Libro N° 9661. Algo Viejo. Counselman, Mary Elizabeth.
© Libro N° 9661. Algo Viejo. Counselman, Mary Elizabeth. Emancipación.
Marzo 5 de 2022.
Título original: © Something Old, Mary Elizabeth Counselman
(1911-1995)
Versión
Original: © Algo Viejo. Mary Elizabeth Counselman
Circulación conocimiento libre,
Diseño y edición digital de Versión original de textos:
http://elespejogotico.blogspot.com/2018/01/algo-viejo-mary-elizabeth-counselman.html
Licencia Creative
Commons:
Emancipación Obrera utiliza una licencia Creative Commons, puedes copiar,
difundir o remezclar nuestro contenido, con la única condición de citar la
fuente.
La
Biblioteca Emancipación Obrera es un medio de difusión cultural sin fronteras,
no obstante los derechos sobre los contenidos publicados pertenecen a sus
respectivos autores y se basa en la circulación del conocimiento libre. Los
Diseños y edición digital en su mayoría corresponden a Versiones originales de
textos. El uso de los mismos son estrictamente educativos y está prohibida
su comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el
nombre de los autores
No comercial: No se puede utilizar este trabajo
con fines comerciales
No derivados: No se puede alterar, modificar o
reconstruir este texto.
Fondo:
https://img.freepik.com/vector-gratis/diseno-fondo-textura-hoja-oro-azul-vintage_1017-25727.jpg?w=740
Portada E.O. de Imagen original:
https://2.bp.blogspot.com/-MQhKLDKCKX4/WmyOPtyTVRI/AAAAAAAAn4w/jB0HwHm4BOkDnLCSm3gO44hsCj54DXnPACLcBGAs/s640/algo_viejo_counselman.jpg
© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS,
ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
Mary Elizabeth Counselman
Algo Viejo
Mary Elizabeth Counselman
Fue una boda pequeña. Quizás si se hubiera
celebrado en una iglesia, o en cualquier otro lugar sagrado, Celia habría
estado a salvo de esa fuerza maligna. Pero fue una boda pequeña, casera.
Los invitados ya se habían sentado. Conversaban en
susurros, que se desvanecieron cuando Mary McPherson comenzó a cantar con su
voz dulce de contralto. En la biblioteca, Bob Hanson, el joven asistente del
conservador del museo, sonreía débilmente a su padrino, que además era su jefe.
Walter Ferris le devolvió la sonrisa, palmeándose el bolsillo de la chaqueta.
—Claro que tengo el anillo! —dijo—. Está aquí.
Además —añadió—, tengo otros seis anillos conmigo, por si acaso el tuyo se
pierde.
Ante la mirada confundida de su sobrino, el
conservador sacó una pequeña cajita de piel y la abrió, mostrando medía docena
de curiosos círculos de metal con una piedra semipreciosa.
—Fui corriendo hasta Peabody de camino hacia aquí
—le explicó—, y él me dio la mercancía que había llegado de Londres. Son
bonitos, ¿verdad?
El novio asintió, aflojándose el cuello de la
camisa. Quizás por décima vez en los últimos tres minutos, volvió a mirar el
reloj. Luego empezó a ponerse nervioso cuando la puerta del estudio se abrió
dando paso a una joven con un lindo vestido blanco y una cesta con pétalos de
rosa. Sonrió a su futuro cuñado y lo tomó de la mano, mostrando una hilera de
dientes blanquísimos.
—¡Bob! Celia me ha dicho si tú o el señor Perris le
podéis dejar algo del museo para que lo pueda llevar de adorno. Ya tiene algo
nuevo y algo azul, sólo necesita algo viejo.
Ambos hombres rieron, agradecidos ante cualquier
cosa que relajara la tensión de la espera. Ferris se acercó al teléfono
sonriendo, de pronto recordó el estuche de piel que había vuelto a meter en el
bolsillo. El canoso conservador del museo miró las joyas brevemente, luego
eligió un anillo de metal negro, de forma hexagonal, y con un extraño símbolo
grabado en cada lado.
—¡Aquí tienes, querida! Seguramente es la reliquia
más vieja de nuestra colección, un antiguo anillo de compromiso babilónico. La
inscripción reza: «mía, amantísima; mía por toda la eternidad». Muy romántico,
¿no?
La muchachita de las flores asintió con la risita
cómplice de un conspirador. Pronto desapareció de nuevo por la puerta del
estudio, y en seguida comenzaron a entrar los primeros miembros del cortejo.
Bob se enderezó como el condenado que marcha a la silla eléctrica y sonrió a su
tío tímidamente.
—¡Ya no hay quien me salve! —se quejó mientras
caminaban juntos hacia el altar donde se iba a celebrar la ceremonia.
El grueso pastor miraba complaciente a los
invitados mientras esperaba a que la novia llegara andando ceremoniosamente,
llevada del brazo de su padre. Entonces apareció, una figura pálida y rubia
envuelta en satén blanco con una guirnalda de capullos naranja encima de la
corona del velo. Sonreía tímidamente a su hermanita, que bailoteaba delante
esparciendo los pétalos de rosas. En la mano derecha llevaba un único anillo, y
Bob se dio cuenta de que se trataba del antiguo y pesado anillo.
En ese momento Celia se detuvo junto a él, y el
joven asistente del conservador no pudo mirar más que su rostro, delicioso y
encendido.
—Queridos míos —entonó el pastor—, nos hallamos
aquí reunidos, a los ojos de Dios, para unir a este hombre y a esta mujer…
Bob suspiró, guiñando amablemente el ojo a la
muchacha que estaba a su lado. De repente, se puso muy serio al observar en el
rostro de su amada una expresión asustada. No le estaba mirando a él, sino un
poco más allá, detrás de su tío, a un sitio sombrío que estaba al otro lado del
altar. Tenía la garganta contraída, como si estuviera intentando con todas sus
fuerzas acallar un grito que le salía del alma.
Bob siguió su mirada, pero no pudo ver nada. Luego
se dio cuenta de que Celia estaba tirando del anillo que llevaba en el dedo,
como si quisiera quitárselo. Ese simple hecho ya era por sí solo
desconcertante, pues el objeto era casi dos veces más ancho que su fino dedo. Y
sin embargo, ahora no podía sacárselo, ni tan siquiera girarlo. Mientras tiraba
del anillo con desesperación, una fina gota de sangre resbaló por debajo del
metal oscuro y formó una manchita roja en la falda de satén blanco.
—Robert Edward Hanson, ¿quieres a esta mujer por…?
—preguntaba el pastor con voz sonora.
Bob contestó con un murmullo ausente mientras
contemplaba la mano de la novia. Celia le miró con una expresión de impotencia,
y susurró:
—Querido, el anillo… ¡no puedo quitármelo! ¿Qué
hago? Está muy apretado…
Su futuro marido se acercó con un gesto protector
que hizo que las mujeres más mayores suspiraran como recordando viejos tiempos.
—No te preocupes, querida. Ya lo sacaremos después.
¿Te hace daño?
—¡Sí! —susurró Celia—. El dedo se me está
hinchando. ¡Me aprieta muchísimo!
—Celia Anne Mitchell, ¿quieres a este hombre…?
—proseguía el pastor, con el ceño fruncido por la interrupción.
—¡Sí, quiero! —dijo la novia, y luego emitió un
gritito que reprimió con rapidez.
De nuevo Bob, y también su tío, vieron cómo tiraba
del anillo, y en seguida dos gotitas más de sangre salieron de debajo y
resbalaron hasta caer sobre la blancura inmaculada del vestido de novia.
Luego, tras unas palabras breves, terminó la
ceremonia, y la pareja de jóvenes subió al coche de Bob, riendo y tratando de
esquivar la lluvia de arroz que caía sobre ellos.
—¡Gracias a Dios se ha terminado! —rió la muchacha,
sofocada—. Se supone que ahora puedes echarme el brazo por encima. ¡Por fin
solos! ¡También es parte de la ceremonia!
Bob obedeció.
—En el fondo eres un romántico —suspiró ella—. Oh,
Bob, ha sido muy bonito que me dieras este anillo tan, tan viejo de la
colección. Un anillo babilónico de compromiso, dice tu tío. ¡Y la inscripción
es perfecta!
Su marido tragó saliva avergonzado, y luego decidió
que aquélla sería una de las pocas cosas que no le revelaría nunca.
—Lo elegí para ti —mintió—. Pero llegué a
asustarme. Con el anillo, quiero decir —señaló el aro negro que ahora parecía
suelto en el dedo de la mujer—. Me pregunto cómo se te hinchó de esa manera.
¿Crees que puede tratarse de algún tipo de alergia?
—Nervios, supongo. Pero parecía que estaba más
apretado, Y luego... ¡Bah, por el amor de Dios! ¡No he vuelto a ver al coco en
una esquina oscura desde que tenía la edad de Betsy!
—¿El coco?
—¡Oh, los nervios otra vez! Fue cuando el pastor
inició la ceremonia. Y luego otra vez, cuando dije: «¡Sí, quiero!». Detrás del
piano, en la esquina oscura. Creo que vi algo. Eso es todo.
Se rió alegremente, pero el hombre percibió un
pequeño escalofrío que recorrió sus brazos desnudos y que le puso la carne de
gallina.
—¿Qué viste? ¿El fantasma perverso de tu pasado?
—se mofó con simpatía—. ¿A alguno de esos pobres muchachos con el corazón
destrozado que se arrojaron por algún puente cuando leyeron la tarjeta de
invitación de nuestra boda?
Celia hizo una mueca y luego bajó los ojos,
insegura. De nuevo sintió un pequeño escalofrío, como si la rozara una ráfaga
de viento helado.
—No. Era… Bueno, ¡al principio parecía un perro! Un
sabueso enorme y peludo, como un san bernardo. Y su color era de un gris
oscuro, excepto la cabeza. —se estremeció visiblemente—. ¡Pero no quiero volver
a hablar de eso! —rogó—. ¡Sólo ha sido una fantasía estúpida! Toma, querido,
guárdamelo. Es muy pesado y se me resbala continuamente. No quisiera perderlo
nunca.
El pequeño hotel de montaña que habían elegido para
pasar la luna de miel estaba colgado en una cresta cubierta de laureles que
dominaba cinco estados. Mientras penetraban en el vestíbulo y se acercaban al
mostrador de la recepción, apareció como caído del cielo un hombrecillo de
aspecto benévolo que chasqueó los dedos en dirección a un portero negro que
estaba medio dormido.
—¿La suite nupcial? —murmuró mientras guiñaba un
ojo a Bob, de manera que todos los que estaban en el vestíbulo se dieron
cuenta—. ¡Los Hanson, claro! Aquí está su reserva. Sí, sí —añadió con malicia,
sin dejar de hablar en susurros—. ¿Luna de miel? ¡Les alegrará saber que
nuestra suite nupcial es a prueba de ruidos! ¡Nadie podrá escuchar las dulces
palabras que sin duda le dirá a esta encantadora muchacha!
Nada más cerrar la puerta, cuando el sonriente
portero se hubo marchado unos minutos después, Bob y Celia estallaron en
carcajadas y se fundieron en un largo beso. Permanecieron abrazados durante un
rato, mirando la ancha puerta francesa que se abría sobre un pequeño balcón.
—¡Oh, Bob, me siento muy feliz de haber podido
reservar la suite nupcial! Mamá y papá pasaron aquí su luna de miel, creo que
ya te lo dije. Y por eso es por lo que quería tanto —se detuvo bruscamente,
mirándole por el rabillo del ojo—. ¿Querido? —susurró—. Devuélveme el anillo,
me gustaría tenerlo un rato mientras vas abajo y me traes un paquete de
cigarrillos, o lo que sea. ¿Vale? ¡Es parte de la ceremonia! Después pediremos
que nos suban la cena y veremos la puesta de sol.
Se arrojó feliz a sus brazos y luego le empujó
riéndose hasta la puerta. Bob le entregó el anillo y se marchó. Como le había
pedido su esposa, estuvo vagabundeando por el vestíbulo del hotel durante casi
media hora, hasta que por fin regresó y llamó a la puerta de la suite nupcial.
Su esposa Celia no abrió la puerta. El sol se había
puesto detrás de las montañas y algunas estrellas diminutas comenzaban a
brillar en el cielo. Bob llamó de nuevo, un poco más fuerte, a la vez que
pronunciaba el nombre de su esposa. Se produjo una respuesta, una voz chillona
y áspera, que le gritó en un lenguaje que no había oído jamás. Era una voz
femenina. Se parecía a la de Celia y sin embargo no era suave ni melodiosa como
la de ella. Pudo distinguir una o dos palabras: ziggurat y shimtu, seguidos de una
ristra de sonidos que parecían una especie de cántico: inuma iluawelum.
Bob, asombrado y muy nervioso, comenzó a aporrear
la puerta, temeroso de los sonidos que provenían del interior. Se trataba, como
describiría luego, de un sonido susurrante, como si se hubiera levantado un
viento muy fuerte, aunque en el exterior la noche era tranquila y cálida, con
relámpagos esporádicos que iluminaban el cielo por el sur. Dos veces escuchó
una especie de sonido profundo, horrible, como el gruñido de un mono, pero
acompañado de retazos de palabras.
Luego, desesperado, empezó a empujar la puerta con
todas las fuerzas de sus hombros. Se abrió de golpe al tercer impacto y el
joven recién casado estuvo a punto de caer, seguido de cerca por el portero y
el recepcionista de rostro amable que habían oído el barullo desde abajo. Celia
yacía en la amplia cama de matrimonio, envuelta en un vestido de color verde
pálido que colgaba hecho jirones. La sangre salía de su boca y apenas había una
porción de su cuerpo, delgado y casi desnudo, que no tuviera una marca de
violencia. Estaba boca arriba, gimiendo, con los ojos medio cerrados. Pero,
como los tres hombres descubrieron mientras corrían a su lado, la expresión de
su rostro no mostraba dolor o pánico, sino un éxtasis indescriptible, una
felicidad salvaje, casi histérica.
Movió los labios, pronunciando una sencilla
palabra; cuando Bob se inclinó sobre ella, su joven rostro se crispó en una
mueca horrible.
—¿Campana…? —repitió Bob—. ¿Qué campana, querida?
Ah, ¿no podías llamar pidiendo ayuda? ¿Qué ha pasado? ¿Cómo es posible que...
ese demonio... o lo que sea...?
Se volvió hacia el aterrorizado recepcionista y
miró detrás de él la fila de huéspedes que curioseaban desde el umbral.
—¡Hagan algo! —chilló Bob—. ¡Llamen a la policía!
Mi esposa ha sido...
Prefirió no pronunciar aquellas terribles palabras,
luego puso la mano de Celia en su mejilla, maldiciendo y hablándole suavemente
a un mismo tiempo. Mientras lo hacía, el enorme anillo babilónico resbaló de su
dedo y fue rodando hasta el pie de Bob. Una sección de su parte exterior en
forma de hexágono se abrió y el joven marido recogió el anillo distraídamente,
mirando el compartimento oculto. En su interior, enmarcado en un delgado
triángulo de oro, había una pequeña pieza de tejido que en un primer momento le
pareció seda mezclada con un hilo negro. Luego Bob vio que el médico del hotel
se abría paso entre la gente y cerraba la puerta de la habitación tras él.
—¿Usted ha hecho esto? —le preguntó con frialdad—.
Joven, le recomiendo que visite a un psiquiatra y que anule su matrimonio de
inmediato. Usted es un veterano, ¿no? A veces, hay determinados momentos en los
que la fatiga del combate...
—¡Basta! —Bob estalló—. ¡Yo me encontraba en el
vestíbulo! Alguien ha debido de llamar después de que me fuera. Y Celia abrió
la puerta, creyéndose que era yo. ¡Está claro que nadie pudo haber subido por
la balconada!
—Está bien, está bien, muchacho. Tranquilícese. Mi
nombre es Markham. He sido el médico de este hotel desde hace dieciocho años,
pero jamás me había encontrado con nada... Dígame, ¿tiene algún rival o enemigo
que sea capaz de...? Esto ha sido hecho por una mente trastornada, obviamente.
Un maníaco con marcadas tendencias sádicas. Yo no le recomendaría —añadió— que
su esposa se moviera en varios días. La han arañado con saña. No tiene heridas
graves y lo peor ha sido el shock. ¿Quiere que se lo notifique a alguien?
—¡No! ¡Sí! A mi tío, Walter Ferris, el conservador
del museo estatal —dijo Bob distraído—. ¿Por qué la habré dejado sola, aunque
solo fuera unos minutos? —gimió—. Quería estar a solas un rato, como todas las
novias. Y yo...
El doctor puso una mano sobre su hombro.
—Claro —dijo amablemente, aunque con una expresión
de cautela en los ojos—. Ahora, hijo, dígame, ¿sufre de dolores de cabeza con
frecuencia? Mmm, ¿pérdida de la memoria? ¿Pesadillas recurrentes en las que
usted...?
—¡Por Dios santo! —gritó—. ¡Usted piensa que ya le
hice eso a la pobre Celia! ¡Que soy un enfermo mental y que no recuerdo nada!
¡Pero sí lo recuerdo! Hablamos del paisaje y de que pediríamos que nos subieran
la cena. Luego me… me fui abajo a por un paquete de cigarrillos, porque Celia
quería... desvestirse.
—Sí —dijo el doctor con calma—. Pero el
recepcionista me ha dicho que usted ha estado en la habitación con su mujer
desde casi una hora antes de que bajara al vestíbulo solo. Y que parecía
nervioso, según uno de los porteros —sonrió—. Bueno, eso es normal en un recién
casado. Pero...
—¡Pero no puedo haberlo hecho! ¿Cómo voy a hacerlo?
—avanzó hacia el médico—. ¡Doctor! Una vez, cuando era un niño, me caí de un
poni. Me golpeé en la cabeza. ¿Es posible que eso...?
—Puede ser —asintió el médico con delicadeza, y
luego se dio cuenta de que el joven cada vez estaba más nervioso—. Usted ha
sufrido un shock terrible. ¿Qué le parece si se hospeda en la habitación
contigua a la mía durante esta noche? Y por la mañana... Qué anillo más raro
tiene ahí. Es muy antiguo, ¿no? Tiene un escarabajo genuino de la tumba de
Ramsés. Y un ídolo maya. Qué pequeño y qué horrendo. ¿Le importa si le echo un
vistazo?
Bob Hanson bajó la vista tristemente hacia su mano,
que todavía sujetaba el anillo babilónico que su tío había regalado a la novia.
El médico lo observó por todos sus lados, examinando detenidamente el fragmento
de tela que se ocultaba en el compartimento secreto.
—¡Vaya! —murmuró—. ¡Muy interesante! ¡Un anillo
para el pelo! Y de los comienzos de la cultura babilónica, según estas
escrituras cuneiformes.
Hablaba en un tono suave y bajo, llevándose
lentamente a Bob Hanson de la habitación en la que yacía su joven esposa,
semiinconsciente y maltratada. Poco a poco condujo al aturdido muchacho a una
habitación que el portero acababa de abrir. Bob se hundió en la cama, bebiendo
agradecido de la botellita de brandy que Markham le había puesto en los labios.
Luego, una vez más, hundió su cara entre las manos.
—¡Celia! —gimió—. Tan dulce e inocente. ¿Por qué le
han hecho esto? Estoy seguro de que no ha besado a más de un par de chicos en
toda su vida, en alguna fiesta escolar o algo así. Crecimos juntos. Yo jamás le
haría daño por nada del mundo.
El doctor suspiró. En contraste con el joven sano
que estaba sobre la cama, parecía cansado y mustio, y sus ojos eran sombríos,
acostumbrados a ver toda clase de sufrimientos humanos. También había visto una
buena cantidad de crímenes y criminales, y había pasado varios años trabajando
en un asilo del Estado. Observó a Bob con cautela, fijándose en cómo se
retorcía los dedos como si fueran pequeñas culebras.
—No se preocupe —le tranquilizó—. El guardia del
hotel está vigilando a la puerta de la habitación de su esposa. Nada más puede
herirla esta noche. Pero creo que lo mejor es que duerma aquí, hasta que se
haga alguna investigación sobre lo sucedido.
—¡Pero yo no soy así! ¡Lo recuerdo todo! Alguien ha
forzado la puerta.
—No. Eso es imposible, señor Hanson. Ya lo he
comprobado. Una de las doncellas estuvo limpiando al otro lado de la habitación
durante todo el tiempo que usted dijo haber pasado en el vestíbulo, mientras su
mujer estaba sola. Ningún intruso pudo entrar en el dormitorio durante su
ausencia sin que la doncella lo viese. Y es obvio que nadie sería capaz de
subir a la habitación por la balconada. Hay una caída de casi veinte metros.
Bob se hundió tras escuchar las tranquilas palabras
del doctor; tenía los ojos completamente abiertos con una expresión de
incredulidad. Movió la cabeza de un lado a otro lentamente, incapaz de creerlo.
Luego, mientras el médico se encogía de hombros, se arrojó boca abajo sobre la
cama, ahogando su llanto.
—Está bien —dijo con brusquedad—. Notifíqueselo a
mi tío, por favor. Él hará todo lo que usted crea necesario. Se ocupará de mí y
de llevar a Celia a casa.
Cerca de la medianoche, después de que el joven
Hanson hubiera caído en un sueño inquieto gracias a los sedantes, el doctor
salió de puntillas de la habitación, llevando consigo el anillo que Bob había
recogido cuando resbaló de la maltrecha mano de su esposa. El doctor Markham
sacudió la cabeza. Era un caso muy extraño y trágico. Leyó con ironía la
romántica inscripción que figuraba en el anillo de compromiso, traduciendo los
extraños símbolos de un pesado volumen que había encima de su mesa. «Mía por toda
la eternidad»
El médico lanzó un gruñido. No podía hacer nada
más, excepto ingresar al joven y agradable muchacho en un hospital psiquiátrico
después de que hubiera avisado a sus familiares de la salvaje agresión que
había perpetrado a su joven esposa. Markham se sentó delante de la mesa de
trabajo y suspiró, examinando el pesado anillo despreocupadamente mientras le
daba vueltas al asunto. El metal era muy oscuro, de un negro curioso y pulsante
que parecía inflarse y expandirse como el humo. Curioso, aplicó una gota de ácido
sobre uno de los seis lados exteriores del objeto, y descubrió que estaba hecho
de hierro y oro, y de otro tipo de metal que estaba más allá de sus
conocimientos.
Abrió el compartimento secreto y observó durante un
rato el delgado tejido de fina seda mezclada con otro material negro y más
basto que había en su interior. Impulsivamente, abrió su navaja y extrajo una
muestra de ambos tejidos, poniéndolos acto seguido bajo el microscopio. Como
sospechaba, los dos eran restos de cabello, pero combinados de extraña manera.
Descubrió que la muestra que parecía seda amarilla era, efectivamente, pelo
humano. Pero los filamentos negros y bastos pertenecían a algún tipo de animal,
quizás un perro o un mono.
Entonces, bruscamente, entrecerró los ojos. Una
idea demencial había surgido en su cabeza, tan fantástica que no se atrevía a
mencionársela a nadie.
Se levantó de la silla, subió las escaleras hasta
el piso de arriba y entró en la habitación de la joven, tras saludar
distraídamente al guardia del hotel que dormitaba en la puerta. Markham se
sentó con cuidado encima de la cama, tomó el pulso a la muchacha y frunció el
ceño al contemplar de nuevo los arañazos y moratones que tenía en el cuello y
los hombros. Luego, con gran cautela, deslizó el enorme anillo en su dedo y
aguardó. Casi al instante, la expresión calmada de la joven desapareció dando
paso a una especie de excitación, de éxtasis mezclado con miedo.
Empezó a agitarse y mascullar en sueños, y Markham
tuvo que acercarse mucho para conseguir descifrar sus palabras: una extraña
combinación entre el inglés y lo que pudo reconocer como sumerio, la antigua
lengua de Babilonia.
—¡Ai! ¡Phogor! —gimoteaba la joven—. ¡Ven!
E-Im-Khur-sag. ¡Los altos parajes del viento! La escalera ondulante me llevará
a ¡Ai! ¡Belpeor!. ¡Tu sierva... espera... tu placer!
Celia emitió un grito de repente y, delante de los
ojos atónitos de Markham, comenzó a surgir un enorme moratón rojo sobre la piel
del esbelto cuello de la muchacha. Pronto apareció otro sobre uno de sus
hombros desnudos, mientras la joven se estremecía y gritaba de nuevo. El doctor
se secó la frente, ahora perlada de sudor. Aunque la noche afuera se mantenía
clara y en calma, escuchó un sonido susurrante, como si se hubiera levantado un
viento muy fuerte. Por debajo y a través del rugido, escuchó una voz profunda y
gutural en la que se podían apreciar palabras y frases espantosas que
impregnaban el aire de la habitación como una blasfemia.
Markham tragó saliva, se agachó con rapidez y sacó
el anillo del dedo de Celia, el anillo que se había contraído, dejando una
profunda marca en su carne.
—¡Buen Dios! —el médico pronunció con un
estremecimiento—. Jamás habría pensado que tuviera el privilegio de contemplar
un caso genuino. ¡Un estigma! ¡Un estigma histérico! Sin duda. Pero ¿cómo se ha
producido?
Recorrió con sus dedos los arañazos y moratones que
presentaba el cuerpo de Celia, y frunció los labios con una mueca silenciosa de
asombro. ¡Algunas heridas estaban sangrando! Y las uñas, que hacía tan sólo un
rato arañaban desesperadamente el aire a su alrededor, se encontraban ahora
rotas, como si hubieran tropezado con algún objeto sólido. Markham las examinó
más de cerca, abrió su navaja y sacó algo de debajo de una de ellas. ¡Un pelo!
¡Un pelo negro y basto, exactamente igual al que había encontrado en el anillo!
Pero a lo mejor la propia Celia Hanson había hurgado en aquel compartimento
secreto antes de que tuviera lugar el extraño ataque.
El doctor Markham volvió a sus habitaciones y
permaneció sentado durante un rato, pasando la mirada por los voluminosos tomos
de su librería: obras de referencia que versaban sobre las reliquias antiguas a
las que era aficionado. Hacia el amanecer se desperezó con una sensación
extraña y alerta. Cuando se hubo despertado del todo sintió que alguien más
estaba en la habitación. Desde la mesa, volvió la cabeza en silencio. Una mano
tanteaba el cajón que estaba a su lado, revolviendo entre las medicinas. Escogió
un frasquito que tenía una calavera dibujada en la etiqueta, advirtiendo que se
trataba de un medicamento peligroso.
El doctor se irguió, agarró la mano e hizo que
soltara el frasco. Con un movimiento experto hizo que el joven Bob Hanson se
sentara en una silla al mismo tiempo que daba un puntapié al frasquito de
veneno.
—¿Por qué me ha detenido después de lo que he
hecho? —musitó—. ¡He sido yo, nadie más pudo entrar en la habitación! ¿No se da
cuenta? ¡Tengo que proteger a Celia! Ella intentaría entenderme, perdonarme.
¿No se da cuenta de que es la única solución?
—Excepto —interrumpió Markham— si miramos los
hechos y empleamos el sentido común y algo de imaginación. Tranquilícese,
muchacho. No ha sido usted.
—¿Atraparon al hombre que hizo esto?
—No hay ningún hombre. Mi joven amigo, tengo muchas
razones para pensar que los arañazos y moratones de su esposa son estigmas. Es
decir, que han sido causados por la histeria y la autohipnosis. Se trata de un
fenómeno médico muy difícil de observar.
El joven Hanson parpadeó, profundamente asombrado.
—Pero —espetó— ¿no pretenderá decirme que Celia...?
¡Ella no es una mujer histérica! ¿Quiere decir ahora que es ella, y no yo, la
que necesita ayuda mental?
—Quizás —dijo con calma— en mi informe médico
pondré que su joven esposa temía el matrimonio de manera inconsciente, aunque
en la realidad confía y ama a su marido. ¡Psiquiatras! Nosotros, los
científicos —sonrió con ironía—, somos muy reacios a aceptar todos estos hechos
tan extraños como si fueran una verdad médica. Personalmente creo que, durante
el corto espacio de tiempo que dejó a su esposa sola en la habitación y
teniendo en cuenta su estado emocional, ella se hizo especialmente
hipersensible a... bueno, a lo que la Sociedad Americana de Investigación
Médica llama psicometría.
—¿Psico...? —repitió Hanson—. ¡Vaya! ¡Algo he oído
acerca de eso! Hace poco se hicieron unas pruebas de percepción extrasensorial
en Harvard. Es lo contrario de la clarividencia, ¿no es así? Un medium en
psicometría puede tener algún objeto en sus manos y sentir el pasado, o ciertos
sucesos que tuvieron lugar en el pasado y que están íntimamente relacionados
con ese objeto.
—¡Exactamente! Y yo he observado que a ella le ha
ocurrido lo mismo durante su, llamémosle trance, si lo prefiere. Estos actos
están impresos en el metal, la madera y la piedra, de la misma manera que la
radiactividad permanece impregnada en ciertos lugares. Todo el mundo puede
sentirlo a veces, pero algunos son más receptivos que otros. Señor Hanson, creo
que su mujer es una de esas personas, y que revive una experiencia que está
fuertemente impresa en el antiguo anillo babilónico que le entregó. Usted lo llama
anillo de compromiso, y seguramente eso es lo que es, pero de una manera más
espantosa.
El doctor tembló visiblemente, luego prosiguió:
—He examinado con suma atención la inscripción
cuneiforme. ¡Resulta mucho más siniestra que romántica! Si a ello le añadimos
lo que su esposa musitaba en sueños cuando deslicé el aro en su dedo, creo que
el objeto es un anillo de compromiso de alguna joven novia de la antigua
Babilonia. Una muchacha virgen de la ciudad de Peor, en el Tigris.
»Existía una antigua costumbre religiosa, como
seguramente usted sabe, entre los adoradores del dios Baal, que en babilónico
es Bel, el señor o poseedor. Se trataba de un rito espantoso. Justo después de
la boda se obligaba a la joven novia a que se sentara en el templo y se
entregara al primer extraño que arrojara sobre su regazo un puñado de plata.
Ella no podía negarse, aunque fuera un ladrón leproso. Después, y sólo después,
la novia podía marcharse legalmente con su marido. Era una práctica tan inimaginable
que los cananeos llamaban al dios el Señor de la Vergüenza, o Baal-ze-bub, el
Señor de las Moscas. El extraño, por supuesto, representaba a Bel. Un monstruo
peludo e indecente con cuerpo de bestia y el rostro lujurioso de un viejo. Pero
a veces, si la muchacha era muy hermosa e inocente, el propio dios reclamaba
sus primeros frutos, que era como se denominaba a aquella práctica.
—¿Y Celia? —se forzó a pronunciar su nombre—. ¿Ella
revive...?
—La experiencia de la joven novia de Peor —asintió
lúgubremente el médico—. Por medio de la psicometría. ¡Una experiencia
verdaderamente espeluznante! ¡No es de extrañar que su cuerpo se vea afectado
físicamente, hasta el extremo de mostrar esas terribles heridas! De todas las
deidades impías de la antigüedad, Bel, o Baal, fue conocido y despreciado por
su obscena brutalidad. La mayoría de los profetas de la cristiandad predicaron
en su contra y quemaron sus templos: Daniel, Isaías, Jeremías. No exageraban lo
más mínimo cuando proclamaban que los ritos de Bel era una abominación.
El joven Hanson temblaba descontroladamente.
—¡Mi pobre Celia! —gimió—. Tendremos que
hospitalizarla. ¡Pero la esperaré! ¡La ayudaré a olvidar esta terrible
experiencia aunque me cueste el resto de mi vida!
El doctor Markham sonrió, dando unas palmaditas
cariñosas en la espalda de Bob.
—Pero no creo que dure mucho —dijo con alegría—. A
no ser que esté muy equivocado —Miró por la ventana y descubrió que el sol
comenzaba a brillar, límpido y cálido, sobre las cimas montañosas—. Casi me
atrevo a afirmar que su hermosa mujer está a punto de despertarse, hambrienta y
preguntándose dónde se ha metido su marido. ¿Quiere que vayamos a verla?
El joven asintió impaciente y al rato ambos se
encontraban delante de la cama de Celia. Ella miró a Markham, cubriéndose el
desgarrado vestido con las sábanas. Luego, mientras el doctor le tomaba la
muñeca con una agradable sonrisa, se relajó un poco y le hizo una mueca a Bob.
—¡Oh! ¿Usted es el médico? ¡Vaya! ¿Me he desmayado
la pasada noche o algo así? ¡Pobre Bob! Debió de desesperarse llamando a la...
—gimió débilmente, dejándose caer de nuevo en la cama—. ¡Pero me siento
espantosamente mal! ¡Y esas terribles pesadillas! ¡Era como una especie de
perro! ¡Lo mismo que vi durante la boda! ¡Agh! Se acercaba a mí, y yo estaba
aterrorizada, y sin embargo... —movió la cabeza de un lado a otro, como
intentando recordar algo que permanecía oculto—. ¡Ay, todo está mezclado!
Bob se acercó rápidamente a la cama y ella estiró
ambas manos.
—Oh, querido —se disculpó—. No quiero asustarte.
Pero me sentía como drogada. No podía levantarme. ¡Tan sólo soñaba una y otra
vez con esa extraña y antigua ciudad! Las calles estaban llenas de una multitud
de gente que se agrupaba alrededor de un edificio enorme y muy alto. Algunos
hombres con trajes de ceremonia bailaban una especie de danza. Luego —se
estremeció— uno de ellos arrancó de los brazos de su madre a un pobre bebé y...
¡y estrelló su cabeza contra una gran piedra de seis lados! ¡Era espantoso!
Pero yo no podía despertar. Luego una muchacha joven, con una corona de flores
en la cabeza... ¡Se parecía a mí! Había una larga hilera de ondulantes
escalones que subían desde el exterior a aquella torre enorme. Subí y subí,
mientras el gentío aullaba debajo. Se abrió una puerta. Y una habitación
inmensa se iluminó con un extraño resplandor verdoso, ¡una habitación decorada
únicamente con unas pinturas espantosas sobre las paredes! ¡Esas pinturas
hicieron que me ruborizara! También había un enorme diván y joyas azules y
doradas, amontonadas entre los cojines. ¡Y el viento, el viento aullaba sin
cesar! Luego yo...
Celia se detuvo, pero al rato continuó, con la
respiración sofocada por el horror.
—Miré arriba, y aquella Cosa se acercaba, hablando
con una horrible voz gutural. ¡Me deseaba!
Gimió débilmente y escondió la cabeza en la
almohada. Bob Hanson miró con desesperación al doctor Markham. Pero el médico
negó con la cabeza. Con mucho cuidado, levantó las sábanas y dejó al
descubierto el cuello y los hombros desnudos de la muchacha, que antes estaban
llenos de moratones y arañazos.
El joven Hanson miró atónito. ¡Las heridas habían
desaparecido!
Volvió a mirar al doctor Markham a los ojos,
boquiabierto. Pero de nuevo el viejo y sabio médico sacudió la cabeza, y se
dirigió inadvertidamente hacia la puerta.
—Todos estamos muy afectados por los nervios y las
pesadillas —dijo con suavidad—. Yo no me preocuparía demasiado por todo esto,
jovencita. Relájese durante unos días, ¡y disfrute su luna de miel! ¡Se
encontrará bien en cuanto tome el desayuno en compañía de su amado! Volveré más
tarde. ¡Mucho más tarde!
Cerró la puerta tras de sí, sonriente, y caminó por
el pasillo de vuelta a sus quehaceres habituales. El anillo, el maligno anillo
de Bel-peor, todavía estaba en su bolsillo, y pensaba enviárselo por correo a
Walter Ferris junto con el relato de todo lo que había sucedido, como el joven
Hanson le había sugerido. Bob podría decirle a su esposa que lo había perdido.
Lo que fuera, con tal de que no volviera a tenerlo cerca y pudiera volver a
deslizarlo en su dedo, como muchos siglos antes de Cristo había hecho aquella
otra joven novia de Peor.
Markham frunció el ceño. Había muchas otras
premisas sobre este caso que aún no comprendía, ¡y muchas más que ni tan
siquiera se atrevía a comprender! Aquel cabello negruzco y basto en el
compartimento secreto del anillo, por ejemplo, y los restos del mismo que había
encontrado en las uñas de Celia. A lo mejor se podría explicar de alguna manera
racional; pero lo que no podía explicar era que los filamentos rubios que
estaban entremezclados con el cabello oscuro fueran, tras observarlos al
microscopio, exactamente idénticos al cabello de Celia, a pesar de que estaban
encerrados en el interior de aquel antiguo anillo babilónico desde hacía tres
mil años.
Mary Elizabeth Counselman (1911-1995)

