Libro N° 9766. Dos Sabios. Alas, Leopoldo (Clarín).
© Libro N° 9766. Dos Sabios. Alas, Leopoldo (Clarín). Emancipación.
Abril 2 de 2022.
Título original: © Dos sabios. Leopoldo Alas. (Clarín)
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Miranda
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Leopoldo Alas
(Clarín)
Dos sabios
Leopoldo Alas
(Clarín)
En el balneario de Aguachirle, situado en lo más
frondoso de una región de España muy fértil y pintoresca, todos están
contentos, todos se estiman, todos se entienden, menos dos ancianos venerables,
que desprecian al miserable vulgo de los bañistas y mutuamente se aborrecen.
¿Quiénes son? Poco se sabe de ellos en la casa. Es
el primer año que vienen. No hay noticias de su procedencia. No son de la
provincia, de seguro; pero no se sabe si el uno viene del Norte y el otro del
Sur, o viceversa… o de cualquier otra parte. Consta que uno dice llamarse D.
Pedro Pérez y el otro D. Álvaro Álvarez. Ambos reciben el correo en un
abultadísimo paquete, que contiene multitud de cartas, periódicos, revistas, y
libros muchas veces. La gente opina que son un par de sabios.
Pero ¿qué es lo que saben? Nadie lo sabe. Y lo que
es ellos, no lo dicen. Los dos son muy corteses, pero muy fríos con todo el
mundo e impenetrables. Al principio se les dejó aislarse, sin pensar en ellos;
el vulgo alegre desdeñó el desdén de aquellos misteriosos pozos de ciencia,
que, en definitiva, debían de ser un par de chiflados caprichosos, exigentes en
el trato doméstico y con berrinches endiablados, bajo aquella capa superficial
de fría buena crianza. Pero, a los pocos días, la conducta de aquellos señores
fue la comidilla de los desocupados bañistas, que vieron una graciosísima
comedia en la antipatía y rivalidad de los viejos.
Con gran disimulo, porque inspiraban respeto y
nadie osaría reírse de ellos en sus barbas, se les observaba, y se saboreaban y
comentaban las vicisitudes de la mutua ojeriza, que se exacerbaba por las
coincidencias de sus gustos y manías, que les hacían buscar lo mismo y huir de
lo mismo, y sobre ello, morena.
* * *
Pérez había llegado a Aguachirle algunos días antes
que Álvarez. Se quejaba de todo; del cuarto que le habían dado, del lugar que
ocupaba en la mesa redonda, del bañero, del pianista, del médico, de la
camarera, del mozo que limpiaba las botas, de la campana de la capilla, del
cocinero, y de los gallos y los perros de la vecindad, que no le dejaban
dormir. De los bañistas no se atrevía a quejarse, pero eran la mayor molestia.
«¡Triste y enojoso rebaño humano! Viejos verdes, niñas cursis, mamás grotescas,
canónigos egoístas, pollos empalagosos, indianos soeces y avaros, caballeros
sospechosos, maníacos insufribles, enfermos repugnantes, ¡peste de clase media!
¡Y pensar que era la menos mala! Porque el pueblo… ¡Uf! ¡El pueblo! Y
aristocracia, en rigor, no la había. ¡Y la ignorancia general! ¡Qué martirio
tener que oír, a la mesa, sin querer, tantos disparates, tantas vulgaridades
que le llenaban el alma de hastío y de tristeza!».
Algunos entrometidos, que nunca faltan en los
balnearios, trataron de sonsacar a Pérez sus ideas, sus gustos; de hacerle
hablar, de intimar en el trato, de obligarle a participar de los juegos
comunes; hasta hubo un tontiloco que le propuso bailar un rigodón con cierta
dueña… Pérez tenía un arte especial para sacudirse estas moscas. A los
discretos los tenía lejos de sí a las pocas palabras; a los indiscretos, con
más trabajo y alguna frialdad inevitable; pero no tardaba mucho en verse libre
de todos.
Además, aquella triste humanidad le estorbaba en la
lucha por las comodidades; por las pocas comodidades que ofrecía el
establecimiento. Otros tenían las mejores habitaciones, los mejores puestos en
la mesa; otros ocupaban antes que él los mejores aparatos y pilas de baño; y
otros, en fin, se comían las mejores tajadas.
El puesto de honor en la mesa central, puesto que
llevaba anejo el mayor mimo y agasajo del jefe de comedor y de los
dependientes, y puesto que estaba libre de todas las corrientes de aire entre
puertas y ventanas, terror de Pérez, pertenecía a un señor canónigo, muy gordo
y muy hablador; no se sabía si por antigüedad o por odioso privilegio.
Pérez, que no estaba lejos del canónigo, le
distinguía con un particular desprecio; lo envidiaba, despreciándole, y le
miraba con ojos provocativos, sin que el otro se percatara de tal cosa. Don
Sindulfo, el canónigo, había pretendido varias veces pegar la hebra con Pérez;
pero este le había contestado siempre con secos monosílabos. Y D. Sindulfo le
había perdonado, porque no sabía lo que se hacía, siendo tan saludable la
charla a la mesa para una buena digestión.
Don Sindulfo tenía un estómago de oro, y le
entusiasmaba la comida de fonda, con salsas picantes y otros atractivos; Pérez
tenía el estómago de acíbar, y aborrecía aquella comida llena de insoportables
galicismos. Don Sindulfo soñaba despierto en la hora de comer; y D. Pedro Pérez
temblaba al acercarse el tremendo trance de tener que comer sin gana.
-¡Ya va un toque! -decía sonriendo a todos don
Sindulfo, y aludiendo a la campana del comedor.
-¡Ya han tocado dos veces! -exclamaba a poco, con
voz que temblaba de voluptuosidad.
Y Pérez, oyéndole, se juraba acabar cierta
monografía que tenía comenzada proponiendo la supresión de los cabildos
catedrales.
Fue el sabio díscolo y presunto minando el terreno,
intrigando con camareras y otros empleados de más categoría, hasta hacerse
prometer, bajo amenaza de marcharse, que en cuanto se fuera el canónigo, que
sería pronto, el puesto de honor, con sus beneficios, sería para él, para
Pérez, costase lo que costase. También se le ofreció el cuarto de cierta
esquina del edificio, que era el de mejores vistas, el más fresco y el más
apartado del mundanal y fondil ruido. Y para tomar café, se le prometió cierto
rinconcito, muy lejos del piano, que ahora ocupaba un coronel retirado, capaz
de andar a tiros con quien se lo disputara. En cuanto el coronel se marchase,
que no tardaría, el rinconcito para Pérez.
* * *
En esto llegó Álvarez. Aplíquesele todo lo dicho
acerca de Pérez. Hay que añadir que Álvarez tenía el carácter más fuerte, el
mismo humor endiablado, pero más energía y más desfachatez para pedir
gollerías.
También le aburría aquel rebaño humano, de
vulgaridad monótona; también se le puso en la boca del estómago el canónigo
aquel, de tan buen diente, de una alegría irritante y que ocupaba en la mesa
redonda el mejor puesto. Álvarez miraba también a don Sindulfo con ojos
provocativos, y apenas le contestaba si el buen clérigo le dirigía la palabra.
Álvarez también quiso el cuarto que solicitaba Pérez y el rincón donde tomaba
café el coronel.
A la mesa notó Álvarez que todos eran unos
majaderos y unos charlatanes… menos un señor viejo y calvo, como él, que tenía
enfrente y que no decía palabra, ni se reía tampoco con los chistes grotescos
de aquella gente.
«No era charlatán, pero majadero también lo sería.
¿Por qué no?» Y empezó a mirarle con antipatía. Notó que tenía mal genio, que
era un egoísta y maniático por el afán de imposibles comodidades.
«Debe de ser un profesor de instituto o un
archivero lleno de presunción. Y él, Álvarez, que era un sabio de fama europea,
que viajaba de incógnito, con nombre falso, para librarse de curiosos o
impertinentes admiradores, aborrecía ya de muerte al necio pedantón que se
permitía el lujo de creerse superior a la turbamulta del balneario. Además, se
le figuraba que el archivero le miraba a él con ira, con desprecio; ¡habríase
visto insolencia!».
Y no era eso lo peor: lo peor era que coincidían en
gustos, en preferencias que les hacían muchas veces incompatibles.
No cabían los dos en el balneario. Álvarez se iba
al corredor en cuanto el pianista la emprendía con la Rapsodia húngara… Y allí
se encontraba a Pérez, que huía también de Listz adulterado. En el gabinete de
lectura nadie leía el Times… más que el archivero, y justamente a las horas en
que él, Álvarez el falso, quería enterarse de la política extranjera en el
único periódico de la casa que no le parecía despreciable.
«El archivero sabe inglés. ¡Pedante!».
A las seis de la mañana, en punto, Álvarez salía de
su cuarto con la mayor reserva, para despachar las más viles faenas con que su
naturaleza animal pagaba tributo a la ley más baja y prosaica… ¡Y Pérez,
obstruccionista, odioso, tenía, por lo visto, la misma costumbre, y buscaba el
mismo lugar con igual secreto… y ¡aquello no podía aguantarse!
No gustaba Álvarez de tomar el fresco en los
jardines ramplones del establecimiento, sino que buscaba la soledad de un prado
de fresca hierba, y en cuesta muy pina, que había a espaldas de la casa… Pues
allá, en lo más alto del prado, a la sombra de su manzano… se encontraba todas
las tardes a Pérez, que no soñaba con que estaba estorbando.
Ni Pérez ni Álvarez abandonaban el sitio; se
sentaban muy cerca uno de otro, sin hablarse, mirándose de soslayo con rayos y
centellas.
* * *
Si el archivero supuesto tales simpatías merecía al
fingido Álvarez, Álvarez a Pérez le tenía frito, y ya Pérez le hubiera
provocado abiertamente si no hubiera advertido que era hombre enérgico y,
probablemente, de más puños que él.
Pérez, que era un sabio hispano-americano del
Ecuador, que vivía en España muchos años hacía, estudiando nuestras letras y
ciencias y haciendo frecuentes viajes a París, Londres, Rusia, Berlín y otras
capitales; Pérez, que no se llamaba Pérez, sino Gilledo, y viajaba de
incógnito, a veces, para estudiar las cosas de España, sin que estas se las
disfrazara nadie al saberse quién él era; digo que Gilledo o Pérez había creído
que el intruso Álvarez, era alguna notabilidad de campanario, que se daba tono
de sabio con extravagancias y manías que no eran más que pura comedia. Comedia
que a él le perjudicaba mucho, pues, sin duda por imitarle, aquel desconocido,
boticario probablemente, se le atravesaba en todas sus cosas: en el paseo, en
el corredor, en el gabinete de lectura y en los lugares menos dignos de ser
llamados por su nombre.
Pérez había notado también que Álvarez despreciaba
o fingía despreciar a la multitud insípida y que miraba con rencor y
desfachatez al canónigo que presidía la mesa.
La antipatía, el odio se puede decir, que
mutuamente se profesaban los sabios incógnitos crecía tanto de día en día, que
los disimulados testigos de su malquerencia llegaron a temer que el sainete
acabara en tragedia, y aquellos respetables y misteriosos vejetes se fueran a
las manos.
* * *
Llegó un día crítico. Por casualidad, en el mismo
tren se marcharon el canónigo, el bañista que ocupaba la habitación tan
apetecida, y el coronel que dejaba libre el rincón más apartado del piano.
Terrible conflicto. Se descubrió que el amo del establecimiento había ofrecido
la sucesión de D. Sindulfo, y la habitación más cómoda, a Pérez primero, y
después a Álvarez.
Pérez tenía el derecho de prioridad, sin duda; pero
Álvarez… era un carácter. ¡Solemne momento! Los dos, temblando de ira, echaron
mano al respaldo. No se sabía si se disputaban un asiento o un arma arrojadiza.
No se insultaron, ni se comieron la figura más que
con los ojos.
El amo de la casa se enteró del conflicto, y acudió
al comedor corriendo.
-¡Usted dirá! -exclamaron a un tiempo los sabios.
Hubo que convenir en que el derecho de Pérez era el
que valía.
Álvarez cedió en latín, es decir, invocando un
texto del Derecho romano que daba la razón a su adversario. Quería que constase
que cedía a la razón, no al miedo.
Pero llegó lo del aposento disputado. ¡Allí fue
ella! También Pérez era el primero en el tiempo… pero Álvarez declaró que lo
que es absurdo desde el principio, y nulo, por consiguiente, tractu temporis
convalescere non potest, no puede hacerse bueno con el tiempo; y como era
absurdo que todas las ventajas, por gollería, se las llevase Pérez, él se
atenía a la promesa que había recibido… y se instalaba desde luego en la
habitación dichosa; donde, en efecto, ya había metido sus maletas.
Y plantado en el umbral, con los puños cerrados
amenazando al mundo, gritó:
–In pari causa, melior est conditio possidentis.
Y entró y se cerró por dentro.
Pérez cedió, no a los textos romanos, sino por
miedo.
En cuanto al rincón del coronel, se lo disputaban
todos los días, apresurándose a ocuparlo el que primero llegaba y protestando
el otro con ligeros refunfuños y sentándose muy cerca y a la misma mesa de
mármol. Se aborrecían, y por la igualdad de gustos y disgustos, simpatías y
antipatías, siempre huían de los mismos sitios y buscaban los mismos sitios.
* * *
Una tarde, huyendo de la Rapsodia húngara, Pérez se
fue al corredor y se sentó en una mecedora, con un lío de periódicos y cartas
entre las manos.
Y a poco llegó Álvarez con otro lío semejante, y se
sentó, enfrente de Pérez, en otra mecedora. No se saludaron, por supuesto.
Se enfrascaron en la lectura de sendas cartas.
De entre los pliegues de la suya sacó Álvarez una
cartulina, que contempló pasmado.
Al mismo tiempo, Pérez contemplaba una tarjeta
igual con ojos de terror.
Álvarez levantó la cabeza y se quedó mirando
atónito a su enemigo.
El cual también, a poco, alzó los ojos y contempló
con la boca abierta al infausto Álvarez.
El cual, con voz temblona, empezando a incorporarse
y alargando una mano, llegó a decir:
-Pero… usted, señor mío… ¿es… puede usted ser… el
doctor… Gilledo?…
-Y usted… o estoy soñando… o es… parece ser… ¿es…
el ilustre Fonseca?…
-Fonseca el amigo, el discípulo, el admirador… el
apóstol del maestro Gilledo… de su doctrina…
-De nuestra doctrina, porque es de los dos: yo el
iniciador, usted el brillante, el sabio, el profundo, el elocuente reformador,
propagandista… a quien todo se lo debo.
-¡Y estábamos juntos!…
-¡Y no nos conocíamos!…
-Y a no ser por esta flaqueza… ridícula… que partió
de mí, lo confieso, de querer conocernos por estos retratos…
-Justo, a no ser por eso…
Y Fonseca abrió los brazos, y en ellos estrechó a
Gilledo, aunque con la mesura que conviene a los sabios.
La explicación de lo sucedido es muy sencilla. A
los dos se les había ocurrido, como queda dicho, la idea de viajar de
incógnito, Desde su casa Fonseca, en Madrid, y desde no sé dónde Gilledo, se
hacían enviar la correspondencia al balneario, en paquetes dirigidos a Pérez y
Álvarez, respectivamente.
Muchos años hacía que Gilledo y Fonseca eran uña y
carne en el terreno de la ciencia. Iniciador Gilledo de ciertas teorías muy
complicadas acerca del movimiento de las razas primitivas y otras baratijas
prehistóricas, Fonseca había acogido sus hipótesis con entusiasmo, sin envidia;
había hecho de ellas aplicaciones muy importantes en lingüística y sociología,
en libros más leídos, por más elocuentes, que los de Gilledo. Ni este envidiaba
al apóstol de su idea el brillo de su vulgarización, ni Fonseca dejaba de
reconocer la supremacía del iniciador, del maestro, como llamaba al otro
sinceramente. La lucha de la polémica que unidos sostuvieron con otros sabios,
estrechó sus relaciones; si al principio, en su ya jamás interrumpida
correspondencia, solo hablaban de ciencia, el mutuo afecto, y algo también la
vanidad mancomunada, les hicieron comunicar más íntimamente, y llegaron a
escribirse cartas de hermanos más que de colegas.
Álvarez, o Fonseca, más apasionado, había llegado
al extremo de querer conocer la vera effigies de su amigo; y quedaron, no sin
contestarse por escrito la parte casi ridícula de esta debilidad, quedaron en
enviarse mutuamente su retrato con la misma fecha… Y la casualidad, que es
indispensable en esta clase de historias, hizo que las tarjetas aquellas, que
tal vez evitaron un crimen, llegaran a su destino el mismo día.
Más raro parecerá que ninguno de ellos hubiera
escrito al otro lo de la ida a tal balneario, ni el nombre falso que adoptaban…
Pero tales noticias se las daban precisamente (¡claro!) en las cartas que con
los retratos venían.
* * *
Mucho, mucho se estimaban Álvarez y Pérez, a
quienes llamaremos así por guardarles el secreto, ya que ellos nada de lo
sucedido quisieron que se supiera en la fonda.
Tanto se estimaban, y tan prudentes y
verdaderamente sabios eran, que depuestos, como era natural, todas las
rencillas y odios que les habían separado mientras no se conocían, no solo se
trataron en adelante con el mayor respeto y mutua consideración, sin disputarse
cosa alguna…, sino que, al día siguiente de su gran descubrimiento,
coincidieron una vez más en el propósito de dejar cuanto antes las aguas y
volverse por donde habían venido. Y, en efecto, aquella misma tarde Gilledo
tomó el tren ascendente, hacia el sur, y Fonseca el descendente, hacia el
norte.
Y no se volvieron a ver en la vida.
Y cada cual se fue pensando para su coleto que
había tenido la prudencia de un Marco Aurelio, cortando por lo sano y
separándose cuanto antes del otro. Porque ¡oh miseria de las cosas humanas! La
pueril, material antipatía que el amigo desconocido le había inspirado… no
había llegado a desaparecer después del infructuoso reconocimiento.
El personaje ideal, pero de carne y hueso, que
ambos se habían forjado cuando se odiaban y despreciaban sin conocerse, era el
que subsistía; el amigo real, pero invisible, de la correspondencia y de la
teoría común, quedaba desvanecido… Para Fonseca el Gilledo que había visto
seguía siendo el aborrecido archivero; y para Gilledo, Fonseca, el odioso
boticario.
Y no volvieron a escribirse sino con motivo
puramente científico.
Y al cabo de un año, un Jahrbuch alemán publicó un
artículo de sensación para todos los arqueólogos del mundo.
Se titulaba “Una disidencia”.
Y lo firmaba Fonseca. El cual procuraba demostrar
que las razas aquellas no se habían movido de Occidente a Oriente, como él
había creído, influido por sabios maestros, sino más bien siguiendo la marcha
aparente del sol… de Oriente a Occidente…
FIN
1901

