Libro N° 9948. El Banquete De Navidad. Hawthorne, Nathaniel.
© Libro N° 9948. El Banquete De Navidad. Hawthorne, Nathaniel. Emancipación. Mayo 21 de 2022.
Título
original:
© The Christmas Banquet,
Nathaniel Hawthorne (1804-1864)
Versión Original: © El Banquete De Navidad. Nathaniel
Hawthorne
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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Nathaniel Hawthorne
El
Banquete De Navidad
Nathaniel
Hawthorne
—He intentado aquí captar un personaje que en el pasado se deslizó junto
a mí ocasionalmente en mi camino por la vida —dijo Roderick abriendo unas hojas
del manuscrito cuando estaba sentado con Rosina y el escultor en el cenador—.
Como sabéis, mi anterior y triste experiencia me ha dado un cierto grado de
percepción de los misterios oscuros del corazón humano, por los que he
deambulado como un ser descarriado en una caverna oscura, con la antorcha
parpadeando rápidamente hacia su extinción. Pero este hombre, esta clase de
hombres, es un enigma sin esperanza.
—Bien, pero háblanos —dijo el escultor—. Para empezar, déjanos tener una
idea de él.
—Bueno —contestó Roderick—. Es un ser que se puede concebir que lo
esculpas en mármol, y que alguna perfección todavía no lograda de la ciencia
humana le dote de un exquisito remedo de intelecto; pero todavía le seguirá
faltando ese último e inestimable toque de un creador divino. Parece un hombre;
y quizás un ejemplar de hombre mejor que los que vemos ordinariamente. Puedes
estimar su sabiduría; puede ser cultivado y refinado, y al menos tiene una
conciencia externa, pero precisamente no puede responder a las demandas que el
espíritu hace al espíritu. Cuando consigues acercarte a él, lo encuentras frío
e insustancial: un simple vapor.
—Creo tener una tenue idea de lo que quieres decir —intervino Rosina.
—Alégrate de ello —respondió el esposo sonriendo—. Pero no anticipes más
lo que voy a leer. He imaginado aquí que ese hombre sea consciente de la
insuficiencia de su organización espiritual, aunque probablemente nunca lo
sería. Creo que la consecuencia sería una sensación de fría irrealidad que le
haría recorrer el mundo estremeciéndose y deseando cambiar su carga de hielo
por cualquier carga de pena auténtica que el destino pueda arrojar a un ser
humano.
Contentándose con ese prefacio, Roderick empezó a leer. En el testamento
y últimas voluntades de un cierto caballero anciano aparecía un legado que,
como último pensamiento y acto, estaba singularmente de acuerdo con su larga
vida de excentricidad melancólica. Dispuso una suma considerable para
establecer un fondo cuyos intereses se gastarían, anualmente y para siempre, en
la preparación de un banquete de Navidad para diez de las personas más
miserables que pudieran encontrarse. No parece que el propósito del testador
fuera alegrar a esa decena de corazones tristes, sino procurar que la expresión
severa o cruel del descontento humano no se olvidara, ni siquiera en ese día
santo y gozoso, en medio de las aclamaciones de gratitud festiva que produce la
cristiandad entera.
Deseaba también perpetuar su protesta contra el curso terrenal de la
providencia, y su disentimiento triste y amargo contra esos sistemas religiosos
o filosóficos que o bien encuentran la luz del sol en el mundo o la hacen bajar
del cielo. La tarea de convocar a los invitados, o de seleccionarlos entre
quienes presentaran sus pretensiones a compartir esa triste hospitalidad,
quedaba confiada a los dos fideicomisarios o administradores del fondo. Esos
caballeros eran, como su amigo fallecido, humoristas sombríos que habían
convertido en su ocupación principal numerar los hilos negros de la red de la
vida humana, dejando sin contar todos los dorados. Ejecutaron su misión con
integridad y juicio.
Es cierto que el aspecto del grupo reunido en el día de la primera
fiesta no convencería a todo testigo de que aquellos eran especialmente los
individuos elegidos de todo el mundo cuyas penas merecían sobresalir como
indicativas de la masa del sufrimiento humano. Sin embargo, y tras la debida
consideración, era indiscutible que se hallaba allí una variedad de
incomodidades sin esperanza que, aunque surgen a veces de causas aparentemente
inadecuadas, son la principal acusación contra la naturaleza y el mecanismo de
la vida.
La disposición y decoración del banquete de Navidad trataba
probablemente de simbolizar esa muerte en vida que había sido la definición de
la existencia del testador. El salón, iluminado con antorchas, estaba decorado
con cortinas de color morado oscuro y adornado con ramas de ciprés y guirnaldas
de flores artificiales, imitando a las que suelen arrojarse sobre los muertos.
Junto a cada plato había una ramita de perejil. La reserva principal de vino
era una urna sepulcral de plata, desde la que se distribuía el licor por la
mesa en pequeños vasos copiados exactamente de los que contenían las lágrimas
de las antiguas plañideras. Tampoco olvidaron los administradores, si fue de
ellos la idea de disponer esos detalles, la fantasía de los antiguos egipcios,
que sentaban un esqueleto en cada mesa festiva, burlándose de su propia alegría
con la sonrisa imperturbable de un cráneo. Ese temible invitado, envuelto en un
manto negro, se hallaba sentado a la cabeza de la mesa.
Se contaba, aunque no sé si será verdad, que el propio testador había
caminado por el mundo visible con la maquinaria de ese mismo esqueleto, y que
era una de las estipulaciones de su testamento que se le permitiera sentarse
así, de año en año, en el banquete de Navidad que él había instituido. Si es
así quizás significara ocultamente que no abrigaba esperanza de bendición, más
allá de la tumba, que compensara los males que había sentido o imaginado en
este mundo. Y si en sus conjeturas confusas respecto al propósito de la
existencia terrenal, los invitados al banquete apartaran el velo y lanzaran una
mirada inquisitiva a esa figura de la muerte, como buscando allí la solución
que no alcanzaban de otro modo, la única respuesta sería la mirada de las
vacías cavernas de los ojos y la sonrisa de las mandíbulas de un esqueleto.
Tal fue la respuesta que el fallecido había creído recibir cuando pidió
a la muerte que solucionara el enigma de su vida; y era su deseo repetirla
cuando los invitados de su triste hospitalidad se sintieran perplejos con la
misma cuestión.
—¿Qué significa esa guirnalda? —preguntaron varios miembros del grupo al
ver la decoración de la mesa.
Aludían a una guirnalda de ciprés situada en la parte superior de un
brazo del esqueleto, que sobresalía desde el manto negro.
—Es una corona —contestó uno de los administradores—. Pero no para el
más digno, sino para el más desconsolado, cuando haya demostrado tener derecho
a ella.
El primer invitado a la fiesta era un hombre de carácter amable que no
tenía energía para luchar contra el abatimiento al que le inclinaba su
temperamento; y por ello, aunque en el exterior nada le excusaba de la
felicidad, había llevado una vida de tranquila miseria que hacía que su sangre
circulara torpemente, que pesara sobre su aliento, y que se sentaba, como un
pesado diablo nocturno, sobre cada latido de su sumiso corazón. Su desdicha
parecía tan profunda como su naturaleza original, si es que no era idéntica a
ella. La mala fortuna de un segundo invitado consistía en abrigar dentro de su
pecho un corazón enfermo que había llegado a estar tan desdichadamente ulcerado
que los roces continuos e inevitables del mundo, el golpe de un enemigo, la
sacudida descuidada de un desconocido o incluso el contacto fiel y amoroso de
un amigo formaban úlceras en él.
Como acostumbran a hacer las personas así afligidas, encontró su
principal tarea en mostrar esas llagas miserables a cualquiera que aceptara el
dolor de verlas. Un tercer invitado era un hipocondríaco cuya imaginación
creaba necromancia en su mundo exterior e interior, le hacía ver rostros
monstruosos en el fuego de la chimenea, dragones en las nubes del atardecer,
diablos bajo el disfraz de mujeres hermosas, y algo feo o perverso bajo todas
las superficies agradables de la naturaleza. Su vecino de mesa había confiado
demasiado en la humanidad durante su juventud, había esperado demasiado de
ella, y al encontrarse decepcionado se había sentido desesperadamente amargado.
Durante varios años este misántropo se había dedicado a acumular motivos para
odiar y despreciar a su raza —como el asesinato, la lascivia, traición,
ingratitud, infidelidad de los amigos en quienes confiaba, los vicios
instintivos de los niños, la impureza de las mujeres, la culpa oculta en
hombres de aspecto santo—, en resumen todo tipo de realidades negras que
intentaban adornarse con la gloria o la gracia exterior.
Pero con cada hecho atroz que se añadía a su catálogo, con cada aumento
del conocimiento triste que empleaba la vida en coleccionar, los impulsos
originales del corazón amoroso y confiado del pobre hombre le hacían gemir de
angustia. Después entró en el salón, con su pesada frente inclinada hacia
abajo, un hombre serio y exaltado que desde su primera infancia había tenido la
conciencia de llevar un elevado mensaje al mundo; pero cuando intentaba
transmitirlo no había encontrado ni voz ni forma de habla, ni tampoco oídos que
le escucharan. Por tanto se había pasado toda la vida preguntándose con
amargura a sí mismo: ¿Por qué los hombres no reconocen mi misión? ¿No seré un
loco que se engaña a sí mismo? ¿Qué tarea tengo en la tierra? ¿Dónde está mi
tumba?
Durante la fiesta bebió con frecuencia del vino de la urna sepulcral,
esperando apagar así el fuego celestial que torturaba su pecho sin que
beneficiara a su raza.
Después entró allí, rechazando un billete para un baile, un alegre
galante de ayer que había encontrado cuatro o cinco arrugas en su frente y más
cabellos grises de los que podía contar en la cabeza. Dotado de sentimiento y
sensibilidad, había empleado sin embargo la juventud en la locura, pero había
llegado finalmente a ese punto temible de la vida en el que la locura nos
abandona por sí sola, dejándonos como única amiga la sabiduría, si podemos
conseguirla. Así, frío y desolado, había venido a buscar la sabiduría en el
banquete, y se preguntaba si no sería ésta el esqueleto. Para redondear el
grupo, los administradores habían invitado a un afligido poeta que tenía el
hospicio como hogar, y a un melancólico idiota de la calle.
Este último tenía el sentido suficiente para ser consciente de un vacío
que el pobre, a lo largo de toda su vida, había tratado neblinosamente de
llenar con inteligencia, recorriendo las calles arriba y abajo, y quejándose
lamentablemente porque sus intentos no eran eficaces. La única dama del salón
no había logrado la belleza absoluta y perfecta simplemente por el
insignificante defecto de un ligero estrabismo en el ojo izquierdo. Pero esa
mancha, aunque era tan diminuta, resultaba tan inoportuna, no para su vanidad,
sino para el ideal puro de su alma, que se pasó la vida sola, ocultando su
rostro incluso de su propia mirada. Así que el esqueleto permaneció sentado y
envuelto en un extremo de la mesa, y esta pobre dama en el otro.
Nos queda por describir un invitado. Era un joven de frente despejada,
hermosas mejillas y porte a la moda. Por lo que concernía a su aspecto
exterior, habría encontrado un lugar mucho más conveniente en una alegre mesa
de Navidad en lugar de contarse entre los invitados desafortunados, golpeados
por el destino, torturados por el capricho o malhadados. Los murmullos
aumentaron entre los invitados cuando observaron éstos la mirada de examen
general que hizo el intruso a sus compañeros. ¿Qué tenía que ver él entre
ellos? ¿Por qué el esqueleto del muerto fundador de la fiesta no doblaba sus
ruidosas articulaciones, se levantaba y arrojaba de la mesa al desconocido?
—¡Vergonzoso! —exclamó el hombre morboso al tiempo que una nueva úlcera
se abría en su corazón—. Viene a burlarse de nosotros: ¡seremos la burla de sus
amigos de taberna! ¡Convertirá en farsa nuestras miserias y las subirá al
escenario!
—¡Oh, no te preocupes por él! —intervino el hipocondríaco sonriendo con
amargura—. Festejará de esa sopera con sopa de víbora, y si hay sobre la mesa
un fricassé de escorpiones, le rogaremos que tome su parte. En cuanto al
postre, probará las manzanas de Sodoma. ¡Luego, si le gusta nuestra comida de
Navidad, que vuelva el año próximo!
—No le inquietéis —murmuró con amabilidad el hombre melancólico—. ¿Qué
importa si la conciencia de la miseria viene unos años antes o después? Si ese
joven se considera feliz ahora, que se siente con nosotros por la desdicha que
le acaecerá.
El pobre idiota se acercó al joven con ese aspecto triste de
interrogación vacía que llevaba continuamente en el rostro, y que hacía que la
gente dijera que estaba siempre buscando su inteligencia perdida. Tras un
examen no pequeño, tocó la mano del desconocido, pero inmediatamente la retiró,
sacudió la cabeza y se estremeció.
—¡Frío, frío, frío! —murmuró el idiota.
El joven también se estremeció, y sonrió.
—Caballeros, y usted, señora —dijo uno de los administradores de la
fiesta no piensen tan mal de nuestras precauciones o juicio imaginando que
hemos admitido a este joven desconocido, llamado Gervayse Hastings, sin una
completa investigación y un examen total de sus pretensiones. Confíen en mí,
ningún invitado a esta mesa tiene más derecho a su asiento.
La garantía del administrador tuvo por fuerza que resultar
satisfactoria. Por tanto los miembros del grupo tomaron asiento y se dedicaron
al serio asunto del banquete de Navidad, aunque enseguida fueron inquietados
por el hipocondríaco, quien echó hacia atrás la silla quejándose de que tenía
ante él una fuente de sapos y víboras guisados, y que había agua verde de
arroyo en su copa de vino. Enmendado ese error, volvió a ocupar su asiento. El
vino, que fluía libremente de la urna sepulcral, parecía esta imbuido de todas
las inspiraciones tristes; por eso su influencia no fue la de alegrar, sino más
bien hundir a los soñadores en una melancolía más profunda o elevar su espíritu
hasta un entusiasmo de desdicha. La conversación era variada. Contaron
historias tristes acerca de personas que podrían haber merecido ser invitadas a
una fiesta como aquella.
Hablaron de incidentes horripilantes de la historia humana; de crímenes
extraños que, si se consideraban verdaderamente, no eran sino convulsiones
agónicas; de algunas vidas que habían sido totalmente desdichadas, y de otras
que, aunque en general presentaban una semejanza de felicidad, sin embargo se
habían visto deformadas antes o después por el infortunio, como la aparición de
un rostro macabro en un banquete; o de escenas en el lecho de muerte, y de las
oscuras sugerencias que podían extraerse de las palabras de los moribundos; del
suicidio, y de si la manera mejor sería con soga, cuchillo, veneno, ahogándose,
muriendo de hambre poco a poco o con el humo del carbón. Casi todos los
invitados, como suele suceder con las personas cuyo corazón está profundamente
enfermo, deseaban aportar sus propios infortunios como tema de discusión, y
mostrar su alto grado de angustia.
El misántropo profundizó en la filosofía del mal y deambuló por la
oscuridad mostrando de vez en cuando un brillo de luz descolorida suspendida
sobre formas fantasmales y un escenario horrible. Sacó a relucir muchos temas
miserables de esos que encuentran los hombres de tiempo en tiempo, y se
recreaba en ellos considerándolos una gema inestimable, un diamante, un tesoro
muy preferible a la revelación brillante y espiritual de un mundo mejor, que
son como las piedras preciosas del pavimento del cielo. Y luego, en mitad de
explayarse sobre el infortunio, ocultó el rostro y lloró.
Fue una fiesta en la que el calamitoso hombre de Uz hubiera podido ser
un invitado adecuado, junto con todos aquellos que, en las épocas sucesivas,
han probado las más amargas profundidades de la vida. Y debe decirse también
que todo hijo o hija de mujer, por muy favorecido que haya sido por la feliz
fortuna, podría reclamar en un momento u otro de tristeza el privilegio de un
corazón roto a sentarse en esta mesa. Pero se observó que durante toda la
fiesta el joven extranjero, Gervayse Hastings, fracasaba en sus intentos de
captar el espíritu que lo envolvía todo. Ante cualquier pensamiento potente y
profundo que era expresado, y que por así decirlo era arrancado de los
escondrijos más tristes de la conciencia humana, él parecía perplejo y confuso;
todavía más que el pobre idiota, que parecía captar esas cosas con su corazón
ansioso, y así, ocasionalmente, las entendía.
La conversación del joven era de un tipo más frío y ligero, a menudo
brillante, pero carente de las poderosas características de una naturaleza que
se había desarrollado mediante el sufrimiento.
—Señor, le ruego que no vuelva a dirigirse de nuevo a mí —dijo el
misántropo audazmente como respuesta a una observación de Gervayse Hastings—.
Nuestras mentes no tienen nada en común. No puedo imaginar el derecho que tenga
usted a presentarse en este banquete; pero creo que para un hombre capaz de
decir lo que momento a los ojos y sacudieron la cabeza, negándole esa simpatía
tácita, ese santo y seña que nunca puede falsificarse, de aquellos cuyos
corazones son bocas de caverna por las que descienden a una región de dolor
ilimitado y reconocen a quienes deambulan también por allí.
—¿Quién es este joven? —preguntó el hombre que llevaba una mancha de
sangre en su conciencia—. ¡Seguramente no ha descendido nunca a las
profundidades! Conozco todas las apariencias de aquellos que han cruzado el
valle oscuro. ¿Con qué derecho se encuentra entre nosotros?
—Ay, es un pecado muy grande venir aquí sin una pena —murmuró la anciana
con un acento que compartía el temblor eterno que invadía su ser entero
¡Márchese, joven! Su alma no se ha visto nunca conmovida, y eso hace que
tiemble mucho más sólo de verle a usted.
—¿Conmovida su alma? No, puedo dar fe de ello —dijo el rubicundo señor
Smith presionando su corazón con una mano y comportándose tan melancólicamente
como era capaz, por miedo a una explosión fatal de risa—. Conozco bien al
muchacho; tiene tan buenas perspectivas como cualquier joven de la ciudad, y no
tiene más derecho a estar entre nosotros, criaturas miserables, que el hijo que
no ha nacido. ¡Nunca ha sido desgraciado, y probablemente nunca lo será!
—Rogamos a nuestros honrados invitados que tengan paciencia y crean, al
menos, que nuestra veneración profunda hacia lo sagrado de esta solemnidad
impediría que la violáramos con conciencia de ello. Reciban a este joven en su
mesa. No sería excesivo decir que ninguno de los invitados que hay aquí
cambiaría su corazón por el que late dentro de ese pecho juvenil.
—Diría que es un mal pacto —murmuró el señor Smith con una confusa
mezcla de tristeza y de alegría oculta—. ¡Un absurdo disparate! Mi propio
corazón es el único realmente desgraciado que hay en el grupo. ¡Seguro que
acabará provocándome la muerte!
Sin embargo, como en la ocasión anterior, el juicio de los
administradores no tenía apelación, por lo que el grupo se sentó. El invitado
detestado no hizo ningún nuevo intento de entrometerse con su conversación en
la de los demás, pero parecía escuchar la conversación de la mesa con peculiar
asiduidad, como si algún secreto inestimable que no pudiera alcanzar de otro
modo tuviera posibilidad de que se transmitiera en una palabra casual. Y en
verdad, para aquellos que eran capaces de entenderla y valorarla había una rica
materia en las expresiones de esas almas iniciadas, para quienes la pena había
sido un talismán que les había dado acceso a una profundidad espiritual que no
podía abrirse con ningún otro encantamiento.
A veces, en medio de la tenebrosidad más densa destellaba una
irradiación momentánea, pura como el cristal, brillante como la llama de las
estrellas, iluminando de tal manera los misterios de la vida que los invitados
exclamaban: ¡Seguramente el enigma está a punto de ser solucionado!
En esos intervalos de iluminación los más tristes sentían que se había
revelado que las penas mortales no son sino sombras externas; no más que las
ropas negras que voluminosamente envuelven una verdadera realidad divina,
indicando así lo que de otra manera sería totalmente invisible para el ojo
mortal.
—Precisamente ahora me pareció ver más allá del exterior —observó la
anciana temblorosa—. ¡Y en ese momento desapareció mi temblor eterno!
—¡Ojalá pudiera habitar siempre en esos destellos momentáneos de la luz!
—dijo el hombre de la conciencia sobrecogida—. Entonces se limpiaría la mancha
de sangre de mi corazón.
Esa conversación le parecía tan ininteligiblemente absurda al bueno del
señor Smith que inició precisamente ese ataque de risa contra el que le habían
advertido sus médicos, pues probablemente sería fatal al instante. Y en efecto,
cayó hacia atrás sobre su silla como un cadáver, con una amplia sonrisa en el
rostro, mientras quizás su fantasma permanecía a su lado asombrado por esa
salida sin premeditación. Esa catástrofe acabó, lógicamente, con la fiesta.
—¿Cómo es esto? ¿No tiembla usted? —preguntó la trémula anciana a
Gervayse Hastings, que miraba al muerto con singular intensidad—. ¿No es
horrible verle desaparecer tan repentinamente en medio de la vida, a este
hombre de carne y sangre, cuya naturaleza terrenal era tan cálida y poderosa?
¡En mi alma hay un temblor que nunca cesa, pero que se fortalece con esto! ¡Y
usted está tan tranquilo!
—¡Ojalá eso pudiera enseñarme algo! —dijo Gervayse Hastings lanzando un
largo suspiro—. Los hombres pasan ante mí como sombras en la pared; sus actos,
pasiones y sentimientos son parpadeos de la luz, y luego desaparecen. Ni el
cadáver, ni ese esqueleto, ni el temblor permanente de esta anciana pueden
darme lo que busco.
Y entonces el grupo se deshizo.
No podemos detenernos a narrar con detalle más circunstancias de estas
singulares fiestas, que de acuerdo con la voluntad de su fundador siguieron
celebrándose con la regularidad de una institución establecida. Con el tiempo
los administradores adoptaron la costumbre de invitar de vez en cuando a
aquellos individuos cuyo infortunio era superior al de los otros hombres, y
cuyo desarrollo mental y moral podría suponerse por tanto que poseía un interés
correspondiente. El noble exilado de la Revolución Francesa y el soldado roto
del Imperio estuvieron representados en la mesa. Monarcas caídos que vagaban
por la tierra encontraron su puesto en esa fiesta miserable y triste.
Los políticos, cuando su partido les abandonaba, podían, si querían, ser
de nuevo grandes durante un banquete. El nombre de Aaron Burr apareció en los
registros en un período en el que su ruina —la más profunda y sorprendente, con
más circunstancias morales que en la de casi cualquier otro hombre—era completa
en su vejez. Stephen Girard, cuando su riqueza pesaba sobre él como una
montaña, solicitó ser admitido por su propia voluntad. Sin embargo no es
probable que estos hombres tuvieran ninguna lección que enseñar en cuanto al
descontento y la miseria que no hubiera podido ser igual de bien estudiada en
las posiciones más comunes de la vida. Los desafortunados„ ilustres atraen una
mayor simpatía no porque sus penas sean más intensas, sino porque, al encontrarse
sobre pedestales elevados, sirven mejor a la humanidad como ejemplo por
antonomasia de la calamidad.
Concierne nuestro propósito actual decir que en cada fiesta sucesiva
estuvo presente Gervayse Hastings, y que gradualmente la belleza suave de su
juventud fue convirtiéndose en la gentileza de la madurez y en la impresionante
dignidad desgastada de la vejez. Fue el único que invariablemente estuvo
presente. Pero en todas las ocasiones hubo murmullos, tanto de los que conocían
su carácter y posición como de aquellos cuyo corazón se apartaba negando la
camaradería de su fraternidad mística.
—¿Quién es ese hombre imperturbable? —preguntaron cien veces—. ¿Ha
sufrido? ¿Ha pecado? No hay en él rastro de ninguna de esas cosas. Entonces,
¿por qué está aquí?
—Preguntadle a los administradores, o a él mismo —era siempre la
respuesta— Aquí en nuestra ciudad le conocemos bien y no sabemos de él otra
cosa sino que es afortunado y estimable. Y sin embargo aquí viene año tras año,
a este triste banquete, y se sienta entre los invitados como una estatua de
mármol. Preguntad a ese esqueleto; quizás él pueda solucionar el enigma.
En realidad era sorprendente. La vida de Gervayse Hastings no era
simplemente próspera, sino brillante. Todo le había ido bien. Era rico, mucho
más que los gastos que necesitaban la costumbre de la magnificencia: un gusto
de rara prudencia y cultivo, el amor por los viajes, el instinto del estudioso
por coleccionar una biblioteca espléndida, y además lo que parecía una gran
liberalidad para los afligidos. Había buscado la felicidad y no en vano, si es
que pueden asegurarla una esposa atractiva y tierna y unos hijos prometedores.
Había ascendido además por encima del límite que separa lo oscuro de lo
distinguido, y se había ganado una reputación inmaculada en asuntos de la mayor
importancia pública.
No es que fuera un personaje popular o tuviera en su interior los
atributos misteriosos que son esenciales para ese éxito. Para el público era
una abstracción fría, desprovista totalmente de esos ricos matices de la
personalidad, esa calidez viva y la facultad peculiar de estampar la impresión
del propio corazón en una multitud de corazones que permite a la gente
reconocer a sus favoritos. Y hay que reconocer que cuando sus amigos más
cercanos habían hecho todo lo posible para conocerle bien y amarle, se sorprendían
al descubrir en qué poco tenía él ese afecto. Le aprobaban y le admiraban, pero
en esos momentos en los que el espíritu humano más ansía la realidad, se
apartaban de Gervayse Hastings porque era incapaz de darles lo que buscaban.
Era ese sentimiento de pesar receloso con el que retiramos la mano tras haberla
extendido, en un crepúsculo engañoso, para coger la mano de una sombra en la
pared.
Cuando decayó el ardor superficial de la juventud se volvió más
perceptible ese peculiar efecto del carácter de Gervayse Hastings. Cuando
extendía los brazos hacia sus hijos, éstos acudían fríamente a sus rodillas, y
nunca se subían a ellas por propia voluntad. Su esposa lloraba en secreto y se
consideraba casi una criminal porque se estremecía ante la frialdad de su
pecho. Incluso él a veces parecía no ser inconsciente de la frialdad de su
atmósfera moral, y deseaba, si hubiera sido posible, calentarse en un fuego
amigable. Pero la edad siguió avanzando y entumeciéndole más y más.
Cuando empezó a reunirse la escarcha a su alrededor, su esposa se fue a
la tumba, donde sin duda encontró más calor; sus hijos o murieron o se
esparcieron por distintos hogares de su propiedad; y el anciano Gervayse
Hastings, sin ser atacado por la pena, solitario pero sin necesitar compañía,
prosiguió su andadura por la vida y siguió asistiendo todas las Navidades al
triste banquete. Su privilegio como invitado estaba sancionado ya por la
costumbre. Si hubiera reivindicado la cabecera de la mesa, hasta el esqueleto
se habría levantado de su asiento.
Finalmente, en el apogeo de la alegre Navidad, cuando había completado
ya ochenta años, este anciano pálido, de frente alta y rasgos de mármol volvió
a entrar en el salón que tanto tiempo había frecuentado con el mismo aspecto
imperturbable que tantas observaciones desagradables había provocado la primera
vez que acudió. Salvo en asuntos meramente externos, el tiempo no había hecho
nada por él, ni para bien ni para mal. Al ocupar su sitio lanzó una mirada
tranquila e inquisitiva alrededor de la mesa, como para averiguar si había
aparecido ya, tras tantos banquetes fracasados, un invitado que pudiera
enseñarle el misterio, el secreto cálido y profundo, la vida dentro de la vida
que, tanto si se manifiesta en la alegría como en la pena, es lo que da
sustancia a un mundo de sombras.
—¡Amigos míos, sed bienvenidos! —dijo Gervayse Hastings asumiendo una
posición que dado su largo conocimiento de la fiesta parecía natural—. Bebo por
todos vosotros en esta copa de vino sepulcral.
Los invitados contestaron con cortesía, aunque de una manera que seguía
demostrando que no eran capaces de recibir al anciano como miembro de su triste
fraternidad. Quizás sea conveniente dar al lector una idea del grupo presente
en ese banquete de Navidad. Uno había sido un clérigo que abordó con entusiasmo
su profesión, aparentemente de la dinastía auténtica de esos viejos teólogos
puritanos cuya fe en su vocación, que ejercían rígidamente, les había situado
entre los más poderosos de la tierra. Pero cediendo a la tendencia especulativa
de la edad se había apartado de los fundamentos firmes de una fe antigua y
deambulaba en una región nublada en la que todo era neblinoso y engañoso, se
burlaba de él con una semejanza de realidad, pero se disolvía cuando trataba de
encontrar un punto de apoyo y descanso.
Su instinto y su formación temprana exigían algo firme; pero al mirar
hacia adelante contemplaba vapores apilados sobre vapores, y tras él un vacío
impenetrable entre el hombre de ayer y el de hoy, vacío sobre cuyas fronteras
iba de aquí para allá, a veces retorciéndose las manos por la agonía, y a
menudo convirtiendo su propia desdicha en tema de una alegría burlona. Con
seguridad se trataba de un hombre desgraciado. Venía después un teórico —un
miembro de una tribu numerosa, aunque él se considerara único desde el inicio
de la creación—; un teórico que había concebido un plan que permitiría hacer
desaparecer toda la desdicha de la tierra, tanto moral como física,
obteniéndose de inmediato la bendición del milenio. Pero, apartado de la acción
por la incredulidad de la humanidad, fue atacado por tanta pena como si toda
esa aflicción cuya oportunidad de remediar le habían negado se hubiera
amontonado en su propio pecho.
Un anciano vestido de negro atrajo la atención del grupo porque suponían
que no era otro que el Padre Miller, quien por lo visto había cedido a la
desesperación ante el tedioso retraso de la conflagración final. Había también
un hombre que se distinguía por su obstinación y orgullo, que poco tiempo antes
poseía inmensas riquezas y poseía el control de vastos intereses económicos que
manejaba con el mismo espíritu con el que un monarca despótico manejaría el
poder de su imperios, emprendiendo una tremenda guerra moral cuyo estruendo y
temblor se dejó sentir en todos los hogares de la tierra.
Sufrió al final una ruina aplastante —una pérdida total de la fortuna,
el poder y el carácter—, cuyo efecto sobre su naturaleza imperiosa, y en muchos
aspectos noble y elevada, le daba derecho a un lugar no sólo en nuestra fiesta,
sino incluso entre sus iguales del Pandemónium.
Había un filántropo moderno que había llegado a ser tan sensible a las
calamidades de miles y millones de prójimos, y a la impracticabilidad de
cualquier medida general de alivio, que no tenía corazón para hacer la pequeña
parte de bien que estaba en su mano, y se contentaba con sentirse desgraciado
por simpatía. Cerca de él se sentaba un caballero que se hallaba en una difícil
situación que hasta ese momento carecía de precedentes, pero que en la época
presente proporcionaría probablemente numerosos ejemplos. Desde que tuvo
capacidad para leer un periódico esa persona se enorgullecía de haberse
adherido coherentemente a un partido político, pero en la confusión de esos
últimos tiempos se había sentido perplejo y no sabía cuál era su partido.
Esa infeliz condición, tan moralmente desoladora y descorazonadora para
un hombre que llevaba mucho tiempo habituado a fundir su individualidad con la
masa de un gran cuerpo, sólo podía ser concebida por quienes la habían
experimentado. El compañero de al lado era un popular orador que había perdido
la voz, y era tan grande la pérdida que ello conllevaba que había caído en un
estado de melancolía sin esperanza. La mesa estaba adornada por dos miembros
del sexo débil: una costurera tísica y medio muerta de hambre, que representaba
a otras miles de infelices iguales; y la otra una mujer de energías sin
utilizar que se encontraba en el mundo sin nada que lograr, nada que disfrutar
y ni siquiera nada que sufrir. Ello le había conducido al borde de la locura por
sus pensamientos oscuros acerca de los errores de su propio sexo, con la
exclusión de un campo de acción adecuado.
Completada así la lista de huéspedes, se había dispuesto una mesa
auxiliar para tres o cuatro buscadores de trabajo decepcionados, con el corazón
mortalmente enfermo, a quienes los administradores habían admitido en parte
porque sus calamidades les daban realmente derecho a entrar allí, y en parte
porque tenían una necesidad especial de una buena cena. Había también un perro
sin dueño con la cola entre las patas, lamiendo las migajas y royendo los
fragmentos del festín: un melancólico perro callejero de ésos que vemos a veces
por las calles sin un dueño, deseando seguir al primero que acepte sus
servicios.
A su manera, era un grupo de personas tan infeliz como nunca se había
reunido en la fiesta. Se sentaron con el esqueleto tapado del fundador elevando
la corona de ciprés en un extremo de la mesa, y en la otra, envuelta en pieles,
la figura marchita de Gervayse Hastings, majestuoso, tranquilo y frío,
produciendo en el grupo respeto, pero tan poca simpatía en los demás que podría
haberse desvanecido en el aire sin que ninguno de ellos exclamara: ¿Adónde ha
ido?
—Señor —dijo el filántropo dirigiéndose al anciano—. Ha sido durante
mucho tiempo invitado de esta fiesta anual, y por ello está versado en tantas
variedades de la aflicción humana que no es improbable cine hava extraído de
ellas grandes e importantes lecciones. ¡Su destino quedaría bendecido si
revelara un secreto mediante el cual pudiera eliminarse esta masa de aflicción!
—Sólo conozco un infortunio, y es el mío —contestó tranquilamente
Gervayse Hastings.
—¡El suyo! —intervino el filántropo—. Y examinando su vida serena y
próspera, ¿cómo puede pretender ser el único infortunado de la raza humana?
—No lo entendería —contestó Gervayse Hastings débilmente, con una
singular ineficacia en la pronunciación, y confundiendo a veces una palabra por
otra— Nadie lo ha entendido, ni siquiera los que han experimentado lo mismo. Es
una frialdad, una ausencia de fervor, la sensación de que mi corazón fuera algo
vaporoso... ¡una asoladora percepción de la irrealidad! Por ello, aunque parece
que poseo lo que todos los demás hombres tienen, o lo que todos los demás
hombres pretenden, en realidad no he poseído nada, ni alegrías ni penas. Todas
las cosas y todas las personas —tal como se ha dicho realmente de mí en esta
mesa desde hace muchísimo tiempo— han sido como sombras que parpadean en la
pared. Así sucedió con mi esposa y mis hijos, con aquellos que parecían mis
amigos: así sucede ahora con ustedes, a quienes veo delante de mí. Tampoco
tengo yo una existencia real, sino que soy una sombra como los demás.
—¿Y qué sucede con su visión de una vida futura? —inquirió el curioso
clérigo.
—Es peor que para usted —dijo el anciano con un tono débil y hueco—.
Pues no puedo concebirla con la suficiente seriedad como para sentir esperanza
o miedo. ¡Mía, mía es la desdicha! ¡Este corazón frío, esta vida irreal! ¡Ay, y
se está volviendo más fría todavía!
Sucedió que en ese momento cedieron los ligamentos corrompidos del
esqueleto, y los huesos secos cayeron juntos en un montón haciendo que cayera
sobre la mesa la polvorienta guirnalda de ciprés. Al apartarse por un solo
instante la atención del grupo de Gervayse Hastings, al volverse hacia él
vieron que el anciano había sufrido un cambio. Su sombra había dejado de
parpadear en la pared.
—Y bien, Rosina, ¿cuál es tu opinión? —preguntó Roderick mientras
enrollaba el manuscrito.
—Sinceramente tu éxito no es en absoluto completo —contestó ella—. Es
cierto que me he hecho una idea del personaje que pretendes describir; pero ha
sido más por mi propio pensamiento que por tu manera de expresarlo.
—Eso es inevitable —comentó el escultor—, porque las características son
todas negativas. Si Gervayse Hastings hubiera sentido una pena humana en el
triste banquete, la tarea de describirlo habría resultado infinitamente más
sencilla. Con respecto a esas personas —y de vez en cuando nos encontramos con
esos monstruos morales— es difícil concebir cómo pueden existir aquí, o qué hay
en ellos que sea capaz de una existencia posterior. Parecen estar fuera de
todo; y nada fatiga más el alma que el intento de comprenderlas.
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Nathaniel Hawthorne (1804-1864)

