© Libro N° 15041. Nené Traviesa. Martí, José. Emancipación. Abril 18 de 2026
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NENÉ
TRAVIESA
José
Martí
Nené Traviesa
José Martí
Nené Traviesa
José Martí
¡Quién sabe si hay una niña que se parezca a Nené! Un viejito que sabe
mucho dice que todas las niñas son como Nené. A Nené le gusta más jugar a
"mamá", o "a tiendas", o "a hacer dulces" con sus
muñecas, que dar la lección de "treses y de cuatros" con la maestra
que le viene a enseñar. Porque Nené no tiene mamá: su mamá se ha muerto: y por
eso tiene Nené maestra. A hacer dulces es a lo que le gusta más a Nené jugar:
¿y por qué será?: ¡Quién sabe! Será porque para jugar a hacer dulces le dan
azúcar de veras: por cierto que los dulces nunca le salen bien de la primera
vez: ¡son unos dulces más difíciles!: siempre tiene que pedir azúcar dos veces.
Y se conoce que Nené no les quiere dar trabajo a sus amigas; porque cuando
juega a paseo, o a comprar, o a visitar, siempre llama a sus amiguitas; pero
cuando va a hacer dulces, nunca. Y una vez le sucedió a Nené una cosa muy rara:
le pidió a su papá dos centavos para comprar un lápiz nuevo, y se le olvidó en
el camino, se le olvidó como si no hubiera pensado nunca en comprar el lápiz:
lo que compró fue un merengue de fresa. Eso se supo, por supuesto; y desde
entonces sus amiguitas no le dicen Nené, sino "Merengue de Fresa".
El padre de Nené la quería mucho. Dicen que no trabajaba bien cuando no
había visto por la mañana a "la hijita". Él no le decía
"Nené", sino "la hijita". Cuando su papá venía del trabajo,
siempre salía ella a recibirlo con los brazos abiertos, como un pajarito que
abre las alas para volar; y su papá la alzaba del suelo, como quien coge de un
rosal una rosa. Ella lo miraba con mucho cariño, como si le preguntase cosas: y
él la miraba con los ojos tristes, como si quisiese echarse a llorar. Pero en
seguida se ponía contento, se montaba a Nené en el hombro, y entraban juntos en
la casa, cantando el himno nacional. Siempre traía el papá de Nené algún libro
nuevo, y se lo dejaba ver cuando tenía figuras; y a ella le gustaban mucho unos
libros que él traía, donde estaban pintadas las estrellas, que tiene cada una
su nombre y su color: y allí decía el nombre de la estrella colorada, y el de
la amarilla, y el de la azul, y que la luz tiene siete colores, y que las
estrellas pasean por el cielo, lo mismo que las niñas por un jardín. Pero no:
lo mismo no: porque las niñas andan en los jardines de aquí para allá, como una
hoja de flor que va empujando el viento, mientras que las estrellas van siempre
en el cielo por un mismo camino, y no por donde quieren: ¿quién sabe?: puede
ser que haya por allá arriba quien cuide a las estrellas, como los papás cuidan
acá en la tierra a las niñas. Solo que las estrellas no son niñas, por
supuesto, ni flores de luz, como parece de aquí abajo, sino grandes como este
mundo: y dicen que en las estrellas hay árboles, y agua, y gente como acá: y su
papá dice que en un libro hablan de que uno se va a vivir a una estrella cuando
se muere. "Y dime, papá", le preguntó Nené: "¿por qué ponen las
casas de los muertos tan tristes? Si yo me muero, yo no quiero ver a nadie
llorar, sino que me toquen la música, porque me voy a ir a vivir en la estrella
azul". "¿Pero, sola, tú sola, sin tu pobre papá?". Y Nené le
dijo a su papá: –"¡Malo, que crees eso!". Esa noche no se quiso ir a
dormir temprano, sino que se durmió en los brazos de su papá. ¡Los papás se
quedan muy tristes, cuando se muere en la casa la madre! ¡Las niñitas deben
querer mucho, mucho a los papás cuando se les muere la madre!
Esa noche que hablaron de las estrellas trajo el papá de Nené un libro
muy grande: ¡oh, como pesaba el libro!: Nené lo quiso cargar, y se cayó con el
libro encima: no se le veía más que la cabecita rubia de un lado, y los
zapaticos negros de otro. Su papá vino corriendo, y la sacó de debajo del
libro, y se rió mucho de Nené, que no tenía seis años todavía y quería cargar
un libro de cien años. ¡Cien años tenía el libro, y no le habían salido
barbas!: Nené había visto un viejito de cien años, pero el viejito tenía una
barba muy larga, que le daba por la cintura. Y lo que dice la muestra de
escribir, que los libros buenos son como los viejos: "Un libro bueno es lo
mismo que un amigo viejo": eso dice la muestra de escribir. Nené se acostó
muy callada, pensando en el libro. ¿Qué libro era aquel, que su papá no quiso
que ella lo tocase? Cuando se despertó, en eso no más pensaba Nené. Ella quiere
saber qué libro es aquel. Ella quiere saber cómo está hecho por dentro un libro
de cien años que no tiene barbas.
Su papá está lejos, lejos de la casa, trabajando para ella, para que la
niña tenga casa linda y coma dulces finos los domingos, para comprarle a la
niña vestiditos blancos y cintas azules, para guardar un poco de dinero, no
vaya a ser que se muera el papá, y se quede sin nada en el mundo "la
hijita". Lejos de la casa está el pobre papá, trabajando para "la
hijita". La criada está allá adentro, preparando el baño. Nadie oye a
Nené: no la está viendo nadie. Su papá deja siempre abierto el cuarto de los
libros. Allí está la sillita de Nené, que se sienta de noche en la mesa de
escribir, a ver trabajar a su papá. Cinco pasitos, seis, siete... ya está Nené
en la puerta: ya la empujó; ya entró. ¡Las cosas que suceden! Como si la
estuviera esperando estaba abierto en su silla el libro viejo, abierto de medio
a medio. Pasito a pasito se le acercó Nené, muy seria, y como cuando uno piensa
mucho, que camina con las manos a la espalda. Por nada en el mundo hubiera
tocado Nené el libro: verlo no más, no más que verlo. Su papá le dijo que no lo
tocase.
El libro no tiene barbas: le salen muchas cintas y marcas por entre las
hojas, pero esas no son barbas: ¡el que sí es barbudo es el gigante que está
pintado en el libro!: y es de colores la pintura, unos colores de esmalte que
lucen, como el brazalete que le regaló su papá. ¡Ahora no pintan los libros
así! El gigante está sentado en el pico de un monte, con una cosa revuelta,
como las nubes del cielo, encima de la cabeza: no tiene más que un ojo, encima
de la nariz: está vestido con un blusón, como los pastores, un blusón verde, lo
mismo que el campo, con estrellas pintadas, de plata y de oro: y la barba es
muy larga, muy larga, que llega al pie del monte: y por cada mechón de la barba
va subiendo un hombre, como sube la cuerda para ir al trapecio el hombre del
circo. ¡Oh, eso no se puede ver de lejos! Nené tiene que bajar el libro de la
silla. ¡Cómo pesa este pícaro libro! Ahora sí que se puede ver bien todo. Ya
está el libro en el suelo.
Son cinco los hombres que suben: uno es un blanco, con casaca y con
botas, y de barba también: ¡le gustan mucho a este pintor las barbas!: otro es
como indio, sí, como indio, con una corona de plumas, y la flecha a la espalda:
el otro es chino, lo mismo que el cocinero, pero va con un traje como de
señora, todo lleno de flores: el otro se parece al chino, y lleva un sombrero
de pico, así como una pera: el otro es negro, un negro muy bonito, pero está
sin vestir: ¡eso no está bien, sin vestir! ¡por eso no quería su papá que ella
tocase el libro! No: esa hoja no se ve más, para que no se enoje su papá. ¡Muy
bonito que es este libro viejo! Y Nené está ya casi acostada sobre el libro, y
como si quisiera hablarle con los ojos.
¡Por poco se rompe la hoja! Pero no, no se rompió. Hasta la mitad no más
se rompió. El papá de Nené no ve bien. Eso no lo va a ver nadie. ¡Ahora sí que
está bueno el libro este! Es mejor, mucho mejor que el arca de Noé. Aquí están
pintados todos los animales del mundo. ¡Y con colores, como el gigante! Sí,
esta es, esta es la jirafa, comiéndose la luna: este es el elefante, el
elefante, con ese sillón lleno de niñitos. ¡Oh, los perros, cómo corre, cómo
corre este perro! ¡ven acá, perro! ¡te voy a pegar, perro, porque no quieres
venir! Y Nené, por supuesto, arranca la hoja. ¿Y qué ve mi señora Nené? Un
mundo de monos es la otra pintura. Las dos hojas del libro están llenas de
monos: un mono colorado juega con un monito verde: un monazo de barba le muerde
la cola a un mono tremendo, que anda como un hombre, con un palo en la mano: un
mono negro está jugando en la yerba con otro amarillo: ¡aquellos, aquellos de
los árboles son los monos niños! ¡qué graciosos! ¡cómo juegan! ¡se mecen por la
cola, como el columpio! ¡qué bien, qué bien saltan! ¡uno, dos, tres, cinco,
ocho, dieciséis, cuarenta y nueve monos agarrados por la cola! ¡se van a tirar
al río! ¡se van a tirar al río! ¡visst! ¡allá van todos! Y Nené, entusiasmada,
arranca al libro las dos hojas. ¿Quién llama a Nené, quién la llama? Su papá,
su papá, que está mirándola desde la puerta.
Nené no ve. Nené no oye. Le parece que su papá crece, que crece mucho,
que llega hasta el techo, que es más grande que el gigante del monte, que su
papá es un monte que se le viene encima. Está callada, callada, con la cabeza
baja, con los ojos cerrados, con las hojas rotas en las manos caídas. Y su papá
le está hablando: –"¿Nené, no te dije que no tocaras ese libro? ¿Nené, tú
no sabes que ese libro no es mío, y que vale mucho dinero, mucho? ¿Nené, tú no
sabes que para pagar ese libro voy a tener que trabajar un año?". Nené,
blanca como el papel, se alzó del suelo, con la cabecita caída, y se abrazó a
las rodillas de su papá: –"¡Mi papá", dijo Nené, "mi papá de mi
corazón! ¡Enojé a mi papá bueno! ¡Soy mala niña! ¡Ya no voy a poder ir cuando
me muera a la estrella azul!".
FIN

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