© Libro N° 14751. Wakefield. Hawthorne, Nathaniel. Emancipación. Enero 31 de 2026
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WAKEFIELD
Nathaniel Hawthorne
Wakefield
Nathaniel Hawthorne
NATHANIEL HAWTHORNE
WAKEFIELD
Recuerdo haber leído en alguna revista o periódico viejo la historia,
relatada como verdadera, de un hombre—llamémoslo Wakefield—que abandonó a su
mujer
durante un largo tiempo. El hecho, expuesto así en abstracto, no es muy
infrecuente, ni tampoco—sin una adecuada discriminación de las
circunstancias—debe ser censurado por díscolo o absurdo. Sea como fuere, este,
aunque lejos de ser el más grave, es tal vez el caso más extraño de
delincuencia marital de que haya noticia. Y es, además, la más notable
extravagancia de las que puedan encontrarse en la lista completa de las rarezas
de los hombres. La
pareja en cuestión vivía en Londres. El marido, bajo el pretexto de un
viaje, dejó su casa, alquiló habitaciones en la calle siguiente y allí, sin que
supieran de él la esposa o los amigos y sin que hubiera ni sombra de razón para
semejante autodestierro, vivió durante más de veinte años. En el transcurso de
este tiempo todos los días contempló la casa y con frecuencia atisbó a la
desamparada esposa. Y después de tan largo paréntesis en su felicidad matrimonial cuando su muerte era dada ya por
cierta, su herencia había sido repartida y su nombre borrado de todas las
memorias; cuando hacía tantísimo tiempo que su mujer se había resignado a una
viudez otoñal—una noche él entró tranquilamente por la puerta, como si hubiera
estado afuera sólo durante el día, y fue un amante esposo hasta la muerte.
Este resumen es todo lo que recuerdo. Pero pienso que el incidente,
aunque manifiesta una absoluta originalidad sin precedentes y es probable que
jamás se repita, es de esos que despiertan las simpatías del género humano.
Cada uno de nosotros sabe que, por su propia cuenta, no cometería semejante
locura; y, sin embargo, intuye que cualquier otro podría hacerlo. En mis
meditaciones, por lo menos, este caso aparece insistentemente, asombrándome
siempre y siempre acompañado por la sensación de que la historia tiene que ser
verídica y por una idea general sobre el carácter de su héroe. Cuando quiera
que un tema afecta la mente de modo tan forzoso, vale la pena destinar algún
tiempo para pensar en él.
A este respecto, el lector que así lo quiera puede entregarse a sus
propias meditaciones. Mas si prefiere divagar en mi compañía a lo largo de
estos veinte años del capricho de Wakefield, le doy la bienvenida, confiando en
que habrá un sentido latente y una moraleja, así no logremos descubrirlos,
trazados pulcramente y condensados en la frase final. El pensamiento posee
siempre su eficacia; y todo incidente llamativo, su enseñanza.
¿Qué clase de hombre era Wakefield? Somos libres de formarnos nuestra
propia idea y darle su apellido. En ese entonces se encontraba en el meridiano
de la vida. Sus sentimientos conyugales, nunca violentos, se habían ido
serenando hasta tomar la forma de un cariño tranquilo y consuetudinario. De
todos los maridos, es posible que fuera el más constante, pues una especie de
pereza mantenía en reposo a su corazón dondequiera que lo hubiera asentado. Era
intelectual, pero no en forma activa. Su mente se perdía en largas y ociosas
especulaciones que carecían de propósito o del vigor necesario para alcanzarlo.
Sus pensamientos rara vez poseían suficientes ímpetus como para
plasmarse en palabras. La imaginación, en el sentido correcto del vocablo, no
figuraba entre las dotes de Wakefield. Dueño de un corazón frío, pero no
depravado o errabundo, y de una mente jamás afectada por la calentura de ideas
turbulentas ni aturdida por la originalidad, ¿quién se hubiera imaginado que
nuestro amigo habría de ganarse un lugar prominente entre los autores de
proezas excéntricas? Si se hubiera preguntado a sus conocidos cuál era el
hombre que con seguridad no haría hoy nada digno de recordarse mañana, habrían
pensado en Wakefield. Únicamente su esposa del alma podría haber titubeado.
Ella, sin haber analizado su carácter, era medio consciente de la existencia de
un pasivo egoísmo, anquilosado en su mente inactiva; de una suerte de vanidad,
su más incómodo atributo; de cierta tendencia a la astucia, la cual rara vez
había producido efectos más positivos que el mantenimiento de secretos
triviales que ni valía la pena confesar; y, finalmente, de lo que ella llamaba
"algo raro" en el buen hombre. Esta última cualidad es indefinible y
puede que no exista.
Ahora imaginémonos a Wakefield despidiéndose de su mujer. Cae el
crepúsculo en un día de octubre. Componen su equipaje un sobretodo deslustrado,
un sombrero cubierto con un hule, botas altas, un paraguas en una mano y un
maletín en la otra. Le ha comunicado a la señora de Wakefield que debe partir
en el coche nocturno para el campo. De buena gana ella le preguntaría por la
duración y objetivo del viaje, por la fecha probable del regreso, pero, dándole
gusto a su inofensivo amor por el misterio, se limita a interrogarlo con la
mirada. El le dice que de ningún modo lo espere en el coche de vuelta y que no
se alarme si tarda tres o cuatro días, pero que en todo caso cuente con él para
la cena el viernes por la noche. El propio Wakefield tengámoslo presente, no
sospecha lo que se viene . Le ofrece ambas manos. Ella tiende las suyas y
recibe el beso de partida a la manera rutinaria de un matrimonio de diez años.
Y parte el señor Wakefield, en plena edad madura, casi resuelto a confundir a
su mujer mediante una semana completa de ausencia. Cierra la puerta. Pero ella
advierte que la entreabre de nuevo y percibe la cara del marido sonriendo a
través de la abertura antes de esfumarse en un instante. De momento no le
presta atención a este detalle. Pero, tiempo después, cuando lleva más años de
viuda que de esposa, aquella sonrisa vuelve una y otra vez, y flota en todos
sus recuerdos del semblante de Wakefield. En sus copiosas cavilaciones
incorpora la sonrisa original en una multitud de fantasías que la hacen extraña
y horrible. Por ejemplo, si se lo imagina en un ataúd, aquel gesto de despedida
aparece helado en sus facciones; o si lo sueña en el cielo, su alma bendita
ostenta una sonrisa serena y astuta. Empero, gracias a ella, cuando todo el
mundo se ha resignado a darlo ya por muerto, ella a veces duda que de veras sea
viuda.
Pero quien nos incumbe es su marido. Tenemos que correr tras él por las
calles, antes de que pierda la individualidad y se confunda en la gran masa de
la vida londinense. En vano lo buscaríamos allí. Por tanto, sigámoslo pisando
sus talones hasta que, después de dar algunas vueltas y rodeos superfluos, lo
tengamos cómodamente instalado al pie de la chimenea en un pequeño alojamiento
alquilado de antemano. Nuestro hombre se encuentra en la calle vecina y al
final de su viaje. Difícilmente puede agradecerle a la buena suerte el haber
llegado allí sin ser visto. Recuerda que en algún momento la muchedumbre lo
detuvo precisamente bajo la luz de un farol encendido; que una vez sintió pasos
que parecían seguir los suyos, claramente distinguibles entre el multitudinario
pisoteo que lo rodeaba; y que luego escuchó una voz que gritaba a lo lejos y le
pareció que pronunciaba su nombre. Sin duda alguna una docena de fisgones lo
habían estado espiando y habían corrido a contárselo todo a su mujer. ¡Pobre
Wakefield! ¡Qué poco sabes de tu propia insignificancia en este mundo inmenso!
Ningún ojo mortal fuera del mío te ha seguido las huellas. Acuéstate
tranquilo, hombre necio; y en la mañana, si eres sabio, vuelve a tu casa y dile
la verdad a la buena señora de Wakefield. No te alejes, ni siquiera por una
corta semana, del lugar que ocupas en su casto corazón. Si por un momento te
creyera muerto o perdido, o definitivamente separado de ella, para tu desdicha
notarías un cambio irreversible en tu fiel esposa. Es peligroso abrir grietas
en los afectos humanos. No porque rompan mucho a lo largo y ancho, sino porque
se cierran con mucha rapidez.
Casi arrepentido de su travesura, o como quiera que se pueda llamar,
Wakefield se acuesta temprano. Y, despertando después de un primer sueño,
extiende los brazos en el amplio desierto solitario del desacostumbrado lecho.
—No—piensa, mientras se arropa en las cobijas—, no dormiré otra noche
solo.
Por la mañana madruga más que de costumbre y se dispone a considerar lo
que en realidad quiere hacer. Su modo de pensar es tan deshilvanado y vagaroso,
que ha dado este paso con un propósito en mente, claro está, pero sin ser capaz
de definirlo con suficiente nitidez para su propia reflexión. La vaguedad del
proyecto y el esfuerzo convulsivo con que se precipita a ejecutarlo son
igualmente típicos de una persona débil de carácter. No obstante, Wakefield
escudriña sus ideas tan minuciosamente como puede y descubre que está curioso
por saber cómo marchan las cosas por su casa: cómo soportará su mujer ejemplar
la viudez de una semana y, en resumen, cómo se afectará con su ausencia la
reducida esfera de criaturas y de acontecimientos en la que él era objeto central.
Una morbosa vanidad, por lo tanto, está muy cerca del fondo del asunto.
Pero, ¿cómo realizar sus intenciones? No, desde luego, quedándose
encerrado en este confortable alojamiento donde, aunque durmió y despertó en la
calle siguiente, está efectivamente tan lejos de casa como si hubiera rodado
toda la noche en la diligencia. Sin embargo, si reapareciera echaría a perder
todo el proyecto. Con el pobre cerebro embrollado sin remedio por este dilema,
al fin se atreve a salir, resuelto en parte a cruzar la bocacalle y echarle una
mirada presurosa al domicilio desertado. La costumbre —pues es un hombre de
costumbres—lo toma de la mano y lo conduce, sin que él se percate en lo más
mínimo, hasta su propia puerta; y allí, en el momento decisivo, el roce de su
pie contra el peldaño lo hace volver en sí. ¡Wakefield! ¿Adónde vas?
En ese preciso instante su destino viraba en redondo. Sin sospechar
siquiera en la fatalidad a la que lo condena el primer paso atrás, parte
deprisa, jadeando en una agitación que hasta la fecha nunca había sentido, y
apenas si se atreve a mirar atrás desde la esquina lejana. ¿Será que nadie lo
ha visto? ¿No armarán un alboroto todos los de la casa—la recatada señora de
Wakefield, la avispada sirvienta y el sucio pajecito—persiguiendo por las
calles de Londres a su fugitivo amo y señor? ¡Escape milagroso! Cobra coraje
para detenerse y mirar a la casa, pero lo desconcierta la sensación de un
cambio en aquel edificio familiar, igual a las que nos afectan cuando, después
de una separación de meses o años, volvemos a ver una colina o un lago o una
obra de arte de los cuales éramos viejos amigos. ¡En los casos ordinarios esta
impresión indescriptible se debe a la comparación y al contraste entre nuestros
recuerdos imperfectos y la realidad! En Wakefield, la magia de una sola noche
ha operado una transformación similar, puesto que en este breve lapso ha
padecido un gran cambio moral, aunque él no lo sabe. Antes de marcharse del
lugar alcanza a entrever la figura lejana de su esposa, que pasa por la ventana
dirigiendo la cara hacia el extremo de la calle. El marrullero ingenuo parte
despavorido, asustado de que sus ojos lo hayan distinguido entre un millar de
átomos mortales como él. Contento se le pone el corazón, aunque el cerebro está
algo confuso, cuando se ve junto a las brasas de la chimenea en su nuevo
aposento.
Eso en cuanto al comienzo de este largo capricho. Después de la
concepción inicial y de haberse activado el lerdo carácter de este hombre para
ponerlo en práctica, todo el asunto sigue un curso natural. Podemos suponerlo,
como resultado de profundas reflexiones, comprando una nueva peluca de pelo
rojizo y escogiendo diversas prendas del baúl de un ropavejero judío, de un
estilo distinto al de su habitual traje marrón. Ya está hecho: Wakefield es
otro hombre. Una vez establecido el nuevo sistema, un movimiento retrógrado
hacia el antiguo sería casi tan difícil como el paso que lo colocó en esta
situación sin paralelo. Además, ahora lo está volviendo testarudo cierto
resentimiento del que adolece a veces su carácter, en este caso motivado por la
reacción incorrecta que, a su parecer, se ha producido en el corazón de la
señora de Wakefield. No piensa regresar hasta que ella no esté medio muerta de
miedo. Bueno, ella ha pasado dos o tres veces ante sus ojos, con un andar cada
vez más agobiado, las mejillas más pálidas y más marcada de ansiedad la frente.
A la tercera semana de su desaparición, divisa un heraldo del mal que entra en
la casa bajo el perfil de un boticario. Al día siguiente la aldaba aparece
envuelta en trapos que amortigüen el ruido. Al caer la noche llega el carruaje
de un médico y deposita
su empelucado y solemne cargamento a la puerta de la casa de Wakefield,
de la cual emerge después de una visita de un cuarto de hora, anuncio acaso de
un funeral. ¡Mujer querida! ¿Irá a morir? A estas alturas Wakefield se ha
excitado hasta provocarse algo así como una efervescencia de los sentimientos,
pero se mantiene alejado del lecho de su esposa, justificándose ante su
conciencia con el argumento de que no debe ser molestada en semejante
coyuntura. Si algo más lo detiene, él no lo sabe. En el transcurso de unas
cuantas semanas ella se va recuperando. Ha pasado la crisis. Su corazón se
siente triste, acaso, pero está tranquilo. Y, así el hombre regrese tarde o
temprano, ya no arderá por él jamás.
Estas ideas fulguran cual relámpagos en las nieblas de la mente de
Wakefield y le hacen entrever que una brecha casi infranqueable se abre entre
su apartamento de alquiler y su antiguo hogar.
—¡Pero si sólo está en la calle del lado!—se dice a veces.
¡Insensato! Está en otro mundo. Hasta ahora él ha aplazado el regreso de
un día en particular a otro. En adelante, deja abierta la fecha precisa. Mañana
no...
probablemente la semana que viene... muy pronto. ¡Pobre hombre! Los
muertos tienen casi tantas posibilidades de volver a visitar sus moradas
terrestres como el autodesterrado Wakefield.
¡Ojalá yo tuviera que escribir un libro en lugar de un artículo de una
docena de páginas! Entonces podría ilustrar cómo una influencia que escapa a
nuestro control pone su poderosa mano en cada uno de nuestros actos y cómo urde
con sus consecuencias un férreo tejido de necesidad. Wakefield está hechizado.
Tenemos que dejarlo que ronde por su casa durante unos diez años sin cruzar el
umbral ni una vez, y que le sea fiel a su mujer, con todo el afecto de que es
capaz su corazón, mientras él poco a poco se va apagando en el de ella. Hace
mucho, debemos subrayarlo, que perdió la noción de singularidad de su conducta.
Ahora contemplemos una escena. Entre el gentío de una calle de Londres
distinguimos a un hombre entrado en años, con pocos rasgos característicos que
atraigan la atención de un transeúnte descuidado, pero cuya figura ostenta,
para quienes posean la destreza de leerla, la escritura de un destino poco
común. Su frente estrecha y abatida está cubierta de profundas arrugas. Sus
pequeños ojos apagados a veces vagan con recelo en derredor, pero más a menudo
parecen mirar adentro. Agacha la cabeza y se mueve con un indescriptible sesgo
en el andar, como si no quisiera mostrarse de frente entero al mundo. Obsérvelo
el tiempo suficiente para comprobar lo que hemos descrito y estará de acuerdo
con que las circunstancias, que con frecuencia producen hombres notables a
partir de la obra ordinaria de la naturaleza, han producido aquí uno de estos.
A continuación, dejando que prosiga furtivo por la acera, dirija su mirada en
dirección opuesta, por donde una mujer de cierto porte, ya en el declive de la
vida, se dirige a la iglesia con un libro de oraciones en la mano. Exhibe el
plácido semblante de la viudez establecida. Sus pesares o se han apagado o se
han vuelto tan indispensables para su corazón que sería un mal trato cambiarlos
por la dicha.
Precisamente cuando el hombre enjuto y la mujer robusta van a cruzarse,
se presenta un embotellamiento momentáneo que pone a las dos figuras en
contacto directo. Sus manos se tocan. El empuje de la muchedumbre presiona el
pecho de ella contra el hombro del otro. Se encuentran cara a cara. Se miran a
los ojos.
Tras diez años de separación, es así como Wakefield tropieza con su
esposa.
Vuelve a fluir el río humano y se los lleva a cada uno por su lado. La
grave viuda recupera el paso y sigue hacia la iglesia, pero en el atrio se
detiene y lanza una mirada atónita a la calle. Sin embargo, pasa al interior
mientras va abriendo el libro de oraciones. ¡Y el hombre! Con el rostro tan
descompuesto que el Londres atareado y egoísta se detiene a verlo pasar, huye a
sus habitaciones, cierra la puerta con cerrojo y se tira en la cama. Los
sentimientos que por años estuvieron latentes se desbordan y le confieren un
vigor efímero a su mente endeble. La miserable anomalía de su vida se le revela
de golpe. Y grita exaltado:
—¡Wakefield, Wakefield, estás loco!
Quizás lo estaba. De tal modo debía de haberse amoldado a la
singularidad de su situación que, examinándolo con referencia a su semejantes y
a las tareas de la vida, no se podría afirmar que estuviera en su sano juicio.
Se las había ingeniado (o, más bien, las cosas habían venido a parar en esto)
para separarse del mundo, hacerse humo, renunciar a su sitio y privilegios
entre los vivos, sin que fuera admitido entre los muertos. La vida de un
ermitaño no tiene paralelo con la suya. Seguía inmerso en el tráfago de la
ciudad como en los viejos tiempos, pero las multitudes pasaban de largo sin
advertirlo. Se encontraba —digámoslo en sentido figurado— a todas horas junto a
su mujer y al pie del fuego, y sin embargo nunca podía sentir la tibieza del
uno ni el amor de la otra. El insólito destino de Wakefield fue el de conservar
la cuota original de afectos humanos y verse todavía involucrado en los
intereses de los hombres, mientras que había perdido su respectiva influencia
sobre unos y otros. Sería un ejercicio muy curioso determinar los efectos de
tales circunstancias sobre su corazón y su intelecto, tanto por separado como
al unísono. No obstante, cambiado como estaba, rara vez era consciente de ello
y más bien se consideraba el mismo de siempre. En verdad, a veces lo asaltaban
vislumbres de la realidad, pero sólo por momentos. Y aun así, insistía en decir
"pronto regresaré, sin darse cuenta de que había pasado veinte años
diciéndose lo mismo.
Imagino también que, mirando hacia el pasado, estos veinte años le
parecerían apenas más largos que la semana por la que en un principio había
proyectado su ausencia. Wakefield consideraría la aventura como poco más que un
interludio en el tema principal de su existencia. Cuando, pasado otro ratito,
juzgara que ya era hora de volver a entrar a su salón, su mujer aplaudiría de
dicha al ver al veterano señor Wakefield. ¡Qué triste equivocación! Si el
tiempo esperara hasta el final de nuestras locuras favoritas, todos seríamos
jóvenes hasta el día del juicio.
Cierta vez, pasados veinte años desde su desaparición, Wakefield se
encuentra dando el paseo habitual hasta la residencia que sigue llamando suya.
Es una borrascosa noche de otoño. Caen chubascos que golpetean en el pavimento
y que escampan antes de que uno tenga tiempo de abrir el paraguas. Deteniéndose
cerca de la casa, Wakefield distingue a través de las ventanas de la sala del
segundo piso el resplandor rojizo y oscilante y los destellos caprichosos de un
confortable fuego. En el techo aparece la sombra grotesca de la buena señora de
Wakefield. La gorra, la nariz, la barbilla y la gruesa cintura dibujan una
caricatura admirable que, además, baila al ritmo ascendiente y decreciente de
las llamas, de un modo casi en exceso alegre para la sombra de una viuda
entrada en años. En ese instante cae otro chaparrón que, dirigido por el viento
inculto, pega de lleno contra el pecho y la cara de Wakefield. El frío otoñal
le cala hasta la médula. ¿Va a quedarse parado en ese sitio, mojado y
tiritando, cuando en su propio hogar arde un buen fuego que puede calentarlo,
cuando su propia esposa correría a buscarle la chaqueta gris y los calzones que
con seguridad conserva con esmero en el armario de la alcoba? ¡No! Wakefield no
es tan tonto.
Sube los escalones, con trabajo. Los veinte años pasados desde que los
bajó le han entumecido las piernas, pero él no se da cuenta. ¡Detente,
Wakefield! ¿Vas a ir al único hogar que te queda? Pisa tu tumba, entonces. La
puerta se abre.
Mientras entra, alcanzamos a e charle una mirada de despedida a su
semblante y reconocemos la sonrisa de astucia que fuera precursora de la
pequeña broma que desde entonces ha estado jugando a costa de su esposa. ¡Cuán
despiadadamente se ha burlado de la pobre mujer! En fin, deseémosle a Wakefield
buenas noches.
El suceso feliz—suponiendo que lo fuera—sólo puede haber ocurrido en un
momento impremeditado. No seguiremos a nuestro amigo a través del umbral. Nos
ha dejado ya bastante sustento para la reflexión, una porción del cual prestar
su sabiduría para una moraleja y tomar la forma de una imagen. En la aparente
confusión de nuestro mundo misterioso los individuos se ajustan con tanta
perfección a un sistema, y los sistemas unos a otros y a un todo, que con sólo
dar un paso a un lado cualquier hombre se expone al pavoroso riesgo de perder
para siempre su lugar. Como Wakefield, se puede convertir, por así decirlo, en
el Paria del Universo.
FIN

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