Libro N° 9765. Benedictino. Alas, Leopoldo (Clarín).
© Libro N° 9765. Benedictino. Alas, Leopoldo (Clarín). Emancipación.
Abril 2 de 2022.
Título original: © Benedictino. Leopoldo Alas (Clarín)
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Leopoldo Alas
(Clarín)
Benedictino
Leopoldo Alas
(Clarín)
Don Abel tenía cincuenta años, don Joaquín otros
cincuenta, pero muy otros: no se parecían a los de don Abel, y eso que eran
aquellos dos buenos mozos del año sesenta, inseparables amigos desde la
juventud, alegre o insípida, según se trate de don Joaquín o de don Abel. Caín
y Abel los llamaba el pueblo, que los veía siempre juntos, por las carreteras
adelante, los dos algo encorvados, los dos de chistera y levita, Caín siempre
delante, Abel siempre detrás, nunca emparejados; y era que Abel iba como arrastrado,
porque a él le gustaba pasear hacia Oriente, y Caín, por moler, le llevaba por
Occidente, cuesta arriba, por el gusto de oírle toser, según Abel, que tenía su
malicia. Ello era que el que iba delante solía ir sonriendo con picardía,
satisfecho de la victoria que siempre era suya, y el que caminaba detrás iba
haciendo gestos de débil protesta y de relativo disgusto. Ni un día solo, en
muchos años, dejaron de reñir al emprender su viaje vespertino; pero ni un solo
día tampoco se les ocurrió separarse y tomar cada cual por su lado, como
hicieron San Pablo y San Bernabé, y eso que eran tan amigos, y apóstoles. No se
separaban porque Abel cedía siempre.
Caín tampoco hubiera consentido en la separación,
en pasear sin el amigo; pero no cedía porque estaba seguro de que cedería el
compinche; y por eso iba sonriendo: no porque le gustase oír la tos del otro.
No, ni mucho menos; justamente solía él decirse: «¡No me gusta nada la tos de
Abel!» Le quería entrañablemente, sólo que hay entrañas de muchas maneras, y
Caín quería a las personas para sí, y, si cabía, para reírse de las debilidades
ajenas, sobre todo si eran ridículas o a él se lo parecían. La poca voluntad y
el poco egoísmo de su amigo le hacían muchísima gracia, le parecían muy
ridículos, y tenía en ellos un estuche de cien instrumentos de comodidad para
su propia persona. Cuando algún chusco veía pasar a los dos vejetes, oficiales
primero y segundo del gobierno civil desde tiempo inmemorial (don Joaquín el
primero, por supuesto; siempre delante), y los veían perderse a lo lejos, entre
los negrillos que orlaban la carretera de Galicia, solía exclamar riendo:
-Hoy le mata, hoy es el día del fratricidio. Le
lleva a paseo y le da con la quijada del burro. ¿No se la ven ustedes? Es aquel
bulto que esconde debajo de la levita.
El bulto, en efecto, existía. Solía ser realmente
un hueso de un animal, pero rodeado de mucha carne, y no de burro, y siempre
bien condimentada. Cosa rica. Merendaban casi todas las tardes como los
pastores de don Quijote, a campo raso, y chupándose los dedos, en cualquier
soledad de las afueras. Caín llevaba generalmente los bocados y Abel los
tragos, porque Abel tenía un cuñado que comerciaba en vinos y licores, y eso le
regalaba, y Caín contaba con el arte de su cocinera de solterón sibarita. Los
dos disponían de algo más que el sueldo, aunque lo de Abel era muy poco más; y
eso que lo necesitaba mucho, porque tenía mujer y tres hijas pollas, a quienes
en la actualidad, ahora que ya no eran tan frescas y guapetonas como años
atrás, llamaban los murmuradores Las Contenciosas-administrativas por lo mucho
que hablaba su padre de lo contencioso-administrativo, que le tenía enamorado
hasta el punto de considerar grandes hombres a los diputados provinciales que
eran magistrados de lo contencioso…, etc. El mote, según malas lenguas, se lo
había puesto a las chicas el mismísimo Caín, que las quería mucho, sin embargo,
y les había dado no pocos pellizcos. Con quien él no transigía era con la
madre. Era su natural enemigo, su rival pudiera decirse. Le había quitado la
mitad de su Abel; se le había llevado de la posada donde antes le hacía mucho
más servicio que la cómoda y la mesilla de noche juntas. Ahora tenía él mismo,
Caín, que guardar su ropa, y llevar la cuenta de la lavandera, y si quería
pitillos y cerillas tenía que comprarlos muchas veces, pues Abel no estaba a
mano en las horas de mayor urgencia.
***
-¡Ay, Abel! Ahora que la vejez se aproxima,
envidias mi suerte, mi sistema, mi filosofía -exclamaba don Joaquín, sentado en
la verde pradera, con un llacón entre las piernas. (Un llacón creo que es un
pernil.)
-No envidio tal -contestaba Abel, que en frente de
su amigo, en igual postura, hacía saltar el lacre de una botella y le limpiaba
el polvo con un puñado de heno.
-Sí, envidias tal; en estos momentos de expansión y
de dulces piscolabis lo confiesas; y, ¿a quién mejor que a mí, tu amigo
verdadero desde la infancia hasta el infausto día de tu boda, que nos separó
para siempre por un abismo que se llama doña Tomasa Gómez, viuda de Trujillo?
Porque tú, ¡oh Trujillo!, desde el momento que te casaste eres hombre muerto;
quisiste tener digna esposa y sólo has hecho una viuda…
-Llevas cerca de treinta años con el mismo chiste…
de mal género. Ya sabes que a Tomasa no le hace gracia…
-Pues por eso me repito.
-¡Cerca de treinta años! -exclamó don Abel, y
suspiró, olvidándose de las tonterías epigramáticas de su amigo, sumiendo en el
cuerpo un trago de vino del Priorato y el pensamiento en los recuerdos
melancólicos de su vida de padre de familia con pocos recursos. Y como si
hablara consigo mismo continuó mirando a la tierra:
-La mayor…
-Hola -murmuró Caín-; ¿ya cantamos en la mayor?
Jumera segura… tristona como todas tus cosas.
-No te burles, libertino. La mayor nació… sí,
justo; va para veintiocho, y la pobre, con aquellos nervios y aquellos ataques,
y aquel afán de apretarse el talle… no sé, pero… en fin, aunque no está
delicada… se ha descompuesto; ya no es lo que era, ya no… ya no me la llevan.
-Ánimo, hombre; sí te la llevarán… No faltan
indianos… Y en último caso… ¿para qué están los amigos? Cargo yo con ella… y
asesino a mi suegra. Nada, trato hecho; tú me das en dote esa botella, que no
hay quien te arranque de las manos, y yo me caso con la (cantando) mayor.
-Eres un hombre sin corazón… un Lovelace.
-¡Ay, Lovelace! ¿Sabes tú quién era ese?
-La segunda, Rita, todavía se defiende.
-¡Ya lo creo! Dímelo a mí, que ayer por darla un
pellizco salí con una oreja rota.
-Sí, ya sé. Por cierto que dice Tomasa que no le
gustan esas bromas, que las chicas pierden…
-Dile a la de Gómez, viuda de Trujillo, que más
pierdo yo, que pierdo las orejas, y dile también que si la pellizcase a ella
puede que no se quejara…
-Hombre, eres un chiquillo; le ves a uno serio
contándote sus cuitas y sus esperanzas… y tú con tus bromas de dudoso gusto…
-¿Tus esperanzas? Yo te las cantaré: La (cantando)
Nieves…
-Bah, la Nieves segura está. Los tiene así
(juntando por las yemas los dedos de ambas manos). No es milagro. ¿Hay chica
más esbelta en todo el pueblo? ¿Y bailar? ¿No es la perla del casino cuando la
emprende con el vals corrido, sobre todo si la baila el secretario del gobierno
militar, Pacorro?
Caín se había quedado serio y un poco pálido. Sus
ojos fijos veían a la hija menor de su amigo, de blanco, escotada, con media
negra, dando vueltas por el salón colgada de Pacorro… A Nieves no la pellizcaba
él nunca; no se atrevía, la tenía un respeto raro, y además, temía que un
pellizco en aquellas carnes fuera una traición a la amistad de Abel; porque
Nieves le producía a él, a Caín, un efecto raro, peligroso, diabólico… Y la
chica era la única para volver locos a los viejos, aunque fueran íntimos de su padre.
«¡Padrino, baila conmigo!» ¡Qué miel en la voz mimosa! ¡Y qué miradonas
inocentes… pero que se metían en casa! El diablo que pellizcara a la chica.
Valiente tentación había sacado él de pila…
-Nieves -prosiguió Abel- se casará cuando quiera;
siempre es la reina de los salones; a lo menos, por lo que toca a bailar…
-Como bailar.. baila bien -dijo Caín muy grave.
-Sí, hombre; no tiene más que escoger. Ella es la
esperanza de la casa.
-Ya ves, Dios premia a los hombres sosos, honrados,
fieles al decálogo, dándoles hijas que pueden hacer bodas disparatadas, un
fortunón… ¿Eh? viejo verde, calaverón eterno. ¿Cuándo tendrás tú una hija como
Nieves, amparo seguro de tu vejez?
Caín, sin contestar a aquel majadero, que tan feliz
se las prometía, en teniendo un poco de Priorato en el cuerpo, se puso a
pensar, que siempre se le estaba ocurriendo echar la cuenta de los años que él
llevaba a la menor de las Contenciosas. «¡Eran muchos años!»
***
Pasaron algunos; Abel estuvo cesante una temporada
y Joaquín de secretario en otra provincia. Volvieron a juntarse en su pueblo,
Caín jubilado y Abel en el destino antiguo de Caín. Las meriendas menudeaban
menos, pero no faltaban las de días solemnes. Los paseos, como antaño, aunque
ahora el primero que tomaba por Oriente era Joaquín, porque ya le fatigaba la
cuesta. Las Contenciosas brillaban cada día como astros de menor magnitud; es
decir, no brillaban; en rigor eran ya de octava o novena clase, invisibles a
simple vista, ya nadie hablaba de ellas, ni para bien ni para mal; ni siquiera
se las llamaba las Contenciosas, «las de Trujillo» decían los pocos pollos
nuevos que se dignaban acordarse de ellas.
La mayor, que había engordado mucho y ya no tenía
novios, por no apretarse el talle había renunciado a la lucha desigual con el
tiempo y al martirio de un tocado que pedía restauraciones imposibles. Prefería
el disgusto amargo y escondido de quedarse en casa, de no ir a bailes ni
teatros, fingiendo gran filosofía, reconociéndose gallina, aunque otra le
quedaba. Se permitía, como corta recompensa a su renuncia, el placer material,
y para ella voluptuoso, de aflojarse mucho la ropa, de dejar a la carne invasora
y blanquísima (eso sí) a sus anchas, como en desquite de lo mucho que
inútilmente se había apretado cuando era delgada.
-«¡La carne! Como el mundo no había de verla,
hermosura perdida; gran hermosura, sin duda, persistente… pero inútil. Y
demasiada.»
Cuando el cura hablaba, desde el púlpito, de la
carne, a la mayor se le figuraba que aludía exclusivamente a la suya… Salían
sus hermanas, iban al baile a probar fortuna, y la primogénita se soltaba las
cintas y se hundía en un sofá a leer periódicos, crímenes y viajes de hombres
públicos. Ya no leía folletines.
La segunda luchaba con la edad de Cristo y se
dejaba sacrificar por el vestido que la estallaba sobre el corpachón y sobre el
vientre. ¿No había tenido fama de hermosa? ¿No le habían dicho todos los pollos
atrevidos e instruidos de su tiempo que ella era la mujer que dice mucho a los
sentidos?
Pues no había renunciado a la palabra. Siempre en
la brecha. Se había batido en retirada, pero siempre en su puesto.
Nieves… era una tragedia del tiempo. Había
envejecido más que sus hermanas; envejecer no es la palabra: se había
marchitado sin cambiar, no había engordado, era esbelta como antes, ligera,
felina, ondulante; bailaba, si había con quién, frenética, cada día mas
apasionada del vals, más correcta en sus pasos, más vaporosa, pero arrugada,
seca, pálida; los años para ella habían sido como tempestades que dejaran
huella en su rostro, en todo su cuerpo; se parecía a sí misma… en ruinas. Los
jóvenes nuevos ya no la conocían, no sabían lo que había sido aquella mujer en
el vals corrido; en el mismo salón de sus antiguos triunfos, parecía una
extranjera insignificante. No se hablaba de ella ni para bien ni para mal;
cuando algún solterón trasnochado se decidía a echar una cana al aire, solía
escoger por pareja a Nieves. Se la veía pasar con respeto indiferente; se
reconocía que bailaba bien, pero, ¿y qué? Nieves padecía infinito, pero, como
su hermana, la segunda, no faltaba a un baile. ¡Novio!… ¡Quién soñaba ya con eso!
Todos aquellos hombres que habían estrechado su cintura, bebido su aliento,
contemplado su escote virginal… etc., ¿dónde estaban? Unos de jueces de término
a cien leguas: otros en Ultramar haciendo dinero, otros en el ejército sabe
Dios dónde; los pocos que quedaban en el pueblo, retraídos, metidos en casa o
en la sala de tresillo. Nieves, en aquel salón de sus triunfos, paseaba sin
corte entre una multitud que la codeaba sin verla…
Tan excelente le pareció a don Abel el pernil que
Caín le enseñó en casa de este, y que habían de devorar juntos de tarde en la
Fuente de Mari-Cuchilla, que Trujillo, entusiasmado, tomó una resolución, y al
despedirse hasta la hora de la cita, exclamó:
-Bueno, pues yo también te preparo algo bueno, una
sorpresa. Llevo la manga de café, lleva tú puros; no te digo más.
Y aquella tarde, en la fuente de Mari-Cuchilla,
cerca del oscurecer de una tarde gris y tibia de otoño, oyendo cantar un
ruiseñor en un negrillo, cuyas hojas inmóviles parecían de un árbol-estatua,
Caín y Abel merendaron el pernil mejor que dio de sí cerdo alguno nacido en
Teberga. Después, en la manga que a Trujillo había regalado un pariente,
voluntario en la guerra de Cuba, hicieron café…, y al sacar Caín dos habanos
peseteros…, apareció la sorpresa de Abel. Momento solemne. Caín no oía siquiera
el canto del ruiseñor, que era su delicia, única afición poética que se le
conocía. Todo era ojos. Debajo de un periódico, que era la primera cubierta,
apareció un frasco, como podía la momia de Sesostris, entre bandas de paja,
alambre, tela lacrada, sabio artificio de la ciencia misteriosa de conservar
los cuerpos santos incólumes; de guardar lo precioso de las injurias del
ambiente.
-¡El benedictino! exclamó Caín en un tono religioso
impropio de su volterianismo. Y al incorporarse para admirar, quedó en
cuclillas como un idólatra ante un fetiche.
-El benedictino -repitió Abel, procurando aparecer
modesto y sencillo en aquel momento solemne en que bien sabía él que su amigo
le veneraba y admiraba.
Aquel frasco, más otro que quedaba en casa, eran
joyas riquísimas y raras, selección de lo selecto, fragmento de un tesoro único
fabricado por los ilustres Padres para un regalo de rey, con tales miramientos,
refinamientos y modos exquisitos, que bien se podía decir que aquel líquido
singular, tan escaso en el mundo, era néctar digno de los dioses. Cómo había
ido a parar aquel par de frascos casi divinos a manos de Trujillo, era asunto
de una historia que parecía novela y que Caín conocía muy bien desde el día en
que, después de oírla, exclamó:
-¡Ver y creer! Catemos, eso, y se verá si es
paparrucha lo del mérito extraordinario de esos botellines.
Y aquel día también había sido el primero de la
única discordia duradera que separó por más de una semana a los dos constantes
amigos. Porque Abel, jamás enérgico, siempre de cera, en aquella ocasión supo
resistir y negó a Caín el placer de saborear el néctar de aquellos frascos.
-Estos, amigos -había dicho- los guardo yo para en
su día. -Y no había querido jamás explicar qué día era aquel.
Caín, sin perdonar, que no sabía, llegó a olvidarse
del benedictino.
Y habían pasado todos aquellos años, muchos, y el
benedictino estaba allí, en la copa reluciente, de modo misterioso que Caín,
triunfante, llevaba a los labios, relamiéndose a priori.
Pasó el solterón la lengua por los labios, volvió a
oír el canto del ruiseñor, y contento de la creación, de la amistad, por un
momento, exclamó:
-¡Excelente! ¡Eres un barbián! Excelentísimo señor
benedictino, ¡bendita sea la Orden! Son unos sabios estos reverendos.
¡Excelente!
Abel bebió también. Mediaron el frasco.
Se alegraron; es decir, Abel, como Andrómaca, se
alegró entristeciéndose.
A Caín, la alegría le dio esta vez por adular como
vil cortesano.
Abel, ciego de vanidad y agradecido, exclamó:
-Lo que falta… lo beberemos mañana. El otro frasco…
es tuyo; te lo llevas a tu casa esta noche.
Faltaba algo; faltaba una explicación. Caín la
pedía con los ojillos burlones llenos de chispas.
A la luz de las primeras estrellas, al primer
aliento de la brisa, cuando cogidos del brazo y no muy seguros de piernas,
emprendieron la vuelta de casa, Abel, triste, humilde, resignado, reveló su
secreto, diciendo:
-Estos frascos… este benedictino… regalo de rey…
-De rey…
-Este benedictino… lo guardaba yo…
-Para su día…
-Justo; su día… era el día de la boda de la mayor.
Porque lo natural era empezar por la primera. Era lo justo. Después… cuando ya
no me hacía ilusiones, porque las chicas pierden con el tiempo y los
noviazgos…, guardaba los frascos…, para la boda de la segunda. Suspiró Abel.
Se puso muy serio Caín.
-Mi última esperanza era Nieves…, y a esa por lo
visto no la tira el matrimonio. Sin embargo, he aguardado, aguardado…, pero ya
es ridículo…, ya… -Abel sacudió la cabeza y no pudo decir lo que quería, que
era: lasciate ogni speranza. -En fin, ¿cómo ha de ser?- Ya sabes; ahora mismo
te llevas el otro frasco.
Y no hablaron más en todo el camino. La brisa les
despejaba la cabeza y los viejos meditaban. Abel tembló. Fue un escalofrío de
la miseria futura de sus hijas, cuando él muriera, cuando quedaran solas en el
mundo, sin saber más que bailar y apergaminarse. ¡Lo que le había costado a él
de sudores y trabajo el vestir a aquellas muchachas y alimentarlas bien para
presentarlas en el mercado del matrimonio. Y todo en balde. Ahora…, él mismo
veía el triste papel que sus hijas hacían ya en los bailes, en los paseos… Las
veía en aquel momento ridículas, feas por anticuadas y risibles…, y las amaba
más, y las tenía una lástima infinita desde la tumba en que él ya se
contemplaba.
Caín pensaba en las pobres Contenciosas también, y
se decía que Nieves, a pesar de todo, seguía gustándole, seguía haciéndole
efecto…
Y pensaba además en llevarse el otro frasco; y se
lo llevó efectivamente.
***
Murió don Abel Trujillo; al año siguiente falleció
la viuda de Trujillo. Las huérfanas se fueron a vivir con una tía, tan pobre
como ellas, a un barrio de los más humildes. Por algún tiempo desaparecieron
del gran mundo, tan chiquitín, de su pueblo. Lo notaron Caín y otros pocos.
Para la mayoría, como si las hubieran enterrado con su padre y su madre. Don
Joaquín al principio las visitaba a menudo. Poco a poco fue dejándolo, sin
saber por qué. Nieves se había dado a la mística, y las demás no tenían gracia.
Caín, que había lamentado mucho todas aquellas catástrofes, y que había
socorrido con la cortedad propia de su peculio y de su egoísmo a las apuradas
huérfanas, había ido olvidándolas, no sin dejarlas antes en poder del sanísimo
consejo de que «se dejaran de bambollas… y cosieran para fuera». Caín se olvidó
de las chicas como de todo lo que le molestaba. Se había dedicado a no
envejecer, a conservar la virilidad y demostrar que la conservaba. Parecía cada
día menos viejo, y eso que había en él un renacimiento de aventurero galante.
Estaba encantado. ¿Quién piensa en la desgracia ajena si quiere ser feliz y
conservarse?
Las de Trujillo, de negro, muy pálidas, apiñadas
alrededor de la tía caduca, volvían a presentarse en las calles céntricas, en
los paseos no muy concurridos. Devoraban a los transeúntes con los ojos. Daban
codazos a la multitud hombruna. Nieves aprovechaba la moda de las faldas
ceñidas para lucir las líneas esculturales de su hermosa pierna. Enseñaba el
pie, las enaguas blanquísimas que resaltaban bajo la falda negra. Sus ojos
grandes, lascivos, bajo el manto recobraban fuerza, expresión. Podía aparecer
apetitosa a uno de esos gustos extraviados que se enamoran de las ruinas de la
mujer apasionada, de los estragos del deseo contenido o mal satisfecho.
Murió la tía también. Nueva desaparición. A los
pocos meses las de Trujillo vuelven a las calles céntricas, de medio luto,
acompañadas, a distancia, de una criada más joven que ellas. Se las empieza a
ver en todas partes. No faltan jamás en las apreturas de las novenas famosas y
muy concurridas. Primero salen todas juntas, como antes. Después empiezan a
desperdigarse. A Nieves se la ve muchas veces sola con la criada. Se la ve al
oscurecer atravesar a menudo el paseo de los hombres y de las artesanas.
Caín tropieza con ella varias tardes en una y otra
calle solitaria. La saluda de lejos. Un día le para ella. Se lo come con los
ojos. Caín se turba. Nota que Nieves se ha parado también, ya no envejece y se
le ha desvanecido el gesto avinagrado de solterona rebelde. Está alegre,
coquetea como en los mejores tiempos. No se acuerda de sus desgracias. Parece
contenta de su suerte. No habla más que de las novedades del día, de los
escándalos amorosos. Caín le suelta un piropo como un pimiento, y ella le recibe
como si fuera gloria. Una tarde, a la oración, la ve de lejos, hablando en el
postigo de una iglesia de monjas con un capellán muy elegante, de quien Caín
sospechaba horrores. -Desde entonces sigue la pista a la solterona, esbelta e
insinuante. «Aquel jamón debe de gustarles a más de cuatro que no están para
escoger mucho.» Caín cada vez que encuentra a Nieves la detiene ya sin
escrúpulo. Ella luce todo su antiguo arsenal de coqueterías escultóricas. Le
mira con ojos de fuego y le asegura muy seria que está como nuevo; más sano y
fresco que cuando ella era chica y él le daba pellizcos.
-¿A ti, yo? ¡Nunca! A tus hermanas sí. No sé si
tienes dura o blanda la carne. -Nieves le pega con el pañuelo en los ojos y
echa a correr como una locuela…, enseñando los bajos blanquísimos, y el pie
primoroso.
Al día siguiente, también a la oración, se la
encuentra en el portal de su casa, de la casa del propio Caín.
-Le espero a usted hace una hora. Súbame usted a su
cuarto. Le necesito. -Suben y le pide dinero, poco pero ha de ser en el acto.
Es cuestión de honra. Es para arrojárselo a la cara a un miserable… que no sabe
ella lo que se ha figurado. Se echa a llorar. Caín la consuela. Le da el dinero
que pide y Nieves se le arroja en los brazos, sollozando y con un ataque de
nervios no del todo fingido.
Una hora después, para explicarse lo sucedido, para
matar los remordimientos que le punzan, Caín reflexiona que él mismo debió de
trastornarse como ella, que creyéndose más frío, menos joven de lo que en rigor
era todavía por dentro, no vio el peligro de aquel contacto. «No hubo malicia
por parte de ella ni por la mía. De la mía respondo. Fue cosa de la naturaleza.
Tal vez sería antigua inclinación mutua, disparatada… ; pero poderosa…,
latente.»
***
Y al acostarse, sonriendo entre satisfecho y
disgustado, se decía el solterón empedernido:
-De todas maneras la chica… estaba ya perdida. ¡Oh,
es claro! En este particular no puedo hacerme ilusiones. Lo peor fue lo otro.
Aquello de hacerse la loca después del lance, y querer aturdirse, y pedirme
algo que la arrancara el pensamiento… y.. ¡diablo de casualidad! ¡Ocurrírsele
cogerme la llave de la biblioteca… y dar precisamente con el recuerdo de su
padre, con el frasco de benedictino!…
¡Oh! sí; estas cosas del pecado, pasan a veces como
en las comedias, para que tengan más pimienta, más picardía… Bebió ella. ¡Cómo
se puso! Bebí yo… ¿qué remedio? obligado.
«¡Quién le hubiera dicho a la pobre Nieves que
aquel frasco de benedictino le había guardado su padre años y años para el día
que casara a su hija!… ¡No fue mala boda!» Y el último pensamiento de Caín al
dormirse ya no fue para la menor de las Contenciosas ni para el benedictino de
Abel, ni para el propio remordimiento. Fue para los socios viejos del Casino
que le llamaban platónico; «¡él, platónico!».
FIN
1901

