/* ELIMINACIÓN DE TEXTOS RESIDUALES EN EL MENÚ */ .label-size, .label-name, .label-count, .cloud-label-widget-content, .label-wrapper, .label-item, .label-head, .label-list, .feed-link, .show-more, .status-msg-wrap { display: none !important; visibility: hidden !important; height: 0 !important; font-size: 0 !important; /* Mata el texto aunque el contenedor no cierre */ margin: 0 !important; padding: 0 !important; } /* SI ES PUBLICIDAD DE ADSENSE MAL UBICADA */ ins.adsbygoogle[data-ad-status="unfilled"], .google-auto-placed { display: none !important; } /* ====== FORMATO FIJO PARA ENTRADAS ====== */ /* Títulos */ h1 { font-size: 2.2em; font-weight: bold; text-align: center; margin: 25px 0; color: #d32f2f; } h2 { font-size: 1.8em; font-weight: bold; margin: 20px 0; color: #333333; } h3 { font-size: 1.4em; font-weight: bold; margin: 15px 0; color: #555555; } /* Texto */ p { margin-bottom: 15px !important; line-height: 1.6; } strong { font-weight: bold; color: #002060; } em { font-style: italic; color: #444444; } /* Imágenes */ img { max-width: 100%; height: auto; display: block; margin: 15px auto; border-radius: 5px; /* opcional */ }

Menú

Slider

Libros Más Recientes

EMANCIPACIÓN DE YOUTUBE, OTRA MANERA DE VER LA ACTUALIDAD

Libros Más Leídos

Libro N° 14828. Un Amor De Verano Complicado. Hazelwood, Ali.


© Libro N° 14828. Un Amor De Verano Complicado. Hazelwood, Ali. Emancipación. Febrero 21 de 2026

 

Título Original: © Un Amor De Verano Complicado. Ali Hazelwood

 

Versión Original: © Un Amor De Verano Complicado. Ali Hazelwood

 

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

https://ww3.lectulandia.co/book/un-amor-de-verano-complicado/


 

Licencia Creative Commons:

Emancipación Obrera utiliza una licencia Creative Commons, puedes copiar, difundir o remezclar nuestro contenido, con la única condición de citar la fuente.

La Biblioteca Emancipación Obrera es un medio de difusión cultural sin fronteras, no obstante los derechos sobre los contenidos publicados pertenecen a sus respectivos autores y se basa en la circulación del conocimiento libre. Los Diseños y edición digital en su mayoría corresponden a Versiones originales de textos. El uso de los mismos son estrictamente educativos y está prohibida su comercialización.

Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los autores

No comercial: No se puede utilizar este trabajo con fines comerciales

No derivados: No se puede alterar, modificar o reconstruir este texto.

 

Portada E.O. de:  

https://ww3.lectulandia.co/book/un-amor-de-verano-complicado/ 

 

 

 

 

© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: 

Guillermo Molina Miranda




LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA

UN AMOR DE VERANO COMPLICADO

Ali Hazelwood


Un Amor De Verano Complicado

Ali Hazelwood

Maya Killgore tiene veintitrés años y todavía está en proceso de descubrir qué hacer con su vida.

Conor Harkness tiene treinta y ocho, y Maya no puede dejar de pensar en él.

Como bien le ha dicho Conor en más de una ocasión, la dinámica de poder está demasiado descompensada. Cualquier relación entre ellos sería conflictiva por muchos motivos, así que Maya debería quitárselo de la cabeza. Al fin y al cabo, Conor ha dejado claro que no quiere que ella forme parte de su vida.

Ali Hazelwood

Un Amor De Verano Complicado

ePub r1.0

Titivillus 01.02.2026

Título original: Problematic Summer Romance

Ali Hazelwood, 2025

Traducción: Nerea Gilabert Giménez

Editor digital: Titivillus

ePub base r3.0 (ePub 3)

Para una óptima experiencia de lectura, use la opción Fuente Original / Fuente del editor / Predeterminada.

Índice de contenido

Un amor de verano complicado

Prólogo

7 días antes de la boda

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

6 días antes de la boda

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

5 días antes de la boda

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

4 días antes de la boda

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

3 días antes de la boda

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Capítulo 31

Capítulo 32

Capítulo 33

Capítulo 34

Capítulo 35

2 días antes de la boda

Capítulo 36

Capítulo 37

El día de la boda

Capítulo 38

Capítulo 39

Capítulo 40

Capítulo 41

Después de la boda

Capítulo 42

Capítulo 43

Nota de la autora

Agradecimientos

Sobre la autora

Una vez más, para Jen, la única que me pidió que escribiera esta historia.

Feliz cumpleaños. He hecho que sea así de turbulenta especialmente para ti.

Pró l o

Me da vergüenza admitirlo, pero por un instante, me planteo seriamente no ir a la boda de mi hermano.

—¿Eli lo sabe? —me pregunta mi amiga Jade.

—¿Que prefiero lamer el suelo de un baño que estar presente mientras intercambia los votos con el amor de su vida?

—No. Que lo escuchaste.

Niego con la cabeza sin apartar la mirada de mis patines. Me gusta imaginarme que el hielo es la representación de lo que habría preferido no escuchar y que, al patinar, lo voy rajando con las cuchillas. No hay nada como un poco de violencia para levantarme el ánimo.

—Maya, no vayas y ya está. Debería ser fácil escaquearte. ¿No es ese el objetivo de celebrar una boda en un lugar a tomar por culo? Cumples con tu deber invitando a todas las personas que conoces, incluida esa tía lejana que colecciona muñecas y el primo tercero que abraza a la gente empapado en sudor, pero por dentro, esperas que el noventa por ciento de los invitados te manden sus disculpas y digan que no podrán acudir. Ahora en serio, si a la gente le sobrara la pasta y quisiera pegarse unas vacaciones, no se la gastaría yendo a comer una mierda de tarta nupcial a un sitio elegido por otra persona.

—En teoría, sí. —Sería mucho más satisfactorio si el hielo sangrara, aunque solo fuera un poquito—. Pero lo cierto es que esa no es la razón por la que Eli ha elegido celebrar la boda lejos de aquí. Para empezar, se ha ofrecido a pagarles el vuelo a todos los que no pueden permitírselo. —Es decir, a mí. Mi hermano es mayor que yo y tiene un trabajo muy bien remunerado, dos cualidades que comparte con todas las demás personas de la lista de invitados.

No todo el mundo tiene el placer de ser como yo y formar parte del exclusivo y glamuroso mundo de los universitarios recién graduados.

—Espera. ¿La boda no es en Italia? Eso debe de costar un pastizal.

—Ya, bueno. No va corto de pasta.

—¿Y qué? ¿No puede limitarse a acapararla? —Finge que le dan arcadas—. Odio a las personas generosas.

—Son insoportables. —Hago un giro hacia atrás con los brazos abiertos como si fueran alas—. De todas formas, es una boda íntima. Seremos menos de una docena de personas durante la semana previa a la celebración. Solo los amigos más cercanos. Y, para la cena de ensayo, está previsto que lleguen treinta más. El otro día tuve un momento de debilidad del cual no me enorgullezco y le solté una mentirijilla a Eli. Le dije que tenía que quedarme más tiempo en Austin para asistir a la entrevista final de ese proyecto del Instituto de Tecnología de Massachusetts. Y que no podría reunirme con ellos hasta unos días más tarde, justo antes de la

ceremonia. —Suspiro. Vuelvo a cogerle el paso a Jade. La pista está casi desierta y el hielo brilla con su blancura bajo las luces del techo.

—¿Y?

—Y me miró como si hubiera pellizcado a su perro, como si le hubiera dicho que el Ratoncito Pérez no existe y como si estuviera intentando meterle el pie por el culo. Todo a la vez. Una mirada de pura traición.

—¿Cómo se atreve a valorar tanto tu presencia?

—Ya, me saca de quicio. Yo aquí, pensando que los dos somos unos pragmáticos desalmados a quienes se la sudan las convenciones, y va y me sale con esas. A ver si se cree que no tengo en mente acosarlos a él y a su futura mujer durante las próximas cinco u ocho décadas.

—Es evidente que estar enamorado lo ha ablandado más de lo que

cabía esperar. Pero no te preocupes, amiga mía. —Jade se detiene frente a mí, bloqueándome el paso—. Has acudido a la persona indicada. Soy experta en el arte de salirme con la mía.

—Bien. Dispara.

—La forma más eficaz de escaquearte de un compromiso es sufrir una dolencia. Concretamente, una que cumpla las tres les. —Las enumera con los dedos—: Infecciosa, incómoda y, sobre todo, inesperada.

Parpadeo. Ella no se viene abajo.

—La enfermedad debe sobrevenirte de una forma tan repentina que sea algo imposible de predecir. Debe ser transmisible, algo que te impida viajar. Y, lo más importante, debe dar grima e incomodar. Como, por ejemplo, tener fístulas purulentas. Algo que genere malos olores. Fluidos. Tiene que ser algo tan chungo que nadie se plantee que estás mintiendo, y es que ¿por qué iba alguien a destruir su reputación así porque sí?

—Jade —tomo sus manos entre las mías—, gracias. Esta información es oro.

—De nada. He estado sopesando la posibilidad de organizar un taller. —Pero no te lo he contado porque quisiera hacer una lluvia de ideas

para escaquearme.

—Ah. ¿En serio?

Respiro hondo.

—Si mi hermano me quiere en su boda, voy a ir. Fin de la historia.

—Ah. Comprendo. —Suelta un profundo suspiro—. ¿Recuerdas la época en que lo odiabas?

—Sí. Qué tiempos aquellos. —Me fuerzo a encogerme de hombros—.

Pero solo será una semana. Sinceramente, estoy siendo un poco infantil.

—¿Segura?

Asiento y reanudo la marcha sobre el hielo. Un instante después, Jade me alcanza.

—Bueno, no olvides que la diarrea explosiva es tu amiga. —Me pasa un brazo por debajo del mío—. Puede resultarte útil si en algún momento te encuentras sentada frente a Conor Harkness.

Ca ít o 1

En un golpe de suerte por el cual estoy muy agradecida, la criatura favorita del mundo mundial de mi hermano es un perro.

Bueno… Eso no es del todo cierto. La vida de Eli gira alrededor de un único centro de gravedad: Rue, su prometida. Y, después de dos años de observarla, estudiarla meterme con ella, mirarla de reojo y entablar conversaciones rebuscadas con ella, debo admitir que no lo culpo. Rue es única y complicada y leal y callada y a la mayoría de la gente no le cae demasiado bien.

Hubo un tiempo en el que creía que era fría. Me preocupaba que su relación con mi hermano estuviera condenada a decantarse siempre hacia el mismo lado y que acabara rompiéndole el corazón. Sin embargo, con el tiempo se ha hecho cada vez más evidente que ella haría cualquier cosa por él, incluso fingir que le interesa la chapa que le está pegando su hermana pequeña por cuarta vez en un mes sobre si debería o no hacerse flequillo.

Tras evaluarla, considero que es digna de su amor.

Sin embargo, el perro vino antes que Rue. Eli lo rescató de una perrera. Pesa noventa kilos, es un encanto y entre sus aficiones se incluyen roncar, llenarse de babas y ser indiscriminada y agresivamente cariñoso. Cuando Eli empezó a pensar que sería bonito celebrar una boda con solo los amigos y familiares más cercanos, fue Rue quien dijo:

—Pero no deberíamos celebrarla muy lejos.

Página 12

—¿Por qué?

—¿No quieres que Tiny esté presente?

En efecto: digna de su amor.

Por suerte, a Tiny le encanta viajar, lo que les permitió mantener la opción de Europa sobre la mesa. Por desgracia, no todas las compañías aéreas permiten transportar en cabina a perros del tamaño de un oso que ladran cuando se despiertan asustados por el olor de sus propios pedos. La deficiente higiene del sueño de Tiny me rompe el corazón, pero también es una oportunidad a la que me he agarrado como a un clavo ardiendo.

—He encontrado una compañía —les dije a Rue y Eli un par de semanas antes de la boda—. El vuelo llega un día después que el vuestro, pero viene con un montón de comodidades especiales para perros grandes. Tiny estaría cómodo. Y yo podría acompañarle. —Le dediqué una sonrisa a Tiny, cuya cabeza ya estaba apoyada en mi rodilla—. Hola, precioso. ¿Te apetece ir de excursión con la tía Maya?

Empezó a mover la cola tan rápido que parecía un helicóptero.

Así es como he conseguido ahorrarme un día de la Semana Infernal y, además, voy a tener el placer de pasar el rato con el único ser vivo masculino que nunca me ha roto el corazón.

—Tiny Archibald Killgore —le digo mientras se revuelca por el pasillo del avión, aceptando con gusto las caricias en la barriguita de los diecisiete nuevos mejores amigos que ha hecho en lo que llevamos de vuelo—. Tú nunca me vas a decepcionar.

En un momento dado, pasamos por unas turbulencias. El macho de mis sueños se me sube al regazo de un salto y después se le olvida volver a bajarse.

Viajar de Austin al aeropuerto de Catania, con una escala de por medio, nos lleva unas quince horas. Tomo la decisión consciente de no pagar por tener wifi y, en lugar de pasarme el trayecto estresada hablando con Jade, me centro en lo importante: mentalizarme.

Cualquier defensa que haya construido contra Conor Harkness requiere ser reforzada urgentemente.

Nunca dudé que él también vendría a la boda. Al fin y al cabo, es el mejor amigo de mi hermano, sin contar a Tiny (aunque yo sí lo cuento). Ambos son socios, o zares, o como se llamen, de Harkness, una empresa

Página 13

de biotecnología con la que ganan dinero haciendo no sé qué cosas raras. Cosas que me han asegurado varias veces que son legales. Él es, por alguna razón que aún no me han terminado de explicar bien, el culpable de que la boda se celebre en Sicilia y no en Canyon Lake o en Galveston, Texas.

Salvo que se diera una gran discusión sobre la caída del índice Nasdaq en bolsa, estaba claro que Conor iba a ser el padrino de Eli.

Como le expliqué a Jade, el problema no es Conor per se.

Aunque hasta a mí me suena falso. Estando a miles de metros de altura, mientras acepto el interminable desfile de refrescos con cada vez más cafeína que me ofrecen las azafatas, me doy cuenta de que, para ser alguien que no es un problema, Conor tiene una curiosa forma de ocuparme el cerebro y no me gusta nada la capacidad mental que estoy gastando en alguien que hace años que ni siquiera piensa en mí.

Mentira, dice una voz pedante que nunca perdona. En agosto del año pasado pensó en ti, al menos.

Soy un cliché tan manido… Una veinteañera enamorada del amigo de su hermano, con el que casualmente se lleva una década y media. Tal vez esta semana consiga desintoxicarme. Redirigir mi vida. Hacer una purga general, de Conor y de todo lo que ha pasado entre nosotros. Será como beber lejía: desagradable, incluso podría matarme, pero si consigo sobrevivir, seré mucho más fuerte.

Eso, o acabaré con un fallo multiorgánico. No sé, no soy médica.

Aun así, soñar es gratis, incluso cuando mi pesadilla se materializa unas horas más tarde, en el aeropuerto de Catania.

Mientras Tiny seduce a las azafatas de la zona especial para mascotas, mi móvil busca una red a la que conectarse. Echo un vistazo a mi alrededor. Reencuentros efusivos, abrazos y el ritmo pausado de Italia. Cuando el teléfono empieza a vibrar por la llegada de los mensajes, abro el último que me ha mandado mi hermano.

ELI: Un conductor os recogerá y os llevará a la

villa.

Genial, respondo.

Página 14

Aunque de genial no tiene nada. Es el uso del plural lo que me preocupa. Eli podría estar refiriéndose a Tiny y a mí, o a mí y a otro invitado, en cuyo caso, quisiera saber el nombre. Sin tener que preguntar, a poder ser.

Pero no hay tiempo para preocuparme por eso. Los agentes de aduanas inspeccionan el pasaporte sanitario de Tiny. Es una pila de papeles del tamaño de un ladrillo. Después nos sacan a empujones de la zona de seguridad, donde me encuentro con un puñado de preadolescentes bebiendo expreso en unos vasitos diminutos, como si fueran chupitos de mezcal. Agarro el asa de la maleta, dispuesta a enfrentarme a lo que venga, y menos mal. Cuando diviso a un hombre con cara de aburrido sosteniendo un cartel en el que pone «boda killgore» y a una mujer morena a su lado, se me cae el alma a los pies. Por no decir que pasa de largo y se hunde en el subsuelo.

Qué bien. Justo la persona a quien quería evitar. Y ahora la tengo enfrente.

—Maya, ¿verdad? —pregunta la mujer dando unos pasos hacia mí con elegancia. Una amplia sonrisa le crea un hoyuelo en la mejilla izquierda—. Soy Avery.

No le digo que ya lo sé porque quedaría como una friki que invierte grandes cantidades de tiempo en buscar a la novia del chico que le gusta en redes sociales y averiguar información irrelevante sobre ella.

Que es exactamente lo que yo hago, por supuesto, pero es un secreto que prefiero llevarme a la tumba. Jade tiene órdenes estrictas de borrar todo lo que haya en mis dispositivos electrónicos en cuanto estire la pata.

—He oído hablar mucho de ti, Avery. —Es la respuesta más sincera que se me ocurre.

Me espero un cordial apretón de manos, pero en vez de eso, se abalanza sobre mí y me da un afectuoso abrazo. No puedo evitar rogarles a mis poros, dilatados tras tantas horas de viaje, que dejen de transpirar, aunque solo sea por un segundo.

—Me alegro de conocerte. ¡Ya era hora! No entiendo cómo no nos han presentado antes —añade.

Es un poco más bajita que yo y no terminamos de encajar bien al abrazarnos. Su nariz acaba en mi hombro y su boca en mi pelo encrespado.

Página 15

Cuando me aparto, me siento incómoda y desaliñada con mis pantalones de chándal llenos de pelos de perro y mi crop top de la Universidad de Texas.

Debería fingir ser más distante. Educada y poco más. El problema es que Avery parece muy agradable, y me cae bien la gente agradable.

—Es muy raro que, viviendo ambas en Austin… —empiezo.

—Nos estemos conociendo en Italia. Ya ves. Sobre todo después de haber oído hablar tanto de la hermana de Eli.

—Todos los rumores son falsos.

Inclina la cabeza.

—¿Qué rumores?

—Los que sea que te hayan contado.

Suelta una risa melódica, un poco ronca. Mierda, creo que hasta se la podría considerar sexy.

—No, no. Tu hermano y Minami están muy orgullosos de ti. Y más después de haber recibido ofertas de tantas startups, de haber ganado ese premio, de que el Instituto de Tecnología de Massachusetts te haya ofrecido un puesto… Todo el mundo te admira un montón. Me daba pena ser la única que no te conocía.

—Ya, bueno, en realidad es culpa mía. Empezaste a trabajar en Harkness el verano pasado, ¿verdad? Pasé la mayor parte del año en Suiza, he vuelto hace solo unas semanas.

—Cuesta seguirte la pista, desde luego. —Se encoge de hombros y lo hace de una forma tan bella y perfecta como es toda ella. Incluso recién salida de un vuelo transatlántico.

No quiero que se sienta incómoda si me quedo mirándole esa piel tan bien hidratada y esos ojos sin rastro de hinchazón, así que me obligo a desviar la vista. A mi alrededor presencio más reencuentros, una mezcla de idiomas, abrazos, besos y más abrazos. El chófer que ha mandado Eli se agacha frente a Tiny y le acaricia la cabeza, un nuevo súbdito dispuesto a someterse ante nuestro rey.

Los ojos de Avery permanecen fijos en mí.

—Lo siento. No era mi intención quedarme mirándote así, pero es… asombroso.

—¿El qué?

Página 16

—Lo mucho que te pareces a Eli.

Me río.

—Sí, me lo dicen mucho. —Estoy acostumbrada a que me identifiquen primero como la hermana pequeña de Eli Killgore y ya si eso después como un individuo por derecho propio. Tampoco es que me importe demasiado.

—Sí. Te pareces a él, pero a la vez… —Pero a la vez no me parezco en nada, ¿no? —Exacto. Resulta inquietante. Le doy mi respuesta habitual:

—Es por el pelo, negro y rizado. Y por los ojos azules. —En realidad, es mucho más que eso.

Tanto Eli como yo tenemos la misma barbilla, los colmillos afilados, las piernas demasiado largas en comparación con el torso, las cejas pobladas, el arco de Cupido marcado y la infame nariz de los Killgore: romana y con el puente estrecho. La protagonista de nuestro rostro. «Una nariz imponente y orgullosa», decía papá, y yo negaba con la cabeza y buscaba en Google tutoriales de maquillaje sobre cómo aplicarme el contorno y el iluminador para crear una naricita más mona, o calculaba cuánto tendría que ahorrar para pagarme la rinoplastia. Cuando teníamos trece años, Jade se ofreció a darme una hostia con un palo de hockey para ver si así se redistribuían un poco las cosas. Le dije que nanay.

Y, de repente, un día me desperté y decidí que mi cara estaba bien como estaba. Papá se pondría tan contento de saber que he conseguido hacer las paces…, no, de que he conseguido hacer alarde de los genes Killgore.

—Es curioso que os parezcáis tanto. —Suelta una risita—. Y ya me

callo. Es que eres guapísima, y él también es… —Frunce el ceño, como si se acabara de dar cuenta de hacia dónde se dirige esa frase.

—Tranquila, te entiendo perfectamente —digo para quitarle hierro al asunto. Sé qué es lo que la desconcierta: que Eli y yo estamos hechos de las mismas piezas, pero el resultado es diferente a más no poder. Que los mismos rasgos pueden ser bellos y encajar a la perfección en un rostro masculino y, a la vez, en uno femenino. Tampoco ayuda que él tenga un aspecto tan varonil, mientras que mi estilo personal es de lo más cursi.

Página 17

—Algo me dice que tú y yo nos vamos a llevar muy bien —concluye. Trago saliva. Detesto que sea tan amable. Y detesto la idea de tener

una buena relación con esta mujer que…

—Andiamo? —pregunta el conductor, interrumpiéndonos. Es un hombre mayor. Fornido. No parece hablar nuestro idioma lo suficiente como para entender la conversación entre Avery y yo, pero no ha tenido ni el más mínimo problema en encontrar una forma efectiva de comunicarse

con Tiny—. Andiamo —repite con más firmeza, señalando la salida.

—Sí, por favor —responde Avery.

Yo también asiento, aliviada.

Él señala mi maleta con gesto inquisitivo. Al ver que le digo que no con la cabeza, me guiña un ojo, coge el equipaje de Avery y juntos nos adentramos en el sofocante calor siciliano.

Página 18

Ca ít o 2

Me mudé a Europa por primera vez cuando tenía casi diecisiete años, después de terminar el instituto. Me gradué un año antes de lo habitual impulsada por la insaciable necesidad de irme de Austin. De Texas. De los Estados Unidos.

Sacadme de aquí. ¡Pero ya!

No fue la decisión más meditada de la historia, que digamos. No me matriculé en la Universidad de Edimburgo porque quisiera estudiar en una institución prestigiosa que me ofreciera un entorno académico serio y enfocado en la investigación, aunque, por un golpe de suerte, así fue. Mi elección se redujo a tres criterios: ¿me ofrecen una plaza becada?, ¿las clases serán en inglés?, y ¿está lo bastante lejos del agujero negro en el que he vivido mis peores recuerdos? Escocia fue la primera que los cumplía todos, y empecé a hacer las maletas en cuanto me aceptaron.

No fui muy racional. Aunque, claro, me gustaría ver qué adolescente es capaz de actuar racionalmente después de perder de forma inesperada a sus padres en menos de dos años y de verse obligada a ir a vivir con un hermano al que apenas conoce.

Fueron tiempos duros. Antes de la enfermedad, antes del accidente, yo era la mejor amiga de mi madre y la niña de los ojos de papá. Los echaba tanto de menos, tenía dentro una cantidad de dolor tan abismal, que me sentía constantemente al borde de la asfixia. Había una única cosa que me hacía sentir como si tomara una bocanada de aire: la rabia. Me atravesaba

Página 19

las costillas y me hacía agujeritos en los pulmones. Me permitía funcionar.

Me mantenía viva.

A pesar de lo desorientada que estaba y de lo joven que era, me daba cuenta de que ni mi ira ni las estrategias que utilizaba para afrontarla eran saludables, de que estaba alejando a las personas que me querían, de que mis constantes arrebatos solo acabarían convirtiendo mi vida en un erial. Pero esa furia era lo único que me quedaba. Ir a terapia ayudaba, pero no lo suficiente. Lo mismo con los medicamentos. Así que me rebelaba. Desafiaba a mi hermano, que estaba tan perdido como yo. Decía cosas terribles, reaccionaba de forma impulsiva y hacía muchas tonterías que atentaban contra mi seguridad.

No me gusta recordar aquella época. No me gusta recordar que una vez me fui de excursión con mis amigos y desaparecí de la faz de la Tierra durante veinticuatro horas, lo cual casi lo mata de preocupación. Que le destrocé la camiseta de su equipo de hockey de la universidad para vengarme después de que me echara la bronca delante de los vecinos. Que perdí la virginidad puesta de éxtasis con un tipo que ni siquiera recuerdo cómo se llamaba, solo que insistía en que los permisos de conducir eran parte de un complot del Gobierno para someternos. Es evidente que no estoy orgullosa de la persona que era. Intento no utilizar el dolor que sentía como excusa: me comporté como una energúmena egoísta que se dejaba llevar por la rabia y me arrepiento de muchas de las cosas que hice desde que tenía unos doce años hasta… Bueno, puede que todavía esté en un periodo activo de arrepentimiento. No cabe duda de que sigo intentando redimirme.

Sin embargo, creo que mudarme a Escocia fue una buena decisión y lo volvería a hacer. Estar sola me dio el espacio que necesitaba. Jamás me imaginé lo mucho que me ayudaría a madurar y a aclarar las ideas. Volví a Austin con veinte años siendo mejor persona.

Me matriculé en la Universidad de Texas para hacer un máster en Física. Me mudé con mi hermano y descubrí que no solo era un tío de puta madre, sino que además se le olvidaba constantemente darse de baja de los servicios de streaming, lo que me daba acceso a una cantidad infinita de entretenimiento. Volví a ponerme en contacto con algunos de los amigos del instituto a los que había abandonado en mi afán por escapar, incluida

Página 20

Jade. Volví a patinar sobre hielo, me hice voluntaria en la pista de patinaje local y les enseñé lo básico a unas cuantas niñas, aprendí que me gustaba restaurar muebles viejos, me apunté a clases de yoga con cabras e iba al menos dos veces por semana. «Has construido una vida adulta bonita sobre las ruinas de una adolescencia turbulenta», me dijo una vez mi psicóloga, y me gusta esa imagen mental. La idea de la vida como algo sobre lo que puedo elegir, que puedo cultivar, cuidar y mejorar día a día. Ser consciente y sensata, en lugar de estar a la que salta.

Y entonces, hace poco menos de un año, mi tutor del máster se puso en contacto conmigo para hablarme de la posibilidad de hacer unas prácticas. Física computacional. Dinámica de fluidos. La luna Io de Júpiter y todos sus volcanes activos. Justo lo que buscaba.

Si aceptaba, tenía que mudarme a los suburbios de Ginebra.

—Es una oportunidad increíble —dijo Eli cuando se lo conté. Tenía la misma sonrisa que ese día que ganó un partido de hockey de la liga recreativa. Estaba orgulloso. Exultante. Complacido—. Ser científica asociada en el Centro Europeo para la Investigación Nuclear te daría derecho a presumir el resto de tu vida, Maya. No se puede llegar más lejos, a partir de ahí todo es cuesta abajo.

—Puede ser. Pero la última vez que me mudé tan lejos fue porque estaba furiosa. Prácticamente me fui dando un portazo. Siento que volver a irme es como…, no sé.

Él enarcó una ceja. Me agarró del hombro con su pesada mano.

—No es lo mismo. Para nada. Te vas para perseguir un objetivo, no porque estés huyendo.

No se equivocaba. Sin embargo, lo cierto es que Eli no tenía toda la información.

Y sigue sin tenerla a día de hoy.

—Bene? —pregunta el conductor, mirándome desde el retrovisor y señalando el aire acondicionado. Gira por una calle y el pequeño ambientador con forma de árbol oscila de un lado a otro. «arbre magique», proclama con alegría—. Più freddo?

Digo que no con la cabeza y sonrío, y con eso me gano el segundo guiño del día.

Página 21

¿Estamos flirteando? ¿Acaso estoy a punto de embarcarme en un tórrido romance con un vigoroso septuagenario (o un quincuagenario algo demacrado)? No tendré yo una tendencia un poco tóxica a que me gusten los hombres mayores, ¿no? ¿Seré…?

—Es impresionante, ¿a que sí? —pregunta Avery, y siento alivio de que alguien me haya sacado de esa espiral de pensamientos.

—Sí. Cuesta creer que exista un sitio tan bonito.

Casi hemos llegado a Taormina, nuestro destino final, que está a solo una hora del aeropuerto. A pesar de mis innumerables escapadas de fin de semana por toda Europa durante la carrera, todas posibles gracias a una gran oferta de billetes de avión baratos y albergues aún más baratos que siempre parecían estar a cero coma de acabar en orgías, nunca he estado en el sur de Italia ni en ninguna de sus islas. Cuanto más nos alejamos de Catania, más pego la frente a la ventanilla. Pasamos colinas cubiertas de olivares y viñedos frondosos y abundantes bajo el sol de última hora de la mañana. Casi me siento insultada. Los cultivos se convierten en pueblos de piedra blanca, seguidos de espesos bosques, para luego…

Dios mío, el océano.

—¿Cómo se llamaba este mar? —le pregunto a Avery mientras contemplo cómo la luz se refleja en el agua. No es el Tirreno. Tampoco me refiero al Mediterráneo—. ¿Joniano?

—Jónico. —Me corrige.

Su tono es delicado, propio de la gente inteligente y equilibrada que no quiere que los demás se sientan ignorantes o inferiores. Lleva una hora siendo la elegancia personificada. Tiny también la adora, y ella le corresponde. Lo sé porque, cuando le ha dado un beso en la mejilla con su lengua llena de babas, ella ni siquiera ha hecho ademán de apartarse. Necesito que esta mujer haga algo objetable cuanto antes. Así es imposible formarse una mala opinión sobre ella. Me niego a que me caigas bien, Avery. Deja de ser tan maravillosa.

—Eso. ¿Es la primera vez que visitas la isla?

Ella asiente y dice:

—Lo que voy a hacer a continuación dejará mucho más en evidencia mi faceta como empollona de lo que normalmente estoy dispuesta a mostrar, y más en presencia de alguien a quien acabo de conocer, pero…

Página 22

—Saca un libro de su bolso de piel sintética. El lomo está lleno de arrugas y agrietado, como si se lo hubiera leído unas cuantas veces. Es una de esas guías de viaje de antaño, de las que se usaban antes de que existiera la posibilidad de tener internet en todas partes. Cuento docenas de post-its que sobresalen de las páginas. Taormina, proclama el título.

Se me curvan los labios.

—Eso es de ser muy empollona, sí. Por favor, dime que no la has llenado de anotaciones.

—Ah. —Parpadea sorprendida. Su expresión se vuelve confusa y dolida, pero intenta disimularlo—. Em…, no. Solo he añadido un puñado de comentarios.

—Bien. Porque eso sería de ser muy… —saco algo de mi mochila— rarita.

Es la misma guía. Misma editorial, mismo título. Un poco más deteriorada, dado que prefiero marcar las páginas doblando las esquinas, pero también hay post-its amarillos llenos de comentarios sobresaliendo en todas direcciones: «Jardín botánico, a Rue le encantaría»; «Pasear por aquí si es posible»; «Comprobar si este sitio sigue abierto». Avery se queda mirándolo y levanta la vista con una sonrisa justo cuando el coche se detiene frente a una casa de campo. Veo a dos hombres fuera y se me revuelve el estómago.

—¿Acabamos de convertirnos en mejores amigas? —pregunta con una sonrisa.

Me temo que eso es exactamente lo que acaba de pasar.

Página 23

Ca ít o 3

Mi hermano nos espera en una mesa del patio adoquinado, sentado a la sombra de una celosía de madera cubierta de buganvillas fucsias, con una mano sobre los ojos y la cabeza echada hacia atrás por la risa. Enfrente de él está Conor Harkness, que sigue narrando lo que sea que le está haciendo tanta gracia a Eli.

Bueno, está bien así. Es mejor enfrentarme a él ahora, nada más empezar las vacaciones. Una vez superada la primera interacción con Conor, se habrá marcado el tono y el resto será coser y cantar. Estoy segura de que él quiere lo mismo: un acuerdo mutuo y tácito según el cual nos trataremos con educada indiferencia y fingiremos que lo único que nos une es el vínculo con Eli.

—Increíble —dice Avery, todavía en el asiento trasero del coche. —¿El qué?

—Hark llevando algo que no es un traje de negocios desenfadado. El

apocalipsis está más cerca que nunca. —Abre la puerta y sale. Tiny la sigue, pisoteándome para correr a los brazos del único humano por el que nos enterraría a todos en una zanja.

Salgo del coche a tiempo para ver cómo aborda a mi hermano con toda la violencia desenfrenada de su amor.

—Han pasado menos de cuarenta y ocho horas desde la última vez que

lo viste —murmuro para mis adentros, a pesar de no poder contener la sonrisa—. Ten algo de dignidad, Tiny.

Página 24

Entonces, por encima del zumbido hipnótico de las cigarras, oigo una voz desconocida.

—No creo que sea tan descabellado esperar que, si mi empresa envía un memorando de información, el director le pida a su equipo que lleve a cabo ciertos procesos y elabore una presentación. ¿Me equivoco, Hark? —Las palabras proceden de un teléfono puesto en altavoz que está boca arriba en medio de la mesa.

—¿Está hablando con…? —le susurra Avery a Eli, que consigue asentir a pesar de los vigorosos lametones de Tiny.

—Así es.

Ella sonríe.

—Pobre Molnar. ¿Está vivo? ¿Deberíamos empezar a cavar una tumba?

—Aún no, pero me preocupa su salud mental.

—Pues sí, te equivocas —contesta Conor mirando el teléfono. Cualquiera diría que está hablando con un niñato que acaba de mear en su jardín. Su expresión es una mezcla rara entre cansancio y asco que solo la gente que viene de buena familia es capaz de lograr. Su perfil, que hubo un tiempo en el que me asombraba lo suficiente como para obligarme a buscar información sobre lo que era el hueso cigomático y su relación con el maxilar, es idéntico a como era la última vez que lo vi. Debe de haberse afeitado hace poco. Esta mañana, tal vez—. Pero una equivocación la puedo perdonar, Tomas. El problema es lo profundamente tedioso que ha sido todo este proceso.

Eli hace una mueca. Le hace gracia la situación. La sonrisa de Avery también se ensancha.

—No voy a pedirles a mis vicepresidentes ni a mis analistas que pierdan una semana haciendo análisis ad hoc y preparando un puto collar de macarrones para que tú puedas colgártelo del cuello —continúa Conor—. Si quieres fingir que sabes jugar al juego de las inversiones de capital, hazlo en tu tiempo libre. Nosotros, con solo echar un vistazo, ya sabemos si los beneficios alcanzarán el umbral que buscamos.

—Las cosas no funcionan así, Hark.

—Así es como funcionamos nosotros. Nuestro proceso de selección es riguroso y no vamos a respaldar un estado de resultados como el vuestro

Página 25

solo porque el novio de tu hija quiera un poco de dinerito para empezar una startup que nunca generará suficiente cuota de mercado para ser sostenible.

—Como socio, tengo derecho a opinar sobre…

—En este caso, con un conflicto de intereses de tal calibre, no. Y menos si nadie respalda el acuerdo. Eres un socio comanditario, nada más. Existen unas cosas llamadas palabras. Y cada una tiene su significado.

Eli y Avery intercambian risas silenciosas y yo desvío la mirada para contemplar el paisaje. Es tan impresionante que el acento irlandés de Conor se desvanece hasta quedarse en un rincón remoto de mi cerebro.

Villa Fedra, donde se alojará la comitiva nupcial, se construyó en lo alto de una colina. Como la mayoría de las casas históricas de Taormina, se alza sobre un acantilado, según mi guía de viaje, para defenderse de los ataques piratas y aprovechar al máximo la brisa en los sofocantes veranos sicilianos. Sabiendo eso, me esperaba que el paisaje fuera algo escarpado, pero no hasta este punto. La caída del acantilado rocoso es abrupta y sus piedras se convierten en estrechas playas de arena blanca justo antes de la interminable extensión de mar.

El Jónico, como bien he aprendido hoy.

Es demasiado bonito. El agua turquesa y los árboles verde oscuro contrastan tanto que parece una postal generada por inteligencia artificial. Cuando me alejo unos metros del coche y me inclino hacia delante, con las palmas apoyadas en la balaustrada de piedra pensada para evitar que los visitantes pasados de copas se precipiten por el acantilado, una ráfaga de viento me da en la cara.

Mi cerebro semicomatoso por el jet lag se da cuenta de que este lugar existe de verdad. Por inverosímil que parezca, estoy aquí. Y girar la cabeza hacia el suroeste hace que me cuestione aún más la realidad, porque a lo lejos se alza el monte Etna. El volcán más activo de toda Europa. Una presencia omnipresente, con un perfil ligeramente inclinado. Se eleva miles de metros hacia arriba, culminando en un pico negro que es a la vez aterrador y majestuoso.

—Qué pasada —susurro hablando conmigo misma, con el volcán, con el aire, con el paisaje costero de Sicilia.

Página 26

—¿Verdad? —A mi lado, Eli apoya los codos en la barandilla. Tiny va detrás, pisándole los talones, mientras descubre nuevos olores con entusiasmo—. Me he sentido sucio y feo desde que llegamos.

Me vuelvo para echar un vistazo a la villa, observar la hiedra y las glicinas que decoran su fachada blanca, y compararla con la casa donde crecimos. La nuestra no le llega ni a la suela de los zapatos.

—Ahora me doy cuenta de que nos criamos en un cuchitril infestado de ratas.

—Y ni siquiera éramos conscientes.

—¿Qué clase de padres negligentes se olvidan de plantar un huerto de

cítricos en el patio? —Alargo la mano hacia el árbol que tengo a la izquierda, plantado en una maceta de cerámica de colores, y acaricio con la punta de los dedos una hoja brillante. Al apartarla, descubro un limón redondito, jugoso y un poco obsceno. Su aroma perfuma el aire que nos rodea, mezclándose con el de la salmuera y algo que me recuerda al… tomillo. El matorral que se asoma por el acantilado, como si intentara huir de nosotros, es tomillo silvestre. Estoy enamorada—. Cuidado, Eli. Rue podría abandonarte y fugarse con este limón.

—Llegas tarde. El limón y yo ya hemos planeado fugarnos juntos.

Sonrío y él me pasa un brazo por el hombro para estrecharme contra él. Mi hermano y yo no solemos abrazarnos mucho, pero hoy tengo muchas cosas en la cabeza y esto me reconforta.

—Me alegro de que hayáis decidido celebrarlo aquí. Sé que me quedé boquiabierta cuando me dijiste que no ibais a hacer cola durante seis horas en la Secretaría del Condado de Travis para intercambiar anillos hechos con botellas de plástico, pero la verdad es que esto me parece…

—Más que un plan improvisado, ¿no? —Asiento mientras se echa para atrás—. Como si realmente hubiera aparcado el trabajo y me hubiese centrado en planificar cómo celebrar y reconocer ante el mundo que estoy enamorado de Rue.

—Si sigues así, voy a vomitar —espeto, pero se me escapa la risa cuando intenta darme un coscorrón—. Aunque no tiene pinta de que hayas aparcado el trabajo.

—No te equivoques. Yo lo he aparcado. Es Hark el que es físicamente incapaz de no revisar el correo electrónico. Tampoco me parece mal, ya

Página 27

que verlo peleándose con otros inversores me resulta de lo más entretenido.

Desvío la mirada.

—¿Dónde están los demás? Pensé que Avery y yo seríamos las últimas en llegar.

—Así es. La mayoría está recuperando horas de sueño. Algunos han ido al centro del pueblo y Rue está dando un paseo por la playa con Tisha.

Echo un vistazo al acantilado. Ahí sigue, empinado y medio cubierto de musgo y arbustos.

—¿Se han tirado desde aquí?

Señala un lugar algo más alejado de la costa, donde la pendiente es menos pronunciada. Alguien tuvo la gran idea de construir ahí unas escaleras de piedra, incrustadas en la densa roca de color naranja tostado. Va haciendo zigzag hasta terminar en lo que parece una playa privada.

—Ah, entiendo.

Sigo la línea de la costa con los ojos y entonces la veo. Justo ahí, en la bahía, a solo unos cientos de metros mar adentro, hay un pequeño islote rocoso cubierto de una exuberante vegetación.

—Santo cielo. No pensé que estaríamos tan cerca. ¿Eso es…?

Eli asiente.

—Isola Bella.

Cuando leí por primera vez sobre ella, mi único pensamiento fue que los lugareños podrían haber puesto un poco más de su parte a la hora de escoger un nombre. Sin embargo, ahora que la veo, considero que la simplicidad tiene su puntito. Y es que, desde luego, es toda una belleza. Bueno, y también una isla, claro. Al menos eso creo. Tiene forma de montículo, es redondeada y con un contorno dentado de tonos verdes y grises. Está completamente rodeada por el mar. La única excepción es una fina franja de arena, o más bien de minúsculas piedrecitas, que la conecta con tierra firme.

—¿Ahora mismo hay marea alta?

Eli se encoge de hombros.

—No sé. ¿Por?

—Baja —dice una voz grave desde detrás de nosotros—. El banco de arena estaba cubierto de agua esta mañana.

Página 28

Bueno, supongo que lo he pospuesto tanto como he podido.

Exhalo, adopto una expresión serena y me doy la vuelta.

—Hola, Conor —digo con un tono alegre. Lo cual es… una elección consciente, dado que casi todo el mundo le llama Hark.

La costumbre, supongo.

—Maya —responde.

No «Hola, Maya». Ni «Ey, Maya». Está claro que no es el tipo de persona que siente la necesidad de poner tres mil signos de exclamación en sus correos electrónicos para denotar entusiasmo. Conor apenas sonríe, aunque me niego a tomármelo como algo personal. Así es él: brusco, impaciente, a veces mezquino. Quizá se deba al hecho de haberse criado en una familia emocionalmente distópica. A lo mejor es una estrategia comercial y se presenta tan intenso, tan intimidante y tan cascarrabias para encarnar al típico ricachón. Siempre he dado por hecho que los trajes tenían gran parte de culpa, pero ahora mismo solo lleva unos pantalones de color whisky y una simple camiseta blanca. Con todo, nadie jamás lo confundiría con un desarrollador de software o un profesor de filosofía.

Para ser sincera, ni siquiera es mi tipo. Demasiado estresado. Demasiado incapaz de dejarse llevar. Demasiado cabezota. Demasiado gilipollas.

Y, sin embargo, llevo tres años enamorada de él.

Yo siempre he sido un poco terca, pero esto ya roza la locura. La demencia. El autosabotaje. Mi cerebro se encaprichó con él cuando tenía veinte años, y aquí sigo. Todavía. A pesar de todo lo que ha pasado desde entonces.

Hubo una época en la que los profesores llamaban a mi hermano para decirle lo lista que era, y mírame ahora. Más tonta y no nazco.

—¿Qué tal el colegio? —me pregunta.

Tiene un don para hacer preguntas «inocentes» con el objetivo de ponerme en mi sitio. Que, en su cabeza, es la piscina infantil. Lejos de los adultos. De él.

—De maravilla. —Sonrío, esforzándome por ignorar la forma en que Avery le apoya la mano en el dorso del brazo, propia de dos personas que se tienen mucha confianza. Sabías que esto pasaría, me recuerdo. Y el contacto físico es algo totalmente normal entre personas que disfrutan de

Página 29

su compañía mutua. No recuerdo la última vez que lo toqué—. Avery, ¿has visto lo cerca que está Isola Bella? —le pregunto a mi nueva amiga.

—¡Sí! Me muero de ganas de ir a explorar. —Frunce el ceño—.

Aunque también me da un poco de miedo. Nadar no es mi fuerte.

—Podemos ir juntas. —Propongo.

—Me parece una buenísima idea.

—Había pensado en ir más tarde, tal vez después de echarnos una siesta y…

—Por el amor de Dios, Maya. —Se ríe Eli—. Vamos a estar por aquí una semana entera y todavía tenemos que planear las actividades. Aprovecha para descansar hoy y recuperarte del jet lag. Vamos, te voy a

enseñar cuál es tu habitación. —Acepta una maleta que le ofrece el chófer y se dirige hacia el pórtico, pasando entre dos columnas blancas acanaladas. Tiny le sigue.

Me encantaría hacer lo mismo, pero…

—Ay, Eli, esa maleta es la mía —dice Avery, corriendo tras él.

—Ah, vaya. Bueno, pues te enseño cuál es la tuya. Hark, ¿te importa llevarle tú el equipaje a Maya? Todas las habitaciones que tienen la puerta abierta están libres, asígnale la que quieras.

Conor no responde. Sin embargo, le da unos billetes al conductor, intercambian unas cuantas palabras que no entiendo y coge mi bolsa.

Qué bien. Qué bien todo.

—¿Hablas italiano? —le pregunto con un tono jovial. Consigo no sonar como si quisiera arrancarme el bazo aquí mismo y desangrarme delante de todos, y eso me hace sentir orgullosa.

—Sí.

—¿Es porque…? Espera, ¿esa niñera de la que me hablaste era italiana? ¿La que colgaba jamones en la ducha?

—A Lisa no le habría hecho nada de gracia que pienses que ella se rebajaría a comer otra cosa que no fuera prosciutto.

Entramos en el vestíbulo de mármol y se hace el silencio entre nosotros.

—¿El jamón y el prosciutto no son lo mismo? —pregunto en voz baja, ya que no soporto el silencio. Vamos, Conor, pienso. Pon un poco de tu

Página 30

parte. Tengamos la fiesta en paz. Seamos desconocidos cordiales lo que queda de semana—. ¿Acaso hay alguien capaz de distinguirlos?

—El prosciutto es un tipo de jamón —espeta. No es tajante, pero sí escueto.

—Ah.

Al menos ya estamos dentro. Y si hay algo que se me da de lujo para compensar la falta de conversación es señalar los impresionantes detalles arquitectónicos de un ostentoso edificio de tres plantas del siglo xix.

—Mira ese fresco. —Silencio—. Estoy flipando con lo elaborado que

es el diseño del techo. —Silencio—. Me pregunto si esa lámpara de araña todavía funciona.

Es molesto, y quizá también humillante, que Conor solo responda a preguntas directas. Deja que yo siga diciendo tonterías para llenar el silencio mientras me lleva escaleras arriba. Lo sigo. Observo sus hombros atléticos, propios de alguien que practicó remo en su juventud. Carga mi bolsa como si no pesara nada. Su espeso pelo castaño oscuro tiene más canas que la última vez que lo vi y su ceño fruncido me empuja a seguir parloteando un poco más.

—Las puertas acristaladas me dan la vida. ¿Crees que alguien se daría cuenta si mango esa alfombra? ¿Eso es una puta biblioteca?

Estoy segura de que hay personal trabajando en algún lugar de estas instalaciones, pero no nos cruzamos con nadie. Eli debe de haber elegido una habitación en la segunda planta para Avery, tal vez al lado de la de Conor. Eso explicaría por qué el susodicho me hace subir hasta la tercera. Siempre ha tenido una capacidad para evitarme digna de mención.

—¿Te parece bien esta? —pregunta señalando una puerta e interrumpiendo mi monólogo sobre el suelo de mosaico del pasillo. En la cerradura hay una llave antigua, plateada y ornamentada. Asiento y entra a dejarme la bolsa.

—Muchas gracias. Eli tenía razón, estoy agotada. Será mejor que me eche una siesta antes de que me desplome de cansancio. —Es una clara invitación a que se marche, pero Conor decide cerrar la puerta.

De repente, su mirada es más severa.

Yo me quedo un poco a cuadros.

Un poco del todo, porque entonces me pregunta:

Página 31

—¿Te has metido algo?

—¿Que si…? —Parpadeo. No estoy segura de haber oído bien la pregunta—. ¿Perdón?

—¿Te has metido algo? ¿Algún tipo de estimulante? ¿Está de moda hacerlo cuando tienes que coger un vuelo internacional o algo?

—Yo no… Espera, ¿qué?

—No voy a chivarme, pero si hubiera algún problema… —No. ¿Por qué coño crees que me he drogado?

Da un paso hacia mí, obligándome a inclinar el cuello hacia atrás. Siempre ha sido demasiado alto para mi comodidad, tanto física como espiritual.

—Vas acelerada. Tienes las pupilas dilatadas. Has estado hiperactiva e inquieta desde que has salido del coche, no has cerrado el pico…

—Yo soy así.

Se ríe. Ese sonido oscuro inunda la habitación.

—Maya.

Hay tantas cosas detrás de esa palabra… «Venga ya, Maya». «Maya, sé perfectamente cómo eres». «Te conozco, Maya».

Y sí. Es cierto. Me conoce. Por eso debería saber que no me drogaría en la boda de mi hermano.

—No me he metido nada. Y podrías ser un poco más agradecido.

Frunce el ceño.

—¿Agradecido con quién?

—Conmigo. Por intentar ponértelo fácil.

—¿Fácil? —Suelta un resoplido de incredulidad—. Nunca en tu vida me has puesto nada fácil.

—Pero podría.

—Maya. —El mismo tono. Niega con la cabeza y me mira como si la posibilidad de que yo quiera fingir que no hay tensión ni incomodidad entre nosotros fuera absurda—. Duerme un poco. Y deja de comportarte como una niñata. Eso no es ponérmelo fácil. —Se da la vuelta para irse. Ni siquiera está lo bastante molesto como para enfadarse. Se limita a tratarme con el mismo desdén de siempre.

Y es entonces cuando decido que, si quiere guerra, tendrá guerra.

Ahora sí que se lo voy a poner difícil.

Página 32

—Fue por Avery, ¿verdad?

Se queda inmóvil de espaldas a mí.

—¿Qué?

—Ella fue la razón por la que dejaste de hablarme.

Página 33

Ca ít o 4

Conor se da la vuelta muy muy despacio.

Lo suficientemente despacio como para que a mí me dé tiempo de poner una cara neutra, que no muestre lo enfadada ni lo dolida que me siento.

Ahora él también está recordando nuestra última conversación. Sus palabras por teléfono: concisas, formales, definitivas. El largo silencio antes de que lograra reunir el valor para responderle. Mi risa incrédula. «Estoy empezando a salir con alguien, Maya. Y me preocupa que pueda malinterpretar la relación que tenemos tú y yo».

Le colgué. Y me arrepentí al ver que no volvía a llamarme, ni esa noche ni ninguna otra en los diez últimos meses. Está claro que mis problemas de ira están vivitos y coleando.

Me bastó con hacerle una pregunta a Eli como quien no quiere la cosa para averiguar que ese «alguien» era Avery, pero hasta ahí llegaron mis descubrimientos sobre la relación. Conor no es el tipo de persona que sube fotos después de un fin de semana romántico por la costa, más que nada porque no tiene redes sociales, y seguir indagando solo habría provocado que Eli sospechara.

Intenté contactar con él después de un tiempo. Al fin y al cabo, éramos buenos amigos. A pesar de su miedo a que se malinterpretara nuestra relación, siempre habíamos tenido un vínculo explícitamente no romántico. Pero Conor no es tonto. En lugar de coger las llamadas, me

Página 34

respondía con mensajes que dejaban una cosa muy clara: estaba ahí si lo necesitaba, pero prefería transferirme un millón de dólares antes que mantener una conversación de cinco minutos conmigo.

Y hoy, después de casi un año de silencio, nuestros ojos se encuentran y dice con cautela:

—Avery y yo no estamos juntos desde hace meses.

—Lo sé. —Sonrío a pesar del sabor amargo que tengo en la boca—. Resulta que hace un par de semanas vinieron Minami y Sul a casa y empezaron a hablar de vosotros dos. Dijeron que era una pena que la cosa no hubiese funcionado. Que pensaban que era solo porque no había sido el momento adecuado. Están seguros de que este viaje os volverá a unir.

Conor cierra los ojos y se le ensanchan las fosas nasales de la rabia. No hay que olvidar que tiene casi tan mal genio como yo.

—Va siendo hora de que todo el mundo deje de meterse donde no le llaman.

Me fuerzo a encogerme de hombros.

—Entiendo por qué piensan así. Avery es muy maja. Y apropiada para tu edad, ya de paso.

—Maya.

—Por cierto, ¿cuántos años tiene? —Ahora soy yo la que se cruza de brazos. La que da unos pasos hacia él. Esta conversación puede ser peligrosa. En mi afán por lograr que le duela tanto como a mí, puede que haya ignorado mi instinto de supervivencia—. Solo pregunto porque ambos sabemos que consideras un requisito fundamental que no haya diferencia de edad para que una relación tenga éxito.

—Maya.

—¿Qué? —Inclino la cabeza—. Somos amigos. Creo que es normal que sienta curiosidad. Me encantaría saber qué es lo que le ha gustado a mi amigo de esta chica que…

—Precisamente eso: que no es una chica. —Aprieta la mandíbula. Cuando vuelve a hablar, noto la ira que esconde su tono—. Nada de esto es relevante. Avery y yo somos compañeros de trabajo y amigos. La razón por la que estoy aquí es para celebrar la boda de Eli. Tengo el mismo interés en reanudar mi relación con ella como el que tengo en retomar el contacto contigo, es decir: ninguno.

Página 35

Es un puñetazo en el estómago. Les ordeno a todos mis músculos faciales que se queden inmóviles, pero esa última palabra me golpea con tanta fuerza que me tambaleo un poco hacia atrás.

Conor se da cuenta. Da media vuelta, los tendones de su cuello de repente ya no están tensos.

—Por el amor de Dios, Maya. —Se pasa una mano por la cara. Por un instante, parece tan destrozado como yo—. Hablamos por última vez hace casi un año. Has estado viviendo en el extranjero durante meses. Eres… Lo tienes todo a tu favor.

—¿Qué tiene que ver eso? —Odio lo débil que suena mi voz.

—Esperaba que lo hubieras superado.

—¿Superado el qué?

—Que te importara tanto…

—¿Que me importaras tanto tú, Conor? —Niego con la cabeza, riendo. Me hace gracia de verdad—. Por curiosidad, ¿acaso crees que mi cerebro aún no es capaz de formar recuerdos a largo plazo? ¿O que no tengo la capacidad de sentir emociones que…?

—Basta —me interrumpe con brusquedad. Me clava la mirada en los ojos y añade—: Me voy, pero que sepas que sigo convencido de que te has metido algo.

—No me…

—Y —me corta—, la próxima vez que nos crucemos, espero que ya se te haya pasado el colocón y dejes de comportarte como una niñata malcriada, ya que tanto te gusta recordarme que no lo eres.

Da media vuelta y empieza a andar hacia la puerta.

—Conor. —Como no se detiene, continúo—: Eras mi mejor amigo. Y yo tu mejor amiga. Siempre me vas a importar. No hay forma de cambiar eso.

Por un breve instante, me parece que capto una pizca de vacilación, un titubeo en sus movimientos, aunque puede que solo sea cosa de mi imaginación, ya que no se digna a girarse para mirarme. Me deja ahí sola, con el puño cerrado, los dientes apretados y murmurando un «joder» en voz baja.

Página 36

A menudo tengo la sensación de que Eli y Conor llevan más tiempo siendo mejores amigos que Eli y yo siendo hermanos.

Aunque no es así, claro. Eli es unos catorce años mayor que yo, pero se fue a jugar al hockey a una universidad de Minnesota cuando tenía diecisiete o así y yo aún no había cumplido los cuatro, lo que significa que en algún momento de principios de la década de los 2000 vivimos bajo el mismo techo. Durante varios años. Por desgracia, no recuerdo gran cosa. De hecho, solo tengo dos recuerdos de Eli de cuando era pequeña: que me llamaba «calabacita» y aquella vez que discutió con papá y dio un portazo tan fuerte que se cayó un cuadro de Bob Esponja y Calamardo cogidos de la mano que tenía colgado en mi habitación.

Quizá que mis padres murieran pronto fue lo mejor, porque no estoy segura de que hubieran podido soportar verme convertida en una adolescente tan encantadora como lo había sido Eli. Nótese el sarcasmo. Un ser humano es capaz de pasar esa penitencia una vez, pero ¿dos en menos de dos décadas? Me gusta pensar que, si hay vida después de la muerte, en estos momentos mis padres están brindando con piña colada, aliviados por no haber tenido que repetir.

Si lo que me contaban era cierto, los pasatiempos favoritos de Eli cuando era joven se resumían en: discutir con papá, cabrearlo y provocarle infartos. A mí me parecen cosas típicas de la edad, pero después de que mi hermano se mudara, papá hablaba de él como si fuera la semilla del diablo infiltrándose en nuestro sagrado e indefenso hogar, y… Bueno, sí que es cierto que mi padre podía llegar a ser un hombre difícil. Aunque no para la niñita de sus ojos. Me llamaba «princesa traviesa» cuando venía a hacerme cosquillas cada vez que yo fingía estar molesta por lo fuertes que eran sus estornudos o por los constantes comentarios sarcásticos sobre mis programas de televisión favoritos (los cuales siempre se paraba a ver conmigo cuando pasaba por el salón). Con Eli, sin embargo… Digamos que no culpo a mi hermano por contar con los dedos de las manos las veces que vino a visitarme después de mudarse. A fin de cuentas, yo hice lo mismo cuando me fui a estudiar a Escocia.

No sé si Eli realmente llegó a soñar con convertirse en jugador profesional de hockey. Lo que sí sé es que, durante la carrera, se dio cuenta de que le encantaba la investigación biomédica y, después de graduarse,

Página 37

dio un giro de ciento ochenta grados y pasó de ser un amante del deporte a ser… un amante del deporte que juega con pipetas. Volvió a Austin, pero la frecuencia de sus visitas no aumentó. En lugar de eso, empezó un doctorado en Ingeniería Química en la UT y allí fue donde conoció a Conor, que iba un año por delante, y a Minami, que ya se había doctorado. Los tres se hicieron amigos enseguida.

Tras la muerte de mis padres, cuando Eli se convirtió en padre soltero de la noche a la mañana, Minami y Conor fueron de gran ayuda. No estoy segura de si estaría aquí de no ser porque Minami le dijo a mi hermano que quizá tener cuarenta grados de fiebre era motivo más que suficiente para llevarme a urgencias, o porque Conor tomó el relevo para que Eli pudiera llevarme al hospital (y probablemente también se encargó de pagar la factura médica).

Después de aquello, pasaron un montón de cosas. Detrás hay una historia; una con más perspectivas que un prisma. Ha ido cambiando a lo largo de los años y, de alguna manera, involucra a Rue mucho antes de que ella y Eli se conocieran en una aplicación de citas. Por desgracia, nadie se atreve a contármela, y yo paso de seguir preguntando. Un resumen general sería: a Eli, Conor y Minami los expulsan de la UT de malas maneras; Conor y Minami se enamoran, aunque Minami después se desenamora y se casa con otra persona. (¿Por eso Conor es un imbécil? No. Me niego a culpar a una mujer de que un tío tenga un comportamiento de mierda, aunque sí que me culpo a mí misma por seguir sintiéndome atraída por él a pesar de saber que no debería); Eli, Conor y Minami crean Harkness, una empresa de capital biotecnológico; empiezan a llegar los beneficios.

A medida que la empresa crecía, sufrió muchos bandazos financieros. Pasé de ser una niña a la que le decían: «Podemos ir a Disneyland si ahorramos durante un par de años», a una preadolescente a la que le decían: «El banco nos ha embargado la casa, hoy no puedo darte dinero para el almuerzo, pero toma, cómete este bocadillo que te he preparado», antes de llegar a la adolescencia y tener que escuchar: «Así es, puedo pagarte la matrícula de la universidad, sea cual sea».

A Harkness le va bien. Durante la primera década, más o menos, los socios al frente fueron Eli, Conor, Minami y su marido, Sul. Luego, hace un par de años, Eli conoció a Rue y decidió reducir sus horas de trabajo

Página 38

para poder… contemplarla embobado, creo. Entonces Minami y Sul tuvieron a Kaede, la niña más adorable del mundo mundial. Fue entonces cuando empecé a oír el nombre de Avery.

«Por su formación y experiencia, es perfecta para el puesto. Es amiga de Minami desde hace años. Ha trabajado para las mayores empresas de asesoramiento estratégico del país. Llevamos años colaborando con ella y nos gusta su estilo. Acaba de terminar una relación larga y le encantaría cambiar de aires. Está cansada de la costa este, está pensando en mudarse

a California». «O a Austin».

Avery se hizo cargo de las labores de Minami y Sul mientras estaban

de baja de paternidad. Sin embargo, unos meses más tarde, cuando les tocaba volver al ruedo, anunciaron que, tras traer al mundo a «la niña más mona del universo» (estoy totalmente de acuerdo), les apetecía pasar tiempo con ella. «Mucho tiempo. Todo el rato, a poder ser». Y, como habían comprobado que la combinación de sus genes había dado como resultado al Bebé Más Mono del Universo, estaban pensando en tener otro pronto. Ambos estaban igual de involucrados en lo de ser padres y no tenían muy claro si volverían algún día a Harkness a tiempo completo.

Fue entonces cuando el puesto de Avery pasó a ser permanente. Luego, unos meses más tarde, Conor, a quien por aquel entonces

consideraba mi mejor amigo, me dijo que estaba empezando a salir con alguien. Y que si podía irme un poco a tomar por culo, básicamente.

Por supuesto que sí. Me mudé a Suiza y nunca jamás volví a pensar en él. ¿Conor qué? ¿Conor quién? No me suena.

—Tía —me dice una voz desde arriba—, es evidente que estás planeando cómo asesinar a alguien y, dado que no pienso interponerme entre tú y tu víctima, ¿podrías contarme los detalles? Quiero asegurarme de que tenemos algo a lo que aferrarnos en el juicio.

Página 39

Ca ít o 5

Levanto la vista del agua tranquila de la piscina y me bajo un poco las gafas de sol. De pie sobre la tarima de madera, con un cuerpo de supermodelo y un bikini amarillo chillón que contrasta de forma exquisita con su piel morena, está mi abogada favorita. Admiro sus piernas largas y firmes, su figura de reloj de arena, las ondas que le cubren los hombros. Detengo los ojos en el sombrero de ala ancha y mi ceño fruncido se convierte en una sonrisa de oreja a oreja.

Nyota. La hermana pequeña de Tisha, amiga de la infancia de Rue. Bueno, Nyota y Rue también son amigas a pesar de que el pasatiempo favorito de la primera sea ponerlas a las dos a caldo.

—No sabía que también llevabas casos penales —digo volviendo a subirme las gafas de sol.

—Mi especialización es el derecho concursal, pero está claro que me vas a necesitar después de la masacre.

Si no extiendo los brazos para abrazarla es solo porque parece demasiado perfecta para someterse a la infamia del cloro. La contemplo mientras va hasta la tumbona que hay al lado de la mía, coloca una toalla sobre el reposacabezas y esboza una sonrisa rara. El aroma de su perfume

—rosas, verbena— llega hasta mí.

—¿Por eso no he encontrado a nadie por la casa? ¿Ya ha tenido lugar la carnicería? ¿Me lo he perdido? Mecachis…

Página 40

—No. Lo que pasa es que solo falta una hora para la cena. La mayoría de la gente está preparándose o durmiendo una siesta.

Me he despertado hace una media hora, atontada, para nada descansada y todavía con ganas de darme de hostias con alguien o algo. Por la seguridad de las almohadas antiguas que hay en mi cama, he decidido ponerme un traje de baño y nadar con vigor para canalizar la mala hostia.

Digamos que no ha acabado de funcionar.

—Te prometo que no me pasaré la semana aburriéndote con mis constantes muestras de adoración, pero permíteme decirlo solo esta vez: estoy superfeliz de que estés aquí, Nyota.

—No esperaba menos —responde con altivez. Pero entonces añade—: Y lo mismo digo. Ya sabes que me encanta rodearme de personas intelectuales.

Cuando Rue llegó a la vida de Eli, trajo consigo muchas cosas fantásticas, pero para mí, Tisha y Nyota se llevan la palma. Su dinámica fraternal me pareció fascinante desde el principio, incluso me han hecho desear tener una hermana. Preferiblemente, una que haga comentarios crueles y mezquinos sobre mi pelo, mi ropa y mis decisiones, y que al mismo tiempo me deje claro que daría la vida por mí.

Y aquí es donde entra Nyota. Tiene unos cuantos años más que yo, pero encajamos nada más conocernos. «Es porque las dos somos las pequeñas y bastante más listas que nuestros respectivos hermanos mayores —me dijo un día delante de Eli y Tisha—. Os diría que sin ánimo de

ofender —añadió mirándolos—, pero sería mentira».

Ni Tisha ni Eli se inmutaron.

Nyota y yo no nos escribimos mensajes a diario contándonos nuestra vida. Y, sin embargo, estamos en contacto. Hemos desarrollado un sistema muy sencillo para demostrarnos el amor y el respeto que nos tenemos, que consiste en enviarnos tropecientos vídeos y memes relevantes a través de las redes sociales.

—¿También has venido sola? —le pregunto. —Nunca voy a las bodas con acompañante. —¿Por qué?

Página 41

—No suele sentarles bien que desaparezca con el tío más guapo de la fiesta.

Casi escupo, y eso que ni siquiera estoy bebiendo.

—Maya, la situación es grave. —Se reclina de lado, como un centurión romano tras la batalla—. Cada vez me cuesta más encontrar a chicos con los que realmente me quiera acostar.

—Eso me dijiste la última vez que hablamos, pero luego busqué el nombre de tu gabinete en Google.

—¿Y?

—He visto las fotos de tus compañeros de trabajo. Están buenos. El pelo engominado y repeinado hacia atrás me da un poco de repelús, sí, pero nada que no se pueda gestionar.

—El problema es que todos son abogados. Y me niego a follar con un abogado.

—¿Por qué?

—Es incesto, Maya. Prefiero no hablar del tema, cuéntame todo eso de… —Me señala la cara. Sus largas uñas brillan bajo el sol del atardecer.

—¿De qué?

—De la masacre. Háblame de la rabia que sientes.

—Mmm, creo que yo tampoco quiero hablar de ese tema. Dime, ¿has conocido ya a todo el mundo?

—Diría que sí. Excepto a… Avery, creo que se llama. Debo decir —se quita las gafas de sol y aparecen unas pestañas espesas y perfectamente rizadas— que he estado haciendo inventario y la cosa pinta mal.

Estoy preparada para la burrada que seguro que va a soltar.

—¿Y eso?

—En términos de cantidad, estamos jodidas. Seis hombres, pero solo tres libres. Al novio lo descarto por principios.

—Menos mal.

—Si bien es cierto que los solteros parecen de alta calidad. Como el jugador de la NHL.

Gruño.

—¿Axel?

—Sí. Está para mojar pan. Y ha venido con su hermano pequeño, Paul.

Que también está muy bueno.

Página 42

—Dios, hace años que no veo a Paul. En todo este tiempo, puede que se haya hecho abogado, quién sabe.

—Nanay. Lo he comprobado. Es ingeniero. —Arruga la nariz—.

Aunque parece muy simpático, lo que no augura nada bueno.

—¿Por qué?

—Porque seguro que se queda pillado. —Se encoge de hombros—. Los buenos caen con facilidad. Y, por alguna extraña razón, cuanto más mala soy, más se pillan. Quizá debería ir a por el tercero.

—¿Quién es el tercero?

—Hark. También está bueno. Es lo bastante mayor para saber de qué va. Y, por encima de todo, si en algo soy una verdadera experta, y lo soy en muchas cosas, es en elegir al hombre más emocionalmente inaccesible del grupo, y él se lleva la palma. Te garantizo que ese tipo lleva como mínimo dos décadas sin experimentar sentimientos. Así que quizá…

—Es mío —espeto.

En realidad, no. Más bien lo he mascullado. Con los dientes apretados.

Lo que hace que Nyota eche el cuello hacia atrás y entorne los ojos.

—Ay. —Me froto los ojos. Rezo una plegaria silenciosa para que alguien me lance un nunchaku y acabe conmigo—. Mierda. No quería…

—Bueno, bueno, bueno.

—Perdón. —Trago saliva—. No debería haber reaccionado de una forma tan agresiva. Si quieres liarte con Conor, puedes.

—Así que Conor, ¿eh? —Asiente lentamente—. Es la primera vez que oigo a alguien llamarlo así.

—Bueno. Es su nombre.

—Ajá. ¿Y cuándo dices que Conor te dio permiso para llamarlo por su

nombre de pila? —Inclina la barbilla—. ¿Fue antes o después de tirártelo? Me echo a reír.

—¿Quieres decir en mis sueños?

—Conque es verdad. —La Nyota intrigada es imparable y formidable. Bueno, todas sus versiones lo son—. ¿Tu hermano sabe que te gusta su mejor amigo?

—Él… Es una historia muy larga y aburrida.

—Soy abogada corporativa, amiga. Mi tolerancia al aburrimiento es mayor que la deuda nacional.

Página 43

—Para tu información, las cosas no han cambiado desde la última vez que nos vimos. Sigo sin entender los chistes sobre temas financieros.

—Pobrecita, la física nuclear no entiende mis bromas. —Menea la cabeza y yo vuelvo a reírme—. Escúpelo, Maya.

—No hay mucho que escupir. Eli lo sabe, pero no del todo. Cuando volví de Escocia, empecé a mostrar interés por Conor delante de él, aunque… más o menos en broma.

—Más menos que más, por lo que veo.

—Hacía comentarios como: «Ay, hasta ahora no me había fijado, pero qué guapo es Hark» o «¿Has visto qué bien le quedaba la corbata roja que llevaba hoy?»; ese tipo de cosas. Por supuesto, a Eli no le hacía ni pizca de gracia, precisamente por eso me parecía tan divertido. Lo que él no sabía es… —que lo decía muy en serio. Lo pienso, pero no lo digo.

—Entonces, ¿el problema es Eli? ¿Crees que se le iría la pinza si te lías con Hark? ¿A lo «Tío, te has tirado a mi hermana pequeña, ahora voy a tener que matarte»?

—Qué bien lo has imitado. Pero lo dudo. Y a estas alturas cree que ya lo he superado.

—Entonces, si no es Eli, ¿qué te impide follarte a Hark? —Pues… que es bastante más mayor que yo, para empezar. —¿Y eso es un problema porque…?

—Buena pregunta. —Me sirve como validación, también. Me masajeo la sien—. Según parece, la diferencia de edad es moralmente objetable.

Agita una mano.

—Eso suena a generalización. Claro, en algunos casos es así, pero tú eres una persona adulta. No hay nada malo en tener un amor de verano tontorrón, por muy complicado que sea. Sobre todo si es con conocimiento de causa.

—Según Conor, sí que lo hay. Algo malo, me refiero.

—Espera. ¿Hark sabe que te gusta?

—Bueno… —Suspiro.

—Permíteme reformular la pregunta: ¿te considera algo más que la hermana de Eli? ¿Has tenido alguna vez una conversación privada con

Conor Harkness? —Nyota debe de ver algo en mi cara, porque se acomoda más contra los cojines de la tumbona y entonces yo…

Página 44

Se lo cuento todo.

Página 45

Ca ít o 6

TRES AÑOS, DOS MESES Y TRES SEMANAS ANTES EDIMBURGO, ESCOCIA

Llevo cuarenta y cinco minutos llorando a moco tendido cuando caigo en que sí hay una persona a quien podría llamar.

A mi hermano mayor.

Eli no es ni mucho menos mi primera opción. De hecho, está tan abajo en la lista que ni siquiera he pensado en él hasta que he visto pasar a una turista rubia con una camiseta azul marino de la PSU, la Universidad Estatal de Pensilvania. Me mira de soslayo antes de girarse hacia su novio, sin duda para intercambiar una mirada que dice: «¿Qué coño le pasa a esa chica con ojos de mapache que está moqueando sentada en los jardines de la St. Andrews Square a estas horas?».

Los miro con resentimiento mientras se cogen de la mano. Me imagino lanzándoles un cuchillo a la espalda y es entonces cuando las letras de la camiseta de ella se juntan para formar algo con sentido.

«equipo de hockey sobre hierba de la psu».

Hockey sobre hierba.

Hockey.

Eli.

Como cadena de asociaciones, es bastante chapucera —mi hermano jugaba a hockey sobre hielo, no sobre hierba—, pero ¿qué más da? Lo importante es que me ha recordado que no estoy completamente sola en

Página 46

este mundo de mierda. Puede que se esté yendo el sol a cada segundo que pasa, pero existe una persona que comparte sangre conmigo. Cabe la posibilidad de que se vea obligado a cogerme el teléfono gracias a nuestros genes. O gracias a que sería la primera vez que lo llamo desde que fui a Texas en verano. Del año pasado.

Conversar con mi hermano no es mi pasatiempo preferido. Pero una mendiga no puede permitirse el lujo de ponerse tiquismiquis, y tampoco es que tenga muchas alternativas. En los cuatro años que hace que vivo en Escocia, apenas he mantenido el contacto con los amigos que tenía en Austin: los del instituto, los de patinaje artístico, la gente de la terapia grupal para superar el duelo a la que me obligaban a asistir una vez cada dos semanas… Nuevo país, pensé, decidida a dejar atrás mi adolescencia de mierda. Nuevo círculo social, donde no me verán como a un ser humano afligido y defectuoso. En ese momento tenía mucho sentido, sobre todo después de conocer a Rose el primer día de clase.

—Perdona —me preguntó después de tocarme la espalda—. ¿Cómo de cómoda te sientes si te toco el culo?

Miré hacia atrás. Vi una bonita nariz respingona y unos ojos verde botella.

—Pues no mucho.

—En ese caso, te doy unos segundos para mentalizarte.

—¿Por qué?

—Porque te has sentado encima de una caca de paloma y ahora parece que te hayas cagado encima.

Intenté verme el culo por encima del hombro. No lo conseguí.

—No vas a poder tú sola —dijo con compasión antes de sonreír y añadir—: Alguien va a tener que sacudirte el culete. No me importa hacerlo yo.

Rose tenía razón: la necesitaba en mi vida por muchas razones, la mayoría de las cuales ni siquiera estaban relacionadas con limpiarme el culo. Era una chica irreverente y amable. Siempre era sincera y nunca juzgaba a los demás. La adoraba y aún la adoré más cuando me presentó a Georgia, su prima salvaje y fiestera. Siempre había querido formar parte de un grupito de tres, y vaya si lo conseguí. Durante los últimos cuatro años, han estado ahí para todo: exámenes, descubrir un nuevo país,

Página 47

averiguar qué coño quería hacer con mi vida…, en las buenas y para las malas.

Lo que pasa es que Rose y Georgia ahora mismo no son una opción. Por desgracia, están ocupadas poniéndose la una de parte de la otra. Lo mismo pasa con Alfie, el chico que me dejó hace exactamente seis días después de un año y medio de relación.

«Lo nuestro no funciona —me dijo con cara de pena—. Lo siento, Maya, pero es así». Llevaba todos estos días preguntándome por qué no me había dado más detalles…

Bueno. Pues ahora ya lo sé.

Aquí sentada, limpiándome los mocos con la manga del jersey, busco el número de mi hermano en la lista de contactos. Lo uso tan poco que no lo encuentro a la primera. ¿No lo guardé como «Eli»? ¿O «Killgore»? ¿Qué puta mierda de nombre puse para no…? Ah, ahí está. Debía de estar muy inspirada ese día.

«Herm-ano».

Escucho el tono de llamada. Respiro hondo. No quiero que parezca que estoy sufriendo un colapso mental mientras le digo a Eli que…

Espera. ¿Qué le voy a decir? «Hola, un gilipollas con el que he estado saliendo pero del que nunca te he hablado me ha roto el corazón». O sea, ¿qué pretendo conseguir con…?

—Grupo Harkness, ¿en qué le puedo ayudar? —pregunta una voz de mujer. Es amable, con un tono un poco robótico. De recepcionista. ¿He llamado por error al trabajo de mi hermano?

—Hola. Estaba buscando a Eli Killgore. Creía que este era su número de teléfono.

—El señor Killgore está de camino a Australia, por lo que, durante las próximas horas, sus llamadas se transferirán a este número. ¿Con quién hablo?

—Maya. Me…

—Ah, sí. Estábamos esperando su llamada.

—Ah… ¿En serio?

—Por favor, espere.

Un breve paréntesis con música jazz de fondo se ve interrumpido por un cortante «¿Sí?». Es una voz masculina, ronca, articulada con claridad y

Página 48

una ligera aspereza. Me resulta familiar, pero no la reconozco. Desde luego, no es la de mi hermano.

¿Qué leches se responde a un «Sí»?

Me aclaro la garganta.

—Hola. Querría hablar con Eli.

—Eli está ahora mismo yendo a su encuentro.

—¿Yendo a mi encuentro?

—Correcto. —Noto un leve acento. No es escocés ni americano—.

Mientras tanto, si quiere, podemos discutir el tema económico.

Intento sorberme la nariz sin hacer mucho ruido.

—Muy generoso por tu parte, pero eso no me preocupa.

—Ah, vaya. Me comunicaron que estaba preocupada por el tema de la escisión de sociedades y…

—No. Más que nada porque no sé lo que es una escisión de sociedades.

—¿Disculpe?

—Lo único que quiero es… —Hago una pausa para conseguir controlar la voz y que deje de temblarme y entonces digo—: Quiero hablar con Eli, así que…

—Como director general —me interrumpe con firmeza—, permítame asegurarle que, mientras Eli está en el avión de camino, soy plenamente capaz de…

—¿Eres capaz de pasarme con Eli? Porque eso es lo único que pido. Sí, eso ha sido una explosión. Seguida de un silencio prolongado. —Es posible que haya habido un malentendido. ¿Estoy hablando con

la directora ejecutiva de Mayers?

—Soy Maya. Maya Killgore. La hermana de Eli.

—Eres… —Un profundo suspiro—. Joder, es verdad.

Y entonces, por fin, es cuando ubico esa voz. Es la de Hark. Bueno, Eli lo llama así. Su nombre completo es Connor Harkness.

Ah, no, los irlandeses lo escriben con solo una «n». Claro, de ahí viene el acento que he notado antes.

Conor Harkness.

Él y mi hermano son buenos amigos. Por no decir mejores amigos, aunque los hombres adultos rara vez aceptan esa denominación. Hemos

Página 49

coincidido decenas de veces, pero a diferencia de Minami, Hark nunca ha mostrado el más mínimo interés en mí. Tengo un vago recuerdo de él sentado en nuestro salón, bebiendo cerveza con Eli, vistiendo ropa de alto standing y diciendo cosas de alto standing también. No recuerdo haber cruzado la mirada ni haber tenido una sola conversación con él. Para ser sincera, era un alivio. No me resultaba nada agradable sentirme observada por hombres mayores que yo, y menos siendo tan joven.

Yo tampoco hice nunca ningún acercamiento. Pocas cosas me interesaban menos cuando era adolescente que los tíos que me doblaban la edad. Después de mudarme al Reino Unido, no volví a casa durante un tiempo. Pasaba las vacaciones con Rose y su familia, y luego con Alfie. Volví unas semanas el verano pasado, entre tercero y cuarto, pero no debí de cruzarme con Hark, porque…

Francamente, había olvidado que existía.

—¿Creías que era Mayers no sé qué?

—Sí. Estaría bien que te presentaras al principio de una llamada,

Maya. —Suena molesto, lo que encaja a la perfección con lo que recuerdo de su temperamento. «Un poco gilipollas» parecía ser el rasgo predominante de su personalidad.

No soy de las que ceden cuando alguien les contesta de forma borde, pero ahora mismo no estoy pasando por mi mejor momento.

—Vale, lo que tú digas… ¿Puedo hablar con mi hermano? —Su avión acaba de despegar. Tardará un buen rato en llegar. Se me cae el alma a los pies.

—¿Hay alguna manera de ponerse en contacto con él?

—Puedes enviarle un mensaje, pero nada más embarcar, se ve que el piloto ha anunciado que el wifi no funcionaba.

Es posible que esté a punto de ponerme a chillar. O puede que no.

Tendré que esperar a ver.

—¿De cuántas horas es el vuelo?

—Ni idea. ¿Veinte?

—¿Veinte?

—Podrían ser más. O menos. No tengo licencia de controlador de tráfico aéreo. Pero existe una herramienta de última generación que puedes usar para averiguarlo.

Página 50

—¿Cuál?

—Google, se llama.

Cierro los ojos y las lágrimas vuelven a brotar. No puedo con… No puedo. Ahora mismo no.

—Bueno, si sabes algo de él antes que yo, dile que

mellameaestenúmero. —Apenas consigo pronunciar las últimas palabras antes de colgar y romper a llorar de nuevo.

Sollozo durante unos segundos, me inclino y me muerdo la rodilla, cubierta por la tela de los vaqueros. Que le den. Que le den por el puto culo. A él y a todos los putos hombres. Si no fuera por ellos, no estaría sentada en este puto parque a estas horas de…

Suena el móvil. Contesto demasiado esperanzada. Las lágrimas me impiden ver bien lo que pone en la pantalla. Como una tonta, pregunto:

—¿Eli?

—¿Estás llorando? —Es Conor Harkness.

Otra vez.

—No —gruño entre hipos.

—Estás llorando.

—¿Y a ti qué te importa? ¿Por qué me llamas?

—Porque eres familia de Eli. Y estás llorando. —Suena acusador.

Como si él estuviera siendo la víctima de la peor semana de mi vida.

—¿Podemos colgar, por favor? Tienes que hablar con una tal Mayers y me encantaría no tener que charlar con alguien a quien apenas conozco mientras estoy pasando por este momento de mierda.

—¿De mierda por qué? ¿Qué pasa?

Formula la pregunta con… como sea que se llame lo contrario al tacto. —¿Por qué iba a contarte eso a ti?

—Porque tu hermano no está disponible y yo soy un adulto, a diferencia de ti. Es mi responsabilidad cívica asegurarme de que no están secuestrando críos ni haciendo gilipolleces.

—¿Críos? ¿Te estás quedando conmigo? ¿Sabes con quién estás hablando?

—¿No eres la hermanita de Eli? —¿Hermanita? ¿Cuántos años crees que tengo? —Unos trece o por ahí.

Página 51

Exhalo atónita.

—Tenía trece años hace siete años.

—¿Qué? Ni de coña tienes veinte años.

—Te aseguro que sí.

—¿En serio?

—Sí.

—Dios. —Suelta un par de palabrotas mientras murmura no sé qué sobre el paso del tiempo, y yo pongo los ojos en blanco.

—Ahora que ya estás al día de cómo funcionan las rotaciones de la Tierra alrededor del Sol, adiós. —Me dispongo a colgar, pero…

—No, adiós no. —Es escueto. Autoritario. Es obvio que está acostumbrado a que la gente acate sus órdenes sin hacer preguntas—. Dime por qué cojones estás llorando para asegurarme de que es por un montón de chorradas intrascendentes y así podré colgar la llamada con la conciencia tranquila.

Menudo payaso.

—Vale. En primer lugar, tu conciencia ha debido de sufrir ya demasiadas transgresiones como para que le sea posible estar tranquila. Apuesto a que quemabas hormigas con una lupa cuando eras pequeño, allá por los tiempos de la reforma protestante.

—Eso no son más que calumnias, no me merezco…

—En segundo lugar, no veo por qué debería estar perdiendo el tiempo contigo cuando no eres nadie en mi vida y has dejado claro que todavía crees que juego con las putas Polly Pockets a pesar de que tengo derecho a voto desde hace ya dos docenas de lunas. Tío, casi ni te conozco, y lo poco que sé no es que sea muy bueno. Así que perdóname si no me apetece compartir la historia de mi vida contigo y contarte que mi novio, con el que llevaba más de un año, me dejó la semana pasada por una chica que no solo resulta ser la prima de mi mejor amiga, sino que también es mi compañera de piso. Y ayer, cuando volví del gimnasio, los tres me estaban esperando para hacerme una especie de intervención improvisada y decirme que sería muuuy egoísta y de mala persona interponerme en su romance fugaz y destinado al fracaso. Y, como se estaban confabulando contra mí, me enfadé tanto que me olvidé de hacer los putos ejercicios de respiración y también de contar, y entonces les grité que por mí podían

Página 52

mancillar todas y cada una de las superficies de ese apartamento, y que les deseaba una vida llena de ETS infecciosas y purulentas. Y esta mañana, cuando me he despertado, estaban allí, en la cocina, viendo un programa de televisión, besándose justo debajo de mi armario, donde guardo las barritas de chocolate Tunnock, a las que recurro cuando necesito apoyo emocional, y me han dicho que se me debería caer la cara de vergüenza por el comportamiento que tuve anoche, que estos arranques desproporcionados que tengo les dan miedo y que yo soy la que debería pedir disculpas por haber sido tan agresiva. No he podido soportarlo más, así que he salido corriendo por la puerta y ahora no quiero volver nunca más. —La última parte me sale con un hilo de voz aguda, balbuceante e histérica. Me doy cuenta por cómo se queda mirándome la gente al pasar. Y por el hecho de que Conor Harkness, que es de los que no callan ni debajo del agua, se ha quedado en silencio.

Vuelvo a hundir la cara entre las piernas, deseando fundirme con las raíces del cerezo bajo el que estoy sentada. Ahora es un buen momento para poner fin a esta llamada, me digo.

Sí, eso voy a hacer. Y después iré a buscar algún pub donde emborracharme y…

—La hostia —dice Conor.

Percibo algo en esa expresión, el ligero acento, tal vez, o el hecho de que la haya pronunciado en un susurro, que me hace soltar un bufido.

—Ajá.

—No sé qué hacer con esta información.

—Exacto, cosa que ya sabía que pasaría, gilipollas. —Estoy demasiado agotada emocionalmente para cargar el insulto de odio, pero eso no impide que resuene entre nosotros. Hasta que oigo una risa profunda.

A diferencia de todo lo demás en esta conversación, es cálida y se parece un poco a…, no un abrazo, no, más bien a una mano acariciándome la espalda de arriba abajo.

Así que yo también me río. Incluso cuando dice:

—Estoy dispuesto a admitir que «un montón de chorradas intrascendentes» puede que no sea la descripción más adecuada para tu situación.

Página 53

—¿Sí? —Inclino la barbilla hacia arriba. Le sonrío al cielo ennegrecido—. Qué noble por tu parte.

—¿Hay algún otro sitio donde puedas quedarte una temporada? ¿Con un amigo, quizá?

Mis amigos son de quienes estoy intentando huir, pienso. Mi corazón ya está demasiado cerca de romperse.

—¿Un banco del parque cuenta?

Suelta una risotada.

—Voy a reservarte una habitación de hotel.

—Te lo agradezco, pero… el dinero no es un problema. —Eli se ha asegurado de que así sea. Dejar de ser económicamente dependiente de él siempre ha sido una prioridad para mí. Estudio aquí becada y tengo un trabajo a tiempo parcial. Intento no tocar los fondos que mi hermano me proporciona para emergencias, pero podría usarlos para reservar un hotel.

Las palabras de Conor, sin embargo, resucitan un tenue recuerdo. ¿No fue él quien me pagó el avión a California cuando, con catorce años, me ofrecieron hacer prácticas en aquella emisora local de noticias? Y al año siguiente, cuando Eli se fue de viaje de negocios, ¿no fue él quien me estuvo llevando y trayendo del instituto durante una semana entera?

Espera un momento. Ahora que lo pienso, ¿Conor no salía con Minami? Sí, así es. Y eso se me hace… raro. Ella fue lo más cercano a una figura materna que tuve tras la muerte de mamá y siempre la adoraré. Así que puede que no sea muy imparcial, pero… ¿cómo es posible que Conor Harkness, un imbécil supremo, se las arreglara para conquistar a alguien como ella?

—¿Dónde estás? —me pregunta. Parece que se le acaba de ocurrir algo—. Estoy empezando a recordar. Te mudaste a Europa para ir a la uni, ¿verdad?

—Conque sí estás al día. Sabes que estudio en una universidad extranjera y, aun así, pensabas que tenía trece años. Menuda lógica la tuya.

—Si te soy sincero, nunca me había parado a pensarlo. Pero ¿en qué ciudad estás?

—No pienso decirle a un extraño dónde vivo.

—Venga ya, Maya. Ni que no tuviera los medios para averiguarlo. —Se oye un sonido rítmico, un golpeteo. Como si estuviera tecleando o

Página 54

tamborileando con los dedos—. Veamos. Has mencionado las barritas de chocolate Tunnock. Seguro que se venden en todo el mundo, pero son particularmente populares en Escocia.

Exhalo. Demasiado fuerte.

—Ajá. —Suena complacido. Lo odio—. ¿Estudias en la Saint

Andrews? ¿O en la Universidad de Edimburgo? —«Hijo de puta», gesticulo—. Da lo mismo. Ya me las apañaré para averiguarlo. Volviendo al tema que nos ocupa, no voy a reprenderte por tu pésimo gusto a la hora de escoger amigas y compañeras de piso.

—Qué detalle.

—Uy, no te creas. No soy un hombre detallista. Lo que pasa es que he cometido errores similares. Lo que no entiendo es por qué se supone que no deberías estar enfadada por el hecho de que hayan decidido presumir de su relación dentro de tu casa.

—Pues porque no —respondo. Espero que entienda por mi tono que lo que realmente quiero decir es que se vaya a la mierda.

—¿Porque no qué?

—No lo sé. No debería haberles gritado.

—Si lo comparamos con lo que te han hecho ellos, no me parece que gritar sea grave.

—Ya, lo sé, pero… me cuesta controlar los arranques de ira. —¿En serio?

—Sí. Con algunas personas. No con todas. No me enfado con el chico de atención al cliente de Costco, por ejemplo.

—¿Hay supermercados Costco en Escocia?

—Sí. Desde hace un tiempo.

—Pero no descargas tu ira contra sus trabajadores.

—No, yo… —Trago saliva—. Lo hago sobre todo con la gente que me importa. Cuando me siento herida por algo que han hecho, tiendo a contraatacar.

—Hmm… Cierto. De pequeña eras una experta en sacar a Eli de sus casillas, si no recuerdo mal.

Me río.

—Es posible. Y ya ves qué me ha traído eso. Mi hermano y yo apenas hablamos. Pero cuando me mudé aquí, decidí que quería convertirme en

Página 55

una mejor versión de mí misma. Y, como la mayoría de mis problemas se reducen a lo enfadada que estoy siempre, me propuse hacer todas esas mierdas que se supone que ayudan. Fui a terapia. Empecé a escribir un diario. Aprendí a identificar los desencadenantes. Y funciona, en su mayor parte. Pero ahora… estoy furiosa con ellos y me cuesta distinguir si es que tengo una recaída o si sentirme así es algo legítimo. ¿Tú qué opinas? ¿Debería reprimir toda esta rabia y comportarme mejor? Lo único que… Lo único que quería era que la Maya de Escocia tuviera los pies en la tierra y fuera más jovial, pero…

—Eso suena a que la Maya de Escocia es más de piedra que de carne y hueso.

Cierro los ojos con fuerza. El aire nocturno es cada vez más fresco. —Ya. —Me aclaro la garganta—. La Maya de Escocia es un poco

pick-me.

—¿Un poco qué?

—Un poco… —Suspiro. ¿Qué cojones estoy haciendo, jugando a los sinónimos con Conor Harkness?—. Mira, voy a colgar, ¿vale? Y…

—No estarás pensando en hacer ninguna tontería, ¿no?

—¿Qué? ¡No! Tampoco es para tanto. Solo… me iré a mi casa, supongo.

—La misma casa en la que está tu compañera de piso. Y tu ex.

—Sí. Supongo… Sí. —Me froto la cara—. En realidad, tal vez vaya a la biblioteca un par de horas. Solo para aumentar las posibilidades de que cuando llegue estén dormidos.

—Maya. —Es muy raro oírlo pronunciar mi nombre—. Puedo encontrarte un sitio donde dormir en cuestión de segundos.

—¿Eres un experto en Booking?

—No, pero tengo una asistente ejecutiva a mi entera disposición.

No debería reírme, mucho menos considerando que Conor Harkness como jefe debe de ser más molesto que un grano en el culo.

—El problema es que esa también es mi casa. Y faltan un par de meses para que se acabe el semestre. Y en la ceremonia de graduación me van a entregar el título con honores. Me he esforzado mucho para conseguirlo. No voy a abandonar mi vida, ni tampoco la campaña de Dragones y

Página 56

Mazmorras a la que nos apuntamos todos. No pienso huir como si fuera yo la que está avergonzada.

—No deberías —confirma, como si fuera la mayor verdad nunca dicha.

—Es por… el rechazo. Alfie ha sido mi primera relación larga y es una de las personas que mejor me conoce en todo el mundo, y es humillante que una mañana se levantara y decidiera que yo no era lo bastante inteligente, divertida ni sexy para él. Georgia es tan guapa y sencilla… Todo el mundo quiere ser su amigo. Yo, en cambio…, me siento como un bicho raro y estoy empezando a preguntarme si mi vida va a ser siempre así. Y si a eso le sumas que, durante los próximos dos meses, esos dos irán por ahí compadeciéndose de mí y dándose besitos… Es muy posible que entre el cinco y el diez por ciento de las conversaciones que tengan mientras estén acurrucados en la cama sean en torno a que es evidente que

moriré sola. —Estoy llorando otra vez y he hablado más de lo que pretendía y he admitido cosas que no recuerdo haber admitido ante nadie y…

A la mierda.

No puedo más.

—Gracias por hablar conmigo. Me siento mejor. —No, lo cierto es que no, pero decido colgar de todos modos. Oigo que empieza a decir algo, pero me niego a escuchar.

Mi teléfono está empapado en lágrimas. Lo seco lo mejor que puedo y decido apagarlo, por si acaso. Me sacudo la tierra de los pantalones y cojo la mochila. Incluso en medio del repentino colapso de mi vida, me acompaña una certeza: la semana que viene tengo examen de Astrofísica Nuclear.

La biblioteca de la uni está abierta, así que me dirijo a la George Square y dejo que las bellas fachadas me tranquilicen. Bajo el techo abovedado del vestíbulo del edificio, tengo que obligarme a respirar hondo. Si tuviera que contar las veces que he estado aquí con Alfie y Rose, me faltarían dedos en las manos y en los pies. Georgia también nos acompañaba. Ella y Alfie fuman, así que a menudo salían para tomarse un descanso y volvían sonrojados y oliendo a tabaco. Aunque nunca me gustó el olor, le había cogido tanto cariño que…

Página 57

Soy tonta. Soy tontísima.

Me merezco todo lo que me está pasando.

Me negaba a sentir celos o a sospechar. ¿No se supone que las relaciones se basan en la confianza, el respeto mutuo y el amor? ¿Qué sentido tiene, si no? ¿Se supone que debo vivir en alerta cuando…?

—Mira por dónde vas —me susurra un chico después de chocarme con

él.

Murmuro una disculpa y tomo asiento en la mesa más cercana, haciendo un esfuerzo sobrehumano para concentrarme en los periodos orbitales.

Los números y las palabras se vuelven borrosos de vez en cuando. Apenas consigo hacer una quinta parte de lo que suelo avanzar en una

noche normal.

Tengo dolor de cabeza y la sensación de que mi cuerpo pesa un millón de kilos.

A la mierda. Ya han pasado más de tres horas. Me voy a dormir.

Es tarde, pero es viernes. Las calles que rodean el campus aún están llenas de gente. Me arrastro hacia mi apartamento, en el barrio de Potterrow, deseando que se me hubiera ocurrido coger una chaqueta más abrigada antes de salir corriendo esta mañana. Es casi medianoche cuando, antes de meter la llave en la cerradura, rezo por última vez para que, por favor, Alfie y Georgia se hayan ido ya a la cama.

En cuanto abro la puerta, oigo unas voces animadas que salen de la cocina.

Se me retuerce el estómago.

No vomites, me recuerdo. O tendrás que limpiarlo después.

Alfie y Georgia están riendo y no hay otra forma de llegar a mi habitación que no sea pasando al lado de esa odiosa alegría. Me quito los zapatos, cuadro los hombros y me prohíbo sentir vergüenza.

—Hola —digo forzando la voz para que suene cortés.

—Hola, Maya. —Georgia, divina con sus rizos rubios y su pijama de satén, me saluda con una sonrisa amable. Está claro que se ha autoconvencido a sí misma de que su único pecado ha sido enamorarse y ser correspondida.

Página 58

A su lado está Alfie, con ese pelo siempre alborotado y sus dientes encantadoramente torcidos.

Él, al menos, tiene la deferencia de parecer apenado.

—Ey.

No están solos, pero la tercera persona no es, como yo suponía, Rose.

De hecho, es alguien lo más opuesto posible a ella.

Apoyado en la encimera, hay un hombre alto y apuesto. Tiene el pelo oscuro y espeso, una mandíbula cuadrada cubierta por la sombra de una barba. Cejas pobladas que acentúan sus ojos castaño claro.

Me resulta familiar, pero… ¿por qué? Me fijo en el traje a medida que lleva, en sus bíceps apretados bajo las mangas remangadas de la camisa, en los párpados caídos y entrecerrados, que le dan un aspecto entre somnoliento e irritado, en los mocasines sobre el suelo de linóleo…

Me sonríe. Una curva tenue en sus labios carnosos, apenas perceptible, como de tiburón. Siento que debería tener miedo. Pero… ¿de qué?

—Maya —dice una voz cálida, grave y que no hace mucho que he oído.

Es entonces cuando me doy cuenta.

Conor Harkness está en mi cocina.

Página 59

Ca ít o 7

EN LA ACTUALIDAD

TAORMINA, ITALIA

Los italianos siempre cenan en plena noche. O esa es la sensación que me da.

A principios de junio, en Sicilia no se pone el sol hasta bien pasadas las ocho, aunque, cuando Nyota y yo conseguimos llegar a la terraza ajardinada iluminada con farolillos, el cielo ya está oscuro. Si no fuera por el resplandor de las estrellas, no habría forma de distinguir dónde acaba este y dónde empieza el mar.

Tampoco ayuda que hayamos llegado las últimas a la mesa.

Y unos cinco minutos tarde.

Recorremos juntas el camino empedrado, listas para dar el cante. —¿Cómo es posible que todos sean tan asquerosamente puntuales?

—me murmura Nyota al oído.

—¿Cómo es posible que nosotras hayamos llegado tarde?

El recorrido desde su habitación nos ha llevado, como mucho, cuarenta y cinco segundos. Llegar tarde debe de ser una especie de superpoder. Lo

malo de que solo seamos trece invitados —incluyéndola a ella, a mí y a una criatura de dieciséis meses— es que no hay gente suficiente para disimular nuestra mala educación.

Todos están sentados a una mesa larga y rectangular situada sobre una plataforma de baldosas de piedra, en el centro de un exuberante jardín. Las

Página 60

guirnaldas de lucecitas se entrecruzan por encima como un dosel, proyectando un resplandor dorado sobre el impecable mantel blanco y los centros de mesa de flores silvestres. Cuando sopla la brisa costera, las llamas de las velas que hay alojadas en unas pequeñas ánforas de barro titilan y arrancan destellos a los objetos de cristal. Unos farolillos rojos cuelgan de los cipreses y los olivos más cercanos, como si señalaran la línea divisoria entre la villa y la arboleda. De fondo, una solemne silueta iluminada por la luna custodia el este de Sicilia.

El monte Etna.

La mayoría de los invitados están ya bebiendo vino tinto y chupitos de algo de color naranja fosforito. Hay al menos tres conversaciones simultáneas, tan animadas que se oyen incluso por encima del hipnótico canto de las cigarras. Cuando Tiny suelta un ladrido y se acerca disparado hacia mí como si acabara de llegar de la guerra, el silencio se apodera de la mesa.

Tisha nos ve y da unos golpecitos a su copa con un cuchillo.

—Ya verás, ahora va a soltar alguna chorrada —me susurra Nyota.

—Por fin —anuncia su hermana—. Nuestras más ilustres invitadas han decidido honrarnos con su inestimable presencia.

Todos se ríen. Me noto las mejillas al rojo vivo. Nyota hace una elegante reverencia y murmulla:

—Jesusito de mi vida, ¿por qué no me dejaste ser hija única?

—Apenas mueve los labios para no perder la sonrisa. Pura ventriloquía. —El señor siempre encomienda las peores batallas a sus mejores

guerreros —farfullo, y busco a Rue con la mirada. «Lo siento», gesticulo con la boca mientras le acaricio el lomo a Tiny. Podría acercarme a ella, abrazarla y decirle lo bien que le quedan el vestido blanco y la trenza de raíz. Pero sé que la pobre lo pasaría fatal.

Se encoge de hombros y me dedica una leve aunque cálida sonrisa.

—¿Qué tenéis que decir en vuestra defensa? —pregunta Tisha.

Su prometido, Diego, tiene el brazo apoyado en el respaldo de su silla. Es un tecnobro de Silicon Hills que me encantaría que me cayera mal, puesto que forma parte del grupo de gente que está cargándose mi querida y peculiar ciudad. Por desgracia, me ha frustrado los planes y ha resultado ser una criatura adorable que no lleva nunca fachaleco ni conduce un

Página 61

Cybertruck ni se hincha a batidos de proteínas. Sigo atenta por si mete la pata, pero mientras tanto, le devuelvo el saludo cuando me sonríe.

—Cielo, creo que podemos hacer la vista gorda esta vez —le dice a Tisha—. Seguro que tienen una buena razón para haberse retrasado.

—¿Por ejemplo?

Él se encoge de hombros.

—¿Que su cerebro todavía no está del todo formado? —Ah, sí, los jóvenes y su corteza prefrontal a medio cocer. Nyota pone los ojos en blanco.

—Tish, sé que las fiestas son un muermo sin mí, pero no me seas celosa. Estábamos charlando y se nos ha ido el santo al cielo. Hablábamos de esas lagartas que se las dan de superiores a pesar de haber mojado la cama hasta bien entrada la adolescencia.

—Tenía nueve años…

—No he dicho que fueras tú…

—… y había tenido una pesadilla.

—… pero enseguida te has puesto a la defensiva. ¿Por qué será?

—Nyota toma asiento frente a su hermana, dispuesta a pasarse la noche discutiendo.

Tisha ha sido la mejor amiga de Rue desde que eran pequeñas y, durante un tiempo, le guardé rencor a mi hermano por no haberse enamorado de ella. Jamás lo he dicho en voz alta y espero llevármelo conmigo a la tumba, más aún que la vez que tomé MDMA y le mandé un mensaje privado a Malala para decirle que estaba convencida de que debíamos hacernos amigas; más aún que el hecho de haberme pasado todo un curso en el instituto copiando en los exámenes de Historia, motivo por el cual no sé nada de la Primera Guerra Mundial; más aún que la identidad de la persona con la que llevo tres años fantaseando cuando me masturbo. Sin embargo, cuando conocí a Tisha, me resultó muy fácil hablar con ella. Se reía de mis chistes, no dejaba que se crearan silencios incómodos durante nuestras conversaciones y se notaba que le caía bien. Mientras que Rue…

Cuando empezó a salir con mi hermano, era fría y desconfiada. En esa época yo todavía vivía con él. No me traga, pensé. Seguro que le molesta que viva aquí. Se me retorcían las tripas solo de imaginarme que su

Página 62

antipatía hacia mí pudiera alejar a la única familia que me quedaba justo cuando acabábamos de retomar el contacto. Porque entonces sí que sabría lo que era quedarme sola en el mundo.

Pero Eli no cabía en sí de gozo. Puede que yo haya sido una hermana celosa, posesiva y consentida, pero nunca tan cruel como para joderle las cosas cuando se nota que ha encontrado a la mujer de su vida. Así que seguí intentándolo. Apechugué y llevé a cabo la delicada danza a la que nos entregábamos Rue y yo cuando trajinábamos en la cocina, sin mediar palabra. Me obligaba a mí misma a sonreír cuando volvía a casa de la universidad y ella se me quedaba mirando con esos ojos azules serios y enormes que tiene. Me empeñé en conseguir que por lo menos me tolerase.

Y entonces, una mañana temprano, unos meses después de que ella apareciera y lo revolucionara todo, se presentó en casa.

—Lo siento —le dije—. Eli está fuera por trabajo y no volverá hasta la semana que viene. Se le debe de haber olvidado avisarte de…

—Vengo a verte a ti. —Su voz ronca y profunda sonó firme—. Feliz cumpleaños, Maya.

Me tendió una maceta y yo la cogí. Una planta de hojas anchas de color verde claro asomaba por encima de un jarrón de cerámica.

—Es una sandía ratón —me explicó ella—. Una variedad especial de pepino. Me he fijado en tu afición por los pepinillos y he pensado que a lo mejor te gusta. Son más pequeños, del tamaño de la punta del dedo, más o menos, y suelen ser más agrios que los pepinos normales.

—¿Has dicho «sandía ratón»?

—Sí. No son un híbrido de pepino y sandía, a pesar de lo que pueda pensar mucha gente. Aunque sí pertenecen a la misma familia, las cucurbitáceas. A medida que la planta vaya creciendo, puede que tengas que colocarla en una maceta más grande y… —Se interrumpió de golpe y bajó la vista. Y yo me sentí como una completa idiota.

Rue no era fría ni cruel ni arrogante. No me odiaba. Lo que pasaba era que las interacciones sociales no eran su fuerte.

Me la quedé mirando perpleja, sin saber muy bien qué decir. Y tal vez, sin darme cuenta, me comuniqué con ella en código morse, porque añadió en voz baja:

Página 63

—No eres tú, Maya. Has sido muy amable conmigo y te lo agradezco.

Aunque no siempre soy capaz de demostrarlo.

—Ah.

—Esto no se me da muy bien.

—¿Esto?

Soltó un suspiro y asintió.

—Esto.

Debería haberme parecido una afirmación ambigua e incomprensible, pero el alivio que me provocó me hizo sentir como si hubiera vuelto a la superficie tras pasar semanas bajo el agua.

Caí en la cuenta de que tal vez la razón por la que Rue no se reía demasiado era porque le costaba distinguir si los demás se reían de ella o con ella. Que no hablaba porque no sabía qué decir. Y que no me iba a morir por ser un poco menos egocéntrica.

—No me molesta el silencio. Es solo que… —Me encogí de hombros. Rue se quedó callada, esperando, paciente, a que yo terminara, y en ese preciso instante entendí por qué Eli se había enamorado hasta las trancas de ella—. No me molesta —repetí—. Siempre que no tengas pensado convencer a mi hermano de que soy un engorro.

Al oír eso se quedó callada un instante.

—Eli te adora.

—¿Sí? A veces me da miedo porque…, ya sabes, no siempre nos

hemos llevado bien. —Asiente—. Y no tengo a nadie más.

—Lo entiendo. Yo también tengo un hermano pequeño, pero él… No tenemos muy buena relación.

Nos quedamos mirándonos. No le dije que a partir de ahora yo podía ser su hermana. Ella no me dijo que la tuviera en mente en caso de que quisiera aumentar las personas a las que considerar mi familia. Lo cierto es que ninguna de las dos dijo gran cosa. Pero todo cambió.

Coloqué la maceta de sandía ratón en el porche trasero y no solo no dio los frutos que Rue me había prometido, sino que dejó de crecer. Ahí fue cuando me di por vencida y se la devolví para que ella la cuidara. Para entonces ya prácticamente vivía con nosotros. Ella la devolvió a la vida y yo acabé con unos pepinillos monísimos y diminutos para picar entre horas y una futura cuñada con la que pasar el rato sentada en el sofá,

Página 64

haciendo los deberes mientras ella leía sus soporíferos ensayos. De vez en cuando levantábamos la vista, intercambiábamos una sonrisita y volvíamos cada una a lo nuestro, pero juntas.

Unas semanas más tarde, cuando Jade empezó a buscar piso, se dio cuenta de que no podía permitírselo sin una compañera con la que dividir gastos.

—Puedo irme a vivir con ella. ¿Tú quieres que me mude? —le pregunté a mi hermano.

—¿Sinceramente?

—Sí.

Negó con la cabeza.

—No. Y Rue tampoco. Nos gusta tenerte por aquí. A ella le preocupa que no volvamos a verte el pelo y… puede que a mí también.

—No volvería…

Arqueó una ceja.

—… a hacer aquello.

Se echó a reír.

—Sé que no puedes estar toda la vida viviendo con tu hermano, pero me encantaría tenerte cerca. Solo por si necesito que saques al perro, claro

—aclaró con total seriedad.

Asentí, solemne.

—Yo también quiero tenerte cerca. Solo por si necesito que me dones algún órgano, claro.

—Mira qué casualidad.

Y así es como Jade y yo acabamos alquilando un piso a cinco minutos de allí.

Nunca pensé que Rue y Eli fueran a celebrar su boda en el extranjero, sobre todo teniendo en cuenta la dificultad de ella a la hora de socializar. Pero aquí nadie va a exigirle más de lo que esté dispuesta a dar. Ninguno de los presentes es gilipollas, salvo quizá…

Poso la mirada en la figura que se encuentra bajo una de las guirnaldas de luces. La devuelvo de inmediato hacia la mesa.

—Te he guardado un sitio a mi lado —me dice Minami, y yo siento una oleada de agradecimiento y alivio, como si acabara de ahorrarme el mal trago de buscar un asiento libre en el comedor del cole.

Página 65

Extiende los brazos y yo me agacho para abrazarla. Su cabello lacio y oscuro huele a polvos de talco y a la misma fragancia intensa que la primera vez que me abrazó, en el funeral de mi padre. Me coloca el pelo detrás de las orejas y me examina la cara. El gesto tiene algo de maternal, pero a diferencia de cuando Conor me llama «cría», no me molesta. Se lo ha ganado: Minami fue la que me enseñó a ponerme tampones, la que se leyó mis cartas de presentación para la universidad y me disuadió al menos en dos ocasiones de que no me afeitara las cejas. Puede que el hecho de que sea la ex de Conor lo enrarezca todo un poco, pero prefiero no pensar en ello.

—Pareces cansada —dice.

—Sí, esta noche voy a dormir como un tronco. ¿Qué tal, Sul?

Su marido, un individuo silencioso y robusto que jamás se separa de ella, me dedica un gruñido que viene a decir: «Te tengo mucho cariño, pero no me pidas que formule una frase entera».

—¿Y Su Majestad? —pregunto.

—Le encanta el olor del jazmín, así que Hark se la ha llevado al árbol para que vea las flores de cerca. ¡Oye, Kaede, aquí hay alguien que quiere verte!

Cuando me ve, el rostro se le ilumina con la misma intensidad que los farolillos. Extiende sus manitas en mi dirección.

—Hola, princesita. —La saludo con la mano, ignorando al hombre que la lleva en brazos.

—¡Ma-da! —exclama, lo cual es lo más parecido a mi nombre que es capaz de articular. No sé cómo, pero es la combinación perfecta de su madre y su padre: pelo castaño claro y ojos oscuros, pequeña y regordeta.

Kaede ha sido mi primera toma de contacto con niños pequeños. «Creo que quiero uno —le dije a Minami el día que nació—. O tres. Y quiero que sean clavaditos a ella». Así me convertí en su niñera oficial. Desde que volví de Suiza hace unas semanas, he estado cuidándola casi todos los días, lo cual es, según Minami, «un montonazo de trabajo no remunerado», a lo que añadió que si no preferiría estar de fiesta.

«¿A las ocho y media de la mañana?», le respondí.

«O, yo qué sé, patinando, gastando bromas por teléfono, dedicándote a la fisión nuclear… No tengo ni idea de lo que hacen hoy en día los

Página 66

veinteañeros».

«Qué dices, me encanta pasar el rato con Kaede. Es mi mejor amiga, ¿a que sí?», le dije.

Kaede sonrió enseñando los dientes y me tendió su pulpo de peluche: una afirmación rotunda. El problema es que… Puede que yo sea su mejor amiga, pero no soy la única que ostenta el título.

—Así que, en cuanto aparece Maya, pasas de mí, ¿eh? —dice una voz grave con falsa indignación. Acto seguido, el dueño en cuestión le hace cosquillas en la barriguita a Kaede y ella se parte de risa.

Me parece un despropósito que Conor le caiga tan bien. Creía que los críos eran como los perros y venían con un detector de imbéciles incorporado. Aunque, ahora que lo pienso, Tiny también suele pedirle mimos al enemigo.

—Hola, peque. —Kaede me rodea el cuello con sus bracitos. Conor me roza el dorso de la mano y permanece en contacto conmigo unos instantes para asegurarse de que tengo bien cogida a la niña.

—Cuidado, empieza a pesar —murmura sin soltarla.

—La tengo, la… —Levantar la cabeza y mirarlo a los ojos resulta ser un error descomunal. Veo algo en su mirada, una especie de tristeza oculta y resignada que me recuerda a la primera vez que me tendió a Kaede—.

La tengo —repito con firmeza.

Conor asiente despacio y vuelve a su sitio.

Página 67

Ca ít o 8

Me siento con Kaede en el regazo y ella me da un besito cargado de amor y mocos.

—Lo siento. —Minami me limpia la mejilla—. Estamos trabajando en controlar su afición por compartir fluidos corporales. Conoces a todos los que estamos aquí, ¿verdad?

—Sip. —A pesar de saber que no debo, no paro de desviar los ojos hacia Conor, que está conversando con Nyota, Avery y… ¿Y?—. Bueno, ahora que lo dices, a la mujer rubia no.

—Ah, cierto. Se llama Tamryn. Te va a caer genial, es encantadora. Irlandesa. Ya verás cuando se ponga a hablar con Hark. —Alguien deposita unos platos cargados de pan, rollitos de berenjena y tomates secos frente a nosotros—. Dios mío, esto tiene una pinta increíble.

Todos ríen, comen y beben de unos vasos que nunca se llegan a vaciar antes de ser rellenados. Me concentro en convencer a Kaede de que deje de jugar con el pimentero y coma un poquito de pollo desmenuzado. Respiro hondo. Inhalo el aroma de la citronela y aterrizo un avión de arándanos en la boca de Kaede. Sin embargo, mis ojos siguen desviándose, esta vez hacia Tamryn, con su cara alargada, sus labios carnosos y su tez clara. Sus rasgos se combinan de una forma que me quita el aliento. Si quisiera sacarle rédito a su aspecto, no le sería difícil. Se ríe mientras las personas sentadas a su alrededor están de cháchara y coge un panecillo del plato de Conor. Una acción despreocupada, íntima.

Página 68

—¿Que dijo qué? —pregunta Nyota desde el otro lado de la mesa. —Creo que el concepto del final de la jornada laboral le recordó que la

muerte es inevitable.

Conor menea la cabeza, divertido.

—Avery, si logras inventarte algo para sacar este tema en la próxima reunión del consejo, te juro que cambiaré el nombre de la empresa para que, en vez de «Harkness», se llame como tú.

—Lo dice en serio. —Confirma Tamryn. Me pilla mirándola y sonríe, amable.

Me pongo roja como un tomate. Y siento alivio cuando alguien dice:

—Vaya, Maya, he oído que igual acabamos siendo compañeros de

trabajo.

Me vuelvo hacia el hombre sentado a mi derecha.

—Dios mío. ¿Paul?

—El mismo.

Maniobramos para darnos un incómodo abrazo por encima de la cabeza de Kaede.

—¿Cuánto tiempo hacía que no nos veíamos?

—Mucho. Creo que desde aquella vez…

—Ni se te ocurra mencionar los macarrones con queso.

—… que me vomitaste macarrones con queso encima.

—Eso es totalmente falso. Nos hemos visto al menos dos veces desde ese día y en ambas ocasiones me recordaste el incidente.

—Touché. —Detrás de unas gafas de montura metálica, el contorno de sus ojos azules se arruga al sonreír.

Es entonces cuando proceso sus palabras.

—Espera, ¿qué quieres decir con «compañeros de trabajo»?

—Vas a entrar a trabajar en Sanchez, ¿no? Los semiconductores que producen son lo más. Te encantará.

Habla de esa empresa californiana que fabrica chips con tecnología avanzada y que me ha ofrecido una ingente cantidad de dinero para que vaya a trabajar con ellos.

—¿Cómo sabes que…?

—Llevo unos cuantos meses en su departamento de investigación y desarrollo, y tu nombre ha salido en muchas ocasiones. En cuanto Eli le

Página 69

dejó caer a alguien de dirección que estabas pensando en dedicarte al sector industrial, se pusieron las pilas para ficharte. Por cierto, enhorabuena por el premio Joven Investigadora.

Inclino la cabeza.

—Sabes mucho de mi vida.

—Es porque me paso el día presumiendo de ti —dice Eli desde unos asientos más allá—. Y no, no pienso dejar de compartir tus logros, puedes ahorrarte la petición.

—Creo que tu hermano está viviendo su sueño de ser un científico loco

a través de ti —susurra Minami. Su sonrisa es indulgente, pero a mí se me revuelve el estómago.

Dejo el tenedor.

—En realidad —digo dirigiéndome a Paul—, aún no he aceptado la oferta de Sanchez. Estoy dudando entre esa y…

—Ah, sí, el puesto en el Instituto Tecnológico de Massachusetts,

¿verdad? —Asiente—. He oído que ellos te ofrecen participar en un proyecto del Fermilab, ¿puede ser?

—Te preguntaría cómo lo sabes, pero… —Miro a Eli, que ya no presta atención a nuestra conversación y, en su lugar, le está susurrando algo a Rue, que se ríe.

—Siempre que me encuentro a Eli, se pasa unos veinte minutos poniéndome al día de lo increíble que eres. Ya si eso después me saluda.

—Y, mientras él habla, tú solo puedes pensar en tu regazo lleno de vómito amarillento.

—Exacto. —Me recorre la cara con la mirada y baja hasta lo poco que puede ver del mono amarillo que me he puesto para la cena—. Estás cambiada desde la última vez que te vi.

Me río.

—¿Porque no estoy comiendo macarrones con queso?

—No. Porque… —Baja la mirada hasta mis clavículas. Se detiene un instante y vuelve a mis ojos.

—Pues tú estás igual —le digo.

Paul siempre ha sido guapo. Pelo claro y ondulado, hoyuelos en las mejillas. Tiene unos cuatro años más que yo. A los doce, tuve la desgracia de pillarme de él y, aunque debió de notar que siempre que venía a nuestra

Página 70

casa me sonrojaba y salía corriendo para esconderme en mi habitación, tuvo el detalle de hacer como que no.

—Bueno. —Se aclara la garganta—. Entonces, ¿has tomado ya una decisión? ¿Mundo empresarial o académico?

—No, todavía no.

—¿Pero te decantas hacia…?

Me muerdo el labio inferior. Lo poco que he comido se me revuelve en el estómago. ¿La torre de marfil a la que nunca se destinan suficientes fondos o una gran empresa que prioriza los beneficios económicos antes que las inquietudes científicas?

—Cuando lo descubra, serás el primero en saberlo. —Y, antes de que pronuncie el «pero» que está formando con los labios, giro la cabeza hacia

la persona que tiene enfrente—. Ey, Axel. —Saludo al hermano de Paul.

—¡Hola! —grita un poco demasiado alto.

Axel jugaba al hockey con Eli en la universidad y más tarde pasó a la NHL, lo cual le hizo ganar una increíble popularidad entre mis compañeras de instituto. No debería haberles dicho que lo conocía. No puedo negar que es atractivo, pero siempre fue demasiado cruasán de gimnasio para mi gusto. El típico que va preguntando por ahí: «Oye, ¿te ayudo a levantar muebles pesados?».

Al parecer, Eli y él solían salir mucho de fiesta juntos. Y, según tengo entendido, Axel sigue igual de fiestero en la actualidad.

—¿Todavía juegas en…? ¿Era en Filadelfia?

Reacciona como si le hubiese pedido prestadas las entrañas de su gatito para hacerme una sopa.

—Tía. —Niega con la cabeza, cabizbajo. Se vuelve hacia Tisha para pedirle que le pase el aceite de oliva.

—Impresionante —me susurra Paul.

Parpadeo.

—¿Qué acaba de pasar?

—Has destruido la paz interior de mi acompañante en tres palabras, Maya.

—Ay, mierda.

—Está con los Pittsburgh Penguins. Los rivales de Filadelfia. —Menea

la cabeza con un movimiento cargado de reproches—. ¿No sigues los

Página 71

entresijos de la Conferencia Este de la NHL?

—Lo cierto es que no creo en el concepto de deportes de equipo. ¿Eso me absuelve?

—No lo sé, preguntémosle a Axel.

Nos quedamos mirándonos durante unos segundos, riendo, hasta que Kaede agarra un trozo de melón demasiado grande para su boca.

—¿De verdad estás aquí como acompañante de tu hermano? Me cuesta creer que un jugador de los Pittsburgh Penguins no tenga un ligue a mano —digo alzando la voz. O Axel no me oye o no está dispuesto a perdonar.

—Por desgracia, este pingüino no tiene suficiente capacidad de atención para…

—¿Tener novia?

—Mantener una conversación, iba a decir. En cuanto a mí, los hongos indestructibles que me han salido en las uñas de los pies no juegan a mi favor. ¿Qué hay de ti?

—Em… Cuando era pequeña, una vez me salió un sarpullido en la muñeca, pero…

—Me refiero a si has venido sola.

—Ah. —Me río—. Sí.

Él ensancha la sonrisa. Espero notar alguna mariposita en el estómago, el latido de mi corazón acelerándose, un atisbo de interés…, pero es en vano. Tengo un problema recurrente con este tema. Desvío la mirada hacia Conor, que se ha excusado para atender una llamada junto a la balaustrada. Desde ahí, contempla el acantilado medio envuelto en sombras.

Quizá va siendo hora de que hagas algo para resolver ese problema, Maya.

A fin de cuentas, me resulta agradable hablar con Paul. Es fácil. Para cuando llega el primer plato, penne con salsa de nata y salmón, lo sé todo sobre el brazo mecánico que está desarrollando, y me ha llamado «niñata malcriada» un total de cero veces.

Creo que en esta mesa somos los raros. Los únicos que no hemos apostado a ningún caballo cuando ha estallado una batalla acerca de un tratado comercial. Nyota y Conor lideran bandos opuestos con la pasión argumentativa de quienes adoran discrepar sobre sus intereses circunscritos.

Página 72

Lo veo reír varias veces. A Conor, me refiero. A menudo en respuesta a algo que ha dicho Avery. Una o dos veces después de hablar, en voz baja, con Tamryn. Cada una de ellas, el estómago me pregunta de forma educada si puede retorcerse hasta reventar. No, le respondo rotundamente. En este cuerpo, aguantamos.

Antes del postre, sale de la casa una mujer sonriente e imponente cuyo vocabulario en nuestro idioma parece estar limitado a «bueno» y «come». Lucrezia, el ama de llaves, hace una ronda por la mesa para darnos la mano a todos mientras menea la cabeza con decepción ante los que no estamos sacándole brillo al plato. Kaede empieza a inquietarse y, con permiso de Minami, dejo que me lleve hasta su jazmín favorito.

Me sienta bien tomarme un breve respiro del constante parloteo. —¿Nos vamos de aventura, princesa?

Sonrío cuando la veo tropezarse dando pasitos. También cada vez que se gira para asegurarse de que le sigo el ritmo. Sus ojos marrones están abiertos de par en par, captando todas las maravillas del mundo. En un momento dado, los alza hacia las luces de color ámbar que cuelgan por encima del jardín.

—Mirad a esas dos, qué monada. —Oigo decir a una voz desconocida desde la mesa. Tiene acento irlandés. Tamryn, supongo.

—A Maya se le dan genial los niños —coincide Avery. La voz de Conor es un rumor grave cuando dice: —Claro, hasta hace nada era una de ellos.

El estómago me pregunta si la implosión sigue sin parecerme una opción viable.

—… entrañable que la persona con la que Maya tiene más cosas en

común sea una niña de menos de dos años —comenta Diego.

—Quizá deberíamos montar una mesa infantil para los menores de

treinta. —Reflexiona Tisha.

—¿Quieres dejar de intentar iniciar una guerra intergeneracional?

—pregunta Nyota.

—¿Contigo? Nunca.

Respiro hondo. Dejo que el resto de la conversación fluya mientras vigilo a Kaede. Sonrío cuando Tiny se une a nosotras moviendo la cola con

Página 73

entusiasmo. La niña señala un árbol con un ruido que suena como su versión de «¿Qué es eso?».

—Limones, cariño. Eso es un limonero. —Debe de gustarle la respuesta, porque se deja caer y empieza a jugar con los frutos que cuelgan del árbol.

Más allá de la barandilla y del acantilado, veo unas cuantas luces más salpicando la costa: otras villas, hoteles, residencias, fiestas. Otros hermanos mayores y amores no correspondidos. Isola Bella y su estrecho tómbolo son poco más que una sombra oscura. Por la noche, no hay nadie en la isla. Al menos nadie que necesite iluminación. Si no fuera por el susurro ocasional del follaje, apenas la distinguiría.

Me siento en uno de los muchos bancos con Tiny acurrucado a mis pies. Muestro un gran agradecimiento cada vez que Kaede me trae los regalos que va recolectando: piedrecitas, hojas, palos… A lo lejos, una barca atraviesa el agua iluminada por las estrellas, dejando un zumbido a su paso.

—Qué bonito —comento asombrada.

Lucrezia está en la mesa repartiendo porciones de una tarta de chocolate con una pinta obscena. Me apunto en una nota mental que, para la próxima, debo dejarle sitio al postre.

—Te lo prometo —le digo a Minami cuando oigo que viene a ver cómo estamos—. No voy a dejar que tu primogénita coma tierra. Bueno, tal vez un poquito, pero para qué tenemos el sistema inmunológico si no… Al girarme me encuentro con un par de ojos oscuros y mi corazón se

tambalea.

Página 74

Ca ít o 9

—¿Te has perdido? —le pregunto.

Me sale en un tono mordaz y airado, pero esta vez no me importa dejar entrever mi temperamento.

—Hace una buena noche para mirar las estrellas —dice Conor sentándose a mi lado. Nadie diría que es la misma persona que hace un par de horas prácticamente me ha mandado a la mierda. Sobre todo cuando se pone a acariciar a Tiny medio distraído, con la cabeza inclinada hacia arriba y los ojos fijos en el cielo. Los fuertes músculos de su cuello se unen al afilado ángulo de la mandíbula—. ¿Cuál era Antares?

La señalo y él asiente. Veo que traga saliva por el movimiento de su garganta. Me siento… en suspense. A la deriva. Las estrellas son un extremo del universo; las olas que besan la orilla, el otro. Y luego estamos nosotros dos, flotando en algún punto intermedio.

—¿Sigue siendo tu preferida? —me pregunta en voz baja.

Yo también inclino la cabeza hacia atrás. No hay nubes que cubran las estrellas ni una neblina de polución que se alce como una cortina. Es facilísimo distinguir las constelaciones en este cielo austral.

—Nunca falla en mi recopilación de fotos anual. Así que sí. —Comprendo por qué. Es tan bonita como me la describiste. —Curva

levemente los labios—. Me alegro de haber podido echarle un buen vistazo antes de su inevitable implosión.

Página 75

Conor sabe cuánto significan las estrellas para mí porque yo se lo conté. Le expliqué que mi padre me enseñó a observarlas. Que íbamos de acampada con su telescopio y aprendía a dibujar las formas del cielo. Que, incluso después de que se fuera, las estrellas y el telescopio siguieron ahí.

Se lo conté y él me escuchó, como siempre hacía: diciendo muy poco, con el ritmo lento de su respiración anclándome desde el otro lado del teléfono. Siempre sonaba igual, tanto si nos separaban miles de kilómetros de océano como un puñado de calles de Austin. Conor escuchaba y suspiraba, y nunca me soltaba la típica frase que la gente suele decir en estos casos: «No fue culpa tuya», «No podrías haberlo evitado», «Solo tenías doce años», «Acabas de perder a tu madre», «No eres responsable de lo que ha pasado».

Escuchar esas frases solo hacía que las voces de mi cabeza fueran más fuertes. Nunca se lo dije a Conor, pero no hizo falta; su instinto sabía cómo tratarme. Sabía que lo único que quería era no estar sola. Así que me escuchaba. Hubo una única noche, unas semanas antes de poner fin a las llamadas, que me dijo: «Ojalá pudiera cargar con ese dolor por ti, Maya». Y yo me lo creí.

Porque soy así de tonta.

—Aquí se ve incluso más bonita que desde casa —digo parpadeando ante ese brillo oxidado.

—Me alegro.

Kaede ahoga un grito, encantada de oír la voz de Conor. Camina hacia nosotros mientras las luciérnagas titilan a su alrededor. Abre su minúsculo puño en dirección a él.

—Tierra —dice Conor asintiendo—. Por supuesto.

Ella parpadea con cara seria y le insiste moviendo sus deditos regordetes.

—No —contesta él rotundamente—. No acepto tierra, restos vegetales ni rocas como regalo. Tampoco voy a fingir que me lo como. Hemos tenido esta conversación muchas veces, Kaede.

Una sonrisa encantadora aparece entre los mofletes de la niña. Conor no habla como un bebé. Sus interacciones siempre son directas y entre adultos. Es muy posible que a ella la respete más que a mí.

Las palabras «niñata malcriada» todavía resuenan en mi cabeza.

Página 76

—¿Te resulta doloroso? —pregunto por impulso. Y con algo de rencor. —¿El qué?

Me encojo de hombros.

—No sé. Kaede, supongo.

—Ah. —Niega con la cabeza—. No. Para nada. ¿Por qué iba a resultarme doloroso?

—Si tú y Minami hubierais seguido juntos, sería tuya.

Sonríe.

—La meiosis no funciona así. Deberías saberlo, ya que eres la persona más inteligente que conozco.

Suelto una carcajada.

—Lo dudo. Si fuera inteligente, a estas alturas ya habría conseguido entenderte.

—Es que no hay nada que entender, Maya.

—Discrepo, pero bueno. Por ejemplo, me encantaría entender cómo puedes pasar en tan poco tiempo de ser la persona más reflexiva que he conocido a un imbécil de cuidado. Me encantaría entender si es que ahora finges que te la sudo o si es que fingiste que te importaba durante tres años. Por encima de todo, y a riesgo de parecer superficial, me encantaría entender qué coño está pasando aquí.

Un silencio confuso. Siento su mirada puesta en mí y continúo:

—¿Por qué casi todas las mujeres de esta casa parecen tener algún tipo de conexión contigo? Está Minami, la ex por excelencia. Avery, la otra ex. Tamryn, la misteriosa nueva aparición. Y luego yo, por supuesto, la…

—No lo hagas —me interrumpe, tan tajante que aparto los ojos de Antares para mirarlo a él—. No te metas en la misma categoría que Minami, Avery o Tamryn. Tú no perteneces a esa categoría.

Ese es el equivalente verbal de una bofetada en toda la cara. Una decisión deliberada, sospecho. Hace unos años, la crueldad de sus palabras me habría abocado a una espiral de pena y autodesprecio. Pero llevo demasiado tiempo yendo a terapia como para permitir que Conor Harkness, o cualquier otra persona, me haga sentir inferior.

No se merece que me sofoque por él ni que le dedique mi tiempo.

Me levanto del banco. En la mesa, Axel exhibe una botella medio vacía de un licor naranja que tiene pinta de ser exactamente lo que

Página 77

necesito ahora mismo. Lucrezia niega con la cabeza, frunce el ceño, y él se ríe.

Quizá a la mujer le vendría bien un poco de apoyo moral.

—Vigila a Kaede —le digo a Conor.

—¿Adónde vas?

—A cualquier sitio menos aquí.

Me agarra de la muñeca con su gran mano.

—Maya.

—¿Qué? —pregunto girando la cabeza por encima del hombro—. Me gustaría ampliar mi cartera de insultos esta noche y tú ya me has ofrecido los tuyos, así que…

—Eso no es lo que… Hostia puta, Maya. —Suspira. Se frota los ojos con los dedos, como si fuera yo quien estuviese acabando con su paz mental. Me tira del brazo hacia abajo para que me vuelva a sentar a su lado.

—Antes podíamos mantener una conversación sin entrar en provocaciones —dice tras una pausa.

—Ah, sí, me acuerdo. La pregunta es si te acuerdas tú.

Una risa seca, apenas exhalada.

—Maya…, no podemos evitarlo, es un hecho.

—¿El qué?

—Que tú y yo vamos a estar aquí compartiendo espacio. Durante una semana. Y después tal vez empieces a trabajar para Sanchez en California. O quizá aceptes el puesto en el MIT. Sea como sea, ya no estarás en Europa. Coincidiremos a menudo y tendremos que encontrar la manera de coexistir cuando se den ocasiones como esta, porque nadie del entorno de Eli es tonto.

Al otro lado del jardín, Axel sigue discutiendo con Lucrezia, agitando su botella como una bandera, rompiendo de algún modo la barrera del idioma.

—Casi nadie —se corrige Conor.

La larga y divertida mirada que intercambiamos es como volver a casa por el camino de siempre. Me devuelve al pasado.

Yo sigo siendo la misma, Conor, pienso. ¿Cuánto has cambiado tú?

Página 78

—Los rumores que oíste sobre Avery y yo… Lo siento, Maya. Entiendo que sea molesto que alguien que creías que te importaba…, que yo…, que venga a la boda de tu hermano para estar con otra persona. Delante de ti.

Se oyen risas provenientes de la mesa. Siento un peso en los hombros y, a la vez, como si estuviese vacía por dentro.

—Todo el mundo tiene claro que sois perfectos el uno para el otro —digo en voz baja.

—¿Todo el mundo?

—Minami.

—Minami solo quiere que encuentre a alguien de una vez y sea feliz.

—Y Sul.

Resopla.

—Sul no ha tenido una opinión propia desde que conoció a Minami.

—Eli también. Y Tisha.

—Hmm. —No parece darle demasiada importancia—. Gracias a Dios que existe Rue, a quien todo esto le importa un carajo.

Yo sonrío. Él también.

—¿Te sigue cayendo bien? —pregunto al cabo de un minuto.

—Sí. Me gusta que sea capaz de hacer tan feliz a Eli. Pero sobre todo me gusta que le importe una mierda lo que yo piense de ella.

Uf. A Rue le habría encantado esta respuesta. —Entonces, ¿te vas a acostar con ella? —¿Con Rue?

Casi me ahogo con mi propia saliva.

—Con Avery. —Una pausa—. O Tamryn.

No es asunto mío y no tengo ningún derecho a preguntar. Pero es Conor, y me encantaría poder presentar una solicitud ante la ley para tener acceso a toda la información que lo concierne.

Suspira, cansado de repente.

—Da lo mismo, Maya. Da lo mismo si me acuesto con Avery, con Lucrezia o con ese limonero de ahí. Eso no va a cambiar el hecho de que no voy a acostarme contigo.

Ojalá lo hubiese dicho con intención de hacerme daño. Pero ha hablado con una amabilidad devastadora y eso me paraliza.

Página 79

—Me… Te están llamando —digo señalando el teléfono a su lado.

Lo agarra, pero para ponerlo bocabajo.

—Fue hace mucho tiempo. ¿Podemos dejar atrás lo que pasó entre nosotros?

—No pasó nada entre nosotros. —Él mismo se aseguró de que así fuera.

—Exacto. —Respira hondo—. Solo quiero lo mejor para ti.

«Y yo te quiero a ti», me prohíbo decir. En su lugar, contemplo la cabeza agachada de Kaede, la concentración absoluta con la que juega, y decido escoger el camino de la verdad.

—No sé cómo actuar cuando estoy contigo.

Se ríe.

—Asumo toda la responsabilidad de que así sea. No debería haber permitido que todo se volviera tan…

—¿Complicado? ¿Problemático?

—Jodido, iba a decir.

—¿A ti te parece jodido? Porque a mí no. Solo… —Trago saliva. Me permito continuar—. Te echo de menos, Conor.

Incluso en la penumbra, lo veo: un destello en sus ojos, algo que podría ser nostalgia, arrepentimiento o anhelo. Entreabre los labios fugazmente, como por instinto, y, durante una fracción de segundo, pienso que va a admitir que él también me echa de menos. Que va a decir la verdad y que al menos tendré eso. Estoy tan segura de que va a pasar que me pongo a temblar pese al calor de la noche y a la suave brisa nocturna.

—Maya —empieza.

Dime que tú también, le suplico en silencio. Por favor, Conor. Dime que tú también.

Y en ese momento sacude la cabeza bruscamente.

—Tienes la piel de gallina. —Me recorre el brazo con sus ojos oscuros—. Voy a buscarte una chaqueta…

Sin embargo, no llega a hacerlo. Se levanta con la evidente intención de poner algo de distancia entre nosotros, pero se detiene al ver que en ese momento alguien de la mesa se ha puesto también de pie.

Es Diego. Alza un dedo, como para proponer un brindis. No obstante, en lugar de hablar, se da la vuelta y, con un gran estruendo, echa hasta la

Página 80

primera papilla sobre el cuidado césped de la villa.

—¿Qué cojones…? —murmura Conor.

En los treinta minutos posteriores, los demás miembros del cortejo nupcial siguen su ejemplo.

Página 81

Ca ít o 10

—Gliel’avevo detto. —Se queja Lucrezia por tercera vez mientras se frota las manos con nerviosismo.

Me recuerda a las moscas que se han quedado dándose un festín afuera con los platos del postre a medio comer. Según la aplicación para traducir que he estado usando de extranjis, significa «Yo ya se lo advertí».

El doctor Cacciari, un hombre adusto y larguirucho que podría servir de portavoz internacional del vello facial, le da palmaditas en la espalda. Su barba oscura se extiende hacia arriba en forma de bigote y baja hasta el esternón, donde se mezcla con el vello del pecho, igual de oscuro, que le asoma por el cuello de la camisa. Es tupida, con vetas grises, y se nota que se la cuida. Tengo la sensación de que, en cualquier momento, de ahí saldrá un colibrí.

—Nulla di cui preoccuparsi —le responde él. Ha venido en coche hasta la villa desde uno de los pueblos de los alrededores de Taormina y no ha terminado de ver a todo el mundo hasta casi medianoche. Mientras tanto, alguien ha debido de apagar las luces del jardín, seguramente para ocultar las pruebas del delito—. Uno o due giorni, al massimo.

«No te ocupes. —Traduce mi teléfono en tiempo real—. Pasa uno o dos días en casa de Massimo».

Salgo de esa inútil aplicación poniendo los ojos en blanco. En realidad, el doctor Cacciari habla inglés sin ningún problema, pero ha dejado de hacerlo en cuanto se ha dado cuenta de que, si hablaba con Conor y

Página 82

Lucrezia, podía ceñirse al italiano. No me importa que me excluyan, menos aún después de oír las palabras «Staphylococcus aureus».

Creo que en latín significa algo así como «los imbéciles estos». —Vale, entonces, ¿cuáles son los puntos clave de la situación, Hark?

—le pregunta Minami después de que el doctor se haya marchado.

Los tres supervivientes oficiales de la plaga nos hemos replegado en el sofá del salón. Todos los demás están teniendo un momento íntimo con un trono de cerámica.

—Axel y Paul fueron a una especie de mercadillo. Axel, con su infinita sabiduría, vio una botella de algo que parecía arancello fresco, que viene a ser como un limoncello, pero hecho con cáscaras de naranja. Y lo compró. —Se pellizca el puente de la nariz. Pasteur se revuelve en su tumba.

—El vendedor era un embaucador nato, ¿no? —le pregunto—. ¿Les ha hecho un truco de magia o algo para impresionarlos?

—Quién sabe. Axel, más tarde, ha procedido a servirle chupitos a todo el mundo mientras esperábamos a que alguien volviera a la mesa para empezar con el postre.

—Oye —protesto sin levantar la voz—. No, si ahora resultará que el festival del vómito es culpa mía.

—En mi cabeza lo había bautizado como «el torneo de las potadas», pero sí. —Una sonrisa le asoma a los labios—. Todo es culpa tuya, Peligro.

Se me para el corazón. Se reactiva.

—La gente debería saber que no hay que aceptar comida ni bebida si te la ofrece un tío que probablemente se pegaba los testículos a los muslos para que no le colgaran demasiado hasta bien entrada la veintena.

—Razón no le falta —murmura Minami—. Axel es un patán, pero los demás deberían haber sido más listos.

—¿Cómo es que tú estás bien? —le pregunto con curiosidad.

—No me apetecía tomar un brebaje naranja de dudosa procedencia. ¿Cuál es tu excusa, Hark?

Conor se encoge de hombros.

—Solo es una intoxicación alimentaria. Necesitan beber mucho líquido y guardar reposo. Con que hagan eso, mañana por la noche estarán bien.

Página 83

—¿A qué hora calculáis que podrán reunirse para prenderle fuego a la pira funeraria de Axel? —les pregunto.

La sonrisa de Conor es sombría.

—Eso si no lo apuñalan durante la noche.

—¿Qué crees que les parecería a Rue y Eli celebrar una boda y un entierro el mismo día?

—¿Y que todos los asistentes vayan potando como una manguera? —¿Qué sería de una despedida de soltera sin una buena manguera

que…?

—Eh. —Nos interrumpe Minami con los ojos entrecerrados—. ¿Por qué me da la sensación de que estáis disfrutando con todo esto?

Conor y yo intercambiamos una mirada. Él curva los labios, igual que yo. «¿Alguna vez te pasa que te ríes por no llorar?», le pregunté hace año y medio, después de chocar contra un bordillo y cargarme el sistema de frenado del coche, que justo había terminado de pagar.

«Me reí tres veces durante el funeral de mi madre —respondió—. Por dentro estaba hecho mierda».

Él también recuerda esa conversación. Lo sé por la repentina ternura que muestra su cara.

—A algunas personas les gusta ver el mundo arder, Minami —dice al

fin.

—¿Qué tipo de personas?

—Personas muy malas —decimos al unísono, aguantándonos la mirada, y…

—Bueno —dice una voz desde la escalera.

Conor es el primero en girarse en su dirección, pero es Minami quien pregunta:

—Tamryn, ¿te encuentras bien?

—Sí, si por bien entendemos que no puedo ni beber un traguito de agua sin que mi cuerpo lo rechace, claro. —Baja hasta el último escalón. Sus largas piernas se ven aún más pálidas en contraste con el morado de los pantalones cortos del pijama.

—Puto Axel… —suspira Conor.

—Eso llevo pensando yo desde hace unas horas, sí. —Sus palabras salen con la misma cadencia que las de él. Con cierta musicalidad. Una

Página 84

entonación ascendente. Comiéndose algunas letras—. ¿El médico nos ha dejado algún medicamento, por casualidad? Le dije que no me hacía falta, pero me estoy arrepintiendo por momentos.

—Sí, ha dejado unas pastillas para las náuseas.

—Gracias a Dios. ¿Crees que me puedo tomar tres o cuatro de golpe? La contemplo ahí de pie, con la cadera apoyada contra la barandilla.

Qué forma tan sinuosa de pronunciar las erres. Parece que acaba de salir de la ducha. Tiene la piel impecable y el pelo húmedo.

—Tantas como quieras, Tam.

—Por desgracia, también me he bebido casi medio litro de vino, lo que significa que aún estoy borracha y un poco mareada…

Soy la que está más cerca de ella, así que, cuando veo que se tambalea como si fuera a caerse de bruces, me levanto de un salto y corro para agarrarla de la cintura.

Conor y Minami llegan un segundo después.

—¿Seguro que te encuentras bien? —le pregunto. Noto que está caliente incluso a través de la tela de la camiseta.

—Sí. No. Ahora que lo pienso, puede que haya vomitado un órgano vital.

—El medicamento te aliviará —dice Conor.

Tamryn asiente, sin prisa por volver a subir las escaleras.

—Eres tan… —empieza a decir, mirándome fijamente. Debe de medir más de metro ochenta, es incluso más alta que Rue—. Maya, ¿verdad? No eres como Conor te describe.

Es la primera persona que conozco que lo llama así. Aparte de mí, claro.

—No hace falta que me des más detalles, tranquila.

—¿Por qué?

—Seguro que no te ha contado nada bueno.

Se ríe como si estuviera muy familiarizada con la cantidad de insultos que le gusta soltar a Conor. «La hermana pequeña de Eli. Tiene el encanto y la madurez de un muchacho al que le han ofrecido repartir periódicos por el barrio. Le hice un favor una vez y se pegó a mí como una lapa. Ninguna buena acción queda impune».

Página 85

—Eres muy guapa —me dice. Es como recibir un golpe con un palo de piñata en la cabeza. Está claro que no lo dice con mala intención, pero se percibe cierta condescendencia cuando alguien que parece una modelo de Instagram te dice que eres guapa.

—Venga, vamos a llevarte a la cama —le digo con mi sonrisa más convincente, y ella desliza el brazo hasta quedar apoyada en mis hombros. De cerca, no me parece tan joven como pensaba.

—Puedo llevarte yo a la cama, Tam —le dice Conor.

—Lo sé. Lo has hecho muchas veces. —Le guiña el ojo—. Pero ahora prefiero charlar un rato con mi nueva amiga Maya. ¿Cómo es lo de ser una niña prodigio?

Se me hace un nudo en la garganta.

—Pues no estoy segura, ya que ni soy una niña ni soy un prodigio. —Tonterías. Allá donde voy, alguien está presumiendo de lo

inteligente que eres. Es entrañable lo mucho que te quieren.

Vamos subiendo. Minami se queda abajo, pero Conor nos sigue. Lo cierto es que no hay razón para que yo esté aquí. Él podría llevar a Tamryn a donde quiera que duerma.

—Me parece alucinante que, siendo tan joven, ya estés logrando tantas cosas —añade—. Cuando yo tenía tu edad, no sabía nada de nada.

—Estoy segura de que eso no es cierto.

—Uy, sí que lo es. Tomé muchas malas decisiones. Mi dirección de correo electrónico era SexyTam69, y era la que ponía en el CV sin ningún tipo de pudor.

Me río.

—¿Conseguiste que te dieran trabajo?

—Por supuesto. Ese correo me convertía en una compañera de trabajo muy deseable para un determinado sector de la población. Aunque no era con el que a mí más me apetecía trabajar. Ah, mira, es aquí, a la derecha. Esa es mi habitación. —Se da la vuelta. Mira a Conor y le tiende la mano—. Cuéntame más sobre esas pastillas.

Él deja caer unas cuantas en la palma de la mano de Tamryn sin llegar tocarla.

—No más de una cada seis horas, SexyTam69.

Página 86

—Gracias por dirigirte a mí por mi verdadero nombre. —Se gira hacia mí—. Maya, ¿sabes que este hombre ha atendido tres llamadas durante la cena? No puedes permitir que siga trabajando durante todas las vacaciones.

—Eh…, bueno, dudo que esté en mi mano impedírselo. —Ya se nos ocurrirá algo. O, más bien, ya se te ocurrirá algo. —Estamos cerrando un trato y esta fase requiere ultimar… —empieza

a refunfuñar Conor.

Tamryn lo interrumpe con un gesto de la mano, como quitándole importancia.

—Ya, ya, el mercado, el PIB… —Se apoya en la pared para ponerse de puntillas y darle un beso en la mejilla—. ¿Te importaría quedarte un rato para arroparme?

Conor asiente sin dudarlo.

—Buenas noches, Maya —me dice Tamryn antes de meterse con él en la habitación y cerrar la puerta.

Me quedo sola en el pasillo desierto, temblando y preguntándome cómo coño se supone que tengo que gestionar esto.

Recordando la vez que fui yo quien metió a Conor en su habitación.

Página 87

Ca ít o 11

TRES AÑOS, DOS MESES Y TRES SEMANAS ANTES EDIMBURGO, ESCOCIA

—¿Qué haces aquí? —Mi intención era que la pregunta sonara un poco hostil. ¿Cómo coño has averiguado dónde vivo y te has teletransportado hasta mi cocina, puto psicópata? Lamentablemente, me sale más bien convulsa y quizá un poco intrigada.

Desde el alféizar de la ventana, Georgia y Alfie me estudian con atención, reacios a perderse el espectáculo.

—Lo sé, lo sé. —Conor levanta las manos con las palmas abiertas—. Te dije que llegaba mañana, pero después de ver tu mensaje, no podía esperar.

Esboza una sonrisa torcida y me pregunto si se habrá hecho algún tipo de cirugía plástica. Bótox. Estiramiento facial. Esa en la que te chupan la grasa de las mejillas. No porque sus rasgos hayan cambiado, sino porque parece… joven.

No joven del todo. No joven nivel se podría sentar a mi lado en clase y no me parecería raro. Resulta obvio que Conor es un hombre y, por desgracia, en la universidad solo hay chicos, salvo alguna excepción. Debe de tener la edad de mi hermano. ¿Treinta y cuatro? ¿Treinta y cinco? El caso es que yo, cuando era pequeña y veía a Eli y a sus amigos, todos ellos con sus problemas de adultos, su estilo de vida de adultos y sus

Página 88

conversaciones de adultos, siempre me parecían unos viejales. Prehistóricos. Aburridos. Y ahora…

Ahora que yo también soy adulta, Conor Harkness me parece un coetáneo.

Y está aquí, en mi casa.

—No podías esperar —repito escéptica.

—Te lo dije. —Me examina la cara con total atención.

—¿Qué me dijiste?

—El verano pasado. En la isla de Harris. —«Vamos, sígueme el rollo», me dice con la mirada.

Vale, el verano pasado fui a la isla de Harris, sí, pero ¿cómo lo…?

—¿Estabas ahí al mismo tiempo que nosotros? —pregunta Alfie. Fueron unas vacaciones en pareja: Georgia y Anthony; Rose y Kenna; Alfie y yo. No ha pasado ni un año y ninguna de ellas sigue junta. Me pregunto por qué.

—¿Tú también estabas? —dice Conor, dirigiéndose a Alfie con una mirada distraída—. Una noche, Maya y yo coincidimos en el bar. Le pregunté si podía invitarla a una copa. ¿Recuerdas lo que me dijiste?

Niego con la cabeza, aturdida.

—Que tenías novio. Me dio mucha pena, pero te pedí que, si alguna vez era tan tonto como para dejarte escapar, me lo hicieras saber, porque iría a llamar a tu puerta. Y te agradezco que lo hayas hecho, cariño.

Cariño.

—Nunca me lo contaste. —Se queja Alfie, intentando no sonar molesto. Está acostumbrado a ser considerado el tío más buenorro allá donde va, pero me cuesta conciliarlo viendo lo juvenil e insignificante que parece comparado con Hark. Qué fácil es ignorarlo.

Y por supuesto que no se lo conté. Sobre todo porque eso nunca pasó. —Solo era un…, em…, un mensaje —le digo a Conor—. No hacía

falta que vinieras.

Inclina la barbilla con un gesto humilde que resulta tan pero que tan encantador que me juego algo a que es ensayado. Si no se ha pasado la adolescencia practicándolo delante de un espejo, juro que me afeito la cabeza y después me como el pelo mechón a mechón.

Página 89

—Era mi oportunidad. Además, justo estoy por aquí y me pillaba cerca.

—¿Aquí en Edimburgo? —pregunta Georgia. Suena como si estuviera a punto de decir: «Oooh, qué mono».

—No, cerca de Kilkenny.

¿En Irlanda? ¿Ha volado hasta aquí desde…?

—¿Por trabajo? —pregunta Alfie tenso.

Dudo que esté celoso, pero sí que es posible que tenga algo de envidia o que desconfíe de un hombre mayor que va rondando a su ex recién salida de la adolescencia, lo cual también sería comprensible. Si una amiga mía de repente tuviera un pretendiente sorpresa, sobre todo si lleva pantalones hechos a medida que parecen creados para él, y sobre todo si fuera así de atractivo y se notara a la legua que viene de buena familia, yo también me preocuparía. Alfie y Georgia no saben que Conor es el mejor amigo de mi hermano.

Y no voy a ser yo quien se lo diga.

—Estaba en Irlanda por un asunto privado. Mi familia tiene una finca allí y requerían mi presencia.

Georgia abre los ojos como platos.

—¿Va todo bien?

—Mi padre está enfermo.

Ella ahoga un grito.

—Vaya, lo siento mucho.

—Yo también, pero sobre todo porque parece que saldrá de esta. Ya lo

dicen, mala hierba nunca muere. —Conor curva los labios. Es tan guapo que da hasta rabia—. El día que ese carcamal la palme, el mundo será un lugar mejor. Lamentablemente, hoy no es ese día.

Alfie se aclara la garganta.

—Me sorprende que hayas ido a verlo. No parece que os llevéis muy bien.

—Mi padre no se lleva bien con nadie, prefiere comprar a la gente. Y no es a él a quien he ido a ver, sino a mi madrastra. Una mujer encantadora. —Se acerca a mí, me guiña el ojo y yo me atraganto con mi propia lengua—. Será mejor que me vaya al hotel —añade. Su tono es

Página 90

íntimo, pero lo dice lo bastante alto como para que le oigan los demás—.

Aunque estaré por aquí. Tanto tiempo como tú quieras.

Pensamiento positivo: tal vez el rojo de las mejillas disimule un poco mis ojos inyectados en sangre por haber estado llorando durante horas.

—Gracias —musito.

Se inclina para darme un beso frío y seco en la mejilla mientras me pone la mano en la nuca. Solo me toca con las yemas de los dedos; podría liberarme fácilmente, pero… es que huele bien. A limpio. A jabón mezclado con ropa cara y con un leve rastro de sudor, seguro que como consecuencia del viaje en avión. Es un olor… agradable.

—Un segundo más y me aparto —me susurra en el oído—. No te olvides de respirar, Maya.

La cosa es que sé perfectamente lo que está haciendo y es una estupidez.

Aunque ya me va bien, dado que, cuando se endereza, se me van los ojos directos al brazo de Alfie, que lo tiene alrededor del cuello de Georgia. Ella tiene la cadera apoyada en su entrepierna.

Durante el año que hemos estado juntos, siempre le he dejado muy claro a Alfie que no habría tocamientos ni muestras de afecto en las zonas compartidas de la casa para evitar que Georgia se sintiera incómoda. Claramente, no tienen pensado mostrar la misma deferencia conmigo.

Sigo el consejo de Conor y respiro. Siento que la ira aumenta por momentos. Y con ella, un toque de temeridad que…

A la mierda. Si queréis jugar, vamos a jugar.

—En realidad —miro a Conor, sorprendida por lo convincente que sueno—, no veo por qué tendrías que marcharte. ¿Por qué no duermes aquí esta noche?

Mi cama es individual.

No es que lo hubiese olvidado. No del todo. Sin embargo, es posible que no haya tenido en cuenta las implicaciones cuando, de forma impulsiva, le he dicho a Conor que se quedara. Lo hago pasar y cierro la

Página 91

puerta para después apoyarme en ella. Luego espero a que se dé la vuelta.

Nuestras miradas se cruzan.

Y entonces nos entra la risa.

Reímos en silencio. A él se le mueven los hombros y yo me muerdo el pulpejo de la mano mientras asimilo lo que acaba de pasar. Hasta que Conor oye algo y levanta el dedo. Son Alfie y Georgia, pasando por delante de mi puerta hacia su habitación.

Él se acerca y apoya las palmas por encima de mis hombros, acorralándome. Sin apartar los ojos de los míos, empuja una vez, con fuerza. La puerta tiembla y yo frunzo el ceño, incapaz de entender qué pretende. Hasta que vuelve a hacerlo. Y otra vez. Y otra vez, creando un ritmo que…

«Madre mía», gesticulo con los labios.

Mi cara de sorpresa lo hace sonreír. Cuando las voces de Alfie y Georgia se convierten en susurros, levanta una ceja. Se oye un portazo y, con un último y enérgico empujón, el más fuerte hasta ahora, Conor se aparta de mí.

Meneo la cabeza, desconcertada ante las confabulaciones tan mezquinas y divertidas que este hombre parece haber puesto en marcha en las últimas tres horas, así que le pregunto con mi tono más coloquial:

—¿Estás loco?

Él se queda un momento escuchando por si hay más ruidos. Cuando parece convencido de que nadie nos está espiando, empieza a echar un vistazo a mi habitación. Con él dentro, parece tan grande como el ojo de una aguja.

—Es probable. Pero eso no tiene nada que ver con que haya venido. —No me puedo creer que te hayas presentado en mi casa. No te he

visto desde hace… —¿Cuánto?

—Sí, yo también lo estaba pensando en el avión. —Conor Harkness está aquí. Inspeccionando el escritorio donde muchas noches me quedo dormida jugando al Final Fantasy. Pasando la yema de un dedo por el lomo agrietado de mi manual de astroquímica—. Creo que Eli me invitó a tu graduación del instituto.

—Ah. ¿Viniste?

—No.

Página 92

—¿Por qué?

Se queda mirándome.

—Prefiero cagarme en las manos y aplaudir que ir a la graduación de una adolescente a la que apenas conozco.

Una risa, risa de verdad, brota de mí por primera vez en días. Sale con un resoplido y se nota que tengo la nariz taponada por los mocos de la lloradita de esta tarde. Debe de sonar repugnante, pero Conor parece encantado, incluso cuando se da cuenta de lo que pone en uno de los post-its que tengo en el escritorio: «¡pastilla anticonceptiva!».

Asiente para sí mismo, ligeramente contrariado.

—Ya te lo he dicho. No tengo trece años.

—Sigo teniendo ciertas dudas.

—Soy adulta. Estudio en el extranjero. Tengo tarjeta de crédito. Y varios juguetes sexuales.

Abro el cajón de la mesilla de noche por impulso y le enseño mi arsenal. Me arrepiento un poco cuando me acuerdo de que ahí está el enorme consolador de dragón que Rose me regaló por mi cumpleaños.

Conor se toma un momento para asimilar lo que ven sus ojos.

Parpadea varias veces.

—No tienes trece años. —Asiente con la cabeza y se pone a examinar el montón de objetos de papelería y tonterías varias que hay en el escritorio.

—¿Se te hace raro? —le pregunto—. Estar aquí, me refiero.

A mí no, pero… ¿debería?

—¿Estar en tu habitación? Un poco, sí. En mi defensa diré que ha sido idea tuya. Esto no formaba parte de mi plan.

—¿Cuál era tu plan?

—Más que nada, dejarme llevar por lo que tú quisieras hacer.

—¿En serio? Porque a mí me ha parecido que has tomado bastante la iniciativa al inventarte lo de ese flechazo durante las vacaciones.

Hace una mueca.

—Sí. Eso ha sido algo… impulsivo. Por puro rencor. —Inclino la cabeza y él continúa—: Esos dos no se han despegado ni un segundo desde que he entrado por la puerta. No tenían ni idea de dónde estabas ni de por qué aún no habías llegado a pesar de ser tan tarde. No les ha

Página 93

preocupado que no contestaras al teléfono. Y entonces he visto tu cara cuando has entrado y… —Su expresión es fascinante. Una mezcla entre control férreo, caos absoluto y sed de venganza—. Es posible que yo también tenga problemas de ira.

Se me escapa una carcajada.

—No me digas.

—Pero ahora que tus amigos, si es que se los puede considerar amigos, piensan que hay alguien más en tu vida, tienes más opciones.

—¿Como cuáles?

—Si necesitas tomarte un descanso de esos dos, puedes pasar unas cuantas noches en mi hotel. Yo me voy mañana por la mañana, así que la habitación sería toda tuya. Aunque eso ellos no lo sabrían, claro. Asiento. Sinceramente, no me parece del todo mala idea.

—¿Por qué viniste a estudiar a Escocia? —me pregunta mirando la postal de los Texas Longhorns que tengo en la pared. Parece más interesado en la decoración de la habitación que en mí.

—Por la misma razón que tú te fuiste a los Estados Unidos, supongo. —¿Eras remadora y te fichó una de las universidades de la Liga Ivy? Me río. No sabía que él se había mudado por eso, aunque… tiene

sentido. Mucho. Espalda ancha. Brazos definidos. Piernas fuertes.

—No. Para escapar de mi insoportable familia.

—Ah. —Asiente y se queda mirando la cama durante un instante demasiado largo. Tan largo que me pongo en tensión. Quizá no debería haberle enseñado mis juguetes sexuales a alguien que es prácticamente un desconocido.

—Te aviso —digo con frialdad—, no suelo tirarme a un tío la primera vez que coge un avión desde otro país para salvarme de mis terribles

decisiones. —Parpadea confuso—. Por la forma en que estabas mirando mi cama, me ha dado la sensación de que quizá estabas… pensando cosas.

Se burla.

—Estaba pensando cosas, sí. Concretamente, en dónde está la parte de la cama que falta.

—¿El qué?

—¿De verdad duermes ahí todas las noches?

—Sí. —Frunzo el ceño—. ¿Por qué pones esa cara?

Página 94

—Solo estoy admirando su singular… estrechez. —Levanta un poco la

mirada—. Uno podría pensar que no tener cabecero le daría algo más de

espacio a la habitación, pero…

—Vamos a ver, millonetis.

—Oye, que tampoco soy taaan rico. Me va bien en los negocios, pero no tanto.

—Ay, qué bien, eso me gusta.

—¿Que tenga menos dinero del que crees?

—No, que te tomes la palabra «millonetis» como un insulto. Como debe ser.

Suspira sin poder disimular una sonrisa. Señala un rincón de la habitación libre de muebles, a un par de metros de mi cama.

—¿Te parece bien si me siento ahí?

—¿Para qué?

—Para dormir. —Debe de interpretar mi perplejidad como un sí, porque se deja caer al suelo y se apoya contra la pared. Extiende sus largas y musculosas piernas ante él. Cruza los tobillos—. Me quedaré un par de horas. Luego me escabulliré haciendo mucho ruido. Tenéis una cámara en la entrada, ¿verdad?

—Mmm… Sí.

Cierra los ojos y echa la cabeza hacia atrás, como si se dispusiera a dormir. Es difícil apartar la mirada de él. Percibo algo en la prominencia y la posición de sus pómulos, en la línea esculpida de su cuello y en la forma en que este se curva hacia sus hombros anchos, que me hace querer medirlo. Analizarlo. Comprenderlo.

—Me aseguraré de salir despeinado, entonces.

Un sonido de incredulidad brota de mí. Tomo asiento en el borde del colchón, enterrando los dedos en las mantas.

—No te molestaste en venir a mi graduación y ahora estás aquí.

Abre un ojo.

—En tu graduación no me necesitabas.

—No quería decir eso, sino… ¿Por qué has venido, Conor? Abre el otro ojo. Tras una pausa demasiado larga, contesta: —Porque yo también he pasado por esto. Pongo cara de confusión.

Página 95

—¿Por el qué?

—Por lo de intentar mantener una amistad con una ex. Ver cómo pasa página enseguida. La mía tuvo más tacto y la transición no fue tan brusca, pero aun así fue una mierda. El tuyo no se ha molestado en hacer ni siquiera eso, por lo que supuse que te vendría bien un poco de apoyo externo.

Está hablando de Minami, creo. Y, en retrospectiva… Sí. Puedo llegar a entender que la conquistara. Un poquito. Me gustaría saber más sobre el tema. Por primera vez en mi vida, desearía haber prestado más atención a las conversaciones que los amigos de mi hermano tenían sobre sus dramas.

—¿Sabes una cosa? —pregunto tumbada en la cama, algo aturdida, aún vestida—. Puede que esto sea lo más bonito que alguien ha hecho por mí.

Quería expresar gratitud. Su bufido, sin embargo, es de puro desdén.

—No, qué va.

Frunzo el ceño.

—Puede que sí. Qué sabrás tú.

—Maya, tu hermano cambió por completo el rumbo de su vida para cuidar de ti.

—Buen argumento. —Recordarlo me revuelve las entrañas—. Aun así, a veces me pregunto si me odia.

Me dedica una mirada larga y calculada.

—Todas y cada una de las decisiones que Eli ha tomado en la última década han sido pensando en lo que era mejor para ti.

—Eso no significa que no me odie.

—Tuvo que rehacer su vida entera por ti, y estoy seguro de que eso conlleva una buena dosis de resentimiento, pero eso no significa que no te quiera más que a nada en el mundo.

Lo dice tan convencido… Desearía tener una décima parte de esa seguridad a la hora de considerar qué relación tengo con mi hermano.

—Debería llamarlo más a menudo. Cuando en verano estuve unas semanas en casa, me lo pasé bien con él. Lo que ocurre es que… a veces me avergüenzo de lo mal que me porté. Ladea la cabeza hacia mí, divertido.

Página 96

—Eras una chica con un coeficiente intelectual altísimo que había perdido a sus padres de forma traumática e inesperada. Créeme, él no te culpa por nada de lo que hiciste.

—¿Cómo sabes cuál es mi coeficiente intelectual?

—Estás terminando la carrera de Física con matrícula de honor a los veinte años y te han aceptado en medio millón de programas de posgrado con beca completa. Digamos que lo he adivinado.

—Vale, bueno, también sabes lo de las vacaciones en la isla de Harris. ¿Eso también lo has adivinado?

—Lamento decirte que eso sí que lo descubrí de una forma un pelín más inquietante.

—Me has cotilleado la cuenta de Instagram, ¿verdad?

Me fulmina con la mirada.

—Soy un hombre adulto.

Suelto una risita ahogada, pero él le da un golpecito a su móvil y me lo entrega, mostrándome un hilo de mensajes entre Eli, Sul, Minami y Conor. Los cuatro miembros fundadores de Harkness.

—No sabía que la gente de tu edad tuviera chats grupales.

—Vete a la mierda, Maya.

Sonrío ante su tono nada agresivo. Está claro que ha buscado la palabra «Maya» en el chat y ha encontrado docenas de mensajes de Eli sobre mí. No veo cosas personales que me avergonzaría saber que ha compartido, sino información general sobre mi vida. Lo que le cuento cuando me manda algún mensaje cada pocos meses preguntándome si todo va bien en la uni, el artículo en el que trabajé como ayudante de investigación y que se publicó con mi nombre en la línea de autores, lo de las prácticas, las fotos de unas vacaciones que envié para confirmarle que seguía viva…

Es fantástica, veo que escribió un día. Creo de verdad que será una de las mejores físicas de su generación. Va a llegar lejos.

—Está claro que… mi hermano está al día —digo, un poco abrumada. —Está orgulloso de ti. Más que de cualquier cosa que él haya

conseguido en su vida, me atrevería a decir.

Página 97

Sigo revisando los mensajes. Minami suele ser la única que responde cuando cuenta algo sobre mí, lo cual no me sorprende, ya que supongo que estas actualizaciones son sobre todo para ella. Siempre pude contar con su apoyo durante la adolescencia y más de una vez me convenció para que dejara de ser tan salvaje y controlara mi mala baba. La única razón por la que no he mantenido el contacto con ella en los últimos años es que…, bueno, era amiga de Eli, no mía. Y no estaba segura de si…

En cuanto acabe este lío, voy a mandarle un correo.

—A ver si lo adivino. —Trago saliva—. Pones los ojos en blanco cada vez que me mencionan.

—Qué va.

—¿En serio?

—Soy muy bueno leyendo en diagonal.

Me rio. Y me rio. Y me rio. Y luego pregunto, bajando un poco la voz:

—¿De verdad Eli está orgulloso de mí?

—Mucho.

Puede que esté a punto de ponerme a llorar otra vez, pero por un motivo diferente y más especial.

—Quizá debería invitarlo a la graduación de la universidad.

—¿No lo habías invitado?

—No. Es que no pensé que… —Me rasco la nuca. ¿Soy imbécil?

Probablemente—. ¿Podrías, por favor, no decírselo a Eli?

—¿Que estás considerando la posibilidad de invitarlo a tu graduación? —No. Que mi estabilidad mental está en peligro por todo lo que ha

pasado.

Resopla.

—Tu estabilidad mental no está en peligro, Maya. Tú eres el peligro.

Eso último me hace sonreír.

—¿Tienes hermanos?

—Tres. ¿Por?

—¿Mayores?

—Todos más pequeños que yo.

—¿Por eso no te llevas bien con tu padre? ¿Puso todos sus sueños y esperanzas en ti porque eras el mayor?

—Finneas Harkness no tiene ni sueños ni esperanzas.

Página 98

—¿Qué tiene, entonces?

—El don de la coacción y la manipulación.

De repente, me doy cuenta de que los últimos días de Conor deben de haber sido tan nefastos como los míos. Que quizá yo también podría hacer algo por él.

—Mañana, antes de que te vayas de Escocia, ¿puedo invitarte a desayunar?

Enarca una ceja.

Yo hago un gran esfuerzo para no sonreír.

—Tengo trabajo. No te invitaría a desayunar con el dinero de mi hermano porque su dinero y el tuyo vienen casi del mismo sitio, sería como si te lo estuvieses pagando tú.

—No hace falta.

Endereza los hombros, buscando una postura más cómoda. La duda aflora en mi mente. Tal vez no quiere pasar conmigo más rato del estrictamente necesario.

Sin embargo, ha aparecido en mi puerta para ayudarme a sentirme un poco menos fracasada. Ante tal evidencia de que sí le importo, cuesta sentirse insegura.

—Ya sé que no hace falta, pero quiero agradecerte que hayas venido a ver si estaba bien.

—Lo he hecho por Eli. No puedo permitirme que mi mejor empleado se ausente por una emergencia familiar.

—Ajá, claro. Conozco un sitio que está muy bien. ¿Cuál es tu número de teléfono? Antes solo me ha salido «Desconocido».

—¿Mi número? Eso es mucho pedir, Maya.

—No abusaré de él. Prometo no enviarte fotos subidas de tono. —Al final va a ser verdad que ya no tienes trece años, ¿eh?

—Nop. Soy una mujer adulta que ha follado en casi todas las

posiciones habidas y por haber. —Puede que esto no sea del todo cierto. Sinceramente, no tengo ni idea—. ¿Te gustaría saber más cosas? Ahora ya no, pero tuve una época en la que me drogaba bastante. Casi todo lo que me metía era suave, pero probé algunas sustancias más duras. MDMA, coca…

Página 99

—La madre que me… —Se pasa una mano por la cara—. Vale, esto sí que se lo voy a contar a Eli.

—Adelante. Como he dicho, ya no me drogo.

—¿Y eso?

—Porque tuve unos cuantos viajes muy malos. Una vez pensaba que tenía imanes bajo la piel y que atraía trocitos de metal directos hacia mí. Y luego me cortocircuitó el cerebro y no volví en mí hasta después de un mes. —Me estremezco—. Escúchame, has hecho algo bueno por la hermana de tu amigo después de que su novio la dejara por una chica más mona. Quiero recompensarte llevándote a Loudons.

Suspira y se queda callado. Yo bostezo. Es la una de la madrugada. Ya hace rato que debería estar durmiendo. Puede que me eche una siesta hasta…

—No lo es —dice Conor.

—¿Mmm? —Otro bostezo.

—Más mona.

—¿Quién?

—Georgie. O como demonios se llame.

—Ay, qué majo.

—Y necesitas un espejo.

El corazón me da un vuelco.

—Puede que a ti te gusten más las morenas y por eso piensas eso.

—No es el caso.

—¿Te gustan más las rubias?

—No me gusta nadie. Sin embargo, tengo dos ojos que funcionan a la perfección.

—Es todo un detalle, pero no hace falta que me mientas…

—No es mentira. No he apostado por ningún caballo en esta carrera. He hablado con ella unos minutos y parece maja. Si no estuviera seguro de que se ha estado tirando a tu novio a tus espaldas durante semanas, no tendría sentimientos negativos hacia ella.

—¿Tú crees? ¿Crees que…? ¿Crees que lo suyo empezó antes de que Alfie y yo cortáramos?

Me lanza una mirada de «Venga ya».

—Maya.

Página 100

—Ya. Quiero decir… Ya. —Me froto los ojos—. No paro de preguntarme si Rose lo sabía.

—¿Rose?

—Mi mejor amiga. La prima de Georgia. Ella fue quien me la presentó. Y hace dos años, cuando la compañera de Georgia se graduó, me mudé a este apartamento y… Cuando descubrí lo que había entre ella y Alfie, todo se vino abajo, y Rose me dijo que no tenía ni idea.

—Claro que lo sabía —dice Hark.

—¿Por qué estás tan seguro?

—Lo que han hecho tu compañera de piso y tu ex es tan abominable y carente de decencia que, si tu amiga se hubiera enterado a la vez que tú, te habría ayudado a afilar los cuchillos de cocina.

Me río. Y se me escapa alguna lágrima. Y bostezo. —Es que… pensaba que Alfie era el amor de mi vida. —¿Basándote en qué?

—Pues… en que es divertido, sobre todo cuando está borracho. Y me daba mi espacio; a veces lo necesito. Y me abrazaba cuando me apetecía que alguien me achuchara.

—Todas estas cosas que has dicho también las puede hacer un perro. —Se queda pensativo un momento y luego continúa—: Puede que fuera uno de los amores de tu vida, pero no era tu alma gemela. Eres joven, y más guapa de lo que crees, y serás la persona más inteligente en la mayoría de las situaciones a las que te enfrentes a lo largo de tu vida. Estás mejor así, sin el tío que hace un momento me ha pedido consejo sobre cómo invertir en criptomonedas.

—Uf. Está obsesionado con ese tema. —Entierro la cara en la almohada—. No debería haber dejado que su belleza me cegara.

—¿Belleza? Pero si parece que lo he dibujado yo con la mano derecha. Me río contra la espuma viscoelástica, con el sabor de las sábanas húmedas en la boca. Y, justo cuando estoy a punto de preguntarle a Conor

si es zurdo, caigo en un sueño plácido y profundo.

Página 101

Página 102

Ca ít o 12

EN LA ACTUALIDAD

TAORMINA, ITALIA

Sicilia no es un lugar especialmente silencioso. Y, sin embargo, a pesar de los graznidos de algunas gaviotas hiperactivas justo al lado de mi ventana, del estridor de las cigarras y del rítmico ir y venir de las olas, no me despierto hasta media mañana.

Abro las pesadas cortinas de seda y salgo de puntillas al balcón. No termino de confiar del todo en la solidez de la ingeniería italiana del siglo xix. Contemplo el brillo del mar, relajado, tranquilo. Abajo, Lucrezia charla con otros empleados, barre el patio, hace gestos para que reacomoden los muebles y les grita a tres chicos con aspecto de adolescentes que están fumándose un cigarrillo en los escalones del cenador.

El sol ya está en lo alto del cielo, bañando la arena, la hierba y los caminos empedrados con rayos dorados que me dan ganas de salir a explorar. En casa, en Texas, la luz es más blanca e implacable. Allí hago lo posible por evitar estar al aire libre, pero aquí el calor es cualitativamente distinto. Más seco, más antiguo, acentuado por una brisa con aroma a adelfas y unas paredes de piedra que mantienen el interior de mi habitación bastante fresco a pesar de la ausencia de aire acondicionado.

En el jardín, no queda rastro de la devastación de anoche. Intento imaginarme la reacción que tendrá Jade al enterarse de que el señorito

Página 103

Hockey, la persona más famosa que conocemos, ha envenenado a toda la comitiva nupcial y me río para mis adentros. Espero que alguien sacara fotos. Dentro de poco es el cumpleaños de Jade y un álbum de recortes de lo sucedido sería un regalo fantástico.

Me visto en un pispás (pantalones cortos y camiseta de tirantes) y voy a buscarme un café, no sin antes hacer algunas paradas por el camino.

—Creo que podría demandarlo. —Es lo primero que me dice Nyota tras abrir la puerta de su habitación. Incluso llevando una camiseta con unas manchas misteriosas en la que pone «las chicas guapas litigan», parece una modelo de revista—. Como mínimo, podría asesinarlo sin tener que entrar en la cárcel. Nadie me condenaría a prisión. Habría nulidad del veredicto del jurado. Ya verás, búscalo en Wikipedia.

Reprimo la sonrisa.

—¿Necesitas algo?

—¿Como qué? ¿Que le cortes los huevos, se los metas en la boca y me

traigas su cabeza en una bandeja de plata? —Suena esperanzada. —Estaba pensando en algo tipo un vaso de agua, pero… Me cierra la puerta en las narices.

Rue no está mucho mejor, a juzgar por la forma en que encorva la columna vertebral, normalmente recta, contra la jamba de la puerta.

—Me siento muy tonta, teniendo en cuenta que me dedico a la ciencia de la alimentación —dice con la voz más ronca que de costumbre—. Di por hecho que ninguna bacteria sobreviviría a un entorno tan rico en etanol, pero el contenido de alcohol de las bebidas como el limoncello suele oscilar entre el veinticinco y el treinta y cinco por ciento, y menos de un cincuenta deja un margen de error considerable. El principal problema es la biopelícula que puede formar el estafilococo dorado. Sabes a lo que me refiero, ¿verdad?

Se la ve tan seria que me entran ganas de abrazarla.

—Mentiría si dijera que sí.

—Las bacterias se acumulan alrededor de la superficie de una célula

y…

—Cariño —dice Eli tirando de ella hacia atrás para acercarla a él. Los dos tienen un subtono verdoso y parecen unas dos décadas más viejos que

Página 104

la noche anterior. Espero que la maquilladora de la boda sea buena—. Vamos a dormir, ¿sí?

La engatusa para que vuelva a meterse en la habitación. Tiny, que nunca abandonaría a Eli y Rue en un momento de extrema necesidad como este, desaparece tras ellos.

Minami lleva puesto el pijama que le regalé el invierno pasado con la cara de su bebé impresa por toda la tela. Me asegura que no necesitará que me haga cargo de la niña hoy.

—Kaede y yo nos lo estamos pasando en grande haciéndole compañía a papá mientras está moribundo, ¿verdad que sí?

Me planteo deslizar una nota en la que ponga «vivan los philadelphia flyers» por debajo de la puerta de Axel, pero me da pereza, así que me limito a bajar las escaleras.

La mesa que Lucrezia ha preparado en el comedor me arranca un suspiro: un inmaculado mantel de lino blanco, varias cestas de mimbre forradas con tela de vichí y llenas de pan fresco, cruasanes y brioches, tarros de cristal con mermelada y miel, tarritos de mantequilla… Hay varios jarrones de cerámica con buganvillas de color fucsia, magenta y blanco. Es una estampa tan rústica y perfecta que me pregunto si no me habré topado con el decorado de un anuncio de cereales ricos en fibra.

Sin embargo, la presencia de Conor anula la energía idílica. Está sentado en el extremo de la mesa, solo, con la barbilla apoyada en una mano y acariciándose los labios con dos dedos. Mira la pantalla del portátil como si estuviera a puntito de enviarle dinero a alguien para que lo destruya.

—Mírate, haciéndote el ciudadano Kane —digo ignorando cómo se me revuelve el estómago.

Levanta la vista, aún con el ceño fruncido, y me hace un gesto para que me siente a su derecha. No sé por qué, pero lo hago.

—Maya.

—¿Sí?

—¿Tiene la física una explicación de por qué los humanos insisten en ser tan imbéciles?

—No, que yo sepa. Pero podría investigarlo.

Página 105

Gruñe y cierra el portátil. Por la mañana, las hebras plateadas de su pelo son aún más visibles.

—¿Es por algo del trabajo? ¿Eso del… trato que estáis cerrando?

—No. —Niega con la cabeza. Se pasa la palma de la mano por la mandíbula bien afeitada.

Estoy tentada de insistir porque quiero saber más, pero Lucrezia entra soltando una ráfaga de vocales fuertes y arrastradas. Apoya las manos con delicadeza sobre mis hombros. Dado que soy una de las pocas personas que se negaron a beber el néctar de la muerte de Axel, he subido muchas posiciones en su podio de favoritos. Sonríe, dice algo sobre un café mientras me señala y, cuando Conor asiente, le alborota el pelo con una confianza a mi parecer desmesurada, incluso teniendo en cuenta que esta es una nación propensa al contacto físico.

—Por casualidad no serás su hijo ilegítimo, ¿no? —le pregunto tomando un trago de agua.

Se encoge de hombros.

—Conociendo a mi padre, es muy posible.

Creo que está de broma.

—¿Qué quieres decir? ¿La conocías de antes?

—Solía venir aquí cuando era niño. Es una de las muchas propiedades que poseía mi padre.

—Ah. ¿Cuándo la vendió?

—No la ha vendido.

—¿Pero has dicho «poseía»?

Se echa hacia atrás. Me estudia durante unos segundos.

—¿No te has enterado?

—¿De qué?

—Mi padre murió.

—¿¡Qué!? ¿Cuándo?

—Hace unos meses.

—Ah…

No sé qué decir. Porque, el día que murió mi padre, sentí como si mi vida entera se fuera a desvanecer en cualquier momento. Yo había sido, ante todo, su princesa traviesa. Si él ya no estaba para llamarme así, no

Página 106

había nada que me atara a este mundo. No era capaz de ver qué rumbo seguir. El dolor era vertiginoso. Incomprensible.

Sin embargo, el padre de Conor…

—Enhorabuena. —Es lo único que se me ocurre decirle.

Después de unos segundos, sonríe con cara de satisfacción y sorpresa.

—Gracias, Peligro.

—Te habría enviado una cesta de fruta o algo para celebrarlo. No sé por qué Eli no me lo contó.

—Probablemente porque salió en todos los medios de comunicación,

nacionales e internacionales. —Parece que la situación le hace gracia. —Vaya, tu padre era un gilipollas en mayúsculas, ¿eh?

—Por desgracia.

Nos miramos. Entre nosotros solo está la esquina de la mesa y mucho silencio.

—Entonces —empiezo a decir mientras agarro un trozo de pan; la corteza es fina y crujiente, y el interior es suave y esponjoso—, ¿quién es el nuevo dueño de…?

Me detengo cuando Lucrezia regresa y deposita un vaso delante de mí. Le doy las gracias y espero a que vuelva a marcharse para preguntarle a Conor con un susurro:

—¿Por qué me ha traído un batido?

Él me mira como si acabara de decir algo denunciable.

—Madre de Dios.

—¿Qué?

—Maya.

—¿Qué he hecho?

—Te acabas de cagar en siglos de cultura siciliana.

Parpadeo.

—¿Porque he preguntado por el batido?

—Se llama «granita». Granita al caffè. Con panna, que es la nata espesa que lleva por encima. —Coge un brioche de la cesta de la izquierda y me lo pone en el plato. Tiene una forma extraña: una base redonda, como la de un dónut, y una bola más pequeñita encima.

—¿Se supone que tengo que bebérmelo antes o después de comerme esta teta con un pezón que parece que está teniendo una reacción alérgica

Página 107

grave? —Lo pregunto sobre todo porque me encanta cómo se le arrugan las comisuras de los ojos cuando se enfada conmigo. Pero el aroma del café arábico me hace salivar, y a Conor… siempre se le ha dado bien alimentarme.

—Calla y come.

La bebida resulta ser más crujiente que un batido. Está hecha con trocitos de hielo infusionados con un expreso dulce. Y está deliciosa, por supuesto: cremosa, refrescante y esponjosa como una nube.

—Me mudo a Italia —le digo después de darle dos bocados al brioche.

Pruebo a sumergirlo en la granita.

Sonríe y me mira de esa forma que a veces me hace dudar de si me lo estoy imaginando, como si estuviese embelesado. Una mirada dulce, casi. Como si yo fuera algo único. Como si fuera lo bastante importante para él como para no estar diez meses sin contacto.

—No, en serio. En cuanto termine de comerme esto, pienso tirar mi pasaporte al mar.

—Seguro que las medusas se alegran.

—Vale, ¿cuáles son las reglas? ¿La granita es solo para desayunar? ¿Puedo tomarla varias veces al día o es como tomarme un capuchino después de las once de la mañana?

—Puede que Lucrezia te juzgue si sustituyes todas las comidas por una granita.

—Y, dado que no tomé el zumito de E. coli, quiero seguir siendo

merecedora de su afecto tanto tiempo como pueda. Hmm… —Aparto el plato, que ha quedado limpio como una patena—. Quizá me tome otro después, cuando vaya al centro. Ya tenía pensado ir a visitar el teatro griego, así que aprovecharé.

Entrecierra los ojos.

—¿Con quién vas?

—Con Bob —respondo.

—¿Quién?

Señalo a la derecha.

—Es mi amigo imaginario. Gran fan del futbol irlandés, por cierto. No os llevaríais muy bien.

—Maya.

Página 108

—A ver, la única persona que se siente lo bastante bien como para ir a pasear entre las ruinas conmigo es Minami, y va a preferir quedarse para cuidar de Sul. Sabes perfectamente que voy a ir sola.

Arruga el entrecejo.

—No puedes.

—¿Por qué?

—Ya sabes por qué.

—Ah, claro. —Empujo la silla hacia atrás y me pongo en pie, lo que le incita a hacer lo mismo—. Tienes razón. Se me olvidaba que no tengo nada de experiencia en cuidar de mí misma en un país extranjero.

—Entorno los ojos—. Ah, no, espera…

—Esto es diferente. No hablas el idioma y…

—Y el bosque es espeso y alberga horrores. Tendré que luchar contra bestias peligrosas que me atacarán para robarme el morral y las moras que recolecte.

Me lanza una mirada asesina.

—Conor, estamos en pleno día en una de las ciudades más turísticas de Europa. Tengo cobertura en el móvil. Dadas las circunstancias, creo que puedo arreglármelas sin acabar secuestrada. Pero si no confías en mí, ven conmigo.

Lo digo como si fuera un desafío, sobre todo con la intención de quitármelo de encima, pero el brillo de sus ojos y la repentina tensión en su puño lo delatan.

Lo está considerando. Está considerando pasar el día conmigo.

Se me dispara el ritmo cardiaco.

Porque no mentí cuando le dije que era mi mejor amigo y que le echaba de menos. Y, a pesar de que anoche se metió en la habitación de Tamryn, y aunque sea obvio que esto no va a acabar en romance, no estoy preparada para pasar página.

Me acerco a él.

—Vamos —le digo. Tengo el aroma a coníferas de su jabón y las notas cálidas de su piel grabados en la memoria olfativa—. Será divertido

—añado procurando no parecer demasiado ansiosa. De lo contrario, seguro que me diría que no. Desenterraríamos el hacha de guerra.

—¿Tú crees? —Me mira todo serio.

Página 109

—Hemos ido juntos a visitar lugares otras veces. Nos gustan las mismas cosas.

—¿Cuáles?

—Pasear. Perdernos. Comer. Reírnos de lo incultos que somos. Venga, vamos a divertirnos mientras los demás están convalecientes en sus aposentos.

Suaviza la expresión poco a poco. Luego cambia a algo distinto.

—Vale —dice por fin.

—Vale —repito mientras me giro hacia la puerta, intentando dejar de temblar por culpa de algo parecido a la esperanza. No quiero que me vea demasiado contenta y me rechace.

Es mi amigo. Le echaba de menos. Si lo único a lo que puedo aspirar es a ir de excursión con él, me vale.

¿Te acuerdas del primer día? ¿De Edimburgo? ¿Del desayuno? ¿Y del resto? ¿De que nos teníamos el uno al otro? Por favor, dime que no lo has olvidado.

—¿Tienes que pasar por tu habitación antes de irnos? —le pregunto.

Él niega con la cabeza.

—¿Tú?

Hago el mismo movimiento y nos damos la vuelta. Salimos afuera, uno al lado del otro, al mismo paso.

—Vale, primero el teatro griego y después hay una iglesia que también quiero ver.

—¿El duomo?

—Sip.

Asiente.

—Es precioso.

—Bien. —Casi nos rozamos el brazo. Y, después de un instante, al fin pasa: mi codo contra su cálida piel—. Luego estaba pensando…

—¿Sí?

—Bueno, he oído hablar de un increíble arancello casero que venden en el mercadillo.

Me da un golpe con el hombro. Siento que ese contacto me quema la piel.

—Demasiado pronto.

Página 110

—No, en serio, me han hablado maravillas de sus propiedades para depurar el organismo.

—Peligro…

—Es superpopular. Incluso los deportistas profesionales lo recomiendan…

—¡Eh, chicos!

Ambos giramos la cabeza hacia atrás.

Avery está de pie en el primer escalón del porche de piedra, con un bonito vestido azul que la hace parecer una ninfa del agua. La diosa de los cielos.

—¿Vais a Taormina?

A mi lado, Conor se pone tenso. No dice nada durante un silencio que se alarga demasiado, así que soy yo quien asiente.

En respuesta, la sonrisa de Avery es deslumbrante.

—¿Puedo acompañaros?

Página 111

Ca ít o 13

TRES AÑOS, DOS MESES, DOS SEMANAS Y SEIS DÍAS ANTES EDIMBURGO, ESCOCIA

—Entonces…, ya está todo solucionado, ¿verdad? Ya podemos volver a estar como siempre. —La expresión de Rose está tan cargada de esperanza que me tengo que contener para no reírme en su cara.

Me he despertado esta mañana en una habitación en la que Conor no estaba, con un número de teléfono escrito en un bloc de notas de mi mesa y la casa llena de gente. Rose y su nueva novia, Surika, están sentadas en la mesa de la cocina con Georgia y Alfie, comiendo huevos y salchichas. Todo el mundo ha sido informado de mi salvaje noche de pasión (espero que así se refirieran a ella). Está claro que piensan utilizarlo como prueba de que Georgia y Alfie nunca han hecho nada malo.

—Los que estáis en esta sala sois mis mejores amigos —dice Rose con una mano apoyada en el pecho para aportar dramatismo—. Para mí es muy importante que todos os llevéis bien.

—Yo no tengo ningún problema con nadie —dice Georgia, y me muerdo la lengua para no preguntar: «¿Acaso alguien te ha hecho algo a ti como para que creas necesario aclararlo?»—. Maya, solo quiero que sepas que no me importa seguir viviendo contigo —añade. Sus ojos tienen el mismo tono verde que los de Rose. Puede que tenga que quemar toda la ropa que tengo de ese color—. Me parecería muy feo por mi parte obligarte a que te marcharas. Ni se me ha pasado por la cabeza.

Página 112

Intento no abusar del lenguaje terapéutico, pero empiezo a sentir que me están haciendo luz de gas.

—A mí tampoco se me ha pasado por la cabeza —murmuro. Quedan dos meses. Quedan dos meses para que se acabe el curso. Después seré libre, soltera, no tendré amigos y podré mudarme a otro sitio—. Lo siento. —Me levanto del taburete donde prácticamente me han obligado a sentarme—. Tengo que irme o llegaré tarde a desayunar con Conor.

—En cuanto a eso… —empieza Rose.

—No seas ingenua, Maya. —Interrumpe Alfie—. No puedes fiarte de él. Solo habéis coincidido una vez durante esas vacaciones del año pasado y ahora de repente…

La frase «te lo estás tirando contra la puerta de la habitación» se queda flotando en el aire sin llegar a pronunciarse.

Surika, la única persona en esta sala que de momento no forma parte de mi lista negra, resopla entre bocados.

—Creo que podemos estar bastante seguros de que el heredero de Harkness no es una especie de asesino encubierto.

Alfie frunce el ceño.

—¿Qué se supone que significa eso?

—Dudo mucho que el hijo mayor de Finneas Harkness ande secuestrando estudiantes estadounidenses. Seguramente solo quiere echar un polvo. Sin ofender.

—Tranquila —digo.

No obstante, el ambiente sigue cargado de escepticismo, así que Surika suelta el tenedor.

—¿En serio me estáis diciendo que no sabéis quién es Finneas

Harkness? —Pone los ojos en blanco y murmura algo sobre el analfabetismo financiero—. Cuéntaselo, Maya.

Me aclaro la garganta.

—En realidad…

—Dios santo. Vale, da igual, ya lo hago yo. Su padre es el director ejecutivo de la mayor empresa de hostelería del Reino Unido. Es el dueño de docenas de resorts de lujo. Hasta el ADN de ese hombre es de oro. Su hijo se dedica a las finanzas y a algo relacionado con la biotecnología. Tiene su propia empresa. Y también le sale el dinero por las orejas.

Página 113

—Busca algo en el móvil y se lo pasa a Alfie. Desde el otro lado de la mesa, veo el logotipo de Forbes y una foto de Conor con Minami, Eli y Sul. Todos sonriendo.

Contengo la respiración. Por suerte, nadie en la sala reconoce a mi hermano.

—¿Se supone que eso hará que nos preocupemos menos? —Alfie no se deja impresionar—. ¿Alguien ha visto American Psycho?

Un argumento sorprendentemente bueno.

—Sigo compartiendo mi ubicación con Rose. Podéis echarle un

vistazo de vez en cuando para quedaros más tranquilos —sentencio antes de despedirme con la mano y bajar las escaleras a toda prisa.

Por algún extraño motivo, que se preocupen por mí me conmueve. Me demuestra que aún les importo y… No. Tengo que espabilar.

Sí, son mis amigos y los quiero.

Sí, ahora mismo pasar tiempo con ellos es increíblemente nocivo para mi salud mental.

Sí, prefiero pasar la mañana con el socio de mi hermano, al que conozco desde hace más de una década y en el que, sin embargo, he pensado menos veces de las que he visto Orgullo y prejuicio, la de 2005.

Nunca creí que me vería en esta situación, pero aquí estoy. Contemplando a Conor Harkness hojear un periódico como si viviera en una cápsula del tiempo de los años cincuenta. Me siento enfrente de él, ya que ha conseguido una mesa al lado de la ventana en el Loudons de Fountainbridge un sábado por la mañana.

—Hola. —Saludo cuando levanta la vista. Una repentina sensación de nerviosismo me sonroja las mejillas. El aire matutino me acaricia la piel.

Siento como si esta situación estuviera fuera de contexto. Alguien que conozco de Austin, Texas, está aquí en Edimburgo. Una colisión poco probable de dos mundos paralelos.

—Buenos días. —Deja el periódico a un lado.

Empiezo a pensar que realmente tuve suerte cuando la recepcionista de Harkness me pasó con él. Mi hermano tiene unos cuantos amigos, pero si cualquier otro hubiera acudido al rescate, todo el cuento de «Mira, estoy despechada y voy a desahogarme con un tío de treinta y tantos» habría sido mucho menos creíble.

Página 114

Pero Conor tiene buen aspecto. Igual que anoche, a pesar de su pretenciosa estética de ricachón. Pelo ondulado algo despeinado, vaqueros, un jersey fino, gafas de sol…

—¿Qué? —pregunta al ver que me he quedado embobada mirándolo.

Me encanta su voz ronca.

—Nada. Solo… —Me recuesto en la silla, sonriendo. Me he maquillado un poco y me he puesto mi jersey favorito. También me he duchado. Me he lavado el pelo y ahora los rizos me cuelgan sobre los hombros, como queriendo decir: «¿Ves? Soy capaz de poner mi vida en orden. Anoche no estaba pasando por mi mejor momento, pero puedo hacerlo mejor. No hay necesidad de pensar que soy patética»—. Gracias por planificar esto.

—No es nada.

Silencio. Nos miramos durante más tiempo de lo que se podría considerar normal o educado y…

—Ay, no —digo.

—¿Ay, no?

—Puede que esto haya sido un error.

—Dijiste que te encantaba Loudons.

—No, eso no. Es que… no sé si tú y yo —hago un gesto entre los dos— tenemos cosas en común sobre las que hablar. Quiero decir, eres un poco mayor.

Arruga la frente.

—Me prometiste comida, no estar de cháchara.

—Bueno, puedo darte ambas cosas. —Sonrío. Inclino la cabeza—. No

pasa nada. Ya se nos ocurrirá algo. Puedes contarme cómo era la vida antes

de tener electricidad, por ejemplo.

Me lanza una mirada asesina.

—Era broma. La edad es solo un número y tal.

Hace una mueca.

—No digas eso.

—¿Por qué?

—Porque es lo típico que diría un subnormal que va pululando por los foros en busca de menores a las que acosar. —Me río, pero él no. Me

Página 115

sostiene la mirada mientras añade—: La edad son años de experiencia acumulada. Son lecciones aprendidas.

—Eso no siempre es cierto. Influyen muchos factores.

Suelta un suspiro de cansancio.

—¿Has podido hablar con tu hermano? Ha aterrizado esta mañana.

—Todavía no.

Una ceja le asoma por detrás de las gafas de sol.

—Pensaba que necesitabas hablar con él urgentemente. Tan urgentemente que me presenté en tu casa.

—Correcto. Y, como no quiero que pienses que no te lo agradezco, he decidido dejar que Eli se centre en el trato de Australia y conformarme contigo. Enhorabuena, acabas de ser ascendido.

—¿Así que ahora soy tu hermano?

—Claro. —Bromeo, aunque no termina de encajarme. A Conor tampoco, a juzgar por su expresión.

Es un alivio que el camarero nos interrumpa para tomarnos nota. —¿Cuándo tienes el vuelo de vuelta? —le pregunto cuando nos deja

solos de nuevo.

—Esta tarde.

—¿Vas a volver a Irlanda?

—No, me voy a Austin, a menos que mi padre nos trolee dándonos otro susto para nada.

—Conor, eso es… terrible.

—Lo sé. Me ha hecho venir hasta aquí y ni siquiera se digna a estirar la pata.

—No, quería decir… —Nos traen los cafés a la mesa—. Me refería a la forma en que hablas de él. ¿Realmente te da igual que se muera?

—No es que me dé igual. Es que me molesta cada segundo que sigue vivo.

—¿Es por algo relacionado con la herencia? —Apoyo los codos en la mesa—. ¿Quieres su dinero?

Se ríe contra el borde de su taza.

—Mi nombre no está en ese testamento.

—¿Por qué?

Página 116

—Porque nada me daría más placer que donar su tesoro terrenal a las organizaciones benéficas que más odia, y él lo sabe.

Todo esto es fascinante. Una escena digna de Succession.

—¿Me permites hacerte unas doscientas preguntas inapropiadas y cada vez más intrusivas sobre tu familia disfuncional? No digas que no, por favor. Hay que tener en cuenta que tú lo sabes todo sobre mí.

—Ah, ¿sí?

Me encojo de hombros.

—Sabes lo más desgarrador, lo que hace que la gente me mire como si fuera una manzana pocha en la frutería. Me parece justo que tú compartas tu pasado.

Curva sus labios carnosos en una leve sonrisa que suaviza su rostro anguloso.

—Adelante, Peligro.

—¿Tu padre sabe cómo te sientes?

—Esa es la pregunta equivocada.

—¿Por qué?

—A mi padre no le importan una mierda los sentimientos de nadie. Es un matón que no ve a los demás humanos como seres vivos y sintientes. Según su visión del mundo, toda relación puede conceptualizarse en términos de poder. Cada interacción es un combate y el único final aceptable es que él salga vencedor. —Da un sorbo de café, como si no acabara de describir Las bases del narcisismo: El musical.

—¿Por qué es así?

—Genética y una educación de mierda, supongo. Mi abuelo le enseñó que ser amable era una muestra de debilidad. Y mi padre nos enseñó que ser cruel es un signo de fortaleza. Nos formó a su imagen y semejanza, aunque con unos tuvo más éxito que con otros.

—Contigo está claro que fracasó.

Niega con la cabeza.

—De todos los hermanos, soy el más parecido a él.

—No, qué va. —Me río porque me hace gracia de verdad—. Estás aquí, conmigo.

—Solo porque me pillaba cerca. Y porque necesito que Eli se concentre en el…

Página 117

—En el trato con Mayers, sí. Pero estabas en otro país, Conor. Y, como bien me dijiste durante la llamada, eres el asistente del gerente regional de Harkness o algo así, o sea que podrías haber cerrado ese trato tú

perfectamente. —Llegan los platos del desayuno. Cuando cojo una tostada y le doy un mordisco desafiante mirándolo a la cara, gira la cabeza para ocultar una sonrisa—. Si tan despiadado eres, ¿por qué has venido a Europa? ¿No quieres que tu padre muera solo?

—Ya te lo dije, he venido por mi madrastra. —Se mete un tomate entero en la boca de un solo bocado y con cierta gracia. Luego se toma su tiempo para masticarlo—. Mis hermanos tienden a confabularse contra ella.

—¿Por qué?

—La ven como una cazafortunas que se casó con mi padre por el dinero.

—¿Y eso?

—Probablemente porque es una cazafortunas que se casó con mi padre por el dinero. —No parece importarle—. Pero ella ha estado casi diez años aguantándolo. Sea cual sea la cantidad de dinero que le deje, se lo ha ganado.

—Ah. ¿Y ella tendrá… tiempo suficiente para disfrutar de los frutos de su esfuerzo después de que él muera?

—Eso espero, ya que es más joven que yo. Casi me atraganto con mi propia saliva. —¿¡Qué!?

—Nací unos meses antes que ella.

—Eso es… —Ladeo la cabeza, preguntándome cuáles son los límites de Conor y cuál podría ser su reacción si los cruzo—. Es perturbador, ¿no?

—Qué curioso que digas eso, porque en la insignia de la familia Harkness tenemos «perturbador» escrito en latín. Perturbadorus.

Me río.

—¿Fue raro para ti cuando se casaron?

—No. Yo ya estaba estudiando en los Estados Unidos y, de todas formas, nuestra casa había sido un ir y venir de chicas jóvenes y guapas desde el día en que murió mi madre.

—Vaya. ¿Así fue como tu padre lidió con el dolor de la pérdida?

Página 118

Resopla.

—También hubo otras mujeres cuando aún estaba viva. Simplemente tenía suficiente decoro como para no llevarlas a casa.

—Comprendo. ¿Y a ti te cae bien tu madrastra?

—Mucho.

Ahogo un grito.

—¿Estás enamorado de ella en secreto? Por favor, dime que sí.

Necesito un cotilleo de esta magnitud en mi vida.

—Tu grupo de amigos ya tiene suficientes cotilleos incestuosos, no te hacen falta los míos. Y no, no estoy enamorado de ella. Sin embargo, es el único miembro de mi familia que no arrojaría a un ser humano a una trituradora a cambio de un fajo de billetes, lo cual me hace tenerle cierta predilección.

Lo observo cortar la carne con elegancia. Da un mordisco fino y caballeroso.

—Tú… —Pincha un trozo de tomate con el tenedor, esperando pacientemente a que continúe—. Antes salías con Minami, ¿verdad?

—Vaya, qué sorpresa. —Ladeo la cabeza, confusa por su contestación—. Es raro que alguien mencione a Minami en mi presencia.

—Ah. ¿La gente lo evita?

—Sí si es para hablar de la relación que tuvimos. Muchas evasivas. —¿Es porque todavía estás enamorado de ella? —Todavía la quiero mucho, sí.

—Guau. —Me burlo.

—¿Guau?

—Si crees que no me he dado cuenta de cómo acabas de darle la vuelta a la tortilla…

Sonríe de nuevo. No dice nada. Estoy a punto de ofrecerle dinero a cambio de que se quite esas dichosas gafas de sol.

—¿Y qué hay de Sul? ¿Estás celoso? ¿A veces desearías arrancarle el cuero cabelludo, aunque solo sea un poquito?

—¿Es eso lo que tú quieres hacerle a la rubia?

—Sí —respondo abatida—. Por favor, no me digas que soy la única que piensa cosas así de horribles.

Se le mueven los hombros por la risa.

Página 119

—Ojalá pudiera, pero… ¿conoces a Sul? Es un buen tío. Cuesta encontrar motivos para odiarlo.

No se equivoca. Es una presencia tan apaciguadora que años atrás solía bromear con Eli diciendo que parecía más el guardaespaldas de Minami que su pareja. Un gigante bonachón que no se despega de su lado.

—Estaba obsesionada con Minami de pequeña. De hecho, aún lo estoy.

Y debo admitir que siempre me he preguntado qué le ve.

Otros hombres aprovecharían la oportunidad para hablar mal del marido de su ex. Conor se limita a decir:

—No es cosa nuestra. Él es diferente con ella.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque así es como funcionan las relaciones. Si es sana, te acabas soltando. Muestras todas tus facetas.

—¿Sí? Entonces, quizá mi relación con Alfie no era tan buena.

—No lo era.

—¿Cómo lo sabes?

—Los post-its de tu escritorio con nombres de ciudades. Tenías siete. Cuatro a la derecha: Austin, Londres, Cambridge (Massachusetts) y Durham; y tres a la izquierda. Y Edimburgo no aparecía por ningún lado.

—Vaaale, Sherlock. Y eso es un indicativo de que mi relación con Alfie era una mierda porque…

—Los post-its de la derecha son las universidades que aún estás considerando para hacer el máster.

Se me acelera el corazón.

—¿Cómo sabes que los de la izquierda…?

—Los descartaste hace tiempo. Para empezar, estaban amontonados. Y, además, no tenían la silueta de la ciudad dibujada en la parte inferior. Bonito Big Ben, por cierto. El caso es que en ninguno de los dos montones había un post-it en el que pusiera Edimburgo. Porque descartaste esa opción hace tiempo. Mucho antes de que rompierais. Y anoche Alfie me dijo que el año que viene va a trabajar a tiempo completo en un museo, aquí en la ciudad. No parecía que fuera una novedad.

Me paso la lengua por los labios.

—Las relaciones a distancia existen.

—Ni siquiera mandaste solicitud para Edimburgo, ¿verdad?

Página 120

Me muerdo el interior de la mejilla. No. No lo hice. Me gustaría replicar que no tuvo nada que ver, pero quizá…

—Me sorprende que Austin siga siendo una opción.

A mí también. Desde hace meses. Presenté la solicitud mientras estaba en una especie de trance y, cuando llegó la carta de aceptación, sentí un gran alivio. No creo que quiera volver a casa, pero…

—El quince de abril es la fecha límite para dar una respuesta, ¿no? —Está claro que sabe cómo va la cosa.

Asiento.

—Quizá me empieces a ver mucho más a menudo. —Ese pensamiento se me hace extrañamente… natural—. Podemos mantener el contacto. Quedar algún día. Tú me cuentas las penurias de tu familia multimillonaria y yo te cuento con quién me engañan mis novios. Ya sabes, ese tipo de cosas.

Esboza una sonrisa. La más amplia que he logrado sacarle hasta ahora.

—No me parece mal plan.

—¿Qué crees que diría Eli?

—¿Sobre que vuelvas a Austin?

—Sí.

Me observa con atención.

—Creo que deberías dejar de darles tantas vueltas a los sentimientos de tu hermano y tener una conversación sincera con él. Te sorprendería lo bien que va eso.

Pongo los ojos en blanco y no me molesto en ocultarlo. Entonces, quizá para castigarlo un poco, le pregunto:

—¿Hace cuánto que rompisteis Minami y tú?

—Cuando nos estábamos sacando el doctorado. Hace más de diez

años. —Apoya el tenedor en un lado del plato. Se sienta recto, como esperando que continúe con el interrogatorio.

—¿Por qué?

—Le pedí que se casara conmigo.

—Ah. —Tomo un sorbo de agua. Por hacer algo. Toqueteo los huevos de mi plato con el tenedor—. Por lo general, eso no suele ser un detonante para una ruptura.

—Lo es si una de las partes dice que no.

Página 121

Uy.

—¿Te rompió el corazón? —Estudio su expresión. Su lenguaje corporal. No parece que mis preguntas lo estén poniendo nervioso. Todo lo contrario. Es encantador y, para mi sorpresa, también sofisticado, a pesar de su aspereza habitual—. ¿Tienes el corazón roto, Conor?

—Sí.

Siento unas ligeras náuseas ante la idea de que siga colado de esa mujer formidable a la que he idolatrado toda mi vida; ante la certeza de que nunca nadie me querrá así.

Debe de notarse mi preocupación, porque Conor se quita las gafas de sol y dice:

—Pero no fue cosa de Minami.

—¿Qué quieres decir?

Sus ojos marrones están llenos de emoción.

—No se me rompió el corazón por dejarlo con ella. Lo dejamos porque ya venía medio roto de fábrica.

Le doy vueltas a la frase en mi cabeza, tratando de entenderla. Cuando estoy a punto de llegar a una conclusión, mi teléfono vibra sobre la mesa.

Es un mensaje de Sami, un estudiante de Ingeniería, también estadounidense, que conocí gracias a Rose. Hemos ido a muchas clases juntos y al final nos hemos hecho buenos amigos.

SAMI: R. me ha dicho que tu nuevo novio está en la ciudad, que sepas que también está invitado a lo de esta noche.

SAMI: Por cierto, me alegro por ti. Alfie es un

capullo.

Invitado a dónde?, empiezo a escribir.

Pero no llego a enviar el mensaje y digo en voz baja:

—Mierda.

Gracias, le respondo. Y feliz cumpleaños, nos vemos luego!

Página 122

—¿Qué? —me pregunta Conor. Se ha vuelto a poner las gafas de sol.

—Nada —respondo. Pero me paso una mano por el pelo y le enseño la pantalla.

—¿Cómo es posible que tengas cuatrocientos treinta y siete correos sin leer?

—¡Ya ves! Es impresionante, ¿verdad? Últimamente voy bastante al

día. —Parece desconcertado—. ¿Qué? ¿Tú vacías la bandeja de entrada todos los días o qué?

—Tengo una asistente ejecutiva que se encarga de eso. A veces más, dependiendo del trimestre y de la urgencia de ciertos asuntos.

Cómo no.

—En fin. Mira este mensaje. Había olvidado que es el cumpleaños de mi amigo Sami. Hemos quedado en un pub para celebrarlo esta noche,

Alfie y Georgia incluidos. —Esbozo mi sonrisa más socarrona—. Y dirás: Maya, no puede ser que aquí siempre seas tú la única que se divierte. Pero no te preocupes, Sami ya sabe de tu existencia y estás invitado, así que…

—Perfecto, podemos ir —dice antes de darle un mordisco a la tostada.

Me quedo pestañeando.

—No, no quería decir… La fiesta es después de que te vayas. Y estaré bien, tranquilo. Anoche estaba en la mierda, pero hoy me siento mejor. Puedo gestionar lo de Alfie y Georgia…

—No me fío de tus amigos.

Dios. A estas alturas yo tampoco.

—Pero ¿qué pasa con tu billete de avión? ¿Puedes cambiarlo con tan poca antelación?

Se queda mirándome fijamente, masticando, esperando a que me dé cuenta de una de dos: que perder el dinero del vuelo se la trae al pairo, o que tiene un jet privado. Que le jodan al plancton, supongo.

—No… —«hace falta que vengas», empiezo a decir. Pero me apuesto lo que sea a que Conor Harkness vive con la certeza de que no está obligado a hacer una mierda. Y, si se quedara un poco más, si pudiera estar con él unas horas más…

¿A que sería divertido?

Página 123

Ca ít o 14

EN LA ACTUALIDAD

TAORMINA, ITALIA

Nos dirigimos al centro en un pequeño pero sorprendentemente elegante Fiat rojo. Conduce Conor, claro, ya que es el único que sabe cómo funciona una palanca de cambios.

Se me ocurre obligarlo a que me enseñe, pero no sé cómo, acabo abrochándome el cinturón en el asiento de atrás mientras los adultos se sientan delante y discuten sobre carteras de clientes, adquisiciones complementarias y algo llamado EBITDA. Ellos están jugando al ajedrez tridimensional y yo aún estoy aprendiendo a andar.

Con la mejilla pegada al cristal, contemplo la deslumbrante costa. A Avery no le gustan las naranjas, por eso se salvó de la estafilodemia. De hecho, ni siquiera se enteró de todo el drama, porque tenía jet lag, se acostó pronto y, cuando se despertó, ya no quedaba fiesta. Me alegro de que esté sana, pero cuando hace reír a Conor con un chiste sobre la gestión del flujo de efectivo, decido ponerme a cantar una canción de marineros en mi cabeza y hacer oídos sordos. No obstante, nada más llegar al teatro griego, mi entusiasmo vuelve a la vida. He visto algunas ruinas romanas en el Reino Unido, pero esta puede que sea la pieza arquitectónica más antigua que jamás haya pisado, y estoy totalmente preparada para embarcarme en un viaje en el tiempo.

Página 124

Conor se encarga de comprarnos las entradas. Avery se queda a su lado mientras él le da unos billetes a un chico con cara de aburrido que está sentado dentro de una cabina de mala muerte. Cuando vuelven con los tickets, ella está riéndose entre dientes.

—¿Todo bien? —pregunto. Mis ojos se encuentran con los de Conor.

No se ríe; de hecho, está inescrutable.

—El chico estaba intentando calcular el total y… ¿has oído la palabra que ha usado?

—No.

—Figlia.

—¿Y eso significa…?

—«Hija». Te ha señalado y nos ha preguntado si nuestra hija tenía más

de dieciocho años. —Avery menea la cabeza, aún riendo, pero yo vuelvo a mirar a Conor.

Hay un aire de desafío en sus ojos, un «Te lo dije». Y es que él siempre ha tenido la imperiosa necesidad de recordarme que nuestra diferencia de edad era un obstáculo insalvable para mi presencia en su vida.

—Sí, eso ha dicho —confirma Conor, y sé que quiere darle más importancia a ese comentario de la que merece. Quiere convertir este momento en una lección.

Así que le muestro mi sonrisa más descarada.

—Espero que le hayas mentido y te hayas ahorrado esos cinco euros, papi. —Me acerco a él, fingiendo no notar cómo traga saliva ni que todo su cuerpo parece dejar de funcionar. Sin desviar la mirada de él, le arranco uno de los tres papeles de los dedos y me dirijo con toda la calma hacia la entrada.

—Seguro que os ha pasado un montón de veces, ¿verdad? —me pregunta Avery mientras bajamos por las empinadas tribunas. Los escalones son estrechos y traicioneros—. A ti y a Eli, me refiero. La gente debe de dar por hecho que es tu padre.

—A veces —contesto con intención de cerrar ya el tema.

Página 125

La verdad es que, cada vez que ocurre, a Eli le encanta meterse en el papel, fingir que soy su hija y dejarme en evidencia con sus chistes de padre.

Pero mi hermano y Conor son como la noche y el día. Eli se siente joven. Tiene una energía alegre, desenfadada y juvenil. Conor, en cambio, no. Y tiene poco que ver con su pelo canoso y mucho que ver con la media docena de muros que lo rodean en todo momento.

—¿Cuántos años tienes, Maya? —me pregunta Avery.

—Veintitrés.

—«Nobody likes you when you’re twenty-three» —responde y Conor suelta una carcajada.

Me detengo. Doy media vuelta para mirarlo con los ojos muy abiertos.

Murmura algo sobre lo joven que soy.

—Es una referencia, Maya. De una canción de…

—Blink-182, lo sé. Solo me ha sorprendido porque no sabía que los irlandeses estabais al día de la escena skate punk del sur de California.

—Es que soy una caja de sorpresas.

—Muy fan, ¿eh?

—Muchísimo. —Sé que está intentando que no se le escape la risa, porque yo estoy igual. El gusto musical de Conor se inclina más hacia el tecno industrial o, como a mí me gusta llamarlo: el ruido de obra. Él suele contraatacar refiriéndose a la música que a mí me gusta como «chicas que cecean mientras lloran en el baño»—. Cuidado con esa piedra de ahí, Avery.

—Ay, caramba. Gracias, Hark.

Empiezo a sospechar que los griegos, a diferencia de nosotros, no buscaban la comodidad. Avery no lleva tacones ni nada por el estilo, pero tras un par de saltos complicados, esas sandalias me hacen temer por la integridad de sus fémures. Conor la ayuda e incluso llega a agarrarla de la cintura para subirla a un saliente especialmente alto.

Sin embargo, incluso mientras la ayuda, nuestros ojos se encuentran a menudo. Yo puedo saltar con facilidad gracias a mis zapatillas. Y esta vez lo hago de una forma que espero que se entienda como una metáfora. Conor aparta la mirada, pero no sin antes menear la cabeza como si le hiciera gracia.

Página 126

Venir aquí a mediodía ha sido un error. No hay ni una sombra a la vista y el calor irradia de todas partes: el sol, las piedras, los cuerpos sudorosos de los turistas. En medio de la orquesta, apenas puedo mantener los ojos abiertos, pero entonces Conor se acerca en silencio y me pone sus gafas de sol sobre el puente de la nariz. Unas gafas que probablemente cuesten más que mi máster. Sopeso la posibilidad de pisarlas «sin querer», solo para ver su reacción. La verdad es que es más probable que me las quede y duerma con ellas debajo de la almohada, porque la carne es débil.

—¿Puedes hacernos una foto en la que parezca que Maya y yo estamos sosteniendo esa columna? —le pregunta Avery.

—No creo.

—Ay, siempre has sido un novio pésimo en lo que a Instagram se refiere.

Se me retuercen las tripas, incluso cuando Conor suspira y dice:

—Creo que sé cómo conseguir la perspectiva. Me voy al otro lado de

la orquesta. Vosotras quedaos aquí.

En cuanto se aleja lo suficiente, Avery se gira hacia mí. —Espero que esto no esté siendo incómodo para ti. —¿Para mí? ¿A qué te refieres?

—Por lo de que Hark y yo estuvimos juntos.

El calor me está mareando. Ella, sin embargo, parece que espera una respuesta.

—Ah, claro —digo.

—Soy consciente de que hacer turismo con dos ex puede ser una situación incómoda. No he caído hasta que estábamos en el coche.

El sol me abrasa la nuca. ¿Me he olvidado de ponerme protector solar? —No, no te preocupes, yo…

—Vale. Es que parecías un poco… tensa. Como si te resultara difícil…, no sé, manejarlo.

Entonces me doy cuenta: durante esta última hora, mientras yo me lamentaba por tener que compartir a Conor con su ex, ella se ha estado preocupando por mí. La tensión que ha captado es totalmente cosa mía.

Madre mía, a veces soy una egocéntrica de mierda.

—Pero quiero que sepas que no hay resentimiento entre Hark y yo. Tuvimos una ruptura muy amistosa. La relación no funcionó porque no era

Página 127

el momento adecuado, no porque no fuéramos las personas adecuadas. Si te soy sincera, aún me gusta. Y creo que yo a él también.

El corazón me da un vuelco. Luego se para. Me pregunto si sabe lo de Tamryn. Luego me digo a mí misma que no es asunto mío.

—Siento haber estado tan malhumorada, Avery. —Trago saliva. Sonrío—. No… no te lo tomes como algo personal, pero lo que pasa es que tenía ganas de explorar la ciudad a solas. Me gusta hacer este tipo de cosas. Entonces Conor ha considerado que era demasiado peligroso y que

debía acompañarme. —Técnicamente, no estoy mintiendo.

Quizá por eso se lo traga. Me mira con complicidad, como si compartiéramos un secreto.

—Lo entiendo. Antes solía viajar mucho sola. Es una experiencia

única. —Asiento—. Además, menuda tontería. Has vivido sola en el extranjero.

—¿Verdad?

—Te propongo algo: si quieres escabullirte, yo lo distraigo. Me inventaré alguna excusa o diré que te has ido a la villa.

—¿Cómo pretendes distraerlo? ¿Enseñándole las tetas?

—¿Acaso existen otros métodos efectivos de distracción?

Me río a pesar del nudo que tengo en la garganta y miro hacia el otro extremo de la orquesta, donde Conor parece inusualmente minúsculo e insignificante, una proeza para alguien que hace que cualquier sala parezca diminuta cuando él está presente. Creo que es por el entorno y las vistas. Los azules y los verdes que asoman por detrás de él. La costa jónica con sus abundantes colinas. Y, como telón de fondo, el Etna.

Pienso en los hombres y las mujeres que construyeron este teatro. En los griegos que navegaron hasta aquí y encontraron este lugar demasiado hermoso como para marcharse y dejarlo abandonado, en los romanos que se unieron a ellos, en los árabes, los normandos y en la casa de Borbón. El mundo es muy grande y nosotros no somos más que un cúmulo de átomos. ¿Qué es un corazón roto frente a la inmensidad de la humanidad? ¿Importa que un amor no sea correspondido si el universo empezó como una bola de fuego y acabará convertido en lo mismo?

Lo único que puedo controlar es mi capacidad de tratar bien a quien me trata bien. Y parece que a Avery no le importaría pasar algo de tiempo

Página 128

a solas con Conor.

—Me harías un favor, la verdad. ¿Te parece bien si me escapo después de la foto?

—Por supuesto.

—Toma. —Me quito las gafas de sol—. ¿Podrías devolvérselas a…? —¡Eh, chicas! —nos llama Conor.

Ambas nos giramos hacia él. Bajo el sol deslumbrante y abrasador, su ceño fruncido sigue acelerándome el corazón.

Pero mi corazón tampoco es más que un conjunto de átomos. —¿Qué tal si posáis para la foto?

Avery y yo compartimos una sonrisa. Creo que ahora sí que somos amigas.

—Avery.

—¿Sí?

—Si tuvieras que decir un número, ¿con qué frecuencia crees que Conor Harkness piensa en el Imperio romano?

Y ella estalla en carcajadas.

Página 129

Ca ít o 15

TRES AÑOS, DOS MESES, DOS SEMANAS Y SEIS DÍAS ANTES EDIMBURGO, ESCOCIA

Los chicos están a unos metros de nosotros, hablando del Muro de Antonino, el fuerte de Newstead y alguna otra tontería que siempre parece acabar en el Imperio romano, y, debo admitirlo: me pone un poco ver a Conor sacarse la polla sobre la mesa.

La forma en que mis amigos varones se reúnen a su alrededor, como si quisieran empaparse de sus buenos consejos y habilidades para la vida, me genera un poco de vergüenza ajena, pero me alegra que él no se sienta fuera de lugar a pesar de estar en un bar de un sindicato de estudiantes, que es básicamente una biblioteca reconvertida, donde la edad media está muy por debajo de la suya. La ropa que lleva es sencilla, pero de demasiada calidad como para pasar desapercibido, y su presencia transmite una seguridad que lo distingue. Sin embargo, desde que ha pagado la cuenta de todo el mundo y ha anunciado que todas las rondas de aquí en adelante corren a su cargo, Alfie no deja de mirarlo con resentimiento y ser testigo de eso es casi tan satisfactorio como un buen polvo.

No creo que Conor disfrute siendo el centro de atención. Tiene mucha práctica y habilidades sociales, pero para mí es obvio que ve a mis amigos como bebés que hasta el otro día usaban pañales. He estado desarrollando una teoría sobre él que aún está a medio cocer, pero ahí va: la tranquilidad con la que se comporta y la soltura con la que se mueve por el mundo son

Página 130

solo superficiales. Ha aprendido a ser simpático y profesional, pero eso no es más que la punta del iceberg. En el fondo hay algo más. Una naturaleza salvaje, tal vez. Un bloque de hielo. Mucho control, eso seguro.

Lo peor es que es conmigo con quien debería estar charlando. No deja de mirarme, puede que porque se aburre, o puede que solo para ver cómo lo llevo. Ambos sabemos que, si estuviéramos solos, nos estaríamos divirtiendo mucho más.

Que es lo que ha pasado hoy.

Lo siento mucho, le digo por mensaje desde mi mesa.

Cuando lo lee, se gira hacia mí para decirme que más me vale moviendo los labios, aunque sin emitir sonido. Yo no puedo ocultar la sonrisa.

—¿Sabes una cosa? —me dice Rose justo antes de dar un sorbo a su whisky caliente—. Por un momento me he preguntado si habías perdido la cabeza y estabas dejando que un viejo mojara la galleta en tu leche solo para vengarte de Alfie, pero…

Sigo la dirección de su mirada hasta Conor.

—¿Pero?

—Ahora que lo he visto, no tengo nada que reprocharte. Yo también me lo tiraría.

Me río.

—No, qué va.

—No, la verdad es que no. La idea me resulta repulsiva. Pero menos que si pienso en hacerlo con la mayoría de los hombres. Lo que sí que sé

es apreciar su belleza. —Reflexiona un momento—. Tal vez sea porque ha tenido más tiempo.

—¿Más tiempo para…?

—Volverse atractivo. Quizá la atracción sea como el buen vino, que gana con los años.

Tal vez. Pero…

—Lo cierto es que no solo es guapo; también es muy divertido hablar con él.

—Ya, claro. —Rose parece escéptica—. Supongo que discutís sobre… yates y certificados de depósito, ¿no?

Página 131

—Aún no ha salido ninguno de esos dos temas —respondo, preguntándome si se sorprendería al saber que hemos pasado el día entero juntos.

No era ese el plan. Cuando me he levantado de la mesa de Loudons, esperaba que tomásemos caminos separados. No ha sido premeditado que le tirase de la camisa y le dijera:

—Oye, los sábados suele haber gente remando en el río a esta hora. ¿Quieres que te lleve?

La respuesta ha sido que sí. Hemos ido. Nos hemos sentado en la hierba, un poco alejados de la pasarela, y nos hemos pasado un buen rato criticando la técnica de los remeros.

—No me puedo creer que agarren el remo con ese ángulo —he dicho indignada—. Es muy de novato.

Conor se ha girado hacia mí y se ha quitado las gafas de sol.

—¿Entiendes de remo?

—No.

Con esa respuesta he conseguido que soltara un profundo suspiro. Entonces me ha agarrado la capucha y me la ha bajado hasta cubrirme la cara, y yo me he reído sin parar a pesar de que me faltaba aire en los pulmones desde hacía rato.

Después hemos ido a un castillo y, mientras caminábamos por las escaleras de piedra, le he hablado de lo poco que me gustan las nutrias y los animales con formas similares. Luego ha venido otro castillo y me he enterado de que estuvo a punto de doctorarse en Bioquímica. Mientras me contaba de qué iba su proyecto, sonaba como un empollón de tales dimensiones que no he podido evitar burlarme de él, incluso mientras me amenazaba:

—Me pregunto si caerías entre las saeteras si te empujo hacia allá, Peligro.

Tras presionarlo durante unos diez minutos, he descubierto que en su tiempo libre («cosa que no tengo, Maya») le gusta jugar a juegos de estrategia de temática bélica.

—Cada jugador es una nación —me ha explicado—. Y utiliza sus recursos para elaborar una estrategia militar.

—Conor Harkness: una red flag con patas.

Página 132

—Soy un hombre de negocios de treinta y pico años que está hablando con una veinteañera sobre sus aficiones. Me sorprende que no te hayas dado cuenta antes.

—¿Estamos hablando del… Risk?

—Prefiero no dar más detalles.

—Espera, ¿son juegos de ordenador?

—Esta conversación ha terminado.

—¿Esos juegos bélicos de los que hablas son solo hojas de Excel glorificadas, Conor?

—No haré más comentarios.

Es mucho mayor que yo. Una persona que tuviera la edad que hay entre nosotros podría sacarse el carné de moto. Pero me ha escuchado cuando le he intentado explicar que, por mucho que me guste la física, no estoy segura de que eso sea a lo que me quiero dedicar. Lo cual… En fin, ya veré lo que hago.

—¿Por qué haces eso? —me ha preguntado.

—¿El qué?

—Dejar los pensamientos a medias.

He recordado las veces en que he intentado expresarle las mismas dudas a Alfie.

—Em… Supongo que porque estoy acostumbrada a que la gente me interrumpa antes de que termine.

Arruga el entrecejo.

—Tienes que rodearte de mejor gente, entonces.

Ha sido divertido pasar tiempo con él. Compartimos muchas cosas. Las amistades que tenemos en común. El lenguaje de Austin, con su peculiar amor por los supermercados H-E-B y el profundo odio por el tráfico de la autopista I-35.

Puede que eche de menos mi hogar más de lo que pensaba.

Ha recibido muchas llamadas a lo largo del día. La mayoría las ha rechazado. Otras, tras un suspiro, me ha dicho que tenía que cogerlas.

Una de ellas ha sido de mi hermano.

—Adivina con quién estoy —le ha preguntado nada más contestar.

—No sé. —Inmediatamente he reconocido la voz de Eli—. ¿Con la policía? ¿Te han detenido por apuñalar a tu padre?

Página 133

Me he dado cuenta de que Conor iba a decirle que había volado hasta aquí para venir a verme y…

El instinto me ha empujado a negar con la cabeza de forma enérgica para decirle que no.

—No lo hagas —le he susurrado—. No se lo digas.

Él ha clavado la mirada en la mía con una evidente confusión. Y, sin embargo:

—¡Bingo! —le ha contestado a Eli antes de cambiar de tema—. Sobre la oferta final de Mayers…

Nada más colgar, me ha preguntado:

—¿Por qué?

—Porque… no quiero que se preocupe. —Conor me ha mirado como si supiera perfectamente que era mentira y… yo también lo sabía. Aunque no he terminado de comprender a qué ha venido esa necesidad de mentir, así que he decidido forzarlo a beber un trago de Irn-Bru.

La idea era pasar por casa para cambiarme antes de reunirme con los demás. Creo que Conor pensaba hacer lo mismo. Pero cuando hemos mirado la hora, nos hemos dado cuenta de que llegábamos tarde. Y la razón por la que llevo su abrigo es que…, bueno, él tiene calor y yo no.

—¿Estás bien? —me pregunta Rose cuando Georgia se va al baño. Me pone la mano en el muslo y me lo acaricia con cariño—. Parece como si estuvieses un poco en la luna.

—Solo estoy… —«cansada», estoy a punto de decir. En lugar de eso, dejo el vaso vacío y me giro hacia ella—. ¿Tú lo sabías? ¿Lo de Alfie y Georgia?

Arruga su naricita.

—Ya me lo preguntaste. ¿No te acuerdas?

—Sí. Pero me da la sensación de que la noticia no te pilló muy por sorpresa.

—No lo sabía, Maya.

Tal vez debería dejar de confrontarla sobre el tema. Pero es que… —Si Surika te dejara —digo con calma— y una semana después la

pillara besándose con mi prima, estaría dispuesta a admitir que mi prima ha sido un poco hija de puta.

—¿Tienes una prima?

Página 134

—¿Qué?

—Nunca has mencionado a ninguna prima.

Suelto una carcajada de fastidio.

—Sí. Una prima segunda o tercera. Lo cierto es que no me hablo mucho con esa parte de la familia.

—Ya, bueno. —Se encoge de hombros—. Mira, no es mi intención decirte lo que tienes que hacer, pero… lo mejor para todos es que pases página. Al fin y al cabo, tú tampoco eres tan inocente.

—¿Cómo?

—Tú y el ricachón buenorro habéis estado en contacto todo este tiempo. Y no te culpo, una tiene que estar abierta a todas las opciones. Pero igual podríamos ir dejando atrás las recriminaciones, ¿no te parece?

—Creo que tengo derecho a estar enfadada con mi compañera de piso por tirarse a mi ex. Y quizá también con mi mejor amiga por no ponerse de mi lado.

—Ya sé que crees que es así, pero es porque tienes muchos problemas de ira.

Cierro los párpados hasta solo dejar una fina rendija.

—Eso ha sido un golpe bajo, Rose.

—Venga ya, Maya. Es mi prima.

Tengo que respirar hondo unas doscientas veces antes de decir:

—Entiendo tu posición. —Me deslizo por el sofá para levantarme y me

bajo de la tarima—. Ojalá tú intentaras hacer lo mismo.

Me alejo, dando por acabada la conversación y dejando que el resentimiento me invada. Quedarme con Rose me parece absurdo, sobre todo cuando hay otra persona con quien preferiría pasar el rato. Alguien que no me va a mentir a la cara. Además, me apetece algo más fuerte que un refresco.

En la barra, me inclino para llamar la atención de la camarera. Fracaso.

Repetidamente. Hasta que Conor aparece a mi lado.

—Disculpa —le dice a la mujer—. ¿Me pones un…? —Me mira.

—Chupito de tequila.

Hace una mueca.

—Acabo de pedirle alcohol a la hermana pequeña de mi amigo sin que haya cumplido los veintiuno. Fantástico.

Página 135

—Aquí es totalmente legal. De todos modos, llevo bebiendo desde que tenía dieciséis años…

—No necesitaba saber eso.

—… así que ya tengo unas enzimas a prueba de bomba.

Un vaso de chupito aparece delante de mí. Me lo bebo de un trago mientras noto los ojos de Conor clavados en mi cuello. El calor que empieza en mi estómago se extiende en todas direcciones.

Cuando dejo el vaso sobre la superficie de madera oscura con un golpe seco, la camarera me sirve otro.

Conor levanta una ceja.

—Los chupitos aquí son más pequeños. —Me apoyo en la barra, de cara a él—. Bueno, ¿qué? ¿Te caen bien mis amigos?

—Claro.

—¿Claro?

—Algunos son la hostia. El cumpleañero llegará lejos.

—Sí, Sami es increíble.

—Pero el del chándal…

—Jethro.

—Se está planteando empezar un pódcast. Y no estoy seguro de que tenga ideas por las que valga la pena pagar por escuchar.

—Yo ni siquiera estoy segura de que tenga ideas que valga la pena

escuchar gratis. —Resoplo—. ¿Te ha pedido ya alguien un préstamo? Se encoge de hombros.

—No de forma directa, no.

—¿Pero?

—El chaval del flequillo ha intentado venderme su aplicación de citas para adultos amantes de los pañales.

—¿Grant? Siempre he sospechado que era un pervertido, pero… —Aquí el pervertido es otro —me interrumpe una voz. Cuando Conor

y yo nos giramos, Alfie está de pie a nuestro lado. ¿No estábamos solos hace dos chupitos?

—¿Perdón? —digo, pero él no me está mirando a mí y tiene la cara roja, como si hubiera bebido demasiado.

—El verdadero pervertido eres tú, ¿a que sí, colega?

Página 136

—Bueno, sí. —Conor asiente, imperturbable—. Aunque no estoy seguro de cómo te has dado cuenta.

—Me ha bastado con mirarte. ¿Cuántos años tienes?

—Treinta y cinco.

La sonrisa de Alfie es mezquina. Nunca había visto esa expresión en su cara. Quiero pensar que, de ser así, no habríamos durado tanto juntos.

—¿Sabes cuántos tiene Maya? Veinte. Podría ser tu hija.

—Estás sobrestimando mis capacidades para ligar a los catorce años,

colega. —Conor da otro trago de cerveza y la deja a un lado—. Pero es normal que te preocupes.

Alfie se envalentona.

—Me alegra que seas consciente del problema.

—Por supuesto que sí. Te preocupas por Maya, que es muy joven, más joven que tú y que yo, y no querrías que me aprovechara de su…

ingenuidad, digamos, ¿no? —Debe de notar que frunzo el ceño, porque sube la mano por mi espalda y me da unos golpecitos con los dedos. Paciencia—. La respetas, quieres lo mejor para ella y no soportas verla sufrir. Sospechas que me aprovecharé de su confianza y puede que incluso le rompa el corazón. Y eso sería muy cruel por mi parte, ¿verdad?

Las mejillas de Alfie se enrojecen aún más, no sé si por el alcohol, el calor que hace aquí dentro o la vergüenza. Lo único que sé es que Conor me rodea el hombro con el brazo y me acerca más a él. Después dobla la muñeca para acariciarme la mandíbula con los nudillos.

Me gusta esta sensación. Mucho.

—¿Quieres un consejo, chaval? —le pregunta Conor.

Alfie asiente con rigidez.

—Quítate de mi vista. Ya. Y no quiero que te dirijas a Maya a menos que ella te haga una pregunta directa, ¿estamos?

Cuando Alfie me mira con los ojos muy abiertos, sorprendido por la amenaza, sonrío y añado:

—Deberías hacerle caso. Es mucho mayor que nosotros y no estoy segura de si es capaz de controlar sus impulsos.

Se va de morros. En cuanto lo perdemos de vista, me inclino hacia

Conor, saboreo el gustillo y el calor del tequila, y digo:

—Ha sido divertido.

Página 137

—¿Eso crees?

—Mmm. Quizá no para Alfie. —Le sonrío. Al cabo de un instante, Conor me corresponde del mismo modo—. ¿Qué te parece si nos vamos?

—Sí. Creo que por hoy ya he socializado con suficientes estudiantes universitarios.

—¡Eh! Que yo también lo soy.

Suspira.

—No hace falta que me lo recuerdes.

Salgo del pub con su mano apoyada en la parte baja de la espalda.

Página 138

Ca ít o 16

EN LA ACTUALIDAD

TAORMINA, ITALIA

Me tumbo junto a Nyota en su cama y exhalo lentamente cuando pregunta:

—¿Qué quieres decir con que los dejaste solos y te fuiste por tu

cuenta?

Habla en susurros y, dado que su habitación está justo enfrente de la de Avery, debería estar agradecida por que tenga el detalle. Sin embargo, por desgracia, los susurros de Nyota parecen tener la potencia acústica de un cachalote.

—No lo sé, Ny. Yo no… Conor y Avery… Ella me ha dicho que aún se gustan. Aunque creo que anoche él durmió en la habitación de Tamryn. No entiendo qué está pasando, pero no pienso competir con otras mujeres por un tío que claramente…

—Escúchame, Maya, él no quiere a Tamryn ni a Avery. Te quiere a ti. La expresión de Nyota es inflexible, lo cual no es inusual. Es el

contraste entre lo que acaba de decir y el grado de seguridad en sí misma lo que me hace preguntarle:

—¿El estafilococo te ha llegado al cerebro?

—Lo digo en serio.

Presiono el dorso de la mano contra su suave frente, buscando signos de meningitis.

Página 139

—¡Quita! No estoy enferma. Bueno, sí, pero estuve sentada a su lado durante la cena y te garantizo que ese hombre tiene cero interés en Tamryn o Avery. Estaba todo el rato mirándote a ti.

—Sí, no te jode.

—En serio. No lo hacía de una manera obvia, es demasiado inteligente para eso. Pero está pendiente de ti y de dónde estás a todas horas.

Frunzo el ceño.

—Eso es solo porque le gusta controlarlo todo. Y es muy protector, pero porque me infantiliza y…

—Créeme —dice con un tono sombrío—, no hay nada de infantilización en la forma en que te mira.

—Ya, claro. En fin, ¿qué tal te ha ido el día? ¿Quieres…?

—Lo que pasa es que es bueno a la hora de ocultártelo, eso sí. Pero mientras estabas jugando con el niño…

—Kaede es una niña.

Agita la palma de la mano, quitándole importancia.

—Me niego a reconocer la existencia de los críos a menos que sea absolutamente necesario. Solo emiten ruidos horribles y olores espantosos, pero la sociedad se lo permite solo porque son monos. Estamos totalmente a su merced. En fin, que Hark se pasó todo el rato mirándoos a ti y a la niña. Y lo vi fulminar con la mirada a Paul.

—Fulmina con la mirada a todo el mundo, Nyota.

—Vale, sí, en eso tienes razón.

—Conor se preocupa por mí, pero no de esa manera.

—¿Cómo de segura estás de eso? ¿Pondrías la mano en el fuego a riesgo de quedarte sin huellas dactilares? Porque esa no es la sensación que yo tengo, y hasta ahora he sido capaz de predecir con un cien por cien de precisión no solo qué socios de mi bufete le ponen los cuernos a su pareja, sino también con qué clientes…

—Te he traído algo —la interrumpo. Ruedo sobre la cama para coger la bolsita de papel que he dejado al lado.

Tras escabullirme del teatro, he pasado un par de horas deambulando por Corso Umberto mientras iba dando sorbos a una bebida deliciosa a base de agua y sirope de menta. He visitado un palacio medieval, he

Página 140

echado un vistazo a varias boutique y tiendas de recuerdos, y he decidido comprarle a Nyota un regalo que sabía que le encantaría.

—Guau. Buen intento de distracción. Lástima que sea una abogada experta en litigios. ¿De verdad esperas que caiga en…? Hostia. —Se santigua—. ¿Qué coño es ese monstruo y por qué está violando la sacralidad de mi dormitorio?

—Un imán —digo con inocencia, obligándola a aceptarlo—. De la bandera de Sicilia. De nada.

—¿Es la señora esa con el pelo hecho de serpientes? ¿La que convierte a la gente en piedra?

—Sip, Medusa.

—¿Por qué me mira así? Y, sobre todo, ¿por qué tiene tres patas y dos alas saliéndole del cuello?

—La verdadera pregunta es: ¿por qué no?

—Aterrador. —Sostiene el imán en la palma de la mano—. Necesito un cura. Y un rabino. Y un médico. ¿Esta cosa se me va a aparecer en pesadillas para perseguirme?

—Sin duda, tiene suficientes miembros para correr rápido.

—Espera. Si me la llevo al trabajo y la dejo en la mesa, ¿mantendrá alejado a mi jefe?

—Desde luego.

—En ese caso, gracias por regalarme este objeto tan indispensable. —De nada. Había muchos otros imanes, pero este gritaba tu nombre. —¿Con la misma voz que la niña de El exorcista? —¿Cómo lo has…?

Página 141

Un golpe me interrumpe y, un segundo después, Rue y Tisha entran. Son casi las nueve de la noche y las dos ya llevan puesto el pijama. O es que aún no se lo han quitado, una de dos. Aparte de Conor, Avery y yo, creo que nadie ha salido de la villa.

—Hemos oído que estabais cuchicheando —dice Tisha mientras se sienta con las piernas cruzadas a los pies de la cama de su hermana— y hemos decidido que queríamos enterarnos del cotilleo.

Nyota la mira con escepticismo.

—Ya, seguro que Rue ha tenido mucho que ver en esta decisión. Es toda una amante de las pijamadas.

—No me importa —alega Rue, y toma asiento a mi lado, mucho más serena que su amiga.

—En fin. ¿De qué estabais hablando? ¿De la maldición?

—¿Cómo? ¿Qué maldición? —pregunto.

—Bueno, Rue y yo estábamos bromeando con que solo una boda maldita puede empezar con un vomitorio.

—La boda no está maldita. —Tranquilizo a Rue, a quien parece que le hace gracia que yo me preocupe por si ella está preocupada—. No hablábamos de ninguna maldición, básicamente porque no existe tal cosa.

—¿Sobre qué hablabais, entonces? —pregunta Tisha.

Le lanzo una mirada de pánico a Nyota, que enseguida les tiende el imán.

—Sobre esta cosa.

—Uy, madre mía. —Tisha se lleva una mano al pecho—. ¿Moriré en siete días por haberla mirado a los ojos?

—Es probable. Y también estaba poniendo al día a Maya sobre mi vida sexual durante estas vacaciones, ya que he tenido que rebajarme a descargar una extraña aplicación italiana para tener citas.

—Vaya, normalmente cazas entre los invitados de la boda —señala su hermana.

—Ya, gracias, pero no. Axel es más corto que las mangas de un chaleco. Paul comparte genes con Axel, y me niego a copular con él bajo ningún concepto. Hark no es mi tipo… —Hark es cien por cien tu tipo.

Página 142

—… así que, a menos que quieras que seduzca a tu novio el empollón, voy a tener que ser proactiva y buscar alternativas.

—¿Qué tal tu día? —me pregunta Rue, dejando que Nyota y Tisha sigan discutiendo entre ellas.

—Divertido. —Sonrío—. Te he comprado algo en el mercadillo. Cógelo, está en la bolsa. —Es un paquete con una mezcla de semillas de flores silvestres sicilianas—. Lo he buscado y puedes llevarlas a Estados Unidos, solo tienes que declararlas.

Ella esboza una gran sonrisa, algo tan raro que no puedo evitar que se me ablande el corazón.

—Deberíamos plantarlas en el patio trasero de casa. Junto a los nopales.

«Deberíamos». Rue siempre habla de la casa de ella y Eli como si también fuera mía.

—Sí, podemos hacer eso. Y con «podemos» me refiero a que tú harás todo el trabajo y yo me mantendré alejada para evitar marchitarlas con mi aura. ¿Crees que, si alguna vez me marcho de Austin, el jardín por fin se sentirá seguro?

—¿Cómo que «si»?

—Cuando. —Me corrijo—. Quería decir «cuando».

Rue ladea la cabeza con el ceño fruncido. Siento un gran alivio cuando

Nyota grita:

—¡¿Que es su qué?!

Rue y yo nos giramos.

—Madrastra —dice Tisha—. ¿De verdad no lo sabías?

—¿Lo dices en serio? ¿Estuvo casada con su padre? ¿Es la viuda de su padre? —Lo que sea que Tisha acaba de decirle a Nyota parece haberla resucitado y le ha transmitido la energía necesaria para levantar la cabeza de la almohada—. ¿Tú lo sabías, Maya?

—¿El qué?

—Que Tamryn es la madrastra de Hark.

—Yo… —Niego con la cabeza, desorientada, recordando que Conor se metió en su habitación anoche.

El gemido que suelta Nyota es más bien de horror.

—Dios santo. No puedo. Es… Debe de tener la edad de Hark.

Página 143

—Es unos meses más joven —digo como acto reflejo, aún aturdida por la noticia. Y es que Conor me ha hablado de Tamryn innumerables veces. Solo que nunca había mencionado su nombre.

—Tío, esto es lo que más odio de los señores blancos y ricos. —Nyota

se inclina hacia delante—. Son la viva representación del estereotipo que se les asigna y la cosa más aburrida del mundo. Tienen una crisis de mediana edad y ¿qué hacen? ¿Invertir en proyectos sobre sostenibilidad? ¿Defender públicamente los derechos reproductivos de las mujeres? ¡No! Se casan con una chica que apenas sabía andar cuando ellos ya habían

malversado su primer millón. —Afila la mirada—. No fue por amor, ¿a que no?

—Lo dudo mucho —dice Tisha. —Entonces, por favor, dime que fue ella. —¿Que fue ella qué?

—La que lo mató. Dime que la madrastra fue quien puso una mezcla de arsénico y canela en el desayuno de ese viejo verde.

Tisha resopla.

—A juzgar por lo que sé sobre ese hombre, se lo habría merecido. —Entonces, espero que haya sido una muerte lenta, dolorosa e

indigna. Y espero que el nombre de ella estuviera por todo el testamento. Ser una mujer florero siempre debería ser un trabajo remunerado, pero ser la mujer florero de un imbécil… Ojalá acabe siendo asquerosamente rica.

Me rasco la cabeza.

—No era una mujer florero. O, bueno, no del todo. En realidad, era ejecutiva.

Todas se giran hacia mí. Nyota parpadea, acusadora.

—Has dicho que no sabías que ella era…

—Sé un par de cosas sobre la madrastra de Conor. Lo que pasa es que nunca la había relacionado con Tamryn. Por lo que tengo entendido, ella también trabajaba para el negocio de Finneas Harkness. Además, fue una pieza clave en el desarrollo de algunas de las áreas de la empresa. Aunque

no recuerdo cuáles. —Trago saliva—. Ella y Conor tienen una relación muy estrecha.

A Nyota casi se le salen los ojos de las órbitas.

Página 144

—¿Tienen una aventura? Porque eso sí que sería un amor de verano complicado.

Seguro que él diría que al menos tiene una edad más apropiada que la mía, pienso, aunque no lo digo.

—Tamryn necesitaba salir de Irlanda —nos explica Rue en voz baja. Como siempre que habla, todo el mundo la escucha—. También se lleva bien con Eli y Minami, no solo con Hark. Y… es la dueña de este sitio. Es gracias a ella y a Hark que celebramos la boda aquí.

—¿Eso es un sí a la pregunta sobre si tienen una aventura? —pregunta Nyota.

Rue sonríe.

—No, no la tienen. Son más bien como hermanos.

Nyota no dice nada, pero en cuanto Rue y Tisha se distraen, me susurra:

—Te lo dije.

Página 145

Página 146

Ca ít o 17

El tercer día me despierto a las seis en punto; demasiado temprano, sobre todo teniendo en cuenta que estuve con Rue, Tisha y Nyota hasta casi medianoche, hablando de… Bueno, Nyota nos dio una clase magistral sobre los fondos de inversión cotizados. También estuvo a punto de arrancarse los pelos cuando admitimos que ninguna de nosotras tenemos un plan de inversión.

Debería intentar dormir más, acostumbrarme al nuevo huso horario, pero quedarme un buen rato mirando el techo y pensando en cosas suena poco apetecible. Me pongo el bikini y me dirijo a la piscina. Bajo descalza las escaleras de mármol y atravieso el limonar, disfrutando de la suave caricia de la luz en la cara. La villa y sus terrenos están tranquilos, sin un alma a la vista, salvo yo, los pájaros y la silente silueta del Etna. Antes de sumergirme, me doy cuenta de que me he olvidado la toalla, pero me da pereza volver a subir. Hago unos cuantos largos con calma para entrar en calor y luego unos cuantos más. Disfruto de la sensación del agua oponiendo resistencia a mi cuerpo, pero sin llevarlo al límite. Me concentro en contar las brazadas y así no llego a estar sola con mis pensamientos en ningún momento.

Me detengo cuando los músculos empiezan a quejarse. Luego me quedo flotando, serena, escuchando los sonidos de la casa a medida que la gente empieza a despertarse. Las contraventanas, que crujen al abrirse. El tintineo del metal y la porcelana en la cocina. Un puñado de gente riendo

Página 147

abajo, más allá del acantilado. El suave eco de las campanas de la iglesia a lo lejos. El ritmo de las olas. Al cabo de diez minutos, cuando mis dedos ya parecen pasas y me está empezando a entrar el frío, me obligo a salir del agua.

En el borde de la piscina hay una toalla limpia y bien doblada.

La sala de desayunos está a pleno rendimiento, y la mesa, tan llena de delicias como ayer por la mañana, salvo que esta vez somos una docena de comensales.

—Me alegra ver que os estáis recuperando —digo, sirviéndome un vaso de zumo de naranja recién exprimido.

—No sé. —Tamryn se encoge de hombros—. Echo de menos la conexión que tenía ayer con las cañerías. Me hacía sentir como que pertenecía a este sitio.

—A mí me ayudó a reconectar con mi espiritualidad —afirma Nyota. Le doy un trozo de pan a Tiny sin que nadie me vea y espero a que

llegue mi desayuno. Mientras, escucho las distintas conversaciones que van fluyendo a mi alrededor. Es la primera vez que veo a toda la comitiva nupcial reunida a la luz del día y parece que estas doce personas tan dispares que han reunido Rue y Eli se llevan bien.

Más que eso: se caen bien. Paul le está enseñando a Avery fotos de su jardín; Diego, Minami y Sul hablan sobre un videojuego que les gusta a los tres y que, al parecer, incluye a elfos follando. Rue se ríe con Tisha y no tiene cara de querer estar en otro sitio.

—¿En qué estás pensando? —me pregunta Nyota mientras unta un cruasán recién hecho con mantequilla.

—En nada. Solo estaba haciendo un balance de mi vida.

—¿Y eso?

—Estaba pensando en que, si me casara mañana, no tendría tantos amigos a los que invitar a la boda.

Tamryn se ríe.

—Apuesto a que tienes cientos de amigos.

Página 148

Según ciertos parámetros, puede que sí. No soy tímida ni introvertida. Lo que pasa es que perdí a la mayor parte de mis amistades de la universidad cuando me negué a hacer la vista gorda con lo de Alfie y Georgia, y, aunque nunca dejaré de echar de menos a Rose, ya he aceptado que distanciarnos era inevitable. Cuando volví a Austin me reencontré con algunas amigas del instituto. Las quiero mucho, pero en los años que he estado viviendo fuera, cada una ha tomado una dirección y nuestra vida ahora es muy diferente. La única persona con la que siempre puedo contar es Jade. Nos unió el patinaje artístico y, aunque perdimos el contacto cuando me mudé a Edimburgo, ella nunca me lo ha echado en cara. A veces nos peleamos, pero siempre hacemos las paces. Ella es lo que Minami y Conor son para Eli: una aliada incondicional. La persona a quien llevaría al aeropuerto siempre que hiciera falta, fuera la hora que fuera. Por quien lo dejaría todo si me dijera que me necesita, ya sea para ayudarla a enterrar un cuerpo o para hacer de testigo en su boda improvisada con… un pobre diablo, probablemente.

Es rara, sí, pero es mi amiga y la protegeré con uñas y dientes.

—¿No estás siempre rodeada de empollones buenorros que entienden

de física? —insiste Nyota—. Me gusta imaginaros pasando un buen rato.

Haciendo manitas. Jugando a Dragones y Mazmorras hasta el amanecer.

Tamryn parece interesada.

—¿Cómo son los físicos? ¿Son de esa gente que lleva varias capas de camisetas?

—A veces. Y son… —Echo un vistazo a la habitación, buscando el adjetivo adecuado. Conor está cerca de la entrada, hablando con Eli en voz baja. Mi hermano tiene la mano sobre su hombro. Los dos sonríen.

Nyota levanta una ceja.

—¿Agradables? ¿Apestosos? ¿Dioses del sexo?

—Muy competitivos. Decididos. Saben exactamente lo que quieren.

—Pues como tú, señorita premio Joven Investigadora.

Mi risa sale un poco forzada.

—¿Tú nunca tienes dudas sobre la carrera profesional que has elegido, Ny?

—No. Se me da demasiado bien ser una abogada exitosa. —Me apunta con su cuchillo—. Escucha, elige el MIT. Vete a Boston. Estarías a unas

Página 149

pocas horas en tren de Nueva York y, por tanto, de mí. Saldríamos todos los fines de semana. Que me vieran con una académica afectaría considerablemente a mi reputación, pero estoy dispuesta a correr ese riesgo por ti.

—Pues yo creo que deberías aceptar el puesto de esa empresa industrial de California —dice Tamryn mientras le da un mordisco al melocotón más perfecto que he visto en mi vida—. Yo antes formaba parte del mundo académico y eso te jode el coco que no veas.

—Anda, ¿en serio eras académica? —Mis palabras denotan demasiada sorpresa—. Perdona. Me he expresado mal. No quería decir que…

—¿Estoy demasiado buena para ser una académica superdotada? —Ya que lo mencionas, sí que me parece un poco injusto que lo tengas

todo.

Se ríe y me da unas palmaditas en el brazo para tranquilizarme. —Me quedé a mitad de mi doctorado en Ciencias Políticas. —¿Por qué lo dejaste?

—Bueno, ya sabes. La misma historia de siempre. Era muy joven, llamé la atención de un ricachón, me invitó a un par de cenas que costaron más que mi sueldo anual como investigadora, acepté una proposición de matrimonio precipitada a pesar de mis innumerables dudas y me pasé los siguientes diez años dedicándome al sector corporativo. —Se encoge de hombros y yo soy incapaz de apartar la mirada. Esta mujer tiene algo que la hace ser encantadora y vulnerable. Es única—. Cuando tenía tu edad, tomé un montón de malas decisiones, sobre todo por miedo y presión.

Me inclino hacia delante con los codos sobre la mesa. Estudio el rastro de pecas en sus mejillas.

—¿En ese momento eras consciente? ¿Había algo en ti que te decía que te estabas equivocando?

—Es curioso que me lo preguntes, porque… sí, un poco. Tenía la persistente sensación de que… Sentía que no era natural, no sé si me explico. Es muy fácil meter la pata si no te escuchas a ti misma. Pero no te preocupes. Lo estás haciendo muy bien. —De repente, relaja la expresión y se inclina para estar más cerca de mí—. Lo siento. Nos acabamos de conocer y no debería tomarme tantas confianzas. Es que Conor me ha hablado mucho de ti.

Página 150

Suelto una carcajada burlona.

—Me sorprende que hable de mí.

—¿En serio? —Nuestros ojos se encuentran, cómplices. Ahí hay un secreto compartido—. No debería sorprenderte, Maya. Hace años que sé de ti. Conor y yo estamos muy unidos. Conmigo habla de todo lo que es importante para él —dice en voz baja para que solo yo la oiga.

Trago saliva con el corazón en la garganta.

—A veces me pregunto si entro en esa categoría.

De repente, parece triste.

—Él solo…

Se echa hacia atrás cuando aparece ante mí el desayuno de hoy, cortesía de Lucrezia. Es el mismo brioche de ayer, pero cortado horizontalmente y relleno de dos grandes bolas de helado y nata montada.

—Madre mía. —Parpadeo ante el plato—. Esto es pura belleza y elegancia. Lo que diferencia a la humanidad de las bestias. Un desayuno siciliano.

—Colazione —dice Lucrezia, apretándome el hombro con cariño, pero también con fuerza suficiente para dislocarme la columna si así lo deseara. Después se marcha.

Nyota suspira.

—Joder, nuestro país va muy atrasado.

—¿Tú crees? —Diego, al que nunca he visto comer otra cosa que no sea col, nos mira escéptico—. ¿Desayunar helado te parece determinante a la hora de establecer el grado el desarrollo de una sociedad?

—Cállate. —Nyota coge un poco de stracciatella de mi plato con el dedo y se lo lleva a la boca. Al saborearlo pone una cara que le haría ganar mucha pasta en OnlyFans. Es entonces cuando Axel entra en la habitación, mirando a su alrededor como si sospechara que un francotirador lo tiene en el objetivo.

—No hace falta que te pongas el chaleco antibalas, Axel —le dice Eli—. Nadie quiere venganza. Has sido formalmente perdonado. Todos estamos de acuerdo en que la cena fue un gran comienzo de semana.

—¿En serio? —pregunta él.

—Sí. —Mi hermano asiente—. Una velada de muerte.

Axel hace una mueca de dolor.

Página 151

—Una cena de las que no se olvidan —añade Eli.

El otro gime, pone cara de cachorrito y se hunde en la silla a mi lado.

Pobrecito, me da hasta pena.

—¿Crees que tu hermano va a matarme mientras duermo? —me pregunta.

—No, pero sí que te va a reprochar lo sucedido por los siglos de los siglos, amén. —Le doy unos golpecitos en la espalda—. Para cuando se canse, probablemente el estafilococo ya será una bacteria extinguida.

Por decisión unánime, el plan del día es ir a la playa.

A mí me gusta la idea incluso si es una de esas cutres, masificadas y con el agua turbia, como a las que solían llevarme mis padres cuando era pequeña. Sin embargo, la franja de costa para uso privado que hay justo debajo de la villa me deja sin aliento.

Desciendo por la escalera de piedra y me doy cuenta de que la arena empieza siendo fina y suave para luego convertirse en piedrecitas blancas a medida que nos acercamos al agua cristalina. Lucrezia nos enseña lo que hay: la cabaña de playa, las tumbonas y las sombrillas. Después emprende el camino de vuelta a la villa y es entonces cuando me ve quitándome la ropa.

Le sonrío, pero ella no me devuelve la sonrisa. Entrecierra los ojos aún más al ver que me ato el pelo en una coleta. Cuando me despido de ella con la mano y me dirijo al agua, se apresura hacia mí, haciéndome una señal con las manos que no acabo de entender.

Detecto un «no» en algún lugar de las frases. Me señala el cuerpo. —¿Es por el bikini? ¿No te gusta?

Lucrezia me entiende aún menos que yo a ella. Al echar un vistazo al resto del grupo, veo que nadie más se ha quitado aún la ropa. Quizá Italia sea conservadora en lo que a trajes de baño se refiere. Quiero decir, tendría sentido. El papa está aquí al lado. Los católicos son un poco peculiares con todo lo relativo al sexo, ¿no?

—¿Debería taparme? ¿Me cambio?

Página 152

Me señala el vientre desnudo y me envuelvo con una toalla, por si acaso. Luego miro a mi alrededor, buscando a alguien que hable italiano.

—¿Qué pasa? —pregunta Conor cuando consigo captar su atención. Va en pantalón corto y con una camiseta blanca. Viene hacia mí a paso ligero, separándose del resto, que está ocupado trazando líneas en la parte más arenosa de la orilla.

—Em… Pues que Lucrezia me está señalando de forma muy insistente y… ¿Es por el bikini que llevo? ¿Enseña demasiado?

Me abro la toalla. Conor echa un vistazo a la prenda y se queda congelado. Parece un animal salvaje cegado por la luz de un faro.

Es como si este hombre no hubiera caído en que habría un cuerpo dentro del bikini. Mi cuerpo. Su mirada es pesada, descarada e inquietantemente inmóvil. Dura unos segundos. Entonces una gaviota emite un graznido sobre nosotros y él aparta los ojos.

La sangre me sube a las mejillas.

—También he traído un bañador. Puedo ir a buscarlo si…

—No creo que… Déjame que lo averigüe —dice con la voz ronca antes de preguntarle a Lucrezia cuál es el problema. La escucha mientras ella se lo explica y después se gira hacia mí con una sonrisilla—. Está muy preocupada por ti.

—¿Es porque me considera una… meretriz?

—¿Acabas de usar la palabra «meretriz»?

—Iba a decir «mujerzuela», pero no sonaba lo bastante eclesiástico. —Esto no tiene nada que ver con la religión. Ni con tu bikini. —¿Qué pasa, entonces?

—Si te metes a nadar en el mar menos de dos horas después de haber

comido, te vas a morir. —Lucrezia añade algo más, y él traduce—: El estómago está haciendo la digestión y toda la sangre se concentra ahí. Ahora no hay suficiente para las extremidades, así que, si te metes en el agua, te hundirás como una piedra.

Me rasco la sien.

—Dile que eso no tiene mucho sentido.

Conor resopla.

—No pienso hacer tal cosa.

—Es un mito que ya ha sido desmentido.

Página 153

—Como ves, la ciencia no ha llegado a Italia. Y no voy a contradecir a Lucrezia, Maya. Sobre nada. Nunca.

Doy un paso hacia él y lo miro desafiante.

—Ay, pobrecito… ¿Tienes miedo de esta adorable señora de mediana edad?

—Sí, y no soy tan orgulloso como para negarlo.

—Dile que le doy las gracias por preocuparse, pero que estaré bien.

Soy buena nadadora.

Hay otro breve intercambio en italiano que culmina en:

—Me ha pedido que te recuerde que esta zona tiene muchas corrientes. Y quiere que te vigile y te rescate cuando, inevitablemente, empieces a ahogarte.

La miro a los ojos.

—Por desgracia, Lucrezia, es mucho más probable que Conor me hunda la cabeza bajo el agua que… ¡Ay! —Me pellizca el brazo con tanta fuerza que seguro que me sale un moretón—. Esto no desmiente mi

argumento —mascullo entre dientes.

—Pero confirma el mío.

—¿Que es…?

—Que te calles. Y que hagas lo que dice Lucrezia.

—Pero quiero…

Me pasa un brazo por el hombro y me atrae hacia sí. Le dice algo a la mujer que suena a promesa y luego me da la vuelta para ir hacia el campo improvisado donde los demás están jugando con una pelota. Los pies se hunden en la arena, noto el calor de Conor en mi costado desnudo y su aroma a pino y crema solar. Su antebrazo me cuelga por delante de la clavícula hasta llegar justo por encima del pecho.

—Vamos, Peligro.

—¿Qué está pasando?

—Te estoy secuestrando. Lo que sea con tal de que Lucrezia esté tranquila.

Página 154

Ca ít o 18

Le ruego a mi corazón que vaya más despacio.

—¿A dónde vamos?

—A practicar el mejor deporte del mundo.

—No creo que podamos hacer patinaje artístico sobre la arena.

—Hablo del fútbol, Maya.

—¿Vuestro fútbol o el nuestro?

—Vosotros no tenéis fútbol, solo equipos de musculitos con patas que se dedican a provocarse mutuamente traumatismos craneoencefálicos.

—El vuestro, entonces. Bueno, gracias por la oferta, pero no me entusiasman los deportes de equipo y…

—Eh, chicos. Maya va a jugar con nosotros —anuncia.

Eli entorna los ojos y me observa desde una distancia prudencial, escéptico.

—¿Estás seguro de que es buena idea?

—¿Por qué no? —Conor se aparta de mí y se encoje de hombros—.

Diego, ¿te parece bien si va contigo, Eli y Axel? Yo iré con Sul y Paul.

Diego me levanta el pulgar y me dedica una amplia sonrisa.

—Espero que estés preparada para darlo todo.

Ni siquiera estoy dispuesta a dar un tercio de mi capacidad… Al menos, esa es la intención. Por desgracia, cualquier acto que implique un mínimo de competitividad me absorbe con más fuerza que un agujero negro. Quince minutos más tarde, estoy plenamente involucrada en el

Página 155

resultado de este partido de fútbol amistoso e intrascendente. Demasiado involucrada.

No me gusta la persona en la que me convierto cuando me enfrento a la posibilidad de perder. Resiste, me ruego a mí misma. Tú puedes con esto.

Pero ¿y si no es así? ¿Y si, además, la culpa de que vayamos perdiendo es de Axel y su mediocridad?

—¡Eh, estafilobro! —gruño después de que se le escape el balón. —¿Qué?

—No te lo tomes como una amenaza, pero si no empiezas a usar esas piernas para correr más rápido, puede que alguien venga y te las arranque de cuajo.

Su expresión es la de un cobarde, nada acorde con la NHL.

—¿C-cómo?

—Y que luego las use para alimentar a las medusas que hay pululando por la costa. Esas de allí. Yo te aviso, por si acaso.

—Ya está bien. —Interviene Eli frente a mí y con los brazos en jarra. Eso me provoca flashbacks de cuanto tenía catorce años y estuvo a punto de prohibirme beber Dr. Pepper—. Maya, fuera.

—¿Qué? ¿Por qué?

—Ya sabes por qué. Ha vuelto y no negociamos con él.

Ahogo un grito.

—No es cierto, no ha vuelto.

Paul se acerca y se nos queda mirando a los dos.

—¿De quién estáis hablando?

—Del Mayagedón —susurra Sul.

—No. —Protesto—. Venga ya, no. Está encerrado bajo llave. Solo quería señalar que Axel es la persona más incompetente sobre la faz de la Tierra y la única razón por la que puede que perdamos. Pero solo era un comentario en plan amistoso e inofensivo.

Eli niega con la cabeza.

—Le has tirado arena a Paul, le has hecho la zancadilla al pobre Sul dos veces a pesar de saber que tiene la espalda jodida y casi dejas a Hark estéril de un rodillazo.

—Le estaba haciendo un caño.

Página 156

—Maya, un caño consiste en regatear el balón a través de las piernas de otra persona.

—¡Exacto!

—El balón ni siquiera estaba en tu mitad del campo.

—¿Qué? ¡Venga ya! No puedes echarme, aún tenemos posibilidades de ganar el partido.

—Eso es exactamente lo que diría el Mayagedón.

Abro la boca para protestar, pero entonces me doy cuenta.

—Dios mío. —Me escondo la cara entre las manos—. Está aquí.

Quiere salir.

Paul se aclara la garganta.

—Este comportamiento, em…, ¿es habitual?

—No. —Sueno desesperada—. No hay ningún comportamiento fuera de lo habitual. ¡Todo va bien!

Eli suspira.

—El Mayagedón asoma la cabeza cada vez que hay una competición. Hace dos semanas jugué con Maya al Trivial Pursuit y gané yo; a la mañana siguiente me encontré los quesitos de colores triturados en la batidora y las tarjetas de preguntas en la papelera de reciclaje.

—Era una edición anterior al año 2000. Yo ni siquiera había nacido. Tener ese juego en casa era discriminatorio y…

—Fuera —repite Eli amenazante—. Estás expulsada. Suspendida. Si te veo a menos de seis metros del campo, te ato al muelle. Vete a jugar con Tiny o algo.

Suelto un gemido propio del Mayagedón y me alejo furiosa, dando pisotones. Cuando paso por al lado de Conor, me tiende su botella.

—Toma un poco de agua. Te calmará.

—No. Siempre es el agua esto, el agua lo otro, pero cuando intento beberme la sangre de mis enemigos…

—No puedo creer que se me hubiese olvidado —dice en voz baja. Puede que hasta con un tono cariñoso. Unos metros más allá, los demás están enderezando las porterías hechas con palas.

—¿El qué?

—El monstruo que llevas dentro.

Página 157

Lo miro, desplazando los ojos desde sus gafas de sol hasta su pecho desnudo. No es la primera vez que lo veo sin camiseta. El verano pasado vino a casa para ayudar a Eli a poner un par de jardineras verticales para Rue, e incluso antes… seguro que hubo otras veces. No es para tanto. Sé cuál es su rutina de ejercicios, así que su cuerpo no es ninguna sorpresa para mí.

Aun así, desvío la mirada.

—Qué mona —espeta.

—¿Qué mona por qué?

—Porque eres muy competitiva.

Agarro la botella de agua y bebo con rabia por el mismo sitio por el que él acaba de beber.

—No soy competitiva. Solo quiero ganar.

—Claro, nada que ver una cosa con la otra. —Se burla—. Oye, Maya.

—Dime.

—¿Por qué te fuiste ayer? Cuando estábamos en el teatro. Agacho la cabeza. Encojo los dedos de los pies sobre la arena. —¿Avery no te lo dijo? Quería explorar por mi cuenta y…

—Sé perfectamente la excusa que le diste, pero me gustaría saber la verdad.

Se me calientan las mejillas, y no por culpa del sol. No obstante, me sobrepongo y lo miro a los ojos.

—Pues es una lástima —respondo con firmeza—. Porque a mí no me apetece contártela.

Asiente una única vez.

—Muy bien. Aun así, no lo vuelvas a hacer.

Me río. También una única vez.

—Lo haré si me apetece, Conor.

—Dijiste que éramos amigos, Maya. —Aprieta los labios—. Los amigos no hacen eso.

—Los amigos no hacen… ¿qué?

—Desaparecer del mapa.

Se me escapa una risa de incredulidad.

—¿Va en serio? ¿De verdad me acabas de decir eso precisamente tú? Tensa la mandíbula.

Página 158

—No es lo mismo.

—Ah, ¿no? Por favor, ilumíname sobre cómo…

—Maya. —Paul viene corriendo hacia nosotros—. Siento mucho que Eli te haya echado. ¿Quieres que hable con él para ver si cambia de opinión?

Mantengo los ojos fijos en el rostro de Conor, desafiante, enfadada. No aparto la mirada de él hasta que Paul vuelve a decir mi nombre, vacilante, ajeno a la electricidad que crepita entre Conor y yo.

—Maya.

Puto Paul.

—No pasa nada —le digo forzando una sonrisa—. Le habría ganado si no me hubiera echado. Es un truco que suele usar: el sabotaje. Su intención es hacerme perder el partido para que…

Conor sigue sin apartar la mirada de mi cara.

—Eli y tú estabais en el mismo equipo —señala.

Ah. Cierto.

—No soporta no ser el mejor jugador del campo. Los celos son…

¿Qué co…? —Tartamudeo hasta quedarme callada. De repente, Conor me está acariciando la mandíbula con el pulgar. Noto la yema fría contra mi piel, cada vez más caliente.

—Un pegote de protector solar.

—Ah. —Asiento—. Adelante —digo como si fuera tonta. Ni que necesitara que le diera permiso después de hacerlo.

—¿No deberíamos volver al partido, Hark? —le pregunta Paul. Sigo sin entender qué pinta este aquí.

—Claro. —Conor vuelve a meter la botella en la neverita. Luego me dice—: Te echaremos de menos.

Resoplo.

—Los detractores de los caños claramente no me echarán de menos.

—Cierto. —Sonríe, divertido—. Pero otros sí, estoy seguro.

Vuelven trotando. Me quedo mirando la espalda de Conor, todos los músculos, tendones y huesos que se intuyen bajo su piel bronceada, e intento no decepcionarme demasiado cuando veo que es Paul quien se da la vuelta para sonreírme.

Página 159

Si quisiera, podría caminar diez minutos hacia el noreste y llegar a Isola Bella. Si echara a correr, probablemente tardaría la mitad. La marea está baja y se ve la franja de arena que une la isla con la costa. Casi no hay nadie por esa zona. Aquí, en Taormina, las clases no terminan hasta mediados de junio, así que las playas todavía están poco concurridas, sobre todo por las mañanas. Si voy ahora, ni siquiera tendría que lidiar con otros turistas. Estoy tentada, muy tentada, pero me interceptan Kaede y Tiny, que quieren jugar, y, cuando me hacen señas para que vaya donde la sección femenina de la comitiva nupcial está descansando, no puedo decirles que no a ninguno de los dos.

Por imposible que parezca, Kaede está aún más adorable que de costumbre con sus sandalias de plástico transparente y sus manguitos con dibujos de la película Tiburón, algo sorprendente, teniendo en cuenta que se trata de un objeto para niños.

—Quizá no debería haberla dejado elegir. —Suspira Minami—. Y yo pensando que escogería los de Barbie.

—Prométeme que nunca vas a cambiar —le susurro a Kaede mientras le acomodo el traje de baño y veo cómo sale corriendo hacia el agua para quedarse inmóvil cuando una ola se le acerca.

En la orilla, preparamos un pastel de arena que sé perfectamente que después tendré que fingir que me como. Avery está nadando a unos metros de nosotras. Con el pelo mojado, veo que le llega hasta la mitad de la espalda. En teoría, el bañador que lleva es de una única pieza, pero tiene unos agujeros colocados de forma estratégica que me recuerdan a una escultura vanguardista: elegante y a la vez complicado.

—¿Pez? —me pregunta Kaede, señalándola.

Aprieto los labios para no reírme.

—Más bien una sirena, cariño.

Kaede y Tiny corren en círculos persiguiéndose mutuamente, ambos convencidos de que ellos son los que huyen del otro. Meten los pies (¿o patas?) en el agua. Con una concentración digna de un arquitecto, experimentan con el agua, dando patadas y comprobando hasta dónde pueden llegar las salpicaduras. Miro a mi alrededor en busca del móvil.

Página 160

Quiero grabar un vídeo conmemorativo del primer proyecto hidroeléctrico de la niña.

Pero algo no me termina de cuadrar.

—¡Ey! —grito hacia la cabaña. Minami, Rue y los demás están allí—. ¿Habéis visto a Avery?

Minami echa un vistazo a su izquierda, luego a la derecha.

—Quizá haya vuelto a la villa, ¿no?

—¿Tú la has visto marcharse?

—No, estaba durmiendo la siesta. ¿Por qué?

—Es que… —Me giro hacia el mar. Nada perturba el horizonte: ni una gaviota, ni un barco ni un trozo de madera flotando. Ni una persona—. Me parece raro.

—¿Habrá vuelto a la villa sin avisar? —pregunta Tisha viniendo hacia

mí.

—No lo creo. Hace unos dos minutos estaba enfrente de nosotras, metida un poco más en el agua. Si se hubiera ido, aún estaría subiendo las

escaleras. —Frunzo el ceño. Me giro hacia el campo de fútbol y decido hacer lo que siempre hago cuando algo no va bien: llamar a mi hermano—: ¡Eli!

Detiene el balón con el pie y grita:

—¡Sigues sin ser bienvenido, Mayagedón!

—No, es que… Kaede, espera, dame la mano un segundo. Gracias, princesa. ¿Habéis visto a Avery en los últimos dos minutos, más o menos?

—No. ¿Deberíamos?

—No estoy segura. Estaba flotando en el agua hace un momento, pero ahora no la veo y antes ha dicho algo sobre que no era muy buena nadadora…

Veo como Eli y Conor intercambian una breve mirada, y entonces todo sucede muy rápido: corren hacia el agua, seguidos por los demás; el corazón me da un vuelco cuando Conor grita desde el agua que le diga con precisión dónde he visto por última vez a Avery; siento rabia hacia mí misma por no haberme dado cuenta antes de que había desaparecido… En total no pasa más de un minuto antes de que la encuentren. Para cuando veo a ambos emerger entre las olas, me están a punto de fallar las rodillas.

Página 161

Eli sale primero. Luego Conor, con un cuerpo más pequeño contra su pecho.

A mi lado se oyen gritos ahogados: «Dios mío». «Mierda».

Avery está consciente mientras Conor la saca del agua. Tose, pero respira, y los pulmones están expulsando agua. Cuando la veo de pie, siento un gran alivio. Todo el mundo se agolpa a su alrededor, preguntándole si está bien, si deberían llamar a alguien, si necesita algo… Sin embargo, ella se aferra a Conor, que le está apartando el pelo mojado de la cara. Cuando él se inclina para ponerle una toalla sobre los hombros, veo que se ríe y lo abraza por la cintura.

Mi alivio se convierte en otra cosa, algo amargo que me repugna.

La voz de Nyota a mi lado me hace dar un respingo.

—¿Crees que lo ha hecho aposta? —pregunta de repente.

—¿Qué? ¡No!

—Ya. Yo tampoco, por desgracia. Al final será verdad que la boda está maldita.

Intercambiamos una larga mirada. Luego ambas nos reímos por una mezcla de nerviosismo, descarga de adrenalina e incredulidad ante lo absurdo de la situación. A unos metros, todo el mundo está hablando a la vez.

—Ny…, esto podría haber acabado muy mal.

—Lo sé. —Nyota me da palmaditas en el hombro—. La cosa es que ha acabado siendo una escena de peli romántica.

—¿Tú crees?

—Sip. Estoy bastante segura de haber leído un libro en el que ocurre exactamente lo mismo. El tío salva a la chica, que resulta ser su ex, de quien se había distanciado.

—¿Sí? —Trago saliva. No quiero… No quiero sentirme como me siento ahora. Si le hubiera ocurrido una desgracia a Avery, estaría destrozada. ¿Qué coño me pasa?—. ¿Qué ocurre después? En el libro, quiero decir.

—Creo que el hecho de haber estado a las puertas de la muerte revive la llama de la pasión y, tras una fervorosa declaración de amor, celebran que la vida es efímera con varios polvos sin orgasmo.

Página 162

—Parece un buen libro. Deberías traerlo la próxima vez que vayamos de vacaciones a la playa.

—Ah, claro, sin problema.

—Genial. Lo leeremos juntas.

—Uy, no, Maya. —Me agarra de la cintura con un brazo—. Le prenderemos fuego.

Volvemos a soltar una carcajada, esta vez un poco histérica. Hasta que…

—¿Ma-da? —Algo cálido me aprieta la mano. Es Kaede, señalando la ola que ha arrastrado su cubo.

Ahogo un grito de forma teatral.

—¿Qué le ha pasado a tu cubo? Tendremos que rescatarlo, ¿no? Ella asiente con esmero y juntas nos ponemos manos a la obra.

Lo último que veo antes de darme la vuelta es a Conor subiendo por las escaleras que van a la villa. Con Avery en brazos.

Página 163

Ca ít o 19

TRES AÑOS, DOS MESES, DOS SEMANAS Y SEIS DÍAS ANTES EDIMBURGO, ESCOCIA

Por supuesto, Conor se aloja en el Balmoral.

Podría burlarme de él por quedarse en un hotel tan pijo, pero hay dos razones por las que no lo haré.

La primera es que no quiero arriesgarme a que me mande a pastar. Resulta que las enzimas a prueba de bomba que se suponía que tenía deben de estar de vacaciones. No voy borracha, pero sí achispada, y he cometido el gravísimo error de tropezar con un adoquín mientras le explicaba a Conor que, en caso de que hubiera un apocalipsis, me tumbaría en la calle y dejaría que los zombis me atraparan. Porque sí, podría sobrevivir más tiempo, pero ¿para qué?

El caso es que, al tropezar, ha considerado que debía llevarme en brazos.

Y yo he considerado que no era necesario protestar.

La segunda razón, y la más importante, es que ahora estoy enfocada en tirarle de la lengua y que me cuente una cosa.

—¿Qué quieres decir con que tu padre la contrató?

Pone los ojos en blanco y lo veo gracias a los espejos que cubren todas las paredes del ascensor.

—Como he dicho, olvida que he mencionado… —Ni hablar.

Página 164

He empezado yo. Compartiendo con rabia todas las cosas molestas que Alfie ha hecho en los dieciocho meses de relación, desde la mañana en que me espachurró el pintalabios para dibujar un corazón en el espejo del baño hasta la vez que, por mi cumpleaños, me regaló entradas para un grupo que le gustaba a él.

(A toro pasado todo se ve con más claridad, pero ahora me pregunto:

¿ese corazón iba para mí o para Georgia?).

—Ya te lo he dicho. Nada que añadir. —Insiste.

Estamos en su planta y veo que se dispone a salir, así que me inclino y pulso el botón de cerrar puertas.

—¿Qué haces, Peligro?

—Cuéntame más sobre lo que pasó después de que se te insinuara.

—Mando el ascensor de vuelta a la primera planta. Parando en la cuarta, la tercera y la segunda—. ¿Cómo te diste cuenta de que tu padre la había enviado?

Suelta un suspiro indulgente. No solo lo oigo, sino que lo siento gracias al contacto de nuestro cuerpo. Sí, ya estamos dentro. Sí, es poco probable que vuelva a tropezarme. Sí, sigue llevándome en brazos.

—Era la mujer más atractiva que había visto nunca, hablaba tres idiomas y tenía un máster. Me daba mil vueltas.

—Ay, Conor, pero si seguro que eras el chavalito de dieciocho años más guapo del mundo. Total, que le preguntaste si alguien le había pagado y ella…

—Admitió al momento que la habían enviado para, y cito textualmente, desvirgarme, dado que ya era mayor de edad.

—¿Y qué le dijiste?

—Que hacía tiempo que no era virgen y que sus servicios no iban a ser necesarios, pero que aprovechara para sacarle todo el dinero posible a mi padre. Fuimos a mi habitación, me enseñó fotos de sus gatos y de sus últimas vacaciones en Mallorca, charlamos durante unos veinte minutos y después se fue.

—¿Te enfadaste con tu padre?

—Sí, pero no por eso. Francamente, sentí orgullo.

—¿De él?

Página 165

—De mí, por haber conseguido ocultarle mis experiencias sexuales a un hombre que a menudo contrataba investigadores privados para que vigilaran a sus hijos.

—¿En serio hacía eso? ¿No podía preguntar… sin más?

Sonríe como si yo viviera en los mundos de Yupi, en una realidad en la que los tiburones martillo y los peces payaso retozan juntos en las profundidades del océano y nunca se derrama sangre. Se inclina un poco más hacia mí para pulsar el botón de la quinta planta.

—Espera, espera, espera. —Empezamos a subir—. Tus hermanos… ¿Lo hizo solo contigo?

—Lo dudo mucho.

Qué grima.

—Dios. La gente rica está fatal de la cabeza.

—Y tenemos dinero para ir al psicólogo, lo cual significa que no hay excusa.

La suite donde se aloja es más grande que mi apartamento y no tiene nada que ver con la elegante decoración de mediados de siglo que suelo ver en los hoteles estadounidenses. Es una clase magistral de elegancia europea, aunque probablemente sea un desperdicio dármela a mí. No obstante, en cuanto Conor me deja en el suelo, empiezo a explorar.

—¿Puedo llevarme los artículos de aseo? —le pregunto mientras echo un vistazo al impecable cuarto de baño.

—¿Necesitas que te compre champú?

—Nah, solo quiero sentir la emoción de robar algo.

—Puedes llevártelos, pero lamento informarte de que esto no se considera un robo.

—Entonces, nada. Dios mío, ¿has visto esta ducha?

—Sí, claro. ¿Qué tiene de especial?

—Es gigante. ¡Está pensada para follar! —Puede que vaya más borracha de lo que pensaba.

Es evidente que Conor está aguantándose la risa.

—Todas las duchas están pensadas para follar si le pones suficiente imaginación.

—¿Sabes qué? Que tienes toda la razón. —Lo rozo al salir del baño,

un poco mareada—. ¿Puedo tumbarme en tu cama? —pregunto dejándome

Página 166

caer sobre el colchón antes de que me diga que sí.

Nadie ha dicho nada sobre que me vaya a quedar a dormir aquí. Yo no se lo he pedido, él no me lo ha ofrecido. Y, sin embargo, tengo la certeza de que no voy a volver a mi casa. Porque no quiero ver a Georgia y Alfie. Porque estoy agotada.

Y por otras razones.

Hay unos engranajes en mi cabeza que van rechinando mientras giran y espero que Conor no los esté oyendo. Todavía.

—También hay otro dormitorio al otro lado del salón —dice, pero lo ignoro y me pongo boca arriba, haciendo la estrellita, sonriéndole al techo, hundiéndome en ese edredón que parece una nube.

—Oye, ¿puedo pedirte un favor?

Unos segundos más tarde, Conor me está mirando desde arriba y… es ridículo. Cuanto más lo miro, más me…

—Puedes, Maya.

—Cuando vuelvas a Austin, no les digas a Eli y Minami que has estado aquí.

Lo considera. Brevemente.

—Con ellos no guardo secretos.

—¿Nunca?

—Nunca.

Me apoyo sobre un codo.

—¿Por qué?

—Parte de la razón por la que somos amigos es que alguien nos ocultó secretos. Y juramos no hacer nunca lo mismo entre nosotros.

—Vale. Lo entiendo. Sin embargo, tengo un contraargumento.

Curva los labios un milímetro. Como si supiera que estoy a punto de hacerlo sonreír. Como si ya me conociera a la perfección después de… ¿Solo han pasado veinticuatro horas?

—A ver, dispara.

Abro la boca para mostrarle la mejor versión de mí misma, la que sabe debatir, y es entonces cuando me doy cuenta de que los chupitos de tequila puede que hayan sido un error.

Mientras vomito en el impoluto baño de Conor, él me sujeta el pelo y me frota la espalda con su gran mano.

Página 167

Me despierto al cabo de varias horas, sola en la cama de Conor.

Mi último recuerdo es el de alguien tapándome con un edredón, unos dedos fríos en la frente y un «Shhh» mientras yo insisto: «Estoy bien, de verdad, no voy borracha, solo me ha sentado mal algo, debo de tener un virus estomacal».

Son las dos y media de la mañana y siento que mi cerebro vuelve a funcionar como es debido. La confusión provocada por el alcohol se ha disipado y ahora lo único que tengo es un leve dolor en las sienes. Cuando entro en el salón, Conor está al teléfono, en chándal y con una camiseta blanca, hablando sobre impuestos y responsabilidades. Lo observo cansada, feliz. No estoy dispuesta a perturbar este momento. Un tenue recuerdo que debe de tener al menos media década aflora en mi mente: Minami en nuestra cocina, suspirando. Eli frotándose los ojos y preguntando: «¿Deberíamos derivar esto a Hark?».

Debe de ser el que se encarga de las emergencias. El que se ocupa de lo esencial. Sin embargo, me doy cuenta de que tiene la cabeza hecha un lío, sobre todo con cosas relacionadas con el trabajo, pero también con otras. Estas últimas las tiene bien escondidas. ¿Por eso Minami no se casó con él?

—… si solo es cuestión de revisar los acuerdos con clientes y proveedores… —Se percata de mi presencia y enseguida dice—: Disculpa,

tengo que dejarte. Sí. Sí, claro. —Cuelga. Curva los labios.

Decido, en este preciso instante, que no me voy a molestar en avergonzarme por lo ocurrido.

—¿Me prestas tu cepillo de dientes? —le pregunto.

—Por supuesto —responde con ese matiz ligeramente sarcástico que puede que esté empezando a gustarme.

—Gracias.

De camino al baño, hago una parada en su armario. Ignoro los cinco trajes idénticos que cuelgan de las perchas y pillo una camiseta raída con el logo de Yale. Luego, mientras dejo correr el agua, me fijo en mis mejillas sonrojadas. De repente, tomo una decisión. Me quito los vaqueros y saco un coletero del bolsillo, luego cambio de idea sobre el peinado.

Página 168

Unos minutos después, Conor me encuentra sentada en su cama con el pijama que le he mangado. Si está sorprendido, lo disimula muy bien.

—¿Sobria?

Asiento.

—¿Necesitas algo?

Niego con la cabeza.

—Creo que te iría bien beberte esto. —Sostiene un vaso de agua y decido que tiene razón. Estoy sedienta. Y también quiero que se acerque.

—Siento haberme apropiado de tu cama —digo tras dar varios tragos.

—No pasa nada. Dormiré en la otra.

—No tienes por qué. —Doy unos golpecitos sobre el colchón, a mi lado. Me aparto para hacerle sitio.

Me he pasado. Lo noto por lo rígido que se pone.

—Maya.

—¿Sí?

—Necesito estar seguro de que sabes que esto no va por ahí. —Me reprende. O regaña, incluso.

Miento si digo que eso no me ha puesto aún más cachonda.

—Que esto no va… ¿por dónde? —pregunto, fingiendo estar en la inopia, y debo de bordarlo con mi forma de abrir los ojos, mirándolo desde abajo e inclinando la cabeza, haciéndome la tonta… No, no tengo ni la más remota idea de lo que está hablando.

Resulto convincente. Tensa la mandíbula, pero al cabo de un momento sonríe y menea la cabeza, como si acabara de confundir una sombra con un fantasma y se sintiera avergonzado.

—Antes te has quedado a medias. Cuéntame cuál es ese contraargumento. —Se sienta a mi lado y hunde el colchón con su peso. Sus ojos son amables. No siempre, no por defecto. Pero esta noche, mientras me observa, sí.

La mirada se le ha ido descongelando a lo largo del día.

—Ah, sí. El contraargumento. No deberías decírselo a Eli porque… ¿acaso no eres también amigo mío?

—¿Lo soy?

—No sé, dímelo tú.

Página 169

—Bueno, está el hecho de que hasta hace treinta horas pensaba que aún estabas en secundaria.

—No, no es cierto. Simplemente nos habíamos olvidado de la existencia del otro. —Se ríe en silencio—. Pero ahora también tienes una amistad conmigo. Y… no voy a pedirte que le ocultes secretos a mi hermano si pueden perjudicarlo. Pero preferiría que se enterara de todo este lío por mí. Necesito un poco más de tiempo para que Eli y yo…

Lo entiende. Porque asiente y, cuando me vuelvo hacia él para abrazarlo, me deja. Me corresponde. Me agarra por la cintura igual de fuerte que yo a él por el cuello. Memorizo la sensación de tocarle la piel. La sangre que late debajo. Su consistencia, tan diferente de la mía, pero hecha de la misma materia. Es más contacto físico del que hemos tenido en todo el día. Huele a aire fresco y a jabón. Quiero lamerle la piel. Lo cual puede que sea la razón por la que hago…

Una estupidez. De las gordas.

Iba a ir más despacio. Iba a… ¿La gente sigue usando la palabra «seducir»? Bueno, el caso es que iba a hacerlo. Pero no he podido evitarlo. No recuerdo haber sentido nunca tanta excitación ni haber deseado a alguien con tanta seguridad, así que me echo un poco hacia atrás, cambio el ángulo e intento acercarme a los labios de Conor.

Él no me aparta. En lugar de eso, me agarra la barbilla con una mano y me detiene la boca a escasos centímetros de la suya.

Lo tengo aquí delante. Respirando con normalidad. Con las pupilas dilatadas. Y, sin embargo…

—No —dice con firmeza.

Un segundo después, un aire frío me roza las piernas desnudas. Está saliendo de la habitación.

Mierda.

—Espera, Conor… —Corro tras él, pero me detengo en el momento en que se gira para mirarme.

Se le ve tan furioso que creo que debería asustarme y dar media vuelta.

En vez de eso, lo que provoca es que yo también me ponga furiosa.

Ajá, problemas de ira.

—Maya, esto es… —Niega con la cabeza—. No podemos.

—¿Por qué?

Página 170

—Porque no.

—Te gusto —digo con un tono acusador—. Me deseas.

—Ah, ¿sí? ¿Y qué más deseo, Maya?

—¿La paz mundial? Yo qué sé. Sinceramente, me la suda. Pero sé que te sientes atraído por mí.

—¿La atracción está en esta habitación con nosotros ahora mismo? —se burla.

—Sí —contesto bajando los ojos hacia su entrepierna.

Se da la vuelta y se pasa los dedos por el pelo.

—La madre que…

—Me deseas, Conor —repito. Es una afirmación. Un axioma. Podemos discutir sobre qué hacer al respecto, podemos estar en desacuerdo en todo lo demás, pero me niego a negociar una verdad tan obvia.

Suelta una carcajada amarga. Se acerca varios pasos, furioso, señalándome con el dedo.

—Claro que te deseo, hostia. Eres guapísima y demasiado lista para tu propio bien, pero me niego a ir por ahí, Maya.

—¿Por qué?

—Porque tienes veinte años. Y yo no. Punto.

Me echo hacia atrás. Por alguna razón, no me esperaba esto. Pensaba que diría algo sobre Eli, pero mi edad… ¿Qué más da eso?

—Es broma, ¿no?

—¿Tengo cara de estar de broma? Por el amor de Dios… —Se aleja de nuevo, pasándose una mano por la cara.

—¿Qué tiene que ver mi edad? Te das cuenta de que eso es solo un… un constructo…

Deja caer los brazos.

—Si talo un árbol, puedo contar cuántos anillos tiene el tronco. La edad es una puta realidad biológica.

—¿Qué tiene que ver la deforestación con esto? Por favor, explícamelo, porque…

—Venga ya, Maya.

—Hemos pasado un día estupendo juntos en el que solo hemos sido dos personas compartiendo tiempo, así que…

Página 171

—Maya —dice sombríamente—, te estás haciendo la tonta a propósito.

—No. Por favor, explícamelo.

Por un momento, Conor parece luchar consigo mismo. Al final asiente. —Está bien. Hay muchas razones, empezando por la obvia, que es que

soy quince años mayor que tú.

Me encojo de hombros.

—Como bien insinuaste en la fiesta, Alfie también es mayor que yo.

Tiene casi veintidós años.

—No hay punto de comparación.

—¿Y si tuviera veintitrés? ¿O veinticuatro? ¿O veinticinco? Veintiséis, venga.

—Maya…

—No, en serio, ¿cuál es el límite? Si estás tan seguro de que estar con alguien mayor que tú está mal, debe de haber un umbral científico para establecer esos parámetros. ¿Cuál es la fórmula, Conor?

—No seas cabezota. Una diferencia de edad tan grande siempre conlleva una desigualdad en las dinámicas de poder.

Resoplo.

—Tú —lo señalo con el dedo— jamás estarías en posición de tener autoridad sobre mí ni aun teniendo un millón de años. La edad no siempre es sinónimo de poder. Puede pasar, claro, pero yo no gano absolutamente nada estando contigo, aparte del hecho mismo de estar contigo. Y, por si no ha quedado claro, estoy hablando de follar.

Cierra los ojos, como si necesitara recomponerse. Por una fracción de segundo, creo haber ganado.

Pero me equivoco.

—Sí que estoy en una posición de poder, Maya. Tengo mucho más dinero que tú.

—Mi hermano es asquerosamente rico y tengo acceso a su dinero.

—Me cruzo de brazos. Doy un paso hacia él—. Venga. Dame más.

—Hay varios factores que complican la situación. Me conociste cuando aún eras una niña, y viceversa.

—Cierto. Pero si nos conocíamos tan bien… Me teñí el pelo cuando tenía catorce años. ¿De qué color? —Su cara de desconcierto me haría reír

Página 172

si no estuviera ocupada discutiendo como si me fuera la vida en ello—. ¿A qué instituto iba? ¿Cuál era mi libro favorito? ¿Cómo se llamaba mi mejor amiga? Vamos, Conor. Cuéntame algo de cuando era adolescente o tendré que pensar que apenas te fijaste en mí. Que, por cierto, es justo lo que pasó. —Doy un paso más—. No soy una pobre chica que se enamoró de ti y nunca lo superó, y tú no te estás aprovechando de mí. No hay adoración ni glorificación. Esto es, simple y llanamente, una situación en la que he conocido a alguien que me atrae y quiero…

—Porque tienes el corazón roto y te estás recuperando del fin de tu primera relación larga. Vine a ayudarte porque necesitabas a alguien, estás agradecida y…

—¿Y qué? ¿Y qué pasa si quiero acostarme contigo porque me siento agradecida? ¿Y qué pasa si quiero acostarme contigo porque tienes unos ojos bonitos, porque me gusta tu colchón o porque eres rico?

—Maya.

Exhalo, indignada.

—Si a ti no te apetece acostarte conmigo, por la razón que sea, dímelo y dejaré el tema sin hacer preguntas. «No» es una oración completa. Pero no estás diciendo eso. Estás dando por hecho que ser más joven, más pobre y que me hayan dejado hace poco me hace incapaz de tener relaciones sexuales consensuadas. Tu actitud está siendo muy paternalista. Si puedo votar e irme a vivir al extranjero sola, entonces también puedo decidir con quién quiero follar. —Noto un leve temblor en los labios y siento que eso le ha quitado fuerza al argumento, así que me repongo y añado, ahora con más calma—: Entiendo que te preocupe la posibilidad de estar aprovechándote de mí, y te lo agradezco, pero me gustaría que dejaras de ser tan condescendiente y me trataras como a una adulta.

Estoy bastante orgullosa de cómo me ha salido esta última parte: firme, convencida, sin concesiones. Más aún cuando es obvio que él no tiene ningún argumento decente para rebatirme.

—¿No es así como piensa tu padre, Conor? —pregunto en voz baja. Tocado y hundido—. ¿Que toda relación tiene que conceptualizarse en términos de poder? ¿Que uno siempre tiene que dominar y aprovecharse del otro?

Página 173

Lo he matado. Aprieta la mandíbula, tiene todos los músculos tensos.

Como se ha quedado sin opciones, retrocede hasta el axioma.

—Puede que simplemente no me apetezca acostarme contigo

—masculla.

Sonrío. Pobrecito.

—Ah, ¿no? Bueno, podría ser. Aunque ya has admitido que sí.

—Quizá te haya mentido.

Esbozo una sonrisa aún más grande.

—Lo entiendo. No querías herir mis sentimientos. Apuesto a que en realidad no me encuentras guapa. Ni crees que soy inteligente.

Le tiembla el párpado un segundo, como si se muriera de ganas de contradecirme. Qué mono. Hace que le tenga aún más ganas.

Me acerco, atraída por su calor, y cruzo la última línea. Inclino el cuello hacia atrás. Le rozo los pantalones de chándal con el dobladillo de la camiseta. La verdad es que me parece atractivo por muchos motivos, y algunos no tienen nada que ver con lo guapo que es. Sí, me encantaría tirármelo. Es un deseo que ha empezado en algún momento del día y se ha ido volviendo cada vez más difícil de ignorar. Sin embargo, ahora mismo lo que quiero es que me abrace, y yo a él.

Rodearle la cintura con los brazos me da tanto gustito…

—Mira —digo apoyando la frente justo debajo de su clavícula—. ¿No te resulta agradable esto?

Gruñe, pero es un sí. Noto su erección en el vientre, dura, inmensa.

—Si me deseas —me limito a añadir—, soy toda tuya.

Debo de haber dado en el clavo con esta última frase, porque de repente me agarra, me gira y, cuando quiero darme cuenta, estoy de espaldas contra la pared. Una fracción de segundo después, Conor cuela su musculoso muslo entre mis piernas. Una presión inesperada justo ahí, en ese punto.

Jadeo.

—¿Es esto lo que quieres? —murmura. Y sí. Sí que lo es. No todo, pero lo suficiente como para que pierda la noción de lo que me rodea.

Intento arquearme, acercarme a su boca, pero es más alto y no está poniendo nada de su parte. Da igual. Tiene las manos exactamente donde

Página 174

deben estar: en mi cadera y en la parte baja de mi espalda, inclinándome en la posición perfecta para tocarme con el muslo justo…

—Joder —gimo.

Hace un chasquido tranquilizador, pero no se detiene. Levanto las manos, le paso los dedos por el cuero cabelludo y la nuca mientras muevo las caderas para conseguir más fricción. Tengo la ropa interior empapada. Me pregunto si lo notará a través de los pantalones.

—Tranquila —dice para calmarme, y hace bien, porque lo necesito. No hay nada de romántico en esto, nada sofisticado ni delicado en la

forma en que me restriego sobre su cuerpo, pero siento que estoy teniendo la experiencia más íntima que he vivido nunca.

Tan íntima que no puedo hacerlo sola. Doblo el cuello hacia atrás, desesperada por encontrarme con su mirada. Está con la frente apoyada en la pared por encima de mi hombro y tiene la respiración entrecortada y acelerada. Nuestros ojos se encuentran y me ruborizo.

—Conor —empiezo, y quiero decir más.

Me presiona la polla contra la cadera. Quiero tocarla. Sin embargo, antes de que me dé oportunidad, el placer estalla en mi interior y me corro. Yo misma me sorprendo ante la reacción de mi cuerpo, de los temblores que se apoderan de mí. Tener un orgasmo delante de alguien siempre es una experiencia vulnerable que te hace sentir expuesta. Conor me observa mientras pierdo el control. Las pupilas le invaden todo el iris y eso hace que la experiencia sea aún más erótica.

—Joder —masculla con los labios apretados contra mi sien. Por un momento, su agarre se convierte en una jaula hermética—. Joder.

Respiro a pesar de los calores. Me tranquilizo mientras vuelvo a la tierra. Vale. Tal vez pensaba que sabía lo que era un buen orgasmo, pero acabo de descubrir que me equivocaba. No pasa nada. Puedo aprender. Podemos aprender juntos.

Un minuto después, Conor me suelta en su cama. Me preocupa que me deje aquí, sola, pero se tumba a mi lado. Me coge en brazos. Tiene los ojos llenos de algo que se parece demasiado al temor. Espero que el rubor de mis pómulos y la sonrisa que tengo en la boca le indiquen que estoy… bastante bien, de hecho.

—Hola —le digo acurrucándome con él.

Página 175

Noto los latidos de su corazón bajo la mano, a través de la piel. Me anhela. No solo es evidente por el bulto de sus pantalones. El deseo emana de él.

Me acaricia la cara y, con el pulgar, me mueve el labio inferior hacia un lado y hacia el otro.

—Eres un puto peligro —murmura, y eso me hace sonreír.

—Sip. Lo soy. —Quiero más. Quiero mucho más. Recorro con los dedos los cálidos músculos de su pecho. Me encuentro con la goma de sus pantalones. Solo es cuestión de deslizar la mano por debajo y…

—No. —Me agarra la muñeca. No me aparta, pero tampoco me deja continuar.

—¿Por qué? —Frunzo el ceño—. ¿Por qué no puedo tocarte?

—Porque lo digo yo. —Debe de ver lo poco que me convence su razonamiento, así que añade—: Porque soy un hombre mayor y, si me corro ahora, estaré fuera de servicio durante cinco días laborables como mínimo.

Me río.

—¿Y?

—Pues que… necesito un minuto. Apoya la cabeza y descansa, tranquila.

—De acuerdo. —Me vuelvo a acurrucar contra su pecho y paso una pierna por encima de la suya—. ¿Pero después…?

—Después —dice en un tono inescrutable, y yo no levanto la vista para analizar sus ojos en busca de pistas sobre cómo interpretarlo. Un error por mi parte.

Tardo menos de un minuto en quedarme dormida. Cuando despierto, el sol está en lo alto del cielo y Conor Harkness se ha marchado.

Página 176

Ca ít o 20

EN LA ACTUALIDAD

TAORMINA, ITALIA

Parece ser que el propósito de Eli en la vida es hacer feliz a Rue, asegurarse de que descansa bien y de que está bien alimentada, así que no me sorprende cuando descubro que ha elegido como actividad vespertina una clase para aprender a hacer pasta. Se imparte en un restaurante tradicional del centro porque «no existen suficientes billetes en el mundo para convencer a Lucrezia de que deje entrar a nadie en su cocina, y eso hay que respetarlo», dice Tamryn.

Ha sido un día largo, no solo por el hecho de que alguien casi se ahoga, sino también por este calor. La sal, la arena y el sudor nos han agotado. La opción de unirse a la clase está disponible para todo el mundo, pero Minami y Sul deciden quedarse en la villa, ya que Kaede ha tenido una sobredosis de playa. Tamryn alega no sé qué sobre unas llamadas de trabajo, Paul tiene una reunión a la que no puede faltar y Axel… ¿Quién sabe dónde está Axel?

—Probablemente se haya perdido de camino al baño —comenta Tisha.

—Pensaba que todas las habitaciones tenían su propio baño.

—Exacto.

La clase está abierta a más personas y es necesario hacerla en parejas. Se asume que estar emparejado es el estado por defecto, como si el mundo y sus actividades estuvieran hechos para dos. La incomodidad en cualquier

Página 177

contexto social es el peaje que deben pagar los solteros por no ajustarse a sus exigencias.

—A la gente que tiene una relación feliz le encanta restregárnoslo por

la cara —refunfuña Nyota.

Ella y yo, naturalmente, vamos juntas. También, con la misma naturalidad: Diego y Tisha, Rue y Eli…, y Avery y Conor. Tanta naturalidad que ninguno de los dos parece necesitar hablarlo siquiera. Él toma asiento y ella se acomoda a su lado. El doctor Cacciari le ha dado el visto bueno para hacer vida normal y, dada la frecuencia de nuestras llamadas, no me extrañaría que ese hombre se esté planteando montar una tienda entre los limoneros.

Espero que Eli le esté dando una buena propina.

Resulta que hacer pasta no es difícil. Sin embargo, a Nyota y a mí se nos da fatal. Tanto que el instructor nos pone de ejemplo delante de la clase para explicar cómo no hacerlo. Y no una ni dos ni tres veces.

—Hay que ser hijo de puta —susurra Nyota furiosa—. ¿Dónde está ese Mayagedón del que tanto hablan? ¿No debería estar poniéndose verde? ¿Dándole una paliza a todo el mundo?

—Por desgracia, solo aparece cuando hay una competición explícita. —Doy un sorbo a mi segundo negroni con el objetivo de coger el puntillo—. Tiene que haber un desencadenante: clasificación por puntos, una carrera… Ese tipo de cosas.

—A ver, señor —le dice Nyota al instructor cuando se acerca por cuarta vez, probablemente para mostrarles a los demás alumnos cómo no hacer un nido de tallarines—. Aunque nos perciba como blancos fáciles,

esta chica de aquí divide electrones y los lanza a la atmósfera. —Quizá yo peco de no tener ni idea de lo que Nyota hace en su trabajo, pero ahora me ha quedado claro que ella tampoco sabe a lo que yo me dedico—. Y yo soy capaz de nombrar los cincuenta activos con mejor rendimiento a nivel mundial según su valor en el mercado bursátil, incluyendo FCB, cripto y metales preciosos. Así que deje de tratarnos como si fuéramos cortitas y muestre algo de respeto.

—No entiendo. —El instructor no termina de dominar el idioma, solo parece tener un vocabulario extenso de términos relacionados con los carbohidratos—. ¿Qué cosa ha dicho?

Página 178

Nyota se inclina hacia él.

—Apártese. De. Mis. Tagliatelle.

El hombre retrocede. La mirada asesina de Nyota es un lenguaje universal.

Lo peor viene después: nos sentamos afuera, en el patio del restaurante, mientras un pianista canta una balada italiana y nosotros comemos el fruto de nuestro trabajo.

—No sabía que la pasta podía llegar a saber mal —le digo a Nyota mientras ayudo a bajar la comida con mi tercer negroni.

Ella hace una mueca mientras da un trago de la copa de vino. —Y aun así…

Sin embargo, cuando vuelvo del baño, me doy cuenta de que el sabor y la consistencia de la pasta han mejorado considerablemente. Incluso tiene mejor aspecto.

—Hark te ha intercambiado el plato cuando pensaba que yo estaba distraída —me susurra Nyota con su mirada de «Te lo dije» aún más pronunciada que de costumbre—. Típico gesto de alguien a quien no le gustas. Por favor, repíteme eso de que lo de mirarte embobado es cosa de mi imaginación…

Me pongo en pie para buscarlo movida por el instinto, aunque también por el alcohol. No está en el bar ni en ningún otro sitio. Deambulo por el gran patio trasero, iluminado con una luz tenue, disfrutando de la relajante sensación del aire fresco del anochecer. Las primeras estrellas empiezan a titilar. Me pregunto si lo del cambio de plato habrá sido cosa de Nyota, ya que es evidente que se muere de ganas de que él y yo tengamos un acercamiento. Es entonces cuando oigo el sonido metálico de algo golpeando el suelo.

Un pendiente de plata en forma de aro brilla sobre los adoquines. Me agacho para recogerlo.

—Creo que es mío —dice un chico de pelo castaño claro. Cuando le miro los lóbulos de las orejas, no veo ningún agujero.

—¿Seguro? —pregunto.

—Bueno, de mi novia. —Señala a una chica con un vestidito rosa que está hablando por teléfono en la puerta del patio.

Página 179

La he visto en la clase de pasta. Ha hecho una pregunta y… ¿era estadounidense? Creo que sí. Del Medio Oeste, tal vez.

—Aquí tienes. —Dejo el aro en la palma del hombre.

—Gracias. Por esto y por las muchas oportunidades educativas que tú y tu compañera nos habéis brindado durante la clase.

—Oye, todo proceso pasa por una curva de aprendizaje.

Sonríe.

—Una muy empinada, en este caso.

Entrecierro los ojos. Tiene más o menos mi edad. Parece deportista. Tiene acento, aunque no es italiano. ¿Tal vez alemán?

—¿Qué tal ha salido la tuya?

—Excelente. Gracias a tu ejemplo de lo que no hay que hacer.

Me niego a mostrar que me hace gracia.

—Te dejo que sigas comiendo, entonces. Que disfrutes atragantándote con tus espléndidos tallarines.

Se ríe. Estoy a punto de volver a mi mesa, pero me quedo inmóvil cuando veo un par de ojos oscuros puestos en mí.

Conor está en la barra, apoyado en un taburete, con las piernas separadas y los brazos cruzados. La pose de «¿Hasta cuándo vas a seguir con la tontería?» por antonomasia. Tiene el entrecejo arrugado y es la viva imagen del fastidio.

Como si pensara que estoy haciendo algo malo. Como si tuviera derecho a pensar tal cosa.

Y eso es lo que ocurre con mi temperamento, que pasa de cero a un millón en un abrir y cerrar de ojos. El cabreo hierve con tanta potencia que me giro hacia el alemán.

—Esto va a sonar muy raro, pero…

Su expresión es paciente.

Continúo:

—¿Podrías tontear conmigo?

Las palabras «mi» y «novia» salen de su boca en menos de un milisegundo. Y debo admitir que me parece entrañable y honorable.

—Ay, no, no te estoy tirando la caña —me apresuro a añadir—. Lo que pasa es que… Mira disimuladamente a la barra. Hay un hombre alto. Pelo oscuro, un poco canoso. Barba de tres días. Guapo.

Página 180

—¿El que me mira como si quisiera arrancarme la cabeza?

—Sí.

—No es mi tipo.

—Mejor para mí, entonces.

—¿Es tu novio?

—No.

—¿Hermano?

—No.

Frunce los labios.

—No será tu padre, ¿no?

—Joder. ¿Por qué todo el mundo piensa que somos familia?

—Por simple descarte.

—Vale, bueno… ¿Puedes actuar como si estuvieras tonteando conmigo? Solo mientras nos esté mirando.

Curva una comisura de los labios.

—Si lo hago, ¿montará una escena? He visto cómo manejan los italianos el transporte público. Dudo que sobreviva a su sistema penitenciario.

—No, no lo hará.

—Pareces muy segura.

—Primero tendría que reconocer que le importa con quién hablo, y dudo que haga tal cosa. Ni siquiera estoy segura de si realmente le importo yo.

El chico parpadea un par de veces.

—Te aseguro que le importas.

—Es complicado. —Apoyo el brazo en la pared de estuco rugoso que hay a nuestra derecha. Él hace lo mismo y me mira con curiosidad—. Es el mejor amigo de mi hermano. Y es… mayor que yo.

—¿Cuánto?

—Quince.

—Podría ser peor.

—Lo dice el tío que se creía que era mi padre.

Él niega con la cabeza, riendo.

—¿Ese es tu tipo? ¿Los hombres mayores que tú?

—Solo me gusta este.

Página 181

—No pareces alegrarte mucho.

—Es un problema un poco crónico. —Suspiro—. Temo que pueda ser terminal.

—¿Por eso estás jugando con él? ¿Para ponerlo celoso?

—No es… —Me interrumpo. No conozco a este chico. No podría importarme menos su opinión. Y es un alivio admitir mis impulsos más inmaduros sin miedo a ser juzgada—. Ojalá pudiera ponerlo celoso.

—¿Pero?

—La explicación más sencilla es que es muy protector y cree que charlar con un chico al que acabo de conocer es ponerme en peligro.

—Cierro los ojos, sintiéndome abatida de repente. Agobiada por lo absurdo de la situación. Debería esforzarme más por enamorarme de otra persona—. Soy yo la que suspira al mirarlo desde la distancia, no él.

El chico asiente, como si estuviera considerando la situación desde todas las perspectivas. Apuesto a que es un buen estudiante. Sus apuntes deben de ser una fantasía.

—Como persona con mucha experiencia en lo de suspirar mirando a alguien desde la distancia, estaré encantado de servir de cebo.

—No te lo puso fácil, ¿eh? —Miro a la chica, que sigue al teléfono. Tengo la impresión de que, si ella le pidiera que se tatuara «calzonazos» en la frente, la única pregunta que él haría sería: «¿Con qué fuente?».

Y aceptaría que fuera Papyrus sin rechistar.

—Valió la pena —se limita a responder.

—¿No le sentará mal que me ayudes? —Me doy golpecitos en la barbilla, pensativa—. Tal vez pueda hacerle creer a Conor que vamos a hacer un trío.

Su leve sonrisa es difícil de interpretar. —Uy, le encantará. Dame tu teléfono. —¿Qué?

—Saca tu teléfono y dámelo.

—Pero… Ah, claro. Bien pensado, sí. —Saco el móvil de mi bolsillo con cuidado y se lo tiendo. Miro cómo teclea con una sonrisilla—. Pon un número falso, si quieres. No voy a usarlo.

—En realidad, te estoy dando el de mi novia.

—¿Por qué?

Página 182

—Porque, cuando termine de hablar con su madre, voy a explicarle lo que me has contado y sé a ciencia cierta que querrá que la pongas al día si hay novedades.

Me devuelve el móvil.

—Dudo que surjan novedades que contar.

—Ya veremos. —Solo me está siguiendo el juego, pero su sonrisa parece seductora, y se lo agradezco.

—Gracias de nuevo. —Le digo adiós con la mano y me alejo de la pared. Cuando navego por mis contactos, encuentro un nuevo nombre: Scarlett.

Página 183

Ca ít o 21

Paso por delante de la barra de camino a la mesa. Conor se está bebiendo un vaso de algo transparente que parece agua, pero que probablemente podría desinfectar todo un sistema de alcantarillado. Dado que tiene la cabeza echada hacia atrás, no espero que se dé cuenta de mi presencia.

Cuando alza el brazo para bloquearme el paso, ahogo un grito. —¿Qué…?

Me presiona el abdomen con el antebrazo. Con la mano me rodea la curva de la cintura. Me tiene bien agarrada; no como para hacerme daño, pero sí lo suficiente como para no poder apartarme. Trato de seguir andando, pero no puedo moverme.

—¿Qué estás haciendo, Maya? —Estamos mirando en direcciones opuestas. Dado que él sigue apoyado en el taburete, sus labios quedan a la altura de mi oreja.

—Estoy intentando volver a la mesa.

—Sabes que no me refiero a eso.

Hago una pausa. Los latidos del corazón se me aceleran.

—Ah, ¿no?

—Acabo de verte intercambiar números con un veinteañero salido que cree que el desodorante Axe es el epítome de la sofisticación y que usa calcetines sucios en lugar de condones.

Tengo que morderme la mejilla para no soltar una carcajada. Pobre chaval, el alemán.

Página 184

—¿Y?

—Y.

Parpadeo lentamente con la esperanza de parecer confundida. Los negronis hacen maravillas con mis dotes de interpretación.

—No sé lo que…

—Esta semana no, Maya.

—¿Por qué? ¿Crees que a Eli le importaría? —Me muevo entre sus brazos, lo justo para mirarlo a los ojos. Él ajusta el agarre, pero no lo afloja—. Supongo que podríamos preguntárselo. A ver si le importa que me enrolle con un chico bastante majo al que acabo de conocer. Sé que me diría que no.

—Maya.

—¿Y a ti, Conor? ¿Te importa?

Ensancha las fosas nasales. Espero a que desvíe la mirada y curvo los labios en una leve sonrisa al ver que no lo hace.

—Sinceramente —digo en voz baja—, pensé que estarías contento. —¿De que te pongas en situaciones arriesgadas?

—De que le preste atención a alguien que tiene una edad adecuada. Cierra los párpados. Cuando vuelve a abrirlos, su voz es poco más que

un áspero susurro.

—Quiero que borres ese número.

Abro la boca, estupefacta.

—Claro. Espérate sentado, por si acaso.

—Lo digo en serio.

—¿De veras? Porque me cuesta creer que un hombre adulto que se ha negado a mantener una sola conversación conmigo en los últimos diez meses tenga los huevos de decirme qué hacer con mi tiempo, mi cuerpo o mi móvil. —Me agarra con más fuerza y el corazón me da un vuelco. Me recorre una ráfaga de euforia y esta vez no me molesto en contener la risa—. Conor, tienes que estar de broma.

—Quedar con alguien de quien no sabes nada es peligroso. A menos que tengas una foto de su carnet de identidad, no puedes estar segura de… —Ya, claro. Muy realista. Si te parece, me voy a poner a comprobar

antecedentes cada vez que quiera ligar con alguien.

Página 185

Clava los ojos en mí, como si intentara sonsacarme información sobre lo que planeo hacer con el número de ese chico.

—La cosa es —digo esperando sonar más conciliadora de lo que me siento— que yo estoy aquí. Y tú también. Pero no es lo mismo, ¿verdad? Tú estás a gustito, pasando el rato con tu ex, tal… Te puedes divertir. Yo, en cambio…

—Menuda gilipollez. Minami está casada, y ella y yo llevamos años siendo solo amigos, así que…

—No hablo de esa ex, Conor.

Se queda brevemente perplejo. Lo observo durante… demasiado tiempo, antes de que recuerde que también salió con Avery.

—Joder —murmura.

—¿De verdad se te había olvidado? Parece avergonzado, y no me extraña. —Escúchame, Maya…

—Guau. Es verdad. —Ladeo la cabeza. Lo estudio. Los celos que me han estado atormentando estos últimos días se disipan de golpe. Sí, Avery pudo disfrutarlo un tiempo, pero… en realidad nunca fue suyo. Para nada—. No tienes ni el más mínimo interés en ella.

—Como te dije —replica con sequedad—, no es más que una amiga y compañera de trabajo.

—Ella sigue coladita por ti. Me lo dijo ayer, en el teatro.

—También me lo dijo a mí, y le dejé claro que no iba a pasar nada entre nosotros, nunca, y que no pienso en ella de esa…

—¿Y qué hay de mí? —¿Soy siempre tan temeraria? Tiene que ser cosa del alcohol—. ¿Piensas en mí? ¿He conseguido entrar en la categoría de personas de las que te acuerdas a largo plazo?

La única respuesta que obtengo es el apretón que me da con las yemas de los dedos. Cuando me inclino hacia él, le rozo la tela del hombro con la barbilla. Es más suave de lo que parece. Huele a jabón de lavandería, a sal y a él. Igual que su almohada, hace tantos años, en Edimburgo.

—Vamos a hacer un trato, Conor —le digo. Mis labios casi entran en contacto con el pelo corto de detrás de su oreja—. Tú y yo somos amigos. Y por eso estoy dispuesta a darte voz en algunas de las decisiones que tome en cuanto a mi… llamémosla seguridad.

Página 186

No se mueve. Ni siquiera respira. Decido arriesgarme.

—No tengo ninguna obligación de escribir al chico que acabo de conocer.

—Es que desde luego no deberías. Podría…

—Ya, ya. No soy más que una joven muchacha y el mundo es un lugar peligroso. Tampoco tengo que ser amable con Paul cuando me tira la caña…

—Por Dios, Maya. Paul no es digno ni de limpiar el suelo que pisas. —Ya. —Me aparto y le doy una palmadita reconfortante en el

hombro—. La cosa es que puedo hacer lo que quiera. Y tú puedes pedirme que no lo haga, pero si quieres que te obedezca, tendrás que darme un motivo válido.

—Ya te lo he dicho. Es por tu…

—¿Seguridad? No me sirve. Porque puedo hacer que sea un encuentro seguro. Soy una chica responsable y he tenido varios rollos de una noche, así que no tienes que preocuparte por eso. Si quieres quedarte más tranquilo, siempre puedes sentarte al otro lado de la puerta de mi habitación y escuchar. Así te aseguras de que la persona con la que estoy follando no me hace nada inapropiado.

Agarra el borde de la barra con la mano libre y se le ponen los nudillos blancos. Contrastan con el acabado oscuro de la madera.

—Si esa opción no te convence, entonces vas a tener que darme algo más, Conor. Quiero pasármelo bien. Puedes pedirme que no quede con otros tíos, pero… ¿qué alternativa me ofreces?

No me responde con una evasiva, lo cual es un alivio. Mi respeto por él se resentiría si fingiera que no ha entendido lo que quiero decir.

—No —contesta. Lo dice tan rápido, tan firme, tan convencido, que me pregunto si es porque ni él mismo se cree su respuesta.

—Está bien. Que yo esté interesada no significa que tú también tengas que estarlo…

—Maya.

—Pero igual que yo entiendo eso, espero que tú también entiendas mi posición. Y que no me hagas perder más el tiempo.

—No puedes hacer esto.

—¿No? ¿Por qué no?

Página 187

No tiene respuesta. Lo que sí tiene es un tic muscular en la mandíbula y una nuez de Adán que se mueve al tragar. El hecho de no poder contener la sonrisa al verlo también debe de ser un signo de mi terrible temperamento.

—No te preocupes por mí. —Deslizo los dedos hasta su mano y me la aparto de la cintura. Su palma está caliente y áspera. No opone resistencia. En lugar de soltarla y dejarla caer, la guío hasta su regazo y la dejo con cuidado sobre su paquete.

Los músculos de los cuádriceps se le contraen.

Sonrío y, antes de irme, añado:

—Piénsatelo, Conor. La oferta sigue en pie.

Página 188

Página 189

Ca ít o 22

Me levanto temprano… otra vez.

Me voy a nadar a la piscina… otra vez.

Desayuno una granita… otra vez.

Sigo mi nueva rutina. La única novedad es la leve resaca, de la que consigo deshacerme con solo un ibuprofeno. Más de la mitad del grupo decide hacer una excursión de un día a Catania, pero yo ya he hecho planes para ir después de la boda, así que opto por quedarme en la villa.

—¿Y qué se supone que hacemos ahora? —me pregunta Nyota cuando la informo—. ¿Renunciar a nuestra codependencia disfuncional? ¿Separarnos?

Le doy una palmadita en la espalda.

—No te olvides de escribirme cartas.

Me dirijo hacia la playa, pero al pasar por delante de una habitación del primer piso, oigo la voz de Conor. Me detengo. No me apetece encontrármelo. No es que mi yo sobria se arrepienta de lo que le dije anoche, lo que pasa es que su respuesta fue algo muy parecido al rechazo. Otro rechazo. Y ahora mismo no quiero lidiar con esta situación tan incómoda. Decido salir de la villa por la puerta trasera, pero me detengo al oír el tono angustiado de Tamryn.

—No lo entiendo —dice. Suena enfadada y como si estuviera llorando—. Sus abogados deberían saber que esas exigencias no tienen ningún fundamento.

Página 190

—Cierto —dice una voz desconocida. Está hablando por teléfono o en una videollamada—. Pero incluso si demostramos que el testador repartió sus bienes de forma adecuada…

—Si aceptamos llegar a un acuerdo, les estaremos dando la razón.

—Tamryn, siguen amenazando con ir a la prensa.

—No lo harán. No hay nada malo que contar, serían todo mentiras y…

—A mis hermanos eso les da igual —puntualiza Conor—. Son unos cabrones, y eso es lo que hacen los cabrones.

Doy unos pasos atrás en silencio y salgo afuera. Me siento culpable por haber escuchado a escondidas, y aún más por querer saber los detalles de esa conversación. Una vez, Conor llamó a su familia «un nido de gnomos retorcidos» y me pregunto si…

—Más vale que ese ceño fruncido no signifique que el Mayagedón está campando a sus anchas.

Eli está tumbado a la sombra de un ficus, apoyado en el tronco, con un libro abierto sobre el regazo. Tiny está espatarrado a su lado, con la barriga pegada a la hierba fresca y las cuatro extremidades extendidas en distintas direcciones. Levanta el hocico cuando oye mi voz, pero le da pereza venir a saludarme.

—El Mayagedón ha sucumbido temporalmente, pero está a una sola partida del juego de las adivinanzas de provocar una aniquilación nuclear.

—Como es habitual, vaya.

Sonrío.

Señala un lugar a su lado.

—En ese caso, siéntate y charlemos un ratito para aprovechar que aún no estás entre rejas.

—No me contaste que el padre de Conor había muerto —digo cuando estamos uno al lado del otro, con los hombros en contacto.

Alza una ceja.

—Tampoco me lo preguntaste. —Me mira a la cara, perspicaz, con esos ojos azules y esas pestañas tupidas que ambos compartimos—. ¿A qué viene eso? Pensaba que ya habías superado lo de babear por él y su cuerpazo de deportista retirado.

—No sabía que los músculos de tu mejor amigo te ponían tan cachondo, Eli.

Página 191

—Estaba citando palabras que en algún momento salieron de tu boca. Literalmente. Había dado por hecho que ya te habías olvidado de él. Hace tiempo que no me narras con todo lujo de detalles las guarradas que le harías.

—¿Prefieres que retome esa costumbre?

—Dios santo, no.

Suelto una carcajada.

—Le he oído hablar con Tamryn y otra persona por teléfono hace un momento. La conversación parecía tensa.

—Sí. —Suspira—. La cosa va mal. Sus hermanos no están contentos con el reparto de la herencia. Piden una parte de la empresa que fue idea de Tamryn. También amenazan con demandar a Hark por una tontería a pesar de que él ni siquiera está en el testamento. En fin, un lío.

—Madre mía. —Echo la cabeza hacia atrás. La luz se filtra entre las hojas y le ilumina la carita a Tiny—. Debería haber leyes para prevenir eso.

—¿Prevenir el qué?

—Lo de llevar a tus hermanos a los tribunales. Si alguna vez habéis compartido un patito de goma en una bañera u os habéis peleado por ver quién se queda con la litera de arriba, no se puede pretender que un juez resuelva vuestros problemas. O bien libráis una pelea de cosquillas, o dejáis que la rabia se cocine a fuego lento mientras planeáis vuestra venganza.

Se ríe.

—Dudo mucho que sus altezas los señoritos Hark llegasen ni siquiera a compartir un ala de su mansión, mucho menos una bañera. Son unos imbéciles, Maya. Yo soy el primero en admitir que Hark tiene sus mierdas, pero es de lejos el más normal. Salió de una familia tóxica y, en vez de pasarse la vida esnifando coca con el dinero de papá… Joder —Se tapa los ojos con una mano.

—¿Qué?

—Acabo de imaginarnos a ti y a mí peleando en un juicio.

Me entra la risa.

—Estaría en modo competitivo extremo.

Página 192

—Uf, ya. Llegaría a un acuerdo rapidito y tira que te vas. Estaría dispuesto a decirle al jurado que yo me lancé contra tu cuchillo y me apuñalé varias veces.

—Me alegro mucho de tener esta reputación, porque no habría quien me parara si me propusiera ganar ese juicio. ¿Recuerdas el año que no me dejaste hacerme un piercing en la ceja y les dije a tres chicas distintas que

llevaste a casa que coleccionabas uñas cortadas? —Meneo la cabeza—.

Era un monstruo.

—¿Recuerdas que, en lugar de intentar averiguar por qué mi desconsolada hermana de trece años se portaba mal, me limitaba a gritarle y a castigarla?

—Dios mío, ¿qué me dices de aquella vez que me dejaste sin cenar y me mandaste a mi habitación y, para vengarme, empecé una huelga de hambre?

—Estuviste días sin comer. Casi me da un patatús.

—Ah, no, claro que comí. Jade me traía bocadillos todas las noches.

Estaba bien alimentada.

Eli me tira del lóbulo de la oreja como respuesta a mi confesión. Pero entonces se le ablanda la mirada y sé que se acerca un comentario meloso y cursi, así que le saco la lengua.

—No te pongas sentimental conmigo, Killgore.

—No me puedo creer que te dejaran a mi cargo. Me dieron plena licencia para cagarla.

—¿En serio? Yo no me puedo creer que a ti te obligaran a hacerte cargo del vigoroso torbellino de hormonas que es una adolescente.

—Y, sin embargo, mírate. —Exhala una carcajada. Se queda sin palabras por un momento, emocionado—. Has salido tan bien que, o acabas trabajando en Sanchez y revolucionando la industria de los semiconductores, o te sacas un doctorado y redefines el puto campo entero de la astrofísica.

Desvío la mirada.

—No es… He fracasado en muchas cosas.

—¿Como cuáles?

—Como… —Siempre me siento sola. Llevo años intentando desenamorarme del mayor de los señoritos Hark. Y hay algo peor, Eli. No

Página 193

tengo ni puta idea de lo que estoy haciendo con mi vida. Soy como un hámster corriendo en una rueda, destinado a la perdición—. Lo de Sanchez y la oferta del MIT… Tampoco es para tanto.

—¿Cómo que no, Maya? —Me gira la cabeza con cuidado para que lo mire—. Has logrado un montón de cosas y lo has hecho sin ayuda de nadie. Sé que no tiene nada que ver conmigo, pero pienso grabarme en la lápida: «No interfirió demasiado en el desarrollo de una mente brillante». Hasta mamá y papá estarían contentos con cómo lo he hecho.

Me muerdo el labio inferior. Después el interior de la mejilla.

—¿Crees que…?

—¿Qué?

—¿Que mamá y papá estarían aquí? ¿En la boda?

Eli se encoge de hombros.

—Me encantaría decir que sí, pero no lo sé.

Él sabe lo difícil que ha sido para mí aceptar que el padre al que yo tanto adoraba no hizo el mismo papel conmigo que con mi hermano. Que la razón por la que a Eli casi no se le veía el pelo durante la primera década de mi vida no tenía nada que ver conmigo, sino con nuestros padres y la relación que tenían con él. El padre que Eli tuvo no era protector, sino dictatorial. Donde esperaba encontrar ternura, nuestra madre solo le ofreció ausencia. Y me cuesta reconciliar una simple verdad: si no hubieran muerto, Eli y yo seguiríamos siendo prácticamente desconocidos, y… no me gustaría nada vivir esa realidad. Supongo que eso me convierte en una mala persona, ¿no?

—Papá era bastante tradicional —reflexiona—. Y mamá siempre estaba de acuerdo con él. Dudo que a ninguno de los dos les hubiera caído bien Rue. Aunque, claro, yo tampoco les caía bien.

Se me forma un nudo en la garganta. Tristeza. Resentimiento.

Nostalgia.

—Que se jodan.

Se ríe.

—¿Que se jodan nuestros padres muertos?

—Sí. Que se jodan. Los quiero, los extraño, pero hicieron mal las cosas. A mí sí que me cae bien Rue. A veces incluso me caes bien tú.

Página 194

Eli niega con la cabeza. Pero me busca la mano y me la sujeta sin llegar a apretar.

—¿Dónde está Rue, por cierto? —pregunto.

—Dando un paseo por la playa. Su batería social está bajo mínimos.

Necesitaba estar un rato a solas.

—¿En qué dirección se ha ido? —Mi hermano señala hacia Isola Bella—. Iré hacia el otro lado, entonces.

—Estoy seguro de que te lo agradecerá.

—No puedo creer que haya aceptado ir a lo de esta noche. —Nos rogó que no lo llamáramos «despedida de soltera», sino «noche de chicas». Suena como el tipo de evento organizado por una hermandad universitaria al que Rue no querría asistir jamás de los jamases. Y, sin embargo…

—Parece que le hace bastante ilusión.

—Y, como es una persona incapaz de fingir ilusión por algo que no le apetece, será verdad. Debe de ser un milagro de Navidad.

—Estamos en junio.

—Seguro que es Navidad en algún lado. —Me pongo en pie y le digo adiós con la mano—. Eh, Tiny, ¿dejamos al viejo este con sus achaques y te vienes a dar un paseo conmigo?

El perro se levanta, animado por la palabra mágica que empieza por P. Con él trotando a mi lado, nos encaminamos hacia la playa.

—¡Eh! —me llama Eli al cabo de un momento.

Me giro.

—¿Qué pasa?

—Estoy orgulloso de…

—Ay, no, cállate.

—… ti, Maya.

Reanudo la marcha. Esta vez más rápido.

—¡Estoy orgulloso de ti y no hay nada que puedas hacer para impedírmelo! —grita más fuerte.

—No te estoy escuchando.

—Bueno, pues deberías. Porque siento un enorme respeto por ti como persona…

—¡Que te calles!

—… y como científica.

Página 195

Le hago una peineta por encima del hombro. Para cuando llego a las escaleras de piedra, lo único que oigo es a mi hermano partiéndose de risa a lo lejos.

Página 196

Ca ít o 23

TRES AÑOS, DOS MESES, DOS SEMANAS Y CINCO DÍAS ANTES EDIMBURGO, ESCOCIA

El primer paquete llega el día después de que Conor se haya marchado.

Me esfuerzo por no fruncir el ceño al leer la tarjeta.

Lo de anoche fue un error y asumo toda la responsabilidad. No debería haberme ido sin decir adiós, pero me pareció lo más sensato.

Si necesitas algo, llámame. Sea la hora que sea.

Conor

En la caja hay una máquina de hacer pan de última generación. La miro durante unos instantes sin comprender.

—¿Qué es eso? —pregunta Georgia cuando entra a la cocina. —¿Hmm? —Me meto la tarjeta por la cinturilla del pantalón del

pijama—. Es un regalo. De un amigo. Ella esboza una sonrisa obscena. —¿Qué te ha regalado Conor Harkness? —Una… máquina para hacer pan.

—Dios mío. ¿Porque sabe que te encanta el pan recién hecho?

Debe de ser por eso. Mencioné que tenía antojo de pan artesanal en algún momento, pero fue un comentario dicho tan de pasada que me parece imposible que se acuerde.

Página 197

Pero se ha acordado.

—Qué cabrón —murmuro mirándome las cejas fruncidas en la superficie metálica del aparato.

—¿Qué? ¿Por qué?

Ignoro a Georgia y me voy a mi cuarto. ¿Cómo se atreve? Es un capullo conmigo por teléfono, luego viene a rescatarme, luego me aboca a desarrollar un fuerte flechazo por él, luego hace que me corra como si se acabara el mundo, luego me deja sola en su lujoso hotel, donde he pedido el desayuno al servicio de habitaciones como venganza, luego se acuerda de lo que me gusta y me envía un aparato para disfrutarlo más a menudo.

Cómo. Se. Atreve.

En los días siguientes, los regalos continúan.

Un collar. Tres libros de fantasía. Post-its nuevos y un paraguas cuqui. Flores. Un juego de toallas de felpa. Una Xbox. Unas zapatillas que, según me informa internet, podría revender en eBay si alguna vez necesito dar la entrada de una casa.

¿Debería plantarle cara y devolvérselos? Nah. Si fuera cualquier otra persona, interpretaría los regalos como una forma de cortejarme o tal vez como una disculpa por haber actuado como un completo imbécil. Desafortunadamente, conozco lo suficiente a Conor como para saber que, si quisiera que lo perdonara, se limitaría a pedírmelo.

Nunca tendría la desfachatez de pretender conquistarme mandándome cosas de marca. Las cajas que envía son demasiado llamativas, no dejan lugar a la sorpresa. De hecho, todo lo contrario. No me envía joyas de Tiffany ni jerséis de Hermès porque quiera que los tenga. Solo pretende que Georgia, Alfie, Rose y todo aquel que pise mi casa sepan que sigue interesado en mí. Está manteniendo la tapadera.

—¿Por qué no te los trae en persona? —me pregunta Alfie durante la noche de Dragones y Mazmorras.

Cada día que pasa me resulta más insoportable. ¿Qué le veía a este mierdecilla que no sabe ni por dónde le viene el aire y a quien solo se le da bien quejarse y ser un cobarde? Ojalá hubiera tenido los ojos más abiertos. Me entran ganas de sentarme con la Maya del pasado y explicarle cuatro cosas.

Página 198

—Porque es un señor de negocios muy ocupado y tal —dice Sami—.

Apuesto a que está en Singapur, alterando la economía local.

—Conor es inversor en biotecnología. —Sí, lo he buscado en Google—. Pero efectivamente, es un hombre muy ocupado. Aunque puede

que venga a visitarme pronto —miento.

—Para alterarte a ti.

Sonrío mirando a Sami mientras Georgia y Rose se ríen y Alfie pone los ojos en blanco. Más tarde, cuando termina la partida y me quedo sola en mi habitación, pienso en coger el teléfono y llamar a Conor.

«Sea la hora que sea», dijo.

Compruebo el reloj. Es mediodía en Austin. De hecho, es la hora de comer. ¿Por qué no? Seguramente se esté tomando un batido de proteínas. O entrenando en la máquina de remo de su gimnasio con vistas al río. Apuesto a que tiene un ratito para mí.

Y sí, así es. Porque descuelga después de un único tono de llamada. —¿Va todo bien?

—¡Hola, hola! ¿Dónde estás?

—En la oficina.

—Ah, sí. ¿Qué tal va por Austin? ¿La ciudad sigue bajo el control de la horda tecnológica?

—Me temo que eso es imparable. Maya, ¿estás bien? ¿Necesitas algo? —Lo pregunta con cierta ansia, como si estuviera listo para subirse a un avión. Otra vez.

—Solo quería hablar contigo.

Una pausa. Una pausa larga.

—Cuando dije que me llamaras si necesitabas algo, me refería a… —Si necesitaba un riñón o una carta de recomendación para una

entrevista o quinientos mil dólares. Ya, lo sé. Pero ¿y si lo que necesito es… —hago una pausa dramática para darle efecto— hablar?

—No deberíamos…

—¿Hablar?

Me lo imagino recostado en su silla. ¿Cuánto tiempo se tarda en aprenderse los gestos de alguien? ¿Podrían ser menos de cuarenta y ocho horas?

—Esta situación es muy…

Página 199

—¿Divertida? ¿Placentera? ¿Bienvenida?

—Complicada.

Resoplo.

—¿Qué significa «complicada»? Es un término demasiado vago con varias posibles definiciones.

—Sabes perfectamente lo que significa.

—Mmm, justo estoy lidiando con un episodio de pérdida de memoria. —Me acomodo en la silla. Estiro las piernas sobre el escritorio—. ¿Cerrasteis el trato con Mayers?

—Por supuesto.

—¿Por eso te estás dejando una buena pasta en todos esos regalos? —No. Eso es porque…

—Quieres hacerle creer a mi compañera de piso que lo nuestro va viento en popa, lo sé. Te agradezco que hayas decidido acompañar los regalos de marca con post-its cuquis. Y, por favor, no te cortes con lo de seguir mandándome comida.

Oigo un ruido en el otro extremo de la llamada y es… porque se está riendo. Le he hecho reír.

Estoy que no quepo en mí de satisfacción.

—Así que, bueno, quería darte las gracias por los regalos. Pero sobre todo, quería dártelas por el orgasmo. Fue de los buenos. El mejor polvo de mi vida.

—Hostia puta, Maya —dice con brusquedad.

Sonrío.

—Y llevo unos días preguntándome si… es cosa tuya.

Confuso, contesta:

—¿Qué?

—O sea, estoy soltera. Y cachonda. Así que tengo intención de replicar lo que me hiciste. Quiero que se le acerque lo máximo posible. Para ello, voy a tener que aislar las variables…

—Maya.

—… y después averiguar dónde puedo conseguir mi dosis de… placer carnal.

¿Eso ha sido un gruñido?

—No uses la palabra «carnal».

Página 200

—¿Por qué? ¿No te gusta? ¿Prefieres que lo llame «lujuria desenfrenada»?

Suspira. Siento la bocanada de aire a pesar de estar al otro lado del océano.

—Mi pregunta es si crees que la clave es que eres mayor y más sabio y tienes más experiencia. ¿Debería empezar a salir con hombres mayores?

—No. Ni se te ocurra salir con tíos mayores. Solo se aprovecharán de

ti.

—No todos los hombres mayores son unos aprovechados —replico—. Hace poco pasé el día con uno que era un trozo de pan…

—Lo conozco y es un imbécil —me interrumpe con rudeza. Con demasiada rudeza—. Por el amor de Dios, Maya. Búscate un veinteañero. Cualquiera, pero que sea veinteañero.

No sé por qué, pero siento como si me estuviera metiendo una cuchara de las de servir helado en el estómago y arrancándome todo el tejido interno.

—¿Eso es lo que quieres? —le pregunto en voz baja.

—No. No es que lo quiera, es que no me importa, Maya. No es asunto mío con quién sales, con quién follas ni con quién pasas el rato. Lo único que me importa es tu bienestar y ya lo he comprometido una vez.

Las últimas palabras son lo más parecido a un grito que le he oído pronunciar hablando conmigo. Comprobar lo mucho que sí le importa me pone el corazón a mil por hora. Está muy equivocado. Se cree que puede influir en la forma en que quiero vivir mi vida, en las cosas que elijo para ser feliz.

Me doy cuenta de que tengo dos opciones. Una es insistir en ir tras él. Continuar con el tonteo. Decirle que me gusta por un millón de razones que no tienen nada que ver con su edad, su dinero ni su físico. Podría intentar que aceptara que yo también le gusto. Y, cuando fracasase

—porque no tengo duda de que fracasaría—, él se iría y tendría que asumir su pérdida.

La otra opción es mantenerlo en mi vida. No como quiero, pero… Me parece una decisión fácil.

—Ya, sí. Bla, bla, bla. —Me obligo a sonar aburrida—. Una ya no puede ser una femme fatale en paz.

Página 201

Noto lo confundido que está al otro lado de la línea.

—¿Cómo?

—A ver, estaba de broma.

—¿Sobre?

—Solo intentaba vengarme por haberme dejado sola en esa habitación de hotel. Pero… —trago saliva— tenías razón. Tienes razón. Me llevas tropecientos años y, si me pillara de ti o algo, la situación se volvería suuuperincómoda, sobre todo por el tema de Eli y demás. El caso es que lo de que me gusta el sexo es verdad. Por eso no quiero tener una aventura con alguien que vive en otro continente.

Se queda en silencio durante un largo rato. Hasta que dice:

—Peligro.

Me río.

—Sip, así me llaman. Te diré una cosa: no me sirves de novio, pero me vendría genial un nuevo amigo, ya que tres de los que tenía están en la cuerda floja. ¿Te ves capaz de ignorar el hecho de que soy guapísima y ser mi amigo?

—Depende. ¿Qué clase de amigo?

Un simple amigo con el que poder hablar, pienso. Pero digo:

—¿Puedo llamarte y reírme de todo lo que digas de forma exagerada

cuando Georgia y Alfie estén en la cocina haciéndose la cena?

—Maya —responde con un tono de reproche.

—¿Qué? —replico a la defensiva.

—Me decepciona que aún no lo hayas hecho.

Alfie viene a verme una mañana soleada, varias semanas después de la ruptura. Yo estoy en la biblioteca, terminando la bibliografía de mi tesis. Se sienta a mi lado, respira hondo, se rasca la nuca.

Oh-oh, pienso.

—Lo siento —dice muy serio—. He sido un imbécil. Me he comportado… Harkness tenía razón. Sabía que lo que hacía estaba mal, pero cuando quise darme cuenta, ya estaba enamorado de Georgia.

Página 202

Me cruzo de brazos. Lo hago sudar un poco. Donde deberían estar mis

sentimientos —tristeza, rechazo, ira— solo encuentro silencio. He pasado página demasiado rápido. «No te preocupes; de todas formas, nunca te quise de verdad», podría decirle y sería cierto, y quizá le dolería tanto como a mí lo suyo. Lo que pasa es que ya no me importa hasta el punto de querer vengarme.

Sin embargo, tengo una pregunta.

—Antes de que rompieras conmigo, ¿Georgia y tú…? Después de unos instantes, asiente. Ni siquiera me sorprende. —¿Rose lo sabía?

Se mordisquea el interior del labio y lo conozco demasiado para no saber lo que eso significa. Ya tengo mi respuesta.

—Nos vio una vez y… dijo que no quería tener nada que ver y que iba a fingir demencia.

Así que sí. Rose lo sabía. Me pregunto si tengo la capacidad de perdonar algo así y… Sí. La tengo. Aunque puede que sea un desperdicio emplearla con esta gente.

De camino a casa, llamo a Conor. Hablamos mucho por teléfono, sobre todo cuando estoy en casa, más que nada por aparentar delante de los demás. Nuestras llamadas suelen durar bastante, pero cuando Rose quiso saber de qué hablábamos «para estar tanto rato al teléfono», no supe responder.

De todo. De nada. De algunas cosas. —¿Qué pasa? —me pregunta aturdido. —¿Estabas durmiendo?

—Estaba, sí. Porque son las cinco de la mañana.

—¿Por qué lo has cogido, entonces?

—Porque me has llamado.

—Vale, escucha. Ya sé que, a diferencia de mí, tú no te criaste en un mundo digitalizado, pero hay algo que creo que deberías saber.

—Voy a colgar.

—Existe un truco de magia que se llama silenciar las notificaciones, sirve para…

—Estás en mis contactos de emergencia.

Página 203

Se me para el corazón y me quedo muda unos segundos. Aquí, en medio de una acera concurrida.

—Será mejor que me quites o abusaré de ese privilegio.

—¿Qué tal si simplemente no lo haces?

—No suena propio de mí, la verdad. De todos modos, dejaré que sigas durmiendo.

—Nah, son las cinco de la mañana. Ya que estoy, voy a salir a correr. —Un gran ejemplo de frase que nunca saldría de mi boca. —Reanudo

la marcha—. ¿Por casualidad tomas un batido de proteína con chía antes de hacer ejercicio?

—No.

—¿Y después?

No responde. O sea que sí.

—¿Tienes entrenador personal?

—Solo un escabroso pasado como deportista universitario.

—Conque sabes cómo hacer unas buenas sentadillas, ¿eh? Eso explica por qué estás tan en forma…

—Maya…

—… para tu edad. —Oigo un gruñido débil y retumbante. Sonrío—.

Oye, Conor.

—Dime, Peligro.

—Creo que me apetece saberlo todo sobre tu rutina de ejercicios. —¿Para qué? ¿Para burlarte de mí? —Obvio.

Suspira.

Y luego me lo explica.

El 15 de abril es el último día para que los estudiantes estadounidenses acepten las becas que les ofrecen ciertas instituciones. Esa mañana, me siento en el escritorio y escribo un correo electrónico:

Estimada doctora Sharma:

Página 204

Tengo muchas ganas de unirme a su laboratorio en la Universidad de Texas.

Página 205

Ca ít o 24

EN LA ACTUALIDAD

TAORMINA, ITALIA

Después de oír la llamada de Tamryn, no me cruzo con Conor en todo el día. Mejor. Aún no he decidido si quiero mantenerme firme, disculparme por mentir sobre el alemán o fingir que estaba demasiado borracha para recordar lo que pasó anoche. La primera opción requiere valentía; la segunda, madurez, y la tercera, sabiduría.

No tengo ninguna de esas tres cosas.

Por la noche, los hombres van al centro para tomar unas copas. —¿Podrías asegurarte de que Rue tiene un ratito a solas para comer?

—me pide Eli—. Si no come sentada…

—Se le olvida. Y no le gusta hacerlo delante de mucha gente. —Ay, mi dulce y obsesionado hermano—. No te preocupes, lo haré.

—Le he pedido a Lucrezia que le prepare algo, así que, si puedes… —Eli, vete. Estate tranquilo, cuidaré de ella.

O quizá no. Cuando llego a la piscina con unas verduras de temporada a la parrilla en una mano y una tabla de embutidos en la otra, ya es demasiado tarde.

La puesta de sol en Sicilia no se parece a nada que haya visto antes. Fucsias y azules intensos decoran el cielo y se difuminan en franjas corales y añiles que se enroscan alrededor del Etna. El océano es del mismo tono que un campo de lavanda y la fragancia del romero y de los cítricos llega

Página 206

hasta los jardines. Alrededor de la villa, por los caminos empedrados, las sombras de los muros se alargan, oscureciendo el césped. La luz de las guirnaldas y de algún que otro farolillo ya alumbra el jardín. Gracias a la brisa marina, el calor sofocante del día poco a poco se disipa.

Rue y Tisha están junto a la piscina, compartiendo una tumbona pensada para una sola persona, con los ojos clavados en el cielo. Su cara de concentración me recuerda a la que pone Tiny cuando se entretiene con juguetes de agilidad mental.

—Hemos decidido empezar sin ti —dice Tisha cuando dejo las dos bandejas en la mesa junto a la tumbona. Percibo algo raro en su voz, suena monótona, cualquiera diría que…

Miro a mi alrededor y la encuentro enseguida. Hay una bolsita de plástico llena de cogollos medio escondida en una riñonera.

—¿Cómo?

—No se atreva usted a preguntar por la procedencia de la ancestral hierba de la alegría —me contesta—, pues solo unos pocos están preparados para conocer la oscura verdad.

—¿Los nietos de Lucrezia?

—¿Cómo coño lo has adivinado?

—Tengo un don para estas cosas. Se me da genial detectar quién tiene algo interesante que vender.

—En ese caso, mi señora —Tisha mete la mano debajo de la tumbona y, a tientas, encuentra la bolsita de plástico—, puede usted tomar un poco. Invita la casa.

Lo bueno de haber experimentado con las drogas recreativas durante mi desperdiciada juventud es que, gracias a eso, he podido catalogar las reacciones de mi cuerpo a las sustancias psicógenas con una dedicación propia de un monje amanuense en un scriptorium del siglo xv. He tenido mis bajones (como la primera vez que probé el DMT y me corté el flequillo con un cortaúñas) y mis subidones (cuando las setas me ayudaron a entender el concepto de entrelazamiento cuántico; de hecho, tomar setas antes de hacer los deberes me resultaba tan placentero que empecé a cultivarlas bajo el lavabo de mi cuarto de baño a los quince años. Cuando Eli me pilló, le hice creer que no era para uso personal, sino «para cambiarlas por ropa de marca». Benditos sean mi hermano y su total y

Página 207

absoluta falta de sentido de la moda. A día de hoy sigue convencido de que Old Navy es una marca de lujo).

Y por eso sé que la hierba no me va.

—Gracias —le digo a Tisha, aunque no tengo intención de participar. En lugar de eso, observo cómo Rue y ella contemplan las primeras estrellas que se asoman, parpadeantes, en un cielo cada vez más oscuro. Se inventan nombres para designarlas («Pepita Crepuscular», «El Gran Cervatillo», «Doña Osa Mayor»). Una a una, las demás van bajando y uniéndose a nosotras.

—Te he echado de menos, querida. No hay mayor tortura que la de

tenerte lejos. Y por eso —Nyota me lanza algo hecho un ovillo— te he traído este regalo.

Hago una mueca mientras lo despliego.

—Uf, no.

—Y tanto que sí. Qué bien que solo lleves el bikini. Te la puedes poner encima.

Gimo, pero cumplo con sus órdenes a pesar del grito ahogado de Avery.

—¿Qué coño es esta cosa de tres patas?

Rue parpadea.

—Mierda. Creo que voy más fumada de lo que pensaba.

—No tema, majestad. —Tisha le acaricia el pelo con cariño—. Yo la protegeré del trípode del terror.

Una hora después, Minami y yo somos las dos únicas personas del grupo que no estamos hablando como si perteneciésemos al siglo xiv.

—Míralas, aprovechando al máximo sus receptores cannabinoides. ¿Deberíamos grabarlas para la posteridad? —me pregunta—. ¿O nos estaríamos incriminando?

—No lo sé. ¿La marihuana es legal en Italia? Nyota, ¿tú lo sabes?

En ese momento está concentrada en trenzar el pelo de Tamryn con el de Avery, pero aun así, responde:

—La verdadera pregunta es: ¿por qué sois tan aguafiestas vosotras dos? También os negasteis a probar el arancello envenenado.

Me encojo de hombros.

Página 208

—A mí ni siquiera me lo llegaron a ofrecer. Y hoy he decidido sacrificarme porque alguien tiene que encargarse de llevaros sanas y salvas a la cama si os perdéis entre los limoneros.

Minami asiente.

—En mi caso es porque estoy embarazada.

El silencio que sigue a sus palabras es espeso como la melaza. Incluso las olas dejan de chocar contra la orilla.

Hasta que Rue se gira hacia Tisha y le susurra en un tono ridículamente alto:

—¿Eso lo sabíamos?

La respuesta es también digna de película:

—Diría que no.

—Minami, ¿acabas de anunciar que estás embarazada mientras

estamos fumadas? —pregunta Nyota.

Minami sonríe.

—Maya no está fumada. Lo que sí que está es llorando.

—No estoy llorando, es que… —Me llevo las manos a las mejillas y me encuentro con las lágrimas—. Dios mío, me alegro muchísimo por ti. —Me inclino para darle un abrazo tan fuerte como el primero que le di, cuando tenía doce años—. Espero que sea una niña, igual que Kaede. O un niño, igual que Kaede. Básicamente, creo que Kaede debería ascender a reina y que el puesto de princesa lo ocupara una miniyo a la que darle órdenes.

Todo el mundo empieza a hablar a la vez: historias de embarazos, discusiones sobre nombres, esperanzas de que sean octillizos. Pero Minami baja la voz y me dice:

—Nacerá dentro de cinco meses y medio. Y Sul y yo estamos de acuerdo en que tú deberías ser la madrina.

Parpadeo.

—Que yo… ¿qué?

Se ríe.

—La hermana de Sul es la madrina de Kaede y… la queremos mucho, pero nunca ha llegado a conectar con Kaede. Tú eres su persona favorita del mundo mundial. Después de mí, claro, pero es que yo soy quien posee Las Tetas. Se te dan genial los críos. Hiciste ese voluntariado en la pista de

Página 209

hielo, eres buena enseñando… Disfrutas de pasar tiempo con niños, así que nos encantaría que fueras tú.

La alegría se me extiende por el pecho.

—Minami…, sería un honor. —Se me hace un nudo en la garganta. Ahora a ella también se le saltan las lágrimas. Nos abrazamos y solo espero no estar ensuciándole el pelo con mis mocos, aunque no las tengo todas conmigo.

—Esto me parece conmovedor, y eso que odio a los niños —reflexiona Nyota desde una perspectiva intelectual—. ¿Cómo es eso posible?

Avery se ríe.

—Yo pensaba lo mismo. Estaba tan segura de que no quería… Y ahora mírame, con treinta y ocho años, pensando en a qué campamentos de verano enviaría a mis hijos imaginarios.

—Si te das prisa, podremos llevarlos juntos al parque —le dice Minami—, así podrás defenderme de las mamás que se burlan de mis mallas con estampado de galaxia.

—Eso es indefendible —murmura Nyota, pero Avery asiente con entusiasmo.

—En cuanto encuentre a un tío que no sea un asesino en serie ni un fanático de Tesla, iré a darles una paliza.

—Antes salías con Hark, ¿verdad? —le pregunta Tisha levantando la cabeza. Tras unos cuantos intentos, consigue apoyarla sobre el puño—. ¿Cuál de los dos era él, asesino en serie o fanático de Tesla?

—Ninguna, lo que le ocurre a él es que no está disponible emocionalmente. Al menos me ha dejado claro que hay otra persona y que no puede corresponderme. Es un soplo de aire fresco, después de que mi ex me mareara durante años.

Tisha pone los ojos en blanco.

—Odio a la gente emocionalmente inaccesible.

—Obligaste a Diego a proponerte matrimonio tres veces antes de

aceptar —apunta Rue.

—Es diferente. Los hombres tienen que currárselo…

—Espera —interrumpe Tamryn—. ¿Tres veces?

La conversación se desvía hacia los tres anillos que compró el pobre Diego y nadie excepto yo se da cuenta de la ligera rigidez en la postura de

Página 210

Minami. Ni de cómo, unos minutos después, se aleja en silencio por el camino de piedra.

Evalúo al resto del grupo. A pesar de los ojos vidriosos y los ataques de risa incontrolables, creo que puedo confiar en que no se despeñen por el acantilado y acaben empaladas en un cactus.

—Minami, espera —digo corriendo tras ella.

Responde sin girarse.

—Em… Voy a subir a ver cómo le va a la niñera que me ha recomendado Lucrezia, enseguida… —Se calla. Porque estoy de pie frente a ella y es obvio, incluso en la oscuridad, que le corren lágrimas por las mejillas.

No es la primera vez que veo llorar a Minami. Lo hizo en el funeral de mi padre y al menos una docena de veces más en los años siguientes. Pero esta vez es diferente y dudo que tenga algo que ver con lo que acaba de anunciar. La tensión de su rostro está más cerca de la ira que de la tristeza.

—Solo quería… —Aprieta los puños. Niega con la cabeza, como si estuviera convenciéndose a sí misma de algo.

—¿Estás bien?

—Sí. No. Estoy… —Cierra los ojos y busca el banco más cercano. Se sienta y apoya los codos en las rodillas. Respira hondo varias veces antes de decir—: Necesito un segundo.

Tomo asiento a su lado y le doy unas palmaditas en el hombro. Creo que sé cuál ha sido el detonante, pero…

—¿Es…? ¿Es por lo que ha dicho Avery?

Inclina la cabeza.

—La adoro. Estoy muy contenta de que esté trabajando en Harkness. Antes aquello era un puto campo de nabos y yo… —Se endereza y traga saliva—. Estoy cansada del tema. Ha pasado más de una década. Todo el mundo supone… Incluso Eli cree que un día me levanté y decidí romperle el corazón a Hark porque ya no estaba enamorada de él. Pero no fue… —Se limpia la mejilla—. Probablemente sea culpa suya. Ojalá supiera qué le cuenta a la gente cuando le preguntan por qué rompimos.

—Que te pidió matrimonio, tú te negaste y se acabó.

—¿Es eso lo que…? —Suelta una risa amarga—. Por supuesto.

Página 211

—No te culpa a ti, Minami. —Lo último que quiero es crear un conflicto entre ella y Conor. Pero tal vez sea demasiado tarde. Veo varias líneas paralelas en su frente, algo inusual.

—Genial. O sea, es verdad. Pero ¿te dijo también por qué lo rechacé? ¿Te explicó que era una persona totalmente inaccesible? ¿Que siempre tenía que sonsacarle las palabras? ¿Que era tan reservado y turbio sobre su infancia que durante mucho tiempo sospeché que había estado en un reformatorio por haber provocado un incendio en un orfanato o alguna abominación del estilo? ¿Te dijo que mi mayor problema en nuestra relación era la total y absoluta falta de comunicación en cuanto a sus deseos y necesidades? Por favor, dime que al menos se molestó en dar un poco de contexto cuando te explicó que rompimos porque no quise casarme con él.

Me quedo parpadeando unos segundos antes de responder con calma:

—No dijo nada de eso. —Pone los ojos en blanco, pero su actitud

cambia cuando añado—: Pero sí mencionó que creía que era culpa suya.

Que su corazón ya estaba roto de antes.

La expresión se le suaviza, echa la cabeza hacia atrás para mirar al cielo y respira hondo.

—Me vendría bien un chupito ahora mismo.

—Seguro que Axel tiene algo en su habitación.

Se ríe y respira siguiendo el ritmo de las cigarras.

—En serio, comprendo los traumas de niño blanco y rico que tiene Hark. Su familia le hizo mucho daño. Su madre… Por alguna razón que no logro comprender, esa mujer amaba a su marido de verdad, por muy cruel, abusivo, infiel y desgraciado que fuera. Y a los hermanos pequeños de Hark habría que encerrarlos como medida cautelar antes de que monten una estafa con memecoins o atropellen a alguien puestos de metanfetaminas. Y su padre, por supuesto, era un manipulador de mierda y un sádico que trataba a su familia como si fuera ganado. El principal objetivo de Hark en esta vida es no ser como él y se lo toma muy en serio. El caso es que, quizá, como su madre era una mujer frágil y sufrida, él ve a su pareja desde esa misma perspectiva. Como alguien a quien cuidar.

—¿Como alguien a quien proteger en lugar de alguien con quien compartir una vida?

Página 212

—¡Sí! Durante años, me escondió un montón de cosas. Si sucedía algo en su vida, yo era la última en enterarme. La única emoción con la que se sentía cómodo era la ira, y la volcaba en su trabajo. Durante un tiempo me dije que no pasaba nada, pero luego me di cuenta de que todo ese amor que profesaba por mí era solo… conveniente. Quería estar con alguien que no le arrebatara el control, como hizo su padre con su madre. Quería una

vida con alguien de quien se sintiera capaz de prescindir. —Cierra los ojos—. Aun así, me dije que iba a ser capaz de cambiarlo. De arreglarlo. Pero no pude. Tenía que arreglarse él solo. Y, cuando le dije que sentía que la relación no funcionaba, que no podía seguir así…

—Te pidió que te casaras con él —concluyo. Porque por supuesto que Hark decidió que esa era la mejor forma de salvar la relación. Hay que joderse.

—Creció rodeado de privilegios, pero le dieron tan poco afecto durante su infancia que nunca tuvo un buen ejemplo de relación funcional. Es una persona incapaz de conectar con sus sentimientos y de dejarse llevar por lo que desea. —Se pasa una mano por la cara, agotada—. No es cierto lo que le dijo a Avery. Que no puede estar con ella porque sigue enamorado de mí. No está enamorado de mí. O le estaba mintiendo a ella, o se está mintiendo a sí mismo.

Hay una tercera opción, claro: que se refiriera a otra persona. Pero Minami no tiene forma de saberlo. De hecho, nadie la tiene.

Nadie excepto yo.

—Perdón por darte la paliza, Maya. Por favor, no se lo cuentes a nadie. Lo malo es que la mayoría de estas cosas sobre su familia las sé por Tamryn. Él nunca me las contó. Seguro que se cabrearía un montón si se enterara.

Asiento para tranquilizarla. La abrazo y decido callarme la verdad: que todas estas cosas que tanto tiempo y esfuerzo le costó averiguar yo ya las sabía. Me las contó cuando nos conocimos en Escocia. Y durante las innumerables llamadas nocturnas de los siguientes tres años. Y cuando le pregunté. Y también sin tener que preguntarle.

Porque, un día, Conor Harkness decidió que quería que alguien lo conociera de verdad. Y me eligió a mí.

Página 213

Ca ít o 25

TRES AÑOS ANTES

EDIMBURGO, ESCOCIA

MAYA: Perdón por no contestar, tengo media boca dormida.

CONOR: Uf. Caries?

MAYA: Sí.

CONOR: No es la segunda en poco tiempo?

MAYA: La tercera. El dentista me ha dicho que

debería empezar a usar un cepillo eléctrico, pero

prefiero morir antes que eso.

CONOR: Por qué?

Página 214

MAYA: Y si se le cae el cabezal y me hago un

agujero en la mejilla con la cosita de hierro donde

encaja?

CONOR: Un miedo muy racional, claro que sí.

MAYA: Y si me explota en la boca?

CONOR: Al menos así te aseguras de que ya no te quedan caries.

Esa misma noche me envía sopa y tres tipos diferentes de cepillos de dientes eléctricos.

DOS AÑOS Y CUATRO MESES ANTES

AUSTIN, TEXAS

El plan es una maravilla. Y también un desastre. Solo se le podría haber ocurrido a Jade.

—Pero no ha sido cosa mía —me dice—. Se llama ser una esponja emocional.

El problema es que hace casi un año que no tengo relaciones sexuales y las echo de menos.

El otro problema es que no me apetece acostarme con nadie que no sea Conor desde el día que vino a rescatarme a Escocia.

—Vale, a ver —dice Jade con cara seria—. Lo que vamos a hacer es organizar una cita con un chico de Tinder que tenga pinta de ser decente en la cama. Media hora antes… Espera, ¿cuánto duran tus llamadas con Conor?

Bajo la mirada.

Página 215

—Vale, dos horas antes, lo llamas. Hablas con él. Te pones cachonda hablando de… ¿De qué hablan los hombres de treinta y seis años? ¿De la caída del Muro de Berlín? ¿De inversiones en bolsa? Bueno, el caso es que después de hablar con él te vas a casa del tío de Tinder y… ¡voilà!

—Voilà, en efecto.

El plan es una absoluta maravilla. Y si al final no funciona porque, al llamar a Conor justo cuando dijimos que lo haría, acabamos discutiendo sobre la mejor manera de reestructurar la publicación de artículos académicos, me hace reír con una historia de cuando iba a remo, me olvido de mirar la hora hasta aproximadamente cuarenta minutos después de cuando se suponía que había quedado con el chico de Tinder y no quiero en absoluto tener sexo con alguien que no sea este hombre…

Pues, bueno…, es por culpa mía.

DOS AÑOS Y UN MES ANTES

AUSTIN, TEXAS

—Después siempre me arrepiento —le digo la noche de la pelea con Jade.

Él respira hondo.

—Lo sé.

—De verdad que no quería. Lo que pasa es que… me enfado tanto que dejo de pensar con claridad y a mi cerebro solo se le ocurren crueldades. Y lo peor es que mi psicóloga me ha enseñado un montón de técnicas de respiración y de estrategias para calmarme, pero a veces me enfado de tal manera que mi cerebro cortocircuita y te juro que se me olvida todo… —Me froto los ojos—. Soy una mala persona, ¿verdad? La gente buena no arremete contra los demás como yo.

—Si lo fueras, no estaríamos teniendo esta conversación, Maya. —Está en Canadá, pero lo siento tan cerca…—. Creo que es normal querer hacerle daño a alguien que te ha hecho daño. Estás trabajando en ello y Jade te conoce. Además, me has dicho que ya os habéis reconciliado, ¿no?

—Sí. —Me abrazo las rodillas contra el pecho—. ¿Y si un día te lo hago a ti? ¿Me odiarías?

Se ríe con suavidad.

Página 216

—No creo que eso sea posible, Peligro.

DOS AÑOS ANTES

AUSTIN, TEXAS

Me llama estando borracho. No demasiado, pero… casi. Intento entablar conversación: «¿Qué tal el día?», «¿Todo bien en el trabajo?», «¿Qué has tomado?», pero no creo que quiera hablar.

—¿Estás bien? —le pregunto cautelosa.

—Sí. —Inhala profundamente—. Sí. Solo quería escucharte existir.

Casi me descompongo cuando dice eso.

—Vale —contesto, y ya no hablamos más.

Sigo con lo que estaba haciendo antes de que llamara: preparar la maleta para mi próxima acampada de una semana con Jade. Después doblo ropa y me lavo los dientes y la cara. Llevo el móvil conmigo a todas partes.

—Maya —dice más de una hora después.

—¿Sí?

Un suspiro. Coge aire; yo también. Está a punto de decir algo, o puede que yo esté a punto de decir algo.

—Que tengas buen viaje.

UN AÑO Y ONCE MESES ANTES

AUSTIN, TEXAS

—No acabo de entender el propósito de sentarse a mirar las estrellas.

Resoplo indignada y digo:

—¿No te flipa que te recuerden lo insignificante que eres?

—Estoy bien así, gracias.

Su comentario me hace estallar en carcajadas. —Vale, pero… ¿has visto Antares? —Mentiría si dijera que sí.

Página 217

—Pues sal afuera y mira. Hacia el suroeste. Un poco por encima de la línea del horizonte.

Oigo el ruido de sus pies arrastrándose. Una puerta de balcón que se abre. Conor existiendo.

—¿Qué se supone que debería ver?

—La constelación de Escorpio. Parece una especie de… brazo mecánico, ¿no? O un escorpión, según los griegos, pero yo no lo termino de ver. Antares es lo que está a la altura de la muñeca del brazo. Tiene un color diferente al de las demás estrellas. Es roja, tanto que la gente la confundía con Marte, así que la llamaron Antares, que literalmente significa «rival de Marte». Venga ya, es imposible que no la veas.

—Lamento informarte de que, de hecho, sí es posible.

Suspiro. Disimulo la sonrisa en mi voz.

—Pues será mejor que la encuentres pronto, porque solo será visible durante un tiempo limitado.

—¿Y eso?

—Está a punto de morir.

—¿Y con «a punto» te refieres a…?

—Un millón de años, más o menos.

—Ya. —Ruidos variados. Conor poniéndose cómodo en el balcón. Un atisbo de diversión—. Está bien. Cuéntame más cosas sobre esta amiga tuya.

UN AÑO Y CUATRO MESES ANTES

AUSTIN, TEXAS

Kaede nació hace una semana y hoy hemos estado los dos en casa de Minami, sentados uno al lado del otro, turnándonos para cogerla en brazos y olerle la cabecita. Maravillándonos con cada bostezo, cada parpadeo, cada movimiento de los deditos. Desconectando de la conversación para quedarnos mirándola.

Me llama en cuanto llega a casa.

Yo estoy esperando teléfono en mano.

Página 218

—¿Te gustaría formar una familia? —le pregunto al cabo de un rato—.

En algún momento de la vida, me refiero.

Debe de tener las ventanas abiertas, porque oigo el sonido distante del tráfico.

—No sé cómo explicarlo.

—Tranquilo. —Espero paciente. Sé que llegará. Siempre acaba llegando.

—No creo que mi estado por defecto sea desear formar una familia. Pero siento que, si estuviera con la persona adecuada, lo desearía tanto que no sería capaz de centrarme en otra cosa. Me pasaría la vida imaginando que ella… —Se queda callado. Suelta un suspiro. O quizá sea una risotada—. De todos modos, requeriría muchos cambios.

—¿Como cuáles?

—Me gustaría que la crianza estuviera repartida de forma equitativa.

Tendría que reestructurar mi horario de trabajo. Mis hábitos.

—Lo harías.

—Sí, yo… Sí. ¿Qué hay de ti? ¿Quieres formar una familia algún día? —Me encantan los niños. Son muy… divertidos. Y me gusta la idea de tener mis propios hijos. Sé que Eli se llevaba fatal con mis padres, pero yo me lo pasaba en grande con ellos. Les tomaba el pelo y ellos se enfadaban conmigo y yo les tomaba aún más el pelo. Entonces se miraban como diciendo: «¿En qué momento hemos creado a esta energúmena?». Pero

con orgullo. Me gustaría tener algo así. —Trago saliva—. Me encantaría hacer sentir a alguien como me hicieron sentir a mí. Como si el mundo no tuviera por qué ser un lugar terrible, aterrador y solitario. Como que la vida puede ser bonita.

No dice nada durante un buen rato, y yo tampoco.

UN AÑO Y UNA SEMANA ANTES

AUSTIN, TEXAS

—Tiene que haber uno que odies un poco menos.

—No.

—Venga ya.

Página 219

—Maya, mis hermanos son todos gilipollas a partes iguales. Lo que significa que merecen odio a partes iguales.

—Vale, pongamos que… te estoy apuntando con una pistola.

—No es el caso.

—Sí. Usa la imaginación. Te estoy apuntando con una pistola a la cabeza…

—¿Cuál?

—Yo qué sé. No entiendo de pistolas. —¿Y dices que te has criado en Texas? Pongo los ojos en blanco.

—Un rifle. De esos largos que se usaban hace un millón de años.

—Son difíciles de manejar.

—Bueno, vale, tacha eso. Tengo un bate de béisbol en las manos.

Podría darte un golpe en la cabeza en cualquier momento.

—Sí, eso suena más propio de ti.

—¿Verdad? Mis problemas de ira están a flor de piel. Solo estamos tú, yo y el bate de béisbol. Y te pido que elijas cuál de tus hermanos te cae menos mal. Tienes tiempo para pensarlo. No hay prisa.

Se queda callado. Yo también. Unidos a través de un satélite que está a un millón de kilómetros de distancia. Podría coger el coche y presentarme en su casa en diez minutos, pero no lo haré.

—Vale, ya tengo la respuesta.

—¿Y bien?

—Dame con todas tus fuerzas, Peligro.

DIEZ MESES Y DOS SEMANAS ANTES

AUSTIN, TEXAS

—¿Sigues pensando que Alfie era el amor de tu vida? —me pregunta tras una pausa tan prolongada que no recuerdo cuál ha sido el tema de conversación anterior.

Es más de medianoche. La impredecible hora de las brujas. La hora en la que hablamos de cosas que no deberíamos. Conversaciones lentas. Muchas distracciones. Preguntas y respuestas que no siempre encajan.

Página 220

Estoy tumbada de lado, medio dormida. Se oye el suave zumbido del aire acondicionado. Jade ha llegado a casa hace un rato y se notaba que iba medio piripi. Ha venido acompañada de alguien que no conozco. Oigo alguna que otra carcajada al otro lado de la pared y eso me hace sonreír.

—Tengo la certeza de que no lo era. Supongo que… estaba demasiado embelesada. —Me paro a pensarlo un momento—. Me gustaban sus dientes.

Conor suelta un resoplido.

—Entonces, seguro que eso era amor.

—Cierra el pico. —Me estiro, perezosa—. ¿Minami fue tu primer amor?

—Creo que sí.

—¿Lo supiste enseguida?

—No, qué va. Eso del amor no se estilaba mucho en mi casa cuando era pequeño, así que me costó reconocerlo. Y hubo otras mujeres antes, pero…

El silencio se extiende. Pasa un coche y los faros iluminan mi habitación.

—¿Cómo te…? ¿Cómo fue estar enamorado por primera vez? —Agradable. Fue agradable. Me alivió ver que… —¿Que qué?

Una pausa.

—Ya te lo conté. Me parezco mucho a mi padre. Lo único que quería era tener algo un poco más…

—¿Más…?

—Bonito. Tranquilo. Sostenible. Fue un alivio encontrar a Minami.

Nuestros temperamentos se complementaban. Ella sacaba lo mejor de mí.

No tenía que lidiar con las partes malas. O las más jodidas.

Me río. Es una risa suave, pero la oye igualmente.

—¿Qué? —pregunta.

—Eso no es muy propio de una relación sana, ¿no te parece? Lo de esconder partes de ti.

—Lo es si dos personas se compenetran bien. Si la relación es respetuosa y apacible.

Me vuelvo a reír.

Página 221

—Apacible.

—¿Qué te hace tanta gracia?

—Solo que… no creo que eso sea el máximo exponente del amor. —¿No crees que amar significa querer proteger a alguien de los

aspectos más desagradables de uno mismo?

—Bueno… No lo sé. Pero hablas de Minami como si fuera una figurita

de cristal. —Bostezo—. Algo que quieres poner en un pedestal o en una vitrina. No de una persona.

Me duermo antes de que responda.

Página 222

Ca ít o 26

EN LA ACTUALIDAD

TAORMINA, ITALIA

MAYA: Esto va a sonar raro, y estás en tu derecho de bloquearme, pero… Hola, Scarlett. Soy Maya. Tu novio y yo nos conocimos anoche después de la clase de pasta. Espero que no te sepa mal que te escriba.

SCARLETT: Madre mía, HOLA!!

MAYA: Coincido: madre mía!! No las tenía todas

conmigo sobre si el número que me dio era real.

SCARLETT: Me moría de ganas de saber algo de ti y de ese hombre que te gusta! Os vais a casar? Debería reservar la fecha?

MAYA: Desafortunadamente, de momento no hay boda a la vista.

Página 223

SCARLETT: Buuu.

MAYA: Pero aún me quedan ideas.

SCARLETT: Lukas y yo te apoyamos.

MAYA: Lukas es el nombre de tu novio?

SCARLETT: Sí!

MAYA: Bueno, en mi teléfono se llama Hans.

SCARLETT: Lol. Y eso?

MAYA: Para llevar a cabo mi diabólico plan necesitaba guardar tu contacto con un nombre masculino. Hans fue el primer nombre alemán que se me ocurrió.

SCARLETT: Pero si Lukas es sueco.

MAYA: Ups.

SCARLETT: Dice que también hay muchos Hans en Suecia, así que es una elección acertada. Y quiere que te desee suerte con el plan. Hay algo que podamos hacer para ayudarte con tu honorable cruzada?

Página 224

Lo cierto es que ya lo estáis haciendo.

Pasos.

Crujen con la grava. Se atenúan al pasar por el césped que rodea la piscina. Se detienen en la plataforma de madera. Alguien se interpone entre uno de los pocos farolillos que quedan encendidos y la tumbona donde estoy sentada con las piernas cruzadas. Una sombra que se extiende sobre mí como una caricia. Antes de levantar la vista, le contesto a Scarlett-Hans:

Gracias!!!

—Es casi medianoche, Peligro. ¿Qué haces sola aquí fuera?

Noto cierta suavidad en el tono de Conor que debe de ser fruto de la oscuridad, del excelente vino que ha bebido y del hecho de haber pasado el día sobre la abrasadora arena. Los otros chicos también han vuelto y cantan Bohemian Rhapsody mientras entran a la villa.

Siempre es buen momento para descubrir que mi hermano no tiene ni idea de cómo se pronuncia «Scaramouche».

—Tú también estás aquí fuera. —Levanto la mirada y le sonrío. Justo encima de su cabeza, Antares brilla con su bella y moribunda luz—. Y bastante menos tajado que los otros.

—¡Maya! —grita Eli desde el otro lado de la piscina—. ¿Dónde está mi futura esposa?

—Durmiendo en la habitación de Tisha. Para protegerse mutuamente, y cito, «del monstruo ancestral de tres patas».

Es imposible que Eli me haya entendido, pero asiente.

—¿Cómo habéis pasado la noche?

—Nos hemos quedado aquí y algunas han fumado hierba.

—Patético —murmura Axel antes de entrar tambaleándose a la villa. —Nuevo récord desbloqueado. —Me inclino hacia atrás y apoyo el

peso sobre las manos—. Axel nos acaba de llamar patéticas.

Conor curva la boca.

—Eso tiene que doler.

—Mi autoestima está desangrándose por el suelo.

En la oscuridad, mi móvil se ilumina con un mensaje de Scarlett. El corazón se me acelera, pero decido no mirar. Lo único que importa ahora es que Conor sí lo hará.

Y así es.

Página 225

A pesar de estar envuelto en sombras, veo que se le tensan los rasgos. Respiro hondo, siento el lejano rumor de las olas rompiendo contra Isola Bella. Espero a que hable. No tardo en recibir mi recompensa.

—Tiene que ser una broma, Maya.

Sus erres suenan más marcadas que nunca. Parpadeo con inocencia. —¿De qué hablas?

Echa un vistazo a mi móvil. La notificación «Hans, 1 mensaje» sigue visible.

Estoy siendo retorcida. Y también injusta, complicada y manipuladora. Debería decirle la verdad: que es a él a quien quiero, que lo echo de menos, que quiero que seamos sinceros el uno con el otro. Pero la honestidad solo lo asustará. «Le dijiste a Avery que estás enamorado de otra persona y ambos sabemos de quién se trata» no es una conversación que él esté dispuesto a tener.

—Solo estoy charlando con un amigo —le explico.

—Ya hemos hablado de esto…

—Y yo te dije cómo podías impedirlo.

Exhala.

—¿Tienes pensado quedar con él?

No digo nada. Veo que tensa la mandíbula. —Dime que no estás planeando salir de esta casa. Ladeo la cabeza. Elijo mis palabras con mucho cuidado:

—Si te sientas aquí conmigo y me respondes a una pregunta, puede que no lo haga.

Es demasiado fácil. Para mí, al menos. Conor ensancha las fosas nasales, tensa los pómulos y… Está claro que para él es de todo menos fácil. Aunque le reconozco el mérito de acercarse lo suficiente como para rozarme el muslo desnudo con la tela de los vaqueros.

—¿Qué pregunta? —dice con brusquedad.

—¿Por qué nunca nos hemos visto en persona en estos últimos tres años?

Su tono es una mezcla de impaciencia y confusión cuando dice: —Nos hemos visto muchas veces. Siempre que he ido a casa de Eli… —A solas, Conor. ¿Por qué nunca hemos hecho planes para vernos a

solas?

Página 226

—Porque tú estabas terminando el máster y yo dirijo una de las empresas de biotecnología que más rápido está creciendo del país. No teníamos tiempo para…

—Hablábamos por teléfono casi todos los días y no eran llamadas cortas. Me parece que los dos sabíamos sacar tiempo para el otro.

Los tendones del cuello se le tensan. Ay, Conor. En ningún momento he dicho que jugaría limpio. Y, para demostrarlo, echo un vistazo al móvil. Dejo la mirada ahí unos segundos.

—Joder —murmura. Me mira a los ojos y, con una calma que no siente, añade—: Nunca quedábamos porque nuestra amistad funcionaba de esa manera, Maya. Cada relación tiene sus necesidades.

—Estoy de acuerdo.

—Perfecto. Entonces, ya podemos irnos a la puta cama.

—Con la última parte, quiero decir. No hay dos relaciones iguales. En cuanto a lo primero, lo de que simplemente esa era la dinámica que teníamos… ¿Quieres saber lo que pienso?

—No, la verdad.

Opto por no ocultar mi sonrisa.

—Creo que te cogí con la guardia baja, allá en Edimburgo. Te gustó hablar conmigo. Te abriste. Tuvimos una cercanía que no habías experimentado antes. Y eso te incomodó.

—Maya…

—Pero a ti también te estaba gustando. Y por eso, durante tres años, no rechazaste ni una sola llamada mía. Y, si estaba unos cuantos días sin dar señales, siempre acababas llamando tú para ver cómo estaba. Creamos un vínculo muy íntimo, emocionalmente hablando. Tanto que no podías arriesgarte a que esa intimidad se volviera también física.

Hago una pausa. Le doy la oportunidad de replicarme. En lugar de eso, se limita a observarme, quieto como una estatua.

—Era más fácil así, ¿no? La distancia. El teléfono. —Otro silencio—. Dime que me equivoco si…

—Te equivocas.

Me inclino más hacia él. Clava los ojos en los míos, más oscuros que la noche que nos rodea. Me niego a permitirle apartar la mirada.

—Dime que me equivoco —repito.

Página 227

Decide no volver a mentir. Y, de repente, por primera vez en años, algo cede. Gira la cabeza, mueve la boca. Desvía la mirada, pero cuando la posa en mí de nuevo, noto que algo ha cambiado. Abre la boca. Se acerca a mí y noto el roce de la tela de su ropa. El aire que nos rodea echa chispas, como una manifestación física de lo mucho que se ha estado controlando desde Edimburgo.

Se abre la primera grieta. Admite la verdad. Admítela. Se levanta una brisa que le alborota el pelo, luego a mí. —¿Qué tengo que hacer para que te calles, Maya?

—Solo dime que me equivoco. —Esbozo lentamente una sonrisa—. Compra mi silencio, Conor. Dime que me equivoco y no volveré a sacar el tema. Le mandaré un mensaje a mi nuevo amigo y…

—Vete a tu habitación.

Me estremezco. Intento disimular la decepción enderezando la espalda. —No me digas lo que…

—Maya —me interrumpe con una especie de gruñido. El sonido proviene de lo más profundo de su pecho—. Vete a tu puta habitación. Ahora mismo.

Y… Ah.

Ah.

Ese tono de voz… No me está mandando a la cama. Me he confundido.

Algo ha cambiado.

Me pongo en pie sin pedirle explicaciones. De todas formas, él y yo ya no hablamos. Estamos atrapados en un ciclo de silencio y evasión, y esto es lo más cerca que me he sentido de él en los últimos diez meses.

No tiene sentido parar ahora.

Empiezo a enfilar el camino de piedra sin molestarme en coger el teléfono de la tumbona. Estará en el mismo sitio mañana. O no. Es difícil resistir el impulso de darme la vuelta para analizar los ojos de Conor, para asegurarme de que me está siguiendo. Pero uno de nosotros tiene que tomar la iniciativa, y a mí no me importa ser Orfeo.

No me importa seguir andando.

No me importa oír sus pasos detrás de mí.

Página 228

Ca ít o 27

No llama, aunque tampoco esperaba que lo hiciese. Estoy apoyada contra la pared, justo delante de la puerta, esperándolo. Me pregunto si lo habré entendido mal, si me habré vuelto loca, si cambiará de opinión… Pero al final aparece. Se pone enfrente de mí, en la misma posición que yo, pero apoyado de espaldas contra la puerta. Las dimensiones de la estancia cambian con su presencia.

—Hola —digo en voz baja a pesar de que la casa esté dormida o demasiado ebria para prestarnos atención.

Las habitaciones de al lado son las de Nyota y Axel. Ella apoya cualquier interacción entre Conor y yo, y él… Él es de los que apoyan a cualquiera que esté a punto de echar un polvo, ya sea persona, personaje de anime o animal salvaje.

—¿Era necesario mandarme a mi cuarto sola? Dudo que Lucrezia vaya patrullando por los pasillos.

—No es por eso, Maya.

—¿Por qué, entonces?

—Para darte la oportunidad de cambiar de opinión. De despejar la cabeza.

—¿Estás dando por hecho que no soy capaz de pensar con claridad cuando estás cerca?

—Soy yo el que no puede pensar con claridad cuando estás cerca.

—Rompe el contacto visual—. Eres demasiado joven para…

Página 229

—¿Confraternizar con hombres, tener deseos sexuales, elegir con quién satisfacerlos?

Nos quedamos un momento callados.

—Conor. —Tiene el ceño fruncido—. ¿Puedo contarte un secreto? Asiente una única vez.

—Eres la persona más aburrida del mundo.

Relaja la mandíbula. Suelta un resoplido que también podría ser una risa.

—Gracias, Peligro. —Se aparta de la puerta y cruza la distancia que nos separa.

A la suave y cálida luz de la lámpara de pie, su cabello es negro como el carbón. Sin las canas ni las finas arrugas alrededor de los ojos, este Conor podría ser perfectamente un chico diez años más joven de lo que es.

Y seguiría quejándose de ser demasiado mayor para mí.

—¿Lo haces a propósito? —me pregunta de pie frente a mí. No habíamos estado tan cerca desde Edimburgo. No llevo camiseta y él inclina la cabeza para mirarme. Con las yemas de los dedos, me recorre el borde elástico de las braguitas del bikini, deteniéndose justo en el ombligo.

De repente, me noto mareada.

—¿Qué? —pregunto.

—La ropa que te pones… Lo haces para volverme loco, ¿verdad?

Me echo un vistazo a mí misma. No tuve ocasión de ir de compras antes del viaje. De haberlo hecho, me habría pillado la prenda más vulgar de nailon y elastano que hubiese encontrado en la sección de rebajas, solo para fastidiarlo. Pero los bikinis que ya tenía eran más recatados. Retro. Cintura alta, estilo vintage. Muchos lunares. Jade los llama «bikinis de bibliotecaria moderna».

—Deberías darme las gracias, Conor.

—Ah, ¿sí?

—No llevo nada que enseñe…

—No se trata de enseñar, Maya. —Hunde los dedos por debajo de mis bragas y se me corta la respiración—. Se trata de la manera en que te apoderas del espacio que te rodea. Me recuerdas a gritos, de forma constante e indecente, todas las cositas que te hacen ser quien eres. Es imposible escapar de eso y me cabrea mucho.

Página 230

Baja la mano unos centímetros más. Me muerdo el labio inferior.

—Perdón por ser yo misma.

—Así me gusta, que me pidas perdón —dice, pero la última sílaba se convierte en un gruñido ahogado y arrastrado porque por fin me está tocando entre las piernas. Estoy empapada y es por él. Nada nuevo. Aunque quizá él no lo sabía, por eso, cuando me roza ahí con la punta de

los dedos, cierra los ojos—. Madre mía, Maya. —Parece descomponerse por un instante. Todos los músculos se le contraen, como si saber que estoy así de preparada provocara un terremoto en su interior.

—Esto es lo que pasa cada vez que te veo —le digo. Encuentro su muslo con la mano—. Espero que te acuerdes a partir de ahora. Cada vez que estemos juntos. —Está empalmado. Noto su erección entre nuestros cuerpos. Subo la palma para agarrársela y…

Ojalá pudiera decir que me sorprende la forma en que me coge la muñeca y la estampa contra la pared. Como todo lo demás, esto tiene que ser bajo sus condiciones. No creo que su intención sea controlarme a mí, sino más bien a sí mismo. Y, para eso, tiene que minimizar las distracciones circundantes. Mantener las variables constantes.

Sonrío sabiendo que se lo estoy poniendo difícil.

—Lo dicho, un aburrido.

—¿Puedes portarte bien por una vez en tu vida?

—Me lo pensaré. —Alzo el brazo libre. Le rodeo el cuello mientras tiro de él hacia mí—. ¿Cómo es? —le pregunto contra la oreja. Inhalo bruscamente cuando desliza los dedos entre los labios de mi coño. Conor huele a noche de fiesta, a humo de tabaco, a agua de mar y a sudor, pero debajo de todo eso huele a él. Quiero lamerle la piel de la clavícula, así que eso hago—. ¿Cómo es ser tan aburrido?

—Puedes pensar que soy un aburrido —murmura en mi oído—, pero llevo mucho tiempo haciendo un esfuerzo sobrehumano con todo lo referente a ti. Desde Edimburgo.

Hunde la punta del dedo corazón en mi interior. Le clavo las uñas en la nuca y siento la presión de su sangre debajo de la piel. Con el pulgar me acaricia el clítoris formando círculos, ejerciendo la presión perfecta y una fricción exquisita. Escucha todos los sonidos que emito, presta atención a cómo me muevo contra él y… entonces hace algo que me excita aún más

Página 231

que todo eso. Se le escapa un gemido que parece arrancado de sus entrañas. El ritmo acelerado de su respiración me dice que esto le está gustando tanto como a mí.

—¿Y después de eso? —le pregunto.

Cierra los ojos. Me mete el dedo más adentro. Me considero afortunada: mi vagina está receptiva. Nunca he tenido problemas para sentir placer, ni sola ni acompañada. Pero esto es diferente. No es solo mi cuerpo; Conor está en mi cabeza, adentrándose en mi alma.

—¿Y en Austin, Conor? —Me acaricia en el punto exacto con el pulgar. Me contraigo, sorprendida.

—Joder, eres… Madre mía. —Acerca los dientes a la base de mi cuello. Me suelta la muñeca y va al encuentro de mi cadera. La agarra y me aprieta.

—¿Recuerdas aquella noche, hace poco más de un año? —Noto que el calor va en aumento. En mi interior. Entre nosotros. Mis palabras son más bien jadeos entrecortados contra la tela de su camisa—. Querías hablar con mi hermano, pero no estaba. Fui yo quien te abrió la puerta y…

Su «Sí» silencioso me hace vibrar.

—Te acababas de despertar —masculla. Le rodeo el cuello con los dos brazos y aprieto los pechos contra sus pectorales.

—¿Recuerdas lo que llevaba puesto?

Un gruñido. Sí que se acuerda. No llevaba mucha cosa, de hecho. —Diste media vuelta y te fuiste. Como si estuvieras sufriendo. —Le

doy un beso largo en la nuez de Adán. Le paso los dedos por el pelo y lo atraigo hacia mí, arqueándome para encontrarme con sus labios.

Y entonces se echa hacia atrás con un gruñido de advertencia.

Este hombre, que lleva cinco minutos haciéndome gemir con sus dedos, se niega a besarme. Conor y su puta obsesión con el control.

—¿E-en serio? —tartamudeo—. ¿De verdad vas a hacerte esto? Desliza el pulgar sobre el clítoris, esta vez con menos delicadeza.

Sacudo las caderas contra él.

—Vamos, Conor. —Intento reírme, pero no tengo suficiente aire en los pulmones—. Te mueres de ganas de besarme y…

Me corro de repente. Un orgasmo doloroso que me hace tensarme y estremecerme, como si no pudiera contener el placer dentro de mí. Y es

Página 232

mucho mejor que el mejor orgasmo de mi vida, el que tuve sobre su muslo en Edimburgo. Es una marea que me invade, un calor interno que no tiene derecho ni razón para ser tan excepcional.

Salvo por el hecho de que Conor está mirándome. Tocándome.

Hablándome.

—Así me gusta —dice cuando me dejo caer en sus brazos, con su boca

suave como la seda en la sien—. Muy bien, Maya. —Noto su erección contra mi cadera. Puede que esté temblando como gelatina y sin aliento, pero lo que más me apetece ahora mismo es que él también se corra.

—Vas a hacer lo mismo que la otra vez, ¿verdad?

—No sé a qué te refieres —dice mientras me da un beso en el pómulo. Será mentiroso…

Le aprieto la camisa con los puños.

—Entonces, si me ofrezco a devolverte el favor con una paja o una mamada, si te digo que puedes follarme las tetas o literalmente cualquier otra parte de mi…

Suelta un gruñido.

—No puedes, ¿eh?

—¿Qué?

—Portarte bien. Ni una sola vez.

Me río, pero no sale ningún sonido. Él también se calla mientras me levanta como si fuera un peluche. Le rodeo la cintura con las piernas y me lleva a la cama porque sabe que estoy agotada. Abre las sábanas frías, me deja sobre el colchón y me tapa.

Me quedo mirándolo fijamente desde esa almohada tan dura, bostezo y digo:

—Conor Harkness, eres un cobarde.

Contrae los labios un breve segundo, como si me quisiera decir que está de acuerdo.

—Duérmete.

—Te encantaría, ¿verdad? Así me callaría.

—Qué puto peligro —murmura.

Le tiemblan las manos al pasarme unos mechones por detrás de la oreja. Hay un brillo cauteloso y frágil en sus ojos, como si estuviera conmocionado, sensible y dolorido por lo que acaba de ocurrir, pero de

Página 233

una forma que no tiene nada que ver con su cuerpo. Creo que lo entiendo: se pensaba que vendría aquí y me tocaría como si yo no fuera más que un instrumento, que gestionaría la situación como si fuera uno de sus negocios. Tal vez esperaba que esto fuera algo aséptico.

Me ha subestimado.

Bueno, no, Conor siempre me ha reconocido por lo que soy. Lo que ha subestimado es lo que hay entre nosotros.

—Te deseo buena suerte —le informo.

—¿Con qué?

—Con tu honorable proceso de abnegación. Vas a —otro bostezo— necesitarla.

Niega con la cabeza. Se saca mi teléfono del bolsillo y lo enchufa al cargador.

—Duérmete, Maya —repite.

Entierro la cara en la almohada, esperando a que se vaya, pero me quedo profundamente dormida antes incluso de que salga de la habitación.

Página 234

Página 235

Ca ít o 28

A la mañana siguiente me despierto tarde, y habría seguido durmiendo si no fuera porque oigo a Nyota amenazando con demandar a alguien justo debajo de mi ventana. Me pongo unos pantalones cortos y el top de la trinacria que me regaló ella ayer y bajo corriendo las escaleras. Me la encuentro paseándose de un lado a otro frente a la barandilla del acantilado; Tisha, Rue y Minami la observan desde un banco de piedra, siguiéndola con la cabeza como si estuvieran en un partido de Wimbledon.

—¿Qué ha pasado? —pregunto sin aliento. Unas nubes blancas se agrupan en el horizonte. Hoy no hace tan buen día como los últimos.

—Bueno, varias cosas. Por un lado, Rue… —Minami me mira con los ojos entrecerrados—. ¿Eso es un chupetón, Maya?

Se me para el corazón.

—¿Dónde?

—En el cuello, a la derecha.

Levanto la mano instintivamente hacia el lugar donde Conor me mordió anoche.

—Puede que sea una picadura de mosquito.

—Ah, sí. Yo también tengo reacciones alérgicas de vez en cuando. —Se mueve para hacerme sitio y que me siente—. Al caso. ¿Sabes las sospechas que tenemos sobre que esta boda está maldita?

Noto que el estómago me da un vuelco.

—Ay, no. ¿Qué ha pasado ahora?

Página 236

—Hoy ha llegado el traje de novia de Rue.

—¿Y? —Me encanta el vestido que ha elegido. Es sencillo y ligero.

Sexy y sin florituras, como ella.

Tenía ganas de verla con él puesto y de que mi hermano la viera por primera vez. Por eso, cuando Tisha me enseña la foto en su móvil, suelto un grito de terror.

No es un chillido. No es un jadeo. Es un grito con todas las de la ley.

—Prendedle fuego —suplico—. Cargadlo en una lancha y arrojadlo al mar. Borradlo de este plano metafísico. ¿Qué coño es eso?

—El vestido que ha llegado.

—¿Por qué parece un tampón?

—Ah, sí. —Tisha asiente—. Lo hemos estado llamando «el condón», pero «tampón» encaja mucho mejor.

—Ha habido algún tipo de confusión. Este vestido es de otra persona

—explica Minami.

Parpadeo.

—¿Estás insinuando que alguien, un ser humano que habita el mismo planeta que nosotras, planeaba casarse con eso?

—Sí. Lo único que sabemos de esa persona es que mide unos quince centímetros menos que Rue. Bueno, y que es quien tiene su vestido.

—¿Puede enviárnoslo?

—No va a ser posible.

—¿Y la tienda no puede mandar uno de reemplazo?

—Nyota está ahora mismo amenazando con reducir la empresa a cenizas porque la boutique se ha negado. Acaba de llamar a la persona con la que está hablando «mindundi de tres al cuarto». Quizá sean las hormonas del embarazo, pero me ha puesto un poco cachonda.

—¿Por qué motivo se ha negado?

—Bueno, no es solo cosa de la tienda. Es más bien un problema generalizado.

—¿Eh?

—No es el mejor momento para mandar algo por avión al este de Sicilia.

—Antes no creía en las maldiciones —dice Rue. Está en el otro extremo del banco y parece un poco conmocionada, así que me inclino

Página 237

hacia delante para mirarla a la cara—. Me prometí que el matrimonio no me cambiaría como persona, y mírame ahora. A tres días de la boda, reconsiderando mi postura relativa a lo sobrenatural.

—Ay, Rue. Lo de la intoxicación y el ahogamiento solo fueron

accidentes. —Sonrío para tranquilizarla—. Y el vestido… Si alguien puede obligar a una empresa a hacer algo, esa es Nyota. Seguro que mañana mismo lo tienes aquí. No hay ninguna maldición. Y, si la ha habido, está perdiendo fuerza. Nadie ha estado a las puertas de la muerte en las últimas treinta y seis horas. Una clara tendencia al alza, además… —Dejo de hablar porque Tisha levanta el brazo y señala algo a lo lejos.

Sigo la trayectoria del dedo y es entonces cuando lo veo.

—Ah —digo al darme cuenta por fin de lo que está pasando.

Antes me he equivocado. No es que el cielo esté nublado.

Sino que hay una columna de lava y ceniza no muy lejos de donde nos encontramos nosotras. El Etna ha entrado en erupción.

Según una Lucrezia profundamente despreocupada y el traductor automático de mi móvil, no nos vamos a morir todos. La BBC, Al Jazeera y la opinión general en unas cuantas redes sociales parecen estar de acuerdo.

—Lo cierto es que sí que nos vamos a morir todos —añade Tisha mientras comemos una bruschetta de tomate. El aceite de oliva sabe a aceitunas. No debería parecerme algo extraordinario, y, sin embargo…—. Todos moriremos en algún momento. A menos que los biólogos arreglen el asunto ese de los telómeros, lo cual es improbable por ahora. He oído hablar de un grupo de investigadores en Finlandia que está haciendo algo increíble con…

Diego le da un besito en la mejilla.

—Cariño.

—Tienes razón, perdón. Nos moriremos, pero no envueltos en un flujo piroclástico mientras caen trozos de piedra pómez a nuestro alrededor.

—¿Y los que están más cerca del Etna? —pregunta Avery.

Página 238

—No corren peligro siempre y cuando no les dé por acercarse a la

boca del volcán para hacerse un selfi —respondo—. El Etna es uno de los volcanes más seguros y más monitorizados de la Tierra y la lava se mueve muy despacio. El principal problema es la calidad del aire en Catania y la falta de visibilidad en el aeropuerto. Se han cancelado todos los vuelos.

—Vamos, que mejor dejo de pensar en cuál quiero que sea mi pose de

Pompeya, ¿no? —pregunta Axel.

Incluso su hermano parece confundido.

—¿Tu qué?

—Ya sabes, una pose como la de esos cuerpos de piedra de la explosión del monte Vesubio.

Me debato entre sentir fascinación por los conocimientos arqueológicos de Axel y preguntarle qué posición elegiría para ser inmortalizado. Antes de llegar a formular una pregunta de la que estoy segura que me arrepentiría, decido volver a mi habitación para lavarme los dientes.

Es entonces cuando me encuentro a mi hermano.

Sus rizos están despeinados, lo cual es habitual. Lo que no lo es tanto es el ceño fruncido que le arruga la frente.

—¿Va todo bien?

—Sí —responde, aunque es evidente que no.

—¿Dónde está Rue?

Señala su habitación y dice:

—Durmiendo la siesta.

—¿Sigue con lo de la teoría de la maldición?

—La he convencido de que no hay nada de qué preocuparse.

Prefiero no saber qué técnica ha utilizado mi hermano para relajar a su prometida.

—Pues ambos sabemos que, de hecho, hay mucho de qué preocuparse…, ¿puedo ayudaros en algo?

Suspira.

—Mi teléfono está a punto de petar por todos los mensajes de la gente que tenía que llegar en los próximos días y no está segura de si el aeropuerto estará abierto. También me han llamado algunos proveedores,

Página 239

la organizadora de eventos, la banda de música que iba a… —Se masajea las cervicales—. Tengo que hacer muchas llamadas.

—Vale, entonces, os vais a encargar Rue y tú de eso, ¿no?

Me lanza una mirada consternada.

—Jamás le pediría a Rue que hablara por teléfono con alguien.

Mi hermano literalmente estaría dispuesto a interponerse entre su mujer y un cañón lleno de arañas venenosas furiosas si fuera necesario. Es imposible no quererlo.

—Lo que quiero decir es si necesitas que yo me encargue de algo. —No. Bueno, ya que te ofreces, ¿puedes vigilar a Tiny el resto del día?

Voy a estar demasiado ocupado para sacarlo a pasear y no estoy seguro de cómo le afectará lo del volcán. Se ha escabullido para ir a tu habitación esta mañana, temprano, antes de que empezaran las erupciones. ¿Estaba muy asustado?

—Pues… No me lo ha parecido, no.

—Bien. —Apoya una mano en mi hombro—. Qué puto desastre.

Le doy una palmadita en el brazo.

—Todo irá bien.

Dedico los siguientes veinte minutos a pasear por la villa y sus jardines, intentando no mirar la lava que fluye por la ladera del Etna. Paso por delante de los olivares y los limoneros. Me cuelo en la cocina y Lucrezia me echa sin contemplaciones; me asomo demasiado a la barandilla y casi me caigo por el acantilado; hago ruido con la bolsa de chuches…

—¿Va todo bien? —me pregunta Paul cuando me asomo a la habitación donde está trabajando.

—Por supuesto. Todo va de maravilla.

Entrecierra los ojos como si estuviera mirando un cuadro de Magritte. —¿Qué buscas?

—Nada. ¿Qué te hace pensar…? Nada.

—¿Segura? Has asomado la cabeza a esta habitación unas cuatro veces y tu cara de angustia ha ido en aumento, así que…

Conor aparece por la puerta. Lleva una camiseta de deporte y unos pantalones cortos, y tiene el pelo húmedo por el sudor. Está claro que ha

Página 240

salido a correr. Estoy tan contenta de verlo que me entran ganas de plantarle un beso.

Lástima que él sea tan gallina.

En fin. Ahora mismo es el menor de mis problemas.

—Mira, justo a quien estaba buscando —digo señalándolo—. Necesito hablar con Conor sobre las…, eh…, fotos para la presentación de diapositivas.

Paul parece sorprendido.

—¿Eli y Rue van a hacer una presentación de fotos el día de la boda? Probablemente preferirían pegarse un tiro.

—Sí, exacto. Y nos han encargado a Conor y a mí prepararla, así que… ¿te importa si hablamos un segundo sobre la logística?

—Sí —me contesta Conor con su voz grave—. Ahora tengo un rato libre.

Su capacidad para mentir y seguirme el rollo con tanta naturalidad debería considerarse una red flag, pero lo cierto es que me da igual. En una tienda de suvenires suizos yo estaría en mi salsa.

—¿Debería volver a preguntarte si te has metido algo? —dice cuando ya estamos solos en el vestíbulo.

—Si te soy sincera, ahora mismo no me vendría mal para relajarme.

Frunce el ceño.

—¿Qué ha pasado?

—Necesito tu ayuda. Eli me ha pedido que cuide de Tiny, pero no puedo.

—¿Por qué?

Cierro los ojos.

—Porque no tengo ni idea de dónde está.

Página 241

Ca ít o 29

—Tienes que contárselo —me ordena Conor tras otros veinte minutos buscando a un perro que pesa más que yo y que tiene más pelo que una alpaca; un perro tan grande y tan malo a la hora de jugar al escondite que es imposible que esté en este recinto y no lo hayamos encontrado.

Mierda.

—Se ha debido de escapar —continúa Conor. El calor de hoy es denso y sofocante. Hay muchísima humedad. Estamos en medio del limonar y me está mirando fijamente, con esos ojos suyos tan serios y la barbilla inclinada hacia abajo. Casi me provoca un escalofrío—. Quizá los ruidos de la erupción lo han asustado. Preguntémosle a Eli si…

—No.

—No se va a enfadar contigo, Maya. Ha sido él quien ha dejado salir a Tiny de su habitación dando por hecho que iría a la tuya, pero sin

asegurarse de que llegaba. —Cuando ve que empiezo a morderme el labio, suaviza la mirada. Me pasa una mano por los rizos para apartármelos de la frente. ¿Me he llegado a peinar hoy?—. Yo me encargo, tranquila. No quiero que te sientas mal por algo que es culpa de Eli.

—Dame una hora.

Conor suspira, dejando caer el brazo a su lado.

—Podría estar ahora mismo retozando entre los coches de la autopista.

—No. Tiny no es tonto.

—Tiny es un perro.

Página 242

—Como he dicho…

—Lo he visto perseguirse el rabo, comerse su propio vómito y gruñirle a su reflejo en el espejo. Todo en un lapso de diez minutos.

—Vale, sí, su cerebro es del tamaño de un guisante, pero lo queremos igual. Rue está empezando a creer en las maldiciones y ahora mismo no tiene vestido de novia.

Conor desvía los ojos hasta mi pecho.

—Quizá puedas prestarle tu camiseta.

Mierda. Todavía llevo la del trípode.

—Y Eli está ocupado tratando de salvar su boda de una erupción volcánica. Todo lo que habían planeado se está desmoronando, así que prefiero agotar todas las vías posibles antes de decirles que su perro, al que quieren más que a mí, ha desaparecido.

—No le quieren más que…

—Tranquilo, yo también lo quiero más que ellos. Oye, quizá ellos nos

puedan ayudar. —Señalo a los tres chicos con cara de aburrimiento que están fumándose un cigarrillo en el patio trasero de la villa. Los nietos de Lucrezia, a quienes les ha debido de dar un descanso antes de seguir acosándolos—. Siempre están por aquí. Es posible que lo hayan visto.

Conor no parece optimista, pero accede a acompañarme.

—Hola —saludo cuando nos acercamos a ellos.

El mayor, que debe de tener más o menos mi edad, me echa un vistazo de arriba abajo y se le olvida apartar la mirada de mis piernas hasta que mi acompañante le dice algo y él murmura un «Scusa».

Hablan un rato en italiano. Conor pregunta por un «cane» que es «molto grande» (nunca volveré a pedir un café con leche tamaño grande sin oír su voz) y todos los chicos niegan con la cabeza. Pero justo cuando estoy a punto de perder la esperanza, el que se ha quedado mirándome las piernas saca el móvil para hacer una llamada. Luego se la retransmite a Conor, señalando en dirección a la playa.

—¿Qué ha dicho?

—Su primo trabaja de bagnino en la playa pública que hay junto a la nuestra.

—¿De qué?

Página 243

—Socorrista. Le ha dicho que ha visto a un chucho grande corriendo por la orilla hace un par de horas.

—Dios mío. ¿De verdad? ¡Gracias! Gracias, gracias, gracias. Conor, pídele el número de teléfono. Voy a enviarle tantas fotos de mis piernas

como quie… ¡Eh! —Intento zafarme, pero Conor ya me está arrastrando en la dirección opuesta—. Espera. Por ahí no, la playa está…

—No podemos ir allí y ponernos a llamarlo a gritos, Maya.

—¿Por qué no?

—Porque esa playa tiene kilómetros de largo y no tenemos ni idea de dónde está Tiny ni de si ha dejado de correr en algún momento. —Me lleva hacia algo que parece un cobertizo, semioculto tras unos cipreses. Afloja el agarre de la muñeca y yo…

Debo de estar teniendo un día intenso, porque deslizo la mano hacia abajo y la cierro alrededor de la suya.

Él también debe de estar teniendo un día intenso, porque me lo permite e incluso entrelaza los dedos con los míos.

Tengo el corazón desbocado.

—¿Cuál es la alternativa? Tenemos que ir a la playa sí o sí.

Abre la puerta del granero. El interior está a la sombra. Aquí dentro se está fresco y huele a aceite y serrín.

Ahogo un grito.

—¿Es una Vespa?

—Una Lambretta —me corrige mientras se sube con facilidad a la moto, que es del mismo color azul que el mar—. Súbete detrás.

—¿Qué?

—Hay carreteras paralelas a la costa. Esto será más rápido.

Me entran ganas de preguntarle si me está tomando el pelo, pero ya sé la respuesta.

—Esto me recuerda a esa película de Audrey Hepburn. Ahora mismo no me viene el nombre, pero…

—Vacaciones en Roma. —Menea la cabeza y murmura algo sobre lo mal que está la juventud.

—Vale, abuelo. Para empezar, esa película se rodó como en los años cincuenta o sesenta, así que no actúes como si hubieras hecho cola para

Página 244

verla el día del estreno. Por otro lado —me acerco a él con expresión intimidatoria—, ¿acaso sabes cómo conducir una cosa de estas?

En lugar de responder, echa un vistazo alrededor.

—Ponte ese casco.

—¿Esto? —Es una monstruosidad redonda y gigante con un dibujo de la bandera italiana. Cuando meto la cabeza dentro, compruebo que pesa más que las expectativas de la sociedad sobre las mujeres—. ¿Por qué me lo tengo que poner yo en vez de tú?

Me dedica una mirada fría.

—Porque, si tenemos un accidente, prefiero morir yo antes que vivir sin ti.

Se me para el corazón. Y tarda varios segundos en volver a ponerse en marcha.

—Eso es…

—¿Qué?

—Una afirmación muy directa. Y macabra. Y un poco rara.

—Soy directo. Y raro de cojones.

Un calor extraño y agradable se me extiende por el pecho.

—Quizá podrías intentar no serlo.

Frunce el ceño.

—Una vez más, te lo voy a pedir por favor: ¿puedes intentar portarte bien? Solo durante un par de horas.

Resulta que, cuando se dan las circunstancias adecuadas, sí que soy capaz de contenerme. Me agarro con fuerza a la cintura de Conor. La brisa refresca mi piel sudorosa y eso me permite estar callada y concentrada. No tengo ni idea de si tiene el carné necesario para conducir esta moto, pero sabe lo que hace y, tras los primeros minutos circulando por esas carreteras llenas de curvas, me tranquilizo al comprobar que es poco probable que Rue y Eli tengan que leer los votos encima de nuestros ataúdes.

Avanzamos despacio, sin perder de vista la costa, que en su mayor parte está vacía, escudriñándola en busca de una gran masa de pelo y babas cuyo color, para mi gusto, es demasiado parecido al de las rocas de la orilla. El cielo está cada vez más oscuro y ceniciento, no sé si por el tiempo o por el volcán. Sea como sea, debe de haber disuadido a la mayoría de los visitantes de salir de casa.

Página 245

Unos diez minutos después de empezar la búsqueda, pasamos por Isola Bella. Destaca aún más contra el cielo grisáceo. Las olas que la rodean parecen haberse vuelto de un azul verdoso más intenso y la marea alta sumerge por completo el tómbolo. Me la quedo mirando, preguntándome qué pasaría si alguien se quedara atrapado en la isla después de la subida del nivel del agua, y entonces…

—¡Allí! —grito—. Conor, ¿lo ves? Imagino que sí, porque da un frenazo. —¿Cómo cojones ha llegado hasta ahí? Tiny está en la orilla de Isola Bella.

—Ha debido de ser antes de que la marea cubriera el tómbolo. Y ahora no puede volver. —En un acto reflejo, me quito el casco y salgo corriendo hacia la isla. Conor me grita que espere, pero soy incapaz.

—¡Tiny! —lo llamo—. ¡Eh, monstruito! ¡Estoy aquí, cariño! ¡Ya te he encontrado!

En cuanto el perro se da cuenta de que he venido a por él, suelta dos ladridos y luego un tercero. Mueve la cola con entusiasmo y empieza a correr por la orilla de la isla buscando un lugar por el que cruzar. Lo cierto es que nunca ha sido un buen nadador.

—¡Tranquilo! —grito—. ¡Sigues siendo un buen chico!

—¿Estás segura de eso? —pregunta Conor a mi lado—. Porque ese buen chico se ha quedado ahí atrapado.

—Ser un buen chico y ser un chico listo son cosas distintas. Las

mareas son difíciles de entender incluso para los científicos. —Empiezo a quitarme la ropa.

—¿Qué coño haces?

—¿A ti qué te parece? —Me descalzo—. Voy a ir nadando a por mi querido perro, que todo lo que tiene de guapo le falta de listo.

—En un par de horas, la marea…

—Lo más probable es que esté aterrorizado y que se crea que lo hemos abandonado. No pienso esperar ni un minuto más. —Dejo caer la camiseta sobre la arena.

Conor hace una mueca con los labios, pero empieza a quitarse las sandalias.

—Me parece oportuno recordarte que no llevas bañador.

Página 246

Miro hacia abajo. Efectivamente, lo que llevo no es un bikini, sino un sujetador de encaje. Blanco. Dudo que la combinación de esa tela con el agua del mar ayude a disimular los pezones.

—No hay nadie por aquí. Y, de todas formas, no vas a ver nada que no quiera enseñarte.

Nuestras miradas se cruzan y, a pesar de la impaciencia y la preocupación que siento por Tiny, sonrío.

Y él también.

Se quita la camiseta, dejando al descubierto el pecho y los abdominales, mientras yo me meto los pulgares por la cintura de los pantalones para bajármelos. Este momento me resulta tan familiar que casi parece un cliché.

Dos personas que se gustan, frente a frente, quitándose la ropa.

Dos amantes desnudándose a toda prisa porque no pueden esperar más para tocarse, para sentirse.

Una mano que ayuda a deshacer una corbata, otra que baja una cremallera.

En efecto, es un cliché. Y me despierta un anhelo del que no me creía capaz.

Me quedo quieta, algo mareada.

Conor ralentiza sus movimientos.

—Es una locura, ¿verdad? —dice en voz baja.

—¿El qué?

—Tú. Esto. Lo que podría… —Lo que podría pasar. No lo dice, pero sé que lo está pensando. Si yo no fuera tan joven. Si él no tuviera tantas mierdas. Si pudiéramos encontrar la manera de que funcionase.

«Podemos», quiero gritar. «Nos las arreglaríamos para que funcionara». Pero él ya se ha quitado también los pantalones y dice:

—Voy yo delante. No te alejes mucho.

—¿Por qué?

—Porque así me será más fácil ahogarte, por supuesto. —Me río—. No debería de haber más de un metro y pico de profundidad, pero si notas una corriente rara o algo, dame un golpecito en la espalda y…

—Sé nadar, Conor.

—Lo sé. Veinte estilo libre, veinte espalda, diez braza.

Página 247

Me lo quedo mirando, confusa. Entonces me doy cuenta de que habla de mi rutina matutina. La que he seguido estos últimos días. Ha contado cuántos largos hago.

Aprieto los labios. Me tiemblan un poco.

—¿Te pones una alarma para espiarme?

—Mi cuerpo se despierta solo. Es como si supiera dónde estás en cada

momento. —Sonríe, un poco melancólico. Alza la mano y me recorre la clavícula con el dedo. Llega hasta el hombro y desciende por el brazo, justo por encima del bíceps.

Me estremezco.

—No te alejes mucho —repite.

Y se mete en el agua.

Salvo por un breve tramo justo en la parte central del tómbolo, apenas tenemos que nadar. Más que un baño, es un chapuzón rápido. En menos de dos minutos ya estamos en la isla, y Tiny…

Tiny, que hoy está poniendo a prueba mi paciencia, ladra varias veces y luego desaparece detrás de un muro de piedra.

—¡Tiny, espera! —le grito, pero pasa de mí—. Ah, genial.

La isla parece sacada de una película. Está compuesta de grandes rocas apiladas unas encima de las otras que van serpenteando hasta llegar a una casa histórica. Los árboles, frondosos y resistentes, crecen por todas partes: en lo alto de las rocas y entre ellas, en medio de los caminos de piedra, por las laderas del acantilado y dentro de cuevas ocultas. En la guía de viaje había unas cuantas páginas que hablaban sobre la historia de este lugar, por eso sé que, en el siglo xix, una mujer ecologista se enamoró de él y decidió construir una pequeña villa en el centro. No se limitó a preservar la vegetación que ya había en la isla, sino que también plantó especies no autóctonas.

Quizá por eso da la sensación de que está un poco fuera de lugar y tiene una apariencia menos civilizada que el resto de la costa jónica. Los sitios que hemos visitado hasta ahora, los restaurantes y lugares emblemáticos, incluso Villa Fedra, con su césped, sus terrazas y sus

Página 248

arboledas bien cuidadas, son sofisticados y están bien ordenaditos. Isola Bella, en cambio, es una selva enmarañada llena de color, una reserva natural repleta de arbustos, suculentas y flores exóticas que no vamos a encontrar más allá de los confines del tómbolo. La isla es ahora propiedad del Gobierno siciliano, pero pese a las constantes labores de mantenimiento, la vegetación parece cubrirlo todo de forma descontrolada. Es como si la flora se negara a dejar de crecer solo porque los simples mortales queremos acceder a las maravillas de la isla.

Isola Bella es un jardín exuberante, incapaz de contenerse.

—Dios, echaba de menos este sitio —dice Conor en voz baja a pesar de que estamos solos. Ha tenido la gran idea de traer mis chanclas y sus Birkenstocks. Y menos mal. Las rocas del suelo son afiladas; si fuéramos descalzos, nos haríamos trizas los pies.

—¿Es posible que no esté abierto al público?

Creía que podríamos adentrarnos hacia el centro de la isla, pero diviso una puerta instalada en una roca y un cartel de venta de entradas. A su alrededor crecen buganvillas rosas y moradas. Por desgracia, no podemos llegar hasta ella porque está detrás de una verja de hierro cerrada a cal y canto.

Quien también está detrás de esa verja es Tiny. Ni idea de cómo ha llegado hasta ahí.

—Creo que toda la zona está restringida. La mayoría de la gente llega aquí en teleférico —me explica Conor, señalando las cabinas que están aparcadas a lo largo de toda la colina—. Hoy parece que no funciona.

—¿Por el volcán? —Desde donde estamos ahora, se ve claramente la columna de humo y fuego del Etna. De vez en cuando, incluso se oye cómo ruge.

—Puede ser por eso o porque se supone que va a haber tormenta. —Mierda. —Me quedo mirando la verja de hierro. Es más baja que yo,

por lo que saltarla sería pan comido si no fuera por las afiladas puntas que hay en la parte superior—. ¿Crees que podemos…?

Antes de que termine la frase, Conor ya me está agarrando de la cintura y levantándome por encima de los barrotes. Por un segundo, temo acabar empalada en una o más de esas puntas. Moriría desangrada mientras mis intestinos van cayendo a trocitos. Me preparo para gritar,

Página 249

llorar y puede que hasta vomitar encima de Conor. Sin embargo, antes de que tenga oportunidad de hacer ninguna de esas cosas, me deja en el otro lado y da un elegante salto para pasar él también.

Respiro hondo varias veces y lo observo mientras se limpia las manos en los calzoncillos, intentando no quedarme embobada. Esto, estar aquí, sola con él, habernos colado en una propiedad privada estando ambos medio desnudos… Si lo junto todo, me parece… demasiado.

—Me sorprende lo muy en forma que estás a pesar de ser un viejales.

Su mirada es fulminante.

—Cuando me avisen de que mis articulaciones ya no aguantan más y haya que operar, me aseguraré de que te pasen a ti la factura del hospital.

—Sigo en el plan del seguro médico de Eli, que es el que le ofrece

Harkness. —Entonces caigo en la cuenta de algo—: Lo que significa que eres tú quien me financia el anticonceptivo. ¿No te parece fascinante?

Suelta un gruñido ambiguo. Murmura algo sobre la superioridad de los países con sanidad pública.

Me ajusto el tirante del sujetador y añado:

—Cuando quieras puedes empezar a sacarle partido a tu dinero.

Tarda mucho más de lo que debería, pero detecto el momento exacto en el que se da cuenta de lo que quiero decir. Está demasiado… desnudo para ocultar cómo se le tensan todos los músculos.

—Maya.

—¿Sí?

Sacude la cabeza bruscamente.

—No puedes decirme eso.

—¿En serio? —Inclino la mía para que vea bien mi hoyuelo—. ¿Lo dice la ley o algo? —Me doy la vuelta sin esperar a que me responda—. ¡Tiny! ¿Tiny? ¡Ven aquí, cariño!

Empieza la llovizna. Seguimos caminos escarpados, trepamos por un par de rocas cada vez más resbaladizas y no tardamos en darnos cuenta de que Tiny se divierte demasiado jugando al pillapilla con nosotros. Lo llamo, pero como siempre, no me hace ni caso. Eli es su jefe, a mí solo me considera una igual. Cualquier exigencia por mi parte es poco más que una educada sugerencia.

—Tiny, ¿puedes venir, por favor?

Página 250

Ni caso.

Nos aventuramos hacia el centro de la isla mientras vamos espantando bichos. La lluvia arrecia. Conor camina delante de mí, mirando cada dos por tres hacia atrás para asegurarse de que no me he resbalado y estampado el cráneo contra una roca. Pongo los ojos en blanco cada vez, pero al cabo de un rato, tropiezo con una raíz y es él quien me coge de la cintura mientras arquea una ceja.

Al dejar atrás un bosquecillo de palmeras, me doy cuenta de que debemos de haber cruzado toda la isla y estamos mucho más cerca del mar de lo que pensaba. Unas gruesas gotas de lluvia me empapan el pelo. A Tiny también. Nunca le ha gustado mucho el agua, y, sin embargo, se ha quedado quieto a la intemperie, cerca de una hendidura en la pared rocosa. Mira hacia ahí y se pone a ladrar.

—Es una entrada —dice Conor—. Da a una cueva artificial. ¿Ves que los escalones están tallados en la piedra?

Tiny, que suele bajar las escaleras rodando porque le da pereza andar, se lanza hacia dentro con la agilidad de una cabra montesa y nos apresuramos a seguirlo. A pesar de que hoy no hace un día muy luminoso, la visibilidad en el interior de la cueva es sorprendentemente buena, ya que la luz se filtra desde una abertura más adelante.

—Esto es una especie de…

—Gruta —dice Conor cuando llegamos al fondo. Señala el otro extremo de la cueva, donde la piedra tiene una forma más arqueada—. Los barcos entran por ahí y atracan aquí.

—Y los turistas suben por los escalones para ir a visitar la isla.

—Asiento—. Desde aquí se ve la costa. Eso es Villa Fedra.

Tiny vuelve a ladrar, esta vez hacia un hueco de la pared. Conor y yo intercambiamos una mirada y él me dice:

—Quédate detrás de mí.

Acaricia a Tiny mientras murmura «Chico malo» con un tono cargado de afecto y muy poco disciplinario. Luego frunce el ceño mientras se inclina hacia delante para ver mejor.

—¿Maya?

—Dime.

Niega con la cabeza.

Página 251

—Voy a tener que retractarme.

—¿Hmm?

—Lo que he dicho sobre Tiny. En realidad este perro es un genio.

Tiny hincha el pecho con orgullo.

—¿Por qué?

—Porque no estaba huyendo. Nos ha traído aquí a propósito.

Página 252

Ca ít o 30

El otro perro también es callejero, pero mucho más pequeño, y nos tiene tanto miedo que su cuerpecito recubierto de pelo negro no deja de temblar. Conor y yo tardamos nada y menos en sacarlo del hueco de la pared, pero Tiny nos observa atentamente en todo momento, como un supervisor impaciente que es evidente que desconfía de su personal.

—Es macho, creo —digo—. ¿Verdad que sí, guapo?

Esta última parte es una mentira tan descarada que Conor me mira arqueando una ceja, como si le hiciera gracia.

—Ay, cállate —espeto reprimiendo una sonrisa. Quizá no sea el ideal de la belleza canina. Tiene un ojo más grande que el otro y es posible que le cueste masticar por culpa del prognatismo. Es a la vez esquelético y fornido, demasiado ancho para su longitud y con una cabeza cómicamente diminuta. Sus orejas rosadas y caídas son un cuadro. No obstante…—. Algunos valoramos más el temperamento que el aspecto —le digo a Conor después de que el perro deje de esconderse detrás de Tiny y se acerque a mí para olisquearme y lamerme la mano con cautela.

Conor resopla. Sin embargo, cuando el perro le deja rascarle la cabecita, admite a regañadientes que «puede que no esté tan mal».

—Hay que ver, Tiny. Qué bien se te da hacer amigos allá donde vas.

—Lo ha sacado de ti —murmura Conor y tardo un instante en darme cuenta de que se refiere a «Hans».

—¿Crees que lo ha hecho para ponernos celosos?

Página 253

Siento el peso de su mirada sobre mí, su confusión flotando en el aire, y me doy cuenta de que no lo pilla. Realmente cree que soy capaz de irme por ahí y acostarme con otra persona. «No puede ser que no te hayas dado cuenta», quiero decirle. «No puede ser que no te hayas dado cuenta de que llevo tres años enamorada perdida de ti».

Pero este es el modus operandi de Conor: me aleja porque, en el fondo, cree que no sé lo que quiero. En su cabeza, sigo siendo una veinteañera que solo busca la novedad y que después se cansará rápido y pasará a otra cosa. Alguien en quien no se puede confiar para que tome sus propias decisiones.

Deprimente, eso es lo que es.

—¿Crees que es un cachorro? —me pregunta.

—Puede ser.

—Me pregunto cómo lo habrá encontrado Tiny.

—Mi guía de viaje decía que hay muchos animales callejeros en

Sicilia. Tal vez se conocieron por los alrededores de la villa y después

vinieron aquí, siguiéndose.

Asiente, pensativo.

—Tenemos que llevarlo a un veterinario.

—Lucrezia sabrá dónde encontrar uno.

El perro mueve la cola, emocionado por haber conocido gente nueva, por ser libre, por tener unas manos cálidas que lo acarician. Pero cuando un trueno retumba en la cueva, él y Tiny salen disparados para refugiarse bajo un saliente de la pared rocosa y se acurrucan el uno contra el otro.

Conor suspira.

—Deberíamos esperar a que deje de llover antes de volver. Y puede que tengamos que llevar al perrito a cuestas.

—¿Tu teléfono se ha quedado en la Lambretta?

Asiente.

—¿Y el tuyo?

—Le he perdido la pista hace rato. ¿En mi habitación, tal vez? —¿No se supone que tu generación está enganchada a los teléfonos? —Sí. Y la tuya también. No naciste durante la Gran Depresión, Conor,

eres milenial. ¿Puedes dejar de actuar como si todos tus amigos de la infancia hubiesen muerto de sarampión? —Me doy cuenta de que está

Página 254

sonriendo. Sigo cayendo en la trampa—. Vete a la mierda —murmuro girándome para inspeccionar la gruta.

Es impresionante. Una gran cámara de un color azul envolvente. Las paredes son escarpadas y no muy altas, pero el techo curvado le confiere al lugar un aspecto catedralicio. En la boca de la cavidad, la lluvia provoca ondulaciones sobre la superficie del mar. Por las grietas se filtran chorros de luz y de agua a un ritmo agradable y relajante, interrumpido únicamente por el canto ocasional de los pájaros que se refugian en la isla.

No obstante, donde estamos nosotros, en las profundidades de la cueva, la calma es imperturbable. Es como estar dentro del capullo de una flor. Un lugar íntimo. La piedra se adentra poco a poco en el mar y yo decido poner los pies a remojo. Los pececitos se alejan a toda prisa, confundidos por la intrusión, y yo no puedo evitar reírme. Puede que nos hayamos quedado atrapados, pero…

—Ni tan mal —digo.

Cuando Conor me mira extrañado, me meto por completo en el agua. Empieza siendo poco profunda, pero enseguida el suelo se va hundiendo más de lo que esperaba. Un instante después, ya no toco la piedra del fondo. Sumerjo la cabeza, me echo los rizos despeinados hacia atrás y me lavo la suciedad, el sudor y el temor de haber perdido al perro de mi hermano.

No esperaba que Conor se uniera a mí. Tampoco que se acercara tanto. Y, sin embargo, aquí estamos, estudiándonos el uno al otro. Él sentado en la piedra, observándome, mientras yo me mantengo a flote. Las sombras teñidas de añil juegan con las facciones de su cara.

—No me lo puedo creer —le digo.

—¿El qué?

—Anoche hiciste que me corriera y esta mañana ni siquiera me he

despertado con tu emblemática nota de «Ha sido un error». —Hago un mohín—. Creía que era parte de nuestra tradición.

Es una broma. Una que hace bastante gracia, en mi opinión. Pero él me fulmina con la mirada.

—¿Te arrepientes de…?

—No —digo totalmente convencida. Niego con la cabeza y nado hacia el borde, hasta que vuelvo a tocar el suelo. Me siento en la roca,

Página 255

contemplándolo mientras desconfía de que sepa lo que siento. —Si no quieres…

—Conor, por favor. —Nuestras miradas se encuentran y yo esbozo una sonrisa que contrasta con su expresión seria—. Sé que quizá sea mucho pedir, pero hazme el favor de no explicarme lo que es el consentimiento;

lo sé perfectamente. —Desvía la mirada hacia el techo, pero se acerca más a donde estoy sentada. El agua apenas le roza la parte superior del

muslo—. Me gusta cuando estás así —bromeo.

—¿Así cómo?

Le señalo los calzoncillos, que se le han pegado a la piel. Se aprecia el contorno de su erección.

—Cuando no puedes ocultar que me deseas.

—Siempre te deseo, Maya. Y nunca se me ha dado bien ocultarlo.

Aprieto los dedos contra la piedra.

—La mayoría de la gente, incluidos tus amigos más íntimos, no tienen

ni idea —respondo recordando lo que Minami me contó anoche.

Su resoplido resuena contra las paredes rocosas.

—Por otra parte —continúo—, llevas mucho tiempo dándoles lo que quieren, ¿no te parece? —Me reclino hacia atrás y cruzo las piernas. Por primera vez desde que hemos pisado esta isla, me observo a mí misma. Lo cierto es que tiene unas vistas excelentes de mis tetas. Y de todo lo demás—. ¿De verdad crees que soy una niñata malcriada?

Hace un gesto de dolor, como si la conversación que mantuvimos el primer día fuera una espina clavada para él también.

—Creo que eres impaciente. Creo que puedes ser despiadada cuando se te mete algo en la cabeza. Y, dadas las cartas que te ha repartido el destino, tienes todo el derecho del mundo a serlo. —Se humedece los labios—. No considero que seas una niñata ni una malcriada. Y, aunque lo

fueras, eres joven. Tienes tiempo para madurar. Y… —Hace una pausa larga—. En realidad, no me importa, Maya. Me gustas como eres.

Sonrío.

—Qué gusto da hablar contigo cuando me tratas como a una mujer adulta.

Tensa la mandíbula, como si estuviera debatiéndose entre hacer o no hacer algo dentro de esa cabecita tan dura.

Página 256

—A mí también me gusta —dice por fin, arrodillándose frente a mí. La mitad inferior de su cuerpo está sumergida—. Es lo que más me gusta del mundo.

—¿El qué? —Exhalo. Dejo que me despliegue las piernas y que elija en qué posición ponerme, como si fuera una muñeca—. ¿Admitir una realidad biográfica?

Niega con la cabeza. Se inclina y yo siento que me voy a desmayar. Empieza a lamerme las gotas de agua salada de la piel. Soy incapaz de pensar cuando su lengua entra en contacto con mi cuerpo. Encuentra un pezón envuelto en la tela de encaje transparente.

—Fingir que esto podría funcionar. Dios mío, Maya.

—¿Qué?

—No debería estar tocándote.

Acerco la mano a su mejilla.

—Creía que tu absurda norma era que tú podías tocarme pero yo a ti

no.

—Joder. —Se le acelera la respiración. La oigo pese al fuerte golpeteo de la lluvia contra el agua. Siento su frente contra mi barriga—. Ya te lo

dije —murmura doblándome la rodilla y empujándome la pierna hacia arriba—. He sido un puto santo durante tres años. Lo tenía controlado. Sabía cómo evitarte.

Le paso los dedos por el pelo. Observo cómo me mira, contemplando la tela adherida a mi coño. No está al descubierto, pero se intuye todo a la perfección.

—¿Te planteaste no venir a la boda? —le pregunto.

—Sí. Sabes que sí.

Encuentra el interior de mis muslos y me los separa tanto que hasta los músculos se quejan. Me aparta la ropa interior hacia un lado sin demasiada delicadeza. La deja ahí arrugada, empapada, justo al lado de mi coño desnudo, y…

Hacía meses que no me depilaba, pero lo hice antes de venir aquí porque sabía que iba a llevar bikini y ahora me alegro de haber tomado esa decisión. Dudo que a Conor le importe, pero a mí me encanta sentir a la perfección cada lametón y movimiento de su lengua mientras me devora.

Página 257

No lo hace con tacto. Me han comido el coño otros chicos y no es que lo hiciesen mal, ni mucho menos, pero movían la lengua con una delicadeza y una prudencia que me hacía pensar que tenían miedo. Conor gime. Conor succiona. Conor me aprieta y muerde y suelta insultos al aire. Conor me mira mientras come, como hago yo cuando se la chupo a un hombre.

—Por favor —jadeo. No le pido nada, solo que continúe.

Es implacable y despiadado. No puede leerme la mente ni se salta la incómoda fase de averiguar qué me gusta y qué no. Sin embargo, tras unos pocos intentos, ya le ha pillado el tranquillo.

Aprende rápido. Es lo que tiene haber pasado tantos años en el mundo académico.

—Uf, sí, ahí. —Me encojo. Me retuerzo contra la roca aunque me raspe la piel de la espalda. Levanto las caderas del suelo para acercarme más a su boca. Los sonidos que me arranca resuenan por toda la cueva, pero ya no me avergüenzo.

—Joder… —dice, y lo repite cuando me contraigo alrededor de su pulgar con una oleada de calor. Lo desliza dentro de mí sin esfuerzo y mi

coño lo aprieta, pidiendo más, y…—. Joder —vuelve a decir, en voz baja y arrastrando las letras.

Me gustaría hablar, decirle lo mucho que me está gustando, pero el orgasmo me sube por la columna y me anula las cuerdas vocales. No hay suficiente aire en el mundo. Mi cuerpo es pura tensión y placer desatados. Es como si hubiera muerto y aun así quisiera más.

—Conor —digo entre jadeos al cabo de un rato. Sobre mí, pequeñas estalactitas decoran el techo—, me…

No puedo terminar la frase porque vuelve a hacerlo; yo le tiro del pelo y le clavo los talones en la espalda. Él me roza el clítoris con la nariz y me lame hasta dejarme limpia, para después hacerme convulsionar de nuevo. No hay forma de escapar de este placer. Hasta que suelta un gruñido gutural, apenas audible, contra el interior del muslo y decide que ya soy libre.

Me quedo tumbada e inmóvil.

Me he esforzado mucho en convencer a Conor de que soy una mujer adulta, pero ahora mismo me siento como una niña. Una figura

Página 258

insustancial y vacía. Sin huesos, sin aliento y sin noción del tiempo, solo un amasijo residual de placer.

No puedo moverme. Ni siquiera para mirarlo a los ojos mientras le pido:

—Déjame devolverte el favor.

Me vuelve a poner la ropa interior en su sitio e incluso eso me provoca un espasmo. Desliza la frente por mi vientre, suplicante. Me da un beso justo debajo del ombligo. Un silencioso «no».

—Conor —digo mientras le acaricio el pelo de la nuca—, quiero chupártela, por favor.

—Ya me… —Su voz suena amortiguada contra la piel de mi estómago.

—Ya sé que te has corrido durante uno de mis orgasmos. —Me ha agarrado especialmente fuerte en un momento dado. Su gruñido ha inundado toda la cueva—. Déjame hacerlo igual. Te gustará.

Se ríe entre dientes.

—Eres muy optimista sobre mi capacidad para volver a levantarla tan pronto. En mis años mozos quizá sí, pero ahora…

—¿En serio, Harkness? —Encuentro fuerzas para apoyarme sobre el codo—. ¿Bromas sobre la disfunción eréctil?

Se encoge de hombros con un aire juvenil y encantador. Se relame los labios, y no lo hace para insinuarse, solo porque está hambriento. Alegre.

—Están de moda entre los de mi edad.

—Ajá.

No viene hacia mí, así que me obligo a ir hacia él. Me meto de nuevo en el agua. Le rodeo el cuello con los brazos y él me agarra de la cintura. Apoyo la mejilla en su hombro y nos quedamos un momento así, flotando, relajados, con el cuerpo acalorado enfriándose en el mar. La lluvia se apacigua. Empieza a colarse algún rayo de sol.

—No quiero crear falsas expectativas —le digo perezosa—, pero creo que follar conmigo te gustaría mucho. Creo que te volaría la cabeza.

—Yo también lo creo. Lo haces siempre.

—Entonces, ¿por qué no me dejas…?

—Maya. —Suelta un suspiro de cansancio—. No quiero aprovecharme de ti. Nuestra diferencia de edad y la dinámica de poder que…

Página 259

—Conor. —Se calla y me mira, paciente—. En un día cualquiera, ¿cuántas horas calculas que dedicas a pensar en nuestra dinámica de poder supuestamente descompensada?

Es un intento de hacerlo reír. Para que se dé cuenta de lo ridículo que suena. No obstante, con cara seria y sin romper el contacto visual, responde:

—Todas.

Se me parte un poco el corazón. Me escuecen los ojos, porque… hostia puta.

Hostia puta.

—Si me permitieses…

—Maya, no. Déjalo, por favor.

—¿Que deje el qué?

—No necesito que me la chupes ni que me vueles la cabeza ni que me muestres lo maravilloso que sería, porque ya me lo he imaginado todo. Lo único que quiero es… —Me acerca aún más a él. Apoyo la barbilla en su cuello—. Con esto me basta. Con tenerte así unos minutos.

«No tienes que conformarte con unos minutos», quiero gritar. «Estoy aquí. Estoy dispuesta a entregarme a ti. A darte todo mi tiempo».

—¿Puedo al menos besarte?

Con calma, contesta:

—Preferiría que no.

Aprieto los ojos, intentando mantener la rabia controlada. Pobre Conor, pienso. Mi querido fanático del control. No soporta la idea de dejarse llevar.

Pobre Conor y pobre de mí.

—Vale —digo estrechándolo con más ganas, y él hace lo mismo conmigo.

Me gusta pensar que el contacto ayuda. Que su piel y la mía se están susurrando cosas. Esas que no es capaz de decirme, que siempre se calla, que prefiere esconder. Me dejo llevar por la fantasía de su cuerpo y el mío fugándose juntos. Construyendo el futuro que nosotros nunca tendremos. Quedándose despiertos hasta altas horas de la madrugada, yendo a anticuarios durante las excursiones de fin de semana al campo, adoptando

Página 260

mascotas del refugio local. Me río, porque mejor eso que echarme a llorar.

Conor se aparta un poco, probablemente para preguntarme qué me pasa.

Y es en ese mismo instante cuando noto un dolor ardiente en la pantorrilla.

Página 261

Ca ít o 31

Lucrezia lo afirma convencida: Conor debería mearme encima.

—¿Perdón? —pregunto tras quedarme un momento parpadeando para asimilar esas palabras. Ella vuelve a señalarme la pantorrilla y la traducción de Conor no cambia.

—Insiste en que la orina es el mejor remedio para las picaduras de medusa.

Lucrezia asiente, satisfecha de haber compartido su sabiduría con nosotros, que estamos sentados en un lujoso sofá de terciopelo, y se nos queda mirando, quizá a la espera de que Conor se desabroche los pantalones o algo.

—¿Eso lo ha sacado del mismo buzón de sugerencias que lo de esperarme dos horas después del desayuno para poder nadar?

—Probablemente. La otra noche también la vi tirando sal por detrás del hombro. Puede que sus consejos médicos no sean los más fiables.

—Pregúntale esto: si me como una semilla, ¿me brotará una planta en el estómago?

—Ya lo he hecho.

—¿Y qué ha dicho?

—Que solo si la riego con mi pis.

Me muerdo el labio para no soltar una carcajada. Uno de mis rizos se ha secado torcido y no para de caerme sobre la frente. Conor alarga la

Página 262

mano para apartármelo detrás de la oreja y a mí se me olvida cómo respirar.

—Lo que no acabo de entender —digo luchando por mantener la concentración— es por qué tiene que ser tu pis. Yo soy perfectamente capaz de producir mi propia orina.

—Quizá tiene más fe en mi puntería.

—Hmm. ¿Es un fetiche tuyo? ¿Te estás escondiendo detrás de una pobre anciana para introducir la lluvia dorada en nuestra vida sexual?

Suelta un fuerte suspiro, divertido.

—Tú y yo no tenemos una vida sexual, Maya.

—Qué lástima. —Hago un mohín y miro a Lucrezia—. No se preocupe, no es nada —le digo con mi mejor sonrisa, pero ella murmura algo, poco convencida.

—Pregunta si te duele.

—Dile que no tanto como los persistentes rechazos de Conor Harkness.

—Vas a tener que aprender italiano para decírselo tú. También quiere saber si debe llamar al doctor Cacciari.

—¿Para que me haga pis encima?

Por mucho que no quiera, se le escapa una sonrisa.

—He visto que había un tubo de pomada con cortisona en el botiquín.

Espérate aquí. Y no dejes que nadie te mee encima.

—Jopé, ¡menudo aguafiestas! —grito cuando se va, y luego cojeo hacia donde está Eli, que observa a Rue acariciando con cuidado al perrito que hemos rescatado. Tiene el ceño fruncido—. ¿Dónde está la clínica veterinaria?

—A solo cinco minutos de aquí. Tenemos cita dentro de una hora.

—Genial.

—La visita al veterinario será desagradable —le explica Rue al cachorro—, pero también inofensiva. Te aconsejo que hagas lo que te piden.

Algunas personas le hablarían al animal como si fuera un bebé, pero Rue… Ella no funciona así.

—Después quizá deberíamos llevarlo al refugio más cercano —sugiere Eli. A juzgar por su tono, no es la primera vez. Ni la segunda.

Página 263

—Pero eso le rompería el corazón a Tiny —replica Rue—. Ya se han hecho amigos íntimos. No se han separado desde que Maya y Hark los han traído. No podemos hacerles eso.

—Cariño, lo entiendo, pero no podemos importar un perro.

—¿Por qué no?

—Porque estamos a punto de casarnos e irnos de luna de miel.

Rue frunce el ceño y yo también. Me siento en el suelo para unirme a ella y a los dos perritos. Quiero dejar clara mi postura.

—Permíteme que te recuerde —le susurro a Rue al oído— que, si en algún momento de esta semana no te da lo que quieres, estás en tu derecho de sacar la carta «regalo de bodas».

—¿En serio?

—Claro. De hecho, creo que sería divertido.

Me estudia con esos ojos grandes y serios. Luego esboza una media sonrisa.

—¿Para quién sería divertido?

—Para mí. Aunque también para Bitty.

—¿Bitty?

Me encojo de hombros.

—¿No te parece que es el nombre perfecto para el compañero de Tiny? Se inclina hacia delante para quedar a la altura de los ojos del

cachorro. Le sostiene la mirada un momento y después pregunta:

—¿Te gusta «Bitty»?

El susodicho le da un torpe lametazo en la mejilla y, cuando miro a Eli, sé lo que está viendo: una persona a quien hasta hace dos años no le gustaban las mascotas, y que, sin embargo, ahora está abogando por tener un segundo perro.

Siento que me va a explotar el corazón. Y para mí que mi hermano está igual, porque dice:

—Supongo que habrá que ir pensando en cómo llevarnos a Bitty a casa.

Rue agarra a su prometido de la cara con las dos manos y le planta un intensísimo beso en la boca.

—No os preocupéis por la luna de miel, chicos. Yo me encargaré de llevarlo a Estados Unidos. No tengo nada importante que hacer cuando

Página 264

volvamos a casa.

—Claro —responde Eli en broma, con los labios contra la mejilla de Rue—. Solo tienes que mudarte a California o Boston, encontrar un piso, empezar en un nuevo trabajo, aclimatarte a…

—Que sí, que sí… —digo, pero ya estoy saliendo a la pata coja para no tener que seguir escuchándolo.

Empiezo a subir las escaleras con una sensación de vergüenza que se me acumula en la garganta. Me recuerda a la época en la que Eli solo veía un fracaso al mirarme. A cuando tenía catorce años y toda yo era una mezcla de pena, rabia y arrepentimiento. Tener la certeza de que voy a volver a decepcionarlo me pesa como un hierro en el estómago y…

—¿Qué pasa, Maya?

Estoy en el rellano y tengo a Conor enfrente de mí. Parpadeo, sorprendida por su repentina aparición. Me toco la mejilla y noto los dedos secos. ¿Cómo sabe que pasa algo?

—Nada.

Parece escéptico, pero me enseña el tubo de pomada que ha ido a buscar.

—Volvamos a la sala de estar, así podremos… —No. Aquí.

—¿En las escaleras?

Afirmo con la cabeza. Me siento en el escalón más cercano. Extiendo la palma. No esperaba que se arrodillase delante de mí y le quitara el tapón al tubo. Llego perfectamente al tobillo y, de todos modos, el escozor ya está empezando a disminuir por sí solo. Sin embargo, eso es justo lo que hace. Después se echa la pomada en las manos y las frota unos segundos para calentarla. Gracias a eso, cuando entra en contacto con la piel de la pantorrilla, la sensación es calmante. Su tacto es suave, decidido. Va a lo que va, pero también se recrea un poco. Sus palmas son ásperas y firmes.

El peso del estómago no desaparece, pero se transforma. Se convierte en otra cosa. Igual de pesada, pero no tan desagradable.

—Conor.

Me mira. Tiene una mano apoyada en mi pantorrilla. Con la otra me acaricia el arco del pie. Finalmente, me agarra el talón.

—¿Puedo preguntarte algo?

Página 265

No dice que sí, pero me pasa el pulgar por el tobillo.

—¿Te acuerdas de cuando Eli y tú estuvisteis a punto de doctoraros como científicos, pero os echaron de la universidad y, de alguna manera, eso fue lo que os impulsó a tomar otro camino y cambiar vuestra vida?

—Me suena, sí.

Trago saliva.

—Si tuvieras un hermano menor…

—Tengo tres, Peligro.

—Cierto, cierto. Déjame volver a empezar. Tú… me conoces, ¿verdad?

Él asiente. Sigue sin soltarme.

—Si yo fuera diferente de… —Respiro hondo. Demasiado hondo. Parpadeo rápido—. Si no tuviera las cosas claras… Si no estuviera tan segura como… como la gente piensa… Si yo… —No puedo terminar la frase.

Aun así, Conor junta los labios. Los aprieta y, por un instante, veo la decepción en su cara, y eso hace que me arrepienta de todo. De haberle hecho las preguntas, de haber venido a Sicilia, de haber nacido.

Pero entonces dice:

—Dudo que puedas hacer algo en esta vida que me haga tener una mala imagen de ti, Maya.

Siento un nudo en la garganta. No puedo apartar la mirada, sus ojos me tienen atrapada.

—¿De verdad?

Conor se inclina hacia delante. Posa sus labios fríos, apenas separados, sobre la hendidura que tengo debajo de la rodilla.

—De verdad —responde.

Página 266

Ca ít o 32

Resulta que Bitty sí es un cachorro. Tiene unos ocho meses, según el veterinario, y goza de un muy buen estado de salud. En los próximos días le pondrán un impactante número de vacunas y después…

—¿De verdad tiene pensado llevárselo a los Estados Unidos? —le pregunta el veterinario a Eli.

—Si no lo hago, mi prometida me mata.

El hombre dirige los ojos inmediatamente hacia mí.

—Uy, no. Yo no soy la prometida, soy su…

—Hija —dice Eli con una sonrisa, y me pasa el brazo por los hombros.

—Odio que hagas eso —murmuro.

—Lo sé. Por eso lo hago.

Me da un beso paternal en la coronilla. Él no se da cuenta de cómo Conor se pellizca la nariz, pero yo sí. Incluso las bromas más simples sientan diferente cuando acabas de pasar buena parte de la mañana comiéndole el coño en una cueva a la no hija de tu mejor amigo.

No estoy segura de cómo hemos acabado así: Eli, Conor y yo, juntos en el veterinario como una familia feliz antes de volver a casa en el omnipresente Fiat rojo.

—¿Puedes bajar la ventanilla? —le pregunto. A pesar de que al principio no las tenía todas conmigo, Bitty ya se está acostumbrando a ir en el coche. Se ha subido a mi regazo y muestra cierto interés por el exterior—. Aquí atrás no tengo botón.

Página 267

Eli, que está en el asiento del copiloto con el codo apoyado en la ventanilla, me mira de reojo.

—Cuando nosotros éramos jóvenes, las ventanillas de los coches se bajaban manualmente. Según el modelo, había que hacer un esfuerzo sobrehumano para girar la manivela.

—Gracias, pero no hace falta que me cuentes tus batallitas.

—¿No te parecen interesantes?

—No.

—Se me rompe el corazón.

—Qué mal me siento.

—Habrá que enseñarte a sentarte bien.

—Dios mío… Conor, ¿puedes parar el coche, por favor? Bitty y yo iremos andando.

—Que es gerundio —se ríe Eli.

Cuando llegamos, Paul está en el patio, trabajando con su portátil. Conor se aleja para atender una de sus importantísimas llamadas y Eli y yo nos quedamos documentando el apasionado reencuentro entre Tiny y Bitty. Han estado separados menos de cuarenta y cinco minutos.

—Si cambias de opinión, me lo quedo yo —dice Paul al cabo de un rato—. Siempre he querido un perro.

Decido que por hoy ya podemos poner fin a la sesión de fotos canina y levanto la vista.

—¿Qué? Ni de coña. —Debe de salirme en un tono un poco agresivo, porque me mira desconcertado. Yo no cedo—. Ponte a la cola, Paul. Si alguien que no es Tiny tiene que llevarse a Bitty, esa soy yo.

—Estaría más cerca de Tiny si viviera conmigo —replica él, burlón, puede que incluso coqueto. Y entonces sí que me indigno de verdad.

Hubo un tiempo, cuando tenía once o doce años y el sentimiento de soledad me calaba hasta los huesos, en que soñaba con tener un encuentro fortuito como el de Bitty. En rescatar a un perrito y que nos volviésemos inseparables para siempre.

Cumplir un sueño de la infancia no es moco de pavo, así que Paul lo lleva claro.

—No es cierto. Además, yo le caigo bien.

Página 268

—California está mucho más cerca de Texas que Massachusetts. Sería más fácil ir de visita…

Hay que reconocer que se da cuenta enseguida de que la ha cagado.

Debe de ser por mi expresión y mi mirada de querer arrancarle las tripas.

—Me han… Warren… He hablado con él esta mañana. Ha mencionado que has rechazado formalmente la oferta de Sanchez. He dado por hecho que…

—¿Cómo? —exclama Eli.

Paul hace una mueca.

—Ay, mierda. Perdón.

Sigo fulminándolo con la mirada.

—No quería… Creía que, si me lo habían dicho a mí…, debía de ser el último en enterarme.

Entrecierro los ojos y él se aleja unos pasos, claramente aterrorizado.

—No me puedo creer que en el pasado me gustaras —murmuro.

—En tu defensa diré que eras muy joven —comenta Eli con aspereza—. Ahora, si no te importa, volvamos un segundo a lo de que se te olvidó compartir con la clase que habías tomado una decisión crucial sobre tu futuro.

—Tampoco es para tanto.

—¿Has rechazado la oferta de Sanchez? Intento evitar que se me cierre la garganta.

—Iba a… Quería esperar hasta después de la boda para contártelo. —Está bien. —Alza la ceja como si en realidad nada de esto estuviera

bien—. Pero ¿por qué? ¿Hay alguna razón por la que no querías que lo supiera?

—No es… Eli, no he dicho en ningún momento que no quería que lo supieras.

Parpadea como si yo fuera un enigma custodiando la sala del tesoro. —Pensaba… Creía que ya habías superado la etapa de ocultarme

cosas.

—No te estoy ocultando nada.

Hay una pizca de dolor en la risotada que suelta.

—Está claro que ocultas algo, ya que me acabo de enterar por el hermano de Axel de que te vas a mudar a Boston.

Página 269

—No me voy a mudar a Boston y Paul no tiene ni idea de nada. —Me estremezco mientras noto el fuego subiéndome por la garganta. Esa combinación de frío y calor que me resulta tan familiar.

Eli se cruza de brazos, impaciente. Así han sido siempre las cosas entre nosotros. Mi ira y la suya alimentándose mutuamente. Cuando era adolescente, estos enfrentamientos eran el pan de cada día. Y ahora… No quiero volver a caer en eso.

—Escucha. —Respiro hondo. Otra vez. Cuento hasta cinco—. No creo que sea el mejor momento para hablar de este tema. ¿Podemos, por favor, aparcarlo y…?

—¿Por qué te supone un esfuerzo tan grande informarme de que has aceptado el puesto en el MIT? Desde un primer momento te dije que te apoyaría tanto si escogías…

—Porque no he aceptado el puesto en el MIT —digo casi gritando—. Lo he postergado. Hablé con Jack y me dijo que intentaría guardarme el puesto durante un año, pero que todo dependía de si el centro de investigación seguía recibiendo la misma financiación. Y que la plaza del Fermilab se la van a dar a otra persona. Hala, ya lo sabes. ¿Contento?

Eli me mira como… como si yo aún tuviera doce años y él, de la nada, hubiera decidido que ya no tengo permiso para ver mi serie favorita porque es demasiado violenta, que tengo que cumplir con un horario para ir a la cama y que no puedo quedar con mis amigos porque son demasiado mayores para mí. Siento que me falta el aire.

—¿Qué coño está pasando, Maya? ¿Por qué te estás comportando como una cría?

—¿Y tú por qué me tratas como si fuera una adolescente que necesita consultarte todos los…? —Se revienta la presa y la ira me inunda el cerebro. Se me nubla la vista. Solo oigo los latidos de mi corazón. A veces siento que estoy hecha de rabia. Que mi cuerpo está compuesto de un montón de moléculas de color rojo escarlata que me atraviesan y no dejan más que resentimiento a su paso—. ¿Sabes qué te digo, Eli? Que te jodan. No sé quién te crees que eres para hablarme así.

Me alejo con paso airado, bajando las escaleras del patio, odiando a Eli y a Paul, pero sobre todo, odiándome a mí misma por la forma en que…

Algo me bloquea el paso y casi tropiezo.

Página 270

Cuando miro hacia abajo, veo el antebrazo de Conor, tenso contra mi vientre, como un puñetero torniquete.

—Si no me sueltas ahora mismo…

—Maya.

—Conor, te juro que…

—¿Puedes prestarme atención solo un segundo? ¿Por favor?

Lo hago. Poco a poco, el resto del mundo, las olas, las gaviotas, el ruido de Bitty y Tiny jugando…, todo desaparece.

—¿Qué coño está pasando? —pregunta Eli, pero su voz se escucha lejana. Es fácil de ignorar.

—No voy a obligarte a quedarte y hablar con él —murmura Conor inclinándose hacia mi sien—, pero me has dicho unas cuantas veces que, cuando te enfadas con alguien a quien quieres, a menudo desearías que tu mente se acordara de respirar hondo.

Parpadeo. Tardo un momento, pero logro captar el significado de sus palabras por encima del torrente acelerado de mi sangre.

Dudo. Asiento una única vez con brusquedad.

—¿Podrías mirarme un momento a los ojos? —me pregunta.

Lo hago, aunque de mala hostia. Y enseguida siento que… vuelvo a tener los pies en la tierra. «Cuando llegue la ira —me dice siempre mi psicóloga—, concéntrate en las cosas que te rodean. Nómbralas. Trata de estar más presente en tu cuerpo en vez de en tu cabeza».

Veo a Conor. Veo la balaustrada. Veo el océano y el romero y el Fiat rojo y este lugar tan precioso en el que mi hermano nos ha reunido para su boda…

—Está siendo un capullo —digo aún cabreada.

—Sí. Puede ser. —Me muerdo el labio—. Pero tú tampoco estás siendo del todo razonable.

Cierro los ojos.

Tras romper unas cuantas olas más contra la orilla, Conor añade:

—Desde fuera, es evidente que los dos estáis teniendo una reacción

exagerada. Eli y tú no sois enemigos.

Es así de simple, en realidad. Quiero mucho a Eli y…

Me doy la vuelta. Mi hermano está alternando la mirada entre Conor y yo, claramente desconcertado por esta interacción que estamos teniendo.

Página 271

Ahora que pienso con más claridad, soy capaz de distinguir las distintas emociones en su rostro. Enfado, sí, desde luego. Cabreo, incluso. Pero también preocupación y ansiedad. Y, por encima de todo, confusión.

Respiro hondo.

—Lo siento. No pretendía…

Niega con la cabeza.

—No, yo tampoco. No quería actuar como…

Las frases oscilan sin rumbo entre nosotros. Si no fuera porque somos los dos igual de testarudos, nos estaríamos riendo de lo patéticos que somos.

—¿Puedes contarme qué pasa? Estoy… —abre los brazos— preocupado. No porque crea que todavía eres una niña, sino porque no lo entiendo.

No hay de qué preocuparse. No tengo quince años. No acabo de pegarle una paliza a un tío que se me ha insinuado porque «las locas la chupan de vicio». Eli no va a castigarme. Está de mi lado.

—No quiero eso, Eli. Ahora mismo no. Y puede que en un futuro tampoco.

Él asiente mientras pregunta:

—¿Qué es lo que no…?

—Ninguno de esos dos trabajos. Simplemente…, no lo tengo claro todavía. No sé si quiero dedicarme al sector académico porque no me gusta. Es un entorno competitivo, con muchísima presión, que se rige por unos plazos muy ajustados y que a veces parece estar pensado para perpetuar el chiringuito en vez de para conseguir cualquier tipo de mejora científica. Los científicos apenas pueden hacer su trabajo y muchos de ellos están amargados. Si solo tengo una vida, ¿no debería dedicarla a hacer algo que me haga feliz? —Me rasco la frente—. Y tampoco es que un puesto en una empresa vaya a darme eso, ya que tiene todos los inconvenientes del mundo académico más el hecho de que a veces no hay lugar para consideraciones éticas ni para evaluar el impacto social de… —Me detengo. Me paso la mano por la cara. Espero a estar más calmada antes de decir—: Me hicieron dos grandes ofertas. Y sé que eso te hizo estar muy orgulloso de mí. Pero ninguna de las dos es lo que quiero. Ahora

Página 272

mismo, al menos. No estoy… preparada para comprometerme con una vocación todavía.

Eli parpadea.

—Maya, si… si necesitas tomarte un tiempo, yo puedo ayudarte a… —He aceptado otro puesto. Antes de venir aquí. Y, por primera vez en

meses, siento entusiasmo y tengo ganas de que llegue el año que viene. —¿Qué puesto?

—Daré clases en una escuela primaria. —Trago saliva—. Tengo el título y…

Eli está completamente perdido. Y Conor… Estoy de espaldas a él, pero siento que me atraviesa con la mirada.

—¿Dónde?

—En Austin.

—¿Te quedas en Austin? —Asiento con la cabeza—. ¿Es por…? —Mira a Conor y…, uf, tengo que respirar hondo otra vez.

—No, Eli. Pero me alegra saber que me crees capaz de cambiar toda mi vida por un tío que a duras penas sabe que existo.

—No, yo… —Extiende las manos. Bandera blanca—. Tienes razón. Eso ha estado fuera de lugar, te pido perdón. Supongo que no entiendo… Nunca me habías dicho que querías… ¿Por qué?

—Pues… porque… quiero intentarlo. Porque suena divertido y gratificante. Porque el mundo necesita profesores. Porque me gustan los niños. Porque me encanta la idea de ayudarlos a sentir la misma pasión que yo por algo. Porque quiero que los días tengan sentido. Porque… A ver, no sé si eso es lo que quiero hacer el resto de mi vida. Es decir, me parece un trabajo complicado. Quizá se me da como el culo, pero…

—No.

Parpadeo.

—¿No?

—No. Seguro que se te dará genial —dice con total seguridad, como si fuera la cosa más obvia del mundo—. ¿Tenías miedo de que pensara que no era buena idea? ¿Por eso no me lo habías contado antes?

—Pues… sí, aunque pensaba decírtelo. Después de la boda. —Miro a Paul, que al menos tiene la decencia de seguir con cara de «tierra, trágame»—. Pero alguien ha decidido delatarme antes de tiempo.

Página 273

—A ver, yo no lo llamaría delatar…

—Cállate, Paul —decimos Eli y yo al unísono.

Luego clarifico:

—Pensaba decírtelo. Lo que pasa es que creía que te decepcionaría, así que iba a esperar hasta después de la luna de miel.

—Maya, ¿cómo ibas a decepcionarme? —Se acerca un poco más; parece que le hace gracia que pensara eso—. ¿Te he dado alguna vez la impresión de que los profesores no me parecen valiosos o dignos de elogio? Si son prácticamente héroes.

—No, no. Pero tú mismo me dices siempre lo mucho que te gusta presumir de mi carrera como investigadora. A veces siento que quieres que sea lo que tú no pudiste ser. Y me asusta la idea de que, si no me convierto en científica…

Eli se ríe. Se acerca lo suficiente para agarrarme de los hombros. —Maya, estoy orgulloso de ti, sí, pero no por tu trayectoria laboral ni

por tus títulos universitarios ni por tus galardones. Me fascina la persona en la que te has convertido. Es por ser quien eres, no por lo que haces. Tanto si ganas un Premio Nobel de Física como si te conviertes en lanzadora de jabalina, seguirás siendo la misma persona. —Me pellizca la mejilla como solía hacer cuando era pequeña y…

No me molesta. De hecho, me resulta agradable.

—Yo quería ser científico y la cosa no salió bien. Pero si tú no quieres dedicarte a la ciencia…, no me importa. Con saber que haces lo que te apasiona, me sirve. Debes tomar las decisiones pensando en ti, no en si van a satisfacerme a mí.

—¿De verdad?

—De verdad. Y me encanta la idea de que te quedes en Austin. —¿En serio?

—Sí. Cuando estabas en Suiza, Rue y yo no parábamos de decir lo mucho que te echábamos de menos.

—¿Me echabais de menos?

—Sí. No porque te queramos ni porque nos guste tenerte cerca, ojo, sino porque necesitaremos a alguien que saque a pasear a los doscientos perros que, al parecer, vamos a tener. Y que cuide de las plantas.

—Sonríe—. Mano de obra barata.

Página 274

Asiento. La esperanza me hace sentir un calorcito por dentro.

—Entonces…, ¿todo bien?

—Todo genial.

Sonrío. Eli también, y me envuelve en un fuerte abrazo.

Oímos que alguien se aclara la garganta.

—Vale, bueno, me alegro de que mi metedura de pata os haya llevado a tener una charla íntima tan bonita, pero…

—Cállate, Paul —decimos Eli y yo.

Esta vez, Conor también se une.

Página 275

Ca ít o 33

La erupción del Etna sigue su curso. El aeropuerto permanecerá cerrado durante las próximas veinticuatro horas, como mínimo. A pesar de las continuas amenazas de Nyota, Rue aún no tiene vestido. La organizadora de eventos rompe a llorar durante una videollamada con Eli y pide que la sustituyan. El propietario de la pista de hielo donde Rue, Eli y yo solíamos patinar es quien se suponía que iba a oficiar la boda, pero nos ha informado de que lo de que esté saliendo lava a tan poca distancia de Catania le da demasiado miedo y no va a venir.

En resumen, es la noche perfecta para una cata de vinos.

Salimos al atardecer. Los viñedos son preciosos, más aún con el manto púrpura del crepúsculo. La banda de música en directo toca melodías instrumentales y jazz que contrarrestan mi creciente ansiedad por que esta boda no pueda celebrarse. El vino…

Me esfuerzo por disimular mi verdadera opinión, pero me aferro a mis creencias: todo el vino sabe igual, y con «igual» me refiero a uvas podridas.

—Se supone que no tienes que bebértelo —dice Nyota, desesperada por convertirme en una persona con clase—. Das un sorbo, saboreas las diferentes notas que tiene y el regusto que deja, y después lo escupes.

—¿Así que tengo que soportar este sabor de mierda y, además, renunciar a emborracharme? Ni de coña, no soy lo bastante pija.

Página 276

—¡Compórtate! —grita mientras me alejo—. ¡O no te llevaré conmigo a los eventos de mi futura multinacional vitivinícola!

Encuentro a Conor en una de las mesas redondas del patio, sentado con Sul, y me acomodo a su lado. Se están riendo de un conocido suyo que podría ir a la cárcel por una cagada financiera y hacen chistes sobre la relación entre los retiros de ayahuasca y la capacidad de un director ejecutivo para maximizar la rentabilidad de los accionistas. Entonces Avery y Diego se unen a nosotros y la conversación se desvía. Hablamos de la guardería de Kaede, del contable de Harkness que acaba de dejar su relación poliamorosa después de cinco años, del lumbago, de las pensiones, de la Super Bowl, del hecho de que los niños de hoy en día no saben escribir en letra ligada…

Entrelazo las manos, me las llevo detrás de la cabeza, la apoyo sobre ellas y me quedo observando el panorama. Puede que no tenga mucho que aportar, pero es divertido.

—Te juro por Dios —dice Diego— que los nuevos becarios no saben firmar un documento.

—Los nuestros se quejan de que no entienden mi letra. Hay que ver

con los putos niñatos… —Conor niega con la cabeza. Luego me mira—.

Sin ánimo de ofender.

—No hay problema. —Esbozo una dulce sonrisa. Dejo caer un brazo y, por debajo de la mesa, le doy un apretón en el muslo—. Si quieres hablar de lo mucho que te cuelga el escroto últimamente, por mí no te cortes.

Avery escupe el vino. Sul está a punto de atragantarse con un trozo de queso, así que le doy palmaditas en la espalda y me levanto para ir hacia Nyota, que está hablando con Tisha.

—Vale, chicos, una cosa. —Tisha levanta los dedos y empieza a contar—. Primero: joder. Segundo: mierda. Tercero: me cago en la puta.

—Esperaba que siguieras con el recital. —Nyota me mira meneando la cabeza—. Mi hermana es una fuente inacabable de decepciones, como siempre.

—¿Qué sucede?

—Hay un problema —explica Tisha—. Nuestros padres nos acaban de decir que no van a venir porque no pueden volar hasta la isla. Y ellos eran

Página 277

los encargados de traer el regalo que le he comprado a Rue, un collar de esmeraldas superbonito con forma de hoja. ¿Qué se supone que le voy a regalar ahora?

—Puedo prestarte el imán de la trinacria que me regaló Maya —le ofrece Nyota.

—Ay, cállate ya. ¿Qué le vas a regalar tú a Rue?

—La voy a seguir en Instagram.

Suelto un silbido.

—Una chica afortunada.

—Lo sé. —Nyota toma un trago de vino rosado—. Pero es solo a modo de prueba. A la que vea que publica una foto de unas montañas con una cita inspiradora por encima, la bloqueo.

—Con Rue no te tienes que preocupar por eso —la tranquilizo.

—¿Y a mí piensas seguirme, Ny? Soy tu hermana.

—No, en el mundo de las redes sociales no lo eres. Al menos hasta que empieces a cuidar más la estética de tu perfil. Por el amor de Dios, deja de usar hashtags como si fuera 2014.

Estoy algo preocupada por Rue, así que decido ir a buscarla. El edificio principal de la bodega tiene un precioso balcón en forma de porche que rodea toda la estructura. Me dirijo a la parte trasera y la encuentro sentada en un banco del viñedo, observando el Etna y cómo los naranjas y los rojos se escurren lentamente desde lo alto del cráter. Eli está con ella, agarrándola de la cintura.

—Bua… —murmuro.

—¿Qué? —pregunta Conor. Por algún motivo, su repentina aparición no me sobresalta.

—Míralos. Se adoran. Lo único que quieren es casarse, pero el magma ha decidido que era un buen momento para perder densidad y ahora no pueden.

—¿No es al revés?

—¿Qué?

—¿Las erupciones no surgen porque el magma subterráneo se vuelve demasiado denso?

—El magma necesita tener un cierto grado de flotabilidad para subir a la superficie.

Página 278

—Pensaba que el factor principal eran las burbujas de gas que…

—Niega con la cabeza, se ríe y se inclina hacia delante, apoyando las palmas sobre la barandilla.

—¿Qué pasa?

—No me puedo creer que estuviese discutiendo sobre la dinámica de fluidos contigo.

—Yo tampoco, la verdad. ¿Te explico yo cómo funciona el Nasdaq? —Me puedes explicar cómo funcionan mis testículos colgantes, si

quieres. —Me mira muy serio, tratando de fingir que no ha disfrutado de que lo desafiara delante de los demás.

Me apoyo contra la barandilla, de cara a él, para ponérselo aún más difícil.

—¿Debería haber hablado de tu doctorado?

—Nunca llegué a sacármelo.

—No seas modesto, Conor. Tienes la polla demasiado grande para ir de humilde.

Se queda mirándome.

—No cabe duda de que eres un peligro constante.

—Una hace lo que puede.

—¿Estás borracha?

—No. El vino tiene demasiado sabor a uva. ¿Y tú?

Niega con la cabeza.

—¿Cuál es tu excusa? No eres uno de nosotros, no formas parte de la plebe. A ti te gusta el vino. Tienes un paladar refinado. Has hecho maridajes y mierdas de esas… —Me enderezo, sorprendida por no haberme dado cuenta antes—. No estás bebiendo.

Mira a su alrededor, como para resaltar la ausencia de una copa.

—Qué observadora.

—No, no me refiero a ahora mismo. Ya no bebes. No te he visto tomar un trago de alcohol desde que llegaste.

Su mirada parece preguntar: «¿Quieres un pin por haberte dado cuenta?».

La respuesta es: sí. Y también quiero saber por qué, ya de paso. —Pero no eras un…

Página 279

—¿Alcohólico? No. No creo. Pero me llegué a pasar un poco de la raya.

—¿Cuándo?

—Hace unos meses.

Se me hace un nudo en la garganta.

—¿Unos diez o así?

Una pausa. Asiente, en silencio, y yo tengo que apretar el puño. Lo único que quiero es que me dé permiso para acercarme y besarlo. Casi lo hago, pero entonces añade:

—Pensé que sería buena idea tomarme un descanso. De todas formas, nunca me he caído del todo bien cuando bebo. Las cosas que digo… pueden ser bastante crueles.

Me siento identificada. Ha habido aproximadamente diez mil ocasiones en los últimos años en las que no me he caído bien a mí misma. En nueve mil novecientas de esas veces ha sido porque estaba enfadada y había dicho algo injusto a alguien que no se lo merecía.

—¿Lo echas de menos?

—¿Odiarme a mí mismo? ¿O beber?

—Cualquiera de las dos, supongo.

—Echo de menos el alcohol… a veces. Puede que incluso a menudo.

Aunque no esta semana.

—¿Por qué no?

La mirada que me lanza me está rogando que capte las señales. Venga ya, Maya. Sabes perfectamente por qué. Usa ese cerebrito superdotado que tienes.

—Para compensar, sigo haciendo muchas cosas que me despiertan odio hacia mí mismo.

—Me alegra que te hayas encargado de que eso no falte. Si necesitas ideas…

—No te preocupes, Maya. Sigues siendo la reina de mis remordimientos.

Un dolor sordo se extiende por mi cuerpo. Pero él sonríe, como si quisiera convertirlo en una broma, en nuestro tira y afloja habitual, y…

—Vamos a bailar —digo. La música es tenue, el balcón está mal iluminado y no creo haber bailado una canción lenta en mi vida. Aun así,

Página 280

tiro de él.

—Maya, no es un buen…

Pero ya estamos en ello. Le rodeo la cintura con los brazos, nos balanceamos y, al cabo de un momento, Conor también me abraza. Incluso más fuerte que yo a él.

—Hola —le digo contra la camisa.

—Hola, Peligro. —Apoya los labios en la parte superior de mi cabeza. Y se queda ahí. Apenas nos movemos. Esto no es bailar, es un abrazo. Pero puedo fingir que no me doy cuenta si es lo que necesita.

Entierro la cara en su pecho y digo:

—Gracias por lo de hoy. Con Eli.

—De nada. —Me acaricia el pelo con la mano—. Los dos os habríais terminado calmando solos, al cabo de un rato.

—Cierto. Pero ha sido agradable no pasarme medio día resentida antes de llegar a ese punto. Mi psicóloga estaría orgullosa de ti.

—El mío también estaría orgulloso de mí.

Me río y me aferro a su camisa de algodón.

—Conor.

—¿Sí?

—Pienso de verdad que…

—Eh, Hark, los coches están… —nos interrumpe Avery al doblar la esquina del balcón. Su expresión cambia de alegre a confusa y después a dolida.

A traicionada.

Me aparto un poco de Conor, pero ya es demasiado tarde.

Se aclara la garganta.

—Los coches están a punto de salir —dice. Luego da media vuelta y se

va.

Volvemos a la villa.

No se ve ni una sola estrella en el cielo, solo negro, salvo por el Etna, que escupe pequeñas ráfagas de fuego y luego grandes oleadas de humo.

Página 281

Todo el mundo hace chistes sobre Mordor. Paul menciona el apocalipsis.

Axel pregunta qué es Mordor. Avery se ríe un poco demasiado alto.

Esta situación tiene un regusto prehistórico. Cierta belleza también, sí, pero no deja de ser un recordatorio de lo insignificantes que somos. Las entrevistas de trabajo, las actas matrimoniales, los niveles bajos de hierro en las analíticas, las prórrogas fiscales, una diferencia de edad de quince años o incluso la doctrina Friedman… ¿Acaso importan cuando la tierra está escupiendo fuego como si fuera un enorme dragón?

Echo un vistazo a Conor, pero él no me mira. Supongo que no vamos a volver cada uno a su habitación. El mundo se está acabando. Sauron podría apoderarse de la Tierra Media. Sin embargo, Minami lo aparta y se ponen a hablar junto a la piscina, claramente preocupados por Eli y Rue y por la boda. No tengo ninguna buena excusa para ir a cotillear. Subo las escaleras hasta mi cuarto y casi me da un infarto cuando encuentro a mi hermano en la silla tapizada que hay junto al escritorio.

—¿Por qué estoy teniendo flashbacks de aquella vez que me escapé después del toque de queda y al volver te encontré sentado en mi cama?

Suelta una risita. Hacía tiempo que no me sentía tan relajada hablando con mi hermano y es gracias a la discusión de hoy.

—No parabas de repetir que solo habías ido a correr.

—Es que era verdad.

—Apestabas a hierba y llevabas una minifalda.

—Ah, vaya. —Me río—. Igual no lo era.

—Ya, por eso te castigué durante un mes. Por curiosidad, ¿adónde fuiste?

—Mmm… Creo que en esa época estaba saliendo con un chico que tenía una hermana mayor que estudiaba en la UT. A veces nos colaba en las fiestas de las residencias.

Asiente como si hubiera resuelto un viejo misterio.

—Puede que por eso estés teniendo flashbacks de esa noche.

—Suspira—. Maya, creo que tenemos que hablar de Hark.

Página 282

Ca ít o 34

Me resulta inquietante comprobar con qué facilidad vuelvo a caer en mis tácticas de adolescente, como si mi instinto aún tendiese a mentir, eludir y omitir.

—¿Qué pasa? —pregunto con una mirada inocente—. ¿Hay algo que debería saber?

Eli me mira como si supiera exactamente lo que estoy intentando hacer. Y se queda así un rato, suficiente como para que me pregunte: ¿Qué coño estoy haciendo?

—Vale, perdón. Eso ha estado fuera de lugar. Volvamos a empezar, ¿qué pasa con Conor?

Eli se pasa la lengua por el interior de la mejilla. Está claro que la interacción que hemos tenido Conor y yo durante la discusión de antes le ha dado que pensar.

—Hubo un tiempo en el que me preguntaba si fingías que te gustaba Hark porque disfrutabas viéndome sufrir.

—Eso era solo un plus. —Sonrío—. Vale, antes de que empieces el discurso de hermano mayor sobreprotector, permíteme que te haga un breve resumen de los hechos: todo es consentido. Fui yo quien lo buscó primero. No se está aprovechando de mi inocente juventud. No va a romperme el corazón. No usa…

—¿Y tú?

—… su considerable influencia para… ¿Cómo?

Página 283

—¿Vas a romperle el corazón?

Es como si un niño travieso hubiera sacudido la pequeña bola de cristal en la que habito y ahora el mundo estuviera del revés, con nieve cayendo por todos lados.

—Conque… no has venido a informarme de que, si seguimos con esto, vas a encerrarme en la torre de Rapunzel y a darle una paliza a tu mejor amigo por mancillarme. Has venido a decirle a tu hermanita, apenas mayor de edad, que se porte bien con un hombre rico y bastante mayor que ella.

Eli se pasa la lengua por los dientes.

—Dicho así, suena fatal.

Asiento, pensativa, y respondo:

—En realidad, me halagas.

—¿En serio?

—Al menos reconoces mi capacidad de raciocinio. No termino de comprender por qué estás de su lado, pero…

—No estoy… En esto no hay lados, Maya. Solo me preocupo por quien es evidente que sí siente algo por el otro.

Me río. Luego me doy cuenta de que habla en serio.

—¿Crees que yo no siento nada por él?

—Bueno… —Se lleva la palma a la sien para masajeársela—. Él es diferente contigo. Creo que es por la forma en que te mira. Nunca lo había visto así.

—¿Así cómo?

—Como… como si estuviera al borde del desquicio. —Suelta un suspiro—. Estos últimos dos años ha sido muy protector contigo, pero…

—¿Estamos hablando de Conor Harkness?

Eli me mira como si fuera una niña desagradecida.

—Sí, Maya. Se preocupa por tu bienestar. Pregunta por ti. Presta atención cuando sales en la conversación. ¿Recuerdas ese ordenador tan difícil de conseguir que Minami te regaló el día de la graduación?

—Sí.

—Él es quien movió los hilos para conseguirlo. Y… —Resopla—. Sabes el poco aprecio que le tiene a la UT después de que nos echaran, ¿verdad?

Asiento.

Página 284

—El año que te matriculaste, empezó a hacer donaciones a la Facultad de Ciencias Naturales.

—¿Qué? ¿Por qué?

—Una de las lecciones que aprendió de Finneas Harkness es que siempre es buena idea tener influencia en los lugares donde es posible que en un futuro la necesites.

—Pero no me hacía falta. Entré en la UT por méritos propios. Era innecesario…

—Lo sé, y él también. Pero Hark es un planificador nato. No confía en las instituciones ni en su compromiso con la decencia. Y se preocupa por ti, así que se quiso cerciorar de que, en caso de ser necesario, su dinero te garantizara seguridad.

—Pero… —Niego con la cabeza—. Puede que solo quisiera apoyar la disciplina de la física.

Eli levanta una ceja.

—Hace dos veranos, esas estanterías hasta el techo que querías en tu habitación…

—¿Las que montaste mientras estaba de vacaciones con Jade a pesar de haberme dicho que ya era lo bastante lista y mayorcita para montarme mis propios muebles? Aparte de decirme que no podía elegir con qué roles de género quedarme y cuáles rechazar, ni dar por hecho que tú me ayudarías con esas mierdas solo por ser mujer.

—Maya, tu premisa fue «solo soy una chica, no sé usar un taladro, tienes que hacerlo tú». Y me negaba a participar en ese discurso, así que… Bueno, el caso es que no fui yo.

—¿Qué quieres decir?

—Vino Hark. Montó las estanterías. Pintó las paredes. Limpió lo que había ensuciado.

—¿Qué? ¿Por qué no me lo habías contado?

—Porque me pidió que no lo hiciera. Porque me dijo que le apetecía y que montar muebles le relajaba, que lo hacía más por él que por ti. Porque acababa de empezar a salir con Rue y me costaba pensar en algo que no fuera ella.

—Han pasado dos años y sigues igual, debo decir.

Página 285

—No. —Suspira. Se frota los ojos—. Hay… cosas sobre Hark, cosas que han pasado en estos últimos años, que ahora veo de otra forma. Siempre supuse que no había superado lo de Minami. Su comportamiento, su actitud, el hecho de que siempre priorizase el trabajo antes que las relaciones… Lo atribuía todo a que seguía enamorado de ella, pero… —Me mira como si yo tuviese una respuesta que darle.

—¿Has…? ¿Has hablado ya con él? ¿Sobre mí?

—Todavía no, pero…

—No lo hagas, por favor. Ya se considera a sí mismo un viejo

pervertido que va por ahí robándole la ropa interior a las colegialas. Lleva

fatal que yo sea más joven.

Eli sopesa mis palabras.

—No me parece que esa preocupación sea irracional, Maya. Cada uno está en una etapa diferente de la vida y…

—¿Y si Rue fuera quince años más joven que tú? ¿O quince años mayor?

—No lo es. Esa es la cuestión.

—La cuestión es que a veces conoces a alguien y no puedes controlar lo que sientes por esa persona. Recordemos que la conociste en una aplicación de folleteo.

—Cierto. Y me enamoré de ella. Y al principio yo quería una relación y ella no, lo cual no fue una experiencia agradable. Por eso he venido a decirte que, si para ti lo de Hark es solo un pasatiempo…

—No es un… Me gusta.

—Lo sé, pero…

—No, Eli. Me gusta.

Un segundo de silencio. Mi hermano asimila la información y dice:

—Comprendo.

—Hace tres años, durante mi último semestre en Escocia…, él me

ayudó. —Trago saliva—. Y luego seguimos en contacto. Estuvimos más de dos años hablando casi a diario. Como amigos. Y entonces… —Eli espera pacientemente a que continúe—. Esta semana ha sido la primera vez que hemos hablado en meses.

—¿Por qué?

Exhalo.

Página 286

—Porque todo se fue a la mierda.

Página 287

Ca ít o 35

DIEZ MESES ANTES

AUSTIN, TEXAS

Han pasado dos semanas desde que Conor y yo tuvimos nuestra charla nocturna sobre Alfie, el amor y su relación con Minami.

No hemos hablado desde entonces, lo cual es raro, siendo nosotros. Él ha estado ocupado viajando y cubriendo a Eli, ya que este y Rue se han ido de viaje aprovechando un puente. Harkness se está expandiendo y sus funciones van cambiando. Además, tener un enfoque basado en objetivos es crucial en esta etapa de transición y bla, bla, bla.

No me importa demasiado porque hace siete días lo vi en persona. En el aparcamiento de una iglesia, nada menos. Llevaba un traje de tres piezas de color gris oscuro y gafas de sol, y nos miraba meneando la cabeza mientras estábamos todos ahí de pie, incómodos. Alzamos la vista para mirar el campanario y me sentí un poco mareada al comprobar que la religión es algo que, en efecto, existe.

—Pareces más a gusto de lo que cabría esperar —le dijo Eli mientras nos guiaba por los escalones de la iglesia.

Conor resopló.

—¿Te suena eso de la culpa católica, ese sentimiento tan propio de los irlandeses por el que siempre te metes conmigo?

—Sí…

—Pues este es su lado positivo.

Página 288

Sonreí, luego me volví hacia Minami y Sul y dije:

—A mí nunca me bautizaron.

—A mí tampoco —respondieron los dos al unísono.

No pensaban bautizar a Kaede, pero a Sul lo crio su abuela, que es «muy católica», y todo el asunto del bautismo es «muy importante» para ella, aunque al propio Sul le resulte «muy indiferente».

—Si no recuerdo mal —me susurró Minami—, soy alérgica al incienso.

—Lo único que me da miedo es que acabemos todos envueltos por las llamas nada más pisar la iglesia.

Conor estaba aguantando la puerta para que pasáramos, pero alcancé a ver un leve movimiento en la mandíbula, la curva de sus labios al reprimir una sonrisa, y el corazón me dio un vuelco de emoción.

Si el hecho de que casi se ría de mis chistes me excita diez veces más que la típica foto enseñando tableta que envían los tíos en las aplicaciones de citas, ¿significa que estoy enamorada?

—Cuidado, Peligro —murmuró, y esa fue nuestra única interacción. Después de la ceremonia, nos sentamos en extremos opuestos de la

mesa del restaurante. Le eché un total de tres vistazos y cada vez estaba hablando con una persona diferente. Eli, Rue, la adorable abuela de Sul. Lo vi ponerse de pie y dar vueltas con Kaede en brazos para que Minami y Sul pudiesen comer tranquilos. Tuve un pensamiento absurdo: Sería un buen padre. No me enorgullece admitirlo, pero lo cierto es que no era la primera vez.

Apuesto a que muchos no estarían de acuerdo. Dirán que es demasiado frío, demasiado arrogante, que está demasiado centrado en su trabajo. Pero es un cuidador nato. Tiene ese sentido del humor seco que hace que los niños se meen de risa. Sí, su alma está cubierta por una capa de teflón, pero a un bebé lo dejaría entrar. Mostraría su verdadero yo: un perfeccionista neurótico que se preocupa demasiado como para dejar abandonado a alguien.

Después de cenar, se fue al aeropuerto y cogió un avión hacia el Medio Oeste para gestionar no sé qué trato con una empresa de tecnologías agropecuarias, que, según me dijo, son sus favoritas. Al día siguiente llamó a Rue para pedirle consejo, porque ella es muy buena en lo suyo y

Página 289

de vez en cuando lo asesora. Hablaron de acuicultura durante casi una hora. Eli y yo estábamos preparando una sopa de tortilla mexicana con la receta que McKenzie me había enviado por mensaje y sonreíamos mientras los escuchábamos discutir. Ambos son igual de tozudos. Casi se pasan de adorables.

Al final resultará que mi hermano y yo sí que compartimos gustos. Echo de menos a Conor. Mucho. Podría sacar el móvil, llamarlo

cualquier día a cualquier hora, y sé que lo cogería antes incluso de que acabara de sonar el primer tono, pero no quiero obligarle a dedicarme tiempo. Y no pasa nada porque, unas noches después, me llama.

—¿Cómo ha ido la videollamada? —me pregunta, como si mis reuniones tontorronas de recién graduada fueran tan importantes como sus negocios millonarios.

Aunque, en realidad, lo son. Claro que sí, joder. Me alegro de que lo sepa.

—Ha ido bien. Hemos hablado de un proyecto superinteresante de astrofísica que están llevando a cabo en el CERN, la Organización Europea para la Investigación Nuclear. Y lo lleva Jack Smith.

—Jack Smith.

—Sí.

—Te lo acabas de inventar.

—No. Bueno, su nombre completo es Jonathan Smith-Turner. Dirige un centro de investigación en Boston. Es una de esas personas que, si pregunta por ti, lo dejas todo y vas. Y me gusta.

—Te gusta —repite. Su tono es totalmente inexpresivo.

—Quiero decir que no me importaría trabajar con él, no que estoy deseando que me empotre contra el Gran Colisionador de Hadrones.

—Ajá.

—Está casado con una física teórica que trabaja con Georgina Sepulveda.

—Ah, sí, George. Hiciste las prácticas con ella el año pasado, ¿verdad? —Sí. Y, aunque no estuviera casado…, es viejo. Y yo no suelo juntarme con ancianos. —Un segundo de silencio—. Aunque contigo hago

una excepción.

Página 290

Espero a que elija entre su abanico habitual de contestaciones: «Cállate la boca, Peligro. A mí me pasa igual con las crías como tú. ¿Ves? Por cosas como esta me gusta hablar contigo por teléfono, es una cura de humildad». Sin embargo, se queda inusualmente callado, así que continúo:

—La chica que dirigía este proyecto del CERN ha tenido una emergencia familiar, lo que significa que alguien de su equipo va a ocupar el puesto. Eso deja una vacante para la posición de investigador, y ya sabes lo que dicen sobre las similitudes entre las asignaciones de presupuestos académicos y los cerdos.

—Ilumíname.

—No se desperdicia nada.

Se ríe, una risa grave y ronca. Me agarro al teléfono como si fuera un salvavidas.

—Deberías aprovechar la oportunidad —dice.

—Hmm. Sí, debería. Bueno, tendría que mudarme a Suiza por un tiempo y sé que a las personas de tu edad les cuesta entender cómo va lo de hacer llamadas a un país extranjero, pero antes de irme podríamos quedar y así te configuro «el aparato del demonio este»…

—En realidad… —me interrumpe.

Y en ese mismo instante sé lo que va a decir. Puede que no los detalles, pero sí lo esencial.

—Ay, no. ¿Se te ha vuelto a caer el aparato al váter? —Esa soy yo intentando pararlo con una broma.

Y él haciendo caso omiso:

—Quizá sería buena idea… disminuir la frecuencia de nuestras charlas.

Suena como si estuviera redactando un acuerdo preliminar para una empresa. Un pelín demasiado distante.

Mantén la calma, me digo. No está pasando nada malo. Respira hondo, no te lo tomes a pecho.

—¿Te has quedado sin datos?

Un silencio denso.

—Estoy conociendo a alguien, Maya.

Vale. Resulta que sí está pasando algo malo. Pero eso no significa que deba dejar de respirar. Con serenidad, respondo:

Página 291

—Hay cerca de siete mil millones de álguienes en el mundo, así que vas a tener que ser más específico sobre…

—Voy a empezar a salir con una mujer.

No recuerdo haberme sentado, pero el ángulo desde el que veo el patio de los vecinos a través de la ventana ha cambiado y noto algo blandito bajo los muslos.

—Ah. —Sueno sorprendentemente tranquila—. ¿Cuándo la conociste? —La conozco desde hace tiempo.

—Entiendo. Por curiosidad, ¿cuántos años tiene?

Casi lo oigo cerrar los ojos. Ese cabreo paternalista que se guarda solo para mí.

—Pregunto porque sé lo importante que es eso para ti.

—Te puedo asegurar que no tiene veinte años.

Asiento, y, si él no lo ve, es su problema. Noto un peso en el estómago, como una piedra que rueda y se agita.

—Yo no… Tú y yo no tenemos una relación sentimental, Conor. Hemos hecho revisiones periódicas en las que te asegurabas de que no estoy perdidamente enamorada de ti, de que sé lo que hay, de que solo somos amigos. No las he soñado, ¿verdad?

—No.

—¿Vas a dejar de hablar con Eli y Minami? También son tus amigos.

—No es lo mismo.

—Tienes razón, no lo es. Minami y tú tuvisteis una relación romántica durante años. A tu nueva novia —la palabra me sabe a culo— probablemente le gustaría que cortaras lazos con ella. Pero ¿por qué iba a preocuparse por mí?

El silencio al otro lado es tan ensordecedor que me pregunto si habrá colgado. Entonces dice:

—Maya, ¿tú has estado saliendo con alguien?

Cada relación, ya sea amorosa, amistosa o de cualquier tipo, tiene ciertos temas controvertidos que hay que esquivar. Para algunos es la política; para otros, la fracturación hidráulica, y para otros, el concepto de la caza ética. Pero Conor y yo compartimos muchos valores. Coincidimos en la mayoría de las opiniones, excepto por algunos matices que nos llevan

Página 292

a horas y horas de discusiones y de «¡Venga ya! No me jodas» y «¡Ajá, aquí te he pillado!». Yo las disfruto. Él también.

De lo que nunca hablamos es de con quién quedamos. Aunque tampoco es que tenga a nadie de quien hablarle.

—¿A qué viene eso?

Un segundo de silencio.

—La semana pasada, Eli estuvo hablando de ti con uno de los analistas júnior.

—¿Cuál?

—Cameron —dice—. No recuerdo su apellido. Tiene una trayectoria interesante. Empezó como físico y acabó con nosotros.

—Ya, típico caso de persona que empieza a dedicarse a la física y acaba en un fondo de inversiones.

—Por última vez, no dirigimos un fondo de inversiones, Maya. —Ajá. ¿Y qué relación tiene esto con que ya no quieras ser mi amigo? —Eli se ofreció a preguntarte si estabas interesada. A organizar una

cita para que os conocierais. Dijo que llevabas años sin salir con nadie.

Mierda. Mierda. Mierda.

—Agradezco la preocupación, pero no necesito que me presenten a alguien que estudió física. Estoy rodeada de físicos todos los días de mi vida. Si quisiera salir con uno, simplemente me pasearía por los pasillos de la UT y escogería al primer friki de la mecánica relativista incapaz de cambiar una rueda pinchada.

—No es eso.

No me gusta lo que percibo en la voz de Conor. No me gusta no saber a qué se refiere con el «eso».

—No mantengo a Eli informado de todos mis amoríos. Por no mencionar que no me interesan la mayoría de los chicos que conozco.

—No debería ser así. Habría que… Creo que ambos deberíamos centrarnos en relacionarnos con gente más apropiada…

—¿Apropiada para nuestra edad?

—Sí, eso también. Maya, seamos sinceros. Puede que nuestra relación no sea de naturaleza romántica, pero la forma en que está estructurada hace que sea difícil de explicar si alguien pregunta.

—Esa es la razón por la que te pedí que la mantuviéramos en secreto.

Página 293

Él insistía en contárselo a alguien. Quería confesárselo a Eli y a los demás. «Así sería como tener un guardarraíl», dijo, como si necesitáramos que alguien se interpusiera entre nosotros. Como si él fuera un coche yendo a doscientos por hora y yo el abismo que le espera tras una curva especialmente pronunciada.

«¿Me tienes miedo?», le pregunté una vez. Y, cuando contestó que sí sin vacilar, lo tomé como una victoria. Una señal de que las cosas iban a cambiar pronto.

Hay que ser tonta.

Respiro hondo.

—Esta mujer… ¿Estás enamorado de ella?

Se ríe. Se ríe con todo su papo y el sonido hueco de esa risa me recuerda al Conor que creía que era antes de conocerlo.

—Maya, no malinterpretes lo… No se trata de eso.

No me satisface esa respuesta.

—Así que me estás echando de tu vida por alguien de quien ni siquiera

estás enamorado. —Cierro los ojos. Me siento arrastrada por una ola de algo espeso y asfixiante.

—Si la cosa va bien con ella, si empezamos a tener algo más serio… —Cuántos sis. No pareces muy seguro de lo de esta chica. Ya que estás

tan poco entusiasmado, tal vez deberías salir con otra persona, ¿no crees? —El peso que sentía en el estómago ahora se está expandiendo. Me pesa todo. Siento como si mi cuerpo se hubiese vuelto una sustancia tóxica. Veneno, eso es lo que me genera esta conversación—. Y ya que crees que no puedes salir con alguien y seguir siendo mi amigo al mismo tiempo, quizá deberías salir conmigo. —Mi tono es calmado, pero a estas alturas él ya sabe captar cuándo se acerca el tsunami de mi ira.

—Joder…

—¿Por qué no? ¿Acaso es más lista que yo? ¿Más divertida? ¿Más guapa que…? De hecho, prefiero que no contestes, no quiero…

—Nadie lo es, Maya —dice con cierta rabia. Como si acabara de arrancarle la verdad.

Un momento de sinceridad entre nosotros. Algo excepcional. Yo he mostrado mis cartas. Él, las suyas. ¿Y ahora qué?

Página 294

—Te gusto —le digo con firmeza. Puede que esté llorando, pero no hace falta que él lo sepa—. Te gusta hablar conmigo. Te gusto físicamente. Te preocupas por mí. Me dices cosas que no eres capaz de expresar con palabras cuando estás con otras personas. Esto nuestro, por raro, limitado e inusual que sea, es lo mejor que tenemos. Quizá estoy pecando de tonta, pero no entiendo por qué prefieres privarnos a los dos de este vínculo antes que…

—Porque tienes veintidós años, Maya. Porque tienes toda una vida por delante. Porque todo, absolutamente todo lo que tiene que ver con esta relación es complicado. He intentado desesperadamente encontrar la forma de disfrutar de lo mejor que me ha pasado en la vida sin que esa decisión te perjudicara, pero ya no veo la forma. Si nuestra relación te impide tener experiencias que deberías vivir a tu edad, entonces sí me estoy aprovechando de ti y ya no puedo permitirme…

—Te quiero —espeto en medio de su frase. Pero lo digo con serenidad.

Impasible.

Me parece oír cómo se muere al otro lado de la línea.

—Maya.

—Te quiero.

—No.

—Te quiero. Y eres mi mejor amigo.

—No.

—Me da igual que seas mayor. Me da igual que te pases la vida trabajando. Incluso me da igual que tu cerebro quiera fingir que solo somos amigos por correspondencia hasta que cumpla los treinta. Esperaré. Te esperaré.

—No.

—Lo único que me importa es si tú me quieres.

Oigo el sonido de su respiración. Una sacudida, apenas audible.

—Eso es irrelevante, Maya.

Me río. Y, durante una fracción de segundo, me siento feliz. Esperanzada. Eufórica. Joder, tanto paripé y ni siquiera es capaz de mentirme. No se atreve a decir la única mentira que me callaría la boca.

—Buen intento.

Me ignora. Se recompone.

Página 295

—Lo que acabas de decir es la prueba de que esto tiene que acabar. Necesitas estar con alguien de tu edad. Alguien que no tenga problemas propios de otra generación. Alguien que…

—¡Alguien que esté en su estado original! ¡Prístino! ¡Alguien que nunca haya sufrido! ¡Necesito una de esas figuritas coleccionables que nunca se sacan de la caja! ¿Empiezo a buscar en eBay?

Su indiferencia me arrolla.

—Alejarte de mí será lo mejor. Así tendrás espacio para explorar… —No tengo ningún interés en los Cameron de este mundo. No tengo

interés en nadie más que…

—No sabes en qué tienes interés, Maya. Eres demasiado joven y nuestra relación está limitando tu capacidad de comprender el alcance y la variedad de las opciones que tienes. Sea lo que sea lo que crees que sientes por mí…

—Estoy enamorada de ti, Conor. —Las palabras se me escapan entre mocos y lágrimas. Qué puta rabia—. Así que, por favor, llámalo por su nombre en vez de soltarme el rollo de que no sé lo que siento o cualquier gilipollez por el estilo. Al menos hazme el favor de reconocer que has escuchado lo que te he dicho.

Oigo una exhalación. Una exhalación entrecortada.

—Sé que crees que estás enamorada de mí, pero si le das tiempo al tiempo, se te pasará. Y el mayor acto de bondad que puedo hacer por ti ahora mismo es librarte de mí.

Acaba de usar la palabra «bondad». Quiero arrancársela y apuñalarlo con ella.

—¿Y qué hay de ti, Conor? ¿A ti también se te pasará?

Un silencio terrible.

—No sé a qué te refieres.

Ahí es donde muere mi esperanza. Algo egoísta y oscuro se expande. Algo vengativo, afilado y con sed de sangre nace de saber que confía tan poco en sí mismo y en mí que no va a permitirnos disfrutar de esto, que quiere arrebatárnoslo. Y ni siquiera va a admitir que…

La ira ya me ha llegado hasta la garganta. Y siempre me lleva por el mismo camino.

—Conor.

Página 296

—Sí, Maya.

—De todo corazón: vete a la puta mierda.

Cuelgo.

No hablamos durante diez meses.

Página 297

Página 298

Ca ít o 36

EN LA ACTUALIDAD

TAORMINA, ITALIA

Conor me abre la puerta poco después de las doce de la noche.

—El día que llegué y me subiste el equipaje…, ¿elegiste la habitación más alejada de la tuya?

—Sabes que sí.

Sonrío y entro, rozándolo al pasar. Es evidente que se estaba preparando para ir a la cama: tiene el pelo despeinado y mojado cerca de la frente, como si acabara de lavarse la cara. Solo lleva unos pantalones de chándal finos y de cintura baja que le sientan muy bien. Me pregunto si se los habrá comprado la misma persona que le escoge los trajes.

Me he puesto adrede lo que Nyota llama «el pijama corto de putón». —Un esfuerzo heroico —le elogio sentándome en el alféizar de su

ventana abierta. Desde aquí no se ve el Etna, pero tiene unas vistas impresionantes de la piscina.

—No por ello menos inútil.

—Mal calculado, ¿eh?

Exhala una carcajada.

—Contigo siempre me pasa. —Cierra la puerta, camina hacia el centro de la habitación y yo tengo que apretar los dientes por lo increíblemente… Conor que es. El único. El mío—. Maya, ha sido un día largo.

—Sí que lo ha sido.

Página 299

—Estoy hecho polvo. Ahora mismo no estoy en plenas facultades. —Usa el mismo tono que cuando quiere tener una conversación racional con Kaede para convencerla de que no es buena idea comerse las ceras de colores.

—No pasa nada. Estoy segura de que, aunque Conor Harkness no esté en «plenas facultades», sigue siendo mejor en la cama que la mayoría de los chicos que sí lo están.

—No me refería a eso.

—¿No? ¿A qué te referías?

Una pausa vacilante.

—No es una buena idea que estemos solos. Me cuesta controlarme. Me encojo de hombros. Noto el roce de las puntas del pelo en la

cintura. No suelo dejármelo suelto porque pesa mucho y se despeina con facilidad, pero a Conor le gusta. Lo sé aunque nunca me lo haya dicho.

—¿Por eso estás visiblemente empalmado desde que he entrado en la

habitación? —Suelta una palabrota en voz baja—. Por mí tranqui; quiero decir…, tampoco es que puedas ocultarlo.

—Maya…

—Yo también estoy cansada. —Esbozo mi mejor sonrisa—. Vamos a la cama. ¿Puedo quedarme aquí?

—Créeme, no quieres estar cerca de mí esta noche.

—¿Por qué?

—Porque acabo de hablar por teléfono con la abogada de Tamryn y voy a tener que decirle que mis putos hermanos han rechazado la oferta de acuerdo, porque la boda de mi amigo más íntimo se está yendo al garete y porque ninguno de mis putos contables me ha dado una respuesta satisfactoria sobre la pregunta más sencilla que…

—No te preocupes —le digo acercándome a él. Apoyo las manos justo por debajo de sus costillas para mantener el equilibrio, me pongo de puntillas y le doy un beso en la mandíbula—. Descansa. Hablamos mañana.

Estoy a medio camino de la puerta cuando me agarra la muñeca. Se le marcan las venas del antebrazo.

—Creía que querías que me fuera.

Aprieta la mandíbula.

Página 300

—¿Adónde vas?

—Pues, mira, justo estaba pensando en ir a pasear por el monte Etna. Me han dicho que está precioso en esta época del año. ¿Tú qué crees, Conor? Me voy a mi habitación. ¿Adónde si no iba a…? —Ah. Claro—. No voy a llamar a ese chico.

Casi le rechinan los dientes.

—Ya te lo dije, no tengo interés en… —Niego con la cabeza—. Escucha, pensaba que te habías pasado la tarde haciendo el amor con Avery. Y luego te pusiste en plan sargento a decirme qué podía o no podía hacer y… solo quería provocarte. No-Hans está aquí de vacaciones con su novia. Solo fingió que coqueteaba conmigo.

—No es cierto.

—Estoy bastante segura de que sí. Yo se lo pedí.

—Maya, no estaba fingiendo. Te garantizo que todos los chicos de tu edad te desean. Incluso los hombres de mi edad. Allá donde vayas, todos te miran.

Me río porque está fatal de la cabeza. Me encanta.

—Vale, ¿y qué si es así? Me da igual. No-Hans no es mi tipo. Le faltan al menos dos décadas para tener que hacerse una colonoscopia.

Me fulmina con la mirada.

—No seas un amargado, Conor. Aún tienes una buena mata de pelo. —Le doy una palmadita en la mano e intento liberarme, pero no me suelta. Lo cual es… interesante—. Creía que estabas hecho polvo. —Su cara dice muchas cosas y yo no entiendo ninguna—. Y que querías que me fuera.

Silencio. Bajo esta luz cálida y tenue, resulta indescifrable.

—Es curioso. Hace diez meses, intentaste echarme de tu vida, pero no

lograste decir que no me querías. Y esta noche… —Muevo la mano libre—. Lo único que tienes que decir es que este tiempo sin mí has estado mejor y que quieres que te deje en paz. Dímelo y nunca más volveré a molestarte.

Me suelta. Su expresión es sombría.

—Algunas mentiras son demasiado fuertes. Incluso para mí. —Entonces deja de tenerme tanto miedo…

—No tengo miedo de ti. Tengo miedo de mí mismo y de la persona en la que me convierto cuando estás cerca. —Se inclina sobre mí y me quema

Página 301

los ojos con su mirada fría como el hielo—. Nunca he deseado nada con tanta desesperación, tanta intensidad y tanto descontrol como te deseo a ti. Nada, nunca. Ni que mi madre volviera a la vida. Ni vengarme de quien me hizo daño. Ni el bienestar de la gente a la que quiero. Ni el éxito profesional. Ni siquiera mi propia felicidad. Absolutamente nada me ha consumido de una forma tan despiadada como tú.

Noto la garganta constreñida. Un sabor amargo.

—Ya, y por eso hace diez meses me apartaste de tu vida sin ningún remordimiento.

—¿Eso piensas? ¿Que hace diez meses me desperté un día, tuve una conversación difícil, me arranqué la tirita y después seguí con mi vida como si nada? —Se inclina más sobre mí. Me roza la oreja con los labios, como si fuera incapaz de sostenerme la mirada mientras habla—. Estos últimos diez meses, día tras día, he tenido que luchar contra mi instinto más básico para no llamarte y acudir a ti. Cada día desde aquella llamada, he tenido que tomar la decisión de liberarte de mi presencia para que pudieras optar a tener una vida mejor. No te equivoques, Maya: puede que no hayamos hablado ni nos hayamos visto, pero durante estos diez meses, mi relación contigo ha sido la presencia más constante y ardua de mi existencia.

Todas y cada una de las palabras que acaba de decir me duelen. Me atraviesan y palpitan en mi interior. Aun así, respondo:

—Te dije que te quería y tú me contestaste… —Me alejo para ver su reacción—. Me contestaste que ya se me pasaría.

—Lo sé.

—¿Qué tal te ha ido a ti esa técnica?

Esboza una sonrisa.

—Dije que se te pasaría a ti, Maya. Sabía perfectamente que yo no iba a tener la misma suerte. Y estaba preparado para que así fuera. —Un segundo de silencio—. Aún lo estoy.

Exhalo incrédula.

—¿Por qué? Me tienes aquí delante diciéndote que para mí los últimos diez meses ni siquiera han pasado y…

—Quizá no ha sido suficiente. —Parece algo perdido—. Y necesitas más tiempo.

Página 302

Quiero morderlo. Quiero clavarle los incisivos y los colmillos y hacerle sangrar. Lo deseo tanto que me tiemblan las manos y los hombros y, sinceramente, estoy hasta los ovarios de este juego.

—¿Quieres que me vaya?

—Sería mejor si…

—No te he preguntado eso.

—No, Maya. Nunca quiero que estés en otro sitio que no sea conmigo. El corazón se me detiene. Se reinicia de golpe. La leve esperanza de un

progreso. Me obligo a seguir respirando y tomo una decisión.

Apoyo la mano en sus pectorales. La deslizo por su suave piel y agarro la goma de sus pantalones de chándal. Lo que intento decir es: «Si me quedo, esto va a pasar. Si me quedo, no voy a dejar que actúes como si solo fuéramos buenos amigos poniéndose al día». Y a Conor siempre se le ha dado bien entender lo que quiero decir.

Pero entonces añade:

—Si te quedas…, tú mandas.

Fíjate, eso no me lo esperaba.

—¿Eres uno de esos directores ejecutivos que disfrutan haciéndole la colada a su dominatrix?

Suelta una risita.

—¿Te supondría un problema?

—No. —Me lo pienso—. Podría ser divertido.

—Me encantaría ayudarte con la colada, pero… —dice, acariciándome la cabeza con ambas manos— necesito que seas quien decide las cosas, porque nada ha cambiado. Sigues siendo más joven y con menos experiencia, y…

No tengo ningún interés en escucharle repetir ese disco rayado y no me importa estar al mando. No me importa ser yo quien le coja la mano y lo lleve al sofá. No me importa ser yo quien le ponga las manos sobre los hombros y lo empuje para que se siente. No me importa ser yo quien se quite la ropa mientras él mira, con las piernas abiertas, como los hombres en el autobús, y los ojos más oscuros que nunca.

Tras ver cómo traga saliva, decido que las bragas rosas de encaje pueden quedarse.

Página 303

—Siéntete libre de decirme lo guapa que soy —bromeo mientras mi camiseta cae al suelo.

Sin embargo, Conor permanece en silencio, con los labios entreabiertos y los músculos del pecho moviéndose con cada respiración. La erección le tensa la tela de los pantalones. Empieza a aparecer una mancha húmeda justo encima.

Me siento a horcajadas sobre su regazo, pero él no me toca. Está tan tenso que me da miedo romperlo. Cuando me inclino y le lamo la clavícula, lo recorre un escalofrío.

—¿Piensas en mí —murmuro contra su piel— cuando haces esto con otras personas?

—No. —Le doy un mordisquito para demostrarle lo poco que me ha gustado esa respuesta. No pasa nada, me digo. Está pensando en mí ahora. Pero alza la mano para ponerme un mechón detrás de la oreja—. No hago esto con otras personas. No desde Edimburgo.

Me echo hacia atrás. Analizo su cara. Me pasa los dedos por el pelo, una caricia dulce y cálida que no concuerda con el hecho de que estoy desnuda sobre su regazo y tiene tremenda erección.

—¿Y Avery?

Me pasa la mano por el pómulo. Niega con la cabeza.

—Siempre estabas tú ahí.

—¿Dónde?

—En mi mente.

Asiento. Algo se me atasca en la garganta.

Más aún cuando añade:

—Desde el día en que te conocí, has sido lo mejor que me ha pasado en la vida. Y eso que ni siquiera formabas parte de ella.

Cierro los ojos, abrumada de saber que hemos perdido el tiempo durante estos últimos años. De pensar en lo que podría haber sido.

—Qué manera más romántica de decir que piensas en mí cuando te masturbas —digo para bromear.

—Maya. —Inclina la cabeza hacia atrás y la apoya sobre el cuero del sofá. Tiene los pómulos enrojecidos.

—¿En serio? ¿Ahí pones el límite, Conor?

Suelta un gruñido.

Página 304

—Es la culpa católica.

Sonrío.

—O sea que sí piensas en mí, ¿no?

—Intento evitarlo.

—¿Funciona?

Exhala una risotada.

—Nunca.

—Ohhh… —Hago un mohín fingido y él lleva el pulgar a mi labio inferior—. Qué pena, no sabes cuánto lo siento.

—Sí, seguro…

Él también sonríe y está más guapo que nunca, así que decido echarme hacia atrás, apoyando las palmas de las manos en sus rodillas y el culo en la parte inferior de sus muslos. Estoy totalmente abierta de piernas, pero él se esfuerza por sostenerme la mirada, como si desviar la vista hacia mis tetas pudiera desencadenar un apocalipsis nuclear.

—Háblame de esas fantasías tuyas.

—No quieres saberlas.

—Te aseguro que sí.

Traga saliva visiblemente.

—No sé si para ti sería muy sexy.

—Prueba. ¿Follarme en una iglesia? ¿Me salen tentáculos?

Hacerle reír me excita tanto como ponérsela dura.

—¿Quieres tentáculos, Peligro? Puedo traer unos cuantos la próxima vez.

—Pues igual sí. Entonces, ¿qué es? ¿Fantaseas con que nos hacemos cosquillas? ¿Nos convertimos en licántropos?

El rubor aumenta. Esta es una faceta de Conor que nadie más conoce.

Un poco infantil. Tímido. Lo adoro.

—Me da vergüenza, Maya.

—No tienes ninguna obligación de contármelo, pero si lo haces, quizá pueda hacerlo realidad.

Resopla. Niega con la cabeza. Pero al cabo de unos segundos, con voz grave, dice:

—Vuelvo a casa del trabajo…

—Para. Demasiado utópico.

Página 305

Me da un suave pellizco en la rodilla.

—Llego a casa del trabajo y tú estás ahí. En la mesa. Haciendo lo que sea que haces. Estudiando. Resolviendo ecuaciones. Leyendo una novela. No tengo ni idea.

—Al menos tú no crees que me gano la vida partiendo átomos.

Se le curvan los labios.

—Simplemente estás haciendo tus cosas. Lo mismo que te he visto hacer innumerables veces en la cocina de Eli.

—¿Pero estoy desnuda?

—No, tú solo… Es en mi casa. Estás en mi casa. Y tus cosas están por ahí, esparcidas por todas partes. Como si vivieras allí.

—No creo que seas capaz de empalmarte si hay desorden.

Resopla, pero está duro como una piedra. Ese punto húmedo de sus pantalones es cada vez más grande.

—¿Y después?

—Y después alzas la mirada y sonríes. Vienes hacia mí. Me das la bienvenida.

Espero a que continúe.

—¿Y…?

—Te doy un beso y tú me lo devuelves. Te abrazo, porque puedo, y estás calentita. Te gusta ese abrazo. Te tumbo contra la mesa, noto lo suave

que es tu piel y… —Suspira. Como si el simple hecho de contármelo lo estuviera excitando a lo bestia. Se lleva la mano a la polla y la agarra con fuerza.

—¿Qué pasa después?

—Suelo terminar antes de que vaya a más. Casi siempre, de hecho. Pero si sigo dándole alas a mi imaginación, normalmente te acabo llevando a mi cuarto y…

—Conor. —Ladeo la cabeza, divertida—. ¿Me estás diciendo que la cumbre de tus fantasías eróticas es hacerlo en una cama?

Recorre la pálida piel de mi muslo, justo por donde el músculo se convierte en grasa. Un roce tan ligero que parece que sus dedos estén flotando, más que tocándome.

—En esa fantasía, eres mi novia. Más que eso, quizá. En esa fantasía, he descubierto la forma de tenerte en mi vida y, a la vez, asegurarme de

Página 306

que eres libre. Y tú eres… —Desvía la mirada, como si, de todas las vergüenzas, esta fuera la que más le doliera—. No me da miedo hacerte daño. Eres mía y estás acostumbrada a que te toque. Lo aceptas de buen grado. Es… Tenemos una vida, Maya. Juntos.

Podrías hacerlo realidad, pienso. Algo se desgarra dentro de mí.

Podrías tenerlo desde hace tres años si no te odiaras tanto a ti mismo.

—Esa fantasía es muy complicada —le digo sin estar segura de si es una broma o no—. ¿Ahí se supone que soy mayor? ¿Que no tengo un pasado trágico que me hace muy susceptible a la influencia de las figuras paternas?

Cierra la mano alrededor de mi rodilla, cálida.

—No, no eres mayor. Solo eres tú.

Me parece desgarrador que no quiera cambiar nada de mí.

—O sea que el que es diferente eres tú. Has encontrado una manera de bajarme la luna y de hacerme tuya a la vez.

Asiente con cierta dificultad. Lo único que quiero es hacer feliz a este hombre que tanto se detesta a sí mismo.

A nuestro lado, la pantalla de su móvil se enciende con una llamada de trabajo. Él la ignora y, en su lugar, apoya una mano en mis costillas. Se queda ahí quieto hasta que le digo:

—Hazlo. —Y entonces, con el pulgar, me roza el pezón con delicadeza, como si estuviera hecho de una sustancia altamente explosiva. Al notar que le palpita el pene, me inclino hacia delante sin romper el contacto de nuestras caderas. La parte delantera de mis bragas está húmeda. Estoy segura de que le he ensuciado los pantalones—. ¿Quieres saber cuál es mi fantasía? —le pregunto mientras voy frotando la mejilla contra la superficie rasposa de su cuello.

—Suena a pregunta trampa.

—Es algo extraño. Algo que no suele apasionarme. Alfie se quejaba mucho de que no lo hacía lo suficiente. —Le rozo la mandíbula con las pestañas al parpadear—. No puedo parar de pensar en chupártela.

Suelta algunas palabrotas ininteligibles. Deja de tocarme el pezón con el pulgar, pero me agarra con más ansia.

—Conor, solo sé que me encantaría mirarte desde abajo mientras tengo tu polla en la boca, metida hasta la garganta…

Página 307

—La madre que me… —Me estruja la cadera con tanta fuerza que tengo claro que mañana tendré unos cuantos moratones del tamaño de una moneda. No veo la hora de ponerme a contarlos—. Tienes que parar. Por favor.

Le doy un beso de disculpa en la mejilla.

—¿Cuánto crees que durarías?

Me empuja con la mano hacia abajo, contra el bulto de sus pantalones, y ni siquiera creo que haya sido adrede, sino más bien un acto reflejo. Se le acelera la respiración, cada vez más fuerte contra mi sien. Cuando alargo la mano, imagino que me la apartará de un guantazo, pero esta vez me deja bajarle la tela y agarrarla. Nos miramos fijamente, ambos con el pecho subiendo y bajando a la vez. Me aparto la ropa interior y me paso la punta de la polla por los labios vaginales. Luego por el clítoris. Siento su peso, su calor y su grosor. Pronuncia mi nombre con un gruñido profundo que atraviesa el espacio-tiempo.

Se aferra a los cojines.

—¿Bien? —pregunto.

Una exhalación áspera.

—Sí.

Me incorporo un poco para acomodarme. La noto caliente y resbaladiza contra mí.

—Nunca he follado sin condón —digo, quizá para picarlo. Esto va a ser una montaña rusa de emociones por muchos motivos.

—Yo tampoco.

—¿Quieres que te ponga uno?

Se ríe con una diversión genuina.

—No, Maya.

Sonrío. Estamos siendo insensatos e irresponsables. Y me da igual. —¿No hay condones en tus fantasías? ¿Tomo anticonceptivos? —Pues… —Se pone rojo como un tomate. Aparta la mirada y, en voz

baja, admite—: Ninguna de las dos opciones.

Y yo ya no puedo esperar más. Dejo que la gravedad haga su trabajo y desciendo, metiéndome varios centímetros de golpe.

—Joder, despacio… —Mete las manos por debajo de mis bragas y me agarra el culo—. Ve más despacio o te…

Página 308

—Es que m-me gusta que… —Intento hablar, pero solo me salen jadeos incomprensibles—. Me gusta que me duela un poco. Y te recuerdo que estoy yo al mando.

Conor tensa la mandíbula. Gruñe algo sobre lo «increíble» que soy, se pregunta si he «caído del puto cielo». Le tiemblan las manos, pero estoy demasiado ocupada tratando de ajustarla dentro de mí para…

Subo y bajo. La fricción es celestial y ambos gemimos. Conor me mira la cara, las tetas, observa su miembro desapareciendo dentro de mi coño, como si no entendiera del todo lo que está pasando. Como si creyera conocer las reglas del juego, pero acabara de darse cuenta de que no tiene ni idea de a qué está jugando.

—¿Quieres que pare? —le pregunto, pero sigo rebotando encima de él.

Ya he conseguido que entre un poco más de la mitad.

Con cada bajada consigo que llegue cada vez más profundo. Es como si mi vagina fuera un músculo que hay que entrenar para darlo de sí. Cuando subo hasta casi sacarla del todo, veo su polla totalmente empapada y lubricada. Y eso… me excita a unos niveles que escapan a toda lógica.

A juzgar por cómo me agarra de la cintura, a él también.

—No me creo que existas —murmura.

Tengo una capa de sudor perlado sobre la piel y gotas que se deslizan entre los pechos. Le paso la mano por detrás del cuello para buscar apoyo mientras me muevo. Posa la mirada en algo más allá de mi hombro. El espejo de pared que tenemos detrás.

Nos está mirando. A mí. A mi culo moviéndose encima de él. —¿Te gusta?

—Joder —espeta, y le doy un besito en la mejilla.

—No pasa nada. Sé que sí. —La meto hasta el fondo—. Nunca me había sentido tan llena. Y ya viste qué consoladores tengo. ¿Los recuerdas?

—Madre mía… —Me acaricia la cadera con los nudillos. Por dentro, me está partiendo en dos, pero su tacto es delicado como el de una pluma—. No podría olvidarlos ni aunque quisiera.

—¿No?

—Después de verlos pensé que era mejor así, que quizá eso significaba que te gustaban… Que podrías fácilmente con la mía.

Página 309

Me agarro a él con más fuerza. Es algo parecido a un abrazo. Siento placer mezclado con dolor. Me pregunto cómo he podido vivir sin esto hasta ahora.

—Dudo que nadie pueda.

—¿Qué?

—Dudo que nadie pueda con esto fácilmente. —Me lo confirma negando con la cabeza—. Mejor. Yo seré la única.

Alza la mano para posarla en mi mejilla.

—Maya, ya lo eres.

Y, justo en ese momento, de repente, me corro. Es como un desastre natural, violento y perturbador. Un buen orgasmo, bíblico incluso, pero me desgarra, me destroza y me anula.

Cuando por fin vuelvo a ver con claridad, me doy cuenta de que respira como un caballo de carreras. Está con la boca entreabierta, me agarra de la cintura y apoya los pulgares en los huesos de la cadera.

—Lo más difícil de estos últimos tres años —dice medio ahogado— ha sido vivir sabiendo exactamente qué cara pones cuando te corres.

Sigo teniendo espasmos, pequeñas contracciones que le constriñen la polla.

—Te gusta hacer que me corra, ¿verdad?

—Me gusta todo de ti.

—Solo quiero devolverte el favor, Conor. ¿Es mucho pedir?

—Contraigo los músculos de la pelvis. Veo cómo se estremece—. Déjame hacerlo.

Niega con la cabeza y dice:

—Más fuerte.

—¿Qué?

—Puedo hacer que te corras incluso más fuerte.

Me río.

—No creo que sea posible. Y hemos acordado que soy yo quien manda. Antes has dicho que harías lo que yo te pidiera.

—Pues pídemelo —dice con la voz ronca contra mi mandíbula—. Pídeme que la saque, que te meta los dedos y que te coma hasta que te desmayes.

—No. Yo ya…

Página 310

—Me la suda. Pídemelo.

Contra el leve picor de su barba, digo:

—No.

Suelta un sonido gutural de fastidio. —Entonces pídeme que la meta más adentro. —¿Qué?

—Pídeme que te folle hasta el fondo.

—No sé si va a ser pos…

—Maya, pídemelo.

Parece una orden, pero me lo está suplicando. Por eso asiento. La

manera en que me inclina la pelvis me pilla por sorpresa. Tras un gruñido,

la mete hasta tocar fondo y…

—¡Joder! —exclamo.

—Pídeme que te mueva. Pídeme que te enseñe cómo usar mi polla para correrte.

Apenas puedo pensar.

—Enséñame, por-por favor.

Y eso hace. Empieza a moverme de una forma parecida a como lo estaba haciendo yo antes, arriba y abajo, vacío y lleno. Excepto que yo estaba estimulando todas mis partes a la vez y él sabe exactamente cómo…

—Madre mía —digo cuando me vuelvo a correr. Este orgasmo es superficial, húmedo. Errático. Igual de bueno.

Conor me estudia mientras intento volver a respirar a un ritmo normal.

—Puede que esto sea lo único decente que he hecho en toda mi vida.

Lo único que se me da bien.

—¿E-el qué?

—Hacer que te corras.

Otro ángulo, esta vez yo inclinada hacia atrás, dejando espacio entre la parte superior de nuestros cuerpos. Casi alcanzo a ver cómo se mueve dentro de mí si miro hacia la parte baja de mi abdomen. Conor suelta un gruñido y entonces me presiona justo encima del ombligo con la mano. De repente, el espacio que había conseguido para que me cupiera dentro se reduce, desaparece, y vuelvo a correrme con tanta fuerza que me quedo inconsciente un segundo.

Página 311

Cuando vuelvo en mí, tengo la mejilla apoyada en su hombro. Noto cómo inhala hondo para llenarse los pulmones de mi fragancia, del aroma del sexo y de la brisa marina. Está temblando de tanto contenerse.

—¿Qué harías —le pregunto al oído— si no tuvieras miedo de perder el control?

Niega con la cabeza. Como si no pudiera imaginarse tal escenario.

Pero luego dice:

—Te querría debajo de mí. Te inmovilizaría. Te encerraría en una habitación y no dejaría que nadie te mirara nunca. Te…

Espero. Pero no continúa hasta que le digo:

—Sea lo que sea, dímelo, no me voy a asustar.

—Sí que te vas a asustar. —Desliza los dedos hacia abajo y empieza a dibujarme algo parecido a un círculo en el clítoris.

—Po-ponme a prueba.

Su exhalación suena como un gruñido.

—Te horrorizaría.

—No. —Muevo las caderas para aumentar el roce. Siento como si mi cuerpo y mi vida enteros estuvieran en sus manos; como si no fuera una persona, sino un cúmulo de terminaciones nerviosas reducido a los puntos en los que él me toca y me llena.

—Me correría dentro de ti. Te haría un hijo.

Me corro. Otra vez. La sensación es la misma que si me cayera desde las alturas. Arqueo la espalda mientras el placer me recorre y Conor me roza el lateral del pecho con los dientes. Mientras me calmo, me chupa el pezón izquierdo. Un pequeño y breve capricho.

—No piensas correrte, ¿verdad? —pregunto entre jadeos.

Está temblando. Es como un cable expuesto, tensado. Aun así, niega con la cabeza.

Cuando me levanto de su regazo, su polla parece dolorida, pero estoy demasiado enfadada para preocuparme por eso ahora. Camino como puedo hasta el baño, intentando ir recta, fingiendo que lo que acaba de pasar no me ha dejado aturdida. La luz del techo es blanca y ahora me parece agresiva. En cuanto cierro la puerta, me tambaleo y tengo que apoyarme con los codos en la encimera de mármol.

Página 312

Me he corrido más veces de las que puedo contar. He tomado y tomado y tomado… y aun así me siento vacía. Más que un tambor. Como si algo se hubiera roto y mis entrañas hubieran acabado derramadas por el suelo.

Empiezo a limpiarme. Tengo la ropa interior demasiado empapada para volver a ponérmela, así que la dejo junto al lavabo, al lado de un neceser transparente. Dentro hay una cuchilla de afeitar. No una maquinilla ni una afeitadora eléctrica; una navaja de las de toda la vida. Como si su dueño fuera un viajero en el tiempo que ha venido a este siglo en busca de la penicilina para llevársela a su época.

—Por Dios, deja de ser tan pedante, Conor —mascullo poniendo los ojos en blanco. Sin embargo, me fijo en que hay algo más en el neceser. Un objeto con una forma y un patrón que me resultan vagamente familiares.

Extiendo la mano. Lo abro.

Encuentro un bonito coletero con un estampado a cuadros.

Mi bonito coletero con un estampado a cuadros.

Lo perdí en Edimburgo. En la habitación de hotel de Conor.

El tiempo se detiene. Vuelve a ponerse en marcha, pero en el sentido contrario a las agujas del reloj. Me paso la goma por la muñeca, cojo una toalla y la mojo con agua tibia. Después vuelvo al agradable resplandor de la lámpara de la mesilla de noche.

Conor no se ha subido los pantalones, pero ahora está hablando por teléfono, dando unas instrucciones en voz baja que oigo pero no entiendo. Aún desnuda, me arrodillo a su lado para limpiarlo.

Me agarra la muñeca.

—Tengo que colgar —dice al teléfono y termina bruscamente la llamada.

Detiene la vista en la toalla y luego me mira a mí.

—No.

Inclino la cabeza hacia atrás. Lo miro a los ojos. —¿En serio? ¿Por qué no quieres que te limpie, Conor? No contesta y se sube los pantalones de chándal.

Pues nada. Que le den. Me levanto y dejo caer la toalla. Es entonces cuando se da cuenta de lo que llevo en la muñeca. Era cuestión de tiempo, ya que no llevo nada más puesto.

Página 313

—Quería… devolvértelo —dice.

—Gracias por cuidar de mi coletero de cincuenta centavos durante los últimos tres años.

Parpadea algo perdido.

—¿Eso es lo que cuestan?

—Qué interesante. Alguien que puede enumerar todos y cada uno de los factores que condujeron a la quiebra del lunes negro de 1987 no tiene

ni idea de lo que cuesta un coletero —espeto resentida.

—No hace falta involucrar a Alan Greenspan —replica. Luego admite—: Ya sabes por qué lo guardé.

Claro que lo sé. Sin embargo, algo está cambiando. Tal vez sea por cómo me mira mientras me hago una coleta alta. Tal vez sea por su tono. Tal vez sea por cómo me ha hecho perder el control mientras me aferraba al suyo como si me fuera la vida en ello. Sea lo que sea, algo se desbloquea dentro de mí.

Me doy cuenta de que el espacio entre Conor y yo no es fluido y franqueable, a diferencia de lo que yo creía, sino sólido. Impenetrable. Me he estado engañando a mí misma. Nunca ha habido ninguna posibilidad. Tengo que asumir que me espera una vida entera sin él.

Las lágrimas me brotan de los ojos mientras recojo la ropa, tentada de volver desnuda a mi habitación. Aunque me vea toda la comitiva de la boda, sería preferible a estar aquí con él un segundo más.

—Eh. —Me agarra con suavidad del brazo y se queda mirándome, completamente devastado—. ¿Te he hecho daño?

Suelto una carcajada entre mocos y lágrimas y me subo los pantaloncitos del pijama.

—Nunca había echado un polvo mejor que este, Conor.

—Creo que… ni tú ni nadie, Maya.

—Qué gracia que digas eso cuando ni siquiera te has corrido. —Echo la cabeza hacia atrás. Me paso el dorso de la mano por la cara.

—No necesito…

—No necesitas nada ni a nadie, ¿verdad? Muy inteligente por tu parte. Y muy imbécil por la mía. —Me pongo el top—. Durante estos tres años, siempre he pensado que había una clave para resolverte. Que, si seguía los pasos adecuados, si actuaba de la forma correcta, dejarías de mentirnos a

Página 314

los dos y aceptarías lo que éramos. Pero ahora… —Suelto una risa amarga—. Acabas de admitir que te masturbas pensando en mí y en una escena digna de la puta Casa de la pradera. Has guardado un puto coletero durante tres años. Y me… Probablemente sea capaz de obligarte a

reconocer que estás enamorado de mí, pero… —Extiendo los brazos—. Da lo mismo. No importa lo muy enamorado que estés, porque en tu cabeza siempre seré demasiado joven y tonta…

—Tonta no…

—… ¡para saber lo que siento! —Estoy hablando demasiado alto, pero me da igual—. Nunca vas a dejar de verme como a una niña que te desea porque tiene un fetiche con las figuras paternas. Pues ¿sabes qué, Conor? ¡No es tu responsabilidad liberarme de ti porque no soy tuya! Soy una mujer libre que te ha elegido libremente una y otra vez. Pero te odias demasiado como para ceder. En el fondo, crees que no eres digno de ser amado y te aterra tanto tenerme y hacerme daño que prefieres pasarte el resto de tu vida dándome algo que nunca te he pedido con tal de mantenerme alejada. No necesito correrme cinco veces. No necesito que me montes muebles. No necesito que investigues a todos los físicos reconvertidos en contables de Harkness hasta encontrar al más seguro y apropiado para mandármelo. No necesito grandes regalos ni que me trates como si fuera uno de tus activos, Conor. Solo necesito que… —El torrente de lágrimas difumina la luz de la lámpara a su alrededor, como un halo. Estoy desnudándome delante de él, mostrándole las partes más puras y raídas de mí, y él…

Se limita a mirarme con el rostro ensombrecido. Es imposible distinguir su expresión.

—Lo único que necesitaba era quererte y hacerte feliz. Lo único que te pedía era que intentaras hacer lo mismo. Estaba dispuesta a ser paciente y

amable y a sortear los obstáculos juntos. Pero tú… —Niego con la cabeza, me limpio las mejillas con los antebrazos y salgo de su habitación.

Voy por la mitad de la escalera cuando oigo el ruido de algo rompiéndose en mil pedazos.

Página 315

Ca ít o 37

JADE: He visto las noticias! Te has dado ya un

baño calentito en el río de lava?

MAYA: Ojalá.

Alguien llama a la puerta y suena como si fueran disparos.

La habitación está a oscuras, pero el tinte azulado que cubre las paredes me indica que ya no es plena noche. No creo que haga mucho rato que, tras dar mil vueltas en la cama, mi cerebro haya conseguido dormirse, aunque, desde luego, no ha descansado.

Mi teléfono marca las 05:13 y, cuando abro la puerta, me encuentro a mi hermano. Trae la misma cara de impaciencia que recuerdo de mis primeros años como adolescente, cuando lo acompañaba al súper y tardaba demasiado en elegir qué cereales quería para el desayuno.

—¿Estás bien? —me pregunta. Tengo los ojos hinchados por el cansancio y las lágrimas. Deben de estar inyectados en sangre, porque veo que Eli frunce el ceño—. ¿Resaca?

—Sí. —Eso mismo…

—Tómate algo. Te necesito.

—¿Ahora? Son las cinco de la… Ay, mierda, ¿Tiny está bien? —Sí.

Página 316

—¿Se está muriendo alguien? Espera, ¿te estás muriendo tú? —No. Solo necesito que vengas. —¿Por qué?

—Maya. —Se inclina hacia delante, apoya ambas manos sobre mis hombros y me mira de una forma que también reconozco: «Calla y haz lo que te digo»—. Ponte algo y baja. Tienes cinco minutos.

Acabo necesitando siete porque lavarme los dientes me retrasa. Cuando bajo, aún no ha amanecido, pero nadie se ha molestado en encender la luz del vestíbulo. Mi hermano está ahí, con Rue a un lado, Tiny al otro y, enfrente, Conor.

—Perfecto. —Eli da una palmada, le pasa un brazo por los hombros a Rue y se van hacia fuera.

—¿Qué está pasando? —le pregunto a Conor.

—Ni idea.

Parece bastante menos exhausto de lo que yo me siento. Lleva el pelo un poco despeinado, pero su camiseta negra y sus vaqueros están impecables. Su cara es indescifrable por culpa de las gafas de sol. Me entran ganas de decirle: «Existen muchas palabras con significados confusos y rebuscados, Conor, pero las gafas de sol, lo creas o no, son para usarse cuando hay sol». Aun así, me callo. Porque… ¿qué más da? Él no va a dejar de reprimirse y yo no voy a dejar de tenerle rencor.

Me niego a seguir con el jueguecito. Está claro que él tenía razón y lo único que podemos hacer es mantener las distancias.

—Si le ha pasado algo a Bitty… —digo al cabo de unos minutos, cuando ya los cuatro estamos en el Fiat rojo, Conor y yo en el asiento de atrás con Tiny en medio—. Si me has despertado a estas horas porque le ha pasado algo y quieres que te ayude a enterrarlo junto a la playa y que decoremos la tumba con conchas…

Eli resopla.

—¿Qué? ¿Me vas a decir que no lo harías?

—Por supuesto que lo haría. Pero también necesitaría llorar aproximadamente tres hectolitros de lágrimas, lo que interferiría con mis habilidades con la pala. Prefiero saberlo de antemano.

—Nadie está enfermo, muriendo ni necesita que lo entierren. Solo os estamos llevando a un lugar muy bonito. De hecho, ya hemos llegado. Y

Página 317

ahí está nuestro amigo.

Aparca a un lado de la calle vacía, junto a un Ford Fiesta destartalado que, imagino, debe de ser del hombre que está fumándose un cigarro en la acera. El polo y los pantalones plisados que lleva están un poco arrugados. Empiezo a preguntarme a cuántas personas habrá sacado mi hermano de la cama esta mañana, pero cuando Eli le tiende la mano, el hombre se la estrecha con una sonrisa.

—¿Quién es este señor? —pregunto.

—Salvatore —contesta Eli.

—¿Y de qué lo conoces?

—Coincidimos en un campamento de fútbol hace años, en Texas.

Pongo los ojos en blanco.

—Cómo no.

—Salvatore no habla inglés, así que os lo explico yo: trabaja para el pueblo de Taormina y nos va a abrir las puertas de este precioso parque.

«¿Qué parque?», estoy a punto de preguntar, pero entonces doblamos la esquina y ahí está Villa Comunale en todo su esplendor matutino.

Leí acerca de este sitio en la guía: un jardín público, misterioso y romántico, lleno de monumentos y maravillas botánicas. Incluso me lo marqué para preguntarle a Rue si le apetecía ir a explorarlo conmigo. Sin embargo, yo tenía en mente organizar una excursión en un horario normal. No esperaba ver a Salvatore sacar un llavero de latón que haría llorar de alegría a un alcaide de prisión del siglo xix para luego abrir unos portones altísimos. Al empujarlos, las bisagras chirrían, como si se quejaran de que es demasiado temprano para molestarlas. Después de entrar todos, los vuelve a cerrar. Empezamos a subir a paso ligero por el caminito de piedra.

—Eli, ¿cómo has conseguido que este pobre hombre venga aquí a estas horas?

—Dinero —me responden todos al unísono.

—Ah, claro, qué otra explicación podía haber… —Suspiro.

Ni siquiera mi cínico corazón puede evitar quedarse embelesado ante la belleza que nos rodea. Hacia el oeste, a lo lejos, la imponente silueta del Etna sigue escupiendo fuego. La columna de humo es igual de alta que ayer, pero el viento parece llevarla en dirección opuesta a Taormina. Eso

Página 318

significa que, si miramos hacia el este, la nube de ceniza se ha disipado y se alcanzan a ver los primeros rayos de sol. Es un acontecimiento mucho más vulgar que una erupción volcánica, pero eso no evita que me quede asombrada cuando empiezan a formarse las primeras tonalidades de color naranja, separando el verde petróleo del mar del azul oscuro del cielo. Me deja sin aliento.

—¿Es una especie de tour exclusivo? —le pregunto a Conor.

Después de lo de anoche, nada me gustaría más que tomarme un descanso y no verlo en unos días, pero estoy demasiado confundida por la situación como para hacerle el vacío. Nos hemos quedado rezagados mientras avanzamos por los jardines, subiendo escaleras. Salvatore anda como Pedro por su casa y Rue y Eli lo siguen agarrados de la mano y entusiasmados. Tiny va corriendo de un lado a otro entre ellos y nosotros, dando vueltas alrededor de las piernas, descubriendo palos, trayéndolos para que los tiremos, olvidándose de ir a buscarlos y corriendo hacia los arbustos para buscar otros. El lugar está repleto de unos imponentes cipreses, de adelfas y de las omnipresentes buganvillas, que también están por todas partes en Texas y que a partir de ahora siempre me recordarán a cuando me rompieron el corazón en Italia. Entre las palmeras, diviso un capricho arquitectónico precioso y tomo nota para volver después, cuando haya salido el sol y tengamos más luz.

—No creo que sea un tour, la verdad —dice Conor.

—¿Qué es, entonces?

Hemos llegado hasta el punto más alto del parque. Aquí, el resplandor de la mañana baña la vegetación de un cálido dorado rojizo.

—Si es lo que pienso… —Conor niega con la cabeza y, cuando su teléfono empieza a vibrar, lo apaga. Sigo sin verle bien los ojos, pero las arruguitas que asoman por las comisuras sugieren alegría—. Vaya, sí que se lo ha currado.

—¿Salvatore?

La risa de Conor es un sonido cálido y cariñoso que me provoca mariposas en el estómago, así que me alejo de él, corriendo hacia los demás, para ver la vista panorámica. El amanecer es espectacular desde aquí. Quizá estamos yendo a esa pérgola que…

Página 319

Rue se detiene de una forma tan brusca que Eli tarda un segundo en darse cuenta. Se inclina sobre la barandilla y, por un momento, en el apacible inicio de la mañana, arropada por el canto de los pájaros y las largas sombras que se extienden tras ella, recuerdo el día que la conocí. Lo guapa, luminosa e incomprensible que me pareció.

Culpo al agotamiento y al hecho de seguir medio dormida de haber tardado tanto en darme cuenta de que lo que lleva puesto no es un vestido de verano, sino una camisa de hombre. Una camisa blanca de esmoquin, lo bastante larga como para ser de Eli, que le llega hasta la parte superior de los muslos. La brisa pasa junto a ella, le alborota el pelo negro y agita las hojas. El aire huele a polen y a miel. Justo detrás de ella veo otro arbusto de jazmín, aún en flor.

Eli, con un brillo raro en los ojos, observa a Rue mientras ella contempla el mar.

—¿Aquí? —le pregunta al fin.

Ella sonríe. Mirando al frente, asiente.

—Aquí.

Mi hermano la atrae hacia sí y se besan. Y se besan y se besan, y yo tengo la sensación de estar presenciando un momento privado. Conor y yo cruzamos miradas y parece que él opina lo mismo.

—Creo que ya entiendo lo que está pasando —susurro.

Curva los labios.

—¿Sí?

—¿Crees que…?

—Bueno —dice Eli con su vozarrón de capitán del equipo de hockey. Su sonrisa no es la de siempre. Puede que sea la vez que más feliz he visto a mi hermano—. Gracias a los dos por venir.

Me aguanto la risa.

—Prácticamente nos has secuestrado.

—Sí, bueno. Había que hacerlo, Maya. Rue y yo lo hemos hablado y hemos decidido que tú eras la única persona sin la que no podíamos hacerlo.

Suelto un suspiro exagerado.

—Está bien, te voy a dar un riñón…

—Y, Hark —se gira hacia él—, eres mi padrino y mi mejor amigo.

Página 320

Una sonrisa de satisfacción se dibuja en los labios de Conor. —Pero no es por eso por lo que estoy aquí, ¿verdad?

—No. —Eli señala a Salvatore, que está mirando su paquete de tabaco vacío con expresión desolada—. Necesito que le expliques a este funcionario del Gobierno que Rue y yo queremos que nos case. Ahora mismo. Queremos una ceremonia lo más breve posible.

Página 321

Página 322

Ca ít o 38

Se dan el beso justo cuando el sol emerge del agua.

Un momento verdaderamente digno de película, la foto habría salido perfecta. Aunque nadie está sacando ninguna, pero da igual. Ni Eli ni Rue lo olvidarán jamás.

—Solo queremos casarnos —nos ha dicho antes Eli con cara de alivio y felicidad—. Necesito casarme con esta mujer. Todo lo demás…, estoy seguro de que hubo un tiempo en que me importaba, pero hace tanto de eso que casi ni lo recuerdo. Estoy más que listo para que esta mujer esté legalmente obligada a no separarse nunca de mí…

—No es así como funciona la ley —ha murmurado Rue, imperturbable.

—… hasta el día en que ambos muramos mientras dormimos, rodeados de nuestros perros inmortales y millones de plantas.

Conor y yo hemos intercambiado una mirada. Luego una sonrisa.

Entonces él ha dicho:

—Fantástica elección. Lo apruebo. Signor Salvatore?

Veo que Rue le pasa los brazos por el cuello a Eli, pero el resplandor del sol naciente los convierte en poco más que un contorno, una figura a contraluz enfrente del horizonte. Puede que esto sean las relaciones, la vida de la gente. Algo opaco desde fuera, con una profundidad y unas capas imposibles de comprender.

Página 323

Nunca entenderé del todo el extraño amor entre Rue y Eli, pero se lo han currado. Han luchado por llegar hasta aquí. Esta felicidad no les cayó del cielo. Se propusieron lograrlo y…

Todo sucede a la vez. Las lágrimas me empapan las mejillas. Conor me atrae con el brazo hacia el calor de su pecho.

—Shhh… —murmura contra mi pelo—. No pasa nada.

Rue y Eli dejan de abrazarse. Mi hermano sonríe, mira en nuestra dirección como diciendo: «Maya, Hark, ¿habéis visto eso? ¿Me habéis visto casarme con ella? ¿Habéis visto a mi mujer?». Pero Rue le tira de la mano y le pide un segundo más de atención.

—Solo quiero decirte… —Una pausa, una vacilación. Algo sumamente raro para ser ella. Todos estamos atentos a su voz—. Gracias por no rendirte conmigo a pesar de que yo sí lo había hecho.

La respuesta de Eli es un prolongado susurro en su oído. Las lágrimas vuelven a inundarme los ojos.

—Esto no es nada propio de ti —dice mi hermano girándose hacia mí—. Maya sollozando en una boda.

Me limpio la mejilla con la mano.

—No estoy sollozando.

—Claro que no, calabacita. —Dios, no me llama así desde que tenía como… doce años. En el funeral de papá. Con cuidado, me aparta de los brazos de Conor y me abraza.

—Me alegro mucho por vosotros. No sé por qué estoy montando una escenita. Es que pienso en lo horrible que fue todo durante un tiempo, en lo solos que estábamos, y ahora me… me alegro muchísimo de que hayas conseguido esto.

—Lo sé. —Me acaricia la espalda de arriba abajo.

Luego es el turno de Rue, lo cual… no sucede a menudo. De hecho, puede que sea nuestro primer abrazo. Es mucho más alta que yo y, a pesar de que lo hace con cariño, noto que está rígida, que hay una sensación de incomodidad por su parte. Eso me hace quererla aún más.

—Siento haber venido a tu boda con mi mono de fresitas bordadas. Si Eli me hubiera dicho adónde íbamos, me habría puesto la camiseta de la trinacria.

Se aparta, pero me agarra la mano. Una sonrisa se dibuja en sus labios.

Página 324

—Lo segundo que más me gusta de haber conocido a Eli es que te has convertido en mi familia.

—¿Segundo después de Tiny o de Eli?

Se lo piensa.

—¿Puedo modificar mi afirmación anterior?

—Lo tercero, ¿eh?

Asiente con pesar y me da un beso en la frente. Creo que me va a estallar el corazón.

A nuestro lado, Conor y Eli se dan un medio abrazo mientras Tiny intenta interponerse entre ellos.

—Felicidades por no dejar que un desastre natural arruine tu boda, tío. Luego todos volvemos a bajar. Esta vez no estamos tan en silencio como antes. Salvatore deja las puertas del parque abiertas antes de irse mientras nos explica algo sobre que el tiempo no es tan importante en

Italia. Cuando los demás se dirigen al coche, yo me quedo atrás.

—Oye, ¿habéis planeado una fiesta o algo para cuando volvamos a la villa? —les pregunto. Eli y Rue se quedan unos segundos mirándose con cara de picardía—. Qué asco. —Me río—. Id a un hotel, haced el favor.

—Eso es precisamente lo que vamos a hacer.

—Vale, bien; ya que vuestro plan es romper cabeceros, yo me quedo aquí. Voy a explorar los caprichos arquitectónicos.

Eli frunce el ceño.

—¿No crees que es un poco peligroso? Las calles están vacías todavía.

—Yo también me quedo —lo tranquiliza Conor.

—¿Seguro, Hark?

—Sí. Volveremos andando a la villa.

Me despido de mi hermano y de Rue. Verlos felices me ha hecho pasar por un montón de emociones y mi enfado con Conor está… No es que lo haya olvidado, pero sí lo he aparcado. Ahora mismo es un dolor sordo que sabe a derrota y resignación ante el hecho de saber que voy a seguir adelante sin él.

Tal vez sea el amor de mi vida. De hecho, estoy segura de que lo es. Pero no siempre se puede tener un final feliz. A veces, aunque lo demos todo, las cosas no salen bien. No por mucho madrugar amanece más temprano.

Página 325

No pasa nada. He sobrevivido a varias desgracias y sé cómo salir adelante.

Respira. Solo respira. Y luego vuelve a respirar.

—Voy a echar un vistazo al capricho que he visto antes —le digo una vez que el Fiat se ha marchado—. Sé que solo te has quedado para que Eli se fuera tranquilo, pero no hace falta.

Espero a que su cara muestre alivio, porque, por primera vez en años, no lo estoy persiguiendo. Tampoco flirteando con él, ni seduciéndolo ni intentando atraerlo hacia mí. Pero sigue llevando las puñeteras gafas de sol. Lo cierto es que, ahora que hay más luz, me da un poco de envidia.

—Llevo el móvil encima por si pasa algo —añado.

Conor no dice nada. Se acerca más y eso me pilla desprevenida.

Instintivamente, doy un paso atrás, aunque inclino la barbilla para mirarlo.

—En serio —digo—. No te preocupes.

Silencio. Frunzo el ceño, confusa. Veo intención de algo por cómo aprieta la mandíbula y por sus facciones serias y determinadas. Pero está muy cerca, hay poco espacio entre nosotros. Si pudiera verle los ojos, quizá lo entendería.

Esto parece otro juego, y yo ya no quiero jugar más.

—Lo siento, Conor. Estoy agotada y, francamente, me encantaría estar sola durante…

Me besa.

Se inclina hacia delante. Me coge la cabeza con sus cálidas manos y luego me planta los labios en la boca. Me besa.

Un beso rudo. También tierno. Con la boca entreabierta, un poco caótico. Se recrea. Y, si alguien me hubiese pedido que adivinara cómo sería un beso de Conor Harkness, lo habría descrito tal cual: interminable, cuidadoso, profundo. Me lleva a abrir más la boca y luego la lame por dentro, como si eso le estuviera dando la vida. Me inclino más hacia arriba, toda tendones y músculos temblorosos. Siento su cuerpo rozándome, duro como una roca, músculos y calor y seguridad, el aroma de su piel mezclándose con el de las flores. De todos los sueños lúcidos que mi cerebro podría haber conjurado, este es el más cruel. Sin embargo, no me despierto. Me sigue besando sin parar, e incluso cuando deja de hacerlo no me suelta la cara. Ni el pelo.

Página 326

Parpadeo. El mundo es igual que hace un momento, pero con un trasfondo distinto. Un lugar más dulce y amable, donde respirar es más fácil.

Puede que me esté volviendo loca.

—Maya. —La voz de Conor es tan profunda que retumba en mis adentros. Me reconfigura—. Todo lo que dijiste anoche era cierto y… —Se interrumpe. Niega con la cabeza. Aparta la mano que tenía en mi nuca y por fin se quita las malditas gafas de sol.

Ah.

Cuántas… cosas.

—Lo estoy haciendo mal otra vez. —Traga saliva—. Debería haber empezado por lo único que importa.

—¿Qué es…? —me oigo preguntar, sorprendida de mi capacidad para formular palabras.

Me acaricia el labio inferior con el pulgar y dice:

—Te quiero, Maya. Y no. Nunca se me va a pasar.

Página 327

Ca ít o 39

—¿Tanto te costaba decirlo? —le pregunto.

No me resulta fácil separarme de él para mirarlo a los ojos y exigir respuestas. No me resulta fácil no tirar por el camino de las bromas, donde ambos nos sentimos más cómodos.

Merezco saberlo. Tres años con la tontería. Diez meses de silencio.

Necesito que me diga por qué ha tardado tanto.

—Sí. —Parece triste, arrepentido, pero hay cierta determinación en su mirada tranquila e intensa. Me remueve algo por dentro. Aun así, pongo los ojos en blanco y desvío la mirada. Tres gorriones se posan en la torre más alta del capricho y el viento se lleva sus cantos—. Ha sido mi primera vez.

—Ni de coña es la primera vez que le dices «Te quiero» a alguien.

—No. —Conor sonríe bajo la lenta luz matutina—. Pero sí que es la primera vez que lo digo sintiéndolo de verdad.

Las sombras son cada vez más cortas. El calor de media mañana me inunda y me abrasa la piel. Convierte el agua con limón que me he comprado en un revoltijo derretido que acabo tragándome de golpe antes de tirar el vaso a la basura.

Página 328

Conor parece estar fresco como una lechuga, tan inmaculado como siempre, pero empieza a asomarle una mancha de sudor en la camiseta, que ahora se le pega a la piel, justo en medio de los omóplatos. No es fácil de ver a primera vista, pero lo noto cuando le doy un golpecito en la espalda para señalarle una callejuela.

Él suelta un suspiro exagerado.

—Claro, subamos más escaleras, cómo no. —Pero lo cierto es que le encantan las paredes cubiertas de hiedra tanto como a mí, con sus macetas de colores llenas hasta los topes de pimientos y cactus. Se le nota que está feliz por la ligera curva de los labios y las finas arrugas que parten de sus ojos.

Las cuales veo porque ahora soy yo la que lleva puestas las gafas de

sol.

—No tenemos por qué hacerlo. Si tus rodillas de viejo no aguantan tanto trote…

Tira de mí para atraparme con el brazo. Aunque tengo la piel pegajosa y no recuerdo si me he puesto desodorante, le dejo.

—¿Qué? —pregunta cuando vamos por la mitad de la escalera y se da cuenta de que lo estoy mirando con una sonrisa.

—Nada, es que…

Se detiene. Se inclina para besarme, primero en la punta de la nariz y luego, de forma más prolongada, en los labios.

Y pienso: Esto.

—Prueba uno —me dice en medio del bullicioso mercado, después de pagar una cantidad ingente de dinero por una ramita de tomates cherri a un vendedor local.

—Ni hablar.

—Prueba —repite.

Hago un mohín. Me roza el labio inferior con los nudillos. —¿Cómo he pasado de desayunar helado tradicional siciliano a esto? —Despreciar los productos frescos no te llevará muy lejos en la vida.

Página 329

—¿Qué dices? Pero si me encantan los productos frescos. ¡Algunos de mis mejores amigos son productos frescos! Lo único que digo es que todo tiene un momento y un lugar adecuados.

A pesar de mis quejas, me tiende un tomatito de un color rojo vivo, atrayente, tentador. Puede que a mi cuerpo no le vengan mal unos nutrientes.

—La madre que me parió —gruño masticando—. ¿Me estás vacilando?

—¿Qué te he dicho?

—Te odio. —Me meto otro en la boca—. Es superdulce.

Me aparta un mechón de pelo detrás de la oreja. Me contempla mientras me zampo el resto de los tomates con una expresión de satisfacción y suficiencia que me obliga a hacerle cosquillas en el costado.

—¿Qué hemos aprendido hoy? —pregunta. —¿Que debemos respetar a la gente mayor? Entorna los ojos.

—Que siempre es buen momento para comer productos frescos, Peligro.

Me río. Si alguien viniera y me abriera el pecho, irradiaría luz.

Siempre me ha gustado el sexo. Besar, en cambio… Muchas variables. Veredicto inconcluso. Sobre todo porque es mucho más difícil enseñarle a un hombre a besar bien que a follar como es debido. Probablemente por eso no era una gran fan.

Conor me convence de lo contrario en pocas horas. Luego almorzamos en el balcón del primer piso de un restaurante que da a Corso Umberto. Es un sitio agradable, un poco pijo, y me preocupa que me echen por mi mono de fresitas, pero supongo que hacen la vista gorda. O quizá la ropa de marca que lleva Conor es tan cara que compensa la mía.

Comemos prosciutto con melón cantalupo, queso tierno, rúcula y una focaccia crujiente, todo acompañado de unos Aperol Spritz.

—Bueno, entonces… —digo al final de la comida—, ¿se supone que esta es nuestra primera cita?

Página 330

Habernos sentado el uno enfrente del otro tiene pros y contras. Por un lado, no puede darme besos. Por el otro, no puede darse la vuelta ni ignorar las preguntas difíciles que tanto me gusta hacer.

Aunque quizá tampoco lo hubiese hecho de haber podido. Al menos eso es lo que me da a entender su postura relajada, con la mano sobre la mesa.

—No lo sé —contesta, y suena tan curioso como yo—. ¿Te gustaría que esta fuera nuestra primera cita?

—¿Te gustaría a ti que lo fuera?

Lo medita.

—Si te soy sincero, no.

Espero a que se me revuelva el estómago, pero no ocurre nada. Me siento extrañamente confiada. Ha dicho que me quiere, lo que significa que va a darme una explicación.

—Ese es un concepto muy estadounidense —prosigue.

—¿El qué?

—Lo de las citas. Está claro que, a estas alturas, ya se ha debido de popularizar también en Europa gracias a las aplicaciones y a los medios de comunicación. Y sé que llevo más años viviendo en Estados Unidos de los que viví en Irlanda, pero mis años de formación fueron aquí, y la idea de englobar esto en un marco formal que solo sirve para que aquellos que quieren comprobar si la otra persona está hecha para ellos o no tengan tiempo de hacerlo me parece… un poco demasiado parecido a una gestión empresarial.

—Dice El Empresario del Año de Austin.

Se encoge de hombros.

—También es una situación rara. La gente intenta mostrar su mejor cara, pero hay mucho en juego y se pone nerviosa, lo cual es contraproducente. Y todo porque da esa sensación de ser una prueba. Como si hubiera algo que demostrar, un nuevo nivel al que llegar. Esto de probar una dosis perfeccionada de alguien a quien apenas conoces para ver si es compatible con tu sistema y luego ir aumentando poco a poco la ingesta para asegurarte de que tu organismo la tolera… me suena más a la mierda esa de tomar veneno en pequeñas cantidades para que el cuerpo se acostumbre.

Página 331

—Vale, entonces…, ¿cómo lo hacéis en Irlanda? ¿O cómo lo hacían? —Conocemos a gente en el trabajo, en la universidad o dentro de un

grupo de amigos. Desarrollamos una atracción orgánica por esa persona. Cuando salimos a tomar algo, ya sabemos que nos gustamos. Si quedamos es porque queremos pasar tiempo juntos.

Levanto las rodillas, desconfiada, y me las abrazo contra el pecho. —Lo que estás diciendo es que te gustaría que hiciéramos planes con

más personas primero y, después, organizar algo que suena a cita…, pero a lo que no podemos llamar «cita» para no herir tu frágil sensibilidad de milenial europeo.

Se ríe con una risa cargada de afecto.

—Estoy diciendo que ya sé que estoy enamorado de ti y que no tengo ningún interés en mantener las distancias. No necesito tomarte en pequeñas dosis, porque… lo quiero todo.

Sus palabras me envuelven como un abrazo, pero no quiero darle la satisfacción de ver lo que me provoca su franqueza, aún no, así que intento disimular la sonrisa. El problema es que está demasiado cerca. Y todo es demasiado bonito.

—Te das cuenta de que esto es una locura, ¿no? Que después de años actuando como un mierdecilla…

—¿Un mierdecilla?

—Sí, eso mismo, un mierdecilla. Y ahora, de repente…, cambias de opinión sobre lo nuestro.

Asiente lentamente. Compungido, creo.

—Tienes todo el derecho del mundo a desconfiar.

—¿Desconfiar? Tendrás que perdonarme si sospecho que esto es el resultado de una acumulación de placas amiloides haciendo de las suyas en tiempo real.

Suspira.

—Hoy te estás luciendo con las bromas sobre el envejecimiento, ¿eh? —Te lo mereces, ya que lo has convertido en tu cause célèbre durante

todo este tiempo.

No puede evitar sonreír. Yo tampoco.

—¿Es por lo que ha dicho Rue? —le pregunto.

—¿A qué te refieres?

Página 332

—Esta mañana, cuando le ha dado las gracias a Eli por ser paciente con ella… ¿Por eso has cambiado de opinión?

—No, Maya. Para nada. Fue anoche. Lo que dijiste… Yo… —Niega

con la cabeza—. Creo que ya lo sabía. Lo sabía todo. Cuando te dije que

tenía que autoconvencerme cada día de que debía mantener la decisión de

alejarme de ti, no mentía. Y cada día mi cerebro se inventaba nuevas

excusas, insistía en que tal vez sí que podía permitirme estar contigo, y

tenía que luchar contra mi instinto. He tenido miles de debates en mi

cabeza sobre lo nuestro y siempre me he puesto de parte del lado que

quería protegerte de una relación con alguien como yo. Y de repente,

anoche, hiciste que me diera cuenta de que ninguna de las normas que me

había impuesto importaba. Estaba intentando protegerte de algo que tú ni

siquiera considerabas una amenaza. Lo único que realmente importa es…

—¿El triunfo del libre mercado?

—Tú. —Suelta una risa suave—. El libre mercado se puede ir a freír espárragos, por lo que a mí respecta.

Me vuelvo a sentar bien. Lo estudio.

—De acuerdo.

—¿De acuerdo?

—Sí. Está bien.

Asiente lentamente.

—Está bien.

—Entonces —intento sonar solemne, como si no sintiera fuegos artificiales estallando por todo el cuerpo—, dado que mi hermano y su esposa están demasiado ocupados con su maratón de sexo, permíteme que sea yo quien te haga unas preguntas para cerciorarme de que preservarás mi honor.

—Por supuesto. —Me hace un gesto confiado, como diciendo:

«Adelante».

—¿Cuáles son tus intenciones?

Se le forma una arruga entre las cejas.

—¿Con respecto a…?

—Bueno, ya que no vamos a tener una fase previa de citas porque estás demasiado ocupado protestando contra la hegemonía estadounidense en todas sus formas e ideales, ¿qué se supone que soy? ¿Tu novia?

Página 333

Una pausa casi imperceptible.

—Si tú quieres.

—Deja de… ¿Qué es lo que quieres tú?

—Yo…, claro. Me encantaría que fueras mi novia.

—Me vas a perdonar, pero si lo dices con tan poco entusiasmo… —Claro que me entusiasma.

—Si prefieres que seamos solo follamigos, puedes decírmelo.

—No, Maya.

—Es que no entiendo qué es lo que… —Yo quiero casarme.

De repente, se inclina hacia delante. En sus ojos veo una luz desafiante, ardiente e inquisitiva.

Parpadeo. Muchas veces. Muchísimas.

—Bueno…

—Exacto. —Un suspiro—. Si por mí fuera, me casaría mañana mismo, pero tú cumples veinticuatro años dentro de tres meses y, como bien sabes, porque te lo he repetido hasta la saciedad, yo tengo treinta y ocho. Esa diferencia de edad no es culpa tuya, y no deberías correr solo porque…

—¿Tú estés a las puertas del geriátrico?

—Pues mira, sí. Y no creo que sea justo por mi parte exigirte que te comprometas tan pronto. Menos aún después de haber sido un imbécil durante tres años.

Tiene razón. Puede que esté muy enamorada de él, pero no tanto como para no ver las cosas con claridad.

—Entonces…

—Entonces… —Se pasa una mano por el pelo, como si este fuera un tema estresante para él, algo en lo que piensa a menudo. Me pregunto cuántas horas, días, semanas se ha pasado dando vueltas en la cama, rompiéndose la cabeza para encontrar una solución que nos permita estar juntos sin que yo me sienta atada a él—. ¿Qué te parece si lo retomamos donde lo dejamos?

Abro los ojos por la sorpresa.

—¿Anoche?

—No, me… —Se masajea el puente de la nariz con los dedos—.

Quería decir hace diez meses.

Página 334

—Ah. Así que… ¿quieres que hablemos por teléfono como si estuviéramos en los noventa y viviéramos en continentes diferentes?

—No. O sí, si eso es lo que tú quieres. Maya, yo voy a aceptar lo que me des, sea mucho o poco. Y mantengo lo que te dije anoche: quiero que tú estés al mando.

—Conor. —Alargo la mano y le acaricio la suya con los nudillos—. Si lo que quieres es que te haga pegging, solo tienes que pedirlo.

Deja caer la cabeza, pero no antes de que se le escape una sonrisa.

Cuando la levanta, vuelve a estar serio.

—La dinámica de poder entre nosotros está descompensada. Vale, sí, he sido un imbécil y un cabezota en lo que respecta a ti, pero para que quede claro, no creo que los inconvenientes que te planteé en su día hayan desaparecido. Sigues siendo mucho más joven. Apostaría un buen tercio de mis bienes a que el camarero ese de ahí se está preguntando por qué no puedo apartar la vista de mi hija.

Me inclino un poco hacia delante. Veo al veinteañero con cara de aburrimiento que está de pie bajo una de las sombrillas, esperando a que los comensales se terminen sus platos y se vayan a tomar por culo. Esbozo una sonrisita y entrelazo los dedos con los de Conor. Le levanto la mano y me la llevo a los labios. Le doy un beso en el centro. Con un leve roce de dientes.

—Creo que se acaba de dar cuenta de que no estamos emparentados

—murmuro.

Conor niega con la cabeza sin poder disimular la sonrisa. Cuando vuelve a hablar, tiene la voz ronca.

—Lo que quiero decir es que hay que tener en cuenta que yo soy mayor que tú, que tengo más experiencia y que dispongo de más medios económicos.

Me echo un vistazo a mí misma.

—Solo porque lleve un mono lleno de arena con una mancha de granita no significa que no esté cotizando en bolsa.

—Ajá, claro. —Vuelve a sonreír. Se le ve tan contento… Al final me va a explotar el corazón de verdad. Él me mira como si no fuera hecha un cuadro y con cara de haber dormido poco, niega con la cabeza y dice—: A

Página 335

pesar de la mancha de granita, sigues siendo demasiado guapa para mi gusto.

—Solo quiero dejar claro, en caso de que te preocupe tener que cargar con alguien más joven y pobre, que dentro de poco voy a empezar a trabajar y soy económicamente independiente desde hace varios años, así que…

—Maya, no es para nada eso, al contrario. Yo quiero cuidar de ti. Estoy más que dispuesto a resolver todos tus problemas a base de tarjetazos, por eso mismo debo tener cuidado, no quiero agobiarte…

—Ya, y por eso no vas a declararte todavía. —Retiro la mano, fingiendo estar molesta—. Supongo que habrá que esperar para ponernos las pilas con lo de tener hijos, ¿eh?

Se queda inmóvil. Se ruboriza. Desvía la mirada.

—Maya, yo no…

—¿Tienes pensado dejarme embarazada?

Cierra los ojos, muerto de vergüenza.

—No debería haberte contado eso en esa situación, sin hablarlo antes. Fue…

—Problemático.

—Sí. Maya, jamás te pediría tener un hijo si no estuvieras preparada. Tampoco te pediría que siguieras adelante con un embarazo no deseado ni…

—Conor, relájate. Puedes estar a favor de los derechos reproductivos y que además te ponga la idea de correrte dentro de mí.

Se tapa los ojos.

—Señor…

—No hay de qué avergonzarse. Para mucha gente es un fetiche.

—La madre que me… Para mí no.

—Ay, Conor. Sí, para ti sí.

—Un puto peligro… —refunfuña. Está rojo como un tomate. Es adorable.

—No pasa nada. Yo también tengo gustos raros.

—Ah, ¿sí?

—Sip.

—¿Como qué?

Página 336

—Creo que se llama gerontofilia.

—Vete a la mierda, Maya.

Intento contener la risa, pero no lo consigo. El camarero se gira hacia nosotros con una sonrisa confusa al ver cómo Conor se frota los ojos y yo me parto el culo.

—Solo para dejarlo claro —susurro inclinándome más hacia él—, no me va la gerontofilia. Eres la única persona mayor con la que quiero acostarme.

—¿Sí? Bien. —Sigue con las mejillas rojas—. Yo tampoco he fantaseado con dejar embarazadas a otras mujeres.

—¿En serio? —Niega con la cabeza—. ¿Nunca?

—Nunca.

—¿Tú y Minami no…?

—No. Éramos jóvenes cuando estábamos juntos, aunque…

—Resopla—. Cuando teníamos unos cuantos años más que tú ahora, tuvimos un susto.

—¿Y?

—Resultó que solo era un retraso. Estaba siempre estresada y sobrecargada de trabajo por culpa de la supervisora que teníamos. Pero ese susto nos llevó a hablar sobre el tema de formar una familia. Ahí me di cuenta de que no quería tener hijos.

—Pero… ¿ahora sí? —Intento hacerme a la idea—. Quizá era porque en ese momento no estabas preparado, ¿no?

—Tal vez. O puede que solo sea porque, cuando pienso en hacer algo contigo, lo siento como una aventura. Escalar una montaña, tener una familia, mudarme a otro país… No soy muy fan de los cambios, Maya. Me gusta controlar las cosas y no dejar mucho espacio a lo desconocido. Pero hace un par de años, un día me desperté y me di cuenta de que tú me habías cambiado en ese aspecto.

—¿Por qué?

—Porque da igual el qué, el dónde o el cuándo: si es contigo, sé que va a ser extraordinario. Haces que cualquier situación merezca la pena. Me siento capaz de todo si al levantarme te tengo ahí, honrándome con tu belleza, metiéndote conmigo, volviéndome loco y haciéndome reír. Disfruto de cualquier situación si estoy contigo. Y tú eres… —Se ríe un

Página 337

poco para sí mismo, como si estuviera ordenando los pensamientos en su cabeza—. Eres un peligro. Un peligro andante.

Ahora me toca a mí bajar la mirada. Respirar hondo.

—Eli vino a verme anoche. Antes de que tú y yo… Antes. Me pidió

que fuera buena contigo. —Conor suspira. Le hace gracia, no parece molesto—. ¿Te sientes…? Ahora que por fin lo sabe, ¿te sientes más seguro? ¿Como si hubiera un guardarraíl?

—No. La verdad es que no. Nunca… Era absurdo pensar que la gente de mi entorno podía protegerme de lo que sentía. Aunque en mi defensa

diré que, durante un tiempo, creía que no estaba enamorado. —Debo de arquear una ceja, porque continúa—: Era demasiado absorbente. Demasiado desgarrador. Y pensé: «He estado enamorado antes y no tenía esta sensación». Entonces me di cuenta de que lo cierto era que no sabía lo que era el amor hasta ese momento, pero seguía sin poder aceptar el riesgo que suponía estar contigo y fastidiarte la vida, así que me dije a mí mismo que el amor no era suficiente. Alejaba la línea de meta. Trazaba otras nuevas. Y… Antes me has preguntado qué ha cambiado entre anoche y esta mañana. Pues que me has hecho darme cuenta de que algunas líneas

deben dejarse donde están. Y, si las superamos… —alarga la mano y me acaricia la mejilla con el pulgar—, que así sea.

El centro del pueblo es precioso, aunque está atestado de turistas. Hay una multitud de objetos y lugares únicos allá donde mires: mosaicos, iglesias, fuentes, miradores, santuarios religiosos cubiertos de flores… Y también comida deliciosa por todas partes. Los gatos callejeros se echan la siesta en el alféizar de las ventanas. Unos carteles pintados a mano nos invitan a ir a trattorias y tiendas que venden joyas hechas con piedra volcánica. Después de comer, Conor me compra un mazapán y una limonada, además de una docena de tonterías más con la bandera trinacria.

—Es mi nueva obsesión —le explico—. Voy a llevarle un recuerdo con esta figura a todas las personas que conozco. Y cinco para Jade.

—Eres…

—¿Qué?

Página 338

—Una persona muy rara —dice, y vuelve a besarme, apoyando una mano en la espalda y la otra en la nuca.

—Mi amiga Des me enseñó a regatear. Puedo conseguir que nos lo dejen más barato.

—No, gracias.

—Pero si es superdivertido… —De repente, oigo a una artista callejera tocando música. Ahogo un grito. Conor asiente—. Me encanta esta canción. ¿Tienes dinero suelto?

Dejo unas cuantas monedas en el estuche del violín de la chica. Me aparto corriendo para volver hacia Conor y que siga rodeándome con un solo brazo. No nos habíamos abrazado nunca así hasta esta mañana, y, sin embargo, ya siento como si fuera algo indispensable. Vital para mí.

—Es de uno de mis compositores favoritos.

—¿Ludovico Einaudi?

Lo miro con el ceño fruncido.

—¿Lo conoces?

—Sé quién es, sí.

—¿Tú? ¿El señor Tecno Industrial Chunda-chunda?

—Contengo multitudes.

—No, qué va. Contienes un único género musical y suena como gatos monteses apareándose encima de una torre de perforación. ¿Cómo es que sabes quién es Ludovico Einaudi?

Suspira. Se queda mirando a la violinista mientras ella toca las cuerdas con elegancia.

—¿Recuerdas esa aplicación de música que me hiciste descargar un par de semanas después de que empezáramos a hablar? Querías que escucháramos un pódcast sobre remo. Juntos.

—Ah, sí. Me acuerdo. Tuve que dictarte el paso a paso para que pudieras vincular nuestras cuentas. Recuerdo que pensé que igual sí que chocheabas un poco.

Me dedica una mirada cargada de desdén.

—Puede que yo chochee, pero tú nunca te diste cuenta de que había que suscribirse para usar bien esa aplicación. Me suscribí y te puse en el plan. Como si fuera una cuenta conjunta, básicamente.

Página 339

Parpadeo. Porque uso esa aplicación con frecuencia. Todos los días, de hecho.

—¿Cómo? ¿Has estado pagándome la música además del anticonceptivo?

—Pues eso parece. El caso es que esa cuenta… me envía alertas. Me dice lo que estás escuchando.

—Por favor, dime que desactivaste las notificaciones.

—Bueno, podría decírtelo, pero…

—Dios mío. —Me tapo la boca. Me río contra la palma de la mano—. ¿Por qué?

—Pues porque… me gustaba. A veces ponía las mismas canciones que tú y era casi como estar juntos. —Se encoge de hombros. El movimiento de sus músculos me hace vibrar—. Me repetía a mí mismo: «Mañana lo quito», pero…

Pienso en los últimos tres años.

En todas las veces que llegué a la conclusión de que debía superarlo. En todas las veces que me convencí a mí misma de que iba a decirle

que sí al próximo chico que me pidiera salir.

En todas las veces que no lo cumplí.

—Entiendo —digo, y entonces me estiro para darle un beso en la mejilla, segura de que ambos estamos aquí para quedarnos.

Página 340

Ca ít o 40

Conor y yo entramos en el salón cogidos de la mano y es entonces cuando me doy cuenta de que aún no estoy preparada para enfrentarme a que el mundo —al menos, este mundo— tenga una opinión sobre nosotros. La luz de media tarde se cuela a través de las cortinas de gasa. Le aprieto los dedos antes de soltarle la mano, le ofrezco una sonrisa de disculpa y decido fingir que hemos llegado al mismo tiempo por casualidad. Al fin y al cabo, Eli acaba de mandarnos un mensaje a todos para convocarnos.

Cosa del destino y tal.

Conor se sienta al lado de Minami y juega al caballito con Kaede sobre sus rodillas. Debe de tener una paciencia increíble, porque soporta que ella lo agarre de las orejas para mantener el equilibrio. Desde varios asientos más atrás, le hago muecas a la niña para que se ría. Nyota se sienta y sube los pies a mi regazo.

—Vaya, vaya —dice—. ¿Dónde has estado toda la mañana, señorita? La miro a los ojos. Sonrío, y ella hace lo mismo. —Bien jugado, Killgore.

—Sabía que estarías orgullosa de mí.

—Claro que lo estoy. Te compraría un coche nuevo si no fuera porque estoy segura de que alguien ya debe de estar en ello.

Cuando Eli y Rue llegan, se sientan en el taburete frente al piano de cola.

Página 341

—Bueno —empieza él—, resumiendo, hemos pasado las últimas cuarenta y ocho horas intentando averiguar cómo traer hasta aquí a treinta y pico personas. Catania no es el único aeropuerto de Sicilia y hemos explorado también otras posibilidades, como barcos y autobuses. Sin embargo, el efecto dominó de que miles de personas hayan reprogramado sus viajes ha sido demasiado. Seguramente nos cueste hasta sacaros a vosotros de aquí.

—Espera. ¿Eso significa que la boda se cancela? —La devastación en la cara de Axel es épica. E inesperada.

—Ese hombre está comprometido con la causa —murmura Nyota—. ¿Era el que se encargaba del ajuar de la boda o algo?

—Creo que solo es un aficionado al amor. —Me encojo de hombros—. Un aficionado cabeza hueca, pero un aficionado, al fin y al cabo. —Es un chico muy tierno. Bueno, un hombre. Lo que sea. Seguro que algún día encuentra a alguien que lo quiera. Será un gran compañero de vida.

—La boda no se ha cancelado —lo tranquiliza Eli. Le estrecha los hombros a Rue con el brazo y ella se inclina más hacia él—. Rue y yo nos hemos casado.

Silencio. Me pregunto si debería fingir sorpresa. Miro a Conor, que no se molesta en hacer el paripé, solo sonríe.

—Sí. Lo hemos hecho sin vosotros. Ya sé que os trajimos aquí con el falso pretexto de que seríais testigos del comienzo del resto de nuestra vida y…

—Qué ruin —murmura Minami con sorna.

—… sentimos mucho haber actuado de forma egoísta. Bueno, en realidad no. Esta boda estaba siendo un puto cuadro y escuchar a mi prometida, una mujer muy racional, usar sin ironía la palabra «maldición» precipitó esta decisión. Con el debido respeto, podéis iros todos a la mierda.

Tisha levanta la mano.

—¿Puedo solicitar una ronda de preguntas y respuestas?

—Eh…, claro.

—¿Cuándo os habéis casado?

—Esta mañana temprano…

Página 342

Un coro de quejidos. Al cabo de unos segundos, todos empiezan a sacar dinero. La mayor parte va a parar a Nyota.

—Gracias, sí, gracias. Uy, no, no, Tamryn; puedes pagar en euros, pero la tasa de cambio era mucho más ventajosa para mí en el momento de la apuesta.

—Hay que joderse —murmura Tisha mientras saca el móvil para abrir la aplicación del banco—. No podíais casaros medio día después, ¿no?

Tras pagar, la gente se agolpa junto a Eli y Rue para darles abrazos y felicitaciones. Axel llora de alegría mientras su hermano le frota la espalda.

—Ahora no sé qué hacer —murmura Nyota mientras cuenta el dinero. —¿Qué quieres decir?

—Es que, claro, sin ceremonia, sin cena de ensayo, sin solteros follables… No sé yo si Rue se lo ha currado lo suficiente para que la siga en Instagram.

Resoplo.

—Ahora que habéis terminado de lucraros con nuestra boda —dice Eli—, dejadme que os cuente cuál es el plan. Nosotros dos zarparemos hacia Grecia en dos días. Hasta entonces, nos quedaremos por aquí. La villa está disponible para vosotros hasta la semana que viene gracias a Tamryn. Quedaos todo el tiempo que queráis.

—De hecho, hasta el año que viene —añade la susodicha con una sonrisa pícara—. Por favor, sentíos libres de ejercer vuestro derecho a la okupación en todas las propiedades de mi difunto marido que aún no han sido adjudicadas. —Todo el mundo se ríe.

—¿Alguna otra pregunta? —dice Eli.

Levanto la mano.

—Sí, Maya.

—¿Y la piscina de bolas que nos prometisteis?

Me hace la peineta y se va con Rue.

Conor y yo cruzamos miradas mientras le devuelve a Kaede a Sul. Sonrío. Él también. Una nueva sensación me inunda: la de estar juntos en el mismo lado de una línea invisible mientras el resto del mundo está en otra parte. Nuestra propia Isola Bella. La accesibilidad del tómbolo está sujeta a los cambios del nivel del mar.

Página 343

—Si te soy sincera… —dice Nyota acomodando la cabeza sobre mi hombro.

—¿Sí?

—Esta boda ha sido un puto desastre.

—Sip.

—Y no estoy más cerca de cumplir mi objetivo de convertirme en la mantenida de un ricachón.

—Nop.

—Pero bueno, la semana no ha estado mal.

Cierro los ojos. Inhalo el aroma a rosas de su pelo.

—No. La verdad es que no.

En la línea de los demás sucesos de esta semana, el congelador más grande de la villa muere de forma prematura unos veinte minutos después.

—¿Esto está relacionado con la erupción? —pregunto cuando veo a los chicos de Lucrezia sacando al patio unos recipientes con pinta de pesar un huevo.

—Lo dudo mucho —dice Avery—. Creo que solo es…

—¿Otro acontecimiento tumultuoso en una larga lista de sucesos causados por una maldición?

—No quería decirlo así, pero no creo que la diosa griega de las bodas nos haya concedido su bendición. El caso es que están intentando reorganizar la comida congelada, pero parece que habrá que hacer algún que otro sacrificio, así que, si tienes espacio en el estómago… —Señala cuatro cubas llenas del helado que ha estado adornando mis brioches por las mañanas. Está claro que hay que comérselo. Ahora mismo.

—¿Qué es ese pastel de ahí? —pregunta Nyota.

—Una tarta de bayas silvestres, crema y una especie de relleno de pistacho. Se suponía que era para la cena de ensayo, pero…

—¿Significa que podemos comérnosla? —Creo que significa que debemos comérnosla.

Lucrezia nos hace entrega de las cucharas y los cuencos con la expresión solemne de una reina armando caballero a un escudero. Eli,

Página 344

Conor y Minami están al otro lado del patio, riéndose tanto que parece que se van a mear encima. Es una escena familiar, un recuerdo de hace una década: los tres se toman el pelo y se comportan como unos pedantes diciendo cosas que nadie entiende, ni siquiera Sul. Bromas tan privadas que parecen insultos. Pero es evidente lo mucho que se quieren, incluso cuando están enfadados, frustrados o hartos los unos de los otros. Siempre están dispuestos a dejarlo todo, a perdonarlo todo y a aceptar cualquier cosa.

—Cuidado. —Avery señala el helado de bacio derritiéndose por mi cuchara y mis nudillos. Un rastro perfecto de color marrón.

Conor me ha dicho que el nombre de este sabor significa «beso».

Tomo aire. Me siento junto a Avery.

—Sobre lo de anoche… —empiezo.

Ya está negando con la cabeza.

—Ay, Dios mío. No, yo… —Pone cara de arrepentimiento—. No tenía ni idea de que… Ahora todo tiene sentido. Me siento fatal por lo que dije en el teatro.

—No, por favor. Debería haberte dicho que me gustaba.

Compartimos una sonrisa que al principio es tensa, luego se vuelve tímida y después es pura amabilidad.

—Algo me dice que no solo te gusta —responde con suavidad, y yo no lo desmiento—. Quiero que sepas que no estoy enamorada de él ni nada por el estilo. No siento que me haya roto el corazón ni creo que esto vaya a afectarme en el trabajo. Me gusta, pero… Minami nos presentó hace unos años. Me habló de lo genial que era y, cuando mi ex y yo rompimos, pensé: «¿Por qué no Hark?». Ella me había dado buenas referencias. Habría sido… conveniente.

Asiento, intentando escuchar y comprender, mantener los oídos y el corazón abiertos, sin dejar que los celos se apoderen de mí.

—Me habló de ti —añade—. El verano pasado. En nuestra segunda y última cita. Tomamos un par de copas y lo soltó todo. Dijo que estaba enamorado de otra persona. Supuse que hablaba de Minami.

—Ah.

—Debería haber sido más lista. Era obvio que no estaba hablando de ella, porque mencionó que, dado el alcance de sus sentimientos por esa

Página 345

persona, tenía que alejarla si quería conservar la cordura. Y que estaba seguro de que, de lo contrario, acabaría controlando su vida y aprovechándose de ella. —Dice esto último con un ligero acento irlandés y las dos nos echamos a reír.

—Hay que ser dramático —digo con cariño, meneando la cabeza. —Sí. Pero es una persona que se preocupa por las cosas y que intenta

hacer lo correcto antes que lo fácil. Puede que a veces se equivoque, pero no lo hace con mala intención. —El sol ha llegado a nuestra mesa y ella inclina la cara hacia atrás, dándole la bienvenida—. Puede que seas exactamente lo que necesita.

—¿Por?

—Hark se toma las cosas muy en serio. Le vendrá bien alguien que se ría de sus constantes gilipolleces y no le deje darles demasiadas vueltas a las cosas. Alguien que ocupe una buena parte de su espacio mental para sacarlo de la rutina, ¿sabes? Una razón para volver a casa.

Eso es lo que quiero, pienso. Quiero ser esa persona para él. Quiero que él sea esa persona para mí. Pero lo que digo es lo siguiente:

—Es muy pronto.

—Ya.

—Y recordemos que tengo veintitrés años.

—Sí.

—Supongo que… es posible que la cosa no funcione igualmente.

Quién sabe.

Ella asiente. Sonríe. Me da un golpecito con el brazo al coger la cuchara y dice:

—O quizá sí.

Página 346

Ca ít o 41

Marea alta. Olor a sal. Hasta los pájaros parecen agotados. Mi sangre está compuesta sobre todo de azúcar y leche y necesito echar una siesta antes de cenar.

Conor me encuentra en el rellano del segundo piso y me lleva con él. En silencio, con una media sonrisa, me pasa el brazo alrededor del cuello y vamos a su habitación. Me aprieta contra la pared y me besa. Un beso largo y superficial. Luego más profundo.

—Sabes a avellana.

—Hmm. —Le muerdo el labio inferior—. Y lo haré de por vida, dada la cantidad de helado que acabo de comer.

Se inclina lo suficiente para reírse en mi cuello. No es propio de él el contacto constante, los besos en la clavícula, esa forma de atraerme hacia su cuerpo. No oculta lo que le provoco, lo mucho que le hago sonreír. Es un cambio radical, pero sigue siendo Conor. No podría resultarme más familiar: la manera de tocarme, su aroma en mis pulmones, los ruidos graves y retumbantes de su pecho cuando se separa para preguntarme:

—¿Estás bien?

No sé a qué se refiere. Me acaba de secuestrar de improviso y tengo su muslo entre las piernas y su mano enredada en el pelo. Claro que estoy bien. Asiento.

—¿Estás cansada?

Página 347

Vuelvo a asentir, esta vez con una sonrisa, y un minuto después estoy en su cama. La lámpara de cristal que había sobre la mesilla ya no está. En lugar de perder el tiempo con preguntas tontas, me siento y miro la bolsa de papel que me tiende. Es el mazapán de frutas que me ha comprado hoy.

Cuando levanto la barbilla para sonreírle, me empuja con delicadeza contra el colchón y apoya una mano a cada lado de mi cadera.

—Si la boda no se celebra, Tamryn y yo tenemos que volver a Irlanda lo antes posible —dice con seriedad.

Se me hace un nudo en el estómago por… No. Ni hablar. No voy a entrar en pánico por esto, no antes de que él se explique.

—¿Por qué? —pregunto.

—El patrimonio.

—¿Tamryn ha conseguido llegar a un acuerdo?

—Puede ser. La cosa pinta bien, porque mis hermanos se han empezado a pelear entre ellos.

—Conmovedor.

—¿Verdad? —Me da un besito en la nariz—. Sería mejor que estuviéramos ahí. Con suerte, igual conseguimos aclarar esta mierda de una vez por todas.

—De acuerdo. —Me lo pienso—. ¿Qué sacas tú de esto?

—Nada. No necesito el dinero de mi padre. Pero Tamryn se lo merece. Y muchos de los activos… Estoy seguro de que ella les dará un mejor uso que cualquiera de mis hermanos.

Tiene mucho sentido. Y no tengo intención de empezar esta relación con desconfianza.

—Lo entiendo. Ella te necesita y es tu familia. ¿Hay algo que pueda hacer para…?

—Podrías venir conmigo.

Me echo hacia atrás. Esa sí que no me la esperaba. Se me escapa una sonrisa al decir:

—¿Qué? ¿Como si fuera tu novia o algo así?

Pone los ojos en blanco. Me da otro beso, esta vez en la frente, y se endereza hasta quedar de pie.

—A una parte de mí le encantaría tenerte allí mientras me ocupo de este lío. Luego está la otra parte, la que se muere por que en un futuro

Página 348

consideres la posibilidad de mezclar tu material genético con el mío, y esa está aterrorizada de mostrarte la depravación y la codicia que corre por la sangre de mi familia.

—Prefieres mantenerme en la inopia, ¿eh?

—Es lo único que me queda. —Suspira. Se pasa una mano por el pelo—. Sé que quizá no sea posible. Tienes que llevarte a Tiny y a Bitty a casa. Soy consciente de que les prometiste a Rue y Eli que harías de niñera. Pero quería ofrecerte la invitación.

Ladeo la cabeza. Estudio a este hombre cansado, estresado y demasiado apuesto.

—¿Y eso?

—Te he apartado de mí durante mucho tiempo. Y quiero dejar claro que no va a volver a pasar.

Algo cede dentro de mí. Se crea un espacio que se reajusta para dejarle sitio a una nueva sensación, una mezcla entre alegría y tranquilidad.

—Siéntate —le digo dando golpecitos en la cama. Me hace caso y yo le paso un brazo por la cintura—. ¿Cuándo te vas?

—No lo sé todavía. Dakota nos está buscando unos vuelos desde Palermo.

—¿Quién es Dakota?

—Mi asistente ejecutiva.

—Ah, claro. La que te limpia la bandeja de entrada del correo.

—En realidad, ese es Seb. Tengo más de un asistente.

—¿Más de uno? O sea, ¿dos?

Silencio.

—¿Tres?

Un suspiro.

—Madre mía, Conor.

—Cubrí a Minami y Sul cuando estuvieron de baja por paternidad, y la carga de trabajo…

—Ya, ya. No creo que mi hermano tenga tantos. Aunque, claro, él de

vez en cuando para de trabajar. —Apoyo la frente en su sien y le doy un beso en la mejilla—. Si alguna vez me compras flores, ¿debo asumir que ha sido cosa de Seb o Dakota?

—Nunca te compraría flores.

Página 349

Frunzo el ceño.

—¿Nunca?

—Te compraría una maceta.

—¿Por qué?

—Verte arrastrar una planta hasta el borde de la muerte entre llantos y sufrimiento para luego acabar rogándole a Rue que la resucite es uno de mis pasatiempos preferidos.

Me conoce tan bien que es natural que quiera comerle la boca. Y, una vez que empiezo, no puedo parar. Tiro de él hacia la cama, intentando acortar la distancia que nos separa.

No quería que pasara esto, pero es que entre su sonrisa y el beso… Su aliento fresco es un respiro después de tanto azúcar. Me acaricia la piel con sus manos cálidas y me quita el mono y las bragas con facilidad. Me apresuro a desabrocharle los vaqueros con la misma facilidad.

—No… —Termina de besarme, sin prisas—. No tenemos por qué hacer nada. Ni hoy ni nunca. Si tú no…

—No, ya, pero estaba pensando… —Me pasa la lengua por los labios. Me aparto un poco—. ¿Deberíamos esperar?

Se queda mirándome fijamente, curioso, paciente. Eso no impide que siga notando lo rápido que le va el pulso bajo mi palma. Me río.

—¿Qué? —pregunta, pero también sonríe, como si lo único que le importara fuera estar aquí, conmigo. Comprender lo demás es secundario.

—Me preguntaba si nuestra primera vez no debería ser más trascendental. Nuestra primera vez de verdad. Después de toda la mierda que nos hemos hecho pasar el uno al otro y tal. Y entonces me he acordado

de que… —Exhalo más risas contra su clavícula y continúo—: De que tú eres tú. Y yo soy yo. Y de que estamos un poco jodidos. Quiero decir, yo perdí mi virginidad puesta de MDMA y tu idea de un gesto romántico es abrir una cuenta de ahorros de alto rendimiento y luego ignorarme durante dos semanas porque no eres digno de…

Presiona los labios contra los míos, parece un ataque, más que un beso.

Me roza con los dientes, pero sigue siendo un beso tierno.

—Maya —me susurra en el cuello—, dices unas cosas que… Joder. Y siempre hueles tan… Joder.

Página 350

Encuentro el bulto de su erección con la palma. Noto el temblor de sus músculos, la presión que ejerce contra mí, buscando más contacto.

—Conor…, yo tampoco.

—¿Qué?

—Yo tampoco he estado con nadie. Desde Edimburgo.

Se queda muy quieto. Cierra los ojos.

—Mierda —exhala—. No voy a… Creo que se me ha acabado.

—¿El qué?

—Anoche.

—¿Que se te ha acabado el qué?

—El autocontrol.

Sonrío. Deslizo la mano por el algodón de sus calzoncillos.

—Madre mía. —Me agarra la muñeca, la detiene, pero no la aparta—. ¿Iba en serio lo del anticonceptivo?

Le agarro la mano libre y la levanto hasta donde tengo el implante en el brazo.

—Vale. Mierda, vale. ¿Puedo…? A veces me cuesta sacarla a tiempo para no…

—Sí, puedes.

Suelta un gruñido, se baja la parte delantera de los calzoncillos hasta pasados los testículos y entonces… No lo hace con gentileza. De repente está dentro de mí y a mí me falta el aire. Esta vez lo hacemos de lado, con mi rodilla doblada y apoyada en su costado. Yo no controlo nada, ni el ángulo, o a duras penas, ni la profundidad, que es flipante, y tengo que obligarme a respirar, a inhalar y exhalar, hasta que siento que mis entrañas le hacen un hueco.

—¿Bien? —me pregunta. Suena un poco conmocionado, con un deje de pánico en los ojos. La mete más. Toca fondo. Gruñe cuando la mezcla entre dolor y placer provoca que me contraiga y lo apriete más.

«Bien», digo, aunque no sale ningún sonido de mi boca.

—Hostia puta. Joder, Maya. Si… si te… —Exhala. Una risa silenciosa, autocompasiva—. ¿Confías en mí?

No tengo ni idea de a qué se refiere. Todavía estoy tratando de acostumbrarme a la sensación de tenerlo dentro de mí.

—Sí. Confío en… Uf.

Página 351

Me agarra la nalga con la mano y me empieza a mover contra él. Cierro los ojos y me entrego. Él me sigue empotrando como si fuera una prolongación de su cuerpo. Las embestidas son superficiales, pero me toca justo donde me tiene que tocar, el calor y la tensión se me agolpan en el vientre y…

—Maya —jadea—, mírame a los ojos mientras me corro dentro de ti. Abro los párpados y hasta ahí llega. Siento cómo pierde el control,

cómo me agarra con más fuerza, la sensación de plenitud. Gime y gruñe contra mi boca. En ningún momento deja de mirarme a los ojos. Se entrega a los espasmos y al placer, y me deja presenciarlo sin vergüenza.

Es un espectáculo precioso. Quiero que Conor haga esto, que me deje verlo correrse un millón de veces más. Tras un último suspiro, vuelve a la tierra y dice:

—Vale, ahora podemos…

Me rodea con los brazos. Sigue empalmado. Se mueve dentro de mí lentamente, con más facilidad. Más besos prolongados. Me tiembla el muslo cuando lo engancha con el codo, una pizca de tensión en las caderas, pero el calor me recorre las terminaciones nerviosas de nuevo. Me toca las tetas y me río a pesar de no tener casi aire en los pulmones.

—Eso ha estado un poco feo, Conor.

—¿Qué…? Uf, me encanta… ¿Qué ha estado un poco feo? —Correrte dentro de mí sin antes decirme lo guapa que soy.

Lo agarro de la camisa y él se ríe contra mi boca. Diversión y alegría compartidas en un solo suspiro.

—No estás mal —dice. Sus embestidas son suaves y pausadas.

Perezosas. Me vendría bien más velocidad, pero esta vez lo hago por él.

Quiero que sea para él—. Del montón bueno, supongo.

Le doy un mordisco en el hombro tan fuerte que le dejo huella, y él se ríe entre dientes.

—Cuando te vi en Edimburgo… —murmura—, después no podía apartar la mirada. Soy incapaz de explicarlo. No existen las palabras.

Me inclina las caderas de tal forma que ambos gemimos. Está saciado.

Apenas se mueve.

—Simplemente no podía concebirlo. Eras la mujer más bonita que había visto nunca. Y el cliché de ser un hombre de treinta y cinco años al

Página 352

que le gusta una chica que solo tiene veinte… —Suspira contra mi mejilla—. No dejaba de pensar en mi padre y en todas esas mujeres. En lo ridículo que parecía desde fuera. No quería convertirme en eso. Pero de repente apareces tú, tan inteligente, segura de ti misma e independiente. Tan joven. Y después de esa primera noche me dije: «Ni de puta coña. No». Pero aun así fui a desayunar contigo y tú convertiste cada momento de ese día tan ordinario en una experiencia asombrosa. —Nos cambia de posición hasta que acabo arrodillada encima de él, con las manos a ambos lados de su cabeza. Me recorre los muslos desnudos con las palmas y se acerca al punto entre nosotros en el que su semen lo ha puesto todo perdido.

Pienso en ese día por Edimburgo, en sus sonrisas relajadas y desprevenidas. La grata sorpresa que se dejaba adivinar en sus gestos, como si aquella felicidad fuera inusual para él. Deberías tener a alguien que te haga sentir así todos los días, pensé. Yo estoy dispuesta a ser esa persona.

Me empuja con las caderas hacia arriba y suelto un fuerte gemido.

Oigo que la brisa se lo lleva y me muerdo el labio inferior.

—Y entonces te lanzaste. Nunca nadie me había excitado tanto. Te observé mientras dormías y no paraba de pensar: «Podría despertarla. Podría concederle lo que me ha pedido. Podría follármela y darle el mejor polvo que ha echado en su vida». —Me recorre la garganta con los dientes.

Me estremezco.

—Habría sido verdad.

Se ríe.

—Un tío mayor. El amigo de tu hermano. Qué cliché tan manido, ¿no? —Sus embestidas siguen siendo lentas, pero ya no son tan suaves. Empieza a acariciarme el clítoris y no me hace falta más. Mi orgasmo es simple, directo, producto de la cercanía de Conor, del roce de su piel sudorosa contra la mía, del delicioso aroma de su calor. Es bueno; perfecto, incluso. Largos espasmos le aprietan cada vez más la polla mientras me continúa follando, obligándolo a correrse de nuevo. Por encima de todo, tiene sentido.

Página 353

No estoy segura de que haya habido nada en esta vida que haya tenido más sentido que este placer, al menos para mí.

—Creo que deberíamos hacer esto más a menudo —le digo más tarde, cuando ya he recuperado el habla. Volvemos a estar de lado. Me aprieta contra su pecho y no parece querer soltarme.

—No ha estado nada mal.

Le doy un pellizco y me atrapa la mano. Se la lleva a los labios. —¿Puedes ponerte en contacto con Seb? —le pregunto—. Si solo te

vas a quedar hasta mañana, me gustaría aprovechar el día. Podríamos volver a Isola Bella por la mañana.

—Me encantaría. —Sin soltarme, se da la vuelta y coge el móvil. Lo enciende por primera vez en todo el día.

El aluvión de notificaciones —mensajes, correos electrónicos y algo más que podría ser el chat de Slack de la empresa— aparece de forma tan caótica que mi cerebro no puede evitar leer algunas.

Hay algunos problemas con el responsable del Departamento Tecnológico que quería comentar contigo.

No he podido contactar con Avery ni contigo. Estoy al tanto de lo de la boda, solo me preguntaba si va todo bien.

Hostia, una erupción volcánica.

¿Hay algún motivo por el que no estás contestando al teléfono? ¿Cuándo vuelves? Davida quiere programar una reunión.

Hark, tu asistente ejecutivo está en mi oficina llorando porque no ha podido ponerse en contacto contigo.

Hemos contactado con Minami; ya está todo solucionado.

Tío, ¿has visto el puto contrato que acaba de mandar Calatrava? ¿Estás muerto? Porque la gente se está peleando por ver quién se

queda con tu despacho.

Compartimos una mirada. Desenvuelvo el mazapán que casi hemos aplastado e intento no reírme.

—Vaya, Conor. Tu vida parece… —veo que arquea una ceja— de lo más entretenida.

—Oye, gracias a mi trabajo te he podido comprar eso. —Señala la bola con forma de cereza a la que le estoy hincando el diente.

Página 354

—Y ninguna falta de equilibrio entre la vida laboral y la personal ha

sabido nunca tan bien —respondo masticando.

Los mensajes de texto siguen llegando. Tiene que bajar tanto para llegar a la conversación con Seb que siento un poco de náuseas.

—Me parece un milagro.

—¿El qué?

—Que en su día respondieras a todos mis mensajes. —Doy otro mordisco. Me recreo saboreando con la lengua la dulzura de la pasta de almendras—. ¿Es normal que un alto directivo trabaje tanto?

—Estamos en medio de un periodo con muchos acuerdos activos

—contesta. Suena a discurso aprendido. Espero, paciente, hasta que suspira—. No.

—¿Todavía tienes a gente revisando todos tus mensajes para hacerte un resumen?

—A veces. —Otro suspiro—. Sí.

—Es bueno saberlo. Entonces será mejor que no te envíe fotos desnuda ni audios subiditos de tono. Prefiero no acosar sexualmente a tus mal pagados asistentes.

—Están muy requetebién pagados y sabes muy bien que ofrecemos un buen seguro médico. —Se frota los ojos un rato, hasta que estoy segura de que debe de ver puntos brillantes—. Puedo probar a reorganizarme para que no sea todo tan así —dice. Luego se corrige—: Puedo probar no, lo haré.

—¿Cómo?

—Quiero estar más disponible. Más presente. Tener una carga de trabajo propia de un alto directivo.

Me resisto a bostezar.

—Haces bien, porque si una cosa tengo clara es que voy a convertir cada segundo que pases lejos de mí en una tortura.

Una exhalación sin aliento que no llega a ser risa.

—Ya lo es.

—No, pero… aún más. —Hay una buena temperatura en la habitación y el azúcar me ha puesto ñoña—. Te sorprenderá lo increíble que es tener una relación conmigo. Soy superinteresante y divertida, y para nada estoy

Página 355

desquiciada. Me tendrás siempre en mente. —Me acurruco con él—. Y siempre dispuesta a chupártela, por supuesto.

—Madre mía. —Tiene la mano en mi nuca. Me dejo llevar por el vaivén de su pulgar, el calor de su piel.

—Me has hecho tener como diez orgasmos seguidos. Te lo debo. —¿Qué tal si no llevamos la cuenta?

—Dijo el señor Toda Mi Vida Gira Alrededor De Los Números, como buen banquero de inversiones que eres.

—Yo no soy banquero de inversiones, y tú eres física.

—Lo soy. Puedo aportar mi granito de arena y lo haré. —lo tranquilizo.

—Si insistes… —contesta. Está sonriendo, lo oigo en su voz y en su acento, ligeramente más marcado que de costumbre. Podría abrir los ojos para asegurarme, pero es que se está muy bien así. Adormecida. Cerca de él. Con su aliento contra el mío. Compensando tres años de aire no compartido.

—Sí, insisto. Y dijiste que querías que yo estuviera al mando.

Me posa una mano en la cadera. El peso perfecto, el calor perfecto.

—Un peligro… —susurra, y en su voz no noto el tono burlón habitual ni la falsa insinuación de un reproche, sino emoción pura y dura. Y, aunque no sabría decir con certeza qué tipo de emoción es, siento que curvo los labios y tengo demasiado sueño para mantenerlos rectos.

Página 356

Página 357

Ca ít o 42

MAYA: Si me dieran un euro por cada vez que me he quedado dormida después de un encuentro sexual contigo y, cuando me he despertado, he descubierto que te habías ido a otro país, ya tendría dos euros.

MAYA: No es mucho, pero es raro que haya pasado dos veces…

CONOR: No hace gracia, Maya.

MAYA: Dios mío. Señor??? Mi mensaje ha sido

elegido de entre la pila de manuscritos?

MAYA: Me recuerda a esos espermatozoides que

suben por las trompas de Falopio para llegar al

óvulo.

MAYA: Ay, no. Mal símil? He despertado tu fetiche preferido? Te estoy poniendo cachondo en medio de una reunión con tu departamento legal?

Página 358

CONOR: De nuevo, no hace gracia.

MAYA: Un poco sí, venga ya.

MAYA: Si te doy mis dos euros, me perdonas?

CONOR: No, pero los usaré para comprar una

mordaza y unas esposas, ya que eres incapaz de

comportarte.

MAYA: Al final será verdad que no tienes ni idea de lo que cuestan las cosas.

MAYA: En fin, dónde estás?

CONOR: Míralo en tu móvil.

MAYA: Hala. Cuándo has compartido tu ubicación conmigo?

CONOR: Estabas dormida.

MAYA: Qué mono!! Qué más me has hecho

mientras estaba inconsciente?

CONOR: Revísate la planta del pie derecho.

Página 359

MAYA: Guau, he caído.

MAYA: No me creo que de verdad esperase

encontrar algo.

MAYA: Bien jugado, Harkness.

CONOR: Es lo que pasa por portarte mal.

CONOR: Peligro.

La erupción tarda dos días en amainar, la disponibilidad de vuelos se demora tres y a los cinco consigo volver con los perros. Buenos momentos, buena comida, buena compañía. Echo de menos a Conor, pero no como antes. En vez de un agujero en el pecho, ahora siento un dolor temporal en las articulaciones.

Paul se ofrece a ayudarme a transportar a Tiny y Bitty y ambos cogemos un avión hacia Austin.

—Gracias —le digo en el aeropuerto mientras nos acabamos el café en la barra de la cafetería, confraternizando con los dedos llenos de restos de cruasán.

—De nada. Bueno, así que tú y Hark… Asiento.

—Guay. Bueno, es raro.

—¿Por?

—Porque ese hombre da miedo.

—Qué va.

—Sí, ya lo creo.

Me río.

Página 360

—Vale, sí, puede ser. Da un poco de miedo.

Paul resopla.

—No me lo esperaba. ¿Sabías que hice las prácticas con él? Es un tío duro de pelar. Y tú… Tú siempre serás la chica que me vomitó encima hace unos años.

Pienso en el hedor a macarrones con queso a medio digerir que se impregnó en el destartalado Honda Civic de Eli. Y luego en lo que está por venir: un nuevo trabajo, una nueva vida. Un nuevo novio; un viejo amor. Pienso en los momentos que van a conformar mi futuro próximo. En poner mi vida en orden. En todas las primeras veces que me esperan. Pasito a pasito. Sin pausa, pero sin prisa. Construyendo recuerdos.

Con una sonrisa, digo:

—No creo.

NYOTA: Primer día de vuelta al trabajo. He

desayunado UNA TORTILLA DE CLARAS DE

HUEVO.

NYOTA: He cometido un grave error.

MAYA: No puedo creer que nos hayamos ido de

Italia de forma voluntaria, Ny.

Después de Sicilia, no veo a Conor hasta pasados dieciséis días. Vuela directo de Irlanda a Canadá por alguna razón que rima con «acuerdo activo», pero como Eli, Sul y Minami siguen en Europa, intento no tomarme demasiado a pecho las idas y venidas de los mercados financieros.

Percibo cierta frialdad en la forma en que me mantiene constantemente informada por mensaje: En principio, vuelvo dentro de dos

días. Ha habido un problema con la auditoría. Se ha

Página 361

adelantado una reunión. Tres días. La semana que viene,

a menos que estos imbéciles la caguen. Y, aunque sé que no me está mintiendo, tengo un cierto malestar en el estómago, un residuo de años de ser evitada, rechazada, apartada.

Nunca dice que te echa de menos, señala una voz insegura dentro de mi cabeza.

Está ocupado, le responde mi cerebro. Es mejor no darle demasiadas vueltas.

Pero no lo puedo evitar. Sola en casa de Eli, cuidando a dos bestias desagradecidas que se quieren más entre ellas que a mí, las muy sinvergüenzas; pidiendo comida a domicilio todas las noches, con todos mis amigos fuera de la ciudad, la pista de hielo cerrada, sin nada que hacer en el sofocante y opresivo calor de Texas, excepto preparar mi primera clase, algo que me aterroriza y emociona a la vez. Sin embargo, noto a Conor apagado. Hay una capa de lona transparente entre nosotros: lo veo a través de ella, pero está un poco distorsionado. Y, a los siete días, cuando hacemos una videollamada, le digo directamente:

—Te noto raro.

—¿A mí?

—Como si… —Me acomodo en la almohada—. Como si hubiera algo que no me quieres contar.

—No lo hay.

—Claro. Ya. Pero ¿si lo hubiera…?

—No lo… —Niega con la cabeza. Aún lleva puesta la camisa del traje y el pelo le sobresale por el lado izquierdo de la cabeza. Debería ser ilegal no poder tocarlo en tantos días. Nada más obtener el permiso, me lo arrebataron. La Haya lo condenaría—. No pasa nada, Maya. Háblame de Tiny y…

—No pasa nada, pero…

Un profundo suspiro. Desvía la mirada, risueño, irritado, necesitado. Le quiero. Es un cabezón, se cree que siempre sabe más que el resto, no tiene ni idea de cómo verbalizar sus emociones y probablemente sea un coñazo de novio.

Me muero de ganas de tener nuestra primera pelea de verdad. De compartir el resto de nuestra vida.

Página 362

—Es que… —Se queda callado. Al cabo de un momento, vuelve a empezar—: Necesito estar al menos en el mismo puto país que tú.

Sonrío. Aprieto las rodillas contra el pecho, intentando mantener todo el calor que sus palabras han generado dentro de mí.

—Cuéntame más. —Lo animo.

CONOR: No puedes hacer eso.

MAYA: El qué?

CONOR: Ya sabes el qué.

MAYA: Tú crees?

MAYA: Ah, espera. Lo dices por la foto que te he

mandado?

CONOR: Sabes que sí.

MAYA: Entonces, no puedo enviarte fotos?

MAYA: Estoy confundida.

CONOR: Tú no conoces lo que es la confusión,

Maya.

Página 363

Sonrío.

MAYA: Para todo hay una primera vez.

MAYA: No entiendo cuál es el problema. Consideras que se trata de una infracción de los derechos de autor? Porque tal vez no esté del todo claro, ya que no se me ve la cara, pero la foto es un selfi. Es mi propiedad intelectual.

CONOR: Maya.

MAYA: Me pertenece legalmente. Y soy mayor de edad.

MAYA: Por qué? Qué pasa? No te gusta?

MAYA: Estás diciendo que soy fea?

CONOR: Intentas provocarme un aneurisma?

MAYA: Puedes hacer lo que quieras con ella.

MAYA: Si no te apetece verla, siempre la puedes

borrar.

CONOR: Ni de puta coña la voy a borrar.

Página 364

MAYA: Pero entonces, lo que quieres decir es que no quieres que te mande más… llevando menos ropa?

CONOR: La madre que te…

Eli y Rue vuelven antes que Conor, bronceados y relajados, sonriendo como si se hubieran tomado un cóctel mágico de estimulantes y tranquilizantes. Siguen sin estar preparados para quitarse las manos de encima.

—Me vuelvo a mi piso —anuncio cinco minutos después de que Eli deje las maletas al pie de la escalera.

Me meto bajo el brazo la bolsa de loukoumi que me han traído y suspiro al no recibir respuesta.

—Me siento sola en esta casa —le digo a Conor más tarde, con el teléfono entre el hombro y la oreja mientras corto tomates—. El aire acondicionado está en las últimas. No tengo plantas ni perros. Debería adoptar uno. Ay, ¿debería adoptar un gato? En la protectora de animales de Austin siempre hay un montón de mininos monísimos…

—¿Dónde está Jade?

—Ha ido a pasar unas semanas a casa de sus padres. —Suspiro—. No

te preocupes. En realidad, tengo un montón de cosas que hacer, solo echo

de menos tener mascotas.

—Quédate en mi casa.

Me detengo a medio cortar.

—¿Tienes un hurón secreto sobre el que no me habías hablado? —No.

—Entonces…, ¿qué cambiaría eso? Tu casa también está desierta.

—Mi aire acondicionado funciona. Y tengo alarma. Sería más seguro. Mi cama probablemente sea más cómoda que la tuya, el servicio de limpieza viene una vez a la semana, tengo una tele enorme…

Página 365

—¿Cuándo fue la última vez que viste una película en esa tele? Sé que es una pregunta difícil, así que te doy diez minutos para contestar.

Un gruñido.

—Maya.

—¿Sí?

—Quédate en mi casa.

Sonrío. Me meto una rodaja de tomate en la boca.

—Me encantaría. ¿Entro por la fuerza? ¿O por la ventana de atrás? —Eli tiene una llave de repuesto.

—Hmm. —Un breve silencio—. Eres consciente de que, si se la pido, sabrá que…

—Sí —responde Conor.

Y chimpún.

Conor llega a casa en mitad de la noche, un día antes de lo previsto. Procura no hacer ruido, pero lo oigo igualmente y, antes de que llegue

a encender la luz, ya me he levantado de la cama y lo estoy apuntando al cuello con un cuchillo de carnicero.

—Ah —digo.

—Ah. —Se mofa. Con cuidado, me quita el cuchillo por el mango y lo deja encima de la cómoda—. No quería despertarte.

—Ya. Eh… Iba a ir a recogerte… mañana.

—¿Con o sin el cuchillo? —Me mira de pies a cabeza. Se fija en la camiseta que le he cogido del armario, en las trenzas que me he hecho en el pelo después de ducharme. Se nota que se está esforzando por aguantarse la risa—. He pillado un vuelo que salía antes.

Dios mío.

De repente caigo en la cuenta de que… ¡está aquí!, Conor ha acabado con sus labores de gestión del mercado biotecnológico y está aquí.

Me muero de ganas de tocarlo después de tantos días de añoranza y de enterrar la nariz en su almohada, a pesar de que el único olor que percibía era a detergente; después de las videollamadas en baja resolución y de toda la comida que me ha comprado para que estuviera bien alimentada… A

Página 366

pesar de haber hecho un viaje en avión, huele bien. Es de carne y hueso y tan perfecto y familiar y nuevo y… lleva unos cuantos días sin afeitarse, por lo que está aún más guapo de lo habitual y…

Se me corta la respiración.

—Bendito sea Seb —digo.

—Sí.

—Espero que su paga extra sea cuantiosa.

Conor asiente.

—Lo es.

—Estoy dispuesta a contribuir con mi sueldo. Y, si hace falta, también le puedo mandar algún selfi subido de tono.

—Eso no será necesario.

—Podemos preguntárselo. Puede que le guste la idea.

—Maya, si le…

Me abalanzo sobre él. Es el verbo que mejor lo describe: le rodeo la cintura con los muslos, apoyo los codos en sus hombros y nuestros labios chocan de una forma probablemente demasiado brusca, con dientes y dolor de por medio. Me agarra del culo de inmediato y me estruja contra él.

Conor también me besa y nos tumbamos en el colchón. Me repite unas diez veces lo perfecta que soy («Demasiado…, vas a ser mi perdición»), pero cuando le empujo los hombros para quitármelo de encima, me permite invertir posiciones.

—¿Has podido desactivar el acuerdo? —le pregunto mientras voy desabrochándole el cinturón y sacándole el jersey de dentro de los pantalones. Ya estoy sin aliento.

—Bueno, los acuerdos no se…

—Pero ¿has acabado?

—He acabado.

—Te quedas…

—Me quedo hasta… siempre.

—Bien, porque te he echado de menos. —Nos comemos la boca con pasión—. Te he echado mucho de menos. —Ya le estoy metiendo la mano en los calzoncillos. Le saco la polla y, tal vez sea por cómo me lamo los labios, pero él sabe exactamente lo que estoy pensando.

Página 367

—Maya, cariño… —Me acaricia el pelo—. No creo que ahora sea el mejor…

—¿En serio? Qué curioso.

—¿Por qué?

—Porque yo creo que ahora sí es el mejor momento.

Es agradable notar su peso sobre la lengua, oír su respiración entrecortada cuando echa la cabeza hacia atrás. Es demasiado grande y perfecta. Se estremece con el leve roce de los dientes, la forma en que separo los labios y le chupo la punta, analizando cada respiración, cada movimiento de sus pestañas.

Deja las manos en mi pelo, sujetando, no empujando.

Dice mi nombre entre susurros, gemidos y súplicas.

Masculla algún que otro «Joder».

Después de un rato, me aguanta la cabeza para que la deje quieta y es él quien empuja, despacio y con cuidado.

—Joder, Maya.

Succiono con fuerza. Me presiona el cuero cabelludo con los dedos, intentando apartarme.

—Maya. —Me advierte.

—¿Mmm? —digo con su polla en la boca. Siento cómo se estremece.

—Me estoy esforzando por ser un caballero.

Me la saco con un sonido lascivo.

—Ah, ¿sí? —pregunto, encantada de ver cómo pone los ojos en blanco mientras le paso la lengua por toda la parte inferior.

—Sí, pero… —Empiezo a subir y bajar la mano desde la base hasta la punta y él se queda a media frase—. Pero estoy empezando a pensar que me dejarías hacerte cualquier cosa, Maya. Cualquier cosa que me apetezca.

—Vaya, no sé por qué has tardado…, uy…, tanto en darte cuenta de… ¿Qué estás…?

Me aprieta la espalda contra el colchón y me penetra sin más rodeos. Un poco demasiado fuerte, demasiado rápido. Me estira la piel y eso provoca una quemazón agradable. Tras varias embestidas despiadadas y perfectas, la mete entera.

—¡Sí! —gimo.

Página 368

—Madre mía, Maya. —Me agarra de las muñecas y me las sujeta por encima de la cabeza—. No tienes ni una pizca de paciencia.

«No, y menos cuando se trata de ti», quiero decir, pero tengo la boca demasiado ocupada besándolo.

—Siento que he estado aguantando el aliento desde Sicilia —me dice al oído, inhalando mi aroma, empujando la cadera contra la mía—. No puedo dejar de pensar en ti. Es perturbador. Me distraes demasiado, hostia.

Cuando trabajo. Cuando duermo. Cuando necesito pensar. —Creía que ya la tenía toda dentro, pero no. Otro empujón y toca fondo—. Joder. Joder. Eres mejor que cualquier cosa que me haya podido imaginar.

Sonrío contra su mandíbula. Intento liberarme las manos. Me doy cuenta de que no puedo. Así que digo:

—Conor.

—Sí.

—Quiero que hagas conmigo lo que te plazca. Por todos los agujeros posibles.

Casi se corre. Su respiración es acelerada, una exhalación áspera contra mi hombro, luego un gruñido profundo cuando arranca las sábanas del colchón mientras noto los espasmos de su polla dentro de mí.

—Eres la mujer más peligrosa que conozco.

Sonrío y él me abre como si fuera una muñeca de juguete, inmóvil bajo su peso, y me besa y me besa y me besa. Siento su boca contra la mía, persistente, y su mano subiéndome hasta el cuello para inclinarme hacia él. Intento mover las caderas para que por fin podamos…

La saca. Me tumba boca abajo. Vuelve a meterla de golpe y el placer es tan inconmensurable que hasta se me nubla la vista.

—Un puto peligro… —me gruñe al oído, y, cuando empieza a moverse, el resto del mundo se para.

Sus embestidas son tan bestias que estoy segura de que acabará antes que yo, pero entonces baja la mano, encuentra el clítoris y esto ya supera cualquier baremo, mi cuerpo no sabe ni cómo reaccionar. Agarro la almohada, digo cosas sin sentido: «Por favor, no pares; si paras… Por favor, no pares». El placer me arrolla con la fuerza de un terremoto. Me tapo la boca con la palma de la mano para amortiguar el grito.

Página 369

—No. —Conor me la aparta, entrelaza los dedos con los míos, la clava en el colchón—. No. Quiero oírte gritar, joder. Quiero oír lo fuerte que te corres y no voy a dejar que me lo impidas.

Y eso hago. Luego me disuelvo.

No es hasta mucho rato después, cuando ya me está envolviendo con sus brazos como si fueran cuerdas de seguridad, que se me ocurre decir:

—Conor.

—¿Sí?

Cierro los ojos. Sonrío contra la almohada.

—Bienvenido a casa.

Página 370

Ca ít o 43

Aún es pronto.

Entre los dos hay mucho amor que, durante mucho tiempo, no hemos sabido dónde meter.

Estamos recuperando el tiempo perdido.

Eso es lo que me digo a mí misma cuando parece que no podemos dedicarle tiempo ni espacio a otra cosa que no sea estar juntos.

—Vayamos a algún sitio. —Sugiere unos días después de volver, mientras me pasa los dedos por el pelo—. Solos tú y yo.

—¿Como cuál?

—Cualquiera donde Seb no pueda encontrarme.

Me río.

—Para ir a algún sitio, tendríamos que salir de casa. ¿Estás dispuesto? No. No lo está. Lo reconoce más tarde esa noche. Ritmo lento. La brisa que entra por la puerta del balcón mueve las cortinas. Estoy demasiado extenuada para hacer otra cosa que no sea quedarme tumbada, sintiendo cómo esa presión cálida crece dentro de mí. Me siento tan feliz que hasta

visualizo las palabras escritas en el techo.

Te quiero, pienso mientras lo abrazo. No lo digo, pero él lo oye igual y sonríe contra mi cuello.

Página 371

La cena tiene lugar unas dos semanas después de que Conor regrese.

Él no está nervioso.

—No va a cambiar nada. —Me tranquiliza, y me lo creo.

Yo tampoco estoy preocupada, pero tengo poca tolerancia a los momentos incómodos, así que agradezco cuando Minami pregunta:

—¿Vamos al grano y nos lo quitamos de encima?

Todavía estoy masticando el primer bocado del risotto de Eli. Es mi plato favorito y él lo sabe.

«Has sido más fácil de engatusar que una hormiga con un terrón de azúcar —me ha susurrado al entrar—. No te preocupes, el Trivial Pursuit está guardado bajo llave».

—¿Qué es lo que nos tenemos que quitar de encima? —pregunta Rue levantando la vista de la comida. Ojalá nunca cambie su forma de ser.

—Bueno, ya sabes —dice Minami—, el hecho de que Hark y Maya están…

—No hay necesidad de entrar en detalles sobre lo que Hark y Maya

hacen —señala Eli—. Saliendo. Están saliendo.

—Como hermano mayor, ¿les has dado el visto bueno? —le pregunta Minami. Él toma un trago de vino tinto.

—Como hermano mayor, mi visto bueno es innecesario.

Ella sonríe.

—Respuesta correcta. Se nota que te he criado bien.

—Pues sí. También es porque le tengo miedo a Maya. Y, en menor medida, a Hark.

Conor suspira. Ha tomado la sabia decisión de esperar un poco antes de empezar a comer. Para su desgracia, también ha tomado la sabia decisión de dejar el alcohol, lo que significa que no ha podido disfrutar de una copa de vino antes de cenar.

—Maya y yo estamos juntos, sí. Saliendo. En una relación. Como queráis llamarlo.

—¿Ya le has pedido matrimonio? —quiere saber Rue.

—Estoy intentando actuar con moderación. —Echa un vistazo a la mesa—. Si tenéis algo que decir al respecto, es el momento de hablar.

—¿O callar para siempre? —pregunta Minami.

Conor resopla.

Página 372

—No sois capaces de callaros ni debajo del agua.

—Realmente no veo cuál es el problema —dice ella—. Sigue siendo mucho menos raro que el hecho de que Eli haya acabado con la protegida de Florence.

Conor tamborilea con los dedos.

—Como mínimo, igual de raro.

—Si os soy sincera —continúa Minami tras carraspear—, debo admitir que me cogió por sorpresa. Estoy segura de que no os habéis embarcado en esta relación sin ser conscientes de ciertos aspectos que podrían llegar a ser, em…, complicados.

Disimulo una sonrisa. Por debajo de la mesa, le envío un mensaje a Nyota: Primera mención de la palabra «complicado».

NYOTA: Ha sido Minami?

MAYA: Sí.

NYOTA: Te lo dije.

—Pero —Minami sonríe— estoy muy contenta de veros tan felices. Además, esto significa que Maya va a pasar más tiempo con nosotros. Tendremos una joven incorporación que nos ayudará a dejar de ser unos boomers desfasados.

Hago una mueca.

—Lo siento, pero sois una causa perdida.

—Mecachis.

—La única preocupación es si el grupo de amigos sobreviviría a una

ruptura entre dos de sus miembros —comenta Sul, y todos miran a

Minami—. Buen argumento. —Reconoce antes de seguir comiendo. Me pregunto si volverá a hablar esta noche.

—Por si sirve de algo —dice Conor reclinándose en la silla—, dudo que eso pase. Lo nuestro… viene de lejos, no es algo improvisado.

Minami asiente.

Página 373

—Bueno, todos sabíamos que Maya estaba un poco enamorada de ti cuando era más joven, pero…

—Eso no es todo —dice él.

—Ah, ¿no?

—La cosa se remonta hasta muy atrás —comento yo.

Parece picarles la curiosidad. Sul deja el tenedor. Minami se inclina hacia delante. Incluso Rue, a pesar de ser ella, se muestra interesada.

—Contadnos —me insta Eli.

Conor y yo intercambiamos una mirada. Por debajo de la mesa, me coge la mano y dice:

—¿Os acordáis del trato con Mayers de hace unos años?

Pasamos esa noche en el sofá de la terraza acristalada de Conor.

Me tumbo encima de él. El sudor me enfría la piel. El aroma de la citronela se mezcla con el aire nocturno de Austin, tan parecido al de Sicilia, y tan completamente distinto a la vez.

—¿Antares? —Señala una luz roja en el cielo y yo me río.

—Eso es un avión.

—¿Segura?

—Te odio.

Dejo que su suspiro me acune.

—Creo que ha ido bien. —Reflexiona.

—Estoy de acuerdo. Excepto cuando Eli nos ha rogado que no nos fuguemos a Las Vegas para casarnos, lo cual me ha dado ganas de hacer exactamente eso.

Mueve los labios. Una sonrisa torcida.

—No digas eso. Me estoy esforzando mucho para no pedirte que te cases conmigo.

—Por mí no te cortes. No hay nada como una propuesta de matrimonio antes de ir a dormir. —Le doy un mordisquito en el hombro. El aire me provoca un escalofrío.

—Déjame ir a buscarte algo de ropa.

—No te preocupes, tampoco tengo tanto frío.

Página 374

Pero ya se está levantando. Lo sigo con la mirada, sus muslos desnudos, la línea de la espalda. Nunca me han parecido atractivos los culos de los hombres. No sé por qué no puedo dejar de mirar el suyo. Es más bien por la desenvoltura y la confianza con las que se mueve, que…

Conor vuelve. Pero cuando llega, veo que no lleva ninguna camiseta ni ningún jersey ni nada que se parezca a una prenda de ropa.

Y no soy tonta. Me enderezo.

—Dios mío, lo vas a hacer de verdad.

Se detiene a unos metros de mí. Inclina la cabeza y pregunta:

—Esa es Antares, ¿verdad?

Y sí. Lo es.

—¿Estás señalando mi estrella favorita para distraerme del hecho de que me estás proponiendo matrimonio mientras ambos estamos desnudos, después de más o menos un mes de relación?

—No lo sé. ¿Funciona?

—¿Quieres que funcione?

—A ver, esto no es… —Se pasa una mano por el pelo, sorprendentemente indeciso—. Estaba en Montreal, paseando, y vi un anillo que pensé que te podría gustar, pero no tienes que… Pongo todo mi empeño en no echarme a reír en su cara.

—Pareces nervioso, Conor.

—Lo estoy.

—¿Estabas así de nervioso con Minami?

—No.

—Pensabas que iba a decir que sí, ¿eh?

Se encoge de hombros.

—Sabía que podía sobrevivir a su negativa. —Más que lo que dice, es la forma en que lo hace, lo que implica, lo que esconden esas palabras.

Me escuecen los ojos. Y Conor debe de darse cuenta, porque se arrodilla frente a mí.

—Mira, no tienes que decir que te casarás conmigo. Estás pasando por muchos cambios y yo voy a tener que hacer lo mismo. Podemos acordar que el anillo signifique… Podemos considerarlo un recordatorio de que te quiero. De que yo quiero casarme contigo. De que, por mi parte, es un sí constante y eterno. Y de que, cuando estés lista, sea en dos años o en

Página 375

veinte, aquí estaré. Mientras tanto, podemos tener algo más… informal y…

Me río entre lágrimas.

—Eres la persona menos informal que conozco.

—Sí, bueno. Por desgracia, no te equivocas.

Le tiendo la mano. Contemplo ese anillo único y vintage en su palma, la perla y los diamantes engarzados en el metal de oro rosa. Cómo no, ha sabido encontrar el anillo perfecto. Será cabrón…

—Hace cosa de un año, me dijiste que había puesto a Minami en un pedestal. ¿Lo recuerdas?

Asiento.

—Tenías razón. No solo a ella, también a todos los demás. Yo siempre era capaz de poner a todo el mundo en un lugar concreto. Fuera de mi vista, apartado de mi mente. Pero contigo… Solo soy capaz de dejarme llevar por ti. —Su cara muestra lo contrario a la resignación. Como si yo fuera el accidente más calamitoso que le ha ocurrido, pero sin intención de cambiarlo por nada del mundo—. Soy incapaz. Es brutal, aterrador. Pero ya no quiero vivir sin estar contigo, así que…

—Conor. —Le acaricio la cara.

—¿Sí?

Sonrío y digo:

—Aún no me has hecho la pregunta.

Poco después, me duermo con su anillo en el dedo.

Página 376

No a d l a t a

Sicilia es mi región favorita de Italia y espero que mi adoración se refleje bien en este libro. Me encanta todo: la comida, la gente, el acento, los paisajes, la música y los yacimientos arqueológicos. Sí, la primera vez que la visité y vi su bandera tuve pesadillas durante un par de días, pero después le he ido cogiendo aprecio a la trinacria y ahora la recuerdo con mucho cariño.

Por desgracia, no existe una Villa Fedra en Taormina. La finca descrita en el libro es una amalgama de algunos de mis lugares preferidos del pueblo y me he tomado ciertas libertades con su ubicación en la costa, igual que con las grutas de Isola Bellay la probabilidad de que haya poca gente en estos sitios. Otra licencia poética: el Etna entra en erupción con bastante regularidad, aunque normalmente no impide volar durante tantos días como en la boda de Eli y Rue.

Si alguna vez tienes la oportunidad de visitar Italia, te garantizo que Sicilia será el viaje de tu vida. Y espero que te tomes una granita a mi salud.

Página 377

Ag a e i i n o

Este libro ha sido, a la vez, un proceso largo de dos años y una vorágine. Me ha costado conseguir un resultado con el que estuviera satisfecha, pero empecé a escribir algunas partes justo después de entregar No es amor, en 2023, cuando mi amiga Jen me dijo que quería leer la historia de Hark y Maya. Y, para ser sincera, escribo sobre todo para impresionarte a ti, Kennifer.

En un principio, el plan era escribir una novela corta, pero como ya habrás adivinado dada la extensión totalmente normal de este libro, la cosa no terminó de cuajar. Por eso agradezco tanto la ayuda de la editorial y la existencia de mi agente, Thao Le, quien ha hecho posible la publicación de Un amor de verano complicado. En particular, quiero darle las gracias a mi equipo en Berkley: a mi editora Sarah Blumenstock (muchos me lo habéis preguntado, y sí, desbloqueó mi número tras volver de su año sabático; al menos, eso creo); a mis coeditoras, Liz Sellers y Cindy Huang; a mi editora de producción Jennifer Myers; a mi editora jefe, Christine Legon; a mis comerciales, Bridget O’Toole y Kim-Salina I; a mis publicistas, con las que estoy enemistada, Kristin Cipolla y Tara O’Connor; a mi maquetador, Daniel Brount; a mi fantástica ilustradora de cubiertas, lilithsaur, y a mi diseñadora de cubiertas, Vikki Chu; a mi agente de derechos subsidiarios, Tawanna Sullivan; a mi otra editora, Christine Ball; a mi correctora, Randie Lipkin, y a mi revisora y lectora beta, Yvette Grant.

Página 378

Muchas gracias a S. y a C. por la paciencia que me han tenido mientras estaba estresada por las fechas de entrega, y a C. por el chocolate que me sirvió de combustible. Como siempre, esto no habría sido posible sin el apoyo de mis amigas autoras. Estoy especialmente agradecida con mis compañeras de romance y fantasía de Texas por haber creado una red de apoyo tan increíble.

Por encima de todo: feliz cumpleaños, Jen. Espero que sigamos siendo dos bichos raros que se hacen compañía durante muchos años más.


ALI HAZELWOOD. Nacida en Italia, vivió en Alemania y Japón antes de trasladarse a Estados Unidos para doctorarse en neurociencia. Hace poco se convirtió en profesora, algo que la tiene aterrorizada. Cuando Ali no está trabajando, se dedica a correr, hacer ganchillo, comer cake pops y ver películas de ciencia ficción con sus dos jefes supremos felinos (y su algo menos felino marido).

Ali Hazelwood es autora de múltiples publicaciones… por desgracia, de artículos sobre neurología revisados por pares, en los que nadie se da besos y en los que el para siempre no es siempre feliz.


FIN

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Suscripcion

📚 Biblioteca Emancipación

Accede y recibe automáticamente cada nuevo libro publicado

Suscríbete gratis

📩 Contacto: emancipacionbiblioteca@gmail.com