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Libro N° 14738. Kafka Y El Problema De La Verdad. Valcan, Ciprian.


© Libro N° 14738. Kafka Y El Problema De La Verdad. Valcan, Ciprian. Emancipación. Enero 24 de 2026

 

Título Original: © Kafka Y El Problema De La Verdad. Ciprian Valcan

 

Versión Original: © Kafka Y El Problema De La Verdad. Ciprian Valcan

 

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Guillermo Molina Miranda




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KAFKA Y EL PROBLEMA DE LA VERDAD

Ciprian Valcan


 

 

 

 

 

Kafka Y El Problema De La Verdad

Ciprian Valcan

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Kafka Y El Problema De La Verdad

Ciprian Valcan

30 De Noviembre De 2021

FRANZ KAFKA

 

Trad. Miguel Ángel Gómez

Universidad Tecnológica de Pereira, Colombia.

 

 

 

 

Resumen[1]

Según Kafka, el gran peligro que acecha a los hombres es la caída en el error, la aceptación pasiva de la opacidad del mundo. Se enfrentan a un doble obstáculo: primero, deben ir más allá del escudo protector de la ilusión que ampara la conformación del mundo; segundo, interviene un mecanismo voluntario de ocultamiento mediante el cual los individuos sienten la necesidad de protegerse del conocimiento de los otros. Mucho más peligroso que la impotencia de alcanzar la verdad, es el ocultamiento de la verdad, porque, si el hombre es consciente de no haber alcanzado el fin, continuará haciendo esfuerzos para acercarse a su meta inicial, mientras que, si tiene la ilusión que ha descifrado el misterio, se detendrá antes de partir a la verdadera batalla.

Palabras clave: Kafka, Kierkegaard, verdad, rabino, genio, máscara.

 

Abstract

According to Kafka, the great danger that lurks for men is the fall into error, the passive acceptance of the opacity of the world. They face a double obstacle: first, they must go beyond the protective shield of illusion that protects the conformation of the world; second, a voluntary mechanism of concealment intervenes by means of which individuals feel the need to protect themselves from the knowledge of others. Much more dangerous than the impotence to reach the truth, is the concealment of the truth, because, if man is conscious of not having reached the end, he will continue to make efforts to approach his initial goal, while, if he has the illusion that he has deciphered the mystery, he will stop before leaving for the real battle.

Keywords: Kafka, Kierkegaard, truth, rabbi, genius, mask.

 

 

 

Si bien un excelente observador realiza el inventario con minuciosidad de los rostros y gestos de su alrededor, formando un verdadero compendio de gimnasia cotidiana, Kafka prefiere partir siempre de la indagación de sí mismo, intentando proponer un diagnóstico lo más exacto posible de los males del espíritu de sus contemporáneos. Esta indagación se encuentra con el problema de la dificultad de semejante conocimiento: “Qué lamentable es mi propio conocimiento de mí mismo, en comparación, digamos, con la manera en que me conozco en mi propio cuarto (Noche). ¿Por qué? No existe alguna posibilidad de observación del mundo íntimo, así como es posible aquella del mundo exterior. La psicología es probablemente en su totalidad un antropomorfismo, un rodeo de los márgenes”. [2] Precisamente por este motivo, él alimenta una poderosa desconfianza en la psicología, a la que ve como una disciplina inútil, una acrobacia ridícula que suscita aplausos u ocasiona vanas demostraciones de virtuosismo; sin que la realidad pueda ser modificada, sin que ningún efecto se haga sentir.[3] Aunque no puede resistir la tentación de analizar, de intentar penetrar en los recovecos más escondidos de su espíritu, él se declara inconforme en una nota de diario del 9 de diciembre de 1913, frente a las posibles pretensiones de una indagación empírica, de la interioridad de proponer explicaciones definitivas de los diferentes comportamientos: “El odio hacia la introspectiva activa. Las interpretaciones del alma serían: ayer estuve así por tales motivos, hoy estoy así por esta causa. No es verdad, no por esta u otra causa, por tanto más o menos. Soportarte tranquilamente, sin precipitarse, sin dar vueltas como un perro alrededor de la cola”.[4]

 

Para Kafka, mucho más peligrosa que la imposibilidad de llegar a la verdad es el ocultamiento de la verdad, porque si en el primer caso el individuo es consciente que no logró alcanzar el fin y continúa haciendo esfuerzos para apropiarse de su meta inicial; en la segunda situación, él tiene la ilusión de descubrir lo que era importante y descifró el misterio, deteniéndose incluso antes de haber partido a la verdadera batalla. Desde semejante perspectiva es preferible la inseguridad absoluta, la búsqueda frenética e insegura; en lugar de las certidumbres tibias, de la ilusión de fijar la realidad para siempre con ayuda de unos esquemas simplificadores. Es mejor la aceptación de la ignorancia y de la desesperación, mejor la divagación errante, la búsqueda dolorosa carente de esperanza, que la colaboración con la falsedad, que la homologación de las ficciones y su traída al mundo.

 

Precisamente para no transformarse él mismo en un agente del error, para no contribuir a la proliferación incontrolada de las máscaras, Kafka decide someterse a la escritura de una verdadera ascesis, que se muestra en este caso como una verdadera precaución metodológica, decidiendo fijar por escrito solo sus imágenes que lo representan de verdad y de cuya totalidad está seguro. De esta manera, él intenta someter a la escritura a la exigencia de la veracidad absoluta o por lo menos apropiarse lo más posible de esta:

 

En estos días no he escrito mucho sobre mí, en parte por pereza (ahora duermo mucho y profundo durante el día; mientras duermo, parece que tengo mucho más peso), pero en parte por temor de no traicionar el conocimiento de mí mismo. El temor legítimo, porque el conocimiento de sí mismo solo se puede establecer de manera definitiva en la escritura cuando esta se puede hacer más plena, hasta las consecuencias más alejadas y con total sinceridad. Porque si no se hace de otra manera ―y de alguna manera yo no estoy en este estado― entonces cuando la escritura reemplaza, según sus propias intenciones y con fuerza suprema a lo inmutable, lo que en su tiempo fue sentido de manera general, solo hace que el sentimiento verdadero desaparezca y la falta de valor de los implicados, sea reconocida muy tarde. [5]

 

Aunque semejante actitud parece imposible de respetar hasta sus últimas consecuencias, Kafka cree con obstinación que únicamente de esta manera, la verdad puede vencer impidiendo el triunfo apabullante del mal, del mal que se vale de la mediación de lo falso para insinuarse lo más profundo en el mundo, convirtiéndose en parte de la misma textura de la realidad. La firmeza de los principios se puede demostrar suficiente para pasar por encima de las circunstancias adversas, así como una narración talmúdica resumida en una nota del diario del 21 de diciembre de 1911:

 

Un rabino del Talmud tenía un principio, en su caso muy agradable al Señor, es decir, no recibir nada, ni siquiera un vaso de agua, de alguien. No obstante, sucedió que el rabino más destacado de su tiempo quiso conocerlo y lo invitó así a la mesa. Rechazar una invitación de un hombre tan importante no era posible. Triste, el primer rabino inició de esta manera su camino. Pero porque su principio era tan firme, se levantó entre los dos rabinos un monte.[6]

 

Decidido a hacer todo lo que está a su alcance para expresar siempre la verdad, constata que arriesga no ser entendido de manera adecuada, de modo que la esconde, aparentemente lejana; luego de unos intensos esfuerzos interiores vuelve de otra manera, cubriendo sus trazos a causa de las incomprensiones y comodidades de los otros.  Para superar este nuevo obstáculo, él siente que tiene necesidad de un aliado, de un ser que lo entienda totalmente, pulverizando la máscara. Las anotaciones del diario confiesan su esperanza de que su esposa podría ser tal persona, lista para confirmarle y protegerle la verdad: “Las reflexiones sobre las relaciones entre los otros y yo. Por insignificante que fuera yo, no existe nadie aquí que me entienda de manera total. Tener a alguien con tal capacidad de entendimiento, una esposa, por ejemplo, significaría tener un apoyo que te defienda por todos lados, tener a Dios”. [7]

 

Sus repetidos fracasos amorosos son considerados por Kafka signos de una imposibilidad de superar el egoísmo, de pasar sobre los límites de su propia persona para cumplir el ideal. En tal óptica, la escritura no es sino una maniobra diabólica, una poderosa droga que halaga el orgullo, manteniéndolo alejado de sus semejantes y de la realidad del mundo, sacándolo del aislamiento y de una fatal condena. La estética no tiene derecho de abrumar a la ética, y si esto sucede, el resultado no puede ser sino la desesperación como expresión de una culpa inexplicable:

 

La escritura es una dulce recompensa, maravillosa, pero ¿para qué? En el curso de la noche me llegó de manera pura, con la claridad con la que un niño vive sus intuiciones, que es el pago recibido por un empleo que haces al servicio del diablo. Bajar hacia los poderes obscuros, revelación de los espíritus atados a la naturaleza, los dudosos abrazos y todo lo que va a suceder allá abajo en el fondo, las cosas turbias sobre las que no se sabe. Entonces cuando escribes relatos a la luz del sol, puede que exista otro modo de escribir, yo solo conozco este; la noche, cuando el miedo no me deja dormir, únicamente conozco este. Y lo diabólico que existe en todo esto me es muy claro […]. No quiero decir con esto que para la vida son necesarios la mujer y el niño y el campo y el ganado. Solo es necesario para la vida renunciar al egoísmo del placer, la vanidad de alegrarte por ti mismo; es necesario entrar en casa en lugar de admirarla y decorarla.[8]

 

Kafka parece abrazar la posición de Kierkegaard, uno de los grandes espíritus al que se siente muy cercano,[9] según el cual una existencia genial carente de una determinación trascendente es una forma del pecado: “Entender que semejante existencia genial (pese al brillo, a su grandeza e importancia) es pecado, exige en verdad algo de coraje ―y sería difícil de entender antes de haber aprendido cómo se calma el hambre del espíritu deseoso―. Y, sin embargo, así es. Que semejante existencia puede ser, aun así, en alguna medida feliz, no demuestra nada. Muy bien podría considerarla señal de un medio de diversión, realizando algo así, aunque no nos levantemos en ningún momento más arriba de las categorías que sostienen la temporalidad. El genio y el talento son justificadas en verdad solo por un recogimiento religioso”.[10] El filósofo danés cree que todos los esfuerzos de aquellos provistos con el don de la creación deberían ser consagrados a la perfección de sus seres interiores, y su obra debería transformarse en un medio eficaz para lograr este largo y accidentado proceso. Pero si sus dotes especiales les impide concentrarse sobre este fin único verdaderamente importante, la salvación del alma debería renegar de su talento, amputándose los atributos exteriores, eligiendo el camino del sufrimiento y de la soledad en lugar de los aplausos de las multitudes extasiadas o de los elogios de la posteridad.[11]

 

Kafka se encuentra en una situación que se parece mucho con aquella descrita por Kierkegaard. Siente que debe escribir porque esta es su vocación, porque esta es la única pasión de la que no se puede liberar,[12] no obstante, entiende que de esta manera se va a encontrar siempre lejos de los otros individuos, preso en la trampa del deleite solitario causado por los productos de su espíritu, sin poder liberarse de la incontrolable proliferación de las máscaras. Su mayor deseo ético se ve sacrificado a favor de sus inclinaciones estéticas. De esta manera, pese a que sabe que traiciona su ideal de perfección interior y que este le va a traer terribles sufrimientos,[13] no puede resistir la tentación de existir, estaba convencido que si se opone, existiría el peligro de ser abrazado por la locura:

 

Cuando hoy, en esta noche sin sueño, examiné una vez más todos los datos del problema allí y allá entre estas sienes afligidas, volví otra vez a ser consciente de estos postreros días tranquilos que casi olvidé, me di cuenta sobre las débiles bases, o mejor dicho, inexistentes que vivo yo, además sobre una penumbra de la que sale, según su deseo, un poder obscuro, que sin tener en cuenta todas estas excitaciones patéticas que me pertenecen, me destruyen mi vida. La escritura me mantiene en la superficie, ¿pero no es correcto decir que ella contiene aquel modo de vida? Por esto o deseo decir, obviamente, que mi vida es mejor cuando no escribo. Más bien es mucho más mala y por completo insoportable, y me doy cuenta del hecho que yo, como es de hecho el caso, incluso entonces cuando no escribo soy escritor; pero un escritor que no escribe es en cualquier caso una criatura anormal que invita sobre sí mismo a la locura.[14]

 

Kafka rechaza cualquier punto de vista utilitarista, defendiendo la idea de que no existe nada más importante que la búsqueda perpetua de la verdad, indiferente de las consecuencias que puede tener tal planteamiento. Incluso si el genio es visto, de costumbre, como un héroe del conocimiento, accionando de lejos la mirada de los mortales habituales, decididos a sacrificar su vida para hallar la verdad; para Kafka este es apenas un espíritu en comercio con los poderes demoníacos, un individuo que renuncia a la exigencia de la verdad para deleitarse de manera culpable con visiones tenebrosas de su mente.

 

En cuanto a la suerte común a los hombres, esta parece ser descrita con fineza en un fragmento de El tercer cuaderno en octavo:

 

Se les dejó la elección de convertirse en reyes o en mensajeros de los reyes. Así como algunos niños quisieron, como todos, ser mensajeros. Por esta causa solo existen mensajeros, corren por el mundo y gritan, desde el momento en que no existen reyes, uno al otro algunos mensajes que llegaron sin sentido. Alegre pondría fin a sus vidas de miseria, pero no se atreve debido a los juramentos que prestó cuando asumió su trabajo por primera vez. [15]


FIN

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