© Libro N° 9843. Un Cuento De Las Montañas Escabrosas. Poe, Edgar Allan. Emancipación. Abril
23 de 2022.
Título original: © A Tale Of The Ragged Mountains, Edgar Allan
Poe (1809-1849)
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Original: © Un Cuento De Las Montañas Escabrosas. Edgar Allan Poe
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
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UN CUENTO DE LAS MONTAÑAS ESCABROSAS
Edgar Allan Poe
Un Cuento De Las Montañas Escabrosas
Edgar Allan Poe
Durante el otoño del año 1827, cuando yo residía
cerca de Charlottesville, Virginia, casualmente conocí al señor Augusto Bedloe.
Este joven caballero era notable en todos los aspectos y despertó en mí
profundo interés y curiosidad. Hallé imposible comprender sus relaciones, tanto
morales como físicas. Nunca averigüe de dónde venía. Hasta en su edad, aunque
le llamo joven gentlerman, había algo que me asombraba en no pequeña medida.
Ciertamente parecía joven, y no dejaba de hablar de su juventud, pero había momentos
en los cuales yo no habría tenido el menor reparo en imaginarlo de cien años de
edad, pues nada había tan peculiar como su aspecto exterior. Era singularmente
alto y delgado bastante encorvado, y sus miembros resultaban excesivamente
largos y enflaquecidos. Su frente, ancha y baja; su tez, del todo exangüe.
La boca, grande y flexible, y sus dientes
ferozmente desiguales, aunque sanos como yo jamás había visto en cabeza humana.
Sin embargo, la expresión de su sonrisa no era de ningún modo desagradable,
como podría suponerse, aunque carecía de toda variación. Era una sonrisa de
profunda melancolía, de permanente y molesta tristeza. Tenía unos ojos
anormalmente grandes y redondos como los de un gato. También las pupilas, al
menor aumento o disminución de la luz, experimentaban la misma contracción o
dilatación que se observa en la familia de los felinos. En momentos de
excitación, las órbitas le brillaban de un modo casi inconcebible; parecía que
emitieran rayos luminosos, pero no como un reflejo, sino como sucede con una
vela o con el sol. Con todo, en su estado ordinario eran tan totalmente opacas,
sutiles y tontas como para transmitir la idea de un cadáver por largo tiempo
enterrado.
Esos rasgos de su persona parecían causarle un gran
fastidio y continuamente se refería a ellos por medio de semijustificativas
excusas, que al escucharlas por vez primera me causaron muy dolorosa impresión.
Sin embargo, pronto me acostumbre y mi inquietud desapareció. Más bien parecía
tener el propósito de insinuar que de afirmar directamente el hecho de que
físicamente no siempre había sido lo que era, y que una larga serie de ataques
neurálgicos le habían reducido, de un estado de belleza poco frecuente, al que
yo ahora veía. Durante muchos años había sido atendido por un médico llamado
Templeton, un señor viejo de unos setenta años de edad, a quien había conocido
en Saratoga y de cuyo cuidado mientras tanto recibía, o imaginaba que recibía,
gran beneficio.
Permítase, en esta ocasión, la licencia de traducir
un nombre propio para acercar al lector en lengua castellana a la atmósfera que
quiso recrear el autor y que, entendemos, con su traducción queda más patente.
El doctor Templeton había viajado mucho en su juventud, y en París se convirtió
con entusiasmo en un seguidor de la doctrina de Mesmer. Sólo por medio de
remedios magnéticos, había logrado aliviar los agudos dolores de su paciente, y
este éxito inspiró en este último cierto grado de confianza en las opiniones
que daban origen a aquellos remedios.
Sin embargo, el doctor había luchado, como todos
los entusiastas, para lograr una concienzuda conversión de su pupilo, y
finalmente consiguió su propósito de que se sometiera a numerosos experimentos.
Por una repetición frecuente de aquéllos había surgido un resultado, que desde
aquellos días ha llegado a ser tan frecuente como para atraer muy poca o
ninguna atención, pero que en la época sobre la cual escribo apenas se conocía
en Norteamérica. Quiero decir que entre el doctor Templeton y Bedloe, poco a
poco, había crecido una evidente y fuertemente acentuada conformidad o relación
magnética. Sin embargo, no estoy preparado para sostener que esta afinidad se
extendiese más allá de los límites del simple poder productor del sueño; pero
este poder había obtenido una gran intensidad.
Al principio el mesmerista, en su primer intento de
producir la somnolencia magnética, fracasó por completo. En el quinto o sexto
experimento, y después de largos y prolongados esfuerzos, obtuvo un éxito
parcial. Sólo en el duodécimo tuvo el triunfo completo. Después de éste, la
voluntad del paciente sucumbió rápidamente a la del médico, de modo que, cuando
por vez primera conocí a ambos, el sueño se producía casi inmediatamente por la
simple voluntad del operador, aun cuando el enfermo no se diera cuenta de su
presencia. Sólo ahora, en el año 1845, cuando similares milagros son
presenciados diariamente por miles de personas, me atrevo a resaltar esa
aparente imposibilidad como un acto seno.
El temperamento de Bedloe era en él más alto grado
sensitivo, excitable y entusiasta. Su imaginación resultaba singularmente
vigorosa y creadora, y sin duda esta fuerza adicional derivaba del habitual uso
de la morfina, que él tomaba en gran cantidad, y sin la cual le habría
resultado imposible vivir. Acostumbraba tomar una dosis muy grande
inmediatamente después del desayuno, o más bien inmediatamente después de una
taza de café cargado, pues él no comía nada hasta mediodía, y entonces se
marchaba, solo o acompañado únicamente de su perro, a dar un largo paseo por la
cadena de salvajes y tristes colinas que se extendían al oeste y sur de
Charlottesville, y que son conocidas con el nombre de Ragged Mountain.
En un día oscuro, cálido y nubloso, hacia fines de
noviembre, en ese interregno de las estaciones que en los Estados Unidos se
llama "el Verano Indio", el señor Bedloe partió como de costumbre
hacia las colinas. Pasó el día, y el señor Bedloe no regreso. Cerca de las ocho
de la noche, estando bastante alarmados por su prolongada ausencia, íbamos a
salir en su busca, cuando inesperadamente hizo su aparición en el mismo estado
de salud que de costumbre y un humor mejor que de ordinario. El relato que nos
hizo de su paseo y de los acontecimientos que le habían detenido fue, en
verdad, sorprendente.
—Ustedes recordarán —dijo— que eran cerca de las
nueve cuando dejé Charlottesville. Inmediatamente dirigí mis pasos hacia las
montañas, y cerca de las diez entré en un desfiladero que era del todo nuevo
para mí. Seguí las sinuosidades de aquel paso con mucho interés. El escenario
que sé presentaba por todas partes, aunque no pudiera llamarse grandioso, tenía
para mí un indescriptible y delicioso aspecto de triste desolación. La soledad
parecía absolutamente virgen, y no pude menos de creer que los verdes céspedes
y las rocas grises que pisaba nunca habían sido holladas con anterioridad por
los pies de ningún ser humano. La entrada del barranco estaba tan apartada y de
hecho tan inaccesible, salvo a través de una serie de desviaciones, que no es
inconcebible que haya sido yo el primer aventurero, el primero y el único que
haya penetrado nunca en su interior.
»La densa y peculiar niebla o humo que distingue al
Verano Indio, y que ahora colgaba pesadamente sobre todos los objetos, servía
sin duda para ahondar las vagas impresiones que aquellos objetos creaban. Tan
densa era aquella agradable niebla que yo en ninguna ocasión veía más de doce
yardas por delante del camino que recorría. Esta senda era excesivamente
sinuosa, y como el sol no podía verse, pronto perdí toda idea de la dirección
en que viajaba.
»Mientras tanto, la morfina había hecho su
acostumbrado efecto de revestir el mundo exterior de un muy intenso interés. En
el temblar de una hoja, en el matiz de una brizna de hierba, en la forma de un
trébol, en el zumbido de una abeja, en el brillo de una gota de rocío, en el
soplo del viento, en los suaves olores que venían del bosque formábase un
universo de sugestión, un tren de pensamientos alegres, abigarrados, rapsódicos
y desordenados. Entretenido de este modo, caminé varias horas, durante las cuales
la niebla se espesaba sobre mi con tal extensión que al final me vi obligado a
marchar absolutamente a tientas, y entonces un indescriptible malestar se
apoderó de mí. Era una especie de excitación y temblor nerviosos. Temía caminar
por la posibilidad de yerme precipitado en el abismo. Recordé también extrañas
historias que se contaban de aquellas Ragged Hills, y acerca de las incontables
y fieras razas de hombres que habitaban sus bosques y cavernas.
»Un millar de vagas fantasías me oprimían y
desconcertaban, tanto más desconcertantes cuanto más imprecisas eran. De pronto
mi atención quedó en suspenso por el alto golpear de un tambor.
»Mi sorpresa fue, naturalmente, extraordinaria. Un
tambor en aquellas colinas era algo desconocido y no me hubiera dejado más
sorprendido el sonido de la trompeta del Arcángel. Pero surgió una nueva y aún
más pasmosa fuente de interés y perplejidad. Se oía un salvaje tintineo o
sonido metálico, como si se tratara de un manojo de grandes llaves, y en aquel
instante pasó a mi lado un hombre de tez oscura, medio desnudo y profiriendo
alaridos.
»Tanto se acercó a mi persona que sentí su cálido
aliento sobre mi cara. Llevaba en una mano un instrumento compuesto de una
serie de anillos de acero que agitaba vigorosamente mientras corría. Apenas
hubo desaparecido en la niebla, cuando jadeando detrás de él, con la boca
abierta y los ojos centelleantes, se precipitó una bestia enorme. Yo no podía
estar equivocado sobre su especie: era una hiena. La vista del monstruo más
bien alivió que aumentó mi terror, pues entonces me convencí de que estaba soñando
e hice un esfuerzo por despertar. Caminé osadamente y con rapidez hacia
adelante; me froté los ojos, hablé en voz alta, me pellizqué las piernas. Una
pequeña cascada de agua apareció ante mi vista y, parándome allí, me lavé las
manos, la cabeza y el cuello.
»Esto pareció disipar las sensaciones equívocas que
hasta entonces me habían asaltado. Al levantarme, creo que me sentí otro hombre
y entonces proseguí firmemente y con complacencia mi desconocido camino.
»Al final, muy cansado por el esfuerzo y por una
cierta opresiva pesadez de la atmósfera, me senté debajo de un árbol. En aquel
instante apareció un débil rayo de luz, y las sombras de las hojas de los
árboles cayeron sobre la hierba débilmente, pero definidas. Miré aquella sombra
durante segundos con fijeza y admiración. Su forma me llenó de atónita
sorpresa. Alcé los ojos: era una palmera. Entonces me levanté apresuradamente,
y en un estado de terrible agitación —pues el imaginar que soñaba no podría durarme
mucho tiempo—, vi, sentí que tenía un perfecto dominio de mis sentidos, y esos
sentidos traían ahora a mi alma un mundo de nuevas y singulares sensaciones.
»El calor, de pronto se hizo intolerable; la brisa
iba cargada de un extraño olor, y un suave murmullo como el que sube de un río
crecido, pero que corre suavemente, llegaba a mis oídos, mezclado con el
peculiar susurro de una multitud de voces humanas.
»Mientras escuchaba con la más extrema sorpresa,
que prefiero no intentar describir, una fuerte y breve ráfaga de viento se
llevó la niebla como por arte de magia. Me hallaba al pie de una alta montaña
que dominaba una vasta llanura, por la cual corría un majestuoso río. En las
márgenes de éste se elevaba una ciudad de aspecto oriental, tal como las que se
describen en los cuentos de Arabia, pero de un carácter aún más singular que
cualquiera de ellas. Desde mi posición, que estaba algo alejada y sobre el nivel
de la ciudad, podía divisar todos los rincones y ángulos como si estuvieran
dibujados sobre un mapa. Las calles parecían innumerables y se cruzaban de
forma irregular en todas direcciones, siendo más bien callejones largos y
sinuosos que aparecían absolutamente repletos de habitaciones.
»Las casas eran pintorescas. A cada lado había una
profusión de balcones, de barandas, de minaretes, de hornacinas y miradores,
fantásticamente esculpidos. Abundaban los bazares y en ellos había ricos
objetos en infinita variedad y profusión: sedas, muselinas, resplandeciente
cuchillería, magníficas joyas y piedras preciosas. Además de esto, por todas
partes se veían estandartes y palanquines, literas que llevaban damas veladas,
elefantes majestuosamente engualdrapados, ídolos grotescamente vestidos, tambores,
banderas, batintines, lanzas, mazas plateadas y doradas, y en medio del gentío,
del clamor y del tumulto y confusión generales —en medio de un millón de
hombres negros y amarillos, de turbante y túnica, con las barbas flotantes—
circulaba una innumerable multitud de bueyes sagrados, mientras nutridas
legiones de monos inmundos pero sagrados trepaban, parloteaban y chillaban por
las cornisas de las mezquitas o colgaban de los alminares y de los miradores.
»Desde las hormigueantes calles a la orilla del
río, descendían innumerables escalinatas que llevaban a los baños, mientras el
río mismo parecía hacerse paso con dificultad entre las nutridas flotas de
barcos profundamente cargados que cubrían su superficie a lo largo y a lo
ancho. Más allá de los límites de la ciudad se levantaban en frecuentes grupos
majestuosos la palmera y el cocotero, con otros gigantescos y exóticos árboles
de edad vetusta. Aquí y allá divisábase algún arrozal, alguna choza de paja de
un campesino, una cisterna, un templo solitario, un campamento de gitanos o
alguna graciosa doncella solitaria que marchaba con un cántaro sobre la cabeza
hacia la orilla del río.
»Desde luego, ustedes dirán que yo soñaba, pero no
fue así. Lo que veía, lo que oía, lo que sentía, lo que pensaba no tenía nada
de la inequívoca naturale.za del sueño. Todo era vigorosamente consecuente. Al
principio, dudando de que estuviese realmente despierto, hice una serie de
pruebas que me convencieren de lo que lo estaba realmente. Ahora bien, cuando
uno sueña y dentro del sueño sospecha que está soñando, la sospecha nunca deja
de confirmarse y quien sueña se levanta casi al instante. Por eso Novalis no
yerra al decir que "estamos a punto de despertar cuando soñamos que
soñamos". Si la visión se me hubiese presentado tal como la describo, sin
la sospecha de que fuera un sueño, entonces debiera haberlo sido completamente;
pero ocurriendo como sucedió, y sospechada y probada tal como lo fue, me veo
forzado a clasificarla entre otros fenómenos.
—En eso no estoy seguro de que usted se equivocara
—observó el doctor Templeton—; pero continué. Usted se levantó y descendió
hasta la ciudad.
—Me levanté —continuó Bedloe, mirando fijamente al
doctor con un aire de profunda sorpresa—, me levanté, como usted dice, y
descendí a la ciudad. Por el camino me encontré entre un inmenso populacho que
obstruía todas las avenidas siguiendo todos sus componentes en la misma
dirección y mostrando la excitación más salvaje.
»Repentinamente, y movido por algún impulso
inconcebible, llegué a sentirme imbuido intensamente de un interés por lo que
iba a pasar. Parecía sentir que tenía un papel importante en el juego, sin
comprender exactamente de qué se trataba. Sin embargo, frente a la multitud que
me rodeaba experimenté un profundo sentimiento de animosidad. Me aparté de ella
y rápidamente, dando un rodeo, llegué y entré en la ciudad. Allí todo era
tumulto y contienda. Un pequeño grupo de hombres, con indumentaria medio india,
medio europea y mandado por caballeros de uniforme parcialmente británico,
estaba combatiendo' en absoluta desigualdad con el hormigueante populacho de
las avenidas. Me uní al grupo más débil, tomando las armas de un oficial caído
y luché sin saber contra quién, con la nerviosa ferocidad de la desesperación.
»Pronto fuimos vencidos por la masa y tuvimos que
buscar refugio en una especie de quiosco. Allí nos atrincheramos y por el
momento estuvimos seguros. Desde una tronera situada en la parte superior del
quiosco vi un enorme gentío en furiosa agitación, que rodeaba y asaltaba un
llamativo palacio que colgaba sobre el río. Entonces de una ventana alta del
palacio se descolgó una persona de aspecto afeminado, valiéndose de una cuerda
hecha con los turbantes de sus criados. En la orilla había un barco, en el cual
escapó hasta la orilla opuesta del río. Entonces una nueva decisión se apoderó
de mi alma. Dije algunas apresuradas palabras a mis compañeros, y habiendo
logrado convencer de mi propósito a unos cuantos de ellos, hice una salida
frenética del quiosco.
»Nos arrojamos entre la multitud que nos rodeaba.
Al principio retrocedieron, se reagruparon, luchando malamente, y de nuevo
volvieron a retroceder. Mientras tanto, habíamos sido arrastrados lejos del
quiosco y llegamos a estar aturdidos y enredados entre las estrechas calles de
altas y sobresalientes casas, en cuyos recodos el sol no había sido capaz de
brillar. El gentío presionaba impetuosamente sobre nosotros, hostigándonos con
sus lanzas y abrumándonos con el vuelo de sus flechas. Estas últimas eran muy
notables y se parecían en algunos aspectos al cris retorcido de los malayos.
Imitaban el cuerpo de una serpiente arrastrándose, y eran largas y negras, con
una punta envenenada. Una de ellas me alcanzó en la sien derecha. Me tambaleé y
caí al suelo. Un mareo instantáneo y terrible se apoderó de mí. Luché, emití un
estertor y quedé muerto.
—Difícilmente podrá pretender ahora —dije sonriendo
—que toda su aventura no fue un sueño.¿Supongo que no sostendrá que está
muerto, verdad?
—Desde luego, cuando dije estas palabras esperé
alguna salida graciosa por parte de Bedloe, pero para asombro mío, le vi
vacilar, temblar y ponerse terriblemente pálido, guardando silencio. Miré a
Templeton. Estaba sentado, tieso y rígido, en una silla, sus dientes
castañeteaban y sus ojos parecían salírsele de las órbitas.
—¡Continué!— Le dijo al fin con voz ronca.
—Durante muchos minutos —siguió aquél —mi único
sentimiento, mi única sensación, fue de oscuridad y vacío con la conciencia de
la muerte. Finalmente, me pareció que una violenta y repentina descarga pasaba
por mi alma, cual si se tratara de una descarga eléctrica. Con ella llegó el
sentido de la elasticidad y de la luz. Esta última la sentí, no la vi. En un
instante me pareció que me elevaba de la tierra, pero no tenía presencia
corpórea, ni visible, ni audible o palpable. El gentío se había marchado, el Tumulto
había cesado; la ciudad estaba en relativo reposo. Debajo de mí yacía mi
cadáver, con la flecha clavada sobre la sien y la cabeza enormemente hinchada y
desfigurada. Pero todas aquellas cosas las sentía en vez de verlas.
»Nada me interesaba. Hasta el cadáver parecía algo
que no me concernía. No tenía voluntad, pero sentía un impulso que me obligaba
a moverme y volé ligeramente fuera de la ciudad, por el mismo camino sinuoso
que había recorrido al entrar. Cuando hube alcanzado el punto del barranco
donde había encontrado a la hiena, nuevamente experimenté una sacudida como de
una pila galvánica, recobrando la sensación de peso, voluntad y materia.
Recobré mi propio ser original y dirigí con apresuramiento mis pasos hacia casa;
pero el pasado no había perdido la vivacidad de lo real, y ni siquiera ahora,
por un instante, logro obligar a mi mente a considerar todo aquello como un
sueño.
—No lo fue —dijo Templeton, con un aire de profunda
solemnidad—, aunque sería difícil resolver la manera de calificarlo. Sólo
presumamos que la mente del hombre de hoy está al borde de ciertos estupendos
descubrimientos psíquicos. Con formémonos con esta suposición. En cuanto al
resto, he de dar algunas explicaciones. Aquí tienen una acuarela que yo les
hubiera mostrado antes si un inexplicable sentimiento de temor no me hubiera
impedido hacerlo.
Observamos el cuadro que nos presentaba. No vimos
en él nada de extraordinario, pero su efecto sobre Bedloe fue prodigioso. Casi
se desmayó al verlo, y eso que no era sino un retrato en miniatura —de
milagroso parecido, eso sí —que reproducía con absoluta fidelidad sus rasgos
característicos. Al menos eso pense.
—Ustedes pueden observar —dijo Templeton —que la
fecha de este retrato está aquí, apenas visible, en esta esquina: 1780. El
retrato fue hecho ese año; pertenece a un amigo muerto, un tal señor Oldeb, con
quien llegué a tener gran intimidad en Calcuta durante el gobierno de Warren
Hasting. Entonces yo sólo tenía veinte años. Cuando lo vi a usted por vez
primera, señor Bedloe, en Saratoga, la milagrosa semejanza entre usted y el
cuadro me indujeron a abordarle, a buscar su amistad, y a conseguir lo necesario
para llegar a ser su constante compañero. Con el fin de llevar a cabo este
propósito, me impulsó parcialmente, de manera esencial, el recuerdo lleno de
pena del difunto, pero bien, en parte, una inquieta curiosidad hacia usted
mismo, no exenta de sentimientos pavorosos.
»En los detalles de la visión que presentó usted en
las colinas ha descrito con la más minuciosa exactitud la ciudad india de
Benarés, sobre el Río Sagrado. Los motines, el combate, la matanza fueron
acontecimientos reales de la insurrección de Cheyte Sing, que tuvo lugar en
1780, cuando Hasting estuvo a punto de perder la vida. El hombre que escapó por
la cuerda confeccionada con los turbantes fue el mismo Cheyte Sing. El grupo
del quiosco eran cipayos y oficiales británicos, capitaneados por Hastings. Yo fui
uno de los integrantes de este grupo, e hice cuanto pude por impedir la
embestida y fatal salida del oficial que cayó en las callejuelas atestadas por
la flecha envenenada de un bengalés. Aquel oficial era mi amigo más querido. Se
trataba de Oldeb. Ustedes adivinarán por estas notas (en este momento, el
narrador nos enseñó una libreta en la cual varias páginas parecían haber sido
escritas recientemente) que en el mismo momento en que a usted, Bedloe, le
sucedían esas cosas en medio de las montañas, yo me dedicaba aquí, en casa, a
deleitarlas en estas páginas.
Una semana después de esta conversación apareció en
un periódico de Charlottesville la siguiente nota: "Tenemos el penoso
deber de anunciar la muerte del señor Augusto Bedloe, un caballero cuyas buenas
maneras y numerosas virtudes durante largo tiempo, le han valido el afecto de
las gentes de Charlottesville.
Desde hace algunos años, el señor Bedloe ha
padecido de neuralgias, que frecuentemente le amenazaron con terminar
fatalmente; pero esto sólo puede ser considerado como la causa parcial de su
muerte. La causa auténtica ofreció una especial singularidad. En una excursión
a las Montañas Ragged, hace unos días, contrajo un ligero enfriamiento que le
produjo una congestión en la cabeza. Para aliviar esto, el señor Templeton
recurrió al uso frecuente de la sangría. Se le aplicaron sanguijuelas en las
sienes, pero en un terrible y breve período el paciente murió, descubriéndose
que en el tarro que contenía las sanguijuelas había sido introducida por
accidente una de las sanguijuelas vermiculares venenosas que de vez en cuando
se encuentran en las charcas de los alrededores. Este anélido se adhirió sobre
una pequeña vena en la sien derecha, y su absoluta semejanza con las
sanguijuelas medicinales hizo que el error se descubriese cuando era demasiado
tarde.
Estaba yo hablando con el director del periódico en
cuestión sobre este notable accidente, cuando se me ocurrió preguntar por qué
el nombre del difunto había aparecido como Bedlo.—supongo dije —que usted tiene
la suficiente autoridad como para emplear esa ortografía, pero yo siempre había
supuesto que el nombre debía escribirse con una "e" al final.
—¡Autoridad! ¡No! —contestó él—. Sólo una simple
errata tipográfica. El nombre es Bedloe, con una e final. Todo el mundo lo sabe
y nunca en mi vida lo vi escribir de otro modo.
—Entonces —dije yo entre dientes, mientras daba
media vuelta —sucede de hecho que una verdad es más extraña que cualquier
ficción. Bedloe sin la "e" final no es sino Oldeb al revés... ¡Y este
nombre me dice que se trata de un error tipográfico!
Edgar Allan Poe (1809-1849)

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