Libro N° 9640. Reglas Y Consejos Sobre Investigación Científica (Los Tónicos De La Voluntad). Ramón Y Cajal, Santiago.
© Libro N° 9640. Reglas Y Consejos Sobre Investigación
Científica (Los Tónicos De La Voluntad). Ramón
Y Cajal, Santiago. Emancipación. Febrero 26 de 2022.
Título original: © Reglas Y Consejos Sobre Investigación
Científica (Los Tónicos De La Voluntad). Santiago Ramón Y Cajal
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Original: © Reglas Y Consejos Sobre Investigación Científica (Los Tónicos
De La Voluntad). Santiago Ramón Y Cajal
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REGLAS Y CONSEJOS SOBRE INVESTIGACIÓN CIENTÍFICA
(Los Tónicos De La Voluntad)
Santiago Ramón Y Cajal
Reglas Y Consejos Sobre Investigación Científica
(Los Tónicos De La Voluntad)
Santiago Ramón Y Cajal
Title: Reglas y consejos sobre investigación científica
(Los tónicos de la voluntad)
Author: Santiago Ramón y Cajal
Release Date: September 25,
2021 [eBook #66373]
Language: Spanish
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GUTENBERG EBOOK REGLAS Y CONSEJOS SOBRE INVESTIGACIÓN CIENTÍFICA ***
Nota de
transcripción
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Española.
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REGLAS Y CONSEJOS
SOBRE
INVESTIGACIÓN CIENTÍFICA
(LOS TÓNICOS DE LA VOLUNTAD)
p. i
p. iii
REGLAS Y CONSEJOS
SOBRE
INVESTIGACIÓN CIENTÍFICA
(LOS TÓNICOS DE LA VOLUNTAD)
DISCURSO LEÍDO CON OCASIÓN DE LA RECEPCIÓN DEL
AUTOR EN LA REAL ACADEMIA DE CIENCIAS EXACTAS,
FÍSICAS Y NATURALES
POR
S. RAMÓN Y CAJAL
6.ª EDICIÓN
MADRID
1923
p. iv
ES PROPIEDAD DEL AUTOR
Imp. J. Pueyo, Luna, 29.
Teléf. 14-30. — MADRID.
p. v
PRÓLOGO DE LA SEGUNDA EDICIÓN
Costeada por la generosidad del Dr. Lluria.
El libro actual es una reproducción, con numerosos
retoques y desarrollos, de mi discurso de ingreso en la Academia de Ciencias
Exactas, Físicas y Naturales (sesión del 5 de diciembre de 1897).
Como otras muchas oraciones académicas harto más
merecedoras de publicidad, este discurso habría quedado olvidado en los
anaqueles de las bibliotecas oficiales, si un querido amigo nuestro, el Dr.
Lluria, no hubiera tenido la generosidad de reimprimirlo a su costa, a fin de
regalarlo a los estudiantes y a los aficionados a las tareas del laboratorio.
p. viCree el Dr. Lluria (y Dios le pague tan
hermosas ilusiones) que los consejos y advertencias contenidos en dicho trabajo
pueden ser, como emanados de un apasionado de la investigación, de algún
provecho para promover el amor y entusiasmo de la juventud estudiosa hacia las
empresas del laboratorio.
Ignoro si, en efecto, los referidos consejos,
expuestos con fervor y entusiasmo quizás un tanto exagerados e ingenuos,
tendrán positiva utilidad para el efecto de formar investigadores. Por mi parte
diré solamente que, acaso por no haberlos recibido de ninguno de mis deudos o
profesores cuando concebí el temerario empeño de consagrarme a la religión del
laboratorio, perdí, en tentativas inútiles, lo mejor de mi tiempo, y desesperé
más de una vez de mis aptitudes para la investigación científica. ¡En cuántas
ocasiones me sucedió, por ignorar las fuentes bibliográficas (y
desgraciadamente no siempre por falta de diligencia, sino de recursos
pecuniarios) y no encontrar un guía orientador, descubrir hechos anatómicos ya
por entonces divulgados en lenguas que ignoraba y que ignoraban también
aquellos que debieran saberlas!
p. vii¡Y cuántas veces me ocurrió también, por
carencia de disciplina y, sobre todo, por vivir alejado de ese ambiente
intelectual del cual recibe el investigador novel estímulos y energías,
abandonar la labor en el momento en que, fatigado y hastiado, no tanto del
trabajo cuanto de mi triste y enervadora soledad, comenzaba a columbrar los
primeros tenues albores de la idea nueva!
La rutina científica y la servidumbre mental al
extranjero reinaban tan despóticamente entonces en nuestras escuelas, que, al
solo anuncio de que yo, humilde médico recién salido de las aulas, sin etiqueta
oficial prestigiosa, me proponía publicar cierto trabajo experimental sobre
la inflamación (trabajo que, como obra de novicio, fue malo e
incompleto, pero que revelaba al fin buenos deseos y afición al trabajo),
alguno de los profesores de mi querida Universidad de Zaragoza, y no
ciertamente de los peores, exclamó estupefacto: «¡Pero quién es Cajal para
atreverse a juzgar los trabajos de los sabios!» Y cuenta que este profesor era
por aquellos tiempos (1880) el publicista de nuestra Facultad y una de las
cabezas más modernas y mejor orientadasp. viii de la misma; pero abrigaba
la creencia (desgraciadamente profesada todavía por muchos de nuestros
catedráticos, ignoro si con sinceridad o a título de expediente cómodo para
cohonestar la propia pereza) de que las conquistas científicas no son fruto del
trabajo metódico, sino dones del cielo, gracias generosamente otorgadas por la
Providencia a unos cuantos privilegiados, inevitablemente pertenecientes a las
naciones más laboriosas, es decir, a Francia, Inglaterra, Alemania e Italia.
Afortunadamente, los tiempos han cambiado. Hoy, el
investigador en España no es el solitario de antaño. Todavía no son legión,
pero contamos ya con pléyade de jóvenes entusiastas a quienes el amor a la
ciencia y el deseo de colaborar en la obra magna del progreso mantienen en
confortadora comunión espiritual. Actualmente, en fin, han perdido su
desoladora eficacia estas preguntas que todos los aficionados a la ciencia nos
hemos hecho al dar nuestros primeros inciertos pasos: Esto que yo hago, ¿a
quién importa aquí? ¿A quién contaré el gozo producido por mi pequeño
descubrimiento? Si acierto, ¿quién aplaudirá?; y si me equivoco,p.
ix ¿quién me corregirá y me alentará para proseguir?
Algunos lectores del presente discurso me han
advertido, en son de crítica benévola, que doy demasiada importancia a la
disciplina de la voluntad, y poca a las aptitudes excepcionales concurrentes en
los grandes investigadores. No seré yo, ciertamente, quien niegue que los más
ilustres iniciadores científicos pertenecen a la aristocracia del espíritu, y
han sido capacidades mentales muy elevadas, a las cuales no llegaremos nunca,
por mucho que nos esforcemos, los que figuramos en el montón de los trabajadores
modestos. Pero después de hacer esta concesión, que es de pura justicia, sigo
creyendo que a todo hombre de regular entendimiento y ansioso de nombradía, le
queda todavía ancho campo donde ejercitar su actividad y de tentar la fortuna,
que, a semejanza de la lotería, no sonríe siempre a los ricos, sino que se
complace, de vez en cuando, en alegrar el hogar de los humildes. Consideremos,
además, que todo hombre puede ser, si se lo propone, escultor de su
propio cerebro, y que aun el peor dotado es susceptible, al modo de las
tierras pobres, pero bienp. x cultivadas y abonadas, de rendir copiosa
mies.
Acaso me equivoque, pero declaro sinceramente que,
en mis excursiones por el extranjero y en mis conversaciones con sabios
ilustres, he sacado la impresión (salvada tal cual excepción) de que la mayoría
de estos pertenece a la categoría de las inteligencias regulares, pero
disciplinadas, muy cultivadas y movidas por avidez insaciable de celebridad. Es
más: en alguna ocasión he topado con sabios renombrados inferiores, tanto por
sus pasiones como por su inteligencia, al descubrimiento que los sacó de la obscuridad,
y al cual llegaron por los ciegos e inesperados caminos del azar. El caso de
Courtois, del cual ha dicho un ingenioso escritor que no se sabe si fue
él quien descubrió el yodo, o si el yodo lo descubrió a él, es más
frecuente de lo que muchos se figuran.
De cualquier modo, ¿qué nos cuesta probar si somos
capaces de crear ciencia original? ¿Cómo sabremos, en fin, si entre nosotros
existe alguno dotado de superiores aptitudes para la ciencia, si no procuramos
crearle, con las excelencias de una disciplina moral y técnica apropiadas, la
ocasión en que se revele? Como dicep. xi Balmes, «si Hércules no hubiera
manejado nunca más que un bastón, nunca creyera ser capaz de blandir la pesada
clava».
¡Ojalá que este humilde folleto que dirigimos a la
juventud estudiosa sirva para fortalecer la afición a las tareas de
laboratorio, así como para alentar las esperanzas un tanto decaídas, después de
recientes y abrumadores desastres, de los creyentes en nuestro renacimiento
intelectual y científico!
Madrid, 20 de diciembre de 1898.
p. xii
PRÓLOGO DE LA TERCERA EDICIÓN
Agotada hace más de tres años la edición costeada
por la generosidad del Dr. Lluria, nos hemos visto obligados, para satisfacer
las demandas de América, a permitir la reimpresión de este folleto en dos
Revistas científicas americanas. Íbamos ya a otorgar la misma licencia a una
Corporación científico-literaria de España, cuando nos hemos percatado de que
este abandono del librito a iniciativas ajenas revela pecado de negligencia,
susceptible de acarrear algunos inconvenientes.
Distamos mucho de hacernos ilusiones acerca del
mérito de nuestro Discurso. Tanto desde el punto de vista
filosófico, como desde el literario, adolece de grandes defectos. Sin duda que
en la actualidad, asistidos por una lectura filosófica yp. xiii pedagógica
más copiosa y selecta y por la experiencia docente de los quince años
transcurridos, podríamos acaso enriquecer y mejorar doctrinalmente el texto y
depurarlo de muchos defectos de estilo y de no pocas candorosas arrogancias y
exageraciones.
No nos resolvemos, empero, a ejercitar severamente
la podadera sobre esta modesta obra de juventud. Buena o mala, todo libro posee
una personalidad espiritual; el público, habituado a ella, tiene derecho a que
el autor la respete y no la disfrace o escamotee a título de mejorarla. Sobre
que bien pudiera ocurrir que hoy, en plena senectud, nos parezcan defectos (y
lo serán acaso) precisamente aquellos rasgos que fijaron la atención del lector
y ganaron su benevolencia. Que a los libros, como a los hombres, los respetamos
y admiramos por sus buenas cualidades, pero solo los amamos por algunos de sus
defectos.
Por si tales sospechas no fueran ilusorias,
conservamos esencialmente en esta tercera edición el texto de 1897. En él
hémonos permitido solamente algunos pocos retoques de estilo y la adición de
tal cual párrafo encaminado a desarrollarp. xiv ideas someramente
apuntadas en el texto. Pero la presente edición encierra varios capítulos
nuevos, entre ellos uno final donde señalamos, según nuestro humilde entender,
la obra que las instituciones docentes españolas, y singularmente la Junta
de Pensiones y Ampliación de estudios en el extranjero, están llamadas a
realizar para que, en el más breve plazo posible, nuestra patria colabore, en
la medida de sus fuerzas mentales y de sus recursos financieros, en la empresa
de la cultura y civilización universales.
Madrid, enero de 1912.
p. xv
PRÓLOGO DE LAS ÚLTIMAS EDICIONES
(4.ª, 5.ª y 6.ª)
Ocupaciones apremiantes y crecientes achaques de la
edad han estorbado acrecentar y perfeccionar, obedeciendo a mis deseos, el
texto de este librito. Era mi propósito, a fin de corresponder dignamente al
favor del público y, sobre todo, a las insistentes solicitudes de cultos
extranjeros deseosos de traducir la obra, universalizarla en lo posible,
purgándola de ciertos harto fogosos requerimientos y de algunas patrióticas
efusiones que sonarían inoportuna o estridentemente en el oído de la juventud
de aquellas naciones donde la ciencia, cultivada tradicionalmente y en
incesante renovación, no ha menester de enérgicos estimulantes. Pero, repito,
fuerzas superiores a mi voluntad han enfrenado misp. xvi ímpetus
reformadores. Escrito el libro para España, entre españoles o hispanoamericanos
debe quedar por ahora relegado.
Con todo eso, y a despecho de la premura con que
estas tres últimas ediciones han sido impresas, he introducido en cada una de
ellas algunas modificaciones que estimo provechosas: He tachado tal cual
pensamiento empalagosamente lírico o notoriamente inoportuno; he limado el
estilo harto frondoso e incorrecto en varios pasajes; y, en fin, he
desarrollado algunos capítulos, enriqueciéndolos con nuevos ejemplos o con
observaciones pertinentes.
Creo, pues, sinceramente, que las citadas últimas
ediciones (4.ª, 5.ª y 6.ª) excusan, mejor que las anteriores, el inmerecido
favor dispensado por la juventud estudiosa y la acogida lisonjera de ciertos
ilustres profesores, a cuyas bondades quedo fervorosa y rendidamente
agradecido.
Madrid, 20 de julio de 1923.
p. 1
CAPÍTULO PRIMERO
Consideraciones sobre los métodos generales. —
Infecundidad de las reglas abstractas. — Necesidad de ilustrar la inteligencia
y de tonificar la voluntad. — División de este libro.
Supongo en el lector cierta cultura filosófica y
pedagógica general, y que, por consiguiente, sabe que las principales fuentes
de conocimiento son: la observación, la experimentación y el razonamiento
inductivo y deductivo.
Obvio fuera insistir sobre tan notorias verdades.
Me limitaré a recordar que en las ciencias naturales han sido ya, desde hace
una centuria, definitivamente abandonados los principios apriorísticos, la
intuición, la inspiración y el dogmatismo.
Aquella singular manera de discurrir de pitagóricos
y platonianos (método seguido en modernos tiempos por Descartes, Fichte,
Krause, Hegel y recientemente —aunque solo en parte—p. 2 por Bergson), que
consiste en explorar nuestro propio espíritu para descubrir en él las leyes del
Universo y la solución de los grandes arcanos de la vida, ya solo inspira
sentimientos de conmiseración y de disgusto. Conmiseración, por el talento
consumido persiguiendo quimeras; disgusto, por el tiempo y trabajo lastimosamente
perdidos.
La historia de la civilización demuestra hasta la
saciedad la esterilidad de la metafísica en sus reiterados esfuerzos por
adivinar las leyes de la naturaleza. Con razón se ha dicho que el humano
intelecto, de espaldas a la realidad y concentrado en sí mismo, es impotente
para dilucidar los más sencillos rodajes de la máquina del mundo y de la vida.
Ante los fenómenos que desfilan por los órganos
sensoriales, la actitud del intelecto solo puede ser verdaderamente útil y
fecunda reduciéndose modestamente a observarlos, describirlos, compararlos y
clasificarlos, según sus analogías y diferencias, para llegar después, por
inducción, al conocimiento de sus condiciones determinantes y leyes empíricas.
Otra verdad, vulgarísima ya de puro repetida, es
que la ciencia humana debe descartar, como inabordable empresa, el
esclarecimiento de lasp. 3 causas primeras y el conocimiento del fondo
substancial oculto bajo las apariencias fenomenales del Universo. Como ha
declarado Claudio Bernard, el investigador no puede pasar del determinismo de
los fenómenos; su misión queda reducida a mostrar el cómo, nunca
el porqué, de las mutaciones observadas. Ideal modesto en el
terreno filosófico, pero todavía grandioso en el orden práctico; porque conocer
las condiciones bajo las cuales nace un fenómeno, nos capacita para
reproducirlo o suspenderlo a nuestro antojo, y nos hace dueños de él,
explotándolo en beneficio de la vida humana. Previsión y acción: he aquí los
frutos que el hombre obtiene del determinismo fenomenal.
Quizás parezca esta severa disciplina del
determinismo un poco estrecha en filosofía[1]; pero es
fuerza convenir que en las ciencias naturales, y singularmente en biología,
resulta muy eficaz para preservarnos de esa tendencia innata a encerrar el
Universo entero en una fórmula general, especie de germen donde todo se
contiene como el árbol en la semilla. Estas generalizacionesp.
4 seductoras con que, de vez en cuando, ciertos filósofos invaden el campo
de las ciencias biológicas, suelen ser soluciones puramente verbales,
desprovistas de fecundidad y de contenido positivo. A lo más, poseen utilidad a
título de «hipótesis de trabajo».
Preciso es confesar que los grandes enigmas del
Universo citados por Dubois-Reymond son actualmente inabordables. Debemos
resignarnos al ignoramus y aun al inexorable ignorabimus proclamado
por el gran fisiólogo alemán. Para la resolución de estos formidables problemas
(comienzo de la vida, naturaleza de la substancia, origen del movimiento,
aparición de la conciencia, etc.) parece indudable la insuficiencia radical del
espíritu humano. Órgano de acción encaminado a fines prácticos, nuestro cerebro
parece haber sido construido, no para hallar las últimas razones de las cosas,
sino para fijar susp. 5 causas próximas y determinar sus relaciones
constantes. Y esto, que parece poco, es muchísimo, porque habiéndosenos
concedido el supremo poder de actuar sobre el mundo, suavizándolo y
modificándolo en provecho de la vida, podemos pasarnos muy bien sin el
conocimiento de la esencia de las cosas.
Al tratar de métodos generales de investigación, no
es lícito olvidar esas panaceas de la invención científica que se llaman
el Novum organum, de Bacon, y el Libro del método, de
Descartes, tan recomendado por Claudio Bernard. Libros son estos por todo
extremo excelentes para hacer pensar, pero de ningún modo tan eficaces para
enseñar a descubrir. Después de confesar que la lectura de tales obras puede
sugerir más de una concepción fecunda, debo declarar que me hallo muy próximo a
pensar de ellas lo que De Maistre opinaba del Novum organum: «que
no lo habían leído los que más descubrimientos han hecho en las ciencias, y que
el mismo Bacon no dedujo de sus reglas invención ninguna». Más severo aún se
muestra Liebig cuando afirma, en su célebre Discurso Académico, que
Bacon fue un dilettante científico cuyos escritos, celebrados
pomposamente por juristas, historiadores y otras gentes ajenas a lap.
6 ciencia, nada contienen de los procederes que conducen al
descubrimiento.
Los preceptos dictados por Descartes, a
saber: No reconocer como verdadero sino lo evidente; dividir cada
dificultad en cuantas porciones sea preciso para mejor atacarlas; comenzar el
análisis por el examen de los objetos más simples y más fáciles de ser
comprendidos para remontarse gradualmente al conocimiento de los más complejos,
etc., son reglas que nadie deja de emplear instintivamente en el estudio de
toda cuestión dificultosa. El mérito del filósofo francés estriba, no en haber
aplicado estas reglas, sino en haberlas formulado clara y rigurosamente después
de haberlas aprovechado inconscientemente, como todo el mundo, en sus
meditaciones filosóficas y geométricas.
Tengo para mí que el poco provecho obtenido de la
lectura de tales obras y, en general, de todos los trabajos concernientes a los
métodos filosóficos de indagación, depende de la vaguedad y generalidad de las
reglas que contienen, las cuales, cuando no son fórmulas vacías, vienen a ser
la expresión formal del mecanismo del entendimiento en función de investigar.
Este mecanismo actúa inconscientemente en toda cabeza regularmente organizada y
cultivada; yp. 7 cuando, por un acto de reflexión, formula el filósofo sus
leyes psicológicas, ni el autor ni el lector pueden mejorar sus capacidades
respectivas para la investigación científica. Los tratadistas de métodos
lógicos me causan la misma impresión que me produciría un orador que
pretendiera acrecentar su elocuencia mediante el estudio de los centros del
lenguaje, del mecanismo de la voz y de la inervación de la laringe. ¡Como si el
conocer estos artificios anatomo-fisiológicos pudiera crear una organización
que nos falta o perfeccionar la que tenemos![2].
Importa consignar que los descubrimientos más
brillantes se han debido, no al conocimiento de la lógica escrita, sino a esa
lógica viva que el hombre posee en su espíritu, con la cual labora ideas con la
misma perfecta inconsciencia con que Jourdain hacía prosa. Harto más eficaz es
la lectura de las obras de los grandes iniciadores científicos, tales como
Galileo, Keplero, Newton, Lavoisier, Geoffroy Saint-Hilaire, Faraday, Ampère,
Cl. Bernard, Pasteur, Virchow, Liebig, etc.; y, sin embargo, es fuerza reconocerp.
8 que, si carecemos de una chispa siquiera de la espléndida luz que brilló
en tales inteligencias, y de un eco al menos de las nobles pasiones que
impulsaron a caracteres tan elevados, la erudición nos convertirá en
comentadores entusiastas o amenos, quizás en beneméritos divulgadores
científicos, pero no creará en nosotros el espíritu de investigación.
Tampoco nos será de gran provecho, a la hora de
investigar, el conocimiento de las leyes que rigen el desenvolvimiento de la
Ciencia. Afirma Herbert Spencer que el progreso intelectual va de lo homogéneo
a lo heterogéneo, y que, en virtud de la inestabilidad de lo homogéneo y
del principio de que cada causa produce más de un efecto, todo
descubrimiento provoca inmediatamente gran número de otros descubrimientos;
pero si esta noción nos permite apreciar la marcha histórica de la Ciencia, no
puedep. 9 darnos la clave de sus revelaciones. Lo importante sería
averiguar cómo cada sabio, en su peculiar dominio, ha logrado sacar lo
heterogéneo de lo homogéneo, y por qué razón muchos hombres que se lo han
propuesto no lo han conseguido.
Apresurémonos, pues, a declarar que no hay recetas
lógicas para hacer descubrimientos, y menos todavía para convertir en
afortunados experimentadores a personas desprovistas del arte discursivo
natural a que antes aludíamos. Y en cuanto a los genios, sabido es que
difícilmente se doblegan a las reglas escritas: prefieren hacerlas. Como dice
Condorcet, «las medianías pueden educarse, pero los genios se educan por sí
solos».
¿Debemos por esto renunciar a toda tentativa de
instruir y educar en materia de inquisición científica? ¿Vamos a dejar al
principiante desorientado, entregado a sus propias fuerzas y marchando sin guía
ni consejo por una senda llena de dificultades y peligros?
De ninguna manera. Pensamos, por lo contrario, que
si, abandonando la vaga región de los principios filosóficos y de los métodos
abstractos, descendemos al dominio de las ciencias particulares y al terreno de
la técnica moral e instrumentalp. 10 indispensable al proceso inquisitivo,
será fácil hallar algunas normas positivamente útiles al novel investigador.
Algunos consejos relativos a lo que debe saber, a
la educación técnica que necesita recibir, a las pasiones elevadas que deben
alentarle, a los apocamientos y preocupaciones que será forzoso descartar,
opinamos que podrán serle harto más provechosos que todos los preceptos y
cautelas de la lógica teórica. Tal es la justificación del actual trabajo, en
el cual, para decirlo de una vez, hemos reunido aquellos estímulos alentadores
y paternales admoniciones que hubiéramos querido recibir en los albores de nuestra
modesta carrera científica.
Superfluas serán nuestras advertencias para quien
tuvo la fortuna de educarse en el laboratorio del sabio, bajo la benéfica
influencia de las reglas vivas, encarnadas en una personalidad ilustre, animada
del noble proselitismo de la ciencia y de la enseñanza; ociosas serán asimismo
para los caracteres enérgicos y los talentos elevados, los cuales no necesitan
ciertamente, según decíamos antes, para elevarse al conocimiento de la verdad,
otros consejos que los sugeridos por el estudio y la meditación; pero acaso,
repito, resulten confortadoras y provechosasp. 11 para muchos espíritus
modestos, apocados, aunque codiciosos de reputación, los cuales no cosechan el
anhelado fruto por flaqueza de voluntad o la viciosa dirección de sus estudios.
A la voluntad, más que a la inteligencia, se
enderezan nuestros consejos; porque tenemos la convicción de que aquella, como
afirma cuerdamente Payot, es tan educable como esta, y creemos además que toda
obra grande, en arte como en ciencia, es el resultado de una gran pasión puesta
al servicio de una gran idea.
En siete capítulos dividiremos el presente trabajo:
en el primero procuraremos disipar preocupaciones y falsos juicios que enervan
al principiante, arrebatándole esa fe robusta en sí mismo, sin la cual ninguna
investigación alcanza feliz término; en el segundo expondremos las cualidades
de orden moral que deben adornarle, y que son como los depósitos de la energía
tonificadora de su voluntad; en el tercero, lo que es menester que sepa para
llegar suficientemente preparado al teatro de la lucha con la Naturaleza; en el
cuarto apuntaremos las enfermedades de la voluntad y del juicio, de que debe
preservarse; en el quinto detallaremos el plan y marcha de la investigación
misma (observación, explicación o hipótesis, y comprobación); en el sextop.
12 haremos algunas advertencias tocantes a la redacción del trabajo
científico; en el séptimo, en fin, consideraremos los deberes del investigador
como maestro.
Por ser en España un problema de excepcional
importancia, acabaremos nuestro librito con un breve estudio acerca de las
causas de nuestro atraso científico y de las obligaciones del Estado en orden
al fomento y enseñanza de la investigación.
p. 13
CAPÍTULO II
Preocupaciones enervadoras del principiante.
Admiración excesiva. Agotamiento de la cuestión.
Devoción a la ciencia práctica. Deficiencia intelectual.
a) admiración excesiva a la obra de los grandes iniciadores
científicos
Entre las preocupaciones más funestas de la
juventud intelectual contamos la extremada admiración a la obra de los grandes
talentos y la convicción de que, dada nuestra cortedad de luces, nada podremos
hacer para continuarla o completarla.
Esta devoción excesiva al genio tiene su raíz en un
doble sentimiento de justicia y de modestia, harto simpático para ser
vituperable; mas, si se enseñorea con demasía del ánimo del novicio, aniquila
toda iniciativa e incapacita en absoluto para la investigación original.
Defecto por defecto, preferible es la arrogancia al apocamiento: la osadía mide
sus fuerzas y vence o es vencida;p. 14 pero la modestia excesiva huye de
la batalla y se condena a vergonzosa inacción.
Cuando se abandona esa atmósfera de prestigio que
se respira al leer el libro de un investigador genial, y se acude al
laboratorio a confirmar los hechos donde aquel apoya sus fascinadoras
concepciones, sucede a veces que nuestro culto por el ídolo disminuye tanto
como crece el sentimiento de nuestra propia estima. Los grandes hombres son, a
ratos, genios; a ratos, niños, y siempre incompletos. Aun concediendo que el
genio, sometido al contraste de la observación, salga puro de todo error,
consideremos que todo cuanto ha descubierto en un dominio dado es casi nada en
parangón con lo que deja por descubrir. La Naturaleza nos brinda a todos con
una riqueza inagotable, y no tenemos motivo para envidiar a los que nos
precedieron, ni exclamar como Alejandro ante las victorias de Filipo: «Mi padre
no me va a dejar nada que conquistar».
No es lícito desconocer que existen creaciones
científicas tan completas, luminosas y tan firmes, que parecen el fruto de una
intuición casi divina, habiendo surgido perfectas, como Minerva de la cabeza de
Júpiter. Mas la justa admiración causada por tales obras disminuiría mucho sip.
15 imagináramos el tiempo y el esfuerzo, la paciencia y perseverancia, los
tanteos y rectificaciones, hasta las casualidades que colaboraron en el éxito
final, al cual contribuyeron casi tanto como el genio del investigador. Sucede
en esto lo que en las maravillosas adaptaciones del organismo a determinadas
funciones. El ojo o el oído del vertebrado, examinado aisladamente, constituyen
un asombro y parece imposible que se hayan formado por el solo concurso de las
leyes naturales; mas si consideramos todas las gradaciones y formas de
transición que en la serie filogénica nos ofrecen aquellos órganos, desde el
esbozo ocular informe de ciertos infusorios y gusanos hasta la complicada
organización del ojo del vertebrado inferior, nuestra admiración pierde no poco
de su fuerza, acabando el ánimo por hacerse a la idea de una formación natural
en virtud de variaciones, correlaciones orgánicas, selecciones[3] y
adaptaciones.
¡Qué gran tónico sería para el novel observadorp.
16 el que su maestro, en vez de asombrarlo y desalentarlo con la
sublimidad de las grandes empresas acabadas, le expusiera la génesis de cada
invención científica, la serie de errores y titubeos que la precedieron,
constitutivos, desde el punto de vista humano, de la verdadera explicación de
cada descubrimiento! Tan hábil táctica pedagógica nos traería la convicción de
que el descubridor, con ser un ingenio esclarecido y una poderosa voluntad,
fue, al fin y al cabo, un hombre como todos.
Lejos de abatirse el investigador novicio ante las
grandes autoridades de la Ciencia, debe saber que su destino, por ley cruel,
pero ineluctable, es crecer un poco a costa de la reputación de las mismas.
Pocos serán los que, habiendo inaugurado con alguna fortuna sus exploraciones
científicas, no se hayan visto obligados a quebrantar y disminuir algo el
pedestal de algún ídolo histórico o contemporáneo. A guisa de ejemplos
clásicos, recordemos a Galileo refutando a Aristóteles en lo tocante a la
gravitación; a Copérnico arruinando el sistema del mundo de Ptolomeo; a
Lavoisier reduciendo a la nada la concepción de Stahl acerca del flogístico; a
Virchow refutando la generación espontánea de las células, supuesta por
Schwann, Schleiden yp. 17 Robin. Tan general e imperativa es esta ley, que
se acredita en todos los dominios de la Ciencia y alcanza hasta a los más
humildes investigadores. Si nosotros pudiéramos ni nombrarnos siquiera después
de haber citado tan altos ejemplos, añadiríamos que, al iniciar nuestras
pesquisas en la anatomía y fisiología de los centros nerviosos, el primer
obstáculo que debimos remover fue la falsa teoría de Gerlach y de Golgi sobre
las redes nerviosas difusas de la substancia gris y sobre el modo de
transmisión de las corrientes.
En la vida de los sabios se dan, por lo común, dos
fases: la creadora o inicial, consagrada a destruir los errores del pasado y al
alumbramiento de nuevas verdades, y la senil o razonadora (que no coincide
necesariamente con la vejez), durante la cual, disminuida la fuerza de
producción científica, se defienden las hipótesis incubadas en la juventud[4],
amparándolas con amor paternal del ataque de los recién llegados. Al entrar en
la historia no hay grande hombre que no sea avaro de sus títulos y que no
disputep. 18 encarnizadamente a la nueva generación sus derechos a la
gloria. Muy triste, pero muy verdadera, suele ser aquella amarga frase de
Rousseau: «No existe sabio que deje de preferir la mentira inventada por él a
la verdad descubierta por otro».
Aun en las ciencias más perfectas nunca deja de
encontrarse alguna doctrina exclusivamente mantenida por el principio de
autoridad. Demostrar la falsedad de esta concepción y, a ser posible, refutarla
con nuevas investigaciones, constituirá siempre un excelente modo de inaugurar
la propia obra científica. Importa poco que la reforma sea recibida con
malévolas censuras, con pérfidas invectivas, con silencios más crueles aún;
como la razón esté de su parte, no tardará el innovador en arrastrar a la
juventud, que, por serlo, no tiene pasado que defender; a su lado militarán
también todos aquellos sabios imparciales, quienes, en medio del torrente
avasallador de la doctrina reinante, supieron conservar sereno el ánimo e
independiente el criterio.
Empero no basta demoler: hay que construir. La
crítica científica se justifica solamente entregando, a cambio de un error, una
verdad. Por lo común, la nueva doctrina surgirá de las ruinasp. 19 de la
abandonada, y se fundará estrictamente sobre los hechos rectamente
interpretados. Menester será al innovador excluir toda concesión piadosa al
error tradicional o a las ideas caídas, si no quiere ver prontamente compartida
su fama por los espíritus detallistas y perfeccionadores brotados en gran
número, a raíz de cada descubrimiento, como los hongos bajo la sombra del
árbol.
b) creencia en el agotamiento de los temas científicos
He aquí otro de los falsos conceptos que se oyen a
menudo a nuestros flamantes licenciados: «Todo lo substancial de cada tema
científico está apurado; ¿qué importa que yo pueda añadir algún pormenor,
espigar en un campo donde más diligentes observadores recogieron copiosa mies?
Por mi labor, ni la Ciencia cambiará de aspecto, ni mi nombre saldrá de la
obscuridad».
Así habla muchas veces la pereza, disfrazada de
modestia. Así discurren algunos jóvenes de mérito al sentir los primeros
desmayos producidos por la consideración de la magna empresa. No hay más
remedio que extirpar radicalmente un concepto tan superficial de la Ciencia, si
nop. 20 quiere el joven investigador caer definitivamente vencido en esa
lucha que en su voluntad se entabla entre las utilitarias sugestiones del
ambiente moral, encaminadas a convertirlo en un vulgar y adinerado practicón, y
los nobles impulsos del deber y del patriotismo que le arrastran al honor y a
la gloria.
En su anhelo por satisfacer la deuda honrosa
contraída con sus maestros, el novel observador quisiera encontrar un filón
nuevo y a flor de tierra, cuya fácil explotación levantara con empuje su
nombre; mas, por desgracia, apenas emprendidas las primeras exploraciones
bibliográficas, reconoce con dolor que el metal yace a gran profundidad y que
el yacimiento superficial ha sido casi agotado por observadores afortunados
llegados antes que él, y que ejercitaron el cómodo derecho de primeros
ocupantes.
No paran mientes los que así discurren en que si
hemos llegado tarde para unas cuestiones, hemos nacido demasiado temprano para
otras, y en que, a la vuelta de un siglo, nosotros vendremos a ser, por la
fuerza de las cosas, los acaparadores de ciencia, los desfloradores de asuntos
y los esquilmadores de minucias.
No es lícito, empero, desconocer que existen épocas
en las cuales, a partir de un hecho casualmentep. 21 descubierto o de la
creación de un método feliz, se realizan en serie, y como por generación
espontánea, grandiosos progresos científicos. Tal aconteció durante el
Renacimiento, cuando Descartes, Pascal, Galileo, Bacon, Bayle, Newton, nuestro
Sánchez, etc., patentizaron los errores de los antiguos y generalizaron la
creencia de que, lejos de haber los griegos agotado el dominio de las ciencias,
apenas habían dado los primeros pasos en el conocimiento positivo del Universo[5]. Fortuna y
grande para un científico es nacer en una de estas grandes crisis de ideas,
durante las cuales, hecha tabla rasa de gran parte de la obra del pasado, nada
es más fácil que escoger un tema fecundo.
Pero no exageremos esta consideración, y tengamos
presente que, aun en nuestro tiempo, lap. 22 construcción científica se
eleva a menudo sobre las ruinas de teorías que pasaban por indestructibles.
Consideremos que, si hay ciencias que parecen tocar a su perfección, existen
otras en vías de constitución y algunas que no han nacido todavía. En Biología,
especialmente, a despecho de los inmensos trabajos efectuados en el pasado
siglo, las cuestiones más esenciales esperan todavía solución (origen de la
vida, problema de la herencia y evolución, estructura y composición química de
la célula, etc.).
En general, puede afirmarse que no hay cuestiones
agotadas, sino hombres agotados en las cuestiones. Esquilmado para un sabio el
terreno, muéstrase fecundo para otro. Un talento de refresco, llegado sin
prejuicio al análisis de un asunto, siempre hallará un aspecto nuevo, algo de
que no se percataron quienes creyeron definitivamente apurado aquel estudio.
Tan fragmentario es nuestro saber, que aun en los temas más prolijamente
explorados surgen a lo mejor insólitos hallazgos. ¡Quién, pocos años ha, hubiera
sospechado que la luz y el calor guardaban todavía secretos para la Ciencia! Y,
sin embargo, ahí están el argón de la atmósfera, los rayos
X de Röntgen y el radio de los esposos Curie, para
patentizar cuán insuficientes son nuestrosp. 23 métodos y cuán prematuras
nuestras síntesis.
En Biología es donde tiene su mejor aplicación esta
bella frase de Saint-Hilaire: «Delante de nosotros está siempre el infinito». Y
el pensamiento no menos gráfico de Carnoy: «La Ciencia se crea, pero nunca está
creada». No es dado a todos aventurarse en la selva y trazar, a fuerza de
energía, un camino practicable; pero aun los más humildes podemos aprovecharnos
del sendero abierto por el genio, y arrancar, caminando por él, algún secreto a
lo desconocido.
Aun aceptando que el principiante deba resignarse a
recoger detalles escapados a la sagacidad de los iniciadores, es también
positivo que los buscadores de minucias acaban por adquirir sensibilidad
analítica tan exquisita y pericia de observación tan notable, que al fin
abordan con fortuna cuestiones trascendentales.
¡Cuántos hechos, al parecer triviales, han
conducido a ciertos investigadores, adecuadamente preparados por el
conocimiento de los métodos, a grandes conquistas científicas! Consideremos,
además, que, por consecuencia de la progresiva diferenciación de la Ciencia,
las minucias de hoy serán acaso mañana verdades importantes.
Esto sin contar con que nuestra apreciación de lo
importante y de lo accesorio, de lo grandep. 24 y de lo pequeño, asiéntase
en un falso juicio, en un verdadero error antropomórfico. En la Naturaleza no
hay superior ni inferior, ni cosas accesorias y principales. Estas jerarquías
que nuestro espíritu se complace en asignar a los fenómenos naturales, proceden
de que, en lugar de considerar las cosas en sí y en su interno encadenamiento,
las miramos solamente en relación a la utilidad o el placer que puedan proporcionarnos.
En la cadena de la vida todos los eslabones son igualmente valiosos, porque
todos resultan igualmente necesarios. Juzgamos pequeño lo que vemos de lejos o
no sabemos ver. Aun adoptando el punto de vista del egoísmo humano, ¡qué de
cuestiones de alta humanidad laten en el misterioso protoplasma del más humilde
microbio! Nada parece más trascendental en bacteriología que el conocimiento de
las bacterias infecciosas, y nada más secundario que el de los microbios
inofensivos pululantes en las infusiones y materias orgánicas en
descomposición; y, no obstante, si desaparecieran estos humildes hongos, cuya
misión es reintegrar a la circulación general de la materia los principios
secuestrados por los animales y plantas superiores, bien pronto el planeta se
tornaría inhabitable para el hombre.
p. 25Acaso en ningún dominio se muestra mejor la
transcendencia del detalle como en los métodos técnicos de la Biología. Para no
citar sino un ejemplo, recordemos que R. Koch, el gran bacteriólogo alemán, por
haber tenido la idea de adicionar a un color básico de anilina un poco de
álcali, logró teñir y descubrir el bacilo de la tuberculosis,
desentrañando así la etiología de una enfermedad hasta entonces rebelde a la
sagacidad de los más ilustres patólogos.
De esta falta de perspectiva moral, cuando de
aquilatar las adquisiciones científicas se trata, han participado hasta los más
preclaros ingenios. ¡Qué de gérmenes de grandes invenciones, mencionadas como
curiosidades de poco momento, hallamos hoy en las obras de los antiguos y hasta
en las de los sabios del Renacimiento! Perdido en un indigesto Tratado de
Teología (Christianismi Restitutio), escribió Servet, como al desdén,
tres líneas tocante a la circulación pulmonar, las cuales constituyen hoy su
principal timbre de gloria. ¡Grande sería la sorpresa del filósofo aragonés si
hoy resucitara y viera totalmente olvidadas sus laboriosas disquisiciones
metafísicas, y exaltado un hecho al cual no debió conceder más interés que el
de un argumento accesorio para su tesis de que el alma residep. 26 en la
sangre! De un pasaje de Séneca se infiere que los antiguos conocieron ya el
poder amplificante de una esfera de cristal llena de agua. ¡Quién hubiera
sospechado que en dicho fenómeno amplificante, desestimado durante siglos,
dormían en germen dos poderosos instrumentos analíticos: el microscopio y el
telescopio, y dos ciencias a cual más grandiosa: la Astronomía y la Biología!
En resumen, no hay cuestiones pequeñas; las que lo
parecen son cuestiones grandes no comprendidas. En vez de menudencias indignas
de ser consideradas por el pensador, lo que hay es hombres cuya pequeñez
intelectual no alcanza a penetrar la transcendencia de lo minúsculo. Constituye
la Naturaleza mecanismo armónico, donde todas las piezas, aun las que parecen
desempeñar oficio accesorio, conspiran al conjunto funcional; al contemplar
este mecanismo, el hombre ligero distingue arbitrariamente sus principales órganos
en esenciales y secundarios; en cambio, el pensador discreto se contenta con
clasificarlos, prescindiendo de tamaños y de sus efectos útiles inmediatos, en
conocidos y poco conocidos. En cuanto a su futura transcendencia nadie puede
ser profeta.
p. 27c) culto exclusivo a la ciencia
llamada práctica
Otro de los vicios del pensamiento que importa
combatir a todo trance es la falsa distinción en ciencia teórica y
ciencia práctica, con la consiguiente alabanza de la última y el
desprecio sistemático de la primera. Y este error se propala inconscientemente
entre la juventud, desviándola de toda labor de inquisición desinteresada.
No son, ciertamente, las gentes del oficio las
que incurren en semejante falta de apreciación, sino muchos abogados,
literatos, industriales y, desgraciadamente, hasta algunos estadistas
conspicuos, cuyas iniciativas de tan graves consecuencias pueden ser para la
obra de la cultura patria.
A estos tales no se les caen de la boca las
siguientes frases: «Menos doctores y más industriales. Las naciones no miden su
grandeza por lo que saben, sino por la copia de conquistas científicas
aplicadas al comercio, a la industria, a la agricultura, a la medicina y al
arte militar. Dejemos a los cachazudos y linfáticos tudescos con sus sutiles
indagaciones de ciencia pura, con su loco afán de escudriñar los últimos
resortesp. 28 de la vida, y consagrémonos por nuestra parte a sacar el
jugo práctico de los principios de la Ciencia, encarnándolos en positivas
mejoras de la existencia humana. España ha menester máquinas para nuestros
trenes y barcos, recetas prácticas para la agricultura y la industria, fábricas
de abonos, higiene racional; en suma, cuanto contribuya a fomentar la
población, riqueza y bienestar de los pueblos. Líbrenos Dios de sabios ociosos,
entretenidos en especulaciones sutiles, o entregados a la conquista de lo
menudo, que si no costara demasiado caro, podría calificarse de pasatiempo frívolo
y hasta ridículo.»
Tal es el cúmulo de inepcias que a cada paso
formulan los que, al viajar por el extranjero, ven, por un espejismo extraño,
el progreso en los efectos y no en las causas; los que, en sus cortos alcances,
no advierten esos hilos misteriosos que enlazan la fábrica con el laboratorio,
como el arroyo a su manantial. Creen de buena fe que, tanto los sabios como los
pueblos, forman dos grupos: los que pierden el tiempo en especulaciones de
ciencia pura y estéril, y los que saben hallar hechos de aplicación inmediata
al aumento y comodidad de la vida[6].
p. 29¿Tendremos necesidad de insistir sobre lo
absurdo de tal doctrina? ¿Habrá alguno tan menguado de sindéresis que no repare
que allí donde los principios o los hechos son descubiertos brotan también, por
modo inmediato, las aplicaciones? En Alemania, en Francia, en Inglaterra, la
fábrica vive en íntima comunión con el laboratorio, y por lo común el iniciador
mismo de la verdad científica dirige, ora por sí, ora mediante sociedades
explotadoras, el aprovechamiento industrial. Semejantes alianzas saltan ap.
30 la vista en esas grandes fábricas de colores de anilina, que
constituyen uno de los filones más prósperos de la industria alemana, suiza y
francesa. Tan notorio es este hecho, que huelgan aquí ejemplos demostrativos.
Empero, por recientes y significativos, quiero citaros dos: la grande industria
de la construcción de objetivos de precisión (micrográficos, fotográficos y
astronómicos) creada en Alemania por los profundos estudios de óptica
matemática del profesor Abbe, de Jena, y los cuales aseguran a la Prusia un
monopolio de valor enorme que sufraga el mundo entero[7], y la
fabricación de sueros terapéuticos, nacida en Berlín y perfeccionada en París,
y en la cual intervienen, como es natural y legítimo, Behring y Roux, creadores
de los principios científicos de la sueroterapia.
Cultivemos la ciencia por sí misma, sin considerar
por el momento las aplicaciones. Estasp. 31 llegan siempre; a veces tardan
años; a veces, siglos. Poco importa que una verdad científica sea aprovechada
por nuestros hijos o por nuestros nietos. Medrada andaría la causa del progreso
si Galvani, si Volta, si Faraday, si Hertz, descubridores de los hechos
fundamentales de la ciencia de la electricidad, hubieran menospreciado sus
hallazgos por carecer entonces de aplicación industrial.
Dejamos consignado que lo inútil, aun aceptando el
punto de vista humano (con las necesarias restricciones de tiempo y lugar), no
existe en la Naturaleza. Y, en último extremo, aun cuando no fuera posible
poner al servicio de nuestra comodidad y provecho ciertas conquistas
científicas, siempre quedaría una utilidad positiva: la noble satisfacción de
nuestra curiosidad satisfecha y la fruición incomparable causada en el ánimo
por el sentimiento de nuestro poder ante la dificultad vencida.
En suma: al abordar un problema, considerémoslo en
sí mismo, sin desviarnos por motivos segundos, cuyo perseguimiento, dispersando
la atención, mermaría nuestra fuerza analítica. En la lucha con la Naturaleza,
el biólogo, como el astrónomo, debe prescindir de la tierra que habita y
concentrar su mirada en la serena región dep. 32 las ideas, donde, tarde o
temprano, surgirá la luz de la verdad. Establecido el hecho nuevo, las
aplicaciones vendrán a su sazón, es decir, cuando aparezca otro hecho capaz de
fecundarlo; pues, como es bien sabido, el invento no es otra
cosa que la conjunción de dos o más verdades en una resultante útil. La Ciencia
registra muchos hechos cuya utilidad es actualmente desconocida; pero, al cabo
de unos lustros, o acaso de siglos, ve la luz una nueva verdad que tiene con aquellos
misteriosas afinidades, y la criatura industrial resultante se
llama fotografía, fonógrafo, análisis espectral, telegrafía sin hilos, vuelo
mecánico, etc. Trátase siempre de una síntesis a corto o a largo plazo. Porta
descubrió la cámara obscura, hecho aislado, del cual apenas se sacó partido
para el arte del diseño; Wedgwood y Davy señalaron en 1802 la posibilidad de
obtener imágenes fotográficas sobre un papel lubrificado en una solución de
nitrato argéntico; pero como la copia no podía fijarse, este otro hallazgo no
tuvo consecuencias; después llegó John Herschel, que logró disolver la sal
argéntica no impresionada por la luz; con ello fue ya posible la fijación de la
fugitiva silueta luminosa. Con todo eso, la débil sensibilidad de las sales
argénticas hasta entonces aprovechadas hacíap. 33 casi imposible el empleo
del aparato de Porta; por fin aparece Daguerre, quien descubre en 1839, con la
exquisita sensibilidad del yoduro argéntico, la imagen latente; sintetiza
admirablemente los inventos de sus predecesores y crea en sus fundamentos la
fotografía actual.
Así evolucionan todos los inventos: los materiales
son, en diversas épocas, acarreados por sagaces cuanto infortunados
observadores que no lograron recoger fruto alguno de sus hallazgos, en espera
de las verdades fecundantes; mas una vez acopiados todos los datos, llega un
sabio feliz, no tanto por su originalidad como por haber nacido oportunamente;
considera los hechos desde el punto de vista humano, opera la síntesis y el
invento surge.
d) pretendida cortedad de luces
Para justificar deserciones y desmayos alegan
algunos falta de capacidad para la ciencia. «Yo tengo gusto por los trabajos de
laboratorio —nos dicen—, pero no sirvo para inventar nada.» Cierto que hay
cabezas refractarias para la labor experimental, y entre ellas contamos todas
las incapaces de atención prolongada y exentas de curiosidad y de admirabilidad
por las obras dep. 34 la Naturaleza. Pero la inmensa mayoría de los que se
confiesan incapaces, ¿lo son positivamente? ¿No exageran, tal vez, las
dificultades de la empresa y la penuria de sus aptitudes? Tal creemos, y
añadiremos aún que muchos toman habitualmente por incapacidad la mera lentitud
del concebir y del aprender, y, a veces, la propia pereza o la falta de alguna
cualidad de orden secundario, como la paciencia, la minuciosidad, la
constancia, atributos que se adquieren pronto con el hábito del trabajo y con
la satisfacción del éxito.
En nuestro concepto, la lista de los aptos para la
labor científica es mucho más larga de lo que se cree, y se compone, no solo de
los talentos superiores, de los fáciles, de los ingenios agudos, codiciosos de
reputación y ansiosos de enlazar su nombre a una obra grande, sino también de
esos entendimientos regulares, conocidos con el dictado de mañosos,
por la habilidad y tino con que realizan toda obra manual; de esos otros
dotados de temperamento artístico y que sienten con vehemencia la belleza de
las obras de la Naturaleza; en fin, de los meramente curiosos, flemáticos,
cachazudos, devotos de la religión de lo menudo y capaces de
consagrar largas horas al examen del más insignificantep. 35 fenómeno
natural. La ciencia, como los ejércitos, necesita generales y soldados;
aquellos conciben el plan, pero estos son los que positivamente vencen. Que no
por modesta deja de ser altamente estimable la colaboración de los
perfeccionadores y confirmadores: gracias a estos obreros del progreso, la
concepción del genio adquiere vigor y claridad, pasando de la categoría de
símbolo abstracto a realidad viva, apreciada y conocida de todos.
A fin de que cada uno pueda cerciorarse de su
aptitud para los trabajos de laboratorio, diversos medios pueden ensayarse.
Aludiendo aquí a los estudios de nuestra predilección, nosotros aconsejaríamos
estos dos:
1.º Empleo de un método analítico que pase por
incierto y difícil, hasta que, a fuerza de paciencia y trabajo, se obtengan los
resultados mencionados por los autores. El éxito lisonjero en este caso, sobre
todo si se ha logrado sin la vigilancia del maestro, es decir, trabajando
aisladamente, será indicio claro de la aptitud para la labor de investigación.
2.º Estudio de un tema científico, de cierta
dificultad, donde las opiniones contradictorias abunden, y para el cual el
aficionado se preparará examinando superficialmente el estado dep. 36 la
cuestión (mera lectura de los libros de consulta, sin llegar a las Monografías
especiales). Si después de algunos meses de trabajo experimental, nuestro
principiante repara, al consultar la bibliografía más moderna del tema, que ha
conseguido adivinar algunas conquistas recientes; que en puntos muy litigiosos
ha coincidido con las interpretaciones de sabios ilustres; que, en fin, ha
acertado a sortear errores de apreciación en que incurrieron algunos autores,
debe abandonar su timidez y entregarse sin reservas a la labor científica, pues
en ella le esperan, pocos o muchos, según sea la actividad que despliegue,
triunfos y satisfacciones.
Aun los medianamente dotados, desde el punto de
vista intelectual, podrán conseguir algún fruto, con tal de que abriguen fe
robusta en la virtud creadora de la educación y se contraigan a profundizar,
durante mucho tiempo, un tema limitado.
Aun a riesgo de redundancia o de parecer pesados y
prolijos, séanos permitido presentar contra los escépticos en los milagros de
la voluntad las siguientes reflexiones:
a) Como han afirmado muchos pensadores y pedagogos, el descubrimiento no
es fruto de ningún talento originariamente especial, sino delp. 37 sentido
común mejorado y robustecido por la educación técnica y por el hábito del
meditar sobre los problemas científicos[8]. Así, pues,
quien disponga de regular criterio para guiarse en la vida, lo tendrá también
para marchar desembarazado por el camino de la investigación.
b) El cerebro juvenil posee plasticidad exquisita, en cuya virtud puede,
a impulsos de un enérgico querer, mejorar extraordinariamente su
organización, creando asociaciones interideales nuevas, depurando y afinando el
juicio.
c) Las deficiencias de la aptitud nativa son compensables mediante un
exceso de trabajo y de atención. Cabría afirmar que el trabajo sustituye al
talento o, mejor dicho, crea el talento. Quien desee firmísimamente
mejorar su capacidad, acabará por lograrlo, a condición de que la labor
educadora no comience demasiado tarde, en una época en que la plasticidad de
las células nerviosas está casi del todo suspendida. No olvidemos que por la
lectura y meditación de las obras maestras todo hombre es dueño de asimilarse
una gran parte del ingenio que las creó, dado que toma de este no solo las
doctrinas,p. 38 sino el criterio, los principios directores y hasta el
estilo.
d) En la mayor parte de los casos, eso que llamamos talento genial y
especial, no implica superioridad cualitativa, sino expeditiva,
consistiendo solamente en hacer de prisa y con brillante éxito lo que las
inteligencias regulares elaboran lentamente, pero bien. En vez de distinguir
los entendimientos en grandes y pequeños, fuera preferible y más exacto (al
menos en muchos casos) clasificarlos en lentos y rápidos[9]. Los
entendimientos rápidos son ciertamente los más brillantes y sugestivos; son
insustituibles en la conversación, en la oratoria, en el periodismo, en toda
obra en que el tiempo sea factor decisivo; pero en las empresas científicas
los lentos resultan tan útiles como los rápidos, porque al
científico, como al artista, no se le juzga por la viveza del producir, sino
por la excelencia de la producción. Aún osaríamos añadir que, por una
compensación muy común, las cabezas lentas poseen gran
resistencia parap. 39 la atención prolongada, y abren ancho y profundo
surco en las cuestiones; mientras que las rápidas suelen
fatigarse pronto, después de haber apenas desbrozado el terreno. Hay en esto,
sin embargo, numerosas excepciones: Newton, Davy, Pasteur, Virchow, etc.,
fueron talentos rápidos y dejaron ancha estela luminosa.
e) Si, a despecho de los esfuerzos hechos por mejorarla, nuestra memoria
es inconstante y poco tenaz, administrémosla bien. Como dice
Epicteto: «Cuando en el juego de la vida vienen malas cartas, no hay más
remedio que sacar el mejor partido posible de las que se tienen». Enseña la
historia de los grandes descubrimientos que su excelencia no dimana siempre de
un ingenio superior, sino de un entendimiento y memoria regulares, pero
hábilmente aprovechados. Grandes novadores científicos, como Helmholtz, quejáronse
de escasez de memoria, considerando como un suplicio el aprenderse de coro un
escrito. Por compensación, los escasamente memoriosos de palabras y de frases,
suelen gozar de excelente retentiva de ideas y de series de razonamientos. Ya
Locke notó que los dotados de gran ingenio y pronta memoria no sobresalen
siempre en el juicio.
f) Para poder consagrar al tema de nuestrasp. 40 meditaciones todas
las escasas facultades que poseemos, desechemos las ocupaciones innecesarias, y
esas ideas parásitas tocantes a las menudencias fútiles de la vida, y fijemos
tan solo en la mente, a favor de una atención ahincada y persistente, los datos
relativos al problema que nos ocupa. Condenémonos, durante la gestación de
nuestra obra, a ignorar lo demás: la política, la literatura, la música, la
chismografía, etc. Hay casos en que la ignorancia es una gran virtud, casi un
heroísmo: los libros inútiles, perturbadores de la atención, pesan y ocupan
lugar tanto en nuestro cerebro como en los estantes de las bibliotecas, y
deshacen o estorban la adaptación mental del asunto. El saber ocupa
lugar, diga lo que quiera la sabiduría popular.
g) Aun el talento mediano llegará a ilustrarse con trabajos estimables en
varias ciencias, con tal de abandonar la pretensión de abarcarlas todas a la
vez; concentrará, pues, sucesivamente, es decir, por épocas, su atención en
cada tema, y debilitará o borrará sus adquisiciones anteriores en otros
dominios. Lo que equivale a declarar que el cerebro es adaptable a la ciencia
total en el tiempo, pero no en el espacio. En realidad,
hasta las grandes capacidades proceden de este modo; y así, cuando algún sabiop.
41 nos asombra con publicaciones sobre diversas disciplinas, reparemos que
a cada materia corresponde una época. Ciertamente, los conocimientos anteriores
no habrán desaparecido enteramente de la mente del autor, pero se habrán
simplificado, condensándose en fórmulas o símbolos abreviadísimos; de esta
suerte puede quedar libre en la pizarra cerebral un grande
espacio para el registro y estampación de las nuevas imágenes.
p. 43
CAPÍTULO III
Cualidades de orden moral que debe poseer el
investigador.
Las cualidades indispensables al cultivador de la
investigación son: la independencia mental, la curiosidad intelectual, la
perseverancia en el trabajo, la religión de la patria y el amor a la gloria.
De atributos intelectuales no hay que hablar, pues
damos por supuesto que el aficionado a las tareas del laboratorio goza de un
regular entendimiento, de no despreciable imaginación, y sobre todo de esa
armónica ponderación de facultades que vale mucho más que el talento brillante,
pero irregular y desequilibrado.
Afirma Carlos Richet que en el hombre de genio se
juntan los idealismos de Don Quijote al buen sentido de Sancho. Algo de esta
felizp. 44 conjunción de atributos debe poseer el investigador:
temperamento artístico que le lleve a buscar y contemplar el número, la belleza
y la armonía de las cosas, y sano sentido crítico capaz de refrenar los
arranques temerarios de la fantasía y de hacer que prevalezcan, en esa lucha
por la vida entablada en nuestra mente por las ideas, los pensamientos que más
fielmente traducen la realidad objetiva.
a) independencia de juicio
Rasgo dominante en los investigadores eminentes es
la altiva independencia de criterio. Ante la obra de sus predecesores y
maestros no permanecen suspensos y anonadados, sino recelosos y escudriñadores.
Aquellos espíritus que, como Vesalio, Eustaquio y Harveo, corrigieron la obra
anatómica de Galeno, y aquellos otros llamados Copérnico, Keplero, Newton y
Huyghens, que echaron abajo la astronomía de los antiguos, fueron sin duda
preclaros entendimientos; pero, ante todo, poseyeron individualidad mental, ambiciosa
y descontentadiza y osadía crítica extraordinaria. De los dóciles y humildes
pueden salir los santos, pocas veces los sabios. Tengo para mí que el excesivo
cariño a la tradición,p. 45 el obstinado empeño en fijar la Ciencia en las
viejas fórmulas del pasado, cuando no denuncian invencible pereza mental,
representan la bandera que cubre los intereses creados por el error.
¡Desgraciado del que, en presencia de un libro,
queda mudo y absorto! La admiración extremada achica la personalidad y ofusca
el entendimiento, que llega a tomar las hipótesis por demostraciones, las
sombras por claridades.
Harto se me alcanza que no es dado a todos
sorprender a la primera lectura los vacíos y lunares de un libro inspirado. La
veneración excesiva, como todos los estados pasionales, excluye el sentido
crítico. Si después de una lectura sugestiva nos sentimos débiles, dejemos
pasar algunos días; fría la cabeza y sereno el juicio, procedamos a una segunda
y hasta a una tercera lectura. Poco a poco los vacíos aparecen; los
razonamientos endebles se patentizan; las hipótesis ingeniosas se desprestigian
y muestran lo deleznable de sus cimientos; la magia misma del estilo acaba por
hallarnos insensibles; nuestro entendimiento, en fin, reacciona. El libro no
tiene en nosotros un devoto, sino un juez. Este es el momento de investigar, de
cambiar las hipótesis del autor por otras más razonables, de someterlo todo a
crítica severa.
p. 46Al modo de muchas bellezas naturales, las
obras humanas necesitan, para no perder sus encantos, ser contempladas a
distancia. El análisis es el microscopio que nos aproxima al objeto y nos
muestra la grosera urdimbre del tapiz; disípase la ilusión cuando salta a los
ojos lo artificioso del bordado y los defectos del dibujo.
Se dirá acaso que en los presentes tiempos, que han
visto derrocados tantos ídolos y mermados u olvidados muchos viejos prestigios,
no es necesario el llamamiento al sentido crítico y al espíritu de duda. Cierto
que no es tan urgente hoy como en otras épocas; pero todavía conserva la rutina
sus fueros: aún se da con harta frecuencia el fenómeno de que los discípulos de
un hombre ilustre gasten sus talentos, no en esclarecer nuevos problemas, sino
en defender los errores del maestro. Importa notar que también en esta época de
irreverente crítica y de revisión de valores, la disciplina de escuela reina en
las Universidades de Francia, Alemania e Italia, con un despotismo tal, que
sofoca a veces las mejores iniciativas e impide el florecimiento de pensadores
originales. Los que nos batimos en la brecha como simples soldados, ¡cuántos
casos ejemplares podríamos citar de esta servidumbre de escuela o de cenáculo!
¡Quép. 47 de talentos conocemos que no han tenido más desgracia que haber
sido discípulos de un gran hombre! Y aquí aludimos a esas naturalezas generosas
y agradecidas, las cuales, sabiendo inquirir la verdad, no osan declararla por
no arrebatar al maestro parte de un prestigio que, asentado en el error, caerá
tarde o temprano al empuje de adversarios menos escrupulosos.
Por lo que hace a esas naturalezas dóciles, tan
fáciles a la sugestión como pasivas y perseverantes en el error, las cuales
forman el séquito de los jefes de escuela, su misión ha sido siempre adular al
genio y aplaudir sus extravíos. Este es el pleito-homenaje que la medianía
rinde complaciente al talento superior. Ello se comprende bien recordando que
los cerebros débiles se adaptan mejor al error, casi siempre sencillo, que a la
verdad, a menudo austera y difícil.
b) perseverancia en el estudio
Ponderan con razón los tratadistas de lógica la
virtud creadora de la atención; pero insisten poco en una variedad del atender,
que cabría llamar polarización cerebral o atención
crónica, esto es, la orientación permanente, durante meses y aunp.
48 años, de todas nuestras facultades hacia un objeto de estudio.
Infinitos son los ingenios brillantes que, por carecer de este atributo, que
los franceses designan esprit de suite, se esterilizan en sus
meditaciones. A docenas podría yo citar españoles que, poseyendo un intelecto
admirablemente adecuado para la investigación científica, retíranse desanimados
de una cuestión sin haber medido seriamente sus fuerzas, y acaso en el momento
mismo en que la Naturaleza iba a premiar sus afanes con la revelación ansiosamente
esperada. Nuestras aulas y laboratorios abundan de estas naturalezas tornadizas
e inquietas, que aman la investigación y se pasan los días de turbio en turbio
ante la retorta o el microscopio; su febril actividad revélase en el alud de
conferencias, folletos y libros, en que prodigan erudición y talento
considerables; fustigan continuamente la turba gárrula de traductores y
teorizantes, proclamando la necesidad inexcusable de la observación y el
estudio de la Naturaleza en la Naturaleza misma; y cuando, tras largos años de
propaganda y de labor experimental, se pregunta a los íntimos de tales hombres,
a los asiduos del misterioso cenáculo donde aquellos ofician de pontifical, por
los descubrimientos del sublime maestro, confiesanp. 49 ruborosos que la
misma fuerza del talento, la casi imposibilidad de ver en pequeño la
extraordinaria amplitud y alcance de la obra emprendida, han imposibilitado
llevar a cabo ningún progreso parcial y positivo. He aquí el fruto obligado de
la flojedad o de la dispersión excesiva de la atención, así como del pueril
alarde enciclopedista, inconcebible hoy en que hasta los sabios más insignes se
especializan y concentran para producir. Pero sobre los vicios de la voluntad
trataremos más adelante.
Para llevar a feliz término una indagación
científica, una vez conocidos los métodos conducentes al fin, debemos fijar
fuertemente en nuestro espíritu los términos del problema, a fin de provocar
enérgicas corrientes de pensamiento, es decir, asociaciones cada vez más
complejas y precisas entre las imágenes recibidas por la observación y las
ideas que dormitan en nuestro inconsciente; ideas que solo una concentración
vigorosa de nuestras energías mentales podrá llevar al campo de la conciencia.
No basta la atención expectante, ahincada; es preciso llegar a la preocupación.
Importa aprovechar para la obra todos los momentos lúcidos de nuestro espíritu;
ya la meditación que sigue al descanso prolongado, ya el trabajo mental
supra-intensivop. 50 que solo da la célula nerviosa caldeada por la
congestión, ora, en fin, la inesperada intuición que brota a menudo, como
chispa del eslabón, del choque de la discusión científica.
Casi todos los que desconfían de sus propias
fuerzas ignoran el maravilloso poder de la atención prolongada. Esta especie de
polarización cerebral con relación a un cierto orden de percepciones, afina el
juicio, enriquece nuestra sensibilidad analítica, espolea la imaginación
constructiva y, en fin, condensando toda la luz de la razón en las negruras del
problema, permite descubrir en este inesperadas y sutiles relaciones. A fuerza
de horas de exposición, una placa fotográfica situada en el foco de un anteojo
dirigido al firmamento llega a revelar astros tan lejanos, que el telescopio
más potente es incapaz de mostrarlos; a fuerza de tiempo y de atención, el
intelecto llega a percibir un rayo de luz en las tinieblas del más abstruso
problema.
La comparación precedente no es del todo exacta. La
fotografía astronómica limítase a registrar astros preexistentes de tenue
fulgor; mas en la labor cerebral se da un acto de creación. Parece como si la
representación mental, obstinadamente contemplada, emitiera, al modo de un
amibo, apéndices invasores que, después de crecerp. 51 en todos sentidos y
de sufrir extravíos y detenciones, acabaran por vincularse estrechamente con
las ideas afines.
La forja de la nueva verdad exige casi siempre
severas abstenciones y renuncias. Convendrá, durante la susodicha incubación
intelectual, que el investigador, al modo del sonámbulo, atento solo a la voz
del hipnotizador, no vea ni considere otra cosa que lo relacionado con el
objeto de estudio: en la cátedra, en el paseo, en el teatro, en la
conversación, hasta en la lectura meramente artística, buscará ocasión de
intuiciones, de comparaciones y de hipótesis, que le permitan llevar alguna
claridad a la cuestión que le obsesiona. En este proceso adaptativo nada es
inútil: los primeros groseros errores, así como las falsas rutas por donde la
imaginación se aventura, son necesarios, pues acaban por conducirnos al
verdadero camino, y entran, por tanto, en el éxito final, como entran en el
acabado cuadro del artista los primeros informes bocetos.
Cuando se reflexiona sobre la curiosa propiedad que
el hombre posee de cambiar y perfeccionar su actividad mental con relación a un
objeto o problema profundamente meditado, no puede menos de sospecharse que el
cerebro, merced a su plasticidad, evoluciona anatómica yp.
52 dinámicamente, adaptándose progresivamente al tema. Esta adecuada y
específica organización adquirida por las células nerviosas produce a la larga
lo que yo llamaría talento profesional o de adaptación, y tiene por
motor la propia voluntad, es decir, la resolución enérgica de adecuar nuestro
entendimiento a la naturaleza del asunto. En cierto sentido no sería paradójico
afirmar que el hombre que plantea un problema no es enteramente el mismo que lo
resuelve; por donde tienen fácil y llana explicación esas exclamaciones de
asombro en que prorrumpe todo investigador al considerar lo fácil de la
solución tan laboriosamente buscada. ¡Cómo no se me ocurrió esto desde el
principio! —exclamamos—. ¡Qué obcecación la mía al obstinarme en marchar por caminos
que no conducen a parte alguna!
Si, a pesar de todo, la solución no aparece y
presentimos, no obstante, que el asunto se acerca a su madurez, procurémonos
algún tiempo de reposo. Algunas semanas de solaz y de silencio en el campo,
traerán la calma y la lucidez a nuestro espíritu. Esta frescura del intelecto,
como la escarcha matinal, marchitará la vegetación parásita y viciosa que
ahogaba la buena semilla. Y al fin surgirá la flor de la verdad, que, por lo
común, abrirá su cáliz, al rayar el alba,p. 53 tras largo y profundo sueño,
durante esas horas plácidas de la mañana que Goethe y tantos otros consideraron
propicias a la invención.
También los viajes, al traernos nuevas imágenes del
mundo y remover nuestro fondo ideal, poseen la preciosa virtud de renovar el
pensamiento y de disipar enervadoras preocupaciones. ¡Cuántas veces el rudo
trepidar de la locomotora y el recogimiento y soledad espiritual reinantes en
el vagón (el desierto de hombres, que diría Descartes), nos ha
sugerido ideas que justificó ulteriormente el laboratorio!
En los tiempos que corremos, en que la
investigación científica se ha convertido en una profesión regular que cobra
nómina del Estado, no le basta al observador concentrarse largo tiempo en un
tema: necesita además imprimir una gran actividad a sus trabajos. Pasaron
aquellos hermosos tiempos de antaño, en que el curioso de la Naturaleza,
recogido en el silencio de su gabinete, podía estar seguro de que ningún émulo
vendría a turbar sus tranquilas meditaciones. Hogaño, la investigación es
fiebre; apenas un nuevo método se esboza, numerosos sabios se aprovechan de él,
aplicándolo casi simultáneamente a los mismos temas y mermando la gloria del
iniciador, que carece de la holgura y tiempo necesariosp. 54 para recoger
todo el fruto de su laboriosidad y buena estrella.
Inevitables son, por consecuencia, las
coincidencias y las contiendas de prioridad. Y es que, lanzada al público una
idea, entra a formar parte de ese ambiente intelectual donde todos nutrimos
nuestro espíritu; y en virtud del isocronismo funcional reinante en las cabezas
preparadas y polarizadas para un trabajo dado, la idea nueva es simultáneamente
asimilada en París y en Berlín, en Londres y en Viena, casi de idéntico modo, y
con similares desarrollos y aplicaciones. La invención crece y se desarrolla al
modo de un organismo, espontánea y automáticamente, como si los sabios quedasen
reducidos a meros cultivadores de la semilla sembrada por un genio. Todos
entrevén la espléndida floración de hechos nuevos, y todos desean,
naturalmente, acaparar la espléndida cosecha. Esto explica la impaciencia por
publicar, así como lo imperfecto y fragmentario de muchos trabajos de
laboratorio. El afán de llegar antes nos lleva a veces a incurrir en ligerezas;
pero ocurre también que el ansia febril de tocar la meta los primeros nos
granjea el mérito de la prioridad.
En todo caso, si alguien se nos adelanta, haremos
mal en desalentarnos. Continuemos impertérritosp. 55 la labor, que, al
fin, llegará nuestro turno. Ejemplo elocuente de incansable perseverancia nos
dio una mujer gloriosa, Mad. Curie, cuando, habiendo descubierto la
radioactividad del torio, sufrió la desagradable sorpresa de saber
que, poco antes, el mismo hecho había sido anunciado por Schmidt, en los Wiedermann
Annalen. Lejos de desanimarle la noticia, prosiguió sin tregua sus
pesquisas; ensayó al electroscopio nuevas substancias, entre ellas cierto óxido
de uranio (la pechblende) de la mina de Johanngeorgenstadt, cuyo
poder radioactivo sobrepuja en cuatro veces al del uranio. Y sospechando que
aquella materia tan activa encerraba un cuerpo nuevo, emprendió, con el
concurso de M. Curie, una serie de ingeniosos, pacientes y heroicos trabajos,
cuyo galardón fue el hallazgo de un nuevo cuerpo, el estupendo radio,
cuyas maravillosas propiedades, provocando numerosas investigaciones, ha
revolucionado la química y la física.
En España, donde la pereza es, más que un vicio,
una religión, se comprenden difícilmente esas monumentales obras de los
químicos, naturalistas y médicos alemanes, en las cuales solo el tiempo
necesario para la ejecución de los dibujos y la consulta bibliográfica parecen
deberp. 56 contarse por lustros. Y, sin embargo, estos libros se han
redactado en uno o dos años, pacíficamente, sin febriles apresuramientos. El
secreto está en el método de trabajo: en aprovechar para la labor todo el
tiempo hábil; en no entregarse al diario descanso sin haber consagrado dos o
tres horas por lo menos a la tarea; en poner dique prudente a esa dispersión
intelectual y a ese derroche de tiempo exigido por el trato social; en
restañar, en fin, en lo posible, la cháchara ingeniosa del café o de la
tertulia, despilfarradora de fuerzas nerviosas (cuando no causa disgustos), y
que nos aleja, con pueriles vanidades y fútiles preocupaciones, de la tarea
principal.
Si nuestras ocupaciones no nos permiten consagrar
al tema más que dos horas, no abandonemos el trabajo a pretexto de que
necesitaríamos cuatro o seis. Como dice juiciosamente Payot, «poco basta cada
día, si cada día logramos ese poco».
Lo malo de ciertas distracciones, demasiado
dominantes, no consiste tanto en el tiempo que nos roban, cuanto en la flojera
de la tensión creadora del espíritu, y en la pérdida de esa especie de
tonalidad que nuestras células nerviosas adquieren cuando las hemos adaptado a
determinado asunto.
p. 57No pretendemos proscribir en absoluto las
distracciones; pero las del investigador serán siempre ligeras y tales que no
estorben en nada las nuevas asociaciones ideales. El paseo al aire libre, la
contemplación de las obras artísticas o de las fotografías de escenas, de
países y de monumentos, el encanto de la música y, sobre todo, la compañía de
una persona que, penetrada de nuestra situación, evite cuidadosamente toda
conversación grave y reflexiva, constituyen los mejores esparcimientos del hombre
de laboratorio. Bajo este aspecto, será bueno también seguir la regla de
Buffon, cuyo abandono en la conversación (que chocaba a muchos admiradores de
la nobleza y elevación de su estilo como escritor) lo justificaba diciendo:
«Estos son mis momentos de descanso.»
En resumen, toda obra grande es el fruto de la
paciencia y de la perseverancia, combinadas con una atención orientada
tenazmente, durante meses y aun años, hacia un objeto particular. Así lo han
confesado sabios ilustres al ser interrogados tocante al secreto de sus
creaciones. Newton declaraba que solo pensando siempre en la misma cosa había
llegado a la soberana ley de la atracción universal; de Darwin refiere uno de
sus hijos que llegó a tal concentraciónp. 58 en el estudio de los hechos
biológicos relacionados con el gran principio de la evolución, que se privó
durante muchos años y de modo sistemático de toda lectura y meditación extrañas
al blanco de sus pensamientos; en fin, Buffon no vacilaba en decir que «el
genio no es sino la paciencia extremada». Suya es también esta respuesta a los
que le preguntaban cómo había conquistado la gloria: «Pasando cuarenta años de
mi vida inclinado sobre mi escritorio». En fin, nadie ignora que Mayer, el
genial descubridor del principio de la conservación y transformación de la
energía, consagró a esta concepción toda su vida.
Siendo, pues, cierto de toda certidumbre que las
empresas científicas exigen, más que vigor intelectual, disciplina severa de la
voluntad y perenne subordinación de todas las fuerzas mentales a un objeto de
estudio, ¡cuán grande es el daño causado inconscientemente por los biógrafos de
sabios ilustres al achacar las grandes conquistas científicas al genio antes
que al trabajo y la paciencia! ¡Qué más desea la flaca voluntad del estudioso o
del profesor que poder cohonestar su pereza con la modesta cuanto desconsoladora
confesión de mediocridad intelectual! De la funesta manía de exaltar sin
medidap. 59 la minerva de los grandes investigadores sin parar mientes en
el desaliento causado en el lector, no están exentos ni aun biógrafos de tan
buen sentido como L. Figuier. En cambio, muchas autobiografías, en las que el
sabio se presenta al lector de cuerpo entero, con sus debilidades y pasiones,
con sus caídas y aciertos, constituyen excelente tónico moral. Tras estas
lecturas, henchido el ánimo de esperanza, no es raro que el lector
exclame: Anche io sono pittore.
c) pasión por la gloria
La psicología del investigador se aparta un tanto
de la del común de los intelectuales. Sin duda le alientan las
aspiraciones y le mueven los mismos resortes que a los demás hombres; pero en
el sabio existen dos que obran con desusado vigor: el culto a la verdad y la
pasión por la gloria. El predominio de estas dos pasiones explica la vida
entera del investigador; y del contraste entre el ideal que este se forma de la
existencia y el que se forja el vulgo, resultan esas luchas, desvíos e
incomprensiones que en todo tiempo han marcado las relaciones del sabio con el
ambiente social.
Se ha dicho muchas veces que el hombre dep.
60 ciencia, como los grandes reformadores religiosos o sociales, ofrece
los caracteres mentales del inadaptado. Mora en un plano superior de humanidad,
desinteresado de las pequeñeces y miserias de la vida material.
Con todo eso, el sabio sincero y de vocación
permanece profundamente humano. En el amor a sus semejantes, excede a los
mejores. Irradiando en el tiempo y el espacio, esta pasión comprende a propios
y extraños, y se dirige lo mismo a la humanidad actual que a la futura. Gracias
a esos singulares talentos, cuya mirada penetra en las sombras del porvenir, y
cuya exquisita sensibilidad les fuerza a condolerse de los errores y
estancamientos de la rutina, es posible la evolución social y científica. Solo
al genio le es dado oponerse a la corriente y modificar el medio moral; y bajo
este aspecto es lícito afirmar que su misión no es la adaptación de sus ideas a
las de la sociedad, sino la adaptación de la sociedad a sus ideas. Y como tenga
razón (y la suele tener) y proceda con prudente energía y sin desmayos, tarde o
temprano la humanidad le sigue, le aplaude y le aureola de gloria. Confiado en
este halagador tributo de veneración y de justicia, trabaja todo investigador;
porque sabe que, si los individuos son capacesp. 61 de ingratitud, pocas
veces lo son las colectividades, como alcancen plena conciencia de la realidad
y utilidad de una idea.
Es vulgarísima verdad que, en grado variable, el
afán de aprobación y aplauso mueve a todos los hombres, y preferentemente a los
dotados de gran corazón y peregrino entendimiento. Empero cada cual busca la
gloria por distinto camino: uno marcha por el de las armas, tan celebrado por
Cervantes en su Quijote, y aspira a acrecentar la grandeza política
de su país; otros van por el del arte, ansiando el fácil aplauso de las
muchedumbres, que comprenden mucho mejor la belleza que la verdad; y unos pocos
solamente en cada país, y singularmente en los más civilizados, siguen el de la
investigación científica, el solo derrotero que puede conducirnos a una
explicación racional y positiva del hombre y de la naturaleza que le rodea.
Tengo para mí que esta aspiración es una de las más dignas y loables que el
hombre puede perseguir, porque acaso más que ninguna otra se halla impregnada
con el perfume del amor y de la caridad universales.
Se ha expuesto muchas veces el contraste existente
entre la figura moral del sabio y la del héroe. Puesto que vivimos en un país
que hap. 62 sacrificado demasiado en el altar de sus héroes (guerreros,
políticos o religiosos), y desamparado cuando no perseguido a sus pensadores
más originales, séame permitido exagerar aquí el encomio en contrapuesto
sentido.
Ambos, el héroe y el sabio, constituyen los polos
de la energía humana, y son igualmente necesarios al progreso y bienestar de
los pueblos; pero la transcendencia de sus obras es harto diversa. Lucha el
sabio en beneficio de la humanidad entera, ya para aumentar y dignificar la
vida, ya para ahorrar el esfuerzo humano, ora para acallar el dolor, ora para
retardar y dulcificar la muerte. Por el contrario, el héroe sacrifica a su
prestigio una parte más o menos considerable de la humanidad; su estatua se alza
siempre sobre un pedestal de ruinas y cadáveres; su triunfo es exclusivamente
celebrado por una tribu, por un partido o por una nación, y deja tras sí, en el
pueblo vencido, estela de odios y de sangrientas reivindicaciones. En cambio,
la corona del sabio otórgala la humanidad entera; su estatua tiene por pedestal
el amor, y sus triunfos desafían a los ultrajes del tiempo y a los juicios de
la historia: sus únicas víctimas (si pueden llamarse tales los redimidos de la
ignorancia) son los rezagados, los atávicos, los que medraronp. 63 con la
mentira o el error; todos, en fin, los que en una sociedad bien organizada
debieran ser proscritos como enemigos declarados de la felicidad de los buenos.
No faltan, afortunadamente, en nuestra patria altos
ingenios que cifran su dicha en conquistar el aplauso de la opinión; mas por
desgracia, y salvadas contadas y honrosas excepciones, nuestros talentos
prefieren ganar el lauro siguiendo la senda del arte o de la literatura. Empeño
en que fracasan o se esterilizan la inmensa mayoría de ellos; pues exceptuando
unos cuantos genios artísticos y literarios muy elevados, cuya obra es
apreciada y aplaudida en el extranjero, ¡cuán pocos de nuestros pintores y poetas
serán consagrados por la posteridad! ¡Cuántos que luchan en vano por crearse
una reputación mundial como literatos u oradores podrían alcanzarla, sin tantos
esfuerzos quizá, como investigadores de ciencia! ¡Qué difícil la originalidad
en un terreno en que casi todo está apurado por los antiguos, los cuales,
dotados de maravillosa intuición para la belleza literaria y la forma plástica,
apenas dejaron nada que espigar en el campo del arte!
Después de leer las oraciones de Demóstenes y de
Cicerón, los diálogos de Platón, las vidasp. 64 paralelas de Plutarco y
las arengas de Tito Livio, se adquiere la convicción de que ningún orador
moderno ha podido inventar un resorte absolutamente nuevo para persuadir al
entendimiento o mover al corazón humano. El papel del orador actual es aplicar
a casos determinados, y más o menos nuevos, los innumerables tópicos de forma y
argumentación imaginados por los autores clásicos.
¿Y qué diremos de los que buscan en la poesía o en
la prosa artística el prestigio de la originalidad? Después de Homero y de
Virgilio, de Horacio y de Séneca, de Shakespeare y Milton, de Cervantes y
Ariosto, de Goethe y de Heine, de Lamartine y Víctor Hugo, de Chateaubriand y
Rousseau, etc., ¿quién es el osado que pretende inventar una figura poética, un
matiz de expresión sentimental, un primor de estilo que hayan desconocido
aquellos incomparables ingenios?
No pretendemos, empero, negar en absoluto la
posibilidad de creaciones artísticas, comparables y acaso superiores a las
legadas por los clásicos. Los grandiosos monumentos elevados por los polígrafos
del renacimiento, y las sublimes creaciones de la escuela romántica durante el
pasado siglo, están ahí para atestiguar que la venap. 65 de la
originalidad literaria dista todavía de estar exhausta. Afirmamos solamente que
las composiciones literarias de sobresaliente mérito son dificilísimas y
cuestan más desvelos y trabajo que las producciones científicas originales. Y
la razón es obvia: el arte, atenido al concepto vulgar del Universo y
nutriéndose en el limitado terreno del sentimiento, ha tenido tiempo de agotar
casi todo el contenido emocional del alma humana, las bellezas del mundo
exterior y las ingeniosas combinaciones de la imaginación verbal; mientras que
la Ciencia, apenas desflorada por los antiguos y totalmente ajena a los
vaivenes de la moda como a las volubles normas del gusto, acumula por cada día
nuevos materiales y nos brinda labor inacabable. Ante el científico está el
Universo entero, apenas explorado: el cielo salpicado de soles que se agitan en
las tinieblas de un espacio infinito; el mar con sus misteriosos abismos; la
tierra guardando en sus entrañas el pasado de la vida y la historia de los
precursores del hombre, y, en fin, el organismo humano, obra maestra de la
creación, ofreciéndonos en cada célula una incógnita, y en cada latido un tema
de profunda meditación.
Llevado de mi entusiasmo, acaso caiga en la
hipérbole; pero estoy persuadido de que la verdaderap. 66 originalidad se
halla en la Ciencia, y que el afortunado descubridor de un hecho importante es
el único que puede lisonjearse de haber hollado un terreno completamente
virgen, y de haber forjado un pensamiento que no pasó jamás por la mente
humana. Añadamos que su conquista ideal no está sujeta a las fluctuaciones de
la opinión, al silencio de la envidia, ni a los caprichos de la moda, que hoy
repudia por detestable lo que ayer ensalzó por sublime. Al afortunado
escrutador de la naturaleza es, sobre todo, aplicable el pensamiento de James,
para quien el ideal del hombre consiste en llegar a ser un colaborador de Dios.
Ciertamente la gloria del científico no es tan
popular ni ruidosa como la del artista o del dramaturgo. Vive el pueblo en el
plano del sentimiento, y pedirle calor y apoyo para los héroes de la razón
fuera vana exigencia. Pero el sabio tiene también su público. Está formado por
la aristocracia del talento y habita en todos los países, habla todas las
lenguas, y se dilata hasta las más lejanas generaciones del porvenir. Claro que
los admiradores del hombre de ciencia no palmotean ni se descomponen con transportes
de pasión; pero estudian con amor, juzgan con mesura y acaban por hacer, pese a
los ataquesp. 67 pasajeros de la envidia, plena e irrevocable justicia. En
punto a reputación, la ventura suprema fuera merecer la aprobación de esos
raros espíritus superiores que la humanidad produce de vez en cuando. Por lo
cual compréndese bien la noble altivez con que el matemático y filósofo
Fontenelle decía a cierto personaje después de presentarle su tratado de
la Géométrie de l’infini: «He aquí una obra que solo podrán leer en
Francia cuatro o seis personas». Sentidas y nobles son también aquellas
conocidas expresiones con que Keplero, radiante de júbilo y palpitante de
emoción por el descubrimiento de la última de sus memorables leyes, terminaba
su obra Harmonices mundi, diciendo: «Echada está la suerte: y con
esto pongo fin a mi libro, importándome poco que sea leído por la edad presente
o por la posteridad. No le faltará lector algún día. Pues qué, ¿no ha tenido
Dios que esperar seis mil años para hallar en mí un contemplador e intérprete
de sus obras?»
d) patriotismo
Entre los sentimientos que deben animar al hombre
de ciencia, merece particular mención elp. 68 patriotismo. Este
sentimiento tiene en el sabio signo exclusivamente positivo: ansía elevar el
prestigio de su patria, pero sin denigrar a las demás.
Se ha dicho que la Ciencia no tiene patria, y esto
es exacto; mas, como contestaba Pasteur en ocasión solemne, «los sabios sí que
la tienen». El conquistador de la Naturaleza no solamente pertenece a la
humanidad, sino a una raza que se envanece con sus talentos, a una nación que
se honra con sus triunfos y a una región que le considera como el fruto selecto
de su terruño.
Representando la Ciencia y la Filosofía las
categorías más elevadas de la actividad mental y los dinamómetros de la energía
espiritual de los hombres, compréndese bien el noble orgullo con que las
naciones civilizadas ostentan sus filósofos, sus matemáticos, sus físicos y
naturalistas, sus inventores, todos cuantos, en fin, supieron enaltecer el
nombre sagrado de la patria.
Fuerza es confesar que los españoles tenemos mayor
necesidad de cultivar dicha pasión, a causa del desdén con que, por motivos que
no hacen ahora al caso, hemos mirado durante muchos siglos cuanto se refiere a
la investigación científica y a sus fecundas aplicaciones a lap. 69 vida.
Obligación inexcusable de cuantos conservamos todavía sensible la fibra del
patriotismo, más de una vez lastimada por los dardos de la malquerencia
extranjera, es volver por el prestigio de la raza, probando a los extraños que
quienes siglos atrás supieron inmortalizar sus nombres, rivalizando con las
naciones próceres tanto en las hazañas de la guerra y en los peligros de
exploraciones y descubrimientos geográficos, como en las pacíficas empresas del
Arte, de la Literatura y de la Historia, sabrán también contender con igual
tesón y energía en la investigación de la Naturaleza, colaborando, al compás de
los pueblos más ilustrados, en la obra magna de la civilización y del progreso.
Algunos pensadores, Tolstoi entre otros, inspirados
en un sentimiento humanitario tan reñido con la realidad como inoportuno en
estos tiempos de crueles competencias internacionales, declaran que el
patriotismo es sentimiento egoísta, inspirador de guerras incesantes, y
destinado a desaparecer, para ceder su lugar al más noble y altruísta de la
fraternidad universal.
Fuerza es reconocer que la pasión patriótica,
exagerada hasta el chauvinismo, crea y sostiene entre las naciones
rivalidades y odios harto peligrosos; pero reducida a prudentes límites yp.
70 atemperada por la justicia y el respeto debidos a la ciencia y virtud
del extranjero, promueve una emulación internacional de bonísima ley, en la
cual gana también la causa del progreso, y en definitiva hasta la de la
humanidad. Bajo este aspecto, son eficacísimos los Congresos científicos
internacionales. Porque muchos sabios que en un principio se miraban
recelosamente, ya por rivalidad internacional, ya en virtud de la noble y
loable envidia aprobada por Cervantes, al ponerse en contacto, acaban por
conocerse y estimarse cordialmente; y las corrientes de simpatía y de justicia
nacidas en las alturas no tardan en filtrarse hasta lo íntimo de la masa
social, suavizando progresivamente las relaciones políticas entre los pueblos
rivales[10].
p. 71De todos modos, cualesquiera que sean los
progresos del cosmopolitismo, el sentimiento de patria conservará siempre su
poder dinamógeno y continuará siendo el gran excitador de las competencias
científicas e industriales. Emerge de raíz psicológica harto profunda para que
los embates del socialismo internacional y las lucubraciones del humanismo
filosófico puedan extinguirlo. Pasiones de este género no se discuten, se
aprovechan, porque constituyen inapreciables depósitos de energía viril y de
sublimes heroísmos. Misión de los Gobiernos e Instituciones docentes es
canalizar, domar esta admirablep. 72 fuerza, aplicándola a provechosas y
redentoras empresas, y desviándola de las algaradas y alborotos del separatismo
fratricida.
Muy atinadamente nota P. J. Thomas, en su Educación
de los sentimientos, «que la idea de patria, como la idea de familia, es
necesaria, como lo son igualmente los sentimientos en ellas implicados. Obran
como estimulantes del progreso y garantizan nuestra propia dignidad. Se lucha
por la gloria de la patria, como se lucha por el honor de su nombre... La
nación, se ha dicho, es un elemento indestructible de la armonía de los mundos,
con igual título que la provincia, la familia y el individuo... El género humano
debe permanecer diversificado para mantenerse fuerte y desenvolver una
actividad sin cesar renaciente».
Aun en la improbable hipótesis de los Estados
Unidos de Europa, o del Mundo, el hombre amará siempre con predilección
el medio material y moral próximo, es decir, su campanario, su
región y su raza, y consagrará solamente un tibio afecto, rayano en la
indiferencia, al medio lejano. Con razón se ha dicho varias veces
que la adhesión y el cariño del hombre a las cosas del mundo es inversamente
proporcional a la distancia de estas en el espacio y en el tiempo.p. 73 Y
decimos tiempo, porque la patria no es solamente el hogar y el
terruño, es también el pasado y el porvenir, es decir, nuestros antepasados
remotos y nuestros descendientes lejanos.
Con razón ha dicho Bayle: «No son las opiniones
generales del espíritu las que nos determinan a obrar, sino las pasiones
presentes en el corazón». Y entre ellas ninguna tiene en sus anales hazañas más
gloriosas que el amor de la patria. Poco importa saber si tales sentimientos
son justos o injustos, si reproducen o no la fase primitiva y bárbara de la
humanidad. Son tónicos morales que deben juzgarse solamente por sus
efectos, pragmáticamente, como ahora se dice.
e) gusto por la originalidad científica
Excelentes son los estímulos del patriotismo y el
noble afán de celebridad para mover a la ejecución de grandes empresas. Con
todo eso, nuestro principiante correría el riesgo de fracasar si no posee
además afición decidida hacia la originalidad, gusto por la investigación y el
deseo de sentir las fruiciones incomparablesp. 74 que lleva consigo el
acto mismo de descubrir.
El elogio de la acción en función de escrutar
misterios o de inquirir hechos nuevos, se ha hecho muchas veces. Acerca de
esto, Eucken, entre otros, ha escrito páginas admirables. Agudamente hace notar
«que la acción nos personaliza, llevando al sumo la individuación;
apórtanos la grata ilusión de ser reyes creadores y nos proporciona, con la
conciencia de una libertad sin trabas, el goce de un poder ilimitado».
Aparte la hipertrofia del sentimiento de la propia
estima y la aprobación de nuestra conciencia, la conquista de la nueva verdad
constituye, sin disputa, la ventura más grande a que puede aspirar el hombre.
Los halagos de la vanidad, las efusiones del instinto, las caricias de la
fortuna, palidecen ante el soberano placer de sentir cómo brotan y crecen las
alas del espíritu y cómo, al compás del esfuerzo, superamos la dificultad y
dominamos y rendimos a la esquiva naturaleza.
Fortalecido con este sentimiento hedonista, el
hombre de ciencia desafía hasta la injusticia. En su ánimo no harán mella el
silencio deliberado de sus émulos —que muchas veces, como dice Goethe, afectan
ignorar lo que desean permanezca ignorado— ni la incomprensión del mediop.
75 moral, ni el olvido de las instituciones oficiales. Las consideraciones
que el mundo rinde al poder, a la nobleza o al dinero, no son primordial objeto
de sus aspiraciones, porque siente en sí mismo una nobleza superior a todas las
caprichosamente otorgadas por la ciega fortuna o por el buen humor de los
príncipes. Esta nobleza, de la que se envanece con tanto mayor motivo cuanto
que es su propia obra, consiste en ser ministro del progreso, sacerdote de la
verdad y confidente del Creador. Él acierta exclusivamente a comprender algo de
ese lenguaje misterioso que Dios ha escrito en la Naturaleza; y a él solamente
le ha sido dado desentrañar la maravillosa obra de la Creación para rendir a lo
Absoluto el culto más grato y acepto, el de estudiar sus portentosas obras,
para en ellas y por ellas conocerle, admirarle y reverenciarle. Aun
descendiendo a las miserias del egoísmo humano, todos podemos comprobar que
solo nos estiman y respetan quienes nos leen y tratan de comprendernos.
Según decíamos antes, la emoción placentera
asociada al acto de descubrir es tan grande, que se comprende perfectamente
aquella sublime locura de Arquímedes, de quien cuentan los historiadores que,
fuera de sí por la resolución dep. 76 un problema profundamente meditado,
salió casi desnudo de su casa lanzando el famoso Eureka: «¡Lo he
encontrado!»
¡Quién no recuerda la alegría y la emoción de
Newton al ver confirmada por el cálculo, y en presencia de los nuevos datos
aportados por Picard con la medición de un meridiano terrestre, su intuición
genial de la atracción universal! Todo investigador, por modesto que sea, habrá
sentido alguna vez algo de aquella sobrehumana satisfacción que debió
experimentar Colón al oír el grito de ¡Tierra! ¡Tierra! lanzado por Rodrigo de
Triana.
Este placer inefable, al lado del cual todos los
demás deleites de la vida se reducen a pálidas sensaciones, indemniza
sobradamente al investigador de la penosa y perseverante labor analítica,
precursora, como el dolor al parto, de la aparición de la nueva verdad. Tan
exacto es que para el sabio no hay nada comparable al hecho descubierto por él,
que no se hallará acaso un investigador capaz de cambiar la paternidad de una
conquista científica por todo el oro de la tierra. Y si existe alguno que busca
en la Ciencia, en vez del aplauso de los doctos y de la íntima satisfacción
asociada a la función misma del descubrir, un medio de granjear oro, estep.
77 tal ha errado la vocación: al ejercicio de la industria o del comercio
debió por junto dedicarse[11].
Es que, por encima de todos los estímulos de la
variedad y del interés, está el goce supremo de la inteligencia al contemplar
las inefables armonías del mundo y tomar posesión de la verdad, hermosa y
virginal cual flor que abre su cáliz a las caricias del sol matinal. Como dice
Poincaré en su hermoso libro La science et la méthode: «La belleza
intelectual se basta a sí misma, y solo por ella, más bien que por el futuro
bien de la humanidad, el sabio se condena a largos y penosos trabajos».
p. 79
CAPÍTULO IV
Lo que debe saber el aficionado a la investigación
biológica.
a) cultura general
Ocioso sería insistir en la necesidad que tiene
nuestro aficionado de conocer a fondo la ciencia objeto de sus futuras
exploraciones, no solo por las descripciones de libros y monografías, sino por
el estudio de la misma naturaleza. Pero no es menos urgente saber, siquiera de
modo general, todas aquellas ramas científicas que directa o indirectamente se
enlazan con la preferida, y en las cuales se hallan, ora los principios
directores, ora los medios de acción. Por ejemplo: el biólogo no se limitará a
conocer la Anatomía y Fisiología, sino que abarcará también lo fundamental de
la Psicología, la Física y la Química.
La razón de esta cultura accesoria es obvia:p.
80 casi siempre el descubrimiento de un hecho, o la significación de un
fenómeno biológico, vienen a representar mera consecuencia de la aplicación de
principios pertenecientes a la Física o la Química. Descubrir, como ha dicho
Laplace, es aproximar dos ideas que se hallaban separadas. E importa observar
que las más de las veces esta aproximación fecunda tiene lugar entre un hecho
perteneciente a una ciencia compleja (Biología, Sociología, Química, etc.), y
un principio entresacado de una ciencia simple. En otros términos: las ciencias
generales o abstractas, según las clasificaciones de Comte y de Bain, explican
a menudo los fenómenos de las ciencias complicadas y concretas. Por donde se
cae en la cuenta de que una seriación jerárquica bien entendida de los
conocimientos humanos representa un verdadero árbol genealógico. La Lógica y
las Matemáticas asisten y esclarecen la Física y a la Química, y estas a su vez
explican, y en parte generan, la Biología, la Sociología y sus diferentes
ramificaciones.
Descubrir consiste, a menudo, en hacer entrar el
hecho en una ley; en encerrarlo en un marco ideológico más amplio, en
clasificarlo en fin; por eso ha podido afirmarse que descubrir es dar nombre
correcto a una cosa ilegítima o provisoriamentep. 81 bautizada. De donde
se sigue que, cuando la ciencia llegue a la suma perfección, cada fenómeno
recibirá el nombre que le corresponda, establecidas al fin sus profundas
relaciones con las verdades generales. Bajo este aspecto resulta muy expresiva
la conocida frase de Mach: «una palabra bien elegida puede economizar cantidad
enorme de pensamiento». Porque nombrar es clasificar, es
establecer filiaciones ideales, relaciones de analogía entre fenómenos poco
conocidos y una noción o principio general, donde se hallan latentes, como el
árbol en su germen.
Los estudios filosóficos constituyen, sobre todo,
buena preparación y excelente gimnasia para el hombre de laboratorio. No deja,
ciertamente, de llamar la atención el que muchos ilustres investigadores hayan
llegado a la ciencia desde el campo de la filosofía. Ocioso es advertir que el
investigador se preocupará menos de la doctrina o del credo filosófico —credo
que varía desgraciadamente cada quince o veinte años— que de los criterios de
verdad y del aparato crítico, con cuyo ejercicio adquirirá flexibilidad y
sagacidad y aprenderá a desconfiar de la aparente certidumbre de los más
subyugadores sistemas científicos, enfrenando convenientementep. 82 el
vuelo de la propia imaginación. Su divisa será siempre la frase de
Cicerón: Dubitando ad veritatem pervenimus.
Por lo que hace a la anatomía microscópica de los
animales y plantas, la mayoría de los hechos que forman la materia de esta
ciencia son resultados de conflictos entre las propiedades químicas de ciertos
reactivos y la constitución estructural de las células y tejidos. En
bacteriología, en neurología, etc., casi todo cuanto sabemos lo debemos a la
feliz aplicación de materias colorantes creadas por la Química moderna. Lo
mismo ocurre en biología general. Recuérdense los interesantes estudios de Loeb
sobre la partenogénesis artificial y los de Harrison, Carrel, Lambert y otros
acerca de los cultivos artificiales de las células de los tejidos animales. Tan
sorprendentes experimentos son pura consecuencia de las variaciones químicas o
físicas provocadas en el ambiente celular.
Esta íntima solidaridad de las ciencias ha sido
sentida por muchos, y singularmente por Letamendi, quien al hablar de las
especialidades científicas, las definía: «la aplicación de toda la Ciencia a
una rama particular del saber».
Para un entendimiento superior que conociera todas
las razones misteriosas que enlazan losp. 83 fenómenos del Universo, en
vez de ciencias, habría una sola Ciencia. Ante un ser semejante,
las fronteras que parecen separar nuestros conocimientos, el andamiaje formal
de nuestras clasificaciones, el desmenuzamiento artificial de las cosas tan
grato a nuestro intelecto, que solo puede considerar la realidad sucesivamente
y como por facetas, desaparecería por completo. A sus ojos la Ciencia total
parecería a modo de árbol gigantesco, cuyas ramas estuvieran representadas por
las ciencias particulares, y el tronco por el principio o principios sobre que
se fundan. El especialista trabaja como una larva, asentado sobre una hoja y
forjándose la ilusión de que su pequeño mundo se mece aislado en el espacio; el
científico general, dotado de sentido filosófico, entrevé el tallo común a
muchas ramas. Pero solo el genio del saber a que antes aludíamos, gozaría de la
dicha y del poder de contemplar el árbol entero, esto es, la Ciencia,
múltiple e infinita en sus formas, una en sus principios.
b) necesidad de especializarse
Conviene, empero, no exagerar la regla precedente,
cayendo en el escollo de la enciclopedia, adonde van a parar todos los
entendimientosp. 84 dispersivos, inquietos, indisciplinados, e incapaces
de fijar mucho tiempo la atención en una sola idea. Las aficiones
rotatorias, como las llamaba un médico-escritor originalísimo, pueden
formar grandes literatos, conversadores deliciosos, oradores insignes, rara vez
descubridores científicos.
El proverbio tan conocido «el saber no ocupa lugar»
es error de a folio, que, afortunadamente, no tiene graves consecuencias
prácticas, pues aun los que creen en él están obligados a confesar que el
aprender muchas cosas, cuando no espacio, ocupa tiempo. Solo un juicio
demasiado lisonjero acerca de nuestros talentos puede explicar la manía
enciclopédica; pues pretensión quimérica constituye el intento de dominar
varias ciencias, cuando vemos a hombres de verdadero genio e infatigable
laboriosidad resignarse, a fin de poder cosechar algunas verdades, al
conocimiento profundo de una rama del saber, y, a menudo, al de un tema
concreto de una ciencia determinada.
No nos hagamos, pues, ilusiones: si la vida de un
hombre basta para saber algo de todas las disciplinas humanas, apenas es
suficiente para dominar hasta el detalle una o dos de ellas.
Los enciclopedistas modernos, como Herbertp.
85 Spencer, Mach, Wund, etc., son en realidad especialistas de la
filosofía de las ciencias y de las artes, conforme lo fueron en su tiempo
Leibnitz y Descartes, bien que estos sabios, por la natural limitación de los
conocimientos de su época, pudieron abarcar un dominio bastante más extenso, y
realizar descubrimientos en dos o tres ciencias.
Pasaron ya, quizás para no volver más, los
investigadores polilaterales: a la hora presente hay que reconocer que en
Física como en Matemáticas, en Química como en Biología, los descubrimientos
corren a cargo de sabios especialistas; pero, entiéndase bien, no de
particularistas monolaterizados, incrustados en un detalle, sino de
trabajadores que, sin perder de vista su dominio especial, siguen atentamente
los progresos más culminantes de las ciencias afines. Semejante división del
trabajo, además de buena táctica, constituye ineluctable necesidad. A ella nos
obligan el tiempo extraordinario exigido por el ensayo y dominio de los métodos
diariamente descubiertos, el creciente caudal de la producción bibliográfica, y
el considerable número de sabios que simultáneamente trabajan sobre cada tema
de estudio.
Para terminar con la vulgar filosofía condensadap.
86 en la reputada máxima quien mucho abarca poco aprieta, en
contraposición del no menos acreditado refrán el saber no ocupa lugar,
séanos lícito hacer una comparación vulgar. El entendimiento inquisitivo es
como un arma de combate. Si en ella se labra un solo filo, tendremos una espada
tajante. Si dos, el arma podrá cortar todavía, aunque menos eficientemente;
pero si le sacamos tres o cuatro, la acuidad de los filos irá disminuyendo
hasta convertirse en inofensivo cuadradillo. Una bayoneta podría, en rigor,
cortar todavía, mas para ello fuera precisa formidable energía motriz; mientras
que una daga bien afilada resulta temible aun en las manos de un niño.
Como el acero informe, nuestro intelecto representa
una espada en potencia. Merced a la forja y lima del estudio, transfórmase en
el templado y agudo escalpelo de la Ciencia. Labremos el filo por solo un lado,
o por dos a lo más, si queremos conservar su eficacia analítica y herir a fondo
el corazón de las cuestiones; y dejemos a los bobalicones del enciclopedismo
que transformen su entendimiento en inofensivo cuadradillo.
p. 87c) lectura especial o técnica
Inútil es advertir que en la biblioteca del
investigador deben figurar cuantos libros y Revistas importantes, concernientes
a la especialidad, vean la luz en las naciones más adelantadas. Las Revistas
alemanas serán consultadas a cada momento, pues por lo que toca a la Biología,
es forzoso reconocer que Alemania sola produce más hechos nuevos que todas las
naciones juntas[12].
Quien desea los fines quiere los medios; y pues, en
la época actual, el conocimiento de la lengua germánica es imprescindible para
ponerse al corriente de la última hora científica, estudiemos aquella
seriamente, siquiera para llegar a la traducción, desembarazándonos de ese
supersticioso terror que a los españoles nos inspiran los enrevesados términos
y giros de los idiomas del Norte. Tan preciso es el conocimientop. 88 del
alemán, que no se hallará quizás un solo investigador italiano, inglés, francés,
ruso o sueco, que no sea capaz de leer corrientemente las monografías tudescas.
Y como los trabajos de los alemanes ven la luz en un país que puede actualmente
considerarse como el foco de la producción científica, tales escritos tienen
para nosotros la inestimable ventaja de contener extensas y puntuales noticias
históricas y bibliográficas[13]. Después del
alemán siguen en ordenp. 89 de importancia el inglés y el francés. Y nada
diremos del italiano, porque no hay español medianamente culto que no sea capaz
de traducirlo, aun sin la ayuda del diccionario. Ni es lícito ignorar que en
algunas disciplinas científicas Italia marcha a la cabeza del progreso.
A la hora presente se publican trabajos científicos
en más de seis idiomas. Al intento plausible de restaurar el latín, o de
utilizar el esperanto como lengua científica universal, han
respondido los sabios multiplicando todavía el número de idiomas en que
aparecen redactados los trabajos científicos. Preciso es reconocer que
prácticamente el volapück o el esperanto representan
una lengua más[14] que
aprender. Tal resultado era de prever; porque no consienten otra cosa ni las
tendencias esencialmente popularizadoras y democráticas del saber moderno, ni
las miras económicas de autores yp. 90 editores, cuyos intereses morales y
materiales les impulsan a difundir en el gran público aquellas conquistas
científicas que antaño fueron patrimonio exclusivo de las Academias o de
ciertas sumidades de la cátedra.
No se crea, empero, que el investigador debe hablar
y escribir todas las lenguas de Europa: al español le bastará traducir las
cuatro siguientes, que se ha convenido en llamar lenguas sabias, y
en las cuales aparecen publicados casi todos los trabajos científicos: el
francés, el inglés, el italiano y el alemán. Naturalmente, entre las lenguas
sabias no figura el español; no queda, por tanto, a nuestros maestros más
recurso, si desean que sus pesquisas sean conocidas y apreciadas por los
especialistas, que escribir y hablar en uno de aquellos cuatro idiomas europeos[15].
p. 91d) cómo se deben estudiar las
monografías
Al leer las monografías de la especialidad que se
desee cultivar, debemos fijarnos sobre todo en dos cosas: en los métodos de
investigación de que el autor se ha servido en sus pesquisas, y en los
problemas que han quedado pendientes de solución. En cuanto al libro de
popularización, nos merecerá menos atención y confianza, a menos que no sea
alguna voluminosa exposición de conjunto, o contenga algunos conceptos
generales de fecunda aplicación en el laboratorio. En general, puede afirmarse
que el libro refleja ya una fase histórica de la Ciencia. Por efecto del mucho
tiempo que exige su redacción, y de la preocupación dominante en elp.
92 autor de simplificar la materia para ser entendido del gran público,
faltan o se hallan muy ligeramente esbozados los temas de actualidad, los
detalles de los métodos y las lagunas de la investigación.
Someteremos a estudio detenido las monografías
debidas a los autores más geniales y que mayor impulso hayan dado a la
cuestión: el talento original posee, entre otras cualidades, una gran virtud
sugestiva. Es propiedad de todo buen libro que el lector recoja en él, no solo
las ideas expuestas deliberadamente por el autor, sino otras totalmente nuevas,
y hasta diferentes para cada hombre, y que brotan del conflicto entre nuestro
fondo de representaciones y los conceptos del texto. Por donde se ve que la monografía
genial, con ser buena fuente de información científica, resulta además eficaz
reactivo de nuestras propias energías cerebrales.
Las cabezas humanas, como las palmeras del
desierto, se fecundan a distancia. Mas, para que semejante conjugación entre
dos espíritus se realice y dé fruto de bendición, es menester interesarse
profundamente en la lectura del libro genial, penetrarse de su hondo sentido y,
en fin, simpatizar con el autor. En la Ciencia, como en la vida, el fruto viene
siempre después del amor.p. 93 Por no consultar las memorias originales y
fiarse de obras de conjunto, ¡cuántos principiantes caen en el error de considerar
ciertos ajenos y antiguos descubrimientos como fruto de propia labor!
Nuestro novel hombre de ciencia debe huir de
resúmenes y manuales como de peste. Buenos para la enseñanza, los manuales son
pésimos para guiar al investigador. Quien resume, se resume a sí mismo; quiero
decir que a menudo expone sus juicios y doctrinas en lugar de las del autor. De
este toma lo que le agrada o lo que entiende y digiere sin esfuerzo: da lo
principal por accesorio, y viceversa. A título de aclarar y popularizar la obra
ajena, el abreviador acaba por sustituir su personalidad a la del autor, cuya
fisonomía intelectual, tan interesante y educadora para el lector, permanece en
la sombra.
De lo dicho se infiere la inexcusable obligación en
que se halla el investigador, si desea evitar desagradables sorpresas, de leer
a los autores en sus obras originales; a menos que los resúmenes no dimanen de
los autores mismos, que entonces, por compensación de la concisión, acaso
hallemos concepciones originales e ideas directrices de gran provecho para la
labor analítica.
p. 94Aquí surge una cuestión: Antes de empezar una
investigación de laboratorio, ¿debe o no apurarse la bibliografía? Penetrados y
como saturados de cuanto sobre el tema ha sido escrito, ¿no corremos el riesgo
de ser sugestionados y de perder el don inapreciable de la independencia de
juicio? La misma impresión de agotamiento del asunto, producida por la puntual
información a que nos hemos entregado, ¿no será fatal a nuestras aspiraciones
de hallar algo completamente original?
Cuestión es esta que cada cual resuelve a su
manera; aunque, a mi ver, si para decidirla se acudiera a plebiscito de sabios,
la solución sería no iniciar indagación ninguna sin tener a la vista todos los
antecedentes bibliográficos. Procediendo de esta suerte, se evita el doloroso
desencanto producido al saber que hemos malgastado el tiempo redescubriendo
cosas conocidas y descuidando, por consiguiente, el estudio profundo de las
verdaderas lagunas del tema.
La conducta más prudente, a mi ver, es apurar,
desde luego, la investigación bibliológica especial antes de lanzarse a la
tarea analítica. Pero cuando, por dificultades insuperables, sea ello
irrealizable (según ocurre desgraciadamente en España, donde las Universidades
carecen dep. 95 libros modernos extranjeros y las Academias no tienen
recursos para suscribirse a las Revistas científicas más importantes), no
debemos, por monografía de más o de menos, dejar de acudir al laboratorio; pues
si, enterados de los mejores métodos en boga, trabajamos con ahinco y
perseverancia, siempre hallaremos algo escapado a la sagacidad de los últimos
observadores, por lo mismo que, no habiendo sido influidos por ellos, habremos
caminado por rutas diferentes, y considerado el tema desde diverso punto de
vista. En último caso, vale mil veces más arriesgarse a repetir
descubrimientos, que renunciar a toda tentativa de indagación experimental;
porque el principiante que en sus primeros ensayos de observador sabe hallar
cosas poco tiempo antes publicadas, lejos de desalentarse por ello, fortifica
su confianza en el propio valer, cobra ánimos para futuras empresas, y acaba
por fabricar ciencia original, en cuanto sus medios pecuniarios correspondan a
sus buenos deseos.
e) necesidad absoluta de buscar la inspiración en la naturaleza
Mucho aprenderemos en los libros, pero más
aprenderemos en la contemplación de la Naturaleza,p. 96 causa y ocasión de
todos los libros. Tiene el examen directo de los fenómenos no sé qué fermento
perturbador de nuestra inercia mental, cierta virtud excitadora y vivificante,
del todo ausente o apenas actuante aun en las copias y descripciones más fieles
de la realidad.
Todos habremos podido notar que, al intentar la
comprobación de un hecho descrito por los autores, este se presenta siempre con
faz distinta de la presumida, y sugiere ideas y planes de acción no suscitados
por la mera lectura. Ello depende, a nuestro juicio, de la incapacidad de la
palabra humana para la pintura fiel de la realidad exterior. En cuanto causa de
conocimiento, esta representa un haz de sensaciones variadísimas y complejas,
de las cuales la expresión simbólica, que procede siempre por abstracción y
simplificación, refleja solo una mínima parte.
Toda descripción, por objetiva e ingenua que
parezca, constituye interpretación personal, punto de vista propio del autor.
Sabido es que el hombre mezcla a todo su personalidad, y cuando cree
fotografiar el mundo exterior, a menudo se contempla y se retrata a sí mismo.
Por otra parte, la observación suministra, a más de
los datos empíricos con los cuales hemosp. 97 de formar el juicio, ciertos
factores sentimentales, insustituibles: la sorpresa, el entusiasmo, la emoción
agradable, que son fuerzas propulsoras de la imaginación constructiva. La
emoción enciende la máquina cerebral, que adquiere por ella el calor necesario
para la forja de intuiciones afortunadas y de hipótesis plausibles.
En comprobación de los efectos sugestivos que la
Naturaleza, obrando directamente, causa en el observador, séame lícito referir
la impresión sentida al contemplar por primera vez el fenómeno de la
circulación de la sangre.
Estudiaba yo tercer año de Medicina y había en
diversos libros aprendido los pormenores del fenómeno mencionado, pero sin que
estas lecturas encadenaran mi atención ni produjeran corrientes intensas de
pensamiento. Mas cuando uno de mis amigos, el señor Borao, ayudante de
Fisiología, tuvo la gentileza de mostrarme la circulación en el mesenterio de
la rana. En presencia del sublime espectáculo, sentí como una revelación.
Entusiasmado y conmovido al ver girar los glóbulos rojos y blancos como los
cantos rodados al ímpetu del torrente; al notar cómo, por virtud de su
elasticidad, los hematíes se estiraban y pasaban
trabajosamente por los másp. 98 finos capilares, recobrando, salvado el
obstáculo, súbitamente su forma, a la manera de un resorte; al advertir que, al
menor impedimento en la corriente, se entreabrían las junturas del endotelio y
sobrevenía la hemorragia y el edema; al reparar, en fin, cómo el latido
cardíaco, atenuado por la excesiva acción del curare, sacudía
flojamente los hematíes atascados..., pareciome como que se descorría un velo
en mi espíritu, y se alejaban y perdían las creencias en no sé qué misteriosas
fuerzas a que por entonces se atribuían los fenómenos de la vida. En mi
entusiasmo prorrumpí en las siguientes frases, ignorando que muchos,
singularmente Descartes, las habían expresado siglos antes: «La vida semeja
puro mecanismo. Los cuerpos vivos son máquinas hidráulicas tan perfectas, que
son capaces de reparar los desarreglos causados por el ímpetu del torrente que
las mueve, y de producir, en virtud de la generación, otras máquinas
hidráulicas semejantes». Tengo por seguro que esta viva impresión causada por
la contemplación directa del mecanismo íntimo de la vida, fue uno de los
decisivos estímulos de mi afición a los estudios biológicos[16].
p. 99f) dominio de los métodos
Escogido el tema de estudio, e informado
menudamente, a ser posible, del estado actual del punto a esclarecer, el
investigador pasará a aplicar cuantos métodos analíticos hayan sido propuestos,
al objeto de confirmar los hechos descritos y reproducidos en las más recientes
monografías. Durante esta tentativa de comprobación, se le revelarán a menudo
los puntos dudosos, las hipótesis insostenibles, las lagunas de la observación,
y entreverá más de una vez el camino por el cual le será dado impulsar el conocimiento
del tema.
La maestría de los métodos, particularmente en las
ciencias biológicas, es tan trascendental, que, sin temor de equivocación, se
puede afirmar que los grandes descubrimientos corren a cargo de los técnicos
más primorosos: de aquellos sabios que han profundizado, a favor de
perseverantes ensayos, todos los secretos de uno o varios recursos analíticos.
p. 100En apoyo de este aserto bastará recordar que,
a despecho de los centenares de histólogos, embriólogos y anatómicos que se
conocen en Europa y América, las más salientes conquistas científicas se deben
a una docena de hombres que se han señalado, ora por la invención, ora por el
perfeccionamiento, ya por el absoluto dominio de algunos métodos de indagación.
Entre los procedimientos de estudio se escogerán de
preferencia los más recientes, y sobre todo los más difíciles, por ser los
menos agotados. Importa poco el tiempo gastado en ensayos infructuosos, pues si
el método ofrece sumo poder diferenciador, los resultados obtenidos tendrán
gran importancia y nos indemnizarán con creces de nuestros afanes. Con ello
tendremos, además, la inestimable ventaja de caminar casi solitarios o de
hallar en nuestra ruta pocos émulos y concurrentes.
g) en busca del hecho nuevo
He aquí la cuestión ardua, la preocupación soberana
del principiante, que sabe, por la historia de la investigación científica, que
alcanzado el primer descubrimiento, se siguen otros derivadosp. 101 de él
como las consecuencias de las premisas.
La nueva verdad hallada es, a menudo, el fruto de
paciente y tenaz observación, la consecuencia de haber aplicado al tema más
tiempo, más constancia y mejores métodos que nuestros predecesores. Como hemos
dicho más atrás, la consideración escrupulosa y repetida de los mismos hechos
acaba por dotarnos de una sensibilidad analítica refinada y como sobrexcitada
en cuanto atañe al tema escogido. ¡Cuántas veces nos ha sido dado hallar, en
virtud de ese golpe de vista fruto de la experiencia, cosas enteramente nuevas
en las preparaciones donde nuestros discípulos nada veían de particular! Y
¡cuántos hechos nuevos habrán escapado a nuestra atención, cuando, bisoños
todavía en la técnica micrográfica, cada preparación nos parecía una esfinge!
Además del notable incremento que adquiere nuestra
capacidad diferenciadora por la repetición de experimentos y de observaciones,
el perseverante estudio de una cuestión nos lleva casi siempre a perfeccionar
los métodos de investigación, determinando todas las condiciones del mal
resultado, y por ende, las causas promotoras del máximo rendimiento técnico.
p. 102A veces, el descubrimiento constituye el
premio de la diligencia. Trátase de aplicar un procedimiento reciente, y apenas
explotado, a temas nuevos. Semejante táctica ha suscitado grandes y fáciles
progresos en los vastos dominios de la Bacteriología, Anatomía e Histología
comparadas.
Dado que los grandes impulsores científicos han
sido, por lo común, creadores de métodos, lo mejor y más congruente sería
dictar reglas para el hallazgo de estos. Desgraciadamente, en las Ciencias
biológicas casi todos los recursos analíticos débense al azar.
En general, cabe afirmar que los métodos
representan felices aplicaciones a un dominio científico de verdades
pertenecientes a otra disciplina del saber; mas esta aplicación suele ser obra
de tanteos azarosos, o cuando más, se inspira en vagas analogías. En
Bacteriología, Histología e Histoquímica, por ejemplo, los métodos representan,
según dejamos apuntado ya, efectos selectivos de materias colorantes o de
reactivos creados por la Química moderna. Ninguna razón plausible, a no ser el
intento de provocar la casualidad, pudo inspirar a Gerlach la coloración de los
núcleos por el carmín; a Máximo Schültze el empleo del ácido ósmico en el
tejidop. 103 nervioso; a Hannover la introducción del ácido crómico y
bicromatos en el endurecimiento de los tejidos; a Koch, Ehrlich y otros, el
aprovechamiento de las anilinas para la impregnación de las bacterias, etc.
Si conociéramos de un modo perfecto la composición
química de las células vivas, los resultados debidos a la aplicación de tal o
cual reactivo colorante vendrían a ser mera deducción de los principios de la
Química biológica. Empero, hallándonos harto distantes de este ideal, quienes
pretendan descubrir nuevos métodos biológicos no tienen más recurso que someter
los tejidos vivos a los mismos ciegos ensayos a que se entregaban los químicos
de los pasados siglos para lograr, de vez en cuando, del conflicto y mezcla de
varios cuerpos, combinaciones imprevistas.
Menester es, pues, fiar algo a la casualidad,
provocándola mediante una serie reiterada de tanteos, en los cuales no podemos
ser guiados más que por la intuición auxiliada por el conocimiento, todo lo
profundo y preciso posible, de los reactivos y procederes técnicos recién
introducidos en la Química y la Industria.
Y esto nos lleva a decir algo de la casualidad en
la esfera de la investigación científica. Entrap. 104 por mucho,
positivamente, el azar en la labor empírica, y no debemos disimular que a él
debe la Ciencia brillantes adquisiciones; pero la casualidad no sonríe al que
la desea, sino al que la merece, según la gráfica frase de Duclaux.
Y es preciso reconocer que solo la merecen los grandes observadores, porque
ellos solamente saben solicitarla con tenacidad y perseverancia deseables; y
cuando obtienen la impensada revelación, solo ellos son capaces de adivinar su
transcendencia y alcance.
En la ciencia, como en la lotería, la suerte
favorece comúnmente al que juega más, es decir, al que, a la manera del
protagonista del cuento, remueve continuamente la tierra del jardín. Si Pasteur
descubrió por azar las vacunas bacterianas, también colaboró su genio, que
vislumbró todo el partido que podía sacarse de un hecho casual, a saber: el
rebajamiento de la virulencia de un cultivo bacteriano abandonado al aire, y
verosímilmente atenuado por la acción del oxígeno.
La historia de la Ciencia está llena de hallazgos
parecidos: Scheele tropezó con el cloro, trabajando en aislar el manganeso; Cl.
Bernard, imaginando experimentos encaminados a sorprender el órgano destructor
del azúcar, halló lap. 105 función glucogénica del hígado, etc. En fin,
ejemplos recientes de casi milagrosa fortuna son los estupendos descubrimientos
de Röntgen, Becquerel y los Curie.
Pura casualidad fue, según es notorio, el
descubrimiento de los rayos X, hecho por el profesor Röntgen.
Repetía este sabio en su laboratorio de Würzburgo los experimentos de Lenard
sobre las singulares propiedades de los rayos catódicos. Según
costumbre, estas radiaciones eran proyectadas sobre pantalla fluorescente
de platino-cianuro de bario. Y al objeto de averiguar la duración
del fenómeno fluorescente, ocurriósele un día obscurecer el laboratorio
cubriendo con caja de cartón la ampolla de Crookes, aparato generador, según es
notorio, de los citados rayos catódicos. Puesta en acción la bobina, miró a la
pantalla y vio con extraordinario asombro que esta se iluminaba intensamente.
Interpuso después un trozo de madera, un libro, y siguió observando que las
radiaciones —los rayos nuevos— atravesaban fácilmente estos cuerpos opacos. En
fin, en momentos de febril impaciencia, intercaló casualmente la mano entre la
ampolla de Crookes y la pantalla receptora, cuando, sobrecogido de intensa
emoción, acaso con espanto, contempló espectáculo macabro: sobre lap.
106 superficie del cuerpo fluorescente dibujábanse fielmente en negro los
huesos de la mano, como si no existieran los tejidos envolventes. Los
maravillosos rayos X quedaban descubiertos, y con ellos la radioscopia.
Pronto siguieron la radiofotografía y las admirables
aplicaciones quirúrgicas e industriales de todos conocidas.
El segundo caso, muy elocuente también, fue el
descubrimiento fortuito de la radioactividad de la materia,
debido al insigne físico francés Henri Becquerel.
Ya el malogrado H. Poincaré habíase preguntado si
al fin no resultaría que la producción de rayos X es propiedad de los cuerpos
fluorescentes. Deseando confirmar esta conjetura y bien preparado, además, para
tal linaje de indagaciones, M. Becquerel proyectó ensayar el sulfato de
uranio, cuerpo típicamente fluorescente. Pero corrían los nebulosos días de
febrero, y el sol no se dignaba aparecer. En espera de que el astro rey
disipara las densas brumas de París, había el referido físico preparado con
mucha antelación el experimento, colocando sobre placa sensible, cubierta de
papel negro, varios cristales de sulfato de uranio, e interponiendo, además,
una cruz de cobre. La impaciencia le devoraba. Aguijado por ella, ocúrrele
cierto díap. 107 extraer la placa de su envoltura protectriz, y revelarla
a la ventura. Grande fue su asombro al advertir, contra todas sus presunciones
(la sal de uranio había permanecido en la obscuridad), intensa impresión en la
placa, donde se mostraban dibujados en negro los cristales de la sal uránica, y
en claro la referida cruz metálica. Había, sin querer, descubierto la radioactividad de
la materia, una de las más prodigiosas conquistas de la ciencia moderna.
Mas lo chocante y estupendo del caso fue que M.
Becquerel realizó tamaño descubrimiento (que le valió el premio Nobel) guiado
por falsa hipótesis (relación etiológica entre la emisión de rayos X y la
fluorescencia). Precisamente de todos los cuerpos fluorescentes
conocidos, solo el uranio posee poder radioactivo. Como se ve,
el efecto fue teatral; se diría preparado por un genio irónico empeñado en
impulsar la Ciencia, a pesar de las más erróneas concepciones.
Mas es forzoso convenir en que, si muchos sabios
descubrieron lo que no buscaban, todos ellos buscaron con admirable tenacidad,
y fueron dignos del éxito, porque con rara penetración, acertaron a sorprender
los grandes progresos latentes en las tímidas y fragmentarias revelaciones del
acaso. En suma: el azar afortunadop. 108 suele ser casi siempre el premio
del esfuerzo perseverante.
Solicitar la ayuda de la casualidad, es como agitar
el agua turbia para que suban y se hagan patentes los objetos sumergidos en el
fondo. Todo observador hará bien en tentar su buena ventura; empero no confiará
demasiado en ella, y apelará más a menudo al trabajo reglado, pues quien domina
los métodos y está al corriente de los problemas todavía no resueltos, pero
susceptibles de solución, logra casi siempre, sin aventurarse en probaturas de
ordinario infecundas, algún descubrimiento de más o menos valía.
Conquistado el primer hecho nuevo (sobre todo si
este es de aquellos cuyo advenimiento provoca en el ambiente científico nuevas
corrientes de ideas), nuestra tarea será tan llana como brillante: como que se
reducirá a ir sacando progresivamente las consecuencias que entraña la reciente
adquisición en las diversas esferas de la Ciencia. Por eso se ha dicho que el
primer descubrimiento es el que cuesta; los demás suelen ser corolarios del
primero. Doctrina sabida es, y proclamada por filósofos como Taine, y por
científicos como Tyndall, que todo problema resuelto plantea infinidad de
nuevasp. 109 cuestiones, y que el descubrimiento de hoy contiene en germen
los descubrimientos del mañana. La cima de la verdad, con tantos esfuerzos
escalada, que mirada desde el valle semejaba montaña imponente, no es sino
minúscula estribación de formidable cordillera que se columbra a través de la
niebla, atrayéndonos con insaciable curiosidad. Satisfagamos esta ansia de
subir, y aprovechando el plácido descanso que proporciona la contemplación del
nuevo horizonte, meditemos desde la cima recién conquistada el plan que debe
conducirnos a más altas regiones.
Pero, según dejamos dicho, la fortuna de inaugurar
un estudio lleno de promesas con un hecho trascendental es rara, y ningún
investigador prudente debe contar demasiado con ella; por donde, para iniciar
nuestra obra, no debemos vacilar en partir del descubrimiento de otros. Así y
todo, no ha de faltarnos labor, y labor fecunda. El nuevo hecho, fruto del
ajeno desvelo, suele causar una revolución en el ambiente científico: convierte
en sospechosas doctrinas antes estimadas como verdades firmes; suscita nuevas
posiciones de equilibrio en esas vagas regiones de lo conjetural que forman el
tránsito de lo conocido a lo desconocido; y plantea una serie de nuevasp.
110 cuestiones que el iniciador, falto de tiempo, no pudo resolver por sí
mismo.
Además, en el orden crítico este deja casi siempre
incompleta su obra: influido todavía por la tradición, no acierta a romper
abiertamente con los prejuicios del pasado; receloso, acaso, de hallar
demasiada oposición en el ambiente científico, e impaciente de aprobaciones y
aplausos, presenta su teoría como una transacción entre viejas y novísimas
doctrinas. Por tal motivo, un observador menos meticuloso, llegado de refresco,
suele perfeccionar, con poco esfuerzo, la obra del iniciador, sacando de ella las
últimas consecuencias teóricas y prácticas. Todo ese cúmulo de problemas
suscitados por la nueva conquista científica, constituye terreno fecundísimo
para el novel investigador. A él acudirá, bien templadas sus armas analíticas,
sin arrogancia ni esperanza excesiva; pero no confíe en llegar solo: allí
encontrará también una pléyade de émulos que intentarán ganarle por la mano, y
a los cuales se adelantará solamente a fuerza de actividad, penetración y
perseverancia.
Finalmente, cuando nos hallemos en presencia de
varios temas igualmente favorables y fecundos, escogeremos aquel cuya
metodología nos sea perfectamente conocida, y por el quep. 111 sintamos
decidida simpatía. Es consejo de buen sentido que Darwin daba a sus discípulos
cuando le demandaban tema de estudio. Y la razón es que nuestro entendimiento
redobla sus fuerzas cuando columbra en lontananza el premio del placer o de la
utilidad.
El explorador de la naturaleza —lo hemos repetido
varias veces— debe considerar la investigación cual deporte incomparable,
en donde todo, desde los procederes técnicos hasta la elaboración doctrinal,
constituye perenne manantial de gratas satisfacciones. Quien en presencia de un
arduo problema no sienta crecer su entusiasmo, ni acrecentarse sus fuerzas; quien,
al aproximarse el solemne momento del fiat lux impacientemente
esperado, no tenga el alma inundada por la emoción precursora del placer, debe
abandonar las empresas científicas, porque la Naturaleza no otorga sus favores
a los fríos de condición, y la frialdad es a menudo inequívoco signo de
impotencia.
p. 113
CAPÍTULO V
Enfermedades de la voluntad.
Todos hemos visto profesores superiormente dotados,
desbordantes de actividad e iniciativas, en posesión de suficientes medios de
trabajo, y que, sin embargo, no realizan obra personal ni escriben casi nunca.
Sus discípulos y admiradores esperan con ansia la obra grande, legitimadora del
alto concepto que del maestro se formaron; pero la obra grande no
se escribe y el maestro continúa callando.
No nos engañen el optimismo y el buen deseo. A
despecho del mérito excepcional y del celo y actividad desplegados en
determinadas funciones docentes, dichos maestros son enfermos de la voluntad.
No lo serán acaso a los ojos del frenópata; su modorra y dejadez no justifican
todavía el diagnóstico de abulia; pero sus discípulos y amigos
harán bien en considerarlos como anormales y de proponerles, con el respetop.
114 y dulzura debidos a su alta mentalidad, tratamiento espiritual
adecuado.
Estos ilustres fracasados agrúpanse en las
principales clases siguientes: dilettantes o contempladores, eruditos
o bibliófilos, organófilos, megalófilos, descentrados y teorizantes.
Contempladores.—Variedad morbosa muy frecuente entre astrónomos,
naturalistas, químicos, biólogos y físicos, reconócese en los síntomas
siguientes: Amor a la contemplación de la Naturaleza, pero solo en sus
manifestaciones estéticas: los espectáculos sublimes, las bellas formas, los
colores espléndidos y las estructuras elegantes. Si el dilettante es
botánico, quedará para siempre anclado en la admiración de las algas,
singularmente de las diatomeas, cuyos elegantes carapachos
cautivarán su admiración. En su culto fetichista, pasará sus horas examinando y
fotografiando de mil maneras tan interesantes seres, componiendo con ellos
letreros, grecas, escudos y otros primores ornamentales, pero sin añadir al
copioso catálogo de las especies conocidas una variedad nueva ni contribuir en
lo más mínimo al conocimiento de la estructura, evolución y funcionalismo de
los citados microorganismos.
Si el sibarita científico es histólogo, se
consagraráp. 115 con amor al arte de prestar a las células y tejidos
orgánicos vistosas coloraciones; dominará a maravilla la jeringuilla de
inyección, y en su ingenua admiración de lo pintoresco, pasará sus veladas
dibujando las elegantes redecillas que el carmín y el azul de Prusia bordan en
los capilares del intestino, músculos y glándulas. A gala tendrá el dominar los
más elegantes métodos de tintorería histológica, sin sentir jamás la tentación
de aplicarlos a un tema nuevo o dilucidar una cuestión litigiosa.
Si es geólogo, permanecerá arrobado examinando a la
luz polarizada los espléndidos colores mostrados por las secciones de rocas; si
bacteriólogo, se aficionará al coleccionamiento y cultivo de los microbios
cromógenos y fosforescentes; si astrónomo, consagrará sus ocios a fotografiar
las montañas de la luna o las manchas del sol...
¿A qué seguir? Todos nuestros lectores recordarán
tipos y variedades interesantes de esta especie, tan simpática por su
entusiasmo juvenil y verbo cálido y cautivador, como estéril para el progreso
efectivo de la ciencia.
Bibliófilos y políglotas.—Como el micrógrafo se recrea en la diatomea o el
zoólogo en conchas, insectos y pájaros de vistosa librea, el bibliófilop.
116 se deleita con la lectura del libro o monografía novísimos, de esas
monografías trascendentales, renovadoras, que solo recibe él y de que nuestro
erudito se sirve maravillosamente para asombrar a sus amigos.
Los síntomas de esta dolencia son: tendencias
enciclopedistas; dominio de muchos idiomas, algunos totalmente inútiles; abono
exclusivo a Revistas poco conocidas; acaparamiento de cuantos libros novísimos
aparecen en el escaparate de los libreros; lectura asidua de lo que importa
saber, pero sobre todo, de lo que a pocos interesa; pereza invencible para
escribir y desvío del seminario y del laboratorio.
Como es natural, nuestro erudito vive en y para su
biblioteca, que es copiosa y monumental. Allí recibe a sus contertulios, a
quienes cautiva con una conversación amena, brincadora, variadísima, iniciada
de ordinario con estas o parecidas interrogaciones: ¿Ha leído usted el libro de
Fulano? (aquí un nombre yanqui, alemán, ruso o escandinavo). ¿Conoce usted la
sorprendente teoría de Zutano? Y sin oír la respuesta, el erudito desarrolla,
con calurosa elocuencia, una doctrina las más veces estrafalaria y audaz, sin
base objetiva suficiente y solo pasadera como tema de espiritual causerie.
p. 117Estos indolentes de la ciencia, que hablan de
todo, malogrando y derrochando facultades exquisitas, ignoran una cosa muy
sencilla y muy humana: que son censurados de sus mismos amigos y aduladores, a
quienes inspiran más piedad que respeto. Y desconocen también, o al menos no
sienten con la vehemencia debida, esta verdad trivial: que la erudición posee
muy escaso valor cuando no representa la preparación y el pródromo de la acción
personal intensa y perseverante. Todo su afán se cifra en pasar por monstruos
de talento y de cultura, sin reparar que solo esfuerzo vivificante puede librar
al sabio del olvido y la injusticia.
No hay, por fortuna, en este punto que insistir
mucho para rectificar juicios sociales equivocados. Nadie ignora que vale quien
sabe y actúa, y no quien sabe y se duerme. Rendimos tributo de veneración a
quien añade una obra original a una biblioteca, y se lo negamos a quien lleva
una biblioteca en la cabeza. Para resultar fonógrafo, no valía la pena de haber
complicado con el estudio y la reflexión la organización del cerebro. En cosa
de más enjundia hay que emplear nuestras neuronas. Saber, pero transformar;
conocer, pero obrar: tal es la norma del verdadero hombre de ciencia.
p. 118Brindemos, pues, nuestro aplauso y gratitud a
quienes dejaron estela de verdades luminosas, y olvidemos a quienes se
fatigaron estérilmente, convertidos en girándulas de sonoras palabras. Al modo
del tenor, el erudito elocuente puede, sin duda, recibir en vida, en la cálida
intimidad de su tertulia, plácemes entusiastas; pero en vano esperará las
aclamaciones del gran teatro del mundo. El público del sabio vive lejos o no
vive aún; lee y no oye; es tan austero y recto, que no reconoce más títulos a
la gratitud y al respeto que las verdades nuevas puestas en circulación en el
mercado cultural.
Los megalófilos.—Caracterízase esta variedad de malogrados por
atributos nobles y simpáticos. Estudian mucho, pero aman también el trabajo
personal; poseen el culto de la acción y dominan los métodos inquisitivos;
rebosan de patriotismo sincero y ansían enaltecer su nombre y honrar a su país
con admirables conquistas.
Y, sin embargo, un error funesto esteriliza sus
afanes. Evolucionistas convencidos en teoría, resultan providencialistas en la
práctica. Como si confiaran en el milagro, desean estrenarse con hazaña
prodigiosa. Recordando acaso que Hertz, Mayer, Schwann, Röntgen, Curie,
iniciaron su vida científica con un gran descubrimiento, aspiranp. 119 a
ascender, desde el primer combate, de soldados a generales, y se pasan la vida
planeando y dibujando, construyendo y rectificando, siempre en febril
actividad, siempre en plena revisión, incubando el gran engendro, la obra
asombrosa y arrolladora. Y los años transcurren, y la expectación se fatiga, y
los émulos murmuran, y los amigos estrujan la imaginación para cohonestar el
silencio del grande hombre. Y mientras tanto, sobre aquel tema tan
detenidamente explorado, acariciado y lamido, llueven en el extranjero
importantes monografías que arrebatan, ¡ay!, a nuestro ambicioso investigador
el halago de la prioridad, y le obligan a cambiar de rumbo. Sin desanimarse, el
megalófilo aborda otro tema, y cuando tiene casi construido el imponente
monumento, nuevos émulos, que se permiten fabricar ciencia al pormenor, vuelven
a amargarle la existencia. Y al fin llega a la vejez entre el silencio
indulgente de los discípulos y la irónica sonrisa de los sabios.
¡Y todo por no haberse plegado desde el principio,
modesta y humildemente, a esta ley de naturaleza, que es también táctica de
buen sentido!: Abordar primeramente los pequeños problemas, para acometer
después, si el éxito sonríe y las fuerzas crecen, las magnas hazañas dep.
120 la investigación. Esta actitud prudente podrá no conducir siempre a la
gloria; pero en todo caso nos granjeará la estima de los sabios y el respeto y
consideración de nuestros conciudadanos.
A guisa de subvariedad de los megalófilos consideramos
los proyectistas, que recuerdan a los antiguos arbitristas.
Distínguense fácilmente por la ebullición y superabundancia de ideas y de
planes de acción. Ante sus ojos optimistas, todo aparece de color de rosa. Por
seguro tienen que, una vez secundadas, sus iniciativas abrirán amplios
horizontes a la ciencia y rendirán frutos prácticos inestimables. Solo hay que
deplorar una pequeña contrariedad: ninguna empresa llega a plena sazón. Todas
se malogran, unas veces por escasez de medios, otras por ausencia de ambiente,
las más por falta de discípulos capaces de cooperar a la magna obra, o de
Corporaciones y Gobiernos suficientemente cultos y avisados para alentarla y
recompensarla.
La realidad es que no trabajan bastante; fáltales
perseverancia. Como decía agudamente Gracián en su Oráculo manual:
«Todo se les va a algunos en comenzar y nada acaban; inventan, pero no
prosiguen; todo para en parar... Matep.
121 el sagaz la caza, no se le vaya todo en levantarla».
Organófilos.—Variedad poco importante de infecundos,
reconócense en seguida por una especie de culto fetichista hacia los
instrumentos de observación. Fascinados por el brillo del metal, como la
alondra por el espejuelo, cuidan amorosamente de sus ídolos, que guardan como
en sagrario, relucientes como espejos y admirablemente presentados. Reposo y
disciplina conventual reinan en el laboratorio, donde no hay una mancha ni se
oye el menor rumor.
En los amplios bolsillos del organófilo las llaves
sonajean de continuo. Imposible que el ayudante o los alumnos consulten, en
ausencia del profesor, la monografía o el aparato imprescindibles.
Microscopios, espectroscopios, balanzas de precisión, reactivos, etc., están
guardados y lacrados con siete sellos. ¡No faltaría más que, por una
condescendencia punible del jefe, el ayudante estropeara el objetivo de Zeiss,
el refractrómetro o el aparato de polarización! ¡Ello sería horrible! Además,
¿no es él el único responsable del material científico, arca santa de la
Universidad, y no tendrá en su día que rendir estrecha cuenta a sus superiores?
¿Investigar? ¿Comprobar? ¡Ya lo hará cuando tenga tiempo,p. 122 y luego
que lleguen ciertas novísimas Monografías cuya consulta le es indispensable!
¡Ah!, si el Gobierno le aumentase la consignación de material, quizá podría
desprenderse, en obsequio a la enseñanza, de parte del sagrado depósito...
¡Pero mientras tanto!...
Estos maestros —de que nuestros lectores recordarán
más de un ejemplar— erraron la vocación[17]. Creen ser
buenos docentes y celosos funcionarios y, en realidad, son excelentes amas de
casa. ¿Verdad que recuerdan a esas excelentes señoras, las cuales adornan
primorosamente la sala, ordenan escrupulosamente los muebles, barnizan
diariamente el parquet y, en evitación de manchas y
desarreglos, reciben a sus relaciones en el comedor?
Claro es que de los organófilos empedernidos no
puede sacarse partido. Padecen morbo casi incurable, sobre todo si va asociado,
según ocurre con frecuencia, a cierto estado moral poco confesable: a la
preocupación egoísta y antipática de impedir que otros trabajen, ya que ellos
no saben o no quieren trabajar.
p. 123Los descentrados.—Si el profesorado no
fuera a menudo entre nosotros mero escabel de la política o decoroso reclamo de
la clientela profesional; si a nuestros candidatos a la cátedra se les
exigieran, en concursos y oposiciones, pruebas objetivas de aptitud y vocación,
en vez de pruebas puramente subjetivas y, en cierto modo, proféticas,
abundarían menos esos casos de chocante contradicción entre la vocación real y
la actividad oficial, entre la función retribuida y la actividad libre.
«Una de las causas de la prosperidad de Inglaterra
—me decía un profesor de Cambridge— consiste en que, entre nosotros, cada cual
ocupa su puesto.» Lo contrario de lo que, salvando honrosas excepciones,
acontece en España, en donde muchos parecen ocupar un puesto, no para
desempeñarlo, sino para cobrarlo y tener de paso el gusto de excluir a los
aptos.
¿Quién no recuerda generales nacidos para pacíficos
burócratas o jueces de paz; profesores de medicina cultivando la literatura o
la arqueología; ingenieros escribiendo melodramas; patólogos dedicados a la
moral, y metafísicos votados a la política? De donde resulta que, en lugar de
consagrar a la actividad oficial todas las fuerzas de nuestro espíritu, le
rendimos solamentep. 124 mínima parte de ellas, y eso de mala gana y como
cumpliendo penosa obligación.
No pretendemos, empero, que la vida del profesor y,
en general, del hombre de ciencia, sea tan austera y rigorista que haya de
consumirse por entero en la tarea profesional. Desearíamos solamente que a
ocupaciones amenas o de mero pasatiempo dedicara el sobrante de su actividad,
esos sanos coqueteos de la atención enervada por la intensidad y monotonía de
la diaria labor.
Más que anormales —pensará alguno— los descentrados son
infortunados a quienes circunstancias adversas impusieron oficio contrario a
sus inclinaciones. Sin embargo, bien consideradas las cosas, dichos fracasados
entran también en la categoría de abúlicos, porque carecen de la energía
necesaria para cambiar de camino, armonizando al fin la vocación con el empleo.
Los descentrados crónicos parécennos enfermos
desahuciados. No así los jóvenes, a quienes sugestiones de familia o tiranías
del medio moral desviaron de su destino, obligándoles a trabajo de forzados.
Flexibles todavía las coyunturas mentales, harán bien en cambiar de dirección
en cuanto soplen vientos favorables. Aun aquellos que, amarrados a una ciencia
extraña a susp. 125 aficiones, viven como desterrados de su patria ideal,
podrían redimirse y trabajar con provecho si, levantando el ánimo al cumplimiento
de sagrados deberes, procuraran buscar dentro de sus tareas oficiales algún
dominio agradable, donde laborar hondo y bien. ¿Qué ciencia carece de algún
oasis deleitoso donde nuestra inteligencia encuentre útil empleo y plena
satisfacción?
Los teorizantes.—Hay cabezas cultísimas y superiormente dotadas,
cuya voluntad padece una forma especial de pereza, tanto más grave cuanto que
ni a ellos se lo parece ni por tal suele reputarse. He aquí sus síntomas
culminantes: talento de exposición; imaginación creadora e inquieta; desvío del
laboratorio y antipatía invencible hacia la ciencia concreta y los hechos
menudos. Pretenden ver en grande y viven en las nubes. Prefieren el libro a la
monografía y las hipótesis brillantes y audaces a las concepciones clásicas,
pero sólidas. En presencia de un problema difícil, sienten irresistible
tentación, no de interrogar a la Naturaleza, sino de formular una teoría. Como
acierten a percibir tenue y artificiosa analogía entre dos fenómenos, o logren
encajar el hecho nuevo en el marco de una concepción general verdadera o falsa,
danse por satisfechos, y se creen excelsos reformadores. Elp. 126 método
es legítimo en principio, pero abusan de él, cayendo en la inocencia de
considerar las cosas bajo un solo aspecto. Para ellos lo esencial es la
estética de la concepción. Poco importa que se funde en el aire, con tal de que
sea bella e ingeniosa, ponderada y simétrica.
Como es natural, las decepciones persiguen al
teorizante. El medio científico actual es tan poco propicio a las teorías, que
aun las que llevan el sello del genio necesitan para imponerse lustros de lucha
y de incesante laboreo experimental. ¡Han caído tantas doctrinas que parecían
inconmovibles!
En el fondo, el teorizante es un perezoso
disfrazado de diligente. Sin percatarse de ello, obedece a la ley del mínimo
esfuerzo. Porque es más fácil forjar una teoría que descubrir un fenómeno.
Liebig, buen juez en estas materias, escribía
paternalmente al joven Gebhard, químico de grandes alientos, pero harto
inclinado a las síntesis ambiciosas: «No hagas hipótesis. Ellas te acarrearán
la enemiga de los sabios. Preocúpate de aportar hechos nuevos. Los hechos son
los únicos méritos no regateados por nadie; hablan alto en nuestro favor,
pueden ser comprobados por todos los hombres inteligentes, nos creanp.
127 amigos e imponen la atención y el respeto a los adversarios».
Y Liebig tenía muchísima razón. Las teorías son, en
efecto, peligrosísimas para el porvenir de un principiante. Adoctrinar envuelve
cierta arrogancia pedante, algo como alarde de superioridad intelectual, que
solo se perdona al sabio ilustrado por larga serie de descubrimientos
positivos. Adquiramos primero personalidad seamos obreros útiles; más adelante
veremos si se nos consiente ser arquitectos.
Acaso el lector, recordando lo que dejamos en otro
lugar expuesto acerca de la necesidad de las hipótesis, se pregunte si no
cometemos inconsecuencias. Hay que distinguir entre las hipótesis de trabajo (Arbeitenhipothesen de
Weissmann) y las teorías científicas. La hipótesis constituye interrogación
interpretativa de la naturaleza. Forma parte de la investigación misma, como
que representa su fase inicial, su antecedente casi necesario. Pero especular
de continuo, es decir, teorizar por teorizar, sin acudir al análisis objetivo
de los fenómenos, es perderse en idealismos sin consistencia, es volver la
espalda a la realidad.
Insistamos una vez más en esta conclusión evidente:
el haber positivo de un sabio hállasep. 128 formado por el conjunto de los
hechos originales que aporta. Las hipótesis pasan, pero los hechos quedan. Las
teorías nos abandonan, los hechos nos defienden. Ellos son nuestro capital
efectivo, nuestros bienes raíces y nuestra mejor ejecutoria, y en la eterna
mudanza de las cosas ellos solo se salvarán de los ultrajes del tiempo y del
olvido o de la injusticia de los hombres. Fiarlo todo al éxito de una concepción,
vale tanto como ignorar que cada quince o veinte años se renuevan las teorías.
¡Qué de hipótesis, al parecer definitivas, no han caído ruidosamente en física,
en química, en geología, en biología, etc., durante los últimos lustros! En
cambio, ahí están inmutables, y desafiando a la crítica, los hechos bien
observados de la anatomía y fisiología, de la química y de la geología, las
leyes y ecuaciones de la astronomía y de la física. «Dadme un hecho —decía
Carlyle— y yo me postro ante él.»
En suma: el principiante consagrará su máxima
actividad a descubrir hechos nuevos, haciendo observaciones precisas,
experimentos fecundos, descripciones exactas. De las hipótesis se servirá a
título de sugeridoras de planes de investigación y promotoras de nuevos temas
de trabajo. Si, a pesar de todo, se siente compelidop. 129 a crear vastas
generalizaciones científicas, hágalo más adelante, cuando el caudal de
observaciones originales allegadas le haya granjeado sólida autoridad.
Entonces, y solo entonces, será oído con respeto y discutido sin desdén. Y si
la fortuna le acompaña, ceñirá al fin la doble corona de investigador y de
filósofo.
Hemos descrito los principales tipos de fracasados,
haciendo resaltar, quizás con tintas algo subidas, sus flaquezas éticas y sus
lacerias intelectuales. Nuestro propósito ha sido ponerles delante el espejo
donde, tanto ellos como sus discípulos y admiradores, contemplen su deformidad.
No confiamos, empero, en la eficacia de nuestro diagnóstico para corrección de
los maduros y osificados. A los jóvenes que, en su candor, envidian prestigios
más que discutibles, se dirigen nuestros consejos. Y se enderezan, sobre todo,
a esos profesores cultos y capaces de trabajar con fruto, pero que, influidos
por el mal ejemplo y faltos de disciplina interior, comienzan a sentir, con el
desmayo del trabajo personal, el deseo malsano y antipatriótico de imitar a
nuestros engreídos infecundos.
Si, a pesar de todos los consejos, la reacción
mental se retarda, hagan examen de conciencia y vean si no están en el caso de
sufrir una curap. 130 espiritual en el extranjero. El laboratorio del
sabio es un sanatorio incomparable para los extravíos de la atención y los
desmayos de la voluntad. En él se desvanecen viejos prejuicios y se contraen
sublimes contagios. Allí, al lado de un sabio laborioso y genial, recibirá
nuestro abúlico el bautismo de sangre de la investigación; allí contemplará,
con noble envidia, ardorosa emulación por arrancar secretos a lo desconocido;
allí respirará el desdén sistemático hacia las vanas teorías y los discursos
retóricos; allí, en fin —en extrañas tierras—, sentirá renacer el santo
patriotismo. Y cuando, lanzado en el camino del trabajo personal, cuente en su
haber algunos estimables descubrimientos, de regreso al país natal, aprenderá a
escatimar sus admiraciones y mirará con desdén, casi con lástima, a sus
antiguos ídolos.
p. 131
CAPÍTULO VI
Condiciones sociales favorables a la obra
científica.
La producción del hombre de ciencia, como toda
actividad del espíritu, hállase rigurosamente condicionada por el medio físico
y moral. Con razón se ha dicho que el sabio es planta delicada, susceptible de
prosperar solamente en un terreno especial formado por el aluvión de secular
cultura y labrado por la solicitud y estimación sociales. En ambiente
favorable, hasta el apocado siente crecer sus fuerzas; un medio hostil o
indiferente abate el ánimo mejor templado. ¿Cómo proseguir cuando a nadie
interesa nuestra obra? Solo un carácter férreo y heroico sería capaz de
sobreponerse a un medio adverso, y esperar, resignado y obscuro, la aprobación
de la posteridad. Pero la sociedad no debe contar con los héroes, por si no
tienen ap. 132 comodidad de aparecer. Atengámonos, sobre todo, a los
caracteres medios y a los talentos regulares, como vengan asistidos de noble
patriotismo y de hidalga ambición. A la formación y cultivo de estos patriotas
del Laboratorio deben contribuir Gobiernos e Instituciones docentes, creándoles
un ambiente social propicio y librándoles, en lo posible, de las preocupaciones
de la vida material.
Sin duda que, durante algún tiempo todavía, y en
virtud de causas cuyo examen dejamos para otro lugar, la investigación
científica en España será obra de abnegación y de sacrificio. Con todo eso,
fuerza es declarar que se han exagerado mucho las resistencias morales y
materiales opuestas al trabajo científico. Nuestros Jeremías de la Universidad
deploran, a veces con razón, la falta de medios; pero más a menudo se quejan un
poco teatralmente, adoptando posturas retóricas, de abandono y hasta de
persecución.
Tengamos la sinceridad de confesarlo: en la mayoría
de los casos, frases desalentadoras como las siguientes: «Carezco de
laboratorio; ejerzo una profesión incompatible con el vagar indispensable a la
labor científica; las obligaciones de la familia me roban el tiempo y dinero
exigidosp. 133 por el trabajo de investigación», etc., etc., representan
alegatos del dolce far niente o disculpas de un patriotismo
desmayado.
Fácil será reducir a su cabal valor tales
lamentaciones e insistir de pasada en esta verdad capital: para la obra
científica los medios son casi nada y el hombre lo es casi todo.
Deficiencia de medios materiales.— He aquí la cómoda excusa que muchos profesores y
no pocos doctores ajenos a la enseñanza, aunque aptos para la investigación,
ponen por delante en cuanto se les interroga por sus trabajos. Si el
quejumbroso es filósofo, jurista, filólogo,
etc., alegará la falta de lectores y, sobre todo, la ausencia de biblioteca de
Revistas especiales; si bacteriólogo, histólogo o naturalista,
echará de menos un buen microscopio, reactivos, local adecuado, etc.; si físico, químico e ingeniero,
repetirá la misma cantinela, deplorando la mezquindad del instrumental y la
indotación del laboratorio; si astrónomo, se tenderá en el surco hasta que el
Gobierno le proporcione magníficos telescopios, etc. Todos, en fin, coincidirán
en que nuestros políticos, procedentes en su inmensa mayoría del gremio de
juristas y literatos, desdeña la ciencia experimental y la enseñanza objetiva.
E incurriendo en un tópico vulgar,p. 134 no vacilarán en suponerlos
principales responsables de nuestro atraso[18].
Pueril fuera desconocer que hemos padecido, a
menudo, ministros del viejo tipo retórico, sin orientación europea, y funestos,
por tanto, al resurgimiento intelectual de nuestro país. Mas tales políticos,
orientados hacia el pasado, devotos de la tradición y recelosos de la moderna
cultura, han desaparecido casi por completo.
Nuestros estadistas de hoy adolecen, sin duda, de
algunos defectos (uno de ellos es ignorar o no sentir con suficiente energía
que la grandeza y poderío de las naciones es obra de la ciencia, y que la
justicia, el orden y las buenas leyes constituyen factores de prosperidad
positivos, pero secundarios); pero en todo caso no incurrirán en el error
antipatriótico de negar protección y subsidios a las eminencias de la cátedra y
a las capacidades científicas indiscutibles. En sup. 135 ingenuo optimismo
han hecho más, y es doloroso consignarlo: han creado espléndidos laboratorios a
beneficio de varones cuya aptitud y patriotismo parecen harto dudosos. Y si
para los hábiles de la intriga y del favor se crean sinecuras y se acumulan
espléndidos medios materiales, ¿cómo les serán estos negados a maestros
esclarecidos, ilustrados por notorios descubrimientos o por trabajos
científicos de positiva valía?
Tiene el político sus debilidades, pero tiene
también sus noblezas. Y por encima de todo cultiva la habilidad y la travesura.
Precisamente, esos mismos ministros, cuya voluntad flaquea ante los
requerimientos de la amistad o de la clientela política, suelen ser los más
solícitos en galardonar al mérito positivo.
Claro es que las susodichas facilidades de trabajo
se dispensan de preferencia a profesores aventajados y de indiscutible
autoridad. Con mayores obstáculos tropezarán los aficionados ansiosos de
renombre. Harán mal, empero, en desanimarse. Para seguir adelante y fomentar la
noble vocación, tendrán que escoger entre el sacrificio o la subordinación, es
decir, entre el laboratorio propio y el laboratorio oficial.
En ausencia total de recursos materiales, todop.
136 principiante deberá recurrir al laboratorio oficial. Y conseguirá, si
se lo propone, figurar entre los íntimos del maestro. Como su fuerza de trabajo
y preparación científica sean suficientes, ¿qué profesor le negará una mesa de
labor y paternales consejos?
Y, sin embargo, nosotros veríamos con más gusto al
principiante (a poco que se lo consintieran sus recursos pecuniarios) iniciar
su aprendizaje en laboratorio propio, organizado y sostenido con sus modestas
economías. Sin duda que el Establecimiento oficial nos ofrece, con el maestro,
guía valioso y, en muchos casos, irreemplazable. Pero la labor en común adolece
de muchos inconvenientes. La brevedad de las horas de trabajo, la conversación
y bullicio continuos, el ir y venir de alumnos y ayudantes, la lucha por la
posesión de los instrumentos analíticos, y otras molestias anejas a los
laboratorios universitarios, además de implicar pérdida de tiempo, producen una
despolarización de la atención, nada favorable a la pesquisa científica.
En condiciones tales, y más si el guía deja algo
que desear, vale más trabajar a solas. Sean nuestros maestros los libros:
mentores sabios, serenos, sin eclipses ni mal humor. Con ellos daremos cima al
empeño soberano, que consiste,p. 137 antes de descubrir, en descubrirnos;
antes de modelar la naturaleza, en modelarnos. Forjarnos un cerebro fuerte, un
cerebro original, exclusivamente nuestro: he ahí la labor preliminar,
absolutamente inexcusable. Y luego, llegada la madurez técnica, ¡qué holguras y
facilidades para la indagación personal! Ibsen pone en boca de un personaje
este consejo dirigido a un amigo: «Sé tú mismo.» Nada mejor para lograrlo que
laborar a solas.
¡Oh soledad confortadora, cuán propicia eres a la
originalidad del pensamiento! ¡Cuán dulces y fecundas las invernales veladas
pasadas en el hogar-laboratorio, durante las cuales los Centros
docentes rechazan a sus devotos! Ellas nos libran de fatales improvisaciones,
doman nuestra impaciencia y refinan la capacidad de observación. ¡Con qué
cariño cuidamos de los instrumentos propios, cada uno de los cuales representa
una vanidad negada o un vicio insatisfecho! ¡En nuestro amor hacia ellos,
apreciamos sus excelencias, notamos sus defectos, esquivamos sus lazos,
penetramos, en fin, en su alma amiga, que responde siempre, sumisa y
simpáticamente, a los requerimientos de la nuestra!
Pero un laboratorio de investigación —reparará el
lector— debe ser cosa dispendiosa. Errorp. 138 lamentable. Procurarse las
herramientas necesarias, cuesta muy poco. Misérrimos habrán de ser los
profesores, naturalistas, médicos, farmacéuticos, etc., para quienes sea
empresa inaccesible costear y sostener un Centro privado de estudios
experimentales.
Permítasenos la inmodestia de citarnos a este
propósito. Con las exiguas economías del haber de un catedrático de provincias,
y sin más ingresos extraordinarios que algunas lecciones particulares, hubimos
nosotros de crear y mantener, durante quince años, un laboratorio micrográfico
y suficiente biblioteca de Revistas. Nuestro primer microscopio —un Verick
estimable— fue adquirido a plazos. Y el caso no es excepcional. Lo corriente es
inaugurar la propia obra con penuria de medios, pero con medios propios, que
precisamente por serlo resultan singularmente educadores y fecundos. Notorio es
que la mayoría de los descubrimientos fisiológicos, histológicos y
bacteriológicos, etc., fueron obra de jóvenes entusiastas, sin nombre y sin
fortuna, que trabajaron en buhardillas o graneros. El laboratorio oficial,
cómodo y suntuoso, llegó más adelante, como galardón del éxito científico.
A docenas podrían citarse ejemplos clásicos de
modestos comienzos. Faraday, aprendiz dep. 139 encuadernador, llevado de
su entusiasmo científico, asentó de mozo o de mecánico en el laboratorio de
Davy, alejado del cual, y sin haber seguido carrera alguna, montó un Centro de
investigaciones, del que brotaron admirables conquistas, renovadoras de la
ciencia de la electricidad. El gran Berzelius inició sus descubrimientos
químicos en el obrador de su botica. Buena parte de los astrónomos de genio
exploraron el cielo desde la azotea de sus casas, armados de medianos anteojos.
Sirva de ejemplo Goldschmidt, quien desde las ventanas de su habitación, y
ayudado de modestísimo refractor (105 mil.), descubrió, a fuerza de paciencia,
muchos pequeños planetas.
En suma: más que escasez de medios, hay miseria de
voluntad. El entusiasmo y la perseverancia hacen milagros. Lo excepcional es
que, en lujosos y bien provistos laboratorios sostenidos por el Estado, un
novel investigador logre estrenarse con memorable hazaña científica. Desde el
punto de vista del éxito, lo costoso, lo que pide tiempo, brío y paciencia, no
son los instrumentos, sino, según dejamos apuntado, desarrollar y madurar una
aptitud. A lo más, la mezquindad económica nos condenará a limitar nuestras
iniciativas, a achicar el marco de lap. 140 indagación. Pero, ¿no es esto
una ventaja?
Desde este aspecto, cabe distinguir dos ciencias:
una dispendiosa, aristocrática, cuyo culto exige templos suntuosos y ricas
ofrendas; y otra barata, casera, democrática, accesible a los más humildes
peculios. Y esta Minerva de los humildes muéstrase singularmente propicia: en
su bondad acoge mejor las flores de la meditación intensa que aparatosas y
regias hecatombes. Hay, además, un noble orgullo en triunfar con pobres medios:
el orgullo de la elegancia y de la sobriedad. Por otra parte, nada realza mejor
la enérgica personalidad del investigador, distinguiéndole de la caterva de
trabajadores automáticos, que aquellos descubrimientos donde la voluntad y la
lógica dominan el mecanismo, y para los cuales el cerebro es casi todo y los
medios materiales casi nada.
Con el propósito de ser útil a nuestros lectores y
desterrar preocupaciones económicas, vamos a descender un momento al terreno de
las cifras, puntualizando algún presupuesto de laboratorios baratos.
El aficionado a la botánica, anatomía
comparada, histología, embriología, etc, necesita,
por junto, como instrumental: un microscopio Zeiss, mediano modelo,
con concentrador luminosop. 141 Abbe; un objetivo
de inmersión homogénea, dos a seco y una pareja de oculares (400
a 500 pesetas); pequeño microtomo de Reichert o de Schanze
(150); y algunos reactivos y materias colorantes (de 30 a 50
pesetas). En suma, un presupuesto total de 1.000 a 1.200 pesetas[19].
El bacteriólogo y anatomopatólogo han
menester material algo más variado y dispendioso, aunque todavía abordable para
el médico o naturalista noveles: Microscopio igual al
anterior, dos estufas, una de temperatura constante y otra de
esterilización, tubos de ensayo, matraces, jaulas para
animales, etc. Total: de 1.800 a 2.000 pesetas.
El fisiólogo podrá inaugurar sus
estudios con una caja de vivisecciones, aparato de
contención, de animales, cilindro registrador de
Marey, carrete de inducción, pilas eléctricas, etc.
Todo ello costará alrededor de 1.000 pesetas.
Con menos instrumental todavía satisfarán sus
gustos el zoólogo, el geólogo, y, sobre todo, el
aficionado a la psicología comparada y experimental Nada más
económico ni más cautivadorp. 142 para un espíritu medianamente filosófico
que el estudio de los instintos; del modo de reacción de los animales en
presencia de los excitantes; de las leyes del hábito y de la memoria; del
efecto perturbador causado por la alteración del medio físico (variación,
herencia, mutación per saltum, etc.); la materia, en fin, de las
observaciones y experimentos clásicos de los Fabre, Réaumur, Huber, Lubbock,
Forel, Perrier, Bohm, etcétera.
Ciertamente, mayores sacrificios impone el cultivo
de la física y de la química. Requiérese a menudo
el laboratorio oficial, bien provisto de costosos aparatos de medida o de
análisis y de potentes generadores de energía motriz. Y, sin embargo, si
nuestro físico en cierne sabe encerrarse en los límites de un tema especial,
perteneciente a los grandes capítulos de la electricidad, luz, radioactividad,
magnetismo, etc., podrá con ayuda de pocos instrumentos, trabajar también
eficazmente a domicilio e ilustrarse con indagaciones estimables.
La norma de confinarse en uno o en corto número de
temas, posee valor absoluto. Quien ambicione explorar el dominio total de una
ciencia (si ello fuera posible hoy) necesitaría, además de amplio local,
disponer de un arsenal dep. 143 instrumentos variadísimos, y, por
consiguiente, enormemente dispendiosos. He aquí un inconveniente más de la
manía enciclopédica, contra la cual hemos protestado en capítulos anteriores.
Compatibilidad entre el ejercicio profesional y la
labor investigadora.— Poco hay que esforzarse en demostrar que, lejos de excluirse, ambas
tareas se completan e iluminan mutuamente. Para el amante de la observación la
práctica profesional constituye el mejor aliado del laboratorio. Aquella
proporciona la materia inquisitiva, a cambio de la cual este presta al
ejercicio profesional normas teóricas y soluciones prácticas.
Supongamos que el hombre de carrera sea médico con
regular clientela. Sin vacilar declaramos que no ejercerá a conciencia su
misión sin el concurso del laboratorio privado u oficial, donde personalmente
se ocupe en dilucidar, con el microscopio y la técnica química, los arduos
problemas de la clínica. Ni valga alegar que falta tiempo para ello y que a la
realización de tales trabajos responden los laboratorios micrográficos y
químicos dirigidos por especialistas (análisis pericial de sangre, orinas, tumores,
microbios, etc.). Sin duda que estos laboratorios rinden servicios útiles; pero
su eficacia máxima se obtiene solamente cuando concurre, en quienp.
144 los dirige, la doble cualidad de técnico y de clínico.
Lejos estamos de condenar las excelencias de la
división del trabajo. Pero convengamos en que la excesiva fragmentación de la
labor científica entraña algunos inconvenientes. Uno de los cuales consiste en
separar lo inseparable, es decir, en localizar en cabezas diferentes los
términos de un mismo razonamiento. Alejados, el dato experimental y el juicio
médico apenas se prestan ayuda; asociados en el mismo intelecto, se iluminan y
fecundan mutuamente.
Y viniendo a nuestro asunto, ocurre preguntar
ahora: si el médico, entregado a la dilucidación de los problemas prácticos,
adquiere, como no puede menos de suceder, pericia experimental y dominio de los
métodos analíticos, ¿qué le costaría avanzar un paso más y consagrarse, sin
abandonar su profesión, a la indagación científica original? Que ello es
posible, y aun hacedero y llano, pruébase con la conducta de muchos médicos
prácticos del extranjero, quienes, inspirados en nobles ideales, supieron,
entre las inquietudes y apremios del ejercicio profesional, organizar
laboratorios privados, honrándose y honrando a su país con descubrimientos
biológicos de valía. Citemos, entre mil, al ilustre Virchow,p. 145 que,
siendo médico de Francfort, escribió su célebre obra sobre la Patología
celular; a Roberto Koch, también médico práctico, domiciliado en Postdam, cuyas
investigaciones renovaron la bacteriología con hallazgos técnicos fecundísimos
y observaciones admirables; a la brillante pléyade de neurólogos de Francfort,
ciudad no universitaria, donde los Weigert, los Ehrlich, los Edinger, etc.,
crearon valiosos métodos de investigación histológica, etc.
El investigador y la familia.— Los afanes y gastos exigidos por la creación y
sostenimiento de una familia, en contraste con las mezquinas retribuciones con
que el Estado sufraga la función docente, constituyen, según es harto sabido,
otra de las razones alegadas por muchos de nuestros profesores para desertar
del laboratorio y enderezar sus actividades a más lucrativas empresas. «La
ciencia y la familia —afirman— son incompatibles. Puesto que la base física del
profesor —añaden— representa mera ración de entretenimiento, ¿cómo invitar a
nadie a compartirla? El sabio debe escoger, por tanto, entre su familia
espiritual y su familia real; entre sus ideas y sus hijos.»
Preciso es reconocerlo: en tales exageraciones late
un fondo de verdad. Los afanes del hogarp. 146 restan fuerzas morales y
económicas a la obra de investigación. El ideal universitario sería un
monasterio, cuyos monjes, consagrados de por vida al estudio de la naturaleza,
se distrajeran un tanto de sus deberes religiosos.
Porque somos demasiado imperfectos para consagrar
por igual nuestro fervor a dos nobles causas. El ansia del cielo desinteresa de
la tierra. Notorio es que los psicólogos, abismados en la contemplación del
espíritu, desprecian el cerebro. Quienes se preocupan del diablo, se ríen del
microbio. Y la aspiración a la gloria eterna nos aleja de la gloria humana. ¡La
gloria!... Vana ilusión, sin duda, pero capaz de remover montañas y de impulsar
ardientemente la humanidad hacia la verdad y el bien. Como el patriotismo, la
pasión de la gloria debe sugerirse y nunca analizarse.
Mas la vida cenobítica resultaría para la mayoría
de los sabios intolerable sacrificio. Parece que este ideal de íntima
convivencia fue realidad en la famosa escuela de Alejandría. Sin embargo,
aquellos célebres geómetras y astrónomos fueron sin duda casados. Si la mujer
es un mal, convengamos en que es un mal necesario. Poquísimos son los austeros
para quienes la bella mitad del género humano representa algop. 147 así
como vistoso ejemplar de colección ornitológica. Además, mala táctica de
conquistar adeptos sería brindarles la abstención y el martirio. Sea abnegado
quien pueda, pero no impongamos a nadie la abnegación.
He aquí un punto en que la tutela del Estado
resulta necesaria. Es mera cuestión económica. Obligación sagrada de aquel es
conciliar la obra científica con la holgada vida de familia, ahorrando al
investigador dolorosas renuncias. Como todo ciudadano celoso del bien público,
el científico debe hallarse en situación de satisfacer la plenitud de sus
irrefrenables instintos sociales. En países más adelantados, donde se sabe
harto bien que la prosperidad nacional es fruto de la ciencia, este problema
económico recibió hace tiempo satisfactoria solución. Y en Alemania e
Inglaterra han hecho más: en su generosidad hacia los maestros, han convertido
el aula y el laboratorio en pingües sinecuras. Y el sabio ha acabado por tener
firma tan acreditada en el libro científico como en el libro talonario.
En esas felices naciones se cumple siempre lo que
escribía Liebig a Gerhard: «Apuntad a un fin elevado, y al fin los honores y
riquezas llegarán sin que tenga uno que tomarse el trabajo de buscarlos».
p. 148Muy alejados nos hallamos todavía en España
de este ideal económico. Hacia él se camina, sin embargo. Notorio es, según
dejamos apuntado más atrás, que las condiciones materiales de nuestro
Profesorado y, en general, de los devotos del laboratorio, han mejorado mucho,
gracias a plausibles iniciativas de los Gobiernos[20].p.
149 Pero aunque el Estado fuera sordo a nuestros clamores, no debemos
amilanarnos. Sea nuestra divisa la de los grandes financieros: ganar mucho para
satisfacer todas nuestras necesidades, y singularmente las de orden elevado, en
vez de constreñirnos a una vida de mezquina economía y de cobardes
abstenciones.
Pongámonos en el peor de los casos, y veamos cómo
el novel profesor puede servir a la vez su familia y sus proyectos. Doy por
supuesto que nuestro catedrático reside en ciudad de provincias, de ambiente
sórdido, sin posible clientela y falto, por tanto, de los recursos necesarios
para satisfacer conjuntamente inexcusables exigencias del hogar y de sus
queridas investigaciones.
¿Se privará de todo en aras de su vocación? ¿Vivirá
solitario renunciando al matrimonio? De ninguna manera. Sirva con igual
devoción sus ideales y sus buenos instintos. Para su labor, entréguese a las
investigaciones baratas, que piden poco material y mucho esfuerzo. Y aproveche
sus actividades sobrantes en el fomento de aquellas industrias docentes menos
alejadas del blanco de sus amores: la del libro de texto y hasta de
vulgarización, la de los análisis periciales y, en fin, la de la enseñanza
privada. Con estosp. 150 ingresos complementarios dará pábulo a sus nobles
afanes, sin renunciar a legítimas expansiones del hogar. Y espere pacientemente
mejores tiempos. Si su labor es realmente meritoria, el premio vendrá a
sorprenderle en su rincón. A la excelsa alegría que lleva aparejado el
cumplimiento austero del deber, se añadirán también el bienestar material y los
halagos de la nombradía.
Contra el parecer de muchos, hemos declarado que el
hombre de ciencia debe ser casado y arrostrar valerosamente las inquietudes y
responsabilidades de la vida de familia.
No imitará el egoísmo de Epicuro, que no se casó
para ahorrarse cuidados e inquietudes, ni el refinadísimo de Napoleón, que solo
veía en la mujer una enfermera utilísima para la vejez[21]. Para el
hombre de ciencia, el concurso de la esposa es tan necesario en la juventud
como en la ancianidad. Como la mochila en el combate es la mujer: sin esta se
lucha con desembarazo, pero ¿y al acabar?
p. 151En este punto solo haremos una restricción:
que el sabio tenga en cuenta su propia y especial psicología[22] antes
de escoger compañera. Y sobre todo, que evite a todo trance que se la elijan
los demás. Poco hay que insistir para justificar el matrimonio del sabio. En
varón robusto y normal, el celibato suele ser invitación permanente a la vida
irregular, cuando no a los abandonos del libertinaje. Y las ideas son flores de
virtud que no abren sus corolas, o se marchitan rápidamente, en el vaho de la
orgía. Por otra parte, el soltero vive en plena preocupación sexual. En él la
intriga galante interrumpe demasiado la marcha de la intriga especulativa. Y,
según es notorio, no hay más seguro medio para despreocuparse de mujer que
satisfacerse de mujer. Además, según se ha dicho muchas veces, el hogar feliz
destierra del alma el egoísmo, ennoblece el instinto sexual, genera altos
anhelos sociales y fortalece el patriotismo.
¡Elección de compañera! Tocamos aquí a un punto
delicadísimo. ¿Qué cualidades han dep. 152 adornar a la elegida de un
hombre de ciencia? Cuestión gravísima, porque harto sabido es que los atributos
morales de la esposa son decisivos para el éxito de la obra científica. Muchos
ciudadanos padecen mujer, pero se la padecen ellos solos; mas de la mujer del
sabio sufre, a veces, la sociedad y hasta la humanidad entera. ¡Cuántas obras
importantes fueron interrumpidas por el egoísmo de la joven esposa! ¡Qué de vocaciones
frustró la vanidad o el capricho femenil! ¡Cuántos profesores esclarecidos
rindiéronse al peso de la coyunda matrimonial, convirtiéndose en vulgares
buscadores de oro y rebajándose y esterilizándose con el acaparamiento
insaciable de dignidades y prebendas![23].
Hasta los impulsos más humanos y nobles de la
esposa, cuando alcanzan excesiva expansión, constituyen formidables enemigos de
la labor científica. Según es notorio, alienta en la mujer el espíritu de
familia, la sana tendencia a la conservación física de la raza. ¡Santo egoísmo,
porque representa el supremo interés de la especie!p. 153 No sin razón y
profundidad ha dicho Renan: «lo que quiere la mujer lo quiere Dios». Concentra
esta su amor y abnegación en la prole; menos exclusivo, el varón sabe distribuir
sus afectos entre la familia y la sociedad. La mujer ama la tradición, adora el
privilegio, siente poco la justicia y suele ser indiferente a toda obra de
renovación y de progreso; al paso que el hombre verdaderamente digno de ese
título, el homo socialis, abomina de la rutina y del privilegio,
venera la justicia y antepone, en muchos casos, la causa de la humanidad al
interés de la familia. Por eso, la madre anhela vivir solamente en la memoria
de sus hijos; mientras que el padre ansía, además, sobrevivir en los fastos de
la historia.
Ambas tendencias, la centrípeta y la centrífuga, la
de concentración y de expansión, son legítimas y necesarias. De su armonía y
acomodo dependen la prosperidad de la raza y los avances de la civilización.
Cuando la tendencia altruísta del varón predomina demasiado, la prole decae;
por el contrario, si la tendencia femenil prepondera, medra la familia, pero
padecen la sociedad y el Estado. En el hogar del sabio, como en el del político
honrado, reinará el espíritu de abnegación y de sacrificio; pero no hasta el
punto de crear condiciones adversas al desarrollop. 154 y educación de los
hijos. Porque, aun colocándonos en el punto de vista del interés colectivo, no
es dudoso que las querellas y preocupaciones domésticas, cuando son
continuadas, acaban por agriar la vida del pensador, dificultando por ende la
prosecución de la obra científica o social.
En suma: como norma general, aconsejamos al
aficionado a la ciencia buscar en la elegida de su corazón, más que belleza y
caudal, adecuada psicología, esto es: sentimientos, gustos y tendencias, en
cierto modo, complementarios de los suyos. No escogerá la mujer, sino su mujer,
cuya mejor dote será la tierna obediencia y la plena y cordial aceptación del
ideal de vida del esposo.
Llegados a este punto, deseará acaso el lector que,
abandonando el terreno de las generalidades, definamos el tipo de mujer más
adecuado al hombre de ciencia. Séanos lícito dar aquí nuestro parecer, con las
naturales reservas y miramientos. Y a los que sonrían al vernos descender a
estos menesteres, les diremos que no es cosa frívola aquello que, como el amor,
decide de la vida. Ni es indiferente que la mujer sea para el hombre de estudio
gas que lo eleve hasta el cielo o lastre que le obligue, en lop. 155 mejor
de su vuelo, a aterrizar en el pantano.
Entre las mujeres de la clase media, donde el
hombre de estudio suele buscar compañera, figuran cuatro tipos principales, a
saber: la intelectual, la heredera rica, la artista y la hacendosa.
La mujer intelectual, es decir, la
joven adornada con carrera científica o literaria, o que, llevada de vocación
irresistible por el estudio, ha logrado adquirir instrucción general bastante
sólida y variada, constituye especie muy rara en España. Hay, pues, que
renunciar a tan grata compañía. Ello es sensible, sin duda; aunque los pocos
ejemplares de doctoras (salvo un par de excepciones) que hemos conocido en
Ateneos, Laboratorios y salones, parecen empeñadas en consolarnos de su
inaccesibilidad.
Abunda, por lo contrario, en el extranjero esta
categoría femenina, de la cual destácase, con singular prestigio, la mujer
sabia, colaboradora en las empresas científicas del esposo, y exenta (en
cuanto ello es posible) de las fantasías y frivolidades del temperamento
femenil. Mujer semejante, inteligente y ecuánime, rebosante de optimismo y
fortaleza, constituye la compañera ideal del investigador. Ella triunfa en el
hogar y en el corazón del sabio, ciñendo la triple coronap. 156 de esposa
amante, de confidente íntima y de asidua colaboradora. El caso, repetimos, no
es excepcional en las venturosas naciones del Norte.
¡Con qué admiración, no exenta de envidia, hemos
contemplado en algunos Laboratorios esas parejas dichosas, entregadas
afanosamente a la misma labor, en la cual pone cada cónyuge lo más exquisito de
su temperamento mental y de sus aptitudes técnicas! Sin insistir en el ejemplo
conmovedor de los esposos Curie, descubridores del radio, y concretándonos al
reducido círculo de nuestras amistades y aficiones científicas, surgen en
nuestra memoria las imágenes de tres admirables parejas: M. y Mad. Dejérine, de
París, consagrados al estudio de la anatomía normal y patológica del cerebro;
M. y Mad. Nageotte, de la misma ciudad, entregados en común a investigaciones
histológicas y neurológicas, y en fin, los esposos O. Vogt y Cécile Vogt,
del Instituto neurobiológico de Berlín, ocupados en la magna
empresa de la cartografía parcelaria del cerebro humano, al modo de los
astrónomos que se pasan la vida absortos en la fotografía y catalogación de
estrellas y nebulosas.
Pero, repetimos, esta ave fénix, la
doctora seria y discreta, colaboradora asidua del esposo,p. 157 no se ha
dignado todavía aparecer en nuestro horizonte social, donde, por caso extraño,
los más grandes talentos femeninos son autodidácticos y ajenos por completo a
los estudios universitarios regulares. El hombre de ciencia español debe, pues,
elegir entre las otras categorías femeniles.
¿Se dirigirá hacia la mujer opulenta?
Nos parece peligrosísimo. Habituada a una vida de molicie, de fausto y de
exhibición, milagro sería que no contagiara sus gustos al esposo; repitiéndose
con ello el caso del ilustre físico inglés Davy, quien por haberse enlazado con
hembra linajuda, suspendió casi del todo su brillante carrera de investigador,
consumiendo lo mejor de su vida en fiestas y recepciones del gran mundo.
Gran fortuna sería topar con heredera rica e
ilustrada que, abandonando los caprichos y vanidades del sexo, consagrara su
oro al servicio de la ciencia. Admirables mujeres de este género abundan en
Francia e Inglaterra. En nuestro país no hemos conocido un profesor aficionado
al laboratorio para cuya obra no haya sido fatal la riqueza de la esposa. Si la
discreción no sellara nuestros labios, podríamos demostrar aquí con ejemplos
vivos cómo los gustos frívolamentep. 158 ostentosos de la cónyuge o el
egoísmo exagerado de la madre de familia, han interrumpido carreras brillantes,
obligando al novel hombre de ciencia a trocar el estudio por la política, el
microscopio por el automóvil, y las redentoras veladas del laboratorio por las
ociosas horas de la tertulia o del teatro.
Pero no censuremos demasiado a estas ricas hembras,
excelentes en el fondo, aunque víctimas de su incultura; al fin, los reproches
inacabables con que paralizan las honradas iniciativas del esposo (¿para qué
esforzarte si tienes con qué vivir holgadamente, etc.?), son disculpables, ya
que se inspiran en el amor conyugal. ¡Harto más antipáticas son esas altivas
herederas que, sin miramiento alguno, echan en cara al infeliz consorte su
condición parásita e incapacidad financiera, y que, mortificándole con diarias
pullas, oblíganle a trabajar como bestia de carga, a fin de sufragar por entero
(la dote de la mujer se disipa en adornos, alhajas, muebles lujosos y giras a
balnearios y playas a la moda) el fausto de una vida tan llena de vanidad como
vacía de ideales!
¿Preferirá el sabio la mujer artista o la
literata profesional? Salvo honrosas excepciones, tales hembras constituyen
constante perturbación op. 159 perenne ocasión de disgustos para el
cultivador de la ciencia. Desconsuela reconocer que, en cuanto goza de un
talento y cultura viriles, suele la mujer perder el encanto de la modestia,
adquiere aires de dómine, y vive en perpetua exhibición de primores y
habilidades. La mujer es siempre un poco teatral, pero la literata o la artista
están siempre en escena. ¡Y luego tienen gustos tan señoriles y complicados!...
Al fin, la esposa opulenta suele subvenir a sus antojos. Poco amiga de libros y
revistas, curiosea solamente joyerías y tiendas de modas; pero la literata
pasea con igual codicia sus miradas por los escaparates de alhajas y sombreros
y por las muestras de los libreros.
No queda, pues, a nuestro sabio en cierne, como
probable y apetecible compañera de glorias y fatigas, más que la señorita
hacendosa y económica, dotada de salud física y mental, adornada de
optimismo y buen carácter, con instrucción bastante para comprender
y alentar al esposo, con la pasión necesaria para creer en él y soñar con la
hora del triunfo, que ella diputa segurísimo. Inclinada a la dicha sencilla y
enemiga de la notoriedad y exhibición, cifrará su orgullo en la salud y
felicidad del esposo. El cual, en lugar de reconvenciones y resistencias,p.
160 hallará en el hogar ambiente grato, propicio a la germinación y
crecimiento de las ideas. Y si, por fortuna, sonríe la gloria, sus fulgores
rodearán, con una sola aureola, dos frentes gemelas.
¡La gloria!... La esposa modesta la merece también,
porque gracias a sus abnegaciones, sacrificando galas y joyas para que no
falten libros y revistas, consolando y confortando al genio en horas de
desaliento, hizo al fin posible la ejecución de la magna empresa.
Por fortuna, este tipo delicioso de mujer no es
raro en nuestra clase media. Muy desventurado será, quien, buscándola con
empeño, no logre encontrarla o no sepa asociarla de todo corazón a sus
destinos. El toque está en conquistarla para la obra común, en constituirse en
su director espiritual, en modelar su carácter, plegándolo a las exigencias de
una vida seria de trabajo intenso y de recato austero; en hacer, en suma, de
ella, según decíamos antes, un órgano mental complementario, absorbido en lo
pequeño (si pequeñez puede llamarse el gobierno del hogar y la educación de los
hijos), para que el esposo, libre de inquietudes, pueda ocuparse en lo grande,
esto es, en la germinación y crianza de sus queridos descubrimientos y de sus
especulaciones científicas.
p. 161
CAPÍTULO VII
Marcha de la investigación científica.
Siguiendo a los tratadistas de lógica, y
singularmente a E. Naville, consideramos en toda investigación científica tres
operaciones sucesivas, a saber: observación y experimentación, suposición o
hipótesis y comprobación. En algún caso, la indagación misma tiene como
precedente, no la observación personal, sino un acto de crítica, una
repugnancia sentida a priori por nuestro espíritu respecto de
ciertas doctrinas más o menos generalmente admitidas; pero hay que convenir en
que semejante desacuerdo supone a menudo algún estudio objetivo personal,
siquiera sea ligero, sobre el tema o sobre materias afines del problema a
resolver.
a) observación
El consejo dado por los preceptistas literarios, y
sobre el cual ha disertado muy atinada e ingeniosamentep. 162 Pérez de
Ayala, «ver las cosas por primera vez», es decir, readmirarlas descartando
reminiscencias librescas, descripciones postizas y frases y tópicos comunes,
tiene en la investigación científica muy señalada aplicación. Hay que limpiar
la mente de prejuicios y de imágenes ajenas, hacer el firme propósito de ver y
juzgar por nosotros mismos, como si el objeto hubiera sido creado expresamente
para regalo y deleite de nuestro intelecto. Es preciso, en fin, renovar en lo
posible aquel estado de espíritu —mezcla de sorpresa, emoción y vivísima
curiosidad— por que atravesó el sabio afortunado que descubrió el hecho
considerado por nosotros, o que planteó primeramente el problema.
Y esto se enlaza íntimamente con otra regla
encarecida insistentemente por los maestros de la investigación científica. No
basta examinar; hay que contemplar: impregnemos de emoción y simpatía las cosas
observadas; hagámoslas nuestras, tanto por el corazón como por la inteligencia.
Solo así nos entregarán su secreto. Porque el entusiasmo acrecienta y afina
nuestra capacidad perceptiva. Al modo del amante que sabe descubrir diariamente
en su adorada nuevas perfecciones, quien contempla con delectación un objeto
acaba por discernir en él detallesp. 163 interesantes y propiedades
peregrinas escapadas a la atención distraída de los trabajadores rutinarios.
Descendiendo ahora a más concreto terreno,
formulemos algunas reglas indispensables a la buena observación en materias
biológicas.
Debe realizarse en las mejores condiciones
posibles, aprovechando al efecto los instrumentos analíticos más perfectos y
los métodos de estudio merecedores de más confianza. A ser posible, aplicaremos
varios métodos al mismo tema, y corregiremos las deficiencias de los unos con
las revelaciones de los otros. Escojamos la técnica más exacta, la que dé
imágenes más claras y concluyentes. Importa, asimismo, evitar toda ligereza en
la apreciación de los hechos, reproduciéndolos de mil maneras, hasta cerciorarnos
de su absoluta constancia y de no haber sido víctimas de alguna de esas falaces
apariencias que extravían (particularmente en los estudios micrográficos) a los
jóvenes exploradores.
Si nuestro estudio versa sobre un objeto de
Anatomía, Historia natural, etc., la observación correrá paralela al dibujo;
porque, aparte otras ventajas, el acto de copiar disciplina y robustece la
atención, obliga a recorrer la totalidad del fenómeno estudiado, y evita, por
tanto, que sep. 164 nos escapen detalles frecuentemente inadvertidos en la
observación ordinaria. En ciencias naturales solo podemos lisonjearnos de
conocer una forma o una estructura cuando sepamos representarlas fácil y
detalladamente. Cuanto más que ciertos estudios morfológicos serían
incomprensibles sin el dibujo. Razón tenía el gran Cuvier cuando afirmaba que
«sin el arte del diseño la Historia natural y la Anatomía hubieran sido
imposibles»[24]. Por algo
todos los grandes observadores son habilísimos dibujantes.
Cuando, a pesar de haber aplicado la técnica
apropiada, la presentación del objeto no salga enteramente a nuestro gusto, hay
que reproducirla cuantas veces sea preciso para obtener del método el máximo
rendimiento. Será de gran provecho, al efecto, tener a la vista, para
confrontarla con las nuestras, alguna preparación excelente ejecutada por el
autor del método o por alguno de sus discípulos esotéricos. Tendremos presente
que el hecho nuevo lo descubre, no el que lo ve primeramente, sino quien,
merced a una técnica habilísima, supo mostrarlop. 165 con entera
evidencia, logrando llevar la convicción al ánimo de todos. Como dejamos dicho
más atrás, en las ciencias biológicas, casi todos los grandes sabios han debido
sus conquistas al dominio absoluto de uno o varios métodos de demostración o de
experimentación.
b) experimentación
En muchas ciencias (la Fisiología, la Patología, la
Física, la Química, etc.) la experimentación sobrepuja en importancia a la
observación misma. Imposible descubrir en Física o Fisiología,
sin imaginar un experimento original, sin someter el fenómeno estudiado a
condiciones más o menos nuevas. La Morfología misma (Histología, Anatomía, Embriología,
etc.), para cuyo estudio parece bastar la mera observación, adquiere de día en
día carácter más experimental. Y a tal cambio de rumbo débense valiosas
conquistas, a las cuales jamás se hubiera llegado por el trillado camino del
análisis anatómico de las formas estáticas. Entre mil ejemplos que pudiéramos
citar, recordemos: la producción de partenogénesis artificial en
la estrella del mar (animal sexuado), mediante la sustitución
de la fecundación natural (acción del zoospermo) porp. 166 el influjo del
agua de mar cargada de cloruro de magnesio; los interesantes experimentos
de merogonia (destrucción de las primeras esferas de
segmentación del óvulo fecundado), ejecutados en batracios por Roux, Hertwig,
Wilson, etc., demostrativos de que cada célula primitiva posee capacidad de
generar un embrión entero, de donde resultaron definitivamente arruinadas las
hipótesis embriogénicas de la preexistencia y del mosaico;
los trabajos de Nageotte, Marinesco, etc., acerca de la trasplantación de los
nervios y ganglios, probando que la morfología de la célula nerviosa representa
simple función del ambiente químico; los maravillosos resultados obtenidos por
Harrison, Carrel y su escuela (Instituto Rockefeller) sobre el cultivo
artificial, en serie e in vitro, de las células de los tejidos
normales y patológicos; los interesantes experimentos de H. de Vries y de
muchos modernos naturalistas acerca de la mutación de las
especies y del mecanismo de la herencia, etc.
Tan admirables éxitos deben alentarnos a completar
en lo posible el estudio meramente estático de las formas por la intervención
del método experimental. De esta suerte provocamos alteraciones violentas en
las condicionesp. 167 biológicas normales de células y organismos.
Simplifícase de este modo el proceso lógico de la determinación causal y del
mecanismo físico-químico del fenómeno estudiado. Sin duda que, en la
observación misma, se dan ya, en ocasiones, mudanzas de las condiciones
fenomenales pero semejantes mutaciones, debidas a causas naturales, son raras y
episódicas, al paso que, mediante la experimentación, abrévianse los plazos y
nos hacemos dueños, tanto del determinismo natural como de las causas de
variación.
c) hipótesis directriz
Observados los hechos, es preciso fijar su
significación, así como las relaciones que encadenan la nueva verdad al
conjunto de los postulados de la Ciencia. En presencia de un fenómeno insólito,
el primer movimiento del ánimo es imaginar una hipótesis que dé razón de él y
que lo subordine a alguna de las leyes conocidas. La experiencia fallará
después definitivamente sobre la verosimilitud de la concepción.
Meditando sobre el carácter de las buenas
hipótesis, se cae en la cuenta de que, en su mayor parte, representan
generalizaciones felices o inducciones arriesgadas, en cuya virtud el hechop.
168 recién descubierto se considera provisoriamente como caso particular
de un principio general o como un efecto desconocido de una causa conocida. Por
ejemplo: el transformismo, tan fecundo en las ciencias biológicas, representa
exclusivamente una generalización a todos los seres de la ley de herencia, solo
positivamente demostrada en la historia de cada especie. Cuando Lavoisier creó
la teoría del calor animal, redujo el fenómeno respiratorio de los animales,
desconocido antes en su esencia, a la ley general de la producción del calor
por la oxidación del carbono, etc.
Para la creación de la hipótesis tendremos en
cuenta las reglas siguientes: 1.ª, que la hipótesis sea obligatoria, es decir,
que sin ella no quede arbitrio para explicar los fenómenos; 2.ª, que sea,
además, contrastable o comprobable, o por lo menos que pueda concebirse, para
un plazo más o menos remoto, su comprobabilidad, pues las hipótesis que se
sustraen por completo a la piedra de toque de la observación o de la
experimentación, dejan en realidad los problemas sin esclarecer y no pueden
representar otra cosa que síntesis artificiales coordinadoras, pero no
explicativas, de los hechos, cuando no meras explicaciones verbales; 3.ª, que
sea fácilmentep. 169 imaginable, es decir, traducible en lenguaje
físico-químico, y si es posible, como quería lord Kelvin, en puro mecanismo
(las hipótesis obscuras o demasiado abstractas corren riesgo de constituir
vacías explicaciones verbales); 4.ª, que huyendo de propiedades ocultas y de
esencias metafísicas, propenda a resolver las cuestiones de calidad en problemas
de cantidad; 5.ª, y que sugiera, a ser posible, también investigaciones y
controversias que, si no zanjan la cuestión, nos aproximen al menos al buen
camino, promoviendo nuevas y más felices concepciones (hipótesis de trabajo,
de Weissmann). Aun siendo errónea, una hipótesis puede servir eficazmente al
progreso con tal que esté basada en nuevas observaciones y marque una dirección
original al pensamiento científico. Y en todo caso, la explicación rechazada
por falsa siempre tendrá una ventaja: la de restringir, por exclusión, el campo
de lo imaginable, eliminando soluciones inaceptables y causas de error. Con
razón dice Le Bon «que quien rehúsa escoger la hipótesis por guía, debe
resignarse a tomar el azar por maestro».
Muchos sabios ilustres, y singularmente el gran
físico Tyndall, han insistido elocuentemente sobre la importancia de las
hipótesis en lap. 170 Ciencia, y acerca del importante papel desempeñado
por la imaginación en la creación de buenas y fecundas teorías. De acuerdo, por
nuestra parte, creemos que, si la hipótesis es un arma de que se abusa
demasiado, es también un instrumento lógico, sin el cual ni la observación
misma, con ser de suyo tan pasiva, puede realizarse. Buena o mala, una
conjetura, un intento de explicación cualquiera será siempre nuestro guía, pues
nadie busca sin plan.
Aun los llamados hallazgos casuales se deben
comúnmente a alguna idea directriz que la experiencia no sancionó, pero que
tuvo virtud, no obstante, para llevarnos a un terreno poco o nada explorado. Si
se me perdonara lo vulgar del símil, diría que en estas materias sucede lo que
con las personas conocidas, que aparecen en la calle entre la multitud de
transeúntes en el preciso instante en que pensamos en ellas, por la razón bien
sencilla de que, cuando en ellas no pensamos, pasan cerca de nosotros sin percatarnos
de su presencia. Impulsados por la hipótesis, acaso ocurrirá sorprender en los
hechos diversa cosa que lo buscado; pero mejor es esto que no encontrar nada,
que es justamente lo que le sucede al mero e impasible contemplador de los
fenómenos naturales. Como dice Peisse, «el ojo nop. 171 ve en las cosas
más que lo que mira en ellas, y no mira sino lo que está en idea en el
espíritu».
Inútil será recordar que todos los grandes
investigadores han sido fecundos creadores de hipótesis. Con profundo sentido
se ha dicho que ellas son el primer balbuceo de la razón en medio de las
tinieblas de lo desconocido; la sonda tendida en el misterioso abismo; el
puente, en fin, aéreo y audaz que junta la playa familiar con el inexplorado
continente.
De las hipótesis se ha abusado mucho. Es fuerza,
sin embargo, reconocer que sin ellas nuestro caudal de hechos positivos
resultaría harto mezquino, acrecentándose muy lentamente. La hipótesis y el
dato objetivo están ligados por estrecha relación etiológica. Aparte su valor
conceptual o explicativo, entraña la teoría valor instrumental. «El científico
no debe olvidar, afirma Huxley, que la hipótesis debe considerarse como un
medio, jamás como un fin.» Observar sin pensar es tan peligroso como pensar sin
observar. Ella es nuestra mejor herramienta intelectual: herramienta, como
todas, susceptible de mellarse y de enmohecerse, necesitada de continuas
reparaciones y sustituciones, pero sin la cual fuera casi imposible labrar
honda brecha en el duro bloque de lo real.
p. 172Difícil es dictar reglas para imaginar
hipótesis. Quien no posea cierta intuición del encadenamiento causal, instinto
adivinatorio para columbrar la idea en el hecho y la ley en el fenómeno, pocas
veces dará, cualquiera que sea su talento de observador, con una explicación
razonable. Cabe, empero, señalar, por lo que toca a las hipótesis biológicas,
algunos conceptos o normas generales, cuyo recuerdo podrá ser provechoso a la
hora de imaginar hipótesis explicativas.
He aquí algunas de ellas:
1. La naturaleza emplea los mismos medios
para iguales fines.— En virtud de este principio, que tiene pocas
excepciones, nos será en muchos casos dado reducir una disposición desconocida
en otra conocida. Por ejemplo: cuando la mitosis o kariokinesis fue
descubierta en las gruesas células de las larvas de tritón y salamandra, pudo
racionalmente esperarse hallar parecidos fenómenos en la división celular del
hombre y vertebrados superiores, así en estado normal como en condiciones
patológicas; y, en efecto, la experiencia confirmó la previsión. Citemos otro
ejemplo: esclarecida en los vertebrados, gracias a las investigaciones de
Kühne, Krause, Ranvier, etc., la terminación libre, mediantep.
173 arborizaciones varicosas, de las fibras nerviosas motrices y
sensitivas, podía preverse, en virtud de la citada ley, que el hecho se
repetiría en los centros nerviosos, no solo de los vertebrados, sino de los
invertebrados. Y esta sospecha racional vino a ser luego plenamente confirmada
por nosotros, por Kölliker, Lenhossék, van Gehuchten, etc., para los
vertebrados, y por Retzius, Lenhossék y otros, para los invertebrados. Inútil
multiplicar los ejemplos.
2. Estudios del hecho en sus formas
sencillas.— Puesto que la ontogenia y la filogenia representan dos series
casi paralelas de formas que van de lo sencillo a lo complicado, nada mejor
podemos hacer, para esclarecer la estructura de un órgano complejo y casi
inabordable en los vertebrados superiores, que estudiar este en sus formas
simples, ora del desarrollo individual, ora de las especies. Método excelente
es, para determinar la significación de una cosa, averiguar cómo llega a ser lo
que es; porque al señalar el lugar que ocupa en la cadena evolutiva,
esclarecemos, sin pensarlo, su valor anatómico y fisiológico.
3. Toda disposición natural, por caprichosa
que parezca, obedece a un fin utilitario.— Abstracción hecha de los órganos
atróficos, estep. 174 principio teleológico es aplicable a todas las
particularidades de estructura de animales y plantas. Al enunciar esta ley, no
pretendemos, como supusieron Linneo, Cuvier y Agassiz, que cada órgano
represente una encarnación directa del Principio creador: pretendemos tan solo
consignar que, sea cualquiera la causa, todo órgano conservado por la
Naturaleza, es decir, fijado durante miles de años por la herencia, representa
casi siempre disposición útil al individuo o a la especie, ya que las
organizaciones superfluas o desfavorables provocadas por variación, y otras
condiciones, acaban por ser eliminadas. En armonía con este principio,
atribuiremos una función importante a cuantos órganos o tejidos se mantienen
tenazmente en la serie animal, y una actividad menos urgente, por lo menos para
la vida del individuo, a aquellos otros exiguamente representados en la escala zoológica.
De este postulado usa y abusa continuamente el fisiólogo al tratar de
interpretar el dinamismo de órganos como los de circulación, digestión y
locomoción; dinamismo en el cual tanta luz arroja nuestro conocimiento de la
Física y de la Química, o, como decía Letamendi, el estado actual de
nuestros conocimientos industriales.
p. 175Hay excepciones, sin duda, del citado
principio utilitario; mas estas son pocas y fácilmente explicables por el hecho
de la adaptación reciente, y por tanto incompleta, a condiciones nuevas
(órganos atróficos por desuso, etc.). Sobre estas incongruencias biológicas,
más comunes todavía en el hombre que en los animales, consecuencias del
principio de Lamarck del uso u desuso de los órganos, discurre ingeniosamente
Metchnikoff, en sus Estudios sobre la Naturaleza humana.
La hipótesis aplícase siempre, según es sabido, a
explicar los hechos adquiridos. Sin entrar en el arduo problema filosófico de
la explicación científica (esto implicaría desarrollos
impropios de este librito), haremos notar que el entendimiento, al considerar
los fenómenos naturales, puede adoptar una de estas dos actitudes, ambas
satisfactorias para nuestra necesidad de certeza:
1.ª El hecho nuevo es referido a una ley conocida
(explicación legalista de Meyerson).
2.ª El hecho nuevo, además de su legalidad,
es decir, de su vinculación a una ley general, resuélvese también ante la razón
en puro mecanismo, y entra dócilmente en las ecuaciones de la
dinámica. Esta segunda manera de explicaciónp. 176 representa para Maxwell
y para la mayoría de los físico-filósofos modernos un grado superior de
comprensión científica, y requiere el empleo de teorías generales
jerárquicamente superiores a las leyes empíricas.
Fuerza es confesar que nuestro entendimiento exige
imperiosamente teorías concebibles, representables en términos mecánicos. Lo
que se resiste a la representación material corre mucho riesgo de ser un mero
juego de la imaginación sin realidad objetiva. La razón psicológica de tal
necesidad se nos escapa aún. Acaso dependa de que, como diría Bergson,
modelados nuestros conceptos sobre lo discontinuo de la
sensación, la imaginación solo sabe forjar, como representación última de las
cosas, algo semejante al dato sensorial mismo, es decir, variaciones en el
movimiento de partes discontinuas, perturbaciones en la configuración y
dinamismo de sistemas materiales.
En Física, en Química, en Astronomía, las
explicaciones hipotéticas por reducción mecánica son
comunísimas, y el investigador debe inspirarse en ellas para dar forma plástica
a sus ideas y llevar adelante sus especulaciones; en Anatomía, Biología,
Patología, etc., habremos de contentarnos casi siempre con hipótesis
legalistas,p. 177 las cuales, si no dejan plenamente saciado nuestro
afán de comprensión, son suficientes para satisfacer estos dos grandes anhelos
de la razón: actuar y prever.
Comprobación.— Imaginada la hipótesis, menester es someterla a
la sanción de la experiencia, para lo cual escogeremos experimentos u
observaciones precisas, completas y concluyentes. Imaginar buenos experimentos
es uno de los atributos característicos del ingenio superior, el cual halla
manera de resolver de una vez cuestiones que los sabios mediocres solo logran
esclarecer a fuerza de largos y fatigosos experimentos.
Si la hipótesis no se conforma con los hechos, hay
que rechazarla sin piedad, e imaginar otra explicación exenta de reproche.
Impongámonos severa autocrítica, basada en la desconfianza de nosotros mismos.
Durante el proceso de comprobación, pondremos la misma diligencia en buscar los
hechos contrarios a nuestra hipótesis que los que pueden favorecerla. Evitemos
encariñamientos excesivos con las propias ideas, que deben hallar en nosotros,
no un abogado, sino un fiscal. El tumor, aunque propio, debe ser extirpado.
Harto mejor es rectificar nosotros que sufrir la corrección de los demás. Por
nuestrap. 178 parte, no sentimos la menor mortificación al abandonar
nuestras ideas, porque creemos que caer y levantarse solo, revela pujanza;
mientras que caer y esperar una mano compasiva que nos levante, acusa
debilidad.
Confesaremos, sin embargo, los propios dislates
siempre que alguien nos los demuestre; con lo cual obraremos como buenos;
probando que solo nos anima el amor a la verdad, granjearemos superior
consideración y estima para nuestras opiniones.
El amor propio y la soberbia nos arrebatan el
placer soberano de sentirnos escultores de nosotros mismos; la fruición
incomparable de habernos corregido y superado, refinando y perfeccionando
nuestra máquina cerebral, legado de la herencia. Si alguna vez es disculpable
el engreimiento es cuando la voluntad nos automodela o recrea,
actuando, por decirlo así, en función de demiurgo soberano.
Si nuestro orgullo opone algunos reparos, tengamos
en cuenta que, mal que nos pese, todos nuestros artificios serán impotentes
para retardar el triunfo de la verdad, que se consumará por lo común en vida
nuestra, y será tanto más lamentable cuanto más enérgica haya sido la protesta
del amor propio. No faltará, sin duda,p. 179 algún espíritu displicente, y
acaso malintencionado, que nos eche en cara nuestra inconsecuencia, despechado
sin duda porque nuestra espontánea rectificación le privó de fácil victoria
obtenida a costa nuestra; mas a estos les contestaremos que el deber del hombre
de ciencia no es petrificarse en el error, sino adaptarse continuamente al
nuevo medio científico; que el vigor cerebral está en moverse, no en anquilosarse,
y que en la vida intelectual del hombre, como en la de las especies zoológicas,
lo malo no es la mudanza, sino la regresión y el atavismo. Variación supone
vigor, plasticidad, juventud; fijeza es sinónima de reposo, de pereza cerebral,
de petrificación de pensamiento, en fin, de inercia fatal, nuncio seguro de
decrepitud y de muerte[25]. Con
sinceridad simpática ha dicho unp. 180 científico: «varío porque estudio».
Todavía sería más noble y modesto declarar: «cambio porque estudian los demás y
tengo a gala renovarme».
Cuando el trabajo de confirmación arroje poca luz,
imaginemos nuevos experimentos y procuremos colocarnos en las mejores
condiciones para valuar el alcance de la hipótesis. En Anatomía o Fisiología,
por ejemplo, ocurre frecuentemente la imposibilidad de esclarecer la estructura
o la función de un órgano complejo; lo cual depende de que atacamos el problema
por su lado más difícil, pretendiendo resolverlo en el hombre o en los
vertebrados superiores.p. 181 Mas si acudimos a los embriones o a los animales
inferiores, la Naturaleza se nos muestra más ingenua y menos esquiva,
ofreciéndonos el plan casi esquemático de la estructura y dinamismo buscados,
con lo que a menudo nuestra hipótesis recibirá inesperada y definitiva
confirmación.
En resumen, la marcha seguida por el investigador
en la conquista de una verdad científica, suele ser: 1.º Observación de los
hechos demostrados, a favor de métodos terminantes, claros y de gran precisión.
2.º Experimentación para crear condiciones nuevas en la manifestación de los
fenómenos. 3.º Crítica y eliminación de las hipótesis erróneas y elaboración de
una interpretación racional de los hechos, en cuya virtud estos queden
subordinados a una ley general y, si es posible, a una representación o esquema
físico-químicos. 4.º Comprobación de la hipótesis mediante nuevas observaciones
o repetidos experimentos. 5.º De no concordar con la realidad, sustitución de
la hipótesis por otra, que será a su vez sometida a riguroso análisis objetivo.
6.º Aplicaciones y ramificaciones de la hipótesis, ya convertida en verdad
firme, a otras esferas del saber.
p. 183
CAPÍTULO VIII
Redacción del trabajo científico.
a) justificación de la comunicación científica
Mr. Billings, sabio bibliotecario de Washington,
agobiado por la tarea de clasificar miles de folletos, en donde, con diverso
estilo, dábanse a conocer casi los mismos hechos, o se exponían verdades ya de
antiguo sabidas, aconsejaba a los publicistas científicos la sumisión a las
siguientes reglas: 1.ª, tener algo nuevo que decir; 2.ª, decirlo; 3.ª, callarse
en cuanto queda dicho, y 4.ª, dar a la publicación título y orden adecuados.
He aquí un recuerdo que no creemos inútil en
España, país clásico de la hipérbole y de la dilución aparatosa. En efecto: lo
primero que se necesita para tratar de asuntos científicos, cuando no nos
impulsa la misión de la enseñanza, esp. 184 tener alguna observación nueva
o idea útil que comunicar a los demás. Nada más ridículo que la pretensión de
escribir sin poder aportar a la cuestión ningún positivo esclarecimiento, sin
otro estímulo que lucir imaginación calenturienta, o hacer gala de erudición
pedantesca con datos tomados de segunda o tercera mano.
Al tomar la pluma para redactar el artículo
científico, consideremos que podrá leernos algún sabio ilustre, cuyas
ocupaciones no le consienten perder el tiempo en releer cosas sabidas o meras
disertaciones retóricas. De este pecado capital adolecen, por desgracia, muchas
de nuestras oraciones académicas. Numerosas tesis de doctorandos, y no pocos
artículos de nuestras revistas profesionales, parecen hechos, no con ánimo de
aportar luz a un asunto, sino de lucir la facundia y salir de cualquier modo, y
cuanto más tarde mejor (porque, eso sí, lo que no va en doctrina va en latitud),
del arduo compromiso de escribir, sin haberse tomado el trabajo de pensar.
Nótese cuánto abundan los discursos encabezados con estos títulos, que parecen
inventados por la pereza misma: Idea general de... Introducción al
estudio de... Consideraciones generales acerca de... Juicio crítico de las
teorías de... Importancia de la ciencia tal o cual...,p. 185 títulos
que dan al escritor la incomparable ventaja de esquivar la consulta
bibliográfica, despachándose a su gusto en la materia, sin obligarse a tratar a
fondo y seriamente cosa alguna. Con lo cual no pretendemos rebajar el mérito de
algunos trabajos perfectamente concebidos y redactados que, de tarde en tarde,
ven la luz con los consabidos o parecidos enunciados.
Asegurémonos, pues, merced a una investigación
bibliográfica cuidadosa, de la originalidad del hecho o idea que deseamos
exponer, y guardémonos además de dar a luz prematuramente el fruto de la
observación. Cuando nuestro pensamiento fluctúa todavía entre conclusiones
diversas y no tenemos plena conciencia de haber dado en el blanco, ello es
señal de haber abandonado harto temprano el laboratorio. Conducta prudente será
volver a él y esperar a que, bajo el influjo de nuevas observaciones, acaben de
cristalizar nuestras ideas.
b) bibliografía
Antes de exponer nuestra personal contribución al
tema de estudio, es costumbre trazar la historia de la cuestión, ya para
señalar el punto de partida, ya para rendir tributo de justicia ap.
186 los sabios insignes que nos precedieron, abriéndonos el camino de la
investigación. Siempre que en este punto, por amor a la concisión o por pereza,
propenda el novel investigador a regatear fechas y citas, considere que los
demás podrán pagarle en la misma moneda, callando intencionadamente sus
trabajos. Conducta es esta tan poco generosa como descortés, dado que la mayor
parte de los sabios no suelen obtener de sus penosos estudios más recompensa
que la estima y aplauso de los doctos, que constituyen —lo hemos dicho ya—
minoría insignificante.
El respeto a la propiedad de las ideas solo se
practica bien cuando uno llega a ser propietario de pensamientos que corren de
libro en libro, unas veces con nombre de autor, otras sin él; y algunas con
paternidad equivocada. Al ser víctima de molestas pretericiones y de injustos
silencios, se cae en la cuenta de que cada idea es una criatura científica,
cuyo autor, que la dio el ser a costa de grandes fatigas, exhala, al ver
desconocida su paternidad, los mismos ayes doloridos que exhalaría una madre a
quien arrebataran el fruto de sus entrañas.
Dispuestos a hacer justicia, hagámosla hasta en la
forma: y así no dejemos de ordenar, porp. 187 rigurosa cronología, las
listas de nombres o de cartuchos de citas que, por brevedad,
es preciso a veces consignar al dar cuenta de un descubrimiento; pues si tales
series de apellidos se han de ordenar con lógica, es menester comenzarlas por
el iniciador y acabarlas por los confirmadores y perfeccionadores. Un estudio
minucioso y de primera mano de la bibliografía nos ahorrará injusticias, y por
ende las inevitables reclamaciones de prioridad.
c) justicia y cortesía en los juicios
Al consignar los antecedentes históricos, nos vemos
obligados con frecuencia a formular juicios acerca del alcance de la obra
ajena. Excusado es advertir que, en tales apreciaciones, debemos conducirnos no
solo con imparcialidad, sino haciendo gala de exquisita cortesía y de formas
agradables y casi aduladoras. Indulgentes con las equivocaciones del novicio,
seremos respetuosos y modestos ante los lapsus de los grandes
prestigios científicos. Temamos siempre que nuestras observaciones representen
ligerezas de la impaciencia o espejismos del entusiasmo juvenil. Antes, pues,
de resolvernos a repudiar un hecho o una interpretación comúnmentep.
188 admitidos, reflexionemos maduramente. Y tengamos muy en cuenta, al
formular nuestros reparos, que si entre los sabios se dan caracteres nobles y
bondadosos, abundan todavía más los temperamentos quisquillosos, las altiveces
cesáreas y las vanidades exquisitamente susceptibles. La frase horaciana genus
irritabile vatum, aplícase a los sabios mejor aún que a los poetas. Ya lo
nota el perspicaz Gracián: «Los sabios fueron siempre mal sufridos; quien añade
ciencia añade impaciencia».
Con estas precauciones, evitaremos en lo posible
desdenes sistemáticos hacia nuestra obra y querellas y polémicas envenenadas,
en las cuales perderíamos tranquilidad y tiempo, sin ganar pizca de prestigio
ni autoridad. Porque en la apreciación de nuestros méritos, solo se tendrán en
cuenta los hechos nuevos aportados, y no la destreza y garbo polémicos.
Cuando, injustamente atacados, nos veamos
compelidos a defendernos, hagámoslo hidalgamente, esgrimiendo la espada, pero
con la punta embotada y adornada, según la imagen vulgar, con ramillete de
flores.
Da pena reconocer que, en la mayoría de los casos,
los impugnadores no defienden una doctrina, sino su propia infalibilidad. Muy
acertadamentep. 189 nota Eucken, que so color de refutar principios «cada
cual se defiende a sí mismo y a su propia naturaleza... Es el instinto de
conservación espiritual que reacciona».
Cuando por nuestro mal tengamos que contender con
contradictores de este jaez (resulta, a veces, inevitable, porque toda verdad
exaspera a los mantenedores del error), fuera inocente confiar en persuadirles.
No es a ellos, sino al público, a quien debemos mirar. Aportemos pruebas
terminantes; robustezcamos en lo posible la tesis con nuevos datos objetivos, y
pasemos en silencio ataques personales e insidias polémicas. Porque en tales
torneos, importa, antes que defendernos, defender la verdad.
Por olvidar estas sabidas reglas de prudencia y
discreción, ¡cuántas desazones y sinsabores! Réplicas acres y violentas y
silencios rencorosos reconocen casi siempre por causa nuestra falta de
urbanidad y comedimiento al exponer y valorar el trabajo de los demás.
Citemos algunos datos concretos para adoctrinar al
principiante. De ordinario, las críticas afectan, ya a errores de hecho o de
observación, ya a errores de interpretación.
a) Error de observación o de reconocimiento de un
hecho.— En general, los sabios discutenp. 190 sobre interpretaciones, no
sobre hechos, por suponer que el investigador, por modesto que sea, es incapaz
de lanzarse a la tarea analítica sin preparación suficiente. Por esto
precisamente, tales lapsus repútanse graves, denotando en
quien los comete singular candor intelectual o inexperiencia metodológica. Sin
embargo, guardémonos bien de ensañarnos al hacer constar el dislate; seamos
piadosos y tengamos presente que, en momentos de distracción o descuido, hasta
los sabios más sagaces pueden cometerlo. Lejos de censurarlo crudamente,
disculpémoslo con benevolencia, haciendo notar que se trata de observaciones
muy difíciles, donde las equivocaciones resultan frecuentes y casi inevitables.
No imputemos el error a la ignorancia, antes bien, a la imperfección de la
técnica aprovechada o a los prejuicios de la escuela donde se inspiró el
trabajo censurado.
Cuando, a despecho de la mejor voluntad, tales
excusas parezcan inadmisibles, atribúyase la pifia al empleo de material
insuficiente o poco apropiado, añadiendo que si el autor hubiera hecho uso de
iguales objetos de estudio que nosotros, habría llegado sin duda a las mismas
conclusiones, ya que le sobran para ello talento y pericia harto acreditados en
anteriores publicaciones.p. 191 En fin, tratemos de consolarle,
insistiendo con morosidad, ora sobre las minucias más o menos originales
contenidas en su trabajo, ora en las excelencias de las descripciones, bien, en
fin, en la elegancia y precisión de los dibujos. En suma, nuestras expresiones
se dirigirán principalmente a endulzar las amarguras del veredicto, llevando al
ánimo de nuestro adversario la persuasión de que sus afanes no han sido
enteramente inútiles a los progresos de la Ciencia.
b) Error teórico.— Supongamos que, interpretando
abusivamente los hechos, el autor formuló una hipótesis arbitraria y sin base
alguna en la observación. La píldora crítica será dorada con frases de este
tenor: «Ciertamente, la explicación propuesta peca de aventurada, pero, en
cambio, es notablemente ingeniosa, sugiere consideraciones muy elevadas y
acredita en su autor espíritu filosófico de altos vuelos. ¡Lástima grande que
al forjar su concepción no haya tenido en cuenta tales o cuales hechos que la contradicen
formalmente! En todo caso, la hipótesis es seductora y merece discusión y
examen respetuosos».
En fin, tan trivial y grosera puede ser la
interpretación teórica, que hasta la disculpa parezcap. 192 adulación.
Entonces lo mejor será pasarla en silencio, mentando escuetamente, como en el
caso anterior, las observaciones exactas (si las hay) y el mérito literario,
filosófico o pedagógico del trabajo.
d) exposición de los métodos
Importa asimismo puntualizar, bien al principio,
bien al final de la monografía, el método o métodos de investigación seguidos
por el autor, sin imitar a esos sabios que, a título de mejorarla
ulteriormente, se reservan temporalmente el monopolio de la técnica empleada,
restaurando la casi perdida costumbre de los químicos y matemáticos de las
pasadas centurias, los cuales, inspirados en la pueril vanidad de asombrar a
las gentes con el poder de su penetración, se reservaban los detalles de los
procedimientos que les habían conducido a la verdad. Afortunadamente, el
esoterismo va desapareciendo del campo de la Ciencia y el mero lector de una
Revista puede conocer hoy las minucias y tours de main de
ciertos métodos, casi tan bien como los íntimos del descubridor.
p. 193e) conclusiones
Expuesta en forma clara, concisa y metódica la
observación u observaciones fruto de nuestras pesquisas, cerraremos el trabajo
condensando en un corto número de proposiciones los datos positivos aportados a
la ciencia y que han motivado nuestra intervención en el asunto.
Conducta que no todos siguen, pero que nos parece
por todo extremo loable, es llamar la atención del lector sobre los problemas
todavía pendientes de solución, a fin de que otros observadores apliquen sus
esfuerzos y completen nuestra obra. Al señalar a los sucesores la dirección de
las nuevas pesquisas y los puntos que nuestra diligencia no ha logrado
esclarecer, damos, al par que fácil y generoso asidero a los jóvenes
observadores ansiosos de reputación, ocasión de pronta y plena confirmación de
nuestros descubrimientos.
f) necesidad de los grabados
Si nuestros estudios atañen a la morfología, ora
macro, ora microscópica, será de rigor ilustrar las descripciones con figuras
copiadas todop. 194 lo más exactamente posible del natural. Por precisa y
minuciosa que sea la descripción de los objetos observados, siempre resultará
inferior en claridad a un buen grabado. Cuanto más, que la representación
gráfica de lo observado garantiza la exactitud de la observación misma, y
constituye un precedente de inapreciable valor para quien pretenda confirmar
nuestras aseveraciones. Con justo motivo se otorga hoy casi igual mérito al que
dibuja por primera vez y fielmente un objeto, que al que lo da a conocer
solamente mediante descripción más o menos incompleta.
Si los objetos representados son demasiado
complicados, a los dibujos exactos que copian formas o estructuras, añadiremos
esquemas o semiesquemas aclaratorios. En fin, en algunos casos podrá prestarnos
importantes servicios la fotografía común y la microfotografía, suprema
garantía de la objetividad de nuestras descripciones.
g) el estilo
Finalmente, el estilo de nuestro trabajo será
genuinamente didáctico; sobrio, sencillo, sin afectación, y sin acusar otras
preocupaciones que el orden y la claridad. El énfasis, la declamación y la
hipérbole no deben figurar jamás enp. 195 los escritos meramente
científicos, si no queremos perder la confianza de los sabios, que acabarán por
tomarnos por soñadores o poetas, incapaces de estudiar y razonar fríamente una
cuestión. El escritor científico aspirará constantemente a reflejar la realidad
objetiva con la perfecta serenidad e ingenuidad de un espejo, dibujando con la
palabra, como el pintor con el pincel, y abandonando, en fin, la pretensión de
estilista exquisito y el fatuo alarde de profundidad filosófica. Ni olvidemos
la conocida máxima de Boileau: «Lo que se concibe bien se enuncia claramente».
La pompa y gala del lenguaje estarán en su lugar en
el libro de popularización, en las oraciones inaugurales, hasta en el prólogo o
introducción a una obra científica docente; pero hay que confesar que la mucha
retórica produce, tratándose de una monografía científica, efecto extraño y un
tanto ridículo.
Sin contar que los afeites retóricos prestan a
menudo a las ideas contornos indecisos, y que las comparaciones innecesarias
hacen difusa la descripción, dispersando inútilmente la atención del lector,
que no necesita ciertamente, para que las ideas penetren en su caletre, de la
evocación continua de imágenes vulgares. En este concepto,p. 196 los
escritores, como las lentes, podrían distinguirse en cromáticos y acromáticos:
estos últimos, perfectamente corregidos de la manía dispersiva, saben condensar
con toda precisión las ideas que por la lectura o la observación recolectan;
mientras que los primeros, faltos del freno de la corrección, gustan de
ensanchar con irisaciones retóricas, con franjas de brillantes matices, los
contornos de las ideas; lo que no se logra sino a expensas del vigor y de la
precisión de las mismas.
En literatura, como en la oratoria, los
entendimientos cromáticos o dispersivos pueden ser de gran utilidad; pues el
vulgo, juez inapelable de la obra artística, necesita del embudo de la
retórica para poder tragar algunas verdades; pero en la exposición y
discusión de los temas de ciencia pura, el público es un senado escogido y
culto; y ofenderíamos de seguro su ilustración y buen gusto tomando las
cuestiones demasiado ab ovo y perdiéndonos en amplificaciones
declamatorias y detalles ociosos. Esta máxima de Gracián, alabada por
Schopenhauer: «lo bueno, si breve, dos veces bueno», debe ser nuestra
norma. Suyo es también este consejo: «hase de hablar como en testamento; que a
menos palabras menos pleitos».
p. 197Una severa disciplina de la atención, la
costumbre de dar a la acción y al pensamiento mayor importancia que a la
palabra, así como la creencia de que, después de inventada una imagen o una
frase feliz, el problema científico que estudiamos no ha dado un solo paso
hacia la solución, constituyen excelente profilaxis contra lo que Fray
Candil llamaba gráficamente flatulencia retórica, que
nosotros consideramos como manifestación del meridionalismo superficial y causa
muy poderosa de nuestro atraso científico.
h) publicación del trabajo científico
Cuando el investigador goce de crédito mundial,
podrá publicar sus contribuciones científicas en cualquiera Revista nacional o
extranjera de la especialidad. Los sabios a quienes el asunto interese, no se
detendrán en el obstáculo de la lengua, antes bien, procurarán estudiarla para
conocer el pensamiento del autor o buscarán editores que lo traduzcan y
publiquen. Sin embargo, aun al sabio más reputado le es necesario, para ganar
tiempo y conquistar adeptos en el exterior, comunicar sus descubrimientos a los Beiträge o Centralblatt más
divulgados de Alemania. En cuanto al principiante, sin crédito todavía en el
mundo sabio, obrará muy cuerdamentep. 198 pidiendo, desde luego,
hospitalidad en las grandes Revistas extranjeras y redactando o haciendo
traducir su trabajo en francés, inglés o alemán. De esta suerte, el nuevo hecho
será rápidamente conocido de los especialistas, y si posee positivo valor
tendrá el autor la grata sorpresa de verlo confirmado y aprobado por las
grandes autoridades internacionales. Quienes, inspirándose en un patriotismo
estrecho y ruin, se obstinan en escribir exclusivamente en Revistas españolas,
poco o nada leídas en los países sabios, se condenan a ser ignorados hasta
dentro de su propia nación; porque como habrá de faltarles siempre el exequátur de
los grandes prestigios europeos, ningún compatriota suyo, y menos los de su
gremio, osarán tomarlos en serio o estimarlos en su verdadero valer.
Siendo, pues, decisivo para el porvenir del
incipiente investigador el juicio de las autoridades científicas extranjeras,
reflexionará maduramente antes de someterles el primer trabajo; asegúrese bien,
mediante prolijas exploraciones bibliográficas, y aún mejor por la consulta de
algún especialista célebre, de la realidad y originalidad del hecho comunicado.
Y no olvide que el derecho a equivocarse se tolera solamente a los consagrados.
p. 199
CAPÍTULO IX
El investigador como maestro.
Llegada la época constructiva y dominadas las
dificultades del trabajo científico, imaginamos a nuestro novel investigador en
posesión de la madurez y robustez necesaria para su multiplicación espiritual.
La noble carrera fue seguida hasta el fin; el ideal ansiado logrose por entero.
Convertido en autoridad internacional, el maestro es citado con encomio en las
Revistas extranjeras; la originalidad e importancia de sus creaciones
asegúranle página honorífica en el libro de oro de la ciencia.
En tan decorosa situación, puede adoptar el sabio
una de estas dos actitudes: proseguir concentrado y solitario sus empresas de
laboratorio, condenándose a la esterilidad docente; o hacer a los demás
copartícipes de sus métodos de estudio, promoviendo vocaciones y erigiéndose en
prestigioso jefe de escuela.
p. 200Entre ambos caminos la elección no es dudosa.
Ciertamente, el trabajo solitario brinda al egoísmo satisfacciones y
tranquilidades tentadoras; se obedece a la ley del mínimo esfuerzo, dirigiendo
exclusivamente la atención a la investigación personal; se vive en un discreto
ambiente de aprobación y estima donde faltan, sin duda (y ello es gran
ventaja), los entusiasmos y veneraciones excesivas, pero donde tampoco
mortifican émulos y rivales. Mas al adoptar tan cómoda postura, el instinto
paternal del hombre de ciencia siéntese profundamente inquieto. «¿Qué será de
mi obra —se pregunta— cuando llegada la senectud falten energías para
defenderla? ¿Quiénes reivindicarán la prioridad de mis hallazgos, si, por
ventura, adversarios o sucesores poco escrupulosos se los apropian o incurren,
al juzgarnos, en olvidos e injusticias?»
Aun miradas las cosas desde el punto de vista
egoísta —de un egoísmo sano y clarividente—, importa al sabio proceder a su
multiplicación espiritual. La tarea es sin duda penosa. La actividad del
maestro bifúrcase en las corrientes paralelas del laboratorio y de la
enseñanza. Crecerán así sus desvelos, pero aumentarán también sus venturas.
Sobre dar pábulo a elevadas tendencias, alcanzará el deleite de la paternidadp.
201 ideal, y sentirá el noble orgullo de haber cumplido honradamente con
su doble misión de maestro y de patriota. Ya no declinará su vida triste y
solitaria, antes bien, se verá en su ocaso rodeada de un séquito de discípulos
entusiastas, capaces de comprender la obra del maestro y de hacerla, en lo
posible, luminosa y perenne.
La posteridad ha sido siempre generosa con los
fundadores de escuela. Hasta los errores del iniciador son perdonados o
piadosamente explicados, si este supo formar espíritus capaces de comprenderlos
y corregirlos. Quien renuncia a la siembra de ideas se declara egoísta o
misántropo. Todos pensarán que trabajó para su orgullo en vez de laborar para
la humanidad. Y si sus talentos destacan demasiado, aparecerá como algo
patológico, cual formación extraña a su raza, a la cual por eso mismo apenas
enaltece: especie de bólido intelectual caído del cielo, que brilló un momento,
mas fue incapaz de comunicar a nadie su efímero fulgor.
Dejar prole espiritual, además de dar alto valor a
la vida del sabio, constituye utilidad social y labor civilizadora
indiscutible, de las cuales están señaladamente necesitados los países como
España, de producción científica miserable y discontinua.
p. 202¡Infeliz del genio esporádicamente surgido en
estos pueblos y extinguido sin descendencia! La ruda competencia entablada
entre cientos de laboratorios y escuelas extranjeros; el arrollador alud de
folletos y libros que se disputan encarnizadamente el favor de la actualidad;
la tendencia iconoclasta de la juventud universitaria, ansiosa de llegar y
de afirmar e imponer la propia personalidad; la casi total ignorancia entre los
sabios de las lenguas habladas en las naciones atrasadas, y, sobre todo,
el chauvinismo feroz reinante en Alemania, Francia e
Inglaterra en triste complicidad con la desidia nacional, tendrán para el
orgulloso solitario de la consabida torre de marfil las más
tristes consecuencias. Muchos de sus descubrimientos serán inevitablemente
atribuidos a confirmadores extranjeros, poco escrupulosos en sus citas, por
discípulos de estos menos escrupulosos aún; y todos los hechos que, por semejar
baladíes a la hora de ser publicados, no merecieron el honor de la traducción
—pero que andando el tiempo suelen remontar en valor— quedarán enterrados en el
polvo de las bibliotecas indígenas. Que si para la literatura y la historia,
artes de recreo y atracción, sobran eruditos y comentadores, para la austera
disciplina científica, el reivindicador debep. 203 ser a la par sabio y
erudito, y ¡los sabios no abundan en los países de cultura insuficiente!...
Importa, pues, que dichas naciones zagueras de la
civilización obtengan de sus promotores científicos el máximo rendimiento
docente, compensando en lo posible la escasez a aquellos con el progresivo
aumento de su capacidad prolífica.
Mas, ¿cómo formar continuadores y, mejor todavía,
genios iniciadores, capaces de superar al maestro y de señalar rumbos nuevos a
la investigación?
Llegados a este punto, surge una cuestión
importante. ¿Cómo se crea la vocación irresistible hacia la Ciencia?
Aunque se haya dicho con razón, por Fouillée,
Ribot, Bernheim, Levy y otros muchos, que toda idea aceptada por el cerebro
tiende a convertirse en acto, es lo cierto que en la mayoría de las personas la
idea o conocimiento científico carece de eficacia para transformarse en
el acto de confirmar la verdad aprendida o en el de ensanchar
sus horizontes, merced al esfuerzo personal.
A nuestro juicio, la voluntad obra en el joven a
impulsos de la representación anticipada del placer ético íntimamente asociado
a todo triunfop. 204 intelectual. Ante la estimación de los doctos, crece
el sentimiento de la propia estima. Y, al revés, si se nos desdeña, acabamos
por desdeñarnos. De aquí la necesidad, desgraciadamente harto olvidada, de que
el profesor sugiera al alumno de continuo, no tanto con la palabra como con el
ejemplo, la idea del goce soberano, de la satisfacción suprema que produce el
arrancar secretos a lo desconocido y del vincular el propio nombre a una idea
original y útil.
Puesto que, según es bien sabido, la juventud
procede en su culto a los hombres ilustres por imitación, fuera obra altamente
educadora de la voluntad que cada profesor trazara con verdadero cariño y con
deliberado propósito de sugestión la biografía anecdótica y sucinta de los
sabios que más se distinguieron en el desarrollo de su ciencia especial,
haciendo, en fin, algo de lo que, desde otro punto de vista, quisieron
realizar. A. Comte con su culto a los grandes hombres; modernamente Carlyle con
su libro sobre los héroes; Emerson con sus entusiastas apologías de los hombres
representativos o superhombres, a quienes se deben todos
los progresos y ventajas de la civilización, y, últimamente, Ostwald con su
hermoso libro Los grandes hombres.
p. 205¿Qué signos denuncian el talento creador y la
vocación inquebrantable por la indagación científica?
Problema grave, capitalísimo, sobre el cual han
discurrido altos pensadores e insignes pedagogos, sin llegar a normas
definitivas. La dificultad sube de punto considerando que no basta encontrar
entendimientos perspicaces y aptos para las pesquisas de laboratorio, sino
conquistarlos definitivamente para el culto de la verdad original.
Los futuros sabios, blanco de nuestros desvelos
educadores, ¿se encuentran por ventura entre los discípulos más serios y
aplicados, acaparadores de premios y triunfadores en oposiciones?
Algunas veces, sí; pero no siempre. Si la regla
fuera infalible, fácil resultara la tarea del profesor; bastaríale dirigirse a
los premios extraordinarios de la licenciatura y a los números primeros de las
oposiciones a cátedras. Mas la realidad se complace a menudo en burlar
previsiones y malograr esperanzas. Porque, de igual manera que los varones más
fervorosamente virtuosos y creyentes suelen ser formidablemente egoístas, se da
también, con desconsoladora frecuencia, el caso de que los más brillantesp. 206 jóvenes
son mentalidades exquisitamente prácticas, es decir, financieros refinadísimos
en embrión. Estudian y se esfuerzan, más que por amor a la Ciencia, por
hallarse persuadidos de que el saber constituye excelente negocio, y de que la
buena fama cobrada en la escuela cotizase muy alto en el mercado profesional y
en las esferas académicas.
Si el lector sonríe ante esta observación, haga
memoria y repare en qué vinieron a parar sus más sobresalientes condiscípulos,
los monstruos de la memoria y de la aplicación, aquellos en
quienes el profesor ponía todos sus mimos y preferencias; y reconocerá con pena
que, si en su mayor parte alcanzaron holgada posición social (y en esto no
erraron sus cálculos), poquísimos o ningunos ascendieron a las cumbres del
saber o se distinguieron por una acción política, social o industrial abnegada
y fecunda. Cuanto más que entre los alumnos más aprovechados figuran bastantes
temperamentos del tipo gregario, dóciles y disciplinados, incapaces de iniciativa
y que, habiendo aceptado el estudio por ciega obediencia a padres y maestros,
acaban a menudo la carrera sumidos en el enervamiento y la fatiga. ¿Quién no ha
oído exclamar, al concluir los estudios, a estos forzados del libro dep.
207 texto, la conocida frase: «Adiós, Horacio, a quien tanto aborrecí»?...
Harto más merecedores de predilección para el
maestro avisado, serán aquellos discípulos un tanto indómitos, desdeñosos de
los primeros lugares, insensibles al estímulo de la vanidad, que, dotados de
rica e inquieta fantasía, gastan el sobrante de su actividad en la literatura,
el dibujo, la filosofía y todos los deportes del espíritu y del cuerpo. Para
quien los sigue de lejos, parece como que se dispersan y se disipan, cuando, en
realidad, se encauzan y fortalecen. Corazones generosos, poetas a ratos, románticos
siempre, estos jóvenes distraídos poseen dos cualidades esenciales de que el
maestro puede sacar gran partido: desdén por el lucro y las altas posiciones
académicas, y espíritu caballeresco enamorado de altos ideales. Al revés de los
otros, al abandonar las aulas es cuando realmente comienzan a estudiar. Y no es
raro verlos, fatigados ya de laborar sin provecho, y faltos de orientación
definida, presentarse en los laboratorios en súplica de consejos técnicos y de
un tema de estudio. Y algunos de ellos logran encauzarse y triunfar.
Con todo eso, los rasgos precedentes no constituyen
siempre síndrome cierto del futurop. 208 hombre de ciencia. Entre quienes
sobresalen aquellos abundan veleidades y defecciones. Las citadas cualidades
representan fuerzas en potencia, que no siempre llegan a ser actuales. Seducido
por las apariencias, el maestro corre el riesgo de educar dilettantes del
laboratorio o talentos brillantes, pero incapaces de honda y perseverante
labor.
Resulta, pues, difícil el diagnóstico de la
vocación científica. Preciso es apelar a signos más exactamente diferenciadores
para discernir la moneda falsa del oro de ley.
En su admirable libro sobre los Grandes
hombres, Ostwald, que se ha planteado este mismo problema, declara, después
de hacer algunas reservas, que los discípulos particularmente bien dotados
reconócense en que no parecen satisfechos jamás de lo que la enseñanza
ordinaria les ofrece... «La enseñanza ordinaria se dirige en profundidad y
superficie al término medio, y cuando un alumno posee un gran talento, verá en
seguida que la ciencia recibida es cuantitativa y, sobre todo, cualitativamente
insuficiente, y exigirá más». Y añade: «la más importante cualidad del sabio es
la originalidad, es decir, la capacidad de imaginar alguna cosa más allá de lo
que se le enseña; la exactitud en el trabajo, lap. 209 crítica de sí
mismo, conciencia, conocimientos, destreza, son también necesarios; pero todo
puede adquirirse más tarde, mediante conveniente educación».
Estas observaciones de Ostwald son atinadas y
frecuentemente exactas. Sin embargo, para sacar fruto de ellas, importa que el
maestro se ponga en contacto cordial con sus discípulos, que en sus pláticas de
laboratorio les trate como a camaradas ocupados en obra común, sugiriéndoles la
franqueza y la espontaneidad en la expresión. De este modo hallará el maestro
facilidades para estudiar el carácter, y medir el tono y fortaleza de las
pasiones de sus educandos. Así y todo, la regla de Ostwald falla en ocasiones.
El mozo listo, insatisfecho de las descripciones de los textos y de las teorías
científicas, puede ser un carácter altivo y un agudo entendimiento, pero
incapaz de perseverancia y disciplina. Más a menudo aún, el futuro investigador
adolece de excesiva timidez; sus respetos hacia el maestro y una modestia
natural y simpática refrenan el deseo de pedir esclarecimientos a sus dudas
teóricas, o aprobación hacia ensayos de nuevas soluciones. En tales casos, el
investigador en cierne puede no ser reparado por el profesor o no estimularle
este lop. 210 bastante, tomando acaso su reserva por limitación.
Algo más segura, aunque sin pretensiones de
infalibilidad, parécenos la regla siguiente, donde se combinan, para el
diagnóstico psicológico, algunos signos subjetivos con otros objetivos.
Subjetivamente, el joven apto para la investigación revélase
desde luego por estos rasgos: Patriotismo ardiente, pero consciente y
discursivo: lejos de los candorosos optimismos de ciertos patriotas, o, mejor
dicho, patrioteros, que, con pronunciar cuatro o cinco nombres
prestigiosos indígenas, creen haber demostrado la colaboración decisiva de su
país en la obra de la cultura universal, nuestro joven siente profundo
descontento por la pobreza y mezquindad de dicha contribución; ante los juicios
severos, pero en el fondo justos, con que la crítica extranjera flagela la
esterilidad de nuestros sabios y filósofos, no responde con trenos patrióticos
o jactanciosas promesas, sino afilando sus armas y haciendo resolución de
emplear sus bríos en el combate universal contra la Naturaleza. Nuestro sabio
en potencia distínguese también por el culto severo a la verdad y por un
escepticismo sano y de buena ley. Es ambicioso, perop. 211 con ambición
noble y confesable: ansía destacar de la vulgaridad ambiente y vincular su
nombre a una gran empresa.
Objetivamente, el candidato a sabio corrobora a los ojos de
todos las promesas precedentes. Sin el culto de la acción, sin la prueba de que
el novel investigador es capaz de trabajar con fruto, correríamos el albur de
cultivar un florido regenerador más, tan hábil en señalar el rumbo, como
incapaz de cruzar el golfo. Pero si el joven gusta sobremanera de las
manipulaciones del laboratorio, y posee laboriosidad infatigable; si, sobre
todo (y esta es la señal objetiva a que principalmente aludíamos), averiguamos
que, a costa de penosos sacrificios, con economías robadas a sus recreos y
deportes, se ha creado un pequeño laboratorio donde se afana en adquirir
maestría técnica y confirmar personalmente los descubrimientos de las
eminencias del saber..., entonces el profesor debe intervenir resueltamente,
ayudándole y protegiéndole; porque la verdadera vocación consiste
siempre en esa actividad especial a que el joven, menospreciando distracciones
de la edad, sacrifica tiempo y peculio.
Claro está que la afición, aun la más sincera y
entusiasta, se equivoca algunas veces. La vocaciónp. 212 no es la aptitud,
ni la aptitud conduce necesariamente al éxito. Este tiene génesis compleja,
dado que entran en él, aparte vocación y aptitud, otras condiciones
complementarias, a saber: la sagacidad para rastrear los filones ricos, el don
de asimilación de las nuevas ideas, penetrante y seguro sentido crítico, buena
orientación bibliográfica y metodológica y hasta un cierto espíritu filosófico.
Pero casi todas estas cualidades complementarias pueden adquirirse después.
Algo hay que dejar a la convivencia con el maestro y al poder transformador de
la imitación.
En suma, el futuro sabio suele ser patriota
ardiente, ansioso de honrarse y honrar a su país, enamorado de la originalidad,
indiferente al lucro y a los placeres burgueses, inclinado a la acción más que
a la palabra, lector incansable, y capaz, en fin, de toda suerte de
abnegaciones y renuncias para realizar el noble ensueño de bautizar con el
propio nombre alguna nueva estrella del firmamento del saber.
Optimismo crítico.— Dejamos expuesto más atrás que el maestro digno
de tal debe sugerir de continuo a sus discípulos la idea de que la ciencia está
en perpetuo devenir, que progresa y crece incesantemente, sin
llegar jamás a plenap. 213 madurez, y que todos podemos aportar, si nos lo
proponemos de veras, un grano de arena al imponente monumento del progreso.
Semejante actitud implica, naturalmente, el optimismo nacional,
es decir, fe robusta en las aptitudes y destinos de la raza.
Claro es que semejante optimismo no debe ser ciego,
sino avisado y previsor. Lejos del pedante y satisfecho engreimiento
característico de muchos funestos políticos y de no pocas orondas sumidades de
la cátedra, el buen maestro debe tener plena conciencia de la nacional
incultura y de nuestra pobreza científica. Tendrá siempre presente que España
está desde hace siglos en deuda con la civilización, y que de persistir en tan
vergonzoso abandono, Europa perderá la paciencia y acabará por expropiarnos.
Critique, pero trabaje. Censure y fustigue, si es preciso, a los perezosos,
pero sin mirar atrás y con la mano en la mancera.
De este patriótico optimismo, llamado por
Godó optimismo paradójico, y al que cuadraría mejor la designación
de optimismo crítico, participaron, entre otros, el gran Costa,
cuyos apóstrofes restallaban como látigos en la espalda de los rezagados o en
la frente de los antipatriotas; y en más modernos tiempos, el exquisito
escritorp. 214 y pensador Ortega y Gasset, quien propone, como condición
esencial de la ascensión cultural y ética de España, la plena conciencia de
nuestra miseria espiritual y de nuestra corrupción política y administrativa.
Cómo guiar al novel investigador.— Escogida la familia intelectual, es preciso
educarla y entrenarla para la ruda labor. Pueril y temerario fuera concurrir a
torneos científicos, con carácter de rigurosas luchas internacionales, sin
prepararse tenaz y adecuadamente.
Al maestro incumbe la misión de abreviar esta
preparación, orientando al discípulo, mostrándole los tajos abiertos a la
investigación, guiándole en la pesquisa bibliográfica y sugiriéndole, en fin,
la adquisición de cuantos conocimientos y habilidades accesorias (dibujo,
microfotografía, idiomas, arte de describir con exactitud y propiedad, etc.)
puedan serle de provecho. Importa inculcarle la resolución de completar en este
punto su educación lo antes posible, para evitar colaboraciones humillantes que,
además, no pueden ser permanentes.
Fortalecidas de este modo las fuerzas del
catecúmeno, procurará el profesor ponerlas a prueba, proponiéndole un tema
accesible, que no exija grandes ni continuados esfuerzos, yp. 215 que, a
ser posible, represente algo así como brote o derivación de la obra fundamental
del maestro.
Propende, según es sabido, la juventud a acometer
los grandes problemas y estrenarse con una catedral. Fuerza es moderar
semejante ambición, que podría conducir a fracasos desalentadores, haciendo ver
al principiante la conveniencia de comenzar por las pequeñas cuestiones: se
corre poco riesgo de errar en ellas, y cuando se yerra jamás se sigue el
escozor del ridículo. Más adelante, acrecida la aptitud técnica y la capacidad
especulativa, llegará el caso de llevar a cabo la grande obra ensoñada.
Cuando el novel investigador pueda marchar por sí
mismo, procúrese imbuirle el gusto por la originalidad. Déjese, pues, surgir en
él la idea nueva con plena espontaneidad, aunque esta idea no concuerde con las
teorías de la escuela. La más pura gloria del maestro consiste, no en formar
discípulos que le sigan, sino en forjar sabios que le superen. El ideal supremo
fuera crear espíritus absolutamente nuevos, órganos únicos, a ser posible, en
la máquina del progreso. Fabricar órganos dóciles e intercambiables, denota que
el maestro se ha preocupado más de sí mismo que de su país y de la Ciencia.
p. 216Excusado es advertir que en sus libros y
monografías debe el jefe de escuela hacer sincera justicia al discípulo,
citando escrupulosamente sus trabajos y aun insistiendo en ellos con
delectación alentadora. Por amor a su prole intelectual, más bien que por
modestia, callará la propia colaboración. Acrecerá de esta suerte el crédito
del sabio novel, cuya obra granjeará rápidamente en el extranjero confianza y
simpatía.
Con ocasión del primer trabajo del principiante,
suelen muchos sabios emparejar el propio nombre con el del discípulo, señalando
con ello su tanto de colaboración: conducta equitativa, aunque poco generosa. A
menos de que dicho trabajo inicial sea fruto personal casi exclusivo del
maestro, preferiríamos librar al discípulo del concepto, un tanto humillante,
de la ajena inspiración. Con ello, el joven investigador saboreará el exquisito
manjar de la espontaneidad. Raro fuera que, una vez probado, no se aficionase a
él y se esforzara por merecerlo.
Inútil parece también recomendar a los maestros que
no se aprovechen demasiado de la dócil actividad de sus educandos, so color de
prepararlos y dirigirlos. Este abuso, revelador de antipático egoísmo, florece
en algunas escuelas extranjeras, donde, como en ciertas profesiones,p.
217 el catecúmeno paga la enseñanza con la explotación del aprendizaje.
¡Cuántas obras monumentales denotan, más que la fecundidad del autor, la
discreción y modestia de juveniles colaboradores, satisfechos con la lejana esperanza
de ser algún día apoyados y promovidos por su mentor intelectual a empleos
decorosos!
Las fatigas de la edad, y más que nada el afán de
acaparar dignidades y prebendas, incompatibles con una vida apacible y de labor
honda y perseverante, fuerzan a veces a los sabios a caer en tan vituperables
explotaciones. Después de haber llegado con honra, hay que caer con honor.
Bástele a cada cual su propio mérito. Harto pagado queda el maestro con la
satisfacción de haber despertado actividades latentes y formado mentalidades
creadoras. Si la debilidad de los sentidos o las flaquezas de la voluntad privan
al anciano de los bríos necesarios para la obra de investigación, abandone
resueltamente el magisterio militante. No se enseña bien sino lo que se hace, y
quien no investiga no enseña a investigar. Primor de discretos es lo que
Gracián designa tener un buen dejo. Aunque nos duela, a cierta edad
hay que abandonar la enseñanza antes que la enseñanza nos abandone.
Con todo eso, todavía tiene el veterano profesorp.
218 alta misión que cumplir. Cuando sus manos débiles no pueden sostener
el pico del minero, ocúpese en refinar el mineral arrancado por otros[26]. Y escriba
en la quietud de su jubilación la historia o la filosofía de la ciencia. Que
nadie puede exponerla mejor que quien ha vivido sus incidentes y sentido de
cerca las arduas dificultades especulativas.
p. 219
CAPÍTULO X
Deberes del Estado en relación con la producción
científica.
Nuestro atraso científico y sus causas pretendidas.
Explicaciones físicas, históricas y morales de la infecundidad científica
española. Los remedios.
La prosperidad duradera de las naciones es obra de
la ciencia y de sus múltiples aplicaciones al fomento de la vida y de los
intereses materiales. De esta indiscutible verdad síguese la obligación
inexcusable del Estado de estimular y promover la cultura, desarrollando
una política científica, encaminada a generalizar la instrucción y
a beneficiar en provecho común todos los talentos útiles y fecundos brotados en
el seno de la raza.
La política científica implica el empleo simultáneo
de estos cuatro modos de acción:
1.º Elevar el nivel intelectual de la masap.
220 para formar ambiente moral susceptible de comprender, estimular y
galardonar al sabio.
2.º Proporcionar a las clases sociales más humildes
ocasión de recibir en Liceos, Institutos o Centros de enseñanza popular,
instrucción científica general suficiente a fin de que el joven reconozca su
vocación y sean aprovechadas, en bien de la nación, todas las elevadas
aptitudes intelectuales.
3.º Transformar la Universidad, hasta hoy casi
exclusivamente consagrada a la colación de títulos y a la enseñanza
profesional, en un Centro de impulsión intelectual, al modo de Alemania, donde
la Universidad representa el órgano principal de la producción filosófica,
científica e industrial[27].
p. 2214.º En fin, formar y cultivar, mediante el
pensionado en el extranjero o por otros métodos de selección y contagio
cultural, un plantel de profesores eméritos, capacitados para descubrir nuevas
verdades y para transmitir a la juventud el gusto y la pasión por la
investigación original.
Carecemos de espacio para estudiar minuciosamente
todos estos aspectos de la política cultural. Consideramos, por otra parte,
innecesario entrar en pormenores, ya que son temas repetidamente tratados y
discutidos desde hace muchos años por la prensa política y las obras
pedagógicas. Sobre ellos hay, por fortuna, un conjunto de soluciones que, con
ligeras variantes, han sido generalmente aceptadas. Por ahora, concretarémonos
a exponer algunas consideraciones tocantes al último punto, esto es, a los
métodos más apropiados y rápidos para refinar en lo posible el personal docente
actual y formar el futuro profesorado universitario, instrumentop.
222 esencial, aunque no exclusivo, de nuestro resurgimiento intelectual.
Mas para justificar lo que sigue y fundamentar
sólidamente nuestras conclusiones, importa resolver una cuestión previa sobre
la cual, desde hace cincuenta años, y sobre todo a partir del desastre
colonial, se han ejercitado con varia fortuna casi todos nuestros grandes
escritores.
Resurgir, renacer, regenerarse, son
procesos dinámicos que implican estado anterior de agotamiento, decadencia o
regresión. Importa, pues, desde luego dilucidar este importante punto: ¿Es
exacto que, en orden a la filosofía y a la ciencia, hemos decaído
verdaderamente? Como productores de civilización en su más amplio sentido, ¿es
lícito afirmar que hemos degenerado con relación a nuestros antepasados de los
siglos xvi y xvii?
España es un país intelectualmente atrasado, no
decadente. Estudiando
imparcialmente la historia de la producción científica y filosófica española
durante la Edad Media, durante el siglo xvi (considerado con alguna
exageración, a nuestro juicio, como la cima de nuestra intelectualidad) y, en
fin, durante las últimas centurias; comparando, con absoluta sinceridad,
intensivap. 223 y extensivamente, la ciencia española forjada en cada uno
de esos períodos (descontando las alzas y bajas causadas por fortuitos accidentes,
quiero decir, el avance cultural producido por el descubrimiento de América,
que abrió de repente a nuestros sabios espléndido campo de investigación, y la
postración mental provocada por las guerras desastrosas y errores políticos de
la época de Felipe IV); si cotejamos, en fin, en cada una de las citadas
épocas, las conquistas intelectuales positivas hechas por españoles con las
debidas a sabios extranjeros, nos veremos obligados a reconocer que ni la raza
ni la ciencia española han decaído ni se han estacionado por completo. Sobre
poco más o menos, su rendimiento científico se mantuvo siempre al mismo nivel.
La imparcialidad obliga, empero, a confesar que,
apreciado globalmente dicho rendimiento, ha sido pobre y discontinuo,
mostrando, con relación al resto de Europa, un atraso y, sobre todo, una
mezquindad teórica deplorable[28]. Dominóp.
224 en nuestros cosmógrafos, físicos, metalurgistas, matemáticos y médicos
la tendencia hacia lo útil inmediato, al practicismo estrecho. Se ignoró que
solo las ideas son realmente fecundas. Y buscando recetas y fórmulas de acción,
atrofiáronse las alas del espíritu, incapacitándonos para las grandes
invenciones. Además, en cada período nuestros hombres de ciencia fueron
escasos, y los genios, como las cumbres más elevadas, surgen solamente en las
cordilleras. Para producir un Galileo o un Newton es preciso una legión de
investigadores estimables.
A semejanza de Rusia o del Japón, hasta hacep.
225 poco tiempo, o de los germanos y francos antes del Renacimiento,
España ha permanecido en estado semibárbaro, atenida a la religión y a la
política y casi del todo ajena a la preocupación de ensanchar los horizontes
del espíritu. Pero la semibarbarie no es la decadencia, como el estado
embrionario no es la decrepitud. Fuera indisculpable ligereza desesperar de una
raza casi virgen, riquísima en subtipos y variedades (gran ventaja en sentir de
los antropólogos), creadora en todo tiempo de individualidades geniales y
vigorosas, detenida en casi todas sus capas sociales en la fase infantil, y,
por tanto, muy lejos todavía de la plenitud de su expansión espiritual. ¿Habrá
que recordar a los pesimistas que la mayoría de los españoles son analfabetos?
¿Declararemos ciego al privado de luz? Probemos antes si es capaz de ver y de
pensar, proporcionándole la antorcha de la cultura.
Mientras nuestra raza ha dormido secularmente el
sueño de la ignorancia y cultivado la religión y el arte (preferentes y casi
únicas actividades de los pueblos primitivos), las naciones del centro y Norte
de Europa se nos han adelantado prodigiosamente. No vamos hacia atrás, sino muy
detrás. Úrgenos, pues, alcanzarlas corriendop. 226 vertiginosamente para
colaborar en la medida de nuestra escasa población y del exiguo sobrante de
nuestras energías morales y económicas, en la obra de la conquista de la naturaleza.
En suma, España no es un pueblo degenerado,
sino ineducado. Una minoría gloriosa de intelectuales existió siempre, y
aunque con escasez y esporádicamente, la ciencia fue en todo tiempo cultivada.
Nuestros males no son constitucionales, sino circunstanciales, adventicios. El
problema agitado por algunos de si la raza ibera es capaz de elevarse a las
esferas de la invención filosófica y científica, es cuestión tan ociosa como
molesta. Solo fuera lícito el desaliento cuando, desaparecido el analfabetismo,
generalizada la instrucción y el bienestar, como en Inglaterra o Alemania, y
ensayadas las fuerzas de nuestros mejores talentos en los tajos fecundos de la
investigación, fracasáramos repetidamente. Pero esta prueba no se ha hecho y
merece la pena de ensayarse.
Despréndese de todo lo apuntado que el problema del
atraso español debe plantearse exclusivamente en estos términos:
¿Por qué, encerrando España una población igual a
la suma de los habitantes de Suiza, Sueciap. 227 y Holanda, han surgido en
ella menos verdades filosóficas, morales, y sobre todo científicas, que en
cualquiera de estas naciones?
Hemos anticipado ya nuestra opinión sobre el
problema. Sin embargo, en prueba de imparcialidad, vamos a consignar aquí el
sentir de algunos de nuestros estadistas y escritores más insignes. A nadie se
oculta que señalar las causas de nuestra insuficiencia vale tanto como mostrar
sus remedios.
Casi todas las siguientes teorías enfocan
especialmente nuestra postración política y social. Pero todas ellas pueden
extenderse al terreno de la actividad científica, ya que el poderío militar y
político y la prosperidad intelectual e industrial suelen ser cosas solidarias,
como ramas brotadas del mismo tronco cultural.
teorías físicas
Por curiosas, no obstante su paradojismo, vamos a
mencionar brevemente la hipótesis térmica y la hipótesis
oligohídrica.
a) Hipótesis térmica.— Según los
adeptos de esta concepción, tenemos la desgracia de morar en clima
semiafricano. Durante el verano, un sol calcinador suspende la vida vegetal y
aplanap. 228 nuestro espíritu; durante la estación invernal un sol tibio,
acariciador, nos infunde la alegría de vivir. ¿Cómo permanecer en el
laboratorio o en la biblioteca, desoyendo el insinuante llamamiento de una
naturaleza próvida y riente, henchida de colores, frutos y perfumes y
tempranamente desperezada del letargo invernal?
Muy al contrario en los países del Norte. Allí el
hombre vive rodeado de ambiente duro e inclemente. Todo predispone a la
concentración y al recogimiento. El frío aproxima los espíritus y crea vida
social intensísima. Por recurso, las personas medianamente ociosas y cultas,
huyendo de la lluvia y de la nieve, reclúyense en el gabinete o en el
laboratorio, y se entregan, para no sucumbir al tedio, al rompecabezas de la
ciencia, a las charadas de la metafísica o a los ensueños de la literatura.
El candoroso inventor de esta teoría olvidó
explicarnos por qué las antiguas civilizaciones surgieron en la India, Egipto,
Caldea y Grecia, países más calurosos que España, y cómo, mientras dichas
civilizaciones florecían, la lluvia y la nieve dejaron de surtir efectos
filosóficos y científicos en britanos, germanos, escitas y galos, sumergidos a
la sazón en las tinieblas de la barbarie; y, en fin, por qué razón, a pesar de
losp. 229 ardores de Febo, la Edad Media tuvo en España, con sus judíos,
árabes y cristianos, período de espléndido florecimiento intelectual y en el
siglo xvi expansión política formidable. Ni es dado olvidar que,
según los escritores antiguos, la Turdetania, región la más cálida
de España, fue lo más civilizado de la Península Ibérica antes de la conquista
romana.
b) Teoría oligohídrica.— Enlazada con
la anterior, de que es obligado complemento, fue defendida por el insigne
naturalista Malladas, de quien tomamos no pocos datos. Costa, Picavea, Jiménez,
Valdivieso, Maeztu y otros muchos escritores han visto en ella la causa
principal de nuestro atraso.
Ya Columela notó que en España llueve poco con
relación a los demás países de Europa. Como es sabido, la fertilidad de un
país, y, por tanto, su población y riqueza, dependen de la abundancia y
regularidad de sus precipitaciones acuosas, singularmente durante la primavera
y la canícula. Inglaterra, Bélgica, Francia, Italia, Alemania, aprovechan casi
totalmente sus tierras para la agricultura o la ganadería, porque en ellas caen
anualmente, por término medio, de 600 a 1.400 milímetros de agua pluvial. Por
consecuencia de tan feliz régimen meteorológico, lap. 230 industria
agrícola fue en tales países siempre floreciente: los cereales, las hortalizas,
las legumbres, la vid, el praderío y toda suerte de árboles desarróllanse
lozanamente; hasta las tierras y montes abruptos aparecen cubiertos de un tapiz
verde aun en agosto y septiembre, criando espontáneamente pastos substanciosos.
Son los países de yerba, envidiosamente contemplados por nuestros
enjutos habitantes de la meseta central. El riego, necesario entre nosotros, es
en los citados pueblos casi desconocido: el sol y la lluvia garantizan la
regularidad y abundancia de las cosechas.
Tan envidiables ventajas naturales explican bien la
densidad de población del centro y Norte de Europa, la economía y consiguiente
acumulación de la riqueza, el poderío militar y político, y, en fin, el
desarrollo de las ciencias y de las artes útiles. Porque el progreso
científico, como la industria, son función combinada del bienestar social y de
cierta densidad de población. La ciencia cultívase por lo común en países cuyos
habitantes no descienden de 60 o 70 por kilómetro cuadrado. En España no pasan
de 37 en la misma superficie. La aproximación espacial crea el acercamiento
espiritual. Por donde la estrecha convivencia, junto con la abundancia dep.
231 mantenimientos, producen el ocio ilustrado, la curiosidad científica y
la inquietud espiritual. Cualquiera aptitud útil o simplemente agradable halla,
en tan favorable ambiente, estímulo y aplauso.
Bien diferentemente pasan las cosas en nuestro
desgraciado país. Abierta la Península a los asoladores vientos africanos, con
latitud geográfica que la condena a calor tórrido y evaporación excesiva,
necesitaría un coeficiente pluvial superior al de Francia, cuando en realidad
es muy inferior. Estímasele, por término medio, en 300 o 350 milímetros[29]. Exceptúase
el litoral cantábrico; es decir, Galicia, Asturias, Santander, las Provincias
Vascas, una parte de Navarra y de Cataluña, regiones en que el régimen
meteorológico es francamente europeo. Provincias hay, como Almería, Murcia,
Alicante, Valencia, tan desoladamente secas, que en ciertos años no llueve ni
aun en invierno (el contrapolo de la lluvia); sin la
irrigación artificial de la tierra serían verdaderos desiertos. En la mesetap.
232 central, comprensiva de la mayor parte de España, cabe afirmar que no
existen sino dos estaciones: la de la sequía, que dura desde junio a octubre, y
la de las lluvias, que va de octubre a mayo.
Merced a la exigüidad y desigual reparto del agua,
la mayor parte del territorio nacional hállase sin roturar y las mejores
tierras labrantías rinden cosechas mediocres y aleatorias. Nada mejor revela la
pobreza de la meseta central (salvo la tierra de Campos, la región de Burgos y
Vitoria y algunas otras zonas) que este dato desconsolador: mientras el trigo
rinde en Bélgica, Inglaterra y Francia, casi constantemente, de 17 a 25
hectolitros por hectárea, en España no da, por término medio, sino de cinco a seis,
y eso los años prósperos, bastante raros, por desgracia. Indicio y
manifestación de esta perpetua lucha entre el cerebro y el estómago es nuestra
literatura picaresca, según ha hecho notar elocuentemente don Rafael Salillas.
Ahora bien: la pobreza engendra la ignorancia. La
cultura aun elemental implica cierto desahogo económico. ¿Cómo podrá asistir el
niño a la escuela, si en la mayoría de nuestras aldeas constituyen los hijos
para el miserable labrador factor de producción indispensable? Por lo quep.
233 hace a la ciencia, representa lujo que solo pueden costearse las
naciones ricas.
La teoría oligohídrica es cierta,
por desgracia, y ella explica cumplidamente la escasez de población y la
pobreza casi general del agricultor de nuestra Península. Por donde resulta
natural que sus partidarios proclamen, cual supremo remedio, la política
hidráulica. Pero dicha hipótesis deja en la sombra la verdadera cuestión,
que, según dejamos apuntado, es esta: ¿por qué naciones más pobres y menos
pobladas absolutamente que España, son más cultas y producen más ciencia que
nosotros? Además, si todo consiste en el buen régimen pluvial y en la riqueza y
densidad de población, no se comprende cómo las provincias del litoral
cantábrico, en donde llueve 1.500 y más milímetros y cuentan 100 habitantes,
sobre poco más o menos, por kilómetro cuadrado, no han aventajado en producción
científica y en invenciones industriales (no aludimos a la riqueza minera e
industrial, pura lotería aprovechada por extranjeros las más veces) al resto de
la Península. Tampoco queda suficientemente esclarecido cómo Irlanda, pobladísima,
y el Sur de China, región cuya densidad de población es sorprendente (500
habitantes por kilómetro cuadrado), han colaborado menosp. 234 en las
empresas de la civilización moderna que las relativamente pobres y escasamente
habitadas (absoluta y relativamente), Suecia y Noruega, y la colosal Rusia con
sus 19 habitantes por kilómetro cuadrado. No debe, pues, consistir todo en la
abundancia de mantenimientos y número relativo de habitantes, aunque no sea
lícito negar importante influjo a estos factores en el adelanto de las ciencias
y en la prosperidad de las naciones.
teorías político-morales
Teoría económico-política.— Corolario de la precedente (porque la escasa
fertilidad del suelo trae consigo la flaqueza política y militar), esta
concepción fue sostenida por casi todos nuestros estadistas y pensadores, desde
Cánovas y Silvela hasta Pi y Margall y Costa, para no citar sino muertos
ilustres. Por lo demás, como Azorín recuerda oportunamente,
escritores muy pretéritos, como Saavedra Fajardo, Gracián, Cadalso, Mor de
Fuentes, Fígaro y otros, pusieron ya el dedo en la llaga,
señalando la pobreza de nuestros recursos y la frecuencia de guerras inútiles
como principales factores de nuestro atraso.
p. 235Oigamos primero al insigne Cánovas, que, en
su libro El Solitario y su tiempo, estampa estas palabras,
desbordantes de patriótica sinceridad:
«No cabe positiva y duradera grandeza militar y
nacional donde hay pobreza e impotencia económica... Toda la historia de España
está en este hecho al parecer insignificante: los soldados que el Gran Capitán
llevó a Málaga para conquistar a Nápoles, iban ya descalzos y hambrientos. Así
se corren aventuras a las veces gloriosísimas; mas no se fundan permanentes
imperios... En vano se busca en la Inquisición, en la amortización, en la
exageración del principio monárquico, en los defectos de los reyes, en la incapacidad
de sus privados, etc., la causa única de nuestras desgracias; hay allí muchos
vanidosos sofismas de secta o escuela, y numerosas preocupaciones de la
ignorancia», etc.
La historia de España fue siempre, según hace notar
Cánovas, un proceso de perpetua, de angustiosa penuria económica. «Al subir al
trono Felipe II, estaban las cosas de modo que su favorito Ruy Gómez de Silva
hubo de decir a cierto enviado de nación amiga “que se hallaba el reino sensa
prattica, sensa soldati, sensa dennari”». De esta gran postración, no
obstante la cual se acometieron nuevas y desastrosasp. 236 campañas, hace
Cánovas responsable al atraso antiguo de la agricultura, producido por las
guerras de ocho siglos; a la falta de brazos que se comenzaba a sentir por la
expulsión de los judíos (agravada más adelante por la expulsión de los
moriscos); a los destierros forzosos de muchos; a las persecuciones del Santo
Oficio; a la amortización civil y eclesiástica; al sinnúmero de soldados que
exigieron las dilatadas y sangrientas campañas del siglo xvi, y, sobre
todo, a la despoblación, causada por el descubrimiento de América.
Cánovas señala, además, como factor de la debilidad
nacional, el provincialismo o regionalismo y
podríamos añadir el caciquismo, reliquia feudal tan funesta como la
miseria económica. Esta falta de solidaridad social, notada también por Hume y
otros historiadores modernos (kabilismo del insigne Unamuno),
quebrantó la unidad y energía del Poder central, obligado a respetar los fueros
y franquicias de las regiones más ricas y pobladas, y a gravar casi
exclusivamente con levas y exacciones a las esquilmadas Castillas, Extremadura
y Andalucía. Ante los ahogos de una pobreza creciente, el Estado español empeñó
todas sus rentas, alteró repetidas veces el valor de la moneda, se incautóp.
237 de los bienes de los particulares y se entregó, en fin, para llevar
adelante sus empresas guerreras, a toda suerte de atropellos y desafueros.
La población, que, según cálculos de un economista
alemán (Haebler) que ha consagrado un libro a esclarecer las condiciones
económicas del pueblo español durante nuestro auge político, pasaba de seis
millones en la época de los Reyes Católicos, descendió, en tiempos de Carlos
II, a menos de cuatro[30].
Y apuntando remedios, nos dice Cánovas: «Trabajad,
inventad, economizad sin tregua; no contraigáis más deudas; no pretendáis tanto
adquirir como conservar; no fiéis sino en vosotros mismos, dejando de tener fe
en la fortuna...; que vuestro patriotismo sea, en fin, callado, melancólico,p.
238 paciente, aunque intencionado, constante, implacable».
De este mal de la despoblación y pobreza quejábanse
ya nuestros escritores del siglo xvi y xvii. Recordemos que
Fernández Navarrete, que escribía en el primer tercio del siglo xvii,
hablaba ya en su Conservación de monarquías de que «la
despoblación de Castilla, que tanto baldonan los extranjeros, debíase a las
guerras incesantes, a los tributos intolerables, a la colonización de América
y, sobre todo, a la expulsión de los tres millones de moriscos y dos millones
de judíos». Laméntase Navarrete, con razón, de que las razas laboriosas e
industriosas hubieran sido expatriadas y no los gitanos, pueblo
maleante, entregado sistemáticamente al robo y la depredación.
Con no menos vigor y alto espíritu crítico formula
el insigne J. Costa juicios parecidos. «Ha engañado —dice— a nuestros políticos
el mapa, no viendo de la Península sino su extensión, no cuidándose de apreciar
su grado de productibilidad, la población que podía mantener, los recursos con
que podía acudir al Tesoro público. Dos accidentes históricos, el desembarco de
Colón en la Península con su lotería del Nuevo Mundo, y el matrimonio de Doñap.
239 Juana, con sus expectativas en la Europa Central, desplegaron a la
vista de España perspectivas de grandeza y tentaciones de imperio universal,
para resistir a las cuales no había en la raza suficiente caudal de prudencia
política, y complicaron e hicieron irremediable aquella desorientación que nos
ha valido cuatro siglos de decadencia... El arte de gobernar declinó en las
manos de nuestros estadistas en una rama de la literatura». Suyo también es
este hermoso y exacto pensamiento: «Como la Venus de Milo, España es una bella
estatua, pero sin brazos».
En cuanto a remedios, propone la política
hidráulica, es decir, derivar hacia la agricultura, hacia la construcción
de canales y pantanos, los caudales locamente derrochados en guerras suicidas y
en vanidades de hidalgo venido a menos. Coincidiendo con Cánovas, sugiere
también a nuestros ministros el pensamiento de «gobernar con tristeza, como
Fernando VI, velando y consolando la desventura de los gobernados». Aconseja
además: «Abaratar la patria, de modo que la condición de español deje de ser un
mal negocio; y doble llave al sepulcro del Cid para que no vuelva a cabalgar...
Hay que rehacer al español en la escuela. Menos Universidades y más sabios...
No se encierrap. 240 todo en levantar el nivel de cultura general; es
preciso, además, producir grandes individualidades científicas que tomen activa
participación en el movimiento intelectual del mundo y en la formación de la
ciencia contemporánea... Crear colegios españoles, a estilo del de Bolonia, en
los principales centros científicos de Europa, para otras tantas colonias de
estudiantes y profesores, a fin de crear en breve tiempo una generación de
jóvenes imbuidos en el pensamiento y las prácticas de las naciones próceres
para la investigación científica, para la administración pública, la industria,
la enseñanza y el periodismo». En suma, despensa y escuela:
tales son los remedios de nuestros males.
La teoría de Cánovas y de Costa es hoy doctrina
inconcusa. Naciones desangradas y empobrecidas por guerras inútiles,
emigraciones continuas y exacciones agotadoras, no suelen sentir ansias de
cultura superior. Harto hacen con vegetar obscuramente y conservar incólume la
semilla de la raza. Pero... ¿por qué naciones no menos asoladas por guerras
desastrosas y enflaquecidas por emigraciones continuas, se restauraron
rápidamente? ¿Cómo no pereció Italia saqueada, vejada, desgarrada y afrentada
por casi todos los ejércitos y aventureros de Europa?p. 241 ¿Qué secreto
resorte mantuvo la vitalidad de Francia, no obstante vivir en perpetua
hostilidad con las naciones fronterizas? ¿Qué extraña virtud hizo que Alemania,
cuna y campo de batalla del cisma, y cuya población, consumida por la guerra de
treinta años, descendió, según cálculos autorizados, a menos de cuatro
millones, no agotara nunca su vena productora de ilustres pensadores y de
primorosos artífices, renaciendo luego con irresistible pujanza? Falta, pues, algo
en esta teoría para esclarecer por completo el problema de nuestro atraso.
Hipótesis del fanatismo religioso.— Según esta concepción, generalmente acogida en el
extranjero[31], las causas
principales de nuestra decadenciap. 242 política y de nuestro atraso
científico fueron la exageración del principio religioso y singularmente la
Inquisición, que podó y descuajó durante siglos lo más eminente y exquisito del
genio nacional. Fue una selección al revés, como dice Ostwald. El Santo Oficio,
limpiando la nación de judaizantes, moriscos y luteranos y reduciendo al
silencio o a la expatriación a todos los pensadores heterodoxos, privó a España
del concurso de las mentalidades más originales y más renovadoras. Porque
precisamente entre esos hombres poco fervorosos del dogma y rebeldes al
despotismo de escuela suelen contarse los grandes iniciadores de la Filosofía y
de la Ciencia. En el cedazo quedaron, pues, los rutinarios, los dóciles, los
intolerantes y los meollos rudos y seniles.
Aun sin llegar a las violencias de la intolerancia,
la exageración del principio religioso entraña un germen de postración
económica y de apatía cultural.
Profundamente penetrados del misticismo y de la
existencia de otra vida mejor, los pueblos miran la ciencia como algo frívolo,
profano, de dignidad inferior a la teología, a la literatura y a la política.
En muchos escritores del siglo de oro, singularmente en Gracián, Quevedo y
Saavedrap. 243 Fajardo, apuntan estos sentimientos. En lo cual, fuerza es
confesarlo, son severamente lógicos. Puesto que la vida terrestre no es sino
preparación para el cielo, natural es cultivar exclusivamente la teología, la
mística y la moral, es decir, las sagradas disciplinas que nos apartan de
frivolidades mundanas y señalan el camino de la perfección espiritual. ¿A qué
afanarse por las artes útiles, el comercio, la industria? Fuera de la moral, el
derecho y un poco de literatura necesaria para hablar con decoro de las cosas
santas, solo parece plausible y deseable el esfuerzo para conservar la pureza
del dogma y la imposición, mediante la guerra, de la unidad religiosa a todas
las naciones.
Y España peleó locamente contra Inglaterra,
Flandes, Francia, Italia, África, las razas de América, etc. Empresa enorme,
sobrehumana, que hubiera exigido en el Gobierno genios, en vez de vulgares
privados; en el ejército las huestes de Jerjes dirigidas por Aníbales, y en la
Hacienda pública los tesoros de la Francia o de la Inglaterra actuales. Solo
Dios puede hacer lo imposible, y así todo se fió en Dios. A la Santa Cruzada
contra el protestantismo fueron sacrificados vasallos y tesoros, cerebros y corazones.
p. 244Arrastrados por esta fiebre de ciego
proselitismo, desterramos de la Península a los judíos y a los moriscos, en
cuyas manos florecieron el comercio y la agricultura. Quedó la poca tierra
cultivable yerma y esquilmada. Sobre ella crecieron y se extendieron, como
legión de voraces parásitos, los frailes y los nobles, paralizando con la
amortización material las fuentes de la riqueza patria y aniquilando con la
amortización espiritual las iniciativas científicas y audacias especulativas de
la raza... Tal es, en sus líneas generales, la teoría económico-política.
Nacida en el extranjero con Buckle, Tiknor, Draper,
Macaulay, Hume, G. Le Bon, etc., sostenida entre nosotros por intelectuales de
prestigio (Sanz del Río, Revilla, Pi y Margall, José del Perojo, etc.), esta
hipótesis forma casi parte del ideario de nuestra democracia. Sobre las otras
concepciones posee la ventaja inapreciable de referir nuestro atraso a una
condición adventicia, en cierto modo exterior y extraña al carácter mental de
la raza. Como toda explicación simplista, se ofrece cómoda, y por tanto sugestiva.
Seduce a primera vista porque nos promete, según nota Maeztu, para un plazo
breve, fácil y llano remedio. Barrida la intolerancia, emancipado el espíritu
crítico, la ciencia deberá surgirp. 245 por sí misma como espontánea
floración de la cultura y de la prosperidad material.
No negaremos nosotros que la exageración del
sentimiento religioso, que ya Cánovas, Valera y otros consideraron como uno de
tantos motivos de nuestra decadencia, y, sobre todo, las crueldades del Santo
Oficio, hayan contribuido bastante a marchitar la flor de nuestra originalidad
científica y filosófica. Dejamos apuntado ya que el sabio, por religioso que
sea, gana mucho en un ambiente de libre expansión espiritual. Creemos más: que
en la actualidad (hay gloriosas excepciones), los hombres más ocupados en los
problemas del mundo suelen ser los menos preocupados de las beatitudes
celestiales.
Pero aun reconociendo y proclamando todo esto,
pensamos sinceramente que la hipótesis del fanatismo religioso es,
en el terreno histórico, notoriamente exagerada, y en el terreno
práctico, peligrosísima para las esperanzas puestas en el
resurgimiento de España y en los altos destinos de la raza, esperanzas que
todos, y señaladamente los maestros, debemos infundir reiteradamente en la
juventud.
Que se ha extremado el papel anticultural de la
Inquisición, probáronlo (cayendo también enp. 246 opuestas exageraciones)
Laverde, Vidart, Adolfo de Castro, muchos de nuestros tradicionalistas, y
singularmente el fogoso patriota y prodigioso erudito Menéndez Pelayo[32]. En
respuesta a los denigradores del Santo Oficio, alegaron que precisamente el
auge de la producción científica y filosófica española corresponde a los
siglos xvi y xvii, época de la prepotencia del terrible
Tribunal. Y citaban abrumadoras listas de filósofos moralistas y científicos,
que brillaron con luz propia en nuestra edad de oro. Afirmaban, además,p.
247 que en los calabozos del Santo Oficio no perecieron hombres de ciencia
ni pensadores eximios, sino judaizantes, luteranos, musulmanes, y, sobre todo,
brujos y endemoniados, según ocurría a la sazón, aunque bajo otras
instituciones, en todos los países de Europa. Recordaban, en fin, que Servet
fue inmolado fuera de España por el feroz Calvino, y que la tolerante Italia
quemó a G. Bruno y encarceló a Galileo.
«En Francia —dice Valera—, sin contar los horrores
de las guerras civiles, solo en la espantosa noche de San Bartolomé hubo más
víctimas del fanatismo religioso que las que hizo el Santo Oficio desde su
fundación hasta su caída... Ni iguala en número —continúa— por confesión de
Schack a solo las infelices brujas quemadasp. 248 vivas en Alemania nada
más que en el siglo xvii.»
Y es menester reconocer que los hechos citados por
los precedentes autores poseen alguna fuerza. Maeztu, uno de nuestros jóvenes
escritores más vigorosos y mejor orientados, nota oportunamente que mal pudo la
Inquisición sacrificar a filósofos y sabios, cuando España no los tuvo nunca
(de primer orden, se entiende). Otras son, pues, las esenciales causas de
nuestro atraso, y no la intolerancia religiosa, que adquirió también, entre los
cismáticos de Inglaterra, Suiza y Alemania, formas y sentimientos singularmente
agresivos e inhumanos.
Pero, conforme dejamos apuntado, lo más grave de la
teoría religiosa no consiste en su tendencia sectaria, ya advertida por
Cánovas, sino en que, fiados en ella, corremos el riesgo de echarnos
definitivamente en el surco, dejando de aplicar al mal los verdaderos remedios.
En efecto: hace más de un siglo que, salvo algún
chispazo aislado, la Inquisición apagó sus hogueras. Hemos hecho cinco o seis
revoluciones, decretado la desamortización e instaurado un régimen de
tolerancia religiosa. Reconoce nuestra Constitución la libertad de conciencia,
de palabra, de asociación y de imprenta,p. 249 Profesores eminentes han
importado a nuestras aulas filosofías más o menos heterodoxas, tales como el
krausismo, el positivismo y el evolucionismo materialista, desarrollándolas libremente,
sin molestias ni cortapisas. Aunque no forman todavía mayoría, abundan entre
nosotros los políticos, periodistas, magistrados y catedráticos
librepensadores. Contra lo que suponen los extranjeros, cierta tolerancia
práctica reina entre nuestra sociedad ilustrada. Se citarán, acaso, excepciones
más o menos antiguas; pero en la actualidad, quien positivamente vale, llega en
España a los primeros puestos, cualquiera que sea su credo filosófico, a
condición de que no lo proclame harto ruidosa y estridentemente, lastimando los
sentimientos de la mayoría.
Sin embargo..., con muy ligeros avances sobre
nuestro anterior estado, continuamos a la zaga de las pequeñas nacionalidades
del Norte de Europa. Pueblos hermanos como Portugal y las Repúblicas
sudamericanas, donde la despreocupación dogmática es acaso mayor que entre
nosotros, viven, sobre poco más o menos, en el mismo plano cultural.
Si esta situación continúa y se acentúa, la
posición de los adeptos de la teoría del fanatismo religioso resultará
singularmente comprometida.p. 250 Y si discurren serenamente, llegarán
pronto a la desconsoladora conclusión de la incapacidad de los pueblos
peninsulares para las altas empresas de la civilización. No se trataría ya de
la bancarrota de un principio, sino de la bancarrota de una raza.
Y esto, aunque fuera verdad, que no lo es, ningún peninsular puede honradamente
declararlo, sin haber agotado antes, para demostrar lo contrario, todas las
capacidades de su intelecto y todas las energías de su voluntad.
Hipótesis del orgullo y arrogancia españoles.— Muchos extranjeros, varios españoles y no pocos
hispanoamericanos (Bunge, entre otros) achacan en parte nuestro atraso a este
defecto del carácter nacional, en cuya virtud se consideraron siempre entre
nosotros como cosas viles el trabajo mecánico, la industria y el comercio. Muy
elocuentemente habla acerca de ello el insigne Valera.
«La tiranía —dice Valera— de los reyes de la Casa
de Austria, su mal gobierno y las crueldades del Santo Oficio, no fueron causa
de nuestra decadencia; fueron meros síntomas de una enfermedad espantosa que
devoraba el cuerpo social entero... Fue una fiebre de orgullo, un delirio de
soberbia que la prosperidad hizo brotar en los ánimos al triunfar después de
ocho siglosp. 251 en la lucha contra los infieles. Nos llenamos de
fanatismo a la judaica. De aquí nuestro divorcio y aislamiento del resto de Europa...
Nos creímos el nuevo pueblo de Dios; confundimos la religión con el egoísmo
patriótico; nos propusimos el dominio universal, sirviéndonos la cruz de enseña
o de lábaro para alcanzar el imperio. El gran movimiento de que han nacido la
ciencia y la civilización moderna, y al cual dio España el primer impulso, pasó
sin que lo notásemos, merced al desdén ignorante y al engreimiento fanático»[33].
p. 252También Cadalso (citado por Azorín),
antes que Valera, notó ya esta lacra moral de la gente hispana. «No estudiamos
—decía—. Nuestro defecto fundamental es el orgullo... Las ciencias van
decayendo de día en día... Los verdaderos estudiosos son tenidos por sabios
superficiales en el concepto de los que saben poner setenta y siete silogismos
sobre si los cielos son fluidos o sólidos...» «Trabajemos —dice— en las
ciencias positivas para que no nos llamen bárbaros los extranjeros...»
Las páginas de la Historia de España ofrecen
numerosos testimonios de este irritante sentimiento aristocrático, que nos
llevó a repudiar, como innobles y propios solo de judíos y gente servil, la
agricultura, el comercio, la industria y las artes mecánicas. La nobleza y la
clase media, preocupadas con la limpieza de sangre, solo podían subsistir
vegetando parásitamente sobre una masa de pecheros, comerciantes e
industriales. No obstante lo cual, cometiose la monstruosa aberración de
decretar, según dijimos antes, primeramente, la expulsión de los judíos
monopolizadores del comercio, y después, la de los moriscos, en cuyas manos
estaban la agricultura y la industria. Nubes de extranjeros voraces, incapaces
de nacionalizarse porque nosp. 253 odiaban cordialmente, vinieron a
reemplazar a moriscos y judíos, absorbiendo el oro de América, fomentando la
industria de sus sendos países, con daño de la nuestra, y convirtiéndose en
usureros y esquilmadores del Estado. Entristecen las descripciones que extranjeros
como Campanella, Mad. d’Aulnoy y otros hacen de la incuria de nuestros hidalgos
y del casi total abandono del agro castellano, a causa del desprecio suicida
del trabajo manual. Así como el comercio y la banca cayeron en poder de
genoveses, flamencos y franceses, el cultivo mismo de la tierra (es decir, lo
poco de ella cultivado) vino a manos de braceros extranjeros, con los cuales
emigraban anualmente muchos millones, importe de salarios.
La teoría del orgullo explica algo mejor que la
hipótesis económico-política la escasez de nuestra producción científica e
industrial. La ciencia exige instrumentos, y estos solo puede proporcionarlos
una industria floreciente. Y en aquel tiempo era difícil importarlos de fuera.
Deja, sin embargo, esta concepción en la sombra algunos puntos, entre ellos la
pobreza filosófica, astronómica y matemática de la nación y el gusto casi
exclusivo hacia el saber, que nuestro ilustre Carracido llama ornamental (literatura,p.
254 humanidades y filosofía escolástica, etc.), con el consiguiente
desprecio de las ciencias de la naturaleza. Creímos que era bastante dominar,
sin reparar que solo imperan duraderamente la ciencia, la industria y el
comercio.
Teoría de la segregación intelectual.— En todas las hipótesis expuestas, singularmente
en las de Cánovas, Costa y Valera, late un fondo de verdad, pero ellas no lo
dicen todo. A nuestro atraso contribuyeron indudablemente las guerras inútiles,
la Inquisición, el finchado aristocratismo, la emigración a América, el desdén
por el trabajo mecánico y la irreparable esterilidad de una tierra eternamente
sedienta. Pero estas calamidades (que muchos países han sufrido), con ser
grandes habrían moderado nuestra producción en orden al conocimiento de la
naturaleza, mas no la habrían reducido a un mínimo casi despreciable de no
intervenir otro factor, felizmente modificable, a que apenas aluden nuestros
escritores. La causa culminante de nuestro retardo cultural no es otra que
el enquistamiento espiritual de la Península. A la manera de
un tumor, el talento hispano desarrollose, viciosa y monolateralmente,
nutriéndose exclusivamente de la pobre savia nacional. La frase «Santiago,
cierra España», citada por Bungep. 255 (que le da un sentido erróneo, sin
duda por imperfecto conocimiento del castellano), no fue solo el grito de
combate de nuestros guerreros, sino la divisa de nuestros sabios[34]. Cerramos
las fronteras para que no se infiltrase el espíritu de Europa, y Europa se
vengó alzando sobre los Pirineos una barrera moral mucho más alta: la muralla
del desprecio. Desde fines del siglo xvii, nuestros sabios, nuestros
filósofos, nuestros literatos, dejaron casi enteramente de ser leídos y
citados. Entre los científicos, solo se salvó del olvido Azara, el gran
naturalista que brilló en el siglo xviii.
Como consecuencia de esta segregación intelectual,
no prendió apenas en España la semilla del Renacimiento, según nota
oportunamente Federico de Onís. Los inyectores de la savia nueva, tales como
Lebrija, el Brocense, Pedro Ciruelo y otros, fueron perseguidos. Y no digamos
nada de Servet y del Dr. F. Sánchez, el precursor del cartesianismo y del
agnosticismo moderno, porque ambos tuvieron que expatriarsep. 256 para
escribir. El terror a lo nuevo, a lo extranjero, obsesionaba a nuestros
Claustros profesorales, más inquisidores que la Inquisición misma, que
recelaban no solo de las ciencias naturales, sino hasta de las inofensivas
filología, gramática e historia. Y semejante estado de espíritu perduró muchos
años, según revelan los escritos de Villarroel y los más modernos de Feijóo,
Campomanes y Jovellanos.
Hubo, ciertamente, algunas excepciones de dicha
incomunicación. Durante una parte del siglo xvi, con ocasión de nuestras
guerras de Italia, las auras del Renacimiento vivificaron un tanto el
petrificado espíritu español, despertándole parcialmente de sus éxtasis
religiosos y de sus ensueños imperialistas. Otra ventana hacia Europa abriose
también durante el siglo xviii; por ella recibieron algunos intelectuales
bien dotados el influjo bienhechor de la crítica y de la renovación científica
que agitaban la Europa.
En corroboración de esta doctrina, nótese que casi
todos nuestros grandes escritores y sabios surgieron en esas épocas de relativo
intercambio cultural, y fueron, naturalmente, infatigables viajeros. No pocos,
desde el final de la Edad Media, perfeccionaron sus estudios en el extranjero y
regentaron cátedras en Roma, Bolonia,p. 257 París, Montpellier, Tolosa,
etc. Recordemos a Arnaldo de Vilanova, Raimundo Lulio, Servet, Luis Vives,
Saavedra Fajardo, el padre Acosta, el médico Hernández, Garcilaso, Quevedo,
etc. El mismo Cervantes, no obstante su original genialidad, debió mucho a la
refinada cultura de Italia. Pero, en general, salvando gloriosas excepciones,
nuestro orgullo aristocrático, secundado por la desdichada posición geográfica
de la Península (confín de Europa y camino solamente de África), nos condujo a
una reclusión mental deplorable. A semejanza de esos animales habitadores de la
Australia, que segregados en remotas edades del Continente, adquirieron formas
insólitas y estrafalarias, así el entendimiento español, no vivificado por la
conjugación intelectual ni corregido por la crítica europea, apartose de las
normas de la cultura mundial y se expandió en la viciosa y casi exclusiva
vegetación de las sutilezas escolásticas, de los transportes de la mística y de
los juegos del conceptismo y culteranismo.
Y sin embargo, no faltó nunca algún español, flor
de la raza, que apuntara, aunque predicando en desierto, los inconvenientes del
aislamiento nacional. En su famoso libro de Las Empresas, Saavedra
Fajardo decía: «La renovaciónp. 258 da perpetuidad a las cosas caducas por
naturaleza... Ninguna juventud sale acertada en la misma patria... Los
parientes y amigos la hacen licenciosa y atrevida. No así en las tierras
extrañas, donde la necesidad obliga a la consideración en componer las acciones
y en granjear voluntades. Fuera de la patria se pierde aquella rudeza y
encogimiento natural; aquella altivez necia e inhumana que ordinariamente nace
y dura en los que no han practicado con diversas naciones... Los españoles, que
con más comodidad pudieran practicar el mundo, por lo que en todas partes se
extiende su monarquía, son los que más retirados están en sus patrias, si no es
cuando las armas les sacan de ellas.» (Empresa LXVI)[35].
Que durante nuestra supremacía militar viajábamosp.
259 poco, y no llevamos a Flandes e Italia comerciantes, sabios y colonos
que acompañaran a nuestros soldados y crearan vínculos materiales y
espirituales con la metrópoli, persuádelo el hecho harto elocuente de que en la
actualidad no queda en dichos países el menor rastro de la raza, la lengua y
las costumbres españolas. Verdad es que en tales empresas se trataba casi
siempre de defender el patrimonio, bien o mal adquirido, de los reyes, no los intereses
positivos de nuestro pueblo, según hace notar muy sagazmente Cristóbal de Reyna[36].
Hemos vivido, pues, durante siglos, recluidos en
nuestra concha, dando vueltas a la noria del aristotelismo y del
escolasticismo, y desinteresados y desdeñosos (con excepción de pocos
paréntesis) del poderoso movimiento crítico y revisionista que impulsó en
Europa a las ciencias y las artes. Fuera, empero, injusticia olvidarp.
260 que algunos de nuestros sabios y filósofos conocieron y profesaron las
novísimas verdades matemáticas, astronómicas, y físicas y biológicas,
conquistadas por Copérnico, Galileo, Torricelli, Newton, Descartes, Vesalio,
Harveo, Lavoisier; pero poquísimos de ellos tuvieron el arranque necesario para
trasladarse a los grandes centros culturales, y adquirir el contagio
tonificante de la genialidad creadora.
A causa de esta incompleta conjugación con Europa,
nuestros maestros profesaron una ciencia muerta, esencialmente
formal, la ciencia de los libros, donde todo parece definitivo (cuando nuestro
saber hállase en perpetuo devenir), e ignoraron la ciencia
viva, dinámica, en flujo y reflujo perennes, que solo se aprende
conviviendo con los grandes investigadores, respirando esa atmósfera tónica de
sano escepticismo, de sugestión directa, de imitación y de impulsión, sin las
cuales las mejores aptitudes se petrifican en la rutinaria labor del repetidor
o del comentarista.
el remedio de nuestro atraso. método histórico de
elevación científica y cultural
La ciencia, como todas las actividades específicas
del entendimiento, es simple consecuenciap. 261 de la imitación y del
ejemplo. Trátase siempre de un contagio, a veces a distancia, por la semilla
latente en los libros, mucho más a menudo de cerca, por gérmenes arribados por
el oído, escapados, como en surtidor luminoso, de las cabezas geniales. Del
mismo modo que el hijo aprende el oficio del padre, mirando y
ensayándose, así el sabio en perspectiva aprende a investigar mirando al
investigador y trabajando bajo su vigilancia. Como dice acertadamente
Castillejo, uno de los apóstoles más fervientes y desinteresados de nuestro
renacimiento intelectual, «los florecimientos culturales son producto del
contacto de civilizaciones diferentes. Hay una especie de fecundación que, sin
ahondar ahora más, puede bien referirse al carácter de producto social que la
cultura tiene, lo mismo referida a las colectividades de individuos que a las
de los pueblos».
Tan palmaria verdad es que la ciencia brota de la
fecundación intelectual inmediata, que no se citará un solo país en donde el
ansia de saber haya surgido con absoluta espontaneidad. Por rica y plástica que
parezca la mentalidad de un sabio, jamás será poderosa a crear in toto una
disciplina científica. Su misión se reduce a desenvolver un germen recibido, a
consolidarp. 262 y acrecentar el patrimonio heredado.
¿Habrá que recordar ejemplos históricos de tan
trivial y vulgar aserto? Nadie ignora que los filósofos y sabios de la Grecia
fueron infatigables viajeros. Cada una de aquellas inteligencias vírgenes y
ansiosas de sabiduría, solía dividir su vida en dos fases: durante la primera
asistía a los focos culturales de Egipto, Asiria, Persia, la India y la Gran
Grecia; durante la segunda, recogíase en sí misma, sistematizaba lo aprendido y
fundaba nueva escuela. El viejo Egipto adoctrinó a Grecia, como, andando el tiempo,
Grecia adoctrinó a Italia y a las naciones mahometanas; y, en fin, estas y
sobre todo la cultísima Italia del Renacimiento (esa Italia, siempre pagana, a
pesar del cristianismo, y fervorosamente enamorada de la sabiduría antigua),
difundieron la ciencia clásica por el resto de Europa.
Y para recordar ejemplos más cercanos, hoy mismo,
¿no vemos al Japón, pueblo de raza amarilla, pasar bruscamente desde las
tinieblas de la Edad Media a los esplendores de la cultura y de la civilización
occidentales? Obra estupenda, que parece milagro, y representa simplemente un
caso particular de sistemática pero intensiva y extensiva inoculación de la
cienciap. 263 europea. No fue, ciertamente, según se complacen en afirmar
algunos de nuestros políticos, la revolución japonesa del 68 con sus reivindicaciones
liberales y la consiguiente emancipación económica del agricultor, la causa
eficiente de tan asombroso renacimiento. No; los artífices de la grandiosa
ascensión fueron, en primer término, el alto sentido político del Emperador y
sus ministros y, a guisa de instrumentos, esos miles de jóvenes pacientes,
silenciosos, concentrados, que, por mandato del Gobierno, vinieron a Europa a
escudriñar, llenos de fervor patriótico, en laboratorios, seminarios, talleres,
fábricas y arsenales, los secretos de la sabiduría y de la fuerza occidentales.
Menos resonantes y notorios, pero igualmente
significativos ejemplos, nos ofrecen algunos pueblos de pura cepa europea, en
donde por diversos motivos decayeron las ciencias o no adelantaron con el brío
necesario. Recordemos a Italia, cuyas Universidades, un tanto enervadas durante
la primera mitad de la pasada centuria, supieron remozar la caduca savia,
importando profesores alemanes y, sobre todo, educando sistemáticamente en el
extranjero la flor de su juventud intelectual y docente. Igual salvadora conducta
han seguido los Estados Unidos (enp. 264 donde por diversas causas el
espíritu científico aparecía ahogado por el bajo mercantilismo), inundando de
jóvenes doctores los laboratorios y seminarios ingleses, franceses y alemanes.
Patentes están los frutos de esta inoculación
reiterada y metódica del germen del progreso científico. Italia ha decuplicado
su rendimiento intelectual; y en ciertas esferas del saber, figura ya a la
cabeza del movimiento cultural europeo. En cuanto a los Estados Unidos, el
espíritu de indagación hállase en rápido crescendo; la pléyade de
inventores ingeniosos, aunque empíricos, ha sido allí reforzada por lucida
cohorte de sabios creadores, cuyos descubrimientos promueven el
aprovechamiento, de cada vez mayor, de las riquezas del suelo y del subsuelo, y
han sido causa del asombroso florecimiento de las empresas industriales.
Poderosos Institutos, como el célebre de Rockefeller, legado de millonarios
patriotas, se han creado para cultivar la ciencia pura. Por este mismo sendero
marchan con éxito brillante, o con esperanzas justificadas, Rumanía, Egipto,
Chile, la República Argentina, etcétera.
Y nótese que la elevación cultural de los citados
pueblos ha surgido, no por lenta evolución, conforme pide la teoría, sido
súbita y teatralmente;p. 265 verdadera revolución desde arriba, para la
cual la Gaceta, tan desacreditada entre nosotros, obró cual
talismán mirífico.
La panacea que en Italia, en los Estados Unidos, en
el Japón[37], en Hungría,
en Rumanía, en la misma Rusia, es decir, en países de razas y genio tan
diversos, ha tenido éxitos resonantes, ¿fracasará precisamente en España,
crisol donde se fundieron casi todas las razas europeas?
Desde ahora declaramos que el remedio que obró
milagros en todos los países, dará también resultados excelentes en España. Si
hay fracaso, nuestra será la culpa, por no haber sabido servirnos de la heroica
panacea. El fiasco, y tras él la decadencia definitiva y mortal, vendrán
solamente si la aplicamos sin fe ni perseverancia; sip. 266 por espíritu
de tacañería la administramos a dosis homeopáticas, o de manera intermitente;
si no sabemos reclutar y preparar mentalmente a nuestra juventud para recibir,
allende el Pirineo, la suprema iniciación; si, a la vez que establecemos íntima
comunicación espiritual con el extranjero, no acertamos a mantener en los
iniciados el fuego sagrado de la investigación, organizando, para retenerlos y
estimularlos, laboratorios y seminarios, talleres y demás centros de laboreo
intelectual y profesional; si, en fin, por respeto a rancios prejuicios o a
funestos formalismos, no procedemos a incorporar rápidamente a la enseñanza el
nuevo plantel docente, renovando y fecundando con él la vieja Universidad,
órgano principal, según dejamos dicho, de civilización y de progreso.
Porque, lo hemos proclamado mil veces y lo
repetiremos otras mil, España no saldrá de su abatimiento mental mientras no
reemplace las viejas cabezas de sus profesores (Universidades,
Institutos, Escuelas especiales), orientadas hacia el pasado, por otras
nuevas orientadas al porvenir. No reside, pues, el daño en los que
aprenden, ni en el Estado que, en la medida de lo posible, sufraga los gastos,
sino en los que enseñan. De unos salen los otros. Ideal del discípulop.
267 será siempre parecerse a su maestro. ¿Cómo superarse si no halla cerca
de sí otro término más alto de comparación? Y pues es fuerza romper la cadena
de hierro de nuestro atraso, rómpase por el anillo docente, único
sobre el cual puede obrar directa y eficazmente el Estado. Europeizando
rápidamente al catedrático, europeizaremos al discípulo y a la nación entera.
Como dice luminosamente Castillejo, «no queda otro
recurso que formar gente nueva y unirla a los elementos aprovechables de la
antigua». Pero esa gente nueva no lo será de veras, se parecerá
irremediablemente a nosotros, adolecerá de nuestras rutinas y defectos, como no
respire por mucho tiempo el ambiente de la Universidad extranjera.
Tal es el plan salvador. No ha habido que inventar
la panacea. Es remedio probado, norma seguida por cuantos pueblos tuvieron
clara conciencia de su postración y quisieron regenerarse de veras. Descendamos
ahora a formular algunas reglas tocantes a la manera de aplicar la terapéutica.
p. 269
CAPÍTULO XI
Órganos sociales encargados de nuestra
reconstrucción.
Pensionado en el extranjero. Importación de
profesores. Creación de Colegios españoles en las principales ciudades
universitarias de Europa.
Las ideas precedentes, vulgarísimas en el
extranjero, tampoco son, por fortuna, novedad en España. Más o menos
explícitamente, han sido proclamadas por nuestros mejores escritores, y
singularmente por las eminencias de la cátedra; han creado un estado de
conciencia nacional y se han traducido, al fin, en leyes y órganos adecuados de
acción. Notorio es que, desde hace algunos años, se han fundado entre nosotros
instituciones que, como la Junta de Ampliación de estudios y Pensiones y
el Patronato de ingenieros y de obreros, tienen por principal
misión escoger la flor de nuestra juventud intelectual y obrera, para educarla
y sostenerla en los grandesp. 270 focos de producción científica e
industrial de Europa y América.
La Junta de Pensiones y de Ampliación de
estudios se propone, según resume su activo secretario, señor
Castillejo: «1.º El envío de pensionados al extranjero, la comunicación con
ellos y la organización de diversas formas de tutela y auxilio para
facilitarles su labor. 2.º Un servicio de información extranjera en las
cuestiones de educación, para divulgar el conocimiento de los centros docentes
y las condiciones de la vida en los principales países. 3.º Un patronato de
estudiantes que secunde la iniciativa privada, auxiliando el envío de jóvenes
al extranjero por cuenta de las familias. 4.º La creación de centros de
investigación científica, organizados dentro y fuera de España, como medio de
que los pensionados en el extranjero puedan continuar su preparación, y los que
aspiren a salir, comenzarla reunidos, con los elementos que el país ofrezca, en
un trabajo práctico y personal. Hay hasta ahora constituidas tres agrupaciones:
el Centro de estudios históricos, el Instituto nacional de ciencias físico-naturales
y la Escuela española de Roma para Arqueología e Historia. 5.º El fomento de
las instituciones de carácter educativo, para mejorarp. 271 en todos los
órdenes de la vida de nuestros escolares. Se ha abierto ya en Madrid la
primera Residencia de estudiantes donde estos hallan
favorables condiciones higiénicas, morales e intelectuales, dentro de un
régimen de sana libertad»[38].
La lealtad, la imparcialidad confesional y el
sincero patriotismo con que la Junta de Pensiones y de Investigaciones
científicas ha aplicado los referidos principios de elevación
cultural, han sido reconocidos por la mayoría de los conspicuos de la política,
sin distinción de matices. Aprobaciones valiosas ha merecido también de
nuestros más brillantes escritores, entre los cuales fuera imperdonable olvidar
al cultísimo y ecuánime crítico Gómez Baquero, cuyas elocuentes conferencias de
Portugal versaron precisamente sobre las funciones de la Junta y los resultados
alentadores obtenidos. Conscientesp. 272 de que se deben a una obra
esencialmente nacional, los miembros de la susodicha Corporación, a la hora de
proponer pensiones u otorgar becas de trabajo, no disciernen otros colores que
los gloriosos de la española bandera, que son también los mismos de la aurora
espiritual por todos anhelada.
Colaboradores humildes de dicha Institución, no
debemos justipreciar su labor. Fuera, además, harto prematuro. Séanos lícito,
sin embargo, olvidarnos por un momento de nuestro insignificante concurso, y
apreciar objetivamente los resultados. Repetimos que es todavía temprano para
hacer el arqueo de los valores logrados. La semilla dará fruto solamente dentro
de algunos años. La justicia obliga, empero, a confesar que, no obstante la
timidez e irresolución con que el Estado y en su nombre la citada Junta han
procedido, hanse recogido cosechas estimables. Por de pronto, en la nueva
generación, el tipo mental del maestro declamador y meramente comentarista
disminuye visiblemente, y de día en día aumenta el número de revistas
científicas nacionales, de laboratorios y seminarios de investigación y de
entusiastas profesores entregados a pesquisas originales. Puntualicemos un
poco.
p. 273Por lo que toca a la Biología, contamos ya
con un plantel de laboratorios cuyas investigaciones son conocidas y apreciadas
en el extranjero, donde algunos de ellos han explicado cursos y dirigido
laboratorios. Diversas revistas alemanas, inglesas y nacionales, y
singularmente los Trabajos del Laboratorio de Investigaciones
biológicas y el Boletín de la Sociedad española de Biología,
registran sus interesantes comunicaciones. Solo en la Revista citada de mi
Laboratorio (Trabajos del Laboratorio de Investigaciones, etc., años
1912 a 1923), han sido publicadas por alumnos o profesores pensionados más de
50 monografías originales, algunas con descubrimientos de primera fuerza.
Los naturalistas, laboriosos como siempre, aunque
lentos todavía en adoptar ciertos métodos de estudio (histológico,
embriológico, etológico y psicológico), han acrecido cualitativa y
cuantitativamente su rendimiento. Aparte las comunicaciones insertas en
el Boletín de la Academia de Ciencias, cada día son más
interesantes las que ven la luz en los acreditados Anales de la
Sociedad española de Historia Natural. La creación de la Comisión
de Investigaciones paleontológicas y prehistóricas ha dado también opimos
frutos. Sus doctos y activosp. 274 profesores, adoctrinados por ilustres
especialistas franceses y alemanes, nos han redimido del bochorno de que
nuestra Península constituyera, en lo tocante al arte e industria
prehistóricos, exclusivo campo de explotación de sabios extranjeros.
Grandes esperanzas nos hacen concebir también los
físicos, químicos, matemáticos e ingenieros llegados recientemente de Alemania,
Holanda, Bélgica y Francia. Algunos de ellos se han ilustrado ya con
importantes investigaciones en parte publicadas por la Junta de
Pensiones, y en su mayoría insertas en la joven Revista de Física y
Química. Hasta los matemáticos, tan flemáticos y apocados antes, han
fundado, por fin, un Seminario y una Revista, donde hallan
estímulo y publicidad sus estudios, de cada día más originales y profundos.
Brillante y copiosa es también la pléyade de
juristas, historiadores, filólogos y psicólogos, etcétera, que han importado de
Alemania el secreto de la investigación positiva y exacta. Obrador y cauce para
sus actividades en crescendo, es el Centro de Estudios
históricos y los libros numerosos que la Junta de Ampliaciones de
estudios da a luz periódicamente. Con satisfacción se advierte que la nueva
floración de sociólogos, humanistas,p. 275 críticos literarios,
historiadores y lingüistas, han abandonado el cómodo proceder del impresionismo, tendencionismo y declamacionismo,
para sentar serena e impersonalmente doctrina propia sobre datos de primera
mano, documentos y cifras. El cuadro en conjunto es consolador y abre al
patriotismo español perspectivas luminosas.
No nos ofusque, empero, tan alentador resultado.
Convengamos en que el fruto logrado es deficiente aún, y harto inferior a
nuestra potencialidad productiva. Avanzamos a paso de tortuga, cuando
necesitaríamos velocidades planetarias. Consuélanos solamente el considerar que
los bienes logrados, aunque mezquinos, corresponden aproximadamente a la
importancia de los esfuerzos.
Causas notorias, oportunamente pregonadas por
espíritus clarividentes, explican la modestia del éxito logrado.
Sobre las principales de ellas séanos permitido
exponer brevemente algunas reflexiones:
1.ª Escasez de las pensiones.— El
método del pensionado en el extranjero, bueno como norma educadora, solo puede
rendir frutos suficientes cuando se le aplica en grande escala, sin timideces
ni recelos, y en la persuasión de que lap. 276 mayor parte de la semilla
habrá irremisiblemente de perderse. Satisfechos podríamos quedar si, de los 90
o 100 pensionados actuales, lográranse ocho o diez obreros útiles a la
elevación cultural del país[39].
Pero el número de 80 a 90 pensionados entre
profesores, doctores, ingenieros, médicos, naturalistas, abogados,
historiadores, filólogos, artistas, pedagogos, etc. (cifra que representa un
máximo con relación a otras anualidades), constituye cantidad irrisoria y casi
despreciable, si se tiene en cuenta nuestro atraso y la largueza y decisión con
que proceden en este punto otras naciones. No nos hagamos ilusiones. Nuestro
país necesita ser reformado radicalmente de alto a bajo, hostigando y
estimulando al amodorrado cuerpo social hasta la entraña misma. Para tan
intensa fermentación son necesarios cientos y acaso miles de pensionados,
legiones de jóvenes decididos a arrancar a Europa el secreto de su grandeza y a
infundir un nuevo espíritu en todas nuestras relajadas instituciones docentes y
administrativas[40].
p. 2772.ª Escasez del tiempo de pensión.—
En Italia, y en casi todas las naciones de producción científica
accidentalmente aminorada, las pensiones en el extranjero duran tres años, en
vez de uno o medio, salvo prórroga, según es costumbre entre nosotros.
Nuestro tiempo de pensión es harto insuficiente.
Exceptuados los profesores cultos y habituados a la investigación, que visitan
los laboratorios extranjeros con la mira de dominar un nuevo método de estudio,
o de profundizar, al lado de sabio ilustre, algún tema especialísimo,p.
278 la duración del pensionado debe prolongarse tres años o, por lo menos,
dos. A nadie se le ocultarán los motivos justificativos de tal plazo, y menos a
los encargados del magisterio docente, conscientes como somos de la deficiente
preparación técnica, y del casi ningún conocimiento de idiomas de la inmensa
mayoría de nuestros doctores y licenciados. Durante el primer año, el
pensionado invierte casi todo su tiempo en perfeccionarse en la lengua y en
familiarizarse con los métodos de trabajo; solo más adelante puede emprender
labor útil y penetrar en la intimidad espiritual del maestro.
3.ª Escasa edad e insuficiente preparación
técnica del candidato.— He aquí dos importantes causas de esterilidad del
pensionado, consecuencia fatal de un estado de cosas que ni la Gaceta ni
la Junta de Pensiones serán poderosas a corregir por ahora. El candidato a
pensión está mal preparado, porque la inmensa mayoría de nuestros maestros lo
están también, y suele carecer de la madurez mental indispensable, por culpa de
leyes que, de acuerdo con los íntimos anhelos del padre de familia, obligan a
las fábricas del Liceo y de la Universidad a lanzar apresuradamente al mercado
social sus inconsistentes hechuras.
p. 279Salvo precocidades excepcionales, la vocación
constituye estado de alma tardío, resultado del tanteo divergente de las
fuerzas mentales y de la prueba objetiva de las propias aptitudes. Por regla
general, esta clara conciencia de la vocación surge desde los veinticinco a los
veintiocho años, aunque sobre este punto nada seguro quepa establecer. De todos
modos se corre grave riesgo de perder tiempo y dinero, enviando al extranjero
mozos de veinte a veinticuatro años, ignorantes de sí mismos y sin gustos ni
vocación bien definidos.
En su atolondramiento, muchos de ellos toman por
aptitud científica el ansia aventurera de viajar o el deseo de adquirir, por
cuenta del Estado cierta cultura general de buen tono; y cuando por obligación
del cargo visitan laboratorios y asisten a cursos, van animados más bien de
curiosidad novelera y de conocer la fisonomía moral y anecdótica del maestro,
que del afán de empaparse profundamente en el espíritu de la escuela.
Cuando se pregunta a los extranjeros conocedores de
la organización docente española acerca de las causas de nuestra flojedad
productiva, la contestación es tan unánime como justa:
«La Universidad extranjera —dicen— recibe dep.
280 la enseñanza secundaria hombres hechos, con una base científica y
literaria muy sólida; mientras que la Universidad española se nutre de
mozalbetes irreflexivos, sin formación mental suficiente y casi totalmente
desprovistos de conocimientos sólidos en matemáticas, física, química, historia
natural, lenguas vivas y filosofía»[41]. Este grave
mal ha sido también deplorado por muchos de nuestros maestros, singularmente
por André, en cuyos libros (señaladamente en el titulado La mentalidad
alemana) se hace crítica luminosa y justa de nuestra defectuosa
organización universitaria.
Defecto es este imputable más que a las leyes, a
nuestros impacientes padres de familia, que solo se preocupan de que su hijo
obtenga un título profesional con el menor gasto posible dep. 281 tiempo y
de dinero. «Lo que no sepa (dicen ellos), ya lo aprenderá después...» Y, en
efecto no lo aprenden casi nunca.
No está en las atribuciones de la Junta de
Ampliación de estudios pensionar, como decía cierto ingenioso
político, a los cabezas de familia para que aprendieran fuera
de España el arte de ser padres cabales; pero fuera deseable que a la hora de
proponer candidatos tuviera muy en cuenta dicho factor de esterilidad,
rechazando (salvo excepciones justificadas) a todos los intonsos doctores y
licenciados menores de veinticinco años, sin vocación consolidada ni
preparación técnica elemental suficiente.
Colegios españoles en Londres, París y Berlín.— Aunque no somos entusiastas de este procedimiento
aconsejado por Costa, no vemos inconveniente en que se le ensaye, creando en
Cambridge, Leipzig o Múnich algún colegio español, donde numerosos becarios
cursen, según los métodos modernos, tanto la enseñanza secundaria o de Liceo,
como la universitaria o superior. Entre otras ventajas, este método de precoz
trasplantación tendría la valiosísima de modelar la voluntad y el carácter en
la época en que el ambiente social, los deportes, etc., obran con mayor
eficacia educativa, y la no menosp. 282 importante de ofrecer desde el
principio a las juveniles inteligencias un pasto intelectual suculento y sano,
en lugar de la memorista y superficial instrucción servida, salvo excepciones,
en nuestros Institutos y Colegios de segunda enseñanza. Solamente nos detendría
el temor de que este método, aplicado de modo global y sin selección a cerebros
en agraz, impusiera al exhausto Tesoro español dispendios muy desproporcionados
con los resultados.
instituciones complementarias del pensionado
No basta escoger, más o menos automáticamente,
la élite de la intelectualidad, transportándola de golpe a los
Centros científicos del extranjero. Es preciso crearle antes un ambiente de
transición, es decir, adoctrinarla moral y técnicamente para que la acomodación
al nuevo medio cultural se efectúe sin riesgos; y es, además, indispensable
proporcionar a los mejor adaptados a dicho ambiente, de vuelta de su pensión,
los recursos necesarios para proseguir la obra emprendida y evitar que el tipo
mental, tan laboriosamente creado, acabe por desdiferenciarse en la molicie,
retornando, como ciertasp. 283 plantas artificiosamente cultivadas, a la
especie indígena vulgar.
Ociosas fueran tales iniciativas si nuestras
Instituciones docentes estuvieran siempre en situación de ejercitar
técnicamente al candidato, y si al regreso de este, la Universidad, las
Escuelas especiales o la Administración pública le brindaran puesto adecuado a
sus talentos. No sucede así, por desgracia. Los establecimientos oficiales son
organismos herméticos, tiranizados por el escalafón y el reglamento, y
amarrados a un presupuesto rígido, donde todo está previsto menos las sorpresas
de la vida, quiero decir, la brusca aparición de cabezas geniales y la
necesidad de prestarles, rápida y oportunamente, apoyo moral y pecuniario.
A subsanar esta deficiencia responden el Instituto
Nacional de Ciencias, con sus diversos Laboratorios y Seminarios; el Centro
de Estudios históricos, organizado por la Junta de Pensiones,
y, en fin, algunos pocos Laboratorios universitarios.
Importa notar que los consabidos Centros son
organismos provisionales, supletorios de la Universidad y de las diversas
escuelas profesionales. Ellos desaparecerán cuando las Corporaciones docentes
adquieran la elasticidad y sensibilidadp. 284 suficientes para acoger en
su seno a todo talento desvalido utilizable. Se equivocan, pues, algunos
profesores universitarios, recelosos de que estas hijuelas de la Junta de
Pensiones sean Institutos rivales de la Universidad. ¿Cómo serán rivales de la
enseñanza oficial laboratorios dirigidos por catedráticos numerarios y
organizados precisamente para servir de plantel al futuro profesorado?
Quienes tan poco generosamente juzgan las
iniciativas de los demás, ¿se han detenido a considerar el grave peligro de
perder irremisiblemente, por abandono e inacción, actitudes y vocaciones
preciosas, ínterin las filas cerradas de los escalafones docentes se entreabren
para recibir al novel compañero? ¿Y si no hay vacante en muchos años?
¿Consentiremos impasibles que el novel investigador, aguijado por el
apremiante primum vivere..., pida a la enseñanza privada o a
cualquier profesión lucrativa el pedazo de pan que le rehúsa el cultivo de la
ciencia pura, perdiendo así el Estado el fruto de sus sacrificios?
La experiencia de estos últimos años ha enseñado
que toda precaución es poca para evitar el retroceso mental del novel
investigador y su readaptación a la vulgaridad ambiente. Todop.
285 conspira en contra: la falta de tutela social, el despego de los
compañeros no pensionados, el desdén cuando no la antipatía de algunos viejos
maestros, y sobre todo, la sugestión constante, subyugadora del fausto
profesional, y hasta de la desaprensión o de la osadía encumbradas. Así pierde
anualmente la causa de nuestra cultura muchos defensores valiosos, caídos sin
redención en el montón anónimo de los buscadores de oro. Y esto hay que
evitarlo a todo trance, o al menos reducirlo a un mínimo soportable. No sobre
todos, porque ello sería imposible, pero sí sobre los mejores expensionados,
deben la Junta de Pensiones, y singularmente los profesores bajo
cuya dirección trabajan, ejercer continua y vigorosa acción tutelar, abogando
en su pro en las esferas administrativas, animándoles a proseguir, a pesar de
todo, sus trabajos, y corrigiendo, en fin, paternalmente los defectos de
inmodestia y presunción, no raros por desdicha entre los jóvenes educados
allende el Pirineo, y causa principal —preciso es reconocerlo— de la animosidad
con que los miran algunos positivos y viejos prestigios del cuerpo
universitario.
p. 286importación de personal docente
Dejamos apuntado diversas veces que el problema de
nuestra ascensión intelectual solo se resuelve transformando y remontando
progresivamente desde el maestro de primeras letras hasta el catedrático de
Universidad, es decir, formando hombres nuevos, incorporados cordialmente a la
obra internacional de la cultura, y cubriendo con ellos cuantas vacantes de
sangre vayan ocurriendo en las instituciones docentes y administrativas.
Una duda importante podría, sin embargo, detenernos
al intentar la solución práctica de este problema. En lugar de vigorizar
nuestra juventud oreándola en el ambiente universitario inglés, francés o
alemán, ¿no fuera preferible importar de las naciones próceres sabios ilustres
para transfundir de una vez sangre nueva y copiosa en el enteco cuerpo
nacional?
Considerado a priori, tan radical
recurso de tonificación espiritual, que cabría llamar método de
injertación cultural, parece el más rápido, eficaz y económico. A este
heroico remedio confió Italia, hace cincuenta y cinco años, la renovación de su
decadente Universidad. Maestrosp. 287 alemanes tan prestigiosos como O.
Vogt (naturalista), Moleschott (anatómico), Schiff (fisiólogo), Kleinemberg
(anatomía comparada), Schrön (anatomopatólogo), Kiesow (psicólogo experimental)
y otros varios regentaron cátedras en la citada nación. De ellas surgió
brillante pléyade de discípulos entusiastas que continuaron gloriosamente la
obra de los maestros exóticos. Citemos algunos nombres prestigiosos, ciñéndonos
solamente al dominio biológico: El anatómico Kleinemberg formó a Grassi,
descubridor del ciclo extrahumano del germen palúdico; el fisiólogo Schiff
adoctrinó en Turín a los ilustres Mosso, Luciani y Fano; por su parte,
Moleschott procreó lucida prole intelectual, representada, entre otros, por los
anatómicos Todaro y Chiarugi.
Con éxito excelente, aunque menos brillante, se ha
empleado también este método en Rusia y en los Estados Unidos, y con efectos
inciertos o poco alentadores, en Chile y la Argentina. Recordemos, en fin, que
la injertación intelectual tuvo entre nosotros iniciador augusto y entusiasta
en Carlos III, quien, lleno de paternal amor a sus vasallos, intentó sin éxito
aclimatar en España, con el químico Proust y otros sabios de fama mundial, el
gusto por la investigación.
p. 288La inmigración temporal o la incorporación
definitiva de investigadores forasteros constituye método de inoculación
directa y supraintensiva, capaz de sacudir, en circunstancias favorables, el
amodorramiento intelectual de un país. Mas apresurémonos a declarar que este
proceder solo puede rendir seguros beneficios en aquellas naciones donde el
ambiente moral está suficientemente preparado y a condición de que las
diferencias étnicas, lingüísticas y de hábito mental entre el país transfusor y
el transfundido sean poco acentuadas. Por este motivo, el método de la
injertación espiritual, tan eficaz en Holanda, Suiza, Rusia, Italia y los
Estados Unidos, rindió en España, y rinde actualmente en los Estados
hispanoamericanos, frutos poco abundantes[42].
Por nuestra parte, nos confesamos fervientes
partidarios de la importación de hombres de ciencia (método que puede
combinarse ventajosamente con el pensionado); pero a condiciónp. 289 de
que personas conocedoras del cuerpo universitario inglés, francés o alemán,
hábilmente secundadas por nuestra diplomacia, nos deparen sabios de primera
magnitud y dotados de robusta vocación docente.
En Alemania, sobre todo, existe actualmente una
sobreproducción de investigadores. Muchos de ellos, forzados de la necesidad,
emigran a Holanda, Rusia, Hungría, Estados Unidos, Inglaterra, imposibilitados,
como están, de subsistir decorosamente en la Universidad nativa, donde la
concurrencia vital es abrumadora. Fácil sería, pues, encontrar, a costa de
moderados dispendios, algunos docentes privados o profesores
extraordinarios cuyos méritos, pregonados por la fama de sus
descubrimientos y la admiración de sus discípulos, no hubieran obtenido todavía
recompensa oficial suficiente[43].
Ni nos detendría la consideración de que dichos
maestros nos abandonaran a los pocos años, deseosos de reanudar su carrera
universitaria en la nación de origen; porque en uno op. 290 dos lustros de
estancia entre nosotros habrían, sin duda, formado discípulos, tanto más
aventajados cuanto que el profesor, aspirando a merecer en su país el codiciado
título de profesor ordinario, no sentiría la tentación de dormirse
sobre sus laureles. La importación de docentes extranjeros es, sobre todo,
urgente en aquellas disciplinas huérfanas en España (con pocas excepciones) de
altos investigadores, tales como la Física, la Química, la Astronomía, la
Geología, etc. Y aunque el ambiente cultural hispano deja todavía mucho que
desear, creemos sinceramente que el de hoy es muy superior al de la época de
Carlos III[44]. (Sabido es
que nuestra Universidad cuenta ya con algunos sabios profesores extranjeros
estables.)
Pero aplicado este método en grande escala y de
manera exclusiva, podría acarrear algunos inconvenientes, notados ya en sus
sendos países por los escritores americanos. He aquí algunos, que señalamos de
pasada, después de reconocer que abundan las excepciones:
p. 2911.º El investigador alemán o anglosajón
arribado a países latinos, encuéntrase descentrado; sus hábitos y tendencias
chocan demasiado contra las de sus huéspedes; y a la primera ocasión retorna a
su país, sin haber fundado escuela[45]. Bajo este
aspecto, quizás fueran más deseables maestros franceses e italianos.
2.º Por razones fácilmente adivinables, el sabio
expatriado no suele ser investigador de primer orden, sino mozo despejado y de
esperanzas (privat docent o doctor sin puesto oficial), pero
incompletamente formado. Sin duda que en la designación debería intervenir,
como es natural, la iniciativa de un maestro de autoridad indiscutible; mas el
oficio de profeta tiene quiebras, aun admitiendo que en la elección hecha porp.
292 aquel para nada influyera la simpatía personal.
3.º Indiferente al problema de la elevación
cultural del país de adopción, el forastero ilustre suele descuidar la
formación de discípulos indígenas y propender a publicar sus investigaciones en
las Revistas de su patria de origen.
4.º La dificultad de comprender la lengua del nuevo
país, resta eficacia a las enseñanzas del maestro extranjero.
A causa de los citados inconvenientes y de otros
menos graves de carácter administrativo, estimamos que la obra de nuestra
renovación debe encomendarse principal, aunque no exclusivamente, al método del
pensionado. Abrigamos la firme convicción de que si se le aplica con fe y
perseverancia; si, huyendo de tacañerías, son enviados anualmente a los grandes
focos de producción intelectual e industrial del extranjero, cuatrocientos o
quinientos jóvenes aprovechados, escogiendo de preferencia profesores y auxiliares,
y lo más granado y culto de los funcionarios técnicos del Estado (militares,
ingenieros, científicos y pedagogos, sin olvidar algunos eclesiásticos, acaso
los más necesitados de europeización)[46]; si los
organismos seleccionadoresp. 293 del candidato a pensión, desoyendo la
sirena del favoritismo y procediendo austeramente, proponen exclusivamente
hombres adornados de sólida preparación técnica y con una historia de trabajos
serios, más o menos importantes, y en todo caso reveladores de vocación firme y
decidida hacia la investigación científica, tenemos por indiscutible que,
dentro de algunos lustros, todas las clases directoras y docentes de nuestro
país se habrán transformado profundamente.
Y la espléndida floración de verdades científicas,
de invenciones útiles, de aplicaciones fecundas a la agricultura, a la
industria y a la gestión política y administrativa del Estado, afirmaráp.
294 enérgicamente nuestra personalidad espiritual ante el mundo y
preparará una España del porvenir que nos consuele de cuatro siglos de
estancamiento y haga olvidar a Europa la España del pasado.
p. 295
ÍNDICE
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|
|
Págs. |
|
Prólogo de la 2.ª edición, costeada por la generosidad del Dr.
Lluria. |
||
|
Prólogo de las últimas ediciones (4.ª, 5.ª y 6.ª). |
||
|
Cap. I.— |
Consideraciones sobre los métodos
generales. — Infecundidad de las reglas abstractas. — Necesidad de ilustrar
la inteligencia y de tonificar la voluntad. — División de este libro. |
|
|
Cap. II.— |
Preocupaciones del principiante. |
|
|
Cap. III.— |
Cualidades de orden moral que debe poseer
el investigador. |
|
|
Cap. IV.— |
Lo que debe saber el aficionado a la
investigación científica. |
|
|
Cap. V.— |
Enfermedades de la voluntad. —
Contempladores. — Bibliófilos y políglotas. — Megalófilos. — Organófilos. —
Descentrados. |
|
|
Cap. VI.— |
Condiciones sociales favorables a la obra
científica. — Los medios materiales. — El investigador y la familia. — La
compañera del hombre de ciencia. |
|
|
Cap. VII.— |
Marcha de la investigación científica. —
Observación. — Experimentación. — Hipótesis directriz. — Comprobación. |
|
|
Redacción del trabajo científico. |
||
|
Cap. IX.— |
El investigador como maestro. |
|
|
p. 296Cap. X.— |
Deberes del Estado en relación con la
producción científica. — Nuestro atraso cultural y sus causas pretendidas.
Explicaciones físicas, históricas y morales de la infecundidad científica
española. — El remedio de nuestro atraso. |
|
|
Cap. XI.— |
Órganos sociales encargados de nuestra
reconstrucción. — La Junta de Pensiones y sus Laboratorios y Seminarios. —
Resultados obtenidos del Pensionado en el extranjero. |
|
|
|
Instituciones complementarias del
Pensionado. |
|
|
|
Importación del personal docente. —
Ventajas e inconvenientes del método de injertación cultural. |
|
NOTAS
[1] Claudio
Bernard nos parece exagerar algo cuando, a guisa de ejemplos probatorios de su
tesis, afirma que «no sabremos nunca por qué el opio tiene una acción
soporífera, y por qué de la combinación del hidrógeno con el oxígeno brota un
cuerpo tan diverso en propiedades físicas y químicas como el agua». Esta
imposibilidad de reducir las propiedades de los cuerpos a leyes de posición, de
forma y de movimiento de los átomos (hoy diríamos de los iones y electrones),
es real, pero no parece que lo sea en principio y para siempre.
[2] Es
singular la coincidencia de esta doctrina con la desarrollada por Schopenhauer
(desconocida de nosotros al redactar la primera edición de este discurso) en su
libro El Mundo como voluntad y como representación, t. I, páginas
98 y siguientes. Al tratar de la lógica, dice «que el lógico más versado en su
ciencia abandona las reglas de la lógica en cuanto discurre realmente». Y más
adelante: «querer hacer uso práctico de la lógica es como si para andar se
quisiera tomar antes consejos de la mecánica». Parecido sentir expresa
modernamente Eucken, cuando afirma «que leyes y formas lógicas no bastan a
producir un pensamiento vivo».
[3] Hoy
creo menos en el poder de la selección natural que al escribir, treinta años
hace, estas líneas. Cuanto más estudio la organización del ojo de vertebrados e
invertebrados, menos comprendo las causas de su maravillosa y exquisitamente
adaptada organización.
[4] En
reciente libro, Ostwald corrobora esta reflexión, haciendo notar que casi todos
los grandes descubrimientos fueron obra de la juventud. Newton, Davy, Faraday,
Hertz, Mayer son buenos ejemplos.
[5] La
brillante serie de descubrimientos eléctricos que siguieron al encuentro de la
pila de Volta, a principios del pasado siglo; la pléyade de trabajos
histológicos provocados por el descubrimiento de Schwann acerca de la
multiplicación celular, y la repercusión profunda que el no muy alejado
hallazgo de los rayos Röntgen ha producido en toda la física (encuentro de la
radioactividad, descubrimiento del radio, del polonio, del fenómeno de la
emanación, etc.), son buenos ejemplos de esa virtud creadora, y en cierto modo
automática, que posee todo gran descubrimiento, el cual parece crecer y
multiplicarse como la semilla arrojada al azar sobre terreno fértil.
[6] La
opinión vulgar aquí combatida ha sido repudiada elocuentemente por casi todos
los sabios. No resisto, sin embargo, a la tentación de copiar una comparación
presentada bajo diversas y brillantes formas por nuestro incomparable
vulgarizador científico D. José Echegaray, cuya desaparición ha dejado a la
ciencia española huérfana de un gran talento:
«La ciencia pura es como la soberbia nube de oro y
grana que se dilata en Occidente, entre destellos de luz y matices
maravillosos: no es ilusión, es el resplandor, la hermosura de la verdad. Pero
esa nube se eleva, el viento la arrastra sobre los campos, y ya toma tintas más
obscuras y más severas; es que va a la faena y cambia sus trajes de fiesta,
digámoslo así, por la blusa del trabajo. Y entonces se condensa en lluvia, y
riega las tierras, y se afana en el terruño, y prepara la futura cosecha, y al
fin da a los hombres el pan nuestro de cada día. Lo que empezó por hermosura
para el alma y para la inteligencia, concluye por ser alimento para la pobre
vida corporal.» — Academia de Ciencias, sesión solemne del 12 de
marzo de 1916.
[7] Esto se
escribía en 1896. Actualmente, la fábrica de instrumentos ópticos de Jena
cuenta al frente de sus secciones nada menos que 33 investigadores matemáticos,
ópticos, mecánicos y químicos, todos de primera fuerza. Legiones de químicos
trabajan también en las grandes fábricas de productos químicos alemanas,
demostrando que el único medio de que la industria evite la rutina y el
estancamiento es convertir el laboratorio en antesala de la fábrica.
[8] «Es el
sentido común trabajando a alta tensión», según la frase gráfica de nuestro
Echegaray.
[9] Es
singular la coincidencia de esta doctrina con la clasificación en clásicos y románticos (talentos
de reacciones lentas y talentos de reacciones rápidas), dada por Ostwald en su
reciente e interesante libro sobre Los grandes hombres.
[10] Este
ingenuo optimismo ha sufrido actualmente, con la horrenda guerra internacional
iniciada en 1914, franco y rotundo mentís. Todo hacía creer, cuando esto se
escribía, que la era de las grandes contiendas europeas había pasado.
Ferrocarriles, telégrafos, periódicos, congresos, conferencias internacionales,
difusión de idiomas, etc., parecían órganos destinados a realizar, tarde o
temprano, la generosa aspiración de solidarizar y aproximar cordialmente a las
naciones europeas.
Espectáculo consolador era contemplar cómo por
encima de las fronteras se apretaban efusivamente las manos filósofos, sabios y
obreros. Por desgracia, Gobiernos militares y logreros insaciables actuaban en
sentido contrario, y ahogaban de continuo, merced a inoculación intensa
iniciada desde la escuela, la semilla del amor con el veneno del odio. Al
siglo xxi tocará comenzar nuevamente la obra, acaso quimérica, de la
reconciliación definitiva de los Estados de Europa, y de someter definitivamente
al derecho atávicas codicias y desapoderadas ambiciones territoriales.
(Esta nota se escribió en 1916. Hoy, firmada la
paz, arruinada Europa, visto el fracaso de la candorosa concepción wilsoniana
de la Sociedad de las Naciones, enconado el odio de los pueblos
vencidos, que sueñan ya con próximos desquites, miramos con amargo escepticismo
todo intento jurídico de paz perpetua. ¡Triste es reconocerlo!; pero todo
pueblo, modelado en monarquía o en república, se hace ferozmente imperialista
en cuanto puede serlo. ¡Ay de los débiles o de los antipatriotas!)
[11] Tal
estado de cosas ha variado algo en la actualidad. El tipo de inventor que
trabaja por afán de lucro abunda mucho hoy en Alemania y, en general, en las
naciones más adelantadas. La lucha por la patente y la fiebre de la competencia
industrial, han turbado la calma augusta del templo de Minerva. ¿Es un mal o un
bien?
[12] Actualmente,
en virtud de una emulación creciente, los focos de producción biológica se
multiplican por doquier. Italia, Francia, Inglaterra y singularmente los
Estados Unidos compiten y en muchos puntos sobrepujan a la hace algunos lustros
insuperable labor de las Universidades alemanas.
[13] Aunque,
merced a plausibles iniciativas, figura la lengua alemana en nuestro cuadro de
asignaturas del Instituto, por desgracia el fruto obtenido hasta hoy por
nuestros escolares ha sido casi nulo, tanto por la insuficiencia del tiempo
destinado a tal estudio, cuanto por el vicioso método de enseñanza. Cuando
falta el tiempo indispensable para dominar una lengua difícil, lógico sería no
empeñarse en enseñar todo el alemán, sino el alemán
científico, es decir, la suma relativamente escasa de reglas gramaticales y
el caudal no muy cuantioso de voces necesario para traducir las monografías
científicas. Lograr esto es obra de seis u ocho meses de labor asidua. Al
aficionado a los trabajos biológicos le aconsejamos que se suscriba desde luego
a una Revista alemana de su especialidad, por ejemplo, a un Centralblatt cualquiera.
La lectura, al principio muy trabajosa, de las monografías científicas, le
resultará cada día más accesible. El placer de obtener desde el principio algún
fruto de sus afanes, aumentará progresivamente su afición al trabajo.
[14] Si los
celos internacionales lo consintieran, fuera mucho más sencillo y práctico
convenir en el empleo de una lengua viva, el francés, por ejemplo,
como idioma científico. A los entusiastas del esperanto cabría preguntarles:
Cuando viajéis por Francia, ¿os resignaréis a no hablar francés?
(Conforme era de presumir, hoy —1920— el
flamante volapück ha sido definitivamente olvidado.
Presagiamos que le ocurrirá lo mismo al esperanto.)
[15] Cuando
los españoles asisten a un Congreso científico, deploran que nuestra lengua
tenga que eclipsarse ante el alemán, francés o inglés. Estos patriotas
inoportunos harían bien, antes de formular sus quejas y provocar la sonrisa de
los sabios, en meditar estos tres irrebatibles asertos: 1.º Nuestra producción
científica es, cualitativa y cuantitativamente, muy inferior a la de las cuatro
naciones que gozan del privilegio de usar su lengua en los Congresos. 2.º A
consecuencia de esto, el castellano es desconocido de la inmensa mayoría de los
sabios. Si inspirándonos en un patriotismo quijotesco nos empeñáramos en usarlo
en los Congresos internacionales, provocaríamos la deserción en masa de
nuestros oyentes. 3.º En fin, naciones como Suecia, Holanda, Dinamarca,
Hungría, Rusia y Japón, cuya producción científica supera con mucho a la
española, jamás tuvieron la inmodestia de imponer en dichos certámenes su
lengua respectiva; sus sabios son harto avisados para desconocer que, siendo ya
excesiva la tarea de dominar las cuatro lenguas citadas, resultaría tortura
insoportable aprender una o dos más.
[16] Hoy no
suscribiría yo, sin algunas restricciones, este concepto mecánico, o si se
quiere estrictamente físico-químico de la vida. En ella (origen, morfología de
células y órganos, herencia, evolución, etc.), se dan fenómenos que presuponen
causas absolutamente incomprensibles, no obstante las jactanciosas promesas
darwinianas y los postulados de la escuela bioquímica de Loeb.
[17] Conocemos
algunos que no se contentan con cerrar los armarios del laboratorio, sino que
los precintan y lacran al ausentarse.
[18] Existen
actualmente (1923) laboratorios en España tan suntuosamente dotados que los
envidian los sabios más grandes del extranjero. Y sin embargo, en aquellos se
produce poco o nada. Es que nuestros ministros y corporaciones docentes se han
olvidado de dos cosas importantes; que no basta declararse investigador para
serlo y que los descubrimientos los hacen los hombres y no los aparatos
científicos y las copiosas bibliotecas.
[19] Esto se
escribía hace muchos años. Claro es que hoy (1923) después de la guerra mundial
habría que aumentar estos modestos presupuestos en más de una mitad.
[20] El que
esto escribe, el más humilde de los profesores españoles, pecaría de ingrato si
no hiciera constar un hecho que habla muy alto en pro de la generosidad de
nuestros Gobiernos. Bastó la mera noticia telegráfica de que el premio llamado
de Moscú, otorgado por el Congreso internacional médico de París (1900),
había sido adjudicado a un español, para que incontinenti se
nos buscara en el rincón donde laborábamos en silencio y se pusiera a nuestra
disposición espléndido laboratorio. La medalla de Helmholtz, y el premio Nobel,
nuevos dones de nuestra buena estrella, obtenidos después (1908), sin contar
las altas distinciones recibidas de las principales Corporaciones científicas
del mundo, nos proporcionaron la satisfacción de pensar que el modesto sacrificio
hecho por el Estado español no había sido estéril para la Ciencia.
Y nuestro caso, afortunadamente, no es único. Todo
el que en nuestro país ha sido consagrado por la ciencia extranjera, consigue,
sin desearlas ni buscarlas, honra y prebendas. ¡A veces, hasta demasiadas!...
Sepan, pues, los egoístas que anteponen siempre el galardón al merecimiento,
que también en nuestra patria —y estoy por decir que mejor que en el
extranjero— el cultivo serio de la ciencia constituye razonable negocio.
[21] Conocida
es la frase célebre de Bonaparte pronunciada ante el Consejo de Estado cuando
era Cónsul: «Si el hombre no envejeciera, desearía que se pasase sin mujer».
[22] Aludimos
aquí especialmente a los efectos de la concentración mental y del trabajo
intensivo, capaces de convertir al sabio en perpetuo distraído, tan flojo y
descuidado en la educación de sus hijos como en la administración de sus
bienes.
[23] Podríamos
citar más de veinte jóvenes de gran capacidad y excelente preparación cuya
labor inquisitiva, apenas empezada, naufragó con el matrimonio. Actualmente, y
por lo que toca a la biología, casi todos nuestros mejores productores son
célibes.
[24] Citado
por el notable profesor Pou y Orfila en un excelente folleto donde trata del
estudio de la Anatomía: Observaciones sobre la enseñanza de la Medicina.
Montevideo, 1906.
[25] El
culto a la consecuencia, que en política pasa por virtud, en ciencia resulta
casi siempre señal inequívoca de orgullo o de cortedad de luces. La
variabilidad es uno de los rasgos que mejor traducen la honradez del
investigador. En nuestro concepto, quien no sepa abandonar una opinión falsa se
declara a sí mismo necio, viejo o ignorante; porque, en efecto, solo los
tontos, los decrépitos y los que no leen, se obstinan en el error. Los
consecuentes a ultranza parecen declarar con su olímpico desdén a toda novedad
científica: «valgo y sé tanto, que todo cuanto la ciencia descubra no me hará
corregir en un ápice mis opiniones». El cerebro es un árbol cuyo ramaje se
desarrolla y complica con el estudio y la meditación; pretender, pues, que en
materias opinables no cambie, es querer que el árbol futuro no pase de arbusto
o no críe jamás ramas torcidas. La ciencia nos enseña que el hombre, en el
transcurso de su vida, se renueva material y mentalmente muchas veces; que en
la vida individual hay diversos avatares que llegan casi a
interrumpir la continuidad de la conciencia y el sentimiento de la propia
personalidad. Las nuevas lecturas y la mudanza del medio moral e intelectual
cambian y mejoran continuamente el ambiente interior y depuran y refinan nuestros
juicios. Transcurridos los cincuenta años, ¿quién se atreverá a defender
sinceramente todas las concepciones de su personalidad de los veinte, es decir,
del pensar de la juventud inexperta y generosa?
[26] Piadosa
con los viejos, la naturaleza ha otorgado al cerebro el excelso privilegio de
resistir más que ningún órgano al implacable proceso de la degeneración.
[27] Hoy nos
preocupamos de la autonomía universitaria. Está bien. Mas si cada profesor no
mejora su aptitud técnica y su disciplina mental; si los Centros docentes
carecen del heroísmo necesario para resistir las opresoras garras del
caciquismo y favoritismo extra e intrauniversitario; si cada maestro considera
a sus hijos intelectuales como insuperables arquetipos del talento y de la
idoneidad, la flamante autonomía rendirá, poco más o menos, los mismos frutos
que el régimen actual. ¿De qué serviría emancipar a los profesores de la tutela
del Estado, si estos no tratan antes de emanciparse de sí mismos, es decir, de
sobreponerse a sus miserias éticas y culturales? El problema central de nuestra
Universidad no es la independencia, sino la transformación radical y definitiva
de la aptitud y del ideario de la comunidad docente. Y hay pocos hombres
capaces de ser cirujanos de sí mismos. El bisturí salvador debe ser manejado
por otros.
[28] El
relato de los extranjeros que visitaron España en la época de su grandeza o en
el comienzo de su declinación, y los testimonios de nuestros escritores de los
siglos xvi y xvii, demuestran que nuestra preponderancia en
Europa fue meramente militar y no cultural. Ciencia, Industria, Agricultura,
Comercio, todas las manifestaciones del espíritu y del trabajo eran en la época
de los Reyes Católicos y de Carlos V sumamente inferiores a las del resto de
Europa. Citando un caso entre mil, Simón Abril, en sus Apuntamientos a
Felipe II, se lamentaba ya de que careciéramos de matemáticos, «con afrenta
de la nación y gran perjuicio de la república, pues España debe ir a buscar los
ingenios a extrañas naciones, con daño grave del bien público». Avergüenza
saber que casi todos nuestros generales y almirantes de las guerras de Italia y
Flandes fueron extranjeros. Cristóbal de Villalón, que escribió también en el
siglo de oro de nuestra historia, se lamenta, amén de los defectos del carácter
nacional, de la mediocridad de nuestros gramáticos y humanistas, muy inferiores
a los extranjeros. (Véase su Viaje de Turquía.)
[29] En la
cuenca del Ebro (Aragón especialmente), la columna del pluviómetro rara vez
alcanza 300 milímetros, y en Murcia y Almería es raro el año en que se eleva a
250. En cambio, en todo el litoral cantábrico pasa de 1.500; a veces sube a
2.000.
[30] La
cifra de 40 millones supuesta por algunos, y sobre todo por Macías Picavea,
representa pura fantasía. Si hoy, no obstante el florecimiento industrial de
algunas regiones, el ensanche creciente de las ciudades, el progreso notable de
la agricultura y de la minería, etc., nuestro territorio no produce
mantenimientos ni aun para los 20 millones de habitantes que lo pueblan, ¿por
qué arte milagroso pudo antaño mantener 40 millones (no los tiene todavía la
riquísima Francia) con un suelo en gran parte sin roturar y con ciudades —salvo
alguna excepción— reducidísimas, según atestiguan todavía las murallas
subsistentes de las más populosas?
[31] Antes
de Buckle fueron muchos los extranjeros que atribuyeron nuestra decadencia a la
exaltación del principio religioso y al desprecio de las artes útiles.
Recuérdese, entre otras, la observación de Montesquieu: «Mirad una de sus
bibliotecas (las de España): las novelas por un lado, y la escolástica por
otro, ¿no es verdad que todo ello parece obra de algún secreto enemigo de la
razón humana?» Gráfica es también esta frase de Voltaire: «La Inquisición y
superstición perpetuaron aquí (en España) los errores escolásticos; las
matemáticas fueron tan poco cultivadas de los españoles, que en sus guerras
emplearon siempre ingenieros italianos». Juicio análogo dejamos estampado ya de
nuestro Simón Abril, escritor de la época de Felipe II.
[32] Recuérdese
la célebre polémica sostenida entre Sanz del Río, Revilla, Perojo, etc., por un
lado, y los tradicionalistas, reforzados con el valioso apoyo de Menéndez
Pelayo, por otro. Los krausistas sostenían que el espíritu español se había
desarrollado solo parcialmente, desdeñando la razón y el entendimiento, y que,
no habiendo existido ciencia ni filosofía españolas, la historia de estas
disciplinas podía hacerse sin citar otros nombres que los de los marinos
heroicos que descubrieron las Américas y dieron la vuelta al mundo. Al
contrario, los tradicionalistas afirmaban que durante el siglo de oro habíamos
creado ciencia y filosofía altísimas y originales, y que ello se debió, en gran
parte, al fervor religioso y al despotismo paternal de los reyes. En cuanto a
mi humilde opinión, formada después de pesar serenamente los argumentos de
entrambas escuelas, coincide casi completamente con el juicio de un escritor
francés imparcial de nuestros días. Dusolier, que siguió con interés los
incidentes de la famosa controversia, afirma: «Contrariamente a los asertos,
demasiado modestos o demasiado desdeñosos, de la escuela krausista,
creemos que ha existido, en efecto, una ciencia y una filosofía
españolas; pero pensamos también que todo el talento de Menéndez Pelayo no
basta para probar que esta filosofía y esta ciencia hayan sido muy importantes».
Dusolier: «Aperçu historique sur la Médecine en Espagne», etc. París, 1906. Con
relación a las matemáticas, el mayor de nuestros actuales geómetras, el señor
Rey Pastor, hace notar, en bien documentado discurso, que nuestros geómetras
del siglo de oro y siguientes trabajaron a menudo sin conocer suficientemente
las grandes conquistas matemáticas del Renacimiento, singularmente las debidas
a los sabios italianos, franceses e ingleses.
[33] Cristóbal
de Villalón, a quien debe considerarse como el precursor de nuestros modernos
regeneradores, decía ya un poco crudamente en el siglo xvi (Viaje
de Turquía), aludiendo al orgullo e insolencia hispanos: «Entre todas las
naciones del mundo somos los españoles los malquistos de todos, y con
grandísima razón, por la soberbia, que en dos días que servimos queremos ser
los amos, y si nos convidan una vez a comer alzámonos con la posada». Villalón
tuvo también una visión muy certera de la esterilidad de nuestro suelo y de
nuestra penuria militar cuando, comparando España con Italia, preguntaba:
«¿Paréceos que podría mantener tantos ejércitos como Italia? Si seis meses
anduviesen cincuenta mil hombres dentro la asolarían, que no quedase hanega de
pan ni cántaro de vino, etc.» Y si esto se escribía por un español patriota en
tiempos de Felipe II, ¿cómo extrañarnos de que durante reinados posteriores
hayan repetido lo mismo numerosos extranjeros?
[34] Sabido
es que el verbo cerrar, tan expresivo de nuestro grito de guerra,
significa embestir, acometer. Pero el pensamiento de
Bunge, de que España vivió casi aislada de las naciones cultas, es,
desgraciadamente, verdadero, y por eso lo citamos.
[35] Por lo
demás, Saavedra participaba, como no podía menos, de los sentimientos y
prejuicios de su época. Ni se ha de olvidar que en sus Empresas defiende
el interés egoísta del príncipe, no siempre coincidente con el de la nación.
Hay, pues, que perdonarle sentencias como estas: «La ruina de un Estado es la
libertad de conciencia... Muy quietos y felices viven los esguízaros que no se
ejercitan mucho en las ciencias... Sobran Universidades... Con la atención de
las ciencias se enflaquecen las fuerzas y envilecen los ánimos... Con el
estudio se crían melancólicos los ingenios; aman la soledad y el celibato»,
etc.
[36] Estos
intereses fueron casi del todo abandonados, salvo alguna excepción, al advenir
la dinastía austriaca. Y estoy muy cerca de pensar que la independencia
española acabó prácticamente con los Reyes Católicos y el Cardenal Cisneros.
Después, con excepción de algunos períodos de cordura patriótica, fuimos a
remolque de las ambiciones dinásticas y de las codicias de monarcas que
recibían a menudo el santo y seña de las cortes extranjeras.
[37] Si la
teoría de la superioridad de las razas hiperbóreas de Europa, creada por el
ingenuo francés Gobineau y coreada por sajones y alemanes para su
glorificación, hubiera detenido a los japoneses, a estas fechas careceríamos de
la prueba más decisiva acerca de la eficacia del contagio y de la imitación,
como generadores de la grandeza de un pueblo. La ciencia, el arte, la industria
y la milicia habrían perdido colaboradores soberanos. Y nosotros los médicos no
podríamos aplaudir, entre otras vidas gloriosas, la de un Kitasato, descubridor
del microbio de la peste bubónica y fundador, con el alemán Behring y el
francés Roux, de los principios de la seroterapia.
[38] Han
seguido después, con inesperado apoyo de la opinión pública, la Residencia
de Estudiantas, dirigida por la incomparable educadora María de Maeztu,
la Residencia de párvulos, y, en fin, el Instituto-Escuela,
que aspira a ser una Escuela-liceo de tipo europeo, donde se junten las
excelencias de una instrucción selecta encomendada a profesores eméritos, con
los beneficios de una sana y confortadora educación del cuerpo y del espíritu.
[39] La
guerra ha disminuido notablemente esta cifra, con daño grave para la celeridad
de nuestro progreso científico e industrial.
[40] No por
unas docenas, como solemos nosotros, por centenas se cuentan los japoneses
pensionados en Berlín, Viena, Londres y París. Aún hoy, en que el Imperio del
Sol naciente ha recogido ya frutos gloriosos de su educación europea, existen
en Berlín más de 400 pensionados japoneses. ¿Cuántos de ellos se contarán en
Inglaterra, Francia y los Estados Unidos? Trátase de un formidable ejército de
intelectuales que asaltan los laboratorios, devoran los libros de ciencia y
laboran heroicamente por la hegemonía intelectual y política de su país.
El éxito japonés ha contagiado a la China, que
prepara su renacimiento intelectual sosteniendo en el Japón 10.000 estudiantes
becarios, 600 en los Estados Unidos y unos 300 en Europa, con delegaciones
permanentes en estos países para vigilarlos y cuidarlos.
(Esto se escribía en 1913. Claro es que la horrenda
guerra europea habrá acarreado en estos países iguales deplorables
consecuencias que en España.)
[41] En
Alemania los jóvenes suelen entrar en la Universidad a los diez y ocho o veinte
años, para abandonarla a los veintisiete o veintiocho; porque aunque la ley
señala un mínimo de cinco años de estudios académicos y otro de voluntariado en
otras Universidades (en junto seis años), la formalidad y reflexión del
estudiante tudesco, admirablemente secundadas por la previsión del padre de
familia, le llevan a prolongar la carrera, ampliando el conocimiento de las
disciplinas más importantes o de aquellas para las cuales siente viva
predilección.
[42] Las
noticias que hemos podido procurarnos de Chile y de la Argentina revelan que,
exceptuados unos pocos profesores alemanes, atenidos a su misión de crear e
inocular la ciencia, los demás, es decir, la inmensa mayoría, fueron arrollados
por la fiebre del negocio, a que pocos emigrantes resisten.
[43] Después
de la guerra mundial, es casi seguro que aumentará en proporciones
considerables el éxodo de los sabios, a causa de agobios económicos
insoportables en Alemania, y desconocidos o muy atenuados en las naciones
neutrales.
[44] El
método actual de invitar a ciertas lumbreras extranjeras para dar algunas
conferencias en nuestros centros docentes, lo consideramos poco provechoso. Es
preciso que el sabio invitado profese por lo menos un curso y que, asistido del
material necesario, enseñe a sus discípulos la técnica de la investigación.
[45] Los
brillantes resultados obtenidos por Italia mediante el método de la importación
de sabios extranjeros se debió sin duda a la excelencia de los mismos; pero
esta excelencia obedeció a condiciones difícilmente renovables. Aparte el culto
del alemán hacia la patria del arte, la comodidad y brevedad del viaje, el
conocimiento casi general entre los tudescos ilustrados de la lengua italiana,
etc., en el éxito influyó sobremanera la Revolución alemana del pasado siglo
con la reacción subsiguiente, la cual obligó a expatriarse a muchos hombres de
mérito tachados por sus ideas liberales. Actualmente Italia, consciente de su
robustez intelectual, utiliza exclusivamente el método del pensionado.
[46] Hoy
añadiría también a los políticos de altura. Una ley que excluyera
irrevocablemente de los Consejos de la Corona a todo político que no hubiera
permanecido por lo menos tres años en las escuelas extranjeras (singularmente
en las de Alemania, Inglaterra y Francia), sería decisiva para el éxito de nuestra
renovación cultural, agrícola e industrial. Si esto se hubiera hecho antes del
98, habríase evitado la pérdida de las Colonias; porque, aparte otros factores
de que no debo ocuparme aquí, casi ninguno de nuestros ministros y generales de
entonces tenía la menor idea del arrollador poderío marítimo, militar e
industrial de los Estados Unidos. Nadie está capacitado para salvaguardar
eficazmente los intereses de su patria, si previamente no conoce a fondo las
fuerzas políticas y los recursos morales y materiales de las ajenas naciones.
*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK REGLAS Y
CONSEJOS SOBRE INVESTIGACIÓN CIENTÍFICA ***

