Libro N° 13543. Sombras Sobre Vidrio Esmerilado. Saer, Juan José.
© Libro N° 13543. Sombras Sobre Vidrio
Esmerilado. Saer, Juan José. Emancipación.
Febrero 22 de 2025
Título Original: ©
Sombras Sobre Vidrio Esmerilado. Juan José Saer
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Sombras Sobre Vidrio Esmerilado. Juan José Saer
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© Edición,
reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
SOMBRAS SOBRE VIDRIO
ESMERILADO
Juan José Saer
Sombras Sobre
Vidrio Esmerilado
Juan José Saer
SOMBRAS SOBRE
VIDRIO ESMERILADO
Juan José Saer
¡Qué complejo es el tiempo, y sin embargo, qué sencillo! Ahora estoy
sentada en el sillón de Viena, en el living, y puedo ver la sombra de Leopoldo
que se desviste en el cuarto de baño. Parece muy sencillo al pensar
"ahora", pero al descubrir la extensión en el espacio de ese
"ahora", me doy cuenta enseguida de la pobreza del recuerdo. El
recuerdo es una parte muy chiquitita de cada "ahora", y el resto del
"ahora" no hace más que aparecer, y eso muy pocas veces, y de un modo
muy fugaz, como recuerdo. Tomemos el caso de mi seno derecho. En el ahora en
que me lo cortaron, ¿cuántos otros senos crecían lentamente en otros pechos
menos gastados por el tiempo que el mío? Y en este ahora en el que veo la
sombra de mi cuñado Leopoldo preyectándose sobre los vidrios de la puerta del
cuarto de baño y llevo la mano hacia el corpiño vacío, relleno con un falso
seno de algodón puesto sobre la blanca cicatriz, ¿cuántas manos van hacia
cuántos senos verdaderos, con temblor y delicia? Por eso digo que el presente
es en gran parte recuerdo y que el tiempo es complejo aunque a la luz del
recuerdo parezca de lo más sencillo.
Soy la poetisa Adelina Flores. ¿Soy la poetisa Adelina Flores? Tengo
cincuenta y seis años y he publicado tres libros: "El camino
perdido", "Luz a lo lejos" y "La dura oscuridad".
Ahora veo la sombra de mi cuñado Leopoldo proyectándose agrandada sobre el
vidrio de la puerta del baño. La puerta no da propiamente al living, sino a una
especie de antecámara, y solamente por casualidad, porque está más cerca de la
puerta de calle, que he dejado abierta para tomar aire, he traído el sillón de
Viena a este lugar y estoy hamacándome lentamente en él. El sillón de Viena
cruje levemente. No podía soportar mi cuarto, y no únicamente por el calor. Por
eso vine aquí. Es difícil soportar encerrada entre libros polvorientos los
atardeceres de este terrible enero. Susana ha salido. No sale nunca, pero hoy
dijo que su pierna derecha le dolía y pidió turno para el médico. Así que está
afuera desde las seis. Hamacándome lentamente veo como Leopoldo se desabrocha
con cuidado la camisa, se la saca, y después se da vuelta para colgarla de la
percha del baño. Ahora comienza a desabrocharse el pantalón. Advierto que tengo
la mano sobre el puñado de algodón que le da forma al corpiño en la parte
derecha de mi cuerpo, y bajo la mano. He visto crecer y cambiar ciudades y
países como a seres humanos, pero nunca he podido soportar ese cambio en mi
cuerpo. Ni tampoco el otro: porque aunque he permanecido intacta, he visto con
el tiempo alterarse esa aparente inmutabilidad. Y he descubierto que muchas
veces es lo que cambia en una lo que le permite a una seguir siendo la misma. Y
que lo que permanece en una intacto, puede cambiarla para mal. La sombra de
Leopoldo se proyecta sobre el vidrio esmerilado, de un modo extraño,
moviéndose, ahora que Leopoldo se inclina para sacarse el pantalón, encorvándose
para desenfundar una pierna primero, irguiéndose al conseguirlo, y volviéndose
a encorvar para sacar la otra, irguiéndose otra vez en seguida.
("Sombras" "Sombras sobre" "Cuando una sombra
sobre un vidrio veo" No.) Ese chico, ¿cómo se llamaba? Tomatis. Él me dijo
una vez lo que piensa de mí, en la mesa redonda sobre la influencia de la
literatura en la educación de la adolescencia. Yo no quería estar en ese
escenario de la universidad. Pero vino el editor y me dijo: "¿No te parece
que si te presentaras más seguido en público para exponer tus puntos de vista
"La dura oscuridad" podría salir un poco más, Adelina? " Así que
me vi sentada en el escenario frente a la sala llena. Había cientos de caras
que me miraban esperando que yo diera mi opinión, en ese salón frío y lleno de
ecos. Tomatis estaba sentado en el otro extremo de la mesa. Hice una corta
exposición, aunque la presencia de toda esa gente expectante me inhibía mucho.
(Leopoldo acomoda cuidadosamente el pantalón, sosteniéndolo desde las
botamangas, con el brazo alzado para conservar la raya. Después lo dobla y
comienza a pasarlo por el travesaño de una percha; lo veo.) Cuando terminé de hablar,
Tomatis se echó a reír. "La señorita Flores -dijo, riéndose y poniéndose
como pensativo— ha dicho hermosas palabras sobre la condición de los seres
humanos. Lástima que no sean verdaderas. Digo yo, la señorita Flores, ¿ha
estado saliendo últimamente de su casa? " Los cientos de personas que
estaban sentadas contemplándonos se echaron a reír. Yo no dije una palabra más;
y cuando terminó la mesa redonda y fuimos a la comida que nos ofreció la
universidad, Tomatis se sentó al lado mío. Se lo pasó todo el tiempo charlando
y riendo, fumando y tomando vino. Y en un aparte se volvió hacia mí y me dijo:
"¿Usted no cree en la importancia de la fornicación, Adelina? Yo sí creo.
Eso les pasa a ustedes, los de la vieja generación: han fornicado demasiado
poco, o en su defecto nada en absoluto. ¿Sabe? Se dice que usted tiene un seno
de menos. No, no estoy borracho. O sí, capaz que un poco sí. ¿Es cierto? ¿No
piensa que usted misma lo ha matado? Yo pienso que sí. ¿Sabe? Usted me cae muy
simpática, Adelina. Tiene un par de sonetos por ahí que valen la pena.
Perdóneme la franqueza, pero yo soy así. Usted debería fornicar más, Adelina,
sabe, romper la camisa de fuerza del soneto -porque las formas heredadas son
una especie de virginidad- y empezar con otra cosa. Me juego la cabeza de
que usted es capaz de salir adelante. Usted que la tiene cerca, páseme esa
botella de vino. Gracias". Recuerdo perfectamente el lugar: un restaurante
del centro con manteles cuadriculados, rojos y blancos, los platos sucios, los
restos de pescado, y las botellas de vino tinto a medio vaciar. Ahora Leopoldo
se ha sacado el calzoncillo y lo observa. Ha quedado completamente desnudo. Se
inclina para dejarlo caer en el canasto de la ropa sucia que está en el costado
del baño, junto a la bañadera. Puedo ver su sombra agrandada, pero no
desmesuradamente, sobre los vidrios esmerilados de la puerta del baño que da a
la antecámara.
En este momento, únicamente esa sombra es "ahora", y el resto
del "ahora" no es más que recuerdo. Y a veces, tan diferente del
"ahora", ese recuerdo, que es cosa de ponerse a llorar. Es terrible
pensar que lo único visible y real no son más que sombras. Si pienso que en
este mismo momento los bañistas se pasean en traje de baño bajo los árboles
tranquilos del parque del Sur, sé que eso no es ahora, sino recuerdo. Porque es
posible que en este momento no haya ni un solo bañista en el parque del Sur, o,
si hay alguno, no esté paseándose precisamente bajo los árboles que yo creo
recordar; hasta es probable que estén todos echados en la arena de la playa, o
en el agua, mientras el sol del crepúsculo vuelve roja la laguna y dos chicos
se tiran uno al otro una pelota de goma que retumba en medio del silencio
cuando choca contra la tierra. Pero me gusta imaginar que en este momento, en
los barrios, las chicas se pasean en grupos de tres o cuatro tomadas del brazo,
recién bañadas y perfumadas, y que grupos de muchachos las contemplan desde la
esquina. Puedo ver las calles del centro abarrotadas de coches y colectivos y a
Susana bajando lentamente, con cuidado por su pierna dolorida, las escaleras de
la casa del médico. Es como si estuviera aquí y al mismo tiempo en cada parte.
¡Es tan complejo y sin embargo, tan sencillo! Ahora vuelvo ligeramente la
cabeza y veo la mampara que da al patio. Entreveo los vidrios encortinados y el
último resplandor de la tarde que penetra en el living a través de las grandes
cortinas verdes. También veo los sillones vacíos, abandonados — ¡y cuántas
veces nos hemos sentado en ellos Susana, Leopoldo, o yo o las visitas! —
forrados en provenzal floreado. Las flores son verdes y azules, sobre fondo
blanco. Hay una lámpara de pie, al lado de uno de los sillones, apagada. Pero
yo me he traído el viejo sillón de Viena de mamá desde mi habitación y me he
sentado en él —estoy hamacándome lentamente— para que el aire de la calle
atraviese el living y se impregne como agua fría o como un olor sobre mi
cuerpo. Ahora que no veo la puerta de vidrios esmerilados del baño, ¿qué estará
proyectándose sobre ella? Seguramente el cuerpo desnudo de Leopoldo —¡el cuerpo
desnudo de Leopoldo!—, pero ¿en qué posición? ¿Tendrá los brazos alzados, se
rascará el pecho con las dos manos, se tocará el cabello, o se habrá echado
ligeramente hacia atrás para mirarse en el espejo? Es terrible, pero ese ahora,
tan cercano, no es más que recuerdo; y si vuelvo la cabeza otra vez hacia la
puerta que da a la antecámara el "ahora" de los sillones de funda
floreada, vacíos y abandonados, y las cortinas a través de las cuales penetra
la luz crepuscular, no será más que recuerdo. Vuelvo la cabeza; ahora. La
sombra de Leopoldo ha desaparecido. Ha de estar sentado, haciendo sus necesidades.
("Veo una sombra sobre un vidrio" "Veo" "Veo una
sombra sobre un vidrio. Veo.")
En el vidrio vacío no se ve más que el resplandor difuso de la luz
eléctrica, encendida en el interior del cuarto de baño. Es uno de esos días
terribles de enero, de luz cenicienta; no está nublado ni nada, pero la luz
liene un color ceniza, como si el sol se hubiese apagado hace mucho tiempo y
llegara al planeta el reflejo de una luz muerta. Mi sencillo vestido gris y mi
pelo gris condensan esa luz húmeda y muerta, y están como nimbados por un
resplandor pútrido; y como acabo de bañarme no he hecho más qué condensar
humedad sobre mi vieja piel blanca llena de vetas como de cuarzo. Tengo los
brazos apoyados sobre la madera curva del sillón de Viena. Con el tiempo, si es
que estoy viva, tomaré el color de la esterilla del sillón, me iré volviendo
amarillenta y lustrosa, pulida por el tiempo. En eso fundo su sencillez. En que
solamente pule y simplifica y preserva lo inalterable, reduciendo todo a
simplicidad. Me dicen que destruye, pero yo no lo creo. Lo único que hace es
simplificar. Lo que es frágil y pura carne que se vuelve polvo desaparece, pero
lo que tiene un núcleo sólido de piedra o hueso, eso se vuelve suave y límpido
con el tiempo y permanece. Ahora Susana debe estar bajando lentamente las
escaleras de mármol blanco de la casa del médico, agarrándose del pasamanos
para cuidar su pierna dolorida; ahora acaba de llegar a la calle y se queda un
momento parada en la vereda sin saber qué dirección (porque sale muy poco y
siempre se desorienta en el centro de la ciudad; está con su vestido azul, sus
anteojos (siempre creen que Adelina Flores es ella, por los anteojos, y no yo)
y sus zapatones negros de grueso taco bajo, que tienen cordones como los
zapatos masculinos, mira como desconcertada en distintas direcciones, porque
por un momento no sabe cuál tomar, mientras a la luz del crepúsculo pasa gente
apurada y vestida de verano por la vereda, y un estruendo de colectivos y
automóviles por la calle. Ahora con un movimiento de cabeza y un gesto que no
revela el menor sentido del humor, sacándose los dedos de los labios, donde los
había puesto mecánicamente al adoptar una actitud pensativa, Susana recuerda en
qué dirección se encuentra la esquina donde debe tomar el colectivo y comienza
a caminar con lentitud, decrépita y reumática, hacia ella. Hay como una fiebre
que se ha apoderado de la ciudad, por encima de su cabeza -y ella no lo nota-
en este terrible enero. Pero es una fiebre sorda, recóndita, subterránea,
estacionaria, penetrante, como la luz de ceniza que envuelve desde el cielo la
ciudad gris en un círculo mórbido de claridad condensada. ("Veo una sombra
sobre un vidrio. Veo.") Veo a Susana atravesar lentamente el aire pesado y
gris dirigiéndose hacia la parada de ómnibus donde debe esperar el dieciséis
para volver en él a casa. Eso si es que ya ha salido de lo del médico porque es
probable que ni siquiera haya entrado todavía al consultorio y esté sentada
leyendo una revista en la sala de espera. El techo de la sala de espera es
alto, yo he estado ahí cientos de veces, muy alto, y el juego de sillones de
madera con la mesita central para las revistas y el cenicero es demasiado
frágil y chico en relación con ese techo altísimo y la extensión de la sala de
espera, que originariamente era en realidad el vestíbulo de la casa.
("Algo que amé" "Veo una sombra sobre un vidrio.
Veo" "algo que amé" "hecho sombra, proyectado"
"hecho sombra y proyectado" "Veo una sombra sobre un vidrio.
Veo" "algo que amé hecho sombra y proyectado") Puedo escuchar el
crujido lento y uniforme del sillón de Viena. Sé pasarme las horas hamacándome
con lentitud, la cabeza reclinada contra el respaldar, mirando fijamente un
punto del vacío, sin verlo, en el interior de mi habitación, rodeada de libros
polvorientos, oyendo crujir la vieja madera como si estuviera oyendo a mis
propios huesos. Desde mi habitación he venido escuchando durante treinta años
los ruidos de la casa y de la ciudad, como celajes de sonido acumulados en un
horizonte blanco. Ahora escucho el ruido súbito de la cadena del inodoro y el del
agua en un torrente rápido, lleno de tintineos como metálicos; después el
chorro que vuelve a llenar el tanque. La sombra de Leopoldo reaparece en los
vidrios esmerilados de la puerta; se pone de perfil; ha de estar mirándose en
el espejo. ¿Se afeitará? Veo cómo se pasa la mano por la cara. Ha mantenido la
línea, durante tantos años, pero se ha llenado de endeblez y fragilidad. Al
hamacarme, yendo para adelante y viniendo para atrás, la sombra da primero la
impresión de que avanzara, y después la de que retrocediera. Vino a casa por mí
la primera vez, pero después se casó con Susana. Todo es terriblemente
literario, ("en el reflejo oscuro"). Fue un alivio, después de todo.
Pero los primeros dos años, antes de que se casaran y Leopoldo empezara a
trabajar como agente de publicidad del diario de la ciudad, —el primer agente
de publicidad de la ciudad, creo, y en eso fue un verdadero precursor— los
primeros dos años nos divertimos como locos, sin descansar un solo día, yendo y
viniendo de día y de noche por la ciudad, en invierno y verano, hasta un día
cuya víspera pasamos entera en la playa, en que Leopoldo vino a la noche a casa
y le pidió al finado papá la mano de Susana después de la cena. Pero el día
antes había sido una verdadera fiesta. Fue un viernes, me acuerdo
perfectamente. Leopoldo pasó a buscarnos muy de mañana, cuando recién había
amanecido, estaba todo de blanco, igual que nosotras, que llevábamos unos
vestidos blancos y unos sombreros de playa blancos como estoy segura de que ni
hasta hoy se ha atrevido a llevar nadie en esta bendita ciudad. Yo llevaba
conmigo los versos de Alfonsina. [Va a afeitarse, sí. Ahora ha abierto el
botiquín y mira su interior buscando los elementos ("en el reflejo
oscuro" "sobre la transparencia" "del deseo") Alza los
brazos y comienza a sacar los elementos]. Ya era diciembre, pero hacía fresco
de mañana. Yo misma manejaba el Studebaker de papá, y Susana iba sentada al
lado mío. En el asiento de atrás iba Leopoldo al lado de la canasta de la
merienda, tapada con un mantel blanco. El aire ("sobre la transparencia
del deseo" "como sobre un cristal esmerillado") fresco, limpio,
resplandecía, penetrando por el hueco de las ventanillas bajas que vibraban con
la marcha del automóvil. Yo podía ver por el retrovisor la cara de Leopoldo
vuelta ligeramente hacia la ventanilla mirando pensativa el río. Nos fuimos a
una playa desierta, lejos de la ciudad, por el lado de Colastiné. Había tres
sauces inclinados hacia el río —la sombra parecía transparente— y arena
amarilla. Nadamos toda la mañana y yo les leí poemas de Alfonsina: y cuando
llegué a donde dice "Una punta de cielo/rozará/la casa humana", me
separé de ellos y me fui lejos, entre los árboles, para ponerme a llorar. Ellos
no se dieron cuenta de nada. Después extendimos el mantel blanco y comimos
charlando y riéndonos bajo los árboles. Habíamos preparado riñón —a Leopoldo le
gustan mucho las achuras— y yo no sé cuántas cosas más, y habíamos dejado toda
la mañana una botella de vino blanco en el agua, justo debajo de los tres sauces,
para que el agua la enfriara. Fue el mejor momento del día: estábamos muy
tostados por el sol y Leopoldo era alto, fuerte, y se reía por cualquier cosa.
Susana estaba extraordinariamente linda. Lo de reírnos y charlar nos gustó a
todos, pero lo mejor fue que en un determinado momento ninguno de los tres
habló más y todo quedó en silencio. Debemos haber estado así más de diez
minutos. Si presto atención, si escucho, si trato de escuchar sin ningún miedo
de que la claridad del recuerdo me haga daño, puedo oír con qué nitidez los
cubiertos chocaban contra la porcelana de los platos, el ruido de nuestra densa
respiración resonando en un aire tan quieto que parecía depositado en un
planeta muerto, el sonido lento y opaco del agua viniendo a morir a la playa amarilla.
En un momento dado me pareció que podía oír cómo crecía el pasto a nuestro
alrededor. Y en seguida, en medio del silencio, empezó lo de las miradas.
Estuvimos mirándonos unos a otros como cinco minutos, serios, francos,
tranquilos. No hacíamos más que eso: nos mirábamos, Susana a mí, yo a Leopoldo,
Leopoldo a mí y a Susana, terriblemente serenos, y después no me importó nada
que a eso de las cinco, cuando volvía sin hacer ruido después de haber hecho
sola una expedición a la isla —y volvía sin hacer ruido para sorprenderlos y
hacerlos reír, porque creía que jugaban todavía a la escoba de quince-, los
viese abrazados desde la maleza y oyese la voz de Susana que hablaba entre
jadeos diciendo: "Sí. Sí. Sí. Sí. Pero ella puede venir. Puede venir. Ella
puede venir. Sí. Sí. Pero puede venir." Los vi, claramente: él estaba
echado sobre ella y tenía el traje de baño más abajo de las rodillas. La parte
de su cuerpo que yo no había visto nunca era blanca, lechosa, y a mí se me
ocurrió lisa y la idea de tocarla alguna vez me revolvió el estómago. En ese
momento se oyó un crujido en la maleza y Leopoldo se paró de un salto, dejando
ver enteramente a Susana que había dejado correr los breteles de su traje de
baño y había sacado los brazos por entre ellos de modo tal que el traje de baño
había bajado hasta el vientre. Yo conocía ya esas partes del cuerpo de Susana
que no estaban tostadas, las había visto muchas veces. Pero cuando Leopoldo
saltó, dificultosamente, con el traje de baño más abajo de la rodilla, se volvió
en la dirección en que yo estaba, por pudor, ya que el ruido se había oído en
dirección contraria al lugar donde yo estaba. Vi eso, enorme, sacudiéndose
pesadamente, desde un matorral de pelo oscuro; lo he visto otras veces en
caballos, pero no balanceándose en dirección a mí. Fue un segundo, porque
Leopoldo se subió en seguida el traje de baño y se sentó rápidamente frente a
Susana - y no pude ver en qué momento Susana se alzó el traje de baño, se
acomodó el pelo y recogió los naipes, pero ya lo estaba esperando cuando él se
sentó manoteando apresuradamente dos o tres cartas del suelo. Me quedé inmóvil
más de quince minutos, hasta que los vi tranquilos, y yo misma me sentí así.
Después nos bañamos desde el crepúsculo hasta que anocheció —me parece oír todavía
el chapoteo de nuestros cuerpos húmedos que relumbraban en la oscuridad azul —y
al otro día Leopoldo le pidió al pobre papá la mano de Susana.
En este momento puedo ver cómo Leopoldo, imprimiendo un movimiento
circular a su mano, se llena la cara de espuma con la brocha. Lo hace
rápidamente; ahora baja el brazo y la sombra de su cara, sobre el vidrio
esmerilado que refleja también la luz confusa del interior del cuarto de baño,
se ha transformado: la sombra de la espuma que le cubre las mejillas parece la
sombra de una barca, un matorral de pelo oscuro. Alza el brazo otra vez y con
la punta de la brocha se golpea el mentón, varias veces y suavemente, como si
se hubiese quedado pensativo; pero eso no puede verse. Deja la brocha y después
de un momento alza otra vez las dos manos, en una de las cuales tiene la
navaja, y comienza a rasurarse lentamente, con cuidado. Lentamente, con
cuidado, Susana ha de estar bajando ya las escaleras blancas de la casa del
médico, en dirección a la calle. Va a pararse un momento en la vereda, para
orientarse, porque no va casi nunca al centro. La sombra de Leopoldo se
proyecta ahora mostrando cómo se rasura, lentamente, con cuidado, con la
navaja; ahora cambia la navaja de mano y se pasa el dorso de la mano libre por
la mejilla, a contrapelo, para comprobar la eficacia de la rasurada. Sé qué va
a hacer cuando termine de afeitarse y de bañarse: va a llevar la perezosa al
patio, entre las macetas llenas de begonias, de helechos, de amarantos y de
culandrillos, y va a sentarse en la perezosa en medio del patio; va a estar un
rato ahí, fumando en la oscuridad; va a decir: "¿Quedan espirales, Susana,
querida? " y después va a ponerse a tararear por lo bajo. Todos los
anocheceres de setiembre a marzo hace exactamente eso. Después de un momento va
a servirse el primer vermut con amargo y yo podré saber cuándo va a llenar
nuevamente su vaso porque el tintineo del hielo contra las paredes del vaso
semivacío me hará saber que ya lo está acabando. Va a ("En confusión,
súbitamente, apenas"). Siento crujir los huesos del sillón de Viena.
Apenas se haya afeitado y se haya bañado lo va a hacer: va a llevar la perezosa
al centro del patio de mosaicos, la perezosa de lona anaranjada, después de
ponerse su pijama recién lavado y planchado y va a fumar un cigarrillo antes de
("vi que estallaba" "vi" "vi el estallar de un cuerpo
y de una" "y de su " "la explosión" "vi la
explosión de un cuerpo y de su sombra" "En confusión, súbitamente,
apenas", "vi la explosión de un cuerpo y de su sombra") La brasa
del cigarrillo, un punto rojo, va a parecer un ojo único, insomne y sin
parpadeos, avivándose a cada chupada. Y cuando escuche el tintineo del hielo
contra las paredes frías del vaso, voy a saber que ha tomado su primer vermut
con amargo y que va a servirse el segundo.
El tiempo de cada uno es un hilo delgado, transparente, como los de
coser, al que la mano de Dios le hace un nudo de cuando en cuando y en el que
la fluencia parece detenerse nada más que porque la vertiente pierde
linealidad. O como una línea recta marcada a lápiz con una cruz atravesándola
de trecho en trecho, que se alarga ilusoriamente ante los ojos del que mira
porque su visión divide la línea en los fragmentos comprendidos entre cruz y
cruz. Lo de la cruz está bien, porque cruz significa muerte. Papá y mamá
murieron el cuarenta y ocho, con seis meses de diferencia uno del otro. El
peronismo se llevó a papá: fue algo que no pudo soportar. Y mamá terminó seis
meses después que él, porque siempre lo había seguido. "Después del primer
año de casados —me dijo mamá en su lecho de muerte— nunca tuvo la menor
consideración conmigo. Pero, ¿qué puedo hacer sin él? " Yo estaba con un
traje sastre gris, me acuerdo perfectamente; mamá se incorporó y me agarró de
las solapas, y me atrajo hacia ella; tenía los ojos extraordinariamente
abiertos y la cara apergaminada y llena de arrugas, y eso que no era demasiado
vieja. Nunca la había visto así. Y no era que le tuviese miedo a la muerte.
Nunca se lo había tenido. Comenzó a hacer un esfuerzo terrible, jadeando,
pestañeando, estirando los labios gastados y lisos que se le llenaban de saliva
o de baba —no sé qué era— y me di cuenta de que quería decirme algo. No lo
consiguió. Murió aferrada a las solapas de mi traje sastre gris y -("ahora
el silencio teje cantilenas") Durante todos estos años no hago más que
reflexionar sobre lo que mamá trató de decirme. Tuve que hacer un esfuerzo
terrible para arrancar de mis solapas sus manos aferradas; y estaban tan tensas
y blancas que yo podía notar la blancura feroz de los huesos y de los
cartílagos. Cuando doce años después me cortaron el pecho, yo soñé que
arrancaba de mis solapas las manos de mamá ("más largas" "ahora
el silencio teje cantilenas", "más largas") y que una de sus
manos se llevaba mi pecho. Pero no se lo llevaba para hacerme mal, sino para
protegerme de algo. Ese sueño vuelve casi todas las noches, como si una aguja
formara con mi vida, de un modo mecánico y regular, un tejido con un único
punto. Sé que esta noche va a volver. Voy a despertarme jadeando y sollozando apagadamente
en mi cama solitaria, rodeada de libros polvorientos, cerca de la madrugada,
pero después voy a respirar con alivio. Cada uno conoce secretamente el
significado de sus propios sueños, y sé que si mamá quiere llevarse mi pecho a
la tumba, hay algo bienintencionado en ella, aunque su acto pueda parecer malo
—y capaz que lo sea. No podemos juzgar nuestros actos más que en relación con
lo que hemos esperado de la vida y lo que ella nos ha dado. A mamá y a mí nos
dio también esa mañana —ese nudo, esa cruz— en la que papá se sentó muy
temprano a desayunar con nosotros. Fue al día siguiente de haberse afiliado al
partido peronista. ("Ahora el silencio teje cantilenas" "más
largas") Papá estaba sentado en la cabecera y no le dirigíamos la palabra
porque nos dábamos cuenta de que estaba muy nervioso ("que duran
más.") No nos hablaba cuando estaba irritado. Siempre me había llamado la
atención la piel de su cara por lo blanca que la tenía y cómo sin embargo, en
la parte alta de las mejillas, cerca de los pómulos, se le habían ido formando
unas redes tenues, complicadas, de venillas rojas. Papá tomó su segunda taza de
café y después se recostó sobre el respaladar de la silla y empezó a roncar.
Eran unos ronquidos silbantes, secos, recónditos y cavernosos ("que duran
más que el cuerpo" "y que la sombra" "que duran más que el
cuerpo y que la sombra"). Primero vi la mosca recorriendo la red de
venillas rojas sobre la mejilla derecha, como una señal negra desplazándose por
una red ferroviaria dibujada en líneas rojas en un mapa proyectado en una pared
transparente. Pero no empecé a murmurar "Mamá. Mamá" —sin desviar ni
un momento la mirada del rostro de papá— hasta que no vi cómo la mosca
comenzaba a bajar, con la misma facilidad con que podría haberlo hecho sobre una
piedra, desde el pómulo hasta la comisura de los labios, y después entraba en
la boca. No parecía haber entrado en la boca de papá, haber estado recorriendo
el cuerpo de papá, sino nada más que una reproducción en piedra de él, porque
ya ni siquiera roncaba.
Ahora Leopoldo vuelve a cambiar la navaja de mano y sigue rasurándose.
Cuando se inclina hacia el espejo para verse mejor el perfil de su sombra
desaparece, cortado rectamente por el marco de madera de la puerta, y sobre el
vidrio se ve reflejo difuso —como unas escaras de luz dispuestas de un modo
concéntrico, puntillista— de la luz eléctrica. Me balanceo suavemente en el
sillón de Viena. Doy vuelta la cabeza y veo cómo la luz gris penetra en la
habitación a través de las cortinas verdes, empalideciendo todavía más. Los
sillones vacíos saben estar ocupados a veces —pero eso no es más que recuerdo.
Con levantarme y llegar al patio y alzar la cabeza, podría ver un fragmento de
cielo, vaciándose en el hueco que dejan las paredes de musgo, agrisadas.
Saliendo a la puerta miraría la calle vacía, sin árboles,llena de casas de una
planta, enfrentándose en dos hileras rectas y regulares a través de la vereda
de baldosas grises y de la calle empedrada. De noche, en las proximidades de la
luz de la esquina se ve relucir opacamente el empedrado. Los insectos
revolotean alrededor de la luz, ciegos y torpes, chocan contra la pantalla
metálica con un estallido, y después se arrastran por el adoquín con las alas
rotas. Puede vérselos de mañana aplastados contra las piedras grises por las
ruedas de los automóviles. De noche sé escuchar su murmullo. Y cuando había
árboles en la cuadra, a esta hora empezaba el estridor monótono de las
cigarras. Comenzaban separadamente, la primera muy temprano, a eso de las
cinco, y en seguida empezaba a oírse otra, y después otra y otra, como si
hubiese habido un millón cantando al unísono. Yo no lo podía soportar. El haber
cedido y venirme a vivir con ellos ya me resultaba insoportable. Tenía miedo,
siempre, de abrir una puerta, cualquiera, la del cuarto de baño, la del
dormitorio, la de la cocina, y verlo aparecer a él con eso a la vista,
balanceándose pesadamente, apuntando hacia mí desde un matorral de pelo oscuro.
Nunca he podido mirarlo de la cintura para abajo, desde aquella vez. Pero lo de
las cigarras ya era verdaderamente terrible. Así que me vestía y salía sola, al
anochecer; a ellos les decía que me faltaba el aire. Primero recorría el parque
del Sur, con su lago inmóvil, de aguas pútridas, sobre el que se reflejaban las
luces sucias del parque; atravesaba los caminos irregulares y después me
dirigía hacia el centro por San Martín, penetrando cada vez más la zona
iluminada; de allí iba a dar una vuelta por la estación de ómnibus y después
recorría el parque de juegos que se extendía frente a ella antes de que
construyeran el edificio del Correo; iba hasta el palomar, un cilindro de
tejido de alambre, con su cúpula roja terminada en punta, y escuchaba durante
un largo rato el aleteo tenso de las palomas. Nunca me atreví a caminar sola por
la avenida del puerto para cortar camino y llegar a pie al puente colgante. Al
puente llegaba en ómnibus o en tranvía. Me bajaba de la parada del tranvía y
caminaba las dos cuadras cortas hacia el puente, percibiendo contra mi cuerpo y
contra mi cara la brisa fría del río. Me gustaba mirar el agua, que a veces
pasa rápida, turbulenta y oscura, pero emite un relente frío y un olor salvaje,
inolvidable, y es siempre mejor que un millón de cigarras ocultas entre los
árboles y - ("Ah") Volvía después de las once, con los pies
deshechos; y mientras me aproximaba a mi casa, caminando lentamente, haciendo
sonar mis tacos en las veredas, prestaba atención tratando de escuchar si oía
algún rumor proveniente de aquellos árboles porque ("Ah si un cuerpo nos
diese" "Ah si un cuerpo nos diese" "aunque no dure"
"una señal" "cualquier señal" "de sentido"
"oscuro" "oscura" "Ah si un cuerpo nos diese aunque no
dure" "una señal" "cualquier señal oscura" "Ah si
un cuerpo nos diese aunque no dure" "cualquier señal oscura de
sentido" "Veo una sombra sobre un vidrio. Veo" "algo que
amé hecho sombra y proyectado" "sobre la transparencia del
deseo" "como sobre un cristal esmerilado" "En confusión,
súbitamente, apenas", "vi la explosión de un cuerpo y de su
sombra" "Ahora el silencio teje cantilenas" "que duran más
que el cuerpo y que la sombra" "Ah si un cuerpo nos diese, aunque no
dure" "cualquier señal oscura de sentido") Si podían oírse,
entonces, me volvía y caminaba sin ninguna dirección, cuadras y cuadras, hasta
la madrugada. Porque estar sentada en el patio, o echada en la cama entre los
libros polvorientos, oyendo el estridor unánime de ese millón de cigarras, era
algo insoportable, que me llenaba de terror.
Ahora la sombra sobre el vidrio esmerilado me dice que Leopoldo ha
terminado de afeitarse, porque ya no tiene la navaja en las manos y se pasa el
dorso de las manos suavemente por las mejillas ("como un olor"
"salvaje" "como un olor salvaje") Había migas, restos de
comida, manchas de vino tinto sobre el mantel cuadriculado rojo y blanco. Era
un salón largo, y el sonido polítono de las voces se filtraba por mis tímpanos
adormecidos, atentos únicamente a las fluctuaciones hondas de mí misma,
parecidas a voces. Me he estado oyendo a mí misma durante años sin saber
exactamente qué decía, sin saber siquiera si eso era exactamente una voz. No se
ha tratado más que de un rumor constante, sordo, monótono, resonando
apagadamente por debajo de las voces audibles y comprensibles que no son más
que recuerdo, ("que perdure") sombras. Él me daba frecuentemente la
espalda, mientras hablaba a los gritos con el resto de los invitados. Parecía
reinar sobre el mundo. Yo lo hubiese llevado conmigo esa noche, me habría
desvestido delante de él y agarrándolo del pelo le hubiese inclinado la cabeza
y lo hubiese obligado a mirar fijamente la cicatriz, la gran cicatriz blanca y
llena de ramificaciones, la marca de los viejos suplicios que fueron
carcomiendo lentamente mi seno, para que él supiese. Porque así como cuando
lloramos hacemos de nuestro dolor que no es físico, algo físico, y lo
convertimos en pasado cuando dejamos de llorar, del mismo modo nuestras
cicatrices nos tienen continuamente al tanto de lo que hemos sufrido. Pero no
como recuerdo, sino más bien como signo. Y él no paraba de hablar. "¿De
veras, Adelina? ¿No le parece, Adelina? ¿Qué cómo me siento? ¡Cómo quiere que
me sienta! Harto de todo el mundo, lógicamente. No, por supuesto, Dios no
existe. Si Dios existiera, la vida no sería más que una broma pesada, como dice
siempre Horacio Barco. Somos dos generaciones diferentes, Adelina. Pero yo la
respeto a usted. Me importa un rábano lo que digan los demás y sé que a la
generación del cuarenta más vale perderla que encontrarla, pero hay un par de
poemas suyos que funcionan a las mil maravillas. Dirán que los dioses los han
escrito por usted, y todo eso, sabe, pero a mí me importa un rábano. Hágame
caso, Adelina: fornique más, aunque en eso vaya contra las normas de toda una
generación." Era una noche de pleno ("contra las diligencias").
Era una noche de pleno invierno. Los ventanales del restaurante estaban
empañados por el vaho de la helada. Y cuando nos separamos en la calle la
niebla envolvía la ciudad; parecía vapor, y a la luz de los focos de las
esquinas parecía un polvo blanco y húmedo, una miríada de partículas blancas
girando en lenta rotación. Apenas nos separábamos unos metros los contornos de
nuestras figuras se desvanecían, carcomidos por esa niebla helada. Me acompañaron
hasta la parada de taxis y Tomatis se inclinó hacia mí antes de cerrar de un
golpe la portezuela: "La casualidad no existe, Adelina", me dijo.
"Usted es la única artífice de sus sonetos y de sus mutilaciones."
Después se perdió en la niebla, como si no hubiese existido nunca. Lo que
desaparece de este mundo, ya no falta. Puede faltar dentro de él, pero no
estando ya fuera. Existen los sonetos, pero no las mutilaciones: hay únicamente
corredores vacíos, que no se han recorrido nunca, con una puerta de acceso que
el viento sacude con lentitud y hace golpear suavemente contra la madera dura
del marco; o desiertos interminables y amarillos como la superficie del sol,
que los ojos no pueden tolerar; o la hojarasca del último otoño pudriéndose de
un modo inaudible bajo una gruta de helechos fríos, o papeles, o el tintineo
mortal del hielo golpeando contra las paredes de un vaso con un resto aguado de
amargo y vermut; pero no las mutilaciones. Las cicatrices sí, pero no las
mutilaciones. El taxi atravesaba la niebla, reluciente y húmedo, y en su
interior cálido el chofer y yo parecíamos los únicos cuerpos vivos entre las
sólidas estructuras de piedra que la niebla apenas si dejaba entrever,
("las formaciones" "contra las diligencias" "contra
las formaciones") Afuera no había más que niebla; pero yo vi tantas cosas
en ella, que ahora no puedo recordar más que unas pocas: unos sauces inclinados
sqbre el agua, proyectando una sombra transparente; unas manos aferradas —los
huesos y los cartílagos blanquísimos— a las solapas de mi traje sastre; una
mosca entrando a una boca abierta y dura, como de mármol; algunas palabras
leídas mil veces, sin acabar nunca de entenderlas; un millón de cigarras
cantando monótonamente y al unísono ("del olvido"), en el interior de
mi cráneo; una cosa horrible, llena de venas y nervios, apuntando hacia mí,
balanceándose pesadamente desde un matorral de pelo oscuro; una imagen borrosa,
impresa en papel de diario, hecha mil pedazos y arrojada al viento por una mano
enloquecida. Todo eso era visible en las paredes mojadas por la niebla,
mientras el taxi atravesaba la ciudad. Y era lo único visible.
En este momento ("Y que por ese olor") En este momento Susana
debe estar bajando lentamente, con cuidado, las escaleras de mármol blanco de
la casa de médico. Puedo verla en la calle ("y que por ese olor
reconozcamos"), en el crepúsculo gris, parada en medio de la vereda,
tratando de orientarse ("el solar en el que" "dónde debemos
edificar" "el lugar donde levantemos' "cuál debe ser el
sitio"). Está con su vestido azul, que tiene costuras blancas, semejantes
a hilvanes, alrededor de los grandes bolsillos cuadrados y en los bordes de las
solapas. Sus ojos marrones, achicados por las formaciones adiposas de la cara,
como dos pasas de uvas incrustadas en una bola de masa cruda, se mueven
inquietos y perplejos detrás de los anteojos. Está tratando de saber dónde
queda exactamente la parada de colectivos. Leopoldo pasa ahora a la bañadera.
Lo hace de un modo dificultoso, ya que advierto que su sombra se bambolea y se
mueve con lentitud. Trata de no resbalar ("de la casa humana") Ahora
Susana descubre por fin cuál es la dirección conveniente y comienza a caminar
con dificultad, debido a sus dolores reumáticos. Aparece envuelta en la luz del
atardecer: la misma luz gris que penetra ahora a través de las cortinas verdes
y se condensa en mi batón gris y a mi alrededor, como una masa tenue que
resplandece opaca y se adelanta y retrocede rígidamente adherida a mí mientras
me hamaco en el sillón de Viena. Atraviesa las calles de la ciudad, pesada y
compacta. Puedo escuchar el rumor inaudible de su desplazamiento. Las calles
están llenas de gente, de coches y de colectivos. El rumor de la ciudad se
mezcla, se unifica y después se eleva hacia el cielo gris, disipándose,
("el lugar de la casa humana" "cuál es el lugar de la casa
humana" "cuál es el sitio de la casa humana") Ahora la escalera
en la casa del médico está vacía. La vereda delante de la casa del médico está
vacía. Susana extiende el brazo delante del colectivo número dieciséis, que se
detiene con el motor en marcha. Susana sube dificultosamente. Alguien la ayuda.
Susana siente ("como reconocemos por los") en la cara el calor que
asciende desde el motor del colectivo. Se tambalea cuando el colectivo arranca.
Le ceden el asiento y ella se sienta con dificultad, agarrándose del pasamanos,
sacudiéndose a cada sacudida del colectivo, tambaleándose, resoplando,
murmurando distraídamente "Gracias", sin saber exactamente a quien
("por los ramos") Estaba verdaderamente ("por los ramos"
"de luz solar") hermosa esa tarde, alrededor de las cinco, cuando
Leopoldo se levantó de un salto, volviéndose hacia mí con el traje de baño a la
altura de las rodillas —la cosa, balanceándose pesadamente, apuntando hacia
mí—, dejando ver al saltar las partes de Susana que no se habían tostado al
sol. No era la blancura lisa y morbosa de Leopoldo, sino una blancura que
deslumbraba. Pero no piensa en eso. No piensa en eso. No piensa en nada. Mira
la ciudad gris —un gris ceniciento, pútrido— que se desplaza hacia atrás
mientras el colectivo avanza hacia aquí. Leopoldo abre la ducha y comienza a enjabonarse.
Todos sus movimientos son lentos, como si estuviera tratando de aprenderlos
("de luz solar la piel de la mañana") Como si estuviera tratando de
aprenderlos y grabárselos. Se refriega con duros movimientos el pecho, los
brazos, el vientre, y ahora sus dos manos se encuentran debajo del vientre y
comienzan a refregar con minucia; eso es lo que me dice su sombra reflejándose
sobre los vidrios esmerilados de la puerta del cuarto de baño. Mis huesos
crujen como la madera del sillón, pulida y gastada por el tiempo, mientras me
inclino hacia adelante y vuelvo hacia atrás, hamacándome lentamente, rodeada
por la luz gris del atardecer que se condensa alrededor de mi cabeza como el
resplandor de una llama ya muerta. ("Y que por ese olor reconozcamos"
"cuál es el sitio de la casa humana" "como reconocemos por los
ramos" "de luz solar la piel de la mañana").
Envío
Sé que lo que mamá quiso decirme antes de morir era que odiaba la vida.
Odiamos la vida porque no puede vivirse. Y queremos vivir porque sabemos que
vamos a morir. Pero lo que tiene un núcleo sólido —piedra, o hueso, algo
compacto y tejido apretadamente, que pueda pulirse y modificarse con un ritmo
diferente al ritmo de lo que pertenece a la muerte— no puede morir. La voz que
escuchamos sonar desde dentro es incomprensible, pero es la única voz, y no hay
más que eso, excepción hecha de las caras vagamente conocidas, y de los soles y
de los planetas. Me parece muy justo que mamá odiara la vida. Pero pienso que
si quiso decírmelo antes de morirse no estaba tratando de hacerme una
advertencia sino de pedirme una refutación.

