Libro N° 9913. El Ahorcamiento De Alfred Wadham. Benson, E.F.
© Libro N° 9913. El Ahorcamiento De Alfred Wadham. Benson, E.F. Emancipación. Mayo 14 de 2022.
Título
original: ©
El Ahorcamiento De Alfred Wadham. E.F.
Benson
Versión Original: © El Ahorcamiento De Alfred Wadham.
E.F. Benson
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ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
EL AHORCAMIENTO DE ALFRED
WADHAM
E.F. Benson
El
Ahorcamiento De Alfred Wadham
E.F.
Benson
Le estuve comentando al padre Denys Hanbuky sobre un la gran sesión de
espiritismo a la que había asistido. La médium, en trance, había dicho cosas
desconocidas para todos salvo para mí y un amigo mío que había muerto
recientemente, y que según la médium, estaba presente. Naturalmente, desde el
punto de vista científico, el único desde el que deberíamos abordar esos
fenómenos, esa información no era una prueba de que el espíritu estuviera en
contacto con ella, pues aquello ya lo conocía yo, y mediante algún proceso
telepático pudo ser comunicado a la médium a través de mi cerebro, y no
mediante la intervención del muerto.
Además ella no hablaba con su voz ordinaria, sino con una que se
asemejaba a la de mi amigo. Pero yo también conocía su voz; estaba en mi
memoria igual que las cosas que ella decía. Por tanto, tal cómo le comenté al
padre Denys, había que descartar aquello como una prueba positiva de que la
comunicación procedía del otro lado de la muerte.
—La teoría telepática es posible —le dije—, y tenemos que aceptar
cualquier explicación conocida que dé cuenta de los hechos antes de concluir
que los muertos han regresado y contactado con el mundo material.
Aunque la habitación estaba cálida vi que él se estremeció ligeramente,
y acercando un poco más la silla al fuego extendió las manos ante las llamas.
Qué manos eran aquéllas: hermosas y expresivas, muy semejantes a las manos en
oración de Alberto Durero: las llamas brillaban a través de ellas como si lo
hicieran a través de un alabastro. Sacudió la cabeza.
—Es peligroso tratar de entrar en comunicación con los muertos —me
dijo—. Si parece que entra en contacto con ellos corre el riesgo de establecer
la conexión no con ellos, sino con inteligencias terribles y peligrosas.
Estudie la telepatía, pues es una de las maravillas de la mente que deberíamos
investigar, como cualquier otro secreto de la naturaleza. Pero le he
interrumpido: dijo que sucedió algo más. Hábleme de ello.
Yo conocía el credo del padre Denys acerca de esas cosas, y lo
deploraba. Tal como su iglesia le exige, sostiene que la relación con los
espíritus de los muertos es imposible, y que cuando parece producirse, tal como
indudablemente sucede, el investigador está en realidad en contacto con una
especie de demonio que está tomando la personalidad del espíritu del muerto.
Tal cosa me pareció monstruosa y carente de fundamento, y no he podido
descubrir nada en las fuentes reconocidas de la doctrina cristiana que justifique
dicho punto de vista.
—Sí, ahora viene lo extraño —proseguí—. Pues hablando todavía con la voz
de mi amigo, la médium me dijo algo que al instante creí que era falso. Por
tanto no pudo ser transmitido telepáticamente. Cuando la sesión terminó examiné
el diario de mi amigo, que me había legado a su muerte. Encontré allí una
entrada que demostraba que lo que había dicho la médium era absolutamente
cierto. Algo había sucedido exactamente tal como ella lo había dicho. Aquello
no podía haber llegado a la mente de la médium desde mi propia mente, y no
existe ninguna fuente en la que yo pueda pensar desde la que ella pudiera
obtener ese dato, salvo de mi amigo. ¿Qué dice usted a eso?
—No cambio en absoluto mi posición —me contestó sacudiendo la cabeza—.
Esa información, aceptando que no procediera de su mente, lo que ciertamente
parece imposible, procedería de algún ser desencarnado. Pero no del espíritu de
su amigo: venía de alguna inteligencia maligna y horrible.
—¿Y no es eso pura suposición? —pregunté— Seguramente es mucho más
simple decir que, bajo ciertas condiciones, los muertos pueden comunicarse con
nosotros. ¿Por qué meter aquí al diablo?
—No es demasiado tarde —contestó mirando el reloj—. A no ser que quiera
irse a la cama, concédame su atención durante media hora y trataré de
demostrárselo.
El resto de la historia es lo que me contó el padre Denys, y lo que
sucedió inmediatamente después.
—Aunque usted no es católico, pienso que estará de acuerdo acerca de una
institución que juega un importante papel en nuestro ministerio, me refiero a
la confesión, por lo sagrado de ésta y su inviolabilidad. Una alma cargada por
el pecado llega a su confesor sabiendo que éste está hablando con aquél que
tiene el poder de darnos o retirarnos el perdón, pero que nunca, por razón
alguna, repetirá o sugerirá lo que se le ha contado. Si existiera la más ligera
posibilidad de que la confesión del penitente se diera a conocer a algún otro,
salvo al propio penitente, con propósitos de expiación o de deshacer algún
error, nadie se confesaría nunca. La iglesia perdería el más importante
baluarte que posee sobre las almas de los hombres, y las almas de los hombres perderían
ese consuelo inestimable de saber (no simplemente de esperar, sino saber) que
sus pecados les han sido perdonados.
»Evidentemente el sacerdote puede no dar la absolución si no está
convencido de hallarse frente a un penitente auténtico, y antes de darla
insistirá en que el penitente repare, en la medida en la que le sea posible, el
mal que ha hecho. Si se ha beneficiado de su deshonestidad, deberá hacer el
bien: cualquiera que sea el crimen que haya cometido deberá garantizar que su
arrepentimiento es sincero. Pero imagino que aceptará que en ningún caso puede
el sacerdote repetir lo que se le ha dicho con independencia de cuáles puedan
ser las consecuencias de su silencio. Aunque repitiéndolas pudiera corregir o
evitar un mal horrible, le sería imposible. Lo que ha oído lo ha oído bajo el
sello de la confesión, y con respecto a lo sagrado de éste no hay argumentación
concebible.
—Es posible imaginar qué terribles consecuencias resultan de ello
—intervine—. Pero lo acepto.
—Ya antes de ahora se han producido consecuencias terribles —prosiguió—.
Pero no afectan al principio. Y ahora voy a hablarle de una confesión que me
hicieron en una ocasión.
—Pero ¿cómo va a hacerlo? Eso es imposible.
—Por una determinada razón a la que llegaremos más adelante, comprobará
que ese secreto ya no me incumbe a mí. Pero no es ésa la clave de mi historia:
sino la de advertirle sobre los intentos de establecer comunicación con los
muertos. Parecen llegar a nosotros, a través de ellos, signos y muestras, voces
y apariciones: pero ¿quién los envía? Se dará cuenta de a qué me refiero.
Me puse cómodo para disponerme a escucharle.
—Probablemente no recordará con claridad, o no recordará en absoluto, un
asesinato cometido hace un año, en el que encontró la muerte un hombre llamado
Gerald Selfe. No había allí ningún misterio, ni accesorios románticos, y no
despertó el interés del público. Selfe era un hombre de vida licenciosa, pero
mantenía una posición respetable y habría sido desastroso para él que llegaran
a ser conocidas sus irregularidades privadas. Antes de su muerte, durante algún
tiempo, estaba recibiendo cartas de chantaje referidas a sus relaciones con una
determinada mujer casada, y correctamente había puesto el asunto en manos de la
policía. La policía había seguido determinadas pistas, y la tarde anterior a la
muerte de Selfe uno de los oficiales del Departamento de Investigación Criminal
le había escrito que todo indicaba que el culpable era su criado personal,
quien desde luego conocía la intriga.
»Era un hombre joven llamado Alfred Wadham: hacía relativamente poco que
había entrado al servicio de Selfe, y su historia pasada era de lo más
indeseable. Le habían preparado una trampa, de la que se incluían los detalles,
y sugerían que Selfe se la mostrará, y consiguió hacerlo en una o dos horas.
Esa información y esas instrucciones se transmitieron en una carta que tras la
muerte de Selfe se encontró en un cajón de su mesa de escritorio, cuya
cerradura había intentado ser forzada. Sólo Wadham y su amo dormían en el piso;
todas las mañanas venía una mujer para preparar el desayuno y hacer la limpieza
de la casa, pues Selfe almorzaba y cenaba en su Club o en el restaurante que
había en la planta baja de ese edificio de apartamentos, y allí es donde cenó aquella
noche. Cuando la mujer llegó a la mañana siguiente, encontró abierta la puerta
exterior del piso, y a Selfe muerto sobre el suelo de la sala de estar, con la
garganta cortada. Wadham había desaparecido, pero en el cubo del agua de su
dormitorio había agua teñida de sangre humana. Fue apresado dos días después y
prestó testimonio en el juicio. Según su historia sospechaba haber caído en una
trampa, y mientras el señor Selfe cenaba buscó en sus cajones y encontró la
carta enviada por la policía, que demostraba que así era. Decidió por ello
fugarse y abandonó el piso aquella noche antes de que su amo regresara de
cenar.
»Como estaba en el banquillo de los acusados, fue sometido desde luego a
un interrogatorio y se contradijo. Además estaban las pruebas de su habitación,
y el motivo del crimen resultaba bastante claro. Tras una deliberación muy
larga el jurado le encontró culpable y fue sentenciado a muerte. La apelación
posterior fue rechazada.
»Wadham era católico, y como mi puesto me lleva a ser ministro de los
prisioneros católicos que hay en la cárcel en la que se encontraba él bajo
sentencia de muerte, sostuvimos varias conversaciones y le rogué, por el bien
de su alma inmortal, que confesara. Pero aunque deseaba confesar otras malas
acciones, algunas de las cuales eran difíciles de transmitir, mantuvo su
inocencia con respecto a esa acusación. Nada le conmovía, y aunque se
arrepentía sinceramente de otros malos actos, me juró que el relato que contó
en el tribunal era cierto, a pesar de las contradicciones en las que se había
visto envuelto, y que si le ahorcaban moriría injustamente. Hasta la última
tarde de su vida, en la que me senté con él durante dos horas, rogándole y
suplicándole, se aferró a eso. Resultaba curioso que lo hiciera a menos de que
realmente fuera inocente, si pensamos que de buena voluntad rebuscaba en su
corazón para confesar otras graves perversidades; cuanto más pensaba en ello,
más inexplicable me resultaba, y durante aquella tarde las dudas con respecto a
su culpa empezaron a crecer en mí. Era un pensamiento terrible, pues él había
vivido en el pecado y el error, y al día siguiente su vida se rompería como un
bastón quebrado. Tenía que acudir de nuevo a la prisión antes de las seis de la
mañana, y debía decidir si le daría los sacramentos. Si acudía a su muerte
culpable de asesinato, pero negándose a confesar, no tenía yo derecho a
dárselo, pero si era inocente, el negarle ese derecho era tan terrible como
cualquier violación de la justicia. Al salir sostuve unas palabras con uno de
los celadores, lo que me hizo dudar todavía más.
—¿Qué opina de Wadham? -pregunté.
Se apartó para dejar pasar a un hombre que le hizo una señal de
reconocimiento. De alguna manera supe que era el verdugo.
—No me gusta pensar en ello, señor —me respondió—. Sé que fue
considerado culpable, y que su apelación fue rechazada. Pero si me pregunta si
creo que es un asesino, pues no, no lo creo.
»Pasé a solas la noche: hacia las diez estaba a punto de irme a la cama
cuando me dijeron que abajo estaba un hombre llamado Horace Kennion que quería
verme. Era católico, y aunque había tenido amistad con él en otro tiempo,
habían llegado a mi conocimiento determinadas cosas que me imposibilitaban
tener más relación con él, y tuve que decírselo así. Era perverso... oh, no me
mal interprete; todos cometemos perversiones constantemente; la vida de cada
uno de nosotros es un tejido de malos actos, pero de todos los hombres que he
conocido sólo él me pareció que amaba la perversidad por sí misma. Dije que no
podía verle, pero volvieron con el mensaje de que su necesidad era urgente, y
entonces subió. Me dijo que quería confesar no al día siguiente, sino en ese
momento, y que su confesor estaba fuera. Como sacerdote no podía resistirme a
esa petición. Y confesó que había asesinado a Gerald Selfe.
»Pensé por un momento que se trataba de alguna broma, pero juró que
estaba diciendo la verdad, y todavía bajo el secreto de confesión me hizo un
relato detallado. Aquella noche había cenado con Selfe, y después había subido
al piso de éste para jugar una partida de piquet. Con una sonrisa, Selfe le
dijo que al día siguiente iba a atrapar a su criado por chantaje. Le dijo las
siguientes palabras: Hoy es un hombre joven, guapo y activo, quizás mañana a
esta hora haya perdido un poco de color. Tocó la campanilla para que viniera el
criado a poner la mesa de juego, pero luego vio que ya estaba preparada y se
olvidó de que no habían respondido a la llamada. Jugaron puntos altos y los dos
bebieron mucho. Selfe perdió una partida tras otra y acabó acusando a Kennion
de hacer trampas. palabras subieron de tono y acabaron en golpes, y Kennion,
tras varios golpes y caídas, cogió un cuchillo de la mesa y le cortó a Selfe la
yugular y la arteria carótida de la garganta.
»A los pocos minutos había muerto desangrado... Kennion recordó entonces
que nadie había contestado a la llamada, y sigilosamente fue hasta la
habitación de Wadham. La encontró vacía; también estaban vacías las otras
habitaciones del piso. De haber habido alguien allí, su idea era la de decir
que acababa de subir por invitación de Selfe y le había encontrado muerto. Pero
aquello era mejor todavía: sólo tenía unas manchas de sangre y las lavó en la
habitación de Wadham, vaciando el agua en el cubo. Después, dejando abierta la
puerta del piso, bajó las escaleras y se marchó.
»Me contó eso con pocas frases, tal como se lo he contado a usted, y me
miró con rostro sonriente.
—¿Qué hay que hacer ahora, venerable padre? —preguntó alegremente.
—¡Ah, gracias a Dios que ha confesado! —dije— Todavía estamos a tiempo
de salvar a un inocente. Debe entregarse a la policía enseguida.
Incluso mientras le decía eso, sentí la duda en mi corazón. El se
levantó limpiándose las rodillas de los pantalones.
—Qué idea tan pintoresca. No hay nada tan lejos de mi pensamiento —dijo.
Me puse en pie de un salto y añadí:
—Entonces iré yo mismo.
Ante eso él se echó a reír:
—Oh no, no lo hará. ¿Qué me dice del secreto de confesión? Ciertamente
creo que es un pecado mortal incluso que un sacerdote piense en violar ese
secreto. Realmente me avergüenzo de usted, mi querido Denys. ¡Es usted un
malvado! Aunque quizás fuera sólo una broma, y no pensara hacerlo.
—Claro que pensaba hacerlo. Ya verá si lo pensaba o no —pero incluso
mientras estaba hablando sabía que no iba a hacerlo—. Todo está permitido para
salvar de la muerte a un hombre inocente.
Él se echó a reír de nuevo.
—Perdóneme: sabe perfectamente bien que no es así. En nuestra creencia
hay una cosa que es peor que la muerte, y es la condenación del alma. Usted no
tiene ninguna intención de condenar la suya. Yo no corría ningún riesgo cuando
me confesé.
—Pero si no salva a ese hombre será un asesinato —dije.
—Oh, ciertamente, pero ya tengo un asesinato en mi conciencia. Uno se
acostumbra a eso rápidamente. Y habiéndome acostumbrado, otro asesinato no
parece importar mucho. Pobre Wadham: mañana, ¿no es así? No estoy seguro de que
no sea una especie de justicia por aproximación. El chantaje es un delito
repelente.
Fui al teléfono y lo sostuve en la mano.
—Realmente esto es de lo más interesante —dijo él—. Walton Street es la
comisaría de policía más cercana. Ni siquiera necesita decir el número;
simplemente diga comisaría de Walton Street. Pero no puede hacerlo. No puede
decir que ahora está acompañado de un hombre, Horace Kennion, que ha confesado
que asesinó a Selfe. Entonces, ¿a qué viene ese farol? Además, aunque usted
pudiera hacerlo, a mí me bastaría con decir que no he hecho nada semejante. Su
palabra, la palabra de un sacerdote que ha roto el voto más sagrado, contra la
mía. ¡Absurdo!
—Kennion, por el amor de Dios y por el miedo al infierno: ¡entregúese!
¿Qué importancia tiene que usted o yo vivamos algunos años menos, si al final
pasamos al vasto infinito con nuestros pecados confesos y perdonados? Día y
noche rezaré por usted.
—Qué amable por su parte. Pero ahora no tengo duda de que dará a Wadham
la plena absolución. Así que... ¿qué importa si es él el que entra en el... en
el vasto infinito a las ocho en punto de mañana por la mañana?
—Entonces, ¿por qué me lo confesó, si no tenía intención de salvarle y
expiar su pecado?
—Bueno, no hace mucho tiempo usted fue muy desagradable conmigo. Usted
me dijo que ningún hombre decente podría asociarse conmigo. Así que de repente,
hoy, se me ocurrió que sería agradable verle en el agujero más horrible. Me
atrevo a decir que tengo tendencias sádicas, y que me están permitiendo
disfrutar maravillosamente. Como ve, está en una situación atormentadora:
preferiría sufrir cualquier agonía física antes de hallarse en esta cámara de
tortura del alma. Es maravilloso, me encanta. Se lo agradezco mucho, Denys.
Se levantó.
—Mi taxi está esperando. Sin duda esta noche estará atareado. ¿Puedo
dejarle en algún sitio? ¿En Pentonville?
No hay palabras para describir determinadas oscuridades y éxtasis que
llegan al alma, y sólo puedo decirle que no puedo imaginar un infierno del
remordimiento que pueda igualar al infierno en el que yo me encontraba. Pues en
la amargura del remordimiento podemos ver que nuestro sufrimiento es una
experiencia necesaria y saludable: sólo mediante él puede limpiarse nuestro
pecado. Pero yo me enfrentaba a una tortura vacía y carente de significado... y
entonces mi cerebro se conmocionó y empecé a preguntarme si no podría hacer
algo sin romper el secreto de confesión.
Desde mi ventana vi que estaba encendida la luz en la torre del reloj de
Westminster: por tanto había allí alguien y me pareció posible que, sin violar
el secreto, podría decirle al Secretario de Interior que me habían hecho una
confesión por la cual sabía que Wadham era inocente. Me preguntaría detalles
que pudiera darle, y podría decirle... y entonces me di cuenta de que no podía
decirle nada: no podía decir que el asesino había subido con Selfe a su
habitación, pues mediante esa información podría descubrirse que Kennion había
cenado con él. Antes de hacer nada necesitaba consejo y fui a la casa del
cardenal, junto a nuestra catedral. Él se había acostado, pues pasaba ya de la
media noche, pero respondiendo a la urgencia de mi petición, bajó a verme. Le
conté lo que había sucedido sin darle pista alguna, y su veredicto fue el que
en mi corazón había anticipado. Ciertamente podía ver al Secretario de Interior
y decirle que me habían hecho esa confesión, pero no podía dejar escapar
ninguna palabra o indicación que pudiera conducir a la identificación del
confeso.
Personalmente no veía que con la información que yo podía dar fuera
posible posponer la ejecución.
—Y sea cual sea su sufrimiento, hijo mío —me dijo— esté seguro de que
sufre no por haber hecho el mal, sino por haber hecho lo correcto. En la
posición en la que se encuentra, su tentación de salvar a un hombre inocente
procede del diablo, y también tendrá ese origen toda fuerza a la que invoque
para que le ayude a soportarlo.
Vi al Secretario de Interior en sus habitaciones una hora después. Pero
a menos que le dijera algo más, y él comprendía que yo no podía hacerlo, no
podría hacer nada.
—En el juicio le declararon culpable —me dijo—. Y su apelación fue
rechazada. Sin nuevas pruebas, nada puedo hacer.
Se quedó sentado un momento, pensativo, y después se puso en pie de un
salto.
—Buen Dios, es fantasmal. Creo verdaderamente, no es necesario que se lo
diga, que ha oído usted esa confesión, pero eso no demuestra que sea cierto.
¿No puede ver de nuevo a ese hombre? ¿No puede meter en él el miedo a Dios? Si
hasta el momento de caer el telón puede usted hacer algo que me dé una
justificación para actuar, ordenaré inmediatamente una suspensión de la pena.
Éste es mi número de teléfono: llámeme aquí o a mi casa a cualquier hora.
Estaba de vuelta en la prisión antes de las seis de la mañana. Le dije a
Wadham que creía en su inocencia y le di la absolución por todo lo demás.
Recibió de mis manos el sagrado sacramento y se dirigió a su muerte sin
pestañear.
El padre Denys se detuvo.
—He tardado mucho en llegar al punto de mi relato que concierne a la
sesión de espiritismo de la que me habló, pero era necesario que conociera todo
esto para poder entender lo que voy a contarle ahora. Afirmé que los mensajes
de los muertos no proceden de ellos, sino de algún poder maligno y horrible que
los encarna. Usted me respondió, me acuerdo bien, que no entendía la razón de
que hubiera que meter al diablo en esto. Le explicaré el motivo.
Cuando todo terminó, cuando la compuerta sobre la que estaba en pie
aquel hombre se abrió, y la cuerda crujió, regresé a casa. Era una mañana
invernal oscura, apenas iluminada todavía, y a pesar de la escena trágica que
acababa de presenciar me sentía sereno y en paz. No pensaba en Kennion en
absoluto, sólo en el muchacho que había sufrido injustamente, y aquello me
pareció un error lamentable, pero no más. Aquello no le había conmovido, a su
alma viva y esencial, era como si hubiera sufrido la expiación sagrada del
martirio. Y yo agradecía humildemente haber sido capaz de actuar correctamente,
pues si por algún acto mío Kennion estuviera entonces en manos de la policía, y
Wadham viviera, yo habría cometido el crimen más terrible que puede cometer un
sacerdote.
Había estado en pie toda la noche, y tras decir mis oficios me acosté en
el sofá para dormir un poco. Soñé que me encontraba en la celda con Wadham, y
que él sabía que tenía yo prueba de su inocencia. Faltaban unos minutos para la
hora de su muerte, y en el corredor de losetas de piedra del exterior se oían
los pasos de los que venían a por él. Él también los oyó y se puso en pie
señalándome.
—Va a permitir que muera un hombre inocente, cuando podría salvarle —me
dijo—. No puede consentirlo, padre Denys. ¡Padre Denys! —gritó, y el grito se
convirtió en una boqueada, falto de respiración, mientras la puerta se abría.
Desperté sabiendo que lo que me había despertado era mi propio nombre
gritado desde algún lugar cercano, y supe de quién era esa voz. Pero estaba
solo en mi habitación tranquila y vacía, en la que penetraba el día poco
luminoso. Vi que sólo había dormido unos minutos, pero ahora había huido todo
deseo o capacidad de dormir, pues en algún lugar junto a mí, invisible pero
horriblemente presente, estaba el espíritu del hombre a quien había permitido
perecer. Y me llamaba.
Acabé por convencerme de que la voz que me llamó mientras dormía no era
más que un sueño, y pasaron varios días con suficiente tranquilidad. Pero un
día en el que caminaba por una calle soleada y repleta de gente sentí un cambio
claro y terrible en lo que podría denominar la atmósfera psíquica que nos rodea
a todos, y mi alma se ennegreció por el miedo y por imágenes malvadas. Y allí
estaba Wadham, que venía hacia mí por la acera, elegante y alegre. Me miró y su
rostro se convirtió en una máscara de odio. Espero que nos encontremos a
menudo, padre Denys, me dijo al pasar.
Al día siguiente regresaba a casa a la hora del crepúsculo y de pronto,
al entrar en la habitación, oí el crujido de una cuerda que se tensaba, y su
cuerpo, con la cabeza cubierta por la capucha de la muerte, colgaba en la
ventana contra el sol poniente. Y a veces, cuando estaba leyendo mis libros, la
puerta se abría y cerraba, y yo sabía que él estaba allí. Ni la aparición ni
sus signos eran frecuentes quizás porque mi resistencia se había fortalecido al
saber que tenía un origen diabólico. Pero sucedía con largos intervalos cuando
había bajado la guardia, pensando que lo había vencido, y entonces sentía a
veces que mi fe se tambaleaba. Siempre era precedida por esa sensación de poder
maligno que bajaba sobre mí, y rápidamente buscaba el abrigo de la elevada casa
de defensa. Pero este último domingo...
Se detuvo y se tapó los ojos con las manos, como si quisiera evitar un
espectáculo horrible.
—Llevaba predicando en favor de una de nuestras misiones. La iglesia
estaba llena, y no creo que existiera otro pensamiento o deseo en mi alma si no
el de potenciar la sagrada causa acerca de la cual estaba hablando. Era el
servicio de la mañana y el sol penetraba por las vidrieras brillando con luces
de colores. Pero en medio del sermón se elevó un banco de nubes, y con él la
advertencia horrible de que se aproximaba una tempestad del mal. Se puso tan
oscuro que cuando llegaba al final del sermón tuvieron que encender las luces
de la iglesia, que así se llenó de brillo. Había una lámpara en la mesa del
pulpito sobre la que había colocado mis notas, y al encenderse iluminó
plenamente el banco que tenía justo debajo. Y allí estaba Wadham sentado, con
la cabeza alzada hacia mí, el rostro morado, los ojos saltones y el nudo
corredizo alrededor del cuello.
Mi voz me falló un segundo y me aferré a la barandilla del pulpito
mientras él me miraba fijamente, y yo a él. Me rodeó un horror del espíritu,
negro como la noche eterna de los perdidos, pues le había permitido que,
inocente, fuera hacia su muerte, y mi castigo era justo... y entonces, como una
estrella que brillara a través de una piadosa hendidura en aquella tormenta
anímica, brotó otra vez el rayo de la convicción de que yo, como sacerdote, no
podía haber actuado de otra manera, y se acompañó del conocimiento seguro de
que esa aparición no podía venir de Dios, sino del diablo, y había de
resistirme a ella y desafiarla lo mismo que desafiamos con desprecio las
tentaciones dulces e insidiosas. No podía ser el espíritu del hombre lo que
estaba mirando, sino alguna falsificación diabólica.
Volví a posar mi mirada en las notas y seguí con el sermón, pues sólo
eso me interesaba. Aquella pausa me había parecido eterna: tenía la cualidad de
lo intemporal, pero después me enteré de que apenas había resultado
perceptible. Y en mi propio corazón supe que no era un castigo lo que estaba
sufriendo, sino el fortalecimiento de una fe que había vacilado.
Interrumpió de pronto su historia. Fijó los ojos en la puerta y no fue
una mirada de miedo lo que brotó en ellos, sino de salvaje e implacable
antagonismo.
—Se acerca —me dijo—. Y si ahora escucha o ve algo, desprécielo, pues es
maligno.
La puerta se abrió y se cerró, y aunque no entró nada que fuera visible,
supe que había ahora en la habitación una inteligencia viva distinta de mí y
del padre Denys; y afectó a mi propio ser de la misma manera que un olor
horrible a putrefacción nos afecta físicamente: mi alma sintió náuseas.
Después, todavía sin ver nada, percibí que la habitación, hasta entonces cálida
y confortable, con un fuego vivo de carbón en la rejilla, se estaba quedando
fría, y que algún eclipse extraño estaba velando la luz. Cerca de mí, sobre la
mesa, había una lámpara eléctrica: la sombra de ésta se agitó en la corriente
helada que se movió en el aire, y el alambre luminoso dejó de ser
incandescente, tornándose rojizo y oscuro como las ascuas sobre la rejilla.
Escruté la semioscuridad, pero ninguna forma material se manifestó en ella.
El padre Denys estaba sentado muy erguido en su silla, con los ojos
fijos y concentrados en algo que para mi era invisible. Sus labios se movían y
murmuraban y con las manos aferraba el crucifijo que colgaba sobre su pecho.
Entonces vi lo que sabía que él estaba viendo también: un rostro que se
perfilaba en el aire delante de él, un rostro hinchado y morado, con la lengua
colgando desde la boca, ahorcado allí y agitándose a un lado y a otro.
Fue haciéndose más y más claro, suspendido por la cuerda que ahora se me
hizo visible, y aunque era la aparición de un hombre colgado por el cuello,
éste no estaba muerto, sino vivo y activo, y el espíritu que lo animaba no era
humano, sino algo diabólico. De pronto el padre Denys se puso en pie y acercó
el rostro a cuatro o cinco centímetros del horror suspendido. Alzó las manos
llevando en ellas el sagrado emblema.
—Regresa a tu tormento hasta que los tiempos de éste hayan terminado y
la piedad de Dios te conceda la muerte eterna —gritó.
Brotó en el aire una lamentación, mientras una corriente sacudía la
habitación estremeciendo sus esquinas, y entonces regresaron la luz y el calor
y allí no estábamos más que nosotros dos. El rostro del padre Denys estaba
ojeroso y sudoroso por la lucha que había experimentado, pero brillaba en él
una radiación como no había visto nunca en un semblante humano.
—Ha terminado —dijo—. Le he visto marchitarse y secarse ante el poder de
Su presencia... y sus ojos me dicen que también usted lo vio, y que sabe ahora
que lo que se presentaba con el semblante de la humanidad era puramente
maligno. Apenas sí hablamos un poco más, y se levantó para irse.
—Ah, me olvidaba —dijo—. Querrá saber por qué he podido revelarle lo que
se me contó en confesión. Horace Kennion se suicidó aquella misma mañana. Había
dejado a su abogado un paquete que había que abrir a su muerte, con
instrucciones de que se publicara en la prensa diaria. Lo leí en un periódico
de la tarde y era un relato detallado de cómo había matado a Gerald Selfe.
Deseaba que se le diera toda la publicidad posible.
—Pero ¿por qué? —pregunté.
—Imagino que se glorificaba en su perversidad —contestó el padre Denys
tras una pausa—. La amaba por sí misma, tal como le había dicho, y quería que
todo el mundo la conociera en cuanto él se hubiera ido y estuviera a salvo.
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E.F. Benson (1867-1940)

