Libro N° 9625. El Miedo. Maupassant, Guy De.
© Libro N° 9625. El Miedo. Maupassant, Guy de. Emancipación. Febrero
19 de 2022.
Título original: © El Miedo. Guy
de Maupassant
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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EL MIEDO
Guy de Maupassant
El Miedo
Guy de Maupassant
Guy de Maupassant
(Tourville-sur-Arques, Francia, 1850 - Passy,
París, 1893)
El miedo (1882)
(“La peur”)
Originalmente publicado en Le Gaulois (23 de
octubre de 1882);
Contes du jour et de la nuit
(París: Marpon-Flammarion, 1885, 190 págs.)
A J.K. Huysmans
Volvimos a subir a cubierta después de la cena. Ante nosotros, el
Mediterráneo no tenía el más mínimo temblor sobre toda su superficie, a la que
una gran luna tranquila daba reflejos. El ancho barco se deslizaba, echando al
cielo, que parecía estar sembrado de estrellas, una gran serpiente de humo
negro; detrás de nosotros, el agua blanquísima, agitada por el paso rápido del
pesado buque, golpeada por la hélice, espumaba, removía tantas claridades que
parecía luz de luna burbujeando.
Ahí
estábamos, unos seis u ocho, silenciosos, llenos de admiración, la vista vuelta
hacia la lejana África, a donde nos dirigíamos. De pronto el comandante, que
fumaba un puro en medio de nosotros, retomó la conversación de la cena.
—Sí,
aquel día tuve miedo. Mi navío se quedó seis horas con esa roca en el vientre,
golpeado por el mar. Afortunadamente, por la tarde nos recogió un barco
carbonero inglés que nos había visto.
Entonces un hombre alto con el rostro quemado, de aspecto serio, uno de
esos hombres que uno imagina que han cruzado largos países desconocidos, en
medio de peligros incesantes, y cuyos ojos tranquilos parecen conservar, en su
profundidad, algo de los países extraños que han visto; uno de esos hombres que
uno adivina empapado en el valor, habló por primera vez:
—Usted
dice, comandante, que tuvo miedo; no le creo en absoluto. Usted se equivoca en
la palabra y en la sensación que experimentó. Un hombre enérgico nunca tiene
miedo ante un peligro apremiante. Está emocionado, agitado, ansioso; pero el
miedo es otra cosa.
El
comandante prosiguió, riéndose:
—¡Caray! Le vuelvo a decir que yo tuve miedo.
Entonces el hombre de tez morena dijo con una voz lenta:
—¡Permítame explicarme! El miedo (y hasta los hombres más intrépidos
pueden tener miedo) es algo espantoso, una sensación atroz, como una
descomposición del alma, un espasmo horroroso del pensamiento y del corazón,
cuyo mero recuerdo provoca estremecimientos de angustia. Pero cuando se es
valiente, esto no ocurre ni ante un ataque, ni ante la muerte inevitable, ni
ante todas las formas conocidas de peligro: ocurre en ciertas circunstancias
anormales, bajo ciertas influencias misteriosas frente a riesgos vagos. El
verdadero miedo es como una reminiscencia de los terrores fantásticos de
antaño. Un hombre que cree en los fantasmas y se imagina ver un espectro en la
noche debe de experimentar el miedo en todo su espantoso horror.
“Yo
adiviné lo que es el miedo en pleno día, hace unos diez años. Lo experimenté,
el pasado invierno, una noche de diciembre.
“Y,
sin embargo, he pasado por muchas vicisitudes, muchas aventuras que parecían
mortales. He luchado a menudo. Unos ladrones me dieron por muerto. Fui
condenado, como sublevado, a la horca en América y arrojado al mar desde la
cubierta de un buque frente a la costa de China. Todas las veces creí estar
perdido e inmediatamente me resignaba, sin enternecimiento e incluso sin
arrepentimientos.
“Pero
el miedo no es eso.
“Lo
presentí en África. Y, sin embargo, es hijo del Norte; el sol lo disipa como
una niebla. Fíjense en esto, señores. Entre los orientales, la visa no vale
nada; se resignan en seguida; las noches están claras y vacías de las sombrías
preocupaciones que atormentan los cerebros en los países fríos. En Oriente,
donde se puede conocer el pánico, se ignora el miedo.
“Pues
bien, esto es lo que me ocurrió en esa tierra de África:
“Atravesaba las grandes dunas al sur de Uargla. Es éste uno de los
países más extraños del mundo. Conocerán la arena unida, la arena recta de las
interminables playas del Océano. ¡Pues bien! Figúrense al mismísimo Océano
convertido en arena en medio de un huracán; imaginen una silenciosa tormenta de
inmóviles olas de polvo amarillo. Olas altas como montañas, olas desiguales,
diferentes, totalmente levantadas como aluviones desenfrenados, pero mis
grandes aún, y estriadas como el moaré. Sobre ese mar furioso, mudo y sin
movimiento, el sol devorador del sur derrama su llama implacable y directa. Hay
que escalar aquellas láminas de ceniza de oro, volver a bajar, escalar de
nuevo, escalar sin cesar, sin descanso y sin sombra. Los caballos jadean, se
hunden hasta las rodillas y resbalan al bajar la otra vertiente de las
sorprendentes colinas.
“Íbamos dos amigos seguidos por ocho espahíes y cuatro camellos con sus
camelleros. Ya no hablábamos, rendidos por el calor, el cansancio, y resecos de
sed como aquel desierto ardiente. De pronto uno de aquellos hombres dio como un
grito; todos se detuvieron; permanecimos inmóviles, sorprendidos por un
inexplicable fenómeno conocido por los viajeros en aquellas regiones perdidas.
“En
algún lugar, cerca de nosotros, en una dirección indeterminada, redoblaba un
tambor, el misterioso tambor de las dunas; sonaba con claridad, unas veces más
vibrante, otras debilitado, deteniéndose, e iniciando de nuevo su redoble
fantástico.
“Los
árabes, espantados, se miraban; uno dijo, en su idioma: “La muerte está sobre
nosotros”. Y entonces, de pronto, mi compañero, mi amigo, casi mi hermano, se
cayó de cabeza del caballo, fulminado por una insolación.
“Y
durante dos horas, mientras intentaba en vano salvarle, aquel tambor
inalcanzable me llenaba el oído con su ruido monótono, intermitente e
incomprensible; y sentía deslizarse por mis huesos el miedo, el verdadero
miedo, el odioso miedo, frente al cadáver amado, en ese agujero incendiado por
el sol entre cuatro montes de arena, mientras el eco desconocido nos arrojaba,
a doscientas leguas de cualquier pueblo francés, el redoble rápido del tambor.
“Aquel
día entendí lo que era tener miedo; y lo supe aún mejor en otra ocasión...
El
comandante interrumpió al narrador:
—Perdone, señor, pero ¿aquel tambor? ¿Qué era?
El
viajero contestó:
—No lo
sé. Nadie lo sabe. Los oficiales, a menudo sorprendidos por ese ruido singular,
lo suelen atribuir al eco aumentado, multiplicado, desmesuradamente inflado por
las ondulaciones de las dunas, de una lluvia de granos de arena arrastrados por
el viento al chocar con una mata de hierbas secas; ya que siempre se ha
comprobado que el fenómeno se produce cerca de pequeñas plantas quemadas por el
sol, y duras como el pergamino.
“Aquel
tambor no sería más que una especie de espejismo del sonido. Eso es todo. Pero
no lo supe hasta más tarde.
“Sigo
con mi segunda emoción.
“Ocurrió el invierno pasado, en un bosque del noreste de Francia. El
cielo estaba tan oscuro que la noche llegó dos horas antes. Tenía como guía a
un campesino que andaba a mi lado, por un pequeñísimo camino, bajo una bóveda
de abetos a los que el viento desenfrenado arrancaba aullidos. Entre las copas
veía correr nubes desconcertadas, nubes enloquecidas que parecían huir ante un
espanto. A veces, bajo una inmensa ráfaga, todo el bosque se inclinaba en el
mismo sentido con un gemido de sufrimiento; y me invadía el frío, a pesar de mi
paso ligero y mi ropa pesada.
“Teníamos que cenar y dormir en la casa de un guardabosque, cuya morada
ya no quedaba muy lejos. Iba allí para cazar.
“A
veces mi guía levantaba los ojos y murmuraba: ‘¡Qué tiempo tan triste!’ Luego
me habló de la gente a cuya casa llegábamos. El padre había matado a un cazador
furtivo dos años antes y, desde entonces, parecía sombrío, como atormentado por
un recuerdo. Sus dos hijos, ya casados, vivían con él.
“La
noche era profunda. No veía nada delante de mí, ni a mi alrededor, y las ramas
de los árboles chocaban entre sí llenando la noche de un incesante rumor.
Finalmente vi una luz y en seguida mi compañero llamó a una puerta. Nos
contestaron los gritos agudos de unas mujeres. Después una voz de hombre, una
voz sofocada, preguntó: ‘¿Quién es?’ Mi guía dio su nombre. Entramos. Fue un
cuadro inolvidable.
“Un
hombre viejo de pelo blanco y mirada loca, con la escopeta cargada en la mano,
nos esperaba de pie en mitad de la cocina mientras dos mozarrones, armados con
hachas, vigilaban la puerta. Distinguí en los rincones oscuros a dos mujeres
arrodilladas, con el rostro escondido contra la pared.
“Nos
presentamos. El viejo volvió a poner su arma contra la pared y mandó que se
preparara mi habitación; luego, como las mujeres no se movían, me dijo
bruscamente:
“—Verá
usted, señor; esta noche, hace dos años, maté a un hombre. El año pasado volvió
para buscarme. Le espero otra vez esta noche. —Y añadió con un tono que me hizo
sonreír: —Por eso no estamos tranquilos.
“Le
tranquilicé como pude, feliz por haber venido precisamente aquella noche, y
asistir al espectáculo de ese terror supersticioso. Conté varias historias y
conseguí tranquilizarles a casi todos.
“Cerca
del fuego, un viejo perro, bigotudo y casi ciego, uno de esos perros que se
parecen a gente que conocemos, dormía el morro entre las patas.
“Fuera, la tormenta encarnizada azotaba la pequeña casa y, a través de
un estrecho cristal, una especie de mirilla situada cerca de la puerta, veía de
pronto todo un desbarajuste de árboles empujados violentamente por el viento a
la luz de grandes relámpagos.
“Notaba perfectamente que, a pesar de mis esfuerzos, un terror profundo
se había apoderado de aquella gente, y cada vez que dejaba de hablar, todos los
oídos escuchaban a lo lejos. Cansado de presenciar aquellos temores estúpidos,
iba a pedir acostarme, cuando el viejo guarda de pronto saltó de su silla,
cogió de nuevo su escopeta, mientras tartamudeaba con una voz enloquecida:
“—¡Ahí
está! ¡Ahí está! ¡Le oigo!
“Las
dos mujeres volvieron a caerse de rodillas en los rincones, escondiendo el
rostro; y los hijos volvieron a coger sus hachas. Iba a intentar
tranquilizarles otra vez, cuando el perro dormido se despertó de pronto y,
levantando la cabeza, tendiendo el cuello, mirando hacia el fuego con sus ojos
casi apagados, dio uno de esos lúgubres aullidos que hacen estremecerse a los
viajeros, de noche, en el campo. Todos los ojos se volvieron hacia él; ahora
permanecía inmóvil, tieso sobre las patas, como atormentado por una visión; se
echó de nuevo a aullar hacia algo invisible, desconocido, sin duda horroroso,
ya que todo el pelo se le ponía de Punta. El guarda, lívido, gritó:
“—¡Lo
huele! ¡Lo huele! Estaba ahí cuando lo maté.— Y las dos mujeres enloquecidas se
echaron a gritar con el perro.
“A mi
pesar, un gran escalofrío me corrió entre los hombros. El ver al animal en
aquel lugar, a aquella hora, en medio de aquella gente enloquecida, resultaba
espantoso.
“Entonces, durante una hora, el perro aulló sin moverse; aulló como
preso de angustia en un sueño; y el miedo, el espantoso miedo entró en mí; ¿el
miedo a qué? ¿Lo sabré yo? Era el miedo, y punto.
“Permanecíamos inmóviles, lívidos, en espera de un acontecimiento
horroroso, aguzando el oído, el corazón latiendo, descompuestos al menor ruido.
Y el perro se puso a dar vueltas alrededor del cuarto, oliendo las paredes y
siempre gimiendo. ¡Aquel animal nos volvía locos! Entonces el campesino que me
había guiado, se abalanzó sobre él, en una especie de paroxismo de terror
furioso, y abriendo una puerta que daba a un pequeño patio, echó al animal
afuera.
“Éste
se calló en seguida, y nos quedamos sumidos en un silencio aún más terrorífico.
Y de pronto todos a la par tuvimos una especie de sobresalto: un ser se
deslizaba contra la pared, en el exterior, hacia el bosque; luego pasó junto a
la puerta, que pareció palpar, con una mano vacilante; no volvimos a oír nada
más durante dos minutos que nos convirtieron en insensatos; luego volvió,
siempre rozando la pared; y raspó ligeramente, como lo haría un niño con la
uña; y de pronto una cabeza apareció contra el cristal de la mirilla, una
cabeza blanca con ojos luminosos como los de una fiera. Y un sonido salió de su
boca, un sonido indistinto, un murmullo quejumbroso.
“Entonces un estruendo formidable estalló en la cocina. El viejo guarda
había disparado. Inmediatamente sus hijos se precipitaron, taparon la mirilla
levantando la gran mesa que sujetaron con el aparador.
“Y les
juro que al oír el estrépito del disparo que no me esperaba tuve tal angustia
en el corazón, el alma y el cuerpo, que me sentí desfallecer y a punto de morir
de miedo.
“Nos
quedamos ahí hasta la aurora, incapaces de movernos, de decir una palabra,
crispados en un enloquecimiento inefable.
“No
nos atrevimos a desatrancar la salida hasta no ver, por la hendidura de un
sobradillo, un fino rayo de día.
“Al
pie del muro, junto a la puerta, yacía el viejo perro, con el hocico destrozado
por una bala.
“Había
salido del patio escarbando un agujero bajo una empalizada”.
El
hombre de rostro moreno se calló; luego añadió:
—Aquella noche no corrí ningún peligro, pero preferiría volver a empezar
todas las horas en las que me enfrenté con los peligros más terribles, antes
que el minuto único del disparo sobre la cabeza barbuda de la mirilla.

