Libro N° 12919. Toma El Tren Z. Harding, Allison V.
© Libro N° 12919. Toma El Tren Z. Harding, Allison V. Emancipación.
Agosto 31 de 2024
Título original: ©
Take The Z-Train, Allison V. Harding (1919-2004). (Traducido Al
Español Por Sebastián Beringheli Para El Espejo Gótico)
Versión Original: © Toma El Tren
Z. Allison V. Harding . (Traducido Al Español Por Sebastián Beringheli Para El
Espejo Gótico)
Circulación
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© Edición,
reedición y Colección Biblioteca
Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
Allison V.
Toma El
Tren Z.
Allison
V. Harding
El
vidente había dicho —todas las cosas de cierta sabiduría y origen incierto van
muy bien con los videntes— «Al final, los viejos miran hacia atrás para revivir
el patrón de sus vidas. Pero los jóvenes, particularmente favorecidos por un
destino que, de lo contrario, parece haberlos descuidado, miran hacia adelante
y, durante este breve instante de eternidad, ven realmente lo que está delante
antes de que se apague la luz.»
Eran las
17:05 cuando Henry Abernathy salió de la oficina. Siempre eran las 17:05 cuando
Henry Abernathy salía de la oficina. Para entonces, se había ocupado del exceso
de trabajo que de alguna manera siempre llegaba a su escritorio hacia el final
de la jornada laboral y había guardado su abrigo en el casillero de empleados
generales.
Hace más
tiempo de lo que podía recordar, Henry había estado complacido con el título de
Supervisor Asistente de Transporte. Era ayudante, de acuerdo, para todos en la
oficina, supervisor de nada. ¡Eso era una risa en alguien con el pelo gris y
los hombros encorvados!
Como de
costumbre, Henry caminó tres cuadras directamente hacia el sur desde la oficina
hasta la estación del metro, deteniéndose solo para comprar el periódico de la
tarde en el puesto de la esquina. Todo fue como de costumbre. Pero se había
estado diciendo todo el día que este era un día importante. Iba a romper con la
vida anterior. Desde el principio, una frase había estado corriendo por su
cabeza. Corría por canales muy gastados porque ya había tenido este pensamiento
antes, lo sabía, aunque su autoría era oscura. El vidente había dicho…
La cita
le fascinaba, no sabía por qué, nunca había sabido por qué.
Henry
Abernathy había creído que podía romper con su rutina sin sentido, con los
mismos rostros de siempre en la oficina, con las mismas tareas estúpidas, con
el mismo miedo que lo azotaba con sus correas de inseguridad a su humilde
posición. Pensar de esta manera lo llevó por las escaleras del metro, a través
del molinete y al nivel inferior donde esperó su tren como lo había hecho,
parecía, miles de veces antes.
De
repente se vio sorprendido por esta caverna tenue e iluminada por un centelleo
debajo del perímetro de la superficie de la tierra. La gente a su alrededor,
las vigas de acero que impiden que el resto del mundo caiga sobre los rieles,
las máquinas de goma de mascar, las balanzas de un centavo... todos estos
objetos parecían desenfocarse en sus pensamientos internos.
Por
instinto, observó el agujero negro a su izquierda al final de la plataforma.
Observó más de cerca, cuando primero le llegó el ruido y luego el parpadeo de
algo en el túnel. Miró hacia arriba, no sabía por qué, porque era un acto
completamente irrelevante, al techo de la estación. Parecía, en la penumbra
subterránea, tan lejano como la cima del universo.
Estaba
cansado, supuso. La vida te hace eso, ¿no? A todos. Abernathy se preguntó si
los que lo rodeaban eran tan miserables como él, o si su desdicha era algo no
reconocido y encerrado en lo más profundo de su interior. Porque esta tumba
subterránea era un lugar para la reflexión, aunque a la inversa, en su bullicio
y repugnante urgencia, los humanos podían tomar vacaciones de sus conciencias,
y empujar, retorcerse, apresurarse hacia estos topos mecanizados que los
llevaban hacia y desde sus tareas, olvidar, y en el olvido ser complacientes.
Otras
veces, cuando Henry Abernathy había esperado aquí así su tren A o B, había
pensado que la gente debía envejecer más rápido en tal entorno extraño: la
plataforma tan dura e inflexible, el aire húmedo, la lejanía de las cosas que
importaban, como el cielo, el sol y el viento. Se preguntó si personas como él
seguramente no envejecerían más rápidamente en una tumba subterránea como esta,
donde ni la esperanza ni ninguna otra cosa podrían crecer o florecer.
La cosa
de metal opaco se deslizó dentro de la estación. Su longitud de oruga se movía
con protestas estridentes y ásperas, sus coches de luces chillonas llamaban.
Las puertas se abrieron y Henry Abernathy caminó automáticamente hacia
adelante, mirando como siempre —porque era un hombre meticuloso— el cuadrado de
la ventana que mostraba la letra alfabética del tren. Sólo dos paraban en esta
plataforma: el A, que era un expreso, y el B, un local. Ambos lo llevarían a
casa.
Subió,
con las puertas cerrándose detrás y el tren sacudiéndose, saltando a la vida de
nuevo. Estaba sentado en los incómodos asientos de madera cuando lo que acababa
de mirar automáticamente en el cuadro de identificación de la ventana exterior
tomó forma en su mente, y con tanta fuerza que se levantó, se acercó a la
ventana y miró el cartel al revés. Brillaba levemente contra el fondo negro en
movimiento del túnel, porque ahora estaban fuera de la estación.
Decía
claramente, por lo que no podía haber ningún error: Tren Z.
El metro
se sacudió con su velocidad creciente, y Henry volvió a su asiento. Era de lo
más peculiar. Nunca antes había circulado un tren que no fuese A o B por esta
vía. Nunca había oído hablar de un Tren Z. ¡Ni siquiera sabía a dónde iba!
Se sentó
con las manos entrelazadas en su regazo y sintió alivio. Tal vez este era el
comienzo de su aventura.
El tren
se tambaleó y aceleró, y mientras los momentos pasaban siniestramente, se dio
cuenta de que el monstruo subterráneo huía sin cabeza y sin prestar atención,
sin el respiro de esos ocasionales oasis iluminados en la espantosa noche del
metro. ¡Seguramente ya habrían llegado a otra estación! Luego… espera un
momento. ¡Ésta, entonces, era su aventura!
Ésta era
la diferencia que, a pesar de sí mismo y de su propia debilidad para efectuar
cualquier cambio, alteraría el rumbo para él. No más jefe, no más horas
regulares...
El tren
iba más rápido.
Fue una
vida monótona, se dijo Henry Abernathy. Monótona y bastante terrible. Ahora
podía confesarse a sí mismo algo que nunca haría bajo el sol, algo que lo
abrumaba. Podía confesar que había pensado en matarse.
Le
invadió una sensación de humedad. El aire del túnel estaba húmedo cuando silbó
en una ventana abierta en el otro extremo del coche. Había un camino muy largo
entre estaciones, y a esta velocidad, eso no estaba nada bien.
Buscó
otras caras en busca de consuelo. De alguna manera, parecía haber tan pocos de
ellos, con esos ojos desviados u ocultos detrás de bultos o papeles. Abernathy
se aclaró la garganta para probar su voz.
—Perdón,
pero ¿en qué tren estoy? —le dijo a la persona más cercana.
No era
una pregunta tonta, a pesar de que estaba sentado casi enfrente de la ventana
donde estaba colocada la placa de identificación, y esa placa decía claramente:
Tren Z.
Se sentó
más rígido contra el respaldo del asiento, la tensión se apoderó de él. Fue su
imaginación la que le dijo que el tren se precipitaba ansiosamente en la
oscuridad cada vez mayor del túnel, porque un tren no se precipita
ansiosamente, ni siquiera un Tren Z. Una libertad poética, sin dudas, un
producto de la imaginación.
Henry
fijó sus ojos en la persona más cercana a él: un hombre muy joven con libros y
suéter, obviamente recién llegado de la universidad, un joven ansioso. Con
sueños, pensó Henry Abernathy con una especie de tristeza.
El joven
no miraba nada en particular, y Abernathy pensó.
—Ah,
pronto me mirará. Le llamaré la atención y diré, inclinándome hacia adelante
para no tener que anunciarlo al resto del vagón: Joven, parece que me he
equivocado de tren —una pequeña sonrisa por mi propia estupidez—. ¿Podría
decirme adónde vamos?
El joven
del suéter golpeó sus libros con las yemas de los dedos, golpeó el suelo con el
pie, silbó entre dientes y miró por la ventana, o hacia arriba y hacia abajo
del coche, de forma casual y rápida.
Abernathy
se levantó para hablar con él directamente y luego lo pensó mejor. Pasó lo
suficientemente cerca para ver que el joven estaba más limpio que la mayoría.
Imaginó que así debió verse él al regresar de la universidad, años atrás, pero
eso estaba lejos de aquí tanto en el tiempo como en el espacio.
Había una
chica, una chica bonita, notó. Tenía ojos muy abiertos, un buen mentón, una
boca agradable, bien vestida. Le preguntaría a ella… pero con otros hombres en
el coche se vería... bueno, no se vería bien si un hombre como él se dirigía a
una hermosa jovencita.
Había
varios otros hombres, bien vestidos, semi-exitosos o mejor, con cadenas de
reloj sobre sus barrigas, maletines, el tipo de hombres de negocios. Jefes.
Entonces,
casi en la puerta que se abría entre los coches había otro hombre, más joven,
con un esmoquin que no le quedaba bien, probablemente yendo a una fiesta. Era
un esmoquin alquilado, pensó Henry Abernathy con cierta satisfacción. ¡Él sabía
lo que era eso! Por qué, cuando tenía esa edad, una vez había alquilado un
esmoquin y probablemente no le había quedado mejor que a este tipo.
Abernathy
llegó a la puerta y se aferró al pomo de latón de color amarillo rojizo. Tenía
la sensación reconfortante de toda la vida, de la realidad, con la pegajosidad
de decenas de manos; la gente lo abre y lo cierra, camina hacia adelante, hacia
atrás, tocándolo con las manos.
Entonces
avanzó, sumando sus pasos a la velocidad del tren en esa dirección.
No estaba
seguro si eran uno, dos o tres coches, ni tampoco de los demás pasajeros. Se
tambaleó un poco ante el balanceo del metro. Anhelaba de repente deshacerse de
esta cosa, esta escena, este lugar. Todas esas figuras, esas personas con las
que se había sentado en el primer coche adquirieron una extraña familiaridad de
pesadilla en su mente.
Fue el
trabajo penoso, el exceso de trabajo y la desesperanza de su vida, lo que lo
hacían pensar así. O quizás algo más.
—Algo que
comí.
Eso fue
lo que le hizo saber que el muchacho del suéter era Henry Abernathy, y quizás
también lo era el hombre un poco mayor con el esmoquin alquilado. La niña era
la que había dicho que no. Eso también fue hace mucho tiempo. Y esos hombres
fuera de forma, regordetes y caros fumadores de puros, eran los jefes para los
que había trabajado, y otros para los que no había llegado a trabajar; sujetos
que le habían echado una mirada de superioridad, haciéndolo sentir inferior,
indigno de su atención.
La
plenitud del horror se apoderó de Henry Abernathy cuando llegó a la parte
delantera del primer coche. Se apoyó en el compartimento del motorista y miró
hacia el túnel que se precipitaba hacia ellos y a su alrededor.
El túnel
se alejaba, se alejaba, siempre girando, al parecer, como si estuviera dando
vueltas.
Henry se
puso de pie y miró, fascinado. No pudo ir más lejos. No pudo regresar. Miró con
curiosidad el cubículo del motorista. Ese lugar estaba oscuro, la sombra se
dibujaba casi hasta la parte inferior de la ventana. Pero había un hombre allí
con gorra, y una mano enguantada descansaba sobre el acelerador colocado al
máximo, un hombre que se balanceaba con el movimiento del tren que conducía. Un
motorista.
Los años
volvieron a Henry como hojas que caen en secuencia, y supo que las personas que
estaban detrás de él eran parte de él, de él mismo y de otros que había
conocido.
¿Qué era
entonces este tren? ¿Su vida de principio a fin, y su destino?
Se quedó
hipnotizado por sus pensamientos, atraído por la oscura fascinación del túnel
que tenía delante, las pequeñas luces amarillas que brillaban, marcando con su
debilidad tanto el espacio como la velocidad. Fue una eternidad la que Henry
Abernathy estuvo allí... o fue un segundo. Tampoco importaba.
Pero
adelante, finalmente, vio algo. No era exactamente una estación, pero había una
luz, una pequeña luz parpadeante al costado del túnel. El tren no parecía
acercarse a la luz, sino flotar hacia ella.
Los
chillidos y quejidos del metro a alta velocidad se apagaron, por lo que
debieron reducir la velocidad. La luz se acercó. Había una señal, una señal muy
grande. La había visto antes cuando viajaba en un tren abarrotado, en la hora
pico, se detuvo en la oscuridad entre dos estaciones, tal vez indicando una
escalera cercana que conducía a lo anterior. El letrero decía «Salida».
Pero…
había más que eso. Al otro lado de las vías había algo. Observó con atención
durante las horas en las que parecía que el tren tardaba en acercarse. No
importaba qué vio primero, en qué orden percibió estas cosas: la señal, la cosa
en las vías; la cosa en las vías, la señal.
Era un
cuerpo sobre las vías, tendido boca arriba, como un saco de algo. El rostro
estaba extrañamente luminoso en la oscuridad del túnel, y ese rostro era tan
terriblemente familiar como los demás que estaban detrás de él en el tren. Tan
familiar y claro como el letrero debajo de la luz amarilla. Simplemente decía:
«Z».
Ahora
estaban cerca. El cuerpo casi estaba debajo del monstruo de metal; el signo, la
«Z», era cada vez más grande.
Y luego
hubo un destello cegador: todo el brillo de todo el mundo, de todos los tiempos
explotando en el túnel, a través de ese cuerpo familiar y el cartel; una luz
que tocó acordes y notas en su mente. Eso era, música, fácil de escuchar
mientras se reproducía y giraba.
Era el
sonido del carrusel, el calíope, y mientras la pequeña serie de silbidos,
tocados por teclas como un órgano, estallaban y ululaban, Henry Abernathy daba
vueltas y vueltas en el mar de los recuerdos sobre el caballito alegremente
pintado: un caballito que se alimentaba y se iluminaba con sus lágrimas de
alegría y placer.
Este fue
un día importante para Henry. Iba a romper con su vida anterior, y tal vez esa
vida anterior comenzaba —o la única parte que contaba— en el piso de la casa
con las paredes color crema que parecían tan altas a los siete años.
Tenía que
deletrear algo. Madre insistió. Era una palabra, una palabra sin sentido, que
no importa entre las miles de nuestro idioma. Era perversa y había una letra
que no quiso agregar, pero mamá fue tan insistente.
—¡Piensa!
—dijo ella—. ¡Piensa!
Y recordó
el color cada vez más profundo de su rostro, lo recordó como recordaba ahora
todas estas otras cosas, pasadas y futuras.
—¡Piensa!
—repitió—. ¡Piensa!
Tenía que
añadir una letra para corregir la palabra perfecta, para rellenarla, para que
su mente adulta funcionara correctamente.
—¡Piensa!
—dijo de nuevo—. ¡Es una carta inusual!
Conocía
muy bien la carta. Solo tenía que empujarla en su lugar con el pie o la mano.
Pero la rebelión lo detuvo.
Y luego
mamá dijo sombríamente:
—¡Piensa,
Henry! ¡Hazlo o no irás a la feria!
Y con
eso, la rueda de la ruleta completó su giro final y se detuvo, marcando su
elección, y él, petulantemente, y todavía sin querer, pero abrumado por el
conocimiento de que perdería algo más grande, puso la letra en su lugar.
Y ella
gritó victoriosa:
—¡Por
supuesto! ¡Z! ¡Lo sabías todo el tiempo, Henry!
Fue más
tarde, entonces, cuando visitó el carnaval casi explotando con su entusiasmo de
niño pequeño. ¿Hubo tiempo suficiente para todas las cosas que había que hacer
y ver, tocar y jugar? ¿Había suficiente de él para oler y comer todas las cosas
que se podían oler y comer?
Y al
final, lo mejor de todo, el carrusel, los caballitos que subían y bajaban,
subían y bajaban, giraban y giraban, con la extraña, extraña y maravillosa
música del calíope, viajó millas en su caballito verde y amarillo.
Madre se
quedó fuera del mundo de carreras e hizo un gesto, como golpeando con el pie,
como queriendo que se detuviera.
Fue
entonces, en algún momento durante su enésimo paseo en el caballito verde y
amarillo que se movía de un lado a otro, cuando su mente de siete años, que
conocía bien los silbidos del órgano del carrusel, oyó algo más, algo que había
venido de otro mundo. Un estruendo y una luz cegadora; algo precedido solo por
un poco de humedad y la ira de Madre mientras estaba de pie, sin controlarlo
más, ya completamente fuera de su mundo, bajo un paraguas levantado
apresuradamente, pateando con el pie y llamándolo.
Henry fue
atrapado entonces en ese instante por su amigo, quien lo acogió en este momento
de alegría estallando como el cabeceo de una flor. Fue por ese momento que el
vidente había hablado. Fue por ese momento que la «Z» fue recordada. Y fue ese
momento el que le mostró cómo habría sido en tiempos aún no nacidos, ser
olvidado para siempre en un tiempo que nunca será.
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Allison
V. Harding (1919-2004)
(Traducido
al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)

