de
nuevo y para siempre. Vuelve. Tus padres y hermanos están desconsolados. Tus
amigos te echamos de menos.
–¿De verdad se acabarán las arbitrariedades del señor Willis?
–Todas, Kai. Hasta las que comete con sus hijos. Además, ahora estamos
unidos y nunca volveremos a dejarnos humillar.
–Me da gusto por ustedes; pero, ¡no! No puedo abandonar a mis nuevos
amigos.
–Ve a casa, Kai –dijo Coco que, al igual que Cheo, todo ese tiempo
estuvieron ahí escuchando el relato con tamaña boca abierta–. Nosotros nos
arreglaremos sin ti.
–¿Son los payasos de que me hablaste? –Rompompón les pasó el brazo por
los hombros–. Si lo quieren ustedes, para mí sería un placer enseñarles algunos
trucos. Y mientras tanto, podrían percibir un pequeño sueldo, y todas las
prestaciones de ley, trabajando como ayudantes del payaso, vendedores de
cacahuates, agentes secretos, ¿qué dicen?
–Que es fabuloso.
–Entonces, ¿regresamos, Kai?
–Regresamos, Rompompón.
No voy a contar el recibimiento dispensado a Kai por amigos y
familiares. Eso lo puede el amable lector imaginar a su gusto y será una
experiencia más bonita y económica que leer mi engorrosa descripción.
Lo que sí deseo agregar es lo ocurrido con Cheo y Coco en el circo.
Con el tiempo los dos simpáticos payasitos formaron con Rompompón un
grupo sensacional de payasos. Pudieron ayudar al sostenimiento de sus
respectivas familias y, lo principal, su temprana vocación encontró un cauce
seguro e impetuoso. El único contratiempo que tuvieron Cheo y Coco para
adaptarse al ritmo de vida del famoso Circo Pingolini Hermanos fue el regreso a
las clases que un año atrás habían abandonado para dedicarse a trabajar.
–Un payaso –aseguraba Rompompón–, es ante todo un hombre culto. Entre
más culto es un mejor payaso.
Ahora tenían que estudiar por partida doble: la escuela oficial y su
profesión de payasos.
Y como Coco y Cheo deseaban ser muy buenos payasos, los mejores que se
hubiera visto jamás, pronto tuvieron notables progresos escolares.
_______________________
Cuento puesto en línea en octubre de 2000.
FIN

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