Libro N° 10816. El Cosmonauta Azul. Pulliti Carrasco, Yelinna.
© Libro N° 10816.
El Cosmonauta Azul. Pulliti
Carrasco, Yelinna. Emancipación. Enero 21 de 2023
Título original: ©
El
Cosmonauta Azul. Yelinna Pulliti Carrasco
Versión Original: © El
Cosmonauta Azul. Yelinna Pulliti Carrasco
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Portada
E.O. de Imagen original:
Ilustración
para el cuento "El cosmonauta azul", de Yelinna Pulliti Carrasco
©
2010, SBA: https://axxon.com.ar/rev/204/c-204cuento11ilus1.htm
© Edición, reedición
y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS
SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
Yelinna Pulliti Carrasco
El
Cosmonauta Azul
Yelinna
Pulliti Carrasco
El
Cosmonauta Azul
Yelinna
Pulliti Carrasco
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—Por
nuestra soberanía, por nuestro espacio vital, por nuestros recursos y por
nuestro suelo, por nuestros hijos…
Nikolai
apoyó una mano en el vidrio de la ventana. Estaba en un tercer piso así que
desde allí podía contemplar las filas de soldados y pilotos, alineados casi con
precisión matemática frente al General Superior de las Fuerzas Armadas. Éste
estaba pronunciando su discurso final antes de partir con todas sus tropas a la
Guerra, pero Nikolai sólo lo escuchaba a medias. Él no era militar sino
ingeniero, junto a un centenar de personas había diseñado los sensores y
sistemas de navegación que llevaban dentro los aviones bombarderos, no había
nada en el discurso del General que le importara en lo más mínimo.
—… se ha
negado un acuerdo, han ofendido nuestros principios, han llamado a la
violencia…
Nikolai
lanzó una carcajada. La hipocresía del discurso era tal que no sabía si empezar
a reírse como un loco o echarse a llorar. Apoyó la cabeza en la ventana,
mirando al suelo, casi con los ojos cerrados.
Los
aplausos y vítores de los soldados lo hicieron despertar. Cuando volvió a
observarlos, todos ellos, con el General Superior al frente, se dirigían a sus
vehículos y se alistaban para partir.~
Vio
elevarse los aviones con su cargamento de muerte antes de dar media vuelta y
salir del cuarto. También era su momento de irse.
Habían
sido prisioneros de su propio Gobierno. Prácticamente los habían secuestrado de
sus casas y los habían arrastrado hasta la Base de las Fuerzas Armadas, ubicada
en medio de un arenal gris, vacío. Un día él estaba cómodamente ocupado en sus
asuntos y al siguiente, encerrado en un sótano junto a decenas de ingenieros y
científicos, todos llevados allí a la fuerza.~
Los
obligaron a prestar sus servicios y su conocimiento para la Guerra. Nikolai
intentó oponerse, ya sabía que esa Guerra era un suicidio masivo, pero tuvo que
firmar para la milicia un contrato de trabajo por tiempo ilimitado con un fusil
apuntándole a la cabeza.~
La Base
se convirtió en su prisión. Por cuatro años había compartido el cuarto y el
baño con una docena de personas, soportado las continuas amenazas, aguantado la
mala comida, los horarios de trabajo extenuantes, la vigilancia constante.
Había perdido diez kilos y envejecido diez años. Se veía y actuaba como un
mendigo, costumbre adquirida tras meses de soportar el desprecio de los
militares y el abuso de poder. Estaba exhausto, pero al menos, la pesadilla
llegaba a su fin.
El día
anterior los habían puesto en libertad. Nikolai caminaba por los desiertos
pasillos, por primera vez en mucho tiempo sabiendo que nadie lo observaba. Se
sintió tan feliz que empezó a silbar.
Fue al
baño y se afeitó la barba con la maquinilla que había robado la noche anterior.
Ya había habido bombardeos antes de su arresto y las cosas iban empeorando con
el tiempo. Las ciudades eran destruidas y los bosques incinerados. Los Estados
se iban a la ruina por mantener una lucha absurda mientras la gente moría de
hambre frente a sus narices. ~
Se lavó
la cara y salió.
El
laboratorio Nº 4 había sido su área de trabajo desde que llegó a la Base. Sus
instrumentos aún estaban sobre la mesa, los miró y, de un manotazo, los arrojó
al suelo. Era su manera de despedirse.
Abrió la
puerta del fondo y entró a una habitación más pequeña. Dentro estaba la cabina
de un avión pintada de azul acero.
Larry
había sido un reconocido científico y profesor de Nikolai en la universidad.
Ambos habían sido arrestados con pocos días de diferencia. Si a Nikolai lo
habían sorprendido almorzando, a Larry lo habían sacado de su casa descalzo y
en ropa de dormir.~Tenía motivos de sobra para sentir un profundo odio hacia
los militares y apenas puso un pie en la Base, empezó a maquinar cómo escapar
de allí.
Nikolai
había sido su única persona de confianza. No le habló de su plan de escape
hasta que el diseño estuvo completo, varias semanas después.
—Mira,
muchacho —le dijo una noche, en un rincón oculto del laboratorio, alumbrados
por un encendedor de plástico —, esto es lo que he estado diseñando: un
vehículo que nos sacará de aquí sin que ninguno de esos miserables pueda
detenernos.~
Nikolai
miró con desconfianza el cuaderno que Larry le mostraba. Él sabía que si se
atrevían a hacer cualquier cosa a espaldas de los militares, los fusilarían sin
piedad. Incluso el estar cuchicheando escondidos cuando deberían estar
durmiendo era más que suficiente para que los mataran a culatazos. Los apuntes
de Larry llenaban más de medio cuaderno de complicados diagramas y ecuaciones
matemáticas.
—Es una
locura, Larry, aunque reclutáramos a toda la gente…
—No seas
terco ¡demonios! —lo interrumpió irritado— He hecho mis cálculos de una forma
muy precisa, y entre dos personas, con los materiales que disponemos aquí…
¡Deja de negar con la cabeza, maldita sea, y escúchame! Te digo que no nos
tomará más que un par de años terminar este vehículo y escapar de este lugar
¿Crees que es mucho tiempo? La Guerra durará mucho más que eso y fácilmente
pueden pasar diez, quince años antes de que dejen de necesitarnos ¿Y crees que
nos dejarán ir? ¡Claro que no! Esta banda de asesinos nos enterrará vivos en
una fosa antes. ¿Sigues sin creerme? Yo ya soy un viejo y me niego a morir en
sus manos. Si no me ayudas, lo haré yo solo ¡joder! y dejaré que te pudras en
este lugar.
Ante
semejantes palabras, Nikolai se sintió obligado a examinar el cuaderno con más
cuidado. Según lo que decía, ese vehículo debería ser capaz de aumentar su
aceleración exponencialmente en fracciones de segundo.
—Esto es
imposible —murmuró— aquí dice que esto puede viajar a casi la velocidad de la
luz.
—¿Imposible,
dices? Te irás al infierno por incrédulo. ¿Soy o no soy uno de los mejores
físicos del país? Entonces, si yo digo que es posible, es posible. ¡Deja de
mirarme con esa cara de azorado de una condenada vez! —exclamó, casi olvidando
que debían hablar en voz baja—~ ¿Es peligroso? Definitivamente. Si nos
descubren, esos malnacidos se apoderarán de mi diseño y nos mandarán a ambos a
la horca. Ninguno de nosotros pidió estar aquí y trabajar para ellos, entiende
eso muy bien. Yo no quiero que esto sirva para la guerra —respiró e hizo una
pausa—. Hijo, sólo te pido que confíes en mí y me ayudes mientras trabajo en
esto. Te prometo que yo cargaré con toda la responsabilidad si nos atrapan.
Nikolai
finalmente accedió. Durante casi tres años ambos construyeron el acelerador
exponencial ocultándolo en la cabina de un pequeño avión. Para justificar el
tenerla en el laboratorio dijeron que la usarían para probar sus sensores, e
incluso así lo hicieron. Los demás investigadores probaban sus aparatos en la
cabina sin saber que, ocultos, estaban los circuitos y reactores que iban
construyendo Larry y Nikolai. Ambos fingieron, más de una vez, estar trabajando
en un nuevo radar o un nuevo detector infrarrojo sólo para no levantar
sospechas. Tal fue su celo que nadie jamás supo nada.
—Es un
motor de propulsión iónica muy especial —le explicó Larry—. Utiliza el oxígeno
presente en nuestra atmósfera y lo hace reaccionar para disociarlo en iones
¿estás escuchándome?
—Perdón.
—Eso es
justamente lo que hará que nos fusilen a ambos.
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Nikolai
bajó la cabeza, avergonzado y también preocupado. Larry a veces parecía
demasiado confiado. Además ignoraba si existían más planes de escape detrás de
toda esa tecnología militar.~
Pero
discutir con Larry era inútil. Siempre había sido demasiado terco.
Además no
había motivos para discutir.
El
acelerador estaba casi listo cuando Larry cayó gravemente enfermo. Los soldados
lo confinaron a una sala aislada donde esperaban que se curara o muriera.
Nikolai casi tuvo que suplicar de rodillas para que le permitieran verlo. Ya de
antemano sabía que Larry no sobreviviría. Las duras condiciones en la Base lo
habían convertido de un anciano enérgico a un mero despojo humano.
Cuando
Larry vio a Nikolai le hizo jurar que terminaría el acelerador siguiendo las
instrucciones del cuaderno que ambos mantenían oculto. Le hizo prometer que no
daría ninguna información a los militares, que antes se tragaría el cuaderno si
era necesario y que se pegaría un tiro antes que revelar el secreto.~
Nikolai
asentía con la cabeza como si fuera un robot, no quería pensar en lo que
sucedería si los militares llegaban a sospechar algo. El que le hicieran hablar
sería demasiado fácil.~
—Perdóname
hijo, no quería dejarte solo con esta gente. Esos desgraciados me quitaron lo
último que me quedaba. Olvídate de todo y promete que huirás tan lejos como
puedas.
Nikolai
volvió a asentir con la cabeza, pero esta vez entendiendo lo que Larry le
decía. No quería hacerle notar el nudo que tenía en la garganta.~
Una hora
después murió en sus brazos.
Desde ese
día Nikolai continuó solo con el plan de escape, pero fue por la promesa que
hizo, pues desde la muerte de Larry no sentía deseos de huir. No tenía a dónde
huir. En su familia eran pacifistas confesos y los únicos destinos para los
pacifistas eran la cárcel, el manicomio o la fosa común. Localizarlos era
imposible, y lo más probable era que ya estuvieran muertos. Su promesa fue lo
único que le impidió caer en la tentación de escupirle la cara a un soldado y
recibir un balazo.
Nikolai
entró en la cabina. El asiento era suave y cómodo, mucho mejor que su catre en
la Base. Puso a un lado el cuaderno de Larry y encendió el aparato.
Ya hacía
meses que lo venía planeando: escapar en medio de la noche atravesando el
techo. Ignoraba si la cabina aguantaría tal impacto, pero poco le importaba.
Era mil veces preferible destruir el acelerador y morir a dejárselo a los
militares. Ahora no necesitaba escapar de noche, pero de todos modos se
llevaría su aparato consigo.~
Si Larry
estaba en lo cierto, el acelerador alcanzaría la órbita de la luna en apenas
dos segundos, si es que no se despedazaba antes. Era suficiente para ponerlo
fuera del alcance de cualquier ejército, pero él tenía en mente otra cosa.
Lo
encendió. Esperó a que el motor de iones cargara. Cogió el control de despegue,
lo presionó y lo soltó. No había oído ninguna explosión, pero definitivamente
algo había ocurrido.
Estaba en
el espacio.
Contempló
las estrellas, hipnotizado. Desde la Base el cielo permanecía nublado la mayor
parte del año. Entonces supo lo harto que estaba de las ventanas enrejadas y
los vidrios polarizados. Movió las palancas de mando y dirigió su pequeña nave
en veloz órbita alrededor de la Tierra.
Su idea
era en extremo simple: ya que la nave podía acelerar a un 99% de la velocidad
de la luz, jugaría un poco con la relatividad. A esa velocidad, lo que serían
minutos para él equivaldrían a años enteros en la Tierra, y de eso se trataba:
viajar a un tiempo futuro, cuando la Guerra ya hubiera terminado. Se basaba en
algo repetitivo a lo largo de la Historia:~después de cada desastre o conflicto
armado, siempre venía un periodo de reconstrucción y luego la humanidad seguía
adelante. Él quería llegar a este periodo, sin bombardeos, sin ejércitos, sin
toques de queda ni presos políticos. Sólo poder llevar una vida tranquila y
olvidarse de que había sido un prisionero forzado a servir a una banda de
asesinos.
Decidió
adelantar diez años, así que aceleró y empezó a contar los segundos. Tenía
combustible para varios días pero calculó que sólo sería necesario para unos
minutos, los cuales representarían varios siglos en la Tierra. En cuanto
hallara una época que le gustara, destruiría su aparato.
Dejó de
contar y desaceleró. Movió las palancas y bajó al límite de la troposfera;
atravesó el techo de nubes y observó.
—Una
década de destrucción no les ha bastado —se dijo, al notar explosiones a lo
lejos. Abajo, pequeños grupos de soldados se enfrentaban con los uniformes
hechos jirones, matándose a cuchilladas y bayonetazos. Varios kilómetros más
allá, en medio de ciudades reducidas a escombros, decenas de personas se
disputaban a pedradas la única fuente de agua limpia, los últimos restos de
comida.~
Nikolai
adivinó lo que ocurría: la Guerra continuaba aunque ya no había con qué
mantenerla. No había armas, ni materiales para construirlas; no había
alimentos, ni ropa o suficiente agua potable. Y la gente se peleaba por lo poco
que quedaba como buitres ante la carroña.
—No tiene
sentido —pensó indignado.
Cambió de
rumbo. Fue a Sudamérica y vio que la selva del Amazonas no era más que una gran
mancha negra, carbonizada. Un poco más al sur la gente, impulsada por el
hambre, se mataba entre sí por los últimos palmos de terreno cultivable. Dio la
vuelta al planeta y vio a la mitad de Europa con cicatrices de horrendos
bombardeos. Hacia Rusia la lucha era tan feroz que los combatientes parecían no
notar que peleaban sobre colinas enteras de cadáveres. Las costas de África
estaban cubiertas de peces muertos y su interior de animales en descomposición.
Las aldeas eran regueros de sangre. Más al este, en Asia, multitudes de
enfermos y mutilados se refugiaban en los restos de sus ciudades o eran
masacrados por ejércitos renegados.~
Nikolai
lo observó todo repitiéndose que esa no sería la época en la que se quedaría.
Entonces,
a lo lejos, a varios cientos de kilómetros, hacia el norte, brillaron unos
destellos.
Los
reconoció al instante.~
—No…
¡Imbéciles!
Eran
explosiones atómicas.
Elevó su
vehículo algunos cientos de metros. No entendía el motivo de detonar esas
cosas.
—¿Qué
están haciendo? —gritó— ¿Qué están haciendo, estúpidos?
Empezó a
golpear su asiento con los puños. Seguían destruyendo cuando ya no había qué
destruir.~
—No lo
entiendo.
No quiso
saber más: intentando calmarse, recargó el tanque de oxígeno y subió nuevamente
al espacio.
Aceleró.
Esta vez adelantaría cincuenta años.~
Repitió
la cuenta anterior cinco veces ayudándose con los dedos mientras observaba el
velocímetro.~
Terminó
de contar, desaceleró y volvió a la troposfera.
Desde
donde estaba, podía dominar el horizonte hasta cientos de kilómetros en la
distancia. Pensó estar sobrevolando un enorme desierto. La tierra estaba
agrietada y seca, los mares y los ríos tenían un repulsivo color a herrumbre, y
por ningún lado se veía a algún ser vivo.
—¿Es que
acaso lo han destruido todo? —pensó con temor.
Bajó
hasta una distancia de trescientos metros del suelo, buscando alguna señal de
vida. Dio varias vueltas alrededor del planeta y al no ver nada, continuó
descendiendo hasta que pudo notar cómo el polvo se arremolinaba antes de ser
llevado por el viento.~
Entonces
oyó el pitido de una alarma. Miró los controles cerca de su mano izquierda y
descubrió que el contador Geiger, cuyo sensor estaba sobre el techo de la
cabina, se estaba volviendo loco. Nikolai ascendió rápidamente hasta que la
alarma dejó de sonar.~
—Realmente
pensaste en todo, Larry —dijo, intentando no llorar.~
No
esperaba encontrar algo así: una Tierra tan contaminada, tan radiactiva, que
nada había podido sobrevivir en ella. Y lo peor era saber que él era el último
ser vivo en su superficie.
Lanzó un
gemido y ocultó su rostro entre sus manos sin saber qué hacer. Ni siquiera
quiso pensar en la posibilidad de que el interior de su nave estuviera
contaminado también. La muerte por envenenamiento radiactivo era algo horrible,
pero era más seguro que moriría primero de hambre y de sed.
—¿Qué voy
a hacer ahora?
Su nave
se movía por inercia en línea recta. Levantó la vista y vio el inmenso desierto
que se abría a su paso, y luego un océano de agua negra.
En ese
momento, Nikolai decidió que ese paisaje muerto no sería lo último que vería
antes de que él también muriera.~
Hizo
funcionar el recargador del tanque de oxígeno. Cuando estuvo lleno, ascendió
velozmente. En menos de un minuto había dejado la Tierra atrás.
Iría tan
rápido y tan lejos como se lo permitiera el acelerador. La relatividad estaba
de su parte: si aceleraba lo suficiente, lo que sería un segundo para él serían
miles de millones de años para el resto del Universo. Podría ir hasta el borde
mismo del Espacio si es que su nave no se desintegraba en el intento.
99%,
99.9%, 99.99% de la velocidad de la luz y seguía acelerando, entonces el motor
empezó a vibrar y a quejarse. El espacio se llenó de alargados destellos y, en
lo que para él fue un minuto, dejó atrás a la Vía Láctea y a la galaxia de
Andrómeda. Los destellos desaparecieron y, en su lugar, manchas borrosas de luz
iban quedando atrás. Un cuarto de hora después ya estaba más allá del Grupo
Local de galaxias. Y a una hora de su partida de un planeta que ya no existía,
se adentraba en el espacio profundo.
A lo
lejos distinguió puntos luminosos. No podían ser estrellas ya que éstas sólo
existen dentro de las galaxias, así que sólo podían ser eso: galaxias.
Entonces
vio cómo los puntos empezaban a moverse. Esas galaxias estaban muy lejanas, tan
lejanas que él debería verlas inmóviles, pero empezaron a alejarse entre sí.
—Es
increíble —murmuró, maravillado.
La
distorsión del tiempo era tal que estaba viendo al Universo evolucionando.
Estaba siendo testigo de la mismísima Expansión.
—¡Esto es
increíble!
Las
galaxias se alejaban cada vez más rápido. Nikolai las vio parpadear, brillar
intensamente y luego apagarse con lentitud. De la oscuridad aparecían más luces
que reemplazaban a las que desaparecían, pero a cada minuto eran más escasas.
Tuvo que aceptar que era el mejor juego de luces que había visto en toda su
vida.~
Forzó el
motor un poco más. Estaba a una millonésima de alcanzar la velocidad de la luz.
Quería ver más galaxias luciéndose, quería convencerse de que no todo era odio
y muerte.~
De pronto
se preguntó cómo se vería su nave desde fuera. ¿Quizás como un punto brillante
de color azul?
—El
Universo será frío y vacío —pensó al recordar que ya no había nadie para
verla—, todo se alejará para siempre.
Pero
antes que tuviera tiempo de entristecerse, aparecieron nuevas luces en la
distancia.
Las
observó casi sonriendo, hasta que notó que estas luces se estaban acercando.
No podía
creerlo, el Universo parecía haberse volteado, ahora se estaba contrayendo.
Observó
con la boca abierta cómo las tenues luces, cada una correspondiente a una
galaxia envejecida y moribunda, iban llenando la oscuridad.
El motor
empezó a humear, Nikolai lo ignoró. Ya podía distinguir la forma de cada una de
las galaxias, las cuales se acercaban a una velocidad aterradora. Unos segundos
más y estaba dentro de una de ellas y podía distinguir estrellas individuales.
Medio minuto después empezaron a iluminar la pequeña nave azul como lo habría
hecho la luna llena terrestre. Nikolai tuvo que recordarse que no estaba de
regreso en la Tierra.
Pasaron
cinco minutos y la luz fue tal que creyó estar sentado en el jardín de su casa,
bajo el sol, tal como lo había hecho billones de años atrás.
Entonces
notó que ya no oía el traqueteo del motor del acelerador, volteó y descubrió
que estaba apagado. No entendió cómo podía seguir moviéndose a tal velocidad
hasta que vio frente a él, a millones de kilómetros delante, al Centro de
Atracción Absoluta, a donde estaba siendo arrastrada toda la materia existente.
Eran los
últimos instantes del Universo, el calor se estaba haciendo sofocante y en
menos de un segundo todo se contraería hasta un punto de densidad infinita.
Pero una
diezmilésima de segundo antes de ser incinerado y tragado por la gravedad,
Nikolai lo comprendió todo.
El
Universo es cíclico.
Después
de este aparente final, habría otra Gran Explosión y todo empezaría de nuevo.
La
materia volvería a crearse y sería lanzada, y un nuevo Espacio y Tiempo serían
creados.
Y habría
otra Tierra, y otra Humanidad.
Y de algo
estuvo completamente seguro: esta vez harían las cosas mejor.
Yelinna
Pulliti Carrasco nos informa sobre sí misma: «Soy de Lima, Perú; nací el 24 de
septiembre de 1980, estudio ingeniería electrónica y me apasionan los cuentos
de suspenso, terror y ciencia ficción; después de leer montones de ellos en
internet decidí escribir los míos. He escrito varios poemas y artículos pero
todos publicados en mi propia web. Al escribir cuentos quiero jugar un poco con
aquello que es más odioso en la naturaleza humana; esto ya es influencia de los
cuentos que he leído donde los personajes eran asesinos indiferentes y
desalmados, etc».
Hemos
publicado en Axxón: UNA TAREA ESCOLAR (140), EL ASTEROIDE (143), EL DIOS
BUITRE (186)
Este
cuento se vincula temáticamente con EL CAOS REPTANTE, de H.P.
Lovecraft y Elizabeth Berkeley, 82 FICCIONES APOCALÍPTICAS, de
Varios autores, EL FIN
DEL MUNDO, de José Carlos Canalda, QUE DIOS
Y LA PATRIA, de Marcelo Di Marco.
__________________
Axxón 204
– enero de 2010
Cuento de autor latinoamericano (Cuento : Fantástico : Ciencia-Ficción :
Distopía : Futuro Apocalíptico : Viaje Interestelar : Perú : Peruana).

