Libro N° 10800. La Importancia Del Derecho Al Ocio. Góngora, Irving.
© Libro N° 10800.
La Importancia Del Derecho Al Ocio. Góngora,
Irving. Emancipación. Enero 14 de 2023
Título original: ©
La
Importancia Del Derecho Al Ocio. Irving Góngora
Versión Original: © La
Importancia Del Derecho Al Ocio. Irving Góngora
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SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
LA IMPORTANCIA DEL DERECHO AL OCIO
Irving Góngora
La
Importancia Del Derecho Al Ocio
Irving
Góngora
LA
IMPORTANCIA DEL DERECHO AL OCIO
IRVING
GÓNGORA
Tener
tiempo de ocio es importante para el desarrollo del ser humano. Dicho tiempo es
el dedicado para cualquier otra actividad diferente a la laboral o a la
productiva y es importante por al menos dos motivos, pues permite el
crecimiento humano, ya sea a través de actividades recreativas como la
educación, el arte, el deporte o cualquier acción que relaje al individuo.
También, es un derecho humano que se funda en la libertad de desapegarte del
trabajo con la posibilidad de disfrutar de un salario íntegro. A pesar de lo
anterior, en México existe una concepción popular negativa en torno al ocio
que, creo, se debe a dos componentes: uno cultural y otro relacionado con la
falta de regulación laboral. Propongo que este malentendido acerca del ocio
promueve la explotación laboral debido a la colonización del trabajo sobre el
tiempo de vida.
El ocio
es una garantía consagrada como derecho humano. Según la Real Academia de la
Lengua Española el ocio puede ser definido con dos acepciones: por un lado, la
cesación del trabajo, la inacción o la total omisión de la actividad y, por
otro lado, el tiempo libre de una persona. El artículo 24 de la Declaración
Universal de los Derechos Humanos dice: toda persona tiene derecho al descanso,
al disfrute del tiempo libre, a una limitación razonable de la duración del
trabajo y a vacaciones pagadas. Estas dos ideas tienen en común el libre
disfrute del tiempo libre o, como lo llamaré, tiempo de no trabajo.
La
promoción del trabajo decente procura una jornada de trabajo adecuada. El
tiempo podría considerarse como un bien escaso, pues no disponemos mucho de él,
limitándonos a las 24 horas del día, de las cuales se espera que el individuo
se desarrolle como humano, que trabaje y que procure su bienestar físico y
mental. Pero cuando el tiempo de trabajo coloniza el tiempo de vida se
convierte en explotación laboral. Recordemos que las movilizaciones de
trabajadores de mediados del siglo XIX hasta principios del siglo XX resultaron
en que las organizaciones obreras determinaran una jornada adecuada de 8 horas
al día o 48 horas semanales para la industria. La idea del trabajo decente
persigue, para este caso, jornadas justas de trabajo. Dicha justicia en la
asignación de tiempo laboral promueve que las personas puedan tener la
posibilidad de dedicarse a otras actividades para perseguir su propio
desarrollo como personas.
Aunque lo
anterior suena atractivo, el avance de la precarización laboral atenta contra
el balance entre el tiempo dedicado al trabajo y a la vida. La precarización
puede considerarse como un conjunto de condiciones laborales que vulneran al
trabajador, en que los riesgos laborales son individualizados a los
subordinados. Esto se traduce en la prolongación del tiempo del trabajo que
coloniza otras áreas de la vida de las personas. Una de las ideas que menciona
Marx en sus manuscritos es que el salario apenas es suficiente para reproducir
la vida de los trabajadores. Bajo este tenor, nos menciona el mismo autor, que
a los capitalistas no les interesa que el individuo tenga los medios para
reproducir su vida en cada faceta del ser social, sino les interesa que
reproduzcan su capacidad de trabajo. La extensión de la jornada laboral es
consecuencia de lo anterior. Dentro de la teoría marxista la prolongación de
dicha jornada se relaciona con la acumulación de la plusvalía por parte del
capitalista. La explotación laboral ocurre, en parte, por la extensión de la
jornada con el fin de extraer mayor plusvalía de cada trabajador. Esto que
puede considerarse como colonización del trabajo sobre el tiempo de vida es
funcional al capitalismo, pero constituye una clara violación al derecho humano
irreductible al disfrute del tiempo libre.
Puedo
nombrar al menos dos consecuencias de dicha colonización del tiempo libre.
Supongamos que, en el mejor de los casos, de las 24 horas disponibles por día
se dediquen 8 para dormir, 10 de trabajo y 2 horas para transportarse al lugar
de trabajo. Esto deja únicamente 4 horas para el no trabajo que tiene que
distribuirse en: asearse, cocinar, comer, atender a los hijos y limpiar la casa
(éstas dos últimas actividades son consideradas como trabajo doméstico). A la
semana esta persona dedica 60 horas de trabajo. La escasez del tiempo libre
hace preguntarnos cuándo un trabajador con esta jornada pueda leer, dedicarse
al arte, hacer ejercicio, salir de esparcimiento, educarse o simplemente
descansar. Otra consecuencia se vincula con las nuevas enfermedades del siglo
XXI relacionadas con el estrés y burnout. La sobrecarga de trabajo
puede provocar disturbios en las emociones lo que es perjudicial para la salud
y para la productividad del trabajador. A raíz de lo anterior varios países
están procurando crear medidas de regulación de la jornada de trabajo. Pero en
países como México, que nos percibimos como trabajadores, tanto social como
culturalmente, se crean medidas para promover la colonización del tiempo de
vida por el trabajo.
Considero
que en México la explotación laboral por la colonización del tiempo de vida por
el trabajo parte de la moral de sus ciudadanos. Lo anterior lleva a aceptar
cargas tremendas de trabajo e, incluso, buscar aún más trabajo. Para entender
este imaginario social hay que considerar dos elementos: por un lado, el
cultural y, por otro, el material que se relaciona con las condiciones reales
de trabajo. Para el primero, en palabras coloquiales se puede decir que “está
bien visto” el trabajar “mucho”. Con respecto al segundo, las situaciones
precarias del mercado de trabajo en México, síntoma estructural, acorrala a las
personas motivadas por la necesidad a aceptar trabajos en pésimas condiciones.
Para
entender el componente cultural en México vale la pena recurrir a un ejercicio
de comparación con un caso extremo de explotación laboral. En Japón existen dos
problemas laborales que se consideran enfermedades provocadas por trabajo:
el Karoshi y el Karojisatsu. El primero se puede
traducir como la muerte por trabajo, término que empezó a popularizarse en 1970
cuando en 1978 murieron 17 personas; los casos reportaron muertes por problemas
de corazón debido al estrés acumulado por el trabajo; es decir, el exceso de
trabajo provocó la muerte del trabajador. Mientras que el Karojisatsu se
refiere al suicidio por la sobrecarga y estrés de trabajo, término que se
extendió en la opinión pública desde la década de 1980 debido a los suicidios
por largas jornadas, estrés excesivo, rutinas cansadas en el trabajo, etc.
Obviado la explotación laboral por parte de las empresas, los empleados
prefieren trabajar largas jornadas para poder terminar el trabajo pendiente. En
términos simplificados podríamos decir que los trabajadores japoneses se auto
explotan laboralmente, pues motivados por el “honor” han dado la vida por su
trabajo o se la han arrebatado para dejar de trabajar. Debido a esto, se han
implementado medidas extraordinarias por los empleadores para “sacar” a sus
empleados de sus puestos de trabajo: se corta la energía eléctrica, se mandan
drones para avisarles a los empleados que se retiren, se les obliga a dejar de
trabajar, entre otros. Existen otras anécdotas en otras partes del mundo que no
desarrollaré acá, pero que vale la pena mencionar: los suicidios de altos
directivos de empresas en Francia (ligado al concepto de precariedad subjetiva)
o los suicidios de los trabajadores en la fábrica de Apple en China. Las
condiciones de trabajo con jornadas o cargas excesivas pude afectar
negativamente el bienestar de los individuos.
En México
también existe un componente cultural que justifica la explotación y
autoexplotación. Primero, la meritocracia brinda conceptos que ligados a la
voluntad individual; términos como “el pobre es pobre, porque quiere” o “hay
que echarle ganas”, reducen la situación social a la voluntad del individuo,
además de crear en el sujeto un esquema de comportamiento que lo mantiene
aislado de la colectividad. Como consecuencia se nos aparece una situación de
precariedades en el trabajo que es aparentemente provocada por las decisiones o
la falta de capacidad de los trabajadores, pero no porque el mercado de trabajo
es precario. Segundo, parece que en México es moral trabajar de más para
considerar a alguien como “buen tipo”, mientras se desviva por su trabajo: “qué
trabajador es”, “es un tipo chambeador”, “ni modos, hay que chingarle”, son
expresiones que embellecen el trabajo. La mejor persona tiene detrás mucho
trabajo. Dentro de las concepciones teóricas, el trabajo es una capacidad
positiva, la que nos permite controlar el ambiente; el trabajo desarrolla a la
humanidad. Pero la apropiación de esta capacidad por parte de un tercero, como
el capitalista, en forma de empleo es una bestia distinta. En su primera forma,
el trabajar brinda frutos directos a quien trabajó, por lo que trabajar demás
creará más valor para uno mismo. En su segunda forma, las ganancias no son del
trabajador, sino del que pagó un monto fijo por el tiempo de trabajo, así que
trabajar demás no generará riqueza para el trabajador. Sin importar su forma,
parece que en México trabajar demás es parte de la moral.
El
segundo elemento es el material que se relaciona con las condiciones de trabajo
en México. Pues esto sirve de telón de fondo para justificar el elemento
cultural descrito anteriormente. El avance de la precarización laboral ha
perturbado la organización del trabajo con más fuerza desde la década de 1990.
Tras la entrada de la economía neoliberal en México, la legislación que
protegía al trabajador se debilitó. La desregulación laboral se tradujo en
menos políticas de protección, como la erradicación de la pensión en el retiro,
cambios en la asignación del salario, la flexibilidad de la jornada laboral y
la expropiación de derechos laborales.
En México
se trabaja de más. Aquí las horas legales máximas para trabajar son 48 horas. A
nivel internacional las horas legales máximas se recomienda que sean de 40
horas, mientras que en algunos otros países como Francia y Suiza se reportan
plazos de 35 horas a la semana. A pesar de que México tiene jornadas legales
prolongadas, 27% trabajó más de las horas máximas legales. Casi 1 de cada 3
mexicanos trabajaron más de lo permitido. Recordemos que México tiene las
jornadas más largas de trabajo de toda América Latina y unas de las más
prolongadas dentro de los miembros de la OCDE. En este país se trabajaron 2,258
horas en promedio por trabajador, lo que equivale a 43 horas a la semana;
mientras que el promedio de la OCDE fue 1,746 en 2017. México trabajó más horas
que Corea del Sur, Rusia y Chile. Aquí, el desempleo ronda el 5%, uno de los
más bajos de América Latina y de la OCDE. Sin embargo, según la OCDE México no
es sólo el país que más trabajó, sino uno de los menos productivos. Es decir,
la producción no está ligada, necesariamente, al tiempo dedicado al trabajo.
Los ingresos por trabajo en México son bajos, en promedio 30 pesos por hora o 7
mil pesos al mes. En este lugar las personas que no gozan de prestaciones
rondan el 37%, esto quiere decir que 1 de cada 3 no tienen derecho a vacaciones
pagadas. He tenido la evidencia de que los trabajadores pueden tener vacaciones
en sus trabajos, pero sin paga, aun manteniendo la subordinación laboral. Esto
deja a los trabajadores con dos opciones: descansar sin paga o seguir
trabajando. Esto es una clara violación en términos de garantías laborales.
Ante este panorama es que los trabajadores necesitan justificar culturalmente
el tener doble trabajo, doble jornada, extender sus horas de trabajo o
emprender un negocio en sus tiempos libres.
El tiempo
de ocio es un derecho humano, pues permite que el individuo se desarrolle en
diversos aspectos de la vida social, pero también obliga a los empleadores a
establecer jornadas laborales dignas con posibilidad de descanso y vacaciones.
A pesar de esto en países como México la explotación y la autoexplotación
parecen formar parte de la moral, lo que justifica dichas acciones. Por un
lado, está el componente cultural que refuerza que el ideal de persona es
alguien que trabaja de más. Por otro lado, está el componente económico, con
una situación precaria en la organización del trabajo que ofrece a los
empleados condiciones caracterizadas por bajos salarios, jornadas extensas,
falta de descanso y vacaciones, y menor protección. Lo anterior refuerza aún
más la necesidad de que el trabajo colonice el mundo de vida extendiendo el
tiempo de trabajo, duplicando la jornada y teniendo un negocio para realizar en
tiempos libres. Creo que lo más trágico para la mayor parte de los trabajadores
es que, por más que trabajen, difícilmente lograran situaciones positivas de
movilidad social. Los salarios y la explotación en México son benéficos para
unos pocos en detrimento de la mayor parte de los trabajadores del país. El
disfrute del tiempo del ocio es un derecho que debe ser vigilado por todos,
especialmente por el Estado y los empleadores para lograr el bienestar como
sociedad.
Irving
Góngora es Maestro en Ciencias Sociales por El Colegio de México.

