Libro N° 12891. La Hija De Albión. Chéjov, Antón.
© Libro N° 12891. La Hija De Albión. Chéjov, Antón. Emancipación.
Agosto 24 de 2024
Título original: ©
La Hija De Albión. Antón Chéjov
Versión
Original: © La Hija De
Albión. Antón Chéjov
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© Edición,
reedición y Colección Biblioteca
Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
Antón Chéjov
La Hija
De Albión
Antón
Chéjov
Antón
Chéjov
(Ucrania,
1860 - Alemania, 1904)
La Hija
De Albión (1883)
(“Дочь
Альбиона”)
Originalmente
publicado en la revista Fragmentos [Añicos], Núm. 33 (13 de agosto de 1883);
Relatos
abigarrados [Пестрых рассказов] (1886);
Obras
completas (vol. II)
Una magnífica calesa con llantas de
caucho, asiento de terciopelo y un grueso cochero en el pescante se detuvo ante
la casa del hacendado Griabov. Fiódor Otsov, mariscal de la nobleza del
distrito, se apeó de un salto. En el vestíbulo le recibió un soñoliento lacayo.
—¿Está el señor en casa? —preguntó el
mariscal.
—No, excelencia. La señora y los niños
se han ido de visita y el señor está pescando con mademoiselle la gobernanta.
Se fueron por la mañana.
Otsov, tras reflexionar durante un
instante, se dirige a la orilla del río en busca de Griabov. Lo encuentra a
unas dos verstas de la casa. Nada más verlo desde lo alto de la escarpada
ribera, Otsov se ríe a carcajadas… Griabov, hombre grueso, corpulento, con una
cabeza muy grande, está sentado a la turca sobre la arena, con una caña en la
mano. Lleva el sombrero echado hacia atrás, la corbata cuelga hacia un lado… A
su lado hay una inglesa alta y delgada, con ojos saltones de cangrejo y una
gran nariz aguileña, más parecida a un gancho que a una nariz. Viste un traje
blanco de muselina a través del cual se transparentan los hombros amarillentos
y descamados. Del cinturón dorado cuelga un reloj de oro. También está
pescando. En torno a ellos reina un silencio de muerte. Ninguno de los dos se
mueve, como tampoco las aguas, sobre las que flotan las veletas.
—¡Ánimo no falta, pero no hay suerte!
—dijo Otsov, riendo—. ¡Buenos días, Iván Ruzmich!
—Ah… ¿eres tú? —preguntó Griabov, sin
apartar los ojos del agua—. ¿Has venido?
—Ya lo ves… y tú, ¿sigues ocupándote de
estas naderías? ¿Cómo es posible que no te canses?
—Que el diablo… Llevo todo el día
pescando, desde por la mañana… Hoy no pica ni uno. Ni yo ni este adefesio hemos
cogido nada. Pasan las horas y nada. ¡Es para perder la paciencia!
—¡Mándalo todo a paseo! ¡Vámonos a tomar
una copa de vodka!
—Espera… Quizá cojamos algo… Por la
tarde pican más… ¡Llevo aquí desde por la mañana, amigo! No soy capaz de
expresar lo mucho que me he aburrido. ¡Sin duda es el diablo quien me ha hecho
aficionarme a la pesca! Sé que es una tontería, pero no me muevo del sitio.
Sigo aquí como un canalla, como un presidiario, mirando el agua, lo mismo que
un imbécil… Debería estar supervisando la siega y estoy pescando. Ayer ofició
la misa en Japónevo el arzobispo, pero yo, en lugar de ir, me quedé aquí con
este esturión… con esta diablesa…
—Pero… ¿te has vuelto loco? —le preguntó
Otsov, mirando de soslayo a la inglesa con aire confuso—. Decir esas groserías
en presencia de una dama… y encima sobre ella…
—¡Que se vaya al diablo! Da igual, no
entiende ni una palabra de ruso. Ya puedes dedicarle un cumplido o insultarla,
a ella le da lo mismo. ¡Mira qué nariz tiene! ¡Es para desmayarse! ¡Pasamos
días enteros juntos y no cruzamos ni una palabra! Se queda ahí plantada, como
un espantapájaros, mirando el agua con ojos como platos.
La inglesa bostezó, cambió el cebo y
volvió a lanzar.
—¡No salgo de mi asombro, amigo!
—continuó Griabov—. ¡La muy idiota lleva viviendo en Rusia diez años y no ha
aprendido ni una palabra! Cuando uno de nuestros hidalgüelos va a su país,
aprende a chapurrear en nada de tiempo, mientras que ellos… ¡el diablo los
entiende! ¡Mira qué nariz tiene! ¡Mira qué nariz!
—Bueno, basta… No está bien… ¿Por qué la
has tomado con esa mujer?
—No es una mujer, es una señorita…
Apuesto a que sueña con casarse, ese adefesio del demonio. Y encima huele a
podrido… ¡La odio, hermano! ¡Me saca de mis casillas! Cuando me mira con sus
ojos saltones tengo la misma sensación que si me hubiera rozado el codo con una
barandilla. También le gusta pescar. Mírala: pesca como si estuviera oficiando
misa. Todo lo mira con desprecio… La muy canalla está convencida de que es un
ser humano y hasta quizá piense que es la reina de la Creación. ¿Sabes cómo se
llama? ¡Wilka Charlzovna Tfais! ¡Uf! ¡Es impronunciable!
La inglesa, al escuchar su nombre,
volvió poco a poco la nariz hacia Griabov y lo miró de arriba abajo con desdén.
A continuación posó los ojos en Otsov, al que también cubrió de desprecio. Todo
eso lo hizo en silencio, con lentitud y aire de importancia.
—¿Has visto? —preguntó Griabov, riéndose
a carcajadas—. ¡Ahí queda eso! ¡Ah, adefesio! Sólo por mis hijos mantengo en
casa a este tritón. De no ser por ellos, no la dejaría acercarse ni a diez
verstas de mi hacienda… Su nariz parece el pico de un gavilán… ¿Y su talle?
Esta muñecona me recuerda un clavo largo. Con qué gusto la hundiría en la
tierra. Espera… Parece que pican…
Griabov se abalanzó sobre la caña y
tiró. El sedal se tensó… Griabov volvió a tirar, pero no pudo soltar el
anzuelo.
—¡Se ha enganchado! —dijo y frunció el
ceño—. Seguramente ha quedado prendido en una piedra… Maldita sea…
El rostro de Griabov expresaba
sufrimiento. Con movimientos destemplados, acompañados de suspiros y
blasfemias, se puso a tirar del sedal. Pero sus esfuerzos no tuvieron
resultado. Se puso pálido.
—¡Vaya desgracia! Hay que meterse en el
agua.
—¡Déjalo ya!
—Imposible… Por la tarde es cuando mejor
pican… ¡Menuda tarea, que Dios me perdone! Hay que meterse en el agua. No hay
más remedio. ¡Y si supieras qué pocas ganas tengo de desnudarme! Es necesario
que la inglesa desaparezca de aquí… Me resulta embarazoso desnudarme delante de
ella. ¡A pesar de todo es una dama!
Griabov se quitó el sombrero y la
corbata.
—Miss… eh… —exclamó, dirigiéndose a la
inglesa—. ¡Miss Tfais! Je vous prie… ¿Cómo explicárselo? ¿Cómo voy a decírtelo
para que lo entiendas? Escucha… ¡Vete allí! ¡Allí! ¿Me oyes?
Miss Tfais respondió con una mirada de
desprecio y un ruido nasal.
—¿Qué? ¿No entiendes? ¡Te están diciendo
que desaparezcas! ¡Tengo que desnudarme, muñecona del diablo! ¡Márchate de
aquí! ¡Márchate!
Griabov cogió a la inglesa por la manga,
le señaló unos arbustos e hizo ademán de sentarse; con esos gestos trataba de
decirle que se fuera y se ocultara en ese lugar… La inglesa, moviendo
enérgicamente las cejas, pronunció con apresuramiento una larga retahíla en
inglés. Los hacendados se echaron a reír.
—Es la primera vez en mi vida que oigo
su voz… ¡Y qué vocecita, por cierto! ¡No se entera! ¿Qué hacer?
—¡Déjalo! ¡Vamos a tomar un vaso de
vodka!
—Imposible, están a punto de picar… Ya
cae la tarde… Bueno, ¿qué puedo hacer? ¡Menudo asunto! Tendré que desnudarme
delante de ella…
Griabov se quitó la chaqueta y el
chaleco, y se sentó en la arena para desatarse las botas.
—Escucha, Iván Kuzmich —dijo el mariscal
de la nobleza, tapándose la boca con la mano para ocultar la risa—. Esto ya es
una burla, amigo mío, un escarnio.
—¡La culpa es suya por no entender nada!
¡Que le sirva de lección a los extranjeros!
Griabov se quitó las botas y los
pantalones, se despojó de la ropa interior y se quedó como Dios lo trajo al
mundo. Rojo por la risa y la vergüenza, Otsov se cogía el vientre con las
manos. La inglesa levantó las cejas y parpadeó… Una sonrisa despectiva y altiva
cruzó su rostro amarillento.
—Hay que dejar que el cuerpo se enfríe
—dijo Griabov, dándose unas palmadas en las caderas—. Dime, Fiódor Andreich,
¿porqué todos los veranos me sale alguna erupción en el pecho?
—¡Métete de una vez en el agua o cúbrete
con algo! ¡Animal!
—¡Ni siquiera se ha turbado, la muy
canalla! —exclamó Griabov, entrando en el agua y santiguándose—. Brrr… ¡Qué
fría! ¡Mira cómo mueve las cejas! No se va… ¡Está por encima de la masa! Je,
je, je… ¡No nos considera personas!
Cuando el agua le llegó por las
rodillas, estiró su enorme cuerpo, guiñó un ojo y dijo:
—¡Que se entere, hermano, de que no está
en Inglaterra!
Miss Tfais cambió el cebo con la mayor
sangre fría, bostezó y lanzó el sedal. Otsov se dio la vuelta. Griabov
desenganchó el anzuelo, se zambulló y salió del agua resoplando. Al cabo de dos
minutos estaba de nuevo sentado en la arena, pendiente de su caña.

