© Libro N° 14753. Nathaniel Hawthorne. Antología. Martínez Torres, José. Emancipación. Enero 31 de 2026
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NATHANIEL
HAWTHORNE
ANTOLOGÍA
José Martínez Torres
NATHANIEL HAWTHORNE
ANTOLOGÍA
José Martínez Torres
NATHANIEL HAWTHORNE
ANTOLOGÍA
Selección y nota de
José Martínez Torres
UNIVERSIDAD NACIONAL AUTÓNOMA DE MÉXICO
COORDINACIÓN DE DIFUSIÓN CULTURAL
DIRECCIÓN DE LITERATURA
MÉXICO 2008
ÍNDICE
|
NOTA INTRODUCTORIA |
3 |
|
EL EXPERIMENTO DEL DOCTOR HEIDEGGER |
6 |
|
WAKEFIELD |
16 |
|
LAS ESPOSAS DE LOS MUERTOS |
26 |
Nathaniel Hawthorne
mantuvo durante su vida un vínculo misterioso con Salem, el lugar más antiguo
de la Bahía de Massachusetts, donde nació en 1804. Él mismo se refirió a este
sentimiento como una cierta “atracción sensual del polvo hacia el polvo” Los ancestros
puritanos (cuyo acentuado sentido de persecución condujo a las Brujas de Salem
al conocido proceso en que terminaron martirizadas en la hoguera) dejaron una
marca imborrable en el espíritu de Hawthorne: —Yo, como representante suyo
—escribió en el prólogo a La letra escarlata—, por este medio hago
mía la vergüenza de mis antepasados y ruego porque cualquier maldición que
hubiera sobre ellos —de las que yo he tenido noticia y que perduran debido al
atraso de tantos años y a la melancolía de nuestra raza— termine desde hoy y para
siempre.
De abril a
noviembre de 1841, Hawthorne vivió en Brook Farm, la comunidad utópica cercana
a Boston que tenía la dirección intelectual de Emerson. Al abandonar esta clase
de vida, decidió convertirse en una persona distinta, con otras preocupaciones
más concretas que le demostrarían si en su carácter no había fisuras. Pensaba
que hasta un hombre más dotado de lo que él se consideraba a sí mismo en cuanto
a ideas, sensibilidad e imaginación, bien puede ser un hombre de negocios, sólo
con tomarse la molestia. Aceptó el cargo de inspector de aduanas. Entonces su
nombre no se difundió, como quizás deseaba, en las portadas de los libros, sino
en los sacos de pimienta, en los cigarros y en la mercancía que pagaba
impuestos en la aduana, como testimonio de legalidad.
Ninguno de sus
nuevos compañeros había leído una sola página de sus escritos “ni tampoco
habrían tenido una mejor impresión de mí —escribió— si las hubieran leído
todas”.
Tuvo que abandonar
este cargo por razones políticas. Hawthorne llamó a este burocrático modo de
vida “El salario del diablo”. Razonaba de esta manera: el funcionario despedido
busca un puesto semejante para labrar, sin saberlo, su propia ruina; lo arrojan
con los nervios destemplados a caminar tambaleante como mejor pueda; consciente
de su debilidad, busca afanosamente que le ayuden, mientras piensa que no vale
la pena ningún otro
esfuerzo si en poco tiempo el mismo aparato lo alimentará, enviándole a
intervalos quincenales una pequeña pila de monedas relucientes; esto, a cambio
de su fortaleza, valor, perseverancia, lealtad y confianza en sí mismo... “¿No
podría sucederme —así finaliza su reflexión a propósito de la burocracia— que,
en el tedioso lapso de vida oficial que me esperaba, terminara haciendo de la
hora de la comida el motivo de la vida y pasara el resto del tiempo, como un
perro viejo, durmiendo en el sol o en la sombra?”
Un suceso más
importante determinó la obra de Hawthorne: el retiro voluntario en el que se
mantuvo a lo largo de doce años y cuya cifra podría no ser casual. “Aquí estoy
en mi cuarto —escribió en un cuaderno1 — donde me parece
estar siempre. Aquí he terminado muchos cuentos, muchos que después he quemado,
muchos que sin duda merecen ese ardiente destino. Esta es una pieza embrujada,
porque miles y miles de visiones han poblado su ámbito, y algunas ahora son visibles
al mundo. A veces creía estar en la sepultura, helado y detenido y entumecido;
otras, creía ser feliz. Ahora empiezo a comprender por qué fui prisionero
tantos años en este cuarto solitario y por qué no pude romper sus rejas
invisibles. Si antes hubiera conseguido evadirme, ahora sería duro y áspero y
tendría el corazón cubierto de polvo terrenal... “ En este diario, Hawthorne
escribía distintos planes narrativos que nunca llegó a ejecutar, duplicaciones,
juegos de espejos entre el arte y la vida, que sólo puede urdir la imaginación
mediante un acercamiento terrorífico entre lo real y lo extraordinario; entre
otros breves esbozos figuran los cuatro siguientes:
1) Que
ocurran acontecimientos extraños, misteriosos y atroces que destruyan la
felicidad de una persona. Que esa persona los impute a enemigos secretos y que
descubra, al fin, que él es el único culpable y la causa... 2) En
medio de una multitud imaginar a un hombre cuyo destino y cuya vida están en
poder de otro, como si los dos estuvieran en un desierto... 3) Un
hombre rico deja en su testamento su casa a una pareja pobre. Ésta se muda ahí;
encuentra a un sirviente sombrío, que el testamento les prohíbe expulsar.
Durante las
1 Citado por Jorge
Luis Borges en el ensayo “Nathaniel Hawthorne”, recopilado en Otras
inquisiciones, Obras completas, Ed. Emecé, Buenos Aires, 1974
noches éste los atormenta. Se descubre al fin que él
es el hombre que
les ha legado la casa... 4) Que un
hombre escriba un
cuento y compruebe que éste se
desarrolla contra
sus intenciones originales; que
los personajes no obren como él quería; que
ocurran hechos no
previstos por él y que se acerque
una catástrofe que
él trate, en vano, de eludir. Este
cuento podría
prefigurar su propio destino y uno de
los personajes es
él mismo…
Podemos conjeturar
que de este alejamiento surgió la idea de escribir “Wakefield “ (y también que
fue un apunte como los que hemos citado), una conducta si bien poco probable
por completo inherente a lo humano, aquella suerte de viaje alucinante que en el
tiempo —Hawthorne le atribuye veinte años de duración— es el más largo y
penoso, mientras que en el espacio comprende sólo unos cuantos metros.
Wakefield manifiesta una vida mediocre incomparable a la magnitud de su
destino, más atroz en cuanto que es voluntario. De esta misma manera entrañable
debieron gestarse los otros dos cuentos que presentamos a continuación, tanto
la armonía y ambigüedad sorprendentes de “Las esposas de los muertos” como el
mito fáustico de “El experimento del doctor Heidegger”. Una muerte, tan
misteriosa como sus relatos, lo acometió el 18 de mayo de 1864, mientras
dormía.
JOSÉ MARTÍNEZ TORRES
EL EXPERIMENTO DEL DOCTOR HEIDEGGER
Aquel hombre
singular que se llamó el doctor Heidegger, invitó cierta vez a su estudio a
cuatro antiguos amigos suyos. Tres de ellos eran ancianos de cabellos y barbas
grises: Mr. Medbourne, el coronel Killigrew y Mr. Gascoigne; la otra persona
era una mujer mustia y consumida, que se llamaba la viuda Wycherly. Todos ellos
eran personas de edad avanzada que habían sufrido grandes infortunios en sus
vidas y cuya desgracia mayor era la de no encontrarse ya en la tumba. Mr.
Medbourne había sido en sus años de fortaleza un comerciante rico y próspero,
pero había perdido todo por una fracasada especulación y ahora se encontraba
más o menos en la situación de un hombre pobre y solemne. El coronel Killigrew
había dilapidado sus mejores años, su salud y su vida, persiguiendo placeres
sensuales, que le habían dado como remuneración tardía una gota pertinaz y
tormentos incontables en cuerpo y espíritu. Mr. Gascoigne era un político
fracasado y un hombre con mala fama que había conservado su equívoca reputación
hasta que el tiempo borró su nombre de la mente de la generación actual,
convirtiéndolo en un ser oscuro en lugar de difamado. Por lo que a la viuda
Wycherly se refiere, la tradición nos dice que había sido una gran belleza en
su juventud, pero que durante mucho tiempo había tenido que vivir en un
alejamiento absoluto como resultado de ciertas historias escandalosas que
habían prejuiciado en contra de ella a toda la gente de la ciudad. Una
circunstancia también digna de mencionarse es la de que cada uno de estos ancianos,
Mr. Medbourne, el coronel Killigrew y Mr. Gascoigne, habían sido pretendientes
de la viuda Wycherly y que cada uno había estado a punto de degollar a los
demás por causa de ella. Antes de seguir adelante sólo quiero indicar que tanto
el doctor Heidegger como sus cuatro invitados, tenían la reputación de no estar
muy bien en sus cabales, como suele acontecer a gentes de alguna edad, a
quienes atormentan preocupaciones o recuerdos dolorosos.
—Queridos y viejos
amigos —dijo el doctor Heidegger, indicando que tomaran asiento. —Tengo el
deseo de que asistan a uno de esos pequeños experimentos que acostumbro
realizar en mi estudio.
Si es verdad lo que la gente dice, el estudio del doctor Heidegger era
un lugar muy extraño. Era un aposento oscuro y amueblado a la usanza antigua,
adornado con telas de araña y con todos los objetos cubiertos de polvo.
Adosados a las paredes se veían libreros de nogal, en cuyas baldas inferiores
se alineaban innumerables infolios, mientras que las superiores se hallaban
reservadas para pequeños volúmenes, encuadernados en pergamino. Sobre el
librero del centro había un busto de Hipócrates, con el cual, según se dice, el
doctor Heidegger celebraba consulta en los casos difíciles de su práctica
médica. En el rincón más oscuro de la estancia había un armario alto y estrecho
de nogal, con la puerta entreabierta, dentro del cual podía verse la silueta
inquietante de un esqueleto. Entre dos de los muebles colgaba un espejo, que
mostraba su luna polvorienta en un marco antiguo de oro deslustrado. Entre las
muchas historias que se contaban de este espejo, figura la de que dentro de su
marco habitaban los espíritus de todos los pacientes del doctor que habían
muerto y que lo miraban frente a frente cada vez que dirigía su mirada hacia
él. En el lado opuesto de la habitación se veía el retrato de tamaño natural de
una joven, vestida magníficamente con seda, satén y brocados y con un rostro
tan lánguido como sus propios vestidos. Hacía medio siglo aproximadamente que
el doctor Heidegger había estado a punto de casarse con esta joven, pero al
sentirse un poco indispuesta tomó una de las prescripciones de su prometido y murió
la noche anterior a la ceremonia. Queda aún por mencionar la gran curiosidad
del estudio: un enorme infolio encuadernado con cuero negro y con grandes
cerraduras de plata maciza. El volumen no tenía ninguna inscripción en el lomo
y nadie podía saber, por tanto, el título del libro. Sin embargo, todos sabían
que se trataba de un volumen de magia, y que una vez una doncella se atrevió a
sacar el volumen de su sitio con la intención de quitarle el polvo: el
esqueleto se agitó en el armario, el retrato de la prometida del doctor
Heidegger se elevó a la altura de un pie del piso y varios rostros se asomaron
en el espejo, mientras que la cabeza broncínea de Hipócrates arrugaba el ceño y
decía: “¡Prohibido!”
Así era el estudio
del doctor Heidegger. En la tarde de verano de nuestra historia, una pequeña
mesa redonda, tan negra como el ébano, se hallaba en el centro de la estancia,
sobre ella había una vajilla de cristal de forma exquisita y magnífica talla. La
luz del sol se proyectaba por la ventana,
a través de dos pesados cortinajes de damasco y caía directamente sobre
la mesa y la vajilla, devolviendo una especie de tenue resplandor sobre los
rostros cenicientos de los cinco ancianos reunidos en torno a la mesa, en donde
se hallaban también cuatro copas de champaña.
—Queridos y viejos
amigos míos —repitió el doctor Heidegger. —¿Puedo contar con su presencia para
realizar un experimento singularmente extraordinario?
Por otra parte, el
doctor Heidegger era un hombre, casi un anciano, en extremo raro, cuyas
excentricidades se habían convertido en el núcleo de mil cuentos fantásticos;
algunas de estas historias, para ser sinceros, tienen que ser atribuidas a mi
modesta persona, y si algunas partes de ésta someten a una prueba excesivamente
difícil la credulidad del lector, caiga sobre mí el estigma de la irrealidad y
de la invención.
Cuando los
invitados del doctor oyeron las palabras de éste sobre el proyectado
experimento, no pensaron sino en la asistencia al asesinato de un pobre ratón
bajo la cámara de la máquina pneumática, el examen al microscopio de una tela
de araña o algún otro de los experimentos con que el doctor Heidegger
acostumbraba importunar a sus invitados. Sin esperar la respuesta, atravesó a
pasos irregulares la estancia y volvió con el libro encuadernado en cuero
negro, del que se decía que era un tratado de magia. Hizo girar las cerraduras
de plata y abrió el volumen, del que extrajo una rosa cuyas hojas verdes y
pétalos encendidos habían adquirido un tono tan marchito y pardo que hubiera
podido creerse que iba a quedar reducida a polvo cuando la tocara el doctor Heidegger.
—Esta rosa —dijo—,
esta misma rosa marchita y a punto de deshacerse, brilló y floreció hace ahora
cincuenta y cinco años. Sylvia Ward, cuyo retrato pueden ustedes mirar ahí, me
la dio y yo tenía la intención de llevarla en mi solapa el día de nuestra boda.
Durante cincuenta y cinco años ha estado guardada entre las hojas de este viejo
volumen. ¿Les parece a ustedes posible que esta rosa de más de medio siglo de
edad pueda florecer nuevamente?
—¡Imposible! —dijo
la viuda Wycherly, sacudiendo la cabeza con impaciencia. —Con el mismo
fundamento puede usted preguntarnos si puede florecer de nuevo el rostro
arrugado y marchito de una mujer.
—¡Miren entonces!
—dijo el doctor Heidegger en respuesta.
Destapó una vasija que estaba sobre la mesa y depositó la rosa sobre el
agua que aquélla contenía. Al principio la flor quedó flotando sobre la
superficie sin que al parecer absorbiera nada de su humedad. Pronto, sin
embargo, los cinco ancianos pudieron percibir un cambio extraordinario. Los
pétalos secos y contraídos se pusieron tensos y brillantes, recuperaron un
tinte rojo intenso; el tallo adquirió una vez más su jugosidad primitiva, las
hojas se volvieron verdes, y al poco tiempo la rosa de hacía más de medio siglo
se encontraba tan fresca y fragante como en el momento en que Sylvia Ward se la
regaló a su prometido. Casi totalmente abierta, algunas hojas se rizaban
todavía sobre sí mismas, mientras la corola retenía unas gotas brillantes del
líquido misterioso.
—¡He aquí algo
verdaderamente extraordinario! —dijeron los amigos del doctor, aunque no
demasiado
sorprendidos, pues
ya habían sido testigos otras veces de maravillas aun mayores realizadas por
él.
—¿Puede decirnos
cómo ha logrado esto? —dijeron. —¿No han oído ustedes hablar —dijo el doctor
Heidegger— de la
Fuente de la Juventud, que hace dos o tres siglos fue a buscar Ponce de León,
un aventurero español?
—¿Llegó a
encontrarla efectivamente? —preguntó la viuda Wycherly.
—No —respondió el
doctor Heidegger—, porque Ponce de León no la buscaba en su verdadero lugar; la
famosa Fuente de la Juventud se encuentra, si mis informes no me engañan, en la
parte meridional de la península de Florida, no lejos del lago Macaco. La fuente
de donde mana el agua está a la sombra de unas gigantescas magnolias, que
aunque viven desde hace ya innumerables años se mantienen tan frescas como si
las acabaran de plantar, gracias a las virtudes de esta agua maravillosa. Un
amigo mío, que conoce mi afición por estas cosas, me ha enviado la poción que
ven ustedes en esta vasija.
—Está bien, está
bien —dijo el coronel Killigrew, que no creía ni una palabra de la historia del
doctor. —¿Cuál es el efecto de este líquido en el organismo humano?
—Ustedes mismos
serán jueces de esto, querido coronel —replicó el doctor Heidegger—, pues cada
uno se encuentra invitado a tomar aquella parte de líquido que le haga falta
para devolver a sus venas el fuego de la juventud. Por mi parte, he tenido
tantos dolores a medida que iba avanzando en el camino de la vida, que no tengo
el menor deseo de volver una vez más a la juventud. Con el
permiso de ustedes, me concretaré, por eso, a seguir como espectador el curso
del experimento.
Mientras hablaba,
el doctor Heidegger había llenado las cuatro copas de champaña con el agua de
la Fuente de la Juventud. Este líquido poseía, al parecer, cierta
efervescencia, pues desde el fondo de cada una de las copas ascendían sin cesar
burbujas que estallaban en la superficie como gotas de plata. Como el líquido
exhalaba un aroma agradable, los cuatro invitados no dudaron que poseyera
cualidades reconfortantes. Aun cuando estaban escépticos en lo que a sus
virtudes rejuvenecedoras se refería, todos se mostraron dispuestos a apurar su
copa. El doctor Heidegger, sin embargo, les suplicó que se detuvieran sólo un
momento.
—Antes de que beban
de esta agua maravillosa, mis queridos amigos —dijo—, sería conveniente que
extrajeran de su experiencia aquellas reglas de conducta que deberán guiarlos a
través de los peligros de la juventud con los que se van a enfrentar por segunda
vez. Piensen en la vergüenza que sería si con la vida que tienen todos ustedes
detrás vivieran, sin embargo, una segunda juventud sin convertirse entonces en
maestros de virtud y sabiduría para todos los de su misma edad.
Los cuatro
respetables amigos del doctor no respondieron más que con una sonrisa débil y
trémula; tan absurda les parecía la idea de que aun sabiendo hasta qué punto el
arrepentimiento castiga los errores, pudieran ellos otra vez dejarse arrastrar
por faltas iguales a las de antes.
—¡Beban ustedes,
pues! —dijo el doctor haciendo una pequeña reverencia. —Me alegro de haber
escogido tan bien a los sujetos de mi experimento.
Con manos trémulas
los cuatro acercaron sus copas a sus labios. Si, efectivamente, poseía las
virtudes que el doctor Heidegger le atribuía, a nadie podía haber sido
concedido este líquido que más lo necesitara, que a estos cuatro seres humanos.
Todos ellos tenían el aspecto de no haber sabido nunca lo que significa ventura
y juventud y de haber sido siempre estas mismas criaturas grises, decrépitas y
miserables que se inclinaban ahora en torno a la mesa, sin vida bastante ni en
sus cuerpos ni en sus almas para sentirse animadas siquiera ante la perspectiva
de volver nuevamente a la juventud. Los cuatro bebieron el agua y depositaron
después las copas sobre la mesa.
Casi en el mismo momento tuvo lugar un cambio en el aspecto de los
invitados, semejante al que pudiera haberles producido una copa de vino
generoso, unido al resplandor repentino del sol sobre sus fisonomías. En lugar
del tono ceniciento que había dado hasta ahora a su rostro un aspecto
cadavérico, sus mejillas comenzaron a colorearse súbitamente. Los cuatro
comenzaron a mirarse unos a otros, pensando que, en efecto, algún poder mágico
empezaba a borrar los trazos profundos y tristes que el Padre Tiempo había
grabado durante tantos años en sus facciones. La viuda Wycherly se ajustó la
cofia y comenzó a sentirse de nuevo algo semejante a una mujer.
—¡Dénos más de esta
agua maravillosa —gritaron ansiosamente. —Somos más jóvenes, pero todavía somos
demasiado viejos. ¡De prisa! ¡Dénos usted más!
—Paciencia,
paciencia —dijo el doctor Heidegger, que observaba el experimento con la
frialdad de un filósofo.
—Durante decenios
enteros han estado ustedes envejeciendo. Debería bastarles, pues, con
convertirse en algo más jóvenes en media hora... No obstante, el agua está a su
disposición.
Al decir esto, el
doctor Heidegger llenó de nuevo las copas con el líquido de la juventud, del
que había aún en la vasija una cantidad suficiente como para volver a todos los
ancianos de la ciudad tan jóvenes como sus nietos. Mientras estaban las burbujas
ascendiendo a la superficie, los cuatro invitados del doctor tomaron sus copas
de la mesa y bebieron el líquido de un trago. ¿Era ilusión? Mientras el filtro
encantado estaba aún pasando por sus gargantas, cada uno de ellos experimentó
un cambio total en su organismo. Sus ojos se hicieron claros y brillantes, una
sombra oscura comenzó a dibujarse entre la plata de sus cabellos y los que
ahora rodeaban la mesa eran tres caballeros de mediana edad y una señora que
parecía estar en las fronteras de la primera y la segunda juventud.
—Mi querida Mrs.
Wycherly, es usted encantadora —dijo el coronel Killigrew, cuyos ojos habían
estado
fijos en el rostro
de la viuda, mientras las sombras de la edad desaparecían de él como la
oscuridad retrocede ante los primeros resplandores del alba.
La viuda sabía que
los cumplidos del coronel Killigrew no se movían estrictamente dentro de los
límites de la verdad, así que se levantó y corrió al espejo, con el temor de
que volviera a salir a su encuentro la faz arrugada y contrahecha de una
anciana. Mientras tanto, los tres
caballeros se comportaban de una manera que hacía pensar que el agua de
la juventud poseía también ciertas cualidades tonificantes; a no ser que el
ardor exuberante de sus ánimos fuera un vértigo momentáneo, producido por la
repentina desaparición del peso de los años. La mente de Mr. Gascoigne parecía
dirigirse al terreno de la política, aunque era imposible decir si del pasado,
presente o futuro, pues las mismas ideas y frases que pronunciaba habían estado
en circulación durante los últimos cincuenta años. Unas veces profería
atropelladamente párrafos altisonantes sobre patriotismo, gloria nacional y
derechos del pueblo, otras sobre alguna materia peligrosa, perdiéndose en un
susurro tan leve, que ni su propia conciencia podía percatarse del secreto; otras,
en fin, hablaba en un tono tan discreto y con acentos tan respetuosos como si
el oído de un rey escuchara sus redondeados períodos. Durante este tiempo, el
coronel Killigrew había canturreado una canción alegre, haciendo sonar su copa
al compás de la canción, mientras sus ojos miraban sin cesar las formas
seductoras de la viuda Wycherly. Al otro lado de la mesa, Mr. Medbourne estaba
sumido en el cálculo de una operación de dólares y centavos, en el que se
mezclaba extrañamente un proyecto de proveer de hielo a las Indias Orientales,
para lo que se valdría de algunas ballenas que arrastrarían icebergs de
los mares polares.
Por su parte, la
viuda Wycherly se encontraba delante del espejo, admirando y sonriendo a su
propia imagen, a la que saludaba como si fuera el amigo más querido del mundo;
acercó su rostro al espejo después, para ver si, efectivamente, se habían
desvanecido las arrugas que durante tanto tiempo habían estigmatizado su
fisonomía. Examinó si la nieve había desaparecido a tal extremo de sus cabellos
que de nuevo pudiera quitarse la cofia que cubría su cabeza. Finalmente, se
apartó con brusquedad del espejo y se dirigió a la mesa con una especie de paso
de baile.
—Mi buen doctor,
tenga la bondad de darme otra copa. —Sin duda, señora, sin duda —dijo
complaciente el
doctor. —Mire
usted: ya están llenas nuevamente las copas. En efecto, estaban las cuatro
copas rebosantes del agua
maravillosa, cuya
efervescencia al quebrarse en la superficie semejaba el brillo oscilante de
perlas líquidas. La caída de la tarde se había acentuado tanto, que las sombras
invadían el recinto más que nunca; no obstante, una luz dulce y lunar surgía de
dentro de la vasija que contenía el agua de la juventud y se
fijaba su resplandor en los cuatro invitados y en la venerable figura del
doctor Heidegger, que estaba en un sillón de roble de alto respaldo y cuidada
talla, manteniendo su severa dignidad, que hubiera podido corresponder
perfectamente a la de aquel Padre Tiempo, cuyo poder no había sido disputado
nunca hasta aquella tarde. Mientras éstos bebían por tercera vez del agua de la
juventud hubo un momento en que la expresión del doctor tenía un velo de temor
sobre su ánimo. Pero al momento siguiente un torrente de nueva vida se
precipitó en sus venas. Los cuatro tenían la edad deliciosa de la primera
juventud. Los años y la vejez, con toda su triste secuela de cuidados,
desengaño y preocupaciones, eran recordados sólo como una pesadilla de la que
felizmente habían despertado. El brillo del alma, tan tempranamente perdido,
sin el cual las escenas sucesivas del mundo no habían sido más que una galería
de cuadros deslustrados, tendía de nuevo su encanto sobre todos sus proyectos:
se sentían como seres recientemente creados en un universo también acabado de
crear.
—¡Somos jóvenes!
¡Somos jóvenes! —gritaron todos en coro, llenos de alegría.
La juventud, al
igual que la vejez, había borrado las características marcadas por los años de
madurez y las había asimilado todas. Lo que aquí había era un grupo de jóvenes
entusiastas y extasiados por la alegría irrefrenable de sus pocos años. El
efecto más singular de su alegría consistía en mofarse de los achaques y de la
decrepitud de que hasta hacía muy poco tiempo ellos mismos habían sido
víctimas. Se reían a carcajadas de sus anticuados atavíos, de sus sacos viejos
y de sus amplios chalecos, así como de la cofia y del vestido pasado de moda de
la que ahora era una joven en plenitud de belleza. Uno de ellos cruzaba
renqueando la habitación, buscando imitar a un anciano atormentado por la gota,
mientras que otro se ponía unos quevedos igual que un viejo disponiéndose a
leer, y un tercero se sentó incluso en un sillón imitando la actitud venerable
del doctor Heidegger. Después todos gritaban alegremente, brincando por todo el
recinto. La viuda Wycherly —si es que a una joven tan bella podía llamársele viuda—
se dirigió con un paso de baile al sillón del doctor Heidegger, con una
expresión de malicia en su rostro sonrosado:
—Mi querido y pobre
doctor —dijo—, levántese usted y baile conmigo. —A estas palabras los otros
tres rieron a carcajadas, pensando en la triste figura que
tendría el viejo doctor si se dispusiera a bailar.
—Perdóneme
—respondió el doctor Heidegger tranquilamente. —Soy un viejo, y reumático por
añadidura; los días en que podía bailar han pasado desde hace mucho para mí.
Pero alguno de estos jóvenes que gentilmente nos acompañan es seguro que se
sentirían halagados de bailar con una pareja tan hermosa...
—¡Baile conmigo,
Clara! —gritó el coronel Killigrew. —¡No! ¡Yo seré su pareja! —exclamó Mr.
Gascoigne. —Clara me prometió su mano hace cincuenta años —repuso a su vez Mr.
Medbourne.
Todos comenzaron a
rodearla: uno le tomó las manos y las estrechó, apasionadamente; otro la
abrazaba por la cintura, mientras otro hundía su mano entre los brillantes
rizos que asomaban por debajo de la cofia. Enrojecía, jadeante, luchaba,
increpaba, riendo, rozando con su aliento cálido unas veces a uno, otras veces
a otro de los rostros que la rodeaban; ella luchaba por desasirse, sin
conseguirlo por completo. Nunca hubo cuadro más delicioso de jovialidad
juvenil, con una seductora beldad como premio. Debido a la creciente oscuridad
de la estancia y a los anticuados trajes que llevaban, proyectaban una imagen
distinta. Se ha dicho que el espejo reflejaba sólo las figuras de tres viejos,
mustios y decrépitos, contendiendo ridículamente entre sí por una vieja, fea y
huesuda dama.
Pero todos eran
jóvenes y el ardor de la pasión lo probaba suficientemente. Inflamados hasta la
locura por los encantos de la rejuvenecida, que ni rechazaba ni admitía a
ninguno, los tres jóvenes rivales comenzaron a cruzar miradas amenazadoras. Sin
abandonar su preciada presa, sus manos se dirigieron a la garganta de los
otros. En el curso de la lucha que se desarrolló a continuación, los
contendientes derribaron la mesa y la vasija se estrelló contra el piso en mil
pedazos. El agua de la juventud se extendió en el suelo como un arroyo
brillante, humedeciendo las alas de una mariposa que había cumplido su ciclo de
vida y había muerto ahí; el insecto revoloteó un momento por la estancia y se
posó en la cabeza nevada del doctor Heidegger.
—¡Calma, calma,
señores! ¡Vamos, madame Wycherly! —gritó el doctor. —Ustedes comprenderán que
debo protestar contra este alboroto.
Todos abandonaron
el tumulto y se estremecieron. Parecía, en efecto, como si el tiempo gris les
llamara otra vez desde su juventud al valle oscuro y frío de
los años. Sus miradas se fijaron en el doctor Heidegger, que permanecía
sentado, manteniendo entre los dedos la rosa de medio siglo que había salvado
de entre los trozos de la vasija rota. A una señal de su mano, los tres
contendientes tomaron asiento, en su mayoría gustosamente, pues el violento
ejercicio los había fatigado, incluso siendo jóvenes como eran.
—¡Mí pobre rosa!
—exclamó el doctor Heidegger mientras sostenía la flor en las sombras del
crepúsculo.
—Me parece que otra
vez comienza a marchitarse.
Así era, en efecto.
Ante la mirada de los invitados, la flor comenzó a arrugarse y a contraerse
hasta quedar tan seca y frágil como cuando el doctor la extrajo por primera vez
de entre las páginas del libro. Finalmente el doctor sacudió de sus hojas unas
gotas de humedad que le habían quedado.
—También la amo
así, igual que antes —dijo, acercándose la marchita rosa a los marchitos
labios. Mientras hablaba, la mariposa también cayó de la cabeza blanca del
doctor.
Los cuatro
invitados se estremecieron de nuevo. Un frío extraño, que no sabían si era del
cuerpo o del espíritu, se apoderaba gradualmente de ellos. Se miraban unos a
otros y les pareció que cada momento que pasaba borraba un encanto de sus
rostros y dejaba un surco más profundo donde antes no lo había. ¿Era una
ilusión? ¿Habían sido concentrados en tan corto espacio de tiempo todos los
cambios de una vida y de nuevo se sentaban cuatro ancianos en torno a su viejo
amigo el doctor Heidegger?
—¿Estamos
envejeciendo de nuevo? —exclamaban con angustia.
Así era, en efecto:
el agua de la juventud poseía una virtud más transitoria que la del vino, y el
delirio que causaba se había desvanecido. ¡Sí! Otra vez eran viejos. Con un
movimiento tembloroso, que aún indicaba que se trataba de una mujer, la viuda se
cubrió el rostro con sus huesudas manos y deseó que la tapa del ataúd
descendiera sobre ella, si no podía volver a ser hermosa.
—Sí, amigos míos,
otra vez ustedes son viejos —dijo el doctor Heidegger—, y además el agua de la
juventud se ha derramado totalmente. Por mi parte no lo lamento. Aunque la
misma fuente manara al pie de mi puerta, no daría un paso para humedecer mis
labios en su agua. ¡No! Aunque su delirio durara años en lugar de minutos. Esta
es la lección que ustedes me han enseñado.
Sin embargo los amigos del doctor no habían aprendido esta lección.
Inmediatamente decidieron emprender una peregrinación a Florida para beber ahí,
mañana, tarde y noche, a grandes tragos, del líquido maravilloso de la Fuente
de la Juventud.
(De Cuentos
de la nueva Holanda.
Traducción de
Felipe González Vicens)
WAKEFIELD
En un periódico
antiguo o en una vieja revista leí hace algún tiempo cierta historia, que se
relataba como verdadera, según la cual un hombre —llamémosle Wakefield— se
había ausentado de la casa que compartía con su esposa. El caso así expuesto no
es, puede decirse, poco común, ni puede considerarse como absurdo o reprobable
sin conocer los detalles y circunstancias de la situación de los protagonistas.
Sin embargo, la historia que leí constituye, sin duda, si no el más grave, sí
el más extraño caso de conducta marital de todos los que han llegado a mi
conocimiento, y a la vez la extravagancia más increíble y notable de todas las
que jamás haya cometido un hombre. El matrimonio al que me refiero vivía en
Londres. El marido notificó que debía emprender un viaje, tomó en alquiler un
cuarto de la calle inmediata a la suya y aquí, inadvertido por su esposa y por
sus amigos, y sin que hubiera razón para tal comportamiento, permaneció durante
veinte años. En el curso de su ausencia caminó día tras día enfrente de su casa
y observó a menudo a Mrs. Wakefield a través de sus ventanas. Después de esta
laguna en su dicha matrimonial, cuando su muerte era tenida por cierta, después
de que se había designado su herencia, de que había desaparecido su nombre de
la memoria de los vivos y de que su esposa se había resignado a una prematura
viudez, un buen día el desaparecido atravesó el umbral de su casa, como si
volviera de una ausencia de uno o dos días y fue hasta su muerte un esposo
amante y ejemplar.
Estos hechos son todo lo que recuerdo de la historia. El
caso, por extraño que sea, creo que merece la simpatía generosa de todo el
mundo. Todos nosotros sabemos que ninguno en particular cometeríamos semejante
locura, pero todos nos percatamos a la vez de que es posible que otro la
cometiera. A mí, al menos, los hechos se me presentan una y otra vez en la
mente, provocando en mis sentimientos una suerte de asombro, pero siempre
acompañados por la certeza de que la historia tiene que haber sido verdadera, delineándose
a su lado una cierta concepción del carácter y naturaleza del protagonista.
Siempre que un asunto se aferra de esta manera al pensamiento, puede decirse
que está bien empleado el tiempo en que se reflexiona sobre él. Si el lector
quiere pensar por su cuenta en este punto, dejémosle entregado a sus propias
meditaciones; si, por el contrario, prefiere acompañarme a través de los veinte
años que duró la ausencia de Wakefield, sea bienvenido. Pensemos que el extraño
sucedido debe tener una moraleja —aunque nosotros no logremos encontrarla— y
que será posible trazar límpidamente sus contornos y condensarla al final de
nuestro relato. ¿No tiene todo pensamiento su eficacia y todo hecho asombroso
su moraleja?
¿Qué clase de
hombre era Wakefield? Estamos en libertad para llevar adelante, nuestra propia
idea al darle ese nombre. Cuando comienza nuestra historia, Wakefield se
encuentra en el meridiano de su vida; sus afectos matrimoniales, nunca
violentos, se habían serenado convirtiéndose en un sentimiento habitual y
tranquilo; de todos los maridos, puede decirse que era el más constante, porque
una cierta lentitud hacía que su corazón permaneciera allí, donde se había
detenido una vez. Era intelectual, pero no en el sentido profesional, de la
palabra; sus pensamientos raras veces eran tan intensos como para plasmarse en
palabras. La imaginación —entendida en su verdadero sentido— no figuraba entre
los atributos de Wakefield. Con un corazón frío, pero no depravado ni
inconstante, con una mente nunca enfebrecida por pensamientos turbulentos ni
paralizada por afanes de originalidad, ¿quién hubiera podido profetizar que
nuestro héroe iba a conquistar por sí mismo un lugar de primer orden entre
todos los excéntricos del mundo entero?
Si se hubiera
preguntado a sus amistades quién era el hombre en Londres del que podía decirse
con certeza que cada día hacía cosas que se olvidaban al día siguiente, todos
hubieran pensado inmediatamente en Wakefield.
Sólo su esposa tal vez hubiera dudado. Aun sin haber
analizado su carácter, Mrs. Wakefield se había percatado de un cierto amor
propio que se había introducido en la mente inactiva de su esposo, de una
especie singular de vanidad, la peor de las cualidades, de una tendencia leve a
la superchería, que raras veces se había manifestado de otra forma que en el
malentendimiento de algunos secretos nimios y sin ninguna importancia; y,
finalmente, de lo que ella misma llamaba “un algo extraño” en su marido. Esta última
cualidad es indefinible y es probable incluso que no existiera.
Imaginemos a
Wakefield despidiéndose de su esposa. Estamos en el atardecer de un día de
octubre. Su equipaje consiste en una bufanda de un gris amarillento, un
sombrero cubierto por una tela impermeable, botas altas, un paraguas en la mano
y una ligera maleta en la otra. Dijo a su esposa que piensa tomar la diligencia
de la noche y dirigirse al campo. Mrs. Wakefield hubiera querido preguntarle
cuánto duraría su ausencia, su objeto y cuándo regresaría, pero indulgente con
la inocente afición al misterio que caracteriza a su marido, se contenta con
interrogarlo con la mirada Wakefield a su vez le advierte que no lo espere
desde luego en la diligencia de regreso y que piensa estar ausente tres o
cuatro días; en todo caso, podría contar con él para la cena del viernes
próximo. Wakefield mismo —esto debemos tenerlo presente— no sabe lo que hará.
Tiende sus manos a Mrs. Wakefield y ésta le entrega las suyas, cambian un beso
de despedida a la manera rutinaria que corresponde a un matrimonio de diez
años, y así tenemos a Wakefield dispuesto a intrigar a su esposa con la
ausencia de una semana. Después de que la puerta se ha cerrado tras de él, su
esposa vuelve a abrirla un poco y ve a través de la apertura el rostro de su
esposo sonriendo y desapareciendo inmediatamente. En aquel momento, este hecho
insignificante se desvanece sin dejar rastro. Mucho más tarde, sin embargo,
cuando había sido más años viuda que esposa, aquella sonrisa vuelve y se mezcla
con todos los recuerdos de su marido. En sus largos ratos de ocio, la esposa
abandonada decora aquella sonrisa con toda una especie de fantasías que la
hacen extraña y repulsiva. Si imagina, por ejemplo, a su esposo en un ataúd,
aquella mirada de despedida se encuentra helada en sus rasgos lívidos; si en
cambio lo imagina en el cielo, su espíritu sagrado muestra todavía una sonrisa
tranquila y enigmática. Es el recuerdo de esta sonrisa, también, lo que hace que, mientras todos los demás lo han dado ya por muerto
hace mucho tiempo, Mrs. Wakefield dude a veces de esto y se resista a creerse
verdaderamente una viuda.
Pero quien nos
importa es Mr. Wakefield. Debemos correr detrás de él, a lo largo de la calle,
antes de que pierda su individualidad y se mezcle y desaparezca en la gran masa
de la vida de Londres. Una vez aquí, será en vano que lo busquemos. Sigámosle
pues sin perderlo de vista hasta que después de varios rodeos y caminatas
inútiles lo encontramos confortablemente sentado al calor de la chimenea en un
cuarto que reservó previamente. Este lugar se encuentra en la calle inmediata a
la casa de Wakefield, y lo encontramos en su primer día de ausencia; no puede
concebir la buena suerte que lo ha acompañado hasta ahora y gracias a la cual
ha podido pasar inadvertido; piensa en un momento en que la multitud lo empujó
justamente debajo del resplandor de un farol iluminado; piensa en que en un
momento le pareció escuchar algunos pasos que seguían a los suyos y que se
distinguían perfectamente del paso monótono del resto de la gente y piensa,
finalmente, en el momento en que oyó una voz llamando a alguien a gritos y que
le pareció que pronunciaba su propio nombre. No hay duda de que detrás de él
había una docena de agentes que lo delatarán ante su esposa. ¡Pobre Wakefield!
¡Cuánto desconoces tu propia insignificancia en el seno de este mundo! Ninguna
mirada ni ningún rostro humano han seguido tu ruta. Duerme tranquilamente y
mañana por la mañana, si quieres proceder sensatamente, reintégrate al lado de
Mrs. Wakefield y confiesa toda la verdad. No te apartes, ni siquiera por una
semana, del lugar que tienes por derecho propio en su corazón casto y sereno.
Si ella llegara a suponer por un solo momento que moriste separado de ella,
pronto te darías cuenta para tu desdicha de que un cambio se había operado en
tu esposa, un cambio quizás para siempre, y es muy peligroso producir una
fisura en los afectos humanos, no porque la herida se mantenga durante mucho
tiempo abierta, sino porque se cierra tan rápidamente...
Casi arrepentido de
su travesura —o como quiera llamarse a su actitud—, Wakefield se acostó
temprano. Al despertar de su primer sueño, extendió los brazos en el amplio y
solitario lecho:
—No —pensó
cobijándose de nuevo—. Esta es la última noche que duermo solo.
A la mañana siguiente se levantó más temprano que de costumbre y se
detuvo un momento para considerar qué era lo que realmente se proponía hacer.
Tan desintegrados y vagos son los caminos de su pensamiento, que ha tomado este
singular propósito en que se halla envuelto, con la conciencia de hacer algo,
pero incapaz de definirlo incluso para su propia consideración. El proyecto
impreciso y el esfuerzo convulso con que trata de ejecutarlo, son
característicos de un hombre débil. Wakefield analiza y examina, no obstante,
sus ideas, con toda la minuciosidad posible, se interesa por conocer los
efectos que su decisión ha causado: cómo soportará su esposa los efectos de la
viudez de una semana, cómo afectará su ausencia al pequeño círculo de amigos
del que él es el centro. Una vanidad morbosa se halla, pues, en el fondo de
todo el asunto. Ahora bien ¿cómo saber qué desea? Desde luego, no quedarse para
siempre en su cómodo alojamiento, en el que aun cuando duerma y despierte en la
calle inmediata a la suya, se encuentra en realidad tan ausente como si la
diligencia en la que supuestamente iría hubiera rodado durante toda la noche.
Si reaparece en su casa, todo su proyecto se viene abajo. Atormentado su pobre
cerebro con este dilema, se aventura a cruzar el extremo de la calle y mirar su
abandonado domicilio. La costumbre —pues Wakefield es un hombre de costumbres—
lo conduce sin que lo perciba hasta la misma puerta de su casa, donde en aquel
mismo momento el ruido que producen sus pasos sobre el primer escalón le hace
volver en sí: ¡Wakefield! ¿A dónde ibas?
En aquel momento su
destino acababa de realizar un cambio decisivo. Sin soñar siquiera en el abismo
al que lo arroja este paso que dio atrás, Wakefield se aleja velozmente de su
domicilio, sin aliento, con una agitación hasta entonces no sentida, y apenas
se atreve a volver la cabeza desde la primera esquina. ¿Es posible que nadie lo
haya visto? ¿No tocarán a rebato por las calles de Londres los habitantes de su
casa, la dulce Mrs. Wakefield, todos, la elegante doncella y el descuidado
lacayo, pidiendo la búsqueda y captura de su dueño y señor? Su fuga ha sido un
milagro. Reúne todo su valor para detenerse un momento y mirar hacia atrás,
pero su corazón se siente oprimido al ver que su casa ha experimentado un
cambio, tal como suele parecernos cuando, después de meses o años de ausencia,
vemos nuevamente una colina o un lago o una obra de arte que nos son conocidos
desde antes.
Ordinariamente este sentimiento indescriptible está causado
por la comparación y el contraste entre las reminiscencias imperfectas y la
realidad. En Wakefield, el prodigio de una sola noche había producido esa
transformación, porque en aquel breve período un gran cambio moral había tenido
lugar en él. Este es un secreto que sólo a él le pertenece. Antes de abandonar
el lugar en que se encuentra, Wakefield puede todavía captar la imagen lejana y
momentánea de su esposa que pasa a través de las ventanas con el rostro vuelto
hacia el extremo de la calle. El pobre necio huye sin esperar más, despavorido
ante la idea de que entre miles de seres mortales, la mirada de su esposa haya
podido descubrirlo. Aun cuando su cerebro se sienta confuso, se encuentra alegre,
sin embargo, pocos minutos después, cuando se sienta al fin ante la chimenea de
su nuevo domicilio.
Con lo
anteriormente escrito, hemos trazado el comienzo de este largo desvarío. Una
vez sentada la primera idea y la extravagante terquedad del hombre de ponerla
en práctica, el asunto sigue su camino casi automáticamente. Podemos imaginar a
Wakefield comprando, después de largas reflexiones, una nueva peluca de pelo
rojizo, escogiendo de un ropavejero judío unas prendas de color café, de corte
distinto al de las que había acostumbrado usar hasta entonces. Todo está
consumado, Wakefield es otra persona. Una vez establecido el nuevo sistema,
todo movimiento que intente volver al anterior tendrá que ser tan difícil al
menos como el que lo condujo a la extraña situación en que se encuentra.
Además, su obstinación se hace mayor por el enojo que le produce pensar que su
ausencia ha producido con seguridad una reacción inadecuada en el ánimo de su
esposa. Ahora está decidido a no volver a su casa hasta que su esposa sienta un
sobresalto de muerte. Dos o tres veces ha caminado Mrs. Wakefield ante los ojos
de su esposo oculto, cada vez con pasos más lentos y difíciles, cada vez con
las mejillas más pálidas y la frente más surcada de arrugas.
En la tercera
semana de su ausencia, Wakefield vio un heraldo de desgracias entrando en su
casa bajo la forma de un farmacéutico. Al día siguiente, la campana de la
puerta es envuelta con un lienzo para mitigar los sonidos. Al anochecer,
aparece la carroza de un médico que deposita a su dueño solemne y empelucado en
la casa de Wakefield, de donde sale, al cabo de media hora, como el anuncio
posible de un funeral.
¿Morirá quizás? —piensa Wakefield, y su corazón se hiela
sólo de suponerlo.
En aquellos días
siente una excitación semejante a la energía, pero se mantiene lejos de la
cabecera de su esposa, pues sería contraproducente perturbarla en aquellos
momentos. Si algo distinto de esto lo detiene, él lo ignora. En el curso de
unas pocas semanas, Mrs. Wakefield se recobra; la crisis ha pasado; su corazón
está triste, quizás, pero sereno; ahora podría regresar Wakefield, o más tarde:
su esposa no volverá a sentir angustia por él. Estas ideas lucen a veces a
través del extravío que se ha apoderado del cerebro de Wakefield y le dan una
conciencia oscura de que algo así como un abismo infranqueable separa su nuevo
alojamiento de su antiguo hogar.
—¡Pero si está en
la calle próxima! —se dice, a veces, a sí mismo.
En realidad, su
casa está en otro mundo; hasta ahora Wakefield había retardado su regreso de un
día a otro; desde este momento es indeterminado el momento del regreso; no
mañana, sino, probablemente, la semana próxima; de cualquier manera, muy
pronto. ¡Pobre Wakefield! Desterrado por propia voluntad, tiene tantas
probabilidades de regresar a su casa como los muertos de volver a su antigua
condición en la tierra.
Ojalá tuviera que
escribir un libro en lugar de un cuento de doce páginas, entonces, podría
manifestar cómo una fuerza fuera de nuestro control puede influir sobre
nuestras acciones y tejer con sus consecuencias un manto de hierro que nos
aprisiona. Wakefield ha sido descrito. Ahora debemos abandonarlo por unos diez
años, imaginarlo rondar alrededor de su casa sin cruzar una sola vez el umbral,
siempre fiel a su esposa, con todo el amor de que es capaz su corazón, mientras
que por otra parte su recuerdo desaparece poco a poco de Mrs. Wakefield. Desde
hace mucho tiempo —hay que enfatizarlo—, el desterrado voluntario perdió la
conciencia de lo extraño de su situación.
Relatemos ahora una
escena. Entre la multitud que ocupa una calle de Londres, podemos ver a un
hombre, ahora de mayor edad, con pocos rasgos característicos para atraer la
atención de los distraídos transeúntes, pero lleva en su rostro el testimonio
de un destino poco común. Es un hombre delgado, su frente estrecha y
pronunciada se encuentra cubierta de arrugas profundas; sus ojos pequeños y sin
brillo giran algunas veces temerosamente a su alrededor,
pero más a menudo parecen mirar hacia su interior. Lleva la cabeza encorvada y
se mueve con un paso curiosamente oblicuo, como si quisiera robarle al mundo su
presencia real y directa. Al mirarlo con atención puede percibirse cuanto se ha
descrito de él aquí, puesto que las circunstancias —que a veces hacen grandes
personalidades de una materia tosca— han producido a este individuo. Si lo
abandonamos para atravesar la calle y dirigimos nuestra mirada en dirección
opuesta, veremos a una mujer de porte distinguido, ya en el ocaso de su vida,
que se dirige a la iglesia con un devocionario en la mano. El dolor ha
desaparecido de su ánimo o se ha hecho tan consustancial a él, que no lo
cambiaría ya por la alegría. En el momento exacto en que el hombre delgado y la
viuda se cruzan, hay un pequeño embotellamiento en la circulación y las dos
figuras entran en contacto. Sus manos se tocan, la presión de la multitud hace
que el pecho de ella alcance los hombros de él; se detienen y se miran a los
ojos. Después de diez años de separación, así es cómo Wakefield se encuentra por
primera vez con su propia esposa.
Después la multitud
los separa. La viuda recupera su paso anterior y se dirige a la iglesia; en el
atrio se detiene un instante y su mirada recorre con expresión de perplejidad
la masa de gente que discurre por la calle. Sin embargo es sólo un instante; después
entra en el templo mientras abre su libro. ¿Y Wakefield? Con una expresión
irritada vuelve su rostro a la ciudad ocupada y egoísta y se precipita a su
alojamiento, corre el cerrojo de la puerta y se arroja sobre la cama. Los
sentimientos latentes durante tantos años surgen a la superficie; todo el
terrible desatino de su vida se le revela de un golpe en su mente débil y
entonces grita con un acento increíble:
—¡Wakefield!
¡Wakefield! ¡Estás loco!
Quizás era verdad.
La singularidad de su situación tiene que haber moldeado a este hombre de tal
suerte que comparado con los demás hombres y con los problemas de la vida, no
puede aceptarse que estaba en su sano juicio. Se las había ingeniado para separarse
por sí mismo del mundo, para desvanecerse, para abandonar el lugar y los
privilegios que le correspondían entre los vivos, sin conquistar tampoco un
lugar entre los muertos. La vida de un ermitaño no podía compararse con la suya
en absoluto. Se hallaba sumido en el bullicio de la ciudad, como antes también
lo había estado, pero la multitud caminaba a su lado y no lo veía; podemos
decir que figuradamente está al lado de su esposa y en su
hogar, pero condenado a no sentir jamás ni el calor de uno ni el amor de otra;
el destino singular de Wakefield consistía en que su ánimo conservaba los
afectos pasados y participaba en la red de los intereses humanos, pero
desprovisto de toda posibilidad de influir en ninguno. Sería algo sugerente
escribir en detalle los efectos de esta situación en su cerebro y en su
corazón, separadamente y en una combinación recíproca. Sin embargo, después de
sufrir el cambio que había sufrido, es seguro que él mismo no se percatara de
esto y le pareciera, al contrario, como si continuara siendo el hombre de
siempre: algunos relámpagos de verdad le iluminarían, es cierto, algunas veces,
pero sólo durante un instante. En esos momentos su respuesta era: “Dentro de
poco volveré”, sin percibir que lo mismo se decía desde hacía veinte años.
Asimismo pienso que
estos veinte años se aparecían ante Wakefield, cuando dirigía su mirada hacia
el pasado no más largos que la semana que se había fijado como límite de su
ausencia, cuando abandonó a su esposa. Para él seguramente este espacio de
tiempo no era más que un intermedio o entreacto en el curso general de su
existencia. Cuando después de algún tiempo creyera que había llegado el momento
de volver a casa, Mrs. Wakefield juntaría sus manos loca de alegría y
examinaría a su marido, un hombre todavía maduro. ¡Qué terrible error! Si el
tiempo se detuviera y esperara el final de nuestras locuras, todos nosotros
seríamos jóvenes y continuaríamos siéndolo hasta el día del juicio final.
Una tarde, ahora
que ya hacía veinte años que había desaparecido, Wakefield realiza su
acostumbrado paseo hacia la casa que sigue considerando suya. Es una noche
tormentosa de otoño, con frecuentes lluvias que se descargan contra el suelo y
desaparecen antes de que una persona alcance a abrir su paraguas. Detenido
frente a su casa, Wakefield puede ver a través de las ventanas del segundo piso
el resplandor rojo y los reflejos de un fuego confortable encendido en la
habitación. En el techo puede verse la figura monstruosa u oscilante de Mrs.
Wakefield. La capa, la nariz, el mentón y el robusto talle forman una admirable
caricatura, que baila según ascienden o descienden las llamas del fuego,
trazando curvas y figuras demasiado alegres para una viuda entrada en años. En
aquel mismo momento la lluvia cae de nuevo repentinamente, y arrojada por un
viento otoñal, azota el rostro y el pecho de Wakefield, que se siente penetrado
por un escalofrío. ¿Debe permanecer mojado y temblando
mientras en su casa arde un amable fuego dispuesto a calentarlo, mientras que
su esposa podría correr a buscar su bata y su ropa de abrigo, que sin duda ha
mantenido cuidadosamente guardadas en el armario de la alcoba matrimonial?
¡Wakefield no es tan loco como para hacerlo! Asciende los peldaños lentamente y
sin casi percatarse ejecuta una acción a la que sus piernas se han resistido
durante veinte años. ¡Wakefield! ¿Vas a entrar a la casa que tú mismo te has
vedado? La puerta se abre. Cuando penetra en el vestíbulo, aún podemos ver su
rostro y vemos en él la misma sonrisa taimada que fue precursora de la pequeña
broma que ha estado representado desde entonces a costa de su esposa. ¡Qué
despiadadamente estuvo probando a su mujer! Finalmente, todo ha terminado y una
velada amable espera a Wakefield.
Esta feliz
ocurrencia —si es que efectivamente lo fue
— sólo pudo ocurrir
en un momento impremeditado. No seguiremos a nuestro personaje a través del
umbral de su casa; ya nos ha dejado material suficiente para la reflexión, una
parte del cual debe suministrarnos una moraleja que trataremos de condensar en unas
cuantas palabras. Entre la aparente confusión de nuestro misterioso mundo, los
individuos se hallan tan definitivamente insertos en un sistema y cada sistema
se encuentra tan estrechamente vinculado a otro o a otros y finalmente a un
total de sistemas, que el hecho de salir por un instante del propio sistema,
expone al hombre al riesgo espantoso de perder para siempre su propio lugar en
el mundo. De manera semejante a Wakefield, uno puede convertirse fácilmente,
como éste se convirtió, en el Apátrida del Universo.
(De Cuentos de la nueva Holanda.
Traducción de
Felipe González Vicens)
El relato
siguiente, cuyos incidentes simples y domésticos parecieron escasamente dignos
de ser relatados, después de un lapso muy prolongado, despertó algún grado de
interés, hace cien años, en un puerto importante de la Bay Province. El
crepúsculo lluvioso de un día de otoño, la sala en el segundo piso de una casa
pequeña sencillamente amueblada, como correspondía a la situación modesta de
sus habitantes, decorada con pequeños objetos de allende el mar y algunos
delicados ejemplos de la manufactura india, son los únicos detalles a señalar
en cuanto a la escena y el momento. Dos mujeres jóvenes y hermosas se sentaron
juntas al lado del fuego con sus propias y mutuas penas. Eran las esposas
recientes de dos hermanos, un marino y un combatiente voluntario; en días
anteriores les trajeron noticias acerca de la muerte de ambos, por los azares
de la guerra canadiense y de la guerra del Atlántico. La solidaridad general
que suscitó este suceso trajo a numerosos invitados que llegaban a dar su
pésame a las hermanas viudas. Algunos, entre quienes estaba el pastor,
permanecieron hasta entrada ya la noche, cuando de uno en uno, susurrando
confortables pasajes de las Escrituras, que eran contestados con lágrimas
abundantes, comenzaron a retirarse y partieron hacia sus más felices hogares.
Las dolientes mujeres, aunque no eran insensibles a la amabilidad de sus
amigos, habían deseado que las dejaran solas. Unidas por la relación con los
vivos, ahora lo estaban más estrechamente por la de los muertos. Cada una
sentía que su pena podía admitir el consuelo que la otra podía otorgarle.
Reunieron sus corazones y lloraron juntas y silenciosamente. Después de una
hora de tal indulgencia consigo mismas, una de ellas, cuyas emociones eran
influidas por un carácter suave, tranquilo aunque no endeble, comenzó a
recordar los preceptos de la resignación y de la resistencia que la piedad le
había enseñado, cuando no creyó necesitarlos. Además, sus desgracias, tan
rápidamente conocidas, deberían terminar rápidamente de interferir en sus deberes
habituales; de acuerdo con esto, acercó una mesa al fuego y dispuso una comida
frugal, mientras tomaba la mano de su compañera.
—Ven, querida hermana, hoy no has comido —dijo.
— Levántate, te lo
ruego, y pidamos la bendición por aquello que sí se nos ha otorgado.
Su cuñada tenía un
temperamento irritable y las primeras muestras de su pena habían sido
expresadas por convulsiones y por un apasionado lamento. Ahora rehusó las
sugerencias de Mary como un sufriente herido lo haría ante la mano que trata de
revivir su corazón.
—No hay bendición
para mí, ni tampoco la pediría —exclamó Margaret, con un nuevo período de
lágrimas. —Que sea su voluntad si yo no pruebo alimento
ninguno.
Temblaba con esta
actitud rebelde, pero después, gradualmente, Mary consiguió acercar la mente de
su cuñada hacia la suya. Pasó el tiempo y llegó la hora habitual del descanso.
Los hermanos y sus esposas habían llegado al matrimonio con medios muy escasos
y se habían asociado para ocupar una sola vivienda, con derechos iguales para
la sala y con privilegios exclusivos para las dos alcobas contiguas. Ahí se
retiraron las viudas, después de acumular la ceniza sobre las brazas
languidecientes del fuego; colocando una lámpara encendida sobre el hogar. Las
puertas de ambas alcobas quedaron abiertas y una parte del interior de cada
una, y con las cortinas abiertas, eran recíprocamente visibles. El sueño no
llegó a ambas esposas al mismo tiempo. Mary experimentó el efecto que a menudo
causa una pena llevada en silencio, y rápidamente se hundió en un temporal
olvido, mientras Margaret se hallaba más perturbada y febril, lo que aumentó a
medida que la noche avanzaba con sus horas más profundas y quietas. Permaneció
escuchando las gotas de lluvia que caían en una monótona sucesión, no afectadas
ni siquiera por una brisa. Un nervioso impulso la hacía levantar continuamente
la cabeza de su almohada y contemplar la alcoba de Mary y la habitación
intermedia. La luz fría de la lámpara proyectaba las sombras de los muebles en
la pared, inmóviles excepto cuando aparecían sacudidas por una repentina
vibración de la llama. Dos sillones vacíos estaban en sus antiguas posiciones a
los lados opuestos de la chimenea, donde los hermanos se sentaban con una
importancia joven y satisfecha, asumiendo su papel de jefes de familia; dos
asientos más humildes estaban a su lado; eran como verdaderos tronos de aquel
imperio en donde Mary y ella misma habían ejercido en el amor un poder que el
amor les había ganado. El resplandor del fuego había
brillado sobre este círculo de personas felices y la luz leve de la
lámpara habría sido adecuada ahora para su reunión. Mientras Margaret gemía
amargamente, escuchó un golpe en la puerta de la calle.
—¡Cómo habría
recibido ayer mi corazón ese golpe! —pensó mientras recordaba la ansiedad con
la qué había
esperado noticias
de su marido. —Ahora ya no me importa, que se vaya, porque no me levantaré.
Aunque una suerte
de irritación infantil hacía tomar esa determinación, estaba respirando
velozmente mientras afinaba sus oídos para escuchar la repetición de los
golpes. Es difícil convencerse de la muerte de alguien a quien hemos
considerado como propio. La llamada se reanudó, ahora con golpes lentos y
regulares, aparentemente hechos con un puño doblado; los golpes se acompañaban
por algunas palabras, apenas oídas a través de varias paredes. Margaret se
volvió hacia la alcoba de su cuñada y vio que permanecía en las profundidades
del sueño. Se levantó, puso un pie en el piso y se arregló levemente, mientras
temblaba por el miedo y la ansiedad.
—¡El cielo me
proteja! —suspiró—. Ya no me queda nada qué temer y creo que soy diez veces más
cobarde que antes.
Recogió la lámpara
del hogar y se apresuró hasta la ventana que daba sobre la puerta de la calle.
Era una reja apoyada entre bisagras, y empujándola asomó su cabeza hacia la
atmósfera húmeda. Una linterna teñía de rojo el frente de su casa y disolvía su
luz sobre los charcos cercanos, mientras una total oscuridad cubría el resto.
Cuando la ventana giró sobre sus goznes, un hombre con sombrero de ala ancha y
un abrigo muy grande se separó del techo bajo el que se protegía y miró hacia
arriba para descubrir qué ocurría con su llamada. Margaret lo conocía como el
amistoso posadero del pueblo.
—¿Qué desea Goodman
Parker? —dijo la viuda.
—Lo lamento, ¿es
usted, señora Margaret? —dijo el hombre. —Temía que pudiera ser su hermana
Mary, porque no me gusta ver a una mujer afligida cuando no tengo una palabra
de aliento que decirle.
—En el nombre del
cielo, ¿qué noticias trae usted?
—gritó Margaret.
—Es que ha llegado
un mensajero expreso al pueblo hace una media hora —dijo Goodman Parker—. Ha
viajado desde el Este, con unas cartas del gobernador y del Consejo. El hombre
se detuvo en mi casa para refrescarse con un trago y un bocado y yo le pregunté
qué noticias
había en la frontera. Me dijo que triunfamos en una escaramuza y que
trece hombres a los que se creía muertos están vivos y sanos, su marido entre
ellos; además, fue designado para la escolta que llevará a los prisioneros
franceses y a los indios hasta la cárcel provincial. Me pareció que a usted no
le importaría ser molestada en su descanso, así que por eso vine a decírselo.
Buenas noches.
Al terminar de
decir esto el hombre se alejó, y su linterna brillaba a lo largo de la calle,
dejando formas indistintas de cosas y los fragmentos de un mundo, como si el
orden iluminara a través del caos o el recuerdo surgiera del pasado. Margaret
no se quedó a contemplar estos curiosos efectos. La alegría relampagueó en su
corazón y lo iluminó de súbito; sin aliento y con pasos muy rápidos llegó hasta
el cuarto de Mary. Se detuvo, sin embargo, en la puerta de la habitación. Una
idea de pena surgió dentro de ella.
—¡Pobre Mary! —se
dijo —¿Habré de despertarla para que sienta que su dolor se acrecienta con mi
felicidad? No, me reservaré esto para mí misma hasta mañana.
Se acercó a la cama
para comprobar si el sueño de Mary era pacífico. El rostro estaba parcialmente
hundido en la almohada, porque así se había ocultado para llorar, pero una
expresión resignada e inmóvil era ahora visible, como si su corazón, igual que
un lago profundo, hubiera llegado a la calma, después de que su marido se
hubiera hundido. Feliz y también extraño resulta que las penas más ligeras son
aquellas con las que se elaboran principalmente los sueños. Margaret se abstuvo
de perturbar a su cuñada y sintió como si su propia felicidad y su mejor
fortuna la hubiera hecho involuntariamente infiel a ella y como si un afecto
alterado y disminuido debiera ser la consecuencia de la revelación que debía
hacer. Con un paso apresurado se alejó, pero la alegría no podía reprimirse
durante mucho tiempo, incluso por circunstancias que en otro momento habrían
provocado una pena. Su mente quedó poblada de pensamientos deliciosos, hasta
que el sueño la dominó y los transformó en visiones, aun más deliciosas y audaces,
como el viento del invierno (¡Oh qué fría comparación!) trazando fantásticos
dibujos sobre una ventana.
Cuando la noche ya
estaba muy avanzada, Mary se despertó repentinamente. Un sueño intenso la había
envuelto en su irrealidad y sólo pudo recordar de él, sin embargo, que había
sido interrumpido en el punto más interesante. Durante algunos momentos, el letargo
pesó sobre ella como una niebla matutina, que le impedía
percibir el perfil nítido de su situación. Sin despertar por completo
escuchó el ruido de dos golpes rápidos y ansiosos; al principio descartó el
ruido como algo normal en la noche, igual a su propio aliento; después pensó
que no era en su casa; finalmente pensó que si era una llamada debía ser
atendida; al mismo tiempo la fuerza del recuerdo penetró en su mente; el paño
que cubría el sueño fue apartado de su rostro por el dolor; la luz tenue de la
habitación y los objetos que revelaba había retenido todas sus ideas
suspendidas y las rehicieron en cuanto abrió los ojos. Temía que su cuñada
pudiera ser molestada y se envolvió con una manta, tomó la lámpara y se
apresuró para llegar a la ventana. Por algún descuido no había sido cerrada y
cedió fácilmente a su mano.
—¿Quién está ahí?
—preguntó Mary, temblando, mientras miraba hacia afuera.
La tormenta había
cesado y la luna estaba en lo más alto; brillaba entre las nubes que se habían
separado e iluminaba las casas negras de humedad y sobre los pequeños lagos de
la lluvia caía haciendo figuras de plata bajo el veloz encanto de la brisa. Un
joven vestido de marinero, tan mojado como si hubiera llegado de las
profundidades del mar, estaba solo bajo la ventana. Mary lo reconoció como a
alguien que se ganaba la vida haciendo viajes cortos por la costa. No olvidaba
tampoco que antes de casarse él había sido uno de sus pretendientes fracasados.
—¿Qué buscas aquí,
Stephen? —dijo.
—Alégrate, Mary,
porque vengo a consolarte —contestó el pretendiente rechazado. —Debes saber que
llegué a casa, no hace todavía diez minutos, y lo primero que me dijo mi madre
fue la novedad sobre tu marido. Así que sin decir una sola palabra recogí mi sombrero
y salí corriendo de mi casa. No podía haber dormido ni un momento antes de
hablar contigo, Mary, en el nombre de los viejos tiempos.
—¡Stephen, pensaba
mejor de ti! —exclamó la viuda, con lágrimas que ya se derramaban y dispuesta a
cerrar la puerta.
—Espera y escucha
mi historia —exclamó el marinero. —Te diré que vimos una embarcación ayer en la
tarde, que procedía de la vieja Inglaterra, ¿y a quién crees que vi de pie en
la cubierta, saludable y contento, aunque un poco
más delgado que
hace cinco años?
Mary se inclinó más
sobre la ventana pero no pudo hablar.
—Caray, pues era tu propio marido —continuó el marinero. —Él y otros
tres se salvaron en una lancha cuando el Blessing se hundió. El barco llegará
mañana al amanecer a la bahía. Este es el consuelo que te traigo, Mary, así que
buenas noches.
Se fue de prisa y
Mary lo contempló con la duda de una realidad a la que despertaba y que parecía
más débil o más fuerte según él atravesara alternadamente la sombra de las
casas o surgiera a los trechos del claro de luna. Gradualmente, sin embargo, un
flujo bendito de convencimiento se abrió en su corazón con la fuerza suficiente
para abrumarla si su aumento hubiera sido más abrupto. Su primer impulso fue
despertar a Margaret y comunicar la recién llegada alegría. Abrió la puerta de
la alcoba, que había sido cerrada durante la noche, aunque sin llave, avanzó
hasta la cama y estuvo a punto de tocar con su mano el hombro de su cuñada.
Entonces recordó que Margaret se despertaría con pensamientos de muerte y
sufrimientos, que serían más amargos con el contraste de su propia felicidad.
Sintió la luz de la lámpara, que caía sobre la forma inconsciente de la otra
viuda. Margaret dormía un sueño intranquilo y las sábanas estaban desordenadas
a su alrededor; sus jóvenes mejillas estaban sonrosadas y sus labios entreabiertos,
con una vivida sonrisa; una expresión de alegría, incompleta por los párpados
cerrados, salía como el incienso de todo su semblante.
—¡Mi pobre hermana!
Despertarás demasiado pronto de este sueño feliz —pensó Mary.
Antes de retirarse,
redujo la luz de la lámpara y arregló las ropas de cama para que el aire frío
no perjudicara a la durmiente, pero su mano tembló junto al cuello de Margaret,
una lágrima cayó en su mejilla y súbitamente se despertó.
(De El
holocausto de la tierra. Traducción de Homero Alsina Thevenet)
FIN

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