Libro N° 13559. Aníbal Ponce Humanismo Y Revolución. Massholder, Alexia. (Compiladora).
© Libro N° 13559. Aníbal Ponce Humanismo Y
Revolución. Massholder, Alexia.
(Compiladora). Emancipación. Marzo 1 de 2025
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Aníbal Ponce Humanismo Y Revolución. Alexia Massholder. (Compiladora)
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Aníbal Ponce Humanismo Y Revolución. Alexia Massholder. (Compiladora)
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ANÍBAL PONCE
HUMANISMO Y REVOLUCIÓN
Alexia Massholder
(Compiladora)
Aníbal Ponce
Humanismo Y
Revolución
Alexia Massholder
(Compiladora)
Humanismo y revolución
Alexia Massholder
(compiladora)
Aníbal Ponce
- 1a ed. - Ciudad
Autónoma de Buenos Aires : Luxemburg, 2018. Libro digital, PDF
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ISBN
978-987-1709-55-7
1. Biografías. 2.
Ciencia Política. I. Wanschelbaum, Cinthia II. Massholder, Alexia Guillermina,
comp. III. Boron, Atilio A., prolog. IV. González, Horacio, prolog.
CDD 320.092
Aníbal Ponce.
Humanismo y revolución
1º Edición, Ciudad
Autónoma de Buenos Aires, octubre de 2018
© 2018 Ediciones
Luxemburg
© 2018 Alexia
Massholder
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978-987-1709-55-7 [libro digital]
ISBN
978-987-1709-54-0 [libro papel]
Queda hecho el
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La edición del
presente libro contó con el financiamiento del IEALC a través Fondo 2018
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editor.
Aníbal Ponce
Humanismo y revolución
Alexia Massholder
(compiladora)
Aportes del Pensamiento Crítico Latinoamericano
Universidad de Buenos Aires
Facultad de Ciencias Sociales
Instituto de Estudios de América Latina y el Caribe
Autoridades de la Facultad de Ciencias Sociales
Decana: Dra. Carolina Mera
Vicedecana: Lic. Ana Catalano
Secretaría de Gestión Institucional: Dr. Nicolás Dallorso
Secretaría Académica: Dr. Gustavo Nahmías
Secretaría de Estudios Avanzados: Dr. Julián Rebón
Secretaría de Extensión: Mauro Campilongo
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Instituto de Estudios de América Latina y el Caribe
Sitio Web: www.iealc.sociales.uba.ar
E-mail: iealc@sociales.uba.ar
Directora: Mabel Thwaites Rey
Comité Académico: Mabel Thwaites Rey, Emilio Taddei, Hernán Ouviña,
María Alicia Gutiérrez, Luciana Ghiotto, Néstor Boris Kohan, Alexia
Massholder, Agustín Artese, Julieta Grassetti, Miguel Leone, Mariana Campos,
Analía Goldentul, Irene Provenzano, Ruben Levenberg (†).
Asistentes de la Dirección Académica: Silvia Demirdjian, Lucila de
Marinis y Leonardo Altamiranda.
Sumario
|
Prólogo a la edición argentina |
|
|
Horacio González |
9 |
|
Prólogo |
|
|
Atilio Boron |
17 |
|
El viento en el mundo de Aníbal Ponce |
|
|
De liberal sarmientino a
marxista revolucionario |
|
|
Cinthia Wanschelbaum |
21 |
|
Aníbal Ponce, humanismo y
revolución |
|
|
Néstor Kohan |
47 |
|
Aníbal Ponce, inteligencia y
humanismo |
|
|
entre dos mundos |
|
|
Alexia Massholder |
61 |
|
Aníbal Ponce, editor y director
de |
|
|
la revista Dialéctica |
|
|
Cristina Mateu |
91 |
|
AulaVereda. Una praxis ponceana
en |
|
|
la educación de la infancia |
|
|
Paula Shabel |
117 |
Prólogo a la edición argentina
Horacio González*
La cuestión del humanismo vuelve a
abrirse en este complejo hori-zonte contemporáneo, donde en cálculos de tiempo
que se aprecian de larga duración, parece predominar una forma del capitalismo
financiero donde cada sujeto se considera como un “dato”. Es obvio que el
concepto genérico de humanismo se presta a múltiples inter-pretaciones. Pero un
ejercicio intelectual respetable puede llevarnos a querer saber qué dimensiones
del humanismo se entrecruzan con la no menos clásica expresión socialismo.
En nuestro país, la obra de Aníbal Ponce se presta muy especialmente para
ensayar algunas observaciones al respecto.
Como muy bien se explica en este libro,
Aníbal Ponce comienza su carrera intelectual bajo la influencia de José
Ingenieros, de quien se convierte en albacea y responsable de la publicación de
sus Obras Completas. No es necesario advertir sobre la complejidad
de la figura de Ingenieros, que atraviesa diversos y simultáneos
estratos ideoló-gicos en su vasta obra. Su positivismo se buriló en conceptos
racio-lógicos, y en otros momentos de su obra estos componentes de raíz
biológica desaparecen en favor del saludo al latinoamericanismo, a la
Revolución Rusa, a la Revolución Mexicana y a la Reforma Universi-taria de
1918.
Aníbal Ponce es hombre de linajes, y en
su momento, su bio-grafía registra la severa corrección de quien cambia una
tradición por otra que, parcial o totalmente, lo modifica y coloca sobre otros
carriles.
* Sociólogo, docente,
investigador, ensayista.
9
Aníbal Ponce.
Humanismo y revolución
Pero podemos considerar que se ubica en
un punto de enclave, que está entre el positivismo y el marxismo, con énfasis
definitivo en este último. En este sentido, subraya la dialéctica como un
método de investigación, a la vez que como el tejido material de que está hecha
una realidad en movimiento incesante. Por otra parte, su interés en la
psicología –al igual que Ingenieros, que conoce las tesis de Freud pero
prefiere las de Janet– lo lleva a conectarse con los estudios de Henri Wallon,
que en los años veinte, en París, había dado un fuerte paso hacia la psicología
infantil, en cierto modo como alternativa de los entonces más conocidos
trabajos de Jean Piaget.
De allí sale el compromiso de Ponce con
la psicología de los niños, también enfatizando en ella la presencia de un
índice marxista –del mismo modo que en Wallon–, que debía llevar a establecer
un vín-culo singular entre la biología y la cultura. En este importantísimo
libro sobre las diversas dimensiones de la trayectoria y la obra de Aníbal
Ponce, Cinthia Wanschelbaum estudia El viento del mundo, las
confe-rencias de los años treinta de Ponce en la Facultad de Ciencias
Econó-micas. Son piezas de indudable interés, como bien señala la autora del
trabajo. Allí el Manifiesto Comunista es sometido a un
análisis que hoy llamaríamos de construcción de una retórica social, observando
frase por frase los tonos que Marx emplea, con fórmulas muy meditadas, ya sea
enunciativas, irónicas, proclamativas, sinopsis atractivas y exactas, trocadillos
de gracia contenida, todo con sobriedad brillante y rigurosa.
No era habitual tratar así esta pieza
canónica, que en general era leída como dogma, sin que se atravesaran los
estilos diversos que Marx pone en juego para su elaboración. En otra de las
conferencias se analizan los arquetipos burgueses, como el de Benjamin
Franklin, quien lo es para Max Weber en tanto hijo de la “ética protestante”
sin la cual el capitalismo no hubiera realizado su tarea, si hubiera falta-do
ese mandato de salvación. Si esto supone una crítica de Ponce al concepto de
arquetipo, también lo llevará a la desconfianza sobre el factor teológico en la
formación de la conciencia burguesa, pero adi-cionalmente podemos indicar que
Ponce ha leído la Ética protestante de Weber, publicada en
Alemania en 1907, probablemente en alguna edición francesa.
Tiene interés especial la conferencia
sobre la Revolución de Mayo, cuyos ideales pone a la par de los de la
Revolución Rusa, en
10
Prólogo a la edición
argentina | Horacio González
un alarde comparativista que se hace
posible porque a pesar de sus diferencias, ambas revoluciones se inspiran en
grandes textos –como la Enciclopedia– que postulan conocimientos políticos y
científicos dedicados a pensar o imaginar una Nueva Era. Con un alcance menor
pero no menos significativo, un puñado de años antes, Deodoro Roca había
postulado la Reforma Universitaria del 18 como continuidad también de la gesta
maya. Refiriéndose a los intelectuales y recla-mando de estos un compromiso
efectivo con la historia del presente, Ponce critica el activismo de Giovanni
Gentile, es decir, el hegelianis-mo de Croce convertido en un acto puro por
aquel pensador italiano, un idealismo que se piensa como acto a sí mismo.
Gentile fue el mayor teórico fascista,
y por los años en que Ponce da sus conferencias estaba ocupado de los problemas
educativos de Italia –era el ministro de Cultura de Mussolini–, así como se
había ocupado de teorizar la guerra y la teología. Gramsci, un contemporá-neo
de Ponce al que este no llegará a leer –que se lo haga, será obra y tarea de
Agosti, discípulo de Ponce–, también tiene constantemente en cuenta la obra de
Gentile. La cuestiona, al igual que Ponce, pero era de interés de Gramsci encontrarle
más matices, que no sin fuertes objeciones se hallan críticamente incorporados
en los Cuadernos de la cárcel, bajo severas observaciones, es
claro, pero también de decla-rado interés por este pensador. Gramsci como Ponce
mueren muy jóvenes, no verán el trayecto final de Gentile, fusilado en 1944 por
los partisanos antifascistas.
Néstor Kohan, autor de la completa
historia intelectual de la izquierda argentina titulada De Ingenieros
al Che, contribuye en este libro a ampliar las perspectivas del humanismo
marxista en Ponce examinando una de sus más importantes creaciones, la
revista Dia-léctica, publicada durante el año 1936. Es posible que
por primera vez allí se conocieran en castellano trabajos de
Lukács, Franz Mehring, Rodolfo Mondolfo o, como puntualiza Kohan, autores no
marxistas como Benedetto Croce, Werner Sombart, Wilhelm Dilthey, Ernest Renan,
Max Scheler o Friedrich Nietzsche.
En Dialéctica figuran
los por entonces recién conocidos escritos juveniles de Marx, en una revista
que se enraíza en un Hegel al que ve como un válido presagio de Marx, al punto
de citar la explícita con-signa precoz del propio Hegel: “el No es la
anticipación del Porvenir”.
11
Aníbal Ponce.
Humanismo y revolución
La preocupación por la ausencia de
Hegel en el panorama filosófico argentino –el centenario de su muerte en 1931
pasaría muy desaperci-bido– lleva a Ponce a elogiar un discurso en Córdoba del
joven filósofo Carlos Astrada, donde coteja favorablemente el pensamiento de
Hegel respecto al de Heidegger, con el que había estudiado. No sería esta la
única vez que Astrada combinara de distintas maneras los legados
hegeliano-marxistas con los heideggerianos. Ponce, no obstante, no se priva de
afirmar que Astrada se expresa con demasiados “tecnicis-mos góticos”. Deodoro
Roca, el numen de la Reforma Universitaria, leía Dialéctica, según
afirma Kohan, que la encuentra en la biblioteca personal del intelectual
cordobés.
La postulación de Ponce de una
“democracia proletaria” lo acerca al Partido Comunista Argentino, aunque no es
afiliado, pero principalmente le impone la tarea de alojarla en antecedentes
lejanos y universales, que reconocían prosapias ilustres del humanismo sin más:
Erasmo de Rotterdam, Giordano Bruno, Shakespeare, Goethe… De este último surge
su idea de “hombre total”, que en su versión madurada en un largo período
adquiere la pertinencia que le da Gue-vara bajo el nombre de Hombre Nuevo. Allí
está el cenit de la obra de Aníbal Ponce, en la tesis de Néstor Kohan.
Ese “hombre total” era posible
buscarlo, a dos puntas: en lo que insinuó parcialmente la Revolución de Mayo y
en lo que ofrecía, en el más inmediato presente, la Revolución Rusa. Allí,
escribe Alexia Massholder, Ponce ve “el marxismo como un humanismo, como un
camino que permite la realización de un hombre total por sobre las mezquindades
y parcelamientos de la sociedad capitalista. Esta reali-zación es la que Ponce
encuentra en la ‘Rusia Nueva’, de la que había regresado en febrero de 1935.
Dio entonces una serie de conferencias en el Colegio Libre de Estudios
Superiores, que serían publicadas luego bajo el título Humanismo
burgués y humanismo proletario, libro que tendrá una influencia vital en el
pensamiento de revolucionarios latinoamericanos como el Che, quien en 1961
propone publicarlo en Cuba junto con Educación y lucha de clases”.
Este modo en que van anudándose las
obras y los lectores es un signo permanente para juzgar el aire de los tiempos.
Ponce había viajado a la Unión Soviética atravesando toda Europa, donde reinan
escorzos inquisitoriales, medievalismos meramente actualizados y
12
Prólogo a la edición
argentina | Horacio González
pueblos martirizados. De allí salen las
concepciones del humanismo bifurcado entre burgués y proletario. La drástica
dicotomía parece, en su formulación primera, un indicio de carácter cultural;
la cultura aris-tocrática que para establecerse precisa de una dominación
económica y la cultura de “millones de hombres libres que, después de renovarse
el alma al abolir para siempre la propiedad privada, han abierto de par en par
las puertas hasta ayer inaccesibles del banquete platónico”.
En apoyo al humanismo proletario, Ponce
presenta una rever-sión del patrimonio clásico, como si dijéramos, “puesto
sobre sus pies”, como sucede en la Unión Soviética, donde se reeditan obras
canónicas bajo la advertencia de que era imposible ser comunista sin conocer y
reinterpretar grandes obras como las de Shakespeare o Dante Alighie-ri. Las
obras shakespearianas consiguen salas llenas en toda la Rusia revolucionaria,
con lo que se democratizaba la tragedia clásica y al mismo tiempo sus
personajes dejaban de ser estereotipos de hombres abstractos, y de alguna
manera, todos ellos comienzan a tratar alegó-ricamente el tema del hombre
nuevo. Esta forma de tomar los grandes temas de una humanidad anterior y poner
a sus hombres inmutables y abstractos en diálogo con el humanismo socialista
conducía por otros rumbos a reformular todas las instituciones educativas.
Cristina Mateu –en un libro como el que
prologamos, donde las distintas contribuciones se complementan otorgándole
singular coherencia– deja en observación el concepto de praxis, con
relación a si Ponce se habría adelantado a fusionar muy relajadamente las
nocio-nes diferenciales de teoría y práctica –gran discusión contemporánea
desde Gramsci a Althusser– y destaca la discusión del marxista argen-tino en
relación con las tesis de Engels sobre el cristianismo primitivo, puntualizando
diferencias con las de Henri Barbusse y otros, no atri-buyéndole arcaísmos
revolucionarios pero tampoco enfrentando los cristianismos sociales que surgían
en ese momento.
Principalmente, en su artículo se
comenta extensamente el escrito de Ponce sobre Bolívar en la revista Dialéctica,
pues allí se publica por vez primera el hoy célebre escrito de Marx,
introduciendo diversas críticas a esta figura histórica ineludible. Ponce
discute con las apologías de Bolívar, notorias en ese momento, a mediados de
los años treinta. Haya de la Torre y José Vasconcelos impulsan la alter-nativa
“bolivarismo o monroísmo”, de larga aceptación en la política
13
Aníbal Ponce.
Humanismo y revolución
latinoamericana, pero Ponce, no sin
cautelas, llama a considerar con seriedad el texto de Marx, sin duda poco
amigable con Bolívar. Acepta que este complejísimo personaje representaba
intereses de los terra-tenientes y de propietarios de minas, y que no tenía
miras democráti-cas. Destaca asimismo al apoyo que le brindaba Inglaterra. Pero
llama a mayores discusiones y a preservar el lugar donde debe hacérselas,
debido a la delicadeza del tema.
Hay que tener en cuenta en este caso
que en ese momento el gobierno del dictador José Vicente Gómez, en Venezuela,
había llama-do a un Congreso Histórico, donde concurren historiadores italianos
adictos a Mussolini. Allí se compara a Bolívar con el Duce. Esta discu-sión
estaba destinada a tener amplísimas repercusiones que perduran hasta hoy.
Apenas poco más de una década después, ya aparecían partidarios de un “marxismo
de indias” donde se hacía imprescindi-ble explicar el enfoque de Marx como un
descuido en la valoración de los procesos independentistas de América, y desde
el mismo México donde muy pronto se exilaría Ponce, cuarenta años después, José
Aricó explicaría que Marx comete ese descuido por basarse en las tesis
hegelianas sobre el continente “sin historia”, por lo que no puede apre-ciar la
movilización popular que rodea al acto independentista boli-variano. La
discusión perdura, pues García Linera, hoy vicepresidente de Bolivia –país que
evoca el nombre de Bolívar–, vuelve a acercarse, aunque más tenuemente, a las
originales tesis de Marx. Su escrito, con todo, es anterior al modo en que, en
su momento, Chávez dio otro giro en la interpretación bolivariana.
Paula Shabel, por su parte, enfoca las
propuestas pedagógicas de Ponce en relación con la niñez, a la que no considera
una categoría atemporal, ni un ideal roussoniano de un preceptor que “no aleje
al niño de la naturaleza”. En este caso, Ponce introduce a la niñez dentro de
las relaciones sociales que producen sistemáticas desigualdades. Por eso la
educación debe volcarse a analizar la lucha de clases tan tempranamente al
punto que debe juzgarse que las mismas escuelas politécnicas preparan para el
servicio al patrón, como el resto de las escolaridades preparan al infante para
omitir un mundo hostil fren-te el cual se debe “preservar el alma de los
niños”. Por el contrario, el niño, en su conciencia preparada y abierta al
mundo, puede ser eximio representante universal del socialismo, si este es
capaz de
14
Prólogo a la edición
argentina | Horacio González
adquirir una dimensión pedagógica
fundada asimismo en los elemen-tos de la dialéctica homologados por el temprano
tanteo de la infancia en el espíritu de contradicción, que el niño posee
espontáneamente.
Exilado en México, Ponce se convierte
en una importante figura de la vida intelectual de ese país. Actúa en la
Universidad Michoacana de Morelia, en el estado de Michoacán. Fallece en 1938,
debido a un accidente en la ruta entre Ciudad de México y Morelia. Seguía
atenta-mente los sucesos de la República Española, cuya caída no presencia, un
año después. En Dialéctica había escrito un importante estudio
sobre la historia de España y las fuerzas sociales que estaban en lucha.
Este libro que prefaciamos, por su
cuidadosa interrelación entre todas sus contribuciones, se ubica de un modo
particularmente incisivo en la historia de las ideas de la izquierda argentina,
rodean-do de estudios esenciales una figura usualmente descuidada en las
consideraciones de la cultura de la izquierda, y contribuyendo muy
especialmente a situar los legados y las formulaciones críticas que estos
estudios no sólo admiten sino que necesitan. De ahí que José Ingenieros, dando
lugar a Aníbal Ponce y este a Héctor Agosti –sin que aquí se hubiera detenido
un ciclo o las invocaciones de un nombre–, establece una serie todo lo
entrecortada que se quiera, pero vital en la reconstrucción de una voz crítica
que transporte la expresión huma-nismo de modo tan agudo y
desafiante como la preparó el propio Aníbal Ponce. Es fama que sus
libros estaban en la mochila del Che, legendario receptáculo que lo retuvo y lo
devuelve a nosotros.
15
Atilio Boron*
La biografía política de Aníbal Ponce
es, por decir lo menos, fascinan-te y por eso la presente compilación está
llamada a tener un impacto cultural y político muy significativo dado que
situará bajo la luz de los reflectores a un personaje excepcional y testigo
privilegiado de una época tan amenazante como la actual. Ponce es uno de los
intelectua-les más importantes y, paradojalmente, menos conocidos de la
prime-ra mitad del siglo XX en la Argentina. Toda una serie de circunstancias
se anudan en su inusual trayectoria vital, desde sus orígenes liberales hasta
el impacto movilizador que supo ejercer sobre él la década del treinta y que
precipitó su conversión al socialismo y su incorporación al Partido Comunista
hasta su persecución a manos del gobierno argentino, su posterior exilio en
México donde fue recibido con todos los honores hasta su trágica muerte en un
accidente –por lo menos así dicen– automovilístico ocurrido en ese país,
segando una vida cuando aún no cumplía los cuarenta años de edad y todavía
tenía muchísimo para ofrecer en el ámbito intelectual y político.
Ponce provenía de una pequeña burguesía
educada de la ciu-dad de Buenos Aires, y su formación inicial es antes que nada
cien-tífica. La psicología, la medicina y la educación fueron las fuentes en
las que abrevó en sus primeros años este espíritu inquieto nacido en 1898, pero
su encuentro con José Ingenieros en 1920 habría de cons-tituirse en un
verdadero parteaguas, porque a partir del mismo Ponce
* Sociólogo,
politólogo, docente (UBA-UNDAV), coordinador de la Cátedra de Pensamiento
Marxista del Centro de Estudios y Formación Marxista Héctor P. Agosti (CEFMA).
17
Aníbal Ponce.
Humanismo y revolución
cae en la cuenta de la excepcional
importancia de dos aspectos ante-riormente invisibilizados por su formación
positivista: los factores económicos y su papel en el desenvolvimiento del
proceso histórico y la tenaz presencia del imperialismo norteamericano en el
destino de los pueblos de Nuestra América. A partir de ese momento comienza un
proceso sinuoso pero inconcluso, por las circunstancias trágicas de su vida, en
el cual Ponce se va reconstruyendo como un intelectual marxista. Y lo hace no
sólo producto de una elaboración solipsista encerrada en los muros de una
academia sino como efecto de su intenso involucramiento en las luchas
antifascistas de la década del treinta. El golpe militar de 1930, que abrió un
ominoso período en la historia argentina, lo impulsó a crear lo que a la postre
sería una gran institución educativa: el Colegio Libre de Estudios Superiores,
un foro destinado a convocar a los intelectuales críticos a estrechar filas
para enfrentar al fascismo criollo del general Uriburu y sus voceros. En esta
aciaga coyuntura, Ponce ofrecería en distintos ámbitos de la vida cultural
porteña seis conferencias públicas que definirían el proyecto
político-ideológico del Colegio y que se materializarían precisamen-te en El
viento en el mundo. Con esta obra, producto de una larga reflexión, emerge
claramente un Ponce marxista, despojado de lo que su amigo cubano Juan
Marinello llamaba “los errores de Ponce, hijos de su origen social, de su
formación juvenil y de sus maestros más cercanos”. En 1934 escribe uno de sus
dos textos clásicos, Educación y lucha de clases, previo a su
incorporación al Partido Comunista y un viaje a la Unión Soviética
a cuyo regreso escribe el otro texto funda-mental de su producción
teórica: Humanismo burgués y humanismo proletario, que con justa
razón cargaba en su mochila guerrillera Ernesto “Che” Guevara,
porque en él se delinean los contornos y las razones estructurales exigidas
para la aparición del hombre nuevo. El opresivo clima intelectual y político de
la “dictadura infame” en la Argentina de los años treinta redobla su activismo
antifascista con la fundación, en 1935, de la Asociación de Intelectuales,
Artistas, Perio-distas y Escritores y la publicación de una nueva revista
teórica, Dia-léctica, de la cual llega a emitir unos cinco o seis
números. En todos estos casos, el objetivo es librar una guerra
cultural sin cuartel en contra del fascismo dominante en su país y en buena
parte de Occi-dente. Consciente de ello, en 1936 el gobierno del general Justo
lo
18
priva de sus cargos públicos y lo
obliga a iniciar el camino del exilio, terminando en México y convirtiéndose en
profesor de la Universi-dad Michoacana de Morelia. En el país azteca, Ponce
toma contacto con algunas de las grandes figuras que habían buscado refugio
allí, tanto desde América como desde la Europa desgarrada por la Guerra Civil
Española y el auge del nazismo. Establece una estrecha relación con los cubanos
Nicolás Guillén y Juan Marinello y con el notable historiador mexicano Jesús
Silva Herzog. Poco antes de abandonar la Argentina, su postura ante los
horrores del fascismo y la crisis capitalista había experimentado una acentuada
radicalización que lo llevó a escribir lo siguiente, con palabras que todavía
hoy resuenan tremendamente actuales:
La hora que vivimos
reclama de los intelectuales una definición categórica: o se está con la
sociedad capitalista, sus injusticias, su decadencia, su anarquía; o se está
con la sociedad proletaria, con la dignificación de la vida, con la conquista
final de la natu-raleza. O se está con lo acabado, con lo podrido, con lo
vacilan-te, o se está con lo nuevo, con lo promisor, con lo puro. De un lado el
agotamiento, la cobardía, el servilismo. Del otro la nueva cultura, la fuerza
del espíritu, la conciencia libre, el vuelo audaz, vale decir, las
posibilidades infinitas de una sociedad sin clases1.
Pocas veces se escribió con tanta
elocuencia y profundidad sobre el dilema del intelectual de nuestro tiempo: ¿de
qué lado estar? ¿al servicio de quiénes ponerse? La referencia a La
tempestad de William Shakespeare en Humanismo burgués y
el desprecio que en esas pági-nas rezuma por la figura de Ariel, el servil
intelectual sometido al poderío de Próspero, el déspota ilustrado, anticipa ya
de modo prís-tino lo que Ponce piensa de los intelectuales que se sitúan al
servicio del poder y, por supuesto, de qué lado se situarán cuando llegue el
combate decisivo. A la hora de escoger entre la sociedad capitalista en proceso
de putrefacción y la naciente sociedad proletaria, que él entrevió en su visita
a la Rusia Soviética, Ponce no tiene la más mínima duda. Nosotros tampoco.
1 Ponce,
Aníbal 1934 “Justificación de estas páginas” en Nueva Revista, Nº
2, noviembre.
19
Aníbal Ponce.
Humanismo y revolución
Para concluir, no sería exagerado
afirmar que Ponce se con-virtió, por muchos años, en una suerte de prototipo
del intelectual comunista latinoamericano. Pero del “intelectual comprometido”,
al estilo sartreano. Su influencia en los años treinta se extendió varios
decenios después de su muerte, su obra habiendo sido recogida en cuatro tomos
por quien muchos consideran su discípulo y continua-dor: el brillante
intelectual comunista Héctor P. Agosti. Este se nutre del marxismo abierto y
antidogmático de Ponce e, inclusive, replica décadas más tarde sus iniciativas
políticas concretas, como la realiza-ción, tras el golpe de Estado que derrocó
al peronismo en 1955, de la Primera Reunión de Intelectuales Comunistas
celebrada en septiem-bre de 1956, en línea con las tentativas de organización
del campo cultural desde la izquierda ensayadas por Ponce en la primera mitad
de los años treinta.
Saludamos, por todo lo anterior, la
recuperación de un pensa-miento y una obra como la del joven discípulo de José
Ingenieros, tan necesaria en una época como la actual y en la cual el
holocausto social y económico que el capitalismo está produciendo por doquier y
la amenaza permanente y cada vez más cercana de una guerra requieren una
respuesta clara y contundente como la que en su tiempo produjo Ponce y que
citáramos más arriba. El eclecticismo y la apelación a los ardides escapistas
del posmodernismo tan usuales en la academia sólo revelan una complicidad mal
disimulada ante un mundo que es inviable e insostenible, inexorablemente
destinado a su apocalíptico hundimiento. Ponce, su pensamiento y su acción son
una valiosa fuente de inspiración para responder a los desafíos actuales. En
buena hora contamos con este libro que tenemos la satisfacción de prologar para
librar una exitosa batalla contra la resignación y el sometimiento de los
intelectuales “bienpensantes” y sus amos y “sponsors”.
Buenos Aires, 29 de
noviembre de 2017
20
El viento en el mundo de Aníbal Ponce De
liberal sarmientino a marxista revolucionario
Cinthia Wanschelbaum*
Queremos comenzar este capítulo con una
afirmación contundente: Aníbal Norberto Ponce fue (y es) uno de los
intelectuales marxistas latinoamericanos más importantes del siglo XX. Sin
embargo, y pese a eso, es cuasi desconocido en Nuestra América. Cuando se lo
menciona, su nombre resuena, pero su obra se desconoce. Henos aquí entonces
escribiendo sobre él para sacarlo del ostracismo al que se lo sometió, y hacer
de su interpretación del mundo y su afán por transformarlo una herramienta para
la batalla de ideas de nuestra hora americana.
Aníbal Ponce nació en
1898 y murió en 1938. Vivió tan sólo cua-renta años, pero con gran intensidad.
Escribió, estudió, enseñó, militó, se exilió y se murió en un torpe e injusto
accidente cuando vivía en México. Tales son las paradojas de la vida, que la
suya finalizó yendo a dar una conferencia con motivo del aniversario del
natalicio de Marx. Su vida transitó por los primeros convulsionados años del
siglo
XX. Transcurrió en el
marco de las vicisitudes del primer golpe de Esta-do en Argentina y del
fascismo europeo, y sobre todo, durante el triunfo de la Revolución Rusa. En
persona, pudo vivir y sentir tanto los horro-res de la Guerra Civil Española
como la algarabía de la Unión Soviética.
Fue protagonista de esa primera
generación de intelectuales marxistas latinoamericanos, como José Carlos
Mariátegui y Julio
* Doctora en Ciencias
de la Educación por la Universidad de Buenos Aires (UBA). Investiga-dora
Asistente del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas
(CONICET), con sede en el Instituto de Investigaciones en Ciencias de la
Educación (IICE) de la UBA. Profesora Adjunta en la Universidad Nacional de
Luján. Presidenta de la Asociación de Gra-duados en Ciencias de la Educación
(AGCE).
21
Aníbal Ponce.
Humanismo y revolución
Antonio Mella, que se conmovieron con
la Revolución Rusa y adopta-ron al marxismo como forma de entender y vivir en
el mundo. Ponce abrazó a Marx y a Lenin, y con ellos combatió en la trinchera
intelec-tual, hasta el final.
Escribió mucho y también dio muchas
clases y conferencias. Algunos de sus libros son, de hecho, la edición de esas
prácticas que solía realizar. Tal es el caso de El viento en el mundo,
que constituye la recopilación de seis conferencias que pronunció entre 1928 y
1933, y es el libro en el que nos vamos a focalizar, y sobre el cual trazaremos
algunas líneas de descripción y análisis.
Como dice el prólogo cubano a Educación
y lucha de clases, otro de los libros de Ponce y una de sus obras más
conocidas e impor-tantes1, deseamos que Aníbal
sea “un buen amigo de los maestros, un buen maestro de los estudiantes y un
buen compañero de los trabajadores todos” (Ponce, 1961). Queremos recuperar su
pensa-miento revolucionario porque, si bien pensó, escribió y actuó en otro momento
histórico, sus ideas aún siguen vigentes y constituyen un arma desde la cual
seguir dando la batalla por la revolución, que se nos presenta tan urgente como
necesaria.
¿Quién fue Aníbal Ponce?
Ponce nació en Argentina en el año
1898, en Dolores, una ciudad de la provincia de Buenos Aires. Allí vivió su
infancia junto con su familia, hasta que su padre murió y se mudó a la ciudad
de Buenos Aires.
Durante su infancia y temprana
juventud, ya demostraba un marcado interés por la escritura que comenzó a
desarrollarse aún más en el Colegio Nacional Central (actualmente Colegio
Nacional de Buenos Aires), donde prosiguió sus estudios una vez instalado en la
capital. Cuando tenía quince años, murió también su madre, por lo que se mudó,
junto a su hermana Clarita, a vivir en lo de un tío. Terminó con honores el
colegio secundario e ingresó a la Facultad de Ciencias Médicas de la
Universidad de Buenos Aires. Estudió allí hasta
1 Anteriormente hemos
realizado un estudio introductorio a Educación y lucha de clases (Wanschelbaum,
2014).
22
el tercer año y luego abandonó la
carrera para dedicarse a la psicología y a la crítica literaria.
Los primeros ensayos que escribió
estuvieron destinados a figuras destacadas de la política y la intelectualidad
argentina como Eduardo Wilde, Lucio V. Mansilla, Nicolás Avellaneda. De hecho,
su primer ensayo sobre Wilde, escrito a los dieciocho años, ganó un premio en
la provincia de Tucumán, y eso hizo que Alfredo Bianchi lo convocara a escribir
en la revista Nosotros. Así comenzó a ser conocido por sus colegas,
y Bianchi le propuso que elaborara un ensayo sobre José Ingenieros, quien hasta
ese momento era tan sólo un nombre conocido para Ponce. Esta propuesta y sus
consecuencias marcarán un hito en su vida. Para escribir el ensayo, Ponce fue
en busca de Inge-nieros, y en ese encuentro eligió “a su maestro [...] y tuvo
el privilegio de ser también él elegido” (Agosti, 1974: 44).
Corría 1920 y, con 22 años, Ponce
trabajaba y se formaba junto a Ingenieros, daba clases de psicología en el
Instituto Nacional del Profesorado Secundario, y de castellano y literatura en
el Nacional Pueyrredón, colaboraba en el servicio de psiquiatría del Hospital
Borda, escribía en Nosotros y participaba del Symposio de
Agathura.
También por ese tiempo, se incorporó a
la Revista de Filosofía2, fundada por Ingenieros, y desde 1923 hasta la muerte de su maestro
compartirían la dirección. Luego sería dirigida sólo por él hasta 1929. Durante
este período, también escribió en el periódico mensual Reno-vación,
pero bajo uno de sus pseudónimos: Luis Campos Aguirre. Destacamos
esto porque Renovación fue una publicación muy influ-yente en
América Latina entre 1918 y 1923, en particular respecto de la Reforma
Universitaria, el fascismo y el antiimperialismo.
Por otro lado, y en línea con lo
anterior, en 1925 se fundó en la redacción de Nosotros el
primer movimiento intelectual de América Latina: la Unión Latinoamericana (ULA)3.
2 Publicación
científico-literaria fundada por Ingenieros en 1914. En su primer número
expre-saba: “Continuando la orientación cultural de Rivadavia, Echeverría,
Alberdi y Sarmiento, era su deseo unificar el naciente pensamiento argentino,
tratando de renovar toda la antigua filosofía especulativa a la luz de las
nuevas experiencias científicas, cuyas conclusiones más generales son las
premisas de toda elaboración filosófica” (Woscoboinik, 2007: 74).
3 Conformada, entre
otros, por Julio V. González, Gabriel del Mazo, José Ingenieros, Alfredo
Bianchi, Gabriel S. Moreau, Alfredo Palacios, Carlos Sánchez Viamonte y Aníbal
Ponce.
23
Aníbal Ponce.
Humanismo y revolución
A su agitada vida, en 1926, Ponce le
sumaría su primer viaje a París. Los apuntes de ese viaje los publicaría luego
en un libro titulado Un cuaderno de croquis. De regreso en Buenos
Aires, continuó con las actividades que solía realizar, más otras
nuevas, como por ejemplo escribir junto a Julio V. González el prólogo al
libro La Reforma Uni-versitaria. Ponce fue un activo participante
del movimiento reformista que estalló en Córdoba en 1918, y en
dicha introducción, su preocu-pación y sus reflexiones rondaron en torno a
comprender por qué la Reforma “no triunfó”.
En 1928, volvió a
viajar a Europa. Esta vez, además de Francia, visi-tó Alemania. A su regreso
creó el Colegio Libre de Estudios Superiores4.
El campo intelectual fue su frente de
batalla. Y fue con el golpe de Estado de 1930 que se produjo su transformación
política, ideoló-gica, teórica, desde la herencia cientificista y positivista
de Ingenieros, hacia el marxismo “plenamente asumido como explicación y como
acción” (Agosti, 1974: 97). A partir de ese momento, todas sus accio-nes
comenzaron a tomar un carácter revolucionario y de lucha contra el capitalismo
y el fascismo.
En este capítulo, justamente,
focalizaremos nuestro análisis en la serie de conferencias que constituyen el
momento de adopción del marxismo como forma de interpretar y vivir en el mundo.
No se es revolucionario, decía Ponce, se llega a serlo (1963: 41). Y en ese
llegar a ser, se convirtió en el intelectual más importante del Partido
Comu-nista Argentino (PCA) durante esos años.
Como militante intelectual comunista,
organizó y realizó toda una serie de iniciativas de disputa contra el fascismo.
En 1933, pre-sidió el Congreso Continental Latino Americano contra la Guerra
Imperialista que se realizó en la ciudad de Montevideo. Y en 1934, viajó
nuevamente a Europa e integró la comitiva que el Congreso de Ayuda a las
Víctimas del Fascismo Español –reunido en París en abril de 1935 bajo la
presidencia de Wallon– envió a España con el objetivo de verificar las
atrocidades cometidas contra los obreros sublevados en Asturias en octubre de
1934. A su regreso, relató en un informe:
4 El Colegio Libre fue
una institución de enseñanza pública no estatal de la cual participaban
intelectuales laicos y progresistas dictando cátedras libres.
24
Nadie podrá contar
jamás lo que han hecho en España, aterrori-zados por la revolución, el
miserable señorito feudal y su aliada la Iglesia, no menos miserable. He visto
criaturas con el hígado deshecho a puntapiés; mujeres en cuyas espaldas se ha
dejado correr agua hirviendo a chorros finos; muchachos cuyos labios han sido
cosidos con agujas colchoneras (Ponce, 1974).
Este viaje a Europa también lo llevó a
visitar al “hombre futuro”, como él denominaba a la URSS. Allí, lo invadió “la
impresión de vivir en otro mundo, de respirar otro ambiente, de pisar sobre
otra tierra” (Ponce, 2009). El contraste entre las atrocidades del fascismo y
la humanidad del comunismo lo llevará, a su regreso a Argentina, a dedicar su
vida a la construcción de organizaciones y nucleamientos de intelectuales. En
1935, fundó la Asociación de Intelectuales, Artis-tas, Periodistas y Escritores
(AIAPE), una agrupación de trabajadores intelectuales cuyo propósito consistió
en defender a la cultura de la ofensiva fascista5.
En este camino de la lucha intelectual,
en 1936 salió el primer número de la revista Dialéctica, que Ponce
dirigió y cuyo objetivo fue poner a disposición los clásicos del proletariado,
es decir, el marxis-mo. Simultáneamente a la revista, lanzó la Editorial
Dialéctica, que publicó por primera vez La cuestión judía de
Marx y un libro de Paul Lafargue (socialista cubano francés, yerno de Marx).
Toda esta práctica militante tuvo
consecuencias represivas en la vida de Ponce. En 1936, se intensificó la
persecución hacia obreros y estudiantes, y alcanzó también a Aníbal. Lo
cesantearon del Instituto Nacional del Profesorado Secundario y lo expulsaron
de la Universi-dad de Buenos Aires en virtud de “su conocida actuación
ideológica”6. Frente a la
exoneración que sufrió, escribió una carta abierta al minis-tro de Justicia e
Instrucción Pública, que decía:
5 La AIAPE realizó
conferencias, exposiciones, publicó una serie de folletos y la revista Unidad
por la defensa de la cultura, entre los años 1936 y 1939. En dicha
publicación colaboraron destacados artistas plásticos como Lino
Enea Spilimbergo y Antonio Berni, y autores como Raúl González Tuñón.
6 Mensaje del Poder
Ejecutivo a la Cámara de Diputados de la Nación, suscripto por el presi-dente
Agustín P. Justo y el ministro Jorge de la Torre, 9 de diciembre de 1936.
25
Aníbal Ponce.
Humanismo y revolución
Por entrañablemente
argentino, no he escrito jamás una línea que no haya tenido por objeto la
liberación de las masas labo-riosas de mi patria: liberación del latifundista
que las explota, del industrial que las desangra, de la Iglesia que las
adormece, del político que las entrega maniatadas a los “trusts” del
extran-jero (Agosti, 1974: 112).
Producto de esta
persecución, tuvo que irse del país. El destino de su exilio fue México. Partió
el 25 de enero de 1937. Allí trabajó como docen-te, colaboró con el Ministerio
de Instrucción y continuó escribiendo en diarios y revistas. A principios de 1938,
el secretario de Educación le pro-puso trabajar en la Universidad de Morelia y
se mudó allí. Unos meses después, cuando viajaba a la ciudad de México a dar
una conferencia con motivo del 55º aniversario de la muerte de Marx, falleció
como con-secuencia de un estúpido accidente automovilístico. Tenía 39 años.
El primer golpe de Estado en Argentina
y la estrategia de “clase contra clase” de la III Internacional
Antes de sumergirnos en el análisis de
las conferencias, queremos desta-car algunas notas respecto al momento
histórico en el que Aníbal Ponce pensó, escribió y actuó. No podemos comprender
su praxis sin conocer las circunstancias históricas que lo envolvieron, tanto a
nivel nacional como internacional. De hecho, según Agosti, fue el golpe de
Estado encabezado por José F. Uriburu7 en 1930 el que lo transformó ideológica-mente y lo constituyó en
el intelectual comunista que supo ser.
La dictadura militar de Uriburu se
caracterizó por gobernar por medio de la represión y el terror,
fundamentalmente contra el movi-miento obrero. El gobierno de Uriburu fue
seguido por el de Agustín P. Justo, que implicó una continuidad del accionar
represivo, en un contexto de aumento de la clase obrera producto del
crecimiento de trabajadores industriales que representó la política económica
de la industrialización por sustitución de importaciones.
Ponce también vivió en un momento de
gran desarrollo y fuerza del comunismo, tanto a nivel internacional como
nacional. En efecto,
7 El
primer golpe de Estado de la historia del siglo XX en Argentina.
26
con su acción y lucha se constituyó en
uno de los intelectuales más importantes del PCA: “se convirtió en una figura
que forjó una identi-dad para la intelectualidad comunista” (Camarero, 2007:
265).
Entre 1928 y 1935, la política del PCA
estuvo orientada desde los lineamientos de la III Internacional. La III
Internacional fue una orga-nización, fundada por Lenin en 1919 y disuelta por
Stalin en 1943, que nucleó a los partidos comunistas de los diferentes países.
Fue herede-ra de la I Internacional o Asociación Internacional de los
Trabajadores (AIT) fundada por Marx y Engels en 1864 y extinguida en 1872.
Durante los años de su existencia, la
Internacional Comunista desarrolló diferentes congresos en los que definió su
línea estra-tégica de organización y acción. En el VI Congreso, que se realizó
en Moscú en 1928, se adoptó la estrategia de “clase contra clase”. Es
importante conocer y entender los fundamentos principales de esta estrategia
para poder comprender mejor las características de la pluma ponceana. Su forma
de ver el mundo, de describirlo y actuar en él se vinculó orgánicamente con
esta estrategia partidaria. “Clase contra clase” diagnosticaba que el
capitalismo se encontraba en una crisis terminal y que la burguesía jugaba un
rol reaccionario y traidor. Por ejemplo, Julio Antonio Mella, fundador del
Partido Comunista de Cuba, en un panfleto publicado en 1928 (“¿Qué es el
APRA?”) rechazaba un frente único de la burguesía, porque era la traidora
clásica de todos los movimientos nacionales realmente emancipatorios (Löwy,
2007: 17). “Clase contra clase” se caracterizó por una crítica radical antiburguesa
y antiimperialista. En este sen-tido, la socialdemocracia fue concebida como
socialfascista y se la ubicó como el enemigo principal del proletariado y la
revolución. De hecho, esta estrategia se denominó así, “clase contra clase”,
porque las posibilidades históricas eran la dictadura terrorista de la
burgue-sía o la dictadura comunista del proletariado. La lucha se libraba entre
estas dos clases.
Ponce adhirió orgánicamente a esta
línea estratégica, y su producción intelectual y su práctica política se
desarrollaron en la urgencia de la revolución. La estrategia de “clase contra
clase” fue “el horizonte nítido y fuerte de su pluma” (Kohan, 2000: 66). Ponce
fue un militante que pensó, enseñó y escribió para la revolución. Como afirmó
Iglesias (1976: 24), su literatura fue milicia.
27
Aníbal Ponce.
Humanismo y revolución
De intelectual sarmientino liberal a
marxista revolucionario
Ponce no nació marxista, sino que llegó
a serlo. En los comienzos de su vida intelectual, abrazó fuertemente a
Sarmiento y al liberalismo, para luego abandonarlos, rechazarlos y adoptar al
marxismo como el filtro que dio el color (rojo) a su mirada.
Según una periodización realizada por
Agosti, en Ponce se pue-den identificar tres etapas. Una primera, denominada
“Buenos Aires”, que se extendió hasta 1927 y que incluye sus trabajos
juveniles. Una segunda, bautizada como “París”, que refiere a los trabajos que
desa-rrolló como psicólogo y que llega hasta 1930. Y una tercera llamada
“Moscú”, que corresponde al momento posterior a 1930, cuando se hizo marxista8.
La primera etapa (Buenos Aires) incluye
sus ensayos escritos desde un enfoque anclado en la oposición sarmientina de
civilización o barbarie y desde la perspectiva liberal-positivista de su
maestro, Ingenieros. Según la interpretación de Agosti, esta primera etapa de
Ponce se correspondió con los condicionamientos concretos de dicho momento
histórico. Aún el marxismo no había alcanzado un gran desarrollo y lo conocido
por él era el pensamiento liberal y positivista. Cabe destacar que Ingenieros
saludó con entusiasmo a la Revolu-ción Rusa, cuestión de la cual se apropió
también su discípulo, quien comenzó a simpatizar con la experiencia
bolchevique.
La segunda etapa (París) refiere a los
trabajos ponceanos en el área de la psicología. Publicó cuatro libros al
respecto. Sin embargo, y como apunta Terán (1986), también en este momento
comienzan a aparecer algunos análisis de enfoque clasista. Particularmente, sus
escritos sobre la Reforma Universitaria y sus primeras conferen-cias (que
forman parte del libro que nos dedicaremos a analizar) se enmarcan en el
naciente marxismo y en una crítica al capitalismo.
La tercera etapa, Moscú, llega con el
golpe de Estado de 1930, y es cuando se produce “la separación entre el
liberalismo de los bienama-dos arquetipos del ochenta y el marxismo que
introduce la noción con-creta de lucha de clases en la valoración histórica”
(Agosti, 1974: 14).
8 Cada etapa alude a
las ciudades de las cuales se enamoró. Primero Buenos Aires, después París, y
por último –y sobre todo– Moscú.
28
En ese momento, Ponce se sumergió en el
marxismo con “frenesí que nunca más le abandonaría” (Agosti, 1974: 69). Agosti
cuenta que fue con la disertación “Los deberes de la inteligencia” (incluida en
el libro que examinaremos) cuando por primera vez manifestó explícitamente su
adscripción al marxismo y a la revolución. Allí dijo: “La inteligencia es la
levadura indispensable de la revolución”.
El conjunto de las conferencias y
clases que constituyen su obra desde 1930 hasta su muerte encontraron en el
marxismo, en el antifas-cismo, en el antiimperialismo, en la lucha de clases y
en la revolución la atmósfera de su inteligencia.
En el exilio mexicano ajusticiará a sus
padres intelectuales (Sar-miento, Alberdi e Ingenieros) y escribirá:
Intérpretes ambos de
la burguesía argentina en su etapa liberal, fueron excelentes en nuestra lucha
contra el feudalismo pode-roso aun en la Argentina; pero resultan insuficientes
en la actual etapa de la revolución agraria y antiimperialista; y totalmente
superados desde el punto de vista de la revolución socialista. El mismo José
Ingenieros, que interpretó hasta hace pocos días las exigencias más radicales
de la pequeña burguesía argentina, ha quedado ya a las espaldas como un
precursor magnífico que recogemos con orgullo en nuestra herencia cultural,
pero cuya ideología no podemos mantener (Agosti, 1974: 126).
El viento en el mundo
El viento en el mundo es un libro que Ponce publicó en
19339. Reúne una serie de
conferencias dirigidas a los estudiantes y obreros que dictó entre 1928 y 1933,
y que permiten advertir, como veníamos señalando, el paso del Ponce liberal al
marxista revolucionario. En la primera página advierte:
9 La primera impresión
de este libro fue en el año 1933 y contenía seis “Conferencias a los
estudiantes y obreros”. Pero cuando Clara Ponce, hermana de Aníbal, organizó la
primera edición de las Obras completas en 1939, agregó unas
clases que Ponce dictó en el Colegio Libre de Estudios Superiores en 1936 y que
tituló “Examen de la España actual” y la confe-rencia que pronunció en México
en 1937: “En el centenario de Fourier”.
29
Aníbal Ponce.
Humanismo y revolución
[Son] seis
conferencias, pronunciadas en el transcurso de otros tantos años […] inspiradas
por un mismo pensamiento, man-tienen a pesar de la distancia una íntima unidad,
y si en las pri-meras se presenta más que se comprende la dramática realidad de
nuestro siglo, se afirma en las últimas una aprehensión más lograda. Pero
estremece a todas, como un soplo del tiempo, la responsabilidad y la dicha de
asistir al desarrollo y al triunfo de la más gloriosa de las revoluciones
(Ponce, 1963: 1).
El libro está organizado en seis
capítulos, que corresponden a las seis conferencias: “Examen de conciencia”
(1928), “Los deberes de la inte-ligencia” (1930), “Conciencia de clase” (1932),
“De Franklin, burgués de ayer, a Kreuger, burgués de hoy” (1932), “Las masas de
América contra la guerra en el mundo” (1933) y “Elogio del Manifiesto
Comu-nista” (1933).
Y su título viene del “viento de
liberación cantado por Alejandro Blok, el más grande poeta de la Nueva Rusia:
‘El viento, el viento, sobre toda la faz de la tierra’” (Ponce, 1974: 206).
Examen de conciencia
“Examen de conciencia” fue una
conferencia que Ponce pronunció en la Universidad de La Plata en 1928, con
motivo del aniversario de la Revolución de Mayo y por invitación de la
Federación Universitaria. En su presentación, comenzó diciendo que el mejor homenaje
que podía rendírsele a la revolución era el de un examen de conciencia, cosa
que hizo a lo largo de su alocución y que le dio el título a la conferencia.
Su exposición constituyó un llamado a
la necesidad urgente de la revolución, en un momento de restauración luego de
la llama revo-lucionaria del 19 que corrió por Europa, que terminó con la
violenta reacción del fascismo.
Sobre el sueño de la revolución fue,
entonces, que les habló a los jóvenes universitarios. Los interpeló como la
nueva generación revolucionaria del movimiento reformista de 1918 y los instó a
que traspasaran los muros universitarios por un mañana mejor. “No se es
defensor legítimo de la Reforma cuando no se ocupa al mismo
30
tiempo un puesto de combate en las
izquierdas de la política mundial” (Ponce, 1974: 164), les dijo. Y agregó: “ser
reformista o no serlo impli-cará decidirse por Mañana o por Ayer” (Ponce, 1974:
164).
La tesis central que sostuvo a lo largo
de la conferencia fue que “los ideales de la Revolución Rusa son […] los mismos
ideales de la Revolución de Mayo en un sentido integral”10 (Ponce, 1974: 162; énfa-sis en el
original). La línea argumentativa que trazó partía de una rei-vindicación del
pensamiento de Mayo y terminaba en la necesidad de ir hacia la “nueva Era en la
vida de la humanidad”11 que
representaba la Revolución Rusa. Para Ponce, la Revolución de Mayo, en tanto
con-figuró una república burguesa y formas del privilegio económico que
impedían la justicia social, representaba una etapa momentánea que era
necesario superar, tal como lo habían hecho los rusos, un pueblo que también
era bárbaro y que “echó abajo en un gesto magnífico el más tremendo de los
imperios feudales, y se puso a cavar con heroís-mo ejemplar los futuros
cimientos de esa ciudad del ensueño” (Ponce, 1974: 161 y 162).
Como se puede advertir, en esta
exposición coexistían aún el Ponce liberal, que no terminaba de morir, y el
Ponce marxista, que no terminaba de nacer. Podríamos decir que da cuenta de ese
pasaje, en tanto y en cuanto su argumento central traza una línea de
conti-nuidad entre la Revolución de Mayo y la Revolución Rusa, pero per-siste
en su forma de analizar la historia y la realidad con un esquema sarmientino.
En efecto, para construir los
argumentos de su tesis central, parte de un análisis de la “historia
precolombina” hasta llegar a la Revolución Rusa. Su argumento principal
consistía en que la Revolu-ción de Mayo era un pensamiento “vigoroso y de
claridad ejemplar” y una tradición legítima, que no se había realizado
totalmente. “El pensamiento que echó a andar por América en una lluviosa mañana
de mayo no ha detenido su marcha […] sigue siendo contemporáneo de nosotros, y
seguirá siéndolo de los que vengan hasta el día quizá no
10 En una nota al pie
aclaraba que “de más está decir que esa filiación debe entenderse en el mismo
sentido en que Marx afirmaba que el comunismo derivaba de la Enciclopedia”
(Ponce, 1974: 162).
11 Cita a Echeverría y
su análisis sobre el movimiento socialista.
31
Aníbal Ponce.
Humanismo y revolución
muy remoto en que la Soberanía Popular
no sea un mito y la Justicia Social se haga efectiva” (Ponce, 1974: 161).
Reivindicaba, como su maestro
Ingenieros, al pensamiento liberal de Mayo como una renovación y una larga
batalla frente a los viejos intereses de la sociedad feudal, pero advertía al
mismo tiempo sobre sus límites y contradicciones, que podrían ser superados con
una revolución integral como la rusa.
Para Ponce, la Revolución de Mayo no se
propuso sólo conseguir un triunfo militar sobre España, sino también una lucha
contra sus ideas, sus instituciones y sus costumbres. Fue la oposición clara y
termi-nante entre dos mentalidades, dos culturas, dos filosofías. En una forma
de análisis bien sarmientina, planteó que Argentina había entrado al mundo
civilizado por el camino de Francia, que con sus ideas cultas y su espíritu
socialista había sido la libertadora de América. Contraria-mente, Rosas y el
gaucho representaban la barbarie, el caudillismo y la tiranía, que conjugaba
con la colonia. Por eso, la caída de Rosas y la lle-gada posterior de la ola
inmigratoria señalaron, para Ponce, “el impulso renaciente de la revolución […]
el extranjero nos daba sin embargo el ferrocarril y el telégrafo, el alambrado
y el libro, la máquina y la higiene. En poco tiempo, hombres trabajadores y
honestos transformaron la faz de la Nación, y lo que es aún más importante, el
predominio de su san-gre trajo la extinción gradual del elemento gaucho”
(Ponce, 1974: 156).
A la par de este análisis propio de un
pensamiento sarmientino-liberal, más adelante en su intervención, y cuando
analice la Revo-lución Rusa, lo hará en términos de clase. “La Revolución Rusa,
que aceleró la decadencia de la sociedad capitalista, ha planteado los
problemas actuales en términos extremos: o burgués o proletario” (Ponce, 1974:
164)12.
En definitiva, es una conferencia que
nos permite apreciar la confluencia de un Ponce que defenestra a España13, a Rosas14 y al
12 Línea “clase contra
clase”.
13 “Si con el primer
soldado que inició la Conquista nos vinieron el individualismo anárquico y el
desprecio del trabajo, con el primer fraile que llegó a América en el segundo
viaje de Colón nos vinieron también el dogmatismo teológico y la superstición
medieval” (Ponce, 1974: 155).
14 Lo cataloga de
tirano.
32
gaucho15, a la par que reivindica al espíritu culto y socialista de Francia y a
la Revolución Rusa como el mañana ideal.
Los deberes de la inteligencia
“Los deberes de la inteligencia” es
otra conferencia que pronunció Ponce en la Facultad de Ciencias Económicas de
la Universidad de Buenos Aires, por invitación de la Agrupación Estudiantil
Acción Reformista, y es del año 1930.
La presentación esta vez rondó
alrededor de un interrogante: ¿cuáles son los deberes del intelectual?, al que
respondió que son de tres tipos: consigo mismo, con los demás, con la
revolución.
El primero de los deberes de un
intelectual es para consigo mismo y consiste en ser autónomo respecto del
poder. El intelectual debe arrancar su inteligencia de la miseria que sólo
enseña a mentir y a adular, ser antidogmático, no recibir dádivas, ni aspirar a
prebendas, ni decir “la verdad” para asegurarse el pan de toda la vida. El
intelec-tual debe, para consigo mismo, hacer “culto de la dignidad personal
como norma directriz de la conducta” (Ponce, 1974: 169).
El segundo de los deberes, para con los
demás, consiste en no estar aislado, ni ser indiferente a lo que ocurre en la
realidad. La sociedad busca atraer al intelectual para domesticarlo y, si no
puede, lo persigue para acabar con él, porque si el orden social injusto
per-mite que se examinen sus principios es un orden que está perdido. Para
combatir aquella posibilidad de crítica, se construyó –planteaba Ponce– una
idea del intelectual como un ser aislado y sin partido, extraño a las luchas
políticas, ajeno a la vida de su mundo. Esta “sole-dad” del intelectual
beneficia a la burguesía. Se trata de impedir en él las amenazas de su crítica
sin velos. Muchos intelectuales acogieron estas teorías. Pensaron que al estar
alejados de los tumultos de las plazas públicas, al ser pensadores solitarios y
estudiosos aislados, no servían a los intereses de nadie. Sin embargo, esta
posición intelectual es un episodio en la táctica de la burguesía16.
15 Incapaz de trabajar,
pendenciero, delincuente vulgar, fullero y asesino.
16 Pone como ejemplo a
Gentile y su filosofía como acto puro.
33
Aníbal Ponce.
Humanismo y revolución
Contrariamente a esta interpelación
social dominante hacia el intelectual, Ponce afirmaba que es inconcebible el
aislamiento. Es hipó-crita e interesada la tesis del intelectual aislado,
tolerante e imparcial. El intelectual debe sentir sus propias ideas “como
siente latir la sangre en las arterias” (Ponce, 1974: 171). Declararse
indiferente equivale a tomar una postura. Y para sostener esta tesis, recuperó
a Lenin: “la indiferen-cia es la saciedad política. Es necesario estar repleto
para mostrarse ‘indiferente’ frente a un trozo de pan. Confesar la indiferencia
es confe-sar al mismo tiempo que se pertenece al partido de los saciados”.
Ponce define del siguiente modo al
trabajo intelectual:
[Es] comprender, pero
es también crear. La inteligencia no vive sino por el asombro. Allí donde nadie
ve un problema ella conserva intacta su excitante capacidad de sorprenderse.
Cada sorpresa es un acicate de su propio dinamismo, un motivo de investigaciones
infinitas. Cada solución que atisba le lleva a su vez a otros problemas; muchas
hipótesis se le deshacen muy pronto entre las manos, y así, de esa manera,
devorándose a sí misma, asistiendo trágicamente a su propio trabajo, la
inteli-gencia busca las soluciones que persigue. Cuando las encuen-tra, y las
encuentra siempre –ignoramus, no ignorabimus–, el alborozo legítimo de
la reacción triunfal señala en la marcha del mundo el nacimiento de algo nuevo,
tan original y tan inédito que la inteligencia adquiere en este aspecto los
caracteres ver-daderos de la invención (Ponce, 1974: 172).
La inteligencia es para Ponce el
derecho a asombrarse. Es rebelión, inquietud, negación frente al orden, a lo
fijo, a lo aceptado, en la espe-ranza de construir algo mejor.
Preocupación
incesante, superación continua, perfecciona-miento infinito. Mirar todo lo
hecho con ojos nuevos, empi-narse para ver más lejos y más alto, apoyarse sobre
hoy para alcanzar mañana […] Ya no más inteligencia que encuentra en sí el
propio gozo (Ponce, 1974: 173).
Y allí aparecía el tercer deber: con la
revolución. Había, para Ponce, que poner a la inteligencia al servicio de la
revolución. “Elevarla a plena luz, traducirla en doctrina, encenderla en
ideales, esa es la obra
34
de la inteligencia: bajo su aliento, lo
que no era hasta entonces sino
sorda rebeldía, asciende ahora a
revolución” (Ponce, 1974: 173). Además, la función de la inteligencia, de los
intelectuales, debía
ser dirigir. Darle a las inquietudes,
los descontentos, las escaramuzas, la exactitud de un rumbo y el conocimiento
de sus fuerzas. “La inteligencia es la levadura indispensable de la revolución”
(Ponce, 1974: 174). La causa del proletariado debía ser la causa del
intelectual. “Que el labora-torio, la biblioteca o el bufete tengan amplias
ventanas siempre abiertas. Que nada de lo que ocurra afuera pueda seros
extraño” (Ponce, 1974: 175), les dijo a los estudiantes universitarios. También
los interpeló a que al especialista fragmentario, que fue el ideal de otro
tiempo, le opusieran el gesantmensch del ideal contemporáneo,
el “hombre-todo” de Goethe, capaz de sufrir y comprender la compleja diversidad
del mundo.
Hay una guerra de
todos los días, de todas las horas. No es posible una paz duradera mientras
subsista el capitalismo. El menor de los actos tiene así un significado
preciso. Sepamos siempre para quiénes trabajamos. Cada desfallecimiento es un
triunfo de los otros, cada inconsecuencia una traición. Seréis, pues,
responsables de vuestros gestos, de vuestras actitudes, de vuestra vida. Pero
si la tarea es dura, las horas no perderán por eso su alegría […] Renunciaréis
sin duda a muchas vanidades; chocaréis muchas veces con muchas incomprensiones;
las vanidades que dan los éxitos de la figuración y de la “carrera”; las
incomprensiones de todos los egoístas que se instalaron en la vida como en un
buen sillón. ¿Pero qué pueden significar los sacrificios a la edad en que se
tiene el orgullo de vivir la propia vida con las solas inspiraciones del
porvenir y del ideal? ¿Qué pueden significar los sacrificios si al mezclaros a
la vida de la época y al batallar en ella, vais sintiendo al mismo tiempo que
os aumenta en tamaño el corazón? (Ponce, 1974: 176).
Así cerró su exposición.
Conciencia de clase
“Conciencia de clase” constituye la
tercera conferencia que compo-ne el libro, y la pronunció en 1932 en la
Asociación de Trabajadores
35
Aníbal Ponce.
Humanismo y revolución
del Estado, con motivo de la
inauguración de su biblioteca. En esta exposición ya utilizó marcadamente el
“lenguaje” marxista. Desde la primera oración, comenzó hablando de la
Revolución Rusa y en esas primeras frases explicitó el sentirse marxista.
Como su título lo indica, abordó el
tema de la conciencia de clase, a partir de dos interrogantes: ¿cómo se forma
la conciencia de clase?; y ¿cómo se pierde la conciencia de clase?
Primero, ¿qué es la conciencia de
clase?, ¿cómo la define? Es “la exacta noción que una clase posee de sus
intereses generales y duraderos” (Ponce, 1974: 178). Es la que orienta la
conducta. Y la con-ciencia de clase a la que se pertenece puede ser por nacimiento
o por adopción. En este sentido discute con la “afirmación simplista” que
plantea que el lugar que un hombre ocupa en el proceso de produc-ción determina
su ideología, su conciencia de clase. “Es bien sabido que no sucede así”,
afirma, y complejiza esta relación, adentrándose en las contradicciones.
Explica que la clase social que aspira a oprimir a su clase enemiga crea sus
leyes, su religión, su moral, su filosofía y su arte, como instrumentos de
lucha “mediante los cuales aspira a oprimir las manifestaciones similares de la
clase enemiga” (Ponce, 1974: 177). De esta manera, en un mismo individuo pueden
coexistir, entonces, ideologías antagónicas. Un proletario puede tener la misma
religión que un burgués y/o un burgués idéntico concepto de familia que un
señor feudal.
Para profundizar en el análisis del
problema de cómo se forma la conciencia de clase, acudió a dos puntos de vista:
el de la psicología individual y el de la psicología social. Vinculó la
psicología de Adler con la sociología de Marx. Es decir, se interrogó acerca de
cómo un indivi-duo descubre que forma parte de una clase social a partir de sus
pro-pios intereses, a la par de preguntarse en qué momento de la historia “la
clase que ya tenía una ‘existencia en sí’ –para hablar el lenguaje de Marx–
comienza a adquirir una ‘existencia para sí’” (Ponce, 1974: 178).
A partir de estos dos enfoques, explicó
que ya desde niño el pro-letario se ubica en un lugar de menor valía, de
apreciación pesimista de sí mismo y del mundo, que deviene de la miseria de sus
padres, de las deficientes condiciones de alimentación y de higiene, de los
desaires repetidos de sus compañeros burgueses y por las diferencias en la
escuela. Es así que en el niño se genera “su primer sentimiento
36
proletario” (Ponce, 1974: 179), el
primer confuso sentimiento de clase, de humillación y de defensa-protesta
contra la misma. En paralelo y desde esta humillación individual, el movimiento
obrero comprendió que a la agresión individual se la combate canalizando la
rebelión en formas colectivas (como el sindicato o la huelga). Y fue con el
proceso de industrialización y la conformación del movimiento obrero que el
proletariado comenzó a sentirse como una clase aparte, con intereses y
aspiraciones opuestos a los de la burguesía, con una conciencia enemiga a la de
esta. En la relación de estos dos procesos es que se conforma la conciencia de
clase.
No obstante, como mencionamos con
anterioridad, el segundo interrogante que Ponce les planteó a los trabajadores
estatales fue cómo se pierde la conciencia de clase, en el sentido de por qué
los obreros traicionan los intereses de clase y cuáles son las razones que
dificultan que la “clase en sí” no logre siempre convertirse en “clase para
sí”. Y ahí acudió a una explicación muy interesante. Las clases no se derrumban
mecánicamente, sino por acción de la clase enemiga. La burguesía –a la que
Ponce consideraba acorralada y vencida– utili-za recursos poderosos, más
temibles que las armas, como la escuela, el diario, el libro, el púlpito y la
radio.
[Estos] desparraman
por el mundo –tenazmente, insistente-mente– el sagrado respeto de la sociedad
capitalista. Como la Iglesia Católica, la burguesía también tiene al servicio
sus Doc-tores. Doctores sutilísimos que han venido enturbiando desde hace siglos
las fuentes mismas de la historia, y tan prodigiosos en sus sofismas que han
logrado convencer a muchas gentes de que no hay un solo negocio de la burguesía
que no se realice por el amor del hombre (Ponce, 1974: 184).
Es con esas armas que la burguesía
retiene las almas proletarias. No se produce naturalmente; la historia se
realiza en los hombres y no fuera de ellos. Es mediante el accionar cotidiano y
consciente de la burgue-sía que el proletariado pierde su propia conciencia.
Entonces, ¿qué hacer? Con este
interrogante y con sugeren-cias al respecto fue que concluyó su alocución.
Planteó la necesidad de que el proletariado dirija siempre sus combates en un
sentido general de clase, luche contra el egoísmo individualista, se haga más
37
Aníbal Ponce.
Humanismo y revolución
compacto y más elástico, estudie sobre
la experiencia del movimiento obrero, persiga y descubra en la realidad los
intereses económicos, desenmascare las maniobras de las empresas, cierre los
oídos a la prédica demagógica del obrerismo y, sobre todo, que desconfíe de su
propia lealtad y de la creencia suicida en las buenas intenciones de la
burguesía liberal, ya que el burgués se ha convertido en el enemigo más firme
del proletariado.
En síntesis, en cada acción, se trata
de plantear siempre los pro-blemas en términos de clase y de revolución, dijo y
terminó.
De Franklin, burgués de ayer, a
Kreuger, burgués de hoy
Esta fue una conferencia pronunciada en
agosto de 1932, en el Centro de Estudiantes de Medicina, por invitación de su
Ateneo. Como lo indica su título, el objetivo fue analizar cómo cada época de
la his-toria del capitalismo tuvo y tiene su tipo de burgués. Para ello, tomó
dos “casos” concretos de burgueses distintos y de tiempos diferentes: Franklin
y Kreuger.
Primero, comenzó hablando del suicidio
de Ivar Kreuger, un burgués empresario, como muestra empírica de su tesis de
que la burguesía se encontraba en disolución. Veía a ese suicidio como “el
testimonio irrefutable de una clase en derrota, la confesión sangrienta de su
fracaso” (Ponce, 1974: 186). Lo ubicaba como un acto que lleva-ba “consigo la
huella de la hora en que vivimos” (Ponce, 1974: 188). Es que para Ponce, lo que
pensamos, decimos y hacemos habla de la clase social de la que formamos parte y
del momento histórico en el que nos situamos.
Desde estas premisas discute con Max
Weber, quien considera-ba a Franklin como el arquetipo del burgués, cuestión
que Ponce no compartía, porque sostenía que no existía un prototipo ahistórico.
Si Franklin fue el modelo de la burguesía en ascenso, Kreuger lo era de su
hundimiento y crisis.
Después de haber
producido “maravillas mucho mayores que las pirámides de Egipto, los acueductos
romanos y las catedra-les góticas” –son palabras de Marx–, la burguesía se
encuentra en los comienzos de este siglo como “un mago aterrado que
38
no sabe dirigir las
divinidades que él mismo ha conjurado” (Ponce, 1974: 196).
Si bien la conferencia abunda en una
afilada caracterización del capitalismo como un sistema constituido por hombres
que persiguen desesperadamente la ganancia arrastrados “por un torrente que no
puede someterse a diques, obligado a aplastar todos los días a un nuevo rival,
jadeante por una carrera que no conoce llegada” (Ponce, 1974: 196), el centro
de su intervención consistía en presentar argu-mentos que sustentaran su idea
de desaparición de la burguesía, de que el hombre burgués era sólo una etapa transitoria
en el camino hacia la revolución.
Las masas de América contra la guerra
en el mundo
“Las masas de América contra la guerra
en el mundo” es un discurso que Ponce pronunció en la inauguración del Congreso
Continental Latino Americano contra la Guerra Imperialista –cuya comisión
orga-nizadora presidía–, en marzo de 1933 en Montevideo. Sus palabras
constituyen un repudio y condena a los “hechos monstruosos”, a la “nueva
embriaguez”, “la gran hoguera”, “a las fuerzas desbordadas que nos trituran y
masacran”, que significaba la cruda realidad de una nueva guerra mundial. A la
vez se trata de un llamado a la conforma-ción de un frente antiimperialista
compuesto por obreros y campesi-nos, estudiantes y empleados, indios y negros,
escritores y artistas, y conducido por el Congreso Continental Latino Americano
contra la Guerra Imperialista.
Su discurso es una interpelación y un
llamado, en términos de dirección política, a no quedarse cruzados de brazos, a
no resignarse frente a los que ubican a las guerras como producto del azar y
del des-tino, a despertar a las masas para luchar contra esta “caza rabiosa de
los tesoros y los mercados de la tierra” (Ponce, 1974: 204) y dominarla.
En ese sentido y en tanto dirección, la
primera parte del discur-so la dedicó a caracterizar el momento histórico y
planteó que “las guerras actuales son la consecuencia necesaria del capital
llegado a la fase imperialista” (Ponce, 1974: 204). A partir de esta idea
central, profundizó en el análisis de la situación.
39
Aníbal Ponce.
Humanismo y revolución
Por un lado, realizó un esfuerzo por
ubicar a la guerra no como un hecho asombroso, sino como una normalidad en el
sistema social capitalista. Lo asombroso es la paz. En efecto, insistió en que
la socie-dad capitalista no puede vivir ni prosperar sino a costa de aplastar
cada día a algún nuevo rival. En la entraña del capitalismo ruge una guerra
hora por hora, incesante. La conquista, la rapiña, la violencia y la guerra
representan, desde sus orígenes, el estado normal de la sociedad capitalista.
Por otro lado, y por necesidad de
profundizar en la hipótesis anterior, se focalizó en explicar el proceso de
concentración del capi-tal y las luchas imperialistas por “tener en sus manos
la hegemonía17 del mundo”
(Ponce, 1974: 200), por el reparto de la tierra. De hecho, dedicó un tiempo a
analizar a América Latina en ese momento de la civilización humana. “Los
estados semifeudales de América Latina viven encadenados a la economía y a la
política mundiales” (Ponce, 1974: 202), dijo. En América Latina, pasamos de ser
colonias españo-las a constituirnos en pasivos instrumentos de Inglaterra, y
declinada la influencia inglesa, del imperialismo norteamericano. En momentos
en que el imperialismo norteamericano empezaba a expandirse sobre nuestras
tierras, Ponce ya advertía que los yanquis estaban empezan-do
a arrebatarle algunas significativas semicolonias a Inglaterra, para asegurar
una nueva base de aprovisionamiento en la guerra mundial que se estaba
preparando. “Dos de los más fuertes imperialismos que se disputan hoy la
hegemonía en el mundo18, han trasladado así,
sobre el escenario de América, sus antagonismos irreconciliables” (Ponce, 1974:
203), apoyados por las burguesías nacionales.
Para Ponce, no había otra forma de
evitar la guerra, de luchar contra ella, que no fuera destruyendo el sistema
económico y social que la produce. Y en ese sentido, y como parte de dicho
objetivo, plan-teó la necesidad de la lucha dentro de las propias fronteras,
porque el “enemigo está en las propias burguesías nacionales que han secunda-do
con su servilismo y su venalidad los designios imperialistas de las grandes
potencias” (Ponce, 1974: 204).
17 Utiliza la
categoría hegemonía y cita a Bujarin.
18 El tercero que
plantea es Japón.
40
Con su intervención, no propuso una
lucha pacífica –los paci-fismos declamatorios distraen a las masas, dijo–, sino
que convocó a una lucha “mediante acciones efectivas largamente preparadas:
movi-lizando a las masas, deteniendo a los trenes, paralizando a los buques”
(Ponce, 1974: 205).
Y fue este punto, el de la acción de
las masas, uno de los centros de su intervención. Al igual que Gramsci, propuso
una relación dia-léctica entre la necesidad de la dirección política y la
espontaneidad propia de las masas:
La levadura
indispensable en todo movimiento auténtico de masas se malgasta y se pierde
cuando no se organiza bajo la dis-ciplina de un plan y de un sistema […] El
actual Congreso Con-tinental Latino Americano contra la Guerra Imperialista
aspira a dar a las masas de América las líneas directrices de una conduc-ta
eficaz, para que las fuerzas magníficas que guardan en reserva no se agoten en
la dispersión y la anarquía (Ponce, 1974: 205).
Es decir, en esta intervención proclamó
a la organización que presidía como la dirección del movimiento de masas que,
concluyó diciendo, se posicionará: “o con los explotadores o con los
explotados” (Ponce, 1974: 206).
Elogio del Manifiesto Comunista
El elogio fue una conferencia que Ponce
presentó en mayo de 1933, en la Facultad de Derecho de la Universidad de La
Plata, por invitación del Consejo Académico y con motivo del cincuentenario de
la muerte de Marx. Muestra a Ponce “moviéndose ya a sus anchas en ese
despe-jado mundo de la dialéctica materialista” (Agosti, 1974: 90).
Es un canto a Marx, a su inteligencia,
a su ironía, a su filosofía, a su Manifiesto. Cuenta cómo trabajaba y escribía
Marx, y en ese rela-tar uno siente que también habla de sí mismo. Con una (para
Engels) desesperante lentitud en el trabajo, Marx corregía y rehacía sus obras,
y gustaba de poner en orden sus pensamientos largo tiempo antes de hacerlos
descender hasta la punta de la pluma. Inteligente, irónico, riguroso, crítico y
con el sentido revolucionario de la historia, adquirió con Hegel una doctrina y
un método, el concepto de un mundo en
41
Aníbal Ponce.
Humanismo y revolución
permanente evolución. “Una doctrina
para la cual todo lo existente vive y actúa en la medida en que contiene el
germen de una contra-dicción; un método mediante el cual no es posible asir esa
contra-dicción como raíz de toda lucha y de todo movimiento” (Ponce, 1974:
209). Maestro idealista, según Ponce, que no se había desprendido de los
residuos teológicos, y a quien el acercamiento a Feuerbach salvó. “Feuerbach lo
llevó de nuevo hasta el cauce realista de la Enciclopedia” (Ponce, 1974: 205).
Porque además, la posterior decepción que sufrió con Feuerbach fue el estímulo
que lo llevó a la irreductibilidad de la acción y a la redacción de la Tesis
XI, en discusión con la abstracción.
Ponce admira de Marx “su concepción del
drama humano como un producto de las contradicciones entre las clases sociales”
(Ponce, 1974: 214). Su idea de que “lejos de ser producto pasivo de las
circunstancia –una resultante del clima, de la raza, de la tierra o la
montaña–, el hombre modifica con su acción las condiciones de exis-tencia, y al
transformar de tal manera su modo de vivir, resulta a su vez modificado”
(Ponce, 1974: 211).
El centro del análisis ponceano sobre
el Manifiesto y sobre Marx está en la unidad entre la
filosofía y la política, en la necesaria inter-pretación del mundo para
transformarlo. ¿Y quién es el sujeto de la transformación? El proletariado.
Hay una sola clase
capaz de emprender por cuenta propia la emancipación del hombre; una clase en
cuyas condiciones de existencia se encierra todo el mal de la sociedad
presente; “una clase que representando en una palabra la total pérdida del
hombre, sólo pueda volver a encontrarse a sí misma encontran-do de nuevo
totalmente al hombre perdido19” (Ponce, 1974: 211).
Por su sola presencia se anuncia la
disolución de la burguesía.
El Manifiesto demuestra
cómo la burguesía creció en el seno de la sociedad feudal y cómo al transformar
los medios de transporte y modificar los instrumentos de producción se vio
forzada a romper con la organización feudal que la cohibía. Pero demuestra
también que las mismas armas de que se sirvió
19 Ponce cita aquí a
Marx de su Contribución a la crítica de la filosofía del derecho de
Hegel.
42
la burguesía se
vuelven ahora contra ella; late en su entraña, también, la clase que habrá de
derribarla y que, liquidando de modo radical la propiedad privada en que
aquella se asienta impondrá por la violencia las formas más adecuadas de la
pro-piedad colectiva (Ponce, 1974: 217).
¿Qué dijo específicamente sobre
el Manifiesto? Que conserva cierta frescura de amanecer; reúne la
austeridad de la doctrina con la ner-viosidad de la polémica, el goce áspero
del razonamiento con el otro más sutil de la ironía. Que el párrafo primero es
la más concisa, lumi-nosa y certera filosofía de la historia que se hubiera
escrito hasta ese momento. Que es un esquema vigoroso, en el que las
proposiciones se suceden con la elegancia y la fuerza de un teorema. Que en
todo su largo desarrollo no suena en el Manifiesto ni una
imprecación ni un lamento. Objetividad rigurosa y calculada, y de formidable
traba-zón dialéctica, constituye el “ceremonial imponente de una senten-cia de
muerte” (Ponce, 1974: 218). Corre por su prosa, agregaba, un temblor de
emoción, que no es de rencor, sino de elogio. Distinta es, sin embargo,
aclaraba, la entonación del segundo párrafo. En él se produce un viraje brusco
en el tono y en la prosa. Si en la estructura argumentativa del Manifiesto se
advierte al Marx dialéctico, en su entonación se manifiesta el Marx polemista.
“En su ardor combativo, persigue todavía al enemigo sobre el campo doctrinario
para batirlo también en sus reductos teóricos” (Ponce, 1974: 219). Que “desde
los cimientos hasta la cúspide, el Manifiesto Comunista forma,
pues, un edificio magnífico en el cual no se advierte hasta hoy una sola grieta
que lo amenace” (Ponce, 1974: 220). Empinado hacia el porvenir, el Manifiesto posee
una “orientación entrañablemente revolucionaria”. Revolución,
terminaba diciendo en su exposición, a la cual ni Marx ni Engels tuvieron la
alegría de asistir, “pero un discípulo genial, que sabía el Manifiesto de
memoria y que había ahondado en el marxismo como nadie lo había hecho antes que
él, tuvo la dicha de dejar a medio hacer uno de sus libros más profundos,
porque ‘es más agradable y útil –dijo– vivir la experiencia de una revolución,
que escribir acerca de ella20’” (Ponce, 1974: 221).
20 Cita El
Estado y la revolución de Lenin.
43
Aníbal Ponce.
Humanismo y revolución
A Ponce le hubiera gustado hacer lo
mismo que Lenin, hacer la revolución. Pero al igual que Marx y Engels, no pudo
gozar de esa alegría.
Ponce en el Che
No obstante, un discípulo genial de
Ponce sí hizo la revolución: el Che. En 1961-1962, al poco tiempo del triunfo
de la Revolución Cubana, los primeros dos libros que Ernesto Guevara solicitó
publicar fueron Educación y lucha de clases y Humanismo
burgués y humanismo prole-tario. Años después, Aníbal Ponce será también
uno de los “compañe-ros” del Che en Bolivia. Al decir de Woscoboinik (2007),
Ponce estuvo en la mochila del Che. El Che fue un reflexivo adepto de la obra
de su compatriota. Es desde y con Ponce que construyó y conceptualizó la idea
del “hombre nuevo”.
Tal como destacan Löwy (1971; 2007) y
Kohan (2000), “en su concepción del humanismo, es posible y hasta probable que
el Che haya sufrido la influencia de la obra del pensador argentino Aníbal
Ponce (1898-1938), uno de los pioneros del marxismo en América Latina, cuyo
libro Humanismo burgués y humanismo proletario (1935) ha sido
con toda justicia publicado de nuevo en Cuba en 1962 (Löwy, 1971: 15-16).
Ernesto Guevara había
leído este trabajo de Ponce largamente antes de conocer a Fidel. Por ejemplo,
Carlos Infante, hermano de Tita Infante, la gran amiga de juventud del Che,
señala: “Ella era afiliada a la Juventud Comunista de la Facultad de Medicina de
Buenos Aires, no así Ernesto, que era un joven muy indepen-diente.
Acostumbraban a tomar una hora para intercambiar opiniones y yo intervenía,
discutíamos apasionadamente. Ellos discutían sobre marxismo, sectarismo, acerca
de la falta de flexibilidad y elasticidad de la juventud comunista argentina.
Tita no era sectaria, estaba mucho más cerca del pensamiento de él […] Tita le
dio a leer a Aníbal Ponce […] Hay tres libros de Aníbal Ponce que leyeron
ambos: Educación y lucha de clases, Humanismo burgués y
humanismo proletario y El viento en el mundo (Kohan,
2000: 200).
44
Es interesante ver cómo las ideas de un
acallado intelectual hicieron mella en uno de los revolucionarios más
importantes de la humani-dad. ¿Será por eso que lo habrán hecho callar?
La obra teórica y política de Aníbal
Ponce es muy profunda y especial. Posee una prosa que, aunque la hayan querido
negar, noso-tros la vamos a recuperar en línea con su deseo de que la
revolución pueda triunfar.
Bibliografía
Agosti, Héctor 1974 “Aníbal Ponce,
memoria y presencia” en Agosti, Héctor Obras completas. Tomo 1 (Buenos
Aires: Cartago).
Camarero, Hernán 2007 A la
conquista de la clase obrera. Los comunistas y el mundo del trabajo en la
Argentina: 1920-1935 (Buenos Aires: Siglo XXI).
Iglesias, Luis 1976 Prólogo:
Aníbal Ponce y Sarmiento (Buenos Aires:
Solar).
Kohan, Néstor 2000 De
Ingenieros al Che. Ensayos sobre el marxismo argentino y latinoamericano (Buenos
Aires: Biblos).
Löwy, Michael 1971 El
pensamiento del Che Guevara (México DF:
Siglo XXI).
Löwy, Michael 2007 El marxismo
en América Latina. Antología desde 1909 hasta nuestros días (Santiago
de Chile: LOM).
Ponce, Aníbal 1961 Educación y
lucha de clases (Imprenta Nacional de Cuba).
Ponce, Aníbal 1963 El viento en
el mundo (Buenos Aires: Futuro). Ponce, Aníbal 1974 “El viento en el
mundo” en Agosti, Héctor Obras
completas. Tomo 3 (Buenos Aires: Cartago).
Ponce, Aníbal 1975 Educación y
lucha de clases (Buenos Aires:
Cartago).
Ponce, Aníbal 2009 Humanismo
burgués y humanismo proletario (Buenos Aires: Imago Mundi).
Terán, Oscar 1986 En busca de
la ideología argentina (Buenos Aires:
Catálogos).
Wanschelbaum, Cinthia 2014 “Estudio
introductorio: Educación y lucha de clases en el siglo XXI” en Ponce,
Aníbal Educación y lucha de clases (Buenos Aires: Ediciones
Luxemburg).
45
Aníbal Ponce.
Humanismo y revolución
Woscoboinik, Julio 2007 Ponce
en la mochila del Che: vida y obra de
Aníbal Ponce (Buenos Aires: Proa XX).
46
revolución
Néstor Kohan*
Aníbal Norberto Ponce (1898-1938) fue
sin duda el principal discípulo de José Ingenieros. Lo conoció a los veintidós
años gracias a una pre-sentación de Alfredo Bianchi, codirector de la
revista Nosotros. Fue en 1920. En la primera charla entre
ambos, Ingenieros se para, llama aparte a Bianchi y le dice: “Che, no me gusta
nada el muchacho. Con esa vocecita me parece un… macaneador”. Bianchi le
contesta: “Cítelo para otro día. Hable con él despacio”. Ingenieros le hizo
caso y días después le volvió a comentar Bianchi que no habría podido encontrar
un muchacho tan inteligente y que lo comprendiera tanto como lo hacía el joven
Ponce. De allí en adelante trabaron una amistad y una colaboración que sólo se
interrumpiría con la muerte del maestro.
Para el resto de sus compañeros, ese
vínculo del joven Ponce con Ingenieros fue definitorio. “Ponce fue”, según
Deodoro Roca, “el mejor dotado y el mejor realizado de las últimas generaciones
actuan-tes en la Argentina, quizá la mayor riqueza mental de nuestra reciente
literatura”. Su estilo, también según Deodoro, fue extremadamente sobrio,
“exasperado de concisión y de represión conceptual, ardido en frenesí de
sobriedad, de unicidad” (Roca, 1956: 36-41). Por su parte Mariátegui, aun sin
nombrarlo en demasiadas ocasiones, valora su interés –junto con el de
Ingenieros– por la revolución bolchevique: “Pocas revistas de cultura”, señala
el peruano, “han revelado un interés
* Doctor en Ciencias
Sociales (Universidad de Buenos Aires-UBA). Profesor de la Facultad de Ciencias
Sociales (UBA). Investigador del CONICET de Argentina. Coordinador del Centro
de Investigación en Pensamiento Crítico (CIPEC) y de la Cátedra Che Guevara.
47
Aníbal Ponce.
Humanismo y revolución
tan inteligente por el proceso de la
Revolución Rusa como el de la revista de José Ingenieros y Aníbal Ponce”
(Mariátegui, 1982: 260).
Como su maestro –al que acompañará en
la Revista de Filosofía, en la fundación de Renovación y
la Unión Latinoamericana y en la defensa de la Revolución Rusa–, Ponce se
inicia en el sarmientismo y el positivismo, aunque en él la veta modernista y
nietzscheana que coexistirá en Ingenieros junto al positivismo se encuentra
práctica-mente ausente.
Aun proviniendo –o quizá por ello
mismo– de un pequeño pue-blo de la provincia de Buenos Aires (Dolores), Ponce
fue un amante de la gran ciudad moderna y revolucionaria (primero lo deslumbró
Buenos Aires, después París, finalmente Moscú, aunque también lo impactó México
DF). Él expresará, como Del Valle Iberlucea, la adhesión a la experiencia
bolchevique desde una matriz y una heren-cia cultural notoriamente
modernizadora. Herencia que tendrá sus mojones previos en Sarmiento y en
Ingenieros (pasando por alto la mediación de José M. Ramos Mejía), pero sobre
todo en el Ingenieros científico, no tanto en el vanguardista, el modernista o
el libertario.
Ese será el principal eje articulador
de su universo cultural durante la mayor parte de su corta vida, aunque no
pueden obviarse las fuertes contaminaciones de esos otros paradigmas que sufre
al lado de su maestro1, principalmente en
lo que atañe a la Unión Latinoamerica-na –de la cual fue cofundador– y al
periódico Renovación, que codirigía con el seudónimo de “Luis
Campos Aguirre” junto a Julio Barrera Lynch (seudónimo de Ingenieros). Ese
ideario antiimperialista terminará por desplazar el sarmientismo –compartido
también con el maestro– a par-tir de 1932-1935, cuando pronuncia su discurso
“Las masas en América contra la guerra en el mundo” (Comisión Organizadora del
Congreso Continental Latino Americano contra la Guerra Imperialista,
Montevi-deo, 12 de marzo de 1933) y sobre todo en su exilio mexicano, cuando
1 Hugo Vezzetti (1996:
163-170), contraponiendo correctamente la relativa apertura de Inge-nieros
frente al psicoanálisis freudiano y el cerrado rechazo de Ponce (quien en enero
de 1923 escribió, con el seudónimo “Luis Campos Aguirre”, “La divertida estética
de Freud”), extrae una conclusión demasiado amplia y abarcativa, intentando
“romper el lugar común reiterado que lo asimila sin más al universo intelectual
de Ingenieros”. Ahora bien, si el corte cultural entre ambos fuese total, como
deja entrever Vezzetti, ¿dónde ubicar pues las “con-taminaciones” del
antiimperialismo?
48
se “choca” con el mundo indígena y
escribe sus últimos cinco trabajos sobre “La cuestión indígena y la cuestión
nacional” (El Nacional, entre el 17 de septiembre de 1937 y el 4 de
febrero de 1938).
Desde su inicio, Ponce no sólo defiende
al “fantasma rojo” sino que también se enrola en el movimiento de la Reforma.
Por eso, en el prólogo de 1927 al libro de Julio V. González La Reforma
Universitaria afirma: “Las llamas que enrojecían a Oriente [léase
Rusia] incendia-rían, con nosotros, la vieja Universidad”2.
Pero Ponce fue mucho más drástico que
su maestro al enjuiciar las “vaguedades de la nueva generación y la nueva
sensibilidad”, al criticar duramente a Waldo Frank y a Vasconcelos (admirados
por los reformistas) y al apadrinar la arremetida que el segundo Insurrexit de
Héctor P. Agosti –y de Ernesto Sabato, entre otros– encabezó contra “la
pequeñoburguesía estudiantil”.
Incluso en su famoso Educación
y lucha de clases, si bien no tomaba como objeto de estudio específico la
universidad, dejaba entrever un escepticismo muy fuerte hacia cualquier intento
de cam-biar la educación –como pretendió entre nosotros la Reforma
Univer-sitaria– sin haber todavía derrocado al capitalismo. Un juicio que por
cierto estaba sumamente impregnado del espíritu obrerista de “clase contra
clase” (pues este libro surge de unas conferencias dictadas en el Colegio Libre
de Estudios Superiores3 durante 1934
–tercer período de la Internacional–, aunque se publique recién en 1937).
Incluso ese horizonte se torna tan nítido y fuerte en la pluma de Ponce que lo
lleva a poner entre paréntesis el carácter emancipador de la Ley 1420
(impulsada por su mayor ídolo juvenil) “porque excluye pero no prohíbe la
religión”. Apenas un subterfugio retórico, este último, para reforzar de hecho
el cuestionamiento al carácter “progresista” de la
2 Conviene recordar que
ese libro de Julio V. González prologado por Ponce fue “gozosamente leído” –es
decir, apoyado y compartido– por Deodoro Roca. Ver carta de Deodoro Roca a
Julio V. González (16 de febrero de 1927) en Kohan (1999: 229).
3 En la fundación del
Colegio Libre de Estudios Superiores (20 de mayo de 1930) –institución cuya
existencia se prolonga hasta 1961– participaron seis intelectuales: Alejandro
Korn, Narciso Laclau, Roberto Giusti, Carlos Ibarguren, Luis Reissig y Aníbal
Ponce. Este último era el menor de todos ellos. No obstante, fue quien más
artículos publicó –ocho en total– en la revista del colegio, Cursos y
Conferencias, entre 1931 y 1935, antes de marchar al exilio mexicano. Ver
Neiburg (1998: 262).
49
Aníbal Ponce.
Humanismo y revolución
burguesía argentina, medida en ese
entonces desde el barómetro del tercer período de la Internacional.
En más de un aspecto
ese tipo de análisis ponceano notoriamente reproductivista de la educación, la
escuela y la universidad se adelanta a lo que muchísimos años después Louis
Althusser hará en el marxismo francés con su célebre ensayo Ideología y
aparatos ideológicos de Estado.
No obstante, en la primera conferencia
universitaria de un ciclo de siete que se extiende entre 1928 y 1937 (luego
reunidas como libro en El viento en el mundo) Ponce confiesa que la
Revolución Rusa para él encarna el ideal humanista, mientras que sus enemigos
se apoyan “en el temor al desorden, el miedo a lo nuevo, la rutina en las
almas”4. Todos ellos,
núcleos ideológicos de El hombre mediocre que sobreviven en su
escritura a pesar de la estricta vigilancia interna con la que trató de
extirpar dentro de sí hasta el último vestigio del arielismo romántico.
De ahí que la relación entre Ponce e
Ingenieros no haya sido homogénea ni compacta. No hubo entre ambos una ruptura
absoluta –como sugiere Vezzetti–, pero tampoco una continuidad lineal. Según él
mismo relata, de Ingenieros tomó la defensa apasionada de la revo-lución
bolchevique y su afán por construir una mirada científica sobre los hechos
sociales, aunque intentó –agregamos nosotros– permane-cer en gran medida ajeno
a la constelación ideológica encarnada en “la hermandad de Ariel” inaugurada
por Martí, Darío y Rodó. Si su vinculación con la Reforma fue más trabajada que
la de Ingenieros, al mismo tiempo se abocó de lleno a instituciones de
educación autóno-mas como el Colegio Libre de Estudios Superiores (que
publicaba la revista Cursos y Conferencias) y a la construcción de
organizaciones y nucleamientos contrahegemónicos de intelectuales como la
Asocia-ción de Intelectuales, Artistas, Periodistas y Escritores (AIAPE).
Esta última, desde la que Ponce
defendió entre otros a Raúl González Tuñón, perseguido por su poema “Las
brigadas de choque”, había sido inspirada por la revista Monde (fundada
por Henri Barbus-se, en la que también participó Manuel Ugarte) y por el Comité
de Vigilancia, también impulsado por Barbusse.
4 Conferencia dictada
por Aníbal Ponce el 19 de mayo de 1928 [1933], en Ponce (1974: Tomo III, 165).
50
En sus últimos años Ponce fue el
creador y editor de Dialéctica5 (que llevaba como subtítulo “Revista mensual dirigida por Aníbal
Ponce” y editó siete números, desde marzo hasta septiembre de 1936, de 48 a 64
páginas), con la que intentó dotar al comunismo local de un sólido margen de
autonomía cultural y altísimo nivel de información bibliográfica, terreno este
último en el cual aventajaba largamente a cualquier otro pensador marxista
argentino y latinoamericano, con su exhaustivo conocimiento de primera mano de
casi la totalidad de la obra marxiana –en ediciones no sólo castellanas sino
también france-sas, incluyendo los trabajos juveniles de Marx anteriores a
1844, difí-ciles de encontrar en su época– y de toda la producción
especializada en ese rubro, desde David B. Riazanov, Franz Mehring y Lenin
hasta György Lukács o Rodolfo Mondolfo, sin olvidar autores no marxistas como
Benedetto Croce, Werner Sombart, Wilhelm Dilthey, Ernest Renan, Max Scheler o
Friedrich Nietzsche, entre otros.
Entre otras
afirmaciones, en la retiración de portada Dialéctica fijaba
como declaración de principios: “En el momento en que asistimos al choque
decisivo de dos culturas, es urgente esclarecer –mediante el tratamiento
directo de los clásicos del proletariado– los caminos que conducirán a la
liberación del hombre”. Y más adelante agregaba: “En la realidad como en el
espíritu, no es posible ascender de una etapa a otra sino negando y anulando.
‘El No’, decía Hegel, ‘es la palanca del devenir’”.
Pero recordemos que Ponce estructuró
siempre su lectura del marxismo desde una matriz fuertemente clasicista. De
allí que inmedia-tamente pasara a afirmar su confianza en la continuidad
cultural con lo mejor del pasado burgués: “Pero la negación que la dialéctica
impone”, continuaba diciendo, “no es destrucción ni aniquilamiento. De la
cultura que agoniza, ella tomará los elementos legítimos para incorporarlos y
desenvolverlos en la cultura más perfeccionada que le seguirá”. El comu-nismo
del siglo XX, y sobre todo su humanismo, constituía ante sus ojos el heredero
privilegiado de la cultura humanista que la burguesía venía desarrollando desde
el Renacimiento. Esa particular inflexión ideológica constituyó por supuesto la
piedra de toque de su obra filosófica.
5 Revista que, dicho
sea de paso, Deodoro Roca guardaba en su biblioteca personal así como también
la Revista de Filosofía de Ingenieros (Archivo Cristina Roca).
51
Aníbal Ponce.
Humanismo y revolución
Y ya que en Dialéctica mentaba
a Hegel, conviene recordar que en Mundo Argentino (2 de marzo
de 1932, con el seudónimo “Lucas Godoy”) Ponce se había quejado amargamente de
que el centenario de la muerte del filósofo alemán no fuera celebrado en
nuestras tierras con bombos y platillos. Dada la escasez de adhesiones que aquí
susci-taba por entonces Hegel, en esa ocasión Ponce festejó el discurso que en
su homenaje y contraponiéndolo con Martin Heidegger pronunció Carlos Astrada en
la Universidad de Córdoba, aun cuando le criticara a este último su jerga
académica y su “tecnicismo gótico”.
En cuanto a su filosofía política, si
Ingenieros intentaba descifrar la arquitectura institucional del “fantasma
rojo” bolchevique abun-dando en “la democracia funcional” y Del Valle Iberlucea
insistía en ese mismo rubro con el “régimen de los consejos”, el núcleo duro de
la recepción de aquel fantasma en la prosa política ponceana será “la
democracia proletaria”. Desde ese ángulo se convertirá en el intelec-tual
orgánico por excelencia del Partido Comunista Argentino, aun-que nunca se
afiliará formalmente. Con esa actitud de independencia partidaria se prevenía
frente a las conflictivas y tormentosas relacio-nes que en las décadas
posteriores experimentaría esta tradición entre sus intelectuales y sus cuadros
políticos y organizativos.
Aun así, el punto más alto de su
originalidad no se encuentra ni en su visión historiográfica –acríticamente
deudora, como la de Ingenieros, del liberalismo decimonónico hasta su ruptura
durante el exilio mexicano– ni en su análisis político, sino en su elaboración
teórico-filosófica del humanismo marxista revolucionario. Humanis-mo cuya
prolongada genealogía histórica extendió hasta Erasmo de Rotterdam, Giordano
Bruno, William Shakespeare, Wolfgang Goethe y Romain Rolland. Allí, en esa
intersección precisa, cuando predicó la necesidad de concebir el socialismo y
el comunismo como una cons-trucción permanente de una nueva cultura y un hombre
completo, íntegro, no desgarrado ni mutilado, un hombre absolutamente nuevo,
alcanzó su cénit. Fue de lejos su creación más perdurable6.
6 No sólo rastreable en
el pensamiento humanista del Che Guevara, quien lo había leído largamente antes
de conocer a Fidel, sino también en su notable coincidencia problemática con
los pensadores más brillantes del marxismo occidental europeo (por ejemplo, el
“huma-nismo absoluto” de Gramsci o el de Historia y conciencia de clase del
joven Lukács). Aunque
52
Como muchos otros discípulos de
Ingenieros, escritores socia-les, militantes políticos o compañeros de su misma
generación –Rodolfo Ghioldi con sus Impresiones de la Rusia soviética (1921);
Augusto Bunge con El continente rojo (1932) y El
milagro soviético (1942); Elías Castelnuovo con su Yo vi...!
en Rusia (1932) o el mucho más tardío de Emilio Troise con sus Notas
del viaje a la URSS (1950)–, Aníbal Ponce viajó a la Unión Soviética
para conocer de primera mano aquella experiencia de donde emanaba tan temido
fantasma7. Su viaje no es el
del dirigente internacionalista partidario. Asimismo, no quiso jugar el papel
de “turista revolucionario”, de ahí que sus notas tampo-co sean las del
divulgador propagandista coyuntural.
Ponce quiere ser distinto, ir hasta la
raíz. Incorpora sus impre-siones y reflexiones a su principal libro, Humanismo
burgués y huma-nismo proletario, bajo el sugestivo título “Visita al hombre
del futuro”. “La utopía enorme”, sostenía, “que parecía destinada a
flotar entre las nubes tiene ya en los hechos su confirmación terminante […] El
mismo día en que llegué a Moscú me fue dado comprobarlo de mane-ra
completamente inesperada”. Mientras se acercaba al Palacio de la Cultura, Ponce
asistió a una representación de Las almas muertas de Nicolás
Gogol, en cuyos intervalos un joven contaba al público la vida vieja bajo el
capitalismo. Su estado de ánimo, emocionado hasta el límite, condensa todas las
amarguras y persecuciones que soportaba en la Argentina de aquellos años: “Con
un nudo en la garganta le escu-chaba yo”, decía. Contrastando la posición del
intelectual en el campo cultural de ambos países y destacando la relación con
el público ampliado que la revolución proporcionaba a la intelectualidad
anti-capitalista en el caso soviético –una nota común a todos los viajeros–,
Ponce sintetizaba: “Jamás un escritor o un artista, en ningún país de
tenía una formación
increíblemente erudita, Ponce no accedió a los Cuadernos de la cárcel (publicados
más tarde). Es probable que tampoco conociera ese trabajo de Lukács –sí había
publicado del húngaro “Zola y el realismo”, en Dialéctica (Lukács,
1936: 30-35), traducido del francés por Rafael Río. Esa circunstancia realza
aun más para nosotros, los latinoamerica-nos, su originalidad en este terreno.
7 En 1922, en una de
esas visitas a la URSS, José Fernando Penelón, el principal dirigente político
en la fundación del comunismo argentino, llegó a ser nombrado coronel del
Ejército Rojo por Lenin. Un cargo simbólico –pues no tenía mando real de tropa–
pero altamente significativo en su importancia política.
53
Aníbal Ponce.
Humanismo y revolución
la tierra, ha tenido a su lado un
público más alerta y comprensivo” (Ponce, 1974: Tomo III, 543). La Argentina
del “fraude patriótico”, los grupos de choque nacionalistas y la proscripción
de los intelectuales eran el horizonte que teñía tamaña apreciación.
Es que el impacto de la Revolución Rusa
hizo temblar no sólo las fibras más íntimas de filósofos y pensadores como
Ingenieros y Astra-da o dirigentes estudiantiles como Deodoro Roca o Julio V.
González, sino también de todo el campo cultural y artístico de nuestra
izquier-da. Izquierda que estética y culturalmente a fines de los años veinte y
comienzos de los treinta se agrupaba en tres vértices ideológicos: 1) los
escritores Leónidas Barletta, Roberto Arlt y Elías Castelnuovo del grupo Boedo
–donde predominaban el realismo, la “literatura social” y la continuidad
cultural–; 2) Raúl González Tuñón y su revista Contra –vanguardia
estética y vanguardia política, martinfierrismo de izquier-da, paralelo con las
vanguardias rusas del Proletkult y contemporáneo del período “clase contra
clase”–; y finalmente, entre ambos, 3) el huma-nitarismo y el antiimperialismo
de Claridad (ver Sarlo, 1996: Cap. 5).
El humanismo marxista revolucionario de
Ponce se ubica cul-turalmente en el cruce de las tres corrientes, compartiendo
la apuesta por el realismo y la continuidad cultural con el grupo de Boedo
–allí se explica su cuestionamiento del psicoanálisis y las vanguardias–, pero
rescatando al mismo tiempo la crítica radical antiburguesa característica del
tercer período de la Internacional que sellará todo el emprendimiento tuñonesco
de Contra. Con Claridad coincidirá en la
admiración entusiasta por Barbusse y Rolland, no así en las simpatías de
Antonio Zamora por el APRA.
En el centro de ese complejo y
sobredeterminado movimien-to se inscribirá su crítica a la cuantificación, a la
alienación y a los límites del humanismo burgués, rescatando el horizonte
humanista del marxismo. Por ejemplo, al analizar el primer tomo de El
capital, Ponce destacaba cómo para Marx la combinación de trabajo manual e
intelectual que en Inglaterra había introducido Robert Owen en sus escuelas
“hacía de ese sistema el único método capaz de producir hombres completos”. Siguiendo
el hilo del razonamiento agregaba que la combinación del trabajo productivo con
la enseñanza general “le parecía a Marx uno de los elementos más formidables
para cons-truir el hombre nuevo […] De devolver al individuo mutilado por la
54
especialidad su desarrollo completo, su
sed de la totalidad”. Desde esa matriz humanista, Ponce registra y traduce el
“fantasma rojo” bol-chevique al que “le ha tocado la misión heroica de liberar
al hombre, de inaugurar de verdad el humanismo pleno” (Ponce, 1974: Tomo III,
509-511, 547 y 550).
Dentro de ese mismo impulso humanista,
en una conferencia dirigida a los estudiantes reformistas de ciencias
económicas (que en su oratoria retomaba en más de un sentido el impulso de los
“ser-mones laicos” de Ingenieros), Ponce reclamaba: “Al especialista
frag-mentario que fue el ideal de otro tiempo, oponed el gesantmensch del
ideal contemporáneo, el ‘hombre-todo’ de Goethe, capaz de sufrir y comprender
la compleja diversidad del mundo”8.
“Hombre pleno”, “hombre-todo”, “hombre
nuevo”, “hombre total”, “hombre desalienado”, “sed de totalidad”..., ejes
articuladores de una concepción del mundo que cuestiona la mutilación, el
desga-rramiento parcelario, la cuantificación despiadada y la unilateralidad
antropológica provocados por la modernización capitalista.
Ponce, entre los extremos de Ingenieros
y Del Valle Iberlucea. A años luz del reformismo de Juan B. Justo, a quien sin
embargo respe-tará por su Teoría y práctica de la historia (libro
al que valora después de Facundo de Sarmiento y el Dogma
socialista de Esteban Echeverría, aunque le critica su evidente
biologismo) por su aporte a la historia de la sociología en la Argentina. Desde
esa posición intermedia, Ponce encontrará en la experiencia bolchevique la
doble vía de continuidad y ruptura frente al pasado que representa esa
“modernidad periférica” por la que atravesaba contemporáneamente la Argentina.
Sin embar-go, su humanismo radical no le alcanzó para llegar a ver críticamente
el estalinismo incipiente9, limitación política
que en esos mismos
8 De su conferencia
“Los deberes de la inteligencia”, pronunciada el 30 de junio de 1930, incluida
en El viento en el mundo. En la página 67 de su edición original,
este libro llevaba por subtítulo “Conferencias a los estudiantes y los obreros”
(Ponce, 1974: Tomo III: 175).
9 A pesar de este hecho
irrebatible, es necesario destacar la completa independencia de crite-rio
intelectual que siempre guió a Ponce en sus lecturas y producción teórica con
respecto a los vaivenes y bandazos ideológicos del estalinismo. Un ejemplo
paradigmático en ese sentido constituye su amplia utilización de las Notas
aclaratorias al “Manifiesto comunista” de David Borisovic
Riazanov (seudónimo de Goldendach) en su célebre conferencia “Elogio del Manifiesto
Comunista” (5 de mayo de 1933), reeditada luego en El viento en el
mundo
55
Aníbal Ponce.
Humanismo y revolución
años –segunda mitad de los treinta–
también compartirán desde otras latitudes pensadores dialécticos y humanistas
como Ernest Bloch o el mismo György Lukács.
En cuanto al registro antiimperialista
que en Ingenieros marcó y acompañó la primera recepción del bolchevismo, en
Ponce lo encontramos ya plenamente elaborado –aunque proviniera de antes, de la
fundación de Renovación– a inicios de los años treinta. En aquel
discurso de 1933 de Montevideo sobre “las masas de América”, susten-tado en el
Lenin de El imperialismo, etapa superior del capitalismo y
coincidente con el tercer período de la Internacional, Ponce enjuicia duramente
a “dos de los más fuertes imperialismos [léase Estados Unidos e Inglaterra] que
se disputan hoy la hegemonía en el mundo”, los que desde su óptica han
trasladado así, sobre el escenario de Amé-rica, sus antagonismos
irreconciliables. Apoyados por las burguesías nacionales, que traicionan sin
rubor sus propias “patrias”. Encontra-mos aquí una evidente radicalización del
antiimperialismo propio de la Unión Latinoamericana cuyo radio de denuncia
Ponce extiende ahora hasta incluir la complicidad de las burguesías nacionales.
Luego de su expulsión de las cátedras
de enseñanza, Ponce se exilia en México. Al otro día de su llegada, recuerda
Marinello, el Partido Comunista reunió en un almuerzo a los escritores
latinoa-mericanos que, por persecución política, residían en la gran ciudad.
Tenía bien presente que Aníbal Ponce ocupó un lugar en el grupo cubano, entre
Nicolás Guillén y él mismo. La irradiación de Ponce en los medios intelectuales
del México de aquellos días fue profunda y duradera.
(1933, 1939, etc.).
En esa misma época –1933– Riazanov, que en 1921 había creado el Insti-tuto
Marx-Engels por orden de Lenin (instituto que Ponce visita en 1935) y que había
sido el primer editor de las MEGA (las obras completas de Marx y Engels con aparato
crítico), ya había sido separado por Stalin hacía dos años –en 1931– de la
dirección del instituto, expulsado del Partido Comunista y deportado a Siberia
en ese mismo año (fue fusilado por el estalinismo en 1938). Sin embargo, Ponce
siguió utilizando públicamente los libros de Riazanov, quien ya por entonces se
había convertido para la intelligentsia estalinista mundial en
un “hereje” borrado de la historia. Dos años después de la separación de
Riazanov, Ponce escribe la “Nota preliminar” a la biografía Marx y
Engels de Riazanov y también hace una reseña sumamente elogiosa del
libro, comparándolo con la célebre biografía de F. Mehring. Ver “Nota
preliminar (al Marx y Engels de Riazanov)” y “Riazanov: Marx
y Engels” en Ponce (1974: Tomo IV, 543-544 y 453-454).
56
Por entonces México también recibía,
además del argentino Aníbal Ponce, a lo mejor de la intelectualidad española
–luego de la Guerra Civil– e incluso a León Trotsky.
Al final de ese obligado exilio, y en
un tenor muy similar al de su conferencia de 1933, Ponce redactará cinco
artículos donde regresa nuevamente al primer plano la problemática del
antiimperialismo, pero ahora profundizando la ruptura con el racismo sociodarwinista
del último Sarmiento –pesada herencia en Ingenieros– y acercándose
sugerentemente a las conclusiones de los Siete ensayos de
interpre-tación de la realidad peruana de Mariátegui –sin citarlo en
ningún momento–. Allí Ponce, entusiasmado y contento, se hunde de
lleno en el mundo de las colonias de los indígenas “bárbaros” y de los negros
“bestiales” –como ahora entrecomilla irónicamente cuando antes lo decía sin
ningún tipo de ironía–. Incluso en su correspondencia fami-liar de ese momento
llega a ironizar sobre sus propios prejuicios racis-tas. Por ejemplo, el 29 de
junio de 1937 le escribe a su hermana Clarita Ponce: “por fortuna me he hecho
amiguísimo de dos o tres cubanos desterrados, uno de ellos el gran poeta mulato
Nicolás Guillén, que, para castigo de mis prejuicios de raza, he aprendido a
querer como a un hermano”. Hasta pareciera que su prosa late con
más vigor en la época de estos últimos artículos antiimperialistas.
Pero lo más interesante del caso reside
en que esos artículos donde Ponce descubre –¿o mejor dicho redescubre?– el
latinoame-ricanismo antiimperialista típico de “la hermandad de Ariel” son
apenas dos años posteriores a su publicación, en el primer número de Dialéctica,
del artículo de Marx “Simón Bolívar”10, reproducido por él para contrarrestar los artículos “Por
la emancipación de América lati-na” de Haya de la Torre y “Bolivarismo y
monroísmo” de Vasconcelos.
El contraste teórico, político y
cultural entre esos dos momentos demasiado cercanos en el tiempo es enorme.
Mientras que en 1936 Ponce celebraba el artículo de Marx (“tan jugoso a pesar
de su aspecto seco y áspero”) contra el libertador americano –y tangencialmente,
contra el ideal latinoamericanista por no ser “marxista” puro–, en 1938
10 Publicado el 1 de
marzo de 1936, pp. 1-14, traducción del original inglés de Emilio Molina
Montes.
57
Aníbal Ponce.
Humanismo y revolución
critica en cambio las teorías de “los
pueblos inferiores” –a las que él mismo, con su admirado Sarmiento, había
adherido en su juventud–, descubriendo entonces un nuevo sujeto social de
nuestra América: “las masas indígenas”. Incluso en esos artículos llega a
denominar al continente, por contraposición con lo más duro de su núcleo
ideoló-gico anterior, “la América indígena”.
Entre ambos tiene lugar una verdadera
ruptura epistemológica en su pensamiento, al profundizar “las contaminaciones”
recibidas del último Ingenieros y ampliar el radio de alcance del humanismo
socialista también a los pueblos y nacionalidades oprimidos –los indí-genas,
los negros, las colonias, etc.– de lo que más tarde comenzará a llamarse
“Tercer Mundo”. La pronta muerte que lo abrazó en su exilio mexicano dejará el
tejido interno de su obra notablemente abierto e inacabado, impidiéndole seguir
desarrollando ese nuevo y seductor paradigma cultural.
Ese carácter inacabado no impidió que
sus escritos se extendie-ran por el continente, más allá de la Argentina (donde
Agosti recopiló y editó en 1974 sus Obras completas). En primer
lugar, México. Allí Ponce tenía planeado formar una gran biblioteca con el
apoyo de la Secretaría de Enseñanza Pública, proyecto que se frustró con su
muer-te. También dejó su huella en la Universidad Michoacana de Morelia, donde
había sido nombrado profesor permanente.
Pero su mayor influencia intelectual
fuera de la Argentina la alcanzó en Cuba. Cuando murió, Ponce estaba preparando
un viaje a la isla, adonde iría para dictar conferencias sobre psicología –no
psicoanálisis– y marxismo en la Hispanocubana de Cultura. Cuando llega la
noticia de su deceso ya estaba alquilado el local e impresos los volantes que
lo anunciaban.
Luego de esa circunstancia y a modo de
homenaje, Carlos Rafael Rodríguez comenzó a publicar en ese mismo país, a
inicios de los años cuarenta, una revista del comunismo cubano análoga a la
argentina. Llevaba idéntico titulo, Dialéctica, y tenía por
subtítulo “Revista Continental de Teoría y Estudios Marxistas” (cada número
contaba con 104 páginas).
Pero fue en la década del sesenta, con
el triunfo de la Revolución Cubana, cuando su obra volvió a difundirse –ahora
en ediciones real-mente masivas y en un contexto de “recepción” cuyo registro
ya era
58
inasimilable al estalinismo. En esos
años se publicaron Educación y lucha de clases y Humanismo
burgués y humanismo proletario11.
Serán los años en los que el Che, con
evidente influencia del humanismo de Ponce12 y ante una audiencia ahora mundial, defende-rá a capa y espada la
necesidad imperiosa que tenía la revolución de crear un “hombre
nuevo”…, a riesgo de sucumbir –como finalmente sucedió
con el fantasma grisáceo y ya ennegrecido de la URSS– ante las armas melladas
del mercado y el capitalismo.
Bibliografía
Kohan, Néstor 1999 Deodoro
Roca, el hereje (Buenos Aires: Biblos). Löwy, Michael 1987
[1970] El pensamiento del Che Guevara (México
DF: Siglo Veintiuno).
Lukács, György 1936 “Zola y el
realismo” en Dialéctica, 1 de marzo. Mariátegui, José Carlos
1982 Obras (La Habana: Casa de las
Américas) Tomo II.
Neiburg, Federico 1998 Los
intelectuales y la invención del peronismo (Buenos Aires: Alianza).
Ponce, Aníbal 1974 Obras
completas (Buenos Aires: Cartago) Tomos I a IV.
Ponce, Aníbal 1975 Obras (La
Habana: Casa de las Américas).
Riazanov, David s/f [1933] Marx
y Engels (Buenos Aires: Claridad).
Roca, Deodoro 1956 “En memoria de
Aníbal Ponce” en El difícil
tiempo nuevo (Buenos Aires: Lautaro).
11 Educación y lucha de
clases, con prólogo cubano, sin firma, pp. I-XI, editado por la Imprenta
Nacional de Cuba-Ministerio de Educación en 1961, y Humanismo burgués y
humanismo proletario, con prólogo de Juan Marinello, pp. 7-30,
editado por la Imprenta Nacional de Cuba-Ministerio de Educación en 1962. Ambos
serán más tarde reeditados juntos en un inmenso volumen de 535 páginas con el
mismo prólogo de Marinello (ver Ponce, 1975).
12 Según Michael Löwy,
“en su concepción del humanismo, es posible y hasta probable que el Che haya
sufrido la influencia de la obra del pensador argentino Aníbal Ponce
(1898-1938), uno de los pioneros del marxismo en América Latina, cuyo
libro Humanismo burgués y humanismo proletario (1935) ha sido
con toda justicia publicado de nuevo en Cuba en 1962. Ponce muestra
la oposición fundamental entre el humanismo de la burguesía y el de los
trabajadores y subraya que ‘el hombre nuevo’, ‘el hombre integral’ que reúne la
teoría y la práctica, la cultura y el trabajo, no será realizable sino por el
advenimiento al poder del proletariado” (Löwy, 1987: 15-16).
59
Aníbal Ponce.
Humanismo y revolución
Sarlo, Beatriz 1996 Una
modernidad periférica: Buenos Aires 1920 y
1930 (Buenos Aires: Nueva Visión).
Vezzetti, Hugo 1996 “Aníbal Ponce y el
psicoanálisis” en Aventuras de Freud en el país de los argentinos. De
Ingenieros a Pichon-Rivière (Buenos Aires: Paidós).
60
Aníbal Ponce, inteligencia y humanismo
entre dos mundos
Alexia Massholder*
En 1962 se celebraba la reforma
universitaria en la Cuba Revoluciona-ria. El flamante rector de la Universidad
de La Habana, el intelectual y dirigente comunista Juan Marinello, recordaba
entonces palabras de su par argentino Héctor P. Agosti sobre los
revolucionarios latinoamerica-nos. Si José Carlos Mariátegui era “el polemista”
y Julio Antonio Mella “la personificación del líder, del conductor
extraordinario”, el pensador argentino Aníbal Ponce podía ser definido como “el
esclarecedor”.
Aníbal Norberto Ponce (1898-1938) tuvo,
como Mella, una corta pero prolífera vida. Como bien ha señalado Cinthia
Wanschelbaum, Ponce nace poco tiempo después de la traducción al español
del Manifiesto Comunista, y veinte años antes de que llegara a la
Argenti-na la traducción de El Capital. La poca circulación que los
materiales marxistas tenían en los primeros años de vida de Ponce ilustran que
el autor de Humanismo burgués y humanismo proletario es un
claro ejemplo de cómo se “llega” a ser un revolucionario, proviniendo de una
tradición de pensamiento liberal y positivista que sostenían no sólo sus
maestros, sino buena parte de la intelectualidad argentina de esos años1. Fue, como ha señalado Héctor P.
Agosti en el trabajo sobre su maestro Ponce, un hombre que vivenció la
transición entre la belle
* Doctora en Ciencias
Sociales por el IEALC-UBA. Investigadora de CONICET. Directora del
CEFMA.
1 El propio Ponce hacía
suyas las palabras del francés Lazare Carnot: “No se es revolucionario, se
llega a serlo”. Esta tesis está ampliamente desarrollada para el caso de Ponce
en el estudio introductorio de Wanschelbaum a la reedición de Educación
y lucha de clases (Ponce, 2014).
61
Aníbal Ponce.
Humanismo y revolución
époque de la intelectualidad y la nueva
realidad dictatorial inaugu-rada por el golpe del general Uriburu en Argentina
en septiembre de 1930. Una manifestación nacional del fenómeno internacional de
la crisis capitalista de aquellos años y el creciente contraste con la
reali-dad inaugurada por la Revolución Rusa años antes.
Ponce estudió inicialmente medicina,
para luego pasarse a la carrera de psicología. Vivió los años agitados de la
reforma universita-ria en Argentina y fue un tenaz luchador contra el fascismo.
Su actividad fue esencialmente
intelectual, aunque se destacó como organizador de espacios culturales desde
los que impulsó para la inteligencia una labor y un compromiso militante que su
admirado maestro José Ingenieros había inaugurado con su libro Los
tiempos nuevos, o con su discurso en el Teatro Nuevo el 22 de noviembre de 1918,
donde proclamó ante estudiantes y obreros atentos: “La Revo-lución Rusa señala
en el mundo el advenimiento de la justicia social. Preparémonos a recibirla;
pujemos por formar en el alma colectiva la clara conciencia de las aspiraciones
novísimas”2. Así recuerda Ponce
el cierre de aquellas palabras: “Y esa conciencia sólo puede formarse en una
parte de la sociedad, en los jóvenes, en los innovadores, en los oprimidos, que
son ellos la minoría pensante y actuante de toda socie-dad, los únicos capaces
de comprender y amar el porvenir” (Ponce, 1974: Tomo I, 203). La admiración por
Ingenieros se ve plasmada también en escritos como La vejez de
Sarmiento, publicado en 1927, en el que Ponce sigue en cierta forma el
camino positivista de muchos de los trabajos científicos de su maestro, con
algunas influencias de cierto biologismo social y determinismo económico. Pero
Ponce advirtió el progresivo corrimiento de Ingenieros del positivismo
deci-monónico hacia las corrientes antiimperialistas y antiburguesas que se
avizoraban en esos nuevos tiempos, corrimiento que atravesará al propio Ponce
cuando encuentre en el marxismo las claves explicativas para los procesos
sociales que tanto llamaban su atención3. Y en ese
2 Durante el verano de
1925-1926, Ponce lo convirtió en un artículo titulado “Para una historia de
Ingenieros” (Ponce, 1974: Tomo I, 202).
3 Sobre la relación
maestro-discípulo de Ingenieros y Ponce, ver Agosti (1974: 42-43). El trabajo
se publicó como estudio introductorio de las Obras completas de
Ponce, editadas también por Cartago.
62
mismo trabajo sobre Sarmiento, el
propio Ponce comienza a matizar las influencias voluntarias de los individuos
en los procesos sociales, al afirmar que “los grupos sociales varían
independientemente del capricho individual. La exaltación carlyliana del culto
a los héroes no es más que un transplante del ilusorio libre arbitrio al
terreno de la evolución social” (Ponce, 1927: 112).
El “gran tajo”
El año 1930 marcaría un indudable antes
y después en la vida argen-tina y, particularmente, en el pensamiento de Ponce.
Es en esta época en la que el autor de Humanismo burgués y humanismo
proletario define su opción por el marxismo, alejándose
progresivamente del liberalismo que tan hondamente había calado en la
intelectualidad argentina de fines del siglo XIX y principios del XX. Así, en
una con-ferencia en la Universidad de Ciencias Económicas de la ciudad de La
Plata dijo de manera contundente ante los estudiantes: “No se es defensor
legítimo de la Reforma cuando no se ocupa al mismo tiem-po un puesto de combate
en las izquierdas de la política mundial” (Ponce, 1974: Tomo III, 164). Pero no
toda la intelectualidad acusó la misma percepción de las cosas. Mientras Ponce
proclamaba “los deberes de la inteligencia” y su ineludible compromiso con el
desti-no de la humanidad, un grupo de intelectuales argentinos integrado entre
otros por Victoria Ocampo y Eduardo Mallea fundaban la revista Sur.
Uno de sus fundadores recordaba: “la atmósfera del mundo y de nuestro
medio era más bien calma y propicia” (“Evocación e inventa-rio de Sur”
en Agosti, 1974: 88). Era la misma atmósfera que había acu-nado la creación de
la Sección Especial de Represión al Comunismo, creadora de la picana eléctrica
entre otros instrumentos de tortura, que se dedicó a perseguir, secuestrar y
torturar a comunistas y a todo personaje que resultara cuestionador del
régimen. Eran intelectuales que Ponce había ubicado, parafraseando a Lenin, en
el “partido de los saciados”, indiferentes a las angustias de los necesitados.
El golpe de Estado de 1930 intentaba
clausurar la incipiente presencia de las masas estimuladas por la Ley General
de Elecciones (o Ley “Sáenz Peña”) de 1912, que había ampliado la posibilidad
de voto a una porción mayor de la población (masculina) en Argentina y
63
Aníbal Ponce.
Humanismo y revolución
permitido la llegada del candidato de
la Unión Cívica Radical, Hipólito Yrigoyen, a la presidencia en 1916. Vista
desde el presente, la presi-dencia de Yrigoyen posee una infinidad de costados
elitistas y reac-cionarios, como bien lo demostró la represión a los
trabajadores de la Patagonia argentina durante los sucesos conocidos como la
“Semana Trágica” en 1919 y la “Patagonia rebelde” entre 1920 y 1921. Pero
sig-nificó un avance democratizador frente a la forma de hacer política
hegemonizada hasta entonces por el Partido Conservador. Debemos agregar también
la Reforma Universitaria de 1918 para completar un panorama de efervescencia
social que el golpe de 1930 vino a inte-rrumpir abruptamente.
Si hasta ese año las preocupaciones de
Ponce se habían centra-do en la psicología, a partir de entonces su atención
tomará un claro rumbo de militancia política y social4. De todas formas, es preciso destacar
que ambos planos son constitutivos de la obra de Ponce y para nada permiten, en
nuestra opinión, hablar de “dos” Ponces. La insistencia en escindir un “joven”
de un “maduro”, tal como se ha hecho con el propio Karl Marx, no hace sino
limitar profundamente la capacidad de comprender una trayectoria intelectual en
su conjunto, por lo menos si como tal entendemos el proceso dialéctico que
vincu-la el pensamiento de un individuo con la realidad histórica, social y
material que lo contiene. Desligando estos dos factores sólo obtendre-mos una
pobre “historia de las ideas” que poco nos dirá del contexto determinante en el
que dichas ideas fueron elaboradas.
Ponce fue artífice de dos importantes
instituciones culturales que jugaron en Argentina un rol aglutinador de la
intelectualidad progresista en la década del treinta: El Colegio Libre de
Estudios Superiores (CLES), que funcionó entre 1930 y 1961, y la Asociación de
Intelectuales, Artistas, Periodistas y Escritores (AIAPE) que abrió sus
4 Buena parte de sus
indagaciones psicológicas fueron difundidas en conferencias, cursos y artículos
publicados en la Revista de Filosofía, fundada por José Ingenieros,
y El Hogar. Entre los más célebres se encuentra “Ambición y
angustia de los adolescentes”, curso que dictara en el Colegio Libre de
Estudios Superiores en 1931 y “Diario íntimo de una adoles-cente”, también
dictado en el CLES en 1933. La obra de psicología de Ponce fue compilada en el
Tomo II de las Obras completas editadas por Cartago en 1974.
Parte de este archivo se encuentra, además, digitalizado en el Centro de
Estudios y Formación Marxista Héctor P. Agosti (CEFMA).
64
puertas en 1935 y fue clausurada en
1943 por el golpe militar de junio de ese año.
Sin duda el CLES puede vincularse a
toda otra serie de institucio-nes culturales y universidades populares (como la
Universidad Popular José Martí impulsada por Mella) que buscaban crear nuevas
formas de intervención en la lucha cultural frente a las instituciones
tradicionales que habían evidenciado su complicidad con los poderes
hegemónicos. En el manifiesto inaugural puede leerse: “Ni Universidad
profesional, ni tribuna de vulgarización, el Colegio Libre de Estudios
Superiores aspira a tener la suficiente flexibilidad que le permita adaptarse a
las nuevas necesidades y tendencias” (Biagini y Roig, 2006: 606). Fue fundado
por Alejandro Korn, Narciso Laclau, Roberto Giusti, Carlos Ibarguren, Luis
Reissig y Aníbal Ponce, personajes que participaron o abrazaron la causa de la
Reforma Universitaria de 1918 y procuraron defender sus banderas cuando la
universidad se convirtió en un epi-centro de la reacción. Con estas palabras lo
definió Federico Neiburg:
[El CLES] por un lado
procuraba generar un espacio dedicado a la “cultura superior” que estuviese a
salvo de la reacción “anti-rreformista” dominante en la “universidad oficial”.
De otro lado, pretendía brindar una oportunidad de acceso a esa cultura superior
a capas más amplias de la sociedad. El primer objetivo tendía a preservar un
espacio de producción cultural de las luchas del mundo de la política; el
segundo pretendía utilizar la cultura para hacer política (Neiburg, 1998:
144-145).
Muchas de sus actividades, entre ellas
las protagonizadas por Aní-bal Ponce, fueron publicadas en la revista de la
institución, Cursos y Conferencias. Eran años de un activo
movimiento antifascista a nivel mundial, que convocó a muchos
intelectuales a pronunciarse políti-camente. Iniciativas como la creación del
Comité de Vigilancia de los Intelectuales Antifascistas, en Francia,
trascendieron las fronteras de aquel país para inspirar en Argentina la organización
y la interven-ción pública de intelectuales contra el gobierno de Justo,
ejemplo del “fenómeno universal fascista, que resulta de una gestación
paulatina en el seno de la reacción imperialista” (Giudici, 2007). Ponce
comen-zaba a perfilarse como “mito aglutinador y sintetizador de la
intelec-tualidad de izquierda en aquel momento” (Pasolini, 2010).
65
Aníbal Ponce.
Humanismo y revolución
En 1935, Ponce regresa de un viaje de
seis meses por Europa y la URSS. Profundo admirador de la cultura francesa,
retomó la experien-cia del ya mencionado Comité de Vigilancia y participó de la
creación, como adelantáramos, de la AIAPE, de la que será presidente. En la
declaración inicial de la institución se afirmaba:
La cultura debe ser
militante y habida cuenta que los peligros que se ciernen como siniestras
sombras sobre el cuerpo de la nación afectan a todos, los artistas que ven
mermadas sus posibilidades de creación; los escritores impedidos de expresar su
verdad; los científicos que se hallan sometidos a un contra-lor que limita y a
veces neutraliza sus investigaciones, quieren ansiosamente dar a esa común
inquietud una articulación que dé la fuerza necesaria a esa verdad disminuida
por la división y pisoteada por el fascismo que representa la negación en
sentido universal de su razón de ser (Cuadernos de Cultura, 1968: 50).
Como bien afirma Ricardo Pasolini, el
antifascismo adquiere en Argentina, aunque no solamente en ese país, un rol
central en la insta-lación de la idea del compromiso político del intelectual
como criterio legitimador de la práctica cultural. Un intelectual que se
diferenciaba del modelo tradicional burgués, preocupado solamente por los
alcan-ces y el éxito de su trayectoria individual, para comprometerse con los
problemas de la realidad política y social. Así queda claramente expresado en
el “Manifiesto de intelectuales” contra el fascismo que encuentra a Ponce como
uno de sus firmantes:
Para salvar la
cultura, para acceder a los beneficios de la ciencia y del arte […] nosotros
proclamamos la necesidad de unirnos a los oprimidos y explotados del mundo.
Ellos conducen la histo-ria; ellos no tienen interés alguno en conservar un
estado social hostil y negador; ellos despliegan la bandera de la liberación. Y
con ellos y por ellos, nosotros veremos surgir un mundo nuevo en que la
inteligencia, liberada de prejuicios mezquinos, sueltas las ataduras que la
esclavizan y envilecen, habrá conocido, por primera vez en la historia humana,
la dignidad de un trabajo socialmente útil, la alegría de un mundo
indefinidamente reno-vado, pujante y bello (El Ateneo, 1934: 17-19).
66
Como tantos otros intelectuales de su
época, Ponce sufrió el cre-ciente anticomunismo desatado por el “fantasma rojo”
que recorría (también) América Latina. En noviembre de 1936 fue expulsado de
sus cátedras en el Instituto Nacional del Profesorado Secundario, en virtud de
“su conocida actuación ideológica”, según se lee en un mensaje del Poder
Ejecutivo firmado por el presidente Justo y por el ministro Jorge de la Torre.
La imposibilidad de desempeñarse como profesor y como periodista por la
creciente persecución lo llevó a trasladarse a México, donde trabaría profunda
amistad con los cuba-nos Nicolás Guillén y Juan Marinello. La intelectualidad
cubana era conocedora de la obra de Ingenieros y sabía de Ponce como uno de sus
más cercanos discípulos. En sus Ocho notas sobre Aníbal Ponce,
Marinello expresó su admiración por el argentino, “quien vivió sus años
mexicanos muy unido a la ‘colonia cubana’” (Marinello, 1958). En una carta a su
hermana Clara, Ponce dejó testimonio de la profun-da influencia que Marinello y
Guillén tendrían en su formación: “Por fortuna me he hecho amiguísimo de dos o
tres cubanos desterrados; uno de ellos el gran poeta mulato Nicolás Guillén,
que para castigo de mis prejuicios de raza he aprendido a querer como un
hermano”5. La superación de
sus esquemáticas consideraciones sobre la cuestión racial puede apreciarse en
los artículos de El Nacional, donde publi-cara “La cuestión
indígena y la cuestión nacional”. En “Examen de conciencia”, conferencia
pronunciada en mayo de 1928, Ponce había menospreciado el elemento indígena,
particularmente en el Río de la Plata, y vinculaba muy estrechamente la
Revolución de Mayo de 1810 a la influencia del pensamiento francés. Esta
visión, muy extendida en época de Ponce, le impidió ver los procesos de
independencia como un fenómeno continental en los que los indígenas sí habían
tomado un papel activo, tanto en las luchas como en los reclamos. En aquella oportunidad
afirmó:
El movimiento
indianista, que señala en el aborigen la entraña auténtica de América, no tiene
entre nosotros ninguna justifi-cación en el pasado, y las tentativas de
resurrección de su arte o de su música obedecen a los mismos caprichos
pasajeros que
5 Carta
a Clara Ponce con fecha 29 de junio de 1937, citada en Expresión (1946:
113-114).
67
Aníbal Ponce.
Humanismo y revolución
pusieron de moda la
música negra o la escultura egipcia (Ponce, 1974, Tomo III, 154).
En 1936 se materializa un proyecto que
Ponce venía elaborando desde su estadía en Moscú y su visita al Instituto
Marx-Engels: la publicación de una revista teórica. Aparece así, en marzo de
ese año, el primer número de la revista Dialéctica que él
mismo dirigió, y que proponía:
Poner al alcance de
los estudiosos, con un mínimum de gas-tos, el vasto tesoro de los clásicos del
proletariado y los nuevos estudios que mediante el método del materialismo
dialéctico están renovando la ciencia y la cultura […] En un momento en que
asistimos al choque decisivo de dos culturas, es urgente esclarecer –mediante
el tratamiento directo de los clásicos del proletariado– los caminos que
conducirán a la liberación del hombre. […] De la cultura que agoniza, ella
tomará los elemen-tos legítimos para incorporarlos y desenvolverlos en la
cultura más perfeccionada que le seguirá. Y así, negando y afirmando, la marcha
en espiral de la dialéctica nos conducirá victoriosa-mente hacia adelante.
Demasiado bien sabemos lo que implica en el momento actual la responsabilidad
de un pensamiento para quien no existen los distingos de la teoría y la
práctica (en Agosti, 1974: 122)6.
La revista sólo publicó siete números
entre marzo y agosto de 1936, cuando dejó de aparecer por las persecuciones a
Ponce, quien, como anticipamos, se trasladará a México. Entre los “comentarios”
publi-cados en la revista podemos mencionar: “Simón Bolívar”, por Carlos Marx;
“Dialéctica y lógica”, por Jorge Plejanov; y “Agustín Thierry y la concepción
materialista de la historia”, del mismo autor, entre otros.
A principios de 1938, el secretario de
Educación de México le ofreció trasladarse a Morelia para colaborar en la
Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo. Cuando, tras la insistencia
de Marinello, preparaba su viaje a Cuba para dictar una serie de
6 En ese mismo trabajo,
Agosti afirma que “en la historia personal de Ponce, Dialéctica sig-nificó
la confirmación del proceso que Humanismo burgués y humanismo
proletario había mostrado en punto de sazón”.
68
conferencias, sufrió un accidente de
tránsito que le dejó una serie de lesiones internas que no fueron detectadas
por el médico que lo aten-dió en la ruta. Las complicaciones terminaron con su
fallecimiento el 18 de mayo de 1938.
Intelectualidad, reforma y revolución
A pesar de haber vivido sólo cuarenta
años, Ponce nos dejó una vasta obra. En este trabajo nos centraremos en el
rescate de algunos de los ejes de su pensamiento que nos resultan de interés,
no sólo por la audacia en su época sino por su vigencia a la hora de pensar el
trabajo intelectual y la revolución.
Uno de esos ejes lo constituye sin
dudas la particular ligazón que Ponce trazó en su análisis entre la Revolución
de Mayo de 1810 en el Río de la Plata y la Revolución Rusa casi un siglo
después.
Todos los trabajos sobre Ponce
destacan, con justeza, su pro-funda admiración hacia la cultura francesa. En
ella veía la “madre fecunda de las humanidades”, la fuente de las ideas para
los revolu-cionarios de Mayo de 1810, año en el que uno de los más radicales
revolucionarios, Mariano Moreno, luego asesinado, ordenara la reim-presión en
Argentina del Contrato social. Sin embargo, sería correc-to
caracterizar esa admiración como un absoluto e incondicional seguidismo.
Admirador de Echeverría, Alberdi y Sarmiento, Ponce descartaba cualquier tipo
de “vasallaje espiritual” que desconociera la confluencia de diversas culturas
y tradiciones en nuestro ser nacio-nal. Así, a pesar de haber “heredado” un
lenguaje, nuestra expresión y nuestra literatura poseían precisos elementos
diferenciadores en nuestra identidad.
Ni indios, ni
españoles, ni gauchos a buen seguro; pero tam-poco franceses. Sin comprometer
la línea dominante que per-mite reconocernos desde la Revolución [de Mayo],
salimos al encuentro de todos los pueblos y aspiramos a forjarlos en una nueva
unidad (Ponce, 1974: Tomo III, 160).
Esa línea dominante representaba para
Ponce la sustitución del derecho divino por la soberanía popular y el
privilegio feudal por la justicia social. Pero seguidamente advertía que
aquellos principios
69
Aníbal Ponce.
Humanismo y revolución
de soberanía y justicia social no se
habían realizado totalmente. En efecto, la separación (o eliminación, como en
el caso de Moreno) de los revolucionarios más “jacobinos” había frenado la
concreción efec-tiva de transformaciones de fondo que terminaran con el
privilegio económico de unos pocos. Aquella tarea “inconclusa” quedaba aún en
mayor evidencia tras el triunfo de la Revolución Rusa, cuyos ideales eran para
Ponce “los mismos ideales de la Revolución de Mayo en su sentido integral”
(Ponce, 1974: Tomo III, 162). Porque las causas deter-minantes de aquella
revolución no eran padecimientos exclusivos de un pueblo en particular, el ruso
en este caso, sino efecto de un sistema de dominación que hacía del programa
ruso un fenómeno generaliza-ble a otras latitudes. Si ayer la inteligencia
revolucionaria se apoyó en el Contrato social y en la Enciclopedia,
las horas actuales proponían el pensamiento de Marx como inspiración.
Otro interesante eje en el pensamiento
ponceano, vinculado también a los efectos de la nueva realidad inaugurada por
la Revo-lución Rusa, fue su lectura de la Reforma Universitaria de 1918 en
Argentina. Los estudiantes que comenzaron con una huelga estu-diantil
enalteciendo como banderas“las enseñanzas del novecentis-mo, la nueva
sensibilidad y la ruptura de generaciones” habían dado un paso importante que
debía, para impedir el retroceso, ir más allá de las reivindicaciones propias
de los universitarios. Porque aquellas banderas “no eran más que vaguedades,
que lo mismo podían servir –como quedó demostrado– a un liberalismo discreto
que a una dere-cha complaciente. El estudiante argentino que acometió la
Reforma sabía arrastrado por el presentimiento de las grandes obras, mas no
acertó a definir la calidad de la fuerza que lo impulsaba […] aunque a veces se
le escuchaba el lenguaje de la izquierda, reconocíase muy bien que era
aprendido. El obrero, por eso, lo miró con simpatía pero sin fe; la burguesía,
con desconfianza pero sin temor” (Ponce, 1974: Tomo III, 163-164).
Esa fuerza no era otra que la que había
guiado los pasos de la Revolución Rusa, y era la que había logrado plantear los
problemas con su máxima claridad: o burgueses o proletarios. La contradicción
básica entre estos dos sectores permitía a Ponce realizar una lectura más
profunda y radical de las implicancias de la Reforma Universita-ria. Porque más
allá de las transformaciones que afectaron, de hecho,
70
la tradición universitaria argentina,
su conformación y su gobierno en un sentido claramente democratizador (aunque
burgués), la Reforma tenía un sentido “más generoso y más amplio que incluye a
la Reforma dentro de la Revolución”. En palabras de Ponce:
Para el primero, el
problema es una cuestión casi interna, una modificación de planes y estatutos;
para el segundo, no es más que un aspecto de esa otra transformación que está
echando abajo las columnas de la sociedad en que vivimos […] Dos inter-pretaciones
distintas, dos estados de espíritu diversos. Una es la actitud prudente del que
no mira nunca más allá de la hora; otra es la actitud resuelta del que piensa
que en determinadas épocas el ritmo de la historia parece acelerarse y que
sería trai-cionar las convicciones más hondas –son palabras de Moreno en
la Gazeta–“si se malograran momentos que no se repiten en muchos
siglos” (Ponce, 1974: Tomo III, 164).
Por eso, para Ponce, “no se es defensor
legítimo de la Reforma si no se ocupa al mismo tiempo un puesto de combate en
las izquierdas de la política mundial” (Ponce, 1974: Tomo III, 164). Su
valoración de las reformas, tanto en el plano universitario como en el de otros
terrenos de lucha, es aún más explícita citando ¿Reforma o Revolución? de
Rosa Luxemburgo:
La lucha por el
aumento de salario y la reducción de las horas de trabajo es únicamente un
aspecto del conflicto; el aspecto inmediato, accesible, actual, capaz
sí de reducir la explotación capitalista a los límites que en determinado
momento se conside-ran normales, pero absolutamente incapaz de destruirla de
raíz (Ponce, 1974: Tomo III, 186; énfasis en el original).
De la marcada diferenciación de
burguesía y proletariado –a la que correspondían, por su parte, dos sistemas
sociales diferenciados– habían quedado abstraídos quienes enloquecieron con la
Primera Guerra Mundial, apoyando a uno u otro bando, “industriales de un lado,
industriales del otro […] nada de guerra por el derecho, nada de la guerra por
la justicia”. Pero la Revolución Rusa había señalado otro camino:
71
Aníbal Ponce.
Humanismo y revolución
La guerra europea y
la Revolución Social han dividido a la humanidad entera en dos facciones de
ideales perfectamente definidos. Terminada la guerra feudal de los gobiernos,
vivimos desde hace varios años, y continuaremos viviendo muchos más, esta otra
guerra civilizadora de los pueblos. No se trata ya de escuetas contiendas
militares o políticas; es una batalla de principios, es una contienda
de ideales agitándose por encima de los hombres que muchas veces los ignoran (Ponce,
1974: Tomo I, 204; énfasis propio).
De esta forma de percibir la realidad
se desprende la lógica conse-cuencia de plantear los deberes militantes de los
intelectuales. Uno de los textos emblemáticos en este plano es, sin duda, “Los
deberes de la inteligencia”, conferencia pronunciada en la Facultad de Ciencias
Económicas en junio de 1930. Allí, Ponce propone un breve recorrido por la
historia de la “inteligencia”, inicialmente aparecida con la lla-mada
“modernidad”, es decir, cuando los pensadores surgidos al calor de las
instituciones de los sectores dominantes abandonaron su tra-dicional estado de
“mansedumbre” y se animaron a pensar más allá de lo que imponía la autoridad.
El intelectual “moderno” se presenta entonces como alguien que, en apariencia,
mantiene cierta distancia de las tutelas tradicionales. Insistiendo sobre lo
nuevo que no termina de nacer y lo viejo que no termina de morir, Ponce
advierte que las presiones sobre los intelectuales no desaparecieron por
completo, sino que renovaron sus mecanismos para operar. Para enfrentar estos
mecanismos de encorsetamiento, el intelectual tiene como deberes el sincerarse
consigo mismo apelando a la dignidad personal como “norma directriz de la
conducta” y comprometerse con la realidad que lo rodea: “que el laboratorio, la
biblioteca o el bufete tengan amplias ventanas siempre abiertas. Que nada de lo
que ocurre afuera pueda seros extraño”. Salir de la torre de marfil y abandonar
el elitismo eran para Ponce las marcas de un compromiso intelectual. Pero ¿qué
sig-nifica este compromiso para nuestro autor? Sencillamente, tomar partido,
abandonar una pretendida imparcialidad que beneficia a la propia burguesía como
clase dominante, que impedirá por todos los medios que se cuestionen los
principios ordenadores del sistema que la mantiene en el poder.
72
Y así nació el
sofisma del intelectual como un ser aislado y sin partido, extraño por completo
a las luchas políticas, ajeno en absoluto a la vida de su mundo. Mezcla de
generosidad apa-rente y de logrería efectiva, la soledad del intelectual no
podía beneficiar sino a la burguesía. Por lo que tiene de cálculo y por lo que
tiene de miedo, la teoría del intelectual ajeno a los parti-dos muestra, apenas
se la estruja, la mezquindad inherente a la media alma burguesa (Ponce, 1974:
Tomo III, 171).
El advenimiento del fascismo y los
posicionamientos en su defensa, como los de Giovani Gentile, dejaban en
evidencia que la cultura y la intelectualidad no podían ya presentarse
indiferentes a lo que acon-tecía en el mundo. Allí podemos encontrar las bases
de lo que será su defensa del intelectual militante, apartándose de la
comodidad de una pretendida distancia respecto a los problemas del hombre,
esclare-ciendo “las confusas manifestaciones del vivir contemporáneo”. Ponce
preguntaba así: “¿Quién tendría el valor de declararse indiferente? Y aun en
ese caso ¿confesar tal actitud no equivaldría más o menos a tomar una postura?”
(Ponce, 1974: Tomo III, 172). Y finalizaba: “No os engañen las calmas
aparentes. Hay una guerra de todos los días, de todas las horas. No es posible
la paz duradera mientras subsista el capitalismo. Sepamos siempre para quién
trabajamos”7.
En un mundo cuya historia se escribe
condicionada por la lucha de clases, el esclarecimiento, a lo que Ponce
convocaba a los inte-lectuales, era un deber ineludible. En su conferencia
“Conciencia de clase”, que tuvo lugar en la Asociación de Trabajadores del
Estado en 1932, Ponce remarcaba la necesidad de contribuir a que la clase “en
sí” deviniera clase “para sí”, esto es, elevara su conciencia para poder
entonces organizarse y operar más efectivamente en la lucha de cla-ses. Al
respecto escribía:
Caemos a menudo en la
ingenuidad de suponer que cada clase social produce, de manera casi refleja, el
partido que la interpreta y que la sirve, y que cada individuo que compone
7 Agrega Ponce: “Como
la Iglesia Católica, la burguesía también tiene al servicio sus Doctores”
(Ponce, 1974: Tomo
III, 184).
73
Aníbal Ponce.
Humanismo y revolución
esas clases adquiere
también, de modo casi automático, la mentalidad que mejor pueda expresar sus
intereses. De donde resulta la afirmación simplista de que bastaría conocer el
lugar que un hombre ocupa en el proceso de producción para poder anticipar con
seguridad casi perfecta los menores detalles de su ideología (Ponce, 1974: Tomo
III, 177).
Las dificultades para alcanzar y
sostener esa conciencia se conectan directamente con el control, por parte de
la burguesía, del sistema educativo oficial, los medios, las leyes y todos los
dispositivos que moldean la formación ideológica de la sociedad y hacen que,
parafra-seando a Marx y Engels, la ideología dominante sea la ideología de la
clase dominante. Y por ello, afirma Ponce, la burguesía apela al “inte-rés
general” aunque en realidad se trate de algunas escasas coinci-dencias de
intereses. Por eso el estudio y la acción de los intelectuales tenían que tener
una clara conciencia del trasfondo de clase presente en los hechos del mundo.
Marxismo y humanismo ayer y hoy
Otro de los ejes que nos interesa
destacar del pensamiento de Ponce es su concepción del marxismo como un
humanismo, como un camino que permite la realización de un hombre total por
sobre las mezquin-dades y parcelamientos de la sociedad capitalista. Esta
realización es la que Ponce encuentra en la “Rusia Nueva”, de la que había
regresado en febrero de 1935. Dio entonces una serie de conferencias en el
CLES, que serían publicadas luego bajo el título Humanismo burgués y
humanis-mo proletario, libro que tendrá una influencia vital en el
pensamiento de revolucionarios latinoamericanos como el Che, quien
en 1961 pro-pone publicarlo en Cuba junto con Educación y lucha de
clases8.
8 Cinthia Wanschelbaum
ha llamado la atención sobre el libro de Julio Woskoboinik, Aníbal
Ponce en la mochila del Che. Respecto a Educación y lucha de clases,
Agosti recuerda que en su preparación le llevó a Ponce el folleto
“Lenin y la juventud”, edición del Secretariado Sudamericano de la
Internacional Juvenil Comunista, Buenos Aires, 1929. Se trataba de una
selección de textos sobre problemas juveniles que el propio Agosti había
traducido a partir de una versión francesa, y que resultó de gran utilidad para
Ponce en sus tesis pedagógicas (ver Agosti, 1974: 123).
74
Antes de llegar a la Unión Soviética,
Ponce había atravesado “la España jesuítica de Gil Robles, la Francia de los
decretos-leyes, el vasto campo de concentración de la Alemania, la Polonia
torturada y mártir”, lo cual seguramente agudizó el contraste con las
impresiones recogidas al llegar a Moscú. El viaje llevó a Ponce a distinguir
entre dos concepciones contrapuestas del humanismo:
De una parte, un
puñado de hombres ricos para quienes la cul-tura debe ser el regalo de pocos
iniciados; de la otra, millones de hombres libres que después de renovarse el
alma al abolir para siempre la propiedad privada, han abierto de par en par las
puertas hasta ayer inaccesibles del banquete platónico (Ponce, 1974: Tomo III,
456).
La necesidad de un intelectual
militante iba acompañada de la reno-vación misma del concepto de cultura,
porque “cuando a la cultura se la disfruta como a un privilegio, la cultura
envilece tanto como el oro” (Ponce, 1974: Tomo III, 487). Y esa era la gran
transformación cultural en la “Rusia Nueva” que contribuía indudablemente a la
conforma-ción de un hombre nuevo. Por esa razón, tras la toma del poder, Lenin
había ordenado la reedición de los clásicos, y había afirmado que era imposible
ser comunista sin haber asimilado el tesoro de conocimien-tos acumulados por la
humanidad9. Por eso también se
celebraron inmediatamente representaciones de las obras de Shakespeare, a sala
llena, para millones de personas que hasta entonces habían tenido vedado el
acceso a la “cultura”. Millones de personas que dejaban de ser receptores pasivos
de una cultura preelaborada para convertirse ellos mismos en creadores.
El hombre […] se
modifica con las circunstancias que lo educan y con las circunstancias que él
transforma. Y esta última parte, la de la práctica revolucionaria, es la que le
quita precisamente al teatro de Shakespeare su aspecto por momentos desolado, su
impresión muchas veces sombría de fatalismo inexorable […] era necesario
mostrar también, que esas creaciones no son
9 Se trata del discurso
de Lenin al Tercer Congreso Pan-ruso de la Unión de las Juventudes Comunistas
en 1920.
75
Aníbal Ponce.
Humanismo y revolución
otros tantos aspectos
del hombre “eterno” y de la humanidad “invariable” (Ponce, 1974: Tomo III,
528).
Ponce señala, siguiendo a Marx, que el
nuevo humanismo sólo podía surgir en ese momento histórico, por las condiciones
que permitían al hombre de entonces liberarse de los largos procesos de
formación de oficios propios del artesanado, y de las interminables jornadas de
trabajo gracias a la aparición de la máquina, que si bajo el capitalis-mo es un
instrumento de explotación, bajo el socialismo permite la reducción de la
jornada de trabajo y el desarrollo integral del hombre. La máquina era, según
Ponce, la primera condición objetiva para el surgimiento de un humanismo
proletario.
¿Cómo, pues, entregar
la máquina de la gran industria a sus “exigencias naturales”? ¿Cómo devolver al
individuo mutilado por la especialidad, su desarrollo completo, su sed de
totali-dad? Por la conquista del poder político que será resultado de
la victoria proletaria. Sin el advenimiento del proletariado es absolutamente
irrealizable la unión de la teoría y de la práctica, de la inteligencia y de la
voluntad, de la cultura y del trabajo productivo: todo eso, en fin, que la
expresión “hombre comple-to” aspira a resumir en su poderosa brevedad […] Por
el gobier-no obrero a la cultura para todos: he ahí la segunda premisa del humanismo
proletario (Ponce, 1974: Tomo III, 511; énfasis en el original).
El hombre nuevo, total, el “hombre
futuro”, como el propio Ponce deno-minó al hombre soviético, parecían provenir
de tiempos muy distintos. Hombres que “en las granjas, en los laboratorios y en
las escuelas, sólo piensan en construir, en crear, en superar lo existente.
Construir, he ahí en efecto el verbo de la Rusia Nueva; construir en las
técnicas, construir en la cultura, construir en el alma”. Era una sociedad para
la cual “el trabajo ha dejado de ser un tormento” (Ponce, 1974: Tomo III, 543)10. Hombres que trabajan en granjas y
usinas para luego asistir a clubes, museos, teatros y conciertos. Ponce subrayó
las palabras de Stalin
10 A pie de página Ponce
apunta que la palabra “trabajo” proviene de “tripalium”, instrumento de tortura
formado de tres piezas.
76
cuando definió a los intelectuales, a
los escritores como “ingenieros de las almas”, como participantes directos,
junto con el proletariado, de crear y expandir una nueva cultura y la
edificación de ese hombre nuevo. Nos resulta interesante destacar la siguiente
frase del novelista ruso Alexander Avdeenko que Ponce cita en su libro:
Sano y fuerte, sueño
en construir como escritor una obra inolvi-dable […] Dichoso de vivir, siento
en mí un coraje inquebranta-ble, y sólo la alegría de que habré de despertarme
me compensa la pena de dormir todos los días. Cien años he de vivir,
blan-quearán mis cabellos, y yo seguiré siendo eternamente feliz, eternamente
dichoso. Y todo esto es a ti, Stalin, educador, a quien lo debo.
Y agregaba Ponce:
Jamás –y el adverbio
tiene aquí matemática precisión–, jamás ha surgido del seno de la masa una
afirmación más completa de fe en la vida, de confianza en sí misma, de orgullo
exultante del poderío del hombre (Ponce, 1974: Tomo III, 516).
Claras muestras del clima de época,
estas citas permiten contextuali-zar no sólo las opiniones de Ponce, sino las
de muchos de los que, tras el ascenso de la Unión Soviética, se encuadraban en
el “partido” de su defensa y del esclarecimiento de sus logros11.
Escribe Ponce: “Todo lo que hasta ahora
le dominaba y oprimía pasa a ponerse a su servicio, y por vez primera,
también, adquieren validez universal los grandes valores que hasta entonces
sólo enmas-caraban los intereses de las clases dominantes” (Ponce, 1974:
Tomo III, 249; énfasis en el original). Es inevitable pensar en
Gramsci cuan-do se lee de la mano del argentino que “las pretendidas
‘instancias incondicionales y absolutas’–sobre las que tanto gustan de ahuecar
la voz los pintorescos petimetres de nuestra filosofía oficial– no han tenido
nunca, desde Platón hasta Max Scheler, otra estabilidad que la del
poder de la clase dominante” (Ponce, 1974; énfasis en el original).
11 Ponce no vivió los
años posteriores en los que se extenderían las duras críticas a Stalin por los
crímenes y las purgas.
77
Aníbal Ponce.
Humanismo y revolución
Sólo el nuevo hombre puede invocar
aquellos “valores absolutos” del hombre, porque cuando refiere al concepto
“hombre” lo hace desde un lugar de pleno conocimiento de la realidad humana, de
la totali-dad del hombre que piensa, trabaja y crea. No es ya el hombre “tantas
veces enunciado como veces traicionado”. El “superhombre” de la cultura
burguesa no tiene razón de ser, porque las metas que se pro-pone son ahora
alcanzables por el nuevo humanismo, el humanismo proletario y pleno.
Los ejes desarrollados, muy
sucintamente, en esta exposición, nos empujan a matizar el planteo de Michael
Löwy, que ha caracteri-zado el pensamiento de Ponce como “pre-marxista”, por lo
menos si tomamos su obra como una totalidad. Si como dijimos al principio, no
se “es marxista” sino que se “llega a serlo”, no sólo debemos estu-diar las
reflexiones del pensador argentino con sus iniciales, y ciertas líneas
“positivistas” o “liberales” producto de su contexto de forma-ción, sino
también obras como Humanismo burgués y humanismo proletario y Educación
y lucha de clases, en las que, como el propio Löwy reconoce,
hay no sólo un conocimiento de la cultura universal y de la obra de Marx, como
puede apreciarse en Elogio del Manifiesto Comunista, sino también
un dominio del materialismo histórico12. Nos apoyamos también en las palabras de Héctor P. Agosti,
el más sobresaliente discípulo de Ponce:
No se trata de
convertir entonces, ciertamente, de convertir a Ponce en hombre de un partido,
pero sería injusto dejar de percibir que el rumbo más cierto de su vida
ideológica lo defi-ne como un pensador de partido, con
estremecidos elementos revolucionarios […] Desde este punto de vista miro a
Ponce como pensador de partido: en el sentido amplio de una cons-trucción
teórica militante, no en el más limitado de una inscrip-ción de adherentes
(Agosti, 1974: 105 -106).
Pero volvamos al eje humanista en el
pensamiento ponceano. “La historia contemporánea nos enseña que en manos de la
burguesía el
12 Ver Löwy (2007:
27-28). Elogio del Manifiesto Comunista se basa en una
conferencia pronun-ciada en 1933 en la Facultad de Derecho de La Plata, en el
marco del cincuentenario de la muerte de Marx.
78
humanismo está en trance de morir”.
Esta frase, escrita por él en 1935, podría enunciarse en la actualidad, con el
agregado de cientos de ejem-plos que no han hecho sino demostrar que el
humanismo en el capita-lismo es una enunciación sin contenidos reales,
profundos y duraderos.
En sus orígenes, el pensamiento
humanista buscó constituirse como una filosofía que acompañara, y justificara,
un estado de cosas. Con la consolidación del capitalismo, las evidencias
concretas del contraste entre un puñado de enriquecidos “librepensadores” y una
inmensa masa de desposeídos requería de un corpus teórico, de una forma de
enunciar y legitimar aquel estado de cosas, de la misma forma que en la Edad
Media se había logrado instalar la idea de la sociedad dividida en tres
estamentos, esto era: los que luchan, los que oran y... los que trabajan para
mantener a los que luchan y los que oran. Como herencia de la eficacia de esta
tradición, el humanismo burgués comprendió el potente papel que la religión
jugó siempre como elemento de continencia. No nos referimos a la generalmente
mal utilizada frase de Marx sobre la religión como el “opio de los pue-blos”,
sino al papel concreto que el “culto a la pobreza” y a una fuerza exterior a la
acción de los hombres jugó en la resignación y el inmovi-lismo de los que menos
tienen. Ya Maquiavelo alertó sobre la atención que el Estado debía prestar a
los asuntos religiosos para el manejo de los asuntos de la sociedad.
Una reflexión desde la actualidad
Resulta hoy cada vez más evidente que
la disputa política comprende al mismo tiempo una disputa de sentidos. La
derecha ha avanzado sobre terrenos y símbolos que claramente tienen más
vinculación con los intereses reales del pueblo que con las oscuras intenciones
del sistema que ellos representan. Pensemos en Henrique Capriles en Venezuela
denominando “Simón Bolívar” a su comando de campaña o en Mauricio Macri
haciendo campaña hablando de las bondades de la salud y la educación pública, y
llamando a “desideologizar” la región...
O en un terreno más “pantanoso”, como
en el que se mueve una insti-tución como la Iglesia, las declaraciones del Papa
en Cuba de “Nunca el servicio es ideológico, se sirve a las personas, no a las
ideas”, justamente en un país que gracias a sus ideas aplicadas a la realidad
política logró
79
Aníbal Ponce.
Humanismo y revolución
sacar al hombre de la opresión
imperialista. Estas no son iniciativas aisladas y coincidentes, sino parte de
planes elaborados de domina-ción. Podríamos citar innumerables ejemplos de
pensadores al servi-cio de estos planes. Mencionaremos sólo el ilustrativo caso
de Joseph Nye y sus escritos sobre un “poder inteligente” que combine el “poder
duro” con el “poder blando”, entendido como la capacidad de crear una cultura y
una política que generen atracción a los dominados13. Así, la cooptación ideológica y la
desarticulación de resistencias son entendi-das como la puerta de entrada a
través de la cual las burguesías pueden recomponer y expandir sus beneficios
sin la necesidad de un “poder duro” que en algunos casos puede tener un costo
contraproducente para los dominadores en relación con los dominados.
Por todo esto, y por tantas otras
cosas, el tema del humanismo no puede pensarse por fuera de la lucha de clases.
Porque el huma-nismo burgués ha enunciado preocuparse por el hombre cuando en
realidad sólo ha puesto el foco, como toda ideología burguesa, en el individuo.
Así, el bienestar individual multiplicado haría el bien de toda la sociedad.
Con todo, ¿quién podría darnos algún ejemplo de realización concreta de este
postulado en el capitalismo?
Por todo esto, es fundamental
revisitar Humanismo burgués y humanismo proletario de Aníbal
Ponce, como un necesario ejercicio de reflexión actual sobre el
tema14.
Partimos de la idea de que, en la
actualidad, la beligerancia impe-rialista se despliega a una fuerte ofensiva
ideológica para recomponer el humanismo en su sentido burgués. Algo así como un
“keynesianismo humanista” que busca tomar medidas que “compensen” los desastres
del capitalismo. Por supuesto, los comunistas jamás desdeñaremos cualquier
mejora concreta en la vida de los hombres, pero nosotros bus-camos ir a la raíz
de los problemas, no “emparcharlos”. Y no se trata de una digresión teórica,
sino de algo que es muy parte de la acción políti-ca, siempre desplegada entre
nuestra lucha contra el enemigo principal, el imperialismo y sus correlatos
ideológicos posmodernos.
13 Puede ampliarse el
tema con la lectura de Boron y Massholder (2014).
14 Aunque no nos
detendremos en su análisis, recomendamos muy enfáticamente para pensar la
cuestión del humanismo el libro de Héctor P. Agosti Tántalo recobrado,
y más reciente-mente también Estética y Marxismo de Raúl
Serrano.
80
Con mayor o menor conciencia, más o
menos explícitamente, la elaboración y la utilización de ideas y conceptos
tiene siempre un tras-fondo de clase. Nuestros pensadores marxistas han puesto
mucha luz sobre este tema, partiendo de la base de considerar que el marxismo
es el verdadero humanismo. Recuperar la idea del marxismo como una forma de ver
el mundo y actuar sobre él para erradicar definiti-vamente los padecimientos
del hombre. ¿Qué hay más antihumanista que la explotación del hombre por el
hombre? No hay mucha com-plejidad en eso, que es muy sencillo. Debemos
simplemente articular mejor una ofensiva ideológica.
En este sentido, Ponce señalaba cómo
desde Erasmo a Romain Rolland sentaron las bases de una dominación intelectual
en el terreno de las reflexiones sobre el humanismo, que desde sus inicios
apuntó a la “exaltación de los valores racionales, la separación del
entendimiento de todas las otras funciones que la acción exige y el trabajo
impone”, que no eran más que un reflejo en la ideología “de la separación
profunda entre las clases que la sociedad de su tiempo había realizado: para
que existan hombres libres, despreocupados del trabajo, era menester una turba
de asalariados y de siervos que asegu-raran el ocio de los amos” (Ponce, 1974:
Tomo III, 492).
El autor señala cómo aquel humanismo
había buscado con-formar una elite que luchara con las armas del espíritu, que
“son las únicas armas a las que no las mueve la violencia”. Clara preocupación
de una burguesía que había ya atravesado, en el siglo XIX, las revolu-ciones de
1848 y 1871, en las cuales el proletariado, cansado de morir en nombre de las
revoluciones burguesas, se decidió a luchar por sus propias reivindicaciones.
Como si la violencia fuera cuestión sola-mente de “espíritus” y no de situaciones
materiales. Y no por ser par-tidarios de la violencia per se. Pero debemos
reconocer que la “paz” y la “libertad”, en abstracto, no dicen mucho sobre la
realidad de las cosas. La violencia, tal como la concibe el marxismo, no remite
sólo a la fuerza armada, aunque pueda contenerla, sino al inevitable comba-te
de las mayorías por derribar los obstáculos sociales que se oponen a la plena
expansión del hombre. Hay un sentido común muy fuerte que se instala y que
permite que la burguesía se apropie de estos sentidos, como lo ha hecho con el
concepto de democracia instalado hegemónicamente sin adjetivos, cuando refiere
específicamente a la
81
Aníbal Ponce.
Humanismo y revolución
democracia burguesa, con todas las
limitaciones y particularidades que ella posee, y desconociendo cualquier otro
tipo de experiencia democrática. Esto ocurrió especialmente en América Latina,
donde nuestras realidades posdictatoriales han contribuido a que la demo-cracia
formal y representativa, es decir, liberal, se consolide como un fin en sí
misma sin contemplar las consecuencias que tiene en la reproducción del sistema
capitalista15. Y lo mismo sucedió
cuando se nos hizo equiparar república con democracia, contribuyendo a hacer
creer que la libertad tiene un fuerte anclaje en las elecciones y la
alter-nancia. Ponce tuvo clara conciencia de los diversos mecanismos que
instalaron en algunos intelectuales la ilusión de hallarse “por encima” del
juego político, de los fuertes condicionamientos que el sistema impone
disfrazados de “libertad de elección política” o “libertad de pensamiento”, y
señaló cómo hasta el propio Romain Rolland advirtió lo que él mismo denominó la
agonía de “una obstinada ilusión”, esto es, el “doloroso proceso que se inicia
en el instante mismo en que el intelectual descubre que su pretendida
independencia está condicio-nada por ocultas potencias que la dirigen […]
Romain Rolland es el testimonio vivo, heroico, desgarrador, de esa confianza
tenaz en un Espíritu que se basta a sí mismo, en una inteligencia que se cierne
por arriba de las cosas” (Ponce, 1974: Tomo III, 500).
Ya en otro de sus escritos, El
viento en el mundo, Ponce afirmaba:
El sofisma del
intelectual como un ser aislado y sin partido, extraño por completo a las
luchas de la política, ajeno en absoluto a la vida de su mundo […] no podría
beneficiar sino a la burguesía […] Los días que vivimos son de prueba. No os
engañen las calmas aparentes. Hay una guerra de todos los días, de todas las
horas. No es posible una paz duradera mien-tras subsista el capitalismo. El
menor de los actos tiene en sí un significado preciso. Sepamos siempre para
quién trabajamos. Cada desfallecimiento es un triunfo de los otros, cada
inconse-cuencia, una traición (Ponce, 1974: Tomo III, 171 y 176).
15 Hemos tratado el tema
de la democracia formal centrándonos en “El concepto de democracia en el
pensamiento de Héctor P. Agosti” (e-latina, Revista de Estudios
Latinoamericanos, 2010).
82
Este fragmento de agudísima actualidad
es un manifiesto contra muchos lugares del sentido común que los poderes
dominantes bus-can instalar. Pero con el nacimiento de la marginación provocada
por el capitalismo de la mano del humanismo burgués, surgió su negación, es
decir, el humanismo proletario, único capaz de recomponer la forza-da división
entre trabajo intelectual y trabajo manual, dando la posibi-lidad del verdadero
“hombre completo”. Como bien apuntó Ponce en Humanismo burgués y
humanismo proletario, “en una sociedad divi-dida en clases, el ‘interés
común’, las ‘exigencias colectivas’, la ‘moral social’ o la ‘justicia humana’
son mentiras inicuas, ideales mentidos que no han coincidido jamás con los
intereses verdaderos de todos los hombres” (Ponce, 1974: Tomo
III, 549-550; énfasis en el original).
En este último sentido se inserta el
trabajo que el principal dis-cípulo de Aníbal Ponce, Héctor P. Agosti, realizó
para intervenir en las polémicas de su tiempo. Tal fue el caso de Tántalo
recobrado, en el que Agosti, en su diálogo con el humanismo cristiano, nos
deja valiosas reflexiones sobre el humanismo socialista, que comentaremos en
los párrafos que siguen.
Por experiencias recientes, sabemos de
casos en los que se sobredimensiona la existencia en los hechos de una
movilidad social propia de la sociedad capitalista, que pretende dar por
superada la lucha de clases. Movilidad que parecía incrementarse, en la
socie-dad de masas, por las apariencias de un mejoramiento del nivel en la vida
de los trabajadores, consecuencia del acrecentamiento del monto histórico de
las “necesidades” impuestas y determinadas por el ensanchamiento del mercado.
Uno de los aspectos que se descuida en este tipo de análisis es la
problematización del tema de la “libertad”, porque las apariencias del
desarrollo de la sociedad burguesa nos pro-porcionan la imagen de un trabajador
cuya capacidad de consumo ha aumentado, y lo confunden –como vimos– con la
movilidad social, no contemplando las limitaciones que dicha sociedad impone al
desa-rrollo no sólo material sino espiritual del hombre. Si como plantea Marx
“el reino de la libertad sólo empieza allí donde termina el trabajo impuesto por
la necesidad y por la coacción de los fines externos”, las posibilidades de
desarrollar “libremente” los aspectos no materiales de la persona son
evidentemente acotadas. Y esto es porque las condicio-nes de producción limitan
concretamente la posibilidad de un tiempo
83
Aníbal Ponce.
Humanismo y revolución
libre en el que el hombre pueda
desplegar la realización de su totali-dad en libertad. No se trata, claro, del
tiempo libre entendido como otium latino, de tiempo vacante,
sino de “tiempo libre destinado a la remodelación espiritual del
hombre mediante el desarrollo universal de sus aptitudes” (Agosti, 1964: 56).
En este punto nos parecen muy valiosas las contribuciones de Raúl Serrano que
apuntan a reivindicar al hombre como “sujeto creador” capaz de crear, o sea, de
“objetivar lo subjetivo”, para lo cual, obviamente, necesita un tiempo de
realización de esa subjetividad. Así, intelectuales y artistas, aunque no sólo,
están condenados en el capitalismo a un “doble oficio”, es decir, a sostener al
mismo tiempo su creación como objetivación de su subjetividad y el trabajo
extra que en general deben hacer para subsistir material-mente. Esto sin
profundizar además en las nefastas consecuencias que la lógica capitalista del
mercado tiene para la cultura, en la que los artistas suelen tener que resignar
sus aportes y criterios artísticos para “triunfar” comercialmente en las industrias
que manejan, como todos los empleadores, a sus trabajadores, y en la que lo
vendible parece estar cada vez más alejado de los contenidos profundos... Así,
el “mercado de la cultura” necesita de “consumidores” cuyos gustos y elecciones
respondan a las necesidades de los “valores” propios de un estado de cosas.
Serrano da un ejemplo actual al referirse a la “tinellización” del humor16, que remite a contenidos televisivos
(aunque no sólo televisi-vos) que no requieran ninguna función mental del
espectador más que “consumir”. No estimulan la percepción crítica ni la
reflexión. ¿Cuál es la clave del éxito entonces? Que el sujeto que está frente
a la televisión ha pasado 10 o 12 horas esclavo del sistema y ha agotado allí
la mayor parte de sus energías, no quedándole más ganas que de “divertirse y
pasarla bien” (Serrano, 2009: 62). Porque el arte, nos dice Marx, en todo
sistema de producción, no sólo produce un objeto para el sujeto sino que al mismo
tiempo produce un sujeto para ese objeto. En palabras de Serrano:
[Esto] nos permite
explicarnos muchos fenómenos atribui-dos con anterioridad a no se sabe qué
misteriosas potencias
16 La “tinellización”
refiere a los contenidos dominantes de las producciones televisivas de Marcelo
Tinelli, por completo misóginas y basadas en las figuras de la farándula.
84
contenidas desde
siempre en el sujeto humano. Explica la relación de necesidad que se establece
entre las prácticas, los consumos y las producciones de ciertos objetos. Y
también nos permite ver con mayor claridad de qué armas se valen algunos medios
para “producir” en las masas populares necesidades de consumo que luego son
calificadas como “arte popular”. Y que en realidad no lo son. Se trata tan sólo
de que, desde determina-dos niveles con poder de decisión, se “popularizan”
determina-dos temas musicales, o películas o series televisivas o cantantes y,
de este modo, se logra imponer, fabricar el gusto o las modas que luego se
toman como parámetro de lo requerido y popular (Serrano, 2009: 61 y 62).
Otra común falacia es la fundamentación
de la libertad de las perso-nas en la posibilidad que tienen de “elegirse”, de
lo que se desprende que todas las elecciones resultarían legítimas por igual,
porque todas, en última instancia, implicarían la propia “realización” del
hombre. Así, “elegir” una vida de consumo material, generalmente innecesa-rio,
como el que impone la sociedad capitalista actual, que coloca el hecho de poder
cambiar el auto o el celular todos los años como un parámetro de bienestar pero
que no contempla en absoluto el carác-ter finito de la materialidad en el
planeta, no repara en el hecho de que para que algunos (muchos o pocos) puedan
“realizarse” en este sentido, muchísimos otros no tienen siquiera para la
reproducción de sus condiciones básicas de subsistencia. Y si bien es cierto
que, en términos muy generales, las reglas de estos comportamientos o
“elecciones” están dictadas por los condicionamientos sociales de su
pertenencia a determinada clase, no es menos cierto que en el orden de la
subjetividad, que es intransferible, los reclamos pueden asumir urgencias
desparejas y las respuestas no ser siempre simétricas ante los mismos
estímulos. Esto hace que nuestra forma de encarar la pro-blemática requiera un
nivel de complejidad que permita combatir ese lugar común que relaciona al
socialismo como la “uniformidad de los sujetos”, que tanto combatió el Che en
sus escritos.
Entonces, si el problema de la libertad
no es un acto de elec-ción, la asunción de la humanidad del hombre no es un
dilema ético que pueda resolverse voluntariamente. Si la condición humana del
85
Aníbal Ponce.
Humanismo y revolución
hombre está “eclipsada”, no se debe a
las cualidades del hombre sino a su acceso a la propiedad. Si la libertad,
además, no puede conside-rarse como una elección del hombre singular, debe
entenderse que su liberación es entonces un acto social. Es decir, las
condiciones de opresión del individuo no responden a actos de voluntad de un
indi-viduo, sino a las fuerzas reales que operan en la sociedad. En tanto esas
fuerzas respondan a las relaciones capitalistas, las condiciones de enajenación
y opresión persistirán. Y por eso, en palabras de Agosti, “la supresión
positiva de la propiedad –es decir, la apropiación senso-rial para
y por el hombre objetivo de las realizaciones humanas– no debe
ser concebida simplemente en el sentido del disfrute inmediato,
exclusivo, en el sentido de posesión, de tener. El
hombre se apropia de su ser universal de manera universal, es decir, como
hombre total” (Agosti, 1964: 92).
Esta es una de las piedras
fundamentales del humanismo, porque implica el verdadero desarrollo total del
hombre, sólo viable de realizarse sin las opresiones de una sociedad dividida
en clases. Si la finalidad de todo humanismo es justamente la búsqueda de ese
hombre total, hasta el momento no se había prestado suficiente atención al
verdadero origen de aquella destrucción del hombre que la sociedad burguesa
parecía presentar. Una de las paradojas con las que choca el humanismo en el
capitalismo es que a medida que crece y se desarrolla la civilización burguesa,
basada en la “libertad” del individuo, este mismo individuo resulta disminuido
desde el punto de vista de las relaciones humanas. Pero esas proclamadas
“libertades” chocan en la realidad con la concentración monopólica en el
mercado y con los contingentes de desocupados que dificultan la obtención de
condiciones beneficiosas para los trabajadores. Para el pensamiento burgués, la
libertad remite a una concepción atomística del individuo emplazado frente a la
sociedad: la libertad del individuo para desarro-llar su propia competencia
contra los demás. La libertad es así igual para todos, y se basa en la tutela
de sus respectivas propiedades: la del capitalista, consintiéndole, por
ejemplo, el cierre de sus empresas sin que el Estado leviatán pueda interferir
en sus decisiones individuales y soberanas; la del trabajador, permitiéndole la
libre disponibilidad de transferencia a otros sectores de labor, sin estar
sujeto a un tipo deter-minado, como en la época feudal. Pero esta “libertad”
queda reducida
86
a las posibilidades delimitadas por los
poderes materiales. Como bien señalaron Marx y Engels en La ideología
alemana, “en la imaginación, los individuos, bajo el poder de la burguesía,
son, por tanto, más libres que antes, porque sus condiciones de vida son, para
ellos, algo pura-mente fortuito; pero, en la realidad son, naturalmente, menos
libres, ya que se hallan más supeditados a un poder material” (Marx y Engels,
1985: 89). Poder material que, además, determinan las condiciones del trabajo
mediante el cual el hombre se realiza en tanto ser.
Si el trabajo concreto se inserta en
una realidad capitalista concreta, determinada por el carácter social de la
producción y el carácter privado de la apropiación, resulta impensable hablar
de una “humanización” del capitalismo, porque estudiado en su esencia el
capitalismo tiende a limitar el desarrollo del “hombre total”, esto es, en sus
aspectos no sólo materiales sino espirituales.
De los razonamientos precedentes,
podemos concluir que el marxismo es el exponente máximo del humanismo real, del
humanis-mo del trabajo, reivindicando concretamente la condición y la
natu-raleza del hombre, diferenciándose de las corrientes de pensamiento que
sostienen una naturaleza abstracta y eterna del hombre despren-dida de su
existencia terrenal. Porque se sitúa al nivel de la sociedad real, no
simplemente en la conciencia individual del hombre.
Quisiéramos terminar este escrito con
una cita que ejemplifica de manera magistral la lógica del humanismo burgués
descripta por Ponce:
El señor Junqueiro y
yo paseábamos un día juntos, de aquí para allá, por el jardín de la Villa del
Conde, y el señor Junqueiro predicaba la piedad y el amor. Unos chiquillos
estaban por allí jugando a la pelota, y yo y el señor Junqueiro paseábamos de
aquí para allá. El señor Junqueiro predicaba la piedad y el amor, cuando en eso
la pelota cayó en la cabeza del señor Junqueiro, quien levantó el bastón y dio
con él al chiquillo... Y nosotros continuamos paseando de aquí para allá, y el
señor Junqueiro predicando la piedad y el amor (Ponce, 1974: Tomo III, 499).
Y así, siempre, la burguesía predica el
amor, el entendimiento y la conciliación mientras nada ponga en cuestión su
dominación. Fue justamente Aníbal Ponce una de las mentes más lúcidas al
denunciar
87
Aníbal Ponce.
Humanismo y revolución
los contenidos de clase que suelen
esconderse tras las prédicas de un humanismo “sin adjetivos”.
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Cuadernos de Cultura).
Marx, Carlos y Engels, Federico
1985 La ideología alemana (Buenos Aires: Pueblos
Unidos-Cartago).
Neiburg, Federico 1998 “Elites sociales
y elites intelectuales: el Colegio Libre de Estudios Superiores” en Los
intelectuales y la invención del peronismo (Buenos Aires: Alianza).
Pasolini, Ricardo 2010 “Antifascismo,
comunismo y mitos intelectuales: las representaciones de la figura de Aníbal
Ponce”. Ponencia presentada en las V Jornadas de Historia Política, Centro de
88
Estudios Históricos de la Facultad de
Humanidades, UNMdP, Mar del Plata, 29 de septiembre al 1 de octubre.
Ponce, Aníbal 1927 La vejez de
Sarmiento (Buenos Aires: Talleres Gráficos Argentinos L.J. Rosso).
Ponce, Aníbal 1974 Obras
completas (Buenos Aires: Cartago) Tomos I a IV.
Ponce, Aníbal 2014 Educación y
lucha de clases (Buenos Aires:
Ediciones Luxemburg).
Serrano, Raúl 2009 Estética y
marxismo (Buenos Aires: Ediciones del CCC).
89
Aníbal Ponce, editor y director de la
revista Dialéctica
Cristina Mateu*
1936, año clave
La producción de Aníbal Ponce,
psicólogo, docente y ensayista, fue extensa y variada desde sus inicios. Su
devenir marxista y su preo-cupación por profundizar en el conocimiento de su
teoría quedaron plasmados en las páginas de la revista Dialéctica,
que editó por cuenta propia y bajo su exclusiva dirección. Alcanzó a publicar
siete números en el año 1936 y fue el principal redactor de sus notas.
Antes había publicado innumerables
ensayos para distintas revistas. Sus conferencias sobre educación en el Colegio
Libre de Estu-dios Superiores (CLES)1 durante 1934, en las que afirmaba ya su mate-rialismo histórico,
darían lugar al libro Educación y lucha de clases. Su fundamental
obra Humanismo burgués y humanismo proletario, redactada a
principios de 1936 sobre la base de conferencias del año anterior, reflejaba
concentradamente el reposicionamiento de Ponce y sus nuevas concepciones sobre
el papel del intelectual. En Dialéctica nucleó la mayor parte
de sus ensayos (veintidós de los veinticuatro artículos publicados en ese año).
La publicación de Dialéctica bajo
la dirección de Ponce se pro-dujo en un contexto histórico de crisis económica
del capitalismo, de
* Historiadora.
Magíster en Historia Económica y Social. Docente de la Facultad de Ciencias
Económicas y la de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires.
1 El CLES, fundado en
mayo de 1930, editó desde 1931 la revista Cursos y Conferencias y
tuvo en Ponce a uno de sus principales impulsores (ver Cernadas de Bulnes,
2006).
91
Aníbal Ponce.
Humanismo y revolución
agudos conflictos sociales y políticos
y de intenso cambio cultural, en el mundo y en la Argentina. En ese mundo en
ebullición, la figura de Aníbal Ponce se destacó por las circunstancias de su
formación, por los alcances de sus aportes y por el periplo ideológico que
recorrió en una Argentina dependiente, en la que los conflictos del mundo
tomaban formas específicas vinculadas a su historia y a su estructura social.
En la Argentina, la restauración del
orden conservador imprimió las características de la década: crisis, fraude,
represión, corrupción, provocadas por las clases dominantes que remachaban al
país a una extrema dependencia. Simultáneamente, la creciente movilización de
los trabajadores sembraba esperanzas y favorecía el aglutinamiento de diversos
sectores sociales y políticos frente al régimen oligárquico.
El año 1936 se inauguraba con la huelga
general en solidaridad con los obreros de la construcción, escenario de los
combates porteños en muchos barrios, con el sindicalismo clasista orientado por
el Partido Comunista Argentino (PCA) como principal protagonista. La creciente
combatividad y organización del movimiento obrero, así como el ascen-so de la
oposición antioligárquica, abrían un nuevo auge de luchas del movimiento
popular. El 1º de Mayo de ese año, una confluencia política y social de
oposición al régimen oligárquico permitió conmemorar el Día de los Trabajadores
con la organización de la Confederación Gene-ral del Trabajo (CGT): un acto en
el que participaron radicales, demó-cratas progresistas, socialistas,
comunistas e intelectuales.
La importancia que tuvo este proceso
político en el reagrupa-miento cultural y de los intelectuales que promovía el
comunismo argentino puede percibirse en las palabras de Raúl Larra, cuando
rela-ta la participación de la Asociación de Intelectuales, Artistas,
Periodis-tas y Escritores (AIAPE)2 en aquella manifestación del 1º de Mayo de 1936: “AIAPE se
incorporó con sus estandartes, con inmensos retratos de Gorki y Barbusse que se
confundieron con otros de Agosti que empuñaban estudiantes fervorosos” (Larra,
1958: 61-62)3.
2 La AIAPE fue fundada
en 1935 y Ponce fue su primer presidente (ver Bisso, 2006).
3 Agosti fue el preso
político estudiantil del PCA y la lucha por su libertad signó muchas
acti-vidades del Partido y su juventud.
92
En realidad, en el campo cultural
argentino y entre los intelec-tuales reconocidos y nucleados a partir de su
participación en diversas publicaciones del período, avanzaban las definiciones
antifascistas que, en algunos casos, se ligaban a los cuestionamientos de
carácter democrático y laicista contra la represión, la censura y las
expresiones reaccionarias en el terreno cultural del ámbito nacional. En
septiem-bre de 1936, se reúne en la Argentina el PEN Club4, lo que suscitó un profuso seguimiento
periodístico e interés cultural y abrió expectati-vas debido a la difusión que
en el exterior podría tener la producción literaria local. Sin embargo, en ese
encuentro de poetas, escritores y novelistas, el debate se concentró con
intensidad en los acontecimien-tos internacionales que conmovían al mundo y al
país, y que impacta-ban vivamente en la sensibilidad y en el quehacer de los
intelectuales (Manzoni, 2011).
El año 1936 es el año en que el
reposicionamiento político y cultural de Ponce alcanza su mayor proyección en
la escena públi-ca nacional. La búsqueda de la unidad antifascista a través de
los frentes populares y la Guerra Civil Española tuvieron una enorme
trascendencia social y política, fueron hechos que provocaron inten-sos debates
y definiciones políticas a nivel nacional e internacional e impactaron en las
instituciones culturales y entre los intelectuales de la Argentina y el mundo.
El recrudecimiento de la censura y la
persecución política en el país afectaron personalmente a Aníbal Ponce, cuando
en 1936 fue excluido de la docencia por el ministro de Justicia e Instrucción
Públi-ca de la Argentina, por su toma de posición a favor del comunismo, aunque
para la exoneración formal se alegó su falta de título habili-tante. La pérdida
de su cargo docente en este contexto de censura y persecución política, y el
relativo aislamiento en el que había quedado (ya había dejado la presidencia de
la AIAPE), truncó la continuidad de su revista Dialéctica y
fue el prólogo de su exilio en México desde 1937, donde encontró trabajo y
culminó su recorrido intelectual avanzando en su definición sobre la cuestión
nacional e indígena.
4 Asociación mundial de
escritores creada en Londres en 1921 con el objetivo de promover la amistad y
cooperación entre “Poetas, Ensayistas y Novelistas”.
93
Aníbal Ponce.
Humanismo y revolución
Los siete números de Dialéctica
El objetivo de la revista estuvo
explicitado en la retiración de tapa a lo largo de sus siete números:
La revista DIALÉCTICA
aspira a poner al alcance de los estudio-sos, con un mínimum de gastos, el
vasto tesoro de los clásicos del proletariado y los nuevos estudios que
mediante el método del materialismo dialéctico están renovando la ciencia y la
cultura.
Universal por la
amplitud de su horizonte, DIALECTICA hará accesible una multitud de ensayos y
monografías no tra-ducidos jamás al castellano o que aún en el caso de haber
sido traducidos, continúan siendo una rareza de bibliófilos.
En el momento en que
asistimos al choque decisivo de dos culturas, es urgente esclarecer –mediante
el tratamiento directo de los clásicos del proletariado– los caminos que
conducirán a la liberación del hombre (Dialéctica, 1936a).
Así, Ponce se proponía generar un
acceso a textos no traducidos, inéditos, conjugando una amplitud de horizonte y
temas con una defi-nición explícita de la concepción filosófica e histórica
para analizar la realidad. Tal vez era consciente de la falta de formación
marxista del grupo en el que se insertaba y también de la necesidad de afirmar
su propia perspectiva y concepciones, integrándolas al análisis de los diversos
fenómenos de la cultura y las ciencias sociales (las “huma-nidades”). Así, se
trataba de una tarea didáctica, con un importante esfuerzo de traducción en el
amplio sentido de la palabra, tarea en la que desplegaba con gran erudición su
capacidad de adentrarse en todos los tópicos que circulaban en el ámbito
cultural por aquellos años. A la vez, resultaba fundamentalmente una manera de
sentar su propia posición en el debate cultural.
Historia, Filosofía y Educación fueron
los ejes centrales de la publicación. El tono general de los comentarios
marginales, el de las revistas y libros, buscaba ser más informativo que
polémico. Ponce ampliaba datos sobre las notas y sus autores, recomendaba
lectu-ras complementarias, reponía procesos históricos ausentes en los
artículos y siempre opinaba, interpretaba, sentenciaba, sopesando
94
pro y contra, procurando superar
enfoques unilaterales, teniendo en cuenta los aspectos contradictorios, desde
una interpretación de la dialéctica marxista que parecía estar incorporando. La
revista tuvo una fuerte inclinación hacia los textos europeos y rusos en sus
ini-cios pero, a partir del Nº 4, comenzó una nueva sección: “De la vida
argentina”, incluyendo libros nacionales (sección que no apareció en todos los
números) con lo que se iniciaba una incipiente apertura a los temas de la
realidad nacional.
La sección “Comentarios marginales”,
siempre a su cargo, era la que resumía el objetivo fundamental y la línea
esencial de la publica-ción. Es en esta sección en la que Ponce da muestras de
sus conoci-mientos y experiencias, su erudición en varias materias, su vocación
y avidez por el estudio, sus alcances en la comprensión del materialis-mo
dialéctico y también su apertura. Desde luego, sus posicionamien-tos en la
arena política. Con la firma de Luis Muriel y Ernesto Quijano, heterónimos de
Ponce, se comentaban libros y revistas, mientras que las traducciones del ruso,
inglés, francés e italiano fueron realizadas por Alicia Ortiz, Emilio Molina
Montes, Rafael Río, Laura Lafargue, Cora Ratto, Teodora Efrón y M. Alberti,
entre otros.
En el primer número, de marzo de
1936, Dialéctica publicó “Simón Bolívar” de Carlos Marx, junto
con “Dialéctica y lógica” por Jorge Plejanov, y otros artículos inéditos de
Lunatcharsky y Lukács.
Con respecto a la nota sobre Bolívar,
constituía la primera repro-ducción de este polémico texto en la Argentina, que
abrió un largo debate sobre la pertinencia del análisis de Marx sobre el
libertador latinoamericano que continúa hasta nuestros días. Ponce puntualiza,
frente a la versión apologética de Haya de la Torre y de Vasconcelos, que la
historia de Bolívar seguía envuelta en “una nube de espesas de leyendas”.
Señalaba la situación de “excepcionalidad de Marx” como extraño al ambiente
americano y destacaba lo jugoso del texto, aunque cuestionando la “aspereza y
sequedad” con la que Marx pre-sentaba la vida de Bolívar, así como la falta de
un análisis minucioso del Código Bolivariano que, según Ponce, serviría para
fundamentar mejor su valoración. Concluía que Marx no hubiera podido decir,
“por las circunstancias de la publicación” (una nota de enero de 1858 encargada
por The New American Cyclopedia, como las que usualmente escribía para obtener
algún recurso monetario), lo que se
95
Aníbal Ponce.
Humanismo y revolución
desprendía de su texto: que Bolívar
representaba a la nobleza criolla, que era terrateniente, hacendado,
propietario de minas y de esclavos, que “no sólo interpretó los intereses de su
clase, sino que los defendió contra la pequeña burguesía liberal y las todavía
inconscientes masas populares” buscando imponer una dictadura. Además, Ponce
agre-gaba en su comentario que Bolívar fue apoyado por Inglaterra, y “al igual
que todos los restantes revolucionarios del continente, es difícil comprender
cómo Bolívar puede servir honradamente al llamado ‘bolivarismo democrático y
antiimperialista’”; y cuestionaba el hecho de que se pasearan retratos suyos en
las recientes manifestaciones opositoras de Caracas. “Si Bolívar hubiera
vivido, con seguridad que no hubiera estado entre los estudiantes y los
obreros”; y señalaba que “los homenajes más elocuentes rendidos en su memoria
eran los de dos dictadores: Antonio Guzmán Blanco, que adquirió oficialmente el
Archivo de O’Leary, y Juan Vicente Gómez que ordenó, con análogo carácter, la
edición completa de las ‘Cartas’” (Dialéctica, 1936a: 1-14).
Los comentarios de Ponce a propósito
del texto de Marx sobre Bolívar se cruzaban con el debate que se estaba dando
en el comunis-mo argentino respecto al proceso de Mayo de 1810 y el papel
histórico regresivo de la aristocracia criolla en la lucha anticolonial. Es
preciso considerar dos aspectos en este énfasis en el origen de clase de
Bolívar. Por un lado, al igual que en Marx, una unilateralidad que los
condu-cía a subvalorar la centralidad que había tenido la lucha anticolonial en
la América española y el papel histórico de sus líderes. Por otro, conllevaba
una caracterización de la aristocracia terrateniente, de la que provenía
Bolívar, apuntando a un análisis de las clases sociales en aquel proceso. Con
ella Ponce también aludía a debates presentes en la nueva época histórica del
siglo XX con respecto a los terratenientes y el papel del latifundio en América
Latina, en su relación con el impe-rialismo y en función de determinar los
enemigos políticos a enfrentar con la política de frente popular5.
5 El texto de Marx
refleja, en sus errores, una desinformación (dadas las fuentes que utilizó de
un enemigo jurado de Bolívar) y también una subvaloración de la lucha
anticolonial hispanoamericana y del papel de las masas populares en ella. Sin
embargo, algunos autores han decretado a partir de este texto una supuesta
incomprensión del hecho nacional en Marx, congelando su pensamiento en un
instante y sin abordar todo su recorrido intelectual y político en el que
precisamente desarrolló la integración del materialismo histórico con
96
La filosofía marxista y el acento en la
dialéctica es un eje clave en la revista, como su nombre a todas luces ponía al
descubierto. Las notas sobre temas específicamente filosóficos constituían un
impor-tante aporte, siendo que, aun en los años treinta, estas cuestiones, y
más aún la dialéctica materialista, eran escasamente difundidas entre la
intelectualidad y poco estudiadas por los militantes comunis-tas, que tenían de
ella una apropiación limitada y una comprensión simplificada y esquemática.
Dentro del PC, en esos años, los temas históricos, y dentro de ellos los
referidos a la historia nacional, conci-taban la atención mientras que los
filosóficos generalmente quedaban confinados a lo antropológico y lo
ético-moral.
Ya en el primer número de Dialéctica apareció
“Dialéctica y lógica” de Plejanov y en la sección de libros se
recomendaba Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana,
de Federico Engels. Posteriormente, en el Nº 4, de junio de 1936,
Ponce publicará Ingla-terra y el materialismo, de Engels, ocasión
en la que aprovechó para resaltar que todos los textos de este
pensador eran temas de interés poco estudiados y que, hasta ese momento, su
obra aparecía mal com-pilada. Tiene importancia este comentario de Ponce, en
contradicción con una corriente dentro de la intelectualidad de izquierda
argentina –de la que formó parte Rodolfo Mondolfo, filósofo italiano
posterior-mente radicado en la Argentina– que devaluó el fundamental aporte de
Engels a la dialéctica materialista6.
Precisamente, en el Nº 2 aparecía la
traducción de “Gérmenes en Bruno, Bacon y Espinosa del concepto marxista de la
historia” de
la cuestión nacional
(recuérdese su posición sobre la cuestión de Irlanda con relación a la lucha de
clases en Inglaterra, o su juicio sobre el papel histórico de las rebeliones
antico-loniales en Asia). Algunas de esas críticas tienen por blanco precisamente
el esfuerzo por parte de Marx de desarrollar un análisis de clase de las
dirigencias patrióticas americanas y, en particular, su señalamiento respecto
del carácter reaccionario de la clase terrateniente criolla. Esos críticos
convalidan así el proceso de conformación de los estados oligárquicos. Ver al
respecto Aricó (2010) y la crítica de Vargas (1999: Tomo II).
6 A propósito de
Engels, en el Nº 3 de Dialéctica, Ponce también publicó su texto
“Contribución a la Historia del Cristianismo Primitivo” y destacó, en polémica
con difundidas interpretacio-nes de Max Beer, Barbusse y otros, la afirmación
engelsiana de que el fenómeno no implicó una revolución social luego
traicionada por la Iglesia. Al mismo tiempo, la propia publicación de ese
texto, que ubica las raíces sociales del cristianismo primitivo como respuesta
a la opre-sión de clase, también apuntaba desde el ángulo marxista contra la
crítica ilustrada de carác-ter liberal y burgués a la religión que en la
Argentina portaba el anticlericalismo positivista.
97
Aníbal Ponce.
Humanismo y revolución
Rodolfo Mondolfo. Para Ponce, el texto
de Mondolfo tenía la virtud de esclarecer la tercera tesis sobre Feuerbach de
Marx, aquella que afir-ma que “son los hombres, precisamente, los que hacen que
cambien las circunstancias y que el propio educador necesita ser educado” y que
“la coincidencia de la modificación de las circunstancias y de la actividad
humana sólo puede concebirse y entenderse racionalmente como práctica
revolucionaria”.
Es preciso notar que en ese texto
Mondolfo revisaba el térmi-no “práctica revolucionaria” al introducir el
concepto de “praxis”, al que entendía como la unidad indisoluble entre la
acción y la teoría (Mondolfo, 1936: 64). La postulación del concepto de “praxis”
como “la indisolubilidad del hacer y del conocer”, al que adhirió Ponce (y que
también predominó en muchos intelectuales marxistas como Troise), en nombre de
la dialéctica abandonaba en realidad el princi-pio central de la misma, la
unidad de contrarios en identidad y lucha (interpenetrados y excluyentes),
sustituyéndola por la concepción de la convergencia de los contrarios y
comprendiendo a la unidad como “síntesis”, siguiendo la concepción de la
dialéctica hegeliana.
En cuanto al proceso de conocimiento,
se desconocía el aspec-to de no identidad entre práctica y conocimiento, pues
estos dos aspectos no cristalizan en una unidad permanente, pues la práctica
desborda y se anticipa o la teoría prefigura aspectos aún no compro-bables en
la práctica inmediata. A la vez, aunque práctica y cono-cimiento se remiten
recíprocamente, en cada momento uno de los dos aspectos domina y, a la vez, lo
que fue dominante puede resultar subordinado. Es así que la práctica se
transforma en teoría y lo que fue teoría genera, y debe verificarse, en una
nueva práctica. Lo que es efectivamente indisoluble en el seno del proceso de
conocimien-to resulta, de todos modos, relativo y en permanente cambio. Esto
supone reconocer, con el materialismo, la independencia del objeto respecto del
sujeto que conoce7.
De todas formas, la utilización del
término “praxis” que abso-lutizaba la unidad –en realidad transitoria, relativa
y precaria– de
7 Al respecto, ver
Lenin (1975), Nassif (2011) y “Sobre la práctica (julio de 1937)” y “Sobre la
contradicción (agosto de 1937)” de Mao Tse Tung (1973).
98
práctica y teoría perduró en las filas
del comunismo argentino y de la intelectualidad de izquierda8.
Más allá de estas precisiones, se debe
destacar la importancia de estos textos en la difusión de la dialéctica en la
Argentina, la afir-mación de la misma como concepción del movimiento y del
cambio.
La vocación de Ponce de revisar y
cuestionar sus propias con-cepciones e introducir reflexiones amplias y
abiertas con respecto a la teoría le permitió también publicar, en el Nº 5, de
julio de 1936, el meduloso artículo “Materialismo Dialéctico y acción
recíproca” del francés Georges Friedmann, que ofrece otro enfoque, diferente al
expuesto por Mondolfo. Sobre este texto, Ponce advertía que sin ser un estudio
acabado ahondaba en los desarrollos filosóficos de Engels y Lenin, que
Friedmann reponía. Subrayaba el aporte de este sociólogo francés en la revisión
dialéctica de la historia de la filosofía, revalori-zando el factor de
interdependencia de los fenómenos y la concep-ción de desarrollo en espiral que
tomaba de Lenin. En este sentido, Friedmann procuraba –rescatando los
desarrollos engelsianos (en su famosa carta a Schmidt, y otras a Labriola,
etc.)– refutar a los críticos del marxismo que condenaban su presunto fatalismo
económico, des-tacando el papel de la acción humana operando sobre las
condiciones materiales (son los hombres los que hacen su propia historia). Efecti-vamente,
el texto publicado constituía una contribución importante de la época para la
difusión de las premisas básicas de la dialéctica materialista escasamente
conocidas en el Río de la Plata, en polémica con el materialismo mecanicista9.
8 Mondolfo sostenía que
“la exigencia de la indisolubilidad del hacer y del conocer, del vivir y del
interpretar, del transformar y del entender, significa, para cada uno de estos
binomios, unidad y dependencia recíproca (no unilateral y unívoca) de ambos términos
entre sí; tesis y antítesis que sólo en la unidad dialéctica de la síntesis
tienen su realidad concreta y viva” (Mondolfo, 1936: 62). Estas concepciones
pervivieron más allá de la década del sesenta, en lo que José Ratzer consideró
una influencia del nuevo positivismo lógico. En términos del pensamiento
revolucionario, al absolutizar la indisolubilidad y negar la contradicción en
el proceso de conocimiento y la existencia independiente del objeto, alentaba
ya al dogmatis-mo, ya al revisionismo del marxismo. Sobre el tema, ver Ratzer
(1984).
9 Friedmann explicaba:
“Dejemos de lado, por el momento, el carácter idealista de la dialécti-ca
hegeliana […] Queda la ley fundamental de ese desarrollo –y es eso lo que
interesa a nues-tro estudio– que implica relaciones complejas y necesarias
entre los diferentes elementos del movimiento. Las tres fases de la tríada
dialéctica no son etapas abstractas del razonamiento, conceptos desprovistos de
objetividad, simples consideraciones del espíritu. Son momentos
99
Aníbal Ponce.
Humanismo y revolución
Al mismo tiempo, Ponce observaba que, a
pesar de su preo-cupación por la dialéctica histórica, Friedmann no reponía de
todos modos el enfoque global de los fundadores del marxismo con respecto a la
reacción de la superestructura sobre la base económica. Aunque el texto
puntualizaba la acción recíproca y la interdependencia, Ponce enfatizaba en su
comentario la interconexión y complejidad del todo.
Al desarrollo
rectilíneo que otras teorías de la evolución adop-tan como premisa, el marxismo
opone con la interpretación que le es propia, el “desarrollo en espiral” de que
hablaba Lenin. Como fenómeno aislado, A no existe jamás.
Considerarlo “en su pureza” o en su “esencia” es renunciar por anticipado a la
esperanza de abarcarlo en toda su complejidad. No es posible conocer el
fenómeno A, sino después de estudiarlo en todas sus relaciones.
Semejante estudio no podrá ser nunca exhaustivo; pero para evitar los errores y
las deformaciones no hay más camino que el que Lenin aconsejaba en su polémica
con Buja-rin a propósito de los sindicatos: enfocar cada fenómeno en su
“omnilateralidad”. ¿Se podría encontrar una palabra más exacta para exhibir en
toda su desnudez el gratuito reproche de unila-teralidad que al marxismo se le
hace? (Ponce, 1936: 257-259).
Ponce refleja una preocupación por las
simplificaciones derivadas del materialismo mecánico, que conducían a un
reduccionismo del mar-xismo, concebido como un “determinismo económico” en
desmedro de los fenómenos superestructurales. En sus comentarios marginales
insistía frecuentemente en la diferenciación del materialismo dialéctico con
respecto al mecanicista; señalaba las consecuencias de asimilar el fenómeno de
antítesis y síntesis de la dialéctica con el de “causa y efecto” del
materialismo estrecho, que conducía a una visión “causal unilateral” de
desarrollo rectilíneo, ajeno al marxismo en el que “todo lo que existe lo ve
‘moverse, transformarse, vivir, influirse mutuamente’”. Por eso, le
perfectamente
concretos de la realidad, plenos de movimientos y de energía potencial. A la
tesis viene a oponerse antítesis. Pero esta, una vez realizada, actúa a su vez
sobre la tesis y la obliga a superarse en la síntesis. Así, al desarrollo
rectilíneo, concebido según las filosofías mecanicistas como
una sucesión de series causales a la manera de los anillos de una cadena, la
lógica hegeliana [lo] sustituye [por] un desarrollo circular o mejor, según la
imagen pro-puesta por Lenin, un desarrollo en espiral (Friedmann, 1936: 232).
100
recriminaba a Friedmann que sobre esta
fundamental cuestión omitie-ra el capítulo I del Anti-Dürhing de
Engels, donde Ponce encontraba el desarrollo más profundo del abordaje
dialéctico de este problema:
No sólo abundan en la
obra de los fundadores los pasajes ter-minantes que completan o corrigen el
pretendido descuido o la explicable premura –“no siempre tuvimos tiempo”, dice
Engels–, sino que en el primer capítulo del Anti-Dürhing ha
sido expuesta ampliamente la concepción del marxismo sobre la interdepen-dencia
(Zusammenhang) y la acción recíproca (Wechselwirkung). Es
inexplicable que Friedmann ni siquiera lo mencione entre tantas otras citas
oportunas. Por la sencillez y la precisión me parecen de un conocimiento
obligado (Ponce, 1936: 257).
También revelaría la misma preocupación
crítica con respecto a los enfoques de Plejanov, de quien publica el texto
“Agustin Thierry y la concepción materialista de la historia”. En sus
comentarios Ponce des-taca la claridad en su identificación de las clases
motrices y dirigentes de la Revolución Francesa en el seno del Tercer Estado y
del punto de vista de Thierry, que se reconocía plebeyo. Sin embargo, afirma
que en esta cuestión el marxista ruso era unilateral porque olvidaba la “acción
recíproca” y consideraba al hombre sólo efecto y no causa de su pro-pia
historia, remitiendo al lector a las notas ya publicadas en números anteriores
para comprender este fenómeno de la acción recíproca. Así, el blanco de la
crítica de Ponce a Plejanov era una concepción mecani-cista respecto de la
relación entre lo objetivo y lo subjetivo en la historia.
Como ya señalamos, la concepción
dialéctica revestía para Ponce un valor sustancial en relación con la cuestión
de la herencia cultural, ya que tanto Mondolfo como Friedmann referían a la
heren-cia filosófica de la burguesía en su etapa revolucionaria. En el
comen-tario marginal, Ponce pregunta:
La idea de progreso
que se afirmaba orgullosa por entonces [en los ideólogos de la naciente
burguesía: Bruno, Bacon y Espinosa] ¿no implica una actitud a la vez de
interpretación e innovación?
[…] En la manera de
oponerse al feudalismo, que la burguesía negaba para superarlo –que negaba al
modo dialéctico, sin anu-lar ni destruir–, ¿no se observa una
situación lejana similar a la
101
Aníbal Ponce.
Humanismo y revolución
que asume hoy el
proletariado victorioso frente a la burguesía moribunda? (Ponce, 1936: 92;
énfasis en el original).
Asimismo, al formular los objetivos de
la revista Dialéctica, Ponce afirmaba:
“El No –decía Hegel–
es la palanca del devenir”. Pero la negación que la dialéctica impone
no es destrucción ni aniquilamiento. De la cultura que agoniza,
ella tomará los elementos legítimos para incorporarlos y desenvolverlos en la
cultura más perfeccionada que le seguirá. Y así, negando y afirmando,
la marcha en espiral de la dialéctica nos conducirá victoriosamente hacia
adelante. Demasiado bien sabemos lo que implica en el momento actual la
responsabilidad de un pensamiento para quien no existen los distingos
de la teoría y de la práctica (Formulación que apare-ció en la
retiración de tapa en todos los números de Dialéctica; énfasis
propio).
Es sabido que la negación en la
dialéctica sí implica la destrucción del polo o aspecto caduco, al romperse la
unidad de aspectos contra-dictorios en la que ese aspecto dominaba: en el plano
cultural, lo que ha de ser destruido no son tanto los elementos que integran la
vieja cultura como fundamentalmente el modo en que se organizan y arti-culan
dentro de la misma, que se impone como dominante con el sello de la ideología
de la clase reaccionaria. Sin duda, el énfasis de Ponce en la negación “sin
anular ni destruir” expresaba tal vez un lastre de las concepciones
evolucionistas en las que se formó pero, al mismo tiempo, toda la reflexión
dialéctica sobre la cultura reflejaba, además de la lucha política de aquella
hora con blanco en el fascismo, una preocupación sobre qué rescatar (“los
elementos legítimos”) y qué negar de la herencia cultural, lo que se
correspondía con su propio periplo personal, del liberalismo al marxismo, y que
se plasmaba en dos planos distintos: el del proceso mundial “del humanismo burgués
al proletario” y también, como veremos, en un proceso de cambios en sus
concepciones sobre la historia y la cultura nacional.
Otro de sus comentarios se refiere al
texto de Anatolio Lunat-charsky sobre “Fantasía” de Rimsky-Korsakov, en forma
de reportaje imaginario al compositor. Ponce destacaba, en ese diálogo
supuesto,
102
las concepciones de su autor sobre la
herencia cultural y “las líneas generales del criterio que dirigió y dirige la
lucha intelectual frente a los clásicos”, preconizando la necesidad de juzgar
el pensamiento y la obra de los hombres más representativos “según las
relaciones de clases de cada época”. Ponce insistía en la cuestión planteada
en Humanismo burgués y humanismo proletario: con el triunfo de la
clase obrera y el predominio de la concepción
materialista-dialéctica, el desarrollo de una nueva cultura implicaba no una
ruptura, una inver-sión o eliminación/destrucción de las formas y contenidos
desarrolla-dos por la burguesía, sino una reelaboración necesaria de lo
heredado culturalmente en el pasado poniéndolo al servicio del proletariado (Dialéctica,
1936a: 37-40).
Es preciso señalar que Ponce, al
introducir estos tópicos propios del debate político y cultural del proceso
revolucionario europeo y ruso, intervenía directamente en el debate político y
estético que en los años treinta surcaba el campo cultural argentino. Como se
señala en Aníbal Ponce en su recorrido dialéctico (Mateu,
2014), el cuestio-namiento a los vanguardismos que preconizaban la “ruptura sin
res-cate” de la herencia cultural (reivindicando las críticas de Lenin a los
impulsores del Proletkult en la joven Unión Soviética) se inscribía por un lado
en las necesidades políticas de la táctica de frente popular y la lucha
antifascista. En esa dirección iban también sus críticas al irra-cionalismo en
ascenso en el seno de la cultura burguesa de la época. Sin embargo,
consideramos que no es ya la suya una posición de “herencia sin crítica” con
respecto a la cultura burguesa y la tradición liberal argentina de la que
provenía. Por el contrario, en el trasfondo de su recorrido intelectual y
político se desarrollaba un quiebre esen-cial: su adhesión al marxismo y su
nueva intervención en el campo cultural argentino revelaban el esfuerzo por una
reelaboración crítica, que resultaba precisamente en una ruptura progresiva con
las con-cepciones liberales y evolucionistas.
En torno a la cuestión de la herencia
cultural giraban muchas discusiones de la intelectualidad de izquierda. ¿Cuánto
asimilar, recha-zar, reformular de la cultura de las clases dominantes del
capitalismo e incluso de la etapa feudal para el desarrollo de una nueva
cultura? Ponce valoraba las apreciaciones de Lenin sobre Tolstoi reproducidas
en el Nº 2 de Dialéctica. Eran las conocidas notas “Tolstoi, espejo
de la
103
Aníbal Ponce.
Humanismo y revolución
Revolución Rusa” (1908), “L.N. Tolstoi”
(noviembre de 1910) y “León N. Tolstoi y el movimiento obrero contemporáneo”
(diciembre de 1910). Allí Lenin destacaba los límites y aportes del escritor
ruso y la importancia de su obra como crítica al capitalismo y lo relevante
para una nueva cultura:
El proletariado ruso
toma posesión de esta herencia, y la adop-ta. Él explicará a las masas de
trabajadores y explotados cuál era el sentido de la crítica tolstoiana al
Estado, a la Iglesia, a la propiedad privada, no para que las masas se reduzcan
a un “auto-perfeccionamiento interior, y a lamentaciones, sino para que se
rebelen y asesten un nuevo golpe a la monarquía zarista y a los terratenientes
apenas lastimados en 1905” (Dialéctica, 1936b: 89).
Ponce en sus comentarios repone la
historia de Tolstoi, las debilidades del partido bolchevique en la revolución
de 1905, así como la hipocre-sía de la Iglesia y de las clases dominantes rusas
que luego de muerto lo reivindicaron. A partir de este caso, nuevamente discute
el papel del intelectual en la lucha de clases, el de la cultura en los cambios
socia-les y políticos y su vinculación con las formas estéticas10.
Abunda en la misma cuestión, editando
los textos de Gorki y Lenin y otros, como “Zola y el realismo” de György
Lukács, “Eugenio O’Neill, el renegado” de A. Abramof, “Marx y la literatura
mundial” de F. Schiller.
En el comentario marginal sobre la nota
de Abramof, Ponce intervenía en la polémica sobre el origen de clase de los
intelectuales y sus trasmutaciones ideológicas. Abramof analizaba a O’Neill y
su obra literaria, de la bohemia rebelde y anarquizante impregnada de
ilusio-nes individualistas pequeñoburguesas al pesimismo psicologista y la
10 Dice Ponce de
Tolstoi: “Vocero del campesinado en la etapa preparatoria de la revolución,
Tolstoi sólo puede enseñar a los obreros su crítica implacable del Estado
explotador. El proletariado se apropiará de esa herencia y la incorporará a su
cultura; y aunque rechaza-rá como ajeno a la Revolución el tolstoianismo
sensible y gemebundo, no por eso dejará de comprenderlo como ‘reflejo’ de las
debilidades que llevaron al fracaso a la revolución burguesa campesina de 1905.
En la herencia que el proletariado ha recogido entre todas las grandes obras
del pasado, sobrevivirá la protesta de Tolstoi, pero no su desesperación” (Dialéctica,
1936b: 89).
104
renuncia a buscar valores sociales
positivos. Al comentar este ensayo, nuestro editor recupera los distintos
textos publicados en Dialéctica en los que también se
reflexionaba sobre la intelectualidad y sus con-flictos, el origen de clase y
el compromiso social frente a las coyun-turas críticas. Ponce también opinaba
sobre O’Neill y su producción, recomendaba lecturas y traducciones de obras
literarias de distintos autores norteamericanos. Ensaya una comparación entre
el dramatur-go norteamericano y su amigo John Reed, representantes ambos de la
pequeña burguesía, pero que expresaban “dos actitudes, dos caminos. Por un
lado, el que lleva a creer que es la vida un ‘extraño interludio’ en la obra de
Dios [O’Neill]. Por el otro, el que conduce a descubrir la bruma rosada del
amanecer, que sólo la Revolución puede devolver al hombre la ‘fertilidad
perdida’ [Reed]” (Dialéctica, 1936d: 188-191).
Sin duda, la revista era para su editor
un instrumento de revi-sión ideológica. Por ejemplo, el comentario en el primer
número al texto de Lukács sobre el realismo de Zola resulta ineludible leerlo
en una suerte de paralelismo implícito entre Zola e Ingenieros, con cuyas
concepciones positivistas Ponce había roto11. Con Lukács, al conside-rar la crítica de Zola al régimen social
capitalista, Ponce afirmaba que hasta el final de sus días el escritor francés
se decía socialista pero sólo cuestionaba los “lados malos” del capitalismo y
sostenía un organicis-mo social caracterizado por la armonía entre las partes.
Para Ponce, la obra de Zola sobrevivió porque desmentía su doctrina y
demostraba que detrás de las armonías propias de la sociología burguesa se
pre-sentaban las contradicciones reales.
El ensayo de Gorki “A propósito de la
cultura” le sirve a Ponce para exponer algunos tópicos abordados en el Congreso
de Escritores de París del año anterior con respecto a la intelectualidad
contempo-ránea y sus disyuntivas históricas. Los análisis de Gorki sobre
Tolstoi, Chejov y Andreiev le ayudan a explicar el devenir del propio Gorki.
Ponce afirma que en Tolstoi el pensamiento era un mal, en Chejov era el
desconcierto y en Andreiev una mala pasada que el demonio jugó al hombre.
Oponiendo la “verdad” y el “realismo” de Gorki a la “libertad”
11 En 1937, en un
reportaje que le hacen en la ciudad de México, ubica a Ingenieros como un
precursor, maestro de su juventud, pero “cuya ideología no podemos mantener”
(ver Terán, 1986: 174).
105
Aníbal Ponce.
Humanismo y revolución
del artista perseguida por Andreiev,
cita al primero: “sucede muy rara vez que la realidad sea más hermosa que el
relato”. Ponce considera de conjunto las idas y vueltas de Gorki, con sus
zigzags, y encuentra que su impulso vital fue apostar al éxito del
proletariado. “Suerte envidia-ble la suya”, decía Ponce, Gorki “pudo afirmar
que ‘tuvo la suerte de vivir en la edad más extraordinaria de la humanidad’,
para quien la Historia tenía reservado el espectáculo inenarrable de una
realidad social mucho más hermosa que los sueños” (Ponce, 1936: 259).
El texto “Marx y la literatura mundial”
de F. Schiller publicado en Dialéctica Nº 6 resumía los
conocimientos de Marx y Engels en la materia y el vínculo entre condiciones
económicas y representaciones subjetivas que estos autores descubren y
desmenuzan en las obras. Ponce, en su comentario, se posiciona a favor de un
arte realista dife-rente del arte burgués (que reproduce el orden establecido y
exalta el talento individual), preconizando la búsqueda de un arte requerido
por la sociedad socialista. Glosa unas cartas a Mehring, no traducidas hasta
ese momento, en las que tanto Marx como Engels lo invitaban a que se
“shakespearizara”. Según Ponce “el consejo llevaba consigo toda la doctrina
actual del realismo socialista”. Nuevamente, se trataba de enfocar dialécticamente
la relación entre política y arte, evitando el mecanicismo y jerarquizando la
especificidad del arte. Agregaba: “Para los artistas de la izquierda de hoy que
no conciben el arte sino como un enorme afiche, ¡qué impresión más extraña han
de causarle estos fundadores del marxismo que señalan como un defecto
gravísi-mo la tendencia política demasiado visible!” (Dialéctica, 1936f:
319).
La lucha entre fascismo y democracia,
tal como se presentaba en el momento, obligaba a los intelectuales a tomar
posición y ponía en cuestión el conservadurismo burgués, el individualismo y el
afán de evasión de alguno de ellos. Esta toma de partido implicaba para Ponce
la recuperación de la herencia cultural de la humanidad ree-laborada desde el
punto de vista del proletariado. Sin embargo, no siempre se encuentra en sus
escritos una jerarquización de las bases materiales que sostienen y reproducen
la cultura como monopolio de las clases dominantes, su relación con la lucha
por el poder, y con él por los medios de producción, comunicación y
distribución de la cultura, cuestiones que por el contrario aparecen esbozadas
en su discurso “Condiciones para una universidad libre”. Es que la lucha
106
planteada en la cultura nunca podría
ser reducida a los contenidos y las formas sin atender a las condiciones
objetivas que la producen: para una recuperación crítica y una reelaboración de
la herencia cul-tural era y es necesario destruir las estructuras materiales
sobre las que se sustenta aquella herencia, a partir de la transformación de
las condiciones de existencia de las grandes masas y de un trastocamien-to de
las relaciones sociales vigentes.
Donde podemos encontrar un tratamiento
explícito por parte de Ponce de la cuestión del poder, superando las
limitaciones de su primera obra marxista Educación y lucha de clases,
es en las páginas de Dialéctica dedicadas a la educación y a
los análisis históricos. En el comentario marginal referido a “La instrucción
pública bajo la Comuna” de Maurice Dommanget (maestro rural, sindicalista
docen-te francés), Ponce entrelaza varios conceptos clave del materialismo
histórico. Allí, explicando el hito histórico para el socialismo que significó
la Comuna de París, destaca, con Marx y Lenin, la necesidad de la toma del
poder y la destrucción del aparato estatal burgués para lograr el cambio
educativo, alertando también sobre los límites de la Comuna por la falta de
preparación del proletariado (carente de orga-nización política y de claridad
en los objetivos). El texto de Ponce se iniciaba con el saludo de Marx a pocos
días de instalada la Comuna, volcaba conceptos similares de Lenin, en
particular respecto al impul-so que la Comuna dio a la instrucción gratuita.
Siguiendo a Domman-get, nuestro editor afirmaba:
El primer poder
obrero que la historia conoce protegió la cultura, defendió los museos, alentó
a los artistas y a los sabios, abrió las escuelas para todos, afirmó la
necesidad de la enseñanza integral
[…] Si es verdad que
alguien sentenció cierta vez que una “revolu-ción no necesita sabios”, no ha
sido el poder obrero quien lo dijo
[…] Entre tantas
emociones que le debo al País actual del “Frente Popular”, un mitin clamoroso
en la sala de la Mutualité, en que se codeaban los obreros y los sabios […] un
enorme cartel –de pared a pared– gritaba con la voz de los obreros: “la ciencia
y el arte están con nosotros” (Dialéctica, 1936b: 9).
Seguramente discutía con aquellas
visiones economicistas y prag-máticas del comunismo argentino que minimizaban
el valor de la
107
Aníbal Ponce.
Humanismo y revolución
cultura para la lucha revolucionaria,
reduciéndola a un “pasatiempo” o “entretenimiento” para las masas o a una
simple fuente de “recur-sos” para el partido. Por el contrario, el énfasis de
Ponce en este plano impulsaba otro desarrollo de la línea cultural del
comunismo argenti-no que se desplegaría en el período siguiente12.
Entre las reseñas de libros y revistas
vinculados al tema educati-vo hay que destacar la mención y comentario de la
revista mensual de Madrid La nueva pedagogía, haciéndose eco de las
novedades que la lucha del pueblo español promovía. También destaca la nota del
sovié-tico B. Gruzdev sobre “El proletariado y la educación”. En su
comenta-rio, Ponce insiste en develar el papel del Estado en la educación,
papel que en Educación y lucha de clases aún no había sido
profundamente abordado desde la perspectiva marxista. Sostiene Ponce que
Gruzdev –a quien considera conocedor profundo del pensamiento pedagógico de
Marx y Engels y el más actualizado con respecto a sus contempo-ráneos– combate
la “ilusión muy difundida en los ambientes pedagó-gicos de la pequeña burguesía
que mediante determinados tipos de ‘escuelas nuevas’, o de ‘repúblicas
escolares’, se podrá algún día, reno-var la sociedad […] Ingenua porque
demasiado bien sabemos hoy que ninguna transformación profunda en las escuelas
ha precedido sino seguido a las revoluciones […] Aparato al servicio de las
clases domi-nantes –a igual título que el ejército, la policía o la justicia–
la escuela se ha propuesto siempre conformar la mentalidad de las clases
explo-tadas para que acepten en buen grado su situación nada envidiable” y
agrega que durante el siglo XIX la burguesía se proclamó campeona de la
educación popular y esto en sus manos condujo a un desastre (Dia-léctica,
1936c: 123-125). El tratamiento por Ponce de estos aspectos decisivos
del problema educativo no ha sido suficientemente valorado por la bibliografía
sobre su obra. Esto resulta importante para evaluar el grado de ruptura de
nuestro autor con la tradición “sarmientinista”, que fue la suya, en torno al
papel de la educación.
12 En tal sentido, un
exponente destacado de esta vertiente sería Atahualpa Yupanqui, quien en 1946
consideraba, desde las páginas del periódico partidario, a la cultura como
fruto gestado en la producción popular y un reservorio a través del cual
–mediante la práctica, la crítica y el conocimiento creativo– las masas sacan a
la luz sus sufrimientos y esperanzas, toman tam-bién conocimiento de las causas
de su opresión y se acercan al marxismo como instrumento para eliminarlas
(Federici, 2011).
108
En lo referente a los temas históricos,
en los comentarios de Ponce hay un esfuerzo por integrar el análisis de las
condiciones económicas, el grado de desarrollo de las fuerzas productivas y de
las relaciones sociales de producción, con los procesos sociales y políti-cos y
la lucha de clases.
La muestra más destacada en esta
búsqueda suya de integra-ción del materialismo histórico con la realidad es el
ensayo titulado “Examen de la España actual”, publicado en septiembre de 1936,
a escasísimos dos meses de iniciada la guerra civil en ese país y en pleno
despliegue de la defensa de Madrid, de tanta resonancia internacio-nal. El
texto tuvo como base las conferencias pronunciadas en el Cole-gio Libre entre
el 16 y 18 de agosto y constituyó el artículo principal del último número
de Dialéctica, coronando así su tarea intelectual en aquel año
decisivo en la Argentina y el mundo.
Allí avanza en delinear los rasgos
esenciales de la formación económica y social española. En dicho análisis,
retoma una aprecia-ción que hiciera Sarmiento en 1846: “España marcha a
destiempo”. Este era el disparador para fundamentar desde el materialismo
his-tórico la encrucijada de la revolución española abierta con la guerra
civil. Remontándose hasta el siglo XIII, señala que el feudalismo se perpetuó
por el trabajo campesino y el oro del botín colonial america-no, con una
burguesía incapaz de generar riqueza, débil y decapitada, cuyos brotes
iniciales fueron cercenados para siempre en Villalar en 1521. “Primera de todas
las burguesías revolucionarias”, esa burguesía precoz tenía entre sus filas un
importante núcleo que sostenía incluso una rebeldía religiosa contra el poder
de Roma13. La España negra
monárquica y feudal derramó los “frutos del árbol de oro” america-no y el
pillaje colonial sólo le sirvió para importar manufacturas y endeudarse,
arrastrando una crisis entre dos vecinas “afiebradas, la Inglaterra y la
Francia: la Inglaterra que había iniciado ya la formida-ble Revolución
Industrial del siglo XVIII; la Francia, que maduraba la más perfecta de las
revoluciones de la burguesía”. Destaca Aníbal Ponce que “la burguesía española,
deshecha en el siglo XVI, algo más
13 En Villalar se libró
la batalla final entre los comuneros de las ciudades castellanas alzadas contra
el absolutismo de Carlos V en 1521.
109
Aníbal Ponce.
Humanismo y revolución
entonada durante el curso del siglo
XIX, pretendió en seis ocasiones arrebatar el poder al feudalismo: 1808, 1812,
1820, 1854, 1868 y 1873”. En las seis oportunidades fue derrotada.
La breve reseña histórica que ofrece al
lector permite trazar un bosquejo de la formación económico-social española,
explicando el predominio reaccionario y feudal a partir del análisis de la
estruc-tura latifundista que perdura hasta casi la Primera Guerra Mundial,
mostrando la castración de la burguesía española, el peso de la Igle-sia como
la gran propietaria feudal y la existencia de una burocracia monárquica y
militar parasitaria: “Latifundistas, clero, ejército y buro-cracia formaban en
conjunto el edificio enorme que se mantenía casi por entero del trabajo
campesino” (Dialéctica, 1936g: 21).
Por otro lado, rastrea la génesis y
características particulares de la clase obrera española, y su crecimiento al
calor del desarrollo de la industria local, estimulada luego por la Primera
Guerra. Señalaba, sin embargo, que “con una agricultura en las condiciones
feudales que conocemos, la industria se sentía trabada. La rivalidad económica
del Norte contra el Sur –carbón, hierro y algodón, contra el aceite, el vino y
el trigo– adquirió por momentos una violencia que presagiaba la insurrección”.
Analizando en cada etapa las relaciones sociales domi-nantes y la lucha de
clases, va caracterizando a las particularidades de la clase obrera española,
de la pequeña burguesía y de la burguesía. Con la repercusión española de la
crisis mundial, durante la República instaurada en 1931, finalmente, la
pequeñoburguesía, el campesinado y una parte de las masas obreras comprendieron
que “no por decirse República era tal”. Con un detallado análisis histórico de
las clases y de sus expresiones políticas e ideológicas, explica las causas de
la crisis que se abrió con la Insurrección de Asturias en 1934 y su derro-ta,
como así también el decisivo papel de la clase obrera y del Frente Popular
contra la derecha, los monárquicos y el golpismo fascista de Franco y Sanjurjo,
en un relato que articula íntimamente el pasado y el presente español, la base
económica y la superestructura, las con-diciones objetivas y la acción
subjetiva de clases y grupos sociales. Extrae una conclusión general:
La república de
“over-all”, que está ahora con el arma al brazo, es el hecho más decisivo de la
historia de España […] Desde la
110
actual república en
traje de mecánico, España acaudilla a los trabajadores del mundo […] El
proletariado en armas que ha salvado al gobierno del Frente Popular […] tiene
ya a su lado a todas las fuerzas vacilantes de la pequeña burguesía que hasta
ayer lo miraban con recelo. Y si esa alianza se ha forma-do sobre todos los
frentes es porque resulta indudable que en este momento de la evolución del
mundo no hay más que dos líneas de enemigos: de un lado, un puñado de
explotadores que el capitalismo internacional apoya; del otro, la totalidad de
los explotados que la vanguardia proletaria arrastra. No es la defensa de un
orden lo que ha hecho levantar a España su puño cerrado: es la convicción
ardiente de que ha llegado la hora de cumplir las promesas tantas veces
traicionadas. Y puesto que la burguesía se mostró incapaz, ahí está la clase
obrera para cumplirlas con sus propias manos. Con esta dife-rencia que señala
la altura del tiempo en que vivimos: cuan-do la clase obrera de hoy se dispone
a realizar la revolución democrática, esta no puede ser sino el prólogo de la
revolu-ción socialista (Dialéctica, 1936g: 46).
A pocos meses de la guerra, este
profundo y notable análisis, lejos de toda interpretación demo-liberal de la
lucha antifascista, integraba la teoría leninista de la hegemonía proletaria
con la realidad española y le permitía sopesar las dificultades que amenazaban
al campo popular alertando contra las perspectivas abiertas por “el golpe
restaurador” y el terror blanco que impondría el fascismo en España. Respecto
del campo popular, constataba que el bloque antifascista apenas había atenuado
sus diferencias políticas. Y se preguntaba:
En el supuesto de que
la insurrección quede deshecha, ¿las milicias obreras que han salvado a la
república, serán capaces del suicidio que implicaría deponer las armas? Si las
retienen, y se convierten de hecho en el brazo armado de la nueva repú-blica, ¿podrán
resistir la ofensiva fascista internacional que apoya a los insurrectos y que
provocará después la inevitable intervención? ¿Disponen las masas obreras, en
este mismo instante, de la organización adecuada y de los “cuadros”
suficientes? Las dos primeras preguntas son imposibles de
111
Aníbal Ponce.
Humanismo y revolución
contestar, pero
dependen, en gran parte, de la última (Dialéc-tica, 1936g: 48).
Así, apostando al desarrollo del factor
subjetivo, inspirándose en Lenin, sostenía que las “deficiencias del movimiento
obrero español” irían desapareciendo en el curso mismo de la lucha.
Ponce no viviría para conocer la
derrota republicana de abril de 1939 ni su eslabonamiento con la Segunda Guerra
Mundial. Pero su apuesta a la victoria contra el fascismo de la mano de la
clase obrera, a partir del análisis histórico, expresaba una tendencia
uni-versal en desarrollo.
El posicionamiento particular de Ponce
respecto del rol de los intelectuales en la coyuntura política, de una forma u
otra se iba desarrollando a lo largo de los números de Dialéctica.
Pero es en el Nº 6 donde explícitamente formula el papel que los intelectuales
debían jugar en esas horas decisivas. Bajo el título “El primer año de la
AIAPE”, como balance de esa entidad, destacaba que “por primera vez
trabajadores intelectuales” [80 artistas y escritores] “acostumbrados al
individualismo díscolo” se reunían ante el llamado imperativo de la historia,
porque “no actuar empezaba a ser una de las formas de la complicidad”. Y
agregaba: “Un año ha transcurrido desde entonces. La oportunidad de este mensaje
–desmesurado en opinión de algunos; injustificado para otros– resalta hoy, tal
vez más que ayer, con eviden-cia plena”. Ponce reivindicaba: “Desde el frente
cultural que nosotros defendemos, nos cabe el honor de haber señalado la
amenaza cuando eran muchos todavía los que nos acusaban de alarmismo, o de
dócil imitación de extranjerías” (Dialéctica, 1936f).
Evidentemente, le resultaba
imprescindible enumerar los logros de ese año en el que estuvo en la dirección
de la asociación. De un cen-tenar de asociados se había llegado a dos mil; se
ampliaron las regiones de influencia y fue creciendo el número de filiales que
adoptaron las bases de la asociación en Rosario, Tandil, Paraná, Corrientes,
Tucu-mán, Tala y Crespo; y en tres países: Chile, Uruguay y Paraguay. Con ello
daba cuenta de la extensión y profundidad de la influencia alcan-zada a sólo un
año de su gestión. Además destacaba las menciones elogiosas que recibió la
AIAPE en ese período por parte del Comité de Vigilance des Intellectuels
Antifascistes (1934-1938) en París. Subrayaba
112
especialmente la coherencia en sostener
los principios del “Manifiesto” inaugural de defensa de la cultura nacional
frente a la ofensiva fascista, promoviendo actos públicos, pronunciamientos y
declaraciones14.
Entre las actividades realizadas
mencionaba: el acto en home-naje a Barbusse, la declaración contra la condena a
Raúl González Tuñón, la lucha contra la expulsión de quince alumnos de la
Escuela de Bellas Artes, pronunciamientos ante los agravios a escritores
argen-tinos por parte de la derecha en la Cámara de Diputados. Se trataba de
los pronunciamientos por el derecho a asilo del exilado boliviano Tris-tán
Marof (uno de los fundadores del Partido Obrero Revolucionario-POR), contra el
irregular encarcelamiento del escritor Héctor Agosti, contra el secuestro del
libro Tumulto de José Portogalo, el repudio a las acusaciones
contra este último autor y la censura contra el pintor Demetrio Urruchúa, todos
ellos militantes comunistas. A la vez, se habían organizado charlas en las
filiales del interior y enviado orado-res y guías de lecturas requeridas por
los interesados.
Ponce también opinaba sobre los
aciertos, errores, críticas y límites de los tres números dela revista Unidad,
órgano de AIAPE. La publicación, hermosamente presentada, había producido un
primer número monótono pero que se transformó “en riqueza de variedad de voces
y temas en las siguientes ediciones”. Sin embargo, no había logrado superar “la
estrechez económica” ni pudo ser un factor de aglutinamiento de los socios
dispersos. De todas formas, Ponce anun-ciaba, el problema económico quedaría
resuelto a partir de su nego-ciación con una editorial que concretaría las
próximas ediciones sin costos para la asociación.
En una reflexión de balance más
profunda, respecto del campo de los intelectuales a aglutinar, ratificaba que
“el educador necesita ser educado”: advertía sobre la dificultad de modificar
lo ya aprendido y también los grados en que se ignora la realidad en que se
vive.
Años y años de
educación inspirada en un criterio más o menos “humanista” han interpuesto
entre nosotros y la vida una cortina
14 El Comité de
Vigilance des Intellectuels Antifascistes (CVIA), fundado en marzo de 1934 en
París, reunía a los intelectuales franceses decididos a oponerse al ascenso del
fascismo. Algunos consideran que este nucleamiento fue un precursor del Frente
Popular.
113
Aníbal Ponce.
Humanismo y revolución
tan tupida que los
científicos y los artistas desconocen por igual las realidades sociales en que
viven. A punto tal que la tarea más concreta o el problema más trivial
resultaba muchas veces una audaz exploración en lo desconocido (Dialéctica,
1936f).
Toda una orientación de largo plazo,
articulando acción política y debate ideológico en el campo cultural, podía
inferirse de sus palabras.
Estas formulaciones de balance,
publicadas por Ponce en Dialéc-tica, aparecen como una defensa de
un posicionamiento político-cultu-ral que se abría paso frente a
cuestionamientos y críticas en el seno de la intelectualidad de izquierda a los
que ya hemos hecho referencia. A la vez, se debe destacar el decisivo influjo que
su figura tuvo en la joven generación que se nucleó y salió a la lucha política
en esos años.
El contenido político-ideológico
de Dialéctica y la actuación de su director en relación con
los hechos y debates de la década nos permiten comprender la relación de este
intelectual con la realidad política de su época, en relación con la
contradicción reiteradamente planteada entre “autonomía” y “compromiso” frente
a la incorpora-ción orgánica a la actividad política, así como abordar la
incidencia de sus acciones y toma de posición en el escenario político nacional
e internacional y sus correlatos en la producción y el campo cultural.
El recorrido que Ponce realiza del
positivismo al marxismo, del liberalismo sarmientino a posiciones
revolucionarias, afirmando la hegemonía proletaria en la revolución necesaria,
expresó una inte-racción de Ponce con el Partido Comunista que germinó a mediados
de los años treinta en coincidencia con un salto en el desarrollo del comunismo
argentino en la actividad sindical y política, afianzando una corriente
clasista en los sindicatos por ramas y una ampliación de su influencia en otros
sectores populares, en un contexto interna-cional de gran polarización contra
el fascismo y, a la vez, de auge de luchas obreras. Este recorrido culmina para
Ponce en una compren-sión más profunda del hecho nacional latinoamericano, que
le iba permitiendo saldar cuentas con el sarmientinismo en la valoración de las
masas populares argentinas, indígenas y criollas. Un proceso truncado por su
muerte.
Ese influjo del comunismo que
observamos en Ponce es el que también condicionó favorablemente durante todo un
período nuevos
114
desarrollos de la política cultural del
partido, que se abrió al conoci-miento y asimilación de las culturas populares
haciendo posible un salto fundamental en los contenidos antiimperialistas,
democráticos y proletarios de nuevos productos de la cultura argentina en todos
los campos creativos.
En los años posteriores, las posiciones
políticas del PCA evo-lucionarían, contrariamente al recorrido al que llegara
Ponce, desde posturas que el propio partido criticó como oportunismo de
dere-cha o seguidismo de la burguesía y de los terratenientes liberales, hasta
la alianza en la Unión Democrática, que tuvo como blanco principal al
nacionalismo burgués del peronismo, contradiciendo la concepción leninista del
imperialismo y aceptando las concepciones “browderistas”15. Lo que en Ponce fue un punto de llegada
se convirtió en una orientación secundarizada en el PCA durante los años
cuarenta.
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Dialéctica 1936e, Año I, Nº 5, julio.
Dialéctica 1936f, Año I, Nº 6, agosto.
15 Earl Browder,
secretario general del Partido Comunista Estadounidense, alimentó entre los
partidos comunistas latinoamericanos una concepción conciliadora, que suponía
que la alianza antifascista soviético-estadounidense podría mantenerse
concluida la Segunda Guerra Mundial, e impulsaba la vía de la coexistencia
pacífica.
115
Aníbal Ponce.
Humanismo y revolución
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116
AulaVereda. Una praxis ponceana en la
educación de la infancia
Paula Shabel*
Niñez y pensamiento socialista
El desarrollo del sistema capitalista
ha colocado la lógica de la vida material y simbólica en una lucha antitética
entre el capital y el traba-jo, en la que ambos disputan sus modelos de
sociedad y de ser huma-no. En concomitancia con el debate político y económico
que suscita esta oposición, “la pregunta por la infancia interroga acerca de
las formas de reproducción humana de una sociedad” (Carli, 2011: 9) y, por lo
tanto, preguntarse por las imágenes de niñez producidas en un determinado
contexto es indagar sobre los cimientos de los diversos proyectos de sociedad y
sus imágenes de futuro.
Con el surgimiento del capitalismo, el
ascenso de la burguesía como bloque histórico dominante y la consolidación de
los estados nacionales, se gestó una taxonomía jerarquizada sobre los objetos,
los procesos y los individuos, donde el sujeto trascendental kantiano,
mas-culino, adulto y europeo, resultaba ser el eslabón más evolucionado de la
cadena humana. Allí se ubicó a la niñez como el par dicotómico de la madurez,
un estadio inferior repleto de características negativas y falencias. La niñez
nació así con la modernidad (Ariès, 1987)1 y, como tantas otras categorías (Grüner, 2010), fue construida
desde la
* Licenciada, profesora
y doctoranda en Ciencias Antropológicas (UBA-CONICET). Educado-ra de
AulaVereda.
1 Diversos autores han
cuestionado esta tesis de Ariès con argumentos más o menos sólidos, pero
entendemos que su trabajo sigue siendo un marcador de cambios significativos en
torno a la categoría de infancia.
117
Aníbal Ponce.
Humanismo y revolución
desigualdad y no desde la diferencia.
En este marco, los niños y las niñas han sido históricamente considerados
irracionales e incapaces y asociados a imágenes como la de niño-salvaje,
niño-naturaleza y niño-tábula rasa, todas basadas en la negación de los
niños y las niñas como sujetos activos y reflexivos sobre sus propias vidas.
Sin embargo, esta mirada hegemónica de
niñez no ha sido la única que circuló en los espacios políticos y pedagógicos
produciendo definiciones y determinando políticas públicas (discursos y
recursos), dada la naturaleza inacabada de la centralización del poder y la
lucha constante que se produce en el seno de los estados modernos (Gram-sci,
2009). Si bien ha habido diversas corrientes de pensamiento que tomaron esta
problemática para desarrollar concepciones alternativas de infancia (Carli,
2012; Cosse, 2006), a continuación nos centraremos en lo que ha aportado el
pensamiento socialista a este debate.
Frente a la reificación y
deshumanización, el socialismo se pro-pone como alternativa real en tanto
dignidad e igualdad de todos los hombres y mujeres, y desde allí urde otra
forma de sociedad e, inevi-tablemente, otra concepción de infancia. Aunque asumimos
que no es posible poner en práctica un nuevo modelo de infancia (o de
educa-ción, o de salud) sin un cambio social radical, estamos seguros de que no
existirá tal cambio si no nos ocupamos de desarrollar una concep-ción de
infancia que represente los ideales más revolucionarios.
Así lo entendieron teóricos y
militantes marxistas de todas las épocas que, más o menos explícitamente,
hablaron de niños/as y hasta hablaron con niños/as sobre la
emancipación social. El ejemplo más claro es, quizás, el de José Martí
(1853-1895) que, ya en el siglo XIX, consideraba fundamental el rol de las/os
más pequeñas/os en la construcción de una sociedad libre y justa y con ese
espíritu fundó la revista La edad de oro. Esta publicación mensual
afirmaba que “para los niños trabajamos” y tenía como objetivo “conversar” con
ellos/as y decirles “todo lo que quieran saber […] y de modo que lo entiendan
bien”, siempre utilizando “nada más que la verdad” (2002: 5-7). En este
sentido, el autor reconocía a los/as infantes (explícitamente a ambos géneros)
como interlocutores válidos, a quienes invitaba a escribir a la revista con sus
dudas, al tiempo que asumía las particularidades de esa etapa de la vida para
la que había que adaptar las explicaciones. La combinación entre ternura y
respeto que encontramos en las palabras
118
de Martí desafía cualquier concepción
de infancia de la época y recti-fica la noción socialista de ser humano, donde
caben todas las diver-sidades en términos de igualdad.
El socialismo ruso en sus primeros años
de revolución también se dio a la tarea de preguntarse por el lugar que niños y
niñas tenían en la nueva sociedad. Podemos citar a Nadezhda Krúpskaya
(1869-1939) y Moisey Pistrak (1888-1937)2 como dirigentes políticos y pedagogos que colocaron a la infancia
en un diálogo respetuoso con la adultez, rompiendo la unidireccionalidad del
conocimiento en términos gene-racionales. Esto resultaba fundamental para el
desarrollo del proyecto soviético: “nuestra revolución intentó evitar el
adoctrinamiento y, por eso, ella estuvo siempre viva” (Krúpskaya en Freitas,
2009: 20). Entendiendo que su triunfo dependía de la construcción de un poder
de abajo para arriba en el camino hacia una sociedad sin Estado, le otorgaron a
los niños/as la agencia de ser sujetos de su propia histo-ria, construir
socialismo a su modo, desde la libertad que les daba la escuela para elegir
cómo cambiar al mundo, según las condiciones materiales de cada contexto: “los
niños […] no se preparan apenas para vivir, sino que ya viven una verdadera
vida” (Pistrak, 2000: 42).
Sin embargo, vale aclarar que la
relación entre revolución social y niñez no es automática y que no todos los
proyectos emancipatorios han considerado (ni lo hacen hoy en día) a niños y
niñas como parte de ese cambio y, por el contrario, muchos han reproducido
discursos y prácticas autoritarias e irrespetuosas en términos
intergeneracio-nales. Ponce, en cambio, es uno de los pensadores y militantes
más lúcidos de su tiempo, que pudo esbozar el problema de la infancia a partir
de la pregunta por su educación.
La propuesta de Ponce para la educación
de la infancia
Aníbal Ponce (1898-1938) es parte de
esta tradición socialista y, en particular, del “marxismo romántico
específicamente latinoameri-cano” del que habla Löwy en el Prólogo del libro de
Kohan De Inge-nieros al Che (2008: 28). Ponce critica la
sociedad burguesa por ser
2 Pistrak
fue perseguido, encarcelado y finalmente fusilado por el estalinismo.
119
Aníbal Ponce.
Humanismo y revolución
destructora del propio ser humano y
propone, en cambio, un huma-nismo proletario que rescate lo mejor de hombres y
mujeres para pro-ducir lo que luego el Che, influenciado por estas lecturas3, enunciaría como el Hombre Nuevo.
Sujetos vueltos sobre las relaciones sociales, humanizados, con el
amor del que hablaba Martí y la ternura enuncia-da por el propio Guevara.
Como intelectual orgánico de la clase,
Ponce se preocupó por la gestación de una nueva cultura que no se escindiera de
la práctica política, que no se separara de las necesidades e intereses de los
suje-tos que la producen día a día:
La historia
contemporánea nos enseña que en manos de la burguesía el humanismo está en
trance de morir. Y morirá, sin duda, si el proletariado no le arrebata a
tiempo, junto con la hegemonía económica, la dirección de una cultura que en el
momento actual sólo ha sabido envilecer (Ponce, 2009: 31).
En su texto Humanismo burgués y
humanismo proletario (2009) el autor propone una praxis cultural que
se ocupa de aspectos psicológi-cos, pedagógicos y sociológicos, en una
dialéctica entre lo individual y lo colectivo como cimiento de una verdadera
refundación social.
En esta apuesta por “la realización del
hombre total” que elabora Ponce (ver el texto de Massholder en este mismo
libro), la infancia no fue dejada a un lado. El autor dedicó obras enteras al
análisis y enten-dimiento de esta etapa de la vida, como Ambición y
angustia de los adolescentes (1984) y Diario íntimo de una
adolescente4 (1981). Si bien son
textos psicológicos en los que no ahondaremos en esta publicación, los
mencionamos para ubicar la relevancia que Ponce le adjudicaba al problema de la
niñez y su educación, dos temas íntimamente relacio-nados en su pensamiento.
Tanto es así, que en 1930 el Instituto Cultural Joaquín V. González publicó una
serie de clases dictadas por él bajo el
3 Julio Woscoboinik
(2007) relata en su libro que Ponce fue una de las lecturas de Ernesto Che Guevara
en su viaje por Latinoamérica y que fue tal su influencia que mandó a publicar
sus escritos ya en la Cuba de 1961.
4 Ponce ubica la niñez
hasta los siete años para separarla de la pubertad y adolescencia hasta los 18
años y analizar los procesos psicológicos de cada etapa. Aquí nos limitamos a
pensar la infancia como la primera etapa de la vida hasta los 18 años, sin desconocer
las diferencias que se suceden a lo largo del período.
120
título Problemas de psicología
infantil, donde se lee al comienzo: “Com-puestas ayer para algunos
maestros, editadas hoy por otros, mis clases no podían alcanzar una fortuna
mayor; y si este libro mereciera la res-ponsabilidad de una dedicatoria,
llevaría escrito en la más clara de sus páginas el alto nombre de los maestros
argentinos” (Ponce, 1974: 396).
Es en la pregunta por la revolución que
surge necesariamente la cuestión de la infancia y la pedagogía, la formación
del Hombre Nuevo en todos sus aspectos y todas las etapas de la vida: “La
edu-cación es el procedimiento mediante el cual las clases dominantes preparan
en la mentalidad y conducta de los niños las condiciones fundamentales de su
propia existencia” (Ponce, 2014: 269). En Educa-ción y lucha de clases,
Ponce analiza la propuesta pedagógica burgue-sa (entre otras) y nos permite
reconstruir su proyecto de infancia. Por un lado hay una apuesta por “formar
individuos aptos para la com-petencia en el mercado” (2014: 236), hombres
útiles que produzcan y reproduzcan para el sistema. Por eso Comenius, ícono
pedagógico de varias cortes europeas desde el siglo XVII, pretendía en su
Didác-tica Magna escribir las “bases para una enseñanza rápida y sin fatiga”
(2014: 219). Sin eufemismos, el proyecto era por una educación bara-ta y
funcional. Frente a este enunciado, Ponce sostiene que “formar soñadores es, entonces,
una exigencia de la revolución” (2014: 43), asumiendo que la educación no es
una forma de instrucción, sino la posibilidad de crítica y creación. Este
movimiento sitúa a la infancia en un lugar de capacidad diferente al de la
sociedad capitalista: ya no es lo nuevo que hay que disciplinar, salvaje,
intempestivo, sino lo necesario para hacer avanzar la historia.
Por otro lado, Ponce ubica la
distinción en la educación de la bur-guesía y la del proletariado. Con la
formación de las instituciones edu-cativas públicas en el siglo XIX, los/as
hijos/as de los/as trabajadores/ as fueron destinados a recibir una educación
práctica, también desde la repetición, pero manual. Las niñas y los niños
refuerzan desde entonces su condición de clase en instituciones educativas que
los preparan para dirigir o para trabajar sin saber por qué ni para quién5. Pensar y hacer
5 Ponce explica que el
desarrollo de las escuelas politécnicas, necesarias “para satisfacer al
patrón”, llegó acompañado de una severa vigilancia sobre esta generación
“porque la hace demasiado independiente” (2014: 248).
121
Aníbal Ponce.
Humanismo y revolución
no serían compatibles en una sociedad
de clases donde, de hecho, el sujeto vive escindido de sí mismo y desconoce sus
relaciones sociales más constitutivas. En Humanismo burgués… Ponce
ya se preguntaba “¿cómo es posible que continúe todavía la secular separación
entre teoría y práctica, la inteligencia y la voluntad, la cultura y el
trabajo?” (2009: 89).
La educación burguesa es, en esta misma
línea, individualista desde sus orígenes renacentistas. La misma se desarrolló
sustrayendo a los niños de la realidad social, cualquiera que esta sea,
escindiendo a los niños entre sí y de las comunidades en las que están
insertos, incluso de sus familias. En el caso de niños y niñas obreras hay una
clara intención de “hacerles olvidar o avergonzar de sus orígenes modestos”
(2014: 255), pero es en todas las clases que se apuesta a una construcción de
niñez aislada, culpable de su propio fracaso escolar. Frente a los aterradores
números de deserción que cita Ponce des-cribiendo la realidad argentina de la
época, su conclusión es que “la burguesía no ha sido capaz de procurar a las
masas durante ese lapso de tiempo ni siquiera la enseñanza mínima que estaba en
su interés asegurarles” (2014: 253).
Ponce analiza las propuestas de reforma
surgidas a partir de este evidente desengaño pedagógico, sobre todo aquellas
que tomaron los idearios de Rousseau y Pestalozzi para su sustento. Concluye
que bajo el lema de desarrollar “una consideración mayor por el educando”
(2014: 206), lo que se propone es un sujeto individualizado, despro-visto de
redes de contención, pero también de condicionamientos sociales, único
responsable de su presente y de su destino. Se enaltece la autonomía de la
infancia escondiendo tras de sí las desigualdades que atraviesan las distintas
niñeces, que se ven a su vez profundizadas por estos discursos liberales y
románticos.
En estas corrientes pedagógicas
reformistas, la infancia es con-siderada entonces incapaz de comprender los
problemas que la atra-viesan, demasiado tierna y frágil como para enfrentarla a
los males del mundo: “El pedagogo pequeñoburgués cree que pone a salvo el alma
de los niños porque en las horas que pasan por la escuela se esfuerza por
ocultarle ese mundo” (2014: 281). Los chicos y las chicas pasan sus días siendo
privados de información y silenciados en sus opiniones sobre aquellos temas
de grandes que los profesionales de la infancia
122
(contra los que también arremete Ponce)
muy arbitrariamente han designado. Estos expertos nos han enseñado que los
niños y las niñas no serían capaces de aprender u opinar sobre asuntos
políticos y sexuales, pero están más que listos para enrolarse en cualquier
credo antes de que alguien les pueda explicar el amplio abanico de opciones que
hay en dicho terreno.
Ponce, en cambio, y tal como afirma
Wanschelbaum en el estu-dio introductorio que realiza a Educación y
lucha de clases, “recurrió a la aplicación del materialismo histórico para
el análisis de los pro-cesos educativos históricos, fijando al niño a su
pertenencia de clase y como representante universal del socialismo” (2014: 71).
Esta valo-rización de la infancia como sujeto histórico, capaz de comprender,
analizar y actuar sobre su propia realidad, desafiaba las propuestas más
progresistas de la época e, incluso, muchas de la actualidad. Si bien Ponce ha
recibido críticas por esta postura (Carli, 2012), nos resulta fundamental
recuperar su análisis clasista de la niñez, que no le permite confundir
humanismo con el romanticismo ingenuo desde el que tantas veces se ha abordado
a este sujeto.
Si bien el autor realiza un crítica
directa a la violencia como metodología pedagógica, advierte al mismo tiempo
que “no bastaba entonces el mucho amor a los niños para comprenderlos en sus
nece-sidades, tan distintas a las nuestras” (Ponce, 2014: 258) y remarcamos la
particularización que hace de esta etapa de la vida, sin escindirla de su
condición de clase. Aquí la niñez es también protagonista, es activa y
respetada en sus especificidades: “Ese niño que de acuerdo a sus intereses y a
sus fuerzas asume una función activa en la sociedad se coloca por lo mismo, y a
pesar de las diferencias de edad, en igualdad de condiciones que el adulto”
(2014: 277).
Frente a lo que muchos pedagogos
denominaban “el siglo de los niños”, en referencia a la relevancia adquirida
por la temática en aquel momento, Ponce se manifiesta con ironía escribiendo
que “el Esta-do burgués no sólo dejó caer algunas lágrimas sobre la desgraciada
causa de la infancia, sino que echó sobre ‘el abandono culpable de los padres’
la responsabilidad de lo ocurrido” (2014: 249). Párrafo siguien-te el autor
describe las paupérrimas condiciones en las que vive y estudia la infancia
proletaria, condiciones impuestas por el desigual Estado burgués. El autor
entiende que no puede separarse la escuela
123
Aníbal Ponce.
Humanismo y revolución
de un tiempo, como no pueden separarse
los sujetos de sus bases económicas y productivas, porque necesariamente estas
condicionan las formas en las que se enseña y aprende. Por el contrario, las
expe-riencias pedagógicas deben tomar en consideración estos contextos y
colaborar con la construcción de conocimiento al respecto, en tanto es esta la
única forma de empezar a pensar en transformarlo.
Sin embargo, el autor no cree que la
escuela pueda generar por sí misma el camino hacia una sociedad de iguales:
“construir al nuevo hombre a partir de la escuela de la burguesía [es una]
aspira-ción absurda […] los ideales pedagógicos son expresión de la lucha de
clases” (2014: 62)6. Esta crítica a las
posturas románticas y reformistas sobre la educación no anula la posibilidad de
una praxis alternativa en este campo o en cualquier otro. De hecho, Ponce
dedicó gran parte de su vida a dar clases creyendo que la crítica organizada
era una prácti-ca revolucionaria, que el humanismo proletario es tarea del
presente, que los niños no son las futuras generaciones sino las actuales y sus
maestros/as son actores fundamentales de la transformación social. Tal como
afirmaba Lenin en El Estado y la revolución, “nosotros que-remos la
revolución socialista con hombres como los de hoy” (2006: 60), el Hombre y la
Mujer Nueva surgen de lo que somos en el presente y no de un ideal imaginado.
De los escritos de este autor,
entendemos una reivindicación por las prácticas emancipadoras que, de hecho,
existen en muchas aulas de la escuela burguesa y en experiencias comunitarias.
Asumi-mos también la defensa por la educación laica, gratuita y obligatoria
como una conquista realizada por las luchas populares en el camino a la
sociedad de iguales. Enaltecemos el trabajo que desde allí realizan cientos de
docentes de todos los niveles y áreas, las formas de infancia que también se
forjan desde sus aulas y sus sindicatos. Presentaremos a continuación una
experiencia de trabajo con niños y niñas que, si bien no se desarrolla dentro
de una escuela formal, entendemos que recupera algunos de los principios
pedagógicos que propone Ponce.
6 Frente a este
planteo, también se le han hecho fuertes críticas como reduccionista o
econo-micista (Puiggrós, 1998).
124
AulaVereda, una praxis ponceana
En el prefacio a la edición cubana que
escribe Néstor Kohan en su libro De Ingenieros al Che, se
manifiesta por la necesidad de usar las categorías marxistas “creadoramente”
(2008: 15). Fue con este espíri-tu, en el que resuena el “Ni calco ni copia” de
Mariátegui, que surgió AulaVereda (AV) como un espacio de educación para la
infancia. Un espacio no formal o más allá de la escuela que comenzó a funcionar
en el año 2008 en el Centro Cultural La Casa de Teresa7 (“El Tere”) en el porteño barrio
de Almagro. El espacio, con una historia de militancia desde los sesenta, había
sido abandonado hacía más de una década por la crisis política y económica del
país y estaba siendo recuperado por el Partido Comunista y organizaciones
cercanas. Hoy el proyecto se desarrolla también en Villa 31, Barracas, Devoto y
varios munici-pios de la Provincia de Buenos Aires, impulsado en todos los
casos por el partido y por muchos compañeros y compañeras que lo asu-men sin la
filiación partidaria, pero convencidos/as de la necesidad de generar una línea
de trabajo con y para los hijos e hijas de los y las trabajadoras.
Por su parte, AV Almagro abre sus
puertas desde entonces todos los sábados de febrero a diciembre para chicos y
chicas de entre 3 y 18 años, en su mayoría vecinos/as de “El Tere” y
atravesados/as por una problemática habitacional, denominador común de la
Ciudad de Buenos Aires. En este contexto, AulaVereda propone un espacio de
acompañamiento escolar, pero también de propuestas lúdicas y otras de reflexión
política, emprendimientos productivos, encuentro con otras organizaciones, etc.
Niños y niñas tienen la oportunidad de hacer la tarea mientras discuten la
participación en una marcha o los objetivos a desarrollar en un proyecto
solidario, que ellos mismos propusieron. Para los y las más pequeñas se
elaboran propuestas con escenarios lúdicos en paralelo para que ellos puedan
elegir y decir qué sí y qué no. Se los invita a tomar decisiones, aquellas que
están a su
7 Teresa Alicia Israel
fue militante comunista, detenida-desaparecida en la última dictadura
cívico-militar debido a su compromiso con el cambio social y su trabajo como
abogada defensora de diversos compañerxs del campo popular durante los años del
terror, desde su participación en la Liga Argentina por los Derechos del
Hombre. Teresa vivió y estudió en el barrio de Almagro, al igual que toda su
familia.
125
Aníbal Ponce.
Humanismo y revolución
alcance y pueden ser significativas
para ese momento de su vida. Los treinta chicos y chicas que suelen asistir
todos los sábados se dividen en cuatro grupos de trabajo: Inicial (3
a 5), Alfabetización (primero y segundo grado), Medios (tercero,
cuarto, quinto, sexto) y Grandes (secundaria), cada uno
acompañado de tres o cuatro educadores/as, que son llamados/as siempre profes.
Esta realidad es, sin embargo, un punto
de llegada y no de par-tida para el proyecto, porque AV empezó siendo un
espacio destinado sólo a niños/as de primaria que necesitaban apoyo
escolar, según el relato de las familias que se acercaron al centro
cultural preocupadas por el fracaso escolar de sus hijos/as.
Desde entonces AV se fue trans-formando en el proyecto educativo que es hoy,
con un abordaje de la infancia que recupera las tradiciones descriptas en los
anteriores apartados y propone una forma de trabajo concreta. Esto no quiere
decir, sin embargo, que los y las educadoras de AV han leído todos los textos
citados más arriba antes de forjar un programa y luego llevarlo al plano real.
Por el contrario, la producción de AulaVereda es una práctica que ha ido
incorporando debates teóricos en la medida de sus necesidades y siempre
teniendo en cuenta las características de cada territorio donde se trabaja y de
cada equipo de educadores/as y chicos/as. En este sentido, es difícil hablar de
experiencias concretas basadas en este o aquel teórico, porque se corre el
riesgo de hacer aplicacionismos simplistas y mecánicos que limitan los
análisis. De modo que a continuación examinaremos algunos planos de AV para que
los/as lectores/as saquen sus propias conclusiones.
AV surgió, como ya mencionamos, de
escuchar la necesidad subjetiva planteada por las familias del barrio de que
los/as chicos/as pasen de año, que accedan a los espacios oficiales de
conocimiento legítimo, que es lo que problematiza Ponce en los últimos apartados
de Educación y lucha de clases: “Ninguna sabiduría monopolizada por
un grupo en detrimento de los demás” (2014: 275). Los que fracasan, en este
sentido, no son los/as estudiantes, ni los/as docentes, ni son los programas,
sino que es el propio sistema, tal como lo denunciaba el pedagogo en los años
treinta. Sin embargo, no entendemos que por este motivo haya que abandonar la
lucha en el campo pedagógico, sino que, por el contrario, durante todos estos
años seguimos pen-sando y modificando nuestra manera de posicionarnos ante lo
que
126
hoy entendemos como un derecho
vulnerado de los/as chicos/as: el derecho a una educación digna. Por eso
AulaVereda acompaña las escolaridades de los/as niños/as, pero también las
luchas docentes, en las marchas y en el espacio de reflexión que llevan adelante,
reivin-dicando “que el maestro es un obrero como los otros, y como los otros,
explotado y humillado” (2014: 284).
Semana a semana, AulaVereda comienza en
Almagro con una asamblea al principio de la jornada donde se encuentran los
diez educadores y treinta niños. Allí se toman decisiones sobre el espacio,
sobre la merienda o los juegos que se llevarán a la plaza para jugar, se
discuten, se votan, se respetan las resoluciones colectivas, se aprende a
escuchar, a esperar y se va forjando la idea de que todos/as juntos/as hacemos
mejor las cosas que por separado. El orden del día asamblea-rio es más que
desordenado para cualquier espectador/a, pero no así para los y las
participantes que logran ponerse de acuerdo en medio de todo ese griterío.
Cualquier observador atento diría que se aseme-jan a las asambleas de adultos
en este punto:
[Todos sentados en
ronda, profes y chicos de jardín y primaria, menos profe Helena y profe Fabiola
que están paradas para llevar adelante la asamblea con una cartulina pegada
atrás y marcadores en la mano. Algunos chicos piden silencio y otros están charlando,
los adultos igual. Baja el ruido y Helena explica que hay dos carteles pegados
en la sala, uno que dice “SI” y otro que dice “NO” y que ella va a hacer
algunas preguntas y para responderlas hay que ir a alguno de esos carteles]
Helena: Bueno, la
primera pregunta es: ¿Quieren ir a merendar hoy a Patio Salguero? [Fabiola
anota en la cartulina bien grande “PATIO SALGUERO”]
Chicos:
¡Siiiiiiiiiiii!!!!! [Se mueven casi todos hacia esa cartulina, griterío total,
es difícil saber quién dice qué cosa, solo un niño va al “NO”]
Helena: Segunda pregunta: ¿Quieren merendar jugo en el Patio?
[Los chicos esta vez
dudan un poco más, tardan un poco más, algunos van a “SI” y otros a “NO”]
127
Aníbal Ponce.
Humanismo y revolución
Helena: Va la
tercera: ¿Quieren merendar té?
[Los chicos más
chicos no entienden bien y votan que sí o que no a las dos opciones; los que ya
tienen 6 o 7 años pueden distinguir y hacer una elección. Las preguntas siguen
sobre los juegos que se van a llevar y Fabiola va anotando todo en mayús-cula en
el afiche que al final se lee con las resoluciones. En esa puesta en común
surgen algunas discusiones que traen siempre los que quedaron en minoría, pero
se resuelven sin demasiada complejidad con intervenciones de niños y profes]
(Registro de AulaVereda Almagro, mayo 2016).
Entendemos participación como la toma
de decisiones que hacen a la propia vida y eso intenta hacer AV disputando,
junto con Ponce, las nociones de autonomía, que no significa dejar solos a
los/as chicos/as como en las corrientes rousseaunianas, no es responsabili-zarlos/as
por su fracaso escolar ni dejar que armen solos la propuesta de merienda, sino
es ir acompañándolos en su propia construcción como sujetos capaces y
conscientes: “Ese niño que de acuerdo a sus intereses y a sus fuerzas asume una
función activa en la sociedad” (Ponce, 2014: 277). La propuesta es por
habilitar espacios de diálogo reciprocitario en la construcción paulatina de
una autonomía indivi-dual y colectiva a partir de dinámicas accesibles que no
reproduzca el adultocentrismo, que no pretenda que niños y niñas discutan y
argumenten durante horas, sino respetando las particularidades de esa etapa de
la vida.
Como educadoras/es asumimos que el
diálogo con los/as chi-cos/as es fundamental, pero no sucede mágicamente, sino
que la palabra se genera, se enseña y en ese sentido la propuesta de Ponce, así
como la de AV, se alejan de las corrientes desescolarizantes enten-diendo que
no hay nada más antidemocrático que no educar, que apelar a cierto espíritu
innato de la infancia, porque no existe tal cosa si no es ubicada en una
relación de clase, de género, étnica. La invisi-bilización de estas condiciones
es la norma de las propuestas pedagó-gicas burguesas en tiempos de Ponce y hoy
en día. Por eso AV propone una problematización de esas circunstancias
diferenciales, una obje-tivación de la desigualdad a través de un proyecto de
reflexión polí-tica para los/as más grandes, que a partir de una iniciativa
propia de
128
“juntar ropa para los que necesitan”
van construyendo sus propios saberes sobre el tema en el diálogo con los
adultos:
[Sentados a la mesa
de la biblioteca de “El Tere”, seis chicos/as del grupo de Grandes y tres
profes. La actividad consistía en dividirse en parejas para leer las propuestas
de distintos proyec-tos solidarios que habían traído las profes y luego
comentarlos sobre la base de unas preguntas-guía]
Profe: ¿Qué tienen en
común los proyectos?
Nikito (15 años): Que
ayudan a otras personas.
Mica (16 años): Que
son muchas personas las que lo hacen.
Mechi (15 años): Que
son todos proyectos de solidaridad.
Naye (14 años): Son
cosas que te hacen buen ciudadano.
Profe 2: Pero cruzar
la calle también te hace buen ciudadano, o cruzar el semáforo en verde. ¿Cuál
es la diferencia de eso con estos proyectos?
[Silencio, no parece
clara la diferencia para los chicos]
Niki (14 años): La
verdad no sé, no sabemos. Ustedes también pueden hablar si saben la respuesta
[a las otras profes presentes en la actividad]
Profe 3 [se ríe]:
Tenés razón Niki, lo que pasa con estos proyec-tos es que en todos le falta
algo a la gente y si falta es porque hay necesidades que no están cubiertas.
Naye: Claro, si ella
vive en una mansión yo no voy a juntar arroz para llevarle porque no le hace
falta, más bien ella va a juntar arroz para los demás.
Niki: Claro, en ese
caso ella le tendría que dar a Naye (Registro de AulaVereda Almagro, septiembre
2016).
Además, la asamblea en la que
participan los niños y las niñas de todas las edades maneja el dinero
disponible de AV, que a su vez viene del Centro Cultural. Los números de
entradas y salidas están anotados en
129
Aníbal Ponce.
Humanismo y revolución
el libro del coordinador adulto, pero
se socializan durante el encuentro y se escriben en grande para todos en una
cartulina, se restan los gastos de merienda y materiales y se define en qué se
gastará lo que queda:
Lila (profe): Tenemos
1.000 pesos en la caja y hoy gastamos 100 en la merienda.
Tomi (7 años):
Entonces nos quedan 9 meriendas.
Lila [con sorpresa]:
Claro, Tomi, 9 sábados de merienda y después hay que pedirle otra vez al centro
cultural o ver qué hacemos.
[La profe Fabi va
anotando todo en la cartulina: “$1000 – 100 = 900 = 9 MERIENDAS”]
Helena: En realidad
surgió la propuesta del grupo de los gran-des [secundaria] de hacer una bandera
de AV con el logo que estuvimos trabajando y para eso necesitamos plata para
las pinturas y queremos saber si la asamblea nos habilita a gastar eso, que ya
averiguamos y son 200 pesos.
Teodoro (10 años): A
mí me parece bien
Juan (12 años): Yo
puedo poner algo [y saca unas monedas que pone en la caja de AV]
Romina (9 años): Yo
después la quiero colgar afuera a la bande-ra, así la ven todos.
Julían (7 años): A mí
la bandera me parece una caca (Registro de AulaVereda Almagro, abril 2016).
En esta valoración de las/os chicas/os
como sujetos capaces de com-prender su realidad, entendemos que ellas/os
manejan dinero todos los días de su vida porque son los/as que hacen las
compras, los/as que cocinan, los/as que realizan el trabajo doméstico. En
contra de toda ingenuidad Ponce afirmaba con ironía: “Y no se venga después con
que es posible luchar contra esas fuerzas [de explotación] quitan-do a los
chicos los juguetes guerreros, corrigiendo este o aquel libro de historia,
enviando cartitas amistosas a los niños de Japón” (2014: 283), porque la
realidad es más compleja que eso y para transformarla
130
primero hay que asumirla y entenderla.
No se trata pues de cambios de currícula o de juguetes, sino de analizar
críticamente la realidad en la que cada uno/a vive para pensar luego cómo
transformarla. Los/as educadores/as de AV no eligen que los chicos y las chicas
tengan que trabajar y que, incluso, muchas veces tengan que dejar de venir a
las actividades para realizar determinadas labores domésticas, pero sí se
valora el conocimiento que muchos de ellos/as ya tienen sobre el tra-bajo y el
dinero. De hecho, iniciaron un emprendimiento productivo de alimentos para
vender en los eventos culturales y así contribuir con las finanzas del espacio,
que fue una propuesta generada por los propios niños y niñas que querían
realizar distintas actividades a las que no podían acceder por falta de
recursos.
En AulaVereda también se trabaja con
los chicos y las chicas la noción de militancia de los educadores, que no
cobran por el trabajo que hacen ahí, pero que tampoco van a “ayudar a los
chicos” por cari-dad, sino a construir en conjunto un proyecto mejor para sus
vidas, para el barrio, “para cambiar el mundo”, como dijo Alexis (6 años) en
una asamblea:
Profe: ¿Ustedes saben
por qué venimos acá los profes todos los sábados?
Teodoro (10 años):
Porque quieren estar con nosotros que somos lo más.
Alejandro (7 años):
Porque nos quieren ayudar en la escuela.
Tomi (7 años): La
verdad es que no tengo ni la más remota idea.
Profe 2: Nosotros
venimos acá porque creemos que el mundo en el que vivimos es injusto, que
algunos tienen más oportunidades que otros de conseguir una profe particular o
de ir a un club a jugar los sábados con otros chicos. Todo sale plata y el que
no lo puede pagar se jode, y nosotros no estamos de acuerdo con eso.
Teodoro: Claro,
nosotros somos pobres y no podemos pagar (Registro de AulaVereda Almagro, abril
2016).
AV ubica a niños y niñas en su
pertenencia de clase, tal como propo-nía Ponce, para poder analizar dicha
situación, criticarla y pensar una
131
Aníbal Ponce.
Humanismo y revolución
transformación que incluya lo
educativo, pero que también lo exceda. Con este mismo espíritu es que
trabajamos en un taller especial sobre el barrio con el grupo que tenía de 9 a
15 años entre 2013 y 2014. Este colectivo se componía de once chicos y dos chicas
que vivían cerca del centro cultural, asistían a escuelas públicas en sus
cercanías y estaban atravesados por serias problemáticas de vivienda, trabajo y
salud. Todos/as llevaban más de dos años asistiendo a “El Tere” y algunos hasta
seis, con ciertos cortes de tanto en tanto. Muchos de ellos/as se conocían
además de la escuela, de jugar en la plaza del barrio o en la calle y
algunos/as compartían casa en un hospedaje colectivo de la zona.
En ese marco, se organizaron distintas
actividades que consis-tieron en salidas por el barrio donde realizaron
entrevistas a vecinos, fotografías de lugares más y menos queridos y, de este
modo, constru-yeron relatos sobre lo que pasaba a su alrededor. Más tarde,
visitaron lugares que no conocían y se encontraron con otras organizaciones
territoriales que trabajan, como AV, con otros/as chicos/as:
El mes de agosto
vamos a salir con los chicos por el barrio a explorar los lugares que ellos
conocen, los que no, los que les interesa visitar con la propuesta de
“descubrir/construir el barrio”. Vamos a visitar la plaza del barrio, los
lugares que más habitan ellos, las baldosas [en memoria de los
detenidos-desaparecidos de la última dictadura] del barrio, los lugares
emblemáticos. La propuesta es empezar a construir su mirada del barrio y poder
enmarcar el análisis y esa mirada construida sobre el barrio en una propuesta
de acción (Registro de AulaVe-reda Almagro, agosto 2013).
De estos recorridos acompañados por
trabajos fotográficos, de filma-ción, mapeo y mucha reflexión colectiva surgió
el concepto de discu-sión política por parte de los/as chicos/as:
Pamela (profe): ¿Qué
aprendieron acá?
Jean (13 años): Cosas
como cómo vivir en la vida.
Profe: ¿O sea?
Nico (14 años):
Política.
132
[…]
Miranda (profe): ¿A
qué te referís con política, Nico?
Nico: mmm, no sé…
hablamos de política.
Miranda: ¿Cuándo?
Juan (11 años):
Cuando hablamos de que los desalojaron [refie-re a la clausura del centro
cultural]
Jean: Antes
hablábamos siempre.
Nico: De Lanata [en
referencia al periodista Jorge Lanata]
Jean: De que tomamos
las escuelas (Registro de AulaVereda Almagro, octubre 2014).
Esto mismo aparece en varios registros.
En la encuesta general de fin de año para los chicos/as, Jean escribió que allí
hablaban “de cual-quier cosa, fútbol, política” y es interesante porque en los
registros de las actividades no encontramos la palabra política dicha
por ningún adulto. Sin embargo, podemos afirmar que los saberes que los/as
chicos/as han construido en “El Tere” son producto de las subjeti-vidades
individuales que hacen al propio grupo y, al mismo tiempo, a su trayectoria
dentro de AV en tanto experiencia formativa de una organización política y
práctica social que sirve de contexto para lo que allí se desarrolla y por lo
tanto significa esas experiencias de una forma determinada. Hay una
intencionalidad clara de enseñar pro-fundizando la reproducción de las
desigualdades. Y en este sentido AV comparte con Ponce la crítica a los
pedagogos más espontaneístas como Pestalozzi y Rousseau argumentando que “la
libertad del niño dentro de la sociedad burguesa equivale ni más ni menos a
decir: renuncio a oponer la más mínima resistencia a las influencias
formi-dables y difusas con que la burguesía lo impregna en su provecho” (Ponce,
2014: 282).
Las palabras citadas anteriormente
dejan ver tanto la intención de los/as profes en su rol de educadores/as sin
perder la agencia de los/as niños/as en tanto grupo educando, dado que este es
el que elige algunas situaciones para valorizar y retener y otras muchas para
igno-rar, ya sea no prestando atención o repitiendo sin pensar lo que dicen
133
Aníbal Ponce.
Humanismo y revolución
los/as profes. Son múltiples las
situaciones en las que los/as educado-res/as les propusieron una determinada
actividad en el barrio a los/as chicos/as y recibieron a cambio frases como:
“no queremos trabajar sobre eso”, “no profe, nos da fiaca”, “uuuuh, qué
aburrido”, etc. y allí no alcanza la intención de los/as adultos para que
los/as niños/as aprendan. Esto es fundamental en cualquier pedagogía
revolucio-naria que no abogue por una instrucción unidireccional, sino que
asuma la complejidad de educar a sujetos humanizados, que pueden cuestionar y
estar en desacuerdo con las propuestas y los contenidos que se trabajan.
Por otro lado, las temáticas que se han
tratado en diversas acti-vidades incluyeron las clausuras que hizo el Gobierno
de la Ciudad de Buenos Aires a muchos espacios culturales de la zona
(incluyendo a “El Tere”), las tomas en las escuelas, las baldosas por la
memoria y todo esto ha ido conformando una idea de lo político a
pesar de que los/as profes nunca lo hayan expresado de ese modo.
[Sentados a la mesa
de los grandes con dos profes]
Profe: Bueno, muchos
de ustedes cuando les preguntamos qué habían aprendido en la escuelita dijeron
que “política” y la ver-dad es que nos sorprendió bastante. ¿Nos pueden
explicar a qué se refieren con eso, por favor?
Todos/as [gritando y
desordenadamente]: “Política es cuando hablamos de leyes, casas tomadas,
jornadas [de la escuela], ins-titucional, policía, gobierno, derechos,
democracia”; Hicimos cosas de política porque entra el gobierno y entra la
sociedad, nosotros”; “las cagadas del gobierno”; “Teresa [Israel]” (Registro de
AulaVereda Almagro, noviembre 2014).
A pesar de no haber dicho
explícitamente esta palabra, queda claro que para los/as chicos/as las
actividades propuestas en el taller del barrio trataban sobre la
política, un asunto que nos involucra colec-tivamente porque “hablan de lo
que pasa afuera” (entrevista a Nico, octubre 2014), de “la realidad” y “los
problemas de la sociedad, no los de cada uno en su casa o en la escuela”
(entrevista a Eze, septiembre 2014). Hay una clara asociación hecha entre
política y gobierno que se repitió en varias ocasiones, pero lo interesante es
que el Centro
134
Cultural y su participación en AV
quedan situados en ese espacio “de la sociedad”, y los problemas que este ha
tenido con el gobierno por las clausuras son comprendidos como problemas
políticos.
Para seguir pensando y haciendo
En AulaVereda se hace la tarea y se
estudia para las pruebas porque es una necesidad de los chicos y las chicas el
irse con las cuestiones esco-lares resueltas, pero también se plantean
proyectos propios donde se trabajan contenidos escolares desde otra perspectiva
para acompañar esa institución, hoy tan vapuleada. El objetivo no es negar la
cultura burguesa ni los saberes hegemónicos, sino aprehenderlos y utilizarlos a
favor de la transformación. Basta con leer unas pocas páginas de Humanismo
burgués y humanismo proletario para ver cómo el mismo Ponce
hace un análisis de la cultura opresora para ubicar lo necesario de conocer
todo ese acervo acumulado y leerlo en clave proletaria.
Pero incluso si la escuela funcionara
perfectamente y los/as niños/as no necesitaran de apoyo en las materias,
entendemos que AV es un proyecto necesario porque allí se trabajan otras formas
de víncu-lo y de lectura de la realidad, de compromiso con el otro, de placer
por el conocimiento, de autonomía y de responsabilidad para con la
trans-formación, entendiendo a los chicos y las chicas como sujetos políticos
capaces de reflexionar y transformar la realidad de la que son parte.
En su libro ya citado, Néstor Kohan
asume de vital importancia la cultura revolucionaria, la producción de
subjetividades socialistas forjadas en el seno del humanismo proletario que
pregona Ponce, porque es allí donde se gestan el hombre y la mujer nueva,
integrales. En este punto, la ternura con la que debe trabajarse la niñez no es
una cuestión menor, pero tampoco lo es el compromiso y la disciplina de los
educadores y las educadoras, que se ocupan de reflexionar sobre su práctica,
volver sobre ella gracias a las planificaciones y sistemati-zaciones realizadas
cada sábado.
En este escenario, planteamos a AV como
experiencia de auto-nomía y colaboración, de humanismo proletario puesto en
práctica que interpela a las otras esferas de la vida de los chicos y las
chicas en una relación de reciprocidad con ellas. Y lo plantean desde la
educa-ción porque es lo que saben hacer, asumiendo que sólo funciona si
135
Aníbal Ponce.
Humanismo y revolución
interpela la totalidad de la vida de
cada uno/a, si llega a transformar las relaciones sociales, a formar militantes
de la revolución.
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