Libro N° 14733. La Mojigata O El Encuentro Inesperado. Marqués De Sade
© Libro N° 14733. La Mojigata O El Encuentro Inesperado. Marqués De Sade. Emancipación. Enero 24 de 2026
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LA MOJIGATA O EL ENCUENTRO INESPERADO
Marqués
De Sade
La Mojigata O El Encuentro Inesperado
Marqués De Sade
LA MOJIGATA O EL ENCUENTRO INESPERADO
MARQUÉS DE SADE
El señor de Sernenval, de unos cuarenta años de edad con doce o quince
mil libras de renta que gastaba tranquilamente en París, sin ejercer ya la
carrera de comercio que antaño había estudiado y satisfecho con toda distinción
con el título honorífico de burgués de París con miras a conseguir un cargo de
regidor, había contraído matrimonio pocos años antes con la hija de uno de sus
antiguos colegas, la cual tenía por aquel entonces alrededor de veinticuatro
años.
Ninguna otra tan fresca, lozana y entrada en carnes como la señora de
Sernenval: no estaba formada como las Gracias, pero resultaba tan apetecible
como la mismísima madre del amor; no tenía el porte de una reina, pero exhalaba
en conjunto tanta voluptuosidad, con unos ojos tan dulces y tan lánguidos, una
boca tan hermosa, unos senos tan firmes, tan bien torneados y todo lo demás tan
a propósito para despertar el deseo, que había muy pocas mujeres hermosas en
París a las que no se la hubiera preferido. Pero la señora de Sernenval, dotada
de tantos atractivos, adolecía de un defecto capital en su espíritu: una
mojigatería insoportable, una devoción crispante y un tipo de pudor tan
ridículo y tan excesivo que a su marido le era imposible convencerla para que se
dejara ver cuando estaba en compañía de sus amistades.
Llevando su santurronería al extremo, era muy raro que la señora de
Sernenval accediera a pasar con su marido una noche completa e incluso en
ocasiones en que se dignaba a concedérsela, lo hacía siempre con las mayores
reservas y con un camisón que no se quitaba jamás. Un dispositivo
artísticamente trabajado en el pórtico del templo del himeneo sólo permitía la
entrada con la expresa condición de que no hubiera ningún contacto deshonesto
ni la menor relación carnal; la señora de Sernenval hubiera montado en cólera
si hubiese intentado franquear las barreras que su modestia fijaba y si su
marido hubiera tratado de hacerlo habría corrido de seguro el peligro de no
recobrar jamás el favor de esta sensata y virtuosa mujer.
El señor de Sernenval se reía de todas estas mojigangas, pero como
adoraba a su mujer tenía a bien respetar sus limitaciones; a pesar de ello, a
veces trataba de sermonearla y le demostraba con toda claridad que no es
pasándose la vida en las iglesias o en compañía de los curas como una mujer
honesta cumple realmente con sus deberes, que primero están los de la casa,
necesariamente desatendidos por una devota, y que haría más honor a los
designios del Eterno viviendo en el mundo de una manera honrada que yendo a
enterrarse en los claustros y que corría mucho más peligro con los «sementales
de María» que con esos leales amigos, cuyo trato ridículamente evitaba.
—Tengo que conoceros y amaros tanto como lo hago —añadía a lo anterior
el señor de Sernenval— para no estar seriamente preocupado por vos durante
todas esas prácticas religiosas. ¿Quién me asegura que en ocasiones no os
abandonáis más bien sobre el blando lecho de los levíticos que al pie de los
altares de Dios? No hay nada tan peligroso como esos bribones de curas;
hablándoles de Dios es como seducen siempre a nuestras mujeres y a nuestras
hijas, y siempre es en su nombre en el que nos deshonran o nos engañan.
Creedme, querida amiga, uno puede ser honesto en cualquier sitio; no es ni en
la celda del bonzo ni en el nicho del ídolo donde la virtud erige su templo,
sino en el corazón de una mujer prudente y las honestas amistades que os
ofrezco nada tienen que no se avenga al culto que le profesáis... En el mundo
pasáis por una de sus más fieles sacerdotisas: yo también lo creo, pero, ¿qué
pruebas tengo de que merezcáis realmente esa reputación? Mucho más lo creería
si os viera hacer frente a alevosos ataques; la virtud de aquella esposa que no
corre nunca el riesgo de ser seducida no es la que sale mejor parada, sino la
de esa otra que tan segura se siente de sí misma que, sin temor alguno, se
expone a cualquier cosa.
La señora de Sernenval nada respondía a todo esto, pues evidentemente la
argumentación no admitía réplica alguna, pero se ponía a llorar, recurso común
a las mujeres débiles, seducidas o falsas, y su marido no se atrevía a seguir
adelante con la lección.
Así estaban las cosas cuando un antiguo amigo de Sernenval, un tal
Desportes, llegó desde Nancy para verle y para resolver al mismo tiempo ciertos
negocios que tenía en la capital. Desportes era un vividor, de la edad de su
amigo poco más o menos, y no menospreciaba ninguno de los placeres que la
naturaleza bienhechora concede al hombre para que olvide las desdichas con que
le abruma; no pone la menor objeción a la oferta que le hace Sernenval para
alojarse en su casa, se alegra de verle, y al mismo tiempo se extraña de la
severidad de su mujer, quien, desde el momento que sabe la presencia de este
extraño en la casa, se niega a dejarse ver en absoluto y ni siquiera baja a las
comidas. Desportes cree que está molestando y quiere buscar alojamiento fuera,
pero Sernenval se lo prohíbe y le confiesa al fin las ridiculeces de su tierna
esposa.
—Perdonémosla —le decía el crédulo marido—, ella compensa esos defectos
con tan innumerables virtudes que ha conseguido mi indulgencia, y me atrevo a
pedir también la tuya.
—Encantado —contesta Desportes—, puesto que no hay nada personal contra
mí, todo se lo tolero y los defectos de la esposa de aquel a quien estimo nunca
han de ser a mis ojos sino respetables virtudes.
Sernenval abraza a su amigo y ya no se ocupan más que de placeres. Si la
estupidez de dos o tres cernícalos que desde hace cincuenta años dirigen en
París el gremio de las mujeres públicas, y en particular la de un pícaro
español que ganaba cien mil escudos al año en el reinado anterior con el tipo
de inquisición de que vamos a hablar, si el zafio rigorismo de esas gentes, no
hubiera concebido la ridícula idea de que obligar a esas criaturas a rendir una
cuenta minuciosa de aquella parte de su cuerpo que más solaza al individuo que
las corteja, constituye una de las mejores maneras de gobernar el Estado, uno
de los resortes más seguros del gobierno y, en fin, uno de los pilares de la
virtud, o de que entre un hombre que admira unos pechos, por poner un ejemplo,
y aquel otro que contempla la curva de una cadera, existe sin lugar a dudas la
misma diferencia que entre un hombre honrado y un bribón, y que el que cae
dentro de uno u otro de estos apartados —depende de la moda— tiene que ser por
necesidad el peor enemigo del Estado, sin todas estas zafias vulgaridades,
repito, no hay duda de que dos laudables burgueses, el uno con una esposa
timorata y soltero el otro, podrían ir a pasar una o dos horas, con toda
legitimidad, a casa de una de esas damiselas, pero con estas absurdas infamias
congelan el deseo de los ciudadanos, a Sernenval ni se le pasó por la cabeza
hacer a Desportes la menor sugerencia sobre esta clase de disipación.
Este, dándose cuenta de ello y sin sospechar los motivos, preguntó a su
amigo por qué le había propuesto todos los placeres de la capital y ni tan
siquiera le había hablado de éstos. Sernenval echa la culpa a la impertinente
inquisición, pero Desportes se ríe de ella y declara a su amigo que a pesar de
las listas de los alcahuetes, los informes de los comisarios, las declaraciones
de los alguaciles y todas las demás modalidades de picaresca establecidas por
el patrón sobre este sector de los placeres del pueblerino de Lutecia, que, por
encima de todo, quiere ir a cenar con unas rameras.
—Escucha —le contesta Sernenval—, me parece muy bien, incluso te serviré
de introductor como prueba de mi filosófica manera de pensar sobre esta
materia, pero por una delicadeza, que espero no vayas a censurar, por los
sentimientos que al fin y al cabo debo a mi mujer, y que no puedo traicionar,
me permitirás que no participe en tus placeres, yo te los procuraré, pero no
pasaré de ahí.
Desportes se burla un poco de su amigo, pero viéndole decidido a no dar
su brazo a torcer, lo acepta y salen. La célebre S... fue la sacerdotisa del
templo en el que se le ocurrió a Sernenval inmolar a su amigo.
—Lo que necesitamos es una mujer de confianza —dice Sernenval—, una
mujer honrada; este amigo para el que solicito vuestros cuidados, va a quedarse
muy poco tiempo en París, y no le gustaría tener que dar malas referencias en
su provincia y que vos perdierais allí vuestra reputación; decidnos con
franqueza si tenéis eso que le hace falta y que bien sabéis que ha de hacerle
disfrutar.
—Escuchad —contestó la S. J.— me doy perfecta cuenta de a quién tengo el
honor de dirigirme, no suelo engañar a gente como vos, voy a hablaros, pues,
como mujer franca y mis actos os demostrarán que en efecto lo soy. Tengo lo que
buscáis, sólo falta fijarle precio, es una mujer adorable, una criatura que os
ha de cautivar tan pronto como la oigáis... En fin, lo que nosotras llamamos un
bocado de monje, y bien sabéis que esa clase de gente son mis mejores clientes
que no les doy lo peor que tengo… Hace tres días el señor obispo de M. me dio
por ella veinte luises, el arzobispo de R. R. pagó cincuenta ayer y esta misma
mañana me ha proporcionado otros treinta del coadjutor de... Os la ofrezco por
diez, señores, y, para seros sincera, esto por merecer el honor de vuestra
estima, pero hay que ser puntuales en el día y la hora, pues está sujeta a su
marido, un marido tan celoso que no tiene ojos más que para ella; como sólo
dispone de los ratos en que consigue zafarse, no hay que retrasarse ni un
minuto en la hora que señalemos...
Desportes regateó un poco; ninguna ramera cobró en su vida diez luises
en toda la Lorena, pero cuanto más insistía, más se le elogiaba la mercancía;
por fin aceptó, y el día siguiente, a las diez en punto de la mañana, fue la
hora escogida para la cita. Sernenval no deseaba tomar parte en esta aventura,
ya que no era tan sólo ir a cenar, y por eso habían elegido esa hora para
Desportes, prefiriendo despachar temprano el asunto para poder consagrar el
resto del día a deberes más importantes que cumplir.
Llega la hora, nuestros dos amigos se presentan en casa de su
encantadora alcahueta, un gabinete iluminado únicamente por una luz tenue y
voluptuosa alberga a la diosa a la que Desportes va a ofrecer su sacrificio.
—Dichoso hijo del amor —le dice Sernenval, empujándole hacia el
santuario—, corre a los voluptuosos brazos que hacia ti se tienden, y sólo
después ven a darme cuenta de tu placer; yo me alegraré de tu felicidad y como
no he de sentirme celoso ni por asomo, mi alegría será, por tanto, mucho más
pura.
Nuestro catecúmeno entra, tres horas enteras apenas son suficientes para
su homenaje; por fin sale y asegura a su amigo que no había visto en toda su
vida nada parecido y que ni la mismísima madre del amor le habría hecho gozar
de aquel modo.
—¿Con que es deliciosa? —pregunta Sernenval medio inflamado ya.
—¿Deliciosa? Ah, no podría encontrar ninguna expresión que pudiera darte
una idea de cómo es, e incluso en ese preciso momento en que toda ilusión es
aniquilada, sé que ningún pincel podría pintar el torrente de placer en que me
ha sumergido. A los encantos que ha recibido de la naturaleza, une un arte tan
sensual para hacerlos valer, sabe añadir un punto, una atracción tan auténtica,
que aún sigo sintiéndome como ebrio... Oh, amigo mío, pruébalo, te lo suplico,
por muy acostumbrado que puedes estar a las bellezas de París, estoy seguro de
que me reconocerás que ninguna otra vale en tu opinión lo que ésta.
Sernenval sigue firme, pero, no obstante, llevado de cierta curiosidad,
ruega a la S. J. que haga pasar a la joven por delante de él cuando salga del
gabinete... Le dice que muy bien; los dos amigos se quedan de pie para poder
verla mejor, y la princesa pasa llena de altivez...
¡Santo cielo, cómo se queda Sernenval cuando reconoce a su mujer! Es
ella... Es esa puritana que no se atreve a bajar por pudor delante de un amigo
de su esposo y que tiene la osadía de ir a prostituirse a una casa como
aquella.
—¡Miserable! —exclama enfurecido.
Pero en vano intenta lanzarse sobre la pérfida criatura, ella le había
visto en el mismo instante en que la habían reconocido y ya estaba lejos del
establecimiento. Sernenval, en un estado difícil de describir, decide
desahogarse con S. J.; ésta se excusa por su ignorancia, y asegura a Sernenval
que hacía más de diez años, es decir, mucho antes de la boda del infortunado,
que esa joven venía acudiendo a su casa.
—¡Esa maldita! —exclama el desventurado esposo, al que su amigo trata en
vano de consolar—. Pero no, es mejor así, desprecio es todo cuanto le debo, que
el mío la cubra para siempre y que con esta prueba cruel aprenda que nunca se
debe juzgar a las mujeres, dejándose guiar por su hipócrita máscara.
Sernenval volvió a su casa, pero no encontró ya a su ramera, ella había
hecho su elección, él no se preocupó; su amigo, no deseando imponer su
presencia después de lo ocurrido, se despidió al día siguiente, y el
infortunado Sernenval, solo, desgarrado por el odio y por el dolor, redactó un
«in-cuarto» contra las esposas hipócritas que nunca sirvió para corregir a las
mujeres y que los hombres no leyeron jamás.
FIN

