Libro N° 13544. Siete Plantas. Buzzati, Dino.
© Libro N° 13544. Siete Plantas. Buzzati, Dino. Emancipación.
Febrero 22 de 2025
Título Original: ©
Siete Plantas. Dino Buzzati
Versión Original: ©
Siete Plantas. Dino Buzzati
Circulación
conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:
https://narrativabreve.com/2014/09/cuento-dino-buzzati-siete-pisos.html
Licencia Creative Commons:
Emancipación Obrera utiliza una licencia Creative
Commons, puedes copiar, difundir o remezclar nuestro contenido, con la única
condición de citar la fuente.
La Biblioteca Emancipación Obrera es un medio de
difusión cultural sin fronteras, no obstante los derechos sobre los contenidos
publicados pertenecen a sus respectivos autores y se basa en la circulación del
conocimiento libre. Los Diseños y edición digital en su mayoría corresponden a
Versiones originales de textos. El uso de los mismos son estrictamente
educativos y está prohibida su comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los autores
No
comercial: No se puede utilizar este trabajo con fines
comerciales
No
derivados: No se puede alterar, modificar o reconstruir este
texto.
https://i.pinimg.com/736x/fd/b9/b9/fdb9b90dc27563359a1d186e95dd8760.jpg
Portada
E.O. de Imagen original:
https://cdn.zendalibros.com/wp-content/uploads/2018/03/siete-plantas.jpg
© Edición,
reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
Dino Buzzati
Siete Plantas
Dino Buzzati
SIETE PLANTAS
Dino Buzzati
Después de un día de viaje en tren, Giuseppe Corte llegó, una mañana de
marzo, a la ciudad donde se hallaba el famoso sanatorio. Tenía un poco de
fiebre, pero aun así quiso hacer a pie el camino entre la estación y el
hospital, llevando su pequeña maleta de viaje.
Si bien no tenía más que una manifestación incipiente sumamente leve, le
habían aconsejado dirigirse a aquel célebre sanatorio, en el que se trataba
exclusivamente aquella enfermedad. Eso garantizaba una competencia excepcional
en los médicos y la más racional sistematización de las instalaciones.
Cuando lo divisó desde lejos –lo reconoció por haberlo visto ya en
fotografía en un folleto publicitario– Giuseppe Corte tuvo una inmejorable
impresión. El blanco edificio de siete plantas estaba surcado por entrantes
regulares que le daban una vaga fisonomía de hotel. Estaba rodeado
completamente de altos árboles.
Después de un breve reconocimiento a la espera de un examen más detenido
y completo, Giuseppe Corte fue instalado en una alegre habitación de la séptima
y última planta. Los muebles eran claros y limpios, como el tapizado, los
sillones eran de madera, los cojines estaban forrados de tela estampada. La
vista se extendía sobre uno de los barrios más bonitos de la ciudad. Todo era
plácido, hospitalario y tranquilizador.
Giuseppe Corte se metió sin dilación en la cama y, encendiendo la luz
que tenía a la cabecera, comenzó a leer un libro que había llevado. Poco
después entró una enfermera para preguntarle si quería algo.
Giuseppe Corte no quería nada pero se puso de buena gana a conversar con
la joven, pidiendo información acerca del sanatorio. Se enteró así de la
extraña peculiaridad de aquel hospital. Los enfermos eran distribuidos planta
por planta según su gravedad. En la séptima, es decir en la última, se acogían
las manifestaciones sumamente leves. La sexta estaba destinada a los enfermos
no graves, pero tampoco susceptibles de descuido. En la quinta se trataban ya
afecciones serias, y así sucesivamente de planta en planta. En la segunda
estaban los enfermos gravísimos. En la primera, aquellos para los que no había
esperanza.
Este singular sistema, además de agilizar mucho el servicio, impedía que
un enfermo leve pudiera verse turbado por la vecindad de un compañero
agonizante y garantizaba en cada planta un ambiente homogéneo. Por otra parte,
de este modo el tratamiento podía graduarse de forma perfecta y con mejores
resultados.
De ello se derivaba que los enfermos se dividían en siete castas
progresivas. Cada planta era como un pequeño mundo autónomo, con sus reglas
particulares, con especiales tradiciones que en las otras plantas carecían de
cualquier valor. Y como cada sector se confiaba a la dirección de un médico
distinto, se habían creado, siquiera fueran nimias, netas diferencias en los
métodos de tratamiento, pese a que el director general hubiera imprimido a la
institución una única orientación fundamental.
Cuando la enfermera hubo salido, Giuseppe Corte, padeciéndole que la
fiebre había desaparecido, se llegó a la ventana y miró hacia fuera, no para
observar el panorama de la ciudad, que también era nueva para él, sino con la
esperanza de divisar a través de aquélla a otros enfermos de las plantas
inferiores. La estructura del edificio, con grandes entrantes, permitía este
género de observaciones. Giuseppe Corte concentró su atención sobre todo en las
ventanas de la primera planta, que parecían muy lejanas y no alcanzaban a
distinguirse más que de forma sesgada. Sin embargo, no pudo ver nada
interesante. En su mayoría estaban herméticamente cerradas por grises
persianas.
Corte advirtió que en una ventana vecina a la suya estaba asomado un
hombre. Ambos se miraron largamente con creciente simpatía, pero no sabían cómo
romper aquel silencio. Finalmente, Giuseppe Corte se animó y dijo:
–¿Usted también está aquí desde hace poco?
–Oh, no –dijo el otro–, yo ya hace dos meses que estoy aquí… –calló por
un instante y después, no sabiendo cómo continuar la conversación, añadió–:
miraba ahí abajo, a mi hermano.
–¿Su hermano?
–Sí –explicó el desconocido–. Ingresamos juntos, un caso realmente
curioso, pero él ha ido empeorando; piense que ahora está ya en la cuarta.
–¿Qué cuarta?
–La cuarta planta –explicó el individuo, y pronunció las dos palabras
con tanto sentimiento y horror que Giuseppe Corte se quedó casi sobrecogido de
espanto.
–¿Tan graves están los de la planta cuarta?
–Oh –dijo el otro meneando con lentitud la cabeza–, todavía no son casos
desesperados, pero tampoco es como para estar muy alegre.
–Y entonces –siguió preguntando Corte con la festiva desenvoltura de
quien hace referencia a cosas trágicas que no le atañen–, si en la cuarta están
ya tan graves, ¿a la primera quiénes van a parar?
–Oh –dijo el otro–, en la primera están los moribundos sin más. Allá
abajo los médicos ya no tienen nada que hacer. Sólo trabaja el sacerdote. Y
naturalmente…
–Pero hay poca gente en la primera planta –interrumpió Giuseppe Corte,
como si le urgiese tener una confirmación, ahí abajo casi todas las
habitaciones están cerradas.
–Hay poca gente ahora, pero esta mañana había bastante –respondió el
desconocido con una sonrisa sutil. Allí donde las persianas están bajadas, es
que alguien se ha muerto hace poco. ¿No ve usted, por otra parte, que en las
otras plantas todas las contraventanas están abiertas? Pero perdone –añadió
retirándose lentamente, me parece que comienza a refrescar. Me vuelvo a la
cama. Que le vaya bien…
El hombre desapareció del antepecho y la ventana se cerró con energía;
luego se vio encenderse dentro una luz. Giuseppe Corte permaneció inmóvil en la
ventana, mirando fijamente las persianas bajadas de la primera planta. Las
miraba con una intensidad morbosa, tratando de imaginar los fúnebres secretos
de aquella terrible primera planta donde los enfermos se veían confinados para
morir; y se sentía aliviado de saberse tan alejado. Descendían entre tanto
sobre la ciudad las sombras de la noche. Una a una, las mil ventanas del
sanatorio se iluminaban; de lejos podría haberse dicho un palacio en que se
celebrara una fiesta. Sólo en la primera planta, allí abajo, en el fondo del
precipicio, decenas y decenas de ventanas permanecían ciegas y oscuras.
El resultado del reconocimiento general tranquilizó a Giuseppe Corte.
Inclinado habitualmente a prever lo peor, en su interior se había preparado ya
para un veredicto severo y no se habría sorprendido si el médico le hubiese
declarado que debía asignarle a la planta inferior. De hecho, la fiebre no daba
señas de desaparecer, pese a que el estado general siguiera siendo bueno. El
facultativo, sin embargo, le dirigió palabras cordiales y alentadoras.
Principio de enfermedad, lo había, le dijo, pero muy ligero; probablemente en
dos o tres semanas todo habría pasado.
–Entonces ¿me quedo en la séptima planta? –había preguntado en ese
momento Giuseppe Corte con ansiedad.
–¡Pues claro! –había respondido el médico palmeándole amistosamente la
espalda–. ¿Dónde pensaba que había de ir? ¿A la cuarta quizá? –preguntó riendo,
como para hacer alusión a la hipótesis más absurda.
–Mejor así, mejor así –dijo Corte–. ¿Sabe usted? Cuando uno está enfermo
se imagina siempre lo peor…
De hecho, Giuseppe Corte se quedó en la habitación que se le había
asignado originalmente. En las raras tardes en que se le permitía levantarse
intimó con algunos de sus compañeros de hospital. Siguió escrupulosamente el
tratamiento y puso todo su empeño en sanar con rapidez; su estado, con todo,
parecía seguir estacionario.
Habían pasado unos diez días cuando se le presentó el supervisor de la
séptima planta. Tenía que pedirle un favor a título meramente personal: al día
siguiente tenía que ingresar en el hospital una señora con dos niños; había dos
habitaciones libres, justamente al lado de la suya, pero faltaba la tercera;
¿consentiría el señor Corte en trasladarse a otra habitación igual de
confortable?
Giuseppe Corte no opuso, naturalmente, ningún inconveniente; para él,
una u otra habitación era lo mismo; quizá incluso le tocara una enfermera nueva
y más mona. –Se lo agradezco de corazón –dijo el supervisor con una ligera
inclinación–; de una persona como usted, confieso que no me asombra semejante
acto de caballerosidad. Dentro de una hora, si no tiene inconveniente,
procederemos al traslado. Tenga en cuenta que es necesario que baje a la planta
de abajo –añadió con voz atenuada, como si se tratase de un detalle
completamente intrascendente–. Desgraciadamente, en esta planta no quedan
habitaciones libres. Pero es un arreglo provisional –se apresuró a especificar
al ver que Corte, que se había incorporado de golpe, estaba a punto de abrir la
boca para protestar–, un arreglo absolutamente provisional. En cuanto quede
libre una habitación, y creo que será dentro de dos o tres días, podrá volver
aquí arriba –Le confieso –dijo Giuseppe Corte sonriendo para demostrar que no
era ningún niño– que un traslado de esta clase no me agrada en absoluto.
–Pero es un traslado que no obedece a ningún motivo médico; entiendo
perfectamente lo que quiere decir; se trata únicamente de una gentileza con
esta señora, que prefiere no estar separada de sus niños… Un favor –añadió
riendo abiertamente, ¡ni se le ocurra que pueda haber otras razones!
–Puede ser –dijo Giuseppe Corte–, pero me parece de mal agüero.
De este modo Corte pasó a la sexta planta, y si bien convencido de que
este traslado no correspondía en absoluto a un empeoramiento de la enfermedad,
se sentía incómodo al pensar que entre él y el mundo normal, de la gente sana,
se interponía ya un obstáculo preciso. En la séptima planta, puerto de llegada,
se estaba en cierto modo todavía en contacto con la sociedad de los hombres;
podía considerarse más bien casi una prolongación del mundo habitual. En la
sexta, en cambio, se entraba en el auténtico interior del hospital; la
mentalidad de los médicos, de los enfermeros y de los propios enfermos era ya
ligeramente distinta. Se admitía ya que en esa planta se albergaba a los
enfermos auténticos, por más que fuera en estado no grave. Las primeras
conversaciones con sus vecinos de habitación, con el personal y los médicos,
hicieron advertir a Giuseppe Corte de hecho que en aquella sección la séptima
planta se consideraba una farsa reservada a los enfermos por afición,
padecedores más que nada de imaginaciones; sólo en la sexta, por decirlo así,
se empezaba de verdad. De todos modos, Giuseppe Corte comprendió que para
volver arriba, al lugar que le correspondía por las características de su
enfermedad, hallaría sin duda cierta dificultad; aunque fuera tan sólo para un
esfuerzo mínimo, para regresar a la séptima planta debía poner en marcha un
complejo mecanismo; no cabía duda de que si él no chistaba, nadie tomaría en
consideración trasladarlo nuevamente a la planta superior de los «casi sanos».
Por ello, Giuseppe Corte se propuso no transigir con sus derechos y no
dejarse atrapar por la costumbre. Cuidaba mucho de puntualizar a sus compañeros
de sección que se hallaba con ellos sólo por unos pocos días, que había sido él
quien había accedido a descender una planta para hacer un favor a una señora y
que en cuanto quedara libre una habitación volvería arriba. Los otros asentían
con escaso convencimiento.
La convicción de Giuseppe Corte halló plena confirmación en el dictamen
del nuevo médico. Incluso éste admitía que podía asignarse perfectamente a
Giuseppe Corte a la séptima planta; su manifestación era ab-so-lu-ta-men-te
le-ve –y fragmentaba esta definición para darle importancia–, pero en el fondo
estimaba que acaso en la sexta planta Giuseppe Corte pudiera ser mejor tratado.
–No empecemos –intervenía en este punto el enfermo con decisión–, me ha
dicho que la séptima planta es la que me corresponde; y quiero volver a ella.
–Nadie dice lo contrario –replicaba el doctor–, ¡yo no le daba más que
un simple consejo, no de mé-di-co, sino de au-tén-ti-co a-mi-go! Su
manifestación, le repito, es levísima (no sería exagerado decir que ni siquiera
está enfermo), pero en mi opinión se diferencia de manifestaciones análogas en
una cierta mayor extensión. Me explico: la intensidad de la enfermedad es
mínima, pero su amplitud es considerable; el proceso destructivo de las células
–era la primera vez que Giuseppe Corte oía allí dentro aquella siniestra
expresión–, el proceso destructivo de las células no ha hecho más que comenzar,
quizá ni siquiera haya comenzado, pero tiende, y digo sólo tiende, a atacar
simultáneamente respetables proporciones del organismo. Sólo por esto, en mi
opinión, puede ser tratado más eficazmente aquí, en la sexta planta, donde los
métodos terapéuticos son más específicos e intensos.
Un día le contaron que, después de haber consultado largamente con sus
colaboradores, el director general del establecimiento había decidido cambiar
la subdivisión de los enfermos. El grado de cada uno de éstos, por decirlo así,
se veía acrecentado en medio punto. Suponiendo que en cada planta los enfermos
se dividieran, según su gravedad, en dos categorías (de hecho los respectivos
médicos hacían esta subdivisión, si bien a efectos meramente internos), la
inferior de estas dos mitades se veía trasladada de oficio una planta más
abajo. Por ejemplo, la mitad de los enfermos de la sexta planta, aquellos con
manifestaciones ligeramente más avanzadas, debían pasar a la quinta; y los
menos leves de la séptima pasar a la sexta. La noticia alegró a Giuseppe Corte
porque, en un cuadro de traslados de tal complejidad, su regreso a la séptima
planta podría llevarse a cabo más fácilmente.
Cuando mencionó esta su esperanza a la enfermera, se llevó, sin embargo,
una amarga sorpresa. Supo entonces que sería trasladado, pero no a la séptima,
sino a la planta de abajo. Por motivos que la enfermera no sabía explicarle,
estaba incluido en la mitad más «grave» de los que se alojaban en la sexta
planta y por esta razón debía descender a la quinta.
Pasados los primeros instantes de sorpresa, Giuseppe Corte montó en
cólera; dijo a gritos que lo estafaban vilmente, que no quería oír hablar de
ningún traslado abajo, que se volvería a casa, que los derechos eran derechos y
que la administración del hospital no podía ignorar de forma tan abierta los
diagnósticos de los facultativos.
Todavía estaba gritando cuando el médico llegó sin resuello para
tranquilizarlo. Aconsejó a Corte que se calmara si no quería que le subiera la
fiebre, le explicó que se había producido un malentendido, cuando menos
parcial. Llegó a admitir, incluso, que lo más propio habría sido que hubieran
enviado a Giuseppe Corte a la séptima planta, pero añadió que tenía acerca de
su caso una idea ligeramente diferente, si bien muy personal. En el fondo su
enfermedad podía, en cierto sentido, naturalmente, considerarse de sexto grado,
dada la amplitud de las manifestaciones morbosas. Sin embargo, ni siquiera él
lograba explicarse cómo Corte había sido catalogado en la mitad inferior de la
sexta planta. Probablemente el secretario de la dirección, que había llamado
aquella misma mañana preguntando por la ubicación clínica exacta de Giuseppe
Corte, se había equivocado al transcribirla. Por mejor decir, la dirección
había «empeorado» ligeramente su dictamen a propósito, ya que se le consideraba
un médico experto pero demasiado indulgente. El doctor aconsejaba a Corte, en
fin, no inquietarse, sufrir sin protestas el traslado; lo que contaba era la
enfermedad, no el lugar donde se situaba a un enfermo.
Por lo que se refería al tratamiento –añadió aún el facultativo–,
Giuseppe Corte no habría de lamentarlo; el médico de la planta de abajo tenía
sin duda más experiencia; era casi un dogma que la pericia de los doctores
aumentaba, cuando menos a juicio de la dirección, a medida que se descendía. La
habitación era igual de cómoda y elegante. Las vistas, igualmente amplias: sólo
de la tercera planta para abajo la visión se veía estorbada por los árboles del
perímetro.
Presa de la fiebre vespertina, Giuseppe Corte escuchaba las minuciosas
justificaciones del doctor con progresivo cansancio. Finalmente, se dio cuenta
de que no tenía fuerzas ni, sobre todo, ganas de seguir oponiéndose al injusto
traslado. Y se dejó llevar a la planta de abajo.
El único, si bien magro, consuelo de Giuseppe Corte una vez se halló en
la quinta planta, fue saber que era común opinión de los médicos, los
enfermeros y enfermos que en aquella sección él era el menos grave de todos. En
el ámbito de aquella planta, en suma, podía considerarse con diferencia el más
afortunado. Sin embargo, por otra parte lo atormentaba el pensamiento de que
ahora eran ya dos las barreras que se interponían entre él y el mundo de la
gente normal.
A medida que avanzaba la primavera, el aire se hacía más tibio, pero
Giuseppe Corte no gustaba ya, como en los primeros días, de asomarse a la
ventana; aunque semejante temor fuese una verdadera tontería, cuando veía las
ventanas de la primera planta, siempre cerradas en su mayoría, que tanto se
habían acercado, sentía recorrerle un extraño escalofrío.
Su enfermedad se mostraba estacionaria. Con todo, pasados tres días de
estancia en la quinta planta, se manifestó en su pierna derecha una erupción
cutánea que en los días siguientes no dio señas de reabsorberse. Era una
afección, le dijo el médico, absolutamente independiente de la enfermedad
principal; un trastorno que le podía ocurrir a la persona más sana del mundo.
Para eliminarlo en pocos días, sería deseable un tratamiento intensivo de rayos
digamma.
–¿Y me los pueden dar aquí, esos rayos digamma? –preguntó Giuseppe
Corte.
–Nuestro hospital –respondió complacido el médico– desde luego dispone
de todo. Sólo hay un inconveniente…
–¿De qué se trata? –preguntó Corte con un vago presentimiento.
–Inconveniente por decirlo así –se corrigió el doctor–; me refiero a que
sólo hay instalación de rayos en la cuarta planta, y yo le desaconsejaría hacer
semejante trayecto tres veces al día.
–Entonces ¿nada?
–Entonces lo mejor sería que hasta que le desaparezca la erupción
hiciera el favor de bajarse a la cuarta.
–¡Basta! –aulló Giuseppe Corte–. ¡Ya he bajado bastante! A la cuarta no
voy, así reviente.
–Como a usted le parezca –dijo, conciliador, el otro para no irritarle–,
pero, como médico encargado de su tratamiento, tenga en cuenta que le prohíbo
bajar tres veces al día.
Lo malo fue que el eccema, en vez de ir a menos, se fue extendiendo
lentamente. Giuseppe Corte no conseguía hallar reposo y no cesaba de revolverse
en la cama. Aguantó así, furioso, tres días, hasta que se vio obligado a ceder.
Espontáneamente, rogó al médico que ordenara que le hicieran el tratamiento de
los rayos y, por consiguiente, que lo trasladaran a la planta inferior.
Allí abajo Corte advirtió con inconfesado placer que representaba una
excepción. Los otros enfermos de la sección estaban sin lugar a dudas en estado
muy grave y no podían abandonar la cama siquiera por un minuto. Sin embargo él
podía permitirse el lujo de ir a pie desde su habitación a la sala de rayos
entre los parabienes y la admiración de las propias enfermeras.
Al nuevo médico le precisó con insistencia su especialísima situación.
Un enfermo que en el fondo tenía derecho a la séptima planta había ido a parar
a la cuarta. En cuanto la erupción desapareciese, pretendía regresar arriba. No
admitiría en absoluto ninguna nueva excusa. ¡Él, que legítimamente habría
podido estar todavía en la séptima!
–¡La séptima, la séptima! –exclamó sonriendo el médico, que acababa
justamente de pasar visita–. ¡Ustedes, los enfermos, siempre exageran! Soy el
primero en decir que puede estar contento de su estado; por lo que veo en su
cuadro clínico, no ha habido grandes empeoramientos. ¡Pero de ahí a hablar de
la séptima planta, y disculpe mi brutal sinceridad, hay sin duda cierta
diferencia! Es usted uno de los casos menos preocupantes, lo admito, pero no
deja de ser un enfermo.
–Entonces usted –dijo Giuseppe Corte con el rostro encendido, ¿a qué
planta me asignaría?
–Bueno, no es fácil decirlo, no le hecho más que un breve
reconocimiento, y para poder pronunciarme debería seguirle por lo menos una
semana.
–Está bien –insistió Corte–, pero más o menos sí sabrá. Para
tranquilizarlo, el médico simuló concentrarse un momento; luego asintió con la
cabeza y dijo con lentitud:
–Bueno, aunque sólo sea para contentarle, podríamos en el fondo
asignarle a la sexta. Sí, sí –añadió como para convencerse a sí mismo–. La
sexta podría estar bien. Creía así el doctor contentar al enfermo. Por el
rostro de Giuseppe Corte, en cambio, se extendió una expresión de zozobra: el
enfermo se daba cuenta de que los médicos de las últimas plantas lo habían
engañado; ¡y hete aquí que este nuevo doctor, a todas luces más competente y
más sincero, en su fuero interno –era evidente– lo asignaba, no a la séptima,
sino a la sexta planta, y quizá a la quinta, la inferior! La inesperada
desilusión postró a Corte. Aquella noche la fiebre le subió de forma
apreciable.
Su estancia en la cuarta planta señaló para Giuseppe Corte el período
más tranquilo desde que ingresara en el hospital. El médico era una persona
sumamente simpática, atenta y cordial; a menudo se paraba, incluso durante
horas enteras, a charlar de los temas más diversos. Y también Giuseppe Corte
hablaba de buena gana, buscando temas relacionados con su vida habitual de
abogado y hombre de sociedad. Intentaba convencerse de que pertenecía aún a la
sociedad de los hombres sanos, de estar vinculado todavía al mundo de los
negocios, de interesarse por los acontecimientos públicos. Lo intentaba, pero
sin conseguirlo. De forma invariable, la conversación acababa siempre yendo a
parar a la enfermedad.
Entre tanto, el deseo de una mejoría cualquiera se había convertido para
él en una obsesión. Los rayos digamma, aunque habían conseguido detener la
extensión de la erupción cutánea, no habían bastado a eliminarla. Todos los
días Giuseppe Corte hablaba de ello largamente con el médico y se esforzaba por
mostrarse fuerte, incluso irónico, sin conseguirlo.
–Dígame, doctor –preguntó un día–, ¿cómo va el proceso destructivo de
mis células?
–¿Pero qué expresiones son esas? –le reconvino jovialmente el doctor–.
¿De dónde las ha sacado? ¡Eso no está bien, no está bien, y menos en un
enfermo! No quiero oírle nunca más cosas semejantes.
–Está bien –objetó Corte–, pero así no me ha contestado.
–Oh, ahora mismo lo hago –dijo el doctor, amable–. El proceso
destructivo de las células, por emplear su siniestra expresión, es, en su caso,
mínimo, absolutamente mínimo. Pero me siento tentado de definirlo como
obstinado.
–¿Obstinado? ¿Quiere decir crónico?
–No me haga decir lo que no he dicho. Quiero decir solamente rebelde.
Por lo demás, así son la mayoría de los casos. Afecciones incluso muy leves
necesitan a menudo tratamientos enérgicos y prolongados.
–Pero dígame, doctor, ¿para cuándo puedo esperar una mejoría?
–¿Para cuándo? En estos casos, las predicciones son más bien difíciles…
Pero escuche –añadió después de una pausa meditativa–, según veo, tiene
auténtica obsesión por sanar… si no tuviera miedo de que se me enfade, le daría
un consejo…
–Pues diga, diga, doctor…
–Pues bien, le plantearé la cuestión en términos muy claros. Si yo,
atacado por esta enfermedad aunque fuera de forma levísima, viniera a parar a
este sanatorio, que posiblemente es el mejor que existe, espontáneamente haría
que me asignaran, y desde el primer día, desde el primer día, ¿comprende?, a
una de las plantas más bajas. Haría que me ingresaran directamente en la…
–¿En la primera? –sugirió Corte con una sonrisa forzada.
–¡Oh, no!, ¡en la primera no! –respondió irónico el médico–, ¡eso no!
Pero en la segunda o la tercera, seguro que sí. En las plantas inferiores el
tratamiento se lleva a cabo mucho mejor, se lo garantizo, las instalaciones son
más completas y potentes, el personal más competente. ¿Sabe usted, además,
quién es el alma de este hospital?
–¿No es el profesor Dati?
–En efecto, el profesor Dati. Él es el inventor del tratamiento que se
lleva a cabo, el que proyectó toda la instalación. Pues bien, él, el maestro,
está, por decirlo así, entre la primera y la segunda planta. Desde allí irradia
su fuerza directiva. Pero le garantizo que su influjo no llega más allá de la
tercera planta; de ahí para arriba se diría que sus mismas órdenes se diluyen,
pierden consistencia, se extravían; el corazón del hospital está abajo y se
necesita estar abajo para tener los mejores tratamientos.
–Así que, en definitiva –dijo Giuseppe Corte con voz temblorosa–, usted
me aconseja…
–Añada a eso una cosa –continuó imperturbable el doctor–, añada que en
su caso particular habría que insistir hasta que desaparezca. Es una cosa sin
ninguna importancia, convengo en ello, pero más bien molesta, que de
prolongarse mucho podría deprimir la «moral»; y usted sabe lo importante que
es, para sanar, la tranquilidad de espíritu. Las sesiones de rayos a que le he
sometido no han dado resultado más que a medias. ¿Que por qué? Puede ser tan
sólo casualidad, pero puede ser también que los rayos no tengan la suficiente
intensidad. Pues bien, en la tercera planta las máquinas de rayos son mucho más
potentes. Las probabilidades de curar el eccema serían mucho mayores, Y luego,
¿ve usted?, una vez la curación en marcha, lo más complicado ya está hecho. Una
vez iniciada la recuperación, lo difícil es volver atrás. Cuando se sienta
mejor de veras, nada le impedirá volver aquí con nosotros o incluso más arriba,
según sus «méritos», incluso a la quinta, a la sexta, hasta a la séptima, me
atrevo a decir…
–¿Y usted cree que eso podrá acelerar el tratamiento?
–¡De eso no cabe ninguna duda! Ya le he dicho lo que yo haría en su
situación. Charlas de esta clase el doctor no las daba todos los días. Acabó
llegando el momento en que el enfermo, cansado de sufrir a causa del eccema,
pese a su instintiva reluctancia a descender al reino de los casos todavía más
graves, decidió seguir el consejo y se trasladó a la planta de abajo.
En la tercera planta no tardó en advertir que reinaba en la sección, en
el médico, en las enfermeras, un especial regocijo, pese a que allí abajo
recibieran tratamiento enfermos muy preocupantes. Notó incluso que este
regocijo aumentaba con los días: picado por la curiosidad, una vez que hubo
tomado un poco de confianza con la enfermera, preguntó cómo era que en aquella
planta estaban siempre todos tan alegres.
–Ah, ¿pero es que no lo sabe? –respondió la enfermera. Dentro de tres
días nos vamos de vacaciones.
–¿Qué quiere decir eso de «nos vamos de vacaciones»?
–Sí. Durante quince días la tercera planta se cierra y el personal se va
de asueto. Las plantas descansan por turno.
–¿Y los enfermos? ¿Qué hacen con ellos?
–Como hay relativamente pocos, se reúnen dos plantas en una sola.
–¿Cómo? ¿Reúnen a los enfermos de la tercera y de la cuarta?
–No, no –corrigió la enfermera–, a los de la tercera y la segunda. Los
que están aquí tendrán que bajar.
–¿Bajar a la segunda? –dijo Giuseppe Corte pálido como un muerto–.
¿Tendré que bajar entonces a la segunda?
–Pues claro. ¿Qué tiene de raro? Cuando, dentro de quince días,
regresemos, volverá usted a esta habitación. No creo que sea para asustarse.
Sin embargo, Giuseppe Corte –misterioso instinto le advertía– se vio embargado
por el miedo. No obstante, ya que no podía impedir que el personal se fuera de
vacaciones, convencido de que el nuevo tratamiento de rayos le hacía bien (el
eccema se había reabsorbido casi por completo), no se atrevió a oponerse al
nuevo traslado. Pretendió, con todo, y a pesar de las burlas de las enfermeras,
que en la puerta de su nueva habitación se pusiera un cartel que dijera:
«Giuseppe Corte, de la tercera planta, provisional». Esto no tenía precedentes
en la historia del sanatorio, pero los médicos, considerando que en un
temperamento nervioso como Corte incluso pequeñas contrariedades podían
provocar un empeoramiento, no se opusieron a ello.
En el fondo se trataba de esperar quince días, ni uno más ni uno menos.
Giuseppe Corte empezó a contarlos con obstinada avidez, permaneciendo inmóvil
en su lecho durante horas enteras con los ojos fijos en los muebles, que en la
segunda planta no eran ya tan modernos y alegres como en las secciones
superiores, sino que adoptaban dimensiones mayores y líneas más solemnes y
severas. Y de cuando en cuando aguzaba el oído, pues le parecía oír en la
planta de abajo, la planta de los moribundos, la sección de los «condenados»,
vagos estertores de agonía.
Todo esto, naturalmente, contribuía a entristecerlo. Y su mengua de
serenidad parecía fomentar la enfermedad, la fiebre tendía a aumentar, la
debilidad se hacía más pronunciada. Desde la ventana –era ya pleno verano y las
ventanas se hallaban casi siempre abiertas– no se divisaban ya los tejados, ni
siquiera las casas de la ciudad; sólo la muralla verde de los árboles que
rodeaban el hospital.
Habían pasado siete días cuando una tarde, hacia las dos, el supervisor
y tres enfermeros que empujaban una camilla con ruedas irrumpieron súbitamente.
–¿Listos para el traslado? –preguntó en tono de afable chanza el
supervisor.
–¿Qué traslado? –preguntó Giuseppe Corte con un hilo de voz–. ¿Qué
bromas son estas? ¿No faltan aún siete días para que vuelvan los de la tercera
planta?
–¿La tercera planta? –dijo el supervisor como si no comprendiera–. A mí
me han dado orden de llevarle a la primera, mire –y le enseñó un volante
sellado para su traslado a la planta inferior, firmado nada menos que por el
mismísimo profesor Dati. El terror, la cólera infernal de Giuseppe Corte
estallaron en largos gritos que resonaron por toda la planta. «Más bajo, más
bajo, haga el favor», suplicaron las enfermeras, «¡aquí hay enfermos que no se
encuentran bien!». Pero hacía falta algo más para calmarlo.
Al fin acudió el médico que dirigía la sección, una persona amabilísima
y sumamente educada. Se informó, miró el volante, hizo que Corte le explicara.
Luego se voltio, encolerizado, hacia el supervisor, declarando que había habido
un error, él no había dado ninguna orden de ese tipo, desde hacía algún tiempo
había un desbarajuste intolerable, nadie le informaba de nada… Al cabo, después
de haber echado la bronca al subordinado, se volvió en tono cortés al enfermo,
deshaciéndose en excusas.
–Con todo, desgraciadamente –añadió el médico–, el profesor Dati hace
justo una hora que se ha marchado para una breve licencia, y no volverá hasta
dentro de dos días. Estoy absolutamente desolado, pero sus órdenes no se pueden
transgredir. Él será el primero en lamentarlo, se lo garantizo… ¡Un error así!
¡No me explico cómo ha podido suceder!
Un lastimoso estremecimiento había empezado a sacudir a Giuseppe Corte.
Su capacidad de dominarse había desaparecido por completo. El terror se había
apoderado de él como de un niño. Sus sollozos resonaban en la habitación. De
este modo, debido a aquel execrable error, alcanzó la última etapa. ¡Él, que en
el fondo, por la gravedad de su mal, a juicio de los médicos más severos, tenía
derecho a verse asignado a la sexta, cuando no a la séptima planta, en la
sección de los moribundos! La situación era tan grotesca que en algunos
momentos Giuseppe Corte casi sentía deseos de echar a reír a carcajadas.
Tendido en la cama mientras la cálida tarde de verano pasaba lentamente
sobre la ciudad, miraba los verdes árboles a través de la ventana con la
impresión de haber ido a parar a un mundo irreal, hecho de absurdas paredes
alicatadas y esterilizadas, de gélidos y fúnebres zaguanes, de blancas figuras
humanas carentes de alma. Hasta dio en pensar que ni siquiera los árboles que
le parecía divisar a través de la ventana eran verdaderos: acabó incluso por
convencerse, al advertir que las hojas no se movían en absoluto.
Esta idea lo agitó hasta tal punto que Corte llamó con el timbre a la
enfermera e hizo que le alcanzara sus gafas de miope, que no usaba en la cama;
sólo entonces consiguió tranquilizarse un poco: con su ayuda pudo asegurarse de
que eran realmente árboles auténticos y que las hojas, aunque ligeramente, se
veían agitadas por el viento de cuando en cuando.
Una vez que salió la enfermera, transcurrió un cuarto de hora de
completo silencio. Seis plantas, seis terribles murallas, aun siendo por un
error de forma, abrumaban ahora a Giuseppe Corte con implacable peso. ¿Cuántos
años –sí, tenía que pensar en años– le harían falta para que consiguiera
alcanzar de nuevo el borde de aquel precipicio?
Pero ¿cómo de repente se hacía en la habitación tanta oscuridad? Seguía
siendo plena tarde. Con un esfuerzo supremo, Giuseppe Corte, que se sentía
paralizado por un extraño entumecimiento, miró el reloj que estaba sobre la
mesita al lado de la cama.
Eran las tres y media. Volvió la cabeza hacia la otra parte y vio que
las persianas, obedientes a una misteriosa orden, descendían lentamente,
cerrando el paso a la luz.
___________________________
Dino Buzzatti, Relatos, Alianza Editorial, Madrid, 1996
Traducción Javier Setó

