Libro N° 10796. El Vengador De Perdóndaris. Dunsany, Lord.
© Libro N° 10796.
El Vengador De Perdóndaris. Dunsany,
Lord. Emancipación. Enero 14 de 2023
Título original: ©
The Avenger Of Perdóndaris, Lord Dunsany
(1878-1956)
Versión Original: © El
Vengador De Perdóndaris. Lord Dunsany
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y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
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SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
Lord Dunsany
El
Vengador De Perdóndaris
Lord
Dunsany
Estaba yo en el Támesis pocos días después de mi regreso del país del
Yann y el reflujo de la marea me arrastraba hacia el este del Westminster
Bridge, cerca del cual había alquilado mi bote. Toda clase de objetos flotaban
a mi alrededor —maderos a la deriva y enormes botes— y estaba tan absorto en la
contemplación del tránsito de ese gran río que no advertí que había llegado a
la City, hasta que miré hacia arriba y vi esa parte del Embakment que está
próxima a Go-by Street.
Entonces me pregunté de repente qué habría sido de Singanee, pues la
última vez que pasé por su palacio de marfil había tanta quietud que me hizo
suponer que no había vuelto todavía. Y aunque le había visto irse con su
terrorífica lanza, y por muy extraordinario cazador de elefantes que fuera, su
demanda era espantosa, pues yo sabía que ningún otro podría vengar a la ciudad
de Perdóndaris, matando a ese monstruo de un solo colmillo que súbitamente la
había derrumbado en un solo día.
De manera que amarré mi bote nada más alcanzar los primeros escalones
del embarcadero y, tomando tierra abandoné el Embankment; a eso de la tercera
bocacalle empecé a buscar el comienzo de Go-by Street; es una calle muy
estrecha, al principio apenas se distingue, mas allí está, y pronto me encontré
en la tienda del anciano. Sin embargo, un hombre joven se inclinaba sobre el
mostrador. No tenía ninguna información que darme sobre el anciano, se bastaba
a sí mismo en la tienda. En cuanto a la pequeña puerta en la trastienda, no
existe nada parecido, señor. Así es que tuve que hablar con él y seguirle la
corriente. Tenía a la venta sobre el mostrador un instrumento para recoger
terrones de azúcar de una manera distinta.
Se alegró que lo mirara y empezó a alabarlo. Le pregunté para qué servía
y él me respondió que para nada, mas acababa de ser inventado hacía sólo una
semana y era completamente nuevo, y estaba hecho de plata, y se vendía mucho.
Todo el tiempo estuve escrutando el fondo de la tienda. Cuando pregunté por los
ídolos, él respondió que tenía las últimas novedades de la temporada: un
selecto surtido de mascotas. Y mientras fingía elegir una de ellas, vi de
repente la maravillosa puerta. Inmediatamente me dirigí hacia ella, seguido por
el joven tendero. Nadie se sorprendió más que él cuando vio la hierba de la
calle y sus flores púrpura; cruzó corriendo la calle con su levita puesta hacia
la acera opuesta y se detuvo con el tiempo justo, pues el mundo terminaba allí.
Mirando hacia abajo desde el borde de la acera vio, en lugar de las
acostumbradas ventanas de la cocina, un vasto cielo azul surcado de nubes
blancas. Le llevé a la puerta de la trastienda, pues parecía pálido y
necesitado de aire, y le empujé ligeramente hacia el interior, ya que sabía que
sería mejor para él el aire del lado de la calle que conocía. Tan pronto como
cerré la puerta tras el asombrado hombre, giré a la derecha y recorrí la calle
hasta descubrir los jardines y las cabañas, y una pequeña mancha roja que se
movía en un jardín, la cual sabía que se trataba de la anciana bruja con su
chal echado sobre los hombros.
—¿Viene de nuevo para variar de ilusión? —me preguntó.
—He venido de Londres —le dije—. Quiero ver a Singanee. Quiero ir a su
palacio de marfil en lo alto de las montañas de los elfos, donde está el
precipicio de amatista.
—No hay nada como cambiar de ilusiones —dijo— para no cansarse. Londres
es un lugar magnífico, mas a veces es preferible contemplar las montañas de los
elfos.
—Entonces, ¿conoce usted Londres? —pregunté.
—Por supuesto que sí —respondió ella. Puedo soñar lo mismo que usted. No
es usted la única persona que puede imaginarse Londres.
Los hombres trabajaban duramente en un jardín; era el momento más
caluroso del día y estaban cavando con palas; de repente ella se volvió hacia
mí para golpear a uno de ellos en la espalda con una larga vara negra que
llevaba consigo.
—Incluso mis poetas van a veces a Londres —me dijo.
—¿Por qué golpea a ese hombre? —pregunté yo.
—Para que trabaje —contestó ella.
—Está cansado —le dije yo.
—Ya lo creo —respondió ella.
Y al mirar vi que la tierra era dura y seca, y que cada paletada que el
hombre cansado levantaba estaba llena de perlas; mas algunos hombres estaban
sentados completamente en silencio, observando las mariposas que revoloteaban
por el jardín, y no obstante la vieja bruja no les pegaba con su vara. Y cuando
le pregunté quiénes eran los que cavaban, ella me respondió:
—Son mis poetas, están buscando perlas.
Y cuando le pregunté para qué quería ella tantas perlas, me contesto:
—Para alimentar a los cerdos, por supuesto.
—¿Les gustan las perlas a los cerdos? —pregunté yo.
—Claro que no —respondió ella.
Y habría insistido más en la cuestión, mas aquel viejo gato negro había
salido de la casa y me estaba mirando caprichosamente sin decir palabra, por lo
que comprendí que estaba haciendo preguntas absurdas. Y es su lugar pregunte
por qué algunos poetas estaban ociosos, contemplando mariposas, sin que ella
les pegara.
—Las mariposas —respondió ella— saben dónde se esconden las perlas, y
esos poetas que parecen ociosos en realidad están esperando que alguna de ellas
se pose encima del tesoro escondido. No se puede cavar sin saber dónde.
Y de repente un fauno salió de un bosque de rododendros y empezó a
bailar encima de un disco de bronce en el que había un surtidor; y el sonido
que producían sus pezuñas al danzar sobre el bronce era tan hermoso como el de
las campanas.
—Llamada al té —dijo la bruja.
Y todos los poetas arrojaron al suelo sus palas y la siguieron al
interior de la casa, y yo les seguí a ellos, mas en realidad la bruja y todos
nosotros seguíamos al gato negro, el cual arqueó el lomo y levantó el rabo, y
caminó por el sendero de tilos esmaltados de azul, y atravesó el porche de
techo negro y la abierta puerta de roble, y entró en una pequeña habitación en
donde estaba preparado el té. Y en los jardines las flores comenzaron a cantar
y la fuente hizo tintinear el disco de bronce.
Y me enteré de que la fuente provenía de otro mar desconocido, y a veces
lanzaba al aire fragmentos dorados procedentes de naufragios de galeones
desconocidos, hundidos por las tormentas en algún mar que no se encuentra en
ninguna parte del mundo, o hechos pedazos en guerras libradas contra no se sabe
quién. Algunos dijeron que había sal a causa del mar y otros que la sal estaba
mezclada con lágrimas de marineros. Y algunos poetas sacaron grandes flores de
sus jarrones y arrojaron sus pétalos por toda la habitación, mientras otros dos
hablaban a la vez y los demás cantaban.
—¡Vaya!, después de todo sólo son niños —dije.
—¡Sólo niños! —repitió la bruja, mientras se servía vino de primavera.
—Sólo niños —exclamó el viejo gato negro.
Y todos se rieron de mí.
—Sinceramente me disculpo —dije—. No quise decir eso. No pretendía
insultar a nadie.
—¡Vaya!, no sabe usted nada en absoluto —dijo el viejo gato negro.
Y todo el mundo rió hasta que los poetas se fueron a acostar.
Y entonces eché una ojeada a los campos que conocemos, y me volví hacia
la otra ventana que mira a las montañas de los elfos. Y el atardecer semejaba
un zafiro. Y aunque los campos empezaban a difuminarse, encontré el camino y
subí las escaleras y atravesé el salón de la bruja y salí al exterior, y
aquella noche fui al palacio de Singanee. En el palacio de marfil las luces
brillaban en cada panel de cristal, pues ninguna ventana tenía cortinas. Los
sonidos eran los de una danza triunfal. Muy obsesionante era, en efecto, el
zumbido del fagot; y los golpes esgrimidos por un hombre enérgico sobre el
enorme y sonoro tambor eran como el peligroso anticipo de alguna bestia al
galope.
Me parecía estar escuchando, ya musicada, la contienda de Singanee con
el más que colosal destructor de Perdóndaris. Y cuando caminaba a oscuras a lo
largo del precipicio de amatista, de repente descubrí un puente blanco de tramo
curvo que lo atravesaba. Era un colmillo de marfil. Y lo supe por el triunfo de
Singanee. Supe que había sido arrastrado mediante cuerdas para salvar el
abismo, era similar a la puerta de marfil que hubo una vez en Perdóndaris y fue
responsable de la destrucción de aquella famosa ciudad, con todas sus torres,
murallas y gente. Habían empezado ya a vaciarlo y a tallar en sus costados
figuras humanas de tamaño natural.
Lo crucé y, a la mitad del camino, en el punto más bajo de la curva, me
encontré con algunos de los tallistas profundamente dormidos. Al otro lado del
precipicio, junto al palacio, hallábase el extremo más grueso del colmillo y
descendí por una escala que se apoyaba en él, pues todavía no habían tallado
escalones.
El exterior del palacio de marfil era como yo había supuesto y el
centinela que vigilaba la puerta dormía profundamente; y aunque le pedí permiso
para entrar, él únicamente murmuró una bendición a Singanee y volvió a quedarse
dormido. Era evidente que había estado bebiendo bak. En el interior del
vestíbulo de marfil me encontré con servidores que me dijeron que esa noche
ningún forastero sería bien recibido porque celebraban el triunfo de Singanee.
Y me ofrecieron a beber bak para conmemorar su esplendor, mas yo no conocía su
poder ni su efecto sobre los humanos, por lo que les dije que había jurado a un
dios no beber nada gratificante; y ellos me preguntaron si no podría aplacar a
ese dios con oraciones, a lo que yo contesté:
—De ninguna manera —y me dirigí hacia el baile.
Y ellos se compadecieron de mí e insultaron amargamente a aquel dios,
creyendo que eso me agradaría, y a continuación se pusieron a beber a mayor
gloria de Singanee. Al otro lado de las cortinas que separaban el recinto de
baile había un chambelán, y cuando le dije que, aunque forastero, era bien
conocido de Mung y Sish y Kib, los dioses de Pegana, cuyos signos hice, me dio
la bienvenida. Le pregunté si mis vestidos no serían inadecuados a tan augusta
ocasión, y él me juró por la lanza que había matado al destructor de
Perdóndaris que Singanee encontraría vergonzoso que un forastero conocido de
los dioses entrara en la sala de baile inapropiadamente vestido; y por tanto me
condujo a otra habitación y sacó trajes de seda de un cofre de basto roble
negro con cierres de cobre adornados con unos zafiros pálidos, y me rogó que
eligiera un traje apropiado.
Yo elegí una túnica verde brillante con ropa interior azul pálido y un
talabarte también azul pulido. Me puse además una capa de color púrpura,
ribeteada con dos delgadas cintas azul oscuro y una hilera de grandes zafiros
cosidos entre ellas a todo largo, que me colgaba por detrás. Tampoco me habría
permitido el chambelán de Singanee que cogiera algo de menos valor, pues decía
que ni siquiera a un forastero se le podía permitir aquella noche que fuera un
obstáculo para la munificencia de su amo, el cual se complacía en ejercerla en
honor de su victoria.
Tan pronto como estuve ataviado, nos dirigimos a la sala de baile y lo
primero que vi en aquella centelleante sala de techo alto fue la descomunal
figura de Singanee, de pie entre los bailarines, cuyas cabezas no sobrepasaban
la cintura de aquél. Llevaba descubiertos los enormes brazos que habían
sostenido la lanza que había vengado a Perdóndaris. El chambelán me condujo
hasta él y yo me incliné y le dije que agradecía a los dioses a los que él
había pedido protección. Y él me respondió que había oído hablar bien de esos
dioses a los que solían rezar, mas esto lo dijo únicamente por cortesía, ya que
no los conocía.
Singanee iba vestido con sencillez y únicamente llevaba en su cabeza una
simple cinta dorada que evitaba que el cabello le cayera por la frente, cuyos
extremos estaban sujetos atrás con un lazo de seda púrpura. Y todas sus reinas
llevaban magníficas coronas, aunque no sabía si habían sido coronadas como
reinas de Singanee o si fueron atraídas allí desde sus tronos en países remotos
por admiración hacia él y su esplendor. Todos los allí presentes llevaban
vestidos de brillantes colores e iban descalzos, pues la costumbre del calzado
era desconocida en aquellas regiones. Y cuando vieron que los dedos gordos de
mis pies estaban deformados según la moda europea, torcidos hacia adentro en
lugar de estar derechos, alguno me preguntó amablemente si me había acontecido
algún accidente.
Y en vez de contarle sinceramente que la deformación del dedo gordo del
pie era una costumbre nuestra que nos agradaba, le dije que se trataba de una
maldición de un dios malvado a quien había descuidado de ofrecer bayas durante
mi infancia. Y hasta cierto punto me justifiqué, pues el Convencionalismo es un
dios aunque sus modales sean perversos; y si les hubiera contado la verdad, no
me habrían comprendido. Me dieron por compañera de baile a una dama de gran
belleza, la cual me contó que se llamaba Saranoora y era una princesa del Norte
que había sido ofrecida como tributo al palacio de Singanee.
Y en parte bailaba como los europeos y en parte como las hadas del
yermo, las cuales, según la leyenda, atraen a los viajeros extraviados hacia su
perdición. Y si pudiera sacar de sus tierras a treinta de esos paganos, de
largos cabellos negros y ojos pequeños de elfo, y pudiera hacerles tocar sus
instrumentos musicales, desconocidos incluso para el rey Nebichadnezzar,
interpretando al anochecer cerca de tu casa aquellas melodías que escuché en el
palacio de marfil, quizá comprenderías, apreciado lector, la belleza de
Saranoora, y el fulgor de luces y colores de aquella formidable sala, y el ágil
movimiento de aquellas misteriosas reinas que bailaban en torno a Singanee.
Entonces, gentil lector, dejarías de serlo, pues los pensamientos que
corren como leopardos en estas lejanas y salvajes tierras saltarían al interior
de tu cabeza aunque estuvieras en Londres, sí, incluso en Londres: te alzarías
y golpearías con tus manos la pared con sus preciosos dibujos de flores, en la
esperanza de que los ladrillos se rompieran, revelándote el camino que conduce
al palacio de marfil, junto al precipicio amatista donde habitan los dragones
dorados. Pues lo mismo que ha habido hombres que han quemado prisiones para que
los prisioneros pudieran escapar, esos oscuros músicos son tan incendiarios que
atizan peligrosamente a su clientela a fin de que puedan liberarse los
pensamientos prendidos con alfileres.
No tengas miedo ni permitas que tus mayores lo tengan. No interpretaré
esas melodías en ninguna de las calles conocidas. No traeré aquí a esos
extraños músicos; únicamente susurraré el camino que conduce al País del Sueño,
y sólo unos pocos pies delicados lo encontrarán, y soñaré en solitario con la
belleza de Saranoora y a veces suspiraré.
Seguimos bailando sin cesar a la voluntad de los treinta músicos, mas
cuando las estrellas palidecieron y la brisa del amanecer agitó los últimos
estertores de la noche, entonces Saranoora, la princesa del Norte, me condujo a
su jardín. Había allí sombrías arboledas que llenaban de perfume la noche y
protegían sus misterios del alba naciente. En aquel jardín flotaba a nuestro
alrededor la triunfal melodía de aquellos oscuros músicos, cuyo origen no
podían adivinar los que allí moraban y conocían el País del Sueño.
Sólo en una ocasión volvió a cantar el pájaro tolulu, pues el regocijo
de aquella noche le había asustado y estuvo callado. Una vez más le oímos
cantar en alguna remota arboleda, pues los músicos descansaban y nuestros pies
descalzos no hacían ruido; por un momento oímos a aquella ave con la que una
vez soñó nuestro ruiseñor, transmitiendo la tradición a su prole. Y Saranoora
me contó que le había puesto el nombre de Hermana Canora; mas no conocía el
nombre de los músicos, que en ese momento tocaban de nuevo, pues nadie sabía
quiénes eran ni de qué país procedían.
Entonces alguien cantó en la oscuridad, muy cerca de nosotros,
acompañado de un instrumento de cuerda, la historia de Singanee y su lucha
contra el monstruo. Y de pronto le vimos, sentado en el suelo, cantando a la
noche la arremetida de la lanza que había traspasado el descomunal corazón del
destructor de Perdóndaris. Y nos detuvimos un rato y le pregunté quién había
presenciado aquella memorable contienda, y él me respondió que nadie a
excepción de Singanee y de aquel cuya pezuña había dispersado Perdóndaris, y
que ahora este último estaba muerto. Y cuando le pregunté si Singanee le había
relatado la contienda, él me dijo que aquel arrogante cazador jamás diría una
sola palabra del asunto, y que por tanto su extraordinaria proeza era ahora
cosa de los poetas, a quienes quedaba confiada para siempre; y volvió a tocar
su instrumento de cuerda y siguió cantando.
Cuando el collar de perlas que Saranoora llevaba al cuello comenzó a
brillar, comprendí que el amanecer se aproximaba y que aquella memorable noche
casi había pasado. Y finalmente abandonamos el jardín y fuimos al abismo a
contemplar la salida del sol en el desfiladero amatista. Al principio el astro
iluminó la belleza de Saranoora, mas luego coronó el mundo y encendió aquellos
riscos de amatista hasta deslumbrarnos, y nos apartamos de allí y vimos al
artesano ahuecando el colmillo y tallando en él una balustrada formada por una
bella comitiva de figuras. Y los que habían bebido bak comenzaron a despertarse
y abrieron sus asombrados ojos ante el precipicio de amatista, y se los
frotaron y los apartaron.
Y entonces aquellos maravillosos reinos de la canción, que los oscuros
músicos habían establecido a lo largo de la noche mediante acordes mágicos,
volvieron a desvanecerse bajo la influencia de aquel antiguo silencio que regía
ante los dioses; y los músicos se envolvieron en sus capas y cubrieron sus
maravillosos instrumentos y se marcharon sigilosamente a los llanos; y nadie se
atrevió a preguntarles si volverían, o por qué vivían allí, o a qué dios
servían. Y el baile se interrumpió y todas las reinas se marcharon. Y entonces
la esclava salió de nuevo por una puerta y vació en el abismo su canasto de
zafiros, como la había visto hacer anteriormente. La hermosa Saranoora dijo que
aquellas importantes reinas nunca se ponían sus zafiros más de una vez, y que
cada mediodía un mercader de las montañas les vendía nuevas piezas para la
velada correspondiente.
Sin embargo, sospecho que algo más que la extravagancia subyace en el
fondo de esta acción, aparentemente derrochadora, de arrojar los zafiros al
abismo, pues en las profundidades de éste se encontraban esos dragones dorados
de los cuales nada parece saberse. Y pensé, y todavía sigo pensándolo, que
Singanee, aun encontrándose en guerra con los elefantes, con cuyos colmillos
había construido su palacio, conocía bien e incluso temía a esos dragones del
abismo, y que tal vez valorase aquellas inapreciables joyas menos que a sus
reinas, y quisiera pagar tributo a los dragones dorados de la misma manera que
él recibía hermosas ofrendas de otros tantos países por medio de su lanza.
No pude ver si los dragones tenían alas; ni podía asegurar que, en el
caso que las tuvieran, fueran capaces de soportar ese peso de oro macizo; ni
tampoco sabía por qué caminos podrían deslizarse a través del abismo. Y no sé
de qué le servirían los zafiros a un dragón dorado, o a una reina. Únicamente
me parece extraño que arrojaran tal profusión de joyas por orden de un hombre
que no tenía nada que temer, y que éstas cayeran al abismo al alba, despidiendo
destellos y cambiando de color.
No sé cuánto tiempo nos quedamos allí observando la salida del sol sobre
aquellas extensiones de amatista. Y es extraño que aquel fabuloso prodigio no
me afectara más de lo que lo hizo, mas tenía la mente deslumbrada por la fama
de aquél, y los ojos cegados por el resplandor del amanecer, y, como suele
suceder, pensaba más en cosas insignificantes, y recuerdo haber contemplado el
nacimiento del día en el solitario zafiro que Saranoora lucía en un anillo que
llevaba en el dedo. Luego, cuando la brisa del amanecer la rodeaba, dijo que
tenía frío y regresó al palacio de marfil. Y temí no poder volver a verla nunca
más, pues el tiempo transcurre de manera diferente en el País del Sueño que en
el mundo que conocemos, al igual que las corrientes marinas se desplazan según
direcciones distintas, llevando barcos a la deriva.
Y al llegar a la puerta del palacio de marfil me volví para despedirme
y, sin embargo, no encontré palabras apropiadas. Y ahora, cuando a veces me
encuentro en otras tierras, me paro a pensar en las muchas cosas que quise
decir. Sin embargo, lo único que dije fue:
—Ojalá nos volvamos a encontrar.
Y ella respondió que era probable que nos encontrásemos a menudo, pues
el permitirlo era poca cosa para los dioses, ignorando que los dioses del País
del Sueño tienen poco poder sobre los mundos que conocemos.
Luego traspasó la puerta. Y yo, después de cambiada la vestimenta que el
chambelán me diera por mi propia ropa, abandoné la hospitalidad del poderoso
Singanee, y me dirigí de vuelta al mundo que conocemos. Me crucé con aquel
enorme colmillo que había supuesto el fin de Perdóndaris y encontré a los
artistas que lo estaban tallando; y mientras pasaba, algunos de ellos, a modo
de saludo, alabaron a Singanee, y en respuesta rendí honores a su nombre.
Aunque la luz del nuevo día todavía no había penetrado completamente hasta el
fondo del abismo, la oscuridad estaba cediendo paso a una niebla púrpura y pude
vislumbrar vagamente a un dragón dorado.
Luego miré en dirección al palacio de marfil y, al no ver a nadie en las
ventanas, me alejé con tristeza; y, siguiendo el camino que sabía, atravesé el
desfiladero entre las montañas y descendí por sus laderas hasta divisar de
nuevo la cabaña de la bruja. Y cuando me dirigí a la ventana más alta a fin de
contemplar el mundo que conocemos, la bruja me habló. Mas yo estaba enfadado,
como si acabara de despertarme, y no le contesté. Más tarde el gato me preguntó
a quién había encontrado, y yo le respondí que en el mundo que conocemos los
gatos se mantienen en su lugar y no hablan a los hombres. Y luego bajé las
escaleras y salí directamente por la puerta, dirigiéndome a Go-by Street.
—Se ha equivocado usted de camino —gritó la bruja desde la ventana.
Y efectivamente, hubiera preferido volver de nuevo al palacio de marfil,
pero no tenía derecho a abusar más de la hospitalidad de Singanee, y no es
posible quedarse para siempre en el País del Sueño; además, ¿qué sabía aquella
bruja del mundo que conocemos o de las pequeñas aunque numerosas trampas que se
tienden a nuestros pies allá abajo?
Así es que no le presté atención y seguí adelante, y llegué a Go-by
Street. Vi la casa de la puerta verde a mitad de camino de la calle, mas
creyendo que al final de ésta estaba más cerca del Embankment, en donde había
dejado mi bote, probé la primera puerta que encontré, que correspondía a una
cabaña con techo de paja como las demás, con unas pequeñas agujas doradas en la
cumbrera del tejado y extraños pájaros sentados arreglándose las plumas. La
puerta se abrió y me sorprendió encontrarme a mí mismo en lo que parecía una
cabaña de pastor; un hombre sentado en un tronco en el interior de una humilde
y sombría habitación se dirigió a mí en una lengua extraña; murmuré algo y salí
corriendo a la calle.
El tejado de la casa estaba cubierto de paja tanto en la fachada como
por detrás. No había agujas doradas en la fachada, ni maravilloso pájaros; mas
tampoco había acera. Había una hilera de casas, establos y cobertizos, mas
ninguna otra señal de ciudad. A lo lejos vi una o dos aldeas. Sin embargo, ahí
estaba el río, sin duda el Támesis, pues tenía la anchura de ese río y todos
sus meandros, si es posible imaginar el Támesis en aquel lugar concreto sin
estar rodeado de calles, sin ningún puente, y con el Embankment desplomado.
Comprendí qué me había ocurrido, permanentemente y a la luz del día, lo
que suele sucederle a los hombres, aunque más a menudo a los niños, cuando se
despiertan antes del amanecer en alguna habitación extraña y ven una alta
ventana gris donde debía estar la puerta y objetos desconocidos en lugares
impropios, y pese a saber dónde se encuentran ignoran cómo es posible que el
sitio ofrezca ese aspecto.
Luego pasó a mi lado un rebaño de ovejas con la apariencia de siempre,
mas el hombre que las dirigía lucía una extraña mirada extraviada. Le hablé y
él no me entendió. Luego bajé el río a comprobar si mi bote estaba en el mismo
sitio en donde lo había dejado; en el cieno (pues la marea estaba baja) vi un
trozo semienterrado de madera ennegrecida, que bien podía haber sido parte de
un bote, mas no lo pude reconocer. Empecé a pensar que me había perdido. Sería
extraño venir de lejos a ver Londres y no poder encontrarla entre todos los
caminos que hasta allí conducen; mas a mí me parecía que había estado viajando
en el Tiempo y me había perdido entre los siglos.
Y cuando vagaba por las colinas cubiertas de hierba, encontré un
mausoleo hecho de zarzas y con techo de paja, y vi en su interior un león más
deteriorado por el tiempo que la Esfinge de Gizeh; y cuando lo reconocí como
uno de los cuatro de Trafalgar Square, entonces comprendí que andaba perdido
por el futuro y varios siglos con sus traicioneros años me separaban de todo lo
que había conocido. Y entonces me senté en la hierba junto a las deterioradas
patas del león para reflexionar sobre lo que debía hacer. Y decidí regresar por
Go-by Street y, dado que no había dejado nada que me atara al mundo conocido,
ofrecerme como sirviente en el palacio de Singanee, y volver a contemplar el
rostro de Saranoora y aquellos fabulosos amaneceres de amatista sobre el abismo
donde juegan los dragones dorados. Y no me quedé más tiempo buscando vestigios
de las ruinas de Londres; pues la contemplación de cosas maravillosa produce
poco placer si no existe alguien a quien poder contarlas o asombrar.
Así es que volví inmediatamente a Go-by Street, la pequeña hilera de
chozas, y no encontré ninguna otra prueba de la existencia de Londres que un
león de piedra. Esta vez acerté con la casa. Estaba muy cambiada y se parecía
más a una de esas chozas que pueden verse en Salisbury Plain que a una tienda
en la ciudad de Londres; mas di con ella a base de ir contando las casas de la
calle, ya que todavía quedaba una hilera de casas aunque las aceras y la ciudad
hubieran desaparecido. Y todavía era una tienda. Una tienda muy diferente a la
que yo conocí, aunque tenía mercancías a la venta: cayados de pastor,
comestibles y toscas hachas. Y había un hombre con el pelo largo, vestido con
pieles. No le hablé pues no conocía su lengua.
Me dijo algo que me sonó a algo así como "Everkike". No
entendí su significado, mas cuando miró una de sus pistolas, caí en la cuenta y
comprendí que Inglaterra todavía era Inglaterra, que todavía no la habían
conquistado, y que, aunque se habían cansado de Londres, todavía se aferraban a
su país. Pues las palabras que el hombre había pronunciado fueron "Av er
kike", por lo que comprendí que aquel mismo dialecto cockney que los
antiguos llevaron a tierras lejanas todavía se hablaba en su lugar de
nacimiento, y que ni la política ni sus enemigos lo habían destruido después de
todos esos miles de años.
Nunca me había gustado el dialecto cockney, dada mi arrogancia de
irlandés acostumbrado a oír un magnífico inglés isabelino tanto de los pobres
como de los ricos; por tanto, cuando escuché estas palabras me escocieron los
ojos como si estuviera a punto de llorar; me recordaban lo lejos que me
encontraba. Imagino que me quedé callado un rato. De repente comprendí que el
hombre que se encargaba de la tienda se había quedado dormido. Su manera de ser
parecía, extrañamente, la de un hombre que de seguir vivo tendría más de mil
años (a juzgar por el aspecto deteriorado del león). Mas entonces, ¿qué edad
tendría yo?
Está claro que el Tiempo pasa más rápido o más lento en el País del
Sueño que en el mundo que conocemos. Pues los muertos, incluso los más
antiguos, reviven en nuestros sueños; y un soñador pasa por los acontecimientos
del día en sólo un segundo del reloj de Town-Hall. Sin embargo, la lógica no me
ayudó y estaba desconcertado. Mientras el anciano dormía —extrañamente su
rostro se parecía al del anciano que me había mostrado por primera vez la
pequeña puerta trasera—, me dirigí al fondo de la tienda.
Había una especie de puerta con goznes de cuero. La abrí y me encontré
de nuevo con el cartel de la trastienda: al menos la parte de atrás de Go-by
Street no había cambiado. La calle parecía fantástica y distante con sus flores
púrpura y sus agujas doradas, y la desolación de la acera de enfrente; sin
embargo, respiré más tranquilo al volver a ver algo que ya había visto antes.
Pensé que había perdido para siempre el mundo que conocía, y ahora que me
encontraba de nuevo a espaldas de Go-by Street sentía menos la pérdida que
cuando estaba donde deberían estar los objetos familiares. Recordé lo que había
dejado en el vasto País del Sueño y pensé en Saranoora. Y cuando volví a
divisar las cabañas me sentí menos aislado todavía al pensar en el gato, aunque
por lo general el animal se reía de lo que yo decía. Y lo primero que le dije a
la bruja cuando la vi fue que había perdido el mundo y regresaba por el resto
de mis días al palacio de Singanee. Y lo primero que ella me dijo fue:
—¡Vaya! Se equivocó usted de puerta.
Lo dijo amablemente, pues comprendía lo infeliz que yo era. Y yo le
contesté:
—Sí, mas es la misma calle. Toda ella está cambiada y Londres ha
desaparecido y la gente que solía conocer y las casas en las que solía dormir,
y todo; estoy harto.
—¿A dónde quería usted ir por esa puerta errónea? —dijo ella.
—¡Oh!, eso da lo mismo —contesté.
—¿De veras? —dijo ella de un modo contradictorio.
—Bueno, quería llegar al final de la calle para encontrar rápidamente mi
bote en el Embankment. Y ahora mi bote... y el Embankment... y...
—Alguna gente tiene siempre tanta prisa —dijo el viejo gato negro.
Y me sentí tan desdichado que no logré enfadarme y no añadí nada más.
La vieja bruja dijo:
—¿A dónde quiere ir ahora?
Parecía una niñera dirigiéndose a un niño pequeño. Y yo le respondí:
—No tengo dónde ir.
Y ella respondió:
—¿Preferiría volver a casa o ir al palacio de Singanee?
Y yo le respondí:
—Me duele la cabeza y no quiero ir a ninguna parte, estoy cansado del
País del Sueño.
—Entonces suponga que intenta entrar por la puerta apropiada.
—De nada serviría —contesté—. Todos han muerto y desaparecido, ahora
aquí venden bollos.
—¿Qué sabe usted del Tiempo? —preguntó.
—Nada —respondió el viejo gato negro, a pesar de que nadie se había
dirigido a él.
—¡Váyase! —dijo la vieja bruja.
De manera que me volví y me dirigí de nuevo a Go-by Street. Estaba muy
cansado.
—¿Qué sabe de él? —dijo a mis espaldas el viejo gato negro. Sabía lo que
iba a decirme después. Aguardé un momento y luego le dije:
—Nada.
Cuando miré por encima del hombro, el animal se dirigía a la cabaña
contoneándose. Y cuando llegué a Go-by Street abrí con indiferencia la puerta
por la que acababa de pasar. Me pareció inútil hacerlo, únicamente lo hice por
aburrimiento, porque me lo habían mandado. Y nada más entrar, vi que todo era
como antaño, y que el anciano soñoliento que allí se encontraba vendía ídolos.
Compré una vulgar pieza, que en realidad no quería comprar, por el mero placer
de ver los artículos acostumbrados.
Y cuando me alejé de Go-by Street, que seguía siendo la de siempre, lo
primero que vi fue un taxi colisionando con un cabriolé. Me descubrí y
ovacioné. Y fui al Embankment y allí estaba mi bote, y el majestuoso río,
repleto de suciedad como de costumbre. Y volví a remar y compré una revista
barata (al parecer había estado fuera todo un día) y la leí de punta a rabo
—incluyendo los avisos de remedios patentados para enfermedades incurables— y
decidí pasear, tan pronto como descansara, por todas las calles que me eran
familiares y visitar a todas mis amistades, y conformarme para siempre con el
mundo que conocemos.
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Lord Dunsany (1878-1956)

