Libro N° 13536. El Espejo Y La Máscara. Borges, Jorge Luis.
© Libro N° 13536. El Espejo Y La Máscara. Borges, Jorge Luis. Emancipación.
Febrero 22 de 2025
Título Original: ©
El Espejo Y La Máscara. Jorge Luis Borges
Versión Original: ©
El Espejo Y La Máscara. Jorge Luis Borges
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© Edición,
reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
Jorge Luis Borges
El Espejo Y
La Máscara
Jorge Luis Borges
EL ESPEJO Y LA
MÁSCARA
Jorge Luis Borges
-Las proezas más claras pierden su lustre si no se las amoneda en
palabras. Quiero que cantes mi victoria y mi loa. Yo seré Eneas; tú serás mi
Virgilio. ¿Te crees capaz de acometer esa empresa, que nos hará inmortales a
los dos?
Librada la batalla de Clontarf, en la que fue humillado el noruego, el
Alto Rey habló con el poeta y le dijo:
-Sí, Rey -dijo el poeta-. Yo soy el Ollan. Durante doce inviernos he
cursado las disciplinas de la métrica. Sé de memoria las trescientas sesenta
fábulas que son la base de la verdadera poesía. Los ciclos de Ulster y de
Munster están en las cuerdas de mi arpa. Las leyes me autorizan a prodigar las
voces más arcaicas del idioma y las más complejas metáforas. Domino la
escritura secreta que defiende nuestro arte del indiscreto examen del vulgo.
Puedo celebrar los amores, los abigeatos, las navegaciones, las guerras.
Conozco los linajes mitológicos de todas las casas reales de Irlanda. Poseo las
virtudes de las hierbas, la astrología judiciaria, las matemáticas y el derecho
canónico. He derrotado en público certamen a mis rivales. Me he adiestrado en
la sátira, que causa enfermedades de la piel, incluso la lepra. Sé manejar la
espada, como lo probé en tu batalla. Sólo una cosa ignoro: la de agradecer el
don que me haces.
El Rey, a quien lo fatigaban fácilmente los discursos largos y ajenos,
le dijo con alivio:
-Sé harto bien esas cosas. Acaban de decirme que el ruiseñor ya cantó en
Inglaterra. Cuando pasen las lluvias y las nieves, cuando regrese el ruiseñor
de sus tierras del Sur, recitarás tu loa ante la corte y ante el Colegio de
Poetas. Te dejo un año entero. Limarás cada letra y cada palabra.
La recompensa, ya lo sabes, no será indigna de mi real costumbre ni de tus
inspiradas vigilias.
-Rey, la mejor recompensa es ver tu rostro-dijo el poeta, que era
también un cortesano.
Hizo sus reverencias y se fue, ya entreviendo algún verso.
Cumplido el plazo, que fue de epidemias y rebeliones, presentó el
panegírico. Lo declamó con lenta seguridad, sin una ojeada al manuscrito. El
Rey lo iba aprobando con la cabeza. Todos imitaban su gesto, hasta los que
agolpados en las puertas, no descifraban una palabra. Al fin el Rey habló.
-Acepto tu labor. Es otra victoria. Has atribuido a cada vocablo su
genuina acepción ya cada nombre sustantivo el epíteto que le dieron los
primeros poetas. No hay en toda la loa una sola imagen que no hayan usado los
clásicos. La guerra es el hermoso tejido de hombres y el agua de la espada es
la sangre. El mar tiene su dios y las nubes predicen el porvenir. Has manejado
con destreza la rima, la aliteración, la asonancia, las cantidades, los
artificios de la docta retórica, la sabia alteración de los metros. Si se
perdiera toda la literatura de Irlanda -omen absit- podría
reconstruirse sin pérdida con tu clásica oda. Treinta escribas la van a
transcribir dos veces.
Hubo un silencio y prosiguió.
-Todo está bien y sin embargo nada ha pasado. En los pulsos no corre más
a prisa la sangre. Las manos no han buscado los arcos. Nadie ha palidecido.
Nadie profirió un grito de batalla, nadie opuso el pecho a los vikingos. Dentro
del término de un año aplaudiremos otra loa, poeta. Como signo de nuestra
aprobación, toma este espejo que es de plata.
-Doy gracias y comprendo -dijo el poeta. Las estrellas del cielo
retornaron su claro derrotero. Otra vez cantó el ruiseñor en las selvas sajonas
y el poeta retornó con su códice, menos largo que el anterior. No lo repitió de
memoria; lo leyó con visible inseguridad, omitiendo ciertos pasajes, como si él
mismo no los entendiera del todo o no quisiera profanarlos. La página era
extraña. No era una descripción de la batalla, era la batalla. En su desorden
bélico se agitaban el Dios que es Tres y es Uno, los númenes paganos de Irlanda
y los que guerrearían, centenares de años después, en el principio de la Edda
Mayor. La forma no era menos curiosa. Un sustantivo singular podía regir un
verbo plural. Las preposiciones eran ajenas a las normas Comunes. La aspereza
alternaba Con la dulzura. Las metáforas eran arbitrarias o así lo parecían.
El Rey cambió unas pocas palabras Con los hombres de letras que lo
rodeaban y habló de esta manera:
-De tu primera loa pude afirmar que era un feliz resumen de cuanto se ha
cantado en Irlanda. Ésta supera todo lo anterior y también lo aniquila.
Suspende, maravilla y deslumbra. No la merecerán los ignaros, pero sí los
doctos, los menos. Un cofre de marfil será la custodia del único ejemplar. De
la pluma que ha producido obra tan eminente podemos esperar todavía una obra
más alta.
Agregó con una sonrisa: -Somos figuras de una fábula y es justo recordar
que en las fábulas prima el número tres.
El poeta se atrevió a murmurar: -Los tres dones del hechicero, las
tríadas y la indudable Trinidad. El Rey prosiguió: -Como prenda de nuestra
aprobación, toma esta máscara de oro.
-Doy gracias y he entendido -dijo el poeta. El aniversario volvió. Los
centinelas del palacio advirtieron que el poeta no traía un manuscrito. No sin
estupor el Rey lo miró; casi era otro. Algo, que no era el tiempo, había
surcado y transformado sus rasgos. Los ojos parecían mirar muy lejos o haber
quedado ciegos. El poeta le rogó que hablara unas palabras con él. Los esclavos
despejaron la cámara.
-¿No has ejecutado la oda? -preguntó el Rey.
-Sí -dijo tristemente el poeta-. Ojalá Cristo Nuestro Señor me lo
hubiera prohibido.
-¿Puedes repetirla?
-No me atrevo.
-Yo te doy el valor que te hace falta -declaró el Rey.
El poeta dijo el poema. Era una sola línea. Sin animarse a pronunciarla
en voz alta, el poeta y su Rey la paladearon, como si fuera una plegaria
secreta o una blasfemia. El Rey no estaba menos maravillado y menos maltrecho
que el otro. Ambos se miraron, muy pálidos.
-En los años de mi juventud -dijo el Rey- navegué hacia el ocaso. En una
isla vi lebreles de plata que daban muerte a jabalíes de oro. En otra nos
alimentamos con la fragancia de las manzanas mágicas. En otra vi murallas de
fuego. En la más lejana de todas un río abovedado y pendiente surcaba el cielo
y por sus aguas iban peces y barcos. Éstas son maravillas, pero no se comparan
con tu poema, que de algún modo las encierra. ¿Qué hechicería te lo dio?
-En el alba -dijo el poeta- me recordé diciendo unas palabras que al
principio no comprendí. Esas palabras son un poema. Sentí que había cometido un
pecado, quizá el que no perdona el Espíritu.
-El que ahora compartimos los dos -el Rey musitó-. El de haber conocido
la Belleza, que es un don vedado a los hombres. Ahora nos toca expiarlo. Te di
un espejo y una máscara de oro; he aquí el tercer regalo que será el último.
Le puso en la diestra una daga. Del poeta sabemos que se dio muerte al
salir del palacio; del Rey, que es un mendigo que recorre los caminos de
Irlanda, que fue su reino, y que no ha repetido nunca el poema.
[Del
libro de cuentos El libro de arena]

