© Libro N° 14736. Chu-Bu y Sheemish. Dunsany, Lord. Emancipación. Enero 24 de 2026
Título Original: ©
Versión Original: ©
Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original
de textos:
https://elespejogotico.blogspot.com/2010/06/chu-bu-y-sheemish-lord-dunsany.html
Licencia Creative Commons:
Emancipación Obrera utiliza una
licencia Creative Commons, puedes copiar, difundir o remezclar nuestro contenido,
con la única condición de citar la fuente.
La Biblioteca Emancipación Obrera es un medio
de difusión cultural sin fronteras, no obstante los derechos sobre los contenidos
publicados pertenecen a sus respectivos autores y se basa en la circulación del
conocimiento libre. Los Diseños y edición digital en su mayoría corresponden a Versiones
originales de textos. El uso de los mismos son estrictamente educativos y está
prohibida su comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los autores
No comercial: No se puede utilizar este trabajo con
fines comerciales
No derivados: No se puede alterar, modificar o reconstruir
este texto.
Portada E.O. de:
© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación:
CHU-BU
Y SHEEMISH
Lord
Dunsany
Chu-Bu y Sheemish
Lord Dunsany
Chu-Bu y Sheemish.
Chu-bu and Sheemish, Lord Dunsany (1878-1957)
Los martes por la tarde era costumbre en el templo de Chu-bu que el sacerdote
entrara y cantara:
—Nadie existe salvo Chu-bu.
Y toda la gente se alegraba y gritaba:
—Nadie existe salvo Chu-bu.
Y ofrecían miel a Chu-bu, y maíz y manteca de cerdo. De esta manera era
glorificado.
Chu-bu era un ídolo algo antiguo, como puede comprobarse por el color de la
madera. Había sido esculpido en caoba y después pulimentado. Luego lo habían
erigido sobre un pedestal de diorita con un brasero delante para quemar
especias y dorados platos llanos para la manteca. De esta manera adoraban a
Chu-bu. Debía haber estado allí más de cien años, cuando un día los sacerdotes
llegaron al templo con otro ídolo y lo erigieron sobre un pedestal cerca de
Chu-bu, cantando:
—También existe Sheemish.
Palpablemente Sheemish era un ídolo moderno, y aunque su madera había adquirido
un tono rojo oscuro, podía uno figurarse que acababa de ser esculpido. Y
ofrecieron miel a Sheemish lo mismo que a Chu-bu, y también maíz y manteca de
cerdo.
La furia de Chu-bu no conoció límite de tiempo estuvo furioso toda la noche y
al día siguiente todavía lo estaba. La situación exigía inmediatos prodigios.
Seguramente el ídolo no tenía potestad para devastar la ciudad con una peste
que matara a todos sus sacerdotes, por lo que sabiamente concentró los poderes
divinos que tenía a fin de originar un pequeño terremoto.
—Así —pensaba Chu-bu— me reafirmaré como único dios, y los hombres escupirán
sobre Sheemish.
Chu-bu insistió y volvió a insistir, mas el terremoto no llegaba todavía,
cuando de pronto se dio cuenta de que el aborrecido Sheemish osaba tratar de
hacer un milagro también. Dejó de ocuparse del terremoto y estuvo atento —¿o
debería decir con todos los sentidos alerta?— a lo que Sheemish estaba
pensando, pues los dioses se enteran de lo que pasa en la mente gracias a un
sentido distinto a los otros cinco. Sheemish trataba también de provocar un
terremoto.
El móvil del nuevo dios era probablemente hacer valer sus derechos. Dudo que
Chu-bu comprendiera o se preocupase lo más mínimo por ese motivo; para un ídolo
inflamado de celos era suficiente que su detestable rival estuviera a punto de
hacer un milagro. Todo el poder de Chu-bu viró inmediatamente en redondo,
oponiéndose resueltamente al terremoto, por pequeño que éste fuera. Durante
algún tiempo todo siguió igual en el templo de Chu-bu, sin que se produjera
ningún terremoto.
Ser un dios y no poder realizar un milagro es una sensación desesperante; es
como si un hombre decidiera estornudar y no le saliera el estornudo; como si
alguien intentara nadar provisto de pesadas botas o pretendiera recordar un
nombre completamente olvidado: todos estos sufrimientos padecía Sheemish.
Y el martes llegaron los sacerdotes y los fieles, y todos adoraron a Chu-bu y
le ofrecieron manteca de cerdo, diciendo:
—Oh, Chu-bu, que has creado todo —y luego los sacerdotes cantaron—: También
existe Sheemish.
Y Chu-bu se avergonzó y no habló en tres días.
En el templo de Chu-bu había pájaros sagrados, y al acercarse el tercer día y
su noche, la mente de Chu-bu descubrió, por así decirlo, que había excrementos
en la cabeza de Sheemish. Chu-bu habló a Sheemish como hablan los dioses, sin
mover los labios ni siquiera alterar el silencio, diciendo:
—Hay excrementos en tu cabeza, oh, Sheemish.
A lo largo de toda la noche murmuró una y otra vez:
—Hay excrementos en la cabeza de Sheemish.
Y cuando al amanecer se oyeron voces a lo lejos, Chu-bu se mostró exultante con
el despertar de las cosas de la Tierra, y exclamó hasta que el sol estuvo alto:
—Excrementos, hay excrementos en la cabeza de Sheemish —y al mediodía dijo—:
Por tanto, Sheemish debe de ser dios.
De esa manera dejó confundido a Sheemish.
Y el martes llegó alguien y lavó su cabeza con agua de rosas, y de nuevo fue
adorado y le cantaron:
—También existe Sheemish.
Y Chu-bu todavía estaba contento, pues decía:
—La cabeza de Sheemish ha sido profanada —y de nuevo—: Su cabeza fue profanada,
eso está bien.
Y he aquí que una tarde había también excrementos en la cabeza de Chu-bu,
circunstancia de la que se apercibió Sheemish inmediatamente. Con los dioses no
ocurre como con los hombres. Nosotros nos enfadamos unos con otros y cambiamos
continuamente de parecer, mas la ira de los dioses es perdurable. Chu-bu
recordaba y Sheemish no olvidaba. Hablaron entre ellos como nosotros no solemos
hacer, en silencio, pero oyéndose uno al otro, y sus puntos de vista no fueron
como los nuestros.
No deberíamos juzgarlos solamente mediante criterios humanos. A lo largo de
toda la noche hablaron y en todo ese tiempo únicamente pronunciaron estas
palabras: Sucio Chu-bu. Sucio Sheemish. Sucio Chu-bu. Sucio Sheemish, toda la
noche.
Al amanecer su ira no se había agotado, ni se habían hartado de acusarse
mutuamente. Y, poco a poco, Chu-bu vino a darse cuenta de que no era más que el
igual de Sheemish.
Todos los dioses son celosos; mas esta igualdad con el adversario Sheemish, un
objeto de madera pintada cien años después que el propio Chu-bu, y la adoración
a él prestada en el templo del mismo Chu-bu, eran particularmente amargas.
Aunque fuera dios, Chu-bu era celoso; y cuando llegó de nuevo el martes, tercer
día de la adoración a Sheemish, Chu-bu no pudo soportarlo más.
Sentía que debía manifestar su enojo a toda costa, y con toda la vehemencia de
su voluntad reanudó sus intentos de provocar un pequeño terremoto. Nada más
irse del templo los adoradores, Chu-bu se concentró a fin de realizar el
milagro; de vez en cuando sus meditaciones se veían alteradas por la ya
familiar máxima Sucio Chu-bu; mas Chu-bu perseveraba ferozmente, sin dejar de
decir lo que quería decir y ya había dicho novecientas veces, y pronto cesaron
incluso esas interrupciones.
Cesaron porque Sheemish había retomado un proyecto que nunca había abandonado
del todo: el deseo de exaltarse e imponerse a Chu-bu, realizando un milagro; y,
como estaban en una zona volcánica, había elegido un pequeño terremoto como
milagro más fácilmente asequible a un dios pequeño. Ahora bien, un milagro
solicitado a la vez por dos dioses tiene el doble de probabilidad de cumplirse
que si es deseado por uno solo, y una posibilidad incalculablemente mayor que
cuando dos dioses tiran cada uno por su lado; como ocurre en el caso de dioses
más antiguos y más importantes: cuando el sol y la luna apuntan a la misma
dirección tenemos las mayores mareas.
Chu-bu nada sabía de la teoría de las mareas, y estaba demasiado ocupado con su
milagro para darse cuenta de lo que Sheemish estaba haciendo. Y súbitamente se
consumó el milagro. Fue un terremoto muy localizado, pues existen otros dioses
además de Chu-bu o incluso Sheemish, y éstos habían querido que fuera pequeño;
mas derribó algunos monolitos de una columnata que soportaba un ala del templo
e hizo caer todo un muro del mismo; y las humildes casuchas de los habitantes
de aquella ciudad temblaron un poco, y algunas puertas se bloquearon y no
podían abrirse. Ni Chu-bu ni Sheemish pretendían hacer nada más; mas habían
puesto en marcha una vieja ley más antigua que el propio Chu-bu: la ley de la
gravedad, que aquella columnata había aplacado durante centenares de años; y el
templo de Chu-bu se estremeció, luego se tambaleó una vez y finalmente se
derrumbó sobre las cabezas de Chu-bu y Sheemish.
Nadie lo reconstruyó, pues nadie osaba acercarse a dioses tan terribles.
Algunos dijeron que Chu-bu hizo el milagro; otros dijeron que fue Sheemish; y
se originó un cisma. Los más débiles, alarmados por el encono de las sectas
rivales, buscaron un término medio y dijeron que ambos lo habían realizado; mas
ninguno de ellos adivinó la verdad: que lo hicieron por rivalidad. Y un rumor
surgió, y ambas sectas lo compartieron: quien tocase a Chu-bu o mirase a
Sheemish, moriría.
Así fue como adquirí a Chu-bu cuando una vez realicé un viaje más allá de las
colinas de Ting. Lo encontré en el derrumbado templo de Chu-bu: sus manos y
dedos de los pies sobresalían de los escombros, y estaba tendido boca arriba. Y
en esa misma postura en que lo encontré lo he mantenido hasta la fecha sobre la
repisa de la chimenea; de esa manera está menos expuesto a ser derribado.
Sheemish estaba roto, de manera que lo dejé donde estaba. Y Chu-bu parece tan
desvalido, con sus regordetas manos alzadas, que , a veces, me entran ganas de
inclinarme ante él y rezarle, diciendo:
—Oh, Chu-bu, tú que lo has creado todo , socorre a tu siervo.
Chu-bu no puede hacer mucho, aunque estoy seguro de que en cierta ocasión en
una partida de bridge me envió un as de triunfos, después de que en toda la
velada no había tenido una sola carta que mereciera la pena. La suerte podía
haber hecho por mí otro tanto, mas eso no se lo conté a Chu-bu.
Lord Dunsany (1878-1957)
FIN

No hay comentarios:
Publicar un comentario