Libro N° 12881. Tan Real. Specht, Robert.
© Libro N° 12881. Tan Real. Specht, Robert. Emancipación.
Agosto 24 de 2024
Título original: ©
The Real Thing, Robert Specht.
Versión
Original: © Tan Real. Robert Specht.
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© Edición,
reedición y Colección Biblioteca
Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
Robert Specht
Tan Real
Robert
Specht
Charlie
Atkinson y Tad Winters llegaron al manicomio el mismo día. Charlie iba
realmente tranquilo. Como estaba medio chiflado, le daba igual dormir en un
sitio como en otro: todos eran buenos. A Tad, no. Cuando se lo llevaron,
aullaba como un perro apaleado.
Todos los
pueblos tienen su tonto y su bromista. Y, al parecer, el primero enloquece
siempre debido a las bromas del segundo. Así ocurrió con Charlie y Tad. Aunque
Charlie nunca pareció notar que le gastaban bromas. Cualquiera que fuere la
broma que le gastaba Tad, Charlie sonreía con su sonrisa bobalicona y decía:
—Ese Tad
es muy gracioso. ¡Claro que es gracioso!
Charlie
dormía en una pequeña habitación situada en la parte de atrás de la capilla
ardiente de la funeraria del señor Eakins. Su misión era mantener limpio el
local, el cual barría de cuando en cuando. Eakins le dejaba hacer pequeños
trabajos como éste, para que así Charlie no creyera que le tenían por caridad.
A Charlie le gustaba su cuartito, sin pensar siquiera que la mayor parte del
tiempo tenía un inquilino en la capilla ardiente de la funeraria.
Llegó
abril. Las lluvias convirtieron el camposanto en un verdadero lodazal, y hasta
que las aguas desaparecieron la funeraria de Eakins tuvo tres inquilinos
esperando a hacer su último viaje. Charlie se vio obligado a compartir su
cuartito con la hija de Dayton, que murió de pulmonía algunos días antes. Tan
pronto como Tad se enteró de aquello, no pudo evitar el gastarle una broma a
Charlie.
—He oído
decir que tienes compañía, Charlie. ¿Es cierto?
Charlie
le miró extrañado.
—Sí. Me
refiero a esa linda muchacha que está alojada contigo.
—¡Caramba,
Tad! Es la hija de Dayton. Ya lo sabes.
Charlie
dirigió una mirada a su alrededor para ver si los amigotes de Tad estaban
sonriéndose. Aún no estaba seguro de si le gastaban una broma.
—¿Quieres
decir que no es tu esposa?
—Tad, esa
muchacha está muerta. No puede ser esposa de nadie. Tú no estás bien de la
cabeza.
Algunos
de los muchachos se hallaban a punto de soltar la carcajada; pero Tad los
contuvo con una rapidísima mirada. Se le había ocurrido una idea.
—Charlie,
¿no viste nunca levantarse a esa chica por las noches y corretear por tu
habitación?
—Ahora es
cuando estoy convencido de que estás loco.
—No lo
estoy —respondió Tad con voz lúgubre—. Todo cuando puedo decirte es que será
mejor que te asegures de que la tapa de su ataúd está bien cerrada.
Todos los
rostros que rodeaban a Charlie conservaban sus expresiones serias.
—¿Por qué
será mejor que me asegure? —preguntó el tonto.
—Por el
pueblo corre el rumor de que la chica fue mordida por un lobo antes de morir
—Tad acercó su cara a la de Charlie y continuó—: Pero no un lobo corriente,
sino un hombre lobo. ¿Te das cuenta de lo que eso pudo hacer de ella?
—¿Una
vampiresa?
Charlie
estaba un poco confuso, pero Tad continuó remachando el clavo.
—Exactamente.
Seguro que una noche te dormirás y a la mañana siguiente verás los dientes de
esa chica clavados en tu cuello. Te habrá chupado la sangre hasta dejarte seco.
Dicho lo
cual, Tad se alejó con sus amigos, dejando solo a Charlie para que pensara
sobre aquello.
Más
tarde, Charlie hizo a míster Eakins algunas preguntas sobre los vampiros, y
Eakins le contó cuanto él sabía. Antes que pudiera preguntarle a Charlie para
qué quería saber aquello, entró un parroquiano y Eakins olvidó el asunto por
completo.
Lo que
hizo fue terrible, porque aquella misma noche Tad y sus amigotes se reunieron
en la parte de atrás de la funeraria, donde se hallaba la habitación de
Charlie. Algunos comerciantes del pueblo le pagaban a Charlie cincuenta
centavos a la semana para que antes de acostarse revisara las puertas de sus
tiendas con el fin de asegurarse de que estaban bien cerradas. Y eso era lo que
estaba esperando, para actuar, el grupo reunido en la calle.
Tad se
volvió a Susan, la única muchacha del grupo. Pensaba casarse con ella en breve;
pero la forma en que iba maquillada aquella noche hizo que Tad se estremeciera
un poco al mirarla. Sus ojos estaban ribeteados de negro y sus labios pintados
de morado. El resto del semblante estaba blanqueado, a excepción de algunos
cercos negros para ahondar las mejillas.
—Tad, no
me gusta nada hacer esto —susurró la muchacha.
—¡Oh
cariño! No es más que una broma.
—Sí, pero
no me agrada la idea de meterme en un ataúd.
—No
permanecerás en él más que unos minutos, hasta que Charlie vuelva. Como te
dije, te meteremos en uno de los ataúdes que Eakins tiene como muestra en el
vestíbulo y lo sustituiremos por el que está en la habitación de Charlie.
Cuando él vuelva a su cuarto, tú lanzas unos cuantos lamentos, levantas la
tapa... y a reír.
—Supongamos
que le da un ataque al corazón o algo por el estilo.
—¡Oh, es
demasiado tonto para eso! Echará a correr, gritando, y no parará hasta el
límite del condado. ¡En dos minutos estará allí!
Susan se
rió sin ganas.
—¡Chis!
—dijo una voz.
Era la de
uno que estaba mirando desde la esquina del edificio hacia la parte de delante.
—¡Ya
sale! ¡Vámonos!
El grupo
se ocultó, y cuando Charlie desapareció calle arriba, entraron corriendo por la
puerta sin cerrar de la funeraria. Minutos después, cuando Charlie regresó, los
hombres estaban otra vez en la calle, en la parte trasera del edificio.
—Ayudadme
—dijo Tad.
Dos de
sus amigos le tomaron por las piernas y le alzaron lentamente hasta que pudo
ver el interior de la habitación de Charlie a través de una ventana que parecía
una tronera.
—Ya entra
—susurró Tad al grupo que estaba abajo—. Se ha sentado en el catre y se está
quitando los zapatos.
Tad no
tuvo que informar sobre lo que sucedió a continuación, porque todos pudieron
oír desde donde estaban el lamento que salió del ataúd de mimbre. Dentro del
cuartito, Charlie se puso en pie de un salto. Otro lamento salió del ataúd y
Charlie se agarró al borde de su catre. Al mismo tiempo, Tad se sostenía con
una mano en el alféizar de la ventana, mientras trataba de ahogar la risa con
la otra.
—¿Qué
pasa? —preguntó una voz desde abajo.
—Espera
—contestó Tad, sin poder contener una risita—. Se abre la tapa del ataúd. Ella
se incorpora. ¡Dios! ¡Parece un cadáver de verdad! Creo que Charlie echará a
co...
Se
interrumpió cuando Charlie, de pronto, recobró el movimiento. Empezó a andar
lentamente, no hacia la puerta, como Tad creyó que haría, sino en línea recta
hacia el ataúd. También Susan estaba sorprendida, como Tad pudo muy bien darse
cuenta, y no ofreció resistencia cuando Charlie saltó hacia ella, la empujó
dentro del ataúd y bajó la tapa.
—¿Qué
sucede, Tad? —preguntó alguien.
Tad
estaba demasiado aturdido para contestar.
—No sé.
Ha vuelto a encerrarla dentro del ataúd. Ahora está sacando algo de debajo del
colchón. Parece como si... ¡oh, Dios mío! ¡Dios mío! ¡No!
El horror
que se notaba en su voz cortó de raíz la risa que estaba a punto de estallar
entre sus amigos. Uno de los que le sujetaban las piernas aflojó de pronto y
Tad cayó al suelo, gimiendo. Antes que los hombres pudieran recobrarse, llegó
hasta ellos, procedente de la habitación de Charlie, un grito aterrador, que
heló la sangre a todos los que esperaban abajo: era el grito de una mujer en
mortal agonía, y fue seguido por otro, más desgarrador que el primero.
Tad se
puso en pie y, corriendo, dio la vuelta al edificio. Cuando sus amigos le
alcanzaron, ya estaba empujando con todas sus fuerzas la pesada puerta de la
funeraria, presa de la locura. Uno de los hombres conservó la calma. Apartando
a los otros, tomó una silla que estaba delante de la ventana de cristales y la
lanzó contra ella. Tad fue el primero que entró por ella cuando los cristales
dejaron de caer al suelo. Los gritos procedentes de la habitación de Charlie
alcanzaron su cúspide.
Cuando
los hombres llegaron a la puerta, cesaron de repente. Tad fue el primero que
entró en el cuartito, y lo que vio le hizo lanzar un aullido. El ataúd de
mimbre continuaba aún sobre los dos soportes en que fuera colocado unos minutos
antes. Charlie estaba en pie, delante de él, con un mazo en la mano. Un ligero
estertor salió del ataúd cerrado y la larga estaca de madera, incrustada entre
sus trenzadas fibras, se movió levemente cuando la moribunda mujer que yacía
dentro se estremeció por última vez.
Luego,
todo quedó inmóvil. La sangre empezaba a gotear sobre el suelo.
Tad
comenzó a gritar desgarradoramente.
Cuando
las autoridades se llevaron a Tad y a Charlie, todos estuvieron de acuerdo en
que la culpa la tenía el primero. Todos, excepto Eakins. Estuvo borracho
durante una semana, diciendo que él fue el loco que explicó a Charlie la forma
de matar un vampiro: clavándole una estaca en el corazón.
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Robert
Specht

