Libro N° 14665. La Guerra De Las Galias. Cayo Julio César.
© Libro N° 14665. La Guerra De Las Galias. Cayo Julio César. Emancipación. Enero 3 de 2026
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LA GUERRA DE LAS GALIAS
Cayo Julio César
La Guerra
De Las Galias
Cayo Julio
César
Reseña
Posiblemente
a lo largo de la historia de la humanidad no haya otra figura que haya atraído
como Cayo Julio César la atención de los historiadores. Su extraordinaria y
fascinante personalidad como hombre y su envergadura y genio como militar y
político lo justifican plenamente. César luchó por imponer el dominio universal
de Roma con un mando único, fuerte e indiscutible, y marcó una línea
irreversible hacia una estructura política de signo monárquico, pero con unas
instituciones de corte democrático. Su asesinato en los idus de marzo le
impidió consumar o, más bien, consolidar su objetivo, pero le dejó el camino
prácticamente andado a su sucesor y heredero Cayo Augusto. Prueba evidente del
reconocimiento y admiración que despertó entre sus contemporáneos fue que todos
sus sucesores en el mando supremo de Roma ostentaron el título de
"César". En su obra La guerra de las Galias nos describe, con un
estilo sorprendente, de prosa clara, incisiva y fluida, las campañas que
realizó en las Galias desde el año 58 a.C. hasta el 52 a.C., y supone un
fidedigno testimonio histórico de una época fundamental para la historia de
Occidente.
Índice
Julio
César, Historiador de sí mismo
Libro
Primero
Notas de
Napoleón al Libro I
Libro
Segundo
Notas de
Napoleón al Libro II
Libro
Tercero
Notas de
Napoleón al Libro III
Libro
Cuarto
Notas de
Napoleón al Libro IV
Libro
Quinto
Notas de
Napoleón al Libro V
Libro Sexto
Notas de
Napoleón al Libro VI
Libro
Séptimo
Notas de
Napoleón al Libro VII
Libro
Octavo
Notas de
Napoleón al Libro VIII
Julio
César, historiador de sí mismo
Cayo Julio
César, que es uno de los tres más grandes capitanes de la Historia con
Alejandro Magno y con Napoleón, es también uno de los tres más considerables
historiadores latinos, con Cayo Crispo Salustio y con Tito Livio, formando el
ejemplar triunvirato del período clásico por excelencia, período verdaderamente
«áureo» de las letras latinas. Y Julio César es todo esto, tiene tal
significación, precisamente como historiador de sí mismo, narrador de sus
propias hazañas guerreras y de su política.
Había en
él, además de un excepcional militar y un no menos extraordinario estadista y
gobernante, un admirable literato, más plural o polifacético de lo que, por lo
común, suele saberse; un literato al que, por haberse perdido varias de sus
obras ajenas al género histórico, no podemos juzgar en su integridad y de modo
directo, pero sin duda no muy inferior al historiador en el cultivo de otras
manifestaciones literarias, distintas a lo histórico; un literato, en fin,
autor del poema El viaje, de la tragedia Edipo y de otras creaciones poéticas,
del Anti-Catón, de una astronomía De astris y de un tratado acerca de los
augures y los auspicios.
Con todo,
le bastan sus obras de carácter histórico, sobre la historia que él mismo vivió
e hizo, protagonizándola, para que le juzguemos conforme se dice al principio
de estas líneas; obras evidentemente originales, redactadas sin asistencia de
persona alguna, en las que, lejos de imitar, se haría digno de imitación,
afirmando notables cualidades y condiciones de historiador, de maestro de la
historia narrativa. Sobrio y preciso, claro y metódico, brillante y colorista
sin alardes, de acuerdo con la austeridad y la severidad propias del género en
sus más dignas concepciones..., así es Julio César, historiador de sí mismo.
Cayo Julio
César, nacido en Roma el 12 de julio del año -100, perteneció a una de las
familias más distinguidas de Roma, habiendo desde sus primeros años manifestado
una inteligencia y una elevación de ánimo en las que se preanunciaba su futura
grandeza. A los trece años, fue nombrado sacerdote de Júpiter, y a los
dieciocho, contrajo matrimonio con Cornelia, hija de Cinna, dando con esta
ocasión una prueba de la firmeza de su carácter, al oponerse a la orden de
Sila, entonces dueño absoluto de Roma, de que repudiase a su esposa. Más
adelante se trasladó a Asia, incorporado al ejército, destacándose allí, por su
heroico comportamiento, en el sitio de Mitilene.
Regresó a
Roma a la muerte de Sila y de allí pasó, poco después, a Rodas, a fin de
perfeccionarse en la elocuencia, volviendo a Roma en el año -74. Entonces dio
comienzo a su vida política, poniéndose al frente del partido popular, contra
el Senado y los patricios, sostenidos a la sazón por Pompeyo. No tardó, por su
habilidad y su elocuencia, en verse convertido en el ídolo de las multitudes,
alcanzando, con su favor, los más altos cargos del Estado. En el - 67, fue
cuestor; edil, en el -65; pontífice máximo, en el -63, y nuevamente cuestor, en
el -62. Fue acusado de haber tomado parte en la conspiración de Catilina, pero
supo defenderse con tal habilidad que salió del tribunal aclamado por el pueblo
y paseado en triunfo por las calles de Roma.
Ha crecido
con ello su poder, obtuvo en el año -61 el gobierno de la España Ulterior,
donde mostró una vez más sus grandes dotes para el mando y para la política.
Regresó de España vencedor, reclamado en Roma por los acontecimientos, y por la
inestabilidad política, provocada por Pompeyo y los enemigos de este general,
que hacía presagiar graves males para la República. Llegado a Roma, se atrajo
César de nuevo el favor del pueblo, por haber renunciado al triunfo que se le
debía. Se afanó entonces para conseguir un acuerdo con Pompeyo y con Craso,
lográndolo al fin, y quedando de este modo constituido el Primer Triunvirato.
Al año
siguiente, César se hacía nombrar cónsul y antes de expirar el término de su
consulado conseguía su nombramiento de gobernador de la Galia, donde una
invasión de los germanos le ofrecía entonces la magnífica ocasión que esperaba
para aumentar aún su gloria y su poder.
La historia
de sus luchas en la Galia constituye el tema de La guerra de las Galias, que
ofrecemos hoy a nuestros lectores. Siete de los ocho libros que componen esta
obra se consideran como escritos por el propio César. Por la claridad y
maravillosa sencillez de su estilo, se coloca su autor entre los primeros
escritores de su tiempo; el octavo lo escribió Aulo Hircio, uno de sus
generales, al parecer sobre notas dejadas por el propio César, y en el que se
esfuerza por imitar a su jefe. Sigue luego, en el volumen próximo, La Guerra
Civil, escrita también por César y en la que se narran los acontecimientos de
aquel período agitado de la historia de Roma, con el triunfo final de César.
Tras ésta,
también en el volumen próximo, ofreceremos al público La guerra de Alejandría,
que se atribuye asimismo a Aulo Hircio, y los comentarios de la Guerra de
África y Guerra de España, que completan la serie de estos libros. Se ignora
quiénes son los autores de estos últimos, y su mérito literario es muy inferior
a los del propio Hircio; pero, siguiendo con esto el criterio adoptado en la
mayoría de las ediciones extranjeras, hemos querido ofrecer al público el
relato completo de las campañas en que tomó parte César, hasta el exterminio de
los últimos partidarios de Pompeyo, con su hijo, que refugiados en África y
España, le ofrecían aún resistencia.
Para el
período de la vida de César que va desde aquí hasta su muerte, remitimos al
lector, ya sea a la Vida de César, que figura en Los doce Césares de Suetonio
(volumen 7 de esta colección), ya a la del propio general, en las Vidas
paralelas de Plutarco (que serán publicadas en nuestra colección en números
posteriores).
En cuanto a
la traducción, hemos adoptado la que el señor Goya Muniáin hizo de La guerra de
las Galias, y la de don Manuel Balbuena, para el resto de los libros, por ser
consideradas ambas como las mejores que existen en castellano. No obstante,
ambos textos han sido revisados y corregidos en algunos detalles, de acuerdo
con las mejores ediciones extranjeras.
La guerra
de las Galias (Bellum Gallicum), principalmente, ha sido reiteradamente vertida
en varios idiomas, y desde luego al castellano, en repetidas ocasiones, pero
nunca, bien puede afirmarse, como lo hizo don José Goya a finales del siglo
último. Y puestos a mencionar las mejores traducciones de esta obra (la cual
viene imprimiéndose constantemente, ya en latín, ya vertida a otras lenguas,
desde el año 1469), es obligado citarla, prescindiéndose del interés que
pudiera suponer el ser la dada aquí, en esta colección, por nosotros.
Por otra
parte, sin anotar otras de menos importancia, citaremos las ediciones críticas,
del Bellum Gallicum y del Bellum civile, de A. Kloz (Leipzig, 1921-27); F.
Ramorino (Turín, 1902-03); L. A. Constans (París, 1926); P. Favre (París,
1936); R. Schneider (Berlín, 1888); E. Wolffin y A. Miodonsky (Leipzig, 1889).
Libro
Primero
I.
La Galia1
está dividida en tres partes: una que habitan los belgas, otra los aquitanos,
la tercera los que en su lengua se llaman celtas y en la nuestra galos. Todos
estos se diferencian entre sí en lenguaje, costumbres y leyes. A los galos
separa de los aquitanos el río Carona, de los belgas el Marne y Sena. Los más
valientes de todos son los belgas, porque viven muy remotos del fausto y
delicadeza de nuestra provincia; y rarísima vez llegan allá los mercaderes con
cosas a propósito para enflaquecer los bríos; y por estar vecinos a los
germanos, que moran a la otra parte del Rin, con quienes traen continua guerra.
Ésta es también la causa porque los helvecios2 se aventajan en valor a los
otros galos, pues casi todos los días vienen a las manos con los germanos, ya
cubriendo sus propias fronteras, ya invadiendo las ajenas. La parte que hemos
dicho ocupan los galos comienza del río Ródano, confina con el Carona, el
Océano y el país de los belgas; por el de los secuanos3 y helvecios toca en el
Rin, inclinándose al Norte. Los belgas toman su principio de los últimos
límites de la Galia, dilatándose hasta el Bajo Rin, mirando al Septentrión y al
Oriente. La Aquitania entre Poniente y Norte por el
1 César no
incluye en esta división el país de los alóbroges, ni a la Galia Narbonense,
que formaban ya parte de la provincia romana.
2 Los
suizos, llamados entonces helvecios, estaban ya comprendidos en la Galia, a la
cual limitaba el Rin por este lado
3 El país
ocupado por los secuanos corresponde al Franco Condado.
Colaboración
de Sergio Barros 9 Preparado por Patricio Barros
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río Carona
se extiende hasta los montes Pirineos, y aquella parte del Océano que baña a
España.
II.
Entre los
helvecios fue sin disputa el más noble y el más rico Orgetórige. Éste, siendo
cónsules4 Marco Mésala y Marco Pisón, llevado de la ambición de reinar, ganó a
la nobleza y persuadió al pueblo «a salir de su patria con todo lo que tenían;
diciendo que les era muy fácil, por la ventaja que hacían a todos en fuerzas,
señorearse de toda la Galia». Poco le costó persuadírselo, porque los
helvecios, por su situación, están cerrados por todas partes; de una por el
Rin, río muy ancho y muy profundo, que divide el país Helvético de la Germania;
de otra por el altísimo monte Jura, que lo separa de los secuanos; de la
tercera por el lago Leman y el Ródano, que parte términos entre nuestra
provincia y los helvecios. Por cuya causa tenían menos libertad de hacer
correrías, y menos comodidad para mover guerra contra sus vecinos; cosa de gran
pena para gente tan belicosa. Demás que para tanto número de habitantes, para
la reputación de sus hazañas militares y valor, les parecía término estrecho el
de doscientas cuarenta millas de largo, con ciento ochenta de ancho.
III.
4 Este
consulado fue el año de 693 de Roma.
Colaboración
de Sergio Barros 10 Preparado por Patricio Barros
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En fuerza
de estos motivos y del crédito de Orgetórige, se concertaron de apercibir todo
lo necesario para la expedición, comprando acémilas y carros cuantos se
hallasen, haciendo sementeras copiosísimas a trueque de estar bien provistos de
trigo en el viaje, asentando paz y alianza con los pueblos comarcanos. A fin de
efectuarlo, pareciéndoles que para todo esto bastaría el espacio de dos años,
fijaron el tercero con decreto en fuerza de ley por plazo de su partida. Para
el manejo de todo este negocio eligen a Orgetórige, quien tomó a su cuenta los
tratados con las otras naciones; y de camino persuade a Castice, secuano, hijo
de Catamantáledes (rey que había sido muchos años de los secuanos, y honrado
por el Senado y Pueblo Romanos con el título de amigo) que ocupase el trono en
que antes había estado su padre: lo mismo persuade a Dumnórige eduo, hermano de
Diviciaco (que a la sazón era la primera persona de su patria, muy bienquisto
del pueblo) y le casa con una hija suya. «Representábales llana empresa, puesto
que, habiendo él de obtener el mando de los helvecios, y siendo éstos sin duda
los más poderosos de toda la Galia, con sus fuerzas y ejército los aseguraría
en la posesión de los reinos. » Convencidos del discurso, se juramentan entre
sí, esperando que, afianzada su soberanía y unidas tres naciones poderosísimas
y fortísimas, podrían apoderarse de toda la Galia.
IV.
Colaboración
de Sergio Barros 11 Preparado por Patricio Barros
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Luego que
los helvecios tuvieron por algunos indicios noticia de la trama, obligaron a
Orgetórige a que diese sus descargos, aprisionado5 según estilo. Una vez
condenado, sin remedio había de ser quemado vivo. Aplazado el día de la
citación, Orgetórige compareció en juicio, acompañado de toda su familia, que
acudió de todas partes a su llamamiento en número de diez mil personas6,
juntamente con todos sus dependientes y adeudados, que no eran pocos,
consiguiendo, con su intervención, substraerse al proceso. Mientras el pueblo
irritado de tal tropelía trataba de mantener con las armas su derecho y los
magistrados juntaban las milicias de las aldeas, vino a morir Orgetórige, no
sin sospecha en opinión de los helvecios, de que se dio él a sí mismo la
muerte. 7
V.
No por eso
dejaron ellos de llevar adelante la resolución concertada de salir de su
comarca. Cuando les pareció estar ya todo a punto,
5 Quiere
decir que le obligaron a que, atado con cadenas, amarrado en prisiones o
aherrojado como estaba, se justificase y diese razón de sí. Este modo de
proceder en las causas graves no fue particular de los helvecios, sino que se
usó también entre los romanos. Tito Livio refiere un ejemplo en el libro XXIX,
capítulo IX.
6 César:
familia ad hominum milia decem. Este número no debe parecer exorbitante, porque
la familia se componía de esclavos, horros o libertos, y criados que servían en
casa, cultivaban los campos, pastoreaban los ganados y atendían a las demás
haciendas y negocios, que crecían y se multiplicaban a proporción del poder y
riquezas del dueño. Igual extensión da Suetonio a la voz familia en César, cap.
X.
7 Algunos
anotadores se detienen a inquirir la causa por que los helvecios trataron con
tanta severidad a un príncipe de la nación, que les recomendaba proyectos no
menos conformes al genio de ellos que ventajosos al Estado. El mismo César la
insinúa con decir que aquel príncipe helvecio se dejó llevar de la ambición de
reinar; y otros historiadores, como Dión y Paulo Orosio, la declararon
expresamente, Orgetórige aspiraba a la soberanía universal de la Galia;
receláronse de esto los grandes que entraron en la conjura; y como aborreciesen
toda superioridad, le malquistaron con el pueblo hasta el término de obligarle
a darse la muerte.
Colaboración
de Sergio Barros 12 Preparado por Patricio Barros
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ponen fuego
a todas sus ciudades, que eran doce, y a cuatrocientas aldeas con los demás
caseríos; queman todo el grano, salvo el que podían llevar consigo, para que
perdida la esperanza de volver a su patria, estuviesen más prontos a todos los
trances. Mandan que cada cual se provea de harina8 para tres meses. Inducen a
sus rayanos los rauracos,9 tulingos, latobrigos a que sigan su ejemplo y,
quemando las poblaciones, se pongan en marcha con ellos, y a los boyos,10 que,
establecidos a la otra parte del Rin, y adelantándose hasta el país de los
noricos, tenían sitiada su capital, empeñándolos en la facción, los reciben por
compañeros.
VI.
Sólo por
dos caminos podían salir de su tierra: uno por los secuanos, estrecho y
escabroso entre el Jura y el Ródano, por donde apenas podía pasar un carro y
señoreado de una elevadísima cordillera, de la cual muy pocos podían embarazar
el paso; el otro por nuestra provincia, más llano y ancho, a causa de que,
corriendo el Ródano entre los helvecios y alóbroges,11 con quien poco antes12
se habían hecho paces, por algunas partes es vadeable. Junto a la
8 César:
molita cifraria. No parece se deben entender aquí otras viandas: nuestro
Henríquez traduce harina; Luis XIV forines, y fariña el italiano de Albrici. Ni
se debe tener por insoportable tanta carga para un soldado, cuando de los de
Escipión dice Mariana, «que en España llevaban en sus hombros trigo para
treinta días y siete estacas para las trincheras, con que cercaban y barreaban
los reales». Historia de España, libro III, cap. IX.
9
Territorio de Basilea. Los tulingos y los latobrigos no son conocidos; debían
de pertenecer a alguna región de la Germania, vecina de Suiza.
10 La
Baviera
11 Ocupaban
la actual Saboya y el Delfinado.
12 Esto es,
dos años antes que los helvecios saliesen de su patria.
Colaboración
de Sergio Barros 13 Preparado por Patricio Barros
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raya de los
helvecios está Ginebra, última ciudad de los alóbroges, donde hay un puente que
remata en tierra de los helvecios. Daban por hecho que, o ganarían a los
alóbroges, por parecerles no del todo sincera su reconciliación con los
romanos, o los obligarían por fuerza a franquearles el paso. Aparejado todo
para la marcha, señalan el día fijo en que todos se debían congregar a las
riberas del Ródano. Era éste el 28 de marzo en el consulado de Lucio Pisón y
Aulo Gabinio.
VII.
Informado
César de que pretendían hacer su marcha por nuestra provincia, parte
aceleradamente de Roma; y encaminándose a marchas forzadas a la Galia Ulterior,
se planta en Ginebra. Da luego orden a toda la provincia de aprestarle el mayor
número posible de milicias, pues no había en la Galia Ulterior sino una legión
sola. Manda cortar el puente de junto a Ginebra. Cuando los helvecios supieron
su venida, despáchanle al punto embajadores de la gente más distinguida de su
nación, cuya voz llevaban Numeyo y Verodocio, para proponerle que ya que su
intención era pasar por la provincia sin agravio de nadie, por no haber otro
camino, que le pedían lo llevase a bien. César no lo juzgaba conveniente,
acordándose del atentado de los helvecios cuando mataron al cónsul Lucio Casio,
derrotaron su ejército y lo hicieron pasar bajo el yugo; ni creía que hombres
de tan mal corazón, dándoles paso franco por la provincia, se contuviesen de
hacer mal y daño. Sin
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de Sergio Barros 14 Preparado por Patricio Barros
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embargo,
por dar lugar a que se juntasen las milicias provinciales, respondió a los
enviados: «que tomaría tiempo para pensarlo; que si gustaban, volviesen por la
respuesta en 13 de abril».
VIII.
Entre
tanto, con la legión que tenía consigo y con los soldados que llegaban de la
provincia desde el lago Lemán, que se ceba del Ródano hasta el Jura, que separa
los secuanos de los helvecios, tira un vallado a manera de muro de diecinueve
millas en largo, dieciséis pies en alto, y su foso correspondiente; pone
guardias de trecho en trecho, y guarnece los cubos para rechazar más fácilmente
a los enemigos, caso que por fuerza intentasen el tránsito. Llegado el plazo
señalado a los embajadores, y presentados éstos, responde: «que, según
costumbre y práctica del Pueblo Romano, él a nadie puede permitir el paso por
la provincia; que si ellos presumen abrírselo por sí, protesta oponerse». Los
helvecios, viendo frustrada su pretensión, parte en barcas y muchas balsas que
formaron, parte tentando vadear el Ródano por donde corría más somero, unas
veces de día y las más de noche, forcejando por romper adelante, siempre
rebatidos por la fortificación y vigorosa resistencia de la tropa, hubieron de
cejar al cabo.
IX.
Quedábales
sólo el camino por los secuanos; mas sin el consentimiento de éstos era
imposible atravesarlo, siendo tan
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angosto.
Como no pudiesen ganarlos por sí, envían legados al eduo Dumnórige para recabar
por su intercesión el beneplácito de los secuanos, con quienes podía él mucho y
los tenía obligados con sus liberalidades; y era también afecto a los
helvecios, por estar casado con mujer de su país, hija de Orgetórige; y al paso
que por la ambición de reinar intentaba novedades, procuraba con beneficios
granjearse las voluntades de cuantos pueblos podía. Toma, pues, a su cargo el
negocio y logra que los secuanos dejen el paso libre a los helvecios por sus
tierras, dando y recibiendo rehenes en seguridad de que los secuanos no
embarazarán la marcha, y de que los helvecios la ejecutarán sin causar daño ni
mal alguno.
X.
Avisan a
César que los helvecios están resueltos a marchar por el país de los secuanos y
eduos hacia el de los santones,13 poco distantes de los tolosanos, que caen
dentro de nuestra jurisdicción.14 Si tal sucediese, echaba de ver el gran
riesgo de la provincia con la vecindad de hombres tan feroces y enemigos del
Pueblo Romano en aquellas regiones abiertas y sumamente fértiles. Por estos
motivos, dejando el gobierno de las fortificaciones hechas a su legado Tito
Labieno, él mismo en persona a grandes jornadas vuelve a Italia, donde alista
dos legiones; saca de los cuarteles otras tres que invernaban en los contornos
de Aquileia, y con todas cinco,
13 La
Santonge.
14 Por
pertenecer a la Galia Narbonense, que, como se ha dicho, estaba sometida a los
romanos.
Colaboración
de Sergio Barros 16 Preparado por Patricio Barros
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atravesando
los Alpes por el camino más corto, marcha en diligencia hacia la Galia
Ulterior. Opónense al paso del ejército los centrones, gravocelos y
caturiges,15 ocupando las alturas; rebatidos todos en varios reencuentros,
desde Ocelo, último lugar de la Galia Cisalpina, en siete días se puso en los
voconcios, territorio de la Transalpina; desde allí conduce su ejército a los
alóbroges; de los alóbroges a los segusianos, que son los primeros del Ródano
para allá fuera de la provincia.
XI.
Ya los
helvecios, transportadas sus tropas por los desfiladeros y confines de los
secuanos, habían penetrado por el país de los eduos, y le corrían. Los eduos,
no pudiendo defenderse de la violencia, envían a pedir socorro a César,
representándole: «haber sido siempre tan leales al Pueblo Romano, que no
debiera sufrirse que casi a vista de nuestro ejército sus labranzas fuesen
destruidas, cautivados sus hijos y sus pueblos asolados». Al mismo tiempo que
los eduos, sus aliados y parientes los ambarros16 dan parte a César cómo
arrasadas ya sus heredades, a duras penas defienden los lugares del furor
enemigo; igualmente los alóbroges, que tenían haciendas y granjas al otro lado
del Ródano, van a ampararse de César diciendo que nada les queda de lo suyo
sino el suelo desnudo de sus campos y heredades. César, en vista de tantos
desafueros,
15 Pueblos
de la Turantesa, del monte Genis, de Embrum.
16 Los
ambarros ocupaban el territorio de Chalóns.
Colaboración
de Sergio Barros 17 Preparado por Patricio Barros
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no quiso
aguardar a que los helvecios, después de una desolación general de los países
aliados, llegasen sin contraste a los santones.
XII.
Habían
llegado los helvecios al río Arar, el cual desagua en el Ródano, corriendo por
tierras de los eduos y secuanos tan mansamente, que no pueden discernir los
ojos hacia qué parte corre, y lo iban pasando en balsas y barcones. Mas
informado César por sus espías que los helvecios habían ya pasado tres partes
de sus tropas al otro lado del río, quedando de éste la cuarta sola, sobre la
medianoche moviendo con tres legiones, alcanzó aquel trozo, que aún estaba por
pasar el río, y acometiéndolos en el mayor calor de esta maniobra, deshizo una
gran parte de ellos; los demás echaron a huir, escondiéndose dentro de los
bosques cercanos. Éste era el cantón Tigurino, uno de los cuatro17 en que está
dividida toda la Helvecia, y aquel mismo que, habiendo salido solo de su tierra
en tiempo de nuestros padres, mató al cónsul Lucio Casio y sujetó su ejército a
la ignominia del yugo. Así, o por acaso o por acuerdo de los dioses inmortales,
la parte del cuerpo helvético que tanto mal hizo al Pueblo Romano, ésa fue la primera
que pagó la pena; con la cual vengó César las injurias no sólo de la República,
sino también las suyas propias; pues los tigurinos habían muerto al legado
Lucio
17
Corresponde al de Zurich.
Colaboración
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Pisón,
abuelo de su suegro, del propio nombre, en la misma batalla en que mataron a
Casio.
XIII.
Después de
esta acción, a fin de poder dar alcance a las demás tropas enemigas, dispone
echar un puente sobre el Arar, y por él conduce su ejército a la otra parte.
Los helvecios, espantados de su repentino arribo, viendo ejecutado por él en un
día el pasaje del río, que apenas y con sumo trabajo pudieron ellos en veinte,
despáchanle una embajada, y por jefe de ella a Divicón, que acaudilló a los
helvecios en la guerra contra Casio; y habló a César en esta sustancia: «que si
el Pueblo Romano hacía paz con los helvecios, estaban ellos prontos a ir y
morar donde César lo mandase y tuviese por conveniente; mas si persistía en
hacerles guerra, se acordase de la rota del ejército romano y del valor de los
helvecios. Que la sorpresa de un cantón sólo en sazón que los otros de la
orilla opuesta no podían socorrerle, ni era motivo para presumir de su propia
valentía, ni para menospreciarlos a ellos; que tenían por máxima recibida de
padre a hijos confiar en los combates más de la fortaleza propia que no de
ardides y estratagemas. Por tanto, no diese lugar a que el sitio donde se
hallaba se hiciese famoso por una calamidad del Pueblo Romano, y testificase a
la posteridad la derrota de su ejército».
XIV.
Colaboración
de Sergio Barros 19 Preparado por Patricio Barros
La Guerra
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A estas
razones respondió César: «que tenía muy presente cuanto decían los embajadores
helvecios; y que por lo mismo hallaba menos motivos para vacilar en su
resolución; los hallaba sí grandes de sentimiento, y tanto mayor, cuanto menos
se lo había merecido el Pueblo Romano, quien, si se creyera culpado, hubiera
fácilmente evitado el golpe; pero fue lastimosamente engañado, por estar cierto
de no haber cometido cosa de qué temer, y pensar que no debía recelarse sin
causa. Y cuando quisiese olvidar el antiguo desacato, ¿cómo era posible borrar
la memoria de las presentes injurias, cuáles eran haber intentado el paso de la
provincia mal de su grado, y las vejaciones hechas a los eduos, a los ambarros,
a los alóbroges? Que tanta insolencia en gloriarse de su victoria, y el
extrañar que por tanto tiempo se tolerasen sin castigo sus atentados, dimanaba
de un mismo principio; pues que suelen los dioses inmortales, cuando quieren
descargar su ira sobre los hombres en venganza de sus maldades concederles tal
vez prosperidad con impunidad más prolongada, para que después les cause mayor
tormento el trastorno de su fortuna. Con todo esto, hará paz con ellos, si le
aseguran con rehenes que cumplirán lo prometido, y si reparan los daños hechos
a los eduos, a sus aliados y a los alóbroges». Respondió Divicón: «que de sus
mayores habían los helvecios aprendido la costumbre de recibir rehenes, no de
darlos; de que los romanos eran testigos». Dicho esto, se despidió.
XV.
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.Al día
siguiente alzan los reales de aquel puesto. Hace lo propio César; enviando
delante la caballería compuesta de cuatro mil hombres que había juntado en toda
la provincia, en los eduos, y los confederados de éstos, para que observasen
hacia dónde marchaban los enemigos. Más como diesen tras ellos con demasiado
ardimiento, vienen a trabarse en un mal paso con la caballería de los
helvecios, y mueren algunos de los nuestros. Engreídos ellos con esta ventaja,
pues con quinientos caballos habían hecho retroceder a cuatro mil, empezaron a
esperar a los nuestros con mayor osadía, y a provocarlos a combate vuelta de
frente la retaguardia. César reprimía el ardor de los suyos, contentándose por
entonces con estorbar al enemigo los robos, forrajes y talas. De este modo
anduvieron cerca de quince días, no distando su retaguardia de la vanguardia
nuestra más de cinco a seis millas.
XVI.
Mientras
tanto instaba César todos los días a los eduos por el trigo que por acuerdo de
la República le tenían ofrecido; y es que, a causa de los fríos de aquel clima,
que, como antes se dijo, es muy septentrional, no sólo no estaba sazonado, pero
ni aun alcanzaba el forraje; y no podía tampoco servirse del trigo conducido en
barcas por el Arar, porque los helvecios se habían desviado de este río, y él
no quería perderlos de vista. Dábanle largas los eduos con decir que lo estaban
acopiando, que ya venía en camino, que luego llegaba. Advirtiendo él que era
entretenerlo no más, y que apuraba el plazo
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en que
debía repartir las raciones de pan a los soldados, habiendo convocado a los
principales de la nación, muchos de los cuales militaban en su campo, y también
a Diviciaco y Lisco, que tenían el supremo magistrado (que los eduos llaman
Vergobreto, y es anual con derecho sobre la vida y muerte de sus nacionales)
quéjase de ellos agriamente, porque no pudiendo haber trigo por compra ni
cosecha, en tiempo de tanta necesidad, y con los enemigos a la vista, no
cuidaban de remediarle; que habiendo él emprendido aquella guerra obligado en
parte de sus ruegos, todavía sentía más el verse así abandonado.
XVII.
En fin,
Lisco, movido del discurso de César, descubre lo que hasta entonces había
callado; y era «la mucha mano que algunos de su nación tenían con la gente
menuda, los cuales, con ser unos meros particulares, mandaban más que los
mismos magistrados; ésos eran los que, vertiendo especies sediciosas y
malignas, disuadían al pueblo que no aprontase el trigo, diciendo que, pues no
pueden hacerse señores de la Galia, les vale más ser vasallos de los galos que
de los romanos; siendo cosa sin duda, que si una vez vencen los romanos a los
helvecios, han de quitar la libertad a los eduos no menos que al resto de la
Galia; que los mismos descubrían a los enemigos nuestras trazas, y cuanto
acaecía en los reales; y él no podía irles a la mano; antes estaba previendo el
gran riesgo que corría su persona por habérselo manifestado a más no poder, y
por eso, mientras pudo, había disimulado».
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XVIII.
Bien
conocía César que las expresiones de Lisco tildaban a Dumnórige, hermano de
Diviciaco; mas no queriendo tratar este punto en presencia de tanta gente,
despide luego a los de la junta, menos a Lisco; examínale a solas sobre lo
dicho; explícase él con mayor libertad y franqueza; por informes secretos
tomados de otros halla ser la pura verdad: «que Dumnórige era el tal; hombre
por extremo osado, de gran séquito popular por su liberalidad, amigo de
novedades; que de muchos años atrás tenía en arriendo bien barato el portazgo y
todas las demás alcabalas de los eduos, porque haciendo él postura, nadie se
atrevía a pujarla. Con semejantes arbitrios había engrosado su hacienda, y
amontonado grandes caudales para desahogo de sus profusiones; sustentaba
siempre a su sueldo un gran cuerpo de caballería, y andaba acompañado de él;
con sus larguezas dominaba, no sólo en su patria, sino también en las naciones
confinantes; que por asegurar este predominio había casado a su madre entre los
bituriges con un señor de la primera nobleza y autoridad; su mujer era
helvecia; una hermana suya por parte de madre y varias parientas tenían maridos
extranjeros; por estas conexiones favorecía y procuraba el bien de los
helvecios; por su interés particular aborrecía igualmente a César y a los
romanos; porque con su venida le habían cercenado el poder, y restituido al
hermano Diviciaco el antiguo crédito y lustre. Que si aconteciese algún azar a
los romanos, entraba en grandes
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esperanzas
de alzarse con el reino con ayuda de los helvecios, mientras que durante el
imperio romano, no sólo desconfiaba de llegar al trono, sino aun de mantener el
séquito adquirido». Averiguó también César en estas pesquisas que Dumnórige y
su caballería (mandaba él la que los eduos enviaron de socorro a César) fueron
los primeros en huir en aquel encuentro mal sostenido pocos días antes, y que
con su fuga se desordenaron los demás escuadrones.
XIX.
Hechas
estas averiguaciones y confirmados los indicios con otras pruebas evidentísimas
de haber sido él promotor del tránsito de los helvecios por los secuanos, y de
la entrega recíproca de los rehenes; todo no sólo sin aprobación de César y del
gobierno, pero aun sin noticia de ellos; y, en fin, siendo su acusador el juez
supremo de los eduos, parecíale a César sobrada razón para castigarle o por sí
mismo, o por sentencia del tribunal de la nación. La única cosa que le detenía
era el haber experimentado en su hermano Diviciaco una grande afición al Pueblo
Romano, y para consigo una voluntad muy fina, lealtad extremada, rectitud,
moderación; y temía que con el suplicio de Dumnórige no se diese por agraviado
Diviciaco. Por lo cual, antes de tomar ninguna resolución, manda llamar a
Diviciaco, y dejados los intérpretes ordinarios, por medio de Cayo Valerio
Procilo, persona principal de nuestra provincia, amigo íntimo suyo, y de quien
se fiaba en un todo, le declara sus sentimientos, trayéndole a la memoria los cargos
que a su presencia resultaron
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contra
Dumnórige en el consejo de los galos, y lo que cada uno en particular había
depuesto contra éste. Le ruega y amonesta no lleve a mal que o él mismo,
substanciado el proceso, sentencie al reo, o dé comisión de hacerlo a los
jueces de la nación.
XX.
Diviciaco,
abrazándose con César, deshecho en lágrimas, se puso a suplicarle: «que no
hiciese alguna demostración ruidosa con su hermano; que bien sabía ser cierto
lo que le achacaban; y nadie sentía más vivamente que él los procederes de
aquel hermano, a quien cuando por su poca edad no hacía figura en la nación, le
había valido él con la mucha autoridad que tenía con los del pueblo y fuera de
él, para elevarlo al auge de poder en que ahora se halla, y de que se vale, no
sólo para desacreditarle, sino para destruirle si pudiera. Sin embargo, podía
más consigo el amor de hermano, y el qué dirán las gentes, siendo claro que
cualquiera demostración fuerte de César la tendrían todos por suya, a causa de
la mucha amistad que con él tiene; por donde vendría él mismo a malquistarse
con todos los pueblos de la Galia». Repitiendo estas súplicas con tantas
lágrimas como palabras, tómale César de la mano, y consolándolo, le ruega no
hable más del asunto; asegúrale que aprecia tanto su amistad, que por ella
perdona las injurias hechas a la República y a su persona. Luego hace venir a
su presencia a Dumnórige; y delante de su hermano le echa en cara las quejas de
éste, las de toda la nación, y lo que él mismo había
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averiguado
por sí. Encárgale no dé ocasión a más sospechas en adelante, diciendo que le
perdona lo pasado por atención a su hermano Diviciaco, y le pone espías para
observar todos sus movimientos y tratos.
XXI.
Sabiendo
ese mismo día, por los batidores, que los enemigos habían hecho alto a la falda
de un monte, distante ocho millas de su campo, destacó algunos a reconocer
aquel sitio, y qué tal era la subida por la ladera del monte. Informáronle no
ser agria. Con eso, sobre la medianoche ordenó al primer comandante Tito
Labieno, que con dos legiones, y guiado de los prácticos en la senda, suba a la
cima, comunicándole su designio. Pasadas tres horas, marcha él en seguimiento
de los enemigos por la vereda misma que llevaban, precedido de la caballería, y
destacando antes con los batidores a Publio Considio, tenido por muy experto en
las artes de la guerra, como quien había servido en el ejército de Lucio Sila y
después en el de Marco Craso.
XXII.
Al
amanecer, cuando ya Labieno estaba en la cumbre del monte y César a milla y
media del campo enemigo, sin que se trasluciese su venida ni la de Labieno,
como supo después por los prisioneros, viene a él a la carrera abierta Considio
con la noticia de «que los enemigos ocupan el monte que había de tomar Labieno,
como le
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habían
cerciorado sus armas y divisas». César recoge luego sus tropas al collado más
inmediato, y las ordena en batalla. Como Labieno estaba prevenido con la orden
de no pelear mientras no viese a César con los suyos sobre el ejército enemigo,
a fin de cargarle a un tiempo por todas partes, dueño del monte, se mantenía
sin entrar en acción, aguardando a los nuestros. En conclusión, era ya muy
entrado el día cuando los exploradores informaron a César que era su gente la
que ocupaba el monte; que los enemigos continuaban su marcha, y que Considio en
su relación supuso de miedo lo que no había visto. Con que César aquel día fue
siguiendo al enemigo con interposición del trecho acostumbrado, y se acampó a
tres millas de sus reales.
XXIII.
Al día
siguiente, atento que sólo restaban dos de término para repartir las raciones
de pan a los soldados,18 y que Bibracte, ciudad muy populosa y abundante de los
eduos, no distaba de allí más de dieciocho millas, juzgó conveniente cuidar de
la provisión del trigo; por eso, dejando de seguir a los helvecios, tuerce
hacia Bibracte, resolución que luego supieron los enemigos por ciertos esclavos
de Lucio Emilio, decurión19 de la caballería galicana. Los helvecios, o
creyendo que los romanos se retiraban de cobardes, mayormente
18 Todos
los meses se repartían las raciones a los soldados y se les pagaban sus
haberes.
19 Cada
compañía de caballos se componía de treinta hombres, y el primero de cada diez
se llamaba decurión, semejante a nuestros sargentos; bien que aun después de
varias reformas en la milicia romana se dio igual nombre al que mandaba toda la
compañía.
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cuando
apostados el día antes en sitio tan ventajoso habían rehusado la batalla, o
confiando el poder interceptarles los víveres, mudando de idea y de ruta,
comenzaron a perseguir y picar nuestra retaguardia.
XXIV.
Luego que
César lo advirtió, recoge su infantería en un collado vecino, y hace avanzar la
caballería con el fin de reprimir la furia enemiga. Él, mientras tanto, hacia
la mitad del collado dividió en tres tercios las cuatro legiones de veteranos;
por manera que, colocadas en la cumbre y a la parte superior de las suyas las
dos nuevamente alistadas en la Galia Cisalpina y todas las tropas auxiliares,
el cerro venía a quedar cubierto todo de gente. Dispuso sin perder tiempo que
todo el bagaje se amontonase en un mismo sitio bajo la escolta de los que
ocupaban la cima. Los helvecios, que llegaron después con todos sus carros, lo
acomodaron también en un mismo lugar, y formados en batalla, muy cerrados los
escuadrones, rechazaron nuestra caballería; y luego, haciendo empavesada,
arremetieron a la vanguardia. César, haciendo retirar del campo de batalla
todos los caballos, primero el suyo, y luego los de los otros, para que siendo
igual en todos el peligro, nadie pensase en huir, animando a los suyos trabó el
choque. Los soldados, disparando de alto a bajo sus dardos, rompieron
fácilmente la empavesada enemiga, la cual desordenada, se arrojaron sobre ellos
espada en mano. Sucedíales a los galos una cosa de sumo embarazo
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en el
combate, y era que tal vez un dardo de los nuestros atravesaba de un golpe
varias de sus rodelas, las cuales, ensartadas en el astil y lengüeta del dardo
retorcido, ni podían desprenderlas, ni pelear sin mucha incomodidad, teniendo
sin juego la izquierda, de suerte, que muchos, después de repetidos inútiles
esfuerzos, se reducían a soltar el broquel y pelear a cuerpo descubierto.
Finalmente, desfallecidos de las heridas, empezaron a cejar y retirarse a un
monte distante cerca de una milla. Acogidos a él, yendo los nuestros en su
alcance, los boyos y tulingos, que en número de casi quince mil cerraban el
ejército enemigo, cubriendo su retaguardia, asaltaron sobre la marcha el flanco
de los nuestros, tentando cogerlos en medio. Los helvecios retirados al monte
que tal vieron, cobrando nuevos bríos, volvieron otra vez a la refriega. Los
romanos se vieron precisados a combatirlos dando tres frentes al ejército;
oponiendo el primero y el segundo contra los vencidos y derrotados, y el
tercero contra los que venían de refresco.
XXV.
Así en
doble batalla20 estuvieron peleando gran rato con igual ardor, hasta que no
pudiendo los enemigos resistir por más tiempo al
20 César:
ancipiti proelio. Se usa ordinariamente de esta frase latina para significar
que la victoria no se declara o in dina; que está pendiente, en peso o en
balanzas, con suceso dudoso; mas en este lugar de César, es de creer, por las
circunstancias, que la batalla se daba en dos distintas partes, y que esto es
lo que dice César, que era doble el combate. Así se debe entender también esta
frase en el séptimo de estos Comentarios, cuando, en el sitio de Alesia, César
escribe así: Nec erat omnium (Gallorum) quisquam, qui aspectum modo tantae
multitudinis
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esfuerzo de
los nuestros, los unos se refugiaron al monte, como antes; los otros se
retiraron al lugar de sus bagajes y carruajes: por lo demás, en todo el
discurso de la batalla, dado que duró desde las siete de la mañana hasta la
caída de la tarde, nadie pudo ver las espaldas al enemigo; y gran parte de la
noche duró todavía el combate donde tenían el bagaje, puestos alrededor de él
por barrera los carros, desde los cuales disparaban con ventaja a los que se
arrimaban de los nuestros, y algunos por entre las pértigas y ruedas los herían
con pasadores21 y lanzas. En fin, después de un porfiado combate, los nuestros
se apoderaron de los reales, y en ellos, de una hija y un hijo de Orgetórige.
De esta jornada se salvaron al pie de ciento treinta mil de los enemigos, los
cuales huyeron sin parar toda la noche; y no interrumpiendo un punto su marcha,
al cuarto día llegaron a tierra de Langres, sin que los nuestros pudiesen
seguirlos, por haberse detenido tres días a curar los heridos y enterrar los
muertos. Entre tanto César despachó correos con cartas a los langreses,
intimidándoles «no los socorriesen con bastimentos ni cosa alguna, so pena de
ser tratados como los helvecios»; y pasados los tres días marchó con su
ejército en su seguimiento.
XXVI.
sustinere
posse arbitraretur, praesertin ancipite praelio; quum ex oppido eruptione
pugnaretur, et foris tantae copae cornerentur.
21 Según el
Diccionario de la lengua castellana, pasador es cierto género de flecha o saeta
muy aguda que se dispara con ballesta.
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Ellos,
apretados con la falta de todas las cosas, le enviaron diputados a tratar de la
entrega; los cuales, presentándosele al paso y postrados a sus pies, como le
instasen por la paz con súplicas y llantos, y respondiese él le aguardasen en
el lugar en que a la sazón se hallaban, obedecieron. Llegado allá César, a más
de la entrega de rehenes y armas, pidió la restitución de los esclavos
fugitivos. Mientras se andaba en estas diligencias, cerró la noche; y a poco
después unos seis mil del cantón llamado Urbígeno22 escabulléndose del campo de
los helvecios, se retiraron hacia el Rin y las fronteras de Germania, o
temiendo no los matasen después de desarmados, o confiando salvar las vidas,
persuadidos a que entre tantos prisioneros se podría encubrir su fuga, o
ignorarla totalmente.
XXVII.
César, que
lo entendió, mandó a todos aquellos, por cuyas tierras habían ido, que si
querían justificarse con él, fuesen tras ellos y los hiciesen volver. Vueltos
ya, tratólos como a enemigos, y a todos los demás, hecha la entrega de rehenes,
armas y desertores, los recibió bajo su protección. A los helvecios, tulingos y
latóbrigos mandó volviesen a poblar sus tierras abandonadas; y atento que, por
haber perdido los abastos, no tenían en su patria con qué vivir, ordenó a los
alóbroges los proveyesen de granos, obligando a ellos mismos a
22 Se
ignora dónde estaba situado este cantón.
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reedificar
las ciudades y aldeas quemadas. La principal mira que en esto llevó, fue no
querer que aquel país desamparado de los helvecios quedase baldío; no fuese que
los germanos de la otra parte del Rin, atraídos de la fertilidad del terreno,
pasasen de su tierra a la de los helvecios, e hiciesen con eso mala vecindad a
nuestra provincia y a los alóbroges. A petición de los eduos les otorgó que en
sus Estados diesen establecimientos a los boyos, por ser gente de conocido
valor; y, en consecuencia, los hicieron por igual participantes en sus tierras,
fueros y exenciones.
XXVIII.
Halláronse
en los reales helvecios unas Memorias, escritas con caracteres griegos que,
presentadas a César, se vio contenían por menor la cuenta de los que salieron
de la patria en edad de tomar armas, y en lista aparte los niños, viejos y
mujeres. La suma total de personas, era: de los helvecios doscientos setenta y
tres mil; de los tulingos treinta y seis mil; de los latóbrigos catorce mil; de
los rauracos veintidós mil; de los boyos treinta y dos mil; los de armas eran
noventa y dos mil: entre todos componían trescientos sesenta y ocho mil. Los
que volvieron a sus patrias, hecho el recuento por orden de César, fueron
ciento diez mil cabales.
XXIX.
Terminada
la guerra de los helvecios, vinieron legados de casi toda la Galia los primeros
personajes de cada república a congratularse
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con César;
diciendo que, si bien el Pueblo Romano era el que con las armas había tomado la
debida venganza de las injurias antiguas de los helvecios, sin embargo, el
fruto de la victoria redundaba en utilidad no menos de la Galia que del Pueblo
Romano; siendo cierto que los helvecios en el mayor auge de su fortuna habían
abandonado su patria con intención de guerrear con toda la Galia, señorearse de
ella, escoger entre tantos para su habitación el país que más cómodo y
abundante les pareciese, y hacer tributarias a las demás naciones. Suplicáronle
que les concediese grata licencia para convocar en un día señalado Cortes
generales de todos los Estados de la Galia, pues tenían que tratar ciertas
cosas que de común acuerdo querían pedirle. Otorgado el permiso, aplazaron el
día; y se obligaron con juramento a no divulgar lo tratado fuera de los que
tuviesen comisión de diputados.
XXX.
Despedida
la junta, volvieron a César los mismos personajes de antes, y le pidieron les
permitiese conferenciar con él a solas de cosas en que se interesaba su vida y
la de todos. Otorgada también la demanda, echáronsele todos llorando a los
pies, y le protestan «que no tenían menos empeño y solicitud sobre que no se
publicasen las cosas que iban a confiarle, que sobre conseguir lo que
pretendían; previniendo que al más leve indicio incurrirían en penas
atrocísimas». Tomóles la palabra Diviciaco, y dijo: «estar la Galia toda
dividida en dos bandos: que del uno eran cabeza los
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eduos, del
otro los alvernos. Que habiendo disputado muchos años obstinadamente la
primacía, vino a suceder que los alvernos, unidos con los secuanos, llamaron en
su socorro algunas gentes de la Germania; de donde al principio pasaron el Rin
con quince mil hombres. Mas después que, sin embargo, de ser tan fieros y
bárbaros, se aficionaron al clima, a la cultura y conveniencias de los galos,
transmigraron muchos más hasta el punto que al presente sube su número en la
Galia a ciento veinte mil. Con éstos han peleado los eduos y sus parciales de
poder a poder repetidas veces; y siendo vencidos, se hallan en gran miseria con
la pérdida de toda la nobleza, de todo el Senado, de toda la caballería.
Abatidos en fin con sucesos tan desastrados lo que antes, así por su valentía
como por el arrimo y amistad del Pueblo Romano, eran los más poderosos de la
Galia, se han visto reducidos a dar en prendas a los secuanos las personas más
calificadas de su nación, empeñándose con juramento a no pedir jamás su
recobro, y mucho menos implorar el auxilio del Pueblo Romano, ni tampoco
sacudir el impuesto yugo de perpetua sujeción y servidumbre. Que de todos los
eduos él era el único a quien nunca pudieron reducir a jurar, o dar sus hijos
en rehenes; que huyendo por esta razón de su patria, fue a Roma a solicitar
socorro del Senado; como quien solo ni estaba ligado con juramento, ni con otra
prenda. Con todo eso, ha cabido peor suerte a los vencedores secuanos que a los
eduos vencidos; pues que Ariovisto, rey de los germanos, avecinándose allí,
había ocupado la tercera parte de su país, el más pingüe de toda la Galia; y
ahora les
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mandaba
evacuar otra tercera parte, dando por razón que pocos meses ha le han llegado
veinticuatro mil harudes, a quien es forzoso preparar alojamiento. Así que
dentro de pocos años todos vendrán a ser desterrados de la Galia, y los
germanos a pasar el Rin; pues no tiene que ver el terreno de la Galia con el de
Germania, ni nuestro trato con el suyo. Sobre todo Ariovisto, después de la
completa victoria que consiguió de los galos en la batalla de Amagetobria,
ejerce un imperio tiránico, exigiendo en parias los hijos de la primera
nobleza; y si éstos se desmandan en algo que no sea conforme a su antojo, los
trata con la más cruel inhumanidad. Es un hombre bárbaro, iracundo, temerario;
no se puede aguantar ya su despotismo. Si César y los romanos no ponen remedio,
todos los galos se verán forzados a dejar, como los helvecios, su patria, e ir
a domiciliarse en otras regiones distantes de los germanos, y probar fortuna,
sea la que fuere. Y si las cosas aquí dichas llegan a noticia de Ariovisto,
tomará la más cruel venganza de todos los rehenes que tiene en su poder. César
es quien, o con su autoridad y el terror de su ejército, o por la victoria
recién ganada, o en nombre del Pueblo Romano, puede intimidar a los germanos,
para que no pase ya más gente los límites del Rin, y librar a toda la Galia de
la tiranía de Ariovisto».
XXXI.
Apenas cesó
de hablar Diviciaco, todos los presentes empezaron con sollozos a implorar el
auxilio de César, quien reparó que los
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secuanos
entre todos eran los únicos que a nada contestaban de lo que hacían los demás,
sino que tristes y cabizbajos miraban al suelo. Admirado César de esta
singularidad, les preguntó la causa. Nada respondían ellos, poseídos siempre de
la misma tristeza y obstinados en callar. Repitiendo muchas veces la misma
pregunta, sin poderles sacar una palabra, respondió por ellos el mismo
Diviciaco: «Aquí se ve cuánto más lastimosa y acerba es la desventura de los
secuanos que la de los otros; pues solos ellos ni aun en secreto osan quejarse
ni pedir ayuda, temblando de la crueldad de Ariovisto ausente como si le
tuvieran delante; y es que los demás pueden a lo menos hallar modo de huir; mas
éstos, con haberle recibido en sus tierras y puesto en sus manos todas las
ciudades, no pueden menos de quedar expuestos a todo el rigor de su tiranía.»
XXXII.
Enterado
César del estado deplorable de los galos procuró consolarlos con buenas
razones, prometiéndoles tomar el negocio por su cuenta, y afirmándoles que
concebía firme esperanza de que Ariovisto, en atención a sus beneficios y
autoridad, pondría fin a tantas violencias. Dicho esto, despidió la audiencia;
y en conformidad se le ofrecían muchos motivos que le persuadían a pensar
seriamente y encargarse de esta empresa. Primeramente por ver a los eduos,
tantas veces distinguidos por el Senado con el timbre de parientes y hermanos,
avasallados por los germanos, y a
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sus hijos
en manos de Ariovisto y de los secuanos; cosa que, atenta la majestad del
Pueblo Romano, era de sumo desdoro para su persona no menos que para la
República. Consideraba además, que acostumbrándose los germanos poco a poco a
pasar el Rin y a inundar de gente la Galia, no estaba seguro su Imperio; que no
era verosímil que hombres tan fieros y bárbaros, ocupada una vez la Galia,
dejasen de acometer, como antiguamente lo hicieron los cimbros y teutones, a la
provincia, y de ella penetrar la Italia; mayormente no habiendo de por medio
entre los secuanos y nuestra provincia sino el Ródano; inconvenientes que se
debían atajar sin la menor dilación. Y en fin, había ya Ariovisto cobrado
tantos humos y tanto orgullo, que no se le debía sufrir más.
XXXIII.
Por tanto,
determinó enviarle una embajada con la demanda de que «se sirviese señalar
algún sitio proporcionado donde se avistasen; que deseaba tratar con él del
bien público y de asuntos a entrambos sumamente importantes». A esta embajada
respondió Ariovisto: «que si por su parte pretendiese algo de César, hubiera
ido en persona a buscarle; si él tenía alguna pretensión consigo, le tocaba ir
a proponérsela. Fuera de que no se arriesgaba sin ejército a ir a parte alguna
de la Galia cuyo dueño fuese César, ni podía mover el ejército a otro lugar sin
grandes preparativos y gastos. No comprendía que César ni el Pueblo Romano
tuviesen que hacer en la Galia, que por conquista era suya».
Colaboración
de Sergio Barros 37 Preparado por Patricio Barros
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XXXIV.
César, en
vista de estas respuestas, repitió la embajada, replicando así: «Ya que después
de recibido un tan singular beneficio suyo y del Pueblo Romano, como el título
de rey y amigo, conferido por el Senado en su consulado,23 se lo pagaba ahora
con desdeñarse de aceptar el convite de una conferencia, desentendiéndose de
proponer y oír lo que a todos interesaba, supiese que sus demandas eran éstas:
primera, que no condujese ya más tropas de Germania a la Galia; segunda, que
restituyese a los eduos los rehenes que tenía en prendas, y permitiese a los
secuanos soltar los que les tenían: en suma, no hiciese más agravios a los
eduos, ni tampoco guerra contra ellos o sus aliados. Si esto hacía, César y el
Pueblo Romano mantendrían con él perpetua paz y amistad; si lo rehusaba, no
disimularía las injurias de los eduos; por haber decretado el Senado, siendo
cónsules Marcos Mésala y Marco Pisón, que cualquiera que tuviese el gobierno de
la Galia, en cuanto pudiera buenamente, protegiese a los eduos y a los demás
confederados del Pueblo Romano.»
XXXV.
Respondióle
Ariovisto: «ser derecho de la guerra que los vencedores diesen leyes a su
arbitrio a los vencidos; tal era el estilo del Pueblo
23 Dice
expresamente Dión que el titulo de amigo del Pueblo Romano se confirió a
Ariovisto en el consulado de César.
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Romano,
disponiendo de los vencidos, no a arbitrio y voluntad ajena, sino a la suya. Y
pues que él no prescribía al Pueblo Romano el modo de usar de su derecho,
tampoco era razón que viniese el Pueblo Romano a entremeterse en el suyo; que
los eduos, por haberse aventurado a moverle guerra y dar batalla en que
quedaron vencidos, se hicieron tributarios suyos, y que César le hacía grande
agravio en pretender con su venida minorarle las rentas. Él no pensaba en
restituir los rehenes a los eduos; bien que ni a éstos ni a sus aliados haría
guerra injusta, mientras estuviesen a lo convenido y pagasen el tributo anual;
donde no, de muy poco les serviría la hermandad del Pueblo Romano. Al reto de
César sobre no disimular las injurias de los eduos, dice que nadie ha medido
las fuerzas con él que no quedase escarmentado. Siempre que quiera haga la
prueba, y verá cuál es la bravura de los invencibles germanos, destrísimos en
el manejo de las armas, y que de catorce años a esta parte nunca se han
guarecido bajo techado».
XXXVI.
Al mismo
tiempo que contaban a César esta contrarréplica, sobrevienen mensajeros de los
eduos y trevirenses24: los eduos a quejarse de que los harudes nuevamente
trasplantados a la Galia talaban su territorio, sin que les hayan servido de
nada los rehenes dados a Ariovisto por redimir la vejación; los trevirenses a
24 Ocupaban
el territorio de Tréveris
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participarle
cómo las milicias de cien cantones suevos cubrían las riberas del Rin con
intento de pasarle, cuyos caudillos eran dos hermanos, Nasua y Cimberio.
Irritado César con tales noticias, resolvió anticiparse, temiendo que si la
nueva soldadesca de los suevos se unía con la vieja de Ariovisto, no sería tan
fácil contrastarlos. Por eso, proveyéndose lo más presto que pudo de
bastimentos, a grandes jornadas marchó al encuentro de Ariovisto.
XXXVII.
A tres días
de marcha tuvo aviso de que Ariovisto iba con todo su ejército a sorprender a
Besanzón, plaza muy principal de los secuanos, y que había ya caminado tres
jornadas desde sus cuarteles. Juzgaba César que debía precaver con el mayor
empeño no se apoderase de aquella ciudad, abastecida cual ninguna de todo
género de municiones, y tan bien fortificada por su situación, que ofrecía gran
comodidad para mantener la guerra; la ciñe casi totalmente el río Dubis como
tirado a compás; y por donde no la baña el río, que viene a ser un espacio de
seiscientos pies no más, la cierra un monte muy empinado, cuyas faldas toca el
río por las dos puntas. Un muro que lo rodea hace de este monte un alcázar
metido en el recinto de la plaza. César, pues, marchando día y noche la vuelta
de esta ciudad, la tomó, y puso guarnición en ella.
XXXVIII.
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En los
pocos días que se detuvo aquí en hacer provisiones de trigo y demás víveres,
con ocasión de las preguntas de los nuestros y lo que oyeron exagerar a los
galos y negociantes la desmedida corpulencia de los germanos, su increíble
valor y experiencia en el manejo de las armas, y cómo en los choques habidos
muchas veces con ellos ni aun osaban mirarles a la cara y a los ojos, de
repente cayó tal pavor sobre todo el ejército, que consternó no poco los
espíritus y corazones de todos. Los primeros a mostrarlo fueron los tribunos y
prefectos de la milicia, con otros que, siguiendo desde Roma por amistad a
César, abultaban con voces lastimeras el peligro a medida de su corta
experiencia en los lances de la guerra. De éstos, pretextando unos una causa,
otros, otra de la necesidad de su vuelta, le pedían licencia de retirarse.
Algunos, picados de pundonor, por evitar la nota de medrosos quedábanse, sí,
mas no acertaban a serenar bien el semblante ni a veces a reprimir las
lágrimas; cerrados en sus tiendas o maldecían su suerte, o con sus confidentes
se lamentaban de la común desgracia, y entre ellos no se pensaba sino en
otorgar testamentos. Con los quejidos y clamores de éstos, insensiblemente iba
apoderándose el terror de los soldados más aguerridos, los centuriones y los
capitanes de caballería. Los que se preciaban de menos tímidos decían no temer
tanto al enemigo como el mal camino, la espesura de los bosques intermedios y
la dificultad del transporte de los bastimentos. Ni faltaba quien diese a
entender a César que cuando mandase alzar el
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campo y las
banderas, no querrían obedecer los soldados ni llevar los estandartes de puro
miedo.
XXXIX.
César, en
vista de esta consternación, llamando a consejo, a que hizo asistir a
centuriones de todas clases, los reprendió ásperamente: «lo primero, porque se
metían a inquirir el destino y objeto de su jornada. Que si Ariovisto en su
consulado solicitó con tantas veras el favor del Pueblo Romano, ¿cómo cabía en
seso de hombre juzgar que tan sin más ni más faltase a su deber? Antes tenía
por cierto que sabidas sus demandas, y examinada la equidad de sus condiciones,
no había de renunciar su amistad ni la del Pueblo Romano; mas dado que aquel
hombre perdiese los estribos y viniese a romper, ¿de qué temblaban tanto?, ¿o
por qué desconfiaban de su propio esfuerzo o de la vigilancia del capitán? Ya
en tiempo de nuestros padres se hizo prueba de semejantes enemigos, cuando en
ocasión de ser derrotados los cimbros y teutones por Cayo Mario,25 la victoria,
por opinión común, se debió no menos al ejército que al general. Hízose también
no ha mucho en Italia con motivo de la Guerra Servil,26 en medio de que los esclavos
tenían a su favor la disciplina y pericia aprendida de nosotros, donde se pudo
echar de ver cuánto vale la constancia; pues a éstos, que desarmados llenaron
al principio de un terror pánico a los
25 Véase la
Vida de Cayo Mario en las VIDAS PARALELAS publicadas en esta Colección.
26 Véase la
Vida de Craso en las VIDAS PARALELAS.
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nuestros,
después los sojuzgaron armados y victoriosos. Por último, esos germanos son
aquellos mismos a quienes los helvecios han batido en varios encuentros, no
sólo en su país, sino también dentro de la Germania misma; los helvecios, digo,
que no han podido contrarrestar a nuestro ejército. Si algunos se desalientan
por la derrota de los galos, con averiguar el caso, podrán certificarse de cómo
Ariovisto al cabo de muchos meses que sin dejarse ver estuvo acuartelado,
metido entre pantanos, viendo a los galos aburridos de guerra tan larga,
desesperanzados ya de venir con él a las manos y dispersos, asaltándolos de
improviso, los venció, más con astucia y maña que por fuerza. Pero el arte que
le valió para con esa gente ruda y simple, ni aun él mismo espera le pueda
servir contra nosotros. Los que coloran su miedo con la dificultad de las
provisiones y de los caminos, manifiestan bien su presunción, mostrando que, o
desconfían del general, o quieren darle lecciones, y no hay motivo para lo uno
ni para lo otro. Los secuanos, leucos27 y lingones están prontos a suministrar
trigo; y ya los frutos están sazonados en los campos. Qué tal sea el camino,
ellos mismos lo verán presto; el decir que no habrá quien obedezca ni quiera
llevar pendones, nada le inmuta; sabiendo muy bien que, cuando algunos jefes
fueron desobedecidos de su ejército, eso provino de que o les faltó la fortuna
en algún mal lance, o por alguna extorsión manifiesta descubrieron la codicia.
Su desinterés era conocido en
27
Habitaban la actual Lorena.
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toda su
vida; notoria su felicidad en la guerra helvecia. Así que iba a ejecutar sin
más dilación lo que tenía destinado para otro tiempo; y la noche inmediata de
madrugada movería el campo para ver si podía más con ellos el punto y su
obligación que el miedo. Y dado caso que nadie le siga, está resuelto a marchar
con sólo la legión décima, de cuya lealtad no duda; y ésa será su compañía de
guardias». Esta legión le debía particulares finezas, y él se prometía
muchísimo de su valor.
XL.
En virtud
de este discurso se trocaron maravillosamente los corazones de todos, y
concibieron gran denuedo con vivos deseos de continuar la guerra. La legión
décima fue la primera en darle por sus tribunos las gracias por el concepto
ventajosísimo que tenía de ella, asegurando estar prontísima a la empresa. Tras
ésta luego las demás por medio de sus decuriones y oficiales de primera
graduación dieron satisfacción a César, protestando que jamás tuvieron ni
recelo, ni temor, ni pensaron sujetar a su juicio, sino al del general, la
dirección de la campaña. Admitidas sus disculpas, y habiendo interrogado sobre
los caminos a Diviciaco, de quien se fiaba más que de los otros galos, con un
rodeo de casi cuarenta millas, a trueque de llevar el ejército por lo llano, al
romper del alba, conforme había dicho, se puso en marcha. Y como no la
interrumpiese, al séptimo día le informaron los batidores que las tropas de
Ariovisto distaban de las nuestras veinticuatro millas.
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XLI.
Noticioso
Ariovisto de la venida de César, envíale una embajada, ofreciéndose por su
parte a la conferencia antes solicitada, ya que se había él acercado, y juzgaba
poderlo hacer sin riesgo de su persona. No se negó César, y ya empezaba a creer
que Ariovisto iba entrando en seso, pues de grado se ofrecía a lo que antes se
había resistido siendo rogado, y concebía grandes esperanzas de que a la luz de
tantos beneficios suyos y del pueblo romano, oídas sus pretensiones, depondría
en fin su terquedad. Aplazáronse las vistas para de allí a cinco días. Mientras
tanto, yendo y viniendo frecuentemente mensajeros de un campo al otro, pidió
Ariovisto que César no llevase consigo a la conferencia gente de a pie;
viniesen ambos con guardias montadas, que de otra suerte él no iría, pues se
recelaba de alguna sorpresa. César, que ni quería se malograse la conferencia
por ningún pretexto, ni osaba fiar su persona de la caballería galicana, tomó
como más seguro el partido de apear a los galos de sus caballos, montando en ellos
a los soldados de la legión décima, de quien estaba muy satisfecho, para tener
en cualquier lance una guardia de toda confianza. Al tiempo de montar dijo
donosamente un soldado de dicha legión: «Mucho más hace César de lo que
prometió: prometió hacernos guardias, y he aquí que nos hace caballeros.»
XLII.
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Había casi
en medio de los dos ejércitos una gran llanura, y en tila un altozano de
capacidad competente. Aquí se juntaron a vistas según lo acordado. César colocó
la legión montada a doscientos pasos de este sitio. A igual distancia se apostó
Ariovisto con los suyos, pidiendo que la conferencia fuese a caballo, y cada
uno condujese a ella consigo diez soldados. Luego que allí se vieron, comenzó
César la plática, recordándole sus beneficios y los del Senado, como el haberle
honrado con el título de rey, de amigo, enviándole espléndidos regalos;28
distinción usada de los romanos solamente con pocos, y ésos muy beneméritos;
cuando él, sin recomendación ni motivo particular de pretenderlo, por mero
favor y liberalidad suya y del Senado, había conseguido estas mercedes.
Informábale también de los antiguos y razonables empeños contraídos con los
eduos; cuántos decretos del Senado, cuántas veces y con qué términos tan
honoríficos se habían promulgado en favor de ellos; cómo siempre los eduos, aun
antes de solicitar nuestra amistad, tuvieron la primacía de toda la Galia; ser
costumbre del Pueblo Romano el procurar que sus aliados y amigos, lejos de
padecer menoscabo alguno, medren en estimación, dignidad y grandeza. ¿Cómo,
pues, se podría sufrir los despojasen de lo que habían llevado a la alianza con
el Pueblo Romano? Finalmente insistió en pedir las mismas condiciones ya
propuestas por sus
28 Cuando
los romanos concedían a algún príncipe el título de amigo o aliado, le enviaban
costosos regalos; las alhajas en que consistían pueden leerse en Tito Livio,
lib. XXX, capítulo XVII, y en Tácito, Anal. IV.
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embajadores:
que no hiciese guerra a los eduos ni a sus aliados; que le restituyese los
rehenes, y caso que no pudiera despedir ninguna partida de los germanos, a lo
menos no permitiese que pasasen otros el Rin.
XLIII.
Ariovisto
respondió brevemente a las proposiciones de César, y alargóse mucho en ensalzar
sus hazañas: «que había pasado el Rin, no por propio antojo, sino a ruegos e
instancias de los galos; que tampoco abandonó su casa y familia sin esperanza
bien fundada de grande recompensa; que tenía en la Galia las habitaciones
concedidas por los mismos naturales, los rehenes dados voluntariamente; por
derecho de conquista cobraba el tributo que los vencedores suelen imponer a los
vencidos; que no movió él la guerra a los galos, sino los galos a él,
conspirando aunados todos y provocándole al combate; que todas estas tropas
desbarató y venció en sola una batalla; que si quieren otra vez tentar fortuna,
está pronto a la contienda, mas si prefieren la paz, no es justo le nieguen el
tributo que habían pagado hasta entonces de su propia voluntad; que la amistad
del Pueblo Romano debía redundar en honra y ventaja suya, no en menoscabo, pues
con este fin la pretendió; que si los romanos le quitan el tributo y los
vasallos tan presto, renunciaría su amistad como la había solicitado. El
conducir tropas de Germania era para su propia seguridad, no para la invasión
de la Galia; prueba era de ello no haber venido sino llamado, y que su guerra
no había sido ofensiva, sino defensiva; que entró él en la
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Galia antes
que el Pueblo Romano; que jamás hasta ahora el ejército de los romanos había
salido de los confines de su provincia. Pues ¿qué pretende?, ¿por qué se mete
en sus posesiones? Que tan suya es esta parte de la Galia, como es nuestra
aquélla; que así como él no tiene derecho a invadir nuestro distrito, del mismo
modo tampoco le teníamos nosotros para inquietarle dentro de su jurisdicción.
En orden a lo que decía, que los eduos, por decreto del Senado, gozaban el
fuero de amigos, no se hallaba él tan ignorante de lo que pasaba por el mundo
que no supiese cómo ni los eduos socorrieron a los romanos en la última
guerra29 con los alóbroges, ni los romanos a los eduos en las que habían tenido
con él y con los secuanos; de que debía sospechar que César, con capa de
amistad, mantiene su ejército en la Galia con el fin de oprimirle; que si no se
retira, o saca las tropas de estos contornos, le tratará como a enemigo
declarado, y si logra él matarle, complacerá en ello a muchos caballeros y
señores principales de Roma, que así se lo tienen asegurado por sus expresos, y
con su muerte se ganará la gracia y amistad de todos éstos; pero si se retira,
dejándole libre la posesión de la Galia, se lo pagará con grandes servicios, y
cuantas guerras se le ofrezcan se las dará concluidas, sin que nada le
cuesten».
XLIV.
29 Véase
nota 5.
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Alegó César
muchas razones en prueba de que no podía desistir de la empresa: «que tampoco
era conforme a su proceder ni al del Pueblo Romano el desamparar unos aliados
que se habían portado tan bien; ni entendía cómo la Galia fuese más de
Ariovisto que del Pueblo Romano; sabía, sí, que Quinto Fabio Máximo sujetó por
armas a los de Alvernia y Ruerga30; si bien por indulto y gracia que les hizo
el Pueblo Romano no los redujo a provincia,31 ni hizo tributarios. Con que si
se debe atender a la mayor antigüedad, el imperio romano en la Galia se funda
en justísimo derecho; si se ha de estar al juicio del Senado, la Galia debe ser
libre; pues, sin embargo, de la conquista quiso que se gobernase por sus
leyes».
XLV.
En estas
razones estaban cuando avisaron a César que la caballería de Ariovisto,
acercándose a la colina, venía para los nuestros arrojando piedras y dardos.
Dejó César la plática y se retiró a los suyos, ordenándoles no disparase ni un
tiro contra los enemigos; porque, si bien estaba cierto de que con su legión
escogida no tenía que temer a la caballería de Ariovisto, todavía no juzgaba
conveniente dar ocasión a que, batidos los contrarios, se pudiese decir que,
por fiarse de su palabra, fueron sorprendidos a traición.
30 Los
rovernates.
31 La
derrota de los albernos por Fabio Máximo acaeció por los años de 628 de Roma.
Epít. Livian., lib. LXI. Cuando los romanos reducían alguna nación en forma de
provincia, la sujetaban al vasallaje, privándola de sus fueros y nombrando un
magistrado que la gobernase y cobrase los tributos en nombre del Pueblo Romano.
Sigon., de Antiq. jur. prov., lib. I, cap. I.
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Cuando
entre los soldados corrió la voz del orgullo con que Ariovisto excluía de toda
la Galia a los romanos; cómo sus caballos se habían desmandado contra los
nuestros, y que con tal insulto se cortó la conferencia, se encendió en el
ejército mucho mayor coraje, y deseo más ardiente de venir a las manos con el
enemigo.
XLVI.
Dos días
después Ariovisto despachó a César otra embajada sobre que quería tratar con él
de las condiciones entre ambos entabladas y no concluidas; que de nuevo
señalase día para las vistas, o cuando menos, le enviase alguno de sus
lugartenientes. El abocarse con él no pareció del caso a César, y más cuando el
día antes no pudieron los germanos contenerse sin disparar contra los nuestros.
Enviarle de los suyos un emisario, en su sentir era lo mismo que entregarlo a
ojos vistas a las garras de hombres más fieros que las fieras. Tuvo por más
acertado el valerse para esto de Cayo Valerio Procilo, hijo de Cayo Valerio
Caburo, joven muy virtuoso y apacible (cuyo padre obtuvo de Cayo Valerio Flaco
los derechos de ciudadano romano), lo uno por su lealtad y pericia en la lengua
galicana, que ya por el largo uso era casi familiar a Ariovisto, y lo otro por
ser persona a quien los germanos no tenían motivo de hacer vejación alguna,
enviándolo con Marco Meció, huésped que había sido de Ariovisto. Encomendóles
que se informasen de las pretensiones de Ariovisto, y volviesen con la razón de
ellas. Ariovisto que los vio cerca de sí en los reales, dijo a voces, oyéndolo
su ejército: « ¿A qué
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venís
aquí?, ¿acaso por espías?» Queriendo satisfacerle, los atajó y puso en
prisiones.
XLVII.
Ese día
levantó el campo, y se alojó a la falda de un monte a seis millas de las reales
de César. Al siguiente condujo a sus tropas por delante del alojamiento de
César, y acampó dos millas más allá con el fin de interceptar los víveres que
veían de los secuanos y eduos. César cinco días consecutivos presentó el
ejército armado y ordenadas las tropas, con la mira de que si Ariovisto
quisiese dar batalla, no tuviese excusa. Todos esos días mantuvo Ariovisto
quieta su infantería dentro de los reales, escaramuzando diariamente con la
caballería. El modo de pelear en que se habían industriado los germanos era
éste: seis mil caballos iban escoltados de otros tantos infantes, los más
ligeros y bravos, que los mismos de a caballo elegían privadamente cada uno el suyo.
Con éstos entraban en batalla; a éstos se acogían; éstos les socorrían en
cualquier lance. Si algunos, heridos gravemente, caían del caballo, luego
estaban allí para cubrirlos. En las marchas forzadas, en las retiradas más
presurosas, era tanta su ligereza por el continuo ejercicio, que agarrados a la
crin de los caballos corrían parejas con ellos.
XLVIII.
Viendo
César que Ariovisto se hacía fuerte en las trincheras, para que no prosiguiese
en interceptarle los víveres, escogió lugar más
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oportuno
como seiscientos pasos más allá de los germanos, adonde fue con el ejército
dividido en tres escuadrones. Al primero y segundo mandó estar sobre las armas,
al tercero fortificar el campo, que, como se ha dicho, distaba del enemigo cosa
de seiscientos pasos. Ariovisto destacó al punto contra él dieciséis mil
soldados ligeros con toda su caballería, y con orden de dar una alarma a los
nuestros y estorbar los trabajos. Firme César en su designio, encargó a los dos
escuadrones que rebatiesen al enemigo, mientras el tercero se ocupaba en
trabajar. Fortificados estos reales, dejó en ellos dos legiones con parte de
sus tropas auxiliares, volviéndose al alojamiento principal con las otras
cuatro.
XLIX.
Al día
siguiente César, como lo tenía de costumbre, sacó de los dos campos su gente,
la ordenó a pocos pasos del principal, y presentó batalla al enemigo; mas visto
que ni por eso se movía, ya cerca del mediodía recogió los suyos a los reales.
Entonces por fin Ariovisto destacó parte de sus tropas a forzar las trincheras
de nuestro segundo campo; peleóse con igual brío por ambas partes hasta la
noche, cuando Ariovisto, dadas y recibidas muchas heridas, tocó la retirada.
Inquiriendo César de los prisioneros la causa de no querer pelear Ariovisto,
entendió ser cierta usanza de los germanos32 que
32 Los
germanos estaban persuadidos de que las mujeres eran buenas adivinas, como
escribe Tácito, lib. IV, Hist., capitulo LXI: Vetere apud Germanos more, quo
plerasque faeminanim fatídicas arbitrantur. De las que estaban en el campo de
Ariovisto refiere Plutarco en la Vida de
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sus mujeres
hubiesen de decidir por suertes divinatorias si convenía, o no, dar la batalla,
y que al presente decían: «no poder los germanos ganar la victoria si antes de
la luna nueva daban la batalla».
L.
Al otro día
César, dejando en los dos campos la guarnición suficiente, colocó los
auxiliares delante del segundo a la vista del enemigo, para suplir en
apariencia el número de los soldados legionarios, que en la realidad era
inferior al de los enemigos. Él mismo en persona, formado su ejército en tres
columnas, fue avanzando hasta las trincheras contrarias. Los germanos,
entonces, a más no poder salieron fuera, repartidos por naciones a trechos
iguales, harudes, marcómanos, tribocos, vangiones, nemetes, sedusios y
suevos,33 cercando todas las tropas con carretas y carros para que ninguno
librase la esperanza en la fuga. Encima de los carros pusieron a las mujeres,
las cuales desmelenado el cabello y llorando amargamente, al desfilar los
soldados, los conjuraban que no las abandonasen a la tiranía de los romanos.
LI.
César que
facían sus observaciones mirando los remolinos del agua en los ríos, su
movimiento, figura y ruido.
33 Los
tribocos habitaban la Alsacia; los vangiones el territorio de Worms: Espicea
los nemetes. Los sedusios las orillas del Rin, y los suevos, la Suabia y
territorios vecinos. No se sabe con certeza la región que ocupaban los
marcómanos.
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César
señaló a cada legión su legado y cuestor,34 como por testigos del valor con que
cada cual se portara; y empezó el ataque desde su ala derecha, por haber
observado caer allí la parte más débil del enemigo. Con eso los nuestros, dada
la señal, acometieron con gran denuedo. Los enemigos de repente se adelantaron
corriendo, para que a los nuestros no quedase lugar bastante a disparar sus
lanzas. Inutilizadas éstas, echaron mano de las espadas. Mas los germanos,
abroquelándose prontamente conforme a su costumbre, recibieron los primeros
golpes. Hubo varios de los nuestros que saltando sobre la empavesada de los
enemigos y arrancándoles los escudos de las manos, los herían desde encima.
Derrotados y puestos en fuga en su ala izquierda los enemigos, daban mucho que
hacer en la derecha a los nuestros por su muchedumbre. Advirtiéndolo Publio
Craso el mozo, que mandaba la caballería, por no estar empeñado en la acción
como los otros, destacó el tercer escuadrón a socorrer a los que peligraban de
los nuestros.
LII.
Con lo cual
se rehicieron, y todos los enemigos volvieron las espaldas; ni cesaron de huir
hasta tropezar con el Rin, distante allí poco menos de cincuenta millas, donde
fueron pocos los que se
34 En Roma
eran como tesoreros y contadores de la República, que llevaban la cuenta y
razón de las rentas, y cualquiera otra hacienda de ella. También con los
capitanes generales del ejército de tierra y mar enviaban los romanos sus
cuestores, que tenían cuenta de la paga del sueldo y de todos los otros gastos;
a ellos se entregaba lo que pertenecía a la República de la presa que se tomaba
de los enemigos.
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salvaron,
unos a nado a fuerza de brazos, y otros en canoas que allí encontraron. Uno de
éstos fue Ariovisto, que hallando a la orilla del río una barquilla, pudo
escaparse en ella. Todos los demás, alcanzados de nuestra caballería, fueron
pasados a cuchillo. Perecieron en la fuga dos mujeres de Ariovisto; la una de
nación sueva, que había traído consigo de Germania, nórica la otra, hermana del
rey Voción, que se la envió a la Galia por esposa. De dos hijas de éstas una
fue muerta, otra presa. Cayo Valerio Procilo, a quien sus guardas conducían en
la huida atado con tres cadenas, dio en manos de César, siguiendo el alcance de
la caballería; encuentro que para César fue de no menos gozo que la victoria
misma, por ver libre de las garras de los enemigos y restituido a su poder el
hombre más honrado de nuestra provincia, huésped suyo y amigo íntimo; con cuya
libertad dispuso la fortuna que no faltase circunstancia alguna de contento y
parabienes a esta victoria. Contaba él cómo por tres veces a su vista echaron suertes
sobre si luego le habían de quemar vivo o reservarlo para otro tiempo, y que a
las suertes debía la vida. Hallaron asimismo a Marco Meció, y trajéronsele a
César.
LIII.
Esparcida
la fama de esta victoria por la otra parte del Rin, los suevos acampados en las
riberas trataron de dar la vuelta a sus casas; los ubios, habitantes de
aquellas cercanías, que los vieron huir amedrentados, siguieron al alcance y
mataron a muchos de
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ellos.
César, concluidas dos guerras de la mayor importancia en un solo verano, más
temprano de lo que pedía la estación, retiró su ejército a los cuarteles de
invierno en los secuanos, y dejándolos a cargo de Labieno, él marchó la vuelta
de la Galia Cisalpina a presidir las juntas.35
Notas de
Napoleón al Libro I
1. César
empleó ocho días en trasladarse de Roma a Ginebra; hoy podría hacer este
trayecto en cuatro días. Cap. VII.
2. Los
atrincheramientos ordinarios de los romanos estaban compuestos de un foso de
doce pies de anchura por nueve de profundidad, en forma de sección triangular;
con las tierras extraídas formaban una masa de cuatro pies de alto y doce de
ancho, sobre la cual levantaban un parapeto de cuatro pies; en él disponían las
empaliadas, fijándolas en la tierra a dos pies de profundidad; de manera que el
nivel máximo del parapeto se elevaba diecisiete pies sobre el fondo del foso.
En la toesa corriente de este atrincheramiento, que cubicaba 324 pies (toesa y
media), un hombre empleaba treinta y dos horas, o sea tres días de trabajo;
doce hombres la hacían, en dos o tres
35 Los
procónsules y pretores empleaban el invierno, tiempo en que cesaban las
operaciones militares, en decidir pleitos y administrar justicia dentro de sus
provincias.
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horas. La
legión que estaba de servicio pudo levantar estas seis leguas de
atrincheramiento que cubicaban 21.000 toesas, en ciento veinte horas, o sean de
diez a quince días. Cap. VIII.
3. Cuando
los helvecios intentaron pasar el Ródano era en el mes de abril. (El calendario
romano estaba entonces en un gran desorden; y adelantaba ochenta días, de modo
que el 13 de abril correspondía al 23 de enero.) Desde esta fecha las legiones
de Iliria pudieron llegar a Lyón y el alto Saona, empleando en ello cincuenta
días. Veinte días después de haber atravesado el Saona, César venció en batalla
campal a los helvecios, la cual se dio el 1° al 15 de mayo, que correspondía a
mediados de agosto del calendario romano. Cap. XII.
4. Mucha
intrepidez se necesitaba de parte de los helvecios para haber sostenido tanto
tiempo el ataque de un ejército de línea romano tan numeroso como el suyo. Se
dice que emplearon veinte días en pasar el Saona, lo que daría una pésima idea
de su organización, pero es cosa difícil de creer. Cap. XXV.
5. De que
los helvecios fuesen 130.000 a su regreso a Suiza, no debe inferirse que
hubiesen perdido 230.000
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hombres, ya
que muchos se refugiaron en los pueblos de la Galia, estableciéndose en éstos,
y un gran número de ellos regresaron después a su patria. El número de
combatientes que poseían era de 90.000; estaban, pues, en la proporción de uno
a cuatro con relación a su población total, lo cual parece excesivo. Unos
30.000 del cantón de Zurich habían sido muertos o hechos prisioneros en el paso
del Saona. Tenían, pues, a lo sumo, 60.000 combatientes en la batalla. El
ejército de César, compuesto de seis legiones y gran número de tropas
auxiliares, era más numeroso.
6. El
ejército de Ariovisto no poseía sobre el de César superioridad numérica; el
número de alemanes establecidos en el Franco Condado era de 120.000 hombres.
Pero, ¡qué diferencia no debía de existir entre ejércitos formados por
milicias, es decir, por todos los hombres de una nación capaces de empuñar las
armas, y un ejército romano formado por tropas de línea, hombres solteros en su
mayoría y soldados de profesión! Los helvecios, los suevos, eran sin duda
valientes, pero ¿qué puede el valor contra un ejército disciplinado y
organizado como el ejército romano? Nada hay, pues, de extraordinario en los
éxitos obtenidos por César en esta campaña, lo que no disminuye, por otra
parte, la gloria que tiene merecida. Cap. L.
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7. La
batalla contra Ariovisto se dio en el mes de septiembre, en los alrededores de
Belfort. Cap. LII.
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Libro
Segundo
I.
Teniendo
César aquel invierno sus cuarteles en la Galia Cisalpina, como arriba
declaramos, veníanle repetidas noticias, y también Labieno le aseguraba por
cartas, que todos los belgas36 (los cuales, según dijimos, forman la tercera
parte de la Galia) se conjuraban contra el Pueblo Romano, dándose mutuos
rehenes; que las causas de la conjura eran éstas: primera, el temor de que
nuestro ejército, una vez sosegadas las otras provincias, se revolviese contra
ellos; segunda, la instigación de varios nacionales; unos, que si bien estaban
disgustados con tan larga detención de los germanos en la Galia, tampoco
llevaban a bien que los romanos se acostumbrasen a invernar y vivir en ella tan
de asiento; otros, que por su natural volubilidad y ligereza ansiaban por nuevo
gobierno; como también algunos que (siendo común en la Galia el apoderarse del
mando los que por más poderosos y ricos pueden levantar tropas a su sueldo)
sujetos a nuestro imperio, no podían tan fácilmente lograrlo.
II.
César, en
fuerza de estas noticias y cartas, alistó dos nuevas legiones en la Galia
Cisalpina, y a la entrada del verano envió por conductor de ellas a lo interior
de la Galia al legado Quinto Pedio.
36 La
guerra con los belgas comenzó por los años de 697 de Roma, año 56.
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Él, luego
que comenzó a crecer la hierba, vino al ejército; da comisión a los senones y
demás galos confinantes con los belgas que averigüen sus movimientos y le
informen de todo. Avisaron todos unánimemente que se hacían levas, y que las
tropas se iban juntando en un lugar determinado. Con eso no tuvo ya razón de
dudar, sino que se resolvió a marchar contra ellos de allí a doce días. Hechas,
pues, las provisiones, toma el camino, y en cosa de quince días se pone en la
raya de los belgas.
III.
Como
llegase de improviso, y más presto de lo que nadie creyera, los remenses, que
por la parte de los belgas son más cercanos a la Galia, le enviaron una
diputación con Iccio y Antebrogio, primeros personajes de su República,
protestándole que se ponían con cuanto tenían en manos del Pueblo Romano; que
no habían tenido parte ni dado la más leve ocasión al alzamiento de los otros
belgas, antes estaban prontos a darle rehenes, obedecerle, franquearle las
ciudades, y suministrarle víveres y cuanto se le ofreciese; que los demás
belgas todos estaban en armas, y los germanos del Rin para acá conjurados con
ellos; que su despecho era tan universal y tan ciego, que no les ha sido
posible apartar de esta liga ni aun a los suesones37, hermanos suyos y de la
misma sangre, con quienes
37 De
Soisóns.
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gozan de
igual fuero, se gobiernan por las mismas leyes y componen una república.
IV.
Preguntándoles
cuáles y cuan populosas y de qué fuerzas eran las repúblicas alzadas, sacaba en
limpio que la mayor parte de los belgas descendían de los germanos; y de
tiempos atrás, pasado el Rin, se habían avecindado allí por la fertilidad del
terreno, echando a sus antiguos moradores los galos; que solos ellos en tiempos
de nuestros padres impidieron la entrada en sus tierras a los teutones y
cimbros, que venían de saquear toda la Galia; que orgullosos con la memoria de
estas hazañas, se tenían por superiores a todos en el arte militar. En orden a
su número, añadían los remenses que lo sabían a punto fijo; porque con ocasión
de la vecindad y parentesco tenían muy bien averiguado cuánta gente de guerra
ofrecía cada pueblo en la junta general de los belgas. Los beoveses como que
exceden a todos en valor, autoridad y número, pueden poner en pie cien mil
combatientes. De éstos han prometido dar sesenta mil de tropa escogida, y
pretenden el supremo mando de esta guerra. Los suesones, sus vecinos, poseen
campiñas muy dilatadas y fértiles, cuyo rey fue aun en nuestros días Diviciaco,
el más poderoso de toda la Galia; que no sólo reinó en mucha parte de estas
regiones, sino también de la Bretaña; el rey de ahora era Galba, a quien por su
justicia y prudencia todos convenían en nombrarle por generalísimo de las
armas. Tienen los suesones doce ciudades, y
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ofrecen
cincuenta mil combatientes; otros tantos los nervios, que son reputados por los
más bravos38, y caen muy lejos; quince mil dan los artesios; los amienses diez
mil; veinticinco mil los morinos; los menapios nueve mil; los caletes diez mil;
velocases y vermandeses otros tantos; los aduáticos veintinueve mil; los
condrusos, eburones, ceresos, pemanos39, conocidos por el nombre común de
germanos, a su parecer, hasta cuarenta mil.
V.
César,
esforzando a los remenses, y agradeciéndoles sus buenos oficios con palabras
muy corteses, mandó venir a su presencia todo el Senado y traer a los hijos de
los grandes por rehenes. Todo lo ejecutaron puntualmente al plazo señalado. Él,
con gran eficacia exhortando a Diviciaco el eduo, le persuade lo mucho que
importa al bien común de la república el dividir las fuerzas del enemigo, para
no tener que lidiar a un tiempo con tantos; lo cual se lograría si los eduos
rompiesen por tierras de los beoveses y empezasen a talar sus campos. Dado este
consejo, le despidió. Ya que tuvo certeza por sus espías y por los remenses,
cómo unidos los belgas venían todos contra él, y que estaban cerca, se anticipó
con su ejército a pasar el río Aisne, donde remata el territorio remense, y
allí fijó sus reales, cuyo costado de una banda quedaba defendido con esta
postura por
38
Plutarco, en su Vida de César, dice de ellos que eran ferocísimos y grandes
guerreros.
39 Los
aduáticos habitaban Namur; los condrusos, eburones, ceresos y pemanos habitaban
Colonia, Lieja, Bovillón y el Luxemburgo, respectivamente.
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las
márgenes del río, las espaldas a cubierto del enemigo, y seguro el camino desde
Reims y las otras ciudades para el transporte de bastimentos. Guarnece el
puente que tenía el río, deja en la ribera opuesta con seis cohortes al legado
Quinto Titurio Sabino y manda fortificar los reales con un parapeto de doce
pies de alto y un foso de dieciocho.
VI.
Estaba ocho
millas distante de aquí una plaza de los remenses llamada Bibracte (Bievre),
que los belgas se pusieron a batirla sobre la marcha con gran furia. No costó
poco defenderla aquel día. Los belgas en batir las murallas usan el mismo arte
que los galos; cercanías por todas partes de gente, y empiezan a tirar piedras
hasta tanto que ya no queda defensor en almena. Entonces, haciendo empavesada40
vanse arrimando a las puertas y abren la brecha; lo que a la sazón era bien
fácil, por ser tantos los que arrojaban piedras y dardos, que no dejaban parar
a hombre sobre el muro. Como la noche los forzase a desistir del asalto, el
gobernador de la plaza Iccio Remense, igualmente noble que bienquisto entre los
suyos, uno de los que vinieron con la diputación de paz a César, le da aviso
por sus mensajeros, «que si no envía socorro, ya no puede él aguantar más».
40 Formando
como un techo protector con sus escudos.
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4141
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VII.
César,
luego a la medianoche, destaca en ayuda de los sitiados una partida de
flecheros númidas y cretenses y de honderos baleares a la dirección de los
mismos mensajeros de Iccio. Con su llegada, cuanto mayor ánimo cobraron los
remenses con la esperanza cierta de la defensa, tanto menos quedó a los
enemigos de conquistar aquella plaza. Así que, alzado el sitio a poco tiempo,
asolando los campos y pegando fuego a todas cuantas aldeas y caseríos
encontraban por las inmediaciones del camino, marcharon con todo su ejército en
busca del de César, y se acamparon a dos millas escasas de él. La extensión de
su campo, por lo que indicaban el humo y los fuegos, ocupaba más de ocho
millas.
VIII.
César, al
principio, a vista de un ejército tan numeroso y del gran
concepto
que se hacía de su valor, determinóse a no dar batalla.
Sin
embargo, con escaramuzas cotidianas de la caballería procuraba sondear hasta
dónde llegaba el esfuerzo del enemigo, como también el coraje de los nuestros.
Ya que se aseguró de que los nuestros no eran inferiores, teniendo delante de
los reales espacio competente y acomodado para ordenar los escuadrones; porque
aquel collado de su alojamiento, no muy elevado sobre la llanura, tenía la
delantera tan ancha cuando bastaba para la
41 Los
belgas eran reputados por los más valientes entre todos los galos.
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formación
del ejército en batalla, por las dos laderas la bajada pendiente, y por la
frente altura tan poca, que insensiblemente iba declinando hasta confundirse
con el llano, cerró los dos lados de la colina con fosos tirados de través cada
uno de cuatrocientos pasos de longitud, y guarneciendo sus remates con
fortines, plantó baterías en ellos a fin de que al tiempo del combate no
pudiesen los enemigos (siendo tan superiores en número) acometer por los
costados y coger en medio a los nuestros. Hecho esto, y dejadas en los reales
las dos legiones recién alistadas, para poder emplearlas en caso de necesidad,
puso las otras seis delante de ellos en orden de batalla. El enemigo asimismo
había sacado sus tropas y las tenía alineadas.
IX.
Esperaban
los enemigos a que la pasasen los nuestros; los nuestros estaban a la mira para
echarse sobre los enemigos atollados, si fuesen ellos los primeros a pasarla.
En tanto los caballos andaban escaramuzando entre los dos ejércitos. Mas como
ninguno de los dos diese muestras de querer pasar el primero. César, contento
con la ventaja de la caballería en el choque, tocó la retirada. Los enemigos al
punto marcharon de allí al río Aisne, que, según se ha dicho, corría detrás de
nuestros cuarteles: donde descubierto el vado, intentaron pasar parte de sus
tropas con la mira de desalojar, si pudiesen, al legado Quinto Titurio de la
fortificación que mandaba
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y romper el
puente, o cuando no, talar los campos remenses, que tanto nos servían en esta
guerra proveyéndonos de bastimentos.
X.
César,
avisado de esto por Titurio, pasa el puente con toda la caballería y la tropa
ligera de los númidas con los honderos y flecheros, y va contra ellos.
Obráronse allí prodigios de valor. Los nuestros, acometiendo a los enemigos
metidos en el río, mataron a muchos, y a fuerza de dardos rechazaron a los
demás que, con grandísimo arrojo, pretendían abrirse paso por encima de los
cadáveres. Los primeros que vadearon el río, rodeados de la caballería
perecieron. Viendo los enemigos fallidas sus esperanzas de la conquista de la
plaza y del tránsito del río, como también que los nuestros no querían pelear
en sitio menos ventajoso, y ellos comenzaban a sentir escasez de alimentos,
juntados a consejo, concluyeron ser lo mejor retirarse cada cual a su casa, con
el pacto de acudir de todas partes a fin de hacer la guerra con más comodidad
dentro de su comarca que fuera, y sostenerla con sus propias abundantes
cosechas. Moviólos a esta resolución, entre otras razones, la de haber sabido
que Diviciaco y los eduos se iban acercando a las fronteras de los beoveses,
los cuales por ningún caso podían sufrir más largas sin socorrer a los suyos.
XI.
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Con esta
determinación, arrancando hacia medianoche con gran ruido y alboroto, sin orden
ni concierto, apresurándose cada cual a coger la delantera por llegar antes a
casa, su marcha tuvo visos de huida. César, avisado al instante del hecho por
sus escuchas, temiendo alguna celada, por no haber todavía penetrado el motivo
de su partida, se mantuvo quieto con todo su ejército dentro de los reales. Al
amanecer, asegurado de la verdad por los batidores, envía delante toda la
caballería a cargo de los legados Quinto Pedio y Lucio Arunculeyo Cota con
orden de picar la retaguardia enemiga. Al legado Tito Labieno mandó seguirlos
con tres legiones. Habiendo éstos alcanzado a los postreros y perseguídolos por
muchas millas, hicieron en los fugitivos gran matanza. Los de la retaguardia,
viéndose ejecutados, hicieron frente, resistiendo animosamente a las embestidas
de los nuestros; en tanto los de la vanguardia, que se consideraban lejos del
peligro, sin haber quien los forzase, ni caudillo que los mantuviese, al oír aquella
gritería, desordenadas las filas, buscaron su seguridad en la fuga. Con eso,
sin el menor riesgo prosiguieron los nuestros matando gente todo lo restante
del día; y sólo al poner del sol desistieron del alcance, retirándose a los
reales según la orden que tenían.
XII.
César, al
otro día, sin dar a los enemigos tiempo de recobrarse del pavor y de la fuga,
dirigió su marcha contra los suesones, fronterizos de los remenses, y después
de un largo viaje se puso
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sobre la
ciudad de Novo42. Tentado de camino asaltarla, pues le decían que se hallaba
sin guarnición, por tener un foso muy ancho, y muy altos los muros, no pudo
tomarla, con ser pocos los que la defendían. Fortificados los reales, trató de
armar las galerías43 y apercibir las piezas de batir las murallas. En esto
todas las tropas de suesones que venían huyendo se recogieron la noche
inmediata a la plaza. Mas asestadas sin dilación las galerías, formando el
terraplén,44 y levantadas las bastidas;45 espantados los galos de la grandeza
de aquellas máquinas, nunca vistas ni oídas, y de la presteza de los romanos en
armarlas, envían diputados a César sobre la entrega, y a petición de los
remenses alcanzan el perdón.
XIII.
Recibidos
en prendas los más granados del pueblo con dos hijos del mismo rey Galba, y
entregadas todas las armas, César admitió por vasallos a los suesones, y marchó
contra los beoveses; los cuales, habiéndose refugiado con todas sus cosas en la
fortaleza de Bratuspancio,46 y estando César distante de allí poco menos de
cinco millas, todos los ancianos saliendo de la ciudad con ademanes
42 Trátase,
al parecer, de Soisóns.
43 César:
vincas agere... coepit. Eran movedizas; por eso dice vincas agere: dentro de
ellas metidos los soldados se iban acercando al muro para batirlo a su salvo.
44 César:
aggere iacto. Los materiales del terraplén no sólo eran terrones, sino también
piedras, leña y todo género de fagina: dictus agger, quod aggerebant terram,
lapides, liona, etc. Sobre él levantaban las torres, que ordinariamente
fabricaban de madera.
45 César:
turribis constitutis. Así se llama propiamente este género de torres para la
expugnación.
46
Beauvais.
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y voces, le
hacían señas de que venían a rendírsele a discreción, ni querían más guerra con
los romanos; asimismo, luego que se acercó al lugar y empezó a sentar el campo,
los niños y las mujeres desde las almenas, tendidas las manos a su modo, pedían
la paz a los romanos.
XIV.
Diviciaco
(el cual después de la retirada de los belgas, y despedidas sus tropas, había
vuelto a incorporarse con las de César) aboga por ellos diciendo: «que siempre
los beoveses habían sido amigos fieles de los eduos; que sus jefes, con
esparcir que los eduos esclavizados por César padecían toda suerte de
maltratamientos y oprobios, los indujeron a separarse de ellos y declarar la
guerra al Pueblo Romano. Los autores de esta trama, reconociendo el grave
perjuicio acarreado a la república, se habían guarecido en Bretaña. Por tanto,
le suplican los beoveses, y juntamente con ellos y por ellos los eduos, que los
trate con su acostumbrada clemencia y benignidad. Que haciéndolo así aumentaría
el crédito de los eduos para con todos los belgas, con cuyos socorros y bienes
solían mantener las guerras ocurrentes».
XV.
César, por
honrar a Diviciaco y favorecer a los eduos, dio palabra de aceptar su homenaje
y de conservarlos en su gracia; mas porque era un estado pujante, sobresaliendo
entre los belgas en autoridad y
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número de
habitantes, pidió seiscientos rehenes. Entregados éstos juntamente con todas
sus armas, encaminóse a los amienses, que luego se le rindieron con todas sus
cosas. Con éstos confinan los nervios, de cuyos genios y costumbres César,
tomando lengua, vino a entender: «que a ningún mercader daban47 entrada; ni
permitían introducir vinos, ni cosas semejantes que sirven para el regalo;
persuadidos de que con tales géneros se afeminan los ánimos y pierden su vigor;
siendo ellos naturalmente bravos y forzudos; que daban en rostro y afrentaban a
los demás belgas porque a gran mengua de la valentía heredada con la sangre, se
habían sujetado al Pueblo Romano; que ellos por su parte protestaban de no
proponer ni admitir condiciones de paz».
XVI.
Llevaba
tres días de jornada César por las tierras de éstos, cuando le dijeron los
prisioneros que a diez millas de sus tiendas corría el río Sambre, en cuya
parte opuesta estaban acampados los nervios, aguardando allí su venida unidos
con los arrebates y vermandeses,48 sus vecinos, a los cuales habían inducido a
seguir la misma fortuna en la guerra; que esperaban también tropas de los
47 Aun en
aquellos tiempos rudos, y entre naciones tenidas por bárbaras se negaba la
entrada a todo lo que podía servir al fausto y estragar las costumbres. Así
merecieron los nervios crédito de grandes guerreros; bien como por la misma
causa dice César, en el lib. I, que eran los belgas los más valientes de todos
los galos.
48 Los de
Arras y Veromandois.
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aduáticos49
que venían marchando; que a sus mujeres y demás personas inhábiles por la edad
para el ejercicio de las armas tenían recogidas en un paraje impenetrable al
ejército por las lagunas.
XVII.
César, con
estas noticias, envió delante algunos batidores y centuriones a procurar puesto
acomodado para el alojamiento. Mas como viniesen en su compañía varios de los
belgas conquistados y otros galos, algunos de ellos (según que después se
averiguó por los prisioneros), observado el orden de la marcha de nuestro
ejército en aquellos días, se fueron de noche a los nervios y les avisaron de
la gran porción de bagaje que mediaba entre legión y legión; con que al llegar
la primera al campo, quedando muy atrás las demás, era muy fácil sorprenderla
embarazada con la carga;50 derrotada ésta, y perdido el bagaje, a buen seguro
que las siguientes no se atreviesen a contrarrestar. Era bien recibido el
consejo; por cuanto los nervios, que ni antes usaron jamás (ni ahora tampoco
usan pelear a caballo, sino que todas sus fuerzas consisten en la infantería)
para estorbar más fácilmente la caballería de sus fronterizos en las ocasiones
que hacía correrías, desmochando y doblando los arbolillos tiernos,
entretejiendo en sus ramas zargas y espinos a lo ancho, habían
49 De
Namur.
50 César:
sub sarcinis, esto es, con las cargas a cuestas. Los soldados romanos, cuando
marchaban con las armas solas, se decían expediti o in expeditionem (pues,
según escribe Cicerón, las armas no se tenían entre ellos por carga); cuando
iban cargados de las mochillas, utensilios y estacas para el vallado, impediti
o sub sarcinis.
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formado un
seto, que les servía de muro tal y tan cerrado, que impedía no como quiera la
entrada, mas también la vista. Con este arte, teniendo atajado el paso a
nuestro ejército, juzgaron los nervios que no era de despreciar el aviso.
XVIII.
La
situación del lugar elegido por los nuestros para fijar los reales era en un
collado que tenía uniforme la bajada desde la cumbre hasta el río Sambre,
arriba mencionado. De su opuesta ribera se alzaba otro collado de igual
elevación enfrente del primero, despejado a la falda como doscientos pasos, y
en la cima tan cerrado, que apenas podía penetrar dentro la vista. Detrás de
esta breña estaban emboscados los enemigos. En el raso a la orilla del río, que
tenía como tres pies de hondo, se divisaba tal cual piquete de caballería.
XIX.
César,
echando adelante la suya, seguíala con el grueso del ejército. Pero el orden de
su marcha era bien diferente del que pintaron los belgas a los nervios; pues
César, por la cercanía del enemigo, llevaba consigo, como solía, seis legiones
sin más tren que las armas; después iban los equipajes de todo el ejército,
escoltados de las dos legiones recién alistadas, que cerraban la marcha.
Nuestros caballos, pasando el río con la gente de honda y arco, trabaron
combate con los caballos enemigos. Mientras éstos, ya se retiraban
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al bosque
entre los suyos, ya salían de él a embestir con los nuestros, sin que los
nuestros osasen ir tras ellos en sus retiradas más allá del campo abierto; las
seis legiones, que habían llegado las primeras, delineado el campo, empezaron a
fortificarlo. Luego que los enemigos cubiertos en las selvas avistaron los
primeros bagajes de nuestro ejército, según lo concertado entre sí, estando de
antemano bien prevenidos y formados allí mismo en orden de batalla, de repente
se dispararon con todas sus tropas y se dejaron caer sobre nuestros caballos.
Batidos y deshechos éstos sin resistencia, con velocidad increíble vinieron
corriendo hasta el río, de modo que casi a un mismo tiempo se les veía en el
bosque, en el río y en combate con los nuestros. Los del collado opuesto, con
igual ligereza, corrieron a asaltar nuestras trincheras y a los que trabajaban
en ellas.
XX.
César tenía
que hacerlo todo a un tiempo: enarbolar el estandarte,51 que es la llamada a
tomar las armas; hacer señal con la bocina; retirar los soldados de sus
trabajos; llamar a los que se habían alejado en busca de fajina; escuadronar el
ejército; dar la contraseña;52 arengar a los soldados. Mas no permitía la
estrechez del tiempo, ni la sucesión continua de negocios, ni la avenida de los
51 César:
vexillum, quod erat insigne, quum ad arma concurri oporteret. Colocábase sobre
la estancia del general y tenía la figura de un sayo de grana.
52 César:
signum dandum. Esto se hacía por medio de los soldados destinados para
semejante oficio.
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enemigos
dar expediente a todas estas cosas. En medio de tantas dificultades dos
circunstancias militaban a su favor: una era la inteligencia y práctica de los
soldados, que como ejercitados en las anteriores batallas, podían por sí mismos
dirigir cualquier acción con tanta pericia como sus decuriones; la otra haber
intimado César la orden que ninguno de los legados se apartase de su legión
durante la faena del atrincheramiento. Así que, vista la prisa y cercanía del
enemigo, sin aguardar las órdenes de César, ejecutaban lo que parecía del caso.
XXI.
César,
dadas las providencias necesarias, corriendo a exhortar a los soldados adonde
le guió la suerte, encontróse con la legión décima. No dijo más a los soldados
sino que se acordasen de su antiguo valor, y sin asustarse resistiesen
animosamente al ímpetu de los enemigos. Y como éstos ya estaban a tiro de
dardo, hizo señal de acometer. Partiendo de allí a otra banda con el mismo fin
de alentarlos, los halló peleando. El tiempo fue tan corto, los enemigos tan
determinados al salto, que no dieron lugar a los nuestros para ponerse las
cimeras, ni aun siquiera para ajustar las viseras de los yelmos y quitar las
fundas a los escudos. Donde cada cual acertó a encontrarse al partir mano del
trabajo, allí se paró, agregándose a las primeras banderas que se le pusieron
delante, para no gastar tiempo de pelear en buscar a los suyos.
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de Sergio Barros 75 Preparado por Patricio Barros
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XXII.
Ordenado el
ejército según lo permitían la situación del lugar, la cuesta de la colina y la
urgencia del tiempo más que conforme al arte y disciplina militar; combatiendo
separadas las legiones, cuál en una parte y cuál en otra, impedida la vista por
la espesura de los bardales interpuestos, de que hicimos antes mención, no era
factible que un hombre sólo pudiese socorrer a todos a un tiempo, ni dar las
providencias necesarias, ni mandarlo todo. Por lo cual, en concurrencia de
cosas tan adversas, eran varios a proporción los sucesos de la fortuna.
XXIII.
Los
soldados de la nona y la décima legiones, escuadronados en el ala izquierda del
ejército, disparando sus dardos a los artesios, que tenían enfrente, presto los
precipitaron el collado abajo hasta el río, ya sin aliento del mucho correr y
el cansancio, y malparados de las heridas; y tentando pasarle, persiguiéndolos
espada en mano, degollaron gran parte de ellos cuando no podían valerse. Los
nuestros no dudaron atravesar el río, y como los enemigos, viéndolos empeñados
en un paraje peligroso, intentasen hacerles frente, renovada la refriega los
obligaron a huir de nuevo. Por otra banda las legiones octava y undécima,
después de desalojar de la loma a los vermandeses sus contrarios, proseguían
batiéndolos en las márgenes mismas del río. Pero quedando sin defensa los
reales por el frente y costado izquierdo, estando apostada en el derecho la
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legión
duodécima y a corta distancia de ésta la séptima, todos los nervios,
acaudillados de su general Buduognato, cerrados en un escuadrón muy apiñado,
acometieron aquel puesto, tirando unos por el flanco descubierto a coger en
medio las legiones, y otros a subir la cima de los reales.
XXIV.
A este
tiempo nuestros caballos, con los soldados ligeros que, como ya referí, iban en
su compañía, cuando fueron derrotados al primer ataque de los enemigos,
viniendo a guarecerse dentro de las trincheras, tropezaban con los enemigos y
echaban a huir por otro lado. Pues los gastadores que a la puerta53 trasera
desde la cumbre del collado vieron a los nuestros pasar el río en forma de
vencedores, saliendo al pillaje, como mirasen atrás y viesen a los enemigos en
medio de nuestro campo, precipitadamente huían a todo huir. En aquel punto y
tiempo comenzaban a sentirse las voces y alaridos de los que conducían el
bagaje; con que corrían despavoridos unos acá, otros acullá sin orden ni
concierto. Entonces los caballos trevirenses, muy alabados de valientes entre
los galos, enviados de socorro a César por su república, sobrecogidos de tantos
malos sucesos, viendo nuestros reales cubiertos de enemigos, las legiones
estrechadas y poco menos que cogidas; gastadores, caballos, honderos númidas
dispersos,
53 César:
decumana porta. Véase nota número 59.
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descarriados,
huyendo por donde podían, dándonos ya por perdidos, se volvieron a su patria
con la noticia de que los romanos quedaban rotos y vencidos, sus reales y
bagajes en poder de los enemigos.
XXV.
César,
después de haber animado a la legión décima, viniendo al costado derecho, como
vio el aprieto de los suyos, apiñadas las banderas, los soldados de la
duodécima legión tan pegados que no podían manejar las armas, muertos todos los
centuriones y el alférez de la cuarta cohorte, perdido el estandarte; los de
las otras legiones o muertos o heridos, y el principal de ellos Publio Sextio
Báculo, hombre valerosísimo, traspasado de muchas y graves heridas sin poderse
tener en pie; que los demás caían en desaliento, y aun algunos, desamparados de
los que les hacían espaldas, abandonaban su puesto hurtando el cuerpo a los
golpes; que los enemigos subiendo la cuesta, ni por el frente daban treguas, ni
los dejaban respirar por los costados, reducidos al extremo sin esperanza de
ser ayudados; arrebatando el escudo a un soldado de las últimas filas (que
César se vino sin él por la prisa) se puso al frente; y nombrando a los
centuriones por su nombre, exhortando a los demás, mandó avanzar y ensanchar
las filas para que pudieran servirse mejor de las espadas. Con su presencia
recobrando los soldados nueva esperanza y nuevos bríos, deseoso cada cual de
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hacer los
últimos esfuerzos a vista del general en medio de su mayor peligro, cejó algún
tanto el ímpetu de los enemigos.
XXVI.
Advirtiendo
César que la legión séptima, allí cerca, se hallaba también en grande aprieto,
insinuó a los tribunos que fuesen poco a poco reuniendo las legiones, y todas a
una cerrasen a banderas desplegadas con el enemigo. Con esta evolución,
sosteniéndose recíprocamente sin temor ya de ser cogidos por la espalda,
comenzaron a resistir con más brío y a pelear con más coraje. En esto las dos
legiones que venían escoltando los bagajes de retaguardia, con la noticia de la
batalla apretando el paso, se dejaban ya ver de los enemigos sobre la cima del
collado. Y Tito Labieno, que se había apoderado de sus reales, observando desde
un alto el estado de las cosas en los nuestros, destacó la décima legión a
socorrernos. Los soldados, infiriendo de la fuga de los caballos y gastadores
la triste situación y riesgo grande que corrían las trincheras, las legiones y
el general, no perdieron punto de tiempo.
XXVII.
Con su
llegada se trocaron tanto las suertes, que los nuestros, aun los más postrados
de las heridas, apoyados sobre los escudos renovaron el combate; hasta los
mismos furrieles, viendo consternados a los enemigos, con estar desarmados, se
atrevían con
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los
armados. Pues los caballeros, a trueque de borrar con proezas de valor la
infamia de la huida, combatían en todas partes, por aventajarse a los soldados
legionarios. Los enemigos, reducidos al último extremo, se portaron con tal
valentía, que al caer de los primeros, luego ocupaban su puesto los inmediatos,
peleando por sobre los cuerpos de aquellos que yacían derribados y amontonados,
y parapetándose en los cuales nos disparaban los demás sus dardos, recogían los
que les tirábamos y volvíanlos a arrojar contra nosotros; así que no es
maravilla que hombres tan intrépidos osasen a esguazar un río tan ancho, trepar
por ribazos tan ásperos y apostarse en lugar tan escarpado; y es que todas
estas cosas, bien que de suyo muy difíciles, se las facilitaba su bravura.
XXVIII.
Acabada la
batalla, y con ella casi toda la raza y nombre de los nervios, los viejos que,
según dijimos, estaban con los niños y las mujeres recogidos entre pantanos y
lagunas, sabedores de la desgracia, considerando que para los vencedores todo
es llano y para los vencidos nada seguro, enviaron, de común consentimiento de
todos los que se salvaron, embajadores a César, entregándose a discreción; y
encareciendo el infortunio de su república, afirmaron que de seiscientos
senadores les quedaban solos tres, y de sesenta
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mil
combatientes apenas54 llegaban a quinientos. A los cuales César, haciendo
alarde de su clemencia para con los miserables y rendidos, conservó con el
mayor empeño, dejándolos en la libre posesión de sus tierras y ciudades; y
mandó a los rayanos que nadie osase hacerles daño.
XXIX.
Los
aduáticos, de quien se habló ya, viniendo con todas sus fuerzas en socorro de
los nervios, oído el suceso de la batalla, dieron desde el camino la vuelta a
su casa; y abandonando las poblaciones, se retiraron con cuanto tenían a una
plaza muy fuerte por naturaleza. Estaba ésta rodeada por todas partes de
altísimos riscos y despeñaderos, y por una sola tenía la entrada, no muy
pendiente, ni más ancha que de doscientos pies, pero guarnecida de dos
elevadísimos rebellines, sobre los cuales habían colocado piedras gruesísimas y
estacas puntiagudas. Eran los aduáticos descendientes de los cimbros y
teutones, que al partirse para nuestra provincia e Italia, descargando a la
orilla del Rin los fardos que no podían llevar consigo, dejaron para su
custodia y defensa a seis mil de los suyos. Los cuales, muertos aquéllos,
molestados por muchos años de los vecinos con guerras ya ofensivas, ya
defensivas, hechas al fin las paces de común acuerdo, hicieron aquí su asiento.
54
Plutarco, en su Vida de César, atribuye esta costosísima victoria, si bien a la
pericia de los soldados, mucho más al extremado valor del mismo César; y su
relación es conforme en todo con ésta de los Comentarios.
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XXX.
Éstos,
pues, al principio de nuestra llegada hacían frecuentes salidas y escaramuzas
con los nuestros. Después, habiendo nosotros tirado una valla de doce pies en
alto y quince mil en circuito, y bloqueándolos con baluartes de trecho en
trecho, se mantenían cercados en la plaza. Mas cuando armadas ya las galerías y
formado el terraplén, vieron erigirse una torre a lo lejos, por entonces
comenzaron desde los adarves a hacer mofa y fisga de los nuestros, gritando, a
qué fin erigían máquina tan grande a tanta distancia, y con qué brazos o
fuerzas se prometían, mayormente siendo unos hombrezuelos, arrimar a los muros
un torreón de peso tan enorme (y es que los más de los galos, por ser de grande
estatura, miran con desprecio la pequeñez de la nuestra).
XXXI.
Mas cuando
repararon que se movía y acercaba a las murallas, espantados del nuevo y
desusado espectáculo, despacharon a César embajadores de paz, que hablaron de
esta sustancia: «que no podían menos de creer que los romanos guerreaban
asistidos de los dioses, cuando con tanta facilidad podían dar movimiento a
máquinas de tanta elevación, y pelear tan de cerca; por tanto, se entregaban
con todas las cosas en sus manos. Que si por dicha, usando de su clemencia y
mansedumbre, de que ya tenían noticia, quisiese perdonar también a los
aduáticos, una sola cosa le pedían
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y
suplicaban, no los despojase de las armas; que casi todos los comarcanos eran
sus enemigos y envidiosos de su poder, de quienes mal podían defenderse sin
ellas. En tal caso les sería mejor sufrir de los romanos cualquier aventura,
que morir atormentados a manos de aquellos a quienes solían dar la ley».
XXXII.
A esto
respondió César: «que hubiera conservado la ciudad, no porque lo mereciese,
sino por ser esa su costumbre, caso de haberse rendido antes de batir la
muralla; pero ya no había lugar a la rendición sin la entrega de las armas;
haría sí con ellos lo mismo que con los nervios, mandando a los confinantes que
se guardasen de hacer ningún agravio a los vasallos del Pueblo Romano».
Comunicada esta respuesta a los sitiados, dijeron estar prontos a cumplir lo
mandado. Arrojada, pues, gran cantidad de armas desde los muros al foso que
ceñía la plaza, de suerte que los montones de ellas casi tocaban con las
almenas y la plataforma, con ser que habían escondido y reservado dentro una
tercera parte, según se averiguó después, abiertas las puertas, estuvieron en paz
aquel día.
XXXIII.
Al
anochecer César mandó cerrarla, y a los soldados que saliesen fuera de la
plaza, porque no se desmandase alguno contra los ciudadanos. Pero éstos de
antemano, como se supo después, convenidos entre sí, bajo el supuesto de que
los nuestros, hecha ya
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la entrega,
o no harían guardias, o cuando mucho no estarían tan alerta, parte valiéndose
de las armas reservadas y encubiertas, parte de rodelas hechas de cortezas de
árbol y de mimbre entretejidas, que aforraron de pronto con pieles (no
permitiéndole otra cosa la falta de tiempo) sobre la medianoche salieron de
tropel al improviso con todas sus tropas derechos adonde parecía más fácil la
subida a nuestras trincheras. Dado aviso al instante con fuegos, como César lo
tenía prevenido, acudieron allá luego de los baluartes vecinos. Los enemigos
combatieron con tal coraje cual se debía esperar de hombres reducidos a la
última desesperación, sin embargo, de la desigualdad del sitio contra los que
desde la valla y torres disparaban, como quienes tenían librada la esperanza de
vivir en su brazo. Muertos hasta cuatro mil, los demás fueron rebatidos a la
plaza. Al otro día rompiendo las puertas, sin haber quien resistiese,
introducida nuestra tropa, César vendió en almoneda todos los moradores de este
pueblo con sus haciendas. El número de personas vendidas, según la lista qué le
exhibieron los compradores, fue de cincuenta y tres mil.
XXXIV.
Al mismo
tiempo Publio Craso, enviado por César con una legión a sujetar a los vénetos,
únelos, osismios, curiosolitas, sesuvios,
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aulercos y
reñeses,55 pueblos marítimos sobre la costa del Océano, le dio aviso cómo todos
quedaban sujetos al Pueblo Romano.
XXXV.
Concluidas
estas empresas y pacificada la Galia toda, fue tan célebre la fama de esta
guerra divulgada hasta los bárbaros, que las naciones transrenanas enviaban a
porfía embajadores a César prometiéndole la obediencia y rehenes en prendas de
su lealtad. El despacho de estos embajadores, por estar de partida para Italia
y el Ilírico, difirió por entonces César, remitiéndolos al principio del verano
siguiente. Con eso, repartidas las legiones en cuarteles de invierno por las
comarcas de Chartres, Anjou y Tours, vecinas a los países que fueron el teatro
de la guerra, marchó la vuelta de Italia. Por tan prósperos sucesos, leídas en
Roma las cartas de César, se mandaron hacer fiestas solemnes por quince días;56
demostración hasta entonces nunca hecha con ninguno.
Notas de
Napoleón al Libro II
55 Los de
Vannes, Cotentin, S. Pablo de León, Freguier, Brieu, Quimpercorentin, Leez,
Maine, Perche Evreux y Rennes
56 Estas
fiestas se hacían por decreto del Senado, abriendo todos los templos de los
dioses y cerrando los tribunales y oficinas, para que hombres y mujeres
acudiesen libres de otros negocios a los sacrificios en acción de gracias por
la victoria conseguida. Plutarco, en la Vida de César, lo pondera más. A
Pompeyo, a quien se hicieron más honores que a todos los generales precedentes,
se concedieron solamente doce días.
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1. César,
en esta campaña, contaba con ocho legiones, y además de las tropas auxiliares
agregadas a cada legión, contaba con un gran número de galos a pie y a caballo
y de tropas ligeras, de las Islas Baleares, de Creta y de África, que
constituían un ejército muy nutrido. Los 300.000 hombres que los belgas le
opusieron estaban compuestos por soldados de diversos pueblos, sin disciplina y
sin consistencia. Cap. IV.
2. Han
supuesto los comentadores que la ciudad de Fismes o de Laon era la que los
belgas habían tratado de atacar por sorpresa antes de dirigirse contra el
campamento de César; es un error: se trataba de la ciudad de Bievre y el
campamento de César estaba aguas abajo de Pont-a-Vaire. Por su derecha se
apoyaba en el recodo del Aisne, entre Pont a-Vaire y el pueblecito de
Chandarde; por su izquierda en el arroyo de la Mielle, y frente a él se
extendían las marismas. El campamento de César en Pont-a-Vaire estaba a una
distancia de 8.000 toesas de Bievre, a 14.000 de Reims, a 22.000 de Soisóns, a
16.000 de Laon, lo que concuerda con todas las indicaciones del texto de los
Comentarios. Los combates junto al Aisne se desarrollaron a principios de
julio. Cap. VI.
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3. La
batalla del Sambre se dio a fin de julio en los alrededores de Maubeuge. Cap.
XXVIII.
4. La
posición de Calais está de acuerdo con las indicaciones de los Comentarios.
César dice que la contravalación que hizo levantar alrededor de la ciudad era
de doce pies de altura, con un foso de dieciocho pies de profundidad; debe de
tratarse de un error; hay que leer dieciocho pies de anchura pues dieciocho
pies de profundidad supondrían una anchura de seis toesas; el foso estaba
construido en forma de palomilla, por lo cual la excavación sería de nueve
toesas cúbicas. Es probable que este atrincheramiento tuviese un foso de
dieciséis pies de anchura por nueve de profundidad, cubicando 486 pies por
toesa corriente; con la tierra extraída había levantado un muro y un parapeto
cuyo nivel se elevaba a dieciocho pies sobre el fondo del foso. Cap. XXX.
5. No es
tarea fácil hacer observaciones de orden estrictamente militar sobre un texto
tan conciso y sobre ejércitos de naturaleza tan distinta. ¿Cómo comparar, en
efecto, un ejército de línea romano, reclutado y escogido en toda Italia y en
las provincias romanas, con ejércitos bárbaros compuestos de reclutamientos en
masa, valientes, feroces, pero que poseían escasísimas nociones de la
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guerra, que
ignoraban el arte de tender un puente, de levantar rápidamente un
atrincheramiento, de construir una torre, y que se aterraban en cuanto veían
acercarse los arietes a sus murallas? Cap. XXXI.
6. No sin
razón se ha reprochado a César, a pesar de todo, el que se dejara sorprender en
la batalla del Sambre contando con tanta caballería y tropas ligeras. Es verdad
que su caballería y sus tropas ligeras habían pasado el Sambre, pero desde el
lugar donde se encontraba advertía que éstos se habían detenido a 150 toesas de
él en el linde del bosque; debía, pues, o tener una parte de sus tropas en
alerta, o esperar a que sus exploradores hubiesen atravesado el bosque y
explorado el terreno. César se justifica con decir que las orillas del Sambre
eran tan escarpadas que parecían ponerle al abrigo de sorpresas en el lugar
donde quería acampar. Cap. XXXIII.
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Libro
Tercero
I.
Estando
César de partida para Italia, envió a Servio Galba con la duodécima legión y
parte de la caballería a los nantuates, venagros y sioneses,57 que desde los
confines de los alóbroges, lago Lemán y río Ródano se extienden hasta lo más
encumbrado de los Alpes. Su mira en eso era franquear aquel camino, cuyo pasaje
solía ser de mucho riesgo y de gran dispendio para los mercaderes por los
portazgos. Diole permiso para invernar allí con la legión, si fuese menester.
Galba, después que hubo ganado algunas batallas, conquistado varios castillos
de estas gentes, y recibido embajadores de aquellos contornos y rehenes en
prendas de la paz concluida, acordó alojar a dos cohortes en los nantuates, y
él con las demás irse a pasar el invierno en cierta aldea de los venagros,
llamada Octoduro,58 sita en una hondonada, a que seguía una llanura de corta
extensión entre altísimas montañas. Como el lugar estuviese dividido por un río
en dos partes, la una dejó a los vencidos; la otra desocupada por éstos destinó
para cuartel de las cohortes, guarneciéndola con estacada y foso.
II.
57 El alto
y el bajo Valois.
58
Martigny.
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Pasada ya
buena parte del invierno, y habiendo dado sus órdenes para el acarreo de las
provisiones, repentinamente le avisaron los espías cómo los galos, de noche,
habían todos abandonado el arrabal que les concedió para su morada, y que las
alturas de las montañas estaban ocupadas de grandísimo gentío de sioneses y
veragros. Los motivos que tuvieron los galos para esta arrebatada resolución de
renovar la guerra con la sorpresa de la legión, fueron éstos: primero, porque
les parecía despreciable por su corto número una legión, y ésta no completa,
por haberse destacado de ella dos cohortes y estar ausentes varios piquetes de
soldados enviados a buscar víveres por varias partes. Segundo, porque
considerada la desigualdad del sitio, bajando ellos de corrida desde los montes
al valle, disparando continuamente, se les figuraba que los nuestros no podrían
aguantar ni aun la primera descarga. Por otra parte, sentían en el alma se les
hubiesen quitado sus hijos a títulos de rehenes, y daban por cierto que los romanos
pretendían apoderarse de los puertos de los Alpes, no sólo para seguridad de
los caminos, sino también para señorearse de aquellos lugares y unirlos a su
provincia confinante.
III.
Luego que
recibió Galba este aviso (no estando todavía bien atrincherado ni proveído de
víveres, por padecerle que supuesta la entrega y las prendas que tenía, no era
de temer ninguna sorpresa), convocando de pronto consejo de guerra, puso el
caso en consulta.
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Entre los
vocales, a vista de peligro tan grande, impensado y urgente, y de las alturas
casi todas cubiertas de gente armada, sin poder ser socorridos con tropas ni
víveres, cerrados los pasos, dándose casi por perdidos, eran algunos de
dictamen que, abandonado el bagaje, rompiendo por medio de los enemigos, por
los caminos que habían traído, se esforzasen a ponerse a salvo. Pero la mayor
parte fue de sentir que, reservado este partido para el último trance, por
ahora se probase fortuna, haciéndose fuertes en los reales.
IV.
A poco
rato, cuanto apenas bastó para disponer y ejecutar lo acordado, los enemigos,
dada la señal, hételos que bajan corriendo a bandadas, arrojando piedras y
dardos a las trincheras. Al principio los nuestros, estando con las fuerzas
enteras, se defendían vigorosamente sin perder tiro desde las barreras, y en
viendo peligrar alguna parte de los reales por falta de defensores, corrían
allá luego a cubrirla. Mas los enemigos tenían esta ventaja: que cansados unos
del choque continuado, los reemplazaban otros de refresco, lo que no era
posible por su corto número a los nuestros; pues no sólo el cansado no podía
retirarse de la batalla, mas ni aun el herido desamparar su puesto.
V.
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Continuado
el combate por más de seis horas, y faltando no sólo las fuerzas, sino también
las armas a los nuestros, cargando cada vez con más furia los enemigos; como
por la suma flaqueza de los nuestros comenzasen a llenar el foso y a querer
forzar las trincheras, reducidas ya las cosas al extremo, el primer centurión
Publio Sestio Báculo, que, como queda dicho, recibió tantas heridas en la
jornada de los nervios, vase corriendo a Galba y tras él Cayo Voluseno,
tribuno, persona de gran talento y valor, y le representan que no resta
esperanza de salvarse si no se aventuran a salir rompiendo por el campo
enemigo. Galba, con esto, convocando a los centuriones, advierte por su medio a
los soldados que suspendan por un poco el combate, y que no haciendo más que
recoger las armas que les tiren, tomen aliento; que después, al dar la señal,
saliesen de rebato, librando en su esfuerzo toda la esperanza de la vida.
VI.
Como se lo
mandaron, así lo hicieron: rompen de golpe por todas las puertas,59 sin dar
lugar al enemigo ni para reconocer qué cosa fuese, ni menos para unirse. Con
eso, trocaba la suerte, cogiendo en medio a los que se imaginaban ya dueños de
los reales, los van
59 Cuatro
solían ser las de los reales: la Praetoria, en el frente de ellos, donde se
alojaba el general; la Decumana, al lado opuesto, en las espaldas; la Principal
por donde solían entrar y salir los oficiales de la plana mayor; la Quintana
por donde se introducían las provisiones. La Decumana que se llama trasera o de
socorro, tenía también los nombres extraordinaria, quaesteria.
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matando a
diestro y siniestro; y muerta más de la tercera parte de más de treinta mil
bárbaros (que tantos fueron, según consta, los que asaltaron los reales), los
restantes, atemorizados, son puestos en fuga, sin dejarlos hacer alto ni aun en
las cumbres de los montes. Batidas así y desarmadas las tropas enemigas, se
recogieron los nuestros a sus cuarteles y trincheras. Pasada esta refriega, no
queriendo Galba tentar otra vez fortuna, atento que el suceso de su jornada fue
muy diverso del fin que tuvo en venir a inventar en estos lugares; sobre todo,
movido de la escasez de bastimentos, al día siguiente, pegando fuego a todos
los edificios del burgo, dio la vuelta hacia la provincia, y sin oposición ni
embarazo de ningún enemigo condujo sana y salva la legión, primero a los
nantuates, y de allí a los alóbroges, donde pasó el resto del invierno.
VII.
Después de
estos sucesos, cuando todo le persuadía a César que la Galia quedaba
enteramente apaciguada, por haber sido sojuzgados los belgas, ahuyentados los
germanos, vencidos en los Alpes los sioneses; y como en esa confianza entrado
el invierno se partiese para el Ilírico con deseo de visitar también estas
naciones y enterarse de aquellos países, se suscitó de repente una guerra
imprevista en la Galia, con esta ocasión: Publio Craso el mozo, con la legión
séptima, tenía sus cuarteles de invierno en Anjou, no lejos del Océano. Por
carecer de granos aquel territorio, despachó a las ciudades comarcanas algunos
prefectos y tribunos militares en
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busca de
provisiones. De éstos era Tito Terrasidio enviado a los únelos, Marco Trebio
Galo a los curiosolitas, Quinto Velanio con Tito Silio a los vaneses.
VIII.
La
república de estos últimos es la más poderosa entre todas las de la costa, por
cuanto tienen gran copia de navíos con que suelen ir a comerciar en Bretaña. En
la destreza y uso de la náutica se aventajaban éstos a los demás, y como son
dueños de los pocos puertos que se encuentran en aquel golfo borrascoso y
abierto, tienen puestos en contribución a cuantos por él navegan. Los vaneses,
pues, dieron principio a las hostilidades, arrestando a Silio y Velanio, con la
esperanza de recobrar, en cambio, de Craso sus rehenes. Movidos de su ejemplo
los confinantes (que tan prontas y arrebatadas son las resoluciones de los
galos) arrestan por el mismo fin a Trebio y Terrasidio, y al punto con
recíprocas embajadas conspiran entre sí por medio de sus cabezas, juramentándose
de no hacer cosa sino de común acuerdo, y de correr una misma suerte en todo
acontecimiento. Inducen igualmente a las demás comunidades a querer antes
conservar la libertad heredada que no sufrir la esclavitud de los romanos.
Atraídos en breve todos los de la costa a su partido, despachan de mancomún a
Publio Craso una embajada, diciendo: «que si quiere rescatar los suyos, les
restituya los rehenes».
Colaboración
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IX.
Enterado
César de estas novedades por Craso, como estaba tan distante, da orden de
construir en tanto galeras en el río Loire, que desagua en el Océano, de traer
remeros de la provincia, y juntar marineros y pilotos. Ejecutadas estas órdenes
con gran diligencia, él, luego que se lo permitió la estación, vino derecho al
ejército. Los vaneses y demás aliados, sabida su llegada y reconociendo
juntamente la enormidad del delito que cometieron en haber arrestado y puesto
en prisiones a los embajadores (cuyo carácter fue siempre inviolable y
respetado de todas las naciones), conforme a la grandeza del peligro que les
amenazaba, tratan de hacer los preparativos para la guerra, mayormente todo lo
necesario para el armamento de los navíos, muy esperanzados del buen suceso por
la ventaja del sitio. Sabían que los caminos por tierra estaban a cada paso
cortados por los pantanos; la navegación, embarazosa por la ninguna práctica de
aquellos parajes y ser muy contados los puertos. Presumían además que nuestras
tropas no podrían subsistir mucho tiempo en su país por falta de víveres, y
pensaban que aun cuando todo les saliese al revés, todavía por mar serían
superiores sus fuerzas; pues los romanos ni tenían navíos ni conocimiento de
los bajíos, islas y puertos de los lugares en que habían de hacer la guerra;
además, que no es lo mismo navegar por el Mediterráneo entre costas,60 como por
el Océano, mar tan
60 Las
naves romanas no salían, en efecto, del Mediterráneo.
Colaboración
de Sergio Barros 95 Preparado por Patricio Barros
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dilatado y
abierto. Con estos pensamientos fortifican sus ciudades, transportan a ellas el
trigo de los cortijos, juntan cuantas naves pueden en el puerto de Vanes, no
dudando que César abriría por aquí la campaña. Se confederan con los osismios,
lisienses, nanteses, ambialites, merinos, dublintes, menapios, y piden socorro
a la Bretaña, isla situada enfrente de estas regiones.
X.
Tantas como
hemos dicho eran las dificultades de hacer la guerra, pero no eran menos los
incentivos que tenía César para emprender ésta: el atentado de prender a los
caballeros romanos; la rebelión después de ya rendidos; la deslealtad contra la
seguridad dada con rehenes; la conjura de tantos pueblos, y sobre todo el
recelo de que si no hacía caso de esto, no siguiesen su ejemplo otras naciones.
Por tanto, considerando que casi todos los galos son amigos de novedades,
fáciles y ligeros en suscitar guerras y que todos los hombres naturalmente son
celosos de su libertad y enemigos de la servidumbre, antes que otras naciones
se ligasen con los rebeldes, acordó dividir en varios trozos su ejército
distribuyéndolos después por las provincias.
XI.
Con este
fin envió a los trevirenses, que lindan con el Rin, al legado Tito Labieno con
la caballería, encargándole visitase de pasada a los remenses y demás belgas, y
los tuviese a raya; que si los germanos,
Colaboración
de Sergio Barros 96 Preparado por Patricio Barros
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llamados, a
lo que se decía, por los belgas, intentasen pasar por fuerza en barcas el río,
se lo estorbase. A Publio Craso, con doce cohortes de las legiones y buen
número de caballos, manda ir a Aquitania para impedir que de allá suministren
socorros a la Galia, y se coliguen naciones tan poderosas. Al legado Quinto
Triturio Sabino, con tres legiones, envía contra los únelos, curiosolitas y
lisienses61 para contenerlos dentro de sus límites. Da el mando de la escuadra
y de las naves que hizo aprestar del Poitu, del Santonge y de otros países
fieles, al joven Décimo Bruto, con orden de hacerse cuanto antes a la vela para
Vannes, adonde marchó él mismo por tierra con la infantería.
XII.
Estando,
como están, aquellas poblaciones fundadas sobre cabos y promontorios, ni por
tierra eran accesibles en la alta marea que allí se experimenta cada doce horas
ni tampoco, por la mar en la baja, quedando entonces las naves encalladas en la
arena. Con que así por el flujo, como por el reflujo, era dificultoso
combatirlas; que si tal vez a fuerza de obras, atajado el mar con diques y
muelles terraplenados hasta casi emparejar con las murallas, desconfiaban los
sitiados de poder defenderse, a la hora teniendo a mano gran número de bajeles,
embarcábanse con todas sus cosas y se acogían a los lugares vecinos, donde se
hacían fuertes de nuevo, logrando
61 Los de
Quimpercorentin, Coutance y Lisieux.
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las mismas
ventajas en la situación. Esto gran parte del estío lo podían hacer más a su
salvo, porque nuestra escuadra estaba detenida por los vientos contrarios, y
era sumamente peligroso el navegar por mar tan vasto y abierto, siendo tan
grandes las mareas y casi ningunos los puertos.
XIII.
La
construcción y armadura de las naves enemigas se hacía por esto en la forma
siguiente: las quillas algo más planas que las nuestras, a fin de manejarse más
fácilmente en la baja marea; la proa y popa muy erguidas contra las mayores
olas y borrascas; maderamen todo él de roble capaz de resistir a cualquier
golpe de viento; los bancos de vigas tirante de un pie62 de tabla, y otro de
canto, clavadas con clavos de hierro gruesos como el dedo pulgar. Tenían las
áncoras, en vez de cables, amarradas con cadenas de hierro, y en lugar de velas
llevaban pieles y badanas delgadas, o por falta de lino, o por ignorar su uso,
o lo que parece más cierto, por juzgar que las velas no tendrían aguante contra
las tempestades deshechas del Océano y la furia de los vientos en vasos de
tanta carga. Nuestra escuadra viniéndose a encontrar con semejantes naves, sólo
les hacía ventaja en la ligereza y manejo de los remos. En todo lo demás, según
la naturaleza del golfo y agitación de sus
62 César:
pedalibus in latitudinem trabibus: entiéndese que quiere decir que las vigas
tenían un pie de grosor y otro de anchura, esto es, tanto de tabla como de
canto, sin hablar del largo que vendrían a tener
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olas, nos
hacían notables ventajas; pues ni los espolones de nuestras proas podían
hacerles daño (tanta era su solidez), ni era fácil alcanzasen a su borde los
tiros por ser tan altas, y por la misma razón estaban menos expuestas a varar.
Además de eso, en arreciándose el viento, entregadas a él, aguantaban más
fácilmente la borrasca, y con mayor seguridad daban fondo en poca agua; y aun
quedando en seco, ningún riesgo temían de las peñas y arrecifes, siendo así que
nuestras naves estaban expuestas a todos estos peligros.
XIV.
César,
viendo que si bien lograba apoderarse de los lugares, nada adelantaba, pues ni
incomodar podía a los enemigos ni estorbarles la retirada, se resolvió a
aguardar a la escuadra. Luego que arribó ésta y fue avistada de los enemigos,
salieron contra ella del puerto casi doscientas veinte naves, bien tripuladas y
provistas de toda suerte de municiones. Pero ni Bruto, director de la escuadra,
ni los comandantes y capitanes de los navíos sabían qué hacerse, o cómo entrar
en batalla, porque visto estaba que con los espolones no podían hacerles mella;
y aun erigidas torres encima, las sobrepujaba tanto la popa de los bajeles
bárbaros, que sobre no ser posible disparar bien desde abajo contra ellos, los
tiros de los enemigos, por la razón contraria, nos habían de causar mayor daño.
Una sola cosa prevenida de antemano nos hizo muy al caso, y fueron ciertas
hoces bien afiladas, caladas en varapalos a manera
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de guadañas
murales. Enganchadas éstas una vez en las cuerdas con que ataban las entenas a
los mástiles, remando de boga, hacían pedazos el cordaje; con ello caían de su
peso las vergas, por manera que consistiendo toda la ventaja de la marina
galicana en velas y jarcias, perdidas éstas, por lo mismo quedaban inservibles
las naves. Entonces lo restante del combate dependía del valor, en que sin
disputa se aventajaban los nuestros, y más, que peleaban a vista de César y de
todo el ejército, sin poder ocultarse hazaña de alguna cuenta, pues todos los
collados y cerros que tenían las vistas al mar estaban ocupados por las tropas.
XV.
Derribadas
las entenas en la forma dicha, embistiendo a cada navío dos o tres de los
nuestros, los soldados hacían el mayor esfuerzo por abordar y saltar dentro.
Los bárbaros, visto el efecto, y muchas de sus naves apresadas, no teniendo ya
otro recurso, tentaron huir por salvarse. Mas apenas enderezaron las proas
hacia donde las conducía el viento, de repente se les echó y calmó tanto, que
no podían menearse ni atrás ni adelante; que fue gran ventura para completar la
victoria, porque, siguiendo los nuestros al alcance, las fueron apresando una
por una, a excepción de muy pocas, que
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sobreviniendo
la noche, pudieron arribar a tierra, con ser que duró el combate desde las
cuatro del día63 hasta ponerse el Sol.
XVI.
Con esta
batalla se terminó la guerra de los vaneses y de todos los pueblos marítimos;
pues no sólo concurrieron a ella todos los mozos y ancianos de algún crédito en
dignidad y gobierno, sino que trajeron también de todas partes cuantas naves
había, perdidas las cuales, no tenían los demás dónde guarecerse, ni arbitrio
para defender los castillos. Por eso se rindieron con todas sus cosas a merced
de César, quien determinó castigarlos severísimamente, a fin de que los
bárbaros aprendiesen de allí adelante a respetar con mayor cuidado el derecho
de los embajadores. Así que, condenados a muerte todos los senadores, vendió a
los demás por esclavos.
XVII.
Mientras
esto pasaba en Vannes, Quinto Titurio Sabino llegó con su destacamento a la
frontera de los únelos, cuyo caudillo era Viridovige, como también de todas las
comunidades alzadas, en donde había levantado un grueso ejército. Asimismo en
este poco tiempo los aulercos, ebreusenses y lisienses, degollando a sus
senadores porque se oponían a la guerra, cerraron las puertas y se
63 Esto es
desde las diez de la mañana. Se sabe que los romanos dividían el día en doce
horas, empezando a las seis de la mañana o desde que sale el Sol hasta que se
pone; por consiguiente la noche en otras doce horas, a contar desde su puesta
ante su salida, las cuales eran ya mayores, ya menores, según las estaciones
del año.
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ligaron con
Viridovige juntamente con una gran chusma de bandoleros y salteadores que se
les agregó de todas partes, los cuales, por la esperanza del pillaje y afición
a la milicia, tenían horror al oficio y continuo trabajo de la labranza.
Sabino, que se había acampado en lugar ventajoso para todo, no salía de las
trincheras, dado que Viridovige, alojado a dos millas de distancia, sacando
cada día sus tropas afuera, le presentaba la batalla, con que ya no sólo era
despreciado Sabino de los contrarios, sino también zaherido de los nuestros. A
tanto llegó la persuasión de su miedo, que ya los enemigos se arrimaban sin
recelo a las trincheras. Hacía él esto por juzgar que un oficial subalterno no
debía exponerse a pelear con tanta gente sino en sitio seguro, o con alguna
buena ocasión, mayormente en ausencia del general.
XVIII.
Cuando
andaba más válida esta opinión de su miedo, puso los ojos en cierto galo de las
tropas auxiliares, hombre abonado y sagaz a quien con grandes premios y ofertas
le persuade se pase a los enemigos, dándole sus instrucciones. Él, llegado como
desertor al campo de los enemigos, les representa el miedo de los romanos;
pondera cuan apretado se halla César de los vaneses; que a más tardar,
levantando el campo Sabino secretamente la noche inmediata, iría a socorrerle.
Lo mismo fue oír esto, que clamar todos a una voz que no era de perder tan buen
lance, ser preciso ir contra ellos. Muchas razones los incitaban a eso: la
irresolución de Sabino
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en los días
antecedentes; el dicho del desertor; la escasez de bastimentos, de que por
descuido estaban mal provistos; la esperanza de que venciesen los vaneses; y en
fin, porque de ordinario los hombres creen fácilmente lo que desean. Movidos de
esto, no dejan a Viridovige ni a los demás capitanes salir de la junta hasta
darles licencia de tomar las armas e ir contra el enemigo. Conseguida, tan
alegres como si ya tuviesen la victoria en las manos, cargados de fajina con
que llenar los fosos de los romanos, van corriendo a los reales.
XIX.
Estaba el
campamento en un altozano que poco a poco se levantaba del llano, y a él
vinieron apresuradamente corriendo casi una milla por quitarnos el tiempo de
apercibirnos, si bien ellos llegaron jadeando. Sabino, animados los suyos, da
la señal que tanto deseaban. Mandóles salir de rebato por dos puertas, estando
aún los enemigos con las cargas a cuestas. La ventaja del sitio, la poca
disciplina y mucho cansancio de los enemigos, el valor de los nuestros y su
destreza adquirida en tantas batallas fueron causa de que los enemigos, sin
resistir ni aun la primera carga nuestra, volviesen al instante las espaldas.
Mas como iban tan desordenados, alcanzados de los nuestros que los perseguían
con las fuerzas enteras, muchos quedaron muertos en el campo; los demás, fuera
de algunos que lograron escaparse, perecieron en el alcance de la caballería.
Con esto, al mismo tiempo que Sabino
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recibió la
noticia de la batalla naval, la tuvo César de la victoria de Sabino, a quien
luego se rindieron todos aquellos pueblos, porque los galos son tan briosos y
arrojados para emprender guerras, como afeminados y mal sufridos en las
desgracias.
XX.
Casi a la
misma sazón, llegado Publio Craso a la Aquitania, que, como queda dicho, por la
extensión del país y por sus poblaciones merece ser reputada por la tercera
parte de la Galia; considerando que iba a guerrear donde pocos años antes el
legado Lucio Valerio Preconino perdió la vida con el ejército,64 y de donde
Lucio Manilio, procónsul, perdido el bagaje, había tenido que escapar, juzgó
que debía prevenirse con la mayor diligencia. Con esa mira, proveyéndose bien
de víveres, de socorros y de caballos, convidando en particular a muchos
militares conocidos por su valor de Tolosa, Carcasona y Narbona, ciudades de
nuestra provincia confinantes con dichas regiones, entró con su ejército por
las fronteras de los sociates.65 Los cuales al punto que lo supieron, juntando
gran número de tropas y su caballería, en qué consistía su mayor fuerza,
acometiendo sobre la marcha a nuestro ejército, primero avanzaron con la
caballería; después, rechazada ésta, y yendo al alcance los nuestros,
súbitamente presentaron la infantería que tenían
64 En el
tiempo de la guerra de Sertorio.
65
Territorio de Gascuña.
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emboscada
en una hondonada, con lo cual, arremetiendo a los nuestros, renovaron la
batalla.
XXI.
El combate
fue largo y porfiado; como que, ufanos los sociates por sus antiguas victorias,
estaban persuadidos que de su valor pendía la libertad de toda la Aquitania.
Los nuestros, por su parte, deseaban mostrar por la obra cuál era su esfuerzo
aun en ausencia del general y sin ayuda de las otras legiones, mandándolos un
mozo de poca edad. Al fin, acuchillados los enemigos, volvieron las espaldas, y
muertos ya muchos, Craso de camino se puso a sitiar la capital de los sociates.
Viendo que era vigorosa la resistencia, armó las baterías. Los sitiados, a
veces, tentaban hacer salidas, a veces minar las trincheras y obras, en lo cual
son diestrísimos los aquitanos a causa de las minas que tienen en muchas
partes. Mas visto que nada les valía contra nuestra vigilancia, envían
diputados a Craso, pidiéndole los recibiese a partido. Otorgándoselo, y
mandándoles entregar las armas, las entregan.
XXII
Estando
todos los nuestros ocupados en esto, he aquí que sale por la otra parte de la
ciudad su gobernador Adcantuano con
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de Sergio Barros 105 Preparado por Patricio Barros
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seiscientos
de su devoción, a quienes llaman ellos soldurios.66 Su profesión es participar
de todos los bienes de aquellos a cuya amistad se sacrifican, mientras viven, y
si les sucede alguna desgracia, o la han de padecer con ellos, o darse la
muerte, y jamás hubo entre los tales quien, muerto su dueño, quisiese
sobrevivirle. Habiendo, pues,67 hecho su salida con estos adcuatanos, a la
gritería que alzaron los nuestros por aquella parte, corrieron los soldados a
las armas, y después de un recio combate los hicieron retirar adentro. No
obstante, recabó de Craso el ser comprendido en la misma suerte de los ya
entregados.
XXIII.
Craso,
luego que recibió las armas y rehenes, marchó la vuelta de los vocates y
tarusates.68 En consecuencia, espantados los bárbaros de ver tomada a pocos
días de cerco una plaza no menos fuerte por naturaleza que por arte, trataron,
por medio de mensajeros despachados a todas partes, de mancomunarse, darse
rehenes y alistar gente. Envían también embajadores a las ciudades de la España
Citerior que confinan con Aquitania, pidiendo tropas y oficiales expertos.
Venidos que fueron, emprenden la guerra con
66 Esta
casta de gentes, que se consagraban a su capitán con las veras que escribe
César, no sólo se conoció en la Galia, mas también en Grecia, Germania y
España.
67 Se ha
repetido en la versión este trozo de periodo, porque a causa del paréntesis
interpuesto también César lo repitió en el texto: tal es el estilo de los
historiadores, que para anudar el hilo roto de la historia, repiten en gracia
del lector y por amor de la claridad el principio de la cláusula, y aun del
capítulo pendiente.
68 Los de
Aire y Bazas.
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gran
reputación y fuerzas muy considerables. Eligen por capitanes a los mismos que
acompañaron siempre a Quinto Sertorio, y tenían fama de muy inteligentes en la
milicia. En efecto, abren la campaña conforme a la disciplina de los romanos,
tomando los puestos, fortificando los reales, y cortándonos los bastimentos.
Craso, advirtiendo no serle fácil dividir por el corto número sus tropas,
cuando el enemigo andaba suelto ya en correrías ya en cerrarle los pasos,
dejando buena guarnición en sus estancias, que con eso le costaba no poco el
proveerse de víveres, que por días iba creciendo el número de los enemigos,
determinóse a no esperar más, sino venir luego a batalla. Propuesta su
resolución en consejo, viendo que todos la aprobaban, dejóle señalada para el
día siguiente.
XXIV.
En
amaneciendo, hizo salir todas sus tropas, y habiéndolas formado en dos cuerpos
con las auxiliares en el centro, estaba atento a lo que harían los contrarios.
Ellos, si bien por su muchedumbre y antigua gloria en las armas, y a vista del
corto número de los nuestros se daban por seguros del feliz éxito en el
combate, todavía juzgaban por más acertado, tomando los pasos e interceptando
los víveres, conseguir la victoria sin sangre; y cuando empezasen los romanos a
retirarse por falta de provisiones, tenían ideado dejarse caer sobre ellos a
tiempo que con la faena de la marcha y del peso de las cargas se hallasen con
menos bríos. Aprobada por los capitanes la idea, aunque los romanos presentaron
la batalla, ellos
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se
mantuvieron dentro de las trincheras. Penetrado este designio Craso, como con
el crédito adquirido en haber esperado a pie firme al enemigo, hubiese
infundido temor a los contrarios y ardor a los nuestros para la pelea, clamando
todos que ya no se debía dilatar un punto el asalto de las trincheras,
exhortando a los suyos, conforme al deseo de todos, marchó contra ellas.
XXV.
Unos se
ocupaban en cegar los fosos, otros en derribar a fuerza de dardos a los que
montaban las trincheras, y hasta los auxiliares, de quienes Craso fiaba poco en
orden de pelear, con aprontar piedras y armas y traer céspedes para el
terraplén, pasaban por combatientes. Defendíanse asimismo los enemigos con
tesón y bravura, disparando a golpe seguro desde arriba, por lo que nuestros
caballos, dado un giro a los reales, avisaron a Craso que hacia la puerta
trasera no se veía igual diligencia y era fácil la entrada.
XXVI.
Craso,
exhortando a los capitanes de caballería que animasen a sus soldados
prometiéndoles grandes premios, les dice lo que han de hacer. Ellos, según la
orden, sacadas de nuestros reales cuatro cohortes que estaban de guardia y
descansadas, conduciéndolas por un largo rodeo, para que no pudieran ser vistas
del enemigo, cuando todos estaban más empeñados en la refriega, llegaron sin
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detención
al lugar sobredicho de las trincheras; y rompiendo por ellas, ya estaban dentro
cuando los enemigos pudieron caer en cuenta de lo acaecido. Los nuestros sí
que, oída la vocería de aquella parte, cobrando nuevo aliento, como de
ordinario acontece cuando se espera la victoria, comenzaron con mayor denuedo a
batir los enemigos, que acordonados por todas partes y perdida toda esperanza,
se arrojaban de las trincheras abajo por escaparse. Más perseguidos de la
caballería por aquellas espaciosas llanuras, de cincuenta mil hombres, venidos,
según constaba, de Aquitania y Cantabria, apenas dejó con vida la cuarta parte,
y ya muy de noche se retiró a los cuarteles.
XXVII.
A la nueva
de esta batalla, la mayor parte de Aquitania se rindió a Craso, enviándole
rehenes espontáneamente, como fueron los tarbelos, los bigorreses, los
precíanos, vocates, tarusates, elusates, garites, los de Aux y Carona,
sibutsates y cocosates.69 Solas algunas naciones más remotas, confiadas en la
inmediación del invierno, dejaron de hacerlo.
XXVIII.
César casi
por entonces, aunque ya el estío se acababa, sin embargo, viendo que después de
sosegada toda la Galia, solos los
69 Los de
Bayona, Bigorra. Bearne, Bazas, Aire, Armañac, Condado de Gaure, Ausch.
Burdeos, Leitoure y Dax.
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de Sergio Barros 109 Preparado por Patricio Barros
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merinos y
menapios se mantenían rebeldes, sin haber tratado con él nunca de paz,
pareciéndole ser negocio de pocos días esta guerra, marchó contra ellos. Éstos
habían determinado hacerla siguiendo muy diverso plan que los otros galos,
porque considerando cómo habían de ser destruidas y sojuzgadas naciones muy
poderosas que se aventuraron a pelear, teniendo ellos alrededor grandes bosques
y lagunas, trasladáronse a ellas con todos sus haberes. Llegado César a la
entrada de los bosques, y empezando a fortificarse, sin que por entonces
apareciese enemigo alguno, cuando nuestra gente andaba esparcida en los
trabajos, de repente se dispararon por todas las partes de la selva y echáronse
sobre ella. Los soldados tomaron al punto las armas, y los rebatieron matando a
muchos aunque, por querer seguirlos, entre las breñas perdieron tal cual de los
suyos.
XXIX.
Los días
siguientes empleó César en rozar el bosque, formando de la leña cortada bardas
opuestas al enemigo por las dos bandas, a fin de que por ninguna pudiesen
asaltar a los soldados cuando estuvieran descuidados y sin armas. De este modo,
avanzando en poco tiempo gran trecho con presteza increíble; tanto que ya los
nuestros iban a tomar sus ganados y la zaga del bagaje, emboscándose ellos en
lo más fragoso de las selvas, sobrevinieron temporales tan recios, que fue
necesario interrumpir la obra, pues no podían ya los soldados guarecerse por
las continuas lluvias en las tiendas. Así que, talados sus campos, quemadas las
aldeas y
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caseríos,
César retiró su ejército, alojándolo en cuarteles de invierno, repartido por
los aulercos, lisienses y demás naciones que acababan de hacer la guerra.
Notas de
Napoleón al Libro III
1. No puede
menos de abominarse la conducta observada por César con el Senado de Vannes.
Estos pueblos no se habían sublevado; habían entregado rehenes; habían hecho
promesa de mantenerse al margen de toda contienda; pero estaban en posesión de
su libertad y de todos sus derechos. Habían dado, ciertamente, motivos a César
para hacerles la guerra, pero no para violar el derecho de gentes ni para
abusar de la victoria de manera tan atroz. Esta conducta no era justa y menos
aún política, porque tales medios nunca conducen a nada práctico y sólo se
consigue con ellos exasperar y sublevar a los pueblos. El castigo de algunos
jefes es todo lo que autorizan la política y la justicia; el buen trato a los
prisioneros es una de las reglas importantes que se deben observar. Cap. XVI.
2. La
Bretaña, esta provincia tan grande y tan difícil, se sometió sin oponer una
resistencia proporcionada a su poder.
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Lo mismo
sucedió con la Aquitania y la baja Normandía; esto se debió a causas que es
imposible apreciar o determinar con exactitud, aunque no sea difícil ver que la
principal consistió en el espíritu de aislamiento y de localismo que
caracterizaba a los pueblos de la Galia. En esa época carecían de sentimiento
de nación y hasta de provincia, viviendo dominados por un espíritu de ciudad.
Es el mismo espíritu que forjó después las cadenas de Italia. Nada hay más
opuesto al espíritu nacional, a las ideas generales de libertad, que el
espíritu particular de familia o de caserío. De estas divisiones resultaba
además que los galos no poseían ningún ejército regular permanente
experimentado, y por consiguiente, ningún arte ni ciencia militar. Por esto, si
la gloria de César estuviese sólo cimentada sobre la conquista de las Galias,
podría dudarse de su legitimidad. Toda nación que no tenga en cuenta la
importancia de un ejército regular permanentemente en pie y que se confíe a los
reclutamientos o a milicias nacionales, correrá la suerte de los galos, sin
alcanzar siquiera la gloria de oponer una resistencia igual, consecuencia del
estado salvaje en que se vivía y del terreno, cubierto de selvas, de marismas,
de hondonadas y sin caminos, lo que le hacía difícil a la conquista y fácil a
la defensa. Cap. XXVII.
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Libro
Cuarto
I.
Al invierno
siguiente, siendo cónsules Cneo Pompeyo y Marco Craso, los usipetes y tencteros
de la Germania, en gran número, pasaron el Rin hacia su embocadura en el mar.
La causa de su trasmigración fue que los suevos, con la porfiada guerra de
muchos años no los dejaban vivir ni cultivar sus tierras. Es la nación de los
suevos la más populosa y guerrera de toda la Germania. Dícese que tienen cien
merindades, cada una de las cuales contribuye anualmente con mil soldados para
la guerra. Los demás quedan en casa trabajando para sí y los ausentes. Al año
siguiente alternan; van éstos a la guerra, quedándose los otros en casa. De
esta suerte no se interrumpe la labranza y está suplida la milicia. Pero
ninguno de ellos posee aparte terreno propio, ni puede morar más de un año en
su sitio; su sustento no es tanto de pan como de leche y carne, y son muy dados
a la caza. Con eso, con la calidad de los alimentos, el ejercicio continuo, y
el vivir a sus anchuras (pues no sujetándose desde niños a oficio ni arte, en
todo por todo hacen su voluntad), se crían muy robustos y agigantados. Es tanta
su habitual dureza, que siendo tan intensos los fríos de estas regiones, no se
visten sino de pieles, que por ser cortas, dejan al aire mucha parte del
cuerpo, y se bañan en los ríos.
II.
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Admiten a
los mercaderes, más por tener a quien vender los despojos de la guerra, que por
deseo de comprarles nada. Tampoco se sirven de bestias de carga traídas de
fuera, al revés de los galos, que las estiman muchísimo y compran muy caras,
sino que a las suyas nacidas y criadas en el país, aunque de mala traza y
catadura, con la fatiga diaria las hacen de sumo aguante. Cuando pelean a
caballo, se apean si es menester, y prosiguen a pie la pelea; y teniéndolos
enseñados a no menearse del puesto, en cualquier urgencia vuelven a montar con
igual ligereza. No hay cosa en su entender tan mal parecida y de menos valer
como usar de jaeces. Así, por pocos que sean, se atreven con cualquier número
de caballos enjaezados. No permiten la introducción del vino, por juzgar que
con él se hacen los hombres regalones, afeminados y enemigos del trabajo.
III.
Tienen por
la mayor gloria del Estado el que todos sus contornos por muchas leguas estén
despoblados, como en prueba de que gran número de ciudades no ha podido
resistir a su furia. Y aun aseguran que por una banda de los suevos no se ven
sino páramos en espacio de seiscientas millas. Por la otra caen los ubios,7070
cuya república fue ilustre y floreciente para entre los germanos; y es así que,
respecto de los demás nacionales, están algo más civilizados,
70
Territorio de Colonia. En tiempo de César habitaban al otro lado del Rin.
Agripa, bajo Augusto, los transportó a la orilla izquierda del rio
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porque
frecuentan su país muchos mercaderes navegando por el Rin, en cuyas riberas
habitan ellos, y por la vecindad con los galos se han hecho a sus modales. Los
suevos han tentado muchas veces con repetidas guerras echarlos de sus confines,
y aunque no lo han logrado por la grandeza y buena constitución del gobierno,
sin embargo los han hecho tributarios, y los tienen ya mucho más humillados y
enflaquecidos.
IV.
Semejante
fue la suerte de los usipetes y tencteros arriba mencionados, los cuales
resistieron también muchos años a las armas de los suevos; pero al cabo,
echados de sus tierras, después de haber andado tres años errantes por varios
parajes de Germania, vinieron a dar en el Rin por la parte que habitan los
menapios en cortijos y aldeas a las dos orillas del río; los cuales, asustados
con la venida de tanta gente, desampararon las habitaciones de la otra orilla,
y apostando en la de acá sus cuerpos de guardia, no dejaban pasar a los
germanos. Éstos, después de tentarlo todo, viendo no ser posible el paso ni a
osadas por falta de barcas, ni a escondidas por las centinelas y guardias de
los menapios, fingieron que tornaban a sus patrias. Andadas tres jornadas,
dieron otra vez la vuelta, y desandado a caballo todo aquel camino en una
noche, dieron de improviso sobre los menapios cuando más desapercibidos y
descuidados estaban, pues certificados de sus atalayas del regreso de los
germanos, habían vuelto sin recelo a las granjas de la otra
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de Sergio Barros 115 Preparado por Patricio Barros
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parte del
Rin. Muertos éstos, y cogidas sus barcas, pasaron el río antes que los menapios
de ésta supiesen nada, con que apoderados de todas sus caserías, se sustentaron
a costa de ellos lo restante del invierno.
V.
Enterado
César del caso, y recelando de la ligereza de los galos, que son voltarios en
sus resoluciones, y por lo común noveleros, acordó de no confiarles nada.
Tienen los galos la costumbre de obligar a todo pasajero a que se detenga,
quiera o no quiera, y de preguntarle qué ha oído o sabe de nuevo; y a los
mercaderes en los pueblos, luego que llegan, los cerca el populacho,
importunándolos a que digan de dónde vienen, y qué han sabido por allá. Muchas
veces, sin más fundamento que tales hablillas y cuentos, toman partido en
negocios de la mayor importancia, de que forzosamente han de arrepentirse muy
presto, gobernándose por voces vagas, y respondiéndoles los más, a trueque de
complacerles, una cosa por otra.
VI.
Como César
sabía esto, por no dar ocasión a una guerra más peligrosa, parte para el
ejército antes de lo que solía. Al llegar halló ser ciertas todas sus
sospechas: que algunas ciudades habían convidado por sus embajadores a los
germanos a dejar el Rin, asegurándoles que tendrían a punto todo cuanto
pidiesen, y que los
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germanos,
en esta confianza, ya se iban alargando más y más en sus correrías hasta entrar
por tierras de los eburones y condrusos, que son dependientes de Tréveris.
César, habiendo convocado a los jefes nacionales, determinó no darse por
entendido de lo que sabía, sino que, acariciándolos y ganándoles la voluntad, y
ordenándoles que tuviesen pronta la caballería, declara la guerra contra la
Germania.
VII.
Proveído,
pues, de víveres y de caballería escogida, dirigió su marcha hacia donde oía
que andaban los germanos. Estando ya a pocas jornadas de ellos, le salieron al
encuentro sus embajadores, y le hablaron de esta manera: «Los germanos no
quieren ser los primeros en declarar la guerra al Pueblo Romano, ni tampoco la
rehúsan en caso de ser provocados. Por costumbre aprendida de sus mayores deben
resistir y no pedir merced a gestor alguno; debe saber una cosa y es que
vinieron contra su voluntad desterrados de su patria. Si los romanos quieren su
amistad, podrá serles útil sólo con darles algunas posesiones o dejarles gozar
de las que hubiesen conquistado; que a nadie conocen ventaja sino a solos los
suevos, a quienes ni aun los dioses inmortales pueden contrastar; fuera de
ellos, ninguno hay en el mundo a quien no puedan sojuzgar».
VIII.
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A tales
proposiciones respondió César lo que juzgó a propósito, y cuya conclusión fue:
«que no podía tratar de amistad mientras no desocupasen la Galia, no siendo
conforme a razón que vengan a ocupar tierras ajenas los que no han podido
defender las propias; que no había en la Galia campos baldíos que poder
repartir sin agravio, mayormente a tanta gente, pero les daría licencia, si
quisiesen, para morar en el distrito de los ubios, cuyos embajadores se
hallaban allí a quejarse de las injurias de los suevos y pedirle socorro; que
se ofrecía él a recabarlos de los ubios».
IX.
Dijeron los
germanos que darían parte a los suyos, y volverían con la respuesta al tercer
día. Suplicáronle que en tanto no pasase adelante. César dijo que ni tampoco
eso podía concederles; y es que había sabido que algunos días antes destacaron
gran parte de la caballería a pillar y forrajear en el país de los
ambivaritos,71 al otro lado del río Mosa; aguardábanla, a su parecer, y por eso
pretendían la tregua.
X.
El río Mosa
nace en el monte Vauge, adyacente al territorio de Langres, y con un brazo que
recibe del Rin, y se llama Vael, forma la isla de Batavia, y a ochenta millas
de dicho monte desagua el
71
Habitantes de las tierras de Amberes.
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Océano. El
Rin tiene sus fuentes en los Alpes, donde habitan los leponcios,72 y corre
muchas leguas rápidamente por las regiones de los nantuates, helvecios,
secuanos, metenses, tribocos, trevirenses. Al acercarse al Océano, se derrama
en varios canales, con que abraza muchas y grandes islas, por la mayor parte
habitadas de naciones bárbaras y fieras, entre las cuales se cree que hay
gentes que se mantienen solamente de la pesca y de los huevos de las aves,
hasta que, por fin, por muchas bocas entra en el Océano.
XI.
Hallándose
César a doce millas no más de distancia del enemigo, vuelven los embajadores,
según lo concertado, y saliéndole al encuentro, le rogaban encarecidamente que
se detuviese. Habiéndoselo negado, instaban «que siquiera enviase orden a la
caballería que iba delante que no cometiese hostilidades, y a ellos entre tanto
les diese facultad de despachar una embajada a los ubios, que como sus
príncipes y el Senado les concediesen salvoconducto con juramento, prometían
estar a lo que César dispusiese. Que para ejecutar lo dicho, les otorgase plazo
de tres días». Bien echaba de ver César que todo esto se urdía con el mismo fin
de que durante el triduo volviese a tiempo la caballería destacada. No
obstante, respondióles que aquel día no caminaría sino cuatro millas para
llegar a paraje donde hubiese agua; que al
72 Los
grisones
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siguiente
viniesen a verse con él los más que pudiesen, y examinaría entonces sus
pretensiones. Envía luego orden a los capitanes que le precedían con la gente
de a caballo que no provocasen al enemigo a combate, y que siéndolo ellos,
aguantasen la carga mientras él llegaba con el ejército.
XII.
Pero los
enemigos, luego que descubrieron nuestra caballería, compuesta de cinco mil
hombres, puesto que no eran más de ochocientos los suyos, porque los idos al
forraje del otro lado del Mosa no eran todavía vueltos, estando sin ningún
recelo los nuestros, fiados en que sus embajadores acababan de despedirse de
César y que los mismos habían solicitado las treguas de este día, acometiendo
de rebato en un punto, desordenando a los nuestros. Volviendo éstos a
rehacerse, los enemigos conforme a su disciplina, echan pie a tierra, y
derribando a varios con desjarretarles los caballos, pusieron a los demás en
fuga, infundiéndoles tal espanto, que no cesaron de huir hasta tropezar con
nuestro ejército. En este reencuentro perecieron setenta y cuatro de los nuestros,
entre ellos Pisón el Aquitano, varón fortísimo y de nobilísimo linaje, cuyo
abuelo, siendo rey de su nación, logró de nuestro Senado el renombre de amigo.
Este tal, acudiendo al socorro de su hermano cercado de los enemigos, lo libró
de sus manos; él, derribado del caballo, que se lo hirieron, mientras pudo, se
defendió como el más valeroso. Como rodeado por todas partes, acribillado de
heridas,
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cayese en
tierra, y de lejos lo advirtiese su hermano retirado ya del combate, metiendo
espuelas al caballo, se arrojó a los enemigos y también quedó muerto.
XIII.
Después de
esta función veía César no ser prudencia dar ya oídos a embajadas, ni escuchar
proposiciones de los que dolosamente y con perfidia, tratando de paz, le hacían
guerra. El aguardar a que se aumentasen las tropas enemigas y volviese su
caballería, teníalo, por otra parte, por grandísimo desvarío; demás que atenta
la mutabilidad de los galos, consideraba cuan alto concepto habrían ya formado
de los enemigos por un choque solo, y no era bien darles más tiempo para
maquinar otras novedades. Tomada esta resolución, y comunicada con los legados
y el cuestor, para no atrasar ni un día la batalla, ocurrió felizmente que
luego, al siguiente, de mañana, vinieron a su campo muchos germanos con sus
cabos y ancianos usando de igual alevosía y ficción, so color de disculparse de
haber el día antes quebrantado la tregua contra lo acordado y pedido por ellos
mismos, como también para tentar si, dando largas, podían conseguir nuevas
treguas. Alegróse César de tan buena coyuntura, y mandó que los arrestasen;73 y
sin perder tiempo, alzó el campo, haciendo que la caballería siguiese a la
73 Por esto
Catón pretendía que César había violado el derecho de gentes, y con toda
seriedad propuso en el Senado que fuese luego entregado a los bárbaros mismos
en pena de su desafuero. Véase a Plutarco en la Vida de César.
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retaguardia,
por considerarla intimidada con la reciente memoria de su derrota.
XIV.
Repartido
el ejército en tres cuerpos, con una marcha forzada de ocho millas se puso
sobre los reales de los enemigos primero que los germanos lo echasen de ver.
Los cuales, sobrecogidos de todo punto, sin acertar a tomar consejo ni las
armas, así por la celeridad de nuestra venida como por la ausencia de los
suyos, no acababan de atinar si sería mejor hacer frente al enemigo, o defender
los reales, o salvarse por medio de la fuga, manifestándose su terror por los
alaridos y batahola que traían. Nuestros soldados, hostigados de la traición
del otro día, embistieron los reales; aquí los que de pronto pudieron tomar las
armas hicieron alguna resistencia, combatiendo entre los carros y el fardaje,
pero la demás turba de niños y mujeres (que con todos los suyos salieron de sus
tierras y pasaron el Rin) echaron luego a huir unos tras otros, en cuyo alcance
destacó César la caballería.
XV.
Los
germanos, sintiendo detrás la gritería, y viendo degollar a los suyos,
arrojadas las armas y dejadas las banderas, desampararon
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7474
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los reales;
y llegados al paraje donde se unen el Mosa y el Rin, siendo ya imposible la
huida, después de muchos muertos, los demás se precipitaron al río, donde,
sofocados del miedo, del cansancio y del ímpetu de la corriente, se ahogaron.
Los nuestros, todos con vida, sin faltar uno, con muy pocos heridos se
recogieron a sus tiendas, libres ya del temor de guerra tan peligrosa, pues el
número de los enemigos no bajaba de cuatrocientos treinta mil. César dio a los
arrestados licencia de partirse. Mas ellos temiendo las iras y tormentos de los
galos, cuyos campos saquearon, escogieron quedarse con él y César les concedió
plena libertad.
XVI.
Fenecida
esta guerra de los germanos, César se determinó a pasar el Rin por muchas
causas, siendo de todas la más justa, que ya que los germanos con tanta
facilidad se movían a penetrar por la Galia, quiso meterlos en cuidado de sus
haciendas con darles a conocer que también el ejército romano tenía maña y
atrevimiento para pasar el Rin. Añadíase a eso, que aquel trozo de caballería
de los usipetes y tencteros, que antes dije haber pasado el Mosa con el fin de
pillar y robar, y no se halló en la batalla, sabida la rota de los suyos, se
había retirado al otro lado del Rin a tierras de los sicambros, y
confederándose con ellos. Requeridos éstos por César para que se los entregasen
como enemigos declarados suyos y de la
74 Hay
quien supone que el texto ha sufrido en este punto alteración, y que César
habría querido indicar la confluencia del Rin con el Mosela.
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Galia,
respondieron: «que el Imperio romano terminaba en el Rin; y si él se daba por
agraviado de que los germanos contra su voluntad pasasen a la Galia, ¿con qué
razón pretendía extender su imperio y jurisdicción más allá del Rin?» Por el
contrario los ubios, que habían sido los únicos que de aquellas partes enviaron
embajadores a César, entablando amistad y dando rehenes, le instaban con
grandes veras viniese a socorrerlos, porque los suevos los tenían en grave
conflicto; que si los negocios de la república no se lo permitían, se dejase
ver siquiera con el ejército al otro lado del Rin; que esto sólo bastaría para
remediarse de presente, y esperar en lo por venir mejor suerte, siendo tanto el
crédito y fama de los romanos aun entre los últimos germanos después de la rota
de Ariovisto y esta última victoria, que con sola su sombra y amistad podían
vivir seguros. A este fin le ofrecieron gran número de barcas para el
transporte de las tropas.
XVII.
César, por
las razones ya insinuadas, estaba resuelto a pasar el Rin; mas hacerlo en
barcas ni le parecía bien seguro ni conforme a su reputación y a la del Pueblo
Romano. Y así, dado que se le presentaba la suma dificultad de alzar puente
sobre río tan ancho, impetuoso y profundo, todavía estaba fijo en emprenderlo,
o de otra
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suerte no
transportar el ejército. La traza, pues, que dio 75 fue ésta. Trababa entre sí
con separación de dos pies dos maderos gruesos pie y medio, puntiagudo en la
parte inferior, y largos cuanto era hondo el río; metidos éstos y encajados con
ingenios dentro del río, hincábanlos con mazas batientes, no perpendicularmente
a manera de postes, sino inclinados y tendidos hacia la corriente del río.
Luego más abajo, a distancia de cuarenta pies, fijaba enfrente de los primeros
otros dos trabados del mismo modo y asestados contra el ímpetu de la corriente;
de parte a parte atravesaban vigas gruesas de dos pies a medida del hueco entre
las junturas de los maderos, en cuyo intermedio eran encajadas, asegurándolas
de ambas partes en la extremidad con dos clavijas; las cuales separadas y
abrochadas al revés una con otra, consolidaban tanto la obra y eran de tal arte
dispuestas, que cuando más batiese la corriente, se apretaban tanto más unas
partes con otras. Extendíase por encima la tablazón a lo largo, y cubierto todo
con travesaños y zarzos, quedaba formado el piso. Con igual industria por la
parte inferior del río se plantaban puntales inclinados y unidos al puente, que
como machones resistían a la fuerza de la corriente; y asimismo palizadas de
otros semejantes a la parte arriba del puente a alguna
75 César
explica y desmenuza por partes este famoso puente, quizá el primero que se vio
sobre el Rin. No hay comentador ni intérprete de César que no haya trabajado
sobremanera por entender y aclarar tan célebre fábrica. Muchos han grabado
curiosas láminas que representan, ya el puente concluido, ya a medio hacer, ya
cada parte de por sí; algunos han glosado palabra por palabra todas las del
texto para dar a entender la obra y su traza. En suma, tanto como César se
esmeró en la estructura, han trabajado los intérpretes en explicarla. De mí sé
decir que me ha costado mucho el entenderla, y no poco el traducirla con
palabras significantes y propias.
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distancia,
para que si los bárbaros con intento de arruinarle, arrojasen troncos de
árboles o barcones, se disminuyese la violencia del golpe y no entorpeciesen al
puente.
XVIII.
Concluida
toda la obra a los diez días que se comenzó a juntar el material, pasa el
ejército. César, habiendo puesto buena guarnición a la entrada y salida del
puente, va contra los sicambros. Viénenle al camino embajadores de varias
naciones pidiéndole la paz y su amistad; responde a todos con agrado, y manda
le traigan rehenes. Los sicambros desde que se principió la construcción del
puente, concertada la fuga a persuasión de los tencteros y usipetes, que
alojaban consigo, cargando con todas sus cosas, desamparadas sus tierras, se
habían guarecido en los desiertos y bosques.
XIX.
César,
habiéndose detenido aquí algunos días en quemar todas las aldeas y caserías y
segar las mieses, retiróse a la comarca de los ubios; y ofreciéndoles su ayuda,
si los suevos continuasen sus extorsiones, vino a entender que éstos, apenas se
certificaron por sus espías que se iba fabricando el puente, habido según
costumbre su consejo, despacharon mensajeros por todas partes, avisando que
abandonasen sus pueblos, y poniendo a recaudo en los bosques sus hijos, mujeres
y haciendas, todos los de armas llevar acudiesen a cierto sitio; el señalado
era como el centro de las regiones ocupadas
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por los
suevos, que allí esperaban la venida de los romanos resueltos a no pelear en
otra parte. Con estas noticias, viendo César finalizadas todas las cosas que le
movieron al pasaje del ejército, y fueron, meter miedo a los germanos, vengarse
de los sicambros, librar de la opresión a los ubios, gastados sólo dieciocho
días al otro lado del Rin, pareciéndole haberse granjeado bastante reputación76
y provecho, dio la vuelta a la Galia y deshizo el puente.
XX.
Al fin ya
del estío, aunque en aquellas partes se adelanta el invierno por caer toda la
Galia al Norte, sin embargo, intentó hacer un desembarco en Bretaña77 por estar
informado que casi en todas las guerras de la Galia se habían suministrado de
allí socorros a nuestros enemigos; que aun cuando la estación no le dejase
abrir la campaña, todavía consideraba ser cosa de suma importancia ver por sí
mismo aquella isla, reconocer la calidad de la gente, registrar los sitios, los
puertos y las calas; cosas por la mayor parte ignoradas78 de los galos, pues
por maravilla hay quien allá navegue fuera de los mercaderes, y ni aun éstos
tienen más noticia que de la costa y de las regiones que yacen frente de la
Galia. En efecto,
76 En
efecto, si se lee a Plutarco, se verá cuánta gloria mereció a César la
construcción del puente y haber pasado por él con su ejército.
77 Veleyo
Patérculo, Floro, Plutarco, Lucano, Tácito, escriben que esta nueva empresa de
pasar a Bretaña sólo pudo trazarla un ingenio como el de César, acometerla
ningún otro valor sino el suyo, acabarla sola su felicidad experimentada y sin
contraste.
78 También
ignoraban todo esto los romanos y griegos; y aunque César llama siempre isla a
la Bretaña, hasta los tiempos de Agrícola no se sabía de cierto que lo fuese,
como refiere Tácito en la vida de este Emperador.
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después de
haberlos llamado de todas partes, nunca pudo averiguar ni la grandeza de la
isla, ni el nombre y el número de las naciones que habitaban en ella, ni cuál
fuese su ejército en las armas, ni con qué leyes se gobernaban, ni qué puertos
había capaces de muchos navíos de alto bordo.
XXI.
Para
enterarse previamente de todo esto, despachó a Cayo Voluseno, de quien estaba
muy satisfecho, dándole comisión de que, averiguado todo, volviese con la razón
lo más presto que pudiera. Entre tanto marchó él con su ejército a los morinos,
porque desde allí era el paso más corto para la Bretaña. Aquí mandó juntar
todas las naves de la comarca y la escuadra empleada el verano antecedente en
la guerra de Vannes. En esto, sabido su intento, y divulgado por los mercaderes
entre los isleños, vinieron embajadores de diversas ciudades de la isla a
ofrecerle rehenes y prestar obediencia al Pueblo Romano. Dióles grata audiencia
y buenas palabras, y exhortándolos al cumplimiento de sus promesas, los
despidió, enviando en su compañía a Comió Atrebatente, a quien él mismo,
vencidos los de su nación, coronó rey de ella. Era un hombre de cuyo valor,
prudencia y lealtad no dudaba, y cuya reputación era grande entre los de
Bretaña. Encárgale César que se introduzca en todas las ciudades que pueda, y
las exhorte a la alianza del Pueblo Romano, asegurándolas de su pronto arribo.
Voluseno, registrada la isla según que le fue
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posible, no
habiéndose atrevido a saltar en tierra y fiarse de los bárbaros, volvió al
quinto día a César con noticia de lo que había en ella observado.
XXII.
Durante la
estancia de César en aquellos lugares con motivo de aprestar las naves,
viniéronle diputados de gran parte de los morinos a excusarse de los
levantamientos pasados; que por ser extranjeros, y poco enseñados a nuestros
usos, habían hecho la guerra, y que ahora prometían estar a cuanto les mandase.
Pareciéndole a César hecha en buena coyuntura la oferta, pues ni quería dejar
enemigos a la espalda, ni la estación le permitía emprender guerras, ni juzgaba
conveniente anteponer a la expedición de Bretaña el ocuparse en estas
menudencias, mándales entregar gran número de rehenes. Hecha la entrega, los
recibió en su amistad. Aprestadas cerca de ochenta naves de transporte, que a
su parecer bastaban para el embarco de dos legiones, lo que le quedaba de galeras
repartió entre el cuestor, legados y prefectos. Otros dieciocho buques de
carga, que por vientos contrarios estaban detenidos a ocho millas de allí sin
poder arribar al puerto, destinólos para la caballería. El resto del ejército
lo dejó a cargo de los tenientes generales Quinto Titurio Sabino y Lucio
Arunculeyo Cota, para que los condujesen a los menapios y ciertos pueblos de
los morinos que no habían enviado embajadores. La defensa del
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puerto
encomendó al legado Quinto Sulpicio Rufo con la guarnición competente.
XXIII.
Dadas estas
disposiciones, con el primer viento favorable izó velas a la medianoche; y
mandó pasar la caballería al puerto de más arriba con orden de que allí se
embarcase y le siguiese. Como ésta no hubiese podido hacerlo tan presto, él con
las primeras naos cerca de las cuatro del día79 tocó en la costa de Bretaña,
donde observó que las tropas enemigas estaban en armas ocupando todos aquellos
cerros. La playa, por su situación, estaba tan estrechada de los montes, que
desde lo alto se podía disparar a golpe seguro a la ribera. No juzgando esta
entrada propia para el desembarco, se mantuvo hasta las nueve sobre las áncoras
aguardando a los demás buques. En tanto, convocando los legados y tribunos, les
comunica las noticias que le había dado Voluseno, y juntamente las órdenes de
lo que se había de hacer, advirtiéndoles estuviesen prontos a la ejecución de
cuanto fuese menester a la menor insinuación y a punto, según lo requería la
disciplina militar, y más en los lances de marina, tan variables y expuestos a mudanzas
repentinas. Con esto los despidió, y logrando a un tiempo viento y creciente
favorable, dada la señal, levó áncoras, y navegando adelante, dio fondo con la
escuadra ocho millas de allí en una playa exenta y despejada.
79 Esto es,
como a las diez de mañana.
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XXIV.
Pero los
bárbaros, penetrado el designio de los romanos, adelantándose con la caballería
y los carros armados, de que suelen servirse en las batallas, y siguiendo
detrás con las demás tropas, impedían a los nuestros el desembarco. A la verdad
el embarazo era sumo, porque los navíos por su grandeza, no podían dar fondo
sino mar adentro. Por otra parte, los soldados en parajes desconocidos,
embargadas las manos, y abrumados con el grave peso de las armas, a un tiempo
tenían que saltar de las naves, hacer pie entre las olas y pelear con los
enemigos; cuando ellos, a pie enjuto, o a la lengua del agua, desembarazados
totalmente y con conocimiento del terreno, asestaban intrépidamente sus tiros y
espoleaban los caballos amaestrados. Con estos incidentes, acobardados los
nuestros, como nunca se habían visto en tan extraño género de combate, no todos
mostraban aquel brío y ardimiento que solían en las batallas dé tierra.
XXV.
Advirtiéndolo
César, ordenó que las galeras cuya figura fuese más extraña para los bárbaros,
y el movimiento más veloz para el caso, se separasen un poco de los
transportes, y a fuerza de remos se apostasen contra el costado descubierto de
los enemigos, de donde con hondas, trabucos y ballestas los arredrasen y
alejasen. Esto alivió mucho a los nuestros, porque atemorizados los bárbaros de
la extrañeza de los buques, del impulso de los remos, y del disparo de
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tiros nunca
visto, pararon y retrocedieron un poco. No acabando todavía de resolverse los
nuestros, especialmente a vista de la profundidad del agua, el alférez mayor de
la décima legión, enarbolando el estandarte, e invocando en su favor a los
dioses: «Saltad, dijo, soldados, al agua, si no queréis ver el águila en poder
de los enemigos.80 Por lo menos ya habré cumplido con lo que debo a la
República y a mi general.» Dicho esto a voz en grito, se arrojó al mar y empezó
a marchar con el águila derecho a los enemigos. Al punto los nuestros,
animándose unos a otros a no pasar por tanta mengua, todos a una saltaron del
navío. Como vieron esto los de las naves inmediatas, echándose al agua tras
ellos, se fueron arrimando a los enemigos.
XXVI.
Peleóse por
ambas partes con gran denuedo. Mas los nuestros, que ni podían mantener las
filas, ni hacer pie, ni seguir sus banderas, sino que quién de una nave, quién
de otra se agregaban sin distinción a las primeras con que tropezaban, andaban
sobre manera confusos. Al contrario los enemigos, que tenían sondeados todos
los vados, en viendo de la orilla que algunos iban saliendo uno a uno de algún
barco, corriendo a caballo daban sobre ellos en medio de la faena. Muchos
acordonaban a pocos; otros por el flanco
80 La
insignia principal de cada legión era un águila de plata o de oro, que miraban
los romanos como cosa sagrada, y el perderla como la mayor ignominia del
ejército. El que la llevaba se decía aquilifer (aquilífero), y de aquí el
español alférez.
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descubierto
disparaban dardos contra el grueso de los soldados. Notando César el desorden,
dispuso que así los esquifes de las galeras como los pataches se llenasen de
soldados, que viendo a algunos en aprieto fuesen a socorrerlos. Apenas los
nuestros fijaron el pie en tierra, seguidos luego de todo el ejército, cargaron
con furia a los enemigos y los ahuyentaron; si bien no pudieron ejecutar el
alcance, a causa de no haber podido la caballería seguir el rumbo y ganar la
isla. En esto sólo anduvo escasa con César su fortuna.
XXVII.
Los
enemigos, perdida la jornada, luego que se recobraron del susto de la huida,
enviaron embajadores de paz a César, prometiendo dar rehenes y sujetarse a su
obediencia. Vino con ellos Comió el de Artois, de quien dije arriba haberle
César enviado delante a Bretaña. Éste al salir de la nave a participarles las
órdenes del general, fue preso y encarcelado. Después de la batalla le pusieron
en libertad, y en los tratados de paz echaron la culpa del atentado al
populacho, pidiendo perdón de aquel yerro. César, quejándose de que habiendo
ellos de su agrado enviado embajadores al Continente a pedirle la paz, sin
motivo ninguno le hubiesen hecho guerra, dijo que perdonaba su yerro y que le
trajesen rehenes; de los cuales parte le presentaron luego, y parte ofrecieron
dar dentro de algunos días, por tener que traerlos de más lejos. Entre tanto
dieron orden a los suyos de volver a sus labranzas; y los señores concurrieron
de todas partes a encomendar sus personas y ciudades a César.
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XXVIII.
Asentadas
así las paces al cuarto día de su arribo a Bretaña, las dieciocho naves en que
se embarcó, según queda dicho, la caballería, se hicieron a la vela desde el
puerto superior81 con viento favorable; y estando ya tan cerca de las islas,
que se divisaban de los reales, se levantó de repente tal tormenta, que ninguna
pudo seguir su rumbo, sino que unas fueron rechazadas al puerto de su salida,
otras, a pique de naufragar, fueron arrojadas a la parte inferior y más
occidental de la isla; las cuales, sin embargo de eso, habiéndolas anclado,
como se llenasen de agua por la furia de las olas, siendo forzoso por la noche
tempestuosa meterlas en alta mar, dieron la vuelta del Continente.
XXIX.
Por
desgracia, fue esta noche luna llena, que suele en el Océano causar muy grandes
mareas,82 lo que ignoraban los nuestros. Con que también las galeras en que
César transportó el ejército, y estaban fuera del agua, iban a quedar anegadas
en la creciente, al mismo tiempo que los navíos de carga puestos al ancla eran
maltratados de la tempestad, sin que los nuestros tuviesen arbitrio para
maniobrar ni remediarlas. En fin, destrozadas muchas naves,
81 Entiende
un puerto situado más arriba, o a la derecha del puerto Iccio, de donde había
salido el grueso de la armada.
82 No es
mucho que lo ignorasen, porque no tenían práctica sino del mar Mediterráneo,
donde las mareas son poco sensibles.
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quedando
las demás inútiles para la navegación, sin cables, sin áncoras, sin rastro de
jarcias, resultó, como era muy regular, una turbación extraordinaria en todo el
ejército, pues ni tenían otras naves para el reembarco, ni aprestos algunos
para reparar las otras; y como todos estaban persuadidos a que se había de
invernar en la Galia, no se habían hecho aquí provisiones para el invierno.
XXX.
Los señores
de Bretaña que después de la batalla vinieron a tomar las órdenes de César,
echando de ver la penuria en que se hallaban los romanos de caballos, naves y
granos, y su corto número por el recinto de los reales mucho más reducido de lo
acostumbrado, porque César condujo las legiones sin los equipajes,
conferenciando entre sí, deliberaron ser lo mejor de todo, rebelándose, privar
a los nuestros de los víveres, y alargar de esta suerte hasta el invierno8383
la campaña; con la confianza de que, vencidos una vez éstos, o atajado su
regreso, no habría en adelante quien osase venir a inquietarlos. En conformidad
de esto, tramada una nueva conjura, empezaron poco a poco a escabullirse de los
reales y a convocar ocultamente a la gente del campo.
XXXI.
83 Si eso
lograban, estaban ciertos de que los romanos perecerían de hambre y de frío.
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César en
tanto, bien que ignorante todavía de sus tramas, no dejaba de recelarse, vista
la desgracia de la armada y su dilación en la entrega de los rehenes, que al
cabo harían lo que hicieron. Por lo cual trataba de apercibirse para todo
acontecimiento, acarreando cada día trigo de las aldeas a los cuarteles,
sirviéndose de la madera y clavazón de las naves derrotadas para carenar las
otras y haciendo traer de tierra firme los aderezos necesarios. Con eso y la
aplicación grande de los soldados a la obra, dado que se perdieron doce navíos,
logró que los demás quedasen de buen servicio para navegar.
XXXII.
En este
entretanto, habiendo destacado la legión séptima en busca de trigo, como solía,
sin que hasta entonces hubiese la más leve sospecha de guerra, puesto que los
isleños unos estaban en cortijos, otros iban y venían continuamente a nuestras
tiendas, los que ante éstas hacían guardia dieron aviso a César que por la
banda que la legión había ido se veía una polvareda mayor de la ordinaria.
César, sospechando lo que era, que los bárbaros hubiesen cometido algún
atentado, mandó que fuesen consigo las cohortes que estaban de guardia; que dos
la mudasen, que las demás tomasen las armas y viniesen detrás. Ya que hubo
andado una buena pieza, advirtió que los suyos eran apremiados de los enemigos,
y a duras penas se defendían, lloviendo dardos por todas partes sobre la legión
apiñada. Fue el caso que como sólo quedase por segar una heredad,
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estándolo
ya las demás, previendo los enemigos que a ella irían los nuestros, se habían
emboscado por la noche en las selvas; y a la hora que los nuestros
desparramados y sin armas se ocupaban en la siega, embistiendo de improviso,
mataron algunos, y a los demás antes de poder ordenarse los asaltaron y
rodearon con la caballería y carricoches.
XXXIII.
Su modo de
pelear en tales vehículos es éste: corren primero por todas partes, arrojando
dardos; con el espanto de los caballos y estruendo de las ruedas desordenan las
filas, y si llegan a meterse entre escuadrones de caballería, desmontan y
pelean a pie. Los carreros, en tanto, se retiran algunos pasos del campo de
batalla y se apostan de suerte que los combatientes, si se ven apretados del
enemigo, tienen a mano el asilo del carricoche. Así juntan en las batallas la
ligereza de la caballería con la consistencia de la infantería; y por el uso
continuo y ejercicio es tanta su destreza, que aun por cuestas y despeñaderos
hacen parar los caballos en medio de la carrera, cejar y dar vuelta con sola
una sofrenada; corren por el timón, se tienen en pie sobre el yugo, y con un
salto dan la vuelta al asiento.
XXXIV.
Hallándose,
pues, los nuestros consternados a vista de tan extraños guerreros, acudió César
a socorrerlos al mejor tiempo, porque con
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su venida
los enemigos se contuvieron, y se recobraron del miedo los nuestros. Contento
con eso, reflexionando ser fuera de sazón el provocar al enemigo y empeñarse en
nueva acción, estúvose quieto en su puesto, y a poco rato se retiró con las
legiones a los reales. Mientras tanto que pasaba esto, y los nuestros se
empleaban en las maniobras, dejaron sus labranzas los que aun quedaban en
ellas. Siguiéronse un día tras otro lluvias continuas, que impedían a los
nuestros la salida de sus tiendas y al enemigo los asaltos. Entre tanto los
bárbaros despacharon mensajeros a todas partes ponderando el corto número de
nuestros soldados, y poniendo delante la buena ocasión que se les ofrecía de
hacerse ricos con los despojos y asegurar su libertad para siempre, si lograban
desalojar a los romanos. De esta manera, en breve se juntó gran número de gente
de a pie y de a caballo con que vinieron sobre nuestro campo.
XXXV.
Como quiera
que preveía César que había de suceder lo mismo que antes, que por más batidos
que fuesen los enemigos se pondrían en cobro con su ligereza, no obstante,
aprovechándose de treinta caballos que Comió el Atrebatense había traído
consigo, ordenó en batalla las legiones delante de los reales. Trabado el
choque, no pudieron los enemigos sufrir mucho tiempo la carga de los nuestros,
antes volvieron las espaldas. Corriendo en su alcance los nuestros hasta que se
cansaron, mataron a muchos, y a la vuelta quemando cuantos edificios
encontraban, se recogieron a su alojamiento.
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XXXVI.
Aquel mismo
día vinieron mensajeros de paz por parte de los enemigos. César les dobló el
número de rehenes antes tasado, mandando que se los llevasen a tierra firme,
pues acercándose ya el equinoccio,84 no le parecía cordura exponerse con navíos
estropeados a navegar en invierno. Por tanto, aprovechándose del buen tiempo,
levó poco después de medianoche, y arribó con todas las naves al Continente.
Sólo dos de carga no pudieron tomar el mismo puerto, sino que fueron llevadas
un poco más abajo por el viento.
XXXVII.
Desembarcaron
de estas naves cerca de trescientos soldados, y encaminándose a los reales, los
morinos, a quienes César dejó en paz en su partida a Bretaña, codiciosos del
pillaje, los cercaron, no muchos al principio, intimándoles que rindiesen las
armas si querían salvar las vidas, mas como los nuestros formados en círculo
hiciesen resistencia, luego a las voces acudieron al pie de seis mil hombres.
César al primer aviso destacó toda la caballería al socorro de los suyos. Los
nuestros entre tanto aguantaron la carga de los enemigos, y por más de cuatro
horas combatieron valerosísimamente matando a muchos y recibiendo pocas
heridas.
84 Es el de
otoño, y por consiguiente, el invierno que comienza presto en el Norte.
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Pero
después que se dejó ver nuestra caballería, arrojando los enemigos sus armas,
volvieron las espaldas y se hizo en ellos gran carnicería.
XXXVIII.
César al
día siguiente envió al teniente general Tito Labieno con las legiones que
acababan de llegar de la Bretaña, contra los merinos rebeldes; los cuales no
teniendo donde refugiarse, por estar secas las lagunas que en otro tiempo les
sirvieron de guarida, vinieron a caer casi todos en manos de Labieno. Por otra
parte, los legados Quinto Titurio y Lucio Cota, que habían conducido sus
legiones al país de los menapios, por haberse éstos escondido entre las
espesuras de los bosques, talados sus campos, destruidas sus mieses, e
incendiadas sus habitaciones, vinieron a reunirse con César, quien dispuso en
los belgas cuarteles de invierno para todas las legiones. No más que dos
ciudades de Bretaña enviaron acá rehenes; las demás no hicieron caso. Por estas
hazañas, y en vista de las cartas de César, decretó el Senado veinte días de
solemnes fiestas en hacimiento de gracias.
Notas de
Napoleón al Libro IV
1. Las dos
incursiones intentadas por César en estas campañas eran prematuras las dos y ni
una ni otra alcanzaron éxito. Su conducta con los pueblos de Berg y de Zutphen
es contraria al derecho de gentes; es en vano que
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se esfuerce
en su memorial en atenuar la injusticia de tal proceder, y el mismo Catón le
dirigió por causa de ella violentas censuras. Esta victoria contra los pueblos
de Zutphen no fue, por otra parte, nada gloriosa; pues aun en el caso de que
éstos hubiesen pasado el Rin efectivamente en número de 450.000, esto no
significaría sino 80.000 combatientes, incapaces, por lo tanto, para
enfrentarse con ocho legiones sostenidas por las tropas auxiliares y las de la
Galia, que pondrían el máximo ardor en defender sus tierras. Cap. XV.
2. Plutarco
pondera este puente sobre el Rin, que le parece un prodigio: es una obra que
nada tiene de extraordinaria y que todo ejército moderno hubiese podido
realizar con igual facilidad. César no quiso pasar sobre un puente de barcas,
porque temía la perfidia de los galos y que el puente acabase por hundirse.
Construyó uno sobre estacas en diez días; no necesitaba más. El Rin en Colonia
tiene trescientas toesas y era la estación del año en que es más bajo el nivel
de las aguas; probablemente no tenía entonces doscientas cincuenta. Cap. XVII.
3. César
fracasó en su expedición a Alemania, ya que no obtuvo que la caballería del
ejército vencido le fuese entregada, como tampoco ningún acto de sumisión de
los
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suevos, que
por el contrario le desafiaron. Fracasó igualmente en su expedición contra
Inglaterra. Dos legiones no eran suficientes; necesitaba cuando menos cuatro, y
carecía de caballería, arma indispensable en un país como Inglaterra. No había
realizado los preparativos que la importancia de la expedición requerían;
consecuencia de ello fue la confusión que resultó y hay que atribuir a su buena
estrella el que pudiera retirarse sin pérdidas. Cap. XXXVI.
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Libro
Quinto
I.
En el
consulado de Lucio Domicio y Apio Claudio, César, al partirse de los cuarteles
de invierno para Italia,85 como solía todos los años, da orden a los legados
comandantes de las legiones de construir cuantas naves pudiesen, y de reparar
las viejas, dándoles las medidas y forma de su construcción. Para cargarlas
prontamente y tirarlas en seco hácelas algo más bajas de las que solemos usar
en el Mediterráneo, tanto más que tenía observado que por las continuas
mudanzas de la marea no se hinchan allí tanto las olas, y asimismo un poco más
anchas que las otras para el transporte de los fardos y tantas bestias. Quiere
que las hagan todas muy veleras, a que contribuye mucho el ser chatas, mandando
traer el aparejo86 de España. Él en persona, terminadas las Cortes de la Galia
Citerior, parte para Ilírico, por entender que los pirustas87 con sus correrías
infestaban las fronteras de aquella provincia. Llegado allá, manda que las
ciudades acudan con las milicias a cierto lugar que les señaló. Con esta
noticia los pirustas envíanle embajadores que le informen cómo nada de esto se
había ejecutado de público acuerdo, y que estaban prontos a darle satisfacción
entera de los excesos cometidos. Admitida su disculpa, ordénales dar rehenes,
85 Es
decir, en la Galia Citerior o Cisalpina.
86
Principalmente quiere significar el esparto (de que abunda) para sogas, gomenas
y maromas. Del esparto de España hablan Estrabón, Justino, Plinio y los PP.
Mohedanos por extenso.
87
Trataríase, al parecer, de los que habitaban la Albania actual.
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señalándoles
plazo para la entrega; donde no, protesta que les hará la guerra a fuego y
sangre. Presentados los rehenes en el término asignado, elige jueces árbitros
que tasen los daños y prescriban la multa.
II.
Hecho esto,
y concluidas las juntas, vuelve a la Galia Citerior y de allí al ejército.
Cuando llegó a él, recorriendo todos los cuarteles, halló ya fabricados por la
singular aplicación de la tropa, sin embargo de la universal falta de medios,
cerca de seiscientos bajeles en la forma dicha, y veintiocho galeras que dentro
de pocos días se podrían botar al agua. Dadas las gracias a los soldados y a
los sobrestantes, manifiesta su voluntad, y mándales juntarlas todas en el
puerto Icio, de donde se navega con la mayor comodidad a Bretaña por un
estrecho de treinta millas poco más o menos. Destina a este fin un número
competente de soldados, marchando él con cuatro legiones a la ligera y
ochocientos caballos contra los trevirenses, que ni venían a Cortes, ni obedecían
a los mandados, y aun se decía que andaban solicitando a los germanos
transrenanos.
III.
La
república de Tréveris es sin comparación la más poderosa de toda la Galia en
caballería; tiene numerosa infantería, y es bañada del Rin, como arriba
declaramos. En ella se disputaban la primacía Induciomaro y Cingetórige; de los
cuales el segundo, al punto que
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supo la
venida de César y de las legiones, fue a presentársele, asegurando que así él
como los suyos guardarían lealtad y no se apartarían de la amistad del Pueblo
Romano, y le dio cuenta de lo que pasaba en Tréveris. Mas Induciomaro empezó a
reclutar gente de a pie y de a caballo y a disponerse para la guerra, después
de haber puesto en cobro a los que por su edad no eran para ella, en la selva
Ardena, que desde el Rin con grandes bosques atraviesa por el territorio
trevirense hasta terminar en el de Reims. Con todo eso, después que algunos de
los más principales ciudadanos, no menos movidos de la familiaridad con
Cingetórige que intimidados con la entrada de nuestro ejército, fueron a César
y empezaron a tratar de sus intereses particulares, ya que no podían mirar por
los de la república, Induciomaro, temiendo quedarse solo, despacha embajadores
a César representando «no haber querido separarse de los suyos por ir a
visitarle, con la mira puesta de mantener mejor al pueblo en su deber, y que no
se desmandase por falta de consejo en ausencia de toda la nobleza; que en
efecto el pueblo estaba a su disposición, y él mismo en persona, si César se lo
permitía, iría luego a ponerse en sus manos con todas sus cosas y las del
Estado».
IV.
César, si
bien penetraba el motivo de este lenguaje y de la mudanza de su primer
propósito, a pesar de todo, por no gastar en Tréveris el verano, hechos ya
todos los preparativos para la expedición de Bretaña, le mandó presentarse con
doscientos rehenes. Entregados
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juntamente
con un hijo suyo y todos sus parientes que los pidió César expresamente,
consoló a Induciomaro exhortándole a perseverar en la fe prometida; mas no por
eso dejó de convocar a los señores trevirenses, y de recomendar a que sobre ser
debido esto a su mérito, importaba mucho que tuviese la principal autoridad
entre los suyos quien tan fina voluntad le había mostrado. Llevólo muy a mal
Induciomaro, con que su crédito se disminuía entre los suyos, y el que antes ya
nos aborrecía, con este sentimiento quedó mucho más enconado.
V.
Dispuestas
así las cosas, en fin llegó César con las legiones al puerto Icio. Aquí supo
que cuarenta naves fabricadas en los meldas88 no pudieron por el viento
contrario seguir su viaje, sino que volvieron de arribada al puerto mismo de
donde salieron; las demás halló listas para navegar y bien surtidas de todo.
Juntóse también aquí la caballería de toda la Galia, compuesta de cuatro mil
hombres y la gente más granada de todas las ciudades, de que César tenía
deliberado dejar en la Galia muy pocos, de fidelidad probada, y llevarse
consigo a los demás como en prendas recelándose en su ausencia de algún
levantamiento en la Galia.
88 Algunos
leen in Belgis; teniendo por absurdo que fuesen fabricadas en Meaux, que no es
puerto de mar. Pero ¿qué inconveniente hay en que dos pueblos diversos tuviesen
antiguamente el mismo nombre, pues tantas veces lo vemos en estos COMENTARIOS ¿
Los meldas de que habla César no serán los de Meaux, sino antes otros
marítimos?
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VI.
Hallábase
con ellos el eduo Dumnórige, de quien ya hemos hablado, al cual principalmente
resolvió llevar consigo, porque sabía ser amigo de novedades y de mandar, de
mucho espíritu y autoridad entre los galos. A más que él se dejó decir una vez
en junta general de los eduos, «que César le brindaba con el reino», dicho de
que se ofendieron gravemente los eduos, dado que no se atrevían a proponer a
César por medio de una embajada sus representaciones y súplicas en contrario,
lo que César vino a saber por alguno de sus huéspedes. Él al principio
pretendió, a fuerza de instancias y ruegos, que lo dejasen en la Galia,
alegando unas veces que temía al mar, otras que se lo disuadían ciertos malos
agüeros. Visto que absolutamente se le negaba la licencia, y que por ninguna
vía podía recabarla, empezó a ganar a los nobles, a hablarles a solas y a
exhortarles a no embarcarse; poniéndolos en el recelo de que no en balde se
pretendía despojar a la Galia de toda la nobleza; ser bien manifiesto el
intento de César de conducirlos a Bretaña para degollarlos, no atreviéndose a
ejecutarlo a los ojos de la Galia. Tras esto empeñaba su palabra, y pedía
juramento a los demás, de que practicarían de común acuerdo cuanto juzgasen
conveniente al bien de la patria.
VII.
Eran muchos
los que daban parte de estos tratos a César, quien por la gran estimación que
hacía de la nación Edua procuraba reprimir
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y enfrenar
a Dumnórige por todos los medios posibles; mas viéndole tan empeñado en sus
desvaríos, ya era forzoso precaver que ni a él ni a la República pudiese
acarrear daño. Por eso, cerca de veinticinco días que se detuvo en el puerto,
por impedirle la salida el cierzo, viento que suele aquí reinar gran parte del
año, hacía por tener a raya a Dumnórige sin descuidarse de velar sobre todas
sus tramas. Al fin, soplando viento favorable, manda embarcar toda la
infantería y caballería. Cuando más ocupados andaban todos en esto, Dumnórige,
sin saber nada César, con la brigada de los eduos empezó a desfilar hacia su
tierra. Avisado César, suspende el embarco, y posponiendo todo lo demás,
destaca un buen trozo de caballería en su alcance con orden de arrestarle, y en
caso de resistencia y porfía, que le maten, juzgando que no haría en su
ausencia cosa a derechas quien, teniéndole presente, despreciaba su
mandamiento. Con efecto, reconvenido, comenzó a resistir y defenderse a mano
armada, y a implorar el favor de los suyos, repitiendo a voces «que él era
libre y ciudadano de república independiente», a pesar de lo cual, es cercado
según la orden, y muerto. Mas los eduos de su séquito todos se volvieron a
César.
VIII.
Hecho esto,
dejando a Labieno en el Continente con tres legiones y dos mil caballos
encargado de la defensa de los puertos, del cuidado de las provisiones, y de
observar los movimientos de la Galia, gobernándose conforme al tiempo y las
circunstancias, él con cinco
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legiones y
otros dos mil caballos, al poner del sol se hizo a la vela. Navegó a favor de
un ábrego fresco, pero a eso de medianoche, calmado el viento, perdió el rumbo,
y llevado de las corrientes un gran trecho, advirtió a la mañana siguiente que
había dejado la Bretaña a la izquierda. Entonces virando de bordo, a merced del
reflujo, y la fuerza de remos procuró ganar la playa que observó el verano
antecedente ser la más cómoda para el desembarco. Fue mucho de alabar en este
lance el esfuerzo de los soldados, que con tocarles navíos de trasporte y
pesados, no cansándose de remar, corrieron parejas con las veleras. Arribó toda
la armada a la isla casi al hilo del mediodía sin que se dejara ver enemigo
alguno por la costa; y es que, según supo después César de los prisioneros,
habiendo concurrido a ella gran número de tropas, espantadas de tanta
muchedumbre de naves (que con las del año antecedente, y otras de particulares
fletadas para su propia conveniencia, aparecieron de un golpe más de
ochocientas velas), se habían retirado y metídose tierra adentro.
IX.
Desembarcado
el ejército, y cogido puesto acomodado para los reales; informado César de los
prisioneros dónde estaban apostadas las tropas enemigas, dejó diez cohortes con
trescientos caballos en la ribera para resguardo de las naves, de que, por
estar ancladas en playa tan apacible y despejada, temía menos riesgo, y después
de medianoche partió contra el enemigo y nombró comandante del
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presidio
naval a Quinto Atrio. Habiendo caminado de noche obra de doce millas, alcanzó a
descubrir los enemigos, los cuales, avanzando con su caballería y carros
armados hasta la ría, tentaron de lo alto estorbar nuestra marcha y trabar
batalla. Rechazados por la caballería, se guarecieron en los bosques dentro de
cierto paraje bien pertrechado por la naturaleza y arte, prevenido de antemano,
a lo que parecía, con ocasión de sus guerras domésticas; pues tenían tomadas
todas las avenidas con árboles cortados, puestos unos sobre otros. Ellos desde
adentro esparcidos a trechos impedían a los nuestros la entrada en las bardas.
Pero los soldados de la legión séptima, empavesados y levantando terraplén
contra el seto, le montaron sin recibir más daño que algunas heridas. Verdad es
que César no permitió seguir el alcance, así por no tener conocido el terreno,
como por ser ya tarde y querer que le quedase tiempo para fortificar su campo.
X.
Al otro día
de mañana envió sin equipaje alguno89 tres partidas de infantes y caballos en
seguimiento de los fugitivos. A pocos pasos, estando todavía los últimos a la
vista, vinieron a César mensajeros a caballo con la noticia de que la noche
precedente, con una tempestad deshecha que se levantó de repente, casi todas
las naves habían sido maltratadas y arrojadas sobre la costa; que ni áncoras
89 Quiere
decir que los envió armados a la ligera, sin otro tren que las armas.
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ni amarras
las contenían, ni marineros ni pilotos podían resistir a la furia del huracán;
que por consiguiente del golpeo de unas naves con otras había resultado notable
daño.
XI.
Con esta
novedad, César manda volver atrás las legiones y la caballería; él da también
la vuelta a las naves, y ve por sus ojos casi lo mismo que acababa de saber de
palabra y por escrito: que desgraciadas cuarenta, las demás admitían sí
composición, pero a gran costa. Por lo cual saca de las legiones algunos
carpinteros, y manda llamar a otros de tierra firme. Escribe a Labieno que con
ayuda de sus legiones apreste cuantas más naves pueda. Él, por su parte, sin
embargo de la mucha dificultad y trabajos, determinó para mayor seguridad sacar
todas las embarcaciones a tierra, y meterlas con las tiendas dentro de unas
mismas trincheras. En estas maniobras empleó casi diez días, no cesando los
soldados en el trabajo ni aun por la noche. Sacados a tierra los buques, y
fortificados muy bien los reales, deja el arsenal guarnecido de las mismas
tropas que antes, y marcha otra vez al lugar de donde vino. Al tiempo de su
llegada era ya mayor el número de tropas enemigas que se habían juntado allí de
todas partes. Dióse de común consentimiento el mando absoluto y cuidado de esta
guerra a Casivelauno, cuyos Estados separa de los pueblos marítimos el río
Támesis a distancia de unas ochenta millas del mar. De tiempo atrás andaba éste
en continuas guerras con esos pueblos; mas
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aterrados
los britanos con nuestro arribo, le nombraron desde luego por su general y
caudillo.
XII.
La parte
interior de Bretaña es habitada de los naturales, originarios de la misma isla,
según cuenta la fama; las costas, de los belgas, que acá pasaron con ocasión de
hacer presas y hostilidades; los cuales todos conservan los nombres de las
ciudades de su origen, de donde trasmigraron, y fijando su asiento a fuerza de
armas, empezaron a cultivar los campos como propios. Es infinito el gentío,
muchísimas las caserías, y muy parecidas a las de la Galia; hay grandes rebaños
de ganado. Usan por moneda cobre o anillos de hierro de cierto peso. En medio
de la isla se hallan minas de estaño, y en las marinas, de hierro, aunque poco.
El cobre le traen de fuera. Hay todo género de madera como en la Galia, menos
de haya y pinabete. No tienen por lícito el comer liebre, ni gallina, ni ganso,
puesto que los crían para su diversión y recreo. El clima es más templado que
el de la Galia, no siendo los fríos tan intensos.
XIII.
La isla es
de figura triangular. Un costado cae enfrente de la Galia; de este costado el
ángulo que forma el promontorio Canelo, adonde ordinariamente vienen a surgir
las naves de la Galia, está mirando al Oriente; el otro inferior a Mediodía.
Este primer costado tiene casi quinientas millas; el segundo mira a España y al
Poniente. Hacia la
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misma parte
yace la Hibernia,90 que, según se cree, es la mitad menos que Bretaña, en igual
distancia de ella que la Galia. En medio de este estrecho está una isla llamada
Man. Dícese también que más allá se encuentran varias isletas; de las cuales
algunos han escrito que hacia el solsticio del invierno por treinta días
continuos es siempre de noche. Yo, por más preguntas que hice, no pude
averiguar nada de eso, sino que por las experiencias de los relojes de agua
observaba ser aquí más cortas91 las noches que en el Continente. Tiene de largo
este lado, en opinión de los isleños, setecientas millas. El tercero está
contrapuesto al Norte sin ninguna tierra enfrente, si bien la punta de él mira
especialmente a la Germania. Su longitud es reputada de ochocientas millas, con
que toda la isla viene a tener el ámbito de dos mil.
XIV.
Entre
todos, los más tratables son los habitantes de Kent, cuyo territorio está todo
en la costa del mar, y se diferencian poco en las costumbres de los galos. Los
que viven tierra adentro por lo común no hacen sementeras, sino que se
mantienen de leche y carne, y se visten de pieles. Pero generalmente todos los
britanos se pintan de color verdinegro con el zumo de gualda,92 y por eso
parecen más
90 Irlanda
91 Era, ya
se ve, tiempo de verano; lo contrario sucede en invierno, de que sólo se
infiere que Inglaterra es más septentrional que Francia.
92 César:
vitro se inficiunt. Otros leen (y tal vez con más razón) glasto, porque dos
cosas parecen ciertas: primera, que el glasto es planta, y así no hay que
llamarlo vitriolo, o caparrosa como el
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La Guerra
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fieros en
las batallas; dejan crecer el cabello, pelado todo el cuerpo, menos la cabeza y
el bigote. Diez y doce hombres tienen de común las mujeres, en especial
hermanos con hermanos y padres con hijos. Los que nacen de ellas son reputados
hijos de los que primero esposaron las doncellas.
XV.
Los
caballos enemigos y los carreros trabaron en el camino un recio choque con
nuestra caballería, bien que ésta en todo llevó la ventaja, forzándolos a
retirarse a los bosques y cerros. Mas como los nuestros, matando a muchos,
fuesen tras ellos con demasiado ardimiento, perdieron algunos. Los enemigos, de
allá un rato, cuando los nuestros estaban descuidados y ocupados en fortificar
su campo, salieron al improviso del bosque, y arremetiendo a los que hacían
guardia delante de los reales pelearon bravamente. Envió entonces César las dos
primeras cohortes de dos legiones en su ayuda y haciendo éstas alto muy cerca
una de otra, asustados los nuestros con tan extraño género de combate,
rompieron ellos por medio de todos con extremada osadía y se retiraron sin
recibir daño. Perdió la vida en esta jornada el tribuno Quinto Laberio Duro. En
fin, con el refuerzo de otras cohortes fueron rechazados.
traductor
italiano; segunda, que esta palabra entra en la confección del vidrio, y por
eso leen muchos vitro; y de aquí nacería la equivocación de otros escribiendo
nitro, y traduciéndolo vitriolo. El glasto es nombre británico, y significa lo
mismo que vitro en latín, y uno y otro se toma por hierba vidriera. En lo que,
a mi parecer, no puede haber engaño es en llamarla flor de pastel, como lo hace
Laguna sobre Dioscórides, citando esta lugar de César.
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XVI.
Por toda
esta refriega, como que sucedió delante de los reales y a la vista de todos, se
echó de ver que los nuestros, no pudiendo ir tras ellos cuando cejaban por la
pesadez de las armas, ni atreviéndose a desamparar sus banderas, eran poco
expeditos en el combate con estas gentes; que la caballería tampoco podía obrar
sin gran riesgo, por cuanto ellos muchas veces retrocedían de propósito, y
habiendo apartado a los nuestros algún trecho de las legiones, saltaban a
tierra de sus carros y peleaban a pie con armas desiguales. Así que, o cediesen
o avanzasen los nuestros, con esta forma de pelear daban en igual, antes en el
mismo peligro. Fuera de que ellos nunca combatían unidos, sino separados y a
grandes trechos, teniendo cuerpos de reserva apostados; con que unos a otros se
daban la mano, y los de fuerzas enteras entraban de refresco a reemplazar los
cansados.
XVII.
Al día
siguiente se apostaron los enemigos lejos de los reales en los cerros, y
comenzaron a presentarse no tantos, y a escaramuzar con la caballería más
flojamente que el día antes. Pero al mediodía, habiendo César destacado tres
legiones y toda la caballería con el legado Cayo Trebonio al forraje, de
repente se dejaron caer por todas partes sobre los que andaban muy desviados de
las banderas y legiones. Los nuestros, dándoles una fuerte carga, los
rebatieron, y no cesaron de perseguirlos hasta tanto que la caballería, fiada
en el
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apoyo de
las legiones que venían detrás, los puso en precipitada fuga; y haciendo en
ellos gran riza, no les dio lugar a rehacerse, ni detenerse, o saltar de los
carricoches. Después de esta fuga, las tropas auxiliares, que concurrieron de
todas partes, desaparecieron al punto. Nunca más de allí adelante pelearon los
enemigos de poder a poder con nosotros.
XVIII.
César,
calados sus intentos, fuese con el ejército al reino de Casivelauno en las
riberas del Támesis, río que por un solo paraje se puede vadear, y aun eso
trabajosamente. Llegado a él, vio en la orilla opuesta formadas muchas tropas
de los enemigos, y las márgenes guarnecidas con estacas puntiagudas, y otras
semejantes clavadas en el hondo del río debajo del agua. Enterado César de esto
por los prisioneros y desertores, echando adelante la caballería, mandó que las
legiones le siguiesen inmediatamente. Tanta prisa se dieron los soldados, y fue
tal su coraje, si bien sola la cabeza llevaban fuera del agua, que no pudiendo
los enemigos sufrir el ímpetu de las legiones y caballos, despejaron la ribera,
poniendo pies en polvorosa.
XIX.
Casivelauno,
como ya insinuamos, perdida toda esperanza de contrarrestar, y despedida la
mayor parte de sus tropas, quedándose con cuatro mil combatientes de los
carros, iba
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observando
nuestras marchas, tal vez se apartaba un poco del camino, y se ocultaba en
barrancos y breñas. En sabiendo el camino que habíamos de llevar, hacía recoger
hombres y ganados de los campos a las selvas, y cuando nuestra caballería se
tendía por las campiñas a correrlas y talarlas, por todas las vías y sendas
conocidas disparaba de los bosques los carros armados, y la ponía en gran
conflicto, estorbando con esto que anduviese tan suelta. No había más arbitrios
para evitar tales peligros sino que César no la permitiese alejarse de las
legiones, y que las talas y quemas en daño del enemigo sólo se alargasen cuanto
pudiera llevar el trabajo y la marcha de los soldados legionarios.
XX.
A esta
sazón, los trinobantes,93 nación la más poderosa de aquellos países (de donde
el joven Mandubracio, abrazando el partido de César, vino a juntarse con él en
la Galia, y cuyo padre Imanuencio, siendo rey de ella, murió a manos de
Casivelauno, y él mismo huyó por no caer en ellas), despachan embajadores a
César, prometiendo entregársele y prestar obediencia, y le suplican que ampare
a Mandubracio contra la tiranía de Casivelauno, se lo envíe, y restablezca en
el reino. César les manda dar cuarenta rehenes y trigo para el ejército, y les
restituye a Mandubracio. Ellos obedecieron al instante aprontando los rehenes
pedidos y el trigo.
93 Los de
los condados de Esex y Midlesex.
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XXI.
Protegidos
los trinobantes y libres de toda vejación de los soldados, los cenimaños,
segonciacos, ancalites, bibrocos y casos, por medio de sus diputados, se
rindieron a César. Infórmanle estos que no lejos de allí estaba la corte de
Casivelauno, cercada de bosques y lagunas, donde se había encerrado buen número
de hombres y ganados. Dan los britanos nombre de ciudad a cualquier selva
enmarañada, guarnecida de valla y foso, donde se suelen acoger para librarse de
las irrupciones de los enemigos. César va derecho allá con las legiones;
encuentra el lugar harto bien pertrechado por naturaleza y arte; con todo, se
empeña en asaltarlo por dos partes. Los enemigos, después de una corta
detención, al cabo, no pudiendo resistir el ímpetu de los nuestros, echaron a
huir por otro lado de la ciudad. Hallóse dentro crecido número de ganados, y en
la fuga quedaron muchos prisioneros y muertos.
XXII.
Mientras
iban así las cosas en esa parte de la isla, despacha Casivelauno mensajeros a
la provincia de Kent, situada, como se ha dicho, sobre la costa del mar, cuyas
merindades gobernaban cuatro94 régulos. Gingetórige, Carnilio, Taximagulo y
Segonacte, y les manda que con todas sus fuerzas juntas ataquen los
94 Serían
feudatarios de Casivelauno, si ya no estaban obligados a obedecerle durante la
guerra, por haberle nombrado el cuerpo de la nación por su generalísimo
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atrincheramientos
navales. Venidos que fueron a los reales, los nuestros en una salida que
hicieron matando a muchos de ellos, y prendiendo, entre otros, al noble
caudillo Lugotórige, se restituyeron a las trincheras sin pérdida alguna.
Casivelauno, desalentado con la nueva de esta batalla, por tantos daños
recibidos, por la desolación de su reino, y mayormente por la rebelión de sus
vasallos, valiéndose de la mediación de Comió Atrebatense, envía sus
embajadores a César sobre la entrega. César, que estaba resuelto a invernar en
el continente por temor de los motines repentinos de la Galia, quedándole ya
poco tiempo del estío, y viendo que sin sentir podía pasársele aún éste, le
manda dar rehenes, y señala el tributo que anualmente debía la Bretaña pechar al
Pueblo Romano. Ordena expresamente y manda a Casivelauno que no moleste más a
Mandubracio ni a los trinobantes.
XXIII.
Recibidos
los rehenes, vuelve a la armada, y halla en buen estado las naves. Botadas
éstas al agua, por ser grande el número de los prisioneros, y haberse perdido
algunas embarcaciones en la borrasca, determinó transportar el ejército en dos
convoyes. El caso fue, que de tantos bajeles y en tantas navegaciones, ninguno
de los que llevaban soldados faltó ni en este año ni en el antecedente, pero de
los que volvían en lastre del Continente hecho el primer desembarco, y de los
sesenta que Labieno había mandado construir, aportaron muy pocos; los demás
casi todos volvieron de arribada.
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Habiendo
César esperado en vano algún tiempo, temiendo que la estación no le
imposibilitase la navegación por la proximidad del equinoccio, hubo de
estrechar los soldados según los buques, y en la mayor bonanza zarpando ya bien
entrada la noche, al amanecer tomó tierra sin desgracia en toda la escuadra.
XXIV.
Sacadas a
tierra las naves, y tenida una junta con los galos en Samarobriva,95 por haber
sido este año corta la cosecha de granos en la Galia por falta de aguas, le fue
forzoso dar otra disposición que los años precedentes a los invernaderos del
ejército, distribuyendo las legiones en diversos cantones. Una en los morinos,
al mando de Cayo Fabio; la segunda en los nervios, al de Quinto Cicerón; la
tercera en los eduos, al de Lucio Roscio; ordenando que la cuarta con Tito
Labieno invernase en los remenses en la frontera de Tréveris; tres alojó en los
belgas, a cargo del cuestor Marco Craso, y de los delegados Lucio Munacio
Planeo y Cayo Trebonio. Una nuevamente alistada en Italia y cinco cohortes
envió a los eburones, que por la mayor parte habitan entre el Mosa y el Rin,
sujetos al señorío de Ambiórige y Cativulco; dióles por comandantes a los
legados Quinto Titurio Sabino y Lucio Arunculeyo Cota. Repartidas en esta forma
las legiones, juzgó que podrían proveerse más fácilmente en la carestía.
Dispuso, sin embargo, que los cuarteles de
95 Amiéns.
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todas estas
legiones (salvo la que condujo Lucio Roscio al país96 más quieto y pacífico)
estuviesen comprendidas en término de cien millas. Él resolvió detenerse en la
Galia hasta tener alojadas las legiones, y certeza de que los cuarteles
quedaban fortificados.
XXV.
Florecía,
entre los chartreses Tasgecio, persona muy principal, cuyos antepasados habían
sido reyes de su nación. César le había restituido su Estado en atención al
valor y lealtad singularmente oficiosa de que se había servido en todas las
guerras. Este año, que ya era el tercero de su reinado, sus enemigos le mataron
públicamente, siendo asimismo cómplices muchos de los naturales. Dan parte a
César de este atentado. Receloso él de que por ser tantos los culpados, no se
rebelase a influjo de ellos el pueblo, manda a Lucio Planeo marchar prontamente
con una legión de los belgas a los carnutes, tomar allí cuarteles de invierno,
y remitirle presos a los que hallase reos de la muerte de Tasgecio. En este
entretanto, todos los legados y el cuestor, encargados del gobierno de las
legiones, le avisaron cómo ya estaban acuartelados y bien atrincherados.
XXVI.
96 Por
tales tenía entonces el de los eduos, como tan amigos y favorecidos del pueblo
romano.
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A los
quince días de alojados allí dieron principio a un repentino alboroto y
alzamiento Ambiórige y Cativulco, que con haber salido a recibir a Sabino y a
Cota a las fronteras de su reino, y acarreado trigo a los cuarteles, instigados
por los mensajeros del trevirense Induciomaro, pusieron en armas a los suyos, y
sorprendiendo de rebato a los leñadores, vinieron con gran tropel a forzar las
trincheras. Como los nuestros, cogiendo al punto las armas, montando la línea y
destacada por una banda la caballería española, llevasen con ella la ventaja en
el choque, los enemigos, malogrando el lance, desistieron del asalto. A luego
dieron voces, como acostumbran, que saliesen algunos de los nuestros a
conferencia, que sobre intereses comunes querían poner ciertas condiciones, con
que esperaban se podrían terminar las diferencias. }
XXVII.
Va a tratar
con ellos Cayo Arpiño, caballero romano confidente de Quinto Titurio, con
cierto español, Quinto Junio, que ya otras veces por parte de César había ido a
verse con Ambiórige, el cual les habló de esta manera: «Que se confesaba
obligadísimo a los beneficios recibidos de César, cuales eran haberle libertado
del tributo que pagaba a los aduáticos sus confinantes; haberle restituido su
hijo y un sobrino, que siendo enviados entre los rehenes a los aduáticos, los
tuvieron en esclavitud y en cadenas; que en la tentativa de asalto no había
procedido a arbitrio ni voluntad propia, sino compelido de la nación; ser su
señorío de tal calidad, que no era
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menor la
potestad del pueblo sobre él que la suya sobre el pueblo, y que el motivo que
tuvo éste para el rompimiento fue sólo el no poder resistir a la conspiración
repentina de la Galia, cosa bien fácil de probar en vista de su poco poder;
pues no es él tan necio que presuma poder con sus fuerzas contrastar las del
Pueblo Romano. La verdad es ser este el común acuerdo de la Galia, y el día de
hoy el aplazado para el asalto general de todos los cuarteles de César, para
que ninguna legión pueda dar la mano a la otra. Como galos no pudieron
fácilmente negarse a los galos, mayormente pareciendo ser su fin el recobrar la
libertad común; mas ya que tenía cumplido con ellos por razón de deudo, debía
atender ahora a la ley del agradecimiento. Así que, por respeto a los
beneficios de César y al hospedaje de Titurio, le amonestaba y suplicaba mirase
por su vida y la de sus soldados; que ya un gran cuerpo de germanos venía a
servir a sueldo y había pasado el Rin; que llegaría dentro de dos días; viesen
ellos si sería mejor, antes que lo entendiesen los comarcanos, sacar de sus
cuarteles los soldados y trasladarlos a los de Cicerón o de Labieno, puesto que
el uno distaba menos de cincuenta millas y el otro poco más. Lo que les
prometía y aseguraba con juramento era darles paso franco por sus Estados; que
con eso procuraba al mismo tiempo el bien del pueblo aliviándolo del
alojamiento y el servicio de César en recompensar de sus mercedes». Dicho esto,
se despide Ambiórige.
XXVIII.
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Arpiño y
Junio cuentan a los legados lo que acababan de oír. Ellos, asustados con la
impensada nueva, aunque venía de boca del enemigo, no por eso creían deberla
despreciar. Lo que más fuerza le hacía era no parecerles creíble que los
eburones, gente de ningún nombre y tan para poco, se atreviesen de suyo a mover
guerra contra el Pueblo Romano. Y así ponen la cosa en consejo, donde hubo
grandes debates. Lucio Arunculeyo, con varios de los tribunos y capitanes
principales, era de parecer «que no se debía atropellar ni salir de los reales
sin orden de César; proponían que dentro de las trincheras se podían defender
contra cualesquiera tropas, aun de germanos, por numerosas que fuesen; ser de
esto buena prueba el hecho de haber resistido con tanto esfuerzo el primer
ímpetu del enemigo, rebatiéndole con gran daño: que pan no les faltaba. Entre
tanto vendrían socorros de los cuarteles vecinos y de César, que en conclusión,
¿puede haber temeridad ni desdoro mayor que tomar consejo del enemigo en punto
de tanta monta?»}
XXIX.
Contra esto
gritaba Titurio: «Que tarde caerían en la cuenta, cuando creciese más el número
de los enemigos con la unión de los germanos, o sucediese algún desastre en los
cuarteles vecinos; que el negocio pedía pronta resolución, y creía él que César
se hubiese ido a Italia; si no, ¿cómo era posible que los chartreses
conspirasen en matar a Tasgecio, ni los eburones en asaltar con tanto descaro
nuestros reales?, que no atendía él al dicho del enemigo, sino a la
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realidad
del hecho: el Rin inmediato; irritados los germanos por la muerte de Ariovisto
y nuestras pasadas victorias; la Galia enconada por verse después de tantos
malos tratamientos sujeta al Pueblo Romano, obscurecida su antigua gloria en
las armas. Por último, ¿quién podrá persuadirse que Ambiórige se hubiese
arriesgado a tomar este consejo sin tener seguridad de la cosa? En todo caso
ser seguro su dictamen: si no hay algún contraste, se juntarán a su salvo con
la legión inmediata; si la Galia toda se coligare con Germania, el único
remedio es no perder momento. El parecer contrario de Cota y sus parciales ¿qué
resultas tendrá? Cuando de presente no haya peligro, al menos en un largo
asedio el hambre será inevitable».
XXX.
En estas
reyertas, oponiéndose vivamente Cota y los primeros oficiales: «Norabuena, dijo
Sabino, salid con la vuestra, ya que así lo queréis», y en voz más alta, de
modo que pudiesen oírle muchos de los soldados, añadió: «Sí, que no soy yo
entre vosotros el que más teme la muerte. Los presentes verán lo que han de
hacer, si acaeciere algún revés, tú sólo les serás responsable; y si los dejas,
pasado mañana se verán juntos con los demás en los cuarteles vecinos para ser
compañeros de su suerte, y no morir a hierro y hambre abandonados y apartados
de los suyos».
XXXI.
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Levántanse
con esto de la junta, y los principales se ponen de por medio y suplican a
entrambos no lo echen todo a perder con su discordia y empeño; cualquier
partido que tomen, o de irse o de quedarse, saldrá bien, si todos van a una; al
contrario, si están discordes, se dan por perdidos. Durando la disputa hasta
medianoche, al cabo, rendido Cota, cede. Prevalece la opinión de Sabino.
Publícase marcha para el alba. El resto de la noche pasan en vela, registrando
cada uno su mochila, para ver qué podría llevar consigo, que no de los
utensilios de los cuarteles. No parece sino que se discurren todos los medios
de hacer peligrosa la detención, y aun más la marcha con la fatiga y el desvelo
de los soldados. Venida la mañana, comienzan su viaje en la persuasión de que
no un enemigo, sino el mayor amigo suyo, Ambiórige, les había dado este
consejo, extendidos en filas muy largas y con mucho equipaje.
XXXII.
Los
enemigos, que por la bulla e inquietud de la noche barruntaron su partida,
armadas dos emboscadas en sitio ventajoso y encubierto entre selvas, a
distancia de dos millas estaban acechando el paso de los romanos; y cuando
vieron la mayor parte internada en lo quebrado de aquel hondo valle, al
improviso se dejaron ver por el frente y espaldas picando la retaguardia,
estorbando a la vanguardia la subida, y forzando a los nuestros a pelear en el
peor paraje.
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XXXIII.
Aquí vieras
a Titurio, que nunca tal pensara, asustarse, correr acá y allá, desordenadas
las filas; pero todo como un hombre azorado que no sabe la tierra que pisa; que
así suele acontecer a los que no se aconsejan hasta que se hallan metidos en el
lance. Por el contrario Cota, que todo lo tenía previsto y por eso se había
opuesto a la salida, nada omitía de lo conducente al bien común; ya llamando
por su nombre a los soldados, ya esforzándolos, ya peleando, hacía a un tiempo
el oficio de capitán y soldado. Mas visto que, por ser las filas muy largas,
con dificultad podían acudir a todas partes y dar las órdenes convenientes,
publicaron una general para que, soltando las mochilas, se formasen en rueda,
resolución que, si bien no es de tachar en semejante aprieto, tuvo muy mal
efecto; pues cuanto desalentó la esperanza de los nuestros, tanto mayor denuedo
infundió a los enemigos, por parecerles que no se hacía esto sin extremos de
temor y en caso desesperado. Además que los soldados de tropel, como era regular,
desamparaban sus banderas, y cada cual iba corriendo a su lío a sacar y recoger
las alhajas y preseas más estimadas, y no se oían sino alaridos y lamentos.
XXXIV.
Mejor lo
hicieron los bárbaros; porque sus capitanes intimaron a todo el ejército que
ninguno abandonase su puesto; que contasen por suyo todo el despojo de los
romanos, pero entendiesen que el único medio de conseguirlo era la victoria.
Eran los nuestros por el
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número y
fortaleza capaces de contrarrestar al enemigo, y dado caso que ni el caudillo
ni la fortuna los ayudaba, todavía en su propio valor libraban la esperanza de
la vida; y siempre que alguna cohorte daba un avance, de aquella banda caía por
tierra gran número de enemigos. Advirtiéndolo Ambiórige, da orden que disparen
de lejos, y que nunca se arrimen mucho, y dondequiera que los romanos
arremetan, retrocedan ellos; que atento el ligero peso de sus armas y su
continuo ejercicio no podían recibir daño, pero en viéndolos que se retiran a
su formación, den tras ellos.
XXXV.
Ejecutada
puntualísimamente esta orden, cuando una manga destacada del cerco acometía,
los contrarios echaban para atrás velocísimamente. Con eso era preciso que
aquella parte quedase indefensa, y por un portillo abierto expuesta a los
tiros. Después al querer volver a su puesto, eran cogidos en medio así de los
que se retiraban, como de los que estaban apostados a la espera; y cuando
quisiesen mantenerse a pie firme, ni podían mostrar su valor, ni estando tan
apiñados hurtar el cuerpo a los flechazos de tanta gente. Con todo eso, a pesar
de tantos contrastes y de la mucha sangre derramada, se tenían fuertes, y
pasada gran parte del día, peleando sin cesar del amanecer hasta las ocho,97 no
cometían la menor vileza. En esto, con un venablo atravesaron de parte a parte
97 Ad horam
octavam: que, según la cuenta indicada de los romanos, corresponde a las dos de
la tarde nuestras.
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ambos
muslos de Tito Balvencio, varón esforzado y de gran cuenta, que desde el año
antecedente mandaba la primera centuria. Quinto Lucanio, centurión del mismo
grado, combatiendo valerosamente, por ir a socorrer a su hijo rodeado de los
enemigos, cae muerto. El comandante Lucio Cota, mientras va corriendo las
líneas y exhortando a los soldados, recibe en la cara una pedrada de honda.
XXXVI.
Aterrado
con estas desgracias Quinto Titurio, como divisase a lo lejos a Ambiórige que
andaba animando a los suyos, envíale su intérprete Neo Pompeyo a suplicarle les
perdone las vidas. Él respondió a la súplica: «que si quería conferenciar
consigo, bien podía, cuanto a la vida de los soldados, esperaba que se podría
recabar de su gente; tocante al mismo Titurio, empeñaba su palabra que no se le
haría daño ninguno». Titurio lo comunica con Cota herido, diciendo: «que si
tiene por bien salir del combate y abocarse con Ambiórige, hay esperanza de
poder salvar sus vidas y las de los soldados». Cota dice, que de ningún modo
irá al enemigo mientras le vea con las armas en la mano, y ciérrase en ello.
XXXVII.
Sabino,
vuelto a los tribunos circunstantes y a los primeros centuriones, manda que le
sigan, y llegando cerca de Ambiórige, intimándole rendir las armas, obedece,
ordenando a los suyos que hagan lo mismo. Durante la conferencia, mientras se
trata de las
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condiciones,
y Ambiórige alarga de propósito la plática, cércanle poco a poco, y le matan.
Entonces fue la grande algazara y el gritar descompasado a su usanza,
apellidando victoria, echarse sobre los nuestros, y desordenarlos. Allí Lucio
Cota pierde combatiendo la vida, con la mayor parte de los soldados; los demás
se refugian a los reales de donde salieron, entre éstos Lucio Petrosidio,
alférez mayor, que, siendo acosado de un gran tropel de enemigos, tiró dentro
del vallado la insignia del águila, defendiendo a viva fuerza la entrada, hasta
que cayó muerto. Los otros a duras penas sostuvieron el asalto hasta la noche,
durante la cual todos, desesperados, se dieron a sí mismos la muerte. Los pocos
que de la batalla se escaparon, metidos entre los bosques, por caminos
extraviados, llegan a los cuarteles de Tito Labieno y le cuentan la tragedia.
XXXVIII.
Engreído
Ambiórige con esta victoria, marcha sin dilación con su caballería a los
aduáticos, confinantes con su reino, sin parar día y noche, y manda que le siga
la infantería. Incitados los aduáticos con la relación del hecho, al día
siguiente pasa a los nervios, y los exhorta a que no pierdan la ocasión de
asegurar para siempre su libertad y vengarse de los romanos por los ultrajes
recibidos. Póneles delante la muerte de dos legados y la matanza de gran parte
del ejército; ser muy fácil hacer lo mismo de la legión acuartelada con
Cicerón, acogiéndola de sorpresa; él se ofrece por compañero de la empresa. No
le fue muy dificultoso persuadir a los nervios. Así
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que,
despachando al punto correos a los centrones, grudios, levacos, pleumosios y
gordunos,98 que son todos dependientes suyos, hacen las mayores levas que
pueden, y de improviso vuelan a los cuarteles de Cicerón, que aun no tenía
noticia de la desgracia de Titurio, con que no pudo precaver el que algunos
soldados, esparcidos por las selvas en busca de leña y fajina, no fuesen
sorprendidos con la repentina llegada de los caballos. Rodeados ésos, una gran
turba de eburones, aduáticos y nervios con todos sus aliados y dependientes
empieza a batir la legión. Los nuestros a toda prisa toman las armas y montan
las trincheras. Costó mucho sostenerse aquel día, porque los enemigos ponían
toda su esperanza en la brevedad, confiando que, ganada esta victoria, para siempre
quedarían vencedores.
XL.
Cicerón al
instante despacha cartas a César, ofreciendo grandes premios a los portadores,
que son luego presos por estar tomadas todas las sendas. Por la noche, del
maderaje acarreado para barrearse, levantan ciento y veinte torres con presteza
increíble, y acaban de fortificar los reales. Los enemigos al otro día los
asaltan con mayor golpe de gente y llenan el foso. Los nuestros resisten como
el día precedente; y así prosiguen en los consecutivos, no cesando de trabajar
noches enteras, hasta los enfermos y heridos.
98 Los de
Courtray, Brujas, Lovaina, Tournai y Gand
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De noche se
apresta todo lo necesario para la defensa del otro día. Se hace prevención de
cantidad de varales tostados a raigón y de garrochones, fórmanse tablados en
las torres, almenas y parapetos de zarzos entretejidos. El mismo Cicerón,
siendo de complexión delicadísima, no reposaba un punto ni aun de noche; tanto
que fue necesario que los soldados, con instancias y clamores, le obligasen a
mirar por sí.
XLI.
Entonces
los jefes y personas de autoridad entre los nervios, que tenían alguna cabida y
razón de amistad con Cicerón, dicen que quieren abocarse con él. Habida
licencia, repiten la arenga de Ambiórige a Titurio: «estar armada toda la
Galia: los germanos de esta parte del Rin: los cuarteles de César y de los
otros, sitiados. Añaden lo de la muerte de Sabino. Ponente delante a
Ambiórige,99 para que no dude de la verdad. Dicen ser gran desatino esperar
socorro alguno de aquellos que no pueden valerse a sí mismos. Protestan, no
obstante, que por el amor que tienen a Cicerón y al Pueblo Romano sólo se
oponen a que invernen dentro de su país, y que no quisieran se avezasen a eso;
que por ellos bien pueden salir libres de los cuarteles, y marchar seguros a
cualquiera otra parte». La única respuesta de Cicerón a todo esto fue: «no ser
costumbre del Pueblo Romano recibir condiciones del enemigo armado. Si
99 Poco
antes amigo de César y obligado con tantos beneficios; ahora enemigo declarado
y cabeza de los rebeldes.
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dejan las
armas podrán servirse embajadores a César, que, según es que pidieren».
de su
mediación y enviar de benigno, espera lograrán lo
XLII.
Los
nervios, viendo frustradas sus ideas, cercan los reales con un bastión de once
pies y su foso de quince. Habían aprendido esto de los nuestros con el trato de
los años antecedentes, y no dejaban de tener soldados prisioneros que los
instruyesen. Mas como carecían de las herramientas necesarias, les era forzoso
cortar los céspedes con la espada, sacar la tierra con las manos y acarrearla
en las haldas. De lo cual se puede colegir el gran gentío de los sitiadores,
pues en menos de tres horas concluyeron una fortificación de diez millas de
circuito; y los días siguientes, mediante la dirección de los mismos
prisioneros, fueron levantando torres de altura igual a nuestras barreras, y
fabricando guadañas y galápagos.
XLIII.
Al día
séptimo del cerco, soplando un viento recio, empezaron a tirar con hondas
bodoques100 caldeados y dardos encendidos a las barracas, que al uso de la
Galia eran pajizas. Prendió al momento en ellas el fuego, que con la violencia
del viento se extendió por todos los reales. Los enemigos cargando con grande
algazara, como
100 Pelotas
caldeadas, o especie de balas rojas.
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seguros ya
de la victoria, van arrimando las torres y galápagos, y empiezan a escalar el
vallado. Mas fue tanto el valor de los soldados, tal su intrepidez, que
sintiéndose chamuscar por todos lados y oprimir de una horrible lluvia de
saetas, viendo arder todos sus ajuares y alhajas, lejos de abandonar nadie su
puesto, ni aun casi quien atrás mirase, antes por lo mismo peleaban todos con
mayor brío y coraje. Penosísimo sin duda fue este día para los nuestros; bien
que se consiguió hacer grande estrago en los enemigos, por estar apiñados al
pie del vallado mismo, ni dar los últimos, lugar de retirarse a los primeros.
Cediendo un tanto las llamas, como los enemigos arrimasen por cierta parte una
torre hasta pegarla con las trincheras, los oficiales de la tercera cohorte
hicieron lugar retirándose atrás, con todos los suyos, y con ademanes y voces
empezaron a provocarlos a entrar, «si eran hombres»; pero nadie osó
aventurarse. Entonces los romanos, arrojando piedras, los derrocaron y les
quemaron la torre.
XLIV.
Había en
esta legión dos centuriones muy valerosos, Tito Pulfion y Lucio Vareno, a punto
de ser promovidos al primer grado. Andaban éstos en continuas competencias
sobre quién debía ser preferido, y cada año, con la mayor emulación, se
disputaban la precedencia. Pulfion, uno de los dos, en el mayor ardor del
combate al borde de las trincheras: « ¿En qué piensas, dice, oh Vareno?, ¿o a
cuándo aguardas a mostrar tu valentía? Este día decidirá nuestras
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competencias.»
En diciendo esto, salta las barreras y embiste al enemigo por la parte más
fuerte. No se queda atrás Vareno, sino que temiendo la censura de todos,
síguele a corta distancia. Dispara Pulfion contra los enemigos su lanza, y pasa
de parte a parte a uno que se adelantó de los enemigos; el cual herido y
muerto, es amparado con los escudos de los suyos, y todos revuelven contra
Pulfion cerrándole el paso. Atraviésanle la rodela, y queda clavado el estoque
en el tahalí. Esta desgracia le paró de suerte la vaina que, por mucho que
forcejaba, no podía sacar la espada, y en esta maniobra le cercan los enemigos.
Acude a su defensa el competidor Vareno, y socórrele en el peligro, pronto
vuelve contra este otro el escuadrón sus tiros, dando a Pulfion por muerto de
la estocada. Aquí Vareno, espada en mano, arrójase a ellos, bátese cuerpo a
cuerpo, y matando a uno, hace retroceder a los demás. Yendo tras ellos con
demasiado coraje, resbala cuesta abajo, y da consigo en tierra. Pulfion que lo
vio rodeado de enemigos, corre a librarle, y al fin ambos, sanos y salvos,
después de haber muerto a muchos, se restituyen a los reales cubiertos de
gloría. Así la fortuna en la emulación y en la contienda guío a entrambos,
defendiendo el un émulo la vida del otro, sin que pudiera decirse cuál de los
dos mereciese en el valor la primacía.
XLV.
Cuanto más
se agravaba cada principalmente por ser muy pocos
día la
fiereza del asedio, los defensores, estando gran
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parte de
los soldados postrados de las heridas, tanto más se repetían correos a César,
de los cuales algunos eran cogidos y muertos a fuerza de tormentos a vista de
los nuestros. Había en nuestro cuartel un hidalgo llamado Verticón, que había
desertado al primer encuentro, y dado a Cicerón pruebas de su lealtad. Este tal
persuade a un su esclavo, prometiéndole la libertad y grandes galardones, que
lleve una carta a César. Él la acomoda en su lanza, y como galo, atravesando
por entre los galos sin la menor sospecha, la pone al fin en manos de César,
por donde vino a saber el peligro de Cicerón y de su legión.
XLVI.
Recibida
esta carta a las once del día, despacha luego aviso al cuestor Marco Craso que
tenía sus cuarteles en los belovacos, a distancia de veinticinco millas,
mandándole que se ponga en camino a medianoche con su legión y venga a toda
prisa. Pártese Craso al aviso. Envía otro al legado Cayo Fabio, que conduzca la
suya a la frontera de Artois, por donde pensaba él hacer su marcha. Escribe a
Labieno, que, si puede buenamente, se acerque con su legión a los nervios. No
le pareció aguardar lo restante del ejército, por hallarse más distante. Saca
de los cuarteles inmediatos hasta cuatrocientos caballos.
XLVII.
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A las tres
de la mañana supo de los batidores la venida de Craso. Este día caminó veinte
millas. Da el gobierno de Samarobriva con una legión a Craso, porque allí
quedaba todo el bagaje, los rehenes, las escrituras públicas, y todo el trigo
acopiado para el invierno. Fabio, conforme a la orden recibida, sin detenerse
mucho, sale al encuentro en el camino. Labieno, entendida la muerte de Sabino y
el destrozo de sus cohortes, viéndose rodeado de todas las tropas trevirenses,
temeroso de que, si salía como huyendo de los cuarteles, no podía sostener la
carga del enemigo, especialmente sabiendo que se mostraba orgulloso con la
recién ganada victoria, responde a César, representando el gran riesgo que
correrá la legión si se movía. Escríbele por menor lo acaecido en los eburones,
y añade que a tres millas de su cuartel estaban acampados los trevirenses con
toda la infantería y caballería.
XLVIII.
César,
pareciéndole bien esta resolución, dado que de tres legiones con que contaba se
veía reducido a dos, sin embargo, en la presteza ponía todo el buen éxito.
Entra, pues, a marchas forzadas por tierras de los nervios. Aquí le informan
los prisioneros del estado de Cicerón y del aprieto en que se halla. Sin perder
tiempo, con grandes promesas persuade a uno de la caballería galicana que lleve
a Cicerón una carta. Iba ésta escrita en griego, con el fin de que, si la
interceptaban los enemigos, no pudiesen entender nuestros designios;
previénele, que si no puede dársela en su mano, la tire
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dentro del
campo atada con la coleta de un dardo. El contenido era: «que presto le vería
con sus legiones», animándole a perseverar en su primera constancia. El galo,
temiendo ser descubierto, tira el dardo según la instrucción. Éste, por
desgracia, quedó clavado en un cubo, sin advertirlo los nuestros por dos días.
Al tercero reparó en él un soldado, que lo alcanzó, y trajo a Cicerón, quien
después de leída, la publicó a todos, llenándolos de grandísimo consuelo. En
eso se divisaban ya las humaredas a lo lejos, con que se aseguraron totalmente
de la cercanía de las legiones.
XLIX.
Los galos,
sabida esta novedad por sus espías, levantan el cerco, y con todas sus tropas,
que se componían de sesenta mil hombres, van sobre César. Cicerón, valiéndose
de esta coyuntura, pide a Verticón, aquel galo arriba dicho, para remitir con
él otra carta a César, encargándole haga el viaje con toda cautela y
diligencia; decía en la carta, cómo los enemigos, alzando el sitio, habían
revuelto contra él todas las tropas. Recibida esta carta cerca de la
medianoche, la participa César a los suyos y los esfuerza para la pelea. Al día
siguiente muy temprano mueve su campo, y a cuatro días de marcha descubre la
gente del enemigo que asomaba por detrás de un valle y de un arroyo. Era cosa
muy arriesgada combatir con tantos en paraje menos ventajoso; no obstante,
certificado ya de que Cicerón estaba libre del asedio, y por tanto no era
menester apresurarse, hizo alto, atrincherándose lo mejor que
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pudo, según
la calidad del terreno; y aunque su ejército ocupaban bien poco, que apenas era
de siete mil hombres, y ésos sin ningún equipaje, todavía lo reduce a menor
espacio, estrechando todo lo posible las calles de entre las tiendas101 con la
mira de hacerse más y más despreciable al enemigo. Entre tanto despacha por
todas partes batidores a descubrir el sendero más seguro por donde pasar aquel
valle.
L.
Este día,
sin hacer más que tal cual ligera escaramuza de los caballos junto al arroyo,
unos y otros se estuvieron quedos en sus puestos: los galos, porque aguardaban
mayores refuerzos, que aun no se habían juntado; César, por si pudiese con
muestras de temor atraer al enemigo a esta banda del valle, y darle la batalla
sin mudar de terreno delante de las trincheras, donde no, sendereada la ruta,
pasar el valle y el arroyo con menos riesgo. La mañana siguiente, la caballería
enemiga se acerca a los reales, y trábase con la nuestra. César de intento la
manda cejar y retirarse adentro, y manda juntamente alzar más la estacada,
tapiar las puertas, y ejecutar todo esto con grandísimo atropellamiento y
apariencias de miedo.
LI.
101 Las de
los reales romanos eran ordinariamente de cincuenta, y aun de cien pasos en
ancho, con que se podían estrechar mucho en las ocurrencias.
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Cebados con
eso los enemigos, pasan su ejército, y se apuestan en mal sitio; y viendo a los
nuestros retirarse aun de las mismas barreras, dan un avance, y arrojando de
todas partes dardos dentro de las trincheras, a voz de pregonero publican por
todos los cantones: «que cualquiera sea galo, sea romano, tiene libertad antes
de la hora tercia102 para pasarse a su campo; después de este plazo no habrá
más recurso». Y llegó a tanto su menosprecio que, creyendo no poder forzar las
puertas, tapiadas sólo en la apariencia con una somera capa de adobes,
empezaron unos a querer aportillar el cercado con las manos, otros a llenar los
fosos. Entonces César, abiertas todas las puertas, hace una salida y soltando a
la caballería, al punto pone en fuga a los enemigos, de suerte que ni uno solo
hizo la menor resistencia, con que mató a muchos de ellos y desarmó a todos.
LII.
No se
atrevió a seguir el alcance por los bosques y pantanos intermedios, viendo que
el sitio quedaba señalado103 con no pequeña pérdida del enemigo. En fin, sin
daño alguno de sus tropas, el mismo día se juntó con Cicerón. Ve con asombro
los torreones, galápagos y fortificaciones de los enemigos. Y hecha la
102 Según
nuestra cuenta, las nueve de la mañana.
103 Los
comentadores y traductores de César no están acordes en la leyenda e
inteligencia de este pasaje. A mí me ha parecido seguir como corriente y bien
escrito el texto de la edición Elzeviriana; y creo que el pensamiento de César
queda bien explicado en castellano traduciendo como se ha traducido.
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revista de
la legión, halla que ni de diez uno estaba sin herida, de lo cual infiere en
qué conflicto se vieron y con qué valor se portaron. A Cicerón y a sus soldados
hace los merecidos elogios; saluda por su nombre uno a uno a los centuriones y
tribunos, de cuyo singular valor estaba bien informado por Cicerón. Cerciórase
por los prisioneros de la desgracia de Sabino y Cota. El día inmediato, en
presencia del ejército, la cuenta por extenso, consolando y animando a los
soldados con decirles: que deben sufrir con paciencia este descalabro
únicamente ocasionado por culpa y temeridad del comandante, ya que quedaba
vengado por beneficio de los dioses inmortales y su propio valor, aguándoseles
tan presto a los enemigos el gozo, como quedaba remediado para ellos el motivo
de sentimiento.
LIII.
La fama en
tanto de la victoria de César vuela con increíble velocidad por los remenses a
Labieno; pues distando cincuenta millas de los cuarteles de Cicerón, donde
César entró después de las nueve del día, se oyó antes de medianoche a la
puerta de los reales el alborozo de los remenses, que aclamaban la victoria con
parabienes a Labieno. Divulgada esta noticia entre los trevirenses,
Induciomaro, que había resuelto asaltar el día siguiente los reales de Labieno,
huye aquella noche con todas sus tropas a Tréveris. César hace que Fabio con la
legión vuelva a sus cuarteles de invierno; él con tres de ellas determina
invernar en las
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inmediaciones
de Samarobriva en tres distintos alojamientos; y a causa de tantas
sublevaciones de la Galia, mantenerse al frente del ejército todo aquel
invierno, porque con la nueva del desastre de Sabino, casi todos los pueblos de
la Galia trataban de guerra despachando mensajes y embajadas por todas partes,
con el fin de averiguar cómo pensaban los otros, y por dónde se daría principio
al rompimiento. Tenían sus juntas a deshoras de noche y en parajes ocultos, y
no hubo día en todo aquel invierno que no fuese de algún cuidado para César,
recibiendo continuos avisos de los proyectos y alborotos de los galos. Uno de
ellos le comunicó el legado Lucio Roscio, a quien había dado el mando de la
legión decimotercia; y fue que los pueblos llamados armóricos104 habían
levantado un grueso ejército con el fin de atacarle, y ya no distaba de sus
cuarteles sino solas ocho millas, pero sabida la noticia de la victoria de
César, se retiraron tan apresuradamente que más parecía fuga que retirada.
LIV.
Sin
embargo, César, llamando ante sí los principales de cada nación, metiendo a
unos miedo con darles a entender que sabía todas sus tramas, y amonestando a
otros, tuvo a raya gran parte de la Galia. Todavía los de Sens, república de
las primeras entre los galos en poder y autoridad, intentaron unidos matar a
Cavarino, que César les había dado por rey, cuyo hermano Moritasgo lo era
104 Esto
es, marítimos, porque en su lengua céltica Ar mor dicen que significa lo mismo
que ad more.
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cuando
César vino a la Galia, como lo habían sido antes sus abuelos. Como él lo
barruntase y escapase, lo fueron persiguiendo hasta echarle de su casa y reino,
y enviando embajada a César a fin de disculparse, mandando éste comparecer ante
sí el Senado, no le obedecieron. Tanta impresión hizo en estos bárbaros el
ejemplo de los autores de la rebelión, y trocó tanto sus voluntades, que fuera
de los eduos y remenses, a quienes César trató siempre con distinción, a
aquéllos por su antigua y constante fidelidad al Pueblo Romano, a éstos por sus
buenos oficios en la guerra presente, casi no quedó ciudad de quien podernos
fiar. Lo que bien mirado quizá no debe causar maravilla, así por otros varios
motivos, como principalmente porque una nación tenida por superior a todas en
la gloria militar, a más de haberla perdido, sentía en el alma verse súbdita de
los romanos.
LV.
Lo cierto
es que Induciomaro y los trevirenses emplearon todo el invierno en despachar
embajadas a la otra parte del Rin, ganar los pueblos y prometer dineros,
asegurándoles ser poquísimos los nuestros, destrozada ya la mayor parte del
ejército. Mas no por eso pudieron persuadir a ninguno a pasar el Rin,
respondiendo todos, que habiéndoles ya salido mal dos veces, en la guerra de
Ariovisto y en la trasmigración de los feneceros, no querían aventurarse la
tercera. Sin embargo de estas repulsas, Induciomaro empezó a juntar gente de
los suyos y de los confinantes, aparejar caballos y
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enganchar
con grandes promesas a los bandidos y proscritos de la Galia; y con estas artes
se había granjeado tanto crédito en la nación, que le venían embajadas de todas
partes a nombre de comunidades y particulares solicitando su gracia y amistad.
LVI.
Cuando él
se vio buscado, y que por una parte los de Sens y de Chartres andaban
despechados por el remordimiento de su atentado; que por otra los nervios y
aduáticos se armaban contra los romanos, y que no le faltaría tampoco cohortes
de voluntarios, si una vez salía a campaña, convoca una junta general de gente
armada. Tal es la usanza de los galos en orden a emprender la guerra: obligan
por ley a todos los mozos a que se presenten armados, y al que llega el último,
a la vista de todo el concurso, descuartizándolo. En esta junta Induciomaro
hace declarar enemigo de la patria y confiscar los bienes a Cingetórige su
yerno, cabeza del bando contrario, el cual, como se ha dicho, siempre se
mantuvo fiel a César. Concluido este auto, publica en la junta cómo venía
llamado de los de Sens y Chartres, y de otras varias ciudades de la Galia; que
pensaba dirigir allá su marcha por el territorio remense talando sus campos, y
antes de esto forzar las trincheras de Labieno, para lo cual da sus órdenes.
LVII.
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A Labieno,
estando como estaba en puesto muy bien fortificado por naturaleza y arte,
ninguna pena le daba el peligro de su persona y de la legión; andaba sí
cuidadoso de no perder ocasión de algún buen lance. En consecuencia, informado
por Cingetórige y sus allegados del discurso de Induciomaro en el congreso,
envía mensajeros a los pueblos comarcanos pidiendo soldados de a caballo, y que
vengan sin falta para tal día. Entre tanto Induciomaro casi diariamente andaba
girando alrededor de los reales con toda su caballería, ya para observar el
sitio, ya para trabar conversación, o poner espanto. Los soldados, al pasar,
todos de ordinario tiraban sus dardos dentro del cercado. Labieno tenía a los
suyos encerrados en las trincheras, y procuraba por todos los medios aumentar
en el enemigo el concepto de su miedo.
LVIII.
Mientras de
día en día prosigue con mayor avilantez Induciomaro insultando al campo, una
noche Labieno, introducido todo el cuerpo de caballería congregado de la
comarca, dispuso con tanta cautela las guardias para tener quietos dentro a los
suyos, que por ninguna vía pudo traslucirse ni llegar a los trevirenses la
noticia de este refuerzo. Induciomaro en tanto viene a los reales como solía
todos los días, y gasta en eso gran parte del día. La caballería hizo su
descarga de flechas, y con grandes baldones desafían a nuestro campo. Callando
los nuestros a todo, ellos, cuando les pareció, al caer del día se van
desparramados y sin orden. Entonces Labieno
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suelta toda
la caballería por dos puertas, mandando expresamente que, al ver asustados y
puestos en huida los enemigos, lo que sucedería infaliblemente como sucedió,
todos asestasen a solo Induciomaro, sin herir a nadie hasta ver a éste muerto;
que no quería que deteniéndose con otros, él aprovechándose de la ocasión,
escapase. Promete grandes premios al que le mate, y destaca parte de la legión
para sostener a la caballería. La fortuna favorece la traza de Labieno; pues
yendo todos tras de solo Induciomaro, preso al vadear un río,105 es muerto, y
su cabeza traída en triunfo a los reales. La caballería de vuelta persigue y
mata a cuantos puede. Con esta noticia todas las tropas armadas de eburones y
nervios se disipan; y después de este suceso, logró César tener más sosegada la
Galia.
Notas de
Napoleón al Libro V
1. La
segunda expedición de César a Inglaterra no tuvo mejor fin que la primera, ya
que no dejó en ella ninguna guarnición ni establecimiento, y los romanos
quedaron entonces tan poco dueños del país como antes. Cap. XXIII.
2. La
destrucción de las legiones de Sabino es el primer revés de consideración que
sufrió César en la Galia. Capítulo XXXVII.
105 Es el
Mosa, que separa los trevirenses de los remenses, donde invernaba Labieno.
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3. Cicerón
defendió durante más de un mes con 5.000 hombres, contra un ejército diez veces
más fuerte, un campo atrincherado ocupado por él desde hacia quince días.
¿Sería posible conseguir en nuestros días un resultado semejante?
Los brazos
de nuestros soldados carecen de la fuerza y robustez de los de los antiguos
romanos; nuestros útiles para el trabajo son los mismos, pero nosotros tenemos
un agente más: la pólvora. Podemos, pues, levantar murallas, abrir fosos,
cortar árboles, construir torres en tan breve tiempo y tan bien como ellos,
pero las armas ofensivas de hoy poseen un poder muy diferente de las de los
antiguos, como diferentes son sus efectos.
Los romanos
deben la persistencia de sus triunfos a un método que no abandonaron jamás y
que consiste en acampar invariablemente por las noches en un campamento
fortificado, en no dar nunca una batalla sin tener a sus espaldas un campo
atrincherado que les sirviese de refugio y donde encerrar sus víveres, sus
bagajes y sus heridos. La naturaleza de las armas en esos tiempos era tal, que
en tales campamentos se sentían no sólo al abrigo de los ataques de un ejército
igual, sino
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incluso
superior; eran dueños de combatir o de esperar una ocasión favorable.
Mario106106 es atacado por una nube de cinabrios y teutones; se encierra en
campamento y permanece en él hasta el día en que la ocasión se le presenta
favorable; cuando sale de allí lo hace ya precedido por la victoria. César
llega a las cercanías del campamento de Cicerón; los galos abandonan a éste y
marchan al encuentro del primero; su número es cuatro veces superior. César
toma en pocas horas posición; atrinchera su campamento y soporta pacientemente
los insultos y las provocaciones de un enemigo a quien no quiere aún atacar;
pero la espléndida ocasión no tarda en presentarse; sale entonces por todas las
puertas; los galos son vencidos.
¿Por qué,
pues, una regla tan sabia, tan fecunda en grandes resultados, ha sido
abandonada por los generales modernos? Porque las armas ofensivas han cambiado
de naturaleza. Las armas de mano eran las armas principales de los antiguos;
con su corta espada el legionario conquistó el mundo; con la pica macedonia
Alejandro conquistó el Asia. El arma principal de los ejércitos modernos es la
de fuego, el fusil, esta arma superior a cuanto los hombres han inventado
jamás; ninguna arma defensiva puede
106 Véase
Cayo Mario en VIDAS PARALELAS de Plutarco publicadas en esta Colección.
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contrarrestar
su efecto. Los escudos, las cotas de malla, las corazas, reconocidos como
impotentes, han sido abandonados. Con ese terrible artefacto un soldado puede
en un cuarto de hora herir o dar muerte a sesenta hombres. No le faltan nunca
balas, pues pesan sólo seis gros;107107 el proyectil tiene quinientas toesas de
alcance; es peligroso a ciento veinte, y causa la muerte a noventa.
El hecho de
que el arma principal de los antiguos fuese la espada o la pica determinó que
su formación habitual se estableciese en profundidad. La legión y la falange,
en cualquier situación en que se viesen atacadas, ya fuera de frente, ya por
cualquiera de ambos flancos, hacían frente a todos lados sin desventaja alguna
y podían acampar en superficies reducidas, que podían fortificar más fácil y
rápidamente y guardar con menor destacamento. Un ejército consular reforzado
con tropas ligeras y auxiliares, compuesto de 24.000 hombres de infantería y
1.800 caballos, cerca de 30.000 en total, acampaba en un cuadro de 1.344 de
circuito, o sea 21 hombres por toesa; cada hombre llevaba tres estacas, lo que
hacía 63 estacas por toesa corriente. La superficie del campo era de 11.000
toesas cuadradas; tres toesas y media por hombre contando sólo dos terceras
partes de los hombres, ya que
107 Octava
parte de una onza.
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en el
trabajo esto daba catorce trabajadores por toesa corriente; trabajando cada uno
treinta minutos a lo sumo, fortificaban su campamento y lo ponían al abrigo de
cualquier ataque.
Del hecho
de que el arma principal de los modernos sea el arma de fuego, proviene que el
orden habitual de sus tropas ha debido establecerse en líneas alargadas, el
único que les permite poner en juego todas sus armas de fuego. Alcanzando éstas
a distancias considerables, los modernos obtienen su ventaja principal de la
posición que ocupan. Si dominan, si tienen a su alcance, si rebasan al ejército
enemigo, tanto más efecto se alcanza con ellas. Un ejército moderno ha de
evitar, por consiguiente, ser desbordado, rodeado, sitiado; debe ocupar una
posición que tenga un frente tan extendido como su misma línea de batalla, pues
si ocupara una superficie cuadrada y un frente insuficiente para su despliegue,
se vería sitiado por un ejército de igual fuerza y expuesto por todas partes a
los disparos de las armas de fuego que convergerían sobre él y alcanzarían
todos los puntos de la posición, sin que él pudiese contestar a un fuego tan
peligroso sino con una reducida parte del suyo. En esta posición se vería atacada
con ventaja a pesar de sus atrincheramientos; no sólo por un ejército igual,
sino incluso por uno inferior. El campamento moderno no puede ser defendido
sino por el propio ejército, y en
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ausencia de
él, no podría ser mantenido con un simple destacamento.
Ni el
ejército de Milciades en Maratón, ni el de Alejandro en Arbelas, ni el de César
en Farsalia, podrían sostenerse contra un ejército moderno, de fuerza igual;
dispuesto éste en orden de batalla extendido, desbordaría las dos alas del
ejército griego, o romano; sus fusileros le atacarían a la vez de frente y por
ambos flancos; pues los armados a la ligera, viendo la insuficiencia de sus
flechas y de sus hondas, se darían a la fuga para refugiarse detrás de los más
sólidamente armados. Éstos, entonces, con la pica o la espada, avanzarían a
paso de carga, para luchar cuerpo a cuerpo con los fusileros; pero llegados a
ciento veinte toesas, serían atacados por tres lados por un fuego de línea que
sembraría el desorden y debilitaría de tal modo a estos bravos e intrépidos
legionarios, que no podrían sostener la carga de algunos batallones en columna
cerrada, los cuales se lanzarían entonces contra ellos con la bayoneta calada.
Si en el campo de batalla se encontrase por ventura un bosque, una montaña,
¿cómo la legión o la falange podrían resistir a esa nube de fusileros
instalados en ellos? En los llanos mismos existen aldeas, caseríos, granjas,
cementerios, muros, fosos, setos, y si no los hay no se necesitaría gran
esfuerzo para levantar obstáculos y detener a la legión o a la falange con un
fuego mortífero que
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no tardará
en destruirla. No se ha hecho mención de las sesenta u ochenta bocas de fuego
que componen la artillería de un ejército moderno y que enfilando a las
legiones o falanges de la derecha a la izquierda del frente a la retaguardia,
vomitarían la muerte a quinientas toesas de distancia. Los soldados, de
Alejandro, de César, los héroes de la libertad de Atenas y de Roma, huirían en
desorden, abandonando el campo de batalla a esos semidioses armados con el rayo
de Júpiter. Si los romanos fueron casi constantemente batidos por los partos,
débese a que los partos estaban provistos de una arma arrojadiza, superior a la
de las tropas ligeras del ejército romano, de la que los escudos de las
legiones no podían defender. Los legionarios armados de sus cortas espadas
sucumbían bajo una lluvia de flechas, a la cual nada podían oponer, pues todas
sus armas consistían en lanzas (o pilum). Por esto, tras estas funestas
experiencias romanas, dieron cinco dardos (o hastes) de tres pies de longitud a
cada legionario, que los colocaba en la concavidad de su escudo.
Un ejército
consular encerrado en su atrincheramiento, atacado por un ejército moderno, de
fuerza igual, sería echado de él sin asalto y sin llegar al arma blanca; no
haría falta cegar sus fosos ni escalar sus muros: rodeada por todos lados por
los asaltantes, envuelta, enfilada por los fuegos, la posición sería el centro
de todos los golpes, de
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todas las
balas de fusil y de cañón. El incendio, la destrucción y la muerte abrirían las
puertas y harían que se hundieran los atrincheramientos. Un ejército moderno,
situado en un campo atrincherado romano, podría en un principio poner en juego
toda su artillería; pero aun contando con artillería igual a la del asaltante,
sería batida y reducida muy pronto al silencio; sólo una parte de la infantería
podría servirse de sus fusiles; pero dispararía en una línea menos extendida y
que estaría lejos de producir un efecto equivalente al daño que recibiría. El
fuego del centro a la circunferencia es ineficaz; el de la circunferencia al
centro es irresistible.
Un ejército
moderno de fuerza igual a un ejército consular estaría compuesto de 28
batallones de 840 hombres, que sumarían 22.840 hombres de infantería; 42
escuadrones de caballería con 5.040 hombres; 90 piezas de artillería servidas
por 2.500 hombres. El orden de batalla moderno, siendo más extenso, exige
mayores fuerzas de caballería para apoyar las alas y explorar el frente. Este
ejército en batalla, ordenado en tres líneas, la primera de las cuales sería
igual a las otras dos juntas, ocuparía un frente de 1.500 toesas por 500 toesas
de profundidad; el campo tendría un circuito de 4.500 toesas, es decir, el
triple del ejército consular; no tendría más que siete hombres por toesa de
recinto; pero tendría veinticuatro toesas
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cuadradas
por hombre. Para defenderlo se necesitaría el concurso de todo el ejército. Una
extensión tan considerable difícilmente se conseguiría sin que estuviera
dominada a alcance de cañón por alguna altura y la reunión de la mayor parte de
la artillería del ejército sitiador sobre ese punto de ataque destruiría sin
tardar las obras de defensa que formasen el campamento. Todas estas
consideraciones han decidido a los generales modernos a renunciar al sistema de
campos atrincherados, para suplirlos por el de posiciones naturales bien
escogidas.
Un
campamento romano estaba instalado independientemente del lugar, pues todos
eran buenos para ejércitos cuya fuerza se apoyaba exclusivamente en el arma
blanca; no hacía falta ni golpe de vista ni genio militar para acampar bien; al
paso que la elección de las posiciones, la manera de ocuparlas y de disponer en
ellas las diferentes armas, aprovechando las circunstancias del terreno, es un
arte que no pueden descuidar los capitanes modernos.
La táctica
de los ejércitos modernos está fundada en dos principios: 1°, que deben ocupar
un frente que les permita poner en acción con ventaja todas las armas de fuego;
2°, que deben preferir, ante todo, la ventaja de ocupar posiciones que dominen,
desborden o enfilen las líneas
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enemigas, a
la ventaja de verse defendidos por un foso, un parapeto, a todo otro sistema de
fortificación de campaña. La naturaleza de las armas determina la composición
de los ejércitos, las plazas de campaña, las marchas, las posiciones, el
campamento, el orden de batalla, el trazado y forma de las plazas fortificadas,
lo cual determina una oposición constante entre el sistema de guerra de los
antiguos y el de los modernos. Los ejércitos antiguos exigirían la ordenación
en profundidad; los modernos la ordenación en extensión; aquéllos, plazas
fuertes elevadas defendidas por torres y altas murallas; éstos, plazas bajas,
cubiertos por glacis de tierras, que ocultan las obras de defensa; los
primeros, campamentos cerrados, donde los hombres, los animales y el bagaje
estaban reunidos como en vecindad; los otros, posiciones extendidas.
Si se le
dice hoy a un general: Tendréis, como Cicerón, a vuestras órdenes, 5.000
hombres, 16 piezas de artillería, 5.000 útiles de trabajo, 5.000 sacos
terreros; estaréis cerca de un bosque, en un terreno sin accidentes; dentro de
quince días os veréis atacado por un ejército de 60.000 hombres, con 120 piezas
de artillería; no recibiréis ayuda sino ochenta o noventa y seis horas después
de haber sido atacado, ¿cuáles son las obras, los trazados, los perfiles que el
arte le prescribe? ¿Posee el arte del ingeniero
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secretos
que pueden dar la solución a este problema? Cap.
XLVIII.
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Libro Sexto
I.
Recelándose
César por varios indicios de mayor revolución en la Galia, trata de reclutar
nuevas tropas por medio de sus legados Marco Silano, Cayo Antistio Regino y
Tito Sertio; pide asimismo al procónsul Cneo Pompeyo, pues que por negocios de
la república se hallaba mandando cerca de Roma, ordenase a los soldados que en
la Galia Cisalpina había alistado siendo cónsul, acudiesen a sus banderas y
viniesen a juntarse con él; juzgando importar mucho, aun para en adelante, que
la Galia entendiese ser tanto el poder de Italia, que si alguna pérdida padecía
en la guerra, no sólo era capaz de resarcirla presto, sino también de
sobreponerse a ella. En efecto, satisfaciendo Pompeyo a la petición de César
como celoso del bien público y buen amigo, llenando su comisión prontamente los
legados, completas tres legiones y conducidas antes de acabarse el invierno,
doblado el número de las cohortes que perecieron con Titurio, hizo ver no menos
por la presteza que por los refuerzos hasta dónde llegaban los fondos de la disciplina
y potencia del Pueblo Romano.
II.
Colaboración
de Sergio Barros 197 Preparado por Patricio Barros
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Muerto
Induciomaro, como se ha dicho, los trevirenses dan el mando a sus parientes.
Éstos no pierden ocasión de solicitar a los germanos y ofrecer dineros.108 No
pudiendo persuadir a los vecinos, van tierra adentro; ganados algunos, hacen
que los pueblos presten juramento, y para seguridad de la paga les dan
fiadores, haciendo liga con Ambiórige. Sabido esto, César, viendo por todas
partes aparatos de guerra; a los nervios, aduáticos y menapios juntamente con
todos los germanos de esta parte del Rin, armados; no venir los de Sens al
emplazamiento, sino coligarse con los chartreses y rayanos, y a los germanos
instigados con repetidos mensajes de los trevirenses, determinó salir cuanto
antes a campaña. En consecuencia, sin esperar al fin del invierno, al frente de
cuatro legiones las más inmediatas, entra por tierras de los nervios, y antes
que pudiesen o apercibirse o escapar, habiendo tomado gran cantidad de ganados
y personas, y repartido entre los soldados, gastados sus campos, los obligó a
entregarse y darle rehenes. Concluido con brevedad este negocio, remitió las
legiones a sus cuarteles de invierno.
III.
En la
primavera llamando a Cortes de la Galia, según lo tenía pensado, y asistiendo
todos menos los de Sens, de Chartres y Tréveris, persuadido de que tal proceder
era lo mismo que rebelarse
108 Los
trevirenses a las comunidades atraían, con promesas de dinero, a su partido.
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de Sergio Barros 198 Preparado por Patricio Barros
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y declarar
la guerra, para mostrar que todo lo posponía a esto, trasladó las Cortes a
París. Su distrito confinaba con el de Sens, y en tiempos pasados estaban
unidos los dos, pero se creía que no había tenido parte en esta conjuración.
Intimidada la traslación desde el solio, en el mismo día se puso en camino para
Sens acompañado de las legiones, y a grandes jornadas llegó allá.
IV.
Luego que
Acón, autor de la conjura, supo su venida, manda que todos se recojan a las
fortalezas. Mientras se disponen, antes de poderlo ejecutar, viene la noticia
de la llegada de los romanos; con que por fuerza mudan de parecer, envían
diputados a excusarse con César, y ponen por mediadores a los eduos, sus
antiguos protectores. César, a petición de ellos, les perdona de buena gana, y
admite sus disculpas, atento que se debía emplear el verano en la guerra
inminente y no en pleitos. Multándolos en cien rehenes, se los entrega a los
eduos en custodia. También los de Chartres envían allá embajadores y rehenes
valiéndose de la intercesión de los remenses sus patronos, y reciben la misma
respuesta de César, que cierra las Cortes, mandando a las ciudades contribuir
con gente de a caballo.
V.
Sosegada
esta parte de la Galia, todas sus miras v atenciones se dirigen a la expedición
contra los trevirenses y Ambiórige. Da orden
Colaboración
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a
Cavarino109 que le siga con la brigada de Sens para evitar las pendencias que
podrían originarse o del enojo de éste, o del odio que se había acarreado de
sus ciudadanos. Arreglado esto, teniendo por cierto que Ambiórige no se
arriesgaría a una batalla, andaba indagando cuáles eran sus ideas. Los
menapios, vecinos a los eburones, cercados de lagunas y bosques eran los únicos
que nunca trataron de paz con César. No ignoraba tener con ellos Ambiórige
derecho de hospedaje, y haber también contraído amistad con los germanos por
medio le los trevirenses. Parecióle por tanto privarle ante todas cosas de
estos recursos, no fuese que o desesperado se guareciese entre los menapios, o
se viese obligado a unirse con los germanos de la otra parte del Rin. Con este
fin remite a Labieno los bagajes de todo el ejército con la escolta de dos
legiones, y él con cinco a la ligera marcha contra los menapios. Éstos, sin
hacer gente alguna, fiados en la fortaleza del sitio, se refugian entre los
sotos y lagos con todos sus haberes.
VI.
César,
repartiendo sus tropas con el legado Cayo Fabio y el cuestor Marco Craso,
formados de pronto unos pontones, acomete por tres partes, quema caserías y
aldeas, y coge gran porción de ganado y gente. Con cuya pérdida forzados los
menapios, le despachan embajadores pidiendo paz. Él, recibidos rehenes en
prendas,
109 Véase
Libro V, c. 56.
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protesta
que los tratará como a enemigos si dan acogida en su país a la persona de
Ambiórige, o a sus legados. Ajustadas estas cosas, deja en los menapios a Comió
el de Artois con su caballería para tenerlos a raya, y él toma el camino de
Tréveris.
VII.
En esto los
trevirenses, con un grueso ejército de infantes y caballos se disponían a
atacar por sorpresa a Labieno, que con una legión sola invernaba en su comarca.
Y ya estaban a dos jornadas no más de él, cuando tienen noticia de las dos
legiones enviadas por César. Con eso, acampándose a quince millas de distancia,
determinan aguardar los socorros de Germania. Labieno, calado el intento de los
enemigos, esperando que el arrojo de ellos le presentaría ocasión de pelear con
ventaja, dejadas cinco cohortes en guardia de los bagajes, él con veinticinco y
buen golpe de caballería marcha contra el enemigo, y a una milla de distancia
fortifica su campo. Mediaba entre Labieno y el enemigo un río110 de difícil
paso y de riberas escarpadas. Ni él pensaba en atravesarlo, ni creía tampoco
que los enemigos lo pasasen. Creciendo en éstos cada día la esperanza de pronto
socorro, dice Labieno en público, «que supuesto corren voces de que los
germanos están cerca, no quiere aventurar su persona ni el ejército, y que al
amanecer del día siguiente alzará el campo». Al punto dan parte de esto al
enemigo; que como había tantos galos en
110 Ya se
ha dicho que era el Mosa.
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la
caballería, algunos, llevados del afecto nacional, favorecían su partido.
Labieno, por la noche, llamando a los tribunos y centuriones principales, les
descubre lo que pensaba hacer, y a fin de confirmar a los enemigos en la
sospecha de su miedo, manda mover las tropas con mayor estruendo y batahola de
lo que ordinariamente se usa entre los romanos. Así hace que la marcha tenga
apariencias de huida. También de esto avisan sus espías a los enemigos antes
del alba, estando como estaban cercanos a nuestras tiendas.
VIII.
No bien
nuestra retaguardia había desfilado de las trincheras, cuando los galos unos a
otros se convidan a no soltar la presa de las manos: ser por demás, estando
intimidados los romanos, esperar el socorro de los germanos, y contra su
decoro, no atreverse con tanta gente a batir un puñado de hombres, y esos
fugitivos y embarazados. En resolución, atraviesan el río, y traban batalla en
lugar harto incómodo. Labieno, que lo había adivinado, llevando adelante su
estratagema, caminaba lentamente hasta tenerlos a todos de esta parte del río.
Entonces, enviando algún trecho adelante los bagajes, y colocándolos en un
ribazo: «He aquí, dice, oh soldados, la ocasión que tanto habéis deseado:
tenéis al enemigo empeñado en paraje donde no puede revolverse; mostrad ahora
bajo mis órdenes el esfuerzo de que habéis dado ya tantas pruebas a nuestro
jefe; haced cuenta que se halla él aquí presente y os está mirando.» Dicho
esto, manda volver las armas contra el enemigo, y
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destacando
algunos caballos para resguardo del bagaje, con los demás cubre los flancos.
Los nuestros súbitamente, alzando un grande alarido, disparan sus dardos contra
los enemigos; los cuales, cuando impensadamente vieron venir contra sí a
banderas desplegadas a los que suponían fugitivos, ni aun sufrir pudieron su
carga, y vueltas al primer choque las espaldas, huyeron a los bosques cercanos;
mas alcanzándolos Labieno con su caballería, mató a muchos, prendió a varios, y
en pocos días recobró todo el país. Porque los germanos que venían de socorro,
sabida la desgracia, se volvieron a sus casas, yendo tras ellos los parientes
de Induciomaro, que como autores de la rebelión abandonaron su patria, y cuyo
señorío y gobierno recayó en Cingetórige111 que, según ha declarado, siempre se
mantuvo leal a los romanos.
IX.
César,
llegado a Tréveris después de la expedición de los menapios, determinó pasar el
Rin, por dos razones: la primera, porque los germanos habían enviado socorros a
los trevirenses; la segunda, porque Ambiórige no hallase acogida en sus
tierras. Con esta resolución da orden de lanzar un puente poco más arriba del
sitio por donde la otra vez transportó el ejército. Instruidos ya de la traza y
modo los soldados, a pocos días, por su gran esmero dieron concluida la obra.
César, puesta buena guarnición en el puente por
111 Véase
Libro V, c. 3. 56.
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la banda de
Tréveris para precaver toda sorpresa, pasa las demás tropas y caballería. Los
ubios,112 que antes le habían dado rehenes y la obediencia, por sincerarse le
despachan embajadores protestando no haber concurrido al socorro de los
trevirenses, ni violado la fe; por tanto, le suplican rendidamente no los
maltrate, ni los envuelva en el odio común de los germanos, castigando a los
inocentes por los culpados; que si quiere más rehenes, están prontos a darlos.
Averiguado el hecho, se certifica que los suevos fueron los que prestaron los
socorros; con que recibe a los ubios en su gracia, y se informa de los caminos
por donde se podía entrar en la Suevia.
X.
En esto, a
pocos días le avisan los ubios cómo los suevos iban juntando todas sus tropas
en un lugar, obligando a las naciones sujetas a que acudiesen con sus gentes de
a pie y de a caballo. Conforme a estas noticias, hace provisión de granos, y
asienta sus reales en sitio ventajoso. Manda a los ubios a recoger los ganados
y todas sus haciendas de los campos a poblado, esperando que los suevos, como
gente ruda y sin disciplina, forzados a la penuria de alimentos, se resolverían
a pelear, aun siendo desigual el partido. Encarga que por medio de frecuentes
espías averigüen cuanto pasa en los suevos. Hacen ellos lo mandado, y después
de algunos días, vienen con la noticia de que los suevos, desde que supieron de
112
Territorio de Colonia.
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cierto la
venida de los romanos, con todas sus tropas y las auxiliares se habían retirado
tierra adentro a lo último de sus confines. Allí se tiende una selva
interminable llamada Bacene, que puesta por naturaleza como por barrera entre
los suevos y queruscos, los defiende recíprocamente para que no se hagan mal ni
daño los unos a los otros. A la entrada de esta selva tenían determinado los
suevos aguardar a los romanos.
XI.
Mas ya que
la ocasión se ha ofrecido, no será fuera de propósito describir las costumbres
de la Galia y la Germania, y la diferencia que hay entre ambas naciones. En la
Galia no sólo los Estados, partidos y distritos están divididos en bandos, sino
también cada familia. De estos bandos son cabezas los que a juicio de los otros
se reputan por hombres de mayor autoridad, a cuyo arbitrio y prudencia se
confía la decisión de todos los negocios y deliberaciones. Esto lo
establecieron a mi ver los antiguos con el fin de que ningún plebeyo faltase
apoyo contra los poderosos, pues quien es cabeza de partido no permite que sus
parciales sean oprimidos o calumniados; si así no lo hace, pierde todo el
crédito entre los suyos. Esta misma práctica se observaba en el gobierno de
toda la Galia, cuyas provincias están todas divididas en dos facciones.
XII.
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Cuando
César vino a la Galia, de la una eran jefes los eduos, y los secuanos de la
otra. Éstos, reconociéndose inferiores porque de tiempo antiguo los eduos los
sobrepujaban en autoridad y en número de vasallos, se coligaron con los
germanos y Ariovisto, empeñándolos en su partido a costa de grandes dádivas y
promesas. Con eso, ganadas varias victorias, y degollada toda la nobleza de los
eduos, vinieron a tal pujanza, que les quitaron gran parte de los vasallos y
los obligaron a dar en prendas los hijos de los principales, y a jurar
solemnemente que nunca emprenderían cosa en perjuicio de los secuanos; y a la
sazón poseían una porción del territorio confinante que ocuparon por fuerza con
el principado de toda la Galia. Ésta fue la causa que obligó a Diviciaco a ir a
Roma a pedir auxilio al Senado, si bien no le obtuvo. Trocáronse con la venida
de César las suertes, restituyéronse a los eduos sus rehenes, recobrados los
antiguos vasallos, y adquiridos otros nuevos por el favor de César, pues veían
que los que se aliaban con ellos mejoraban de condición y de gobierno,
distinguidos y privilegiados en todo los eduos, perdieron los secuanos el
principado. En su lugar sucedieron los remenses, que, como privaban igualmente
con César, lo que por enemistades envejecidas no podían avenirse con los eduos,
se hicieron del bando de los remenses, los cuales procuraban protegerlos con
todo empeño. Así sostenían la nueva dignidad a que de repente habían subido. La
cosa, por fin, estaba en términos que los eduos gozaban sin disputa el primer
lugar, el segundo los remenses.
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XIII.
En toda la
Galia dos son los estados de personas de que se hace cuenta y estimación;
puesto que los plebeyos son mirados como esclavos, que por sí nada emprenden,
ni son jamás admitidos a consejo. Los más, en viéndose adeudados, o apremiados
del peso de los tributos o de la tiranía de los poderosos, se dedican al
servicio de los nobles, que con ellos ejercitan los mismos derechos que los
señores con sus esclavos. De los dos estados uno es el de los druidas, el otro
el de los caballeros. Aquéllos atienden al cultivo divino, ofrecen los
sacrificios públicos y privados, interpretan los misterios de la religión. A su
escuela concurre gran número de jóvenes a instruirse, siendo grande el respeto
que les tienen. Ellos son los que sentencian casi todos los pleitos del común y
de los particulares; si algún delito se comete, si sucede alguna muerte, si hay
discusión sobre herencia, o sobre linderos, ellos son los que deciden; ellos
determinan los premios y los castigos, y cualquiera persona, ora sea privada,
ora sea pública, que no se rinde a su sentencia, es excomulgada, que para ellos
es la pena más grave. Los tales excomulgados se miran como impíos y
facinerosos; todos se esquivan de ellos rehuyendo su encuentro y conversación,
por no contaminarse; no se les hace justicia por más que la pidan, ni se les
fía cargo alguno honroso. A todos los druidas preside uno con autoridad
suprema. Muerto éste, le sucede quien a los demás se aventaja en prendas. En
caso de haber muchos iguales, se hace la
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elección
por votos de los druidas, y aun tal vez de mano armada se disputan la primacía.
En cierta estación del año, se congregan en el país de Chartres, tenido por
centro de toda la Galia, en un lugar sagrado.113 Aquí concurren todos los que
tienen pleitos, y están a sus juicios y decisiones. Créese que la tal ciencia
fue inventada en Bretaña y trasladada de allí a la Galia. Aun hoy día los que
quieren saberla a fondo van allá por lo común a estudiarla.
XIV.
Los druidas
no suelen ir a la guerra, ni pagan tributos como los demás; están exentos de la
milicia y de todas las cargas concejiles. Con el atractivo de tantos
privilegios son muchos los que se dedican a esta profesión; unos por
inclinación propia, otros por destino de sus padres y parientes. Dícese que
allí aprenden gran número de versos, y pasan a menudo veinte años en este
aprendizaje. No tienen por lícito escribir lo que aprenden, no obstante que
casi en todo lo demás de negocios públicos y particulares se sirven de
caracteres griegos. Por dos causas, según yo pienso, han establecido esta ley:
porque ni quieren divulgar su doctrina, ni tampoco que los estudiantes, fiados
en los escritos, descuiden en el ejercicio de la memoria, lo que suele
acontecer a muchos, que teniendo a mano los libros, aflojan en el ejercicio de
aprender y retener las cosas en la
113 César:
in loco consecralo. Si, como parece verosímil, se lee luco, entenderemos
bosque, conforme a lo que escribe Lucano del paraje donde se juntaban los
druidas, batallas y peligros, o sacrificios.
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memoria.
Esméranse sobre todo en persuadir la inmortalidad de las almas y su
trasmigración de unos cuerpos en otros, cuya creencia juzgan ser grandísimo
incentivo para el valor, poniendo aparte el temor de la muerte. Otras muchas
cosas disputan y enseñan a la juventud acerca de los astros y su movimiento, de
la grandeza del mundo y de la tierra, de la naturaleza de las cosas, del poder
y soberanía de los dioses inmortales.
XV.
El segundo
estado es de los caballeros. Todos éstos salen a campaña siempre que lo pide el
caso u ocurre alguna guerra (y antes de la venida de César ocurría casi todos
los años, ya fuese ofensiva, ya defensiva); y cuanto uno es más noble y rico,
tanto mayor acompañamiento lleva de dependientes y criados, lo cual tiene por
único distintivo de su grandeza y poder.
XVI.
Toda la
nación de los galos es supersticiosa en extremo; y por esta causa los que
padecen enfermedades graves, y se hallan en batallas y peligros, o sacrifican
hombres, o hacen voto de sacrificarlos, para cuyos sacrificios se valen del
ministerio de los druidas, persuadidos de que no se puede aplacar la ira de los
dioses inmortales en orden a la conservación de la vida de un hombre si no se
hace ofrenda de la vida de otro; y por pública ley tienen ordenados sacrificios
de esta misma especie. Otros forman de mimbres entretejidos ídolos
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colosales,
cuyos huecos llenan de hombres vivos, y pegando fuego a los mimbres, rodeados
ellos de las llamas rinden el alma. En su estimación los sacrificios de
ladrones, salteadores y otros delincuentes son los más gratos a los dioses, si
bien a falta de ésos no reparan en sacrificar los inocentes.
XVII.
Su
principal devoción es al dios Mercurio, de quien tienen muchísimos simulacros.
Celébranle por inventor de todas las artes; por guía de los caminos y viajes, y
atribúyenle grandísima virtud para las ganancias del dinero y para el comercio.
Después de éste son sus dioses Apolo, Marte, Júpiter y Minerva, de los cuales
sienten lo mismo que las demás naciones: que Apolo cura las enfermedades, que
Minerva es maestra de las manufacturas y artefactos, que Júpiter gobierna el
cielo y Marte preside la guerra. A éste, cuando entran en batalla, suelen
ofrecer en voto los despojos del enemigo. Los animales que sobran del pillaje
son sacrificados; lo demás de la presa amontonan en un lugar. Y en muchas
ciudades se ven rimeros de estas ofrendas en lugares sagrados. Rara vez se
halla quien se atreva, despreciando la religión, a encubrir algo de lo que
cogió, o a hurtar lo depositado, que semejante delito se castiga con pena de
muerte atrocísima.
XVIII.
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Blasonan
los galos de tener todos por padre a Plutón, y ésta dicen ser la tradición de
los druidas. Por cuya causa hacen el cómputo de los tiempos no por días, sino
por noches, y así en sus cumpleaños, en los principios de meses y años, siempre
la noche precede al día. En los demás estilos se diferencian particularmente de
otros hombres en que no permiten a sus hijos el que se les presenten
públicamente hasta haber llegado a la edad competente para la milicia, y es
desdoro de un padre tener a su lado en público a su hijo todavía niño.
XIX.
Los
maridos, al dote recibida de su mujer, añaden otro tanto caudal de la hacienda
propia, precedida tasación. Todo este caudal se administra por junto, y se
depositan los frutos; el que alcanza en días al otro queda en posesión de todo
el capital con los bienes gananciales del tiempo del matrimonio. Los maridos
son dueños absolutos de la vida y muerte de sus mujeres, igualmente que de los
hijos; y en muriendo algún padre de familia del estado noble, se juntan los
parientes, y sobre su muerte, caso que haya motivo de sospecha, ponen a la
mujer a cuestión de tormento como si fuese esclava. Si resulta culpada, le
quitan la vida con fuego y tormentos crudelísimos. Los entierros de los galos
son a su modo magníficos y suntuosos, quemando con ellos todas las cosas que a
su parecer amaban más en vida, inclusos los animales, y no ha mucho tiempo
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que solían,
acabadas las exequias de los difuntos, echar con ellos en la misma hoguera sus
siervos y criados más queridos.
XX.
Las
repúblicas más acreditadas por su buen gobierno tienen por ley inviolable que,
cuando alguno entendiere de los comarcanos algún rumor o voz pública tocante al
Estado, la declare al magistrado sin comunicarla con nadie, porque la
experiencia enseña que muchas veces las personas inconsideradas y sencillas se
asustan con falsos rumores, dan en desafueros, y toman resolución en asuntos de
la mayor importancia. Los magistrados callan lo que les parece, y lo que juzgan
conveniente proponerlo al pueblo. Del gobierno no se puede hablar sino en
consistorio.
XXI.
Las
costumbres de los germanos son muy diferentes. Pues ni tienen druidas que hagan
oficio de sacerdotes, ni se curan de sacrificios. Sus dioses son solos aquellos
que ven con los ojos y cuya beneficencia experimentan sensiblemente, como el
sol, el fuego y la luna; de los demás ni aun noticia tienen. Toda la vida
gastan en caza y en ejercicios de la milicia. Desde niños se acostumbran al
trabajo y al sufrimiento. Los que por más tiempo permanecen castos se llevan la
palma entre los suyos. Creen que así se medra en estatura, fuerzas y bríos. El
conocer mujer antes de los veinte años es para ellos de grandísima infamia, y
es cosa que no se puede
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ocultar,
porque se bañan sin distinción de sexo en los ríos y se visten de pellicos y
zamarras, dejando desnuda gran parte del cuerpo.
XXII.
No se
dedican a la agricultura, y la mayor parte de su vianda se reduce a leche,
queso y carne. Ninguno tiene posesión ni heredad fija; sino que los alcaldes y
regidores cada año señalan a cada familia y parentela que hacen un cuerpo
tantas yugadas en tal término, según les parece, y el año siguiente los obligan
a mudarse a otro sitio. Para esto alegan muchas razones: no sea que encariñados
al territorio, dejen la milicia por la labranza; que traten de ampliar sus
linderos, y los más poderosos echen a los más débiles de su pertenencia; que
fabriquen casas demasiado cómodas para repararse contra los fríos y calores;
que se introduzca el apego al dinero, semillero de rencillas y discordias; en
fin, para que la gente menuda esté contenta con su suerte, viéndose igualada en
bienes con la más granada.
XXIII.
Los pueblos
ponen su gloria en estar rodeados de páramos vastísimos, asolados todos los
contornos. Juzgan ser gran prueba de valor que los confinantes exterminados les
cedan el campo y que ninguno de fuera ose hacer asiento cerca de ellos. Demás
que con eso se dan por más seguros, quitando el miedo de toda sorpresa.
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Cuando una
nación sale a la guerra, ya sea defensiva, ya ofensiva, nombran jefe de ella
con jurisdicción de horca y cuchillo.114 En tiempo de paz no hay magistrado
sobre toda la nación; sólo en cada provincia y partido los más sobresalientes
administran a los suyos justicia y deciden los pleitos. Los robos hechos en
territorio ajeno no se tienen por reprensibles, antes los cohonestan con decir
que sirven para ejercicio de la juventud y destierro del ocio. Si es que alguno
de los principales se ofrece en el concejo a ser capitán, convidando a los que
quieran seguirle, se alzan en pie los que aprueban la empresa y la persona, y
prometen acompañarle. El pueblo los vitorea, y los que no están, lo prometido,
son mirados como desertores y traidores, quedando para siempre desacreditados.
Nunca tienen por lícito el violar a los forasteros: los que van a sus tierras
por cualquier motivo, gozan de salvoconducto y son respetados de todos, y no
hay para ellos puerta cerrada ni mesa que no sea franca.
XXIV.
En lo
antiguo los galos eran más valientes que los germanos; y les movían guerras, y
por la multiplicación de la gente y estrechez del país enviaban colonias al
otro lado del Rin. Así fue que los volcas
114
Tradúcese así por variar de locución, y porque parece que esta frase española
se acerca mucho a significar el poder o jurisdicción que los romanos llamaban
vitae ac necis potestas.
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tectosages115
se apoderaron de los campos más fértiles de Germania en los contornos de la
selva Hercinia116 (de que veo haber tenido noticia Eratóstenes y algunos
griegos que la llaman Orcinia) y fundaron allí pueblos, y hasta el día de hoy
habitan en ellos con gran fama de justicia y gloria militar, hechos ya al rigor
y pobreza de los germanos, y a sus alimentos y traje. A los galos la cercanía
del mar y el comercio ultramarino surte de muchas cosas de conveniencia y
regalo; con que acostumbrados insensiblemente a experimentar la superioridad de
los contrarios, y a ser vencidos en muchas batallas, al presente ni aun ellos
mismos se comparan en valor con los germanos.
XXV.
La selva
Hercinia, de que arriba se hizo mención, tiene de ancho nueve largas jornadas;
sin que se pueda explicar de otra suerte, pues no tienen medidas itinerarias.
Comienza en los confines de los helvecios, nemetes y rauracos; y por las
orillas del Danubio va en derechura hasta las fronteras de los dacos y
anartes.117 Desde allí tuerce a mano izquierda por regiones apartadas del río,
y por ser tan extendida, entra en los términos de muchas naciones. No hay
hombre de la Germania conocida que asegure haber llegado al
115 Créese
que salieron de las tierras de Narbona y de Tolosa. Otra colonia enviaron al
Asia Menor, y la provincia que poblaron se llamó por ellos Gallatia o
Gallogroecia. Los volcas arecómicos eran distintos de éstos de la merindad de
Nemauso, hoy Nimes.
116 La
Selva Negra.
117 Dacia y
Transilvania.
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principio
de esta selva aun después de haber andado sesenta días de camino, o que tenga
noticia de dónde nace. Sábese que cría varias razas de fieras nunca vistas en
otras partes. Las más extrañas y notables son las que siguen.
XXVI.
En primer
lugar, cierto buey parecido al ciervo,118 de cuya frente entre las dos orejas
sale un cuerno más elevado y más derecho que los conocidos. En su punta se
esparcen muchos ramos muy anchos a manera de palmas. La hembra tiene el mismo
tamaño, figura y cornamenta del macho.
XXVII.
Otras
fieras hay que se llaman alces, semejantes en la figura y variedad de la piel a
los corzos. Verdad es que son algo mayores y carecen de cuerno, y por tener las
piernas sin junturas y artejos, ni se tienen para dormir, ni pueden levantarse
o valerse, si por algún azar caen en tierra. Los árboles les sirven de
albergue, arrímanse a ellos, y así reclinadas un tanto, descansan. Observando
los cazadores por las huellas cuál suele ser la guarida, socavan en aquel
paraje el tronco, o asierran los árboles con tal arte que a la vista parezcan
enteros. Cuando vienen a reclinarse en su apoyo
118 Se
refiere al reno.
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acostumbrado,
con el propio peso derriban los árboles endebles, y caen juntamente con ellos.
XXVIII.
La tercera
raza es de los que llaman uros, los cuales vienen a ser algo menores que los
elefantes; la catadura, el color, la figura de toros, siendo grande su bravura
y ligereza. Sea hombre o bestia, en avistando el bulto, se tiran a él. Mátanlos
cogiéndolos en hoyos con trampas. Con tal afán se curten los jóvenes, siendo
este género de caza su principal ejercicio; los que hubiesen muerto más de
éstos, presentando por prueba los cuernos al público, reciben grandes aplausos.
Pero no es posible domesticarlos ni amansarlos, aunque los cacen de chiquitos.
La grandeza, figura y encaje de sus cuernos se diferencia mucho de los de
nuestros bueyes. Recogidos con diligencia, los guarnecen de plata, y les sirven
de copas en los más espléndidos banquetes.
XXIX.
Después que
supo César por relación de los exploradores ubios cómo los suevos se habían
retirado a los bosques, temiendo la falta de trigo, porque los germanos, como
apuntamos arriba, no cuidan de labrar los campos, resolvió no pasar adelante.
Sin embargo, para contener a los bárbaros con el miedo de su vuelta, y
embarazar el tránsito de sus tropas auxiliares, pasado el ejército, derribó
doscientos pies de la punta del puente que terminaba en tierra de
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los ubios,
y en la otra levantó una torre de cuatro altos, y puso en ella para guarnición
y defensa del puente doce cohortes, quedando bien pertrechado este puesto, y
por su gobernador el joven Cayo Volcacio Tulo. Él, cuando ya los panes iban
madurando, de partida para la guerra de Ambiórige, envía delante a Lucio
Minucio Basilo con toda la caballería por la selva Ardena, la mayor de la
Galia, que de las orillas del Rin y fronteras de los trevirenses corre por más
de quinientas millas, alargándose hasta los nervios; y por ver si con la
celeridad de la marcha y coyuntura del tiempo podía lograr algún buen lance le
previene no permita hacer lumbres en el campo a fin de que no se aparezca de
lejos señal de su venida, y añade que presto le seguirá.
XXX.
Ejecutada
por Basilo la orden, y hecho en diligencia y contra toda expectación el viaje,
sorprende a muchos en medio de sus labores, y por las señas que le dieron éstos
va volando al paraje donde decían estar Ambiórige con unos cuantos caballos. En
todo vale mucho la fortuna, y más en la guerra. Pues como fue gran ventura de
Basilo cogerle descuidado y desprevenido, y ser visto de aquellos hombres antes
que supiesen nada de su venida, así fue no menor la de Ambiórige en poder
escapar, después de ser despojado de todo el tren de carrozas y caballos que
tenía consigo. Su dicha estuvo en que sus compañeros y sirvientes detuvieron un
rato el ímpetu de nuestra caballería dentro del recinto de su palacio, el cual
estaba
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cercado de
un soto, como suelen estarlo las casas de los galos, que para defenderse de los
calores del estío buscan la frescura de florestas y ríos. Con esto, mientras
peleaban los demás, uno de sus criados le trajo un caballo, y él huyendo se
perdió de vista en el bosque. Así la fortuna mostró su mucho poder en meterle y
sacarle del peligro.
XXXI.
Dúdase si
Ambiórige dejó de juntar sus tropas de propósito, por haber creído que no
serían necesarias, o si por falta de tiempo y nuestra repentina llegada no pudo
hacerlo, persuadido de que venía detrás el resto del ejército. Lo cierto es que
despachó luego secretamente correos por todo el país, avisando que se salvasen
como pudiesen. Con eso unos se refugiaron en la selva Ardena, otros entre las
lagunas inmediatas, los vecinos al Océano en los islotes que suelen formar los
esteros. Muchos, abandonada su patria, se pusieron con todas sus cosas en manos
de las gentes más extrañas. Cativulco,119 rey de la mitad del país de los
eburones, cómplice de Ambiórige, agobiado de la vejez, no pudiendo aguantar las
fatigas de la guerra ni de la fuga, abominando de Ambiórige, autor de la
conjura, se atosigó con zumo de tejo, de que hay grande abundancia en la Galia
y en la Germania.
119 Véase
Libro V, c. 24.
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XXXII.
Los senos y
condrusos,120 descendientes de los germanos, situados entre los eburones y
trevirenses, enviaron legados a César, suplicándole «que no los contase entre
los enemigos, ni creyese ser igualmente reos todos los germanos, habitantes de
esta parte del Rin; que ni se habían mezclado en esta guerra, ni favorecido el
partido de Ambiórige». César, averiguada la verdad examinando a los
prisioneros, les ordenó que si se acogiesen a ellos algunos eburones fugitivos
se los entregasen. Con esta condición les dio palabra de no molestarlos. Luego,
distribuyendo el ejército en tres trozos, hizo conducir los equipajes de todas
las legiones a un castillo que tiene por nombre Atuatica, situado casi en medio
de los eburones, donde Titurio y Arunculeyo estuvieron de invernada. Prefirió
César este sitio, así por las demás conveniencias, como por estar aún en pie
las fortificaciones del año antecedente, con que ahorraba el trabajo a los
soldados. Para escolta del bagaje dejó la legión decimocuarta, una de las tres
alistadas últimamente y traídas de Italia, y por comandante a Quinto Tulio
Cicerón con doscientos caballos a sus órdenes.
XXXIII
En la
repartición del ejército da orden a Tito Labieno de marchar con tres legiones
hacia las costas del Océano confinantes con los
120 Los de
Condroz y el ducado de Limburgo.
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menapios.
Envía con otras tantas a Cayo Trebonio a talar la región adyacente de los
aduáticos;121 él, con las tres restantes, determina ir en busca de Ambiórige,
que, según le decían, se había retirado hacia el Sambre122 con algunos
caballos, donde se junta este río con el Mosa al remate de la selva Ardena. Al
partir promete volver dentro de siete días, en que se cumplía el plazo de la
paga del trigo que sabía deberse a la legión que quedaba en el presidio.
Encarga a Labieno y Trebonio que, si buenamente pueden, vuelvan para el mismo
día con ánimo de comenzar otra vez con nuevos bríos la guerra, conferenciando
entre sí primero, y averiguando las intenciones del enemigo.
XXXIV.
Éste, como
arriba declaramos, ni andaba unido en tropas, ni estaba fortificado en plaza ni
lugar de defensa, sino que por todas partes tenía derramadas las gentes. Cada
cual se guarecía donde hallaba esperanza de asilo a la vida, o en la hondonada
de un valle, o en la espesura de un monte, o entre lagunas impracticables.
Estos parajes eran conocidos sólo de los naturales, y era menester gran
cautela, no para resguardar el grueso del ejército (que ningún peligro podía
temerse de hombres despavoridos y dispersos), sino por respeto a la seguridad
de cada soldado, de que pendía en parte
121 Los de
Namur.
122 sí ha
de ser, atento que hoy el Escalda, como se lee vulgarmente Scaldim, no desagua
en el Mosa, y acaso tampoco antiguamente.
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la
conservación de todo el ejército; siendo así que por la codicia del pillaje
muchos se alejaban demasiado, y la variedad de los senderos desconocidos les
impedía el marchar juntos. Si quería de una vez extirpar esta canalla de
hombres forajidos, era preciso destacar varias partidas de tropa desmembrando
el ejército; si mantener las cohortes formadas según la disciplina militar de
los romanos, la situación misma sería la mejor defensa para los bárbaros, no
faltándoles osadía para armar emboscadas y cargar a los nuestros en viéndolos
separados. Como quiera, en tales apuros se tomaban todas las providencias
posibles, mirando siempre más a precaver el daño propio que a insistir mucho en
el ajeno, aunque todos ardían en deseos de venganza. César despacha correos a
las ciudades comarcanas convidándolas con el cebo del botín al saqueo de los
eburones, queriendo más exponer la vida de los galos en aquellos jarales que la
de sus soldados, y tirando también a que ojeándolos el gran gentío, no quedase
rastro ni memoria de tal casta en pena de su alevosía. Mucha fue la gente que
luego acudió de todas partes a este ojeo.
XXXV.
Tal era el
estado de las cosas en los eburones en vísperas del día séptimo, plazo de la
vuelta prometida de César a la legión que guardaba el bagaje. En esta ocasión
se pudo echar de ver cuánta fuerza tiene la fortuna en los varios accidentes de
la guerra. Deshechos y atemorizados los enemigos, no quedaba ni una partida
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que
ocasionase el más leve recelo. Vuela entre tanto la fama del saqueo de los
eburones a los germanos del otro lado del Rin, y como todos, eran convidados a
la presa. Los sicambros vecinos al Rin, que recogieron, según queda dicho, a
los tencteros y usipetes fugitivos, juntan dos mil caballos, y pasando el río
en barcas y balsas treinta millas más abajo del sitio donde estaba el puente
cortado y la guarnición puesta por César, entran por las fronteras de los
eburones: cogen a muchos que huían descarriados, y juntamente grandes hatos de
ganados de que ellos son muy codiciosos. Cebados en la presa, prosiguen
adelante, sin detenerse por lagunas ni por selvas, como gente criada en guerras
y latrocinios. Preguntan a los cautivos dónde para César. Respondiéndoles que
fue muy lejos, y con él todo su ejército, uno de los cautivos: « ¿Para qué os
cansáis, dice, en correr tras esta ruin y mezquina ganancia, pudiendo haceros
riquísimos a poca costa? En tres horas podéis estar en Atuática, donde han
almacenado los romanos todas sus riquezas. La guarnición es tan corta, que ni
aun a cubrir el muro alcanza; ni hay uno que ose salir del cercado.» Los
germanos que esto supieron, ponen a recaudo la presa hecha, y vanse derechos al
castillo, llevando a su consejero por guía.
XXXVI.
Cicerón,
todos los días precedentes, según las órdenes de César, había contenido con el
mayor cuidado a los soldados dentro de los reales, sin permitir que saliese de
la fortaleza ni siquiera un furriel,
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pero el día
séptimo, desconfiando que César cumpliese su palabra, por haber oído que se
había alejado mucho y no tener la menor noticia de su vuelta, picado al mismo
tiempo de los dichos de algunos que su tesón calificaban con el nombre de
asedio, pues no les era lícito dar fuera un paso, sin recelo de desgracia
alguna, como que en espacio sólo de tres millas estaban acuarteladas nueve
legiones con un grueso cuerpo de caballería, disipados y casi reducidos a nada
los enemigos, destaca cinco cohortes a forrajear en las mieses vecinas, entre
las cuales y los cuarteles sólo mediaba un collado. Muchos soldados de otras
legiones habían quedado enfermos en los reales. De éstos al pie de trescientos
ya convalecidos son también enviados con su bandera; tras ellos va, obteniendo
el permiso, una gran cáfila de vivanderos que se hallaban en el campo con su
gran recua de acémilas.
XXXVII.
A tal
tiempo y coyuntura sobrevienen los germanos a caballo, y a carrera abierta
formados como venían forcejean a romper por la puerta de socorro en los reales,
sin que por la interposición de las selvas fuesen vistos de nadie hasta que ya
estaban encima; tanto, que los mercaderes, que tenían sus tiendas junto al
campo, no tuvieron lugar de meterse dentro. Sorprendidos los nuestros con la
novedad, se asustan, y a duras penas los centinelas sufren la primera carga.
Los enemigos se abalanzan a todas partes por si pueden hallar entrada por
alguna. Los nuestros, con harto trabajo,
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defienden
las puertas, que las esquinas bien guarnecidas estacan por situación y por
arte. Corren azorados, preguntándose unos a otros la causa de aquel tumulto; ni
aciertan a donde acudir con las banderas, ni a qué parte agregarse. Quién dice
que los reales han sido tomados; quién asevera que degollado el ejército con el
general, los bárbaros vencedores se han echado sobre ellos; los más se imaginan
nuevos malos agüeros, representándoseles vivamente la tragedia de Cota y
Titurio123 que allí mismo perecieron. Atónitos todos del espanto, los bárbaros
se confirman en la opinión de que no hay dentro guarnición de provecho, como
había dicho el cautivo, y pugnan por abrir brecha exhortándose unos a otros a
no soltar de las manos dicha tan grande.
XXXVIII.
Había
quedado enfermo en los reales Publio Sestio Báculo, ayudante mayor de César, de
quien hemos hecho mención en las batallas anteriores, y hacía ya cinco días que
estaba sin comer. Éste, desesperanzado de su vida y de la de todos, sale
desarmado del pabellón; viendo a los enemigos encima y a los suyos en el último
apuro, arrebata las armas al primero que encuentra, y plántase en la puerta;
síguenle los centuriones del batallón que hacía la guardia, y juntos sostienen
por un rato la pelea. Desfallece Sestio traspasado de graves heridas, y
desmayado, aunque con gran
123 Véase
libro V, c. 37.
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pena, y en
brazos le retiran vivo del combate. A favor de este intermedio los demás cobran
aliento de modo que ya se atreven a dejarse ver en las barreras y aparentar
defensa.
XXXIX.
En esto,
nuestros soldados, a la vuelta del forrajeo, oyen la gritería; adelántanse los
caballos; reconocen lo grande del peligro, pero sobrecogidos del terror, no hay
para ellos lugar seguro. Como todavía eran bisoños y sin experiencia en el arte
militar, vuelven los ojos al tribuno y capitanes para ver qué les ordenan.
Ninguno hay tan bravo que no esté sobresaltado con la novedad del caso.
Los
bárbaros, descubriendo a lo lejos estandartes, desisten el ataque, creyendo a
primera vista de retorno las legiones, que por informe de los cautivos suponían
muy distantes, Mas después, visto el corto número, arremeten por todas partes.
XL.
Los
vivanderos suben corriendo a un altillo vecino. Echados luego allí, se dejan
caer entre las banderas y pelotones de los soldados, que ya intimidados, con
eso se asustan más. Unos son de parecer que, pues tan cerca se hallan de los
reales, cercados en forma triangular se arrojen de golpe; que si algunos
cayeren, siquiera los demás podrán salvarse. Otros, que no se mueven de la
colina, resueltos a correr todos una misma suerte. No aprobaban este partido
aquellos soldados viejos que fueron también con su bandera
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en compañía
de los otros, como se ha dicho, y así, animándose recíprocamente, capitaneados
por Cayo Trebonio, su comandante, penetran por medio de los enemigos, y todos
sin faltar uno, entran en los reales. Los vivanderos y jinetes, corriendo tras
ellos por el camino abierto, amparados del valor de los soldados, se salvan
igualmente. Al contrario los que se quedaron en el cerro, como bisoños, ni
perseveraron en el propósito de hacerse fuertes en aquel lugar ventajoso, ni
supieron imitar el vigor y actividad que vieron haber sido tan saludable a los
otros, sino que intentando acogerse a los reales, se metieron en un barranco.
Algunos centuriones que del grado inferior de otras legiones por sus méritos
habían sido promovidos al superior de ésta, por no mancillar el honor antes
ganado en la milicia, murieron peleando valerosamente. Por el denuedo de éstos
arredrados los enemigos, una parte de los soldados contra toda esperanza llegó
sin lesión a los reales; la otra, rodeada de los bárbaros, pereció.
XLI.
Los
germanos, perdida la esperanza de apoderarse de los reales, viendo que los
nuestros pusieron pie dentro de las trincheras, se retiraron tras el Rin con la
presa guardada en el bosque. Pero el terror de los nuestros, aun después de la
retirada de los enemigos, duró tanto, que llegando aquella noche Cayo Voluseno
con la caballería enviado a darles noticia de la venida próxima de César con el
ejército entero, nadie lo creía. Tan atolondrados estaban del
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miedo, que
sin escuchar razones, se cerraban en decir que, destrozada toda la infantería,
la caballería sola había podido salvarse, pues nunca los germanos hubieran
intentado el asalto estando el ejército en pie. La presencia sola de César
pudo, en fin, serenarlos.
XLII.
Vuelto
éste, haciéndose cargo de los incidentes de la guerra, una cosa reprendió no
más: que se hubiesen destacado las cohortes que debían estar en guardia en el
campo; que por ningún caso convino aventurarse. Por lo demás hizo esta
reflexión: que si la fortuna tuvo mucha parte en el inopinado ataque de los
enemigos, mucho más propicia se mostró en que hubiesen rechazado a los
bárbaros, estando ya casi dentro del campo. Sobre todo, era de admirar que los
germanos, salidos de sus tierras con el fin de saquear las de Ambiórige, dando
casualmente en los reales de los romanos, le viniesen a hacer el mayor
beneficio que pudiera desear.
XLIII.
Marchando
César a molestar de nuevo a los enemigos, despachó por todas partes gran número
de tropas recogidas de las ciudades comarcanas. Quemaban cuantos cortijos y
caserías encontraban, entrando a saco todos los lugares. Las mieses no sólo
fueron destruidas de tanta muchedumbre de hombres y bestias, sino también por
causa de la estación y de las lluvias que echaron a
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perder lo
que pudo quedar; de suerte que aun lo que por entonces se guareciesen,
retrocediendo el ejército, se vieran necesitados a perecer de pura miseria. Y
como tanta gente de a caballo dividida en piquetes discurría por todas partes,
tal vez llegó la cosa a términos que los prisioneros afirmaban no sólo haber
visto cómo iba huyendo Ambiórige, sino estarle todavía viendo; con que la
esperanza de alcanzarle, a costa de infinito trabajo, muchos que pensaban
ganarse con eso suma estimación de César, hacían más que hombres por salir de
su intento. Y siempre a punto de prenderle, por un si es no es erraban el golpe
más venturoso, escapándoseles de entre las manos en los escondrijos, matorrales
y sotos, favorecido de la oscuridad de la noche, huyendo a diversas regiones y
parajes sin más guardia que las de cuatro caballos, a quien únicamente osaba
fiar su vida.
XLIV.
Asoladas en
la dicha forma las campiñas, César recoge su ejército menoscabado de dos
cohortes a la ciudad de Reims, donde llamando a Cortes de la Galia, deliberó
tratar en ellas la causa de la conjuración de los senones y chartreses; y
pronunciada sentencia de muerte contra el príncipe Acón,124 que había sido su
cabeza, la ejecutó según costumbre de los romanos. Algunos por temor a la
124 Véase
c. 4
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justicia se
ausentaron; y habiéndolos desnaturalizado,125 alojó dos legiones para aquel
invierno en tierra de Tréveris, dos en Langres, las otras seis en Sens, y
dejándolas todas provistas de bastimentos, partió para Italia a tener las
acostumbradas juntas.
Notas de
Napoleón al libro VI
El segundo
paso del Rin efectuado por César no obtuvo mejor resultado que el primero; no
dejó ningún rastro en Alemania. No se atrevió ni siquiera a establecer una
plaza fuerte en forma de cabeza de puente. Todo lo que refiere del país, las
ideas obscuras que tiene de él, nos descubren a qué grado de barbarie estaba
todavía reducida entonces esa parte del mundo, hoy tan civilizada. Asimismo de
Inglaterra no posee César sino nociones muy vagas. Cap. XLIV.
125 César:
quum aqua et igni interdixisset. Quiere decir que los extrañó o expatrió.
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Libro
Séptimo
I.
Sosegada ya
la Galia, César, conforme a su resolución, parte para Italia a presidir las
juntas. Aquí tiene noticia de la muerte de Publio Clodio. Sabiendo asimismo que
por decreto del Senado todos los mozos de Italia eran obligados a alistarse,
dispone hacer levas en toda la provincia. Espárcense luego estas nuevas por la
Galia Transalpina, abultándolas, y poniendo de su casa los galos lo que parecía
consiguiente: «que detenido César por las turbulencias de Roma, no podía
durante las diferencias venir al ejército». Con esta ocasión, los que ya de
antemano estaban desabridos por el imperio del Pueblo Romano, empiezan con
mayor libertad y descaro a tratar de guerra. Citándose los grandes a consejo en
los montes y lugares retirados, quéjanse de la muerte de Acón; y reflexionando
que otro tanto puede sucederles a ellos mismos, laméntanse de la común
desventura de la Galia. No hay premios ni galardones que no prometan al que
primero levante bandera y arriesgue su vida por la libertad de la patria. Ante
todas cosas, dicen: «Mientras la conspiración está secreta, se ha de procurar
cerrar a César el paso al ejército; esto es fácil, porque ni las legiones en
ausencia del general han de atreverse a salir de los cuarteles, ni el general
puede juntarse con las legiones sin escolta. En conclusión, más vale morir en
campaña, que dejar de recobrar nuestra antigua militar gloria, y la libertad
heredada de los mayores.»
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II.
Ponderadas
estas cosas, salen a la empresa los chartreses prometiendo exponerse a
cualquier peligro por el bien común, y dar principio a la guerra; y por cuanto
era posible en el día recibir y darse rehenes, por no propalar el secreto,
piden pleito homenaje sobre las banderas (ceremonia para ellos la más
sacrosanta) que no serán desamparados de los demás, una vez comenzada la
guerra. Con efecto, entre los aplausos de los chartreses, prestando juramento
todos los circunstantes y señalado el día del rompimiento, se despide la junta.
III.
Llegado el
plazo, los de Chartres, acaudillados de Cotuato y Conetoduno, dos hombres
desaforados, hecha la señal, van corriendo a Genabo, y matan a los ciudadanos
romanos que allí residían por causa del comercio, y entre ellos el noble
caballero Cayo Fusio Cota, que por mandato de César cuidaba de las provisiones,
y roban sus haciendas. Al instante corre la voz por todos los Estados de la
Galia, porque siempre que sucede alguna cosa ruidosa y muy notable la pregonan
por los campos y caminos. Los primeros que oyen pasan a otros la noticia, y
éstos de mano en mano la van comunicando a los inmediatos, como entonces
acaeció; que lo ejecutado en Genabo al rayar el Sol, antes de tres horas de
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noche se
supo en la frontera de los alvernos a distancia de ciento setenta millas.
IV.
De la misma
suerte aquí Vercingetórige (joven muy poderoso, cuyo padre fue Celtilo el mayor
príncipe de toda la Galia, y al fin muerto por sus nacionales por querer
hacerse rey), convocando sus apasionados, los amotinó fácilmente. Mas sabido su
intento, ármanse contra él, y es echado de Gergovia126 por Gobanición su tío y
los demás señores que desaprobaban este atentado. No se acobarda por eso, antes
corre los campos enganchando a los desvalidos y facinerosos. Junta esta
gavilla, induce a su partido a cuantos encuentra de los ciudadanos. Exhórtalos
a tomar las armas en defensa de la libertad; con que abanderizada mucha gente,
echa de la ciudad a sus contrarios, que poco antes le habían a él echado de
ella. Proclámase rey de los suyos; despacha embajadas a todas partes conjurando
a todos a ser leales. En breve hace su bando a los de Sens, de París, el Poitú,
Cuera, Turena, a los aulercos limosines, a los de Anjou y demás habitantes de
las costas del Océano. Todos a una voz le nombran generalísimo. Valiéndose de
esta potestad absoluta, exige rehenes de todas estas naciones, y manda que le
acudan luego con cierto número de soldados. A cada una de las provincias
determina la cantidad de armas y el tiempo preciso de fabricarlas. Sobre todo
cuida de proveerse de caballos.
126 No se
sabe con certeza si este famoso pueblo corresponde hoy a Clermont, Saint-Flour
u otro. Parece hubo dos del mismo nombre, uno en los Boyos, otro en los
Avernos.
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Junta en su
gobierno un sumo celo con una severidad suma. A fuerza de castigos se hace
obedecer de los que andaban perplejos. Por delitos graves son condenados al
fuego y a todo género de tormentos; por faltas ligeras, cortadas las orejas o
sacado un ojo, los remite a sus casas para poner escarmiento y temor a los
demás con el rigor del castigo.
V.
Con el
miedo de semejantes suplicios, formado en breve un grueso ejército, destaca con
parte de él a Lucterio de Cuerci, hombre sumamente arrojado, al país de Ruerga,
y él marcha al de Berri. Los bierrienses, sabiendo su venida, envían a pedir
socorro a los eduos, sus protectores, para poder más fácilmente resistir al
enemigo. Los eduos, de acuerdo con los legados, a quienes César tenía
encomendado el ejército, les envían de socorro algunos regimientos de a pie y
de a caballo; los cuales ya que llegaron al río Loire, que divide a los
berrienses de los eduos, detenidos a la orilla algunos días sin atreverse a
pasarlo, dan a casa la vuelta, y por excusa a nuestros legados el temor que
tuvieron de la traición de los berrienses, que supieron estar conjurados con
los alvernos para cogerlos en medio caso que pasasen el río. Si lo hicieron por
el motivo que alegaron a los legados, y no por su propia deslealtad, no me
parece asegurarlo, porque de cierto no me consta. Los berrienses, al punto que
se retiraron los eduos, se unieron con los alvernos.
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VI.
César,
informado en Italia de estas novedades, viendo que las cosas de Roma por la
buena maña de Cneo Pompeyo habían tomado mejor semblante, se puso en camino
para la Galia Transalpina. Llegado allá, se vio muy embarazado para disponer el
modo de hacer su viaje al ejército. Porque si mandaba venir las legiones a la
Provenza, consideraba que se tendrían que abrir el camino espada en mano en su
ausencia; si él iba solo al ejército, veía no ser cordura el fiar su vida a los
que de presente parecían estar en paz.
VII.
Entre tanto
Lucterio el de Cuerci, enviado a los rodenses, los trae al partido de los
alvernos. De aquí, pasando a los nitióbriges y gábalos,127 de ambas naciones
saca rehenes; y reforzadas sus tropas, se dispone a romper por la Provenza del
lado de Narbona, de cuyo designio avisado César, juzgó ser lo más acertado de
todo el ir derecho a Narbona. Entrado en ella, los serena; pone guarniciones en
los rodenses pertenecientes a la Provenza128 en los volcas arecómicos,129 en
los tolosanos, y en los contornos de Narbona, vecinos al enemigo. Parte de las
milicias provinciales y las reclutas
127 Los de
Agen y Gevandan.
128 César:
Ruthenis provincialibus. De los rutenos, unos estaban en la provincia romana,
otros en la Aquitania.
129 Queda
dicho que éstos eran distintos de los volcas tectosages.
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venidas de
Italia manda pasar a los helvios, confinantes con los alvernos.
VIII.
Dadas estas
disposiciones, reprimido ya y vuelto atrás Lucterio por considerar arriesgada
la irrupción de los presidios, César dirige su marcha a los helvios. Y no
obstante que la montaña Cebena, que separa los alvernos de los helvios,
cubierta de altísima nieve por ser entonces lo más riguroso del invierno, le
atajaba el paso, sin embargo, abriéndose camino por seis pies de nieve con
grandísima fatiga de los soldados, penetra en los confines de los alvernos.
Cogidos éstos de sorpresa, porque se creían defendidos del monte como de un
muro impenetrable, y en estancia tal que ni aun para un hombre solo jamás
hubiera senda descubierta, da orden a la caballería de correr aquellos campos a
rienda suelta, llenando de terror a los enemigos. Vuela la fama de esta novedad
por repetidos correos hasta Vercingetórige, y todos los alvernios lo rodean
espantados y suplican: «mire por sus cosas; que no permita sean destrozados de
los enemigos viendo convertida contra sí toda la guerra». Rendido en fin a sus
amonestaciones, levanta el campo de Berri encaminándose a los alvernios.
IX.
Pero César,
a dos días de estancia en estos lugares, como quien tenía previsto lo que había
de hacer Vercingetórige con motivo de
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reclutar
nuevas tropas y caballos, se ausenta del ejército, y entrega el mando al joven
Bruto, con encargo de emplear la caballería en correrías por todo el país; que
él haría lo posible para volver dentro de tres días. Ordenadas así las cosas,
corriendo a todo correr, entra en Viena cuando menos le aguardaban los suyos.
Encontrándose aquí con la nueva caballería dirigida mucho antes a esta ciudad,
sin parar día y noche por los confines de los eduos, marcha a los de langres
donde invernaban las legiones, para prevenir con la presteza cualquiera trama,
si también los eduos por amor de su libertad intentasen urdirla. Llegado allá,
despacha sus órdenes a las demás legiones, y las junta todas en un sitio antes
que los alvernos pudiesen tener noticia de su llegada. Luego que la entendió
Vercingetórige, vuelve de contramarcha con su ejército a Berri; de donde pasó a
sitiar a Gergovia, población de los hoyos, que se la concedió César con
dependencia de los eduos, cuando los venció en la guerra helvética.
X.
Este sitio
daba mucho que pensar a César, porque si mantenía en cuarteles las legiones el
tiempo que faltaba del invierno, temía no se rebelase la Galia toda por la
rendición de los tributarios de los eduos, visto que los amigos no hallaban en
él ningún amparo; si las sacaba de los cuarteles antes de sazón, exponíase a
carecer de víveres por lo penoso de su conducción. En todo caso le pareció
menos mal sufrir antes todas las incomodidades, que con permitir
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tan grande
afrenta enajenar las voluntades de todos sus aliados. En conformidad de esto,
exhortando a los eduos a cuidar del acarreo de vituallas, anticipa a los boyos
aviso de su venida alentándolos a mantenerse fieles y resistir vigorosamente al
asalto de los enemigos. Dejadas, pues, en Agendico130 dos legiones en los
equipajes de todo el ejército, toma el camino de los boyos.
XI.
Al día
siguiente llegado a Velaunoduno, castillo de los senones, determinó sitiarlo,
por no dejar a las espaldas enemigo que impídese las remesas de bastimentos. A
los dos días le tenía circunvalado; al tercero, saliendo de la plaza comisarios
a tratar de la entrega, les mandó rendir las armas, sacar fuera las
cabalgaduras y dar seiscientos rehenes. Encomienda la ejecución de esto a Cayo
Trebonio su legado; él, por no perder un punto de tiempo, mueve contra Genabo,
ciudad de los chartreses; los cuales acabando entonces de oír el cerco de
Velaunoduno, y creyendo que iría muy despacio, andaban haciendo gente para
meterla de guarnición en Genabo, adonde llegó César en dos días, y plantando
enfrente sus reales, por ser ya tarde, difiere para el otro día el ataque,
haciendo que los soldados preparen lo necesario; y por cuanto el puente del río
Loire estaba contiguo al muro, recelándose que a favor de la noche no huyesen
los sitiados, ordena que dos legiones velen sobre
130 Sens.
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las armas.
Los genabeses, hacia la medianoche, saliendo de la ciudad con silencio,
empezaron a pasar el río; de lo cual avisado César por las escuchas, quemadas
las puertas, mete dentro las legiones, que por orden suya estaban alerta, y se
apodera del castillo, quedando muy pocos de los enemigos que no fuesen presos,
porque la estrechura del puente y de las sendas embarazaba a tanta gente la
huida. Saquea la ciudad y la quema; da los despojos a los soldados, pasa con
ellos el Loire y entra en el país de Berri.
XII.
Cuando
Vercingetórige supo la venida de César, levanta el cerco y le sale al
encuentro. César había pensado asaltar a Neuvy, fortaleza de los berrienses,
situada en el camino. Pero vinieron a ella diputados a suplicarle «les hiciese
merced del perdón y de la vida»; por acabar lo que restaba con la presteza que
tanto le había valido en todas sus empresas, les manda entregar las armas,
presentar los caballos, dar rehenes. Entregada ya de éstos una parte, y
estándose entendiendo en lo demás, y los centuriones con algunos soldados
dentro para el reconocimiento de las armas y bestias, se dejó ver a lo lejos la
caballería enemiga que venía delante del ejército de Vercingetórige. Al punto
que la divisaron los sitiados, con la esperanza del socorro alzan el grito,
toman las armas, cierran las puertas, y cubren a porfía la muralla. Los
centuriones que estaban dentro, conociendo por la bulla de los galos que
maquinaban alguna novedad,
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desenvainadas
las espadas tomaron las puertas, y se pusieron en salvo con todos los suyos.
XIII.
César
destaca su caballería, que se traba con la enemiga; yendo ya los suyos de
vencida, los refuerza con cuatrocientos caballos germanos, que desde el
principio solía tener consigo. Los galos no pudieron aguantar su furia, y
puestos en huida, con pérdida de muchos se retiraron al ejército. Ahuyentados
éstos, atemorizados de nuevo los sitiados, condujeron presos a César a los que
creían haber alborotado la plebe, y se rindieron. Acabadas estas cosas, púsose
César en marcha contra la ciudad de Avarico, la más populosa y bien fortificada
en el distrito de Berri, y de muy fértil campiña, con la confianza de que,
conquistada ésta, fácilmente se haría dueño de todo aquel Estado.
XIV.
Vercingetórige,
escarmentado con tantos continuados golpes recibidos en Velaunoduno, Genabo,
Neuvy, llama los suyos a consejo; propóneles «ser preciso mudar totalmente de
plan de operaciones; que se deben poner todas las miras en quitar a los romanos
forrajes y bastimentos. Ser esto fácil por la copia de caballos que tienen y
por la estación, en que no está para segarse la hierba; que forzosamente habían
de esparcirse por los cortijos en busca de forraje, y todos estos diariamente
podían ser degollados
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por la
caballería. Añade que por conservar la vida debían menospreciarse las haciendas
y comodidades, resolviéndose a quemar las aldeas y caserías que hay a la
redonda de Boya hasta donde parezca poder extenderse los enemigos a forrajear;
que por lo que a ellos toca, todo les sobraba, pues serían abastecidos de los
paisanos en cuyo territorio se hacía la guerra. Los romanos o no podrían
tolerar la carestía, o con gran riesgo se alejarían de sus tiendas; que lo
mismo era matarlos que privarles del bagaje, sin el cual no se puede hacer la
guerra; que asimismo convenía quemar los lugares que no estuviesen seguros de
toda invasión por naturaleza o arte, porque no sirviesen de guarida a los suyos
para substraerse de la milicia, ni a los romanos surtiesen de provisiones y
despojos. Si esto les parece duro y doloroso, mucho más debía parecerles el
cautiverio de sus hijos y mujeres, y su propia muerte, consecuencias necesarias
del mal suceso en las guerras».
XV.
Aplaudiendo
todos este consejo, en un solo día ponen fuego a más de veinte ciudades en el
distrito de Berri. Otro tanto hacen en los demás. No se ven sino incendios por
todas partes; y aunque les causaba eso gran pena, sin embargo se consolaban con
que, teniendo casi por cierta la victoria, muy en breve recobrarían lo perdido.
Viniendo a tratar en la junta si convendría quemar o defender la plaza de
Avarico, échanse los berrienses a los pies de todos los galos, suplicando que
no los fuercen a quemar con sus
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manos
propias aquella ciudad, la más hermosa de casi toda la Galia, baluarte y
ornamento de su nación; dicen ser fácil la defensa por naturaleza del sitio,
estando, como está, cercada casi por todos lados del río y de una laguna, con
sólo una entrada y esa muy angosta. Otórgase la petición, oponiéndose al
principio Vercingetórige, y al cabo condescendió movido de sus ruegos y de
lástima del populacho. Guarnécenla con tropa valiente y escogida.
XVI.
Vercingetórige,
a paso lento, va siguiendo las huellas de César, y se acampa en un lugar
defendido de lagunas y bosques, a quince millas de Avarico.131 Aquí le
informaban sus espías puntualmente y a todas horas de lo que se hacía en
Avarico, y daba las órdenes correspondientes. Acechaba todas nuestras salidas
al forraje, y en viendo algunos desbandados que por necesidad se alejaban,
arremetía y causábales gran molestia, en medio de que los nuestros procuraban
cautelarse todo lo posible, variando las horas y las veredas.
XVII
César,
asentado sus reales enfrente de aquella parte de la plaza que, por no estar
cogida del río y de la laguna, tenía, según se ha dicho, una subida estrecha,
empezó a formar el terraplén, armar las
131 Bourges
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baterías y
levantar dos bastidas, porque la situación impedía el acordonarla. Instaba
continuamente a los boyos y a los eduos sobre las provisiones; pero bien poco
le ayudaban: éstos, porque no hacían diligencia alguna; aquéllos, porque no
podían mucho, siendo como eran poca gente y sin medios, con que presto
consumieron los romanos lo que tenían. Reducido el ejército a suma escasez de
víveres por la poquedad de los boyos, negligencia de los eduos, incendios de
las granjas, en tanto grado que por varios días carecieron de pan los soldados,
y para no morir de hambre tuvieron que traer de muy lejos carnes para
alimentarse; con todo no se les escapó ni una palabra menos digna de la
majestad del Pueblo Romano y de las pasadas victorias. Antes bien, hablando César
a las legiones en medio de sus fatigas, y ofreciéndose a levantar el cerco si
les parecía intolerable aquel trabajo, todos a una voz le conjuraban que no lo
hiciese; que pues tantos años habían militado bajo su conducta sin la menor
mengua, no dejando jamás por acabar empresa comenzada, desistir ahora del
asedio emprendido sería para ellos la mayor ignominia; que mejor era sufrir
todas las miserias del mundo, que dejar de vengar la muerte alevosa que dieron
los galos a los ciudadanos romanos en Genabo. Estas mismas razones daban a los
centuriones y tribunos, para que se las expusiesen a César.
XVIII.
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Arrimadas
ya las bastidas al muro, supo César de los primeros que Vercingetórige, acabado
el forraje, había movido su campo más cerca de Avarico, y él mismo en persona
con la caballería y los volantes, hechos a pelear al estribo de los caballos,
se había puesto en celada hacia el paraje donde pensaba irían los nuestros a
forrajear el día siguiente. Con esta noticia, César, a medianoche, marchando a
la sordina, llegó por la mañana al campo de los enemigos. Éstos, luego que
fueron avisados por las escuchas, escondieron el carruaje y las cargas entre la
maleza del bosque, y ordenaron todas sus tropas en un lugar alto y despejado.
Sabido esto, César al punto mandó poner aparte los tardos y aprestar las armas.
Estaba el enemigo en una colina, que se alzaba poco a poco del llano. Ceñíala
casi por todas partes una laguna pantanosa, de cincuenta pies no más en ancho.
Aquí, rotos los pontones, se hacían fuertes los galos, confiados en la ventaja
del sitio, y repartidos por naciones, tenían apostadas sus guardias en todos
los vados y trancos de la laguna, con firme resolución de cargar a los romanos
atollados, si tentasen atravesarla; por manera que quien viese la cercanía de
su posición, pensaría que se disponían a pelear casi con igual partido, mas
quien mirase la desigualdad del sitio, echaría de ver que todo era no más que
apariencia y vana ostentación. Indignados los soldados de que los enemigos
estuviesen firmes a su vista en tan corta distancia, y clamando por la señal de
acometer, César les representa: «cuánto daño se seguiría, y a cuántos soldados
valerosos costaría la vida, sin poderlo remediar, esta victoria; que
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pues ellos
se mostraban tan prontos a cualquier peligro por su gloria, sería él tenido por
el hombre más ingrato del mundo si no estimase la vida de ellos más que la
suya». Contentando así a los soldados, se retiró con ellos ese mismo día a los
reales, y prosiguió aparejando lo que faltaba para el ataque de la plaza.
XIX.
Vercingetórige,
cuando a los suyos dio la vuelta, es acusado de traidor, «por haberse acercado
tanto a los romanos; por haberse ido con toda la caballería; por haber dejado
el grueso del ejército sin cabeza, y haber sido causa con su partida de que los
romanos viniesen tan a punto y tan presto; no ser creíble que todo este
conjunto de cosas hubiese acaecido casualmente o sin trato; ser visto que
quería más ser rey de la Galia por gracia de César que por beneficio de los
suyos». A tales acusaciones respondió él en esta forma: «Que si partió, fue por
falta de forraje y a instancias de ellos mismos; el haberse acercado a los
romanos fue por la seguridad que le daba la ventaja del sitio, que por sí mismo
estaba bien guardado; que la caballería de nada hubiera servido en aquellos
pantanos, y fue útilmente empleada en el lugar de su destino; que de propósito
al partirse a ninguno entregó el mando, temiendo no se arriesgase al combate
por instigación de la chusma; a lo cual veía inclinados a todos por la demasiada
delicadeza y el poco aguante para el trabajo. Los romanos, si es que vinieron
por acaso, dad gracias a la fortuna; si alguien los convidó, dádselas a éste;
pues que mirándolos de alto,
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pudisteis
enteraros de su corto número y valor, que no osando combatir, se retiraron
vergonzosamente a los reales; que muy lejos estaba de pretender el reino de
mano de César, teniéndole en la suya con la victoria, que él y todos los galos
daban por cierta. Todavía les perdonaba, si pensaban no tanto recibir de él la
libertad y la vida, cuanto hacerle mucha honra. Y para que veáis, dice, que
hablo la pura verdad, escuchad a los soldados romanos.» Saca unos prisioneros
hechos pocos días antes en las dehesas, transidos de hambre y de las cadenas;
los cuales de antemano instruidos de lo que habían de responder, dicen «ser
soldados legionarios; haber huido de los cuarteles forzados del hambre y
lacería, por si podían encontrar por esos campos un pedazo de pan o carne;
estar todo el ejército reducido a la misma miseria; no hay quien pueda tenerse
en pie, ni sufrir las fatigas; y así el general está resuelto, si no se rinde
la plaza dentro de tres días, a levantar el cerco». «Todo esto, dice entonces
Vercingetórige, debéis al que acusáis de traidor; por cuya industria, sin
costaros gota de sangre, veis un ejército tan poderoso casi muerto de hambre;
que si, huyendo vergonzosamente, buscare algún asilo, precavido tengo que no lo
halle en parte ninguna.»
XXI.
Le vitorean
todos, y batiendo las armas, como usan hacerlo en señal de que aprueban las
razones del que habla, repiten a voces que Vercingetórige es un capitán
consumado; que ni se debe dudar de su fe, ni administrarse puede mejor la
guerra; y ordenan que diez
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mil hombres
escogidos entren en la plaza, no juzgando conveniente fiar de los bierrienses
solos la común libertad; porque de la conservación de esta fortaleza pendía,
según pensaban, toda la seguridad de la victoria.
XXII.
Los galos,
siendo como son gente por extremo mañosa y habilísima para imitar y practicar
las invenciones de otros, con mil artificios eludían el valor singular de
nuestros soldados. Unas veces con lazos corredizos se llevaban a los sitiadores
las hoces, y teniéndolas prendidas, las tiraban adentro con ciertos
instrumentos; otras veces con minas desbarataban el vallado, en lo que son muy
diestros por los grandes minerales de hierro que tienen, para cuya cava han
ideado y usan toda suerte de ingenios. Todo el muro estaba guarnecido con
torres de tablas cubiertas de pieles. Además de esto, con salidas continuas de
día y de noche, o arrojaban fuego a las trincheras, o sorprendían a los
soldados ocupados en las maniobras; y cuando subían nuestras torres sobre el
terraplén que de día en día se iba levantando, otro tanto alzaban las suyas
trabando postes con postes, y contraminando nuestras minas, impedían a los
minadores, ya con vigas tostadas y puntiagudas, ya con pez derretida, ya con
cantos muy gruesos, el arrimarse a las murallas.
XXIII.
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La
estructura de todas las de la Galia viene a ser ésta: Tiéndense en el suelo
vigas de una pieza derechas y pareadas, distantes entre sí dos pies, y se
enlazan por dentro con otras al través, llenos de fajina los huecos; la fachada
es de gruesas piedras encajonadas. Colocado esto y hecho de todo un cuerpo, se
levanta otro en la misma forma y distancia paralela, de modo que nunca se
toquen las vigas, antes queden separadas por trechos iguales con la
interposición de las piedras bien ajustadas. Así prosigue la fábrica hasta que
tenga el muro competente altura. Éste por una parte no es desagradable a la
vista, por la variedad con que alternan vigas y piedras, unas y otras en línea
recta paralela sin perder el nivel; por otra parte es de muchísimo provecho para
la defensa de las plazas, por cuanto las piedras resisten al fuego, y la madera
defiende de las baterías, que como está por dentro asegurada con las vigas de
una pieza por la mayor parte de cuarenta pies, ni se puede romper ni desunir.
XXIV.
En medio de
tantos embarazos, del frío y de las lluvias continuas que duraron toda esta
temporada, los soldados, a fuerza de incesante trabajo, todo lo vencieron, y en
veinticinco días construyeron un baluarte de trescientos treinta pies en ancho
con ochenta de alto. Cuando ya éste pegaba casi con el muro, y César, según
costumbre, velaba sobre la obra, metiendo prisa a los soldados, porque no se
interrumpiese ni un punto el trabajo, poco antes de medianoche se reparó que
humeaba el terraplén minado de
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los
enemigos; que al mismo tiempo, alzando el grito sobre las almenas, empezaban a
salir por dos puertas de una y otra banda de las torres. Unos arrojaban desde
los adarves teas y materias combustibles al terraplén, otros pez derretida y
cuantos betunes hay propios para cebar el fuego; de suerte que apenas se podía
resolver adonde se acudiría primero, o qué cosa pedía más pronto remedio. Con
todo eso por la providencia de César, que tenía siempre dos legiones alerta
delante del campo, y otras dos por su turno empleadas en los trabajos, se logró
que al instante unos se opusiesen a las salidas, otros retirasen las torres132
y cortasen el fuego del terraplén, y todos los del campo acudiesen a tiempo de
apagar el incendio.
XXV.
Cuando en
todas partes se peleaba, pasada ya la noche, creciendo siempre más y más en los
enemigos la esperanza de la victoria, mayormente viendo quemadas las cubiertas
de las torres y no ser fácil que nosotros fuésemos al socorro a cuerpo
descubierto, mientras ellos a los suyos cansados enviaban sin cesar gente de
refresco; y considerando que toda la fortuna de la Galia pendía de aquel
momento, aconteció a nuestra vista un caso que, por ser tan memorable, he
creído no deberlo omitir. Cierto galo que a la puerta del castillo las pelotas
de sebo y pez que le iban dando de mano en
132 Eran
movedizas, con ruedas por debajo.
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mano las
tiraba en el fuego contra nuestra torre, atravesado el costado derecho con un
venablo, cayó muerto; uno de sus compañeros, saltando sobre el cadáver,
proseguía en hacer lo mismo; muerto este segundo de otro golpe semejante,
sucedió el tercero, y al tercero el cuarto, sin que faltase quien ocupase
sucesivamente aquel puesto, hasta que apagado el incendio, y rechazados
enteramente los enemigos, se puso fin al combate.
XXVI.
Convencidos
los galos con tantas experiencias de que nada les salía bien, tomaron al día
siguiente la resolución de abandonar la plaza por consejo y mandato de
Vercingetórige. Como su intento era hacerlo en el silencio de la noche,
esperaban ejecutarlo sin pérdida considerable, porque los reales de
Vercingetórige no estaban lejos de la ciudad, y una laguna continuada que había
de por medio los cubría de los romanos en la retirada. Ya que venida la noche
disponían la partida, salieron de repente las mujeres, corriendo por las
calles, y postradas a los pies de los suyos con lágrimas y sollozos, les
suplicaban que ni a sí ni a los hijos comunes, incapaces de huir por su natural
flaqueza, los entregasen al furor enemigo. Mas viéndolos obstinados en su
determinación (porque de ordinario en un peligro extremo puede más el miedo que
la compasión), empezaron a dar voces y hacer señas a los romanos de la fuga
intentada. Por cuyo temor asustados los galos, desistieron
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del
intento, recelándose que la caballería romana no les cerrase los caminos.
XXVII.
César, el
día inmediato, adelantada la torre y perfeccionadas las baterías, conforme las
había trazado, cayendo a la sazón una lluvia deshecha, se aprovechó de este
incidente, pareciéndole al caso para sus designios, por haber notado algún
descuido en las centinelas apostadas en las murallas, y ordenó a los suyos
aparentasen flojedad en las maniobras, declarándoles su intención. Exhortando,
pues, a las legiones, que ocultas en las galerías estaban listas a recoger de
una vez en recompensa de tantos trabajos el fruto de la victoria, propuso
premios a los que primero escalasen el muro, y dio la señal del asalto.
Inmediatamente
los soldados volaron de todas partes, y en un punto cubrieron la muralla. Los
enemigos, sobresaltados de la novedad, desalojados del muro y de las torres, se
acuñaron en la plaza y sitios espaciosos con ánimo de pelear formados, si por
algún lado los acometían. Mas visto que nadie bajaba al llano, sino que todos
se atropaban en los adarves, temiendo no hallar después escape, arrojadas las
armas, corrieron de tropel al último barrio de la ciudad. Allí unos, no
pudiendo coger las puertas por la apretura del gentío, fueron muertos por la
infantería; otros, después de haber salido, degollados por la caballería.
Ningún romano cuidaba del pillaje; encolerizados todos por la matanza de Genabo
y por los
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trabajos
del sitio, no perdonaban ni a viejos, ni a mujeres, ni a niños. Baste decir que
de cuarenta mil personas se salvaron apenas ochocientas, que al primer ruido
del asalto, echando a huir, se refugiaron en el campo de Vercingetórige: el
cual, sintiéndolos venir ya muy entrada la noche, y temiendo algún alboroto por
la concurrencia de ellos y la compasión de su gente, los acogió con disimulo,
disponiendo les saliesen lejos al camino personas de su confianza y los
principales de cada nación, y separándolos allí unos de otros, llevasen a cada
cual a los suyos para que los alojasen en los cuarteles correspondientes, según
la división hecha desde el principio.
XXIX.
Al día
siguiente, convocando a todos, los consoló y amonestó «que no se amilanasen ni
apesadumbrasen demasiado por aquel infortunio; que no vencieron los romanos por
valor ni por armas, sino con cierto ardid y pericia en el modo de asaltar una
plaza, de que no tenían práctica; yerran los que se figuran que todos los
sucesos de la guerra les han de ser favorables; que él nunca fue de dictamen
que se conservase Avarico, de que ellos mismos le podían ser testigos; la
imprudencia de los berrienses y la condescendencia mal entendida de los demás
ocasionaron este daño; bien que presto lo resarciría él con ventajas, pues con
su diligencia uniría las demás provincias de la Galia disidente hasta ahora,
formando de todas una Liga general, que sería incontrastable al orbe todo, y ya
la tenía casi
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concluida.
Entretanto era razón que por amor de la común libertad no se negasen a
fortificar el campo para más fácilmente resistir a los asaltos repentinos del
enemigo».
XXX.
No fue mal
recibido por los galos este discurso, mayormente viendo que después de una tan
grande derrota no había caído de ánimo, ni escondídose, ni avergonzándose de
parecer en público; demás que concebían que a todos se aventajaba en
providenciar y prevenir las cosas, pues ante el peligro había sido de parecer
que se quemase Avarico, y después que se abandonase. Así que, al revés de otros
generales a quien los casos adversos disminuyen el crédito, el de éste se
aumentaba más cada día después de aquel mal suceso, y aun por sola su palabra
esperaban atraer a los demás Estados de la Galia. Ésta fue la primera vez que
los galos barrearon el ejército, y quedaron tan consternados, que siendo como
son enemigos del trabajo, estaban determinados a sufrir cuanto se les ordenase.
XXXI.
No menos
cuidaba Vercingetórige de cumplir la promesa de coligar consigo las demás
naciones, ganando a sus jefes con dádivas y ofertas. A este fin valíase de
sujetos abonados, que con palabras halagüeñas o muestras de amistad fuesen los
más diestros en granjearse las voluntades. A los de Avarico refugiados a su
campo proveyó de armas y vestidos. Para completar los regimientos
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desfalcados,
pide a cada ciudad cierto número de soldados, declarando cuántos y en qué día
se los deben presentar en los reales. Manda también buscar todos los
ballesteros, que había muchísimos en la Galia, y enviárselos. Con tales
disposiciones en breve queda restaurado lo perdido en Avarico. A este tiempo
Teutomato, hijo de Olovicon, rey de nitióbriges, cuyo padre mereció de nuestro
Senado el renombre de amigo, con un grueso cuerpo de caballería suya y de
Aquitania se juntó con Vercingetórige.
XXXII.
César, con
la detención de muchos días en Avarico y la gran copia de trigo y demás abastos
que allí encontró, reparó su ejército de las fatigas y miserias. Acabado ya
casi el invierno, cuando la misma estación convidaba a salir a campaña y él
estaba resuelto a ir contra el enemigo, por si pudiese o bien sacarle fuera de
las lagunas y bosques, o forzarle con cerco, se halla con una embajada solemne
de los eduos principales suplicándole: «que ampare a la nación en las
circunstancias más críticas; que se ve en el mayor peligro, por cuanto siendo
antigua costumbre crear anualmente un solo magistrado, que con potestad regia
gobierne la república, dos ahora se arrogan el gobierno, pretendiendo cada uno
que su elección es la legítima. Uno de éstos es Convictolitan, mancebo
bienquisto y de grandes créditos; el otro Coto, de antiquísima prosapia, hombre
asimismo muy poderoso y de larga parentela, cuyo hermano Vedeliaco tuvo el año
antecedente la misma dignidad; que toda la
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nación
estaba en armas; dividido el Senado y el pueblo en bandos, cada uno por su
favorecido. Que si pasa adelante la competencia, será inevitable una guerra
civil y César, con su diligencia y autoridad puede atajarla».
XXXIII.
Éste, si
bien consideraba el perjuicio que se le seguía de interrumpir la guerra y
alejarse del enemigo, todavía conociendo cuantos males suelen provenir de las
discordias, juzgó necesario precaverlos, impidiendo que una nación tan ilustre,
tan unida con el Pueblo Romano, a quien él siempre había favorecido y honrado
muchísimo, viniese a empeñarse en una guerra civil, y el partido que se creyese
más flaco solicitase ayuda de Vercingetórige. Mas porque según las leyes de los
eduos no era lícito al magistrado supremo salir de su distrito, por no
contravenir a ellas, quiso él mismo ir allá, y en Decisa convocó el Senado y a
los competidores. Congregada casi toda la nación, y enterado por las
declaraciones secretas de varios que Vedeliaco había proclamado por sucesor a
su hermano donde y cuando no debiera contra las leyes que prohíben no sólo
nombrar por magistrados a dos de una misma familia, viviendo actualmente ambos,
sino también el tener asiento en el Senado, depuso a Coto del gobierno y se lo
adjudicó a Convictolitan, creado legalmente por los sacerdotes conforme al
estilo de la república, asistiendo los magistrados inferiores.
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XXXIV.
Dada esta
sentencia, y exhortando a los eduos a que olvidadas las contiendas y
disensiones, y dejándose de todo, sirviesen a la guerra presente (seguros de
recibir el premio merecido, conquistada la Galia) con remitirle cuanto antes
toda la caballería y diez mil infantes, para ponerlos en varias partes de
guardia por razón de los bastimentos, dividido el ejército en dos trozos:
cuatro legiones a Labieno para que las condujese al país de Sens y al de París;
él marchó a los alvernos llevando seis a Gergovia el río Alier abajo. De la
caballería dio una parte a Labieno, otra se quedó consigo. Noticioso
Vercingetórige de esta marcha, cortando todos los puentes del río, empezó a
caminar por su orilla opuesta.
XXXV.
Estando los
dos ejércitos a la vista, acampados casi frente a frente, y apostadas atalayas
para impedir a los romanos hacer puente por donde pasar a la otra banda,
hallábase César muy a pique de no poder obrar la mayor parte del verano por el
embarazo del río, que ordinariamente no se puede vadear hasta el otoño. Para
evitar este inconveniente, trasladados los reales a un boscaje enfrente de uno
de los puentes cortados por Vercingetórige, al día siguiente se ocultó con dos
legiones formadas de la cuarta parte de las cohortes de cada legión con tal
arte, que pareciese cabal el número de las seis legiones. A las cuatro envió
como solía con todo el bagaje, y ordenándoles que avanzasen todo lo que
pudiesen, cuando le
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pareció era
ya tiempo de que se hubiesen acampado, empezó a renovar el puente roto con las
mismas estacas que por la parte inferior todavía estaban en pie. Acabada la
obra con diligencia, transportadas sus dos legiones, y delineado el campo,
mandó venir las demás tropas. Vercingetórige, sabido el caso, por no verse
obligado a pelear mal de su grado, se anticipó a grandes jornadas.
XXXVI.
César,
levantando el campo, al quinto día llegó a Gergovia; y en el mismo, después de
una ligera escaramuza de la caballería, registrada la situación de la ciudad,
que por estar fundada en un monte muy empinado, por todas partes era de subida
escabrosa, desconfió de tomarla por asalto; el sitio no lo quiso emprender
hasta estar surtido de víveres. Pero Vercingetórige, asentados sus reales cerca
de la ciudad en el monte, colocadas con distinción las tropas de cada pueblo a
mediana distancia unas de otras, y ocupados todos los cerros de aquella
cordillera, en cuanto alcanzaba la vista, presentaba un objeto de horror. Cada
día, en amaneciendo, convocaba a los jefes de diversas naciones que había
nombrado por consejeros, ya para consultar con ellos, ya para ejecutar lo que
fuese menester; y casi no pasaba día sin hacer prueba del coraje y valor de los
suyos mediante alguna escaramuza de caballos entreverados con los flecheros.
Había enfrente de la ciudad un ribazo a la misma falda del monte harto bien
pertrechado y por todas partes desmontado, que una vez cogido por los nuestros,
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parecía
fácil cortar a los enemigos el agua en gran parte, y las salidas libres al
forraje. Pero tenían puesta en él guarnición, aunque no muy fuerte. Como
quiera, César, en el silencio de la noche, saliendo de los reales, desalojada
la guarnición primero que pudiese ser socorrida de la plaza, apoderado del
puesto, puso en él dos legiones, y abrió dos fosos de a doce pies, que
sirviesen de comunicación a entrambos reales, para que pudiesen sin miedo de
sorpresa ir y venir aun cuando fuese uno a uno.
XXXVII.
Mientras
esto pasa en Gegovia, Convictolitan el eduo, a quien, como dijimos, adjudicó
César el gobierno, sobornado por los alvernos, se manifiesta con ciertos
jóvenes, entre los cuales sobresalían Litabico y sus hermanos, nacidos de
nobilísima sangre. Dales parte de la recompensa, exhortándolos «a que se
acuerden que nacieron libres y para mandar a otros; ser sólo el Estado de los
eduos el que sirve de rémora a la victoria indubitable de la Galia; que por su
respecto se contenían los demás; con su mudanza no tendrían en la Galia dónde
asentar el pie los romanos. No negaba él haber recibido algún beneficio de
César, si bien la justicia estaba de su parte, pero en todo caso más estimaba
la común libertad. Porque ¿qué razón hay para que los eduos en sus pleitos
vayan a litigar en los estrados de César, y los romanos no vengan al consejo de
los eduos?» Persuadidos sin dificultad aquellos mozos no menos de las palabras
de su magistrado que de la esperanza del premio, hasta ofrecerse
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por los
primeros ejecutores de este proyecto, sólo dudaban del modo, no esperando que
la nación se moviese sin causa a emprender esta guerra. Determinóse que
Litabico fuese por capitán de los diez mil hombres que se remitían a César,
encargándose de conducirlos, y sus hermanos se adelantasen para verse con
César; establecen asimismo el plan de las demás operaciones.
XXXVIII.
Litabico al
frente del ejército, estando como a treinta millas de Gergovia, convocando al
improviso su gente: « ¿adónde vamos, dice llorando, soldados míos? Toda nuestra
caballería, la nobleza toda acaba de ser degollada; los príncipes de la nación,
Eporedórige y Virdomaro, calumniados de traidores, sin ser oídos, han sido
condenados a muerte. Informaos mejor de los que han escapado de la matanza, que
yo, con el dolor de la pérdida de mis hermanos y de todos mis parientes, ya no
puedo hablar más». Preséntanse los que tenía él bien instruidos de lo que
habían de decir, y con sus aseveraciones confirman en público cuanto había
dicho Litavico: «que muchos caballeros eduos habían sido muertos por
achacárseles secretas inteligencias con los alvernos; que ellos mismos pudieron
ocultarse entre el gentío y librarse así de la muerte». Claman a una voz los
eduos instando a Litavico que mire por sí. «Como si el caso, replica él,
pidiese deliberación, no restándonos otro arbitrio sino ir derechos a Gergovia
y unirnos con los alvernos. ¿No es claro que los romanos después de un
desafuero
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tan
alevoso, están afilando las espadas para degollarnos? Por tanto, si somos
hombres, vamos a vengar la muerte de tantos inocentes, y acabemos de una vez
con esos asesinos.» Señala con el dedo a los ciudadanos romanos que por mayor
seguridad venían en su compañía. Quítales al punto gran cantidad de trigo y
otros comestibles, y los mata cruelmente a fuerza de tormentos. Despacha
mensajeros por todos los lugares de los eduos, y los amotina con la misma
patraña del degüello de los caballeros y grandes, incitándolos a que imiten su
ejemplo en la venganza de sus injurias.
XXXIX.
Venía entre
los caballeros eduos133 por llamamiento expreso de César, Eporedórige, joven
nobilísimo y de alta jerarquía en su patria, y con él Virdomaro, de igual edad
y valimiento, bien que de linaje inferior, a quien César, por recomendación de
Diviciaco, de bajos principios había elevado a suma grandeza. Éstos se
disputaban la primacía, y en aquel pleito de la magistratura echaron el resto,
uno por Convictolitan, otro por Coto. Eporedórige, sabida la trama de Litavico,
casi a medianoche se la descubre a César, rogándole no permita que su nación
por la mala conducta de aquellos mozos se rebelase contra el pueblo romano, lo
que infaliblemente sucedería si tantos millares de hombres llegasen a
133
Entiéndese de los que ya estaban incorporados al ejército de César.
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juntarse
con los enemigos, pues ni los parientes descuidarían de su vida, ni la
república podrá menospreciarla.
XL.
César, que
siempre se había esmerado en favorecer a los eduos, entrando en gran cuidado
con esta novedad, sin detenerse saca de los reales cuatro legiones a la ligera
y toda la caballería. Por la prisa no tuvo tiempo para reducir a menos espacio
los alojamientos; que el lance no sufría dilación. Al legado Cayo Fabio con dos
legiones deja en ellos de guarnición. Mandando prender a los hermanos de
Litavico, halla, que poco antes se habían huido al enemigo. Hecha una
exhortación a los soldados sobre que no se les hiciese pesado el camino siendo
tanta la urgencia, yendo todos gustosísimos, andadas veinticinco millas, como
avistase al ejército de los eduos, disparada la caballería, detiene y embaraza
su marcha, y echa bando que a ninguno maten. A Eporedórige y Virdomaro, a
quienes tenían ellos por muertos, da orden de mostrarse a caballo y saludar a
los suyos por su nombre. Con tal evidencia descubierta la maraña de Litavico,
empiezan los eduos a levantar las manos y hacer seña de su rendición, y
depuestas las armas, a pedir por merced la vida. Litavico, con sus devotos (que
según fuero de los galos juzgan alevosía desamparar a sus patronos, aun en la
mayor desventura), se refugió en Gergovia.
XLI.
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César,
después de haber advertido por cartas a la república Eduana, que por beneficio
suyo vivían los que pudieran matar por justicia, dando tres horas de la noche
para reposo al ejército, dio la vuelta a Gergovia. A la mitad del camino, unos
caballos, despachados por Fabio, le traen la noticia «del peligro grande en que
se han visto; los reales asaltados con todas las fuerzas del enemigo, que de
continuo enviaba gente de refresco a la que se iba cansando, sin dejar respirar
a los nuestros de la fatiga, precisados por lo espacioso de los reales a estar
fijos todos cada uno en su puesto; ser muchos los heridos por tantas flechas y
tantos dardos de todas suertes, bien que contra esto les habían servido mucho
las baterías; que Fabio, a su partida, dejadas solas dos puertas, tapiaba las
demás y añadía nuevos pertrechos al vallado, apercibiéndose para el asalto del
día siguiente». En visto de esto, César, seguido con gran denuedo de los
soldados, antes de rayar el Sol llegó a los reales.
XLII.
Tal era el
estado de las cosas en Gergovia cuando los eduos, recibido el primer mensaje de
Litavico, sin más ni más, instigados unos de la codicia, otros de la cólera y
temeridad (vicio sobre todos connatural a esta gente, que cualquier hablilla
cree como cosa cierta), meten a saco los bienes de los romanos, dando a ellos
la muerte o haciéndolos esclavos. Atiza el fuego Convictolitan, encendiendo más
el furor del populacho, para que, despeñado en la rebelión, se avergüence de
volver atrás. Hacen salir sobre seguro de
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Chalons a
Marco Aristio, tribuno de los soldados, que iba a juntarse con su legión;
obligan a lo mismo a los negociantes de la ciudad, y asaltándolos al improviso
en el camino, los despojan de todos sus fardos; a los que resisten cercan día y
noche, y muertos de ambas partes muchos, llaman en su ayuda mayor número de
gente armada.
XLIII.
En esto,
viniéndoles la noticia de que toda su gente estaba en poder de César, corren a
excusarse con Aristio, diciendo: «que nada de esto se había hecho por autoridad
pública»; mandan que se haga pesquisa de los bienes robados; confiscan los de
Litavico y sus hermanos; despachan embajadores a César con orden de
disculparse, todo con el fin de recobrar a los suyos. Pero envueltos ya en la
traición, y bien hallados con la ganancia del saqueo, en que interesaban
muchos, y temerosos del castigo, tornan clandestinamente a mover especies de
guerra, y a empeñar en ella con embajadas a las demás provincias. Lo cual, dado
que César no lo ignoraba, todavía respondió con toda blandura a los enviados:
«que no por la inconsideración y ligereza del vulgo formaba él mal concepto de
la república, ni disminuiría un punto su benevolencia para con los eduos». Él,
por su parte, temiendo mayores revoluciones de la Galia, para no ser cogido en
medio por todos los nacionales, andaba discurriendo cómo retirarse de Gergovia,
y
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reunir todo
el ejército, de suerte que su retirada, ocasionada del miedo de la rebelión, no
tuviese visos de huida.
XLIV.
Estando en
estos pensamientos, preséntesele ocasión al parecer de un buen lance. Porque
yendo a reconocer los trabajos del campo menor, reparó que la colina ocupada de
los enemigos estaba sin gente, cuando los días anteriores apenas se podía
divisar por la muchedumbre que la cubría. Maravillado, pregunta la causa a los
desertores que cada día pasaban a bandadas a su campo. Todos convenían en
afirmar lo que ya el César tenía averiguado por sus espías: que la loma de
aquella cordillera era casi llena, mas por donde comunicaba con la otra parte
de la plaza, fragosa y estrecha; que temían mucho perder aquel puesto
persuadidos de que, si los romanos, dueños ya del uno, los echaban del otro,
forzosamente se verían como acorralados y sin poder por vía alguna salir al
forraje; que por eso Vercingetórige los había llamado a todos a fortalecer
aquel sitio.
XLV.
En
consecuencia, César manda ir allá varios piquetes de caballos a medianoche,
ordenándoles que corran y metan ruido por todas partes. Al rayar del día, manda
sacar de los reales muchas recuas de mulos sin albardas, y a los arrieros,
montados encima con sus capacetes, correr en derredor de las colinas, como si
fueran unos
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diestros
jinetes. Mezcla con ellos algunos caballos, que con alargar más las cabalgadas
representen mayor número, mandándoles caracolear y meterse todos en un mismo
término. Esta maniobra se alcanzaba a ver desde la plaza, como que tenía la
vista a nuestro campo, aunque a tanta distancia no se podía bien distinguir el
verdadero objeto. César destaca una legión por aquel cerro, y a pocos pasos,
apuéstala en la bajada oculta en el bosque. Crece la sospecha en los galos, y
vanse a defender aquel puesto todas las tropas. Viendo César evacuados los
reales enemigos, cubriendo las divisas de los suyos y plegadas las banderas,
hace desfilar de pocos en pocos, porque no fuesen notados de la plaza, los
soldados del campo mayor al menor; y declara su intento a los legados
comandantes de las legiones. Sobre todo les encarga repriman a los soldados, no
sea que por la gana de pelear o codicia del pillaje se adelanten demasiado;
háceles presente cuánto puede incomodarles lo fragoso del sitio, a que sólo se
puede obviar con la presteza; ser negocio éste de ventura, no de combate. Dicho
esto, da la señal, y al mismo tiempo a mano derecha por otra subida destaca los
eduos.
XLVI.
El muro de
la ciudad distaba del llano y principio de la cuesta por línea recta, si no
fuese por los rodeos, mil doscientos pasos; todo lo que se rodeaba para
suavizar la pendiente, alargaba el camino. En la mitad del collado, a lo largo,
habían los galos fabricado de grandes piedras una cortina de seis pies contra
nuestros asaltos; y
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desocupada
la parte inferior del collado, la superior hasta tocar el muro de la plaza
estaba toda erizada de municiones y gente armada. Los soldados, dada la señal,
llegan corriendo a la corrida, y, saltándola, se apoderan de tres diversas
estancias; pero con tanta aceleración, que Teutomato, rey de los nitióbriges,
cogido de sobresalto en su pabellón durmiendo la siesta, medio desnudo, apenas
pudo escapar, herido el caballo, de las manos de los soldados que saqueaban las
tiendas.
XLVII.
César, ya
que consiguió su intento, mandó tocar la retirada, y la legión décima, que iba
en su compañía, hizo alto. A los soldados de las otras legiones, bien que no
percibieron el sonido de la trompeta a causa de un gran valle intermedio,
todavía los tribunos y legados, conforme a las órdenes de César, los tenían a
raya. Pero inflamados con la esperanza de pronta victoria, con la fuga de los
enemigos, y con los buenos sucesos de las batallas anteriores, ninguna empresa
se proponía tan ardua que fuese a su valor insufrible, ni desistieron del
alcance hasta tropezar con las murallas y puerta de la ciudad. Aquí fueron los
alaridos que resonaban por todas partes, tanto que los de los últimos barrios,
asustados con el repentino alboroto, creyendo a los enemigos dentro de la
plaza, echaron a huir corriendo. Las mujeres desde los adarves arrojaban sus
galas y joyas, y descubiertos los pechos, con los brazos abiertos, suplicaban a
los romanos las perdonasen, y no hiciesen lo que en Avarico,
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donde no
respetaron ni al sexo flaco ni a la edad tierna. Algunas, descolgadas por las
manos de los muros, se entregaban a los soldados. Lucio Fabio, centurión de la
legión octava, a quien se oyó decir este mismo día que se sentía estimulado de
los premios que se dieron en Avarico, ni consentiría que otro escalase primero
el muro, tomando a tres de sus soldados, y ayudado de ellos, montó la muralla,
y dándoles después la mano, los fue subiendo uno a uno.
XLVIII.
Entre tanto
los enemigos, que, según arriba se ha dicho, se habían reunido a la parte
opuesta de la plaza para guardarla, oído el primer rumor, y sucesivamente
aguijado de continuos avisos de la toma de la ciudad, con la caballería delante
corrieron allá de tropel. Conforme iban llegando, parábanse al pie de la
muralla, y aumentaban el número de los combatientes. Juntos ya muchos a la
defensa, las mujeres que poco antes pedían merced a los romanos, volvían a los
suyos las plegarias, y desgreñado el cabello al uso de la Galia, les ponían sus
hijos delante. Era para los romanos desigual el combate, así por el sitio, como
por el número; demás que cansados de correr y de tanto pelear, dificultosamente
contrastaban a los que venían de refresco y con las fuerzas enteras.
XLIX.
César,
viendo la desigualdad del puesto, y que las tropas de los enemigos se iban
engrosando, muy solícito de los suyos, envía orden
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al legado
Tito Sestio, a quien encargó la guarda de los reales menores, que sacando
prontamente algunas cohortes, las apostó a la falda del collado hacia el flanco
derecho de los enemigos, a fin de que si desalojasen a los nuestros del puesto,
pudiese rebatir su furia en el alcance. César, adelantándose un poco con su
legión, estaba a la mira del suceso.
L.
Trabado el
choque cuerpo a cuerpo con grandísima porfía, los enemigos, confiados en el
sitio y en el número, los nuestros en sola su valentía, de repente, por el
costado abierto de los nuestros, remanecieron los eduos destacados de César por
la otra ladera a mano derecha para divertir al enemigo. Ésos por la semejanza
de las armas gálicas espantaron terriblemente a los nuestros, y aunque los
veían con el hombro derecho desarmado, que solía ser la contraseña de gente de
paz, eso mismo atribuían los soldados a estratagema de los enemigos para
deslumbrarlos. En aquel punto el centurión Lucio Fabio y los que tras él
subieron a la muralla, rodeados de los enemigos y muertos, son tirados el muro
abajo. Marco Petreyo, centurión de la misma legión, queriendo romper las
puertas, viéndose rodeado de la muchedumbre y desesperando de su vida por las
muchas heridas mortales, vuelto a los suyos: «Ya que no puedo, les dijo,
salvarme con vosotros, por lo menos aseguraré vuestra vida, que yo he puesto a
riesgo por amor de la gloria. Vosotros aprovechad la ocasión de poneros en
salvo.» Con esto se
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arroja en
medio de los enemigos, y matando a dos, aparta los demás de la puerta.
Esforzándose a socorrerle los suyos: «En vano, dice, intentáis salvar mi vida;
que ya me faltan la sangre y las fuerzas. Por tanto, idos de aquí, mientras hay
tiempo, a incorporaros con la legión.» Así peleando, poco después cae muerto, y
dio a los suyos la vida.
LI.
Los
nuestros, apretados por todas partes, perdidos cuarenta y seis centuriones,
fueron rechazados de allí; pero siguiéndolos desapoderadamente los galos, la
décima legión, que estaba de respeto en lugar menos incómodo, los detuvo; al
socorro de esta legión concurrieron las cohortes de la decimotercera, que al
mando de Tito Sestio, sacadas de los reales menores, estaban apostadas en lugar
ventajoso. Las legiones, luego que pisaron el llano, se pusieron en orden de
batalla contra el enemigo. Vercingetórige retiró de las faldas del monte los
suyos dentro de las trincheras. Este día perecieron poco menos de setecientos
hombres.
LII.
Al
siguiente, César, convocando a todos, «reprendió la temeridad y desenfreno de
los soldados, que por su capricho resolvieron hasta dónde se había de avanzar,
o lo que se debía hacer, sin haber obedecido al toque de la retirada ni podido
ser contenidos por los tribunos y legados».
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Púsoles
delante, «cuánto daño acarrea la mala situación, y su ejemplo mismo en Avarico,
donde sorprendido el enemigo sin caudillo y sin caballería, quiso antes
renunciar a una victoria cierta que padecer en la refriega ningún menoscabo,
por pequeño que fuese, por la fragura del sitio. Cuanto más admiraba su
magnanimidad, que ni por la fortificación de los reales, ni por lo encumbrado
del monte, ni por la fortaleza de la muralla se habían acobardado, tanto más
desaprobada su sobrada libertad y arrogancia en presumirse más próvidos que su
general en la manera de vencer y dirigir las empresas, que él no apreciaba
menos en un soldado la docilidad y obediencia que la valentía y grandeza de
ánimo».
LIII.
A esta
amonestación, añadiendo por último para confortar a los soldados, «que no por
eso se desanimasen, ni atribuyesen al valor del enemigo la desgracia originada
del mal sitio», firme en su resolución de partirse, movió el campo y ordenó las
tropas en lugar oportuno. Como ni aun así bajase Vercingetórige al llano,
después de una escaramuza de la caballería, y ésa con ventaja suya, retiró el
ejército a sus estancias. Hecho al día siguiente lo mismo, juzgando bastar esto
para humillar el orgullo de los galos y alentar a los suyos, tomó la vía de los
eduos. No moviéndose ni aun entonces los enemigos, al tercer día, reparado el
puente del Alier, pasó el ejército.
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LIV.
Inmediatamente
los dos eduos Virdomaro y Eporedórige le hacen saber que Litavico con toda su
caballería era ido a cohechar a los eduos, que sería bien se anticipasen los
dos para confirmar en su fe a la nación. Como quiera que ya por las muchas
experiencias tenía César bien conocida la deslealtad de los eduos, y estaba
cierto que con la ida de éstos se apresuraba la rebelión, con todo no quiso
negarles la licencia, porque no pareciese o que les hacía injuria, o que daba
muestras de miedo. Al despedirse, les recordó en pocas palabras «cuánto le
debían los eduos, cuáles y cuan abatidos los había encontrado,134 forzados a no
salir de los castillos, despojados de sus labranzas, robadas todas sus
haciendas, cargados de tributos, sacándoles por fuerza con sumo vilipendio los
rehenes; y a qué grado de fortuna los había sublimado, tal que no sólo
recobraron su antiguo estado, sino que nunca se vieron en tanta pujanza y
estimación». Con estos recuerdos los despidió.
LV.
En Nevers,
fortaleza de los eduos, fundada sobre el Loire en un buen sitio, tenía César
depositados los rehenes de la Galia, los granos, la caja militar con gran parte
de los equipajes suyos y del ejército, sin contar los muchos caballos que con
ocasión de esta guerra, comprados en Italia y España, había remitido a este
pueblo.
134 Para
saber el estado infeliz en que se hallaban los eduos al tiempo que llegó César,
basta leer la arenga que el eduo Diviciaco le hizo ponderando sus calamidades
(lib. I).
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Adonde
habiendo venido Eporedórige y Virdomaro, e informándose en orden al estado de
la república, cómo Litavico había sido acogido por los eduos en Bibracte,
ciudad entre ellos principalísima, Convictolitan el magistrado y gran parte de
los senadores unídose con él, y que de común acuerdo eran enviados embajadores
a Vercingetórige a tratar de paces y liga, les pareció no malograr tan buena
coyuntura. En razón de esto, degollados los guardas de Nevers con todos los
negociantes y pasajeros, repartieron entre sí el dinero y los caballos. Los
rehenes de los pueblos remitiéronlos en Bibracte a manos del magistrado; al
castillo, juzgando que no podrían defenderlo, porque no se aprovechasen de él
los romanos, pegáronle fuego; del trigo, cuanto pudieron de pronto, lo
embarcaron, el resto lo echaron a perder en el río o en las llamas. Ellos
mismos empezaron a levantar tropas por la comarca, a poner guardias y
centinelas a las riberas del Loire y a correr toda la campiña con la caballería
para meter miedo a los romanos, por si pudiesen cortarles los víveres o el paso
para la Provenza, cuando la necesidad los forzase a la vuelta. Confirmábase su
esperanza con la crecida del río, que venía tan caudaloso por las nieves
derretidas, que por ningún paraje parecía poderse vadear.
LVI.
Enterado
César de estas cosas, determinó darse prisa para que si al echar puentes se
viese precisado a pelear, lo hiciese antes de aumentarse las fuerzas enemigas.
Porque dar a la Provenza la
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vuelta, eso
ni aun en el último apuro pensaba ejecutarlo, pues que se lo disuadían la
infamia y vileza del hecho, y también la interposición de las montañas Cebenas
y aspereza de los senderos; sobre todo deseaba con ansia ir a juntarse con
Labieno y con sus legiones. Así que a marchas forzadas, continuadas día y
noche, arribó cuando menos se le esperaba a las orillas del Loire, y hallado
por los caballos un vado, según la urgencia, pasadero, donde los brazos y los
hombres quedaban libres fuera del agua lo bastante para sostener las armas,
puesta en orden la caballería para quebrantar el ímpetu de la corriente, y
desconcertados a la primera vista los enemigos, pasó sano y salvo el ejército;
y hallando a mano en las campiñas trigo y abundancia de ganado, abastecido de
esto el ejército, dispónese a marchar la vuelta de Sens.
LVII.
Mientras
pasa esto en el campo de César, Labieno, dejados en Agendico para seguridad del
bagaje los reclutas recién venidos de Italia, marcha con cuatro legiones a
París, ciudad situada en una isla del río Sena. A la noticia de su arribo
acudieron muchas tropas de los partidos comarcanos, cuyo mando se dio a
Camulogeno Aulerco, que sin embargo de su edad muy avanzada, fue nombrado para
este cargo por su singular inteligencia en el arte militar. Habiendo éste
observado allí una laguna contigua que comunicaba con el río y servía de grande
embarazo para la entrada en todo aquel recinto, púsose al borde con la mira de
atajar el paso a los nuestros.
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LVIII.
Labieno, al
principio, valiéndose de andamios, tentaba cegar la laguna con zarzos y fajina,
y hacer camino. Más después, vista la dificultad de la empresa, moviendo el
campo traído llegó a Meudon, ciudad de los seneses, asentada en otra isla del
Sena, bien así como París. Cogidas aquí cincuenta barcas, trabadas prontamente
unas con otras, y metidos en ellas los soldados, atónito de la novedad el poco
vecindario, porque la mayor parte se había ido a la guerra, se apodera de la
ciudad sin resistencia. Restaurado el puente que los días atrás habían roto los
enemigos, pasa el ejército, y empieza río abajo a marchar a París. Los
enemigos, sabiéndolo por los fugitivos de Meudon, mandan quemar a París y
cortar sus puentes, y dejando la laguna, se acampan a las márgenes del río
enfrente de París y los reales de Labieno.
LIX.
Ya corrían
voces de la retirada de César lejos de Gergovia, igualmente que del alzamiento
de los eduos y de la dichosa revolución de la Galia, y los galos en sus
corrillos afirmaban que César, cortado el paso del Loire y forzado del hambre,
iba desfilando hacia la Provenza. Los beoveses al tanto, sabidos la rebelión de
los eduos, siendo antes de suyo poco fieles, comenzaron a juntar gente y hacer
a las claras preparativos para la guerra. Entonces Labieno, viendo tan mudado
el teatro, conoció bien ser preciso seguir otro
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plan muy
diverso del que antes se había propuesto. Ya no pensaba en conquistas ni en
provocar al enemigo a batalla, sino en cómo retirarse con su ejército sin
pérdida a Agendico; puesto que por un lado le amenazaban los beoveses,
famosísimos en la Galia por su valor, y por el otro le guardaba Camulogeno con
mano armada. Demás que un río caudalosísimo cerraba el paso de las legiones al
cuartel general donde estaban los bagajes. A vista de tantos tropiezos, el
único recurso era encomendarse a sus bríos.
LX.
En efecto,
llamando al anochecer a consejo, los animó a ejecutar con diligencia y maña lo
que ordenaría; reparte a cada caballero romano una de las barcas traídas de
Meudon, y a las tres horas de la noche les manda salir en ellas de callada río
abajo y aguardarle allí a cuatro millas; deja de guarnición en los reales cinco
cohortes que le parecían las menos aguerridas, y a las otras cinco de la misma
legión manda que a medianoche se pongan en marcha río arriba con todo el
bagaje, metiendo mucho ruido. Procura también coger unas canoas, las cuales
agitadas con gran retumbo de remos, hace dirigir hacia la misma banda. Él, poco
después, moviendo a la sorda con tres legiones, va derecho al paraje donde
mandó para las barcas.
LXI.
Arribado
allá, los batidores de los enemigos, distribuidos como estaban por todas las
orillas del río, fueron sorprendidos por los
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nuestros a
causa de una recia tempestad que se levantó de repente; a la hora es
transportada la infantería y la caballería mediante la industria de los
caballeros romanos escogidos para este efecto. Al romper del día, casi a un
tiempo vienen nuevas al enemigo de la extraordinaria batahola que traían los
romanos en su campo; que un grueso escuadrón iba marchando río arriba; que allí
mismo se sentía estruendo de remos, y que poco más abajo transportaban en
barcas a los soldados. Con estas noticias, creyendo que las legiones pasaban en
tres divisiones, y que aturdidos todos con la sublevación de los eduos se
ponían en huida, dividieron también ellos sus tropas en tres tercios; porque
dejando uno de guardia enfrente de los reales, y destacando hacia Meudon una
partida pequeña que fuese siguiendo paso a paso nuestras naves, el resto del
ejército lleváronlo sobre Labieno.
LXII.
Al
amanecer, ya los nuestros estaban desembarcados y se divisaban las tropas
enemigas. Labieno, después de haber exhortado a los soldados «que se acordasen
de su antiguo esfuerzo y de tantas victorias ganadas, haciendo ahora cuenta que
César, bajo cuya conducta innumerables veces habían vencido a los enemigos, los
estaba mirando», da la señal de acometer. Al primer encuentro por el ala
derecha, donde la séptima legión peleaba, son derrotados y ahuyentados los
enemigos; por la izquierda, que cubría la legión duodécima, cayendo en tierra
las primeras filas de los enemigos
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atravesados
con los dardos, todavía los demás se defendían vigorosamente, sin haber uno que
diese señas de querer huir. El mismo general de los enemigos, Camulogeno,
acudía a todas partes animando a los suyos. Mas estando aún suspensa la
victoria, llegando a saber los tribunos de la legión séptima la resistencia
porfiada en el ala izquierda, cogieron y cargaron a los enemigos por la
espalda. Ni tampoco entonces se movió ninguno de su puesto, sino que cogidos
todos en medio, fueron muertos, y con ellos también Camulogeno. El cuerpo de
observación apostado contra los reales de Labieno, a la nueva el choque, corrió
a socorrer a los suyos, y tomó un collado, mas no pudo aguantar la carga
cerrada de los vencedores. Con que así mezclados en la fuga con los suyos, los
que no se salvaron en las selvas y montes, fueron degollados por la caballería.
Concluida esta acción, vuelve Labieno a la ciudad de Agendico, donde habían
quedado los bagajes de todo el ejército. Desde allí, con todas sus tropas, vino
a juntarse con César.
LXIII.
Divulgado
el levantamiento de los eduos, se aviva más la guerra. Van y vienen embajadas
por todas partes. Echan el resto de su valimiento, autoridad y dinero en
cohechar los Estados. Con el suplicio de los rehenes, confiados a su custodia
por César, aterran a los indecisos. Ruegan los eduos a Vercingetórige se sirva
venir a tratar con ellos del plan de operaciones. Logrado esto, pretenden para
sí la superintendencia; puesto el negocio en litigio, convócanse
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Cortes de
toda la Galia en Bibracte. Congréganse allí de todas partes en gran número. La
decisión se hace a pluralidad de votos. Todos, sin faltar uno, quieren por
general a Vercingetórige. No asistieron a la junta los remenses, langreses, ni
trevirenses; aquéllos, por razón de su amistad con los romanos; los
trevirenses, por vivir lejos y hallarse infestados de los germanos, que fue la
causa de no aparecer en toda esta guerra y de mantenerse neutrales. Los eduos
sienten en el alma el haber perdido la soberanía; quéjanse del revés de la
fortuna, y ahora echan menos la benignidad de César para ellos; mas ya
empeñados en la guerra, no tienen valor para separarse de los demás.
Eporedórige y Virdomaro, mozos de grandes esperanzas, se sujetan de mala gana a
Vercingetórige.
LXIV.
Éste exige
rehenes de los demás pueblos, señalándoles plazo. Manda que le acudan luego
todos los soldados de a caballo hasta el número de quince mil, diciendo que se
contentaría con la infantería que hasta entonces había tenido; que no pensaba
aventurarse ni dar batalla, sino estorbar a los romanos las salidas a las
mieses y pastos, cosa muy fácil teniendo tanta caballería; sólo con que tengan
ellos mismos por bien malear sus granos y quemar las caserías, a trueque de
conseguir para siempre, con el menoscabo de sus haciendas, el imperio y la
independencia. Determinadas estas cosas, da orden a los eduos y segusianos, que
confinan con la
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Provenza,
de aprontar diez mil infantes y a más de ochocientos caballos. Dales por
capitán un hermano de Eporedórige, y le manda romper por los alóbroges. Por
otra parte envía los gabalos y los albernos135 de los contornos contra los
helvios, como los de Ruerga y Cuerci contra los volcas arecómicos.136 En medio
de esto no pierde ocasión de ganar ocultamente con emisarios y mensajes a los
alóbroges, cuyos ánimos sospechaba estar aún resentidos por la guerra
precedente. A los grandes promete dinero, y a la república el señorío de toda
la provincia.
LXV.
Para
prevenir todos estos lances estaban alerta veintidós cohortes, que formadas de
las milicias, el legado Lucio César tenía distribuidos por todas partes. Los
helvios, adelantándose a pelear con los pueblos comarcanos, son batidos; y
muerto con otros muchos el príncipe de aquel Estado, Cayo Valerio Donatauro,
hijo de Caburo, se ven forzados a encerrarse dentro de sus fortalezas. Los
alóbroges, poniendo guardias a trechos en los pasos del Ródano, defienden con
gran solicitud y diligencia sus fronteras. César, reconociendo superioridad de
la caballería enemiga, y que por estar tomados todos los caminos ningún socorro
podía esperar de la Provenza y de Italia, procúralos en Germania de aquellas
naciones con quien los años atrás había sentado paces, pidiéndoles
135 Los de
Gevandan y los de comarca de Auvernia.
136 Del
Bajo Languedoc.
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soldados de
a caballo con los peones ligeros, hechos a pelear entre ellos. Llegados que
fueron, por no ser castizos sus caballos, toma otros de los tribunos, de los
demás caballeros romanos, y de los soldados veteranos, y los reparte entre los
germanos.
LXVI.
En este
entre tanto se unen las tropas de los enemigos venidos de los alvernos con la
caballería que se mandó aprontar a toda Galia. Junto este grueso cuerpo,
Vercingetórige, al pasar César por las fronteras de Langres a los sequenos,
para estar más a mano de poder cubrir la Provenza, se acampó como a diez millas
de los romanos en tres divisiones, y llamando a consejo a los jefes de
caballería: «venido es, les dice, ya el tiempo de la victoria. Los romanos van
huyendo a la Provenza y desamparan la Galia; si esto nos basta para quedar
libres por ahora, no alcanza para vivir en paz y sosiego en adelante, pues
volverán con mayores fuerzas, ni jamás cesarán de inquietarnos. Ésta es la
mejor ocasión de cerrar con ellos en la faena de la marcha. Que si la infantería
sale a la defensa y en ella se ocupa, no pueden proseguir el viaje; si tiran,
lo que parece más cierto, a salvar sus vidas, abandonando el bagaje, quedarán
privados de las cosas más necesarias, y sin honra. Pues de la caballería
enemiga, ninguno aun de nosotros duda que no habrá un solo jinete que ose dar
paso fuera de las filas. Para más animarlos les promete tener ordenadas sus
tropas delante de los reales, y poner así espanto a los enemigos. Los
caballeros, aplaudiéndole,
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añaden, que
deben todos juramentarse solemnísimamente a no dar acogida, ni permitir que
jamás vea sus hijos, sus padres, su esposa, quien no atravesase dos veces a
caballo por las filas de los enemigos».
LXVII.
Aprobada la
propuesta, y obligados todos a jurar en esta forma, el día inmediato, dividida
la caballería en tres cuerpos, dos se presentan a los dos flancos, y el tercero
por el frente comenzó a cortar el paso. Al primer aviso César da también orden
que su caballería en tres divisiones avance contra el enemigo. Empiézase un
combate general; detiénese la marcha, y se recoge el bagaje en medio de las
legiones. Dondequiera que los nuestros iban de caído o se veían más acosados,
César estaba encima, revolviendo allá todas sus fuerzas. Con eso cejaban los
enemigos, y con la esperanza del refuerzo se rehacían los nuestros. Al cabo los
germanos por la banda derecha, ganando un repecho, derrocan a los enemigos, y
echan tras ellos, matan a muchos hasta el río, donde acampaba Vercingetórige
con la infantería. Lo cual visto, los demás temiendo ser cogidos en medio,
huyen de rota batida, y es general el estrago. Tres de los eduos más nobles son
presentados a César: Coto, general de la caballería, el competidor de Convictolitan
en la última creación de magistrados; Cavadlo, que después de la rebelión de
Litavico mandaba la infantería; y Eporedórige, que antes de la
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venida de
César fue caudillo en la guerra de los eduos con los saqueaos.
LXVIII.
Desbaratada
toda la caballería, Vercingetórige recogió sus tropas según las tenía ordenadas
delante los reales; y sin detención tomó la vía de Alesia, plaza fuerte de los
mandubios, mandado alzar luego los bagajes y conducirlos tras sí. César,
puestos a recaudo los suyos en collado cercano con la escolta de dos legiones,
siguiendo el alcance cuanto dio de sí el día, muertos al pie de tres mil
hombres de la retaguardia enemiga, al otro día sentó sus reales cerca de
Alesia. Reconocida la situación de la ciudad, y amedrentados los enemigos con
la derrota de la caballería, en que ponían su mayor confianza; alentando los
soldados al trabajo, empezó a delinear el cerco formal de Alesia.
LXIX.
Estaba esta
ciudad fundada en la cumbre de un monte muy elevado, por manera que parecía
inexpugnable sino por bloqueo. Dos ríos por dos lados bañaban el pie de la
montaña. Delante la ciudad se tendía una llanura casi de tres millas a lo
largo. Por todas las demás partes la ceñían de trecho en trecho varias colinas
de igual altura. Debajo del muro toda la parte oriental del monte estaba
cubierta de tropas de los galos, defendidos de un foso y de
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una cerca
de seis pies en alto. Las trincheras trazadas por los romanos ocupaban once
millas de ámbito. Los alojamientos estaban dispuestos en lugares convenientes,
fortificados con veintitrés baluartes, donde nunca faltaban entre día cuerpos
de guardia contra cualquier asalto repentino; por la noche se aseguraba con
centinelas y buenas guarniciones.
LXX.
Comenzada
la obra, trábanse los caballos en aquel valle que por entre las colinas se
alargaba tres millas, según queda dicho. Pelease con sumo esfuerzo de una y
otra parte. Apretados los nuestros, César destaca en su ayuda a los germanos, y
pone delante de los reales las legiones, para impedir toda súbita irrupción de
la infantería contraria. Con el socorro de las legiones se aviva el coraje de
los nuestros. Los enemigos, huyendo a todo huir, se atropellan unos a otros por
la muchedumbre y quédanse hacinados a las puertas, demasiado angostas. Tanto
más los aguijan los germanos hasta las fortificaciones. Hácese gran riza.
Algunos, apeándose, tientan a saltar el foso y la cerca. César manda dar un
avance a las legiones apostadas delante los reales. No es menor entonces la
turbación de los galos que dentro de las fortificaciones estaban. Creyendo que
venían derechos a ellos, todos se alarman. Azorados algunos entran de tropel en
la plaza. Vercingetórige manda cerrar las puertas, porque no queden sin defensa
los reales. Muertos
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muchos y
cogidos buen número de caballos, los germanos retíranse al campo.
LXXI.
Vercingetórige,
primero que los romanos acabasen, de atrincherarse, toma la resolución de
despachar una noche toda la caballería, ordenándoles al partir: «Vaya cada cual
a su patria y fuerce para la guerra a todos los que tuvieren edad.
Represéntales sus méritos para con ellos, y los conjura que tengan cuenta con
su vida, y no lo abandonen a la saña cruel de los enemigos para ser despedazado
con tormentos, siendo tan benemérito de la pública libertad; que por poco que
se descuiden, verán perecer consigo ochenta mil combatientes, la flor de la
Galia; que por su cuenta escasamente le quedan víveres para treinta días, bien
que podrán durar algunos más cercenando la ración.» Con estos encargos despide
la caballería sin ruido antes de medianoche por la parte que aun no estaba
cerrada con nuestro vallado; manda le traigan todo el trigo, poniendo pena de
la vida a los desobedientes; reparte por cabeza las reses recogidas con
abundancia por los mandubios; el pan lo va distribuyendo poco a poco y por
tasa. Todas las tropas acampadas delante de la plaza las mete dentro. Tomadas
estas providencias, dispone aguardar los refuerzos de la Galia y proseguir así
la guerra.
LXXII.
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Informado
César de estos proyectos por los desertores y prisioneros, formó de esta suerte
las líneas: Cavó un foso de veinte pies de ancho con las márgenes aniveladas,
de arte que el suelo fuese igual en anchura al borde; todas las otras
fortificaciones tirólas a distancia de cuatrocientos pies de este foso, por
razón de que habiendo abarcado por necesidad tanto espacio, no siendo fácil
poner cordón de soldados en todas partes, quería evitar los ataques improvisos
o nocturnos del enemigo, y entre día los tiros contra los soldados empleados en
las obras. Después de este espacio intermedio abrió dos zanjas, anchas de
quince pies y de igual de altura; la interior llenó de agua, guiada del río por
sitios llanos y bajos. Tras éstas levantó el terraplén y estacada de doce pies,
guarnecida con su parapeto y almenas con grandes horquillas a manera de asta de
ciervo, sobresalientes entre las junturas de la empalizada, para estorbar al
enemigo la subida. Todo el terraplén cercó de cubos, distantes entre sí ochenta
pies.
LXXIII.
Era forzoso
a un tiempo ir a cortar madera, buscar trigo y fabricar tan grandes obras,
divididas las tropas, que tal vez se alejaban demasiado de los reales; y los
galos no perdían ocasión de atajar nuestras labores, haciendo salidas de la
plaza con gran furia por varias puertas. Por lo cual a las obras dichas trató
César de añadir nuevos reparos, para poder cubrir las trincheras con menos
gente. Para esto, cortan troncos de árboles o ramas muy fuertes,
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acepilladas
y bien aguzadas las puntas, tirábanse fosas seguidas, cuya hondura era de cinco
pies. Aquí se hincaban aquellos leños, y afianzados por el pie para que no
pudiesen ser arrancados, sacaban las puntas sobre las enramadas. Estaban
colocados en cinco hileras, tan unidos y enlazados entre sí, que quien allí
entraba, él mismo se clavaba con aquellos agudísimos espolones, a que daban el
nombre de cepos. Delante de éstos se cavaban unas hoyas puestas en forma de
ajedrez, al sesgo, su hondura de tres pies, que poco a poco se iban estrechando
hacia abajo. Aquí se metían estacas rollizas del grueso del muslo, aguzadas y
tostadas sus puntas de arriba, de modo que no saliesen fuera del suelo más de
cuatro dedos. Asimismo, a fin de asegurarlas y que no se moviesen, cada pie
desde el hondón se calzaba con tierra, y para ocultar el ardid se tapaba la
boca de la hoya con mimbres y matas. Ocho eran las hileras de este género de
hoyas, distantes entre sí tres pies, que llamaban lirios por la semejanza del
tamaño de un pie, erizados con púas de hierro, sembrados a trechos por todas
partes, con el nombre de abrojos.
LXXIV.
Concluidas
estas cosas, siguiendo las veredas más acomodadas que pudo según la calidad del
terreno, abarcando catorce millas, dio traza cómo se hiciesen otras
fortificaciones semejantes, vueltas a la otra banda contra les enemigos de
fuera, para que ni aun con mucha gente, si llegase el caso de su retirada,
pudiesen acordonar
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las
guarniciones de las trincheras, y también porque no se viesen obligados a salir
de ellas con riesgo, manda que todos hagan provisión de pan y heno para treinta
días.
LXXV.
Mientras
iban así las cosas en Alesia, los galos, en una junta de grandes, determinan,
no lo que pretendía Vercingetórige, que todos los que fuesen de armas tomar se
alistasen, sino que cada nación contribuyese con cierto número de gente;
temiendo que con la confusión de tanta chusma, no les sería posible refrenar ni
distinguir a los suyos, ni hallar medio de abastecerse. A los eduos y a sus
dependientes los segusianos, ambivaretos, aulercos branovices y branovíos echan
la cuota de treinta y cinco mil hombres; igual número a los alvernos y a sus
vasallos, que solían ser los eleuteros de Caors, los gabalos y velaunos; a los
sens, los sequanos, los de Berri, del Santonge, de Rodes, de Chartres doce mil;
a los beoveses diez mil; otros tantos a los lemosines; cada ocho mil a los de
Poitiers, de Tours, París y helvios; a los de Soisons, a los amienses, los
metenses, los perigordenses, nervios, morinos, nitióbriges a cinco mil; otros
tantos a los aulercos de Maine; cuatro mil a los de Artois; a los belocases, lisienses,
eulercos eburones cada tres mil; a los rauracos y boyos treinta mil; a seis mil
a todas las merindades de la costa del Océano, llamadas en su lenguaje
armóricas, a que pertenecen los cornuaille, de Renes, los ambibaros, caletes,
osismios, vaneses y únelos. De éstos los
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beoveses
sólo rehusaron contribuir con su cuota, diciendo querían hacer la guerra a los
romanos por sí y como les pareciese, sin dependencia de nadie; no obstante, a
ruego de Comió y por su amistad, enviaron dos mil hombres.
LXXVI.
Este Comió
es el mismo que los años pasados hizo fieles e importantes servicios a César en
Bretaña; por cuyos méritos habían declarado libre a su república, restituídole
sus fueros y leyes, sujetando a su jurisdicción los morinos. Pero fue tan
universal la conspiración de toda la Galia en orden a defender su libertad y
recuperar su primera gloria militar, que ninguna fuerza les hacían ni los
beneficios recibidos ni las obligaciones de amigos, sino que todos, con todo su
corazón y con todas sus fuerzas, se armaban para esta guerra, en que se
contaban ocho mil caballos y cerca de doscientos cuarenta mil infantes. Hacíase
la masa del ejército y la revista general en las fronteras de los eduos;
nombrábanse capitanes; fíase todo el peso del gobierno a Comió el de Artois, a
los eduos Virdomaro y Eporedórige, a Vergasilauno Alverno, primo de
Vercingetórige, dándoles por consejeros varones escogidos de todos los Estados.
Alborozados todos y llenos de confianza, van camino de Alesia. Ni había entre
todos uno solo que pensase hallar quien se atreviese a sufrir ni aun la vista
de tan numeroso ejército y más estando entre dos fuegos: de la plaza con las
salidas; de fuera con el terror de tantas tropas de a caballo y de a pie.
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LXXVII.
Pero los
sitiados de Alesia, pasado el plazo en que aguardaban el socorro, consumidos
todos los víveres, ignorantes de lo que se trataba en los eduos, juntándose a
consejo, consultaban acerca del remedio de sus desventuras. Entre los varios
partidos propuestos, inclinándose unos a la entrega, otros a una salida
mientras se hallaban con fuerzas, no me pareció pasar en silencio el que
promovió Critoñato por su inaudita y bárbara crueldad. Éste, nacido en Albernia
de nobilísimo linaje y tenido por hombre de grande autoridad: «Ni tomar quiero
en boca, dice, el parecer de aquellos que llaman entrega la más infame
servidumbre; estos tales para mí no son ciudadanos ni deben ser admitidos a
consejo. Hablo sí con los que aconsejan la salida; cuyo dictamen a juicio de
todos vosotros parece más conforme a la hidalguía de nuestro valor heredado.
Mas yo no tengo por valor sino por flaqueza el no poder sufrir un tanto la
carestía. Más fácil es hallar quien se ofrezca de grado a la muerte que quien
sufra con paciencia el dolor. Yo por mí aceptaría este partido por lo mucho que
aprecio la honra, si viese que sólo se arriesga en él nuestra vida, pero antes
de resolvernos, volvamos los ojos a la Galia, la cual tenemos toda empeñada en
nuestro socorro. ¿Cuál, si pensáis, será la consternación de nuestros allegados
y parientes al ver tendidos en tierra ochenta mil ciudadanos, y haber por
fuerza de pelear entre sus mismos cadáveres? No queráis, os ruego, privar del
auxilio de vuestro brazo
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a los que
por salvar vuestras vidas han aventurado las suyas, ni arruinar a toda la Galia
condenándola a perpetua esclavitud por vuestra inconsideración y temeridad, o
mejor diré, por vuestra cobardía. ¿Acaso dudáis de su lealtad y firmeza porque
no han venido al plazo señalado? ¿Cómo? ¿Creéis que los romanos se afanan tanto
en hacer aquellas líneas de circunvalación por mero entretenimiento? Si no
podéis haber nuevas de ellos, cerradas todas las vías, recibid de su próxima
venida el anuncio de los mismos enemigos, que con el temor de ser sobresaltados
no cesan de trabajar día y noche. Diréisme: pues, ¿qué aconsejas tú? Que se
haga lo que ya hicieron nuestros mayores en la guerra de los cimbros y
teutones, harto diferente de ésta; que sitiados y apretados de semejante
necesidad, sustentaron su vida con la carne de la gente a su parecer inútil
para la guerra, por no rendirse a los enemigos. Aunque no tuviéramos ejemplo de
esto, yo juzgaría cosa muy loable el darlo por amor de la libertad para
imitación de los venideros. Y ¿qué tuvo que ver aquella guerra con ésta? Los
cimbros, saqueada toda la Galia y hechos grandes estragos, al fin salieron de
nuestras tierras y marcharon a otras, dejándonos nuestros fueros, leyes,
posesiones y libertad; mas los romanos, ¿qué otra cosa pretenden o quieren,
sino por envidia de nuestra gloria y superioridad experimentada en las armas,
usurparnos las heredades y poblaciones, y sentenciarnos a eterna servidumbre,
puesto que nunca hicieron a otro precio la guerra? Y si ignoráis qué sucedió a
las naciones lejanas, ahí tenéis vecina la Galia, que
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convertida
en provincia suya, mudado el gobierno, sujeta a su tiranía, gime bajo el yugo
de perpetua servidumbre.»
LXXVIII.
Tomados los
votos, deciden «que los inútiles por sus ajes o edad despejen la plaza, y que
se pruebe todo primero que seguir el consejo de Critoñato; pero a más no poder,
si tarda el socorro, se abrase, antes que admitir condición alguna de rendición
o de paz». Los mandubios, que los habían recibido en la ciudad, son echados
fuera con sus hijos y mujeres. Los cuales arrimados a las trincheras de los
romanos, deshechos en lágrimas, les pedían rendidamente que les diesen un
pedazo de pan y serían sus esclavos. Más César, poniendo guardias en la
barrera, no quería darles cuartel.
LXXIX.
Entre tanto
Comió y los demás comandantes llegan con todas sus tropas a la vista de Alesia,
y ocupada la colina de afuera, se acampan a media milla de nuestras
fortificaciones. Al día siguiente, sacando la caballería de los reales, cubren
toda aquella vega, que, como se ha dicho, tenía de largo tres millas, y colocan
la infantería detrás de este sitio en los recuestos. Las vistas de Alesia caían
al campo. Visto el socorro, búscanse unos a otros; danse mil parabienes,
rebosando todos de alegría. Salen, pues, armados de punta en blanco, y
plántanse delante de la plaza; llenan de zarzo y
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tierra el
foso inmediato, con que se disponen para el ataque y cualquier otro trance.
LXXX.
César,
distribuido el ejército por las dos bandas de las trincheras de suerte que cada
cual en el lance pudiese conocer y guardar su puesto, echa fuera la caballería
con orden de acometer. De todos los reales que ocupaban los cerros de toda
aquella cordillera se descubría el campo de batalla, y todos los soldados
estaban en grande expectación del suceso. Los galos habían entre los caballos
mezclado a trechos flecheros y volantes armados a la ligera, que los
protegiesen al retroceder y contuviesen el ímpetu de los nuestros. Por estos
tales heridos al improviso, varios se iban retirando del combate. Con eso los
galos, animados por la ventaja de los suyos y viendo a los nuestros cargados de
la muchedumbre, tanto los sitiados como las tropas auxiliares con gritos y
alaridos atizaban por todas partes el coraje de los suyos. Como estaban a la
vista de todos, que no se podía encubrir acción alguna o bien o mal hecha, a
los unos y a los otros daba bríos no menos el amor de la gloria que el temor de
la ignominia. Continuándose la pelea desde mediodía hasta ponerse el sol con la
victoria en balanzas, los germanos, cerrados en pelotones arremetieron de golpe
y rechazaron a los enemigos, por cuya fuga los flecheros fueron cercados y
muertos. En tanto los nuestros persiguiendo por las demás partes a los
fugitivos hasta sus reales, no les dieron lugar a rehacerse. Entonces
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los que
habían salido fuera de la plaza, perdida la esperanza de la victoria, se
recogieron muy mustios adentro.
LXXXI.
Un día
estuvieron los galos sin pelear, gastándolo todo en aparejar gran número de
zarzos, escalas, garabatos, con que saliendo a medianoche a sordas de los
reales, se fueron arrimando a la línea de circunvalación, y de repente alzando
una gran gritería que sirviese a los sitiados por seña de su acometida,
empiezan a tirar zarzos, y con hondas, saetas y piedras a derribar de las
barreras a los nuestros y aprestar los demás instrumentos para el asalto. Al
mismo punto Vercingetórige, oída la grita, toca a rebato, y saca su gente de
Alesia. De los nuestros cada cual corre al puesto que de antemano le estaba
señalado en las trincheras, donde con hondas que arrojaban piedras de a libra,
con espontones puestos a mano y con balas de plomo arredran al enemigo. Los
golpes dados y recibidos eran a ciegas por la oscuridad de la noche; muchos los
tiros de las baterías. Pero los legados Marco Antonio y Cayo Trebonio,
encargados de la defensa por esta parte, donde veían ser mayor el peligro de
los nuestros, iban destacando en su ayuda de los fortines de la otra soldados
de refresco.
LXXXII.
Mientras
los galos disparaban de lejos, hacían más efecto con la gran cantidad de tiros;
después que se fueron arrimando a las
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líneas, o
se clavaban con los abrojos, o caídos en las hoyas quedaban empalados en las
estacas, o atravesados desde las barreras y torres con los rejones, rendían el
alma. En fin, recibidas de todas partes muchas heridas, sin poder abrir una
brecha, rayando ya el día, por miedo de ser cogidos por el flanco de las tropas
de la cuesta, tocaron retirada. En esto los de la plaza, mientras andan
afanados en manejar las máquinas preparadas por Vercingetórige para el asalto,
en cegar los primeros fosos, gastado gran rato en tales maniobras, entendieron
la retirada de los suyos antes de haberse acercado ellos a nuestras
fortificaciones. Así volvieron a la plaza sin hacer cosa de provecho.
LXXXIII.
Rebatidos
por dos veces con pérdida los galos, deliberan sobre lo que conviene hacer.
Consultan con los prácticos del país. Infórmanse de ellos sobre la posición y
fortificaciones de nuestro campamento de arriba. Yacía por la banda
septentrional una colina que, no pudiendo abrazarla con el cordón los nuestros
por su gran circunferencia, se vieron forzados a fijar sus estancias en sitio
menos igual y algún tanto costanero. Guardábanlas los legados Cayo Antistio
Regino y Cayo Caninio Rehilo con dos legiones. Batidas las estradas, los jefes
enemigos entresacan cincuenta y cinco mil combatientes de las tropas de
aquellas naciones que corrían con mayor fama de valerosas, y forman entre sí en
secreto el plan de operaciones. Determinan para la empresa la hora del
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mediodía, y
nombran por cabo de la facción a Vergasilauno Alverno, uno de los cuatro
generales, pariente de Vercingetórige. Sale, pues, de los reales a prima noche,
y terminada su marcha cerca del amanecer, se oculta tras del monte, y ordena a
los soldados que descansen sobre los reales arriba mencionados, y a la misma
hora empieza la caballería a desfilar hacia las trincheras del llano, y el
resto del ejército a escuadronarse delante de sus tiendas.
LXXXIV.
Vercingetórige,
avistando desde el alcázar de Alesia a los suyos, sale de la plaza, llevando
consigo zarzas, puntales, árganos, hoces y las demás baterías aparejadas para
forzar las trincheras. Embisten a un tiempo por todas partes, y hacen todos los
esfuerzos posibles. Si ven algún sitio menos pertrechado, allá se abalanzan. La
tropa de los romanos se halla embarazada con tantas fortificaciones, ni es
fácil acudir a un tiempo a tan diversos lugares. Mucho contribuyó al terror de
los nuestros la vocería que sintieron en el combate a las espaldas, midiendo su
peligro por el ajeno orgullo. Y es así, que los objetos distantes hacen de
ordinario más vehemente impresión en los pechos humanos.
LXXXV.
César,
desde un alto, registra cuanto pasa y refuerza a los que peligran. Unos y otros
se hacen la cuenta de ser ésta la ocasión en que se debe echar el resto. Los
galos si no fuerzan las trincheras, se
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dan por
perdidos; los romanos con la victoria esperan poner fin a todos sus trabajos.
Su mayor peligro era en los reales altos, atacados, según referimos, por
Vergasilauno. Un pequeño recuesto cogido favorece mucho a los contrarios. Desde
allí unos arrojan dardos; otros avanzan empavesados; rendidos unos, suceden
otros de refresco. La fajina, que todos a una echan contra la estacada, así
facilita el paso a los galos, como inutiliza los pertrechos que tenían tapados
en tierra los romanos. Ya no pueden más los nuestros, faltos de armas y
fuerzas.
LXXXVI.
En vista de
esto, César destaca en su amparo a Labieno con seis cohortes; ordénale que si
dentro no puede sufrir la carga, rompa fuera arremetiendo con su gente; pero no
lo haga sino como último recurso. Él mismo va recorriendo las demás líneas,
esforzando a todos a que no desfallezcan; que aquél era el día y la hora de
recoger el fruto de tantos sudores. Los de la plaza, desconfiando de abrir
brecha en las trincheras del llano por razón de su extensión tan vasta, trepan
lugares escarpados, donde ponen su armería, con el granizo de flechas derriban
de las torres a los defensores; con terrones y zarzos allanan el camino; con
las hoces destruyen estacada y parapetos.
LXXXVII.
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César
destaca primero al joven Bruto con seis cohortes, y tras él al legado Fabio con
otras siete. Por último, él mismo en persona, arreciándose más la pelea, acude
con nuevos refuerzos. Reintegrado el combate, y rechazados los enemigos, corre
a unirse con Labieno. Saca del baluarte inmediato cuatro cohortes. A una parte
de la caballería ordena que le siga; otra, que rodeando la línea de
circunvalación, acometa por las espaldas al enemigo. Labieno, visto que ni
estacadas ni fosos eran bastantes a contener su furia, juntando treinta y nueve
cohortes, que por dicha137 se le presentaron de los baluartes más cercanos, da
parte a César de lo que pensaba ejecutar. César viene a toda prisa, por
hallarse presente a la batalla.
LXXXVIII.
No bien
hubo llegado, cuando fue conocido por la vistosa sobreveste que solía traer en
las batallas; vistos también los escuadrones de caballería y el cuerpo de
infantería que venía tras él por su orden (pues se descubría desde lo alto lo
que pasaba en la bajada de la cuesta), los enemigos traban combate. Alzado de
ambas partes el grito, responden al eco iguales clamores del vallado y de todos
los bastiones. Los nuestros, tirados sus dardos, echan mano de la espada.
Déjase ver de repente la caballería sobre el enemigo.
137 Número
parece éste increíble para encontrado de paso; pero así está en el texto:
coactis una de o unde quacinta cohortibus... quas sors obtulit, en letra y no
en cifra, porque no se piense ser yerro del amanuense.
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Avanzan las
otras cohortes; los enemigos echan a huir, y en la huida encuentran con la
caballería. Es grande la matanza. Sedulio, caudillo y príncipe de los
limosines, es muerto; Vergasilauno, en la fuga, preso vivo; setenta y cuatro
banderas presentadas a César; pocos los que de tanta muchedumbre vuelven sin
lesión a los reales. Viendo desde la plaza el estrago y derrota de los suyos,
desesperados de salvarse, retiran sus tropas de las trincheras. Entendido esto,
sin más aguardar los galos desamparan sus reales. Y fue cosa que a no estar los
nuestros rendidos de tanto correr a reforzar los puestos y del trabajo de todo
el día, no hubieran dejado hombre con vida. Sobre la medianoche, destacada la
caballería, dio alcance a su retaguardia prendiendo y matando a muchos; los
demás huyen a sus tierras.
LXXXIX.
Al otro día
Vercingetórige, convocada su gente, protesta «no haber emprendido él esta
guerra por sus propios intereses, sino por la defensa de la común libertad; mas
ya que es forzoso ceder a la fortuna, él está pronto a que lo sacrifiquen, o
dándole, si quieren, la muerte o entregándolo vivo a los romanos para
satisfacerles», Despachan diputados a César, mándales entregar las armas y las
cabezas de partido. Él puso su pabellón en un baluarte delante los reales. Aquí
se le presentan los generales. Vecingetórige es entregado. Arrojan a sus pies
las armas. Reservando los eduos y
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alvernos a
fin de valerse de ellos para recobrar sus Estados, de los demás cautivos da uno
a cada soldado a título de despojo.
XC.
Hecho esto,
marcha a los eduos, y se le rinden. Allí recibe embajadores de los alvernos que
se ofrecen a estar en todo a su obediencia. Mándales dar gran número de
rehenes. Restituye cerca de veinte mil prisioneros a los eduos y alvernos.
Envía las legiones a cuarteles de invierno. A Tito Labieno manda ir con dos y
la caballería a los secuanos, dándole por ayudante a Marco Sempronio Rutilo. A
Cayo Fabio y a Lucio Minucio Basilo aloja con dos legiones en los remenses,
para defenderlos de toda invasión contra los beoveses sus fronterizos. A Cayo
Antistio Regino remite a los ambivaretos; a Tito Sestio a los berrienses; a
Cayo Caninio Rebilo a los rodenses, cada uno con su legión. A Quinto Tulio
Cicerón y a Publio Sulpicio acuartela en Chalóns y Macón, ciudades de los eduos
a las riberas del Arar, para el acopio y conducción del trigo. Él determina
pasar el invierno en Bilbracte. Sabidos estos sucesos por cartas de César, se
mandan celebrar en Roma fiestas por veinte días.
Notas de
Napoleón al Libro VII
1. En esta
campaña, César dio varias batallas y llevó a cabo grandes asedios, en dos de
los cuales consiguió éxito; es la primera vez que tuvo que combatir con los
galos
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unidos. Su
resolución, el talento de su general Vercingetórige, la fuerza de su ejército,
todo hace de esta campaña la más gloriosa para los romanos. Tenían éstos diez
legiones, lo que, con la caballería, las tropas auxiliares, los alemanes, las
tropas ligeras, debían de hacer un ejército de 80.000 hombres. La conducta de
los habitantes de Bourges, la del ejército de socorro; la conducta de los
Clermonteses, la de los habitantes de Alesia, nos enseñan a la vez la
resolución, el valor de los galos y su impotencia por la falta de orden, de
disciplina, de dirección militar. Cap. LXVII.
2. Pero,
¿es posible que Vercingetórige se hubiese encerrado con 80.000 hombres en una
ciudad de tan exigua extensión? Cuando hizo salir su caballería, ¿por qué no
hacer lo propio con las tres cuartas partes de su infantería? Veinte mil
hombres eran más que suficientes para reforzar a la guarnición de Alesia,
asentada sobre una elevación de 3.000 toesas de circunferencia, y que contenía
además una población numerosa y aguerrida. En la plaza quedaban sólo víveres
para 30 días, ¿por qué, pues, encerrar tantos hombres inútiles para la defensa,
pero que habían de acelerar la rendición? Alesia era una plaza fuerte por su
posición; no tenía que temer sino el hambre. Si en lugar de 80.000 hombres,
Vercingetórix hubiese tenido
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únicamente
20.000, hubiese contado con víveres para cien días, mientras que 60.000 hombres
acampados en los alrededores hubiesen inquietado a los asaltantes.
Necesitábanse más de cincuenta días para reunir un nuevo ejército galo y para
que éste hubiese podido llegar en socorro de la plaza. Finalmente, si
Vercingetórix hubiese contado con 80.000 hombres, ¿puede creerse que se hubiera
encerrado entre los muros de la ciudad? Habría
ocupado los
alrededores defendiéndose con atrincheramientos, presto a saltar y a caer sobre
César. El ejército de socorro estaba, según César, compuesto de 240.000
hombres. Este ejército no acampó, no maniobró como podía hacer un ejército tan
superior al del enemigo, sino como un ejército igual. Tras dos ataques destacó
60.000 hombres para lanzarse contra la altura del Norte; este destacamento
fracasó, lo cual no era motivo para obligar al ejército a retirarse en
desorden. Capítulo LXXI.
3. Las
obras de César eran considerables; el ejército dispuso de cuarenta días para
construirlas, y las armas ofensivas de los galos eran impotentes para destruir
tales obstáculos, ¿Un problema semejante podría ser resuelto en nuestros días?
¿Podrían cien mil hombres bloquear una plaza con líneas de contravalación y
ponerse al abrigo de
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los ataques
de cien mil hombres detrás de su circunvalación? Cap. LXXIII.
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Libro
Octavo
(Escrito
por Aulo Hircio)
Prólogo
Movido de
tus instancias continuas, Balbo, pues te parece que mi porfiada resistencia no
tanto se dirigía a excusar la dificultad, como la flojedad mía, he entrado en
un empeño sumamente difícil. He compuesto un Comentario de los hechos de
nuestro César en las Galias, no comparable a sus escritos antecedentes y
posteriores; y he formado otro, bien que imperfecto, de los sucesos de
Alejandría hasta el fin, no de la disensión civil, que éste hasta ahora no le
vemos, sino de la vida de César. Los cuales ojalá sepan los que los leyeren
cuan contra mi voluntad he emprendido escribirlos, para que más fácilmente me
absuelvan del crimen de necio y arrogante en haberme interpolado con los
escritos de César. Porque es constante entre todos, que no se halla obra de alguno
escrita con todo el trabajo y esmero posible, que no quede obscurecida a la
vista de la elegancia de estos comentarios, los cuales se han publicado para
que los escritores tuviesen noticia de tales sucesos; y han merecido tanta
estimación en la opinión de todos, que no parece dan facultad a los autores,
sino se la quitan, para escribir sobre ellos una historia. Acerca de lo cual es
mucho mayor la admiración mía que la de los demás. Porque los
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otros saben
al cabo con cuánta elegancia y pureza están escritos; pero yo fui testigo de
cuan pronta y fácilmente los concluyó. Tenía César, no sólo una suma facilidad
y elegancia en el escribir, sino también una rara habilidad para explicar sus
pensamientos. Además, no tuve yo la suerte de hallarme en la guerra de África,
ni en la de Alejandría; de las cuales, aunque en mucha parte tuve noticia por
conversaciones del mismo César, con todo, con diferente impresión oímos
aquellos hechos que nos preocupan con la novedad, o la admiración, de aquella
con que referimos los sucesos como testigos de vista. Mas cuando voy recogiendo
todas las razones de excusarme de ser puesto en paralelo con César, caigo en
este mismo delito de arrogancia de pensar, que a juicio de algunos pueda yo ser
comparado con él. Adiós.
I.
Sujeta toda
la Galia, no habiendo interrumpido César el ejercicio de las armas en todo el
verano antecedente, y deseando que descansasen las tropas de tantos trabajos en
los cuarteles de invierno, tuvo noticia de que muchas naciones trataban de
renovar la guerra a un mismo tiempo y conjurarse para este fin. De lo cual se
decía que verosímilmente sería la causa el haber conocido los galos, que ni con
la mayor multitud junta en un lugar se podía resistir a los romanos; pero si a
un tiempo muchas provincias les
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declarasen
diversas guerras, no tendría su ejército bastantes auxilios, ni tiempo ni gente
para acudir a todas partes. Y así ninguna ciudad debía rehusar la suerte de la
incomodidad si con esta lentitud podían las demás recobrar su libertad.
II.
Para que no
se confirmase la opinión de los galos, dejó César el mando de los cuarteles de
invierno al cuestor M. Antonio, y marchó con la caballería el último día de
diciembre de la ciudad de Autun138 a juntarse con la legión trece, que
invernaba no lejos de los términos de Autun, y le añadió la undécima, que era
la más inmediata. Dejó dos cohortes para resguardo del equipaje, y marchó con
el resto del ejército a la fértilísima campaña de Berry, cuyos moradores, como
tenían espaciosos términos y muchas ciudades, no podían ser contenidos con una
sola legión de hacer prevenciones de guerra y conspiraciones con este intento.
III.
Sucedió con
la repentina llegada de César lo que era preciso a gente desprevenida y
desparramada: que estando cultivando los campos sin temor alguno, fueron
sorprendidos por la caballería antes que pudiesen refugiarse en las
poblaciones. Porque aun aquella
138 En esta
traducción las poblaciones y lugares figuran con sus nombres modernos; así
Autun corresponde al Bibracte del último capítulo de los COMENTARIOS DE LA
GUERRA DE LAS GALIAS.
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ordinaria
señal de sobrevenir el enemigo, que acostumbra a hacerse entender por los
incendios de los edificios, había sido prohibida con orden formal de César,
para que no le faltase abundancia de pasto y trigo, si acaso pasaba más
adelante, ni los enemigos se amedrentasen con los incendios. Atemorizados los
de Berry con la presa de muchos millares de hombres, los que pudieron escapar
de la primera entrada de los romanos se acogieron a las ciudades circunvecinas,
o fiados en los privados hospedajes, o en la sociedad de los designios. Más fue
en vano; porque haciendo César marchas muy largas, acudió a todas partes, sin
dar tiempo a ninguna ciudad de mirar antes por su salud y conservación ajena
que por la suya propia; con cuya prontitud mantuvo en su fidelidad a los
amigos, y con el terror obligó a los dudosos a las condiciones de la paz.
Propuesta ésta, y viendo los de Berry que la clemencia de César les abría
camino para volver a su amistad, y que las ciudades de su comarca habían sido
admitidas sin otra pena que haberle dado rehenes, hicieron ellos lo mismo.
IV.
César, a
vista de la constancia con que los soldados habían tolerado tan grandes
trabajos, siguiéndole con tan buen deseo en tiempo de hielos por caminos muy
trabajosos, y con unos fríos intolerables, prometió regalarlos con doscientos
sestercios a cada uno, y dos mil denarios a los centuriones con título de
presa, y enviadas las legiones a sus cuarteles, se volvió a Autun a los
cuarenta días que
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había
salido. Estando aquí administrando justicia, llegaron comisionados de Berry a
pedirle socorro contra los de Chartres, quejándose de que les habían declarado
la guerra. Con cuya noticia, sin haber sosegado más que dieciocho días, mandó
salir a las legiones decimocuarta y sexta, que invernaban sobre el Saona, de
las cuales se dijo en el libro anterior que estaban destinadas aquí para
facilitar las provisiones de víveres. Con estas legiones partió a castigar el
atrevimiento de los chartreses.
V.
Llegada a
los enemigos la fama del ejército, y temiendo iguales daños que los otros,
desamparando las poblaciones que habitaban, en que por necesidad habían
levantado unas pequeñas chozas y cabañas para guarecerse del frío (porque
recién conquistados habían perdido muchas de sus ciudades), dieron a huir por
diversas partes. César, que no quería exponer sus tropas a los rigores de la
estación que amenazaba entonces, puso su real sobre Orleáns, ciudad de
Chartrain, y alojó parte de los soldados en las casas de los galos, parte en
las chozas que hicieron de pronto con la paja recogida para cubrir las tiendas;
pero a la caballería e infantería auxiliar despachó por todos aquellos parajes
por donde se decía que habían escapado los enemigos, y no en vano, pues volvieron
casi todos cargados de presa. Oprimidos los chartreses por el rigor del
invierno y el miedo del peligro, echados de sus casas, sin atreverse a
permanecer en un paraje mucho tiempo, ni poderse refugiar al
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amparo de
las selvas por la crueldad del temporal, dispersos, y con la pérdida
considerable de los suyos, se fueron repartiendo por las ciudades comarcanas.
VI.
César,
considerando el rigor de la estación, y teniendo por bastante deshacer estos
cuerpos de tropas, para que no se originase algún nuevo principio de guerra; y
conociendo cuanto alcanzaba con la razón, que no se podía mover empresa
considerable para el verano, puso a C. Trebonio en el cuartel de Orleáns con
las dos legiones que tenía consigo. Noticioso por frecuentes avisos de Reims
que los del Bovesis, señalados entre todos los galos y belgas en la gloria
militar, y las ciudades de su comarca prevenían ejército y se juntaban en sitio
señalado, teniendo por caudillos a Correo, natural del Bovesis, y a Comió de
Arras, para hacer una entrada con toda su gente en las tierras de Soisóns, de
la jurisdicción de Reims; y juzgando que importaba no sólo a su reputación,
sino a su propio interés que los aliados beneméritos de la república no
recibiesen daño alguno, volvió a sacar de los cuarteles de invierno a la legión
undécima, escribió a C. Fabio que se fuese acercando a Soisóns con las dos que
tenía, y envió a pedir a Labieno una de las que estaban a su mando. De esta
manera, cuando lo permitía la inmediación de los cuarteles y el presupuesto de
la guerra, repartía el cargo de ella alternativamente a las legiones, sin
descansar él en ningún tiempo.
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VII.
Juntas
estas tropas, marchó la vuelta del Bovesis; y habiendo acampado en sus
términos, destacó varias partidas de caballos a diversas partes, que hiciesen
algunos prisioneros de quienes informarse de los designios de los enemigos.
Hicieron éstos su deber, y volvieron diciendo que habían hallado muy poca gente
en las poblaciones, y ésta no que hubiese quedado por causa del cultivo de los
campos, pues se habían retirado con diligencia de toda la comarca, sino que
eran enviados como espías, a quienes, preguntando César dónde estaba la
multitud de los boveses o cuál era su designio, halló que todos los que podían
tomar las armas habían formado un cuerpo, y con ellos los de Amiéns, de Maine,
de Caux, de Rúan y Artois, y elegido para su real una eminencia rodeada de una
laguna embarazosa; que habían retirado todo el equipaje a los montes más
apartados; que eran muchos los capitanes de aquella empresa, pero que toda la
multitud obedecía a Correo, por haber entendido que era el que más odio
mostraba al Pueblo Romano; que pocos días antes había marchado Comió de este
campo a traer tropas auxiliares de sus vecinos los germanos, cuya multitud era
infinita; que tenían determinado los del Bovesis, por consentimiento de los
cabos principales y con gran contente de la plebe, en caso de venir César, como
se decía, con tres legiones, presentarle desde luego la batalla, para no verse
después precisados a pelear con menos ventaja con todo el resto de su ejército;
pero si traía mayores tropas, permanecer en el puesto que habían tomado,
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y con
emboscadas estorbar a los romanos el forraje, escaso y disperso por la
estación, y las provisiones de víveres.
VIII.
Hechas
estas averiguaciones, por convenir muchos en lo mismo, y viendo que las
resoluciones que le proponían estaban llenas de prudencia y muy distantes de la
temeridad de gentes bárbaras, pensó todos los medios posibles para que,
menospreciando los enemigos el corto número de su gente, saliesen a campo raso.
Tenía consigo las legiones séptima, octava y nona, las más veteranas y de
singular valor; la undécima, de grandes esperanzas, compuesta de mozos
escogidos, que llevando ya cumplidos ocho años de servicio, con todo no había
llegado aún a igual reputación de valiente y veterana. Y así, convocada una
junta, y expuestas en ella todas las noticias adquiridas, aseguró los ánimos de
los soldados; y por si podía atraer a los enemigos a la batalla con el número
de las tres legiones, ordenó el ejército en esta forma: Hizo marchar delante
del equipaje a las legiones séptima, octava y nona, después todo el equipaje
(que no era considerable, como suele en tales expediciones), al cual cerrase la
legión undécima para no darles apariencia de mayor número que el que ellos
habían pedido. Ordenado así el ejército, casi en forma de cuadro, llegó a la
vista de los enemigos antes de lo que pensaban.
IX.
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Viendo
ellos que se acercaban las tropas en ademán de pelear, aunque se le había dado
a entender a Cesar su mucha confianza en sus designios, o por el peligro de la
batalla, o por la llegada repentina, o por esperar nuestra resolución, ordenó
sus haces delante de los reales sin apartarse de la eminencia. César, aunque
había deseado venir a las manos, con todo, admirado de la multitud de los
enemigos, acampó enfrente de ellos, dejando en medio un valle más profundo que
de grande espacio. Mandó fortalecer sus reales con un muro de doce pies, y a
proporción de esta altura fabricar un parapeto. Asimismo que se hiciesen dos
fosos de quince pies de profundidad, tan anchos por arriba como por abajo; que
se levantasen varias torres de tres altos, unidas con puentes y galerías, cuyos
frentes se fortaleciesen con un parapeto de zarzos, para que fuese rechazado el
enemigo por dos órdenes de defensores, uno que disparase sus flechas de más
lejos, y con mayor atrevimiento desde las galerías, cuanto estaba más seguro en
la altura, y el otro más cercano al enemigo en la trinchera se cubriese con los
puentes, de sus flechas; y a todas las entradas hizo poner puertas y torres muy
altas.
X.
Dos eran
las intenciones de esta fortificación: con tan grandes obras y la sospecha de
temor esperaba aumentar la confianza de los bárbaros; y habiéndose de ir lejos
por el forraje y víveres, se podrían defender los reales con menos gente. Entre
tanto, adelantándose
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muchas
veces algunos soldados de una y otra parte, se peleaba sobre una laguna que
había en medio, la cual pasaban a veces nuestras partidas, o las de los galos y
germanos, persiguiendo con más ardor a los enemigos, y a veces la pasaban ellos
retando a los nuestros. Además, sucedía diariamente en los forrajes (como era
preciso yéndose a buscar a los edificios raros y dispersos), que, desparramados
los que le buscaban en parajes quebrados, eran cercados, cosa que aunque de
poco daño para los nuestros, de caballerías y esclavos, con todo no dejaba de
levantar los necios pensamientos de los bárbaros, y más habiendo venido Comió,
de quien dijimos había ido por socorros a Germania, con una partida de
caballos, que aunque no eran más que quinientos, bastaban para hincharlos con
el socorro de los germanos.
XI.
Viendo
César que se mantenía el enemigo mucho tiempo en sus reales fortificados con
una laguna, y en sitio ventajoso por naturaleza, y que no podía asaltarlos sin
un choque peligroso, ni cercar el sitio con obras sin un ejército más numeroso,
escribió a C. Trebonio que lo más pronto que pudiese llamase a sí la legión
decimotercia, que invernaba en Berry al mando del lugarteniente T. Sextio, y
viniese a largas marchas a incorporarse con él con tres legiones. Entre tanto,
destacaba todos los días la caballería de Reims y Langres, y de las demás
naciones, de que tenía un número
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considerable,
de escolta a los forrajeadores para que contuviesen las correrías repentinas de
los enemigos.
XII.
Como esto
se hiciese todos los días, y con la costumbre, como suele suceder, se fuese
disminuyendo la diligencia, dispusieron los del Bovesis una emboscada con un
trozo de infantería escogida, habiendo advertido de antemano dónde solían
apostarse nuestros caballos; y enviaron allí mismo su caballería al día
siguiente, para sacar primero a los nuestros al lugar de la emboscada y
acometerlos después cogiéndolos en medio. Esta desgracia cayó sobre la
caballería de Reims, a quien tocó aquel día resguardar a los forrajeadores.
Porque advirtiendo de pronto la de los enemigos, y despreciándolos por verse
superiores en número, los siguieron con demasiado ardor, y fueron cercados por
la infantería emboscada. Con cuyo hecho perturbados, se retiraron más presto de
lo acostumbrado en las batallas de a caballo con pérdida de su general
Vertisco, sujeto muy principal de su Estado. El cual, pudiendo apenas manejar
el caballo por su avanzada edad, con todo, según la costumbre de la nación, ni
se había excusado de tomar el mando ni permitido que se pelease sin su
presencia. Se hincharon y levantaron más los ánimos de los enemigos con la
prosperidad de la batalla y la muerte de una persona tan principal como el
general de la caballería de Reims; y los nuestros fueron avisados con aquel
daño para apostarse examinando antes los parajes con más
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diligencia,
y seguir con más moderación las retiradas de los enemigos.
XIII.
Con todo no
cesaban las diarias escaramuzas a vista de uno y otro campo en los vados y
pasos de la laguna. En una de ellas los germanos que César había traído para
pelear mezclados con nuestros caballos, habiendo pasado todos la laguna con
gran tesón y muerto a algunos que les quisieron hacer frente, y persiguiendo
con denuedo a todo el resto de la multitud, se amedrentaron de suerte, no sólo
los oprimidos de cerca o heridos desde lejos, que huyeron vergonzosamente, sin
dejar de correr, perdiendo siempre las alturas que ocupaban, unos hasta meterse
dentro de sus reales y otros mucho más lejos movidos de su propia vergüenza.
Con cuyo riesgo llegaron a cobrar tal miedo todas las tropas, que apenas se
podía discernir si eran más insolentes en las cosas favorables y muy pequeñas,
que pusilánimes en las adversas de alguna mayor consideración.
XIV.
Pasados
muchos días en los reales, y noticiosos los generales de los enemigos que se
acercaban las legiones y el lugarteniente C. Trebonio, temiéndose un cerco
semejante al de Alesia, despacharon una noche a los que por sus años, debilidad
o falta de armas eran menos a propósito para la guerra, y enviaron con ellos el
resto de
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los
equipajes; cuyo perturbado y confuso escuadrón, mientras se dispuso a la marcha
(pues aunque marchen estas gentes a la ligera, les sigue siempre una gran
multitud de carros), sobreviniendo la luz del día, formaron algunas tropas al
frente de los reales, no fuese que los romanos salieran en su seguimiento antes
que se adelantase el equipaje. Pero ni César tenía por conveniente provocarlos,
cuando se defendían desde un collado muy alto, ni tampoco dejar de acercar las
legiones, hasta no poder retirarse los bárbaros de aquel puesto sin recibir
algún daño. Y así, visto que la laguna embarazosa separaba un campo de otro,
cuya dificultad podía estorbar la prontitud de seguirles el alcance, y que el
collado, pegado al real enemigo a espaldas de la laguna, estaba también
separado de los suyos por un mediano valle, echando puente sobre la laguna,
pasó las legiones del otro lado, y tomó prontamente el llano de encima del
collado, que con suave declive estaba fortalecido por los lados. Ordenadas aquí
las legiones, subió a lo alto de la cuesta, y sentó su real en un paraje desde
donde con máquinas podían herir las flechas al enemigo.
XV.
Confiando
los bárbaros en la situación de su campo, y no rehusando pelear si los romanos
intentaban subir la cuesta, pero no atreviéndose a echar partidas separadas por
no ser sorprendidos hallándose dispersos, se estuvieron quietos. César, vista
su pertinacia, previno veinte cohortes, señaló el espacio para los reales,
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y mandó que
se fortaleciesen. Concluida la obra, formó las legiones en batalla al frente de
la trinchera, y dio orden de detener los caballos aparejados en sus puestos.
Viendo los enemigos dispuestos a los romanos para perseguirlos y no pudiendo
pernoctar ni permanecer más tiempo en aquel paraje sin vitualla, tomaron para
retirarse esta resolución: Fueron pasando de mano en mano delante del
campamento todos los haces de paja y fagina sobre que estaban sentados los
reales, y de que tenían gran copia (pues como se ha dicho en los libros
anteriores, así lo acostumbraban), y dada la señal del anochecer, a un tiempo
les pusieron fuego. Así extendida la llama, quitó todas las tropas de la vista
de los romanos, lo cual hecho, dieron a huir con gran prisa.
XVI.
César,
aunque no podía distinguir la fuga de los enemigos por el estorbo de las
llamas, con todo, sospechando que habrían tomado aquella resolución para
escaparse, adelantó las legiones, y echó delante algunas partidas de caballos
que los siguiesen. Él marchaba más despacio temiendo alguna emboscada por si
permanecía el enemigo en el mismo puesto y pretendía llamar a los nuestros a
algún desfiladero, los de a caballo temían penetrar por el humo y por las
llamas muy espesas; y si algunos más animosos penetraban, como apenas viesen
las cabezas de sus propios caballos, temerosos de alguna celada, dieron a los
enemigos oportunidad para ponerse a salvo. De esta manera, con una fuga llena
de temor y astucia,
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habiendo
caminado sin estorbo no más que diez millas, sentaron su real en un puesto muy
ventajoso. Desde allí, poniendo muchas veces en celada ya la infantería, ya la
caballería, hacían mucho daño a los nuestros en los forrajes.
XVII.
Como esto
sucediese con frecuencia, supo César, por un prisionero, que Correo, general de
los enemigos, había escogido seis mil infantes de los más esforzados y mil
caballos de todo el resto de su gente para armar una celada en cierto paraje,
adonde creía que enviarían los romanos a hacer forraje, porque le había en
abundancia. Sabido este designio, sacó César más legiones de las que
acostumbraba, y echó delante la caballería, según solía enviarla para escolta
de los forrajeadores. Puso entre ellos algunas partidas de tropa ligera, y se
acercó lo más que pudo con las legiones.
XVIII.
Los
enemigos puestos en la emboscada eligieron para dar el golpe un lugar que sólo
se extendía hasta mil pasos, fortalecido alrededor con selvas muy embarazosas y
con un río muy profundo, y le cercaron todo. Los nuestros, averiguada la
intención de los enemigos, prevenidos de armas y valor para la batalla y no
rehusando peligro alguno, por saber que los seguían las legiones, llegaron al
paraje en varias partidas. Con su venida pensó Correo que se le había ofrecido
la ocasión del logro de su empresa, y así se
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mostró a lo
primero con poca gente y arremetió a las partidas que tenía más inmediatas. Los
nuestros sufrieron constantemente el ataque de los emboscados, sin juntarse el
mayor número, como sucede en los choques de a caballo, así por algún temor como
por el daño que se recibe de la misma multitud de la caballería.
XIX.
Como ésta
pelease a pelotones, dispuestas alternativamente las partidas, sin permitir que
los cercasen por los lados, salió corriendo todo el resto de las selvas con el
mismo Correo a su frente. Trabóse la batalla muy reñida, la cual mantenida
largo rato sin conocida ventaja, se dejó ver poco a poco la multitud de
infantería en formación de batalla, la cual obligó a retirarse a nuestra
caballería; pero acudió presto a su socorro la infantería ligera, que dije
había marchado delante de las legiones y peleaba con grande esfuerzo
entreverada con los caballos. Peleóse algún tiempo con igual resistencia; más
después, como el lance lo pedía de suyo, los que sostuvieron los primeros
encuentros de la emboscada, por esto mismo eran superiores, porque aunque
fueron cogidos de sobresalto no habían recibido daño alguno. Entre tanto se
iban acercando ya las legiones, y a un mismo tiempo llegaban frecuentes avisos
a los nuestros y a los enemigos de que se acercaba el general con todo el resto
del ejército. Con esta noticia, confiados los nuestros con el socorro de las
legiones, peleaban con grande esfuerzo, para que no se creyese que por descuido
comunicaban la gloria con el ejército.
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Los
enemigos cayeron de su estado, y por diversos caminos buscaban la fuga en vano,
pues se veían cercados en las mismas dificultades en que habían pretendido
encerrar a los nuestros. Al fin, vencidos, derrotados y perdida la mayor parte,
huían consternados por donde los llevaba la suerte, parte a guarecerse de las
selvas, parte a escapar por el río, los cuales acabaron de perecer en la fuga,
siguiendo el alcance porfiadamente los nuestros. Correo, sin embargo, no
pudiendo ser vencido de la calamidad, ni reducido a salir de la batalla y
esconderse en las selvas, ni a rendirse, como le instaban los nuestros,
peleando valerosamente e hiriendo a muchos, obligó al cabo a los vencedores a
que, airados de su obstinación, le atravesasen de una multitud de flechas.
XX.
Con este
suceso siguió César los pasos de la victoria; y creyendo que desmayados los
enemigos con la codicia de esta derrota desampararían sus reales, que se decía
distaban sólo ocho millas de donde había pasado la refriega, aunque veía el
embarazo del río, con todo pasó adelante con su ejército. Los del Bovesis y sus
aliados, habiendo recogido muy pocos de los suyos, y éstos maltratados y
heridos, que evitaron la muerte al favor de las selvas, viendo las cosas tan
contrarias, informados de la calamidad, muerto Correo, perdida la caballería y
la mejor parte de la infantería, y creyendo que vendrían sobre ellos los
romanos, convocada una junta al son
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de las
trompetas, clamaron todos a una voz que se enviasen comisionados y rehenes a
César.
XXI.
Aprobada
por todos esta resolución, Comió se pasó huyendo a aquellos pueblos de Germania
de quienes había recibido auxilios para esta guerra. Los demás, sin detención,
enviaron diputados a César, pidiéndole: «Se contentase con aquel castigo, que
aun pudiendo y sin haber abatido sus fuerzas con la victoria, nunca se le
impondría tal por su clemencia y humanidad; que había quedado desbaratado su
poder con la batalla ecuestre; habían perecido muchos millares de gente
escogida de infantería, quedando apenas quienes les llevasen la infausta
noticia; pero que con todos estos males le aseguraban haber conseguido un gran
bien en que Correo, autor de aquel levantamiento y alborotador de la
muchedumbre, hubiese quedado sepultado en sus ruinas; pues nunca en vida de él
había podido tanto en la ciudad el Senado como la necia plebe.»
XXII.
Hecha esta
súplica por los diputados, les trajo César a la memoria: «Que el año pasado
ellos, y todas las demás provincias de la Galia habían emprendido a un mismo
tiempo la guerra, pero ninguno permaneció en su resolución con tanta
obstinación como ellos, no habiéndose querido reducir a la razón y cordura con
la entrega y rendición de los demás; que sabía y entendía muy bien con cuánta
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facilidad
se atribuyesen las causas de los yerros a los muertos, pero que nadie era tan
poderoso que con el flaco ejército de la plebe fuese capaz de emprender y
sostener una guerra contra la voluntad de los principales, contradiciéndolo el
Senado y oponiéndose todos los buenos. Mas con todo eso él quedaría satisfecho
con aquel castigo que ellos mismos se habían acarreado.»
XXIII.
A la noche
siguiente volvieron los diputados con la respuesta a los suyos, y sin más
detención aprontaron los rehenes. Concurrieron allí mismo los comisionados de
otras ciudades que observaban el éxito de los boveses, trajeron sus rehenes y
obedecieron las órdenes que se les dieron, menos Comió, a quien el temor no
dejaba fiar de nadie su persona. Porque estando César el año antes
administrando justicia en Lombardía, averiguó Labieno que este Comió solicitaba
las ciudades y tramaba una conjuración contra César, por lo cual, creyendo que
sin injusticia podía oprimir su perfidia y que aunque le llamase a sus reales
no vendría, por no hacerle más cauto por otros medios, envió a C. Voluseno
Cuadrato, que con pretexto de alguna conferencia procurase matarle, para cuya
empresa le dio unos centuriones escogidos. Habiendo venido a la plática, y
tomado la mano a Comió, que era la seña acordada, uno de los centuriones, como
irritado de la familiaridad tan poco usada, arremetiendo a él, le dejó
maltrecho de la primera cuchillada que le descargó en la cabeza, aunque no
acabó de matarle, porque se lo estorbaron
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prontamente
los que le acompañaban. Unos y otros sacaron las espadas, pensando no tanto en
ofenderse como en huir, los nuestros por creer que era mortal la herida de
Comió, y los galos porque, conocida la traición, temían más de lo que veían.
Con esto se dijo que Comió había hecho propósito de no ponerse jamás delante de
ningún romano.
XXIV.
Debeladas
estas gentes tan belicosas, y viendo César que no quedaba ya nación que pudiese
romper la guerra para oponérsele, pero que todavía se salían algunos de los
pueblos y huían de los campos para evitar el yugo del Imperio, determinó
repartir el ejército en diversas partes. Incorporó consigo al cuestor M.
Antonio con la legión undécima. Despachó al lugarteniente C. Fabio con
veinticinco cohortes a una parte de la Galia más distante, porque tenía noticia
que estaban todavía en armas algunas ciudades de ella, y creía que Caninio
Rebilo, que mandaba en aquel paraje, no tenía muy seguras las dos legiones de
su cargo. Llamó a sí a T. Labieno, y envió la legión duodécima que éste había
mandado en la invernada a Lombardía, para defensa de las colonias romanas, y
que no les sucediese una desgracia igual a la que acaeció el verano anterior a
los pueblos de Istria, que fueron sorprendidos de una inundación y pillaje
repentino de los bárbaros. Él marchó a talar y destruir las
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de Sergio Barros 322 Preparado por Patricio Barros
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tierras de
Ambiorix139 el cual andaba atemorizado y fugitivo; y desconfiando de reducirle
a su obediencia, creía que era lo más conveniente a su reputación abrasar de
tal manera sus tierras, haciendo todo el daño posible en los hombres, en los
ganados y en los edificios, que cayendo en odio de los suyos, si algunos amigos
le había dejado la fortuna, no tuviese acogida en su país por haberle causado
tantas calamidades.
XXV.
Extendidas
por sus tierras las legiones o las tropas auxiliares, asolado todo con muertes,
incendios y robos, matando y cautivando muchas gentes, envió a Labieno con dos
legiones contra Tréveris, cuyos moradores ejercitados en continuas guerras por
la inmediación a Germania, no se diferenciaban mucho de los germanos en su
grosería y fiereza, ni obedecían jamás a las órdenes sino obligados por fuerza
de armas.
XXVI.
En este
intermedio, informado el teniente general C. Caninio por cartas y avisos de
Duracio de que se había congregado una gran multitud de gente en los términos
de Poitou, el cual, aun rebelada una parte de su Estado, se había mantenido
siempre fiel a la amistad del Pueblo Romano, marchó la vuelta de la ciudad de
139
Ambiorige en el libro anterior.
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Poitiers.
Cuando ya estaba cerca, sabiendo con certeza de los cautivos que, encerrado en
ella Duracio, era combatido por muchos millares de hombres a las órdenes de
Dumnaco, general de Agen, y no atreviéndose a oponer sus legiones debilitadas a
los enemigos, sentó su real en un sitio fuerte por naturaleza. Informado
Dumnaco de que se acercaba Caninio, dirigió todas sus tropas contra los
romanos, resuelto a atacar su campo. Después de consumidos muchos días en este
intento, sin haber podido forzar parte alguna de las fortificaciones, volvió
otra vez al cerco de Poitiers.
XXVII.
A este
tiempo, el lugarteniente Fabio redujo muchas ciudades a la obediencia, las
aseguró con rehenes y fue avisado por cartas de Caninio de lo que pasaba en
Poitou, con cuya noticia se puso en marcha para socorrer a Duracio. Dumnaco,
que supo la venida de Fabio, desconfiando de su salud si a un mismo tiempo se
veía en precisión de resistir al ejército de Fabio, al enemigo de fuera, y
estar atento, y recelarse de los sitiados, levantó al momento el campo, y aun
no se tuvo por seguro si no pasaba con sus tropas el Loire, que por su
profundidad tenía construido puente. Fabio, aunque no había llegado a avistar
al enemigo ni incorporádose a Caninio, con todo, guiado por gentes prácticas de
la tierra, creyó más bien que amedrentados los enemigos se encaminarían a aquel
paraje adonde, con efecto, se enderezaban. Así dirigió su marcha al mismo
puente y dio orden a la caballería que se adelantase a las legiones, tanto
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cuanto
pudiese volver a los mismos reales sin cansar los caballos. Alcanzó nuestra
caballería, conforme a la orden, y acometió al ejército de Dumnaco; y dando
sobre la marcha en los temerosos y fugitivos con el peso de sus cargas, mató
una gran parte y se apoderó de mucha presa. Con esto, logrado el golpe, se
retiró a los reales.
XXVIII.
La noche
siguiente echó Fabio delante la caballería, dispuesta para pelear y estorbar la
marcha hasta que él llegase. Para que se ejecutase la acción según sus órdenes.
Q. Acio Varo, general de la caballería, varón de singular valor y prudencia,
animó a su gente; y habiendo alcanzado el ejército enemigo, dispuso parte de
los suyos en puestos ventajosos, y con otra parte dio la batalla. Hizo alto
animosamente la caballería enemiga sostenida de toda la infantería, formada con
todo el resto para dar socorro a los suyos. Trabóse la batalla con gran
denuedo; porque los nuestros, despreciando al enemigo, a quien habían vencido
el día antes, y en la confianza de que venían detrás las legiones con el
pundonor de no ceder y la codicia de acabar por sí la acción, pelearon contra
la infantería con el mayor esfuerzo; y los enemigos, creyendo que no se les
juntarían más tropas como el día anterior, juzgaban se les había venido a las
manos la ocasión de deshacer del todo nuestra caballería.
XXIX.
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Duraba
algún tiempo el choque muy porfiado, y preparaba Dumnaco la infantería para que
sirviese de refuerzo a los suyos, cuando llegaron de repente las legiones
formadas a la vista de los enemigos. Con su vista, desbaratadas las cohortes de
a caballo, amedrentadas las de a pie y perturbado el escuadrón del convoy, con
gran grita y carrera se pusieron en fuga. Entonces nuestra caballería, que
había peleado antes con tanto valor contra los que le hacían frente, animados
con la alegría de la victoria y levantando una grande algazara, partieron en
seguimiento de los fugitivos y mataron cuantos las fuerzas de los caballos
pudieron alcanzar y los brazos descargar golpes. Así, muertos más de doce mil
hombres, unos armados, otros que de miedo habían arrojado las armas, se tomó
todo el equipaje.
XXX.
Después de
esta derrota, se supo que Drapes de Sens (el cual luego que se rebeló la Galia,
recogiendo la gente perdida de todas partes, llamando a la libertad a los
esclavos, convidando a los desterrados de todas las ciudades, y admitiendo a
los ladrones, había robado varias veces nuestros convoyes y vituallas) se
encaminaba a la provincia con solos dos mil hombres recogidos de la fuga, y se
había unido con él Lucterio de Cahors, de quien se dijo en el libro anterior
que había intentado hacer una entrada en la provincia en el primer
levantamiento de la Galia. Marchó en su seguimiento el lugarteniente Caninio
con dos legiones, no fuese que con el miedo o
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daños de la
provincia se recibiese una infamia grande por los latrocinios de aquella gente
perdida.
XXXI.
Cayo Fabio,
con el resto del ejército, marchó la vuelta de Chartrain y de las demás
ciudades de donde sabía se habían sacado tropas para la batalla en que fue
Dumnaco derrotado, no dudando hallarlas más sumisas por la reciente pérdida,
pero que si se les daba lugar y tiempo, podrían volverse a levantar a
instancias del mismo Dumnaco. Acompañó a Fabio una suma presteza y felicidad
para recobrarlas. Porque los de Chartrain, que muchas veces maltratados, jamás
habían hecho mención de paz, dándoles rehenes, vinieron a rendirse; y las demás
ciudades sitas en los últimos confines de la Galia, junto a las orillas del
Océano que se llaman armóricas, movidas de la autoridad de los de Chartres, con
la venida de Fabio y las legiones, al punto obedecieron la ley. Dumnaco,
desterrado y fugitivo de su país y oculto, se vio precisado a huir a los
últimos rincones de la Galia.
XXXII.
Pero Drapes
y Lucterio, sabiendo que venían sobre ellos las legiones y Caninio,
desconfiando de poder entrar en la provincia persiguiéndolos el ejército, y
perdida la disposición de andar salteando y robando libremente, hicieron alto
en la campaña de Quercy, donde habiendo sido Lucterio hombre de mucho poder
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de Sergio Barros 327 Preparado por Patricio Barros
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entre sus
ciudadanos cuando se hallaban las cosas de mejor semblante, y alcanzando
siempre grande autoridad por favorecedor de novedades, ocupó con sus tropas y
las de Drapes la ciudad de Cahors, que había antes estado bajo su protección,
muy fuerte por su situación, y atrajo a su partido a los ciudadanos.
XXXIII.
Vino
prontamente sobre ella C. Caninio, y viendo que por todas partes estaba muy
fortalecida con unas peñas cortadas, adonde, aun sin otra resistencia, era muy
difícil que subiese gente armada, y observando el grande equipaje de los
ciudadanos, el cual si intentasen retirar con una fuga secreta, no sólo no
podrían escaparse de la caballería, pero ni aun de las legiones, dividió en
tres trozos sus cohortes y formó tres campamentos en un sitio muy elevado,
desde donde poco a poco, según lo permitía el número de sus tropas, empezó a
tirar una línea de circunvalación alrededor de la plaza.
XXXIV.
Advertido
esto por los de adentro, y solícitos con la memoria tristísima de Alesia,
temiendo semejante suceso del cerco, y aconsejando más vivamente Lucterio, que
había probado aquella fortuna, que se cuidase de la provisión de trigo,
determinaron de común acuerdo dejar allí una parte de sus tropas, y salir ellos
con toda prontitud a conducir vitualla. Aprobado este parecer, la noche
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de Sergio Barros 328 Preparado por Patricio Barros
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siguiente,
dejando dos mil soldados, salieron Lucterio y Drapes con el resto de la ciudad.
En pocos días acopiaron gran cantidad de trigo en el país de Quercy, que en
parte deseaban ayudarlos con esta provisión, y tampoco podían estorbar que lo
tomasen. Algunas veces, con salidas de noche acometían a nuestros fuertes. Por
lo que se detuvo Caninio en rodear toda la plaza con fortificaciones, no fuese
que o no pudiese defender las obras hechas, o se viese precisado a poner
débiles presidios en muchas partes.
XXXV.
Acopiada
gran provisión de trigo, hicieron alto Drapes y Lucterio a diez millas de la
plaza, desde donde pensaban conducir poco a poco el trigo. Repartieron entre sí
la ocupación, de manera que Drapes quedó de guarnición en los reales con parte
de las tropas y Lucterio conducía a la plaza una porción de caballerías
cargadas. Dispuestas por allí ciertas guarniciones, cerca de las cuatro de la
mañana empezó a conducir el trigo por caminos montuosos y estrechos. Cuyo
estrépito sentido de nuestras centinelas, y enviados batidores que trajesen
noticia de lo que pasaba, salió Caninio prontamente con las cohortes de los
castillos inmediatos y al amanecer dio sobre los conductores. Éstos,
atemorizados del acontecimiento repentino, huyeron a sus escoltas, las cuales,
cuando fueron vistas de los nuestros, movidos con vehemencia contra ellas, no
permitieron que se hiciese un prisionero de todos ellos. Escapó Lucterio con
unos pocos, sin atreverse a parar en los reales.
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XXXVI.
Logrado
este golpe, supo Caninio de los cautivos que por parte de las tropas estaban
con Drapes en los reales a distancia de diez millas. Confirmado lo cual por
otros muchos, y entendiendo que puesto en fuga el uno de los dos capitanes,
fácilmente podrían ser desbaratados los demás con el miedo, juzgaba gran
fortuna el que nadie se hubiese retirado a los reales que llevase a Drapes la
noticia de la primera derrota. Mas como no veía riesgo en hacer la experiencia,
envió delante a los reales del enemigo toda la caballería, y la infantería
germana, que es de una ligereza increíble. Repartió una legión por su campo, y
partió con la otra a la ligera. Cuando estaba ya cerca del enemigo, supo por
los corredores que, conforme a la costumbre de los bárbaros, habían éstos
sentado su real a las orillas del río, abandonando las alturas, y que los
germanos y nuestras caballerías, cogiéndolos de improviso, se habían echado
sobre ellos y trabado la batalla. Con esta noticia encaminó hacia aquel paraje
la legión en orden de batalla, y así de repente, dando señal en todas partes,
se tomaron todas las alturas. Lo cual hecho, los germanos y la caballería,
viendo las insignias de la legión, pelearon con gran denuedo. Al punto
acometieron las cohortes por todas partes; y muertos todos, o hechos
prisioneros, se apoderaron de la presa, que era cuantiosa, y quedó el mismo
Drapes prisionero.
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XXXVII.
Caninio,
logrado el lance felicísimamente, sin tener apenas un hombre herido, volvió a
cercar a los ciudadanos, y deshecho el enemigo de afuera, cuyo temor le había
estorbado el aumento de sus presidios y la circunvalación de la plaza, dio
orden de que por todas partes se adelantasen las obras. Al día siguiente llegó
C. Fabio con sus tropas y tomó a su cargo el ataque de una parte de la ciudad.
XXXVIII.
En este
intermedio dejó César en el Bovesis al cuestor M. Antonio con sus quince
cohortes, para que no les quedase otra vez disposición de alterar las cosas y
mover la guerra. Visitó las otras ciudades, las hizo aprontar muchos rehenes, y
aseguró y consoló todos los ánimos temerosos. Llegando a Chartres, en donde
dejó dicho César en el libro anterior que se había suscitado la guerra, y
entendiendo que los de este país tenían más miedo que todos por el
remordimiento de su atentado, para sacarlos más presto del temor, pidió al
principal autor de la guerra, Guturvato, para castigarle a su arbitrio. El
cual, aunque ni de los suyos se fiaba, con todo, buscado con gran cuidado, fue
llevado a los reales. Se vio obligado César a su castigo contra su propio
natural, con gran contento de todos los soldados, que le atribuían todos los
peligros y daños de la guerra. Y así se le dio muerte después de cruelmente
azotado.
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XXXIX.
Aquí tuvo
la noticia por cartas frecuentes de Caninio de los sucesos con Drapes y
Lucterio, y de la resolución en que permanecían los cercados. Cuyo corto
número, aunque miraba con desprecio, con todo juzgaba merecía grave castigo su
pertinacia, para que no pensase la Galia que le habían faltado fuerzas, sino
constancia para resistir a los romanos; y para que con su ejemplo las demás
ciudades, fiadas en la proporción de sus situaciones, no pensasen en recobrar
la libertad, sabiendo que no ignoraban los galos que no le faltaba ya más que
un año de su gobierno, el cual si hubieran podido sostenerse, no tenían que
temer otro peligro. Así que dejó a Q. Caleño su lugarteniente con dos legiones
que le siguiese por sus marchas regulares y él partió lo más pronto que pudo
con toda la caballería a juntarse con Caninio.
XL.
Llegado
César a Cahors contra la expectación de todos, y viendo concluida la
circunvalación de la plaza, y que con ninguna condición se podía levantar el
cerco, informado de que los de adentro tenían gran copia de vitualla, empezó a
tentar cómo cortarles el agua. A la parte inferior cortaba el río un valle que
ceñía casi todo el monte en que estaba sita la ciudad, áspero y quebrado por
todos lados. La naturaleza del sitio no permitía echar al río por otra parte,
porque tan bajo corría por la falda del monte, que en ningún lado se le podía
sangrar con grandes fosos. Era también
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áspera y
difícil para los cercados la bajada al río; de suerte que sin mucho daño, como
lo resistiesen los nuestros, ni podían llegar a él, ni retirarse con la
fragosidad de la subida. Conocida esta dificultad por César, dispuestos sus
honderos y flecheros en ciertos parajes, y colocadas también algunas máquinas
contra los más fáciles descensos, estorbaba a los cercados tomar agua del río,
cuya multitud acudía después a un solo paraje a proveerse de ella. Porque
debajo de la misma muralla brotaba una gran fuente, por la parte que no bañaba
el río, que se extendía como a trescientos pies.
XLI.
Deseando
todos que se les cortase el agua de esta fuente, y sabiendo solamente César que
no se lograría sin grave peligro, empezó a formar manteletes enfrente de ella
contra el monte, y a levantar valladar con mucho trabajo y continuos combates.
Porque acudían los cercados desde puestos ventajosos, y peleaban a lo lejos sin
riesgo, hiriendo a muchos que con porfía se arrimaban. Con todo, no se
recelaban los nuestros de adelantar los manteletes, y vencer con el trabajo y
reparos las dificultades del terreno. Al mismo tiempo hacían minas al origen de
la fuente, la cual obra podía hacerse sin peligro ni sospecha de los enemigos.
Levantó un valladar de sesenta pies de alto; se colocó en él una torre de diez
altos, no que igualase a las murallas, que ésta era obra imposible, sino que
excediese la situación de la fuente. Desde ella se disparaban dardos con
máquinas a las cercanías de la fuente. Los
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cercados no
podían tomar el agua sin mucho peligro; se morían de sed, no sólo los ganados y
caballerías, sino también las personas.
XLII.
Atemorizados
de esto, empezaron a disparar contra nuestros reparos barriles llenos de sebo,
pez y bardas ardiendo. Al mismo tiempo hicieron una vigorosa salida para
estorbar a los romanos el apagar el fuego con el peligro del combate. En un
instante se extendió una llama terrible por nuestras obras. Porque todos
cuantos fuegos arrojaban por aquel sitio precipitado, detenidos en el valladar
y el parapeto, incendiaban todo cuanto tropezaban. Con todo eso nuestros
soldados, aunque se veían apretados de un peligroso combate y un puesto muy
contrario, soportaban con el mayor espíritu todos estos trabajos. Porque pasaba
la acción en un paraje exento, y a la vista del resto del ejército. Levantábase
una grande algazara de ambas partes; de suerte que el que más presto podía, y
como podía, para que fuese más claro y patente su valor, se ofrecía a las armas
y fuego del enemigo.
XLIII.
Viendo
César que recibían mucho daño los suyos, dio orden a las cohortes de que por
todos los lados de la ciudad subieran al monte y levantasen una algazara falsa,
como si se apoderasen de las murallas. Con esto, atemorizados los cercados, sin
saber lo que pasaba en los otros parajes retiraron sus tropas del ataque de las
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obras, para
acudir a coronar la muralla. De esta manera pudieron los nuestros, puesto fin
al combate, apagar parte del fuego y cortar lo restante. Resistíanse los
cercados con tanta obstinación, que aun habiendo perecido mucha gente por falta
de agua, con todo estaban firmes en su resolución; pero al fin fueron cortados
con las minas los conductos de la fuente, y echados por otra parte; de suerte
que viniendo a secarse el manantial que los sustentaba, los puso en tal
desesperación, que creyeron no haberse ejecutado sin particular disposición de
los dioses, no que por obra de hombres. Y así obligados de la necesidad se
rindieron.
XLIV.
César,
puesto que todos tenían bien conocida su clemencia, no recelando entendiesen
que había obrado por crueldad de su propio natural, y por otra parte no
sabiendo qué fin tendrían sus designios si empezaban a rebelarse del mismo modo
otros en diversas partes, pensó hacer con éstos un ejemplar que contuviese a
los demás. Y así mandó cortar las manos a todos cuantos habían tomado las
armas, concediéndoles la vida para que fuese más notorio el castigo de los
malvados. Drapes, de quien dije que había sido preso por Caninio, o por
indignación y sentimiento de las prisiones, o por temor de un castigo más
severo, no quiso comer en unos días, y así murió. Al mismo tiempo Lucterio, de
quien dije había escapado huyendo de la batalla, habiendo caído en manos de Espasnacto
auvernate, pues mudando frecuentemente de estancia se fiaba de
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muchos en
la inteligencia de que no estaba fuera de peligro en parte alguna, sabiendo
cuan enojado debía tener a César, fue entregado preso a éste por su grande
amigo Epasnacto.
XLV.
En este
intermedio ganó Labieno una batalla a los de Tréveris, y habiéndoles muerto
mucha gente, y también a los germanos, que a nadie negaban socorro contra los
romanos, vinieron a su poder las personas más principales, y entre ellos Suro
autunés, que así por su valor como por su nacimiento era famoso, y el único de
este país que se había mantenido hasta entonces en campaña.
XLVI.
Avisado
César de estas victorias, vistos los buenos sucesos de sus armas en toda la
Galia, y juzgando que con la campaña pasada quedaba sujeta y debelada,
determinó pasar el resto del verano en visitar la Aquitania, adonde él no había
estado en persona, sino que le había rendido en parte por P. Craso. Se puso en
marcha la vuelta de ella con dos legiones, y logró esto como todo lo demás con
presteza y felicidad. Porque todas las ciudades de Aquitania le enviaron
embajadores y le dieron rehenes. Lo cual hecho, partió hacia Narbona con una
escolta de caballería, y destinó el ejército a los cuarteles de invierno al
mando de sus tenientes. Colocó en la Galia bélgica cuatro legiones a cargo de
los lugartenientes M. Antonio, C. Trebonio, P. Vatinio y Q. Tulio; dos envió a
Autun, que
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eran los
pueblos de más reputación y autoridad entre todos; otras dos alojó en Turena,
cerca de Chartrain, para contener a toda la región confinante con el Océano, y
las dos restantes en el Limosin, no lejos de Auvernia, para que no faltasen
tropas en ninguna provincia de la Galia. Detúvose muy pocos días en la
provincia; recorrió prontamente todas las audiencias; juzgó las diferencias
públicas; repartió premios entre los beneméritos, porque tenía la mayor
habilidad para conocer de qué ánimo había estado cada uno en la universal
rebelión contra la república, a quién había contenido con la fidelidad y
socorros de esta provincia; y concluida la visita, se restituyó a las legiones
que invernaban en la Galia bélgica, y se alojó en Arras.
XLVII.
Aquí supo
que Comió había tenido un choque con su caballería; pues habiendo pasado
Antonio a su cuartel de invierno, y estando los pueblos de Artois bajo nuestra
obediencia, Comió, que después de aquella herida de que arriba se hizo mención,
siempre había estado a la mira, para que si sus pueblos querían renovar la
guerra no les faltase caudillo, se mantenía a sí y a un escuadrón de caballos
con robos, interceptando con correrías diversos bastimentos que se conducían a
los cuarteles de invierno de los romanos.
XLVIII.
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Estaba a
las órdenes de Antonio en el mismo alojamiento el prefecto de caballería C.
Voluseno Quadrato. Diole Antonio la comisión de perseguir la escolta del
enemigo. Voluseno acompañaba el valor en que era muy señalado con el odio
grande que profesaba a Comió, y así hacía con más gusto lo que se le mandaba.
Dispuso, pues, varias celadas e hizo algunas salidas contra la caballería
enemiga, en que llevó siempre lo mejor; pero últimamente, trabada una recia
batalla y habiendo perseguido Voluseno a los contrarios con demasiado ardor por
el deseo de acabar con Comió, llevado por éste algo lejos con precipitada fuga,
invocó de repente la fidelidad y socorro de los suyos para que no dejasen sin
venganza la herida que recibió con amistad fingida. Dijo, y revolviendo el
caballo, se adelantó desapoderadamente sobre el prefecto. Todos los suyos,
haciendo lo mismo, desbarataron y retiraron el corto número de los nuestros.
Comió, apretando el caballo, llegó a encontrarse con el de Quadrato, y con la
lanza en ristre, le pasó con gran fuerza un muslo. Herido el comandante, no
dudaron los nuestros hacer frente a los enemigos; volvieron sobre ellos unidos
todos, y los desbarataron. Muchos de los contrarios fueron heridos en el primer
encuentro; otros murieron en la fuga, y parte quedaron prisioneros. El general
se escapó por la velocidad del caballo, y el prefecto fue conducido a los
reales herido gravemente y casi en el último riesgo de la vida. Mas Comió, o
por haber satisfecho su resentimiento, o por haber perdido la mayor parte de
los suyos, envió diputados a Antonio; y dándole rehenes, le aseguró que estaría
a su obediencia
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donde le
señalase; sólo le suplicó concediese a su temor el no ponerse delante de ningún
romano. Antonio condescendió a esta pretensión, creyendo que nacía de un justo
miedo, le perdonó, y recibió sus rehenes.
No ignoro
que César hizo de cada año un comentario; mas yo be pensado que no debía hacer
lo mismo; porque en el año siguiente en que fueron cónsules L. Paulo y C.
Marcelo, no hubo suceso memorable en la Galia. Pero para que se sepa en qué
parajes estuvo César y su ejército, he añadido estas pocas noticias al mismo
comentario.
XLIX.
Pasaba
César el invierno en la Galia bélgica, sólo con el presupuesto de mantener la
amistad de las ciudades y no dar a nadie esperanza o motivo de renovar la
guerra. Porque nada menos deseaba que el que al tiempo de partir se le
ofreciese alguna precisión de volver a tomar las armas, por no dejar algún
movimiento, habiendo de licenciar el ejército, que excitase con gusto a toda la
Galia, sin temor del peligro presente. Y así tratando honoríficamente a las
ciudades, honrando con premios a las personas principales, no imponiendo nuevos
tributos, contuvo en paz fácilmente, con la condición de una suave obediencia,
a la Galia, trabajada con tantas batallas adversas.
L.
Después de
concluida la invernada, partió a largas marchas la vuelta de la Italia contra
su costumbre, para hablar a las colonias y
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municipios
y recomendarles la pretensión del sacerdocio que tenía su cuestor M. Antonio;
en la cual se empeñaba, así por favorecer a un sujeto con quien tenía suma
estrechez y a quien había enviado un poco antes a seguir su pretensión, como
por resistir animosamente a la poderosa facción de algunos que con la repulsa
de Antonio intentaban abatir la exaltación de César que le favorecía. Y aunque
en el camino antes de llegar a Italia supo que Antonio estaba nombrado agorero,
con todo pensó tener no menos justo motivo de visitar las colonias y
municipios, para darles las gracias de haber interpuesto su asistencia a favor
para con Antonio y para recomendarse a sí y a su empleo para el año siguiente;
porque se vanagloriaban sus émulos con insolencia de que habían sido creados
cónsules Lentulo y Marcelo con el fin de despojar a César de su honra y
dignidad, habiendo quitado además el consulado a Sergio Galba, que había tenido
más votos y crédito que ellos, por ser muy amigo suyo y su lugarteniente.
LI.
Fue
recibido César en todos los municipios y colonias con increíbles demostraciones
de amor y estimación, por ser esta la primera vez que volvía de la conquista de
toda la Galia. Nada quedaba que hacer de cuanto se podía inventar para el
adorno de las puertas, caminos y lugares por donde había de pasar. A todas
partes salía el pueblo con los hijos a recibirle, en todas partes se ofrecían
sacrificios; ocupábanse las plazas y los templos con mesas prevenidas,
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igualándose
la alegría a la del más deseado triunfo: tanta era la magnificencia en los más
poderosos, y los afectos en los más humildes.
LII.
Habiendo
recorrido César toda la Galia tomada, volvió con prontitud a Arras a
incorporarse a su ejército; y convocadas las legiones para los confines de
Tréveris, partió hacia allá y las pasó revista. Dio a Tito Labieno el gobierno
de la Lombardía para hacerle más recomendable en la pretensión del consulado.
Él mismo marchaba sólo lo que le parecía suficiente para conservar la salud de
las tropas mudando de país. Y aunque oía a menudo que sus émulos solicitaban a
Labieno,140 y tenía noticia de que se trataba por consejo de unos pocos de
quitarle una parte del ejército, interpuesta la autoridad del senado, con todo,
ni creyó en Labieno mudanza alguna, ni se movió a hacer nada contra la
autoridad del Senado, juzgando que alcanzaría fácilmente el logro de sus deseos
estando libres los padres conscriptos para decir sus pareceres. Pues habiendo
tomado a su cargo C. Curión, tribuno del pueblo, defender la causa y dignidad
de César, había prometido muchas veces al Senado que si le causaban algún
recelo las armas de César, supuesto que la dominación y tropas de Pompeyo
ponían no poco pavor y grima en el Foro, dejasen uno y otro las armas, y
licenciasen
140 Labieno
siguió, en efecto, el partido de Pompeyo.
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los
ejércitos; de esta manera quedaría la ciudad libre y señora de sí misma. Mas no
sólo prometió esto, sino que ya el Senado por sí se inclinaba a tomar este
partido, cuando los cónsules y los amigos de Pompeyo se pusieron de por medio,
y así dilatándolo, se separaron.
LIII. Era
grande el testimonio de todo el Senado, y muy conforme a lo que antes había
pasado. Porque hablando Marcelo el año antes contra la dignidad de César, dio
parte antes de tiempo al Senado contra la ley de Pompeyo y Craso sobre las
provincias de César; y dichos los pareceres, retirado Marcelo como cabeza de
partido, pretendiendo acrecentar su dignidad con el odio de César, pasó el
Senado a tratar de otras cosas muy diversas. Con estos sucesos no se aquietaban
los ánimos de los enemigos de César, sino se excitaban a buscar nuevas
amistades para obligar al Senado a aprobar lo que ellos tenían determinado.
LIV. Hízose
después un decreto para que Pompeyo y César enviase cada uno una legión para la
guerra de los partos, las cuales se le quitaron a César claramente. Porque
Pompeyo dio como de su número la legión primera que había enviado a César,
compuesta de gente joven escogida en la provincia; pero César, aunque nadie
dudaba que era despojado por amor de los contrarios, envió la legión a Cn.
Pompeyo, y mandó que de las suyas se entregase la decimoquinta, conforme a la
orden del Senado, la cual estaba en Lombardía. En su lugar destacó a la Italia
la legión decimotercia, para defensa de los presidios de donde salía la
decimoquinta, y distribuyó su ejército por los cuarteles de invierno. Puso a C.
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Trebonio en
la Galia bélgica con cuatro legiones; envió a C. Fabio con otras tantas a
Autun; pensando que así estaba más segura la Galia, contenidos con las tropas
los belgas, cuyo valor era el más respetado, y los autuneses, que por su
autoridad daban la ley en toda la Galia. Él partió la vuelta de Italia, donde
supo que las dos legiones que había enviado, las cuales, según la orden del
Senado, debían destinarse a la guerra de los partos, habían sido entregadas por
el cónsul Marcelo a Cn. Pompeyo, y retenidas en Italia. Con este hecho, aunque
nadie dudaba que se trataba de tomar las armas contra César, con todo eso
determinó éste sufrirlo todo mientras le quedaba alguna esperanza de disputar
sus derechos en justicia, antes que romper la guerra. Pidió César141 al Senado
que Pompeyo renunciase al poder, prometiendo imitarle; de lo contrario, añadió,
César sabrá mantenerse digno de él y defenderá a su patria.
Notas de
Napoleón al Libro VIII
1. En esta
campaña César no encontró resistencia más que en los beauveses; es que,
efectivamente, estos pueblos no habían intervenido, o muy poco, en la guerra de
Vercingetórige; no tuvieron frente a Alesia sino 10.000 hombres. Opusieron más
resistencia, porque obraron con mayor prudencia y habilidad que lo habían hecho
los galos hasta entonces; pero los otros no pusieron ninguna ni en
141 Pidió
César... con esta frase incompleta terminan la mayoría de los manuscritos.
Existe evidentemente una laguna, que hemos llenado con el final propuesto en el
texto de M. Lamaire.
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Berri ni en
Chartres; se apoderó de ellos el terror y cedieron. Cap. XX.
2. La
guarnición de Cohors estaba formada por los restos de los ejércitos galos. La
decisión adoptada por César de hacer cortar la mano a todos los soldados no
dejó de ser una atrocidad. César se mostró clemente en la guerra civil con los
suyos, pero cruel y a menudo feroz con los galos. Cap. XLIV.
FIN

