Libro N° 12920. Transición. Blackwood, Algernon.
© Libro N° 12920. Transición. Blackwood, Algernon. Emancipación.
Agosto 31 de 2024
Título original: ©
Transition, Algernon Blackwood (1869-1951)
Versión Original: © Transición. Algernon
Blackwood
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© Edición,
reedición y Colección Biblioteca
Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
Algernon Blackwood
Transición
Algernon
Blackwood
John
Mudbury regresaba de sus compras con los brazos llenos de regalos navideños.
Eran las siete pasadas y las calles estaban atestadas de gente. Era un hombre
corriente, vivía en un piso corriente de las afueras, con una mujer corriente y
unos hijos corrientes. Él no los consideraba corrientes, aunque sí los demás.
Traía un regalo corriente a cada uno: una agenda barata para su mujer, una
pistola de aire comprimido para el chico y así sucesivamente. Tenía más de
cincuenta años, era calvo, oficinista, honesto de hábitos y manera de pensar,
de opiniones inseguras, ideas políticas inseguras e ideas religiosas inseguras.
Sin embargo, se tenía a sí mismo por un caballero firme y decidido, sin
percatarse de que la prensa matinal determinaba sus opiniones del día.
Y vivía
al día. Físicamente estaba bastante sano, salvo el corazón, que lo tenía débil
(cosa que nunca le preocupó); y pasaba las vacaciones de verano jugando mal al
golf, mientras sus hijos se bañaban y su mujer leía a Garvice tumbada en la
arena. Como la mayoría de los hombres, soñaba, ociosamente con el pasado, se le
escapaba embarulladamente el presente, e intuía vagamente —tras alguna que otra
lectura imaginativa— el futuro.
—Me
gustaría sobreexistir —decía— si la otra vida fuera mejor que ésta —mirando a
su mujer y sus hijos, y pensando en el trabajo diario—. ¡Si no...! —y se
encogía de hombros como hace todo hombre valeroso.
Acudía a
la iglesia con regularidad. Pero nada en la iglesia lo convencía de que iba a
subsistir en la otra vida, ni le inclinaba a esperar tal cosa. Por otra parte,
nada en la vida lo convencía de que no fuera o no pudiera ser así.
—Soy
evolucionista —le encantaba decir a sus pensativos amigotes (delante de una
copa), ignorando que se hubiera puesto en duda jamás el darwinismo.
Así,
pues, volvía a casa contento y feliz, con su montón de regalos navideños «para
la mujer y los chicos», y recreándose con la idea de la alegría y animación de
su familia. La noche anterior había llevado a su señora a ver magia en un
selecto teatro de Londres frecuentado por intelectuales, y se había
entusiasmado lo indecible. Había ido indeciso, aunque esperando algo fuera de
lo corriente.
—No es un
espectáculo musical —advirtió a su mujer—; ni tampoco una comedia o una farsa,
en realidad.
Y en
respuesta a la pregunta de ella sobre qué decían las críticas, se encogió,
suspiró y enderezó cuatro veces su chillona corbata en rápida sucesión. Porque
no podía esperarse que un hombre de la calle con una pizca de dignidad
entendiese lo que decían los críticos, aunque entendiese la Obra. Y John había
contestado con toda sinceridad:
—Bueno,
dicen cosas. Pero el teatro está siempre lleno, y eso es lo que cuenta.
Y ahora,
al cruzar Piccadilly Circus entre el gentío para coger el autobús, quiso el
azar que (al ver un anuncio) le absorbiese el cerebro dicha Obra particular, o
más bien el efecto que le causara en su momento. Porque le había cautivado lo
indecible: con las maravillosas posibilidades que insinuaba, su tremenda
osadía, su belleza alerta y espiritual. El pensamiento de John se lanzó en pos
de algo: en pos de esa sugerencia curiosa de un universo más grande, en pos de
la sugerencia cuasi divertida de que el hombre no es el único. Y aquí chocó con
una frase que la memoria le puso delante de las narices:
La
ciencia no agota el Universo.
No supo
exactamente cómo ocurrió. Vio un Monstruo feroz que lo miraba con ojos de
fuego. ¡Era horrible! Se abalanzó sobre él. Lo esquivó... y otro Monstruo salió
de una esquina a su encuentro. Corrieron los dos a un tiempo hacia él. Se hizo
a un lado otra vez, con un salto que podía haber salvado fácilmente una valla,
pero fue demasiado tarde. Le tomaron entre los dos sin piedad, y el corazón se
le subió literalmente a la boca. Le crujieron los huesos. Tuvo una sensación
dulce, un frío intenso y un calor como de fuego. Oyó un rugir de bocinas y
voces. Vio arietes; y un testudo de hierro. Luego surgió una luz cegadora.
—¡Siempre
de cara al tráfico! —recordó con un grito frenético; y merced a una suerte
extraordinaria, ganó milagrosamente la acera opuesta.
No había
duda al respecto. Se había librado por los pelos de una muerte desagradable.
Primero, comprobó a tientas los regalos: los tenía todos. Luego, en vez de
alegrarse y tomar aliento, emprendió apresuradamente el regreso —¡a pie, lo que
probaba que se le había descontrolado un poco la cabeza!—, pensando sólo en lo
desilusionados que se habrían quedado su mujer y sus hijos si, bueno, si
hubiese ocurrido algo. Otra cosa de la que se dio cuenta, extrañamente, fue de
que ya no amaba a su mujer en realidad, y que sólo sentía por ella un gran
afecto.
Sabe Dios
por qué se le ocurrió tal cosa; el caso es que lo pensó. Era un hombre honesto,
sin fingimientos. La idea le vino como un descubrimiento. Se volvió un
instante, vio la multitud arremolinada alrededor del barullo de taxis, cascos
de policías centelleando con las luces de los escaparates; y avivó el paso otra
vez, con la cabeza llena de pensamientos alegres sobre los regalos que iba a
repartir, los niños acudiendo a la carrera, y su mujer —¡un alma bendita!—
contemplando embobada los paquetes misteriosos.
Y, aunque
no lograba explicarse cómo, al poco rato estaba ante la puerta del edificio
carcelario donde tenía su piso, lo que significaba que había hecho a pie las
tres millas. Iba tan ocupado y absorto en sus pensamientos que no se había dado
cuenta de la larga caminata.
—Además
—reflexionó, pensando cómo se había salvado por los pelos—, ha sido un susto
tremendo. Una maldita experiencia, a decir verdad.
Todavía
se notaba algo aturdido y tembloroso. A la vez, no obstante, se sentía contento
y eufórico. Contó los regalos, saboreó con antelación la alegría que iban a
producir, y abrió rápidamente con la llave.
—Llego
tarde —comprendió—; pero cuando ella vea los paquetes de papel marrón, se le
olvidará decir nada. Dios bendiga a esa alma fiel.
Hizo
girar suavemente la llave una segunda vez y entró de puntillas en el piso.
Tenía el espíritu henchido del sentimiento dominante de esta tarde: la
felicidad que los regalos navideños iban a proporcionar a su mujer y sus hijos.
Oyó
ruido. Colgó el sombrero y el abrigo en el diminuto vestíbulo, y se dirigió
sigilosamente a la puerta del salón con los paquetes escondidos detrás. Sólo
pensaba en ellos, no en sí mismo. O sea, en su familia, no en los paquetes.
Abrió la puerta a medias y se asomó discretamente. Para estupefacción suya, la
habitación estaba llena de gente. Retrocedió con rapidez, preguntándose qué
podía significar. ¿Una fiesta? ¿Sin saberlo él? ¡Qué raro!
Experimentó
un profundo desencanto. Pero al retroceder, se dio cuenta de que en el
vestíbulo había gente también. Estaba enormemente sorprendido; aunque, por otra
parte, no lo estaba en absoluto. Lo estaban felicitando. Había una verdadera
muchedumbre. Además, los conocía a todos; al menos, sus caras le sonaban más o
menos. Y todos lo conocían a él.
—¿No es
gracioso? —rió alguien, dándole una palmadita en la espalda—. ¡Ellos no tienen
ni la menor idea!
El que
hablaba, el viejo John Palmer, el contable de la oficina, recalcó la palabra
«ellos».
—Ni la
menor idea —contestó él con una sonrisa, diciendo algo que no entendía, aunque
sabía que era cierto.
Su
rostro, al parecer, reflejaba la absoluta perplejidad que sentía. El impacto
del golpe recibido había sido mayor de lo que él había creído, evidentemente,
su cabeza desvariaba. Pero lo raro era que jamás en la vida se había sentido
tan despejado. Había mil cosas que de repente se le habían vuelto de lo más
sencillas. Pero cómo se apretujaba esta gente, y con cuánta familiaridad.
—Mis
paquetes —dijo, abriéndose paso a empujones, alegremente, entre la multitud—.
Son regalos de Navidad que les he comprado —señaló con la cabeza hacia la
habitación—. He estado ahorrando durante semanas, sin fumar un cigarro ni
acercarme a un billar, y privándome de otras cosas, para comprarlos.
—¡Buen
muchacho! —dijo Palmer con una risotada—. El corazón es lo que cuenta.
Mudbury
lo miró. Palmer había dicho una verdad como un templo; aunque, probablemente,
la gente no lo entendería ni le creería.
—¿Eh?
—preguntó, sintiéndose torpe y estúpido, confundido entre dos significados, uno
de los cuales era bonito y el otro indeciblemente idiota.
—Por
favor, señor Mudbury, pase. Lo están esperando —dijo amable y pomposamente una
voz.
Y al
volverse, se encontró con los ojos benévolos y estúpidos de sir James Epiphany,
el director del banco donde trabajaba. El efecto de la voz fue instantáneo
debido al prolongado hábito.
—Desde
luego —sonrió de corazón, y avanzó como movido por una costumbre inveterada.
¡Ah, qué
feliz y contento se sentía! Su afecto por su mujer era real. El amor, desde
luego, se había desvanecido; pero la necesitaba, y ella le necesitaba a él. Y a
sus hijos —Milly, Bill y Jean— los quería profundamente. ¡Valía la pena vivir!
En la
habitación había bastante gente, pero reinaba un asombroso silencio. John
Mudbury miró en torno suyo. Dio unos pasos hacia su mujer, que estaba sentada
en la butaca del rincón con Milly sobre sus rodillas. Algunos hablaban y
andaban de un lado para otro. El número de personas aumentaba por momentos. Se
colocó frente a ellas: frente a Milly y su mujer. Y les dirigió la palabra,
tendiéndoles los paquetes.
—Es
Nochebuena —susurró tímidamente—; y les he... les he traído algo... a cada una.
¡Miren! —les puso los paquetes delante.
—Por
supuesto, por supuesto —dijo una voz detrás él—; pero aunque se pasase usted un
siglo entero presentándoselos, daría igual: ¡no los verán jamás!
—Creo...
—susurró Milly, mirando a su alrededor.
—¿Qué es
lo que crees? —preguntó vivamente su madre—. Siempre estás pensando cosas
extrañas.
—Creo
—prosiguió la niña, ensoñadora— que Papá ya está aquí —calló; luego añadió con
la insoportable convicción de los niños—: estoy segura. Siento su presencia.
Sonó una
carcajada extraordinaria. Era sir James Epiphany el que reía. Los demás —toda
la multitud— volvieron la cabeza y sonrieron también. Pero la madre, apartando
de sí a la criatura, se levantó súbitamente con un gesto violento. Se le había
vuelto blanca la cara. Extendió los brazos al aire que tenía ante ella. Aspiró
con dificultad, se estremeció. Había angustia en sus ojos.
—¡Miren!
—repitió John—. Les he traído los regalos.
Pero su
voz, por lo visto, no produjo el menor sonido. Y con una punzada de frío dolor,
recordó que Palmer y sir James habían muerto hacía años.
—Es magia
—exclamó—. Pero yo te quiero, Jinny; te quiero... y... y siempre te he sido
fiel; fiel como el acero. Nos necesitarnos el uno al otro, ¿acaso no te das
cuenta? Seguiremos juntos, tú y yo, por los siglos de los siglos.
—Piense
—lo interrumpió una voz exquisitamente tierna—; ¡no grite! Ellos no pueden
oírlo ahora —y al volverse, John Mudbury se encontró con los ojos de Everard
Minturn, su presidente del año anterior. Minturn se había ahogado en el
hundimiento del Titanic.
Entonces
se le cayeron los paquetes. El corazón le dio un enorme brinco de alegría. Vio
que su cara —la de su mujer— miraba a través de él. Pero la niña lo miraba
directamente a los ojos. Lo veía.
Lo que su
conciencia registró a continuación fue el tintinear de algo, muy lejos. Sonaba
a millas debajo de él, dentro de él; era él mismo quien sonaba —absolutamente
desconcertado— como una campanilla. Era una campanilla.
Milly se
inclinó y recogió los paquetes. Su cara irradiaba felicidad y alegría.
Pero a
continuación entró un hombre, un hombre de cara solemne y ridícula, con un
lápiz y un cuaderno. Llevaba un casco azul marino. Detrás de él venía una fila
de hombres. Traían algo, algo, Mudbury no podía ver con claridad qué era. Pero
cuando se abrió paso entre la alegre muchedumbre para mirar, distinguió
vagamente dos ojos, una nariz, una barbilla, una mancha de color rojo oscuro y
un par de manos cruzadas sobre un abrigo. Una figura de mujer cayó entonces
sobre ellas, y oyó a sus hijos sollozar extrañamente, luego otros sonidos, como
de voces familiares riendo, riendo de alegría.
—Dentro
de poco se reunirán con nosotros. El tiempo es como un relámpago.
Y, al
volverse rebosante de dicha, vio que era sir James quien había hablado, al
tiempo que cogía a Palmer del brazo, como en un gesto natural, aunque
inesperado, de afectuosa y amable amistad.
—Vamos
—dijo Palmer sonriendo, como el que acepta un don en la comunidad universal—,
ayudémoslos. No lo comprenderán. Pero siempre podemos intentarlo.
La
multitud entera, riente y gozosa, se elevó. Fue, por fin, un instante de vida
auténtica y cordial. La paz y la alegría y el júbilo reinaban en todas partes.
Entonces comprendió John Mudbury la verdad: que estaba muerto.
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Algernon
Blackwood (1869-1951)

