Libro N° 10797. La Causa Marxista Por La Liberación Humana: Verdad, Ética Y Política. Hernández Jaime, Pablo.
© Libro N° 10797.
La Causa Marxista Por La Liberación Humana: Verdad,
Ética Y Política. Hernández
Jaime, Pablo. Emancipación. Enero 14 de 2023
Título original: ©
La
Causa Marxista Por La Liberación Humana: Verdad, Ética Y Política. Pablo
Hernández Jaime
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Causa Marxista Por La Liberación Humana: Verdad, Ética Y Política. Pablo
Hernández Jaime
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LA CAUSA MARXISTA POR LA LIBERACIÓN HUMANA:
Verdad, Ética Y Política
Pablo Hernández Jaime
La Causa
Marxista Por La Liberación Humana: Verdad, Ética Y Política
Pablo
Hernández Jaime
LA CAUSA
MARXISTA POR LA LIBERACIÓN HUMANA: VERDAD, ÉTICA Y POLÍTICA
PABLO
HERNÁNDEZ JAIME
Se ha
dicho que el marxismo es el fin de toda eternización. Y es verdad. El marxismo
es la muerte de todo esencialismo en sentido absoluto. Con el marxismo mueren
también las verdades acabadas; mueren las morales universales; mueren los
fatalismos que condenan el destino de la humanidad a la perpetuación de un
presente en eterna repetición. Todo esto es verdad. Y, sin embargo, el marxismo
no es un relativismo absoluto. El marxismo no es una ontología de la
arbitrariedad y la contingencia espontáneas, donde, ninguna verdad es posible y
donde ningún criterio moral es válido, salvo (quizás) el criterio oportunista
de responder a las circunstancias más inmediatas.
El
marxismo termina con la absolutización de la razón sin caer en el
irracionalismo; termina con el esencialismo absoluto, sin caer en la
absolutización de la contingencia; termina con la ilusión de las verdades
absolutas sin negar la posibilidad de verdades relativas. El marxismo niega la
eternización de cualquier moral, sin caer en la indeterminación ética y, por
tanto, sin caer en la apología de todo. Y esto es crucial; porque en la
apología de todo, en la total ausencia de criterios éticos, lo único que podría
primar es el interés inmediato de los particulares con su fuerza como criterio[1].
Todo lo
anterior son, en cierto modo, los contornos del marxismo[2]. Para
precisar más, quizás habría que decir que el marxismo parte de una concepción
monista[3] y
dinámica[4] de
la realidad, entendida como un entramado indisociable de relaciones recíprocas[5], y donde
los cambios se operan a través de continuidades y disrupciones relativas[6].
Habría
que decir, también, que, frente a esa realidad, el marxismo ha propuesto un
método de conocimiento que combina, procedimentalmente, el análisis sistemático
de las teorías existentes con el análisis sistemático de la realidad empírica
que esas teorías tratan de explicar; habría que decir además que este método
sigue un enfoque genético[7] y
que plantea una «dinámica constructiva» que algunos filósofos denominan
«ascenso de lo abstracto a lo concreto»[8], donde
el marxismo procede a delimitar su objeto de estudio[9] de
manera que la demarcación de dicho objeto sea lo suficientemente abstracta para
alcanzar cierto grado de generalidad (p. ej., las principales tendencias de un
modo de relacionarse en torno a la producción privada de riqueza bajo el
intercambio mercantil), pero lo suficientemente concreta como para asegurar que
se está remitiendo empíricamente a un fenómeno orgánico (p. ej., a las pautas
estructurales del trabajo asalariado, como parte de un modo de producción
específico, y no al trabajo en general como práctica humana de subsistencia).
El
llamado «ascenso de lo abstracto a lo concreto» consiste, fundamentalmente, en
trazar esta demarcación del objeto y reconstruir, conceptualmente, pero
fundamentado siempre con datos empíricos, las determinaciones de dicho objeto.
Este proceso de reconstrucción de la «lógica interna» del fenómeno supone el
análisis combinado de datos de distinto tipo y nivel de agregación: datos
estadísticos generales, que permiten ver tendencias, y datos cualitativos
particulares (como reportes, testimonios, etc.), que permiten observar y
comprender con todos sus colores la manera en que operan y se vinculan las
acciones de los agentes con las tendencias agregadas[10].
Pero el
marxismo no se puede entender solo en estos términos. El marxismo es, ante
todo, una causa ética y política por la liberación humana. Y es solo así que lo
antes dicho cobra sentido. ¿Para qué acabar con toda eternización? Para
erradicar los males que quisieran eternizarse. ¿Para qué evitar el
irracionalismo y el relativismo absolutos? Para tener un criterio de verdad que
nos permita realizar el mejor de los mundos posibles. ¿Para qué un método
riguroso de conocimiento de la realidad? Para actuar con conocimiento de causa,
porque solo la verdad nos hará libres.
La causa
del marxismo, puedo decir, tiene tres componentes indisociables. El primer
componente es la verdad, que necesita ser conocida lo mejor posible
para servir como guía de acción. El segundo componente es la ética;
porque, aunque niega la existencia de reglas morales eternas[11], no
niega la necesidad de criterios éticos generales. El tercer componente es
la política, entendida fundamentalmente como la acción colectiva,
coordinada y consciente, no de un individuo o un grupo de intelectuales, sino
la política en su sentido más amplio de política de masas, donde la causa del
marxismo busca fundirse activa e incesantemente.
Estos son
los tres componentes que el marxismo considera, pero necesitan estar juntos
para operar correctamente. De lo contrario, la causa peligra. La política sin
ética, aún con la verdad de su lado, es brutalidad. La ética y la verdad sin
política son vanidad. Y la política y la ética, sin verdad, son ciegas y, por
tanto, no será la mezquindad quien las haga fallar, sino la ignorancia.
Para
comprender la causa del marxismo por la liberación humana, sin embargo, hay que
comprender primero y aunque sea a grandes rasgos como concibe el marxismo a la
humanidad misma.
La
concepción marxista del «ser humano» nos devuelve al inicio de este texto: si
el marxismo es la anulación de todo esencialismo en sentido absoluto, ¿en qué
manera podría el marxismo concebir la «esencia humana»? La respuesta más
sencilla sería una negativa rotunda. Pero esta también sería una respuesta
equivocada. Una cosa es negar el carácter absoluto del esencialismo y otra cosa
distinta es negar absolutamente el esencialismo. Marx hace lo primero, pero no
lo segundo. Si tal fuera el caso, entonces caería en una concepción ontológica
completamente arbitraria y contingente de la dialéctica, pero no es así. Y tan
no es así, que hay conceptos como el de trabajo[12]que Marx
mismo acepta que son esenciales al ser humano, por
lo que en tanto existan seres humanos, estos deberán trabajar de alguna forma.
El
secreto para comprender este aparente contrasentido está en entender que,
cuando Marx niega el esencialismo en su sentido absoluto, porque acepta que
nada es eterno, no cae, en ningún momento, en un «aplanamiento temporal»,
entendiendo por «aplanamiento» el supuesto de que todo cambia a la misma
velocidad; en otras palabras, que la temporalidad de todos los procesos es
igual, plana, que no tiene relieves, que no hay procesos con temporalidades más
dilatadas y con temporalidades más breves. Para Marx, cada fenómeno tiene sus
propias pautas de temporalidad. No es lo mismo el tiempo geológico que el
tiempo histórico o el tiempo de los individuos[13].
Para Marx
la «esencia humana», entonces, no es inmutable o eterna. Sin embargo, es una
constante relativa en relación con la temporalidad más acotada de cada momento
histórico o de cada individuo. La «esencia humana» son solo las
características genéricas de la especie que, sin embargo,
también aceptan un amplio rango de variación interna. Así, por ejemplo, para
Marx el «ser humano» es un ser viviente, sociable y consciente, con tendencia a
la universalidad, y cuyo rasgo central es la praxis y, en última instancia, el
trabajo.[14] Esto,
sin embargo, no quiere decir que para Marx los seres humanos presenten ya, de
una vez y para siempre, cierto rango de necesidades y capacidades, cierta forma
de vivir, cierta forma de pensar y comprender el mundo, cierta forma de
establecer sus relaciones y cierta forma de subsistir y comportarse. Por el
contrario. Lo que sí dice Marx es que, a pesar de que el «ser humano», en tanto
tal, siempre tendrá necesidades que cubrir, capacidades que
desarrollar, formas de pensar, formas de relacionarse con los demás, y formas
de subsistir y de comportarse, todas estas formas no están prescritas ni
predefinidas, sino que están en constante cambio.
Pero este
es solo el punto de partida: un punto de vista aún tan genérico que no dice
mucho en realidad. El siguiente paso consiste en comprender la lógica interna
de este desarrollo «humano». Y esa lógica, de acuerdo con Marx, sigue las
pautas de la dialéctica de la enajenación.
El «ser
humano» es un ser viviente, pasible, con necesidades y capacidades en
desarrollo; es un ser sociable, que no solo necesita de sus congéneres para
sobrevivir, sino que necesita de ellos para humanizarse, para aprehender de
ellos lo que el conjunto de la sociedad ha creado; es un ser consciente, que se
representa a si mismo, a los otros y al mundo que le rodea, que reflexiona
sobre sus ideas, las critica y construye nuevas, llegando a ser capaz de
innovar. Y todo esto, como parte de un proceso de constante cambio. Pero ¿cómo
se desarrolla? Aquí es donde entra el eje central de la ontología marxista:
el ser humano es, se realiza en sus prácticas. Y
estas prácticas son conscientes, son relacionales, están pautadas por sus
capacidades y están orientadas a satisfacer sus necesidades. Por eso el trabajo,
en su acepción más amplia, como conjunto de prácticas orientadas a la
satisfacción de las necesidades de subsistencia es, en última instancia, la
esencia del ser humano. Porque si hay, acaso, seres humanos capaces de
realizarse en otro tipo de prácticas, esto será porque tienen solucionadas sus
necesidades básicas, ya sea como resultado de su propio trabajo o por la
apropiación de trabajo ajeno.
Para el
marxismo la práctica es el sujeto; lo demás son predicados de la acción. A
partir de la práctica es posible la subsistencia. Desde la práctica se
establecen las relaciones sociales. Desde la práctica, que da pie a las
experiencias, surge la conciencia. Mediante la práctica, el ser humano incide y
modifica su entorno. De manera que la práctica es el sujeto, y en ella el ser
humano se apropia de la realidad, al tiempo que la va transformando. Y es
precisamente este proceso de constante apropiación[15],
subjetivación[16] y
objetivación[17] de
la realidad, lo que permite que el ser humano comience a modificar sus propias
determinaciones, conformando una realidad específicamente humana que constituye
su historia en desarrollo.
Pero es
aquí, precisamente, donde se genera una gran ruptura. El proceso humano de
apropiación, subjetivación y objetivación eventualmente encuentra sus límites,
por fuera de los cuales el ser humano pierde el control sobre los predicados de
su acción. En otras palabras, el ser humano pierde el control sobre sus propias
creencias, convirtiéndolas en dogmas y fetiches, o pierde el control sobre los
productos objetivos de su acción. Esta perdida de control constituye la
enajenación[18].
La
enajenación permite el surgimiento de estructuras sociales y cognitivas
relativamente autónomas de las decisiones y voluntad de los individuos. Y una
vez que han surgido, son estas estructuras, de lógica y tendencias propias, las
que definen en buena medida las condiciones de vida de las sociedades. La causa
marxista busca, en cierto modo, devolver al ser humano el mayor control posible
sobre su propio destino, contribuyendo a superar progresivamente toda forma de
enajenación.
Claro
está que este proceso de superación de la enajenación no es un asunto meramente
voluntario. La enajenación toma formas tan diversas como el dogmatismo, el
fetichismo, la dominación estatal, las diversas formas de explotación y la
exclusión, donde la propiedad privada es solo una de las principales formas de
opresión económica. Y cada una de estas formas de enajenación cuenta con sus
propias pautas y lógicas. La apuesta de Marx, desde que empezó a planteárselo
en su Contribución a la Filosofía del Derecho de Hegel (1844/1970),
fue que, superando la enajenación del trabajo, sería más sencillo[19] superar
otras formas de opresión.
Volviendo
al tema central, la causa marxista por la liberación de la humanidad tiene tres
componentes. El primero es la verdad, que debe orientarse al conocimiento
sistemático de la realidad, específicamente al conocimiento de las formas de
enajenación que, entre otras cosas, generan opresión al ser humano bajo la
forma de explotación, exclusión o dominación. La importancia de la verdad es
crucial. La verdad es el único criterio que puede orientar las acciones
revolucionarias sobre la base de un conocimiento adecuado. Es cierto que no hay
verdad acabada o definitiva, pero el avance en su conocimiento es lo único que
puede garantizar que la política se mantenga siempre sobre cauces
revolucionarios, no solo porque así serán más efectivas sus acciones, sino porque
con una mayor comprensión, será posible corregir incluso la táctica y la
estrategia política.
El
segundo componente es la ética, donde el marxismo, aunque niega la eternización
de la moral, en realidad está comprometido con la superación de toda forma de
opresión. De manera que, aunque el marxismo explique que, bajo ciertas formas
de organización, resultarán inevitables determinadas formas de opresión, nunca
las justifica como legítimas o deseables y, en cambio, siempre las denuncia y
critica. Y esto es así porque, precisamente, para el marxismo la liberación
comienza con la crítica que arranca las flores a las cadenas de la opresión
para despertar en los oprimidos la necesidad de cambio[20].
El tercer
componente de la causa marxista es la política, entendida como la acción
colectiva, coordinada y consciente de las masas oprimidas, de manera que sean
ellas mismas el actor principal de su liberación. Pero la cuestión no es tan
sencilla. El factor político, aquí, no es sinónimo de mero apoyo popular a una
causa política. No se trata de que las masas solo apoyen un programa político
que otros ejecuten por ellas; en otras palabras, no se trata de que las masas
apoyen a sus libertadores. Porque tales libertadores no existen. Porque si no
son las masas mismas las que progresivamente toman el control de su propio
proceso político, entonces seguirán enajenadas políticamente.[21] Si
el socialismo ha de ser posible, será sinónimo de la más amplia participación
popular en política, la más amplia de las democracias[22].
¿Cuál es,
en suma, la causa del marxismo? Al marxismo le interesa lo que no es eterno. Le
interesa conocer las formas de opresión, para comprenderlas, denunciarlas,
combatirlas y cambiarlas. La causa del marxismo es la causa de la liberación
humana, que busca superar los dogmas, la exclusión, la dominación y la
explotación, para que la humanidad sea dueña de su propio destino.
Pablo
Hernández Jaime es Maestro en Ciencias Sociales por El Colegio de México e
investigador del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.
[1] Para
una discusión amplia sobre los puntos anteriores ver, en Marx, los Manuscritos
de Economía y Filosofía (1844/1972), específicamente el apartado sobre
la dialéctica hegeliana. También se pueden consultar el primer capítulo
de La Ideología Alemana (1845/2014), la Introducción
General (1857/2008), y el Epílogo a la 2da Ed.
de El Capital (1872/1975). En Engels, pueden consultarse
la Introducción a la Dialéctica de la Naturaleza (1876/1983),
el Viejo Prólogo para el Anti-Dühring (1878/1974b), Ludwig
Feuerbach y el fin de la Filosofía Clásica Alemana (1888/1974a).
El Anti-Dühring, en general, es bastante rico en estas discusiones.
Aquí se presenta todo de manera muy sintética. Otras aproximaciones sumarias al
conjunto de estos problemas son Materialismo y Empiriocriticismo de
Lenin (1908/1974), Lógica Dialéctica de Iliénkov (1977)
y Ontology of social being. 1. Hegel, de Lukács (1978). Para el
tema específico de la ética, ver el artículo Tactics and Ethics de
Lukács (1919/2014).
[2] Quizás
deba aclarar ahora que, aunque hablo del marxismo en general, estoy pensando
específicamente en la postura de Marx. No entraré, o trataré de no entrar en
mayores consideraciones sobre otros autores.
[3] Donde
subjetividad y objetividad, idealidad y materialidad son parte de una sola
realidad integral, única, de manera similar a Espinoza (Iliénkov, 1977).
[4] En
perpetuo movimiento.
[5] O
sea, donde todo coexiste en relación con todo lo demás, sin que existan cosas
aisladas las unas de las otras y donde, por tanto, las relaciones de causalidad
deben considerarse bajo la forma de configuraciones causales.
[6] Donde
todo cambia, aunque parezca que no y donde todo cambio abrupto parte
necesariamente del estado de cosas anterior.
[7] Que
busca el origen y desarrollo de cada fenómeno en su propio nivel de
temporalidad.
[8] Ver
la Introducción General (1857/2008).
[9] Algunos
autores llaman a esta delimitación «totalidad concreta».
[10] El
llamado «conocimiento lógico», desde una postura dialéctica,
consiste en desentrañar estas pautas internas para cada objeto de estudio y no
en otra cosa. El «marxismo mecanicista», por ejemplo, que busca entender todo
en términos de una relación causal de estructura a superestructura,
corre el riesgo de entender erróneamente este planteamiento.
[11] A
la manera de reglas de comportamiento que permiten decir qué está bien hacer y
qué no en todo caso y momento.
[12] Entendiendo
trabajo en su sentido más amplio de conjunto de prácticas de subsistencia.
Véase la Introducción General (1857/2008).
[13] Estas
consideraciones sutiles, Marx mismo las aborda, aunque no de manera tan clara,
cuando habla del trabajo en la Introducción General (1857/2008)
y cuando habla de las «fuerzas esenciales humanas»en los Manuscritos de
Economía y Filosofía (1844/1972). Es Engels quien quizás deja la
cuestión mejor trabajada en su Introducción a la Dialéctica de la
Naturaleza (1876/1983), donde considera las diferencias de
temporalidad en la evolución del universo, la formación de los planetas y la
vida. Psicólogos posteriores, como Vygotski(2013), Luria (1980) o Merani (1971)
quienes, a veces explícitamente, delimitaron como totalidad su
objeto de estudio y consideraron también las pautas específicas de su
temporalidad, dejan bastante clara la cuestión, considerando no solo el «tiempo
histórico», sino también el tiempo «filogenético» en el desarrollo de la
psique, así como el desarrollo «ontogenético».
[14] Esta
caracterización se puede extraer de los Manuscritos de Economía y
Filosofía (1844/1972), y se puede corroborar en los textos Marxismo
y Antropología de Markus (1973), Ampliar la Mirada de
Boltvinik (2005) y en un trabajo mío: La noción de creatividad en
Marx (2015).
[15] Proceso
de aumento de la influencia y control humanos sobre la realidad.
[16] Proceso
de asimilación, más o menos controlado, de conocimientos y demás elementos
conscientes asociados a prácticas.
[17] Proceso
de incidencia, más o menos controlado, de las acciones del sujeto en la
realidad.
[18] Para
mayores referencias sobre la enajenación, se pueden revisar los Manuscritos
de Economía y Filosofía o, bien, se puede consultar el siguiente
podcast: HTTPS://CEMEESORG.FILES.WORDPRESS.COM/2020/06/EC-02-PABLO.MP3. 
[19] Aunque
nunca automático.
[20] El
papel de la ética no termina aquí, habría que considerar con particular
atención los puntos señalados por Lukács en Tactics and Ethics (1919/2014),
sin embargo, el rodeo nos alejaría bastante del punto central de este artículo.
Por ahora queda pendiente.
[21] Como
bien se dedicó a analizarlo Revueltas en el caso mexicano con su Ensayo
sobre un Proletariado Sin cabeza (1980).
[22] Al
respecto, son elocuentes todas las discusiones de Marx con Lassalle, pues,
aunque los comunistas libertarios tacharan a los marxistas de autoritarios,
Marx siempre estuvo por la mayor participación popular de las masas en la
política y por su mayor protagonismo, oponiéndose a posturas, como la de
Lassalle, quien pretendía que el mejoramiento en los niveles de vida de los
trabajadores franceses se operara como resultado de concesiones estatales,
desde arriba (Cole, 1958; Dolléans, 1962).
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