Libro N° 10815. hWord. Courault, Gustavo.
© Libro N° 10815.
hWord. Courault,
Gustavo. Emancipación. Enero 21 de 2023
Título original: ©
hWord.
Gustavo Courault
Versión Original: © hWord.
Gustavo Courault
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Portada
E.O. de Imagen original:
Ilustración
para el cuento "hWord", de Gustavo Courault
©
2010, SBA: https://axxon.com.ar/rev/204/c-204cuento10ilus1.jpg
© Edición, reedición
y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS
SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
Gustavo Courault
hWord
Gustavo
Courault
hWord
Gustavo Courault
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—Hoy
entrevistamos al prolífico escritor y desarrollador de software Germán Catalano
—dijo el periodista en un primer plano, luego la cámara amplió el cuadro y
apareció la imagen sonriente de un hombre canoso y de bigotes de foca oscuros
que saludaba con la cabeza—. ¿A qué se debe tamaña producción de novelas y
libros de cuentos, a razón de uno por mes? —le preguntó sin más trámite con su
voz estridente.
—Buenas
noches, a usted y a toda la audiencia —comenzó diciendo el entrevistado con
mucha calma—. Es bien sabido que la profusión de mi trabajo se debe al software
que he desarrollado, el hWord, un verdadero hallazgo en el ámbito literario.
—Háblenos
un poco más de ese software, por favor —intervino el periodista.
—En
primer lugar tiene incorporada una base de datos de miles de escritores, desde
Cervantes Saavedra hasta Saer, pasando por Borges, Hemingway y García Márquez.
El software, entonces, compara el texto del usuario del hWord contra todos
estos geniales autores y corrige sintaxis, gramática, palabras repetidas y
otros errores comunes respetando el estilo y todo esto en tiempo real, es
decir, mientras se escribe —dijo Catalano, haciendo el gesto de tipear en el
aire.
—Es como
tener a todos esos genios como tutores —interrumpió el entrevistador.
—Claro,
por eso es capaz de sugerir párrafos enteros, escritos de manera impecable,
como si leyera la mente del autor.
—¿Por qué
se denomina «hWord»? —preguntó el periodista inclinándose un poco.
—Es por
Hermes, el dios griego de la comunicación y ya sabe que Word era el procesador
de textos de la extinta Microsoft, de modo que traté de aprovechar ese recuerdo
popular para mi producto.
—Me han
dicho que cada licencia es muy cara, ¿por qué, si ya lo tiene desarrollado?
—En
primer lugar, no queremos que haya tantos escritores de éxito —dijo riendo
Catalano—, en segundo lugar, estamos actualizando y alimentando en forma
continua la base de datos que le mencioné, a tal punto que en un futuro habrá
que tener sólo una buena idea y el hWord la escribirá por usted. Es por eso que
creemos que el hWord es una especie de coautor tal como está explícito en su
licencia de uso.
—Pero
algunos escritores renombrados recibieron una copia gratis de su software.
—Sí, por
supuesto, ellos prueban nuevas funcionalidades y nos envían sugerencias de
muchísimo provecho para mejorar la versión que publicamos cada seis meses.
—¿El
hWord reemplaza a las musas inspiradoras? —preguntó, insidioso, el
entrevistador.
—Debe
tener algo que comunicar, una idea, una inspiración como dice usted; luego
hWord le permite jugar con párrafos, comienzos, finales y tiempos verbales
hasta que usted quede satisfecho y con la certeza de un castellano perfecto
—afirmó Catalano.
—Además,
es dueño una editorial muy exitosa: la Editorial Software Hermes.
—Sí, me
di ese lujo debido a mi producción literaria, de esa manera tengo el control de
mis ediciones sin intermediarios —explicó Catalano con aire suficiente.
—Usted es
un programador, un escritor y un empresario de éxito, lo felicito —dijo el
periodista parándose y señalándolo con las dos manos en un gesto teatral.
—Muchas
gracias —contestó sin humildad alguna Catalano y mientras sonreía, la
televisión comenzó a pasar los comerciales.
Carlos
Muñoz subió las escaleras mojado de sudor por los nervios y el calor. Esperaba
que ese abogado hiciera justicia. Sí, Justicia con mayúsculas. Su rabia crecía
a cada escalón y disminuyó cuando entró al vestíbulo fresco y bien amueblado.
Cargaba
con un libro y su propio manuscrito que lo incomodaban, decidió esperar sentado
a pesar de que no podía quedarse quieto.
«Me
robaron y me las van a pagar», pensaba mientras vigilaba para
ver si la secretaria lo llamaba.
—Señor…
—dijo por fin ella, mirándolo por sobre los lentes.
—Muñoz,
Carlos Muñoz —respondió él, secándose los restos de transpiración de la frente
con un pañuelo arrugado.
—Pase,
señor Muñoz, el doctor Robasio lo espera.
El
abogado se levantó de su asiento y le dio la mano con fuerza. Muñoz observó su
sonrisa de político y se sintió menos seguro de llevar ante él su reclamo, pero
había oído que era el mejor.
—Siéntese…
—Muñoz,
Carlos Muñoz, doctor.
—Ah, sí,
sí. ¿Es a usted a quien le copiaron la novela ésta de tanto éxito?
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—Sí,
«Poseídas», esa misma. ¡Ni el título le cambiaron! ¡Mire! —dijo mostrándole su
manuscrito puntillosamente encuadernado y el libro, uno en cada mano.
—¿Alguien
habrá entrado a su casa y le robó el archivo u otro manuscrito? —dijo el
abogado mirándose las uñas.
—¡Nadie!
Sólo tengo impreso éste que ve aquí y tengo el documento digital encriptado con
una clave de doce dígitos, combinaciones de letras, números y signos de
puntuación que a una Cray le llevaría tres años quebrar —dijo con suficiencia
Muñoz.
—¿No le
mandó algún adelanto de su obra a algún amigo o amiga? —preguntó Robasio,
haciendo énfasis en «amiga».
—No y no,
esta novela me iba a hacer rico y famoso, ¡no le mandé nada a nadie! —dijo,
sacudiendo la cabeza como para que no quedara la menor duda.
—¿Entonces
se la apropió la editorial a la cual se la envió para que se la publiquen?
—Escuche,
doctor, muy atentamente, ésta —volvió a señalar las hojas prolijamente
impresas— es la única copia. ¿Capito?
El
abogado tomó el manuscrito y el libro. El autor de «Poseídas» era el mismo
Germán Catalano. En la contratapa estaban impresos muchos otros best-sellers de
los más diversos géneros junto a su cara sonriente.
—¡Ladrón!
—gritó Muñoz agitando la mano al verlo.
—Editorial
Software Hermes —leyó el abogado.
—Sí,
ellos venden su procesador de textos, el «hWord», que nos facilita tanto la
vida a nosotros, los escritores —dijo Muñoz con un dejo de pedantería—. Corrige
la ortografía, la gramática, los excesos de adjetivos, las frases largas y los
sonsonetes. Si es una poesía busca sonoridad, ritmo y por supuesto, la rima.
Hasta es capaz de corregir el estilo. Un escritor con buenas ideas sólo tiene
que sentarse a escribir y el hWord hace su magia —terminó de decir haciendo un
gesto en el aire.
—Sí,
anoche mismo vi la entrevista que le hicieron a Germán Catalano —dijo el
abogado mirando los textos con detenimiento—. Veo que es copia palabra por
palabra —comentó, luego de pasar algunas páginas.
—Quiero
resarcimiento económico y moral —suspiró Muñoz indignado.
—Sólo
falta demostrar que usted lo escribió antes —respondió con cierta ironía
Robasio.
Sin decir
nada, Muñoz sacó de su bolsillo un paquete cerrado con un matasellos y le
mostró la fecha.
—Hace
tres meses, me envié a mí mismo un DVD con la novela por correo, ¿ve?
—Bien,
vamos a ver qué podemos hacer —dijo mientras lo despedía.
Muñoz
bajó las escaleras más aliviado, quizás dentro de poco tiempo su nombre y su
foto reemplazarían a los de Germán Catalano.
Ya en su
casa aplicó el parche al hWord para que siguiera funcionando un mes más. Como
muchos colegas, lo había hecho funcionar mediante un crack escondido en la Red,
muy laborioso de instalar y que exigía actualizarlo periódicamente desde la
misma Internet.
Sólo de
esa manera lo podía utilizar, su costo era prohibitivo para él como para casi
todos sus conocidos. Odiaba a la Editora Software Hermes, ¿por qué vendía tan
cara cada licencia? De algún modo se merecía que usara el hWord sin pagarlo,
era una suerte de justicia poética.
Unos dos
meses después el teléfono despertó a Muñoz muy temprano a la mañana.
—Soy el
doctor Robasio —escuchó entredormido—, debe venir urgente al juzgado, tenemos
una audiencia con el juez y la editora.
Gruñó al
teléfono una respuesta y cortó, se bañó, se afeitó con cuidado y eligió su
mejor traje para vestirse, seguro que ganaba el caso. No había dudas de que
«Poseídas» era suya, su novela.
Ya en la
calle paró un taxi, ahora que iba a ser rico podía darse esos lujos. Todavía
estaba dormido cuando llegó a los tribunales. Unos inquietantes autos con
vidrios polarizados estaban estacionados a la entrada del edificio. Cuando
llegó a la puerta el doctor Robasio lo saludó con efusión apretándole la mano.
—Ganaremos
con mucha facilidad —le dijo sin soltarlo.
—Me
dijeron que usted era uno de los mejores —respondió Muñoz, exultante.
Robasio
le palmeó la espalda y entraron a la sala.
El juez
entró un poco después y Robasio demostró sin dudas que la obra le pertenecía a
Muñoz.
Germán
Catalano y los abogados de la empresa escuchaban impasibles. Cuando les tocó el
turno, se levantó el de más baja estatura, miró a la sala y al juez, luego
señaló a Muñoz.
—Este
señor dice que le plagiamos su obra, sin embargo, él la escribió usando una
copia ilegal del hWord de nuestra editora —dijo con voz de barítono—. En
consecuencia no pagó por el desarrollo de nuestros correctores de gramática, de
ortografía y otras herramientas que posee nuestro producto. Aquí tenemos —dijo
desplegando un largo listado— todos los parches ilegales —hizo énfasis en la
palabra «ilegales»— que el demandante usó para continuar su uso y violar la
licencia una y otra vez.
—¿Es
cierto eso? —preguntó Robasio a Muñoz en voz baja.
Muñoz no
contestó, estaba sudando como cada vez que se ponía nervioso y se acomodó la
corbata. Miró hacia atrás y vio a dos policías firmes ante la entrada. ¿Cómo
saben que usé esos cracks y que la copia es ilegal?, pensaba mientras
miraba al abogado sin poder decir palabra.
—Por lo
tanto —prosiguió el hombrecito—, «Poseídas» nos pertenece tal como lo dice la
licencia de uso violada por el señor Carlos Muñoz, quien además adeuda todas y
cada una de las actualizaciones, lo que suma la cantidad de dos millones de
créditos internacionales, que si no son pagados en este mismo acto, nuestra
empresa pide que sea puesto en custodia hasta tanto cancele la deuda con sus
correspondientes intereses.
El juez
hizo una seña a unos uniformados que esposaron a Muñoz.
—¡Ladrones,
malditos! La obra es mía, mía —gritaba Muñoz. Los policías lo arrastraron y lo
sacaron del recinto sin mucha delicadeza.
—¿Hay
muchos que usan sus parches? —le preguntó Robasio a Catalano cuando vio que
Muñoz ya no podía escucharlo.
—Muchos
—respondió sonriendo Catalano.
—Admirable
—dijo Robasio, entrecerrando los ojos.
—Vendo
pocas licencias del hWord —dijo saliendo y apoyando la mano en el hombro del
abogado—, son muy caras; pero como ve, estimado doctor, le encontré la vuelta
para tener muchas ideas y además ya escritas; nadie lee las licencias de uso y
todos quieren una copia del hWord sin pagar un centavo, así que les dejo los
parches que son muy difíciles de instalar adrede, ¿sabe por qué?
—¿Por
qué? —preguntó Robasio en la puerta del juzgado, disfrutando de un cigarro.
—Es en
realidad un programa que me envía todos y cada uno de los patéticos manuscritos
de estos perdedores —Catalano hizo una pausa como para que el abogado sopesara
sus palabras.
—Usted se
los roba —dijo con una sonrisa cómplice el abogado.
—No —lo
corrigió sonriente—, el hWord es el coautor, no lo olvide. Y yo —dijo
señalándose con el pulgar—, soy el autor del hWord. Ellos usan ilegalmente mi
programa, haciendo enormes esfuerzos para instalar mis propios parches y
cracks, ¿no soy genial? —preguntó, sonriente bajos sus mostachos, Catalano.
—Sí, sí
—respondió molesto Robasio—, ahora págueme mi parte. Tal como se lo prometí, lo
traje al juzgado para que usted se lo saque de encima usando todo el peso de la
ley.
—Por
supuesto, doctor —dijo dándole un cheque—. ¿Sabe? Son tan perezosos que tampoco
se dan cuenta de que Hermes, además de ser el dios de la comunicación y de los
médicos —Catalano hizo una pausa, creando suspenso— es el de los ladrones y los
estafadores. ¡Soy un completo genio! —terminó de decir con una risotada.
Robasio
lo miró asustado y apuró sus pasos hasta un taxi.
—Dios me
valga con estos escritores. Sáqueme rápido de aquí —le dijo al chofer apenas
abrió la puerta.
Gustavo
A. Courault nació en La Plata en 1956, pero ha vivido casi toda su vida en
Santa Fe. Es ingeniero electricista pero se dedica al área de la informática.
Escribe desde los 17 años; ganó un premio por un cuento titulado Pensamientos en
el colegio secundario, en el marco del taller literario «Santa Teresa de
Ávila». Hemos publicado en Axxón: EL VAGABUNDO (181), CUIDADO
AL CRUZAR LA CALLE (186)
Este
cuento se vincula temáticamente con EL
ESCRITOR DE CIENCIA FICCIÓN, de Rafael Villegas, EL ESCRITOR MÁS FAMOSO DE TODOS
LOS TIEMPOS, de Daniel Salvo, EL HOMBRE QUE GUIABA ESCRITORES
PERDIDOS, de Carmen Quirós, EL GUIÓN, de
Diego E. Gualda.
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Axxón 204
– enero de 2010
Cuento de autor latinoamericano (Cuento : Fantástico : Ciencia-Ficción :
Escritores : Informática : Argentina : Argentino).

